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Un Amor Escondido

Un Amor Escondido

Аннотация

    Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
    Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
    Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…


Jacquie D’Alessandro Un Amor Escondido

    Serie Regencia Histórica, 02
    Dedico este libro con toda mi gratitud a
    John Hensley por su gentileza, su apoyo y
    por lo duro que ha trabajado para mí.
    Quiero también manifestar mi más sincero
    agradecimiento a su magnífico equipo
    por haberme hecho sentir bienvenida:
    Dawn Doud, DeeAnn Kline, Pam Manley,
    Bev Martin, Carrie Murakami, Tracey
    Neel, Anna SheaNicholls, George Scott y
    Susie Straussberger. Gracias a todos por
    mostrarme el Poder de Uno.
    Y, como siempre, gracias a Joe, mi increíble
    esposo, por su amor incondicional,
    su paciencia y su apoyo y por decirme
    siempre «puedes hacerlo» justo cuando
    más necesitaba oírlo; y a Christopher,
    «tú puedes hacerlo» Júnior, mi maravilloso
    hijo, del que tan orgullosa me siento.
    ¡Te adoro!

AGRADECIMIENTOS

    Quisiera dar las gracias a las siguientes personas por su inestimable ayuda y apoyo:
    A mis editoras, Carne Feron y Erika Tsang, por su amabilidad, sus ánimos y sus maravillosas ideas.
    A mi agente, Damaris Rowland, por su fe y su sabiduría.
    A Martha Kirkland, por tener siempre las respuestas a las preguntas que surgían de mis investigaciones.
    A Jenni Grizzle y a Wendy Etherington, por empujarme a seguir y por estar siempre ahí para una copa de champán y una ración de tarta de queso.
    A Brenda D'Alessandro, por ser tan divertida, la mejor compradora del mundo; y gracias también a Kay y a Jim Johnson, a Kathy y a Dick Guse, a Lea y a Art D'Alessandro, a JoBeth Beard, a Ann Wonycott y a Michelle, Steve y Lindsey Grossman.
    Un ciberabrazo a mis Looney Loopies: Connie Brockway, Marsha Canham, Virginia Henley, Jill Gregory, Sandy Hingston, Julia London, Kathleen Givens, Sherri Browning y Julie Ortolon, y también a las Tentadoras.
    Un agradecimiento muy especial a los miembros del Georgia Romance Writers: JoBeth Beard, Ana Payne, Judy Wilson y Jeannie Pierannunzi.
    Y, por último, gracias a las maravillosas lectoras que se han tomado el tiempo de escribirme o de enviarme un correo electrónico. ¡Me encanta saber de vosotras!

Capítulo 1

    La mujer moderna actual debería luchar por la iluminación personal, la independencia y la franqueza. El lugar idóneo para dar comienzo a esta lucha por la asertividad es el dormitorio…

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    – Un escándalo, eso es lo que es -se oyó el ultrajado susurro de una voz masculina-. Mi esposa se ha hecho no sé cómo con un ejemplar de esa maldita Guía femenina.
    – ¿Cómo lo sabe? -se oyó decir a otro gruñón susurro masculino.
    – Es más que obvio. A juzgar por su forma de actuar. No hace más que vomitar estupideces sobre «la mujer moderna actual» y sobre «la independencia» como una tetera hirviendo. ¡Ayer mismo entró en mi salón privado y me preguntó sobre mis resultados en el juego y sobre la cantidad de tiempo que paso en White's!
    Siguieron agudas inspiraciones.
    – Menudo ultraje -musitó el susurrante gruñón.
    – Precisamente lo que yo le dije.
    – ¿Qué hizo?
    – Naturalmente, la eché de mi salón, llamé a un carruaje y la envié a Asprey's para que se comprara una baratija nueva con la que distraerse.
    – Excelente. ¿Debo entender que su estrategia surtió efecto?
    – Desafortunadamente no todo lo que habría deseado. Anoche la encontré esperándome en mi antecámara. Me dio un buen susto, se lo aseguro. Sobre todo porque acababa de despedirme de mi amante y estaba profundamente agotado. Maldita sea, una esposa no debe proferir tales demandas ni albergar tales expectaciones.
    – Mi esposa hizo exactamente lo mismo la semana pasada -se oyó decir a un tercer susurro ofendido-. Entró en mi alcoba con todo el descaro que pueda imaginarse, me empujó contra el colchón y luego… bueno, el único modo en que me atrevo a describirlo es diciendo que saltó sobre mí. Me dejó los pulmones sin una gota de aire y a punto estuvo de aplastarme. Allí tumbado, inmóvil bajo aquel estado de profunda conmoción, luchando por recuperar el aliento, va ella y me dice con el más impaciente de los tonos: «Mueve un poco el culo». ¿Pueden acaso imaginar acto y palabras más indignos? Y, entonces, justo cuando creí que ya nada podía causarme mayor perplejidad, exigió saber por qué yo nunca…
    La voz se apagó aún más y lady Catherine Ashfield, vizcondesa de Bickley, se inclinó más sobre el biombo oriental que ocultaba su presencia de los hombres que hablaban al otro lado.
    – …tenemos que detener a ese tal Charles Brightmore -susurró uno de los caballeros.
    – Estoy de acuerdo. Un desastre de proporciones tremendas, eso es lo que nos ha causado. Ni que decir tiene que, si mi hija lee esa maldita Guía, no casaré jamás a la tontuela muchacha. Independencia, sin duda. Completamente insoportable. Esta Guía podría ser peor que el levantamiento incitado por las escrituras de esa tal Wollstonecraft. No son más que ridículos disparates reformistas.
    La declaración encontró eco en los murmullos de conformidad. El susurrante prosiguió:
    – En cuanto a la alcoba, las mujeres están exigiendo ya suficientes chiquilladas, reclaman constantemente nuevos vestidos, pendientes, carruajes y demás. Es un ultraje que sus expectativas se extiendan a esa parcela. Sobre todo cuando se trata de una mujer de la edad de mi esposa, madre de dos hijos mayores. Indecente, eso es lo que es.
    – No podría estar más de acuerdo. Si llego a encontrarme en compañía del bastardo ese de Brightmore, le retorceré el cuello personalmente. Emplumarlo no me parece suficiente para él. Todo el mundo con quien he hablado parece ser de la opinión que Charles Brightmore es un seudónimo, y, siendo como es un cobarde, se niega a dar la cara e identificarse. El libro de apuestas de White's es un auténtico frenesí de apuestas sobre su identidad. Malditos sean todos. ¿Qué clase de hombre es capaz de pensar, por no hablar ya de escribir, ideas tan impropias?
    – Bueno, he pasado por White's justo antes de venir aquí, y la última teoría propone la posibilidad de que el tal Charles Brightmore sea en realidad una mujer. De hecho, he oído…
    Las palabras veladas del caballero quedaron sofocadas por el estallido de una cercana risa femenina. Catherine se acercó aún más hasta casi pegar la oreja al biombo.
    – …y, de ser cierto, sería el escándalo del siglo. -Oyó entonces más murmullos ininteligibles, y luego-:…contratado a un detective hace dos días para llegar al fondo del asunto. Es un hombre altamente recomendado… despiadado, y dará con la verdad. De hecho… oh, maldición, me ha visto mi esposa. Un momento, miren cómo revolotean sus pestañas al mirarme. Chocante, eso es lo que es. Espantoso. Y definitivamente aterrador.
    Catherine echó una mirada por el borde del panel. Lady Markingworth estaba en uno de los extremos del salón de baile con sus rotundas proporciones embutidas en un desafortunado vestido de satén verde amarillento que daba a su rostro un tinte claramente cetrino. Llevaba el cabello castaño dispuesto en un complicado peinado que incluía tirabuzones y lazos y plumas de pavo real. Con su atención fija en el lado opuesto del biombo, lady Markingworth parpadeaba como si hubiera sido sorprendida en una tormenta de viento plagada de polvo. Entonces, con aire decidido, se encaminó hacia allí.
    – Maldita sea -se oyó un horrorizado y aterrado susurro que, según supuso Catherine, pertenecía a lord Markingworth-. Tiene ese condenado brillo en la mirada.
    – Y es demasiado tarde para poder escapar, viejo amigo.
    – Maldición. Que caiga una plaga sobre la casa del bastardo de Charles Brightmore. Voy a descubrir la identidad de ese personaje y luego lo mataré… o a ella. Lentamente.
    – Así que estabas aquí, Ephraim -dijo lady Markingworth, añadiendo una risilla juvenil a su saludo-. Te he estado buscando por todas partes. Va a empezar el vals. Y qué suerte que lord Whitly y lord Carweather estén en tu compañía. Sus esposas les esperan ansiosas junto a la pista de baile, mis queridos señores.
    El anuncio provocó en el círculo de los tres hombres un reguero de carraspeos y de toses nerviosas a los que siguió el arrastrar de zapatos sobre el suelo de parquet cuando el grupo se movió.
    Catherine se apoyó contra el panel de roble que tapizaba la pared y soltó un tembloroso jadeo, llevándose las manos al diafragma. Haberse deslizado tras el biombo en busca de un instante de tranquilidad, lejos de las hordas de invitados a la fiesta, se había saldado con un giro totalmente inesperado. Su único deseo era evitar a lord Avenbury y a lord Ferrymouth, que se acercaban ya y que le seguían los pasos desde el momento en que ella había llegado a la fiesta de cumpleaños de su padre, intentando llevarla por separado a un tête a tête. Tanto lord Avenbury como lord Ferrymouth habían sido seguidos de cerca por sir Percy Whitehall y algunos otros cuyos nombres se le escapaban y en cuyos ojos se apreciaban inconfundibles -e indeseados- destellos de interés. Dios santo, el período de luto oficial por su marido había concluido hacía sólo dos días. Casi podía oír la voz de su querida amiga Genevieve advirtiéndola la semana anterior: «Aparecerán hombres de todos los rincones. Tal es el destino de las solteras herederas».
    Maldición, ella no era soltera, sino viuda. Y con un hijo casi en edad adulta. Nunca hubiera creído que fuera a generar tal entusiasmo masculino… tan pronto. De haberlo sospechado, sin duda se habría sentido tentada de seguir llevando el luto.
    Sin embargo, al tratar de evitar a sus inesperados pretendientes, había escuchado inadvertidamente una conversación mucho más turbadora que la atención masculina de la que huía. Las enojadas palabras de lord Markingworth resonaban en su cabeza: «La posibilidad de que Charles Brightmore sea una mujer… de ser cierto, sería el escándalo del siglo».
    ¿Qué más había dicho que ella no pudo oír? ¿Y qué había de aquel despiadado investigador contratado para llegar al fondo de todos los pormenores? ¿Quién sería? ¿Y cuan cerca estaba de descubrir la verdad?
    «… descubriré quién es esa persona, y luego lo mataré… o a ella. Lentamente.»
    Un escalofrío provocado por un presentimiento se deslizó por su columna. Dios santo, ¿qué había hecho?

Capítulo 2

    La mujer moderna actual debería saber que un hombre que pretenda seducirla empleará uno de los dos métodos siguientes: o bien la abordará directamente y sin ambages o utilizará un cortejo más sutil y amable. Desafortunadamente, pocos hombres tienen en cuenta cuál es el método que la dama en cuestión prefiere… hasta que ya es demasiado tarde.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Esa noche daría comienzo a su cortejo amable y sutil.
    Andrew Stanton estaba de pie en un rincón escasamente iluminado del elegante salón de lord Ravensly presa de una sensación muy similar a la que, según imaginaba, debía de sentir un soldado antes de la batalla: estaba ansioso, concentrado y rezando con todas sus fuerzas para que el desenlace le resultara esperanzador.
    Su mirada escudriñaba con inquietud a los invitados formalmente vestidos. Damas elegantemente vestidas y profusamente enjoyadas giraban alrededor de la pista de baile en brazos de sus compañeros perfectamente equipados al ritmo de los cadenciosos compases del trío de cuerda. Sin embargo, ninguna de las damas que ahora se deslizaban al ritmo del vals era la que él buscaba. ¿Dónde estaba lady Catherine?
    Bebió un corto sorbo de brandy, apretando los dedos alrededor de la copa de cristal tallado en un intento por controlar el deseo de beberse la potente bebida de un sólo trago. Maldición, no había estado tan nervioso ni tan inquieto desde… nunca. Bueno, dejando a un lado la cantidad de veces durante los últimos meses que había pasado en compañía de lady Catherine. Resultaba ridículo hasta qué punto pensar en aquella mujer, estar en la misma habitación que ella afectaba su capacidad para respirar con claridad y pensar adecuadamente… es decir, respirar adecuadamente y pensar con claridad.
    Sus esfuerzos por encontrar a lady Catherine esa noche ya se habían visto interrumpidos en tres ocasiones por gente con la que él no tenía el menor deseo de hablar. Temía que una más de esas interrupciones le obligara a rechinar los dientes hasta terminar por desgastárselos del todo.
    De nuevo escudriñó la sala y se le tensó la mandíbula. Demonios. Después de haberse visto obligado a esperar lo que se le había antojado una eternidad para por fin cortejarla, ¿por qué no podía lady Catherine, aunque fuera de forma inconsciente, al menos calmar su ansiedad y dejarse ver?
    El zumbido de las conversaciones le rodeaba, marcado por carcajadas y el tintineo de los bordes de las delicadas copas de cristal entrechocando en brindis congratulatorios. Prismas de luz reflejaban el suelo de parquet pulido hasta lo indecible desde la multitud de velas que brillaban en los deslumbrantes candelabros de cristal, envolviendo la sala en un fulgor cálido y dorado. Más de cien miembros entre lo más selecto de la alta sociedad habían asistido a la fiesta de cumpleaños de lord Ravensly. «Lo más granado de la alta sociedad y… yo.»
    Alzó la mano y tiró levemente de su corbata cuidadosamente anudada.
    – Maldita sea esta incómoda corbata -masculló. Quienquiera que hubiera puesto de moda aquella incómoda plaga merecía terminar con sus huesos en las aguas del Támesis. A pesar de que el corte negro y formal y de experta factura de su atuendo rivalizaba con el de cualquier noble de la sala, Andrew seguía sintiéndose en parte como un hierbajo entre las flores de un invernadero. Incómodo. Fuera de su elemento. Y dolorosamente consciente de la distancia que mediaba entre él y el elegante estrato social en el que a menudo se encontraba… y, sin duda, mucho más alejado de lo que cualquiera de los presentes se habría atrevido a esperar. Su vieja amistad con Philip, el hijo de lord Ravensly, y la amistad cada vez más íntima que le unía al propio lord Ravensly, así como a lady Catherine, habían asegurado a Andrew una invitación a la elegante fiesta de cumpleaños de esa noche. Lástima que Philip no estuviera presente. Meredith estaba pronta a dar a luz y Philip no quería alejarse del lado de su esposa.
    Aunque quizá fuera mejor que Philip se hubiera ausentado. Cuando había dado su bendición a Andrew para que cortejara a lady Catherine, le había advertido así mismo de que su hermana no estaba dispuesta a casarse de nuevo tras su desastroso primer matrimonio. Lo último que Andrew necesitaba era tener a Philip cerca, murmurándole palabras de desánimo.
    Inspiró hondo y se obligó a adoptar una actitud positiva. Su frustrante fracaso a la hora de localizar a lady Catherine entre la multitud le había dado la oportunidad de conversar con numerosos inversores que ya se habían comprometido a donar fondos para la aventura del museo compartida por Philip y él. Lord Avenbury y lord Ferrymouth estaban deseosos de saber cómo progresaban las cosas, como también lo estaban lord Markingworth, lord Whitly y lord Carweather, que ya habían entregado sus respectivas inversiones. La señora Warrenfield parecía ansiosa por invertir una suculenta suma, como también lord Kingsly. Lord Borthrasher, quien ya había hecho una cuantiosa inversión, parecía interesado en invertir más. Después de hablar con ellos, Andrew también había hecho algunas discretas investigaciones sobre un asunto que se le había encargado recientemente.
    Sin embargo, en cuanto las conversaciones sobre negocios tocaron a su fin, Andrew se retiró a su silencioso rincón para reordenar sus ideas, fiel a una táctica muy semejante a la que utilizaba para preparar un combate pugilístico en el Emporium de Gentleman Jackson. Su mirada siguió estudiando a los invitados, deteniéndose repentinamente en cuanto vislumbró a lady Catherine saliendo de un biombo de seda oriental situado junto a los grandes ventanales.
    Andrew se tranquilizó al ver el vestido de color bronce de lady Catherine. Cada vez que la había visto durante el curso del pasado año, el negro luto la había engullido como un oscuro y pesado nubarrón de lluvia. Ahora, oficialmente cumplido el duelo, Catherine parecía un sol de bronce dorado poniéndose sobre el Nilo, iluminando el paisaje con sus inclinados rayos de calor.
    Lady Catherine se detuvo a intercambiar unas palabras con un caballero y la ávida mirada de Andrew reparó en la forma en que la vívida tela de su vestido contrastaba con sus pálidos hombros, complementando a su vez sus resplandecientes rizos castaños, recogidos en un trenzado griego. El favorecedor peinado dejaba a la vista la vulnerable curva de su nuca…
    Andrew soltó un largo suspiro y se pasó la mano que tenía libre por el pelo. ¿Cuántas veces había imaginado que pasaba los dedos, la boca, por aquella piel suave y sedosa? Más de las que se atrevía a reconocer. Ella era adalid de todas las cosas buenas y deliciosas. Una dama perfecta. Sin duda perfecta en todos los sentidos.
    Sabía muy bien que no era lo bastante bueno para ella. A pesar de su buen hacer financiero, socialmente se sentía como un mendigo con la nariz pegada al escaparate de una repostería. Sin embargo, ni su mente ni su sentido común tenían ya el control sobre sus reacciones. Ella era libre. Y mientras él atesoraba la relación platónica que había florecido entre ambos en el curso de los últimos catorce meses, sus sentimientos eran más profundos de lo que limitaba una mera amistad y no encontraba forma humana de acallar su corazón. Su mancillado pasado, el noble linaje de ella, su propia falta de linaje… maldito todo.
    La mirada de Andrew siguió la esbelta y regia figura de lady Catherine mientras ella recorría el perímetro de la estancia, y su corazón ejecutaba el mismo brinco irregular al que se entregaba cada vez que la miraba. De haber podido reírse, se habría reído de sí mismo y de su instintiva reacción ante la presencia de su dama. Se sentía como un inexperto escolar con la lengua trabada… algo harto decepcionante, teniendo en cuenta que normalmente se consideraba un hombre de una gran finesse.
    Haciendo rodar los hombros para relajar la tensión que le agarrotaba los músculos, aspiró una bocanada de aire y se preparó para salir de las sombras. Una mano firme lo agarró del hombro.
    – Deberías retocarte la corbata antes de entrar en combate, viejo amigo.
    Andrew se volvió apresuradamente y se encontró mirando fijamente los divertidos ojos castaños de Philip, protegidos por unos anteojos. De inmediato, la frustración dejó paso a la preocupación.
    – ¿Qué haces aquí? ¿Meredith está bien?
    – Mi esposa está bien, gracias, o al menos todo lo bien que una mujer puede estarlo en sus últimas semanas de embarazo. En cuanto a qué hago aquí, confieso que, por motivos que no alcanzo a imaginar, Meredith ha insistido en que haga aparición en la fiesta de cumpleaños de mi padre. -Sacudió la cabeza, claramente divertido-. No quería dejarla, pero si hay algo que he aprendido durante los últimos meses, es que sólo un idiota discute con una futura madre. Así que me he separado de ella a mi pesar y he soportado las tres horas de viaje a Londres para felicitar a mi padre. Meredith me ha sugerido que pase aquí la noche, pero me he negado en redondo. Mientras hablamos, he pedido que me traigan el coche. Pero no podía marcharme sin hablar contigo. ¿Cómo van los progresos con el museo?
    – Muy bien. Contratar a Simon Wentworth como administrador ha sido una de las decisiones más inteligentes que hemos tomado. Es extremadamente organizado y mantiene a los trabajadores a raya.
    – Excelente. -La voz de Philip se redujo a casi un susurro-. ¿Cómo va la investigación sobre Charles Brightmore?
    Andrew soltó un suspiro.
    – Al parecer, el bastardo no existe, salvo en el papel, como autor de la Guía, aunque eso sólo consigue intrigarme aún más. Confía en mí; tengo intención de hacerme con la impresionante suma que lord Markingworth y sus amigos me han prometido por identificar al autor.
    – Sí, bueno, por eso te recomendé. Eres tenaz e implacable cuando se trata de descubrir la verdad. Y gracias a tus vínculos con el museo y tu asociación con los, ejem… exaltados como yo, tienes acceso tanto a los miembros más granados de la sociedad como a las personas de orígenes más humildes, por así decirlo. La gente se sentiría más inclinada a confiar en ti que en un detective, y tu presencia en esta clase de veladas no arquea una sola ceja, como ocurriría en el caso de un desconocido o de un detective.
    – Sí, eso juega en mi favor -concedió Andrew-. La experiencia me dice que durante las conversaciones casuales se revelan pistas que a menudo pasan inadvertidas.
    – Bueno, no me cabe ninguna duda de tu éxito. Sólo espero que al revelar la identidad del tal Charles Brightmore se ponga fin a esta condenada Guía femenina. Quiero que ese libro desaparezca de las estanterías antes de que Meredith se las ingenie para conseguir un ejemplar. Mi adorable esposa ya es lo bastante independiente. Mantenerla a raya ya requiere casi más energía de la que puedo dedicarle.
    – Sí. Estoy seguro de que es la independencia de tu hermosa esposa la que requiere toda tu energía. -Escudriñó a Philip con su mirada intencionada-. No pareces estar sufriendo demasiado en sus manos. Pero, no temas, tengo intención de desenmascarar a ese tal Brightmore. No solamente tendré el placer de delatar al charlatán, sino que el dinero que gane haciéndolo ayudará para conquistar a tu hermana. Estoy plenamente decidido a dar a lady Catherine todos los lujos a los que está acostumbrada.
    – Ah. Ahora que lo dices… ¿cómo va el cortejo de mi hermana?
    Andrew miró al techo.
    – Muy lento, me temo.
    – Bueno, deja de perder el tiempo. Siempre te he visto cuanto menos implacable cuando querías algo. ¿A qué viene tanto «no sé, no sé»?
    – Nada de no sé…
    – Y, por el amor de Dios, deja de mesarte el pelo. Cualquiera diría que te ha caído un rayo en la cabeza.
    Andrew se pasó rápidamente una mano por un pelo que parecía haber sido víctima de un rayo y frunció el ceño.
    – Mira quién habla. ¿Te has mirado al espejo últimamente? Tu aspecto sólo puede definirse como desastrado y, a juzgar por tu pelo, se diría que te ha sorprendido una repentina y monstruosa tormenta.
    – Pues sí, estoy desastrado, aunque teniendo en cuenta que estoy a punto de ser padre por primera vez, al menos cuento con una excusa de peso para tirarme del pelo y comportarme de manera extraña. ¿Qué demonios te ocurre a ti?
    – No me ocurre nada, aparte de esta condenada frustración. Ni siquiera he tenido la oportunidad de hablar con lady Catherine. Cada vez que logro verla entre la multitud, otro inversor del museo u otro potencial inversor reclaman mi atención. -Lanzó a Philip una mirada afilada-. Estaba intentando abordarla por cuarta vez en lo que va de noche cuando de nuevo han vuelto a retenerme. Esta vez has sido tú.
    – Y deberías alegrarte de ello. Si ella hubiera visto tu desastroso peinado habría salido corriendo de la sala.
    – Gracias. Tus ánimos me congratulan. En serio. Aunque me resulta difícil aceptar un consejo sobre moda de alguien cuyo atuendo y peinado a menudo son comparables a un nido de ardillas.
    En vez de ofenderse, Philip sonrió.
    – Cierto. Sin embargo, no soy yo quien intenta cortejar a una dama esta noche. Yo ya he logrado ganarme el favor de la mujer que amo.
    – Sí, y casi a pesar de ti mismo, debo añadir. De no haber sido por mi consejo sobre cómo cortejar y ganarte el favor de Meredith… -Andrew sacudió tristemente la cabeza-. Bueno, digamos que el resultado de tu cortejo hubiera sido altamente cuestionable.
    Un rudo sonido escapó de labios de Philip.
    – ¿Ah, sí? Si tan experto eres, ¿por qué no has logrado nada con Catherine?
    – Porque todavía tengo que empezar con ella. Y gracias, en última instancia, a ti. Dime, ¿es que no tienes ninguna otra casa que visitar en Mayfair?
    – No temas, me dirigía hacia la puerta. Pero si me marcho ahora, no podré hablarte de las dos interesantes conversaciones que he tenido esta noche. Una ha sido con un tal señor Sydney Carmichael. ¿Le has conocido ya?
    Andrew negó con la cabeza.
    – El nombre no me resulta familiar.
    – Ha sido la señora Warrenfield, la rica viuda norteamericana, quien me lo ha presentado. -Philip bajó la voz-. Si alguna vez hablas con ella, prepárate para oírla describir detalladamente su plétora de dolores y males.
    – Gracias por la advertencia. Ojalá me la hubieras dado hace una hora.
    – Ah. Hay algo en esa dama que me ha resultado muy extraño, aunque no sabría decir exactamente qué. ¿No has notado nada?
    Andrew lo pensó durante un instante.
    – Reconozco que estaba preocupado mientras hablaba con ella, aunque ahora que lo mencionas, sí, creo que es su voz. Es extrañamente grave y chirriante para una dama. Combinada con ese sombrero negro de velo que le oscurece la mitad de la cara, resulta un poco desconcertante hablar con ella.
    – Sí, debe de ser eso. Bueno, volviendo al señor Carmichael. Está interesado en hacer una cuantiosa inversión en el museo.
    – ¿Cómo de cuantiosa?
    – De cinco mil libras.
    Las cejas de Andrew se arquearon.
    – Impresionante.
    – Sí. Estaba ansioso por conocer a mi socio norteamericano, pues ha vivido unos cuantos años en tu país. Estoy seguro de que te buscará antes de que termine la noche.
    – Supongo que por cinco mil libras puedo mostrar un poco de entusiasmo.
    – Excelente. No obstante, tu tono y el hecho de que no dejas de mirar a tu alrededor denotan una clara falta de curiosidad por mi otra conversación, que, por cierto, ha tenido a Catherine como interlocutora. -Philip soltó un profundo suspiro y se sacudió un poco de pelusa de la manga de su chaqueta azul marino-. Lástima, pues la conversación te concernía.
    – Y, naturalmente, me la contarás en recompensa por haberte salvado la vida.
    El rostro de Philip se arrugó hasta esbozar un ceño confuso.
    – Si te refieres al incidente de Egipto, creía que era yo quien te había salvado la vida. ¿Cuándo me salvaste tú la mía?
    – En este momento. Al no echarte de cabeza por los ventanales contra los arbustos espinosos. ¿Qué ha dicho lady Catherine?
    Philip echó una circunspecta mirada a su alrededor. En cuanto estuvo seguro de que no corrían peligro de ser oídos, dijo:
    – Al parecer, tienes competencia.
    Andrew parpadeó.
    – ¿Cómo dices?
    – No eres el único hombre que intenta ganarse el favor de mi hermana. Al parecer, hay otros que muestran interés por ella.
    Andrew le miró fijamente, sintiéndose como si acabaran de abofetearle. A continuación, un sonido carente de cualquier asomo de humor se abrió paso entre sus labios al reparar en su propia vanidad. ¿Cómo no había anticipado ese giro de los acontecimientos? Naturalmente que otros hombres se verían atraídos por los encantos de lady Catherine. Se aclaró la garganta para encontrarse la voz.
    – ¿Qué clase de interés?
    – Sin duda, un experto de tu calibre debería saberlo. Los gestos típicamente románticos. Flores, invitaciones, chucherías. Esa clase de cosas.
    El fastidio, junto con una buena dosis de celos, golpearon a Andrew en plena cara.
    – ¿Y ha dado ella muestra de que disfrutaba de esas atenciones?
    – Al contrario, me ha comentado que encontraba aburridos a esos caballeros, puesto que no tiene, y ahora cito textualmente: «la menor intención de comprometer jamás mi independencia atándome a otro hombre». Reconozco que últimamente mi hermana se muestra sorprendentemente categórica. Eso, añadido a una vena de clara testarudez que he detectado en sus modales últimamente, y a esos otros pretendientes… -Un estremecimiento colmado de compasión contrajo los rasgos de Philip-. No es un inicio estelar para tu campaña de cortejo, amigo mío, aunque yo ya intenté advertirte de ello en su momento.
    Andrew dejó de lado la descripción vagamente poco halagüeña de lady Catherine que la presentaba como categórica y testaruda. ¿Acaso no era siempre eso lo que pensaban los jóvenes de sus hermanas? Sin embargo, no podía pasar por alto lo demás y sus ojos se entrecerraron hasta quedar convertidos en finas ranuras.
    – ¿Quiénes son esos hombres?
    – Demonios, Andrew, ese tono glacial no presagia nada bueno para los caballeros, y no creo haber visto antes esa mirada en tus ojos. Espero no encontrarme jamás entre tus objetivos. -Pareció meditarlo durante unos segundos, y luego añadió-: Mi hermana ha mencionado a un médico de pueblo. Luego, naturalmente, está el duque de Kelby, cuya propiedad en el campo está próxima a la casa que ella tiene en Little Longstone. Y había también todo un surtido de barones, vizcondes y títulos semejantes, algunos de los cuales están aquí esta noche.
    – ¿Aquí? ¿Esta noche?
    – ¿Cuándo has desarrollado esta molesta costumbre de repetir todo lo que digo? Sí. Aquí. Esta noche. Por ejemplo, lord Avenbury y lord Ferrymouth.
    – ¿Nuestros inversores?
    – Los mismos. Te rogaría que recordaras que obviamente retirarán sus inversiones si ensangrentas sus nobles narices.
    – Supongo entonces que golpearles y dejarles sentados sobre sus nobles culos está también fuera de toda posibilidad.
    – Eso me temo, aunque con ello contribuirías en gran medida a aportar una buena dosis de entretenimiento a la velada. Al parecer, Kingsly también se ha declarado a Catherine.
    – Está casado.
    – Sí. Y tiene una amante. También está lord Darnell. -Philip sacudió la cabeza hacia la ponchera-. No te pierdas su expresión atontada.
    Andrew se volvió y tensó la mandíbula. Lord Darnell estaba dando a Catherine una copa de ponche y la miraba como si fuera un delicioso bocado al que anhelara dar un buen mordisco. Andrew reparó en que otros caballeros revoloteaban alrededor de Catherine, todos ellos con similares expresiones.
    – Al parecer voy a tener que comprarme una escoba -masculló Andrew.
    – ¿Una escoba? ¿Para qué?
    – Para barrer al bastardo de Darnell y a sus amigos del porche de lady Catherine.
    – Excelente idea. Como hermano, mentiría si dijera que me gusta la forma en que Darnell la está mirando.
    Andrew logró con gran esfuerzo apartar la mirada del grupo situado alrededor de la ponchera y miró a Philip.
    – Tampoco a mí me gusta.
    – Bueno, puesto que eres perfectamente capaz de comportarte con la debida corrección, me marcharé para que puedas proceder. Te enviaré una carta cuando me convierta en papá para comunicarte si el retoño es niño o niña.
    Andrew sonrió.
    – Sí, te lo ruego. Estaré ansioso por saber si me has hecho tío o tía.
    Philip se rió.
    – Buena suerte con tu plan por ganarte el corazón de mi desinteresada hermana. -En los ojos de Philip destelló una chispa divertida cuando volvió a mirar al grupo congregado alrededor de la ponchera-. Siento no poder ser testigo del cortejo, pues no me cabe duda de que resultará realmente entretenido. Y que gane el mejor.
    Después de haber salido a despedir a Philip, Andrew subió por el sendero de ladrillo para volver a entrar en la casa, previendo el encuentro con Catherine. Esperaba que no se produjera ninguna otra interrupción…
    La puerta principal se abrió y un grupo de caballeros salió de la casa. Andrew apretó los dientes al reconocer a lord Avenbury y a lord Ferrymouth. Ambos jóvenes lores iban impecablemente vestidos: complicadas corbatas de nudo adornaban sus cuellos y lucían un artístico peinado de rizos sueltos y descuidados. Cada uno de ellos llevaba enjoyados anillos que brillaban a la luz de la luna al tiempo que disfrutaban del placer de un poco de rapé. Andrew decidió que no tendrían tan buen aspecto con las mandíbulas inflamadas y los ojos morados.
    Y aquel réprobo Kingsly iba con ellos. Con su barriga, sus labios arrugados y sus pequeños ojos, Kingsly era un tipo carente de atractivo, aunque Andrew estaba más que dispuesto a hacer de él un hombre aún más feo si persistía en perseguir a lady Catherine.
    El delgado lord Borthrasher miró desde detrás de sus anteojos a Andrew por encima de su larga nariz. A Andrew le recordaba un buitre con su puntiaguda barbilla y esos afilados ojos de mirada fría e inquebrantable. Dos caballeros a los que no reconoció cerraban el grupo. Lo último que Andrew deseaba era hablar con ninguno de ellos, pero, desafortunadamente, no hubo forma de evitarlos.
    – Ah, Stanton, ¿le apetece unirse a fumar con nosotros? -preguntó lord Kingsly, escudriñándole de tal modo que Andrew apretó los dientes hasta el límite de sus posibilidades.
    – No fumo.
    – ¿Ha dicho Stanton? -Uno de los caballeros a los que Andrew no conocía levantó unos impertinentes y le miró. Al igual que sus compañeros, el hombre en cuestión llevaba un traje de corte perfecto, una complicada corbata y un anillo enjoyado. A pesar de ser claramente mayor que todos sus compañeros, era de complexión sorprendentemente atlética y ancho de hombros. Andrew se preguntó si su físico estaría reforzado debido a la práctica del remo-. Hace tiempo que quería conocerle, Stanton. He oído hablar mucho sobre ese museo.
    – Permítame que le presente a su gracia, el duque de Kelby -dijo Kingsly.
    Ah, el pretendiente cuya propiedad lindaba con la de Catherine. Andrew le ofreció una breve inclinación de cabeza, tranquilizado en parte por el hecho de que el duque, por muy cordial que pareciera, tenía todo el aspecto de una carpa.
    – También yo esperaba conocerle. -El otro caballero al que Andrew no conocía se adelantó y le tendió la mano-. Sidney Carmichael.
    Andrew reconoció el nombre que Philip había mencionado como potencial inversor de cinco mil libras. De altura y constitución medias, Andrew calculó que rondaría los sesenta años y, cansado, se preguntó si sería también otro de los pretendientes de Catherine. Estrechó la mano del hombre, notando el firme apretón que clavó el anillo contra sus dedos.
    – Lord Greybourne me ha informado de que es usted norteamericano -dijo el señor Carmichael al tiempo que evaluaba a Andrew con su mirada calculadora, favor que éste le devolvió.
    – En cuanto abre la boca nadie se atreve a dudar de que procede de las malditas colonias -dijo lord Kingsly con una sonora carcajada que arrancó las risas del grupo-. Aunque tampoco es que hable mucho. Hombre de pocas palabras, ¿eh, Stanton?
    Haciendo caso omiso de Kingsly, Andrew respondió:
    – Sí, soy americano.
    – He pasado algún tiempo en su país durante mis viajes -dijo Carmichael-. Sobre todo en la zona de Boston. ¿De dónde es usted?
    Andrew vaciló apenas una décima de segundo. No le hacía mucha gracia responder preguntas sobre sí mismo.
    – De Filadelfia.
    – Nunca he estado allí -dijo Carmichael con aire apesadumbrado-. Soy un amante de las antigüedades. Avenbury, Ferrymouth y Borthrasher me han estado cantando las alabanzas del museo que van a abrir lord Greybourne y usted. Me gustaría hablar con usted de una posible inversión. -Cogió una tarjeta del bolsillo del chaleco y se la dio a Andrew-. Mi dirección. Espero que venga a visitarme pronto.
    Andrew se metió la tarjeta en el bolsillo y asintió.
    – Lo haré.
    – A mí también me gustaría hablar con usted de cierta inversión, Stanton -intervino el duque-. Siempre busco buenas oportunidades.
    – Siempre busco inversores -dijo Andrew, con la esperanza de que su sonrisa no resultara tan tensa como él la sentía-. Y ahora, si me excusan, caballeros… -Asintió y los rodeó.
    Al pasar junto a lord Avenbury, el joven lord dijo al grupo:
    – Ferrymouth y yo nos vamos a las mesas de juego. Me habría gustado bailar con lady Catherine, pero supongo que siempre hay una próxima vez.
    Andrew se quedó helado y lanzó una mirada glacial al perfil del joven.
    – Es un delicioso bocado -dijo lord Avenbury. Se humedeció los labios y el grupo se rió. Andrew tuvo que apretar las manos para contenerse y no ceder al impulso de ver qué aspecto tendría Avenbury sin labios.
    – Como sabéis, su propiedad está situada junto a la mía -dijo el duque, levantando sus impertinentes y haciendo destellar su anillo enjoyado-. De lo más cómodo.
    – ¿En serio? -preguntó lord Kingsly con un evidente brillo lascivo en sus ojillos-. En ese caso quizá precise de una invitación para visitarte, Kelby. Sí, creo que siento un repentino apremio por ir a visitarte para tomar las aguas.
    – Excelente idea -secundó lord Ferrymouth-. Borthrasher, ¿no eras tú víctima de ocasionales ataques de gota? Las aguas te sentarían de maravilla, estoy convencido. -Borthrasher asintió y Ferrymouth resplandeció al mirar al duque-. Creo que se impone un encuentro en su casa, Kelby. -Su mano barrió al grupo en un ademán en el que incluyó a todos los presentes-. Nos encantaría ir. Unos días de caza, remojándonos en las aguas -arqueó las cejas-, visitando a los vecinos.
    – Puede ser un divertido descanso de las habituales rondas de fiestas -concedió el duque-. Vayamos a las mesas de juego y hablemos.
    Se alejaron por el sendero, riéndose y sacando puros y cajas de rapé. Andrew apretó los dientes hasta sentir dolor, dio media vuelta y entró en la casa a grandes zancadas. Maldición, la noche no estaba transcurriendo de ningún modo como la había previsto. Aunque, al menos, ahora que aquel grupo se había marchado, las cosas no podían ponerse peor.

    De pie entre las sombras del rincón más alejado del salón, Catherine suspiró hondo, por fin aliviada al encontrarse sola durante un instante y poder así calmar sus turbulentos pensamientos. Consciente de que aquel puerto le ofrecería sólo un breve receso de la multitud, paseó la mirada por la habitación en busca de otro santuario en el que encontrar refugio.
    – ¿A quién busca con tanta concentración, lady Catherine? -preguntó una profunda voz que habló directamente a su espalda.
    Lady Catherine contuvo el aliento y se volvió apresuradamente para encontrarse mirando fijamente a los conocidos ojos oscuros del señor Stanton. Unos ojos firmes, amigables. La recorrió una sensación de alivio. Ahí tenía, por fin, un amigo con quien hablar. Un aliado que no pretendía hacerle ningún daño. Un caballero que no tenía la menor intención de cortejarla.
    – Señor Stanton, me ha asustado usted.
    – Le ruego que me perdone. La he visto aquí de pie y he querido venir a saludarla. -Andrew la saludó con una formal inclinación de cabeza y luego sonrió-. Hola.
    Ella hizo a un lado sus preocupaciones con enérgico ademán y sonrió a su vez, consciente de que él captaría cualquier desconcierto que pudiera revelar.
    – Hola. No le veía desde la última vez que vine a Londres, hace dos meses. Supongo que habrá estado usted bien… y también ocupado con el museo.
    – Sí a ambas cosas. También yo veo que usted ha estado bien. -Su mirada se posó brevemente en su vestido-. Está preciosa.
    – Gracias. -Lady Catherine estuvo tentada de admitir ante él el alivio que sentía al haber podido poner fin al luto, aunque, sabiamente, prefirió guardar silencio. Hacerlo originaría otra conversación sobre Bertrand, conversación similar a la que ya había mantenido con otros invitados desde su aparición esa noche, y no tenía ningún deseo de hablar de su difunto marido.
    – ¿Puedo ayudarla a encontrar a alguien, lady Catherine?
    – De hecho, estaba buscándole a usted. -No era exactamente cierto, pero Andrew sí representaba lo que ella había estado buscando: una ensenada en la que encontrar refugio entre las aguas turbulentas de la velada.
    Un júbilo inconfundible destelló en los ojos del señor Stanton.
    – Qué oportuno, pues aquí me tiene.
    – Sí. Aquí… le tengo. -De aspecto fuerte y sólido, familiar aunque imponente… el candidato perfecto para distraer su atención de sus preocupaciones y desanimar a los molestos caballeros que llevaban zumbando a su alrededor toda la noche como revoloteadores insectos.
    Arrugó los labios.
    – ¿Piensa decirme por qué me buscaba o tendremos que jugar a las charadas?
    – ¿A las charadas?
    – Es un juego divertido en el que una persona escenifica palabras, como quien escenifica una pantomima, mientras otros adivinan qué es lo que está intentando representar.
    – Entiendo. -Lady Catherine frunció los labios y dio exageradas muestras de estudiarle-. Humm. Su corbata claramente retocada, en combinación con esa ligera sombra de ceño entre sus cejas, indica que está intentando decir que desearía que Philip se hubiera quedado a hablar con todos esos potenciales inversores de su museo.
    – Una observación muy astuta, lady Catherine. Philip es mucho más apto que yo para navegar por estas aguas. Me contento con no asustar a ninguno de nuestros apoyos financieros antes de que Meredith dé a luz y Philip regrese a Londres.
    – Le he visto hablar con varias personas esta noche y ninguna me ha parecido demasiado asustada. En cuanto a Philip, me ha encantado que haya venido a la fiesta, aunque es una lástima que haya estado con nosotros tan poco tiempo.
    – Me ha dicho que Meredith ha insistido en que viniera, a pesar de sus objeciones.
    – Tengo la certeza de que así ha sido.
    – Bastante raro, teniendo en cuenta la delicadeza de su estado, ¿no le parece?
    – En absoluto -respondió Catherine con una sonrisa-. Ayer recibí una carta de Meredith en la que me escribía que mi normalmente tranquilo y contenido hermano ha empezado a alternar la práctica de frenéticos paseos de un lado a otro de la casa con el repetido refunfuño de: «¿ya es la hora?». Después de una semana soportando semejante comportamiento, estaba a punto de sacudirle. Antes de exponerse al peligro de herir al padre de su hijo, mi cuñada se aferró a la excusa de esta fiesta para empujarle literalmente por la puerta.
    El señor Stanton se rió entre dientes.
    – Ah, ahora lo entiendo. Sí, puedo imaginar a Philip revoloteando alrededor de Meredith, con el pelo de punta, la corbata desanudada…
    – … sin rastro de la corbata -le corrigió Catherine con una carcajada.
    – Los anteojos torcidos.
    – La camisa espantosamente arrugada…
    – …arremangado. -Andrew sacudió la cabeza-. No puedo por más que compadecer a la pobre Meredith. Casi diría que me tienta estar presente en la casa de campo de Greybourne para disfrutar del espectáculo.
    Catherine agitó la mano, desestimando la cuestión.
    – Vamos. Usted simplemente desearía estar en cualquier otro sitio que no fuera éste, intentando convencer a posibles inversores.
    Algo brilló en los ojos de Andrew y a continuación una atractiva sonrisa se extendió sobre su rostro, dibujando dos hoyuelos idénticos en sus mejillas, una sonrisa a la que a ella le resultó imposible no responder con otra semejante. Andrew se inclinó hacia ella y Catherine percibió un agradable olor a sándalo. Un inexplicable estremecimiento le recorrió la columna, sorprendiéndola debido al calor que reinaba en el salón.
    – Debo reconocer que solicitar fondos no es mi pasatiempo favorito, lady Catherine. Le debo un favor por haberme concedido este momento de paz.
    A punto estuvo de decirle que también ella le debía un favor por una razón similar, pero se contuvo.
    – Le he visto hablando con lord Borthrasher y con lord Kingsly, y también con la señora Warrenfield -dijo ella-. ¿Han tenido éxito sus esfuerzos?
    – Eso creo, sobre todo en el caso de la señora Warrenfield. Su marido le ha dejado una cuantiosa fortuna y siente un gran amor por las antigüedades. Una buena combinación, en lo que nos concierne a Philip y a mí.
    Catherine sonrió y Andrew se quedó sin aliento. Maldición. Era una preciosidad. Todo el hilo de su conversación se desintegró en su mente mientras seguía mirándola. Por fin, su voz interior le devolvió la vida de golpe. «Deja de mirarla como un idiota y habla, cabeza de chorlito, antes de que lord-cómo-se-llame vuelva con un enorme ramo de flores y sus declamados sonetos.»
    Se aclaró la garganta.
    – ¿Y cómo está su hijo, lady Catherine?
    Una mezcla de orgullo y de tristeza asomó a su rostro.
    – En general, Spencer está bien de salud, gracias, pero el pie y la pierna le causan dolor.
    – ¿No ha venido con usted a Londres?
    – No. -La mirada de Catherine recorrió a los invitados congregados en el salón y se le heló la expresión del rostro-. No le gusta viajar y siente especial animadversión hacia Londres, sentimiento que comparto con él. Tampoco le gustan las fiestas. Si no hubiera sido por la fiesta de cumpleaños de mi padre, yo no me habría aventurado a venir a la ciudad. Tengo planeado regresar a Little Longstone mañana mismo después del desayuno.
    Sintió una oleada de desilusión. Había esperado que ella se quedara en Londres al menos unos días, concediéndole así la oportunidad de pasar un tiempo en su compañía. Invitarla a la ópera. Mostrarle los progresos en el museo. Montar en Hyde Park y pasear por Vauxhall. Maldición, ¿cómo iba a llevar a cabo su plan para cortejarla si ella insistía en ocultarse en el campo? Sin duda se imponía una visita a Little Longstone, aunque, como ella no le había extendido ninguna invitación, tendría que pensar en alguna excusa plausible para aparecer por allí. Sin embargo, mientras tanto, necesitaba dejar de desperdiciar un tiempo precioso y aprovechar al máximo la oportunidad presente. Los acordes de un vals flotaban en el aire y todo su cuerpo se alteró ante la perspectiva de bailar con ella, de sostenerla entre sus brazos por primera vez.
    Justo cuando abrió la boca para pedirle que le concediera ese baile, ella se inclinó hacia él y le susurró:
    – Oh, Dios. Mire eso. Está actuando de forma absolutamente errónea.
    – ¿Cómo dice?
    Catherine señaló con la cabeza hacia la ponchera.
    – Lord Nordnick. Está intentando seducir a lady Ofelia y está cayendo en el más absoluto ridículo.
    Andrew volvió su atención hacia la pareja que estaba de pie junto a la profusamente adornada ponchera de plata. Un joven de aspecto ansioso, presumiblemente lord Nordnick, estaba dando a una atractiva joven, presumiblemente lady Ofelia, una copa de ponche.
    – Ejem, ¿existe acaso una forma incorrecta de dar un refresco a una mujer? -preguntó Andrew.
    – No sólo le está dando un refresco, señor Stanton. La está cortejando. Y me temo que no se está luciendo demasiado.
    Andrew estudió a la pareja durante varios segundos más y luego sacudió la cabeza, perplejo.
    – No veo nada extraño.
    Catherine se acercó a él unos centímetros más. Un embriagador aroma de flores le llenó la cabeza y Andrew tuvo que apretar los dientes para seguir concentrado en sus palabras.
    – Fíjese en sus modales exageradamente entusiastas.
    – ¿Exageradamente entusiastas? Está claro que el joven está encaprichado y que desea complacerla. ¿No creerá que debería haber permitido que lady Ofelia se sirviera el ponche ella misma?
    – No, pero sin duda él no le ha consultado cuál es su preferencia. A juzgar por su expresión, es obvio que lady Ofelia no deseaba una copa de ponche… sin duda porque él ya le había servido una hace menos de cinco minutos.
    – Quizá lord Nordnick esté simplemente nervioso. Según creo, la cordura suele abandonar la cabeza de un hombre cuando está en compañía de una dama a la que considera atractiva.
    Catherine respondió con un leve chasqueo de la lengua.
    – Y eso me parece de lo más desafortunado. Observe lo aburrida que está ella con sus ineptas atenciones.
    Humm. Lady Ofelia parecía sin duda aburrida. Demonios. ¿Cuándo había empezado el arte del cortejo a ser tan condenadamente complicado? Con la esperanza de parecer más un conspirador que un hombre deseoso de obtener información, preguntó:
    – ¿Qué debería hacer lord Nordnick?
    – Debería colmarla de romanticismo. Descubrir cuál es su flor favorita. Su comida preferida.
    – ¿Debería pues enviarle rosas y dulces?
    – Como amiga suya, señor Stanton, debo apuntar que esa es precisamente una suposición masculina tristemente típica. Quizá lady Ofelia prefiera las costillas de cerdo a los dulces. ¿Y cómo sabe que la rosa es su flor favorita?
    – Como amigo suyo, lady Catherine, debo apuntar que resultaría muy extraño que un pretendiente apareciera de visita con una caja de regalo llena de costillas de cerdo. ¿Y acaso las rosas no gustan a todas las mujeres?
    – No sabría decirle. A mí me gustan. Sin embargo, no son mis favoritas.
    – ¿Y cuáles son entonces sus favoritas?
    – Las dicentra spectabilis.
    – Lamento reconocer que el latín no es mi fuerte.
    – ¿Lo ve?
    – De hecho, no.
    – Ahí tiene usted otro problema con los métodos poco originales de lord Nordnick. Debería recitar a lady Ofelia algo romántico en otra lengua. Pero estoy cayendo en una mera digresión. Dicentra spectabilis significa «corazón sangrante».
    Andrew apartó los ojos de la pareja y se volvió a mirarla.
    – ¿Una flor llamada «corazón sangrante» es su flor favorita? No me parece que haya mucho romanticismo en ese nombre.
    – Aún así, es mi favorita, y eso es precisamente lo que la hace romántica. Resulta que sé que a lady Ofelia le gustan especialmente los tulipanes. Pero ¿cree usted que lord Nordnick se molestará en averiguarlo? No lo creo. Después de ver la cantidad de veces que ha ido a buscar copas de ponche que ella no deseaba, estoy segura de que enviará rosas a lady Ofelia porque eso es lo que él cree que a ella le gusta. Y, precisamente por eso, está condenado al fracaso.
    – ¿Y todo porque ha ido a buscar ponche y porque le enviará las flores inadecuadas? -Andrew volvió a mirar a la pareja y fue presa de una oleada de pena por lord Nordnick. Pobre diablo. Anotó mentalmente pasar la información sobre los tulipanes al desventurado joven. En esos peligrosos empeños del cortejo, los hombres tenían que permanecer unidos.
    – Quizá esos torpes intentos habrían ganado el favor de una dama en el pasado, pero ya no. La mujer moderna actual prefiere a un caballero que tome en consideración sus preferencias, en oposición a un hombre que en su arrogancia crea saber lo que es mejor para ella.
    Andrew se rió por lo bajo.
    – ¿La mujer moderna actual? Suena como si lo hubiera sacado de esa ridícula Guía femenina de la que habla todo el mundo.
    – ¿Por qué «ridícula»?
    – Humm, sí, quizá me haya equivocado en la elección de la palabra. «Escandalosos y espantosos disparates llenos de basura» se acerca más a lo que quiero decir.
    Andrew siguió estudiando a la pareja durante unos segundos más, intentando descifrar los errores del aparentemente equivocado lord Nordnick para no cometerlos él mismo, aunque lo cierto es que no alcanzaba a ver lo que el hombre no estaba haciendo bien. Se mostraba cortés y atento, dos estrategias que el propio Andrew consideraba importantes para su plan para cortejar a lady Catherine.
    Se volvió de nuevo hacia ella.
    – Me temo que no veo…
    Se interrumpió bruscamente al ver que ella le miraba con las cejas arqueadas y una expresión de frialdad.
    – ¿Me he perdido algo?
    – No sabía que hubiera leído la Guía femenina para la consecución de la felicidad personal y la satisfacción íntima, señor Stanton.
    – ¿Yo? ¿Una Guía femenina? -Andrew se rió de nuevo entre dientes, intentando decidir si estaba más perplejo o divertido por sus palabras-. Naturalmente que no la he leído.
    – En ese caso, ¿cómo puede calificarla de «escandalosos y espantosos disparates llenos de basura»?
    – No necesito leer las palabras para conocer su contenido. La Guía se ha convertido en el tema principal de conversación de la ciudad. -Sonrió, pero la expresión de Catherine permaneció inmutable-. Como usted ha pasado los últimos meses en Little Longstone, no puede estar al corriente del escándalo que ese libro ha provocado con las disparatadas ideas propuestas por el autor. No tiene más que escuchar a los caballeros que hay en el salón para darse cuenta de que no sólo el libro está plagado de estupideces, sino que al parecer está además precariamente escrito. Charles Brightmore es un renegado y posee poco talento literario, en caso de que posea algo.
    Dos banderas gemelas de color asomaron a las mejillas de Catherine y a través de sus ojos entrecerrados su mirada se tornó claramente glacial. Sonaron campanadas de advertencia en la cabeza de Andrew que le sugirieron (desgraciadamente con unas cuantas palabras de retraso) que había cometido un grave error táctico. Ella alzó la barbilla y le lanzó una mirada con la que de algún modo logró dar la sensación de estar mirándole por encima del hombro, lo cual era toda una hazaña, teniendo en cuenta que él era unos veinticinco centímetros más alto que ella.
    – Debo decir que estoy sorprendida, por no decir decepcionada, al descubrir que es usted muy estrecho de miras, señor Stanton. Habría dicho que un hombre de su vasta inteligencia viajera se mostraría más abierto a las ideas nuevas y modernas, y que, como mínimo, era un hombre que se tomaría el tiempo de examinar todos los hechos y formarse su propia opinión sobre un tema, en vez de confiar en los chismes que oye en bocas ajenas, sobre todo cuando esas bocas ajenas con toda probabilidad no han leído el libro.
    Andrew arqueó las cejas al percibir su tono.
    – No soy en absoluto estrecho de miras, lady Catherine. Sin embargo, no creo necesario experimentar algo para saber que no es de mi agrado o que no coincide con mis creencias -dijo suavemente, preguntándose qué había ocurrido para que la conversación se hubiera desviado de aquel modo-. Si alguien me dice que el pescado podrido apesta, me conformo con creer en su palabra. No siento la necesidad de meter la nariz en el barril para olerlo por mí mismo. -Soltó una risa queda-. Casi diría que ha leído usted esa Guía… y que ve con buenos ojos sus rebuscados ideales.
    – Si sólo casi diría usted que he leído la Guía no creo entonces que me haya estado escuchando con la debida atención, señor Stanton, defecto que, según me temo, comparte usted con la gran mayoría de hombres.
    Totalmente seguro de que su oído acababa de jugarle una mala pasada, Andrew dijo despacio:
    – No me diga que ha leído ese libro.
    – Muy bien, en ese caso no se lo diré.
    – Pero… ¿lo ha leído? -Sus palabras sonaron más a acusación que a pregunta.
    – Sí. -Catherine le lanzó una mirada inconfundiblemente retadora-. De hecho, varias veces. Y no me ha parecido que los ideales que propone sean en absoluto rebuscados. De hecho, me parecen exactamente lo contrario.
    Andrew sólo podía mirarla. ¿Lady Catherine había leído aquella escandalosa basura? ¿Varias veces? ¿Y había adoptado sus preceptos? Imposible. Lady Catherine era todo un parangón. El epítome de una perfecta dama, sosegada y de gentil crianza. Pero estaba claro que la había leído, puesto que no había posibilidad alguna de malinterpretar sus palabras ni su expresión obstinada.
    – Le veo muy perplejo, señor Stanton.
    – No puedo negar que lo estoy.
    – ¿Por qué? Si me guío por sus propias palabras, casi todas las mujeres de Londres han leído la Guía. ¿Por qué iba a sorprenderle que yo la haya leído?
    «Porque usted no es como las demás mujeres. Porque no quiero que sea usted "independiente" ni "moderna". Lo que quiero es que me necesite, que me desee, que me ame del mismo modo que yo la necesito, la deseo y la amo.» Dios santo, si las tonterías del bastardo de Brightmore habían transformado a lady Catherine en una de esas arribistas marisabidillas, el hombre lo pagaría muy caro. Sin duda, todas esas condenadas tonterías sobre «la mujer moderna actual» no iban a ser de ninguna ayuda en su plan para cortejarla. A juzgar por lo que ella había dicho sobre lord Nordnick, corría ya el riesgo de distanciarse de lady Catherine por el simple acto de ir a buscarle una copa de ponche.
    – No me parece que ese libro sea la clase de lectura que corresponda a una dama como usted.
    – Y, dígame, ¿qué clase de dama soy, señor Stanton? ¿La clase de dama que no sabe leer?
    – Por supuesto que no.
    – ¿La clase de mujer que no es lo bastante inteligente para comprender palabras que contengan más de una sílaba?
    – No, sin duda.
    – ¿La clase de mujer que es incapaz de formarse sus propias opiniones?
    – No. -Se pasó una mano por el pelo-. Es un hecho de indudable claridad que es usted capaz de eso. ¿Cómo había podido torcerse la conversación tanto tan deprisa?-. Lo que quería decir es que no me parece el tipo de lectura adecuado para una dama decente.
    – Entiendo. -Catherine le dedicó una mirada fría y distante que le tensó la mandíbula. Definitivamente, no era esa la forma en que había esperado que ella le mirara al término de la velada-. Bien, quizá la Guía no sea tan escandalosa como le han llevado a creer, señor Stanton. Quizá la Guía podría ser mejor descrita como un documento brillante. Provocativo. Inteligente. Aunque, claro, cómo iba a saberlo si no la ha leído. Quizá debería hacerlo.
    Andrew arqueó las cejas ante el inconfundible reto que brillaba en los ojos de Catherine.
    – Debe de estar bromeando.
    – No. De hecho, estaría encantada de prestarle mi ejemplar.
    – ¿Y por qué iba yo a querer leer una guía femenina?
    Catherine le ofreció una sonrisa que se le antojó un poco demasiado dulce.
    – Muy sencillo: para que pudiera ofrecer así una opinión informada e inteligente la próxima vez que hable de la obra. Y, además, quizá hasta aprenda algo.
    Dios mío, aquella mujer estaba chiflada. Quizá fuera debido a un exceso de vino. Andrew la olió discretamente, pero sólo percibió el seductor aroma de las flores.
    – ¿Y qué demonios podría yo aprender de una guía femenina?
    – Lo que les gusta a las mujeres, por ejemplo. Y lo que no les gusta. Y por qué las tentativas de cortejo de lord Nordnick dirigidas a lady Ofelia están condenadas al fracaso. Sólo por citar algunas razones.
    Andrew apretó los dientes. Él sabía lo que les gustaba a las mujeres… ¿o quizá no? No recordaba haber recibido ninguna queja en el pasado. Pero su voz interior le estaba advirtiendo de que quizá no supiera tanto sobre lo que le gustaba a lady Catherine como creía. De hecho, quizá no conociera a lady Catherine tan bien como creía, lo que le inquietó y le intrigó a la vez. Ella había revelado un lado inesperado de su personalidad en el curso de la noche. Andrew se acordó de la advertencia de Philip sobre el nuevo comportamiento testarudo y resuelto de Catherine. En aquel momento, no había dado ningún crédito al comentario de Philip, aunque al parecer su amigo estaba en lo cierto. Más aún, parecía que la culpa de ese cambio era debida a la Guía femenina.
    «Maldito seas, Charles Brightmore. Tú y tu estúpido libro habéis dificultado aún más el cortejo de la mujer que deseo, tarea, por otra parte, hercúlea de por sí. Me encantará descubrirte y poner fin a tu carrera de escritor.»
    Sí, más difícil todavía, porque la Guía no sólo había llenado claramente la cabeza, de lady Catherine de ideas de independencia, sino que la conversación, que supuestamente debía llevar a Andrew a pedirle que bailara con él y así dar inicio a su plan para cortejarla, se había tornado contenciosa; un giro de los acontecimientos que tenía que corregir de inmediato. No, el encuentro no se estaba desarrollando en absoluto como él había imaginado. Según sus planes, lady Catherine tendría que haber estado en sus brazos, mirándole con cálido afecto. En vez de eso, se había distanciado de él con una mirada glacial de fastidio, una sensación que él compartía, pues era presa de no poca irritación.
    Apretó con fuerza los labios para no seguir discutiendo. Sin duda, discutir era lo último que deseaba, sobre todo esa noche, cuando disponían de tan poco tiempo juntos. Su plan para cortejarla se había visto condenado a un comienzo desastroso. La retirada y la reagrupación de fuerzas era sin duda su mejor alternativa. Andrew levantó las manos en una muestra de aquiescencia y sonrió.
    – Aunque aprecio sobremanera la oferta de leer su ejemplar, creo que la declinaré. En cuanto a lo que le gusta o no a la mujer moderna actual, me inclino ante su superior conocimiento sobre el tema, señora mía.
    Ella no le devolvió la sonrisa. En vez de eso, se limitó a arquear una ceja.
    – Continúa sorprendiéndome, señor Stanton.
    Una risa carente de toda muestra de humor escapó de sus labios.
    – ¿Que continúo sorprendiéndola? ¿De qué modo?
    – No le había tomado por un cobarde.
    Las palabras de Catherine le dejaron de una pieza. Maldición, aquello había ido demasiado lejos.
    – Supongo que porque no lo soy. Tampoco yo la había tomado por una instigadora, aunque al parecer me esté hostigando deliberadamente, lady Catherine. Me pregunto por qué.
    Una nueva capa de carmesí tiñó más aún las sonrojadas mejillas de Catherine. Dio un profundo suspiro y dejó escapar a continuación una risilla nerviosa.
    – Sí, eso parece. Me temo que he tenido una noche muy difícil y que…
    Sus palabras quedaron interrumpidas por un fuerte estallido y el crujido del cristal al romperse. Jadeos y gritos de perplejo temor se elevaron entre los invitados a la fiesta. Andrew se volvió rápidamente y un temor enfermizo le recorrió la columna cuando reconoció que el primer sonido era el de un disparo de pistola. Los fragmentos del cristal roto de uno de los ventanales salpicaban el suelo. En el espacio de un latido de corazón, una miríada de atormentadoras imágenes que Andrew había creído enterradas destellaron en su mente con un reguero de vivida angustia. Empezó a sonar un timbre en sus oídos, engullendo los sonidos a su alrededor, y los indeseados recuerdos del pasado volvieron a golpearle.
    – ¡Dios mío, está herida!
    El grito aterrado que surgió directamente detrás de él le obligó a volverse de golpe. Entonces todo en su interior se congeló.
    Lady Catherine estaba tumbada en el suelo a sus pies con un hilo de sangre entre los labios.

Capítulo 3

    En toda relación llega un momento en que un hombre y una mujer se percatan de la existencia del otro de ese modo especial. En muchas ocasiones, esa conciencia se manifiesta o bien con un inexplicable tintineo o con un encogimiento de estómago. Desafortunadamente, la sensación a menudo se confunde con la fiebre o con la indigestión.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Las voces, inconexas y entrecortadas, resonaban en la cabeza de Catherine junto con una miríada de sensaciones inexplicables y contradictorias. Le dolía la cabeza como si alguien se la hubiera aplastado con una roca. Pero esa incomodidad no era nada comparada con el ardor infernal que sentía en el hombro. ¿Y quién habría instalado un panal de enojadas abejas sobre su labio inferior? Sin embargo, tenía la sensación de estar flotando, engullida por un fuerte y reconfortante abrazo que la colmaba de calor, como si estuviera envuelta en su aterciopelada manta favorita. Tenía la mejilla posada sobre algo cálido y sólido. Inspiró, llenando su dolorida cabeza con el olor de las sábanas limpias, el sándalo y algo más… un delicioso aroma que no lograba identificar, pero que le gustaba.
    De pronto reparó en el zumbido de voces. Una voz, grave, profunda y ferviente, y muy cercana a su oído, logró infiltrarse entre el ruido de las demás. «Por favor, despierte… Dios, por favor.»
    Algo la sacudió, causándole dolor, y Catherine gimió.
    – Aguante -susurró la voz junto a su oído-. Ya casi hemos llegado.
    ¿Llegado? Obligándose a abrir los párpados, se encontró mirando el perfil del señor Stanton. Su rostro parecía pálido, la mandíbula tensa, los rasgos rígidos, marcados por una inescrutable emoción. Un soplo de brisa le apartó un rizo del pelo, que le frotó la mejilla, y Catherine se dio cuenta de que se movía apresuradamente por un pasillo… un pasillo de la casa de su padre, firmemente acunada contra el pecho del señor Stanton, con las rodillas sujetas por uno de sus brazos y la espalda apoyada en el otro.
    Andrew bajó la mirada y Catherine se vio mirando fijamente unos intensos ojos de ébano que ardían como dos idénticos braseros. La mirada de él se posó en la suya, y un músculo se contrajo en su mejilla.
    – Está despierta -dijo, volviendo ligeramente la cabeza, aunque sin apartar la mirada de la suya en ningún momento.
    ¿Despierta? ¿Se había quedado dormida? No, sin duda. Parpadeó varias veces, pero antes de lograr que su dolorida boca formulara una pregunta, cruzaron el umbral de una puerta y entraron en una habitación que reconoció como el dormitorio de su padre. Segundos después, el señor Stanton la posó suavemente sobre el cubrecama marrón. Al instante Catherine echó de menos su calor y la recorrió un escalofrío helado, pero segundos más tarde abrió aún más los ojos cuando vio que él apoyaba una cadera sobre el colchón y se sentaba a su lado en la cama mientras el calor de su mano apretaba su punzante hombro. Un pequeño rincón de su mente protestó, reparando en que la proximidad de Andrew rozaba la indecencia, aunque su presencia resultaba demasiado reconfortante… y Catherine se sentía inexplicablemente necesitada de ese consuelo.
    Un movimiento captó su atención y su mirada se deslizó por encima del hombro del señor Stanton hasta ver a su padre mirándola con expresión ansiosa.
    – Gracias a Dios que has vuelto en ti, querida -dijo su padre con voz ronca-. El doctor Gibbens viene de camino.
    El señor Stanton se inclinó, acercándose a ella.
    – ¿Cómo se encuentra?
    Catherine se pasó la lengua, que sentía extrañamente gruesa, por los labios secos, estremeciéndose al tocar con ella un punto sensible.
    Me duele el hombro. La cabeza también. -Intentó volver la cabeza, pero inmediatamente lo pensó mejor cuando un dolor agudo rebotó tras sus ojos y una oleada de náuseas la recorrió por entero-. ¿Qué…? ¿Qué ha ocurrido?
    Algo indescifrable destelló en los ojos de Andrew.
    – ¿No se acuerda?
    En un intento por ignorar los dolores que la atravesaban, intentó concentrarse.
    – La fiesta de papá. Su cumpleaños. Usted y yo discutíamos… y ahora estoy aquí. «Tumbada en la cama, con usted sentado muy cerca de mí. Tocándome.» Me siento como si me hubieran golpeado… espero que no haya sido el resultado de nuestra discusión.
    – Le han disparado -dijo el señor Stanton. La aspereza resultó evidente en su voz queda-. En el hombro. Y, al parecer, se dio un fuerte golpe en la cabeza al caer. Siento el dolor… mantengo la presión sobre la herida que tiene en el hombro para contener la sangre hasta que llegue el médico.
    Las palabras de Andrew resonaron en su palpitante cabeza. «¿Disparado?» Deseó burlarse de semejante afirmación, pero el ardor que sentía en el hombro y la gravedad reflejada en la intensa mirada de él dejaban claro que decía la verdad. Y, sin duda, explicaban su cercanía y su contacto. Y su evidente preocupación.
    – Recuerdo… recuerdo un fuerte ruido.
    El señor Stanton sacudió la cabeza, asintiendo.
    – Eso fue el disparo. Vino de fuera, de Park Lañe.
    – Pero ¿quién? -susurró-. ¿Por qué?
    – Eso es precisamente lo que vamos a descubrir -intervino su padre-, aunque el porqué resulta más que obvio. Estos malditos criminales están por todas partes. ¿En qué se está convirtiendo esta ciudad? Debe ponerse fin a la reciente oleada de crímenes en la zona. Sin ir más lejos, la semana pasada, lord Denbitty volvió a casa de la ópera y se la encontró desvalijada. La debacle de esta noche es claramente obra de algún condenado salteador cuya arma se ha disparado mientras cometía algún robo en la calle.
    La mandíbula del padre de Catherine se cerró al tiempo que se pasaba unas manos visiblemente temblorosas por el rostro.
    – Gracias a Dios que tenemos aquí al señor Stanton. Mientras reinaba el caos, él ha mantenido la cabeza fría. Ha mandado a un criado a buscar al médico, a otro a localizar al magistrado, y luego ha reunido a varios caballeros para que llevaran a cabo una búsqueda fuera en un intento por encontrar al culpable y quizá a otra víctima, y todo ello mientras examinaba tus heridas. En cuanto ha determinado que la bala no se había alojado en tu hombro, te ha traído aquí.
    Catherine miró entonces al señor Stanton, quien la miraba a su vez con una expresión tan intensa que los dedos de los pies se le encogieron en sus zapatillas de satén.
    – Gracias -susurró.
    Durante varios segundos, él no dijo nada. Luego, con lo que parecía ser un gran esfuerzo, le ofreció una semisonrisa.
    – De nada. Gracias a mis aventuras con su hermano, tengo alguna experiencia en estos asuntos, aunque quizá retire sus palabras cuando se dé cuenta de cómo le he dejado el vestido. Lamento decirle que he tenido que cortarle la manga.
    Ella intentó responderle con una sonrisa, pero no estuvo segura de haberlo conseguido.
    – Sin duda, la mancha de sangre habría resultado desastrosa de todos modos.
    El padre de Catherine tendió el brazo y le tomó la mano.
    – Tenemos que estar agradecidos por el hecho de que la bala simplemente te haya rozado y de que no haya impactado en nadie más antes de alojarse en la pared. Demonios, uno o dos centímetros más y quizá ahora estarías muerta. -La determinación le afinó los labios-. Juro que no descansaré hasta apresar al canalla que ha hecho esto, Catherine.
    La habitación pareció girar a su alrededor en cuanto Catherine tomó conciencia de la verdadera dimensión de lo ocurrido. Antes de poder articular una respuesta, alguien llamó a la puerta y su padre gritó:
    – Entre.
    El doctor Gibbens entró en la habitación con su maletín médico de cuero negro. Mientras se acercaba a ella, su largo rostro era la viva imagen de la preocupación.
    – ¿Sangra mucho la herida? -preguntó, dejando el maletín a los pies de la cama.
    Catherine notó que remitía la presión sobre su hombro.
    – Casi ha dejado de sangrar -dijo el señor Stanton, con inconfundible alivio-. Hay un bulto de gran tamaño en la parte posterior de la cabeza, pero no se ha mostrado incoherente en ningún momento. Además se mordió el labio al caer, pero también ha dejado de sangrar.
    – Excelente -dijo el médico. Siguió de pie durante varios segundos y luego se aclaró la garganta-. En cuanto los caballeros tengan a bien salir de la habitación, examinaré a la paciente.
    El señor Stanton le lanzó una mirada airada y pareció a punto de discutir, pero el doctor Gibbens añadió con firmeza:
    – Les daré mi diagnóstico en cuanto termine. Mientras tanto, se necesita su presencia abajo. El magistrado ha llegado justo después que yo.
    Aunque no cabía duda de que ni el señor Stanton ni su padre tenían deseos de dejarla, ambos siguieron las indicaciones del médico. Al ver que cerraban tras de sí la puerta, un escalofrío sacudió a Catherine, un temblor de miedo que nada tenía que ver con el incesante dolor que la recorría.
    Su padre parecía estar convencido de que había sido víctima de un disparo absolutamente accidental. Un robo malogrado. Lo que no sabía era que había una gran cantidad de gente que quería terminar con la vida de Charles Brightmore.
    Y que, esa noche, alguien había estado a punto de conseguirlo.
    Andrew recorría los confines del pasillo al que daba la puerta del dormitorio de lord Ravensly con las entrañas hechas un nudo de impaciencia y frustración. Y un miedo absoluto. ¿Cuánto se tardaba en examinar y en vendar una herida? Sin duda, no tanto. Maldición, los invitados a la fiesta se habían marchado, había aparecido un testigo que ya había sido interrogado, ya habían hablado con el magistrado y el doctor Gibbens todavía seguía sin reaparecer. A lo largo de su vida se había encontrado con un sinnúmero de situaciones precarias, inquietantes e incluso peligrosas, pero el terror absoluto y el horror paralizante que había sentido al ver la figura sangrante e inconsciente de lady Catherine…
    Dios. Se detuvo durante unos segundos y apoyó la espalda contra la pared. Cerró los ojos y se pasó las manos, que todavía no sentía demasiado firmes, por el pelo. Todo el miedo, la rabia y la desesperación que había sentido desde el instante en que aquel disparo había restallado rompieron el dique de control y contención tras el que se había refugiado. Notó que le temblaban las rodillas y, con un suave gemido, se acuclilló, pegándose las palmas de las manos a la frente.
    Demonios. Durante toda su vida sólo en una ocasión se había sentido tan impotente… y la situación en cuestión había concluido desastrosamente. Y bajo circunstancias espantosamente similares. Un disparo. Alguien a quien amaba cayendo al suelo…
    Sus terminaciones nerviosas palpitaban con la necesidad de echar abajo la condenada puerta, coger al médico por el cuello y exigirle que curara a lady Catherine. Y, en cuanto ella se recuperara, él mismo se encargaría del bastardo que le había hecho eso. Sin embargo, mientras tanto, la espera le estaba matando. Eso y el hecho de que, en los instantes previos al disparo, Catherine y él hubieran estado discutiendo. Discutiendo, por el amor de Dios. Nunca antes habían intercambiado una sola palabra de enojo. Una enfermiza sensación de pérdida le embargó al recordar la mirada fría y desapasionada de Catherine durante la conversación. Jamás le había mirado así.
    – ¿Se sabe algo ya?
    Andrew se volvió al oír la voz del padre de lady Catherine. El barón de Ravensly se acercaba a grandes zancadas por el pasillo con la tensión grabada en el semblante.
    – Todavía no. -Se levantó y sacudió la cabeza hacia la puerta de dormitorio-. Voy a darle dos minutos más a su doctor Gibbens. Si para entonces no ha abierto la puerta, dejaré de lado las formas y tomaré la ciudadela por asalto.
    El fantasma de una sonrisa recorrió durante un segundo el rostro macilento del barón.
    – Muy americano de su parte. Aunque en este caso, debo mostrarme de acuerdo con usted. De hecho…
    En ese momento se abrió la puerta y el doctor Gibbens salió al pasillo.
    – ¿Y bien? -preguntó Andrew antes de que el barón pudiera decir nada. Se separó de un empujón del panel de madera que revestía la pared y se acercó al médico, apenas conteniéndose para no coger al hombrecillo por la corbata y sacudirle al igual que haría un perro con un trapo.
    – Ha manejado usted la situación con absoluta corrección, señor Stanton. Por fortuna, la herida de lady Catherine es un roce superficial, que he limpiado y vendado. Gracias a su rápida intervención, no ha sufrido una gran pérdida de sangre. Aunque el bulto que tiene en la cabeza le causará alguna que otra incomodidad, no provocará daños duraderos, como tampoco lo hará el corte del labio. Espero que se recupere totalmente. -Se quitó los anteojos y limpió las lentes con su pañuelo-. He dejado un poco de láudano en la mesita de noche, aunque se ha negado a tomarlo hasta haber hablado con ustedes dos. Recomiendo que no se la mueva esta noche. Vendré a visitarla mañana por la mañana para ver cómo evoluciona y para cambiarle el vendaje. Insiste en que desea volver mañana a Little Longstone y reunirse allí con su hijo.
    Andrew se rebeló por dentro al pensar en la posibilidad de perder a Catherine de vista, y tuvo que apretar bien los labios para no dar voz a su objeción.
    – Qué chiquilla tan testaruda -dijo el barón con ojos sospechosamente húmedos-. No soporta la idea de estar separada de Spencer. ¿Es aconsejable que viaje tan pronto?
    – Le daré mi opinión después de que la examine mañana -dijo el doctor Gibbens-. Les deseo buenas noches a los dos. -Y con una inclinación de cabeza, el médico se marchó.
    – Venga, Stanton -dijo el barón, abriendo la puerta-. Veamos con nuestros propios ojos cómo está mi hija.
    Andrew ofreció un silencioso «gracias» a la invitación de lord Ravensly, pues lo cierto era que no sabía si era capaz de seguir en el pasillo un minuto más. Siguió al barón al dormitorio y se detuvo en la puerta.
    Lady Catherine estaba acostaba en la inmensa cama. El edredón marrón la cubría por entero hasta la barbilla. Bañada en el resplandor cobrizo del fuego que ardía en la chimenea, parecía un ángel dorado. Mechones sueltos de cabellos castaños se desparramaban por la almohada de color crema, y los dedos de Andrew a punto estuvieron de apartar los brillantes mechones de su suave piel. En el sinnúmero de ocasiones en que había soñado con tenerla en sus brazos, jamás había sospechado que si llegaba el momento, lo haría llevando su cuerpo inconsciente y sangrante.
    Se acercó despacio a la cama con las rodillas a punto de doblársele, al tiempo que su mirada captaba minuciosamente cada detalle de su ser. Los ojos de Catherine parecían inmensos, y unas sombras de dolor acechaban en sus doradas profundidades marrones junto a algo más, algo semejante al temor. Una pequeña marca roja desfiguraba su inflamado labio inferior. El rostro había perdido todo su color.
    – El doctor Gibbens nos ha asegurado que te recuperarás del todo -dijo lord Ravensly, tomando la mano de Catherine entre las suyas-. ¿Cómo te encuentras?
    Una mueca de dolor asomó a su rostro.
    – Dolorida, pero muy agradecida. Mis heridas podrían haber sido mucho peores.
    El barón se estremeció visiblemente, un sentimiento con el que Andrew comulgó de todo corazón. La mirada visiblemente preocupada de Catherine se alternó entre los dos hombres.
    – ¿Se ha sabido algo de quién hizo el disparo?
    Andrew se aclaró la garganta.
    – Uno de los invitados a la fiesta, el señor Sydney Carmichael, ha informado de que oyó el disparo justo en el momento en que subía a su carruaje. Vio a un hombre adentrarse corriendo en Hyde Park. Dio una detallada descripción al magistrado y dijo que sin duda reconocería al hombre si volvía a verle. Lord Borthrasher, lord Kingsly, lord Avenbury y lord Ferrymouth, así como el duque de Kelby, estaban subiendo a sus carruajes en las proximidades y todos admiten haber visto una figura envuelta en sombras en el parque, aunque ninguno de ellos ha podido facilitar una descripción detallada del sujeto en cuestión.
    »El grupo de caballeros que han estado buscando fuera ha encontrado a un hombre herido cerca de la casa. Se ha identificado como el señor Graham. Este afirma que, mientras iba andando por Park Lañe, fue atacado por la espalda. Cuando recuperó la conciencia, se dio cuenta de que le habían arrebatado la cartera y el reloj de bolsillo.
    – Entiendo -dijo Catherine despacio-. ¿El ladrón llevaba una pistola?
    – El señor Graham no lo sabe, aunque no llegó a ver al hombre que le asaltó antes de perder el conocimiento.
    – Sin duda el canalla le golpeó con la culata de la pistola -bufó de cólera lord Ravensly-. Entonces el arma se disparó, y aquí estamos. Malditos salteadores. -Sacudió la cabeza y luego miró ceñudo a lady Catherine-. Y dime, ¿qué es esa bobada que ha dicho el doctor Gibbens de que quieres volver a Little Longstone mañana?
    – Le prometí a Spencer que estaría mañana de vuelta en casa, padre.
    – Haré traer al joven a Londres.
    – No. Ya sabes que odia la ciudad. Y, después de esta noche, ¿acaso puedes culparme por no desear prolongar mi estancia aquí?
    – Supongo que no, pero no me gusta imaginarte sola, aislada en el campo mientras te recuperas. Necesitas a alguien que cuide de ti.
    – Estoy de acuerdo -dijo ella despacio, frunciendo el ceño de un modo que llevó a Andrew a preguntarse en qué estaría pensando. Estaba totalmente de acuerdo con el barón, aunque, en cierto modo, había esperado que la nueva «testaruda e independiente» lady Catherine se opusiera, declarando que su servidumbre podía perfectamente ocuparse de ella.
    – Es una lástima que Philip no pueda venir a Little Longstone durante una larga temporada -Catherine pronunció las palabras con absoluta ligereza, pero hubo algo en su tono que captó la atención de Andrew. Eso y el hecho de que no hubiera dicho «Philip y Meredith».
    – Sí -musitó el barón-, pero en estos momentos no puede dejar a Meredith. Yo me ofrecería voluntario, pero me temo que hacer de enfermera no se me da demasiado bien.
    Andrew se obligó a no comentar que el papel de enfermera tampoco era el fuerte de Philip precisamente. Miró a lady Catherine, y las miradas de ambos se encontraron. Se le hizo un nudo en el estómago cuando de nuevo vio en sus ojos un destello de miedo y de algo que no logró descifrar. Entonces la expresión de Catherine se tornó especulativa, y casi… ¿calculadora?
    Antes de que él pudiera tomar una decisión, Catherine dijo:
    – Creo que he dado con la solución perfecta. Señor Stanton, ¿contemplaría usted la posibilidad de acompañarme a Little Longstone y quedarse allí como mi invitado? Así me ahorraría tener que viajar sola, y estoy segura de que disfrutaría usted de una visita al campo. A Spencer le encantaría volver a verle y saber más de sus aventuras con Philip en Egipto. Apenas tuvieron ocasión de conocerse durante el funeral de mi esposo. Y con Spencer allí como carabina, su visita no suscitaría el menor reproche y resultaría de lo más decente.
    Por razones que Andrew no supo explicar en ese momento, sintió en su interior una advertencia -una reacción instintiva que en el pasado siempre había resultado certera- que le decía que la invitación de Catherine encerraba más de lo que parecía a primera vista. Pero ¿qué? ¿Y realmente deseaba cuestionar sus razones en ese momento? No. Había pasado gran parte de la última hora intentando urdir un argumento plausible para ir a Little Longstone con ella y quedarse allí durante una prolongada estancia, y ella acababa de ofrecerle la solución al problema.
    – Soy consciente de que tiene usted sus obligaciones en Londres…
    – Nada que no pueda esperar -la tranquilizó-. Será un honor acompañarla y quedarme un tiempo con usted, lady Catherine. Le aseguro que me ocuparé personalmente de que no vuelva a ocurrirle nada. -Cierto. Cualquiera que intentara de nuevo hacerle algún daño bien podía encomendarse a Dios.
    – Una solución excelente, querida -dijo el barón con una aprobatoria inclinación de cabeza-. Tendrás así protección y compañía.
    – Sí. Protección… -La voz de Catherine se apagó. No había duda del evidente alivio que sentía. Obviamente no se sentía a salvo en Londres, sentimiento que Andrew podía entender a la perfección. Aun así, sospechaba que ella le había pedido que se quedara en Little Longstone durante un largo período por la misma razón: protección. ¿Por qué? ¿Acaso no se sentía segura en su propia casa?
    No lo sabía, pero sin duda iba a averiguarlo.

Capítulo 4

    Los hombres entienden muy poco a las mujeres porque buscan consejo e información sobre ellas en otros hombres igualmente desinformados. Ganar el favor de su dama ocurriría de forma mucho más fluida si el caballero en cuestión simplemente le preguntara a su dama: «¿Qué es lo que deseas?». Si la mujer moderna actual llega a ser tan afortunada como para ser blanco de semejante pregunta, es de esperar que responderá con absoluta sinceridad.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    – ¿Cómo se encuentra, lady Catherine?
    Catherine alzó la mirada de su labor para mirar a su compañero de viaje, ahora sentado delante de ella y a quien había logrado ignorar con gran éxito con la excusa de concentrarse en su labor de costura durante la última hora… al menos todo lo que una mujer puede ignorar a un hombre sentado a menos de medio metro de ella. Un hombre que parecía ocupar demasiado espacio. Nunca había reparado en lo imponente que resultaba la presencia del señor Stanton. Una cosa era compartir un salón o un comedor con él y, como acababa de descubrir, otra muy distinta compartir los límites impuestos por un carruaje.
    Catherine fijó su mirada en los ojos preocupados de Andrew.
    – Estoy un poco dolorida, pero nada más.
    – ¿Desea que paremos a descansar un poco?
    Lo cierto es que nada le habría gustado más que ver cómo el carruaje detenía su tambaleo. Cada sacudida y cada remezón radiaba dolor a través de su dolorido hombro y daba alas a las punzadas de dolor sordo que le palpitaban tras los ojos. Sin embargo, cada sacudida la acercaba un poco más a Little Longstone y a Spencer, alejándola a la vez de la pesadilla de la noche anterior. Más próxima a la seguridad de su casa, y más alejada de quienquiera que hubiera sido el autor del disparo… disparo que, estaba convencida, no había sido ningún accidente. Más cerca de Genevieve, con quien necesitaba hablar lo antes posible. Necesitaba contar todo lo ocurrido a su querida amiga y hablarle del investigador contratado para encontrar a Charles Brightmore. Advertirla del peligro. Avisarla de que ella podía ser la siguiente.
    – No es necesario que nos detengamos -dijo.
    – Está usted pálida.
    – Vaya, gracias. Sin duda semejante piropo me inflamará la cabeza… que, después de mi caída de anoche, está ya bastante inflamada.
    Su conato de humor pasó desapercibido a Andrew, quien juntó las cejas en un gesto de preocupación.
    – Le duele…
    – Estoy bien. Perfectamente. El doctor Gibbens me ha dado permiso para viajar…
    – Después de haberle intimidado. Si mal no recuerdo, sus palabras exactas cuando hemos salido de la casa de su padre esta mañana han sido: «No he conocido a una mujer más obstinada en toda mi vida».
    – Estoy segura de que no le ha oído correctamente.
    – Estoy seguro de que sí.
    – Aun así, si no me equivoco, anoche acordamos que el oído de la mayoría de los hombres no es todo lo fino que debería.
    Varios segundos de silencio se interpusieron entre ambos y Catherine tuvo que contener la repentina necesidad de encogerse bajo la firme mirada de Andrew.
    – Yo no soy la mayoría de los hombres, lady Catherine -dijo él por fin con voz queda-. Además, la veo muy preocupada.
    – Simplemente estoy ansiosa por llegar a casa.
    – No me cabe duda. Pero hay algo más. Algo la tiene preocupada.
    – ¿Qué le lleva a decir eso? -preguntó, forzando un tono más ligero de voz. Maldición, qué mala suerte la suya, estar encerrada en un carruaje con el único hombre perceptivo de toda Inglaterra.
    – Esa reticencia tan impropia de usted. Nunca la había visto tan… poco habladora.
    – Ah, bueno. Eso se debe simplemente a que he estado concentrada en mi labor.
    – Eso es algo que me intriga aún más, teniendo en cuenta que usted odia la labor de aguja. -Obviamente, Andrew pudo leer el sonrojo de culpabilidad que sintió arder en sus mejillas, pues añadió-: Mencionó su aversión a la costura hace dos meses, en su visita a Londres.
    Doble maldición. El hombre era perceptivo y además recordaba detalles triviales. Qué absolutamente irritante.
    – Bueno… yo… espero poder desarrollar cierta afición por la actividad. Y, además de eso, simplemente no tengo nada que decir.
    – Entiendo. En general… ¿o a mí en particular?
    Catherine a punto estuvo de hacerle callar con un requiebro cortés, pero como él no parecía blanco de fácil disuasión, admitió la verdad.
    – A usted en particular.
    En vez de parecer ofendido, Andrew asintió con actitud solemne.
    – Eso sospechaba. En cuanto a la conversación de anoche… no era mi intención molestarla.
    – No me molestó, señor Stanton. La duda chispeó en los rasgos de su rostro, en el que se arqueó una ceja oscura.
    – ¿Es cierto eso? ¿Debo entender entonces que normalmente se comporta usted como una tetera a punto de estallar?
    – De nuevo debo implorarle que contenga sus halagos. Ciertamente, «molesta» es un término de pobre elección. «Decepción» se aproxima más a lo que sentí.
    – ¿Por mí?
    – Sí.
    – ¿Simplemente porque no estuve de acuerdo con usted? Si es así, soy yo el decepcionado.
    Sintiéndose en cierto modo castigada, Catherine ponderó sus palabras durante varios segundos y a continuación negó con la cabeza.
    – No, no porque no llegáramos a un acuerdo, sino porque hizo usted afirmaciones categóricas sin tener ninguna base ni conocimiento de primera mano. A mi entender, eso es injusto, lo cual me parece a la vez una decepcionante, por no decir molesta, cualidad en una persona.
    – Entiendo. Dígame, ¿alguna vez, en alguno de nuestros anteriores encuentros, le he parecido injusto?
    – Jamás. Por eso la conversación de anoche se me antojó tan…
    – ¿Decepcionante?
    – Sí. -Catherine se aclaró la garganta-. Por no decir fastidiosa.
    – Sin duda. No olvidemos mencionarlo.
    De nuevo el silencio se interpuso entre ambos, incómodo de un modo inexplicable que la inquietó. Hasta la noche anterior, siempre se había sentido cómoda en compañía del señor Stanton. Ciertamente había encontrado inteligente, ingeniosa y encantadora la compañía del mejor amigo de su hermano, y había disfrutado de la relajada amistad y de la camaradería que había ido gestándose entre ambos durante la media docena de veces en que habían coincidido. Sin embargo, los comentarios de Andrew la noche anterior sobre la Guía habían resultado realmente decepcionantes. Escandalosas y espantosas bobadas llenas de basura. ¡Bah! Y su opinión, según la cual Charles Brightmore era un renegado con poco, si es que tenía alguno, talento literario le había hecho rechinar los dientes. Había tenido que echar mano de toda su capacidad de contención para no apuntarle con el dedo y preguntarle cuántos libros había leído en su vida.
    Naturalmente, la parte de ella que clamaba justicia tenía que reconocer que la Guía podía ser descrita como escandalosa. Aunque estaba firmemente convencida de que la información que facilitaba la Guía era necesaria y valiosa para las mujeres, una parte de ella estaba encantada con los tintes escandalosos del libro y no podía por menos que reconocer que ese había sido precisamente el elemento decisivo a la hora de embarcarse en el proyecto. Le producía una inconfesada satisfacción y un estremecimiento malévolamente secreto fastidiar a los hipócritas miembros de la sociedad a quienes ella había dado la espalda tras el doloso trato que habían infligido a su hijo. Ese deseo, esa necesidad de un poco de venganza, era sin duda un defecto en su carácter, pero ahí estaba. Y disfrutaba de cada minuto del revuelo que había causado… hasta la noche anterior. Hasta que se había dado cuenta de que la Guía se había convertido en un escándalo de proporciones desmesuradas. Se estremeció al pensar en el espantoso escándalo que estallaría si llegaba a descubrirse la auténtica identidad de Charles Brightmore. Sería su ruina. Y no sería ella la única. Tenía que pensar en Spencer. Y en Genevieve… Dios mío, Genevieve perdería casi tanto, si no más, que la propia Catherine si llegaba a descubrirse la verdad.
    Sin embargo, los acontecimientos de la noche anterior sugerían que quizá su reputación no era lo único que estaba en juego. Su propia vida podía correr peligro. Naturalmente, cabía la posibilidad que hubiera sido víctima de un accidente -rezaba porque así fuera-, pero la coincidencia de lo ocurrido parecía inquietantemente sospechoso. Y Catherine no creía demasiado en las coincidencias…
    Andrew se aclaró la garganta, sacándola de sus densas cavilaciones.
    – ¿ Qué diría si le dijera que quizá esté planteándome la posibilidad de aceptar su desafío y leer el libro de Brightmore?
    Catherine lo miró fijamente durante varios segundos y luego estalló en carcajadas. Una combinación de fastidio y de confusión parpadeó en los ojos de Andrew.
    – ¿Qué demonios le parece tan divertido?
    – Usted. Usted está «quizá planteándose la posibilidad…» Diría que evita usted tanto la lectura de este libro como verse flotando en mitad del Atlántico de regreso a Estados Unidos. -Un malévolo demonio interno la llevó a añadir-: Aunque no crea que me sorprende. Como bien sabe la mujer moderna actual, la mayoría de los hombres son capaces de llegar muy lejos a fin de no comprometerse con nada, a menos que sea en beneficio y placer propios, naturalmente. Y ahora, antes de pasar a otra discusión, sugiero que cambiemos de tema, puesto que resulta obvio que estamos en total desacuerdo sobre la cuestión de la Guía. -Tendió su mano-. ¿Tregua?
    Él estudió su rostro durante varios segundos y a continuación tendió la mano para estrechar la de ella. La mano de Andrew era grande y fuerte, y ella sintió el calor de su palma incluso a través de los guantes.
    – Tregua -concedió él suavemente. Se le crisparon los labios cuando sus dedos apretaron con suavidad los de Catherine-. Aunque sospecho que en realidad está intentando conseguir mi rendición incondicional, en cuyo caso debo advertirle algo. -Se inclinó hacia delante y en sus labios destelló una sonrisa-. No me rindo fácilmente.
    ¿Era el timbre profundo y suave de su voz, el irresistible aunque en cierto modo malévolo destello que iluminó sus ojos oscuros, o el calor que le subió por el brazo desde el punto exacto donde la mano de Andrew apretaba la suya -o quizá la combinación de los tres- lo que de pronto provocó en ella la sensación de que el carruaje se había quedado totalmente desprovisto de oxígeno? Despacio, Catherine retiró la mano. ¿Eran imaginaciones suyas o Andrew parecía mostrarse reticente a soltársela?
    – Su advertencia ha quedado debidamente registrada. -Cielos, sonaba como si le faltara el aliento.
    – No ha sido mi intención discutir con usted. Ni ahora, ni anoche, lady Catherine.
    – ¿Ah, no? ¿Y cuál era entonces su intención?
    – Pretendía pedirle que me concediera un baile.
    Una imagen colmó al instante la mente de lady Catherine. Se vio girando alrededor de la pista de baile al ritmo de los armónicos acordes de un vals, con la mano de nuevo entre la de él, y el fuerte brazo de Andrew alrededor de su cintura.
    – Hace más de un año que no bailo -murmuró-. Y créame que lo echo mucho de menos.
    – Quizá tengamos oportunidad de disfrutar de un vals en Little Longstone.
    – Me temo que no. No suelen darse allí sofisticadas veladas. -Decidida a borrar de su mente la turbadora imagen de ambos bailando, le pidió-: Cuénteme más sobre cómo progresan las cosas en el museo.
    – Vamos un poco retrasados debido a la reciente ausencia de Philip, pero el edificio debería estar terminado a final de año.
    Un escalofrío de culpa la recorrió.
    – Y si se toma usted el tiempo para acompañarme a Little Longstone se retrasará aún más. -Se tragó los restos del fastidio que la embargaba y sonrió. Al fin y al cabo, Andrew no podía evitar resultar irritante… era un hombre-. Es usted un amigo de verdad, un buen amigo mío y de toda mi familia, y le estoy agradecida. -El dolor palpitó en su hombro: un recordatorio físico de que alguien podía desearle un daño verdadero. «Más agradecida de lo que imagina.»
    – El placer es sólo mío.
    Andrew guardó silencio y Catherine volvió a centrar toda su atención en el odiado bordado. Con la cabeza gacha, le miró a través de sus pestañas, reparando en que estaba totalmente concentrado en la ventana, circunstancia que aprovechó para recorrerlo con la mirada. Un pelo denso y oscuro como la medianoche, con un mechón rebelde cayéndole sobre la frente. Pestañas oscuras rodeando unos ojos marfileños que en cierto modo lograban resultar atractivos y serenos a la vez. Le gustaban sus ojos. Eran serenos. Pacientes y firmes, aunque a menudo fastidiosamente ilegibles. Pómulos marcados, fuerte mandíbula y una boca bien perfilada dada a sonrisas burlonas y bendecidas con un par de idénticos hoyuelos que le marcaban las mejillas perfectamente afeitadas cuando sonreía. Aunque no era un hombre de una belleza clásica, no podía negarse que el señor Stanton era muy atractivo, y de pronto Catherine se preguntó si habría alguna mujer en su vida.
    – ¿En qué está pensando?
    Ante el suave tono de su pregunta, la cabeza de Catherine se elevó bruscamente. Sus miradas se cruzaron y su corazón se aceleró al ver la intensidad que ardía en esos oscuros ojos normalmente serenos y firmes. La temperatura en el interior del carruaje pareció de pronto demasiado elevada y Catherine se resistió a la tentación de abrir su abanico. Tras un apresurado debate interno, optó por contarle la verdad sin ambages… o casi.
    – Me preguntaba si habría alguna dama especial en Londres que le eche de menos mientras está con nosotros en Little Longstone.
    Andrew pareció tan asombrado por la pregunta que Catherine no pudo contener la risa.
    – Sé que Meredith ha intentado presentarle a algunas damiselas, señor Stanton. Es la casamentera de Mayfair, por si no lo sabía.
    Él se encogió de hombros.
    – Lo ha intentado en varias ocasiones, pero hasta el momento me las he ingeniado para no caer en sus redes.
    – Ah. Evitando cuidadosamente el altar. Cuan… típicamente masculino de su parte.
    – Al contrario. Me encantaría tener esposa. Y familia.
    Catherine arqueó las cejas.
    – Entiendo. Se da usted cuenta de que las posibilidades de que eso ocurra aumentarían considerablemente si dejara de evitar caer en las redes de casamentera de Meredith.
    – Humm. Hace usted que parezca un pez.
    – Un pez escurridizo -concedió Catherine entre risas-. Bueno, como amiga suya, siento que es mi deber advertirle de que Meredith me ha dicho que en cuanto se recupere del todo del parto, usted es su próximo proyecto.
    Andrew inclinó la cabeza.
    – Como amigo suyo, aprecio la advertencia, aunque confieso que no me preocupa demasiado. Sé perfectamente la clase de mujer que quiero. No necesito ninguna ayuda.
    La curiosidad hizo presa en Catherine.
    – ¿Qué clase de mujer cree usted que quiero?
    – Hermosa, joven, sumisa, núbil, de dulce voz y comedida. Y si adorara el suelo por donde pisa, eso sería un plus adicional.
    Andrew echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada, llenando el carruaje con el potente sonido de su risa.
    – ¿Percibo acaso una pizca de cinismo en su respuesta, lady Catherine?
    – ¿Está diciendo que estoy equivocada?
    – «Equivocada» quizá sea el término incorrecto. La frase correcta sería «total y absolutamente equivocada».
    Ella ni siquiera hizo el menor intento por ocultar su duda.
    – No pretenderá que crea que anhela encontrar una arpía espantosa y horrenda.
    – Nooo. Tampoco eso la describe.
    – Le ruego que no me mantenga en vilo.
    Andrew se recostó contra el respaldo y su abrigo marrón de Devonshire dibujó un oscuro contraste sobre el terciopelo gris pálido del asiento. Su ánimo jocoso se desvaneció, tornando su expresión en una máscara ilegible.
    – Es amable -dijo con voz queda y ojos serios-. Cariñosa. Leal. Y poseedora de un algo inexplicable que me conmueve como nadie me ha conmovido nunca. Así es ella. -Se llevó la mano al pecho-. Llena espacios que han estado vacíos durante años. Con ella, no existe la soledad.
    El aliento de Catherine pareció quedar atrapado en sus pulmones. No sabía lo que había esperado oírle responder, pero sin duda no era… eso. ¿Vacío? ¿Solitario? Y no se trataba simplemente de lo que había dicho, sino de cómo lo había dicho, con aquel tinte de desolación resonando en su voz grave que la había dejado perpleja. Dios sabía que ella había experimentado esas sensaciones de soledad en más ocasiones de lo que deseaba recordar. Pero ¿el señor Stanton?
    Antes incluso de que pudiera pensar en una respuesta, él pareció sacudirse de encima la seriedad que le embargaba y una sonrisa torcida elevó una de las comisuras de sus labios.
    – Y, naturalmente, si da la casualidad de que además venera el suelo que piso, eso sería sin duda un plus añadido.
    Catherine aprisionó firmemente la curiosidad -y la sensación de pena- que las intrigantes palabras de Andrew habían provocado en ella. Nunca le había parecido un hombre que sufriera de soledad, un hombre que encontrara vacía ninguna parte de su vida.
    – No es mi deseo desanimarle, pero considero justo advertirle, por mi propia experiencia, que el matrimonio no es necesariamente una cura para la soledad. Sin embargo, le deseo suerte en la tarea de dar con el parangón que acaba de describir, señor Stanton. Espero que exista.
    – Sé que existe, lady Catherine.
    Cierto impulso la llevó a preguntar:
    – ¿Y supone usted que ha leído la Guía femenina?
    Él le dedicó una extraña mirada.
    – Dado que al parecer todas las mujeres de Londres han leído el libro, es sin duda una posibilidad.
    – Si lo ha leído, estoy segura de que quedará usted satisfecho cuando la conozca.
    – ¿Satisfecho? -No había forma de hacer oídos sordos a su escepticismo-. ¿Qué quiere decir con eso?
    Sonrió dulcemente.
    – Le aseguro que, si hubiera leído el libro, lo sabría.
    – Ah, sí, ese intrigante desafío. ¿Y si aceptara la apuesta? ¿Qué ganaría con eso?
    Qué hombre tan arrogante. Suponer que merecía una recompensa por leer el libro. Aun así, aquello todavía podía actuar a favor de ella…
    – No tenía ninguna apuesta en mente, créame, aunque ¿por qué no? -«Sobre todo, porque casi tengo la victoria garantizada»-. Quien salga victorioso deberá al otro un favor, dentro de los límites de lo razonable, que elegirá el ganador. -Catherine no pudo contener una sonrisa-. Ah, sí, ya le imagino sacudiendo las alfombras y podando las rosas. O quizá sacándole el brillo a la plata. Colocando las piedras del nuevo sendero del jardín, arreglando el techo de los establos…
    – Gane o pierda, estaría encantado de ayudarle con esas tareas. Pero ¿por qué nadie se ha encargado hasta ahora de ellas?
    Catherine se encogió de hombros.
    – No es fácil encontrar ayuda adecuada en el campo.
    – Entiendo -murmuró él-. ¿Y qué es lo que determinará quién es el ganador?
    – Si lee usted el libro, el libro entero, por supuesto, siendo así capaz de entablar una discusión bien informada sobre los contenidos del mismo, usted gana. Si no lo logra, gano yo.
    Al ver que él guardaba silencio, ella murmuró:
    – Claro que si tiene usted miedo…
    – ¿De una simple apuesta? Lo dudo.
    – Entonces, ¿por qué duda?
    – La verdad es que dudo seriamente si, a pesar de la gran tolerancia que tengo al dolor, seré capaz de sufrir las tonterías de Brightmore. Sin embargo, puesto que lo peor que puede pasar es simplemente que le deba un favor, supongo que no hay mal alguno en que acepte su apuesta. ¿Qué período de tiempo sugiere?
    – ¿Digamos que tres semanas?
    Asintió.
    – Muy bien. Acepto.
    Catherine apenas pudo reprimir el júbilo. Había muchas tareas que un hombre fuerte y robusto como el señor Stanton podía hacer en la propiedad. Lo único que necesitaba precisar era no sólo con cuál le sería de más ayuda, sino, además, cuál le irritaría más. Sin duda debería horrorizarla experimentar tal estremecimiento ante la idea de vencerle y de borrar así una porción de su arrogancia. Debería… pero no era así.
    – Naturalmente -dijo el señor Stanton-, en el plazo de tres semanas, sin duda el chismorreo que rodea el contenido real de la Guía quedará suplantado por el escándalo que causará el desenmascaramiento de Charles Brightmore.
    A Catherine le dio un vuelco el corazón. Andrew se refería sin duda al investigador que había sido contratado. Con suerte, el hombre no encontraría el rastro que le llevaría a Little Longstone. Pero si lo hacía, bien, mujer prevenida valía por dos. Desde luego no conseguiría la menor información de sus labios. Obligándose a hacer gala de una calma que estaba lejos de experimentar, soltó una risa ligera:
    – ¿El desenmascaramiento? Cielos, cualquiera que le oyera creería que el señor Brightmore es un bandido.
    – Mucha gente en Londres lo considera así.
    – Incluido usted.
    – Sí.
    – Quizá cambie de opinión después de haber leído su libro… suponiendo que lo lea, claro.
    El encogimiento de hombros con el que Andrew saludó su comentario indicó que no tenía una sincera intención de leer «esas tonterías», y de que, incluso aunque lo hiciera, no cambiaría de opinión. Una sensación de fastidio le recorrió la columna. Qué hombre tan irritante. ¿Cómo podía haberle creído galante? ¿Agradable? Sin duda, se había visto erróneamente predispuesta a una opinión favorable basada en los maravillosos informes de su hermano sobre el carácter del señor Stanton. La relajada camaradería que habían compartido en el pasado se debía sin duda a los temas que habían tocado, es decir, Philip y Meredith. Su boda, y, más recientemente, el inminente nacimiento de su hijo. El museo era también un tema común de conversación. Frunció el ceño. Volviendo atrás en el pasado, Catherine reparó en que todas sus conversaciones habían sido de naturaleza muy impersonal. De hecho, sabía muy poco acerca del señor Stanton. Lo había aceptado como amigo y buen hombre, sin cuestionarse nada más, porque Philip decía que lo era. Según Philip, el señor Stanton le había salvado de varias situaciones difíciles cuando ambos estaban en el extranjero. Definía a su amigo norteamericano como un hombre leal, firme, bravo y excelente con los puños y con el espadín. En fin, Catherine no tenía ninguna razón para dudar de que fuera todas esas cosas. Sin embargo, Philip había olvidado añadir, como tampoco ella había logrado discernir en el curso de sus anteriores encuentros, que el señor Stanton era también un hombre testarudo, obstinado e irritante.
    Lo observó. Estaba mirando por la ventanilla al tiempo que un músculo le palpitaba en su mejilla suavemente afeitada, subrayando la tensión de su mandíbula. Su testaruda mandíbula. Aunque Catherine no podía negar que era una fuerte mandíbula testaruda. Con la intrigante sombra de un hoyuelo en el centro. Eso era algo que Philip no había mencionado. Como tampoco había hecho mención del perfil del señor Stanton… el ligero bulto que tenía en el puente de la nariz. Seguramente se trataba de un recuerdo de sus combates pugilísticos. Debería de haberle restado atractivo a su aspecto, y sin embargo le daba un aire tosco, mezclado con una apenas perceptible sensación de peligro, recordándole que, a pesar de su elegante atuendo, Andrew no pertenecía a su clase. Un tipo duro, sin duda.
    E innegablemente atractivo.
    – Tiene usted una expresión realmente intrigante, lady Catherine. ¿Le importaría compartir lo que piensa conmigo?
    El calor le inundó las mejillas. Dios mío, ¿cuánto tiempo llevaba mirándole? ¿Y por qué la estaba observando él de esa… forma especulativa? ¿Como si ya le hubiera adivinado el pensamiento? Bah. Un aspecto más de él que sumar al irritante conjunto.
    Adoptando lo que esperaba que pudiera pasar por un aire desenfadado, Catherine dijo:
    – Estaba pensando que, a pesar del tiempo que hemos pasado juntos durante los últimos catorce meses, lo cierto es que no nos conocemos demasiado. -Arqueó las cejas-. ¿Y en qué pensaba usted?
    – De hecho, en algo muy similar… que no la conozco todo lo bien que creía.
    Catherine arrugó la nariz y olisqueó el aire acusadamente.
    – No sé por qué, pero eso no me ha sonado demasiado halagador.
    – No pretendía insultarla, se lo aseguro. -La malicia parpadeó en los ojos de Andrew-. ¿Le gustaría que la piropeara? Estoy seguro de que, si eso la complace, podría llegar a ocurrírseme algún cumplido.
    – Le suplico que no se esfuerce usted por mí -respondió Catherine con una voz seca como el polvo.
    Él respondió con un gesto desestimativo.
    – Le aseguro que no es para mí ningún esfuerzo. -Su mirada se paseó por el vestido de viaje de color verde bosque de Catherine-. Está usted preciosa.
    Tres simples palabras. Sin embargo, algo en su forma de decir «preciosa», combinado con el inconfundible calor de sus ojos, provocó un revoloteador estremecimiento que la recorrió por entero. Andrew impidió cualquier respuesta que ella hubiera podido darle, concentrando toda su atención en su boca.
    – Y sus labios… -Sus ojos parecieron oscurecerse, y se inclinó hacia delante. Todo el interior de Catherine se paralizó… a excepción de aquellos inexplicables revoloteos, que de pronto se volvieron mucho más… revoloteadores. Dios mío, ¿acaso iba a besarla? Sin duda no…
    Su propia mirada quedó prendida de los labios de Andrew, y por primera vez reparó en su atractiva boca. Parecía suave y firme a la vez. La clase de boca que sin duda sabía besar a una mujer…
    – Sus labios -dijo él en voz baja, acercándose aún más hasta que sus rostros quedaron a menos de dos pies de distancia y ella fue presa de la abrumadora necesidad de inclinarse hacia él y borrar esos escasos centímetros-. Se han… desinflamado mucho y tienen mejor aspecto que tras el incidente de anoche. Casi han recuperado su belleza habitual.
    Se retiró y esbozó una amplia sonrisa. Fuera cual fuese la locura que había hecho presa en ella, se desintegró como una nube de humo y Catherine se incorporó de inmediato, pegando la espalda al cojín, horrorizada. No tanto con él, como consigo misma. Le subió el calor por el cuello y rezó para no sonrojarse. Dios mío, durante un instante de locura había creído que él pretendía… que ella quería que él…
    La besara. Pero aún más humillante era el hecho de que se sentía decepcionada porque no lo había hecho. Demonios, estaba perdiendo la cabeza.
    – ¿Lo ve? -dijo él-. Contrariamente a lo que usted cree, soy muy capaz de hacerle cumplidos. Y no veo la hora de visitar su casa, puesto que dispondré así de la oportunidad de descubrir cuánto es lo que todavía no sabemos el uno del otro.
    Buen Dios, la de cosas que él no sabía de ella… Catherine tenía intención de dejarlas como estaban.
    – Maravilloso. Tampoco yo… veo el momento.
    En vez de ofenderse por su tono desinflado, la sonrisa asomó a los labios de Andrew.
    – Le ruego que no se esfuerce usted dando muestras de entusiasmo por mí.
    Bah. ¿Cómo se atrevía a estar de buen humor cuando se suponía que debía de estar abatido? Debía de ser el norteamericano que había en él. Bueno, quizá tuviera en mente que se conocieran mejor durante su estancia en su casa, pero, como bien sabía la mujer moderna actual, ella no tenía por qué acceder a los planes de ningún hombre si no lo deseaba.
    Y, a juzgar por los secretos que debía salvaguardar, Catherine no tenía la menor intención de hacerlo.

Capítulo 5

    La mujer moderna actual debe admitir que en ocasiones las restrictivas normas de la sociedad deberían ser clara y rotundamente ignoradas. Y, cuanto más atractivo sea el caballero en cuestión, más clara y rotundamente debería ser tal muestra de ignorancia… en toda su discreción, naturalmente.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    – Villa Bickley aparecerá a la vista en cualquier momento -dijo lady Catherine dos horas más tarde, señalando a la izquierda-. Justo tras esa arboleda.
    «Gracias a Dios.» Andrew esperaba que esa sensación de alivio no resultara demasiado obvia. Las cuatro horas de viaje habían alternado silencios incómodos y una absurda conversación. Ella se había concentrado en su labor, pero Andrew se tenía por un hombre que sabía leer en la actitud de la gente y Catherine estaba claramente preocupada por algo. El instinto le decía que estaba pensando en el incidente de la noche anterior, que, según sospechaba, la preocupaba más de lo que ella había querido reconocer.
    Concentró su atención en el paisaje que se veía al otro lado de la ventanilla, deleitándose con la verde campiña. No veía la hora de salir del pequeño espacio del carruaje, donde había estado encerrado las últimas cuatro torturantes horas, respirando la delicada fragancia floral de Catherine. Dejó escapar un largo y discreto suspiro. Dios, ¿existía en el mundo una mujer que oliera mejor? No. Imposible. Había tenido que hacer acopio de cada gramo de sus fuerzas para no tocarla, inclinarse hacia ella y aspirar el olor de su piel. Sí, había cedido a la atormentadora tentación, acercándose a ella en una ocasión, y el esfuerzo que había tenido que hacer para no besarla había sido terrible.
    Paciencia. Tenía que recordar que su plan para cortejarla debía ser sutil y pausado. Presentía que si se movía demasiado deprisa, ella se retiraría como una liebre asustada. Naturalmente, el hecho de que Catherine estuviera claramente irritada con él a causa de la Guía le hacía un flaco favor, aunque cierto era que también a él le resultaba irritante el entusiasmo que Catherine mostraba por el libro de Brightmore y por toda esa basura de la mujer moderna actual. Sospechaba que a ella no iba a hacerle ninguna gracia descubrir que le habían contratado para que encontrara y desenmascarara a su ídolo literario, Charles Brightmore.
    A pesar de que su misión de encontrar al hombre había quedado temporalmente suspendida mientras estuviera en Little Longstone, se aplicaría por entero a la tarea en cuando regresara a Londres. Charles Brightmore quedaría al descubierto, Andrew recibiría por ello una buena gratificación y todas esas tonterías sobre la mujer moderna actual se desvanecerían, a la vez que desaparecería la tensión que había surgido entre lady Catherine y él. Mientras tanto, aprovecharía la oportunidad para pasar tiempo con ella y poner en marcha su plan para cortejarla.
    Menos de un minuto más tarde, al dar una curva del camino, apareció ante sus ojos una majestuosa casa de ladrillo y columnas blancas cómodamente anidada contra un fondo de árboles enormes, suaves colinas y verdes prados. Las distintas tonalidades de verde quedaban rotas por serpenteantes senderos de vividos violetas y rosas, entremezclados con mantos de flores silvestres de tonos pastel. Retazos del sol de última hora de la tarde quedaban reflejados en las brillantes ventanas abovedadas, sumiendo la suavizada fachada de ladrillo en un resplandor dorado. La escena al completo denotaba una pintoresca y campestre tranquilidad. Un puerto tranquilo y seguro para ella y su hijo, lejos de la cruel mezquindad de la sociedad.
    – Ahora entiendo por qué le gusta tanto esto -manifestó él.
    – Es mi casa -respondió ella en voz baja.
    – Es mucho más grande y majestuosa de lo que había imaginado. Llamarla «villa» es como llamar barca de remos a un barco.
    – Quizá. Pero el entorno, el entrañable ambiente y los convencionalismos mucho menos formales que imperan aquí dotan a la casa de una comodidad que contradice su tamaño. Me enamoré de ella en cuanto la vi.
    Andrew se volvió y paseó la mirada por el delicado perfil de Catherine. La blanda curva de su pálida mejilla, la suave línea de su mandíbula. La leve inclinación ascendente de la nariz. La lujuriosa carnosidad de sus labios. «Enamorarte en el instante mismo en que ves algo… sí, sé exactamente lo que es eso.»
    – Comprar esta propiedad, donde Spencer dispone de un acceso fácil y privado a los curativos manantiales de agua caliente de la zona, fue el único gesto de generosidad que Bickley mostró con su hijo. -Catherine hablaba suavemente, con una voz totalmente desprovista de expresión. Se volvió a mirarle y Andrew se quedó perplejo al ver que sus ojos parecían totalmente vacíos. Maldición, cómo deseaba borrar todas las sombras que los años de infeliz matrimonio habían dejado en ella.
    – Naturalmente, como sabe todo el mundo, la verdadera razón que llevó a Bickley a comprar la casa fue simplemente la de instalar a Spencer -y a mí- lejos, donde no tuviera que ver a su hijo imperfecto ni ser visto con él. Ni con la mujer que, según sus propias palabras, le había impuesto ese hijo.
    Gracias a su íntima amistad con Philip, Andrew estaba al corriente del egoísta, insensible e indiferente bastardo en el que se había convertido el marido de lady Catherine con su cálida y vibrante esposa, y en el precario progenitor que había sido para un niño que tan desesperadamente necesitado estaba de un padre. Apenas pudo contenerse y decir: «Nada me habría gustado más que poder vérmelas durante cinco minutos con el bastardo con el que estuvo casada». En vez de eso, dijo:
    – Lamento que su matrimonio no fuera feliz.
    – También yo. Empezó con grandes promesas. Sin embargo, tras el nacimiento de Spencer… -Su voz se apagó y durante varios segundos sus ojos se colmaron con las sombras que sin duda seguían acechándola. A Andrew le picaban los dedos, tal era la necesidad de alargar la mano y tocarla. Reparar todo aquel dolor. Aliviarla y consolarla del mismo modo que para él era ya un consuelo pensar en ella.
    Sin embargo, antes de que pudiera moverse, ella se recompuso y sonrió.
    – Pero eso forma parte del pasado -dijo-. A Spencer y a mí nos encanta Little Longstone. Espero que disfrute de su estancia.
    – No me cabe duda de que así será.
    – Y debe usted disfrutar de las aguas calientes mientras esté aquí. Son muy terapéuticas. No veo llegado el momento de tomarlas yo misma para calmar la rigidez de mi hombro.
    Andrew se tragó la aprensión que iba subiéndole por la garganta. No le atraía el plan de pasar tiempo cerca del agua. Descartado quedaba imaginarse dentro.
    Se vio libre de responder cuando el carruaje se detuvo con un remezón, indicando que habían llegado a su destino.
    – Antes de que bajemos -dijo Catherine, bajando la voz y hablando deprisa-, tengo que pedirle algo. Le agradecería que no le comentara el incidente de anoche a Spencer. No quiero alarmarle.
    Andrew no pudo ocultar su sorpresa.
    – Pero sin duda verá que está usted herida.
    – La manga del vestido oculta mi vendaje.
    – ¿Qué me dice de su labio?
    – Apenas está inflamado. Estoy segura de que no lo notará.
    – ¿Y si lo hace?
    – Le diré que me lo he mordido, lo cual es cierto.
    – Quizá, aunque de todos modos lleva a engaño.
    – Prefiero llevarle amablemente a engaño que preocuparle.
    Se abrió la puerta, y un criado formalmente vestido tendió la mano para ayudar a descender a lady Catherine, dando así la conversación por terminada. En realidad fue mejor así, puesto que Andrew sospechaba que cualquier comentario por su parte podía llevar a otra discusión.
    – Las discusiones no conducen a un cortejo exitoso -murmuró.
    – ¿Qué ha dicho usted, señor Stanton? -De pie en la puerta de carruaje, con la mano posada en la del criado, lady Catherine miró a Andrew por encima del hombro con una expresión interrogante.
    – Ejem, que son muchas las ilusiones que… despierta en mí un buen retoce. -Dios mío, parecía un idiota. Tampoco eso llevaba a un cortejo con final feliz.
    – ¿Retoce?
    – Sí, en las cálidas y terapéuticas aguas. -Rezó para que su piel no palideciera al pronunciar las palabras.
    – Ah. -Lady Catherine pareció relajar su expresión, aunque aún quedaban restos en ella que indicaban que no había renunciado totalmente a la noción de que era un poco idiota.
    Tampoco llevaba eso a un final feliz.
    Después de bajar del carruaje, Andrew se tomó unos instantes para mirar a su alrededor mientras lady Catherine daba instrucciones al criado sobre el equipaje. El camino quedaba a la sombra de enormes olmos y la luz del sol salpicaba la grava al colarse entre la bóveda de hojas. Inspiró hondo. Los aromas del verano tardío le colmaron la cabeza de una placentera mezcla impregnada de hierba y de tierra calentada por el sol, y un penetrante aroma a heno que indicaba la proximidad de unos establos. Cerrando los ojos, Andrew dejó que una imagen cobrara vida, un destello de un tiempo pasado cuando había disfrutado de la vida en un lugar similar a aquel. Sin embargo, como ocurría siempre que se permitía echar una mirada al pasado, la oscuridad veló rápidamente esos recuerdos de fugaz felicidad, cubriéndolos con la sombra de la culpa y de la vergüenza. De la pérdida, del pesar y de la autocondena. Abrió los ojos y parpadeó en un intento por quitarse de la cabeza su vida anterior. Era una vida muerta y pasada. Literalmente.
    Se volvió y vio, lleno de temor, que lady Catherine tenía los ojos fijos en él con una mirada interrogante.
    – ¿Está usted bien? -preguntó.
    Como en innumerables ocasiones anteriores, Andrew volvió a sepultar sus dolorosos recuerdos y la culpa en las profundidades de su corazón, donde nadie pudiera verlos, y esbozó una amplia sonrisa.
    – Estoy bien. Simplemente disfruto de estar aquí fuera tras tan largo viaje. Y con muchas ganas de ver a su hijo.
    – Estoy segura de que no tendrá que esperar mucho.
    Como si la hubiera oído, las dobles puertas de roble que conducían a la casa se abrieron de par en par y apareció un joven vestido con pantalones de color gamuza y una sencilla camisa blanca. Sonrió y saludó con la mano, gritando:
    – ¡Bienvenida a casa, mamá!
    Spencer avanzó con paso extraño y la mirada de Andrew se desvió hacia el pie zopo del jovencito. La compasión le encogió el corazón por el sufrimiento que el chiquillo debía de padecer a diario, no sólo producido por una incomodidad física, sino a causa del dolor interno de ser considerado distinto de los demás. Defectuoso. Se le tensó la mandíbula, consciente de que, en gran medida, la decisión de que lady Catherine y Spencer vivieran en Little Longstone se debía a la crueldad y al rechazo que el chico había experimentado en Londres. Andrew recordaba perfectamente lo difícil que era esa edad, cercana a los doce años, en la que un niño rozaba ya las puertas de la hombría. Bastante duro le había resultado a él sin la carga adicional de una enfermedad.
    Spencer se encontró a medio camino del sendero con su madre, que lo envolvió en un abrazo que él correspondió con gran entusiasmo. Una oleada de algo semejante a la envidia recorrió a Andrew ante aquella cálida muestra de afecto. No recordaba lo que era verse envuelto en un abrazo materno, puesto que su madre había muerto al traerle al mundo. Reparó en que Spencer era casi tan alto como su madre y sorprendentemente ancho de hombros, al tiempo que sus brazos larguiruchos indicaban que todavía le quedaba mucho por crecer. Tenía un gran parecido con lady Catherine, de quien había heredado el pelo castaño y esos dorados ojos marrones.
    Madre e hijo se separaron y, entre risas, lady Catherine levantó la mano -con el brazo ileso, según pudo ver Andrew- y la pasó por el denso pelo de Spencer.
    – Todavía estás mojado -dijo-. ¿Cómo ha ido tu visita a los manantiales?
    – Excelente. -Frunció el ceño y se inclinó hacia ella-. ¿Qué te ha pasado en el labio?
    – Me lo he mordido por accidente. Nada de lo que preocuparse.
    El ceño desapareció.
    – ¿Cómo fue la fiesta del abuelo?
    – Fue… agitada. Y te he traído una maravillosa sorpresa. -Miró hacia la parte posterior del carruaje, donde estaba Andrew.
    Spencer apartó la mirada de su madre y, cuando reparó en Andrew, se le agrandaron los ojos.
    – ¿Es realmente usted, señor Stanton?
    – Sí. -Andrew se reunió con ellos y le tendió la mano al jovencito-. Encantado de volver a verte, Spencer.
    – Lo mismo digo.
    – El señor Stanton ha tenido la amabilidad de acompañarme a casa, y ha accedido además a quedarse unos días de visita. Me ha prometido deleitarnos con historias de sus aventuras con tu tío Philip.
    La sonrisa de Spencer se ensanchó.
    – Excelente. Quiero oír cómo logró engañar a los canallas que le encerraron en el calabozo. No logré que tío Philip me contara la historia.
    Lady Catherine arqueó las cejas.
    – ¿Canallas? ¿Calabozo? No sabía nada. Creía que Philip y usted se habían dedicado a desenterrar artefactos.
    – Y así fue -la tranquilizó Andrew-. Sin embargo, como su hermano hizo gala de una misteriosa inclinación a meterse en líos, me vi obligado a realizar varios rescates.
    La malicia brilló en los ojos de lady Catherine.
    – Entiendo. ¿Y usted, señor Stanton? ¿No se vio nunca necesitado de alguien que le rescatara?
    Andrew puso todo de su parte para parecer inocente y se señaló el centro del pecho.
    – ¿Yo? ¿Se refiere a mí, que soy la personificación del modelo de decoro…?
    – Una vez tío Philip le ayudó a escapar de unos cortacuellos armados con machetes -intervino Spencer con un tintineo de animación en la voz-. Luchó contra ellos utilizando sólo su bastón y su rapidez de ingenio. Les perseguían porque usted había besado a la hija de un sinvergüenza.
    – Una gran exageración -dijo Andrew con un ademán disuasorio-. Tu tío Philip es famoso por su tendencia a la hipérbole.
    Lady Catherine frunció los labios.
    – ¿Es cierto eso? Entonces, ¿cuál es la verdadera historia, señor Stanton? ¿Acaso no besó usted a la hija de ese sinvergüenza?
    Maldición. ¿Por qué últimamente todas las conversaciones que tenía con ella tomaban esos desastrosos derroteros?
    – Fue más bien un amistoso beso de despedida. Totalmente inocente. -No había necesidad de mencionar que las dos horas que habían precedido a ese amistoso beso de despedida habían tenido poco de inocentes-. Desgraciadamente, me temo que el padre de la joven se opuso de forma bastante enérgica. -Se encogió de hombros y sonrió-. Justo cuando parecía que iba a convertirme en un acerico humano, un desconocido se inmiscuyó en la refriega, totalmente encendido, blandiendo su bastón y gritando en una lengua extranjera. Lo cierto es que creí que estaba loco, pero la verdad es que me salvó la vida. Resultó ser nuestro Philip, y desde ese día somos amigos.
    – ¿Qué diantre les dijo Philip? -preguntó lady Catherine.
    – No lo sé. Se negó a contármelo, diciéndome que era su pequeño secreto. Hasta la fecha sigo todavía sin saberlo.
    – Con lo cual intuyo que debe de haber dicho algo absolutamente atroz de usted -dijo Spencer con una sonrisa de oreja a oreja.
    – Sin duda -concedió Andrew, riéndose.
    – Bueno, Spencer y yo deseamos fervientemente saber más cosas de sus viajes durante su estancia aquí, señor Stanton. ¿Permite que le acomodemos? -Catherine tendió a Spencer su brazo ileso. Echaron a andar por el sendero y Andrew les siguió. Reparó en la firmeza del brazo de Catherine, permitiéndole soportar gran parte del peso de Spencer mientras el niño avanzaba cojeando por el sendero. Fue presa de un gran sentimiento de admiración por ella, por ambos. Andrew sabía de las cargas emocionales con las que ella bregaba. Aun así, Catherine lo hacía con humor y dignidad, mientras el amor que profesaba a su hijo brillaba como el cálido resplandor del sol. Y Spencer, a pesar de las dificultades físicas a las que se enfrentaba, era obviamente un joven inteligente y afable que correspondía abiertamente al afecto de su madre. Sin duda, un joven al que cualquier hombre estaría orgulloso de tener por hijo. Andrew apretó las manos al pensar en la crueldad con la que el padre del niño le había rechazado.
    Atravesaron el umbral de la puerta principal y entraron en un espacioso vestíbulo, con suelo de parquet. Había una mesa redonda de caoba en el centro de la estancia sobre cuya brillante superficie reposaba un jarrón de porcelana con un enorme arreglo de flores recién cortadas. La fragancia de las flores llenaba el aire, mezclada con el agradable aroma de la cera de abeja. Asomando al otro lado del vestíbulo, Andrew vio la amplia y curva escalera que conducía a la planta superior, y pasillos que se perdían a derecha e izquierda. Varias mesas alargadas decoraban los pasillos, todas adornadas con jarrones llenos de flores frescas.
    Un mayordomo formalmente uniformado y de estilizada figura estaba de pie junto a la puerta, como un centinela, con los anteojos cercanos a la punta de su ganchuda nariz.
    – Bienvenida a casa, lady Catherine -dijo el mayordomo con una voz demasiado grave y sonora para provenir de un hombre de tan delgada figura. Cierto, parecía como si una ráfaga de viento pudiera hacer caer al hombre de espaldas.
    – Gracias, Milton. -Mientras le entregaba su sombrero y el chal, le dijo-: Este es el señor Stanton, el socio de mi hermano y un gran amigo de la familia. Se quedará unos días. He dado instrucciones para que lleven sus cosas a la habitación azul de invitados.
    Milton inclinó la cabeza.
    – Iré a comprobar que la habitación esté preparada.
    Spencer señaló con la barbilla la mesa de caoba.
    – ¿Has visto tus flores nuevas, mamá?
    Andrew se percató del ligero sonrojo que tiñó las mejillas de Catherine.
    – Es difícil no verlas.
    Spencer, enojado, soltó un bufido.
    – Este es mucho más pequeño que el arreglo del salón. ¡Están convirtiendo nuestra casa en un jardín interior! ¿Por qué no te dejan en paz? -Se volvió hacia Andrew, buscando en él a un aliado-. ¿No le parece que tendrían que dejarla en paz?
    – ¿Tendrían quiénes?
    – Sus pretendientes. Lord Avenbury y lord Ferrymouth. El duque de Kelby, lord Kingsly. Y luego está lord Bedingfield, quien recientemente ha comprado la casa que linda con la nuestra por el oeste. Entre todos ellos, envían flores suficientes para hacer que uno se sienta como si viviera en una prisión botánica. -Spencer volvió a soltar otro bufido-. Me siento como si me estuviera ahogando con tantas flores. ¿No le parece que deberían parar?
    «Sí, demonios.» Andrew se obligó a no lanzar una mirada asesina al tributo floral. Antes de poder responder, lady Catherine, cuyo sonrojo se había teñido de rosa, dijo:
    – Spencer, eso es muy descortés de tu parte. Lord Avenbury, lord Ferrymouth y los demás sólo pretenden mostrarse amables.
    Andrew se tragó el irritado «¡Bah!» que le subía por la garganta. ¿Amables? Difícilmente. Tuvo que morderse la lengua para no anunciar que ningún hombre enviaba flores suficientes como para hundir una fragata simplemente en un gesto de cortesía.
    – ¿Sirvo ya el té? -preguntó Milton, vadeando en el incómodo silencio.
    – Sí, gracias, pero sólo para dos. En el salón. -Se volvió hacia Andrew-. Me aseguraré de dejarle cómodamente instalado, pero lamento decirle que tengo una cita previa. -Tocó la manga de Spencer-. ¿Te ocuparás del señor Stanton en mi ausencia?
    – Sí. ¿Tu cita es con la señora Ralston o con el doctor Oliver?
    – ¿Con el doctor? -preguntó Andrew, al tiempo que su mirada saltaba sobre lady Catherine-. ¿Está usted enferma?
    – No -se apresuró a responder lady Catherine-. Mi cita es con la señora Ralston.
    Spencer se volvió a mirar a Andrew.
    – La señora Ralston es la mejor amiga de mi madre. A menos que el tiempo lo impida, mamá va a su casa todos los días para visitarla y prestarle su ayuda.
    – ¿A ayudarla? -preguntó Andrew.
    Spencer asintió.
    – La señora Ralston sufre de artritis en las manos. Mamá le escribe las cartas y se ocupa de sus flores.
    Andrew sonrió a lady Catherine.
    – Muy gentil de su parte.
    Catherine pareció sonrojarse.
    – Genevieve es una dama muy querida.
    – Y afortunada de poder contar con una amiga tan fiel. -Andrew volvió a centrar su atención en Spencer-. ¿Y quién es el doctor Oliver? -preguntó, como restándole importancia.
    – Otro pretendiente, aunque bastante agradable, y además no es tan adinerado como para enviar esos exagerados ramos. No, el doctor se limita a mirar a mamá con ojos soñadores. -Spencer procedió entonces a parodiar lo que él entendía por la expresión «ojos soñadores» adoptando una expresión bobalicona y haciendo revolotear sus pestañas.
    Si la mujer implicada en la parodia hubiera sido otra, a Andrew le habrían parecido muy divertidas las bufonadas del jovencito. Sin embargo, reparó, taciturno, en que las mejillas de lady Catherine ardían hasta teñirse de carmesí. Recordó con claridad haber oído mencionar a Philip que uno de los admiradores de lady Catherine era un médico de pueblo. A tenor de su reacción, Andrew tuvo la indudable sospecha de que ese era el hombre.
    – Tonterías, Spencer -dijo Catherine-. El doctor Oliver no pone esas caras y no es más que un amigo.
    – Que pasa a verte a diario.
    – No, a diario no. Y, además, simplemente lo hace en un afán por mostrarse cortés.
    – Al parecer, hay abundancia de caballeros corteses en Little Longstone -dijo Andrew secamente.
    Spencer miró al techo.
    – Sí, y todos empeñados en cortejar a mi madre.
    – No puede hablarse de cortejo si yo muestro indiferencia -dijo lady Catherine con voz firme-. Su interés cesará en cuanto se den cuenta de que no estoy en absoluto interesada.
    Andrew se aclaró la garganta.
    – Si tenemos en cuenta estas muestras -empezó, agitando la mano e incluyendo con su gesto el trío de arreglos florales-, todavía no se han dado cuenta.
    – Ahora lord Bedingfield ya lo sabe -dijo Spencer-. Yo mismo se lo dije cuando vino a verte ayer por la tarde.
    – ¿Qué diantre le dijiste? -preguntó lady Catherine.
    – Le dije: «Mamá no está interesada en usted».
    Lady Catherine emitió un sonido semejante a una carcajada mal disimulada seguida por una tos. Andrew se mordió el labio para reprimir su sonrisa. Spencer era sin duda un buen chico.
    – ¿Y qué dijo lord Bedingfield? -preguntó Catherine.
    Spencer vaciló y luego se encogió de hombros.
    – Algo de que a los niños se les ve pero no se les oye.
    Milton se aclaró la garganta.
    – De hecho, su señoría dijo algo extremadamente desagradable que no merece repetición, momento en el cual le invité a abandonar la casa antes de echarle los perros.
    Andrew apretó la mandíbula al darse cuenta de que lord Bedingfield le había dicho algo desagradable a Spencer.
    – No tenemos perros -dijo lady Catherine.
    – No creí necesario hacérselo saber a su señoría, señora.
    A pesar de que había dolor en sus ojos, una sonrisa asomó a la comisura de los labios de Spencer.
    – Y cuando lord Bedingfield se marchaba, tropezó al cruzar el umbral…
    – No sabría decir cómo pero mi pie se interpuso en su camino -dijo Milton con estoica expresión-. Qué desafortunado incidente.
    – Nunca había visto el tono de rojo que vi en su rostro -dijo Spencer, ahora con una amplia sonrisa-. No puedo ni imaginar cuánto se habría enfadado de haber sabido que no tenemos perros.
    – Sí, me temo que su señoría no volverá -dijo Milton con una cara perfectamente imperturbable-. Mil disculpas por mi torpeza, lady Catherine.
    – De algún modo lograré encontrar el perdón en mi corazón -respondió ella con voz igualmente seria. Luego se volvió y dedicó a su hijo un inmenso guiño. «Bueno, un pretendiente menos», pensó Andrew sonriendo para sus adentros. Desafortunadamente, todavía quedaba un buen número de ellos a los que debía hacer desaparecer.

    Mientras el cochero permanecía en el carruaje, Catherine entró en el modesto vestíbulo de villa Ralston.
    – Buenas tardes, Baxter -saludó al imponente mayordomo de Genevieve, echando la cabeza hacia atrás para fijar los ojos en su mirada de obsidiana-. ¿Está la señora Ralston en casa?
    – La señora siempre está en casa para usted, lady Catherine -anunció Baxter con su voz grave y profunda. Aliviada, Catherine puso su sombrero de terciopelo y su chal de cachemira en las enormes manos de Baxter.
    Por muchas veces que le viera, la enorme altura y corpulencia de Baxter nunca dejaban de asombrar a Catherine. Medía al menos un metro noventa, y sus impresionantes músculos tensaban las costuras de su formal uniforme negro. Sus proporciones, en combinación con la calva de su cabeza, por no mencionar los diminutos aros de oro que adornaban los lóbulos de sus orejas, o el hecho de que tuviera tendencia a responder a las preguntas con un gruñido monosilábico, le daban un aire de lo más intimidatorio. Sin duda, nadie que se encontrara con Baxter sospecharía que le encantaban las flores, que cuidaba de las crías del gato de Genevieve como una madre gallina y que horneaba las galletas más deliciosas que Catherine había probado nunca. Protegía a Genevieve y a su casa de los peligros como si fueran las joyas de la corona, y se refería a Genevieve como a «la que me salvó».
    Catherine sabía que ambos se habían conocido durante la vida «anterior» de Genevieve, la que había vivido antes de instalarse en Little Longstone, y agradecía que Genevieve dispusiera de un amigo fuerte que la ayudara. Y que la protegiera. Simplemente las manos de Baxter parecían capaces de pulverizar una roca, y, según Genevieve, lo habían hecho en más de una ocasión. Catherine rezaba para que no volvieran a conocer esa violencia.
    Baxter la escoltó hasta el salón, y a continuación se retiró. Cinco minutos más tarde, Genevieve entró en la habitación con su hermoso rostro iluminado de puro placer. Un vestido de muselina de color verde pastel adornaba su exuberante figura y llevaba su pelo rubio claro recogido en un moño sencillo por el que sentía preferencia, un estilo que resaltaba sus ojos de color azul pensamiento y sus labios carnosos. A las dos y media, el rostro de Genevieve seguía cubierto de cremas, y hasta las ligeras arrugas que se insinuaban alrededor de sus ojos y en su frente no le restaban un ápice de belleza.
    – Qué maravillosa sorpresa -dijo, cruzando la alfombra Axminster azul y crema con sus pasos lentos y mesurados-. Creía que estarías demasiado cansada después del viaje para visitarme hoy.
    Como era su costumbre, Genevieve le lanzó un beso como saludo, apenas tocando con sus labios las enguantadas yemas de sus dedos. Catherine le devolvió el gesto con el corazón encogido de compasión ante esas desgraciadas manos que ni siquiera los gruesos guantes lograban disimular. Durante todos los años que habían sido amigas, Catherine nunca había visto las manos de su amiga al descubierto.
    – Tenía que venir -dijo Catherine-. Hay algo de lo que tenemos que hablar.
    Genevieve le dedicó una mirada penetrante.
    – ¿Qué te ha pasado en el labio?
    – Eso es parte de lo que tenemos que hablar. Ven, sentémonos.
    En cuanto estuvieron sentadas en un sofá de brocado extremadamente mullido, Catherine habló a su amiga del disparo.
    – Dios santo, Catherine -dijo Genevieve con los ojos llenos de preocupación-. Qué trago tan espantoso. ¿Cómo te encuentras ahora?
    – Un poco dolorida, pero mucho mejor. La herida era superficial.
    – Afortunadamente. Para todos nosotros. -Su expresión se tornó fiera-. Esperemos que apresen al canalla que ha hecho esto. Cuando pienso en lo que podría haber ocurrido con un disparo extraviado… tú, o cualquier otro de los invitados a la fiesta, podríais haber resultado seriamente heridos. O muertos. -Un delicado estremecimiento sacudió su cuerpo-. Un accidente absolutamente espantoso. No sabes cuánto me alegro de que no estés malherida.
    – Cierto. Aunque… -Catherine inspiró hondo-. De hecho, no estoy convencida de que fuera un accidente. -Seguidamente le habló a Genevieve de la conversación que había oído antes del disparo, concluyendo con un-: Rezo para que fuera un mero incidente, pero estoy asustada. Asustada de que el disparo estuviera dirigido a mí. Que alguien, quizá ese investigador, haya descubierto mi conexión con Charles Brightmore. Y, de ser así…
    – En ese caso, también yo estaría en peligro -dijo despacio Genevieve, cuya expresión adquirió tintes de profundo pesar y arrepentimiento-. Oh, Catherine, no sabes cuánto lamento haberte implicado, con mi libro, que eso te haya puesto en esta insostenible situación. Debemos poner fin a esto. De inmediato. Viajaré mañana a Londres para hablar con nuestro editor y daré instrucciones al señor Bayer para que desvele que yo soy Charles Brightmore.
    – No harás nada de eso -dijo Catherine con firmeza-. Eso sólo conseguiría ponerte en un peligro más inminente y destruir tu reputación.
    – Querida mía, ¿crees acaso que eso importa en comparación con tu vida? Siempre puedo marcharme de aquí e instalarme en cualquier otra parte. Tú tienes que pensar en Spencer.
    – No te irás de aquí -insistió Catherine-. Necesitas los manantiales de agua caliente para tus manos y para tus articulaciones tanto como Spencer.
    – Hay otras termas en Inglaterra. En Italia. -Se miró las manos y se le tensaron los labios-. Tantas veces he maldecido estas manos tullidas. Me han costado la vida. El hombre al que amo… -Una risa carente del menor atisbo de humor se abrió paso entre sus labios-. Al fin y al cabo, ¿quién quiere una amante con unas manos como éstas? Ningún hombre desea que le toquen con semejante fealdad. Pero nunca las había maldecido tanto como ahora. Si fuera físicamente capaz de escribir, o de sostener una pluma, nunca habría pedido tu ayuda para firmar ese maldito libro.
    – Por favor, no digas eso. Yo quise ayudarte. Escribir el libro, escuchar tu dictado, implicarme, dio a mi vida un propósito del que carecía desde hacía años. Tú crees que me has quitado algo, pero la realidad apunta a todo lo contrario. Me has dado más de lo que nunca podré devolverte.
    – Como siempre lo has hecho tú conmigo, aunque no podrás negarme que te he arrebatado la sensación de seguridad, que esta empresa en la que te he implicado te ha puesto en peligro.
    – No podemos estar seguras de que eso sea cierto. El crimen en Londres está a la orden de día, y lo ocurrido puede perfectamente haber sido un accidente.
    – ¿Y cómo podríamos saberlo con seguridad? -preguntó Genevieve-. No podemos limitarnos a esperar a que una de las dos, o ambas, resulte herida. O peor. Debemos poner fin a esto. De inmediato. Tengo que hablar con el señor Bayer.
    – Te suplico que no lo hagas, al menos durante uno o dos días. Hubo un testigo que puede identificar al culpable. Mi padre me ha prometido que me escribirá para comunicarme si han apresado al autor de lo ocurrido. De ser así, nos estamos preocupando en vano. Esperemos a tener noticias de mi padre.
    Genevieve arrugó el labio inferior y finalmente asintió en señal de acuerdo.
    – Muy bien. Pero si no has tenido noticias de él mañana por la noche, viajaré a Londres al día siguiente. Mientras tanto, debemos hacer algo para garantizar nuestra seguridad. Baxter se encargará de que nada me ocurra, pero temo que, a pesar de su valentía, Milton y Spencer no puedan ofrecerte la protección necesaria en caso de que la necesites.
    – Ya me he ocupado de eso. El amigo norteamericano de mi hermano, el señor Stanton, me ha acompañado a Little Longstone y se queda unos días de visita.
    – Pero ¿podrá protegerte? -preguntó Genevieve con voz dubitativa.
    La imagen del señor Stanton llevándola en sus fuertes brazos parpadeó en su cabeza y, mortificada, sintió que el calor le subía por el cuello.
    – Ejem… sí. No me cabe duda.
    La mirada de Genevieve se tornó especuladora y a continuación arqueó una ceja rubia, dibujando con ella una curva perfecta.
    – ¿Ah, sí? Muy bien, me dejas enormemente aliviada. Recuerdo haberte oído mencionar al señor Stanton, aunque sólo vagamente. ¿Cómo es?
    – Fastidioso y testarudo -respondió Catherine sin la menor vacilación.
    Genevieve se rió.
    – Querida, así son todos los hombres. ¿Posee acaso alguna buena cualidad?
    Catherine se encogió de hombros.
    – Supongo que, si me viera presionada a pensar en ello, se me ocurriría una o dos. -Al ver que Genevieve seguía esperando con expresión expectante, Catherine miró al techo y soltó un suspiro resignado-. Al parecer fue de gran ayuda cuando me hirieron anoche. Y, bueno… no tiene un olor corporal desagradable.
    Algo sospechosamente parecido a la diversión chispeó en los ojos de Genevieve.
    – Entiendo. La rapidez de ingenio y el compromiso con el aseo personal son sin duda buenas cualidades en un hombre. Dime, ¿cuál fue exactamente la ayuda que te prestó tras el disparo?
    Una nueva oleada de calor invadió a Catherine.
    – Presionó la herida hasta que llegó el médico.
    – Excelente. Está claro que sabe algo sobre cómo tratar unas heridas. -Abrió aún más los ojos-. Oh, pero, te lo ruego, ¡no irás a decirme que el médico te examinó allí mismo, en el salón!
    – No. -«Maldición, qué calor hace aquí dentro.» Consciente de que Genevieve terminaría por sacarle toda la información, Catherine la miró directamente a los ojos y dijo con su mejor voz evasiva-: El señor Stanton fue tan amable de llevarme en brazos al dormitorio de mi padre para apartarme de los ojos curiosos de los demás invitados.
    – Ah, y además es un hombre de demostrada discreción -dijo Genevieve con una aprobatoria inclinación de cabeza-. Y supongo que percibiste que no posee un ofensivo olor corporal mientras te llevaba en sus brazos.
    – Sí.
    – Y, obviamente, es un hombre fuerte.
    Catherine lanzó a su amiga una mirada maliciosa.
    – ¿No estarás insinuando que peso más de lo que debiera?
    La musical risa de Genevieve repicó de pronto.
    – Por supuesto que no. Simplemente me refería a que sólo un hombre fuerte puede llevar a una mujer en brazos desde el salón a la alcoba, viaje que naturalmente incluye el ascenso por las escaleras, mientras mantiene la presión sobre su herida. Realmente impresionante. ¿Es hombre de fortuna personal?
    – Nunca lo he preguntado.
    Genevieve sacudió la cabeza.
    – Querida mía, estoy segura de que alguna idea debes de tener. ¿Cómo es su ropa?
    – Muy refinada. Cara.
    – ¿Su residencia?
    – Tiene habitaciones en Chesterfield. No conozco su condición puesto que, naturalmente, jamás le he visitado allí.
    – Una elegante parte de la ciudad -dijo Genevieve, aprobatoria-. Hasta ahora, suena muy prometedor.
    – ¿Prometedor? ¿Para qué?
    La expresión inocente de Genevieve era comparable a la de un ángel.
    – Para que te preste la protección necesaria, naturalmente.
    – Una fortuna y ropas de buen corte no resultan suficiente para ello. Es un experto esgrimidor y un gran pugilista, y lo bastante musculoso como para que su presencia resulte amenazadora. Es todo lo que necesito.
    – Naturalmente, estás en lo cierto. Así que pugilista. Supongo que tendrá muchas cicatrices y que le habrán roto algunos huesos en el pasado. Lástima. -Genevieve soltó un suspiro-. ¿Debo entender que es un hombre de escaso atractivo?
    Los dedos de Catherine juguetearon con el cordón de terciopelo de su retícula.
    – Bueno, si he de hacerle justicia, no diría eso.
    – ¿Oh? ¿Y qué dirías entonces?
    «Que esta conversación ha dado un giro de lo más incómodo.» Le vino a la cabeza una imagen del señor Stanton, sentado delante de ella en el carruaje, con sus ojos oscuros firmemente posados en ella y una sonrisa burlona asomando a sus labios. Se aclaró la garganta.
    – Aunque el señor Stanton no sea poseedor de una belleza clásica en ninguno de los sentidos, entiendo que cierta clase de mujer pueda encontrarle… no desagradable.
    – ¿Qué clase de mujer?
    «Toda mujer que viva y respire.» Las palabras brotaron de improviso en su mente, horrorizándola. Cielos, estaba perdiendo los nervios.
    – No sabría decirte -dijo, mucho más envarada de lo que era su intención-. ¿Quizá las miopes?
    Desgraciadamente, Genevieve hizo caso omiso del tono envarado de su respuesta.
    – Oh, querida. Pobre hombre. ¿Y cuál es exactamente el aspecto del señor Stanton?
    – ¿Su aspecto?
    La preocupación veló los ojos de Genevieve.
    – Querida, ¿estás segura de que el golpe que te diste en la cabeza no es más serio de lo que crees? Tu comportamiento es de lo más extraño.
    – Estoy bien. -Soltó un profundo suspiro-. El señor Stanton es… tiene… «Unos atractivos ojos oscuros de los que te obligan a apartar la mirada. Una sonrisa lenta y cautivadora que, por alguna razón enfermiza, hace que el corazón se me acelere simplemente al pensar en ella. Una mandíbula fuerte y esa preciosa boca que parece a la vez firme y deliciosamente suave. Pelo oscuro y sedoso, con algunos mechones cayéndole sobre la frente de un modo que a una le entran deseos de volver a colocar los rizos en su sitio…»
    – ¿Tiene qué, querida?
    La voz de Genevieve sacó a Catherine de su ensueño con un sobresalto. Dios mío, sin duda acababa de perder por completo el norte. Quizá se había golpeado la cabeza más fuerte de lo que creía.
    – Tiene el pelo oscuro, los ojos oscuros y una… ejem… sonrisa bastante agradable. -Su conciencia se resistió al oír de sus labios la tibia descripción de «agradable» de la sonrisa del señor Stanton, aunque apartó a un lado con firmeza su voz interior.
    – Entonces, es un hombre de aspecto bastante común.
    ¿Común? Catherine intentó aplicar la palabra al señor Stanton y su intento resultó espectacularmente fallido. Antes de que pudiera pensar en una respuesta, Genevieve continuó.
    – Bueno, quizá sea mejor así. Está aquí para protegerte. Si te sintieras atraída por él, quizá hasta te plantearas entablar una liaison con él, y eso llevaría a toda clase de complicaciones que podrían distraerle de sus funciones.
    – Puedo asegurarte de que una liaison con el señor Stanton, o con cualquier otro hombre, ahora que lo mencionas, es lo último que tengo en mente.
    Genevieve sonrió.
    – En ese caso, gracias a Dios que no le encuentras ningún atractivo.
    – Sí, gracias a Dios.
    Sin embargo, incluso mientras esas cuatro palabras salían de sus labios, oyó susurrar a su voz interior cuatro palabras por iniciativa propia.
    «Mentirosa, mentirosa, mentirosa, mentirosa.»

Capítulo 6

    Muy pocos son los hombres que se muestran reacios a dar a una mujer lo que ella quiere si es lo suficientemente atrevida como para limitarse simplemente a pedirlo. Además, muchos hombres desdeñan excelentes ideas sólo por haber sido sugeridas por una mujer. Así pues, la forma más expeditiva para que la mujer moderna actual consiga lo que quiere e implemente sus ideas es llevar al caballero en cuestión a creer que la idea fue de él desde un principio.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Andrew apoyó los hombros contra la repisa de mármol blanco de la chimenea del salón e hizo cuanto pudo para no lanzar una mirada airada al tributo floral que dominaba la estancia. Sin duda, no tuvo éxito en su intento (o eso, o quizá Spencer fuera clarividente), porque el chiquillo dijo:
    – Espantoso, ¿verdad?
    Andrew se volvió a mirar a Spencer, quien estaba sentado en un mullido sofá de brocado junto a la chimenea. La atención del chico estaba centrada en el trío de tartaletas de fruta que quedaban en la bandeja de plata y que Milton les había servido con el té.
    – Espantoso -concedió Andrew-. Quienquiera que haya enviado este ramo ha vaciado todas las floristerías de la zona.
    – El duque de Kelby -dijo Spencer, cogiendo una tartaleta cubierta de fresas de la bandeja-. Horrendamente acaudalado, aunque estoy seguro de que las flores proceden de su propio invernadero, y no de ninguna floristería local.
    Maldición. El duque, con esos impertinentes y esa cara de carpa, era un hombre horrendamente acaudalado. Y con su propio condenado invernadero.
    Antes de que Andrew pudiera añadir ningún comentario, Spencer le miró con una expresión de preocupación.
    – ¿Está bien mi madre?
    Una oleada de recelo puso en guardia a Andrew.
    – ¿A qué te refieres?
    – Parecía preocupada. ¿Ha pasado algo en Londres que la haya turbado?
    Demonios. No deseaba mentir al chico, pero no podía olvidar que Catherine le había pedido que no mencionara el disparo.
    – Creo que el viaje de regreso a Little Longstone la ha agotado -dijo con suma cautela.
    El alivio que mostró Spencer era evidente, y Andrew se sintió como un cretino de primer orden por no haber sido sincero con él. Bien sabía Dios que había mentido en innumerables ocasiones a lo largo de su vida sin apenas un parpadeo, pero no le parecía bien no ser sincero del todo con aquel jovencito.
    Estaba ansioso por cambiar de tema y no deseaba tener que decir más mentiras, así que preguntó:
    – Dime, ¿qué clase de hombre es el duque?
    – No sabría decirlo. Pero parece una carpa. Diría que tiene cabida en tu museo con el resto de reliquias. -Spencer se metió la mitad de la tartaleta en la boca con un enorme y entusiasta mordisco ante el que Andrew tuvo que reprimir una sonrisa. Tragó y a continuación añadió-: Pero no es sólo que parezca una carpa. Es que no le importa nada mi madre.
    – ¿Y cómo sabes tú eso?
    Spencer sacudió la cabeza, señalando la monstruosidad floral.
    – Porque le envió esas flores. Mi madre odia esa clase de regalos grandes y ostentosos. Si conociera en algo a mi madre, sabría que ella habría preferido una sola flor.
    Andrew tomó mentalmente nota de esa útil información y, enterrando la culpa que le atenazaba al verse interrogando a Spencer, preguntó:
    – ¿Y qué otras cosas le gustan a tu madre?
    Spencer arrugó la cara, concentrado en la respuesta.
    – Cosas de niñas -dijo por fin.
    – ¿Cosas de mujeres?
    – Sí. Ya me entiende: vestidos, lazos, flores y demás. Pero sencillas. No como eso -añadió, señalando de nuevo el enorme ramo.
    Humm. No estaba siendo de mucha ayuda.
    – ¿Qué más? Supongo que también las joyas.
    Spencer negó con la cabeza.
    – No, o al menos no mucho. No lo creo, porque casi nunca lleva. A mamá le gustan los animales, pasear por el jardín, cuidar de sus flores, tomar las aguas y las fresas. Le encantan las fresas. -Se metió la otra mitad de la tartaleta en la boca y sonrió-. A mí también.
    Andrew sonrió a su vez.
    – Ya somos tres. -Se inclinó hacia la mesa y se sirvió una tartaleta de fresas, de la que dio cuenta con apenas un ápice menos de fruición que Spencer, provocando la risa en el niño.
    – Bueno, me alegro de que el duque no sepa lo que le gusta a mamá -dijo Spencer, cuya expresión recuperó la seriedad-, ni él ni ninguno de los demás caballeros que están intentando ganarse su favor. No los necesita. No los necesitamos. -Paseó la mirada hasta posarla en su pie tullido y se le tensó la mandíbula. Cuando volvió a alzarla, a Andrew se le encogió el corazón ante las mil afrentas que vio impresas en los ojos de Spencer.
    – Ojalá pudiera hacer que se llevaran sus flores, sus invitaciones y sus regalos y que dejaran en paz a mamá -dijo Spencer con un evidente temblor en su apasionada voz-. Ojalá fuera fuerte y supiera pelear. Como usted. Así la dejarían en paz.
    – Yo peleo contra otros caballeros en el cuadrilátero de boxeo -dijo Andrew con suavidad-. No tengo por costumbre ir por ahí dando puñetazos a los duques en la nariz… ni siquiera cuando envían espantosos arreglos florales. «Naturalmente, esa es una política sensible a algunos cambios…»
    Spencer no respondió con la sonrisa que Andrew había esperado de él.
    – Tío Philip dice que también es usted un experto esgrimidor.
    – No soy malo.
    – Tío Philip dijo que le venció, y él es todo un experto. -Antes de que Andrew pudiera dar una respuesta, Spencer prosiguió-: ¿Quién le enseñó a pelear con los puños?
    – Mi padre me dio algunas instrucciones… después de llegar a casa una tarde sangrando por la nariz, con el labio hinchado y los dos ojos morados. Me temo que el resto lo aprendí de la manera menos agradable.
    Spencer se quedó literalmente boquiabierto.
    – ¿Alguien le pegó?
    – «Pegar» es casi un eufemismo si te refieres a la tremenda paliza que recibí.
    – ¿Y quién le hizo una cosa así? ¿Y por qué? ¿No le tenían miedo?
    Andrew se rió.
    – Difícilmente. En aquel entonces sólo tenía nueve años y era más flacucho de lo que puedas imaginar. Volvía a casa después de una exitosa tarde de pesca en el lago cuando dos niños del barrio me atacaron. Tendrían más o menos mi edad, pero no eran ni la mitad de flacos que yo. Después de dejarme los ojos morados, me quitaron la pesca.
    – Apuesto a que ahora no intentarían algo semejante -predijo Spencer.
    – Sin duda les daría mucha más guerra que en aquel entonces -concedió Andrew.
    – ¿Volvieron a hacerlo?
    – Oh, sí. Me esperaban todas las semanas en el mismo sitio, cuando volvía a casa del lago. Cambié de ruta, pero rápidamente se dieron cuenta de la maniobra. Durante varios meses me amargaron la vida. -De pronto le embargó una oleada de recuerdos en los que volvía a sentir la vergüenza de llegar junto a su padre sin el pescado que le habían enviado a pescar. La humillación de verter lágrimas de dolor y de frustración delante de sus torturadores, a pesar de sus denodados esfuerzos por contenerlas. Su padre mirándole con ojos penetrantes, aunque tranquilos, le decía: «¿Cuántas veces más vas a permitir que esos bribones te sacudan y te roben nuestra cena, hijo?». Limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano y conteniendo las lágrimas, respondía. «Ninguna, papá. No van a sacudirme la próxima vez. Vuelve a enseñarme cómo plantarles cara…».
    – ¿Y qué ocurrió entonces?
    Andrew parpadeó y el recuerdo se desvaneció como a merced de una suave brisa.
    – Aprendí a pelear. A protegerme. Y fui yo quien les sacó sangre de la nariz. Sólo tuve que hacerlo una vez.
    Los labios de Spencer se cerraron con fuerza, dibujando una fina línea.
    – Apuesto a que su padre estuvo orgulloso de usted cuando logró reducir a esos rufianes.
    El dolor implícito en esas palabras era evidente, y a Andrew se le encogió el corazón por aquel jovencito cuyas heridas eran obviamente muy profundas y quien, a pesar de contar con todo el amor de su madre, todavía anhelaba el amor y la aceptación de un padre.
    – Mi padre estuvo orgulloso, sí-concedió Andrew con suavidad, negándose a reconocer el nudo de emoción que amenazaba con cerrarle la garganta-. Y muy aliviado al ver que ya no volveríamos a perder nuestra pesca.
    – ¿Por qué no iba su padre con usted al lago para impedir que los niños le acosaran?
    – Bueno, en aquel tiempo, también yo le hacía, a él y a mí mismo, la misma pregunta. Y nunca he olvidado su respuesta. Me dijo: «Hijo, un hombre no deja nunca que otro pelee sus batallas por él. Si otro tiene que luchar por tu orgullo, entonces en nada te pertenece». -Andrew sonrió-. Mi padre era un hombre muy sabio.
    – ¿Era?
    Andrew asintió.
    – Murió cuando cumplí dieciséis años.
    La solemne expresión de Spencer indicó que comprendía la sensación de perder a un padre.
    – ¿Y piensa en él… a menudo?
    Por su tono, era obvio que la pregunta era seria para Spencer, de modo que Andrew lo pensó bien antes de responder.
    – Cuando murió, pensaba en él constantemente. Intentaba no hacerlo, me obligaba a no hacerlo, trabajando más, intentando agotar mi cuerpo y mi mente para no pensar en él, porque cuando lo hacía… dolía. Había sido mi mejor amigo y, durante toda mi vida, lo éramos todo el uno para el otro.
    – ¿Dónde estaba su madre?
    – Murió al darme a luz.
    – Así que su padre y usted estaban solos -murmuró Spencer-. Como mi madre y yo.
    – Sí, supongo que así era. A medida que pasaron los años, el dolor de su muerte fue remitiendo. Un poco como el cuchillo cuya hoja va desafilándose: todavía puede cortar, pero no tanto. Aún pienso en él a diario… pero ahora ya no me duele tanto.
    – ¿Cómo murió?
    Otra imagen destelló en la mente de Andrew, llenándole de un dolor agudo, y se dio cuenta de que no había sido del todo sincero con Spencer al decirle que, con el tiempo, el dolor de la ausencia había remitido.
    – Se ahogó. Una noche, una densa niebla cubrió el lago mientras él estaba en el embarcadero, y se desorientó, cayendo al agua desde el muelle. -La emoción le tensó la garganta-. A pesar de ser un hombre fuerte y enérgico, capaz de hacer mil cosas, no sabía nadar.
    – Lo siento.
    – Yo también.
    La mirada de Spencer volvió a desplazarse hasta su pie tullido y, durante casi un minuto, el único sonido que llenó la estancia fue el tictac del reloj que estaba sobre la repisa de la chimenea. Por fin, levantó los ojos.
    – Qué curioso que la única cosa que su robusto padre no sabía hacer sea precisamente lo único que yo sí sé hacer.
    – Puedes hacer muchas más cosas aparte de nadar, Spencer.
    Este negó con la cabeza.
    – No. No puedo hacer esgrima. Ni pelear. Ni montar a caballo. -En su voz se adivinó una mordacidad amarga y resignada que a Andrew le partió el corazón-. No puedo hacer nada de eso. Por eso mi padre me odiaba.
    Andrew se separó de la repisa y se sentó a su lado. Inclinándose hacia delante, apoyó los codos en sus rodillas separadas y juntó las manos, intentando encontrar las palabras justas. Deseaba refutar la afirmación del chico y asegurarle que su padre le había querido, pero Spencer no era ningún niño, y sin duda demasiado inteligente como para aceptar tópicos tan vacíos como esos.
    Andrew se volvió a mirarle y dijo:
    – Siento que tu relación con tu padre fuera tan distante y que él no viera el maravilloso jovencito que eres. Sin duda él se lo perdió, y fue su decisión… decisión que de ningún modo habla mal de ti.
    La sorpresa y la gratitud chispearon en los ojos de Spencer antes de que la expresión de su rostro se desinflara.
    – Pero no me habría odiado si yo hubiera sido como los demás niños.
    – Aprende entonces de su error, Spencer. El aspecto externo es una pobre medida por la que juzgar a una persona. Sólo porque alguien sea hermoso o porque carezca de imperfecciones físicas eso no significa que posea integridad o un buen carácter. Esas son las cosas por las que habría que juzgar a una persona.
    Spencer apartó la mirada y se tiró de la manga de la chaqueta.
    – Ojalá todo el mundo pensara así, señor Stanton.
    Andrew se detuvo a pensar durante unos segundos, y luego cedió a su inclinación y dio una palmada a Spencer en el hombro en lo que esperaba fuera entendido como un gesto de consuelo.
    – Yo sí. Pero, desgraciadamente, no podemos controlar los actos de los demás. Ni sus palabras. Sólo los nuestros. Y te equivocas, Spencer. Claro que puedes hacer esas cosas. Si realmente lo deseas.
    Spencer se volvió a mirarle con ojos que eran demasiado jóvenes para dar cabida a todo el dolor y el cinismo que colmaba su interior.
    – No, no puedo.
    – ¿Lo has intentado alguna vez?
    Una risa amarga escapó de los labios del chico.
    – No.
    – Mi padre, que, como ya sabemos, era un hombre muy sabio, no dejaba de repetirme: «Hijo, si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre estarás donde estás». -Andrew mantuvo la mirada fija en Spencer-. ¿Es eso lo que quieres? ¿Decir siempre que no puedes hacer las cosas que quieres hacer?
    – Pero ¿cómo puedo hacerlas? ¿Es que no ha visto esto? -preguntó, señalándose el pie con el dedo.
    – Claro que lo he visto. Pero no te ha impedido andar. Ni nadar. Tienes el pie deforme, pero no la mente. No estoy diciendo que aspires a convertirte en el mejor esgrimidor, púgil o jinete de Inglaterra, sino sólo que aspires a ser lo mejor que puedas. Dime, ¿cuál es tu comida favorita? ¿La que más te gusta?
    El chico pareció confundido ante el repentino cambio de tema, pero respondió:
    – Las tortitas recién horneadas con mermelada de fresa que prepara la cocinera.
    – ¿Cómo sabes que son tus favoritas?
    – Porque las he probado… -Su voz se apagó en cuanto la comprensión le iluminó los ojos.
    – Exacto. No habrías descubierto tu comida favorita si no la hubieras probado. Yo no sabría que podía hacer morder el polvo a esos rufianes si no lo hubiera intentado. Si no hubiera querido hacerlo. Si no hubiera tenido la suficiente determinación. Lo único que te impide hacer las cosas que quieres hacer eres tú mismo, Spencer. Pensar que no puedes.
    Una desconsoladora combinación de duda, confusión y esperanza se encendió en sus ojos.
    – ¿Usted cree que puedo?
    – Sé que puedes.
    – ¿Me enseñaría?
    – Sólo tienes que pedírmelo.
    – Pero… ¿ y si fracaso?
    – Sólo puedes fracasar si no lo intentas. Si no das ese primer paso, nunca sabrás hasta dónde puedes llegar. Si al menos haces el intento, ya habrás triunfado.
    – ¿También son de su padre esas sabias palabras?
    – No. Estas son lecciones ganadas a pulso que tuve que aprender por mí mismo. Lecciones que nadie se ofreció a enseñarme.
    – Como usted se está ofreciendo a enseñármelas a mí.
    – Sí.
    Spencer frunció el ceño y volvió a tirarse de la manga, presa de un claro debate interno. Por fin, dijo:
    – A mamá no va a gustarle. Tendrá miedo de que me haga daño. -Una sombra roja le tiñó las mejillas-. Lo cierto es que quizá a mí también me dé un poco de miedo.
    – Iremos muy despacio. En gran medida es una cuestión de equilibrio, y tengo un montón de ideas que pueden ayudarte con eso. Y si, en cualquier momento, quieres poner fin a las lecciones, así lo haremos.
    El chico inspiró hondo y luego irguió la columna. A Andrew se le caldeó el corazón al ver la mezcla de decisión y de vacilante entusiasmo que brilló en sus ojos.
    – ¿Cuándo podemos empezar? -preguntó Spencer-. ¿Mañana?
    – De acuerdo.
    – Será mejor que lo hagamos cuando mamá no esté -dijo el joven, bajando la voz hasta un tono conspirador-. Sugiero que lo hagamos después del desayuno. Es entonces cuando se encierra una hora en sus habitaciones para revisar su correspondencia.
    – Hecho.
    – Después de la lección, le llevaré a las aguas termales. Resultará especialmente saludable ponernos en remojo después del ejercicio.
    Andrew logró esbozar una débil sonrisa.
    – Las aguas termales. Sí, suena fantástico.
    Hizo otra rápida anotación mental: inventar algo que requiriera de su atención inmediata tras su lección con Spencer y así evitar la propuesta de las aguas termales. No tenía la menor intención de acercarse al agua. «De tal palo, tal astilla…»

Capítulo 7

    La mujer moderna actual no debería temer llevar la iniciativa al hacer el amor. Tocar a su amante mientras hacen el amor. A pesar de que en un principio él pueda expresar sorpresa ante un comportamiento tan directo, confía en que tu determinación se saldará con resultados muy satisfactorios.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima

    Catherine llegó a casa tras visitar a Genevieve presa de gran inquietud. Entre su conversación sobre el señor Stanton y el disparo que había recibido, estaba más que turbada.
    Después de entregar a Milton su sombrero y su chal, preguntó:
    – ¿Ha llegado algún mensaje de mi padre?
    – No, señora.
    Demonios. Tuvo que tragarse la decepción antes de preguntar:
    – ¿Dónde está Spencer?
    – Disfruta de su siesta de la tarde.
    – ¿Y el señor Stanton? -Apretó los labios, profundamente contrariada al percibir que el corazón le daba un pequeño vuelco al pronunciar su nombre.
    – La última vez que le he visto se dirigía a su dormitorio, presumiblemente a descansar antes de la cena. ¿Desea que le prepare el té, señora?
    – No, gracias. -Sin duda se sentía aliviada, y no desilusionada, al enterarse de que el señor Stanton no estaba visible-. Hace un tiempo delicioso y, como he tomado el carruaje para visitar a la señora Ralston, creo que me acercaré andando a los establos para ver cómo sigue Fritzborne. -Su mozo de cuadra se había herido la mano arreglando el tejado del establo justo antes de que ella se marchara a Londres-. ¿Cómo está?
    – Vuelve a ser el mismo de siempre, aunque creo que el aire que rodea el establo conserva aún un extraño tinte del colorido lenguaje que soltó cuando se machacó el pulgar con el martillo.
    Catherine sonrió, imaginando demasiado bien la perorata de Fritzborne. Salió de la casa y emprendió el camino cruzando el césped hacia los establos. El sol de última hora de la tarde besaba el cielo, dorando las algodonosas nubes blancas con una sábana de vívidos naranjas y oros. Inspiró hondo el cálido aroma a flores que impregnaba el aire, permitiendo que la paz la colmara de la sensación de tranquilidad que el resplandor amarillo, las multitudes y los olores de Londres siempre le robaban.
    Sin embargo, sintió que la calma que buscaba y que siempre encontraba en aquel paraje la eludía. Obviamente, el disparo seguía perturbando su paz interior. Un poco más de tiempo en casa, rodeada de Spencer y del ambiente familiar y de las cosas que amaba, la ayudarían a recuperar el equilibrio.
    Las enormes y desgastadas puertas de madera del establo estaban abiertas de par en par. Tras cruzar el umbral, se quedó varios segundos de pie en la puerta, parpadeando para adaptar la vista a la penumbra en la que estaba sumido el interior del recinto. El murmullo de una voz grave llegó a sus oídos desde el rincón más alejado, donde Venus tenía su establo, seguido por un suave relincho. En los labios de Catherine se dibujó una suave sonrisa al percibir el familiar sonido de su yegua favorita cuando la cepillaban. Hacia allí se dirigió, anticipando la charla con Fritzborne y un amistoso hocicazo de Venus. Los fuertes aromas del heno fresco, el cuero y el pelo de caballo calentado por el sol llenaban su cabeza, aliviándola de todas sus tensiones.
    Sin embargo, cuando se detuvo delante del establo, se quedó helada. No pudo apartar la mirada de la escena que presenciaban sus ojos.
    No era Fritzborne, sino el señor Stanton quien estaba de pie en el establo, cepillando a Venus con movimientos largos y firmes. El señor Stanton, quien se había quitado la chaqueta y la corbata, que se había arremangado la camisa, revelando unos musculosos antebrazos que se flexionaban de un modo absolutamente fascinante cada vez que pasaba el cepillo por el lomo de Venus. El señor Stanton, vestido con unos pantalones de montar de color crema que se ceñían a sus largas piernas de un modo que a Catherine se le secó la boca.
    El sudor había dibujado una T en la camisa blanca de lino que tensaban sus anchos hombros, descendiendo hasta el centro de su espalda. Tenía el pelo revuelto y los mechones oscuros le caían sobre la frente con cada movimiento. Aunque se le veía total y absolutamente relajado por alguna razón que Catherine no lograba adivinar, la palabra que asomó a su cabeza fue «fascinante».
    Cualquier pizca de serenidad que hubiera logrado recuperar se disipó como el vapor. Se quedó donde estaba, traspuesta, recorriendo con la mirada el cuerpo de Andrew de un modo que tendría que haberla horrorizado -y que, de hecho, la horrorizó-, aunque no lo suficiente como para conminarla a dejar de mirar.
    La visión de esas manos fuertes de dedos largos acariciando a Venus mientras su voz grave murmuraba palabras tranquilizadoras llenó a Catherine de un deseo que la asustó por su intensidad. Tenía que marcharse de allí…
    Andrew levantó los ojos y las miradas de ambos se encontraron. Las manos de él se detuvieron y a Catherine le pareció que sus ojos se oscurecían. Una oleada de calor la invadió al verse presa de su intensa mirada y apenas logró contenerse para no pasarse el dorso de la mano por la frente. ¿Y qué demonios le pasaba a su estómago? Sentía una sensación tan extraña… obviamente había comido algo que no le había sentado bien.
    – Lady Catherine. No sabía que estuviera usted aquí.
    – Yo… acabo de llegar.
    Andrew dejó el cepillo en el suelo y se acercó a ella despacio. Los dedos de los pies de Catherine se encogieron en sus zapatos y tuvo que obligarse a no retroceder y huir así de su presencia, una sensación que la molestó. Bueno, al menos ahora estaba molesta. Sin duda era mejor, y mucho más seguro que… no sentirse molesta.
    – ¿Dónde está Fritzborne? -Dios mío. ¿Había salido de ella esa voz ronca?
    – Ha ido a hacer correr un poco a Afrodita. Nombres muy románticos los de sus caballos.
    – Me gusta la mitología. Milton me ha dicho que estaba usted en su habitación.
    – Y así era, pero sólo el tiempo suficiente para cambiarme de ropa. Necesitaba un poco de aire fresco.
    Una sensación que ella podía entender muy bien, sobre todo porque tenía la impresión de que alguien había dejado los establos sin un ápice de aire.
    Andrew abrió la puerta del establo y sonrió.
    – ¿Desea unirse a nosotros?
    Incluso mientras su cabeza le decía que declinara la oferta de Andrew, los pies de Catherine se movieron hacia delante. Entró en el establo y pasó la mano por el morro satinado de Venus. El caballo relinchó y empujó afectuosamente contra su palma.
    – Es un hermoso animal -dijo el señor Stanton, volviendo a coger el cepillo.
    – Gracias. ¿La ha montado ya?
    – Sí. Espero que no le importe.
    – En absoluto. Le encanta correr.
    El silencio se instaló entre ambos y Catherine le observó mientras él pasaba el cepillo por el brillante lomo castaño de la yegua. Su atención quedó prendida en la resistencia a la tracción de sus brazos y en la forma en que la camisa se tensaba sobre su pecho con cada prolongado movimiento.
    – ¿Cómo le ha ido en su visita a su amiga?
    La mirada de Catherine regresó abruptamente a la de Andrew y experimentó la inquietante sensación de que él era consciente de que le había estado observando.
    – Bien. Y usted ¿qué tal lo ha pasado con Spencer?
    – Maravillosamente bien. Es un jovencito excepcional.
    No había el menor atisbo de falsedad en su voz ni en sus ojos, y parte de la tensión desapareció de los hombros de Catherine. Mientras pasaba los dedos entre la crin castaña de Venus, sonrió a Andrew por encima del lomo del caballo.
    – Gracias. Estoy muy orgullosa de él.
    – Y así debe ser. Es muy inteligente y muestra una notable madurez.
    – Destaca en sus estudios. Su tutor, el señor Winthrop, está en Brighton, visitando a su familia, como suele hacerlo durante un mes todos los veranos. Sin embargo, incluso durante su ausencia, Spencer lee con avidez. En cuanto a su madurez, supongo que en parte responde al hecho de que pase todo su tiempo en compañía de adultos.
    Catherine le miraba al hablar, reparando en que Andrew no desperdiciaba un sólo movimiento y en que, con excepción de la leve capa de sudor que humedecía su piel, no daba muestra alguna de fatiga.
    – Venus suele mostrarse asustadiza con los desconocidos -apuntó-. Sin duda sabe usted manejar a los caballos.
    – Seguramente porque pasé mi juventud trabajando en los establos.
    Catherine parpadeó ante aquella nueva noticia.
    – No lo sabía.
    Él la miró y ella tuvo que apretar las manos para evitar tender el brazo y apartarle el sedoso pelo que, negro como el ébano, le caía sobre la frente. Maldición, no podía ser que fuera tan atractivo. De haber sido ella la que hubiera estado sudada, con la ropa arrugada, despeinada y oliendo a caballo, nadie la habría encontrado en absoluto atractiva.
    – Hay muchas cosas que no sabemos el uno del otro, lady Catherine -dijo Andrew con suavidad.
    Su voz, sus palabras fluyeron sobre ella como la miel templada, colmándola con la inquietante percepción de que él estaba en lo cierto. Y con la percepción aún más inquietante de que deseaba saber más cosas de él. Todo. Ni siquiera se había parado a pensar en cómo habría sido su vida en Norteamérica. Estaba claro que Andrew era de origen humilde si había trabajado en un establo. Aunque eso no era nada que debiera resultarle interesante. Y, obviamente, él tenía familia allí. Amigos. Mujeres…
    Algo que, de nuevo, no debería perturbarla como lo hacía.
    – Abrigo la esperanza de que podamos ponerle remedio a eso y conocernos mejor durante mi estancia aquí -añadió.
    De pronto, Catherine fue presa de la alarmante y turbadora toma de conciencia de que también ella abrigaba la misma esperanza. Adoptando su tono más animado, dijo:
    – Pero si ya nos conocemos mejor, señor Stanton. Hasta la fecha sabemos que tenemos muy poco en común y que tenemos opiniones diametralmente opuestas sobre un buen número de temas.
    En vez de mostrarse ofendido, un extremo de la boca de Andrew se curvó hacia arriba en una clara muestra de humor.
    – Qué visión tan pesimista, lady Catherine. Sin embargo, por mucho que usted prefiera ver la botella medio vacía, yo prefiero verla medio llena. Aunque nuestras preferencias literarias puedan no ser las mismas…
    – Son drásticamente opuestas.
    Andrew inclinó la cabeza en señal de acuerdo.
    – A ambos nos gusta leer. Y estamos de acuerdo en que su hijo es un joven encantador. Y en que Venus es una yegua excepcional.
    – Sí, bueno, estoy segura de que también podemos estar de acuerdo en que el cielo es azul, la hierba, verde, y mi cabello, moreno.
    – De hecho, en este preciso instante, el cielo está salpicado de carmesí y oro, esmeralda sería el color que mejor describiría la hierba, y en cuanto a su cabello…
    Su voz se apagó y su mirada se movió hacia el cabello de Catherine, de pronto consciente del hecho de que había salido de casa sin su sombrero.
    – El delicioso color castaño de su cabello, la riqueza de los intensos dorados y de los sutiles rojos entremezclados entre los mechones no merece conformarse con tan parca descripción. -Despacio, alargó la mano y un acalorado hormigueo de anticipación la recorrió por entero. Los dedos de Andrew le rozaron el pelo justo por encima de la oreja, cortándole el aliento.
    – Excepto esto -dijo, sosteniendo un trozo de heno entre el pulgar y el índice-. Esto sí puede describirse como marrón, aunque debo decirle que creo que muchas mujeres prefieren decorar sus cabellos con lazos.
    Catherine contuvo el aliento y apretó los dientes, fastidiada, aunque no supo decidir si estaba más enojada con él por haberla desconcertado como lo había hecho, con ella misma por habérselo permitido o con él por no parecer en absoluto desconcertado. En fin, estaba claramente molesta con él y tenía dos motivos para estarlo.
    – Y-añadió él-, es evidente que ambos compartimos el amor por los caballos… ¿o no es así?
    – No le negaré que los adoro -respondió Catherine con una mirada maliciosa-. Los caballos nunca discuten con nosotros.
    Él le respondió con una mirada igualmente maliciosa.
    – Cierto. -Rodeó a Venus hasta quedar de pie junto a ella. Catherine inspiró hondo y percibió una agradable esencia de sándalo.
    – Nuestra última conversación parece haber terminado… de forma incómoda -dijo Andrew-, y me siento mal por ello. ¿Podemos firmar una tregua?
    Cielos, Catherine no tenía la menor intención de firmar ninguna tregua. Deseaba recuperar toda la irritación que había sentido hacia él, que era, con mucho, preferible a esa acalorada y casi dolorosa conciencia de su presencia. De su fuerza. De su altura. De sus atractivos ojos. Y de ese aspecto descuidado, con la fuerte y bronceada columna de su cuello visible después de haberse quitado la corbata.
    ¿En qué momento la relación entre ambos había dado ese giro inquietante? Aunque Catherine no lo sabía, deseaba poder volver a recorrer ese camino y evitar el desastroso giro que de algún modo ella había tomado.
    – Recuerdo haberle pedido algo similar -dijo.
    – Sí. Aunque sospeché que en realidad lo que me estaba pidiendo era una rendición total.
    – ¿Y es eso lo que desea usted, señor Stanton? ¿Mi rendición total?
    Algo chispeó en los ojos de Andrew.
    – ¿Me la está ofreciendo, lady Catherine?
    Andrew no se había movido. Aún así, a Catherine le pareció que se había acercado a ella, por lo que dio un involuntario paso hacia atrás. Luego otro. Su espalda golpeó contra la tosca pared de madera.
    – La mujer moderna actual no se rinde, señor Stanton. Si la ocasión lo requiere, puede que llegue a considerar una elegante capitulación.
    – Ya veo. Pero sólo si la ocasión lo requiere.
    – Exactamente.
    – Muy bien. -Dio un paso adelante, deteniéndose a escasos centímetros de ella. La miró desde las alturas con los ojos colmados de algo que ella no alcanzó a descifrar, junto con un velo de inconfundible diversión.
    ¿Diversión? Qué hombre tan irritante. ¿Cómo osaba mostrarse divertido cuando ella estaba tan… poco divertida? Enojada. Y, maldición, sin aliento a causa de su proximidad. Se pegó aún más a la pared, aunque compensó su cobardía levantando un grado la barbilla.
    Andrew tendió la mano, tomando la de ella en la suya, y el aliento de Catherine retrocedió en su garganta al notar el contacto de su piel con la de él. Detectó la aspereza de los callos y reparó en que nunca había sido tocada por unas manos tan… unas manos que no mostraban la suavidad de las de un caballero. Su propia mano parecía pálida, pequeña y frágil contra la bronceada fuerza de la de él, a pesar de que su tacto, aunque fuerte, era de una infinita suavidad. Vio, traspuesta, cómo él se llevaba su mano a los labios.
    – No recuerdo haber visto jamás una capitulación elegante, lady Catherine. Anhelo presenciarla… si se presenta la ocasión. -Las palabras susurraron su mensaje sobre la piel de Catherine, paralizándola con un golpe de calor. Luego, con su mirada en la de ella, Andrew le dio un cálido beso en las yemas de los dedos.
    «Oh, Dios.» La sensación de su boca al entrar en contacto con sus dedos le envió una descarga de placer en estado puro por el brazo. Antes de poder recuperar la respiración, Andrew bajó su mano y la soltó y ella apretó los labios para ocultar su desilusión.
    Su contacto era… delicioso. Suave, aunque con una subterránea intensidad que la hizo sentir como si tuviera la falda del vestido prendida en llamas. Hacía mucho tiempo que un hombre no la tocaba. Aun así, no había sido consciente de que lo echaba tanto de menos hasta ese instante. Y jamás el contacto con ningún hombre había inspirado en ella semejante oleada de calor…
    Se propinó una sacudida mental. Dios mío, debía poner fin a eso. Discretamente, se limpió los dedos en el vestido en un vano intento por borrar de su piel la provocativa sensación de los labios de Andrew.
    – No puedo imaginar que situación semejante pueda llegar a darse, señor Stanton.
    Andrew tuvo el arrojo de sonreír.
    – La esperanza es lo último que se pierde, lady Catherine.
    Bah. Sin duda, lo mejor que Catherine podía hacer era retirarse y desaparecer de su turbadora presencia.
    – Si me disculpa, señor Stanton… -Se volvió y se dirigió hacia la puerta del establo-. Le veré a la hora de la cena.
    En vez de limitarse a dejarla marchar, Andrew alargó la mano y le sostuvo abierta la puerta del establo. Decidida a no dejar que arruinara su perfecta salida, Catherine se deslizó entre la abertura como un barco a toda vela.
    Al instante él estaba caminando a su lado.
    – Ya he terminado de cepillar a Venus y, ya que hay algo de lo que me gustaría hablar con usted, estaría encantado de acompañarla de regreso a casa.
    Catherine se mordió la cara interna de las mejillas. No tenía el menor deseo de discutir nada con ese fastidio de hombre.
    Fastidioso. Al instante, Catherine se iluminó. Sí, era un hombre fastidioso. Irritante. No podía encontrar atractivo a un hombre así. No, por supuesto que no. Quizá debería entablar con él una conversación sobre la Guía y así no olvidar lo irritante y fastidioso que era. Para recordarse lo poco que tenían en común. Porque, al parecer, parecía olvidarlo constantemente.
    Saliendo a paso rápido de los establos, emprendió apresuradamente el camino de regreso a la casa, decidida a poner en práctica su plan de retirada. Andrew no sólo caminó a su lado sin mayor dificultad, sino que parecía simplemente pasear al hacerlo.
    – ¿Llegamos tarde? -preguntó.
    – ¿Tarde?
    – A juzgar por la velocidad de su paso, muy semejante al galope por cierto, me preguntaba si quizá llegábamos tarde a la cena.
    – Me encanta caminar a paso rápido. Es, humm, muy bueno para la salud.
    – Sin duda se siente usted mejor. ¿Le duele el brazo?
    – Sólo un poco. ¿De qué quería hablar conmigo?
    – ¿Cuándo tiene pensado contarle a Spencer lo ocurrido?
    – ¿Por qué lo pregunta?
    – Me ha preguntado esta mañana si algo la había preocupado en Londres. Sin duda algo ha percibido en su comportamiento.
    – ¿Qué le ha dicho?
    – Que el viaje a Little Longstone la había agotado.
    – Lo cual no deja de ser cierto.
    – Sí, pero esa no es la verdad, y no me gusta no ser sincero con él. Quisiera saber cuándo piensa usted decírselo, puesto que no desearía mencionarle el incidente antes de que lo haga usted.
    – Preferiría que no lo mencionara.
    Catherine sintió, e ignoró, el peso de su mirada.
    – No pretenderá decirme que no piensa contarle lo ocurrido.
    – ¿Con qué fin? No haría más que preocuparle inútilmente.
    – Pero ¿y si se entera por boca de alguien más? Su padre. O por Philip, a quien sin duda su padre ya habrá informado. O por Meredith.
    Maldición, no le faltaba razón, y encima sobre algo que no era asunto suyo, lo que no hizo sino fastidiarla aún más.
    – Reconozco que la noticia debería llegarle de mí… en caso de que decida comunicársela. Así pues, escribiré a mi padre y a Philip y les pediré que no mencionen el incidente.
    – Comprendo del todo su preocupación por su hijo, un sentimiento sin duda admirable. Aun así, ¿no cree que Spencer preferiría la verdad… sobre todo puesto que puede tranquilizarle diciéndole que se recuperará del todo? Creo que no se merece menos. Un joven a las puertas de la hombría no suele ver con buenos ojos que lo traten a como un niño.
    – ¿Cuándo se convirtió usted en un experto en niños, señor Stanton? ¿Y en mi hijo en particular?
    – De hecho, no sé nada de niños, salvo que yo lo fui en su día.
    – ¿Así que considera que es la voz de la experiencia la que habla?
    – Sí, de hecho así es. A nadie le gusta que le mientan.
    Catherine se detuvo en seco, giró sobre sus talones para encararse con él y le dedicó su mirada más glacial.
    – Por muy agradecida que le esté por su consejo no requerido, realmente estoy convencida de que sé perfectamente cómo manejar esta situación. Spencer es mi hijo, señor Stanton. Usted apenas le conoce. Le he criado sola, y sin interferencia alguna, desde el día en que nació. Si decido contarle a Spencer lo ocurrido, lo haré a mi manera, cuando disfrutemos de un momento de calma juntos para así minimizar su preocupación.
    Andrew guardó silencio durante varios segundos. Se quedó ahí de pie con la brisa despeinándole y la mirada clavada en ella de un modo que hizo que Catherine deseara retorcerse y quizá reconsiderar su comportamiento, aunque temió que no saldría demasiado bien parada si la sometía a un intenso escrutinio. Después de todo, ¿acaso no había estado viviendo una mentira durante los últimos meses en relación a la Guía femenina? Y cada vez era en mayor medida consciente de que había algo en ese hombre que afectaba su comportamiento de un modo que ella no alcanzaba a comprender. Y de que no estaba segura de que eso le gustara.
    Por fin, Andrew inclinó la cabeza.
    – Spencer ya estaba preocupado por usted. Y me molestó tener que evitar la cuestión con él. Recuerdo perfectamente lo difícil que me resultaban las cosas cuando tenía su edad. Spencer ya no es un niño, aunque tampoco se ha convertido en un adulto. A su edad, yo sabía que era más capaz de lo que creían los demás, y creo que eso es lo que le ocurre a Spencer. Sin embargo, le presento mis disculpas. No ha sido mi intención ofenderla.
    – ¿Es cierto eso? ¿Supongo entonces que le parece un cumplido que le llamen mentiroso? -Catherine apartó a un lado su voz interior, que en ese momento le murmuraba «eres una mentirosa».
    – No era mi intención referirme a usted en esos términos.
    – ¿Cuál era entonces su intención?
    – Simplemente animarla a que le contara lo ocurrido. Con la mayor prontitud.
    – Muy bien, señor Stanton. Considéreme informada. -Arqueó entonces las cejas-. Y ahora, ¿hay algo más de lo que crea que debemos hablar?
    Andrew soltó un suspiro y se pasó una mano por el pelo en un gesto de evidente frustración. Bien. ¿Por qué demonios tenía que ser ella la única desconcertada?
    – Sólo que no estoy seguro de por qué otra conversación se ha convertido de nuevo en una discusión.
    – No veo en ello ningún misterio, señor Stanton. Se debe a que es usted testarudo, irritante y sin duda molesto.
    – Una afirmación comparable a oír al lago llamar «mojado» al océano, lady Catherine.
    Catherine abrió la boca para responder, pero él le puso el dedo índice sobre los labios, cortándole de cuajo las palabras.
    – Sin embargo -añadió Andrew con suavidad al tiempo que el calor de su dedo calentaba ya los labios de ella-, además de encontrarla testaruda, irritante y absolutamente molesta, es usted una mujer inteligente, hermosa y una maravillosa madre, por no mencionar la deliciosa compañía que encuentro en usted… al menos la mayor parte del tiempo.
    Su dedo se apartó despacio de la boca de Catherine, que apretó los labios para evitar humedecerlos involuntariamente.
    – Hasta la hora de la cena, lady Catherine. -Ofreciéndole una formal inclinación de cabeza, Andrew giró sobre sus talones y caminó hacia la casa, dejándola con la mirada fija en él, literalmente sin palabras.
    En los labios de Catherine todavía hormigueaba la suave presión del dedo de Andrew, y, ahora que él no podía verla, sacó apenas la punta de la lengua para saborear el punto de calor.
    Se sentía ultrajada. Absolutamente. ¿Quién era él para decirle cómo tratar a su hijo? ¿O para sugerir que la encontraba tan testaruda, irritante y absolutamente molesta como ella a él? ¿Y luego dar un giro en redondo y atreverse a llamarla inteligente, hermosa, madre maravillosa y deliciosa compañía… al menos la mayor parte del tiempo? Sin duda, era un canalla de primer orden. Un canalla que…
    «Me considera hermosa.»
    Un escalofrío de placer completamente inaceptable le bajó por la columna, y Catherine soltó esa clase de suspiro prolongado y femenino que creía haber dejado atrás para siempre. Levantó la mano para protegerse los ojos contra los últimos resquicios del sol poniente y clavó la mirada en el trasero en retirada de Andrew.
    Y, maldición, qué trasero tan atractivo…
    Lo vio subir los escalones de piedra que llevaban a la terraza y, cuando desapareció por los ventanales que conducían a la casa, Catherine despertó de su boquiabierto estupor y le siguió dentro a paso ligero. Sentía una imperiosa necesidad del efecto restaurador de una buena taza de té. Sin duda serían necesarias dos tazas de té para recomponer el revuelo que ahora revelaba su aspecto. Tres no escapaban al reino de la posibilidad.

Capítulo 8

    La mujer moderna actual debe actuar ante la atracción que siente hacia un hombre. Aun así, debería reconocer que es posible ser directa y discreta a la vez. Un roce «accidental» con el cuerpo de él, un susurro que sólo él debe oír, sin duda captarán al detalle su atención.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima

    – Te toca, mamá.
    Catherine alzó repentinamente el mentón y sus ojos se encontraron con la mirada de su hijo, sentado delante de ella a la mesa del comedor. Cielos, cuánto tiempo llevaba sumida en sus propias cavilaciones, con la mirada clavada en el plato de guisantes y rodaballo escalfado.
    Parpadeó en un intento por deshacerse de la preocupación que la embargaba y forzó una sonrisa.
    – ¿Me toca?
    – Contar una historia de las de «ojalá no hubiera hecho eso». -La sonrisa de Spencer se ensanchó-. Cuéntale al señor Stanton la historia de cuando te quedaste colgada del árbol.
    A pesar de sus esfuerzos por seguir concentrada en Spencer, la errante mirada de Catherine fue a posarse en el señor Stanton. ¿Por qué no podía dejar de mirar a aquel hombre? Durante toda la cena había estado mirándole a hurtadillas entre las pestañas, incapaz de olvidar la conversación que había tenido sobre él con Genevieve. En vano había estado esperando toda la tarde a que llegara una nota de su padre en la que le comunicara que el culpable había sido apresado, aliviándola así del miedo a seguir expuesta al peligro. En cuanto eso ocurriera, no habría ya necesidad de que el señor Stanton siguiera en Little Longstone. Su presencia, cada vez más turbadora, podría regresar a Londres y poner así punto y final a esa indeseada… lo que fuera. Sí, en cuanto él se marchara de su casa, Catherine lo olvidaría.
    Mientras tanto, resultaba condenadamente difícil contemplar la posibilidad de olvidarlo cuando lo tenía sentado a menos de un par de metros de distancia, corpulento y masculino e increíblemente atractivo con su chaqueta marrón Devonshire y la camisa blanca inmaculada. Los ojos oscuros de Andrew la estudiaban con una llamativa combinación de calor, interés, diversión y algo más que ella no alcanzaba a definir. No obstante, y fuera lo que fuese aquel algo más, le producía un calor que se extendía hasta los dedos de los pies.
    En el rostro de Andrew se arqueó una ceja oscura.
    – ¿Colgada de un árbol? -repitió-. Acaba de despertar mi curiosidad, lady Catherine. Por favor, debe compartir con nosotros esa historia. ¿Cómo tuvo lugar tan infortunado incidente?
    – Estaba rescatando a un gatito.
    – No irá a decirme que subió a un árbol para eso.
    – Muy bien. Pues no se lo diré. Sin embargo, si no lo hago, resultará muy difícil continuar con la historia.
    No había duda de la sinceridad en la sorpresa que reflejaba el rostro de Andrew. Aun así, en vez de sentirse avergonzada por su expresión de absoluta perplejidad, Catherine apenas pudo reprimir una carcajada de deleite al darse cuenta de que había logrado conmocionarle.
    – En ese caso, dígame lo que deba para continuar.
    Catherine inclinó la cabeza en señal de consentimiento.
    – Hace unos años, Fritzborne trajo a casa una gata que había encontrado deambulando por el bosque. En un período de tiempo notablemente breve nos habíamos convertido en los orgullosos propietarios de una camada de gatitos. Aunque eran adorables, se trataba de los animalillos más traviesos que han visto jamás la luz del día. La gatita a la que llamamos Angélica era la más malvada del grupo. Un día, cuando Spencer y yo volvíamos de tomar las aguas, oímos un lastimero sonido. Levantamos la vista y vimos a Angélica colgando de la rama alta de un olmo. Necesitaba que alguien la rescatara, así que fui yo quien se encargó de hacerlo. -Se aclaró la garganta y pinchó un guisante con el tenedor-. Fin de la historia.
    – Pero, mamá, no has contado la mejor parte -protestó Spencer-. Cuando te quedaste colgada del árbol. -Con los ojos iluminados de pura animación, se volvió a mirar al señor Stanton-. A mamá se le enredó el vestido entre las ramas. Al ver que no podía liberarse por sí sola, tuve que ir a los establos a buscar a Fritzborne. Volvimos al árbol con una cuerda gruesa y una cesta. Fritzborne lanzó la cuerda a mamá, enganchó la cesta y luego, con cierto toque de ingenio, bajamos a Angélica en la cesta.
    – Dejando a tu madre todavía colgada del árbol -dijo el señor Stanton.
    – Sí -intervino Catherine con un suspiro exagerado-. Mientras la cobarde gatita se alejaba tranquilamente como si nada hubiera ocurrido.
    – ¿Y cómo bajó?
    – Fritzborne regresó a la casa a buscar unas tijeras, que me mandó en la cesta -dijo Catherine-. Naturalmente, Milton, Cook y Timothy, el mozo de cuadras, regresaron con él. Mientras yo seguía sobre el árbol, dando tijeretazos para lograr soltar el vestido de la rama, el grupo seguía abajo, discutiendo la mejor forma de bajarme. Spencer, bendito sea, dio con la mejor solución. Até la cuerda a la rama sobre la que estaba sentada y luego simplemente me deslicé por ella hasta el suelo. Fin.
    Spencer le dedicó una mirada sufrida.
    – ¿Mamá…?
    Catherine le miró y arrugó la nariz.
    – Oh, muy bien. Estaba tan orgullosa de mí misma por haber logrado deslizarme por la cuerda que decidí soltarme cuando todavía estaba a un par de metros del suelo y regalar a mi público una elegante reverencia. Desgraciadamente, aterricé sobre un resbaladizo trozo de barro. Levanté los pies y mi trasero fue a dar al suelo. -Dedicó a ambos una sonrisa triste-. Afortunadamente, el barro estaba muy blando, como lo eran también mis enaguas, y nada, salvo mi orgullo, resultó herido. Sin embargo, ni la más avezada imaginación podría calificar de digno lo sucedido. Y mi vestido quedó totalmente destrozado. Sin duda, un episodio al que calificar de «no debería haber hecho eso».
    Dio un sorbo a su copa de vino y dijo:
    – En cuanto logré tranquilizarlos a todos y les aseguré que no había sufrido ningún daño, se echaron a reír de mi aspecto espantosamente desaliñado.
    – Tendría que haberla visto, señor Stanton -dijo Spencer con los ojos colmados de buen humor-. El pelo lleno de hojas, la nariz sucia, el vestido manchado de barro y hecho jirones.
    – Aun así, no me cabe duda de que estaría usted encantadora -dijo el señor Stanton.
    Un bufido impropio de una dama escapó de los labios de Catherine, incluso a pesar de que el cumplido de Andrew provocó en ella una oleada de calor que la recorrió por entero.
    – Me temo que mi aspecto era exactamente lo contrario a «encantador». Sin embargo, algo bueno resultó de tamaño desastre, puesto que fue ese día cuando nació la tradición del «no debería haber hecho eso». Desde entonces, Spencer y yo a menudo nos contamos esa clase de historias en un intento por evitarle al otro la vergüenza. -Lanzó a Spencer un fingido ceño de enojo y agitó el dedo hacia él-. Aprende de mi estupidez, hijo.
    Spencer adoptó una expresión igualmente seria.
    – No temas. Si alguna vez me veo en la necesidad de bajar de un árbol deslizándome por una cuerda, me aseguraré de no aterrizar sobre un resbaladizo agujero lleno de barro.
    Catherine dedicó al señor Stanton una sonrisa conspiradora.
    – ¿Ve usted el maravilloso resultado que da?
    – Estoy profundamente impresionado -dijo el señor Stanton. La sonrisa que le devolvió estaba colmada de una calidez que de pronto dejó casi sin aliento a Catherine-. Salvo por su vestido, un final totalmente feliz. ¿Qué fue de Angélica?
    – Oh, sigue aquí, deambulando por la propiedad y por los establos junto a varios de sus hermanos y algunos hijos propios.
    – Un impresionante relato sobre el valor, lady Catherine -dijo el señor Stanton-. Aunque lo que me sorprende es que se le ocurriera subir al árbol.
    – Oh, mamá solía trepar a los árboles continuamente cuando tenía mi edad -dijo Spencer con una nota de orgullo en la voz.
    La mirada del señor Stanton no se apartó ni un segundo de la de ella.
    – ¿Es cierto eso? Su hermano no me lo había dicho, lady Catherine.
    – Seguramente porque mi hermano desconoce mi predilección juvenil por trepar a los árboles. -Se le escapó una carcajada que fue incapaz de contener-. Aunque debería, teniendo en cuenta que fue víctima de… pero nunca llegó a resolver ese misterio en particular.
    Un inconfundible interés iluminó los ojos de Andrew.
    – ¿A qué se refiere? ¿A algo que Philip desconoce? Debe contármelo.
    Catherine adoptó su expresión más remilgada.
    – Mis labios están sellados.
    – No es justo, mamá -declaró Spencer-. Ya que lo has mencionado, tienes que contarlo.
    El señor Stanton arqueó las cejas y miró a Spencer.
    – ¿No sabes de lo que está hablando?
    – No tengo la menor idea. Pero, a menos que quiera vernos morir de curiosidad, nos lo contará.
    Catherine se dio unos golpecitos en los labios con las yemas de los dedos.
    – Supongo que no puedo tener ese peso sobre mi conciencia. Pero debéis prometerme no contárselo jamás a nadie.
    – Prometido -dijeron Spencer y el señor Stanton obedientemente.
    – Muy bien. Cuando yo tenía la edad de Spencer, de noche trepaba al árbol que estaba junto a la habitación de Philip y le lanzaba piedrecitas a la ventana.
    – ¿Por qué lo hacías? -preguntó Spencer con los ojos como platos.
    – Era mi hermano mayor, cariño. Era mi responsabilidad fastidiarle. Estaba convencido de que el ruido provenía de algún espantoso pájaro que picoteaba contra su ventana. Abría los ventanales y salía hecho una furia al balcón, agitando los brazos y soltando los peores exabruptos, prometiendo toda clase de venganzas en cuanto atrapara al pájaro culpable.
    – Eso es horrible, mamá -dijo Spencer, aunque abortando su reprimenda con una carcajada.
    – ¿Y Philip nunca llegó a saber que era usted y no un pájaro? -preguntó el señor Stanton, evidentemente divertido.
    – Nunca. De hecho, no se lo había contado a nadie hasta ahora.
    – Es un honor para mí ser merecedor de su confianza -anunció Andrew riéndose por lo bajo-. Aunque realmente me encantaría contarle a Philip que sé algo que él desconoce. -Ante el ceño de Catherine, levantó las manos en un gesto de fingida rendición-. Pero mantengo mi promesa de no decir nada. Soy un hombre de palabra.
    – ¿Y cuándo dejaste de tirarle las piedrecitas, mamá? ¿Acaso el abuelo te descubrió?
    – Cielos, no. Tu abuelo se habría quedado de piedra de haber sabido que se me había ocurrido subirme a un árbol. Había atado una cestita a una de las ramas del árbol, y en ella guardaba mi arsenal de piedrecitas. Una noche, metí la mano en la cesta y descubrí horrorizada que estaba infestada de gusanos. -Un escalofrío la recorrió al recordarlo-. No me gustan los gusanos. Ese episodio realmente curó de inmediato mis tendencias a trepar al árbol.
    – Y le dio una buena lección -dijo el señor Stanton con una sonrisa burlona.
    – Sí -concedió Catherine entre risas-. Temo haber sido merecedora del apodo de «Imp» que Philip me otorgó. Seguro que le ha contado lo malvada que yo era de pequeña.
    – Oh, ya lo creo. -Poco a poco la expresión divertida fue abandonando el rostro del señor Stanton-. Pero también me ha dicho que era un joven extraño, torpe, serio y rechoncho, cuya timidez logró usted curar enseñándole a reír y a sonreír. A sacar tiempo para divertirse. Que su exuberancia, lealtad y amor lo salvaron de la que de otro modo hubiera resultado una infancia muy solitaria.
    Un repentino respingo fruto de la emoción cogió a Catherine por sorpresa, inflamándole la garganta, mientras por su mente pasaban entre parpadeos imágenes de Philip y ella durante la infancia de ambos. Tragó saliva para encontrar su propia voz.
    – Sus compañeros a menudo lo trataban de forma desagradable, algo que jamás dejó de enfurecerme. Sólo pretendía verle tan feliz como ellos lo entristecían. Philip era, y sigue siendo, el mejor de los hermanos. Y de los hombres.
    – Estoy de acuerdo -dijo el señor Stanton-. De hecho, lady Catherine, no me sorprendería que Philip sospechara que era usted la que estaba delante de su ventana después de haber trepado al árbol. Eso explicaría que hubiera descubierto su pequeña cesta de piedrecitas. ¿Debo suponer que él era plenamente conocedor de la aversión que sentía usted hacia los gusanos?
    Catherine parpadeó, anonadada, y a continuación sacudió la cabeza y se rió por lo bajo al considerar su propia estupidez.
    – Sí, lo era. Recordaré preguntarle por el incidente la próxima vez que le vea. Qué demonios. Como ninguno de ustedes, caballeros, tiene hermanos, no espero que puedan llegar a apreciar del todo la necesidad que tienen los hermanos y hermanas de irritarse mutuamente. Aunque lo cierto es que tanto él como yo sólo pretendíamos divertirnos.
    – Mamá todavía hace alguna que otra travesura, ¿sabe usted? -anunció Spencer.
    El señor Stanton pareció inmediatamente interesado.
    – ¿Ah, sí? ¿Como cuál?
    – Baja la escalera deslizándose por la barandilla.
    Unos ojos oscuros preñados de diversión la juzgaron.
    – Demonios, lady Catherine, ¿es cierta esta sorprendente afirmación?
    – Es sólo que a veces tengo demasiada prisa como para bajar andando las escaleras -dijo lo más recatadamente que le fue posible.
    – Y a veces me despierta después de que Cook se haya acostado para que bajemos los dos a las cocinas a buscar un buen tentempié.
    – Spencer está en pleno crecimiento e indudablemente requiere una alimentación abundante -dijo Catherine con actitud aún más recatada, a pesar de que el efecto quedó desvirtuado cuando sintió que se le crispaban los labios.
    – Canta canciones con letras subidas de tono mientras trabaja en el jardín.
    – ¡Spencer! -A Catherine se le encendió el rostro. Dios mío, nunca se había dado cuenta de que él la había oído-. Estoy segura de que, ejem, has entendido mal las letras.
    – Ni por asomo. Sueles cantar a viva voz. Y desafinas. -Spencer sonrió al señor Stanton-. Mamá tiene un oído imposible.
    – ¿Sería tan amable de deleitarnos con una selección, lady Catherine? -se burló el señor Stanton.
    Una burbuja de risa horrorizada escapó de labios de Catherine, quien enseguida tosió para disimularla.
    – Quizá en otro momento. Y ahora que todos saben mucho más sobre mí de lo que debieran, le toca a usted, señor Stanton, compartir con nosotros una historia de «no debería haber hecho eso».
    Andrew se recostó contra el respaldo de la silla y se golpeó la barbilla con los dedos. Tras varios segundos de consideración, dijo:
    – El día que llegué a Egipto, después de estar a bordo de un barco durante semanas, sólo deseaba dos cosas: un plato de comida caliente y decente y un baño caliente y decente. Después de comer, di con una casa de baños en las afueras de El Cairo. Salí de allí, sintiéndome bien alimentado y limpio. No tardé en descubrir que, sin darme cuenta, me había metido en una zona famosa por ser el refugio de ladrones y asesinos. Afortunadamente, logré salir de allí con vida. Desgraciadamente, me robaron antes de lograr escapar.
    – ¿Por qué no venció al canalla con los puños? -preguntó Spencer con ojos como platos.
    – Canallas. Eran cuatro. Y teniendo en cuenta que todos llevaban cuchillos y pistolas, me temo que no habría salido de la pelea muy bien parado.
    – ¿Qué le robaron?
    – El dinero. Y mi… ropa.
    Spencer se quedó boquiabierto.
    – ¡No es posible! ¿Toda la ropa?
    – Toda. Hasta las botas, algo que me irritó enormemente, pues eran mis favoritas.
    – Entonces, ¿se quedó…? -A Spencer se le apagó la voz en una clara muestra de incredulidad.
    – Desnudo como el día en que nací -confirmó el señor Stanton.
    – ¿Qué hizo?
    – Durante breves instantes, a punto estuve de plantarles cara para que me devolvieran la ropa, aunque finalmente decidí que mi vida valía más que el riesgo al que me enfrentaba. Afortunadamente, parecían no tener intención de terminar conmigo. Lo cierto es que creo que les divirtió mucho dejarme para que encontrara el camino a casa a plena luz del día, desnudo como un bebé.
    Una oleada de calor recorrió a Catherine al tiempo que se le secaba la garganta al pensar en el señor Stanton recién bañado y de pie en una columna de luz dorada. Desnudo.
    Al instante recordó el capítulo de la Guía dedicado a instruir a la mujer moderna actual no sólo sobre la gran cantidad de cosas que podía hacerle a un hombre desnudo, sino también las que podía hacer con él. El recuerdo no ayudó a enfriar el infierno que parecía haberla engullido.
    – ¿Alguien le vio? -preguntó Spencer con los ojos llenos de curiosidad. Catherine rezó para no mostrar una expresión de similar arrobamiento y apenas logró contener las ganas de abanicarse con la servilleta de lino.
    – Oh, sí, pero eché a correr lo más deprisa que pude. Finalmente logré robar una sábana de la colada de alguien, lo que me devolvió un mínimo de mi dignidad perdida. No es uno de mis períodos más estelares, sin duda, y, aunque ahora puedo reírme de ello, en aquel momento no resultó en absoluto divertido. Sí, deambular por El Cairo sólo fue uno de mí muchos momentos de «no debería haber hecho eso». -Sonrió de oreja a oreja-. ¿Les gustaría que les contara otro?
    – ¡Sí! -dijo Spencer.
    – ¡No! -exclamó Catherine al mismo tiempo. El señor Stanton desnudo, deambulando con una sábana, víctima de un robo a manos de unos rufianes armados, desnudo… Sólo Dios sabía qué más habría hecho, y Catherine estaba segura de que no quería saberlo. Sí, totalmente segura.
    Una sonrisa nerviosa escapó de sus labios y se levantó, poniendo así fin a la comida.
    – Quizá en otra ocasión. Por ahora, sugiero que nos retiremos al salón. ¿Juega usted a las cartas, señor Stanton? ¿Al ajedrez? ¿Al backgammon?
    – Me encantan los tres, lady Catherine. ¿Qué prefiere usted?
    «Verle desnudo.» Catherine apenas pudo reprimir el chillido de horror que le subió por la garganta. Dios santo, ¿de dónde procedía esa ridícula idea? Por supuesto que no deseaba verle desnudo. Lo absurdo e inapropiado de la idea era sin duda consecuencia de la absurda e inapropiada historia relatada por el señor Stanton. «Sí, eso era.»
    Catherine irguió los hombros y dijo:
    – ¿Por qué Spencer y usted no juegan mientras yo disfruto de mi labor de costura junto al fuego?
    – Muy bien. -Andrew se volvió hacia Spencer-. ¿Backgammon?
    – Es mi preferido -dijo Spencer.
    Catherine abrió el camino hacia el salón y se felicitó mentalmente por su excelente plan. Ahora tendría su labor de costura en la que concentrarse en vez de tener que hacerlo en el inquietante atractivo de su invitado.
    Una hora más tarde, sin embargo, se dio cuenta de que, después de todo, su plan no era tan excelente como había pensado. Resultaba prácticamente imposible centrar su atención en el intrincado diseño floral de su odiada labor de costura mientras su mirada se desviaba continuamente y de un modo absolutamente molesto, cruzando el salón hacia los ventanales, donde estaban sentados el señor Stanton y Spencer con el tablero de backgammon sobre una mesa de madera de cerezo situada entre ambos. Maldición, ¿cuándo había empezado a perder el control sobre sus propias pupilas? Incluso cuando lograba fijar la mirada en su costura, poco era lo que avanzaba, pues todo su ser estaba concentrado en intentar captar retazos de la conversación de los dos hombres, conversación que sin duda hacía las delicias de Spencer.
    El profundo rugido de la risa del señor Stanton se mezcló con las carcajadas de Spencer y, por enésima vez, las manos de Catherine se detuvieron y miró a la pareja de jugadores por debajo de sus pestañas. La boca de Spencer dibujaba una sonrisa infantil de oreja a oreja. De él emanaba el más puro deleite, y el hecho de que en sus ojos no se adivinara el menor rastro de sombra le estrujó el corazón con una oleada del más puro amor maternal.
    Spencer volvió a reírse y Catherine dejó de fingir la atención que era incapaz de prestar a su labor. Dejando la costura a un lado, se recostó contra el blando brocado de su sillón de orejas y observó abiertamente a su hijo. Le encantaba verle reír y sonreír, algo que él hacía, según su opinión, en raras ocasiones. Durante el último año, Spencer se había aficionado a dar paseos en solitario, deambulando por los jardines de la casa y los senderos que llevaban a las aguas termales. Mientras él disfrutaba de la libertad que le proporcionaban los vastos terrenos de la propiedad, a ella le preocupaba verle pasar tanto tiempo solo, sumido en una triste reflexión. Ella le daba la intimidad que él necesitaba, pero se aseguraba de que pasaran a diario tiempo juntos: leyendo, hablando, compartiendo historias, comiendo sus platos favoritos, disfrutando de los jardines y de la compañía del otro.
    Ahora, sentado delante del señor Stanton, Spencer parecía feliz, despreocupado y relajado como ella había presenciado tan sólo en contadas ocasiones cuando el joven estaba en compañía de alguien que no formaba parte de su círculo más íntimo y familiar. Normalmente Spencer era receloso y tímido con los desconocidos. Temía que se burlaran de él o que compadecieran su minusvalía. Pero no albergaba ninguno de esos sentimientos hacia el señor Stanton.
    La mirada de Catherine se desvió hasta posarse en el hombre que había invadido su pensamiento demasiado a menudo desde la noche anterior. Andrew tenía la barbilla apoyada en la palma de la mano mientras estudiaba el tablero de backgammon al tiempo que Spencer se desternillaba de risa, una risa fingidamente diabólica, prediciendo su derrota. De pronto Catherine se sorprendió ante lo cálida y doméstica que era la escena que tenía ante sus ojos -y no sólo la escena, sino la noche entera-, y un penetrante anhelo la embargó hasta lo más profundo de su ser.
    ¿Cuántas veces en el curso de su matrimonio había deseado inútilmente experimentar una plácida escena hogareña como esa? ¿Cuántas horas había desperdiciado estúpidamente inventando escenas en su cabeza en las que Bertrand, Spencer y ella disfrutaban de una comida tras la cual padre e hijo se reían, inclinados ambos sobre algún juego de mesa mientras ella les observaba, encandilada? Más de las que era capaz de recordar.
    El hecho de que esa vívida y anhelada imagen que tanto había atesorado se hubiera hecho realidad ante sus ojos, teniendo como protagonista al señor Stanton, la colmó de una dolorosa sensación a la que no logró poner nombre. Él nunca había figurado en el cuadro que ella había imaginado. Sin embargo, aunque su presencia debería resultar absolutamente inadecuada, a ojos de Catherine resultaba turbadoramente apropiada.
    Se dio un remezón mental. Dios santo, hacía tiempo que debería haber dejado de esperar y desear una escena doméstica de ese calibre. Spencer y ella no necesitaban a nadie más en sus vidas. Aun así, viendo la expresión de júbilo de su hijo y la animación con la que hablaba con el señor Stanton, sintió un escalofrío de gratitud con su invitado por la amabilidad que demostraba con su hijo. A pesar de que el señor Stanton era poseedor de muchas cualidades que le resultaban molestas, sin duda Spencer disfrutaba de su compañía.
    En ese instante, el señor Stanton se volvió y las miradas de ambos se encontraron. Una oleada de calor la inundó, provocándole calambres en el estómago; los dedos de los pies se le encogieron en un acto reflejo dentro de las zapatillas de satén. ¿Cómo lograba aquel hombre desconcertarla tanto con una simple mirada? ¿Cómo podía ser que su presencia en su casa la reconfortara y la agitara a la vez? ¿Y por qué, oh, por qué, estaba tan pendiente de él?
    Los labios del señor Stanton se curvaron hacia arriba, esbozando una lenta sonrisa, y a continuación volvió a concentrarse en el tablero de backgammon. Catherine apretó los labios, horrorizada al descubrir que habían estado ligeramente despegados mientras tenía los ojos clavados en él. Con ceñuda determinación, volvió a coger la labor y clavó la aguja en el tejido.
    – Es un hombre fastidioso, presuntuoso y tampoco es tan atractivo, para qué engañarnos -masculló entre dientes-. Sin duda he conocido a docenas de hombres mucho más guapos.
    «Quizá. Pero ninguno de ellos te hacía flaquear las piernas como este», se mofó de ella su voz interior.
    Apretó aún más los labios. Demonios. Si tenía las piernas débiles, era simplemente debido al agotamiento. Había pasado por una prueba agotadora. No era más que el cansancio jugando con su cuerpo y con sus emociones. Después de una noche de sueño reparador, todo volvería a su sitio.
    Irguiendo la espalda, volvió a traspasar el lino del bordado con la aguja. Muy bien, el hombre le resultaba atractivo, aunque sólo un poco, y en un plano estrictamente físico. Así pues, su mejor recurso era evitarle en lo posible, todo un reto, teniendo en cuenta que el único propósito de la presencia del señor Stanton en la casa era el de protegerla en caso de que fuera necesario. Aunque nada decía que tuvieran que estar en la misma habitación. E, incluso aunque se encontrara en la misma estancia que él, nada la obligaba a hablar con él. Ni a estar cerca de él. Podía simplemente ignorarlo.
    Sintió una oleada de alivio. Evitarlo e ignorarlo sería su estrategia, dos tareas sin duda fáciles de conseguir.
    Su voz interior canturreó algo que sonó sospechosamente a «que te crees tú eso», pero, con una gran dosis de esfuerzo, Catherine se las apañó para hacer caso omiso de ella.

Capítulo 9

    Si la mujer moderna actual desea que su caballero exprese más pasión, debería explicarle abiertamente que, si bien un beso en la mano puede emplearse para demostrar una ferviente estima, no es el método más efectivo, pues puede también simbolizar tan sólo una muestra de sentimiento fraternal. Sin embargo, resulta casi imposible malinterpretar el significado que encierra un beso en los labios. O en la nuca. O en la columna…

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima

    Tras una noche agitada, que atribuyó, convencida, a sus preocupaciones fruto del disparo, Catherine puso en marcha de inmediato su estrategia de «evita e ignora» tomando un desayuno temprano y solitario en su habitación. Sabía que Spencer no se levantaría tan temprano y no tenía la menor intención de arriesgarse a enfrentarse a un cálido desayuno con el señor Stanton como única compañía. Después del desayuno, ocupó el resto de la mañana sentada a su escritorio, poniéndose al día con el correo. Cuando terminó, se vistió cuidadosamente, aliviada al ver que el dolor del brazo había remitido tanto que apenas lo notaba. Dedicó un tiempo adicional a su aspecto y se dijo que lo hacía porque deseaba estar presentable cuando esa tarde visitara a Genevieve.
    Cuando decidió que ya era hora más que apropiada para ir a ver qué hacía Spencer, quien sin duda ya debía de haberse levantado, y representar el papel de cortés anfitriona con el señor Stanton, bajó deseosa de tomar una taza de té.
    Al entrar al vestíbulo, Milton, que llevaba una pequeña bandeja con una nota sellada, la saludó al instante.
    – Acaba de llegar de Londres, señora.
    A Catherine se le aceleró el corazón al reconocer la clara letra inclinada de su padre. Decidió entonces que el té podía esperar, dio las gracias a Milton con una leve inclinación de cabeza y se dirigió directamente a su habitación. En cuanto cerró la puerta a su espalda, rompió el sello y leyó el contenido de la nota.

    Querida Catherine:
    Me complace informarte de que el canalla autor del disparo de anoche ha sido arrestado. El hombre, un rufián llamado Billy Robbins, es muy conocido por el magistrado por perpetrar robos en Mayfair y en demás lugares. Gracias a la información suministrada por el señor Carmichael, Robbins fue identificado y capturado cerca de los muelles. Como ya sospechábamos, fuiste víctima de un robo malogrado. Naturalmente, Robbins insiste en su inocencia, pero, como todos sabemos, Newgate está plagado de hombres «inocentes».
    Aunque esta noticia no logre borrar el angustioso sufrimiento que has padecido, al menos cuentas ahora con la satisfacción de saber que el culpable ya no podrá hacer daño a nadie. Por favor, haz extensivos mis saludos a Spencer y al señor Stanton, y espero volveros a ver muy pronto.
    Con todo mi amor,
    Tu padre

    Catherine cerró los ojos y soltó un suspiro de profundo alivio. Había sido un accidente. Gracias a Dios. No corría peligro. Spencer tampoco. Ni Genevieve. La identidad de Charles Brightmore estaba a salvo. Sí, todavía estaba el investigador contratado por lord Markingworth y sus amigos, pero dado que el editor de la Guía femenina jamás revelaría el secreto que compartía con Genevieve, llegaría el momento en que el hombre tendría que darse por vencido. Las posibilidades de que sus investigaciones le llevaran a Little Longstone eran ínfimas, por no decir inexistentes.
    Catherine abrió los ojos, sonrió e inspiró lo que le pareció su primer aliento relajado desde que se había ocultado tras el biombo oriental de su padre. Ahora su vida podría retomar su curso tranquilo, sin amenaza de peligro. Sin la necesidad de protección…
    Sin necesidad del señor Stanton.
    Se le congeló la sonrisa en los labios. Ya no requería la protección y la seguridad que garantizaba su presencia. Andrew podía marcharse de Little Longstone en ese mismo instante, aunque Catherine supuso que sería de una enorme grosería sugerirle que partiera antes de la mañana del día siguiente. Y, puesto que ella en raras ocasiones viajaba a Londres, no tenía que preocuparse de volver a verle en un futuro inmediato.
    La inminente marcha del señor Stanton era una buena noticia. Muy buena. Ya no necesitaba de la táctica de «evita e ignora». Ese hombre era una plaga en su pacífica existencia, y cuanto antes volviera a Londres, mejor. Catherine estaba feliz. Extáticamente feliz.
    Su voz interior volvió a la vida entre toses para informarla de que en cierto modo se las había ingeniado para confundir «extáticamente feliz» por «absolutamente desgraciada».
    Caray. Necesitaba encontrar la forma de acallar esa maldita voz.

    – ¿Puedo robarle un minuto, señor Stanton?
    Andrew se detuvo en lo alto de la escalera. Se agarró a la barandilla de caoba y contuvo un suspiro al notar que el corazón le daba un vuelco ante el simple sonido de la voz de Catherine.
    Había estado toda la mañana -por no mencionar un buen número de horas de la madrugada, cuando no había podido conciliar el sueño- reviviendo la maravillosa noche anterior. Compartir una cena y pequeñas historias con ella y con Spencer, riéndose juntos, disfrutando de los juegos después de la cena… todo ello dibujaba una escena doméstica y acogedora que había visto en sueños más veces de las que podía recordar. Y la realidad había superado todas sus imaginarias expectativas. Por Dios, no veía la hora de repetir la escena esa noche.
    Y todas las noches, durante el resto de sus vidas.
    ¿Habría reparado Catherine en lo bien que encajaban los tres? ¿En lo perfecta que había sido la noche anterior? Bien, si por alguna razón ella no había sido consciente de ello, él estaba más que decidido a ponerle remedio esa misma noche.
    Se volvió y vio cómo se acercaba. Unos rizos castaños le enmarcaban el rostro con un estilo favorecedor e iluminaban sus dorados ojos marrones. El vestido de muselina de pálido color melocotón resaltaba su piel sedosa. Aunque el vestido y el escote eran de una discreta modestia, en vez de inspirar en él decoro, la imaginación de Andrew enloqueció al imaginar las delicias que el discreto atuendo cubría.
    Cuando ella se le acercó, el sutil aroma a flores invadió sus sentidos y cerró con fuerza la mano alrededor de la barandilla para reprimir el deseo de tocarla.
    – Puede pedirme todos los momentos que desee, lady Catherine.
    – Gracias. ¿En la biblioteca?
    – Donde desee. -«Donde desee. Como lo desee. Lo que usted desee.» Andrew apretó los dientes para reprimir las palabras que amenazaban con romper los barrotes de su corazón. No era aquel ni el lugar ni el momento idóneos para declarar que estaba locamente enamorado de ella, que la deseaba tanto que el deseo era puro dolor y que sólo ansiaba poder concederle todo lo que ella le pidiese.
    La siguió escaleras abajo y por el pasillo, admirando las sutiles insinuaciones de las curvas femeninas que revelaba al andar. Su mirada ascendió hasta posarse en esa suave y vulnerable nuca, ahora al descubierto por el recogido de su pelo… desnuda salvo por un único rizo que dividía en dos su pálida piel con una reluciente espiral castaña.
    Andrew flexionó los dedos y tensó los codos para evitar tender la mano y pasar la yema del dedo por aquel seductor rizo solitario. Tan concentrado estaba en el zarcillo que no reparó en que Catherine se había detenido delante de una puerta cerrada. No se dio cuenta hasta que tropezó con ella.
    Catherine soltó un jadeo y tendió los brazos, pegando las palmas de las manos contra el panel de roble para mantener el equilibrio y evitar así dar de cabeza contra la puerta. Las manos de Andrew salieron despedidas y se deslizaron alrededor de su cintura.
    Durante varios segundos de absoluta perplejidad, ninguno de los dos se movió. La mente de Andrew le gritaba que la soltara, que retrocediera, pero sus manos y pies se negaban a obedecer la orden. En vez de eso, sus ojos se cerraron y Andrew absorbió el intenso placer de sentir el cuerpo de Catherine contra el suyo desde el pecho a los muslos. El aroma de ella, esa embriagadora esencia de flores, lo envolvió como una nube seductora. Sólo tenía que volver ligeramente la cabeza para pegar los labios a la fragante piel de Catherine, esa piel tan cercana… de forma tan atormentadora.
    Antes de poder pensarlo, antes de que cualquier muestra de razón que le impidiera hacerlo invadiera su cabeza, se rindió al abrumador deseo. Sus labios tocaron la piel de marfil justo detrás de la oreja, con la ternura de un susurro desprovisto de aliento, tan suavemente que Andrew dudó incluso de que ella se hubiera dado cuenta de lo que acababa de hacer… ni de que lo había hecho deliberadamente.
    Pero él sí lo sabía, y el efecto que ese acto tuvo sobre él, el asalto que aquel beso supuso sobre sus sentidos, fue enorme. El deseo, un deseo feroz, ardiente y tanto tiempo negado le golpeó de pleno y cerró aún más los ojos en un vano intento por sortear las necesidades que clavaban en él sus garras.
    La absoluta quietud de Catherine y la rigidez de su columna devolvieron a Andrew la cordura. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se obligó a apartar las manos de su cintura y dar un paso atrás.
    – Le pido disculpas -dijo con una voz vacilante que sonó como si se hubiera tragado un puñado de gravilla-. No he visto por dónde iba.
    Catherine no dijo nada durante varios segundos y a continuación se aclaró la garganta, apartó las manos de la puerta y las bajó.
    – Disculpas aceptadas.
    Andrew se quedó de una pieza al percibir el ligero temblor en la voz de ella. ¿Era el tono vacilante de sus palabras fruto de la rabia o de la vergüenza? ¿O quizá cabía la posibilidad de que se hubiera visto tan afectada por esos escasos segundos como él? En silencio, Andrew deseó que ella se volviera para poder mirarla a la cara, leer en sus ojos y ver si existía en ellos alguna sombra de deseo, pero Catherine no le dio ese gusto. En vez de eso, abrió la puerta y se dirigió apresuradamente hacia la chimenea de mármol que ocupaba la pared más alejada.
    Andrew cruzó el umbral y luego cerró la puerta tras él. El chasquido de la puerta al cerrarse reverberó en el pesado silencio de la estancia, un silencio que a punto estuvo de romper, apuntando que su petición de perdón no había sido una disculpa. Sin duda no se arrepentía ni un ápice de haber gozado de la inesperada oportunidad de tocarla… aunque quizá debería arrepentirse. El exquisito contacto con ella se le había quedado grabado en la mente y todavía sentía en el cuerpo, en los labios, el hormigueo que le había recorrido debido al impacto.
    No pudo evitar una mueca antes de avanzar hacia ella. Aunque le molestaba sobremanera que ella siguiera con la mirada fija en las llamas bajas, ignorándole, era mejor así. Si Catherine se volvía, sin duda se daría cuenta de lo mucho que el breve encuentro entre ambos le había afectado.
    – ¿Le importa si me sirvo una copa? -preguntó, con la esperanza de encontrar un poco de brandy en una de las botellas de cristal dispuestas en una mesa redonda de caoba situada junto al sofá.
    Catherine no se volvió.
    – Sírvase usted mismo, se lo ruego.
    – ¿Quiere acompañarme?
    Le sorprendió al responder:
    – Sí. Para mí un jerez, por favor.
    Andrew cruzó la estancia hasta las botellas. Se tomó su tiempo para servir las dos copas, inspirando lenta y profundamente hasta que logró recuperar el control de sus emociones y de su cuerpo. Luego fue hasta la chimenea, deteniéndose a una distancia prudencial de ella.
    – Su jerez, lady Catherine.
    Por fin ella se volvió a mirarle. Una sombra febril le teñía las mejillas, aunque Andrew no logró saber si el seductor tizne era fruto de la vergüenza, del calor del fuego o del deseo. Ella le miró con una expresión perfectamente calmada y fría que le provocó una oleada de irritación en la columna. Bien, obviamente no había sido deseo. En un claro intento por mostrar una mirada tan preocupada como la de ella, le hizo entrega de la copa de cristal con el licor.
    – Gracias. -Catherine cogió la copa y Andrew se percató de que ponía todo su empeño en evitar que los dedos de ambos se tocaran. Ella apartó la mirada de él y dio un sorbo a su jerez. Andrew la imitó, reprimiendo el deseo de beberse su potente brandy de un trago.
    Después de un segundo sorbo, Catherine sacó una hoja de papel vitela amarfilado del bolsillo de la falda y se lo mostró.
    – Esto ha llegado hace un rato. Es de mi padre. El hombre responsable del disparo ha sido apresado.
    Andrew dejó su copa sobre la mesa, cogió la nota y leyó el contenido apresuradamente. Billy Robbins. Se le tensó la mandíbula cuando sus ojos leyeron el nombre del canalla que había herido a Catherine. El hombre que fácilmente podría haber acabado con su vida. «Alégrate de estar en manos de Newgate y no en las mías, bastardo.»
    Cuando terminó de leer, devolvió la nota a Catherine.
    – Me alivia saber que el rufián ha sido apresado. Debemos dar gracias por la capacidad de observación del señor Carmichael.
    – Sí. Le debemos todo nuestro agradecimiento. -Catherine volvió a meterse la nota en el bolsillo-. Y la captura de este hombre significa que ya no existe sobre mí amenaza de peligro…
    – ¿Ya? -Andrew entrecerró los ojos-. No tenía conciencia de que estuviera usted bajo amenaza de peligro. ¿A qué se refiere?
    Un destello de lo que pareció temor chispeó en sus ojos, aunque desapareció tan deprisa que Andrew no logró averiguar si era real o imaginado. Catherine apretó los labios durante varios segundos y a continuación dijo:
    – Quería decir que ya no existe amenaza de peligro para mi salud. Me encuentro perfectamente y Milton y el servicio pueden atender completamente mis necesidades. Sin ninguna ayuda.
    Andrew comprendió entonces el mensaje, comprensión que llegó acompañada de una irreprimible dosis de fastidio. Y, demonios, cuánto le dolió. Catherine quería que se marchara de Little Longstone.
    – Puedo arreglarlo para que disponga de mi carruaje mañana por la mañana -prosiguió ella-. Aunque aprecio su amabilidad y le doy las gracias por haberme acompañado a casa, no desearía que sacrificara más de su valioso tiempo lejos de su trabajo en Londres.
    Antes de que a Andrew se le ocurriera una respuesta adecuada, y después de haber sabiamente decidido que «Demonios, no, no pienso marcharme» no lo era, alguien llamó a la puerta.
    – Entre -dijo lady Catherine.
    La puerta se abrió y Spencer entró arrastrando los pies en la estancia. Su sonrisa se desvaneció en cuanto alternó la mirada entre su madre y Andrew.
    – ¿Algo va mal, mamá?
    Catherine pareció cuadrarse de hombros y luego le sonrió.
    – No, cariño. ¿Querías hablar conmigo?
    Spencer no pareció en absoluto convencido. En lugar de responder a la pregunta de su madre, preguntó:
    – ¿De qué hablabais?
    Lady Catherine dejó su copa sobre la mesa y luego cruzó la alfombra Axminster de color verde claro para darle un beso en la mejilla.
    – Estábamos concretando los detalles del transporte. El señor Stanton nos deja mañana por la mañana para regresar a Londres.
    – ¿Que se marcha? ¿Mañana? -La consternación que embargó a Spencer era clara como el agua. Se volvió hacia Andrew y le miró con ojos rebosantes de confusión y dolor-. Pero ¿por qué? Si llegó ayer.
    Lady Catherine dijo:
    – El señor Stanton tiene muchas obligaciones en Londres, Spencer, sobre todo ahora que tu tío Philip no está disponible. Aunque tuvo la gentileza de dejar su trabajo en el museo para acompañarme a casa, debe regresar a sus responsabilidades.
    – Pero ¿por qué tiene que irse tan pronto? Si acabamos de empezar… -cerró los labios y lanzó a Andrew una mirada implorante.
    – ¿Empezar a qué? -preguntó lady Catherine.
    – Es una sorpresa -intervino Andrew-. Algo de lo que Spencer y yo hablamos ayer por la tarde. Le prometí que le prestaría mi ayuda.
    Catherine arqueó las cejas.
    – ¿Qué clase de sorpresa?
    El más puro pesar ensombreció el rostro de Spencer. Antes de que el niño pudiera responder, Andrew volvió a hablar.
    – Si se lo dijéramos, ya no sería ninguna sorpresa. -Lanzó a Spencer un guiño conspirador-. Creo que tenemos que traerle un diccionario a tu madre para que pueda buscar en él «sorpresa», Spencer.
    – Ya sé que normalmente no te gustan las sorpresas, mamá -dijo Spencer apresuradamente-, pero esta te gustará. Sé que estarás orgullosa de mí cuando hayamos terminado.
    – Ya estoy orgullosa de ti.
    – En ese caso lo estarás aún más.
    Catherine estudió el rostro de su hijo durante varios segundos y luego se volvió hacia Andrew.
    – Usted le prometió esta… ¿lo que quiera que sea?
    – Sí.
    – No me lo ha mencionado antes.
    – No se me ocurrió hacerlo, pues esa es precisamente la naturaleza de toda sorpresa. Además, no había imaginado que mi visita sería tan breve.
    El silencio llenó la estancia y Andrew casi pudo oír cómo las ruedas giraban en la mente de Catherine. ¿Por qué estaba de pronto tan ansiosa por deshacerse de él? ¿Había algún aspecto de su vida que temía que él descubriera? Las palabras que Catherine había pronunciado poco antes, «la captura de este hombre significa que ya no existe sobre mí amenaza de peligro…», le inquietaban en gran medida. El hecho de que hubiera percibido temor en sus ojos en más de una ocasión desde el disparo daba a su posterior explicación de «peligro para mi salud» una nota de falsedad. ¿Le habría mentido? ¿Por qué?
    Sólo se le ocurrían otras dos razones por las que lady Catherine pudiera esperar ansiosa su marcha. Si estaba interesada en tener una relación con un hombre, como podía ser uno de los muchos pretendientes que le enviaban esos ramos de flores, la presencia de Andrew en su casa podía poner en peligro sus planes. Sin embargo, eso no tenía mucho sentido, puesto que Catherine había dejado claro que no deseaba establecer ningún tipo de compromiso.
    El otro motivo le aceleró el corazón, colmándole de un rayo de esperanza. «Si tan vehemente era el rechazo manifiesto de lady Catherine a establecer una relación, y se diera el caso de que se siente atraída por mí…»
    Naturalmente, desearía que se marchara. Lo antes posible. ¿Podía ser esa la razón por la que últimamente se mostraba tan quisquillosa con él? ¿Porque luchaba contra su propio deseo?
    Andrew despertó de su ensueño y la miró. Catherine parecía muy contrariada, un poco como imaginaba que debía de estarlo un general cuya brillante campaña militar acabara de ser superada en estrategia. Humm. Resultaba de lo más prometedor.
    – ¿Y cuánto tiempo hace falta para que completen la sorpresa en cuestión? -le preguntó ella.
    – Al menos una semana -dijo Andrew, seguro de que alrededor de su cabeza había aparecido mágicamente un halo con el que acompañar la expresión angelical de sus rasgos.
    – ¡Una semana! -El desconsuelo de lady Catherine era más que evidente… o quizá fuera el recelo que delataba su voz.
    El rostro de Spencer por fin se iluminó.
    – ¿Puede usted quedarse durante tanto tiempo, señor Stanton?
    – Sí -dijo Andrew.
    Catherine le lanzó una mirada indescifrable y se volvió a mirar a Spencer, cuyos ojos se colmaron de una angustiosa mezcla de entusiasmo y de esperanza. No había duda de que estaba desgarrado. Por fin, alargó la mano y la pasó por el pelo oscuro del pequeño.
    – Una semana -concedió.
    La sonrisa de Spencer podría haber iluminado una habitación oscura.
    – Bien, y ahora que por fin está decidido -dijo lady Catherine-, debo ir a visitar a la señora Ralston.
    – ¿Queda la casa de su amiga de camino al pueblo? -preguntó Andrew.
    – Sí, ya que lo menciona. ¿Por qué?
    – ¿Le importa que vaya con usted? Necesito comprar algunas cosas y me gustaría visitar las tiendas locales.
    – ¿Qué desea comprar?
    Andrew chasqueó la lengua y la señaló, agitando el dedo.
    – No puedo decírselo. Es parte de la sorpresa.
    – Quizá tengamos aquí ese material.
    – Ya me he asegurado de comprobarlo por mí mismo y tengo la seguridad de que no. -Se volvió hacia Spencer-. ¿Te gustaría acompañarme, Spencer? -preguntó despreocupadamente.
    Andrew percibió al instante la tensión que hizo insoportable el silencio del salón. Sabía que Spencer raras veces abandonaba la seguridad de la casa, y aunque quizá fuera demasiado pronto para animarle a ir al pueblo, habían hecho tan magníficos progresos esa mañana durante la primera lección de equitación que Andrew intentaba por todos los medios mantener vivo el ímpetu del muchacho.
    Transcurrieron varios segundos más de silencio y Andrew se dio cuenta de que Spencer se debatía en un claro conflicto.
    Lady Catherine se aclaró la garganta.
    – Es muy considerado de su parte, señor Stanton. Sin embargo, a Spencer no le gusta aventurarse a…
    – Me gustaría, sí -la interrumpió el joven.
    – ¿En serio? -La perplejidad de su madre no dejó lugar a dudas.
    Spencer asintió vigorosamente y Andrew se preguntó si el chiquillo estaría intentando convencer a su madre o a sí mismo de su decisión.
    – Quiero ayudar con la sorpresa. -Levantó la barbilla-. Todo irá bien, mamá. El señor Stanton cuidará de mí. Quiero ir. De verdad.
    Catherine vaciló durante unos segundos y Andrew percibió con claridad la sorprendida satisfacción que las palabras de Spencer habían causado en ella. Juraría haberla visto parpadear para contener las lágrimas. Por fin, sonrió a su hijo.
    – Estaré encantada de disfrutar de vuestra compañía. Mandaré preparar el carruaje. Podéis dejarme en casa de la señora Ralston y seguir después hasta el pueblo. No hace falta que volváis a buscarme. Regresaré a casa dando un revitalizador paseo.
    – ¿Y no podríamos utilizar el coche de dos caballos? -preguntó Spencer-. Así el señor Stanton podría enseñarme a llevarlo. -Se volvió hacia Andrew con expresión esperanzada-. Sabe manejarlo, ¿verdad?
    Andrew asintió.
    – Sí, pero en un coche de dos caballos sólo caben dos personas.
    – Podemos estrecharnos un poco los tres en el asiento -insistió Spencer-. Yo apenas ocupo espacio. Además, la casa de la señora Ralston está muy cerca y como mamá desea volver caminando, sólo quedaremos nosotros dos.
    Andrew se volvió hacia lady Catherine, quien estaba claramente perpleja ante el giro que habían tomado los acontecimientos. Manteniendo una expresión y una voz serenas, dijo:
    – Estoy dispuesto a dar mi consentimiento al plan de Spencer siempre que esté usted de acuerdo, lady Catherine. Si descubrimos que vamos demasiado estrechos en el asiento, estaría encantado de caminar junto al vehículo hasta la casa de la señora Ralston.
    Catherine le miró con una mezcla de preocupación y de esperanza.
    – ¿Promete no correr durante esta lección?
    Andrew se llevó la mano al corazón.
    – Juro que jamás haría nada que pudiera poner a Spencer, ni a usted, en peligro.
    La mirada de lady Catherine volvió a posarse en Spencer y sonrió.
    – Muy bien. Sea entonces el coche de dos caballos.

    Cuarenta y cinco minutos más tarde, Spencer, bajo la paciente tutela del señor Stanton, logró detener con éxito el par de idénticos bayos delante de la casa de Genevieve. A Catherine se le encogió el corazón al ver el absoluto deleite y el triunfo que revelaba el rostro de su hijo.
    – Lo conseguí -dijo Spencer, con el color de la victoria sonrojándole las mejillas.
    – Sí, lo has conseguido -concedió Catherine-. Y maravillosamente bien. Estoy muy orgullosa de ti… -Se le inflamó la garganta, ahogándole la voz. Para enmascarar su emoción, lo atrajo hacia ella para darle un abrazo. Los brazos de Spencer la rodearon y, con su mejilla pegada a la de él, Catherine miró por encima del hombro de su hijo y sus ojos encontraron la mirada firme y de ojos oscuros del señor Stanton.
    Su corazón se debatía contra sus costillas, y la miríada de confusas y conflictivas emociones que aquel hombre inspiraba en ella volvieron a asaltarla una vez más. Sin embargo, una de ellas emergió presurosa a la superficie: la gratitud. Estaba profundamente agradecida a Andrew por haber dado a Spencer esa alegría. Parpadeando para contener la humedad que amenazaba ridículamente tras sus ojos, le sonrió. «Gracias», articuló en silencio.
    Los labios de Andrew esbozaron una cálida sonrisa que la dejó sin aliento. «De nada», fue su silenciosa respuesta.
    – Dios mío, ¿es el señorito Spencer a quien veo tras las riendas de este magnífico carruaje?
    Al oír la sensual y viva voz de Genevieve, Catherine apartó los ojos del señor Stanton y dejó de abrazar a su hijo.
    – Buenas tardes, señora Ralston -dijo Spencer, con una sonrisa de oreja a oreja-. Sí, así es. Acabo de aprender a llevarlo.
    Genevieve se acercó al coche de dos caballos desde el sendero bordeado de flores que llevaba a la casa al tiempo que su ávida mirada envolvía a los tres pasajeros apretujados en el asiento del carruaje. Con un alegre vestido de muselina amarilla decorado con pequeños ramos de lilas bordadas, parecía un rayo de sol de finales de verano.
    – Vaya, a punto he estado de no reconocerle, señorito Spencer -dijo, sonriendo directamente al joven-. Se ha convertido en un fornido jovencito desde la última vez que le vi.
    Spencer se sonrojó de placer al oír sus palabras.
    – Gracias, señora Ralston.
    – ¿Y a quién trae con usted hoy a verme? -preguntó con una sonrisa burlona.
    – Bueno, a mi madre, aunque ya la conoce.
    – Sí, lady Catherine y yo nos conocemos bien.
    – Y este es nuestro amigo, el señor Stanton. Viajó por todo Egipto con mi tío Philip. Debería pedirle que le contara la historia de cuando unos bribones le robaron la ropa a punta de cuchillo.
    El calor ardió en las mejillas de Catherine en cuanto la imagen del señor Stanton desnudo asomó a su cabeza. La sonriente mirada de Genevieve examinó al señor Stanton con descarado interés.
    – Soy la curiosidad misma.
    Catherine se aclaró la garganta.
    – Genevieve, permite que te presente formalmente al señor Andrew Stanton, el socio de mi hermano en el museo que están creando juntos. Señor Stanton, le presento a mi gran amiga, la señora Ralston.
    El señor Stanton se desencajó del asiento y saltó ágilmente al suelo. Ofreció a Genevieve una inclinación de cabeza formal y una amistosa sonrisa.
    – Encantado, señora Ralston.
    – Lo mismo digo, señor Stanton. Bienvenido a Little Longstone. ¿Está usted disfrutando de su estancia?
    – Mucho. Hacía mucho tiempo que no tenía oportunidad de disfrutar de un aire tan puro y de un entorno tan tranquilo y colorido. -Indicó la profusión de las bien cuidadas flores que les rodeaban-. Tiene usted un jardín excepcional.
    El rostro de Genevieve se iluminó.
    – Gracias. Lo cierto es que el mérito es sólo de Catherine. Fue ella quien resucitó toda esta zona del desastre de hierbajos y maleza que era cuando compré la casa. No ha querido dejarme contratar a un jardinero.
    – ¿A un desconocido? -intervino Catherine con la voz colmada de un horror fingido-. ¿Cuidando de mis pequeñas? ¡Jamás!
    – ¿Lo ve usted? -dijo Genevieve al señor Stanton con una arqueada sonrisa-. Una mujer increíblemente testaruda.
    – ¿Es cierto eso? -dijo el señor Stanton con la viva imagen de la más exagerada de las conmociones en el rostro-. No había reparado en ello.
    De labios de Genevieve gorjeó una risa encantada.
    – ¿Tomará el té con nosotras?
    – Gracias, pero Spencer y yo vamos de camino al pueblo.
    – ¿En otra ocasión entonces?
    – No quisiera interferir en su velada con lady Catherine.
    – Bobadas. Tiene usted que contarme la historia de esos rufianes y sus cuchillos.
    Andrew se rió.
    – En ese caso, será para mí un honor unirme a ustedes otro día. -Tras una breve inclinación de cabeza de agradecimiento, se dirigió a la parte del coche que ocupaba Catherine y levantó la mano-. ¿Quiere que la ayude, lady Catherine?
    Catherine clavó la mirada en su mano y tragó saliva. No quería tocarle. La brutal sinceridad de su voz interior la calificó inmediatamente de mentirosa, y tuvo que apretar los dientes. Maldición. Muy bien, deseaba tocarle, pero temía sobremanera hacerlo. Temía su propia reacción, sobre todo si era algo semejante a lo que había experimentado cuando el señor Stanton había tropezado contra ella en el pasillo…
    «Oh, déjate de ridiculeces», se reprendió. No era más que su mano, una mano que la ayudaría para evitar que cayera ignominiosamente al suelo desde el asiento. Además, tampoco era exactamente que tuviera que tocarle, pues ambos llevaban guantes. Esbozando lo que, según esperaba, pudiera pasar por una sonrisa despreocupada y tranquila, puso su mano en la de él.
    Los dedos de Andrew envolvieron los suyos con fuerza y firmeza, y el calor traspasó el tejido de sus guantes, subiéndole por el brazo. Un calor adicional le arrobó las mejillas y Catherine rezó para que nadie se diera cuenta de ello. En cuanto sus pies tocaron el suelo, retiró la mano como si Andrew la hubiera quemado.
    – Gracias. -Se protegió los ojos contra la luz del sol que se colaba entre los árboles y sonrió a Spencer-. Disfruta de la excursión.
    – Así lo haré, mamá.
    El señor Stanton se volvió, como si estuviera a punto de volver a subir al coche. Sin embargo, en vez de hacerlo, se inclinó hacia ella.
    – No se preocupe -dijo en voz baja para que sólo ella pudiera oírle-. Cuidaré bien de él.
    Subió de un salto al asiento del coche y, dedicando una sonrisa y una leve inclinación de cabeza a Genevieve y a ella, indicó a Spencer que podían marcharse. Segundos después, el coche se alejaba hacia el pueblo.
    Catherine siguió mirando el vehículo hasta que desapareció tras la esquina al fondo de la calle. Luego se volvió hacia Genevieve y dijo:
    – Tengo novedades. -Sacó la carta de su padre de su retícula y se la pasó a Genevieve.
    Tras leer la carta, Genevieve se la devolvió con una sonrisa de alivio.
    – Entonces no hay de qué preocuparse.
    – Así es. Bueno, salvo del investigador contratado por lord Markingworth y sus amigos, aunque no veo modo de que pueda descubrir nuestra identidad.
    – Excelente. -Genevieve miró de nuevo a la calle por donde había desaparecido el coche de dos caballos-. Así que ese es el señor Stanton -dijo con la voz colmada de… algo-. Es muy distinto a como lo había imaginado después de oír tu descripción.
    – ¿Ah, sí? ¿Y cómo lo habías imaginado?
    Genevieve se rió.
    – Desde luego no como ese hombre alarmantemente atractivo con esa sonrisa devastadora y esos ojos conmovedores. Querida, tu descripción no le hace en absoluto justicia. Podría describir a ese glorioso hombre en dos palabras: absolutamente divino.
    Un sentimiento semejante al de los celos hizo presa en Catherine.
    – Nunca dije que fuera feo.
    – No, pero tampoco dejaste entrever en ningún momento que fuera tan… -dejó escapar un suspiro soñador- tan absolutamente divino. Masculino y fuerte. ¿Es que no te has fijado en esos maravillosos hoyuelos cuando sonreía?
    «Dios, sí.» Le había costado Dios y ayuda apartar los ojos de ellos.
    – Lo cierto es que no había reparado en ellos, aunque ahora que lo mencionas, sí, supongo que tiene hoyuelos.
    – Parece haber intimado mucho con Spencer.
    – Sí. Están preparando juntos cierta sorpresa que quieren darme.
    – ¿Es eso cierto? ¿Qué clase de sorpresa?
    – Si lo supiera, ya no sería una sorpresa -dijo Catherine con una sonrisa, haciéndose eco de las palabras que el señor Stanton le había dirigido poco antes-. Cuando el señor Stanton ha pedido a Spencer que le acompañara al pueblo, estaba segura de que nos enfrentaríamos a un instante incómodo. Y cuál ha sido mi sorpresa cuando Spencer ha aceptado. Hace años que dejé de pedirle que me acompañara porque sabía que se negaría a salir de los jardines de la casa. -Una sonrisa tímida asomó a sus labios-. De no haber estado tan satisfecha con el cambio de ánimo de Spencer, estaría molesta con el señor Stanton por haber conseguido en apenas veinticuatro horas lo que yo no he podido conseguir en todo este tiempo.
    – Obviamente, el motivo que se esconde tras la inusual decisión de tu hijo hay que buscarlo en el señor Stanton. La presencia de tu invitado está sin duda teniendo un efecto positivo sobre Spencer.
    – Sí. -Desgraciadamente, no sólo estaba provocando un claro efecto sobre Spencer.
    La mirada de Genevieve buscó la suya, y todo rastro de diversión desapareció al instante.
    – Siente algo por ti.
    Catherine sintió que el fondo del estómago se le caía a los pies. Adoptó un tono desenfadado para decir:
    – Por supuesto que siente algo por mí. Es mi hijo.
    Genevieve la observó con una mirada tan penetrante que Catherine a punto estuvo de estremecerse.
    – No me refería a tu hijo.
    Catherine ordenó los rasgos de su rostro hasta esbozar con ellos una expresión que rezó para que pasara por sorpresa.
    – Ah. Bueno, cualquier sentimiento que el señor Stanton pueda tener por mí no va más allá de una mera demostración de cortesía hacia la hermana de su mejor amigo.
    – Te equivocas, Catherine. No entiendo cómo no te das cuenta. ¿Es que no ves cómo te mira? Créeme si te digo que no se trata sólo de una muestra de cortesía.
    Las mejillas de Catherine se ruborizaron.
    – Me temo que necesitas anteojos, querida.
    – Te aseguro que no. ¿No te ha dicho lo que siente por ti?
    – Ahora que lo mencionas, sí. Me cree testaruda y fastidiosa. «Y hermosa.»
    Genevieve se rió.
    – Oh, sí, está total y perdidamente prendado. Querida, puede que te considere testaruda, lo que es cierto, y fastidiosa, algo que puede decirse de cualquiera en ocasiones. Aún así, te desea.
    – Bah -se mofó Catherine, poniendo todo su empeño en hacer caso omiso del repentino pálpito que asaltó su corazón. Cielos, ¿estaría en lo cierto Genevieve? Y, de ser así, ¿por qué la posibilidad de que el señor Stanton la deseara le aceleraba el corazón en vez de horrorizarla?
    – Puedes soltar cuantos «bah» desees, pero, como bien sabes, tengo gran experiencia en estas lides, Catherine. Ese hombre siente una gran atracción hacia ti. Y el hecho de que te niegues a ver lo que tienes ante los ojos no hace más que sugerirme que también a ti te importa él.
    – ¡Te aseguro que no! Como ya te he dicho, es un hombre absolutamente irritante.
    – Aunque muy atractivo.
    – Testarudo y obstinado.
    – Algo que ambos tenéis en común -dijo Genevieve con una sonrisa burlona.
    – Discutidor.
    – Aunque bondadoso con tu hijo.
    Esas palabras dejaron helada a Catherine.
    – Sí -concedió suavemente, desconcertada.
    – Y no creo haber visto a un hombre con una boca más atractiva.
    Una afirmación que la desconcertó aún más. La imagen de la atractiva boca del señor Stanton parpadeó en su mente. Esa atractiva boca que con gran suavidad había rozado su piel… ¿o no era así? Había sido tan rápido, tan dulce… La sensación de percibir el contacto de su cuerpo contra su espalda le detuvo el corazón en seco. Dejándola sin aliento. Lanzándole por todo su ser rayos de ardiente deseo que le debilitaron las rodillas.
    Y todo había ocurrido en el plazo de dos simples segundos.
    Dios santo, ¿qué habría ocurrido si en vez de dos, los segundos hubieran sido tres? ¿O media docena?
    – ¿Catherine? ¿Estás bien? Te has ruborizado.
    Sin duda, pues se sentía como si alguien hubiera prendido fuego a la falda de su vestido. Parpadeó para alejar de sí sus errantes pensamientos y dijo:
    – Estoy bien. Es simplemente que estoy acalorada, aquí, de pie al sol.
    – Entonces entremos y tomemos una taza de té. Baxter acaba de sacar del horno una bandeja de pastas.
    Aunque un té caliente distaba mucho de lo que Catherine anhelaba, consciente de que era mucho más seguro que lo que temía estar anhelando, decidió que al fin y al cabo era una sabia elección.
    Sin embargo, mientras disfrutaba de una tregua del señor Stanton en compañía de Genevieve, sabía que no tardaría en enfrentarse a otra hogareña velada en casa esa misma noche. Una velada compartiendo la cena, historias y juegos. «Evita e ignora». Sí, no podía olvidar en ningún momento sus contraseñas. Simplemente tenía que evitar e ignorar esos enfermizos anhelos que provocaba en ella la presencia del señor Stanton.
    Pero ¿cómo?
    – Dime -dijo Genevieve al entrar en la casa-, ¿asistiréis el señor Stanton y tú esta noche a la velada en casa del duque de Kelby? Según se chismorrea en el pueblo, ha llegado un grupo de invitados de Londres, así que promete ser una interesante diversión.
    Catherine se acordó entonces de la invitación que había encontrado entre la correspondencia de la mañana. No tenía intención de asistir, pues no deseaba dar al duque la menor esperanza.
    – No creo que… -Su voz se apagó en cuanto se dio cuenta de que la velada le proporcionaba la oportunidad perfecta para evitar otra hogareña noche en casa.
    Sonrió.
    – Creo que no me la perdería por nada del mundo.

    Una mano enguantada se cerró sobre el pesado cortinaje de terciopelo de color verde bosque y apartó la tela a un lado. Al otro lado de la ventana, el pueblo de Little Longstone bullía de actividad, pero el único sonido que llenaba la habitación era el tictac del reloj que estaba sobre la repisa de la chimenea y un suspiro de frustración lentamente expirado.
    Ahí estaban esos idiotas, caminando, hablando, riendo, comprando, como si no tuvieran ninguna preocupación. Como si ninguna vida se hubiera visto destrozada.
    Pero ninguna más lo sería. «Yo me encargaré de eso.»
    La cortina cayó de nuevo, volviendo a su sitio.
    «Lograste sobrevivir la última vez. La próxima no lo conseguirás.»

Capítulo 10

    La mujer moderna actual puede perfectamente verse convertida en blanco del afecto de uno o más caballeros. Esa es una envidiable posición, puesto que siempre es ventajoso tener elección. Sin embargo, si se da el caso de que uno de los caballeros deba ser el elegido entre los demás, la mejor forma de desanimar a los pretendientes sobrantes es dejar claro que sus afectos se reclaman en otro lugar.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima

    Esa noche, Andrew iba sentado delante de lady Catherine en el carruaje de ésta. Se dirigían a la velada ofrecida por el duque de Kelby. Aunque Andrew habría preferido disfrutar de otra noche hogareña y colmada de risas como la anterior en vez de asistir a una reunión en la que sólo Dios sabía cuántos hombres se disputarían la atención de lady Catherine, pensaba aprovechar todas las oportunidades para cortejarla que la noche pudiera ofrecerle. Y si una de esas oportunidades era la de desanimar a la competencia, mejor que mejor. Con su inminente partida de Little Longstone pendiendo sobre su cabeza como una oscura nube de condena, había decidido aprovechar el tiempo.
    Justo en ese momento, lady Catherine le sonrió y el corazón a punto estuvo de salírsele del pecho. Con un vestido de muselina de color turquesa claro y lazos a juego enlazados entre sus relucientes rizos castaños, Catherine quitaba el aliento. Por Dios, no veía el día de poder estrecharla libremente entre sus brazos y besarla, dejando así de tener que observarla desde la distancia.
    Le devolvió la sonrisa y dijo:
    – El color de su vestido me recuerda a las hermosas y centelleantes aguas del Mediterráneo. Está usted -su mirada la recorrió, posándose en sus labios durante varios segundos antes de volver a sus ojos-, imponente.
    Catherine sintió que el calor le arrebolaba las mejillas.
    – Gracias. -Repasó con la mirada la chaqueta azul marino, la corbata pulcramente anudada y los pantalones de color crema de Andrew, y tuvo que apretar los labios para reprimir un suspiro de apreciación femenina. ¿Podía un hombre estar imponente? Una mirada a su compañero le aseguró con claridad que así era-. Podría decirse lo mismo de usted.
    – ¿Podría decirse? -la provocó-. ¿O lo dice?
    Su sonrisa a punto estuvo de cortarle el aliento.
    – ¿Está usted intentando sonsacarme un cumplido, señor Stanton?
    – Dios me libre. Simplemente intento comprobar si me ha dedicado usted uno de modo inconsciente.
    Catherine arrugó los labios y fingió ponderar la cuestión en profundidad.
    – Dios mío. Creo que así ha sido.
    – En ese caso, le doy las gracias, señora. Reconozco que nadie me había llamado «imponente» hasta ahora. Dígame, ¿le ha contado Spencer nuestras aventuras en el pueblo?
    – Sí, aunque al parecer no me lo ha contado todo, pues no deseaba estropear su sorpresa. Por lo que me ha dicho, parece ser que se lo han pasado en grande.
    – Cierto.
    – Me ha dicho que varias personas lo han mirado con cara de extrañeza, pero que «el señor Stanton lo puso todo en su lugar». Me ha dicho que se ha presentado, a usted y a Spencer, a todas las personas que han encontrado a su paso y a todos los dueños de las tiendas que han visitado.
    El señor Stanton asintió.
    – Cuando la gente se enteraba de que era su hijo, se mostraban muy amables. Todas las personas con las que hemos hablado le han mandado saludos. Algunos nos miraban, pero he tranquilizado a Spencer diciéndole que lo más probable es que le miraran por simple curiosidad y no por desconsideración.
    – Según me ha contado, usted le ha dicho que si alguien se mostraba desconsiderado con él, le sacaría el… ejem… pis a puñetazos.
    – Esas han sido mis palabras exactas, sí -concedió el señor Stanton sin el menor titubeo.
    Catherine no logró reprimir la sonrisa que asomaba ya a sus labios.
    – Bien, aunque reconozco que quizá el método se me antoje algo incivilizado, le agradezco la idea. Confío en que la buena gente de Little Longstone no haya considerado oportuno poner a prueba su talento pugilístico.
    – Han sido todos la personificación de la amabilidad. De hecho, hasta hemos visto a alguien a quien conozco. A una de las inversoras del museo.
    – ¿Ah, sí? ¿A quién?
    – A la señora Warrenfield. Sufre de diversas enfermedades y está de visita en Little Longstone para tomar las aguas. Mencionó la fiesta que el duque da esta noche, de modo que supongo que asistirá. -Vaciló y luego añadió-: Le sorprendió que Spencer deseara aventurarse hasta el pueblo.
    – Lo cierto es que me quedé perpleja. A Spencer le encanta deambular por los terrenos de la propiedad, caminar hasta los manantiales y pasear por los jardines. La propiedad es privada y estoy muy agradecida de que tenga este lugar en el que poder moverse solo, fortaleciéndose con ello y permitiéndome así no tener que preocuparme, que, me temo, suelo hacer con frecuencia. Pero siempre se ha mostrado remiso a aventurarse a salir de la propiedad. Hace unos años simplemente dejé de preguntarle si quería acompañarme.
    – Entiendo que sufriera y que se preocupara por él, y le agradezco que confiara lo bastante en mí como para dejar que me acompañara. Spencer también se lo agradece.
    – Nunca he dudado de que estuviera en buenas manos. Aunque debo admitir que me preocupaba que alguien hiriera los sentimientos de mi hijo, confiaba en que no dudaría usted en…
    – ¿Sacarles el pis a puñetazos? No sabe el placer que eso me habría producido.
    Catherine bajó los ojos y tironeó de las hebras de satén de su retícula.
    – Cuando Spencer terminó de contarme su tarde en el pueblo, le hablé del disparo. -Levantó entonces los ojos y se enfrentó sin ambages a la mirada del señor Stanton-. Le permito que me diga «ya se lo advertí».
    – Se enfadó.
    – Por decirlo finamente. Insistió en que le contara todos los detalles, interrogándome como lo haría un investigador de Bow Street al sospechoso de un crimen. Me costó un gran esfuerzo convencerle de que estaba bien.
    – ¿Y lo está?
    – Sí, estoy perfectamente.
    – ¿Y logró convencer a Spencer con su argumentación?
    – No exactamente. Exigió ver mi herida. Después de comprobar con sus propios ojos que apenas se trataba de un rasguño, nuestra conversación dio un giro a mejor.
    – Le ha dolido que no haya confiado en él.
    – Estaba dolido, enojado, preocupado. Espero no volver a ver nunca la expresión que he visto en su rostro.
    – Spencer se preocupa por usted tanto como usted por él. No siempre podemos evitar que nuestros seres queridos se preocupen. A veces, tenemos que limitarnos simplemente a dejar que lo hagan.
    – Spencer me dijo algo muy parecido… justo después de recordarme que ya no era un niño. Luego me hizo prometerle que nunca le ocultaré nada importante. -Un extremo de su boca se curvó hacia arriba-. Naturalmente, yo he conseguido de él la misma promesa.
    – Entonces, al final todo se ha arreglado.
    Asintió.
    – Creo que, en el fondo, tenía plena intención de contárselo, pero me ofendió que usted me dijera que debía hacerlo. Hace años que no tengo a un hombre a mis pies diciéndome lo que debo o no debo hacer.
    – Sin duda, se refiere usted a la acepción más galante de la expresión «a mis pies» -dijo Andrew con un destello de sus hoyuelos-. Y no era mi intención decirle lo que debe hacer. Simplemente era una sugerencia.
    – Soy consciente de ello… ahora. Sin embargo, reaccioné mal en su momento, y lo siento. -Esbozó una sonrisa tímida-. Me temo que a la mujer moderna actual no le gusta que le den órdenes.
    Andrew se echó hacia atrás en una muestra de exagerada sorpresa.
    – ¿Es cierto eso? Nunca lo hubiera dicho.
    Catherine se rió.
    – En cuanto a Spencer, se ha mostrado muy varonil en su empeño por cuidar de mí.
    – Ya, bueno, me temo que eso es lo que les gusta hacer a los hombres con las mujeres a las que quieren… cuidar de ellas.
    Las palabras, pronunciadas desde la suavidad de su voz, provocaron un revoloteo de mariposas en el estómago de Catherine.
    – Sin embargo, la mujer moderna actual puede cuidar de sí misma.
    – Aun así, resulta muy agradable tener a alguien con quien compartir las cosas buenas y malas que ofrece la vida.
    Catherine meditó esas palabras durante unos segundos y luego asintió.
    – Sí, supongo que es cierto.
    Andrew se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos en las rodillas y la observó solemnemente. Catherine contuvo el aliento al tomar conciencia de la repentina proximidad del señor Stanton que le llenaba la cabeza con su aroma limpio y masculino. El corazón le latió con fuerza en el pecho al ver la expresión de seriedad que revelaron sus ojos oscuros.
    El silencio se instaló en el interior del carruaje durante varios segundos hasta que Andrew dijo:
    – ¿Se da usted cuenta de que llevamos en este coche casi un cuarto de hora y todavía no hemos discutido? De hecho, a menos que me equivoque, acabamos de ponernos de acuerdo en algo.
    Catherine parpadeó.
    – Por Dios, tiene usted razón.
    – ¡De nuevo estamos de acuerdo!
    – Y eso a pesar de que han sido pronunciadas las palabras «mujer moderna actual».
    – Tres veces -dijo el señor Stanton.
    – Dos.
    – Ah. Ya sabía que era demasiado bueno para que durara.
    Catherine no pudo reprimir una sonrisa, absorbiendo el calor que la bañó cuando él le sonrió a su vez. El carruaje se detuvo con una sacudida y Catherine se obligó a apartar los ojos de Andrew para mirar por la ventanilla. Acababan de llegar a Kelby Manor.
    Una casa llena de gente en la que no tendría que pasar una confortable noche a solas con el señor Stanton, que era precisamente lo que necesitaba.
    Y es que, tal y como había experimentado durante el agradable paseo en carruaje, cada vez resultaba más difícil evitar e ignorar al señor Stanton.

    Haciendo girar un brandy en una de las copas de delicado cristal del duque, Andrew se quedó entre un grupo de caballeros que hablaban de cierto tipo de técnicas de explotación granjera. O quizá hablaran de ovejas. ¿O sería de finanzas? Tenía la atención tan firmemente concentrada en el otro extremo de la estancia que no podía saberlo con seguridad.
    Lady Catherine estaba cerca de la chimenea, hablando con su amiga, la señora Ralston, y, aunque habría estado feliz deleitándose con el hermoso perfil de lady Catherine durante toda la noche, estaba de hecho más concentrado en los hombres que dirigían sus miradas en esa dirección.
    A juzgar por el número de caballeros presentes que Andrew había conocido en la fiesta de cumpleaños de lord Ravensly en Londres, obviamente el duque había cumplido con su promesa de invitar a sus amigos a tomar las aguas. Situados cerca de la ponchera, lord Avenbury y lord Ferrymouth tenían la mirada clavada en lady Catherine como quien mira un dulce desde el escaparate de una confitería. Estaba también lord Kingsly, aquel réprobo casado, quien la miraba de un modo tal que Andrew no pudo evitar apretar la mano alrededor de la copa. Y, cerca de los grandes ventanales, estaba el doctor Oliver, quien le había sido presentado a Andrew poco después de su llegada a la fiesta, mirando a lady Catherine con lo que supuso eran sus «ojos soñadores». No costaría mucho convencer a Andrew para que pusiera morados esos dos malditos ojos soñadores…
    – …¿Está usted de acuerdo, señor Stanton?
    Andrew volvió abruptamente la atención a la conversación. El duque, lord Borthrasher, el señor Sydney Carmichael y lord Nordnick le miraban con expresión expectante.
    – ¿De acuerdo?
    – En que hoy en día las mujeres expresan sus opiniones de manera demasiado directa -dijo el duque.
    – He reparado en ello, sí -dijo secamente-. Aunque prefiero que una dama diga lo que piensa.
    – Sin embargo, a menudo lo que piensan no son más que bobadas -protestó lord Borthrasher.
    – Supongo que eso depende de la dama en cuestión -dijo Andrew.
    – Bueno, si quieren saber mi opinión, son demasiado testarudas -dijo el duque-. Mis sobrinas, sin ir más lejos. -Señaló con la cabeza al trío de jovencitas con vestidos de colores pastel que gorjeaban cerca de las puertas abiertas que llevaban a la terraza-. No hay un sólo pensamiento inteligente entre ese grupo de bobaliconas. Hace un rato, la menor me ha informado de que no tenía la más mínima intención de casarse para conseguir fortuna… de que sólo se casará por amor. Menuda ridiculez. Es responsabilidad de un padre concertar matrimonios en base a las ventajosas uniones de fortunas y propiedades.
    – Me resulta extremadamente pasado de moda estar enamorado de tu mujer -apuntó lord Borthrasher. Se volvió hacia lord Nordnick-. Espero que tenga usted la intención de elegir sabiamente, Nordnick.
    Una sombra de profundo carmesí tiñó de rubor el cuello del joven.
    – Sin duda es posible concertar una boda ventajosa con una mujer a la que también se ame.
    – Bobadas -dijo el duque, agitando la mano-. Escoja esposa en base a su familia y fortuna y considérese afortunado si es alguien con quien pueda vivir sin excesivas preocupaciones. Reserve su amor para su amante.
    Lord Nordnick miró a Andrew.
    – Usted es norteamericano, señor Stanton. Como tal, ¿tiene usted una opinión distinta?
    – Sí. Más que casarme con una mujer con la que poder vivir, preferiría casarme con la mujer sin cuya presencia me resultara imposible vivir.
    Lord Borthrasher carraspeó.
    – ¿Y usted, Carmichael? ¿Cuál es su opinión?
    – Es deber y derecho de todo padre casar a su hija como lo considere oportuno -dijo el señor Carmichael.
    Andrew se tensó. Antes de poder contenerse, preguntó con suavidad:
    – ¿Y si la hija no está de acuerdo con el novio elegido por su padre?
    El señor Carmichael se volvió hacia él con una mirada estimativa. Levantó la mano para acariciarse la barbilla y el diamante de su anillo destelló.
    – Sería una muestra de escasa sabiduría por su parte. Interferir en esa clase de disposiciones no es más que pedir un desastre a gritos.
    – Bien, espero que mi cuñado pueda llegar a casar a esas tres tontuelas hijas suyas -dijo el duque-. Y, cuanto antes, mejor.
    Un movimiento en el otro extremo de la sala captó la atención de Andrew, que se volvió a mirar. El doctor Oliver se dirigía hacia lady Catherine.
    – Les ruego me disculpen, caballeros. -Con una leve inclinación de cabeza, Andrew abandonó su círculo. Sin embargo, antes de cruzar la habitación, se inclinó por detrás de lord Nordnick y dijo con voz queda-. Sé de buena fuente que lady Ofelia siente predilección por los tulipanes.
    Satisfecho por haber hecho lo que estaba en su mano para dar alas a las tentativas de cortejo de Nordnick, había llegado el momento de preocuparse por las propias. Mientras cruzaba el salón, su mirada envolvió al doctor Oliver, haciéndole presa de su crítica evaluación. Esperaba que el doctor fuera un hombre viejo, decrépito y frágil. Calvo. Con una de esas espantosas panzas. Y con los dientes marrones. O, mejor aún, sin dientes. Con cara de podenco. Un podenco feo, calvo, gordo y desdentado.
    Desgraciadamente, el doctor era un hombre alto, robusto y sin duda no mucho mayor de treinta años, si los llegaba a tener. Andrew vio, taciturno, que el rostro del doctor Oliver, aquel rostro condenadamente hermoso, se encendía como una maldita vela al acercarse a lady Catherine. Su sonrisa reveló una fila de dientes perfectos e inmaculadamente blancos. Andrew fue presa de un irreprimible deseo de desnivelar esos dientes.
    – ¿Podría hablar con usted sólo un instante, Oliver? -preguntó, deteniendo estratégicamente al hombre antes de que llegara a la chimenea.
    El doctor Oliver se detuvo y saludó a Andrew con una inclinación de cabeza.
    – Por supuesto. No he tenido oportunidad de hablar mucho con usted cuando nos han presentado. Es un gran placer conocer al explorador que está creando el museo con el hermano de lady Catherine. Los relatos de sus hazañas con lord Greybourne han sido fuente de largas horas de entretenida conversación entre lady Catherine y yo.
    – ¿Es eso cierto? -dijo Andrew con suavidad-. ¿Le ha contado lady Catherine la leyenda del desafortunado pretendiente?
    El doctor Oliver frunció el ceño y negó con la cabeza.
    – No lo creo.
    – Una historia realmente triste. Un joven mal aconsejado, quien, casualmente, era también médico, quedó prendado del objeto del afecto de otro hombre. Siendo la dama extremadamente hermosa, el hombre, que era además muy razonable, comprendió la fascinación que el médico sentía por ella y decidió que le daría justo aviso. Miró al médico directamente a los ojos y le dijo: «La dama le considera tan sólo un amigo, y sería un gran acierto por su parte recordarlo. Si le hace una sola insinuación más a mi mujer, me veré obligado a hacerle daño». -Andrew sacudió la cabeza con gesto triste-. Menuda pandilla de bárbaros, los antiguos egipcios.
    Lentamente, la comprensión fue iluminando la mirada del médico y su mandíbula se tensó.
    – Ni que lo diga. ¿Y qué hizo el médico?
    – Según cuenta la leyenda, se batió en retirada. Una decisión de lo más inteligente.
    Se miraron durante varios segundos y luego el doctor Oliver dijo:
    – Estoy convencido de que si el médico se batió en retirada fue porque se dio cuenta de que la dama realmente lo veía sólo como a un amigo. No porque fuera un cobarde. -Se inclinó hacia delante y bajó la voz-. Porque si la dama le hubiera dado la menor indicación de que lo veía como algo más que un amigo, bien, en ese caso creo que el otro caballero se vería sin duda con una pelea entre manos.
    Andrew mantuvo la expresión impasible, aunque mentalmente no pudo sino aplaudir al médico. De no haber sido por lady Catherine, de hecho quizá incluso habría sentido simpatía hacia ese hombre.
    – Creo que nos entendemos.
    – Sí, creo que así es. Y, si me disculpa, señor Stanton… -Con una seca inclinación de cabeza, Oliver le dejó para dirigirse hacia la ponchera.
    Excelente. Otro pretendiente fuera de juego. Andrew miró a su alrededor y, en cuanto su mirada se posó en lord Kingsly, sus ojos se entrecerraron. Era evidente que Kingsly, al igual que varios otros caballeros, harían bien en oír el relato del desafortunado pretendiente.

    Catherine estaba sola junto a la chimenea, sorbiendo su jerez y esperando el regreso de Genevieve. De hecho, cuando Genevieve se había excusado un instante, ella se había sentido aliviada. Por primera vez en el curso de su larga amistad, le había resultado difícil seguir el hilo de la conversación de su amiga. Se había visto obligada a decir «¿Perdón?» en tres ocasiones, y todo por culpa de él. La noche no transcurría como había imaginado. Oh, la parte de su plan basada en el arte de evitar funcionaba espléndidamente. Poco después de su llegada a la velada, había dejado al señor Stanton en compañía del duque y de varios caballeros más para ir a reunirse con Genevieve. Era la parte que se centraba en el arte de ignorar la que estaba fracasando miserablemente. Llevaba perfecta cuenta de las veces que el señor Stanton se movía por la sala. Las veces que hablaba con alguien nuevo. Las veces que se había acercado a la ponchera. Presa de la desesperación, había por fin decidido situarse dando la espalda a la estancia. Sin embargo, se vio entonces aguzando el oído en un intento por captar el sonido de su voz y lanzando apresuradas miradas por encima del hombro para estar al corriente de la ubicación del señor Stanton.
    Nunca antes había estado tan intolerablemente pendiente de nadie. Jamás le había resultado tan absolutamente imposible ignorar a alguien. Era una sensación inquietante y confusa, y no le cabía duda de que no le gustaba ni un ápice.
    Genevieve se reunió con ella y dijo, bajando la voz:
    – Querida, acabo de oír una conversación de lo más fascinante.
    – ¿Ah, sí? ¿Entre quién?
    – Entre tu señor Stanton y el doctor Oliver.
    El calor se adueñó de las mejillas de Catherine.
    – No es mi señor Stanton, Genevieve.
    – A juzgar por lo que acabo de oír, creo que lo es, quieras o no. Acaba de manifestar sus pretensiones ante el doctor Oliver, y de forma notablemente inteligente, debo añadir, al amparo de un relato titulado «la leyenda del desafortunado pretendiente».
    – ¿Manifestar sus pretensiones? ¿A qué te refieres?
    Catherine escuchó atentamente mientras Genevieve relataba la conversación que acababa de escuchar.
    Cuando terminó, Genevieve dejó escapar un suspiro encantado.
    – Ese hombre es sencillamente divino, Catherine.
    El calor abrasaba a Catherine, quien a su vez intentaba convencerse de que no era más que el calor fruto de la vergüenza. Del ultraje ante la manifiesta temeridad del señor Stanton. Sin embargo, por mucho que se empeñara, no podía negar el estremecimiento femenino y casi primitivo que la recorrió.
    – Oh, volver a ser deseada de ese modo… -Una sonrisa lenta y maliciosa curvó los labios de Genevieve-. Si no fuera por mis manos, estoy convencida de que competiría contigo por las atenciones del señor Stanton.
    Una intensa y rauda inyección de celos se abrió paso en Catherine.
    – Todo tuyo -dijo con expresión rígida.
    Genevieve se rió.
    – Querida, ojalá tus palabras fueran sinceras y mis manos no estuvieran tullidas ni el caballero tan profundamente enamorado de ti… -Interrumpió sus palabras y se acercó a Catherine para susurrar-. Aquí viene.
    Antes de que Catherine pudiera tomar aliento, el señor Stanton apareció ante sus ojos.
    – ¿Puedo acompañarlas, señoras?
    – Por supuesto, señor Stanton -dijo Genevieve con una deslumbrante sonrisa-. Una fiesta deliciosa, ¿no le parece?
    – Sin duda. Estoy disfrutando inmensamente.
    – Está usted siendo muy sociable, señor Stanton -dijo Catherine, encantada al comprobar lo fría que sonaba su voz en contraste con el calor que la abrasaba-. Diría que ha hablado usted con todas las personas de la sala.
    – Sólo intentaba animar un poco la velada.
    – Estábamos hablando de la competición -dijo Genevieve, cuyos ojos se mostraron llenos de un interés inocente.
    La certeza por parte de Catherine de que la temperatura que alimentaba el calor de sus mejillas no podía subir ni un grado más resultó incorrecta, y lanzó una mirada represiva a su amiga, mirada que Genevieve ignoró alegremente.
    – ¿De la competición? -repitió el señor Stanton-. ¿En relación a los eventos deportivos?
    Genevieve negó con la cabeza.
    – En relación a los asuntos del corazón. ¿Sería tan amable de darnos su opinión?
    La mirada del señor Stanton se posó entonces en Catherine y la atractiva mirada de sus ojos oscuros la paralizó. Luego, Andrew volvió su atención para incluir a Genevieve en su respuesta.
    – Identificar al contrincante -dijo- y superar su estrategia.
    – Excelente consejo -dijo Genevieve, asintiendo de modo aprobatorio-. ¿No estás de acuerdo, Catherine?
    Catherine tuvo que tragar saliva dos veces para encontrarse la voz.
    – Ejem, sí.
    – La música está a punto de dar comienzo -dijo Genevieve-. ¿Conoce usted los pasos de nuestros bailes campestres, señor Stanton?
    – Pasablemente.
    – ¿El vals?
    El señor Stanton sonrió.
    – Extremadamente bien.
    – Excelente. Estoy segura de que no le faltarán parejas. -Genevieve se inclinó hacia delante y bajó la voz en un gesto conspirador-. Las sobrinas del duque muestran un vivo interés por usted.
    – ¿Cómo? -dijeron Catherine y el señor Stanton al unísono.
    – Las sobrinas del duque. Se las ve muy encaprichadas.
    La mirada de Catherine se clavó en el trío de jóvenes damas. Tres miradas fascinadas estaban prendidas del señor Stanton como si fuera una nueva especie de animal exótico. Sintió un calambre desagradable e indeseado que Catherine estaba empezando a reconocer demasiado bien.
    El cuarteto de cuerda tocó una serie de arpegios y se lanzó a tocar su primera pieza, un vals.
    El señor Stanton se volvió hacia Catherine y le ofreció una formal inclinación de cabeza.
    – Ya que nos fue imposible compartir un baile en la fiesta de cumpleaños de su padre, ¿puedo ahora solicitar tal honor?
    El sentido común le indicó que bailar con él, dejarse estrechar entre sus brazos, no encajaba en su táctica de «evitar e ignorar». Pero todo lo que había en ella de femenino anhelaba aceptar su oferta. Hacía mucho tiempo que no bailaba. Y deseaba tanto bailar con él…
    – Será un placer -dijo.
    Posando suavemente los dedos en el antebrazo que le ofrecía el señor Stanton, ambos se dirigieron a la pista de baile. Andrew la hizo girar hasta que ella quedó de cara a él y Catherine tuvo que contener el aliento al ver la expresión de sus ojos. Antes de poder descifrar esa mirada, su mano quedó envuelta en la de él al tiempo que la palma de Andrew se posó con firmeza en la base de su columna y la de ella sobre su ancho hombro. Luego… pura magia.
    El salón empezó a girar en un remolino irisado mientras él la guiaba con mano experta alrededor del brillante suelo de la pista. Allí donde la mano de Andrew tocaba su espalda, el calor se expandía por todo su ser, envolviéndola en un ardiente halo, como si estuviera bajo un rayo de sol. Catherine notaba la flexible fuerza de su hombro bajo las yemas de los dedos y placenteros hormigueos ascendían por su brazo desde el imperceptible espacio que encerraban las manos entrelazadas de ambos. El olor del señor Stanton, esa deliciosa mezcla de lino, sándalo y algo más que le pertenecía sólo a él, le llenaba la cabeza, casi mareándola.
    Tenía la sensación de flotar sobre la pista, volando entre sus fuertes brazos al tiempo que todo, todos, se desvanecían en un plano secundario salvo aquel hombre cuya mirada en ningún momento se apartó de la suya, cuya expresión embelesada la hacía sentir de algún modo hermosa y más mujer. Femenina y excitante. Joven y despreocupada. Estimulada, con el corazón latiéndole de puro regocijo, infundiéndole una sensación de libertad como no había conocido hasta entonces, obligándola a hacer uso de toda su educación para no echar atrás la cabeza del modo menos apropiado para una dama y simplemente reírse presa de la más pura y absoluta felicidad.
    Cuando el señor Stanton finalmente la detuvo, Catherine ni siquiera había reparado en que la pieza había concluido. Durante el espacio de varios segundos, ninguno de los dos se movió y siguieron de pie en la pista cual presas de una danza inmóvil. Errantes jadeos hicieron su aparición entre los labios separados de Catherine, aunque no habría sabido decir si su laboriosa respiración se debía al esfuerzo del baile o a que el hombre seguía tocándola. Al mirarle, le pareció que esos ojos oscuros ocultaban cientos de secretos, miles de pensamientos, y de pronto se vio desesperada por conocer cada uno de ellos.
    El aplauso dedicado a los músicos la sacó de su estupor. Andrew la soltó despacio y al instante ella lloró la pérdida de su calor y de su fuerza. Tras serenarse, no sin evidente esfuerzo, aplaudió cortésmente y sonrió al señor Stanton.
    – Baila usted muy bien, señor Stanton.
    – He encontrado la inspiración en mi encantadora pareja.
    – Me temo que estoy tremendamente desentrenada.
    – Nada así lo indica. Pero, se lo ruego, considéreme a su disposición si desea poner en práctica sus habilidades.
    La tentación que suponía pasar horas disfrutando de la deliciosa sensación de girar alrededor de la pista con él a punto estuvo de abrumarla.
    No, volver a bailar con él sería un error más que evidente. Y no haría sino probar de nuevo el fracaso de su táctica de «evita e ignora». Aun así, no tenía el menor deseo de bailar con ningún otro de los presentes.
    El sonido de risas femeninas captó su atención y Catherine se volvió. Las tres sobrinas del duque se acercaban en ese instante a ellos con las miradas prendidas en el señor Stanton, cada una de las jóvenes a la espera de una invitación para bailar.
    Alarmada, Catherine se dio cuenta de que no sólo no tenía el menor interés en bailar con ningún otro caballero que no fuera el señor Stanton, sino que no deseaba que éste bailara con nadie que no fuera ella. Las anteriores palabras de Andrew resonaron en su cabeza: «Identificar al contrincante y superar su estrategia». Levantó los ojos para mirarle y dijo con suavidad:
    – Me temo que me encuentro un poco… acalorada. ¿Le importaría que volviéramos a casa?
    Al instante, la preocupación asomó a los ojos de Andrew. A pesar de que la mirada del señor Stanton aguijoneó la conciencia de Catherine, lo cierto es que se sintió tremendamente acalorada.
    – Por supuesto que no -fue la inmediata respuesta de Andrew-. Nos vamos ahora mismo.
    Catherine intentó por todos los medios pasar por alto el arrebol de placer que la invadió ante la innegable disposición de Andrew, arrebol que nada bueno presagiaba para su estrategia basada en las premisas de «evita e ignora».
    Lo intentó, pero fracasó.

Capítulo 11

    A menudo el destino sonríe, presentando a la mujer moderna actual la inusual y preciosa oportunidad de obtener el deseo más secreto de su corazón. De encontrarse en tan afortunada y gloriosa circunstancia, debería pronunciar las sabias palabras Carpe Diem y no dudar en aprovechar el día, pues quizá sea su única oportunidad. Ser una mujer de acción, y no de lamentos, pues son las cosas que no hacemos las que nos causan pesar.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima

    Andrew recorría su habitación de un extremo al otro, alternando la mirada entre las candentes brasas de la chimenea y el jardín iluminado por la luna al otro lado de la ventana. Pasó con andar majestuoso por delante de la cama y lanzó una oscura mirada ceñuda al edredón azul marino. A pesar de lo cómodo que parecía el lecho, no tenía ganas de acostarse, pues sabía bien que el sueño no llegaría. Su mente, sus pensamientos estaban abrumadoramente colmados. Por ella.
    Catherine. Con un gemido, se detuvo delante de las brasas encendidas de la chimenea y se pasó las manos por la cara, recordando vívidamente la expresión de júbilo de ella mientras bailaban esa noche al ritmo de vals. El exquisito contacto de sus brazos, sus hermosos ojos iluminados de pura felicidad, su delicado aroma floral llenándole la cabeza. Había tenido que echar mano de hasta el último gramo de su poder de autocontrol para evitar atraerla hacia él y profesarle su amor en presencia de toda aquella colección de invitados.
    A pesar de que el delicioso recorrido en el carruaje y el posterior vals le habían proporcionado un atisbo de esperanza en relación a su plan para cortejarla, esa luz se había extinguido del todo en cuanto habían regresado a villa Bickley y Catherine se había disculpado inmediatamente, retirándose en el acto.
    Una semana. Disponía de una condenada semana para cortejarla. Para lograr que se enamorara de él. Que cambiara de opinión y considerara la posibilidad de volver a casarse. Para convencerla de que se pertenecían. De que, a pesar de su cuna plebeya, sería para ella un buen marido y un buen padre para Spencer. Que la amaba tanto que vivía en una nube de dolor.
    Cerró con fuerza los ojos, al verse presa del miedo. Una semana… y es que, a menos que algo drástico ocurriera, presentía con claridad que ella no le invitaría a quedarse más tiempo, y, en cualquier caso, él tenía que volver a Londres para supervisar la marcha del museo. No, en el plazo de una semana, él regresaría a su vida en la ciudad y ella se quedaría allí.
    Una semana. Incluso aunque, por un milagro, fuera capaz de llevar a término todas esas tareas aparentemente imposibles y lograra convencerla para que accediera a compartir su futuro con él, no podía ignorar lo que ocurriría cuando revelara su pasado. ¿Le rechazaría Catherine cuando le confesara los secretos que nunca había contado a nadie? ¿Las circunstancias que le habían obligado a abandonar Norteamérica?
    Abrió los ojos y clavó la mirada en el fuego, buscando inútilmente respuestas en las oscilantes llamas anaranjadas. Su conciencia se debatía en la misma duda a la que se enfrentaba cada vez que ponderaba la desalentadora pregunta de si revelar o no su pasado. Odiaba la idea de mentirle o de que existieran secretos entre ambos. Le gustaba pensar que, si surgía la ocasión, se lo diría.
    Pero ¿lo haría? Dios santo, no lo sabía. Si era tan afortunado como para obtener finalmente su favor, ¿se arriesgaría, podía permitirse arriesgarse a perderla diciéndole la verdad? La conciencia le apremiaba a decírselo. Catherine merecía la verdad. Pero luego se imponía la racionalización que siempre le retorcía las entrañas hasta hacer con ellas un nudo imposible: nadie, salvo él, lo sabía. Si no se lo decía, ella jamás se enteraría.
    Con un largo suspiro, se mesó los cabellos y apartó la cuestión de su cabeza, dejándola sin respuesta una vez más. Ahora tenía que concentrarse en revisar su estrategia para cortejarla, porque, hasta el momento, su cuidadoso plan no estaba dando el deslumbrante éxito que había esperado. Necesitaba uno nuevo, y, teniendo en cuenta las restricciones temporales y el hecho de que había otros pretendientes amenazando en el horizonte, tenía que ser un plan no sólo drástico, sino brillante. Pero ¿cuál? «Maldición. Necesito ayuda. Necesito…»
    De pronto una idea asomó a su mente y Andrew se quedó paralizado durante unos segundos. Sí… quizá fuera eso lo que podría ayudarle. Con paso decidido, cruzó la alfombra persa azul y dorada hacia el armario y sacó la maleta de cuero marrón del rincón trasero. Metió dentro la mano y con sumo cuidado abrió el bolsillo oculto en el forro, del que sacó el objeto que había escondido dentro después de comprarlo en Londres la mañana que habían salido en dirección a villa Bickley.
    La Guía femenina para la consecución de la felicidad personal y la satisfacción íntima de Charles Brightmore.
    Hizo girar el fino ejemplar forrado en piel en sus manos. Aunque Catherine había apostado a que él no lo leería, Andrew le demostraría que estaba equivocada. No sólo lo leería, sino que, con suerte, aprendería algo del tal Charles Brightmore que quizá inspirara en él un nuevo plan para cortejarla. Como mínimo, ganaría su apuesta con lady Catherine, teniendo así derecho a un pago… una perspectiva colmada de posibilidades.
    Acercó el sillón de orejas al fuego y se acomodó en la confortable butaca. No debía de llevarle más de una hora leer el libro. Luego diseñaría su nuevo plan.
    Esta vez acudiría a la batalla armado hasta los dientes.

    Arrellanada en su dormitorio en el confort de su sillón de orejas favorito junto al fuego, Catherine apoyó la cabeza en la blanda butaca y cerró el fino ejemplar forrado en piel. Pegó el libro a su pecho, cerró los ojos, apretándolos con fuerza, y de nuevo maldijo su estupidez al leer las palabras que la llenaban de oscuros anhelos. Crudas necesidades. E insaciable curiosidad.
    Algunos retazos de la Guía Femenina invadían su cerebro, prendiendo fuego a deseos que con tanto esfuerzo había intentado reprimir.
    «La pausada caricia de la mano de un hombre recorriendo por entero el muslo de una mujer… las increíbles sensaciones experimentadas por ambos cuando la mujer es lentamente penetrada por su dureza… hacer el amor a plena luz para ver así cada matiz de la pasión que embarga a su amante… aprender los secretos más íntimos del otro con las manos, los labios y las lenguas… un hombre desnudo se convertirá en un festín de deleites para aquella mujer deseosa de explorar…»
    Un suave gemido escapó de sus labios. Un calor que nada tenía que ver con el fuego de la chimenea la inundó. Sintió palpitar el pulso en la base del cuello. Entre los muslos. Sintió los pechos pesados e inflamados, y casi dolorosamente erectos.
    Levantó una mano y despacio la cerró sobre la piel sensible envuelta en el tejido del camisón. El pezón, duro y anhelante, pegado a la palma. Apretó el seno con suavidad, lanzando llamaradas a sus entrañas, aumentando la incomodidad que la embargaba, más que aliviándola. Dejó la Guía a un lado, se levantó y empezó a caminar de un extremo a otro de la habitación.
    Dios bendito, las cosas que Genevieve había descrito en la Guía… cosas increíbles, impensables, infinitamente atormentadoras. Mientras escribía al dictado de Genevieve, dando forma con mano temblorosa a semejantes maravillas íntimas, se cuestionaba si Genevieve estaría creando ficción. Sin embargo, su amiga le había asegurado que no. Genevieve había sido durante diez años la amante de un barón, al que había cautivado con sus proezas sexuales, proezas que había aprendido bajo la tutela de su madre, quien a su vez había dedicado toda su vida adulta a las labores de amante. Había puesto también en funcionamiento su propia imaginación, inspirada en el profundo amor que sentía por el barón. «Cometí un grave error al enamorarme de él, Catherine -había dicho Genevieve-. Se me partió el corazón cuando decidió poner fin a nuestra relación. Encontró a una mujer más joven. Más hermosa. Ya no deseaba que mis feas manos le tocaran…»
    Catherine se detuvo junto a la ventana. Apoyando la frente contra el frío cristal, fijó la mirada en la oscuridad, viendo sólo las imágenes que la bombardeaban. El señor Stanton y ella… las manos de ambos explorándose. Las bocas tocándose. Brazos y piernas entrelazados.
    ¿Cómo sería el tacto de sus manos grandes, fuertes y callosas al acariciarla? ¿Sentir cómo su hermosa boca la besaba? ¿Sus piernas largas y musculosas pegadas a las suyas?
    Sin duda había caído en un estado febril. No debería haber vuelto a leer el libro. Debería haber dejado que sus deseos y necesidades siguieran dormidos. Y lo habría logrado. Si el señor Stanton no los hubiera hecho nacer de nuevo a la vida.
    Después de ayudar a Genevieve a escribir el libro y de haber aprendido las maravillas que podían existir físicamente entre un hombre y una mujer, Catherine se había quedado perpleja. Jamás había experimentado algo semejante con Bertrand.
    No obstante, tras haber tenido acceso a la seductora información reflejada en la Guía, su mente había vagado con mayor frecuencia a los asuntos de índole sensual, avivando en ella la curiosidad y los deseos largamente reprimidos. Desde que, once meses atrás, y poco después de la muerte de Bertrand, se había embarcado en la escritura de la Guía, ¿cuántas noches había pasado acostada en su solitaria cama sintiendo palpitar el cuerpo con necesidades nuevamente despiertas e insatisfechas? Más de las que se atrevía a recordar. Sus intentos por calmar el deseo sólo habían conseguido dejarla más frustrada aún.
    En el pasado, siempre que imaginaba que un amante la tocaba, la imagen del hombre en cuestión había sido informe y envuelta en sombras.
    Ya no.
    El rostro del señor Stanton llenaba su mente, encendiendo su imaginación y sus fantasías como nunca lo habían estado hasta entonces. El señor Stanton no era un producto de su imaginación, sino un hombre de carne y hueso. Que la había llamado hermosa. Que la había hecho sentir como si flotara sobre las nubes mientras bailaba el vals con ella. Que podía inspirarle escalofríos de placer con una simple mirada. Que, a ojos de Genevieve, sentía algo por ella, o, como mínimo, la deseaba.
    La deseaba. Catherine cerró los ojos y dejó escapar un prolongado suspiro ante la miríada de sensuales imágenes que esas dos palabras inspiraban en ella. Imágenes que nada hicieron por enfriar su excitación ni relajar su tensión. Anhelaba poder disfrutar del olvido que sólo proporciona el sueño, pero sabía por experiencia que el sueño no llegaría.
    Como siempre que no conseguía relajar el cuerpo ni la mente, las aguas la llamaron con su reconfortante calor. Catherine adoraba la privacidad que le proporcionaba poder disfrutar de las aguas en la oscuridad, a solas, sólo ella y los suaves murmullos de la noche a su alrededor. Apartándose de la ventana, giró sobre sus talones y fue hasta el armario, sacando el grueso y acolchado albornoz que la acompañaba en todas sus excursiones nocturnas.
    Necesitaba sentir sobre la piel las calmantes aguas como nunca antes lo había necesitado.

    Andrew se detuvo en el oscuro sendero y aguzó el oído. Un chapoteo. Debía de estar cerca de las aguas termales o quizá del pequeño estanque que Spencer había mencionado en alguna ocasión. Sería mejor que se anduviera con cuidado y no tropezara con las aguas o con el estanque de improviso, en cuyo caso aquel sería el último paseo nocturno que daría en su vida.
    Se oyó otro suave chapoteo, al parecer procedente de un racimo de rocas perfiladas a la luz de la luna unos diez metros por delante de él. Lo mejor sería echar un vistazo a los condenados manantiales y así estar preparado en caso de que no fuera capaz de encontrar excusa alguna para evitar ir allí con Spencer. Si no le quedaba más remedio, se quedaría mirando, pero ni una manada de caballos salvajes lograría meterle en el agua.
    Dio varios pasos adelante y se quedó helado cuando a sus oídos llegó otro sonido. Algo que sonaba claramente parecido a… ¿un canturreo? Seguido por un largo y ronroneante hummmmm de inconfundible placer. Inconfundible placer que sonaba claramente femenino. Sin duda no podía tratarse de…
    Apartando de su mente la idea antes de que pudiera echar raíces y llenarle la cabeza con un centenar de fantasías, siguió avanzando. Rápido, silencioso, se acercó al racimo de rocas. Al amparo de las sombras, fue moviéndose alrededor de las rocas hasta que nada impidió su visión. Y el corazón a punto estuvo de dejar de latirle en el pecho.
    Un pequeño estanque circular de agua, de unos tres metros de diámetro, rodeado de rocas por tres de sus lados, se dibujó ante su estupefacta mirada. Del agua se elevaban sinuosas espirales de vapor, brillantes a la luz de la luna… que rodeaban a lady Catherine en una etérea niebla.
    Andrew parpadeó, convencido de que era su desesperada imaginación la que había conjurado a Catherine. Sin embargo, al abrir los ojos, ella seguía allí.
    Sumergida hasta la barbilla en el agua vaporosa, con los ojos cerrados y una semisonrisa asomándole a los labios, Catherine soltó otro largo ronroneo de placer.
    Como aturdido, Andrew se quedó totalmente inmóvil, transpuesto ante la visión de ella.
    Quiso hacer… algo. Desvelar su presencia, o desaparecer sin ser visto, pero cuando Catherine se llevó las manos a la cabeza y, despacio, fue quitándose los pasadores que le sujetaban el pelo, fue incapaz de moverse. Los oscuros rizos fueron cayéndole sobre los hombros y al instante Andrew se imaginó pasando sus dedos entre los delicados mechones, hundiendo el rostro en esos suaves y fragantes bucles.
    Catherine abrió la boca, inspiró hondo y desapareció bajo la superficie. Las cejas de Andrew se unieron en un repentino ceño. Maldición. Odiaba ver desaparecer a alguien bajo el agua de aquel modo. ¿Y dónde demonios estaba? ¿Por qué tardaba tanto en salir a la superficie?
    Sus ojos escudriñaron la superficie. ¿Por qué no había aparecido todavía? No debería pasar tanto rato sumergida. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Sin duda, sólo unos segundos. Aun así, se notó espoleado por diminutos clavos de pánico.
    Avanzó unos pasos. ¿Y si Catherine se había enredado con algo bajo el agua? ¿Cómo se las ingeniaría para salvarla? No sabía nadar. Los dos morirían. Saltaría al agua para salvarla, pero ¿podría lograrlo antes de hundirse él mismo como una piedra?
    Catherine seguía sin reaparecer. Perlas de sudor salpicaron la frente de Andrew y los clavos de pánico dieron paso a un terror absoluto que le contrajo el corazón.
    – Catherine -gritó, echando a correr-. Cath…
    La cabeza de Catherine asomó a la superficie y Andrew resbaló hasta detenerse bruscamente a poco más de un metro del borde del manantial.
    Ella abrió los ojos, lo vio y soltó un jadeo.
    – ¡Señor Stanton! -Sus ojos se abrieron como platos-. ¿Qué está haciendo aquí?
    Andrew respiraba todavía en entrecortados jadeos al tiempo que sus pulmones funcionaban como fuelles. Cerró con fuerza los ojos e intentó recuperar el control de sus emociones. De hecho, estaba físicamente debilitado. Sentía débiles las rodillas y estaba furioso.
    Avanzó hasta el borde del manantial con una furiosa zancada y le lanzó una mirada enojada.
    – Más apropiada sería la pregunta: «¿Qué demonios está usted haciendo aquí?».
    Catherine se quedó boquiabierta y sólo alcanzó a clavar en él la mirada. Andrew no supo si estaba conmocionada por la clara amenaza implícita en su postura y en su voz o por su empleo de la obscenidad que había salpicado su pregunta, aunque en ese momento, poco le importó.
    – ¿Es que se ha vuelto usted loca viniendo aquí sola? -bufó de cólera-. ¿Y de noche? ¿Para nadar a solas? ¿Acaso sabe alguien que está aquí? ¿Y si le hubiera ocurrido algo? Por el amor de Dios, ¿en qué estaba usted pensando?
    Catherine parpadeó varias veces y apretó los labios con firmeza. Mascullando algo que sonó sospechosamente a «qué hombre tan irritante e insoportable», se agarró al borde del estanque. Antes de que Andrew se diera cuenta de lo que ella pretendía, Catherine se impulsó fuera del manantial para subir al borde rocoso de la orilla. Entonces, con el agua cayéndole por el cuerpo, se acercó a él a grandes zancadas.
    Cualquier pensamiento que Andrew pudiera haber albergado, y unos cuantos que todavía no se le habían ocurrido, desaparecieron de su cabeza al instante y cayeron al suelo, junto a sus pies, reuniéndose allí con su mandíbula.
    Catherine parecía una pálida ninfa marina, con el pelo oscuro mojado echado hacia atrás, los oscuros rizos alisados por el agua y tapizándole la espalda hasta la cintura. Su cuerpo estaba cubierto, o, hablando con propiedad, descubierto, por una camisa mojada que se adaptaba a su cuerpo como pintada sobre él con pintura transparente. La mirada estupefacta de Andrew se deslizó hacia abajo, recorriendo su delicada clavícula hasta la generosa inflamación de sus pechos, coronados por unos pezones oscuros y endurecidos. La hendidura de su cintura. El ensanchamiento de las caderas. La sombra del oscuro triángulo anidado entre sus torneados muslos. Descendió hasta las pantorrillas, y de allí hasta sus esbeltos tobillos y sus delicados pies.
    Catherine se detuvo a menos de un metro delante de él y Andrew volvió a clavar los ojos en su rostro. El hielo que emanaba de su gélida mirada sin duda pretendía dejarlo helado donde estaba.
    – No, señor Stanton -dijo ella con la voz palpitando de ira-. No he perdido el juicio. A menudo visito este manantial de agua caliente, sola y de noche, y disfruto de esta soledad. No estaba nadando, simplemente me remojaba. No corría el menor riesgo pues no sólo soy una excelente nadadora, sino que el agua del manantial no llega a cubrirme los hombros. Nadie sabe de mi presencia aquí, pero le aseguro que estoy perfectamente a salvo. Little Longstone no es Londres, ni, salvo usted, tenemos personas peligrosas merodeando por los arbustos. Y ahora que he respondido a todas sus preguntas, quizá pueda aclararme qué demonios está usted haciendo aquí.
    A pesar de que quiso responderle, Dios mío, no se encontró la voz. Verla allí mojada, hermosa y enojada le había dejado totalmente desprovisto de su capacidad de habla. Maldición, pero si casi había perdido hasta la capacidad de respirar.
    Catherine se plantó los puños en las caderas.
    – ¿Me espiaba? ¿Intentaba acaso asustarme?
    Andrew frunció el ceño, negó con la cabeza y tragó saliva.
    – No. -Su voz sonó ronca, como si llevara una o dos décadas sin utilizarla-. No podía dormir. Necesitaba tomar un poco el aire. Oí un chapoteo… y ahí estaba usted. Todavía no me había recuperado de mi sorpresa cuando la vi sumergirse en el agua. Me pareció que estaba demasiado tiempo sin aparecer. Creí que se estaba ahogando. -Apenas logró empujar la última palabra entre sus labios.
    Incapaz de detenerse, alargó la mano y pasó unos vacilantes dedos por su mejilla. Su piel era suave, cálida y mojada bajo sus yemas. Catherine abrió aún más los ojos ante aquel gesto, pero no apartó la cara.
    – Siento haberle gritado. Creí que se estaba ahogando… -Los dedos de Andrew se retiraron de su mejilla y le pareció ver una sombra de decepción en los ojos de Catherine. Bajó las manos y tomó las de ella, llevándolas a continuación al punto exacto de su pecho donde su corazón todavía palpitaba acelerado-. ¿Nota usted lo mucho que me he asustado? -preguntó, deleitándose al sentir las manos de ella sobre su cuerpo, deseando que su camisa desapareciera como por arte de magia.
    La cabeza de Catherine dibujó una leve inclinación.
    – Yo… yo también lo siento. Sólo me estaba mojando el pelo.
    Andrew inspiró y el delicioso aroma del cuerpo cálido, mojado y casi desnudo de Catherine le colmó por completo los sentidos, embriagándole. Su repentino arranque de ira se desvaneció tan rápido como había estallado, reemplazado ahora por un rugido de deseo que amenazaba con hacerle caer de rodillas. Todos los sentimientos que había contenido durante tanto tiempo afloraron a la superficie, desbaratando su contención como una pluma a lomos de un mar revuelto. La deseaba tanto…
    Le soltó las manos, rodeó con las palmas su rostro y, despacio, bajó la cabeza.
    Al sentir el primer suave roce de sus labios contra los de ella, Andrew se detuvo, asumiendo la increíble realidad de que estaba ciertamente besándola, memorizando la sensación. De nuevo rozó con sus labios los de ella y Catherine no pudo reprimir un jadeo casi imperceptible. Sus dedos se cerraron contra el pecho de él, sus labios se separaron ligeramente y el deseo que él había contenido durante tanto tiempo estalló en un torrente.
    Con un gemido, Andrew borró el espacio que se abría entre los dos con un sólo paso. Rodeándole la cintura con un brazo, la atrajo con fuerza hacia él. Le enredó los dedos entre el pelo mojado y entonces intensificó la fuerza del beso.
    Catherine quedó de pie en el fuerte círculo de los brazos de Andrew y simplemente permitió que la violencia de sensaciones que la martilleaban se adueñaran por completo de ella. Cálido. Andrew era tan cálido… Se sentía como si la hubieran envuelto en una manta de terciopelo.
    Sólida. La sensación de su cuerpo pegado al de él desde el pecho a la rodilla le arrebató el aliento. Sus dedos se cerraron para volver a abrirse contra su pecho, y sintió entonces la dureza de los músculos de aquel hombre bajo la finura del lino. El corazón de Andrew palpitaba contra sus palmas y absorbió entonces cada latido, consciente de que su corazón palpitaba a un ritmo de idéntico frenesí.
    Despegó los labios y fue recompensada con el erótico y delicioso contacto de su lengua con la de ella. Andrew tenía un sabor oscuro y exótico, con un leve rastro de brandy.
    Más. Quería más de aquella embriagadora maravilla, más de aquellas sensuales delicias. Se pegó aún más contra él, deleitándose al sentir su dureza contra su vientre. Un gemido sordo vibró en la garganta de Andrew y Catherine deslizó una mano hasta ella para tocar el sonido. Él no llevaba corbata y sus dedos rozaron la suave hendidura de la base de su cuello para introducirse bajo el tejido y tocar su cálida y firme piel antes de subir deslizándose y abrirse paso entre su abundante pelo.
    El señor Stanton la agarró con más fuerza y ella se pegó más a él, retorciéndose contra su cuerpo. «Más, por favor, más…»
    Andrew respondió a su silenciosa súplica, inclinando su boca sobre la de ella con un largo, lento y profundo beso de lengua contra lengua con el que a Catherine le disolvió los huesos. Sus grandes manos recorrieron sus cabellos y se deslizaron poco a poco por su espalda, como intentando memorizar cada centímetro de ella.
    Cuando sus palmas llegaron a su cintura, Andrew separó sus labios de los de ella y deslizó su boca a lo largo de su mandíbula, bajando por su cuello con una serie de besos y pequeños mordiscos ardientes. Escalofríos de placer la sacudieron y echó hacia atrás la cabeza para facilitarle el acceso.
    Andrew trazó un pequeño sendero de regreso, ascendiendo de nuevo por su cuello hasta el reencuentro con sus labios, destruyéndola con otro beso abrasador y lujurioso de bocas abiertas con el que le hizo sentir que era un puñado de dinamita a punto de estallar. Un largo gemido preñado de anhelo ascendió entre rugidos desde las inmediaciones de los dedos de los pies de Catherine. Andrew suavizó el beso, levantó la cabeza y el gemido de ella se transformó en una clara muestra de protesta.
    Catherine se obligó a abrir los ojos y se quedó quieta. Un femenino estremecimiento en nada parecido a lo que hubiera podido sentir hasta entonces la cubrió al ver el fuego que ardía en la mirada de Andrew. Nunca un hombre la había mirado así. Con tanto ardor. Tanta pasión. Tanta reverencia. Con un hambre tan pura. Sintió que un temblor recorría al señor Stanton y vio cómo luchaba por dominar sus impulsos… una lucha que una parte de ella anhelaba ver perdida. La parte femenina que anhelaba volver a sentir su beso. Sus manos sobre su cuerpo. Piel contra piel.
    El fuerte brazo la soltó y Andrew le llevó la mano al rostro. Despacio, las yemas de sus dedos le rozaron la frente. Las mejillas, los labios… todo ello mientras con su otro brazo la sostenía fuertemente abrazada contra su cuerpo… elección de lo más conveniente, pues Catherine sospechaba que de lo contrario se deslizaría al suelo en un amasijo acalorado y deshuesado. Andrew tragó saliva y luego susurró una palabra.
    – Catherine.
    Sonó como una sensual caricia. Ronca y profunda, con un leve deje de asombro. El sonido de su voz hormigueó sobre la piel de Catherine, haciéndola sentir malvada y decadente. Más femeninamente viva de lo que lo había estado en años. Sólo había una palabra que pudiera dar como respuesta.
    – Andrew.
    Una lenta sonrisa se dibujó en los labios de él.
    – Me gusta cómo suena mi nombre cuando usted lo pronuncia.
    – Es todo lo que se me ha ocurrido decir, excepto «Oh, Dios».
    – Estoy totalmente de acuerdo con usted.
    – Pero ¿es posible eso? ¿Que volvamos a estar de acuerdo esta noche?
    – Asombroso, pero cierto. Sin embargo, parece usted sorprendida de que se le haya ocurrido decir «Oh, Dios» cuando la he besado.
    – Confieso que, hasta cierto punto, lo estoy. ¿Usted no?
    Andrew negó con la cabeza.
    – En ningún momento he dudado que sería así. Lo único que me ha sorprendido es haber sido capaz de reunir la fortaleza suficiente para detenerme.
    – ¿Había pensado en besarme? -Catherine bendijo la capa de oscuridad que impedía que Andrew viera el rubor que le tiñó las mejillas ante su pregunta directa, pero quería saberlo. Necesitaba saberlo.
    – Sí. ¿Eso… la molesta?
    «No. Me excita. Casi insoportablemente.»
    – No. -Los ojos de Catherine buscaron los de él y, tras un rápido debate, confesó la verdad sin ambages-. Nunca me habían besado así.
    Andrew cubrió su mejilla con la palma de la mano y le frotó levemente los labios con el pulgar.
    – Bien. Me gusta ser el primero.
    Una docena de sensuales imágenes colisionaron en la mente de Catherine, quien se dio cuenta de que aquel hombre podía representar una gran cantidad de «primeras veces» para ella, «primeras veces» que su cuerpo estaba deseoso por experimentar. La excitación que seguía presionándole el vientre y el intenso y acelerado latir del corazón de Andrew bajo sus palmas indicaban que él no se mostraría en ningún modo reacio a la idea.
    Pero Catherine no podía tomar una decisión tan importante como la de tomarle o no como amante mientras seguía entre sus brazos. Necesitaba pensar. Y, para ello, tenía que poner espacio entre ambos.
    Despacio, retrocedió hasta que entre los dos medió una distancia prudencial. Vio descender por su cuerpo la mirada de Andrew. El camisón mojado se le pegaba a la piel, revelando todo ante sus ávidos ojos. Sin embargo, en vez de sentirse tímida, Catherine se recreó en el intenso deseo y necesidad grabados en su rostro.
    – Es hermosa, Catherine. La mujer más hermosa del mundo.
    El deseo que su voz despertó en ella la dejó temblorosa y asustada. Con la esperanza de enfriar el fuego que la recorría y disipar la tensión sensual que existía entre los dos, intentó reírse.
    – ¿Cómo puede decir algo semejante? No ha conocido a todas las mujeres del mundo.
    – No necesito tocar el fuego para saber que quema. No necesito golpearme el dedo con un martillo para saber que dolerá. Ni comerme un dulce de la confitería para saber que desearé otro. Hay cosas, Catherine, que uno sabe. -Alargó la mano y tomó la suya con suavidad, entrelazando sus dedos-. También sé que nuestro próximo beso será incluso más «Oh, Dios» que el que acabamos de compartir. Y el siguiente… -Alzó sus manos unidas, llevándoselas a los labios y depositando un cálido beso en la cara interna de la muñeca de Catherine-, indescriptible.
    – ¿Nuestro próximo beso, señor Stanton? ¿Qué le hace pensar que habrá un próximo beso?
    – Como ya le he dicho, hay cosas que uno simplemente sabe.
    Otra oleada de calor la arrasó. Dios santo. Había llegado el momento de poner fin a aquel interludio antes de que el próximo beso se hiciera realidad. Catherine se volvió de espaldas y se dirigió con paso firme a la roca donde había dejado su ropa. Tras meter los brazos en las mangas, tensó la banda alrededor de su cintura. Cuando se volvió de nuevo, Andrew estaba a menos de un metro de ella. Catherine inspiró hondo y su cabeza se llenó con la deliciosa esencia a almizcle de él.
    – Andrew -dijo él con voz queda.
    – ¿Perdón?
    – Acaba de llamarme señor Stanton. Preferiría que me llamara Andrew. Del mismo modo que preferiría llamarla Catherine.
    Catherine le había llamado así para poner un poco de distancia emocional entre los dos, aunque dudaba de su capacidad de volver a pensar en él empleando esos formales términos. Sobre todo ahora que conocía la textura de su piel. El sedoso tacto de sus cabellos. La sensación de su lengua acariciando la suya. Y no podía negar que le gustaba el sonido de su nombre pronunciado desde los labios de él. Resultaba increíble cómo la simple elisión de la palabra «lady» lo cambiaba… todo.
    – Supongo que a partir de ahora podemos llamarnos por nuestros nombres de pila. De acuerdo… Andrew. -Su nombre le dejó en la lengua un sabor decadente y voluptuoso.
    Andrew alargó el brazo y la tomó de las manos, envolviéndolas con su calidez.
    – ¿Se arrepiente de lo que ha ocurrido entre nosotros, Catherine?
    Ella negó con la cabeza.
    – No, no me arrepiento. Aunque sí… -Su voz se apagó, incapaz de encontrar la palabra exacta con la que describir el torbellino de emociones que se abrían paso en su interior.
    – ¿La atemoriza? -adivinó-. ¿La confunde?
    Maldición. ¿Cuándo se había vuelto tan transparente?
    – ¿Tiene usted dotes de clarividente, Andrew?
    – En absoluto. -Andrew levantó las manos, una tras otra, para llevárselas a la boca sin apartar en ningún momento su mirada de la de ella-. Sólo sugiero esas posibilidades porque son algunas de las cosas que yo siento.
    – ¿Asustado? ¿Usted? -Catherine quiso reírse, pero el sonido que salió de sus labios pareció más un jadeante suspiro cuando la lengua de Andrew acarició el centro de la palma de su mano.
    – De hecho, aterrorizado sería un término más fiel a la verdad.
    El hecho de que ese hombre fuerte y viril admitiera tal cosa la conmovió de un modo que se vio incapaz de describir.
    – ¿Por qué?
    – Diría que por las mismas razones que usted.
    – Porque, por muy agradable que haya sido nuestro beso, ¿no está seguro de que fuera una buena idea?
    – No. Me parece que ha sido una buena idea. Y Catherine, nuestro beso ha sido mucho más que «agradable».
    – ¿Tiene usted que estar en desacuerdo con todo lo que digo?
    – Sólo cuando se equivoca. Y se equivoca al describir lo ocurrido entre nosotros empleando una palabra tan suave como «agradable».
    Bien, sin duda no podía discutirle eso.
    – ¿De qué tiene usted miedo?

    Andrew no dijo nada durante varios largos segundos, ponderando cómo responder a la pregunta. Por fin, dijo:
    – Me da miedo el mañana. Me da miedo que, cuando nos marchemos de aquí, separándonos para pasar a solas el resto de la noche, mañana, cuando vuelva a verla, haya usted olvidado lo que hemos compartido. O, que si no lo ha olvidado, haya decidido ignorarlo. Tengo miedo a que me mire con frialdad y no con calor en sus ojos. Tengo miedo a que ponga fin a lo que podríamos compartir juntos antes de que haya tenido la posibilidad de empezar.
    Catherine se aclaró la garganta.
    – Me temo que en este momento no hay nada que pueda decir para acallar sus temores. Pero puedo asegurarle que nunca olvidaré lo que hemos compartido esta noche.
    El fantasma de una sonrisa asomó a los labios de Andrew.
    – Algo más en lo que estamos de acuerdo, pues tampoco yo lo olvidaré. Ni aunque viva cien años. Y ahora, dígame… ¿qué la tiene tan confundida?
    Catherine consideró recurrir a la mentira. También estuvo tentada de marcharse. Sin embargo, lo mejor sin duda era sincerarse.
    – La cabeza y el sentido común me dicen que me vaya sin volver la vista atrás. Sin embargo, el resto de mi ser no quiere hacerlo. No soy ninguna doncella inocente y virginal, y sé adonde este… flirteo podría conducirnos. Aun así, no sólo puedo pensar en mí y en mis deseos. Por lo tanto, tengo mucho en lo que pensar. Y decisiones que tomar.
    – También yo.
    – ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de decisiones tiene usted que tomar?
    Una sombra de malicia destelló en los ojos de Andrew.
    – Debo decidir cuál es la mejor manera de convencerla para que tome la decisión que quiero que tome.
    En un tono igualmente malicioso, Catherine dijo:
    – Se da usted cuenta, naturalmente, de que la arrogancia es un irritante rasgo de su carácter que en ningún caso le hará ganar enteros a su favor en mi toma de decisiones.
    – No es arrogancia de lo que bebe mi discurso, sino sinceridad… un rasgo que mucha gente aprecia y que considera admirable.
    – ¿Está diciendo que pretende seducirme?
    – Estoy diciendo que pretendo cortejarla.
    A Catherine se le detuvo el corazón. Una ridícula reacción a una ridícula declaración.
    – No sea ridículo.
    Andrew arqueó las cejas.
    – ¿Preferiría entonces no ser cortejada?
    – No hay razón alguna para que lo haga.
    – Entonces preferiría simplemente que la sedujera.
    – Sí. ¡Quiero decir no! Lo que quiero decir es que… ¡oh! -Se apartó de él y se apretó más el albornoz alrededor de cuerpo-. Es usted tan…
    – ¿Incontenible? ¿Irresistible?
    Un regocijo que Catherine no pudo negar la recorrió por entero y sus labios se arrugaron.
    – Iba a decir irritante.
    – Debo confesar que prefiero con mucho mis elecciones.
    – Sí, estoy segura.
    – ¿Por qué no tiene sentido que la corteje?
    – El cortejo es el precursor del matrimonio y, como no tengo intención de volver a casarme, sus esfuerzos serían en vano.
    – ¿Es que un hombre no puede cortejar a una mujer simplemente porque disfruta del placer de su compañía?
    – ¿Disfruta usted de mi compañía, señor Stanton?
    – Andrew. Y sí, así es. Cuando no se muestra usted quisquillosa. Aunque debo reconocer que disfruto de su compañía incluso cuando está quisquillosa. Simplemente la disfruto más cuando no lo está.
    – No soy quisquillosa.
    – Si no lo cree así es porque obviamente desconoce la definición de la palabra. Entre eso y no saber lo que es una sorpresa, creo que se impone tener siempre un diccionario al alcance de la mano.
    – ¿Y a esto le llama usted cortejarme? ¿Irritarme hasta provocarme jaqueca?
    – No. Sin embargo, no creo que importe demasiado puesto que acababa de decir que no desea ser cortejada.
    Catherine se mordió los labios, sin saber a ciencia cierta si estaba más divertida o enojada. Dedicándole un ceño exagerado, preguntó:
    – ¿Sabe quién es más irritante que usted?
    Un evidente regocijo chispeó en los ojos de Andrew.
    – No, pero no me cabe duda de que está a punto de decírmelo.
    – Nadie, señor Stanton. No he conocido a nadie más irritante que usted.
    – Andrew. Y qué afortunado me siento de ocupar la primera plaza.
    Sonrió. Fue una sonrisa plena y hermosa, completa con aquellos seductores hoyuelos que la obligaron a apretar con fuerza los labios para evitar así responderle con idéntico gesto. Maldición, ¿dónde había ido a parar su irritación? No tendría que haber tenido ganas de sonreír. Se suponía que tenía que estar molesta. Fastidiada.
    ¿Por qué, entonces, estaba tan absolutamente… encantada?
    Sin duda había llegado el momento de despedirse de él.
    Dio un paso adelante, pero él la detuvo tomándola con suavidad del brazo. Todo vestigio de humor había desaparecido de su mirada y alargó la mano para pasarle la yema del dedo por la mejilla.
    – Creo que hemos compartido algo bueno esta noche, Catherine.
    Un hormigueo le recorrió la columna. ¿Cómo podía aquel hombre provocar en ella una reacción física tan fuerte simplemente con el roce de su tacto? A pesar de que habría deseado desesperadamente lo contrario, ya no podía seguir mintiéndose y negarse que aquel hombre le parecía irresistiblemente atractivo.
    Ahora la única pregunta pendiente de respuesta era: ¿qué pensaba hacer al respecto?

Capítulo 12

    La mujer moderna actual debe ser consciente de que no es ningún crimen ser egoísta cuando la ocasión lo requiere. En muchos aspectos de la vida, se espera de las mujeres, y en ocasiones se las fuerza a ello, que antepongan las necesidades y deseos de los demás a los propios. En muchos casos, tales sacrificios son admirables. En otros, sin embargo, son una temeridad. La mujer moderna actual debería tomarse el tiempo de mirarse al espejo y decirse: «Quiero esto, lo merezco, voy a tenerlo».

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima

    – ¿Hemos terminado ya, señor Stanton? -preguntó Spencer por tercera vez en el último cuarto de hora.
    Agachado sobre el tosco suelo de madera de una parte poco utilizada de los establos, Andrew sonrió por encima del hombro. Spencer estaba de pie junto a una bala de heno con una escoba en la mano… por primera vez en su vida. Cuando, media hora antes, Andrew le había dado la herramienta, Spencer había mirado el mango de madera durante varios segundos como si fuera una serpiente, pero no tardó en imbuirse del espíritu de la tarea. La pátina de trabajo duro brillaba en el rostro del joven, como también el claro testimonio de su satisfacción por los frutos de sus esfuerzos.
    – El suelo tiene buen aspecto -dijo Andrew-. Sólo tengo que clavar unos cuantos clavos más. Luego podremos empezar.
    Mientras Andrew colocaba otro clavo en su sitio, Spencer se aclaró la garganta.
    – Quiero darle las gracias por haber cuidado de mi madre como lo hizo después del disparo.
    Andrew se volvió, concentrando en el niño toda su atención.
    – Fue un placer, Spencer.
    – Le habría dado antes las gracias, pero ella no me lo contó hasta ayer. -Bajó la mirada y arrancó una brizna de heno de la bala-. Cuando me lo contó, no sólo me enfadé con ella, sino también con usted por no habérmelo contado.
    – No me tocaba a mí contártelo, Spencer. Y las intenciones de tu madre eran buenas. Todos intentamos proteger a nuestros seres queridos.
    – Lo sé. Mamá y yo hablamos de ello. Ya no estoy enfadado. Me prometió no ocultarme ningún otro secreto.
    – Bien. -Andrew se adelantó hasta la bala de heno y tendió la mano-. Espero que todavía seamos amigos.
    Spencer levantó la cabeza con gesto brusco y su mirada seria encontró la de Andrew. Tendiendo él también la mano, estrechó la de Andrew con fuerza y asintió.
    – Amigos. Pero… no más secretos.
    La culpa sacudió a Andrew como una bofetada y se limitó a ofrecer una leve inclinación de cabeza como respuesta, resistiéndose a dar voz a tamaña falsedad. Toda su vida estaba basada en secretos. Y mentiras.
    Soltó la mano del chiquillo y retrocedió para volver a coger el martillo.
    – Terminaré esto para que podamos empezar -dijo. Enterrando el pesar que provocaba en él su falta de honradez ante la confianza de Spencer, puso un clavo en la madera y lo golpeó con toda la fuerza de sus frustraciones.
    Diez minutos más tarde, Andrew completó la tarea y se levantó para supervisar su obra. Mientras Spencer había quitado el polvo y las telarañas, Andrew había clavado al suelo tres docenas de rectángulos de madera, de aproximadamente el tamaño de un ladrillo, formando un amplio círculo. Sí, funcionaría a la perfección.
    – ¿Preparado? -preguntó.
    – Sí. Y ansioso. -Señaló los bloques de madera con la barbilla-. Y ahora ¿quiere decirme qué son?
    – Los hemos puesto para ayudarte a conservar el equilibrio durante nuestras lecciones pugilísticas. En cuanto te encuentres firmemente plantado sobre tus pies, no veo razón alguna para que no te desenvuelvas bien. Permíteme que te lo demuestre. Apoya el lado de tu pie débil a lo largo del madero y da un paso adelante con tu pie fuerte, manteniendo casi todo tu peso en la pierna adelantada.
    En cuanto Spencer siguió sus indicaciones, Andrew dijo:
    – Siempre que mantengas el peso hacia delante, la madera impedirá que tu pie izquierdo resbale, impidiéndote así caer hacia atrás.
    Spencer flexionó despacio las rodillas varias veces y entonces una amplia sonrisa le iluminó la cara.
    – Muy ingenioso, señor Stanton.
    Andrew saludó sus palabras con una reverencia.
    – Gracias. Estoy seguro de que no era tu intención parecer perplejo.
    La sonrisa se desvaneció del rostro de joven.
    – Oh, no. Yo…
    – Bromeaba, Spencer. Y ahora, empecemos con las nociones básicas. El pugilismo tiene dos principios básicos. ¿Alguna idea de cuáles son?
    – Golpear al otro y no dejar que te golpee.
    – Exacto. -Andrew ladeó la cabeza-. Al parecer, conoces bien la materia. ¿Estás seguro de no haberlo practicado antes?
    – Totalmente seguro -dijo Spencer con el rostro perfectamente serio.
    Andrew reprimió una sonrisa.
    – A fin de llevar a cabo esas dos cosas, debes saber cómo dar un puñetazo y cómo bloquear o evitar el del adversario.
    – Imagino que la velocidad es muy importante en este deporte -dijo Spencer con voz triste.
    – Cierto. Pero no es lo único. La coordinación y la capacidad de adelantarte a las intenciones de tu oponente son igualmente importantes. Lo que quizá te falte en velocidad, lo compensarás con la inteligencia. Y no olvides que el objetivo no es convertirte en el púgil más temido del reino… sino sólo hacerlo lo mejor que puedas.
    – Pero ¿y si no puedo hacerlo?
    – Si lo intentas y descubres que no puedes hacerlo, no pasa nada. No todo el mundo destaca en todo lo que intenta, Spencer. Lo importante es intentarlo. Estoy convencido de que puedes hacerlo. De no ser así, no habría clavado aquí este cuadrilátero casero. Si resulta que me equivoco, no pasa nada. Al menos, habrás descubierto que no te gusta.
    – ¿Y no pensará que soy… tonto? ¿O estúpido? -Miró al suelo-. ¿Ni un fracasado?
    La preocupación y la resignación implícitas en la voz del niño desgarraron el corazón de Andrew. Tendió los brazos, posó las manos sobre los hombros de Spencer y esperó a que el niño levantara los ojos para encontrarse con su mirada.
    – Tanto si esto se te da bien como si no, siempre me parecerás un joven valeroso, inteligente y exitoso.
    La esperanza que asomó a los ojos del joven ahuecó el espacio que rodeaba el corazón de Andrew. Spencer parpadeó y tragó saliva.
    – ¿Lo dice de verdad?
    – Te doy mi palabra. -Le soltó los hombros y luego le pasó la mano por el pelo-. No sabes hasta qué punto envidio tu valor.
    – ¿Usted? -La palabra fue un bufido de incredulidad-. Tío Philip y usted son los hombres más valientes que conozco.
    – Gracias, aunque creo que somos los dos únicos hombres que conoces -bromeó.
    El rostro de Spencer se tiñó de un rojo carmesí.
    – No es cierto. Conozco…
    – Estaba bromeando, Spencer.
    – Oh… ya lo sabía. -Frunció el ceño-. ¿Qué clase de valor tengo yo que usted envidie?
    Andrew se paseó pensativo delante del niño varias veces y luego se detuvo en seco.
    – Si te lo digo, ¿prometes no considerarme un bobo ni un fracasado?
    Spencer abrió los ojos como platos.
    – Nunca pensaría eso de usted, señor Stanton. Se lo prometo.
    – Muy bien. -Se pasó los dedos por el pelo y a continuación inspiró hondo-. No sé nadar -soltó apresuradamente. Ya estaba. Lo había dicho. A viva voz.
    – ¿Perdón?
    Maldición. Al parecer tendría que volver a decirlo.
    – No sé nadar.
    Los ojos de Spencer se abrieron aún más.
    – No me diga. ¿Está seguro?
    – Totalmente. Nunca aprendí. Como bien sabes, mi padre no sabía nadar, ¿y quién más podría haberme enseñado? Cuando se ahogó, cualquier entusiasmo que yo pudiera haber albergado por el agua me abandonó de golpe. La última vez que me metí en el agua, sin mencionar la bañera, naturalmente, fue durante la ridícula celebración de una antigua travesía en canoa por el Nilo en la que me vi obligado a participar por insistencia de tu tío. Me dio demasiada vergüenza admitir que no sabía nadar y, en contra de lo que dictaba mi cordura, lo hice. La canoa volcó y a punto estuve de ahogarme. -Le recorrió un escalofrío cuando revivió el espantoso terror del agua cerrándose sobre su cabeza. Llenándole los pulmones. Sacudiéndose de encima el recuerdo, miró firmemente a Spencer-. Créeme, entiendo la inquietud que te provoca intentar algo sobre lo que crees no tener control. Pero te ayudaré. Puedes hacerlo. Si realmente lo deseas.
    – Y usted también.
    Andrew sonrió.
    – Yo ya sé pelear.
    – Me refería a nadar. ¿Ha intentado aprender?
    – No. Aunque odie reconocerlo, me da miedo el agua.
    – ¡Pero si ha cruzado un océano entero!
    – Y no creas que no me dio miedo. Créeme, en ningún momento me acerqué a las barandillas.
    – Yo podría enseñarle. ¡Podríamos empezar hoy mismo! En cuanto terminemos con nuestra lección de pugilismo.
    Andrew sintió literalmente que la sangre le abandonaba el rostro.
    – ¿Hoy? No, no creo que…
    – Podría enseñarle a nadar, señor Stanton -prosiguió Spencer con los ojos iluminados de pura excitación-. ¿Por qué no me deja intentarlo? Sería para mí un honor enseñarle algo a cambio de todo lo que usted me está enseñando. Y, en cuanto aprenda, podrá tomar las aguas con mamá y conmigo… aunque lo cierto es que no necesita saber nadar para tomar las aguas. El agua de los manantiales sólo cubre hasta el pecho.
    El «no» que había merodeado por los labios de Andrew se alejó en cuanto consideró esa oportunidad. Si aprendía a nadar… al instante se imaginó a Catherine y a él juntos de noche en el manantial, besándose, tocándose en el agua templada y calmante. Luego una relajante y divertida tarde familiar, chapoteando y nadando con Spencer y con Catherine.
    – ¿Señor Stanton?
    Andrew despertó de su ensimismamiento.
    – ¿Sí?
    – Si lo intenta, y descubre que no puede hacerlo, no pasa nada. No todo el mundo destaca en todo lo que intenta. Lo importante es intentarlo.
    Una de las comisuras de los labios de Andrew se curvó hacia arriba.
    – Estoy seguro de que en algún lugar está escrito: «no utilizarás las palabras de un hombre en su contra».
    – Desgraciadamente para usted, no está escrito en ninguna parte -dijo Spencer sin asomo de duda-. Y estoy seguro de que no esperará de mí que siga su consejo si usted no está dispuesto a hacerlo.
    Andrew parpadeó. El pequeño le tenía bien pillado.
    – ¿Alguna vez has pensado en ser abogado?
    – No. Pero si tengo alguna posibilidad de ganar este, mi primer caso, puede que me lo plantee. -Alargó el brazo y posó una tranquilizadora mano en el hombro de Andrew-. Sé que será difícil, sobre todo después de lo que le ocurrió a su padre. Pero un hombre muy sabio me dijo hace poco que si te limitas a hacer lo que siempre has hecho, siempre te quedarás donde estás.
    Andrew negó con la cabeza.
    – Me estás dando de beber mi propia medicina -masculló.
    – Le agradezco su confianza por haber compartido su secreto conmigo, señor -dijo Spencer con voz muy seria-. Le doy mi palabra de que está buen recaudo.
    Era evidente el fuerte deseo que Spencer tenía de sentirse necesitado e importante, de ser lo bastante bueno en algo como para poder enseñarlo a alguien más. Estaba todo ahí, en los ojos del joven, pidiéndoselo a gritos. Una llamada que Andrew no podía pasar por alto.
    – Muy bien -concedió-. Lo intentaré. Pero una sola vez -añadió apresuradamente cuando el rostro de Spencer se iluminó con una sonrisa entusiasmada-. Pero si no me gusta, paramos. De inmediato.
    – Trato hecho. Pero, antes, nuestra lección de pugilismo.
    Andrew asintió.
    – ¿Preparado?
    Spencer cerró los dos puños contra el pecho y adoptó una postura de combate.
    – Preparado.

    – ¿Te dedicas ahora a estudiar las hojas del té, Catherine?
    Ante la pregunta de Genevieve, Catherine levantó abruptamente la mirada de su taza de té y parpadeó.
    – ¿Cómo dices?
    – Me preguntaba si de pronto sientes algún interés especial por las hojas del té, puesto que es evidente que encuentras fascinante algo que tienes en el fondo de tu taza.
    El calor abrasó las mejillas de Catherine.
    – Disculpa, Genevieve. Estoy un poco preocupada.
    – Sí, ya me he dado cuenta. ¿Ocurre algo?
    Catherine miró la afectuosa preocupación reflejada en los ojos azules de Genevieve y cuál fue su consternación cuando sintió una cálida humedad abrirse paso desde el fondo de los suyos.
    – No, no es que ocurra nada, aunque sí hay algo que me tiene preocupada.
    – Me haría feliz oírlo si quieres contármelo.
    – No sé realmente cómo ni por dónde empezar.
    Genevieve asintió despacio.
    – Entiendo. Y ello afecta al señor Stanton.
    Catherine la miró fijamente.
    – Dios mío. O me he vuelto totalmente transparente o todos los que me rodeáis habéis desarrollado claras tendencias clarividentes.
    – Nada hay aquí de naturaleza clarividente ni transparente, querida. Simplemente te conozco tan bien, y es tanta mi experiencia en estas lides, que fácilmente puedo reconocer las señales.
    – ¿Estas lides? ¿Señales? ¿A qué te refieres?
    – Naturalmente, estoy hablando de ti y del señor Stanton. Anoche. De cómo te miraba. De los esfuerzos que hacías para no mirarle. De la forma en que bailasteis juntos el vals.
    – No… no sé qué decir. Me encuentro tan confundida que no estoy segura de saber cómo describir lo que pienso.
    – No hay nada de lo que debas estar confundida, Catherine. Lo entiendo perfectamente.
    Una risa totalmente desprovista de humor escapó de labios de Catherine.
    – Entonces quizá puedas explicármelo.
    – Será un placer. El señor Stanton te resulta un hombre muy atractivo… a pesar de que pongas todo tu empeño en que no sea así.
    – Cierto, no quiero que sea así -concedió Catherine enérgicamente-. Y, peor aún, no alcanzo a comprender por qué lo encuentro tan fascinante. Es el hombre más irritante que he conocido en mi vida.
    – Razón por la cual lo encuentras fascinante -dijo Genevieve con una suave risilla-. Te resulta estimulante por cuanto no cae rendido a tus pies ni se muestra de acuerdo contigo en todo lo que dices como el resto de hombres que buscan tus favores. Sin embargo, es gentil y te tiene en muy alta estima. Por no mencionar el hecho de que es una delicia para la vista. -La mirada penetrante de Genevieve estudió a Catherine durante varios segundos-. ¿Me equivoco al suponer que te ha besado?
    El fuego encendió las mejillas de Catherine.
    – Sí.
    – Y es un hombre que sabe besar a una mujer.
    – Palabras más ciertas probablemente no hayan sido jamás pronunciadas.
    – ¿Has hecho el amor con él?
    Un temblor acalorado recorrió a Catherine ante esa posibilidad.
    – No.
    – Pero lo deseas. -Genevieve no necesitó confirmación de ello porque, antes de que Catherine pudiera decir nada, continuó-. Obviamente, también él. ¿Te ha dado alguna indicación de cuáles son sus intenciones?
    – Ha dicho que pretende cortejarme.
    – ¡Ah! -Los ojos de Genevieve chispearon-. No sólo es encantador, guapo, inteligente y…
    – Irritante. Al parecer lo olvidas una y otra vez.
    – … y viajado, sino que además es un hombre honorable.
    Sintiéndose decididamente como una gallina con las plumas totalmente agitadas, Catherine dijo cáusticamente:
    – Como ya le dije anoche, no hay ninguna razón para que me corteje, pues no tengo la menor intención de volver a casarme.
    – Entonces tan sólo deseas que te seduzca -dijo Genevieve con una pragmática inclinación de cabeza-. Podrías convencer a la mayoría de hombres para que acepte tus términos, pero a primera vista queda claro que tu señor Stanton no es uno de ellos.
    – No es mi señor Stanton.
    Genevieve desestimó el comentario con su mano enguantada.
    – No lo imagino desaprovechando la oportunidad de convertirse en tu amante, aunque sus intenciones de cortejarte me llevan a pensar que, a la larga, no quedará satisfecho con ese acuerdo.
    – Sí, no me cabe duda de que se cansará de mí después de un tiempo. -Las palabras fueron como el serrín en boca de Catherine, quien dio un sorbo a su té para aliviar su malestar.
    – No lo has entendido, querida. El señor Stanton desea cortejarte. Quiere una esposa. No se cansará de ti, sino de la naturaleza temporal de vuestra relación. Cuando eso ocurra, insistirá en que te cases con él.
    – No lo conseguirá.
    – Entonces, todo me lleva a pensar que en ese momento pondrá fin a vuestra relación.
    Catherine hizo caso omiso de la extraña sensación que la invadió al oír la tajante afirmación de Genevieve, y se rió.
    – No tenía conciencia de que los hombres pusieran fin a sus relaciones porque la mujer en cuestión se negara a casarse. ¿Qué clase de hombre desearía la responsabilidad de una esposa, sobre todo tratándose de una esposa que llega al matrimonio con el hijo de otro hombre, cuando podría disfrutar del despreocupado placer de una amante?
    – La clase de hombre que desea una familia. La permanencia. Una mujer y un hijo con quienes compartir su vida. Un hombre capaz de dar a una mujer todas las cosas que alguien como tu marido no era capaz de ofrecer. La clase de hombre que está enamorado. -Genevieve se encogió de hombros-. El señor Stanton podría ser cualquiera de ellos… o quizá todos.
    – Es imposible que esté enamorado de mí, Genevieve. Apenas nos conocemos.
    – No tardamos mucho en enamorarnos. -Una mirada distante y melancólica asomó a los ojos de Genevieve, y Catherine supo que su amiga estaba pensando en su antiguo amante. Genevieve pareció propinarse un remezón mental y a continuación dedicó a Catherine una sonrisa triste-. Te aseguro que puede ocurrir con desafortunada rapidez. Y, desafortunadamente también, la flecha de Cupido a menudo alcanza nuestros corazones en el momento menos oportuno y nos hace enamorarnos de gente que no nos conviene. Dios sabe que soy el perfecto ejemplo de ello.
    – No estoy enamorada del señor Stanton. Cielos, ¡pero si ni siquiera me gusta especialmente!
    – De hecho, me refería al señor Stanton, querida. Sin duda resulta inconveniente para él albergar sentimientos por una mujer que es declaradamente contraria al matrimonio. Por no mencionar que la mujer en cuestión es socialmente superior a él. Y estoy convencida de que te gusta más de lo que crees. Sin duda, más de lo que estás dispuesta a reconocer.
    Una negativa asomó a los labios de Catherine. Sin embargo, se dio cuenta de que no era capaz de pronunciar las palabras. Se limitó entonces a dejar la taza de té a un lado y se levantó para pasearse delante del sofá de zaraza floreada.
    – No te negaré que me veo obligada a decidir qué hacer con esta… inconveniente atracción que siento hacia el señor Stanton.
    – No es difícil, Catherine, pues cuentas sólo con dos opciones: hacer caso omiso de tus sentimientos, o disfrutar de ellos y entregarte a un romance.
    Catherine negó con la cabeza.
    – No te creas que es tan sencillo. Debo considerar algunas cosas antes de tomar una decisión tan importante como esa.
    – Precisamente es así de sencillo. Le deseas, te desea, ambos sois libres y ninguno de los dos es inocente… ¿qué más hay que considerar?
    – Mi hijo, por ejemplo. ¿Y si descubre que tengo un amante?
    – Bien, naturalmente deberías actuar con la más absoluta discreción, Catherine. Ya no sólo para proteger a Spencer, sino a ti misma.
    – Aun así, alguien podría descubrirlo.
    – Sí, pero nadie ha dicho que tomar un amante esté libre de riesgo. A menudo, es el propio riesgo el que da un aire excitante al romance.
    – ¿Y qué me dices del hecho de que Andrew viva en Londres?
    – Puede que viva en la ciudad, pero ahora está en Little Longstone.
    – Pero volverá a Londres dentro de una semana.
    Genevieve arqueó las cejas.
    – Diría que es perfecto. Tú no deseas una relación permanente y él se marcha de Little Longstone dentro de una semana. ¿Acaso podría ser más ideal?
    Catherine se detuvo en seco delante de la chimenea.
    – No me lo había planteado de ese modo.
    – Quizá deberías.
    Agarrándose al borde de la repisa de la chimenea, echó hacia atrás la cabeza para mirar al techo.
    – No debería haber vuelto a leer la Guía anoche. -Miró a Genevieve por encima de hombro y soltó una risa tímida-. Como seguramente imaginarás, me metió toda clase de ideas en la cabeza.
    – Estoy muy segura de ello. Pero creo que lo más probable es que volvieras a leer la Guía porque ya tenías esas ideas en la cabeza… puestas allí por el señor Stanton.
    Catherine asintió despacio.
    – Sí, tienes razón. -Se volvió a mirar a su amiga-. ¿Y si me quedara embarazada?
    – Como bien sabes después de haber leído la Guía, hay varias formas de impedir que eso ocurra. -Se levantó y se acercó a Catherine. Sin duda la angustia de Catherine debía de resultar evidente, pues Genevieve hizo algo que en raras ocasiones hacía: tendió su mano enguantada y le tocó el hombro en una muestra de apoyo y de simpatía-. Sé que estás desolada, querida, y no deberías. Sólo existe una decisión posible, y creo que en el fondo de tu corazón sabes cuál es. Permitirte disfrutar del placer sensual no te resta valor como madre. Como bien apunta la Guía, ser egoísta cuando la ocasión lo requiere no es ningún crimen.
    – No hay lugar para este hombre en la vida que me he creado aquí.
    – Quizá no a la larga, pero sí podría haber lugar para él durante esta semana.
    El silencio se dilató entre ambas hasta que por fin Catherine dijo con voz queda:
    – Tú lo tomarías como amante.
    – Sí -replicó Genevieve sin asomo de duda-. No nos negaría el placer a ninguno de los dos. Escucharía a mi corazón y ¡Carpe Diem! ¡Vive el día! Aunque, a juzgar por las palabras de la Guía, estoy segura de que ya estabas al corriente de eso. -Una sonrisa triste se dibujó en sus labios-. Toda mujer merece vivir una gran pasión en su vida, Catherine. Una cosa es leer que esa clase de placeres sensuales existen, pero experimentarlos… -Dejó escapar un suspiro soñador-. Los recuerdos de mis años con Richard seguirán dándome calor el resto de mis días.
    El corazón de Catherine dio un vuelco de compasión.
    – No tienes por qué estar sola, Genevieve.
    Su amiga levantó las manos.
    – No son éstas las manos que un hombre desea tocar.
    – No sólo eres tus manos. Eres una mujer hermosa, inteligente y vibrante.
    – Gracias. Pero un gran romance, la aceptación de un amante, está basada en una fuerte atracción física, y eso, lamento decirte, forma para mí parte del pasado. Pero no para ti. Catherine, ¿qué es lo que te dice el corazón?
    Cerró los ojos. Había esperado escuchar una batalla interna entre su cabeza y su corazón, pero los anhelos del corazón ahogaron cualquier otro sonido… y con sólo dos palabras.
    Abrió los ojos.
    – Mi corazón dice Carpe Diem.

Capítulo 13

    Mientras la intimidad que ofrece la oscuridad se presta a encuentros sensuales, la mujer moderna actual no debería vacilar a la hora de intentar hacer el amor sin la protección que garantiza la oscuridad. Ver cada matiz de las expresiones de su amante, observar cómo la rendición toma el control, añade capas de placer a la experiencia de hacer el amor.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Presa de la necesidad de un enérgico paseo a caballo para aquietar sus pensamientos a la fuga, Catherine decidió detenerse en los establos de regreso a casa desde la villa de Genevieve. Encontró abiertas de par en par las puertas de roble de doble hoja y se adentró en las frescas sombras del interior. Motas de polvo bailaban en los rayos de sol que entraban a raudales por las ventanas, e inspiró hondo, encantada con el embriagador aroma del heno fresco, el olor a caballo y a cuero. El murmullo de voces masculinas llegó a sus oídos y se le aceleró el corazón. ¿Estaría de nuevo Andrew en los establos con Fritzborne?
    Se dirigió hacia las voces y reparó en que el sonido procedía de algún lugar al otro lado de la esquina: la vieja sección trasera de los establos que no había sido restaurada. A medida que se acercaba, las voces resultaron más claras y Catherine se dio cuenta de que una de ellas pertenecía sin duda a Andrew. La otra era la de Spencer.
    – Bien -dijo Andrew, cuyas palabras distinguió con mayor claridad con cada paso que daba-. Mantén en alto la mano izquierda. Más alto. Protégete la cara. Y ahora golpea con la derecha.
    – No hay condenada manera de alcanzarle -sonó la jadeante respuesta de Spencer, seguida de un gruñido. Catherine se detuvo y arqueó las cejas al oír el lenguaje empleado por su hijo.
    – Mueve un poco hacia atrás tu pierna fuerte. Eso me atraerá un poco más hacia ti. Luego, cuando me tengas a tiro, lánzate hacia delante y golpea.
    – ¡Ja! Ya le tengo.
    – ¡Ja! Me gustaría verlo.
    Catherine avanzó de puntillas, silenciosa con sus zapatillas sobre el suelo de madera. Al llegar a la esquina, echó una mirada por la puerta abierta. Y se quedó helada.
    Andrew y Spencer parecían estar ocupados… ¿dándose puñetazos? Ninguno de los dos llevaba corbata ni chaqueta y ambos se habían arremangado la camisa hasta los codos. Se quedó boquiabierta al ver a Andrew botar sobre las puntas de los pies, fintando adelante y atrás mientras Spencer, con los puños cerrados a la altura de la barbilla, le lanzaba varios puñetazos con los que no le alcanzó. Luego fueron las manos de Andrew las que salieron despedidas hacia delante, a punto de estamparse en la mandíbula de Spencer. Este se echó hacia atrás para evitar el golpe y a punto estuvo de caer de espaldas.
    Un grito de pánico nació en su garganta, pero antes de que pudiera salir, Andrew cogió a su hijo por la parte superior del brazo y le ayudó a recuperar el equilibrio.
    – Mantén el equilibrio, Spencer. Mantén el peso hacia delante y levanta las manos para impedir…
    – ¿Qué diantre está ocurriendo aquí? -Catherine, con la voz temblorosa en una combinación de ira y de temor, salió de las sombras y se plantó las manos en las caderas.
    Andrew se quedó de una pieza al oír su voz ultrajada y miró por encima del hombro con la esperanza de que Catherine no estuviera tan enojada como parecía indicar su voz. Sus miradas se encontraron y a Andrew se le cayó el alma a los pies. No sólo parecía enojada, sino que además estaba claramente horrorizada.
    Abrió la boca para responder, pero antes de poder pronunciar palabra, algo le golpeó directamente debajo de la barbilla con un golpe perfectamente colocado. Reparando al instante en que aquel algo era el puño de Spencer, dio un paso hacia atrás, tropezó con su propio pie y fue a dar directamente con su trasero contra la dura madera del suelo. Sin poder evitar una mueca de dolor, tomó nota mentalmente de caer contra el montón de heno en la siguiente ocasión.
    – Dios santo, Spencer ¿acaso has… habéis… perdido el juicio? -tronó la voz de Catherine a su espalda. Andrew la oyó correr hacia delante.
    Spencer apartó su mirada estupefacta de su puño cerrado para fijarla en Andrew y devolverla luego a su puño. Miró entonces a su madre, quien parecía estar sacando vapor por las orejas. Tragó saliva visiblemente y se acercó a Andrew.
    – Lo siento, señor Stanton, no era mi intención…
    Andrew levantó una mano para hacer callar al niño mientras se frotaba la dolorida mandíbula con la otra.
    – A eso le llamo yo un golpe excelente y perfectamente ejecutado, y un magistral ejemplo de la segunda regla que te he enseñado, ¿que es…?
    – Aprovecharte siempre de la debilidad de tu rival.
    – Exactamente. Me he visto momentáneamente distraído por la llegada de tu madre, y de pronto me he encontrado sentado en el suelo. Muy bien hecho. -Se puso de pie de un salto, se sacudió el polvo de los pantalones y, con una sonrisa, tendió su mano a Spencer-. Estoy orgulloso de ti.
    El arrebol de inconfundible satisfacción que asomó al rostro del joven, combinado con el asombro y la gratitud impresos en su expresión, caldearon el corazón de Andrew de un modo que no había experimentado en mucho tiempo
    – Gra… gracias, señor Stanton. -Su sonrisa se desvaneció con la misma celeridad con la que había aparecido-. No le habré hecho daño, ¿verdad?
    Andrew movió la mandíbula adelante y atrás y luego le guiñó un ojo.
    – Sobreviviré.
    Luego volvió su atención a Catherine y sonrió, fingiendo no reparar en su tormentosa expresión.
    – Su hijo es un alumno excelente.
    – ¿Alumno? Por favor, le ruego que no me diga que le está enseñando a pelear con los puños.
    – Muy bien, en ese caso no se lo diré.
    – ¿Qué está haciendo entonces?
    – Ya que me ha pedido que no le diga que le estoy enseñando a pelear con los puños, me va a resultar muy difícil responder a esa pregunta.
    Catherine le dedicó una mirada ante la que Andrew dio las gracias por no ser leche, de lo contrario se habría cuajado al instante. A continuación apartó la mirada de Andrew para posarla en Spencer.
    – ¿Estás bien?
    – Sí, mamá, claro. Es el señor Stanton quien ha ido a dar con el culo al suelo.
    – Y estoy muy bien, gracias.
    Su mirada de enojo fue alternándose entre Andrew y Spencer.
    – Estoy esperando una explicación.
    – Le estaba enseñando a Spencer algunos conocimientos básicos sobre pugilismo -dijo Andrew-. Y, como puede ver, es un alumno muy aventajado.
    – ¿Y por qué demonios iba a enseñarle usted algo semejante? ¿Es que ninguno de los dos ha tenido en cuenta los riesgos que implica semejante actividad? Spencer podría haberse caído. Podría haber resultado gravemente herido. A punto ha estado de tropezar y caer de espaldas hace apenas un instante.
    – Pero no me he caído, mamá -intervino Spencer-. El señor Stanton me ha cogido.
    – ¿Y si no lo hubiera conseguido?
    – Pero lo ha hecho -reiteró Spencer-. Es muy fuerte y muy rápido. Ha construido este cuadrilátero especialmente para mí. Me ayuda a mantener el equilibrio. Mira. -Le hizo una pequeña demostración y luego añadió-: el cuadrilátero está rodeado de heno para que caiga en blando si llega a darse la ocasión… algo que no ocurrirá porque el señor Stanton es un maestro excelente. Y, en cuanto a la pregunta de por qué el señor Stanton me está enseñando… -levantó un centímetro la barbilla-. Porque yo se lo pedí. Era la sorpresa que te tenía reservada.
    Catherine agitó la mano, dibujando con ella un arco que incluyó la habitación entera.
    – Bien, pues ciertamente estoy sorprendida.
    – Y ya que te has enterado de esto, quizá sea mejor que sepas el resto, mamá.
    – ¿Hay más?
    – También he pedido al señor Stanton que me instruya en la disciplina de la esgrima y de la equitación.
    Ayer dimos nuestra primera lección de equitación y fue muy bien. -Se volvió hacia Andrew-. ¿O no fue así?
    – Ciertamente -confirmó Andrew.
    El color se desvaneció del rostro de Catherine al tiempo que miraba a Andrew.
    – ¿Equitación? Pero ¿está usted loco? ¿Y si se cae de la silla?
    – ¿Y si es usted la que se cae de la silla? -respondió Andrew-. ¿O yo? ¿O Philip? ¿Acaso nadie debería entonces montar a caballo?
    Con el ceño fruncido Catherine se volvió hacia Spencer, reparando en la expresión iluminada y esperanzada de su hijo.
    – ¿Has… disfrutado de la lección?
    – Mucho. Oh, al principio estaba nervioso, pero enseguida le he pillado el tranquillo y he dejado de estarlo.
    – Es un joven extremadamente brillante, lady Catherine.
    – ¿Lo ves, mamá? La lección de equitación de ayer fue bien y la de pugilismo de hoy también ha sido perfectamente segura -dijo el chiquillo apresuradamente. Avanzó arrastrando los pies hacia Catherine y le puso una mano tranquilizadora en el brazo-. El señor Stanton se aseguró de que así fuera. Y no te preocupes. No intento convertirme en el mejor púgil de Inglaterra. Sólo intento hacerlo lo mejor que pueda. Así, si alguien intenta alguna vez hacerte daño, podré dejarle sentado en el suelo como lo he hecho con el señor Stanton.
    Catherine parpadeó varias veces.
    – Eso es muy dulce de tu parte, cariño. Y terriblemente caballeroso. Pero…
    – Por favor, no me pidas que lo deje, mamá. Me encanta.
    – Ya… veo. -Catherine inspiró hondo-. ¿Por qué no vuelves a casa y me dejas unos instantes a solas para que hable de esto con el señor Stanton?
    Spencer lanzó una mirada a la vez preocupada y esperanzada a Andrew, quien a su vez le dedicó una alentadora inclinación de cabeza.
    – ¿Puedo ir a las aguas en vez de a casa, mamá?
    – Sí, naturalmente.
    Spencer se acercó a Andrew y susurró:
    – ¿Vendrá a encontrarse conmigo para nuestra lección?
    Andrew asintió. Catherine y él se quedaron en silencio, atentos al sonido del arrastrar de pies de Spencer.
    Cuando las pisadas del joven se fundieron en el silencio, Catherine dijo:
    – Por favor, le ruego que se explique. ¿En qué estaba pensando cuando alentó a Spencer con este peligroso cometido?
    Andrew inspiró hondo y a continuación relató la conversación que había mantenido con Spencer la tarde de su llegada a Little Longstone.
    – Spencer se está convirtiendo en todo un hombre -concluyó-. Desea y necesita sentir que puede hacer las mismas cosas que otros jóvenes de su edad. Me pareció muy perdido, muy titubeante e inseguro de sí mismo. Sólo pretendía darle un poco de aliento y de confianza en sí mismo… la misma clase de aliento que yo recibí de niño.
    Catherine guardó silencio durante varios segundos y Andrew vio aliviado que ya no parecía tan enfadada como antes.
    – Le agradezco su amabilidad, señor Stanton…
    – Andrew.
    Catherine se sonrojó.
    – Andrew. Aun así…

    – No es una cuestión de amabilidad, Catherine. Es una cuestión de cariño. Spencer me ha… tocado el corazón. Me recuerda mucho a alguien que conocí en Norteamérica, y me gustaría ayudarle en la medida de mis posibilidades. -Tendió los brazos y tomó las manos de ella entre las suyas-. Le doy mi palabra de que jamás haría nada que pudiera ponerle en peligro.
    Los ojos de Catherine buscaron los suyos.
    – Naturalmente, no creo que le hiciera daño intencionadamente, pero una cosa así… -Su mirada deambuló por la habitación para volver de nuevo a fijarse en la de Andrew-. No puedo evitar preocuparme. ¿Cómo puede prometerme que no sufrirá ningún daño?
    – Si lo piensa bien, él o cualquiera podría resultar herido en cualquier parte. En cualquier momento.
    – Es cierto, pero seamos realistas. Teniendo en cuenta su incómoda cojera, las posibilidades de que Spencer se haga daño son mayores que las de cualquiera que ande con normalidad.
    – Cierto. Razón de más para pensar que las lecciones de pugilismo son una buena idea. Le fortalecerán. Le ayudarán a adquirir equilibrio. Y eso, a la vez, alentará su confianza en sí mismo. Ya ha podido ver con sus propios ojos lo satisfecho que estaba consigo mismo cuando me ha tirado al suelo.
    – Sí. Sin embargo, creo que en eso le ha ayudado usted un poco. Y, se lo ruego, no olvide que antes Spencer ha estado a punto de caerse.
    – No voy a mentirle, Catherine. Spencer ha estado a punto de caerse una docena de veces antes de que usted llegara. -Los ojos de Catherine se abrieron como platos sobre unas mejillas ahora desprovistas de color-. Pero le he ayudado a recuperar el equilibrio cada vez que eso ha sucedido. Y cada vez han pasado más minutos hasta que ha vuelto a perder el equilibrio. Ha mejorado rápidamente, y sólo con una lección, tal como ocurrió ayer con la lección de equitación.
    – De hecho, intenté que Spencer se interesara por aprender a montar cuando era más pequeño, pero nunca quiso. Creyendo que era el tamaño de los caballos lo que le atemorizaba, se me ocurrió tener un poni y compré a Afrodita, pero Spencer no mostró el menor interés. Del mismo modo en que dejé de esperar que se aventurara fuera de las tierras de la propiedad, también en eso terminé por dejar de insistir. -Sus ojos volvieron a encontrarse con los de él, y el corazón de Andrew ejecutó la ya familiar pirueta inducida por la mirada de Catherine-. Su presencia parece tener el efecto de hacer que mi hijo desee expandir sus horizontes e intentar cosas nuevas.
    – ¿Y eso la molesta?
    Catherine se dio unos segundos para ponderar su respuesta, y dijo:
    – No, pero reconozco que la cauta madre que hay en mí habría preferido que Spencer pidiera que le diera lecciones de backgammon en vez de lecciones de equitación, pugilismo y esgrima.
    Andrew sonrió.
    – Créame, el niño no necesita que le den lecciones de backgammon.
    – Pero la madre protectora que llevo dentro desea que mi hijo tenga una vida lo más normal y plena posible. Cuando pienso en la movilidad añadida que le proporcionará aprender a montar. -Dio un largo suspiro-. No puedo permitir que mis temores enturbien su entusiasmo y su incipiente independencia. Pero, aunque hable así, seguiré preocupada e inquieta por su seguridad. Le confío su seguridad, Andrew.
    Andrew se llevó las manos de Catherine a la boca y tocó las yemas de sus dedos con los labios, disfrutando al verla contener el aliento ante su gesto.
    – Me siento honrado y agradecido por la fe que deposita en mí, pues sé lo importante que Spencer es para usted. Le juro que su confianza está en buenas manos. Y ahora, ¿damos por zanjada la cuestión?
    – Sí, supongo que sí. Pero se lo advierto: no pienso quitarle ojo.
    Andrew sonrió.
    – Qué delicia, pues nada puede hacerme más feliz que sentir su mirada sobre mí. Hace un momento ha dicho que mi presencia parece provocar en su hijo el deseo de expandir sus horizontes e intentar cosas nuevas. ¿Quizá mi presencia produce el mismo efecto en su madre?
    El corazón le dio un vuelco ante el inconfundible destello de conciencia que asomó a los ojos de Catherine.
    – ¿A qué se refiere?
    – Me refiero a que me gustaría invitarla a intentar algo nuevo conmigo. Nunca he dado un paseo a la luz de la luna por un jardín de la campiña inglesa. ¿Le gustaría acompañarme esta noche?
    – ¿Siente usted un repentino deseo de oler las rosas al abrigo de la oscuridad?
    – No. Siento un deseo largamente anhelado de pasear con usted por un jardín al abrigo de la oscuridad. -Disfrutó intensamente al ver el fulgor de los ojos de Catherine al oírle reconocer sus intenciones-. Si estuviéramos en Londres, la invitaría a Vauxhall. Pero ya que estamos en Little Longstone, me veo obligado a improvisar -añadió, dejándose llevar por el abrumador deseo que le embargaba y pasándole las yemas de los dedos por su satinada mejilla-. ¿Me acompañará?
    Catherine no dijo nada. Su mirada buscó la de él, y el corazón de Andrew palpitó tan fuerte que habría jurado que ella tenía que haberlo oído. Él estaba pidiendo algo más que un simple paseo y ambos lo sabían, aunque sin duda ella había pensado en la conversación de la noche anterior. Y él apenas había pensado en otra cosa. Obviamente ella había llegado a alguna conclusión. Aun así, con cada segundo de silencio que pasaba, las esperanzas de Andrew se desvanecían, pues podía ver cómo ella seguía ponderando su decisión.
    Entonces, por fin, Catherine se aclaró la garganta.
    – Sí, Andrew. Le acompañaré.
    Aunque él suponía que en la historia de la humanidad se habrían pronunciado palabras más dulces, no alcanzaba a imaginar qué palabras podían haber sido esas.

    Catherine se pasó toda la tarde presa de un exaltado estado de conciencia que, además, la abocó a un estado cercano al vértigo. Todo le parecía más claro, más agudo, y tenía los sentidos totalmente alertas. No recordaba haber comido un cordero más sabroso, unas zanahorias más deliciosas ni haber tastado un vino más embriagador. Con cada movimiento, su vestido de muselina aguamarina le acariciaba la piel, ahora extrañamente sensible, provocándole pequeños hormigueos en sus terminaciones nerviosas. Las oscilantes y pálidas velas de los candelabros de plata daban una luz más brillante, el sonido de la risa de Spencer la deleitaba más y el profundo timbre de la voz de Andrew le provocaba escalofríos de anticipación en la columna.
    ¿Algún hombre le había resultado más atractivo? ¿Más tentador? La muda luz de las velas ensalzaba su oscuro atractivo, envolviendo su rostro en un intrigante diseño de sombras que atraía la mirada de Catherine una y otra vez. Con una chaqueta azul marino, camisa blanca y pantalones de color gamuza, Andrew tenía un aspecto masculino, imponente y absolutamente delicioso.
    Cada mirada entrecruzada entre ambos la inflamaba, encendiéndole la piel. Cada sonrisa que él le dedicaba le llenaba el corazón de una palpitante excitación. Catherine sabía que su inminente paseo con Andrew a la luz de la luna era responsable de una gran dosis del vértigo que la embargaba, aunque también era plenamente consciente de que el resto se debía a la estrategia que había diseñado. Estaba decidida. Sabía lo que quería. Y, tras varias horas dándole vueltas a sus diferentes opciones en lo que llevaba de tarde, por fin había descubierto cómo conseguirlo. Ahora simplemente esperaba poder soportar la espera hasta poner en acción su plan.
    Después de la cena, los tres se retiraron al salón, donde Catherine vio a Andrew y a Spencer jugar una animada y altamente competitiva partida de backgammon.
    – Es su última tirada, señor Stanton -se rió Spencer entre dientes, frotándose las manos con evidente regocijo-. Está a punto de ser derrotado.
    – Quizá. Aunque si saco un doble seis, gano yo.
    Spencer soltó un bufido burlón.
    – ¿Y qué probabilidades tiene de que eso ocurra?
    Andrew sonrió.
    – Una entre treinta y seis.
    – No demasiadas.
    – Podría ser peor.
    Andrew lanzó los dados sobre el tablero. Catherine observó perpleja el par de seises.
    A Spencer los ojos se le salieron de las órbitas y se echó a reír.
    – Diantre. No había visto nunca tanta suerte, ¿y tú, mamá?
    – No -dijo Catherine entre risas-. Sin duda el señor Stanton es un hombre muy afortunado. -Su mirada se posó en Andrew y, cuando los ojos de ambos se encontraron, él sonrió.
    – Sí, sin duda soy un hombre muy afortunado.
    Su sonrisa la envolvió como una cálida capa, rodeándola con un aura de placentero calor.
    Spencer se levantó y tendió la mano.
    – Excelente trabajo. Pero saldré victorioso la próxima vez que juguemos.
    Andrew se levantó y estrechó su mano con gesto solemne.
    – Espero ansioso la ocasión.
    Spencer bostezó y dedicó una tímida mirada a Catherine.
    – Estoy cansado -reconoció.
    – Has tenido un día ajetreado. -Catherine dedicó a Andrew una mirada arqueada y de soslayo-. Debes de estarlo, sobre todo después de haber hecho caer al señor Stanton de culo y todo lo demás.
    El chiquillo se rió entre dientes y contuvo un segundo bostezo.
    – Creo que me voy a la cama. Necesito descansar para las lecciones de equitación y de pugilismo de mañana.
    Catherine hizo caso omiso del nudo de preocupación que se hizo en su estómago al pensar en esas lecciones.
    – Muy bien, cariño. ¿Quieres que te ayude a subir las escaleras?
    – No, gracias. Puedo hacerlo solo.
    Catherine se obligó a asentir y a sonreír. Y aceptó una muestra más en la necesidad de autoconfianza de su hijo.
    – Que duermas bien.
    – Siempre lo hago. -Spencer besó a Catherine en la mejilla, estrechó la mano de Andrew y luego salió de la sala, cerrando la puerta tras él con un silencioso chasquido.
    La mirada de Andrew se posó entonces en la de ella con unos ojos colmados de silenciosa comprensión.
    – Cuanto más nos acercamos a la edad adulta -dijo-, más deseamos hacer cosas por nosotros mismos.
    – Lo sé. En el fondo estoy muy orgullosa de su incipiente independencia, aunque parte de mí echa en falta al niño que me necesitaba para todo.
    – Siempre la necesitará, Catherine. No del mismo modo que cuando era pequeño, naturalmente, pero la necesidad de su amor y de su apoyo no desaparecerá jamás.
    – Sí, supongo que es cierto. Y me alegro. -Sonrió-. Sentirte necesitada es una sensación muy agradable.
    – Cierto.
    Algo en la forma en que él pronunció esa palabra la llevó de pronto a preguntarse si en realidad seguían hablando de Spencer. Antes de poder decidirlo, Andrew preguntó:
    – ¿Le gustaría que diésemos nuestro paseo? O quizá… -Indicó el tablero de backgammon con una inclinación de cabeza-. Quizá antes preferiría recibir una paliza, ejem… me refiero a que quizá le apetezca jugar una partida.
    Catherine arqueó las cejas.
    – ¿Con un hombre que acaba de demostrar que puede sacar un doble seis a voluntad? Gracias, pero no.
    Andrew inclinó la cabeza antes de extender el codo con un cortés floreo.
    – En ese caso, salgamos al jardín.
    Catherine posó la mano con gran corrección en el doblez de su codo, consciente de que si conseguía lo que tenía en mente, aquel iba a ser el último gesto decente que haría en lo que quedaba de noche.
    Salieron de la casa por los ventanales que daban a la terraza. Avanzaron despacio sobre las piedras del jardín y Catherine inspiró hondo, absorbiendo el bienvenido aire fresco sobre su acalorada piel y los reconfortantes aromas de la hierba, las hojas y las flores mezclados con el intrigante y sutil rastro de sándalo que desprendía Andrew. La luna llena brillaba en la oscuridad del cielo como una perla reluciente contra el terciopelo negro, cubriendo el paisaje con una tornasolada iluminación plateada.
    Tras bajar por los escalones, se dirigieron al jardín. El sendero se bifurcaba en varias direcciones, pero Catherine viró a la derecha.
    – ¿Le importa si tomamos el sendero de la izquierda? -preguntó Andrew-. Hay algo que quiero mostrarle.
    Frunció el ceño ante lo que parecía ser un inconveniente destinado a entorpecer el desarrollo de sus planes perfectamente diseñados.
    – ¿De qué se trata?
    – Lo verá cuando lleguemos.
    Demonios, ese hombre la fastidiaba en cada toma de caminos, literalmente hablando en este caso. A la izquierda no había nada excepto algunas estatuas de mármol, mientras que a la derecha estaba el belvedere. Y ese era el lugar al que Catherine pretendía llevarle. Quiso insistir en tomar el camino de la derecha. De hecho, deseaba galopar hasta el maldito belvedere, aunque ante la cortés solicitud de Andrew, no se le ocurrió forma alguna de negarse a su propuesta sin parecer grosera. Ni confesando la verdad de sus planes.
    – Muy bien -accedió, con la esperanza de no sonar tan contrariada como realmente lo estaba. Vaya. Bueno, se limitaría a mirar educadamente lo que fuera que él quería mostrarle y luego le haría volver por donde habían ido. O también podía animarle a continuar andando por el mismo sendero, que en un momento dado dibujaba una curva que llevaba a la parte posterior del belvedere, aunque sin duda por una ruta mucho más larga.
    Ansiosa por terminar con aquello, Catherine echó a andar por el sendero de la izquierda, apenas resistiéndose al deseo de coger a Andrew de la manga y tirar de él.
    – ¿Normalmente anda usted tan deprisa, Catherine? -preguntó Andrew con la voz salpicada de buen humor.
    – ¿Normalmente anda usted tan despacio?
    – Bueno, en teoría esto iba a ser un paseo. Desgraciadamente, he olvidado traer conmigo un diccionario, y al parecer de nuevo lo necesitamos. Parece que usted ha confundido el significado del término «paseo» por el de «carrera».
    – No necesito ningún diccionario. Simplemente no soy mujer a la que le guste perder el tiempo.
    – Ah, una cualidad admirable -dijo él, andando todavía más despacio. «Dios santo, hasta los caracoles se movían más deprisa»-. Sin embargo, hay ciertas cosas que sí deberían ser tomadas con calma.
    – ¿Cómo por ejemplo? -Catherine no estaba especialmente interesada en la respuesta, pero quizá si seguía haciéndole hablar, él se distraería lo bastante como para avanzar un poco más deprisa.
    – El sonido de la brisa nocturna acariciando las hojas. El aroma todavía presente de las flores diurnas…
    Apenas logró contener un suspiro de impaciencia. Que el cielo la ayudara. Ahí estaba él, poniéndose poético sobre las brisas y las flores mientras ella estaba más frustrada con cada minuto que pasaba. ¿Es que aquel hombre no se daba cuenta de que se moría de ganas de verse entre sus brazos y de ser besada hasta que las rodillas se le volvieran puré?
    «Ohhh», bufó de cólera en silencio. ¿Qué clase de maldita suerte había caído sobre ella para maldecirla así con la atracción por un hombre que sin duda era más espeso que la más espesa niebla y que avanzaba más despacio que una tortuga dormida?
    – … el olor del cuello de una mujer.
    Esa frase la arrancó bruscamente de su ensimismamiento. ¿El olor del cuello de una mujer? Eso sonaba… interesante. Prometedor. Maldición, ¿qué se había perdido? Antes de poder preguntárselo, Andrew se detuvo y la rodeó hasta quedar frente a ella. Catherine miró a su alrededor y reparó en que estaban en su rincón preferido del jardín: un pequeño y aislado semicírculo al que cariñosamente había bautizado con el nombre de La Sonrisa del Ángel. Andrew debía de haber dado con él por mera casualidad, pues quedaba oculto del sendero principal por unos altos setos. Un paseante ajeno a la propiedad jamás habría reparado en él, a menos que supiera dónde buscarlo.
    – Este es su rincón favorito del jardín -dijo Andrew.
    Las cejas de Catherine se arquearon bruscamente.
    – ¿Cómo lo sabe?
    – Me lo ha dicho Fritzborne.
    – ¿Ah, sí? No sabía que fueran ustedes tan… íntimos.
    – Tuvimos una larga charla el día de mi llegada. También hablamos bastante mientras limpiábamos la zona de los establos donde he montado el cuadrilátero de pugilismo, tras lo cual él me ofreció un vaso de whisky. Es un buen hombre. Toma un whisky absolutamente espantoso, pero aún así es un buen hombre.
    – ¿Se tomó un whisky con el mozo de cuadras? -Catherine intentó imaginar a Bertrand haciendo algo semejante, sin éxito.
    – Así es. Y, a juzgar por el sabor del licor, no estoy seguro de ser capaz de repetirlo. -Sonrió y sus dientes brillaron a la luz de la luna-. De hecho, fue sólo el primer sorbo lo que dolió. Después de eso, mis entrañas dejaron de sentir.
    – Y mientras tomaba usted ese whisky, él mencionó por casualidad que éste es mi rincón favorito del jardín.
    – De hecho, fue mientras ejercitábamos a los caballos ese primer día. Le pedí que me describiera su rincón favorito del jardín. Me dijo que era un lugar al que usted llamaba La Sonrisa del Ángel y que era una réplica del rincón favorito que su madre tenía en su propio jardín.
    Catherine asintió, ligeramente perpleja.
    – Le pedí a Fritzborne que plantara los setos y me encargué personalmente de las flores: básicamente rosas, ásteres, delfiniums y lirios, las favoritas de mi madre. -Miró a su alrededor, sintiéndose imbuida de la paz que aquel rincón siempre le producía-. Hay que verlo durante el día para apreciar su belleza y serenidad. El modo en que el sol brilla entre esos árboles -dijo, señalando un bosquecillo de altos olmos situados a unos cinco metros de donde estaban- baña este pequeño rincón con un semicírculo de luz que parece…
    – La sonrisa de un ángel.
    – Sí. Antes de su muerte, mi madre y yo pasamos muchas horas felices juntas en los jardines. Cuando estoy aquí, me siento como si ella estuviera conmigo, sonriéndome desde el cielo. -Repentinamente avergonzada de sus divagaciones, dijo-: No es más que una tonta extravagancia.
    Andrew la tomó suavemente de las manos y entrelazó sus dedos con los de ella, gesto que la reconfortó y la excitó simultáneamente.
    – No es ninguna bobada, Catherine. Es importante tener sitios que signifiquen algo para nosotros, lugares a los que poder ir y poner en orden las ideas. O simplemente a disfrutar de un poco de tranquilidad.
    – Usted debe de tener un lugar así para comprenderme tan bien.
    – He tenido varios durante mis viajes.
    – ¿Tiene alguno en Inglaterra?
    – Sí. -Sonrió-. La próxima vez que viaje a Londres, le enseñaré mi banco favorito de Hyde Park, y mi sala favorita del Museo Británico.
    Catherine le devolvió la sonrisa e ignoró firmemente su voz interior, que volvió a la vida entre toses para recordarle que no tenía intención de viajar a Londres en un futuro cercano.
    – ¿Por qué le preguntó a Fritzborne por mi rincón favorito del jardín?
    – Porque tenía que saberlo para su sorpresa.
    – ¿Otra sorpresa? No estoy segura de ser hoy capaz de soportar más sorpresas.
    – No tema. Venga.
    Le soltó una mano y luego, todavía con la otra firmemente cogida, la llevó hasta el bosquecillo de olmos. Curiosa, Catherine miró a su alrededor, pero no vio nada fuera de lo común. No obstante, cuando Andrew se detuvo junto al árbol más alto, el aroma de la tierra recién excavada le hizo cosquillas en la nariz y la obligó a bajar los ojos. Y se quedó helada.
    Ante sus ojos, a la pálida luz de la luna, se extendía un parterre de flores lleno de una profusión de plantas de varios tamaños que rodeaban los dos árboles más alejados. Al instante Catherine reconoció el familiar follaje y contuvo el aliento.
    – ¿Qué es eso?
    – ¿Reconoce la planta? Es una…
    – Dicentra spectabilis -susurró-. Sí, lo sé.
    – Según me dijo, el corazón sangrante era su favorita. Me he dado cuenta en que tiene algunos corazones sangrantes repartidos por su jardín, pero ningún grupo numeroso.
    Como aturdida, Catherine soltó su mano y se agachó para pasar con suavidad el dedo por una delicada hilera de diminutos y perfectamente torneados brotes colgantes rojos y blancos.
    – ¿Usted ha hecho esto?
    – Bueno, no puedo atribuirme todo el mérito. He contado con la ayuda de Fritzborne y de Spencer.
    – ¿Están ellos al corriente de esto?
    – Sí. Spencer me ayudó a elegir las plantas cuando visitamos el pueblo. Fritzborne las escondió en los establos y esta tarde las ha transportado hasta aquí. Spencer y yo las hemos plantado. -Se rió entre dientes-. Creo que guardar el secreto de esta sorpresa a punto ha estado de matarle.
    – Sí, puedo imaginarlo. -Catherine apartó la mirada de la asombrosa maravilla del parterre y miró a Andrew por encima del hombro-. ¿Por eso quería ir al pueblo? ¿Para comprarlas?
    – Entre otras cosas, sí.
    Ella hizo ademán de levantarse y Andrew inmediatamente tendió la mano para ayudarla. Catherine deslizó su mano en la de él, absorbiendo la cálida y callosa textura de su palma al rodear la suya. Cuando de nuevo estuvo de pie frente a él, no le soltó la mano.
    – ¿Otras cosas? -repitió, sintiendo que el corazón le palpitaba en latidos lentos e intensos-. No me diga que hay más sorpresas.
    Andrew sonrió.
    – Muy bien. No se lo diré. -Le apartó con el dedo un rizo errante de la frente, y su acelerado corazón dio un vuelco ante la intimidad que encerraba aquel gesto.
    – No puedo creer que la pequeña floristería del pueblo dispusiera de tal abundancia de plantas -dijo.
    – De hecho, tenían sólo unas cuantas. Cuando le dije al florista que quería más, sugirió que algunos de los habitantes del pueblo quizá estarían dispuestos a venderme sus plantas. Así que Spencer y yo fuimos a llamar a algunas puertas -explicó, echándose a reír-. Creo que conocimos a casi todos los habitantes del pueblo en nuestra búsqueda de corazones sangrantes.
    Catherine le miró sin salir de su asombro.
    – ¿Me está diciendo que fue a casa de gente a la que no conoce a preguntar si podía comprarles las plantas de su jardín?
    – Eso lo resume a la perfección. Todos se mostraron encantados de dejar que Spencer y yo nos lleváramos sus plantas para la «sorpresa de lady Catherine».
    Cielos, al menos había tres docenas de plantas alrededor de los olmos.
    – Se ha tomado muchas molestias.
    – No llamaría molestia a hacer algo por usted.
    Catherine volvió a bajar los ojos y, al ver lo que Andrew había hecho por ella, un torrente de ternura la embargó, inflamándole la garganta de emoción y haciendo asomar un velo de húmedo calor tras sus ojos. Volviendo a posar en él la mirada, le apretó la mano y pronunció la pura verdad:
    – Ningún hombre ha hecho jamás por mí nada tan precioso y tan considerado.
    «Ni romántico», canturreó su voz interior con un femenino suspiro. «Has olvidado añadir romántico.»
    Andrew se llevó a los labios las manos entrelazadas de ambos y depositó un beso en la sensible piel de la cara interna de la muñeca de Catherine.
    – Ya le he dicho que me gusta ser siempre el primero.
    El contacto de su boca en su piel, las suaves palabras exhalando aliento, enviaron diminutas lenguas de fuego por su brazo. Andrew bajó entonces la mano de Catherine hasta pegarla contra su pecho, donde su corazón palpitó deprisa y con fuerza contra su palma. Casi tan deprisa y con tanta potencia como el de ella. Por la forma en que él la miraba. Por lo cerca que estaban el uno del otro. Y no sólo por lo que él había hecho, sino también por cómo lo había hecho.
    – Las flores son aún más especiales porque ha incluido a Spencer en su sorpresa -dijo con voz queda-. Gracias.
    – De nada.
    Para mortificación de Catherine, la humedad que había asomado a sus ojos se desbordó y un par de lágrimas se deslizaron de sus ojos.
    Los ojos de Andrew se abrieron con una expresión que sólo podría haber sido descrita como de pánico masculino.
    – Llora usted.
    Sus palabras sonaron tan horrorizadas y acusatorias que el sollozo contenido en la garganta de Catherine estalló en una carcajada.
    – No es cierto.
    – ¿Y cómo llama usted a esto? -Andrew atrapó una lágrima en la yema del dedo mientras su otra mano palpaba frenéticamente sus bolsillos, presumiblemente en busca de un pañuelo.
    Ya más tranquila, gracias a Dios, Catherine hizo aparecer su propio pañuelo de encaje de su larga manga y se secó con él los ojos.
    – ¿Sigue llorando?
    – No estaba llorando.
    – De nuevo necesitamos recurrir al diccionario. -Andrew alargó la mano y le cogió el pañuelo, secándole con suavidad las mejillas. Cuando terminó, ladeó la cabeza primero a la izquierda y luego a la derecha, mirándola atentamente-. Al parecer, ha dejado de llorar.
    – No había empezado. Simplemente… he sufrido una inesperada erupción líquida de las pupilas. La mujer moderna actual no llora cuando un hombre le regala flores. Cielos, si fuera ese el caso, habría estado sumida en un estado de histerismo constante durante las últimas dos semanas.
    Pronunció las palabras a modo de burla, pero en cuanto se oyó decirlas, fue consciente de que las que tenía ante sus ojos no eran unas flores cualquiera. Además, estaba empezando a resultar alarmantemente claro que el hombre que estaba de pie delante de ella no era un hombre cualquiera.
    Andrew le devolvió el pañuelo, que ella volvió a meterse en la manga.
    – Bien, considéreme entonces aliviado de que la… ejem… inesperada erupción de sus pupilas se haya corregido.
    Ciertamente parecía aliviado, y Catherine tuvo que reprimir una sonrisa. Incluso en los momentos posteriores al disparo, él se había mostrado sereno y sosegado. Aún así, el espectáculo de unas lágrimas femeninas habían desarmado visiblemente a ese hombre, rasgo que a Catherine se le antojó absolutamente enternecedor.
    Dios santo. Si es que ella no deseaba ni por asomo encontrar en él nada que resultara enternecedor. Ya era bastante malo que le pareciera un hombre dolorosamente atractivo. «Por cierto -intervino su voz interior-, ya va siendo hora de que pongas en acción tu plan.»
    La Sonrisa del Ángel era tan perfecto como el belvedere, y Catherine no deseaba esperar más para que él la estrechara entre sus brazos. Para que la besara. Lo que, por algún motivo que ella desconocía, él todavía no había hecho. Deseó agarrarle de los hombros, sacudirlo y preguntarle qué demonios estaba esperando. En fin, había llegado la hora de pasar a la acción.
    Dedicando a Andrew lo que, según esperaba, pasara por una sonrisa despreocupada, aunque no exenta de una ligera sombra seductora, dijo:
    – Su generosidad y su consideración me hacen sentir aún más culpable por la apuesta que hicimos.
    – ¿La apuesta?
    – En relación a su lectura de la Guía femenina.
    La expresión confusa de Andrew se disipó.
    – Ah, sí, la apuesta. ¿Qué la hace sentirse culpable?
    – Cuando hicimos la apuesta, acordamos un plazo de tres semanas. Desde entonces, hemos acordado los dos que usted estará en Little Longstone sólo una semana. Me temo que, dados los imperativos temporales y el hecho de que resultaría prácticamente imposible que se agencie un ejemplar de la Guía aquí, debemos renegociar los términos de la apuesta.
    La expresión de Andrew se tornó pensativa y, retrocediendo dos pasos, apoyó la espalda contra el grueso tronco del olmo que tenía tras él y la observó atentamente.
    – Si ya me es prácticamente imposible conseguir un ejemplar de la Guía aquí, en Little Longstone, en el plazo de una semana, no veo cómo podría haber podido cumplir con la tarea en tres semanas. Ni siquiera en tres meses. Lo cual me lleva a preguntarme si quizá me he dejado embaucar.
    – En absoluto. Disponiendo de tres semanas, habría tenido tiempo suficiente para enviar un pedido a alguna librería de Londres para que le enviaran aquí un ejemplar. Eso en caso de que hubiera tenido realmente ganas de leerlo.
    – Ah. Pero ahora sólo dispongo de una semana…
    – Me temo que ha dejado de ser una opción viable -dijo Catherine, inyectando la nota justa de pesar a su voz. Sin embargo, su conciencia la llevó a preguntar-: Si aún dispusiera de tres semanas, ¿habría hecho un pedido a Londres?
    – No.
    Catherine logró hacer a duras penas que sus labios esbozaran una sonrisa triunfal. Perfecto. Andrew había mordido su anzuelo sin parpadear. Ahora, ya sólo tenía que recoger el hilo.
    – Eso imaginaba -dijo, conservando una expresión seria-. Lo cual significa que…
    – Nuestra apuesta queda cancelada. -Andrew asintió-. Sí, supongo que tiene usted razón.
    Catherine clavó en él la mirada.
    – ¿Cancelada? Eso no es lo que iba a decir.
    – ¿Ah? ¿Y qué iba a decir entonces?
    – Que he ganado yo.
    Las cejas de Andrew se dispararon hacia arriba y se cruzó de brazos.
    – ¿Y cómo ha llegado a esa conclusión?
    – Acaba de reconocer que no habría movido un sólo dedo para hacerse con un ejemplar de la Guía femenina en Londres, independientemente de la duración de su estancia en Little Longstone. Recordará que para que usted ganara la apuesta tenía que leer la Guía y entrar en una discusión sobre ella, algo que no puede hacer si no cuenta con un ejemplar, lo cual, según acaba de reconocer, no tiene intención de hacer, lo que, aunque estuviera en sus planes, ya no tiene tiempo de llevar a cabo. -Concluyó su discurso con un florido ademán y tomó una bocanada de aire que necesitaba desesperadamente. Luego ofreció a Andrew la más dulce de sus sonrisas-. Así pues, eso significa que la ganadora soy yo.
    Andrew se quedó varios segundos en silencio, observándola con una expresión ligeramente divertida que hizo las delicias de Catherine. Excelente. Era evidente que lo había desconcertado. Su estrategia estaba funcionando a las mil maravillas. Y ahora, a por el último paso…
    – ¿Admite usted su derrota? -preguntó.
    – Diría que tengo poca elección.
    El corazón de Catherine le dio un vuelco de anticipación.
    – Como sin duda recordará, el ganador tiene derecho a cobrarse la deuda exigiendo un favor de su elección.
    – Ah, sí. Ahora que lo menciona, lo recuerdo -reconoció, riéndose entre dientes-. Así que por eso quería oírme aceptar mi derrota en vez de dar por zanjada la apuesta. Supongo que me pasaré todo el día de mañana sacándole brillo a la plata.
    Catherine dio un paso hacia él.
    – No.
    – ¿Desbrozando los rosales?
    Otro paso.
    – No.
    – ¿Limpiando los establos?
    Un paso más. Ahora apenas les separaba la distancia de un brazo. El corazón de Catherine palpitaba con tanta fuerza que sintió los latidos en los oídos.
    – No.
    La observadora mirada de Andrew se mantuvo firme en la de ella durante lo que pareció una eternidad, aunque sin duda no fueron más de diez segundos. Por fin, dijo con voz ronca:
    – En ese caso, quizá deba decirme qué es lo que quiere, Catherine.
    «Carpe Diem», la apremió su voz interior. Haciendo acopio de todo su valor, dio un paso más hacia delante. Su cuerpo rozó el de Andrew, cuya masculina esencia llenó su cabeza. Animada al verle tomar aliento con gesto brusco, posó las palmas de las manos sobre su pecho y le miró directamente a los ojos.
    – Quiero que me haga el amor.

Capítulo 14

    La mujer moderna actual debería procurar adquirir cierto nivel de experiencia sexual. La mujer versada en las delicias de la alcoba puede confiar en que su amante no perderá interés en ella y buscará así compañía en otra parte.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Andrew se quedó totalmente inmóvil, dejando que su mente y su cuerpo asimilaran del todo el asombroso impacto que las palabras y actos de Catherine le habían producido. Catherine de pie ante él con los ojos brillantes de deseo, las manos posadas sobre su pecho y su lujurioso cuerpo pegado al suyo. El nebuloso timbre de su voz al susurrar aquella sentencia con la que a punto había estado de detenerle el corazón. «Quiero que me haga el amor.»
    Y es que, a pesar de las innumerables veces que había fantaseado con oírla pronunciar esas palabras, nada le había preparado para la realidad. El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas que no le habría sorprendido si ella hubiera dicho: «¿Qué demonios es ese fragor de tambores?».
    Aun así, bajo las capas de alegría, deseo y necesidad, parpadeaba una única y diminuta vela de descontento. Sí, Andrew deseaba desesperadamente hacer el amor con Catherine, pero quería mucho más que eso. Dada la manifiesta aversión de ella hacia el matrimonio y su fe en los preceptos expresados en la Guía femenina, uno de los cuales animaba a «las mujeres de cierta edad» a no mantenerse célibes, estaba claro que ella sólo deseaba una aventura. Si él la rechazaba, ¿recurriría ella a otro? Imaginarla pidiendo a otro hombre que le hiciera el amor hizo que se le tensara la mandíbula.
    Y no es que tuviera la menor intención de rechazarla.
    Catherine se movió contra él y el cuerpo de Andrew se tensó por entero. Sí, quería mucho más de ella, pero por el momento eso sería suficiente.
    La incertidumbre asomó a los ojos de Catherine y Andrew fue consciente de que había guardado silencio durante demasiado tiempo y de que ella creía que su silencio apuntaba a un rechazo. Las palabras y las emociones que había reprimido durante lo que se le antojaba una eternidad se inflamaron de pronto, atragantándolo y haciéndole imposible hablar. Aunque eso apenas importaba, pues era incapaz de pronunciar una frase coherente. Sólo una palabra reverberaba en su cabeza, un mantra de lo único que deseaba, de lo único que había deseado desde el momento en que había puesto sus ojos en ella. «Catherine. Catherine. Catherine.»
    Ella leyó claramente el infierno de deseo que él sabía que ardía en sus ojos porque la incertidumbre se desvaneció de la mirada de Catherine y sus labios se despegaron. Pasándole un brazo por la cintura, Andrew la atrajo hacia él mientras le acariciaba la espalda con la otra mano hasta que sus dedos alcanzaron su suave y recogida melena. Bajó la cabeza al tiempo que ella se ponía de puntillas.
    En cuanto los labios de ambos se encontraron, Andrew se perdió. En el dulce y seductor sabor de ella. En la increíble sensación del cuerpo de ella pegado al suyo. En su delicado aroma a flores. En la deliciosa fricción de su lengua contra la de él. En el erótico sonido de su gemido de placer.
    Las necesidades y deseos hasta entonces no respondidos, durante tanto tiempo insatisfechos, le azuzaron como afiladas espuelas. Separando las piernas, la atrajo aún más hacia él, pegándola contra la V que dibujaban sus muslos. Su erección tensó la tela de sus ceñidos pantalones y maldijo la barrera de ropa que les separaba. Otro suave gemido rugió en la garganta de Catherine, que se frotó contra él, deshaciéndose de una capa más de un control que desaparecería rápidamente.
    Mientras sus labios y su lengua exploraban las aterciopeladas delicias de la boca de Catherine, posó una mano en su seno mientras deslizaba la otra por su espalda hasta abarcar con ella su redondeado trasero. Catherine jadeó y dejó caer atrás la cabeza, presentándole la delicada y vulnerable curva de su cuello, una delicadeza de la que él no dudó en disfrutar de forma instantánea.
    Catherine se pegó más a él, deseosa por sentir su cuerpo duro y excitado. Cerró los ojos y se agarró a sus anchos hombros en un esfuerzo por no ceder a la tormenta de sensaciones que la golpeaban. Los labios y la lengua de Andrew trazaron un sendero de fuego por su cuello, avivando las llamas que ya la consumían. Una mano fuerte palpó su seno por encima de la tela del vestido, apretándole el pezón y lanzando calambres de afilado deseo hasta su entrepierna mientras que con la otra le masajeaba las nalgas con un movimiento lento e hipnótico que arrancó un prolongado y ardiente gemido de su garganta. Sintió inflamada, pesada y húmeda la femenina carne que abrigaban sus piernas, y una desesperación cada vez mayor la recorrió.
    Andrew levantó la cabeza y un gemido de protesta vibró en la garganta de Catherine.
    – Aquí no -susurró él con la respiración tan entrecortada como la de ella-. Así no.
    El corazón de Catherine tropezó consigo mismo al ver la desnuda avidez en los ojos de él. Ante las oleadas de deseo que emanaban de aquel hombre. Andrew parecía querer devorarla y todo lo que en ella había de femenino se estremeció ante la idea.
    – Mereces más que un simple revolcón contra un árbol, Catherine.
    Que Dios la asistiera, pero un rápido revolcón contra un árbol -de hecho cualquier cosa con la que poder aliviar el dulce dolor que la aprisionaba- le sonaba a promesa celestial. Aunque él tenía razón. No era el lugar apropiado.
    Cuando estaba a punto de tomarle de la mano y llevarle al belvedere fue él quien la cogió de la mano y la condujo en esa dirección.
    – Ven -dijo con la voz convertida en un excitado rugido. Catherine echó a caminar a su lado mientras la excitación y la anticipación la recorrían por entero.
    – ¿Adonde vamos?
    – Al belvedere. Está más cerca que la casa. Y es más íntimo.
    – ¿Cómo conoces el belvedere?
    – Lo encontré mientras montaba a Afrodita.
    Catherine se alegró de que la oscuridad ocultara la sonrisa de satisfacción que asomó a sus labios. No sólo terminarían en el belvedere, sino que él pensaría que terminar allí había sido fruto de su inteligente idea. ¿No se sentiría satisfecho al descubrir en cuanto llegaran que el belvedere no estaba totalmente vacío, sino que contenía las provisiones que ella había sacado a hurtadillas de la casa y que había dejado allí horas antes, esa misma tarde? Lo cierto era que habría deseado llevar aún más provisiones y convertir el espacio en un refugio acogedor, pero no quería arriesgarse a que alguien la descubriera saliendo de la casa cargada con algo más que con una simple cesta. Eso habría llevado a preguntas que no deseaba responder. Al fin y al cabo, no podía simplemente decir que estaba preparando el belvedere para una cita. Y, aunque el marco era claramente rústico, según la Guía femenina, contaba con todo lo necesario para una noche memorable: una confortable manta, una botella de vino, un trozo de queso, y… Andrew y ella.
    Giraron una esquina en el sendero y el belvedere apareció a la vista. Arrellanado en un pequeño claro, la blanca estructura octogonal con su techo abovedado brillaba a la luz de la luna de modo que la vieja y desconchada pintura no se apreciaba desde la distancia. Catherine siempre había deseado restaurar el belvedere, pero nunca había encontrado el momento.
    Los pasos de Andrew aminoraron el ritmo al acercarse a la estructura y Catherine dio gracias por las firmes persianas de madera que cubrían los altos ventanales del belvedere, pues les proporcionarían un íntimo refugio de intimidad.
    Una nube oscureció la luna y Catherine bajó la mirada, concentrándola en sus pies para no tropezar con alguna rama o piedra. La mano de Andrew apretó la suya, una promesa silenciosa de que no la dejaría caer.
    Cuando llegaron a la puerta, él hizo girar el pomo de bronce y empujó lentamente el pesado panel de roble hacia dentro.
    – La puerta rechina espantosamente… -empezó ella, pero sus palabras se apagaron hasta fundirse en la nada misma. La puerta no rechinó en absoluto mientras se abría de par en par para revelar el interior del belvedere.
    Catherine soltó un jadeo y, llevándose las manos al pecho, se quedó boquiabierta y absolutamente perpleja. El acogedor interior del belvedere estaba suavemente iluminado por la parpadeante luz de media docena de lámparas huracán colocadas en semicírculo alrededor del perímetro del suelo. Inspiró, percibiendo la delicada esencia a flores, y vio que una manta de pétalos de rosa cubría el suelo de madera, prestando belleza y fragancia a la pequeña habitación.
    La manta de viaje que ella había sacado de la casa a hurtadillas estaba dispuesta en el centro de una sala que de otro modo habría estado completamente desnuda. Dos enormes almohadas, una marrón y la otra de color azul oscuro, estaban colocadas en un extremo de la manta. A un lado había una bandeja de plata, y sobre ella una botella de vino, dos copas, un cuenco con fresas y el pedazo de queso que ella había robado de la cocina.
    Como presa de un trance, entró en la habitación y giró lentamente sobre sus talones. Un suave chasquido resonó a su espalda, en el que reconoció el sonido de la puerta al cerrarse. Luego oyó a Andrew acercarse tras ella. Unos brazos fuertes le rodearon la cintura desde atrás, pegando su cuerpo al suyo con suavidad. Ella posó sus manos sobre las de él e inspiró la seductora sensación de tenerlo pegado a ella, cautivada y conmovida por el romántico escondite que él había creado.
    – ¿Cuándo has hecho esto? -preguntó en un susurro, temerosa de alzar demasiado la voz y romper así la magia del ambiente.
    – Justo antes de la cena. -Los labios de Andrew le rozaron la sien al hablar mientras su cálido aliento le acariciaba la oreja, provocándole un delicioso hormigueo columna abajo-. Me quedé muy sorprendido, y encantado, cuando encontré la cesta con las cosas que obviamente tú habías dejado aquí. ¿Y tú? ¿Estás satisfecha?
    Los ojos de Catherine se cerraron y soltó un prolongado y femenino suspiro. Luego se volvió, todavía entre sus brazos, y acunó las mejillas suavemente afeitadas de Andrew entre las palmas de las manos.
    – Has dedicado mucho tiempo, esfuerzo y dinero para plantar mis flores favoritas y crear un lugar íntimo y romántico para los dos. Sí, Andrew. Estoy encantada. Y conmovida. Y halagada. Esta noche tenía la intención de ser yo quien te sedujera ti y, heme aquí, totalmente seducida.
    – He empezado la noche esperando cortejarte y, heme aquí, totalmente seducido.
    El calor la recorrió hasta los dedos de los pies.
    – Encaramos la noche con objetivos distintos y henos aquí, con los mismos resultados. Aunque me pregunto cómo es posible algo así, pues todavía tengo que intentar seducirte.
    Andrew volvió la cabeza y depositó un beso abrasador en la palma de su mano.
    – Si eso es cierto, que Dios me ayude cuando hagas el menor esfuerzo por lograrlo. Pero no temas. Lo has conseguido plenamente sin el menor esfuerzo.
    – ¿En serio? ¿Qué es lo que he hecho?
    Dios era testigo de que si deseaba saberlo era para volver a hacerlo.
    Con la mirada firmemente clavada en la de ella, Andrew la tomó de la mano, le dio otro beso en la palma y luego con la lengua le rozó la piel. Catherine contuvo el aliento y sus ojos se abrieron como platos.
    – Eso -susurró Andrew-. La forma en que reaccionas cuando te toco. Tu forma de contener el aliento y el calor que parpadea en tus ojos. Muy seductor. Y esto… -La estrechó entre sus brazos, se inclinó hacia delante y le acarició el lóbulo de la oreja con la lengua. La recorrió un escalofrío-. Tu forma de temblar cuando algo te resulta placentero. Y esto… -Sus labios se deslizaron por su mandíbula antes de que su boca se posara en la de ella y le diera un suave beso burlón que la dejó con la cara levantada, pidiendo más-. La sensación de tu boca contra la mía. Tu forma de querer más, como yo.
    Andrew levantó la mano y, muy despacio, fue quitándole las horquillas del cabello.
    – La sensación de tener tu pelo entre mis dedos. -Catherine sintió deshacerse el moño que le recogía el cabello, que le cayó sobre la espalda y le cubrió los hombros. Tras coger un puñado de largos y sueltos rizos en la mano, Andrew hundió la cara en ellos-. El aroma a flores que desprenden tu pelo y tu piel. Ah, sí, y también está tu piel…
    Le apartó los cabellos del hombro y deslizó lentamente las yemas de los dedos por el cuello de Catherine.
    – La pálida perfección. La aterciopelada textura. La seductora fragancia… ese embriagador atisbo de esencia floral que me lleva a desear no alejarme a más de un centímetro de ti para no tomar una sola bocanada de aire que no contenga tu aroma. -Bajó la cabeza y rozó con su boca el sensible punto de encuentro entre su hombro y su cuello-. Seducción en estado puro.
    Los dedos de Catherine se cerraron contra la chaqueta de él y un sordo rugido de placer tembló en su garganta.
    – El sonido que sale de ti cuando estás excitada -dijo Andrew, cuyas palabras vibraron contra la piel de ella- es una de las cosas más seductoras que he oído en mi vida.
    – ¿«Una de»? -preguntó Catherine con una voz desprovista de aliento que apenas reconoció-. ¿Qué es lo más seductor que has oído en tu vida?
    Andrew levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos.
    – Tu voz. Pidiéndome que te haga el amor.
    El calor colmó las mejillas de Catherine.
    – Nunca antes había pronunciado esas palabras.
    – Una entre tus innumerables formas de seducirme, Catherine. Ya sabes cuánto me gusta ser el primero.
    – En ese caso será mejor que te prepares, porque tengo la sensación de que esta noche voy a experimentar muchas cosas por primera vez.
    – También yo.
    Los ojos de Catherine se dilataron ligeramente.
    – ¿Te refieres a que nunca has…?
    – No, no estoy diciendo que nunca he estado con una mujer, aunque hace… un tiempo. Pero nunca he estado con ninguna mujer a la que deseara tanto, ni con ninguna a la que deseara satisfacer de este modo. Ni tampoco con ninguna que me complaciera tanto.
    Catherine tragó saliva, segura de que sus manos agarradas a los hombros de Andrew eran lo único que le impedían deslizarse al suelo y quedar hecha un tembloroso amasijo.
    – Espero complacerte, Andrew. Lo deseo, aunque…
    Él la hizo callar poniéndole los dedos en los labios.
    – Lo harás, Catherine. No lo dudes ni por un segundo.
    Su expresión dejaba bien claro que estaba convencido de ello, aunque de pronto la asaltó una chispa de inseguridad y de duda en sí misma y, antes de poder contenerse, dio voz a la dolorosa verdad.
    – Me temo que no puedo evitarlo. Mi marido me encontraba… menos que atractiva. Nunca me tocó después del nacimiento de Spencer. A pesar de haber estado casada durante diez años y de haber tenido un hijo, me temo que soy lamentablemente inexperta. -Su mirada buscó los ojos de Andrew-. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que te complaceré?
    – Como te he dicho, hay cosas que simplemente sé, Catherine. Tú y yo vamos a hacer el amor maravillosamente juntos. En cuanto a tu inexperiencia… -Dio un paso atrás y abrió los brazos-. Practica todo lo que quieras. Estoy a tu disposición.
    El corazón de Catherine le golpeó en el pecho al oír la invitación de voz ronca, tan preñada de posibilidades sexuales.
    – No seas tímida -dijo Andrew con suavidad-. Ni vergonzosa. Estamos solos tú y yo, Catherine. La única persona que hay en esta habitación además de ti es un hombre que no desea nada más que complacer todos tus deseos y hacerte feliz. Dime cómo hacerlo. Dime lo que quieres.
    A la mente de Catherine asomaron las palabras de la Guía femenina: «En caso de que la mujer moderna actual sea tan afortunada de ser blanco de la pregunta "¿Qué deseas", esperemos que responda sinceramente». Se humedeció los labios y a continuación dejó descender lentamente su mirada, para volver a subirla por su largo y musculoso cuerpo. Cuando los ojos de ambos volvieron a encontrarse, dijo simplemente la verdad.
    – Haces que desee tantas cosas que no estoy segura de por dónde empezar.
    – ¿Por qué no empiezas por quitarme la chaqueta?
    Catherine le vio sacudirse la tela azul marino de los hombros y de pronto supo exactamente por dónde empezar. Dando un paso adelante, le cogió del puño.
    – Quiero hacerlo.
    Andrew se quedó inmóvil, observándola, y por primera vez en su vida, Catherine le quitó una prenda de ropa a un hombre. El simple hecho de deslizar despacio la tela por sus brazos la embriagó. Cuando terminó, se quedó con la prenda, que todavía conservaba el calor del cuerpo de Andrew, contra su pecho. Sus párpados se cerraron y agachó la cabeza para aspirar su olor.
    – Hueles deliciosamente -murmuró con un suspiro-. A sándalo mezclado con algo más que no alcanzo a distinguir. Pero es un olor limpio y masculino que no he olido en nadie más.
    Andrew se quedó totalmente inmóvil, hechizado por sus palabras y por la visión de Catherine acunando su chaqueta contra su cuerpo. Dios sabía que nunca había sido más sincero que cuando le había dicho que lo único que deseaba era complacerla, aunque no tenía la menor posibilidad de sobrevivir al resto de la noche si Catherine le derretía las rodillas simplemente sosteniendo entre las manos su condenada chaqueta.
    La curiosa mirada de ella volvió a descender por su cuerpo y Andrew tuvo que cerrar las manos con fuerza para evitar tocarla.
    – Te preocupa tu capacidad de complacerme -dijo él con voz tensa-, y sin embargo eres capaz de seducirme con una simple mirada.
    La mirada de Catherine ascendió bruscamente al encuentro de la suya y Andrew leyó claramente el destello de seguridad que le iluminó los ojos. Tras colocar con sumo cuidado la chaqueta en el suelo junto a ella, Catherine acarició con las yemas de los dedos el relajado nudo de su corbata.
    – Quiero desnudarte -susurró.
    Andrew tragó saliva e intentó una pequeña sonrisa, pero no estuvo en absoluto seguro de haber logrado esbozarla.
    – Soy todo tuyo.
    Rindiéndose a la abrumadora necesidad de tocarla, le pasó la yema del dedo por la mejilla.
    – No te preocupes. Yo te ayudaré.
    Catherine se aplicó a deshacerle el nudo de la corbata y Andrew permaneció presa de una agonía de deseo, guerreando entre la necesidad de su cuerpo que le apremiaba a arrancarse la ropa mutuamente y hacerle el amor con furia y de inmediato y seguir observándola, sintiendo el asombroso milagro de ver cómo Catherine le quitaba la ropa. La radiante confianza y perplejidad que irradiaban sus ojos mientras terminaba de quitarle la corbata para luego desabrocharle despacio la camisa. Cuando llegó a su cintura, Andrew tiró de la camisa para liberarla del confinamiento de sus pantalones y luego contuvo el aliento.
    Catherine separó poco a poco el lino y posó sus manos sobre su pecho. El calor clavó en él sus flechas y apenas pudo tomar aliento. Una expresión de júbilo absolutamente femenino se dibujó en los rasgos de Catherine, quien despacio fue deslizando sus manos hacia su cintura. Andrew deseaba tocarla, pero sus ojos se cerraron por voluntad propia y un gruñido de placer escapó de sus entrañas al tiempo que memorizaba la intensa sensación de sentir cómo ella le tocaba.
    – ¿Te gusta? -susurró Catherine mientras las yemas de sus dedos le rozaban los pezones.
    – Dios, sí.
    Siguió deslizando las manos por el abdomen y Andrew sintió contraerse sus músculos.
    – ¿También te gusta esto?
    – Sí. -La palabra fue un tosco chirrido. Se obligó a abrir los ojos para mirarla al tiempo que las manos de Catherine se tornaban más atrevidas con cada caricia sobre su piel. Allí donde ella le tocaba, Andrew sentía como si le abrasara. El deseo rugía en su interior y su erección cabeceaba en el interior de sus ceñidos pantalones. Tras ascender de nuevo por su pecho con las manos, Catherine le quitó la camisa por los hombros y se la pasó luego por los brazos. Él liberó sus manos y dejó caer la prenda al suelo.
    Catherine le pasó las manos por los hombros desnudos y por la espalda, y Andrew rechinó los dientes de placer.
    – Eres muy fuerte -dijo ella, acariciándole el pecho con su cálido aliento.
    Le recorrió un escalofrío. Se sentía cualquier cosa menos fuerte. Le temblaban las entrañas y sus rodillas habían… desaparecido.
    Catherine le pasó entonces las manos alrededor de la cintura y dio un paso adelante para apoyar la cabeza en su pecho.
    – Tu corazón late casi tan deprisa como el mío, Andrew.
    Antes de que él pudiera responder, ella levantó la mirada hacia él con ojos solemnes.
    – Quiero que me desnudes.
    Puesto que él deseaba aquello más que volver a tomar aire, no lo dudó un segundo.
    – Date la vuelta.
    De pie tras ella, ahuecó los dedos entre los largos y lustrosos rizos castaños de Catherine, apartándole los mechones de cabello por encima del hombro para dejar a la vista su pálida nuca. Inclinándose hacia delante, pegó los labios en esa suave y fragante isla de piel que le había colmado miles de sueños e incontables momentos de vigilia. Un delicado estremecimiento recorrió a Catherine, que ladeó la cabeza, invitación a la que él ni siquiera intentó resistirse.
    Tras rozar con un beso fugaz su dulce nuca, Andrew dio un paso atrás y se puso manos a la obra a fin de desabrocharle los botones de la espalda del vestido. A medida que cada pequeño botón de marfil quedaba liberado de su ojal, él se veía recompensado con un torturador atisbo de la fina camisa que asomaba debajo. Cuando por fin terminó, se movió hasta quedar frente a ella. El color había encendido las mejillas de Catherine y el deseo brillaba en sus dorados ojos marrones. Andrew alargó la mano y tiró lentamente de la prenda hasta pasársela por encima de los hombros. Se deslizó luego por sus brazos y sobre sus caderas para aterrizar con un suave shhhh a sus pies.
    La ávida mirada de Andrew la recorrió por entero. Catherine estaba dolorosamente hermosa, cubierta por una camisa de tan fina tela que dejaba a la vista sus oscuros pezones. Pasando los dedos bajo los tirantes de color crema, fue bajándole la camisola, observando atentamente su avance a medida que iba dejando a la vista cada delicioso centímetro de su piel. Cuando soltó los tirantes, la camisola se arracimó a sus pies, encima del vestido.
    Durante varios segundos, Andrew permaneció inmóvil y se limitó a beber de la visión que ella le ofrecía, elegantemente de pie en el centro de su ropa desechada como una rosa recién abierta elevándose de un inestimable jarrón. Su mirada se posó en unos senos generosos y pesados coronados por unos pezones de tono coralino que se contrajeron bajo su mirada. La curva de su cintura dejaba paso a unas redondeadas caderas y a unos muslos torneados, abrazando el triángulo de rizos castaños anidado entre sus piernas. Ahora sólo con sus medias y zapatos, Catherine le arrebató el control que durante tiempo él había intentado denodadamente mantener. Cada uno de sus músculos se tensó con las necesidades que ya no podía seguir negándose. Catherine estaba madura, voluptuosa y absolutamente deliciosa, y, que Dios le asistiera, él estaba muerto de hambre.
    Tendió la mano y la ayudó a salir del montón de tela que la rodeaba. En cuanto ella estuvo libre, Andrew dobló las rodillas, la tomó en brazos y la llevó hasta la manta de terciopelo, más suave aún gracias al lecho de heno fresco que había repartido debajo. La dejó suavemente sobre la manta, apoyando su cabeza sobre la almohada azul. Tras quitarle las medias y los zapatos y dejarlos a un lado, Andrew se levantó para quitarse sus botas bajas de cuero blando y los pantalones.
    Catherine rodó hasta quedar de costado, apoyó la cabeza sobre la palma de la mano y le observó desnudarse con embelesada atención. Cuando Andrew liberó su erección del estrangulador confinamiento de sus ceñidos pantalones, soltó un suspiro de alivio.
    – Oh, Dios -jadeó Catherine, poniéndose de rodillas y excitándole aún más con la avidez de su mirada.
    Andrew lanzó descuidadamente su ropa al montón de prendas apiladas en el suelo y a continuación se arrodilló en la manta delante de ella. Tomando el rostro de Catherine entre las manos, bajó la cabeza y frotó sus labios contra los de ella.
    – Catherine…
    Todo lo que sentía, todo el amor y el deseo que ardían en él, todas las batallas que había librado para reprimir esas emociones durante tanto tiempo quedaron expresadas en esa única y sincera palabra. Y, en cuanto sus labios tocaron los de ella, todas esas batallas se perdieron.
    Con un gemido que rayaba en el dolor, la atrajo hacia él. Cada nueva sensación apenas tenía tiempo de parpadear en su mente antes de verse suplantada por otra. El cuerpo de Catherine pegado al suyo desde el pecho a las rodillas. Los dedos de ella abriéndose paso entre su pelo. Sus propias manos deslizándose por la espalda de Catherine hasta cerrarse sobre sus nalgas. Catherine devolviéndole el gesto. El peso de su seno llenándole la mano. Agachando la cabeza para lamerle el pezón hasta meterse en la boca el excitado capullo. Absorbiendo su gutural gemido al pronunciar su nombre. Otro profundo beso ávido de su alma. La piel suave bajo sus manos. La carne húmeda y lustrosa entre los muslos de ella, inflamada de deseo.
    Catherine deslizó sus dedos a lo largo de su erección y Andrew interrumpió bruscamente el beso para tomar aliento.
    – ¿Te he hecho daño?
    Incapaz de pronunciar palabra, Andrew negó con la cabeza.
    – Quiero tocarte, Andrew.
    Apretando los dientes, Andrew apoyó la cabeza en la de ella y se sometió a la dulce tortura de sentir los dedos de Catherine acariciándole todo el tiempo que fue capaz de soportar. Pero cuando ella envolvió su erección entre sus dedos y la apretó con suavidad, Andrew la cogió de la muñeca. Sus labios capturaron los de ella en un beso intenso y apasionado, provocando una frenética fusión de lenguas y labios. Sin interrumpir el beso, Andrew fue obligándola a descender hasta apoyar la espalda en la manta y luego cubrió el cuerpo de Catherine con el suyo. Ella separó las piernas y gimió y él bajó la cabeza para tocar con la lengua el sonido de intenso placer que vibraba en la base de su cuello.
    Apoyando todo el peso de su cuerpo en las palmas de las manos, Andrew la miró bajo la parpadeante luz dorada mientras penetraba despacio su cuerpo. Un revuelo de rizos castaños, despeinados por las exploradoras manos de Andrew, rodeaban la cabeza de Catherine. Tenía los labios rojos, húmedos y ligeramente separados mientras su pecho subía y bajaba con rápidos y superficiales jadeos. Tenía los oscuros pezones mojados y erectos por obra de su boca. Pero fue la cruda necesidad, el agudo deseo que asomó a sus ojos, lo que terminó de deshacerle.
    Despacio, Andrew fue penetrando en su cálido y húmedo calor aterciopelado y cerró los ojos con fuerza ante el tremendo placer. Deseaba ir despacio, hacerlo durar, pero su cuerpo, tanto tiempo negado, estaba fuera de su control. Sus embestidas se prolongaron, acelerándose. Más profundas. Más intensas. Catherine salía al encuentro de cada una de ellas, apremiándole para que la penetrara, al tiempo que sus dedos se enterraban en sus hombros. Se tensó debajo de él, echando adelante las caderas mientras exhalaba un largo «ohhhhh» de placer. Incapaz de contenerse por más tiempo, Andrew hundió la cabeza en la fragante curva de su hombro e inundó el interior de ella con su húmedo calor durante un eterno y milagroso instante que lo dejó sin aliento, débil, absolutamente satisfecho y condenadamente semimuerto.
    Catherine siguió tumbada bajo su delicioso peso: sin aliento, débil, absolutamente satisfecha y más viva de lo que se había sentido en toda su vida.
    A eso se reducía todo. Eso era lo que ella se había perdido durante todo su matrimonio. Aquella era la espléndida maravilla descrita en la Guía femenina, aunque ninguno de los vívidos comentarios ni de las vívidas instrucciones que aparecían en el libro la habían preparado lo suficiente para una experiencia tan íntima e increíble.
    Con los ojos cerrados, se tomó un instante para saborear los momentos siguientes, deseando que aquel asombroso placer no concluyera. Los jadeos entrecortados de Andrew palpitando contra ella. Su cuerpo cubriéndola, piel acalorada contra piel acalorada. Los brazos de él todavía envolviéndola, como si jamás fueran a soltarla. Los brazos de Catherine rodeando sus anchos hombros, también reticentes a soltarle. El corazón de él palpitando contra sus senos. Y la deslumbrante sensación de su cuerpo todavía íntimamente unido al de ella. No, no tenía la menor idea de que sería así.
    Ni de que Andrew se volviera tan pesado de pronto.
    Y no es que no disfrutara sintiéndolo encima, pero la necesidad de respirar hondo estaba a punto de superar el placer que le provocaba tenerlo cubriéndola como una manta humana.
    No habría sabido decir si él se percató de su necesidad o si simplemente hizo gala de una perfecta sincronización, pero lo cierto es que Andrew se movió. Tras acariciarle la mejilla con un beso, se retiró para apoyar todo su peso en sus antebrazos y la miró desde arriba con unos ojos oscuros e intensos y la respiración todavía alterada. Su pelo negro, desordenado por los frenéticos dedos de Catherine, se derramaba sobre su frente. Ella levantó la mano y apartó a un lado los mechones, que al instante volvieron a caer donde estaban.
    – Estás muy despeinado -dijo con una sonrisa.
    – Tú también. Deliciosamente. -Bajó la cabeza y la besó. Un beso lento, profundo e íntimo que comunicaba mejor de lo que lo habrían hecho las palabras el mensaje de que la experiencia amatoria le había resultado tan satisfactoria como a ella. Un beso que reavivó la llama que se había extinguido hacia apenas unos instantes.
    – Quiero repetirlo de nuevo -susurró Catherine contra sus labios, pasándole ligeramente los dedos por la columna.
    – No recuerdo haber recibido nunca mejores noticias. Sin embargo, me temo que necesitaré primero unos minutos para recuperarme. -Dejando caer un beso rápido en la boca de ella, se apartó de su cuerpo y rodó hasta quedar tumbado de espaldas, llevándola con él.
    Tumbada sobre su pecho, Catherine vio cómo se colocaba una de las almohadas detrás de la cabeza. Tras envolverla relajadamente entre sus brazos, los párpados de Andrew se cerraron.
    Al instante, Catherine arqueó las cejas.
    – ¡No irás a decirme que estás cansado!
    Él se rió entre dientes.
    – Muy bien. No te lo diré.
    – ¡Pero lo estás! -Su voz estaba preñada de acusación-. ¿Cómo puede ser? No me he sentido más pletórica de energía en toda mi vida. -Deslizó sus dedos por su abdomen-. Pero si apenas puedo quedarme quieta.
    – Un hecho que reducirá ostensiblemente mi período de recuperación, te lo aseguro.
    – Entonces ¿no te sientes maravillosamente?
    – Me siento increíblemente bien. Pero de un modo comparable a «una esponja estrujada», en oposición al modo «pletórica de vigor» que caracteriza tu satisfacción.
    – Vaya. Lo de «esponja estrujada» no suena muy… alentador.
    Una profunda carcajada tronó en la voz de Andrew.
    – De hecho, pretendía ser un cumplido.
    – ¿Ah, sí? Pues creo que ha llegado el momento de que sea yo la que me haga con un diccionario para que puedas buscar en él la palabra «cumplido». Estoy segura de que «esponja estrujada» no aparece como ejemplo.
    – Mi querida Catherine, estoy destrozado porque me has satisfecho completamente. Absolutamente. -Sus manos se deslizaron por la espalda de Catherine-. Como nunca hasta ahora.
    «Mi querida Catherine.» Cielos, eso sonaba… delicioso. Sobre todo en ese ronco rugido en el que se había convertido su voz.
    – Bueno, sin duda puedo decirte lo mismo. De hecho, estoy ansiosa por hablarte de todas las primeras veces que he experimentado desde que he entrado al belvedere. ¿Te gustaría oír las cosas que he descubierto?
    – Me encantaría.
    Catherine entrecerró los ojos al mirarle.
    – ¿Estás seguro de que no te quedarás dormido? Pareces estar sospechosamente adormilado.
    Andrew hundió la barbilla y la miró con una pecaminosa sonrisa asomando a sus labios.
    – No tengo sueño. Estoy saciado. Te aseguro que cuentas con toda mi atención.
    – Muy bien. Nunca había desnudado a un hombre. -Trazó una serie de leves círculos sobre su pecho desnudo-. Nunca había visto a un hombre desnudo.
    Una ceja oscura se arqueó bruscamente.
    – ¿Nunca?
    Catherine negó con la cabeza al tiempo que su barbilla rebotaba contra el pecho de Andrew. Luego se incorporó y recorrió su cuerpo con los ojos.
    – Aunque no tengo nada con lo que poder compararte, creo que con toda probabilidad eres un espécimen bien hecho.
    Un extremo de la encantadora boca de Andrew se curvó hacia arriba.
    – Gracias.
    – Me encanta sentir tu piel. Cálida y firme. -Incapaz de dejar de tocarle, posó la mano sobre su hombro y luego arrastró la palma hasta el centro de su pecho-. No he visto ni tocado el pelo del pecho de un hombre. Es un poco rasposo, aunque suave a la vez. Y tus músculos… una cautivadora delicia. Tan fuertes bajo toda esa piel cálida y firme. -Deslizó hacia abajo la yema de un dedo-. Este lazo de vello oscuro es absolutamente fascinante. El modo en que nace en tu pecho y continúa hacia abajo, dividiendo en dos estas maravillosas ondulaciones de tu estómago para volver a extenderse hasta acunar… -Su voz se apagó al tiempo que su mirada se fijaba en su masculinidad-…esta parte de ti que tan cautivada me tiene, que me ha provocado sensaciones tan increíbles. Incluso en reposo eres impresionante. -Con suavidad, trazó un pequeño círculo alrededor de la punta con el índice-. Nunca había tocado así a un hombre -susurró.
    Andrew tragó saliva y a continuación se incorporó hasta quedar tumbado de costado, apoyando el peso de su cuerpo en el antebrazo. Sus ojos oscuros la observaron con una expresión ilegible. Alargó entonces la mano y acunó el rostro de Catherine en su palma, acariciándole la mejilla con la yema del pulgar.
    – Lamento que tu matrimonio no fuera feliz, Catherine.
    Ante su propia mortificación, Catherine sintió que unas lágrimas abrasadoras se abrían paso desde el fondo de sus ojos.
    – No tardé en darme cuenta de que con Bertrand se me había negado la satisfacción que puede surgir de un vínculo emocional. Sin embargo, hasta esta noche no había sido consciente de lo que me había perdido de la parte física de nuestra unión. Concebí en las primeras semanas de mi matrimonio y, en cuanto mi condición quedó confirmada, Bertrand no se acercó a mí. Y, cuando Spencer nació… Bertrand no volvió a tocarme. Podría contar el número de veces que visitó mi dormitorio, y ninguna de esas visitas se asemejó en ningún modo a lo que tú y yo hemos compartido esta noche. Estar con Bertrand era mecánico. Seco. Carente de la menor inspiración. Actos rápidos y apresurados al abrigo de la oscuridad. Tan decepcionante y frustrante que yo no alcanzaba a entender. -Catherine volvió la cabeza y depositó un beso en la encallecida palma de Andrew-. Estar contigo ha sido… milagroso. Excitante. Cautivador. Y en absoluto seco. Una primera vez hasta lo inimaginable.
    Respiró hondo, ponderando sus siguientes palabras durante varios segundos antes de proseguir.
    – Bertrand tenía amantes, como puedes imaginar. Varias de las que tengo conocimiento y estoy segura que muchas otras de las que no tengo noticia. Debo admitir que también yo llegué a plantearme esa solución en más de una ocasión cuando la soledad se hizo insoportable. Cuando necesitaba tocar a otra persona. Cuando anhelaba sonreír a alguien, además de a mi hijo. Cuando deseaba compañía adulta.
    – Pero ¿nunca tuviste un amante?
    – No.
    – ¿Por qué?
    Se encogió de hombros.
    – A pesar del comportamiento de mi esposo, mi conciencia se resistía a la idea de romper los votos de mi matrimonio. Sin embargo, y si he de serte totalmente sincera, mi fidelidad tenía más que ver con el hecho de mantenerme fiel a mis propios valores que a serle fiel a mi esposo.
    – Lo que no menoscaba tu carácter de ningún modo, Catherine.
    – Quizá no, pero el resto de mis motivos no son tan nobles. Básicamente, tenía miedo. No quería arriesgarme a convertirme en pasto de los chismes del pueblo, y una aventura en un pueblo del tamaño de Little Longstone sería imposible de ocultar. Temía no sólo por mi reputación, sino también por la de Spencer.
    – La cautela no es una virtud innoble, Catherine.
    – Estoy de acuerdo. Aunque puedes ver lo que ha sido de toda esa cautela. No fue difícil mantenerla mientras nada la puso a prueba. Pero nunca conocí a nadie a quien quisiera tener como amante. Hasta ahora.
    Los ojos de Andrew se oscurecieron y un escalofrío de júbilo recorrió a Catherine. Sus párpados se cerraron y, durante varios segundos, volvió a vivir la maravilla de lo que acababan de experimentar juntos. Soltando un prolongado y lento suspiro, susurró soñadora:
    – Nada de lo que habíamos hablado me había preparado para esto. Cuando escribí la Guía, nunca pensé…
    Sus palabras se interrumpieron bruscamente ante su desliz y sus ojos se abrieron de golpe. Durante un horrorizado segundo, no pudo moverse. Ni respirar. El calor le abrasó la cara y sintió un calambre en las entrañas. Luego forzó una carcajada, rezando para que no sonara a oídos de él tan nerviosa como lo hizo a los de ella.
    – Leí -dijo, intentando desembarazarse del sonrojo que le abrasaba las mejillas-. Quiero decir cuando leí la Guía creí que sabía lo que podía esperar. Pero me equivocaba.
    Forzó los labios hasta esbozar con ellos una serena sonrisa, aunque sabía que su rostro seguía rojo como la grana. ¿Acaso la mirada de él se había tornado repentinamente vigilante? ¿Especulativa? No, no. Sin duda eran imaginaciones suyas. La lengua le había jugado una mala pasada. La gente cometía constantemente esa clase de errores. Simplemente tenía que cambiar de tema. Y dejar de sonrojarse.
    No obstante, antes de poder hablar, Andrew dijo:
    – Sin duda habrás pensado en algún momento que en nuestro encuentro podrías concebir un hijo.
    Aliviada al ver que él no le había dado ninguna importancia a su tropiezo verbal, dijo:
    – Sí. No temas. Ya he tomado mis medidas para que no ocurra.
    – Entiendo. Y eres consciente de que todavía corres el riesgo de que alguien descubra que somos amantes.
    – Por supuesto. Aunque no me negarás que eso queda ostensiblemente minimizado por el hecho de que tú resides en Londres y de que regresarás a la ciudad dentro de una semana.
    – En otras palabras, no temes que nos descubran porque esto es sólo una disposición temporal.
    – Sí. -Por razones que Catherine se negó a examinar, esa sencilla palabra le supo casi amarga.
    Entre ambos se acomodó el silencio y Catherine se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Por fin, él asintió como muestra evidente de su acuerdo y, por alguna razón inexplicable, se sintió decepcionada al ver que no discutía con ella. Que no sugiriera que, de algún modo u otro, encontrarían la manera de continuar su relación después de la semana de su visita. No podían ni debían, naturalmente. Aun así…
    Dejó vagar la mente mientras él le pasaba los dedos por el pelo, provocándole un cosquilleo de la cabeza a los pies que le apartó cualquier idea de la cabeza.
    – Tu pelo -dijo Andrew en voz baja- y tu piel son increíblemente suaves. -Su mano bajó por su hombro y luego por su brazo-. Nunca había tocado nada tan suave, tan sedoso. -Clavó los ojos en los de ella, que se quedó inmóvil al ver la seriedad que encerraba su mirada-. Tengo que confesarte algo, Catherine.
    El corazón le dio un vuelco al oír la gravedad de su tono. ¿Desearía Andrew que su aventura continuara después de su visita?
    – Te escucho.
    – Nunca imaginé que tendría la oportunidad de tocarte, y ahora que la tengo… -Rodeó su seno con la mano y una mirada maliciosa destelló en sus ojos-. Y ahora que la tengo, debo confesar que no puedo parar.
    Catherine contuvo el aliento cuando él llevó su pezón al borde del dolor. Poniéndole la mano en el muslo, ella se inclinó hacia delante hasta que apenas un escaso milímetro separó sus labios.
    – Mi querido Andrew, no recuerdo haber recibido mejores noticias.

    Con la mirada fija en las llamas bajas que crepitaban en la chimenea, una lenta sonrisa curvó hacia arriba las comisuras de los labios de la solitaria figura. Los planes seguían su curso. Todo estaba preparado…
    El tictac del reloj situado en la repisa de la chimenea no era sino un irritante recordatorio del paso del tiempo. «Pero debo tener paciencia. Mi presa está ya a la vista. Sé quién eres. Pronto, muy pronto, todos los daños serán reparados.»

Capítulo 15

    Puesto que los hombres tienden a ser criaturas olvidadizas, la mujer moderna actual debe dejar una indeleble impresión en la mente de su caballero de modo que él nunca llegue a apartarla totalmente de sus pensamientos. La forma más efectiva de conseguirlo es decir o hacer algo que resulte deliciosamente travieso… de forma muy discreta, para que sólo él repare en ello. Si un hombre cree que existe un encuentro sexual en su futuro inmediato, su atención no se alejará demasiado.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    A la mañana siguiente Andrew se preparó para salir de su habitación con una sola cosa en la cabeza: Catherine. Tras un último y prolongado beso, la había dejado a regañadientes en su habitación cuatro horas antes. Para ser más exactos, cuatro horas y once minutos, y no es que llevara la cuenta.
    Muy bien, sí, llevaba la cuenta. Y esas cuatro horas y once minutos se le antojaban cuatro años. Necesitaba tocarla. Besarla. Estrecharla entre sus brazos para confirmar el milagro de la noche anterior. Hacerle el amor había sido una revelación. En sus sueños, la había tocado y amado innumerables veces, pero nada le había preparado para la realidad de sentirla debajo de él, mirándole con los ojos velados de deseo. Su cuerpo uniéndose al de ella mientras expresaba en silencio todas las emociones que había mantenido bloqueadas durante tanto tiempo. Todas las cosas que no podía decir… todavía.
    Salió de su habitación y avanzó a paso firme por el pasillo, empujado por la impaciencia. Cuando mirara a Catherine a los ojos esa mañana, ¿vería en ellos reflejada toda la magia que habían compartido? ¿El deseo de experimentar más de lo mismo? ¿O habría pasado Catherine las últimas cuatro horas y ya once minutos decidiendo que la noche pasada era suficiente?
    Apretó los labios. Si ella había decidido que era suficiente, tendría que cambiar de condenada opinión. Era suya. Y Andrew estaba firmemente decidido a poseerla.
    Cuando giró la esquina, alcanzó a ver a Milton acercándose a lo alto de las escaleras.
    – Señor Stanton -dijo el mayordomo con sus precisos tonos de voz-. En este momento me dirigía a su habitación. Ha llegado esto para usted. -Le presentó una pequeña bandeja de plata que contenía una nota sellada.
    Andrew tomó la misiva. Se le tensó el estómago cuando reparó en su nombre garabateado con la irregular letra de Simon Wentworth. Dudaba de que el secretario que compartía con Philip le escribiera para darle buenas noticias.
    – ¿Ha dicho algo el mensajero?
    – Sólo que la nota era para usted y que no requería respuesta. Ya se ha marchado.
    – Entiendo. ¿Están en casa lady Catherine y Spencer?
    – El señorito Spencer está de camino al lago a tomar las aguas. Lady Catherine ha pedido que le suban el desayuno a su habitación. El suyo está servido en el comedor, señor.
    – Gracias. Primero tengo que leer esta nota. Bajaré enseguida.
    Milton inclinó la cabeza y a continuación bajó las escaleras mientras Andrew regresaba a su habitación. Después de cerrar la puerta a su espalda, rompió el sello de cera y rápidamente leyó las palabras de la misiva.

    Señor Stanton:
    Le escribo para informarle de que alguien entró al museo anoche y lamento tener que comunicarle que las instalaciones se han visto seriamente perjudicadas. El juez cree que cuando el ladrón -o los ladrones- se dieron cuenta de que no había ningún objeto en el museo, fue presa de la rabia e infligió todo el daño que pudo a las instalaciones. Atacó con un hacha el suelo y las paredes y todas las ventanas recién instaladas están rotas. El juez no tiene muchas esperanzas de que el rufián sea apresado, a menos que aparezca algún testigo que pueda aportar alguna información. Pondré a los obreros a trabajar para que reparen los daños, de modo que no necesita preocuparse de eso, pero no tengo ninguna experiencia con el manejo de los inversores y me temo que sus reacciones son ya, como poco, desfavorables. Lord Borthrasher y lord Kingsly han estado haciendo sus propias pesquisas, así como la señora Warrenfield y el señor Carmichael. Por tanto, creo que lo mejor sería que regresara a Londres lo antes posible. Mientras tanto, intentaré contratar a más obreros. Siguiendo las instrucciones que me dio antes de que abandonara Londres, no he escrito a lord Greybourne para informarle de nada relacionado con el museo.
    Afectuosamente,
    Simon Wentworth

    Andrew dejó escapar un largo suspiro y se mesó los cabellos. Su mente proyectó el brillante suelo de tarima y las paredes profusamente revestidas con paneles de madera del museo. Y todas aquellas hermosas ventanas de cristal viselado… ¡Maldición! Todo ese trabajo destruido. Se sintió presa de la náusea. Y doblemente, ante la idea de dejar a Catherine, sobre todo en ese momento. Pero no tenía elección. Y debía decírselo. Se metió la nota en el bolsillo del chaleco y salió en silencio de su habitación.

    Con la piel todavía hormigueante tras un baño caliente, Catherine miró por la ventana de su habitación el suave resplandor del sol de la mañana reflejando destellos de plata en la hierba cubierta de rocío. Su mirada deambuló libremente hacia el jardín… hacia el sendero que Andrew y ella habían recorrido la noche anterior.
    Sus ojos se cerraron. Por su mente destellaron vividas imágenes de cómo habían pasado las horas hasta poco antes del amanecer… explorándose íntima y mutuamente los cuerpos. Compartiendo el vino, el pan y el queso. Andrew dándole de comer las fresas. Riendo. Tocándose. Volviendo a hacer el amor, despacio, saboreando cada caricia. Cada mirada. Cada beso. Cada embestida de su cuerpo dentro del suyo.
    A pesar de todas las veces que Catherine había imaginado lo que sería estar con un amante, de toda la curiosidad que la Guía había despertado en su mente, nunca, ni una sola vez, había imaginado nada semejante a lo vivido la noche anterior. Siempre había creído que la imaginación podía conjurar escenarios que la realidad jamás llegaba a igualar.
    ¡Qué equivocada había estado al creer algo así!
    La imaginación no podía experimentar la maravilla de los labios y las manos de Andrew adorándola, quemándolo todo, cualquier pensamiento, excepto él. Sentir sus pechos aplastados contra su cálido pecho desnudo de hombre. El olor almizcleño del acto amatorio envolviéndolos en la luz dorada y en el aire quieto del belvedere. La textura de su piel firme bajo las yemas de sus dedos. Y el placer de mirarle…
    Dejó escapar un largo y femenino suspiro. Dios santo, el placer de mirarle… su cuerpo fuerte y musculoso brillando en la parpadeante luz, totalmente excitado. Para ella. Por ella. Sus ojos negros de deseo. Ardientes de deseo. Colmados de un ardor totalmente ligado con la suavidad de sus caricias. La expresión embelesada de Andrew al excitarla más allá de lo humanamente soportable. Y luego la sensual y saciada languidez resplandeciendo en esos ojos en los instantes posteriores a la pasión. Su rápida sonrisa. Su preciosa sonrisa. Y aun así, detrás de su humor, aquel enfervorizador calor destellando justo debajo de su superficie.
    Desgraciadamente, Catherine sospechaba que sentía algo más que un simple calor enfebrecido por Andrew. Y eso era inaceptable. Inquietante. Y, sobre todo, aterrador.
    No podía ni debía permitirse olvidar que eso era temporal. Conocía a la perfección el mal de amores implícito en una relación permanente. Y a menos que olvidara…
    Cruzó la estancia hasta su armario y se arrodilló para coger un pequeño joyero de caoba que conservaba escondido en el rincón trasero bajo unas mantas. Abrió la tapa y sacó el anillo que guardaba dentro. Se levantó y miró fijamente el anillo de boda de diamantes que tenía en la palma de la mano. Cinco kilates de perfecta brillantez, rodeados de una docena de piedras más pequeñas, todas de idéntica perfección. Un anillo que la mayoría de las mujeres codiciarían. Desgraciadamente, Catherine no era como las demás mujeres. Había conservado aquel doloroso recuerdo del pasado para no olvidar jamás el vacío que resultaba de todas sus promesas. Una mirada a la joya era un recordatorio forzoso de que no debía ni podía permitir que una noche de pasión perturbara su sentido común. Independientemente de lo que fueran esos… sentimientos hacia Andrew, tenía que dejarlos a un lado. Olvidarlos. Disfrutarían de unos días más juntos y luego cada uno seguiría su camino, conservando ambos maravillosos recuerdos, pero nada más.
    Satisfecha en cuanto se aseguró de haber colocado todo en su justa perspectiva, estaba a punto de volver a poner en su sitio el joyero cuando oyó que alguien llamaba con suavidad a su puerta. Se metió el anillo en el bolsillo y, preguntándose si Mary habría olvidado algo cuando le había subido el desayuno, dijo:
    – Pase.
    Se abrió la puerta y Andrew apareció en el umbral. Limpio y recién afeitado, con el pelo pulcramente peinado, sus pantalones de gamuza y su chaqueta azul marino acentuando sus atractivos rasgos morenos, la corbata perfectamente anudada y las botas lustrosas como espejos. Lo vio alto y fornido, masculino y atractivo y, con los ojos clavados en ella, quizá un poco rapaz y peligroso. El corazón le dio un vuelco y sintió hormiguear de pura alerta cada una de sus terminaciones nerviosas.
    La mirada de Andrew descendió por su cuerpo, provocando en Catherine una mayor conciencia de que no llevaba puesto nada bajo la bata de satén ligeramente anudada alrededor de la cintura. Le tembló la piel de anticipación bajo la mirada pausada de él. Cuando por fin los ojos de ambos volvieron a encontrarse, Andrew echó la mano hacia atrás y cerró la puerta. El silencioso chasquido reverberó en su cabeza e intentó desesperadamente recordar el sabio consejo de la Guía sobre cómo saludar al amante tras pasar una noche desnuda en sus brazos. Su sentido común le gritó que él no debería estar allí, que no le quería allí. Su dormitorio era su santuario. Su refugio. El de ella. Desgraciadamente, los ensordecedores latidos de su corazón ahogaron su sentido común.
    Andrew caminó despacio hacia ella con todo el aspecto de un lustroso gato salvaje acechando a su presa, y el ritmo del corazón de Catherine se duplicó al ver el voraz destello que iluminaba sus ojos. Viéndose de pronto incapaz de cualquier movimiento o discurso, esperó a que él se detuviera, a que sonriera, a que dijera buenos días, pero él no hizo nada de eso. Por el contrario, avanzó directamente hacia Catherine, la estrechó sin mediar palabra entre sus brazos y bajó la boca hasta la de ella.
    «Oh, Dios», fue su último pensamiento coherente mientras se limitaba a entregarse a la exigencia de aquel beso. El limpio aroma de Andrew la rodeó, como también el calor de su cuerpo. La fuerza de sus brazos. La apremiante presión de sus muslos contra los suyos.
    Catherine separó los labios y fue recompensada con la sensual caricia de una lengua contra la suya. Y sus manos, esas gloriosas, grandes y callosas manos que sólo podían ser descritas como mágicas, parecían estar por todas partes. Peinándole los cabellos. Deslizándose por su espalda. Agarrándole las nalgas. Acariciándole los pechos. Y todo ello mientras su boca devoraba la de ella con una ardiente avidez que la dejó sin aliento y hambrienta de más. ¿Habían pasado sólo unas horas desde que había estado en sus brazos? En cierto modo, le parecían años.
    Los brazos de Andrew se estrecharon a su alrededor y Catherine se deleitó con su fuerza, elevándose sobre las puntas de los pies, intentando acercarse más a él. De pronto, él cambió el ritmo de su frenético beso, suavizándolo hasta convertirlo en un lento y profundo fundido de bocas y lenguas que le disolvió las rodillas. Cuando por fin él levantó la cabeza, Catherine no podría haber jurado que recordaba cómo se llamaba.
    – Buenos días, Catherine -susurró contra sus labios.
    «Catherine. Sí, claro. Ese es mi nombre.»
    Supuso que había murmurado «buenos días», aunque no estaba segura de haberlo hecho. Él se inclinó hacia delante y arrimó sus labios contra el sensible pliegue donde su cuello entroncaba con su hombro.
    – Hueles maravillosamente. -Su cálido aliento le acarició la piel, despertando en ella un bombardeo de ardientes escalofríos-. Como un jardín de flores.
    Reuniendo todas sus fuerzas, Catherine señaló la bañera de bronce situada en un rincón de la habitación.
    – Acabo de bañarme.
    Andrew se volvió, miró a la bañera y gimió.
    – ¿Quieres decir que si hubiera llegado hace unos minutos te habría sorprendido en el baño?
    – Eso me temo.
    Sus dientes le tiraron levemente del lóbulo de la oreja.
    – Deberé procurar corregir mi lamentable sentido de la oportunidad. Aunque, no sé si mi corazón habría podido soportar verte en el baño. ¿Tienes alguna idea de hasta qué punto tenerte ante mis ojos, simplemente ahí de pie en camisón, me ha afectado?
    Catherine se recostó en el círculo de sus brazos. Sin duda pretendía mostrarse remilgada. Tímida. Aunque la sencilla verdad salió sin ambages de sus labios.
    – Sí. Porque verte entrar a mi habitación, con ese deseo en la mirada, me ha afectado del mismo modo. -El calor le arrobó las mejillas al oírse reconocerlo-. ¿Por qué estás aquí?
    – Necesito hablar contigo. -Vaciló y luego dijo-: Me temo que tengo que volver a Londres. Hoy. Lo antes posible.
    La consternación y la desilusión hicieron presa en ella.
    – Entiendo. ¿Ha ocurrido algo?
    – Un robo y cierto grado de vandalismo en el museo. Aunque no había nada que robar, el edificio ha sufrido daños considerables. Tengo que cuantificar la dimensión de las reparaciones para podérselo comunicar a Philip. También tendré que hablar con los inversores y acallar cualquier temor que puedan albergar. Lo último que Philip y yo necesitamos es tener nerviosos a los inversores.
    Catherine posó la palma de la mano en su mejilla en un gesto de conmiseración y compasión. Andrew estaba ostensiblemente afectado.
    – Qué espanto. No sabes cuánto siento que esto haya ocurrido.
    – También yo. Y no sólo por las razones obvias en lo que concierne al museo, sino también porque no tengo el menor deseo de irme de aquí. No sabes cuánto deseaba pasar el día con Spencer y contigo. -Se le oscurecieron los ojos-. Y la noche contigo.
    El deseo hormigueó por las venas de Catherine, quien tragó saliva antes de preguntar:
    – ¿Tienes pensado… volver a Little Longstone?
    – Sí.
    Un jadeo en el que hasta entonces no había reparado se abrió paso entre sus labios.
    – ¿Cuándo?
    – Espero que mañana.
    – Por favor, considera mi establo a tu disposición.
    – Gracias. El viaje será más rápido si viajo a caballo que si lo hago en coche. Haré todo lo posible por regresar a primera hora de la noche, pero quizá tarde más.
    – Entiendo. ¿Vendrás a encontrarte conmigo… mañana por la noche?
    – ¿Dónde y cuándo?
    Catherine lo pensó durante un instante.
    – A medianoche. En los manantiales. Quiero…
    Acunó su rostro entre las manos al tiempo que sus ojos buscaron los de ella.
    – Dime lo que quieres.
    – Quiero que me hagas el amor en las aguas calientes.
    Algo parecido al miedo, aunque sin duda nada tenía que ver con él, parpadeó en los ojos de Andrew, pero se desvaneció tan rápido que Catherine decidió que debía haberse equivocado. Él le acarició la boca con un suave beso.
    – Será para mí un gran placer satisfacer tu deseo, Catherine.
    Las palabras de Andrew le acariciaron los labios de ella, disparando el deseo a sus entrañas.
    – Mañana por la noche, en los manantiales, a medianoche -murmuró con un jadeante susurro. Se sintió bañada en una oleada de pasión, de deseo y de lujuria… todo ello tan nuevo, todo tan largamente negado-. Andrew… no quiero esperar a mañana por la noche.
    Él levantó la cabeza y el infierno que ardía en sus ojos la redujo a cenizas.
    – Ten cuidado con lo que deseas, Catherine, porque estás a tan sólo segundos de distancia de…
    – ¿De que me lleven por el mal camino? -Retrocediendo y retirándose así de su abrazo, desató el lazo que ataba su camisón y se sacudió el satén de los hombros, que fue a formar un suave montón a sus pies.
    Andrew observó deslizarse el camisón sobre su cuerpo, dejándola desnuda. Tensó entonces el cuerpo, colmándola de una embriagadora sensación de poder y satisfacción femeninas.
    – ¿Llevada por el mal camino? -repitió él en voz baja y dando un paso hacia ella-. Humm. Sí, esa es definitivamente una posibilidad.
    – ¿Sólo una posibilidad? -Catherine chasqueó la lengua y retrocedió de nuevo un paso, luego otro, hasta apoyar la espalda contra la pared-. Qué… desilusión.
    Andrew borró la distancia que los separaba con una zancada y pegó las manos a la pared, una a cada lado de ella, encerrándola entre el paréntesis de sus brazos. Su ardiente mirada la recorrió mientras un músculo palpitaba en su mandíbula y el aliento de Catherine se entrecortaba.
    – ¿Es eso lo que quieres, Catherine? ¿Qué te lleve por el mal camino?
    – No estoy segura de saber exactamente lo que eso implica, aunque suena… seductor.
    – Estaría encantado de mostrártelo.
    Catherine apoyó las manos en el pecho de Andrew, envalentonada aún más por el apresurado palpitar de su corazón contra sus palmas. Todo su cuerpo se aceleró, anticipando el contacto con el cuerpo de él.
    – Excelente. No veo el momento de disfrutar de una despedida decente.
    – Mi querida Catherine, nada hay de decente en la despedida que estás a punto de recibir.
    La boca de Andrew cubrió la suya con un beso abrasador y devorador. Ella deslizó las manos en su chaqueta para acariciarle la espalda, presa de una desesperada y abrumadora necesidad de tocar y de ser tocada por todas partes al mismo tiempo. Con un entrecortado gemido, él intensificó aún más su beso, hundiéndole la lengua y acariciándola con ella al tiempo que llenaba sus manos con sus ávidos pechos mientras sus dedos jugueteaban con sus sensibles pezones, que pedían más y más. Los labios de Andrew abandonaron entonces su boca, recorrieron su mandíbula con besos ardientes y abrasadores, siguiendo por el cuello para pasar después a sus senos. Con la lengua dibujó enloquecedores remolinos alrededor de sus erectos pezones antes de llevarse cada uno de los duros capullos al aterciopelado calor de su boca. Catherine arqueó la espalda, presa de una silenciosa súplica en la que le pedía que siguiera saboreándola más, y él la complació mientras ella entrelazaba sus dedos entre los abundantes y sedosos cabellos de Andrew.
    Se retorció contra él y, como respuesta, Andrew cayó de rodillas, trazando con la boca abierta un reguero de besos por su estómago. Los músculos de Catherine temblaron cuando él saboreó la hendidura de su ombligo. Tomó aire, llenándose la cabeza de un erótico aroma en el que reconoció su propio almizcle femenino combinado con el sándalo de Andrew.
    – Separa las piernas para mí, Catherine -le pidió Andrew con un ronco rugido al tiempo que sus palabras vibraban contra su estómago.
    Con la sensación de estar ardiendo de dentro hacia fuera, Catherine obedeció y él la recompensó acariciando los inflamados y húmedos pliegues ocultos entre sus muslos. Un jadeo, al que siguió un largo ronroneo de placer, resonó en su garganta, y tuvo que aferrarse entonces a los hombros de él.
    Andrew pegó los labios a la sensible piel situada justo debajo de su ombligo y entonces sus labios fueron deslizándose más y más abajo, hasta que su lengua la acarició como acababan de hacerlo sus dedos.
    Unas asombrosas e increíbles sensaciones la recorrieron por entero. Catherine cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared, inflamada más allá de toda cordura mientras él le envolvía las nalgas con las palmas de las manos y le hacía el amor con los labios y la lengua hasta que ella creyó volverse loca de placer. El clímax rugió por todo su cuerpo entre destellos de un fuego abrasador, arrastrando con él un áspero chillido de sus labios.
    Cuando sus espasmos apenas habían tocado a su fin, Andrew se levantó y rápidamente la llevó a la cama, donde la depositó sobre el cubrecama. Todavía presa de algunas oleadas de exquisitos temblores, Catherine tendió los brazos, invitándole en silencio a acercarse a ella, desesperada por sentir su delicioso peso, la embestida de su erección dentro de ella. Los cinco segundos que Andrew necesitó para liberar la erección de sus pantalones se le antojaron a Catherine una eternidad. Se tumbó encima de ella, acomodándose entre sus muslos separados y la penetró con una larga y suave embestida que a punto estuvo de detenerle el corazón.
    Las miradas de ambos se encontraron y, con cada matiz de su intensa expresión visible en la suave luz del sol que se filtraba por las cortinas, Andrew fue moviéndose lentamente dentro de ella, penetrándola hasta el fondo para retirarse casi completamente de su cuerpo y hundirse en ella de nuevo hasta lo más hondo. Las manos de Catherine erraron inquietantemente por su espalda hasta descansar sobre sus hombros. Andrew intensificó el ritmo de sus embestidas y ella gimió, saliendo a su encuentro, aceptando, saboreando cada acometida. Arqueó la espalda y el placer la abrumó de nuevo. Un gemido masculino, que sonó como si se desgarrara de la garganta de Andrew, resonó en la estancia. Hundió la cabeza, en el hueco del hombro de Catherine y se estremeció, aliviándose, murmurando su nombre una y otra vez como una oración.
    Respirando pesadamente, Andrew rodó a un lado, llevándola con él, y cerró los ojos, luchando por recobrar el control. Demonios, esa mujer y la forma en que hacían el amor le dejaban vencido. Vulnerable. Más desnudo y expuesto de lo que se había sentido en toda su vida. ¿Cómo iba a soportarlo si ella no correspondía a sus sentimientos? ¿Si no deseaba que formara parte permanente de su vida? Catherine sentía algo por él, de eso no le cabía duda. Pero ¿sería suficiente?
    Cuando el mundo volvió a recuperar su cordura, Andrew se echó hacia atrás y apartó el pelo enmarañado del rostro arrebolado de Catherine. Ella mantuvo los ojos abiertos con obvio esfuerzo y él tragó un gemido de deseo al ver el soñoliento y lánguido fuego latente en las marrones profundidades doradas de ella. Sin duda había algo que tendría que decirle. Dios bien sabía que tenía el corazón a punto de estallarle con todo lo que sentía por ella. Pero temía decir demasiado. Le preocupaba que si hablaba, no sería capaz de detenerse hasta confesarle que era dueña de su corazón. Que le había pertenecido desde mucho antes de lo que ella era consciente. Y que siempre sería suyo. Aun así, sabía también que no sería capaz de reprimir las palabras durante mucho tiempo más. Pronto ella lo sabría. Y rezó a Dios para que contárselo no le costara lo que compartían en ese instante. Porque, por muy milagroso que fuera, tener el cuerpo de Catherine no era suficiente.
    Durante varios segundos ella no dijo nada. Simplemente le miró con una expresión aparentemente consternada. Y confusa. Luego, su expresión se aclaró y una diminuta sonrisa elevó una de las comisuras de sus labios, persuadiéndole para poder tocarle los labios.
    – Oh, Dios -suspiró-. Acabo de añadir algo a mi lista de primeras veces. Ha sido la primera vez que me llevan por el mal camino. Espero que no sea la última.
    – Estaré encantado de complacerte siempre que lo desees, señora mía. No tienes más que pedírmelo.
    – No sabes cuánto he disfrutado de mi decente despedida, Andrew.
    Éste le depositó un beso en la punta de la nariz.
    – Eso se debe a que ha sido tu indecente despedida. Y si has disfrutado de ello, estoy seguro de que te gustara aún más el decente, o más bien indecente, saludo de mañana por la noche.
    – Oh, cielos. ¿Qué significa eso?
    – No puedo decírtelo. Es una sorpresa. -Y cuando ella pareció a punto de discutir, él añadió-: ¿Tengo que ir a buscar el diccionario?
    – No. -Catherine inclinó la barbilla, fingiendo elevar la nariz al aire-. Por lo tanto, no pienso hablarte de la sorpresa que he planeado.
    – ¿Una sorpresa? ¿Para mí?
    – Quizá -dijo airadamente.
    – ¿De qué se trata?
    – ¡Ja! ¿Quién necesita ahora el diccionario?
    – ¿Y si me das una pista? ¿Sólo una pequeñita? -preguntó, juntando el pulgar y el índice.
    Un delicioso sonido que sólo podía describirse como una risilla burbujeó entre los labios de Catherine.
    – Ni hablar.
    Inclinándose hacia delante, Andrew acarició con la lengua la delicada concha de su oreja.
    – Por favor.
    – Ooh. Bueno, quizá… no. Ni hablar.
    – Ah, una mujer con gran fuerza de voluntad -murmuró Andrew, deslizando con suavidad los dedos por el centro de su columna hacia la cintura.
    – Como debe serlo la mujer moderna actual.
    – Sin embargo, la mujer moderna actual también sabe que es aconsejable dejar una indeleble impresión en la mente de su caballero para que él no pueda llegar en ningún caso a hacerla desaparecer de sus pensamientos. Dándome una minúscula pista sobre la naturaleza de tu sorpresa sin duda saciaría mi apetito y garantizaría que permanecieras en mi mente mientras estoy lejos de ti.
    Catherine se quedó totalmente inmóvil, a excepción de sus ojos, que se entrecerraron.
    – ¿Qué has dicho?
    – Que dándome una pista…
    – Antes de eso.
    Andrew frunció el ceño y reflexionó durante varios segundos.
    – Creo haber dicho: «La mujer moderna actual también sabe que es aconsejable dejar una indeleble impresión en la mente de su caballero para que él no pueda llegar en ningún caso a hacerla desaparecer de sus pensamientos». ¿A eso te refieres?
    – Sí. -Los ojos de Catherine se entrecerraron aún más-. ¿Dónde has aprendido eso?
    – Lo he sacado de la Guía femenina, naturalmente.
    Tuvo que apretar los dientes para mantener el rostro serio ante la expresión pasmada de Catherine.
    – ¿Y cómo diantres sabes tú lo que está escrito en la Guía femenina?
    – Aunque cueste creerlo, querida mía, la gente a menudo aprende cosas leyendo.
    – No irás a decirme que has leído la Guía.
    – Muy bien. En ese caso no te lo diré, aunque para mí es un misterio por qué quieres que te mienta.
    – ¿Has leído la Guía?
    – Palabra por palabra. De principio a fin.
    – ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?
    – Qué naturaleza tan inquisitiva. Déjame ver. En cuanto al cuándo, anteanoche… antes de nuestro encuentro en los manantiales. En cuanto al dónde, en mi habitación. Y para responderte al cómo, compré un ejemplar la mañana en que salimos de Londres. La conversación que mantuvimos en la fiesta de tu padre me dejó intrigado y decidí leer el volumen para ver a qué venía tanto revuelo. Y debo confesar que en cierto modo me vi abocado a ello por el hecho de que parecieras tan convencida de que no leería tales tonterías.
    – Esa fue tu descripción, no la mía.
    – ¿Ah, sí? Bien, pues debo entonces retractarme.
    – ¿Y eso qué quiere decir exactamente?
    – Que la Guía, me ha parecido muy… informativa. Y bien escrita.
    La satisfacción pagada de sí misma que asomó a los ojos de Catherine resultó inconfundible.
    – Creo que ya te lo mencioné en su momento.
    – Así es. Cierto es que defendiste el libro y al autor con la clase de acérrima lealtad que la madre tigresa muestra con sus cachorros.
    El carmesí tiñó las mejillas de Catherine, quien en ese instante apartó la mirada. Andrew acarició con la yema del pulgar las mejillas bañadas de un intenso color.
    – No me cabe duda de que entiendes por qué el libro está causando tanto escándalo.
    El arrebol de Catherine no hizo sino pronunciarse.
    – Sí, aunque estoy convencida de que la información que proporciona a las mujeres es mucho mayor que cualquiera de esas sensibilidades heridas. Charles Brightmore debería ser ensalzado por lo que ha hecho.
    – De nuevo vuelves a defenderle a ultranza. Casi como si… le conocieras.
    Catherine apretó los labios y a continuación se desembarazó de su abrazo. Él la soltó, viéndola salir de la cama y volver a ponerse la ropa, deslizando los brazos en las mangas de seda. Tras anudarse el cinturón alrededor de la cintura, se volvió a mirarle con los ojos preñados de emoción contenida.
    – Le defiendo porque Dios sabe que ojalá hubiera tenido acceso a la información que aparece en la Guía antes de casarme. O en cualquier momento durante los primeros días de mi matrimonio. Llegué al matrimonio sin saber nada en absoluto sobre qué hacer ni qué esperar. No sabía que las mujeres podían experimentar placer durante el acto amoroso. No tenía ni idea de que el acto amoroso implicara más que unos cuantos minutos en una habitación a oscuras con mi camisón levantado por encima de la cintura. No sabía que el calor que empezaba a sentir durante esos escasos minutos podía, de ser adecuadamente atendida, convertirse en un llameante infierno que abrasaba todo a su paso. No sabía que fuera capaz de la clase de lujuria y avidez que siempre había asociado a los hombres. Charles Brightmore me enseñó todas esas cosas y algunas más. Me enseñó y me animó a permitirme sentir esas cosas. Y también a reaccionar ante ellas.
    – Entiendo. ¿Sabes?, he oído algunos rumores que apuntan a que de hecho Brightmore puede ser una mujer -comentó despreocupadamente, observándola con atención.
    – ¿Ah, sí? ¿Dónde has oído eso?
    Andrew se levantó y se arregló la ropa mientras hablaba.
    – Hace muy poco. De hecho, en la fiesta de cumpleaños de tu padre. Personalmente, me resulta intrigante y perfectamente posible. Brightmore hace gala de una comprensión de la mujer que jamás he visto en ningún hombre, independientemente de lo sofisticado o mundano que sea. -Sonrió-. Por si no has reparado en ello, las mujeres son notoriamente difíciles de comprender y Brightmore no parece sufrir la misma confusión que el resto de nosotros, que no somos más que unos pobres hombres.
    – Obviamente está muy versado en las cosas de las mujeres.
    – Obviamente. Aun así, me gustaría saber cómo ha llegado a adquirir un conocimiento tan exhaustivo.
    – Haciéndose eco de numerosas intimidades, imagino que como las que tú y yo hemos compartido recientemente -dijo, avanzando hacia él hasta que casi se tocaron. Le puso las manos en el abdomen. Sin embargo, y aunque Andrew recibió con agrado el gesto, tenía la innegable sospecha de que Catherine estaba intentando distraerle. Pero, considerando que Catherine era tan acusadamente enloquecedora, dejó a un lado su recelo.
    – Quizá -admitió-. Naturalmente, eres consciente de que esto significa ahora que yo soy el ganador de nuestra apuesta.
    Catherine arqueó una ceja.
    – ¿Ah, sí? ¿Te refieres a la misma apuesta que anoche me indujiste a creer que había ganado yo?
    – Permíteme que difiera. Si mal no recuerdo, insististe, y muy enfáticamente, en que habías ganado. Y yo, en mi ánimo de ser un caballero, simplemente preferí no discutir contigo.
    Andrew reprimió una sonrisa ante el bufido de Catherine.
    – ¿Que preferiste no discutir conmigo? Vaya, eso sí es una novedad.
    – Me pareció la elección más sabia y quería saber cuál era el pago que deseabas. Créeme si te digo que me encantó descubrir que tu deseo era un reflejo casi idéntico al mío.
    – Sin embargo, ahora soy yo la que te debo el pago de la apuesta.
    – Eso me temo.
    – ¿Y cuál es tu deseo?
    Los dedos de Andrew masajearon la flexible cintura de Catherine.
    – Tantas cosas… que haría falta un gran período de reflexión para decidirme sólo por una. -Deslizó las palmas de las manos hacia abajo, sobre sus caderas-. ¿Qué es esto? -preguntó, tocando un bulto pequeño y duro junto a la cadera.
    Tras un breve titubeo, Catherine metió la mano en el bolsillo de su bata y sacó un anillo que sostuvo a la luz. Brillaron prismas de diamantinos destellos, rebotando entre las paredes, el suelo y el techo como si hubiera lanzado mil estrellas al cielo.
    – Mi anillo de bodas -dijo.
    Unos celos irrazonables y ridículos abofetearon a Andrew al ver el símbolo físico del derecho de propiedad que su marido había ejercido sobre ella. Aunque tenía un profundo conocimiento sobre gemas, no era necesario ser un experto para ver que las piedras eran exquisitas. Forzando la voz para mantenerla neutral, dijo:
    – Nunca te he visto llevarlo. ¿Por qué estaba en el bolsillo?
    – No lo llevo. Simplemente lo miraba. Cuando oí que alguien llamaba a la puerta, me lo metí en el bolsillo y lo olvidé. -Le dio el anillo a Andrew-. ¿Qué te parece?
    Andrew lo estudió con suma atención.
    – Individualmente, las piedras son hermosas, incluso las más pequeñas. Sin embargo, me sorprende que hayas escogido un anillo como éste.
    – ¿Porqué?
    Se lo devolvió, pues no deseaba seguir tocándolo.
    – Es sólo que no parece ir contigo. «Porque no te lo he regalado yo.» Me resulta un poco exagerado para tu delicada mano. Aunque supongo que no existe ninguna joya demasiado grande.
    – De hecho, creo que en eso te equivocas. Y aunque apuesto a que para mucha gente el anillo debe de resultar precioso, yo lo odio. Siempre lo odié.
    Él la observó atentamente.
    – ¿Porqué?
    – Lo creas o no, no me llaman demasiado la atención los diamantes. Los encuentro incoloros y fríos. A pesar de ser perfectamente consciente de eso, Bertrand me regaló este anillo, no porque creyera que a mí me gustaría, sino porque era el anillo que él deseaba que yo llevara. No importaba lo que yo quisiera ni lo que me gustara. Desafortunadamente, en el momento en que me lo regaló yo era demasiado inocente para verlo como un anuncio de lo que vendría.
    – ¿Y qué es lo que te habría gustado a ti?
    – Cualquier otra cosa excepto un diamante. Una esmeralda. Un zafiro. Algo con color y con vida. Mi madre solía llevar un broche de esmeraldas que a mí me encantaba… es una de mis más preciadas posesiones. -Inclinó la cabeza y miró a Andrew con curiosidad-. Con todos tus viajes, imagino que habrás reunido objetos muy interesantes. ¿Cuál es para ti el más querido?
    Vaciló durante unos segundos y dijo:
    – Prefiero mostrártelo que decírtelo. Mañana lo traeré conmigo para que puedas verlo.
    – De acuerdo.
    – Catherine… si tanto te disgusta este anillo, ¿por qué lo conservas? «¿Por qué lo estabas mirando?»
    – Porque es otra de mis preciadas pertenencias… aunque no debido a su valor económico.
    – Entonces, ¿por qué?
    – Porque es un recuerdo. De lo que tuve con Bertrand. -Miró el anillo que ahora tenía en la palma de su mano-. De la infelicidad. De la soledad. Y de lo que no tuve con él. La risa. El amor. La generosidad. Nuestra unión fue fría y totalmente carente de color, como estas piedras.
    La obligó a alzar la barbilla hasta que sus miradas se encontraron.
    – ¿Y por qué quieres recordar algo así?
    Algo en la mirada de Catherine se endureció.
    – Porque no quiero olvidarlo jamás. Me niego a volver a cometer el mismo error. A entregar mi vida, mi felicidad, mi cariño y el de mi hijo de nuevo a otro hombre. A permitir que nadie ejerza de nuevo sobre mí o sobre Spencer esa clase de control.
    Andrew leyó con claridad la resolución que destilaba su voz. Y sus ojos. Y, con el corazón en un puño, se dio cuenta de que las palabras de Catherine eran una sutil advertencia de que no deseaba otro matrimonio… justo lo que el más deseaba en el mundo.
    Había esperado, rezado, para que después de hacer el amor, ella se hubiera dado cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. De que había sitio para él en la vida de ella. De que su relación no sería en nada parecida a su anterior matrimonio. Sin embargo, el anillo que ella llevaba en el bolsillo resultaba muy evidente. Era obvio que, los pensamientos que la noche que habían pasado juntos habían despertado en ella no eran exactamente los que él habría esperado.
    Bien, sin duda había perdido la batalla. Pero muy mal tenían que salirle las cosas para que perdiera la guerra.

Capítulo 16

    La mujer moderna actual necesita conservar un aire de misterio a fin de mantener vivo el interés de su caballero. En cuanto él sabe -o cree saber- todo sobre una mujer, la considerará un rompecabezas «resuelto» y buscará un enigma más intrigante que descifrar. Para conseguir ese aire misterioso, la mujer moderna actual jamás debería permitir que un caballero estuviera demasiado seguro de lo que ella piensa o de lo que siente.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Catherine entró en la biblioteca y sonrió al ver a Spencer sentado en su sillón de orejas favorito delante del fuego con la nariz hundida en un libro.
    – ¿Shakespeare? -adivinó Catherine con una sonrisa.
    Spencer levantó la mirada y asintió.
    – Hamlet.
    – Qué historia tan triste para un día tan hermoso.
    Un hombro se encogió como respuesta, y Spencer apartó la mirada, al parecer descubriendo algo fascinante en la alfombra, gesto que Catherine reconoció como señal de que algo le preocupaba.
    Se acercó a la silla del joven y se inclinó para darle un ligero beso en sus cabellos todavía húmedos.
    – ¿Has disfrutado de tu baño matutino?
    – Sí.
    – ¿Te duele la pierna?
    – No.
    – ¿Te gustaría pasear conmigo por los jardines?
    – No.
    – ¿Salir a dar un paseo en coche?
    – No.
    – ¿Ir de excursión al pueblo?
    – No.
    Catherine se acuclilló entonces delante de él y bajó la cabeza hasta que captó la atención de su mirada. Tomó la mano de Spencer entre las suyas y sonrió.
    – ¿Puedes darme el nombre de tres piezas del ajedrez?
    Un ceño confuso arrugó la frente de Spencer.
    – Caballos, alfiles y peones. ¿Por qué lo preguntas?
    – Quería oírte decir algo más aparte de «sí» o «no» -bromeó Catherine. Cuando vio que Spencer no le devolvía la sonrisa, le apretó la mano-. ¿Qué te preocupa, querido?
    De nuevo el joven encogió el hombro. Se tiró de la chaqueta con la mano que tenía libre y Catherine esperó, obligándose a permanecer en silencio incluso mientras le veía debatirse con lo que fuera que abrumaba su mente, sabiendo como sabía que el chiquillo se lo contaría cuando estuviera preparado para hacerlo.
    Por fin, Spencer tomó aliento y soltó:
    – El señor Stanton se ha marchado.
    Catherine contuvo el aliento. Así que era esa la fuente de su malestar. Bueno, sin duda podía entenderlo perfectamente. Andrew era sin lugar a dudas la base de todos sus inquietantes y conflictivos pensamientos.
    – Sí, lo sé. Me ha dicho que tenía pensado pasar a caballo por los manantiales para despedirse de ti. ¿Le has visto?
    – Sí. -Y tras tirarse unas cuantas veces más de la chaqueta, por fin levantó la mirada hacia ella-. Ojalá hubiera podido quedarse.
    «Eso mismo pienso yo.» La idea abofeteó a Catherine como un trapo frío y mojado. Apretó con fuerza los labios al tomar conciencia por primera vez de hasta qué punto había deseado que Andrew no se marchara.
    Maldición, ¿cómo había logrado Andrew meterse en su vida, y en la de Spencer, hasta ese punto y en un período tan breve de tiempo? Spencer y ella se las habían arreglado muy bien sin ninguna interferencia masculina durante muchos años, y Catherine se dio cuenta, con una repentina e incuestionable claridad, que la presencia de Andrew en sus vidas amenazaba con resquebrajar la paz y la serenidad que ambos disfrutaban.
    Y con toda su atención puesta en su propia consternación ante el regreso de Andrew a Londres, no se había parado a pensar hasta qué punto su repentina partida podía afectar a Spencer. Obviamente, su hijo había establecido un fuerte vínculo con Andrew. Si a Spencer tanto le afectaba que Andrew se ausentara una noche, ¿cómo reaccionaría cuando se marchara para siempre después de una semana? Si la expresión del rostro del pequeño podía darle una pequeña idea, su hijo se quedaría destrozado.
    – Me ha contado lo del robo en el museo -dijo Spencer, devolviéndola al presente-. ¿Tú crees que estará de regreso mañana por la noche? -preguntó con la voz colmada a la vez de esperanza y de duda-. Por lo que dice, tiene mucho que hacer en la ciudad.
    – Estoy segura de que lo intentará. Pero como no puede marcharse de Londres hasta reorganizar las cosas, no te desilusiones demasiado si tiene que ausentarse más tiempo.
    – Pero es que no quiero perderme ninguna de mis lecciones de equitación ni de pugilismo. Y ni siquiera hemos empezado con las de esgrima. Y el señor Stanton no debería perderse su lección de nat… -Las palabras de Spencer quedaron atrapadas en su garganta como cortadas por un cuchillo. Se le abrieron los ojos como platos y el color le tiñó la cara.
    – ¿Que no debería perderse su qué? -dijo Catherine.
    – No puedo decírtelo, mamá. Es una sorpresa.
    – Humm. Al parecer los dos habéis planeado un buen número de sorpresas juntos.
    La sonrisa torcida de Spencer asomó a su rostro y el corazón de Catherine sonrió como respuesta.
    – Lo hemos pasado muy bien.
    – ¿Te cae… bien el señor Stanton?
    – Sí, mamá. Es muy… decente. Un profesor amable y paciente. Pero lo mejor de todo es que no me trata como si fuera de cristal. Ni como a un niño. Ni como si fuera… discapacitado. -Antes de que Catherine pudiera reconfortarle, la mirada de Spencer se volvió curiosa y preguntó-: ¿A ti no te gusta, mamá?
    – Ejem… por supuesto que sí. -No estaba segura de que una palabra tan tibia como «gustar» describiera adecuadamente la atracción que sentía hacia Andrew, pero sin duda no podía decir a su hijo que en realidad «deseaba» a aquel hombre-. El señor Stanton es muy… «Seductor. Tentador. Atractivo.»… agradable.
    «Y gentil», oyó intervenir a su voz interior. Y Catherine no pudo negarlo. No tenía más que recordar cómo Andrew había tratado a Spencer y a ella para saber que era cierto.
    – ¿Te parece que podríamos convencerle para que se quedara más de una semana, mamá?
    Catherine se quedó helada al oír la pregunta mientras en su interior el pánico colisionaba con la anticipación. Y no sólo por sus caóticos sentimientos personales, sino también por Spencer.
    – Creo que tenemos que aceptar que el señor Stanton tiene su vida en Londres, Spencer -dijo con suma cautela-. Incluso aunque se quedara uno o dos días más, lo cual dudo mucho, sobre todo teniendo en cuenta que tu tío Philip no está en Londres, el señor Stanton tendría que volver tarde o temprano a la ciudad.
    – Pero ¿podría volver a visitarnos? -insistió Spencer-. ¿Muy pronto? ¿Y a menudo?
    Catherine rezó para no mostrar el menor atisbo de su consternación. Dios santo, ella había planeado que en cuanto Andrew volviera a Londres y su breve aventura fuera historia, sus caminos raramente, por no decir nunca, volverían a cruzarse. Volver a verle «muy pronto» y «a menudo» cuando ella no tenía intención de retomar su aventura sería… extraño. En realidad sería más una tortura, corrigió su voz interior irritantemente sincera. Metió mentalmente un pañuelo en la boca de su voz interior para silenciar sus indeseadas meditaciones.
    – Spencer, de verdad no creo que…
    – Quizá podríamos ir a visitar al señor Stanton a Londres.
    Perpleja, Catherine sólo pudo limitarse a mirarle. Spencer nunca había hecho semejante sugerencia. Después de tragar saliva, dijo intentando que su voz sonara lo más despreocupada posible:
    – ¿Te gustaría ir a Londres?
    Spencer apretó los labios y negó con la cabeza.
    – No -susurró-. Yo… no. -Echó la barbilla hacia delante en un testarudo ángulo-. Tendremos que asegurarnos de que el señor Stanton nos visite. Seguro que accede, si ambos se lo pedimos, mamá.
    Catherine le dio unas palmaditas en la mano y a continuación se levantó.
    – Quizá -murmuró, a sabiendas de que en ningún caso haría extensiva esa invitación y odiándose por dar a Spencer una mínima esperanza. Su aventura tenía que terminar. De forma permanente. Y eso significaba que en cuanto Andrew regresara a Londres el fin de semana, no volvería a visitar Little Longstone.

    Andrew avanzó dibujando un lento círculo, supervisando las paredes y el suelo dañados del museo, los espacios vacíos donde el cristal debería haber brillado. Cerró las manos con fuerza en un gesto perfectamente idéntico al de su tensa mandíbula mientras la ira hacía que le palpitase el cuerpo entero. «Bastardos. Por Dios que serán unos heridos y ensangrentados bastardos si alguna vez les pongo la mano encima.»
    – Como puede ver, todos los cristales rotos ya se han barrido -informó Simon Wentworth-. El cristalero estará aquí en menos de una hora para hablar con usted sobre las nuevas ventanas. He contratado a seis hombres más para ayudar con las reparaciones del suelo y de las paredes que, como puede ver, son importantes.
    Andrew asintió, soltando un largo suspiro.
    – El término «importantes» no basta para describir todo este desastre.
    – Estoy de acuerdo con usted. El modo en que han acuchillado la madera… en fin, lo cierto es que verlo me produce escalofríos. Arrebatos de violencia, si quiere saber mi opinión. Odiaría tener que vérmelas con los rufianes que han hecho esto.
    A Andrew se le tensó la mandíbula. «A mí me encantaría encontrarme con los rufianes que han hecho esto.»
    – ¿Cuánto llevará completar las reparaciones?
    – Al menos ocho semanas, señor Stanton.
    Maldición. Eso suponía otros dos meses de salarios de obreros a pagar, dos meses más de alquiler del espacio de almacenaje de los artículos del museo, por no mencionar los dos meses de retraso que eso representaba para la fecha de apertura. Ni el exorbitado coste de los materiales. Sabía exactamente cuánto había pagado por las ventanas, las paredes y los suelos la primera vez.
    – ¿Alguna noticia de los inversores? -preguntó Andrew.
    Simon se estremeció.
    – Me temo que las malas noticias corren como la pólvora. El señor Carmichael, lord Borthrasher y lord Kingsly, así como la señora Warrenfield, han enviado notas exigiendo verle hoy mismo. Lamento decirle que el lenguaje de las cartas resulta declaradamente frío. Le esperan en su escritorio.
    Andrew contuvo la ira y se obligó a concentrarse en los asuntos que requerían su atención más inmediata. Obviamente, la señora Warrenfield, el señor Carmichael, lord Borthrasher y lord Kingsly ya no estaban tomando las aguas en Little Longstone y habían regresado a Londres. Lord Borthrasher ya había hecho una cuantiosa inversión a la que estaba planteándose añadir una suma significativa, mientras que los otros tres estaban a punto de donar fondos. De hecho, el éxito del museo dependía de asegurar ese dinero…
    – Responda a las cartas, Simon, invitando a los inversores a encontrarse aquí conmigo esta misma tarde a las cinco.
    – ¿Cree acertado dejar que vean esto?
    – Sí. Si no les invitamos, vendrán por iniciativa propia de todos modos y eso tendrá pésimas consecuencias para nosotros. Tienen que saber exactamente lo que ha ocurrido y los pasos que estamos dando para que no vuelva a ocurrir. No nos conviene que piensen que estamos ocultando algo. Los inversores que tienen la sensación de que no se les está diciendo toda la verdad pueden ponerse muy nerviosos, y unos inversores nerviosos no es algo que quiera añadir al desastre al que ya nos enfrentamos.
    – Enviaré las notas enseguida, señor Stanton. -Simon dio media vuelta y se dirigió a la pequeña oficina enclavada en el extremo más alejado de la habitación.
    Andrew soltó un largo suspiro, se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa. Había mucho trabajo que hacer y, por Dios, quería ver concluido parte de él cuando por fin se sentara a escribir a Philip para contarle todo lo ocurrido.

    Catherine se paseaba delante de Genevieve mientras su vestido de muselina de color melocotón se arremolinaba en sus tobillos cada vez que daba media vuelta en los extremos del acogedor salón de su amiga.
    – Me alegro de que se haya ido -dijo, orgullosa del timbre decidido que delataba su voz.
    – Eso has dicho ya tres veces sólo en la última hora -murmuró Genevieve.
    – Bueno, sólo para reiterar mi argumentación.
    – ¿Cuál es exactamente?
    – Que me alegra que se haya marchado.
    – Si, eso es… ejem… evidente. Sin embargo, supongo que te das cuenta de que el señor Stanton vuelve a Little Longstone. Mañana.
    Catherine desestimó el comentario con un florido ademán.
    – Sí, pero para entonces ya volveré a tenerlo todo bajo control. Estoy segura de que mi charla contigo aclarará toda mi… confusión. Además, él estará aquí sólo unos días más, y ¡puf! -Catherine chasqueó los dedos-. Volverá a Londres.
    – ¿Perspectiva que te hace feliz?
    – Delirantemente feliz -concedió Catherine-. Luego Spencer y yo podremos retomar nuestra rutina sin más interrupciones.
    Al ver que Genevieve no respondía, Catherine miró al sofá. Sus pasos se detuvieron al ver la expresión de absoluta incredulidad reflejada en el rostro de su amiga, y dejó de andar.
    – ¿Qué?
    – Catherine, ¿es que no se te ha ocurrido que la «interrupción» que el señor Stanton ha provocado en tu rutina es algo bueno? -Antes de que Catherine pudiera responder, Genevieve prosiguió-: A juzgar por todo lo que me has contado, se trata de un hombre sencillamente divino. Por supuesto que resulta irritante a veces, pero, como ya te he dicho, todos los hombres lo son. Aun así, no todos los hombres pueden jactarse de reunir todas las cualidades que reúne tu señor Stanton: ser guapo, fuerte, romántico, considerado. Un amante cumplido y generoso.
    El calor hizo presa de las mejillas de Catherine y Genevieve se rió.
    – Sí, lo sé sin necesidad de que me hagas partícipe de ningún detalle específico, querida. Llevas escrita la expresión de mujer bien amada de la cabeza a los pies.
    – Yo nunca he dicho que no fuera todas esas cosas -dijo Catherine-. Aunque…
    – Y la amistad que se ha tomado el tiempo de forjar con tu hijo está sin duda reforzando la confianza de Spencer en sí mismo. Supongo que eso te agrada.
    – Por una parte sí, pero también representa una nueva fuente de preocupación. Temo que Spencer quede destrozado cuando Andrew regrese a Londres para siempre.
    – ¿Y qué me dices de ti, Catherine? -preguntó amablemente Genevieve con sus ojos azules suavizados por la preocupación-. ¿También tú temes quedar destrozada?
    – Por supuesto que no -respondió Catherine, aunque en cierto modo las palabras afectaron sus rodillas hasta tal punto que tuvo que buscar refugio en el sillón de orejas colocado delante de Genevieve. En cuanto estuvo sentada, prosiguió-: La mujer moderna actual no queda destrozada por el fin de una aventura.
    – Querida, cualquier mujer quedaría destrozada por el fin de una aventura si albergara profundos sentimientos hacia su amante. Conozco de primera mano esa clase de espantoso dolor, y, créeme, no se lo deseo a nadie.
    – Bueno, no corro ningún riesgo de ser víctima de semejante dolor puesto que no estoy «profundamente» encariñada de Andrew.
    – ¿Enserio?
    Catherine soltó una ligera risa.
    – No quiero decir con eso que no sienta nada por él. Es sólo que apenas le conozco. No dudaría en reconocer que le deseo. Sin embargo, los sentimientos más profundos que podrían dejarme «destrozada» germinan sólo tras largos períodos de tiempo. Y, sobre todo, entre personas que comparten intereses y entornos comunes.
    Genevieve asintió.
    – Naturalmente, una dama de tu noble linaje no puede compartir demasiados intereses comunes con un hombre con una cuna semejante a la del señor Stanton. Por supuesto, ¡pero si no es más que un plebeyo! ¡Qué digo! Es mucho peor que eso. ¡Un plebeyo de las colonias!
    – Tú lo has dicho -dijo Catherine, aunque la verdad y la sinceridad de las palabras de Genevieve la irritaron.
    – Es una bendición que tu atracción hacia el señor Stanton sea simplemente física y que su marcha a Londres al final de la semana no tenga sobre ti el menor efecto adverso.
    – Una bendición, sin duda.
    Un sonido exasperado escapó de labios de Genevieve.
    – Catherine, lo que voy a decirte te lo digo por el amor, la amistad y la lealtad que te tengo. -Inclinándose hacia delante, clavó en ella una mirada colmada de emoción-. Nunca en toda mi vida me he visto obligada a escuchar tantas tonterías, a cual más absurda, como las que acabo de oír. Estoy completamente asombrada después de haber oído tamañas estupideces, sobre todo viniendo de ti. Por no hablar de tus mentiras.
    La consternación, teñida de una incrédula perplejidad, por no mencionar una buena dosis de dolor, embargaron a Catherine.
    – Nunca te mentiría, Genevieve.
    – No es a mí, sino a ti, a quien mientes, querida mía. Puedes decir «me alegra que se vaya» y «sólo estoy disfrutando de una aventura pasajera» todas las veces que quieras, pero aunque lo repitas un millón de veces, eso no hará que tus palabras sean verdad. Desde luego que no me estás convenciendo, y creo que, si te tomaras el tiempo para examinar tu propio corazón, te darías cuenta de que tampoco puedes convencerte a ti misma. Por mucho que nos empeñemos en acallar el deseo de nuestro corazón, es tarea imposible. Podemos elegir no actuar en consecuencia, pero nunca llegamos a acallarlo del todo.
    Catherine abrió la boca, presta a responder, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Genevieve siguió presionándola.
    – Incluso aunque supongamos durante un instante de locura que tus sentimientos por el señor Stanton pueden encuadrarse en la categoría de sentimientos tibios, ¿en algún momento has pensado en los sentimientos que él pueda tener por ti? Porque te aseguro que son todo menos tibios.
    Las palabras de Genevieve amenazaban con dejar expuestas emociones que Catherine se negaba a someter a examen.
    – Soy consciente de que le importo, pero también él está de acuerdo en que, en cuanto termine la semana, nuestra aventura finalizará.
    La combinación de consternación y de fastidio que expresaban los ojos de Genevieve era inconfundible.
    – Querida, decir que le importas es no hacerle justicia. Lo vi claramente en la velada en casa del duque. La forma en que te miraba cuando se sabía observado, y, lo que es aún más delatador: su forma de mirarte cuando creía que nadie le observaba… -Dio un largo y tembloroso suspiro-. Dios mío. La pasión, el deseo, la emoción que desvelaban sus ojos eran evidentes. Viéndole mirarte, bailar el vals contigo, me sentí como si hubiera interrumpido un íntimo tête a tête. Estás tristemente equivocada si crees que ese hombre simplemente se desvanecerá de tu vida dentro de una semana.
    – No pienso darle elección. Él sabe perfectamente, tan bien como tú, que no tengo intención de volver a casarme. E, incluso si deseara atarme a otro marido, desde luego no elegiría a un hombre cuya vida está en Londres. No tengo la menor intención de apartar a Spencer de la seguridad de nuestra casa, de la vida que hemos creado aquí, en Little Longstone, de los manantiales de aguas termales. Y si mi esposo y yo tenemos que vivir separados y llevar vidas separadas, ¿qué sentido tiene que nos casemos? Spencer y yo ya hemos sufrido una situación semejante, y te aseguro que con una vez es suficiente.
    Genevieve se recostó sobre el respaldo del sofá y arqueó las cejas.
    – ¿Acaso el señor Stanton te ha pedido que te cases con él?
    – Bueno, no, pero…
    – ¿Ha insinuado algo que te haga pensar que te lo va a pedir?
    Catherine frunció el ceño.
    – No, pero…
    – Quizá te estés preocupando por nada. Quizá lo único que desee sea una aventura prolongada.
    – Lo cual no deja de ser desafortunado pues yo sólo estaba, y estoy, dispuesta a mantener una breve aventura.
    Genevieve asintió despacio.
    – Sí, bueno, quizá sea lo mejor. Al fin y al cabo, una aventura prolongada implicaría pasar más tiempo juntos, lo cual a su vez podría terminar provocando esos sentimientos que podrían dejarlos destrozados cuando la aventura tocara a su fin.
    – Exactamente.
    – Es preferible cortar las cosas antes de correr cualquier riesgo de desarrollar una implicación más profunda.
    – Precisamente.
    – Después de todo, salvo por el sentido bíblico, apenas conoces al señor Stanton.
    – Correcto.
    – ¿Y qué sabes de su pasado? ¿De su familia? ¿De su educación? ¿De su vida en Norteamérica?
    – Nada -respondió Catherine, relajándose un poco. Finalmente la conversación había tomado el rumbo adecuado.
    Genevieve frunció el ceño.
    – Aunque… conocías perfectamente a lord Bickley antes de que pidiera tu mano, ¿o quizá me equivoco?
    Un timbre de advertencia tintineó en las profundidades de la mente de Catherine.
    – Nuestras familias se conocían bien, sí -admitió.
    – Si mal no recuerdo, en algún momento mencionaste que le conocías prácticamente de toda la vida, ¿me equivoco acaso?
    – No, no te equivocas.
    – Y le creías un hombre decente, gentil y cariñoso.
    Catherine frunció el ceño.
    – Me doy perfecta cuenta de lo que intentas hacer, Genevieve, pero lo que dices no hace más que reforzar mi postura. Sí, me casé con Bertrand, un hombre al que había conocido durante toda mi vida. Y sí, creía que hacíamos una buena pareja. Creí que era un hombre gentil y decente. Y, a pesar de no albergar por él ningún sentimiento profundo ni conmovedor, sentía respeto y un afecto que confié en ver florecer hasta transformarse en un amor duradero. Sentía por él un cariño sincero. Y mira lo desastroso que resultó ser mi matrimonio. Si soy capaz de juzgar tan equivocadamente a un hombre al que conocía desde hacía años, ¿cómo sé que juzgaré adecuadamente a un hombre al que apenas conozco?
    Genevieve buscó su mirada durante varios segundos y luego dijo:
    – Te daré una respuesta sincera a esa pregunta, Catherine. Lord Bickley fue un hombre mimado y malcriado a lo largo de su privilegiada vida. Apuesto a que si Spencer hubiera nacido perfecto, tu vizconde y tú habrías mantenido una unión formal y amistosa, sin que ninguno de los dos hubiera desarrollado «profundos» ni «conmovedores» sentimientos el uno hacia el otro. Fue en el momento en que tu marido tuvo que hacer frente a la adversidad cuando mostró su verdadero carácter.
    – Estoy sinceramente de acuerdo contigo. Mi padre ha dicho a menudo que el modo en que un hombre se enfrenta a las dificultades es la auténtica prueba de su valía.
    – Y mira el modo en que el señor Stanton se ha comportado desde su llegada a Londres. Se ha mantenido inquebrantable y leal a tu hermano y a su proyecto del museo. Ha mantenido la cabeza fría y calma, protegiéndote y ofreciendo su ayuda cuando fuiste herida. Dejó sus preocupaciones a un lado para acompañarte a Little Longstone y asegurarse de que estabas a salvo. Se tomó tiempo para establecer una relación con tu hijo. No es ningún aristócrata malcriado, sino un hombre que se ha hecho a sí mismo. En el corto plazo de tiempo que hace que le conoces, has compartido con él más intimidades que con tu marido en diez años. Es así como sabes la clase de hombre que es.
    Catherine cerró los ojos y se llevó las yemas de los dedos a las sienes.
    – ¿Por qué me dices todo esto? Vine con la esperanza de que me ayudaras a ver las cosas más claramente.
    – Y eso es precisamente lo que estoy intentando. Creo que el problema es que no te estoy diciendo lo que a ti te gustaría oír.
    Catherine apoyó las manos en sus rodillas y esbozó una débil sonrisa.
    – Sí, es cierto.
    – Porque soy tu amiga. Porque no quiero que cometas un error que lamentarás el resto de tu vida. Porque no hacer frente a la verdad, no escuchar a tu corazón, es mucho más dañino, más perjudicial que cualquier otro dolor. Y me parece que no has examinado tu corazón en este asunto, Catherine. Te da miedo hacerlo, lo que, a juzgar por tu pasado, es algo completamente comprensible. También yo estaría asustada si estuviera en tu lugar. Pero debes intentar dejar tus miedos a un lado. Se te negó la felicidad durante mucho tiempo, querida mía. No vuelvas a negártela.
    – Pero ¿es que no ves que no me la estoy negando? Quería un amante y me hice con uno. No quiero un marido, de modo que no lo tendré. Hay exactamente cuatro motivos por los que una mujer debería casarse. -Fue contando los motivos con los dedos al tiempo que los enumeraba-: Aumentar su fortuna, mejorar su posición social, tener un hijo o la necesitad de que alguien cuide de ella. Puesto que mi situación económica está perfectamente asegurada, gozo de una buena posición social, ya tengo un hijo y no necesito que nadie cuide de mí, no tengo la menor necesidad ni el menor deseo de tener marido.
    – Hay una quinta razón para que una mujer decida casarse, querida.
    – ¿Y es?
    – El amor. Aunque puesto que es obvio que no estás enamorada…
    – No, no lo estoy.
    – Bien, pues no hay nada más que hablar.
    – Ya lo creo que sí. Soy feliz, Genevieve. -En cuanto a lo de examinar su corazón, lo había hecho ya con suficiente detalle. Sin duda había investigado tan profundamente como era su intención.
    Durante varios segundos, Genevieve no dijo nada, limitándose a dedicar a Catherine una mirada inescrutable. Luego sonrió.
    – Me alegro de que seas feliz, querida. Y no sabes cuánto me alivia saber que no corres el peligro de que te rompan el corazón. Y, obviamente, sabes muy bien lo que más te conviene. Y también a Spencer.
    – Gracias. Y sí, así es. -Aun así, incluso mientras pronunciaba esas palabras, Catherine tuvo la sutil sospecha de que estaba mostrándose de acuerdo con algo con lo que no debería estar de acuerdo.
    – Y ahora dime, querida, ¿quién crees que será tu próximo amante?
    Catherine parpadeó.
    – ¿Cómo dices?
    – Tu próximo amante. ¿Te parece que preferirás a un hombre mayor y más experimentado? ¿O quizá al tipo espectacular y joven al que puedas doblegar a placer tuyo?
    Una sensación de lo más desagradable le recorrió la piel al pensar en otro hombre tocándola. Antes de poder dar una respuesta, Genevieve caviló en voz alta:
    – Y me pregunto qué clase de mujer calentará después de ti la cama del señor Stanton. Estoy segura de que no estará sólo mucho tiempo. Cielos, ¿no viste cómo las sobrinas del duque salivaban al verle? Y Londres está sin duda plagado de mujeres hermosas y sofisticadas a la búsqueda de distracción de sus monótonas vidas. El señor Stanton les ofrecerá a buen seguro una maravillosa distracción.
    El calor hizo presa del cuerpo de Catherine. Una sensación terriblemente desagradable le recorrió la piel al pensar en otra mujer tocando a Andrew. Entrecerró los ojos sin dejar de mirar a Genevieve, quien la observaba con la inocencia de un ángel.
    – Sé perfectamente lo que estás haciendo, Genevieve.
    Su amiga sonrió.
    – ¿Y funciona?
    «Sí.»
    – ¡No! -Se levantó de un salto, impulsada por una miríada de emociones. Confusión. Frustración. Angustia. Miedo. Celos. Y rabia. Apretó las manos con fuerza al tiempo que intentaba decidir si estaba más enfadada con Genevieve por aguijonearla, con Andrew por despertar esas inquietantes emociones en su vida, o consigo misma por permitir que la situación hubiera llegado hasta allí.
    – No me importa quién pueda ser su próxima amante -bufó de cólera al tiempo que la rabia la convencía de que estaba diciendo la verdad-. Como tampoco sé quién será el mío. Pero estoy segura de que encontraré a alguien. ¿Por qué iba a quedarme sola?
    – Cierto, ¿por qué?
    La complacencia demostrada por Genevieve sólo sirvió para avivar la ira de Catherine. La determinación le tensó la columna.
    – Exactamente. No tengo por qué estar sola, y tampoco es mi intención estarlo. -Y bajando la mano, cogió su retícula-. Gracias, Genevieve, por esta charla. Ha resultado de lo más… iluminadora.
    – Siempre encantada de poder ayudar, querida mía.
    – Y ahora, si por favor me disculpas, hay alguien a quien debo visitar.
    Algo semejante a la preocupación parpadeó en los ojos de Genevieve, aunque quedó instantáneamente reemplazado por su habitual despreocupación.
    – Por supuesto. ¿Te acompaño a la puerta?
    – No, gracias. Conozco el camino.
    «Y sé exactamente adonde voy.»

    Andrew estaba un poco apartado del señor Carmichael, de lord Borthrasher, de lord Kingsly y de la señora Warrenfield, a la espera de que fueran testigos visuales de los daños que había sufrido el museo. Por fin, regresaron a su lado, todos ellos con expresión taciturna.
    – Esto es terrible -murmuró la señora Warrenfield con su voz grave y rasposa al tiempo que sus palabras quedaban parcialmente amortiguadas por su velo negro.
    – Un espantoso desastre -concedió lord Borthrasher arrugando el labio de pura contrariedad y paseando su fría mirada de buitre por la estancia.
    Los ojos pequeños y brillantes de lord Kingsly se entrecerraron y cruzó los brazos sobre su prominente barriga.
    – No había visto nada semejante.
    – Diría que quizá se tarde más de los dos meses que ha calculado usted para enderezar todo esto -dijo el señor Carmichael, acariciándose despacio la barbilla y centrando la atención de Andrew en su intrincado anillo de oro en el que lucía un diamante cuadrado rodeado de ónice. Carmichael se cogió las manos tras la espalda y dirigió a Andrew una mirada glacial-. ¿No tiene nada que decir, señor Stanton?
    La mirada de Andrew abarcó al grupo por entero.
    – Confío en que dos meses serán tiempo suficiente. He hablado con el cristalero sobre los marcos de las ventanas y hemos contratado a obreros adicionales para recolocar el suelo. Si no surgen imprevistos, recuperaremos el tiempo perdido en un plazo de dos meses.
    – Querrá decir si no surgen más desastres imprevistos -dijo lord Kingsly-. ¿Han sido apresados los rufianes que han hecho esto?
    – Todavía no.
    – Y lo más probable es que no lo sean -añadió el señor Carmichael frunciendo el entrecejo-. Estoy horrorizado ante la abundancia de crímenes que he presenciado desde que llegué a Londres hace apenas una semana. Los rateros y los ladrones abundan por doquier, incluso en las mejores zonas de la ciudad. Pero si sólo hace unos días que dispararon a lady Catherine… en la zona supuestamente segura de Mayfair.
    – El responsable de ese crimen ya ha sido apresado… en gran medida gracias a sus esfuerzos, señor Carmichael -le recordó Andrew-. Es cierto que existen criminales en Inglaterra, aunque desgraciadamente están por todas partes. -Dedicó al hombre una semisonrisa-. Hasta en Norteamérica.
    – Hecho del que, le aseguro, soy plenamente consciente -dijo el señor Carmichael con voz helada.
    – Bandoleros por doquier -intervino lord Kingsly-. Hoy en día no se puede confiar en nadie.
    – Estoy completamente de acuerdo -dijo el señor Carmichael sin apartar en ningún momento sus ojos entrecerrados de los de Andrew-. Dígame, señor Stanton, ¿qué garantías tenemos nosotros, o cualquiera del resto de los inversores, de que esto no volverá a ocurrir?
    – Cielo santo -dijo la señora Warrenfield-. ¿Otra vez?
    – Es ciertamente posible -intervino lord Kingsly antes de que Andrew pudiera responder-, sobre todo teniendo en cuenta que los responsables no han sido apresados. Probablemente para ellos no sea más que un juego. Recuerdo que algo parecido le ocurrió hace años a sir Whitscour durante las obras de restauración de su propiedad en Surrey.
    – Lo recuerdo -dijo lord Borthrasher, levantando su prominente barbilla-. En cuanto sir Whitscour terminó de recomponer todos los daños, volvieron a destrozárselo todo. Quizá estemos ante una situación similar.
    – Les doy mi palabra de que se tomarán las medidas necesarias para asegurarnos de que el museo no sufra más daños. Contrataremos a guardias adicionales para que patrullen el perímetro de la propiedad -dijo.
    – Todo eso está muy bien -dijo el señor Carmichael-, pero, según me ha dicho el magistrado, el museo contaba ya con vigilancia y los vándalos han dejado sin sentido a su hombre. Independientemente de la cantidad de guardias que pueda emplear, no serán impedimento alguno para una potencial banda de maleantes. -Sacudió la cabeza-. Siento decirle, señor Stanton, que lo que he visto aquí, junto con lo que oí anoche, me convence de que invertir en su museo no es un riesgo que esté dispuesto a correr.
    – ¿Lo que oyó anoche? -preguntó Andrew-. ¿A qué se refiere?
    – Durante la velada a la que asistí me llegaron rumores sobre la seguridad económica, o más bien la falta de ella, de la empresa que gestiona el museo. Como también sobre cuestiones concernientes a la autenticidad de algunas de las antigüedades que lord Greybourne y usted afirman poseer.
    Andrew se obligó a conservar los rasgos del rostro perfectamente inmutables mientras era presa de una oleada de rabia.
    – No tengo la menor idea de dónde han podido surgir rumores tan malévolos, pero lo cierto es que me sorprende que haya prestado atención a tan ridículos chismes, señor Carmichael. Le aseguro que el museo goza de una perfecta salud financiera. Estaría encantado de mostrarles, a todos ustedes, las cuentas como prueba de ello. En cuanto a las antigüedades, todas han sido debidamente autentificadas por expertos adjuntos al Museo Británico.
    La frialdad no desapareció de los ojos del señor Carmichael.
    – No tengo deseos de ver esas cuentas, puesto que este proyecto no tiene ya para mí ningún interés ni consecuencia. Simplemente doy gracias por no haber invertido ni una sola libra en esta locura. -Se volvió hacia sus acompañantes e inclinó la cabeza-. Naturalmente, ustedes tres deben tomar sus propias decisiones sobre esta cuestión. Lord Avenbury, lord Ferrymouth y el duque de Kelby esperan ansiosos oír lo que hoy hemos visto aquí, y creo no equivocarme al pensar que el informe no va a parecerles en absoluto favorable.
    – Para usted es fácil dar marcha atrás, Carmichael -gruñó lord Borthrasher-. Para mí es demasiado tarde. Ya he dado quinientas libras.
    – Inversión que verá sus frutos en cuanto… -empezó Andrew.
    – Lamento decir que estoy con Carmichael en esto -dijo lord Kingsly-. Greybourne es un buen hombre, pero está claro que su interés por el museo ha menguado ostensiblemente desde su boda y yo no estoy dispuesto a malgastar mi dinero. Ya se encarga de ello mi esposa.
    – Debo mostrar mi acuerdo con los caballeros -dijo la señora Warrenfield con su voz ronca colmada de pesar-. Lo siento de verdad, señor Stanton, pero como usted bien sabe, tengo una salud frágil. Sencillamente sería demasiado para mi delicado estado tener que estar preocupándome constantemente por no recibir nada a cambio de mi inversión.
    Andrew rechinó los dientes. A juzgar por la expresión de sus rostros, no le cupo duda de que ningún intento por su parte serviría para hacerles cambiar de opinión… al menos no ese día.
    – Entiendo. Aunque comprendo lo que les preocupa, les aseguro que sus temores son totalmente infundados. Cuando las reparaciones se hayan completado, espero que reconsideren su postura.
    Las expresiones de los allí reunidos acallaron cualquier esperanza de que las cosas fueran a tener ese final. Tras desearle un buen día, se marcharon en grupo y Andrew se pasó la mano por la cara. Maldición. Lord Kingsly y la señora Warrenfield habían insinuado que pretendían hacer una inversión de mil libras. Sin embargo, esa pérdida no suponía un golpe tan duro como las cinco mil libras que el señor Carmichael se había mostrado dispuesto a invertir. ¿Y cuántos potenciales inversores más seguirían su ejemplo y terminarían retirándose de la empresa? Andrew sospechó que Avenbury, Ferrymouth y Kelby seguirían su ejemplo como corderitos. Había esperado tener buenas noticias cuando le escribiera a Philip esa misma noche, pero desgraciadamente estaba resultando tarea harto difícil encontrar una buena noticia que dar.
    Dio un largo suspiro y se mesó los cabellos, presa de la más absoluta frustración. El vandalismo, los dañinos rumores, la deserción de inversores… cualquiera de esos problemas podía llamar al desastre. La combinación de todos ellos decía muy poco a favor del futuro del museo, y a su vez no auguraba nada bueno para el estado financiero personal de Andrew, la mayor parte de cuyos fondos habían sido invertidos en el proyecto. Ahora, más que nunca, necesitaba la cuantiosa recompensa que le habían ofrecido lord Markingworth, lord Whitly y lord Carweather por descubrir la identidad de Charles Brightmore. Ya sólo le quedaba rezar para que la recompensa no quedara fuera de su alcance.
    Después de asegurarse de que las labores de limpieza estuvieran bajo control, decidió llegado el momento de dedicar parte de sus esfuerzos al asunto Brightmore. Le dijo a Simon que volvería en unas horas y se marchó del museo.
    De un modo u otro, daría con las respuestas que estaba buscando.

Capítulo 17

    Las cuestiones relacionadas con el amor y con los asuntos del corazón son muy semejantes a las campañas militares. La estrategia es clave, y cada movimiento debe ser cuidadosamente planeado para evitar caer presa de posibles emboscadas. Sin embargo, si, en el intento por conseguir sus objetivos íntimos, la mujer moderna actual se encuentra en una situación que destila fracaso, no debería vacilar en hacer lo que muchos grandes estrategas han hecho en el pasado: retirarse a la mayor brevedad.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Catherine avanzó con paso firme por el sendero pulcramente barrido que llevaba a la modesta casa acogedoramente enclavada en la sombra de un bosquecillo de altos olmos, presa de una abrumadora combinación de rabia, confusión y desesperación que apenas lograba comprender. Desde la parte trasera de la residencia de piedra llegaron hasta ella apagados sonidos, entre ellos el plañidero balido de una oveja y el graznido de varios patos.
    Cuando levantó la mano para llamar a la puerta, una voz grave la detuvo.
    – Hola, lady Catherine.
    Catherine se volvió. El doctor Oliver caminaba hacia ella con el rostro iluminado por una sonrisa sorprendida. Bajo el brazo acunaba un pequeño cerdo que no dejaba de resoplar.
    – ¿Un nuevo paciente, doctor Oliver? -preguntó, con la esperanza de que su sonrisa no resultara forzada.
    El doctor se rió.
    – No, es el pago de mi último paciente. Sólo estaba intentando tranquilizarle. No me gusta demasiado el beicon.
    – Estoy segura de que se ha quedado muy tranquilo.
    El médico sostuvo el lechón en alto y, muy serio, le preguntó:
    – ¿Estás muy tranquilo?
    Una serie de resoplidos dieron respuesta a su pregunta y el médico asintió.
    – Me alegra oírlo. -Con absoluta indiferencia, volvió a acomodar al lechón en su brazo doblado y a continuación saludó a Catherine con una formal reverencia-. ¿Qué la trae a mi humilde morada? Espero que no haya nadie enfermo.
    – No, estamos todos muy bien, gracias. He venido a pedirle algo.
    – Y será para mí un honor y un placer atenderla. Si espera aquí un instante mientras dejo a mi pequeño amigo en el corral de la parte trasera de la casa, podremos entrar.
    De pie a la sombra que ofrecía uno de los olmos, Catherine le vio desaparecer detrás de la casa. Volvió a aparecer menos de un minuto más tarde y ella le observó mientras se acercaba. Era indudable que el doctor Oliver era un hombre apuesto. Muy apuesto. Desde un punto de vista estrictamente estético, desde luego mucho más apuesto que el señor Stanton, quien, con sus rasgos marcados y su nariz torcida, respondía más a la descripción de «atractivo».
    Por primera vez se fijó en la anchura de los hombros del médico. En la estrechez de su cintura. La longitud de sus musculosas piernas, perfiladas por sus pantalones ceñidos. En la suavidad de sus andares. Con su pelo castaño dorado por el sol y esos ojos color miel, era el tipo de hombre que sin duda podía acelerar el corazón de cualquier mujer. El hecho de que no fuera ése su caso no hizo más que aumentar su desesperación y fortalecer su decisión. No tardaría en acelerarse.
    Cuando entraron en el pequeño aunque elegantemente decorado salón, el médico preguntó:
    – ¿Le apetece una taza de té, lady Catherine?
    – No, gracias.
    El doctor Oliver señaló un par de sillones de orejas de brocado que flanqueaban la chimenea.
    – Si quiere sentarse…
    – Prefiero quedarme de pie.
    El doctor arqueó las cejas, que enmarcaron una mirada interrogante, aunque se limitó a asentir.
    – Muy bien. ¿En qué puedo ayudarla?
    Ahora que había llegado el momento, Catherine sintió que le abandonaba el valor. Dios santo, cómo podía estar tan loca como para haberse embarcado en semejante misión. Pero entonces se acordó de la Guía y de todos sus liberadores preceptos e irguió la espalda. «La mujer moderna actual vive el día. Y es directa y clara en lo que quiere.» Y sabía muy bien lo que quería. Tenía algo que probarse y, maldición, estaba decidida, desesperada, por hacerlo.
    Alzó la barbilla.
    – Béseme.
    – ¿Cómo dice?
    – Quiero que me bese.
    El médico la miró atentamente durante lo que pareció una eternidad, como si intentara leer en su mente. Cuando por fin se movió, en vez de estrecharla entre sus brazos, la tomó ligeramente de los hombros y la sostuvo separada de él.
    – ¿Por qué desea que la bese?
    Catherine apenas logró reprimir su impaciencia y repicar contra el suelo de madera con el zapato. Cielos, no había nada en la Guía que sugiriera que un hombre pudiera hacer semejante pregunta.
    – Porque… «Porque quiero saber, necesito saber, tengo que saber, si otro hombre puede hacerme sentir lo que él…» siento curiosidad. -Dicho estaba. Y sin duda era cierto.
    – ¿Curiosidad por ver si puede sentir algo más por mí que una simple amistad?
    – Sí.
    – Bien, podría fácilmente satisfacer su curiosidad sin necesidad de besarla, pero sólo un idiota rechazaría oferta tan tentadora. Y debo admitir que también yo siento curiosidad… -La atrajo hacia él, estrechándola entre sus brazos, y posó luego sus labios en los de ella. Catherine apoyó sus manos en el pecho del doctor y se puso de puntillas, mostrándose como una voluntariosa colaboradora. Obviamente, el buen doctor estaba bien versado en el arte del beso. Aun así, no le aceleró el corazón. Ni siquiera un poco. Tenía unos labios cálidos y firmes, pero no generaban las ardientes sensaciones que Andrew le inspiraba con una simple mirada.
    «Oh, Dios.»
    El doctor levantó la cabeza y la soltó lentamente. Tras estudiarla durante varios segundos, dio un paso atrás y la observó, sorprendido.
    – Bastante insípido, ¿no le parece?
    Catherine sintió que le ardían las mejillas.
    – Me temo que sí.
    – Y bien, ¿ha quedado satisfecha su curiosidad?
    Sentimientos de culpa llovieron sobre Catherine, llenándola de vergüenza por haberle utilizado de un modo tan poco gentil. Dios santo, ¿en qué clase de persona se había convertido? No estaba segura… aunque lo que sí sabía era que no se gustaba demasiado.
    Se sintió presa de un calor nacido del remordimiento. El hecho de que él hubiera encontrado el beso tan falto de pasión como ella era un claro indicador de que no sentía por ella el menor deseo. Y ella se había echado en sus brazos. Como una vulgar ramera. Se habría reído de su propia vanidad de haber sido capaz de hacerlo. Por el contrario, rezó para que milagrosamente se abriera un agujero en la tierra que la tragara. «Retirada -gritó su mente-. ¡Retirada!»
    – No sabe cuánto lo siento -dijo-. Yo…
    – No tiene por qué disculparse. Lo entiendo perfectamente. Debo confesar que en una ocasión besé a una mujer a fin de comparar mi reacción con otra. Lo cierto es que creo que es una práctica de lo más común. Un poco como probar una muestra de mermelada de fresa y de mora para determinar cuál de las dos preferimos.
    Su buen humor y su comprensión sólo lograron que Catherine se sintiera peor. De nuevo su mente le ordenó que se retirara, pero antes de que pudiera moverse, el doctor dijo:
    – No se aflija, lady Catherine. Desde el momento en que llegué a Little Longstone, y de eso hace ya seis meses, usted me ofreció una amistad que yo tengo en gran estima. Me ha invitado a su casa a compartir con usted comida y risas y, salvo por este pequeño error, jamás me ha dado la menor esperanza de que pudiéramos ser nada más que amigos, error que valoro en la medida en que también ha satisfecho mi propia curiosidad. Estamos destinados a ser sólo amigos. -Se pasó la yema del pulgar por los labios y le guiñó el ojo-. Mejores amigos que muchos, pero, aun así, sólo amigos.
    Eternamente agradecida al verle comportarse con tamaña elegancia, y al ver que no la había humillado aún más, Catherine forzó una sonrisa y dijo:
    – Gracias. Me alegro de que seamos amigos.
    – También yo. -Se dio una palmadita en la mandíbula-. Sólo espero que él no intente rompérmela.
    – ¿A quién se refiere? ¿Romperle qué?
    – A Andrew Stanton. Y mi mandíbula. No le haría nada feliz descubrir que la he besado -confesó con una sonrisa de oreja a oreja-. Aunque confío en que lograría convencerle para que no me golpeara hasta convertirme en polvo. Y si no, bueno… puede que él sea un hombre fuerte, pero también yo conozco unos cuantos trucos.
    Si la temperatura que encendía las mejillas de Catherine aumentaba un poco más, muy pronto empezaría a echar vapor por los poros. Retrocedió lentamente hacia la puerta abierta al tiempo que todo su ser la conminaba a la retirada.
    – Debo irme. Gracias por su amabilidad y por su comprensión.
    – Ha sido un placer. -El doctor la acompañó a la puerta principal y Catherine se alejó apresuradamente por el sendero que llevaba a villa Bickley. En cuanto tuvo la certeza de estar fuera del campo de visión del doctor Oliver, se llevó las manos a las mejillas encendidas, rezando para no sufrir ninguna enfermedad en el futuro cercano porque tendría que pasar mucho tiempo antes de que se atreviera a mirar al médico de nuevo a la cara.

    Antes de dirigirse a caballo a villa Bickley, Andrew se detuvo brevemente en el pueblo de Little Longstone para hacer algunas compras. Justo cuando estaba a punto de entrar en la herrería, le recorrió una extraña sensación. Se volvió, escudriñando la zona con atención. Filas de tiendas, varias docenas de peatones, un coche de dos caballos con un hombre y una joven sentados en el asiento, dos damas charlando debajo de un toldo de rayas azules y blancas. Nadie parecía prestarle ninguna atención especial y aun así tenía la intensa sensación de que alguien le observaba. Y era la segunda vez en lo que iba de día que experimentaba la misma sensación.
    Aproximadamente una hora antes, mientras se dirigía allí desde Londres, había sentido el mismo hormigueo de advertencia. Había detenido a Afrodita, pero no había visto ni oído a nadie. Sin embargo, la inquietante sensación persistía ahora, incluso más fuerte que antes. Aunque ¿quién podía estar observándole? ¿Y por qué? ¿Serían acaso imaginaciones suyas? No podía negar que estaba cansado y que tenía en la cabeza muchas cosas. Sin duda era todo obra de sus preocupaciones, de pronto enloquecidas. Aun así, se aseguró de permanecer alerta.
    Después de terminar sus asuntos con el herrero, se dirigió a lomos de su caballo a villa Bickley, donde estuvo unos minutos charlando con Fritzborne en los establos antes de cruzar apresuradamente los parterres de césped que llevaban a la casa, ansioso por ver a Catherine y a Spencer. Les había echado muchísimo de menos, víctima de un profundo y reverberante vacío que había hecho presa en él desde su partida de Little Longstone el día anterior. Volver a villa Bickley era como volver a casa, una cálida sensación que no experimentaba desde hacía más de una década.
    El sol de última hora de la tarde doraba la casa, iluminándola como si un halo rodeara el edificio, y aceleró el paso. Había estado fuera apenas treinta y seis horas y tenía la sensación de que habían transcurrido años. Sin duda, pues de hecho habían pasado treinta y siete horas. Y veintidós minutos. Y no es que llevara la cuenta.
    Milton abrió la puerta con un inhóspito ceño que se relajó de inmediato al ver a Andrew de pie en el umbral.
    – Ah, es usted, señor.
    Andrew arqueó las cejas y sonrió.
    – Obviamente, esperaba usted a alguien más.
    – De hecho, esperaba que no hubiera más visitas esta tarde. -Se aclaró la garganta-. Salvando la presente, por supuesto. Aunque usted no es una visita. Es un invitado. Pase, se lo ruego, señor Stanton. Verle en la puerta es un alivio que se agradece.
    – Gracias. -Andrew entró en el vestíbulo. Se le tensaron los hombros cuando notó el tremendo nuevo arreglo floral-. Al parecer el duque de Kelby ha vuelto a vaciar su invernadero.
    El fantasma de una sonrisa asomó a los finos labios de Milton.
    – Sí. Qué afortunados somos. Lord Avenbury y lord Ferrymouth han enviado tributos más pequeños, benditos sean.
    – ¿Están lady Catherine y Spencer en casa?
    – Están dando un paseo por los jardines. -Dio un profundo suspiro-. Odio enormemente molestarles.
    – No lo haga por mí.
    – No me refiero a usted, señor. -Milton inclinó la cabeza hacia el pasillo y frunció el labio superior-. Sino a ellos.
    – ¿Ellos?
    – Al duque, a lord Avenbury y lord Ferrymouth. Las notas que han enviado esta mañana con sus flores indicaban que deseaban visitarnos, aunque ninguno de ellos ha escrito que pensara hacerlo hoy.
    – ¿Y están todos en el salón?
    – Eso me temo. Les he mantenido a raya, teniéndoles de pie un rato en el porche, pero los tres eran un grupo demasiado numeroso. Y muy ruidoso. Les he sugerido con firmeza que regresen en otro momento, pero se han negando en redondo a marcharse. Hace unos instantes han amenazado con irrumpir en los jardines en busca de lady Catherine. Para evitarlo, les he hecho entrar a mi pesar en el salón y desde entonces he estado estudiando una forma de librarme de ellos que no sea la de sacarlos de aquí a sartenazos.
    – Entiendo. -Andrew se dio unas pensativas palmaditas en la barbilla-. Creo que podré serle de ayuda, Milton.
    – Le estaría inmensamente agradecido, señor.
    – Delo por hecho.
    Todavía riéndose tras la humorística imitación que su hijo acababa de hacer de un sapo, Catherine y Spencer entraron en la casa por los ventanales traseros y desde allí se dirigieron al vestíbulo. El rato en compañía de su hijo había ayudado a Catherine a poner en orden sus caóticas ideas y dar forma a una nueva resolución. Su relación con Andrew era una deliciosa y agradable diversión de la que pensaba disfrutar durante el resto del corto período de tiempo que él pasaría en Little Longstone. Cuando él regresara a Londres, ella seguiría con su vida, cuidando de Spencer, disfrutando de su independencia, libre de los gravámenes que la habían ahogado en el curso de su matrimonio. Como correspondía a toda mujer moderna actual, recordaría su aventura con entrañables recuerdos y deseando a Andrew una vida próspera y larga. Pues, aparte de ese breve interludio, sencillamente no había en su vida sitio para él.
    Mientras Spencer y ella se acercaban al vestíbulo, les llegó el sonido de varias voces masculinas.
    – ¿Quién será? -murmuró Catherine.
    Entraron en el vestíbulo por el arco situado delante de la puerta principal y Catherine se detuvo en seco como si se hubiera topado con una pared de cristal. Miró fijamente el espectáculo que tenía ante sus ojos.
    El duque de Kelby, lord Avenbury y lord Ferrymouth estaban de pie en el vestíbulo, cada uno de ellos estrechando la mano de Andrew mientras Milton estaba de pie junto a la puerta con una expresión sospechosamente pagada de sí misma en el rostro. Como si el hecho de ver a ese inesperado surtido de hombres en su vestíbulo no fuera ya de por sí sorprendente, fue la condición en que se encontraban los hombres lo que la dejó perpleja. El ojo derecho del duque estaba tan hinchado que casi no podía abrirlo, además de rodeado de un feo moratón. Lord Avenbury sostenía un pañuelo con inconfundibles manchas de sangre pegado a la nariz y lord Ferrymouth mostraba un labio inferior con tres veces su tamaño normal.
    Catherine se volvió a mirar a Spencer, quien observaba la escena con una expresión de asombro que no era sino el vivo reflejo de la suya. En ese preciso instante, lord Avenbury se volvió y la vio. En vez de dedicarle una sonrisa de bienvenida, parecía… ¿asustado? Le dio un codazo a lord Ferrymouth y a continuación señaló a Catherine con la cabeza. Los ojos de lord Ferrymouth se abrieron como platos y éste, a su vez, le sacudió un codazo al duque. Los tres la miraron fijamente durante varios segundos. En sus rostros se dibujaron varios grados de lo que parecía una clara señal de alarma. Luego mascullaron un montón de palabras ininteligibles mientras se dirigían apresuradamente hacia la puerta, que Milton abrió con florido ademán. En cuanto los caballeros salieron a toda prisa de la casa, Milton cerró dando un portazo y luego se frotó las manos como expulsándose la suciedad. Andrew y él intercambiaron sonrisas de satisfacción.
    Catherine se aclaró la garganta para encontrarse la voz.
    – ¿Qué diantre les ha ocurrido al duque, a lord Avenbury y a lord Ferrymouth?
    Ambos hombres se volvieron hacia ella. Milton recompuso de inmediato la expresión de su rostro, recuperando su habitual máscara inescrutable. Su mirada se cruzó con la de Andrew y el calor la bañó por completo. Un placer inconfundible, junto con una saludable dosis de ardor, chispeó en los ojos de Andrew, llenando la mente de Catherine con una lluvia de imágenes sensuales y provocándole un escalofrío en la columna.
    Andrew la saludó con una reverencia.
    – Es un placer volver a verla, lady Catherine. -Lanzó un guiño a Spencer-. A ti también, Spencer.
    Haciendo caso omiso del revuelo que la presencia de Andrew había provocado en su estómago, Catherine cruzó el vestíbulo con Spencer a su lado. Antes de que pudiera volver a hablar, Spencer miró a Andrew y preguntó con un susurro de absoluta perplejidad:
    – Me pregunto si… ¿las bofetadas recibidas por esos tipos son obra suya?
    Andrew se cogió de las solapas de la chaqueta al tiempo que la expresión de su rostro se tornaba muy seria
    – En el curso de mis obligaciones, me temo que así es.
    Catherine clavó en él la mirada.
    – No irá a decirme que ha utilizado los puños contra esos caballeros.
    – Muy bien, no se lo diré.
    – Dios santo. ¿Les ha golpeado?
    – Bueno, es imposible no emplear los puños en la práctica del pugilismo. Cuando los caballeros se enteraron de mi -tosió modestamente en la mano- reputación estelar en el Emporium de Gentleman Jackson, insistieron en que les diera una lección. Como eran invitados suyos, me pareció descortés negarme a su petición.
    – Entiendo. ¿Y cómo llegó a sus oídos su reputación estelar?
    – Yo mismo se la hice llegar.
    Un sonido que sólo podría haber sido descrito como una risilla salió de la garganta de Spencer.
    Catherine se tragó su propio e inapropiado deseo de echarse a reír.
    – ¿Y cómo, exactamente, ha tenido lugar todo esto?
    – Cuando he llegado de Londres -dijo Andrew- he descubierto a los tres caballeros en el salón. La verdad es que eran todo un espectáculo, posados sobre el sofá como una manada de gordas palomas en una rama, lanzándose miradas asesinas entre sí, dándose codazos, compitiendo por un poco más de sitio. Como usted no estaba en casa, me he ofrecido a recibirles en su nombre. Desgraciadamente, durante el curso de nuestra lección de pugilismo, recibieron sus heridas, que, por otra parte, carecen de importancia. -Negó con la cabeza-. Me temo que ninguno de ellos es demasiado fuerte, aunque el gancho de lord Avenbury apuntaba buenas maneras. Después de la lección, he informado a los caballeros de que he estado dando algunas lecciones a Spencer… y de que tengo intención de dárselas también a usted, lady Catherine.
    Catherine notó que se quedaba literalmente boquiabierta.
    – ¿A mí?
    – Se mostraron tan sorprendidos como usted, se lo aseguro, pero les he dicho que en realidad esas lecciones eran necesarias debido al elevado índice de criminalidad. Al fin y al cabo, la mujer moderna actual debe ser capaz de defenderse, ¿no le parece?
    Catherine no estaba segura de si estaba más horrorizada que divertida o a la inversa.
    – Supongo, aunque no imagino que el arma más efectiva de una mujer sean sus puños.
    – Precisamente por eso el elemento sorpresa funcionaría tan bien.
    – Y supongo que los caballeros habrán quedado horrorizados.
    – Mi querida lady Catherine, por su forma de seguir mi relato casi diría que estaba usted en la habitación. Sí, se han quedado muy perplejos. Espero que no estuviera usted deseosa de su compañía, porque no creo que ninguno de ellos vuelva a hacer acto de presencia en su casa.
    – ¿Ah, sí? ¿Y por qué iba a ocurrir algo semejante?
    – Porque todos le tienen miedo.
    La risa burbujeó en su garganta, y Catherine tuvo que apretar los labios con fuerza para reprimirla.
    – Bueno, personalmente me alegro de que no vuelvan -dijo Spencer-. Pesados, eso es lo que eran, intentando todos impresionar a mamá. -Sonrió a Andrew-. Y me alegro de que haya vuelto, señor Stanton.
    – También yo, Spencer.
    – Ha regresado antes de lo que esperábamos -dijo Catherine, negándose a admitir lo mucho que eso la complacía-. Espero que eso signifique que todo ha ido bien en Londres.
    – Significa que, por el momento, he hecho todo lo que he podido.
    – ¿Son muy cuantiosos los daños que ha sufrido el museo?
    – Lo son sí, pero ya se están llevando a término las reparaciones.
    – ¿Y los inversores?
    A Andrew se le tensó la mandíbula, y Catherine sintió un pellizco de compasión al ver las líneas de agotamiento que le rodeaban los ojos.
    – No están encantados, como podrá imaginar, pero espero no tardar en recuperar su confianza. He escrito a Philip, contándoselo todo. He intentado presentarle lo ocurrido de la mejor forma posible, aunque obviamente se quedará muy preocupado, lo cual a su vez no hará más que preocupar a Meredith. Y sólo hay una forma de evitar eso. -Una pesarosa mirada asomó a sus ojos y Catherine de pronto supo lo que vendría a continuación-. Por mucho que odie acortar mi visita, lamento anunciar que debo regresar a Londres mañana mismo.
    – ¿Mañana? -repitió Spencer con la voz preñada del mismo desaliento que inundaba a Catherine.
    – Sí. Pero no me iré hasta la tarde, de modo que tendremos tiempo de sobra para nuestras lecciones matinales.
    – ¿Cuándo volverá? -preguntó Spencer.
    La mirada de Andrew se posó en Catherine y a continuación sonrió a Spencer, una sonrisa, según pudo apreciar Catherine, que pareció en cierto modo forzada.
    – Tu madre y yo hablaremos de eso para ver si podemos ponernos de acuerdo en una fecha.
    – ¡Pero si es usted siempre bienvenido! -dijo Spencer-. ¿No es así, mamá?
    Catherine se quedó sin aliento ante la pregunta y su mirada voló hacia Andrew, quien a su vez la miraba con una expresión insondable. Se negaba desesperadamente a dar a Spencer falsas esperanzas de que el señor Stanton regresaría, pero no se veía capaz de obligarse a decir que Andrew no era bienvenido.
    Un pesado silencio se instaló durante varios segundos hasta que por fin dijo alegremente:
    – No te preocupes. El señor Stanton y yo discutiremos la cuestión.
    – ¿Cuándo? -insistió Spencer.
    – Esta noche -dijo Catherine. «Después de que Andrew y yo hayamos hecho el amor en las aguas. Después de que hayamos hecho el amor por última vez…»
    – ¿Estás con ánimos de tomar hoy una lección, Spencer? -preguntó Andrew.
    Catherine dejó a un lado sus inquietantes pensamientos y vio iluminarse los ojos de su hijo.
    – Sí.
    – Excelente. Pero primero tengo una sorpresa para ti. -Se volvió a mirar a Catherine-. Y también para usted, lady Catherine.
    A Catherine se le aceleró el pulso. Hasta entonces no le hacían gracia las sorpresas. En aquel momento, sin embargo, parecían gustarle mucho. Demasiado. Y antes de poder contenerse, preguntó:
    – ¿De qué se trata?
    Andrew negó con la cabeza con tristeza y luego se sacudió con gesto exagerado la chaqueta.
    – Vaya, ¿dónde habré dejado ese diccionario? -Miró a Spencer, quien intentaba, sin éxito, no sonreír-. ¿Te puedes creer que tu madre todavía desconoce el significado de la palabra «sorpresa»?
    – Resulta de lo más chocante -dijo Spencer.
    – Cierto. Por lo tanto, sugiero que vayamos a los establos lo antes posible para enseñarle a tu madre el significado de la palabra «sorpresa».
    Sin embargo, antes de que dieran un solo paso, alguien llamó a la puerta. Milton entrecerró los ojos.
    – Espero que no sean más pretendientes -masculló. Abrió la puerta, dejando a la vista a un joven criado.
    – Traigo una nota para lady Catherine -anunció el lacayo con gesto importante-. De parte de lord Greybourne.
    Catherine se adelantó y el joven le hizo entrega de la misiva con un florido gesto. Con el corazón latiéndole en el pecho, Catherine rompió rápidamente el sello y leyó atentamente el breve contenido de la nota. Levantó los ojos para mirar los rostros ansiosos que la rodeaban y sonrió.
    – Ha llegado al mundo el heredero Greybourne, un niño sano al que han llamado William. Tanto la madre como el hijo están espléndidamente, aunque Philip asegura que no volverá a ser el mismo. Jura que todo el proceso ha sido para él una prueba tan dura como lo ha sido para Meredith. -Catherine miró al techo-. Qué hombre más idiota.
    Después de que fueran expresadas las felicitaciones, Catherine se excusó brevemente para escribirle una rápida nota a Philip y enviársela de regreso con el lacayo. Luego el grupo se dirigió a los establos. Cuando llegaron, Fritzborne les saludó al tiempo que una sonrisa de oreja a oreja le dilató la boca.
    – Todo está perfectamente, señor Stanton.
    – Excelente.
    Andrew guió al grupo al interior del edificio, deteniéndose delante del tercer establo, que, como Catherine sabía ya, en raras ocasiones se utilizaba.
    – Antes de regresar hoy, he pasado por el pueblo a hacer unas compras. Mientras estaba allí, he visto algo a lo que no he podido resistirme.
    – Creía que eran las mujeres las que supuestamente son compradoras compulsivas. Aun así, parece usted poseer muy poco autocontrol en cuanto se las ve con cualquier clase de tienda -se burló Catherine.
    La mirada de Andrew, ávida y cálida, se posó en la de ella.
    – Al contrario. Poseo un exceso de autocontrol. -Guardó silencio durante unos segundos… el tiempo suficiente para encender el fuego en las mejillas de ella, dejándole claro que no solamente se refería a las compras. Luego prosiguió-. Aunque admito que me gusta comprar cosas a la gente a la que… quiero. Sin embargo, en este caso, me he comprado algo para mí en un acto de total egoísmo. ¿Qué les parece? -preguntó, abriendo la puerta del establo.
    En el rincón, y acurrucado sobre un lecho de heno fresco, dormía un cachorro de perro de pelo negro.
    – Es un perro -dijo Spencer con la voz colmada de silencioso asombro.
    – Cierto -concedió Andrew, entrando en el establo. Con suavidad cogió al pequeño cachorro en brazos y fue recompensado con un satisfecho suspiro perruno.
    – Llevo queriendo tener uno desde que tu tío Philip adquirió a Prince, un perro precioso, sin duda. ¿Te gustaría cogerlo?
    Spencer, con los ojos como platos, asintió.
    – Oh, sí, por favor.
    Con sumo cuidado, Andrew le hizo entrega del perro adormecido. Segundos más tarde, el cachorro levantó la cabeza y soltó un tremendo bostezo, dejando a la vista su lengua rosada. En cuanto vio a Spencer, de inmediato se transformó en una alborotada masa de júbilo canino y movimientos de cola, lamiendo cada centímetro de la barbilla de Spencer que pudo alcanzar, para absoluto deleite del niño, quien no podía parar de reír.
    Andrew se acercó un poco a Catherine y dijo sotto voce:
    – Me parece que a mi perro le gusta su hijo.
    – Humm. Y es evidente que a mi hijo le gusta su perro. Aunque tengo la ligera sospecha de que usted sabía…
    – ¿Qué se enamorarían en cuanto se vieran? -Sintió que Andrew se volvía a mirarla, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener la mirada fija en Spencer-. Sí, admito que lo sospeché.
    – Es fantástico, señor Stanton -dijo Spencer, aceptando los extáticos lametones del cachorro en las mejillas-. ¿Dónde lo ha comprado?
    – En el pueblo, al herrero. Me he detenido a hacer unas compras y me ha enseñado toda la camada que su perra había parido hace apenas dos meses. Seis adorables diablillos. Me ha sido muy difícil decidirme. Este pequeñín me ha elegido y el sentimiento ha sido mutuo.
    – No me cabe duda -murmuró Spencer, hundiendo la cara en el pelo rizado del perro.
    Incapaz de resistirse por más tiempo, Catherine tendió la mano y rascó al perro detrás de las orejas. Una mirada de absoluta devoción asomó a los ojos negros del cachorro.
    – Oh, eres un encanto, ¿verdad? -dijo, echándose a reír.
    – ¿Cómo se llama? -preguntó Spencer.
    – El herrero le llamaba Sombra, y lo cierto es que el nombre parece irle de perlas, pues el pequeñín no paraba de seguirme por todas partes. ¿Qué te parece?
    Spencer tendió los brazos y sostuvo al cachorro en el aire, inclinando primero la cabeza hacia la derecha y luego a la izquierda. Con la lengua rosada asomándole entre los dientes y las diminutas orejas erguidas, el cachorro imitó sus acciones, inclinando su pequeña cabeza. Todos se rieron y Catherine dijo:
    – Al parecer, Sombra es sin duda el nombre perfecto.
    – Pues sea. Y ahora, salgamos y vayamos detrás de los establos. Spencer, ¿te importaría llevar a Sombra por mí?
    Catherine no pudo contener la risa.
    – Eso es como preguntar a un ratón si le importaría comer un poco más de queso.
    Salieron juntos de los establos y Andrew les condujo hasta una gran manta extendida en el césped a la sombra de un olmo. Catherine miró con curiosidad la lona que estaba a un lado de la manta.
    – ¿Qué hay ahí debajo?
    Andrew sonrió.
    – Vamos a hacer un poco de magia. Aunque me temo que es trabajo de dos hombres. Necesito la ayuda de alguien fuerte. -Miró a su alrededor con exagerada teatralidad.
    – Yo le ayudaré -dijo Spencer entusiasmado.
    – Un voluntario. Excelente. Lady Catherine, ¿sería tan amable de vigilar a Sombra para que Spencer y yo podamos proceder?
    Catherine accedió, tomando al cachorro de brazos de Spencer.
    – Usted limítese a ponerse cómoda en la manta -dijo Andrew- mientras yo doy instrucciones a mi ayudante sobre sus deberes.
    Catherine tomó asiento en la manta y se rió de las piruetas de Sombra, que intentaba atrapar su propia cola, de soslayo, vio hablar en voz baja a Andrew y a Spencer y reparó en el arrebol de satisfacción que tiñó las mejillas de su hijo. Regresaron varios minutos después, y, con un florido ademán, Andrew retiró la lona dejando ver lo que ocultaba.
    Catherine estiró el cuello y se quedó mirando los cinco cubos de diversos tamaños que Andrew había dejado al descubierto.
    – ¿Qué hay ahí?
    – Hielo, sal, nata, azúcar y fresas -dijo, señalando cada cubo por orden. Luego indicó con una inclinación de barbilla una bolsa de tela-. Cuencos y cucharas.
    – ¡Vamos a hacer helado de fresa, mamá! -dijo Spencer.
    – ¿En serio? -Tomó a Sombra en brazos y se acercó para ver mejor-. ¿Y cómo vamos a hacerlo?
    – Usted mire -dijo Andrew-. No ha probado nada más delicioso en su vida, se lo aseguro.
    – Tomé helado de fresa en Londres el año pasado -dijo Catherine-. Era delicioso.
    – Pues éste será extraordinariamente delicioso -prometió con una sonrisa.
    Casi una hora más tarde, después de que Andrew agitara hasta el agotamiento un cubo lleno de trozos de hielo y de sal mientras Spencer removía vigorosamente un cubo lleno de nata, azúcar y fresas, Andrew por fin anunció:
    – Listo.
    Spencer, con la cara roja por el esfuerzo, soltó un fuerte jadeo.
    – Gracias a Dios. Tengo los brazos a punto de saltárseme de los hombros.
    – Como los míos -concedió Andrew-. Pero, créeme, en cuanto pruebes esto, el dolor desaparecerá.
    – Me siento terriblemente culpable -dijo Catherine-. Mientras vosotros agitabais y removíais, yo simplemente me he quedado aquí sentada disfrutando de este tiempo maravilloso.
    – Estaba vigilando a Sombra -le recordó Andrew, sirviendo enormes cucharadas de sustancia rosada en los cuencos de porcelana.
    – No es una labor difícil, sobre todo teniendo en cuenta que el diablillo ha estado durmiendo durante el último cuarto de hora. -Bajó los ojos para mirar al amasijo de pelo negro repantigado en sus rodillas e intentó, sin el menor éxito, ocultar el afecto que la embargaba-. Creo que he aburrido tanto a Sombra que se ha quedado dormido.
    – Bueno, quien aburre al perro hasta hacerle dormir sirve a la causa tanto como los que agitan y remueven -dijo Andrew, dándole un cuenco y una cuchara-. Pruébelo.
    Catherine hundió la cuchara en el cremoso preparado y se la llevó a los labios. Se le abrieron los ojos como platos de puro placer al sentir el suave y dulce escalofrío con sabor a fresa deslizarse por su garganta.
    – Oh, Dios.
    Andrew se rió. Tras servirle a Spencer una generosa porción, y hacer lo propio consigo mismo, se sentaron los tres en la manta y disfrutaron del festín.
    – Tiene razón, señor Stanton -dijo Spencer-. Es el manjar más delicioso que he probado en mi vida.
    – Apuesto a que te cura todos los males.
    – Todos -concedió Spencer.
    – ¿Dónde ha aprendido a hacer esto? -preguntó Catherine, saboreando otra deliciosa cucharada.
    – En Norteamérica. La familia dueña de los establos donde yo trabajaba solía servirlo a sus invitados. -Un fantasma de cierta emoción que Catherine no alcanzó a leer destelló en los ojos de Andrew-. Siempre que lo hacían, su hija me guardaba una ración. Un día le pregunté a la cocinera cómo se preparaba.
    Una oleada sospechosamente semejante a los celos recorrió a Catherine al pensar en Andrew sentado en una manta con la hija de su jefe, disfrutando de una delicia helada que ella le había llevado.
    – La joven que le llevaba el helado… ¿Cómo se llamaba? -preguntó Spencer, dando voz a la pregunta que Catherine no había tenido el valor de formular.
    – Emily -dijo Andrew con voz queda y bajando los ojos al cuenco.
    – ¿Era agradable?
    – Mucho. -Andrew levantó la mirada y dedicó a Spencer una pequeña sonrisa que a Catherine le resultó más triste que feliz-. De hecho, me recuerdas mucho a ella, Spencer.
    – ¿Que le recuerdo a una chica?
    Andrew se rió entre dientes al ver su expresión horrorizada.
    – No por el hecho de que fuera una chica, sino porque… se esforzaba por encontrar su lugar. No se sentía muy cómoda con la gente. De hecho, exceptuándome a mí, tenía muy pocos amigos.
    El ceño de Spencer se frunció mientras ponderaba las palabras de Andrew. Luego preguntó:
    – ¿Sigue siendo amigo de ella? ¿Se escriben todavía?
    El dolor que veló los ojos de Andrew no dejó lugar a dudas.
    – No. Murió.
    – Oh. Lo siento.
    – También yo.
    – ¿Cuándo murió?
    Andrew tragó saliva y dijo:
    – Hará unos once años. Justo antes de que me fuera de Norteamérica. Apuesto a que estaría encantada de vernos disfrutar de este banquete. Y deseaba especialmente prepararlo de fresa porque sé que es el favorito de ambos. ¿Un poco más de helado?
    – Yo sí, muchas gracias -dijo Spencer, tendiéndole el cuenco.
    El diestro cambio de tema no pasó desapercibido a Catherine, quien se preguntó si habría tras él algo más que simplemente la falta de ganas de hablar de un tema triste. El dolor que había embargado a Andrew al hablar de la tal Emily era palpable, y eso la había llenado de compasión por él. La conversación también había espoleado su curiosidad.
    Entre muchos murmullos apreciativos, cada uno disfrutó de otro cuenco de helado mientras se reían de Sombra, que acababa de despertarse y mostraba un gran interés en lo que ocurría a su alrededor.
    – Sólo queda helado para una ración más -dijo Andrew-. Dado que sé por experiencia que este es un manjar preferido por los mozos de establos, apuesto a que a Fritzborne le encantará.
    – Yo se lo llevaré -se ofreció Spencer.
    Mientras Catherine veía alejarse a su hijo hacia los establos al tiempo que el andar de Spencer formaba el familiar nudo de amor en su garganta, también se sintió aguda y dolorosamente consciente de que Andrew y ella estaban a solas.
    Se volvió a mirarle y se quedó paralizada al ver la mirada seria e irresistible que asomaba a sus ojos oscuros.
    – Te he echado de menos -dijo él con suavidad.
    Cinco sencillas palabras. ¿Cómo podía abrirse camino entre su férrea determinación con cinco sencillas palabras? Sintió que se le deshacían las entrañas y dio gracias a Dios por estar sentada, pues sintió extrañamente débiles las rodillas. Por mucho que odiara reconocerlo, también ella le había echado de menos. Más de lo que creía posible echar de menos a nadie. Mucho más de lo que le habría gustado. Y, sin duda, mucho más de lo aconsejable. Y ahora, con esas sencillas cinco palabras, temía que todos sus intentos por mantener el corazón libre de cualquier carga estaban condenados al fracaso.
    Andrew tendió la mano y, despacio, acarició con los dedos el dorso de la mano de Catherine adelante y atrás, provocándole deliciosos hormigueos en el brazo.
    – Antes me has dicho que carezco de autocontrol y quiero qué sepas lo equivocada que estás. Ni siquiera puedo describir la cantidad de control que estoy poniendo en práctica en este mismísimo instante para no besarte. Para no tocarte.
    – Me estás tocando -dijo Catherine, apenas sin aliento.
    – No de la forma que me gustaría hacerlo, te lo aseguro.
    El calor se le acumuló en el estómago y un torrente de sensuales imágenes de todos los modos seductores en que él la había tocado restallaron en su mente.
    – ¿Todavía deseas que nos encontremos esta noche en los manantiales, Catherine?
    – Sí. «Desesperadamente.» ¿Y tú?
    – ¿De verdad necesitas preguntarlo?
    – No. -Fácilmente podía leer el deseo en sus ojos. Y, si no cambiaba de tema, corría el peligro de decir o hacer algo que muy bien podría lamentar después.
    – Esto -Catherine extendió la mano para indicar la zona del picnic y la colección de cubos- ha sido una agradable sorpresa. Y un gran detalle de tu parte.
    – Me alegro de que te haya gustado.
    – Debo confesar que también yo tengo una sorpresa para ti.
    – ¿De verdad? ¿Cuál?
    Catherine le lanzó una mirada agraviada.
    – ¿Qué estás diciendo siempre de un diccionario?
    Andrew se rió.
    – Touché. ¿Cuándo será desvelada mi sorpresa?
    – ¿Siempre eres tan impaciente?
    Sus ojos se oscurecieron.
    – A veces.
    Cielos, Catherine lamentó no tener con ella su abanico para aliviar el calor que ese hombre le inspiraba.
    – De hecho, quizá te sea desvelada ahora mismo. -Deslizó un paquetito plano de papel tisú atado con un lazo de satén azul del bolsillo del vestido y se lo entregó.
    Un inesperado placer parpadeó en los ojos de Andrew.
    – ¿Un regalo?
    – No es nada -dijo Catherine, de pronto sintiéndose muy tímida.
    – Al contrario. Es extraordinario.
    Se rió.
    – Pero si todavía no lo has abierto.
    – Eso no tiene importancia. Sigue pareciéndome extraordinario. ¿Cómo es que tenías esto en el bolsillo?
    – Lo he cogido de mi habitación después de escribirle la nota a Philip… antes de reunirme contigo en el vestíbulo.
    Andrew deshizo el lazo, abrió el papel tisú y a continuación sacó del paquete el cuadrado de lino blanco.
    – Un pañuelo. Con mis iniciales bordadas.
    Con la mirada clavada en el tejido, pasó con suavidad el pulgar por las letras bordadas en oscura seda azul que obviamente habían sido obra de una mano inexperta.
    – La noche que pasamos en el jardín -dijo Catherine, cuyas palabras surgieron de su garganta en un torrente-, cuando me mostraste los corazones sangrantes, no tenías pañuelo cuando creíste que lloraba, y no es que llorara, perdona que te lo recuerde. Pero, como no tenías ninguno, creí que quizá podrías utilizar éste.
    Andrew no dijo nada durante varios segundos, limitándose simplemente a acariciar las letras con el pulgar. Luego, con voz ronca, dijo:
    – No te gusta bordar y aún así has bordado esto para mí.
    Una risa tímida escapó de labios de Catherine.
    – Lo he intentado. Como puedes ver, la labor de aguja no es mi fuerte.
    Andrew levantó los ojos y su mirada capturó la de ella. El placer que le produjo el regalo de Catherine era más que evidente.
    – Es hermoso, Catherine. El regalo más hermoso que me han hecho nunca. Gracias.
    Sintió que la inundaba una cálida oleada que al instante se transformó en calor cuando la mirada de Andrew se posó en sus labios. Contuvo entonces el aliento, anticipando el roce de sus labios contra los suyos, la voluptuosidad del sabor de él, la sedosa caricia de su lengua.
    Sombra eligió ese momento para dejarse caer delante de ella, panza arriba con las pezuñas dobladas, suplicando desvergonzadamente ser acariciado. Sobresaltada, Catherine recordó dónde estaban y al instante apartó la atención de la distrayente mirada de Andrew. Para delicia del pequeño, pasó los dedos sobre la suave panza del cachorro mientras Andrew se metía su pañuelo nuevo en el bolsillo.
    – Eres consciente de que ahora Spencer querrá un perro.
    – ¿Tan terrible sería eso?
    Catherine lo pensó bien antes de dar una respuesta y luego dijo:
    – Aunque tanto a Spencer y a mí nos encantan los perros, siempre me ha dado miedo tener uno.
    – ¿Porque creías que quizá el perro se abalanzaría sobre él? ¿Que lo tiraría al suelo?
    – Sí. -Catherine alzó la barbilla-. Sólo intentaba mantener a Spencer a salvo.
    – No pretendía criticarte. De hecho, cuando era pequeño, creo que fue una decisión sabia y prudente. Pero Spencer ya no es un niño.
    – ¿Y un hombre debería tener un perro?
    – Sí, creo que debería.
    – No ha vuelto a sacar el tema desde hace unos años… aunque sospecho que eso está a punto de cambiar.
    Andrew le tomó la mano y ella reprimió un suspiro de placer al sentir esos dedos callosos cerrándose alrededor de los suyos.
    – He visto a los padres de la camada, y ninguno de los dos perros era grande. Fritzborne ha mencionado que le encantaría tener un perro en los establos si no quisieras al animal dentro de la casa. Dice que un perro mantendría a todos esos gatos a raya.
    Catherine lo meditó durante unos instantes y luego dijo:
    – No te negaré que Spencer ya no es un niño. Y que es cuidadoso. Y fuerte. Un joven como él merece un cachorro si lo desea. -Negó con la cabeza-. Todo parece estar cambiando, y muy deprisa. Juro que parece que fue ayer cuando no era más que un bebé en mis brazos.
    – Sólo porque algo parezca estar cambiando deprisa, no significa que sea malo, Catherine. Según mi experiencia, normalmente significa que esas cosas son… inevitables. -Antes de que a ella se le ocurriera algo que responder, añadió-: Aquí llega Spencer. -Retiró su mano con obvia reticencia y luego se la metió en el bolsillo del chaleco y sacó el reloj. Tras consultar la hora, miró a Catherine con una expresión que la abrasó-. Siete horas y treinta y tres minutos hasta la medianoche, Catherine. Rezo para poder aguantar tanto.
    No era él el único que rezaba esa oración en particular. Esa noche la aventura entre ambos alcanzaría su inevitable fin. Un poco antes de lo que ella había anticipado, pero sin duda sería lo mejor.
    Sí, sin duda.

Capítulo 18

    Hay puntos sutiles y menos obvios en el cuerpo de todo hombre y de toda mujer que, al ser tocados, besados, acariciados y frotados provocan sensaciones intensas y placenteras. Por ejemplo, la zona lumbar. La nuca. Los lóbulos de la oreja. La cara interna de la muñeca y de los codos. Las pantorrillas. La parte interna de los muslos. La mujer moderna actual debería esforzarse por descubrir todos los puntos deliciosamente sensibles del cuerpo de su amante y asegurarse de que él descubra todos los suyos…

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Andrew se dirigió a los manantiales, intentando desbrozar el nudoso problema que todavía parecía no tener solución. ¿Qué hacer con Catherine?
    Naturalmente, sabía perfectamente lo que quería hacer, había dado pasos hacia ese fin en Londres, aunque todos sus instintos le advertían de que era demasiado pronto para declarar su amor y pedirle su mano. Por enésima vez maldijo los hados que le obligaban a marcharse al día siguiente. A pesar de que había hecho progresos obvios, no había tenido tiempo suficiente para ganarse su corazón. Para convencerla de que cambiara su opinión sobre el matrimonio. Para encontrar algún modo de contarle la verdad sobre su pasado. Rezar para que esa información no la volviera contra él. Necesitaba tiempo, algo que desgraciadamente no tenía.
    También necesitaba paciencia, que cada vez le resultaba más difícil reunir. Había deseado a esa mujer, la había amado desde lo que se le antojaba una eternidad. Todo en su interior se revelaba contra la idea de tomarse meses y meses para cortejarla despacio. La deseaba de inmediato.
    Temía que todo el terreno ganado hasta la fecha se perdiera al marcharse. Ella sólo deseaba una relación a corto plazo. Él sospechaba que en cuanto Catherine volviera a su rutina habitual, no estaría dispuesta a invitarle de nuevo a Little Longstone. Lo cierto es que una visita de esas características bien podía convertirse en fuente de habladurías. Una cosa era quedarse unos cuantos días tras haberla escoltado hasta su casa para que no tuviera que viajar desde Londres sola. Otra muy distinta era realizar viajes de regreso simplemente para visitarla.
    Cuando se aproximaba ya a la última curva del sendero antes de llegar a los manantiales, el chasquido de una pequeña rama llamó su atención. Lo primero que pensó fue que se trataba de Catherine, pero a continuación percibió un leve olor a tabaco. Se tensó y se volvió apresuradamente, pero con un segundo de retraso. Algo se estrelló contra la parte posterior de su cabeza y su mundo se fundió en negro.

    Catherine estaba de pie al borde de los manantiales, mirando el agua templada y suavemente burbujeante, esperando la llegada de Andrew. Se había envuelto en su propia resolución como en una armadura, atándose con fuerza el corazón para evitar cualquier riesgo de que éste escapara a sus confines. Durante años había estado satisfecha con su existencia solitaria, compartiendo su vida con Spencer, disfrutando de las aguas y de sus jardines y de su amistad con Genevieve. La presencia de Andrew amenazaba con invadir el puerto seguro que se había construido allí, removiendo todos esos sentimientos confusos, los anhelos y deseos que ella no albergaba. Necesitaba desesperadamente recuperar el equilibrio. Después de esa noche, así lo haría. Esa noche les pertenecía a ella y a Andrew. Al día siguiente cada uno seguiría su camino. Y así era como ella lo quería.
    El sonido amortiguado de una pequeña rama al romperse la despertó de su ensueño y el corazón le dio un vuelco de pura anticipación. Segundos después, oyó lo que le pareció un golpe sordo seguido de un suave gemido, al que siguió un segundo golpe.
    – ¿Andrew? -llamó con voz queda. Sólo le respondió el silencio. Se puso de puntillas y atisbó por encima del murete de piedra que dibujaba una curva alrededor de los manantiales, y miró hacia el sendero oscuro. Sólo pudo ver negras sombras, y, a pesar de quedarse escuchando varios segundos, no oyó nada salvo el crujido de las hojas en la suave brisa. ¿Habría imaginado aquel sonido? ¿O quizá Andrew había tropezado con una rama o con la raíz de un árbol en la oscuridad?
    – ¿Andrew? -volvió a llamarle, esta vez elevando un poco la voz. Silencio. Maldijo el hecho de no haber llevado con ella una linterna, pero conocía tan bien el sendero que conducía a los manantiales que podía recorrerlo con los ojos cerrados. Además, no había querido arriesgarse a que nadie viera la luz desde la casa. ¿Andrew habría también intentado evitar ser descubierto y habría resultado herido como consecuencia de ello?
    Catherine salió de detrás de las rocas y caminó apresuradamente por el sendero. En cuanto dobló la curva vio el cuerpo estirado boca abajo en el suelo.
    – ¡Andrew! -Con el corazón en la boca, corrió hacia él, rezando para que no estuviera malherido. Justo en el momento en que llegó hasta él, se vio sujetada brutalmente desde atrás. Un fuerte brazo la agarró por debajo del pecho, aprisionándole los brazos a los costados, y tiró de ella hacia atrás, levantándola del suelo. Catherine logró chillar una vez antes de que su agresor le tapara la boca con la otra mano.
    Catherine pateó y se revolvió con fiereza, pero no tardó en resultarle obvio que nada podía hacer contra la fuerza superior de ese hombre. El hombre medio la arrastraba y medio cargaba con ella hacia los manantiales. Alejándola de Andrew.
    Andrew. Dios mío. Debía de haber sido víctima de aquel rufián. ¿Seguiría vivo? Redobló sus frenéticos esfuerzos, retorciéndose, pateando, aunque en vano mientras era arrastrada, cada vez más cerca del agua.

    Unos sonidos lejanos que se elevaban y se desvanecían como una fuerte marea se colaban entre la densa niebla que cubría la mente de Andrew. Un espantoso dolor le palpitaba tras los ojos y, con un esfuerzo hercúleo, logró abrir los párpados. Parpadeó y miró… ¿el cielo oscuro?
    Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para empujarse hasta lograr sentarse, esfuerzo que le obligó a cerrar los ojos para contener la náusea y los agudos alfilerazos que radiaban desde su cabeza. Respiró hondo varias veces, intentando asimilar lo ocurrido y comprender por qué demonios le dolía tanto la cabeza. Iba de camino a los manantiales. A encontrarse con Catherine. Un ruido a su espalda. Luego… alguien atacándole desde atrás. Se le abrieron los ojos de golpe. Catherine.
    Un sonido rasposo, seguido de un gruñido amortiguado, procedente de la zona cercana a los manantiales, captó su atención y Andrew se obligó a levantarse. Dio unos cuantos pasos a trompicones y tuvo que pegar la palma de la mano contra el tronco de un árbol durante varios segundos hasta que hubo pasado el mareo y recuperó el equilibrio. En cuanto se le aclaró la vista, se movió silenciosamente por el sendero. Al rodear la curva, el espectáculo con el que se encontró paralizó todas y cada una de sus entrañas: la respiración, la sangre, el corazón.
    Catherine, quien se debatía con todas sus fuerzas, era arrastrada tras las altas rocas que rodeaban los manantiales por una figura vestida de oscuro. Desaparecieron de su vista y Andrew echó a correr hacia delante. Cuando apenas había dado media docena de pasos, oyó gritar a Catherine. Su chillido quedó silenciado por un fuerte chapoteo.
    Con la sangre latiéndole en los oídos, Andrew corrió hacia el lugar de donde procedía el ruido. Rodeó las rocas y al instante evaluó la situación. El bastardo miraba las burbujeantes aguas del manantial. Sin duda había empujado a Catherine al agua, pues no se la veía por ninguna parte. Y no había asomado a la superficie…
    Con un rugido de rabia, Andrew cogió al hombre por el cuello de la camisa y lo levantó del suelo. Las miradas de ambos se encontraron y una sacudida de reconocimiento recorrió a Andrew de la cabeza a los pies.
    – Es usted, bastardo -gruñó. Su puño destelló, estampándose contra la nariz del hombre. Luego lo lanzó de espaldas contra las rocas. El cuerpo del hombre colisionó con un golpe sordo. Cayó entonces al suelo con un gemido y la cara cubierta de sangre.
    Andrew no esperó a ver al bastardo dar contra el suelo. Saltó al burbujeante manantial. El agua tibia se cerró sobre su cabeza y luchó contra el pánico que se adueñó de él, atornillándole entre sus garras. Sus pies dieron contra algo duro y desde allí se impulsó hacia arriba. Su cabeza quebró la superficie e inspiró aire entre jadeos al tiempo que sus pies se aposentaban en el fondo y el agua tibia se arremolinaba alrededor de su pecho.
    Se adentró vadeando en el estanque, agitando las manos dentro del agua y escudriñando frenético la superficie. A un par de metros por delante de él vislumbró lo que parecía un trozo de material oscuro. Se lanzó a cogerlo y tiró de él.
    Era Catherine. Su vestido. Tiró de ella hacia arriba, sacándole la cabeza del agua. Catherine quedó colgando como un trapo mojado entre sus brazos.
    – Catherine. -Su voz sonó como un afilado chirrido. Acunándola con un brazo, con el agua arremolinándose alrededor de los dos, le apartó el pelo mojado del rostro. Sus dedos percibieron un bulto justo encima de su oreja y se le tensó la mandíbula. Debía de haberse golpeado la cabeza cuando aquel bastardo la había tirado al agua.
    – Catherine… por favor, Dios mío… -La sacudió suavemente y le dio firmes palmadas en las mejillas, apremiándola para que respirara, incapaz él mismo de respirar mientras miraba su rostro pálido, mojado e inmóvil. La atrajo más hacia él, apretándola contra su cuerpo, susurrando su nombre, suplicándole que respirara. Que abriera los ojos.
    De pronto ella tosió. Volvió a toser. Y entonces jadeó, intentando tomar aliento.
    – Así -dijo Andrew, dándole fuertes palmadas entre los omóplatos. Tras varias toses ahogadas más, sus párpados revolotearon hasta abrirse del todo y lo miró con una expresión confusa. Pestañeó y levantó una temblorosa mano mojada a su mejilla.
    – Andrew.
    Aquel ronco susurro fue el sonido más hermoso que él había oído en su vida.
    – Estoy aquí, Catherine.
    – Estabas herido. Pero estás bien.
    Sin duda no lo estaba. En una décima de segundo había estado a punto de perder todo lo que le importaba en la vida.
    El temor asomó a los ojos de Catherine, que se encogió en sus brazos.
    – Hay un hombre, Andrew. Me cogió, y debe de haberte herido.
    – Lo sé. Es…
    La mirada de Andrew quedó congelada en el lugar vacío donde había visto por última vez al agresor deslizarse al suelo contra el murete de roca. En su desesperado intento por salvar a Catherine se había olvidado por un instante del bastardo. Era evidente que sólo lo había aturdido. Rápidamente barrió la zona con la mirada, pero no vio nada.
    – Se ha ido. -Sujetando bien a Catherine contra su pecho, vadeó hasta el borde del manantial y la dejó con sumo cuidado en el suave bordillo de roca. Catherine ya se había puesto de pie cuando Andrew salió del agua.
    – ¿Puedes andar? -preguntó Andrew, alternando su vigilante mirada entre el rostro de ella y las inmediaciones.
    – Sí.
    Sacó el cuchillo que llevaba en la bota, maldiciéndose por no habérselo clavado al bastardo cuando había tenido ocasión, pero todos sus pensamientos se habían concentrado en llegar a Catherine antes de que fuera demasiado tarde. Y a punto había estado de serlo.
    – Le he herido -le susurró Andrew al oído-, aunque obviamente no lo suficiente. Espero que esté por ahí lamiéndose las heridas y que no vuelva a intentarlo esta noche, pero no puedo estar seguro de ello. Volveremos lo más deprisa y lo más silenciosamente posible a casa. No me sueltes la mano.
    Catherine asintió. Con el cuchillo en una mano y agarrando con firmeza la mano mojada de Catherine con la otra, echaron a andar por el oscuro sendero. Veinte minutos más tarde, llegaron a la casa sin sufrir ningún otro incidente.
    Tras cerrar con llave la puerta al entrar, Andrew encendió una lámpara de aceite y se tomó un momento para examinar el bulto que Catherine tenía en la cabeza. Catherine se estremeció cuando los dedos de él palparon el punto sensible de la herida, pero enseguida le tranquilizó.
    – Estoy bien.
    – De acuerdo. Quiero registrar y asegurar bien la casa. -Encendió otra lámpara y se la dio a ella-. No te apartes de mi lado. -No estaba dispuesto a perderla de vista.
    – Quiero ir a ver si Spencer está bien -dijo Catherine con los ojos colmados de angustia.
    – Bien, eso es lo primero -concedió Andrew, empezando a subir las escaleras.
    Después de asegurarse de que Spencer estaba a salvo, susurró:
    – Quédate aquí con él. Quiero echar un vistazo al resto de habitaciones. Cierra la puerta con llave cuando yo salga y sólo ábreme a mí. -Sacó entonces el cuchillo-. Coge esto.
    Catherine abrió los ojos como platos y tragó saliva audiblemente. Pero aceptó el arma con expresión decidida en su mirada.
    – Ten cuidado -susurró.
    Andrew asintió y luego salió de la habitación. En cuanto oyó el chasquido de la puerta al cerrarse a su espalda, se dirigió a su habitación. Cuando se hubo asegurado de que nadie acechaba en su dormitorio, sacó la pistola y otro cuchillo de la funda de cuero que guardaba en el fondo del armario.
    – Ahora estoy preparado para enfrentarme a ti, maldito. -Docenas de preguntas zumbaban en su cabeza, la más persistente de las cuales era «¿Por qué?», aunque las respuestas tendrían que esperar.
    Se metió el cuchillo en la bota, cogió la lámpara de aceite con una mano, acomodó el reconfortante peso de su pistola en la otra, y salió a registrar y a asegurar la casa.

    Catherine se quedó en la habitación de Spencer, agarrada al cuchillo, aguzando el oído ante cualquier sonido extraño y sin apartar la mirada en ningún momento del rostro de su hijo, que quedaba suavemente iluminado por la lámpara de aceite que había colocado en su escritorio. La ropa mojada se le pegaba al cuerpo como una incómoda segunda piel, y apretó los labios con fuerza para impedir que le castañetearan los dientes. No estaba segura de si los escalofríos que la recorrían eran más el resultado de estar aterida o de la conmoción provocada por el susto de esa noche.
    Spencer se movió en la cama, soltó un pequeño suspiro, volvió a relajarse y Catherine cerró con fuerza los ojos. Había creído que el peligro había pasado, estaba convencida de que el disparo del que había sido víctima en Londres fue un accidente fortuito, en absoluto relacionado con la Guía ni con Charles Brightmore, pero obviamente se equivocaba. Dios santo, ¿qué había hecho? La culpa y la autorrecriminación le ataron un nudo corredizo al cuello, estrangulándola. Andrew podía fácilmente haber sido asesinado. Ella podría haberse ahogado. Y sólo Dios sabía qué clase de amenaza habían forjado sus actos sobre su familia.
    Mantuvo su silenciosa vigilia mientras el corazón se le aceleraba con cada crujido de la casa, rezando por la seguridad de Andrew. Cuando por fin oyó que llamaban con suavidad a la puerta, las rodillas le temblaron de puro alivio.
    – Catherine, soy yo -se oyó la voz queda de Andrew desde el pasillo.
    Sosteniendo en alto la lámpara de aceite, abrió la puerta, totalmente convencida de no haberse sentido más aliviada de ver a alguien en toda su vida. Andrew le indicó que se uniera a él en el pasillo. En cuanto lo hizo, cerró con cuidado la puerta de la habitación de Spencer, luego la llevó en silencio directamente a la habitación de Catherine. Cuando la puerta se cerró tras ellos y se vieron al amparo de la intimidad, Andrew dejó las lámparas de ambos sobre la repisa de mármol que coronaba la chimenea y la estrechó entre sus brazos.
    Catherine deslizó sus brazos alrededor de la cintura de él y apoyó la cabeza sobre su pecho, absorbiendo los intensos y acelerados latidos de su corazón contra su mejilla.
    – La casa no corre peligro -dijo Andrew con suavidad, cálidas palabras contra las sienes de ella-. Está libre de intrusos. He cerrado bien todas las puertas y ventanas. He despertado a Milton, le he informado de lo ocurrido y le he dado instrucciones de que informe a su vez al resto del servicio por la mañana. -Se inclinó hacia atrás y con el dedo alzó la barbilla de Catherine-. Sé quién ha hecho esto, Catherine. Le he visto. Le he reconocido. Y te juro que lo encontraré.
    – ¿Quién es?
    – Un hombre llamado Sydney Carmichael.
    Catherine frunció el ceño.
    – Estuvo presente en la fiesta de cumpleaños de mi padre y en la velada celebrada por el duque.
    – Sí. Es, o mejor dicho, era uno de los potenciales inversores del museo. Hablé ayer mismo con él en Londres. -Un profundo ceño le arrugó la frente-. A pesar de la oscuridad, sé que era él. Lo que no entiendo es por qué haría algo así. Ni siquiera había donado fondos para el museo, de modo que no puede lamentar la pérdida de una sola libra.
    A Catherine el estómago le dio un vuelco. Lamentaba tener que decírselo, pero no tenía elección. Inspiró hondo y dijo:
    – Temo que yo sí sé por qué, Andrew.
    La mirada de él se aguzó, pero en vez de exigir una explicación inmediata, dijo:
    – Estoy ansioso por saber lo que piensas, pero antes tenemos que ponerte ropa seca para que no enfermes. Date la vuelta.
    Por primera vez, Catherine reparó en que él se había cambiado de ropa y se había puesto una camisa de lino y unos pantalones limpios. Se volvió y sintió cómo él le desabrochaba hábilmente la fila de botones de la espalda del vestido. Después de que él la ayudara a quitarse el vestido y la ropa interior mojados, Catherine se hizo con un camisón, un salto de cama y unas zapatillas. Mientras Andrew colocaba su ropa mojada en el respaldo de un sillón de orejas y avivaba el fuego, que para entonces apenas ardía en la chimenea, ella se vistió rápidamente.
    Tras anudarse el salto de cama a la cintura, Catherine se encaminó a la chimenea, donde se tomó un instante para dejar que las llamas terminaran de liberarla de los últimos escalofríos. Cuando entró en calor, se volvió hacia Andrew. El fuego envolvía la estancia en un parpadeante halo dorado, tiñendo los rasgos de Andrew de contrastados marcos de sombra y de luz. Tenía los ojos serios y preñados de preguntas mientras la observaban, aunque no decía nada, esperando pacientemente a que ella hablara.
    Juntando las nerviosas manos a la altura de la cintura, Catherine dijo:
    – No estoy segura de cómo decirte esto, como no sea decírtelo tal como es. Sabes bien que hay mucha gente que se ha sentido airada por la Guía femenina y que existe un gran interés por el autor.
    – Sí.
    – Y que se han emitido amenazas contra la vida de Charles Brightmore.
    Andrew entrecerró los ojos.
    – ¿Amenazas contra su vida? ¿Y tú cómo lo sabes?
    – Oí hablar a lord Markingworth, a lord Whitly y a lord Carweather durante la fiesta de cumpleaños de mi padre. Dijeron que querían ver muerto a Charles Brightmore y también les oí mencionar a un investigador al que habían contratado para dar con él. Ahora veo con claridad que el tal señor Carmichael es el hombre al que contrataron, y esta noche a punto ha estado de llevar a buen puerto su misión. Una vez más. -La mirada de Catherine se clavó en la de él-. Yo soy Charles Brightmore, Andrew. Fui yo quien escribió la Guía y quien la publicó bajo seudónimo.
    De todas las reacciones que hubiera podido esperar, ninguna se acercaba a esa… calma inmutable.
    – Debo decir que no pareces muy sorprendido.
    – Confieso que no lo estoy, puesto que albergaba mis sospechas. El lapsus verbal que tuviste la otra noche me puso en sobreaviso. Esta mañana he visitado a lord Bayer antes de salir de Londres.
    – ¿A mi editor? -preguntó Catherine, perpleja-. Pero sin duda no me habrá identificado como Charles Brightmore.
    – No. Yo sabía que no lo haría y tampoco deseaba pillarme los dedos preguntándoselo directamente. Sin embargo, cuando mencioné casualmente tu nombre durante nuestra conversación, el señor Bayer se tiñó de un interesante tono rosáceo. Y cuando mencioné otro nombre, se sonrojó definitivamente.
    – ¿Otro nombre?
    – Sin duda no escribiste la Guía tú sola. A juzgar por la gran cantidad de «primeras veces» que hemos compartido, era tarea imposible. Alguien más estaba implicado… y mis sospechas recaían en tu amiga, la señora Ralston.
    Dios santo. Aquel hombre era demasiado listo. Un rasgo admirable, aunque en ese caso en particular también alarmante.
    – Puesto que tanto el señor Carmichael como tú habéis sido capaces de desvelar la verdadera identidad de Charles Brightmore, es sólo cuestión de tiempo que alguien más lo descubra y que todo Londres se entere.
    – No sabría decirte si Carmichael estaba investigando por cuenta propia o ajena, pero sin duda no es él el hombre contratado por lord Markingworth, Whitly y Carweather.
    – ¿Y qué te hace pensar eso?
    – Porque yo soy el hombre al que contrataron.
    Catherine sintió literalmente que la sangre le abandonaba la cara y de pronto se acordó de por qué nunca le habían gustado las sorpresas. Precisamente porque eran tan condenadamente… sorprendentes. De haber podido, se habría reído de la ironía.
    Se aclaró la garganta para localizar su voz.
    – Bien, en ese caso mi confesión no ha hecho sino facilitar tu misión.
    Andrew arqueó las cejas.
    – De hecho, me coloca en una posición muy incómoda. Tenía muchas ganas de hacerme con la recompensa que me habían ofrecido.
    – ¿Recompensa? ¿Cuánto?
    – Quinientas libras.
    Catherine se quedó boquiabierta.
    – Pero eso es una fortuna.
    – Lo sé. -Andrew se pasó las manos por la cara y soltó un prolongado suspiro-. Tenía planes para ese dinero. -Antes de que ella pudiera preguntar qué clase de planes, él prosiguió-: Naturalmente, no debes temer que revele tu identidad.
    – Gracias, aunque creo que tu silencio es en vano, pues es obvio que el señor Carmichael también sabe la verdad.
    La mandíbula de Andrew se tensó.
    – Si sabe lo tuyo, también es muy posible que esté al corriente de la implicación de la señora Ralston.
    Catherine se llevó las manos a las mejillas al tiempo que la culpa la abofeteaba.
    – ¿Cómo no he pensado en eso antes? Genevieve también corre peligro. Debemos avisarla.
    – Estoy de acuerdo. Pero no voy a permitir que salgas de aquí, y yo no voy a dejarte. Milton puede informarla de los acontecimientos de esta noche y avisarla, a ella y a su servicio, para que estén en guardia. Puede llevarse con él a un criado y a Fritzborne para que le sirvan de protección. -Le apretó la mano-. Estaré aquí en unos minutos. Caliéntate delante del fuego, y…
    – No abras la puerta hasta mi regreso -añadió Catherine, terminando la frase por él con una débil sonrisa.
    Andrew regresó diez minutos más tarde y dijo:
    – Están de camino hacia la casa de la señora Ralston.
    El alivio logró disminuir un poco la ansiedad de Catherine.
    – Gracias.
    – De nada. Y ahora, volvamos a tu implicación en la Guía. ¿Debo entender que el libro fue idea de la señora Ralston?
    Catherine asintió.
    – Me dijo que quería escribir un libro, pero que el paralizante dolor que sufre en las manos le impedía hacerlo. Me ofrecí a ser sus manos.
    Incapaz de permanecer quieta por más tiempo, empezó a caminar de un lado a otro delante de él.
    – Resultó muy estimulante escribir las palabras que Genevieve me dictó e implicarme en el proyecto. Hacía años que nadie, aparte de Spencer, me necesitaba, y disfruté lo indecible sintiéndome útil. Y, en cuanto al contenido, lo encontré fascinante. Estimulante. Y demasiado familiar. Para mí supuso una gran satisfacción saber que estaba ayudando a dar a las mujeres una información que yo hubiera deseado conocer antes de casarme. Y confieso que me produjo un perverso placer la idea de escandalizar a todos esos hipócritas. Disfrutaba con la idea de infligir anónimamente un castigo por el modo cruel con el que tanta gente había tratado a Spencer.
    Guardó silencio y giró sobre sus talones para mirarle directamente.
    – ¿Sabes acaso lo que aquellos a los que consideraba mis amigos susurraban a mi espalda cuando nació Spencer? ¿Lo que mi propio esposo me dijo a la cara? -Sus manos se cerraron en dos tensos puños-. Que no había esperanza para él. Que su deformidad era espantosa, y que sin duda su cerebro estaría tan deforme como su pie. Que no merecía heredar el título. Que habría sido mejor que hubiera muerto. -La voz se le quebró al pronunciar la última palabra. Ni siquiera se dio cuenta de que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas hasta que una gota le cayó en la mano.
    Andrew se acercó a ella y acunó su rostro entre sus palmas, enjugándole las mejillas mojadas con los pulgares.
    – No sabes cuánto siento que Spencer y tú hayáis tenido que soportar una crueldad tan innombrable como esa.
    – Lo único que yo veía era mi dulce y hermosa criatura -susurró Catherine-, con los ojos llenos de un dolor que nada tenía que ver con su enfermedad cada vez que algún miembro «distinguido» de la sociedad le rechazaba.
    Inspiró hondo, estremeciéndose.
    – Pero nunca, ni en mis más enloquecidas imaginaciones, se me ocurrió que, al escribir la Guía, me estaría poniendo, no sólo a mí sino también a mi hijo, en peligro. -Levantó su mano vacilante y se la llevó a la cara-. Y a ti, Andrew. Obviamente, el señor Carmichael deseaba esta noche hacerme daño. Cuando te has interpuesto en su camino, te ha atacado a ti. Podría haberte matado.
    Andrew volvió la cabeza para depositar un fervoroso beso en la palma de su mano.
    – Tengo la cabeza muy dura. Y es evidente que también Carmichael. Creía que había terminado con él.
    – Carmichael -repitió ella, frunciendo el ceño-. ¿Acaso no es él el hombre que identificó a la persona que me disparó?
    – Sí. Una pequeña coincidencia. Y no creo demasiado en las coincidencias. A juzgar por cómo nos ha atacado esta noche, estoy seguro de que Carmichael tiene algo que ver con el disparo. A fin de desviar las sospechas que pudieran apuntar hacia él, afirmó ser testigo e identificó a otra persona como el autor del disparo. El hombre que fue arrestado no ha dejado de clamar su inocencia.
    Catherine sintió un escalofrío. Se apartó de Andrew y se envolvió entre sus propios brazos.
    – No puedo creer que la Guía, por muy escandalosa que sea, lleve a nadie al asesinato. Me has salvado la vida.
    – No sabes cuánto me alivia saber que haya salido así. Podría perfectamente habernos matado a los dos.
    – ¿A qué te refieres?
    – Si el agua del manantial hubiera sido un poco más profunda, me temo que las cosas no habrían salido tan bien. Yo… no sé nadar.
    Catherine le miró fijamente.
    – ¿Cómo dices?
    – Que no sé nadar. No sé dar una sola brazada. Spencer se ofreció a enseñarme. Durante una lección, invertimos casi todo el tiempo en convencerme simplemente para que me quedara de pie en el agua. -Guardó silencio durante unos segundos y luego añadió en voz baja-: Mi padre murió ahogado. Siempre me ha dado miedo el agua.
    La zona que rodeaba el corazón de Catherine se contrajo para volver a expandirse.
    – Aún así, no dudaste en ningún momento en tirarte al agua para salvarme.
    Andrew tendió los brazos y la cogió con suavidad de los hombros.
    – Mi querida Catherine, ¿acaso todavía no te has dado cuenta de que por ti sería capaz de caminar sobre el fuego?
    Se le inflamó la garganta. Sí, claro que sí. Estaba todo ahí, en sus ojos, las emociones de Andrew desnudas para que ella pudiera verlas. Emociones para las que no estaba preparada. Emociones que la asustaban. Que la aterraban.
    – Yo no… no sé qué decir -murmuró.
    – No tienes que decir nada. Sólo escucha. -Y tomándola de la mano fueron hasta el sofá, donde se sentó e hizo que ella se sentara a su lado-. Tengo algo que decirte, Catherine. Algo que llevo viviendo en agónico silencio, pero que, después de haber estado a punto de perderte esta noche, ya no puedo callar más.
    Catherine se quedó paralizada. Dios santo, ¿acaso iba a decirle que la amaba? O peor aún, ¿pedirle que se casara con él?
    – Andrew, yo…
    – Es sobre mi pasado.
    Catherine parpadeó.
    – Ah.
    Un músculo palpitó en la mandíbula de Andrew y sus ojos, normalmente firmes, reflejaron tal tormento y tal dolor que a Catherine se le encogió el corazón de pura compasión.
    – Sin duda, lo que deseas decirme te resulta muy difícil, Andrew. -Puso la mano sobre la de él en lo que esperó fuera un gesto tranquilizador-. Por favor, no te aflijas. No tienes por qué contármelo.
    La mirada de Andrew se posó en la mano de ella que estaba sobre la suya. Tras varios segundos, sacudió la cabeza y se levantó para quedarse de pie delante de ella.
    – Desearía de todo corazón que no fuera necesario, pero tienes derecho a saberlo. Necesito que lo sepas.
    Pareció darse ánimos antes de seguir y a continuación la miró directamente a los ojos.
    – Cuando, hace once años, me fui de Norteamérica, lo hice porque había cometido un crimen. Me escapé del país para evitar que me colgaran.
    – ¿Qué te colgaran? -repitió Catherine débilmente-. ¿Qué habías hecho?
    La mirada de Andrew no titubeó.
    – Maté a un hombre.
    Si Catherine no hubiera oído las palabras de su boca, habría sospechado que padecía del oído. Se humedeció los labios repentinamente secos.
    – ¿Fue un accidente?
    – No. Le disparé deliberadamente.
    – Pero ¿por qué? ¿Por qué harías algo así?
    – Porque mató a mi esposa.

Capítulo 19

    La mujer moderna actual debe estar preparada para enfrentarse a lo inesperado. A veces puede resultar encantador, como un regalo sorpresa de su amante, en cuyo caso un beso de agradecimiento es apropiado, lo que, a su vez, puede llevar a más cosas deliciosamente inesperadas. Sin embargo, en ocasiones, lo inesperado resulta absolutamente desagradable, en este caso la reacción más sabia es decir lo menos posible y a continuación liberarse rápidamente de la situación.

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Andrew vio cómo el color abandonaba el rostro de Catherine al tiempo que ella le miraba con los ojos como platos y presa de un enmudecido estado de conmoción. Los recuerdos que durante años había luchado denodadamente por mantener enterrados rugían hacia la superficie. Ahora que había empezado, y no había vuelta atrás, estaba desesperado por terminar.
    Deseaba mirarla, pero simplemente no podía quedarse quieto. Caminando de un lado a otro delante de ella, dijo:
    – Mi padre era el jefe de establos de Charles Northrip, un hombre muy acaudalado e influyente. Mi padre y yo vivíamos en las habitaciones situadas encima de los establos, y yo me crié en la propiedad. Me encantaba aquello. Me encantaba estar con los caballos. Cuando tenía dieciséis años, mi padre murió y el señor Northrip me nombró jefe de establos.
    Guardó silencio durante unos segundos y miró a Catherine, que estaba sentada con la espalda tiesa en el sofá y que le miraba desde sus ojos solemnes. El único sonido que llenaba la estancia era el crepitar de las llamas y el tictac del reloj situado sobre la repisa de la chimenea. Tras empezar de nuevo a caminar por la habitación, Andrew prosiguió:
    – El señor Northrip tenía una hija única llamada Emily, cuatro años menor que yo. Ya te hablé de ella cuando preparamos el helado de fresa.
    – Sí, lo recuerdo.
    – Emily era dolorosamente tímida, extraña, torpe y muy callada, cualidades que empeoraban la exigente personalidad de sus padres. Los Northrip estaban desesperados ante el carácter reservado de su hija. Emily se encontraba mucho más cómoda con los caballos que con la gente, y consecuentemente pasaba mucho tiempo en los establos. Siempre que su padre la encontraba en uno de los establos o en el pajar, se quejaba de que no sabía qué hacer con ella. ¿Cómo podían su esposa y él, dos personas amigables y sociables, haber tenido una hija tan insociable que prefería los animales a la gente? El señor Northrip decía esas cosas como si ella fuera sorda y yo me daba cuenta de lo mucho que sus palabras herían a Emily. Con el paso de los años, entre Emily, mi padre y yo floreció una buena amistad.
    Andrew sintió que le embargaban recuerdos que no se había permitido resucitar durante años.
    – Nunca olvidaré la noche en que murió mi padre. Yo estaba de pie en los establos, mirando su silla vacía. Me sentí… vacío. Y muy solo. Lo siguiente que recuerdo es que tenía a Emily a mi lado. Deslizó su pequeña mano de niña de doce años en la mía y me dijo que no me preocupara. Que no estaba solo porque ella era mi amiga, y que sería mi mejor amiga, si yo quería. -La nostalgia le cerró la garganta-. Le dije que me gustaría mucho. Y, durante los siete años siguientes, el vínculo que formamos ese día fue fortaleciéndose. Realmente éramos el mejor amigo del otro.
    Deteniéndose delante de la chimenea, fijó la mirada en las oscilantes llamas.
    – El señor Northrip no tenía ningún hijo varón que pudiera algún día heredar su negocio, de modo que decidió que Emily se casara con un hombre capaz de gestionar su empresa. Creyó encontrarlo en Lewis Manning, hijo único de otro acaudalado comerciante. Se acordó pues el matrimonio, por no mencionar la lucrativa fusión mercantil entre ambas familias. Emily aceptó el acuerdo, consciente de que era su deber casarse según los deseos de su padre. De hecho, se sentía aliviada de poder por fin hacer algo que contara con la aprobación de su padre después de llevar toda su vida decepcionándole.
    »Pero no tardé en enterarme de que el tal Lewis Manning poseía un temperamento violento. Una noche, apenas unos días antes de la boda, Emily vino a buscarme bañada en lágrimas, dolorida a causa de lo que resultó ser una costilla rota. A pesar de que no tenía la menor señal en el rostro, tenía el resto del cuerpo, donde los golpes no saltaban a la vista, herido allí donde Lewis la había golpeado por osar cuestionar una de sus decisiones. Me contó entonces que, aunque era la primera vez que él la maltrataba de ese modo, Lewis había perdido los estribos varias veces antes y le había pegado. Emily le había hablado a su padre de esas agresiones, pero él no había dado importancia alguna a sus preocupaciones, diciendo que todos los hombres pierden en ocasiones los estribos. Sin embargo, después de ese último suceso, Emily temía que la próxima vez que Lewis perdiera los nervios no pudiera escapar de él.
    Andrew apartó la mirada del fuego y miró a Catherine, quien lo escuchaba con embelesada atención.
    – Mi primera reacción fue darle una paliza a Lewis, pero Emily me suplicó que no lo hiciera. Me dijo que lo único que conseguiría sería acabar en prisión por inmiscuirme y que Lewis no lo merecía. A regañadientes, accedí a sus súplicas, pero estaba firmemente decidido a protegerla… de aquel maldito bastardo de Lewis, y de su padre, a quien obviamente importaban más los beneficios que el matrimonio de su hija reportaba a sus negocios que su propia hija. Y la única forma que se me ocurrió de protegerla fue casándome con ella. Los dos sabíamos que Emily tendría que renunciar a todo, pues su padre se pondría furioso y sin duda la desheredaría, pero no nos importó. Esa misma noche huimos y contrajimos matrimonio.
    De nuevo fue incapaz de quedarse quieto y una vez más empezó a caminar por la estancia.
    – Al día siguiente, después de instalar a Emily en una posada cercana, fui a ver a su padre. Quería contarle cara a cara que Emily y yo nos habíamos casado y hacerle saber que no toleraría que Emily volviera a sufrir ningún daño. Como era de esperar, el padre de Emily estaba furioso. Dijo que haría anular la boda, que me denunciaría por secuestro y que me haría ahorcar. Cuando le dije que no había motivos que validaran tal anulación, su furia se intensificó. Dijo que, de un modo u otro, recuperaría a su hija, aunque para eso tuviera que verme muerto. Ni por un instante dudé de que realmente hablaba en serio. Volví a la posada. Poco después, mientras nos preparábamos para la partida, llegó un furibundo Lewis Manning. Dijo cosas espantosas y odiosas de Emily y mi paciencia se agotó. Me informó de que no tenía intención de acudir a la justicia… deseaba ver hecho el trabajo de inmediato, y me retó a un duelo. Acepté a pesar de las súplicas de Emily, que me conminó a que no lo hiciera.
    Andrew prosiguió. Ahora las palabras brotaban de él más deprisa.
    – Adam Harrick, el capataz de la propiedad de los Northrip, era mi mejor amigo además de Emily, y me hizo las veces de testigo. En el duelo, sin que yo lo supiera, Lewis hizo trampas, disparando antes de que terminara el recuento. Emily, quien supuestamente se había quedado en la posada, vio el engaño. En un intento por avisarme, apareció corriendo y… fue alcanzada por el disparo de Lewis.
    Andrew cerró los ojos y vio grabada indeleblemente en su mente la imagen de Emily derrumbándose en el suelo con la conmoción grabada en sus ojos abiertos y la pechera de su vestido de color marfil teñida de carmesí.
    – Disparé y mi bala alcanzó a Lewis -dijo con un ronco chirrido-. Solté la pistola y corrí hasta Emily. Aunque seguía con vida, no había duda de que su herida era mortal. Yo… la abracé, intentando detener la hemorragia, aunque en vano. Con sus últimas palabras, me suplicó que huyera. Que me fuera de Norteamérica a algún lugar donde nadie pudiera encontrarme. Sabía que su padre me mataría o se aseguraría de que me colgaran por la muerte de Lewis, sin duda alguna, además de intentar culparme también de su muerte. Me suplicó, una y otra vez, que no dejara que eso ocurriera. Quería desesperadamente que yo viviera, que tuviera una vida plena y feliz. Me quería y no deseaba que yo muriera.
    Clavando su mirada en Catherine, se llevó la palma de la mano al pecho y dijo con un entrecortado susurro:
    – Sentí los últimos latidos de su corazón contra mi mano después de haberle prometido por fin que haría lo que me pedía. Y entonces murió.
    Se le quebró la voz al pronunciar la última palabra. Luego el silencio quedó pesadamente prendido en el aire mientras él revivía el horror de aquel escalofriante día con una desgarradora y vívida claridad que había mantenido apartada de su mente durante años. El día en que lo había perdido todo. Su casa. La vida, tal como la había conocido. La dulce y cariñosa amiga que había sido su esposa.
    Tosió para aclarar la tensión que le agarrotaba la garganta.
    – Después de despedirme de Emily y de asegurarme de que Adam se encargaría de ella, mantuve mi promesa. Varias horas más tarde, y utilizando un nombre falso, huí en barco de Norteamérica.
    Pasándose las manos por la cara, echó la cabeza hacia atrás y miró al techo.
    – Durante los primeros cinco años, viví… temerariamente, sin importarme realmente si vivía o moría. Para mí fue una temporada muy oscura. Solitaria. Triste. Vacía. Había hecho lo que Emily me había pedido, y aún así me odiaba por haberlo hecho. Por haber huido. Por todos mis actos que habían llevado a su muerte. Me sentía como un cobarde y sentía también que había comprometido mi honor. De hecho, llegué a esperar que su padre me encontrara de algún modo, aunque nunca lo hizo.
    »Pero un día tu hermano me encontró… justo a tiempo para salvarme de los macheteros, un rescate que, por cierto, no le agradecí de inmediato. Puesto que no tenía nada mejor que hacer, regresé con Philip a su campamento y, por primera vez en cinco años, tuve la sensación de pertenecer a algún sitio. Tu hermano no sólo me salvó la vida, sino que gracias a él volví a recuperar las ganas de vivir. De hacer algo de mí mismo. Era el primer amigo que tenía desde que me había ido de Norteamérica, y mi amistad con él me cambió la vida. Llegó un momento en que logré enterrar en lo más hondo aquel día espantoso que viví en el campo de duelo, pero cuando oí ese disparo en Londres, cuando te vi en el suelo… -Cerró un momento los ojos-. Reviví la peor de mis pesadillas.
    Inspiró hondo, sintiéndose totalmente agotado, aunque más ligero de lo que se había sentido en una década. Se volvió hacia Catherine. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas y la mirada fija en el fuego. Andrew deseaba desesperadamente saber lo que ella pensaba, pero se obligó a permanecer en silencio y permitirle que asimilara todo lo que le había dicho. Pasó un minuto entero antes de que ella hablara.
    – ¿Y Philip sabe todo esto?
    – No. Nada. Nunca se lo había dicho a nadie hasta ahora.
    Andrew hubiera deseado que ella le mirara para poder ver la expresión de su rostro, leer sus ojos. ¿Le miraría con asco y vergüenza… del mismo modo en que él se había estado mirando durante años? Desafortunadamente, temía que el hecho de que ella se empeñara en no mirarle estuviera diciéndoselo todo.
    Por fin, Catherine se volvió y le miró con unos ojos solemnes y brillantes, colmados de lágrimas no derramadas.
    – La querías mucho.
    – Sí. Era una joven callada y solitaria que jamás hizo daño a nadie. Fuimos los mejores amigos durante años. Habría hecho cualquier cosa por protegerla. En vez de eso, fue ella la que murió intentando protegerme.
    – ¿Por qué, tras permanecer callado durante todos estos años, me cuentas esto?
    Andrew vaciló y luego preguntó:
    – Antes de decírtelo, ¿podría hacer uso de una hoja de papel vitela y de una pluma?
    La sorpresa de Catherine fue evidente, pero se levantó y fue hasta el escritorio situado junto a la ventana, de donde sacó una hoja de papel vitela de un estrecho cajón.
    – Aquí lo tienes.
    – Gracias.
    Andrew se sentó en la silla de delicado tapiz y cogió la pluma de manos de Catherine. Por el rabillo del ojo la vio cruzar la estancia hasta la chimenea. Tras varios minutos, se reunió allí con ella y le entregó el papel vitela.
    Catherine miró las inscripciones con expresión confundida.
    – ¿Qué es esto?
    – Jeroglíficos egipcios. Deletrean los motivos por los que te he hablado de mi pasado.
    – Pero ¿por qué ibas a escribir tus motivos empleando una lengua que yo no puedo comprender?
    – En la fiesta de cumpleaños de tu padre, me hablaste de los métodos de lord Nordnick en relación a lady Ofelia. Dijiste que debería recitarle algo romántico en otra lengua. Esta es la única otra lengua que conozco.
    La mirada sorprendida de Catherine se encontró con la de él. Andrew tocó el borde del papel vitela.
    – La primera línea dice «Me salvaste la vida».
    – No entiendo cómo puedes decir una cosa así, pues es culpa mía que hayas resultado herido esta noche.
    – Esta noche no. Hace seis años. La mañana después de unirme a Philip en su campamento, le encontré sentado en una manta junto a la orilla del Nilo, leyendo una carta. Según me dijo, la carta era de su hermana. Me leyó algunos divertidos fragmentos y me senté a su lado a escuchar las palabras que le habías escrito, presa de la envidia al ver el obvio afecto que os profesabais. Me habló entonces de ti, de lo infeliz que eras en tu matrimonio, de la alegría que habías encontrado en tu hijo y también de la aflicción de Spencer. Cuando volvimos al campamento, me mostró la miniatura que le habías dado antes de partir de Inglaterra.
    Cerró los ojos un segundo, reviviendo el instante en que había puesto los ojos por primera vez en la imagen de Catherine.
    – Eras muy hermosa. No me cabía en la cabeza que tu marido no venerase el suelo que pisabas. A partir de ese momento, con cada historia que Philip me contaba sobre ti, mi consideración y mi admiración fueron a más, y creo que ansiaba recibir las cartas que le enviabas a Philip incluso más que él mismo. Tu bravura, tu fortaleza ante tu situación marital y las dificultades de Spencer me conmovían profundamente, animándome a la vez a examinar mi más honda pena y culpa por mi pasado y la vida disoluta que había llevado desde mi partida de Norteamérica. Tu bondad, tu gentileza y tu coraje me inspiraban, forzándome a cambiar mi vida. A redimirme. Yo sabía que algún día volvería a Inglaterra con Philip y estaba decidido a ser una persona de la que lady Catherine pudiera sentirse orgullosa. Tú me enseñaste que la bondad y la gentileza todavía existían y me diste la fuerza de voluntad para volver a desearlas. Hace seis años que quiero darte las gracias por eso. -Tendió la mano y estrechó la de Catherine entre la suya-. Gracias.
    El corazón de Catherine palpitaba envuelto en lentos e intensos latidos ante sus palabras y la total sinceridad de sus ojos oscuros. Tragó saliva. Su corazón penaba por él, por la desesperación con la que Andrew había vivido durante tanto tiempo.
    – De nada. No tenía la menor idea de que mis cartas te hubieran… inspirado de tal modo. Siento mucho el dolor que has sufrido y me alegro de que hayas podido encontrar la paz en tu interior.
    Sin apartar la mirada, Andrew le soltó la mano y a continuación tendió el brazo para tocar el borde del papel vitela.
    – La segunda frase dice: «Te quiero».
    Catherine se quedó totalmente inmóvil, a excepción de su pulso, que palpitaba errática. Los sentimientos de Andrew hacia ella refulgían en sus ojos sin la menor tentativa por ocultarlos.
    – Mi mente comprende que mi condición social y mi pasado no me hacen merecedor de ti. Pero mi corazón… -Andrew negó con la cabeza-. Mi corazón se niega a escuchar. La lógica me dice que debería esperar, darme más tiempo para cortejarte. Pero esta noche he estado a punto de perderte y sencillamente no puedo esperar. Nuestra amistad, los momentos que hemos pasado juntos como amantes, todo lo que hemos compartido, cada caricia, cada palabra, me ha dado más felicidad de la que puedo describir. Pero ser tu amante no es suficiente.
    Se metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó de él un objeto que le mostró al instante.
    – Quiero más. Lo quiero todo. Todo de ti. Quiero que seas mi esposa. Catherine, ¿quieres casarte conmigo?
    El fondo pareció desaparecer de golpe del estómago de Catherine. Se quedó mirando la perfecta esmeralda ovalada engastada en un sencillo aro de oro que ahora reposaba en la callosa mano de Andrew. Debía de haber comprado la gema mientras estaba en Londres. Las lágrimas intentaron abrirse paso desde el fondo de sus ojos. Desconsuelo, confusión e inesperado anhelo… todo ello entró en conflicto en su interior. Sus emociones fueron de pronto un revoltijo a flor de piel, cada una exigiendo su atención hasta que simplemente se vio incapaz de diferenciarlas entre sí.
    – Ya sabes lo que opino del matrimonio.
    – Sí. Y, dada tu experiencia, tus reservas son comprensibles. Pero también sabes cómo me siento yo al respecto. Te dije en el carruaje, durante el viaje de regreso a Little Longstone, que quería una esposa y una familia. ¿Creías acaso que soy la clase de hombre que podría comprometerte para luego dejarte?
    – Andrew, no soy ninguna joven y virginal señorita a la que un hombre pueda «comprometer». Soy una mujer moderna y adulta que disfruta de una aventura placentera. Cuando dijiste que querías una esposa, describiste un parangón de perfección de cuya existencia dudo mucho.
    – No. La estaba mirando en ese preciso instante. Tú eres todas las cosas que describí entonces, y muchas más: una mujer con sus defectos, que, a pesar de ellos, a causa de ellos, es la mujer perfecta para mí. Te pido que reconsideres tu opinión sobre el matrimonio y que, a cambio, consideres tus sentimientos hacia mí. -La estudió atentamente durante varios segundos y luego dijo con voz queda-: Sé que te importo. Nunca me habrías llevado a tu cama, ni me habrías dejado entrar en tu cuerpo, de no ser así.
    El calor arrobó las mejillas de Catherine.
    – No te tomé como amante para conseguir una propuesta de matrimonio.
    – Lo sé. Y no hay ninguna necesidad de que lo hagas. Te ofrezco mi propuesta por propia voluntad. Y con toda mi esperanza de que, a pesar de todo lo que te he contado esta noche, aceptarás.
    – Cuando iniciamos nuestra relación, ambos acordamos que sería algo temporal.
    – No, tú insististe en que fuera temporal. Yo nunca estuve de acuerdo. Y, aunque hubiera sido de otro modo, en este mismo instante reniego formalmente de lo dicho. No quiero nada temporal. Quiero el para siempre. Quiero ser tu marido. Quiero ser un padre para Spencer… si él lo desea también. Al menos, quiero ser su amigo y paladín. -Inspiró hondo-. Te he contado mi pasado. Te he dicho lo que siento por ti. Mi corazón y mi alma te pertenecen. Dime lo que quieres hacer con ellos.
    Catherine tensó las rodillas en un intento por conseguir que dejaran de temblar.
    – No comprendes lo que me estás pidiendo, y sin duda no sabes lo que el matrimonio significa para una mujer. Significa que dejaría de existir. Que lo perdería todo porque ya nada me pertenecería. Pertenecería a mi esposo. Mi marido podría desterrarme al campo, descuidar a nuestro hijo, vender mis posesiones personales… y todo eso legalmente. Ya he pasado por ese horror. No necesito más dinero, ni más contactos familiares. El matrimonio no tiene nada que ofrecerme.
    – Está claro que utilizamos diccionarios distintos porque para mí el matrimonio significa cuidar el uno del otro. Querernos juntos. Compartir las risas y ayudarnos en el dolor. Saber que siempre habrá otra persona a tu lado. Pendiente de ti.
    – Debo reconocer que tu definición suena maravillosa, pero la experiencia me ha demostrado que el matrimonio nada tiene que ver con eso. ¿Sinceramente crees que tu definición se ajusta a la realidad?
    – Supongo que eso depende de por qué se casa una persona. Si nos casamos por dinero o buscando una posición social, estoy entonces de acuerdo en que podría resultar desastroso. Pero si el matrimonio está basado en el amor y en el respeto, porque no puedes imaginarte pasar un sólo día de tu vida sin la persona a la que has entregado tu corazón, entonces sí, creo que puede ser todas esas cosas hermosas. -Andrew tendió la mano en busca de la de ella. Tras dejar suavemente el anillo en su palma, cerró los dedos de Catherine y anidó su puño cerrado entre sus manos-. Catherine, si decides que no quieres casarte conmigo, que sea porque no pertenezco a tu clase social, porque no soy más que un vulgar norteamericano, porque tengo un pasado turbio, porque no me quieres. Pero, por favor, no me rechaces porque crees que te arrebataré cosas cuando lo único que quiero es darte. Dártelo todo. Siempre. Quiero cuidar de ti.
    – Creo haber demostrado con bastante claridad durante la última década no necesitar que ningún hombre cuide de mí. -Una enfermiza sensación de pérdida la invadió al ver el dolor que asomaba a los ojos de Andrew. Cierto, ella no quería un marido, aunque también se dio cuenta, con repentina y punzante claridad, de que no quería que Andrew desapareciera de su vida-. ¿Por qué no seguimos como hasta ahora? -dijo, odiando la nota de desesperación que oyó en su voz.
    – ¿Teniendo una aventura?
    – Sí.
    Catherine contuvo el aliento, a la espera de su respuesta. Finalmente, y en voz muy baja, Andrew dijo:
    – No. No puedo hacerte eso. Ni a Spencer. Ni a mí mismo. Si seguimos así, llegará el momento en que alguien descubrirá la verdad, y las habladurías no harían más que perjudicaros a ti y a Spencer. No tengo el menor deseo de seguir escondiéndome, viviendo contigo momentos robados y manteniendo mis sentimientos ocultos. Lo quiero todo, Catherine. Todo o… nada.
    El suelo pareció moverse bajo los pies de Catherine. La firmeza de la voz y de los ojos de Andrew era inconfundible, y de pronto fue presa de una oleada de rabia.
    – No tienes ningún derecho a darme semejante ultimátum.
    – No estoy de acuerdo contigo. Creo que el hecho de estar dolorosamente enamorado de ti y de haber compartido tu cama me dan ese derecho.
    – El hecho de que hayamos compartido una cama no cambia nada.
    – Te equivocas. Lo cambia todo. -Andrew le apretó un poco más la mano-. Catherine, o bien sientes lo mismo que yo, o no lo sientes. O me amas, o no. O quieres pasar el resto de tu vida conmigo, o no.
    – ¿Y esperas que te dé una respuesta enseguida? ¿Todo o nada?
    – Sí.
    Catherine clavó en él la mirada, sintiendo la presión del anillo contra la palma de la mano. Una miríada de conflictivas emociones la golpearon en todas direcciones, pero apartó a un lado el revoltijo de sentimientos y se centró en la rabia: hacia él por obligarla a tomar una decisión como esa y hacia ella misma por haberse permitido vacilar. Su elección estaba clara. No quería un marido. Entonces, ¿por qué le resultaba tan condenadamente difícil decir la palabra precisa que le alejaría de ella?
    «Porque esa palabra provocaría justamente eso… alejarle de ella.»
    Se humedeció los labios secos.
    – En ese caso, me temo que es nada.
    Pasaron varios largos y silenciosos segundos y Catherine vio cómo la expresión de Andrew se tornaba vacía, como si hubiera corrido una cortina sobre sus sentimientos. Le palpitó un músculo en la mandíbula y su garganta se accionó en lo que Catherine supuso sería un intento por tragarse su decepción. Despacio, le soltó la mano al tiempo que en el interior de Catherine una vocecilla gritaba «¡No!», aunque mantuvo firmemente cerrados los labios para contenerla. Abrió lentamente la mano y le mostró el anillo. Él miró fijamente la gema durante tanto tiempo que Catherine pensó que se negaría a aceptarla. Y, de hecho, eso fue lo que hizo, tendiendo finalmente la mano y obligándola a que fuera ella quien depositara el anillo en su palma. Después, Andrew se retiró apresuradamente y salió de la habitación, cerrando con suavidad la puerta a su espalda sin volver la vista atrás.
    Sin apartar los ojos de la puerta cerrada, Catherine se hundió en el sofá. El calor que la mano de Andrew había dejado en la suya en el punto donde se la había tomado apenas segundos antes había desaparecido, dejando un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo. Su mente, su lógica, le decían que había tomado la decisión correcta. Sin embargo, el debilitador dolor que le embargaba el corazón indicaba que quizá acababa de cometer un terrible error.

    Justo antes del amanecer, Andrew estaba sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y las manos acunando su dolorida cabeza. Sin embargo, el dolor sordo que le aquejaba las sienes no era nada comparado con el dolor desgarrador que le aprisionaba el pecho.
    ¿Cómo era posible que el corazón le doliera tanto y que aún así siguiera latiéndole? Lamentaba no poder achacar el resultado de su propuesta a su precipitada formulación, pero sospechaba que incluso aunque hubiera tardado meses en cortejar a Catherine, al final, ella le habría rechazado de todos modos.
    «Pero, al menos, podrías haber disfrutado de esos meses con ella -se mofó de él su voz interna-. Ahora no tienes… nada.»
    Andrew gimió y se levantó de golpe. Obviamente había cometido un error obligando a Catherine a elegir entre todo o nada, aunque maldición, llevaba mucho tiempo deseándola, mucho tiempo esperando. Había albergado muchas esperanzas de que ella terminara queriéndole. De que se diera por fin cuenta de que estaban hechos el uno para el otro.
    La imagen del bastardo de Carmichael llevándola a rastras hacia los manantiales parpadeó en su mente y sus manos se cerraron con fuerza. ¿Qué había en la Guía que hubiera provocado en él un odio tan encarnizado como para intentar matar a su autor? Sí, las premisas y el explícito contenido de la mujer moderna actual eran escandalosas… pero ¿hasta el punto de incitar al asesinato?
    Recordaba haberse encontrado con Carmichael tras el disparo en la fiesta de cumpleaños de lord Ravensly. Había sentido algo extraño, casi familiar, mientras a Carmichael le oía informar de que había visto a un hombre adentrarse a la carrera en Hyde Park tras el disparo. Y había tenido la misma sensación tanto en la velada en casa del duque como en el museo, el día anterior. Philip había dicho que Carmichael había pasado tiempo en Norteamérica…
    Andrew cerró los ojos, obligándose a recordar cada detalle de sus encuentros con Carmichael, primero en las fiestas, luego en el museo…
    Una imagen apareció en su mente: vio a Carmichael acariciándose la barbilla al tiempo que un arco iris de prismas de luz salían rebotados del diamante cuadrado y de los ónices del anillo que llevaba en el dedo. De pronto, Andrew fue presa de una oleada de reconocimiento y todo se congeló en su interior. Carmichael también llevaba ese anillo en las dos fiestas en las que se habían encontrado. No era el hombre quien había inspirado aquel destello de recuerdo… era el anillo.
    Andrew se pasó las manos por la cabeza mientras el corazón le latía con fuerza. Si no hubiera revivido el día de la muerte de Emily, probablemente no habría reparado nunca en ello. Había enterrado ese dolor, esa imagen tan adentro… pero no había lugar a error. El particular anillo de diamantes y ónices era idéntico al que llevaba Lewis Manning el día en que Andrew le había disparado.
    «Carmichael no busca a Charles Brightmore. Me quiere a mí.»
    La verdad le golpeó como un puñetazo y la cabeza le dio vueltas. Carmichael debía tener alguna conexión con Lewis Mannig. De hecho, a medida que las piezas del rompecabezas rápidamente iban colocándose en su sitio, Andrew se dio cuenta de que existía cierto parecido entre ambos, en la zona que rodeaba los ojos. ¿Sería Carmichael el padre de Lewis? ¿El tío? Probablemente el padre, decidió. Lo cual le daba sin duda un claro motivo para odiarle.
    Cuando Catherine había sido víctima del disparo, Andrew estaba de pie junto a ella. La bala iba dirigida a él. Y esa noche, Carmichael había planeado matarle a él, plan que había frustrado la presencia de Catherine. Sin saberlo, le había salvado la vida y a punto había estado de ahogarse en el proceso.
    Dio un profundo suspiro y se mesó los cabellos con manos vacilantes. Jesús. Lo único que había pretendido era protegerla, y era él el peligro. Lo cual significaba que tenía que alejarse de ella. De inmediato.
    Tras once años, al parecer su pasado le había dado caza. Y en dos ocasiones a punto había estado de matar a Catherine. Bien, Carmichael no dispondría de ninguna oportunidad más.
    Se dirigió apresuradamente al armario, sacó su bolsa de cuero del fondo y rápidamente empezó a meter dentro sus pertenencias.
    «No te preocupes, Carmichael. Me encontrarás. Voy a ponértelo muy fácil.»

    Catherine estaba sentada en su sillón de orejas mirando los restos del fuego que se había extinguido hacía unas horas. La ceniza gris y muerta era un reflejo perfecto de su estado de ánimo.
    Con una exclamación de enfado, se levantó y empezó a recorrer la habitación. ¿Qué demonios le ocurría? Había tomado la decisión correcta, la única que podía tomar habida cuenta de las circunstancias. ¿Todo o nada? ¿Cómo podría haber accedido a dárselo «todo»? No podía, así de sencillo. Sin embargo, a pesar de esa lógica, en cierto modo todavía se sentía como si la hubieran cortado por la mitad.
    Dios santo, las cosas que Andrew le había dicho. Su pasado la había dejado totalmente conmocionada, pero después de unas horas de reconsideración, la prueba por la que él había pasado no hacía más que reforzar la compasión y la admiración que sentía por él. Sí, había matado a un hombre, pero un hombre que apenas unos segundos antes había intentado matarle. Un hombre que había matado a su esposa… una joven a la que había ayudado arriesgando mucho al hacerlo. Andrew lo había perdido todo, y todo ello en nombre del amor. Aun así, y a diferencia de ella, era obvio que no le había vuelto la espalda al amor ni al matrimonio. Era un hombre gentil, noble, generoso, considerado y…
    Oh, Dios, su forma de mirarla, el corazón asomándole a los ojos, esos ojos colmados de deseo abrasador y de desnuda emoción. Catherine se detuvo en seco y sus ojos se cerraron, imaginándole tan claramente como si lo tuviera delante. Nadie la había mirado así antes. Y, que Dios la ayudara, por mucho que había luchado contra ello, por mucho que había intentado negarlo, deseaba que Andrew la volviera a mirar así. Sencillamente no esta preparada para renunciar a él como amante.
    Abrió los ojos y siguió caminando por la estancia con la mente enfebrecida. Seguro que si se esforzaba un poco, podría convencerle de que su propuesta era precipitada y persuadirle de que continuaran con su aventura. La mujer moderna actual no iba a permitirle que fuera él quien tuviera la última palabra y desaparecer. No. La mujer moderna actual haría uso de toda la munición que guardaba en su arsenal femenino para tentarle, atraerle, convencerle y seducirle según sus propias convicciones.
    En cuanto fue consciente de ello, fue como si el sol asomara entre un banco de nubes. ¿Por qué le habría llevado toda la noche darse cuenta de algo que ahora le resultaba tan obvio? Al instante maldijo su vena testaruda, aunque al menos había recuperado la cordura.
    Cuanto antes pusiera en práctica su campaña de persuasión, mejor. ¿Y qué mejor forma de empezar que extenderle una invitación para que regresara a Little Longstone la semana siguiente? Mejor incluso si le extendía la invitación de inmediato. En la cálida intimidad de su dormitorio. Vestida sólo con su camisón y el salto de cama.
    La pálida luz del amanecer justo rompía tras los cristales de las ventanas cuando salió del dormitorio y corrió silenciosamente por el pasillo. Al llegar a su puerta, llamó discretamente.
    – ¿Andrew? -dijo en voz baja.
    El silencio salió a recibirla y Catherine volvió a llamar, aunque siguió sin oír ningún ruido procedente del interior. Preocupada, hizo girar la manilla y abrió la puerta lo suficiente para poder echar una mirada dentro. Le tartamudeó el corazón y luego empujó la puerta hasta abrirla de par en par.
    La habitación estaba vacía, y la cama intacta. Recorrió el dormitorio con la mirada, reparando, presa de un perplejo temor, en que no quedaba ninguno de los enseres personales de Andrew. Como en estado de trance, cruzó la estancia hasta el armario y abrió las puertas de roble. Vacío.
    Un dolor agudo y penetrante le robó el aliento. Con una cálida humedad abriéndose paso desde el fondo de sus ojos, se volvió hacia la cama y el corazón le dio un vuelco al ver el pequeño paquete colocado sobre la almohada. Corrió por la alfombra y cogió la nota que estaba encima del paquete. Rompió el sello y leyó atentamente las palabras escritas en ella.

    Mi querida Catherine:
    Creo que Carmichael es el padre de Lewis Manning y que no es a ti, sino a mí, a quien busca. En mi deseo de protegerte del peligro, no hice sino traerlo hasta ti.
    Mantén cerradas puertas y ventanas y Spencer, tú y el servicio quedaos en la casa. Me encargaré de que Carmichael no vuelva a hacer daño a nadie.
    Dejo como regalo de despedida mi más preciado tesoro. Philip a punto estuvo de dejarlas cuando nos marchamos de Egipto, de modo que las cogí. Desde la primera vez que oí las palabras que le habías escrito a tu hermano, sentí como si me hubieran vuelto del revés. Me enamoré profunda y perdidamente de ti en cuanto vi tu hermosa imagen en esta miniatura. Has vivido en mi corazón desde ese día. He vivido del recuerdo de tus palabras durante años y te doy gracias por el valor y la esperanza que me han infundido. Por favor, guarda el anillo como una muestra de mi gratitud y de mi afecto.
    Andrew

    Con dedos temblorosos, Catherine desdobló el pequeño envoltorio de lino, consciente, con el corazón en un puño, de que se trataba del pañuelo que ella le había regalado. Al desdoblar el último fragmento de tela, bajó la mirada. El anillo de esmeraldas estaba colocado encima de un grueso fajo de cartas descoloridas atadas con un deshecho lazo de cuero. Al instante reconoció su propia letra.
    Sintió que la sangre le abandonaba el rostro. Aquellas eran las docenas de cartas que había escrito a Philip mientras él estaba de viaje. Los tesoros más preciados de Andrew.
    La verdad la golpeó como una bofetada dada con el revés de la mano y sintió una abrumadora necesidad de sentarse. El amor de Andrew por ella no era de reciente cuña, como ella había supuesto. Estaba enamorado de ella desde hacía… seis años. Había rescatado esas cartas antes de marcharse de Egipto, guardándolas con él durante todo ese tiempo. Y ahora se las había devuelto. Envueltas en el pañuelo que le había bordado, dejando tras él todo lo que tenía de ella. Porque ella le había alejado de su lado.
    Algo mojado le cayó en la mano. Perpleja, miró la lágrima al tiempo que otra, y otra más, caían sobre su piel. Durante todos esos años, mientras sufría los rigores de la soledad, soportando el cruel rechazo e indiferencia que su marido mostraba hacia ella y hacia Spencer, Andrew la había estado deseando. Necesitándola. Amándola.
    La dimensión de esa verdad, la profundidad de los sentimientos de Andrew, su devoción, la humillaron, enervándola, y casi pudo sentir cómo el muro que había construido a su alrededor y en torno a su corazón se derrumbaba, dejándola al descubierto y desnudando totalmente sus sentimientos. Convirtiéndolos en algo innegable. Ya no podía seguir ocultándose de ellos. No deseaba solamente a Andrew. Le amaba.
    Dejó escapar un sollozo y apretó sus temblorosos labios. Con una impaciente exclamación, se pasó el dorso de la mano por los ojos. Después. Podría llorar después, aunque esperaba con toda el alma que no fuera necesario. Por el momento, necesitaba averiguar dónde habría ido Andrew y pensar en la forma de ayudarle a encontrar a Carmichael. Luego decirle lo estúpida que había sido. Y rezar para que la perdonara por el dolor que sus miedos y su confusión les habían causado a ambos.
    Cogió las cartas y el anillo para llevárselos después al pecho, y fue hasta la ventana y perdió la mirada en la suave luz dorada que anunciaba el amanecer. Sus ojos se desviaron a lo lejos, hacia los establos, y parpadeó al ver la conocida figura de hombros anchos de Andrew acercándose a la enorme puerta de doble hoja. El corazón le dio un vuelco de puro alivio. Andrew seguía allí. Si se daba prisa, podría llegar a los establos antes de que él se fuera. Aunque, con Carmichael probablemente acechando en las inmediaciones, necesitaba protección.
    Corrió entonces a su habitación, cayó de rodillas ante su armario y sacó de él una vieja sombrerera. Abrió la tapa, cogió la pequeña pistola con mango perlado que ocultaba debajo de un montón de guantes. Puso a continuación las cartas y el anillo de Andrew encima y volvió a colocar la caja en su sitio. Maldiciendo el ulterior retraso, se vistió a toda prisa y, metiéndose la pistola en el bolsillo del vestido, salió de la estancia.

Capítulo 20

    La mujer moderna actual debería practicar siempre la prudencia y la cautela en lo que concierne a los asuntos del corazón. A veces, sin embargo, el destino le pondrá delante a un hombre que la sorprenderá con la guardia baja, deshaciéndole el corazón. Si el caballero en cuestión siente lo mismo por ella, la mujer moderna actual debe reconocer en ello el milagro que encierra y no dudar en carpe hominis… ¡no dejar escapar al hombre!

    Guía femenina para la consecución
    de la felicidad personal y la satisfacción íntima
    CHARLES BRIGHTMORE

    Andrew se detuvo en la puerta de los establos para dejar que sus ojos se adaptaran a la penumbra reinante en el interior, pistola en mano. Despacio, estudió el enorme espacio interior al tiempo que prestaba atención con ojos y oídos a cualquier cosa fuera de lo normal. No percibió nada y una rápida búsqueda le cercioró de que Carmichael no se ocultaba en ninguno de los establos del recinto. Fritzborne no estaba a la vista, algo que le intranquilizó. Sin duda tendría que haber vuelto ya de casa de la señora Ralston.
    Se permitió otra mirada por encima de la puerta del tercer establo donde dormía Sombra, ahora acurrucado en el rincón en un lecho de heno cubierto con una manta. Tendría que mandar a alguien a buscar al cachorro. Y devolver a Afrodita. Dios sabía que no tendría fuerzas para volver a Little Longstone personalmente.
    Obligándose a mover los pies, entró en el cuarto de sillas. Después de dejar la pistola encima de un banco de trabajo, estaba a punto de coger la silla de Afrodita cuando oyó la voz de Spencer:
    – ¿Se va, señor Stanton?
    Se volvió apresuradamente. Spencer estaba en el umbral, con la confusión y el dolor reflejados en los ojos.
    Una oleada de alarma recorrió a Andrew. Con Carmichael buscándole, ése era el último sitio donde quería ver a Spencer.
    Se acercó a él con el estómago tenso de preocupación.
    – ¿Qué estás haciendo aquí, Spencer?
    – Quería jugar con Sombra. Cuando salía de casa, le he visto entrar a los establos. ¿Se marcha? -volvió a preguntar.
    – Eso me temo.
    Una mirada de perplejidad asomó al rostro de Spencer.
    – ¿Sin despedirse?
    La culpa golpeó a Andrew en las entrañas.
    – Sólo durante un tiempo. Y sólo porque tengo mucha prisa. Pensaba escribirte. -Rápidamente le explicó lo que estaba ocurriendo, concluyendo con-: En cuanto haya ensillado a Afrodita, te llevaré de vuelta a casa. Debes quedarte dentro hasta que Carmichael sea apresado. Protege a tu madre. ¿Lo has entendido?
    Spencer asintió.
    – ¿Cuándo volverá?
    Andrew inspiró hondo. No tenía tiempo para decir todas las cosas que le hubiera gustado, pero no podía por menos que confesar la verdad al chiquillo.
    – ¿Recuerdas todos esos molestos pretendientes que desean cortejar a tu madre?
    – Por supuesto. Les enseñamos a dejar de molestar a mamá, ¿no?
    – Sí, es cierto. Desgraciadamente, me he convertido en uno de ellos.
    Spencer parpadeó varias veces.
    – ¿Quiere cortejar a mi madre?
    – Eso quería, sí, pero las cosas no han resultado como yo esperaba.
    Spencer frunció el ceño. Andrew casi pudo oír girar las ruedas en la mente del joven.
    – ¿Y por qué no van a salir bien las cosas? Usted le gusta a mamá, lo sé. Y… y le gustó mucho el helado de fresa.
    – Sé que le gusto. Pero a veces eso no es suficiente. Y, en este caso, no lo es.
    El labio inferior de Spencer empezó a temblar y las lágrimas le inflamaron los ojos.
    – Entonces, ¿no va a volver?
    Que Dios le asistiera. ¿Cuántas veces podía romperse su condenado corazón en un sólo día? Andrew tendió los brazos y posó las manos en los hombros de Spencer.
    – Me temo que no. Pero quiero que sepas que me encantaría que me visitases en Londres siempre que quieras.
    – ¿De verdad?
    – Sí. Y de verdad espero que consideres la posibilidad de hacer el viaje. Creo que estás preparado para aventurarte más allá de los confines de Little Longstone. Te enseñaré el museo y podríamos continuar con tus lecciones de pugilismo.
    Spencer se pasó el dorso de la mano por los ojos.
    – Me… me encantaría.
    – También podemos enviarnos cartas si quieres, aunque, según me han dicho, soy un desastre con la ortografía.
    – Yo podría enseñarle. Se me da muy bien.
    – Bien, entonces está decidido. Aunque… ¿te importaría mucho cuidar de Sombra en mi lugar hasta que pueda enviar a alguien a buscarle?
    – En absoluto. Quizá pueda llevárselo yo mismo a Londres.
    Andrew sonrió a pesar del nudo que le agarrotaba la garganta.
    – Un plan excelente.
    – Señor Stanton… -Spencer levantó los ojos hacia él y la tristeza que revelaba su mirada cortó a Andrew como una cuchilla oxidada-. ¿Y si la gente de Londres se muestra… desagradable conmigo?
    – Estaré siempre a tu lado, Spencer. Si alguien es lo bastante estúpido como para mostrarse desagradable contigo, aunque sea una sola vez, te prometo que no habrá una segunda.
    Sus palabras borraron parte de la preocupación que velaba los ojos del joven, aunque nada hicieron por borrar de ellos la tristeza. Y era hora de irse. Después de dar un apretón a los hombros del chiquillo, le miró directamente a los ojos.
    – Quiero que sepas que… si tuviera un hijo, me gustaría que fuera igual a ti.
    La barbilla de Spencer tembló y una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla, golpeando a Andrew con más violencia que cualquier arma. Spencer dio un paso adelante y rodeó a Andrew por la cintura, estrechándolo entre sus brazos.
    – Ojalá fuera mi padre -dijo con un susurro quebrado.
    Andrew cerró los ojos con fuerza y también abrazó a Spencer. Tuvo que tragar dos veces para encontrarse la voz.
    – Ojalá, Spencer. Ojalá. Pero siempre seremos amigos.
    – ¿Siempre?
    – Siempre. Siempre que necesites algo, no tienes más que pedírmelo. -Dio unas palmadas al joven en la espalda y luego retrocedió-. Y ahora tenemos que irnos. ¿Por qué no coges a Sombra mientras yo ensillo a Afrodita?
    Spencer asintió y a continuación se dirigió al tercer establo. Andrew se quedó fuera del cuarto de sillas, observándole, preguntándose cómo podía un hombre sufrir tanto sintiéndose a la vez tan condenadamente aturdido.
    En cuanto la pesada puerta de madera del establo se cerró silenciosamente tras Spencer, Andrew soltó un profundo suspiro y se obligó a enterrar su dolor como lo había hecho con tantos otros. Se volvió para regresar una vez más al cuarto de sillas, pero no había dado más de un paso, cuando la voz de Carmichael dijo:
    – Quédese donde está.
    Andrew se volvió y vio emerger a Carmichael entre las sombras, apuntándole directamente con una pistola.
    Manteniendo una calma externa que estaba lejos de sentir, rápidamente evaluó sus limitadas posibilidades: posibilidades aún más desalentadoras por la presencia de Spencer. Maldición, si algo llegaba a ocurrirle al chico…
    Se obligó a mantener firme la mirada en la nariz hinchada y en la mejilla amoratada de Carmichael para no dejarla vagar hasta el establo en el que había entrado Spencer. ¿Se habría dado cuenta Carmichael de que no estaban solos? De ser así, tenía que asegurarse de que Spencer no se dejara ver.
    Andrew se aclaró la garganta y dijo, alzando la voz:
    – ¿Cuánto tiempo pretendía seguir ocultándose en el establo?
    – No estaba en el establo -dijo Carmichael-. Estaba fuera, ocupándome del jefe de establos.
    El alivio y la furia tensaron las manos de Andrew: alivio al saber que Carmichael parecía ignorar que no estaban solos, y furia ante la noticia de que Fritzborne hubiera sido víctima de aquel bastardo.
    – ¿Lo ha matado?
    Carmichael se acercó despacio, con los ojos brillantes.
    – No estoy seguro. Pero, aunque esté vivo, no le será de ninguna ayuda. Lo he dejado bien atado y amordazado.
    La mirada de Andrew descendió al instante hasta la pistola de Carmichael e interiormente maldijo el hecho de que su propia arma estuviera fuera de su alcance, en la sala de sillas, donde la había dejado al ir a buscar la silla. Todavía tenía el cuchillo, pero tendría que escoger el momento con mucho cuidado. Si fallaba…
    Cuando aproximadamente unos siete metros les separaron, Carmichael se detuvo.
    – Ha tardado bastante en venir a los establos.
    – Habría venido antes de haber sabido que me esperaba… Manning.
    La sorpresa destelló en los ojos de Carmichael.
    – Así que ya ha descubierto quién soy. Bien. Llevo esperando mucho tiempo este momento. Me ha llevado a una apasionante cacería durante estos últimos once años, Stanton, pero ahora todo ha terminado. Ahora pagará por haber matado a mi hijo.
    – Su hijo mató a mi esposa.
    – ¿Su esposa? Nunca fue suya. Era propiedad de Lewis. Usted se la robó. Su matrimonio iba a unir a dos poderosas familias.
    – Su hijo le pegaba.
    – ¿Y qué importa eso? Era suya y podía usarla a su antojo. Si la joven no hubiera sido tan estúpida, no le habría enfurecido como lo hacía. Dios santo, pero si apenas sabía hablar. Las únicas cualidades que la redimían eran su apellido y su enorme fortuna.
    Los ojos de Andrew se entrecerraron y dio un paso adelante.
    – Le sugiero que tenga cuidado con lo que dice de ella.
    – Y yo le sugiero que no vuelva a moverse. Soy un experto tirador.
    – ¿Un experto tirador? No lo creo. No me alcanzó en la fiesta de lord Ravensly por, al menos, medio metro. Su descuido a punto estuvo de costarle la vida a lady Catherine.
    Andrew apretó los dientes ante el despreocupado encogimiento de hombros de Carmichael.
    – Me temo que, cuanto mayor es la distancia, más puntería perdemos.
    – También anoche pretendió hacerle daño.
    – Su inesperada presencia interfirió en mis planes.
    – ¿Y el museo? ¿Fue eso obra suya o acaso contrató a alguien para que lo saqueara?
    Una gélida sonrisa arrugó las comisuras de los labios de Carmichael.
    – Fui yo. Ni se imagina la satisfacción que experimenté con cada hachazo. Con cada ventana hecha añicos. Viendo luego cómo sus inversores le daban la espalda. Todo ello pequeñas retribuciones por lo que usted le hizo a mi familia. -Sus ojos ardían de puro odio-. El matrimonio de Lewis con la heredera de los Northrip habría resuelto todos los problemas financieros de mi familia. Cuando asesinó a mi hijo, lo perdí todo. Northrip descubrió mis deudas y decidió retirarse de nuestra fusión. Naturalmente, le maté, aunque no obtuve con ello más que la simple satisfacción de acabar con su vida. Mi casa, mi empresa… todo perdido. Usted merecía no menos a cambio. Primero, perder su museo, y ahora, por fin, tras muchos años buscándole, también perder su vida.
    Un fuerte jadeo llegó desde la puerta de los establos. Andrew se volvió y el corazón a punto estuvo de dejar de latirle en el pecho. Catherine estaba de pie en el umbral, a menos de siete metros de él y con el horror reflejado en sus ojos abiertos como platos.
    – A menos que quiera que dispare al señor Stanton, sacará ahora mismo la mano de su falda, lady Catherine. -Sin apartar los ojos de ella, Carmichael prosiguió-: Y si se mueve usted un solo centímetro, señor Stanton, la mataré. Y ahora tienda las manos al frente, lady Catherine… sí, así, y acérquese al señor Stanton… no, no tanto. Deténgase ahí mismo.
    Catherine se detuvo a un par de metros de Andrew. Mientras hablaba a Catherine, un ligero movimiento detrás de Carmichael captó la atención de Andrew. Spencer, con los ojos como platos, atisbaba por encima de la puerta del establo situada justo detrás de Carmichael.
    Los ojos de ambos se encontraron y Andrew ladeó bruscamente la cabeza, rezando para que Spencer entendiera el mensaje y se mantuviera oculto. La cabeza del joven desapareció.
    La mente de Andrew empezó a pensar a toda prisa. ¿Cómo podía sacar a Spencer, a Catherine y a él mismo con vida de aquel lío? Carmichael estaba a menos de dos metros, directamente delante del establo donde se ocultaba Spencer. De pronto le llegó un golpe de inspiración y se aclaró la garganta.
    – Sabe que le colgarán por esto.
    – Al contrario. Sydney Carmichael simplemente desaparecerá y nunca volverá a saberse de él.
    – No contaría con ello. Apuesto a que no tardará en verse colgando de la horca. -Acompañó su afirmación chasqueando la lengua-. Sí, balanceándose, exactamente como la puerta de un viejo establo, como solía hacerlo mi viejo amigo Spencer. Y como probablemente estaría encantado de hacerlo de nuevo. En este preciso instante.
    Oyó la afilada inspiración de Catherine, pero no se atrevió a mirarla. Un destello de confusión asomó a los ojos de Carmichael, cuya mirada se endureció de inmediato.
    – Extraña elección para sus últimas palabras, aunque qué importa ya. Su vida ha terminado -anunció, apuntando directamente la pistola al pecho de Andrew.
    En apenas un segundo, la puerta del establo situado detrás de Carmichael se abrió de improviso, golpeándole con fuerza en la espalda y haciéndole perder el equilibrio. Andrew se lanzó hacia delante. Antes de que Carmichael pudiera recuperar el equilibrio, los puños de Andrew encontraron su objetivo con dos golpes rápidos y potentes que impactaron en la mandíbula y en el diafragma de Carmichael. Éste soltó un gruñido y la pistola se deslizó de sus dedos, aterrizando en el suelo de madera con un golpe sordo. Andrew lo cogió por la corbata y cuando había echado el puño atrás para darle un nuevo golpe, Carmichael puso los ojos en blanco, colgando inerte de la mano de Andrew. Éste lo soltó y Carmichael se derrumbó en el suelo, vio a Catherine quien, respirando pesadamente y con los ojos brillantes en una combinación de furia y triunfo, sostenía entre las manos un cubo lleno de pienso que mostraba una ostensible abolladura.
    – Toma, bastardo -dijo al hombre caído.
    Andrew quiso decir una docena de cosas, pero al abrir la boca, lo que salió de ella fue:
    – Lo ha derribado.
    – Le debía una. ¿Está bien?
    Andrew parpadeó.
    – Sí. ¿Y usted?
    – Sí, estoy bien. Sólo lamento no haber tenido la oportunidad de haberle dado dos veces.
    Con el cubo abollado en la mano, los ojos encendidos, las mejillas arreboladas, estaba magnífica… como una Furia vengadora, presta a derribar a cualquier canalla que se atreviera a cruzarse en su camino.
    – Desde luego, cualquiera diría que no necesita las lecciones de pugilismo de las que habíamos hablado.
    Spencer corrió hacia ellos, pálido y con los ojos como platos.
    – ¿Está muerto? -preguntó.
    – No -dijo Andrew-, aunque gracias a tu madre tendrá un espantoso dolor de cabeza cuando vuelva en sí.
    Catherine soltó el cubo, que fue a dar contra el suelo con un ruido metálico, y luego cubrió la distancia que la separaba de Spencer con dos espasmódicos pasos. Abrazándolo acaloradamente, preguntó:
    – ¿Estás bien, cariño?
    Spencer asintió.
    – Me alegro de que no estés herida, mamá. -Miró a Andrew por encima del hombro de Catherine-. Y usted también, señor Stanton.
    Cuando Catherine soltó a su hijo, Andrew puso una mano en el hombro de Spencer y sonrió.
    – Estoy bien, gracias a ti. Me has salvado la vida. Y también la de tu madre.
    El carmesí tiñó las pálidas mejillas de Spencer.
    – Quería matarle. Y también a mamá.
    – Sí, así es. Has sido extraordinariamente valiente, conservando la calma y manteniéndote en silencio para luego actuar en el momento justo. Estoy muy orgulloso de ti, y en deuda contigo.
    Spencer se sonrojó aún más.
    – Sólo he hecho lo que usted me ha indicado.
    – Y lo has hecho de un modo brillante.
    Una sonrisa iluminó los labios del joven.
    – Me parece que hemos formado un buen equipo.
    – No me cabe duda.
    Andrew señaló a Carmichael con la cabeza.
    – Tenemos que atarle y luego ir a ver cómo está Fritzborne.
    En cuanto Carmichael estuvo perfectamente atado y amordazado, encontraron a Fritzborne detrás de los establos, debatiéndose denodadamente contra las cuerdas que lo ataban. Andrew cortó las ligaduras con su cuchillo, explicándole rápidamente lo ocurrido. Cuando Fritzborne estuvo libre, Andrew le ayudó a levantarse.
    – ¿Se encuentra lo bastante bien como para ir a caballo en busca del magistrado?
    – Nada en el mundo podría causarme mayor placer -le aseguró Fritzborne.
    Después de ver marcharse a Fritzborne, Andrew se volvió hacia Catherine. Se cruzó de brazos para evitar tocarla.
    – Y ahora, quizá pueda decirme por qué ha salido de casa, lady Catherine.
    – Miré por la ventana y le vi entrando en los establos. Quería hablar con usted antes de que se… marchara. -Alzó la barbilla-. No salí de casa desarmada. Desgraciadamente, Carmichael me vio cuando intentaba sacar la pistola del bolsillo.
    – ¿La pistola?
    – Sí. Y estaba decidida a usarla en caso de considerarlo necesario.
    – Ya… veo. ¿De qué quería hablar conmigo? -Buscó su mirada, esperando una señal que le indicara que quizá había cambiado de opinión, pero la expresión de Catherine no revelaba nada.
    – ¿Le importaría que habláramos de esto en casa? -La mirada de Catherine regresó al cuerpo atado de Carmichael y la recorrió un visible escalofrío.
    – Por supuesto que no. Pero tengo que quedarme aquí hasta que llegue Fritzborne con el magistrado. Estoy seguro de que querrá también hablar con Spencer y con usted.
    – Estoy de acuerdo. -Y volviéndose hacia Spencer, dijo-: ¿Me acompañas, cariño? Hay algo de lo que quiero hablar contigo.
    Spencer asintió. Catherine pasó el brazo de su hijo por debajo del suyo y Andrew los vio alejarse, resucitando en él el dolor de saber que después de ese día, no volvería a ser parte de sus vidas.

    Catherine se sobresaltó cuando alguien llamó a la puerta del salón. Tras pasarse las manos por el vestido de muselina de color melocotón y pellizcarse las mejillas para asegurarse de que no estaba demasiado pálida, dijo:
    – Pase.
    La puerta se abrió y Andrew apareció en el umbral. Andrew, ese hombre alto, sólido, masculino y oscuramente atractivo, con sus cabellos de ébano desordenados como si se los hubiera mesado con los dedos. A Catherine se le entrecortó el aliento y tuvo que posar las manos sobre su abdomen en un intento por calmar los espasmos que la sacudían.
    – ¿Se ha ido ya el magistrado? -preguntó.
    – Sí. Entre lo que tú, Spencer, Fritzborne y yo le hemos contado, Carmichael no volverá a salir jamás de una celda. -Cruzó despacio la habitación, deteniéndose en el otro extremo de la alfombra Axminster que les separaba-. Decías que querías hablar conmigo.
    – Sí. Antes de que Spencer y yo regresáramos a casa, hemos dado un paseo por los jardines y hemos tenido una larga charla. -Se volvió, se dirigió a la mesita de cerezo situada junto a la ventana y cogió un ramo de flores cuyos tallos estaban atados con un lazo de satén rojo. Al volver, tendió el ramo, rezando para no parecer tan nerviosa como lo estaba-. Las he cogido. Para ti.
    La sorpresa destelló en los ojos de Andrew al tomar las flores.
    – Dicentra spectabilis -dijo con voz ronca.
    – Así que te acuerdas del nombre en latín.
    Andrew clavó la mirada en las flores rojas y blancas y un sonido carente del menor atisbo de humor se abrió paso entre sus labios.
    – ¿Del corazón sangrante? Cómo olvidar algo tan… descriptivo. -Pareció abrasarla con la mirada-. Lo recuerdo todo, Catherine. Cada mirada. Cada palabra. Cada sonrisa. Recuerdo la primera vez que te toqué. La última. Y cada caricia que compartimos en ese tiempo.
    Catherine cerró con fuerza los puños para evitar así toquetearse el vestido.
    – Encontré tu nota. El anillo. Y las cartas. Yo… no tenía la menor idea de que tus sentimientos hacia mí se remontaran a tan atrás.
    – ¿Es de eso de lo que quieres hablarme? ¿Del hecho de que lleve amándote desde hace años y no meses?
    – Sí. No. -Negó con la cabeza-. Lo que pretendo es hablarte de cuáles son mis sentimientos.
    La mirada de Andrew se agudizó.
    – Te escucho.
    – Cuando te fuiste de mi habitación, me pasé el resto de la noche pensando y finalmente llegué a lo que me pareció una decisión lógica. Fui a comunicártela, pero ya no estabas. Entonces leí tu nota, vi las cartas que yo había escrito y todas mis fantásticas decisiones se desintegraron. Sólo me quedó una innegable e irrefutable verdad: que ya había cometido un terrible y espantoso error rechazándote y que a punto había estado de cometer otro. No deseo cometer más errores de esa clase. -Inspiró hondo antes de proseguir-. Andrew, ¿quieres casarte conmigo?
    En toda su vida Catherine no se había enfrentado a un silencio más ensordecedor. El corazón parecía habérsele detenido y haberse lanzado al galope a la vez mientras él la observaba con expresión cauta. Por fin, habló.
    – ¿Cómo dices?
    Catherine arqueó una ceja, dando muestras de su mejor imitación de él.
    – ¿Acaso desconoces el significado del verbo «casarse»? ¿Tengo acaso que ir a buscar un diccionario?
    – Quizá deberías, porque me gustaría estar seguro de que hablamos de la misma palabra.
    – No hace mucho, una persona muy sabia me dijo que el matrimonio significa cuidarse mutuamente. Amarse. Compartir la risa y ayudarse en el dolor. Saber siempre que hay otra persona a tu lado. Que está ahí para ti. -Dio un paso hacia él, luego otro-. Significa que quiero que seas mi marido. He hablado con Spencer, y quiere que seas su padre. Y quiero ser tu esposa. ¿Lo entiendes ahora?
    Andrew tragó saliva y movió la cabeza en señal de asentimiento.
    – Has dejado escaso margen a una posible interpretación errónea, aunque no estoy seguro de por qué mi nota ha precipitado este cambio en tu corazón.
    – Pensar en que me has amado durante todos estos años… me ha llegado al corazón. Me ha abierto el corazón. Me he dado cuenta, con dolorosa claridad, de que si hubieras sido mi esposo, mis sentimientos hacia el matrimonio habrían sido muy distintos. Me he dado cuenta de que deseaba que hubieras sido mi esposo. Mis temores han hecho que negara mis sentimientos por ti, pero ya no puedo seguir negándomelos. Te amo, Andrew.
    Andrew cerró brevemente los ojos, apretándolos con fuerza. Cuando los abrió, Catherine se quedó sin aliento al percibir la cruda emoción que ardía en su mirada. Tendiéndole los brazos, la atrajo hacia él y se unieron en un largo y profundo beso que le dejó temblando las rodillas.
    – Otra vez -dijo con voz ronca Andrew contra los labios de ella-. Dilo otra vez.
    – Te amo, Andrew.
    – Otra vez.
    Catherine le empujó el pecho con las manos y le miró ceñuda.
    – No hasta que respondas a mi pregunta.
    Andrew le besuqueó el cuello, dando al traste con la capacidad de concentración de Catherine.
    – ¿Pregunta?
    Lo empujó aún más y lo miró airada.
    – Sí. ¿Te casarás conmigo?
    – Ah, esa pregunta. Antes de que te dé una respuesta, quiero asegurarme de que entiendas varias cosas.
    – ¿Como por ejemplo?
    – Me temo que ya no estoy yo solo. Ahora vengo con un perro.
    Un extremo de la boca de Catherine se curvó.
    – Entiendo. Acepto los términos. ¿Qué más?
    – A pesar de que gozo de una buena posición económica, deberías saber que desgraciadamente seré quinientas libras más pobre de lo que tenía planeado puesto que no podré entregar a Charles Brightmore a lord Markingham y a sus amigos.
    – Puesto que te estoy profundamente agradecida por ello, no puedo mostrarme quisquillosa con la cuestión del dinero.
    – Excelente. A fin de que ni Markingham ni ningún otro instiguen otra investigación, les ofreceré pruebas irrefutables de que Brightmore ha huido a algún país remoto sin ninguna intención de regresar.
    – ¿Y cómo obtendrás tal prueba?
    – Soy un tipo muy listo.
    – No encontrarás en mí la menor resistencia.
    Andrew sonrió.
    – Esta mañana pinta cada vez mejor.
    – ¿Hay algo más que tenga que entender?
    – Sí. Todavía me debes el pago de una deuda y te lo exigiré. -Sus ojos se oscurecieron y la atrajo más hacia él-. Al completo.
    Un escalofrío de placer recorrió la columna de Catherine.
    – Una exigencia ciertamente atroz, pero te será concedida. ¿Algo más?
    – Una cosa más. Creo que me gustaría seguir tus pasos literarios e intentar escribir un libro. Se me ha ocurrido el título perfecto: Guía del caballero para la supervivencia masculina y la comprensión de las mujeres.
    Catherine le miró fijamente, con expresión perpleja.
    – Bromeas.
    – No. Tras nuestro cortejo, me considero todo un experto.
    Aunque quizá la idea no fuera del todo disparatada…
    – Lo discutiremos -dijo por fin.
    – Bien. Y quizá deberías plantearte escribir una segunda parte de la Guía. Estaría más que encantado de ayudarte con tus investigaciones. Ahora, en lo que concierne a tu propuesta… la respuesta es un sí rotundo. Para mí sería un honor casarme contigo.
    Catherine soltó una bocanada de aire que no era consciente de estar conteniendo. Deslizó entonces la mano en el bolsillo de su vestido y sacó el anillo de esmeraldas.
    – ¿Me lo pones? -preguntó.
    – Será un placer. -Sujetándose las flores bajo el brazo, le deslizó el anillo en el dedo-. ¿Te gusta? Porque si no te gusta, puedo regalarte otro…
    – Es perfecto -le tranquilizó Catherine, moviendo la mano adelante y atrás de modo que la luz quedara prendida en las distintas facetas de la gema-. Es mi tesoro más preciado.
    Andrew capturó su mano y se la llevó a la boca, depositando un cálido beso en la palma. Una sonrisa lenta y devastadora asomó a sus labios.
    – Nunca me habían regalado flores ni me habían hecho una propuesta de matrimonio.
    El calor y la felicidad la inundaron y le devolvió la sonrisa.
    – Sí, bueno, ya sabes cuánto me gusta ser la primera.
    – Mi querida Catherine -dijo Andrew con los ojos colmados de amor y de pasión-, siempre lo has sido.

Jacquie D’Alesandro


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