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El Honor De Una Dama

El Honor De Una Dama

Аннотация

    Una joven pierde la virtud, víctima de un vil engaño. Nyssa, bella dama de honor de la reina, es sorprendida en brazos de Varian de Winter, un consumado mujeriego. En realidad, había sido narcotizada para simular su deshonra e impedir así que se convirtiese en quinta esposa de Enríque VIII. El rey, ignorando que el suceso es fruto de una conspiración, los obliga a casarse de inmediato. Contra todo pronóstico, el matrimonio resulta feliz y fecundo, pero nuevas conjuras palaciegas ponen en peligro el futuro de la pareja.


Bertrice Small El Honor De Una Dama

    Título original: Love remember me

PRÓLOGO

    Hampton Court, otoño de 1537
    La reina había muerto. A las dos de la madrugada del viernes 12 de octubre había dado a luz a un hermoso niño. El rey, que se encontraba en Esher, se había apresurado a regresar a Hampton Court para ver a su heredero, un bebé robusto y de cabello rubio. Enrique Tudor no cabía en sí de gozo: ¡Por fin un heredero! Se sentía tan feliz que incluso había empezado a tratar con algo de benevolencia a sus dos hijas: María, una joven de tez cetrina, demasiado beata para su edad y que siempre le observaba de soslayo, y Elizabeth, la niña que había tenido con Nan.1
    1.Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII.
    Al rey no le gustaba hablar de la niña, una criatura demasiado impertinente y sa-bihonda para tener sólo tres años. Sin embargo, la buena de Jane2 las quería como si fueran sus hijas y había insistido en que vivieran todos juntos en la corte. Decía que María le haría compañía y Bess le ayudaría a cuidar al bebé.
    2. Jane Seymour, tercera esposa de Enrique VIII.
    – Lo has hecho muy bien, pequeña -había dicho el rey besándola en la frente y acariciándole una mano-. Es un niño precioso. Pronto tendremos más, ¿verdad, querida? ¡Tres o cuatro niños para Inglaterra! -había añadido, exultante de alegría. Después de las tribulaciones del pasado, finalmente Dios le había bendecido con un hijo varón.
    Jane Seymour esbozó una débil sonrisa y trató de hablar. El alumbramiento había durado tres días y se encontraba al límite de sus fuerzas. En esos momentos lo último que deseaba era pensar en tres o cuatro partos parecidos al que acababa de terminar. ¿Insistirían tanto los hombres en tener una familia numerosa si Dios les hubiera otorgado el privilegio de engendrar hijos?, se preguntaba.
    – ¿Qué nombre le vais a poner, señor? -había preguntado.
    – Eduardo -se había apresurado a contestar el rey-. Nuestro hijo se llamará Eduardo.
    Los heraldos reales habían partido ya con rumbo a todos los rincones del país para anunciar a los subditos que el rey Enrique VIII y Jane, su encantadora reina, habían sido padres de un hermoso niño. Las campanas de las iglesias de Londres tañeron durante todo el día y toda la noche y en todas ellas se entonaron Te Deums en honor al recién nacido. Se lanzaron fuegos artificiales y doscientas salvas sonaron en la Torre de Londres. Las mujeres adornaron los balcones con colgaduras y guirnaldas y se encerraron en sus cocinas a preparar las viandas que serían devoradas durante las celebraciones que habían de seguir al nacimiento del príncipe. Los regalos empezaron a llegar a Hampton Court. Era bien sabido que el rey se volvía magnánimo y generoso cuando estaba de buen humor y todos deseaban acercarse a él en momentos tan felices.
    El lunes 15 de octubre el joven príncipe había sido bautizado en la capilla real de Hampton Court. La celebración había empezado en las habitaciones privadas de la reina Jane. El rey había decidido, con el beneplá cito de la reina, que los padrinos del niño fueran el arzobispo Cranmer, los duques de Suffolk y Norfolk, y su hija María. A petición de Jane, la pequeña Elizabeth no había sido excluida de las celebraciones.
    Había sido ella quien había sujetado el crisma mientras lord Beauchamp, el hermano de la reina, la sostenía entre sus brazos. Consciente de su importancia en aquel acontecimiento, no sabía si le había hecho más ilusión tomar parte en el bautizo de su hermano o verse vestida con aquel hermoso traje. Tras la ceremonia, la pequeña había regresado a sus aposentos de la mano de su hermana mayor.
    Cuando el rey y la reina hubieron besado y bendecido a su hijo y éste hubo sido admirado por todos los asistentes, la duquesa de Suffolk, su niñera, lo devolvió a su habitación.
    El rey, que conservaba frescas en la memoria las do-lorosas muertes de los hijos que le había dado Catalina de Aragón, su primera esposa, había ordenado que las habitaciones del príncipe estuvieran siempre limpias. Cada dormitorio y cada pasillo debían ser fregado con agua y jabón cada día y todo aquello que Eduardo tocara, vistiera o necesitara debía ser desinfectado. Aunque los sirvientes habían empezado a tomar al rey por un paranoico, nadie se había atrevido a desobedecer sus órdenes. Se escogieron a las campesinas más rollizas y de aspecto más saludable como amas de cría. El bebé de una de ellas había nacido muerto y la otra había renunciado a criar a su hija para que el joven príncipe pudiera alimentarse bien y para evitar el riesgo de que contrajera alguna enfermedad infecciosa. Eduardo Tudor tenía que vivir para suceder a su padre y todas las precauciones eran pocas.
    El día después del bautizo del príncipe la reina se había sentido indispuesta. Por la tarde había parecido recuperarse pero por la noche había empeorado y los médicos habían diagnosticado fiebre puerperal. Cuando a la mañana siguiente su confesor, el obispo de Carlisle, se disponía a administrarle la extremaunción la había encontrado casi restablecida. De improviso, el viernes de aquella semana le había vuelto a subir la fiebre y la reina había caído en coma. Aunque toda la corte sabía que no tardaría en morir, nadie se atrevía a expresar sus temores en voz alta.
    El rey, que tenía previsto regresar a Esher el martes 25 de octubre para tomar parte en la temporada de caza, no había tenido corazón para abandonar a su esposa en aquel estado. Sabía que la reina estaba a punto de morir y a todos los cortesanos les sorprendió descubrir lágrimas en los ojos de Enrique Tudor. El rey no se había separado del lecho de muerte de Jane Seymour en toda la noche. Hacia medianoche el obispo de Carlisle le había administrado los últimos sacramentos y había hecho todo cuanto había podido por consolar al desolado rey. A las dos de la madrugada, la misma hora a la que había dado a luz a un niño doce días antes, la reina había muerto. El rey se había apresurado a recluirse en el castillo de Windsor, huyendo de la creencia que aseguraba que daba mala suerte a los reyes permanecer en una residencia en la que acababa de morir alguien.
    El funeral de la reina había sido magnífico y fastuoso. Se la había vestido de dorado y había sido coronada con una diadema de oro. Su cuerpo había sido expuesto en una sala del palacio de Hampton Court y numerosos subditos habían acudido a darle su último adiós. Finalmente, había sido trasladada a la capilla real del palacio, donde sus damas la habían velado durante una semana.
    María Tudor estaba apesadumbrada. Había querido y respetado mucho a aquella bondadosa mujer que había intercedido por ella en numerosas ocasiones. Desde que su madre había caído en desgracia, muy pocos se habían interesado por el bienestar de María Tudor y la muchacha había pasado por situaciones muy penosas durante el reinado de Ana Bolena. Jane Seymour había sido un ángel.
    El 8 de noviembre el cuerpo de la reina había sido trasladado a Windsor, donde había sido enterrada el lunes 12 de noviembre. El desconsolado viudo ya había empezado a buscar a la que sería su cuarta esposa. Había amado mucho a Jane pero un solo hijo varón no bastaba para garantizar la continuidad de la dinastía Tudor. Jane había muerto pero él todavía era joven y podía engendrar más hijos. La reina había muerto pero él estaba lleno de vida y debía tener herederos.

PRIMERA PARTE

LA ROSA SALVAJE

Inglaterra, 1539 – 1540

    – Bueno, al fin y al cabo él prometió que vendría a visitarnos a Riveredge un día -dijo lady Blaze Wynd-ham, condesa de Langford, a su marido-. Tú también estabas allí cuando lo dijo.
    – Creí que lo decía para quedar bien -replicó el conde con gesto de fastidio-. Todo el mundo promete visitar a sus conocidos pero luego nunca lo hace. ¿De verdad esperabas que el rey aceptara tu invitación a pasar unos días aquí? Sinceramente, yo no. Nuestra casa es pequeña y modesta, Blaze -añadió mesándose _el cabello y dirigiendo una mirada severa a su esposa, vieja amiga del rey y responsable de sus quebraderos de cabeza-. No sabemos cuánto tiempo piensa quedarse, a cuánta gente traerá, y si seremos capaces de atenderle como se merece.
    – ¡Vamos, Tony! -exclamó la condesa sonriendo alegremente-. Ésta no es una visita formal. Hal está de caza por aquí y ha decidido venir a Riveredge. Apuesto a que no traerá a más de media docena de acompañantes -le tranquilizó-. Ya verás como todo saldrá bien.
    – Los preparativos para recibir a un rey no se improvisan en un momento -gruñó el conde-. Por lo menos podía habernos avisado con más tiempo.
    – ¿Y desde cuando es la casa responsabilidad tuya? -replicó Blaze, ofendida-. El rey llega mañana. Veinticuatro horas son más que suficiente para mí. No te preocupes, todo estará a punto. Todo cuanto tienes que hacer es mostrarte tan encantador como siempre y dejar lo demás en mis manos -aseguró inclinándose para besar a su marido en la mejilla-. Por cierto -añadió-, he mandado que vayan a buscar a mis padres a Ashby y también a mis hermanas. Quiero que conozcan al rey.'
    – ¿A todas tus hermanas? -exclamó el conde, horrorizado. Blaze era la mayor de once hermanos, ocho de los cuales eran mujeres.
    – Sólo a Bliss y Blythe -se apresuró a contestar ella-. Quizá mi madre traiga a Enrique y Tom. Gavin no vendrá; su esposa está a punto de dar a luz y él no la dejará sola. Además, se trata de su primer hijo.
    El conde de Langford suspiró aliviado al saber que la casa no se vería invadida por la numerosa parentela de su esposa. De todas sus cuñadas era a Bliss, condesa de Marwood, y a Blythe, casada con lord Kingsley, a quienes mejor conocía. Ambas se llevaban pocos años con Blaze. Las seguía Delight, que vivía en Irlanda desde su matrimonio con Cormac O'Brian, señor de Ki-llaloe, y de quien apenas tenían noticias. Larke y Lin-nette estaban casadas con los hijos gemelos de lord Alcott y vivían en el campo contentas y felices de poder permanecer juntas. La orgullosa Vanora se había unido en matrimonio al marqués de Beresford, y la pequeña Glenna al marqués de Adney para no ser menos que su hermana. Las hijas de lord Robert Morgan eran conocidas en toda la comarca por su belleza y su facilidad para tener descendencia numerosa y robusta.
    – El rey no podía haber escogido un momento mejor para visitarnos -dijo Blaze, que se había quedado pensativa. Su marido dio un respingo; conocía aquel tono de voz.
    – ¿Qué quieres decir? -preguntó, inquieto.
    – ¡Nuestros hijos, Tony! El rey ha olvidado a Jane Seymour y sólo piensa en su nueva prometida, la princesa Ana de Cleves. Si mañana se le da bien la caza y mis manjares son de su agrado hará todo cuanto le pidamos.
    – ¿Qué tramas, Blaze?
    – Quiero que Nyssa, Philip y Giles se eduquen en la corte. Necesitan retinarse y debemos empezar a pensar en su futuro. Creo que Nyssa podría encontrar un buen marido entre los nobles que rodean al rey. ¡Quizá alguno dé ellos tenga hijas y se fije en nuestros chicos! No hablo de los nobles poderosos, naturalmente, sino de buenas familias deseosas de hacer una buena boda. Después de todo, Philip heredera el título de conde de Langford y yo he renunciado al señorío de Greenhill en favor de Giles. Opino que nuestros dos hijos mayores son un excelente partido -concluyó con una sonrisa.
    – No me gusta la idea de educar a Nyssa en la corte -replicó el conde-. Es una buena oportunidad para los chicos, pero Nyssa…
    – ¿Qué tiene de malo? Aquí no hay nadie con quien podamos casarla y ella tampoco muestra inclinación por ningún muchacho. He oído decir que la princesa de Cleves es una dama culta y refinada. Me gustaría que la nueva reina la aceptara como dama de honor. Así recibiría la mejor educación y de paso tendría la oportunidad de escoger a su marido entre numerosos caballeros de buena familia que nunca conocerá si permanece aquí. Si el rey todavía me aprecia (y estoy segura de que así es porque en el fondo Hal es un sentimental con la cabeza llena de recuerdos agradables) no dudará en llevarse a los niños a la corte. ¿No lo entiendes, Tony? -insistió-. ¡Nunca tendremos otra oportunidad como ésta! Ellos allanarán el camino al resto de nuestros hijos y cuando éstos sean mayores también irán a la corte. Los pobrecillos no tendrán títulos ni propiedades y necesitarán ayuda para hacer una buena boda.
    – Quizá Richard tome los hábitos algún día -repuso el conde-. ¿Qué se le ha perdido en la corte?
    – El arzobispo pasa largas temporadas allí -replicó Blaze con una sonrisa-. ¡Sería un contacto excelente!
    – ¡Querida Blaze, olvidaba lo persuasiva que llegas a ser cuando te propones algo! -sonrió Anthony Wyndham-. Está bien, sigue adelante con tus planes y que sea lo que Dios quiera. Nyssa, Philip y Giles irán a la corte y dentro de unos años Richard seguirá sus pasos y conocerá al arzobispo. ¿Estás segura de que éste también será un niño? -añadió acariciando el abultado vientre de su esposa, que se encontraba a punto de dar a luz.
    – Parece que sólo engendras hijos varones -contestó Blaze esbozando una sonrisa-. Ya hemos tenido cinco.
    – ¿Y qué me dices de Nyssa?
    – Nyssa es hija de Edmund -replicó ella-. Tú la has criado como si fuera tuya, pero lleva la sangre de Edmund.
    – Y también la mía -insistió el conde-. ¿ Olvidas que él era mi tío?
    – Sé que apenas os llevabais unos años, que os queríais como hermanos y que tu madre era su hermana mayor y os crió juntos.
    – ¡Mi madre! -exclamó Anthony Wyndham-. ¡Santo Dios, Blaze! ¿Has mandado que fueran a buscarla a Riverside? Si se entera de que el rey ha venido a visitarnos y que no le hemos permitido hacerle los honores…
    – Tranquilízate, Tony -repuso Blaze sofocando una carcajada-. Ordené al mensajero que envié a casa de mis padres que comunicara la noticia a lady Do-rothy y la invitara a acompañarnos en un día tan importante. ¡El pobre Hal no sabe lo que le espera mañana! -añadió con una sonrisa picara.
    El rey llegó a casa de los Wyndham a última hora de la mañana del día siguiente. La caza se le había dado bien y estaba de un humor excelente. Había cazado dos liebres y un venado con una cornamenta tan impresionante que todo el mundo había asegurado no haber visto nunca otra igual. Su éxito le había devuelto a sus años de juventud pero el paso del tiempo había hecho mella en él.
    Blaze no le veía desde hacía tres años y se había quedado de una pieza al observar cuánto había cambiado en tan poco tiempo. Había engordado tanto que su cincha apenas podía contener su estómago y su tez, tan pálida años antes, había adquirido un tono rubicundo. La condesa de Langford trató de recordar al atractivo joven que había.sido su amante mientras le hacía una reverencia y su falda de seda verde rozaba el suelo.
    – ¡Levántate, mi pequeña campesina! -exclamó Enrique Tudor ayudándola a ponerse en pie. Al oír aquella voz tan familiar Blaze sé sintió transportada al pasado durante unos segundos-. ¡Tú siempre has sido mi subdita más fiel! -añadió con ojos brillantes al recordar los momentos compartidos con Blaze.
    – Es un placer teneros en mi casa, majestad -respondió ella poniéndose de puntillas para besarle en la mejilla-. Hemos rezado mucho por vos y el joven príncipe Eduardo. ¡Sed bienvenido a Riveredge!
    – Permitid que os presente mis respetos, majestad -añadió el marqués dando un paso al frente.
    – ¡Tony, mi querido amigo! -exclamó el rey acer candóse a saludarle-. Esta tarde vendrás de caza con nosotros. ¿Y vosotros en qué estáis pensando? -añadió irritado volviéndose hacia sus acompañantes-. ¿Por qué no ha invitado nadie al conde a la cacería de esta mañana? ¿Es que tengo que ocuparme yo de todo?
    – Será un honor acompañar a su majestad esta tarde -se apresuró a responder el conde de Langford con tono conciliador tratando de aplacar la ira del rey-. ¿Por qué no entráis a descansar y coméis algo? Ya sabéis que Blaze es una estupenda cocinera.
    – Venid dentro, Hal -añadió Blaze tomando al rey del brazo y arrastrándole al interior de la casa-. Mis padres y la madre de Tony han venido para haceros los honores como merecéis y os esperan en el comedor. He preparado ternera y pastel de perdiz. Si no recuerdo mal, son vuestros platos favoritos. También hay vino tinto, chalotes y zanahorias nuevas. -
    – Caballeros, pueden acompañarnos -dijo el rey volviéndose a sus acompañantes e iniciando la marcha sin soltar el brazo de Blaze.
    Cuando el conde llegó al comedor encontró a su esposa presentando al rey al resto de la familia. Estaban lord y lady Morgan y su madre, lady Dorothy Wynd-ham. También habían acudido a la cita sus cuñados Owen Fitzhood, conde de Marwood, y lord Nicholas Kingsley acompañados de sus esposas Bliss y Blithe. Lord y lady Morgan habían viajado acompañados de sus hijos de dieciséis años Enrique y Thomas.
    El rey, que disfrutaba como un niño con la adoración de sus subditos, se sentía como pez en el agua. Saludó a todos ellos con efusividad, alabó a aquella gran familia y preguntó a lady Dorothy por qué hacía tanto tiempo que no se dejaba ver por la corte.
    – En mi corte siempre hay un lugar para una mujer tan hermosa como vos, señora -dijo con tono adulador.
    – Lo sé, señor -respondió lady Dorothy, una dama de sesenta y cinco años-. Pero mi hijo no me permite ir. Dice que teme que pierda mi honra.
    – Probablemente tenga razón -asintió el rey guiñándole un ojo-. ¿Y dónde está tu prole, pequeña? -preguntó volviéndose hacia Blaze-. La última vez que nos vimos tenías cuatro chicos y una chica.
    – Nuestro hijo Enrique cumplió dos años el pasado mes de junio -contestó ella-. Lleva vuestro nombre, señor, y como podéis ver me encuentro a punto de dar a luz por octava vez.
    – Siempre he dicho que no hay nada como una buena esposa inglesa -murmuró el rey sacudiendo la cabeza pesaroso-. ¡Echo tanto de menos a mi Jane!
    – Sentaos, Hal -dijo Blaze conduciéndole a la cabecera de la mesa, el sitio de honor. Había advertido que al rey le dolía una pierna y no deseaba irritarle con una espera innecesaria-. Haré que traigan a los niños. No quería que os molestaran.
    – ¡Tonterías! -gruñó Enrique Tudor dejándose caer en una silla pesadamente-. Quiero verles a todos, hasta al más pequeño.
    Una sirvienta entregó al rey una copa de vino y éste la apuró de un trago. Blaze indicó con un gesto a Heartha, su sirvienta personal, que fuera a buscar a los niños. La música de un trovador que tocaba en la galería superior llegó a sus oídos y el rey se reclinó en su asiento visiblemente satisfecho.
    Minutos después, los hijos de los condes de Wynd-ham entraron en el salón ordenadamente. Lord Philip, el heredero abría la marcha y su hermana Nyssa llevaba en brazos al pequeño Enrique.
    – Majestad, os presento a nuestros hijos -dijo Blaze poniéndose en pie-: Éste es Philip, el mayor; tiene doce años. Le sigue Giles, que tiene nueve. Ricardo tiene ocho, Eduardo, cuatro y Enrique, dos.
    Cada uno de los muchachos hizo una reverencia al oír su nombre, incluso el pequeño de dos años, a quien su hermana había dejado en el suelo.
    – Y-ésta es mi hija Nyssa -añadió Blaze-. Aunque Tony la ha criado como si fuera suya, es hija de mi primer marido, Edmund Wyndham.
    Nyssa se recogió la falda rosa que vestía y se inclinó al oír su nombre.
    – Es bella como una rosa de Lancaster -dijo el rey-. ¿Cuántos años tiene?
    – Dieciséis, señor.
    – ¿Está prometida?
    – No, señor.
    – ^-¿Por qué no? -se extrañó el rey-. Es muy hermosa, es hija de un conde y recibirá una buena dote. ¿Cuál es el problema?
    – No conocemos a nadie con quien podamos casarla -respondió Blaze-. Su dote incluye una casa en Ri-verside, y las tierras que la rodean, pero me temo que aquí no hay nadie de su posición. He pensado que quizá en la corte…
    El rey se echó a reír y señaló a Blaze acusadoramente.
    – ¡Blaze, tú siempre tan desvergonzada! Quieres que haga sitio en mi corte a tu niña, ¿no es así? Desde que anuncié que iba a volver a casarme, todas las familias con hijas en edad casadera, ya sean nobles o no, no han dejado de importunarme para que las coloque junto a la nueva reina. ¿Y tú qué dices, pequeña? -añadió volviéndose a Nyssa-. ¿Te gustaría venir a la corte y servir a la reina?
    – Sí, si ella me acepta, señor -contestó Nyssa mirando al rey a los ojos por primera vez. El rey advirtió que la joven había heredado los ojos azules de su madre.
    – ¿Ha salido de casa alguna vez?
    – Como yo, es una humilde campesina, señor
    – contestó Blaze negando con la cabeza.
    – Los villanos de la corte se la comerían viva -repuso el rey-. ¿Es así como deseas que te recompense por tu fidelidad?
    Bliss Fitzhugh, condesa de Marwood, osó intervenir en la conversación sin -ser invitada:
    – He oído que la princesa de Cleves es una dama casta y recatada. Opino que mi sobrina estaría a salvo de las malas compañías bajo su protección. Mi marido y yo pasaremos el invierno en la corte y cuidaremos de ella.
    Al oír el comentario de Bliss, Blaze dirigió una sonrisa de agradecimiento a su hermana.
    – Está bien, pequeña -accedió el rey-. Si eso es lo que deseas, recomendaré a tu hija como dama de honor siempre y cuando la condesa de Marwood se comprometa a velar por ella. ¿Puedo hacer algo más por ti?
    – Quiero que Philip y Giles sean pajes de la reina
    – contestó Blaze mirando al rey a los ojos.
    – ¡Nunca más volveré a decirte que me pidas lo que quieras! -exclamó el rey entre carcajadas-. Está bien, está bien, tú ganas. Tus hijos parecen listos y educados. Nunca me pediste nada cuando estábamos juntos
    – añadió poniéndose serio-. Toda la corte te tenía por una boba por no aprovecharte de la situación.
    – Cuando estábamos juntos tenía bastante con vuestro afecto y respeto, señor -replicó Blaze.
    – Todavía te quiero y te respeto, pequeña. Miro a tus hijos y me digo que podrían ser míos si te hubiera escogido como esposa.
    – Su majestad tiene al príncipe Eduardo. Queréis lo mejor para él y yo quiero lo mejor para mis hijos. Todo lo que os pido es para ellos. Vos mismo habéis dicho que nunca he abusado de vuestra generosidad.
    – Nunca he conocido a una mujer con un corazón tan puro y bondadoso como el tuyo, pequeña -dijo el rey tomando la pequeña mano de Blaze entre las suyas-. Estoy seguro de que mi nueva reina estará encantada de contar con los servicios de tus tres hijos. ¿Qué decís a eso, Philip y Giles? ¿Os gustaría servir a mi reina?
    – ¡Sí, majestad! -contestaron los muchachos a coro.
    – ¿Y tú, Nyssa? Esta niña volverá locos a todos los hombres -añadió sin esperar la respuesta de la muchacha-. Vais a tener mucho trabajo, lady Fitzhugh.
    – Puedo cuidar de mi misma -intervino Nyssa, ofendida-. Después de todo, he criado a mis hermanos.
    – ¡Nyssa! -exclamó su madre escandalizada por el atrevimiento de la joven. El rey se echó a reír,
    – No la regañéis, señora -intercedió-. Es igual que mi Elizabeth: una rosa salvaje. Me alegro de saber que es una muchacha fuerte; sabes que necesitará de todas sus fuerzas para sobrevivir en la corte. Y ahora que te he concedido todo cuanto me has pedido, ¿piensas darme de comer o vas a dejarme morir de hambre?
    Blaze hizo un gesto a los sirvientes y éstos corrieron a la cocina a traer las numerosas viandas que habían sido cocinadas con motivo de la visita real. Como la condesa de Langford había dicho, había ternera asada con sal de roca, un hermoso jamón, truchas con limón y espinacas y, naturalmente, seis pasteles de perdiz en cuyas superficies habían sido practicadas algunas aberturas que despedían un delicioso aroma a carne y vino. También había patos con salsa de ciruelas servidos en bandejas de plata y costillas de cordero, todo ello acompañado de guisantes, cebollas asadas, zanahorias con salsa de nata, pan, mantequilla y queso.
    El rey siempre había tenido buen apetito pero Blaze le observó boquiabierta cuando empezó a devorar todo cuanto tenía al alcance de la mano. Se sirvió generosas raciones de ternera y jamón, engulló una trucha, un pato, un pastel de perdiz entero y seis costillas de cordero y, cuando la emprendió con las cebollas, el brillo de sus ojos revelaba que estaba disfrutando como un niño. Se comió un pan entero, casi toda la mantequilla y la tercera parte del queso. Su copa nunca estaba vacía y bebía con tanta avidez como comía. Al descubrir que había tarta de manzana de postre, se frotó las manos satisfecho.
    – La comeré con nata -dijo tomando la bandeja que un criado le tendía-. Ha sido una comida excelente, pequeña -alabó a su anfitriona-. No podré probar bocado hasta la hora de cenar -añadió aflojándose el cinturón y arrellanándose en su asiento.
    – Si yo hubiera comido tanto no podría probar bocado hasta el día de San Miguel -murmuró el conde de Langford al oído de uno de sus cuñados.
    Cuando el rey se disponía a regresar a su cacería, Blaze se puso de parto.
    – ¡Pero si todavía faltan dos semanas! -exclamó sorprendida.
    – Parece mentira que hayas tenido seis niños -replicó su madre-. Ya deberías saber que los bebés vienen cuando quieren, no cuando nosotros decidimos. Volved a vuestra cacería, majestad y llevaos al conde de Langford -añadió dirigiéndose al rey-. Este es trabajo de mujeres. No conozco a un solo hombre que sirva para nada mientras su esposa da a luz.
    – Los hombres ya hacemos bastante nueve meses antes, señora -replicó el rey con una sonrisa picara.
    Dicho esto, indicó a sus acompañantes que era hora de partir mientras Blaze era conducida a su habitación por su madre, su suegra y sus hermanas. Pocas horas después daba a luz a dos niñas.
    – ¡No puedo creerlo! -exclamó emocionada-.
    Hasta ahora Tony sólo me ha dado hijos varones y ya había perdido la esperanza de tener otra hija, pero mirad esto: ¡gemelas!
    – Son idénticas -repuso su madre-. Siempre sospeché que alguna de vosotras tendría gemelos. Después de todo, yo tuve cuatro pares.
    – Iré a decírselo a papá -se ofreció Nyssa-. Estará encantado. ¡Son tan bonitas! -exclamó inclinándose a mirarlas.
    – Ahora ya no tienes que preocuparte por la marcha de Nyssa -dijo lady Morgan-. Tendrás tanto trabajo criando a estas dos preciosidades que no notarás su ausencia.
    – Te equivocas, mamá -replicó Blaze-. Nyssa siempre será muy especial para mí y la echaré de menos, esté donde esté. Es todo cuanto me queda de Edmund Wyndham y no me sentiré feliz hasta que la vea felizmente casada. Es lo que su padre hubiera querido.
    – Era un buen hombre -corroboró lady Morgan. Lady Dorothy, que había sido hermanastra de Edmund Wyndham, asintió-. Sin su ayuda tus hermanas no habrían podido hacer tan buenas bodas ni tu padre habría recuperado su fortuna perdida. ¡Bendito sea el día que vino a Ashby! Cada noche rezo por el descanso de su alma.
    Los bebés fueron envueltos en pañales antes de ser entregados a su nueva mamá, que descansaba en la cama. Heartha, la doncella personal de Blaze, entró en la habitación trayendo un poco de caldo para su señora. Cuando se lo hubo bebido todos la dejaron sola para que pudiera descansar.
    Las mujeres se reunieron en el comedor de Rivered-ge e iniciaron una animada charla mientras esperaban el regreso del conde Wyndham.
    – Me pregunto qué nombres les pondrá -dijo Blythe.
    – Blaze ha heredado tu extravagante gusto por los nombres curiosos -añadió Bliss.
    – Pues yo opino que Nyssa es un nombre precioso
    – repuso su madre.
    – Fue Edmund quien decidió que se llamara así
    – les recordó lady Dorothy-. Blaze quería que la niña llevara el nombre de la primera esposa de Edmund, Catherine de Haven, pero él insistió en que la niña fuera bautizada con el nombre de Nyssa, que significa «principio» en griego. El pobre estaba convencido de que después de ella vendría una numerosa descendencia y no imaginaba que sería mi Anthony y no él quien daría continuidad al apellido Wyndham. Aunque murió hace ya quince años, le echo muchísimo de menos.
    – Blaze ha puesto a sus hijos nombres normales y corrientes -observó Blythe.
    – ¡Pero éstas son niñas! -replicó la deslenguada Bliss, su hermana gemela-. Apuesto a que nuestra hermana escogerá nombres originales para ellas. ¿Cómo no va a hacerlo teniendo el ejemplo de mamá? ¡Estoy impaciente por que llegue el día del bautizo!
    – Nuestras hijas también llevan nombres corrientes
    – insistió Blythe provocando la mirada ceñuda de su hermana.
    Poco tiempo después lord Wyndham regresó a Ri-veredge acompañado del rey.
    – He venido a felicitar a mi pequeña Blaze -dijo Enrique Tudor con los ojos húmedos de emoción-. ¡Y también a ti, querido amigo, por tener una familia tan maravillosa! -añadió volviéndose a Tony.
    Cuando Blaze Wyndham despertó dio un respingo al encontrar al rey sentado junto a su cama observándola con atención. La condesa se ruborizó al recordar los días en que las visitas de su majestad a su cama habían sido más que frecuentes. Los ojos de Enrique Tudor brillaban maliciosos pero sus palabras fueron cor teses y comedidas como correspondía a un hombre de su posición.
    – Me alegro de ver que te encuentras bien, pequeña
    – dijo antes de besarle la mano.
    – No hay para tanto, majestad -respondió Blaze esbozando una sonrisa-. He tenido tantos hijos que cada vez me cuesta menos trabajo dar a luz. De todas maneras, me alegro de que hayáis vuelto sólo para verme.
    – Acabo de ver a tus hijas, Blaze. Son tan bonitas como su madre. ¿Has pensado qué nombres vas a ponerles?
    – Si su majestad da su permiso, me gustaría llamarlas Jane, en honor a vuestra difunta esposa, y Ana, por la futura reina. He pensado que como vos habéis honrado mi casa con vuestra visita el mismo día de su nacimiento…
    El rey, en el fondo un sentimental que disfrutaba representando el papel de monarca benevolente, se llevó su pañuelo de seda a los ojos y se enjugó las lágrimas que los empañaban.
    – ¿Hay un sacerdote en la casa, Tony? -preguntó volviéndose al conde, quien asintió-. Ve a buscarle
    – ordenó-. Ahora mismo bautizará a tus hijas y yo seré su padrino. Así tú y tus hijos pasaréis a ser parte de mi familia -añadió volviéndose a Blaze.
    – ¡Oh, Hal, estoy tan contenta! -exclamó Blaze emocionada.
    Un criado partió en busca del padre Martin, el cura de los condes de Langford desde los tiempos en que Edmund Wyndham ostentaba ese título. Cuando supo que la condesa había tenido gemelas y que el rey había ordenado que fueran bautizadas aquella misma tarde corrió a buscar su mejor casulla.
    – Vuelve a Riveredge y di al señor Richard que vaya encendiendo las velas del altar y que espero que me ayude durante la ceremonia -ordenó al criado.
    – Sí, padre Martin.
    Blaze fue llevada en litera a la capilla de la familia. Cuando el padre Martin pidió a Bliss y Blythe que dijeran en voz alta los nombres de las pequeñas, la primera hizo una mueca de disgusto y la segunda a punto estuvo de estallar en carcajadas.
    – Jane Marie -dijo Blythe con una sonrisa radiante.
    – Ana María -casi espetó Bliss.
    El rey, radiante de alegría, tomó a las niñas de brazos de Nyssa y las sostuvo mientras el padre Martin las bautizaba. Cuando la ceremonia hubo finalizado, la condesa de Langford fue llevada a sus habitaciones y todos se reunieron allí para brindar por las recién nacidas. Momentos después, el rey se dispuso a partir.
    – Enviaré un mensajero cuando Nyssa deba venir a la corte -dijo a Blaze antes de despedirse-. Será pronto porque deseo que tu hija conozca sus deberes para con mi reina antes de que ésta llegue. Deberá aprender dónde ir, qué hacer en cada sitio y quién es quién en la corte. No tenemos mucho tiempo pero te garantizo que la reina y yo cuidaremos de ella. No temas, Blaze Wyndham; tu hija estará a salvo conmigo.
    – Gracias por haber sido tan generoso con nosotros, Hal -respondió Blaze, abrumada, tomando una mano del rey y besándola con efusión antes de dejarse caer sobre la almohada, agotada.
    El rey se puso en pie, abandonó la habitación de puntillas y regresó al comedor, donde le esperaba el resto de la familia Wyndham.
    – Espero veros pronto en mi corte, doña Nyssa, y también a vuestros hermanos. Servid bien a mi reina y tendréis mi amistad y mi favor -dijo a modo de despedida antes de partir.
    – ¡Qué día tan ajetreado! -suspiró lady Morgan-. ¡No puedo creerlo! Tres de mis nietos van a ser llama dos a la corte y tengo dos nietas más. Por cierto, Bliss, ¿por qué no me habías dicho que vas a pasar el invierno en palacio? -añadió dejándose caer en un sillón y dirigiendo una mirada severa a su hija.
    – Lo mismo digo -intervino Ówen Fitzhugh-. No he querido contradecirte delante del rey, querida, pero sabes que no es cierto. Hace años que decidimos alejarnos de la corte y no tengo ningún deseo de regresar.
    – ¡Vamos, Owen, no seas aguafiestas! -replicó Bliss-. ¡Es una oportunidad magnífica para Nyssa! El 31 de diciembre cumplirá diecisiete años y si no hacemos algo pronto se convertirá en una solterona. La corte es el lugar perfecto para una joven de la posición de Nyssa. Además, la pobre Blaze tiene demasiado trabajo con tantos niños en casa. He pensado que sería una buena idea llevarnos a nuestro Owen y a nuestro sobrino Edmund con nosotros.
    – ¡¿Qué?! -rugió su marido.
    – ¿Llevaros a mi Edmund? -añadió Blythe.
    – ¿Qué hay de malo? -respondió Bliss-. Philip Wyndham, nuestro Owen Fitzhugh y Edmund Kings-ley apenas se llevan unos meses y son excelentes amigos. Nunca han estado separados durante mucho tiempo y, aunque Philip tendrá mucho trabajo como paje real, todavía le quedará tiempo para jugar con sus primos. ¡Será tan divertido para ellos! -concluyó esbozando una sonrisa radiante.
    – Estoy de acuerdo con mi cuñada -intervino lord Kingsley con los ojos brillantes de alegría-. A los muchachos les vendrá bien pasar una temporada fuera de casa.
    – ¡Lo que mi cuñado quiere decir es que le parece maravilloso que nos llevemos a ese diablo que tiene por hijo durante unos meses! -espetó Owen Fitzhugh, cada vez más irritado.
    – Cuidarás de que no me pongan en evidencia delante de las otras damas, ¿verdad, tía Bliss? -preguntó Nyssa, inquieta-. Una cosa es que Philip y Giles me acompañen a la corte y otra es que también vengan los primos Owen y Edmund. El tío Owen tiene razón: cuando esos tres se juntan, es para echarse a temblar. ¿Por qué ha tenido mamá que pedir al rey que también se llevara a los chicos? -se lamentó.
    – ¡Nyssa, no seas egoísta! -la reprendió lady Morgan.
    – ¡Abuela, tú siempre te pones de parte de ellos! -acusó la joven-. Sabes que tengo poca paciencia y que pierdo los estribos con facilidad. ¿Cómo me voy a comportar con el decoro y la compostura propios de una dama de honor si mi hermano y mis primos no dejan de hacerme rabiar?
    – ¿Crees que no tendrán nada mejor que hacer que hacerte rabiar? -replicó su abuela.
    – Son peores que una tribu de salvajes -se desesperó Nyssa-. ¡Disfrutan metiéndose conmigo!
    – Es tan fácil hacerte rabiar, hermanita, que no podemos evitarlo -intervino Philip esbozando una sonrisa traviesa-. Si no nos hicieras el menor caso te habríamos dejado en paz hace mucho tiempo.
    – ¡Oh, Philip, qué malo eres! -rió lady Morgan negando con la cabeza-. Debes mostrar más respeto por tu hermana mayor. Ninguna mujer de esta familia ha ocupado un lugar tan privilegiado en la corte. ¡No puedo creerlo: dama de honor de la reina! -añadió poniendo los ojos en blanco.
    – Pues yo creía que ser amante del rey era todavía más importante -replicó el muchacho.
    – ¡Philip, qué atrevimiento! -exclamó su abuela escandalizada-. ¿Quién ha estado llenándote la cabeza de mentiras?
    – Tranquilízate, abuela -intervino Nyssa-. Mamá nos lo ha contado todo. Temía que las malas lenguas nos hicieran daño cuando fuéramos mayores, así que ella misma nos relató lo ocurrido durante su breve estancia en la corte y papá estuvo de acuerdo. Todos sabemos que mamá fue amante del rey Enrique. Afortunadamente, de esa unión no nació ningún hijo así que nunca habrá problemas de sucesión. El rey siempre ha sabido que estaba en deuda con mamá y por eso ha accedido a llevarnos a la corte. ¡Después de todo, los Wyndham de Riveredge somos una familia muy importante! -concluyó.
    – ¡Vaya! -bufó lady Morgan sin saber qué decir-. ¡Pues sí que estamos bien!
    – ¡Vamos, mamá, no hay para tanto! -exclamó la condesa de Marwood-. Nyssa tiene razón: en cuanto se sepa quién fue su madre toda la corte empezará a chismorrear. Los niños conocen la historia de boca de la propia Blaze y podrán defenderse de los comentarios malintencionados que sin duda les dirigirán las cotillas mayores del reino.
    – ¿Y qué me dices de ti, mala madre? -se revolvió la anciana-. ¿Piensas regresar a la vida licenciosa de palacio y dejar a tus hijos al cuidado de los criados?
    – He dado a Owen tres hijos y una hija -contestó Bliss, impasible-. Mi marido me prometió que regresaríamos a la corte cuando los niños fueran lo bastante mayores para valerse por sí mismos y eso es lo que pienso hacer.
    – Además, yo no me moveré de aquí y podré cuidar de ellos -añadió Blythe, que aborrecía las peleas familiares.
    – ¡Necesitaré ropa nueva! -exclamó Nyssa reclamando la atención de sus tías y sus abuelas. ¡Iba a ser dama de honor de la reina y ellas no hacían más que discutir por asuntos sin importancia!
    Blythe se hizo cargo de la inquietud de su sobrina y se apresuró a cambiar de conversación.
    – Nyssa tiene razón -dijo-. Necesitará renovar todo su vestuario. Sus vestidos son más propios de una campesina que de una cortesana. ¿Tú qué dices, Bliss?
    Bliss, la experta en moda de la familia, asintió.
    – Tenemos que equiparla de pies a cabeza y no disponemos de mucho tiempo -aseguró-. La nueva reina llegará dentro de dos meses y el rey ha dicho que Nyssa debe estar allí semanas antes.
    – La costura no se me da demasiado bien -tonfe-só Nyssa, avergonzada.
    – Cuando tu madre se casó con tu padre tuvimos que coserle el ajuar entre todas -rió su tía Blythe-. No te preocupes, pequeña; tendrás tu ropa a punto a tiempo. Lo haremos entre todas y pediremos ayuda a la costurera de tu madre. Mañana mismo empezaremos a escoger las telas.
    Al día siguiente, mientras Blaze se recuperaba del alumbramiento de las gemelas, Nyssa y sus tías Bliss y Blythe recorrieron el almacén de telas. Nyssa estaba nerviosísima: en sus dieciséis años de vida no había atravesado nunca los límites de las tierras de los Wyndham.
    – Ésta no me gusta, tía -protestó cuando la condesa de Marwood separó varios metros de tela ricamente bordada-. Es demasiado elegante.
    – Hazme caso -replicó Bliss-. Es exactamente lo que necesitas. En palacio, todo el mundo viste de punta en blanco a todas horas y en todas las ocasiones. Tienes una piel preciosa, pequeña -añadió inclinándose sobre su sobrina para mirarla de cerca-. Has heredado los ojos azules de tu madre y su rostro en forma de corazón. El color oscuro del cabello, en cambio, es de tu padre, pero el contraste resulta muy atractivo.
    – Mamá dice que el cabello de mi padre era más oscuro que el mío -repuso Nyssa. No recordaba a Ed-mund Wyndham, quien había muerto cuando la pe quena sóJo tenía dos años. Anthony, el sobrino de Ed-mund, era el único padre que había conocido.
    – Es cierto -asintió su tía-. Tu padre no tenía esos reflejos dorados que adornan tu cabello y tanto te favorecen.
    – Heartha dice qué me parezco a él. A veces miro fijamente el retrato de la galería y busco alguna semblanza con él, pero me resulta un extraño.
    – Tu padre era un hombre maravilloso -murmuró Bliss, pensativa-. Debes estar orgullosa de ser su hija y de haber heredado su nariz.
    – La nariz de mamá no está mal, pero tienes razón -rió Nyssa-. Prefiero la mía.
    La condesa de Marwood pasó horas eligiendo terciopelos, tafetanes, brocados, sedas, satenes y damascos. Algunas de estas telas eran lisas y otras estaban tejidas con hilos metálicos. Metros de encaje de color blanco, negro y dorado fueron escogidos para adornar los vestidos de la joven y se decidió que su ropa interior y las medias serían de lana fina, seda, algodón y lino. El cuello de sus abrigos debía ser recubierto de pieles y sus camisones de lino y algodón fueron cuidadosamente bordados. El nuevo guardarropa de Nyssa se completaba con gorros de dormir, sombreros y caperuzas de terciopelo. Los zapatos y botas de cuero fueron confeccionados a medida y, ante el entusiasmo de la joven, su tía insistió en que alguno de los pares se adornara con piedras preciosas.
    – ¡Son los vestidos más bonitos que he visto en mi vida! -exclamó Nyssa admirada-. ¿Todo el mundo viste siempre tan bien en palacio?
    – Parecerás un gorrión entre pavos reales -rió su madre, que ya se había recuperado del nacimiento de las gemelas-. Nunca trates de brillar más que los poderosos de la corte. Eres muy bonita, Nyssa, y todavía te verás más hermosa con tus nuevas ropas, pero…
    – ¡Mamá, estoy tan confusa! -la interrumpió Nyssa-. A ratos estoy impaciente por dejar Riveredge y otras veces tengo miedo de ir a la corte. ¡Nunca he salido de casa! ¿Y si hago o digo alguna inconveniencia delante del rey? Quizá debería quedarme aquí…
    – ¿Sabías que yo también llegué a la corte de la mano de tu tía Bliss? Tu padre había muerto el otoño anterior y yo estaba muy triste por la pérdida de mi marido y mi hijo menor. Sin embargo, mi hermana no estaba dispuesta a permitir que me consumiera en casa y me llevó a palacio con ella y el tío Owen. Yo estaba aterrorizada -confesó-. Los límites de mi reducido mundo eran Ashby y Riveredge. Una vez allí, lloré mucho y me sentí fuera de lugar, a pesar de que era una viuda respetable y no una joven inexperta como tú. Deseaba esconderme de todo el mundo y pasar desapercibida, pero tu tía Bliss no lo permitió. Cuando se casó con el tío Owen se trasladó a la corte y se instaló como un pato en un estanque. La tía se mueve por palacio como pez en el agua y te guiará con mano firme por su complicado laberinto de costumbres y protocolos. Debes ser prudente, confiar en ella y escuchar sus consejos con atención.
    Nyssa asintió.
    – Deja que te dé un último consejo, hija mía -añadió Blaze rodeando los hombros de Nyssa con un brazo-: manten tu reputación intacta. Tu virginidad es el tesoro más valioso que posees y espero que la guardes para el hombre que escojas como marido; él apreciará tu gesto y te lo agradecerá siempre. Todo el mundo sabe que fui amante del rey y quizá los obtusos y groseros te tomen por una presa fácil, pero debes dejarles muy claro que eres la hija del conde de Langford y no una cualquiera.
    – ¿Estaba el rey enamorado de ti, mamá? -Nyssa finalmente se había atrevido a preguntar lo que siempre había querido saber.
    – No estaba enamorado, sino encaprichado – respondió su madre -. Nuestra relación apenas duró unos meses, pero hemos mantenido nuestra amistad y él me tiene por su subdita más fiel. Espero que tú también le demuestres tu fidelidad.
    – Dicen que el rey Enrique era el príncipe más atractivo de Europa, pero a mí no me lo parece – comentó la joven arrugando la nariz -. Está gordo como un saco de patatas y su pierna enferma olía mal el día que vino a visitarnos. ¡No me casaría con un hombre como él aunque me ofreciera la corona de Inglaterra! Compadezco a la pobre princesa de Cleves; no sabe lo que le espera. Sin embargo, el rey parece tenerse por una gran persona. No entiendo cómo pudiste enamorarte de él.
    Blaze sonrió. ¡Los jóvenes son siempre tan sinceros y a la vez tan crueles cuando deben juzgar a sus mayores
    – Es cierto que el rey ha ganado algo de peso desde la última vez que le vi, pero debes creerme: de joven era un caballero muy atractivo. Me temo que los años no han perdonado al pobre Enrique, pero no debes ser tan dura con él. Es difícil aceptar el paso del tiempo y a nadie le gusta hacerse viejo… y mucho menos al rey.
    – ¡Os voy a echar tanto de menos! – exclamó Nys-sa colgándose del cuello de su madre.
    – Y nosotros también – respondió Blaze abrazando a su hija -. Pero ya es hora de que abandones el nido y remontes el vuelo. En la corte conocerás a mucha gente importante y podrás escoger a tu marido entre numerosos caballeros de buena familia. Deberá ser un hombre de reputación intachable o quizá un amieo
    j i &
    de tus hermanos.
    – Yo me casaré por amor – aseguró Nyssa.
    – A veces el amor viene después del matrimonio, no antes – replicó Blaze -. Me casé con tu padre habiéndole visto sólo una vez y sin haber hablado nunca con él. Sin embargo, Edmund era tan bueno que no tardé en enamorarme de él. Puede que a ti te ocurra lo mismo.

    – Pero ¿y si no te hubieras enamorado de él? sistió Nyssa -. ¡Habrías tenido que vivir con un hombre a quien no amabas! Gracias, pero prefiero enamorarme primero y casarme después. Doña Fortuna es muy traidora.
    – Mientras escojas un buen partido… – murmuró Blaze -. Nyssa, debes unirte a alguien de tu posición.
    – Sólo me casaré por amor – repitió la joven.
    – Entonces el elegido será el hombre más afortunado del mundo – sonrió su madre.

    El rey, que estaba muy atareado con los preparativos de su boda, sentía que hacía mucho tiempo que no estaba de tan buen humor. La ceremonia iba a celebrarse en el palacio de Greenwich, el favorito de su majestad, y estaba previsto que las celebraciones duraran doce días. La nueva reina debía ser presentada formalmente al rey el 1 de enero en Londres y ser coronada en la abadía de Westminster el 2 de febrero, festividad de la Candelaria.
    Enrique Tudor se había instalado en Hampton Court y no dejaba de dar órdenes referidas a las ceremonias y las celebraciones que debían seguirlas. Varias veces al día ordenaba que le fuera llevado a su despacho el retrato de su futura esposa pintado por Holbein. Entonces lo abrazaba sin que al parecer le incomodara la presencia de sus secretarios y ayudantes, lo contemplaba largamente como si fuera un adolescente enamorado por primera vez y emitía un suspiro desgarrador antes de volver al trabajo. Estaba seguro de que la princesa Ana sería diferente a su segunda esposa. Esta Ana sería amable, cariñosa y ambos envejecerían juntos y en buena compañía. Todavía se sentía joven y con fuerzas para tener unos cuantos hijos con la princesa alemana de rostro dulce. Esta vez es la definitiva, se repetía una y otra vez. Algunos cortesanos compartían su optimismo, pero otros le consideraban un tonto romántico por seguir creyendo en el amor verdadero.
    El 5 de noviembre un mensajero llegó a Hampton Court trayendo la noticia de que la princesa Ana había dejado el ducado de Dusseldorf, gobernado por su hermano, y que se esperaba que tardara tres semanas en llegar a Londres. Viajaba con un séquito de 263 personas y 228 caballos. Las damas viajaban en sus carruajes y unos cincuenta carros que transportaban el equipaje cerraban la comitiva, pero la caravana era tan numerosa que avanzaba muy lentamente. El impaciente monarca envió un mensajero a Calais y éste regresó a palacio con la noticia de que no se esperaba a la princesa en esta población francesa hasta el 8 de diciembre. Charles Brandon, duque de Suffolk y cuñado del rey, y sir William Fitzwilliam, conde de Southampton y almirante, partieron hacia Calais al acercarse esa fecha para acompañar a la princesa durante el final de su viaje mientras el rey enviaba al duque de Norfolk y a su primer ministro, Thomas Cromwell, a recibir a Ana de Cleves en Canterbury.
    A Thomas Howard, duque de Norfolk, no le gustaba aquel matrimonio. Mucha gente, incluido el obispo Gardiner, opinaba que era porque la princesa era protestante, pero la verdadera razón era que el duque odiaba a Thomas Cromwell y estaba resentido por haber sido excluido de los órganos consejeros que rodeaban al monarca. Durante mucho tiempo él había sido el noble más influyente de la corte y miembro del consejo privado del rey. Se oponía a la unión de Enrique VIII y Ana de Cleves porque aquel matrimonio había sido idea de Thomas Cromwell. A partir de ahora sería el primer ministro quien aconsejaría a la reina y no él, Thomas Howard, cuya estúpida sobrina, Ana Bolena, había llevado una vez la corona de Inglaterra. Si la irresponsable joven hubiera seguido sus sabios consejos, seguiría siendo reina.
    El duque suspiró apesadumbrado. ¡Le había resultado tan duro mirar a la cara a la panfila de Jane Sey-mour! Había tenido que sufrir en sus carnes la arrogancia de sus dos hermanos, Eduardo y Thomas Seymour, aquellos arribistas de Wolfhall, y sufrir la humillación de ver a una Seymour en el lugar de una Howard. Su único consuelo era pensar que la nueva reina llevaba sangre real y haber conseguido conservar su cargo de tesorero del rey a pesar de que su familia había caído en desgracia.
    La reina no llegó a Calais hasta el 11 de diciembre y la comitiva fue escoltada hasta la ciudad pero no pudo cruzar el Canal hasta el 26 de diciembre debido a las fuertes tormentas que azotaban las costas de Inglaterra y Francia.
    La princesa Ana combatía las horas de aburrimiento jugando a las cartas. El conde de Southampton le había asegurado que el rey era un gran aficionado a los juegos de azar y la princesa se había apresurado a instruirse en este arte. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por complacer a su futuro marido. En la aburrida corte de Cleves la música, el baile y los juegos eran considerados distracciones frivolas y estaban terminantemente prohibidos. Sin embargo, Ana encontraba las cartas de lo más estimulante, sobre todo cuando había en juego grandes cantidades de dinero.
    Los secretarios de palacio, que se habían sentido desbordados para contestar a los cientos de candidatos que solicitaban entrar a formar parte del servicio personal de la nueva reina, se habían visto obligados a rechazar a la mayoría de ellos. Nyssa Wyndham llegó a Hampton Court el 15 de noviembre. El nerviosismo y el temor había aumentado a cada kilómetro que la alejaba de Ri-veredge y la acercaba a palacio. Observaba con atención a su tía Bliss y copiaba todos sus movimientos mientras trataba de ignorar a sus hermanos y a sus primos, que encontraban aquel comportamiento muy divertido.
    Owen Fitzhugh sabía que el palacio estaría lleno a rebosar y había alquilado una casa en la población de Richmond. La próxima llegada de la reina había acabado con la oferta inmobiliaria de la ciudad y el conde había tenido que luchar con varios competidores para conseguir aquel modesto alojamiento. Cuando Bliss y yo éramos jóvenes y formábamos parte de la corte, todo era distinto, recordó. La vida de la corte se había puesto por las nubes y no sólo había tenido que alquilar una casa en Richmond, sino que había tenido que tomar otra en Greenwich. Afortunadamente, sus cuñados le había ayudado a sufragar los gastos; después de todo, estaban allí por Nyssa y los chicos.
    – ¿Vamos a vivir aquí, tío Owen? -preguntó Nyssa.
    – Tus hermanos y tú viviréis en palacio -respondió su tía sin dar tiempo a su marido a contestar la pregunta de su sobrina-. Esta casa es para nosotros dos, Owen y Edmund.
    – La vida en palacio no es fácil, Nyssa -añadió Owen Fitzhugh-. Seguramente tendrás que compartir cama con otra muchacha de tu edad y apenas tendrás sitio para tus cosas. Deberás estar a disposición de la reina las veinticuatro horas del día y no dispondrás de un momento para ti.
    Nyssa palideció y dirigió una mirada inquisitiva a su tía. ¿Por qué no le había hablado nadie de la dura vida que le esperaba? De repente había dejado de apetecerle ser dama de honor de la reina Ana. ¡Ojalá se hubiera quedado en casa!
    – Es cierto que la vida de una dama de honor no es fácil, Nyssa -se apresuró a replicar su tía-, pero debes pensar en las ventajas que la corte ofrece a una muchacha de tu edad y posición: poder, diversión… y hombres -añadió quitándose el sombrero, tomando la mano que el cochero le tendía y disponiéndose a descender del coche-. ¿Qué es esto? -exclamó disgustada al ver la residencia escogida por su marido-. ¡Pero si es una cabana!
    Nyssa descendió del coche detrás de su tía y le estrechó una mano.
    – Tenemos suerte de haber encontrado una casa, aunque sea modesta -se defendió Owen Fitzhugh-. No es fácil instalarse en esta población en circunstancias normales y mucho menos ahora que la reina está a punto de llegar. Sé de gente que está durmiendo en un granero. Si preferís dormir con las vacas, señora, no tenéis más que decirlo.
    Nyssa ahogó una carcajada. El tío Owen podía ser muy mordaz pero la verdad era que la tía Bliss hacía y deshacía a su antojo sin contar con él.
    – A mí me parece una casa preciosa -intervino conciliadora-. Estoy impaciente por vivir en la ciudad.
    – Estoy segura de que es el mejor alojamiento que has podido encontrar, Owen, querido -se apresuró a rectificar Bliss-. ¡Vamos, no te quedes como un pasmarote y veamos en qué estado se encuentra!
    Tras una rápida inspección, la condesa advirtió que, aunque la casa no se encontraba en las penosas condiciones que había temido, distaba mucho de ser el lujoso palacio que habría preferido. Del vestíbulo arrancaba una escalera que iba a dar al piso superior.
    – La biblioteca está en la parte de delante y el comedor, atrás -indicó el conde-. La cocina se encuentra en la planta baja pero podemos traer la comida del comedor público si no deseas cocinar. Hay tres habita ciones en el primer piso y los criados pueden dormir en la buhardilla. El jardín y el establo están incluidos en el precio. Siento no haber podido encontrar algo mejor -se disculpó.
    – Afortunadamente no tendremos que vivir aquí durante mucho tiempo -se consoló su esposa-. Pronto tendremos que trasladarnos a Greenwich para asistir a la boda real.
    – La casa de Greenwich es más espaciosa -respondió el conde animándose de repente-. Cuando llegué ya estaba comprometida, pero un miembro de la familia que la alquiló murió de repente y tuvieron que suspender su estancia allí. El contrato dura hasta el mes de abril y una casa allí nos será de gran utilidad, aunque tengamos que pasar alguna temporada en Londres. ¿Te he dicho que tiene un jardín precioso?
    – No, Owen; no me lo has dicho -respondió su esposa con un suspiro resignado-. Saber que en Greenwich nos espera casi un palacio hará más agradable y llevadera mi estancia en esta casa.
    Mientras hablaban habían recorrido la casa hasta llegar al comedor, donde un criado había encendido el fuego y las luces. Los muebles eran modestos pero por lo menos la habitación estaba limpia.
    – ¿Cuándo iremos a palacio, tía Bliss? -preguntó Nyssa, impaciente.
    – Mañana -respondió la condesa-. He oído que la encargada de seleccionar a las damas de honor es la esposa de sir Anthony Browne, una dama muy exigente pero buena y justa. Creo que también se encarga de instruir a los pajes. Vosotros dos tendréis que comportaros, ¿entendido? -añadió dirigiendo una mirada severa a sus sobrinos-. Sobre todo tú, Philip. Eres el heredero de tu familia y debes dejar en buen lugar el apellido Wyndham. El rey os ha hecho un gran favor al permitiros servir a la reina.
    – Descuida, tía Bliss -la tranquilizó el muchacho-. Sé cuánto se espera de mí y lo que debo hacer.
    – Estoy seguro de que no nos defraudarás -añadió Owen Fitzhugh palmeando la espalda de su sobrino y esquivando la mirada furiosa de su esposa.
    – Debes ser muy prudente, Philip, y pensar dos veces antes de hablar -insistió Bliss.
    – Sí, tía -contestó el muchacho obedientemente mientras fingía no ver el guiño cómplice que le dirigía su tío.
    A última hora de la tarde Bliss dio de cenar a los niños y les acompañó a sus habitaciones.
    – Aunque la princesa de Cleves tardará unos días en llegar, presiento que ésta será la última noche que podréis dormir a pierna suelta -dijo antes de desearles buenas noches.
    Los cuatro primos compartían una habitación y Nyssa ocupaba un dormitorio en el que apenas cabían una cama y su equipaje. Su doncella personal dormiría a los pies de la cama.
    – No es una habitación muy grande -comentó la joven Tillie, una muchacha bajita y desenvuelta de semblante agradable, ojos castaños y cabello liso recogido en una larga trenza, mirando a su alrededor-. Los perros de mi padre tienen más espacio en sus casetas. -El padre de Tillie era el guardabosques de Riveredge.
    – Pronto nos marcharemos de aquí -prometió Nyssa.
    – La condesa ha dicho que debéis estar en palacio a primera hora de la mañana para presentar vuestros respetos al rey y saludar a la dama encargada de seleccionar a las camareras de la reina. Será mejor que preparemos ahora vuestras ropas; mañana todo serán prisas.
    Nyssa asintió. Tillie era una muchacha práctica y eficiente. Sólo hacía diez meses que Heartha, doncella de su madre y tía de la muchacha, la había escogido entre todas las sirvientas para atender a la joven señora de Riveredge.
    – Es importante que causéis una buena impresión -dijo Tillie poniéndose manos a la obra-. Necesitamos algo elegante pero discreto… -murmuró pensativa-. ¿Qué tal el vestido color borgoña? No… ¿Y el verde manzana? No, ése tampoco.
    – ¿Y el azul que hace juego con mis ojos? -propuso Nyssa-. Todo el mundo dice que es el que mejor me sienta.
    – Es cierto, pero temo que llaméis demasiado la atención, señora -repuso Tillie frunciendo el ceño-. ¡Ya lo tengo! ¿Qué os parece el de terciopelo melocotón? Quedará precioso con la falda de damasco beige y dorada. Voy a sacarlos del baúl y a quitarles las arrugas. Estaréis preciosa, señora, y daréis la imagen de una dama bella y discreta. Id a dormir -ordenó-. Mañana os espera un día muy duro: tendréis que bañaros por la mañana y después yo os arreglaré el cabello. Dejad que os ayude a desvestiros y cuando estéis en la cama me ocuparé de vuestras ropas.
    Nyssa creía que los nervios no le permitirían dormir en toda la noche, pero estaba tan cansada que cayó rendida en cuanto apoyó la cabeza en la almohada. Cuando Tillie la despertó a la mañana siguiente todavía no había amanecido y la habitación estaba helada. Nyssa hundió la cabeza bajo las mantas mientras su doncella tiraba de ella para obligarla a levantarse.
    – Tenéis el baño preparado, señora. Si no os dais prisa se os enfriará el agua.
    – No me importa -gruñó Nyssa dando media vuelta y acurrucándose entre las sábanas calientes-. ¡No! -gritó cuando Tillie tiró de las mantas y las arrojó al suelo-. ¡Tengo frío!
    – A la bañera ahora mismo -ordenó la muchacha-. No pienso permitir que deshonréis el nombre de los Wyndham al presentaros delante del rey con toda la mugre del camino. Maybelle, la doncella de vuestra tía Bliss, es una chismosa y no tardaría en ir con el cuento a mi tía Heartha. ¿Y qué creéis que haría ella? Vendría hasta aquí aunque tuviera que hacerlo a pie y me tiraría, de las orejas hasta ponérmelas coloradas como tomates. Y vos no deseáis que nadie haga daño a vuestra fiel Tillie, ¿verdad? -añadió con voz melosa-. Yo siempre os servido lo mejor que he sabido y…
    – Está bien, está bien -rió Nyssa saltando de la cama-; tú ganas.
    Se quitó el camisón y se metió en la pequeña bañera redonda llena de agua caliente mientras un escalofrío le recorría la espalda. A veces Tillie hablaba como su tía Heartha pero otras veces era realmente divertida.
    – Tendré que lavaros el cabello -advirtió Tillie-. Está sucio y enmarañado -añadió y, antes de que Nyssa pudiera protestar, vertió un cubo de agua caliente sobre la cabeza de su señora-. Cuanto antes empecemos, antes terminaremos.
    – ¡Date prisa! -siseó Nyssa temblando de frío. La habitación estaba helada y los hombros y la cabeza mojados aumentaban la desagradable sensación. Tomó la pastilla de jabón y se lavó mientras Tillie le friccionaba la cabeza y vertía otro cubo de agua.
    – Será mejor que salgáis o pillaréis una pulmonía -dijo cuando el agua se hubo enfriado. Tillie envolvió a su señora en una toalla y se apresuró a secarle el cabello con otra.
    Nyssa se acurrucó en la toalla y se frotó los brazos para entrar en calor antes de regresar a la cama.
    – Seguid secándoos el cabello, señora -ordenó su doncella alargándole una toalla-. Voy a buscaros algo de comer.
    Nyssa se cubrió con las mantas y frotó con la toalla la húmeda melena de color castaño. En un rincón de la habitación las enaguas, el corpino y la falda que debía ponerse descansaban sobre una silla y ofrecían un aspecto impecable. ¡La pobre Tillie no debe haber pegado ojo en toda la noche!, se dijo empezando a sentirse culpable. ¡Con razón dice mamá que una buena doncella es un tesoro!
    – ¡Ni en sueños imaginé lo que he visto en esa cocina! -exclamó la joven sirvienta, que acababa de entrar en la habitación trayendo una bandeja-. Ahí abajo hay una mujer con un solo ojo que asegura ser la cocinera. En un santiamén ha preparado una bandeja con un tazón de gachas, pan recién horneado, mantequilla, miel y un vaso de vino rebajado con agua -añadió dejando la bandeja sobre las rodillas de Nyssa-. Coméoslo todo. Maybelle dice que quizá no podáis comer nada más hasta la noche.
    – ¿Y tú? -preguntó Nyssa a su doncella mientras tragaba una cucharada de gachas-. ¿Has comido algo?
    – Comeré cuando os hayáis ido, señora -respondió Tillie-. Maybelle dice que se os permitirá regresar a dormir aquí hasta que la reina llegue a palacio. Es lo que suelen hacer las damas con casa y familia en el pueblo. Maybelle dice que…
    – Veo que Maybelle es una fuente de información de lo más fiable -la interrumpió Nyssa esbozando una sonrisa traviesa.
    – Está verde de envidia -contestó Tillie con una risita-. Todo el mundo sabe que el puesto de dama de honor está muy bien considerado entre los miembros de la corte. Y su señora, por muy condesa que sea, nunca ha servido a la reina. La pobre Maybelle no sabe si volverme la espalda o aconsejarme sobre cómo serviros. Después de todo, soy tan joven e inexperta como vos.
    – Sácale toda la información que puedas y procura hacerte amiga de otras doncellas -ordenó Nyssa-. Sabes bien que es la primera vez que salgo de mi casa y que debo andar con pies de plomo si quiero sobrevivir en la corte. Mamá dice que es una oportunidad excelente que no debo desaprovechar.
    – No os preocupéis, señora -dijo Tillie apoyando una mano en el hombro de Nyssa-. Ya veréis como todo saldrá bien. Ahora acabaos el desayuno antes de que vuestra tía suba a regañarnos por retrasarnos.
    Nyssa se tragó el último bocado de pan y saltó de la cama. Seguía haciendo frío en el dormitorio, pero se sentía mucho mejor ahora que se había bañado y había comido algo. Tillie le puso una combinación de lino con el cuello de encaje, unas medias de lana fina, un corsé de seda y una enagua rematada por un fino alambre antes de ceñirle una falda con el fondo beige bordada con libélulas y margaritas doradas que asomaba entre las aberturas del vestido de terciopelo de color melocotón. Un corpino escotado del mismo color y bordado con encaje dorado, perlas y topacios completaba el conjunto.
    La última moda de la corte era que las muchachas llevaran el cabello suelto y peinado con la raya en medio. Para que pareciera más elegante, Tillie le recogió la melena en una redecilla dorada. Cuando hubo terminado, se agachó para poner a su señora unos zapatos 'de punta redondeada de color beige. Finalmente, se puso en pie y contempló su obra satisfecha.
    – Sólo faltan las joyas -dijo-. Iré a buscar el joyero.
    Nyssa escogió un collar, un anillo de perlas y otro de topacios.
    – Ya es suficiente -dijo cerrando la caja y tendiéndosela a Tillie-. ¿Cómo estoy?
    – Preciosa, señora -contestó la doncella guardando el joyero en un baúl.
    Alguien llamó a la puerta y Maybelle asomó la cabeza. Cuando vio a Nyssa abrió unos ojos como platos.
    – ¡Qué hermosa estáis, señora! -exclamó admirada-. Vuestra tía os espera abajo.
    Tillie tomó un cuello de piel de conejo, un abrigo de terciopelo de color marrón y un par de guantes y se los tendió a su señora.
    – Daos prisa -dijo apartando a Maybelle de un empujón para que Nyssa pudiera pasar. Nyssa y Tillie intercambiaron un guiño cómplice cuando la vieja doncella les volvió la espalda, ofendida.
    Nyssa descendió la escalera con cuidado y admiró el atuendo de su tía. A sus treinta y tres años, Bliss seguía siendo una mujer bellísima. Vestía un traje de terciopelo de color azul bordado con encaje dorado y plateado y adornado con perlas. Desafiando la moda de la corte, se había recogido el cabello en un moño bajo prendido con agujas doradas.
    «Tengo un cabello precioso y no encuentro por qué tengo que esconderlo bajo esas caperuzas tan poco favorecedoras -solía decir-. A Owen le gusta que lo luzca», concluía, como si la opinión de su marido le importara.
    Aquella mañana observó a su sobrina largamente antes de dar su aprobación. Nyssa y Tillie no pudieron contener un suspiro de alivio.
    – Estás perfecta, sobrina -declaró-. Pareces la viva imagen de la inocencia; elegante, pero discreta; una joven de buena familia y firmes principios. Nada que ver con esas tontitas que tratan de llamar la atención de los hombres a toda costa.
    – Creía que mi misión en la corte era atraer a los hombres y hacer una buena boda -repuso Nyssa esbozando una sonrisa picara mientras su tío se volvía de espaldas, incapaz de contener la risa.
    – Tu misión en la corte será servir a la reina -replicó su tía-. Si de paso encuentras a un caballero que te agrada, te roba el corazón, pide tu mano en matrimonio y resulta un buen partido, mejor que mejor.
    – ¿Es así como cazaste al tío Owen? -rió Nyssa.
    – Conocí a tu tío en casa de tu padre.
    – Fue el día que tu madre cumplió dieciséis años -intervino Owen Fitzhugh-. Bliss, Blythe y Delight fueron a Riveredge a felicitar a Blaze. En cuanto miré a tu tía no tuve ojos para otra mujer y lo mismo le ocurrió a Nick Kingsley con tu tía Blythe.
    – ¿Fue un amor a primera vista? -preguntó Nyssa, que no había oído nunca aquella historia tan romántica.
    – Exacto -asintió su tío-. ¿Verdad, gatita?
    – Sí-suspiró Bliss, cuyos ojos brillaban cuando se volvió hacia su marido-. ¿Qué hacemos aquí parados perdiendo el tiempo? -exclamó cuando volvió a recuperar el dominio de la situación-. ¡Llegamos tarde! Te felicito, muchacha -añadió volviéndose hacia Tillie-. Has hecho un buen trabajo. Daré buenos informes sobre ti a mi hermana cuando le escriba y le diré que has aprovechado las enseñanzas de Heartha.
    – Gracias, señora -murmuró Tillie haciendo una reverencia antes de ayudar a Nyssa a ponerse el abrigo y el sombrero.
    – ¿Dónde están los chicos? -preguntó la joven.
    – Nos esperan en el coche -contestó su tía-. Ed-mund y Owen irán en el pescante junto al cochero.
    Cuando ambas mujeres llegaron al coche, los dos primos se apresuraron a trepar al pescante. Nyssa entró y advirtió que Philip, un muchacho moreno de ojos claros que guardaba un gran parecido con su padre, y Giles, rubio como su madre, vestían ropas tan caras y elegantes como las suyas. Las calzas eran de terciopelo negro y el brillo oscuro de la tela destacaba sobre el blanco de las medias que calzaban debajo. Los zapa tos eran de cuero negro y brillante y sus jubones de terciopelo negro estaban bordados con pequeñas perlas. Un abrigo de piel de liebre que les llegaba hasta las rodillas y una cadena dorada de la que pendía un medallón de oro con el escudo de armas de la familia completaban el conjunto. Un par de dagas con pequeñas piedras incrustadas pendían de sus cinturones y se cubrían la cabeza con sendos sombreros de terciopelo adornados con una pluma de avestruz.
    – ¡Estáis guapísimos! -exclamó Nyssa.
    – Y tú también, hermanita -respondió Philip devolviéndole el cumplido.
    – ¡Mira, Nyssa! -gritó Giles mostrándole su arma, orgulloso-. ¡Tengo una espada!
    – Recuerda que no debes desenvainarla nunca delante del rey o el príncipe -repuso Nyssa-. Mamá dice que eso es traición.
    – No lo olvidaré -prometió solemnemente.
    – No es necesario que repitas las mismas cosas cien veces -gruñó Philip, irritado-. Con una vez es suficiente.
    – Usted perdone, señor mío -se mofó Nyssa arreglándose la falda-. ¿Cómo he podido olvidar que el vizconde de Wyndham es un modelo de perfección? Le ruego que acepte mis disculpas.
    Giles estalló en carcajadas y Philip se volvió hacia la ventanilla, enfurruñado.
    – ¿No podéis dejar de pelearos? -les regañó su tía.
    Nyssa cruzó las manos sobre el regazo y se sumió en sus pensamientos mientras el coche echaba a andar camino de Hampton Court. El intenso tráfico pronto indicó que se encontraban cerca del palacio. Nyssa asomó la cabeza por la ventanilla y comprobó que muchos de los otros coches eran más elegantes que el suyo. Los que no viajaban en coche esquivaban los vehículos con sus monturas pero todos parecían dirigirse al mismo lugar.
    Hampton Court había sido construido por orden del cardenal Wolsey, el consejero real, y ocupaba parte de las tierras que habían pertenecido a los Caballeros Hospitalarios de San Juan. La orden se había mostrado reacia a vender sus posesiones al cardenal y había preferido arrendarlas durante 99 años por cincuenta libras. La construcción del palacio se había iniciado en 1515 y, aunque el rey Enrique y su primera esposa, Catalina de Aragón, habían pasado una temporada allí en el mes de mayo de 1516, se había tardado varios años en concluir las obras.
    El edificio se levantaba alrededor de tres patios: el patio principal, el patio del reloj y el claustro y estaba construido con ladrillo rojo y azulejos azules y negros en forma de diamante. Las torres estaban rematadas por medias cúpulas y los muros habían sido decorados con el escudo de armas del cardenal y molduras de terracota, regalo del Papa. Se decía que el cardenal solía dar largos paseos por la larga galería cubierta y que, cuando el tiempo lo permitía, le gustaba pasar un rato a solas en el cuidado jardín por las noches. Había unas cien habitaciones en el palacio, treinta de las cuales eran dormitorios para invitados, y dos cocinas. Entre las dos había una habitación desde la que el cocinero jefe, vestido como un cortesano, daba órdenes a sus pinches mientras blandía su cucharón de madera.
    Bliss explicó a sus sobrinos la historia del palacio mientras sorteaban el denso tráfico.
    – Mamá dice que una vez vio al cardenal -dijo Nyssa.
    – Lo sé -asintió Bliss-. En su día, el cardenal fue una persona influyente a quien todos temían. Llegó muy alto pero su caída fue fulminante.
    – Mamá dice que siempre fue fiel al rey -insistió Nyssa-. ¿Por qué fue ejecutado?
    – El rey le acusó de traición porque el cardenal no logró obtener el permiso del Papa para divorciarle de su primera esposa. Wolsey sabía que el rey Enrique deseaba casarse con Ana Bolena pero él prefería a la princesa Renée de Francia. Estaba seguro de poder convencer a Catalina de Aragón de que cediera su puesto a la princesa francesa con la excusa de dar un heredero a Inglaterra pero de ninguna manera estaba dispuesto a mover un dedo por la hija de Tom Bolena. Como todo hombre poderoso, el cardenal tenía numerosos enemigos -siguió explicando Bliss a su sobrina, que escuchaba el relato atentamente-. Sus oponentes aprovecharon este roce con el rey para poner en tela de juicio los extravagantes métodos del cardenal y hundirle. Los chistes y los comentarios malintencionados no tardaron en extenderse por la corte y el rey empezó a preguntarse si era él o el cardenal quien gobernaba Inglaterra. A nuestro monarca no le gusta que sus colaboradores le hagan sombra y…
    – ¡Mamá me habló de una canción que se cantaba en palacio durante esos días! -exclamó Nyssa recordando la graciosa poesía-: «¿Por qué no venís a la corte? ¿A qué corte: a la corte del rey o a Hampton Court? ¡A la corte del rey! En la corte del rey debería estar su excelencia pero Hampton Court tiene preferencia.»
    – El autor de esta rima tuvo que refugiarse en West-minster -intervino el conde de Marwood-. El rey se puso furioso cuando un fraile franciscano visitó el palacio y, admirado por el lujo y el esplendor del que Wolsey se había rodeado, exclamó: «Sólo un hombre tan influyente y poderoso como un rey podría vivir en un palacio así.» Yo mismo le oí pronunciar estas palabras y los que estaban conmigo corrieron a contárselo al rey, quien se sintió herido en lo más profundo de su orgullo. Llamó al cardenal y le preguntó por qué se había construido un palacio tan suntuoso para él solo. El astuto Wolsey se apresuró a contestar: «Para ponerlo a vuestro servicio siempre que gustéis, majestad.»
    – ¿Y qué me dices de los tapices? -rió Bliss-. Al cardenal le gustaban tanto que en un año encargó ciento treinta. Cada entarimado, cada mesa y cada ventana del palacio estaban cubiertos por una alfombra o un tapiz. Dicen que una vez llegó un barco de Venecia cargado con sesenta alfombras a nombre del cardenal Wolsey. ¡Era un auténtico sibarita!
    – Pero ¿por qué fue acusado de traición y ejecutado?-insistió Nyssa.
    – Cuando estés en palacio no debes repetir esto -le advirtió su tía-: Wolsey no cometió traición; simplemente tenía demasiados enemigos en la corte. Cuando cayó en desgracia fue nombrado arzobispo de York y, si se hubiera quedado quieto y calladito allí, habría terminado sus días en paz, pero el viejo Wolsey no era de ésos. Enseguida empezó a rodearse de una corte tan lujosa e influyente como la que había disfrutado en palacio, provocando la ira del rey, quien se había dejado convencer de que el cardenal se había aliado con las naciones enemigas. Enrique Tudor estaba seguro de que había impedido su divorcio con la reina Catalina a propósito y le encerró en el castillo de Cawood. El cardenal murió en la abadía de Leicester cuando iba de camino a Londres.
    – El rey es un hombre tan poderoso que a veces me da miedo -murmuró Nyssa.
    – Haces bien en temerle -respondió su tío-. Enrique Tudor es fiel y generoso con sus amigos, pero es un enemigo temible. Tu madre sobrevivió en la corte porque actuó como una mujer inteligente y no se dejó tentar por el poder ni se aprovechó de su privilegiada situación. Tenia siempre como modelo.
    – Quizá sea mejor que vuelva a casa -gimió la joven, asustada, mientras sus hermanos estallaban en carcajadas.
    – ¡Tonterías! -replicó Bliss-. Has sido elegida por el rey para ser dama de honor de la nueva reina. Vivirás en la corte, escogerás a un buen partido entre los muchos pretendientes que se acercarán a ti, te casarás y vivirás feliz el resto de tus días. Para eso has venido a palacio y no quiero ni oír hablar de regresar a casa. ¡Por el amor de Dios, Nyssa! Estás a punto de cumplir diecisiete años. ¿Tengo que recordarte cada cinco minutos que eres demasiado mayor para permanecer soltera por más tiempo? Blaze tiene demasiado trabajo en Rive-redge cuidando de tus hermanos pequeños y encontrando esposas ricas para ellos como para echarte de menos. Giles, Philip y tú estáis aquí para iniciar vuestra vida de adultos, así que ¡basta de tonterías!
    Philip y Giles sofocaron sus risas mientras su hermana se ponía colorada como un tomate ante la severa regañina de su tía.
    – ¡No soy una cobarde! -protestó la joven-. Lo que ocurre es que tanta novedad me asusta, eso es todo. Recuerda, tía, que la primera vez que pusiste los pies en palacio te acompañaba tu marido. Tú viniste a divertirte y yo estoy aquí para servir a la reina. Nunca he salido de mi casa, no tengo experiencia y temo dejar en mal lugar a mi familia, ¡pero no soy una cobarde!
    – Nyssa tiene razón -intercedió su tío-. Recuerdo la primera vez que llegué a palacio. Sólo tenía seis años y había sido escogido como paje del príncipe Enrique, hoy nuestro rey. Yo también estaba muy asustado y me sentía desorientado, por lo que durante los primeros días no hice más que observar con atención y preguntarlo todo. Nunca temas preguntar demasiado, Nyssa -aconsejó a su sobrina-; siempre es mejor pecar de preguntona que cometer un error imperdonable en presencia del rey. Además, la reina Ana todavía tardará unas semanas en llegar, así que tendrás tiempo de sobra para prepararte. Estoy seguro de que la esposa de sir Anthony Browne pondrá todo su empeño en instruir a las damas perfectamente; después de todo, ella es la responsable.
    – Gracias por tus palabras, tío Owen -sonrió Nyssa, algo más tranquila-. Tú sí me entiendes -añadió dirigiendo una mirada ceñuda a su tía, quien fingió no verla.
    El coche se detuvo a las puertas de palacio y los lacayos se apresuraron a abrirles la portezuela y a ayudar a las damas a descender antes de retirar el vehículo. Mientras Bliss se alisaba las arrugas de la falda se oyó un grito a sus espaldas.
    – ¡Bliss! -exclamó una dama gruesa de cabello oscuro y brillantes ojos castaños-. ¿Sois vos? ¡No puedo creerlo!
    – ¿Adela? -gritó Bliss volviéndose y abrazándola efusivamente-. ¡Adela Marlowe! ¡Qué alegría!
    – Me he puesto gorda como una vaca, ¿verdad? ¡Sin embargo vos estáis tan maravillosa como siempre!
    – Sólo una buena amiga sería tan benevolente -rió Bliss devolviéndole el cumplido-. Ya no soy la niña que conocisteis.
    – Y ésta es vuestra hija, ¿verdad? -aventuró Adela Marlowe reparando en Nyssa y escrutándola con la mirada. Joven, inocente y rica, se dijo.
    – Es mi sobrina -contestó Bliss-. Es la hija de Blaze y ha sido nombrada dama de honor de la reina. Nyssa, te presento a lady Adela Marlowe. Adela, ésta es lady Nyssa Catherine Wyndham y aquéllos son Philip, vizconde de Wyndham, y su hermano Giles. También han sido nombrados pajes -añadió a la vez que los muchachos hacían una reverencia a la dama, que parecía impresionada.
    – ¿Estáis prometida, jovencita? -preguntó a Nyssa.
    – No, señora.
    – ¡Entonces tenéis que conocer a mi Enrique!
    – ¡Qué magnífica idea! -exclamó Bliss, entusiasmada.
    – Bliss, querida -intervino su marido-, creo que no debemos hacer esperar a lady Browne. Si llegamos tarde haremos quedar mal a Nyssa.
    – Owen tiene razón -admitió Bliss de mala gana besando a su amiga en las mejillas-. Nos veremos luego. ¡Tenéis que ponerme al día de todos los cotilleos! ¡Owen, baja de ahí inmediatamente! -gritó cuando vio a su hijo encaramado a una verja-. ¿Dónde está tu primo Edmund? Empiezo a pensar que no ha sido una buena idea traeros con nosotros.
    – Te está bien empleado, gatita -dijo su marido sonriendo triunfante-. Tú te ofreciste a hacerte cargo de ellos -añadió antes de darse la vuelta y emprender el camino hacia la entrada de palacio mientras Bliss reunía a su caterva de chiquillos y le seguía.
    Lady Margaret era la esposa de sir Anthony Browne, el encargado de los establos y un hombre muy querido por el rey, ya que trabajaba muy duro y siempre tenía los caballos bien cuidados e impecables. Al contrario que otros colaboradores, nunca tomaba parte en las disputas políticas de la corte y sólo vivía para servir al monarca y a su familia. Enrique Tudor le había recompensado por su fidelidad regalándole unas propiedades en Surrey que habían pertenecido a la abadía de Chertsey, al priorato de Merton, a Santa María Overey, en Southwark, y al priorato de Guilford. Su esposa había sido nombrada encargada de escoger a las damas de la nueva reina.
    Los aposentos de lady Margaret estaban situados muy cerca de los que se habían destinado a la reina Ana y la amable dama saludó a los condes de Marwood cor-dialmente.
    – Parece que fue ayer cuando vinisteis recién casa da, condesa, pero los años no pasan por vos. ¿Cuántos hijos tenéis?
    – Tres hijos y una hija, señora -contestó Bliss.
    – ¿Son éstos? -preguntó lady Browne fijando su mirada miope en los niños.
    – Sólo uno de ellos -respondió la condesa-. ¡Owen, saluda a la señora!-ordenó-. Señora, permitid que os presente a Edmund Kingsley, el hijo mayor de mi hermana Blythe y sir Nicholas Kingsley. Y estos jovencitos son Philip, vizconde de Wyndham, y su hermano Giles, los hijos de mi hermana Blaze, condesa de Langford. El rey les ha nombrado pajes de la nueva reina.
    Los muchachos hicieron una reverencia al oír su nombre y lady Browne asintió satisfecha al ver que mostraban buenos modales.
    – ¿Y quién es esta jovencita, lady Fitzhugh? -preguntó.
    – Os presento a lady Nyssa Catherine Wyndham, hija de los condes de Langford. Será una de las damas de honor de la reina.
    – ¿Otra dama de honor? -exclamó lady Browne horrorizada-. ¡No, por favor! Todas las jóvenes de buena familia de Inglaterra han venido hasta aquí para ser nombradas damas de honor. Lo siento, lady Fitzhugh, pero no hay sitio para vuestra sobrina.
    – Me temo que no me he explicado con claridad -replicó Bliss sin levantar la voz, pero empleando un tono frío y cortante que su marido conocía a la perfección-. El rey visitó a mi hermana el pasado octubre y escogió a Nyssa personalmente. La muchacha es hija de Blaze Wyndham, ¿recordáis a mi hermana?
    – Pues…-titubeó lady Browne-. ¿La hija de Blaze Wyndham habéis dicho? El nombre me resulta familiar pero no logro recordar su rostro.
    La joven era bonita y parecía tener buenos modales pero no era nadie. Más de una docena de familias de mucho más renombre que la de Nyssa Wyndham se encontraban a la espera de un puesto de dama de honor para sus hijas. Los padres de esas muchachas estaban dispuestos a recompensar al monarca con sustanciosas contribuciones a las arcas reales y, ya que el rey no había mencionado a Nyssa en ningún momento, lady Browne creyó que lo mejor era deshacerse de ella cuanto antes.
    – A mi madre se la conocía como La Amante Callada -intervino Nyssa adivinando las intenciones de la dama-. Aunque su estancia en palacio fue muy breve, estoy segura de que si hacéis un esfuerzo la recordaréis. A pesar del tiempo transcurrido, el rey la sigue teniendo por su subdita más fiel y una de sus mejores amigas.
    – Sois demasiado descarada, jovencita -la reprendió lady Browne. Sin embargo, cuando emitió un suspiro resignado, tía y sobrina intercambiaron una mirada cómplice y supieron que habían conseguido convencerla.
    – ¿Habéis vivido en palacio alguna vez? -preguntó, aunque conocía la respuesta-. ¿No? Entonces tenéis mucho que aprender en muy poco tiempo, lady Nyssa. Quiero veros cada día después de asistir a la misa de la mañana en la capilla de palacio. De momento viviréis con vuestra familia. Las habitaciones de las damas están ocupadas por algunos invitados ilustres y aquí no cabe ni un alfiler. Cuando estemos en Green-wich todo será diferente; entonces no deberéis separaros de la reina a menos que ella os dé permiso para hacerlo.
    – Sí, señora -se limitó a responder Nyssa.
    – Las mismas indicaciones sirven para los pajes -añadió lady Browne volviéndose hacia Bliss-. Supongo que también es la primera vez que están lejos de su hogar. Espero que no se pasen las noches llorando y llamando a su mamá. No soporto a los niños llorones.
    Philip y Giles miraron a la dama indignados.
    – Vamos, niños -se apresuró a intervenir Bliss-. Os enseñaré el castillo. Si vais a trabajar aquí, os conviene conocerlo como la palma de vuestra mano.
    – ¡Qué buena idea! -asintió lady Browne-. Recordad, lady Nyssa: quiero veros cada mañana a primera hora.
    – Aquí estaré -prometió Nyssa haciendo una reverencia.
    – Ha estado a punto de hacerme desistir -dijo Bliss cuando se encontraron lejos de los aposentos de la dama.
    – Quizá habría sido lo mejor -murmuró Nyssa.
    – ¡Tonterías! -replicó su tía-. ¿Qué diría tu madre si nos viera aparecer con el rabo entre las piernas? Además, habría hecho falta alguien más perverso que la buena de lady Browne para hacerme desistir de mi empeño. Sólo piensa en el provecho que puede obtener de las familias ricas si accede a colocar a sus hijas entre las damas de la reina. En palacio todo se compra y se vende y tu madre pagó con creces el favor que te ha hecho el rey.
    Nyssa guardó silencio mientras su tía la guiaba a través de los laberínticos pasillos de palacio. En un salón encontraron a lord y lady Marlowe esperándole.s. Nyssa sospechaba que Adela Marlowe se había apresurado a hacerse la encontradiza en cuanto se había enterado de su presencia en palacio. Junto a ella se encontraba un muchacho con el rostro cubierto de manchas rojizas que apoyaba todo el peso de su cuerpo sobre uno y otro pie alternativamente.
    – ¡Bliss, querida! -llamó Adela Marlowe en cuanto les vio. Su hijo enrojeció hasta la raíz del cabello y bajó la mirada, avergonzado-. ¡Estamos aquí!
    Mientras lord Marlowe y el conde de Marwood intercambiaban saludos y apretones de manos, lady Marlowe se apresuró a presentar a su hijo Enrique. Era tan evidente que tenía en mente concertar su boda con Nyssa cuanto antes que hasta los hermanos Wyndham y sus primos se dieron cuenta y empezaron a reír.
    – ^Precisamente ahora me disponía a enseñar los campos de tenis y torneos a los muchachos -intervino Owen Fitzhugh, decidido a evitar el desastre que se avecinaba-. ¿Por qué no os unís a nosotros?
    – Será un placer -respondió lord Marlowe mientras su hijo se apresuraba a unirse al grupo.
    – ¿Cuántos años tiene Enrique? -preguntó Bliss a su amiga cuando los hombres se hubieron marchado-. Me recuerda a su padre. ¡Parece tan callado!
    – Acaba de cumplir doce -contestó lady Marlowe con un suspiro-. Tenéis razón, señora; es tan taciturno como John. Incluso más, me atrevería a asegurar.
    – Nyssa cumplirá diecisiete el próximo 31 de diciembre -replicó Bliss, dispuesta a echar por tierra las esperanzas de su amiga-. Como no está prometida, la hemos traído a la corte para que haga una buena boda. Después de todo, es una heredera: posee las tierras de Riverside, y las de su difunto padre y su padrastro la han dotado con una generosa suma de dinero. Nyssa es su ojito derecho y ella le adora como si fuera su padre, ya que Edmund Wyndham murió cuando la pequeña sólo tenía dos años. Es una jovencita muy testaruda y me temo que necesita a un marido de edad que la guíe con la mano firme.
    Nyssa comprobó irritada que ambas damas hablaban de ella como si no se encontrara delante.
    – ¿Y tú no eras testaruda cuando eras joven, tía? -intervino en su propia defensa^. Por lo que cuenta mamá, eras peor que yo.
    – ¿Cabezota, yo? -exclamó Bliss provocando las carcajadas de su sobrina y su amiga.
    – Contadme cómo se encuentra vuestra familia -pidió lady Marlowe a Bliss cuando hubieron encontrado un lugar tranquilo y apartado donde sentarse.
    Nyssa, a quien empezaba a aburrirle la insulsa conversación de las damas, decidió continuar la exploración del palacio por su cuenta. Pasó de largo frente a los grupos de cortesanos que conversaban animadamente y se asomó a la ventana, desde la que se divisaba el jardín. En un rincón había una puertecita y, sin pensárselo dos veces, la abrió y se encontró en el exterior. El cielo había cambiado el color gris plomizo que había lucido a primera hora de la mañana por el azul añil y el sol brillaba con fuerza. Nyssa aspiró el aire fresco de la mañana y emitió un suspiro de alivio. Las habitaciones de palacio estaban llenas de gente y su nariz le decía que, a pesar de los elegantes vestidos que lucían damas y caballeros, no todos los cortesanos eran tan escrupulosos con su higiene como ella.
    Nyssa empezó a caminar sin rumbo. Las numerosas fuentes rodeadas de animales heráldicos de piedra colocados sobre pilares que adornaban el jardín llamaron su atención. Los parterres estaban pintados de verde y blanco, los colores de la dinastía Tudor. Aunque estaban en pleno invierno y se encontraban vacíos de flores y plantas, los jardineros los estaban preparando para la primavera. Enseguida se dio cuenta de que no estaba sola. Un joven se acercó a ella, le hizo una reverencia y le sonrió.
    – ¿Sois nueva en palacio, señora? -preguntó-. Conozco a todas las jóvenes bonitas que viven aquí y estoy seguro de que no os había visto antes. Me llamo Hans von Grafsteen y soy el paje personal del embajador de Cleves -se presentó quitándose el sombrero y haciendo otra reverencia.
    – Yo soy lady Nyssa Wyndham y he venido a la corte a servir a la reina. El rey me ha nombrado dama de honor.
    – Estoy seguro de que le gustaréis más que cualquiera de esas jovencitas estiradas.
    – Mis hermanos también serán pajes de su majestad
    – le confió Nyssa. Aquel joven no le intimidaba tanto como el resto de los cortesanos-. ¿Cuántos años tenéis? Parecéis menor que Philip y mayor que Giles.
    – ¿Cuántos años tienen vuestros hermanos?
    – Trece y nueve.
    – Yo tengo once y soy sobrino del embajador. Gracias a él obtuve mi puesto como paje. ¿A qué se dedica vuestra familia, lady Nyssa?
    – Mis padres son los condes de Langford -respondió Nyssa, que solía considerar innecesario explicar que en realidad Anthony Wyndham era su padrastro.
    – Si no me equivoco, los Wyndham no están entre los grandes de la nobleza de este país -replicó Hans-. Decidme, ¿cómo conseguisteis un puesto tan prestigioso en la corte?
    ¿Debo decirle la verdad?, se preguntó Nyssa. El joven le inspiraba tanta confianza que finalmente decidió hacerlo.
    – Mi madre fue amante del rey hace muchos años
    – contestó-. Todavía siguen siendo buenos amigos y cuando mi madre le pidió ese puesto para mí, él no pudo negarse -añadió comprobando aliviada que la historia de su madre en la corte no parecía haber escandalizado a Hans.
    – Entonces, ¿sois hija de su majestad?
    – ¡Naturalmente que no! -exclamó Nyssa enrojeciendo violentamente. Ahora tendría que explicarlo todo-. Mi padre fue Edmund Wyndham, tercer conde de Langford, y yo soy su hija legítima. Cuando mi madre estuvo aquí en palacio mi padre ya había muerto y ella todavía no se había casado con mi padrastro. El heredero y sobrino de mi padre se convirtió en mi padrastro y es el único padre que he conocido
    – Ahora lo entiendo… -asintió Hans.
    – Habladme de la reina Ana -pidió Nyssa-. He oído que es una dama bella y bondadosa y estoy encantada de haber sido escogida para servirla. ¿Cómo es? ¿Cómo debo dirigirme a ella?
    – ¿Habláis alemán, señora? -preguntó Hans sonriendo divertido.
    – ¿Alemán? -repitió Nyssa, desconcertada-. Pues no…
    – Entonces no es necesario que os preocupéis. No podréis dirigiros a ella porque no entiende una palabra de inglés.
    – ¿Y cómo hablará con el rey?
    – ¿ Quién ha dicho que van a hablar? Mi señora viene a establecer una alianza y a darle herederos… No tendrá que hablar mucho.
    – Me temo que os equivocáis, Hans -replicó Nyssa-. Mi madre asegura que el rey prefiere las mujeres cultas, inteligentes e ingeniosas aficionadas a la música, la danza y los juegos de cartas. La belleza no lo es todo para él, aunque le gustan las damas hermosas.
    – Entonces mi señora está condenada a caer en desgracia -suspiró Hans, apesadumbrado-. Lady Ana no es hermosa y no sabe música. Tampoco baila ni sabe jugar a las cartas porque esos frivolos pasatiempos están prohibidos en la corte de su hermano.
    – ¡Vaya por Dios! -se lamentó Nyssa-. ¿Qué le ocurrirá a la pobre dama cuando el rey descubra que no es como él espera? Hans, debéis enseñarme algo de alemán para que pueda ayudar a su majestad a aclimatarse a nuestro país y nuestras costumbres -pidió.
    ¡Qué muchacha tan bondadosa!, se dijo Hans. Ninguna de las damas que había conocido se había molestado en averiguar cómo podían hacer la estancia de su majestad en Inglaterra más agradable. ¡Desde luego que iba a ayudar a Nyssa Wyndham! Llevaba viviendo en palacio tiempo suficiente para saber que a su señora no le iba a resultar fácil adaptarse a la corte de Enrique Tudor. Había crecido en un ambiente tan estricto y represor que no iba a saber cómo comportarse.
    – Os enseñaré mi idioma, señora -prometió-. ¿Conocéis otras lenguas?
    – Sé algo de francés y latín -contestó-. Y también leo un poco de griego. Crecí en el campo y no he recibido una educación muy esmerada.
    – ¿Qué otras cosas sabéis hacer?
    – Sé sumar, leer y escribir y un poco de historia
    – respondió Nyssa-. Los idiomas se me dan bien, pero las sumas… Mamá insistió en que una mujer debe saber de cuentas para que las criadas y los comerciantes no la estafen.
    – Vuestra madre parece una mujer muy práctica
    – rió Hans-. En Cleves nos gustan las mujeres prácticas. Mi señora Ana también es una mujer práctica.
    – Tendrá que utilizar todos sus encantos ocultos cuando se dé cuenta de que el rey está decepcionado. ¡Pobrecilla! Sólo es una joven que viene a un país extraño para casarse con un hombre a quien no conoce. ¿Creéis que le costará aprender inglés?
    – Lady Ana es una mujer muy inteligente -aseguró su amigo-. Aunque al principio será duro para ella, sé que acabará gustándole Inglaterra y sus costumbres desinhibidas. Mi tío la conoce bien y afirma que es una mujer alegre y animosa a quien la corte de Cleves le resulta opresiva. Las virtudes más apreciadas allí son la docilidad y la modestia.
    – Me temo que no va a tener más remedio que cambiar su rígida mentalidad alemana si quiere sobrevivir aquí -rió Nyssa-. No son éstas las cualidades más valoradas aquí.
    – Vuestro rostro es todavía más bello cuando sonreís -dijo Hans muy serio-. Siento ser tan joven y venir de una familia demasiado humilde para casarme con la hija de un conde, pero espero que podamos ser amigos.
    La franqueza con que el joven había hablado sorprendió a Nyssa, que consiguió esbozar una sonrisa.
    – Claro que podemos ser amigos -aseguró-. Venid, os presentaré a mi familia. Me gustaría que enseñarais algo de alemán a mis hermanos. Después de todo, ellos también estarán al servicio de la princesa…, quiero decir la reina -se corrigió-. Debo acostumbrarme a llamarla majestad y a tratarla como tal.
    – Vamos -contestó Hans ofreciéndole el brazo-. Os acompañaré al interior del palacio. Se está levantando un viento muy frío y no deseo que os pongáis enferma. No me gustaría que pusieran a otra en vuestro lugar.
    – Tenéis razón -asintió Nyssa-. Lady Browne ha tratado de deshacerse de mí esta mañana, pero estoy decidida a quedarme y servir a su majestad con la lealtad que merece.
    Cuando Nyssa regresó al salón, comprobó que su tía seguía conversando animadamente con lady Marlo-we y que ni siquiera había advertido su ausencia. Les presentó al paje del embajador de su majestad y lady Marlowe, que al parecer ya le conocía, se apresuró a corregir a la joven.
    – Barón Von Grafsteen, querida lady Nyssa -dijo esbozando una sonrisa demasiado amplia y forzada-. ¿Verdad, señor?
    Hans asintió de mala gana. Odiaba ser barón, un título que había heredado de su padre cuando éste había muerto hacía dos años dejando sólo un hijo, y a menudo deseaba que hubiera llegado acompañado de algo de dinero.
    – Hans va a enseñarme alemán -declaró-. ¿Sabíais que lady Ana no habla otro idioma? Tomaré lecciones cada día hasta que su majestad llegue. Supongo que le gustará tener a alguien con quien hablar. ¿A ti qué te parece, tía Bliss?
    – Una idea excelente -aprobó su tía, complacida. Apostaba a que a ninguna de las otras damas se le había ocurrido aprender el idioma de la reina.
    El conde de Marwood regresó acompañado por lord Marlowe y su joven hijo. Hans von Grafsteen les fue presentado y enseguida se hizo amigo de los muchachos. Tanto sus tíos como sus primos y hermanos parecían moverse por palacio como peces en el agua, pero Nyssa se sentía desplazada. Estaba pensando que quizá con la llegada de la reina volvería a sentirse útil cuando advirtió que estaba siendo observada. Levantó los ojos y descubrió que un caballero joven y bien vestido la miraba fijamente. Avergonzada, sus mejillas empezaron a arder.
    – ¿Quién es ese caballero? -murmuró tirando de la manga del vestido de lady Marlowe tímidamente.
    – ¡Dios mío! -exclamó la dama volviéndose hacia donde Nyssa señalaba y enrojeciendo violentamente-. ¡Es el conde de March! Es nieto de Norfolk, aunque procede de la rama bastarda de la familia. ¡Es un mujeriego incorregible y un malvado! No debes mirarle; ninguna dama respetable desea ser vista en compañía de Varian de Winter.
    – Pues a mí me parece muy guapo -murmuró Nyssa-. Y no tiene aspecto de villano.
    – Sí que es atractivo -admitió lady Marlowe-, pero también es un hombre peligroso. Sé de buena tinta que… -añadió bajando la voz para que sólo Bliss pudiera oír sus palabras.
    – ¡Qué me dices! -exclamó ésta llevándose una mano a la boca, escandalizada.
    – ¿Por qué habláis en voz tan baja? -preguntó Nyssa con retintín-. ¿No deseáis que escuche lo que decís?
    – Eres demasiado joven, Nyssa -respondió su tía.
    – Sin embargo soy lo bastante mayor para casarme -insistió la joven.
    – Hay cosas para las que una mujer nunca es bastante mayor y ésta es una de ellas -replicó Bliss dando la discusión por finalizada.
    Las dos mujeres reanudaron su conversación y Nyssa robó otra mirada a Varian de Winter, quien se encontraba hablando con otro caballero y no advirtió que estaba siendo espiado. Su cabello era oscuro y su rostro le recordaba al de un halcón. Se encontraba distraída preguntándose de qué color serían sus ojos cuando él se volvió y la sorprendió mirándole abiertamente. Sin pensárselo dos veces, se llevó un dedo a los labios y le mandó un beso mientras esbozaba una sonrisa traviesa. Nyssa contuvo un grito y se volvió de espaldas. ¡El muy descarado! ¿Qué se había creído? No se atrevía a mirarle pero sentía que las mejillas volvían a arderle y que el cabello de la nuca se le erizaba.
    A partir de aquel día Nyssa acudió a Hampton Court cada mañana después de asistir a misa y lady Browne le presentó a las damas de más edad escogidas para servir a la reina. Dos de ellas, lady Margaret Douglas y la marquesa de Dorset, eran sobrinas de Enrique Tudor. La duquesa de Richmond también estaba emparentada con la familia real, ya que estaba casada con Enrique, el hijo bastardo que el monarca había tenido con Eliza-beth Blount. También estaban la condesa de Hert-ford, la condesa de Rutland, lady Audley, lady Rochford, lady Edgecombe y otras sesenta damas de categoría inferior. Nyssa también conoció al conde de Rutland, el nuevo chambelán de la reina, a sir Thomas Denny, su secretario personal y al doctor Kayne, el amable fraile que iba a ser su confesor.
    Entre las muchas candidatas a damas de honor, sólo las hermanas Basset, Katherine y Ana, hijas de lord Lisie, gobernador de Calais, y Nyssa Wyndham tenían su puesto asegurado. La lista de solicitudes era interminable y lady Browne imaginaba que la reina traería consigo a sus propias damas. Muchas de ellas no tardarían en regresar a Cleves y las jóvenes inglesas ocuparían sus puestos, pero aún así no habría sitio para todas. La competencia era tan feroz que la presencia en la corte de una muchachita desconocida como Nyssa empezaba a levantar suspicacias.
    Cuando los comentarios maliciosos llegaron a oídos del rey, Enrique Tudor se apresuró a cortar de raíz las habladurías llamando a Nyssa a su presencia. La joven se apresuró a acudir a su llamada y se arrodilló a sus pies como la subdita fiel y obediente que era.
    – Levantaos, lady Nyssa -dijo el rey ayudándola a ponerse en pie y besándola en las mejillas-. Me alegro de que hayáis llegado sana y salva. ¿Qué os parece mi corte? ¿Habíais visto alguna vez un palacio como éste?
    – No, majestad -contestó Nyssa-. Lady Browne me está enseñando todo cuanto debo saber para servir a nuestra nueva reina con eficacia y también estoy aprendiendo alemán.
    – ¿No os parece una criatura tan deliciosa como su madre? -preguntó el rey, radiante de alegría-. ¿Recordáis a Blaze Wyndham, mi pequeña campesina? Aquí tenéis a su hija, lady Nyssa Catherine Wyndham. Yo mismo la he escogido para servir a la reina Ana y he prometido a su madre protegerla de todo peligro. ¡La buena de Blaze no quería dejar volar a su pajarillo fuera del nido! Ahora volved con lady Browne y seguid trabajando tan duro como hasta ahora -añadió acariciando una mano a Nyssa, que se apresuró a obedecer.
    – Vaya, vaya -murmuró lady Rochford al oído de lady Edgecombe-. El rey ha dejado muy claro que nadie le quitará su puesto a. la hija de su amante.
    – Eso parece -contestó lady Edgecombe-. Lady Browne no debe haber saltado de alegría precisamente. Sólo hay sitio para doce damas y por lo menos la mitad de ellas vendrán de Cleves con la reina. Y ahora el rey ha decidido ayudarla escogiendo personalmente a otras tres.
    – Lady Nyssa Wyndham y las hermanas Basset
    – adivinó lady Rochford-. Ana fue dama de la reina Jane y Katherine ha servido a la duquesa de Suffolk, pero ¿qué méritos ha hecho esta jovencita? Está aquí sólo porque su madre hizo pasar un buen rato a nuestro rey hace más de quince años. ¿Creéis que su majestad quiere probar también a su hija? -siseó al oído de su amiga.
    – ¡No seáis ridicula! El rey Enrique está a punto de casarse por tercera vez y está enamorado del retrato de la nueva reina. Además, lady Nyssa es una chiquilla. ¡Podría ser su hija!
    – La nueva reina también podría ser su hija -replicó lady Rochford-. Sólo es cinco años mayor que la princesa María.
    – Sois una imprudente por expresar esos pensamientos en voz alta. Deberíais estar satisfecha por haber recuperado vuestro lugar en la corte después de lo ocurrido a vuestra familia.
    – Se trata de mi familia política, y además soy viuda -se defendió lady Rochford-. Os recuerdo que mi madre era pariente directa del rey, aunque hoy día ser pariente de Enrique Tudor no es ninguna garantía.
    – El día menos pensado os cortarán la cabeza, Jane
    – exclamó lady Edgecombe muy pálida-. Y en cuanto a lady Nyssa Wyndham, el rey ha mantenido su amistad con su madre y, según lady Browne, la muchacha es una heredera.
    – Así que aparte de belleza, la niña tiene algo más. De todas maneras, el privilegio de servir a la reina corresponde a las hijas de las familias más nobles. Ha sido así desde antes del reinado de Jane Seymour -añadió.
    Se refería a su cuñada Ana Bolena. El matrimonio de Jane Rochford con George, hermano de la segunda reina de Inglaterra, había sido muy desgraciado pero Ana Bolena adoraba a su hermano y no había hecho nada para ayudarla. Finalmente Jane se había vengado de ellos y volvía a gozar del favor del rey. Lady Rochford esbozó una sonrisa malévola y observó a Nyssa Wyndham con atención. La muchacha era joven, rica y bonita pero hacían falta otras cualidades para sobrevivir en la corte. Tendrás que ser inteligente y astuta, pequeña, se dijo. Muy inteligente.

    Finalmente lady Browne escogió a las seis damas de honor que debían servir a la reina: Ana y Katherine Basset, Katherine Carey, hija de William Carey y María Bolena, Catherine Howard, sobrina del duque de Norfolk, Elizabeth Fitzgerald, hija menor del duque de Kildare y también conocida como la huérfana de Kildare, y Nyssa Wyndham.
    – No tardaremos en enviar de vuelta a Cleves a las damas que la reina traiga consigo -había prometido el rey a lady Browne-. La reina de Inglaterra debe ser servida por muchachas inglesas, ¿no creéis, lady Margar et?
    – Sí, majestad -se había apresurado a contestar lady Browne, cuyo humor había mejorado notablemente cuando el monarca le había asegurado que gozaría de total libertad para asignar los puestos de las damas que debían regresar a Alemania. De repente había dejado de importarle que Enrique Tudor la hubiera desautorizado escogiendo él mismo a las seis primeras damas.
    Nyssa y las hermanas Basset eran las muchachas de más edad, pero Katherine y Ana eran altivas y demasiado pagadas de sí mismas porque su padre era el gobernador de Calais. Ana, la mayor, había sido objeto de habladurías el verano anterior cuando el rey le había regalado un caballo y una silla de montar. Ambas hermanas se habían criado en la corte y Nyssa encontraba sus aires de superioridad insoportables.
    – No les hagas caso – le dijo un día Catherine Ho-ward -. Son unas engreídas.
    – Para ti es fácil decirlo – replicó Nyssa -. Tú eres una Howard, pero yo sólo soy una Wyndham y no tengo experiencia en la corte.
    – ¡Tonterías! – intervino Elizabeth Fitzgerald -. Yo también he crecido en palacio y te aseguro que tus modales son tan buenos como los de una cortesana, Nyssa.
    – Estoy de acuerdo – asintió Katherine Carey -. Nadie diría que es la primera vez que vienes a la corte!
    Todas eran jóvenes amables de entre quince y dieciséis años y algunas de ellas eran bellísimas: el abundante cabello rizado de color castaño de Catherine Howard y sus ojos azul turquesa llamaban poderosamente la atención, Katherine Carey era una preciosa rubia de ojos oscuros y Elizabeth Fitzgerald tenía el cabello negro y los ojos azules. Nyssa no tardó en descubrir que también eran alegres y animosas y que tenían a los jóvenes de la corte en pie de guerra. La pobre lady Brow-ne solía tener problemas para mantener el orden y la disciplina.
    La princesa Ana llegó a Calais el 1 1 de diciembre, pero no pudo continuar su viaje porque el tiempo se negó a cooperar y las costas francesas y británicas se vieron azotadas por feroces tormentas durante dos semanas. Cada vez era más evidente que la boda iba a tener que aplazarse una vez más, pero ni siquiera el nuevo retraso de la reina interrumpió la frenética actividad de palacio. Los nobles a quienes el rey había llamado a palacio para que presentaran sus respetos a la nueva reina llegaban a Hampton Court en grupos numerosos.
    El 26 de diciembre el tiempo mejoró un poco, por lo que*el almirante jefe decidió embarcar a la reina y a su séquito antes de que un nuevo temporal les obligara a permanecer en Calais hasta marzo. Partieron a medianoche y consiguieron atravesar el canal sin ninguna dificultad. A las cinco de la mañana la caravana llegó a Deal y fue recibida por la duquesa de Suffolk, el obispo de Chichester y otras personalidades. La princesa Ana fue conducida al castillo de Dover y aquella misma noche el tiempo volvió a empeorar. La débil lluvia pronto se transformó en una tormenta de nieve acompañada de fuertes vientos del norte.
    A pesar del mal tiempo, la princesa Ana insistió en continuar el viaje hasta Londres. El lunes 29 de diciembre llegó a Canterbury, donde la esperaban el arzobispo Cranmer acompañado de trescientos hombres vestidos con trajes de seda de color dorado que se apresuraron a escoltarla hasta el monasterio de San Agustín. El martes 30 la reina viajó de Canterbury a Sitting-bourne y el día siguiente llegó a Rochester, donde el duque de Norfolk la esperaba en Reynham Down con cien hombres a caballo vestidos de verde y dorado que la acompañaron al palacio del obispo, donde permaneció durante dos días.
    Era en el palacio del obispo donde lady Browne y unas cincuenta damas, incluidas las seis damas de honor, esperaban a la nueva reina. Cuando lady Browne acudió a presentar sus respetos a la princesa Ana, apenas pudo contener su sorpresa y su consternación. La mujer que contemplaba no se parecía en nada a la hermosa joven que Holbein había pintado y cuyo retrato el rey besaba varias veces al día. Lady Browne hizo una reverencia a la princesa y contuvo la risa cuando recordó una canción que se cantaba en la corte y que había sido compuesta inspirándose en el afecto que el rey mostraba al retrato de la futura reina: «Ahora que he mos visto vuestro retrato, queremos saber si realmente sois tan bella.»
    La reina no era la muchacha de rostro dulce y estatura mediana que Holbein había pintado, sino una joven alta y de facciones duras cuya piel mostraba un tono oliváceo en lugar de un blanco sonrosado. En cambio, sus ojos azules eran brillantes y estaban bien alineados; sin duda eran el único rasgo hermoso de aquel rostro. Cuando lady Browne se puso en pie, la princesa esbozó una amplia sonrisa. Era una sonrisa amable y llena de buena voluntad, pero la dama supo que aquella mujer no iba a volver loco de amor a Enrique Tudor.
    Margaret Browne había vivido mucho tiempo en la corte y sabía que el rey sentía predilección por las mujeres menudas, delgadas y cariñosas. ¡Aquella valquiria alemana no tenía ninguna posibilidad de conquistar el corazón del monarca! Si por lo menos mostrara buen gusto en el vestir…, se lamentó lady Browne mientras examinaba sus ropas extravagantes y pasadas de moda. Parecía que se había vestido con un par de orejas de elefante y el traje, aparte de ser muy poco favorecedor, la hacía parecer todavía más alta.
    – Bienvenida a Inglaterra, señora -consiguió articular finalmente-. Soy lady Margaret Browne, la encargada de escoger a vuestras damas. Seis de ellas me han acompañado hasta aquí y, si dais vuestro permiso, os las presentaré.
    El joven barón Von Grafsteen tradujo las palabras de lady Margaret y la reina asintió con tanta fuerza que la darha temió que se le deshiciera el peinado. A una indicación de lady Browne, Philip Wyndham abrió una puerta y las seis muchachas entraron en el salón luciendo sus mejores galas. Cuando vieron a la princesa abrieron ojos como platos y las hermanas Basset emitieron una exclamación de sorpresa.
    – ¡Saludad a la reina! -ordenó lady Browne, furiosa-. Cuando diga vuestros nombres en voz alta os adelantaréis y haréis una reverencia a su majestad, ¿entendido?
    – Dejad a lady Nyssa la última, señora -pidió Hans-. Mi señora se llevará una gran alegría cuando vea que una de sus damas habla un poco de alemán y quizá le haga algunas preguntas.
    – Me parece una buena idea -asintió lady Browne, quien se apresuró a presentar a las damas. Aliviada, comprobó que habían recuperado la compostura a pesar de la impresión que acababan de sufrir. Katherine Carey fue presentada primero por ser sobrina de Enrique Tudor. La siguió Catherine Howard por ser su tío un hombre importante e influyente. A continuación vinieron Elizabeth Fitzgerald y las hermanas Basset.
    – Bienvenida a Inglaterra, majestad -dijo Nyssa en alemán cuando le llegó el turno de inclinarse ante la princesa.
    Ana de Cleves esbozó una radiante sonrisa y empezó a hablar con tanta rapidez que Nyssa se volvió hacia Hans suplicando un poco de ayuda.
    – Nyssa no os entiende, alteza -explicó el muchacho-. Está aprendiendo nuestro idioma porque pensó que os agradaría hablar con alguien que comprendiera vuestra lengua, pero todavía no la domina.
    La princesa asintió y se volvió hacia Nyssa.
    – Sois muy amable por haber pensado que me sentiría muy sola en la corte -dijo, hablando muy despacio-. ¿Me entendéis ahora?
    – Sí, señora -contestó Nyssa.
    – ¿Quién es esta joven, Hans? -dijo lady Ana-. ¿Es de buena familia?
    – Es la hija del conde de Langford, señora. Su familia no es rica ni poderosa, pero hace mucho tiempo la madre de la muchacha fue amante de vuestro futuro marido. He oído decir que era una dama discreta y respetada y creo que se la conocía como La Amante Callada.
    – Entiendo-contestó la reina-. ¿Es posible que sea la hija de mi futuro marido?
    – No, señora. Cuando su madre llegó a la corte, lady Nyssa tenía dos años, así que es una heredera legítima.
    – Hans, ¿tú no sabrás por qué todos me miran con esa expresión de asombro, verdad? -inquirió la princesa-. Cuando lady Browne me ha visto se ha quedado boquiabierta y mis damas parecen desconcertadas. ¿Es por mi vestido? A mí me parece que hay algo más.
    – Majestad, el pintor Holbein… -titubeó Hans-. Bueno… parece que os pintó más delgada y bella de lo que en realidad sois y ahora el rey dice haberse enamorado de ese retrato.
    – ¡Vaya por Dios! -se lamentó ella-. Me temo que va a tener que aceptarme tal y como soy. Después de todo, él tampoco es un Apolo -añadió sofocando una risita traviesa-. Ha tenido suerte de encontrar una novia de sangre real que haya aceptado casarse con él; no tiene muy buena reputación como marido. Aún así, me alegro de haber salido de Cleves y espero no regresar jamás: desde la muerte de nuestro padre, mi hermano está insoportable.
    Nyssa era toda oídos. Aunque Hans y la princesa hablaban demasiado deprisa, de vez en cuando una palabra entendida a medias daba sentido a toda una frase. La princesa Ana parecía una mujer inteligente e intuitiva y tenía sentido del humor.
    – Si queréis, yo os enseñaré a hablar nuestra lengua -se ofreció sin esperar a ser preguntada.
    – ¡Excelente! -exclamó lady Ana, complacida-. Hans, di a lady Browne que las damas de honor que ha escogido son de mi agrado, especialmente lady Nyssa.
    El muchacho tradujo las palabras de la futura reina y estuvo a punto de prorrumpir en carcajadas al ver la expresión de alivio de lady Margaret.
    – Di a su alteza, que me alegro de que mi elección la haya complacido y que me parece una dama muy amable -dijo lady Browne. Amable, pero no lo suficientemente bonita como para agradar al rey, añadió para sus adentros. Se preguntaba cuál sería la reacción de Enrique Tudor al verla. Haciendo una última reverencia a la princesa, se apresuró a retirarse acompañada de las jóvenes damas, quienes la siguieron como los polluelos a la gallina. •
    – ¡Es horrible! -exclamó Ana Basset cuando estuvieron solas en la habitación asignada a las damas-. ¡Es la mujer más fea y peor vestida que he visto en mi vida!
    – En cuanto el rey la vea, la enviará de vuelta a Cleves -asintió su hermana sin abandonar su tono de superioridad-. ¡No se parece en nada a la difunta reina Jane!
    – La reina Jane sería muy bonita y graciosa pero está muerta y enterrada desde hace dos años -intervino Catherine Howard-. Es cierto que dio al rey su único heredero, el príncipe Eduardo, pero todas sabemos que no habría tardado en cansarse de ella. Además, mi tío dice que sus parientes son insoportables. El rey necesita una nueva esposa que le dé más hijos -concluyó en tono práctico.
    – Estoy de acuerdo -dijo Katherine-. Sin embargo, pienso que la princesa Ana no agradará al rey. ¡La pobre ha hecho un viaje tan largo para nada!
    – Tampoco el rey es joven y atractivo -opinó Eli-zabeth Fitzgerald-. Es cierto que lady Ana no es una mujer hermosa, pero ¿os habéis fijado en sus ojos? Yo diría que es una dama amable y bondadosa.
    – Va a necesitar más que unos ojos amables y bondadosos para conquistar al rey Enrique -intervino lady Browne-. ¿Qué decís vos, lady Ñyssa? Estuvisteis hablando con ella. ¿Qué os dijo?
    – Yo sólo le di la bienvenida a Inglaterra y ella me dio las gracias -contestó Nyssa-. También me ofrecí a enseñarle inglés. Está deseosa por aprender la lengua y las costumbres de nuestro país, ¿sabéis? A mí me gusta y espero que también le guste al rey.
    Poco tiempo después supieron que Enrique Tudor, incapaz de esperar por más tiempo la llegada de su adorada novia a Hampton Court, había tomado un caballo y había acudido a su encuentro para «alimentar el amor que sentía por la que iba a ser su esposa», como había dicho a su primer ministro, Cromwell. Vestido con un abrigo verde, ocultando su rostro bajo un sombrero y trayendo en la mano una docena de pieles de marta con las que pensaba obsequiar a lady Ana irrumpió en la sala de audiencias del palacio del obispo. La reina emitió un grito de terror al ver a aquel hombre de elevada estatura envuelto en pieles y la emprendió a golpes con él. El rey apartó a «aquella loca» de un empujón y la miró ceñudo.
    Hans von Grafsteen le hizo una reverencia y se apresuró a disculparse en nombre de su señora.
    – Su alteza no sabe quién sois. Dejadme que se lo explique.
    – ¡Date prisa, muchacho! -se impacientó Enrique Tudor-. Llevo meses esperando la llegada de esta dama y estoy impaciente por empezar a cortejarla -añadió acercándose para mirarla de cerca.
    – No, os asustéis, alteza -dijo Hans a su señora-. Este caballero es el rey, que ha venido a daros la bienvenida personalmente.
    – ¿Estás seguro de que este oso sin modales es el rey? -se sorprendió la princesa soltando el almohadón con el que había atizado en la cabeza a Enrique Tudor-. Gott im Himmel!-exclamó-. ¿Dónde me he metido, Hans?
    – Está esperando que le saludéis, señora.
    – Si no hay más remedio… -suspiró lady Ana, resignada, disponiéndose a hacer una reverencia al rey.
    ¡Parece tan dócil y bondadosa!, se dijo Enrique Tudor recuperando su buen humor. La pobrecilla está asustada y a pesar de ello no ha dejado a un lado sus buenos modales. Qué modestia, qué delicadeza en sus movimientos… ¡qué mujer tan enorme! ¿Dónde está la dama del retrato?, se preguntó alarmado cuando lady Ana se puso en pie y le miró directamente a los ojos.
    – Bienvenida a Inglaterra, señora -consiguió articular.
    Hans von Grafsteen se apresuró a traducir las palabras del rey.
    – Dale las gracias -respondió la princesa. Horrorizada, comprobó que, a pesar de las elegantes ropas que vestía, su futuro marido estaba gordo como un tonel. No iba a tener más remedio que renovar su guardarropa pasado de moda si no quería avergonzar al monarca. Sería un gasto enorme pero afortunadamente todo era poco para la reina de Inglaterra.
    – Hans, pregunta a la princesa si ha tenido un buen viaje -pidió Enrique Tudor al joven intérprete cuando se hubo recuperado de la sorpresa.
    – Di a su majestad que me impresionó el recibimiento que sus hombres me dispensaron en Calais -contestó ella-. Su pueblo me ha recibido con tanto cariño que me siento emocionada y agradecida. -No le gusto, se dijo sin dejar de sonreír. Tengo que ganarme su simpatía o acabaré decapitada. Podría conquistarle pero ¿ es eso lo que quiero?, se preguntó.
    – Me alegra que hayáis decidido continuar vuestro viaje a pesar de las inclemencias del tiempo -añadió Enrique Tudor. No me extraña que se arriesgara a que dar atrapada en mitad de una tormenta de nieve, reflexionó. No podía esperar para casarse con un hombre como yo. ¡Ese maldito Cromwell me ha engañado como a un chino! Él escogió a esta mujer por mí y pagará por ello. ¡Y si existe la forma de escapar de este matrimonio, juro por Dios que la encontraré! No pienso unirme a esta dama. No puedo culpar al pobre Hol-beín; después de todo, es un artista y mira con el corazón, no con los ojos.
    – Pregunta a su majestad si desea sentarse pero no le digas que he advertido que le duele la pierna -dijo lady Ana interrumpiendo los pensamientos del rey-. A algunos hombres de cierta edad no les gusta que una mujer les recuerde que se hacen viejos. Dile que me gustaría beber una copa de vino con él y brindar por nuestro futuro matrimonio. Fuera hace mucho frío, ha cabalgado bajo la lluvia durante muchas horas y, como puedes ver, acaba de sufrir una gran decepción.
    – Debéis ser valiente y paciente con él, señora. Majestad, la princesa desea saber si os gustaría beber una copa de vino -añadió Hans volviéndose hacia el rey-. Teme que pilléis un resfriado tras la larga cabalgada bajo la lluvia. Como veis, le preocupa vuestra salud.
    – Ya lo veo -repuso Enrique antes de quedarse pensativo durante unos segundos-. De acuerdo -dijo finalmente-. Una copa de vino me hará bien. Da las gracias a la princesa -pidió. ¡Por lo menos la dama tenía buen corazón!
    Eady Ana acompañó a Enrique hasta un confortable sillón situado junto a la chimenea y se sentó frente a él. El rey observó a su futura esposa a placer y comprobó que carecía de elegancia y que su fuerte acento alemán le hería los oídos. ¡Maldito Cromwell! Seguro que había mentido cuando le había asegurado que María de Guisa y Cristina de Dinamarca habían rechazado sus propuestas de matrimonio. ¿Qué mujer en su sano juicio no querría ser reina de Inglaterra? Pero Cromwell no se iba a salir con la suya. ¡Nada ni nadie le obligaría a casarse con Ana de Cleves!
    Hans regresó trayendo dos copas de plata y permaneció junto a los futuros esposos para traducir las frases que deseaban dirigirse hasta que el rey decidió que necesitaba unos momentos a solas para reflexionar.
    – Di a lady Ana que agradezco su hospitalidad y que volveré a verla pronto -dijo poniéndose en pie. Espero que no sea así, añadió para sus adentros.
    – Está deseando marcharse, ¿verdad? -suspiró lady Ana, resignada-. Di a su majestad que agradezco su caluroso recibimiento y si te ríes te atizaré -amenazó-. Estoy metida en un lío muy gordo.
    – Mi señora dice que agradece vuestro caluroso recibimiento -repitió Hans muy serio.
    – Ya -gruñó Enrique Tudor antes de despedirse de la dama con una reverencia y salir de la habitación dando un portazo.
    Anthony Browne le esperaba en el pasillo.
    – ¡Me han engañado! -espetó el rey corriendo a su encuentro-. ¡Esa mujer no es como me habían hecho creer… y no me gustal ¡Dáselas tú! -rugió al darse cuenta de que había olvidado entregarle las pieles que traía como regalo.
    – Entonces, ¿lady Ana de Cleves no os agrada, señor? -preguntó sir Anthony.
    – ¿Estás sordo o qué? -gritó Enrique fuera de sí-. ¡Acabo de decirte que no! ¡Maldito sea el que me contó la leyenda del cisne del Rin que dio origen a la dinastía de Cleves! ¡Esta mujer no parece un cisne, sino un caballo percherón!
    Nyssa, que avanzaba por el pasillo y había oído los gritos del rey, no pudo contener una exclamación. Al oír su grito, ambos hombres se volvieron y Nyssa se apresuró a hacer una reverencia al rey.
    – No os asustéis, lady Nyssa -la tranquilizó Enrique Tudor, tomándola de la mano y ayudándola a ponerse en pie-. Dad gracias a Dios por ser la hija de un conde -suspiró-. Los reyes debemos casarnos por el bien de nuestro pueblo, no por amor.
    – La princesa de Cleves parece una dama amable y bondadosa -repuso Nyssa-. Me he ofrecido a enseñarle nuestra lengua y se ha mostrado encantada.
    – ¿No te parece una criatura encantadora, Anthony? Como su madre, tiene un corazón de oro -exclamó el rey, emocionado, estrechando a la desconcertada Nyssa entre sus brazos y acariciándole el cabello-. ¡Mi querida Nyssa, ojalá no conozcáis nunca el martirio de ser casada por la fuerza! -añadió emitiendo un hondo suspiro-. ¡Soy vuestro rey y os ordeno que os caséis enamorada! -gritó antes de soltarla y alejarse pasillo abajo gruñendo entre dientes.
    – Será mejor que no contéis a nadie lo que habéis visto, jovencita -advirtió sir Anthony antes de echar a correr en pos de su señor.
    – Soy consciente de que el matrimonio de su majestad es un asunto de Estado -replicó Nyssa, ofendida-. Soy joven e inexperta pero sé que una boda real no es un juego de niños. Además, no deseo herir los sentimientos de lady Ana.
    – Veo que no sois un ratón de campo.
    – Mi madre tampoco era tan ignorante como la corte cree -respondió la joven-. Hay que ser muy inteligente para salir airosa de las intrigas de palacio y ella lo era -concluyó antes de despedirse de sir Anthony con una reverencia y regresar junto a la reina.
    – Su majestad sabe que el rey está descontento con ella -espetó Hans en cuanto Nyssa cerró la puerta a su espalda.
    – ¡Chist! Sir Anthony Browne está fuera.
    – ¿Qué pasará? ¿Crees que el rey le cortará la cabeza?
    – ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Sólo porque no es tan hermosa como Holbein la retrató? No es culpa suya; la pobre sólo es un ratoncito entre las garras del gato.
    – Pero entonces, ¿qué ocurrirá? -insistió Hans bajando la voz.
    – No lo sé -suspiró Nyssa-. Quizá el rey encargue a Cromwell y al resto de los consejeros que busquen la manera de anular el matrimonio. Enrique Tudor nunca confesará que ha cometido un error y buscará un chivo expiatorio. Mi madre ya me advirtió que nunca le contradijera. ¿Hay algo que pueda ser utilizado contra la princesa?
    – Cuando era una niña se habló de casarla con el hijo del duque de Lorena, pero la alianza no fructificó. Mi señor no habría comprometido a la princesa con el rey Enrique si ésta hubiera dado palabra de matrimonio a otro hombre.
    – ¿De qué habláis? -preguntó lady Ana, que se había acercado por detrás.
    – Lady Nyssa siente mucho que vuestro primer encuentro con Enrique Tudor no haya resultado como esperabais y le gustaría ayudaros -respondió Hans.
    – Dile que debe comportarse con dignidad y compostura en presencia del rey -le interrumpió Nyssa-. Será mejor que actúe como si no se hubiera dado cuenta de que está disgustado con ella y que haga todo lo posible para complacerle. Enrique Tudor no es un hombre que se moleste en disimular sus sentimientos y en cuanto la corte advierta lo que ocurre, todos se le echarán al cuello. Deberá ser prudente y discreta si desea sobrevivir.
    – Ja, ja -asintió lady Ana cuando Hans hubo traducido las palabras de Nyssa-. Lady Nyssa tiene razón. Quizá sea la primera vez que pisa la corte pero es una muchacha sensata y juiciosa. Pregúntale si sabe si el rey mantendrá su palabra de matrimonio.
    – A menos que sus consejeros encuentren un motivo válido para anular la unión, la boda tendrá que celebrarse. Por esta razón, la princesa deberá aprender a complacer a Enrique Tudor. Debe empezar a estudiar música cuanto antes; Catherine Howard puede enseñarle a tocar el laúd y la espineta. Y también debe aprender a bailar; a su majestad le encanta.
    – Pero ¿ese mastodonte baila? -exclamó la reina sorprendida cuando Hans tradujo las palabras de Nyssa-. ¡No puedo creerlo! ¿Y no se hunde el suelo?
    – Es muy buen bailarín y muy ágil a pesar de su tamaño -aseguró Nyssa.
    – Ja? Entonces aprenderé -prometió-. Haré todo lo posible por convertirme en un modelo de esposa perfecta.
    Nyssa se echó a reír divertida.
    – Di a su majestad que, aunque debe complacerle en todo, no debe permitir que el rey la tome por una pusilánime sin carácter -advirtió-. No es que no le gusten las mujeres inteligentes y con personalidad; simplemente prefiere saberse superior a ellas.
    Ana de Cleves estalló en ruidosas carcajadas.
    – Ja, ja! Conozco a muchos hombres como él. Sospecho que mi hermano y el rey Enrique se llevarían de maravilla. Yo opino que Dios creó al hombre primero y, al darse cuenta de que había cometido un gravísimo error, creó a la mujer.
    Dos días después la caravana real partió camino de Dartford y el 2 de enero la corte se instaló en Green-wich. Pronto se extendió entre los cortesanos el rumor de que las primeras palabras del rey al ver a su futura esposa habían sido: «¡No me gusta!» Curiosamente, Holbein se las arregló para librarse de la ira del rey regalándole un retrato al óleo del príncipe heredero vestido de satén rojo en el que se apreciaba el parecido del hijo con su augusto padre.
    Ante la alegría de la mayoría de los cortesanos, el rey la emprendió con Cromwell, su primer ministro, durante el consejo que se celebró en el palacio de Whi-tehall, en Londres.
    – ¡Me has engañado, maldito! -rugió furioso-. ¡Podría haber tenido una esposa francesa o danesa, pero a ti sólo te convenía la princesa de Cleves! ¿Piensas decirme por qué? ¡La piel de su rostro tira a verde, sus facciones son duras y tiene la figura de un caballo perdieron! ¡Una yegua de Flandes, eso es lo que es! ¡Pero os aseguro que este semental no la montará!
    Thomas Cromwell palideció y el resto de los consejeros se regocijaron interiormente. Pero el primer ministro todavía guardaba un as en la manga:
    – Vos también la visteis, señor -dijo volviéndose al almirante jefe de la armada-. ¿Por qué no dijisteis a su majestad que la dama no se parecía a la del retrato? Yo me comuniqué con su hermano por escrito pero vos la visteis en persona.
    – Describir a la reina no era mi misión -se defendió el almirante-. Además, cuando la conocf su majestad ya había dado palabra de matrimonio. No es tan bella como Holbein la pintó, pero parece agradable y bondadosa.
    – ¡El almirante tiene razón! -rugió el rey-. Tu obligación era conocer hasta el último detalle de esa mujer, incluido su aspecto físico. ¡Se nota que no eres tú quien debe casarse y acostarse con ella! ¡No me gusta! ¡No me gusta!
    – Pero ese matrimonio os conviene, alteza -insistió el primer ministro-. Así contrarrestáis la alianza entre Francia y el Sacro Imperio Romano.
    – Ya que su majestad está tan contrariado, quizá podríamos anular la boda -propuso el duque de Norfolk.
    – De ninguna manera -replicó Cromwell con firmeza-. No hay ningún motivo para enviar a la princesa de vuelta a Cleves. No ha dado palabra de matrimonio a ningún otro hombre, no hay problemas de consanguinidad y tampoco es luterana. De hecho, la iglesia de su país cede su autoridad al Estado, como la nuestra.
    – Me habéis engañado -refunfuñó el rey-. Si hubiera sabido cómo era no me habría comprometido con ella. ¡Estoy atrapado! -rugió descargando un puñetazo sobre la mesa y dirigiendo una mirada furiosa a su primer ministro. El resto de los consejeros se sonrieron al pensar que los días de Thomas Cromwell estaban contados. ¡Finalmente el hijo del carnicero había cometido un error que podía costarle la vida!
    – ¿Qué día deseáis que la reina sea coronada, majestad? -preguntó Cromwell poniéndose en pie sin perder un ápice de su aplomo-. ¿Os parece bien el día de la Candelaria, como habíamos dicho?
    – Ya veremos si esa mujer será la próxima reina de Inglaterra -respondió el rey con gesto ceñudo.
    – Majestad, lady Ana no tardará en llegar a Londres -insistió Thomas Cromwell.
    Sin dignarse a contestarle, Enrique Tudor dio media vuelta y salió de la habitación cerrando la puerta de un formidable portazo.
    – Buena la habéis hecho, Crum -dijo el duque de Norfolk.
    – He sido más fiel al rey que vos, sir Thomas -replicó Cromwell-. Además, todavía no estoy acabado.
    El rey partió hacia Greenwich acompañado de un numeroso séquito. Debía encontrarse con la princesa Ana y escoltarla hasta Shooter's Hill, cerca de Black-heath, y luego hasta Londres. Enrique Tudor recorrió el Támesis en falúa acompañado de enormes barcas decoradas con vistosas cintas de seda que se movían agitadas por el viento. El alcalde de Londres y sus concejales viajaban en una falúa que seguía a la del rey.
    La princesa Ana abandonó Dartford, donde se había retirado a descansar durante unos días, y salió al encuentro de su futuro esposo con un centenar escaso de personas, ya que la mayoría de los que le habían acompañado en la primera etapa de su viaje habían regresado a Cleves. Sólo dos de sus damas de honor hablaban inglés: Helga von Grafsteen, la hermana mayor de Hans, de trece años, y su prima María de Hesseldorf, un año menor. Todas las damas de honor inglesas excepto las hermanas Basset se apresuraron a darles la bienvenida y a afrecerles su amistad. Ante el regocijo de Cat Howard, ambas aprendieron enseguida a tocar el laúd. La pobre Cat se alegraba de que alguien hubiera aprovechado sus lecciones de música.
    – ¡No tiene oído! -se lamentó un día refiriéndose a la princesa Ana y sacudiendo sus rizos oscuros-. El rey se pondrá furioso cuando vea que a pesar de sus esfuerzos no progresa.
    – Sin embargo, el baile se le da muy bien y su inglés ha mejorado mucho -la defendió Nyssa-. Yo creo que su majestad estará muy orgulloso de ella.
    – ¡Pone tanto empeño en todo cuanto hace! -exclamó Kate Carey-. ¿Qué importa si no es tan hermosa como la dama del retrato?
    – ¡No seas mojigata, Kate! -replicó la descarada Cat Howard-. ¿Cuándo te darás cuenta de que la mayoría de los hombres sólo se fijan en el aspecto de una mujer?
    – No todos -repuso Nyssa.
    – No debes preocuparte, pequeña -respondió Cat-. Tú eres la más bonita de todas nosotras. ¿Te pareces a tu madre?
    – Dicen que tengo sus ojos.
    – He oído que el rey estuvo loco por ella.
    – Entonces sabes más que yo -se apresuró a replicar Nyssa-. Cuando eso ocurrió yo sólo tenía dos años y no vivía en palacio. No es extraño que no recuerde nada -añadió dando por concluida la conversación.
    La presentación oficial de Ana de Cleves en Londres iba a ser un acontecimiento de gran importancia y las damas habían traído consigo sus mejores galas para lucirlas en esa ocasión. Nyssa había escogido un vestido de terciopelo de color borgoña adornado con brocado dorado en la falda y piel de marta en el dobladillo y las mangas de la capa a juego. Decidió no ponerse la caperuza y lucir su larga melena castaña y completar el conjunto con unos sencillos guantes de amazona. El resto de las damas también se habían engalanado con sus mejores vestidos recordando la ocasión en que la reina Jane había enviado a Ana Basset de vuelta a su habitación por llevar un corpino con pocas perlas bordadas en él. Jane Seymour solía decir que una dama de honor nunca debe olvidar que sirve a una reina y debe vestirse en consecuencia.
    La princesa de Cleves fue escoltada en su descenso de Shooter's Hill hasta la carpa dorada que había sido levantada en la explanada y alrededor de la que se erigían algunos pabellones más pequeños. A mediodía lady Ana llegó al pie de la colina y fue recibida por su chambelán, su secretario, su confesor y el resto de su servicio. El doctor Kaye pronunció su discurso en latín y presentó formalmente a la princesa a los allí presentes. Cuando hubo terminado, el embajador de Cleves agradeció las palabras del clérigo.
    A continuación fueron presentadas las damas encargadas de servir a la reina. Todas ellas se situaron frente a lady Ana al oír su nombre y le hicieron una reveren cia. Las damas de honor fueron las últimas y arrancaron una cálida sonrisa a la princesa, quien agradecía de corazón sus esfuerzos por ayudarla a aclimatarse a su nuevo país. Hacía mucho frío y Ana de Cleves suspiró aliviada cuando la ceremonia finalizó y pudo retirarse a su pabellón privado donde había sido encendido el fuego y pudo calentarse junto a sus damas de honor, que estaban tan ateridas como ella.
    – Está muy frío, ¿verdad? -preguntó a Nyssa con su marcado acento alemán.
    – Se dice «hace mucho frío», majestad -corrigió Nyssa con una sonrisa.
    – Ja, lady Nyssa -asintió la princesa-. Hace mucho frío está mejor, ja?
    – Sí, señora -sonrió Nyssa.
    – Que alguien traiga una silla para la princesa -ordenó Cat Howard.
    Ana de Cleves se sentó junto al fuego y extendió las manos mientras emitía un sentido suspiro.
    – ¡Hans! -llamó-. ¿Dónde estás?
    – Estoy aquí, señora -respondió el muchacho acudiendo a su llamada y haciéndole una reverencia.
    – Quédate a mi lado -pidió la princesa-. Lady Nyssa hace lo que puede pero su alemán todavía deja bastante que desear. Dime: ¿dónde está el rey Enrique?
    – Ha salido de Greenwich esta mañana y se dirige hacia aquí.
    El joven vizconde de Wyndham llegó junto a su hermana y le susurró algo al oído:
    – Veo que te llevas bien con la princesa. Lástima que no sea tan bella como la dama del retrato. ¡Dicen que el rey está furioso!
    – Peor para él -replicó Nyssa-. Lady Ana es una dama encantadora y podría ser una buena reina, pero su majestad parece olvidar que está a punto de cumplir cincuenta años y tampoco es un Apolo precisamente.
    Si le diera una oportunidad no tardaría en comprobar que esta mujer sería una excelente esposa y madre.
    – Te aconsejo que no hagas esos comentarios delante de otras personas -dijo su hermano-. Podrían acusarte de traición, pero el rey te encuentra tan bonita que no creo que te cortara la cabeza -añadió con una sonrisa traviesa-. Te mandaría de vuelta a casa y entonces, ¿quién querría casarse con vos, lady Nyssa?
    – Sabes que yo sólo me casaré por amor, Philip.
    – En cambio yo soy demasiado joven para pensar en el amor y doy gracias a Dios por ello -replicó su hermano-. Tom Culpeper, el primo de Catherine Ho-ward, está loco por ella. Cuando el rey estaba escogiendo las telas para su traje de boda ofreció a Culpeper un retal de terciopelo y él pidió otro igual para su prima. Con él se hizo el vestido que luce hoy. El muy tonto no tiene nada y podría haberse guardado la tela para otro traje pero prefirió regalársela a Cat Howard.
    – Pues a mí me parece muy romántico -repuso Nyssa volviéndose cuando la princesa llamó a su hermano menor. Giles se apresuró a aparecer con la copa de vino que lady Ana había pedido-. La reina le adora.
    – Así es -asintió Philip-. Parece que el pequeño cabeza de nabo está teniendo mucho éxito en la corte.
    Ambos hermanos observaron divertidos cómo la reina Ana pellizcaba cariñosamente las mejillas sonrosadas del pequeño. Giles era el único de sus pajes que era rubio y tenía los ojos azules y era evidente que la princesa sentía predilección por él. Aunque saltaba a la vista que tantas atenciones le incomodaban, era demasiado inteligente para poner mala cara a su señora.
    – ¡Señora, por favor! -susurró Giles, debatiéndose.
    – ¡No puedo evitarlo! -rió lady Ana-. ¡Parece un querubín! -añadió dirigiéndose a Hans.
    Hans tradujo las palabras de la reina y las damas de honor estallaron en carcajadas mientras Giles se ruborizaba hasta la raíz del cabello. Cat Howard le tiró un beso y la bella Elizabeth Fitzgerald le guiñó un ojo. Afortunadamente, en ese momento el doctor Kaye entró en el pabellón anunciando que el rey estaba a punto de llegar.
    – Debéis cambiaros de ropa, majestad -dijo lady Browne-. Y vosotras, ¿qué hacéis ahí paradas? -espetó a las jóvenes damas-. ¡Traed el vestido y las joyas de la princesa!
    El vestido que lady Ana debía lucir para recibir al rey había sido confeccionado en tafetán de color rojo y encaje dorado y, a pesar de que seguía los patrones de moda alemanes, resultaba muy elegante. Sus damas le frotaron los brazos, el pecho y la espalda con agua caliente en la que habían disuelto unas gotas de esencia de rosas. Sabedoras de lo escrupuloso que era el rey, no deseaban que se disgustara al comprobar que el olor corporal de la princesa era algo más fuerte de lo habitual. Cuando estuvo vestida, Nyssa trajo unos pendientes y una gargantilla de rubíes y diamantes y el resto de las damas le recogieron el cabello en una redecilla dorada y le pusieron una caperuza de terciopelo bordada con perlas.
    – El rey ya está aquí, señora -anunció Kate Carey.
    La princesa fue acompañada al exterior y guiñó los ojos al recibir la luz del sol. La ayudaron a montar en un caballo palafrén blanco como la nieve cubierto con terciopelo dorado y una silla de cuero blanco. Las monturas de sus lacayos estaban adornadas con un león negro, emblema del escudo de Cleves, y Hans von Grafsteen abría la marcha portando un estandarte.
    Ana salió al encuentro del rey Enrique, quien había detenido su marcha y la saludó quitándose el sombrero y esbozando una amplia sonrisa. Por un momento, Ana de Cleves le vio como lo que había sido una vez: el príncipe más elegante y atractivo de toda la cristiandad. Le devolvió la sonrisa mientras Hans le traducía las frases de bienvenida del monarca. Complacida, comprobó que había entendido algunas de sus palabras.
    – Hans, saludaré a su majestad en inglés y luego traducirás mis palabras de agradecimiento.
    – Sí, señora.
    – Agradesco a su maguestad su caluroso resibi-miento -chapurreó Ana-. Prometo estar una buena esposa y madre.
    Sorprendido, el rey enarcó una ceja al oír el discurso de su futura esposa.
    – Creía que esta mujer sólo hablaba alemán.
    – Su alteza está aprendiendo inglés -explicó Hans-. Lady Nyssa Wyndham y las otras damas le están enseñando y su majestad está haciendo grandes progresos.
    – ¿Ah, sí? -replicó el rey con sequedad. Recordando de repente que no estaban solos y que cientos de personas estaban pendientes de sus movimientos, se inclinó y abrazó a la princesa.
    Ambos sonrieron y saludaron a sus subditos antes de retirarse a otro de los pabellones precedidos por los trompeteros y seguidos por los consejeros del rey, el arzobispo y numerosos nobles ingleses y alemanes.
    – Un caballo percherón -refunfuñó el rey-. Voy a casarme con un caballo percherón.
    La pareja real bebió una copa de vino y montó en un coche de caballos dorado que debía llevarles hasta Greenwich. Al lado de Ana se sentó lady Lowe, el ama de cría de la princesa y la supervisora de las damas que la habían acompañado en su viaje de Cleves a Inglaterra. También viajaba con ellas la condesa de Overstein, la esposa del embajador y les seguían los carruajes descubiertos que transportaban a las damas de la reina y al resto de personas a su servicio. Cerraba la marcha una carroza, regalo del rey Enrique, tirada por dos magníficos caballos bayos, decorada con terciopelo color carmesí y oro y conducida por los lacayos de la princesa, vestidos de negro y plata.
    Los ciudadanos de Londres salieron a la calle a recibirles y el río Támesis se llenó de embarcaciones en las que se amontonaban los curiosos deseosos de aclamar a la nueva reina. Los entusiastas subditos engalanaron sus casas con colgaduras con los escudos de Inglaterra y Cleves mientras coros de niños entonaban cantos de alabanza a la corona y de bienvenida a la princesa Ana.
    Cuando la carroza de la princesa entró en el patio del palacio de Greenwich fue recibida con una salva de disparos. El rey besó a su prometida y pronunció un breve discurso de bienvenida mientras la guardia real formaba y presentaba armas cuando la real pareja entró en el.palacio. Enrique Tudor condujo a lady Ana a sus habitaciones privadas y le aconsejó que descansara antes del banquete que debía celebrarse aquella noche.
    Aunque la princesa Ana mantenía la serenidad, se sentía emocionada por el caluroso recibimiento dispensado por el pueblo de Londres.
    – Son una gente estupenda, ¿no te parece Hans?
    – preguntó por cuarta vez-. Sin embargo, el rey sigue disgustado conmigo; lo sé a pesar de que hace todo lo posible por disimular en mi presencia.
    – ¿Cómo podéis estar tan segura,, señora?
    – Nunca he estado enamorada pero sé que cuando un hombre ama a una mujer no rehuye su mirada
    – respondió Ana de Cleves esbozando una sonrisa triste-. Ese Holbein ha engañado a todo el mundo y el rey está enamorado del retrato de una dama que en nada se parece a mí. Se casa conmigo sólo por razones políticas: si no fuera porque se muere de ganas de fastidiar al rey de Francia y al emperador de Roma no dudaría en enviarme de vuelta a Cleves.
    Si Enrique Tudor hubiera podido leer los pensamientos de su perspicaz prometida se habría quedado de piedra, pero estaba demasiado ocupado lamentándose y buscando la manera de librarse de la princesa. La muchacha no era como él esperaba y no la veía con los buenos ojos de aquellos que trataban de consolarle y dorarle la pildora. En cuanto a él, se tenía por un hombre joven, atractivo y jovial y deseaba una novia con las mismas cualidades.
    Por esta razón, después del banquete celebrado en honor de la princesa Ana aquella misma noche corrió en busca de su primer ministro.
    – Lady Ana es una dama de reputación y pasado intachables -suspiró Cromwell negando con la cabeza-. Y el pueblo la quiere. Me temo que no hay nada que hacer.
    – Entonces, ¿los abogados no han dado con una solución?
    Thomas Cromwell volvió a negar con la cabeza. Sabía que su vida corría peligro y empezaba a preocuparse. Mientras un escalofrío recorría su espalda recordó a su predecesor, el cardenal Wolsey, a quien el rey había culpado por no conseguir la colaboración de la reina Catalina de Aragón en el asunto de su divorcio. Si no hubiera muerto de camino a Londres habría sido ejecutado por el mismísimo Enrique Tudor.
    El cardenal había tratado de aplacar la ira del rey ofreciéndole el palacio de Hampton Court, pero ni siquiera un regalo tan valioso había bastado para hacerse perdonar. Los ojos de Enrique Tudor brillaban con la misma intensidad que lo habían hecho entonces y, por primera vez en su vida, el primer ministro, que se sabía el causante del enojo de su monarca, no sabía qué hacer. La capacidad del rey de inventar las más refinadas formas de vengarse de sus enemigos era de sobras conocida, por lo que Cromwell se dijo que, si había llegado su hora, prefería una muerte rápida y sencilla.
    Enrique Tudor despidió a sus consejeros con brusquedad y se retiró a sus habitaciones. Se sirvió una copa de vino, se desplomó en un sillón y reflexionó mientras bebía.
    – Parecéis un león con una espina clavada en la pata, Hal -dijo Will Somers, su bufón, arrodillándose junto a él. Margot, la mónita de cara arrugada que siempre le acompañaba, se acurrucó entre sus brazos. Era muy vieja, empezaba a perder pelo y el poco que conservaba estaba salpicado de hebras grises. Emitió un suave gruñido y miró a su amo en busca de unas palabras amables.
    – Aparta a ese animal repugnante de mi vista -refunfuñó Enrique Tudor.
    – A la pobrecilla sólo le quedan unos pocos dientes -repuso Will acariciando el lomo de su mascota.
    – Aunque no le quedara más que uno, se las arreglaría para morderme una mano. Me siento tan desgraciado, Will -suspiró, apesadumbrado-. Me han engañado.
    – Es cierto que la princesa no se parece en nada a la joven del retrato -contestó Will, que sabía que era inútil discutir con el monarca cuando éste se disgustaba-. Sin embargo, parece una mujer digna y bondadosa.
    – Si pudiera encontrar la forma de librarme de ella… -murmuró el rey-. ¡Es igual que una yegua deFlandes!
    – En efecto. Lady Ana es una mujer alta, pero estoy seguro de que os gustará mirarla directamente a los ojos; es ancha pero no está gruesa. Con vuestro permiso, majestad, los años también han pasado por vos y ya no sois el apuesto príncipe que cautivaba a las mujeres hace algunos años. Deberíais sentiros satisfecho por tener como prometida a una mujer como lady Ana.
    – Si pudiera mandarla de vuelta a Cleves… -dijo el rey haciendo caso omiso de las palabras de su bufón.
    – Un acto tan indigno no sería propio de vos, Hal. Tenéis fama de ser el caballero más galante de toda Europa y no quisiera tener que avergonzarme de serviros. La pobre princesa está lejos de su hogar, en una tierra extraña, y se siente muy sola. Si la enviáis de vuelta a su país, ¿quién la tomará como esposa después de haber sido repudiada por vos? Será una gran humillación para ella y su hermano, el duque Guillermo, os declarará la guerra. Francia y el Imperio no desaprovecharán una oportunidad tan magnífica de humillar a Inglaterra y a su monarca.
    – ¡Ay, Will! -suspiró Enrique Tudor-. Eres el único hombre de esta corte que habla con sensatez y sinceridad. Si no fuera porque no puedo vivir sin tu compañía, te habría enviado a Cleves para que vieras a mi prometida. Ayúdame a acostarme y quédate un rato conmigo -añadió poniéndose en pie-. Me apetece hablar de los buenos tiempos, cuando todos éramos más felices. ¿Recuerdas a Blaze Wyndham?
    – Naturalmente -respondió el bufón mientras dejaba que Enrique Tudor se apoyara en él mientras avanzaba trabajosamente hacia la cama. Él y su mónita se sentaron a los pies del lecho-. Una mujer buena y sencilla como pocas.
    – Su hija está aquí, en palacio, como dama de honor de la princesa. Pero lady Nyssa no se parece en nada a su madre, quien me pidió que la trajera aquí. La joven es rebelde y franca como una rosa inglesa.
    – ¿De cuál de las seis damas habláis, majestad? -inquirió Will-. Conozco a Kate Carey, a Bessie Fitzgerald y a las hermanas Basset pero nunca he hablado con la señorita rizos castaños ni con la otra joven morena.
    – Nyssa es la joven morena, aunque tiene los ojos de su madre. La otra muchacha es Catherine Howard, la sobrina de Norfolk. ¡La señorita rizos castaños!
    – rió Enrique Tudor-. Un mote muy ingenioso, Will. ¿No la encuentras preciosa? ¡Dios, Dios! ¡Preferiría a cualquiera de esas jovencitas como esposa en lugar de la princesa de Cleves! ¿Por qué tuve que hacer caso a Crum? -se lamentó-. Debería haber buscado una nueva esposa entre las damas de mi corte. Mi Jane, que en paz descanse, era inglesa de los pies a la cabeza y me hizo el hombre más feliz del mundo.
    – Vamos, Hal, olvidáis que en la variedad está el gusto -replicó su bufón-. Apuesto a que nunca habéis estado con una alemana, por lo menos desde que yo os sirvo. Pero, ¿y antes, majestad? ¿Es cierto lo que dicen de las mujeres germanas?
    – No lo sé -respondió el rey, perplejo-. ¿Qué dicen de las mujeres alemanas, Will?
    – Yo tampoco lo sé -rió el bufón-. Tampoco he estado con ninguna.
    – Pues pienso quedarme con la ganas de saberlo
    – gruñó Enrique Tudor-. Me siento incapaz de acostarme con ella. ¡Debería haber escogido a Cristina de Dinamarca o a María de Guisa en vez de a esta muía de carga!
    – ¡Hal, Hal! -le regañó el bufón cariñosamente-. ¡Qué mala memoria tenéis cuando os conviene! María de Guisa tenía tantas ganas de casarse con vos que se apresuró a comprometerse con Jacobo de Escocia cuando supo que habíais enviudado y buscabais esposa. Supongo que lo hizo porque cree que los veranos en el país vecino son más agradables que aquí. Y en cuanto a Cristina de Dinamarca, os recuerdo que contestó a vuestro embajador que si hubiera tenido dos cabezas habría estado encantada de poner una de ellas a vuestra disposición, pero que como no las tenía, prefería llorar a su difunto marido durante un par de años más. Ya no sois un buen partido y las candidatas a convertirse en vuestras esposas tienen miedo a morir decapitadas. Repito que sois afortunado por haber conseguido una esposa como lady Ana, aunque no estoy tan seguro de que ella se considere una mujer afortunada.
    – Empiezas a decir tonterías, bufón -contestó el rey, irritado.
    – Sólo digo la verdad, cosa que no hacen vuestros colaboradores porque temen vuestros ataques de ira.
    – ¿Y tú no?
    – No, Hal. Os he visto desnudo y sé que sois un hombre como el resto. Un pequeño desliz de la naturaleza, y Will habría nacido en el lugar de Hal y Hal en el de Will.
    – ¡Me siento tan estúpido! ¿Cómo pude permitir que otros escogieran a mi esposa por mí? Ahora no tengo más remedio que casarme con lady Ana, ¿verdad?
    – Tratad de ver el lado bueno, majestad -contestó el bufón-. Creo que lady Ana tiene mucho que ofreceros. Y ahora dormios -añadió arropándole mientras su mascota se enrollaba alrededor de su cuello-. Necesitáis descansar, y yo también. Ninguno de los dos somos jóvenes y los próximos días serán muy ajetreados. Todos sabemos que nunca hacéis las cosas a medias, así que sospecho que comeréis y beberéis tanto que no os podréis levantar en una semana.
    – Como siempre, estás en lo cierto -sonrió el rey, a quien se le empezaban a cerrar los ojos.
    Will se sentó a los pies de la cama hasta que los ronquidos de Enrique Tudor llegaron a sus oídos. Entonces abandonó la habitación y comunicó a los ayudas de cámara que el rey se había quedado dormido. Todos suspiraron aliviados.

    El 6 de enero amaneció nublado y frío. El débil sol del invierno se filtraba a través de un cielo de color madreperla y el viento que soplaba de la orilla del río Tá-mesis era tan helado que casi cortaba. El rey se despertó a las seis de la mañana pero permaneció acostado durante media hora mientras se decía que debía ser el novio más remolón de la historia. Finalmente, saltó de la cama y llamó a sus ayudas de cámara. Éstos entraron en la habitación trayendo sus ropas y sin dejar de reír y charlar animadamente. Bañaron al monarca y le afeitaron. ¡Me siento tan ridículo!, se dijo éste con lágrimas en los ojos. Aún soy joven y sin embargo la perspectiva de una mujer joven en mi cama no me provoca la menor emoción.
    Su traje de boda, bordado en oro y plata y adornado con un cuello de piel de marta, era digno de un rey. El abrigo estaba confeccionado en satén de color escarlata y los botones de diamantes se abrochaban por delante. Los zapatos de cuero rojo, de punta estrecha y redondeada, abrochados al tobillo y salpicados de brillantes y perlas, seguían la última moda de palacio. Completaba el conjunto un anillo en el que había sido engarzada una piedra preciosa y una gruesa cadena de oro.
    – Estáis elegantísimo, majestad -exclamó el joven Thomas Culpeper mientras los otros asentían.
    – Si no fuera porque me debo a mi país y a mis subditos no me casaría con esa mujer ni por todo el oro del mundo -refunfuñó el monarca.
    – Cromwell es hombre muerto -murmuró Thomas Howard, duque de Norfolk.
    – No estéis tan seguro -repuso Charles Brandon, duque de Suffolk-. El bueno de Crum es un viejo zorro y se las arreglará para salir de ésta.
    – Eso ya lo veremos -contestó Thomas Howard esbozando una sonrisa triunfante. Charles Brandon se estremeció; el duque de Norfolk nunca sonreía.
    – ¿Qué tramáis, Tom? -preguntó, inquieto. El duque de Suffolk sabía que Thomas Howard hacía muy buenas migas con Stephen Gardiner, obispo de Winchester. El obispo había apoyado al rey en su disputa con el Papa, pero se oponía a los cambios que Thomas Cranmer, arzobispo y aliado de Cromwell, deseaba introducir en la doctrina de la nueva iglesia británica.
    – Me abrumáis, Charles -respondió Norfolk sin borrar la sonrisa de su rostro-. Siempre he sido y seguiré siendo el subdito más fiel.
    – Más bien creo que os subestimo, Tom -replicó Suffolk-. A veces me dais miedo. ¡Sois tan ambicioso…!
    – Acabemos con esta farsa de una vez -gruñó Enrique Tudor-. Si no hay más remedio, me casaré con ella.
    Escoltado por sus nobles, abandonó la habitación y se dirigió a los aposentos de lady Ana. La joven princesa tampoco había mostrado prisa por prepararse para la boda. Cuando sus damas la habían obligado a levantarse se había metido en la bañera de mala gana. Había crecido educada en la creencia de que la higiene personal era un signo de vanidad y orgullo, pero había acabado por gustarle.
    – Me bañaré todas las días -declaró entusiasmada-. ¿Qué hay en el agua, lady Nyssa? Huele bueno.
    – Es esencia de rosa, majestad -contestó Nyssa.
    – ¡Mí gusta! -exclamó provocando las carcajadas de sus damas, quienes no deseaban reírse de ella, sino que se sentían felices por haber complacido a su señora. Todas conocían la opinión del rey respecto a su nueva esposa y se alegraban de que lady Ana no conociera el idioma, ya que así se ahorraba un dolor innecesario. Quizá tampoco amara a Enrique Tudor pero también tenía su orgullo.
    Cuando se hubo bañado, sus damas le trajeron el traje de novia de color oro bordado con perlas que, siguiendo la moda alemana, no llevaba miriñaque. Calzaba zapatos dorados sin apenas tacón para no sobrepasar al rey en estatura y se había dejado el rubio cabello suelto para proclamar su virginidad. Una diadema de oro y piedras preciosas formando tréboles y ramilletes de romero, símbolo de la fertilidad, adornaba su cabeza. Lady Lowe, su antigua ama, le puso un collar de diamantes y ciñó a la cintura de su señora un cinturón a juego. La anciana dama tenía los ojos llenos de lágrimas y cuando éstas empezaron a rodar por sus arrugadas mejillas, la princesa se las enjugó con su pañuelo.
    – Si vuestra madre os viera… -sollozó.
    – ¿Le ocurre algo a lady Lowe? -preguntó lady Browne a Nyssa.
    – Llora porque la madre de la princesa no está aquí para asistir a la boda de su hija -contestó Nyssa. Gracias a Dios que no está aquí, añadió para sus adentros. A cualquier madre se le rompería el corazón al ver que el novio de su hija es incapaz de disimular su disgusto.
    Cuando supo que el rey la esperaba, la princesa se apresuró a reunirse con él en el exterior de sus aposentos. Escoltada por el conde de Overstein y el jefe de la casa de Cleves, siguió al rey y a sus nobles a la capilla de palacio, donde el arzobispo iba a celebrar la ceremonia. Lady Ana trató de disimular el miedo que sentía y adoptó una expresión serena mientras se decía que ni el rey la quería a ella ni ella quería al rey y que sólo se casaban para cumplir el pacto firmado entre Gleves e Inglaterra.
    El conde de Overstein la acompañó hasta el altar y, aunque apenas entendió las palabras que el arzobispo les dirigió, cuando Enrique Tudor le tomó la mano y le puso el anillo de oro rojo en el dedo, Ana de Cleves supo que era la nueva esposa del rey de Inglaterra. Mientras Thomas Cranmer concluía la ceremonia leyó las palabras grabadas en la alianza: «Hasta que la muerte nos separe.» Sintió unas incontenibles ganas de reír.
    Acabada la ceremonia, el rey la tomó de la ínano y la arrastró pasillo abajo hacia su capilla privada. La pobre princesa dio un traspiés y casi cayó al suelo mientras se decía furiosa que no tenía por qué sufrir aquella humillación el día de su boda. Aunque no le gustara, ella era su esposa. Haciendo un esfuerzo, recuperó la calma y se dispuso a asistir a la misa que estaba a punto de celebrarse y al banquete nupcial.
    Fue un día de grandes celebraciones. Después de la ceremonia el rey se encerró en su habitación y cambió su traje de boda por otro de seda bordado en terciopelo rojo. Cuando salió, una procesión de nobles le esperaba para acompañarle al banquete nupcial. A media tarde la reina se retiró a su habitación para cambiarse de ropa y ponerse un vestido con mangas por encima del codo. Sus damas también se vistieron con trajes adornados con cadenas de oro, tal y como se estilaba en Alemania.
    Cat Howard estaba muy agradecida a Nyssa Wynd-ham. La joven no tenía mucho dinero y había obtenido su puesto de dama de honor gracias a su tío, Thomas Howard, quien no era tan generoso con su oro como con sus influencias. Se veía obligada a hacer combinaciones imposibles con los pocos vestidos que poseía y se sentía muy desgraciada al verse peor vestida que sus compañeras. Su familia más próxima se reducía a una hermana y tres hermanos y el poco dinero que su padre había dejado debía ser para su hermano mayor. Por esta razón no había dejado de preguntarse de dónde iba a sacar el dinero para hacerse un nuevo vestido adornado con cadenas de oro.
    – Será mi regalo de Reyes -había ofrecido Nyssa-. Me ha sobrado algo de dinero después de hacerme el mío. ¿Para qué sirve el dinero si no puedes compartirlo con tus amigos?
    – Eres muy generosa, pero es un regalo demasiado valioso -había protestado Cat, aunque saltaba a la vista que se moría de ganas de aceptar.
    – ¡No digas tonterías! -había insistido Nyssa-. ¿Existe alguna norma en la corte que prohiba a las amigas hacerse regalos? Si la hay, estoy dispuesta a saltármela porque tengo regalos para todas.
    – Nyssa Wyndham, sois una mujer buena y generosa -había intervenido lady Browne-. Catherine, sois muy afortunada por tener una amiga tan espléndida. Aceptad el regalo; si no lo hacéis vuestro tío se ofenderá.
    – En ese caso, acepto -había dicho Catherine Howard esbozando una sonrisa radiante-. Gracias, lady Nyssa.
    – Así está mejor -había asentido lady Browne.
    – No tengo nada que ofrecerte -se había disculpado Cat-, pero así como nunca olvido una ofensa, tampoco olvido un favor. Algún día te devolveré con creces todo cuanto has hecho por mí. A pesar de que soy pobre como una rata, nunca me has despreciado por ello y todo cuanto he encontrado en ti ha sido bondad y generosidad. Prometo que te recompensaré.
    Cuando regresaron al salón, los invitados saludaron su entrada con una estruendosa ovación y numerosas exclamaciones de admiración. Se representaron las mascaradas y pantomimas preparadas para la ocasión y a continuación empezó el baile. Tratando de disimular su desgana, el rey sacó a bailar a su nueva esposa, pero ante su sorpresa, lady Ana resultó ser una excelente bailarina. En su empeño por agradar al monarca, la joven princesa había aprovechado las lecciones de sus damas. Cuando Enrique Tudor la levantó en el aire y ella rió alegremente el rey se dijo que quizá se había precipitado al juzgarla sólo por su aspecto.
    – Nyssa…
    Nyssa se volvió al oír su nombre y se encontró frente a Cat Howard, que había acudido en su busca acompañada de… ¡de él!
    – Nyssa, te presento a mi primo, Varian de Winter, conde de March. El pobre no tiene pareja y he pensado que quizá tú te compadecerías de él. Sé que te encanta bailar.
    Sus ojos eran del verde oscuro de las aguas del río Wye cuando el sol de la mañana acariciaba las orillas bordeadas de setos.
    – Es un placer conoceros, señora -dijo el conde haciendo una reverencia.
    – Lo mismo digo, señor -contestó Nyssa recordando las normas de educación más elementales y devolviéndole la reverencia a pesar de que los escalofríos recorrían su espalda. Varian de Winter tenía una voz grave y musical y su rostro serio de mirada penetrante hizo que el corazón le diera un vuelco.
    – Baila con él, Nyssa -insistió Cat antes de desaparecer en busca de su pareja.
    – He oído decir que vuestra reputación deja bastante que desear -dijo Nyssa cuando estuvieron a solas-. Lady Marlowe asegura que el simple hecho de intercambiar unas palabras con vos puede comprometer seriamente la mía.
    – ¿Y vos la creéis? -replicó él. A juzgar por el tono de su voz, Nyssa habría jurado que se estaba divirtiendo a su costa.
    – Pienso que lady Marlowe, quien por cierto es la mejor amiga de mi tía, es una chismosa y una cotilla -respondió Nyssa-. Sin embargo, ya conocéis el dicho: cuando el río suena, agua lleva. Estamos en un lugar público y rodeados de gente, así que no creo que mi reputación sufra un daño irreparable. Acepto bailar con vos. Mi tía dice que ante todo hay que conservar las formas y los buenos modales.
    Varian tomó la mano que la joven le tendía y Nyssa sintió los latidos de su corazón en la garganta. Ambos se unieron al resto de las parejas y bailaron hasta que al final del segundo baile Nyssa advirtió que su tío se había acercado a ellos.
    – Nyssa, querida, tu tía desea hablar contigo -dijo mientras le sujetaba con fuerza por el brazo y la separaba de Varían de Winter-. Con vuestro permiso…
    – Naturalmente, señor -contestó el conde de March haciendo una reverencia y esbozando una sonrisa sardónica antes de abandonar la pista de baile.
    – ¿Cómo te has atrevido…? -siseó Nyssa, furiosa, golpeando el suelo con un pie-. ¡Me has avergonzado delante de toda la corte!
    – Mi querida niña, tengo una fe ciega en tu sentido común y tu sensatez, pero ni tu tía ni Adela Marlowe opinan lo mismo. Guarda tu regañina para ellas.
    – Me van a oír -murmuró Nyssa entre dientes apartando la mano de su tío de su brazo y avanzando con paso firme hacia el lugar ocupado por su tía y su chismosa amiga.
    – ¡Nyssa! -la reprendió Bliss en cuanto la tuvo a su lado-. ¡Te dije que no te acercaras a ese hombre!
    Gracias a Dios, Adela os ha visto bailando y ha corrido a avisarme. ¡Cuando pienso en lo que podría haber ocurrido…!
    – ¿Qué podía haber ocurrido? -replicó Nyssa-. Estamos en un salón atestado de invitados. ¡En mi vida había pasado tanta vergüenza! Mi amiga Cat Howard me ha presentado al conde y me ha pedido que fuera su pareja de baile. ¡Si me hubiera negado todo el mundo me habría tachado de descortés y maleducada!
    – Mi querida niña -intervino Adela Marlowe-, no es extraño que una criatura tan inocente como tú no alcance a imaginar hasta dónde pueden llegar la maldad y la crueldad de un hombre como Varían de Winter, pero recuerda que estás aquí para encontrar un marido de familia decente y respetable. Ningún hombre de buena familia querrá comprometerse con una mujer de reputación dudosa -añadió esbozando una sonrisa que pretendía ser amable pero que a Nyssa le pareció arrogante y desdeñosa.
    – ¿Cómo os atrevéis a criticar mi comportamiento y mis modales, señora? -replicó Nyssa con los ojos brillantes de ira-. Vos sois mayor que yo, pero yo soy superior por nacimiento y posición. Si fuera la cabra loca por la que me habéis tomado, quizá me dignara a tener en cuenta vuestros inoportunos comentarios y a aceptar vuestros consejos. Pero no soy ninguna irresponsable y me horroriza pensar que ejercéis una influencia tan maligna sobre mi tía que ésta ha llegado a olvidar de quién soy hija. Sé perfectamente cómo debo comportarme en público. Vos no dejáis de decir que el conde es un hombre malvado y miserable, pero todavía no me habéis dicho en qué basáis vuestras acusaciones. Por lo que he visto esta tarde, Varían de Winter es un caballero amable y educado y un excelente bailarín. ¡Y a pesar de haber bailado con él, yo sigo siendo una dama de reputación intachable! Si tenéis algo que decir a eso, ha blad ahora y si no, no volváis a meteros en mis asuntos.
    – ¡Debes decírselo,. Bliss! -exclamó Adela Marlowe volviéndose hacia su amiga-. Si no lo haces tú, lo haré yo.
    – ¿Decirme qué? -replicó Nyssa con tono burlón.
    – El hombre a quien defendéis con tanto ardor sin conocer su oscuro pasado es un auténtico corruptor de menores -reveló lady Marlowe-. Hace muchos años sedujo a una joven y la dejó embarazada. Cuando la muchacha acudió a él desesperada, el conde le dio con la puerta en las narices y la pobre niña se suicidó. ¿Todavía estáis dispuesta a defenderle, jovencita?
    Nyssa estaba impresionada por la historia y se sentía estúpida. Sin embargo, se preguntaba cuánto había de verdad en el relato que acababa de escuchar de labios de la dama más amiga de las murmuraciones de toda la corte.
    – Señora -dijo solemnemente-, sois la mujer más chismosa que he conocido en toda mi vida.

    escandalizada-. ¡Dis-

    – ¡Nyssa! -exclamó Bliss cúlpate ahora mismo!
    – Es lady Marlowe quien debe disculparse -replicó Nyssa-. Y tú también, tía Bliss -añadió antes de dar media vuelta y correr en busca de sus amigas. El corazón le latía con fuerza. No habían sido las críticas a Varían de Winter, a quien apenas conocía, lo que le había molestado, sino que su tía y lady Marlowe la trataran como a una niña a pesar de que ya había cumplido diecisiete años.
    Adela Marlowe estaba muy pálida y tardó un buen rato en recuperarse de la impresión producida por las palabras de Nyssa.
    – ¡Jamás me habían faltado al respeto así! -espetó indignada-. Si esa descarada fuera hija mía le daría una paliza y la mandaría de vuelta a su casa. ¡Es una cabra sin cencerro y terminará mal!
    – Nyssa ha sido algo brusca -admitió Bliss-, pero tiene parte de razón. Es una muchacha inteligente y responsable y se ha adaptado muy bien a la vida de palacio. Sabe cuánto esperamos de ella y nunca hará nada que ponga en peligro su reputación. Además, adora a la reina y se nota que es feliz sirviéndola.
    – Supongo que su dote hará olvidar sus deslices a su futuro marido -repuso Adela Marlowe dirigiendo una mirada rencorosa a su amiga.
    – ¡Quince horas de oscuridad! -se lamentó Enrique Tudor mientras 'se preparaba para recibir a su nueva esposa en su habitación-. La próxima vez que me case con una mujer tan fea como lady Ana lo haré la noche de San Juan, la más corta del año.
    – La próxima vez que se case -murmuró el duque de Norfolk poniendo los ojos en blanco-. ¿Habéis oído, Cromwell?
    – Vamos, majestad, la noche acaba de empezar
    – le consoló el primer ministro-. Apuesto a que al amanecer seréis el hombre más feliz del mundo -añadió tratando de mostrar una seguridad en sí mismo que estaba muy lejos de sentir. El duque de Norfolk sonreía y parecía estar de un humor excelente. ¿Qué tramaba?
    En esos momentos la reina estaba desvistiéndose ayudada por sus damas de honor, quienes corrían de aquí para allá llevando y trayendo ropas y adornos. Lady Ana era una mujer alta y ancha de caderas, de piernas delgadas, cintura estrecha y pechos demasiado pequeños para una mujer de su estatura. Las damas de honor intercambiaron miradas de inquietud mientras ayudaban a su señora a ponerse un sencillo camisón de seda blanco y cepillaban su hermoso cabello rubio.
    Lady Lowe, la antigua ama de cría de la reina y su pervisora de las damas alemanas, se atrevió a expresar sus inquietudes en voz alta:
    – ¿Qué vas a hacer con ese mastodonte con quien te han casado, mi niña? -preguntó en alemán-. Gracias a Hans, que escucha las conversaciones de los caballeros imprudentes que le ignoran porque es sólo un niño, sabemos que el rey ha dicho a todo el mundo que no le gustas. Tu madre nunca te habló de lo que ocurre entre un hombre y su esposa, pero yo sí lo he hecho. ¿Qué vas a hacer, hija mía? Temo por ti.
    – No tengas miedo -la tranquilizó lady Ana-. Todavía no sé cómo voy a salir de ésta. Si consigo encontrar la manera de anular este matrimonio estoy salvada. Estoy segura de que si el rey hubiera dado con una excusa para no casarse conmigo no habría dudado en suspender la ceremonia. He oído decir que es uno de esos hombres a quienes no se les puede llevar la contraria. Se ha casado conmigo en contra de su voluntad y no encuentra la manera de divorciarse, pero ha dicho a todo el mundo que desea deshacerse de mí cuanto antes. Debo actuar con rapidez o tomaráStel camino más fácil: cortarme la cabeza. Pero yo no vine a Inglaterra a morir sino para escapar de la opresiva corte de Cleves. Reza para que Dios me ayude a tomar las decisiones correctas.
    El jolgorio y la algazara de la fiesta llegaban desde el exterior de la habitación de la reina y el rey, vestido con una bata de terciopelo y tocado con un gorro de dormir, abrió la puerta. Las damas se inclinaron al paso del monarca, sus nobles colaboradores y el arzobispo. Sin mediar palabra, el rey se tumbó junto a la reina, que le esperaba en la cama, mientras el arzobispo Cranmer bendecía la unión de los esposos.
    – ¡Fuera de aquí todo el mundo! -gruñó Enrique Tudor cuando el arzobispo hubo concluido las oraciones-. ¡Acabemos con esto de una vez! ¡Fuera!
    Las damas y los nobles se apresuraron a abandonar la habitación mientras intercambiaban miradas y sonrisas maliciosas. Los novios se sentaron el uno junto al otro sin saber qué hacer. Finalmente Enrique Tudor se volvió, contempló a su esposa y se estremeció. La muchacha no era fea y sus ojos azules tenían un brillo inteligente, pero su rostro era de rasgos duros y angulosos. Además, era mucho más grande que Catalina, Ana y su dulce Jane. Cuanto antes empecemos, antes terminaremos, se dijo resignado mientras alargaba la mano y tomaba entre sus dedos un mechón del cabello de su esposa. Se sorprendió al descubrir que era suave y sedoso. ¡Por lo menos había algo en ella que le gustaba!
    – Sé que no gusto ti -dijo lady Ana con su marcado acento alemán.
    Enrique Tudor guardó silencio durante unos segundos y se preguntó a dónde conduciría aquella conversación.
    – No os habéis casado conmigo si habéis tenido una… una… ¡No recuerdo el palabra!
    – ¿Excusa?
    – Ja! Si habéis tenido una excusa por… por…
    – ¿Para rechazaros?
    – Ja! ¡Para rechazar mí! -concluyó triunfante-. Si yo doy excusa, ¿tú dejas quedar mí en Inglaterra, Hendrick?
    Enrique Tudor miró a su esposa estupefacto. Sólo llevaba once días en el país y ya hablaba el idioma, lo que probaba que era una mujer inteligente. Además, comprendía la situación perfectamente. ¿Estaba cometiendo un error? No. Nunca había amado a esa mujer y nunca la amaría. No podía; ni siquiera por el bien de Inglaterra.
    – ¿Qué excusa? -inquirió entornando sus ojillos azules-. A pesar de mi mala reputación como mari do, te aseguro que yo sólo me divorcio por razones infalibles.
    El rey había hablado muy despacio para que su esposa comprendiera sus palabras, pero la reina entendía más de lo que parecía y se echó a reír mostrando sus enormes dientes.
    – Escúchame, Hendrick. No hacemos el amor y tú rechazas mí, ja?
    Era. una idea tan sencilla y brillante que Enrique Tu-dor se sorprendió de que no se le hubiera ocurrido a él. Se dio cuenta de que la princesa no le rechazaba como marido, sino que trataba de facilitarle las cosas. Era una situación embarazosa, pero no podía culpar al físico escasamente atractivo de su esposa del fracaso de su matrimonio.
    – Necesitamos a Hans, pero no esta noche. Lo dejaremos para mañana, ¿de acuerdo?
    – Ja! -asintió ella saltando de la cama-. Gugamos a cartas, ¿Hendrick?
    – ¡Está bien, Annie! -rió el rey-. Jugaremos a las cartas.
    Lady Ana no era la mujer que habría escogido como esposa o como amante, pero tenía la impresión de que iban a ser grandes amigos.
    A la mañana siguiente, el rey se levantó muy temprano. Habían jugado a las cartas hasta el amanecer y la yegua de su esposa le había ganado casi todas las partidas. En cualquier otra ocasión le habría enojado perder, pero esa mañana estaba de un humor excelente. Se dirigió a su habitación por un pasadizo secreto y saludó a sus ayudas de cámara. Era hora de poner en práctica el plan que había ideado la noche anterior y debía empezar por mostrar su descontento con la reina.
    – ¿Ha cambiado vuestra opinión sobre la reina? -preguntó Cromwell mientras se dirigían a la capilla-. ¿Habéis pasado una buena noche?
    – No -gruñó Enrique-. He dejado a la reina tan virgen como la encontré. Lo siento, Crum, pero me siento incapaz de consumar este matrimonio.
    – Quizá su majestad estaba cansado después de la fiesta -insistió Cromwell-. A lo mejor esta noche…
    – ¡No estaba cansado! -replicó el monarca-. Traed-me a otra mujer y os demostraré cómo se comporta el rey de Inglaterra en la cama. ¡Pero lady Ana me repugna! ¿Entendéis, Cromwell?
    El primer ministro bajó la cabeza, apesadumbrado. Finalmente, Enrique Tudor había encontrado la excusa perfecta para anular su matrimonio. El rey le hacía responsable de la situación y estaba dispuesto a hacerle pagar con su vida.
    Cromwell sintió que el cielo se desplomaba sobre su cabeza cuando comprobó que el rey contaba a todo el mundo su incapacidad de consumar su matrimonio. Mientras Enrique conversaba con su médico, el primer ministro empezó a sentirse mareado. El duque de Norfolk le dirigió una sonrisa burlona.
    El 11 de enero se celebró un torneo en honor de la nueva reina ante la extrañeza de toda la corte. Enrique Tudor había proclamado a los cuatro vientos que estaba descontento con su esposa y lady Ana, por su parte, se limitaba a sonreír a todo el mundo y a sobrellevar su desgracia con dignidad. Su inglés mejoraba día a día y en la mañana del torneo sorprendió a todo el mundo vistiendo un favorecedor vestido confeccionado en Londres de acuerdo con la última moda inglesa. Sus subditos la contemplaban admirados y no alcanzaban a comprender por qué estaba el rey tan descontento con ella. En cuanto a los expertos en política, se habrían quedado de una pieza si hubieran conocido el plan idea do por la noble dama para librar a su marido del tormento del matrimonio.
    El día después de la boda lady Ana llamó a Hans a sus habitaciones privadas, donde se encontraba junto al rey, que había llegado a través del pasadizo secreto. El joven paje actuó como intérprete para que los esposos llegaran a un acuerdo sin riesgo de que se produjeran malentendidos. Enrique Tudor y Ana de Cleves se comprometieron a no consumar su matrimonio. El rey pretextaría que su incapacidad se debía al escaso atractivo de jady Ana y ésta debía hacer ver que aceptaba su situación como si no ocurriera nada anormal. Corrían rumores de que la alianza entre el rey de Francia y el emperador romano empezaba a deteriorarse, lo que significaba que Inglaterra iba a dejar de necesitar el apoyo del reino de Cleves muy pronto. Enrique esperaría a que la alianza del enemigo se rompiera para anular su matrimonio no consumado.
    A cambio, Ana recibiría dos palacios que debía elegir entre las posesiones de su esposo, una generosa cantidad de dinero y el tratamiento de hermana del rey de manera que sólo una nueva reina la precedería en importancia en la corte. También debía comunicar a su hermano que estaba satisfecha con los términos del acuerdo y que en todo momento había sido tratada como correspondía a una princesa de su posición. Lo último que Enrique deseaba era provocar la ira del soberano de Cleves.
    Cuando se hubieron puesto de acuerdo, los esposos se estrecharon las manos. Enrique se preguntaba por qué su esposa se mostraba tan complaciente y aceptaba de buen grado todas sus propuestas. Quizá no es virgen y teme que lo descubra, pensó. Un escalofrío le recorrió la espalda. De todas formas, no tenía importancia; no tenía la más mínima intención de comprobarlo. Quizá la joven princesa temía ser víctima de uno de sus ataques de ira si se atrevía a contradecirle. El rey frunció el ceño. Había tratado a Catalina de Aragón y a la bruja de Ana Bolena como se merecían. Aunque había habido quien había tratado de recriminarle su actitud, sabía que había actuado correctamente.
    Enrique observó a su esposa y se repitió que no entendía nada. Por un momento estuvo tentado a preguntarle cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Aunque sabía que la reina se negaría a confesarse con él, le parecía una mujer demasiado noble e inteligente para mentir. El rey sacudió la cabeza como si fuera un perro bajo la lluvia. Ana Bolena había sido una mujer muy lista y la hija que le había dado, la pequeña Bess, también mostraba signos de una inteligencia despierta y vivaz a pesar de su corta edad. ¡Dios me libre de las mujeres inteligentes!, se dijo. Gracias a Dios, Ana de Cleves era discreta y condescendiente.
    El 27 del mismo mes, Enrique Tudor ofreció una gran fiesta en honor del séquito que había venido de Cleves~ acompañando a su nueva esposa y los envió de vuelta a casa cargados de regalos. Sólo quedaron en palacio Helga von Grafsteen y María von Hesseldorf, dos de las damas de lady Ana, lady Lowe, su ama de cría, y Hans von Grafsteen, el intérprete. Ante el disgusto y la decepción de lady Browne, el rey afirmó que ocho damas eran más que suficiente y que las jóvenes candidatas podían regresar a sus casas.
    El 3 de febrero se iniciaron los preparativos de una recepción oficial en Londres para la reina. Aquellos que se extrañaban de que el rey no hubiera hablado todavía de la coronación de lady Ana se guardaron mucho de expresar sus pensamientos en voz alta. El séquito real llegó en barca procedente de Greenwich al día siguiente y cuando pasaron frente a la Torre de Londres una salva de honor les saludó. Los ciudadanos se agolparon a lo largo de la orilla del río Támesis y aclamaron a los monarcas.
    Ana recibió todas aquellas muestras de afecto conmovida. Le dolía pensar que pronto dejaría de ser la reina de unos subditos tan fieles y cariñosos, pero si Enrique no la quería como esposa, ella tampoco le quería a él. Estaba segura de que podían llegar a ser grandes amigos pero dudaba que el rey fuera tan buen marido como amigo. Sin embargo, habían acordado mantener las apariencias así que, cuando la barcaza llegó a Westminster, ambos hicieron el recorrido que les separaba del palacio de White Hall cogidos de la mano.
    Mientras duró su estancia en el palacio, el conde de March hizo todo lo posible por acercarse a Nyssa pero, aunque la muchacha se negaba a admitirlo, estaba impresionada por la historia que le había contado lady Marlowe y le evitaba.
    – Estoy aquí para servir a la reina y apenas tengo tiempo libre -contestó cuando Varían de Winter la invitó a dar un paseo a caballo-. Y cuando no estoy con la reina prefiero la compañía de mi familia.
    El conde no pudo ocultar su desencanto pero se propuso volver a intentar ganarse el favor y la confianza de la joven en otra ocasión más propicia.
    Las damas de honor no tardaron en darse cuenta de que, aunque su señora ostentaba el título de esposa del rey, en realidad no lo era. Ana se esforzaba por cumplir lo pactado y actuaba como si nada ocurriera. En una corte donde las intrigas políticas, el adulterio y la promiscuidad sexual estaban a la orden del día resultaba increíble que la reina fuera una criatura tan inocente como parecía. Una tarde de invierno se encontraba conversando con sus damas y no pudo evitar comentar lo cariñoso que era su esposo con ella.
    – Cuando nos acostamos en el noche da un beso a mí y dice: «Buenas noches, querida» y en el mañana besa a mí otra vez y dice: «Adiós, querida.» ¿No es la mejor de los maridos? Bessie, querida, trae mí un copa de malvasía.
    Las damas intercambiaron miradas de extrañeza y finalmente lady Edgecombe se atrevió a hacer el comentario que quemaba en los labios de todas:
    – Espero que su majestad nos dé muy pronto la noticia de que espera un hijo -dijo-. El pueblo espera impaciente un duque de York que haga compañía al príncipe Eduardo.
    – No estoy embarazada -aseguró la reina alargando la mano para tomar la copa que Elizabeth Fitzgerald le ofrecía-. Gracias, Bessie.
    – Entonces, ¿su majestad es todavía virgen? -se atrevió a preguntar lady Edgecombe mientras sus compañeras la miraban estupefactas. Sabían que lady Edgecombe no se habría atrevido a hacer una pregunta tan impertinente a una dama que no tuviera el carácter afable y comprensivo de lady Ana.
    – ¿Cómo puedo ser virgen y dormir con mein Hendrick cada noche, lady Finifred? -rió-. ¡Qué tontería!
    – Para ser su verdadera esposa tenéis que hacer algo más que dormir con él, señora -insistió la dama.
    – ¿Qué más? -preguntó la reina fingiendo extrañeza-. Hendrick es lo megor marido en el mundo. -Bien dicho, Ana, añadió para sus adentros. Gracias a la cotilla de lady Edgecombe, se corroboran los rumores de que nuestro matrimonio no ha sido consumado-. Quiero descansar un poco -dijo poniéndose en pie-. Podéis iros todas menos Nyssa Wyndham.
    – Pobre señora -suspiró la duquesa de Richmond negando con la cabeza cuando la reina hubo abandonado el salón-. ¡No entiende nada! Es una lástima que el rey no la quiera. ¿Qué va a ser de ella? No puede acusarla de adulterio ni alegar consanguinidad, como hizo con Ana Bolena y Catalina de Aragón.
    – Seguramente se anulará el matrimonio -repuso la marquesa de Dorset.
    Nyssa cerró la puerta de la habitación y se volvió hacia la reina, cuyo rostro estaba contorsionado en una mueca extraña.
    – No hagáis caso de esas chismosas, majestad -trató de consolarla Nyssa creyendo que la reina estaba a punto de llorar. Como toda respuesta, lady Ana estalló en ruidosas carcajadas.
    – Foy a contarte un secreto, Nyssa -dijo cuando recuperó la compostura-. Si no puedes esconder una secreto di mí ahora. Las otras no son amigas. Unas se creen muy importantes y otras son todafía unas niñas. Necesito una amiga. -Ja, Nyssa, hasta una reina necesita amigas! Hans es buen chico, pero es crío. En cambio tú…
    – Estoy orgullosa de serviros, majestad -contestó Nyssa arrodillándose a los pies de la reina, que se había sentado junto á la chimenea-. Prometo guardaros el secreto y será un honor para mí ser amiga de su majestad.
    – No seré reina durante muy tiempo -suspiró lady Ana.
    – ¡No digáis eso, señora!
    – Escucha mí, Nyssa Wyndham. Yo no gusto a Hendrick Tudor. Lo sé desde la primera día. El rey no haber casado mí si encontraba una excusa por no hacerlo. El noche de bodas hacemos un pacto: no consumamos el matrimonio porque él dice que no le gusto y yo acepto el divorcio. Hoy la cotilla lady Edgecombe sabe lo que quería.
    – ¡Pero vos habéis dicho que su majestad es un marido bueno y cariñoso! -exclamó Nyssa.
    – Hendrick no quiere mí por esposa, sino por amiga. Todos los noches jugamos a cartas en nuestra habitación. Siempre gano porque el pobre Hendrick no es muy listo. Me pregunto por qué le tienen miedo.
    – ¡Enrique Tudor es un hombre peligroso! -aseguró Nyssa-. Es amable y bueno con vos porque os doblegáis a sus deseos y aceptáis su voluntad, pero cuando se le contradice se convierte en una bestia salvaje. Debéis tener mucho cuidado.
    – Vuestra madre fue su amante, ¿verdad?
    – Ocurrió antes de que el rey se casara con Ana Bo-lena y sólo duró unos meses -contestó Nyssa-. Mamá acababa de enviudar y mi tía, la condesa de Mar-wood, la trajo a palacio para que se distrajera. El rey se encaprichó de ella desde el principio pero mamá se escondió detrás del luto. Le tenía mucho miedo y nunca había estado con otro hombre que no fuera mi padre. Enrique Tudor aseguró a mi madre que antes del día uno de mayo sería suya y ella quiso escapar pero vuestro esposo amenazó con separarla de mí si lo hacía.
    – Así que mi Hendrick también puede ser un hombre desagradable y despiadado -murmuró la reina.
    – Así es, señora.
    – ¿Y tu madre fue el amante de Hendrick Tudor antes del día un de mayo?
    – Sí. Llegó a quererle y a entenderse con él bastante bien, pero todo cambió cuando Ana Bolena llegó a la corte. El rey arregló el matrimonio de mi madre con mi padrastro y dejó el campo libre para poder casarse con la primera lady Ana. Mi padrastro era el heredero de mi padre y estaba enamorado de mi madre desde hacía muchos años, aunque nunca se había atrevido a decírselo por respeto a mi padre. Se casaron en la capilla del rey y se trasladaron a vivir a Riveredge, nuestro hogar. El rey siempre ha tenido a mamá por su subdita más fiel y ha reclamado su presencia en la corte dos veces: para interceder por la reina Catalina y poco antes de la ejecución de Ana Bolena. Desde entonces no ha vuelto más.
    – ¿Cómo llama Hendrick a ella?
    – Mi pequeña campesina, o algo parecido -respondió Nyssa con una sonrisa.
    – ¿Tú eres campesina o prefieres el corte? El corte de mi hermano estaba muy aburrido. No cartas, no baile, no festidos bonitos.
    – Nuestra corte es muy emocionante pero, como mi madre, prefiero el campo -contestó Nyssa-. Naturalmente, estoy orgullosa de serviros y mi tía espera que encuentre un marido entre los caballeros de buena familia.
    – ¿No has dejado prometido en Riveredge?
    – No, señora. Mi familia está muy decepcionada por ello. Acabo de cumplir diecisiete años y no encuentro caballero que conquiste mi corazón -confesó-. Si es cierto que no seréis reina durante mucho tiempo me pregunto qué será de mí. ¿Sabéis cuándo piensa anular el rey vuestro matrimonio?
    – Imaguino que será antes de la primafera. Hendrick no es un hombre que sepa estar sin una muguer durante mucho tiempo. ¿No has dado cuenta cómo brillan sus ojos? Sonríe a Ana Basset, a Cat Howard y a tú.
    – ¿A mí? -replicó Nyssa, horrorizada-. ¡El rey fue amante de mi madre! ¡Podría ser mi padre!
    – Tranquila, Nyssa -la tranquilizó la reina apoyando una mano en su hombro-. Hendrick también tiene edad por ser mi padre. Siento haber hecho caso a las habladurías de las damas. El rey quiere a ti porque quería a tu madre.
    – Deber ser por eso -suspiró Nyssa, aliviada-. Estoy segura de que el rey simpatiza con todas las damas por igual.
    Sin embargo, las inquietantes palabras de la reina le hicieron reflexionar. No se atrevía a revelar el contenido de aquella conversación a su tía porque ello significaría traicionar la confianza de lady Ana, pero le preocupaba saber qué sería de ella cuando se anulara el matrimonio de Enrique Tudor y Ana de Cleves. El rey no tardaría en buscar una nueva esposa que le diera hijos y, si no recordaba mal, últimamente el monarca aprovechaba cualquier oportunidad para ensalzar las virtudes de las mujeres inglesas. De repente recordó que había sorprendido a algunos consejeros del rey observando con disimulo su lealtad y su dedicación para con la reina.
    A principios de marzo el rey reunió a sus consejeros y les comunicó la imposibilidad de consumar su matrimonio con lady Ana de Cleves. El consejo entendió que Enrique les pedía con tanta sutilidad como le era posible que buscaran una solución al problema. El rey insinuó que había habido un contrato de matrimonio entre su esposa y el hijo del duque de Lorena.
    – Lo investigaremos, majestad -prometió Thomas Cromwell con tanta vehemencia que el duque de Norfolk estuvo a punto de estallar en carcajadas.
    Enrique Tudor agradeció a sus consejeros su atención y les dejó a solas para que debatieran. Todos se volvieron hacia el primer ministro.
    – Ese contrato no existe -aseguró-. Antes de firmar el contrato en nombre del rey Enrique hablamos con el duque de Lorena, el hombre con quien estaba destinada a casarse nuestra reina cuando era una niña, y aseguró que nunca se firmó ningún documento comprometedor. Revolvió entre los papeles de su padre y consultó a su confesor y no encontró nada. El sacerdote reveló que una vez se habló de comprometer a ambos herederos pero sólo fue una conversación y el proyecto se abandonó poco tiempo después. Ésta no es excusa para disolver el matrimonio del rey.
    – Se deshará de ella tanto si os gusta como si no, Crum -replicó el duque de Norfolk-. Hace tanto tiempo que no pasa un buen rato en la cama que está a punto de explotar. He oído decir que no puede apartar los ojos de las damas más jóvenes y bonitas de la corte. Nunca se acostará con su esposa y el país necesita otro heredero.
    – Estoy de acuerdo -asintió el obispo Gardiner.
    – ¡La reina parece una mujer tan bondadosa…! -intercedió el arzobispo de Canterbury-. No merece ser humillada y maltratada. ¿Qué pensará del pueblo de Inglaterra? Si no hay más remedio que anular el matrimonio, que así sea, pero seamos considerados con ella.
    – ¿Y si resulta una bruja como la española y se niega a cooperar? -replicó el duque de Norfolk-. Después de todo, su majestad tiene la culpa. ¿No ha sido él quien ha proclamado a los cuatro vientos su imposibilidad de consumar el matrimonio? ¿Y si se niega a colaborar? No tendremos más remedio que… -añadió pasándose un dedo por el cuello.
    – Thomas, Thomas… -le reprendió el arzobispo-. Lady Ana no se parece en nada a Catalina de Aragón: es razonable y condescendiente. Yo mismo me ofrezco para hablar con ella. ¿Qué proponéis, Crum? ¿Pedir la anulación?
    – Es la única solución -contestó el primer ministro, resignado.
    – Entonces debéis ser vos quien se lo proponga a su majestad. Con el permiso del rey, yo me ocuparé de la reina. Debemos tratarla con respeto y consideración; después de todo, es una princesa de sangre real.
    – También lo era la española y no hubo manera de llegar a un acuerdo con ella -refunfuñó el duque de Norfolk.
    – Esta vez es diferente -contestó el arzobispo armándose de paciencia.
    – No creo que el rey se avenga a convertirse en objeto de burla de sus subditos -replicó el primer ministro-. ¿De verdad creéis que confesará en público sus «desavenencias» matrimoniales?
    – No le queda más remedio -intervino el obispo Gardiner-. Si quiere deshacerse de la dama tendrá que hacer este pequeño sacrificio.
    – ¡Señores, olvidan que no estamos hablando de un hombre cualquiera! -exclamó Thomas Cromwell-. ¡Es Enrique Tudor, el rey de Inglaterra!
    – Tranquilizaos, Crum -dijo el duque de Norfolk-. El consejo os apoyará en todo. El futuro de Inglaterra está en juego. ¿Están de acuerdo conmigo, caballeros?
    – ¡Sí! -contestaron todos a coro.
    – No me fío de sus promesas, señores -replicó el primer ministro-, pero parece que no tengo más remedio que proponer al rey la anulación del matrimonio. Lo haré hoy mismo; no tiene sentido esperar.
    Dicho esto, Thomas Cromwell dio la reunión por terminada y fue en busca del rey. El obispo Gardiner se acercó al duque de Norfolk y le habló al oído con disimulo:
    – Tenemos que hablar, Tom -murmuró.
    – Venid conmigo.
    Ambos amigos se deslizaron al jardín, desierto en un día helado como aquél, y pasearon por el laberinto de setos, seguros de que no podían ser vistos ni oídos.
    El duque de Norfolk miró de reojo a su compañero. El obispo era un hombre de elevada estatura con un rostro alargado de nariz grande, labios carnosos y rematado por una barbilla puntiaguda. Sus ojos oscuros eran reservados e impenetrables y llevaba el abundante cabello gris muy corto. Era un hombre de carácter difícil y arrogante pero, como el duque, era profundamente conservador en política y religión y también ha bía dejado de gozar del favor del rey cuando Thomas Cromwell se había convertido en primer ministro.
    – Ahora que el problema está casi resuelto tenemos que empezar a pensar en el nuevo matrimonio del rey -murmuró Stephen Gardiner.
    – No queda ni una princesa de sangre real en toda Europa dispuesta a convertirse en la nueva reina de Inglaterra, pero eso nos favorece, ¿verdad, obispo? Enrique Tudor tendrá que buscar a su esposa entre las rosas de su propio jardín.
    – ¿Tenéis alguna dama en mente? -preguntó el obispo, seguro de que era así-. Ya sabéis que al rey le gustan las mujeres menudas y hermosas que le hagan creer que sigue siendo el príncipe más apuesto de todos los reinos cristianos. Debe ser una mujer a quien le guste la música y el baile y que sea lo bastante joven para darle muchos hijos. Y ahora decidme, ¿dónde vamos a encontrar a una jovencita dispuesta a casarse con un viejo gruñón con un enorme absceso en una pierna y que pesa una tonelada? Eso sin mencionar que no ha dudado en deshacerse de tres de las cuatro mujeres con las que ha estado casado. Me pregunto si lady Jane habría sido reina de Inglaterra durante mucho tiempo si no hubiera muerto tras el nacimiento del príncipe Eduardo. El rey la recuerda como la esposa perfecta pero sabemos que Enrique Tudor cambia de opinión con asombrosa facilidad. ¿Qué dama de buena familia estará dispuesta a sacrificarse por el bien de Inglaterra?
    Norfolk miró al obispo Gardiner a los ojos. Su rostro alargado de pómulos prominentes transmitía calma y seguridad. Era el aristócrata con más títulos después del rey pero hasta su propia esposa, lady Elizabeth Stafford, había aconsejado a Thomas Cromwell que nunca se fiara de su marido. El primer ministro, que siempre había desconfiado del duque de Norfolk, había tenido en cuenta la advertencia.
    El duque de Norfolk era un conspirador, pero también era un caballero ambicioso y muy inteligente. Se había casado con Ana, hija de Eduardo IV y hermana de la esposa de Enrique VIL Lady Ana le había dado un hijo, Thomas, pero el pequeño había muerto y ella también había fallecido poco después. Su segunda esposa le había dado otro hijo, Enrique, conde de Surrey, y una hija, María, casada con Enrique Fitzroy, duque de Richmond e hijo ilegítimo del rey. El duque de Norfolk siempre había soñado con ver a su hija convertida en reina de Inglaterra, pero Enrique Fitzroy había muerto y la reina Jane había dado al rey un heredero legítimo. Ahora tenía un nuevo plan en mente.
    – Conozco a la mujer perfecta, obispo -contestó-: mi sobrina, Catherine Howard, la hija de mi difunto hermano. Es joven, bonita e influenciable. Es una de las damas de honor y me consta que su majestad la mira con buenos ojos. El otro día dijo que era como una rosa sin espinas. ¿Qué os parece?
    – He oído que el rey también mira con buenos ojos á otras damas -repuso el obispo de Winchester-. Qs recuerdo que el otoño pasado regaló un magnífico caballo y una silla de montar a una de las hermanas Bas-set y también está lady Nyssa Windham. Vuestra sobrina tiene un par de competidoras y sospecho que, por muy bueno que sea vuestro plan, esta vez el rey se saldrá con la suya. La otra vez dejó que otros escogieran por él y lo ha pagado muy caro. Ño será fácil engañarle.
    – Ana Basset no cuenta para el rey -replicó el duque de Norfolk-. Se dice que una vez estuvieron juntos y que ninguno de los dos disfrutó demasiado. El rey dio las gracias a la muchacha y la recompensó con un pequeño regalo pero nunca se casaría con ella. Su esposa debe ser una mujer a quien sólo pueda poseer después de haberle puesto el anillo de casada en el dedo, y ésa es mi Cat. El juego no ha empezado todavía pero yo me encargaré de dar las instrucciones precisas a mi sobrina. Catherine es más sensata que Ana Bolena, esa cabezota a quien el adulterio envió a la tumba.
    – ¿Y qué hay de la otra muchacha?
    – ¿Lady Nyssa? Su madre fue amante del rey hace unos quince años. Quizá la recordéis. Se llamaba Blaze Wyndham.
    – ¡Dios mío! -exclamó el obispo-. ¿Insinuáis que la muchacha es hija de su majestad? Si no recuerdo mal, su madre abandonó palacio precipitadamante.
    – Lady Nyssa es hija de Edmund Wyndham, tercer conde de Langford -le tranquilizó el duque de Norfolk-. Tenía dos años cuando su madre vino a la corte.
    – Entonces, ¿por qué no la habéis tenido en cuenta? -se extrañó el obispo-. Sabéis que el rey es un sentimental. Quizá vea en esa niña los buenos tiempos que pasó junto a su madre, cuando era más joven y feliz. Blaze Wyndham nunca quiso participar en las intrigas de la corte y el rey la aprecia por ello. Escuchadme bien, señor: esa muchacha nos traerá problemas.
    Nos traerá problemas, se dijo el duque. Mi plan funciona: el obispo está conmigo.
    – Tranquilizaos, obispo -dijo esbozando una amplia sonrisa-. Si Nyssa Wyndham se interpone en nuestro camino yo mismo me encargaré de desacreditarla a ojos del rey. ¡El pobre odia ser traicionado por aquellos en quienes ha depositado su confianza! No debéis preocuparos; con vuestra ayuda nuestra pequeña Catherine será la próxima reina de Inglaterra.
    – Espero que haya aprendido de los errores cometidos por vuestra otra sobrina, Ana Bolena. Salisteis bien parado del lío en que os metió pero esta vez podríais pagar con vuestra vida.
    – Catherine no es como Ana -aseguró el duque-. Ana pasó muchos años en la corte de Francia y era una mujer sofisticada y de gustos refinados. Era mayor y experimentada, mientras que Catherine es joven e inexperta. Ha tenido una vida muy dura desde que sus padres murieron y mi madre tuvo que hacerse cargo de ella y sus hermanos. Si no llego a proponerla como dama de honor no sé qué habría sido de ella -suspiró-. Le gustará ser reina y disfrutar de todos los caprichos que nunca ha podido permitirse. ¡Las pequeñas manías del rey son un precio muy bajo en comparación ron los privilegios de una reina! Además, el rey no vivirá muchos años y pronto será libre para escoger un nuevo marido. No temáis; hará lo que yo le diga.
    – ¿Estáis seguro de que es la esposa perfecta para su majestad? -insisitió el obispo, que no parecía muy convencido-. ¿No tiene secretos escondidos?
    – Ninguno -respondió el duque-. Ha vivido durante toda su vida en Leadinghall como una monja bajo la supervisión de mi madre. Toca varios instrumentos y es una excelente bailarina. No es más que una joven bonita y con la cabeza llena de pájaros, pero inofensiva. Es la clase de mujer que el rey necesita en estos momentos.
    – Entonces, que así sea -suspiró el obispo, resignado-. Hablaremos de Catherine Howard hasta que al rey le duelan los oídos. ¿Y qué me decís de Cromwell? ¿No tratará de impedir nuestro plan?
    – Cromwell está acabado -contestó Thomas Howard esbozando una sonrisa triunfante-. El rey está muy descontento con él y le culpa de todos sus problemas. No tenemos que preocuparnos por él. Thomas Cromwell estará demasiado ocupado tratando de salvar su preciosa vida para preocuparse por nosotros. Es increíble que un hombre de origen tan humilde haya llegado tan alto. ¡Adonde vamos a llegar! -refunfuñó-.¡Malditos tiempos modernos! Cuando nos hayamos librado del aprovechado de Crum, todo volverá a ser como antes -añadió con una sonrisa mientras se volvía y dejaba al obispo con la palabra en la boca.

    En la primavera de 1540 las abadías de Canterbury, Christchurch, Rochester y Waltham se rindieron a su majestad Enrique Tudor. Thomas Cromwell acababa de conseguir la disolución de todos los monasterios y sus días al servicio del rey estaban a punto de terminar. Casi todas las riquezas que habían pertenecido a estas abadías fueron a parar a las arcas del rey y el resto fueron repartidas entre los nobles leales a su majestad. Enrique deseaba cubrirse las espaldas y procuraba mantener contenta a la aristocracia por miedo a que se opusieran a las reformas religiosas que estaba decidido a llevar a cabo.
    Charles de Marillac, el embajador francés, comunicó a su rey que el primer ministro inglés estaba casi acabado, pero Enrique parecía dispuesto a sorprender a todo el mundo y nombró a Thomas Cromwell conde de Essex.
    Cuando el duque de Norfolk trató de sonsacar al monarca sobre el inesperado honor concedido a Cromwell, Enrique esbozó una sonrisa cruel.
    – Mi querido Thomas, sólo se trata de un truco para tranquilizar al viejo Crum -contestó-. En estos momentos teme por su vida y está asustado, y ya sabéis que un hombre asustado no rinde. Necesito la inteligencia con que me cautivó en los viejos tiempos para salir del lío en que estoy metido. ¡Él escogió a mi esposa y él debe encontrar la manera de librarse de ella!
    – Entonces, ¿no hay esperanzas de que…? -preguntó el duque fingiendo decepción y pena.
    – ;¿De salvar mi matrimonio? Mi matrimonio ha sido una farsa. Lady Ana es una mujer muy bondadosa pero no ha sido ni será mi esposa.
    – ¿Y qué me decís del duque de Cleves? -insistió Thomas Howard-. ¿No se ofenderá cuando sepa que enviáis a su hermana de vuelta a casa? Después de todo, es una princesa.
    – Lady Ana será tratada como se merece -aseguró el rey-. En cuanto al duque de Cleves, no le conviene enfrentarse a Inglaterra. Francia y el Sacro Imperio Romano vuelven a buscar nuestra amistad y nuestro apoyo. ¡Y yo volveré a tener a una rosa inglesa como esposa! -concluyó esbozando una amplia sonrisa.
    – ¿Y no preferiríais a otra princesa de sangre real, majestad? Una simple ciudadana no tiene prestigio.
    – ¿Prestigio? -le interrumpió el rey-. Howard, sois un presuntuoso. Las muchachas inglesas no tienen riada que envidiar a las princesas de sangre real. ¡No quiero más princesas! ¡Quiero una mujer de carne y hueso! Una mujer generosa en la cama y una buena madre para sus hijos. ¡Y pongo a Dios por testigo de que la encontraré y me casaré con ella! -concluyó descargando un puñetazo sobre la mesa.
    – ¿Hay alguna dama que os llame especialmente la atención? -inquirió el duque astutamente.
    – ¡Viejo curioso! -rió Enrique Tudor golpeando al duque en las costillas-. ¡Queréis ser el primero en saber lo que se cuece en palacio! La verdad es que todavía no me he decidido por ninguna dama -confesó secándose las lágrimas que rodaban por sus mejillas-. Antes de comunicaros mi decisión debo tomarla, ¿no creéis?
    Pero, al igual que el resto de la corte, el duque de Norfolk sabía que el rey sentía predilección por Ca-therine Howard y Nyssa Wyndham. Thomas Howard se había apresurado a hablar con su sobrina el mismo día de la conversación con el obispo de Winchester. Su espía en las dependencias de la reina le había comunicado que la muchacha tenía la tarde libre y él se había apresurado a llamarla. Estaba muy bonita con un vestido nuevo color verde manzana que realzaba el tono de su piel y su cabello oscuro.
    – ¿De dónde has sacado el dinero para hacerte un vestido nuevo? -preguntó su tío.
    – Es un regalo de Nyssa Wyndham. Dice que tiene muchos vestidos y que éste no le sienta bien. Yo creo que le doy lástima porque soy pobre. ¿No os parece un gesto muy generoso por su parte?
    – ¿Qué te parecería no tener que volver a preocuparte por no tener vestidos bonitos, sobrina? -preguntó el duque-. ¿Te gustaría ser la dama mejor vestida de palacio?
    – ¿Cómo…? -inquirió la joven abriendo sus ojos azules como platos.
    – Casándoos con un hombres rico, naturalmente -contestó su tío-. Pero primero debes prometer que me guardarás un secreto que no debes revelar a nadie, ni siquiera a tu amiga Nyssa. ¿Lo has entendido, pequeña?
    Catherine asintió solemnemente mientras se preguntaba quién sería el candidato. Sabía que su tío era casi tan poderoso como el rey.
    – Hablo en serio, Catherine -insistió el duque muy grave-. Si revelas nuestro secreto tendrás que pagar con tu vida.
    – Haré lo que me pidáis y no hablaré a nadie de esta conversación -prometió la joven-. Y ahora hablad-me de ese matrimonio -pidió.
    – ¿Te gustaría ser la nueva reina de Inglaterra, Catherine? -preguntó Thomas Howard con suavidad-. Piénsalo bien, pequeña: ¡reina de Inglaterra!
    – Para eso tendría que casarme con el rey -reflexionó Cat en voz alta-. Pero él tiene esposa. No entiendo qué…
    – Lady Ana no será reina de Inglaterra durante mucho tiempo. No te preocupes, pequeña; la princesa no sufrirá ningún daño -se apresuró a añadir cuando Catherine palideció-. El rey está decidido a anular ese matrimonio ya que, como toda la corte sabe, ha sido incapaz de consumarlo y el trono de Inglaterra necesita herederos. Enrique Tudor debe casarse con una mujer joven dispuesta a darle muchos hijos y sé de buena tinta que te mira con muy buenos ojos. Podrías ser la escogida para hacer de él un esposo feliz y fiel. ¿Qué te parece?
    Catherine frunció el ceño y reflexionó durante unos minutos. Enrique Tudor podía ser su padre, estaba gordo como un tonel y la sola idea de tocarle le revolvía el estómago. Cuando se le hinchaba la pierna enferma, el pus salía a borbotones y olía mal pero era el rey de Inglaterra. Y ella, Catherine Howard, no podía desaprovechar la oportunidad de hacer una buena boda: tenía cuatro hermanos, tres de los cuales eran chicas, sus padres habían fallecido y dependía de la caridad de su poderoso tío, un hombre tacaño de quien no conseguiría obtener una buena dote a menos que un pretendiente rico se fijara en ella. Pero los caballeros ricos no se fijaban en las muchachas pobres, por muy poderosos que fueran sus tíos. La idea de quedarse soltera e ingresar en un convento tampoco le resultaba muy atractiva. Podía convertirse en la amante de un caballero rico y gozar de su favor pero ésa tampoco era una situación demasiado cómoda… ¿Tenía elección?
    – Tengo miedo, tío -confesó.
    – ¿Miedo de qué? -rugió Thomas Howard empezando a perder la paciencia-. ¡Te recuerdo que eres una Howard, Catherine!
    – Mi prima Ana Bolena también era una Howard y perdió la cabeza en la Torre. El rey cambia de gustos con mucha facilidad y hasta ahora parece que lady Jane ha sido la única mujer capaz de satisfacerle. Me pregunto si habría gozado del favor de su variable marido durante mucho tiempo o también habría acabado encerrada en la Torre cuando su majestad se hubiera cansado de ella. Enrique Tudor se ha casado cuatro veces; lady Jane murió, se divorció de la primera, asesinó a la segunda y ahora quiere anular su cuarto matrimonio. Me habéis preguntado si me gustaría tener vestidos bonitos y joyas caras y yo os contesto: Sí, me encantaría. Pero me pregunto cuánto tardará el rey en cansarse de mí. Y cuando eso ocurra, ¿qué será de mí?
    Thomas Howard decidió cambiar de estrategia y rodeó con un brazo los hombros de su sobrina en un gesto tranquilizador.
    – Si sigues mis consejos al pie de la letra el rey estará tan satisfecho contigo que nunca querrá separarse de ti -prometió-. Este nuevo matrimonio traerá consigo importantes cambios políticos: como sabes, el rey se confiesa católico pero no está haciendo nada por impedir que los luteranos ganen terreno. Sin duda, el arzobispo Cranmer está detrás de la conspiración y nuestra misión es pararle los pies. Para ello necesitamos que la nueva esposa del rey sea una dama educada a la antigua y dispuesta a dejarse aconsejar por aquellos que saben más que ella. Creo que eres la mujer perfecta para ocupar un puesto de tanta responsabilidad y estoy seguro de que el rey estará de acuerdo conmigo. Por última vez, sobrina, ¿te gustaría ser la nueva reina de Inglaterra? -preguntó sacudiéndola ligeramente.
    – Sí, tío -contestó Catherine, sabedora de que eran aquellas las palabras que el duque de Norfolk deseaba escuchar. Su tío la había puesto entre la espada y la pared y no le había dejado otra elección. Él y sus amigos eran caballeros poderosos obsesionados por asuntos enrevesados cuya mente adolescente no alcanzaba a comprender. Por lo menos al rey le gusta la conversación inteligente, la música y el baile, se dijo tratando de concentrarse en los aspectos positivos de su nueva situación. Aprenderé a curarle y vendarle la pierna y seré una esposa fiel. No puedo permitirme ser tan remilgada.
    – Estoy orgulloso de ti, pequeña -sonrió Thomas Howard-, Yo te enseñaré lo que debes saber para complacer a su majestad. Deberás morderte la lengua de vez en cuando y estar siempre alegre. Dale la razón en todo, delante de los demás y cuando os encontréis a solas. Y lo más importante: no permitas que se tome demasiadas libertades contigo hasta que no estéis casados. Si obtiene de ti lo que desea antes de ese día te habrás puesto a la altura de la criada que se deja manosear por el mozo de cuadra aprovechando la oscuridad del establo. ¿Me has comprendido? Un beso de vez en cuando y algún que otro abrazo pero nada más, Catherine. ¡Por mucho que insista y se enfade contigo debes mantenerle a raya! Recuérdale que eres una muchacha decente y si es necesario échate a llorar, pero nunca cedas a sus caprichos antes del día de la boda. Recuerda que eres pobre y que tu virginidad es tu única dote.
    – Sí, tío -murmuró Catherine humildemente-. Prometo obedeceros en todo.
    – Ahora te diré otro secreto -añadió el duque bajando la voz-: lady Rochford es mi espía entre los sirvientes de la reina. Puedes confiar en ella pero no ciegamente. Es una mujer muy infeliz y se siente culpable por la muerte de su marido George Bolena. Desde ese día ni los Bolena ni su propia familia han querida saber nada de ella y yo he sido el único que le ha dado consuelo. En cuanto a Nyssa Wyndham, debes terminar con esa amistad inmediatamente.
    – ¡No puedo hacer eso! -protestó Catherine-. Nyssa es la única amiga que he tenido en toda mi vida. Además, si riño con ella todo el mundo se extrañará y sospechará que tramamos algo.
    – Quizá tengas razón -admitió su tío, pensativo. Nunca hubiera creído a Catherine capaz de razonar con astucia pero, después de todo, era una Howard-. Está bien, pequeña, manten tu amistad con lady Nyssa. Pensándolo bien, es una buena idea: así el resto de la corte seguirá preguntándose hasta el final a cuál de las dos escogerá el rey. Pero recuerda que no debes hablarle de nuestros planes, ¿entendido? ¡Nada de confidencias a medianoche!
    – Os he entendido perfectamente, tío -contestó Catherine, ofendida-. Ño soy ninguna tonta. Si tenéis que recomendarme al rey, necesitáis tener el campo libre.
    El duque de Norfolk sonrió satisfecho. La muchacha era más inteligente de lo que había imaginado. Era astuta, pero su generosidad y su buen corazón podían ser un obstáculo a su ambición ilimitada. Esperaba que el paso del tiempo se encargara de endurecerle el carácter. Despidió a su sobrina y se reclinó en su sillón sintiéndose satisfecho por el trabajo realizado.
    Había aupado a una Howard al trono de Inglaterra. Si hubiera sido una muchacha sensata y obediente habría conservado aquella posición privilegiada, pero Ana había resultado ser demasiado cabezota para aceptar consejos de nadie. Y ahora el destino le ofrecía una segunda oportunidad de ganarse el favor de su majestad convirtiéndose en la sombra de la reina. Catherine no le fallaría y le ayudaría a llevar a su familia a lo más alto. ¡Los Howard pronto serían los más poderosos de Inglaterra y los Seymour volverían a la oscuridad de la que habían salido! Y si Catherine da al rey esos hijos tan deseados, pensó, ¿quién sabe hasta dónde podemos llegar?
    Aunque seguía manteniendo las apariencias delante de la reina, Enrique Tudor había empezado a hacer la corte a dos de sus damas de honor. Mientras Catherine Howard reía las gracias que.el rey le dedicaba y le miraba con ojos tiernos, Nyssa Wyndham se mostraba reservada y distante. La joven estaba desconcertada y se preguntaba a qué venían tantas atenciones para con ella. Estaba segura de que se mostraba cariñoso con ella debido al afecto que sentía por su madre pero sabía que los cortesanos murmuraban a sus espaldas y había advertido que hasta su tía empezaba a dar muestras de inquietud.
    – ¡Mira eso, Owen! -se lamentó Bliss una tarde mientras ambos observaban cómo el rey enseñaba a Nyssa a tirar con arco-. ¿Crees que se ha enamorado de ella? ¡Sólo es una niña!
    – ¡Vaya! -replicó su marido sonriendo divertido-. Veo que tu ambición tiene límites.
    – ¡Owen, no me mires así! Con Blaze fue diferente, pero esto…
    – Tienes razón. Con Blaze fue diferente: el rey estaba casado y sólo la quería como amante. Ahora también está casado, aunque con otra mujer, pero quiere a Nyssa como la próxima reina de Inglaterra. Te recuerdo que a Tony no le pareció una buena idea traer a la niña a la corte y, si tú no te hubieras ofrecido a cuidar de ella, ahora no se encontraría en una situación tan delicada -regañó el conde de Marwood a su esposa. Los caballeros de la corte comentaban que el comportamiento reservado de Nyssa atraía a su majestad más que las carantoñas de Cat Howard y había decidido no hablar a su esposa de esas habladurías hasta haber averiguado cuánta verdad había en ellas.
    – ¿Qué vamos a hacer, Owen?
    – No podemos hacer nada, querida -suspiró el conde, resignado-. La decisión final está en manos del rey y me temo que esas manos se mueren por tocar carne joven. ¿Quién sabe? Quizá acabe decidiéndose por Cat Howard.
    – ¡Pero nuestra Nyssa es mucho más bonita!
    – protestó Bliss provocando las carcajadas de su marido.
    – Señora, me temo que estáis loca de remate -dijo él entre risas.
    Oyeron la voz del rey a sus espaldas y se volvieron justo a tiempo para verle dar un beso en la mejilla a la desconcertada joven.
    – ¡Bien hecho, mi rosa salvaje! ¡Señores, esta niña es una excelente arquera, una verdadera Diana, la reina del tiro con arco!
    Los presentes asintieron e intercambiaron sonrisas maliciosas y miradas cómplices.
    – Yo nunca seré tan buena tiradora como Nyssa
    – suspiró Cat Howard acercándose al rey-. Su majestad sabe que no soy una mujer inteligente.
    – ¡No digáis tonterías! -protestó Enrique Tudor-. Yo os enseñaré a tirar, Cat. No hay nada que no se pueda conseguir con un poco de voluntad, mi rosa sin espinas. ¡Traed un arco y flechas para Catherine Howard!
    Aquella reacción alimentó las habladurías de la corte, que volvió a murmurar sobre a quién escogería como esposa. Saltaba a la vista que el rey estaba disfrutando con el juego. En cuanto a la anulación de su matrimonio, estaba a punto de ser obtenida y todos sabían que el rey esperaba impaciente la llegada del verano para disfrutar de una nueva esposa.
    El obispo de Winchester se acercó al duque de Norfolk con disimulo.
    – ¿Y si su majestad escoge a Nyssa Wyndham? -preguntó, inquieto-. En cuanto se deshaga de lady Ana cualquier advenediza puede aprovechar la oportunidad. Debemos asegurar el puesto a vuestra sobrina.
    – Tenéis razón -asintió Thomas Howard-. El rey se siente como un semental rodeado de yeguas jóvenes. Debemos dejar el campo libre a nuestra Cathe-rine.
    – ¿Y qué vamos a hacer? -se preguntó el obispo.
    – Arruinar la reputación de Nyssa Wyndham.
    – Pero ¿cómo? Por lo que he oído, lady Nyssa es una muchacha de reputación intachable. No se le conocen amistades indeseables ni se la ha visto en compañía de ningún hombre. Sus modales son excelentes y es la dama más fiel a la reina. La joven es un cúmulo de virtudes.
    – ¿Qué pensaría el rey si se la encontrara desnuda en brazos de su amante, mi querido obispo? -repuso el duque de Norfolk esbozando una sonrisa astuta-. Las apariencias a menudo engañan.
    – ¿Estáis dispuesto a llegar a esos extremos? -exclamó el obispo, escandalizado-. La pobre muchacha ha venido a la corte a encontrar un buen marido. Si lleváis a cabo vuestros planes nadie querrá casarse con ella. ¡No pienso convertirme en cómplice de un plan tan malvado!
    – Calmaos, Stephen -replicó Thomas Howard-. Pienso, desacreditarla y proporcionarle el marido perfecto a la vez. Mi hombre será tan buen partido que su familia no se atreverá a negarse. No os diré nada más para no torturar a vuestra conciencia pero os juro que la joven no sufrirá ningún daño. Sólo deseo que el rey se olvide de ella durante una temporada y ésta es la única manera de conseguirlo. Me consta que a Enrique Tu-dor no le gustan las mujeres de segunda mano. Creed-me, él mismo ordenará el matrimonio de lady Nyssa con mi hombre.
    El obispo de Winchester no replicó pero se dijo que confiar en Thomas Howard era como dejar al zorro al cuidado de las gallinas. Encogiéndose de hombros, se consoló pensando que ya era demasiado tarde para echarse atrás y que no podía permitir que una jovenci-ta se interpusiera en su camino. La Iglesia de Inglaterra debía permanecer tan ortodoxa y conservadora como en los últimos siglos.
    El duque de Norfolk observó al obispo de Winchester mientras éste se alejaba. ¡El muy beato!, pensó. Le importa un bledo lo que le ocurra a Nyssa Wyndham con tal de que su poder y su influencia sobre el rey queden intactos. Se niega a tomar parte en el plan pero no hará ascos a los beneficios que obtendrá. Se volvió y empezó a buscar a su hombre. Cuando le hubo encontrado, llamó a su paje personal y le dijo:
    – Busca al conde de March y dile que deseo verle. Abandonó el campo de tiro y regresó al palacio lentamente.
    – Cuando llegue el conde de March, hazle pasar -dijo mientras tomaba la copa de vino que un criado le ofreció cuando entró en sus aposentos-. No quiero que nadie nos moleste mientras hablamos.
    El duque entró en la habitación destinada a sus reuniones más secretas y se sentó junto a la chimenea. A pesar de que corría el mes de abril, todavía hacía mucho frío. Thomas Howard era un hombre muy friolero y mantenía la chimenea encendida hasta bien entrada la primavera. Mientras contemplaba las llamas suspiró pesadamente y se llevó la copa a los labios. Ya había cumplido sesenta y siete años y empezaba a cansarse de ser el cabeza de su familia pero no confiaba en su hijo Enrique, quien prefería la poesía a la política.
    Me hago viejo, se dijo negando con la cabeza mientras apuraba su copa. He engendrado a cuatro hijos y dos de ellos han muerto. Había sido padre por primera vez a los quince años y el nacimiento de María Eliza-beth, su hija ilegítima, había causado un gran revuelo. La madre de la pequeña había sido su prima Bess, una huérfana que había muerto tras dar a luz a la niña. Bess sólo tenía catorce años pero era una de sus mejores amigas y su muerte le había hecho cambiar: nunca más había vuelto a enamorarse. La niña había crecido con la familia y el duque le había encontrado un buen marido. María Elizabeth se había casado a los veinte años, la misma edad a la que había muerto Tom, el primer hijo legítimo que le había dado Ana de York.
    No le había sido fácil encontrar a un hombre dispuesto a casarse con María Elizabeth Howard pero, gracias a que los Howard eran una familia rica y poderosa y a que la niña había sido reconocida, había conseguido casarla con Enrique de Winter, conde de March, un hombre ambicioso que sabía que el matrimonio con un Howard, aunque se tratara de un miembro ilegítimo de la familia, ofrecía numerosas ventajas.
    La familia del conde nunca había sido muy rica y Enrique de Winter había acabado enamorándose de su esposa, por lo que se había sentido muy desconsolado cuando la joven había muerto al dar a luz a su primer hijo. No había vuelto a casarse y no sabía qué hacer con el bebé que María Elizabeth le había dejado. Afortunadamente, su suegro había tomado cartas en el asunto.
    Ana de York, la primera esposa de Thomas Howard, había muerto en 1513 y el conde se había casado con lady Elizabeth Stafford tres años después. Su hijo Enrique había nacido al año siguiente. Su hija había nacido en 1520 y su esposa se había empeñado en poner le el nombre de María. María Elizabeth llevaba diez años muerta y el duque no se había atrevido a protestar pero nunca olvidó el gesto cruel de su esposa, quien sabía de la existencia de su hija ilegítima y el nieto que vivía en su casa.
    Tras llamar a la puerta, Varían de Winter, conde de March, entró en la habitación.
    – Buenos días, abuelo -saludó-. Tenéis cara de estar tramando algo grande. ¿De qué se trata?
    – Sírvete una copa de vino y siéntate conmigo, Varían -contestó el anciano-. Necesito tu ayuda para resolver un pequeño problema.
    Varían de Winter enarcó una ceja sorprendido y se apresuró a obedecer. Su abuelo poseía una magnífica bodega y le había enseñado a apreciar las cualidades de un buen vino. Se sirvió una copa y observó al anciano con disimulo. Aspiró el aroma que desprendía el vino, sonrió satisfecho y bebió un sorbo mientras se acomodaba en un sillón frente al ocupado por Thomas Howard.
    – Os escucho, señor.
    Ha heredado mi rostro alargado y mis ojos, pero por lo demás es un De Winter de los pies a la cabeza, pensó el duque mirando fijamente a su nieto. Es una lástima porque razona como un auténtico Howard.
    – Las tierras que di a tu madre como dote… -empezó.
    – ¿Os referís a las tierras que olvidasteis entregar a mi padre? -le interrumpió Varian sonriendo divertido-. Sí, deben ser ésas. Continuad, por favor.
    – ¿Te gustaría tenerlas, Varian?
    – ¿Qué precio tendría que pagar por ellas, señor?
    – ¿Qué te hace pensar que quiero pedirte algo a cambio?-replicó el duque, dolido.
    – ¿Habéis olvidado la primera lección que nie enseñasteis, abuelo? -contestó el conde-. Siempre habéis dicho que todo aquello que se puede conseguir a cambio de nada no tiene ningún valor, que todo tiene un precio.
    – Has sido un alumno muy aplicado -rió Thomas Howard-; mucho más que tu tío Enrique. Tienes razón, tendrás que pagar un precio por esas tierras, pero antes de revelarte mi plan deseo saber si estás comprometido con alguna mujer.
    – No -contestó Varían de Winter, extrañado-. ¿A qué viene esa pregunta?
    – Tengo una mujer para ti pero te advierto que mi plan es algo peligroso. Por esta razón estoy dispuesto a recompensarte generosamente. Esa muchacha es una heredera y posee tierras al otro lado del río.
    – ¿Qué queréis que haga?
    – Deseo que tu prima Catherine se convierta en la próxima reina de Inglaterra -contestó el duque. Sorprendido, su nieto enarcó las cejas, pero guardó silencio y dejó que su abuelo terminara de exponer su plan-. Me consta que Enrique Tudor la mira con buenos ojos y cuando su matrimonio sea anulado quiero que la tome como esposa. Sólo hay una cosa que se interpone en su camino.
    – Lady Nyssa Wyndham -adivinó Varían de Winter-. Yo también he oído las habladurías que corren por palacio. El rey está confuso como un joven de dieciséis años y no acaba de decidirse. Si no me equivoco, Nyssa Wyndham tiene tantas posibilidades de convertirse en la próxima reina de Inglaterra como nuestra Catherine. ¿Cómo la llama el rey? Su rosa salvaje, o algo parecido. Os advierto una cosa, abuelo: esa rosa tiene espinas. Es la mujer más decente que he conocido y sólo vive para servir a la reina.
    – En cambio, a tu prima Cat la llama «mi rosa sin espinas» -repuso el duque-. Debemos asegurarnos de que su majestad escoge a la más dócil de entre las rosas de su jardín y ésa es nuestra Catherine. Nyssa Wyndham debe caer en desgracia y ahí es donde entras tú. Tengo un plan.
    – Apuesto a que es así -rió Varían de Winter.
    – Si el rey descubriera a lady Nyssa en brazos de su amante, se sentiría tan defraudado que abandonaría inmediatamente la idea de casarse con ella y entonces Catherine tendría el campo libre. ¿No te parece un plan infalible?
    – Casi infalible -contestó el conde-. ¿No se os ha ocurrido pensar que el rey se pondrá tan furioso que ordenará decapitar al amante de la joven?
    – No debes preocuparte, muchacho -le tranquilizó su abuelo-; te garantizo que conservarás la cabeza sobre los hombros. Oficialmente, Enrique Tudor todavía es un hombre casado y, aunque puede tener todas las amantes que desee, la elegida no debe ser una joven de buena familia; una cosa así no estaría bien vista. Toda la corte sabe que está cortejando a esas dos muchachas pero hacemos la vista gorda y guardamos un silencio prudente. Si te atrevieras a acusarle de prestar demasiadas atenciones a esas jóvenes delante de su esposa, entonces sí podrías perder la cabeza. Enrique Tudor es un mojigato que se cree un monarca justo y piadoso. Antes seduciría a una mujer casada que a una doncella. Catherine Howard y Nyssa Wyndham son su ideal de pureza e inocencia. Cualquiera de las dos sería una esposa perfecta y nosotros vamos a ayudarle a decidirse. Cuando el rey descubra que Nyssa Wyndham no es la muchacha decente y virtuosa que él creía, sólo tendrá ojos para nuestra Catherine -añadió frotándose las manos-. En cuanto a lady Nyssa, su familia la envió a la corte para encontrarle un buen marido. Cuando el rey os descubra en la cama ordenará que te cases con ella como castigo por haberla deshonrado. Yo mismo me encargaré de meterle esa idea en la cabeza e intercederé por ti. El rey se prendará de nuestra Catherine y tú tendrás una preciosa heredera como esposa. Su familia tampoco podrá protestar: tú habrás cumplido con tu deber casándote con ella y su preciosa hijita se habrá convertido en la condesa de March.
    – ¿Y si te digo que no pienso hacerlo? -preguntó Varian de Winter-. Tu plan no es tan brillante como pretendes hacerme creer. El rey reacciona de manera imprevisible cuando está furioso y sabes que podría enviarnos a la muchacha y a mí a la Torre.
    – Si te niegas encontraré a otro que lo haga por ti -contestó su abuelo-. ¿Hablas en serio, Varian? Hasta ahora, siempre has hecho todo cuanto te he pedido. Sabes cuánto confío en ti.
    – Así es, abuelo. Siempre he hecho todo cuanto me habéis pedido. Vuestro hijo Enrique sedujo a la hija de uno de los granjeros que trabajaban en vuestras tierras y cuando la muchacha descubrió que estaba embarazada y que mi tío le daba la espalda se colgó de una viga. Nunca reveló el nombre de su amante pero aseguró que era un familiar del duque de Norfolk. Me pedisteis que me culpara por un crimen que no cometí y yo obedecí porque entendía que el heredero legítimo de la casa de Norfolk debía ser un hombre de reputación intachable. Sé que siempre me estaréis agradecido por ello, pero desde ese día he tenido que sufrir el desdén de la corte y las madres apartan a sus hijas de mí como si fuera un apestado. Tengo casi treinta años y no encuentro a una mujer dispuesta a casarse conmigo y a darme hijos. Y ahora me pedís que ponga el cuello bajo el hacha del verdugo para que la tontita de mi prima Catherine se convierta en la próxima reina de Inglaterra. Por el amor de Dios, abuelo, ¿no hemos tenido bastante con una Howard como reina?
    – Si haces lo que te pido conseguirás a esa esposa que tanto deseas -insistió el duque-. Su familia es famosa por el elevado número de bebés sanos que tienen sus mujeres. ¡Di que sí, Varían! La muchacha es preciosa y muy rica.
    Varían de Winter cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos. Su abuelo estaba decidido a llevar a cabo su plan tanto si decidía ayudarle como si no. Recordó el baile que había compartido con Nyssa Wyndham hacía algunos meses. No sólo era preciosa, sino también ingeniosa e inteligente. Había tratado de conquistarla pero había advertido la expresión de alarma en el rostro de su tío cuando había corrido a separarla de su lado. Desde ese día, la joven le había evitado pero él no se daba por vencido y se había propuesto ganarse su confianza y su cariño.
    Apenas la había visto después del día de la boda del rey porque la joven vivía para servir a la reina y no se separaba de su lado. De vez en cuando cruzaban una mirada en el comedor, en la capilla o en el jardín pero, aunque había tratado de acercarse a ella, no habían vuelto a cruzar palabra. Y ahora su abuelo le revelaba un plan monstruoso con el que pretendía arruinar su reputación y dejar el campo libre a su prima Catherine.
    ¿A quién escogería su abuelo si se negaba a ayudarle? Quizá a algún bruto que maltrataría a la pobre chiquilla. La idea de que otro hombre la poseyera le hacía hervir la sangre pero no se atrevía a expresar sus pensamientos en voz alta. Nyssa Wyndham debía ser sacrificada por la ambición de los Howard y sólo podía hacer una cosa para ayudarla.
    – ¿Es necesario que la deshonre? -preguntó.
    – No -contestó el duque-. Drogaremos a la joven y la llevaremos a tu cama. Cuando proclame su inocencia nadie la creerá y -el rey se pondrá tan furioso que no se molestará en comprobar hasta dónde habéis llegado. Yo también me fingiré muy furioso e insistiré hasta que el rey ordene que os caséis antes de que se desate el escándalo. No podrá negarse porque sabe que no estaría bien visto que hiciera público su interés por una de las damas de honor de su esposa.
    – Será mejor que no os equivoquéis, abuelo -suspiró el conde de March, resignado-. Temo que vuestra ambición acabe por perderos y siento pena por la pobre Nyssa. Estoy avergonzado por aceptar vuestra propuesta pero no quiero que nadie haga daño a la muchacha.
    – ¿La conoces? -preguntó el duque.
    – Bailé con ella el día de la boda de su majestad con lady Ana pero cuando su tío se dio cuenta se apresuró a llevársela. No es de extrañar si tenemos en cuenta que toda la corte me culpa por haber empujado a la muerte a una mujer embarazada. Es encantadora y espero ganarme su cariño. ¡Que Dios me ayude si no lo consigo! Siempre he dicho que un hombre y su esposa deben ser buenos amigos.
    – Me pregunto quién te ha metido esas ideas tan absurdas en la cabeza -repuso su abuelo-. Lo único que debes mirar de una mujer son las tierras y el dinero que aporta como dote y la pureza de su sangre. Eso es lo único que importa.
    El conde de March agachó la cabeza y no contestó. Era un hombre frío y sin principios como todo Ho-ward pero debajo de aquella máscara de arrogancia se escondía un corazón de oro, lo más valioso que había heredado de su padre. Enrique de Winter había muerto cuando Varían tenía dieciséis años y hasta el día de su muerte no había dejado de hablar de su María Eliza-beth. Aunque Varian no había llegado a conocerla, las palabras de su padre habían conseguido despertar su cariño por su madre. Su retrato, regalo de bodas, había estado colgado siempre en el dormitorio del conde. Cuando era pequeño solía contemplarlo mientras se decía que era la mujer más hermosa que un niño podía tener como madre y cuando creció le pareció una mujer muy joven de aspecto frágil. Nyssa Wyndham le recordaba a ella.
    – ¿Cuándo debe ocurrir? -suspiró.
    – Esta misma noche -contestó el duque.
    – ¿Tan pronto? Abuelo, ¿no podríais darme unos días para ganarme su confianza?
    – ^¡Qué pérdida de tiempo! -exclamó Thomas Ho-ward-. Tú mismo acabas de decir que su familia no deja que te acerques a ella. Te diré otro secreto: Crom-well no tardará en caer. Acabará en la Torre y morirá como un traidor pero no tenemos mucho tiempo.
    – ¡Pero si el rey acaba de nombrarle conde de Es-sex! -exclamó Varian de Winter sorprendido-. ¡Ya lo entiendo! El rey trata de hacerle creer que sigue confiando en él ciegamente para que se afane en deshacer su matrimonio con lady Ana. Cromwell no piensa con claridad cuando está asustado.
    – Exactamente -sonrió el duque, orgulloso de su astuto nieto. Qué lástima que no sea un Howard legítimo, se lamentó. Varian razona como un cortesano pero tiene corazón de campesino. Permanece en la corte para complacerme pero sospecho que cuando el rey le descubra junto a lady Nyssa tendrá que marcharse. Voy a echarle mucho de menos.
    El conde de March advirtió que su abuelo se arrebujaba en su batín de terciopelo con cuello de piel y echó otro leño al fuego.
    – Contadme los detalles de vuestro plan, abuelo -pidió.
    – Lady Rochford administrará un somnífero a todas las damas de honor. Cuando estén dormidas, dos de mis hombres entrarán en la habitación y llevarán a Nyssa Wyndham a tu dormitorio. Luego vendrán aquí, me comunicarán que todo está listo y yo iré en busca del rey. Irrumpiremos en tu habitación, así que asegúrate de ofrecer una estampa convincente. Cuando la abraces seguramente se despertará pero, aunque proteste, nadie creerá en su inocencia. El rey la rechazará y Catherine ocupará su lugar. Prometo recompensarte en cuanto se celebre vuestro matrimonio. Eres el único en quien puedo confiar.
    Brillante, se dijo Varían de Winter. A su edad, la mayoría de los hombres se retiran a disfrutar de los pocos años de vida que les quedan, pero Thomas Howard no puede dejar de maquinar planes malvados.
    – Tomaré parte en vuestro plan pero quiero tener esas tierras esta misma tarde. No soy tan confiado como mi padre, que en paz descanse.
    El duque de Norfolk estalló en ruidosas carcajadas.
    – ¡Has salido inteligente como un Howard en vez de confiado como un De Winter! -rió-. Está bien, tú ganas; serán tuyas antes de la puesta de sol.
    – Será mejor que cumpláis vuestra promesa o vuestro plan se irá al agua. Y espero que seáis muy generoso conmigo.
    – Está bien, está bien. Y ahora vete, muchacho. Todavía tengo muchas cosas que hacer.
    – Apuesto a que sí -contestó el conde de March haciendo una reverencia a su abuelo y abandonando la habitación.
    El dormitorio de Varían de Winter se encontraba cerca del de su abuelo, un signo inequívoco del cariño que el duque sentía por su nieto. Había vivido con su padre en Winterhaven hasta el día de su sexto cumpleaños. Hasta entonces, había visto al abuelo Howard unas cuantas veces y aquel día le recordaba de pie junto al sillón de su padre, en la biblioteca, discutiendo con él su futuro.
    – Es hora de llevar al niño al hogar que nunca debería haber abandonado -había dicho el abuelo-. Ha pasado estos seis años entre campesinos y tiene los modales de un cabrero. Es mi único nieto y deseo que se críe como tal.
    – ¡También es mi único hijo! -había protestado débilmente Enrique de Winter-. Pero tenéis razón, señor. Yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida y deseo morir aquí, pero Varían debe conocer otros lugares y a otras gentes antes de decidir cómo desea vivir. Vos sois la persona más indicada para enseñarle todo cuanto necesita saber. Podéis llevároslo pero deberá pasar los veranos aquí conmigo para que no olvide que nació De Winter. Es todo cuanto tengo y voy a echarle mucho de menos.
    Así había sido cómo Varían había ido a vivir con el duque de Norfolk y había crecido junto a los dos hijos que su abuelo había tenido con su segunda esposa. Enrique Howard había nacido al año siguiente de su llegada y Varían tenía diez años cuando nació su tía María.
    Cuando tenía quince años, su tío Enrique había seducido a la hija de unos granjeros. El furioso padre había propinado una monumental paliza a la joven en un vano intento por averiguar el nombre de su amante pero la muchacha sólo había revelado que se trataba de «uno de los señores». Había vuelto a ver a Enrique en secreto pero éste, temeroso de su poderoso padre y avergonzado por tener que admitir su pecado delante de su madre, había hecho oídos sordos a sus súplicas. Desesperada, la joven se había colgado de una viga del granero de su padre y el escándalo se había desatado entre los sirvientes del duque.
    Thomas Howard se había puesto furioso al enterarse de la verdad. A pesar de sus defectos, era un hombre justo y se enorgullecía de haber apoyado a su prima Bess cuando ésta se había encontrado en las mismas circunstancias, aun sabiendo que no podía casarse con ella porque estaba comprometido con otra mujer. Su hijo se había comportado como un cobarde pero entonces había aparecido su nieto ofreciéndose a cargar con toda la culpa y a limpiar el nombre de la familia. Se olvidó que el joven Varian de Winter se encontraba en casa de su padre el verano en que la hija del granjero fue seducida y se recordó de repente que la difunta madre del conde de March había sido la hija bastarda del duque. Todos hablaban de su atractivo y las mujeres imaginaban en secreto que se convertían en sus amantes. Algunas lo hicieron y no sólo disfrutaron con la experiencia sino que se lo contaron unas a otras. Las madres de buena familia empezaron a apartar a sus hijas de su lado y pronto adquirió una reputación de seductor sin escrúpulos.
    Pero hacía tiempo que Varian de Winter deseaba casarse y formar una familia. Era el último descendiente de la familia De Winter y debía tener hijos si quería perpetuar el apellido de su padre. Sin embargo, el escándalo le perseguía allá a donde fuera. Ningún padre de familia estaba dispuesto a entregar a su hija a un villano que había abandonado a su amante embarazada.
    Empezaba a pensar que no debería haber sido tan generoso con su abuelo. Si Enrique se hubiera atrevido a confesar la verdad, se le habría perdonado su pequeño desliz y se habría culpado a su juventud e inexperiencia, pero Varian tenía veintiún años cuando había confesado ser el amante de la hija del granjero y todos habían convenido en que a esa edad un hombre debe aceptar sus responsabilidades, sobre todo un descendiente de la rama bastarda de los Norfolk. Incluso su abuelo estaba de acuerdo en que aquella no había sido la mejor solución. Ahora era demasiado tarde. Cuando se despertara al día siguiente estaría casado por muy repulsivo y despreciable que le pareciera el método empleado por su abuelo para conseguirle una esposa. Suspiró resignado y llamó a su criado personal. El joven acudió a su llamada presuroso.
    – ¿Cuándo fue la última vez que cambiaste las sábanas de mi cama, Toby? -preguntó el conde.
    – ¿Vamos a tener visitas esta noche, señor? -repuso el muchacho esbozando una sonrisa picara-. Dejadme pensar… por lo menos hace dos semanas. Tenéis razón; ya es hora de cambiarlas. Estoy seguro de que la dama lo merece. Iré a pedir sábanas limpias al ama de llaves del duque.
    – Antes de irte prepárame el baño -pidió Varian de Winter.
    – Debe tratarse de una dama muy especial -dijo Toby enarcando una ceja antes de abandonar la habitación.
    Tiene suerte de ser un simple criado, pensó el conde March. El pobre no imagina lo difícil que resulta vivir en la corte cuando se es el nieto del duque de Norfolk. Había dicho especial… Sí, sin duda Nyssa Wynd-ham era una mujer muy especial. Ella tampoco imaginaba la trama que se tejía alrededor de su inocente persona. ¡Dios mío!, suspiró. Espero que el rey tenga piedad de nosotros y no nos mande a morir a la Torre.
    Su abuelo le había dorado la pildora todo cuanto había podido, pero ambos sabían que el rey era un hombre de carácter imprevisible. Si a Enrique Tudor se le había metido en la cabeza que Nyssa debía ser la próxima reina de Inglaterra, pagarían con sus vidas. Ni siquiera su primita Catherine sería capaz de aplacar la ira del rey.
    ¿Por qué había aceptado tomar parte en el plan de su abuelo? ¿Por qué no había tratado de convencerle de que no valía la pena provocar a su majestad? ¿Es que no había aprendido nada del fracaso de Ana Bolena? Saltaba a la vista que no. Se las había arreglado para conservar su puesto de tesorero mientras que el resto de los implicados en el escándalo lo habían perdido todo, incluso sus vidas. La mejor virtud y el peor defecto de Thomas Howard eran su amor infinito por el poder.
    Varían de Winter sabía por qué se había comprometido a obedecer a su abuelo. Lo había hecho por Nys-sa. La idea de que la metieran por la fuerza en la cama de otro hombre le revolvía el estómago, pero ¿por qué? Apenas la conocía pero la joven le había robado el corazón. Tenía que admitirlo: se había enamorado de ella. ¿Cómo podía haberse enamorado de una mujer con quien apenas había cruzado palabra? Y sin embargo, estaba decidido a enamorarla.
    Aquella noche Nyssa, que no sospechaba la consternación que estaba causando en la mente y el corazón de Varían de Winter, cenó con sus tíos. No se la esperaba de vuelta en la corte hasta el anochecer, por lo que había pasado el día con su familia. El contrato de alquiler de la casa de Greenwich vencía a final de mes y se preguntaban si debían renovarlo.
    – No me parece una buena idea -opinó Nyssa-. Aunque se hace la tonta, hasta la reina sabe que su matrimonio está a punto de ser anulado. Todavía no se sabe si el rey optará por una anulación o un divorcio pero mi trabajo en la corte está a punto de finalizar. Volved a casa, tía Bliss; yo me reuniré con vosotros en cuanto su majestad se deshaga de lady Ana.
    – ¿Y si te elige como esposa? -repuso su tía, inquieta-. En palacio no se habla de otra cosa. Creo que no deberías quedarte sola.
    – Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con mi esposa -intervino Owen Fitzhugh.
    – El rey también mira a Cat Howard con buenos ojos -replicó Nyssa-. Su familia es más importante que la mía. Además, recordad el comprometido puesto que ocupó mi madre mientras duró su estancia en la corte. ¿Cómo va a hacer reina a la hija de una antigua amante?
    – María Bolena también fue su amante y se casó con su hermana Ana -le recordó su tía-. Catalina de Aragón era la viuda de su difunto hermano y no tuvo reparos en casarse con ella. El rey comete los mismos errores una y otra vez y nunca aprende. Si realmente se ha encaprichado de ti, la relación que tuvo con tu madre no será suficiente para disuadirle.
    – ¡Ojalá te equivoques, tía Bliss! -suspiró Nyssa-. ¡Prefiero morir a casarme con ese hombre! ¿Qué diría mi madre? ¡Se moriría del disgusto y mi padrastro también! Si no fuera porque lady Ana me necesita, volvería a casa hoy mismo.
    – No te preocupes, Nyssa -la tranquilizó su tío-. Diré al propietario que prolongue el contrato hasta junio. Ni tú tendrás que abandonar a lady Ana ni nosotros te abandonaremos a ti.
    Nyssa regresó a palacio al anochecer. Aquella noche no debía celebrarse ninguna fiesta, por lo que se dirigió directamente al dormitorio de las damas. La reina se había acostado muy temprano y las muchachas charlaban animadamente mientras jugaban a las cartas.
    – Está muy triste porque sabe que el rey culpa al viejo Cromwell del fracaso de su matrimonio -explicó Bessie Fitzgerald-. ¡Tiene un corazón de oro!
    – Cromwell no podía durar mucho como primer ministro -reflexionó Kate Carey-. Tanto él como Wolsey proceden de familias poco importantes y, aunque ambos han sido leales al rey y han llegado muy alto, han sido presas fáciles para conspiradores como el duque de Norfolk o el duque de Suffolk. Los hombres sin amigos influyentes están condenados a caer en picado. ¿Quién va a interceder por ellos?
    – El rey debería ser leal a aquellos que han trabajado duro por él -intervino Nyssa-. Es muy fácil exi gir lealtad sin dar nada a cambio. Cromwell es un reptil, pero ha dedicado todos sus esfuerzos a hacer la vida más agradable al rey. Quizá ése haya sido su error. Me da mucha pena.
    – Al rey no le gusta que las personas de su confianza cometan errores -replicó Cat Howard.
    – Tengo ganas de que todo esto termine para irme a casa ^-suspiró Nyssa-. Echo de menos a mi familia y me muero de ganas de ver a mis padres. Como mi madre, soy una mujer de campo.
    – Sospecho que el rey no te dejará escapar tan fácilmente -rió Kate Carey.
    – ¡No digas eso! -protestó Nyssa.
    – ¿No te gustaría ser reina, Nyssa? -preguntó Cat Howard sonriendo astutamente-. ¡A mí sí! Me encantaría tener decenas de personas pendientes de todos mis caprichos y ver a todos aquellos que me despreciaban haciendo cualquier cosa por ganarse mi favor.
    – Pues a mí no me gustaría -replicó Nyssa-. Quiero casarme con el hombre de quien me enamore, vivir con él en las montañas y tener muchos hijos. Es evidente que no compartimos nuestros gustos, Cat.
    – Sin embargo, todavía no has encontrado a tu príncipe azul -intervino Bessie Fitzgerald.
    – Tienes razón -sonrió Nyssa-. He estado tan ocupada sirviendo a la reina que no he tenido tiempo de fijarme en los caballeros de la corte. Tampoco hay muchos que se hayan acercado a mí. Quizá no me encuentran atractiva…
    – ¡Nyssa, eres una tonta! -rió Cat Howard-. ¿No te has dado cuenta de que mi primo Varían sólo tiene ojos para ti?
    – ¡Es tan guapo! -suspiró Kate Carey.
    – Mi tía y lady Marlowe aseguran que es un desalmado y que ninguna muchacha de buena familia debería acercarse a él.
    – Los villanos son más interesantes que los santurrones -replicó Cat. El resto de las muchachas sofocaron unas risitas.
    – Me alegro de veros tan contentas -dijo lady Rochford entrando con una bandeja-. ¿Puedo saber de qué os reís o es un secreto?
    – Hablamos de hombres -contestó Cat.
    – ¡Qué malas sois! -exclamó Jane Rochford esbozando una sonrisa indulgente-. ¿Dónde están las demás?
    – Las hermanas Basset pasarán la noche en casa de su tía y a Helga y María les toca dormir en la habitación de su majestad -contestó Kate Carey-. La reina está muy triste y se ha retirado temprano.
    – Perfecto -sonrió lady Rochford-. ¡Mis pobres niñas! Trabajáis duro durante todo el día y apenas tenéis tiempo para distraeros. Mirad lo que os he traído como premio por portaros tan bien -añadió empezando a servirles una bebida-: es un licor de cereza recién traído de Francia. ¡A vuestra salud, mis pequeñas damas!
    – ¿No nos acompañáis, lady Rochford? -preguntó Bessie.
    – Ya he bebido dos copas -confesó la dama ahogando un hipido-. Si pruebo una gota más empezaré a decir tonterías. ¿A que está bueno?
    Las jóvenes asintieron mientras bebían de sus copas.
    – Se ha hecho tarde. Es hora de prepararse para ir a dormir. Mientras lo hacéis yo me llevaré las copas antes de que lady Lowe o lady Browne nos descubran y nos regañen. Aprovechad esta oportunidad de acostaros pronto. Apuesto a que dormiréis como troncos… a menos que alguna de vosotras planee encontrarse con su amante a medianoche.
    Las muchachas estallaron en alegres carcajadas.
    – ¡Vamos, lady Rochford; ninguna de nosotras tiene un amante! -aseguró Kate.
    – No estés tan segura, pequeña. Dicen que las apariencias engañan. Quizá seas tú quien planea un encuentro furtivo a medianoche.
    – ¿Yo? -rió la joven:-. ¡Qué disparate! ¡Ojalá fuera verdad!
    – ¿Podemos tomar un poco más de licor, lady Rochford? -preguntó Bessie-. Lady Browne pasará la noche con su marido y lady Lowe duerme con su majestad. No se enterarán.
    – Ni hablar, Elizabeth Fitzgerald -contestó lady Rochford fingiéndose enojada-. ¿Quieres terminar borracha como una cuba? ¡Y ahora, a la cama todo el mundo! -añadió dando una fuerte palmada-. Esta noche hay espacio de sobra, así que podéis ocupar una cama cada una.
    Nyssa, que había encontrado el licor demasiado dulce y apenas lo había probado, ofreció su copa a Bessie disimuladamente. Gracias a Dios, aquella noche tendría una cama para ella sola. Siempre había dormido sola y no acababa de acostumbrarse a compartirla con otra persona. Cat Howard había dormido acompañada de sus hermanas durante toda su vida, Bessie estaba habituada a las costumbres de la corte y Kate también solía dormir con su hermana. Bostezó ruidosamente. De repente le había entrado mucho sueño y sus compañeras también parecían cansadas. Se cubrió con el edredón y se quedó dormida antes de apoyar la cabeza en la almohada.
    Lady Rochford se instaló en una silla junto al fuego y trató de mantenerse despierta. Una hora después, se acercó a las camas y comprobó que todas las damas dormían profundamente. Se dirigió a la ventana que daba al jardín y levantó un candelabro encendido. Regresó a su silla junto al fuego y esperó hasta que alguien llamó a la puerta débilmente minutos después. Corrió a abrir y señaló la cama de Nyssa.
    – ¡Ésa es la muchacha! -siseó-. ¡Deprisa, deprisa!
    Un robusto mocetón envolvió a Nyssa en el edredón, la tomó en brazos y salió de la habitación a toda prisa. El otro esperaba fuera y vigilaba que nadie les viera. Los dos recorrieron los pasillos oscuros de puntillas y dieron un largo rodeo para evitar a la guardia real. Los captores de Nyssa eran dos de los hombres de confianza del duque de Norfolk a quienes se había ordenado que llevaran a la joven a la habitación del conde March. Aunque hubieran deseado saber qué tramaba el duque, no se habrían atrevido a preguntar. Eran sirvientes y sabían que los sirvientes se limitan a cumplir órdenes sin hacer preguntas comprometedoras. Cuando llegaron a su destino, dejaron a Nyssa sobre la cama del conde y abandonaron la habitación.
    Varían de Winter abandonó el rincón oscuro en el que se había refugiado y avanzó hacia la cama. Va a odiarme durante el resto de su vida, se dijo apesadumbrado. Habría preferido cortejarla y ganarse su cariño como hacen los hombres decentes; le habría gustado que su familia le considerara digno de la joven y le aceptara pero eso no iba a poder ser gracias a su turbio pasado. Los Wyndham no iban a tener más remedio que aceptarle a la fuerza. Tendría que ganarse también su confianza. ¡Si por lo menos supiera cómo hacerse perdonar! Sabía que Nyssa nunca le amaría, pero habría dado cualquier cosa por no tener que sufrir su desprecio durante el resto de sus días.
    Con mucho cuidado apartó el edredón que la cubría, lo dobló y lo escondió en un armario. Se acercó a la chimenea, echó otro leño al fuego y se despojó de su bata de terciopelo. Las llamas iluminaron su esbelto cuerpo. Algunas de sus amantes habían asegurado que parecía una escultura griega, un cumplido que le sorprendía y le halagaba a la vez.
    Regresó a la cama y se dispuso a preparar la escena de manera que resultara inequívoca a ojos de Enrique Tudor. Desabrochó las cintas que cerraban el camisón de Nyssa y empezó a quitárselo. La joven gimió y cambió de postura. La tela del camisón era suave como la seda y se deslizaba con facilidad sobre su piel de melocotón. Varían le apoyó la cabeza en la almohada y luchó por apartar la mirada del cuerpo de la joven pero no pudo resistir la tentación. Nyssa Wyndham era la mujer más hermosa que había visto en su vida: tenía unas piernas largas y delgadas y un torso esbelto rematado por unos pechos pequeños pero bien formados. Su largo cabello oscuro destacaba sobre su piel de alabastro y la hacía parecer frágil y vulnerable. Su conciencia protestaba a gritos pero era demasiado tarde para echarse atrás. ¡Que Dios nos ayude a los tres!, pensó. A ti, Nyssa Wyndham, a mi pobre prima Ca-therine y a mí.
    Volvió a tomar a Nyssa entre sus brazos, la metió en la cama y se acostó a su lado. La joven volvió a gemir y Varían se dijo que su abuelo no tardaría en aparecer acompañado por el rey para descubrirla en brazos de su amante. Se incorporó sobre un codo y contempló a su inocente víctima. Ante su sorpresa, Nyssa abrió sus hermosos ojos azules y frunció el ceño mientras miraba de un lado a otro y se preguntaba dónde estaba.
    – ¿Es esto un sueño? -preguntó al descubrir al conde de March a su lado.
    – Ojalá lo fuera, querida -contestó él.
    Nyssa abrió ojos como platos y metió la cabeza bajo el edredón.
    – ¿Qué…? -balbuceó al descubrir que estaba desnuda.
    En ese momento se oyeron voces en el exterior de la habitación y Varían de Winter sujetó a Nyssa por la nuca.
    – ¡Perdonadme, Nyssa Wyndham! -siseó antes de besarla en la boca. Mientras lo hacía, oyó que alguien abría la puerta de la habitación y la voz de su abuelo:
    – ¿Veis como tenía razón, majestad?
    Enrique Tudor no daba crédito a sus ojos. Allí estaba Nyssa Wyndham sentada sobre la cama, mostrando su cuerpo desnudo y las huellas de los besos de Varían de Winter en su boca. ¡Nyssa Wyndham, la hija de su fiel amiga Blaze, no era una muchacha buena y decente como su madre, sino una viciosa y una perdida!
    – ¿Qué significa esto? -rugió-. ¡Quiero una explicación!
    – Majestad, yo… -balbuceó Nyssa, desconcertada. ¿Dónde demonios estaba y cómo había llegado hasta allí? El roce de la pierna de Varían sobre la suya le hacía cosquillas pero no era el momento de pensar en tonterías.
    – ¡Silencio, muchacha! -la interrumpió el duque de Norfolk volviéndose hacia su nieto-. Varían, me has defraudado. ¿Cómo has osado seducir a una niña inocente y de buena familia como lady Nyssa? Esta vez has ido demasiado lejos. Sólo se me ocurre una solución para evitar el escándalo y salvar la reputación de la muchacha.
    – ¡Eso es, a la Torre con ellos! -gritó Enrique Tudor.
    – Tranquilizaos, majestad -intervino el obispo Gardiner, que había permanecido detrás del duque y había observado la escena sin despegar los labios-. No os conviene organizar un escándalo, sobre todo ahora que se rumorea que lady Nyssa es una de vuestras preferidas.
    – ¡Naturalmente que es una de mis preferidas! -replicó el rey-. ¡Es la hija de mi amiga Blaze Wyndham! Prometí a sus padres que cuidaría de ella como si fuera mi propia hija. ¡Por el amor de Dios, Gardiner!
    ¿De verdad creíais que deseaba…? ¡Si es así, es que sois tonto de remate!
    – No, majestad, yo os aseguro que no… -se apresuró a contestar el obispo. Una vez más, la reacción del rey había sorprendido a todo el mundo.
    – ¡No sé cómo he llegado hasta aquí! -sollozó Nyssa, pero nadie excepto el arzobispo de Canterbury prestó atención a sus palabras.
    Thomas Cranmer creía que la joven decía la verdad. Parecía realmente desconcertada y el conde tenía una expresión tan preocupada que inmediatamente sospechó que se trataba de una conspiración. Sin embargo, no imaginaba de qué se trataba y por prudencia decidió no expresar en voz alta sus pensamientos. Lo más importante era proteger la reputación de lady Nyssa. Saltaba a la vista que la muchacha era inocente pero no iba a resultar fácil convencer a Enrique Tudor, un hombre que sólo creía lo que veía.
    – Majestad, sólo se me ocurre una solución -dijo con voz suave. El rey le dirigió una mirada inquisitiva-. Lady Wyndham y lord De Winter deben casarse esta misma noche, antes de que se sepa lo ocurrido. Estoy seguro de que el duque y el obispo Gardiner estarán de acuerdo conmigo, ¿verdad, señores?
    – Así es -asintió el obispo.
    – Aunque no suelo coincidir con el arzobispo, creo que esta vez tiene razón -añadió Thomas Howard-. Es una buena forma de acallar los rumores. Diremos que el conde se enamoró de la muchacha, que su majestad dio permiso para que se casaran y que, debido a las dificultades que atraviesa el matrimonio de su majestad, los jóvenes decidieron casarse en secreto para no tener que abandonar a sus majestades en estos tiempos tan difíciles.
    – Si pudierais convertiros en un animal, apuesto a que escogeríais ser un zorro, Tom -gruñó Enrique Tudor. Se volvió hacia la joven pareja y preguntó al conde-: ¿Cuánto tiempo hace que dura esto?
    – Es la primera vez que me encuentro con lady Nyssa a medianoche, señor -contestó Varían de Winter.
    – ¿Y habéis llegado hasta el final o aún estamos a tiempo de salvar la reputación de la muchacha? -añadió, rabioso. No sabía con quién estaba más enfadado. Era cierto que Nyssa Wyndham era una de sus favoritas pero le había decepcionado comprobar que las nuevas generaciones no sabían estar a la altura de sus padres.
    – ¡Soy virgen! -gritó Nyssa mirándoles desafiante-. ¡No sé qué hago aquí ni cómo he llegado hasta la habitación del conde! ¡Tenéis que creerme, majestad!
    – Señora, vuestra madre jamás me mintió. Me apena comprobar que no os parecéis a ella en nada.
    – ¡No estoy mintiendo! -sollozó Nyssa.
    – ¿Me tomáis por tonto? -rugió Enrique Tudor-. Os encuentro desnuda en compañía de un hombre igualmente desnudo, ¿y todavía os atrevéis a negar la evidencia? ¿Pretendéis hacerme creer que llegasteis aquí por arte de magia? Si no habéis venido por voluntad propia, decidme: ¿qué hacéis en la cama del conde de March?
    – ¡No lo sé!
    – Majestad -intervino el arzobispo-, propongo ir a buscar a la tía de lady Nyssa. Salta a la vista que la muchacha se siente culpable y quizá algo de compañía femenina le haga reflexionar. Mientras tanto el obispo Gardiner y yo prepararemos la capilla de palacio para que la boda pueda celebrarse cuanto antes. Estoy seguro de que nuestros tortolitos sienten mucho haber disgustado a su majestad.
    – Está bien, podéis marcharos -accedió el rey mirando a la joven pareja con gesto hosco-. Les quiero casados antes de una hora. El duque y yo mismo seremos los testigos. Lord De Winter, mañana a primera hora quiero una prueba de que el matrimonio ha sido consumado, ¿me habéis entendido? No voy a permitir que esta unión se anule.
    – Sí, majestad -contestó Varían de Winter-. Os aseguro que me siento muy feliz por casarme con kdy Nyssa y prometo ser el mejor de los maridos. ¿Dais vuestro permiso para que le pongamos vuestro nombre a nuestro primer hijo?
    – ¡Pero yo no quiero casarme con este hombre!
    – protestó Nyssa-. ¡No le conozco y no le amo! ¡Yo sólo me casaré por amor!
    – ¿Cómo podéis decir que no le conocéis? -exclamó Enrique Tudor volviendo a montar en cólera-. ¡Os he encontrado desnuda en su cama! Me temo que sois más tonta de lo que parecéis. ¿Quién creéis que aceptará casarse con vos cuando se sepa lo ocurrido esta noche? En este palacio las paredes oyen y os aseguro que a los ojos de la corte sois una perdida. Prometí a vuestra madre que cuidaría de vos como si fuerais mi hija, pero debéis aceptar las consecuencias de vuestros actos. No tenéis elección, lady Nyssa: os casaréis con lord De Winter porque yo, vuestro rey, así lo ordeno. Atreveos a desobedecer mis órdenes y seréis acusada de traición. Vuestra madre siempre ha sido mi subdita más fiel y no espero menos de vos. Por lo menos vuestro marido es un hombre de sangre noble -se consoló-. Espero que os guste este hombre porque no tenéis elección. Os casaréis con él dentro de una hora
    – concluyó antes de dar media vuelta y abandonar la habitación seguido por el duque de Norfolk.
    Los dos jóvenes se miraron durante unos segundos sin saber qué decir.
    – ¿Os importaría explicarme cómo he llegado hasta aquí, señor? -preguntó Nyssa finalmente.
    – No es el mejor momento para…
    – ¡Tengo derecho a saberlo! -insistió ella apartando la mirada de los ojos de Varían de Winter-. Me acosté en la habitación de las damas y me he despertado en vuestra cama.
    – Prometo que os lo explicaré con todo detalle más tarde -dijo el conde-. Sé que no tengo derecho a pediros nada, pero confiad en mí, por favor. No os haré ningún daño.
    – ¿Que confíe en vos, señor? -exclamó Nyssa volviéndose para mirarle-. ¡Dadme una buena razón para hacerlo! Tenéis una malísima reputación y, sea lo que sea lo que ha ocurrido esta noche, apuesto a que no se trata de algo noble y respetable. Mis padres me prometieron que podría escoger a mi marido y ahora un hatajo de indeseables a quienes no conozco han tomado esa decisión por mí. ¡Os odio por ello y exijo una explicación!
    – La tendréis, pero ahora no es el momento. Debéis tener paciencia.
    – ¡La paciencia no es una de mis virtudes! -espetó-. Todavía tenéis que aprender muchas cosas de vuestra nueva esposa.
    – ¿Cuántos años tenéis? -preguntó Varian de Winter.
    – Cumplí diecisiete años el último día del mes de diciembre -contestó Nyssa-. ¿Y vos?
    – Cumpliré treinta el última día de este mes -contestó él esbozando una sonrisa. Nyssa tenía razón: apenas se conocían.
    Tiene una sonrisa bonita, pensó Nyssa. Casi me gusta. Casi.
    – ¿Dónde vivís cuando no estáis en la corte?
    – Mis tierras están junto al río Wye, al otro lado de vuestro hogar de Riverside -contestó-. Mi casa está en lo alto de una colina situada a unos mil quinientos metros de la orilla del río. Mi propiedad se llama Win-terhaven y limita con las tierras de vuestro tío, lord Kingsley.
    – ¿Y por qué no os había visto hasta que llegué a la corte? -preguntó Nyssa, extrañada.
    – Porque he vivido en la casa del duque de Norfolk desde que tenía seis años. Mi padre, Enrique de Winter, murió cuando vos erais muy pequeña. Sólo paso en Winterhaven unas semanas cada verano y no salgo mucho cuando estoy allí. Si me hubiera relacionado con mis vecinos nos habríamos conocido mucho antes. Espero no decepcionaros, pero deseo abandonar la corte y trasladarme al campo. Imagino que palacio debe ser un lugar fascinante para una joven como vos, pero yo estoy cansado y deseo cambiar de aires.
    – Estaba deseando que el rey resolviera sus problemas con lady Ana para regresar a mi casa. No me da ninguna pena abandonar la corte -añadió antes de advertir que estaba temblando. ¿Era frío lo que sentía o temblaba de rabia?
    Alguien llamó a la puerta y, antes de que Varían de Winter pudiera decir «Entre», Bliss Fitzhugh irrumpió en la habitación. Cuando descubrió a su sobrina desnuda junto al conde de March abrió unos ojos como platos.
    – ¿Cómo has podido hacer algo así, Nyssa? -se lamentó con lágrimas en los ojos-. El rey acaba de propinarme una severa regañina y se ha empeñado en que os caséis. Y vos… -masculló entre dientes volviéndose hacia el conde-. Sois un miserable. Habéis seducido a una niña inocente ¡pero esta vez no podréis huir si queda embarazada!
    – Ya que vamos a ser parientes, no tendré en cuenta vuestras ofensivas palabras -contestó Varían de Winter con toda la dignidad con que puede hablar un hombre medio desnudo-. Me temo que la informa ción que habéis recibido de vuestra chismosa amiga, lady Marlowe, no es del todo exacta. Cuando nos conozcamos mejor os daré mi versión de los hechos y confío en que sabréis distinguir la verdad de los comentarios malintencionados, lady Fitzhugh.
    Bliss ahogó una exclamación de asombro y Nyssa sofocó una risita. Conocía a poca gente que supiera poner a su tía Bliss en su sitio cuando ésta era impertinente.
    – Y tú, ¿de qué te ríes? -la regañó la dama-. Tus padres se llevarán un gran disgusto cuando conozcan lo ocurrido esta noche. ¡Sal de esa cama inmediatamente! -ordenó recogiendo el camisón del suelo y arrojándoselo a-la cara-. Debes prepararte para la ceremonia. ¡Y vos, señor, será mejor que empecéis a vestiros si deseáis llegar a tiempo a vuestra boda!
    El conde de March se envolvió en el edredón y desapareció en el interior del vestidor donde guardaba sus ropas mientras Nyssa se ponía el camisón y saltaba de la cama.
    – Es un hombre muy atractivo -le susurró su tía al oído-. ¡Y además es un Howard! Te felicito, sobrina: has cazado un pez gordo.
    – Yo no he cazado nada -protestó Nyssa.
    – ¿Qué te vas a poner? -siguió diciendo Bliss sin prestar atención a las protestas de su sobrina-. ¡El rey te espera en la capilla! ¿Qué vamos a hacer? No puedes presentarte delante de su majestad en camisón. ¡Ya lo tengo! Puedes ponerte mi abrigo encima. Es de terciopelo rosa y tiene el cuello de piel. El color te sentará bien pero primero debes cepillarte el cabello. ¡Señor De Winter! -llamó-. ¡Necesito un cepillo!
    Envolvió a su sobrina en su abrigo con cuello de piel de armiño y se lo abrochó antes de tomar el cepillo que Varían de Winter le tendía y empezar a desenredarle el cabello. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
    – Tu madre nunca me lo perdonará -sollozó-. ¡Le hacía tanta ilusión asistir a tu boda! ¡Tony se pondrá furioso, lo sé! Sabes que te adora y que no quería que vinieras a la corte.
    Nyssa guardó silencio y dejó que su tía se desahogara. Sabía que, una vez empezaba a hablar, era imposible detenerla. Toda mi vida he soñado con el día de mi boda, pensó, apesadumbrada. Pero nunca imaginé que sería así. ¿Estoy soñando? Pero no era un sueño y el llanto de su tía la devolvió a la realidad.
    – ¡Lord De Winter! -exclamó Bliss Fitzhugh-. No pensaréis bajar a la capilla con esa facha, ¿verdad?
    – No deseo llamar la atención más que mi bella esposa -replicó Varían de Winter sin perder la calma-. No me lo perdonaría nunca. A menos que Nyssa diga lo contrario, asistiré a mi boda vestido así. ¿Qué decís vos, lady Nyssa?
    Por primera vez desde que se había iniciado aquella pesadilla, Nyssa admitió que Varían de Winter le gustaba. Por muy malvado que fuera, tenía sentido del humor y sabía hacerla reír. Observó a su prometido, quien, vestido con un camisón de seda y una bata de terciopelo verde y descalzo, esperaba su veredicto.
    – Yo os encuentro muy atractivo, señor -contestó ahogando una risita mientras Bliss Fitzhugh ponía los ojos en blanco y negaba con la cabeza-. Vuestra vestimenta va de acuerdo con la situación.
    – ¡Qué le vamos a hacer! -suspiró su tía, resignada-. Será mejor que bajemos a la capilla. Si hacemos esperar a su majestad un minuto más, nos cortará la cabeza a todos. ¡Oh, Nyssa, no quiero ni pensar qué dirán tus padres cuando se enteren! -volvió a lamentarse-. ¡Deprisa, deprisa! Tu tío nos espera fuera. No ha querido entrar para no avergonzarte pero no me parece que estés avergonzada en absoluto.
    – ¿Es toda vuestra familia así? -susurró Varían de Winter al oído de Nyssa.
    – No tardaréis en descubrirlo -contestó ella-. Aunque no nos guste, me temo que vamos a tener que casarnos en contra de nuestra voluntad. Y cuando la ceremonia haya terminado espero una explicación.

    – Deseo confesar a lady Nyssa antes de la ceremonia -dijo el arzobispo de Canterbury-. Obispo Gar-diner, vos podéis ocuparos del conde.
    – Preferiría acabar con esto de una vez -gruñó Enrique Tudor. La capilla estaba helada a aquellas horas de la madrugada y le dolía la pierna enferma.
    – Vuestra majestad no querrá que una a esta joven pareja en matrimonio sin llevar a cabo todas las formalidades, ¿verdad? -le reprendió Thomas Cranmer con suavidad-. Hemos prescindido de las amonestaciones y dadas las circunstancias en que les hemos encontrado creo que…
    – Está bien, está bien -le interrumpió el rey-. ¡Pero daos prisa! Y vos, señora -añadió volviéndose hacia Nyssa-, recordad que habéis ofendido a Dios gravemente. Cuando os confeséis, no sólo tendréis que contarle a este sacerdote que envidiáis los vestidos de las otras damas y que a veces os dirigís a ellas de malas maneras.
    Bliss se aferró al brazo de su esposo. ¿Por qué no había escuchado las protestas de su hermana y su marido? Si no se hubiera ofrecido a llevar a Nyssa a palacio y a cuidar de ella, nada habría ocurrido. Su familia no se lo perdonaría nunca. Se prometió que a partir de ahora escucharía los sabios consejos de su marido y le obedecería en todo. Le miró de reojo y trató de escudriñar su rostro serio, pero su atractivo marido permanecía impasible.
    El conde de Marwood, que sabía que su esposa estaba inquieta y preocupada, tuvo que esforzarse para no sonreír. Te está bien empleado, Bliss Fitzhugh, se dijo. A su testaruda mujercita le encantaba salirse con la suya y confiaba en que este pequeño susto le hiciera volverse más razonable. Él mantenía la calma porque había estado haciendo averiguaciones sobre el conde de March durante las últimas semanas; el interés de Varían de Winter por su sobrina no le había pasado desapercibido. A juzgar por los informes que había recibido, el conde no era el sinvergüenza que todos creían. Sólo se le conocía el escándalo relacionado con la hija del granjero y se decía que su abuelo, el poderoso duque de Norfolk, le adoraba. Pagaba sus deudas de juego religiosamente y los pocos encuentros amorosos que se le conocían los había tenido con mujeres que se prestan a ese tipo de aventuras. Todo el mundo aseguraba que Varían de Winter no se había casado todavía porque las damas de la corte seguían empeñadas en no olvidar el desgraciado episodio de su juventud que había arruinado su reputación.
    Owen Fitzhugh sospechaba que había gato encerrado en el descubrimiento de su sobrina en brazos del conde y la precipitada boda de los, jóvenes. ¿Cómo había ido a parar su sobrina a aquella cama? Nyssa no era una de esas cabezas de chorlito que se dejan seducir por cualquiera. ¿Qué hacía el rey vagando por los pasillos a medianoche y qué le había hecho pensar que encontraría a Nyssa en la habitación de Varían de Winter?
    El arzobispo de Canterbury acompañó a la novia a una pequeña habitación y se dispuso a escuchar su confesión. Nyssa se arrodilló frente a él.
    – El secreto de confesión te protege, pequeña -dijo Thomas Cranmer tomando las manos heladas de la joven entre las suyas-. Nada de lo que digas esta noche saldrá de esta habitación pero, por el bien de tu alma, debes decirme la verdad. ¿Cómo has llegado a la cama del conde de March y qué hacías allí? -preguntó clavando su penetrante mirada gris en los ojos de
    Nyssa.
    – Juro que no lo sé -contestó Nyssa sin apartar la mirada-. Me acosté en mi cama y me he despertado allí. Es la verdad. ¡Lo juro por mi difunto padre, que en paz descanse!
    – ¿Lo juras por la salvación de tu alma? -insistió el arzobispo. Nyssa asintió sin vacilar-. Cuéntame todo lo que hiciste desde que llegaste a palacio anoche hasta que despertaste en la habitación de lord De
    Winter.
    – Anoche sólo había cuatro damas de honor en el dormitorio: Cat, Bessie, Kate y yo. Hablamos un rato y jugamos a las cartas. Poco después, lady Rochford entró trayendo un licor de cereza y nos pidió que no dijéramos a nadie que habíamos bebido antes de acostarnos. Sólo nos dejó beber un poquito porque se trataba de un licor fuerte y podíamos terminar borrachas. Bessie quería tomar otra copa pero lady Rochford fue inflexible. A mí no me gustan los licores demasiado dulces y apenas había probado el mío, así que se lo di a Bessie aprovechand9 un descuido de lady Rochford. Luego nos desnudamos y nos acostamos. No recuerdo nada más.
    – Haz un esfuerzo, pequeña -insistió el arzobispo.
    – Me quedé dormida enseguida y sentí como si estuviera flotando en el agua. Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fueron unas colgaduras de terciopelo. En el dormitorio de las damas no hay colgaduras de terciopelo, así que me incorporé de golpe. Había un hombre tendido a mi lado y le pregunté si estaba soñando. Él negó con la cabeza y dijo: «Perdonadme, lady Nyssa.» Luego me besó en la boca y en ese momento entró el rey hecho una furia -concluyó-. Eso es todo, señor. Debéis creerme. ¡Yo no soy una perdida de esas que se meten en la cama de cualquiera!
    – Te creo, pequeña -aseguró Thomas Cranmer. Lady Rochford y lord De Winter tenían un conocido común: Tom Howard, duque de Norfolk. ¿Qué tramaba y qué pretendía arruinando la reputación de una niña inocente? Necesito tiempo para encajar todas las piezas pero acabaré averiguando la verdad, se prometió-. Arrodillaos, Nyssa Wyndham -añadió-; voy a absolveros de vuestros pecados. -Mi pobre niña, ¿cómo han podido hacerte algo así?, se dijo mientras rezaba sus oraciones.
    Cuando hubo terminado, acompañó a Nyssa a la capilla y allí celebró la ceremonia ayudado por el obispo Gardiner. Owen Fitzhugh hizo de padrino y entregó a su sobrina a Varían de Winter. Bliss lloraba desconsolada y el duque de Norfolk apenas podía contener una sonrisa de satisfacción mientras Enrique Tudor conservaba su gesto enfurruñado.
    El rey esperó a que terminara la ceremonia para dirigirse a Nyssa en tono severo:
    – Ya no sois dama de honor de la reina. No merecéis tal honor.
    – Sí, majestad -contestó Nyssa bajando la cabeza-. Sin embargo, os pido que me dejéis seguir sirviendo a lady Ana durante un tiempo. Me necesita más que nunca.
    Esta muchacha es más inteligente de lo que parece, pensó Enrique Tudor. Saltaba a la vista que sabía que Ana de Cleves pronto dejaría de ser reina de Inglaterra pero aun así deseaba permanecer a su lado hasta el final. Era una subdita tan fiel como su madre.
    – Está bien -accedió-. Mañana a primera hora diréis a su majestad que sois una mujer casada y que yo os he dado permiso para continuar a su servicio por el momento.
    – Os lo agradezco mucho, majestad -dijo Nyssa haciéndole una reverencia.
    – No sé por qué soy tan generoso con vos -gruñó Enrique-. Esta noche os habéis portado muy mal pero el cariño que me une a vuestra madre me hace ser indulgente. Si queréis corresponder a mi generosidad y contentarme, sed tan buena esposa como ella.
    Dicho esto, extendió la mano para que Nyssa se la besara y se volvió hacia el conde de March.
    – Recordad que quiero ver la prueba de la consumación de vuestro matrimonio mañana a primera hora. Si me queda la menor duda haré que el doctor Butts examine a vuestra esposa -dijo antes de abandonar la capilla seguido de los dos clérigos.
    – Nyssa, yo… -sollozó Bliss-. No sé qué decir…
    – Buenas noches, tía Bliss -contestó Nyssa-. Buenas noches, tío Owen.
    Owen Fitzhugh la tomó del brazo y la arrastró hacia el exterior. Sólo quedaban tres personas en la capilla.
    – ¡Buen trabajo, Varían! -exclamó el duque de Norfolk, satisfecho, mientras sujetaba a Nyssa por la barbilla. Clavó sus implacables ojos oscuros en los de la joven y sonrió al comprobar que ésta no parecía tenerle miedo-.Tenías razón: es preciosa y tiene carácter. Te dará muchos hijos.
    Nyssa se apartó de él con brusquedad.
    – ¿Por qué tengo la impresión de que sois el responsable de esto? -espetó furiosa-. ¡Exijo una explicación!
    – Llévate a esta fierecilla a la cama y haz de ella una mujer -ordenó Thomas Howard sin hacer caso de las protestas de la muchacha.
    – ¡Qué hombre tan arrogante! -bufó Nyssa, indignada, cuando se hubo marchado.
    – Tenéis razón; es arrogante pero también es muy inteligente. Venid conmigo. Sólo falta que alguien nos descubra vagando por los pasillos a medianoche. Vamos, lady Nyssa; conozco un atajo.
    – ¿Dónde vamos?
    – A los aposentos de mi abuelo -contestó Varian de Winter tomándola de la mano e iniciando la marcha-. He ordenado que nos preparen una habitación y un poco de vino para brindar por nuestra unión, ya que nadie ha querido hacerlo en la capilla.
    Nyssa advirtió que tenía los pies helados. Mientras recorría los pasillos de puntillas se preguntaba si su marido también sentiría frío. ¡Estoy casada!, se repetía una y otra vez. ¿Cómo ha ocurrido? ¡Debo saberlo! En cuanto llegaron a su destino y su marido hubo cerrado la puerta de la habitación, se volvió hacia él y le interrogó con la mirada.
    – ¿Vais a decirme de una vez cómo he llegado a vuestra cama y para qué? No habrá nada entre nosotros hasta que no me expliquéis hasta el último detalle -aseguró.
    – Os diré la verdad, lady Nyssa -empezó Varian de Winter-: El licor que lady Rochfprd os ofreció anoche llevaba un potente somnífero. Últimamente se ha hablado mucho del afecto que su majestad parecía sentir por vos. No tardará en volver a casarse y se temía que vos fueseis la elegida.
    – ¿Quien lo temía? ¿El duque de Norfolk? Quiero saber quién es el responsable de esta conspiración.
    – Tenéis razón -contestó Varian de Winter-. Mi abuelo está detrás de todo esto. Opina que existe otra persona más preparada para ocupar ese puesto. Thomas Howard es un hombre muy ambicioso y haría cualquier cosa por llevar a su familia a lo más alto -suspiró-. Sus métodos no me parecen los más adecuados pero es mi abuelo y, a pesar de sus defectos, le quiero. Mi madre era su hija bastarda pero él le dio todo su cariño y la casó con un hombre que la hizo muy feliz. Cuando murió, mi abuelo siguió visitándome con frecuencia y siempre me traía regalos por mi cumpleaños y Reyes. Cuando cumplí seis años me trajo a vivir con él. No es muy cariñoso y algunos le tienen por un hombre cruel pero le quiero y sé que, en el fondo, él también me quiere.
    – Así que por culpa de la ambición de los Howard me han sido arrebatados mis sueños, ¿no? -concluyó Nyssa-. Toda mi vida he dicho que el día^de mi boda celebraría una gran fiesta a la que asistirían ambas familias. Yo luciría un vestido de satén de color blanco bordado en tisú plateado y perlas y adornaría mi cabello con perlas. Mi padrastro me acompañaría hasta la iglesia donde se casaron mis padres y allí me entregaría a mi esposo -sollozó-. Después de la ceremonia celebraríamos una gran fiesta en Riveredge a la que asistirían mis abuelos y mis tíos. Mi prima María Rose y otras primas más jóvenes serían mis damas de honor. Bailaríamos durante todo el día y Violet, mi ama de cría, lloraría de emoción. Mi esposo debía ser un hombre que me conociera bien y me amara; un hombre que se hubiera ganado el respeto de mi familia. ¡Y ahora no tendré nada de eso porque vuestro abuelo pensó que el rey se había encaprichado de mí! Decís que Thomas Howard ha encontrado a la mujer perfecta para ocupar la cama del rey y el trono de Inglaterra, pero ¿era necesario arruinar mi reputación y el buen nombre de mi familia? ¡Malditos seáis vos y vuestro abuelo, Varian de Winter! -gritó.
    Varían de Winter hizo ademán de abrazarla pero Nyssa saltó como un gato rabioso.
    – ¡No os atreváis a ponerme la mano encima! -gritó secándose las lágrimas con el dorso de la mano-. ¡Os odio! ¡La ambición sin límites de vuestra familia ha destrozado mi vida!
    – ¿Que yo os he destrozado la vida? -replicó Varían de Winter empezando a perder la paciencia-. ¿Que os he destrozado la vida casándome con vos? ¿Qué otro caballero lo habría hecho después de lo ocurrido esta noche?
    – Yo no he tenido nada que ver con lo ocurrido esta noche -contestó Nyssa-. Tenéis muy mala memoria.
    – Estoy enamorado de vos desde que os vi por primera vez-confesó Varían de Winter.
    – ¿Cómo os atrevéis a decir algo así? -repuso Nyssa, cada vez más furiosa-. Si me amarais no habríais accedido a tomar parte en los planes de vuestro abuelo.
    – Os amo lo bastante como para permitir que mi abuelo me utilizara para conseguir sus propósitos. ¿Creéis que al duque de Norfolk le importa lo que le ocurra a una pobre niña como vos? Cuando me reveló su plan traté de disuadirle pero no tardé en darme cuenta de que estaba decidido a llevarlo a cabo, con o sin mi colaboración. ¿Qué creéis que habría ocurrido si hubiera permitido que otro ocupara mi lugar esta noche? Mi abuelo no habría dudado en llamar a cualquier sinvergüenza sin escrúpulos que no habría dudado en deshonraros de verdad. Si hubierais sido descubierta en compañía de uno de los guardias, ¿quién habría aceptado casarse con vos a pesar de vuestra riqueza? Nuestro precipitado matrimonio causará un gran alboroto, pero pasará pronto. Además, pienso abandonar palacio en cuanto sea posible.
    ¡Ya estaba todo dicho! Había explicado a Nyssa los detalles del malvado plan de su abuelo y le había confesado su amor. Tendió una mano a su esposa, pero ésta le respondió con un manotazo.
    – ¡Ahora lo entiendo! -bufó-. Vuestro abuelo se ha salido con la suya y vos habéis conseguido una esposa rica. No me extraña que hayáis accedido a tomar parte en esta conspiración. Aseguráis que nadie estaría dispuesto a casarse conmigo después de lo de esta noche pero yo me pregunto quién querría casarse con vos. Tenéis tan mala reputación que ningún padre desea confiar a su hija al desalmado que abandonó a su esposa embarazada y la empujó al suicidio -le acusó-. ¡Sólo podíais obtener una esposa decente mediante el engaño y la mentira, y eso es exactamente lo que habéis hecho!
    Aquélla se le antojaba una manera muy curiosa de pasar su noche de bodas pero si aquella noche le hubieran dicho que estaba punto de convertirse en una mujer casada, no lo habría creído.
    No sin esfuerzo, Varían de Winter consiguió dominarse. Nyssa tenía parte de razón y él no podía pretender que olvidara su turbio pasado de repente.
    – He prometido deciros la verdad y lo haré, pero debéis guardar el secreto, ¿lo haréis?
    Nyssa asintió. Sentía curiosidad por averiguar en qué lío se hallaba metida sin tener arte ni parte. A pesar de que todavía era una niña, era una muchacha muy práctica y no había tardado en comprender que, por muchos improperios furiosos que lanzara a su marido, su situación no iba a variar lo más mínimo. Estaba casada y nada ni nadie podía cambiarlo, así que lo mejor que podía hacer era escuchar las explicaciones del conde.
    – Guardaré el secreto siempre y cuando no esconda una traición al rey -prometió-. Si es así, no deseo saber de qué se trata.
    – Nadie quiere traicionar al rey -aseguró el conde de March tendiéndole la mano-. Sentaos junto al fuego mientras os explico mi historia. Hace mucho frío y no quiero que cojáis un resfriado.
    Nyssa tomó la mano que Varían de Winter le tendía y sintió cómo apretaba la suya con fuerza. El conde se acomodó en un sillón junto a la chimenea y sentó a Nyssa en su regazo. Sorprendida, la joven se debatió entre sus brazos tratando de ponerse en pie.
    – De eso nada -dijo Varían de Winter sujetándola con firmeza-. Si queréis conocer mi historia, tendréis que quedaros quietecita en mi regazo. Dejad de resistiros o me veré obligado a tomar severas medidas.
    – ¿Qué clase de medidas?
    – Daros un azote, por ejemplo.
    – ¡No os atreveréis!
    – No me tentéis, señora.
    – ¡Sois un hombre odioso! -protestó Nyssa-. ¿Gomo os atrevéis a amenazarme con darme una azotaina? ¡No soy una niña!
    Tenéis razón, Nyssa Wyndham, pensó el conde reprimiendo una sonrisa. No sois una niña; sois la mujer más deliciosa que he tenido entre mis brazos y me muero por poseeros.
    – Estoy esperando, señor -se impacientó Nyssa sacándole de sus cavilaciones.
    – Es una historia muy simple -empezó Varían de Winter enrojeciendo al pensar que quizá Nyssa había adivinado sus pensamientos-. Cuando mi tío Enrique Howard tenía quince años se hizo amante de una joven muy bonita. No era la primera; yo mismo le pillé detrás de un seto con la hija del lechero cuando sólo tenía doce años. La cuestión es que la muchacha quedó embarazada y su familia se empeñó en conocer la identidad del padre, pero todo cuanto consiguieron arrancar a la muchacha fue que éste pertenecía a la familia del duque. Pidió ayuda a Enrique pero mi tío temía la reacción de su padre y se desentendió de su responsabilidad. La pobre niña se suicidó y cuando su enfurecida familia acudió a mi abuelo a pedir cuentas yo me ofrecí a cargar con la culpa. Mi tío era tan joven y parecía tan confundido que me dio pena.
    – No era tan joven como para hacer según qué cosas -repuso Nyssa.
    – Ahora me arrepiento de haberme acusado de un crimen que no cometí -añadió Varían de Winter-. Nunca imaginé que el escándalo y la fama de crápula sin escrúpulos me perseguirían dondequiera que fuese.
    Nyssa no acababa de creerse aquella historia. ¿Realmente era tan noble y generoso como pretendía nacerle creer o trataba de ganarse su confianza con un montón de mentiras? ¿Podía confiar en él?
    – Si vuestro abuelo consintió que cargarais con esa culpa hizo mal -dijo-. Vuestro tío era muy joven y se le habría perdonado su falta con facilidad, pero un adulto hecho y derecho… Sólo un hombre sin corazón habría hecho algo así. No me extraña que nadie permita que sus hijas se acerquen a vos.
    – A mi abuelo sólo le importa su familia y ocupar una posición influyente en la corte -contestó el conde-. A pesar de sus defectos, es uno de los nobles más fieles a su majestad.
    – ¿Quién es la otra mujer? -preguntó Nyssa cambiando de tema de repente-. ¿Quién será la próxima reina de Inglaterra?
    – Mi prima Cat -suspiró Varian de Winter.
    – ¡Pobre Cat! -exclamó Nyssa con lágrimas en los ojos.
    – Sí, pobre Cat -asintió él apartándole un mechón de la cara-. Pero os sorprendería conocer las ganas que tiene de convertirse en reina.
    – Lo sé -repuso Nyssa apartándose de él-. La buena de Cat es una Howard de los pies a la cabeza. ¿Quién sabe? Quizá haga feliz a Enrique Tudor.
    – Y ahora que conocéis la verdad, ¿todavía estáis enfadada conmigo? -preguntó Varían de Winter.
    Nyssa volvió la cabeza para mirarle a los ojos y dio un respingo cuando advirtió que los labios del conde se acercaban peligrosamente a los suyos.
    – No lo sé -contestó-. Me temo que ambos somos víctimas de la ambición sin límites de los Howard. Cuando lady Ana deje de necesitar de mis servicios espero que nos marchemos muy lejos y no volvamos a ver a un Howard nunca más. Vuestra madre era una de ellos pero vos sois un De Winter y ya es hora de que olvidéis a vuestro abuelo y hagáis algo por vos.
    Toda su vida había sentido uña desagradable sensación de vacío pero no había sabido de qué se trataba hasta que no había escuchado las palabras de Nyssa. Necesitaba una mujer capaz de poner sus intereses y los de la familia De Winter por encima de cualquier otra cosa. Quería tanto a su abuelo que había hecho todo cuanto le había pedido, pero Nyssa tenía razón: él era el quinto conde de March y tenía que empezar a comportarse como tal.
    – Mi abuelo me ha obligado a tomaros como esposa por su propia conveniencia pero he conseguido el mejor regalo de bodas que podía haberme hecho.
    – ¿Cuál? -preguntó Nyssa revolviéndose inquieta. Varían de Winter la miraba tan fijamente que empezaba a asustarse.
    – Vos -contestó él mientras le acariciaba un mechón de su sedoso cabello oscuro y se lo llevaba a los labios.
    Nyssa sintió un nudo en la garganta y tragó saliva con dificultad. Su corazón latía con fuerza y desacompasado y la inquietante proximidad de su nuevo marido le ponía la carne de gallina.
    Varían de Winter desabrochó los botones dorados que mantenían cerrado el abrigo de terciopelo rosa que Bliss Fitzhugh había prestado a su sobrina y le acarició el rostro y la nuca.
    – El rey ha ordenado que nuestro matrimonio sea consumado esta misma noche -se lamentó-. Os juro que si por mí fuera primero os cortejaría como hace cualquier hombre decente que ama y admira a una mujer con la que espera casarse algún día. Cuando os conocí me juré hacerlo así, pero vuestra familia no me permitía acercarme a vos. Esta noche nos hemos unido en matrimonio y yo tampoco me siento a gusto, pero si no consumamos nuestra unión en pocas horas, el rey nos enviará a la Torre.
    – ¡Muy propio de Enrique Tudor! -bufó Nyssa-. ¿Qué habría ocurrido si el duque de Cleves llega a pedirle esa misma prueba?
    – Decidme qué os ha contado vuestra madre sobre lo que ocurre entre un hombre y su esposa cuando están solos -pidió Varían de Winter mientras ayudaba a Nyssa a ponerse en pie. La despojó de su abrigo, se desabrochó la bata y arrojó ambas prendas despreocupadamente sobre una silla. Desconcertada, Nyssa le miró a los ojos.
    – Mi madre decía que me explicaría todo cuanto debía saber cuando me comprometiera para casarme, -contestó cuando hubo recuperado la compostura-. Las damas de la reina hablan mucho pero no sé cuánto hay de verdad en sus comentarios. Me temo, señor, que soy una completa ignorante -admitió-. Después de todo, nunca he tenido un pretendiente.
    Así que es una auténtica virgen, se dijo el conde. No era de extrañar. Nyssa era una muchacha del campo y provenía de una familia respetable. La primera vez que la había besado había sido parte de una pantomima y la segunda vez lo había hecho por orden del arzobispo, pero ahora, tenía aquella boca en forma de corazón para él solo. No está mal para empezar, pensó mientras le rozaba los labios con los suyos. Se separó unos centímetros y comprobó que la joven había mantenido los ojos abiertos mientras él la besaba.
    – Cerrad los ojos -dijo.
    – ¿Por qué? -preguntó ella.
    – Porque… -titubeó Varían de Winter-. Porque se hace así. Vamos, cerrad los ojos.
    Nyssa obedeció y le ofreció sus labios. Varían de Winter se echó a reír y la joven volvió a abrir los ojos.
    – ¿De qué os reís? -preguntó, enojada-. ¡Como si no estuviera bastante nerviosa! Supongo que os sentís superior, ¿verdad?
    – No me río de vos, lady Nyssa -aseguró el conde-. Es que os encuentro deliciosa y me siento muy feliz. Volved a cerrar los ojos.
    Cuando lo hizo, él la besó con suavidad y la estrechó contra su pecho mientras trataba de no ir demasiado deprisa. Saltaba a la vista que estaba desconcertada y asustada.
    Nyssa sintió que la cabeza, le daba vueltas y se aferró a su marido para no caer al suelo mientras emitía un suave suspiro. Varían tenía razón: era más agradable cuando cerraba los ojos, aunque tampoco habría sabido decir por qué. Entrelazó las manos en la nuca del conde y, tomando su rostro entre sus manos, lo cubrió de besos. Varían de Winter rozó con sus labios los párpados de Nyssa, su frente, sus mejillas, la punta de la nariz y por último los labios. Sus besos había aumentado de intensidad pero a Nyssa parecía gustarle y se puso de puntillas para prolongar aquel beso. Un hormigueo recorrió su cuerpo y se dijo que nunca se había sentido tan… tan… No encontraba palabras para describir las sensaciones que se habían apoderado de ella.
    Varian de Winter la enlazó por la cintura y la levan tó en el aire para aumentar la presión sobre los labios de Nyssa. Segundos después, la depositó en el suelo con suavidad.
    – Es la primera vez que un hombre os besa así, ¿verdad? -preguntó a su azorada esposa-. Aprendéis muy deprisa.
    – ¿Lo he hecho bien, señor? -preguntó ella, expectante.
    – Lo habéis hecho muy bien -aseguró-. Salta a la vista que mis besos os gustan y apenas se nota que os falta experiencia. Sin embargo, hay algo que no me gusta -añadió provocando la alarma de la joven-. Somos marido y mujer y todavía no habéis pronunciado mi nombre ni una sola vez. Nyssa es un nombre precioso. Es de origen griego, ¿verdad?
    – Así es -contestó. Varían de Winter parecía un hombre imprevisible y peligroso y Nyssa se preguntaba si era un desalmado o simplemente un joven travieso. Eso sí, sus besos expertos eran lo más delicioso que había probado en su vida.
    – Mi madre escogió mi nombre antes de morir ^-dijo él-. Pidió a mi padre que si tenía un niño le pusiera el nombre de Varían. Ella siempre decía que los hombres somos criaturas tan variables como el viento.
    – Varían… -murmuró Nyssa-. Me gusta. Me habría gustado conocer a vuestra madre. Siento que muriera al nacer vos.
    – Vuelve a decir mi nombre -pidió el conde.
    – Varían… Varían… -repitió Nyssa-. ¡No, Varían, por favor! -gritó cuando él hizo ademán de quitarle el camisón.
    – No olvides que ya te he desnudado una vez esta noche -contestó el conde mientras tomaba las manos temblorosas de la joven entre las suyas y se las llevaba a los labios-. Eres preciosa -añadió empezando a besarle las muñecas.
    Nyssa se ruborizó y susurró algo que Varían no entendió. Acercó el oído a su boca y le pidió que repitiera sus palabras.
    – He dicho que no sé qué hacer. Despertáis mis sentidos, pero desconozco la técnica del amor y tengo miedo.
    – De momento limítate a disfrutar del homenaje que tu devoto marido va a dedicar a tu maravilloso cuerpo -contestó Varían de Winter bajándole el camisón hasta la cintura y besándole un hombro desnudo.
    Sus labios cálidos recorrieron su garganta y la piel sedosa de sus hombros. Nyssa protestó débilmente cuando el conde apoyó una mano en uno de sus pechos y jugueteó con el pezón hasta que se endureció bajo sus dedos.
    – Varían… -gimió a punto de desmayarse. ¿Era pasión lo que sentía? Si aquél era el principio del galanteo, ¿cómo debía ser el resto? Seguramente, maravilloso e inquietante. Varían le sonrió y las piernas volvieron a temblarle mientras se perdía en sus besos.
    Casi sin darse cuenta, empezó a acariciarle la nuca. Varían se dijo que nunca había deseado tanto.a una mujer. Sin embargo, no podía obligarla a hacer nada que no quisiera hacer. ¡Si el rey no se hubiera empeñado en que el matrimonio debía ser consumado aquella misma noche! Hubiera preferido esperar hasta que ella le deseara tanto como él la deseaba pero apenas les quedaban unas horas. Estaba dispuesto a procurar que su primera experiencia resultara satisfactoria… si no moría de deseo contenido antes de llevar a cabo su propósito.
    Se separó unos centímetros y, apoyando las manos en las caderas de Nyssa, acabó de bajarle el camisón. La prenda resbaló hasta el suelo y cayó sobre la camisa de dormir que Varían de Winter se había arrancado con un brusco movimiento. Tomó a Nyssa en sus brazos y hundió el rostro entre sus pechos mientras sentía los acelerados latidos del corazón de la joven bajo sus labios, Nyssa había cerrado los ojos, avergonzada de encontrarse junto a un hombre desnudo, pero había clavado las uñas en sus hombros y su respiración entrecortada junto a su oído le hacía cosquillas. Volvió a depositarla en el suelo y se inclinó para besar mejor aquella boca tentadora.
    – ¡Me voy a desmayar! -exclamó Nyssa apartándose de él. Estaba pálida y desencajada, respiraba con dificultad y no sabía si deseaba que aquello continuara hasta el final. Las emociones que se habían apoderado de ella eran tan intensas que sentía que empezaba a perder el control de sus actos. ¿Por qué no le había explicado nadie que se podía morir de pasión?
    Varían de Winter la llevó hasta la cama y se tumbó a su lado.
    – ¿Te apetece un poco de vino? -ofreció apoyándose en un codo y mirándola a los ojos-. Te ayudará a calmarte.
    – No tengo miedo -mintió Nyssa-. Lo que pasa es que no estaba preparada para algo así. ¿Es siempre tan intensa la pasión entre los esposos? -preguntó atreviéndose a contemplar el cuerpo desnudo de su marido por primera vez.
    – Cuando se ama de verdad, es todavía más intensa
    – contestó él-. Sospecho que lo que sientes en estos momentos es una mezcla de deseo y fascinación por lo desconocido, algo normal en una muchacha virgen atrapada en un matrimonio de conveniencia. Aunque no te amara, podría encender tu pasión fácilmente con mis besos y mis caricias -confesó.
    – He oído que habéis tenido muchas mujeres
    – dijo Nyssa-. ¿Sois un buen amante, señor?
    – Eso dicen algunas -contestó Varían de Winter, desconcertado por la inesperada pregunta. Es la conversación más curiosa que he mantenido con una mujer desnuda, se dijo divertido-. ¿Siempre eres tan charlatana? -preguntó rozándole los labios con la punta de un dedo-. Te recuerdo que ésta es nuestra noche de bodas.
    – Primero tengo que saber algunas cosas… -empezó Nyssa antes de que su marido interrumpiera sus palabras con un beso.
    – Si te asustas, dímelo, ¿de acuerdo? -murmuró él tomando de nuevo las riendas de la situación y besándole el lóbulo de la oreja-. Ahora estamos en la cama, así que no hay peligro de que te caigas. Y no te preocupes si te sientes mareada; es normal -añadió mordiéndole un hombro desnudo con suavidad-. ¡Dios mío, eres deliciosa!
    Aunque empezaba a sentirse mareada, Nyssa no estaba asustada. Varían estaba siendo muy paciente y considerado con ella. Algo le decía que era un mujer afortunada y que otro en su lugar no se habría andado con tantas contemplaciones. Guardó silencio y dejó que él explorara su cuerpo a placer. Es curioso, se dijo mientras contemplaba cómo su marido acariciaba sus hombros, sus brazos, las yemas de sus dedos y su cuello. Cuando sus labios se detuvieron en su pecho, Nyssa contuvo la respiración. Sabía que los bebés succionaban el pecho de sus madres pero no tenía ni idea de que los maridos también lo hicieran. Gimió y cambió de postura para ofrecer mejor su cuerpo a aquellas manos y aquellos labios ávidos. ¿Era un comportamiento propio de una muchacha decente? Pero eso había dejado de importarle.
    A Varían también le daba vueltas la cabeza. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto haciendo el amor a una mujer. Nunca había estado con una muchacha virgen porque había preferido ahorrarse la responsabilidad de iniciar a nadie en las artes del amor, pero no estaba seguro de que fuera la inocencia de Nyssa lo que le encendía. ¡Amaba a aquella mujer! Acarició la suave piel perfumada de su nueva esposa y trató de controlar sus impulsos. Estaba seguro de que no iba a poder soportar aquella tortura durante mucho más tiempo pero no deseaba lastimar a Nyssa y había oído decir que la primera vez era menos doloroso para una mujer si se la excitaba bien. Cada vez que apoyaba los labios sobre su torso o su vientre liso sentía los latidos acelerados del corazón de la joven.
    Con razón algunas muchachas pierden la cabeza y arruinan su reputación, se dijo Nyssa. Con razón las madres asustan a sus hijas. Si las doncellas supieran lo maravillosa que es la pasión, sus padres no podrían quitarles ojo en todo el día. Ésta debe ser la sensación más excitante y placentera que una mujer puede experimentar. Está reservada a las mujeres casadas… y ahora soy una mujer casada. Ronroneó satisfecha y dejó que las manos de su marido se deslizaran a lo largo de su espalda. Tímidamente al principio y más osadamente después le devolvió las caricias y entrelazó las manos en su cabello oscuro. Varían de Winter buscó su boca y sus besos se hicieron más insistentes.
    – Abre la boca -ordenó.
    Nyssa obedeció y dio un respingo cuando él le introdujo la lengua en la boca y buscó la suya. El cuerpo de la joven se había convertido en una sedosa lengua de fuego y Varían apenas podía contener su deseo.
    – Yo también deseo acariciaros, señor -murmuró Nyssa rozándole una mejilla con un dedo.
    – Eres una jovencita muy descarada -contestó él mientras se preguntaba hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
    – ¿Está mal que una esposa sea atrevida con su marido? -replicó la muchacha-. Me gusta que me acariciéis y yo también deseo hacerlo. ¿Qué hay de malo en eso? -preguntó mientras deslizaba sus manos a lo largo de la espalda de su marido y le acariciaba las nalgas-. Nunca había imaginado que la piel de un hombre pudiera ser suave como la de un bebé.
    – ¿Y qué sabes tú del cuerpo de un hombre? -preguntó Varian con la voz quebrada por la excitación.
    – Nada -confesó Nyssa-. Pero veo que estáis tan excitado como yo y deseo acariciaros. ¡Dejadme hacerlo, por favor! -suplicó tomando entre sus manos el rostro del conde y cubriéndolo de besos-. ¡Por favor!
    Varian de Winter emitió un gruñido y se preguntó si todas las vírgenes eran tan atrevidas como Nyssa.
    – Está bien -accedió echándose de espaldas-. Haz conmigo lo que quieras pero te advierto que se me está acabando la paciencia.
    – ¿Y qué ocurrirá cuando se os acabe del todo? -preguntó Nyssa, que se había apoyado en un codo y le contemplaba desde aquella posición privilegiada. Los ojos verdes de Varian estaban clavados en los suyos color violeta y parecían echar chispas. Ella sólo había querido ganar tiempo pero todo cuanto había conseguido era excitarle todavía más. Sin embargo, el miedo que había sentido aquella noche se desvaneció cuando descubrió el poder de seducción que poseía y que nunca había utilizado.
    – Cuando se me acabe del todo os montaré como el semental monta a sus yeguas y os haré una mujer de verdad -contestó Varian antes de sujetarla por la nuca y obligarla a besar su boca ardiente.
    Aquel beso pareció renovar las fuerzas de Nyssa, quien se aplicó con entusiasmo a besarle una oreja. Instintivamente le introdujo la lengua y se vio recompensada con el efecto deseado. Varian luchaba por volver la cabeza pero ella le sujetó con firmeza y recorrió con la punta de la lengua su cuello y el pecho de su marido, deteniéndose en los pezones como él había hecho. Su piel sabía a sal pero era un sabor muy agradable. Cuan do inclinó la cabeza para posar los labios en su estómago y su vientre lo vio.
    – ¿Qué es esto? -preguntó fascinada-. ¿Y por qué es tan grande?
    – Creía que teníais hermanos -contestó él.
    – Son pequeños y nunca se muestran desnudos delante de las mujeres. ¿Es esto lo que las damas llaman la herramienta de los hombres? -añadió alargando una mano y rozando el rígido miembro que sobresalía de su vientre.
    – Lo siento, jovencita, pero has terminado con mi paciencia -murmuró Varian entre dientes.
    – Todavía no estoy lista -protestó Nyssa, consciente de que el juego estaba tocando a su fin. Sospechaba que aquello no era sólo un juego y empezaba a pensar si no sería una buena idea saltar de la cama y huir.
    – ¿Cómo lo sabes? -replicó él obligándola a echarse de espaldas y apoyándose en un codo-. Enseguida lo veremos -añadió tratando de separarle las piernas firmemente cruzadas-. Abre las piernas, Nyssa. No me niegues ahora el placer de tu cuerpo -ordenó mientras le separaba las rodillas y apoyaba una mano en un lugar donde ella no se había atrevido a hacerlo nunca-. ¿Sientes el calor que desprende tu cuerpo?
    Incapaz de articular palabra, Nyssa asintió. Había perdido el control de la situación pero no sentía ningún miedo. Varian introdujo un dedo entre los pliegues de su cuerpo y lo movió entre la carne húmeda y resbaladiza.
    – Los humores del amor han empezado a fluir -murmuró mientras le besaba una oreja-. Ya estás lista para recibirme -añadió mientras su dedo encontraba su clítoris y lo frotaba con suavidad.
    Nyssa ahogó un grito. ¿Qué le estaba ocurriendo?
    Las caricias de su marido se habían hecho muy atrevidas y cada vez le proporcionaban más placer. Gimió y sus ojos se llenaron de lágrimas.
    – Ya no puedo más, señor -sollozó.
    – Yo tampoco -contestó Varían tumbándose sobre ella.
    Nyssa volvió a sentir miedo y luchó por librarse de su abrazo pero el conde sujetó sus manos con firmeza y la obligó a separar las piernas.
    – No te resistas ahora, cariño.
    – ¡No! -gritó Nyssa apartando el rostro para esquivar los besos de su marido-. ¡Quiero casarme con el hombre a quien yo ame!
    – ¡Entonces ámame! Somos marido y mujer, Nyssa, y el rey ha ordenado que nuestro matrimonio sea consumado esta misma noche. ¡No te resistas ahora, maldita sea!
    Nyssa sintió algo penetrando en su cuerpo y de repente comprendió la utilidad de la llamada herramienta de los hombres. ¡Las mujeres tenían un pasadizo escondido entre las piernas y cuando un hombre lo atravesaba se creaba una nueva vida! Aunque se sentía engañada y ultrajada, advirtió que Varian estaba tratando de ser delicado por lo que trató de dominar el miedo que la poseía y se abrió para él como una flor.
    Varian cerró los ojos mientras penetraba a Nyssa con toda la suavidad que podía. El rey había ordenado que hiciera de Nyssa una mujer aquella misma noche pero habría dado cualquier cosa por que la muchacha le amara tanto como él. De repente tropezó con un obstáculo que detuvo su avance. Cuando Nyssa protestó y arqueó la espalda Varian supo que el himen estaba tan firmemente sujeto que no había forma de atravesarlo con delicadeza.
    – ¡Me haces daño! -gimió Nyssa-. ¡Suéltame, por favor!
    Como toda respuesta, Varian la penetró con fuerza. Nyssa gritó y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. El conde de March se sentía como un monstruo pero era demasiado tarde para echarse atrás. Sus embestidas se hicieron más rápidas y fuertes hasta que creyó morir de placer.
    ¿Cómo puede ser tan cruel?, se preguntó Nyssa sin dejar de sollozar. El vientre y la parte superior de los muslos le ardían y le dolían por lo forzado de la postura. Durante unos minutos se debatió entre los brazos de su marido tratando de huir de aquella tortura pero el dolor desapareció de repente tal y como había aparecido. En su lugar sintió la sensación del cuerpo de Varian dentro del suyo y, volvió a llorar, esta vez de placer. Permanecieron abrazados hasta que, exhausto y casi sin respiración, Varian de Winter se separó de Nyssa y se tendió a su lado. Ninguno de los dos podía hablar pero él le apoyó la cabeza en su pecho y le acarició el cabello para recordarle que la amaba más que al principio de la noche.
    Nyssa sentía bajo la mejilla los latidos acelerados del corazón de su marido. Todavía estaba desconcertada por lo que acababa de ocurrir entre ellos. Estaba furiosa con su madre por no haberle hablado nunca de la pasión entre esposos pero admitía que no debía ser fácil hablar a una hija de un acto tan íntimo.
    ¿Se encuentra bien? ¿Me perdonará algún día?, se preguntaba el conde de March, angustiado.
    – Nyssa, ¿estás…? Ya sé que te he hecho daño pero te aseguro que sólo ocurre la primera vez.
    – Yo no sabía…
    – ¿Me perdonas?
    – Sé que habéis sido muy paciente conmigo, señor -contestó Nyssa mirándole a los ojos-. Os pido disculpas por haberme mostrado tan cobarde. Normalmente no soy así. La pasión es un sentimiento muy poderoso, ¿verdad? -añadió acariciándole una mejilla-. ¿Ocurre siempre así?
    – Si el hombre y la mujer se desean, sí '•-contestó él tomando la mano de Nyssa entre las suyas y besándole la palma.
    – ¿Era esto lo que quería el rey?
    – Sí, querida.
    Nyssa guardó silencio y poco después se quedó profundamente dormida. Varian permaneció despierto unos minutos escuchando su acompasada respiración pero no tardó en unirse al sueño de su esposa.
    Se despertaron sobresaltados cuando pocas horas después alguien llamó a la puerta. Sin dar tiempo a Varian de Winter a salir de la cama, Thomas Howard entró en la habitación.
    – Está amaneciendo. ¿Has hecho lo que debías? -preguntó a su nieto sin más preámbulos.
    Varian cubrió a su esposa con la colcha. La joven dirigió una mirada furiosa al duque de Norfolk. No sólo se atrevía a irrumpir en el dormitorio de unos esposos sino que la miraba de arriba a abajo sin mostrar el más mínimo pudor.
    – ¿Sí o no? -se impacientó él ignorando la mirada de Nyssa-. La joven es lo bastante bonita para excitar a cualquier hombre.
    – Si sales de la habitación yo mismo te daré la prueba que el rey necesita, abuelo -contestó Varian con frialdad.
    – Primero tenemos que hablar de un pequeño asunto. Deja de mirarme como si quisieras clavarme un puñal en el corazón, muchacha -añadió dirigiéndose a Nyssa-. Lo hecho, hecho está y ahora es momento de pensar en una explicación convincente que silencie las lenguas viperinas de la corte.
    – Ya que contar mentiras se os da tan bien, dejaré que seáis vos mismo quien invente la historia -res pondió Nyssa, en absoluto intimidada-. ¿Qué habéis pensado? Mi virtud y mi decencia son conocidas en una corte donde las infidelidades y los escándalos están a la orden del día. ¿Diréis que de repente sufrí un ataque de pasión por vuestro nieto o contaréis que nos hemos fugado juntos?
    – Lo tengo todo pensado -respondió el duque de Norfolk-. Todo cuanto tenéis que hacer es escuchar con atención y comprometeros a no contradecir mi versión. He hablado con vuestros tíos y creen que es lo mejor y el rey también está de acuerdo. A pesar de vuestro deplorable comportamiento, no os desea ningún mal.
    – ¿Mi deplorable comportamiento? -gritó Nyssa, furiosa-. ¡Ya he oído suficiente! Conozco vuestros planes de convertir a Cat en la próxima reina de Inglaterra y sé cómo llegué hasta la cama de vuestro nieto.
    – ¿Ah, sí? Entonces, espero que seas lo bastante sensata como para mantener la boca cerrada. Si no lo haces, tu marido y tú acabaréis vuestros días decapitados en la Torre.
    – ¡Si no fuera por lady Ana, me marcharía de Gre-enwich ahora mismo!
    – Sois libre de hacerlo, señora.
    – ¿Y dejar a su majestad sola e indefensa? Ni hablar. El rey me ha dado permiso para seguir sirviéndola y pienso permanecer a su lado hasta el final.
    – Está bien, pero ahora debéis escucharme con atención -se impacientó Thomas Howard-. Diremos que anoche Varian os raptó, os trajo a su habitación y allí os violó. Vos conseguisteis escapar y corristeis a contárselo a vuestros tíos. Ellos protestaron al rey y éste ordenó que la boda se celebrara inmediatamente. De esta manera, vuestra reputación queda intacta y os convertís en la víctima inocente. ¿Estáis satisfecha?
    – ¡Es que yo soy la víctima inocente!:-protestó Nyssa-. Lo siento, señor, pero no voy a permitir que difaméis a mi marido de esta manera. ¿Es que no tenéis corazón? ¿Vais a manchar la reputación de vuestro nieto todavía más?
    – Si tenemos en cuenta su fama de amante sin escrúpulos y la vuestra de dama virtuosa, ésta es la explicación más convincente -contestó Thomas Howard-. Y por la cuenta que os trae, vos la corroboraréis palabra por palabra.
    Nyssa abrió la boca para decir al duque que sabía que su marido se había acusado de un crimen que no había cometido para salvar la reputación de los Howard, pero Varian de Winter la hizo callar apretándole la mano con disimulo bajo la colcha. Nyssa se mordió el labio inferior y se volvió para mirarle. El se llevó un dedo a los labios y negó con la cabeza. Las dudas volvieron a asaltarla: ¿la había engañado para ganarse su confianza o había dicho la verdad?
    – Espero que por lo menos digas que fue mi amor por lady Nyssa lo que me llevó a hacer algo tan despreciable, abuelo -bromeó.
    – Toda la corte murmura que el rey se ha encaprichado de mí -intervino Nyssa-. A todos les extrañará que su majestad no haya encerrado a mi marido en la Torre por apropiarse de algo que deseaba y casi consideraba suyo.
    – No olvidéis que el rey todavía es un hombre casado -replicó el duque de Norfolk, admirado por la viveza y la inteligencia mostrada por la muchacha-. Nunca admitiría en público que ama a otra mujer.
    – Lo hizo antes de casarse con vuestra sobrina Ana.
    – Tened cuidado con lo que decís, señora -gruñó Thomas Howard-. Quizá debería pedirte disculpas por haberte dado como esposa a una mujer con una lengua tan viperina -añadió dirigiéndose a su nieto.
    – Eso es exactamente lo que deberíais hacer -con testó Nyssa-. Deberíais disculparos inmediatamente. Sois el hombre más cruel que he conocido.
    – Cállate, querida -murmuró Varian.
    – Ya sabes lo que tienes que hacer -contestó el duque-. Esperaré fuera pero date prisa. El rey se despertará de un momento a otro y quiero acabar con esto cuanto antes.
    Dicho esto, se dio la vuelta y salió de la habitación dando un portazo.
    – ¿Cómo puedes serle tan leal? -preguntó Nyssa cuando estuvieron a solas de nuevo-. Vendería a su propio padre con tal de conseguir sus propósitos.
    – Te prometo que es la última vez que me rebajo por él -aseguró el conde de March. Quería a su abuelo pero admitía que esta vez Nyssa tenía razón: había ido demasiado lejos. No podía permitir que la vergüenza de una violación cayera sobre Nyssa.
    – ¡Le odio! -gritó Nyssa-. ¡Es un hombre malvado y cruel!
    – ¿De qué otra manera podríamos explicar nuestro precipitado matrimonio? -se lamentó Varian-. Todo el mundo sabe que hasta anoche apenas habíamos cruzado palabra. No hay más remedio que aceptar la versión de mi abuelo y te pido perdón por la vergüenza y la humillación que su historia te reportará.
    – ¿No podríamos decir que me sedujiste? -propuso Nyssa-. ¿Es necesario hablar de violación? Prefiero que me acusen de ser una cabeza de chorlito a que se diga que me he casado con un villano. ¿Por qué no mantenemos nuestro matrimonio en secreto? Después de todo, el rey…
    – ¿Y si has quedado embarazada después de lo de anoche? -la interrumpió Varian-. ¿Cómo explicarías eso? Es mejor que hagamos público nuestro matrimonio cuanto antes. Tu primer hijo no será un bastardo
    – añadió besándola con suavidad-. Levántate.
    – Necesito que venga Tillie.
    – ¿Quién es Tillie?
    – Mi doncella personal. Necesito que me traiga algo de ropa.
    – Envuélvete en la colcha -contestó el conde-. Mi abuelo espera que le dé la sábana.
    – ¿Para qué? -quiso saber Nyssa apresurándose a obedecer.
    El conde deshizo la cama y señaló una mancha de sangre en mitad de la sábana.
    – ^¿Lo ves? -preguntó antes de arrancarla de un tirón-. Eso prueba que anoche eras virgen y que esta mañana ya no lo eres.
    Abrió la puerta de la habitación, tendió la sábana a su abuelo sin mediar palabra y volvió a echar la llave.
    – Pediré a Toby que vaya en busca de tu doncella. Supongo que duerme en la habitación destinada a los criados de las damas de la reina, ¿verdad? Descríbemela para que Toby pueda encontrarla.
    – Es una joven de mi edad, no muy alta y lleva el cabello recogido en una trenza -contestó Nyssa-. ¡Por favor, dile que sea discreto! -suplicó-. No quiero ni pensar en el escándalo que se organizará cuando todo se sepa.
    El conde llamó a su criado y se apresuró a ponerle al corriente de lo ocurrido aquella.noche.
    – Ayer me casé con esta dama -explicó al desconcertado muchacho-. No creas las habladurías que se extenderán por palacio dentro de pocas horas. Ahora vete y busca a Tillie, la doncella de mi esposa -ordenó.
    – Dile que me traiga algo de ropa -añadió Nyssa-. La reina me espera pero no puedo ir a ninguna parte sin ropa.
    – Sí, señora -dijo Toby haciendo un esfuerzo por apartar la mirada de la hermosa joven envuelta en una colcha y apresurándose a abandonar la habitación.
    Le costó bastante convencer a Tillie de que su señora se encontraba en los aposentos del conde de March.
    – No te creo -aseguró la joven negando con la cabeza-. Lady Nyssa está en la habitación de las damas, como debe ser.
    – Te digo que no -replicó Toby tratando de no levantar demasiado la voz-. Está en la habitación de mi amo envuelta en una colcha y dice que no puede ir a ninguna parte sin su ropa. Quiere que tú se la lleves. Si no me crees, entra en el dormitorio de las damas y compruébalo tú misma. Nadie llama mentiroso a Toby Smythe.
    Tillie recorrió la habitación donde creía haber dejado a Nyssa durmiendo pero no vio a, su señora por ninguna parte. Corrió al vestidor, tomó un vestido, un par de zapatos y un cepillo para el cabello y regresó junto al muchacho.
    – ¡Deprisa, llévame a la habitación de tu amo! -le apremió-. Si descubro que me has tomado el pelo, me aseguraré de que tu señor te dé tu merecido. Yo misma estaré encantada de propinarte unos cuantos azotes.
    – Eres una chica muy desconfiada, ¿sabes? -contestó Toby con una sonrisa-. Sigúeme y no hagas ruido.
    Tillie abrió unos ojos como platos cuando entró en los aposentos del duque de Norfolk y admiró el lujo de las estancias pero no dijo nada. Toby llamó a una puerta cerrada y cuando ésta se abrió indicó a la muchacha que entrara. Nyssa la esperaba envuelta en una colcha, tal y como Toby había dicho.
    – ¿Qué hacéis aquí, señora? ¿Por qué no estáis en la habitación de las damas?
    – Soy una mujer casada, Tillie -respondió Nyssa-. Deja mi ropa sobre la cama y di a Toby que vaya a buscar agua caliente. Te lo contaré todo mientras me visto pero deseo hablar con su majestad antes de que los chismes malintencionados se extiendan por palacio. Tillie ordenó a Toby que trajera el agua y se sentó en la cama para escuchar la increíble historia de su señora. A una muchacha buena y sencilla como ella el plan del duque de Norfolk se le antojó poco menos que malvado pero se alegraba de que Nyssa hubiera decidido confiar en ella y le hubiera contado la verdad. Así sería más fácil cerrar la boca a las lenguas viperinas de la corte. Naturalmente, prometió a Nyssa guardar el secreto. A pesar de ser sólo una simple campesina, era una mujer muy inteligente y sabía que podía comprometer seriamente a su señora si contaba lo que ésta acababa de revelarle.
    – El conde y vuestra madre se pondrán furiosos cuando se enteren -dijo-. No les gustará que os hayáis casado obligada y rodeada del escándalo y las suspicacias de los cortesanos. Insististeis hasta que os prometieron que podríais escoger a vuestro marido y ahora me pregunto cómo vais a explicar vuestro precipitado matrimonio. ¿Cómo es él, señora? -preguntó, incapaz de dominar su curiosidad-. ¿Es guapo? Algunas criadas dicen que es un seductor incansable pero sospecho que la mitad de esas historias son pura invención y la otra mitad, exageración.
    – No sé qué pensar, Tillie -confesó Nyssa-. Ha sido amable y considerado conmigo pero no sé si puedo confiar en él. El tiempo dirá…
    – ¿Dónde viviréis?
    – De momento nos quedaremos en palacio pero dentro de unas semanas nos trasladaremos al castillo del conde, al otro lado de Riverside. Gracias a Dios tendremos a nuestra familia y amigos muy cerca. Lord De Winter está cansado de la vida de palacio y desea instalarse en el campo definitivamente.
    – Entonces no debe ser tan malo como dicen -concluyó Tillie.
    En ese momento Toby entró en la habitación arrastrando una tina de madera.
    – ¿Dónde la dejo? -jadeó.
    – Junto al fuego, tonto -contestó Tillie-. ¿Dónde la vas a dejar? ¿Quieres que mi señora muera de un resfriado?
    – Eres bonita como un día de verano pero un poco descarada -rió el muchacho-. Voy a buscar el agua.
    – Será mejor que te ayude o nos llevará toda la mañana -dijo Tillie, en absoluto intimidada por el ingenioso cumplido que acababa de recibir.
    La bañera no tardó en llenarse con la ayuda de algunos de los criados del conde. Tillie echó a Toby de la habitación sin demasiados miramientos y cerró la puerta con llave antes de ayudar a Nyssa a desvestirse y a meterse en la bañera. La joven se ruborizó al descubrir los restos de sangre en la parte superior de sus muslos y agradeció el silencio discreto de su doncella.
    – ¿Dónde está vuestro marido, señora? -se atrevió a preguntar Tillie mientras la secaba.
    – Se ha ido -contestó Nyssa. La verdad era que no tenía ni idea de dónde se encontraba. Él no le había dicho a dónde se dirigía a aquellas horas de la mañana y ella no se había atrevido a preguntar. Ahora debo concentrarme en la reina, se repitió mientras Tillie le ponía un vestido de seda color rosa bordado en plata y le cepillaba el cabello. En vez de dejárselo suelto, la doncella se lo recogió en un moño bajo sujeto con una redecilla plateada.
    Nyssa contempló su imagen en el espejo y suspiró apesadumbrada.
    – Me siento tan vieja, Tillie.
    – Este nuevo peinado os sienta muy bien, señora -aseguró la doncella.
    – Debo ir a ver a su majestad cuanto antes.
    – ¿Qué queréis que haga con vuestras cosas ahora que ya no sois dama, de honor de la reina? ¿Vais a vivir en estas habitaciones hasta que nos marchemos?
    – No deseo compartir mis aposentos con un hombre como el duque de Norfolk -contestó Nyssa, muy digna-. Lleva mis pertenencias a casa de mis tíos. Toby te ayudará.
    – ¿Qué dirá vuestro marido, señora?
    – No lo sé, Tillie -suspiró la joven antes de abandonar la habitación.
    Ana de Cleves ya se había levantado cuando Nyssa llegó a sus habitaciones y sus compañeras interrumpieron su animada charla al verla entrar. Parecían asustadas y la contemplaban con los ojos abiertos como platos. Lady Rochford dominaba la situación y apenas podía contener una sonrisa triunfante. Demasiado tarde, se lamentó Nyssa. Lo saben.
    – Ya no sois dama de honor de la reina, lady Wynd-ham… quiero decir lady De Winter -se apresuró a decir lady Browne, quien parecía incómoda.
    – El rey me aseguró que podré seguir sirviendo a la reina mientras ella necesite a sus amigos a su lado.
    – Si lo ha dicho el rey… -murmuró lady Browne bajando la mirada, avergonzada.
    – Quiero ver a la reina -pidió Nyssa.
    – ¡Descarada! -siseó alguien a su espalda.
    – Diré a su majestad que estáis aquí-intervino Cat Howard saliendo en defensa de Nyssa.
    Nyssa hizo un esfuerzo para no estallar en carcajadas. Sus compañeras se sentían superiores y creían saber lo ocurrido pero en realidad no tenían ni idea de lo que se estaba tramando en la corte. De momento le resultaba divertido pero no quería seguir siendo objeto de las miradas suspicaces de todo palacio. Estaba deseando abandonar la corte y no regresar nunca más.
    Cat volvió minutos después con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios.
    – Su majestad os espera, lady De Winter -anunció haciéndole una reverencia y guiñándole un ojo.
    – Gracias, señora -contestó Nyssa devolviéndole la reverencia.
    Afortunadamente, la reina había pedido que las dejaran a solas para poder hablar con libertad. Nyssa se arrodilló frente a ella.
    – ¡Mi querida amiga! -saludó Ana de Cleves corriendo a abrazarla-. ¡Siento tanto lo ocurrido! Lady Rochford me ha contado todo.
    – Ha sido obra del duque de Norfolk -empezó Nyssa levantándose y sentándose junto a lady Ana-. Él sólo deseaba desacreditarme a los ojos del rey y vos sabéis por qué. Lady Rochford es cómplice del duque y le informa de todo cuanto ocurre aquí. ¿Sabíais eso?
    – Lo sospechaba -asintió la reina-. ¡Nunca habría creído al duque capaz de obligar a su nieto a violarte! -añadió indignada.
    – No fui violada, majestad -replicó Nyssa-. Lady Rochford puso un somnífero en la bebida que nos ofreció anoche.
    Cuando hubo terminado de relatar su historia, la reina negó con la cabeza apesadumbrada.
    – No puedo creer que se hayan ideado tantas intrigas y maquinaciones sólo para folfer a casar a Hendrick -murmuró-. Compadezco a Cat pero ella parece feliz. ¡No sabe lo que le espera!
    – Tiene buen corazón pero es ambiciosa como el resto de los Howard. Es algo que se hereda de padres a hijos.
    – ¿Y tu marido, Nyssa? ¿También corre por sus fe-nas la ambición de los Howard?
    – Mi marido es un De Winter, majestad, y espero que de ahora en adelante se comporte como tal -respondió Nyssa-. En cuanto a nuestro matrimonio, Varían parece un buen hombre pero es.un completo desconocido. Espero aprender a amarle.
    – A juzgar por cómo hablas de él, yo diría que ya has empezado a amarle. ¿Le habías visto alguna vez?
    – Bailé con él el día de vuestra boda.
    – Quizá el arzobispo acceda a anular vuestra unión cuando se haya solucionado el asunto de mi divorcio y Hendrick se haya casado de nuevo.
    – No hay razón para anular este matrimonio, señora -confesó Nyssa-. El rey ordenó que fuera consumado inmediatamente y el duque de Norfolk se ofreció a llevarle la prueba de que así había sido.
    – Una vez me diguiste que el rey ser despiadado e implacable pero yo resistí a creerte porque a mí siempre me había tratado bien. Sin embargo, su comportamiento en este asunto prueba que es hombre sin corazón.
    – La escena que encontró era tan chocante que se puso furioso -replicó Nyssa saliendo en defensa de su monarca-. Prometió a mi madre cuidar de mí como si fuera su propia hija y no sospecha que Thomas Ho-ward maquina a sus espaldas. Al ver que mi reputación podía quedar manchada para siempre hizo lo que creyó mejor para limpiar el nombre de mi familia. Ordenó que el conde y yo nos casáramos inmediatamente y si insistió en que el matrimonio se consumara esta misma noche lo hizo para evitar una anulación o un divorcio posterior. Recordad que soy una heredera.
    – Esos Howard están tan ambiciosos… -se lamentó la reina.
    – Así es, señora.
    – ¿Cuándo te vas?
    – En cuanto su majestad se encuentre instalada en su nuevo hogar y no necesite de mis servicios -contestó Nyssa-. El rey me ha dado permiso para seguir a vuestro lado. No pienso dejaros cuando más me ne cesitáis. ¡Habéis sido tan buena conmigo! -exclamó tomando la mano de lady Ana y besándola.
    Aunque había sido educada para ocultar sus sentimientos, la reina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Todos sus subditos y los nobles de palacio la habían recibido calurosamente pero Nyssa Wyndham era especial.
    – Ja, -dijo estrechándole la mano cariñosamente-. Te quedarás conmigo hasta que todo se haya solucionado, ¿verdad? Será mejor que llame al resto de las damas. A partir de ahora serás la encargada de mis joyas hasta el día que Hendrick diga que ya no soy reina de Inglaterra.
    Nyssa le hizo una reverencia y salió en busca de las damas encargadas de ayudar a su majestad a vestirse. Cuando éstas hubieron desaparecido en el interior de la habitación de la reina, las damas de honor se agolparon a su alrededor quitándose la palabra de la boca y acribillándola a preguntas sobre su precipitado matrimonio.
    – Ya conocéis la versión oficial -contestó Nyssa-. No puedo decir nada más pero os pido que seáis amables con mi marido. No es tan malvado como algunos pretenden hacer creer.
    – ¿Es un buen amante? -preguntó Cat Howard con una sonrisa maliciosa.
    – El dice que sí -contestó Nyssa muy seria.
    – ¿Y qué dices tú? -insistió Cat-. ¿Se te curvaron los dedos de los pies y gemiste de placer?
    – Nunca había estado con un hombre antes, así que no puedo hacer comparaciones. No tengo más remedio que creerle.
    – Yo creo que ha estado enamorado de ti desde el día que te conoció -intervino Elizabeth Fitzgerald-. Solía mirarte cuando creía que nadie le veía.
    – Los irlandeses sois unos románticos incurables -replicó Nyssa-. Además, ¿cómo sabes que no dejaba de mirarme? ¿Le mirabas tú a él?
    – Sí-confesó Bessie enrojeciendo hasta la raíz del cabello-. Los hombres atractivos con un pasado dudoso me parecen cien veces más interesantes que los que son simplemente atractivos. Dicen que nosotras, las irlandesas, sentimos debilidad por ese tipo de hombres.
    – ¿Vas a dejarnos? -preguntó la pequeña Kate Carey.
    – El rey me ha dado permiso para seguir sirviendo a la reina hasta que ésta deje de necesitarme. A partir de ahora me encargaré de sus joyas.
    – Sospecho que muy pronto ninguna de nosotras estará aquí -repuso Kate-. Supongo que tú volverás al campo, ¿verdad, Nyssa? Tengo la impresión de que no vas a echar de menos la vida de palacio.
    – Tienes razón, Kate. Me ha gustado servir a la reina y me alegro de haber hecho tan buenas amigas pero, al igual que mi madre, soy una mujer del campo. El río Wye separa las tierras de Varian de las mías y doy gracias a Dios porque no tendré que separarme de mi familia.
    – ¿Crees que con el tiempo aprenderás a amar a tu marido? -preguntó Bessie.
    – Poco importa si le amo o no -replicó Nyssa poniéndose seria de repente-. La cuestión es que estamos unidos en matrimonio hasta que la muerte nos separe. Pero no temáis por mí, mis queridas amigas. Reservad vuestra compasión para otras menos afortunadas que yo.
    – Me gustaría hablar con Nyssa a solas -intervino Cat Howard-. Será mejor que vayáis a atender a la reina antes de que el resto de las damas empiece a preguntarse dónde estamos y salga a curiosear.
    Bessie y Kate se apresuraron a obedecer.
    – ¿Qué quieres ahora, Cat? -preguntó Nyssa cuando estuvieron solas-. ¿No crees que ya he hecho suficiente por ti?
    Catherine Howard tuvo la decencia de ruborizarse al recibir el amargo reproche de su amiga.
    – Ya conoces a mi tío -se defendió-. ¿Te atreverías a desafiarle? Es un adversario temible y yo no tengo el poder ni el valor necesarios para desobedecerle. Quiere a otra Howard en el trono de Inglaterra y esa Howard soy yo.
    – Podías haberte negado, pero no lo hiciste porque en el fondo te atrae la idea de ser reina -la acusó Nyssa-. Enrique Tudor no es precisamente un marido de fiar: se divorció de la reina Catalina, decapitó a tu prima Ana, lady Jane murió tras dar a luz a su hijo y está a punto de anular su matrimonio con lady Ana. ¿Quién te asegura que no encontrará la manera de deshacerse de ti cuando se canse de tus carantoñas o una mujer más joven y bonita que tú le robe el corazón? Te has metido en la boca del lobo y me temo que ya es demasiado tarde para escapar.
    – ¿Estás celosa, Nyssa?
    – ¿Celosa, yo? -exclamó Nyssa, incrédula-. ¡No digas tonterías, Cat! Si me hubieran dicho que el rey estaba interesado en mí, habría salido corriendo. Tu tío cometió un error, querida: el rey no estaba enamorado de mí. Era amable y cariñoso conmigo porque prometió a mi madre tratarme como a una hija pero la ambición cegó al duque y con su malvado pían ha conseguido casarme con un hombre a quien no amo. Y no, mi querida amiga, no estoy celosa. Te quiero como a una hermana y temo por ti.
    – El rey está enamorado de mí -aseguró Cat-. Él mismo me lo ha dicho. Ya sé que podría ser mi padre, pero estoy dispuesta a aprender a amarle. Su pierna enferma ya no me da asco y he aprendido a vendársela.
    Dice que mis caricias le hacen más bien que las medicinas. ¡Sé que puedo ser una buena esposa! Conseguiré que cada día me quiera más y no me aparte nunca de su lado. No temas por mí, Nyssa, todo saldrá bien.
    – Espero que así sea -suspiró Nyssa-. ¿Y qué me dices de tu primo Thomas Culpeper? Asegura estar enamorado de ti y has estado coqueteando con él durante meses. ¿Qué dirá cuando sepa que vas a casarte con otro hombre?
    – Tom es un tonto -replicó Cat con un mohín de fastidio-. No le intereso como esposa. ¡El muy descarado sólo quiere seducirme! Las Navidades pasadas trató de comprar mi afecto con un retal de terciopelo para un vestido nuevo. Esperaba a cambio un revolcón en mi cama pero le envié a paseo con viento fresco. ¡Que le parta un rayo! Me importa un comino lo que piense o haga. Apuesto a que no tardará en encontrar a otra damita que acceda a sus caprichos.
    Nyssa se dijo que el discurso de Cat resultaba demasiado vehemente para ser verdad. Quizá la joven estaba enamorada de su primo pero no estaba dispuesta a permitir que un hombre sin oficio ni beneficio se interpusiera en su camino hacia el trono. ¿Y qué hay de mí?, se preguntó apesadumbrada. ¿Quién es el hombre con el que me he casado? Cuando finalice el breve reinado de lady Ana tendré toda una vida para averiguarlo, suspiró resignada.

SEGUNDA PARTE

LA SEÑORA DE WINTERHAVEN

primavera de 1540 – primavera de 1541

    – Eres muy valiente, Nyssa -dijo Ana Basset aquella tarde-. Otra en tu lugar habría preferido esconderse de la gente.
    – No os entiendo, lady Ana -repuso Nyssa sin dejar de limpiar una de las magníficas gargantillas de oro y diamantes de la reina.
    En realidad, sabía muy bien qué había querido decir su compañera con aquellas palabras. Durante todo el día había tenido que soportar las miradas, algunas curiosas y otras hostiles, de las damas de la reina. ¡Las muy hipócritas! Las que la criticaban con más dureza eran aquellas cuyos encuentros a medianoche con sus amantes habían dejado de ser «secretos» hacía mucho tiempo. Sabía que no tardarían en encontrar otro chisme que atrajera su atención y que entonces la dejarían en paz. Sin embargo, no estaba dispuesta a convertirse en objeto de los comentarios sarcásticos de las hermanas Basset. Ya tenía bastante con los insultos que la nuera y la sobrina del rey y las otras damas de alto rango de la corte le habían dirigido.
    – Vamos, lady Wyndham, no os hagáis la tonta -insistió Ana Basset.
    – Lady De Winter -la corrigió Nyssa sin apartar la mirada de su trabajo-. Lady Nyssa de Winter, condesa de March, no lo olvidéis.
    – Salta a la vista que habéis recibido vuestro merecido -añadió Ana Basset esbozando una sonrisa cruel-. Ni siquiera un caballero con la reputación de Varían de Winter violaría a una mujer si ésta no le hubiera provocado antes repetidamente.
    No voy a abofetearla, se repitió Nyssa tratando de no perder los estribos. No voy a rebajarme así. ¿Era Ana Basset una de esas ilusas que creen que cuando una mujer es violada ha provocado antes a su agresor o sólo pretendía hacerla rabiar?
    – ¿De qué estáis hablando? -inquirió con frialdad-. ¿Cuándo me habéis visto en compañía de ese caballero, lady Ana? ¿En cuántas ocasiones he coqueteado con él o con cualquier otro? Mi reputación está intacta.
    – Me temo que ya no.
    – Mi primo Thomas Culpeper violó a la esposa del guardabosques el año pasado -intervino Cat Howard en defensa de Nyssa-. Yo misma la vi rechazarle en numerosas ocasiones. ¡Yo no llamaría a eso provocación! Tom esperó a que el guardabosques saliera una mañana de su cabana y, junto con tres de sus amigos, hizo con ella lo que quiso. Los hombres violan a las mujeres simplemente por placer, Ana. Harías mejor en no coquetear tanto, mi buena amiga. Dicen que hasta el rey ha forzado a alguna mujer en alguna ocasión -añadió astutamente.
    – ¿Cómo te atreves a comparar a la mujer de un guardabosques con una dama? -replicó Ana Basset, muy digna-. Además, estoy segura de que no era la primera vez que le levantaban las enaguas y que disfrutó como nunca. Apuesto a que provocó a tu primo hasta que consiguió lo que perseguía. Y en cuanto al rey, Cat, ¡ten cuidado! Criticar a nuestro soberano es traición. Él es el rey y puede hacer lo que le venga en gana.
    – Eres una mujer sin corazón -replicó Nyssa-.¡Ningún hombre tiene derecho a forzar a una mujer, sea cual sea su clase social!
    – ¡Bien dicho! -exclamaron las otras a coro dirigiendo una mirada furiosa a Ana Basset. Todas la tenían por una muchacha presuntuosa y pagada de sí misma y convenían en que ejercía una mala influencia sobre su hermana Katherine.
    – Tómate un par de días libres, Nyssa -dijo la reina aquella noche-. Incluso una dama al servicio de la reina tiene derecho a disfrutar de su luna de miel.
    Las damas de honor se echaron a reír mientras las damas de más edad intercambiaban miradas de incredulidad.
    – ¡Será descarada! -siseó una de ellas, escandalizada. Nyssa todavía tuvo tiempo de oír la respuesta:
    – En vez de mostrarse avergonzada lleva la cabeza tan alta como si fuera la más virtuosa de las damas. ¡Perdida!
    Nyssa se volvió al escuchar aquellas ofensivas palabras pero las damas guardaron silencio y forzaron una sonrisa. Aunque el comentario había llegado a sus oídos con toda claridad, no había conseguido identificar las voces. Se acercó a la reina y le hizo una reverencia.
    – Gracias por vuestra generosidad, majestad -murmuró.
    – Vete, muchacha, vete -la apremió la reina con una sonrisa.
    Nyssa buscó a su tío y le encontró en un salón en compañía de otros caballeros.
    – Llévame a casa, por favor -pidió-. La reina me ha dado dos días libres y deseo descansar un poco.
    – ¿Deseas que tu tía te acompañe? Creo que está con Adela Marlowe.
    – Prefiero estar sola, gracias -contestó Nyssa negando con la cabeza.
    – ¿Y tu marido?
    – Tillie ha explicado a su criado dónde se encuentra nuestra casa. Que venga si le apetece, pero yo me niego a vivir bajo el mismo techo que el duque de Norfolk.
    – Es uno de esos hombres a quien es mejor tener como amigo que como enemigo -advirtió el conde de Marwood a su sobrina-. Ten cuidado, Nyssa, tu marido es su nieto favorito.
    – Si supieras toda la verdad, tío, entenderías que actúo en interés de Varían de Winter, mientras que su abuelo sólo mira por los Howard. Mi esposo no es un Howard. Además, el duque trata a las mujeres como simples monedas de cambio: sabe que soy una heredera y que su nieto ha ganado mucho con este matrimonio. Cuando se entere de que me niego a compartir aposentos con él, pensará que se trata una rabieta de niña mimada y me dejará en paz. Se alegrará cuando sepa que vamos a trasladarnos al campo. Sus planes van viento en popa y ya no nos necesita.
    – Has heredado el genio de tu tía y el sentido práctico de tu madre -rió Owen Fitzhugh-. Está bien, Nyssa; te acompañaré a casa. Es una suerte que decidiéramos prolongar el contrato hasta el mes de junio.
    La casa de Greenwich era una vivienda espaciosa rodeada por un inmenso jardín que había sido construida en tiempos del rey Enrique VIL La amplia habitación de Nyssa tenía su propio vestidor y un pequeño cuarto para Tillie. Había estado tan atareada durante su estancia en Greenwich que apenas la había ocupado, pero ahora se alegraba de tener un lugar donde refugiarse del duque de Norfolk.
    Grandes paneles de madera de roble cubrían las paredes. Un cómodo sillón situado junto al amplio ventanal y la cama con colgaduras de terciopelo se encontraban frente a la chimenea junto a la que había un banco de madera cubierto de almohadones. Una cómoda y una mesilla de noche completaban el mobiliario de la habitación.
    – ¡Tillie, prepárame el baño! -gritó en cuanto llegó-. Me muero por un baño de agua caliente perfumada con esencia de lavanda. El olor de las lavandas me recuerda a Riveredge. Gracias a Dios, pronto volveremos a casa.
    – Creía que íbamos a vivir en casa de vuestro marido -repuso Tillie.
    – Primero iremos a Riveredge -aseguró Nyssa-. Quiero que mis padres conozcan a lord De Winter antes de que nos instalemos en Winterhaven. La noticia de mi matrimonio les causará una gran impresión.
    – ¿Y quién se lo va a decir? -inquirió la doncella-. Seguro que mi tía Heartha me echa la culpa por lo ocurrido -se lamentó.
    – ¡No digas tonterías! -rió Nyssa-. Tú no tienes ninguna culpa. Pero tienes razón: tengo que encontrar la manera de darles una noticia como ésta. Podría escribirles una carta, pero no me parece una buena idea. ¡Mi padre se pondría furioso y no tardaría en presentarse aquí exigiendo responsabilidades! Pediré a tío Owen y a tía Bliss que me aconsejen -decidió.
    Tillie asintió. Como su señora, no creía que una carta fuera la mejor manera de comunicar a los condes de Langford que su hija mayor se había casado a medianoche obligada por el rey.
    – Iré a buscar la bañera.
    La enorme tina de madera fue llevada junto a la chimenea que Tillie había encendido. La joven atizó los carbones y añadió más madera hasta que las llamas se avivaron mientras los criados entraban y salían de la habitación cargados con cubos de agua caliente. Tillie llenó de agua una vieja tetera y la colocó sobre las brasas para añadirla al agua del baño cuando ésta empezara a enfriarse. Cuando los criados hubieron abandonado la habitación, vertió medio frasco de esencia de la-vanda y el perfume se extendió por toda la estancia.
    Mientras su doncella y los criados se afanaban en preparar el baño, Nyssa se acomodó junto a la ventana y contempló el río que, como una cinta plateada, atravesaba las verdes colinas. Aquel paisaje le recordaba a su casa. Con un suspiro resignado, se puso en pie y dejó que Tillie la ayudara a desvestirse. El agua caliente y perfumada le relajó el cuerpo y la mente. Trabajar en palacio no había estado mal y, aunque las cosas no habían salido como esperaba, había cumplido su misión: volver a casa con un marido. Gracias a Dios, dentro de pocas semanas regresaría a casa; a Riveredge; a Winterhaven.
    Winterhaven… ¿Sería una casa bonita? ¿Sería tan bonita como Riveredge o su casa de Riverside? ¡Pobre vieja casa de Riverside, nunca más vivirá una familia allí!, se lamentó. Lady Dorothy, la hermanastra de su padre y madre de su padrastro, había vivido allí durante mucho tiempo, pero la dama tenía casi setenta años y prefería quedarse en Riveredge con el resto de la familia.
    Será para mi segundo hijo, decidió. Los segundones a menudo se quedan sin herencia. ¡Un segundo hijo, que idea tan absurda! ¿Cómo podía pensar en un segundo hijo cuando el primero ni siquiera había nacido todavía? No estaba segura de que fuera a ser feliz con un hombre a quien no amaba. ¿Y si no podía tener hijos? ¿Y si sólo tenía hijas? ¿Era justo que nacieran niños en un matrimonio construido sobre el resentimiento y la desconfianza? Varian aseguraba que la amaba. ¡Qué tontería! ¡Si ni siquiera se conocían…! Bueno, se conocían como hombre y mujer, pero sólo había ocurrido una vez y Varian había pronunciado aquellas palabras antes de tomarla. Seguramente lo había dicho para ser amable.
    Mientras lavaba a su señora, Tillie advirtió que ésta estaba muy callada. ¿Pensaba en el atractivo hombre que el rey le había obligado a tomar por esposo? Aquella mañana las otras doncellas la habían seguido a todas partes en un vano intento de averiguar los detalles de la repentina boda de su señora con el misterioso lord De Winter. Hombres y mujeres que nunca le habían hecho el menor caso revoloteaban a su alrededor tratando de llamar su atención y le preguntaban cuánto tiempo llevaban lady Nyssa y el conde viéndose en secreto y si su señora era virgen cuando llegó a la corte. Pero Tillie les había mandado a paseo y había asegurado que no sabía más que ellos. ¿Desde cuándo las damas confiaban sus secretos a sus doncellas? Sus interlocutores, personas orgullosas que la despreciaban por su origen humilde, la habían creído.
    Algo decepcionadas, las criadas también la habían dejado en paz pero May, la doncella de lady Fitzhugh, la había llamado aparte.
    – Bien hecho, muchacha -había dicho-. Tu tía Heartha estará orgullosa de ti.
    Al igual que Tillie, May era considerada parte de la familia y también conocía la verdad. De repente, la puerta de la habitación se abrió y el conde de March hizo su aparición.
    – Buenas noches, señoras -saludó-. Toby me ha dicho que vamos a vivir aquí hasta que nos traslademos a Winterhaven. Es una habitación muy bonita -añadió paseando la mirada por la amplia estancia-. ¿Hay sitio para Toby?
    – Mi tío os dirá dónde puede alojarse -contestó Nyssa sin saber cómo continuar la conversación-. La habitación de al lado es lo bastante grande para vuestro criado y vos -añadió-. Supongo que necesitaréis espacio para vuestras cosas pero me temo que mi vestidor está lleno a rebosar. Mi tío Owen os indicará dónde debéis instalaros.
    – Tillie, ¿quieres ir a hablar con el conde de Mar-wood, por favor? -dijo Varían sin poder contener una sonrisa-. Luego puedes ayudar a Toby a deshacer mi equipaje y a ordenar mis cosas. Ya te llamaremos si te necesitamos.
    Tillie se volvió hacia su asombrada señora.
    – Necesito que Tillie me ayude a vestirme -repuso Nyssa.
    – Yo lo haré -replicó el conde-. Dicen que se me da muy bien. Márchate Tillie -añadió dirigiéndose a la doncella.
    – ¡Quédate, Tillie! -ordenó Nyssa con voz firme.
    – Vete, pequeña -insistió el conde tomando a la muchacha por un brazo y arrastrándola hacia la puerta.
    – ¡Tillie, ven aquí ahora mismo!
    El conde abrió la puerta de la habitación, empujó a Tillie fuera y volvió a cerrarla con llave. Hecho esto, se volvió a mirar a su furiosa esposa.
    – ¿Cómo os habéis atrevido a hacer algo así? ¡Tillie es mi doncella y debe obedecer mis órdenes!
    – Tillie es la doncella de la condesa de March y debe obdecer a su amo, que soy yo -replicó él sin perder la calma-. ¿Quieres que te ayude a salir de la bañera?
    – ¡Fuera de mi habitación! -siseó Nyssa-. Si no os vais, gritaré.
    – ¿Y qué conseguirás con eso? -preguntó Varían acercándose a la chimenea y tomando la toalla que Tillie había puesto a calentar junto al fuego-. Soy tu marido y puedo hacer contigo lo que me venga en gana. A los ojos de Dios y de los hombres eres mía.
    – ¡Sois despreciable!
    – Si no sales entraré a buscarte -dijo él haciendo caso omiso de sus insultos y empezando a quitarse las botas.
    – No os atreváis…
    Varian de Winter le dirigió una mirada divertí da mientras se desabrochaba la camisa y la arrojaba al suelo.
    – ¿Por qué no? -replicó empezando a quitarse los pantalones.
    – ¡Porque la bañera no es lo bastante grande para los dos! -gritó Nyssa poniéndose en pie-. La casa no es nuestra y debemos devolver todo el mobiliario en perfectas… ¿Por qué me miráis así? -se interrumpió. De repente advirtió que estaba desnuda-. ¡Qué vergüenza! -murmuró mientras buscaba a tientas una toalla para cubrirse.
    Varian de Winter apenas podía respirar mientras recorría con ojos ávidos el cuerpo desnudo de Nyssa. Una gota de agua resbaló entre sus pechos y se perdió entre sus piernas. Incapaz de contenerse, alargó un brazo y la enlazó por la cintura. Nunca había deseado tanto a una mujer.
    Nyssa sintió que la cabeza le daba vueltas al sentir los labios de Varian sobre los suyos y el calor que su cuerpo emanaba. Estaba besando a un hombre a quien apenas conocía y sin embargo, no era miedo precisamente lo que sus caricias despertaban en ella. Le acarició su pecho liso de piel ardiente y se dijo que, fuera lo que fuera lo que él sentía por ella, ella también lo sentía.
    Los expertos dedos de Varian encontraron las horquillas que mantenían recogida la larga melena de Nyssa y le soltó el cabello sin dejar de besarla. Casi se le detuvo el corazón cuando sintió los dedos torpes de Nyssa tratando de desabrocharle los pantalones. Sin soltar a su esposa, se desprendió de todas sus ropas y les propinó un puntapié.
    Nyssa se separó unos centímetros y trató de recuperar la respiración.
    – ¿Qué es lo que siento, Varian? -preguntó mirándole a los ojos-. ¿Por qué no consigo oponerme a tus besos y tus caricias? Yo no te amo y sin embargo…
    – Lo que sientes no es amor sino deseo -contestó Varian mientras recorría la espalda de la joven y le acariciaba las nalgas.
    – La Iglesia dice que la lujuria es pecado -susurró Nyssa apretándose contra él-. «La cópula entre esposos tiene como fin engendrar hijos» -recitó-. Nunca había oído decir que fuera un acto agradable pero anoche me gustó, a pesar de que me dolió un poco. ¿Es pecado que me guste?
    – No, querida -aseguró Varian recorriéndole la columna con un dedo-. Aunque la Iglesia se niega a admitirlo públicamente, la pasión entre un hombre y su esposa está permitida.
    Mientras Varian hablaba, Nyssa apoyó la punta de la lengua en los labios de su marido. De repente había sentido un irrefrenable deseo de hacerlo. Como toda respuesta, Varian buscó su boca con insistencia y le introdujo la lengua. Ante su sorpresa, Nyssa no se apartó asustada, sino que se apretó todavía más contra él para recibir mejor aquel beso. Lentamente, Varian la obligó a darse la vuelta hasta que tuvo la espalda apoyada en su pecho y pudo ver sus figuras reflejadas en el estrecho espejo que utilizaba para arreglarse. Cubrió los pechos de la joven con sus manos y la oyó contener un gemido.
    Fascinada, Nyssa contempló la imagen que el espejo le devolvía. Nunca se había mirado al espejo estando desnuda y se preguntaba si era la tenue luz del fuego que ardía en la chimenea lo que transformaba su imagen en la de un cuerpo exuberante. Las manos de Varian parecían enormes y, sin embargo, sus pechos se adaptaban a ellas a la perfección. Varian le acarició los pezones e inclinó la cabeza para besarla en el cuello y en el hombro.
    – Eres preciosa, Nyssa -murmuró sin soltarle el pecho izquierdo y enterrando la otra mano en su vientre-. ¿Sabes que eres preciosa?
    Nyssa entornó los ojos y permitió que los dedos de Varian encontraran su recompensa. Apretó sus nalgas contra él y gimió.
    – Tus caricias hacen que me sienta atrevida -confesó.
    – Me gusta -contestó él mordiéndole el lóbulo de una oreja-. Te voy a enseñar a ser muy atrevida.
    Cuando sus caricias se hicieron más insistentes, Nyssa quiso cerrar los ojos pero Varian la obligó a contemplar en el espejo los cambios que se producían en su rostro mientras él la excitaba. A cada nueva caricia su cuerpo se encendía más y la imagen que le devolvía el espejo probaba que él sentía lo mismo.
    – Ahora… -suplicó.
    – Todavía no -replicó él tomándola en sus brazos y llevándola a la cama. Ante la sorpresa de Nyssa, no la acostó a lo largo, sino a lo ancho, de manera que sus piernas colgaban fuera. Sorprendida pero incapaz de moverse, Nyssa contempló a su marido mientras éste se arrodillaba frente a ella y le separaba los muslos. De repente, su lengua empezó a recorrer su carne sensible.
    – ¡No…! -protestó débilmente-. ¡Varian, no, por favor!
    Quiso pedirle que se detuviera pero no tenía fuerzas para hacerlo. La sensación que sentía era tan agradable que estaba segura que aquél tenía que ser un acto prohibido. Trató de oponerse a sus besos pero, cuando la agradable.sensación empezó a poseerla, dejó de resistirse. ¡Era maravilloso! Cuando creía que no iba a ser capaz de soportarlo más, Varian se separó de ella y vio que él también estaba a punto de estallar de deseo.
    Varian se puso en pie, apoyó las rodillas en el borde de la cama, se inclinó hacia adelante y, levantando a Nyssa por las nalgas, empezó a penetrarla. Le acarició los pechos con una mano y se introdujo en su cuerpo dando furiosas embestidas que de repente le hicieron sentirse muy fuerte.
    Varían le hacía daño al hundirle las uñas en los pechos pero la sensación de tenerle dentro resultaba tan agradable que ni siquiera lo notaba. Casi sin darse cuenta, rodeó el cuerpo de su marido con los brazos y las piernas y hundió el rostro en su cuello. Un sonido parecido a un gemido se escapó del fondo de su garganta. No parecía un sonido humano y estaba segura de que nunca había emitido un gruñido así. Esta vez no sintió dolor, sino una tensión creciente que se hizo tan intensa que temió no poder soportarla durante mucho tiempo.
    – ¡Nyssa! -sollozó Varían hundiendo el rostro en su cabello húmedo-. ¡Dios mío, nunca había deseado tanto a una mujer!
    Nyssa tuvo tiempo de oír aquellas palabras antes de quedar atrapada en una espiral de colores vivos que le arrebató el poco dominio de sí misma que conservaba. Se sentía como la mariposa que aletea desesperada atrapada en la red del cazador.
    – ¡Varían…! -gimió en el momento en que él se vaciaba antes de caer entre sus brazos exhausto.
    Segundos después, Varían levantó la cabeza y buscó los ojos de Nyssa. La joven estaba pálida y apenas respiraba, pero sus ojos azul violeta estaban bien abiertos.
    – Te quiero, Nyssa -declaró apasionadamente-. ¡Te quiero!
    – No digas eso -sollozó ella-. Yo no te amo. ¡Ni siquiera te conozco! ¡No es justo! El destino nos ha hecho marido y mujer pero yo no estoy enamorada de ti. ¿Cómo puedes amar a una mujer a quien no conoces? Esas cosas sólo ocurren en los cuentos de hadas.
    – Te quiero, Nyssa -repitió Varían-. Te lo dije anoche y te lo vuelvo a repetir ahora. Te quiero desde la primera vez que te vi en Hampton Court. Ni yo mismo lo entiendo, pero es así. Cuando mi abuelo amenazó con entregarte a otro hombre si no accedía a tomar parte en su plan, supe que me moriría de celos. Eres mía, Nyssa, ¡mía! Yo te enseñaré a quererme.
    Dicho esto, suspiró y apoyó la cabeza en-el pecho de Nyssa mientras ésta le acariciaba el cabello. ¿Cómo se aprende a amar a un desconocido?, se preguntó. Su madre se había casado con Edmund Wyndham sin conocerle y había aprendido a hacerlo. Y Anthony, su padrastro, siempre había amado a Blaze en secreto, incluso cuando ésta le culpó injustamente por la muerte de su primer marido. El amor era un sentimiento de lo más curioso: el mismo Varían, sin ir más lejos, aseguraba amarla aún sabiendo que ella nunca habría accedido a casarse con él.
    De repente advirtió que estaba hambrienta. No había probado bocado desde primera hora de la mañana, cuando Tillie le había llevado un poco de pan y una copa de vino.
    – Tengo hambre, señor -dijo-. ¿Habéis comido algo?
    – Eres una muchacha muy codiciosa -rió Varían ayudándola a ponerse en pie-. ¿No basta mi amor por ti para calmar tu apetito?
    – Siento el estómago vacío, señor -replicó Nyssa-. A mi tía le gusta la buena mesa y apuesto a que ha hecho trabajar duro a las cocineras.
    – ¿Qué te parece si llamamos a Tillie y le pedimos que nos traiga algo de comer? -propuso Varían-. Haceros el amor me da un hambre canina.
    – Será mejor que os tapéis un poco -sugirió Nyssa volviendo a la cama y ocultando su desnudez bajo la colcha-. Tillie es una buena chica y no debéis avergonzarla.
    Varían de Winter se puso los pantalones y llamó a los dos criados. Ordenó a Tillie que les subiera algo de comer y a Toby que llenara de nuevo la bañera. Minutos después, Tillie regresó acompañada de dos doncellas. Las muchachas no pudieron reprimir una risita nerviosa al ver a su señor medio desnudo y descalzo. Tillie las reprendió con una mirada severa y les dio un papirotazo en la cabeza…
    – ¡Cuidad vuestros modales! -siseó.
    Les ordenó dejar las bandejas sobre una larga mesa de madera de roble situada junto a la ventana y ella hizo lo mismo con las copas y las jarras de vino y cerveza que traía. Hizo una reverencia a su señora y a su nuevo señor y las tres doncellas se apresuraron a abandonar la habitación. Toby terminó de llenar la bañera y también les dejó solos.
    – ¿Vais a bañaros ahora o preferís comer primero? -preguntó Nyssa.
    – El agua está demasiado caliente -contestó Varían mientras inspeccionaba el contenido de las bandejas-. Tenías razón: a tu tía le gusta la buena mesa. Espero que te parezcas a ella -añadió.
    – No debéis preocuparos -aseguró Nyssa-. Cumpliré con mis deberes de esposa. ¿Es vuestra casa grande y distinguida?
    – No; es una propiedad muy modesta. Apenas he vivido allí y quizá la encuentres algo descuidada pero tienes mi permiso para decorarla a tu gusto. Quiero pasar el resto de mis días allí, contigo y con nuestros hijos. A veces pienso que mi padre debe haberse sentido muy solo. Se casó muy mayor y mi madre murió al nacer yo. Cuando me trasladé a casa de mi abuelo apenas pasaba allí cortas temporadas durante el verano y después de su muerte sólo he vuelto cada mes de septiembre para cazar -Mientras hablaba, el conde se sirvió una generosa ración de ternera, capón, ostras crudas, pan y queso. Se sentó sobre la cama y se volvió hacia Nyssa-. Cuéntame cómo era tu vida en Riveredge. Tu padre era conocido en la corte por ser un hombre agradable y hospitalario. Hasta mi padre decía que Ed-mund Wyndham era todo un caballero.
    – Por desgracia, yo sólo tenía dos años cuando murió y no le recuerdo -contestó Nyssa-. Anthony Wyndham es el único padre que he conocido. Riveredge es el lugar más maravilloso del mundo y últimamente no dejo de preguntarme por qué tuve que marcharme. Tengo cinco hermanos y dos hermanas gemelas que nacieron hace seis meses. ¡Apuesto a que se han convertido en unos bebés preciosos! -añadió orgullo-sa-. Mis mejores amigos eran los potros, los caballos, los perros y mi prima María Rose. En verano solíamos atravesar los campos descalzas y en invierno nos encantaba hacer excursiones a caballo. Como veis, tuve una infancia de lo más sencilla.
    – Te equivocas, Nyssa -replicó Varían-. Eres una mujer afortunada. Tienes un padre y una madre que te adoran, muchos hermanos y tíos, primos y abuelos que viven cerca de tu casa y están ahí cuando les necesitas.
    – ¿Y vos, señor? -preguntó Nyssa sospechando que el pobre huérfano criado por su poderoso abuelo no debía haber tenido una infancia muy feliz. En casa del duque de Norfolk no debía haber habido lugar para el amor cuando incluso la duquesa había hablado mal de Thomas Howard tras separarse de él-. ¿Tuvisteis una infancia feliz?
    – ¿Feliz? -replicó él esbozando una amarga sonrisa-. Siempre fui un niño muy solitario. Yo no era el heredero del conde de March, sino el hijo de la hija bastarda de Thomas Howard. A pesar de ello, crecer junto a un hombre como mi abuelo fue una experiencia de lo más educativa y nunca tuve tiempo de compadecerme de mí mismo. Es un hombre cruel y despiadado pero también tiene muchas virtudes. Sin embargo, me he dado cuenta de que no me quiere tanto como yo creía. Sabe que no apruebo sus métodos y, ahora que soy un hombre casado y con responsabilidades, no se atreverá a impedirme que regrese a Winterhaven y comience una nueva vida. Mis tierras son extensas pero están muy descuidadas. ¡Tendremos que trabajar duro para sacarlas adelante, querida! -suspiró-. Come algo más -ordenó al advertir que la joven había dejado de comer-. Necesitas recuperar fuerzas; no pienso dejarte salir de esta cama en toda la noche.
    – ¿Es por eso que no dejáis de comer ostras? -preguntó Nyssa-. ¿Es cierto que son un reconstituyente excelente? Así lo afirman las damas de la corte.
    – Enseguida lo verás -contestó Varían esbozando una sonrisa picara-. Te aconsejo que comas ahora que puedes.
    Nyssa saltó de la cama en absoluto avergonzada por su desnudez y se acercó a la mesa. Sonrió cuando oyó a su marido contener la respiración y volvió a maravillarse al advertir el efecto que la sola visión de su cuerpo desnudo ejercía en él. Tomó un trozo de capón, una alcachofa y un poco de pan con matequilla y se volvió hacia su marido.
    – ¿Vino o cerveza, señor? -ofreció con voz suave y un guiño malicioso.
    – Cerveza, por favor -consiguió articular él. Saltaba a la vista que Nyssa había descubierto el poder de la seducción y lo utilizaba sin piedad. La joven le sirvió una copa y se la tendió-. Nunca había sido servido por una camarera desnuda -rió-. ¿Va a ser siempre así?
    – Si queréis…
    – Come, Nyssa -ordenó Varían-. Yo casi he terminado pero se me empieza a despertar otra clase de apetito que deseo satisfacer cuanto antes.
    – Primero debéis bañaros -contestó Nyssa mor diendo delicadamente el pedazo de capón que se había servido.
    – Lo haré si tú me ayudas -replicó él-. Siempre he querido tener una esposa que me bañara. Después, yo te bañaré a ti.
    – Yo ya me he bañado -le recordó Nyssa sonriendo al rememorar cómo había terminado el baño. Nunca había imaginado que un hombre y una mujer pudieran tentarse el uno al otro de esa manera, pero disfrutaba haciéndolo. Terminó de comerse el pollo y cogió el pedazo de pan untado en mantequilla. Sin dejar de mirarle, frotó el dedo índice en la mantequilla y se lo llevó a la boca. Hasta ahora no se había dado cuenta de que los hombres no son más que niños grandes y que, como a éstos, les encanta jugar. Sin embargo, los juegos de los niños mayores parecían más peligrosos y también más satisfactorios. Cuando se hubo comido todo el pan, se puso en pie y se dirigió a la mesa para servirse una copa de vino. Sentía la mirada de Varían clavada en su espalda y empezaba a preguntarse si no habría sido mejor cubrir su desnudez con la colcha. Avergonzada, empezó a juguetear nerviosamente con las hojas de una alcachofa.
    Es una criatura adorable, se dijo Varían. No acababa de creerse que Nyssa fuera su esposa. No hacía ni veinticuatro horas que eran marido y mujer y la deseaba más que nunca. La belleza, inteligencia, prudencia, sensualidad y sentido del humor de la joven le fascinaban y despertaban su admiración. Hasta ahora, las mujeres con las que había estado no habían sido más que cuerpos bonitos. En el fondo, él sabía tan poco sobre las mujeres como Nyssa sobre los hombres. Se preguntaba si su abuelo era consciente del maravilloso regalo con que le había recompensado; Thomas Howard no era considerado un hombre desprendido y generoso precisamente.
    – Estoy lista para bañaros, señor -dijo Nyssa rompiendo el silencio.
    Varían se puso en pie y se despojó de sus pantalones. Nyssa se encendió hasta la raíz del cabello y Varían contuvo una sonrisa. A pesar de que empezaba a tener experiencia, seguía ruborizándose cada vez que le veía desnudo. La joven se inclinó para comprobar la temperatura del agua y Varían tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlarse.
    – ¿Cómo está, señora? -preguntó-. No me gusta el agua muy caliente; se me arruga la piel.
    – Yo la encuentro perfecta, pero si lo deseáis podéis comprobarlo vos mismo.
    – No es necesario -replicó Varían acomodándose en la bañera-. Me fío de tu palabra. Ven aquí -añadió tendiéndole la mano-. En esta bañera caben dos personas y he ordenado a Toby que no la llene demasiado.
    – ¿Habéis dicho a Toby que íbamos a bañarnos juntos? -exclamó Nyssa, incrédula-. ¿Cómo habéis podido hacer algo así? ¿Qué pensará ahora de nosotros?
    – No le pago para que piense.
    – Lo creáis o no, los criados piensan -aseguró Nyssa-. Y también hablan. Casi todas los comentarios maliciosos que se extienden por palacio han sido iniciados por los criados. Si queréis averiguar los detalles de cualquier escándalo no tenéis más que preguntar a cualquier criado.
    Varían la miró perplejo como si nunca se hubiera hecho aquella reflexión. Los hombres son tan tontos, se dijo ella. No se dan cuenta de las cosas hasta que no les cuelgan delante de las narices. Seguramente nunca se le había ocurrido preguntar a Toby de dónde sacaba la información que le daba sobre otros caballeros de la corte. Incluso su leal y discreta Tillie aprovechaba las oportunidades de intercambiar jugosas habladurías que se le presentaban.
    – Ya que hagas lo que hagas vas a ser acusada de libertina, métete en la bañera de una vez -insistió el conde-. Quiero que me enjabones la espalda.
    Los ojos de Varían brillaban con tanta intensidad que Nyssa no supo resistirse a sus deseos. Hasta ahora sus juegos no le había proporcionado más que placer y se sentía tan acalorada y sudorosa que le apetecía tomar otro baño. Su marido insistió y Nyssa se apresuró a meterse en la bañera sentándose frente a él.
    – ¿Estás bien? -preguntó Varían.
    – Sois el hombre más descarado y peligroso que he conocido en mi vida -respondió Nyssa-. ¿Cómo voy a frotaros la espalda desde aquí?
    – Me daré la vuelta -replicó él levantando grandes salpicaduras al hacerlo.
    Nyssa tomó la pastilla de jabón, la pasó sobre la espalda de su marido y le frotó con una esponja suave. Su columna era más larga y sus hombros más anchos de lo que le había parecido la noche anterior.
    – Ten cuidado -dijo Varían sacándola de sus cavilaciones-. Tengo la piel muy delicada.
    – Dejad de tomarme el pelo -protestó Nyssa mientras le enjuagaba la espalda-. Ya he terminado.
    – Ahora el pecho -ordenó dándose la vuelta y situándose frente a ella.
    – ¡Caprichoso! -exclamó Nyssa. Obedientemente, tomó la pastilla de jabón y se la pasó por el pecho realizando suaves movimientos circulares-. Ya está. ¿Satisfecho?
    – Ahora me toca a mí -dijo él quitándole la pastilla de jabón y jugueteando con sus pechos.
    – ¡Así no vale!
    – ¿Por qué no? -replicó Varían sofocando una carcajada y adoptando la expresión más inocente de su repertorio. Le enjuagó el torso, le besó sus pequeños pechos y, levantándola a peso, la sentó en su regazo-. Ahora la espalda.
    Nyssa ahogó un grito. ¡Nunca había pensado que dos personas pudieran hacer el amor en la bañera! Las manos de Varían recorrían su espalda mientras le introducía su miembro haciéndola estremecer de placer. Tomó el rostro de Nyssa entre sus manos y lo cubrió de besos mientras sus cuerpos se enredaban.
    – Échate de espaldas -susurró Varían.
    Nyssa obedeció y Varían le besó la garganta y los pechos mientras sus embestidas se hacían más intensas y rápidas. Estaba trastornado de deseo y Nyssa no pudo evitar clavarle las uñas en un hombro.
    – Zorra… -siseó él antes de rodear un pezón de su pecho con sus labios y succionar con fuerza.
    – ¡Varían! -gimió Nyssa-. ¡Esto es una locura!
    – No me canso de tenerte entre mis brazos -contestó él-. ¿Por qué, Nyssa? -sollozó mientras la besaba apasionadamente-. ¿Por qué?
    Nyssa se dio cuenta de que no era capaz de resistirse a los besos y caricias de su marido. La pasión es una droga tan estimulante como el chocolate, se dijo mientras abría los brazos para acogerlo, y lloró de placer cuando Varían se vació en ella. Nunca había imaginado que las parejas hicieran el amor con tanta frecuencia y en lugares tan curiosos como aquél.
    – Te adoro -dijo Varían besándola en los labios con suavidad-. Eres maravillosa.
    – No puedo evitarlo -confesó Nyssa ruborizándose-. Me gusta que me hagas el amor.
    – Hemos mojado el suelo. ¿Quieres que llame a alguien para que recoja toda esta agua o prefieres que volvamos a la cama? Podemos beber una copa de vino y descansar un poco y quizá esta noche volvamos a pasar un buen rato.
    – El agua se secará sola -replicó Nyssa con tono práctico-. Tillie quitará las manchas del suelo mañana. ¡Vuelvo a tener apetito! -exclamó divertida-. ¿Ocurre siempre así?
    Ambos salieron de la bañera y se secaron. Nyssa cortó algunas rebanadas de pan, las untó con mantequilla y colocó un pedazo de ternera sobre una de ellas. Le dio un bocado, la saboreó y se la tendió a su marido.
    – ¿Quieres un poco? Está delicioso.
    – Me prepararé uno yo mismo y tomaré una tartaleta de pera como postre.
    – Yo había pensado en otro postre -replicó Nyssa esbozando una sonrisa picara.
    – Señora, debéis darme algo de tiempo para recuperar las fuerzas.
    – Entonces, ¿no podéis…?
    – No lo he hecho desde que tenía diecisiete años -rió Varian-. No te preocupes, Nyssa; pienso cumplir como marido. Me excitas más que cualquier otra mujer pero estoy a punto de cumplir treinta años y necesito más tiempo que antes para recuperarme. Tú eres joven y prometo complacerte en todo lo que me pidas… siempre y cuando no busques la compañía de un amante y me rompas el corazón.
    – ¡Yo nunca haría algo así! -aseguró ella-. Soy tu esposa y te debo fidelidad.
    – Eres una mujer noble y generosa -repuso Varian, admirado-. Apenas hace veinticuatro horas mi familia arruinó tu reputación y te obligó a casarte conmigo. ¿Es un buen motivo para serme fiel? Espero ganarme tu amor y tu confianza pero entiendo que me odies.
    – Varian, ¿no acabas de decirme que no veías con buenos ojos el plan de tu abuelo pero accediste a tomar parte en él cuando amenazó con entregarme a otro hombre? -replicó Nyssa sentándose en la cama y mordisqueando el pedazo de pan con mantequilla que sostenía en la mano-. Ésa es razón más que suficiente para serte fiel. Me has salvado de Dios sabe cuántos horrores.
    – Pero tú no me amas.
    – Eso es verdad, pero debes darme tiempo para aprender a hacerlo. Aunque no te prometo nada, sólo llevamos un día casados y creo que ya empiezas a gustarme -confesó-. Eres bueno y tienes sentido del humor. Quizá cuando te conozca mejor…
    – Entonces, ¿no estás enfadada conmigo?
    – Estoy furiosa con tu abuelo -contestó Nyssa-. Por su culpa hemos tenido que casarnos a medianoche y a escondidas. A pesar de que no somos nobles influyentes, siento haber enojado al rey. Enrique Tudor ha sido muy generoso con mi familia y me apena que piense que he traicionado su confianza. ¡Ojalá pudiera explicarle la verdad y hacerme perdonar! -suspiró-. Mi madre tampoco conocía a Edmund Wyndham cuando se casó con él. Antes de la boda sólo le vio en una ocasión: fue a través de una rendija el día que fue a pedir la mano de una de las hermanas Morgan. ¡No sabía cuántas hijas tenía mi abuelo ni tampoco la edad de cada una! -rió-. Mi abuelo se lo tomó como una ofensa.
    – ¿Y por qué escogió a tu madre? -preguntó Va-rian, muy interesado en la historia de su suegra.
    – Mamá tenía dieciséis años y era la hermana mayor -contestó Nyssa-. Las epidemias habían diezmado los rebaños de mi abuelo en dos ocasiones y el pobre se encontró sin un penique que ofrecer como dote'a sus ocho hijas. Cuando el conde de Langford llegó un día a pedir la mano de una de ellas, mi abuelo le miró con desconfianza pero acabó accediendo a escuchar sus razones porque Edmund Wyndham era un caballero de excelente reputación. Mi padre explicó que acababa de enviudar y que su esposa había muerto sin dejar herederos. La fertilidad de mi abuela era conocida en toda la región y él había acudido a los Morgan de Ashby en busca de una nueva esposa que le diera muchos hijos. Mi abuelo se hizo de rogar un poco, pero mi padre le hizo una oferta tan generosa que no pudo negarse: aceptó casarse con mi madre a pesar de que no tenía dote y se ofreció a comprarle todo cuanto necesitara, a dar la dote necesaria para que sus sietes hermanas pudieran casarse y a ayudar a mi abuelo a recuperarse de la pérdida de su ganado. Mi madre se puso furiosa y le acusó de vender a su hija por un plato de lentejas. Sus hermanas, en cambio, estaban locas de alegría. Anthony Wyndham, el sobrino y procurador de mi padre, fue a buscarla y la acompañó hasta Riveredge. Mamá dice que llegó dispuesta a odiar a mi padre pero fue tan bueno con ella que no tardó en enamorarse de él. Cuando murió, yo tenía dos años y mamá estaba embarazada. Culpó al pobre Tony de la muerte de mi padre y cuando perdió al bebé, le odió todavía más. Mi tía Bliss la vio tan trastornada que se la llevó a la corte a descansar pero el rey se encaprichó de ella en cuanto la vio. A Tony, que siempre había estado enamorado de la esposa de su tío y la había seguido hasta palacio como un manso corderito, se le cayó el alma a los pies cuando se enteró.
    – Tony amaba a tu madre en secreto, como yo te he amado a ti durante todo este tiempo.
    – Supongo que sí -murmuró Nyssa, pensativa-. Pero el caso de mamá era distinto porque era viuda cuando Tony empezó a pretenderla. Nunca se habría atrevido a hacerlo cuando todavía estaban casados. Escondió sus sentimientos y esperó hasta que su paciencia se vio recompensada.
    – ¿Qué ocurrió cuando mi prima Ana apareció en escena? -quiso saber Varían-. ¿Fue entonces cuando Anthony Wyndham se decidió a confesar su amor por tu madre?
    – Mi padre murió sin dejar un hijo varón, así que Tony se convirtió en su heredero y se presentó en palacio con un plan descabellado para conseguir a mi madre: dijo al rey que, estando mi padre en su lecho de muerte, le había pedido que se casara con su esposa. Mamá todavía se pregunta cómo es posible que el rey olvidara que mi padre no tuvo lecho de muerte porque murió al caer del caballo, pero parece que Enrique Tu-dor estaba deseando deshacerse de ella para sustituirla por tu prima Ana. Mamá y Tony se casaron en la capilla del rey y abandonaron palacio inmediatamente. ¡Mamá estaba furiosa!
    – ¿Por qué? ¿Estaba celosa de mi prima?
    – ¡Oh, no! -contestó Nyssa negando con la cabeza-. Mamá nunca quiso ser amante del rey pero ¡cualquiera niega un capricho a Enrique Tudor! Sabía que sólo era un entretenimiento y que aquella relación duraría hasta que su majestad se cansara de ella o encontrara otro entretenimiento más atractivo, como ocurrió cuando apareció vuestra prima. Sin embargo, ambos conservan una estrecha amistad. Mamá se enfadó mucho con Tony por haber mentido al rey para casarse con ella y, a pesar de que le odiaba con todas sus fuerzas, no se atrevió a decir la verdad por temor a que el rey se enfureciera y le matara. Sin embargo, Tony consiguió ganársela y cada día están más enamorados. Yo siempre he llamado «papá» a Tony. Él y mamá me prometieron que nunca escogerían por mí al hombre que debía convertirse en mi marido pero a veces pienso que fueron muy imprudentes al hacerme esa promesa. Las damas y caballeros de nuestra posición rara vez se casan por amor, ¿verdad? -Así es.
    – A los'ojos de Dios y de los hombres soy tu mujer, Varían -concluyó en voz baja-. Conozco bien los deberes de una esposa y pienso dedicarme a ti y a nuestros hijos, pero no puedo prometer nada más. A pesar de todo, me considero una mujer afortunada.
    Tanta sinceridad desarmó a Varían. ¿Qué otra mujer se habría atrevido a hablarle con tanta franqueza estando desnuda y sentada sobre la cama?
    – Cada palabra que sale de tu boca y cada una de tus acciones hacen que me convenza de que me he casado con una mujer maravillosa -aseguró-. A mí tampoco me gusta que hayamos tenido que casarnos a escondidas y espero que tus padres me perdonen algún día.
    – Yo diría que mi tío aprueba tu comportamiento -le tranquilizó Nyssa-. Sin embargo, todavía tienes que ganarte a la tía Bliss… y a mis padres. ¿Cómo vamos a contarles lo de nuestro precipitado matrimonio, Varian? -preguntó inquieta.
    – Quizá sea mejor que esperemos hasta que lleguemos a Riveredge -contestó el conde-. Prefiero decírselo cara a cara.
    Nyssa asintió, complacida. Así actúan los hombres valientes que tienen la conciencia tranquila, se dijo.
    – Me parece una buena idea, pero de momento concéntrate en la tía Bliss. Lady Marlowe está empeñada en convencerla de que eres un auténtico villano.
    – Alguien debería hacer un nudo en la lengua a esa víbora -gruñó Varian-. ¡Es la mujer más chismosa que he visto en toda mi vida!
    – ¡Qué buena idea! -rió Nyssa mientras se lamía la punta de los dedos y sacudía las migas que habían caído en su regazo-. Volved a la cama, señor, o cogeréis un resfriado y tendré que pasar el resto de nuestra luna de miel poniéndoos cataplasmas de mostaza en el pecho y preparando infusiones.
    – ¿No quieres un trozo de tarta?
    – Luego -contestó ella con una sonrisa mientras le hacía una seña para que volviera a la cama.
    – ¡Dios mío! -exclamó el conde-. ¿Con qué clase de mujer me he casado?
    – No lo sé, pero ¿qué os parece si lo averiguamos juntos?
    – Esta tarde he prometido enseñarte a ser muy atrevida pero creo que ya has aprendido todo cuanto necesitabas saber.
    – ¿Me llamáis atrevida porque me gustan vuestras caricias, señor? Creí que eso os complacía.
    – Y me gusta -aseguró Varian-. Ya lo creo que me gusta.
    – Entonces, ¿qué hacéis ahí de pie como un pasmarote?
    Varian avivó el fuego que ardía en la chimenea y trepó a la cama.
    – Decidme, señora, ¿qué queréis que haga? Nyssa le rodeó el cuello y le atrajo hacia sí.
    – Hazme el amor otra vez -suplicó-. Dame tu pasión.
    Varian le acarició el rostro. Le había enseñado los secretos del amor pero sabía que, cuando pasara la novedad, el sexo sin amor le resultaría vacío. Nyssa era joven e inocente pero tenía buen corazón y sólo le quedaba rezar por ganarse su corazón con tanta facilidad como se había ganado su cuerpo.
    – Ya la tienes, Nyssa -contestó-. Mi pasión y mi amor por ti son tuyos para siempre.
    Para siempre, pensó Nyssa mientras se perdía en sus besos. Suena bien.

    – No parece una mujer casada a la fuerza -dijo lady Adela Marlowe a su amiga Bliss Fitzhugh cuando vio acercarse a Nyssa y Varían, que volvían a casa después de pasar el día en el campo.
    Ambas se encontraban sentadas en el jardín disfrutando de una soleada tarde de primavera. A su alrededor florecían los narcisos en una explosión de colores y perfumes y la joven pareja caminaba cogida del brazo. Varian, que cargaba la cesta de la comida, vestía pantalón oscuro y camisa blanca y Nyssa, una falda verde oscuro y una blusa blanca. Iba descalza y llevaba los zapatos en la mano.
    – Parecen muy felices -insisistió lady Marlowe-. Tu sobrina parece el gatito que acaba de zamparse al paj arillo más suculento y salta a la vista que el conde está loco por ella. ¿Cómo es posible? -se preguntó-. Sólo llevan dos días casados. Toda la corte sabe que el rey les obligó a casarse cuando les descubrió juntos. Te advertí que tuvieras cuidado con él -concluyó en tono triunfante.
    – En cambio, Varian dice que ha estado enamorado de Nyssa desde que la conoció el pasado otoño -replicó Bliss-. A pesar de que mi sobrina estaba muy atareada atendiendo a su majestad y nunca le hizo el menor caso, se propuso convertirla en su legítima esposa. El rey nos despertó a medianoche y, cuando quisimos darnos cuenta, estábamos en la capilla real asistiendo a la boda de Nyssa. ¡Espero que sea muy feliz!
    – Cada uno tiene lo que se merece -aseguró lady Marlowe, dolida porque su amiga se negaba a revelar los detalles más jugosos del escándalo-. Me imagino qué dirán sus padres cuando se enteren de que se ha comportado como una cualquiera -añadió maliciosamente-. Apuesto a que el conde de Langford tenía en mente un matrimonio más adecuado a la posición de su hijastra.
    – ¡Ya es suficiente, Adela! -exclamó Bliss perdiendo la paciencia-. Para empezar, mi sobrina no es ninguna fresca. Es una muchacha ejemplar y tanto el rey como la reina así lo afirman. Y en cuanto a Varían de Winter, es un caballero encantador. Tiene tierras y propiedades y no es ningún cazador de fortunas. Además, es un Howard. Ni siquiera una persona tan tonta como tú desconoce el nombre de la futura reina de Inglaterra: Catherine Howard. Varían y Nyssa forman parte de esa familia que pronto gozará del favor del rey. Por cierto, querida -añadió, sabedora de que iba a herir a su amiga con sus palabras-, ¿has encontrado ya a alguna dama dispuesta a casarse con tu encantador hijito?
    – Míralas -murmuró Varían mientras atravesaban el jardín salpicado de manzanillas-. Parecen dos comadres de pueblo. Me pregunto a quién estarán poniendo verde.
    – Mi tía está muy acalorada -observó Nyssa-. Apuesto a que ha tenido que parar los pies a lady Marlowe. No se me olvida lo que dijiste ayer sobre hacerle un nudo en la lengua -añadió con una risita traviesa-. ¿Creéis que es posible hacer algo así, señor?
    – ¿Lo intentamos? -contestó él enarcando una ceja y provocando otro acceso de risa en su joven esposa-. ¿Crees que tiene la lengua partida como las víboras?
    – ¡Basta, por favor! -suplicó Nyssa entre carcajadas sujetándose los costados-. Me voy a ahogar si no dejo de reír. ¿Queréis que os deje solo esta noche y lleno de deseo insatisfecho, señor?
    – No te atrevas a hacer algo así -respondió Varían enlazándola por la cintura y besándola.
    – Señor, mi tía y lady Marlowe están mirando -protestó Nyssa débilmente.
    – Mejor -replicó él-. Así tendrán algo de que hablar. ¡Ojalá estuviéramos en Winterhaven y pudiera tenerte para mí solo! Sólo nos queda un día de luna de miel -se lamentó.
    – Pero pasaremos las noches juntos -le consoló Nyssa-. Ni tú ni yo volveremos a dormir en palacio, así que podremos encerrarnos en nuestra habitación y aislarnos del mundo. ¿No estás contento?
    – ¡Virgen santa! -exclamó lady Marlowe, escandalizada-. ¡Bliss, mira, la está besando! ¿Es que va a tomarla aquí mismo, en el jardín? ¡Es lo más indecente que he visto!
    – Pues a mí me parece muy romántico -replicó Bliss Fitzhugh-. Acaban de casarse y apenas se conocen pero hacen una pareja encantadora. Me alegro por Nyssa. Cuando mi hermana y mi cuñado vean que es feliz se tranquilizarán inmediatamente.
    – ¿Les has escrito para contarles lo del precipitado matrimonio de su hija?
    – No -respondió Bliss-. Nyssa y Varían prefieren ser ellos quienes se lo digan cara a cara. Cuando el rey solucione el asunto de su anulación, marcharán de palacio y pasarán unos días en Riveredge antes de instalarse definitivamente en Winterhaven. Opino que hacen bien -añadió asintiendo aprobatoriamente-. Una carta es algo demasiado frío e impersonal cuando se trata de un asunto tan delicado.
    Nyssa y Varían pasaron junto a las damas, les hicieron una reverencia y desaparecieron en el interior de la casa.
    – Me pregunto a dónde van tan sonrientes -murmuró lady Marlowe.
    – Supongo que a la cama -rió Bliss-. Si yo fuera Nyssa y estuviera casada con ese bandido no saldría de mi habitación en una semana. Llegaron ayer por la tarde y no les he vuelto a ver hasta las diez de esta mañana. Tillie les subió una bandeja repleta de comida y no dejaron ni una migaja. Varian parece vigoroso como un caballo y salta a la vista que tiene un buen apetito -añadió haciendo un guiño malicioso a su amiga.
    – El comportamiento de tu sobrina no me parece propio de una muchacha que hace dos días aseguraba ser virgen -repuso ésta-. Aseguras que no conocía a ese caballero pero se comporta como una mujer con gran experiencia.
    – Nyssa era virgen cuando se casó -:aseguró Bliss, furiosa-. El duque de Norfolk trajo la sábana del lecho nupcial y mostró la prueba al rey. Owen y yo estábamos allí y también lo vimos. Además, Tillie dijo a May que Nyssa tenía restos de sangre en las piernas. No te atrevas a insinuar que Nyssa no era virgen porque no es cierto. ¡Y si le cuentas a alguien lo que acabo de decirte no volveré a hablarte nunca más! -amenazó, consciente de que se había ido de la lengua-. Apuesto a que al rey no le hará ninguna gracia escuchar chismes sobre Nyssa.
    – ¡Sabía que me ocultabas algo importante! -exclamó Adela Marlowe con aire triunfante-. Tranquilízate, Bliss. Tu secreto está a salvo conmigo -prometió-. Sólo quería que me contaras todo. Me divierte saber lo que los demás no saben, nada más.
    Los recién casados pasaron la última noche de su luna de miel casi en vela. A la mañana siguiente, los hermanos de Nyssa se presentaron en casa de sus tíos para conocer a su cuñado. Los rumores que corrían por palacio habían llegado a oídos de Philip y el joven se había disgustado mucho. Giles, un diplomático nato de carácter conciliador a pesar de su corta edad, aconsejó a su hermano que no juzgara al conde de March tan a la ligera.
    – No debes creer ni la mitad de lo que has oído -había dicho el sensato niño-. ¡Ni siquiera la cuarta parte! ¿No has aprendido nada durante los meses que hemos pasado sirviendo a lady Ana? El más inocente parpadeo da pie a un escándalo de proporciones desmesuradas.
    – ¡Pero Nyssa es una mujer casada! -había replicado Philip-. Los mismísimos Enrique Tudor y lady Ana aseguran que es verdad. Temo por Nyssa y exijo saber qué ha ocurrido. Lord De Winter no tiene una buena reputación.
    – Sólo se le conoce un desliz y ocurrió hace muchos años. Lo que pasa es que lady Marlowe y sus amigas no tienen nada mejor que hacer que criticar a todo el mundo. Apuesto a que si lord De Winter no fuera un hombre tan atractivo nadie se acordaría del suicidio de la hija del granjero.
    – Pues yo quiero saber qué ha ocurrido -insistió el testarudo Philip-. Si Nyssa hubiera planeado casarse con ese caballero nos lo habría dicho. Además, ella siempre ha querido casarse en Riveredge.
    Cuando Philip llegó a casa de sus tíos no le gustó lo que vio. Enseguida advirtió que Nyssa había cambiado y se había convertido en la mujer más hermosa y seductora que había visto en su vida. Y lo que era más extraño, parecía feliz. Él y Giles se apresuraron a hacer una reverencia a la joven pareja.
    – Buenos días, Nyssa -saludó a su hermana entre dientes-. Buenos días, señor.
    – Hermanos, os presento a Varian de Winter, mi marido -respondió Nyssa.
    – ¿Y cómo demonios se ha convertido este hombre en tu marido? -estalló Philip, ante el disgusto de Giles-. ¿Qué piensas decir a nuestros padres? He oído toda clase de habladurías, hermanita, y exijo una explicación.
    – ¡Philip! -exclamó Nyssa, furiosa-. ¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Quién eres tú para pedirme cuentas? Soy cuatro años mayor que tú. ¿Lo has olvidado o se te han subido los humos a la cabeza?
    A Giles se le escapó una risita que se apresuró a contener cuando sus hermanos le dirigieron una mirada furiosa.
    – A pesar de los años que nos separan, soy el futuro conde de Langford y es mi deber vigilar tu comportamiento. Se te acusa de buscona.
    – Philip, eres un pedante y un idiota -replicó Nyssa-. ¿Quién dice eso? ¿No has aprendido nada en estos meses? Para tu información, te diré que me casé en la capilla real hace dos días. El obispo Gardiner.celebró la ceremonia y la tía Bliss y el tío Owen estuvieron conmigo. Eso es todo. ¿Desde cuándo es pecado casarse?
    – Dicen que os encontraron juntos en la cama y que este caballero te forzó -acusó Philip-. Me da igual que sea un Howard. ¡Le mataré con mis propias manos si es verdad!
    – Yo no forcé a vuestra hermana -intervino Varían de Winter tratando de aplacar la ira del joven vizconde-. Y aunque mi madre era una Howard, yo soy un De Winter.
    – Me llamo Giles Wyndham y es un placer conoceros, señor -dijo Giles adelantándose y tendiendo la mano al conde.
    – ¿Cómo estáis, Giles? -preguntó Varían estrechándosela-. Yo también estoy encantado de conoceros.
    – Estoy muy bien, gracias. La reina me ha pedido que permanezca a su lado después de la anulación de su matrimonio. La corte me gusta mucho, ¿sabéis? -añadió esbozando la mejor de sus sonrisas y tratando de suavizar la violenta situación. Philip adoraba a Nyssa y parecía a punto de llorar. ¿Es que no se da cuenta de que está haciendo un ridículo espantoso?, se preguntó.
    – Entonces, ¿estás bien? -preguntó Philip a su hermana.
    – Estoy perfectamente -contestó Nyssa abrazándole.
    – ¿Por qué te casaste con él?
    – No puedo contestar a esa pregunta, pero te ruego que confíes en mí -respondió ella-. El conde es un hombre amable y bondadoso y me trata como merezco. Sé que estás sorprendido y confundido pero no debes volver a hablarme en ese tono ni a criticar mi comportamiento -le regañó-. Sabes que nunca haría nada para desacreditar el buen nombre de nuestra familia. Si hubiera nacido hombre yo sería el próximo conde de Langford y no tu padre. No lo olvides, Philip. Y ahora, dame un beso y saluda a mi marido como el muchacho bien educado que eres.
    El vizconde de Wyndham besó a su hermana y tendió la mano a Varían de Winter.
    – Felicidades, señor -dijo muy serio-. Os habéis casado con una mujer excelente.
    – Gracias -contestó Varían. Saltaba a la vista que estaba furioso y confundido, pero esperaba ganarse su confianza.
    – ¿ Ha ocurrido algo interesante en palacio durante los últimos días? -preguntó Nyssa-. ¡Parece que hace años que salimos de allí! La reina me espera esta mañana. ¿Vendréis a casa con nosotros?
    – Yo sí -contestó Philip-. Estoy cansado de tanta corte, aunque ha sido una experiencia muy educativa.
    – Yo me quedaré junto a lady Ana -dijo Giles-. ¿No me escuchabas cuando se lo he dicho a lord De Winter?
    – Podéis llamarme Varían -intervino el conde de March-. Y vos también, Philip. Después de todo, somos cuñados.
    – ¿Quieres saber el último rumor que corre por palacio? -preguntó Philip dirigiéndose a su hermana e ignorando a Varían de Winter-. Dicen que se ha visto a Catherine Howard paseando cogida del brazo del rey. Lady cara de comadreja les vio y le faltó tiempo para decírselo a todo el mundo. Me temo que ha metido la pata. ¡Sería una excelente alcahueta! A pesar de la importancia de su familia, no es muy inteligente.
    – ¿Quién es lady cara de comadreja? -preguntó Varían de Winter-. ¡Ah, sí, lady Rochford! ¡Qué mote tan ingenioso! Siempre le he encontrado un gran parecido con ese animal o con un hurón. Os felicito por vuestro agudo sentido del humor, señor.
    – Esa dama nunca ha sido santo de mi devoción
    – confesó Philip, más apaciguado-. Siempre está con la oreja pegada a las paredes.
    – A mí tampoco me gusta -asintió Varían.
    – Varían dice que alguien debería hacer un nudo en la lengua a lady Marlowe -intervino Nyssa.
    Todos se echaron a reír y la tensión desapareció. Una criada entró trayendo vino y pasteles y los hermanos Wyndham prolongaron su visita durante una hora. Cuando se marcharon apretaban en sus manos la moneda de oro con que Varían les había obsequiado.
    – ¡Es una lástima que no tengamos más cuñados!
    – se lamentó Giles.
    – Quizá no sea tan malo como dicen -admitió Philip.
    – Lo has hecho muy bien -felicitó Nyssa a su marido-. Giles es muy dócil, pero Philip es un quisquilloso.
    – Yo creo que te adora.
    – Cuando nació, yo tenía casi cuatro años y enseguida se convirtió en mi juguete preferido. Durante tres años y medio sólo nos tuvimos el uno al otro. Le duele que no haya querido contarle la verdad sobre nuestro matrimonio pero sería una locura hacerlo. Philip es demasiado impulsivo y no dudaría en pedir explicaciones a tu abuelo. Eso no haría ningún bien a nadie. Además, si es cierto que el rey se ha enamorado de tu prima, no le gustará que un mocoso de trece años dé al traste con sus planes de casarse con ella. Mi hermano acabaría encerrado en la Torre y mi madre tendría que venir a suplicar el perdón del rey.
    – ¿Es costumbre en tu familia meter las narices en los asuntos de los demás? -quiso saber Varían, divertido.
    – Me temo que sí. Tú no te has casado con Nyssa Wyndham; te has casado con los Wyndham de Lang-ford, lo que incluye a lord James Alcott y a sus hijos el marqués de Beresford, el marqués de Adney y a un tal O'Brien de Killaloe, sin olvidar a los abuelos Morgan de Ashby, a la tía Bliss y al tío Owen, a lord y lady Kingsley y a mis primos. Nunca más volverás a estar solo. ¡Sospecho que dentro de poco te arrepentirás de haberte casado con una mujer con una familia tan numerosa y metomentodo como la mía! Ya verás cómo se pone Riveredge el día de Navidad.
    No puedo imaginar una vida más agradable que ésta, se dijo Varían de Winter. Sus nuevos parientes le ayudarían a poner sus tierras en condiciones y a sacar rendimiento de ellas. Los primos de Nyssa también se casarían y la familia seguiría aumentando. Las nuevas generaciones crecerían rodeadas de los sabios consejos de su familia, pasarían las vacaciones juntos, celebrarían las bodas y bautizos y compartirían las penas y alegrías de la vida. Recordó algo que lady Elizabeth, su abuela, le había dicho en una ocasión: «No dejes que Thomas Howard te convenza de que lo más importante en esta vida es el poder y el brillo del oro. La familia es lo mejor que tenemos porque es la única que permanece a nuestro lado en los tiempos difíciles. No lo olvides, Varían.» Aunque nunca había conocido el calor de una familia, Varían siempre había tenido presentes las palabras de su abuela. Ahora que su espera se había visto recompensada y tenía lo que siempre había deseado, se sentía el hombre más afortunado del mundo.
    Cuando Nyssa regresó a palacio, se dirigió directamente a las habitaciones de la reina.
    – No dega de hacer regalos a Catherine Howard -empezó lady Ana-. Le ha dado tierras y una almohadón bordado en oro. Me temo que mis días aquí están contadas. Tienes mi permiso para regresar a tu casa cuando quieras.
    – Me quedaré con vos hasta el final -respondió Nyssa negando con la cabeza-. Giles me ha dicho que queréis que siga a vuestro servicio. Está loco de alegría.
    – Es un bien muchacho -sonrió la reina-. Hans y él se llevan de maravilla. A partir de ahora mis propiedades y apariciones en público se reducirán y sólo necesito dos pagues.
    – Lo siento, señora.
    – Nein -replicó lady Ana-. No sientas. Odio la pompa y el ostentación de esta corte. Me gustan los fes-tidos, bailar y gugar a cartas pero estaré bien en Rich-mond. Hendríck me dará una casa o dos. ¡Que haga lo que quiera! Richmond está un pueblo precioso y el río recuerda a mí al Rin. Me llefaré a la princesa María. Nos hemos hecho amigas y Hendrick ha prometido que la pequeña Bess fendrá a fisitarme de vez en cuando. ¡Está una niña encantadora y muy inteligente!
    – Entonces, ¿estáis contenta a pesar de que tendréis que permanecer en Inglaterra? -preguntó Nyssa-. ¿No echáis de menos a vuestra familia?
    – Prefiero mil feces fifir en Inglaterra que regresar junto a mi familia -respondió la reina-. Mi padre estaba un hombre muy sefero pero tenía sentido del humor. Mi hermano Wilhelm, en cambio, ha confertido la corte de Clefes en el paraíso de los aburridos. Se asegurará de que estoy bien y me olfidará para siempre. Seré más libre y mejor feliz aquí. Además, no tendré que volver a casarme. Pero ¿y tú? -inquirió-. ¿Eres feliz con tu marido?
    – Afortunadamente, Varían se toma las cosas con sentido del humor -contestó Nyssa con una sonrisa.
    – ¿Y te gustan sus…?-titubeó lady Ana.
    – ¿Sus atenciones? -añadió Nyssa terminando la frase por ella-. Aunque por razones evidentes no puedo hacer comparaciones, debo decir que lo pasamos bien en la cama.
    – No está mal para empezar -replicó la reina.
    La conversación no tardó en volver a Catherine Howard. Las constantes atenciones del rey habían hecho que las chismosas de la corte se olvidaran del precipitado matrimonio a medianoche de Nyssa y Varían de Winter. Cromwell había ordenado la detención de lord Lisie, el padre de las hermanas Basset, y las muchachas estaban aterrorizadas. El obispo Sampson, el mejor aliado de Gardiner, había sido encerrado en la Torre y la inestabilidad aumentaba. Para colmo, el comportamiento del rey era más propio de un joven de veinte años que de un hombre de cincuenta.
    El rey y la reina aparecieron juntos en público con motivo de los torneos celebrados en Westchester y Durham. Se permitió asistir a todo el mundo a los banquetes ofrecidos tras los torneos, ocasión que los subditos más fieles aprovecharon para ver a sus soberanos juntos por última vez. El pueblo adoraba a Ana de Cleves y Ja tenía por una princesa digna y encantadora y, aunque Enrique Tudor conocía el cariño que su esposa despertaba, fingía no darse cuenta. Ofreció un suculento banquete a los participantes en los torneos y recompensó a los ganadores con cien marcos de oro y una casa para cada uno.
    El mes de mayo pasó muy deprisa. Catherine Ho-ward, todavía dama de la reina, cada vez dedicaba menos tiempo a sus ocupaciones y lady Ana empezaba a sentirse incómoda. Había prometido a su marido comportarse como si no supiera qué ocurría a su alrededor, pero era imposible ignorar que los acontecimientos se precipitaban hacia un enredo final. Finalmente, el 10 de junio el jefe de la guardia interrumpió la reunión que mantenían los consejeros del rey, presididos por Tho-mas Cromwell.
    Cuando hubo informado al primer ministro de que tenía órdenes de arrestarle, Cromwell se quitó el sombrero y lo arrojó sobre la mesa.
    – ¡Que Dios ayude al rey, mi señor! -exclamó furioso, mientras el duque de Norfolk y el conde de Southampton le arrebataban las insignias de su cargo-. Si supierais dónde os estáis metiendo no estaríais tan ansioso por ocupar mi lugar, Howard -añadió mientras el jefe de la guardia le arrastraba fuera de la habitación. A la orilla del río esperaba la barca que le llevaría a la Torre.
    La orden de arresto de Cromwell estaba salpicada de referencias a su origen humilde, por lo que todo el mundo supo que el duque de Norfolk se encontraba detrás de aquella turbia operación política. El primer ministro fue acusado de traición, de malgastar las finanzas del rey y de abusar del poder que éste le había otorgado, todos ellos cargos imposibles de demostrar. Se decía que había sacado de la cárcel a hombres acusados de traición al rey y que había otorgado pasaportes y redactado nombramientos sin permiso de Enrique Tudor. Por su parte, sir George Throckmorton y sir Richard Rich, los enemigos más feroces del primer ministro, le acusaron de herejía. Sir Rich, que había cometido perjurio en el juicio contra Tomás Moro, no tuvo inconveniente en volver a jurar en falso.
    Durante su etapa como primer ministro, Thomas Cromwell se había granjeado numerosas enemistades entre los caballeros de ascendencia ilustre y los de origen humilde. El rey creyó las acusaciones contra él a pie juntiñas tras llegar a la conclusión de que le convenía deshacerse de su primer ministro. Además, todavía no le había perdonado por haberle forzado a casarse con una mujer tan poco atractiva como lady Ana. Cromwell escribió al rey desde la Torre y le pidió perdón por sus crímenes, pero Enrique Tudor hizo oídos sordos a sus súplicas.
    El arzobispo Cranmer, la única persona de la corte que comprendía y apoyaba a Thomas Cromwell, sabía que su amigo no era culpable de herejía y trató de interceder por él. Hizo todo cuanto pudo por convencer al rey de que el primer ministro era su subdito más fiel y que sus decisiones más controvertidas le habían beneficiado, pero Enrique Tudor le despidió con cajas destempladas tras asegurar que Thomas Cromwell era culpable de numerosos crímenes y que debía pagar por ellos con su vida. El obispo de Chichester, que había sido encerrado en primavera por orden de Cromwell, fue liberado junto con sir Nicholas Carew y lord Lisie, el padre de las hermanas Basset. Cromwell había anotado los nombres de otros cinco obispos en su lista negra, pero no tuvo tiempo de actuar contra ellos.
    Catherine Howard renunció a su cargo de dama de honor y se trasladó al palacio de Lambeth. El pueblo contemplaba estupefacto a Enrique Tudor cuando éste atravesaba el río cada día a la misma hora para visitar a su nuevo amor. Incluso a la reina empezaba a resultarle difícil hacer ver que no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Sin embargo, sabía que estaba atada de pies y manos y no quería arriesgarse a expresar sus pensamientos en voz alta por miedo a encender la ira de su marido. Cuando sus damas trataban de sonsacarla, se limitaba a decir: «Su majestad sabe lo que hace.» En la mañana del 24 de junio Enrique Tudor se presentó en las habitaciones de lady Ana y exigió verla.
    – Señora, hace mucho calor y temo que estalle una epidemia de peste -dijo-. Debo pediros que abandonéis palacio inmediatamente y os trasladéis a Rich-mond. Me reuniré con vos allí dentro de dos días.
    Dicho esto, la besó en las mejillas y se marchó. Cuando volvieron a verse, ya no eran marido y mujer. Enseguida se corrió la voz de que el rey había enviado a lady Ana a Richmond «por motivos de salud». La reina obedeció las órdenes de su marido y partió saludando y sonriendo a toda la gente que salió al camino para verla pasar. Ante la sorpresa de toda la corte, aquella noche el obispo Gardiner ofreció una cena en honor de Enrique Tudor y Catherine Howard. Saltaba a la vista que el reinado de Ana de Cleves había llegado a su fin, pero ¿cómo iba el rey a deshacerse de ella?
    Cinco días después de la partida de la reina, se firmó la sentencia contra Thomas Cromwell en la que se le acusaba de traidor, se le confiscaban todas sus propiedades y se le despojaba de todos sus derechos. Enrique Tudor permanecía en Hampton Court y la corte sospechaba que no tenía ninguna intención de cumplir la promesa que había hecho a lady Ana de reunirse con ella en Richmond. En los primeros días del mes de julio la Cámara de los Lores realizó una petición formal al rey para investigar la legitimidad de su matrimonio con Ana de Cleves y, para sorpresa de todo el mundo, el rey aceptó tras asegurar que ese matrimonio se había celebrado «en contra de su voluntad». Esa declaración causó gran asombro y desconcierto entre los cortesanos, que nunca habían visto a Enrique Tudor hacer nada «en contra de su voluntad».
    El Consejo del rey se reunió aquella misma tarde y sus miembros acordaron ir a ver a lady Ana y pedirle permiso para seguir adelante con el proceso. Partieron una soleada tarde de verano, tan inquietos y preocupados que ni siquiera se molestaron en contemplar el hermoso paisaje que bordeaba el río.
    – Espero que no sea otra Catalina de Aragón -suspiró lord Audley, que viajaba en la barca que abría la marcha.
    – Yo también -contestó el duque de Suffolk-. El rey está impaciente y, como las otras dos, Catherine Howard exhibe ante él su virtud como si fuera un trofeo que debe conquistar. No permitirá que le ponga una mano encima hasta que su majestad no le ponga la alianza en el dedo y le ciña la corona a la cabeza. Todas son iguales, pero él no aprende -se lamentó negando con la cabeza-. Primero la reina Ana, luego lady Jane y ahora…
    – Lady Ana es una mujer muy sensata -intervino el arzobispo Cranmer-. No nos dará problemas.
    Cuando las tres barcazas en que viajaban los miembros del Consejo llegaron a Richmond horas después, lady Ana recibió la inesperada visita con desconfianza. ¿Y si. Hendrick había cambiado de opinión y faltaba a las promesas que le había hecho meses atrás? ¿Y si había decidido enviarla de vuelta a Cleves? Mientras se hacía todas estas preguntas, Ana de Cleves paseaba su inquieta mirada por los rostros serios de los caballeros. Como presidente del Consejo, el duque de Suffolk tomó la palabra y explicó el motivo de su visita con tanta delicadeza como pudo para no causar una impresión demasiado fuerte a la reina. Deseoso de asegurar se de que lady Ana entendiera la situación perfectamente, pidió a Hans von Grafsteen que tradujera sus palabras al alemán. Las damas de honor contemplaban la escena boquiabiertas y sus miradas ansiosas iban del duque de Suffolk a la reina. ¡Qué historia tan magnífica para contar a sus familiares y amigos!
    – Así que éste es el final -suspiró la reina dirigiéndose a Hans en alemán-. Hendrick se casará con la joven Howard y pasará un romántico verano en su nido de amor. ¡Pobre muchacha! -sollozó llevándose un pañuelo de encaje a sus ojos llenos de lágrimas.
    – ¿Qué debo contestar al duque, majestad? -preguntó Hans.
    – Yo misma le responderé. Señores -dijo volviéndose a los miembros del Consejo y dirigiéndose a ellos en inglés-, estoy dispuesta a acatar las órdenes de su majestad en nombre del profundo respeto y el gran afecto que siento por él. Tienen mi permiso para seguir adelante con el proceso -concluyó.
    – ¿Estás seguro de que ha entendido lo que le has dicho, muchacho? -preguntó el duque de Norfolk, sorprendido ante tanta docilidad.
    – Os he comprendido perfectamente, señor -replicó lady Ana-. Su majestad sospecha que existen motivos para poner en duda la validez de nuestro matrimonio. Confío en él e imagino que si ha puesto el asunto en manos de la Iglesia es porque no tiene la conciencia tranquila. Como esposa, mi deber es acceder a sus deseos y no poner impedimento a la investigación.
    – Gracias por vuestra colaboración, señora -intervino el arzobispo-. Sois un perfecto ejemplo de obediencia y abnegación. Su majestad estará muy contento cuando conozca vuestra respuesta.
    Los miembros del Consejo abandonaron el palacio de Richmond, divididos entre el alivio de unos y las suspicacias de otros, especialmente el duque de Norfolk.
    – ¿Qué estará tramando? -gruñó-. Parece que se haya alegrado de que le hayamos pedido algo así. No puede ser tan tonta como para ignorar que si la investigación sigue adelante terminará perdiendo la corona.
    – Quizá sea eso lo que busca -sugirió el arzobispo-. No imagináis lo difícil que es ser reina de Inglaterra y, aunque os cueste creerlo, hay gente a quien el poder no les seduce en absoluto.
    – ¡Peor para ellos!
    El rey recibió a los miembros del Consejo con los brazos abiertos. Sin embargo, los recelos no le abandonaban. ¿Quién le aseguraba que lady Ana no le tomaba el pelo y que, cuando se hiciera pública la disolución de su matrimonio, no trataría de aferrarse a su corona?
    Al día siguiente, el rey redactó una declaración en la que comunicaba a los clérigos encargados de la investigación que se había casado con lady Ana de Cleves con la intención de asegurar la sucesión del trono de Inglaterra. Sin embargo, en cuanto había visto a la que debía convertirse en su esposa, había sabido que no iba a ser capaz de hacer el amor a esa dama. Había decidido casarse con ella porque no había encontrado un buen motivo para enviarla de vuelta a Cleves, pero el supuesto arreglo entre la casa de Cleves y el hijo del duque de Lorena y su imposibilidad de consumar el matrimonio le habían llevado a preguntarse si no estaba violando alguna de las leyes de la santa madre Iglesia.
    Durante los días que siguieron, varios testigos fueron llamados a declarar, entre ellos el conde de South-ampton, el almirante Fitzwilliam y sir Anthony Brow-ne, quienes relataron al tribunal cuál había sido la reacción de Enrique Tudor al ver a su prometida. Tho-mas Cromwell, que seguía encerrado en la Torre, aseguró en un último acto de lealtad al rey que su majestad se había sentido estafado y había expresado inmediatamente su deseo de deshacerse de ella. Los médicos del rey también fueron llamados a declarar. El doctor Chambers aseguró que el rey le había hablado de su imposibilidad de consumar su matrimonio con lady Ana.
    – Dijo que se sentía capaz de hacerlo con cualquier mujer excepto con su esposa porque ésta le causaba repulsión. Yo mismo le aconsejé que dejara de intentarlo por miedo a que sus órganos resultaran dañados.
    – El rey ha tenido numerosas emisiones nocturnas durante los meses que ha durado su matrimonio con lady Ana, lo que prueba que durante todo este tiempo no ha habido relaciones entre ellos -afirmó el doctor Butts ante los atónitos cortesanos-. Aunque han compartido lecho, la reina es tan virgen como el día que pisó Inglaterra por primera vez. ¡Lo juro por mi alma inmortal! -concluyó cruzando las manos sobre su abultado vientre.
    El tema también estaba siendo discutido en la Cámara de los Lores, muy interesada en el asunto del posible contrato matrimonial entre Ana de Cleves y el hijo del duque de Lorena, ahora casado con la hija del rey de Francia. Era necesario actuar con delicadeza porque a Inglaterra no le convenía iniciar hostilidades con una nación tan poderosa. La imposibilidad de consumar el matrimonio era razón más que suficiente para anular aquella unión. Era necesario engendrar más herederos para el trono de Inglaterra y, si Enrique Tudor se sentía incapaz de tener esos hijos con lady Ana, ¿qué sentido tenía prolongar aquella situación?
    El 9 de julio se reunieron los arzobispos de York y Canterbury y declararon nulo el matrimonio no consumado de Enrique Tudor y lady Ana de Cleves, quienes podrían volver a casarse si así lo deseaban. El arzobispo Cranmer, el conde de Southampton y el duque de Suffolk fueron enviados a Richmond para comunicar la noticia a la reina.
    – De ahora en adelante seréis tratada como una de las hermanas del rey -dijo el duque de Suffolk antes de pasar a considerar su situación económica-. Recibiréis una cantidad de dinero fija al año y se os permitirá conservar las joyas, la plata y los tapices. Los palacios de Richmond y Hever y el señorío de Bletchingly son vuestros. Sólo las hijas del rey y su nueva esposa ocuparán un lugar más preferente que el vuestro cuando visitéis Hampton Court. Enrique Tudor espera que respondáis a su oferta en breve.
    – Tanta guenerosidad me abruma -aseguró la reina-. Mañana mismo escribiré a Hendrick y le diré que acepto sus condiciones, ¿os parece bien?
    Cualquiera diría que está encantada con el giro que han tomado los acontecimientos, se dijo el duque de Suffolk, estupefacto. Me alegro de que el bueno de Hal no esté aquí para ver su rostro radiante de satisfacción.
    – Sí, señora -contestó-. Me parece muy bien.
    – El doctor Wotton va a ser enviado a Cleves con la misión de explicar'los detalles de este delicado asunto a vuestro hermano -intervino el arzobispo-. Su majestad piensa que si vos le escribierais una carta se quedaría más tranquilo.
    – ¿Me ayudaréis a redactarla? Todavía no domino fuestra lengua y no deseo confundir a Wilhelm. ¡El pobre tiene budín relleno de carne como cerebro!
    El conde de Southampton y el duque de Suffolk contuvieron la risa al oír el ingenioso comentario de la reina.
    – ¿No preferís escribirle en alemán? -replicó el arzobispo-. ¿No le extrañará recibir una carta vuestra en inglés?
    – Ahora soy inglesa -contestó lady Ana-. Propongo que me ayudéis a redactarla en inglés y yo mis ma traduciré al alemán. Mandaremos las dos copias a Wilhelm para que compruebe que la origuinal está escrita de mi puño y letra.
    – Está bien -accedió el duque de Suffolk-. ¿Queréis que digamos algo al rey de vuestra parte?
    – Decidle que soy subdita más fiel y que siempre obedeceré sus órdenes -contestó antes de hacerles una reverencia y desaparecer.
    – ¡Es increíble! -exclamó el conde de Southampton durante el viaje de vuelta a Londres-. Es la mujer más dócil y razonable que he visto en mi vida. Desde el día que la conocí en Calais siempre ha mostrado un gran empeño en complacer a su majestad.
    – Enrique Tudor puede darse por satisfecho -corroboró el arzobispo-. Me temo que hemos perdido a una excelente diplomática: a pesar de su delicada situación, ha movido los hilos con mucha habilidad y ha sabido cubrirse las espaldas.
    – Yo diría que se ha quitado un peso de encima -observó el duque de Suffolk-. ¡El pobre Hal se morirá del disgusto si se entera de que ha aceptado la anulación con una sonrisa de oreja a oreja! Será mejor que le digamos que se ha desmayado de la impresión y que a vos, Thomas, os ha costado un mundo convencerla de que no le quedaba más remedio que aceptar sus condiciones. Eso le gustará, ¿no creen, caballeros?
    – Últimamente el rey no necesita que nadie estimule su vanidad -respondió el arzobispo-. Está tan embebido con Catherine Howard que todo lo demás le importa un comino. No estoy seguro de que ese matrimonio sea una buena idea.
    – ¡No seáis mojigato, arzobispo! -replicó el duque de Suffolk, cuya cuarta esposa era varios años más joven que él-. Una mujer joven en casa es una bendición de Dios.
    – No es Catherine Howard quien me preocupa, sino su ambiciosa familia -murmuró el conde de Southampton-. Su tío espera el momento de recuperar el poder que, según él, le pertenece.
    – ¿Por qué no intercedéis por el viejo Crum? -propuso el arzobispo Cranmer-. Reconozco que es un hombre de personalidad compleja, pero todos sabemos que las acusaciones que se le imputan son falsas.
    – Tenéis buen corazón, pero os falta picardía para ver lo que está ocurriendo -replicó el conde-. Sólo Dios puede cambiar el destino de un hombre condenado a muerte por Enrique Tudor. El rey está decidido a casarse con la joven y no nos queda más remedio que aceptar a su familia tal y como es.
    – ¿Qué ha llevado a su majestad a decidirse por Catherine Howard? -quiso saber el duque de Suffolk-. Si no recuerdo mal, también se encaprichó de lady Nyssa Wyndham. Ese asunto de su precipitado matrimonio con Varian de Winter resulta de lo más extraño.
    Sus dos compañeros se encogieron de hombros y guardaron silencio. El conde de Southampton no tenía respuesta para aquellas preguntas y el arzobispo Cranmer era demasiado prudente para expresar sus temores en voz alta. La barcaza real recorrió el río hasta que los miembros del consejo perdieron de vista el palacio de Richmond. Allí quedó la reina diciendo a sus damas que podían regresar a sus casas. La mayoría de ellas expresaron su deseo de trasladarse a Greenwich para ponerse al servicio de la nueva reina si ésta las aceptaba. Las sobrinas del rey y su nuera no habían aparecido por Richmond. La condesa de Rutland permanecería al servicio de lady Ana hasta que su marido, chambelán dé lady Ana, fuera despedido oficialmente. Sir Thomas Denny, su consejero, y el doctor Kaye, su asistente, se despidieron de ella y partieron con las damas que regresaban a Londres. Todos fueron extremadamente de licados con la reina, pero nadie deseaba permanecer a su lado una vez convertida en parte del pasado. Cathe-rine Howard era el símbolo del futuro. Había tanta gente en las barcas que las damas de honor tuvieron que quedarse en tierra.
    – Podréis marcharos mañana a primera hora -prometió la condesa de Rutland.
    Nyssa se despidió de sus amigas aquella misma noche. Kate Carey y Bessie Fitzgerald la abrazaron y lloraron desconsoladas pero las hermanas Basset se mostraron frías y distantes. Helga von Grafsteen y María Hesseldorf decidieron quedarse junto a lady Ana. El joven vizconde de Wyndham se despidió de la reina con una respetuosa reverencia.
    – Ha sido un honor serviros, majestad. Estaré a vuestra disposición siempre que me necesitéis.
    – Eres un bien muchacho, Philip -contestó Ana de Cleves-. Agradezco tu lealtad y tu amistad.
    – ¿Estás seguro de que no quieres venir a Rivered-ge con nosotros? -preguntó Nyssa a su hermano menor-. Nuestros padres "deben tener muchas ganas de verte.
    – Prefiero quedarme -respondió Giles-. Es una oportunidad excelente para encontrar mi lugar en palacio. La Iglesia ya no es un buen lugar para los segundones. Tengo tres hermanos pequeños y no deseo ser una carga para nuestros padres. Escalaré posiciones poco a poco pero temo perder mi oportunidad de ocupar un buen lugar en la corte si me marcho ahora. Quizá vaya a Riveredge el próximo otoño, cuando las aguas de palacio hayan vuelto a su cauce. ¡Siento tanto no poder ver la cara de papá cuando le presentes a tu marido! -rió, divertido.
    – ¡Qué malo eres! -exclamó Nyssa revolviendo el cabello a su hermano menor y besándole en la mejilla-. Que Dios te acompañe, hermanito.
    – Que Él os proteja a ti y a tu marido -contestó Giles.
    – Lady De Winter, vuestra barca espera -llamó la condesa de Rutland-. ¡Daos prisa!
    Nyssa se volvió a lady Ana con los ojos llenos de lágrimas.
    – ¡Siento tener que dejaros, señora!
    – No temas por mí, Nyssa -contestó la reina tratando de contener la emoción-. He escapado de las garras del león sin recibir rasguño. Ahora soy una mu-guer rica, poseo propiedades y no tengo que dar cuenta de mis actos a nadie. Me he librado de mi hermano Wilhelm, un hombre aburrido y pagado de sí mismo, y de mi marido, quien me detesta desde el primer día. No me compadezcas, Nyssa; por fin tengo lo que deseaba: soy libre y puedo hacer lo que me plazca con mi fida. Nein, no llores; soy muy feliz.
    – Pero ¿quién va a cuidar de vos? -insistió Nyssa-. ¿Quién va a estar a vuestro lado cuando necesitéis cariño y compañía?
    – Aprendiste de tu madre que el amor de la familia es muy importante, ¿verdad? -sonrió lady Ana-. Mi madre me educó como heredera y me enseñó a nunca faltar a mis deberes. Ésa es la diferenzia entre tú y yo. Lo poco que sé sobre el amor me lo habéis enseñado tú y pocas personas más. Es más que sufiziente. Ahora fete -dijo ayudando a Nyssa a ponerse en pie y besándola cariñosamente-. Fuelfe a casa con marido. Si lo deseas, puedes escribirme. Me gustará recibir tuyas noticias.
    – Ha sido un honor serviros, majestad -dijo Nyssa haciéndole una reverencia antes de correr a ocupar su lugar en la última barca que debía cubrir el trayecto entre Richmond y Greenwich. Se acomodó en la cubierta y contempló el palacio hasta que éste desapareció tras una de las curvas descritas por el curso del río.
    Se acabó, pensó. Acabo de cerrar uno de los capítulos más importante de mi vida. Me pregunto qué me depara el futuro.
    Philip se sentó junto a ella y le tomó una mano. Nyssa se volvió hacia él y esbozó una sonrisa triste.
    – Volvemos a casa, Philip -suspiró-. ¡Me muero de ganas de ver a papá, a mamá y a las gemelas!
    – Yo también -respondió su hermano-. Sin embargo, temo que se disgusten cuando sepan que te casaste en secreto hace tres meses. ¿Qué te parece si el tío Owen y yo nos adelantamos a caballo y os preparamos el terreno?
    – De ninguna manera -repuso Nyssa negando con la cabeza.-. Varían y yo les daremos la noticia en persona. Sé que se disgustarán, pero éste no es asunto tuyo.
    – ¡Me gustaría tener diez años más! -suspiró el joven-. Odio ser demasiado mayor para algunas cosas y demasiado joven para otras. Voy a echar mucho de menos a Helga. ¿No te parece la muchacha más hermosa del mundo? ¡Y tiene tan buen corazón!
    – ¡Philip, tú te has enamorado de ella! -exclamó Nyssa mientras su hermano se encendía hasta la raíz del cabello-. ¿Por qué no hablas con papá? Creo que la dote de Helga es muy cuantiosa.
    – ¿Crees que me escuchará? ¡Me trata como a un niño, pero yo me encargaré de recordarle que en octubre cumpliré catorce años! Podríamos empezar a preparar el compromiso. Estamos dispuestos a esperar unos tres o cuatro años.
    – Será mejor que primero hables con papá -aconsejó Nyssa-. ¡Sólo falta que te comprometas con una mujer que no sea de su agrado!
    – Varían y tú lleváis tres meses casados y no…
    – Varían y yo nos gustamos y eso es más que suficiente -le interrumpió Nyssa.
    La barca dejó atrás los pinares de Westminster, atravesó Londres y viró hacia el sureste rumbo a Green-wich. Desde su asiento, Nyssa divisó las barcas que habían partido junto con la suya y a los pasajeros que descendían de ellas. Las damas y caballeros que habían formado parte del servicio de lady Ana saltaron a tierra y desaparecieron camino de sus casas. Una sola persona permanecía inmóvil: era Varían de Winter, su marido, el hombre que iba a darle un nuevo hogar.
    – ¡No pienso dejarte marchar tan fácilmente, Nys-sa! -aseguró Catherine Howard, disgustada-. ¡Eres la única amiga que tengo y no puedes dejarme ahora! Las otras no son más que unas parásitas y unas aprovechadas. Tú eres distinta y sé que puedo confiar en ti. ¡No puedes marcharte ahora!
    – Es mi última palabra, Cat -repuso Nyssa con firmeza-. Mis padres todavía no saben lo de mi boda con tu primo y no quiero decírselo por carta. Nunca había estado separada de mi familia durante tanto tiempo y les echo mucho de menos. Además, quiero presentarles a Varían.
    Aunque aún vivía en el palacio de Lambeth con su abuela, Cat Howard tenía sus propias habitaciones en palacio. Lo que las muchachas no sabían era que aquellas eran las habitaciones que Blaze Wyndham había ocupado quince años atrás.
    Cat torció el gesto al oír las palabras de su amiga y se volvió hacia la ventana. La luz del sol se reflejaba en sus rizos castaños y les arrancaba destellos dorados. Estaba muy bonita con su escotado vestido de seda color rosa. Una gruesa cadena de oro salpicada de rubíes adornaba su cuello y lucía un anillo de piedras preciosas en cada dedo.
    – Se lo diré a Enrique y él te obligará a quedarte -insistió la testaruda joven-. Mis deseos son órdenes para él. ¡Está más loco por mí que todos los demás juntos! ¡Y a su edad!
    – :¿Qué significa eso de «todos los demás»? -quiso saber Nyssa-. ¿Has tenido otros pretendientes?
    Nyssa estaba realmente sorprendida. Tenía a Cat por una muchacha virtuosa e inocente pero a menudo la joven hacía algunos comentarios que probaban que no era así. Después de todo, ¿qué tenía de extraño que hubiera tenido otros pretendientes? Era una joven muy hermosa. Thomas Culpeper se había interesado por ella pero Cat le trataba con desprecio. Aunque no tenía dote, sabría mantenerse cerca de los poderosos e influyentes.
    – ¿Sabrás guardarme el secreto? -rió bajando la voz-. ¡Si mi tío se entera, me mata! Mi primer pretendiente se llamaba Enrique Manox. Era mi profesor de música y fue el primer hombre que me besó. Cuando vivía en Lambeth me enamoré de Francis Dereham, un caballero que trabajaba al servicio de mi tío. Mi abuela adoptiva, la duquesa Agnes, nunca adivinó lo que había entre nosotros, aunque nos costaba un mundo mantener la compostura en público.
    – Basta, Cat -interrumpió Nyssa-. No deseo saber nada más. Será mejor que cuentes esas aventurillas al rey antes de que otro lo haga por ti.
    – ¿Estás loca? Si Enrique se entera de mis travesuras de juventud mi tío se pondrá furioso. Es mejor que no lo sepa. Nadie le dirá nada porque ellos son tan culpables como yo -aseguró la joven retorciéndose las manos-. Entonces, ¿te quedarás? Oh, por favor.
    – Me voy a casa, Cat -contestó Nyssa-. Además, pronto te casarás y te irás de luna de miel. Cuando seas una mujer casada no desearás más compañía que la de tu marido. ¡El rey parece tan enamorado de ti!
    – ¿Verdad que sí? -sonrió Cat, orgullosa-. Todo el mundo dice que nunca se le había visto tan entusiasmado.
    – Considérate afortunada por tener a un hombre que te quiera tanto y corresponde a su amor. Mi madre siempre dice que cuando una mujer se porta bien con su marido éste siempre la trata bien.
    – Mi madre murió cuando yo era muy pequeña -se lamentó Cat-. Crecí en Horsham con mis hermanas y otra media docena de chiquillos y cuando cumplí quince años me llevaron a Lambeth con mi abuela, la duquesa Agnes. ¿Crees que algún día tendré hijos? Me da un poco de miedo -confesó.
    – El rey quiere hijos, Cat. Ésa es una de las razones que le han llevado a buscar una esposa joven. Inglaterra necesita un duque de York y un duque de Rich-mond que hagan compañía al príncipe Eduardo.
    – El rey ya tiene dos hijas -protestó Catherine.
    – Sabes perfectamente que una mujer no puede ocupar el trono de Inglaterra -replicó Nyssa-. Tu deber es darle esos hijos.
    – ¿Y tú? ¿Piensas dar muchos hijos a mi primo Va-rian? Lleváis tres meses casados. ¿Estás embarazada? A Varian le encantan los niños. Solía venir a Horsham a jugar con nosotros cuando éramos pequeños.
    – ¿Ah, sí? -preguntó Nyssa, súbitamente interesada-. No lo sabía.
    Cat trató de retener a su amiga unos minutos más, pero Nyssa no tardó en empezar a dar muestras de inquietud.
    – Tengo que marcharme, Cat. Llevamos casi una hora hablando. Nos espera un viaje muy largo y Varian debe estar furioso conmigo.
    – Prométeme que vendrás a verme cuando sea reina -pidió Cat poniéndose en pie y abrazando a su amiga-. ¡Prométemelo!
    – Ya veremos -contestó Nyssa evasivamente.
    – Te espero en Hampton Court las próximas Navidades -insistió la futura reina.
    – Me temo que eso no será posible, Cat. Las Navidades son unas fechas muy celebradas en Riveredge. El año pasado no pude pasar el día de mi cumpleaños con mi familia por encontrarme al servicio de la reina, pero este año pienso estar allí.
    – Ven el día de Reyes, entonces.
    – Ya veremos. Hablaré con Varían. Y yo hablaré con Enrique se dijo Cat. Ya veremos quién gana.
    Nyssa también fue a despedirse de Enrique Tudor.
    – Hacía mucho tiempo que no tenía noticias tuyas, mi rosa salvaje -dijo el rey con una amplia sonrisa. Era evidente que el amor que sentía por Catherine le había suavizado el carácter-. Estás preciosa, pequeña. Imagino que es signo de que eres feliz con el conde de March. ¿Qué dice tu madre?
    – Todavía no lo sabe, señor -contestó Nyssa-. Preferimos darle la noticia en persona.
    – Una decisión muy sensata -aprobó el rey-. Todavía no te he dado tu regalo de boda -añadió quitándose una gruesa cadena de oro y brillantes y tendiéndosela-. Vuelve a palacio cuando quieras. Has servido a mi esposa con tanta dedicación y fidelidad como tu madre y te estoy muy agradecido.
    – ¡Majestad, yo…! -exclamó Nyssa, abrumada por tanta generosidad-. Gracias, señor. Conservaré este regalo hasta el final de mis días.
    – Vete, pequeña -respondió el rey sonriendo complacido-. Te espera un viaje muy largo. Quizá os haga una visita el próximo verano, pero este año debo ocuparme de algunos asuntos de gran importancia, ¿verdad, Will? -añadió dirigiéndose a su bufón, quien asintió-. Transmite mis más sinceras felicitaciones a tus padres y diles que estoy muy satisfecho con tu trabajo en la corte.
    Nyssa besó la mano que Enrique le tendía y le hizo una última reverencia.
    – Que Dios bendiga a su majestad -dijo antes de abandonar la habitación. Aunque el monarca se consideraba un hombre comprensivo y bondadoso, Nyssa sabía por experiencia que se convertía en un monstruo cruel y despiadado cuando no conseguía salirse con la suya. Ahora que conocía las relaciones entre marido y mujer, la sola idea de tenerle como amante le hacía estremecer. ¿Cómo podía pensar Cat que estaba celosa?
    – Una vez te regañé por haber dejado marchar a su madre pero estabas tan entusiasmado con la joven Ho-ward que te negaste a escucharme -dijo Will Somers cuando Nyssa hubo desaparecido-. La historia se repite.
    – Esta vez será diferente -aseguró el rey-. Mi Catherine es una rosa sin espinas. Seré muy feliz a su lado: me dará hijos y alegrará los últimos años de mi vida. ¿Qué más puedo pedir?
    Will Somers negó con la cabeza. Aunque estaba a punto de cumplir cincuenta años y había sido traicionado en numerosas ocasiones, el bueno de Hal seguía siendo un soñador y un romántico. Will quería mucho a su señor y le dolía verle sufrir. ¿Cuánto tiempo iba a durar el idilio esta vez? Los finales felices no eran la norma en la corte. Will se acercó a la ventana y apoyó la frente en el cristal mientras veía a los viajeros partir.
    El hijo de Owen y Bliss Fitzhugh había sido enviado de vuelta a casa junto con su primo Kingsley a principios de la primavera, cuando Bliss había dicho que no había ningún motivo para que permanecieran allí una vez habían conocido la vida en palacio. Por esta razón Nyssa y Varian sólo viajaban acompañados de los condes de Marwood y el joven vizconde de Langford.
    Owen Fitzhugh decidió alquilar un coche en el que las damas podrían descansar si se fatigaban pero tanto Nyssa como su tía prefirieron iniciar el viaje a caballo. Les acompañaban carros cargados con el equipaje y hombres armados con la misión de protegerles de los salteadores de caminos. Otro coche destinado a los sirvientes y ocupado por May y Tillie en el momento de partir cerraba la caravana.
    El verano había convertido el paisaje en un estallido de luz y color y a mediados del mes de junio todavía no había caído una gota de lluvia, por lo que los caminos que rodeaban Greenwich estaban secos y polvorientos. Afortunadamente, los viajeros llevaban caballos de refresco y habían previsto alojarse en las mejores posadas en un intento de suavizar la dureza del viaje.
    El castillo de los condes de Marwood se encontraba muy cerca de Riveredge y apenas ocho kilómetros separaban ambas propiedades. Sin embargo, Bliss y Owen Fitzhugh decidieron acompañar a su sobrina en lugar de dirigirse a su casa. Deseaban estar presentes cuando ésta comunicara a sus padres la noticia de su matrimonio con Varían de Winter y ayudarla a apaciguar los ánimos. Por primera vez en su vida, Varían de Winter se sentía incapaz de dominar sus nervios. El viaje transcurrió sin incidencias hasta que un día Nyssa empezó a reconocer el paisaje y a lanzar alegres exclamaciones.
    – ¡Ya llegamos! ¡Mirad, allí está el Wye! ¡Y las flores ya han brotado!
    Su rostro estaba radiante de alegría. ¡Nunca hubiera creído que se pudiera echar tanto de menos un pedazo de tierra! La caravana dejó el camino de Londres y tomó el camino del río, que corría paralelo al curso del Wye y llevaba a Riveredge.
    – ¡Mira, Varian! -gritó espoleando a su caballo-. ¡Allí está el embarcadero de San Miguel! ¡Rumford, Rumford, soy Nyssa Wyndham! ¡He vuelto a casa!
    Un anciano sentado en un banco de madera bajo un roble se volvió al oír su nombre. Cuando reconoció al jinete que se acercaba a toda velocidad esbozó una amplia sonrisa, alcanzó su bastón y se puso en pie.
    – ¡Lady Nyssa! -exclamó-. ¡Estáis más bonita que nunca!
    – ¿Cómo va todo por el embarcadero? -se interesó la joven descendiendo del caballo y corriendo a abrazar al anciano.
    – Cada vez tengo menos trabajo. Sólo la familia y algún buhonero despistado piden que les ayude a cruzar el río. Dos de mis tres hijos han empezado a trabajar en las tierras de vuestro padre y aquí sólo queda el menor. Sus hermanos dicen que no están dispuestos a regresar y que éste puede quedarse con toda la herencia. ¡Cómo cambian los tiempos!
    – Mientras los Rumford sigan ocupándose del embarcadero todo seguirá como siempre -repuso Nyssa.
    – Tenéis razón, señora -rió el viejo Rumford-. Parece que fue ayer cuando vuestra madre llegó siendo casi una niña para casarse con lord Edmund, que Dios le tenga en Su gloria. Los Rumford nos hemos ocupado del embarcadero desde que se construyó y así será hasta el final de los tiempos -declaró, orgulloso.
    – Pronto necesitaré tus servicios, Rumford -dijo Nyssa antes de montar de nuevo y correr a reunirse con los demás.
    – ¿Quién es ese anciano? -preguntó Varian, que nunca había tenido que cruzar el río para llegar a Win-terhaven.
    – Es Rumford, el barquero -contestó Nyssa-. Su familia siempre se ha ocupado del embarcadero de San Miguel, o por lo menos así lo afirman los lugareños. Él fue quien trajo a mi madre a Riveredge cuando llegó para casarse con mi padre. Mis abuelos y mis tíos Kingsley viven al otro lado del río y nosotros les visi tamos con frecuencia. Nuestra nueva casa está muy cerca de la suya, ¿verdad? ¡Mira, Varían, allí está Rive-redge!
    Varían de Winter miró hacia donde el delgado dedo de Nyssa apuntaba y contuvo la respiración. Rivered-ge era una majestuosa construcción de ladrillo rojo con forma de hache y cuyas paredes estaban cubiertas de espesa hiedra. Un cuidado jardín salpicado de vegetación en flor rodeaba la casa.
    – Me temo que Winterhaven no es tan bonita como Riveredge -se lamentó clavando la mirada en el tejado de pizarra gris. El gran número de chimeneas que lo adornaban revelaban que en la casa había numerosas habitaciones.
    – Haremos de Winterhaven una propiedad tan grande y próspera como Riveredge -prometió Nyssa. Varían sonrió complacido: a pesar de que había pasado allí los años más felices de su vida, Nyssa no olvidaba que ahora era una De Winter.
    Detuvieron los caballos frente a la puerta principal y ésta se abrió de golpe dando paso a una joven pareja. Ella tenía los ojos de Nyssa, pero su cabello era del color de la miel; él era alto, moreno y de ojos azules y corrió a ayudar a Nyssa a desmontar.
    – Bienvenida a casa, hija mía -dijo Anthony Wyndham besándola en la mejilla.
    – Gracias, papá -contestó la joven antes de volverse hacia su madre. Blaze Wyndham advirtió que algo había ocurrido en cuanto miró a su hija a los ojos.
    – ¿Es que ya no te necesita la reina? -quiso saber-. Me alegro de verte pero me sorprendió recibir vuestro mensaje. ¿Va todo bien? -insistió mientras sorprendía a su hija intercambiando una mirada furtiva con su hermana. ¿Quién es este caballero tan atractivo?, se preguntó.
    – ¿Por qué no entramos a refrescarnos un poco?
    – propuso Nyssa tomando a Blaze del brazo-. Mientras tomamos una copa de vino os contaré mis aventuras en palacio.
    – Bienvenido a casa, muchacho -saludó Anthony Wyndham a su hijo mayor-. ¿Te ha gustado la vida de palacio?
    – Ha sido una experiencia muy interesante pero, como vos, prefiero el campo -respondió Philip-. Quiero hablaros de una mujer que he conocido allí
    – tartamudeó-. Ambos somos muy jóvenes para pensar en el matrimonio, pero nos gustaría que nuestras familias llegaran a un acuerdo y nos permitieran comprometernos antes de que termine el año. Se llama Helga von Grafsteen y es una de las damas de honor de lady Ana.
    – ¿Una extranjera? -repuso su padre torciendo el gesto-. Necesitará una buena dote para compensar por la falta de tierras en Inglaterra. Está bien, ya hablaremos -accedió.
    – Gracias, señor -contestó el joven vizconde acompañando a su padre al interior de la casa.
    Varían de Winter, cuyos asombrados ojos no se cansaban de contemplar la majestuosa decoración del salón principal de los Wyndham, fue el último en entrar. Le llamaron especialmente la atención el elevado techo con vigas de madera dorada tallada en forma de volutas y los grandes ventanales a través de los que la luz y el sol entraban a raudales. Había cuatro chimeneas, pero el día era tan caluroso que ninguna estaba encendida. La gran mesa de brillante madera de roble presidida por dos majestuosos sillones destacaba en un rincón de la habitación.
    Los eficientes sirvientes de los Wyndham entraron trayendo vino y galletas para los recién llegados. Todos vestían de manera impecable, hablaban en voz baja y hacían gala de unos modales exquisitos. El conde de March se preguntó qué pensaría Nyssa cuando viera a los ancianos criados que les aguardaban en Winterha-ven. Blaze Wyndham se volvió hacia él y le observó con abierta curiosidad.
    – ^¿No vas a presentarnos a este caballero, Nyssa? -preguntó.
    – Naturalmente -contestó la joven tomando aire-. Os presento a Varían de Winter, conde de March. Nos casamos hace tres meses. -¡Ya está!, se dijo, aliviada.
    – ¿Qué? -gritó el conde de Langford-. ¡Tú no puedes casarte con nadie sin mi permiso, jovencita! ¡Y si lo has hecho, anularé ese matrimonio inmediatamente! ¿Me he explicado con claridad?
    – Tony, deja de vociferar -intervino Blaze-. ¿Qué significa esto, Bliss? -preguntó a su hermana-. ¿Por qué no me has escrito para decírmelo? Nyssa, ¿por qué no lo hiciste tú?
    – Nyssa deseaba contároslo cara a cara y nosotros decidimos respetar su decisión -contestó Owen Fitz-hugh-. Cuando hayáis escuchado su historia Bliss y yo estaremos encantados de contestar a vuestras preguntas. Hemos cuidado de ella lo mejor que hemos podido.
    – Ya lo veo -gruñó Anthony Wyndham-. ¡La dejo a vuestro cuidado y vuelve casada con un cazador de dotes sin oficio ni beneficio!
    – Yo no soy ningún cazador de dotes -se defendió Varían de Winter-. Poseo tierras situadas al otro lado del río y una casa. Quizá hayáis conocido a mi padre; se llamaba Enrique de Winter. Yo me crié con mi abuelo.
    – ¿Y quién demonios es ese caballero? -rugió el conde de Langford, cada vez más furioso con aquel desconocido que se había atrevido a casarse con Nyssa desafiando su autoridad.
    – Thomas Howard -contestó Varían sin perder la calma.
    – ¿El duque de Norfolk?
    – Si no os importa, deseo escuchar las explicaciones de mi hija -intervino Blaze. Anthony Wyndham se enfurruñó más cuando oyó a su mujer referirse a Nys-sa como «mi hija».
    – Lo haré con mucho gusto cuando terminéis de gritaros y pediros cuentas unos a otros -respondió la joven.
    – ¡Philip! -exclamó Anthony Wyndham-. ¿Dónde demonios estabas cuando ocurrió? ¡Te pedí que cuidaras de ella! ¿Es así como me obedeces?
    – No lo supe hasta que fue un hecho consumado, señor -se disculpó el atemorizado muchacho.
    – Nos casamos el 21 de abril en la capilla real -empezó Nyssa-. El arzobispo de Canterbury y el obispo Gardiner oficiaron la ceremonia. El rey también estaba allí. En realidad fue él quien ordenó que debíamos casarnos.
    – ¿Por qué?
    – Es una historia muy larga -contestó Nyssa-. Empezaré por el principio: en cuanto su majestad vio a lady Ana de Cleves decidió que no era suficientemente bonita para ser su esposa. La princesa es una mujer inteligente y bondadosa y la actitud del rey resulta incomprensible para la mayoría de sus subditos. El caso es que ha revuelto cielo y tierra hasta conseguir que su matrimonio sea declarado nulo. Ha alegado que la unión nunca fue consumada.
    – ¿Que no se consumó el matrimonio? -interrumpió el conde de Langford en tono desdeñoso-. No me lo creo. A ese sátiro le gustan todas.
    – Es cierto, papá -aseguró Nyssa.
    – ¿Y eso qué tiene que ver con tu matrimonio con este caballero? -se impacientó Blaze-. Nyssa, no entiendo nada.
    Muy despacio, Nyssa contó a sus padres lo ocurrido aquella fatídica noche de abril.
    – ¿Y vos accedisteis a tomar parte en un plan tan malvado? -interrogó Anthony Wyndham a Varían de Winter-. Sólo un miserable se avendría a hacer algo así.
    – No tuve elección -se defendió el conde de March-. A mi abuelo le era indiferente quién lo hiciera con tal de apartar a Nyssa del camino de Catherine. Yo quiero a su hija y pensé que así la protegía de desaprensivos sin escrúpulos.
    Anthony Wyndham estaba tan furioso que los ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas y tenía la vena del cuello a punto de estallar. Sin embargo, Blaze se había quedado con las palabras que su marido había preferido ignorar: había dicho «yo quiero a su hija» y sus ojos revelaban que decía la verdad.
    – La quiere, Tony -dijo con suavidad apoyando una mano en el brazo de su marido-. Tranquilízate y mírale a los ojos. La quiere de verdad.
    – ¿Y ella? -replicó lord Wyndham-. ¿Le quiere ella? ¿Le amas, querida? Dime la verdad. Si te sientes desgraciada, removeré cielo y tierra hasta conseguir la separación. El matrimonio es algo muy serio; es una promesa para toda la vida. Di, ¿amas a este hombre, sí o no?
    – No lo sé -confesó Nyssa-. Muchos jóvenes se casan sin apenas conocerse. Cuando tú te casaste con mamá, ella estaba furiosa contigo y te detestaba pero ahora, en cambio… Varían es un buen hombre y nos llevamos bien -añadió acercándose a su padre y besándole en una mejilla-. Ahora quiero que tiendas tu mano a mi marido y que nos des tu bendición.
    – ¡Pero yo te prometí que podrías casarte con quien tú escogieras! -protestó él-. Me siento como si te hubiera defraudado. No debería haberte permitido ir a palacio pero me dejé convencer porque el rey prometió cuidar de ti como si fueras su hija. Bliss, me juraste que no le quitarías ojo -acusó a su cuñada-. ¡Me has fallado y por tu culpa mi hija se encuentra atrapada en un matrimonio desgraciado!
    – Deja de decir tonterías, Anthony -le reprendió Blaze-. Su marido la quiere tanto como tú me querías a mí cuando nos casamos. ¡Mírale bien! Sólo tiene ojos para ella. Lo que pasa es que estás celoso -acusó-. Nunca la animaste a conocer a otros muchachos de su edad porque te gustaría ser el único hombre de su vida. Lo siento mucho, pero esta vez has llegado tarde. Nyssa es una mujer casada y si tú te niegas a hacerlo, seré yo quien dé la bienvenida a nuestro yerno -añadió poniéndose de puntillas y besando a Varían de Winter-. Bienvenido a Riveredge, señor. Conocí a vuestro padre en el banquete de mi boda con Edmund Wyndham. Sois igual que él pero tenéis los ojos de los Ho-ward.
    Varían de Winter sonrió a su suegra y, tomando su mano, se la llevó a los labios.
    – Gracias por vuestras palabras, señora. Prometo cuidar de vuestra hija lo mejor que pueda.
    – Estoy segura de que cumpliréis vuestra palabra -asintió Blaze-. Tenéis mi bendición.
    – ¡Ejem! -carraspeó Anthony Wyndham mientras tendía la mano a su yerno-. Tenéis mi bendición… ¡pero si oigo a mi hija proferir alguna queja contra vos tendréis que véroslas conmigo! -amenazó-. Vuestras explicaciones no me convencen pero, ya que no puedo hacer nada para anular vuestro matrimonio, os concederé el beneficio de la duda.
    – Gracias, señor. Os repito que quiero mucho a vuestra hija y prometo no traicionar la confianza que habéis depositado en mí.
    – Bueno… -suspiró Bliss, aliviada al ver que su cu nado empezaba a tranquilizarse-. Ahora que ha quedado todo aclarado, podemos irnos a casa.
    – No tan deprisa -repuso Blaze-. ¿Dónde está Giles?
    – Lady Ana se quedará a vivir en Inglaterra -contestó su hermana-. Recibirá el tratamiento de hermana del rey y sólo sus hijas y la nueva reina ocuparán un lugar más importante en la corte. Lady Ana ha pedido a Giles que se quede con ella y él ha aceptado.
    – Giles se mueve en la corte como pez en el agua -añadió Nyssa-. Asegura que su futuro está en palacio y cree que el servicio de lady Ana es un buen lugar para iniciar una carrera brillante. Estoy segura de que muy pronto los nobles más influyentes se pelearán por él. Es muy popular allí.
    Blaze y Anthony Wyndham intercambiaron una mirada y asintieron satisfechos. El futuro de su segundo hijo estaba decidido.
    – ¿Cuándo vendrá Blaze a visitarnos? -quiso saber
    – Quizá en otoño.
    – Está oscureciendo -insistió Bliss-. Deberíamos ponernos en camino, Owen.
    – Está bien, Bliss -accedió su hermana-. Puedes marcharte ya.
    En cuanto obtuvo el permiso de Blaze, la condesa de Marwood abandonó el salón a todo correr seguida por su marido, que reía a carcajadas.
    Anthony Wyndham trocó su expresión hosca por una amplia sonrisa.
    – Pobre Bliss -rió-. Nunca la había visto tan asustada.
    – Tenía buenos motivos -añadió Nyssa.
    – Debes de estar agotada, querida -intervino Blaze-. ¿Por qué no enseñas a Varían vuestra habitación? Cenaremos a la hora de siempre.
    – ¿Dónde están mis hermanos? -preguntó la joven.
    – Bañándose en el río- contestó su madre-.Ya has olvidado cómo solías pasar las tardes de verano? Chapotear en el Wye es mucho más importante que recibir a la hermana que regresa de palacio.
    – ¿Qué edad tienen sus hijos, señora?-preguntó Varían.
    – Richard cumplirá nueve años a finales de otoño, Teddy acaba de cumplir cinco y Enrique tiene tres. Ya verás cuánto han crecido Ana y Jennie -añadió Blaze volviéndose hacia Nyssa-. Jane dice «Ma», «Pa» y «Bo» cuando quiere llamar la atención de sus hermanos. Ana es más callada y deja que sea su hermana quien hable por las dos, pero ya empieza a andar. ¿Os gustan los niños, señor? -preguntó a su yerno.
    – Sí, señora -contestó él-. Espero formar una familia tan numerosa como la vuestra. Crecí con mis tíos, pero ellos eran varios años más jóvenes que yo. La verdad es que me habría gustado tener muchos hermanos.
    – Si lo deseas, puedes quedarte hablando con mis padres -intervino Nyssa-. Yo voy a darme un baño; llevo pegado a la piel y al cabello todo el polvo de los caminos de Inglaterra. Además, he echado mucho de menos a mi vieja bañera. La que teníamos en Green-wich no era ni la mitad de cómoda. ¿Podré llevármela a Winterhaven, mamá?
    – Ya veremos -respondió Blaze-. Vamos, ve a bañarte. Nosotros nos quedaremos charlando con tu marido… a menos que él también desee refrescarse un poco.
    – Me gustaría mucho, gracias. Si me disculpan… -contestó Varían de Winter poniéndose en pie y saliendo del salón en pos de Nyssa.
    – ¿Es necesario alentar un comportamiento tan li cencioso? -gruñó Anthony Wyndham cuando se quedó a solas con su esposa.
    – ¡No seas aguafiestas! -rió Blaze-. A ti también te gusta bañarte conmigo.
    – ¡Pero Nyssa todavía es una niña!
    – Nyssa es una mujer casada y será mejor que empieces a hacerte a la idea. ¿Has pensado que podría estar embarazada? Después de todo, se casaron hace tres meses.
    – No puede ser -replicó Tony negando con la cabeza-. Nyssa es demasiado joven para ser madre y nosotros, demasiado jóvenes para ser abuelos.
    – Tuve a Nyssa con diecisiete años y ella está a punto de cumplir los dieciocho -repuso Blaze-. Está en la edad perfecta para ser madre. Lo que pasa es que te gustaría que siguiera siendo la niña de tus ojos. Ella siempre te querrá, Tony. Que se haya casado no significa que la hayas perdido, pero a partir de ahora tendrás que compartir su cariño con su marido y sus hijos.
    – ¡El tiempo pasa tan deprisa! -se lamentó Anthony Wyndham-. La última vez que la vi era una niña y en pocos meses se ha convertido en una mujer casada, en la condesa de March.
    – Los niños crecen, Tony; es ley de vida. No sé qué habría sido de nosotras sin ti -añadió besándole en la mejilla-. Te estamos muy agradecidas y estoy segura de que Edmund, que en paz descanse, no habría sido mejor padre y marido. Nyssa se ha hecho mayor y pronto nos dejará, pero todavía te quedan dos pequeñas que también necesitan de tu afecto.
    – ¿Te apetece bañarte, Blaze? -preguntó de repente haciéndole un guiño travieso-. Si Nyssa acaba convirtiéndose en una mujer tan bella y buena como su madre, Varían de Winter será un hombre muy afortunado.
    – Vamos a bañarnos -contestó Blaze poniéndose en pie y tendiéndole la mano.
    Nyssa y su marido se quedaron en Riveredge mientras los criados de Winterhaven se afanaban por ultimar los preparativos necesarios para recibir al conde y su nueva esposa, que habían anunciado su llegada para finales del mes de agosto.
    Las noticias del matrimonio de Enrique Tudor y Catherine Howard llegaron a oídos de los habitantes de Riveredge a finales de la primera semana de agosto. La pareja se había casado el 21 de julio en el pabellón de caza de Oatlands y Thomas Cromwell, el antiguo primer ministro, había sido ejecutado en la Torre el mismo día en que los Howard habían saboreado su triunfo.
    – Deberíamos hacerles un buen regalo de bodas -dijo Nyssa a su marido.
    Los recién casados iniciaron un viaje que debía llevarles a Windsor a través de Surrey, Berkshire, Graf-ton, Dunstable y More. Se aseguraba que el rey era feliz como un niño con zapatos nuevos y que parecía veinte años más joven. Se levantaba al alba, asistía a misa de siete y cabalgaba hasta las diez. Entonces comía, jugaba una partida de bolos o practicaba el tiro con arco y por la noche bailaba con su recién estrenada esposa. Apenas le dolía la pierna y estaba de un humor excelente.
    La tranquila situación internacional no requería la atención del monarca por el momento. El reino de Cle-ves había aceptado de buen grado la nueva situación de lady Ana e incluso el duque William había comentado que su hermana había salido bastante mejor parada que sus antecesoras. Por su parte, Francia y el Sacro Imperio Romano seguían pinchándose el uno al otro, pero no había peligro de que la sangre llegara al río, por lo que aquel caluroso verano de 1540 se presentaba muy agradable para Enrique Tudor. Los duques de Suffolk y Norfolk aseguraban que hacía mucho tiempo que no veían al rey tan contento.
    Nyssa se sentía indispuesta y el conde de March se vio obligado a posponer la marcha en dos ocasiones. Empezaba a pensar que se trataba de un truco para no abandonar Riveredge y así se lo hizo saber a su suegra.
    – Será mejor que esperéis hasta mediados de septiembre -le aconsejó Blaze-. Para entonces Nyssa se sentirá mejor y correrá menos riesgos. Los primeros meses son los más delicados.
    – ¿Menos riesgos? -se extrañó Varían-. ¿De qué estáis hablando, señora?
    – Entonces, ¿no te lo ha dicho?
    – ¿Decirme qué?
    – Apuesto a que ella tampoco lo sabe. Ven conmigo, Varían -dijo Blaze corriendo en busca de Tillie. Encontró a la doncella de su hija en el vestidor remendando unas enaguas-. Tillie, ¿cuándo fue la última vez que mi hija tuvo la regla? -preguntó-. Piénsalo bien antes de contestar.
    – Fue en junio -aseguró la joven.
    – ¿Y te parece normal que no haya vuelto a tenerla desde entonces? -exclamó la condesa de Langford-. ¿Por qué no me lo dijiste en cuanto llegasteis?
    Tillie parecía desconcertada. ¿Por qué tendría que haber comentado algo así con su señora? De repente, abrió unos ojos como platos y se llevó una mano a la boca.
    – ¡Oh…!
    – ¡Sí, oh! ¿Dónde está Nyssa, Tillie?
    – Está acostada -contestó la doncella-. Se ha vuelto a marear.
    Blaze entró en la habitación de su hija seguida de Varian de Winter. Nyssa estaba muy pálida y aspiraba el aroma de un pañuelo empapado en agua de lavanda.
    – ¿Cómo es posible que hayas vivido en esta casa durante diecisiete años y ni siquiera sospeches lo que te ocurre? -espetó-. Por el amor de Dios, Nyssa, ¡tienes siete hermanos!
    – ¿De qué estás hablando? -repuso Nyssa con voz débil.
    – ¿Cómo he podido criar a una hija tan despistada?
    – se exasperó Blaze-. ¡Estás embarazada, Nyssa! Está más claro que el agua. Si mis cálculos son correctos tendrás un bebé hacia finales del mes de marzo. ¡Qué alegría! ¡Voy a ser abuela!
    Nyssa palideció todavía más. Buscó a tientas la palangana que había dejado junto a la cama y vació el contenido de su estómago en ella.
    – Me siento tan mal… -gimió dejando la palangana en el suelo y enjugándose el sudor que perlaba su frente con el pañuelo-. Nunca te vi mareada cuando estabas embarazada. Pensaba que me había sentado mal el pescado que cenamos ayer. No puede ser -añadió negando con la cabeza-. Es demasiado pronto.
    – Teniendo en cuenta las horas que pasáis juntos en esta cama, es lo más natural -replicó Blaze-. Lo extraño sería que no estuvieras embarazada. Las mujeres de esta familia tenemos fama de ser las más fértiles de la comarca. Tu abuela tuvo gemelos cuando tú tenías tres meses.
    – Vamos a tener un hijo -murmuró Varian, fascinado-. Nyssa, ¿cómo podré agradecértelo?
    – Entonces, ¿estoy…?
    – Ya lo creo -aseguró su madre-. Créeme, sé de qué estoy hablando.
    – Esperaba que mi primer hijo naciera en Winter-haven, pero prefiero que Nyssa no viaje en su estado
    – dijo el conde de March-. Me temo que tendremos que abusar de vuestra hospitalidad durante una buena temporada.
    – ¡Tonterías! -replicó Blaze-. Dentro de un par de semanas dejará de sentirse mareada y estará en condiciones de viajar. Ya es hora de que conozca su nuevo hogar y de que empiece a ocuparse de los quehaceres propios de una esposa. Winterhaven ha permanecido cerrada durante tanto tiempo que tendrá que instruir a los criados y decorar la casa.
    – ¡Pero yo nunca he estado embarazada!-protestó Nyssa-. No quiero estar sola en Winterhaven. Por favor, mamá, deja que me quede aquí -suplicó.
    – Estaré a tu lado cuando llegue la hora -prometió su madre-. Además, Winterhaven está muy cerca de Ashby y si hay alguien que conoce a la perfección los secretos del embarazo y el parto, ésa es tu abuela. Ahora debo dejaros solos -añadió abriendo la puerta y saliendo de la habitación-. Tengo que dar las buenas noticias a Tony.
    – ¡Lo has hecho a propósito! -acusó Nyssa a su marido.
    – Te juro que no es así. Yo soy el más sorprendido. ¿De verdad no sospechabas nada?
    – No -confesó ella-. Nunca presté atención a mamá cuando estaba embarazada. Un día aparecía de repente con un estómago enorme y nos decía que pronto tendríamos otro hermanito. Durante ocho años Philip y yo sólo nos tuvimos el uno al otro. Los perros, los gatos y mi caballo eran mis únicas preocupaciones.
    – A mí me ocurría lo mismo. Nunca me fijé en lady Elizabeth, la segunda esposa de mi abuelo. Si alguien me hubiera preguntado si estaba embarazada o no, no habría sabido qué responder.
    – ¡Tengo que preguntar tantas cosas a mamá! -exclamó Nyssa animándose de repente y bajando de la cama-. ¿Crees que tendremos que dejar de hacer el amor? No me gustaría, pero no quiero hacer daño al bebé. Por lo menos no tendremos que regresar a la corte -sonrió-. Por muy pesada que se ponga Cat, el rey no permitirá que pongamos en peligro la vida de nuestro hijo.
    – Tienes razón -rió Varían-. Cuando te encuentres mejor nos encerraremos en Winterhaven como dos conejitos en su madriguera. Sólo recibiremos las visitas de tu familia y no volveremos a palacio si tú no quieres. Cat estará tan atareada con sus obligaciones como reina que se olvidará de nosotros.
    – ¡Varían, soy tan feliz! -dijo la joven abrazando a su marido y besándole apasionadamente-. Eres el mejor marido del mundo.
    Varían sonreía radiante de felicidad. Aquélla era la primera vez que Nyssa expresaba sus sentimientos. Estaba convencido de que aprendería a quererle pero de momento se conformaba con aquella expresión de afecto. Nyssa le consideraba un buen marido e iba a tener un hijo suyo.
    – Si es un niño, ¿podemos llamarle Thomas?
    – ¡Ni hablar! -contestó Nyssa-. No permitiré que mi hijo lleve el nombre de un hombre tan cruel y desalmado como tu abuelo. Si es un niño se llamará Ed-mund Anthony de Winter, como sus abuelos maternos. Estoy segura de que mi familia estará de acuerdo.
    – Si te empeñas en consultar a la familia, salta a la vista que los Wyndham sois muchos más que los De Winter -rió Varían-. Llamaremos Thomas al segundo, ¿de acuerdo?
    – Nuestro segundo hijo se llamará Enrique, como tu padre -aseguró la joven.
    – Entonces llamaremos Thomas al tercero -insistió Varían.
    – Está bien -accedió Nyssa esbozando una dulce sonrisa-. Le llamaremos Thomas, como nuestro querido arzobispo… ¡Pero lo haremos por el arzobispo, no por tu abuelo!
    – ¿Estás segura de que estás embarazada? Si no lo estuvieras te daría una paliza ahora mismo.
    – Si mi madre dice que estoy embarazada, es que estoy embarazada. Además, tú no vas a ponerme una mano encima.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Porque no podrás cogerme -rió Nyssa deshaciéndose del abrazo de su marido y echando a correr. Varían la siguió sin dejar de reír.

    Winterhaven se encontraba en lo alto de una colina y había sido construida en el siglo xm. Era una sólida construcción rematada por cuatro torres y coronada por cuatro almenas, lo que le confería la apariencia de un castillo señorial, una apariencia que contrastaba con su interior confortable y acogedor. La edificación estaba rodeada de un pequeño foso, poblado de maleza desde que había dejado de ser necesario utilizar el puente levadizo para proteger el castillo. El conde y la condesa de March atravesaron el puente de piedra y se detuvieron frente a la entrada principal.
    Las gruesas paredes de piedra gris impresionaron a Nyssa. Aliviada, comprobó que hacía poco tiempo que se habían cambiado las ventanas: las construcciones de aquella época solían ser demasiado lúgubres y oscuras. El edificio era hermoso, pero saltaba a la vista que había estado descuidado durante muchos años. Había mucho que hacer y se preguntaba si Varían podía permitírselo. Anthony Wyndham había ofrecido una generosa dote a Varían pero había insistido en que Nyssa conservara la casa de Riveredge y una parte de su dinero.
    – Nyssa parece tenerte cariño y no dudo de que tu amor por ella sea verdadero, pero prefiero que mi hija conserve algunas propiedades -había dicho el conde de Langford-. Nunca se sabe qué puede ocurrir. Además, ni Nyssa ni yo os escogimos como marido y yerno. Cuando nos conozcamos un poco mejor quizá cambie de opinión.
    Varian se había sorprendido al conocer las reservas de su suegro pero no le había parecido prudente expresar sus pensamientos en voz alta. La idea de que su esposa conservara sus propiedades resultaba chocante para un hombre que esperaba recibir la dote de su esposa de la manera tradicional. Sin embargo, se ponía en el lugar de Anthony Wyndham y comprendía su decisión. Quizá él hubiera hecho lo mismo si la felicidad de su hija hubiera estado en juego.
    – No soy un hombre rico -había reconocido a su suegro-, pero tampoco soy pobre como una rata. Por primera vez en mi vida voy a ocuparme de mis propiedades y la verdad es que no sé por dónde empezar.
    – ¿Tenéis arrendatarios?
    – Sí.
    – Entonces lo primero que debéis hacer es aseguraros de que el administrador haya cobrado las rentas y averiguar dónde ha ido a parar todo ese dinero -le había aconsejado Anthony Wyndham-. Si no está en vuestras arcas, comprobad que haya sido invertido en la propiedad. Tendréis que visitar cada una de las granjas y fincas y ver si están bien cuidadas. Si no es así, deberéis decidir si expulsáis a sus habitantes o les dais la oportunidad de rectificar sus malos hábitos. Todo cuanto necesitáis es un poco de sentido común -había añadido-. Habéis vivido en la corte el tiempo suficiente para aprender a juzgar a las personas. Mis trabajadores crían caballos pero antes también criaban ovejas. Si podéis permitíroslo, intentad las dos cosas. Las ovejas son un negocio muy rentable a menos que una plaga acabe con el rebaño. Mi suegro se arruinó así, pero eso ocurrió hace muchos años y la verdad es que la lana se paga a muy buen precio.
    Perplejo, Varian de Winter se rascó la cabeza.
    – ¿De dónde creéis que salen el oro y la plata que gastáis a manos llenas? -había preguntado el conde de Langford tratando de contener la risa-. Habéis vivido tanto tiempo en la corte que lo habéis olvidado. Se nota que durante todo este tiempo habéis vivido de la generosidad de vuestro abuelo, pero imagino que el dinero necesario para mantener a su familia debía salir de algún sitio. Apuesto a que tiene deudas. Los hombres acostumbrados a la buena vida de la corte suelen tenerlas, pero nosotros no podemos permitirnos tantos lujos. Tenemos que pagar los impuestos, dotar a nuestras hijas, mantener a nuestros hijos y alimentar a nuestros empleados. El bueno de Enrique Tudor no podría mantener a los parásitos de su corte sin los elevados impuestos que pagamos.
    – Esto va a ser más complicado de lo que imaginaba -se había lamentado Varian.
    – Obedeced a vuestra intuición y confiad en Nyssa. Se ha criado en el campo y es una mujer muy juiciosa.
    Varían recordó las palabras de su suegro mientras ayudaba a Nyssa a desmontar.
    – Comparada con Riveredge, Winterhaven debe parecerte horrible y pasada de moda, ¿verdad? -se adelantó el conde de March a modo de disculpa. La casa no le había parecido nunca tan triste e inhóspita como ahora.
    – Será divertido ponerla en condiciones -contestó Nyssa-. Mientras las ventanas cierren bien y las chimeneas funcionen, lo demás tiene fácil solución. Tenemos tiempo de sobra para hacer de esta casa un hogar acogedor -concluyó besándole en la mejilla.
    Una pareja de ancianos habían salido a recibirles y sus rostros arrugados estaban iluminados por una amplia sonrisa de bienvenida.
    – Bienvenidos a casa -dijeron a coro, felices de ver a sus señores.
    – 'Nyssa, te presento al señor y a la señora Browning. Ésta es mi esposa, la condesa de March -añadió dirigiéndose a los criados-. Es la hija de los condes de Langford. ¿Dónde están el resto de los criados? -inquirió.
    – Se han ido, señor -contestó Browning-. El señor Smale, el administrador, dice que mantener criados en una casa deshabitada es un gasto innecesario.
    – Hace mucho frío -intervino Nyssa-. ¿Por qué no entramos y continuamos esta conversación junto al fuego?
    Los Browning siguieron a su nueva señora dócilmente mientras Varían de Winter sonreía complacido al ver que los criados no dudaban en acatar las órdenes de Nyssa. El comedor principal de Winterhaven era una amplia estancia de forma rectangular con dos chimeneas en los extremos. La joven condesa de March se quitó el abrigo y se lo tendió a Browning.
    – ¿Sois vos quien se ocupa de la cocina, señora Browning? -preguntó, consciente de sus obligaciones-. A partir de hoy se servirá el desayuno después de la misa de la mañana. A menos que tengamos invitados importantes, será una comida muy sencilla: cereales, huevos duros, pan, jamón, queso y frutas confitadas. El almuerzo se servirá a las dos en punto y una ligera cena, a las siete.
    – Sí, señora -asintió la señora Browning-. Necesitaré ayuda en la cocina.
    – Vos conocéis a las familias de los alrededores, así que seréis la encargada de elegir a vuestras ayudantas. Deberán ser muchachas trabajadoras y bien dispuestas. Escoged a tantas como necesitéis. Yo misma las entre vistaré una por una y les asignaré diferentes quehaceres. Las que no sepan cocinar realizarán los trabajos domésticos y se ocuparán de la ropa. Soy una mujer justa y bondadosa pero no estoy dispuesta a mantener sirvientes perezosos e inmorales. Y ahora, acompañad a mi doncella a sus habitaciones y ayudadla a instalarse
    – concluyó.
    – Sí, señora -dijo la señora Browning haciéndole una reverencia. Es muy joven para ser tan severa, pensó. Saltaba a la vista que venía de una buena familia. La anciana señora Browning había oído hablar de la hospitalidad de los habitantes de Riveredge. Sus criados eran la élite de la servidumbre de la comarca y era evidente que la joven señora estaba acostumbrada a lo mejor. ¡Ya era hora de que Winterhaven tuviera una señora como Dios manda! Habían tenido que pasar treinta años pero aquel parecía el principio de una nueva y próspera era.
    Varían de Winter contempló a su esposa embelesado mientras ésta instruía a sus sirvientes con una mezcla de firmeza y dulzura. Cuando Nyssa hubo terminado de dar órdenes a la señora Browning, el conde de March se volvió hacia el viejo criado.
    – Quiero ver al señor Smale inmediatamente
    – dijo.
    – Iré a buscarle-se ofreció. Ahora sabrás lo que es bueno, Arthur Smale, pensó. El administrador llevaba quince años ocupándose de Winterhaven y, aunque era un hombre honrado y trabajador, se le acusaba de conservador. Quizá ahora que el joven señor había regresado a casa decidiera efectuar algunos cambios… a menos que fuera a regresar a la corte tras el nacimiento de su hijo.
    – ¿Habéis venido para quedaros, señor? -preguntó.
    – Sí, Browning -contestó Varían esbozando una amplia sonrisa-. Puedes decírselo a todo el mundo. Quiero llenar esta casa de niños. ¿Qué te parece?
    – ¡Una idea excelente, señor! Voy a buscar a Smale. Cada día suele regresar de los establos sobre esta hora. Durante los quince años que lleva ocupándose de estas tierras no ha llegado tarde ni un solo día. Es puntual como un reloj.
    – Os traeré galletas y un poco de vino, señora -se ofreció la señora Browning saliendo tras su marido.
    Nyssa paseó su escrutadora mirada por el amplio salón. El techo y el suelo de madera pedían a gritos ser pulidos de nuevo pero era consciente de que no podía encargar una tarea tan pesada a la anciana señora Browning. La mesa y las sillas también necesitaban desprenderse del polvo que habían acumulado durante años.
    – ¿Dónde están los tapices?
    – Mi madre bordó dos y los colgó en aquella pared, pero cuando mi padre murió los guardé en el desván. Sabía que tarde o temprano volvería y no deseaba que el sol y el polvo los echaran a perder.
    – ¿Y quién te instruyó en el cuidado y la conservación de los tapices? -preguntó Nyssa.
    – La duquesa Elizabeth, mi abuela adoptiva.
    Durante las semanas siguientes Nyssa comprobó que la casa se encontraba en un estado lamentable y que iba a tener que trabajar muy duro si quería tenerla en condiciones antes del nacimiento de su hijo. Había dejado de sufrir mareos y se sentía llena de energía. Había decidido empezar por pedir prestados a su madre algunos de sus mejores sirvientes para que éstos instruyeran a los nuevos. La señora Browning era muy querida y respetada pero no tenía edad para ocuparse de una tarea tan pesada. Sin embargo, Nyssa no deseaba hacerle sentir incómoda y olvidada y le consultaba cada decisión que debía tomar. La nuera de la anciana pareja empezó a realizar las tareas que su suegra había de sempeñado años atrás y la señora Browning pasó a empuñar un cucharón de madera y a ocupar un sillón junto a la chimenea de la cocina, posición desde la que vigilaba a las cocineras.
    El mobiliario se encontraba en buenas condiciones y las piezas más deterioradas no tardaron en recuperar el esplendor perdido. Se confeccionaron almohadones, colchas y colgaduras y se bajaron los tapices del desván. Nyssa encargó que trajeran alfombras de Londres.
    – Sólo las residencias más pasadas de moda tienen esteras en lugar de alfombras -aseguró Nyssa-. Necesitamos alfombras.
    – Pues yo vi muchas esteras en palacio -replicó Varían-. ¿Insinúas que el rey es un antiguo?
    – ¡Desde luego que sí! Además, el dinero no te servirá de excusa. Fuiste tan comedido en tus días de soltero que tenemos de sobra. Uno de los deberes ineludibles de una esposa es despilfarrar el dinero de su marido.
    El día de Santo Tomás llegó un paje trayendo un mensaje de palacio. Hacía mucho frío y el conde de March le invitó a pasar la noche en Winterhaven.
    – Mañana os daré la respuesta al mensaje de su majestad -prometió.
    El mensajero se retiró después de agradecer la hospitalidad de los condes de March. El joven había acudido a la corte en busca de fortuna, pero había tantos como él que hacía falta un milagro para hacerle destacar por encima de los demás. Sin embargo, él no perdía las esperanzas y se había afanado en cumplir al pie de la letra las órdenes de la reina Catherine: debía entregar el mensaje personalmente a los condes de March. Si la respuesta de éstos complacía a sus majestades, quizá él fuera recompensado.
    – El rey nos espera en palacio el día de Reyes -comunicó Varían a Nyssa cuando estuvieron solos-. Me temo que no estás en condiciones de viajar -añadió acariciando el abultado vientre de su esposa y estremeciéndose al sentir a su hijo moverse en su interior-. ¿Sientes no poder ir?
    Nyssa cambió de postura y trató de acomodarse en la enorme cama de madera de roble con colgaduras de terciopelo rojo que compartía con su esposo. Sentía el cuerpo hinchado como una sandía e incluso los vestidos de embarazada que su madre le había prestado le quedaban estrechos.
    – ¿Cómo voy a presentarme en palacio con esta facha? -refunfuñó-. Parezco una vaca a punto de parir. Además, no me apetece volver allí. Apuesto a que para cuando nuestro hijo haya nacido, yo me haya recuperado del parto y haya terminado de criarle, el rey habrá echado a tu prima de su cama y la habrá sustituido por otra rosa inglesa.
    – Eso será con el permiso de mi abuelo -bromeó Varían-. Recuerda que Thomas Howard es adicto al poder.
    – Sin embargo, no pudo evitar que Ana Bolena perdiera la cabeza -replicó Nyssa volviendo a cambiar de postura-. No tuvo ningún reparo en sacrificar a su sobrina para salvar el pellejo. ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?
    – ¿Por qué estás tan irritable? -preguntó su marido-. ¿Es porque no podemos pasar las Navidades en Riveredge? Tu madre asegura que no estás en condiciones de viajar. He pedido a Smale que redacte una nota para el rey. En ella dice que no te sientes con fuerzas de emprender un viaje tan fatigoso. El bueno de nuestro administrador se ha llevado un gran disgusto; esperaba que regresáramos a palacio.
    – Es un buen hombre pero ha estado haciendo su voluntad durante demasiado tiempo y creo que ha llegado la hora de pararle los pies -opinó Nyssa-. ¿Qué te parece si le sustituimos por su hijo la próxima primavera? Hemos hecho lo mismo con todos los criados demasiado mayores para desempeñar sus tareas.
    – Es una buena idea -asintió Varian-. Empiezo a cansarme de tener que dar explicaciones a todo el mundo. Soy el dueño de Winterhaven y se hará lo que yo diga.
    El mensajero partió al día siguiente llevando consigo la respuesta a la petición del rey metida en una valija de cuero para protegerla de las inclemencias del tiempo. Llegó a Hampton Court el día de Navidad y corrió a entregar el mensaje al rey.
    – ¿Cómo que no pueden venir? -preguntó la reina Catherine torciendo la boca-. ¡Me prometiste que estarían aquí el día de Reyes? ¿Cómo se han atrevido a desobedecer tus órdenes?
    – El conde de March nos pide disculpas y dice que su esposa está embarazada y no se encuentra en condiciones de emprender un viaje tan largo -explicó Enrique Tudor-. El bebé nacerá en primavera y está preocupado por lady Nyssa. ¡Ojalá tú y yo tuviéramos las mismas preocupaciones!
    – ¡Pero yo quiero ver a Nyssa! -gimoteó Catherine obviando la indirecta-. ¡La echo de menos!
    – ¿No'te he dado todo cuanto me has pedido? -replicó Enrique Tudor haciendo ademán de abrazarla-. ¿No he satisfecho cada uno de tus caprichos? ¿Qué más quieres?
    – ¡Quiero ver a Nyssa! -repitió la testaruda joven apartándose-. ¡Es mi mejor amiga! ¿De qué me sirve tener todo cuanto deseo si no puedo compartirlo con ella?
    El rey hacía grandes esfuerzos por comprender a su esposa pero no siempre lo conseguía. Catherine era la reina de Inglaterra y tenía todo cuanto una muchacha de su edad podía desear. ¿Por qué no estaba nunca satisfecha?
    – Quiero que venga en cuanto nazca el bebé -insistió Catherine-. ¡La necesito a mi lado!
    – No seas caprichosa, Catherine -trató de persuadirla el monarca-. Tendrán que pasar varios meses antes de que pueda viajar. Tardará varias semanas en recuperarse del parto y supongo que, como toda mujer del campo, querrá criar a su bebé durante dos o tres años. Para entonces, lo más probable es que vuelva a estar embarazada. Es muy posible que pasen unos cuantos años antes de que vuelvas a ver a tu amiga -concluyó-. Pero no te preocupes, querida: nosotros también tendremos hijos y estarás tan ocupada cuidando de ellos que te olvidarás de Nyssa.
    – Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma -dijo Catherine ignorando las sensatas palabras del rey-. ¿No habías dicho que íbamos a ir de viaje el próximo verano? ¡Podríamos aprovechar para acercarnos a Winterhaven!
    – Para entonces, espero que tú también estés embarazada y tampoco te encuentres en condiciones de viajar -replicó Enrique Tudor armándose de paciencia.
    ¡Niños, niños!, se dijo la reina, irritada. ¿Acaso los hombres no piensan en otra cosa? Thomas Howard no dejaba de importunarla preguntándole una y otra vez si esperaba un bebé y Enrique no hablaba de otra cosa, incluso en los momentos más íntimos en los que gruñía y sudaba junto a ella. ¡Ella quería aprovechar su juventud y disfrutar de la vida! Ya tendría tiempo de ocuparse de sus hijos cuando fuera mayor.
    El rey sentó a Catherine en su regazo y empezó a acariciarle los pechos. Había descubierto que su esposa poseía un apetito sexual casi insaciable y que aquélla era la mejor forma de contentarla cuando estaba de mal humor.
    – Está bien -accedió-. Iremos a visitar a Nyssa el próximo verano. Hay buena caza en los alrededores de Winterhaven y conozco a varios nobles que estarán encantados de recibir nuestra visita. ¿Estás contenta? -preguntó mientras buscaba la boca de la joven con insistencia. Los condes de March se habían casado tres meses antes que ellos y estaba seguro de que Catherine y él no tardarían en engendrar un hijo. Se sentía feliz como un chiquillo con zapatos nuevos.
    El día de Navidad Nyssa se levantó de mal humor. Aunque lucía un sol radiante, hacía mucho frío. Tillie acudió a ayudarla a vestirse y lo hizo sin dejar de hablar animadamente. Todo el mundo estaba contento pero ella se sentía la mujer más desgraciada del mundo. Había pasado las Navidades anteriores encerrada en palacio esperando la llegada de lady Ana pero había valido la pena perderse las celebraciones familiares. En aquellos momentos las novedades de la corte le habían parecido más emocionantes que las celebraciones tradicionales.
    Ahora era una mujer casada, estaba embarazada y vivía en una enorme casa medio deshabitada. Habría dado cualquier cosa por volver a ser Nyssa Wyndham y poder regresar a su casa. El bebé le propinó una patada y se movió en su vientre recordándole que aquellos días nunca volverían. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
    – ¿Por qué estáis triste, señora?
    Nyssa negó con la cabeza y se enjugó las lágrimas. Tillie era una mujer joven y libre y no podía entenderla.
    – ¡Mira este vestido! -se lamentó-. Todos los que me prestó mamá me quedan estrechos.
    – Habéis engordado muchísimo -admitió Tillie-. Mi madre también engordó mucho y, ante mi sorpresa, el bebé que nació era pequeño como un gatito. Mientras nazca fuerte y sano, todo saldrá bien.
    – No deja de moverse -gimió Nyssa-. Apuesto a que será titiritero. No me ha dejado dormir en toda la noche.
    – Sólo faltan unas semanas -trató de consolarla Tillie-. La primavera está a la vuelta de la esquina.
    – ¡Pero si estamos en Navidad! Faltan meses para la primavera.
    Tillie hizo todo lo posible por animar a su señora mientras le cepillaba el cabello y se lo recogía en una larga trenza que ató con un lazo rojo, pero no lo consiguió. Escogió un vestido de terciopelo color verde oscuro y se lo abrochó con dificultad. El contorno de su pecho había aumentado de tal manera que parecía a punto de salírsele por el escote.
    Nyssa contempló su abultado vientre y estalló en carcajadas.
    – Parezco una vaca -rió divertida.
    – Una vaca muy bien vestida, desde luego -añadió Tillie uniéndose a sus risas. Su señora estaba de un humor de lo más extraño: tan pronto reía como lloraba.
    Cuando estuvo vestida, Nyssa se reunió con su marido en la capilla. Estaban solos y las lágrimas volvieron a acudir a sus ojos. Se preguntaba para qué se había molestado en adornar el comedor con hojas de acebo y velas. Aquéllas iban a ser las Navidades más tristes de su vida. Cuando la misa hubo terminado, Varian de Winter la tomó de la mano.
    – Vamos a desayunar -propuso-. La nuera de la señora Browning me ha dicho que las cocineras han preparado un auténtico festín. Feliz Navidad -añadió besándola en la mejilla.
    – No tengo apetito -correspondió Nyssa con voz débil-. Prefiero acostarme un rato. Esta noche apenas he descansado.
    – De eso nada -replicó el conde-. No puedes hacer un feo así a nuestros criados. Han trabajado muy duro para tener todo listo y a tu gusto. A mí también también me habría gustado pasar estas fechas tan señaladas en Riveredge, pero ¿es ésa razón suficiente para que nos amargues las Navidades a los demás?
    Nyssa miró a su marido sorprendida. Nunca le había hablado con tanta dureza. Pero él era un hombre y no entendía sus sentimientos. Además, Varian era hijo único y no tenía ni idea de lo que era una celebración familiar. Sin darle tiempo a protestar, Varian la tomó de la mano y la arrastró hacia el comedor. Olía a pino y a laurel y un extraño rumor llegaba a sus oídos. Cuando entró en la habitación una amplia sonrisa iluminó su rostro.
    – ¡Feliz Navidad! -exclamó toda su familia a coro.
    – ¡Soy tan feliz! -sollozó la joven, que no daba crédito a sus ojos-. ¡Habéis venido todos! Feliz Navidad, mamá. Feliz Navidad, papá y Philip. ¡Giles, tú también estás aquí! Dadme un beso, Richard, Eduardo y Enrique. ¡Cuánto han crecido las gemelas! ¡Gracias, Varian, muchas gracias! -gimió apoyando la cabeza en el pecho de su esposo y estallando en sollozos. ¡Su marido era un hombre tan bueno! Se arrepentía de haber creído los ofensivos rumores que la envidiosa Adela Marlowe había extendido por palacio. Un hombre tan tierno y bondadoso con su esposa no podía ser tan malvado como algunos pretendían hacer creer.
    – Es igualita que su madre -dijo Anthony Wynd-ham-. Las mujeres de esta familia lloran por cualquier tontería. No te preocupes, Varian; llorará durante un buen rato pero está loca de alegría.
    – Mi padre tiene razón -hipó Nyssa mientras se enjugaba las lágrimas y se sonaba ruidosamente-. Es el día más feliz de mi vida.
    – ¡Nyssa, has engordado muchísimo! -advirtió BJaze-. ¿Estás segura de que no sales de cuentas hasta finales de marzo? Quizá me equivoqué al hacer los cálculos. Después de todo, os casasteis a finales de abril y a veces el período no se interrumpe desde el principio. Me parece que no voy a regresar a Riveredge -añadió-. Si la intuición no me falla, este niño está a punto de nacer. Si estallara una tormenta y no consiguiera llegar a tiempo, no me lo perdonaría nunca. Enrique y las niñas se quedarán aquí conmigo. ¿Te importa, Varían?
    – Desde luego que no -respondió su yerno-. Sed bienvenida en mi casa, señora. Me temo que no sería de mucha ayuda para una parturienta y os agradezco de corazón que hayáis decidido quedaros.
    – No diréis lo mismo cuando hayáis disfrutado de la compañía de estos diablillos durante unos días -bromeó Blaze haciéndole un guiño mientras seguía con la mirada las evoluciones de las gemelas, que perseguían a uno de los perros de Varían.
    La mesa del comedor ofrecía un aspecto inmejorable. Saltaba a la vista que las cocineras habían trabajado día y noche para cocer un jamón entero y preparar enormes bandejas de huevos con salsa de nata y vino de Marsala espolvoreados con canela. Se sirvieron copos de cereales con manzanas y peras y una enorme trucha cocinada con vino blanco, limón y eneldo hizo las delicias de los hombres. Completaban el festín una bandeja de manzanas asadas con miel caliente, uvas y nueces servidas con nata fresca, queso, hogazas de pan y mantequilla recién hecha, todo ello regado con vino tinto y cerveza. La noche cayó muy pronto y sorprendió a toda la familia reunida alrededor de la mesa.
    – ¿Cómo habéis venido? -preguntó Nyssa a sus padres-. ¿Cuándo habéis llegado?
    – Hemos cruzado el río en la barca de Rumford a primera hora de la mañana -contestó Anthony Wyndham-. Aunque todavía no había amanecido, el cielo estaba despejado y había luna llena, así que no hemos tardado en encontrar el camino.
    – Hemos llegado cuando estabais en la iglesia -añadió Blaze-. Justo a tiempo.
    Nyssa no recordaba un día de Navidad más feliz. Después de haber estado separada de ellos durante un tiempo, volvía a tener a su lado a sus seres más queridos: sus padres, sus hermanos… y su marido. Varían seguía jurando que la amaba y así lo demostraba en cada uno de sus actos. En cambio, ella sólo sentía un profundo afecto por él.
    Celebró su dieciocho cumpleaños con su familia, que había decidido prolongar su visita hasta el día de Reyes, y junto a los abuelos Morgan y otros tíos y primos que también se sumaron a las celebraciones. Cuando todos se marcharon y sólo quedaron Varían, su madre y sus hermanos pequeños, Nyssa suspiró aliviada.
    Febrero sorprendió a Varían enfrascado en el cuidado de sus rebaños de ovejas, amenazados por el mal tiempo. El abuelo Morgan solía visitarles con frecuencia para ayudar al marido de su nieta mayor en sus quehaceres.
    No habían tenido noticias de Enrique Tudor y Ca-therine desde el día que habían recibido el mensaje en el que el rey les comunicaba que él y su joven esposa se disponían a celebrar las Navidades en Hampton Court y que esperaban su visita.
    El embarazo de Nyssa siguió su curso natural pero, a medida que transcurrían los días, la joven se volvía más irritable: no estaba cómoda ni de pie, ni sentada, ni tumbada. Finalmente, el día uno de marzo se puso de parto.
    – ¡No puede ser! -exclamó sorprendida-. Todavía falta un mes.
    – ¿Cómo que no puede ser? -replicó su madre-. Pareces un globo a punto de estallar.
    – ¡Me duele! -gimió.
    Blaze ignoró las quejas de su hija y ordenó que la mesa de dar a luz fuera llevada al dormitorio de su hija y colocada junto a la chimenea encendida, que se hirviera abundante agua y que le trajeran toallas limpias. Tillie preparó la cuna y la ropa del bebé y corrió a avisar a la niñera.
    Fuera, las gotas de agua formaban cristales de hielo en la ventana y el viento soplaba con fuerza. Blaze obligó a Nyssa a caminar hasta que ésta rompió aguas. Entonces ayudó a su hija a acostarse.
    Mientras tanto, Varían de Winter esperaba impaciente en el comedor. Su suegro se había acomodado junto a la chimenea y saboreaba una copa de vino mientras charlaba con su hijo Enrique, que jugaba con un cachorrillo.
    – Var, ¿puedo quedármelo? -preguntó con su lengua de trapo. El pequeño estaba a punto de cumplir cuatro años y sus ojos color azul violeta recordaban a Varían a los de Nyssa. Su ingenua sonrisa mostraba sus dientecillos blancos de bebé.
    – Claro, Hal -contestó-. ¿Cómo le vas a llamar?
    – Cachorro -respondió el pequeño sin dudarlo un momento. Los hombres se echaron a reír de buena gana.
    Blaze comprobó asombrada que Nyssa estaba dando a luz con gran facilidad. Ella había tardado más de un día en tenerla, pero no parecía que el sufrimiento de la joven fuera a prolongarse durante demasiado tiempo. Se agachó para mirar entre las piernas de su hija y descubrió que la cabeza del bebé estaba casi fuera.
    – Cuando venga el próximo dolor, quiero que empujes con todas tus fuerzas. Enseguida terminaremos.
    La condesa de March aspiró e hizo lo que su madre le decía mientras el agudo dolor le hacía gritar.
    – ¡Ya sale, mamá!
    – ¡Empuja otra vez!
    Nyssa obedeció y segundos después el llanto de un niño rompió el silencio de la habitación. Blaze tomó al bebé y se lo entregó a su madre.
    – Felicidades, Nyssa, es un niño -dijo mientras tomaba un cuchillo y cortaba el cordón.
    – ¡Mamá, vuelvo a tener dolores! -gimió Nyssa.
    – Es la placenta.
    – ¡No lo creo! ¡Me duele igual que un momento antes de que naciera Edmund!
    Blaze abrió unos ojos como platos y sonrió ampliamente.
    – ¡Heartha, coge a lord Edmund y ocúpate de él! -ordenó a su doncella-. Tillie, no te muevas de mi lado; tu señora va a tener otro niño. ¡Son mellizos! ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Por eso habías engordado tanto y se ha adelantado el parto. Los mellizos siempre llegan antes.
    Minutos después, Nyssa había dado a luz a su segundo hijo.
    – ¿Qué es? -preguntó ansiosamente-. Si es un niño tened cuidado de no confundirle con Edmund; él ha nacido primero y es el heredero.
    – Tranquilízate, es una niña -contestó su madre-. ¡Enrique Tudor se morirá de envidia cuando se entere de que has dado dos hijos a Varían!
    – Quiero verla -pidió Nyssa. Blaze le tendió a la pequeña y la acomodó sobre su pecho. La niña tenía los ojos abiertos y buscaba los de su madre mientras emitía suaves gemidos.
    – ¿Cómo la vas a llamar?
    – No esperaba una niña -contestó Nyssa-. Si a Varían le parece bien, se llamará Sabrina, lady Sabrina María de Winter.
    – Es un nombre precioso -asintió Blaze-. Ahora será mejor que lavemos a lady Sabrina y la vistamos antes de presentarla a su padre.
    Las doncellas lavaron a los bebés, los perfumaron con aceite y los vistieron. Heartha tomó en sus brazos al heredero de Winterhaven y Tillie hizo lo mismo con su hermana.
    – Id a presentárselos a su padre y a su abuelo mientras yo me ocupo de su madre -ordenó Blaze.
    Las doncellas se dirigieron al comedor, donde Varían de Winter y Anthony Wyndham esperaban.
    – ¡Enhorabuena, señor! -dijo Heartha-. Tenéis un hijo.
    Varían de Winter se puso en pie de un salto y corrió hacia ella.
    – Y una hija -añadió Tillie.
    – ¿Un hijo y una hija? -inquirió, desconcertado.
    – Viene de familia -intervino Anthony Wyndham apoyando una mano en el hombro de su yerno-. Lady Morgan tuvo cuatro pares de mellizos: dos niñas, dos niños, y un niño y una niña como éstos. ¿Cuál es el niño?
    – Éste, señor -contestó Heartha-. La señora Nyssa dice que su nombre es Edmund Anthony de Winter.
    – Edmund Anthony… -murmuró el conde de Langford, emocionado-. ¿Estáis de acuerdo, señor?
    Varían asintió sin apartar la mirada de la diminuta criatura tan parecida a él que Heartha sostenía en sus brazos.
    – Sí -contestó-. Yo le engendré pero su madre asegura que no tengo derecho a escoger su nombre. ¿Y cómo se llama la niña? -preguntó a Tillie.
    – Lady Sabrina María de Winter.
    – ¿Cómo se encuentra lady Nyssa?
    – La señora está perfectamente. Lady Wyndham dice que ha sido un parto muy rápido y sencillo.
    Minutos después Varían de Winter fue a ver a su esposa, a quien Blaze había bañado y había puesto un camisón limpio.
    – ¿Les has visto, Varían? -preguntó-. ¿No te parecen las criaturas más perfectas del mundo?
    – La pobre Sabrina es calva -bromeó-, pero es la niña más bonita que he visto en mi vida -se apresuró a añadir cuando Nyssa le dirigió una mirada furiosa.
    – ¿Y qué me dices de Edmund? Te he dado un heredero. ¿Estás contento? ¿Qué me vas a regalar? Cuando nací, mi padre regaló a mi madre una casa y eso que yo sólo era una y además, niña. ¿Qué recibiré por dos bebés, uno de ellos un niño?
    – ¡Nyssa! -la reprendió Blaze-. ¡No seas atrevida!
    – Aquí está tu regalo -dijo Varían sacando de su bolsillo una cadena de oro y un enorme brillante en forma de pera-. Como no esperaba dos bebés, no tengo nada más -se disculpó-. ¿Qué quieres por haberme dado también una niña?
    – Un rebaño de ovejas -se apresuró a contestar Nyssa-. Invertiremos el dinero de la venta de la lana y, cuando llegue el momento de casarla, ese dinero servirá como dote.
    – Los corderos que nazcan esta primavera serán tuyos -prometió Varían. ¡Qué buena idea había tenido Nyssa! Seguramente tendrían más hijas y las hijas necesitaban generosas dotes para encontrar buenos maridos. Cuando el rey muriera, la familia Howard perdería toda su importancia e influencia en la corte y entonces sólo el oro contaría. El oro es siempre oro.
    Heartha y Tillie entregaron los bebés a Nyssa, quien les contempló arrobada. Todavía no podía creer que fueran suyos.
    – ¿Cómo me las voy a arreglar para cuidar a los dos a la vez? -preguntó a su madre.
    – Cuando beses a uno, besa también al otro o se sentirá rechazado -aconsejó Blaze-. Los mellizos dan el doble de trabajo que un bebé solo. Necesitarás la ayuda de una nodriza.
    – ¡No quiero ninguna nodriza! -protestó Nys-sa-. ¡Acabo de tenerles y les quiero para mí sola!
    – Los bebés necesitan alimentarse bien -trató de convencerla su madre-. Mira cuánto han crecido Ana y Jennie en un año. Que una nodriza me haya ayudado no significa que descuide a una de ellas. Cuando piden comida, Clara coge a una y yo a la otra. A veces es Jennie y a veces es Ana, pero ellas no se dan cuenta. Mientras tengan el estómago lleno, lo demás no les importa.
    – Haz caso a tu madre, querida; sabe de qué está hablando -intervino Varian acomodando a su hijo en los brazos de Nyssa y tomando a la niña-. Gracias por haberme dado unos hijos tan hermosos. Les bautizaremos mañana por la mañana. ¿Te parece bien que Anthony sea el padrino de los dos?
    – ¿Podríamos esperar unos días? -replicó Nyssa-. Así toda mi familia podría asistir a la celebración. Me parece bien que mi padre sea el padrino de Anthony, pero quiero que el de Sabrina sea Philip.
    – ¿Y las madrinas?
    – ¿Qué te parecen las tías Bliss y Blythe?
    – Está bien -accedió-. Tendremos que dar la noticia al rey.
    – Cuanto antes lo hagamos, mejor -asintió Nyssa-. A ver si así Cat entiende de una vez que estamos demasiado ocupados para ir a palacio a entretenerla.
    Días después, el rey recibía en el palacio de White-hall a un mensajero enviado por los condes de March.
    – «El día uno de marzo del año de nuestro señor 1541 lady Nyssa Catherine de Winter dio a luz a dos bebés, un niño y una niña -leyó-. El heredero de Winterhaven fue bautizado con el nombre de Edmund Anthony y a la niña se la ha llamado Sabrina María. Tanto la madre como los bebés se encuentran perfectamente y los condes reiteran su lealtad para con vos. ¡Dios salve a su majestad el rey Enrique, y a su esposa la reina Catherine!»
    El rey despidió al mensajero y se dejó caer en un sillón.
    – Gemelos… -murmuró-. ¡Qué no daría yo por un solo hijo! Debemos volver a intentarlo, Catherine -añadió mirándola con ojos tiernos-. Tu primo y su esposa ya nos ganan dos a cero y eso no puede ser, pequeña.
    – ¿Iremos a visitarles este verano? -preguntó Cat ignorando las palabras de su marido-. ¿Por qué no les propones que vengan de viaje con nosotros? Nyssa puede dejar a los niños al cuidado de una nodriza y regresar a palacio. ¡Tengo tantas ganas de verla! Quizá para entonces yo también esté embarazada -añadió con voz melosa-. ¿Quién mejor que Nyssa para explicarme todo cuanto debo saber sobre el embarazo y el cuidado de los niños?
    – Está bien -accedió Enrique Tudor sentándola en su regazo-. ¿Es eso lo que quieres? Sabes que tus deseos son órdenes para mí.
    – Eso es exactamente lo que deseo -aseguró Catherine besándole y acariciándole los labios con la punta de la lengua-. ¿Os gusta, señor?
    Enrique Tudor le abrió el corpino y le acarició los pechos con una mano mientras deslizaba la otra bajo su falda.
    – ¿Os gusta, señora?
    La reina desabrochó los pantalones a su marido, se sentó en su regazo con las piernas abiertas y le mordió el lóbulo de la oreja mientras se movía sobre él.
    – ¿Os gusta, señor?
    – Voy a marcarte, pequeña -masculló el rey mientras le hincaba las uñas en las nalgas.
    – ¡Sí! -gritó Catherine moviéndose cada vez más deprisa-. ¡Hazlo, Enrique Tudor! Ahhh… -gimió cuando el monarca se vació en su interior-. Enrique…
    Por favor, Dios mío, dame otro hijo, rezó el rey mientras abrazaba con fuerza a su joven esposa. Habría dado todo cuanto tenía por un hijo de aquella encantadora muchacha que tanto alegraba sus días. ¡Se sentía un hombre tan afortunado! Sólo faltaba un hijo para culminar tanta felicidad.
    – No olvides que me lo has prometido -dijo Catherine introduciéndole la punta de la lengua en la oreja-. Ordenarás a los condes de March que nos acompañen en nuestro viaje, ¿verdad?
    – Lo haré, lo haré -contestó el rey buscando su boca con insistencia. ¡Aquella descarada de rizos castaños le había quitado veinte años de encima!

TERCERA PARTE

EL PEON DE LA REINA

Hampton Court, Verano de 1541-invierno de 1542

    El rey había sufrido una recaída. Como ocurre a la mayoría de hombres de temperamento difícil e irritable, solía volverse insoportable cuando su estado de salud empeoraba. La herida que a menudo Catherine le había curado con tanto cariño y que los médicos mantenían abierta se le había cerrado de repente. Como consecuencia, tenía la pierna dolorida e hinchada como una bota pero el testarudo monarca se negaba a obedecer los consejos de sus médicos.
    – Si queréis que os baje la fiebre tenéis que beber mucho, majestad -dijo en tono severo el doctor Butts, su médico personal durante muchos años y una de las pocas personas que sabía cómo tratarle.
    – Ya bebo -gruñó Enrique Tudor-. Bebo vino y cerveza.
    – Ya os he dicho en otras ocasiones que no deberíais probar la cerveza y que tenéis que rebajar el vino con agua -respondió el doctor armándose de paciencia-. Debéis beber esta infusión de hierbas. Si lo deseáis, podéis mezclarla con un poco de sidra dulce. Ya veréis como el dolor desaparece y os baja la fiebre.
    – No me gustan vuestros brebajes -replicó el rey, enfurruñado-. Saben a pis.
    El doctor Butts tuvo que hacer grandes esfuerzos para no perder los estribos. Enrique Tudor era el paciente más rebelde que había tratado en su vida profesional.
    – Lo siento, majestad, pero vais a tener que hacer lo que os digo -replicó con voz firme-. Dejad de comportaros como un niño malcriado. Cuanto más tiempo pase, peor os encontraréis y más tardaréis en recuperar la salud. Pensad en la pobre reina y en vuestro país. ¿Cómo vais a cumplir con vuestras obligaciones como marido y rey si estáis tan débil que apenas podéis teneros en pie?
    El rey entendió a la perfección el mensaje de su médico y le miró con gesto hosco. Odiaba admitir que los demás tenían razón.
    – Está bien, está bien -refunfuñó-. Pensaré en lo que me habéis dicho.
    Enrique Tudor estaba tan acostumbrado a mandar que no soportaba recibir órdenes. Sin embargo, se sentía tan mal que estaba dispuesto a hacer una excepción. Había ordenado a Catherine que se marchara de palacio para evitar que le viera en aquel estado tan lamentable y cada tarde, cuando daban las seis en punto, enviaba unas palabras de amor a su joven esposa a través de un mensajero llamado Henage. Se consolaba pensando que por lo menos había perdido el apetito, lo que favorecía sus propósitos de adelgazar.
    Había decidido hacerse una armadura nueva pocos días antes de su boda con la reina Catherine y se había quedado de piedra cuando el armero le había tomado las medidas.
    – Un metro y treinta y siete centímetros de cintura.
    – No puede ser, inútil -había espetado el rey-. Mídelo bien.
    – Un metro y treinta y siete centímetros de cintura -había repetido el armero-. Un metro y cuarenta y cinco centímetros de pecho.
    Había sentido tanta vergüenza que inició un exhaustivo programa de ejercicio físico que no había tardado en dar los frutos deseados cuando los músculos habían sustituido a la grasa. Cuidaba su alimentación más que nunca y aquella recaída le venía como anillo al dedo para completar su régimen. Sin embargo, las amenazas del doctor había surtido efecto. Su miedo a perder su potencia sexual, y con ella la posibilidad de en-. gendrar un hijo, era tan grande que consintió en beber las infusiones recetadas por el doctor. Aunque se negaba a admitirlo, pronto se encontró mucho mejor.
    A pesar de la mejoría experimentada, seguía estando de un humor de perros. Empezaba a sospechar que los cortesanos le utilizaban para conseguir sus fines más siniestros y que abusaban de su buena fe. ¡Subiría los impuestos! ¡Así aprenderían! ¿Qué se habían creído? Últimamente pensaba mucho en el bueno de Thomas Cromwell. «El bueno de Crum era mi subdito más fiel. ¿Qué he hecho, Dios mío? ¡Yo os diré lo que he hecho, malditos parásitos! -había gritado a los caballeros que le acompañaban-. ¡He mandado asesinar a un hombre inocente! ¡Y todo por vuestra culpa!»
    Como de costumbre, Enrique Tudor prefería echar la culpa a los demás en lugar de reconocer sus errores. Se compadecía de sí mismo y nadie se atrevía a contradecirle. Hacía diez días que no veía a la reina pero todavía no se sentía con fuerzas de pedirle que regresara.
    Mientras tanto, la reina Catherine se aburría mor-talmente y maldecía al rey por haberla desterrado. Pasaba el día sentada junto a un rosal en flor en compañía de sus damas y bordando su lema, un trabajo que debía ser enmarcado en plata y presentado al rey cuando estuviera terminado. Había escogido como lema «Ninguna otra voluntad más que la suya», pero, para una mujer amante de la música y el baile como ella, aquel trabajo resultaba pesado y aburrido. Miró alrededor. La acompañaban lady Margaret Douglas, la duquesa de Richmond, la condesa de Rutland, lady Rochford, lady Edgecombe y lady Baynton. Estoy harta de ver las mismas caras cada día, se lamentó. Su tío Thomas Howard le había indicado quiénes eran las damas que debía escoger y Catherine había tenido que pedir permiso a Enrique para disfrutar de la compañía de lady Margaret Howard, su aburrida madrastra; lady Clinton; lady Arundel y su insoportable hermana; lady Elizabeth Cromwell, tía del príncipe Eduardo, hermana de la difunta reina Jane y viuda de Thomas Cromwell y, por último, la señora Stonor, la mujer que había acompañado a su prima Ana Bolena en sus últimos momentos. ¡Qué compañías tan agradables!, pensó Catherine sin poder disimular una mueca de fastidio.
    Cuando se había quejado a su tío de que ninguna de aquellas damas era de su agrado, éste había fruncido el ceño y la había regañado con severidad:
    – Ahora eres la reina de Inglaterra, Catherine y eso significa que te has convertido en una mujer noble y rica. Las mujeres nobles y ricas no se quejan de aburrimiento como si fueran jovencitas de clase baja.
    Pero Catherine se aburría y no se resignaba a que tuviera que seguir siendo así hasta el fin de sus días. Si hubiera sabido que ocupar el trono de Inglaterra era una ocupación tan tediosa no habría aceptado casarse con Enrique Tudor. Echaba de menos los días de dama de honor de lady Ana, cuando podía bromear con sus amigas y coquetear con los caballeros. ¡De buena gana se habría cambiado por lady Ana de Cleves! Afortunada ella, que se había librado de aquellas fastidiosas obligaciones y podía hacer lo que le viniera en gana sin rendir cuentas a nadie. En pocos meses, la dama poco atractiva sin una pizca de gusto para vestirse que había llegado sin hablar una palabra de inglés se había convertido en una amante de la moda y de la vida nocturna. ¡Es injusto!, se rebelaba Catherine.
    Sin embargo, a veces pensaba que lady Ana debía sentirse muy sola sin un hombre a su lado. Todavía no comprendía la aversión que su antecesora parecía sentir por el sexo opuesto. La reina había acogido las alabanzas de los caballeros de la corte con sonrisas y palabras amables pero nunca había favorecido a ninguno. Prefería jugar con ellos: les prometía el oro y el moro, pero nunca les entregaba nada. Saltaba a la vista que la princesa Elizabeth, que pasaba muchas horas junto a ella, admiraba aquel comportamiento.
    – ¿Cómo foy a escoguer a otro caballero después de haber estado casada con Hendrick? -había respondido cuando Catherine se había atrevido a preguntarle si no pensaba volver a casarse-. No hay en toda Inglaterra un hombre como él -había añadido con un brillo malicioso en sus ojos azules antes de echarse a reír. Catherine todavía no estaba segura de haber entendido el significado de aquellas enigmáticas palabras.
    A pesar de su retorcido sentido del humor, lady Ana era una compañía mucho más agradable que cualquiera de aquellas damas. Visitaba Hampton Court a menudo y mantenía excelentes relaciones con su ex marido y su joven sucesora. Catherine se había puesto algo nerviosa la primera vez que lady Ana había acudido a visitarles pero se había tranquilizado en cuanto la dama se había arrodillado a sus pies y había bajado la cabeza humildemente.'Después, se había puesto en pie, les había felicitado por su reciente matrimonio, y les había obsequiado con magníficos regalos.
    Aquella noche el rey se había retirado temprano acuciado por el dolor de su pierna enferma, pero lady Ana y la reina Catherine habían cenado y bailado juntas, ante el asombro de toda la corte. Al día siguiente, los reyes la habían invitado a cenar y los tres habían permanecido despiertos hasta altas horas de la madrugada charlando y brindando por la felicidad de los recién casados. Los cortesanos, que nunca habían visto al rey tan cariñoso con su ex esposa, observaban la desconcertante escena sin saber qué pensar.
    El día de Año Nuevo lady Ana se había presentado en Hampton Court con un magnífico regalo para Enrique Tudor y Catherine Howard: dos potros de un año de edad de color pardo y cernejas negras engualdrapados en terciopelo malva con bordes y borlas dorados. Dos pajes vestidos con libreas de color malva y dorado tiraban de las bridas de plata. Enrique y Catherine se habían mostrado encantados al recibir un regalo tan espléndido, pero se había oído murmurar a alguno de los cortesanos que lady Ana debía ser tonta de remate.
    – No lo es -había replicado Charles Branden, duque de Suffolk-. Es una dama muy inteligente y, por el momento, la única ex esposa de su majestad que está viva y goza de sus simpatías.
    Y además, se divierte, había añadido Catherine para sus adentros. Prefería su compañía a la de cualquiera de sus damas, pero era consciente de que el fomento de aquella amistad podía dar pie a toda clase de rumores malintencionados. Ojalá Nyssa estuviera aquí, suspiró. ¡La echo tanto de menos!
    Al oír el sentido suspiro de su reina, las damas levantaron la vista de su labor.
    – ¿Ocurre algo, majestad? -inquirió solícita lady Rochford.
    – Me aburro -reconoció Catherine tirando su bordado al suelo, como una niña caprichosa-. Desde que el rey enfermó hace dos semanas no hay música ni baile.
    – El que su majestad esté indispuesto no significa que no podáis distraeros un poco -intervino la duquesa de Richmond.
    – ¿Qué os parece si" llamamos a Tom Culpeper? -propuso lady Edgecombe-. Tiene una voz preciosa y toca el laúd y la espineta de maravilla.
    – Está bien -accedió Catherine tras breve reflexión-. Si a su majestad no le importa prescindir de su compañía…
    Cuando el rey recibió el recado, se apresuró a complacer a su joven esposa. Se sentía culpable por encontrarse débil y no poder dedicarle la atención que una joven tan hermosa merecía.
    – Ve y saluda a la reina de mi parte -ordenó a Tom Culpeper, uno de sus favoritos-. Dile que tenga un poco de paciencia, que pronto volveré a ser el de antes. Obsérvala con atención porque quiero que cuando regreses me cuentes cómo la has visto. Me consta que me echa de menos -añadió haciendo un guiño picaro.
    Tom Culpeper era un atractivo joven de unos veinticinco años de edad. Su cabello castaño contrastaba con sus ojos azules y su pálido rostro bien afeitado. Enrique Tudor le adoraba y le consentía como a un niño, algo de lo que Tom se aprovechaba sin escrúpulos. Como la mayoría de los caballeros que merodeaban alrededor del rey, sólo le interesaba hacer fortuna y aprovecharse de los favores del monarca.
    Tomó sus instrumentos e hizo una reverencia antes de partir.
    – Transmitiré vuestro mensaje a la reina y trataré de hacerle pasar un rato agradable -prometió.
    Las damas de la reina se arremolinaron a su alrededor en cuanto le vieron y él aceptó sus halagos con el aplomo y la indiferencia del que se sabe encantador. Había comprobado en numerosas ocasiones que su sonrisa y el brillo de sus ojos causaban estragos entre las mujeres, ya fueran solteras o casadas. Cantó y tocó durante dos horas, a veces acompañado a la espineta por la joven princesa Elizabeth, que pasaba unos días en Hampton Court visitando a su padre enfermo. Las damas murmuraban que la pequeña tocaba muy bien para ser una niña de siete años y que había heredado las hermosas manos de su madre. Cuando se hizo de noche, la princesa Bessie fue conducida a sus habitaciones y las damas se dispusieron a retirarse. Tom Culpeper se hizo el remolón y, cuando lady Rochford le indicó que debía marcharse, el arrogante joven se volvió hacia la dama.
    – Su majestad me ha enviado con un mensaje a la reina -dijo-. Insistió mucho en que se lo dijera de palabra y en que estuviéramos a solas cuando lo hiciera.
    – Dejadnos solos, lady Rochford -ordenó Cathe-rine-. Pero no os vayáis muy lejos.
    Lady Rochford se despidió con una reverencia y abandonó la habitación cerrando la puerta tras de sí. Durante unos segundos barajó la posibilidad de escuchar detrás de la puerta, pero no se atrevió.
    Tom Culpeper hizo una reverencia a la reina y recorrió su rostro y su cuerpo con la mirada. Estaba preciosa con aquel vestido cortado a la moda francesa.
    – El color escarlata os sienta muy bien -dijo con voz melosa-. Recuerdo que no hace mucho quise regalaros un retal de terciopelo del mismo color y no lo aceptasteis.
    – Sí lo acepté -replicó Catherine-. Desgraciadamente, pedíais un precio demasiado alto por él, así que decidí devolvéroslo. Y ahora decidme, ¿cuál es ese mensaje tan importante que me envía su majestad? -inquirió en tono autoritario mientras se decía que el joven músico era el hombre más atractivo que había visto en su vida. Vestía unos pantalones ajustados y Catherine se sorprendió a sí misma tratando de imaginarse la sensación de aquellas piernas enredadas en las suyas.
    Lentamente, Tom Culpeper repitió las palabras del rey sin apartar la mirada de los ojos de la reina. Aunque no era una belleza, rezumaba sensualidad por todos los poros de su cuerpo.
    – Decid a su majestad que yo también le echo de menos y que espero impaciente su regreso a mi cama. Y ahora podéis marcharos, señor Culpeper -le despidió.
    – Podéis llamarme Tom, majestad -replicó él-. Después de todo, somos primos por parte de madre.
    – En sexto grado -^puntualizó la reina para poner las cosas en su sitio.
    – ¿Te han dicho alguna vez que estás preciosa cuando te enfadas? -la azuzó Tom-. ¿Le gusta al rey besarte? Nunca he visto una boca más tentadora que la tuya.
    – Podéis iros, Culpeper -repitió Catherine con frialdad pero sin poder evitar encenderse hasta la raíz del cabello.
    – Me voy, pero sabes que puedes contar conmigo para lo que desees -dijo Tom a modo de despedida-. Sé lo duro que es estar casada con un anciano.
    Catherine meditó las últimas palabras pronunciadas por su primo. ¿Qué había querido decir? ¡Tom era un muchacho tan guapo! ¿Cómo se había atrevido a coquetear con ella, la reina de Inglaterra? Aunque, pensándolo bien, no hacían daño a nadie. Podía coquetear con él para entretenerse y seguir siendo fiel a Enrique. Nadie lo sabrá nunca, se dijo Catherine esbozando una sonrisa traviesa. De repente, había recuperado el buen humor. Dos días después, el rey regresó a su cama.
    A principios de abril la reina creyó que estaba embarazada, pero nunca se supo si había sufrido un aborto o se había tratado de una falsa alarma. Lloró de rabia y frustración pero Enrique Tudor estaba demasiado ocupado para perder el tiempo consolándola. Sir John Neville, partidario de restablecer la fe católica, había iniciado un levantamiento en Yorkshire que el rey se había apresurado a sofocar.
    Desde entonces no había hecho más que planear la marcha sobre Yorkshire y ocuparse de solucionar algunos asuntos de importancia antes de dejar Londres. El más urgente era la ejecución de Margaret Pole, condesa de Salisbury, una anciana que llevaba dos años encerrada en la Torre. Era hija del duque de Clarence, hermano de Eduardo IV, y una de los últimas descendientes de los Plantagenet. Siempre había sido fiel a los Tudor y había sido gobernanta de la princesa María durante, muchos años. Su hijo Reginald, cardenal de Pole, se había manifestado a favor del Papa y su madre se disponía a pagar los platos rotos.
    Catherine, que odiaba las injusticias, intercedió por la dama.
    – Es una anciana y siempre os ha sido fiel. Dejadla vivir sus últimos años en paz -suplicó.
    La princesa María también intercedió por su antigua gobernanta. Sin embargo, no supo ser tan sutil como Catherine y sólo consiguió encender la ira de su padre.
    – Pagaréis por esta muerte con la condenación de vuestra alma -amenazó-. Salta a la vista que habéis perdido la cuenta de vuestros pecados. ¿Qué daño os ha hecho la pobre lady Margaret? ¿Cuándo vais a aprender de vuestros errores? Otro gallo os cantaría si no os hubierais precipitado al matar a vuestro fiel Tho-mas Cromwell -añadió clavando en él sus acusadores ojos negros.
    Sólo tiene veintiséis años pero parece mucho mayor, se dijo el rey, irritado por las atinadas palabras de su hija mayor, que, como siempre, había dado en el clavo. Esa manía de vestir siempre de negro…
    – La próxima vez que vengas a verme vístete de otro color -dijo como toda respuesta a la petición de su hija.
    – No soy una traidora -fue todo cuanto dijo la condesa en su defensa.
    Su verdugo era un hombre joven y sin experiencia que tuvo que perseguir a su víctima por el cadalso hasta que los guardias la redujeron por la fuerza. Le temblaban tanto las manos que no consiguió acabar con la vida de lady Pole de un solo hachazo y necesitó de varios golpes. Los allí presentes se estremecieron al contemplar aquella carnicería y maldijeron interiormente a Enrique Tudor por actuar con crueldad innecesaria. El cardenal Pole declaró desde Roma que rezaría por el alma del monarca inglés.
    Solucionado el problema de lady Pole, el rey pasó a concentrarse en la política exterior. Francia y el Sacro Imperio Romano estaban a punto de enzarzarse en una nueva guerra y Francisco I, rey de Francia, trataba de buscar el apoyo de Inglaterra. Para ello había propuesto a Enrique Tudor casar a su hija María con su heredero, el duque de Orleáns.
    – ¡Qué buena idea! -exclamó Catherine, entusiasmada-. ¡Hacen una pareja perfecta! Después de todo, Francia y España son dos países muy ortodoxos en materia de religión. ¡Imagínate a tu hija ocupando el trono de Francia!
    La verdad era que la reina Catherine y María Tudor no se llevaban bien. Cat opinaba que su hijastra no la trataba con el respeto que merecía y María no se molestaba en disimular el desprecio que sentía por la frivola joven. Pero Enrique Tudor amaba a Catherine y María estaba pagando muy caros sus desprecios. Para empezar, su padre había apartado de su lado a dos de sus damas más fieles.
    – No me fío de los franceses -repuso Enrique-. Además, no nos conviene irritar al emperador romano.
    Recuerda que controla las rutas comerciales que unen Inglaterra y los Países Bajos. María no se casará con el duque de Orleáns -decidió-. Es mi última palabra.
    – María no es ninguna jovencita y no se encuentra en condiciones de escoger -insistió Catherine-. ¿Quién mejor que un príncipe francés para convertirse en su marido? Has rechazado a todos los pretendientes que se han atrevido a pedir su mano. ¿Cuántas ofertas tan ventajosas como ésta crees que vas a recibir?
    – Quizá María sea la próxima reina de Inglaterra -gruñó el rey-. Este país no será gobernado por un extranjero.
    – ¿Y qué me dices de Eduardo?
    – Eduardo es un niño de cuatro años. ¿Qué ocurriría si me pasara algo mañana mismo? ¿Y si muere antes que yo? Nos guste o no, María es la segunda en la línea de sucesión después de Eduardo.
    – Te voy a dar muchos hijos -prometió Catherine-. Lo primero que haré cuando vea a Nyssa será preguntarle cómo consiguió quedarse embarazada de gemelos. ¡Nosotros también tendremos dos niños a la vez! ¿Te haría ilusión tener un príncipe de York y uno de Richmond?
    Enrique Tudor se echó a reír y abrazó a su esposa. ¡A veces era tan ingenua! Cada día la quería más y nunca había sido tan feliz. ¡Ojalá fuera inmortal!, deseó.
    El rey y la reina salieron de Londres el 1 de julio llevando un numeroso séquito formado por muchos de los cortesanos que otros veranos habían decidido quedarse en sus casas. Había carrozas para las mujeres, pero éstas preferían cabalgar si el tiempo lo permitía. El enorme carro del equipaje transportaba las pesadas tiendas que se montaban al caer la noche y que alojaban a los viajeros y los utensilios de cocina.
    Mientras los criados instalaban el campamento, los cortesanos se entretenían cazando por los alrededores.
    El rey y sus acompañantes tenían fama de diezmar la vida animal de los territorios que atravesaban. El grupo se alimentaba de las piezas obtenidas en estas cacerías improvisadas y las sobras se repartían entre los mendigos que salían al paso de la caravana para pedir limosna o tocar al rey para sanar sus enfermedades.
    La caravana avanzaba sin contratiempos y los condes de March recibieron órdenes de presentarse ante sus majestades en Lincoln el 9 de agosto.
    – ¡No puedo dejar a los niños ahora! -protestó Nyssa, furiosa-. Además, todavía no me he recuperado del parto y no me siento con fuerzas para viajar. ¡Maldita seas, Cat! ¿Cómo has podido hacerme esto? Ve tú y di que he tenido que quedarme con los niños
    – pidió a su marido-. El rey lo entenderá.
    – La reina insiste en que debes acompañarme -repuso su marido-. Podemos pedir a tu madre que se instale aquí con Jane y Annie. Con los cuidados de tu madre y dos nodrizas para alimentarles, a nuestros hijos no les faltará de nada.
    – ¡Pero yo no quiero volver a la vida de la corte!
    – No nos queda otro remedio que obedecer las órdenes del rey -suspiró Varian, a quien la idea de regresar a palacio le hacía tan poca gracia como a su esposa.
    • -Me quedaré sin leche -siguió protestando Nyssa-. Acepté contratar a dos niñeras por si me ponía enferma y, aunque Susan me ha ayudado mucho, Alice tiene un hijo y…
    – Ese niño está a punto de ser destetado.
    – ¡Quieres ir!
    – Yo no quiero ir, pero sé que Catherine no dejará de importunar a su majestad hasta que consiga lo que desea -replicó su marido-. Escúchame con atención: iremos a Lincoln y les aburriremos con nuestras historias sobre la vida en el campo y la crianza de los geme los -propuso-. Pronto se cansarán de nosotros, nos enviarán a casa y nunca más reclamarán nuestra presencia en la corte. Si todo sale bien, calculo que estaremos de vuelta para el día de San Martín.
    – Supongo que tienes razón -suspiró Nyssa resignada-. Sin embargo, me da pena dejar a los niños. Sé que no podré volver a criarlos cuando regresemos.
    Pronto Nyssa estuvo tan atareada con los preparativos del viaje que apenas le quedaba tiempo para preocuparse por sus pequeños. Tillie estaba casi tan nerviosa como su señora y trabajaba más duro que nunca. El gran día se acercaba y había que confeccionar trajes de caza y de amazona y vestidos de noche. La joven se devanaba los sesos pensando cómo se las iba a arreglar para mantener las ropas de su señora limpias y presentables; una caravana no era lo mismo que Greenwich o Hampton Court. Llevarían una carroza para los condes, un carro cargado con la ropa y enseres de los-cria-dos y otro con una pequeña tienda, la ropa de cama y los utensilios de cocina. Necesitarían caballos de refresco para la carroza y tres más para cuando los condes salieran a cabalgar o a cazar con los reyes. Tillie se alegraba de poder contar con la ayuda de una muchacha llamada Patience y Toby daba gracias porque Wi-lliam, uno de los ayudantes de la cocinera, y Bob, un mozo de caballos, también les acompañaran.
    Blaze Wyndham llegó sola a Winterhaven pocos días antes de la partida de los condes de March.
    – A tu padre no le gusta dejar Riveredge en esta época del año -explicó a su hija cuando ésta le preguntó por qué no la había acompañado Anthony Wyndham-. Hay que hacer jabón, preparar las conservas, confitar las frutas y fabricar la cerveza y la sidra. No puedo supervisar todas esas cosas desde aquí -se lamentó-. Además, Anthony tiene demasiado trabajo para ocuparse de las niñas. He decidido llevarme a Edmund y Sabrina a Riveredge conmigo. Sus nodrizas también pueden venir con nosotros y son tan pequeños que no extrañarán su nueva casa. El tiempo es excelente y el viaje es tan corto que no correrán ningún peligro. Me parece que es lo más sensato que podemos hacer.
    – ¿Tú qué dices, Varian? -preguntó Nyssa volviéndose hacia su marido-. Creo que mamá tiene razón. Los niños estarán bien atendidos tanto en un sitio como en otro y papá la necesita en Riveredge. Ya que nosotros pasaremos algunos meses fuera, estoy segura de que no les importará compartir parte de la cosecha con nosotros.
    – La nuera de la señora Browning parece una joven muy capaz -opinó Blaze-. Me quedaré a pasar la noche y le enseñaré todo cuanto debe saber para mantener la casa en condiciones y prepararla para el invierno. Así, Susan y Alice tendrán tiempo de hacer su equipaje y el de los mellizos. Enrique, Jane y Annie están encantados con la visita de sus sobrinos.
    – Os felicito, señora -sonrió Varian-. Vuestro plan es excelente.
    – Entonces, todo arreglado -contestó la condesa de Langford devolviéndole la sonrisa.
    Al día siguiente, Nyssa tuvo que esforzarse para no hacer una escena cuando Blaze partió llevándose a los bebés, que aquel día cumplían cinco meses y, según su madre, se habían convertido en las criaturas más bonitas del mundo. Los dos habían heredado el cabello negro y brillante de su padre pero, mientras los ojos de Edmund eran azul violeta como los de su madre, los de Sabrina habían adoptado el color verde oscuro de los de su padre. A pesar de su corta edad, se adivinaba que tenían mucho carácter y que eran muy tozudos.
    Nyssa les besó y trató de contener las lágrimas. Blaze advirtió lo duro que le resultaba separarse de sus pequeños y trató de consolarla. -¿Comprendes ahora cómo me sentí cuando tuve que abandonarte para acompañar a la tía Bliss a palacio?
    – Sí -hipó la joven-. ¡Mamá, por favor, cuídalos bien! Volveremos a casa en cuanto podamos. ¡Si Catherine tuviera un hijo no se atrevería a pedirme esto!
    Varían no se molestó en explicar a su mujer que las reinas no crían a sus hijos como el resto de las madres, que su misión se limita a dar herederos y que esos bebés son educados por sirvientes y nobles leales al rey. Cuando la carroza de la condesa de Langford se perdió en el horizonte, rodeó los hombros de Nyssa con un brazo y dejó que apoyara la cabeza en su pecho. Sabía que no podía hacer ni decir nada para consolarla y que tendrían que pasar meses antes de que se le olvidara el disgusto y volviera a ser la misma de siempre.
    Dejaron Winterhaven para unirse a la caravana real dos días más tarde.
    – ¿Estás seguro de que el rey nos permitirá regresar pronto? -preguntó Nyssa, inquieta, antes de subir a la carroza.
    – Naturalmente -contestó Varían-. No somos ni importantes ni influyentes y, si hemos sido llamados, es porque Cat es una niña caprichosa y consentida. Entre los dos la convenceremos para que nos permita regresar pero para eso tenemos que aburrirla con nuestras historias… y para aburrirla necesitamos pasar algún tiempo con ella -añadió con un guiño malicioso-. Si se niega a entrar en razón hablaré con mi abuelo y él se ocupará de todo.
    Advirtió que Nyssa torcía el gesto al oír el nombre de Thomas Howard y sonrió para sus adentros. Su testaruda mujercita seguía maldiciendo a su abuelo y la sola idea de pedirle un favor la ponía enferma.
    – Ya encontraré yo la manera de convencer a Cat-refunfuñó la joven-. ¡No pienso rebajarme a pedir nada a ese hombre!
    – Entonces, ¿no eres feliz conmigo? -inquirió Varían-. ¿Te arrepientes de no haber anulado nuestro matrimonio cuando tu padre te lo propuso? Creo que debemos parte de nuestra felicidad a mi abuelo; si no hubiera sido por él, no estaríamos casados.
    – Tú siempre has dicho que a tu abuelo le importaba un comino lo que me ocurriera. Si no te hubieras ofrecido a llevar a cabo su plan, habría encargado a cualquier desalmado que lo hiciera por ti. ¿Y qué habría sido de mí? -siseó furiosa-. ¡Le odio!
    – Pero todo salió bien -replicó Varían-. Nos casamos y ahora tenemos dos hijos preciosos. ¿No crees que es hora de que le perdones? Es un anciano y no tiene quien le quiera. En el fondo me da pena. ¿Quién en su sano juicio envidiaría a un Howard inmerso en las intrigas de palacio? Doy gracias a Dios por ser un De Winter, vivir en el campo y tener una esposa maravillosa.
    Nyssa no replicó. Todavía guardaba rencor al poderoso duque de Norfolk y le daba rabia pensar que nunca podría llevar a cabo su venganza. Varían le había preguntado si era feliz a su lado y la verdad era que sí lo era. Quería a su marido y estaba orgullosa de él y adoraba Winterhaven y a sus hijos, pero no podía perdonar al hombre que había cambiado su destino al tomar una decisión que le correspondía tomar a ella.
    Volvió sobre sus pensamientos y abrió unos ojos como platos. ¡Se había confesado que amaba a Varían! ¿Desde cuándo venía ocurriendo? Su relación no había sufrido ningún cambio significativo en todo aquel tiempo. Simplemente, no podía imaginar su vida sin él y sus hijos. Le miró de reojo. Era muy guapo y Ed-mund y Sabrina habían heredado su rostro alargado y su nariz recta. Su madre había asegurado que se puede aprender a amar a una persona, pero ella no se había molestado en prestar atención a sus palabras. ¡Mamá tenía razón!, se dijo alborozada. Se puede aprender a amar a un hombre, sobre todo cuando se trata de un hombre tan bueno y cariñoso como Varían de Winter. Tímidamente, tiró de la manga de su chaqueta y él le preguntó qué quería.
    – Te quiero -murmuró Nyssa ruborizándose. El efecto que sus palabras produjeron en Varían hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas: su marido la miraba con auténtica adoración pero ella se sentía avergonzada y en absoluto digna de un amor tan desprendido y generoso.
    – ¿Y desde cuándo viene ocurriendo eso, señora? -inquirió él tomándole una mano y besándola.
    – Acabo de darme cuenta -contestó la joven-. Estaba pensando en cuánto odio a tu abuelo y de repente me he sorprendido a mí misma diciéndome que no podría vivir sin ti. ¡Te quiero tanto!
    Varian besó a Nyssa y ella le devolvió sus besos con más pasión que nunca.
    – Sé que te ha costado un gran disgusto, pero me alegro de que hayas dejado de criar a los niños -le susurró al oído mientras deslizaba una mano dentro de su escote y le acariciaba un pecho-. Ahora estas preciosidades vuelven a ser mías y de nadie más.
    – Yo también me alegro -confesó Nyssa ruborizándose. Le abrió la camisa y le recorrió el pecho con la mano para sentir los latidos de su corazón. Se inclinó sobre él y le recorrió el pecho y el estómago con la punta de la lengua. Fuera, la lluvia golpeaba el techo de la carroza con fuerza.
    – Siéntate en mi regazo -pidió Varían mientras se desabrochaba los pantalones.
    – ¡El cochero! -replicó Nyssa, escandalizada-. ¿Y si nos ve?
    – Tiene orden de no detenerse hasta llegar a la posada. No verá ni oirá nada.
    Nyssa se sentó sobre las rodillas de su esposo, se abrió el corpino y, apoyando las manos en los hombros de Varian, empezó a moverse sobre él. Nunca habría dicho que las mujeres hicieran el amor con sus maridos en una carroza, pensó divertida. Varian le levantó la falda y le clavó las uñas en las nalgas mientras Nyssa se decía que daría cualquier cosa por detener el tiempo en aquel instante. Sin embargo, ambos estaban tan excitados que terminaron enseguida. Se tendieron en el asiento y trataron de recuperar la respiración.
    – ¿Has hecho esto alguna vez con otra mujer? -preguntó Nyssa momentos después.
    – Me niego a contestar a esa pregunta -rió Varian.
    – ¡Lo has hecho!
    – Yo no he dicho nada -se defendió él-. Además, si lo hice fue mucho antes de conocerte y casarme contigo. Será mejor que te tapes un poco -añadió besándole la punta de la nariz y empezando a abrocharle el corpino-. No quiero organizar un escándalo en la posada.
    – Mañana pediré a Tillie que nos acompañe -sonrió Nyssa.
    – Si lo haces te daré una paliza que no olvidarás mientras vivas -amenazó Varian-. Conozco otros juegos para combatir el tedio de los viajes pero temo escandalizar a Tillie.
    – Ocupaos de vuestras ropas, señor -replicó Nyssa apartándole las manos y arreglándose el cabello.
    – Olvídate de Tillie -repitió él mientras Nyssa le dirigía una sonrisa seductora.
    De repente, todo había cambiado y cada vez que una mujer se acercaba a él los celos la invadían. ¿Era eso amor? No le encontraba defectos y sólo tenía ojos para él. Había advertido que Varian la amaba más que nunca desde que ella le había confesado su amor y había dejado de sentirse culpable por aceptar un amor que hasta ahora no había podido devolver.
    El viaje a Lincoln se convirtió en una segunda luna de miel y ambos lamentaban que tuviera que llegar a su fin. Atravesaron el condado de Worcestershire, famoso por la riqueza de sus cultivos. El maíz estaba listo para ser cosechado- y el ganado pastaba en las verdes praderas. Los frondosos bosques estaban habitados por ciervos y venados y, aunque los rebaños no eran muy numerosos, también había ovejas. La fruta, especialmente manzanas y peras, se hallaba madura y a punto para ser cogida. Los habitantes del condado fabricaban un vino de pera que llamaban Perry y que a los condes de March les pareció delicioso. Nyssa descubrió que era demasiado fuerte cuando empezó a decir tonterías después de haber bebido un par de copas.
    La región también era conocida por la belleza de su arquitectura. La mayoría de los edificios estaban hechos de madera pintada de blanco y negro y sólo las casas solariegas y las iglesias estaban construidas con la arenisca de color rojizo originaria de la comarca. Los abundantes jardines cuajados de flores llamaron la atención de Nyssa y Varian le explicó que había escogido a propósito la ruta que dejaba la ciudad de Droit-wich al sur. En esa ciudad había tres manatiales de salmuera y cuatrocientos hornos en los que la sal se secaba, por lo que el aire resultaba irrespirable.
    El condado de Warwickshire quedaba al norte del río Avon. Allí los bosques eran propiedad de los pequeños propietarios y los labradores, pero los grandes propietarios pretendían cercar los campos y arrebatarles sus derechos. Un gran agitación sacudía la comarca y los salteadores de caminos se aprovechaban de la situación.
    Decidieron pernoctar en Coventry, una ciudad fortificada que durante la Reforma había perdido su catedral y la tradición de representar los Misterios. Como consecuencia, el comercio había resultado afectado, ya que muchos pequeños artesanos vivían de vender sus productos a los peregrinos que se acercaban a presenciar las representaciones. A pesar de hallarse en plena decadencia, la ciudad conservaba su belleza.
    – ¿Por qué hay tan pocas granjas? -quiso saber Nyssa.
    – Esta tierra no es cultivable -contestó Varian-. Hay grandes depósitos de hierro y carbón bajo la superficie.
    El paisaje de Leicestershire entusiasmó a Nyssa. Apenas se veían árboles, setos o animales. El trigo, la cebada y las legumbres crecían por doquier y las plantaciones se extendían hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Los pastos eran frondosos y abundaba el ganado y los rebaños de ovejas.
    Sin embargo, aquellas tierras pertenecían a la nobleza y sus trabajadores vivían sumidos en la más absoluta pobreza. Sus cabanas de una habitación construidas con una mezcla de barro, paja y excrementos de animales mostraban signos evidentes de abandono. Aunque se producía lana en abundancia, no existía la industria necesaria para tratar aquella materia prima y mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la comarca.
    Pasaron una noche en Leicester, el centro del comercio de la piel y de las subastas de ganado y caballos. Era era una ciudad próspera, pero Nyssa advirtió que carecía del ambiente festivo de otros centros comerciales de su nativa Herefordshire.
    El viaje empezó a llegar a su fin cuando la caravana atravesó la frontera entre Leicestershire y Lincolnshire. La economía de este condado dependía del ganado y la calidad de la lana era tan buena que ésta se vendía a precios elevadísimos que sólo los forasteros podían pagar. Los juncos utilizados para construir los techos de las cabanas y el lino se extraían de los pantanos. Como ocurría en Leicestershire, los grandes propietarios controlaban la explotación de las tierras y abusaban de sus arrendatarios. Durante el viaje, Nyssa había tenido la oportunidad de observar que la estructura feudal se hacía cada vez más rígida conforme avanzaban hacia el norte del país, un área que había perdido toda su riqueza durante su rebelión contra Guillermo I.
    Nottingham había arrebatado su importancia a la ciudad de Lincoln, pero esta última seguía presumiendo de castillo y catedral majestuosa. Los condes de March llegaron allí antes que los reyes pero los carros que transportaban las tiendas se habían adelantado. Los criados se encontraban armando las tiendas a las afueras de la ciudad y Varían corrió a preguntar cuál era el lugar que él y su esposa debían ocupar. Uno de ellos señaló hacia una esquina del campamento.
    – Yo no llamaría a esto un lugar de honor precisamente -comentó Nyssa, divertida-. Después de todo, sólo soy amiga de la reina y tú, su primo.
    – Por lo menos estamos apartados del bullicio de las otras tiendas -se consoló Varían-. Nadie nos molestará. Además, la vista es excelente.
    El conde de March ayudó a los criados a montar las plataformas de madera sobre las que debían levantar las tiendas, una grande para él y su esposa y otra más pequeña para los sirvientes, esta última dividida por una cortina de manera que hombres y mujeres pudieran preservar su intimidad. La tienda de los condes de March era de lona a rayas rojas y azules y el estandarte de la familia De Winter pendía de un asta colocada sobre la entrada. En su interior, gruesas alfombras cubrían el suelo de madera y una cortina separaba el salón y el dormitorio. Nyssa había decidido incluir algu nos braseros en el equipaje porque, aunque estaban en el mes de agosto, en el norte hacía frío durante todo el ano.
    En el salón destacaban una gran mesa y varias sillas, mientras que en el dormitorio una hamaca de piel cuyos cuatro extremos habían sido atados a cuatro estacas firmemente clavadas en el suelo hacía las veces de cama. Junto a ella se encontraban los baúles que guardaban sus efectos personales y varios candelabros de bronce y lámparas de cristal que colgaban del techo iluminaban la estancia. Los criados hicieron una hoguera en el exterior de la tienda y se acercaron al río a buscar agua que calentaron sobre el fuego para que los condes pudieran tomar un baño antes de la llegada de los reyes.
    Nyssa y Varían compartieron la pequeña bañera que habían traído de Winterhaven y se secaron el uno al otro sin que al parecer el frío les importara. Tillie y Toby se habían mostrado sorprendidos y escandalizados cuando sus señores habían rechazado su ayuda.
    – Me preguntó a dónde vamos a llegar -resopló Tillie, disgustada-. Nunca pensé que llegaría el día en que viera a mi señora bañar a su marido.
    – A mí tampoco me gusta, pero me temo que nuestra opinión les trae al fresco -repuso Toby.
    – ¡Tillie, te necesito! -llamó Nyssa en ese momento-. Estoy en el dormitorio. Lord De Winter quiere que Toby acuda al salón con sus ropas. ¡Daos prisa!
    – ¿Lo ves? -sonrió Toby, satisfecho-. No pueden vivir sin nosotros.
    Los condes se vistieron con sus mejores ropas y, cuando la caravana real llegó al campamento, se encontraban listos para presentarse ante Enrique Tudor y su esposa. El vestido de Nyssa era de terciopelo azul oscuro con perlas y cuentas plateadas bordadas en el corpino y sobrefalda de brocado plateado y azul. El escote era bajo y de forma cuadrada y las mangas, vueltas en los puños, tenía forma de campana. Lucía una doble sarta de perlas alrededor del cuello y llevaba el cabello peinado en un moño recogido en una redecilla plateada. Un cinta de la que colgaba un zafiro atada alrededor de la cabeza completaba el conjunto.
    El conde vestía un traje de terciopelo color vino y
    camisa de seda adornada con chorreras en el cuello
    y las mangas. Los pantalones eran a rayas de color gra
    nate y dorado y la chaqueta estaba bordada con perlas
    y cuentas doradas. Lucía un sombrero adornado con
    plumas de avestruz y una gruesa cadena de oro alrede
    dor del cuello.
    Los nobles se instalaron en sus tiendas y los condes de March esperaron a ser llamados por el rey, como exigía el protocolo. El duque de Norfolk se acercó a saludarles. A pesar de tener setenta años, el anciano no había querido perderse el viaje. Nyssa y Varían no habían vuelto a verle desde el día de su boda.
    – ¿Queréis sentaros, señor? -preguntó Nyssa desempeñando a la perfección su papel de anfitriona, aunque Varian advirtió que estaba haciendo un gran esfuerzo por mostrarse amable-. ¿Os apetece una copa de vino?
    Thomas Howard se derrumbó en un sillón y aceptó con un gruñido la copa que Nyssa le ofrecía.
    – Buen vino, sí señor -alabó tras beber un sorbo-. ¿Cómo están mis bisnietos?
    – Preciosos, abuelo -contestó Varian mientras se decía que el duque había envejecido mucho en sólo un ano.
    – Estarían mucho mejor si sus padres no hubieran tenido que abandonarles para recorrer a caballo medio país -añadió Nyssa-. ¡Y todo para satisfacer el capricho de una niña mimada!
    – Conque ésas tenemos, ¿eh? -dijo el duque de Norfolk ignorando a Nyssa y dirigiéndose a su nieto-.¿Todavía no has conseguido domar a esta fierecilla? Es una deslenguada, pero por lo menos te ha dado dos hijos en un año. ¡Ojalá tu prima Catherine fuera tan fecunda como ella!
    Nyssa abrió la boca para protestar, pero Varian hizo un gesto autoritario y la obligó a guardar silencio.
    – ¡Cállate, Nyssa! -la reprendió-. ¿Es cierto que sufrió un aborto a finales de la primavera?
    – ¿Quién sabe? -respondió Thomas Howard-. No hay quien le saque una palabra sobre el tema. ¡Tu prima tiene el cerebro de un mosquito! -se lamentó-. Sólo le preocupa divertirse, pero el rey la adora… de momento. Me alegro de que hayas venido, jovencita -añadió dirigiéndose a Nyssa-. La reina está inquieta y se aburre y eso no es bueno. Tiene todo cuanto una muchacha de su edad puede desear pero no deja de repetir que echa de menos a su mejor amiga. Aunque no alcanzo a comprender los motivos, parece que tienes el honor de ostentar ese título. Quiero que trates de calmarla y la hagas entrar en razón.
    – Cat es una de las personas más testarudas que conozco -replicó Nyssa-. Deberíais saber que no hay forma de hacerla entrar en razón si ella se niega a ser razonable.
    – El futuro de nuestra familia está en tus manos, Nyssa -insistió el duque.
    – ¿De qué familia estáis hablando? -bufó Nyssa, furiosa-. Varian y yo somos De Winter, jno Howard. El poder y el dinero nos traen sin cuidado y todo lo que queremos es vivir en paz en Winterhaven con nuestros hijos.
    – ¡Ojalá fueras una Howard, pequeña! Pareces delicada y frágil como una rosa pero en el fondo eres dura como el hierro. ¿Eres feliz a su lado, Varian? -preguntó a su nieto-. Apuesto a que sí. Es joven y bonita y te quiere.
    – Yo también la quiero, abuelo -respondió Varían-. La quiero de.sde el día que la conocí en Hamp-ton Court. Todavía te guarda rencor por haberla engañado, pero en el fondo te está agradecida porque, a pesar de que te importaba un comino lo que le ocurriera, fuiste el artífice de nuestro matrimonio. Por esta razón Nyssa hará todo cuanto esté en sus manos por ayudarte, ¿verdad, querida? -aseguró clavando sus ojos en los de ella.
    Varían haría cualquier cosa por mí, se dijo, triunfante. Si le pidiera ahora mismo regresar a casa no dudaría en hacerlo porque me quiere.
    – Como bien ha dicho mi marido, nos quedaremos junto a la reina cuanto tiempo sea necesario -dijo con frialdad-. Trataré de ser una buena influencia para ella.
    Si tuviera diez años menos haría todo lo posible por conseguir a una mujer como ésta, pensó Thomas Ho-ward esbozando una sonrisa astuta. Nyssa era lista y orgullosa y el duque envidiaba el placer que debía proporcionar a su nieto una mujer que era toda fuego y hielo, una rosa con muchas espinas.
    – La reina te espera con impaciencia. Varían, deberías aprovechar que el rey está de un humor excelente para acercarte a presentarle tus respetos.
    Varían y Nyssa siguieron al duque de Norfolk hasta la magnífica tienda a rayas doradas y plateadas situada en el centro del campamento junto a la que decenas de cocineros uniformados preparaban la cena.
    – La reina está allí -indicó Thomas Howard a Nyssa señalando una pequeña tienda.
    Nyssa se despidió del duque con una reverencia y, cuando levantó la mirada, descubrió que su marido estaba haciendo grandes esfuerzos por contener la risa.
    – Señores… -dijo antes de desaparecer en el interior de la tienda.
    – ¡Daos prisa! -la apremió lady Rochford saliendo a su encuentro-. Su majestad empieza a impacientarse.
    La condesa de March siguió a lady Rochford y ésta la condujo hasta la habitación de la reina. Cat, vestida con un vestido de color rosa, saltó de su asiento y corrió a abrazarla ante la estupefacción de sus damas.
    – ¡Por fin! -exclamó, radiante de alegría-. ¡Me alegro tanto de verte! Ya verás qué bien lo vamos a pasar.
    Nyssa observó a su amiga. Saltaba a la vista que estaba tensa como una cuerda de laúd. Le hizo una reverencia y le dirigió una sonrisa.
    – Contadme cómo os sienta ser reina -pidió con voz suave.

    La reina Catherine estaba loca de alegría y se sentía más libre que nunca. De repente, se había encontrado rodeada de jóvenes cuya única ocupación era disfrutar de la vida y tenía a su lado a su mejor amiga para compartir con ella diversiones y secretos. Cazaban durante el día y bailaban por la noche. Enrique la acompañaba por las mañanas pero después de comer prefería echarse un rato, por lo que Catherine sólo debía pasar medio día pendiente de él.
    Nyssa no estaba tan contenta como Cat. Nunca se había sentido tan desgraciada y se preguntaba si se estaba haciendo vieja. ¿Por qué no disfruto con la música y el baile como antes?, se decía. Quizá sería diferente si no estuviera casada ni tuviera hijos. Pero había algo más. En el campamento había otras parejas recién casadas y todos parecían disfrutar. Pero Nyssa no podía dejar de pensar en el jabón, el perfume y las conservas que debía preparar antes de que el invierno se les echara encima. La nuera de la señora Browning era una joven muy capaz pero habría dado cualquier cosa por poder supervisar aquellas tareas.
    – ¿Por qué no me divierto como antes? -preguntó a su marido.
    – Por la misma razón que yo también estoy harto de cazar y divertirme como si no tuviera nada más que hacer -respondió Varian-. Nosotros somos gente de campo, no cortesanos. Sé que el señor Smale se ocupará de la cosecha y el esquileo de las ovejas, pero me gustaría estar allí.
    – Estoy preocupada por Cat -confesó Nyssa-. No sé de qué se trata, pero apuesto a que lady cara de comadreja tiene algo que ver.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Si Cat no fuera la reina de Inglaterra, diría que hay otro hombre en su vida -contestó la joven.
    Varian de Winter se estremeció. ¡Catherine tenía un amante! ¡Ojalá no fuera cierto! La anterior reina Ho-ward había perdido la cabeza por culpa de sus infidelidades y, si se confirmaban las sospechas de Nyssa, Catherine no tardaría en ser descubierta y castigada. En palacio, las paredes tenían ojos y el adulterio de una reina era considerado traición al rey.
    – Trata de averiguar qué ocurre -pidió a su esposa-. Hablaré con mi abuelo cuando confirmes tus sospechas y obtengas alguna prueba.
    – Para eso tendré que pasar más tiempo con ella
    – protestó Nyssa-. Preferiría quedarme aquí contigo
    – añadió besándole y recorriéndole un muslo con un dedo-. Siempre nos hemos entendido bien en la cama.
    – ¿Cómo puede tener tan poco sentido común?
    – se lamentó Varian muy serio-. Si es verdad que tiene un amante y el rey les descubre, que Dios nos ampare.
    – ¿Por qué dices eso? -quiso saber Nyssa-. Nosotros no somos Howards. ¿Por qué iba el rey a echarnos en cara los deslices de Catherine?
    – Tú no conoces a Enrique Tudor, pero yo crecí en palacio y sé cómo se comporta cuando las cosas salen mal. Si descubre que Cat le ha traicionado no aceptará su parte de culpa. Nunca admitirá que un hombre de su edad no debería haberse casado con una muchacha en la flor de la vida y que mi prima no es una rosa sin espinas, como él asegura, sino una cabeza de chorlito que sólo piensa en su propia conveniencia. El rey acusará de traición a todos los que le rodean, especialmente a mi abuelo. Te recuerdo que mi madre era una Howard y que yo soy su único nieto. Cat nos ha puesto entre la espada y la pared al comportarse de una manera tan irresponsable.
    – Trataré de sonsacarla -prometió Nyssa visiblemente inquieta-. Si es cierto que hay otro hombre, estoy segura de que se trata de un coqueteo sin importancia. Cat es incapaz de romper la promesa de fidelidad que le hizo al rey cuando se casó con él.
    – Espero que tengas razón -suspiró Varian estrechándola entre sus brazos y besándola.
    A partir de aquel día, y ante el regocijo de la reina, Nyssa se propuso no dejarla sola ni a sol ni a sombra. La joven estaba encantada con su compañía y daba gracias al cielo por que hubiera dejado de hablar de sus hijos a todas horas. ¡Las conversaciones sobre los hijos de las amistades le resultaban tan aburridas!
    La caravana se trasladó al puerto de Boston para que el rey pudiera satisfacer otro de sus caprichos y la reina aprovechó para navegar por el río Witham y divertirse arrojando pétalos de flores a las barcas ocupadas por sus acompañantes. Cuando hubieron terminado, el río estaba cubierto por una espesa alfombra de vivos colores.
    Días después llegaron a Yorkshire y Northumber-land e iniciaron la marcha hacia Newscastle, la última ciudad gobernada por Enrique Tudor. Varian de Winter decidió dejar a Nyssa con el resto de las damas con la esperanza de que conseguiría averiguar algo sobre la supuesta infidelidad de Catherine. Quizá su presencia intimidara a las comadres y les obligara a morderse la lengua.
    Aunque Tom Culpeper pertenecía al servicio del rey, se había aficionado a la compañía de Catherine Howard. Sir Cynric Vaughn, uno de sus mejores amigos, se había fijado en Nyssa y la importunaba sin descanso.
    – Ahora que tu marido ha dejado de seguirte a todas partes, los caballeros empiezan a revolotear a tu alrededor -dijo Cat a su amiga una tarde en que ambas se encontraban charlando con Kate Carey y Bessie Fitzgerald y recordando los viejos tiempos.
    – No me gusta que me mire con tanto descaro -repuso Nyssa-. Debería recordar que soy una mujer casada. Apuesto a que un hombre apodado Sin1 se ha ganado el nombre a pulso.
    1. Sin, pecado en inglés. Cyn (diminutivo de Cynric) se pronuncia igual (N. de la T.).
    – He oído decir que es un mal bicho -sonrió Cat bajando la voz-. Tom asegura que su afición favorita es enamorar y seducir a mujeres casadas. Ten cuidado, Nyssa. Le ha dicho a Tom que está loco por ti.
    – ¿Cómo sabéis todo eso? -preguntó Kate Carey-. Todos los caballeros de la corte os desean y en cambio a mí… Sé que acabaré casada con un tipo aburrido con el que nunca conoceré qué es abandonarse a la pasión.
    – Quizá los hombres empiecen a fijarse en ti cuando seas una mujer casada -intervino Bessie haciéndole un guiño picaro-. Saben que jugar con una muchacha virgen puede traerles muchos problemas.
    – Eso es verdad -asintió la reina-. Pero no es menos cierto que los hombres son tan impacientes que a menudo no se fijan si la mujer con quien acaban de acostarse es virgen o no. ¡Es tan fácil engañarles!
    Nyssa no daba crédito a sus oídos. ¡Aquélla no era su Cat! La dulce muchacha a quien había conocido un año y medio antes se había convertido en una mujer cínica y amargada. Sin embargo, decidió morderse la lengua por miedo a ser acusada de mojigata.
    – ¿Estáis segura de lo que habéis dicho, majestad? -inquirió la curiosa Kate Carey-. Cuando Nyssa se casó con lord De Winter, mi tío, el rey, ordenó que a la mañana siguiente le fuera presentada la prueba de que el matrimonio había sido consumado. Esa prueba era un sábana con las manchas de sangre que probaban que la novia era virgen. ¿Qué habría ocurrido si no hubiera habido sangre? Su marido habría concluido que Nyssa había estado con otros hombres antes.
    – No seas tonta, Kate -replicó Cat-. Conozco a más de una mujer que ha conseguido engañar a su marido en su noche de bodas con la ayuda de una bolsita llena de sangre de cualquier animal.
    – Pero la mujer puede quedar embarazada si permite que su amante se tome demasiadas libertades -insistió Bessie.
    – Os aseguro que existen maneras de estar con un hombre sin quedar embarazada -afirmó Catherine bajando la voz y esbozando una sonrisa traviesa.
    Nyssa la miraba boquiabierta y se preguntaba si la reina había adquirido todos aquellos conocimientos durante el último año o había puesto en práctica aquellas artimañas antes de casarse con Enrique Tudor.
    – ¡Vamos a bailar! -exclamó Catherine poniéndose en pie-. Kate, ve a buscar a los músicos -ordenó-. Di a todos los caballeros que encuentres en el campamento que deseo que se unan a nosotras.
    Minutos después, los músicos tocaban alegres melodías, las damas bailaban y los criados servían vino dulce y barquillos. Sir Vaughn, que observaba con atención las evoluciones de las damas, se dijo que la condesa de March era la mujer más hermosa que había visto nunca. Su frialdad para con los extraños y su ac titud de mujer orgullosa y respetable la hacían todavía más atractiva a sus ojos. Cynric Vaughn era un joven alto y delgado a quien todas las damas tenían por un caballero encantador. Cada vez que se sumía en sus pensamientos entornaba sus ojos grises hasta casi borrarlos de su rostro y su abundante y rizado cabello castaño estaba salpicado de hebras doradas que brillaban bajo el sol. Un gracioso hoyuelo adornaba su barbilla cuadrada y hacía sonreír a las damas cuando éstas le hablaban.
    Cuando el baile hubo terminado, tomó una copa de vino y se acercó a Nyssa. Su compañero de baile olió el peligro y se apresuró a desaparecer.
    – Señora… – dijo tendiéndole la copa. Nyssa tenía las mejillas arreboladas y respiraba con dificultad.
    – Gracias, sir Vaughn – sonrió ella tomando la copa. Sabía que no tenía más remedio que ser amable con él. Era amigo de Tora Culpeper y éste compartía con él todos sus secretos. Nyssa había advertido que el joven músico aprovechaba las frecuentes ausencias del rey para rondar a Catherine. Tanto él como la reina se comportaban correctamente, pero habría jurado que se traían algo entre manos. ¿Eran imaginaciones suyas o alguien más se había dado cuenta? -. ¿No os gusta bailar, señor? – preguntó.
    – No se me da muy bien – contestó él tomando una mano de Nyssa entre las suyas -. Pero sé hacer otras cosas…
    – ¿Estáis coqueteando conmigo?
    Cynric Vaughn enarcó las cejas, sorprendido. La mayoría de las mujeres solían derretirse ante sus atenciones en lugar de replicarle con mordacidad.
    – Me temo que sí -contestó -. ¿Os molesta?
    – Soy una mujer casada.
    – Entonces será mejor que pida permiso a vuestro marido.
    Nyssa se echó a reír. Tenía que admitir que era una respuesta muy aguda y que el joven tenía sentido del humor.
    – Varían tiene muchas admiradoras, así que no creo que le importe que otros caballeros se fijen en mí. ¿Por qué me miráis así?
    – Sois muy hermosa.
    – Y vos muy peligroso -replicó Nyssa soltándole la mano y alejándose tras devolverle la copa medio vacía.
    Cynric Vaughn estalló en carcajadas. Había conseguido sacar a la presa de su escondrijo y la caza estaba a punto de empezar. Nyssa era una mujer fascinante y estaba decidido a tenerla.
    – Ea miras demasiado, Sin -dijo Tom Culpeper, que había observado la escena y se había acercado a su amigo-. Siento desilusionarte, pero pierdes el tiempo. Su majestad dice que lady De Winter es virtuosa hasta el aburrimiento. Te aconsejo que escojas una presa más fácil.
    – Ni hablar -replicó Vaughn-. Todavía no sé cómo lo conseguiré, pero juro que esa mujer será mía.
    – Ten cuidado, amigo -le advirtió Tom Culpeper-. El rey la adora y fue amante de su madre hace quince años. ¿Conoces la historia de su boda con lord De Winter? El conde estaba a punto de seducirla cuando el rey les sorprendió. Se puso furioso y ordenó que se casaran inmediatamente y que a la mañana siguiente le fuera mostrada la prueba de que el matrimonio había sido consumado. Así se aseguraba de que el conde no repudiara a la joven y se quedara con el dinero de la dote.
    – Entonces se casaron obligados y no por amor… -murmuró Cynric, pensativo.
    – Parece que se llevan bien -le informó Tom-. Tienen dos hijos de corta edad.
    – ¿Y cómo van tus conquistas? -preguntó Cynric Vaughn cambiando de tema.
    – No te equivoques conmigo. Soy un hombre ambicioso y deseo llegar a lo más alto, como hizo Charles Branden hace treinta años. Ha llovido mucho desde entonces y el rey se ha convertido en un anciano y un calzonazos. He descubierto que la mejor forma de conseguir mis objetivos es ganarme a la reina.
    – ¡Es la excusa más original que he oído en mi vida! -rió su amigo-. Deja que te diga algo: si os descubren, la reina nunca confesará que le gustas. Te acusará de haberla violado y te aseguro que el rey no olvidará tan fácilmente como cuando tuviste aquel «accidente» con la mujer del guardabosques. Atrévete a poner una mano encima a su rosa sin espinas y serás decapitado. ¿Crees que vale la pena?
    – La reina es mi prima y mi amiga -replicó Tom Culpeper dando la discusión por finalizada-. Nada más.
    La caravana recorrió los condados de Yorkshire y Northumberland deteniéndose en los lugares donde había buena caza. A Nyssa le gustaba aquel deporte pero, cuando se cansaba de perseguir y acorralar a su presa, se sentía incapaz de matarla. Como la mayoría de las mujeres criadas en el campo, era una amazona excelente.
    Una tarde, su caballo empezó a cojear y pronto quedó rezagada. Para colmo, había empezado a llover y la joven buscó un lugar donde guarecerse. Divisó a lo lejos una vieja abadía en ruinas y corrió a refugiarse. Desmontó de un salto y examinó a su yegua.
    – ¡Maldita sea! -se lamentó. En ese momento oyó la voz de un hombre y dio un respingo. Se volvió y descubrió que Cynric Vaughn la había seguido hasta allí.
    – ¿Estáis bien, señora?
    – Mi yegua se ha clavado una piedra y no puedo sacársela.
    – ¿En qué pata? -preguntó Cynric Vaughn arrodillándose y sacando su navaja-. Ya está. Puede andar perfectamente pero os aconsejo que esperéis a que deje de llover.
    Nyssa advirtió que lo que había empezado como un pequeño chaparrón se había convertido en un aguacero torrencial y decidió aprovechar la oportunidad para sonsacarle.
    – ¿Cuánto tiempo lleváis en palacio? -empezó-. No recuerdo haberos visto el año pasado.
    – Mucho -contestó él, enigmático.
    – Sois muy amigo de Tom Culpeper, ¿verdad? -preguntó adoptando su expresión más inocente.
    – Así es, pero permitidme que os dé un consejo: olvidaos de él; su amante es muy celosa.
    – Os recuerdo que soy una mujer casada.
    – ¿Dónde he oído eso antes? -replicó Cynric Vaughn esbozando una sonrisa burlona-. ¿Estáis casada de verdad o necesitáis repetir lo mismo cada cinco minutos para convenceros? -añadió alargando una mano y acariciándole un mechón de cabello.
    – Hay quien dice que sois un hombre malvado y empiezo a pensar que tienen razón -dijo Nyssa pestañeando seductoramente. Se estaba divirtiendo mucho. Cynric Vaughn era un hombre muy atractivo y tenía ganas de que la besara. Sentía curiosidad por averiguar cómo sabían los besos de otros hombres y, aunque sabía que hacía mal, se decía que sólo sería un besito sin importancia.
    – Sois deliciosa -murmuró él sujetándola por la barbilla y rozándole los labios con los suyos-. Quiero haceros el amor aquí y ahora. Pensad en los fantasmas de los monjes que nos estarán observando mientras damos rienda suelta a nuestra pasión -añadió enlazándola por la cintura y acariciándole los pechos.
    – ¡No tan deprisa, señor! -exclamó Nyssa desasiéndose de su abrazo-. ¿Por quién me habéis tomado? Mirad, ha dejado de llover. Será mejor que regresemos con los demás antes de que nos echen de menos
    – añadió y, sin esperar a que él la ayudara, montó de un salto-. ¿Venís, señor? -preguntó antes de poner a su yegua al galope y desaparecer a toda velocidad.
    Cynric Vaughn sonrió para sus adentros. La joven no dejaba de repetir que era una mujer casada pero su cuerpo pedía a gritos ser amado. Ya tendría tiempo de intentar otro asalto.
    La caravana visitó la ciudad de Newcastle y a finales del mes de agosto llegó al castillo de Pontefract, donde tenía previsto permanecer durante una semana.
    La reina y sus damas se entretenían jugando a las cartas cuando el tiempo no les permitía divertirse al aire libre. Una tarde, lady Rochford se acercó a Catherine y le susurró al oído que un caballero deseaba verla.
    – ¿De quién se trata? -inquirió la reina.
    – Se llama Francis Dereham y dice que viene de parte de vuestra abuela, la duquesa Agnes. Desea ocupar el puesto de secretario de su majestad.
    Catherine palideció y se sintió desfallecer, pero consiguió recuperar la compostura antes de que lady Rochford advirtiera su inquietud.
    – Recibiré al señor Dereham en mi habitación
    – dijo poniéndose en pie-. Si le ha enviado mi abuela, debo ser amable con él.
    El corazón se le salía por la boca. ¿Qué quería? ¿Lo mismo que Joan Bulmer y el resto de parásitos que habían acudido a pedirle una colocación en palacio tras amenazarla con revelar algunos detalles de su vida en el palacio de Lambeth?
    Lady Rochford abrió la puerta y cedió el paso a un caballero..
    – Majestad, el señor Dereham. Francis Dereham se descubrió e hizo una reverencia a la reina.
    – Es un honor volver a veros, majestad -empezó-. Lady Agnes os envía un cariñoso saludo.
    – Dejadnos a solas, por favor -pidió Catherine a lady Rochford, quien se apresuró a retirarse. La reina observó al hombre arrodillado a sus pies. Era moreno, lucía una cuidada barba y un pendiente en una oreja y sus ojos tenían un brillo malicioso-. ¿Qué queréis, señor? -preguntó con frialdad.
    – ¿Qué significa esto, mi pequeña Cat? -replicó él esbozando una amplia sonrisa. Cat comprobó que seguía teniendo una boca preciosa y una dentadura perfecta-. Acabo de llegar de Irlanda. ¿No me dedicas unas palabras de bienvenida?
    – ¿Estáis loco? -exclamó ella, enojada-. ¿Cómo os atrevéis a dirigiros a vuestra reina en ese tono? Decid de una vez qué queréis y esfumaos.
    – Quiero que me ayudes a hacer fortuna en la corte -contestó Francis Dereham-. Es lo mínimo que una mujer puede hacer por su marido.
    – Nosotros no somos marido y mujer.
    – ¿Has olvidado las promesas de amor que nos hicimos hace sólo tres años? Yo no.
    – Entonces tenía sólo catorce años y no sabía de qué estaba hablando -replicó Cat-. Además, no podéis probar que ocurriera nada entre nosotros. Si os atrevéis a organizar un escándalo, me aseguraré de que acabéis vuestros días bajo el hacha del verdugo. Ahora soy la reina de Inglaterra y me debo al rey.
    – Nuestra relación no era ningún secreto -continuó él-. Casi todos los habitantes de Lambeth estaban al corriente de lo que ocurría entre nosotros. Un pajarito me ha dicho que Joan Bulmer y las otras doncellas han conseguido puestos muy jugosos. ¿Por qué no puedes ser amable también conmigo? La duquesa Ag-nes dice que podría ser un excelente secretario. ¿Tú que opinas?
    – No necesito ningún secretario.
    – Piénsalo bien, Cat -insistió Francis Dereham.
    – Antes de tomar una decisión debo consultar al rey -replicó Catherine.
    – Tus deseos son órdenes para él. Tú misma lo proclamas a los cuatro vientos y te sientes orgullosa de ello.
    Catherine le dirigió una mirada cargada de odio. Francis Dereham la tenía en sus manos.
    – Está bien -accedió finalmente-. Podéis trabajar como mi secretario personal durante una temporada. Ahora, marchaos; quiero estar sola.
    Catherine se volvió de espaldas y esperó hasta que Francis Dereham hubo abandonado la habitación. Cogió el primer objeto que encontró y lo lanzó con fuerza contra la pared.
    – ¡Nyssa! -sollozó-. ¡Ven, te necesito!
    Las damas de la reina oyeron los gritos de su señora y se miraron extrañadas. Nunca la habían oído gritar así. Nyssa se puso en pie de un salto y corrió al lado de su amiga.
    – ¿Qué te ocurre, Cat? -preguntó-. ¿Por qué lloras?
    La reina no contestó y siguió sollozando, presa de un ataque de nervios. Nyssa le sirvió una copa de vino y se la tendió. Mientras la reina bebía, trató de tranquilizarla con palabras amables y, cuando lo hubo conseguido, repitió la pregunta.
    – Soy tan desgraciada, Nyssa -se lamentó Cat-. ¡Odio a ese hombre pero no tengo más remedio que hacer todo lo que me pida! Estoy en sus manos.
    – ¿Por qué? Dime la verdad, Cat. Quizá yo pueda hacer algo por ti.
    – Se llama Francis Dereham y vivió en el castillo de Lambeth durante una temporada. Él… bueno, él se tomó ciertas libertades conmigo y ahora amenaza con decírselo al rey si no le nombro mi secretario personal. Si mi abuela hubiera sabido lo que ocurrió entre nosotros se habría asegurado de que el señor Dereham sufriera algún «percance» por el camino.
    – Si no recuerdo mal, una vez me hablaste de él. ¿No fue uno de tus pretendientes?
    – Sólo estaba fanfarroneando -contestó Catherine bajando la mirada y ruborizándose.
    – ¡Te aconsejé que se lo contaras al rey! -la regañó Nyssa-. Si te hubieras sincerado con él antes de casarte habría perdonado tus pequeños deslices y ahora nadie podría hacerte chantaje. Estás atrapada, Cat, y sólo te queda rezar para que Francis Dereham mantenga la boca cerrada.
    – Ya lo sé -gimió Catherine tras apurar la copa de un sorbo.
    – Secaos las lágrimas, majestad -dijo Nyssa con voz suave ofreciendo su pañuelo a su amiga-. Nadie debe saber que habéis llorado o empezarán a haceros preguntas comprometedoras.
    – ¿Qué sería de mí si no estuvieras aquí para aconsejarme y hacerme compañía? -sollozó la reina tomando el pañuelo y enjugándose las lágrimas-. ¡Eres tan buena conmigo! Nunca pensé que ser reina de Inglaterra fuera tan complicado. ¡Prométeme que nunca me abandonarás!
    – No puedo prometerte tal cosa -replicó Nyssa con firmeza-. Si me quieres tanto como aseguras, déjame volver a casa -suplicó-. Echo mucho de menos a mis hijos.
    – Si regresas a Winterhaven no volverás a ver a Sin Vaughn nunca más -rió Catherine cambiando de tema rápidamente-. Te felicito; le has impresionado. ¿Le encuentras guapo? ¿Crees que es más guapo que mi primo Varían?
    – Confieso que me parece un tipo atractivo y muy hábil pero no es ni la mitad de guapo que Varían -contestó Nyssa-. Dicen que es un seductor y un calavera. A ninguna de las dos nos conviene ser vistas en su compañía, Cat -añadió. Después de reflexionar unos momentos, decidió no hablar a su amiga de su encuentro con Cynric Vaughn en la abadía abandonada. Sabía que la reina sería incapaz de mantener la boca cerrada y que interpretaría aquel episodio a su manera.
    – ¿Fue Bessie o Kate quien dijo una vez que los tipos misteriosos y de mala reputación resultan mil veces más interesantes que los hombres como Dios manda? -trató de recordar Catherine provocando las carcajadas de Nyssa.
    Aquella noche el rey, que estaba de un humor excelente porque la caza se le había dado bien, pidió a Nyssa y a su esposa que bailaran para él. Mientras observaba los giros y piruetas que las jóvenes realizaban, sonreía complacido. Catherine lucía un vestido de seda de color rosa, un color que, según el rey, realzaba el tono castaño claro de su cabello y Nyssa también estaba muy bonita con un vestido de color verde manzana adornado con incrustaciones de perlas y peridotos en el corpino. Cuando hubieron terminado, Enrique Tudor las sentó sobre sus rodillas y habló a Nyssa cariñosamente:
    – Esta noche has bailado tan bien que te concederé un deseo. Pídeme lo que quieras.
    – Deseo regresar a casa, majestad -respondió Nyssa sin dudar un instante y besándole en la mejilla.
    – ¡Ah, picarona! -rió el rey-. Tu deseo me costará el enojo de mi Catherine, pero te he dado mi palabra de honor y te lo concederé. Pasarás las Navidades en tu casa.
    – Gracias, majestad.
    – A mí no me engañas, jovencita. Tu marido asegura que le has atrapado en tu tela de araña y que, aunque quisiera, no podría escapar. Después de todo, te hice un favor obligándote a casarte con él, ¿no es así, pequeña? -añadió, orgulloso.
    – Soy muy feliz, majestad -confesó Nyssa-. Gracias por haber sido tan generoso conmigo.
    – ¿Y qué desea mi pequeña rosa sin espinas? -preguntó Enrique Tudor volviéndose hacia su esposa-. ¿Un vestido nuevo? ¿Una piedra preciosa?
    – No, majestad -contestó Catherine-. Ayer llegó un pariente lejano de mi abuela, la duquesa Agnes, quien me pide que le nombre mi secretario personal. ¿Tengo vuestro permiso para darle ese puesto?
    – Está bien -accedió el rey-. La quejica de tu abuela nos ha hecho un gran favor al quedarse en casa y no acompañarnos en este viaje y merece ser recompensada. Por cierto, ¿cómo se llama ese caballero?
    – Francis Dereham, señor -respondió Catherine haciendo un guiño cómplice a Nyssa.
    La caravana llegó a la ciudad de York a mediados del mes de septiembre. El otoño estaba cerca y no dejaba de llover, por lo que el viaje empezaba a resultar fastidioso. Enrique Tudor planeaba entrevistarse allí con su sobrino, el rey Jacobo de Escocia, y se rumoreaba que la ceremonia de coronación de la reina podía celebrarse en la catedral de la ciudad, pero el rey se apresuró a asegurar que Catherine no sería coronada reina hasta que quedara embarazada.
    El campamento se instaló junto a una vieja abadía y el rey empezó a preparar su entrevista con su sobrino. Mientras esperaban la llegada de éste, los caballeros se entretenían cazando. Un día abatieron doscientos ciervos y las marismas cercanas al río ofrecían tal abundancia de patos, gansos, cisnes y pescado que los caza dores estaban disfrutando como nunca. Los cocineros trabajaban tan duro como si estuvieran en Hampton Court o en Greenwhich para que toda aquella carne no se echara a perder.
    Nyssa no acompañó a los hombres en la primera cacería porque le dolía la cabeza. Al enterarse de que Catherine también había preferido quedarse en el campamento, decidió acercarse a su tienda para hacerle compañía. Catherine no sabía entretenerse sola y necesitaba rodearse de gente cuya única ocupación fuera hacerle pasar un rato agradable. Los guardias la saludaron con una sonrisa y la dejaron entrar en la tienda. Una vez dentro, Nyssa comprobó que el salón estaba vacío y que no había rastro de las damas que siempre corrían de aquí para allá cumpliendo las órdenes de su caprichosa reina.
    – Cat… -llamó en voz baja-. Cat, ¿estás ahí?
    Al no recibir respuesta, se dirigió a la antecámara que daba paso al dormitorio de la reina, pero tampoco encontró a nadie allí. Quizá esté dormida, se dijo apartando la cortina para comprobarlo.
    Lo que vio la dejó boquiabierta. La reina y Tom Culpeper yacían sobre la gruesa manta de pelo que cubría el lecho real. Una lámpara de aceite ardía junto a ellos y proyectaba una luz dorada que envolvía sus cuerpos entrelazados. Cat estaba completamente desnuda y Tom Culpeper sólo vestía una camisa de seda abierta. Durante un fugaz instante Nyssa vio los pechos redondos y colmados de la reina mientras su amante cambiaba de posición y se tendía entre sus piernas. Cat estaba sofocada y gemía de placer.
    – ¡No te detengas, Tom! -la oyó decir Nyssa-. ¡Folíame, cariño! ¡Sigue, sigue! ¡Te necesito tanto! ¡Así, cariño, así!
    – Disfruta, mi pequeña Cat -contestó Tom Culpeper-. Yo no soy ese viejo enfermo con quien te has casado. Te voy a follar bien, como he hecho otras veces y como espero hacer en el futuro.
    Nyssa dejó caer la cortina y abandonó la tienda de la reina a toda prisa. No daba crédito a lo que sus ojos acababan de ver. ¡No podía ser! Debo de haber sufrido una alucinación, se dijo apoyándose en un árbol y cerrando los ojos. Las imágenes que acababa de presenciar se repetían una y otra vez. Abrió los ojos de golpe y se dijo que necesitaba tiempo para pensar qué iba a hacer… si es que podía hacer algo.
    Cuando llegó a su tienda llamó a Bob, el mozo de establos, y le ordenó que ensillara un caballo.
    – ¿Vais en busca de los hombres, señora?
    – No -contestó Nyssa-. Quiero dar un paseo sola, a ver si se me pasa el dolor de cabeza. No me alejaré mucho, así que no es necesario que me acompañes.
    El mozo corrió a cumplir sus órdenes y Nyssa entró en la tienda.
    – Tillie, tráeme la falda de montar color verde y las botas -pidió.
    – Estáis muy pálida, señora -advirtió su doncella-. ¿Os encontráis bien? ¿Por qué no os echáis un rato?
    – No, Tillie. Necesito un poco de aire fresco. ¡Odio la corte y a sus gentes con todas mis fuerzas!
    Tillie guardó silencio y ayudó a su señora a vestirse con una falda de terciopelo verde y un corpino color púrpura y dorado. Arrodillándose, le calzó las botas y se las abrochó.
    – ¿Vais en busca de los hombres, señora?
    – Voy a dar un paseo sola.
    – Deberíais dejar que Bob os acompañara. El señor se enojará si se entera de que habéis salido sola. Estos caminos son muy peligrosos.
    – Apuesto a que no son ni la mitad de peligrosos que la vida en la corte -replicó Nyssa, irritada-. He dicho que quiero estar sola y el señor no tiene porqué enterarse si nadie se lo dice. ¿Me has entendido, Tillie? -añadió golpeando cariñosamente el hombro de su doncella y saliendo de la tienda.
    Montó el caballo que Bob había ensillado y partió a toda velocidad sin saber a dónde se dirigía. ¡El paisaje era tan aburrido! Todo cuanto se divisaba era cielo y colinas teñidas de los colores del otoño. Cabalgó hasta lo alto de una colina y decidió dar un respiro a su caballo. Desmontó y contempló el paisaje que se extendía a sus pies mientras se sumía en sus pensamientos.
    Había sorprendido a la reina en flagrante adulterio y no sabía qué debía hacer. Enrique Tudor adoraba a Catherine y reprendía severamente a todo aquel que osaba a hablar mal de ella en su presencia. No puedo acusar a la reina sin pruebas, se lamentó Nyssa. Si lo hago, todo el mundo pensará que estoy celosa de ella y que deseo desacreditarla a ojos del rey para ocupar su lugar. Se volverá a hablar del turbio episodio de mi boda con Varian y me acusarán de Dios sabe qué. Aunque el adulterio y la traición me repugnan, debo guardar silencio. Ni siquiera estoy segura de que deba contárselo a Varian. Se lo dirá a su abuelo y el duque reprenderá a Cat. Ella se pondrá furiosa y se enojará conmigo por hablar demasiado. Será la palabra de una humilde mujer de campo contra la de la reina de Inglaterra. Debo guardar silencio por el bien de mi familia.
    – Nunca he visto una mirada tan seria en los ojos de una mujer -dijo una voz familiar sacándola de sus cavilaciones. Nyssa se volvió y descubrió que se trataba de Cynric Vaughn-. Un penique por vuestros pensamientos, mi querida condesa de March.
    – Pienso en mis hijos y en cuánto me gustaría estar en Winterhaven -mintió la joven-. Adoro la vida del campo y detesto la corte -confesó.
    – Cuando os he visto abandonar el campamento a todo correr, he creído que ibais a encontraros con vuestro amante.
    – ¿Cuántas veces tendré que deciros que mi marido es mi único amante? -replicó Nyssa, irritada.
    – Muy original, pero un poco aburrido. No vale la pena esforzarse por explicar a este hombre qué significa la palabra amor, se dijo.
    – ¿Por qué no habéis acompañado a los hombres, señor? -preguntó.
    – Al rey le encanta cazar, pero yo lo encuentro un deporte estúpido -contestó Cynric Vaughn-. Decidme, señora, ¿qué estaríais haciendo en estes momentos si estuvierais en vuestra casa?
    – Preparar conservas y sidra; y en octubre, fermentar la cerveza.
    Cynric Vaughn estalló en carcajadas y su caballo se revolvió inquieto.
    – Creía que eso lo hacían los criados.
    – En efecto, pero ese trabajo debe ser supervisado por alguien. Mi madre siempre dice que la única manera de conseguir que los criados hagan bien su trabajo es instruirles adecuadamente.
    – ¿Y qué me decís de los mayorales y las amas de llaves? ¿Tampoco os ayudan?
    – Nos ayudan y en ocasiones nos sustituyen, pero no pueden ocupar nuestro lugar. Las haciendas sin patrón no prosperan porque hace falta una mano firme que llame al orden a los empleados de vez en cuando.
    – Comprendo -murmuró sir Vaughn-. Ahora entiendo por qué mi hacienda va de mal en peor. El problema es que necesito a una mujer rica para ponerla en condiciones y no puedo cazar ninguna mujer rica sin una hacienda en condiciones -rió-. Mientras decido cómo solucionar mi problema, permanezco en la corte y disfruto de los placeres de la vida.
    – ¿Dónde se encuentran vuestras tierras? -preguntó Nyssa montando de nuevo y emprendiendo el camino de regreso al campamento.
    – En Oxfordshire -contestó él siguiéndola-. Creo que os gustarían. Poseo una casa en ruinas y varios cientos de acres de tierra poblada de maleza y matorrales.
    – ¿Por qué no habéis contratado a arrendatarios que cuiden de ellas? -inquirió Nyssa, extrañada-. ¿No criáis ganado ni ovejas?
    – Veo que sois una verdadera mujer de campo
    " •* f\
    – no el.
    – La tierra y las gentes que la trabajan son la mayor riqueza de Inglaterra -aseguró la joven-. Preguntádselo al rey y veréis cómo está de acuerdo conmigo.
    – Acepto la regañina con humildad -sonrió Cyn-ric Vaughn agachando la cabeza-. Quizá vos podríais enseñarme todo cuanto necesito saber para convertirme en un granjero modélico.
    – Os burláis de mí.
    – Nada más lejos de mi intención, señora -protestó él fingiéndose ofendido.
    – Entonces, ¿habéis decidido volver a las andadas?
    – inquirió Nyssa mientras se preguntaba si Tom Cul-peper habría confiado su secreto a Cynric Vaughn. Si lo había hecho, Cat se encontraba en una situación muy comprometida. Debía averiguarlo-. ¿Estáis coqueteando conmigo otra vez?
    – Me parece que sois vos la que está coqueteando conmigo.
    – ¿No fuisteis vos quien me aconsejó que me olvidara de Tom Culpeper?
    – Os advertí que tiene una amante muy celosa -replicó Cynric Vaughn acercando su rostro al de Nyssa.
    – Me pregunto a qué se debe tanto interés por mi vida privada -sonrió Nyssa. Nunca se había comportado de una manera tan descarada, pero no tenía tiem po que perder. Si no conseguía hacer entrar en razón a Cat antes de que la caravana regresara a Londres, corría el peligro de ser descubierta con las manos en la masa.
    – ¡Os deseo, Nyssa! -confesó sir Vaughn apasionadamente-. ¡La sola idea de saberos enamorada de otro hombre me saca de mis casillas! Culpeper es un mal bicho. ¡Vos merecéis algo mejor!
    – Creía que Tom Culpeper era vuestro mejor amigo -replicó Nyssa-. Además, os recuerdo que soy una mujer casada. Conozco las malvadas intenciones de vuestro amigo Tom y creo que deberíais advertirle que está jugando con fuego.
    – Ya lo he hecho -replicó Cynric-. Pero Tom no está dispuesto a renunciar a los favores de su hada madrina.
    Habían llegado al campamento. Sir Cynric Vaughn acompañó a Nyssa hasta su tienda y la ayudó a desmontar. Sus rostros estaban muy cerca y, cuando Nyssa hizo ademán de alejarse, su acompañante la sujetó con fuerza y le sonrió con picardía.
    – Éste es un juego muy peligroso pero si vos lo deseáis, os enseñaré las reglas con mucho gusto -siseó antes de soltarla y alejarse con paso firme.
    – ¿Puedo llevarme el caballo, señora? -preguntó
    Bob.
    – Sí -contestó Nyssa, aturdida, tendiéndole las riendas-. No le he forzado mucho; sólo hemos hecho un poco de ejercicio.
    ¿En qué demonios estaba pensando cuando había empezado a coquetear con Cynric Vaughn? Era un hombre peligroso sin conciencia ni moral. No volveré a provocarle, se prometió, furiosa consigo misma. Por lo menos, había averiguado que estaba al corriente de la relación entre Tom Culpeper y la reina Catherine.
    Si Catherine era descubierta, todos los Howard caerían con ella. Recordó las palabras de Varian: «Soy el único nieto de Thomas Howard.» Los De Winter eran inocentes pero Enrique Tudor era un hombre cruel y despiadado cuando le convenía. No había dudado en asesinar a Ana Bolena cuando ésta había tratado de interponerse en su camino y evitar su matrimonio con Jane Seymour y apenas hacía un año y medio que había decidido deshacerse de su cuarta esposa. Thomas Cromwell y la condesa de Salisbury, dos personas inocentes, habían pagado con su vida su lealtad al rey. Nyssa se estremeció. Debía averiguar si alguien más conocía las infidelidades de Catherine.
    El rey envió un mensaje a Jacobo V de Escocia, hijo de su hermana Margaret, y le invitó a visitar el campamento cuando la vieja abadía terminó de ser restaurada. María de Guisa, esposa del rey Jacobo y embarazada de su tercer hijo, rogó a su marido que no acudiera a aquella entrevista. Ahora que sus otros dos hijos habían muerto y Escocia no tenía heredero, temía que le ocurriera algo. Sus consejeros también le recomendaron no acudir a la cita con el monarca inglés alegando que podía tratarse de una trampa. ¿Quién le aseguraba que Enrique Tudor no aprovecharía la ocasión para hacerle prisionero e invadir Escocia? Jacobo decidió hacer caso a su intuición y a sus consejeros y no viajar a York.
    Cada día, los guardias que vigilaban la frontera con el país vecino visitaban el campamento y comunicaban a Enrique que no había rastro de los escoceses. A todos les extrañaba que aquella frontera, escenario de numerosos enfrentamientos, permaneciera tranquila como una balsa de aceite, pero el rey tardó cinco días en aceptar la realidad: su sobrino había decidido no acudir a la cita. Como solía ocurrir cuando las cosas no le salían según lo planeado, Enrique descargó su ira en quienes le rodeaban. Fue la reina Catherine quien, a fuerza de paciencia, consiguió apaciguarle y, cuando el monarca hubo recuperado el buen humor, ordenó emprender el viaje de regreso a Londres. El otoño se les había echado encima y el tiempo cada vez era más desapacible.
    Atravesaron el Derwentwater y llegaron a la ciudad de Hull, situada a orillas del río Humber. La caravana real recorrió las verdes colinas casi desprovistas de árboles. Los carros cargados con las tiendas y los baúles subían y bajaban las pendientes mientras los jinetes, ajenos a todo aquel trasiego del que se ocupaban los criados, bromeaban y charlaban animadamente y los perros ladraban mientras trataban de mantener el paso de los caballos.
    La ciudad de Hull, un puerto de pesca, había sido visitada por el rey Eduardo I en 1299 y desde ese momento había pasado a llamarse Kingston Upon Hull.1 Nadie imaginaba las razones de Enrique Tudor para detenerse allí, pero, ante el alborozo de todo el mundo, el 1 de octubre el tiempo mejoró notablemente. Las nubes desparecieron y dejaron paso a un cielo azul en el que el sol lucía con todo su esplendor. Soplaba una brisa suave que mantenía el calor a raya y hacía que la temperatura fuera muy agradable. El campamento se instaló frente a la playa y, cuando Enrique Tudor expresó su deseo de pescar, sus subditos no pudieron evitar preguntarse de dónde sacaba tanta energía, aunque se consolaron pensando que en un bote uno podía sentarse y esperar tranquilamente hasta que picaran. Las mujeres aprovecharon el buen tiempo para descansar, tomar el sol, bañarse y lavar la ropa antes de abandonar el lugar cinco días después. Una tarde, Nyssa se acercó a la tienda de la reina y descubrió a lady Rochford y a Tom Culpeper ocultos tras un toldo. Aprovechando que estaban demasiado enfrascados en su conversación para reparar en la presencia de una intrusa, se dispuso a escuchar con atención.
    1. La Muy Leal Ciudad de Hull (N. de la T.)
    – Debes tener paciencia, Tom, muchacho -decía lady Rochford-. Ella también se muere de ganas de estar contigo, pero éste no es el mejor lugar. Las damas entran y salen de las habitaciones de su majestad a todas horas y no es tan fácil deshacerse de ellas cada vez que deseáis veros a solas. Muchas de ellas están celosas y esperan la ocasión de desacreditarla a ojos del rey. Su majestad tiene un corazón de oro, pero es demasiado ingenua y se niega a creer que muchas no dudarían en traicionarla -se lamentó-. Lo siento, Tom, pero deberás esperar a un momento más propicio para volver a verla -concluyó negando con la cabeza.
    – Jane, sabes que nunca pondría su vida en peligro, pero, que Dios me perdone, la amo y no puedo soportar estar tan cerca de ella y no poder acercarme -replicó Tom Culpeper-. ¡Cada vez que oigo al rey fanfarronear sobre cómo la ha usado y cómo gritaba ella de placer me entran ganas de hacer una locura!
    – Si no te tranquilizas, lo echarás todo a perder -le regañó lady Rochford-. El rey tiene cincuenta años… ¿Crees que vivirá mucho más? Cuando muera Cat será sólo tuya, pero de momento debes ser prudente.
    Nyssa se alejó de la tienda de puntillas. No quería que la descubrieran espiando y tampoco deseaba seguir escuchando aquella conversación. Estaba desconcertada. ¿Cómo se atrevían a desear la muerte del rey? Podía acusarles de traición pero sabía que, si lo hacía, ellos negarían haber dicho aquella atrocidad. Era su palabra contra la de Tom Culpeper y Jane Rochford. ¿Y quién era ella? Era ni más ni menos que Nyssa Wyndham, candidata junto con Cat a convertirse en la quinta esposa de Enrique Tudor y misteriosamente casada con el único nieto del duque de Norfolk.
    Lo único que podía hacer era hablar con la reina y tratar de hacerla entrar en razón. ¿Acaso no eran amigas? Cat lo repetía cien veces al día y no se molestaría cuando le dijera que conocía su secreto. Le dejaría muy claro que su intención no era faltarle al respeto ni molestarla, sino ayudarla. Debía hacerle^comprender que era necesario que dejara de ver a Tom porque, si el rey descubría su infidelidad, muchos inocentes pagarían con su vida aquel pequeño desliz de su reina. Gracias a Dios, Cat era una mujer inteligente y Nyssa estaba segura de que enmendaría su comportamiento antes de que fuera demasiado tarde. Definitivamente, tenía que hablar con la reina cuanto antes.

    – ¿De qué estás hablando, Nyssa? -inquirió Ca-therine mientras se retorcía las manos nerviosamente-. ¿Qué quiere decir «lo sabes»?
    Las dos amigas daban un paseo por la playa. Aunque hacía muy buen día, el horizonte cargado de nubes presagiaba que el tiempo no tardaría en empeorar. Aquél era su último día en Hull. Estaba previsto que la caravana emprendiera la marcha hacia la capital al día siguiente, por lo que Nyssa había tenido que hacer prodigios para quedarse a solas con Catherine y deshacerse de su amante. Durante el banquete celebrado la noche anterior, había dicho al rey que corría el rumor de que Tom Culpeper era un experto pescador, pero que nadie había visto nunca sus trofeos. Ante el regocijo de Nyssa, Enrique Tudor había insistido hasta que Tom Culpeper había accedido de mala gana a unirse a los pescadores al día siguiente.
    No le había costado mucho convencer a Catherine de que la acompañara a dar un paseo porque, pasada la novedad de la presencia de su amiga, la reina volvía a dar muestras de aburrimiento. Sabedora de que iba a tener que pasar las próximas semanas encerrada en una carroza y que el buen tiempo no volvería hasta la próxima primavera, se mostró encantada de salir a disfrutar por última vez del aire fresco y el sol.
    – ¿Vas a decirme de una vez eso tan importante? – insistió.
    – Sé lo tuyo con Tom Culpeper.
    – No sé de qué estás hablando -replicó Catherine.
    – No lo niegues, Cat. Os vi juntos -añadió enrojeciendo al recordar la escena-. Te juro que no estaba espiando. Fue el día que los hombres salieron a cazar y yo me quedé porque me dolía la cabeza. Cuando me sentí un poco mejor fui a proponerte que jugáramos a las cartas. Te llamé pero no contestaste así que, pensando que dormías, entré en tu habitación y os descubrí juntos. Lo siento mucho, Cat. Perdona mi indiscreción.
    – Pídeme lo que desees -dijo la reina-. ¿Quieres oro o joyas? ¿O quizá prefieres un puesto de importancia en la corte para alguien de tu familia? Compraré tu silencio; no eres la primera que ha intentado sobornarme.
    – ¡Te equivocas, Cat! -exclamó Nyssa, escandalizada.
    – No te hagas la santita, Nyssa. Si no quisieras pedirme algo, no estaríamos teniendo esta conversación.
    – Lo único que quiero es que dejes de comportarte como una irresponsable. Estás poniendo en peligro tu vida y la de mucha gente inocente. ¿ Cómo has podido caer tan bajo? Tienes un marido que te adora y que está pendiente de todos tus caprichos. Por el amor de Dios, Cat, ¡eres la reina de Inglaterra!
    – ¿Y crees que eso es una ganga? -sollozó Catherine-. ¡Nyssa, nunca pensé que sería tan duro! Adoro las ropas caras, las joyas y tener a decenas de personas pendientes de mis deseos, pero si llego a saber lo que me esperaba, no me habría casado con Enrique Tudor. Ahora estoy atrapada. ¡Me desprecio a mí misma por haberme convertido en el juguete de un anciano! Quiero amar y ser amada como tú.
    – Pero el rey te adora, Cat. Ni siquiera es capaz de contenerse en público. Lleváis meses casados y salta a la vista que cada día te quiere más. No me digas que estabas tan deslumbrada con los privilegios de ser reina que no te diste cuenta de que Enrique Tudor es un anciano, porque no me lo creo. Yo me pasaba el día rezando por que no me escogiera a mí. Me sentía incapaz de amarle como esposa y estoy segura de que a ti te ocurrió lo mismo.
    – No tienes ni idea de lo que es ser una Howard
    – replicó Catherine, dolida-. Mi madre murió cuando yo tenía cinco años y mi padre estaba demasiado ocupado buscando a una viuda de buena posición para ocuparse de sus cinco hijos. Mis hermanas y yo fuimos enviadas a Horsham y nos criaron como a una carnada de gatitos o cachorros. Desde el primer momento, quedó muy claro que éramos los parientes pobres y me vi obligada a tomar sin rechistar lo que me daban y a dar las gracias constantemente. ¡Era tan humillante! No recibí ningún tipo de educación y recuerdo que solía esconderme en el aula donde estudiaban mis hermanos y mis primos. Apenas sé escribir mi nombre y no sé leer
    – reconoció-. Nunca tuve un vestido que fuera mío hasta el día que llegué a la corte. Hasta entonces, todos mis vestidos eran heredados y, cuando se me quedaban pequeños, pasaban a mis hermanas. Algunos de aquellos vestidos estaban tan raídos que temía que se me rompieran en pedazos entre las manos, pero si no llegaban a Elizabeth o a María, recibía una paliza por descuidada.
    Nyssa escuchaba el relato de Cat boquiabierta. ¡Qué diferente había sido su infancia! Ella había crecido mimada por sus padres, abuelos y tíos y rodeada del cariño de su familia. Los Howard eran un clan rico y poderoso, pero no sabían nada sobre la educación y la crianza de los niños. Las desgraciadas infancias de Ca-therine y Varían tenían numerosos puntos en común. Sin embargo, aquélla no era excusa para cometer adulterio.
    – Precisamente porque tuviste una infancia tan desgraciada tu comportamiento me resulta todavía más incomprensible. El amor de tu marido debería haberte hecho feliz.
    – ¡Pero él no me quiere! -protestó Cat-. Dice que me ama pero sólo me quiere para lucirme delante del rey Francisco I de Francia y del emperador romano. Lo único que le importa es presumir de esposa joven y bonita. Además, como amante es terrible -añadió naciendo un mohín de disgusto-. ¿No te habló tu madre de él? Después de todo, fueron amantes.
    – Una madre no suele comentar con su hija las habilidades de su amante, Cat.
    – Quizá estuviera más delgado cuando era joven -continuó Cat-. ¡Pero ahora está tan gordo que no puede montarme como un hombre normal! ¡Tengo que sentarme en su regazo con las piernas abiertas, arrodillarme sobre la cama o echarme hacia adelante y apoyarme en una mesa mientras él me penetra por detrás! Si se echara sobre mí me aplastaría. Gruñe y suda como un cerdo hasta que satisface su deseo. Si yo no tuviera tanta facilidad para satisfacer el mío, me quedaría a medias la mayoría de las veces.
    Nyssa cerró los ojos. No quería seguir escuchando los secretos de alcoba de los reyes y lo peor era que Cat parecía no comprender la gravedad de la situación.
    – Por muy decepcionada que te sientas, eres la esposa de Enrique Tudor hasta que la muerte os separe y debes comportarte como tal -dijo armándose de paciencia-. No tienes elección. Si se descubre que eres culpable de adulterio pagarás con tu vida. Tu prima Ana tenía un carácter muy rebelde pero no era culpable de los crímenes que se le imputaban. Aunque todo el mundo lo sabía, nadie se atrevió a salir en su defensa y murió decapitada. Tú sí eres culpable, Cat, y arrastrarás en tu caída a todos los Howard, incluido Varían, el único nieto de Thomas Howard. Si hieres el orgullo del rey, se revolverá como una serpiente y acabará con todos nosotros.
    – ¡Pero Tom y yo nos queremos! -repuso la obstinada reina.
    – Si Tom Culpeper te quiere de verdad, entenderá tus razones -replicó Nyssa-. Debes hacerle comprender que está poniendo en peligro la vida de mucha gente. Si quiere terminar sus días bajo el hacha del verdugo, allá él, pero si te quiere hará todo cuanto esté en su mano para protegerte. ¿Has pensado que podrías quedar embarazada? ¿Serías capaz de colocar a un bastardo en el trono de Inglaterra?
    – ¿Cuántas veces tengo que decirte que sé cómo evitar un embarazo? -contestó Catherine. El viento soplaba con fuerza y la reina se envolvió en su abrigo mientras un escalofrío le recorría la espalda-. Volvamos al campamento. Tengo frío.
    – Quiero que me prometas que vas a terminar con esta locura -insistió Nyssa-. Si tu tío el duque se entera de qué está ocurriendo te delatará para salvar el pellejo. Él fue el primero en abandonar a Ana Bolena a su suerte.
    – No sabrá nada si tú mantienes la boca cerrada. ¡No sé cómo explicártelo para que lo entiendas! Tom es la única persona en el mundo que me hace feliz.
    – ¿Quién más sabe lo vuestro, Cat? -inquirió Nyssa, inquieta-. Estoy segura de que no puedes mantener esos encuentros secretos sin la ayuda de un cómplice. ¿Quién te está haciendo chantaje? ¿No te das cuenta de que estás metida en un lío muy gordo? Es un milagro que todavía no os hayan descubierto, pero ¿qué ocurrirá en palacio?
    – Lady Rochford me ayuda a alejar los visitantes inoportunos -confesó la reina-. ¿Recuerdas que solíamos reírnos de ella? Pues no es la vieja tonta que todas creíamos. Es una mujer bondadosa y comprensiva y ha prometido guardarme el secreto. No sé qué haría sin ella. Creo que es la única persona que entiende mis sentimientos.
    – ¿Y los demás? ¿Quién te hace chantaje?
    – Nadie más sabe lo de Tom -aseguró Catheri-ne-. Quienes tratan de aprovecharse de mí son Joan Bulmer, Katherine Tylney, Alice Restwold y Margaret Morton. Y luego está Francis Dereham, de quien ya conoces la historia. La mayoría estuvieron conmigo en Lambeth y, por lo que veo, mi abuela no ha sabido tratarles con la mano dura que merecen. Al principio se pusieron un poquito pesados, pero un buen puesto en la corte ha sido suficiente para cerrarles la boca. No me preocupan en absoluto.
    – ¿Hay más gente que estuviera contigo en Lambeth y que posea información comprometedora?
    – Sí, pero no puedo colocar a todas las personas que compartieron mis años de juventud en Lambeth -se lamentó la reina apurando el paso y dando la conversación por terminada-. No te preocupes; lo entenderán fácilmente.
    Catherine Howard está al borde del precipicio y ni siquiera imagina que su vida y la de toda su familia corre un gran peligro, se dijo Nyssa, realmente asustada. Varían y ella tenían que regresar a casa antes de que el rey descubriera las infidelidades de su esposa y decidiera vengarse. Tenía que hablar con Varían cuanto antes y convencerle de que lo más sensato era abandonar la caravana al llegar a Amphill. La única manera de escapar de la ira del rey era desaparecer. Cat se negaba a romper con Tom Culpeper y todo cuanto Nyssa deseaba era estar muy lejos de la corte cuando la reina fuera descubierta en flagrante adulterio.
    Aquella noche no hubo banquete ni baile porque la caravana debía partir muy de mañana. Por primera vez en muchos días Varían y Nyssa disponían de unos momentos a solas. Un brasero mantenía caldeado el dormitorio y los carbones ardientes desprendían un resplandor dorado que iluminaba la habitación junto con la luz de las velas colocadas en los candelabros. Los esposos se encontraban tendidos en la cama saboreando una copa de vino. Nyssa sabía que acabarían la velada haciendo el amor pero antes deseaba hablar a su marido sobre la reina.
    – Varían, tengo que decirte una cosa -empezó.
    – ¿Ah, sí? -respondió él acariciándole un muslo con el dedo índice-. ¿Y tiene que ser precisamente ahora?
    – Sí-sonrió ella-. ¿No te has dado cuenta de que desde que iniciamos esta locura de viaje apenas nos hemos visto? Incluso algunas noches uno de nosotros se ha retirado más temprano y se ha quedado dormido sin ni siquiera poder desear las buenas noches al otro. Tú pasas el día a caballo con el rey y tu prima reclama mi atención constantemente. Ése es el problema, Varian.
    – ¿Te ha molestado mucho mi primita? -preguntó Varian haciendo ademán de abrazarla y besarla. Nyssa se apartó y le miró muy seria.
    – Tiene un amante.
    – ¿Quién te ha metido en la cabeza semejante tontería? -saltó su marido soltándola.
    – Nadie -contestó Nyssa-; yo misma les sorprendí. Sin Vaughn también está al corriente de lo que hay entre la reina y Tom Culpeper. Estuve coqueteando con él para averiguar si lo sabía y estoy segura de que es así. Lady cara de comadreja les ayuda a preparar sus encuentros secretos y, lo que es peor, está incitando a Cat a comportarse como una irresponsable.
    Nyssa le relató la increíble trama de chantaje y adulterio tejida alrededor de la reina.
    – Tarde o temprano la descubrirán, Varían -se lamentó cuando hubo concluido-. El rey se revolverá como un animal herido y culpará a todos los Howard de su desgracia. No estoy segura de que salgamos de ésta sin recibir nuestra parte. He pensado que, si desaparecemos durante una temporada, se olvidará de nosotros cuando llegue el momento de tomar represalias. Debemos alejarnos de la corte por el bien de Edmund y Sabrina. ¿Qué será de ellos si nos ocurre algo?
    – Tienes razón -asintió Varían-. Mi abuelo no debe saber nada. Si Cat no hubiera llegado tan lejos, la pondría en su sitio con una buena regañina, pero ahora… Cuando se entere, hará todo lo posible por salvar el pellejo y abandonará a su suerte al resto de los Howard. ¡Maldita seas, Cat, eres una idiota y una irresponsable! Me pregunto en qué demonios pensaba mi abuelo cuando la escogió como candidata a esposa del rey. Siempre ha sido una cabeza de chorlito y sólo vive para divertirse. ¡Que Dios nos ayude! -exclamó mesándose el cabello-. Tendrías que habérmelo dicho inmediatamente en lugar de mezclarte con hombres como Cynric Vaughn.
    – Creí que conseguiría hacerla entrar en razón -se disculpó Nyssa-. Pero Cat se niega a ver las cosas tal y como son. Cree que basta con tener al rey satisfecho y ni siquiera se le ha pasado por la cabeza la idea de que alguien pueda delatarla.
    – Pobre Cat. No comprende que no sólo ha puesto en peligro su matrimonio sino que están en juego las vidas de muchas otras personas. La relación entre ortodoxos y reformistas es cada vez más tensa y ambas tendencias están convencidas de que cuentan con la bendi ción de Dios para llevar a cabo sus propósitos. Harán todo lo posible por salirse con la suya y si eso implica deshacerse de una jovencita irresponsable, no dudarán en hacerlo. No me gustaría estar en la corte cuando eso ocurra. Tienes razón -concluyó-. Tenemos que volver a casa.
    – ¡Lo siento por Cat y el rey! -se lamentó Nyssa apoyando la cabeza en el hombro de su marido. Varían le acarició el suave cabello. Nunca había querido a una mujer antes y sabía que no querría a ninguna otra.
    – Me temo que no podemos hacer nada por ellos -dijo en voz baja.
    – ¿Por qué lo dices?
    – Tú piensas en el rey y Cat pero yo no consigo quitarme a mi abuelo de la cabeza… Me pregunto cómo habría sido su vida si no hubiera sido un hombre tan ambicioso. ¿Por qué no se conformó con sus tierras y su familia? Ha alcanzado una posición envidiable y ha amasado una gran fortuna pero nunca está satisfecho, siempre quiere más.
    – Es un hombre importante y los hombres importantes no son como tú ni como yo -reflexionó Nyssa antes de besar a Varían.
    La caricia de los labios de Nyssa sobre los suyos hizo que la cabeza empezara a darle vueltas. La abrazó y la atrajo hacia sí.
    – Te adoro -murmuró.
    – Me deseas -replicó Nyssa sonriendo seductoramente y acariciándole una mejilla.
    – Es verdad -confesó Varían-. Creo que deberíamos aprovechar cada minuto a solas. Así me gusta; buena chica -añadió acariciándole un pecho. Inclinó la cabeza y besó su piel ligeramente salada. Nyssa gimió y cambió de postura para estar más cerca de él. Varían besó y mordisqueó la piel sensible de su pecho hasta hacerla gritar. La obligó a echar la cabeza hacia atrás y buscó la piel suave de su garganta con insistencia.
    – ¡Te quiero tanto! -le susurró Nyssa al oído-. No quiero ser otra cosa que tu esposa y tu amante.
    Varían estaba avergonzado de la pasión que se había apoderado de su cuerpo pero advirtió que Nyssa estaba tan excitada como él. La joven sollozaba de placer mientras se decía que no podía imaginar una sensación más agradable que la de tener a su marido en su interior. Cuando hubieron terminado, no se separó de su abrazo, contenta de haberle dejado satisfecho. Sabía que no tardarían mucho en volver a dejarse llevar por el deseo y que esta vez sería mejor que la anterior. Siempre ocurría lo mismo: un ansia casi insaciable de poseer al otro seguía a aquellas breves pausas. Como ocurría cada vez que estaba con su marido, se preguntó si habría quedado embarazada. Varían y ella deseaban tener muchos hijos.
    Cuando Tillie les despertó todavía no había amanecido. Salieron de su tienda y comprobaron que los criados se afanaban en desmontar el campamento. Tillie y Toby les ayudaron a vestirse con ropas de viaje cómodas y calientes y les sirvieron el desayuno: avena caliente, pan recién hecho, jamón y queso. Sabedores de que pasarían varias horas antes de que volvieran a comer, Varían y Nyssa no dejaron una migaja en el plato.
    – He empaquetado un poco de pan y queso y algunas manzanas por si les apetece comer algo durante el viaje -dijo Toby-. Los criados del rey dicen que su majestad desea llegar a Londres cuanto antes, así que supongo que la jornada a caballo será larga y fatigosa.
    – ¿Habéis comido algo vosotros? -se interesó Va-rian-. La jornada será tan dura para nosotros como para nuestros criados.
    – ¿Cuándo volveremos a casa, señora? -quiso saber Tillie.
    – Confío en que el rey nos dé permiso para abandonar la caravana cuando lleguemos a Amphill testó Nyssa-. Me prometió que podríamos pasar las Navidades en casa. Nosotros también echamos mucho de menos Winterhaven.
    El buen tiempo que les había acompañado durante su breve estancia en Hull había cambiado. Corría octubre y los días cada vez eran más cortos, húmedos y fríos. Los árboles cambiaban sus colores del verano por los ocres, marrones y dorados del otoño. La temporada de caza había finalizado y la caravana avanzaba a marchas forzadas hacia el sur en busca de los gruesos muros de piedra que les protegerían del frío del invierno.
    El tiempo húmedo y desapacible empezaba a perjudicar la pierna enferma de Enrique Tudor, que montaba uno de los caballos que lady Ana de Cleves le había regalado y soportaba el frío, la lluvia y el dolor estoicamente. Ante la desesperación del conde de March, que deseaba recordarle su promesa de permitirles regresar a casa, las únicas personas con quienes consentía hablar eran su esposa y su bufón.
    – No nos queda más remedio que esperar hasta que la caravana llegue a Windsor -suspiró resignado-. Ahora no hay manera de acercarse a él.
    Nyssa se sintió descorazonada pero trató de ocultar su decepción. La caravana se detuvo un día en Kettleby para descansar y la reina aprovechó para iniciar los preparativos de las fiestas de Navidad.
    – Las celebraciones se harán en Hampton Court y durarán doce días -dijo a sus damas-. ¡Adoro ese palacio! Vamos, Nyssa, juguemos una partida de cartas -propuso-. Últimamente siempre me ganas, así que exijo la revancha. Enrique dice que debería mejorar mi juego en vez de apostar tanto.
    Nyssa estuvo tentada a recordar a Cat que no pensaba pasar las Navidades en Hampton Court pero decidió guardar silencio. Cat podía enojarse y predisponer al rey en su contra. Era mejor no contradecirla y esperar un momento más propicio. Volvió su atención a la partida de cartas y dejó ganar a Cat hasta que ésta hubo recuperado lo que había perdido en las últimas noches.
    – Habéis sido muy astuta esta noche, lady De Win-ter -le susurró lady Rochford cuando se disponía a marcharse-. Es una lástima que no juguéis vuestras cartas con tanta habilidad cuando se trata de asuntos más delicados.
    – No sé de qué estáis hablando -replicó Nyssa escudriñando el rostro inescrutable de la dama-. Lo siento, pero los jeroglíficos no se me dan nada bien.
    Abandonó la tienda de la reina y se perdió en la oscuridad de la noche. Las tiendas ocupaban siempre la misma situación en el campamento y el camino estaba bien iluminado, así que rechazó la compañía del soldado que se ofreció a escoltarla. De repente, advirtió que alguien seguía sus pasos. Cuando se volvió, dos hombres la sujetaron por los brazos y la apartaron del camino principal.
    – Si gritáis, os corto la garganta -amenazó una voz familiar.
    ¿Cómo voy a gritar si no puedo?, pensó Nyssa, paralizada por el miedo. ¿Quiénes eran aquellos hombres y qué querían de ella? Apenas llevaba joyas.
    Aquella noche el campamento había sido levantado junto a las ruinas de un viejo monasterio y sus asaltantes la arrastraron hasta allí. En ese momento asomó la luna y Nyssa descubrió que se trataba de Tom Culpe-per y sir Cynric Vaughn. Emitió un suspiro de alivio y se volvió hacia ellos, furiosa.
    – ¡Me han dado un susto de muerte, señores! -siseó-. ¿Cómo se atreven a asaltarme en mitad de la noche como si fueran salteadores de caminos?
    Hizo ademán de emprender el regreso al campa mentó pero Tom Culpeper le hincó unos dedos como garras en el brazo.
    – No tan deprisa, señora -espetó-. Vos y yo tenemos que hablar. Os habéis mezclado en un asunto que no es de vuestra incumbencia y por vuestra culpa hay una dama que está inquieta y confundida. Estoy aquí para asegurarme de que dejéis de meteros donde no os llaman.
    – Y vos habéis puesto en peligro la vida de esa dama
    – replicó Nyssa-. Si la quisierais de verdad, dejaríais de verla inmediatamente. ¡Tom Culpeper, sois un egoísta y un oportunista! -acusó-. ¿No os dais cuenta de que.vuestra vida también corre peligro? Lady Rochford conoce vuestro secreto y la muy irresponsable alienta ese comportamiento. A cada día que pasa, el peligro de que el rey os descubra aumenta.
    – Pero vos no se lo diréis, ¿verdad?
    – ¿Yo? ¿Estáis loco? Nunca traicionaría a Cat ni me atrevería a dar una noticia tan desagradable al rey. ¡Naturalmente que no se lo diré! ¿Es eso lo que os preocupa? Tom Culpeper, sois un tonto.
    – No os creo -replicó Tom Culpeper-. Si el rey no se hubiera casado con Cat, vos seríais su esposa. La reina me ha dicho que su tío, el duque de Norfolk, os obligó a casaros con lord De Winter para evitar que el rey os escogiera. Si mi señora cayera en desgracia, el rey volvería a fijarse en vos.
    – Tom Culpeper, escuchadme con atención -dijo Nyssa escogiendo sus palabras con cuidado-. Yo nunca quise convertirme en la reina de Inglaterra, ¡nunca! Es cierto que me casé con mi marido porque el duque así lo ordenó, pero le quiero y también quiero a nuestros hijos. Creo que estoy embarazada de nuevo
    – mintió-. No apruebo el comportamiento de Cat pero no seré yo quien la delate porque mi familia sufriría las consecuencias. Tampoco lo haré por principios porque soy consciente de que la gente implicada en este asunto desconoce el significado de esa palabra. ¡Y ahora, dejadme marchar! -ordenó-. Mi marido debe estar preguntándose dónde estoy y supongo que no os gustaría que os descubrieran aquí y empezara a hacer preguntas comprometedoras.
    – Quizá estéis diciendo la verdad… o quizá no. ¿Quién me asegura que no tratáis de engañarme para que os deje marchar? Antes de eso, os enseñaré una muestra de lo que puede ocurrir si os vais de la lengua -añadió sujetándole los brazos a la espalda y levantándola en el aire-. Toda tuya, Sin. ¿Sabíais que mi amigo Sin os desea?
    – Si me ponéis una mano encima, gritaré -amenazó Nyssa.
    – Si lo hacéis, diremos que habéis sido vos quien nos ha citado aquí. Vamos, Sin, enséñale lo que es bueno.
    Sin Vaughn avanzó y amordazó a Nyssa con un pañuelo de seda. Con una mano le acarició la mejilla mientras con la otra empezaba a desabrocharle el abrigo y el corpino. Le arrancó la ropa interior y le clavó las uñas en el pecho.
    Nyssa se revolvió pero Tom Culpeper consiguió mantenerla inmóvil. Quiso gritar pero el pañuelo le impedía articular palabra. Su atacante sonrió y, sin soltarle un pecho, inclinó la cabeza y empezó a succionarle el otro pecho mientras le mordía el pezón. Lágrimas de dolor y humillación resbalaban por las mejillas de Nyssa y apenas podía respirar. Sir Vaughn le clavó los dientes en el otro pecho y la joven arqueó la espalda.
    – Déjame seguir, Tom -pidió Sin a su amigo-. Ya sé que te he prometido esperar, pero no puedo. ¡Dios, es deliciosa!
    – Ni hablar -replicó Tom Culpeper-. Si la fuerzas ahora, Cat me matará.
    – Entonces déjame tocarla un poco más antes de soltarla -dijo levantándole la falda, sujetándosela en la cinturilla y arrancándole la ropa interior. Se arrodilló e introdujo la cabeza entre sus piernas.
    Nyssa se dijo que no podía permitir que aquel atropello continuara. Se hizo hacia adelante y, cuando Tom Culpeper trató de enderezarla, descargó un fuerte rodillazo en la mandíbula de Sin Vaughn, que se quebró con un crujido. Sir Vaughn cayó al suelo hecho un ovillo y Tom Culpeper soltó a Nyssa para socorrer a su amigo. La joven se arrancó el pañuelo que le tapaba la boca y trató de recuperar la respiración mientras se bajaba la falda y cubría su desnudez. Cynric Vaughn había perdido el sentido.
    – ¿Qué le has hecho, zorra? -espetó Tom Culpeper.
    – Si vos o ese animal volvéis a ponerme la mano encima explicaré a mi marido el desgraciado incidente de esta noche -amenazó-. De momento guadaré silencio porque estoy segura de que no esperaría a mañana para mataros. ¿Cómo podría explicar su comportamiento sin delatar a Cat? Tampoco diré nada a la reina porque la muy ilusa cree haberse enamorado de vos y no me creería, pero os lo advierto: ¡alejaos de mí!
    – Os recuerdo que tenéis dos hijos. Pensad en ellos •cada vez que os sintáis tentada a hacer una tontería.
    – Atreveos a acercaros a mis hijos y os mataré con mis propias manos -prometió Nyssa con los ojos brillantes de ira. Si queréis libraros de mí convenced a Cat de que recuerde al rey su promesa de dejarnos volver a casa.
    Después de pronunciar aquellas amenazadoras palabras regresó al campamento. Cuando se encontraba cerca, advirtió que había olvidado recoger su abrigo del suelo pero no se atrevía a volver sobre sus pasos. Tillie le preguntaría a la mañana siguiente dónde lo había dejado y también se daría cuenta de que su ropa interior estaba rota. Decidió contarle lo que había ocurrido y prevenirla contra Tom Culpeper y Cynric Vaughn. La pobre Cat, que sólo veía en Culpeper a un apuesto joven de ojos azules, no imaginaba qué clase de hombre se escondía detrás de aquella apariencia inofensiva.
    La caravana continuó su marcha hacia el sur y, tras pasar de largo por Collyweston y Amphill, llegó a Wind-sor el 26 de octubre. La construcción del castillo de Windsor había sido iniciada por Guillermo el Conquistador. Sus muros de piedra sustentados por vigas de madera se levantaban en lo alto de una colina desde la que se divisaba el valle del Támesis. Los reyes que sucedieron a Guillermo I siguieron alojándose allí durante largas temporadas y disfrutando de la excelente caza de la zona. Enrique II sustituyó las murallas de madera por otras de piedra, más solidas, y Enrique III terminó de levantar los muros y añadió nuevas torres. Fue Eduardo III quien convirtió el castillo en una magnífica residencia tras fundar la Orden de la Jarretera, que dio origen a la leyenda del rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda.
    Cuando Eduardo IV accedió al trono la capilla de palacio estaba prácticamente en ruinas y el monarca ordenó iniciar su reconstrucción, aunque nunca la vio terminada. Enrique VIII, el actual monarca, construyó el coro. Jane Seymour, su tercera esposa, estaba enterrada allí, y en numerosas ocasiones el mismo rey había expresado su voluntad de ser enterrado junto a ella. Enrique Tudor consideraba aquel castillo su verdadero hogar desde los años en que era un príncipe joven y apuesto que pasaba largas temporadas allí participando en todo tipo de competiciones y torneos. Aunque había llovido mucho desde entonces, el rey se sentía rejuvenecer cada vez que atravesaba aquellos sólidos muros. La corte asistió atónita al espectáculo del traslado de la cama de su majestad, un mueble que medía ¡más de tres metros cuadrados! El rey era incapaz de subir las escaleras que conducían a las habitaciones del piso superior y, cuando lo hacía, debía ayudarse de una soga y un sofisticado sistema de poleas.
    Finalmente, el conde de March consiguió atraer la atención del rey durante el banquete que se celebró dos días después de la llegada de la caravana a Windsor.
    – Sé que prometí a Nyssa que os permitiría regresar a casa antes de las Navidades -dijo Enrique Tudor, que había bebido demasiado y se había puesto un poco sentimental-. Señor, os suplico que os quedéis hasta el día de Reyes. Sé que vuestra esposa desea celebrar unas fechas tan señaladas en Riveredge pero también sé que si os dejo marchar ahora, no volveré a veros nunca más. Nyssa es un ratoncito de campo como su madre y como vos, Varian. Os ríe estado observando durante el viaje y he advertido que mirabais con más interés los rebaños de ovejas y el ganado que pastaba en los campos que los ciervos que perseguíamos. Si os quedáis con nosotros hasta el día de Reyes, no volveré a pediros que vengáis a palacio -prometió-. ¿Qué opinas tú, querida? -preguntó volviéndose hacia Cat y besándola en la boca.
    – Me parece una idea excelente -asintió la reina-. Por favor, primo, quédate y pide a Nyssa que no se enfade conmigo por haberla obligado a cambiar de planes -añadió esbozando la sonrisa más encantadora de su repertorio. Varian empezaba a entender la adoración que Enrique Tudor sentía por su prima: Catherine parecía la viva imagen de la inocencia y la dedicación a su marido.
    – Pido a Dios que no la descubran hasta que nos encontremos muy lejos de palacio -dijo Nyssa cuando Varían le informó que Catherine había conseguido que el rey rompiera su promesa. Saltaba a la vista que desconocía que su amante y el mejor amigo de éste habían tratado de abusar de ella en Kettleby. Si supiera algo me habría dejado partir, se dijo. Por lo menos, sus asaltantes no habían vuelto a molestarla. A la mañana siguiente Cynric Vaughn había aparecido con un impresionante hematoma de color negro azulado del tamaño de un limón y había dicho a todo el mundo que había tenido una pesadilla y se había caído de la cama. El tiempo mejoró un poco y el rey aprovechó para salir a cazar. Enrique Tudor, a quien nada le gustaba más que montar a caballo y perseguir cervatillos indefensos, se encontraba como pez en el agua. Cada noche se celebraba un banquete y él disfrutaba más que nadie con la comida, la bebida y el baile. Lady Ana decidió visitar a la corte. La verdad era que le habría encantado unirse a la caravana pero había decidido quedarse en Richmond para no poner a Catherine en una situación comprometida. Cuando vio a Nyssa, la estrechó efusivamente entre sus brazos.
    – ¿Habéis tenido un bien fiaje? -preguntó-. ¡Qué enfidia me das!
    – Habría cambiado gustosa vuestro lugar por el mío, señora -respondió la joven-. De buena gana me habría quedado en Winterhaven con mis hijos. Cuando nos marchamos en el mes de agosto, les habían salido dos dientes abajo y los de arriba empezaban a apuntar. Su majestad nos ha pedido que nos quedemos hasta el día de Reyes -suspiró-. Por tercer año consecutivo, no pasaré las Navidades en Riveredge.
    – Si tu madre da su permiso y no le supone una gran molestia, me gustaría celebrar unas nafidades con fosotros -dijo lady Ana-. Siento curiosidad por conocer esa lugar tan marafillosa llamada Riveredge. Sin embargo, me temo que este año tendremos que con formarnos con Hampton Court. El año pasado nadie sabía muy bien cómo diriguirse a mí pero este año estaremos juntas. ¡Ya verás cuánto nos difertiremos!
    Cuando los viajeros supieron que el trayecto de Windsor a Hampton Court iba a realizarse en barca, suspiraron aliviados. Llevaban cuatro meses cabalgando y empezaban a cansarse. Nyssa se llevó una desagradable sorpresa cuando descubrió que el duque de Norfolk les acompañaría en la travesía.
    – Sé que detestas mi compañía, jovencita -dijo Thomas Howard a modo de saludo tras hacerle una reverencia-. Sin embargo, hace mucho que no veo a mi nieto y deseo hablar con él. Además, hay tantos invitados en palacio que no os queda más remedio que aceptar mi hospitalidad.
    – Después de pasar más de tres meses recorriendo los caminos de Inglaterra, aceptaría la hospitalidad del mismísimo demonio -replicó Nyssa, que en su fuero interno reconocía que la oferta del duque era muy generosa. Si no hubiera sido por él, se habrían visto obligados a compartir habitación con otra pareja o a ser alojados en los hacinados dormitorios destinados a los hombres y las mujeres solteros.
    – ¿Y cómo estás tan segura de que yo no soy el demonio?
    – ¿Quién ha dicho que estoy segura?
    Thomas Howard se echó a reír y olvidó sus preocupaciones por un momento. Si supiera lo que yo sé, no reiría así, se dijo Nyssa mientras el duque se volvía hacia su marido. La joven se acomodó en su.banco de respaldo alto tapizado de terciopelo y se dispuso a disfrutar del paisaje. Era 1 de noviembre, estaba muy nublado y hacía frío. Tillie y el resto de los criados se habían adelantado a caballo para tener todo a punto cuando llegaran sus señores.
    Nyssa se alisó las arrugas de su elegante vestido de terciopelo anaranjado. El rey había anunciado la noche anterior que, en cuanto la caravana llegara a palacio, se celebraría una misa de Acción de Gracias por el regreso de la caravana. Nyssa recordó que la reina Catheri-ne resplandecía orgullosa junto al rey mientras éste hablaba. Habría dado cualquier cosa por que Cat le hubiera confesado que había dejado de ver a Tom Cul-peper pero sabía que no era así. Lady Rochford no se separaba de ella ni un momento y constantemente le traía recaditos que le susurraba al oído y hacían que la reina enrojeciera hasta la raíz del cabello.
    Por su parte, Tom Culpeper se había convertido en un hombre orgulloso y arrogante. Francis Dereham, el malcarado secretario personal de la reina, se había peleado con él en dos ocasiones, aunque, afortunadamente, aquellos enfrentamientos no habían llegado a oídos del rey. Cuanto más favorecía Cat a Tom Culpeper y más tiempo pasaba a solas con él, más celoso se ponía su secretario. Algunas damas de la reina comentaban que Francis Dereham trataba a su majestad con una familiaridad inusual.
    Nyssa estaba segura de que Catherine no dejaría de ver a Tom Culpeper. Se preguntaba si alguien más sabía lo que se traían entre manos. Clavó la mirada en la barca que les precedía, la ocupada por los reyes.
    Habían embarcado cogidos del brazo y habían olvidado echar las cortinas, así que Nyssa podía observarles a placer. Catherine estaba sentada sobre el regazo del rey y reía alegremente. Nyssa enrojeció al imaginar lo que estaban haciendo. Catherine Howard era una desvergonzada y estaba convencida de que, si lograba mantener sus encuentros en secreto y no descuidaba al rey, todo saldría bien. Nyssa suspiró al pensar que todavía faltaban dos meses para que pudieran regresar a casa. Rezaba por que el invierno no fuera muy riguroso y la nieve no les cerrara el paso.
    Los subditos se agolpaban en las orillas y saludaban con efusión a los ocupantes de las barcas. Si supieran qué ocurre tras los muros de palacio…, se dijo Nyssa. ¡Y pensar que ella había acudido a palacio tan ilusionada! ¿Quién iba a decirle que era un lugar poblado de peligrosos intrigantes?

    Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, tenía fama de ser un caballero bondadoso y comprensivo y simpatizaba más con los reformistas que con los católicos ortodoxos, tendencia a la que la joven reina y su familia se habían adherido. El arzobispo había suspirado de alivio cuando el rey le había dicho que no era necesario que le acompañara en su viaje, así que su verano había transcurrido entre oraciones, sesiones de meditación y visitas al joven príncipe Eduardo, a quien el rey había decidido dejar en palacio por miedo a que enfermara durante el viaje.
    Habían sido meses muy tranquilos. No había habido ningún conflicto y el rey no se quejaba de tener mala conciencia, como solía hacer cada vez que deseaba deshacerse de una esposa. Aquella tranquilidad se terminó el día en que un tal John Lascelles le pidió audiencia para tratar «un asunto de suma importancia».
    Thomas Cranmer, que había oído hablar de John Lascelles en alguna ocasión, le tenía por un reformista fanático tan convencido de que su visión de Dios y la Iglesia era la verdadera que no temía condenarse. Presentía que aquella inesperada visita le traería más de un quebradero de cabeza pero no se atrevía a despedirle con cajas destempladas. ¡Sólo Dios sabía qué era capaz de hacer si se negaba a recibirle! El rey estaba a punto de regresar y prefería deshacerse de él antes de que decidiera importunar a Enrique Tudor.
    – ¿Está aquí, Robert? -preguntó a su criado, quien asintió-. Está bien, hazle pasar -suspiró, resignado mientras el joven clérigo que le ayudaba en sus tareas esbozaba una sonrisa cómplice.
    – Sí, señor.
    Lascelles irrumpió en el despacho del arzobispo dándose importancia.
    – Os doy las gracias por haber accedido a recibirme, señor -dijo a modo de saludo mientras el secretario se retiraba discretamente.
    – Sentaos, por favor -repuso Thomas Cranmer señalando un sillón.
    – He venido a hablaros de un asunto muy delicado relacionado con su majestad la reina -empezó Lascelles tan atropelladamente que tuvo que hacer una pausa para tomar aire.
    ¡Oh, no!, se lamentó el arzobispo. ¿Por qué se empeñan en empañar la dicha del rey, ahora que ha alcanzado la felicidad junto a Catherine Howard? ¿No hemos tenido ya suficientes problemas con sus esposas, Señor? ¿Es que Enrique Tudor y este país no han sufrido bastante?
    – Hablad sin miedo -ordenó-. Pero antes debo advertiros de algo: si habéis venido a contarme habladurías y chismes más propios de comadres que de hombres de nuestra posición os invito a abandonar mi despacho inmediatamente. No puedo perder el tiempo escuchando tonterías.
    – Siento deciros que lo que he venido a deciros no es ninguna habladuría, sino la pura verdad -replicó John Lascelles antes de lanzarse a explicar la increíble historia que su hermana María Hall le había contado. La dama había trabajado en el castillo de Lambeth, conocía a Catherine Howard desde que ésta era una niña y la quería como si fuera su propia hija. Sin embargo, la muchacha que la hermana de John Lascelles había descrito en su relato distaba mucho de ser la inocente joven que todos creían conocer.
    – Perdonad mi franqueza, pero ¿es vuestra hermana lo que se suele llamar.una chismosa? -preguntó Thomas Cranmer cuando John Lascelles hubo concluido su historia-. Ésas son acusaciones muy graves.
    – Mi hermana es una buena cristiana y nunca ha faltado a la verdad. Además, muchos de los criados de la duquesa Agnes también conocían su comportamiento atrevido e indecoroso. Esos criados están al servicio de su majestad ahora y pueden corroborar que Catherine Howard cometió algunos pecadillos durante su juventud.
    – Ya he oído suficiente por hoy -le interrumpió el arzobispo-. Deseo hablar con vuestra hermana. Ella asegura ser testigo de los hechos, mientras que vos os limitáis a repetir sus palabras. Decidle que la espero mañana.
    – Así lo haré, señor -prometió John Lascelles poniéndose en pie e inclinándose cortésmente.
    Thomas Cranmer estaba desconcertado. ¿Debía creer la historia que acababa de escuchar? Aunque la familia de Catherine Howard no estaba de acuerdo con los postulados de la Reforma, el arzobispo nunca había considerado a los Howard una seria amenaza. Thomas Howard no tenía religión, escrúpulos ni moral; simplemente era un conservador que no entendía por qué debían cambiar las cosas que siempre habían sido de una manera determinada. No le gustaban los cambios, pero era lo bastante inteligente como para dar su brazo a torcer cuando el prestigio y el bienestar de su familia estaban en juego.
    En cambio, John Lascelles era un fanático empeña do en expulsar de Inglaterra a los católicos ortodoxos. Al contrarío del duque de Norfolk, era el tipo de hombre capaz de hacer cualquier cosa por llevar su causa a buen puerto. ¿Debía creer su historia? ¿Qué había impulsado a su hermana a revelarle los secretos de alcoba de Catherine Howard? ¿De verdad creía que si lograba deshacerse de una reina cuya familia simpatizaba con los católicos ortodoxos y la sustituía por una dama de familia favorable a la Reforma la causa triunfaría? Si pensaba que le iba a resultar fácil manipular a Enrique Tudor y a él mismo, arzobispo de Canterbury, era más tonto de lo que parecía.
    A la mañana siguiente, María Hall se presentó en el despacho de Thomas Cranmer acompañada de su hermano. Era una mujer hermosa y saltaba a la vista que se había puesto su mejor vestido para asistir a la audiencia. El arzobispo asintió aprobatoriamente mientras recorría con la mirada el oscuro traje de seda con un escote recatado que desafiaba los dictados de la moda del momento. Se cubría la cabeza con una caperuza negra y se inclinó ante él cortésmente.
    – Esperad fuera, señor Lascelles -ordenó Thomas Cranmer-. Deseo hablar a solas con vuestra hermana. Entrad, hija mía -añadió cediéndole el paso y cerrando la puerta a sus espaldas-. Hace un día muy húmedo y frío, ¿verdad? Venid, sentaos junto a la chimenea.
    Thomas Cranmer hizo todo lo posible por ganarse la confianza de la dama. Pensaba que si lograba tranquilizarla, recordaría hasta el último detalle de aquella desagradable historia. Con un poco de suerte, aquella conversación no saldría de su despacho y no sería necesario tomar medidas drásticas. En cuanto a Lascelles, ya se ocuparía de él más adelante.
    El arzobispo esperó pacientemente hasta que María Hall se hubo acomodado en un sillón y le tendió una copa de vino dulce rebajado con agua.
    – ¿Qué os llevó a confiar a vuestro hermano algunos detalles relacionados con el pasado de la reina? -preguntó.
    – Yo no quería, señor -contestó la dama-. La señorita Cat era una niña muy traviesa, pero estaba convencida de que el matrimonio la haría cambiar para bien. John y Robert, mi marido, no dejaban de repetirme que debía pedirle un puesto en palacio. Yo les dije que no pensaba hacer tal cosa, pero ellos insistían y cada día me venían con el cuento de otra antigua doncella de la duquesa Agnes que había sido admitida en el servicio de su majestad. Sé cómo mantener a raya a mi marido pero John es harina de otro costal. Un día le dije que me dejara en paz y que no sería yo quien importunara a la pobre reina Catherine. Cuando me preguntó qué quería decir con eso de «la pobre reina Catherine», le contesté que esas mujeres no deseaban servirla, sino aprovecharse de ella y que habían obtenido su puesto amenazándola con revelar lo ocurrido en los palacios de Horsham y Lambeth durante su infancia y juventud. Le dije que chantajear a la reina me parecía algo despreciable y que, si ella hubiera reclamado mi presencia en la corte, no habría dudado en acudir a su lado pero que no pensaba amenazarla para obtener un buen puesto. Desgraciadamente, mis explicaciones no convencieron a John -suspiró desalentada-; la ambición de mi hermano no conoce límites. A partir de ese día no dejó de importunarme hasta que consiguió arrancarme el secreto que había abierto las puertas de palacio a las otras doncellas. Estoy convencida de que la señorita Cat no tuvo toda la culpa: era joven e inocente y los caballeros revoloteaban a su alrededor sin descanso. Le advertí de lo que podía ocurrir, pero no quiso escucharme. Es una jovencita muy testaruda y yo sólo era una simple doncella. La duquesa nunca sospechó nada -añadió-. Cada vez que había un problema ac tuaba con contundencia, pero lady Agnes no solía advertir que había problemas hasta que era demasiado tarde. Nadie le contaba lo que ocurría en su propia casa porque la mayoría de los miembros del servicio estaban implicados.
    – Contadme todo cuanto recordéis de aquellos años -dijo el arzobispo con una voz tan suave que María Hall sintió que podía confiar en él.
    – Conozco a su majestad desde que era una cría
    – contestó-. Yo cuidé de ella y de sus hermanas cuando llegaron a Horsham. ¡Era una niña muy revoltosa!
    – rió al recordar a la pequeña Catherine-. Pero tenía un corazón de oro, señor, y todo el mundo la adoraba. Un año antes de su marcha al palacio de Lambeth dije a la duquesa que la pequeña mostraba un gran interés por la música, así que lady Agnes hizo venir a un atractivo y ambicioso joven llamado Enrique Manox para que enseñara a Catherine a tocar el laúd y a cantar. Pero Manox quería llegar muy alto e hizo creer a la señorita que iba a casarse con ella, aunque en realidad sólo quería deshonrarla. ¡Valiente sinvergüenza, el tal Manox!
    – bufó furiosa-. Le ordené que se alejara de mi Cat pero ellos siguieron viéndose en secreto. Un día, la duquesa les sorprendió besándose y acariciándose. Les propinó una monumental paliza y envió a Manox de vuelta a Londres.
    – ¿Sintió mucho la señorita Catherine la partida de su profesor de música?
    – La verdad es que no -contestó María Hall tras reflexionar unos instantes-. La pobre había dicho a todo el mundo que Enrique Manox le había dado palabra de matrimonio, pero no era más que un sueño adolescente. Aunque hubiera estado enamorado de ella, la familia nunca habría permitido que ese matrimonio se celebrara. La señorita era una Howard y él, un simple profesor de música.
    – Comprendo -asintió Thomas Cranmer-. ¿Qué ocurrió cuando lady Catherine llegó a Londres?
    – Ocurrió un año después. Enrique Manox la esperaba impaciente y pretendía continuar su conquista. Sin embargo, la señorita Catherine no quiso saber nada de él, lo que le enfureció mucho. El muy sinvergüenza había estado fanfarroneando delante de sus amigos sobre su aventura con ella y aseguraba que la señorita volvería a su lado con sólo pedírselo.
    – ¿Eso es todo? -sonrió el arzobispo sirviéndole un poco más de vino-. Habladme de Francis Dere-ham. ¿Cuándo conoció a lady Catherine? ¿Mantenían una relación muy estrecha?
    – Francis Dereham trabajaba para el duque. Como Enrique Manox, su posición era inferior a la de la señorita, pero parecía no importarle. Cuando Manox descubrió que aquel caballero hacía la corte a lady Catherine, se puso verde de envidia. Las peleas entre ambos rivales se sucedían sin descanso y la señorita, que se sabía la envidia de todo Lambeth, no cabía en sí de gozo. Francis Dereham se granjeó las simpatías de la reina desde el primer momento. Era bastante más apuesto que el pobre Enrique Manox y de buena familia. Finalmente, Manox admitió su derrota y desapareció, dejando el campo libre a Francis Dereham. Aunque se hacía pasar por un auténtico caballero, era otro sinvergüenza. Trataba a la señorita con demasiada familiaridad y yo solía reprenderla. «Francis dice que desea casarse conmigo», me dijo una vez. «¿Conque esas tenemos? ¿Volvemos a las andadas, lady Catherine? Vos no sois nadie para dar palabra de matrimonio. Será vuestro tío, el duque, quien escogerá a vuestro marido», repliqué yo. «Sólo me casaré con Francis Dereham», insistió ella. Desde ese día la señorita Catherine empezó a volverme la espalda y dejó de confiar en mí, pero yo seguía reprobando su comportamiento. Un día, Francis Dereham me amenazó: «Si dices algo a la duquesa, alegaré que eres una mentirosa y que estás celosa de Catherine. Perderás tu trabajo y te morirás de hambre porque nadie querrá contratarte. ¿Me he explicado con claridad?», dijo. ¿Qué podía hacer yo sino callar, señor? -sollozó María Hall.
    – ¿Creéis que el señor Dereham se tomó demasiadas libertades con lady Catherine? -inquirió Thomas Cranmer.
    – Sí, señor, pero la señorita lo arreglaba todo diciendo que no importaba porque se iban a casar. Lo repetía tantas veces que todo el mundo acabó dando por sentado que sería así. Francis Dereham visitaba el dormitorio de las niñas casi todas las noches y se metía en la cama con ella. Hasta entonces yo había ocupado ese lugar, pero no pude seguir haciéndolo. Yo era una mujer casada y sabía perfectamente qué significaban los gemidos y los resoplidos que llegaban a mis oídos. Muchas de las jóvenes que compartían habitación con ella se negaron a seguir durmiendo allí cuando descubrieron qué estaba ocurriendo.
    – ¿Insinuáis que lady Catherine no era virgen cuando se casó con el rey? -exclamó Thomas Cranmer-. ¿Estáis diciendo que el señor Dereham y ella fueron amantes?
    – No puedo jurarlo porque echaban las cortinas de la cama, pero estoy casi segura de que ocurrió como os he explicado -contestó María Hall.
    – Continuad, por favor.
    – Se trataban de marido y mujer delante de todo el mundo. Una vez, él la besó en público y todos le reprendimos por comportarse con tanto descaro. El señor Dereham replicó: «¿Qué ocurre? ¿Acaso no tiene derecho un hombre a besar a su esposa?» Lady Catherine se encendió hasta la raíz del cabello. La señorita empezaba a tomar conciencia de qué significaba ser una Howard y se arrepentía de no haber parado los pies a su amante. Sin embargo, cuando aún estaba a tiempo de deshacerse de él, prefirió seguir haciéndole sitio en su cama. Manox, que no había olvidado la traición de Catherine y estaba celoso de Dereham, empezó a decir que había visto una mancha de nacimiento que la señorita tenía en un lugar no visible. Le pedí que dejara de lanzar infamias pero no me hizo caso. Finalmente, Catherine convenció a Dereham de que, no siendo su familia tan noble como la suya, debía conquistar a su tío con dinero, por lo que era necesario que partiera inmediatamente en busca de fama y fortuna. En aquellos días, lady Catherine ya sabía que había sido escogida como dama de honor de lady Ana de Cleves y que debía trasladarse a Hampton Court. Sospecho que a la señorita le pareció la excusa perfecta para deshacerse de su amante. Dereham partió hacia Irlanda no sin antes dejarle todos sus ahorros y asegurarle que ese dinero sería para ella si a él le ocurría algo. El pobre diablo estaba convencido de que Catherine aceptaría casarse con él. Meses después, oí decir que se había hecho pirata, pero es sólo un rumor.
    El arzobispo de Canterbury sentía un peso en el pecho que le impedía respirar con normalidad.
    – Decidme el nombre de las doncellas que han hecho chantaje a su majestad -pidió.
    – Katherine Tylney, Margaret Morton, Joan Bul-mer y Alice Restwold -respondió María Hall sin vacilar.
    – ¿Creéis que confirmarán vuestra historia?
    – Si dicen la verdad sí, señor.
    – Quiero pediros un favor -dijo Thomas Cranmer-: no habléis a nadie de esta conversación… ni siquiera a vuestro hermano. Si es cierto que Catherine Howard no era virgen cuando se casó con Enrique Tu-dor, quizá siga comportándose así después de su matri monio y ése sería motivo más que suficiente para acusarla de traición. Sé por experiencia que es casi imposible abandonar las malas costumbres. Antes de tomar una decisión, debo hablar con el resto de las doncellas de su majestad -añadió poniéndose en pie-. Por esta razón, os pido que guardéis silencio. Yo hablaré con vuestro hermano. El señor Lascelles a veces peca de… impulsivo.
    El arzobispo acompañó a María Hall hasta la sala donde su hermano esperaba. John Lascelles se puso en pie de un brinco y corrió hacia ellos, pero Thomas Cranmer se le adelantó.
    – La conversación que acabo de mantener con vuestra hermana es confidencial y le he prohibido revelar su contenido a nadie, ni siquiera a vos. Quiero investigar a fondo este asunto antes de hacerlo público. Pronto volveré a llamaros a declarar, ¿habéis entendido?
    Lascelles asintió y, tomando a su hermana del brazo, abandonó el palacio. Thomas Cranmer, el clérigo más poderoso de Inglaterra, regresó a su despacho y se dispuso a meditar sobre la increíble historia que acababa de escuchar. María Hall parecía inofensiva y, aunque había manifestado su desacuerdo con el comportamiento de la reina, su afecto por ella parecía sincero.
    Ahora estaba seguro de que Catherine Howard era una muchacha frivola e irresponsable, de esas que se enamoran y se desengañan con la misma facilidad que se cambian de vestido. Las atenciones de Enrique Tu-dor habían halagado su vanidad y, aunque el rey era un hombre grueso, anciano y enfermo, su poder y su riqueza habían seducido a la joven. El arzobispo negó con la cabeza. ¿Estaba Catherine Howard enamorada de Enrique Tudor? La muchacha representaba a la perfección su papel de esposa dedicada a su marido y el rey estaba locamente enamorado de ella.
    ¿Qué debo hacer?, se preguntó. Si la reina había enmendado su comportamiento después de su matrimonio no tenía sentido sacar los trapos sucios de su juventud. Además, sabía que el rey montaría en cólera si alguien manchaba la reputación de su rosa sin espinas. Sólo le quedaba reflexionar y pedir a Dios que le iluminara. Se dirigió a su capilla, se arrodilló frente al altar, juntó las manos, cerró los ojos y rezó.
    El rey regresó a Hampton Court el día de Todos los Santos y lo primero que hizo fue ordenar la celebración de una misa de acción de gracias. Una vez en la capilla real, Enrique Tudor habló así delante de sus subditos:
    – Te doy gracias, Señor, por haberme aliviado de las penas causadas por mis anteriores matrimonios entregándome a la que hoy es mi esposa.
    Nyssa de Winter miró de reojo a su marido y él le estrechó una mano. Mientras escuchaba las humildes palabras del rey, Thomas Cranmer tomó una decisión: John Lascelles no era uno de esos hombres que dejan las cosas a medio hacer y no le quedaba más remedio que revelar al rey la conversación mantenida con María Hall. Tras la ceremonia, se retiró a su despacho y escribió una carta que le entregó al día siguiente.
    – ¿Qué es esto, Thomas? -preguntó Enrique.
    – Es una carta personal. Quiero que la leáis con atención. Sabed que estoy a vuestra entera disposición por si me necesitáis.
    El rey asintió y deslizó el pergamino en el bolsillo de su abrigo. Cuando la misa de la mañana hubo terminado, despidió a Catherine con un beso y se encerró en su despacho tras ordenar que no se le molestara. Se sirvió una copa de vino que apuró de un sorbo y se sentó a leer la misteriosa carta. Mientras lo hacía, frunció el ceño y aspiró con fuerza tratando de recuperar la respiración. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, cuando consiguió aclararse la vista, descargó un fuerte puñetazo sobre la mesa. '
    – ¡Mentiras! -rugió mientras avanzaba pesadamente hacia la puerta-.¡Son mentiras! ¡No creo una sola palabra! ¡Ese tal Lascelles pagará muy caro su atrevimiento! ¡Ve a buscar al arzobispo inmediatamente! -gritó a su paje.
    El muchacho se apresuró a cumplir la orden mientras los consejeros del rey intercambiaban miradas de extrañeza y Enrique Tudor regresaba a su despacho dando un portazo tan fuerte que hizo temblar los muros de la habitación. Se sirvió otra copa de vino y la apuró de un sorbo con la esperanza de calmar sus alterados nervios. Nunca había estado tan enojado, ni siquiera cuando Catalina de Aragón se había negado a concederle el divorcio. ¿Cómo se atrevían a manchar el nombre de su encantadora esposa? Ese Lascelles iba a pagar muy caro su atrevimiento. ¡Le iba a hacer sufrir hasta hacerle maldecir el día que había nacido! Furioso, descargó otro puñetazo sobre la mesa.
    Thomas Cranmer, que se había retirado a su despacho a esperar la llamada del rey, siguió al asustado paje a través de los pasillos de Hampton Court mientras le dirigía palabras tranquilizadoras. Llamó a la puerta del despacho de Enrique Tudor y la abrió. El rey se volvió y miró al arzobispo con la expresión más furiosa de su repertorio.
    – ¿Qué significan este montón de mentiras? -rugió-. ¡Quiero que ese tal Lascelles y su hermana sean arrestados inmediatamente y que se les encierre en la Torre! ¡Levantar acusaciones falsas contra la reina es traición! ¡Traición!
    – No estoy seguro de que esas acusaciones sean falsas -replicó Thomas Cranmer sin perder la calma-. John Lascelles es un protestante convencido, pero la señora Hall cuidó de la reina cuando ésta era una niña y profesa un sincero afecto por ella. Su hermano quiso obligarla a pedir un puesto en palacio, pero ella se negó a hacerlo alegando que no deseaba servir a una joven-cita cuyo comportamiento dejaba mucho que desear. María Hall es una buena persona, majestad -aseguró-. Si reveló a su hermano los detalles de la agitada vida sentimental de lady Catherine, lo hizo para que dejara de importunarla, no para perjudicar a su majestad. Naturalmente, se negó a hacerle chantaje. ¡Es una lástima que el resto de las doncellas de su majestad no sean tan escrupulosas! -se lamentó el arzobispo-. ¿No os ha extrañado nunca el hecho de que cuatro de ellas sean antiguas doncellas del castillo de Lambeth?
    – Ese tipo llamado Dereham se presentó en Ponte-fract en el mes de agosto -repuso el rey, pensativo-. Catherine dijo que le enviaba la duquesa Agnes, que debíamos tratarle con gran amabilidad y le nombró su secretario personal. Yo consentí, pero he de confesar que no me es simpático.
    – Ahora lo entiendo todo… -murmuró Thomas Cranmer.
    – Si Catherine me fue infiel antes de nuestro matrimonio no hay razón para condenarla, pero… Quiero que lleguéis al fondo de este asunto, Thomas -pidió Enrique Tudor al arzobispo-. Lo último que deseo es un escándalo pero si la reina da a luz a un duque de York, nadie debe poner en duda la paternidad de ese niño. Por el amor de Dios, averiguad la verdad -suplicó.
    – Resolveré este asunto con la máxima discreción.
    – Dios mío, ¿por qué eres tan cruel conmigo? -se lamentó Enrique Tudor-. ¿Por qué sigues poniéndome a prueba? Sólo tengo un hijo y está enfermo. Los médicos dicen que necesita perder peso y que está demasiado mimado. He ordenado que se le someta a un severo régimen de comidas y que se le obligue a hacer ejercicio todos los días. Cuando visité sus habitaciones, no me atrevía a dar crédito a mis ojos: mi hijo parecía un ídolo en su altar y apuesto a que hacía meses que nadie abría una ventana para que entrara un poco de aire fresco. ¿Es mucho pedir una mujer que me sea fiel y me dé hijos, Thomas? ¡Soy tan feliz con mi Catherine? ¿Por qué tiene Dios que llevársela ahora?
    El arzobispo negó con la cabeza. Incluso el mismísimo rey de Inglaterra tenía derecho a sentir lástima de sí mismo. Desde su regreso no había dejado de recibir malas noticias: la enfermedad de su hijo, las habladurías sobre el oscuro pasado de Catherine y la muerte de su hermana Margaret, reina de Escocia. Enrique Tudor siempre se había llevado mejor con María, su hermana menor, pero la muerte de Margaret le recordaba que él podía ser el siguiente y que antes debía dejar solucionado el asunto de su sucesión.
    – Quizá sólo sean habladurías y chismes -trató de consolarle Thomas Cranmer-. Muchas jóvenes no llegan vírgenes al matrimonio. Es una vergüenza, pero es así -suspiró, resignado-. Si lady Agnes era tan descuidada como María Hall asegura, ella es la culpable y no Catherine, quien, después de todo, sólo era una niña. Investigaré a fondo este asunto y os mantendré informado.
    – Contad conmigo para lo que necesitéis.
    – ¿Dais vuestro permiso para interrogar a quien yo crea oportuno?
    – Haced todo cuanto sea necesario; contáis con mi permiso -asintió Enrique Tudor-. ¡Dios, cuánto echo de menos a mi fiel Crum!
    – Que Dios le tenga en Su gloria.
    – Thomas…
    – ¿Sí, majestad?
    – Aseguraos de que la reina no abandone sus habi taciones y decidle que no volveré a verla hasta que se aclare este asunto. Se acabaron las visitas y la compañía de sus damas. Sólo lady Rochford podrá estar con ella.
    – Como ordenéis, majestad -asintió Thomas Cranmer^. Debéis ser fuerte y aceptar la voluntad de Dios, Enrique -añadió apoyando una mano en el hombro del rey.
    – Así sea -murmuró el monarca volviéndose para ocultar las lágrimas que anegaban sus ojos. Sabía que Thomas Cranmer era una de las pocas personas en las que podía confiar; los demás estaban demasiado ocupados haciendo fortuna y aprovechándose de su buena fe.
    El arzobispo abandonó el despacho del rey. Los caballeros que esperaban en la antesala le dirigieron miradas inquisitivas pero él se limitó a levantar su mano derecha y a bendecirles antes de desaparecer sin mediar palabra.
    La reina Catherine y sus damas estaban ensayando un nuevo baile venido de la refinada corte francesa cuando la Guardia Real las interrumpió. El capitán dio un paso al frente y se inclinó cortésmente.
    – Señora, tengo orden de llevaros a vuestras habitaciones y no dejaros salir de allí hasta que el rey así lo disponga. Sólo lady Rochford tiene permiso para permanecer a vuestro lado.
    – ¿Cómo os atrevéis a entrar sin llamar y a interrumpir nuestro ensayo? -exclamó la arrogante joven-. Quiero mostrar al rey este baile el día de Navidad.
    – Lo siento, pero se acabó el baile -replicó el capitán mientras obligaba a las damas a abandonar la habitación. Éstas no se hicieron de rogar y, recogiéndose las faldas, corrieron a contar a todo el mundo que algo terrible sucedía.
    – ¡Nyssa, quédate conmigo! -suplicó Catherine Howard-. ¡Tengo mucho miedo!
    – Yo también -contestó Nyssa-. No digas nada hasta que averigües de qué se te acusa -añadió bajando la voz antes de despedirse de ella con una reverencia y abandonar la habitación.
    – ^¿Por qué se me encierra? -preguntó la reina-. Exijo ver al rey.
    – No sé si será posible.
    – Yo iré a hablar con su majestad -se ofreció lady Rochford haciendo ademán de dirigirse a la puerta.
    – Lo siento, lady Rochford -dijo el capitán interponiéndose en su camino-. El rey ha ordenado que también vos seáis retenida junto con la reina. No debéis preocuparos; os traeremos comida y no os faltará de nada.
    – ¡Quiero ver a mi confesor! -exigió la reina-. Si no puedo entrar y salir y tampoco puedo ver a mi marido, supongo que por lo menos podré confesarme. ¿O tampoco tengo derecho a hablar con un sacerdote?
    – Se lo preguntaré a su majestad -respondió el capitán, quien hizo una reverencia y salió cerrando la puerta con llave.
    Catherine y lady Rochford corrieron hacia las otras salidas, pero todas estaban cerradas, incluso el pasadizo secreto que conducía directamente al dormitorio del rey. Lady Rochford se asomó a la ventana y lo que vio le hizo contener la respiración: grupos de hombres armados y uniformados custodiaban el jardín.
    – ¡Lo sabe! -siseó Catherine-. ¿Por qué otra razón iba a encerrarme?
    – No digáis nada hasta que no sepáis de qué se os acusa -repuso lady Rochford-. Todavía no sabemos si alguien os ha delatado.
    Lady Jane Rochford se sintió transportada al pasado. Su cuñada Ana Bolena también había sido acusada y encerrada. Aunque sabía que lady Ana era inocente, Jane Rochford había testificado contra ella para salvar a George Bolena, su marido. Había asegurado que la reina y su hermano habían pasado una tarde encerrados en una habitación y que George Bolena había disuadido a su hermana de llevar a cabo la conspiración contra el rey que planeaba. «Habladnos de dónde y cuándo se celebró aquella entrevista», había ordenado el tribunal.
    Jane Rochford había obedecido sus órdenes pero Cromwell y sus compinches habían tergiversado su declaración de tal manera que Ana Bolena fue acusada de cometer incesto con su hermano George.
    – ¡Mentira, eso es mentira! -había gritado mientras los guardias la arrastraban fuera de la sala. No había vuelto a ver a su marido. Tampoco había podido decirle que ella no había dicho tal cosa, que la habían engañado y que le amaba. El rey le había ordenado alejarse de palacio y Había prometido recompensarla algún día. Al nombrarla dama de lady Ana de Cleves había cumplido su promesa y, cuando había pasado a servir a lady Catherine, aquella cabeza de chorlito a quien el rey adoraba, había sabido que se acercaba la hora de la venganza.
    Durante su exilio Jane Rochford había planeado su venganza cuidadosamente. Enrique Tudor se iba a enterar de lo que era ser traicionado por las personas en quien uno confía ciegamente y qué se sentía al perder a un ser amado bajo el hacha del verdugo. Si tenía que pagar con su propia vida, estaba dispuesta a hacerlo. Había perdido a su marido y a sus hijos y vivía para vengar la muerte de George.
    Por esta razón había empujado a Catherine Ho-ward a cometer adulterio con Tom Culpeper. La verdad es que le había resultado muy fácil. La reina era una muchacha frivola e irresponsable con la cabeza llena de palabras vacías como romanticismo y amor y con menos seso que un mosquito. Jane Rochford había lo grado convencerla de que el rey no sospecharía nada si le mantenía satisfecho. En cuanto a Culpeper, no era más que un joven orgulloso y pagado de sí mismo que había cometido el error de enamorarse de Catherine Howard. No habría sabido decir quién era el más tonto de los dos. ¿Cómo era posible que no se hubieran dado cuenta de que su aventura estaba destinada a terminar como el rosario de la aurora?
    Se preguntaba quién había delatado a la reina. Ella hubiera preferido esperar hasta que la reina quedara embarazada. Lady Catherine le había confesado que últimamente el rey no era el de siempre en la cama y Enrique Tudor no habría tardado en sospechar que él no era el padre del hijo que su esposa esperaba. Entonces tendría que delatarla o reconocer a un hijo bastardo, lo que le causaría un terrible sufrimiento. Pero alguien se le había adelantado y había dado al traste con sus planes. ¿Quién lo había hecho y por qué? ¿Qué sabía? Le asustaba pensar que quien conocía el secreto de la reina podía acusarla de cómplice.
    – Macedme caso, señora -dijo tomando una mano helada de la reina entre las suyas-: negad todo. Recordad que no sabemos quién os ha delatado y qué información posee. Es su palabra contra la vuestra pero el rey os adora y os creerá a pie juntillas. Lo importante es conservar la calma.
    – Recuerdo los últimos días de mi prima Ana -susurró Catherine estremeciéndose-. ¡No quiero morir, lady Rochford!
    – Entonces guardad silencio y negad todas las acusaciones que se formulen contra vos -aconsejó la dama-'. Si jugáis vuestras cartas con habilidad, saldréis bien parada. No existen pruebas contra vos. -Aunque no tardarán en inventarlas, añadió para sus-adentros. Así lo había hecho Enrique Tudor cuando había decidido deshacerse de Ana Bolena, pero el rey estaba ena morado de Catherine Howard. Tendría que sobornar a uno de los carceleros para averiguar el nombre del delator de la reina.
    Nyssa abandonó la habitación de la reina y corrió a buscar a su marido, a quien encontró en compañía del duque de Norfolk.
    – ¡El rey ha ordenado encerrar a Cat y a lady Rochford en sus habitaciones! -dijo casi sin respiración-. El arzobispo Cranmer ha sido encargado de investigar algunos detalles del pasado de Catherine.
    – ¡Que Dios nos ayude! -exclamó Thomas Howard-. ¿No sabéis de qué se acusa a mi sobrina? El rey la adora y me consta que no hay otra mujer.
    – ¿Estáis preocupado por Catherine o por salvar el pellejo? -espetó Nyssa, furiosa.
    – El día que tu esposa se muerda la lengua morirá envenenada -dijo el duque a su nieto.
    – ¡Os he hecho una pregunta! -gritó la indignada joven-. ¡Dejad de actuar como si fuera invisible! Varían y yo estamos en palacio porque así nos lo ha pedido vuestra sobrina pero daríamos cualquier cosa por regresar a Winterhaven con nuestros hijos. Si la reina que vos aupasteis al trono ha caído en desgracia, ¿quien nos asegura que no nos arrastrará a todos en su caída?
    – Tienes toda la razón, Nyssa -admitió Thomas Howard clavando la mirada en los ojos de la joven.
    Al ver el rostro serio e inquieto del duque, Nyssa se compadeció de él.
    – Tengo motivos para pensar que la reina va a ser acusada de adulterio, señor -dijo bajando la voz-. Lo que no comprendo es cómo se ha enterado el arzobispo.
    – ¿Qué…?
    Varían rodeó los hombros de Nyssa con un brazo mientras ella relataba al duque de Norfolk lo ocurrido durante el viaje.
    – ¿Por qué no he sido informado antes? -preguntó Thomas Howard cuando Nyssa hubo concluido.
    – Porque no habríais dudado en delatarla para salvaros -respondió Nyssa-. Le advertí que tarde o temprano la descubrirían pero no quiso escucharme. Esperaba que el día que eso sucediera, Varían y yo nos encontraríamos muy lejos de palacio y escaparíamos de la ira del rey.
    Thomas Howard sonrió y asintió. Como él, Nyssa Wyndham había aprendido a desarrollar el instinto de supervivencia y era capaz de hacer cualquier cosa por proteger a su familia.
    – Me temo que si abandonáis palacio ahora el rey creerá que huís porque tenéis algo que ver en este asunto. No os queda más remedio que aguantar el chaparrón aquí, como el resto de los cortesanos.
    – Lo sé -dijo Nyssa-. Pero nunca os perdonaré si a Varían o a mis hijos les ocurre algo por culpa de los ambiciosos Howard.
    – Me lo imagino -suspiró Thomas Howard-. Eres una de esas mujeres que perdonan pero no olvidan. Te aconsejo que no hables de este asunto con nadie; puede que el rey haya ordenado encerrar a Cathe-rine por otro motivo. Hablaré con el arzobispo Cranmer y trataré de sonsacarle -añadió poniéndose en pie.
    – ¿Y nos diréis de qué se trata o utilizaréis esa información para salvar vuestro pellejo? -quiso saber Nyssa.
    – Os mantendré informados -prometió el duque antes de abandonar la habitación.
    – ¿En qué lío se habrá metido ahora? -se preguntó Varían mientras servía dos copas de vino-. ¿Qué habrá hecho para que el rey haya ordenado encerrarla?
    Se acercó a la chimenea, tendió una copa a Nyssa y se acomodó en un sillón.
    – Cat me hablaba de su infancia a menudo -susurró Nyssa-; Decía que la duquesa Agnes apenas controlaba a las sirvientas y que dos caballeros trataron de seducirla. Le dije que si se sinceraba con el rey antes de la boda, nadie utilizaría esa información en su contra, pero temía que Enrique Tudor se enfureciera y se negara a casarse con ella.
    – Entonces, es posible que alguien esté tratando de aprovechar esa información para desacreditarla a ojos del rey. ¿Quién puede estar interesado en arruinar la reputación de la pobre Catherine? -se preguntó Varían-. Tiene la cabeza llena de pájaros pero es una buena chica. Nyssa, nadie debe sospechar que sabemos lo que está ocurriendo. Si alguien descubre que conocemos los secretos de la reina acabaremos envueltos en el escándalo.
    – Tienes razón -asintió ella-. Si Dios nos ayuda, pronto se aclarará todo y podremos regresar a Winter-haven.

    El arzobispo Cranmer no tardó en volver a llamar a John Lascelles y a María Hall y permitió que el duque de Norfolk presenciara el interrogatorio. Cuando hubo terminado, se volvió hacia él y le pidió su opinión.
    – ¿Qué decís ahora, señor?
    Thomas Howard estaba muy pálido y parecía preocupado. La descripción de la vida en el palacio de Lam-beth que acababa de escuchar de boca de María Hall era casi increíble. La mayoría de las jóvenes de la familia Howard habían sido criadas por la duquesa allí. Hasta mis perros de caza se habrían ocupado mejor de ellas, se lamentó.
    – Es sólo una criada -respondió-. Me gustaría hablar con la duquesa Agnes y darle la oportunidad de defenderse.
    – Yo también deseo formularle algunas preguntas -asintió Thomas Cranmer-. Me cuesta creer que haya sido tan negligente e irresponsable.
    – A mí también -gruñó el duque.
    Thomas Howard corrió al castillo de Lambeth para entrevistarse con su madrastra. Los rumores respecto al pasado de Catherine habían llegado a oídos de la duquesa y la dama sabía que sería severamente castigada si se demostraba que había descuidado la educación de las jóvenes hermanas Howard. Cuando su hijo llegó al castillo, la encontró revolviendo entre las cosas que Catherine había dejado allí y tratando de deshacerse de cualquier prueba incriminatoria.
    – ¡Tom! -exclamó disimulando el temblor que sacudía su voz-. ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?
    – ¿Por qué no me hablaste del comportamiento de Catherine cuando te dije que planeaba hacer de ella la reina de Inglaterra? -espetó él.
    – Yo no sabía nada -se defendió lady Agnes-. Además, no es culpa mía; me enviaste a esas muchachas para que las convirtiera en mujeres refinadas capaces de hacer un buen papel en la corte, no para que les diera educación moral.
    – Entonces, ¿es cierto que esas chicas corrían por tu casa como cabras sin cencerro? -exclamó Thomas Howard, incrédulo-. ¡No puedo creerlo! ¿Has perdido la cabeza? ¿No se te ocurrió pensar que el escándalo acabaría estallando? ¡Me importa un bledo lo que les ocurra a las otras, pero Catherine…! ¡Es la reina de Inglaterra!
    – Tranquilízate, Tom -replicó la duquesa-. Si lo que cuentan es cierto, ocurrió antes de que Catherine llegara a Hampton Court y su majestad se enamorara de ella. Enrique Tudor no se atreverá a cortarle la cabeza; lo peor que le puede ocurrir es que la repudie y vuelva a casarse. Como ocurrió tras la muerte de Ana Bolena, los Howard volveremos a caer en desgracia, pero sobreviviremos, Tom.
    – Puede que tengas razón -murmuró el duque, pensativo-. Acabo de hablar con el arzobispo Cran-mer y sospecho que no cejará en su empeño hasta averiguar toda la verdad. No creo que lo consiga, pero si lo hace estamos perdidos.
    El arzobispo de Canterbury despidió a John Lascelies y su hermana y se sentó a reflexionar. Las versiones de ambos hermanos coincidían hasta el último detalle. Le inquietaba saber que Francis Dereham, el amante de la reina, era ahora su secretario personal. ¿Qué había llevado a Catherine a darle un cargo tan importante? ¿Estaba pensando en volver a las andadas? Era joven, atractivo y, sin duda, mejor compañera de cama que un anciano obeso.
    Aunque no podía probarlo, sospechaba que la reina había cometido adulterio. Un escalofrío le recorrió la espalda. El rey le había pedido que averiguara la verdad, pero esa verdad parecía ser más sucia y desagradable de lo que había imaginado. Desgraciadamente, era demasiado tarde para volverse atrás.
    Convocó al Consejo Real y comunicó a sus miembros la gravedad de la situación. Éstos acordaron proseguir con la investigación y prevenir al rey contra Francis Dereham.
    – Estoy seguro de que la reina os ha traicionado de pensamiento -dijo el arzobispo a Enrique Tudor, quien se sujetaba la cabeza entre las manos-. Y me temo que, si hubiera tenido la oportunidad, también lo habría hecho en la cama. Majestad, no puedo probar que os haya sido infiel, pero vos mismo habéis dicho que es necesario llegar al fondo de la cuestión. Vuestro nombre debe quedar limpio.
    El rey levantó la mirada, la clavó en sus consejeros y, ante la estupefacción de éstos, rompió a llorar.
    – ¡La quiero tanto! -sollozó-. ¿Por qué me ha traicionado? ¿Por qué?
    Los consejeros intercambiaron miradas de desconcierto. Todos sabían que el rey adoraba a lady Catherine, pero los más cínicos se preguntaban cuánto habría durado aquel amor. Sin embargo, les avergonzaba ver llorar a moco tendido al hombre que gobernaba el país. Su soberano se había convertido en un anciano sensiblero y todos sentían el peso de la edad sobre sus hombros.
    Enrique Tudor se puso en pie trabajosamente.
    – Me voy de caza -dijo secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
    El rey abandonó Hampton Court una hora después llevándose a media docena de acompañantes. Necesitaba tiempo para curar su heridas y deseaba desaparecer de la vida pública durante unos días. Tampoco deseaba estar cerca de la reina cuando ésta conociera de qué se la acusaba. Antes de partir, se había refugiado en su capilla y desde allí había oído la voz de Catherine, que le llamaba a gritos:
    – ¡Enrique, ten compasión de mí! ¿Por qué no quieres verme? ¡Enrique, ven, por favor!
    Alguien le dijo que la reina había empujado al guardia que le traía la comida y que había tratado de escapar para correr en su busca. Sus carceleros se habían mostrado reacios a reducirla por la fuerza pero no habían tenido más remedio que hacerlo. Enrique Tudor se alegraba de no haberla visto en aquel estado de desesperación; sabía que no habría podido resistirse a estrecharla entre sus brazos y perdonarla. Y Catherine no merecía su perdón. El arzobispo Cranmer se había limitado a insinuar que la joven podía haber cometido adulterio, pero en el fondo de su corazón tenía la certeza de que la reina era culpable de tan terrible crimen. Ahora comprendía muchas cosas: ¿por qué había insistido tanto en que se nombrara a Francis Dereham su secretario personal? El tipo parecía un pirata y sus modales eran terribles además de ser arrogante y muy irascible.
    El duque de Norfolk se sentía responsable del fracaso del quinto matrimonio de Enrique Tudor. Cuando el rey había expresado su deseo de deshacerse de Ana de Cleves, se había apresurado a buscar a su susti tuta entre las mujeres de su familia. Su ansia por colocar a Catherine en el lugar de lady Ana le había llevado a no perder el tiempo investigando su pasado. Si lo hubiera hecho, habría descubierto que la muchacha no reunía las cualidades necesarias para ser reina de Inglaterra. Su cara bonita y su encantadora sonrisa habían bastado para conquistar al rey pero aquella jovencita le había puesto en una situación mucho más difícil que Ana Bolena. Le gustara o no, Cat era responsabilidad suya y era él quien debía encontrar la solución al problema.
    El Consejo Real visitó a la reina y le comunicó cuáles eran la acusaciones que se habían formulado contra ella. Catherine, que no podía dejar de pensar en su prima Ana y en cómo ésta había pagado su infidelidad con su vida, sufrió un ataque de nervios. Afortunadamente, nadie había pronunciado el nombre de Tom Culpeper. Quizá no lo supieran. Las acusaciones estaban basadas en su vida anterior a su matrimonio con Enrique Tudor y Thomas Howard había asegurado que estaba de su parte. Trató de calmarse pensando que los Howard no la abandonarían, pero no le resultó fácil. ¡Tenía tanto miedo!
    El arzobispo Cranmer trató de hablar con ella al día siguiente pero Catherine sufrió un nuevo ataque cuando le fue anunciada su visita. Thomas Cranmer no consiguió tranquilizarla ni comprender ninguna de las palabras que la joven balbuceaba entre sollozos.
    – Se niega a probar bocado-explicó lady Rochford. -
    – Cuando se calme, decidle que volveré mañana y que estoy aquí para ayudarla.
    A la mañana siguiente Thomas Cranmer encontró a la reina tan nerviosa como el día anterior. Se sentó a su lado y le habló con voz suave hasta que Catherine empezó a tranquilizarse.
    – Señora, no hay razón para desesperarse -aseguró-. No debéis perder las esperanzas. Mirad lo que os traigo -añadió mostrándole un pergamino-. Es una carta escrita por su majestad en la que se compromete a tener compasión de vos si confesáis.
    Catherine se lo arrancó de las manos como si estuviera en llamas, lo abrió y lo leyó mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
    – ¡Estoy tan arrepentida de haber disgustado al hombre que tanto me ama! -se lamentó entre sollozos.
    – Es cierto que las revelaciones sobre vuestro pasado le han roto el corazón, pero el rey os quiere mucho y ha prometido perdonaros en nombre de ese amor si confesáis.
    – Estoy dispuesta a contestar a todas vuestras preguntas para obtener el perdón de su majestad -accedió Catherine finalmente-. ¿Estáis seguro de que tendrá compasión de mí? ¿Merezco ser perdonada? -preguntó sin dejar de llorar. Tenía los ojos enrojecidos pero parecía tranquila y había recuperado la compostura.
    – Su majestad os tratará con todo cariño, señora -aseguró el arzobispo-. Todo cuanto tenéis que hacer es decir la verdad. Podéis confiar en mí, Catherine; prometo hacer por vos todo cuanto esté en mi mano.
    La reina tenía los ojos hinchados por el llanto y el cabello en desorden. Thomas Cranmer advirtió que la única joya que lucía era su alianza de matrimonio, algo inusual en una mujer que sentía debilidad por las piedras preciosas. Catherine Howard era la viva imagen de una mujer pillada en falta: el' miedo la traicionaba y las huellas de la culpa se reflejaban en su rostro.
    – Aunque sé que no lo merezco, doy gracias a Dios por haberme dado un marido tan bondadoso -murmuró la joven.
    – Entonces, ¿estáis dispuesta a confiar en mí?
    Catherine asintió y trató de hablar pero los ojos se le llenaron de lágrimas y volvió a estallar en sollozos. El arzobispo esperó pacientemente hasta que la joven se hubo serenado.
    – ¡Doy gracias a Dios por estar viva! -hipó la reina-. No es el miedo a la muerte lo que me hace llorar, sino el recuerdo de mi bondadoso marido. Cada vez que pienso cuánto me quería se me saltan las lágrimas, pero este acto de amor es mucho más de lo que esperaba y hace que mis ofensas me parezcan mucho más graves de lo que en realidad son. Y cuanto más pienso en la compasión que muestra por mí más me arrepiento de haberle traicionado.
    Thomas Cranmer supo que no sacaría nada en claro de aquella entrevista y se despidió de la reina tras anunciar que volvería al día siguiente.
    Cuando se hubo marchado, lady Rochford abandonó el oscuro rincón desde el que había oído toda la conversación entre la reina y el arzobispo y se sentó junto a ella.
    – Supongo que no estaréis pensando en hacer una tontería, ¿verdad? -dijo con tono amenazador-. Si confesáis, seréis condenada y acabaréis vuestros días como vuestra prima Ana. ¿De verdad creéis que alguien va a tomar en serio las acusaciones de un hatajo de criadas celosas?
    – El arzobispo dice que el rey ha prometido perdonarme si confieso -repuso Catherine-. Tengo miedo, lady Rochford. ¡No quiero morir! Confesaré que fui amante de Dereham antes de casarme con Enrique Tu-dor y seré perdonada.
    – Catherine Howard, escuchadme con atención: si confesáis dejaréis de ser reina de Inglaterra en el acto porque Enrique Tudor os repudiará. Conociendo al muy sátiro, apuesto a que ya ha echado el ojo a otra rosa sin espinas dispuesta a calentarle la cama.
    – ¡Enrique nunca haría algo así! -exclamó Catherine saliendo en defensa de su marido.
    – ¿Que no? -rió lady Rochford-. Mientras vuestra prima Ana estaba siendo juzgada, el rey trataba de engatusar a Jane Seymour. ¿Y qué me decís de lady Ana de Cleves? Todavía era la esposa de su majestad cuando éste deshojaba la margarita entre vos y lady Nyssa Wyndham. Quizá sea ella la candidata a sustituiros.
    Furiosa, Catherine Howard propinó una sonora bofetada a lady Rochford.
    – No os atreváis a hablar mal de la esposa de mi primo -siseó-. Nyssa de Winter es la única persona en quien puedo confiar y rezo por que mi imprudente comportamiento no haya puesto en peligro su vida, la de Varían o la de sus hijos. Haré cualquier cosa por proteger a su familia -prometió-. Vos también deberíais rezar, Jane Rochford. Si el rey descubre lo mío con Tom Culpeper, vos seréis acusada de cómplice y moriréis conmigo. Si, por el contrario, salgo de ésta con vida dedicaré el resto de mis días a hacer feliz a Enrique Tudor. Si el Consejo no me concede otra segunda oportunidad aceptaré mi castigo y daré gracias a Dios por conservar la vida.
    – ¡Qué noble os habéis vuelto de repente, majestad! -se mofó lady Rochford acariciándole una mejilla-. Se nota que enfrentáis a la muerte cara a cara por primera vez. ¿Cómo sabéis que vuestro marido ha escrito esa carta? ¿Desde cuándo Enrique Tudor se muestra compasivo con las mujeres que le traicionan? Quizá la haya escrito el arzobispo -insinuó.
    – El arzobispo no haría nunca algo así -replicó Catherine, muy pálida-. ¡Es un ministro de Dios!
    – Os recuerdo que Enrique Tudor también es rey de los ministros de Dios y que, por la cuenta que les trae, hacen más caso de sus órdenes que de sus conciencias. El rey es un ser real con quien deben convivir cada día, mientras Dios no es más que una entidad nebulosa..
    La reina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. ¿Tenía razón lady Rochford? ¿Quería Thomas Cranmer traicionarla? Jane Rochford sonrió para sus adentros mientras la joven reina trataba de contener el llanto.
    Los miembros de la familia Howard que vivían en palacio, muy aficionados a dejarse ver por Hampton Court, desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra. Todos los espectáculos y diversiones fueron suspendidos y, aunque nadie acertaba a explicarse por qué, todos sabían que la reina había caído en desgracia. El rey pasó aquellos primeros días del mes de noviembre cazando o reunido con los miembros del Consejo Real. En cuanto a Catherine, no se le permitía recibir visitas y los guardias encargados de llevarle la comida aseguraban que estaba muy pálida y que había perdido el apetito.
    Una tarde, Nyssa se encontraba en uno de los salones del duque de Norfolk bordando las iniciales de su marido en una de sus camisas. Parecía tranquila, pero no lo estaba. Thomas Howard la observaba en silencio. Cuando había fijado su matrimonio con Varían, todo cuanto sabía de ella era que se había convertido en una seria amenaza para su/poderosa familia pero ahora que debían pasar largas horas recluidos en aquel salón había descubierto que era una mujer inteligente y leal y que Varían estaba loco por ella. Por lo menos, algo ha salido bien, se dijo con amargura.
    – ¿Ocurre algo, señor?-quiso saber Nyssa levantando la mirada de su labor.
    – Todavía no, pero ocurrirá si el arzobispo no deja de interrogar a Catherine. Juraría que sospecha que hay algo más y me terno que si lo descubre mi sobrinita recibirá su merecido. Espero que desista antes de que se derrumbe y confiese.
    – ¡Pobre Cat! Deberíais haberle hablado de las responsabilidades y dificultades que una reina debe enfrentar en lugar de engatusarla con historias sobre poder, joyas y dinero. No estaba preparada para ser la esposa de Enrique Tudor y…
    – ¡Tonterías! -la interrumpió Thomas Howard-. Naturalmente que estaba preparada para ser reina de Inglaterra. ¡Es una Howard!
    – ¿Y eso qué tiene que ver? -rió Nyssa-. Cualquiera diría que los miembros de la familia Howard no sólo poseen atractivo físico, elegancia y distinción, sino también sensatez, buen juicio y una habilidad innata para superar cualquier dificultad. Me consta que vuestro apellido es uno de los más nobles y antiguos del país, pero no creo que Dios diera a los Howard más armas para hacer frente a las dificultades de la vida que al resto de los mortales.
    – ¡Descarada! -exclamó furioso el duque de Norfolk poniéndose en pie y saliendo de la habitación.
    Nyssa esbozó una sonrisa de triunfo y siguió cosiendo. Hacer rabiar a Thomas Howard era uno de los placeres más agradables que conocía. Minutos después, una doncella anunció la llegada de lady Ana de Cleves. Nyssa se apresuró a recoger su labor y a saludar a la antigua reina.
    – Bienvenida, señora. Sentaos junto al fuego.
    – He oído que Hendrick y Catrine tienen problemas -dijo lady Ana sin más preámbulos-. ¡Vaya con Catrine; a eso le llamo yo aprofechar la gufentud! Supongo que la negligente duquesa de Norfolk tufo parte de culpa. Me imaguino a todos esos hombres entrando y saliendo de los habitaciones de las muchachas a medianoche. ¿Es verdad que se ha vuelto loca? -preguntó mientras alisaba las arrugas de su falda de tercio pelo color amarillo. Una doncella les sirvió una copa de vino y se retiró discretamente.
    – Somos afortunadas por haber recibido una educación más esmerada que la pobre Cat -contestó
    Nyssa.
    _ja-asintió Ana de Cleves-. Dios es el único que puede ayudarla ahora. Alguien debería haberle dicho que reina no es ningún ganga.
    – Corre el rumor de que su majestad volverá a pedir vuestra mano cuando se divorcie de Cat.
    – Gott una Himmel, nein! -exclamó lady Ana, muy pálida-. ¡No pienso folfer a casarme con ese oso en celo! Gracias, pero no tropezaré dos veces con la misma piedra. Hendrick se niega a admitirlo, pero tiene una problema. No es posible que no exista una mujer capaz de hacerle feliz. Es una lástima que la única que lo consiguió muriera al dar a luz a su higo. Hendrick se ha hecho fiejo. ¿Para qué quiere otra esposa?
    – Sabéis que él se tiene por un príncipe joven y apuesto -respondió Nyssa-. Además, el príncipe Eduardo es su único heredero legítimo. ¿Qué será de nosotros si le ocurre algo? El Consejo Real insiste en que es necesario que vuelva a casarse y engendre más hijos.
    – ¿Cuándo se darán cuenta estos hombres de que una muguer es perfectamente capaz de gobernar un país? -suspiró Ana de Cleves-. Hendrick tiene dos higas muy inteliguentes, sobre todo la pequeña Bess. Sería una reina excelente, pero estos bárbaros no le darán la oportunidad de demostrarlo -se lamentó-. La pobrecilla está muy preocupada por Catrine. Como sabes, son primas por parte de la madre de Bess y la reina es una de las pocas personas que han tratado con cariño a esa niña. Es una barbaridad hacer pagar a los hijos los pecados de sus padres. Estoy aquí para que me cuentes qué está ocurriendo, Nyssa -añadió bajando la voz y acercándose a ella-. Se oyen toda clase de rumores y ya no sé qué creer. Mi confesor asegura que, por muy inapropiado que fuera el comportamiento de Catrine antes de su boda con Hendrick, ésa no es razón suficiente para anular su matrimonio. ¿A qué fiene tanto interrogatorio? ¿Sospechan que oculta algo? Tú fifes rodeada de miembros de la familia Howard y he pensado que, como su destino está ligado al de la reina, sabrías mejor que nadie qué ocurre.
    – Los Howard están tan asustados como el resto de los que vivimos en palacio -explicó Nyssa-. El duque asegura que no conocía el pasado de su sobrina y pasa el día rezando por que el rey no le haga responsable de su desgracia.
    – Thomas Howard es un malfado -bufó lady Ana-. Exhibió a Catrine delante de narices del rey y se aprofechó de que necesitaba una muguer desesperadamente. ¡Y lo que hizo a ti no tiene nombre!
    – Es cierto que se portó muy mal, pero afortunadamente todo ha salido bien. Varian estaba enamorado de mí y yo he aprendido a quererle. Éramos muy felices en Winterhaven con nuestros hijos pero la reina se empeñó en que pasáramos el verano con ellos. ¡Dios, cómo odio la corte! -exclamó-. Por cierto, ¿por qué no nos acompañasteis en el viaje al norte?
    – No pecar de inmodestia, pero el pueblo me adora -sonrió Ana de Cleves-. Todafía no han perdonado a Hendrick que me apartara de su lado. Quizá hayan sido subditos más fieles quienes han extendido el rumor de que el rey desea folfer a pedir mi mano. Hendrick pidió que me quedara aquí porque quería presentar a su nuefa esposa y yo obedecí encantada. Este fe-rano me he difertido muchísimo. Bess solía fenir a fisitarme pero la pobre María tuvo que acompañar a padre. María y Catrine no se llefan demasiado bien,; sabes?
    – La princesa María apenas se dejó ver durante el viaje -recordó Nyssa-. Salía a cazar con su padre todos los días pero se negó a participar en las celebraciones y banquetes. Sin embargo, el rey la obligaba a hacer acto de presencia cuando deseaba ofrecer la imagen de familia unida y feliz.
    Las amigas charlaron durante toda la tarde sobre temas tan diversos como la situación de Catherine Howard y las próximas vacaciones de Navidad. Nyssa explicó a lady Ana que habían tratado de abandonar la caravana al llegar a Amphill pero que el rey no se lo había permitido para no contrariar a Catherine.
    – Ya sabéis que odio pasar unas fechas tan señaladas lejos de Riveredge -suspiró resignada. No se atrevió a hablarle de la verdadera razón por la que habían mostrado tanta prisa por regresar a casa.
    Finalmente lady Ana se marchó y Nyssa volvió a concentrarse en su labor. El invierno se acercaba y los días cada vez eran más cortos pero la luz del fuego era más que suficiente para sus jóvenes ojos. No podía dejar de pensar en Cat. ¿Se descubriría su adulterio o conseguiría escapar impune y salvar, la vida?
    El arzobispo seguía visitando a Catherine cada día y finalmente logró convencerla de que confesara por escrito sus escandalosas aventuras prematrimoniales. La reina estaba convencida de que su relación con Francis Dereham no la comprometía pero Thomas Cranmer creía poseer las pruebas necesarias para acusarla de haberse casado con Enrique Tudor estando comprometida con otro hombre, razón más que suficiente para anular el matrimonio de los reyes. Catherine no era virgen cuando se había casado y la pareja no había tenido hijos, por lo que la situación podía resolverse sin que terceras partes resultaran perjudicadas. Sin embargo, el arzobispo no estaba satisfecho e intuía que Catherine ocultaba algo.
    – ¿Qué has hecho, niña estúpida? -espetó lady Rochford-. ¡Acabas de dar al arzobispo una buena razón para anular tu matrimonio con el rey!
    – Pero él dijo que Enrique me perdonaría si confesaba -replicó Catherine, estupefacta por la falta de respeto que acababa de sufrir.
    – ¿Por qué iba el rey a perdonar a suputa? -repuso Jane Rochford, que estaba disfrutando enormemente torturando a la reina-. Sí, eso es lo que eres: la puta del rey. Si reconoces que tuviste relaciones con Francis Dereham dejarás de ser la reina de Inglaterra y te convertirás en una de sus numerosas amantes. Tu prima Ana era una mujer muy inteligente pero tú ni siquiera eres consciente del error que acabas de cometer.
    – ¿Y qué voy a hacer ahora? -gimió Catherine-. ¡No quiero ser la puta del rey!
    – Llamad al arzobispo y decidle que estabais tan asustada que habéis olvidado decirle que Dereham os forzó.
    – ¿Me creerá?
    – ¿Y por qué no iba a hacerlo? -replicó lady Rochford, empezando a impacientarse.
    Pero Thomas Cranmer no creyó a la reina cuando ésta le contó que había sido violada por Francis Dereham. Estaba seguro de que mentía y se preguntaba qué la había llevado a cambiar su confesión.
    – Antes de decir nada pensad que es vuestra vida lo.que está en juego. Su majestad ha prometido perdonaros, pero sólo se compadecerá de vos si decís la verdad.
    – ¡Juro que no miento! -insistió Catherine-. Dereham me violó.
    – ¿Todas las veces? -preguntó el arzobispo, incrédulo.
    – ¡Todas la veces! Le pedí que me dejara en paz pero él hizo caso omiso de mis súplicas.
    – Vuestra vida está en manos de su majestad. Os aconsejo que midáis vuestras palabras.
    Pero Jane Rochford había convencido a Catherine de que si aseguraba haber sido violada nadie la haría responsable de su vergonzoso comportamiento antes de su boda con Enrique Tudor. La reina se mantuvo inflexible y Thomas Cranmer no consiguió persuadirla para que dijera la verdad. En su primera confesión había asegurado que Dereham le había pedido que se casara con él en numerosas ocasiones pero que ella le había rechazado. Sin embargo, cuando el arzobispo le había dicho que María Hall la había oído jurar amor eterno a su amante, Catherine había negado haber pronunciado aquellas palabras. Era su palabra contra la de María Hall pero el rey la amaba a ella, así que ¿por qué no iba a creerla? Lady Rochford aseguraba que no tenía nada que temer y ella confiaba ciegamente en su compañera de encierro.
    El duque de Norfolk confió sus temores a su nieto: si Catherine se negaba a confesarse culpable la desgracia caería sobre los Howard.,
    – ¿Cómo puedo hacerle comprender que si confiesa haber estado comprometida con Francis Dereham el rey considerará su matrimonio nulo y, por lo tanto, nunca podrá acusarla de haber cometido adulterio?
    – Pero ¿alguien puede probar que la reina ha cometido adulterio? -quiso saber Varían.
    – No -admitió el duque-. Pero Cranmer sospecha que Catherine y Dereham volvieron a las andadas el pasado verano. ¿Quieres saber por qué ha puesto tanto empeño en llegar al fondo de este asunto? Nuestra familia es católica ortodoxa y, aunque no es un fanático, el arzobispo es un reformista convencido y vería con buenos ojos un matrimonio entre Enrique Tudor y una mujer que compartiera la ideología reformista. El príncipe Eduardo ha sido educado según los postulados de la Reforma y se dice que el rey está pensando en volver a pedir la mano de Ana de Cleves. El pueblo la adora y nunca ha podido entender por qué el rey apartó de su lado a una princesa de sangre azul y puso en su lugar a una vulgar jovencita como Catheri-ne. Estoy convencido de que Cranmer y sus cohortes no descansarán hasta acabar con la vida de la reina. Incluso como amante sería peligrosa, ya que en cualquier momento podría recuperar su posición y llevar a cabo su venganza contra aquellos que quisieron destronarla.
    – No os preocupéis, abuelo -le tranquilizó Va-rian-. Lady Ana asegura que no tiene intención de volver a casarse con Enrique Tudor. Además, su madre era católica y la princesa María ha conseguido «devolverla al rebaño», como ella dice. Ana de Cleves no conviene a los partidarios de la Reforma.
    – El Consejo celebrará una reunión secreta mañana por la mañana -reveló Thomas Howard a su nieto-. Trataré de averiguar algo más. Hasta entonces, debemos tener mucho cuidado.
    Aquella misma noche Francis Dereham, Enrique Manox y otros caballeros que habían servido a lady Agnes durante la estancia de la reina en el castillo de Lambeth fueron detenidos y encerrados en la Torre. Cuando la noticia llegó a oídos de Catherine, la reina sufrió un ataque de nervios. Tenía tanto miedo de que confesaran que decidió dar su versión de los hechos antes de que ellos la comprometieran. Exigió la presencia del arzobispo y el paciente Thomas Cranmer escuchó estupefacto un tercer relato nada parecido a los dos anteriores. Esta vez la reina aseguró que Dereham y ella habían intercambiado algunos regalos. Catherine le había obsequiado con una camisa de seda pero a él le había parecido poco y, aprovechando un descuido, le había robado una pulsera de plata. A cambio, había recibido flores de tela que Dereham traía de Londres y un retal de seda que la costurera de lady Agnes había convertido en una cofia símbolo del amor. Según Ma ría Hall, el día que Catherine la había estrenado, Dereham había exclamado: «¡Precioso: nudos de fraile para tu enamorado!» Cuando el arzobispo insinuó que el intercambio de regalos y las palabras pronunciadas por su amante podían ser consideradas un contrato de matrimonio, Catherine negó vehementemente con la cabeza.
    – Sólo lo hacíamos para divertirnos -aseguró antes de explicar que a partir de aquel día el comportamiento de Dereham había empezado a inquietarla-. Temía que lady Agnes me enviara de vuelta a Horsham si descubría lo que había entre nosotros.
    – ¿Por qué no le dijisteis que ese caballero os molestaba y que se tomaba demasiadas libertades con vos? -preguntó Thomas Cranmer.
    – Sé que habría sido lo más sensato -admitió la reina-. ¡Pero me estaba divirtiendo tanto! Si mi abuela lo hubiera sabido nos habría encerrado y no habría permitido que volviéramos a vernos.
    – ¿Y no pensasteis que estabais desobedeciendo las leyes de la santa madre Iglesia? ¿No os remordía la conciencia, señora?
    – ¡No sabía lo que hacía! -se defendió Catherine poniendo hociquito-. Yo era joven e inocente.
    – Os acostasteis con él, ¿verdad? Habladme de esos encuentros.
    – ¡Dios mío, qué vergüenza! -sollozó la reina escondiendo el rostro entre las manos.
    Nos habríamos ahorrado muchos disgustos si entonces os hubierais mostrado tan arrepentida -pensó el arzobispo armándose de paciencia-. Esta niña va a traernos muchos problemas.
    – No tengáis miedo, hija mía -dijo con voz suave-. Confesad la verdad y quedaréis libre de todo pecado.
    – Casi siempre llevaba puestos los pantalones pero visitaba cuando la duquesa se había retirado y solía premiarme con vino, fresas o barquillos si era buena con él y hacía lo que me decía. Una vez me trajo la manzana más hermosa que he visto en mi vida.
    – ¿Y qué habría ocurrido si la duquesa os hubiera sorprendido con las manos en la masa?
    – Una vez entró en el dormitorio cuando estábamos juntos -rió Catherine-. Tuve que esconder al señor Dereham en la galería.
    Catherine Howard mentía. Unas horas antes había asegurado que Francis Dereham la había forzado y ahora confesaba ente risas que había escondido a su amante para evitar que fuera sorprendido en su cama.
    – Cuando supe que mi tío me había conseguido un puesto en palacio, me volví loca de alegría. También me compró montones de ropa nueva… ¡a mí, que a mis dieciséis años no sabía qué era estrenar un vestido!
    – ¿Y qué pasó con el señor Dereham? ¿No se disgustó cuando se enteró de que le abandonabais?
    – Sí, pero yo estaba demasiado ocupada con los preparativos del viaje a palacio para prestarle atención. Le dije que si de verdad quería pedir mi mano al duque primero debía emigrar a Irlanda en busca de fama y fortuna. Naturalmente, yo ya no quería casarme con él y ésta me pareció una forma excelente de deshacerme de él. El adivinó que deseaba romper nuestro compromiso y se puso furioso, así que le dije que me olvidara y se fuera al infierno. La corte me esperaba y sabía que mi tío me encontraría un buen marido. Entonces Dereham dijo que corría el rumor de que iba a casarme con mi primo, Tom Culpeper. ¡Estaba muy celoso! -añadió con una risita.
    – ¿Y qué contestasteis vos?
    – Le dije que estaba mejor informado que yo y que nadie me había hablado de un posible matrimonio con pero entonces el rey empezó a toarse en mi y… bueno, ya conocéis el resto de la historia.
    La reina y su primo se conocían desde que eran unos niños y Tom Culpeper se había convertido en un personaje importante en muy poco tiempo. Thomas Cranmer palideció. ¿Era el atractivo Tom Culpeper otro de los amantes de la reina? Oportunidades no le habían faltado pero ¿las había aprovechado? El arzobispo se despidió de la reina y ordenó que Tom Culpeper fuera arrestado. Aunque no tenía pruebas para acusarle, deseaba interrogarle.
    Culpeper había llegado a palacio siendo casi un niño y era un tipo ambicioso, atractivo e ingenioso a quien el rey adoraba. Quizá accediera a decir la verdad para salvar la vida pero, ¿cómo iba a distinguir la verdad de la mentira en una corte donde todo el mundo actuaba por interés? ¿Había cometido la reina adulterio con Francis Dereham? ¿Lo sabía Tom Culpeper? ¿Se lo había dicho a su prima?
    – Tom Culpeper ha sido detenido y llevado a la Torre -anunció el conde de March en cuanto entró en las habitaciones del duque de Norfolk-. Me lo han dicho mientras jugaba un partido de tenis con lord Melton. Todo Hampton Court lo sabe a estas horas.
    – ¿De qué se le acusa? -preguntó Nyssa, muy pálida.
    – Todavía no se ha formulado ninguna acusación contra él pero el arzobispo desea interrogarle.
    – Si yo descubrí lo que había entre él y Cat, cualquiera puede haberlo hecho. ¡Que Dios ayude a Catherine Howard!
    – Quizá no sea lo que imaginas -trató de tranquilizarla Varían estrechándola entre sus brazos-. Sabes que Cranmer removerá Roma con Santiago hasta descubrir la verdad. Hasta ahora sólo puede acusar a Cat de confiar demasiado en los hombres y de ser demasiado amiga de los placeres de la vida.
    – ¡No hables así! -le regañó Nyssa-. Éste es un asunto muy serio.
    – El destino se encargará de resolver lo que nosotros hemos empezado. Ni tú ni yo podemos hacer na4a para cambiar el curso de los acontecimientos y prefiero tomarme la situación a broma. Si no lo hago así, caeré en una depresión de la que me será muy difícil salir. El plan de mi abuelo de llevar a la familia Howard a lo más alto está a punto de fracasar y ése es motivo más que suficiente para estar contento. Siento pena por él, pero tenemos que empezar a vivir nuestra vida. ¿Desde cuándo no pasamos un rato a solas?
    – Últimamente he estado tan preocupada por Cat que no he tenido tiempo de pensar en ello -confesó Nyssa.
    – Ya me he dado cuenta pero me temo que, como mi prima, yo también soy demasiado amigo de los placeres de la vida -rió Varian antes de besarla en la frente-. ¿Tú no?
    – Sois muy malo, señor -murmuró Nyssa apretándose contra él y empezando a desabrocharle la camisa. Apoyó las manos en su pecho desnudo y frotó la mejilla contra su piel ardiente mientras inhalaba la fragancia que desprendía. Le abrió la camisa y le lamió los pezones hasta que se endurecieron. Se arrodilló y empezó a desabrocharle el pantalón mientras Varian se quitaba la camisa y la arrojaba al suelo.
    – Las botas -dijo Nyssa de repente. Varian se sentó en una silla e hizo que Nyssa le sujetara un pie entre sus piernas.
    – Tira -ordenó mientras la empujaba hacia adelante. Cuando la joven le hubo quitado una bota, repitieron la misma operación con la otra.
    Nyssa se dio la vuelta para mirarle y se desabrochó el corpino y la falda mientras se humedecía los labios con la punta de la lengua. Se quitó las enaguas de seda, lana y algodón que vestía debajo y se soltó el cabello. Varían la contemplaba desde su sillón.
    – ¿Y si entra alguien y nos sorprende?
    Como toda respuesta, Nyssa se quitó la ropa interior y se acarició los pechos. Atravesó la habitación vestida sólo con las medias de seda y los elegantes zapatos y cerró la puerta con llave. Varían contempló su espalda recta y sus nalgas redondeadas. Cuando se volvió, la imagen de sus pezones erectos emergiendo de sus pequeños pechos hizo que la sangre le empezara a hervir. Nyssa se arrodilló entre sus piernas, le cubrió el torso de besos y le introdujo la lengua en el ombligo. La joven apoyó una mano entre sus piernas y apretó la protuberancia, que había ido aumentando con el paso de los minutos.
    – Te deseo -murmuró tendiéndose en el suelo y separando las piernas.
    Varían abrió unos ojos como platos cuando Nyssa se introdujo los dedos en su sexo y empezó a acariciarse sin dejar de mirar a su marido. Varían de Winter se puso en pie, se despojó de su ropa y se tendió junto a ella. La atrajo hacia sí y comprobó que su piel ardía.
    La besó lentamente disfrutando de la suavidad de aquellos labios que se deshacían bajo los suyos y de su apasionada respuesta. Cuando empezó a dolerle la boca, la besó en los párpados, las mejillas y el lóbulo de la oreja.
    – ;¡Por favor! -gimió Nyssa arqueando la espalda y alargando una mano para acariciar su miembro erecto.
    – Todavía no -replicó Varian obligándola a tenderse sobre el estómago. Le recorrió la espalda con los labios y sus besos se hicieron más profundos al llegar a las nalgas y los muslos. Volvió a tenderla sobre la espalda y se aplicó a besarle los pechos sintiendo los latidos de su corazón bajo sus labios.
    Varian sabía que Nyssa deseaba dar rienda suelta a su pasión tanto como él pero estaba dispuesto a torturarla con sus caricias y a hacerla esperar hasta que no pudiera soportarlo más.
    – ¡Ahora! -suplicó la joven mordiéndole en un hombro.
    – No seas tan impaciente -gruñó él dándole una palmada y rodeándole un pezón con los labios mientras introducía su mano entre sus mulos.
    Nyssa gimió. ¡Aquello no era suficiente! Ella quería tenerle dentro llenándola de pasión.
    – ¿A qué esperas, maldita sea? -exclamó, impaciente, golpeándole la espalda con los puños cerrados.
    Varian la soltó y la obligó a tenderse de espaldas. Cuando Nyssa separó las piernas, la sujetó por los tobillos y hundió el rostro entre sus muslos. Nyssa contuvo la respiración y se estremeció.
    – ¡Basta, Varian, por favor! -gimió-. ¡Me estás matando!
    Haciendo caso omiso de sus súplicas, Varian siguió torturándola hasta que Nyssa creyó que estaba a punto de perder el sentido. Entonces se tendió sobre ella y la penetró lentamente.
    – Ahora, Nyssa -le susurró al oído-. Vamos, pequeña.
    Nyssa estaba exhausta, pero la excitación volvió a surgir cuando sintió a Varian en su interior. Sentía que su cuerpo se deshacía y que su espíritu se elevaba hacia el cielo. Rodeó el torso de Varian con las piernas y cerró los ojos cuando él se vació en su interior. Ambos se estremecieron y se abrazaron con fuerza hasta que la intensidad de la pasión compartida empezó a disminuir. Nyssa estalló en sollozos.
    – ¡Oh, Dios mío! -hipó apoyando la cabeza en el hombro de Varian-. Nunca había sido tan maravilloso como esta vez. Siempre nos hemos llevado bien en la cama, pero esto…
    – A mí me ha ocurrido lo mismo -confesó él acariciándole el cabello-. Te quiero más que nunca.
    – Creo que deberíamos vestirnos -propuso Nyssa tras una breve pausa-. Si alguien trata de entrar en el salón y lo encuentra cerrado con llave tendremos que dar explicaciones. Apuesto a que no se ha visto nunca un escándalo así en las habitaciones de tu abuelo.
    – Seguro que no -rió Varian-. Vístete, Nyssa, y vamos a nuestra habitación.
    – ¿Para qué? -preguntó ella, todavía con los ojos llenos de lágrimas.
    – Aún no he terminado contigo, pequeña. Además, no se me ocurre nada mejor que hacer mientras el rey está cazando, la reina está encerrada y el resto de la corte corre de aquí para allá tratando de averiguar qué demonios ocurre. Tenemos una habitación muy acogedora y una cama enorme… ¿qué más necesitamos? Propongo que nos metamos en ella y no salgamos de allí en toda la tarde. Ya que no podemos regresar a casa, prefiero pasar el tiempo jugando contigo en lugar de discutir los problemas de la corte con los demás.
    – Además, todo el mundo nos evita por ser familiares directos de Thomas Howard -añadió Nyssa esbozando una sonrisa traviesa-. No creo que nadie nos eche de menos. ¿Venís, señor? -preguntó cubriendo su desnudez con una enagua y sonriendo seductoramente.

    Los miembros del Consejo que simpatizaban con Thomas Howard ayudaron a la reina a redactar una carta en la que pedía perdón al rey. Catherine no era demasiado inteligente, pero sabía que su vida estaba en manos de su marido y que el amor que le había declarado en numerosas ocasiones era su tabla de salvación. Tenía que lograr que Enrique Tudor se compadeciera de ella y ordenara al arzobispo que detuviera la investigación. Su tío le había explicado cuan grave era la situación y Catherine había decidido empezar a actuar con sensatez. Si se mostraba asustada no conseguiría salvar a su familia. Para colmo, Dereham se había tomado muy en serio su papel de amante despechado y estaba celoso de Tom Culpeper. Estaba segura de que intuía lo que había habido entre Tom y ella, por lo que decidió concentrar todos sus esfuerzos en sacar de la cárcel a Dereham y a Tom antes de que fueran torturados y confesaran la verdad. La carta que escribió rezaba así:
    «Yo, vuestra subdita más afligida, que no merece la consideración de su majestad, deseo confesar mis pecados. Y, aunque no soy merecedora de vuestro perdón, me arrodillo ante vos para pediros que tengáis conmigo la compasión que habéis mostrado para con otros en parecidas circunstancias. A pesar de que no encuentro palabras para expresar mi arrepentimiento, apelo a vuestra bondad y os suplico que tratéis de comprender que mis errores han sido fruto de mi juventud, mi inexperiencia y la fragilidad de mi carácter.
    »Empezaré diciendo que cuando era sólo una niña sufrí el acoso del señor Manox, quien acarició aquellas partes de mi cuerpo que una mujer decente no permite que nadie toque ni un hombre de bien osa acariciar.
    »En cuanto a Francis Dereham, logró persuadirme para que le permitiera tenderse sobre la cama junto a mí. Después insistió en meterse en la cama conmigo y terminó tratándome como un marido a su esposa. Aquello duró unos tres meses, hasta un año antes del matrimonio de su majestad y lady Ana de Cleves.
    «Humildemente suplico a su majestad que tenga en cuenta que esos caballeros consiguieron sus propósitos aprovechándose de la ignorancia y fragilidad de carácter de una muchacha joven e inexperta. Cuando me propusisteis matrimonio, tenía tantos deseos de agradar a su majestad y el deseo de poseer poder y riqueza me cegaba de tal manera que no me detuve a pensar que cometía un grave error al ocultaros estos hechos. Me casé con vos con el firme propósito de seros fiel hasta que la muerte nos separe y doy gracias a Dios por haberme dado con un marido cuya bondad aumenta con el paso del tiempo en lugar de disminuir. Por esta razón pongo mi vida en vuestras generosas manos para que hagáis lo que creáis justo. Sé que merezco un severo castigo pero confío en vuestra infinita bondad y vuestra compasión y os pido perdón una vez más.»
    Enrique Tudor suspiró aliviado cuando leyó la carta. ¡Ahora lo comprendía todo! Aquellos sátiros sin escrúpulos se habían cruzado en el camino de su pobre-cita Catherine y se habían aprovechado de su juventud e inexperiencia. Desde luego, no podía continuar casa do con una mujer que había dado palabra de matrimonio y entregado su virginidad a otro hombre, pero por lo menos no iba a tener que decapitarla como a su prima Ana. Sonrió al pensar que Catherine no podía seguir siendo su esposa, pero sí su amante. Después de todo, era una excelente compañera de cama. Un criado que le anunció la llegada del arzobispo Cranmer interrumpió sus pensamientos.
    – ¿Qué hay, Tom? -saludó.
    – No hay duda, majestad -contestó Thomas Cranmer-: Catherine Howard dio palabra de matrimonio a Francis Dereham antes de venir a palacio. Vuestro matrimonio deberá ser anulado.
    – Lo sé -replicó el rey tendiéndole la carta de la reina-. Aquí lo confiesa todo. Me da lástima deshacerme de ella -se lamentó-. Es una muchacha encantadora… la más alegre y bonita de todas las esposas que he tenido. Pero tenéis razón: hay que anular este matrimonio inmediatamente.
    – Me temo que todavía hay más, majestad.
    – ¡Basta, Tom! -le interrumpió Enrique-. No deseo saber nada más. He querido mucho a esta mujer, más que a ninguna otra, pero nuestra historia de amor debe terminar. Estoy satisfecho con los resultados, así que se acabó la investigación.
    El rey regresó a Hampton Court y celebró un gran banquete en el que se hizo acompañar por veintiséis de las damas más hermosas de la corte. No quiso ver a su mujer y se mostró tan alegre y galante con las mujeres como en sus mejores tiempos.
    Dos días después, abandonó palacio diciendo que iba a cazar pero en realidad se dirigió a Whitehall, donde celebró una reunión secreta con su Consejo que duró hasta altas horas de la madrugada. Se acostó, comió un poco y reanudó el encuentro, que se prolongó durante el resto del día.
    Por su parte, Thomas Cranmer estaba convencido de que podía probar que la reina había cometido adulterio durante los meses que había durado su matrimonio con Enrique Tudor. No tenía nada en contra de Catherine Howard, pero sentía escalofríos cada vez que pensaba que la joven habría podido engendrar un hijo bastardo que algún día habría ocupado el trono de Inglaterra. Logró convencer a la mayoría del Consejo (casi todos enemigos de Thomas Howard) de que era necesario proseguir con la investigación hasta descubrir toda la verdad y de que la reina debía recibir su merecido. El rey, que no deseaba hacer sufrir a Catherine, se opuso, pero acabó accediendo a la petición del Consejo.
    Horas después, llegó la corte proveniente de Hamp-ton Court. El duque de Norfolk estaba contrariado porque la reina no había obtenido permiso para abandonar su encierro. Cuando Catherine Howard supo que toda la corte había abandonado palacio dejándola sola volvió a asustarse. A la mañana siguiente recibió la visita del arzobispo Cranmer.
    – Exijo saber por qué me han dejado aquí sola -dijo en cuanto le vio.
    – No permaneceréis mucho tiempo aquí -replicó Thomas Cranmer-. Pronto seréis trasladada a Syon, hasta que el Consejo decida cuál será vuestra residencia definitiva.
    – ¿A Syon? -exclamó Catherine, estupefacta-. ¡Pero si eso está en el campo! ¿Es que no podré volver a vivir en palacio? ¿Qué ha dicho su majestad sobre la carta que le escribí? ¿No me va a perdonar? ¿Es este mi castigo: el exilio en una aburrida casa de campo? ¿Cuánto tiempo deberé permanecer allí?
    – Señora, no puedo responder a vuestras preguntas. Todo cuanto puedo deciros es que pronto dejaréis palacio. Se os permitirá viajar acompañada de cuatro don celias y dos criadas y recibiréis trato de reina. Debéis estar preparada para partir dentro de dos días.
    – Dos días es muy poco tiempo -protestó la reina-. ¿Cómo voy a hacer el equipaje sin la ayuda de mis damas?
    – No es necesario que llevéis todas vuestras pertenencias; encontraréis ropa nueva en Syon. Sir Thomas Seymour se ocupará de vuestros vestidos y los meterá en los baúles junto con las joyas para devolvérselos a su majestad.
    Al oír esto, lady Rochford contuvo la respiracióri y la reina abrió unos ojos como platos.
    – En cuanto a vos, lady Rochford -añadió el arzobispo-, seréis llevada a la Torre, donde seréis interrogada. Sospecho que no nos habéis contado todo cuanto sabéis sobre el comportamiento de vuestra señora durante estos últimos meses.
    – Si os lleváis a lady Rochford, ¿quién me hará compañía? -gimoteó Catherine-. ¿Me quedaré completamente sola?
    – Están vuestras camareras.
    – ¿Podré escoger a las damas que me acompañarán a Syon?
    – Me temo que no, señora.
    – ¡Sólo a una, por favor! -suplicó-. ¡Deseo que Nyssa de Winter, la esposa de mi primo Varían venga conmigo! ¡Por favor!
    – Veré qué puedo hacer para complaceros -prometió el arzobispo.
    Finalmente, Catherine Howard pudo escoger a tres de las cuatro damas que debían acompañarla. La cuarta era lady Bayton, esposa del chambelán de la reina. Catherine eligió a Nyssa de Winter, Kate Carey y Bessie Fitzgerald.
    Varían de Winter montó en cólera cuando supo que su prima se llevaba a su esposa a Syon, pero Nyssa salió en defensa de la reina:
    – Cranmer está buscando una excusa para condenarla a muerte y acabará encontrándola, aunque para ello tenga que deformar la verdad -aseguró-. Durante los últimos meses he aprendido que aquí todo el mundo acaba obteniendo lo que desea. Tu abuelo y eL obispo Gardiner deseaban que la sucesora de lady Ana fuera católica ortodoxa y lo consiguieron. Ahora Cranmer quiere deshacerse de Catherine y no desistirá hasta lograr su propósito. La muy cabeza de chorlito ha firmado su propia sentencia de muerte. El Consejo no tardará en encontrar pruebas de su adulterio y ése será el fin de Catherine Howard. ¡Si el rey se hubiera conformado con divorciarse de ella quizá le hubiera perdonado la vida! -se lamentó-. Enrique Tudor ha querido a Cat más que a cualquiera de sus otras esposas, pero los reformistas no permitirán que tenga compasión de ella. Cat está condenada a muerte y, aunque se niega a admitirlo, lo sabe. Por eso quiere que sean sus mejores amigas quienes la acompañen en sus últimos momentos. Me siento orgullosa de haber sido escogida pero todavía estoy furiosa con ella por habernos metido en un lío tan gordo y haber puesto en peligro nuestras vidas.
    – ¿Qué voy a hacer sin ti? -protestó Varían-. Nunca hemos estado separados desde que nos casamos. Me había acostumbrado a dormir acompañado -añadió estrechándola entre sus brazos y besándola en la frente-. ¿Quién sabe cuánto tiempo pasará hasta que volvamos a vernos?
    – Recuerda que el rey todavía no ha arremetido contra los Howard. Debes permanecer quieto y callado como el conejo en su madriguera cuando el zorro acecha.
    – No te preocupes; me desharé del viejo zorro y esperaré impaciente tu regreso.
    El duque de Norfolk entró en la habitación y se dirigió a Nyssa: -No lleves mucho equipaje. A la reina sólo se le permite llevar seis vestidos pero ninguna joya, así que escoge tu vestuario con igual discreción. Tu doncella personal puede acompañarte pero es posible que tampoco se permita al servicio entrar y salir de la casa.
    – Quiero que me prometáis que Tillie será enviada de vuelta a Riveredge si a Varían o a mí nos ocurre algo -pidió Nyssa.
    – Os lo prometo, pero no tenéis nada que temer. Tú y Varían sois De Winter, no Howard.
    – Voy a hacer el equipaje -murmuró Nyssa a modo de despedida haciendo una reverencia y dirigiéndose a la puerta.
    – ¡Espera! -la detuvo el duque de Norfolk-. Quiero decirte que eres una mujer muy valiente, Nyssa. Empiezo a pensar que hice un gran favor a mi nieto cuando arreglé vuestro matrimonio -añadió. Aquellas palabras eran lo más parecido a una disculpa que Tho-mas Howarad diría jamás.
    – Me considero una mujer muy afortunada -replicó Nyssa-. Varían me ama y yo he aprendido a quererle.
    Varían asistió en silencio a aquel acto de perdón entre las dos personas que más amaba después de sus hijos. Nyssa y su abuelo eran a la vez iguales y distintos y estaba convencido de que con el tiempo acabarían llevándose bien… Eso si sobrevivían al desastre provocado por Catherine Howard.
    Nyssa se dirigió a su habitación y explicó la situación a Tillie.
    – No tienes que venir conmigo si no lo deseas
    – dijo-. Si lo prefieres, puedes regresar a casa de mi madre.
    – Ni hablar -replicó Tillie negando enérgicamente con la cabeza-. Mi tía Heartha me mataría por haber abandonado a mi señora cuando más me necesita. Ade más, estaré orgullosa de poder relatar esta aventura a mis nietos dentro de algunos años.
    – Para tener nietos necesitas tener hijos primero -la provocó Nyssa-. ¿Tratas de decirme que estás pensando en casarte?
    – Sí -confesó la joven-. Toby y yo hemos decidido casarnos cuando regresemos a Winterhaven. Es un poco lento y bastante tímido, pero es un buen muchacho y ambos tenemos edad suficiente para sentar la cabeza.
    Pobre Toby se dijo Nyssa tratando de contener la risa. ¡No se imagina dónde se ha metido! Tillie y él harían una buena pareja y estaba segura de que serían muy felices. Ordenó a su doncella que la ayudara a escoger seis de sus vestidos más sencillos y acabaron decidiéndose por seis sobrefaldas de terciopelo de colores negro, marrón, azul marino, verde oscuro, violeta y naranja y sus correspondientes faldas de satén y brocado. Con la ayuda de una modista arrancaron los adornos de pedrería de los corpinos y sólo dejaron el encaje dorado y plateado que bordeaba el escote y las mangas. Incluyó su ropa interior de algodón, lana y seda, sus medias y un abrigo con cuello de piel pero decidió dejar sus joyas excepto un crucifijo de oro y perlas y su anillo de boda.
    – Necesitaréis algunas cofias -dijo Tillie-. Sabéis que a su majestad le gusta que sus damas lleven cofia.
    – Tienen demasiados adornos -replicó Nyssa.
    – Haremos algunas nuevas. Tenemos tiempo de sobra.
    – Gracias, Tillie.
    Dos días después, el nuevo guardarropa de Nyssa estaba listo y en la mañana del 13 de noviembre la joven emprendió el viaje a Syon acompañada de Kate Carey y Bessie Fitzgerald. La barca ocupada por la reina, lord Bayton y su esposa les seguía a corta distancia.
    Nyssa había tenido que hacer grandes esfuerzos para no romper a llorar cuando se había despedido de Varían pero había logrado mantener la compostura. Su marido la había acompañado hasta el embarcadero, donde sus compañeras la esperaban, y Nyssa había conseguido reprimir el deseo de volver la vista atrás.
    Las tres jóvenes estaban cómodamente instaladas en la cabina que un brasero mantenía caliente. Nyssa advirtió que sus amigas estaban muy calladas.
    – ¿Creéis que Cat fue infiel al rey? -dijo Kate finalmente.
    – Yo diría que sí -respondió Bessie-. ¿Recordáis sus huidas a medianoche del verano pasado? Solía abandonar su habitación en cuanto el rey se retiraba y pasaba horas fuera.
    – ¿Cómo lo sabes? -preguntó Nyssa, estupefacta. ¿Cómo había podido ser tan indiscreta y confiada? Al parecer, todo el mundo conocía los detalles de su relación con Tom Culpeper pero nadie se atrevía a delatarla.
    – Tú no te diste cuenta porque tu tienda estaba muy alejada de la nuestra, pero casi cada noche, a eso de las once, salía y no regresaba hasta las tres o las cuatro de la madrugada. He oído que lady Rochford perdió la razón cuando la llevaron a la Torre -añadió-. No deja de murmurar incongruencias y asegura hablar con su difunto marido y su sobrina Ana. Tienen que vigilarla día y noche porque temen que se lastime.
    – ¿De qué servirá el testimonio de una pobre loca?
    – se preguntó Nyssa.
    – Dicen que tiene algunos momentos de lucidez
    – respondió Bessie-. Supongo que aprovechan esos momentos para interrogarla.
    – Acabarán descubriéndolo -murmuró Nyssa, que se había quedado pensativa.
    – ¿Tú sabes algo? -preguntó Kate.
    – No -mintió Nyssa-. Pero salta a la vista que los días de la reina Catherine están contados. Al Consejo sólo le falta decidir si le perdona la vida.
    – Eso depende de lo furioso que esté el rey -repuso Kate. La joven era hija de María Bolena, que había sido amante de Enrique Tudor antes que su hermana Ana. Las malas lenguas aseguraban que Enrique, el hermano mayor de Kate, era hijo de su majestad, pero el rey no lo había reconocido.
    Las tres jóvenes guardaron silencio y se sumieron en sus pensamientos. El paisaje urbano había desaparecido y en su lugar se extendía el paisaje rural de Midd-lessex. Las ramas desnudas se recortaban sobre el cielo plomizo de noviembre y no había brisa que agitara la superficie del río. Syon era un antiguo convento y Nyssa no pudo contener una sonrisa al pensar que Catherine se sentiría completamente perdida en un lugar tan silencioso y recogido.
    El mayordomo de la casa les mostró las dependencias de la reina consistentes en un dormitorio, un vesti-dor, un salón y un pequeño comedor.
    – ¿Dónde vamos a dormir sus damas? -preguntó Nyssa con tono autoritario.
    – En esa habitación -contestó el mayordomo señalando una puerta cerrada.
    – Soy la condesa de March -dijo Nyssa-. ¿No dispondremos de un vestidor ni de una habitación para nuestras doncellas? Ya que vamos a tener que quedarnos aquí espero que seamos tratadas como merecemos.
    – Es una habitación muy espaciosa y tiene chime-aseguró el mayordomo-. Hay un vestidor y
    nea
    una pequeña estancia para vuestras doncellas. ¿Puedo preguntaros el nombre de vuestras acompañantes?
    – Os presento a Katherine Carey, la sobrina de su majestad, y a lady Elizabeth Fitzgerald.
    – Bienvenidas a Syon, señoras -sonrió inclinando se cortésmente-. Venid conmigo, os mostraré vuestra habitación.
    Las guió a través del oscuro pasillo, abrió una puerta de roble y las invitó a entrar en una amplia estancia de forma cuadrada con las paredes cubiertas de tela de lino y con una excelente vista sobre el río. La chimenea era magnífica y la enorme cama con colgaduras de lino del mismo color verde que lucían las pesadas cortinas de terciopelo estaba situada enfrente.
    – Es una cama muy cómoda -aseguró el mayordomo dirigiéndose siempre a Nyssa-. Debajo hay un pequeño catre por si otra persona ha de dormir aquí.
    – Excelente. Supongo que habrá otro bajo la cama de la reina, ¿verdad? Su majestad debe dormir siempre acompañada por una de nosotras.
    – Desde luego, señora. Lord y lady Bayton tienen su propia habitación.
    – Está bien -asintió Nyssa, complacida-. ¿Le importaría ayudarnos a entrar nuestro equipaje para que podamos instalarnos? Y haga el favor de avisarnos cuando aviste la barca de su majestad para que podamos salir al vestíbulo a recibirla.
    – Sí, señora -contestó el mayordomo antes de retirarse.
    Kate y Bessie habían decidido compartir los servicios de una doncella llamada Mavis, una mujer mayor de aspecto maternal. Ella y Tillie se apresuraron a deshacer el equipaje de las jóvenes sin dejar de charlar animadamente. Ambas se mostraron conformes con la pequeña estancia que les había sido asignada y admiraron la enorme cama que las muchachas debían compartir y la chimemea que las mantendría calientes.
    Nyssa, Kate y Bessie decidieron dar un paseo por el jardín. Todavía quedaban algunas rosas en la parte sur que se habían librado de las heladas nocturnas. Recogieron algunas y las llevaron a la habitación de la reina, sabedoras de que apreciaría aquel detalle. En ese momento el mayordomo anunció que la barca de su majestad estaba a punto de llegar y las muchachas corrieron hacia el vestíbulo.
    – Me pregunto cómo se siente la pobrecilla -murmuró Kate.
    Nyssa también se había hecho esa pregunta cientos de veces. Por eso, cuando Catherine descendió de la barca y las saludó como si no ocurriera nada, no supo qué decir. La reina abrazó y besó a sus amigas y aseguró que estaba muy contenta de volver a tenerlas a su lado, pero en ningún momento se mostró preocupada o inquieta.
    – Debes estar furiosa conmigo -dijo a Nyssa-. Sé cuánto deseabas pasar las navidades en Riveredge con tu familia.
    – No estoy disgustada, sino orgullosa de serviros, majestad -contestó Nyssa.
    – En cambio, Enrique está muy enfadado -repuso Cat tomando a su amiga del brazo y echando a andar-. Le escribí una carta muy bonita y estoy segura de que acabará perdonándome. Este retiro no es más que un castigo provisional, así que no debes preocuparte; ¡ya verás qué bien lo vamos a pasar! -añadió con una risita-. Será como en los viejos tiempos, cuando éramos libres y vivíamos felices.
    Nyssa no daba crédito a sus oídos. Saltaba a la vista que Cat no comprendía la gravedad de la situación.
    – Dicen que lady Rochford se ha vuelto loca -murmuró.
    – Me alegro de haberme librado de ella de una vez por todas -replicó Catherine-. Últimamente no dejaba de importunarme. Es una pesada y no me extraña que no haya a vuelto a casarse. ¿Quién iba a querer a una mujer como ella?
    Nyssa acompañó a la reina a sus habitaciones.
    Cuando las vio, Catherine frunció el ceño y no tardó en protestar:
    – No me gusta -dijo torciendo la boca-. No pienso vivir en un cuarto tan pequeño y destartalado. ¡Maldito seas, Enrique Tudor! -exclamó furiosa-. ¡Eres un tacaño! Señor -añadió dirigiéndose a lord Bayton-, quiero que escribáis al rey inmediatamente y le digáis que necesito más espacio.
    – Su majestad piensa que ha sido más que generoso con vos -repuso Eduardo Bayton-. Me niego a transmitirle vuestras quejas.
    – Muy bien -replicó Cat-. Entonces lo haré yo.
    – Majestad, quizá no tengamos que quedarnos aquí demasiado tiempo -intervino Nyssa, deseosa de calmar a la reina-. Para cuando esa carta llegue a manos de vuestro marido puede que vuestras circunstancias hayan cambiado para mejor.
    – Bien dicho, lady De Winter -la felicitó lady Bayton cuando estuvieron a solas-. Me temo que vos sois la única que sabe manejar a su majestad. A pesar de la difícil situación en que se encuentra, sigue siendo una jovencita orgullosa y autoritaria.
    – Está asustada.
    – Pues nadie lo diría.
    – Nunca mostrará su miedo en público -contestó Nyssa-. Recordad que es una Howard.
    Enrique Manox, el profesor de música de Catherine, fue interrogado por el Consejo y no ocultó que había tratado de seducir a la reina cuando ésta tenía doce años y medio.
    – Estaba muy desarrollada para ser una niña de tan corta edad -dijo-. ¡Deberían haberla visto, señores! Tenía los pechos de una mujer de dieciséis años.
    – ¿Estuvisteis juntos? -preguntó el duque de Suffolk-. Quiero decir juntos en el sentido bíblico. ¡Quiero la verdad! Vuestra vida está en juego.
    – No -contestó Manox negando con la cabeza-. Yo fui el primer hombre que la tocó, pero no quise precipitarme porque era muy joven e inexperta. Iniciar a una mujer es como poner por primera vez una brida a una yegua: debe hacerse con mucho cuidado. Pero cuando la tenía a punto de caramelo apareció ese maldito Dereham y terminó el trabajo que yo había iniciado. ¡Con la cantidad de tiempo y esfuerzo que tuve que emplear en esa jovencita! -se lamentó-. A pesar de su traición, no me habría importado compartirla con él. La buena de Cat era una mujer muy apasionada. Traté de deshacerme de él con la esperanza de que Catherine volviera a mí, pero fracasé. Fui a ver a la duquesa y le dije que si visitaba el dormitorio de Catherine a medianoche descubriría algo que la escandalizaría y la sorprendería.
    – ¿Y lo hizo?
    – No -respondió Enrique Manox-. Me dio una bofetada, me dijo que no era más que un botarate y amenazó con echarme de su casa si volvía a irle con cuentos sobre las muchachas. No tuve más remedio que retirarme y aceptar mi derrota.
    Thomas Howard se mordió el labio inferior e hizo una mueca de desaprobación al pensar cuan irresponsable había sido su madrastra. El Consejo decidió que Enrique Manox no era el hombre que buscaban y que no tenía sentido retenerle durante más tiempo. El joven fue liberado al día siguiente y nunca más se volvió a saber de él.
    La siguiente testigo llamada a declarar fue Katheri-ne Tylney, una camarera que había servido a la reina antes y después de su ascensión al trono y parienta lejana de ésta.
    – Conocéis a Catherine Howard desde hace mucho tiempo, ¿verdad? -le preguntó el duque de Suffolk.
    – Así es -contestó ella-. La conozco desde que vivía en Horsham. Naturalmente, ella era una Howard y estaba por encima mío, así que me puse muy contenta cuando fui escogida para acompañarla a Lambeth.
    – ¿Cómo era Catherine Howard?
    – Muy testaruda -respondió la camarera sin vacilar-. Era de esas personas que no desisten hasta salirse con la suya. Tenía un corazón de oro, pero era testaruda como una muía.
    – Habladme del viaje del pasado verano.
    – No comprendo vuestra pregunta -repuso la señora Tylney-. ¿A qué os referís exactamente?
    – ¿Cambió su relación con el rey durante esos meses? -inquirió el duque de Suffolk-. ¿Diríais que se comportaba como una buena esposa? ¿Sospechasteis en algún momento que engañaba a su majestad?
    – Lady Catherine empezó a comportarse de una forma muy extraña hacia la primavera -recordó la camarera-. Cuando la caravana llegó a Lincoln, todo el mundo se instaló en el campamento, excepto sus majestades, que se alojaron en el castillo. La reina solía abandonar su habitación hacia las once de la noche y no regresaba hasta las cuatro o las cinco de la madrugada.
    – ¿Sabéis dónde pasaba la noche? -inquirió el duque de Suffolk mientras sus compañeros se inclinaban y aguzaban el oído.
    _La primera vez que su majestad abandonó su habitación, lo hizo acompañada de Margaret Morton y de una servidora. Cuando llegamos a las habitaciones de lady Rochford, nos ordenó volver a la cama pero nosotras la vimos llamar a la puerta y cerrarla con llave. La segunda vez sólo la acompañé yo y me ordenó que la esperara en la habitación de la doncella de lady Rochford. Hacía mucho frío y no salió hasta las cinco de la madrugada.
    – ¿Estaba lady Rochford en la habitación con la reina? -preguntó el obispo Gardiner.
    – No lo sé, señor. La reina confiaba en mí más que en las demás y me utilizaba como correo. Ella y lady Rochford se enviaban mensajes que no tenían pies ni cabeza.
    – ¿Es posible que su majestad se viera con el señor Dereham? -inquirió el conde de Suffolk.
    – No, señor. El señor Dereham no apareció hasta que la caravana llegó a Pontefract.
    – ¿Hablasteis con alguien sobre el extraño comportamiento de la reina? -quiso saber el duque de Norfolk.
    Katherine Tylney miró a Thomas Howard como si se hubiera vuelto loco.
    – No, señor. ¿A quién se lo iba a decir? ¿Al rey, quizá? ¿Y qué podía decirle? ¿Que sospechaba que su esposa le engañaba? Yo sólo soy una camarera, una sirvienta. ¿Quién soy yo para criticar a la reina? Nadie me habría creído.
    – Gracias, señora Tylney -dijo el conde de Suffolk-. Podéis retiraros, pero quizá volvamos a llamaros a declarar.
    Katherine Tylney se despidió de los miembros del Consejo con una reverencia y se retiró a su habitación.
    – ¿Qué os ha parecido, caballeros?
    – Parece claro que la reina se trae algo entre manos -opinó el conde de Southampton.
    – ¿Pero qué? -se preguntó lord Russell-. ¿Y por qué?
    – No existe ninguna duda sobre el qué -respondió lord Audley-. Sólo nos falta averiguar con quién.
    – Creo que conozco la respuesta a vuestra pregunta -intervino el arzobispo Cranmer-. No tengo pruebas, pero sospecho que Tom Culpeper es nuestro hombre. La reina le aprecia mucho y acompañó a sus majestades durante los cuatro meses que duró el viaje. Estando al servicio del rey, sabía perfectamente cuándo había moros en la costa y cuándo podía visitar a la reina sin miedo a ser sorprendido.
    – ¡Por el amor de Dios, Cranmer! -exclamó Tho-mas Howard-. Culpeper llegó a palacio cuando sólo era un pequeño paje y fue criado por el rey. Su majestad le quiere como a un hijo. ¡Es imposible que Tom Culpeper sea nuestro hombre!
    – Yo sólo he dicho que sospecho de él, pero que no tengo pruebas -repitió el arzobispo.
    – ¿Qué os ha hecho sospechar de él?
    – Vuestra sobrina.

    nos

    – Será mejor que continuemos con los interrogato-intervino el duque de Suffolk, que barruntaba tormenta-. La próxima testigo es Margaret Morton, otra de las camareras de la reina. Hacedla entrar, por favor -ordenó al guardia.
    Margaret Morton era una mujer mucho más gruesa y bastante menos atractiva que Katherine Tylney que entró en la sala dándose importancia y saludó a los miembros del Consejo con una reverencia.
    – ¿En qué puedo ayudaros, señores? -inquirió sin esperar a ser preguntada.
    – La señora Tylney nos ha hablado de las escapadas nocturnas de su majestad… -empezó el duque de Suffolk.
    – ¡Oh, sí! -le interrumpió la camarera-. Todo el mundo sabía que su majestad y lady Rochford se traían algo entre manos. Se daban recaditos al oído y se enviaban mensajes ininteligibles. Lady Rochford también llevaba y traía notas escritas.
    – Habladnos de lo sucedido una noche en el castillo de Lincoln.
    – No fue sólo aquella noche; también ocurrió en York y en Pontefract, señores -aseguró la señora Morton-. Nosotras las doncellas de la reina solíamos entrar y salir de sus habitaciones libremente, pero un día su majestad puso el grito en el cielo cuando la señora Lufflyn entró en su dormitorio sin llamar. La echó de allí con cajas destempladas y nos prohibió volver a entrar sin pedir permiso. Aquella noche se encerró en su habitación con lady Rochford -añadió bajando la voz para atraer la atención del Consejo-. Cerraron la puerta por dentro y la atrancaron, pero ¿qué diríais que ocurrió? ¡El mismísimo Enrique Tu-dor trató de entrar! Supongo que deseaba pasar la noche con ella. No quiero parecer irrespetuosa pero ¡tendrían que haberle visto aporreando la puerta en camisón y gorro de dormir! -dijo con una risita antes de hacer una pausa para comprobar el efecto que su historia producía en el Consejo-. En fin, su majestad empezó a golpear la puerta y lady Rochford preguntó quién era. Nosotras contestamos que su majestad deseaba ver a la reina y lady Rochford ordenó que esperáramos un momento porque se había atascado el cerrojo. Yo tenía el oído pegado a la puerta y escuché voces y carreras en la habitación de su majestad. Finalmente, lady Rochford abrió la puerta, asomó la cabeza y dijo que la reina tenía un terrible dolor de cabeza y rogaba a su majestad que la dejara descansar. El rey, que es todo un caballero y una excelente persona, volvió a su tienda con el rabo entre las piernas. Que Dios me perdone, pero juraría que la reina estaba con un hombre. Los miembros del Consejo intercambiaron miradas inquietas. Finalmente alguien se había atrevido a expresar en voz alta lo que todos sospechaban.
    – ¿Y tenéis alguna idea de quién puede ser ese caballero, señora Morton? -preguntó Suffolk.
    – Estoy segura de que se trata de Tora Culpeper. No puede ser otro.
    – ¿Y qué me decís de Francis Dereham?
    – ¿Ese malcarado? ¡Ni hablar! -negó la camarera-. Os digo que se trata de Tom Culpeper. Empezaron a verse con regularidad el pasado mes de abril. Más de una vez sorprendí a la reina asomada a la ventana y tirándole besitos que él le devolvía desde abajo. Una vez estuvieron a solas durante seis horas y cuando salieron sus rostros tenían la misma expresión que el del gato que acaba de comerse al canario. No hace falta ser muy listo para adivinar qué estuvieron haciendo durante ese tiempo -concluyó Margaret Morton esbozando una sonrisa triunfante.
    – ¿Y no se lo dijisteis a nadie? -volvió a preguntar el duque de Norfolk.
    – Yo sólo soy una humilde camarera y mi trabajo no consiste en chismorrear sobre mi señora -replicó la señora Morton muy digna-. Si lo hubiera hecho, su majestad me habría despedido y yo no habría podido volver a trabajar. Nadie quiere a una criada chismosa.
    – Gracias por vuestra colaboración, señora Morton -dijo el duque de Suffolk-. Podéis marcharos.
    Cuando Margaret Morton hubo abandonado la sala, el duque de Suffolk se volvió hacia sus compañeros.
    – Un testimonio de lo más esclarecedor, ¿no les parece? -suspiró-. Me temo que el arzobispo estaba en lo cierto.
    – Señores, no imagináis cuánto me apena comprobar que mis sospechas eran fundadas. Si conseguimos probar que Catherine Howard cometió adulterio me temo que la reina terminará sus días como lo hizo su prima Ana Bolena, que en paz descanse.
    – ¿Y a vos qué os importa lo que le ocurra a mi sobrina? -espetó el duque de Norfolk-. ¡Supongo que estáis satisfecho! Ahora sólo os falta encontrar a una mujer de creencias reformistas dispuesta a ocupar el lugar de Catherine -acusó.
    – Si no os hubierais mostrado tan impaciente por llevar a los todopoderosos Howard a lo más alto casando a vuestra sobrina con el rey, quizá Enrique Tu-dor hubiera podido encontrar una esposa más adecuada para ocupar el trono de Inglaterra -replicó Thomas Cranmer-. Sois demasiado ambicioso y vuestro castigo será llevar el peso de la muerte de Catherine sobre vuestra conciencia hasta el fin de vuestros días.
    – ¿Creéis las palabras de una camarera y no creéis las de una Howard?
    – ¿Insinuáis que todo es una conspiración de las camareras de la reina para destronarla? ¡Es absurdo! ¿Por qué querrían hacer algo así?
    – Yo qué sé -refunfuñó el duque de Norfolk-. ¿Quién entiende a las mujeres? Son criaturas retorcidas y complicadas.
    – Señores, esta discusión no nos conducirá a ninguna parte -intervino el duque de Suffolk-. Otros testigos esperan para ser interrogados.
    Alice Restwold y Joan Bulmer corroboraron las palabras de Katherine Tylney y Margaret Morton y, aunque añadieron algunos detalles que sus compañeras desconocían o habían olvidado mencionar, sus relatos eran casi idénticos.
    La sesión terminó con la lectura de una carta fechada en la primavera anterior y escrita de puño y letra de la reina que había sido encontrada entre las pertenencias de Tom Culpeper. Contenía numerosas faltas de redacción y ortografía y terminaba con las siguientes palabras: «Tuya hasta que Dios decida quitarme la vida. Catherine.»
    Aquella era la prueba que el Consejo necesitaba para acusar a la reina de cometer adulterio con Tom Culpeper. Nadie deseaba comunicar una noticia tan desagradable al rey, pero el duque de Suffolk decidió tomar esa responsabilidad. No sólo era el mejor ami go de Enrique Tudor, sino también el presidente del Consejo.
    El rey montó en cólera cuando recibió la noticia de la infidelidad de su esposa y, aunque Suffolk trató de calmarle, le permitió desahogarse.
    – ¡Traedme una espada y ensillad mi caballo! -rugió-. ¡Voy a ir a Syon y voy a matar a esa desgraciada con mis propias manos! ¡Yo la quería más que a nadie y la muy falsa me engañaba con otro! Catherine, Catherine, ¿por qué me has hecho esto?
    Los miembros del Consejo se encargaron de comunicar a los embajadores de Inglaterra en los países más poderosos de Europa los avatares del matrimonio entre Enrique Tudor y Catherine Howard mediante una carta en la que se calificaba el comportamiento de la reina de «abominable».
    Francisco I, rey de Francia y considerado un libertino por el resto de los príncipes europeos, escribió una sentida carta de pésame a su querido hermano Enrique.
    «Siento que el comportamiento indecente y atrevido de vuestra esposa os haya causado tan grandes quebraderos de cabeza. Os conozco bien y os tengo por un príncipe virtuoso, prudente y honrado, por lo que me atrevo a aconsejaros que os toméis tan grave ofensa con paciencia y templanza, como hice yo cuando me vi en la misma situación. En lugar de malgastar tiempo y esfuerzos maldiciendo la fragilidad de vuestra esposa, volveos hacia Dios y buscad consuelo en Él. Un monarca poderoso como vos no puede permitir que la ligereza de una mujer doblegue su honor.»
    El rey de Francia no pudo reprimir una sonrisa maliciosa cuando entregó la misiva al embajador inglés, sir William Paulet.
    – ¡Menuda fierecilla debía ser esa tal Catherine Howard! -comentó haciendo un gesto obsceno.
    El 22 de noviembre el Consejo Real decidió retirar el título de reina a Catherine Howard y dos días después redactó la acusación contra ella, un documento en el que se le imputaba «haber llevado antes de su matrimonio una vida licenciosa y abominable basada en los placeres de la carne y el vicio, de comprometer su reputación con varios caballeros como una vulgar prostituta y de haber engañado a su familia adoptando una falsa apariencia de modestia y castidad». También se la inculpaba de haber engañado al rey y de haber puesto en peligro la legitimidad de la casa Tudor.
    Catherine, que escuchó la lectura de la acusación en su encierro de Syon, no dio muestras de desolación al saber que ya no era reina de Inglaterra.
    – ¿Voy a morir? -preguntó a Nyssa cuando los miembros del Consejo se hubieron retirado.
    La pregunta era tan clara y directa que lady Bayton dio un respingo y Kate y Bessie rompieron a sollozar.
    – Si te declaran culpable, me temo que sí -respondió Nyssa-. Sabes perfectamente que la traición al rey se castiga con la muerte.
    – Ya… -musitó Cat-. Sólo cuentan con el testimonio de mis camareras y yo soy una Howard -añadió para animarse-. ¡Lo negaré todo!
    – Lady Rochford, Francis Dereham y Tom Culpe-per son los testigos más importantes y todavía no han sido llamados a declarar -repuso Nyssa-. ¿Cómo pudiste confiar en lady cara de comadreja sabiendo cómo se portó con tu prima Ana? Siempre me he preguntado por qué Thomas Howard no le dio su merecido.
    – Porque es una mujer tan débil y vulnerable que puede manipularla a su antojo -contestó Cat-. ¿Conque lady cara de comadreja, eh? -rió-. ¡Qué mote tan acertado!
    – Así es como la llamaban mis hermanos.
    – ¿Cómo está Giles? -preguntó Catherine, cambiando de tema-. ¿Sigue siendo paje de lady Ana?
    – Sí.
    – Nyssa, si no nos apresuramos las Navidades se nos echarán encima. He visto un magnífico grupo de árboles detrás de la casa, en dirección norte. Lady Bayton, ¿creéis que podemos arrancar unas cuantas ramas para adornar las habitaciones? También necesitaremos velas y un gran árbol de Navidad.
    ¡Así que Cat daba por zanjada la cuestión de su traición al rey y su posible muerte! Como de costumbre, cambiaba de tema cuando llegaba el momento de tratar cuestiones desagradables, pero Nyssa sabía que su amiga era consciente de todo cuanto ocurría a su alrededor y del peligro que corría su vida. Aquellas serían sus últimas Navidades juntas y no había nada de malo en hacer de esos días los más felices de la corta vida de la reina.
    – Y una gran jarra de cerveza con especias y frutas y manzanas asadas -dijo-. Las manzanas asadas nunca faltan en Riveredge en Navidad.
    – Me gustaría comer jabalí servido con una manzana en la boca -intervino Kate Carey-. ¡Ofrece un espectáculo tan impresionante en la mesa!
    – Pues yo quiero música -añadió Bessie.
    – ¡Tienes razón, la música no puede faltar! -exclamó Cat.
    – ¿Ha perdido el juicio? -preguntó lady Bayton, asombrada por el entusiasmo mostrado por Catherine a la hora de organizar los preparativos-. ¿No se da cuenta de que su reputación está arruinada, de que el rey se va a divorciar de ella y de que es una mujer condenada a muerte?
    – Ya lo creo que se da cuenta -respondió Nyssa-. Pero es demasiado orgullosa para mostrar miedo o inquietud delante de sus damas. Además, Cat es de esas personas que huyen de los problemas en lugar de enfrentarlos y me temo que es demasiado tarde para hacerla cambiar. Mientras duren los preparativos y las fiestas se sentirá feliz; después… ¿quién sabe?
    – Dicen que el rey va a volver a casarse con lady Ana de Cleves -dijo la mujer del chambelán bajando la voz-. A mí me parece una buena idea; lady Ana es una dama encantadora y muy discreta.
    Lady Bayton sentía predilección por Nyssa. Como ella, estaba casada, tenía hijos y hacía gala de un gran sentido común. Kate y Bessie le parecían buenas chicas, pero eran demasiado jóvenes e ingenuas.
    – No creo que su majestad vuelva a casarse con lady Ana -replicó Nyssa-. Son buenos amigos y se tienen un gran respeto, pero no se llevan bien como pareja.
    – ¡Qué lástima! -se lamentó lady Bayton sin atreverse a contradecir a Nyssa. Sabía que una gran amistad la unía a la anterior reina y que su hermano menor era uno de sus pajes.
    – ¿Sabéis cuándo piensa el Consejo interrogar a lady Rochford?
    – Mi marido asegura que lo harán mañana. No comprendo cómo una dama de su edad y experiencia no supo aconsejar mejor a esta jovencita. ¡Cualquiera diría que la empujó a echarse en brazos de su amante! Las camareras aseguran que no hizo nada por evitar esos encuentros y yo las creo. ¡Yo, en su lugar, estaría muerta de miedo!
    Pero lady Rochford no temía a los miembros del Consejo. Los días pasados en soledad le habían ayudado a recuperar la cordura y el dominio de sí misma. Se presentó ante el Consejo vestida con sus mejores galas: un vestido de terciopelo negro y una cofia bordada con perlas. Se sentó ante ellos muy rígida y fijó la mirada en el vacío.
    – Parece una cuerda de laúd a punto de romperse -susurró lord Audley a sir William Paulet, que había regresado a Inglaterra para entregar a Enrique Tudor la carta del rey de Francia. Sir William miró a lady Rochford y asintió.
    – ¿Podríais decir al Consejo cuándo empezó Ca-therine Howard a ser infiel al rey, señora?
    – La pasada primavera -respondió ella sin vacilar.
    – ¿Fue Catherine Howard quien buscó la compañía de Tom Culpeper o ocurrió al revés?
    – Al principio era él quien buscaba la compañía de la reina. Siempre estuvo loco por ella y cuando eran unos niños hablaban de casarse, pero Enrique Tudor dio al traste con el idilio. Sin embargo, Tom es un joven muy testarudo y nunca dejó de importunarla. La reina solía echarle con cajas destempladas pero cuando su majestad cayó enfermo y la echó de su lado, empezó a sentirse sola.
    – ¿Estáis segura de que ocurrió la pasada primavera? -insistió el duque de Suffolk.
    – Sí. Si no recuerdo mal, corría el mes de abril.
    – ¿Dónde se producían los encuentros secretos?
    – En mis habitaciones -contestó lady Rochford sin poder contener una sonrisa-. Yo hacía guardia en la puerta para evitar que fueran sorprendidos.
    – Está completamente loca -susurró el conde de Southampton.
    – Pues yo la veo muy tranquila -replicó el duque de Suffolk-. Además, su declaración tiene sentido. Cualquiera diría que se siente orgullosa de ser cómplice de esta traición. Podéis continuar, señora -invitó.
    – Como bien han dicho las camareras, mi misión era hacer de correo entre los amantes. ¿Sabíais que la reina llamaba a Culpeper «mi pequeño tontito»? ¡Ella sí que se estaba comportando como una tonta! Cada vez que Culpeper se negaba a complacerla le recordaba que había otros esperando ocupar su lugar. ¡Se volvía loco de celos!
    – ¿Sabéis si Catherine Howard y Tom Culpeper mantuvieron relaciones?
    – Desde luego que sí -asintió lady Rochford-. Este verano, mientras viajábamos hacia el norte, no siempre podía abandonar mis habitaciones sin despertar sospechas, así que fui testigo de su pasión en numerosas ocasiones.
    El duque de Norfolk estaba aturdido como si hubiera recibido un mazazo en la cabeza.
    – ¿Por qué permitisteis que mi sobrina siguiera adelante con esa locura? -espetó-. ¿Por qué no vinisteis a contarme lo que estaba ocurriendo?
    – ¿Y por qué tendría que haberlo hecho? -replicó lady Rochford dirigiéndole una mirada cargada de odio-. ¿Recordáis la última vez que fui llamada a declarar ante este Consejo? Malinterpretasteis mis palabras y asesinasteis a mi esposo. Gracias a su sacrificio, su majestad pudo divorciarse de su esposa y casarse con otra. ¡Qué se le rompa el corazón en mil pedazos como él rompió el mío! -exclamó, histérica-. Por eso permití que Catherine Howard se lanzara de cabeza al precipicio. ¿Por qué tendría que haberlo evitado? Incluso si yo no hubiera estado allí para encubrirla, habría acabado traicionando al rey. Es una ramera.
    El Consejo Real guardó silencio durante unos momentos mientras lady Rochford estallaba en estridentes carcajadas. Un escalofrío recorrió la espalda de los presentes.
    – Llévensela -ordenó el duque de Suffolk a los guardias antes de volverse hacia sus compañeros-. Aunque necesitamos testimonios que confirmen el adulterio de la reina, propongo que el contenido de la declaración de esta dama no salga de esta habitación. ¿Están de acuerdo, señores?
    Todos los miembros del Consejo asintieron. Se acabó, pensó el duque de Norfolk, un hombre poco dado a mostrar sus emociones en público. El testimonio de lady Rochford acababa de hundir definitivamente a la familia Howard y se sentía demasiado abrumado para luchar.
    – Creo que hemos tenido suficiente por hoy -dijo el duque de Suffolk dando la reunión por concluida-. Les espero aquí mañana a la misma hora para interrogar al señor Tom Culpeper.
    Todos asintieron, abandonaron la sala y se dirigieron al embarcadero. Thomas Howard advirtió que nadie quería acompañarle en su barca. Sonrió para sus adentros y ordenó al barquero que se dirigiera a Whi-tehall a toda velocidad. Una vez allí, se encerró en su habitación y llamó a su nieto.
    – Se acabó -dijo-. Lady Rochford nos ha hundido -añadió antes de relatarle la dramática confesión de la dama.
    – ¿Cuánto tiempo crees que le queda a Catherine?
    – Culpeper y Dereham todavía tienen que ser juzgados. Serán declarados culpables, condenados a muerte y ejecutados antes de las fiestas de Navidad. El Consejo reanudará los interrogatorios después del día de Reyes y no los interrumpirá hasta conseguir que Catherine sea condenada a muerte y ejecutada en la Torre. Lady Rochford morirá con ella.
    – ¿Y qué les ocurrirá a Nyssa y al resto de las damas que acompañan a Cat? -quiso saber Varían.
    – Permanecerán con ella hasta el día de su ejecución.
    – ¿Saben lo que está ocurriendo?
    – Sólo saben lo que les cuentan.
    – Quiero ver a Nyssa -declaró el conde de March-. Sé que los Howard han perdido el favor del rey, pero ¿crees que existe alguna posibilidad de que me dejen verla?
    – Será mejor que esperes hasta que terminen los in terrogatorios -aconsejó Thomas Howard-. Quizá logre convencer a Charles Howard de que te permita hacerle una corta visita.
    – ¿Qué os ocurrirá al resto de los Howard que vivís en palacio?
    – Volveremos a caer en desgracia, tal vez para siempre -contestó el duque de Norfolk esbozando una sonrisa triste-. Dos mujeres de nuestra familia han sido reinas y ninguna de las dos ha sabido estar a la altura de las circunstancias. No es una buena propaganda, ¿no te parece? Considérate afortunado por ser un De Winter.
    – Mi madre era una Howard y estoy orgulloso de ello -replicó Varían.
    – Voy a echarme un rato -murmuró Thomas Howard con lágrimas en los ojos-. Será mejor que descanse mientras pueda.
    Adiós a sus sueños de poder, se dijo el conde de March mientras le veía alejarse. Recordó que Nyssa había dicho una vez que Thomas Howard le había arrebatado sus sueños más anhelados y seguramente pensaría que el cabeza de la familia Howard había recibido su merecido al probar un poco de su propia medicina, pero también sabía que no era tan mezquina como para regocijarse con la caída de los Howard.

    Thomas Culpeper compareció ante el Consejo vestido con un sencillo traje negro, como correspondía a un hombre de su posición en una ocasión como aquella. Sus ojos azules brillaban intensamente y miraban desafiantes a los miembros del Consejo.
    – ¿Estáis enamorado de Catherine Howard, la mujer que hasta hace poco tiempo era reina de Inglaterra?
    – inquirió el duque de Suffolk.
    – Sí, lo estoy.
    – ¿Desde cuándo?
    – Desde que éramos niños, señor.
    – A'pesar de que era una mujer casada y su marido era vuestro rey y el hombre que os trajo a la corte y os educó, la sudujisteis, ¿no es así?
    – Para mí sólo era un juego, un pasatiempo más
    – se defendió Tom Culpeper-. Nunca pensé que me correspondería. Al principio me rechazó y, cuanto más empeño ponía yo en acercarme a ella, más se resistía. Pero un día el rey se puso enfermo y se negó a ver a su esposa durante semanas. Catherine se sentía muy sola y, casi sin querer, empezó a prestar atención a mis tentativas de acercamiento. Yo me sentía el hombre más afortunado de la tierra: la mujer a quien siempre había amado por fin me correspondía.
    – ¿Y cómo manifestasteis el amor que sentíais por ella? -preguntó el duque de Suffolk mientras daba gracias a Dios por haber conseguido evitar que el rey presenciara la declaración de aquel traidor.
    – Yo temía que el rey nos descubriera y trataba de ser discreto, pero Cat aprovechaba cualquier oportunidad para estar a solas conmigo. ¡Me parecía una locura pero era magnífico!
    – ¿La besasteis?
    – Sí, señor.
    – ¿La acariciasteis?
    – También la acaricié donde sólo su marido podía haberlo hecho.
    – ¿Os acostasteis con ella?
    – Aunque lo hubiera hecho, nunca lo admitiría públicamente. No sería honrado.
    – ¿Cómo os atrevéis a dar lecciones de moral a este tribunal? -intervino el duque de Norfolk, lívido de ira-. ¿Quién es honrado? ¿Vos, pedazo de alcornoque? Confesáis haber besado y acariciado a mi sobrina, una mujer casada, la esposa de vuestro rey, y ¿os consideráis honrado? Si lo que pretendéis es proteger a Ca-therine, sabed que Jane Rochford ha confesado haber sido testigo de vuestros encuentros secretos.
    – La moral de lady Rochford es sólo comparable a la de las prostitutas del puente de Londres -replicó Tom Culpeper-. Me importa un comino lo que haya declarado esa loca; no diré nada que pueda perjudicar a mi amada reina. Perdéis el tiempo conmigo, señores -concluyó mirando al tribunal con gesto desafiante.
    Thomas Culpeper fue expulsado de la sala inmediatamente.
    – Tiene que confesar -dijo lord Sadler-. Quizá si le torturamos un poco…
    – Podéis torturarle hasta la muerte, pero nunca confesará que fue amante de la reina -opinó lord Russell.
    – Yo creo que su actitud arrogante y su negativa a confesar prueban que es culpable -intervino lord Audley.
    – Estoy de acuerdo -asintió el conde de Sout-hampton-. El muy tonto está enamorado de ella y los hombres enamorados suelen comportarse como locos irresponsables.
    – Que Dios se apiade de sus almas -murmuró el obispo Gardiner.
    – Deberíamos volver a interrogar a la reina -propuso el arzobispo Cranmer.
    – ¿Y qué conseguiréis con eso? -saltó Thomas Howard-. Mi sobrina no tiene ni una pizca de sentido común y se niega a reconocer la gravedad de la situación. ¡La muy ilusa cree que el rey la perdonará!
    – No es una mala idea -repuso el duque de Suffolk-. Aunque no consigamos sacarle nada, contamos con las declaraciones de los otros testigos. Pero no debe saber que Culpeper trata de protegerla -añadió-. Podríamos decirle que sospechamos que ha mentido al Consejo para salvar el pellejo. Quizá Ca-therine aproveche la oportunidad para vengarse de él y confiese toda la verdad.
    – No es necesario que vayamos todos -dijo el duque de Norfolk-. Si me lo permitís, me gustaría formar parte de la comitiva. Después de todo, Catheri-ne es mi sobrina y soy responsable de su comportamiento.
    – Está bien -accedió Suffolk-. Gardiner, South-ampton y Richard Sampson nos acompañarán.
    Richard Sampson era el deán de la capilla real y se decía que no se había perdido ni una sola reunión desde que había sido elegido miembro del Consejo. Ostentaba el cargo de obispo de Chichester y todos le tenían por un hombre justo.
    – Os acompañaré con mucho gusto ••-asintió.
    Los cinco miembros del Consejo navegaron río arriba hasta Syon, donde encontraron a Catherine Ho-ward tocando el laúd y cantando una canción dedicada a su prima Ana que el rey había compuesto hacía algunos años:
    ¡Ay de mí, amor mío! Me has roto el corazón al apartarme de tu lado porque yo te quería y apreciaba tu compañía.
    Mi amor y mi alegría eran la Dama de las Mangas
    {Verdes.
    La Dama de las Mangas Verdes tenía un corazón de
    {oro, pero ¿qué le ocurrió a nuestro amor?
    Te di todo cuanto una mujer podía desear y Dios sabe que lo hice de buena gana. Tocabas el laúd y cantabas con el corazón pero no
    {me amabas.
    Mi amor y mi alegría eran la Dama de las Mangas
    {Verdes.
    La Dama de las Mangas Verdes tenía un corazón de
    {oro, pero ¿qué le ocurrió a nuestro amor?
    Los miembros del Consejo escucharon embelesados la hermosa balada pero, en cuanto la última nota murió en la garganta de Catherine, el duque de Suffolk dio un paso al frente dispuesto a romper el hechizo.
    – Hemos venido a interrogaros, señora -dijo inclinándose cortésmente-. Las declaraciones de algunos testigos nos han obligado a volver para escuchar qué tenéis que decir en vuestra defensa.
    – ¿Quién ha hablado mal de mí? -replicó Catherine levantando la barbilla y arrugando la nariz en un gesto desdeñoso-. ¿Ha sido lady Rochford? Es una pobre loca. ¡No iréis a decirme que dais más crédito a su testimonio que al mío!
    – El señor Thomas Culpeper ha confesado haber mantenido relaciones con vos durante meses y lady Rochford asegura que es verdad.
    – No tengo nada que decir -respondió la obstinada Catherine.
    El obispo Sampson se adelantó y tomó una mano de la joven entre las suyas. Estaba helada. Pobrecilla, pensó. Debe de estar aterrorizada.
    – Hija mía, por el bien de tu alma te ruego que confieses tus pecados para que pueda absolverte -dijo con voz suave con la esperanza de persuadirla.
    – Agradezco vuestra preocupación por la salvación de mi alma, pero me niego a volver a declarar ante el Consejo -replicó Cat soltándole la mano y volviendo a tomar su laúd.
    – ¡Catherine, eres una idiota! -rugió Thomas Ho-ward-. ¿No te das cuenta de que tu vida corre peligro? ¡Vas a ser condenada a muerte!
    – La muerte es algo que todos debemos enfrentar desde el momento en que nacemos, tío -repuso Cat apartando la mirada del laúd durante unos segundos-. Ni siquiera tú eres inmortal.
    – Entonces, ¿negáis haber mantenido relaciones con el señor Tom Culpeper? -insistió el duque de Suffolk.
    – Ni niego ni confieso haber hecho nada -contestó la testaruda joven.
    Los miembros del Consejo abandonaron Syon visiblemente decepcionados.
    – Trata de proteger a su amante -dijo Southamp-ton-. O por lo menos eso cree ella.
    – Es una tragedia para todos -suspiró el obispo Gardiner.
    El 1 de diciembre se celebró el juicio contra Tom Culpeper y Francis Dereham. Dereham fue acusado de intento de traición, de haberse aprovechado de la reina para obtener un puesto en palacio y de negar haber dado palabra de matrimonio a Catherine Howard. El joven se declaró inocente.
    Thomas Culpeper fue acusado de haber cometido adulterio con la reina Catherine. Cuando se dio cuenta de que no podía hacer nada por salvar la vida de su amada ni la suya, Culpeper, que hasta entonces había asegurado ser inocente, se declaró culpable ante el tribunal y expresó su deseo de tranquilizar su conciencia. Aquella era la única salida honrosa que le quedaba después de haberse enfrentado a los demoledores testimonios de lady Rochford y las camareras.
    Fue Thomas Howard, duque de Norfolk, quien les declaró culpables y leyó en voz alta la sentencia:
    – Se os condena a morir ahorcados en la plaza de Tyburn. Llegaréis hasta allí arrastrados por un carro, se os abrirá el vientre y vuestras entrañas serán quemadas. Después seréis colgados y descuartizados. Que Dios se apiade de vuestras almas.
    El 6 de diciembre Francis Dereham volvió a ser torturado. El Consejo le había condenado a muerte y creía que no perdía nada al intentar hacerle confesar que había mantenido relaciones con Catherine Howard cuando ésta era una mujer casada. Sin embargo, Dereham volvió a negar las acusaciones.
    Las familias de los condenados apelaron al Consejo en un intento desesperado por conmutar la sentencia por una muerte más digna y menos cruel. Culpeper provenía de una familia noble y el tribunal decidió apiadarse de él: sería llevado hasta Tyburn arrastrado por un carro y allí sería decapitado. Francis Dereham no tuvo tanta suerte; su familia no era noble ni poderosa y no pudo interceder por él.
    A pesar de que el 10 de diciembre amaneció frío y lluvioso, los habitantes de Tyburn se agolparon en la plaza para presenciar la ejecución y arrojaron basura y restos de animales muertos al paso de los condenados. Cuando llegó la hora de ejecutar a Culpeper se descubrió que no había tajo, por lo que el joven tuvo que arrodillarse y apoyar la cabeza en el suelo mientras rezaba sus últimas oraciones. El verdugo le seccionó la cabeza de un solo golpe seco y certero.
    Francis Dereham, en cambio, sufrió una agonía larga y cruel. Fue colgado hasta que su rostro y su lengua adoptaron un tono azul violáceo. Entonces, sus verdugos le tendieron en el suelo y le sujetaron brazos y piernas mientras le abrían el vientre en canal. Los espasmos de dolor sacudían a Francis Dereham mientras la enfervorizada multitud estallaba en vítores y aplausos. Cuando los verdugos arrastraron al condenado y le obligaron a ponerse en pie, Dereham estaba casi inconsciente. De un hachazo le arrancaron la cabeza, descuartizaron su cuerpo en cuatro partes y las enterraron en tierra no sagrada en dirección a los cuatro puntos cardinales. Su cabeza y la de Tom Culpeper fueron llevadas en procesión hasta el puente de Londres, donde quedaron expuestas a merced de los curiosos y las aves carroñeras.
    Mientras tanto, Catherine se afanaba en decorar la casa y no sabía que su amante había sido ejecutado aquel frío día de diciembre. Tampoco sabía que el rey había ordenado detener y encerrar a sus tíos lord Wi-lliam y Margaret Howard, a la familia de su hermano Enrique y a su tía, la condesa de Bridgewater, y que les había acusado de cómplices de traición. La duquesa Agnes, que mantenía vivo en la memoria el recuerdo de los últimos momentos de la condesa de Salysbury, se fingió enferma para evitar ser encerrada en la Torre. El Consejo envió a un reputado doctor a Lambeth, quien examinó a la dama y aseguró que se encontraba en per fecto estado de salud. Varían de Winter, conde de March y nieto de Thomas Howard, también fue detenido y encerrado junto a sus parientes.
    El duque de Norfolk había huido de Londres en cuanto se había declarado culpables a Tom Culpeper y Francis Dereham. Una vez a salvo en su castillo, escribió una carta en la que pedía perdón al rey por las faltas cometidas por sus sobrinas Ana y Catherine y le rogaba que no le retirara su favor tras asegurar que «se arrodillaba ante él y le besaba los pies». Aunque Enrique Tudor estaba furioso con los Howard, apreciaba al duque, por lo que le perdonó pero se propuso no devolverle el poder perdido. El duque de Norfolk era un hombre práctico y eficiente y un excelente tesorero y no deseaba cometer el error de deshacerse de una persona así, como había ocurrido con Thomas Cromwell.
    Las Navidades sorprendieron a la corte sumida en la melancolía y la depresión producida por las últimas detenciones y ejecuciones. Todo el mundo había empezado a darse cuenta de que el rey se había convertido en un anciano y se comportaba como tal. Había repudiado a su reina y las personas más influyentes de palacio habían sido encarceladas o habían pedido permiso al secretario de su majestad para pasar las vacaciones lejos de palacio con sus familias. Los días transcurrían monótonos y aburridos. El rey salía de caza cada mañana y pasaba la tarde sentado en su sillón bebiendo, eructando y arrojando ruidosas ventosidades.
    En Syon, en cambio, el ambiente era más alegre. Lord Bayton era un buen hombre y no pudo negarse a que su prisionera y sus damas salieran al bosque a buscar ramas para adornar la vivienda. Aunque el día de la excursión amaneció frío, Cat, Nyssa, Bessie y Kate salieron escoltadas por guardias.
    – Espero que el rey no se entere -dijo lady Bayton inquieta.
    – No hacen daño a nadie -replicó su marido-. Lady Catherine no ha sido acusada y condenada todavía y éstas serán sus últimas Navidades. No tengo corazón para negarle un capricho tan inocente como salir a buscar hojas y ramas -añadió volviéndose hacia la ventana. Las jóvenes se movían entre los árboles desnudos de hojas y sus siluetas se recortaban contra el cielo gris plomizo-. Va a nevar otra vez.
    – No comprendo a esa niña -dijo lady Bayton-. Lady De Winter asegura que es consciente de todo cuanto ocurre a su alrededor pero que se niega a enfrentar sus problemas. ¿Crees que tiene razón? La reina, quiero decir Catherine Howard -se corrigió-, me parece una muchacha frivola e irresponsable.
    – Di a lady De Winter que su marido ha sido arrestado y encerrado en la Torre junto con el resto de la familia Howard -dijo el chambelán, que no había oído la pregunta de su esposa-. Dile también que no corre peligro. El rey está buscando un chivo expiatorio y, por si acaso, Thomas Howard se ha refugiado en Leddinghall. Es astuto como un zorro y tiene más vidas que un gato.
    – Pobre lady De Winter -suspiró lady Bayton-. Es una joven sensata y agradable que daría cualquier cosa por regresar a su casa. Hace cuatro meses que no ve a sus hijos ¡y su marido ni siquiera es un Howard! ¡Es injusto!
    – Thomas Howard es abuelo del conde de March y supongo que el rey quiere castigarle encerrando a su único nieto. El conde de Surrey, el hijo del duque de Norfojk, también se ha refugiado en el castillo de su padre pero Varían de Winter estaba en Whitehall esperando la vuelta de su esposa y no pudo escapar.
    Lord Bayton se asomó a la ventana y vio a Cat Howard revolcándose en la nieve como una niña pequeña. Los guardias contemplaban la escena y sonreían divertidos.
    – ¡Mirad aquel arbusto de acebo! -exclamó dirigiéndose a sus amigas mientras uno de los guardias le alargaba un cestillo-. ¡Está cuajado de frutos!
    – ¡Y aquí hay bayas, laurel y boj! -añadió Nyssa.
    Las muchachas cortaron las ramas más verdes y llenaron varias cestas que los guardias cargaron de vuelta a casa. Desde lo alto de la colina se divisaba el Támesis con las orillas cubiertas de nieve de entre la que sobresalían algunas briznas de hierba que suavizaban la dureza del paisaje. En cuanto empezó a nevar las jóvenes corrieron hacia la casa y se refugiaron junto a la chimenea encendida. Nyssa tenía los pies helados.
    – No tenemos velas -dijo Catherine-. ¿Dónde se han visto unas Navidades sin velas? Para hacerlas necesito cera, moldes de varias formas y tamaños, hilo de algodón, esencia de rosa y de lavanda y bayas. Mañana a primera hora quiero tener todo aquí -exigió.
    – Dejadlo en mis manos -contestó lord Bayton ante el asombro de su esposa.
    – ¿Te has vuelto loco? -preguntó ella aquella no-, che-. ¿De dónde vas a sacar la cera y las esencias?
    – Confía en mí -contestó el chambelán con aire misterioso-. Catherine Howard tendrá todo lo necesario para fabricar sus velas. ¿Has hablado con lady De Winter?
    – Todavía no. Estoy esperando el momento apropiado.
    Las muchachas pasaron la mañana siguiente llenando los moldes con cera, perfumando las velas con esencia de lavanda y rosas y dejándolas secar sobre la mesa de la cocina. Horas después estaban listas para ser encendidas. Mientras tanto, decoraron las habitaciones con ramas de pino y guirnaldas hechas con hojas de laurel, acebo y boj. Una vez encendidas, las velas representaban la estrella de Belén.
    Sin embargo, no pudieron cumplir con algunas de las tradiciones más populares, como la caza del jabalí o el lord Misrule.1 Incluso Cat consideró poco apropiado pedir a lady Bayton que se disfrazara de ese personaje. El día de Nochebuena lord Bayton propuso a las muchachas salir al bosque a buscar el tronco de Navidad.2 Pretextando que necesitaba algo de ayuda, lady Bayton pidió a Nyssa que se quedara con ella.
    1. Persona encargada de supervisar los juegos y diversiones durante la época navideña. (N, de la T.)
    2. Leño que se quema en Nochebuena (N. de la T.)
    – Mi marido estuvo en Londres el otro día -dijo cuando estuvieron a solas-. El rey ha encerrado a todos los Howard en la Torre.
    – ¡Dios mío! -exclamó Nyssa adivinando lo que lady Bayton trataba de decirle-. ¿Varían también…?
    – Lo siento, querida. Lord Bayton y yo creemos que vuestro marido es inocente. ¡Ni siquiera es un Howard!
    – ¿Quién más ha sido detenido? -preguntó la joven, arrepentida por no haber huido cuando habían tenido la oportunidad de hacerlo-. ¿Y dónde están Thomas Howard y su hijo? -quiso saber cuando lady Bayton hubo contestado a su pregunta-. ¿Cómo se las han arreglado para escapar de la ira del rey?
    – Huyeron de Londres juntos.
    – Lo imaginaba. Advertí a Varían de que su abuelo no dudaría en abandonarle en cuanto viera la más mínima posibilidad de salvar el pellejo. El duque de Norfolk tiene el instinto de supervivencia muy desarrollado.
    – Mi marido asegura que el rey no hará ningún daño a sus prisioneros. Está furioso con Catherine y no sabe lo que hace pero en cuanto se calme un poco les dejará libres.
    – ¡Ojalá sea así! -suspiró Nyssa, que no sabía si debía creer a su amiga. Quizá sólo trataba de animarla y no le había dicho toda la verdad por miedo a preocu parla. Si sigo pensando en Varían encerrado en la Torre me volveré loca, se dijo. Tengo que ser fuerte-. ¿Sabéis hacer pan de azúcar? -preguntó de improviso.
    – ¿Vais a poneros a cocinar ahora? -exclamó lady Bayton, sorprendida-. Salta a la vista que sois una mujer del campo. Yo también lo soy y estaré encantada de ayudaros. ¡Vamos a la cocina!
    El pan de azúcar era un postre delicioso y un dulce típico de Navidad que no se comía en ninguna otra época del año. Primero había que tamizar la harina, después ponerla a hervir en leche hasta que se deshiciera y, por último, añadir el azúcar. Nyssa y lady Bayton encontraron todos los ingredientes en la cocina y se pusieron manos a la obra.
    La pequeña habitación que hacía las veces de salón había sido decorada con gusto exquisito y las velas estaban encendidas cuando Cat, Kate y Bessie llegaron con el tronco de navidad acompañadas del resto de los criados. Ésta era la única época del año en que se pasaban por alto las diferencias sociales.
    Nyssa sonrió al ver a Cat sentada sobre el tronco que sus damas arrastraban y cantando a pleno pulmón una de las canciones que se entonaban para ahuyentar a los espíritus malignos que lo habitaban:
    Lavaos bien las manos o el fuego no escuchará vuestros deseos, porque todas las doncellas sabéis que las manos sucias apagan la hoguera que
    {encendéis.
    Todos se acercaron y lo tocaron para que les diera buena suerte. Finalmente, fue colocado en la chimenea y Catherine le prendió fuego. La madera de roble estaba muy seca y el tronco prendió enseguida. Catherine lo contemplaba con ojos brillantes de emoción.
    A continuación se sirvió la cena, consistente en pescado asado servido con berros, jamón, una pierna de cordero, capón relleno de frutas y nueces, pato asado con salsa de ciruelas, nabos con mantequilla y nuez moscada, zanahorias y lechuga, todo ello regado con vino aromatizado con canela y cerveza. El pan y la mantequilla habían sido hechos aquella misma mañana y el queso había sido traído de una granja vecina. El ejercicio al aire libre había abierto el apetito a las muchachas pero Nyssa fue incapaz de probar bocado.
    Aunque no había músicos, Cat tenía su laúd y mientras el grueso leño ardía en la chimenea la joven cantó villancicos navideños para sus amigas. Aquellos que no la conocían bien se preguntaban cómo era posible que una joven tan malvada poseyera una voz tan dulce y un rostro tan hermoso. Dos hombres habían muerto ya por su culpa.
    Por la tarde se sirvió el pan de azúcar acompañado de cerveza. Cuando Cat lo vio, aplaudió como una niña.
    – ¡Pan de azúcar! -exclamó-. Creo que no lo he comido desde que salí de Horsham. ¿Quién lo ha hecho? ¡Está delicioso! -aseguró con la boca llena.
    – Lady Bayton y yo -respondió Nyssa-. Por eso no os he acompañado a buscar el tronco de Navidad. Me alegro de que te guste.
    A medianoche Cat, sus damas y lady Bayton salieron al jardín. Hacía mucho frío pero el cielo estaba despejado y la luna las envolvía con su haz de luz plateada. El alegre repicar de las campanas de las iglesias vecinas e incluso las de la abadía de Westminster llegó a sus oídos. Aquella noche se celebraba el nacimiento de Jesús y las muchachas se dirigieron a la capilla, donde asistieron a la misa del Gallo.
    Catherine Howard se empeñó en celebrar cada uno de los doce días de Navidad. Cada noche bailaban, ju gabán a la gallina ciega, a las prendas y a las cartas y charlaban hasta altas horas de la madrugada. Era lo único que podían hacer sin bailes de máscaras ni niños que cantaran villancicos a cambio de unas monedas o un pedazo de pastel. Por orden expresa de la reina, ninguno de los mendigos que llamó a la puerta pidiendo un poco de cerveza se marchó con las manos vacías. Lord Bayton sabía que Enrique Tudor se pondría furioso si se enteraba de que Catherine lo estaba pasando en grande, pero no se atrevía a negarle ningún capricho. Una noche, Nyssa se decidió a explicar a sus amigas la situación de Varian. Kate y Bessie se echaron a llorar.
    – Una reacción muy propia de Enrique -dijo Cat-. Ni una sola de las personas encerradas en la Torre tiene la culpa de que yo le haya sido infiel. Imagino que mi tío el duque de Norfolk habrá huido.
    – Naturalmente -contestó Nyssa con sequedad.
    – Entiendo que me odies. Si yo no hubiera insistido hasta que el rey os obligó a venir a palacio estarías a salvo en Winterhaven con tu marido y tus hijos.
    – No te odio, Cat, y tampoco puedo hacer nada por cambiar lo que ha ocurrido, pero no soy ninguna santa y estoy furiosa contigo por haber puesto en peligro la vida de mi marido y mis hijos con tu irresponsable comportamiento.
    – Enrique no hará ningún daño a Varian -aseguró Catherine-. No es un Howard.
    – Todos decís lo mismo, pero parecéis olvidar que es el único nieto de Thomas Howard.
    Aquélla fue la última vez que las muchachas hablaron sobre el injusto encierro de Varian y cuando concluyeron las celebraciones todas se preguntaron qué iba a ocurrir. El 21 de enero el gobierno decidió tomar cartas en el asunto de Catherine Howard y las dos cámaras redactaron la sentencia de muerte que el rey debía firmar.
    El arzobispo Cranmer decidió volver a Syon con la esperanza de arrancar a Catherine una confesión escrita. En realidad deseaba tranquilizar su conciencia, ya que temía condenar a una inocente.
    – Thomas Culpeper y Francis Dereham han muerto por haber traicionado al rey -dijo-. ¿Estáis segura de que no deseáis tranquilizar vuestra conciencia?
    – ¿Desde cuándo es pecado amar a un hombre? -replicó Cat volviéndole la espalda. Aunque estuvo a punto de desmayarse al escuchar cómo habían muerte sus amantes, se cuidó bien de no mostrar sus emociones delante del arzobispo-. Lady De Winter, acompañad al arzobispo a su barca, por favor -añadió a modc de despedida.
    Nyssa tomó su abrigo y salió de la casa acompañada de Thomas Cranmer.
    – ¿Sabéis cómo está mi marido? -preguntó ansiosamente.
    – Se encuentra perfectamente -la tranquilizó el arzobispo-. Sin embargo, él y los demás miembros de la familia Howard han sido acusados de ser cómplices át traición y todas sus posesiones han sido confiscadas.
    – ¡Pero eso no es justo! -protestó Nyssa-. Mi marido no ha tenido nada que ver con la traición cometida por la reina.
    – Lo sé, querida, pero el rey está furioso y dolido y desea vengarse de los Howard.
    – Mi marido no es un Howard -replicó la joven De repente, tuvo una idea. Catherine Howard estaba £ punto de morir y no podía salvarla, pero sí a Varian Nyssa se había dado cuenta de que el arzobispo deseabí obtener una confesión por escrito a toda costa y que temía cargar con la muerte de una inocente sobre su conciencia. A menos que…-. Señor, quiero confesarme.
    – ¿Aquí? -preguntó el arzobispo, extrañado-; Ahora?
    – Sí.
    Thomas Cranmer adivinó que Nyssa deseaba decirle algo pero que quería protegerse bajo el secreto de confesión. Debía ser algo importante y saltaba a la vista que pretendía intercambiar esa información por la libertad de su esposo.
    – Todo cuanto puedo hacer por vos es daros la absolución.
    – Lo sé, señor, pero aun así deseo confesarme -insistió Nyssa-. Si me lo permitís, no me arrodillaré para no llamar la atención de los demás. Perdonadme, padre, porque he pecado -empezó.
    – ¿Qué pecados habéis cometido, hija mía?
    – Este verano sorprendí a la reina en la cama con Tom Culpeper mientras el rey estaba de caza pero no me atreví a comunicar un hecho tan grave a las autoridades.
    El arzobispo no daba crédito a sus oídos.
    – ¿Por qué callasteis? -preguntó-. ¿No os dais cuenta de que podríais ser acusada de encubridora?
    – Temía que no me creyeran. Recordad que apenas hace unos meses el corazón de Enrique Tudor estaba dividido entre Catherine Howard y Nyssa Wyndham. Todo el mundo habría dicho que estaba celosa de Cat y que quería ocupar su lugar. Además, el rey estaba tan enamorado de su esposa que me habría castigado severamente por calumniar a Cat. Ni siquiera me atreví a contárselo a mi marido y, cuando llegamos a Hull, decidí decirle a Cat que sabía que tenía un amante. Le rogué que dejara de jugar con fuego, pero no me escuchó.
    – Hicisteis bien -asintió el arzobispo-. La reina debería haber aceptado vuestro consejo. ¿Qué ocurrió después?
    – La reina contestó que amaba a Tom Culpeper y que no pensaba dejar de verle. Le repetí que no sólo es taba poniendo en peligro su vida, sino también la de toda su familia y le advertí que podía quedar embarazada pero fue inútil. Una noche, Tom Culpeper y su amigo Cynric Vaughn me asaltaron y trataron de forzarme. Cuando sir Cynric se agachó para levantarme la falda le di un rodillazo en la barbilla y cayó inconsciente. Tom Culpeper me soltó para ocuparse de él y me amenazó con hacer daño a mis hijos si le delataba. No me atreví a contárselo a mi marido por miedo a que organizara un escándalo. No sabía qué hacer -sollozó-. Yo sólo soy una humilde mujer de campo y temía por la vida de mis hijos. Además, Cat estaba siendo tan indiscreta que estaba segura de que acabaríar descubriéndola. Mientras tanto, hice todo lo posible por obtener el permiso del rey para regresar a casa antes de que se descubriera el pastel, pero Cat no estab. dispuesta a dejarme marchar tan fácilmente. No temái; condenar a una inocente, señor -concluyó-. Catherine Howard es culpable y, en cuanto a mi pecado d‹ omisión, ruego por que Dios me perdone.
    – Yo te absuelvo, hija mía -dijo Thomas Cfanmei haciendo la señal de la cruz-. Habéis hecho bien confesándoos conmigo. No os prometo nada, pero quiz; pueda ayudaros. Os agradezco que me hayáis ayudadc a tranquilizar mi conciencia. Aunque estaba casi segu ro de que Catherine es culpable, temía condenar a un; inocente. ¡Es tan difícil averiguar la verdad cuando si trata de un asunto tan delicado!
    El arzobispo de Canterbury saltó al interior de si barca y emprendió el regreso a Londres. Nyssa le sigui‹ con la mirada río abajo hasta que le perdió de vista] sintió que se había quitado un peso de encima. Hast ahora no se había dado cuenta de que era una carga de masiado pesada para ser llevada por una sola personí El Consejo había condenado a Cat Howard antes d que ella decidiera confesarse con Thomas Cranmer le aliviaba pensar que Varían no corría ningún peligro.
    El jueves 9 de febrero Thomas Howard se presentó de improviso en Syon acompañado de otros miembros del Consejo. Una criada que se encontraba en el jardín y vio venir las barcas dio la voz de alarma.
    Catherine Howard saludó a los caballeros con una reverencia.
    – Me habían dicho que estabais en Leddinghall -dijo a su tío.
    – Estaba -respondió Thomas Howard-. El rey me pidió que regresara a palacio y, como subdito fiel que soy, me apresuré a obedecer.
    – ¿Y cómo están mi tía de Bridgewater, el tío Wi-lliam y su esposa, mi hermano Enrique y su familia y mi primo Varían? -insistió ella con retintín-. ¿Se encuentra mejor la duquesa Agnes? He oído decir que estaba enferma.
    – Eres muy descarada, jovencita -la reprendió el duque de Norfolk.
    – No soy una jovencita, soy una mujer.
    – Lo has demostrado con creces -replicó su tío-. Ahora cierra la boca y escúchame con atención: el 21 de enero se redactó tu sentencia de muerte, el 6 de este mes fue aprobada por las dos cámaras y el 7 se firmó. Lady Rochford morirá contigo.
    – ¿Y Enrique? -quiso saber Cat-. ¿Ha firmado ya mi sentencia?
    – Todavía no.
    – ¡Entonces estoy salvada!
    – No digas tonterías -gruñó su tío-. Has sido condenada a muerte y no hay vuelta atrás.
    – ¿Cuándo se me ejecutará? -preguntó Catherine, muy pálida.
    – Todavía no se ha decidido la fecha.
    – Me gustaría que mi ejecución no se convirtiera en un espectáculo público -suplicó Catherine.
    – Serás ajusticiada en la Torre en presencia de unos pocos testigos, como tu prima Ana. Como ves, el rey no desea pagarte con la misma moneda ni ser cruel contigo. Ahora, prepárate para dejar esta casa -anadie Thomas Howard-. Pasarás uno o dos días encerrad; en la Torre y luego serás ejecutada.
    Dicho esto, hizo una reverencia y abandonó la ha bitación seguido del resto de los miembros del Conse jo y de lord Bayton.
    – Enrique no permitirá que muera -murmun Catherine desesperada-. Le conozco; tiene motivo para estar enfadado, pero nunca me haría daño.
    Aquella noche Kate Carey se refugió en brazos di lady Bayton.
    – Mi tío no es un hombre compasivo -sollozó- Sin embargo, Cat está convencida de que la perdonará ¿Cómo es posible que le conozca tan poco habiendí estado casada con él? Mi tía Ana era inocente y muri‹ decapitada en la Torre. ¿Qué le hace pensar que est; vez será diferente?
    – Tarde o temprano tendrá que aceptar que si muerte está próxima.
    – Finge que todavía conserva esperanzas porque nc quiere que la veamos derrumbarse -intervino Nys sa-. Tenemos que ser valientes, Kate. Somos tod(cuanto tiene y no podemos abandonarla cuando má: nos necesita.
    Lady Bayton preparó el escaso equipaje de Catheri ne mientras sus damas le hacían compañía y trataban di evitar que pensara demasiado en su ejecución. Sin em bargo, ninguna de ellas estaba preparada cuando lo miembros del Consejo llegaron al día siguiente par; llevarse a Catherine.
    Cat había pasado una mala noche y acababa de des pertar cuando una de sus damas le anunció la llegada d los caballeros.
    – ¡No! -gritó la joven cubriéndose la cabeza con las sábanas-. ¡Hoy no! ¡Es demasiado pronto!
    Haciendo un gran esfuerzo por contener las lágrimas, sus damas pusieron agua a calentar y la perfumaron con esencia de rosas, la favorita de Cat. Cuando el baño estuvo listo la ayudaron a bañarse, a lavarse el cabello y a vestirse.
    ¿Va a tardar mucho? -gruñó el duque de Suf-folk.
    – Señor, no habéis avisado de vuestra llegada -replicó Nyssa-. Cat ha dormido mal esta noche y se le han pegado un poco las sábanas. Siempre se baña por las mañanas. ¿Vais a negar ese capricho a una mujer a punto de morir?
    Charles Brandon, duque de Suffolk, aceptó la regañina. Nyssa había hablado con tanta dulzura que se sentía incapaz de responderle airadamente.
    – Y supongo que cuando termine de bañarse querrá comer -intervino el duque de Norfolk.
    – Exacto -dijo Nyssa mirándole a los ojos.
    Thomas Howard agachó la cabeza incapaz de sostener la mirada de Nyssa, cargada de reproches. Sabía que la joven le culpaba por haber permitido que su marido fuera encerrado en la Torre junto con el resto de los miembros de la familia Howard y la verdad es que se sentía culpable, pero era demasiado orgulloso para reconocerlo. ¿Por qué tenía que pedir perdón a aquella jovencita insolente?
    A Cat se le sirvió el desayuno en su habitación pero estaba muy asustada y fue incapaz de probar bocado. Sus damas la vistieron con un vestido de terciopelo negro, una capa a juego con el cuello de piel y una caperuza francesa bordada en oro. Completaban el sencillo conjunto un par de guantes de piel forrados de pelo de conejo por dentro.
    Cuando salió de su habitación y se enfrentó con los rostros severos de los caballeros que un día se había declarado sus fieles servidores y meses después la h; bían condenado a morir decapitada, el pánico se apc deró de ella.
    – No pienso ir a ninguna parte -dijo entre diente
    – Me temo que no os queda más remedio qi acompañarnos, señora -repuso el duque de Suffol ofreciéndole el brazo.
    – ¡Fuera de aquí! -gritó Cat dando un paso atrá
    – Recuerda que eres una Howard -la reprendió duque de Norfolk-. Intenta comportarte con la poc dignidad que te queda.
    – ¡Dejadme en paz! -replicó Catherine arrojándc le los guantes a la cara-. ¡He dicho que no voy acompañaros a ninguna parte! ¡No podéis obligaran ¡Si he de morir, quiero que sea aquí y ahora! No piei so moverme de aquí, ¿me habéis entendido?
    Thomas Cranmer y los obispos Tunstall, Sampso y Gardiner trataron de persuadirla de que abandonai Syon por las buenas pero Catherine no estaba dispue; ta a dar su brazo a torcer. Finalmente el duque de Sui folk tuvo que recurrir a la fuerza bruta. A una sen; suya, los guardias que le acompañaban arrastraron p‹ sillo abajo a la reina, que gritaba y se retorcía, y la obl garon a embarcar en el bote de color negro que debí conducirla a la Torre.
    – Si cualquiera de las dos se derrumba ahora, le dai una bofetada -amenazó Nyssa a Kate y Bessie-. Ur mujer histérica es más que suficiente y si empezamos llorar y gimotear nos,obligarán a separarnos de ell; ¿Queréis que Cat pase sola sus últimas horas?
    Las muchachas negaron con la cabeza y siguieron lady Bayton hasta el embarcadero, donde Cat, ya in¡ talada en la barca junto a su tío, el arzobispo Cranm y el obispo Gardiner, seguía sollozando y gritando pleno pulmón que quería quedarse en Syon. Las cuatro mujeres les ayudaron a calmar a Catherine mientras lord Bayton, el duque de Suffolk y el resto de los miembros del Consejo iniciaban el viaje en la barca que abría la marcha acompañados de varios soldados armados. En una tercera barca viajaban las doncellas de Cat, su confesor y otro grupo de soldados.
    Cuando la comitiva pasó bajo el puente de Londres, Nyssa corrió las cortinillas de la barca disimuladamente para evitar que Cat viera las cabezas de sus amantes, todavía expuestas allí. Sir John Gage, el condestable de la Torre, salió a recibir a Catherine y, a juzgar por sus modales correctos y ceremoniosos, cualquiera habría dicho que nada había cambiado desde la última vez que la reina había realizado una visita de cortesía.
    Catherine Howard, que no había dejado de llorar durante todo el trayecto, fue conducida a las habitaciones destinadas a la reina. Saber que su prima Ana había ocupado aquella estancia hacía algunos años no ayudó a que se sintiera mejor. Aquella noche, el obispo de Lincoln la visitó y escuchó su confesión pero ni siquiera eso hizo que Catherine se consolará.
    Mientras tanto, los miembros del Consejo, que deseaban dar a Catherine su merecido antes de que el rey se echara atrás, pusieron el sello real a la sentencia de muerte de la reina y escribieron las palabras Le roy le veut1 para ahorrarle el dolor de firmar con su nombre la sentencia de muerte de su adorada Catherine. Al día siguiente anunciaron a las Cámaras que el rey había dado su consentimiento y se fijó la fecha de la ejecución de Catherine Howard y Jane Rochford.
    1. El rey lo ordena.
    La Iglesia prohibía que las ejecuciones se llevaran a cabo en domingo, así que Catherine pudo disfrutar unas horas más de vida. El domingo por la noche recibió la visita de John Gage.
    – Seréis ejecutada mañana por la mañana -dijo con voz suave-. Debéis estar lista a las siete. Si deseáis desahogaros os aconsejo que lo hagáis con vuestro confesor… y si hay algo que pueda hacer por vos no tenéis más que pedírmelo.
    Las cuatro mujeres que la acompañaban cerraron los ojos temiendo que Catherine sufriera otro ataque de nervios.
    – ¿Podríais traerme el tajo sobre el que seré ajusticiada mañana? -pidió Cat-. Deseo pasar la noche practicando cómo apoyar la cabeza en él para no ofrecer una mala impresión cuando llegue el momento. Eso es todo lo que deseo y os doy las gracias por vuestra generosidad.
    – Ordenaré que os suban inmediatamente lo que habéis pedido -dijo John Gage cuando se hubo recuperado de la impresión.
    – ¡Pero Cat! -exclamó Bessie Fitzgerald cuando el condestable se hubo retirado. La joven había abierto unos ojos como platos y se sentía incapaz de pensar que dentro de pocas horas su amiga estaría muerta. ¡Eran muy jóvenes y los jóvenes no deben morir!-. ¿Te has vuelto loca?
    – Mi prima Ana murió haciendo gala de una gran dignidad y elegancia -repuso Cat-. Yo también soy una Howard y ya es hora de que empiece comportarme como tal.
    – ¿Qué será de nosotras cuando todo haya terminado? -preguntó Kate Carey a lady Bayton.
    – Seréis enviadas de vuelta a casa -contestó la dama1-. Una corte sin reina es un lugar peligroso para tres jóvenes como vosotras. Los hombres se vuelven rudos y maleducados.
    – Enrique no tardará en volver a casarse -dijo Catherine-. Es uno de esos hombres que necesitan a una mujer a su lado constantemente. He oído decir que ha estado consolándose con Elizabeth Brooke y nuestra buena amiga Ana Basset.
    – ¿Quién os ha metido esas tonterías en la cabeza? -quiso saber lady Báyton.
    – Las criadas de Syon sabían todo cuanto ocurría en palacio y se lo contaban a mis doncellas. Yo sólo tenía que preguntar.
    – Elizabeth Brooke es conocida por meterse en la cama con cualquiera que se lo pida -dijo la indignada dama, quien, aunque se negaba a admitirlo, se había encariñado con Cat-. En cuanto a Ana Basset, ¿qué se puede decir de una mujer que acepta regalos de un hombre casado? Un día se meterá en un lío tan gordo que no podrá salir de él.
    – ¡Estaba tan orgullosa del caballo y la silla que el rey le había regalado! -recordó Nyssa-. Se sentía superior a todas nosotras. Su hermana es una buena chica, pero ella es insufrible.
    – Pronto volverás a casa -sonrió Cat-. Estás contenta, ¿verdad? Tus hijos deben haber crecido mucho. ¿Qué edad tienen? ¿Quién cuida de ellos? -preguntó-. Yo nunca tendré hijos y me alegro de que sea así. Mira a Bess, la hija de mi prima Ana. Está sola en el mundo y crecerá rodeada de las intrigas de palacio. Me pregunto qué será de ella.
    – ¡Basta de preguntas, Cat! -rió Nyssa-. El 1 de marzo los gemelos cumplirán un año. Están en Rive-redge con mi madre, la única persona en quien confío. ¡Daría todo lo que tengo por poder regresar al valle del Wye! Si logro convencer al rey para que deje libre a Varían estaremos en Winterhaven la próxima primavera.
    – Siento haberte causado tantos problemas -murmuró Catherine, avergonzada.
    – Es cierto que me has dado muchos disgustos pero te quiero como si fueras mi hermana, Cat -añadió-. Estoy orgullosa de que me consideres tu mejor amiga.
    – No me olvidarás, ¿verdad? -preguntó la muchacha con los ojos llenos de lágrimas-. ¿Rezarás por mí?
    – Rezaré por ti -prometió Nyssa abrazándola-. Y nunca te olvidaré, Catherine Howard. ¿Cómo podría hacerlo después de todas las aventuras que hemos vivido juntas?
    – Eos Howard no nos hemos portado tan mal contigo. Mi tío te regaló un marido maravilloso y te apartó de las atenciones de Enrique Tudor -contestó Catherine-. Ahora me doy cuenta de que eres una mujer muy afortunada. El amor no ha pasado de largo por tu lado. El rey no me amaba; sólo me deseaba y le encantaba presumir de esposa joven y bonita delante de los demás príncipes europeos. Enrique Manox y Francis Dereham sólo querían acostarse conmigo. Quizá Tom Culpeper haya sido el único hombre que me ha querido un poco, pero estoy segura de que también pretendía aprovecharse de mí. Me pregunto si alguien me ha querido desinteresadamente.
    Antes de que Nyssa pudiera responder a la pregunta de Catherine, los guardias entraron trayendo el tajo pedido por la antigua reina y lo dejaron en el centro de la habitación. Catherine Howard clavó la mirada en el pedazo de madera sobre el que debía morir.
    – Quiero que lady Báyton y Nyssa de Winter me acompañen hasta el momento de la ejecución -dijo acariciando la lisa superficie-. Kate y Bessie, no tenéis que venir si no queréis, aunque sé que no os negaríais si os lo pidiera. Ahora, ayudadme, por favor.
    Las tres jóvenes la ayudaron a arrodillarse. Cat apoyó la cabeza sobre el bloque de madera y se dijo que no era tan desagradable como había imaginado y que todo pasaría tan deprisa que apenas se daría cuenta. Repitió la operación unas cuantas veces y finalmente se puso en pie.
    – Llamad a sir John y decidle que vamos a cenar -ordenó-. Quiero ternera asada, tarta de pera con crema de Devon como postre y una botella del mejor vino de las bodegas de su majestad.
    El condestable les envió bandejas repletas de gambas cocidas con vino blanco, capón con salsa de limón y jengibre, la ternera que Catherine había pedido, alcachofas asadas con mantequilla y limón, pan, mantequilla y queso y, como postre una enorme tarta de pera cubierta de crema. Aunque bebieron mucho, no se emborracharon y pasaron toda la noche recordando los tiempos en que eran damas de honor de Ana de Cleves y haciendo llorar de risa a lady Bayton con sus historias.
    Cuando quisieron darse cuenta, ya eran las seis de la mañana. Las doncellas trajeron una bañera y las damas ayudaron a Cat a bañarse y a ponerse un vestido de terciopelo negro con sobrefalda de satén negro y dorado al que habían arrancado el cuello. Le recogieron el cabello en un moño alto y le calzaron un par de zapatos de punta redonda. No llevaba joyas.
    Todas vestían de negro. Lady Bayton se cubría la cabeza con una caperuza bordada con cuentas de oro y perlas y Kate y Bessie se tocaban con sendas cofias de terciopelo adornadas con perlas y plumas de garceta. Nyssa se recogió el cabello en una redecilla dorada, como le gustaba a Cat.
    El que había sido confesor de Cat mientras ésta todavía era reina de Inglaterra acudió a escuchar su última confesión. Ambos se encerraron en la habitación y salieron al poco rato. En ese momento llamaron a la puerta y Nyssa cedió el paso a todos los miembros del Consejo excepto el duque de Suffolk, que había caído enfermo la noche anterior, y el duque de Norfolk, que a última hora se había sentido incapaz de presenciar la ejecución de su sobrina.
    – Ha llegado la hora, señora -dijo el conde de Southampton.
    A Nyssa el corazón le dio un vuelco y el pulso se le aceleró, pero se tranquilizó cuando vio que Cat se disponía a obedecer.
    – Estoy lista -dijo antes de abandonar la habitación seguida por el Consejo, sus cuatro damas y su confesor.
    Lady Rochford les esperaba en la sala de ejecuciones y las muchachas contuvieron la respiración al verla, iba mal vestida y despeinada, sus ojos brillaban salvajes y desorbitados y balbuceaba incongruencias.
    Cuando se preguntó a Catherine si deseaba decir algo antes de morir, la joven contestó así:
    – Yo, Catherine Howard, pido a todos los buenos cristianos de este país que aprendan del castigo que estoy a punto de recibir por haber ofendido a Dios cuando era una niña, por haber faltado a la promesa de fidelidad que hice a mi marido cuando me casé con él y por haber traicionado al rey. Considero que merezco ser castigada con la muerte y estaría dispuesta a morir cien veces si así pudiera limpiar mis pecados. Os suplico que me tengáis presente como ejemplo de cómo terminan las mujeres malas y perversas como yo, que enmendéis vuestra conducta y que obedezcáis a su majestad, el rey Enrique Tudor. Dicho esto, me encomiendo a Dios y le entrego mi alma.
    Lady Bayton y Nyssa ayudaron a Catherine a subir los escalones que la separaban del tajo, que había sido colocado sobre un montón de paja. El verdugo la esperaba dispuesto a cumplir su misión y Nyssa no pudo evitar preguntarse si el hombre que se escondía bajo la capucha sentiría remordimientos.
    Catherine Howard sonrió a su verdugo y, siguiendo la costumbre, le entregó una moneda de oro.
    – Os perdono, señor.
    Dicho esto, se volvió hacia Bessie y Kate, que sollozaban desconsoladas, les envió un beso de despedida y les dio las gracias por haber permanecido a su lado hasta el final.
    – Nunca olvides que eres una mujer muy afortunada, Nyssa -dijo a su amiga estrechándola entre sus brazos-. Sé buena con Varían y trata de perdonar a mi tío. Estoy lista, señor -añadió dirigiéndose al verdugo.
    Nyssa y lady Bayton ayudaron a Catherine a arrodillarse. La joven miró al cielo, rezó una breve oración, se santiguó y se inclinó sobre el tajo con los brazos en cruz. El verdugo le seccionó el cuello de un fuerte hachazo y la cabeza de Cat rodó hasta caer en un cesto.
    Nyssa no fue capaz de apartar la mirada del hacha, que tardó una eternidad en descender, a pesar de lo breve de la ejecución. Un segundo después Catherine Ho-ward había dejado de existir. Aunque sabía que estaba muerta, le pareció oír su voz alegre y melodiosa llamándola y miró alrededor como buscándola. Lady Bayton la tomó del brazo y la ayudó a descender del cadalso mientras los guardias envolvían el cuerpo sin vida de Catherine en una manta negra y lo metían en un ataúd.
    Kate Carey y Bessie Fitzgerald corrieron a refugiarse en brazos de lady Bayton mientras Nyssa miraba alrededor, todavía desconcertada. Allí estaban los miembros del Consejo, sir John Gage y un destacamento de alabarderos de la Casa Real. También había un grupo de personas a quienes no había visto nunca: eran los testigos a quienes la ley obligaba a presenciar la ejecución. Nyssa bajó los ojos y descubrió que una fina capa de hielo cubría el suelo de la sala de ejecuciones. Había llegado el momento de dar muerte a Jane Rochford, pero Nyssa no levantó la mirada; no quería presenciar dos ejecuciones en un solo día. El silbido cortante del hacha balanceándose en el aire antes de caer sobre el cuello de la dama le indicó que todo había terminado.
    Cuatro guardias cargaron con el ataúd de Catherine Howard y lo llevaron a la capilla de San Peter ad Vincula, donde debía ser enterrada junto a su prima Ana Bolena. Las cuatro mujeres entraron en la oscura capilla, escucharon las oraciones que el confesor de Cat pronunció y, cuando hubo terminado, salieron en silencio pasando de largo frente al ataúd de Jane Rochford, que iba a ser enterrada en un oscuro rincón de la misma capilla. Una vez fuera, la débil luz del sol que se filtraba a través de los espesos nubarrones grises que cubrían el cielo las deslumhró. Lord Bayton se unió a ellas y rodeó los hombros de su esposa con un brazo.
    – Vamonos de aquí -dijo-. Es hora de regresar a casa y la barca espera. Lady Nyssa, me temo que no podéis acompañarnos -añadió con una sonrisa-. Ese caballero desea hablar con vos.
    Nyssa se volvió hacia donde lord Bayton señalaba y contuvo la respiración. Quiso gritar pero la voz se negaba a salir de su garganta.
    – ¡Varían! -exclamó finalmente corriendo a abrazarle. Estaba muy pálido y ojeroso pero sonreía y también corría hacia ella. Varían de Winter estrechó a Nyssa entre sus brazos y la besó. Cuando se separaron descubrieron que los dos estaban llorando.
    – Creí no volvería a verte nunca más, querida. ¡Pero por fin estoy libre! Podemos regresar a Winter-haven con nuestros hijos cuando quieras.
    – Pero ¿cómo…? -sollozó Nyssa.
    – No tengo ni idea -confesó Varían-. He pasado dos meses encerrado en una mazmorra sucia, fría y oscura desde que me dijeron que estaba acusado de cómplice de la reina y encubridor y que todas mis posesiones iban a ser confiscadas. Esta mañana sir John Gage me ha dicho que el rey había reconocido que había cometido un error conmigo, que iba a ser puesto en libertad y que me iban a ser devueltas las tierras. Debía presenciar la muerte de Catherine y después podía marcharme en paz. Vamonos de aquí; nuestra barca espera en el embarcadero -añadió tirando de Nyssa.
    El arzobispo, pensó Nyssa. Estaba segura de que Thomas Cranmer, como hombre justo que era, había convencido al rey de que se había cometido una gran injusticia con Varían de Winter. Tomó del brazo a su marido y le siguió hasta el embarcadero, donde Toby y Tillie les esperaban muy sonrientes. Se detuvieron en White-hall y una hora después estaban listos para partir hacia Riveredge. Mientras sus criados preparaban el equipaje, Nyssa y Varían se despidieron de Thomas Howard.
    – ¿Cómo se comportó nuestra Catherine? -preguntó el duque.
    – Habríais estado orgulloso de ella -respondió Nyssa-. Ni yo misma habría sido la mitad de valiente.
    – Supongo que no volveré a veros por palacio…
    – Me temo que no -contestó su nieto-. Pero sabes que puedes contar conmigo si me necesitas, abuelo. Thomas Howard, dejad de lado vuestro maldito orgullo y atreveos a pedir ayuda cuando la necesitéis -le regañó cariñosamente.
    – Lo haré -prometió el duque, que, como el rey, empezaba a sentirse viejo y cansado-. ¿Y tú, jovenci-ta? -preguntó volviéndose hacia Nyssa-. ¿También estás dispuesta a venir a ayudarme?
    – Sí, abuelo -contestó ella tras meditar su respuesta-. Vendré encantada.
    – Entonces, ¿me has perdonado?
    – Una vez os acusé de haberme robado mis sueños, Tom Howard. Ha pasado más de un año y me he convertido en una mujer madura y responsable. Ahora me doy cuenta de que me disteis lo que más deseaba. Os perdono por lo que me hicisteis, pero nunca os perdonaré por haberle destrozado la vida a Cat.
    – Comprendo -murmuró el duque.
    – Adiós, abuelo -añadió Nyssa poniéndose de puntillas y besándole en la mejilla.
    Nieto y abuelo se abrazaron y el duque salió de la habitación a toda prisa para evitar que los jóvenes vieran las lágrimas que nublaban sus ojos. Varian y Nyssa abandonaron palacio sin despedirse del rey. Era el lunes 13 de febrero de 1542. Con un poco de suerte, llegarían a Riveredge a tiempo para celebrar el cumpleaños de los gemelos. El tiempo fue tan bueno que alcanzaron el valle del río Wye antes de lo previsto. «Estamos llegando, estamos llegando» parecía repetir el repiqueteo de los cascos de los caballos sobre el camino cubierto de nieve.
    – Estamos a punto de llegar a tu casa -dijo Varian-. Hemos salido de palacio tan precipitadamente que hemos olvidado traer un regalo para los niños. Hace tanto tiempo que nos fuimos que no nos reconocerán.
    – Afortunadamente son muy pequeños y pronto olvidarán que una vez estuvimos separados durante seis meses -repuso Nyssa-. Cuando sean lo bastante mayores para comprenderlo se lo explicaremos todo como si fuera un cuento. Y en cuanto al regalo, ya me he ocupado de eso ^añadió esbozando una sonrisa enigmática.
    – ¿Tienes un regalo para los gemelos? -se sorprendió Varian-. ¿Cuándo…?
    – Si mis cálculos son correctos, fue el pasado otoño, antes de que el rey enviara a Cat a Syon -respondió la joven colgándose del cuello de su marido-. He estado tan atareada ocupándome de ella todo este tiempo que no me di cuenta hasta hace unos días. ¡Estoy embarazada! ¡Edmund y Sabrina tendrán un hermani-to a principios de agosto!
    – Y éste es el niño que, según tú, debe llamarse Enrique, ¿no es así?
    – Ahora ya no me parece una buena idea -repuso Nyssa negando con la cabeza-. El rey se ha portado muy mal últimamente. Además, hay demasiados Enriques en Inglaterra. Pensándolo bien, no es un nombre muy original.
    – ¿Y cómo sabes que es un niño? Podría ser una nina.
    – Es un niño -aseguró ella-. Soy su madre y lo sé. Heredará mis tierras de Riverside y será un caballero rico y respetado.
    – ¿Y puedo saber cómo se llamará?
    – Thomas, por supuesto. ¡Mira, Varían! -exclamó-. ¡Hemos llegado a Riveredge! ¡Ahí están papá y mamá con los gemelos! ¡Dios mío, han crecido tanto que apenas les reconozco! Varían, prometo que no volveré a separarme de mis hijos.
    Varían de Winter miró a su esposa y la abrazó con fuerza. Nunca la había querido tanto como ahora.
    – El amor no ha pasado de largo por nuestro lado, Nyssa -dijo-. Cada día doy gracias a Dios por ello.
    – ¿Por qué has dicho eso?
    – ¿El qué?
    – Que el amor no ha pasado de largo por nuestro lado.
    – No lo sé. Se me acaba de ocurrir.
    En ese momento el coche se detuvo y Nyssa abrió la portezuela y corrió a abrazar a sus hijos. «El amor no ha pasado de largo por tu lado, Nyssa», había dicho Cat unos días antes. Que Dios te acompañe, Cat rezó. Ojalá encuentres en Él el amor que nadie supo darte aquí. Sonrió a su familia, tomó a sus hijos en brazos y miró a Varían a los ojos. Tenía razón: eran muy afortunados y debían agradecer a Dios que el amor no hubiera pasado de largo por su lado.

EPÍLOGO

    Después del fracaso de su matrimonio con Cathe-rine Howard, Enrique VIII no deseaba volver a casarse pero el Consejo logró convencerle de que debía seguir intentando tener descendencia. Aunque todos sabían que el rey no tendría más hijos, el 12 de julio de 1543, diecisiete meses después de la muerte de Catherine Howard, Enrique Tudor contrajo matrimonio con Kathe-rine Parr, la viuda de lord Latimer. A pesar de que la sexta esposa de Enrique Tudor estuvo a punto de caer por las luchas entre los poderes religiosos que luchaban por hacerse con la Iglesia de Inglaterra, sobrevivió a su esposo, que murió el 28 de enero de 1547. Fue una esposa fiel y cariñosa y consiguió que la familia de su marido olvidara sus diferencias y que devolviera el título de princesas a sus hijas María y Elizabeth.
    Por lo que respecta a la familia Howard, el rey les perdonó y les devolvió las tierras confiscadas. La duquesa Agnes fue puesta en libertad el 5 de mayo de 1542 y murió tres años después. Thomas Howard conservó su cargo de tesorero del rey pero no volvió a gozar de la confianza de Enrique Tudor. Murió en 1554 a la edad de ochenta y un años.
    Ana de Cleves conservó su amistad con la familia real. Vivió en Inglaterra y disfrutó de su libertad hasta el día de su muerte, ocurrida en 1557, un año antes de que Elizabeth, la hija favorita del rey, fuera proclamada reina.
    El obispo Stephen Gardiner, que había pasado todo el reinado de Eduardo VI encerrado en la Torre, fue nombrado presidente de la Cámara de los Lores durante el reinado de María I y murió en 1555.
    Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, murió quemado en la hoguera el 21 de marzo de 1556 durante el reinado de María I a la edad de sesenta y siete años.
    Eduardo VI, único hijo varón legítimo de Enrique VIII, sucedió a su padre. Tenía nueve años y vivió hasta los dieciséis. En su lecho de muerte accedió a desobedecer a Enrique Tudor y a nombrar sucesora a su prima Jane Gray, nieta de Charles Brandon, duque de Suffolk, y María Tudor, hermana menor de Enrique VIII.
    El reinado de Jane Grey duró hasta que nueve días después fue destronada por aquellos que consideraban legítima heredera del trono de Inglaterra a la princesa María, hija de Catalina de Aragón, primera esposa de Enrique VIII.
    María I fue coronada reina de Inglaterra en 1553 pero no tardó en perder el apoyo popular cuando se casó con su primo Felipe II, rey de España, y trajo la Inquisición al país. Su obsesión por restablecer la fe católica la llevó a convertirse en una reina intolerante con fama de mantener siempre encendidas las hogueras de Smithfield. Murió en 1558 a los cuarenta y dos años, sin hijos y abandonada por su marido, que había vuelto a España.
    La segunda de los tres hijos legítimos de Enrique VIII, Elizabeth, hija de Ana Bolena, fue coronada reina de Inglaterra el 17 de noviembre de 1.558. Murió en 1603 a los setenta años, después de haber reinado durante cuarenta y cinco años.
    En cuanto a los Wyndham de Riveredge y los De Winter de Winterhaven, son invención mía, pero estoy segura de que vivieron muy felices y no descarto que vuelvan a protagonizar otra de mis novelas.

Bertrice Small


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