Скачать fb2
Placer Y Trabajo

Placer Y Trabajo

Аннотация

    NO SOSPECHABAN QUE TRABAJAR DURANTE LAS VACACIONES PODRÍA SER TAN PLACENTERO
    Los ejecutivos de publicidad Matt Davidson y Jilly Taylor tenían dos cosas en común: ambos odiaban perder y se deseaban el uno al otro. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a arriesgar el ascenso por rendirse a la atracción que sentían. No contaban con que su jefe les encargara llevar la misma cuenta… y dormir en el mismo hotel. Aquello estaba al rojo vivo, tanto laboral como sentimentalmente, y pronto se dieron cuenta de que no podían centrarse en el trabajo…


Jaquie D’alessandro. Placer Y Trabajo

Prólogo

    Conseguir una cuenta de cien millones de dólares. Ese sería un magnifico regalo de Navidades.
    Adam Terrell, director ejecutivo de Maxximum Advertising, pulsó el botón para cortar la llamada telefónica que acababa de mantener y se levantó de su butaca. Estaba tan contento, que apenas pudo controlar el impulso de ponerse a bailar.
    La posibilidad de representar a ARC Software en su nueva campaña publicitaria no era una mala forma de empezar el día. Todavía no habían cerrado el trato, pero Jack Witherspoon, presidente de ARC, le había asegurado que Maxximum se encontraba en la lista de las empresas candidatas.
    Ahora sólo tengo que lograr que Maxximum sea la única agencia en esa lista -se dijo en voz baja.
    Incapaz de mantenerse quieto, cruzó el amplio despacho de moqueta azul y se dirigió a los ventanales. La sede de Maxximum se encontraba en un décimo piso de Madison Avenue, de modo que tenía una vista excelente de la ciudad y de la calle. Y al ver a los peatones de Manhattan, envueltos en sus abrigos por el frío invernal y cargados de bolsas de regalos, recordó que sólo quedaban diez días para Nochebuena.
    Ahora ya sabía lo que quería encontrar bajo el árbol de Navidad: un contrato con la firma de Jack Witherspoon.
    Pero su agencia no era la única que quería conseguir aquel encargo, así que tendría que encontrar la forma de salirse con la suya. Witherspoon quería que la campaña estuviera preparada antes de la siguiente reunión de su junta de accionistas.
    Adam decidió encargárselo a sus mejores profesionales y enseguida pensó en dos personas: Matt Davidson y Jillian Taylor. Los dos eran ambiciosos, excepcionalmente creativos y poseían mucho talento; además, se concentraban totalmente en su trabajo y eran muy competitivos, sobre todo entre ellos. Había sido así desde la llegada de Matt a la empresa, cuando consiguió un contrato con Strattford Furniture que Jillian había estado persiguiendo durante varias semanas.
    En el año transcurrido desde entonces, Adam había observado que no dejaban de desafiarse el uno al otro, pero no le importaba: su aparente animadversión sacaba lo mejor de ellos y Maxximum salía ganando. Si Jilly no podía conseguir un cliente, Matt lo hacía. Y viceversa.
    – Jilly y Matt -se dijo-. Sí, buena idea…
    Sabía que, si les pedía que prepararan un proyecto para ARC, uno de los dos lograría el contrato. Estaba seguro de ello.
    Adam era consciente de que ni a Jilly ni a Matt les gustaría la idea. El verano anterior les había propuesto algo parecido con otro cliente, Lone Star Steaks, y su reacción no había sido muy buena. Pero al final, Jilly obtuvo lo que querían gracias, en gran parte, a su competencia con Matt.
    La táctica resultaba algo maquiavélica, pero Adam se encogió de hombros. El mundo de la publicidad era muy duro y él no había logrado que Maxximum se convirtiera en una de las principales agencias de Nueva York, en sólo diez años, por el procedimiento de comportarse como un buen samaritano. Pero se dijo que tal vez sería más adecuado que ni Jill ni Matt supieran que tenía intención de encargarles el proyecto a los dos, y decidió que lo mantendría en secreto hasta que ya fuera demasiado tarde.
    Adam sonrió, regresó a su escritorio y descolgó el teléfono. Aquello iba a ser muy divertido.

Capitulo 1

    Matt Davidson salió del despacho de Adam Terrell, cerró la pesada puerta de roble y contó hasta cinco para mantener la calma. Llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad como aquella y estaba convencido de que podría conseguir el contrato de ARC. Si lo lograba, podría despedirse del cubículo donde trabajaba y tener despacho propio, lograr un ascenso e incluso un salario mejor.
    Mientras daba vueltas al sinfín de ideas que lo asaltaban, se dirigió al escritorio de la secretaria de Adam, Debra. Su jefe le había dicho que le pidiera el número telefónico de la agencia de viajes de Maxximum y que se reservara una habitación en el Chateau Fontaine para pasar el fin de semana. Adam ya había reservado una suite en el mismo establecimiento, uno de los hoteles más elegantes y caros de Long Island, a Jack Witherspoon; tenía intención de ganarse su apoyo y Matt no dudaba que la lujosa decoración, los vinos, las cenas, la piscina interior y los puros habanos serían un poderoso estímulo.
    Debra estaba hablando por teléfono en aquel momento, pero sonrió al verlo y le hizo un gesto para que supiera que no tardaría en colgar. Matt asintió y se apoyó en una columna de mármol blanco que decoraba la sala.
    En el hilo musical sonaban villancicos y alguien había instalado un árbol de Navidad junto a las cristaleras. Aquello le recordó que tendría que comprar los regalos de rigor; había pensado comprar un DVD a su hermana y a su cuñado, una casa de muñecas a su sobrina y algo más especial, una pequeña sorpresa, para su padre y su madre. A fin de cuentas, sus padres se lo merecían; habían pasado una temporada muy mala; de hecho, esperaban tener los resultados de las pruebas de su madre ese mismo fin de semana, así que cruzó los dedos para que fueran buenas noticias. Todos estaban preocupados por ello, pero no estaba dispuesto a dejarse llevar por el pesimismo.
    En aquel momento, la voz de Debra lo devolvió a la realidad.
    – Siento haberte hecho esperar -dijo, con un destello de deseo en sus ojos azules.
    Matt pensó que debería haberse sentido halagado por la mirada de Debra; pero a pesar de que era una mujer inteligente y muy guapa, no se sentía atraído por la secretaria. Sin embargo, su reacción habría sido igualmente fría de haber sentido algo por ella. Ya había aprendido la dura lección de no mantener relaciones físicas con compañeros de trabajo, y por supuesto, no pensaba tropezar dos veces en la misma piedra.
    – ¿Qué puedo hacer por ti? -preguntó ella, humedeciéndose los labios.
    Por el gesto de Debra, Matt supo que se le estaba insinuando.
    – Necesito el número de la agencia de viajes -respondió con una sonrisa educada.
    – Ahora te lo doy -dijo mientras consultaba su agenda-. Por cierto, esta noche vamos a ir a Little Italy, a cenar al Carmine. ¿Te apetece venir con nosotros?
    Matt negó con la cabeza.
    – Lo siento, pero ya tengo planes.
    – ¿Con una mujer?
    Matt consideró la posibilidad de mentir, pero en ese momento no estaba saliendo con nadie y nunca le habían gustado las mentiras: le habían hecho demasiado daño a lo largo de su vida. Además, y como solía decir su padre, una de las ventajas de decir la verdad es que luego no había que hacer un esfuerzo para recordar en qué se había mentido.
    – No, me temo que es una cita con mi ordenador y con el trabajo. Tengo que desarrollar varias ideas.
    Debra le apuntó con un dedo.
    – Ya sabes lo que dicen de los que trabajaban mucho y no se divierten…
    – Sí, lo sé, pero yo soy así.
    Matt había sido completamente sincero. Era jueves y debía marcharse al día siguiente al hotel de Long Island, así que apenas tenía tiempo para poner en orden sus ideas y preparar una presentación rápida. Con toda probabilidad, tendría que pasarse toda la noche trabajando. Y en cuanto a las relaciones con las mujeres, no había tenido nada serio desde su ruptura con Tricia, el año anterior; pero eso no le incomodaba en absoluto: prefería vivir sin problemas.
    Unos segundos después, captó un movimiento a su lado, se volvió y estuvo a punto de gemir. Era Jillian Taylor, todo un ejemplo de mujer problemática y una de sus peores pesadillas. Como siempre, se había recogido su oscuro cabello en una coleta tan severa, fría y discreta como su corte de pelo y su traje.
    Aquel día había optado por una indumentaria marrón, de pantalones estrechos y unos zapatos que parecían una especie de mocasines de tacón alto, sin mencionar la actitud desconfiada y agresiva de la que hacía gala siempre.
    Gracias a su experiencia con Tricia, Matt reconocía con facilidad a ese tipo de mujeres, de aspecto reservado en apariencia y un corazón frío, competitivo y ambicioso. Desde el momento en que había llegado a Maxximum, supo que le daría problemas y que ella era el enemigo a batir, o más exactamente, el enemigo público número uno.
    Matt detestaba las habladurías y se mantenía bien lejos de ellas, pero no era sordo y había oído que algunos compañeros de trabajo, de ambos sexos, se referían a ella como La reina de hielo. Le parecía un título bastante ajustado a la realidad; sin embargo, en más de una ocasión se había sorprendido a sí mismo preguntándose si verdaderamente sería tan fría o si se trataba de simple fachada.
    Sin poder evitarlo, recordó a Tricia. Recordó sus ojos azules, su sonrisa y sus promesas de amor. Pero reaccionó enseguida y la expulsó de sus pensamientos en cuestión de segundos, algo aliviado al comprobar, de nuevo, que había superado la fase de sentirse traicionado y que sólo le provocaba irritación.
    Por desgracia para él, resultaba difícil no pensar en Tricia cuando se encontraba cerca de Jilly Taylor. Tenían personalidades tan parecidas, que parecían cortadas por el mismo patrón. Las dos eran inteligentes, las dos tenían talento y las dos eran extremadamente ambiciosas. Sin embargo, no podían ser de apariencia más distinta: Tricia era rubia, pequeña y vestía de forma femenina; Jilly era morena y solía llevar ropa de color oscuro y trajes.
    Entrecerró los ojos y vio que Jilly se detenía un momento para intercambiar un breve cruce de palabras con alguien. Después, siguió avanzando sin levantar la cabeza de los documentos que llevaba, como si estuviera muy concentrada en ellos. A pesar de la distancia, Matt notó la tensión de sus labios y su ceño fruncido. Caminaba de forma brusca, sin relajación alguna, con sus negras y rectangulares gafas apoyadas en el puente de la nariz.
    Sin duda alguna, era el arquetipo de la profesional competente; y por mucho que le disgustara admitirlo, tenía talento. Los dos estaban luchando por conseguir un ascenso merecido, pero naturalmente estaba convencido de que al final ganaría él.
    Cuando se aproximó al escritorio de Debra, Jillian alzó la cabeza. Y al verlo, su paso se hizo más lento.
    La expresión de la mujer no cambió en absoluto, pero Matt notó un brillo en sus ojos cuya interpretación no dejaba lugar a dudas: su presencia le disgustaba. Por su parte, tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír. Disfrutaba con el perverso placer de molestarla, pero nunca había perdido los estribos delante de él y valoró la posibilidad de intentar romper su aplomo y conseguir que la despidieran.
    Esperaba que se alejara, pero sorprendentemente, se detuvo. Matt notó su aroma enseguida; olía fresca y limpia como siempre, como si tuviera la costumbre de secar la ropa tendiéndola al sol. Sin embargo, era invierno y sabía que debía atribuir el olor, más bien, a los productos que usaran en su tintorería.
    – Debra, Matt… -los saludó.
    La voz de Jillian sonaba suave y algo ronca al mismo tiempo, como si acabara de levantarse de la cama.
    – Hiciste un gran trabajo con el encargo de Heavenly Chocolate -le dijo-. Muy inteligente, fresco y moderno.
    Matt buscó algún gesto de ironía o de falta de sinceridad en su expresión, pero no lo encontró.
    – Gracias. Fue un trabajo agradable.
    – No lo dudo, aunque puedes estar seguro de que te lo habría puesto difícil si no hubiera estado en cama con la gripe.
    – Sé que me lo habrías puesto difícil, pero mi proyecto habría ganado de todas formas.
    – Comprendo que quieras engañarte.
    Matt sonrió.
    – Me alegra que te sientas mejor -dijo, cambiando de tema.
    Ella le devolvió la sonrisa.
    – Muchas gracias. Pero dime, ¿cómo te va con el encargo de Fabulous Feline Food?
    – Muy bien, pero ya me conoces… Soy todo creatividad.
    – Oh, sí, ya te conozco -Lijo mientras se volvía hacia Debra-. ¿Sabes si Adam está en su despacho?
    Debra asintió.
    – Sí, te está esperando.
    Jillian avanzó por el pasillo y llamó a la puerta del despacho de Adam. Segundos después, entró y desapareció en su interior.
    Matt sintió una enorme curiosidad. Le habría encantado saber de qué tenían que hablar.
    Ahora lo entiendo -dijo Debra.
    Matt la miró y el brillo de los ojos de la mujer le puso algo nervioso.
    – ¿Qué es lo que entiendes?
    – Que no hayas reaccionado a ninguna de mis señales. Por lo visto, tu atención está en otra persona -respondió, haciendo un gesto hacia la puerta del despacho de Adam-. He notado la tensión que hay entre vosotros dos.
    Matt dejó escapar una risa nerviosa.
    – No sabes lo que dices. Te has equivocado por completo.
    Debra arqueó una ceja con escepticismo.
    – Te aseguro que reconozco las chispas cuando las veo.
    – Pues si has visto chispas, no son de la clase que imaginas. Son más bien de disgusto.
    – Eso no importa -declaró ella con ironía-. Cualquier tipo de chispa puede provocar un fuego.

    A las siete y media de aquella tarde, Jilly se sentó en un reservado de su restaurante preferido de Chinatown frente a Kate Montgomery; la cena de los viernes se había convertido en una tradición para las dos amigas desde que habían terminado la carrera, seis años antes.
    Jilly puso las manos sobre la mesa y miró a su amiga con una gran sonrisa. Kate trabajaba en un bufete de abogados de Park Avenue y se había especializado en impuestos. Jilly la adoraba a pesar de que era increíblemente atractiva, brillante y lista. Aquel día se había puesto un traje muy elegante, y su cabello rubio le caía de tal forma sobre los hombros, que pensó que se parecía mucho a Grace Kelly de joven.
    – Parece que has tenido un buen día -comentó Kate, sonriendo.
    – Ni te lo imaginas -observó ella-. Me han dado la oportunidad de conseguir un contrato muy importante para Maxximum.
    – Suena interesante -dijo mientras le pasaba la carta-. ¿Y de qué cliente se trata?
    – De ARC Software. Quieren una campaña de publicidad para promover su nuevo sistema operativo, que al parecer se va a instalar en todos los ordenadores WellCraft.
    Kate se quedó muy impresionada.
    – Eso es magnífico… Si consiguieras ese trabajo, podrías fortalecer mucho tu posición en Maxximum.
    – Exacto. Además, el proyecto incluye un ascenso, una paga extra y un montón de beneficios al margen. Mi jefe, Adam, me ha organizado una reunión con la dirección de ARC para este fin de semana. Y adivina dónde…
    – Supongo que en algún lugar interesante. ¿En Maui?
    Jilly rió.
    – No, no es tan interesante. En el Chateau Fontaine.
    – Oh… Creo que me voy a morir de envidia. El año pasado, Ben y yo pasamos un fin de semana en ese hotel y nos encantó.
    Jilly notó que los ojos de Kate se iluminaban al hablar de su prometido.
    – Sólo espero tener tiempo para darme un masaje…
    Kate sonrió.
    Oh, sí, debes de estar realmente angustiada -dijo su amiga con ironía-. Qué gran problema: divertirte un rato con unos clientes en el Chateau Fontaine. ¿Cuándo te marchas?
    – Mañana, cuando salga del trabajo. No volveré hasta el lunes por la noche, así que no podremos ir a tomar nada después de cenar. Apenas me queda tiempo y debo preparar algún tipo de presentación…
    – No te preocupes por eso. Yo también tengo que trabajar esta noche. Mañana me espera una reunión en el bufete.
    El camarero llegó en aquel momento, así que las dos mujeres interrumpieron su conversación para pedir la cena. Pero no tardaron mucho: todas las semanas pedían lo mismo.
    – Bueno, ¿cómo va el resto de las cosas? ¿Qué tal tu vida social? -preguntó Kate.
    – ¿Además de nuestras cenas de los viernes? No existe, no tengo vida social. ¿Y tú? A juzgar por la cara de felicidad que tienes, las cosas te van bien con Ben…
    – Oh, sí, me van muy bien. Los planes de la boda siguen adelante… La verdad es que yo le recomendaría el amor a cualquiera.
    – No me extraña. A fin de cuentas, has conseguido encontrar al último hombre decente de toda Nueva York, honesto, soltero, heterosexual, estable emocionalmente hablando y hasta con dinero.
    – Bueno, lo encontré porque lo estaba buscando…
    – Mentirosa, no estabas buscando nada. Si no recuerdo mal, estabas totalmente centrada en tu trabajo.
    – Sólo al noventa por ciento -puntualizó-. El diez por ciento restante se dedicaba a buscar al hombre adecuado, a diferencia de ti. Tú te dedicas al cien por cien al trabajo.
    – Eso no es cierto. He mantenido más relaciones de las que puedo recordar. Y en todos los casos han sido un desastre.
    – Oh, vamos… ¿Y cuándo fue la última vez?
    Jillian pensó que su amiga tenía razón. Habían transcurrido nueve meses, tres semanas y diecisiete días desde la última vez.
    – Bueno, es verdad que ha pasado bastante tiempo, pero puedo resumir mi actual falta de interés en dos palabras: Aaron Winston.
    – Eso ya es historia. Además, que te fuera mal con él no quiere decir que siempre te vaya a ir mal con todo el mundo.
    ¿Y qué me dices de los anteriores, de Carl, Mike, Kevin, Rob…? Al parecer, todos los hombres que conozco son unos idiotas. Es como si sólo consiguiera atraer a individuos que quieren controlarme… y a homosexuales. Y por desgracia, ninguna de las dos categorías me atrae.
    – No exageres.
    – Es posible que me haya vuelto un poco paranoica, pero ¿cómo puedes culparme después de semejante experiencia?
    Kate suspiró.
    – Sí, supongo que es comprensible.
    – Créeme, a mí me encantaría mantener una relación como la que tienes con Ben.
    – ¿Y si aparece el tipo adecuado?
    – Entonces, me aferraré a él. Pero tampoco estoy loca por encontrarlo. Tengo demasiado trabajo como para perder el tiempo con sueños sin fundamento.
    – Excelente, porque eso quiere decir que lo encontrarás pronto. Los hombres perfectos siempre aparecen cuando no se está mirando.
    – Ya. Si tú lo dices…
    Confía en mí. Cuando menos te lo esperes, pasará algo inesperado y tu vida cambiará por completo.
    El camarero les sirvió entonces la comida y Jilly se abalanzó sobre su plato de gambas y brécol con los palillos.
    – Me gustaría que en mi oficina hubiera alguien que te pudiera presentar, pero todos están casados, son homosexuales, están a punto de jubilarse o son tan maduros como un adolescente -comentó Kate.
    – Mmm. Yo diría que todos los hombres encajan en esas categorías.
    Kate rió.
    – Sólo al noventa y nueve por ciento. El secreto consiste en buscar al uno por ciento restante. Y Ben es la prueba viva de que existe.
    – Bueno, pero no tengo tiempo para andar buscando la única manzana sana en un barril de manzanas podridas. Los hombres exigen mucha atención. Además, ¿dónde están todos esos tipos que salen en las revistas y que dicen que quieren mujeres independientes y no sumisas? Todavía no he conocido a ninguno. Al principio, todos dicen que te quieren así. Pero luego, intentan controlarte. Y se enfadan terriblemente si alguna vez tengo que cancelar una cita por motivos de trabajo.
    – Te entiendo perfectamente. La mayoría de los hombres a los que conocí antes de encontrar a Ben eran tal y como los describes.
    – Exacto. Y el interés desaparece por ambas partes cuando se dan cuenta de que tienes otros intereses en la vida, de que no van a conseguir que cambies de opiniones políticas ni de corte de pelo ni de forma de vida. Mira, yo no necesito que nadie cuide de mí, y mucho menos, que me controle. No quiero que me pase lo que le pasó a mi madre ni quiero cometer el error que estuve a punto de cometer con Aaron. He trabajado mucho y puedo cuidar de mí misma. Emocional y económicamente.
    – Estoy totalmente de acuerdo contigo – dijo Kate con una sonrisa maliciosa-, pero créeme: contar con alguien que cuide de ti físicamente puede ser muy placentero.
    Jilly negó con la cabeza.
    – Me vas a matar, ¿lo sabías? Destilas tanta felicidad que das asco. Si no te quisiera tanto, te daría unas cuantas bofetadas para quitarte esa estúpida sonrisa de mujer enamorada y sexualmente satisfecha.
    Kate rió.
    – No seas envidiosa. ¿Quién sabe? Es posible que conozcas al hombre que buscas este mismo fin de semana, en el Chateau Fontaine.
    – Lo dudo. Será una reunión de negocios.
    – Sea como sea, mantente atenta por si aparece -dijo, mientras alzaba su copa para brindar-. ¿Me lo prometes?
    Jill miró al techo con desesperación, pero aceptó el brindis.
    – Está bien, te lo prometo. Pero eres demasiado optimista. Como estás enamorada, crees que todo el mundo debería estarlo.
    – Es que todo el mundo debería estarlo. Enamorarse no implica perder el control ni la independencia. Yo también pensaba como tú, pero cambié de opinión cuando conocí a Ben. Existe una gran diferencia entre renunciar a los sueños, a las ambiciones, y compartirlos con alguien. Lo entenderás cuando encuentres al hombre adecuado.
    Jilly se estremeció, dominada por una sensación que no supo definir. Podía ser envidia. O simplemente, necesidad.
    – Tal vez. Pero hasta ese momento, me concentraré en mi trabajo. Y conseguir el proyecto de ARC sería un gigantesco triunfo…
    – Ahora que lo dices, me preguntó qué pensará Matt Davidson cuando lo sepa…
    Jilly se estremeció por segunda vez. La mención de aquel nombre había estado a punto de provocarle una indigestión.
    – Si lo consigo, dirá con esa petulancia suya que él lo habría hecho mejor y en menos tiempo. Ahora se comporta peor que nunca porque consiguió una campaña importante mientras yo estaba en cama con la gripe. Es el hombre más arrogante, ambicioso y egoísta que he tenido la desgracia de conocer.
    El simple hecho de pensar en él bastaba para sacarla de sus casillas. Era su enemigo desde el principio, desde que había conseguido hacerse con la campaña de Strattford Furniture, una campaña en la que ella había estado trabajando durante varias semanas. Cuando se enfrentó a él para acusarlo de haberle robado el trabajo, él se defendió diciendo que no se lo había robado en absoluto y que Walter Strattford, un viejo amigo de su familia, le había pedido que se encargara personalmente del asunto.
    Poco después, Jilly supo que la historia de Matt era cierta y quiso hacer las paces con él. Pero Matt no le hizo ningún caso y ella no estaba dispuesta a permitir que le robara su espacio en Maxximum.
    Sin embargo, Jilly era una profesional y en el fondo de su corazón sabía que Matt Davidson era un excelente publicista y que sus trabajos eran, siempre, impresionantes. Pero eso sólo servía para irritarla aún más. Como la irritaba, y mucho, que además fuera atractivo: con su cabello oscuro y sus profundos ojos azules, era un hombre que le habría llamado la atención a cualquiera.
    – Bueno, puede que sea tu peor rival e insoportable. Pero tuve ocasión de verlo una vez y no me negarás que también es muy atractivo…
    – Sí, tan atractivo como una serpiente de cascabel. Tú lo viste a distancia. Y créeme cuanto más cerca estás de él, menos atractivo es.
    Por supuesto, Jillian había mentido. Pero no quería pensar en eso.
    Ahora sólo quería concentrarse en su trabajo. Tenía la sensación de que aquel fin de semana en Chateau Fontaine era la gran oportunidad que había estado esperando. La ocasión de conseguir todo lo que había soñado.

Capitulo 2

    Matt se detuvo ante el pórtico con columnas del hotel Chateau Fontaine, tomó su chaqueta de cuero y su bolsa de viaje, dejó el coche para que lo aparcaran y se dirigió a la entrada. Tenía las piernas entumecidas por el viaje, de seis horas, y pensó que en tanto tiempo podría haber llegado a Canadá.
    Sin embargo, sabía que la tardanza había sido culpa suya. Había optado por tomar la autopista de Long Island a sabiendas de que era famosa por los tremendos atascos que se organizaban en ella, pero había pensado, equivocadamente, que el tráfico estaría bien. A fin de cuentas, había salido de la ciudad después de las ocho de la tardé. Pero no había contado con la gente que se marchaba fuera a pasar el fin de semana, ni con la nieve ni con el camión que había sufrido un accidente y que había cortado la ruta.
    En cuanto entró, caminó hacia la recepción como si hubiera encontrado un oasis en mitad del desierto. Tenía sed y no había comido nada en todo el día, pero estaba tan agotado que no le apetecía comer.
    – Estoy tan cansado que no me apetecería ni hacer el amor -murmuró.
    Sólo quería meterse en la cama y dormir. La experiencia del viaje se había sumado a la larga noche en vela, de modo que decidió descansar y levantarse a primera hora, con tiempo suficiente para echar un vistazo a sus notas antes de reunirse con Jack Witherspoon. Había charlado con él aquella mañana y no sabía cuándo llegaría al hotel, pero los dos se habían mostrado de acuerdo en que sería mejor que se reunieran por la mañana en lugar de hacerlo nada más llegar.
    Matt sonrió a la recepcionista, que se llamaba Maggie a juzgar por la plaquita que llevaba en la blusa, y le dio el fax de la agencia de viajes de Maxximum.
    – Ah, sí, señor Davidson… lo estábamos esperando -dijo, mientras le daba un folleto-. Aquí tiene información sobre nuestras actividades. Su habitación es la 312. Tome el ascensor de la izquierda hasta el tercer piso. La encontrará al final del pasillo.
    – Me gustaría que me despertaran a las seis y media de la mañana, por favor.
    Matt tomó su bolsa de viaje y cruzó el vestíbulo en dirección a los ascensores. Las paredes estaban decoradas con motivos navideños y una de ellas era un gigantesco ventanal que supuso daría a los viñedos, aunque la oscuridad del exterior no permitió que lo comprobara. Los techos eran altos, los suelos estaban cubiertos de alfombras y entre las plantas se distinguía un piano, cerca de la escalinata interior, y un árbol de Navidad.
    Entró en el ascensor, medio dormido, y unos segundos después ya se encontraba en el tercer piso. Ahora sólo tenía que localizar su habitación.
    Estaba al final del pasillo, tal y como le había indicado la recepcionista. Cuando llegó, abrió la puerta y entró. La repentina oscuridad le resultó muy agradable, sobre todo después de haber soportado la intensa luz del vestíbulo del hotel.
    Sólo quería hacer una cosa: acostarse. Así que dejó la bolsa en el suelo, se quitó la chaqueta, se desnudó y se quedó sin más prenda que los calzoncillos antes de avanzar hacia la cama. A pesar de la oscuridad, notó que estaba algo revuelta y le extrañó, pero en ese momento no le dio mayor importancia.
    Una vez bajo las sábanas, suspiró y se dispuso a caer en brazos de Morfeo. Pero entonces se estiró y notó que su brazo rozaba con algo cálido y suave. Pensó que las sábanas eran de satén y las acarició. Ciertamente, eran muy suaves. Suaves y redondeadas, como el pecho de una mujer. Incluso creyó notar lo que parecía ser un pezón.
    Entre sueños, pensó que era una cama maravillosa y casi pudo sentir lo que parecía ser un cuerpo femenino contra su espalda. Pero aun así, habría seguido durmiendo tan tranquilamente de no haber oído, con total claridad, un grito ahogado.
    – Pero qué diablos…
    Matt abrió los ojos.
    – ¡Sal de la cama ahora mismo, canalla! – gritó una voz femenina.
    Matt encendió la luz y tardó unos segundos en ajustar la visión a la súbita claridad. Cuando lo consiguió, se encontró ante una morena de pelo revuelto y expresión furiosa. Parecía dispuesta a sacarle los ojos.
    – ¿Tú? ¿Eres tú? ¿Matt?
    Él todavía tardó unos segundos en reconocerla.
    – ¿Jilly?
    Los dos se miraron sin saber qué hacer, ni qué decir, durante un rato interminable.
    Matt todavía no podía creer lo que había sucedido. Además, le resultaba increíble que aquella mujer impresionante, de largo cabello oscuro, ojos entre dorados y marrones y cuerpo maravilloso, fuera nada más y nada menos que Jillian Taylor.
    La Jilly que él conocía no se parecía nada. Era estirada, conservadora, fría, justo lo contrario que aquella mujer. Y cuando cayó en la cuenta de que realmente le había acariciado uno de sus senos, no pudo evitar admirar su anatomía. Aunque se había tapado con las sábanas, distinguió curvas asombrosas y unas piernas interminables.
    Por sorprendente que pudiera ser, Jillian ocultaba un precioso secreto bajo su apariencia profesional. Y desafortunadamente para él, le provocó una más que visible erección.
    Desesperado, intentó reaccionar. Carraspeó y dijo:
    – ¿Qué estás haciendo aquí?
    – Eso mismo te pregunto yo. ¿Qué estás haciendo en mi habitación? ¿Qué es esto, algún tipo de broma?
    – Yo no gasto bromas de ese tipo. ¿Y qué quieres decir con eso de que es tu habitación? La recepcionista me dio la 312 y esta es la 312, ¿verdad?
    – Sí -respondió ella, frunciendo el ceño-. Supongo que habrán cometido algún tipo de error. Pero eso sigue sin explicar tu presencia en el Chateau Fontaine, aunque cualquiera podría adivinar que tienes intención de estropear mi reunión con Jack Witherspoon.
    – ¿Tu reunión? -preguntó, asombrado.
    – Claro. Adam me envió para que lo convenza de que firme con Maxximum.
    Matt entrecerró los ojos y la observó con detenimiento. O era una mentirosa magnífica o su jefe les había gastado una broma a los dos.
    – ¿Eso es cierto? Porque, si lo es, debo advertirte que Adam me envió precisamente para lo mismo.
    Jillian lo observó intentando mantener la calma. Se había pegado un buen susto al descubrir que no estaba sola en la cama, pero el susto había sido aún mayor cuando comprendió que las caricias que había sentido no eran ningún sueño, sino algo real. Y después de comprobar la identidad del extraño, le extrañaba que no hubiera sufrido un infarto.
    En cuanto a las palabras de su compañero de trabajo, no sabía si era sincero o si estaba mintiendo. Lo miró con atención, como intentando averiguar la verdad, pero sólo consiguió excitarse ante la contemplación de su cuerpo.
    Sin querer, y desde luego contra su voluntad, recordó lo que Kate le había comentado: que cabía la posibilidad de que aquel fin de semana encontrara al hombre que estaba buscando. Pero expulsó aquella idea de su pensamiento y se dijo que se estaba volviendo loca.
    – ¿Y bien? -preguntó él, sin dejar de mirarla.
    – ¿Bien, qué? -preguntó ella a su vez, mientras se levantaba de la cama.
    Matt extendió una mano para ayudarla y ella la aceptó. Al sentir su cálido contacto, sintió tal estremecimiento, que se apartó enseguida. Fue como si acabara de sufrir una descarga eléctrica.
    Se sentía incómoda y expuesta en ropa interior y habría dado cualquier cosa por una bata. Pero no tenía ninguna a mano y él no parecía molesto por la situación, así que decidió que no le daría el gusto de demostrar inseguridad. Además, intentó tranquilizarse pensando que, al fin y al cabo, en la playa estaba igual de desnuda.
    – Si estás diciendo la verdad, creo que es evidente lo que ha pasado -dijo Matt.
    – Estoy diciendo la verdad. No soy ninguna mentirosa. En cambio, no estoy tan segura de ti.
    – Pues créeme. Soy muchas cosas, lo admito. Pero la mentira no se encuentra entre mis defectos.
    – Supongo que podría verificar tu historia con una simple llamada telefónica.
    – Podrías sin duda, pero casi son las tres de la madrugada. ¿Quieres despertar a Adam a estas horas o prefieres aceptar mi palabra hasta mañana?
    Jilly se preciaba de conocer bien a la gente y casi estaba segura de que Matt decía la verdad.
    – Está bien, te concederé el beneficio de la duda hasta mañana. Pero la idea de que Adam nos haya enviado a los dos al mismo tiempo…
    – Te recuerdo que no sería la primera vez. El verano pasado hizo lo mismo con la campaña de Lone Star Steak. Nos enfrentó a los dos y nos convenció de que uno conseguiría ese contrato.
    – Es cierto. Al parecer, pretende repetir la historia. Muy listo, nuestro jefe…
    – Sí, no hay duda de ello. Y hasta lo encontraría divertido si no fuera porque soy una de las víctimas y porque no pienso permitir que pase otra vez lo mismo.
    – ¿A qué te refieres?
    – A que tú te quedaste con aquel proyecto. Pero esta vez seré yo quien triunfe -respondió.
    Jillian hizo un gesto de desprecio.
    – Bah. Cree lo que quieras creer, pero te va a costar conseguir la campaña de ARC si tienes que pasarte todo el fin de semana explicando a la policía por qué has entrado en mi dormitorio sin permiso.
    Matt la miró con cara de pocos amigos.
    – Soy un ejecutivo, no un vulgar ladrón. Además, la llave me la han dado en recepción. De hecho, será mejor que llame por teléfono ahora mismo para averiguar qué está pasando aquí.
    Matt se sentó en la cama, descolgó el teléfono de la mesita de noche y llamó a recepción.
    – Hola, Maggie, soy Matt Davidson y…
    Matt le explicó lo que sucedía, pero Jillian no prestó atención a la conversación. Estaba demasiado preocupada por lo que había sentido al verlo allí, ante ella. Su cuerpo la había traicionado, e intentó justificar su excitación con la excusa de que habían pasado muchos meses desde la última vez que había hecho el amor con alguien.
    Cuando colgó el aparato, Matt se volvió hacia ella y preguntó:
    – ¿Lo has oído?
    – Esto… No exactamente. La verdad es que estaba intentando encontrar mi teléfono móvil. ¿Por qué no me lo resumes?
    – ¿Quieres primero las buenas o las malas noticias?
    – Las buenas.
    – Pues me temo que no las hay. La primera mala noticia es que Maxximum Advertising sólo ha reservado dos habitaciones.
    – Claro. Una para ti y otra para mí. ¿Cuál es el problema?
    – No, ahí te equivocas. Una para Jack Witherspoon y la otra para mí.
    – ¿Para ti? -preguntó, verdaderamente enfadada-. Por si no te has dado cuenta, yo ya estaba aquí cuando has llegado. Mi ropa está en el armario, mi cepillo de dientes y mi maquillaje están en el cuarto de baño y yo estaba en la cama, así que esta es mi habitación se mire por donde se mire. Te sugiero que te vistas y te marches ahora mismo.
    Matt sonrió, aunque sus ojos la miraron con seriedad.
    – Me encantaría hacerlo, créeme. La segunda mala noticia es que el resto de las habitaciones están ocupadas. No hay ninguna libre.
    – No pretenderás que me crea eso…
    Él se encogió de hombros.
    – Llama a recepción si no lo crees, aunque si lo piensas un poco no será necesario. Este lugar es bastante pequeño. Dudo que tenga más de una docena de habitaciones.
    A pesar de su respuesta, Jilly descolgó el teléfono y llamó a recepción. Una joven muy agradable, llamada Maggie, le confirmó que no había ninguna habitación disponible y que no se quedaría ninguna libre hasta el miércoles de la semana siguiente.
    – Maxximum Advertising reservó una suite para tres días a través de la agencia de viajes Surety.
    – Comprendo -dijo ella, suponiendo que se refería a la suite de Jack Witherspoon-. ¿Y qué más?
    – También reservó una habitación sencilla por el mismo periodo. La reserva se hizo a las diez menos diez de la mañana.
    – ¿Sólo una habitación?
    – Sí.
    Jilly se sintió desfallecer. Le dio las gracias a la recepcionista y colgó.
    – ¿Cuándo hablaste con Adam sobre la campaña de Witherspoon? -preguntó ella.
    – Ayer por la mañana.
    – ¿A qué hora?
    – Nos reunimos a las nueve y media.
    Aquello lo aclaraba todo, pero no eran buenas noticias para ella. Eso significaba que a las diez menos diez de la mañana ella seguía reunida con su jefe, de modo que la reserva se había hecho, necesariamente, a nombre de Matt.
    Él pareció adivinar sus pensamientos.
    – Tú te reuniste con Adam después que yo. Y algo me dice que para entonces ya habían reservado esta habitación.
    A Jillian le habría gustado negarlo, pero no podía. Era un hecho.
    – Es evidente que cometieron un error en la agencia de viajes.
    – Desde luego.
    – Pero eso no es culpa mía, Matt.
    – Ni mía, Jilly.
    – Pues yo no pienso marcharme.
    – Ni yo.
    Se miraron durante un buen rato en silencio, como dos perros que lucharan por el mismo hueso. En aquel momento, el hueso era la habitación; pero a la mañana siguiente, sería la campaña de Jack Witherspoon y la ARC Software. Una campaña a la que ninguno quería renunciar.
    Jillian miró por la ventana y vio que estaba nevando; echarlo de la habitación en semejantes circunstancias habría sido inhumano, pero no podía compartir la habitación con él. Sólo había una cama y no era muy grande. Además, no quería compartirla con él porque no estaba segura de ser capaz de controlarse.
    – Estoy segura de que habrá un sofá o una cama libre en algún lugar del hotel -dijo ella.
    Él arqueó una ceja.
    – Ya he preguntado, pero según Maggie no hay ninguna cama libre. Y en cuanto al sofá, hay algunos en el vestíbulo. Pero no pienso dormir allí cuando aquí estaré perfectamente bien.
    – La cama ya está ocupada.
    – Es suficientemente grande para los dos.
    Ella abrió la boca para protestar, pero no pudo porque Matt siguió hablando.
    – No te preocupes, no pienso excederme contigo. Además, ni siquiera ronco y no te molestaré. ¿Y tú, roncas?
    – No, pero…
    – Excelente. En ese caso, no se hable más. Estoy agotado y necesito dormir unas horas. Mañana, cuando nos levantemos, ya arreglaremos el problema de la habitación.
    Matt bostezó y ella contempló su magnífica anatomía. Después, él entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Unos segundos después, oyó que abría un grifo.
    – ¿Qué estás haciendo? -preguntó ella.
    – Cepillándome lo dientes -respondió él.
    Matt volvió a salir un par de minutos después. Cuando pasó al lado de Jilly, le dejó un intenso aroma a hombre y a menta.
    – Buenas noches, Jilly. Que tengas dulces sueños.
    Jillian pensó que aquello era demasiado. No podría dormir, ni mucho menos tener dulces sueños, si se acostaba con aquel hombre.
    Sin embargo, lo intentó. Clavó la mirada en el techo e intentó concentrarse en su trabajo y en las ideas que tenía para la nueva campaña. Pero enseguida notó el sonido de su respiración y recordó el contacto de sus manos y los nueve meses, tres semanas y dieciocho días que llevaba sin hacer el amor con nadie.
    Llegó a considerar la posibilidad de dormir en una de las sillas. Pero Jilly sabía que despertaría en muy mal estado y no quiso hacerlo. Además, se dijo que si él era capaz de dormir tranquilamente, ella también lo era.
    Apagó la luz de su lado de la cama y se situó de lado, tan lejos de él como le fue posible. Y en cuanto estuvo cómoda, suspiró de puro alivio.
    Intentó convencerse de que aquello no estaba tan mal, de que podía dormir sin inquietud alguna a pesar de que un hombre realmente atractivo se encontrara a su lado.
    Sin embargo, no consiguió engañarse. Su corazón latía con más rapidez de lo normal y sus pezones se habían endurecido.
    Maldijo su suerte y por una vez deseó ser como Matt. Ser capaz de dormir, a pesar de todo, y descansar.
    Cerró los ojos, desesperada, y rogó para conciliar el sueño. Lamentablemente, sabía que no iba a resultar tan fácil.
    Matt estaba completamente despierto en la oscuridad. Hacía verdaderos esfuerzos por respirar despacio y llevar aire a sus pulmones, pero se sentía como si acabara de subir corriendo una montaña. Una hora antes estaba agotado y habría sido capaz de quedarse dormido de pie. Ahora, su cuerpo era como una central nuclear llena de energía y a punto de estallar.
    Se preguntó adónde habría ido todo su cansancio, pero la pregunta sobraba. Lo sabía de sobra: había desaparecido en cuanto vio a la mujer que dormía al otro extremo de la cama, a Jilly Taylor. Y cuando pensó que había creído estar tan cansado como para no ser capaz de hacer el amor, estuvo a punto de soltar una carcajada.
    No podía dormir. No conseguía hacerlo estando tan cerca de un cuerpo cálido, fragante, sedoso, femenino. De un cuerpo que ya había acariciado y que había sentido contra él. Deseaba tocarla de nuevo, pero esta vez, completamente despierto y consciente.
    En su desesperación, buscó alguna excusa que explicara la excitación que sentía. Incluso llegó a pensar en las barritas de chocolate que se había tomado por la mañana y se dijo que el exceso de azúcar podía ser el culpable de su situación.
    Pero no logró engañarse. La verdad estaba mucho más cerca y se llamaba Jillian.
    En ese momento, oyó que ella suspiraba y se puso en tensión. Aquella situación era terrible. Y sospechaba que la noche iba a ser muy larga para él.

Capitulo 3

    El sonido del teléfono lo despertó. Abrió un ojo, vio que todavía estaba oscuro y se preguntó a quién se le habría ocurrido llamar en mitad de la noche.
    Estiró un brazo y levantó el auricular. Antes de que pudiera decir nada, una voz metálica y automática declaró:
    – Buenos días. Este es el servicio de despertador que usted ha solicitado. Son las seis y media de la mañana. Que tenga un buen día.
    Entonces lo recordó todo. Estaba en el Chateau Fontaine y tenía que ver a Jack Witherspoon.
    Pero eso no era todo. También estaba durmiendo con Jilly Taylor.
    Se sentó en la cama, sobresaltado, y echó un vistazo. Pero Jilly no estaba allí. Aliviado, se pasó las manos por la cabeza y justo en ese momento oyó el ruido de la ducha.
    De inmediato, y sin poder evitarlo, la imaginó desnuda. Aquello era más de lo que podía soportar, así que intentó mantener la calma y se dijo que la falta de comida y de sueño lo estaban volviendo loco. Resultaba evidente que en algún momento de la noche se había quedado dormido, pero se sentía como si no hubiera pegado ojo. Necesitaba un par de cafés.
    Se levantó y caminó hacia la ventana. En el exterior todavía estaba oscuro y apenas se podía ver otra cosa que las luces del propio hotel. Además, seguía nevando.
    Segundos después, oyó que Jillian salía de la ducha y él corrió a vestirse, pero sólo le dio tiempo de ponerse unos pantalones azules. La puerta del cuarto de baño se abrió entonces y Jilly Taylor se materializó ante él, como una diosa, envuelta por el vaho.
    Por suerte para él, se había cubierto con una toalla. Pero estaba tan bella, que Matt se quedó sin palabras. Ni siquiera podía pensar con claridad.
    – No sabía que te hubieras despertado – comentó ella.
    – Pedí que me despertaran a las seis y media. He quedado con Jack a las nueve, para desayunar. ¿Y tú? ¿A qué hora vas a verlo?
    Ella dudó antes de responder.
    – A las siete y media, y también para desayunar.
    Matt apretó los puños. El hecho de que se reuniera antes con ella no era nada bueno.
    Pero la verdadera cuestión era otra: hasta dónde pensaba llegar para conseguir el contrato de la ARC. Sabía que era una mujer ambiciosa, pero no sabía si carecía de ética. Sabía que era perfectamente capaz de competir con cualquiera, pero no sabía si además jugaba sucio.
    Incluso cabía la posibilidad de que fuera como Tricia y estuviera dispuesta a utilizar sus encantos femeninos para salirse con la suya. Y él no podía competir con eso.
    – Mira, Matt, he estado pensando en todo este asunto. A mí tampoco me agrada en absoluto. Adam nos ha colocado a los dos en una situación muy desagradable y el asunto ha empeorado por culpa de la habitación. He llamado hace un rato a recepción, pero no se puede hacer nada.
    – Pues no pienso marcharme, te lo advierto.
    – Yo tampoco -dijo ella mientras se echaba el pelo hacia atrás-. De modo que será mejor que establezcamos una serie de reglas para que lo llevemos lo mejor posible.
    ¿Qué tipo de reglas?
    – Bueno, en primer lugar… Creo que deberíamos estar vestidos todo el tiempo.
    Él asintió lentamente.
    – De acuerdo, estaremos vestidos todo el tiempo. Pero tengo que advertirte que ducharse en esas condiciones va a resultar difícil – bromeó.
    – Está bien. Iremos vestidos excepto en la ducha -dijo ella.
    Matt asintió.
    – ¿Qué más?
    – Quiero esa campaña y pienso hacer lo posible por conseguirla. Supongo que tú también la quieres, pero siempre juego limpio y espero lo mismo de ti.
    Matt la observó durante unos segundos, intentando averiguar si era sincera. Ciertamente, lo parecía.
    – ¿Sugieres que nos comportemos con elegancia?
    – Exactamente. Y que no intentemos sabotearnos.
    Matt arqueó una ceja.
    – Por lo visto, no tienes muy buena opinión de mí.
    – Soy desconfiada por naturaleza.
    – Y yo.
    – Razón de más para que establezcamos normas. Tengo intención de pelear, pero te prometo que lo haré limpiamente si tú me aseguras lo mismo.
    – Contrariamente a lo que puedas creer, nunca hago trampas. No necesito hacerlas.
    – Yo tampoco. ¿Trato hecho?
    Ella extendió una mano y él se la estrechó.
    Fue un contacto firme y simplemente profesional, pero Matt tuvo que resistirse a la tentación de tomarla entre sus brazos y romper la norma de la desnudez en aquel preciso instante.
    Era consciente de que estaba empezando a perder el control, de modo que hizo un esfuerzo y se recordó que Jillian no era una mujer encantadora, sino una ambiciosa compañera de trabajo que competía con él por la campaña de ARC.
    A pesar de ello, estuvo a punto de gemir. Incluso vestida, le parecía tan bella, que no dejaba de imaginarla desnuda, en la ducha. Sin embargo, sabía que podría superarlo.
    – Muy bien, en tal caso voy a recoger mis cosas y te dejaré el cuarto de baño para ti solo.
    – Gracias.
    Jillian salió del cuarto de baño unos segundos más tarde, con su bolsa de maquillaje. Él la observó al pasar y clavó la mirada en su trasero. Le gustó tanto, que su erección empeoró y entró en el cuarto de baño tan deprisa como pudo, para ocultarse.
    En cuanto se quedó a solas, bajó la mirada, contempló su sexo y se preguntó cómo era posible que la encontrara atractiva.
    Pero fuera como fuera, lo excitaba. Y el problema no tenía fácil solución.
    Jilly cerró los ojos cuando se cerró la puerta del cuarto de baño y dejó escapar un suspiro.
    Cuando volvió a abrirlos, su mirada se clavó en la cama donde habían dormido. O más bien, en la cama donde ella había intentado dormir, sin éxito. Había pasado toda la noche en vela, perfectamente consciente del hombre que estaba a su lado y preguntándose qué se sentiría al hacer el amor con él.
    Por fin, el despertador había sonado a las seis en punto y se había dirigido a la ducha con la esperanza de que el agua caliente borrara aquellos pensamientos. Pero en lugar de eso, se había dejado llevar por imágenes nuevas y no menos inquietantes: Matt y ella en la ducha, acariciándose.
    Disgustada con el rumbo que estaban tomando las cosas, había decidido establecer las normas que acababa de plantearle. Era lo mejor para los dos. Aunque no tenía intención alguna de ir desnuda por la habitación estando en su presencia, tampoco quería verlo desnudo o semidesnudo a él. Y el problema no era tanto el deseo que sentía como el hecho, indiscutible, de estar compartiendo cama con su peor enemigo.
    Abrió el armario, observó su ropa durante unos segundos y finalmente se decidió por ponerse el traje rojo. Era un color alegre y directo, y la falda le llegaba justo por encima de las rodillas; resultaba femenino y profesional al mismo tiempo.
    En cuanto eligió el traje, se sintió mucho mejor. Ahora sólo tenía que olvidarse de Matt Davidson y concentrarse en el proyecto de Jack Witherspoon y ARC Software.
    De haberse tratado de una cuestión exclusivamente profesional, estaba segura de que se habría podido concentrar, sin ningún problema, en el trabajo. Pero, por desgracia para ella, su instinto femenino se había despertado y no podía dejar de pensar en Matt Davidson.
    Matt salió de la ducha y se enrolló una toalla alrededor de la cintura. El agua le había sentado bien y se sentía mucho más relajado.
    El sonido de un secador de pelo le advirtió que Jillian seguía en la habitación. Pero pensó que todavía tenía que cepillarse los dientes y afeitarse, y que ella ya se habría marchado para cuando terminara. Después, pediría que le subieran un café y se concentraría en la presentación para Jack.
    Acababa de aplicarse la crema de afeitar en la cara cuando ella llamó a la puerta.
    – Siento molestarte, Matt, pero ¿vas a tardar mucho?
    Matt se puso en tensión al oír su voz. -Tengo que afeitarme. ¿Por qué?
    – Porque quiero cepillarme los dientes. Supongo que puedo soportar la visión de tu maquinilla si tú eres capaz de soportar la visión de mi cepillo dental. ¿Qué te parece si compartimos el lavabo?
    Él dudó, pero al final decidió dejarla entrar. A fin de cuentas, aquella no sería la primera vez que compartía cuarto de baño con una mujer.
    – Claro, pasa…
    Matt se quedó sin aliento cuando la vio. Llevaba un traje rojo que le quedaba maravillosamente bien y estaba muy guapa. Además, se había dejado el cabello suelto: un detalle que le llamó la atención.
    – No te has recogido el pelo -dijo él, con tono de desconfianza.
    Ella arqueó las cejas y lo miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.
    – ¿Ahora te preocupa mi aspecto? Imagino que en algunas partes del mundo sería ilegal, pero estamos en Nueva York y no creo que nadie se sorprenda -comentó con ironía.
    – No lo digo por eso, sino porque siempre lo llevas recogido.
    Matt empezaba a pensar que Jilly le había engañado al asegurar que jugaría limpio. Si utilizaba sus artes de seducción con Jack, estaba perdido.
    – Eso no es verdad. A veces, como hoy, me lo dejo suelto -declaró-. Además, te advierto que tú no eres quien para protestar por el aspecto de los demás… con tanta crema en la cara, pareces Papá Noel.
    – Me estoy afeitando, eso es todo. Yo no pierdo el tiempo acicalándome, como otras personas.
    – ¿Acicalarme? ¿Yo? Será una broma. Pero ya que vamos a compartir habitación durante el fin de semana, será mejor que sepas que no soy de las que se pasan una hora en el cuarto de baño. Además de la ducha, apenas necesito un par de minutos para cepillarme los dientes, que es lo que voy a hacer ahora. Si no te importa, claro.
    Matt se apartó un poco para dejarle espacio en el lavabo y ella se lo agradeció.
    – Gracias -dijo.
    Jillian empezó entonces a cepillarse. Él intentó aparentar desinterés y se concentró en afeitarse, pero en realidad estaba concentrado en la presencia de la mujer.
    Sin embargo, el momento no duró mucho. En cuanto terminó, Jilly salió del cuarto de baño y segundos después reapareció en la puerta. Llevaba un maletín de cuero con su ordenador portátil.
    – Me marcho -dijo ella-. Supongo que nos veremos después.
    – Sí, supongo que sí.
    – Ya que vamos a jugar limpio, te deseo buena suerte. Que gane el mejor -declaró. -Que gane el mejor, jilly.
    Jilly se marchó entonces y él entrecerró los ojos.
    No creía ni por un momento que Jillian fuera a ser justa con él. Pero en cualquier caso, no importaba: tenía intención de conseguir la campaña de ARC.
    – Eh, ¿por qué tardas tanto tiempo en llenarme la taza otra vez? -preguntó Jack Witherspoon a la camarera, irritado-. Caramba, sirven mejor en el bar de mi oficina. Con lo caro que es este hotel, deberían ser algo más rápidos. A fin de cuentas no es tan difícil.
    Jilly tuvo que morderse la lengua para no decir lo que pensaba. Witherspoon era un cliente, pero le pareció increíble que se molestara por algo así. Sobre todo, porque era la única persona que conocía que tomaba café solo en cantidades industriales y que exigía que le rellenaran la taza cada diez o quince segundos.
    Por fin, la camarera se aproximó a la mesa donde se habían sentado y se disculpó.
    – Lo siento, señor. Estábamos preparando más café.
    – Está bien, pero deje la cafetera aquí y vaya a preparar otra. No quiero esperar hasta la hora de comer para que me traigan la siguiente.
    La camarera se ruborizó y apretó los labios antes de alejarse. Jilly pensó que le habría gustado mandarlo al diablo, pero naturalmente no podía hacerlo.
    Aunque no esperaba nada de Jack Witherspoon, había pensado que un hombre de su posición, de cincuenta y tantos años y todo un profesional, sería también educado. Pero al parecer, se había equivocado totalmente.
    – Bueno, háblame de esas ideas que tienes para mí, Jilly -dijo Jack mientras echaba una cucharilla de azúcar a su enésimo café.
    – La queja más común de los usuarios de sistemas operativos es que son inestables. Así que creo que sería oportuno que subrayáramos la idea de que Lazer, vuestro sistema operativo, es perfectamente fiable. En mi opinión, la campaña se debería basar en ese detalle y en los mecanismos que habéis creado para evitar las infecciones de virus y la pérdida de datos.
    Jillian abrió su ordenador portátil y lo conectó para enseñarle sus ideas.
    – He preparado una pequeña presentación para darte una idea del concepto que tengo para Lazer.
    Jill giró el ordenador para que él pudiera ver la pantalla.
    – Organizaremos una campaña a nivel nacional, con anuncios en la radio en todas las grandes ciudades, publicidad a toda página en periódicos y revistas y spots de televisión de treinta segundos de duración -dijo mientras le enseñaba el logotipo que había preparado-. Lazer. Precisión en informática, exactitud en los resultados. No podrá encontrar mejor por alguna razón, Jill empezó a pensar en ese momento en Matt Davidson. Su cabeza se llenó de imágenes eróticas y perdió totalmente la concentración. De hecho, le costó recuperarse.
    _También he estado trabajando en los costes y en los análisis de beneficios, con comparativas a seis, doce y dieciocho meses.
    Jack sacó unas gafas de leer y se las puso. Después, comenzó a bombardearla con todo tipo de preguntas sobre la campaña que había proyectado. Jill contestó a sus preguntas y después dejó que el cliente se concentrara en las tablas de resultados que había preparado. Eran las ocho y media y aún tenía veinte minutos por delante para sacar ventaja a Matt.
    Se recostó en su asiento y se relajó un poco. Aprovechó la ocasión para echar un vistazo al salón del hotel, que estaba decorado con tanta elegancia como el resto de las estancias del lugar. Las paredes estaban cubiertas de cuadros, los suelos eran de mármol y a través de las ventanas se veía un paisaje nevado. Incluso había una gran chimenea en uno de los extremos y un árbol de Navidad en una esquina.
    Pero en aquella imagen había algo en lo que no había reparado antes. Entre los clientes que disfrutaban de sus desayunos estaba Matt Davidson, observándola.
    Al verlo, lo saludó con una leve inclinación de cabeza. Sin embargo, su presencia la irritó.
    Si llevaba mucho tiempo allí, habría podido ver la presentación que había preparado e incluso oír la pequeña charla. Pero en cierto sentido, se alegró. Había querido jugar limpio con él y Matt le había demostrado que no era posible. Ahora sabía a qué atenerse.
    – Es un trabajo impresionante, Jilly. Me gustan tus ideas y creo que tu proyecto es original y muy interesante. Justo el tipo de concepto que estamos buscando -declaró Jack.
    Ella sonrió.
    – Me alegra saberlo. Pero si quieres que cambiemos algo, huelga decir que estaré encantada.
    – Magnífico -dijo él, consultando la hora en su reloj-. En fin, supongo que ya sabes que he quedado con Matt Davidson a las nueve…
    – Sí, claro.
    Jack rió.
    – Ese jefe tuyo… Adam Terrell puede resultar realmente maquiavélico en ocasiones. Mira que enviaros aquí a los dos…
    – Bueno, ya conoces a Adam -dijo ella, sin dejar de sonreír.
    – En ese caso, demos por terminada la reunión. Quiero subir a mi habitación un momento, antes de hablar con Matt, para hacer unas llamadas telefónicas.
    – Por supuesto. Por cierto, se me ha ocurrido que tal vez te apetezca dar un paseo por los viñedos esta tarde. ¿Te parece bien a las tres?
    – Me parece perfecto.
    – En ese caso, nos veremos en el vestíbulo.
    Jack asintió, se levantó y salió del salón sin darse cuenta de la presencia de Matt. En cuanto desapareció de la vista, Matt se acercó y se sentó en la silla que había dejado vacía.
    – Una presentación magnífica -dijo.
    – Espero que te haya gustado, porque es evidente que me has estado espiando -protestó.
    – No estaba espiando. Sólo me estaba tomando un café. Yo no tengo la culpa de que las mesas no estén separadas con biombos o algo así.
    – Pero podrías haberte tomado el café en la barra o haber pedido que te subieran el desayuno a la habitación. No debí confiar en ti.
    – Déjalo ya, Jilly.
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    Que sé muy bien lo que intentas. Sé por qué te has puesto ese traje, por qué te has dejado suelto el pelo y por qué te has pintado los labios de rojo.
    Jilly lo miró con furia.
    – Te dije que jugaría limpio contigo y lo estoy haciendo. Soy una profesional y te aseguro que nunca, en toda mi vida, he utilizado mi atractivo físico para conseguir un cliente -dijo mientras se levantaba de la silla, ofendida-. Y si crees que mi aspecto es atractivo, me temo que el problema es tuyo, no mío.
    Entonces, Jillian recogió su ordenador y se marchó del salón sin decir nada más.
    Matt la miró mientras se alejaba y pensó que había cometido un grave error con ella. Su indignación parecía absolutamente sincera; y por otra parte, debía admitir que no había nada excesivo en su apariencia. Tal vez había exagerado al asumir que pretendía seducir a Witherspoon.
    Lo único seguro, en aquel asunto, era que la deseaba. Y ese sí que era un gran problema. Un problema que no sabía cómo afrontar.

Capitulo 4

    Jilly entró muy enfadada en la habitación 312. Estaba enojada con Matt Davidson, pero sobre todo consigo misma. Cerró la puerta a su espalda, dejó el maletín con el ordenador a un lado y se sentó en la cama.
    No sabía qué diablos le estaba pasando. Nunca, hasta aquella mañana, había perdido la concentración durante una presentación con un cliente. Matt había dejado una huella muy profunda en ella, y la insinuación de que pretendía seducir a Witherspoon no le había hecho ninguna gracia. Pero lo que más le molestaba era otra cosa: el hecho indudable de que Matt la encontraba atractiva y el hecho, aún más evidente, de que a ella le encantaba.
    – Maldita sea -dijo, pasándose una mano por el pelo.
    Cerró los ojos y suspiró, frustrada. Matt había acertado al comentar que ella nunca se vestía de ese modo y que nunca se dejaba el pelo suelto. Pero había fallado, miserablemente, al interpretar sus razones. En realidad lo había hecho inconscientemente para gustarle a él.
    Pero por insultantes que fueran sus comentarios, no lo culpaba. A fin de cuentas, apenas la conocía y no tenía forma alguna de saber que jamás habría utilizado malas artes en su trabajo. Él sólo sabía que era una mujer ambiciosa y extremadamente competitiva en su trabajo que deseaba, a toda costa, el contrato de ARC. Lo demás era una conclusión lógica: muchos hombres y mujeres del mundo de la publicidad aprovechaban cualquier cosa, incluido su atractivo personal, para salir adelante. De haber estado en el lugar de Matt, probablemente habría sospechado lo mismo.
    Se levantó y caminó hasta la ventana. El servicio de habitaciones ya había estado en el lugar y habían dejado abiertas las cortinas. Frente a ella pudo ver una enorme extensión de viñedos cubiertos de nieve, con las vides en fila como un interminable batallón de soldados. Era invierno y todavía no tenían hojas, así que el paisaje resultaba algo triste.
    Todavía estaba nevando, pero no tenía intención alguna de quedarse en la habitación hasta su cita de las tres con Jack, así que abrió el armario, se quitó el jersey grueso intentando no prestar atención a la ropa de Matt.
    Estaba atándose los cordones de las botas de nieve cuando oyó que la puerta se abría. Era Matt.
    Al verla, él se detuvo y los dos se miraron durante unos momentos. Todo el enfado de Jillian desapareció de repente. Tal vez fuera un hombre irritante, pero también era inmensamente atractivo.
    – ¿Qué haces aquí? -preguntó ella-. No deben de ser más de las nueve y cuarto…
    – Jack me ha pedido que retrasemos la cita hasta las diez. Así que decidí subir para revisar la presentación.
    Ella arqueó una ceja.
    – ¿Seguro que has subido para eso y no para ver lo que estaba haciendo? Con tu manera de pensar, no me extrañaría que hayas creído que estaba con Jack.
    Matt dudó.
    – Bueno, admito que me siento aliviado al verte aquí.
    Ella rió sin humor alguno.
    – ¿Aliviado? Querrás decir sorprendido…
    – No, no, quiero decir aliviado -dijo, encogiéndose de hombros-. Y un poquito sorprendido ahora que lo dices. Sí, es cierto.
    Jillian terminó de atarse los cordones de las botas.
    – Bueno, no te preocupes. Estaba a punto de marcharme.
    – Muy bien.
    Sin decir una palabra más, Matt se sentó en el escritorio, puso el ordenador encima y lo encendió. Segundos después, frunció el ceño y miró la pantalla con cara de preocupación. Al parecer, algo iba mal. Pero a Jillian no le importó demasiado: pasara lo que pasara, seguramente se lo merecía.
    Estaba a punto de marcharse cuando lo miró de nuevo y vio que estaba pálido. Sin poder evitarlo, preguntó:
    ¿Qué ocurre?
    – ¿Alguna vez has tenido un día infernal?
    – Sí, con cierta frecuencia. Hoy, por ejemplo. Y gracias a ti.
    – Ja, ja. Muy graciosa.
    – Tranquilízate, porque tendremos que estar juntos todo el fin de semana. ¿Te ha pasado algo malo?
    – Sí, ayer tuve todo tipo de problemas y acabo de comprobar que no se han terminado.
    ¿A qué te refieres?
    – El ordenador se me quedó colgado por culpa de un virus que lo ha infectado todo.
    – Sí, he oído que hay un virus bastante peligroso circulando por ahí.
    – Y tanto. Ahora enciendo el ordenador y aparece todo el tiempo un tipo de desnudo que hace una mueca horrible y borra todos mis archivos.
    – Vaya, pues sí que es horrible… -dijo, conteniendo la risa.
    – No te atrevas a reír.
    – No se me ocurriría. El año pasado tuve un virus y sé lo mal que se pasa. Deberías llevar tu ordenador al departamento de informática de Maxximum. Yo se lo llevé y recuperaron casi todos mis archivos.
    – Lo hice. De hecho, les pedí que me prestaran un ordenador nuevo para hacer la presentación. Y es precisamente este.
    – Pues es un buen problema, sí.
    – Además, la persona que cargó el sistema operativo olvidó cargar los programas de uso más común. No están por ninguna parte.
    – ¿Lo has comprobado?
    – Sí, dos veces. Y teniendo en cuenta que debo hacer esa presentación, no me queda más opción que ir a buscar una tienda de ordenadores para comprar otro. ¿Pero dónde podré encontrar una? Estamos en medio de ninguna parte y las carreteras están llenas de nieve.
    – ¿No puedes darle a Jack una copia de la presentación, en un disquete?
    – Los principales datos los tenía guardados en el ordenador. No tengo copia. Así que, como ves, me has ganado la partida antes incluso de empezar -respondió.
    Jillian lo observó durante unos segundos.
    Podía sentir su intensa frustración e intentó alegrarse de su triunfo, pero no pudo. No quería ganar de ese modo.
    – Si quieres, puedes utilizar mi ordenador. Matt la miró con una mezcla de asombro, desconfianza y confusión.
    Jo dices en serio? -Completamente.
    Él entrecerró los ojos.
    – Oh, vamos, aquí hay gato encerrado.
    – En absoluto. Pero si no quieres aceptar mi ofrecimiento, puedes quedarte aquí lamentando tu mala suerte o ir a buscar una tienda de ordenadores. A mí no me importa.
    ¿Por qué quieres prestarme el tuyo?
    – Buena pregunta, Matt. Tal vez debería retirar el ofrecimiento, porque sospecho que, si la situación fuera a la inversa, tú no me habrías ofrecido el tuyo. Pero es mi forma de ser, yo soy así. Además, de ese modo podré demostrarte que hablaba en serio con lo del juego limpio. Y si consigo esa campaña, no tendré que soportarte cuando empieces a decir que perdiste por dificultades técnicas.
    – ¿Y no tienes miedo de que mire tus archivos?
    – Están protegidos con contraseña.
    – Al parecer, no soy el único desconfiado. -Prefiero ser cauta. Además, tú no eres quién para hablar de desconfianza. ¿Te comportas así con todo el mundo, o sólo conmigo?
    – No te lo tomes de forma personal, no se trata de ti. Digamos que tengo mis razones.
    Jillian sintió curiosidad, pero no preguntó.
    – Bueno, me alegra saberlo.
    Jill se dirigió al armario para sacar el abrigo y marcharse. Cuando se dio la vuelta, Matt estaba ante ella.
    – ¿Adónde vas?
    – Afuera.
    – Pero hace frío y está nevando.
    – Me gusta el frío y la nieve.
    Matt le quitó el abrigo de las manos y se lo puso educadamente, como un caballero. Ella se estremeció al sentir su contacto y sus miradas se encontraron después en unos segundos que parecieron eternos.
    Entonces, él le acarició una mejilla con un dedo.
    – Jilly, siempre me sorprendes. Y te confieso que las sorpresas no me gustan demasiado.
    – Vaya, muchas gracias.
    – No lo decía con mala intención. Quería decir que las cosas inesperadas me ponen nervioso. Y bueno… todo esto es inesperado para mí -acertó a decir-. Gracias, Jilly. Te agradezco el gesto de prestarme tu ordenador. Sé que muy poca gente lo habría hecho en tu caso.
    – De nada. Nos veremos más tarde.
    Jillian sonrió y salió de la habitación. Necesitaba poner tanto espacio como fuera posible entre Matt y ella. Además, estaba deseando salir al exterior y sentir el frío para borrar la inquietante calidez que empezaba a dominarla y que desde luego no tenía nada que ver con la calefacción del hotel.
    Quería estar lejos de él, sin duda. Pero no sabía lo que iba a hacer aquella noche, cuando se vieran obligados a dormir juntos otra vez.
    Matt gimió cuando Jillian salió de la habitación. Aquello no iba bien, nada bien. Ya no se trataba únicamente de su atractivo, sino del gesto que había tenido con él. De haberse encontrado en su lugar, no sabía lo que habría hecho; pero con toda probabilidad, habría intentado aprovecharse de las circunstancias.
    Además, empezaba a comprender que Jilly le gustaba mucho más de lo que había imaginado. En realidad, ella había acertado al suponer que había subido a la habitación sólo para saber si era la razón del retraso de Jack. Y al ver que se encontraba en el interior, se había sentido inmensamente aliviado. Mucho más aliviado de lo normal.
    Aquella mujer le provocaba emociones que se había jurado no sentir nunca más. La admiraba, la deseaba y quería estar con ella. Pero no había ido a aquel hotel para mantener relaciones amorosas, sino para conseguir la campaña de ARC. Y para lograrlo, debía olvidarse de Jilly Taylor.
    Entonces, su mirada se clavó en la cama que habían compartido horas antes. Y supo que iba a ser realmente difícil.

    Poco después de la una de la tarde, Jilly avanzó por el largo camino que llevaba al edificio del hotel. Había estado toda la mañana paseando por el campo y se había acercado a la pequeña localidad cercana, donde había disfrutado de un café. Ya no nevaba y el frío había servido para que se olvidara de Matt.
    Estaba decidida a comportarse de forma profesional, e incluso se dijo que llamaría a Kate por teléfono para pedirle que le presentara a un par de amigos. De ese modo, tal vez, conseguiría quitarse de la cabeza a Matt.
    Justo entonces, vio al hombre que había conquistado sus pensamientos. Volvía del garaje y se dirigía a la entrada del hotel con una bolsa de plástico en una mano. Por el logotipo de la bolsa, resultaba evidente que había estado en una tienda de ordenadores. Pero Jilly estaba más ocupada observando su alta silueta y disfrutando de la visión de su fuerza y de su gran atractivo.
    Matt debió notar que lo estaban mirando, porque se volvió y la miró a su vez. Después cambió de dirección y comenzó a andar hacia ella.
    El corazón de Jillian se aceleró.
    – No me digas que has estado afuera toda la mañana -dijo él-. Yo sólo llevo unos minutos y ya me siento como un hombre de nieve.
    Jilly contempló su oscuro y revuelto cabello y tuvo que apretar los dedos dentro de los guantes para resistirse a la tentación de acariciarlo. No sabía qué diablos tenía aquel hombre, pero le resultaba tan masculino y atrayente que le costaba controlarse. Habría sido capaz de desnudarlo a bocados.
    – ¿Qué piensas? -preguntó él, al notar su extraña mirada.
    Ella sonrió.
    – Nada. Pensaba que estarías muy gracioso cubierto de nieve.
    Naturalmente, Jilly había mentido. En realidad se lo estaba imaginando desnudo.
    Qué curioso. Yo estaba pensando lo mismo de ti.
    – ¿Ah, sí? ¿Quieres que lo probemos?
    – Mmm. Es una invitación interesante, así que la tendré en consideración. Aunque, dado que me has prestado tu ordenador, es posible que me deje ganar.
    – No te dejarás ganar. Te ganaré yo.
    – Como tú digas. Pero antes de divertirnos un poco con una batalla de bolas de nieve, tengo que dejar esto en alguna parte -dijo él, sonriendo
    – Veo que has estado en una tienda de ordenadores…
    – Sí, pero me he limitado a comprar un antivirus y los programas que necesitaba. Me dirigía a la habitación para dejarlo allí. Pero gracias por prestarme tu ordenador. Ha sido todo un detalle por tu parte.
    – ¿Qué tal ha ido tu presentación?
    – Muy bien. Mis ideas le gustaron mucho.
    – Las mías también.
    – Lo sé. A mí también me gustaron. Pero prefiero las mías.
    – Yo no puedo decir gran cosa en ese sentido, porque no las conozco.
    – ¿Te gustaría conocerlas? -preguntó él, con un tono repentinamente seductor.
    – Sí, claro, si quieres enseñármelas…
    Los ojos de Matt brillaron. Evidentemente, no estaba pensando en las ideas de la campana.
    Pero después de unos segundos de silencio, carraspeó y dijo:
    – ¿Qué nos jugamos con la batalla de nieve?
    Jilly quiso responder que un largo y apasionado beso.
    – Bueno, he comprado una caja de bombones en el pueblo. Me gustan mucho, pero no me los jugaría si no estuviera segura de que voy a ganar.
    – ¿Qué tipo de bombones?
    – De chocolate, rellenos de licor. -Mmm. Son mis preferidos. -¿En serio?
    – En serio. Me han gustado desde siempre desde que era un niño. Así que mi victoria será aún más dulce.
    ¿Y qué te vas a jugar tú? ¿Qué quieres que me juegue? -¿Qué tienes?
    Matt se inclinó sobre ella y respondió:
    – Me siento tan seguro de mi victoria que si ganas tú… te daré cualquier cosa que me pidas.

Capitulo 5

    Jilly no dejaba de repetirse la última frase de Matt. Estaba dispuesto a darle cualquier cosa que pidiera. Y por supuesto, se le ocurrieron varias de lo más interesantes.
    – ¿Lo que te pida? Excelente. Entonces, espero que te sobren diez mil dólares…
    – Bueno, pero doy por sentado que te comportarás con tu habitual sentido del juego limpio… Sin embargo, insisto. Te daré lo que quieras. Sin rechistar.
    Jillian sabía lo que quería: hacer el amor con aquel hombre. A pesar del frío que hacía en el exterior del hotel, se sentía como si llevara dentro una estufa. Y lo más increíble de todo era que ni siquiera la había tocado.
    Caminaron hasta el garaje y se detuvieron junto a un deportivo negro. Matt sacó unas llaves, lo abrió y dejó las bolsas sobre el asiento de cuero.
    – ¿Quieres dejar tu caja de bombones aquí?
    – Cómo no -respondió ella, sonriendo La dejaré aquí si tú me das las llaves del coche. Digamos que no me fío mucho.
    – ¿Y ahora? ¿Quién es el desconfiado?
    – No pienso arriesgar mis bombones sin motivo. Serías capaz de quedarte con ellos.
    – No lo haré. Te ganaré limpiamente.
    – En ese caso no tienes nada de lo que preocuparte.
    ¿Y cómo sé que no te quedarás tú con mi coche? Una caja de bombones a cambio de un deportivo me parece un poco exagerado.
    – Se ve que no los has probado -dijo mientras sacaba un bombón y se lo llevaba a la boca-. Toma, pruébalos.
    En lugar de extender una mano para tomarlo, él se inclinó y se lo comió directamente de sus dedos. Después, lo saboreó poco a poco, sin dejar de mirarla, y al final se pasó la lengua por los labios, relamiéndose.
    Ella contempló el proceso con absoluto interés, sin apartar la vista de sus labios, nerviosa.
    – Delicioso -dijo él.
    Ella asintió.
    – Ahora sé que quiero más -añadió.
    – Pues desgraciadamente para ti, ese es el único que te vas a comer.
    – Hasta que gane, querrás decir -puntualizó.
    Jilly sonrió.
    _Sigue engañándote, pero dame las llaves del coche.
    Ella las tomó y acto seguido se alejó caminando hacia el otro extremo del aparcamiento. Matt todavía estaba intentando reaccionar y controlar su libido cuando una bola de nieve lo alcanzó.
    – ¡Eh! -protestó-. ¡Todavía no hemos establecido las normas!
    – ¿Las normas? El que acabe con más nieve encima, pierde.
    – Eso no es justo, no sabía que hubiéramos empezado.
    Matt se maldijo porque no llevaba guantes.
    – Son normas europeas, más duras. Será mejor que te acostumbres.
    Una segunda bola le impactó en la cabeza. Por lo visto, Jillian tenía una excelente puntería. Pero se las arregló para evitar la mayoría de sus lanzamientos mientras preparaba varias bolas a su vez.
    – ¿Dónde has aprendido a hacer bolas tan deprisa? -preguntó él-. ¿Es que tienes diez brazos?
    – No pienso contarte el secreto. Aunque llevar guantes ayuda mucho.
    – ¿Y qué tal si me prestas uno de tus guantes?
    – De eso, nada. Mis bombones están en juego.
    – ¿Qué ha pasado con tu concepto del juego limpio?
    – Nada. Yo diría que es una pelea completamente limpia -se burló-. Ahí va eso…
    Esta vez, la bola de nieve le impactó en la barbilla.
    – Empiezas a estar cubierto de nieve, Davidson.
    – Todavía no he empezado.
    Durante los diez minutos siguientes, Matt consiguió darle varias veces. Pero no tenía guantes y las manos se le estaban quedando heladas, así que pensó que sólo tenía una posibilidad de ganar: atacar a fondo.
    Corrió hacia ella con las bolas que le quedaban y ella le acertó dos veces más, en un hombro y en la barbilla otra vez. Sin embargo, él aprovechó que se inclinaba para hacer otra bola, se arrojó sobre Jillian y la agarró por la cintura. Lamentablemente, perdieron el equilibrio y él terminó encima de ella, en el suelo.
    – ¿Te encuentras bien, Jilly? -preguntó mientras se levantaba.
    – Sí, estoy bien.
    – ¿Te he hecho daño?
    – Sólo en mi orgullo.
    Él suspiró aliviado.
    – Lo siento, no pretendía tirarte al suelo. Aunque está claro que he ganado.
    – ¿Tú? Si no serías capaz de alcanzar a un elefante con un puñado de arroz…
    – Pero dijiste que perdería el que tuviera más nieve encima, y es evidente que esa persona eres tú.
    – Sí, pero sólo porque estás sobre mí.
    – No lo he hecho a propósito. Además, no nos habríamos caído si no hubieras tropezado como una niña.
    – La culpa es tuya, Matt. Y en cuanto al resto de tu comentario, te recuerdo que ya no soy una niña sino una mujer.
    Matt no necesitaba que se lo recordara. La deseaba con toda su alma, y más ahora, en aquella posición. Intentó recordarse que eran compañeros de trabajo y que no estaban allí para mantener relaciones amorosas, pero cuando ella entreabrió los labios, no pudo evitarlo y la besó.
    Sólo fue un beso corto y rápido, aunque suficiente para hacerle perder el aliento.
    Nervioso, intentó decir algo. Pero ella se le adelantó.
    Quiero confesarte una cosa.
    – ¿De qué se trata?
    – Bueno, me preguntaba si…
    – En ese caso, yo también tengo que hacerte una confesión. También me preguntaba una cosa.
    – Y supongo que tampoco es una buena idea.
    – No.
    – Ni una idea razonable.
    – No, tampoco.
    – Pero quién sabe, tal vez después de probarlo…
    – No, será mejor que lo olvidemos -dijo él. -Olvidarlo, sí. Tienes razón. Será lo mejor. -Sí, será lo mejor.
    Matt se levantó y la ayudó a levantarse. -Tienes las manos heladas, Matt. -Claro, te recuerdo que no llevo guantes. Entonces, él vio que aún había una bola de nieve en el suelo y añadió:
    – Todavía te queda una.
    – La estaba guardando para darte la estocada final.
    – Aunque odie admitirlo, eres una gran tiradora. Si hubiera unos juegos olímpicos de lanzamiento de nieve, estoy seguro de que ganarías la medalla de oro.
    – Es que jugué de delantera en un equipo de balonmano del instituto. Y ganamos cuatro campeonatos. ¿Había olvidado mencionarlo?
    – Por supuesto que sí. Pero francamente, me has impresionado. Deberías dejar la publicidad y hacerte deportista profesional.
    – Sí, claro, una forma excelente de librarte de mí…
    Él se llevó una mano al corazón.
    – Te aseguro que lo he dicho como amante del balonmano. Además, creo que es evidente que me has ganado. Aunque debiste comentarme ese pequeño detalle antes de empezar.
    – Bueno, sólo es una de las muchas cosas que sé hacer bien.
    Jilly sacó las llaves del coche, caminó hacia él y sacó su caja de bombones. Después, le devolvió las llaves.
    – Voy a la habitación a ponerme ropa seca. Tengo que ver a Jack a las tres para dar una vuelta por los viñedos e ir a las bodegas.
    – Comprendo. En tal caso, procuraré no interponerme en tu camino.
    – Gracias.
    – Yo he quedado con él a las cinco, en el bar.
    – En ese caso, yo haré lo mismo si tú cumples tu palabra.
    – No seas tan desconfiada, Jilly. Acabo de dejar que ganes la partida aunque tú tienes más nieve encima que yo.
    Ella arqueó una ceja.
    – ¿Quieres una revancha?
    – No, no, no. Ya he tenido bastante, gracias.
    Ella lo miró con malicia.
    – Me alegro. Por cierto, pienso disfrutar de un bombón más en cuanto llegue al dormitorio…
    – No me importa. Tengo coche y podría ir al pueblo y comprarme una caja para mí solo.
    – Pero no sabrían tan buenos como los de esta caja. Los de esta caja se han ganado en una justa batalla y saben a victoria, a triunfo, a…
    – De acuerdo, basta, ya me he hecho una idea. Ve a comerte esos bombones antes de que me aproveche de mi fuerza física y te los quite.
    – Inténtalo si quieres, pero soy cinturón negro de kárate.
    – Te creo.
    – ¿Tú no vas a la habitación?
    – Estaré allí dentro de unos minutos. Antes tengo que hacer unas cuantas llamadas telefónicas con mi móvil. Así tendrás tiempo de cambiarte de ropa en privado.
    Sus miradas se encontraron y una vez más sintieron algo terriblemente intenso y eléctrico entre ellos.
    – En ese caso, nos veremos dentro de un rato -dijo ella.
    Jilly se despidió y él se quedó a solas en el aparcamiento. Por suerte, se había marchado y por fin podía respirar. Sin embargo, no consiguió borrarla de sus pensamientos.
    Poco después de las cinco de la tarde, Jilly llamó por teléfono a su amiga Kate y rezó para que estuviera en casa.
    – Necesito ayuda -dijo, en cuanto respondió-. El fin de semana está resultando desastroso.
    – ¿Qué ocurre?
    Jillian le contó toda la historia y añadió:
    – Me he pasado dos horas con Jack Witherspoon, pero la situación con Matt me tiene tan tensa, que no sabría decir si he probado un merlot o un chardonnay en la bodega.
    – Ya te dije que tu vida cambiaría cuando conocieras al hombre correcto.
    – Sí, pero eso no es de gran ayuda.
    – Tal vez no -dijo ella, entre risas-. Y dime, ¿qué tal está Matt sin camisa? Jilly cerró los ojos. -Increíble.
    – ¿Has hecho algo más que mirar? -Bueno, me besó.
    – ¿Y?
    – Yo también lo besé.
    – ¿y?
    Ella suspiró.
    – Fue como si hubiera durado mil años, como si hubiera podido derretir los casquetes polares…
    – Vaya, vaya… ¿Y cómo reaccionó él?
    Creo que se excitó bastante, pero el problema es que ahora quiero hacer mucho más que besarlo.
    – ¿Y qué tiene eso de malo?
    Que estamos trabajando juntos, compitiendo por el mismo proyecto. Si consigo esa campaña, seré su jefa. ¿Y cómo me sentiré entonces si me acuesto con él? Además, no es mi tipo. Es de los hombres a los que les gusta controlarlo todo. Ya sabes lo que pienso al respecto.
    – Sí, lo sé. Pero tú no eres como tu madre. Además, estamos hablando de acostarte con él, no de casarte con él.
    – Es cierto, pero de todas formas es demasiado complicado.
    – Sea como sea, lo deseas y no puedes cambiar ese hecho. Tal vez deberías ceder a la tentación y disfrutar de una aventura durante el fin de semana -observó Kate-. Sólo tenéis que establecer algunas normas para que la situación no se descontrole.
    – ¿Quieres que me acueste con él y que después lo olvidemos todo?
    – Exactamente. Necesitas un hombre, Jillian. Y si Matt te gusta y tú le gustas a él… adelante.
    – No me estás ayudando demasiado. Precisamente te he llamado para que me convencieras de lo contrario.
    – Oh, lo siento, tienes razón. Acabas de decir que no quieres acostarte con él porque es un compañero de trabajo y te complicaría la vida.
    – En efecto.
    – Pero no niegas que necesitas un hombre.
    – No, no lo niego. Sin embargo, había pensado en comenzar a buscar uno en cuanto llegue a Manhattan.
    – Buena chica. Entre Ben y yo te encontraremos a alguien…
    – Es una lástima que Ben no tenga hermanos.
    – Tiene un hermano, pero es cura.
    – Entonces, es una lástima que su hermano sea cura. Sin embargo, tengo cierto problema con la confianza…
    – ¿Qué quieres decir?
    Que hace tiempo que no me acuesto con nadie y ya ni me acuerdo de cómo es.
    Kate sonrió.
    – No te preocupes, es tan fácil como montar en bicicleta. No se olvida nunca.
    – Eso lo dices porque haces el amor con frecuencia.
    – Tú te encontrarás en esa misma situación dentro de muy poco.
    – Sólo espero que tengas razón…
    Jillian quiso añadir algo más, pero en ese momento se volvió y vio que Matt estaba apoyado en una pared, observándola. Estaba muy atractivo con sus pantalones grises y su jersey de color crema.
    – Bueno, ahora tengo que dejarte -dijo a su amiga.
    – ¿Es que ha llegado él?
    – Sí, sí…
    – En ese caso, llámame mañana y cuéntame lo que haya pasado. Suerte…
    – Hasta luego…
    Jilly cortó la comunicación y dijo a Matt:
    – No te he oído entrar.
    – Siento haberte asustado.
    – ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
    – No mucho.
    Ella entrecerró los ojos.
    – ¿Has oído mi conversación? -No, no he oído nada.
    – ¿Y qué haces aquí? ¿No tenías que estar con Jack en el bar?
    – Sí, pero olvidé mi teléfono móvil y espero una llamada importante.
    Matt caminó hacia la mesita y recuperó su móvil.
    – Jack ha propuesto que esta noche cenemos los tres juntos -comentó él.
    – ¿Cuándo ha dicho eso?
    – Hace cinco minutos. Me dijo que te lo comentara si estabas en la habitación.
    – Entonces, ¿sabe que la compartimos?
    – Bueno, no hace falta ser un genio para saber que no hay dos habitaciones 312. Le expliqué lo del error del hotel y le pareció muy divertido.
    – Sí, divertidísimo -se burló-. ¿Y a qué hora hemos quedado?
    – A las seis y media en el restaurante. -Entonces, allí estaré.
    – Ah, una cosa más, ya que estás aquí. Creo que es justo que tú también veas mi presentación -dijo él.
    Ella lo miró con sorpresa y él sonrió. -Seguro que pensabas que lo había olvidado, pero soy un hombre de palabra.
    Matt se acercó al ordenador, lo abrió y lo conectó para que pudiera verlo. Jilly se acercó y estuvo mirando su presentación por encima del hombro de él. Era impresionante, sin duda.
    – Es muy buena -dijo ella.
    – Gracias. Por lo menos, ahora estamos empatados.
    – No exactamente. Aún me debes una por la pelea de nieve.
    – Esperaba que te hubieras olvidado…
    – De eso, nada. De hecho, es posible que te pida una revancha.
    – Espero que no. No soy muy bueno.
    Ella sonrió.
    – Lo sé. Por eso quería jugar contigo.
    Matt río.
    – Bueno, en tal caso espero que me digas qué quieres a cambio de mi derrota -dijo, mientras se alejaba hacia la puerta-. Nos veremos a las seis y media en el restaurante.
    Jillian suspiró y se sintió terriblemente mortificada al pensar que cabía la posibilidad de que hubiera oído su conversación con Kate. Pero por suerte para ella, no había oído nada.
    O eso había dicho.

Capitulo 6

    Matt estaba sentado a una de las mesas del restaurante Cabernet Bistro cuando Jilly entró en el local y se dirigió al maître. El hombre, vestido con esmoquin, asintió y la llevó hacia el lugar donde se encontraba su compañero de trabajo.
    La observó con atención, sin poder apartar la vista de ella. Llevaba un vestido negro, de manga larga, que se ajustaba a su figura; las medias a juego y los zapatos de tacón alto hacían que sus piernas resultaran interminables, y no llevaba más joyas que dos pendientes de diamantes. Por lo demás se había recogido el pelo y estaba más bella y elegante que nunca.
    Se preguntó cómo conseguía estar tan elegante y tan sexy al mismo tiempo; pero fuera cual fuera su secreto, sólo sabía que lo estaba volviendo loco.
    Unos segundos después, el maître le apartó la silla y ella se sentó con delicadeza.
    – Hola -dijo ella, con una sonrisa.
    Él se estremeció.
    – Hola.
    – ¿Dónde está Jack?
    – Ha cancelado la cena.
    – ¿Por qué? Espero que no haya pasado nada malo…
    – Eso depende de lo que entiendas por malo. ¿Te refieres a alguna emergencia de tipo familiar o a la posibilidad de que yo lo haya asustado?
    – A cualquiera de las dos.
    – Pues no se trata de ninguna de las dos. Al parecer ha conocido a una mujer en la piscina y ha decidido que pasar la noche con ella es más interesante que pasarla con nosotros. Pero yo no me preocuparía mucho por eso. Si se divierte durante el fin de semana, hay más posibilidades de que Maxximum consiga la campaña publicitaria.
    Ella asintió.
    – Supongo que tienes razón.
    – Estás muy bella esta noche, Jilly.
    – Gracias… ¿Quieres que cenemos juntos a pesar de todo?
    – Por supuesto que sí. Además, este es un restaurante de cinco estrellas y supongo que será bueno.
    – Pues espero que no tengas mucha hambre, porque te advierto que los platos salen carísimos -dijo ella, mientras miraba el menú.
    – Bueno, si nos quedamos con hambre siempre podemos dar buena cuenta de tus bombones.
    – ¿Y qué te hace pensar que los compartiría contigo? -preguntó, arqueando una ceja.
    – Que últimamente compartimos muchas cosas; como tu ordenador, por ejemplo. Así que se podría decir que compartir es la lección del día.
    El camarero llegó unos segundos después y pidieron una botella de los viñedos de la casa. En cuanto se marchó, ella dijo:
    – Podríamos quedarnos aquí toda la noche y bebernos una caja de botellas de vino para animarnos -comentó ella con malicia.
    – Bueno, no necesito una caja de botellas para animarme. Tú ya me animas bastante – observó él-. Por cierto, ¿sales con alguien?
    – ¿A qué te refieres? -preguntó ella, sorprendida.
    – A que si sales con algún hombre -puntualizó-. ¿Tienes novio o algo así?
    – ¿Por qué quieres saberlo? Matt se encogió de hombros.
    – Supongo que sólo intento mantener una conversación.
    Naturalmente, había mentido. Se moría de curiosidad por saber si salía con alguien.
    – No, no salgo con nadie. ¿Y tú?
    – No, yo tampoco. Estaba saliendo con una mujer, pero rompimos en las navidades del año pasado.
    – ¿Por qué?
    – Porque yo quería casarme. -¿Y ella no?
    – Sí, ella también. Pero con mi mejor amigo.
    – Oh, Dios mío… Debió de ser terrible para ti.
    Matt rió.
    – Sí, como un corte en la yugular -dijo con ironía-. Perdí mi trabajo, a mi mejor amigo y a mi chica al mismo tiempo.
    – ¿Por qué perdiste tu trabajo?
    Matt dudó un momento. No sabía si contárselo sería buena idea, pero pensó que no perdía nada con ello.
    – Los tres trabajábamos en Cutting Edge Advertising. Y el mismo día que descubrí que estaban juntos, también descubrí que me habían robado varias de mis ideas. Fue un día magnífico, vamos.
    – ¿Y qué hiciste? -Deje mi trabajo.
    – ¿No luchaste para recuperar tus ideas? – preguntó, asombrada.
    – No. Pero veo que te sorprende… -Francamente, sí.
    – Pensé en la posibilidad, pero habría sido mi palabra contra la suya y estaba deseando perderlos de vista. Así que me marché, pasé un tiempo recuperándome del golpe y más tarde entré en Maxximum.
    Jilly extendió una mano, incapaz de contenerse, y lo tocó.
    – Lo siento mucho, Matt. Debió de ser terrible para ti. ¿Sigues enamorado de ella?
    – No, en absoluto -respondió, tajante-. Ni siquiera sé por qué te he contado eso.
    Ella intentó sonreír.
    – Bueno, te lo he preguntado yo.
    El camarero reapareció entonces con la botella de vino. La abrió ante ellos, sirvió dos copas y se dispuso a tomarles nota. Jilly pidió una ensalada de endivias con roquefort de primero y un salmón a la plancha de segundo.
    – Yo tomaré lo mismo, por favor -dijo Matt.
    Sólo tardaron unos segundos en quedarse a solas otra vez y Jilly retomó la conversación anterior.
    – Eso explica muchas cosas.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Explica que te mantengas a cierta distancia de todos los compañeros de trabajo y que actúes de forma tan ambiciosa. Supongo que no quieres que se repita la historia. Yo no sé qué habría hecho de encontrarme en tu situación…
    Matt la miró de forma extraña durante unos segundos, como si estuviera intentando adivinar los pensamientos de Jilly. Pero en ese momento sonó su móvil y tuvo que contestar.
    – Vaya, es la llamada que estaba esperando… ¿Te importa que conteste aquí?
    – No, claro que no. ¿Quieres que te deje solo un momento?
    – No será preciso, gracias…
    Jilly no tardó en saber con quién estaba hablando.
    – Hola, mamá… ¿Ya tienes los resultados?
    Jilly tomó un poco de vino e intentó no escuchar la conversación, pero a tan escasa distancia, resultaba imposible.
    – ¿Y qué ha dicho el médico? -preguntó él-. Sí, sí, te escucho… Oh, eso es maravilloso, justo la noticia que estábamos esperando… ¿Que si estaba preocupado? No, qué va. Sabía que todo saldría bien. Pero, ¿qué te parece si lo celebramos la semana que viene cuando papá y tú vengáis a la ciudad? Podríamos ir con Stacey, Ray y la Barbie… Sí, claro, iremos a ver el árbol de Navidad del Rockefeller Center… Sí, mamá, yo también te quiero… Hasta luego, mamá…
    Matt colgó el teléfono y Jilly dijo:
    – Siento haber oído tu conversación. No he podido evitarlo, pero parecen buenas noticias…
    – Sí, por suerte. Mi madre se hizo una mamografía hace poco tiempo y encontraron algo que podía ser un tumor. Sin embargo, no es nada. Acaba de recibir los resultados y no es nada grave -explicó con una gigantesca sonrisa.
    – Eso es maravilloso. Mi madre también pasó por algo parecido hace años. Afortunadamente también era un tumor benigno, pero lo pasamos muy mal…
    – Sí, yo también lo he pasado fatal. No podía soportar la idea de que le pasara algo… En fin, ¿qué te parece si brindamos por la noticia? Por mi madre y por la tuya, para que nunca vuelvan a asustarnos.
    Jilly rió y brindó con él.
    – ¿Y qué es eso de la celebración del próximo fin de semana?
    Ah, eso… vamos a salir todos con mi hermana Stacey, su marido, Ray, y con Rachel, mi sobrina. Rachel es una niña adorable de grandes ojos marrones. Es preciosa y muy inteligente.
    Ella sonrió.
    – ¿Y por qué la has llamado Barbie?
    – Porque adora esas muñecas. Estoy deseando que abra su regalo de navidad. Le he comprado la mansión de la Barbie.
    – ¿Le has comprado una casa de muñecas? Vamos, seguro que le pediste a otra persona que la comprara por ti.
    – ¿Bromeas? ¿Y perderme la posibilidad de pasar cinco horas en una juguetería? No, qué va, la compré yo en persona. Sin embargo, la sorpresa de mi sobrina no va a ser nada comparada con la sorpresa que se van a llevar mis padres con el regalo que les hemos hecho Stacey y yo. Las últimas semanas han sido tan duras para ellos que pensamos que merecían unas vacaciones.
    – Es un gran regalo…
    – Bueno, ellos son grandes padres.
    Matt sonrió y ella sonrió a su vez. Empezaba a ser consciente de que aquel hombre le gustaba mucho más de lo que había imaginado. Era una gran persona, tenía sentido del humor, le gustaban los bombones, poseía la sonrisa más hermosa que había visto en toda su vida e incluso disfrutaba yendo de compras a las jugueterías. Tuvo que resistirse al impulso de arrojarse en sus brazos.
    – Ahora sabes más sobre mí que yo sobre ti -comentó él, inclinándose hacia delante-. De modo que te toca hablar. ¿Cómo es que una mujer tan increíblemente atractiva e inteligente no sale con nadie?
    Él le acarició levemente la mano y ella intentó mantener el aplomo, pero estaba tan excitada, que ni siquiera fue capaz de apartar la mano para no sentir su contacto.
    Así que intentó concentrarse en la pregunta.
    – Por varias razones. En primer lugar, que no tengo tiempo para comprometerme con una relación. Toda mi energía está concentrada en mi trabajo en Maxximum. Además, los hombres que he conocido siempre querían controlarme. He descubierto que las relaciones son como las plantas: si no se les da mucho tiempo y atención, se mueren. Y por otra parte, hace tiempo que ningún hombre que valga la pena se interesa por mí.
    Jilly no sabía si la culpa la tenía el vino, el ambiente, la cálida y tranquila comprensión de sus ojos, el suave contacto de su mano o el hecho de que él le hubiera confesado sus secretos. Pero en cualquiera de los casos, estaba contándole cosas que no quería contar. Incluso le habló de la muerte de su padre, que había fallecido de infarto a los treinta y seis años, dejándolas solas a su madre y a ella.
    – Mi madre no pudo aguantarlo. Lo amaba con toda su alma… Se habían casado muy jóvenes, cuando salieron del instituto. Mi padre era mecánico, y aunque no se podía decir que fueran precisamente ricos, vivían muy bien. Ella se concentró en la maternidad y él en todo lo demás. Siempre quiso ser el que cuidaba de sus chicas, como solía decir…
    Jilly se detuvo un momento antes de continuar.
    – Era un gran hombre. Fuerte, con sentido del humor, vital. Y cuando murió… bueno, no puedo describir lo que sentí.
    – No es preciso que lo hagas. Sé lo que se siente cuando el mundo cambia por completo, de repente. Tú te encuentras… perdido e impotente.
    – Exacto elijo ella.
    – ¿Qué pasó después?
    – Todo se derrumbó. Vivíamos de un trabajo mío a tiempo parcial, pero mi madre nunca hizo nada. Es decir, se ocupaba de todas las cosas de la casa, pero no sabía hacer nada más. Nunca había trabajado fuera y sencillamente no sabía sobrevivir sin la protección de mi padre. Y estaba tan hundida con su pérdida, que no conseguía reaccionar.
    – De modo que cargaste con toda la responsabilidad…
    – No tenía elección. No teníamos dinero, así que alquilamos un local y abrimos una boutique. Mi madre cosía y mientras tanto yo me dedicaba a hacer todas las cosas que había hecho mi padre, desde reparar un grifo roto a arreglar el coche. Entonces me prometí que nunca sería como mi madre. Me prometí que estudiaría una carrera y que adquiriría los conocimientos necesarios para no tener que depender de nadie.
    Matt sonrió.
    – Pues es evidente que alcanzaste tu objetivo.
    Ella lo miró en silencio durante un par de segundos y pensó si lo que acababa de decir era cierto. En muchos sentidos, lo era. Había logrado sus objetivos materiales. Pero no tenía a nadie con quien compartirlos.
    – Sí, he conseguido el trabajo que quería, pero no la estabilidad económica -explicó-. Estoy buscando algo más.
    – Como por ejemplo, la campaña de ARC…
    – En efecto.
    – ¿Y cómo le va a tu madre ahora?
    Jilly sonrió.
    – Muy bien. Ha debido recorrer un largo y duro camino, pero parece que mi ejemplo le sirvió de algo y hace unos años empezó a estudiar. Dentro de doce meses tendrá su título en ciencias empresariales. La verdad es que estoy muy orgullosa de ella.
    – Y supongo que ella también de ti…
    – Bueno, es mi madre. Es su trabajo.
    El camarero llegó con las ensaladas y Matt apartó la mano. Jilly lamentó la pérdida de su contacto y deseó acostarse con él, desnudos, excitados. Deseó sentirlo en su interior.
    Las imágenes que la asaltaban eran tan fuertes, que se sintió desfallecer.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó él.
    – Sí, sí, estoy bien… Como ves, nuestras vidas no se parecen demasiado. Está visto que no tenemos muchas cosas en común -dijo ella, nerviosa.
    Jillian no había imaginado en ningún momento que su cena con Matt pudiera llegar a ser tan divertida e inquietante a la vez. La conversación era interesante, el ambiente era romántico y todos sus sentidos permanecían alerta ante la presencia de aquel hombre. Además, sabía que la noche no había terminado todavía. Tendrían que volver a compartir la habitación 312.
    Matt la observó con detenimiento y declaró, de repente:
    – Pues yo creo que tenemos muchas cosas en común.
    – ¿Muchas? ¿Por qué lo dices?
    Matt la tomó de una mano.
    – Tu pulso se ha acelerado, como el mío. Los dos somos incapaces de olvidar el beso que nos dimos y los dos nos sentimos atraídos por el otro.
    La conversación estaba derivando por caminos peligrosos, pero Jillian pensó que Matt tenía razón. No tenía sentido que negara sus sentimientos, pero se sentía atrapada entre el miedo y el deseo.
    – Eres un hombre encantador y muy atractivo. Cualquier mujer te encontraría interesante.
    – Gracias, pero no me refiero a eso. Entre nosotros hay algo más. He intentado hacer caso omiso y olvidarlo… Sin embargo, no lo he conseguido. Y creo que tú tampoco.
    Jilly ni siquiera se molestó en negarlo.
    – Es cierto, yo también lo siento. Pero no me gusta.
    – Lo comprendo. Pero, ¿qué vamos a hacer al respecto?
    – No lo sé. ¿Qué opciones tenemos?
    – Sólo dos, según lo veo. O nos olvidamos del asunto o…
    – Puede que esa sea la opción más inteligente.
    – Inteligente, tal vez. Pero posible… No lo creo.
    El corazón de Jilly latía tan deprisa, que pensó que Matt podría oír los latidos.
    – Alguien a quien han hecho tanto daño en el pasado debería huir a toda prisa de una situación como esta, Matt.
    – Puede ser. Pero, en mi opinión, sólo podemos optar por la segunda opción.
    – ¿Y cuál es?
    – Pasar el resto de la semana explorando nuestras emociones y separarnos después.
    – ¿Insinúas que nos acostemos y que actuemos como si nada hubiera pasado cuando volvamos al trabajo?
    – Exacto.
    La idea era muy tentadora, pero a pesar de todo, Jilly preguntó:
    – ¿No crees que eso complicará nuestras relaciones profesionales?
    – Estoy seguro de que será difícil, sí, pero será difícil hagamos lo que hagamos -respondió.
    – Sí, creo que tienes razón.
    – En tal caso, ¿por qué no disfrutar del fin de semana? Bien pensado, estamos atrapados.

    Entonces, él la tomó de la mano otra vez y la besó.
    – Creo que es la solución perfecta para lo que sentimos, porque ninguno de los dos somos capaces de superarlo -continuó Matt-. ¿Y bien? ¿Qué te parece? ¿Quieres acostarte conmigo?

Capitulo 7

    Jilly se puso pálida. Miró a Matt a los ojos durante unos segundos y luego bajó la vista, avergonzada. Ahora estaba segura de que había oído parte de su conversación con Kate.
    Con la cabeza gacha, repasó lo que había dicho en la conversación con su amiga y se sonrojó. Le había confesado que quería hacer mucho más que besarlo y que llevaba tanto tiempo sin hacer el amor que apenas recordaba cómo era.
    Acto seguido, apoyó los codos sobre la mesa y hundió la cara entre las manos. Estaba tan mortificada que, a pesar de su agnosticismo, le rezó a todos los santos para que ocurriera algún milagro que la librase de tener que enfrentar a Matt. Le había dicho a Kate que deseaba hacer el amor con él más que ninguna otra cosa; sin embargo, en ese momento, lo que quería era poder hundir la cabeza en la tierra como un avestruz.
    – ¿Cuánto has oído? -preguntó, finalmente.
    Él le levantó la barbilla con los dedos y la obligó a mirarlo a la cara.
    – Lo suficiente como para saber que me deseas. Lo cual está muy bien porque también te deseo. Y lo necesario como para saber que llevas tiempo sin hacer el amor; lo mismo me ocurre a mí también. En toda mi vida, jamás me había sentido tan irremediablemente atraído por una mujer. En lo que a mí respecta, no debiéramos perder más tiempo. Así que, si estás de acuerdo, podríamos…
    Las palabras y el tono ronco y sensual de Matt sirvieron para que Jilly perdiera definitivamente la vergüenza. El había elevado la apuesta al afirmar que la deseaba y estaba esperando una respuesta. Ella tenía que elegir entre aceptar el juego o recoger sus cosas y escapar a toda velocidad. Tardó menos de cinco segundos en decidirse. A fin de cuentas, Matt tenía razón: no tenía sentido perder más tiempo. Además, lo deseaba desesperadamente y estaba ansiosa por hacer el amor.
    Nueve meses, tres semanas y diecinueve días habían sido suficientes.
    Sin más, Jilly exhaló una larga bocanada de aire y afirmó:
    – Apostaría que llevas menos tiempo sin tener relaciones sexuales que yo.
    – Entonces, remediemos nuestra situación.
    Después, Matt comenzó a deslizar los dedos hacia el cuello de su amante y disfrutó al ver cómo se estremecía de placer con cada roce.
    – Definitivamente, hay electricidad entre nosotros, preciosa -comentó.
    – Lo que notas es que mi cerebro tiene un cortocircuito. Y debo admitir que tu propuesta ha despertado mi interés.
    – Me alegra saberlo, aunque te advierto que ha despertado otras cosas en mí…
    – Mmm… no lo dudo -murmuró Jilly-. Sin embargo, no imaginas cuánto podría mejorar la situación con un poco de esfuerzo.
    – Créeme, lo imagino. Sueño con ello, constantemente.
    Tras lo cual, él bajó la vista y se concentró en la boca de la mujer. Luego se inclinó hacia ella y susurró:
    – Adoro tus labios.
    Jilly estaba tan decidida a seguir adelante que no opuso ninguna resistencia al deseo y la necesidad que la dominaban. Bien por el contrario, llevó el dedo índice hasta la boca de Matt y comenzó a desplegar sus juegos de seducción.
    – También adoro tus labios -murmuró-. ¿Te gustaría que te demuestre hasta qué punto?
    Él la miró apasionadamente y le besó la palma de la mano.
    – Me encantaría, preciosa.
    – De acuerdo. Espera y verás.
    Acto seguido, ordenaron que les llevaran el resto de la comida a la habitación, se tomaron de la mano y, sin más demora, se marcharon del restaurante.
    Mientras avanzaban por el vestíbulo del hotel, Jilly apenas podía contener las ganas de correr sobre el piso de mármol para arrastrar a su amante a la cama. Le sudaban las manos y estaba tan tensa y caliente, que estaba ansiosa por desvestirse para sentir las manos de Matt sobre su cuerpo desnudo. Por algunos segundos, fantaseó con la posibilidad de empujarlo contra una pared y besarlo hasta quedar sin aliento. Pero sabía que una vez que empezaran ya no podrían detenerse, de modo que asaltarlo en un lugar público no parecía una buena idea.
    – ,¿Tienes preservativos? -preguntó ella con preocupación.
    – Sí, descuida.
    Jilly respiró aliviada. En toda su vida jamás se había sentido tan impaciente por que un hombre la tocara; deseaba sentir el roce de su piel y el sabor de sus labios. Trató de mantener la calma y actuar con naturalidad. Sólo tenía que contenerse hasta llegar a la habitación. Una vez allí, se rendiría sin condiciones a sus anhelos.
    Sin embargo, no tuvo que esperar tanto. En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, Matt la atrajo hacia él y la besó con desesperación. Y mientras movía la lengua febrilmente, le acariciaba la espalda y el trasero. Ella se arqueó contra él y se excitó al sentir la presión del pene erecto contra su pubis. Acto seguido, hundió los dedos en la abundante cabellera de Matt y disfrutó del sabor de aquella boca ansiosa y cálida.
    Se abrieron las puertas del ascensor y, entre risas y besos, los dos amantes se dirigieron hacia la habitación. Matt hurgó en los bolsillos de los pantalones y frunció el ceño. Después de una rápida búsqueda en el resto de los bolsillos, la miró con ojos desorbitados y dijo:
    – No tengo la llave. La debo haber olvidado cuando vine a buscar mi teléfono móvil.
    – No te preocupes, tengo la mía.
    Entonces Jilly se volvió hacia la puerta y, con impaciencia, buscó el llavero en su bolso. Matt la abrazó por detrás y le mordió dulcemente la nuca.
    – Eso no me facilita la búsqueda… -dijo ella, mirándolo de reojo.
    – Deberías ser más precavida y tener las llaves siempre a mano -le susurró Matt al oído-. Hay muchos acosadores sueltos.
    – Este parecía ser un pasillo bastante seguro… hasta ahora.
    – Exacto. ¿Qué pasaría si alguien viene tras de ti?
    Luego, Matt le rodeó la cintura con los brazos. Sin pensarlo, Jilly se entregó al calor del abrazo y al recostarse contra él pudo sentir el sexo excitado de su amante apretándose contra sus nalgas.
    Después, volvió la cabeza para mirarlo.
    – Creo que el acosador me ha atrapado – bromeó.
    Él gruñó sensualmente y confesó:
    – Estoy desesperado, no puedo esperar ni un minuto más.
    – No puedes estar más ansioso que yo. Hace nueve meses, tres semanas y diecinueve días que no hago el amor.
    – ¿Bromeas?
    – Juró que no -afirmó ella.
    Matt le acarició la nuca.
    – En ese caso, estaré feliz de poner punto final a tu larga abstinencia. ¿Has encontrado la llave?
    Jilly extrajo el llavero del bolso y sonrió con picardía.
    – Aquí está. Disculpa, ¿te molestaría que la primera vez lo hagamos sin juegos previos?
    Él se apretó contra las caderas de la mujer y deslizó una mano hacia los senos.
    – No sólo no me molesta si no que, si no abres la puerta ahora mismo, montaré una escena erótica en medio del pasillo.
    Ella rió con complicidad y metió la llave en la cerradura. Matt la apuró a entrar en la habitación y, en cuanto cerró la puerta, abandonaron los coqueteos previos para pasar a la acción. Jilly le puso las manos en el pecho y lo empujó contra una pared. Él acercó la boca a la de su amante y comenzó a besarla apasionadamente mientras le soltaba el cabello con impaciencia. Jilly gimió y se arqueó contra él, rozándole el pene erecto con su pubis. Matt la tomó por las caderas y la acercó más.
    El deseo la abrasaba de un modo tan desesperado, que Jilly sentía que su cuerpo era un volcán a punto de entrar en erupción. Metió las manos bajo el jersey de Matt y le acarició el vientre. Después, interrumpió los besos para pedirle que se quitara la prenda.
    – Fuera -murmuró.
    Mientras él se sacaba el jersey, ella dio un paso atrás y se llevó las manos a la espalda para bajar la cremallera del vestido.
    Él se quitó también los zapatos y los calcetines y, acto seguido, le puso las manos sobre los hombros y le indico que se diera media vuelta.
    – Déjame a mí -dijo, con voz ronca.
    Matt le bajó el cierre a toda prisa y la giró para volver a quedar frente a frente. Entonces dejó que el vestido cayera al suelo. Jilly estaba tan sensibilizada, que el simple contacto de la tela la hizo temblar. La palidez de su piel contrastaba con el negro del sostén y de las medias con liguero. Permaneció inmóvil durante algunos segundos y, luego, con el aliento entrecortado y el corazón latiendo a toda velocidad, llevó las manos al cinturón de Matt.
    Pero él no la dejó hacer. La aferró por los brazos y, con un movimiento rápido, la apoyó contra la pared. La miró a los ojos por un instante y volvió a besarla con frenesí. Mientras que con dedos torpes y ansiosos Jilly intentaba desabrocharle el cinturón, Matt le quitó el sostén y se llenó las manos con los senos desnudos de su amante. Ella sintió ganas de gritar de placer al sentir las caricias. En aquel momento, él comenzó a besarle el cuello y, lentamente, fue bajando hacia el pecho. Levantó la vista y, sin dejar de mirarla, empezó a lamerle y a mordisquearle los pezones.
    A Jilly se le escapó un largo gemido y, durante un buen rato, se olvidó del cinturón, recostó la cabeza en la pared, cerró los ojos y le hundió los dedos en el pelo. Arqueó la espalda para apretarse contra la boca de Matt y le rogó que siguiera. Él accedió complacido; adoraba los pechos de aquella mujer y estaba encantado de satisfacerla con los juegos de su lengua y sus dientes. Ella estaba fascinada, se mordía los labios y podía sentir cómo se le humedecía el sexo por la excitación.
    Con un gruñido casi visceral, Matt le deslizó las manos por los costados y le bajó las medias. Jilly las pateó a un lado con impaciencia y, al abrir los ojos, se topó con la boca de su amante dispuesta a volver a robarle el aliento con sus besos. Lo deseaba tanto, que ya no podía contener la desesperada necesidad de sentirlo en su interior. Casi sin pensarlo, se colgó de los hombros de Matt y le rodeó las caderas con una pierna. Él le apretó las nalgas con una mano y le metió la otra entre los muslos. Se miraron con complicidad y, cuando le rozó el clítoris, caliente y humedecido, gimieron al unísono.
    – Jilly… -murmuró él, entre jadeos.
    Entregada a la pasión del momento, la mujer separó las piernas y exclamó:
    – Quiero que entres en mí ahora mismo.
    Matt le introdujo dos dedos en el centro de su ser y ella soltó un grito ahogado. Era tal la desesperación, que le bastó sentirlo en su interior para estremecerse. En pocos minutos, alcanzó el éxtasis. Arqueó la espalda, tensó las piernas y lo miró a los ojos. Quería que supiera lo que estaba sintiendo; que descubriera la electricidad del orgasmo en su mirada.
    Cuando cesaron los espasmos, apoyó la cabeza en el hombro de Matt y le besó el cuello con los labios entreabiertos. Entretanto, él le acarició la espalda con ternura.
    – Ha sido genial -dijo Jilly-. Gracias, necesitaba recuperar esta sensación.
    – Ha sido un placer.
    – Tienes razón, pero ha sido mi placer. Ahora, es tu turno.
    – Soy todo tuyo…
    Matt sentía que su cuerpo era una bomba a punto de estallar. Sin decir una palabra, la alzó en sus brazos, la llevó hasta la cama y la recostó con delicadeza sobre las mantas. Ella trató de abrazarlo, pero él se apartó y, dándose media vuelta, murmuró:
    – Boy a buscar los preservativos.
    Al tiempo que se alegraba de tener unos cuantos preservativos, se lamentaba de que estuvieran en su maleta. La idea de verse obligado a alejarse de Jill, así fuera por un par de segundos, le resultaba horrible.
    Alcanzó el bolso con dos zancadas y comenzó a revolver entre sus ropas. La habitación estaba a oscuras. Ella lo miró desde la cama y, con una amplia sonrisa en los labios, encendió la lámpara de la mesita de noche.
    – Gracias -dijo él, sin apartarse de su objetivo.
    Matt maldijo en voz baja porque no conseguía encontrar los preservativos. Comenzó a sacar la ropa y arrojarla por los aires. En unos segundos, el suelo de la habitación estaba cubierto de calcetines, calzoncillos, camisetas y pantalones. Estaba a punto de entrar en pánico cuando por fin los localizó en un bolsillo lateral. Agarró uno y regresó a la cama.
    Jilly estaba recostada sobre las mantas con la negra cabellera revuelta cubriéndole los hombros. En su rostro había un aire angelical que contrastaba con el resto de la imagen ya que, en cierta medida, Jilly parecía la personificación del pecado. Estaba de costado, apoyada sobre un codo, con las piernas estiradas y apenas vestida con el liguero de encaje negro. La posición revelaba toda la magnificencia de sus formas, y la mirada encendida, el deseo que sentía por Matt.
    Él se maravilló tanto al verla, que dedicó unos cuantos segundos a recorrerla casi milimétricamente. Primero se concentró en el gesto lujurioso de aquella boca de labios rojos y carnosos; siguió por la piel sonrosada, los pezones erectos y luego, descendió lentamente por la femenina curva de las caderas hasta el triángulo de vello rizado que coronaba el vértice de las piernas. Respiró hondo y el perfume de Jilly le inundó los sentidos. Ardía de pasión por aquella mujer, le parecía una imagen surgida de sus fantasías.
    – Oye, Matt -dijo ella, con la voz ronca-, acabas de hacerme pasar un momento maravilloso y te lo agradezco… Sin embargo, sigo sintiéndome muy excitada así que, si piensas quedarte parado ahí sin hacer nada, me obligarás a salir al pasillo a ver si alguien dispuesto a saciar mi necesidad.
    – Ni se te ocurra -gruñó él.
    Acto seguido, arrojó el preservativo sobre la cama y, mientras se quitaba el cinturón, agregó:
    – Espero que te siga pareciendo bien que lo hagamos sin demoras porque, a decir verdad, estoy tan ansioso, que dudo que resista mucho.
    Ella sonrió con picardía.
    – Cuanto antes entres en mí, mejor.
    Matt se libró de los pantalones y los calzoncillos a toda prisa. A Jilly le brillaron los ojos al ver la impresionante erección de su amante. Él se inclinó para agarrar el preservativo pero se detuvo cuando la vio arrastrarse de rodillas hasta el borde de la cama como una gata hambrienta lanzándose sobre un tazón de leche.
    Ella se enderezó y se deslizó para alcanzar el sexo de Matt. Él comenzó a jadear y a acariciarle la espalda mientras contemplaba con adoración cómo la mujer de sus fantasías lo tomaba entre sus manos. Soportó la dulce tortura de las caricias tanto como pudo hasta que, mirándola con desesperación, le apartó la muñeca delicadamente.
    – No puedo más -gimió.
    Después de ponerse el preservativo, Matt se recostó sobre ella. Unieron sus bocas en un acalorado juego de lenguas y labios y se introdujo en el aterciopelado y húmedo sexo de Jilly. Él estaba tan tenso y ansioso, que apenas podía controlarse. En aquel momento, su mundo estaba limitado al cálido lugar en el que se hallaba inmerso. Para él no había más que el placer de estar con ella, la intimidad, las caricias, la complicidad y el desesperado ritmo de sus pelvis. Apretó los dientes y trató de contener el abrupto orgasmo que se aproximaba. Pero cuando ella pronunció su nombre entre jadeos, perdió la batalla. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Jilly, soltó un prolongado gemido y se entregó al placer de la liberación.
    No estaba seguro de cuánto tiempo pasó abstraído en la acogedora calidez de su amante, respirando la delicada esencia de sus fluidos femeninos y con el corazón acelerado antes de que ella lo empujara suavemente con las caderas.
    – Sí que ha sido rápido -susurró Jilly.
    Matt se apoyó en la palma de sus manos, levantó el torso y la miró con detenimiento. Parecía tan agotada como él. Le acomodó el pelo y, mientras le secaba el sudor de la frente, dijo:
    – Quiero que sepas que no siempre es así, en general soy mucho más generoso. Pero comprenderás que estaba desesperado.
    – No tengo ninguna queja al respecto – aseguró ella, con una sonrisa ladeada-. Sin embargo, estoy deseando averiguar lo generoso que puedes llegar a ser. En cualquier caso, gracias por el cumplido. Es agradable saber que te desespero.
    – Cariño, no sólo me desesperas: me enloqueces.
    Acto seguido, bajó la cabeza y le pasó la lengua por los labios.
    – Definitivamente, la próxima vez que pases nueve meses, tres semanas y diecinueve días sin tener relaciones sexuales -agregó Matt-, llámame. Estaré encantado de complacerte.
    – ¿También estarás encantado de complacerme aunque sólo hayan pasado cinco minutos desde mi última vez?
    Él soltó una carcajada.
    – Me temo que voy a necesitar un rato más para recuperarme -confesó.
    Jilly comenzó acariciarle la espalda y las nalgas.
    – A menos que continúes haciendo eso – rectificó Matt, besándole la barbilla-. Sin duda, las caricias servirán para acelerar el período de recuperación.
    – Mmm… -murmuró ella, sin dejar de tocarlo-. Acelerar la recuperación suena bien. He esperado mucho tiempo para esto y ahora que sé lo entusiasta que puedes llegar a ser, odiaría tener que salir al pasillo a buscar otro amante.
    Matt se sintió ligeramente celoso ante el comentario. Sabía que Jilly estaba bromeando, pero, aun así, lo exasperaba la posibilidad de que otro hombre la tocara. Se reprendió por pensar de ese modo. Tenía que asumir que después de aquel fin de semana cualquiera podría tocarla, menos él.
    Se dijo que lo mejor era no pensar en ello, que aún tenía todo el fin de semana para estar con ella y que lo aprovecharía hasta el último minuto.
    – Ahora que hemos experimentado el placer del sexo apresurado -dijo él, mirándola a los ojos-, sugiero que probemos cómo es si nos damos tiempo para jugar con nuestros cuerpos.
    – Me parece genial. ¿Qué tienes en mente?
    – Empecemos por ducharnos juntos… después, tal vez te apetezca un masaje.
    – Depende de quién vaya a darme el masaje -bromeó Jilly-, si tú o Steven, el masajista musculoso del hotel…
    Matt levantó una ceja.
    – ¿A cuál de los dos prefieres?
    – A ti -respondió ella sin vacilar.
    – Entonces ven conmigo.
    Jilly sonrió.
    – Esta es la mejor oferta que me han hecho en los últimos nueve meses, tres semanas y diecinueve días.

    Jilly estaba en la ducha, disfrutando del agua caliente que caía sobre su cuerpo. Con las manos enjabonadas, Matt le masajeaba la espalda, la cintura y el trasero. Era tan relajante, que ella tenía que esforzarse para que no se le doblaran las piernas.-Manos mágicas -murmuró Jilly-. Tienes unas manos mágicas y atrevidas.
    Acto seguido, él la abrazó por detrás, la apretó contra su cuerpo y apoyó el pene erecto en las nalgas. Mientras le besaba el cuello, comenzó a acariciarle los senos y el vientre. Lentamente fue deslizando los dedos hasta el nacimiento de los muslos de Jilly y, cuando le rozó el pubis, ella gimió con desesperación.
    – Tengo algo que confesarte-le susurró Matt al oído-. Me preguntaba qué cuerpo ocultabas debajo de esos trajes tan serios que usas.
    Ella se sintió halagada por el comentario.
    – ¿Y ahora que lo sabes? -preguntó con picardía.
    En aquel momento, él le introdujo un dedo en el sexo y, con la otra mano, le pellizcó los pezones. Jilly volvió a gemir, complacida.
    – Suponía que eras preciosa -dijo Matt-, pero nunca imaginé que fueras tan desinhibida.
    – ¿Y eso te molesta?.
    – En absoluto -afirmó él-. Admiro a las mujeres que saben lo que quieren y no temen hacer lo necesario para conseguirlo.
    – ¿De verdad?
    – De verdad.
    – Bueno, me alegra saberlo…
    Jilly se dio vuelta, se apretó contra la pelvis de su amante y mientras le acariciaba el cabello, agregó:
    – Porque quiero que me hagas el amor otra vez. Despacio y con calma, pero ahora mismo.
    A él se le encendió la mirada. Se metió bajo el agua junto a ella, enjuagó los restos de jabón que tenían en el cuerpo y la apoyó contra la pared. Jilly se estremeció; el frío de los azulejos contrastaba con el calor de su piel. Era una sensación agradable y excitante.
    – Yo también tengo algo que confesarte – murmuró, mientras él la acariciaba-.Esta mañana, cuando te vi. envuelto en la toalla, se me aceleró el corazón. Pero ahora, al verte desnudo, creo que me va a estallar. Verte desnudo destroza la teoría de que todos los hombres son iguales.
    Matt sonrió y la acarició suavemente entre los muslos.
    – ¿Sabías que tus ojos tienen vetas verdes? -le preguntó-. ¿Y que adquieren una tonalidad increíblemente ahumada cuando te excitas?
    – Sabía lo de las vetas verdes, pero no sabía lo segundo -confesó-. Supongo que eso quiere decir que ahora están ahumados…
    – En efecto. ¿Preparada para otra sesión de juegos suaves y lentos?
    – No estoy segura de que me apetezca algo suave y lento, pero adelante…
    Como gustes.
    Él comenzó a besarla por todo el cuerpo y ella sencillamente se dejó hacer, sucumbiendo a sus manos y a su boca. Y cuando vio que introducía la cabeza entre sus muslos, se sintió perdida.
    Unos segundos después, empezó a lamerla. La agarró con fuerza de las caderas y la atrajo hacia sí, sin dejar de besarla, lamerla, sin dejar de hacerle el amor con la boca hasta volverla loca de necesidad. Ella se aferró a sus hombros y no tardó en alcanzar el orgasmo.
    Cerró los ojos y entonces oyó el inconfundible sonido de un preservativo al sacarlo del paquete. Decidió abrirlos de nuevo y descubrió a Matt en el preciso momento en que se lo ponía. Después, la atrajo hacia sí, ella cerró las piernas alrededor de su cintura y Matt la penetró.
    – Oh, Dios mío…
    Jilly lo besó con apasionamiento y el comenzó a moverse una y otra vez, disfrutando del instante, hasta que ella volvió a alcanzar el clímax.
    – ¿Preparada para otro? -preguntó él.
    Ella sonrió.
    – Oh, sí…
    – Entonces, sígueme…
    El ritmo fue esa vez más rápido y violento. Hicieron el amor durante unos minutos y luego se sentaron al borde de la cama, cambiaron de posición y siguieron hasta agotarse.
    – Eres muy bueno en esto -dijo ella, más tarde.
    – Gracias, pero el cumplido sonaría mejor si no parecieras tan sorprendida…
    – No estoy sorprendida, sólo asombrada.
    En realidad, Jillian había mentido. Estaba sorprendida, pero no por las habilidades amatorias de Matt, sino por la intensidad de aquellas sensaciones. Sencillamente, no lo esperaba. Nunca había pensado que pudiera ser algo tan profundo, dulce y maravilloso a la vez. Y por supuesto, no se le había ocurrido pensar que Matt fuera tan generoso y atento.
    – ¿Sabes que eres preciosa? -preguntó él.
    El ronco tono de su voz, el contacto de sus dedos y el brillo de sus ojos la dejaron sin habla.
    – Eres preciosa, sí. Me gusta tu olor, tu sabor, tu aspecto…
    – Gracias -acertó a decir ella-. Tú tampoco estás mal.
    Matt sonrió.
    – Entonces, tengo que confesarte algo: estoy hambriento.
    – ¿Ya? Eres muy rápido…
    Matt rió.
    – No, no… Tengo hambre de comida. Necesito tomar algo para poder seguir.
    – ¿Estás pensando en el servicio de habitaciones?
    – No exactamente.
    – Oh, no… Estás pensando en mis bombones.
    – ¿Yo? -preguntó con inocencia fingida-. Jamás te robaría los bombones. Aunque, si me ofreces alguno, creo que lo aceptaría de buen grado.
    – Ya, ya… ¿Sabes lo que creo? Que has hecho esto para poder comerte mis bombones.
    – Te equivocas. Quería comerme tus bombones, pero también quería comerte a ti -declaró, con un brillo de pasión en la mirada-. Además, podríamos poner los bombones sobre tu cuerpo y jugar un poco a ver lo que pasa, ¿no te parece?
    – Sí, no estaría mal. Sería una gran idea.

Capitulo 8

    Matt se despertó cuando la dorada luz del amanecer iluminó la habitación. Sus cinco sentidos estaban concentrados en una sola cosa: Jilly.
    En aquel momento, el mundo se reducía a la mujer que dormía junto a él. Nada importaba salvo el calor de su cuerpo; la leve presión de su mano sobre el pecho; la suave curva de su cadera, la belleza de sus muslos; su embriagador perfume entremezclado con los aromas de la noche de pasión; la sensación de sus pechos presionándole el costado; su cálida respiración acariciándole las costillas; y su negra y revuelta cabellera haciéndole cosquillas en el torso.
    En cuánto le acarició la cabeza, recordó las horas de sexo desenfrenado que habían compartido, el modo en que Jilly temblaba ante sus caricias y la sensación de fundirse con su cuerpo al entrar.
    De solo pensarlo, sentía que se le paraba el corazón. Había sido increíble, con una intensidad que no podía describir porque jamás había experimentado nada semejante. Sentía como si acabara de descubrir un universo nuevo e inesperado.
    Era como si, de repente, todo lo que había sentido antes por las mujeres se hubiera potenciado mil veces y se hubiera convertido en un recuerdo pálido en comparación. En cierta medida, se sentía apabullado. Una cosa era que ella lo excitara, pero jamás habría imaginado que lo enloquecería por completo. Se sentía cautivo de su contacto y de su maravillosa sonrisa y atraído por su sentido del humor y, por su férrea necesidad de independencia Definitivamente, no había pensado sentirse tan atado a ella.
    Se preguntó de dónde provenían todos esos sentimientos inesperados. Le gustaba, la admiraba, quería conocer todo sobre ella. Dentro y fuera de la cama.
    Cuando tomó conciencia de lo que estaba ocurriendo, suspiró con preocupación. Sin duda, se suponía que el fin de semana sería otra cosa. La idea original era que Jilly y él compartirían algunas risas, un par de orgasmos y, después, volverían a sus vidas de siempre.
    Sin embargo, le había bastado una noche con ella para saber que eso era absolutamente imposible porque él sería incapaz de terminar aquel fin de semana y pretender que nada había ocurrido. Sabía que no podría porque, incluso teniéndola a su lado, no conseguía dejar de pensar en el sabor de su boca, la suavidad de su piel, lo embriagador de su aroma y el modo en que lo nombraba cuando alcanzaba el éxtasis.
    Se maldijo por haber cedido a la tentación de haber hecho el amor con ella. Sabía que cometería un tremendo error al hacerlo, pero no había tenido la fuerza suficiente para resistirse. El problema era que ahora se encontraba en medio de una situación que podía arrastrarlo al mismo desastre que había vivido con Tricia.
    Cerró los ojos y trató de alejar esos pensamientos negativos de su mente. Tenía claro que no había sido muy listo al acostarse con Jilly, fundamentalmente porque comenzaba a sentir que entre ellos había algo bastante más profundo que un tórrido romance de fin de semana. Pero de ninguna manera podía permitirse cometer los mismos errores que con Tricia. Algo había aprendido de esa experiencia. Esta vez, sabía que la mujer con la que estaba lidiando era ambiciosa y perseguía el mismo objetivo que él.
    No obstante, ahora también sabía lo suave que era la piel de Jilly; lo deliciosa que era su boca; lo sedoso que era su cabello y lo increíble que era sentirse rodeado por el calor de su sexo. Y lo que había descubierto podía hacerle perder la razón y sacrificar sus ambiciones profesionales, entre otras tantas cosas.
    Pero sólo si permitía que pasara, y no lo haría. Era cierto, Jilly le gustaba mucho y se sentía atraído por ella, pero mientras no cometiera la estupidez de enamorarse, todo estaría bien. Lo único que tenía que hacer era controlarse. Nada más, nada menos.
    Después de meditar un largo rato, y sintiéndose algo más aliviado, deslizó la mano sobre la delicada curva de la cintura de su amante. Ella se desperezó sobre el pecho de Matt, levantó la cabeza y lo miró con cara de dormida.
    – Buenos días -dijo Jilly, con una sonrisa.
    Sólo había necesitado dos palabras y una sonrisa para echar por la borda todos los sentimientos que él había logrado apaciguar tras casi media hora de cavilaciones.
    – Buenos días -contestó.
    Jilly le apoyó las manos sobre el pecho, recostó la cabeza y lo miró con gesto solemne.
    – Tenemos un problema, Matt.
    Él se estremeció al oírla. Evidentemente, ella también había sentido la conexión que había entre ambos. Eso complicaba aún más las cosas. Matt sabía que lo más probable era que se llenara de recelo para defenderse de la sospechosa felicidad que sentía al pensar que a ella le pasaba lo mismo. Respiró hondo y se convenció de que lo mejor sería obrar con prudencia.
    – Mira, Jilly, yo…
    – No huelo a café -interrumpió la mujer-. Creí que habíamos acordado que el primero que se despertara se ocuparía del desayuno y, considerando que cuando abrí los ojos me estabas mirando, concluyo que tú te has levantado primero. Y como no tengo mi café, puedo asegurarte que tienes un grave problema.
    Aliviado, Matt le deslizó las manos por la espalda y le pellizcó las nalgas.
    – ¿Sí? -preguntó, con sorna-. ¿Y se puede saber qué clase de problema?.
    Que estás en deuda conmigo.
    – ¿Acaso estás hablando de dinero? Si es así, dime a cuánto asciende mi deuda.
    – ¿Dinero? -se burló Jilly-. No, corazón, me temo que esto no se paga con dinero.
    Acto seguido, le recorrió el vientre con las yemas de los dedos y le acarició el miembro viril.
    – Exijo que me pagues en especie -añadió, con malicia.
    – ¿Y qué pasa si me niego a cumplir tus exigencias?
    Jilly se levantó de la cama sin responder. Matt la siguió con la mirada, fascinado por la belleza de aquel cuerpo desnudo, hasta que, con un sensual movimiento de caderas, ella desapareció de su vista. La oyó preparar el café en la pequeña cocina que había junto al cuarto de baño. Algunos segundos más tarde, salió del lugar y se apoyó contra la pared con una taza de cerámica blanca en la mano.
    – Si eliges no cumplir mis exigencias dijo la mujer-, no compartiré mi café recién hecho contigo.
    Sin quitarle la vista de encima, Matt se levantó de la cama y caminó lentamente hacia ella.
    – Tú sí que sabes cómo conseguir lo que quieres, Jilly.
    Ella bajó la mirada y se concentró en la notoria erección de su amante.
    – A juzgar por lo que veo, diría que sí… – comentó ella, entre carcajadas.
    En cuanto estuvo a su lado, él le quitó la taza de la mano, la dejó en la mesita de noche y atrajo a Jilly hacia él. Comenzaron a besarse intensa y apasionadamente. A Matt le dolía el cuerpo de desearla tanto.
    – De acuerdo -comentó mientras le lamía el cuello-, está vez pagaré mi deuda pero sólo porque me muero por un café.
    Ella deslizó una mano entre sus cuerpos y tomó el pene de Matt entre los dedos. Él suspiró complacido.
    – ¿Estás seguro de que es café lo que quieres, Matt?
    – Sí. Aunque antes te quiero a ti.
    Acto seguido, la alzó en brazos y la llevó hasta la cama.
    Una hora después, Jilly salió de la ducha y se envolvió en una de las toallas del hotel. Se sentía relajada y lista para afrontar el día. Se dijo que, sin duda, no había nada como el sexo para sentirse lleno de energía.
    Mientras tuviera claro que lo que había entre ellos era sexo y nada más que sexo, todo estaría bien. Y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para no perder esa claridad mental. No podía permitirse pensar demasiado en la intensidad con la que habían hecho el amor una y otra vez. Tenía que olvidar lo agradable que era acariciar y besar a Matt; que borrar el recuerdo de cómo él murmuraba su nombre al penetrarla, y quitar de su memoria las risas compartidas. Si conseguía hacerlo, tendría la situación bajo control.
    Al salir del cuarto de baño vio a Matt cerca del teléfono. Sólo llevaba puestos los calzoncillos y tenía una expresión sospechosa en la cara.
    – ¿Algún problema? -preguntó Jilly.
    – No, ninguno.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí.
    – ¿Has localizado a Jack?
    – Acabo de hablar con él. Según parece, tenemos todo el día para nosotros.
    Ella arqueó las cejas.
    – ¿Por qué? ¿Qué te ha dicho?
    – Estaba con su nueva amante, Carol. Van a estar todo el día fuera, así que se reunirá con nosotros para cenar.
    Jilly suspiró con preocupación.
    – Eso nos pone en una situación complicada -reflexionó-. La cena de anoche no estuvo mal, pero a Adam no le va a gustar nada ver que Jack pierde horas de trabajo por salir con su nueva amiga.
    – Mira, preciosa, quien tiene que dar las explicaciones es Jack. Nosotros no podemos hacer nada al respecto. Además, pensemos que no va a ocurrir nada malo y alegrémonos por Jack. Me dijo que lo estaba pasando muy bien con Carol -explicó, mirándola a los ojos-, y le dije que lo entendía perfectamente.
    Jilly se sonrojó al ver cómo le brillaban los ojos a Matt cuando la miraba.
    – Eso quiere decir que tendremos que soportarnos todo el día -comentó ella.
    – Así parece…
    Después, caminó hacia ella y sólo se detuvo cuando sintió que sus cuerpos estaban prácticamente pegados desde el pecho hasta las rodillas. La miró a los ojos y le asaltó la boca con un beso apasionado.
    Jilly se sorprendió al notar que la lengua de Matt sabía a chocolate. Abrió los ojos y se inclinó hacia atrás para mirarlo.
    – ¿Qué has estado haciendo mientras me duchaba? -preguntó, estudiándole los labios.
    – Nada -se apresuró a decir él.
    Ella se echó hacia delante y lo olfateó.
    – Hueles a chocolate. Sabes a chocolate… a mi chocolate…
    – No te pongas así, Jilly.
    – No me digas cómo tengo que reaccionar. Sólo quedaba un bombón y era mío. Juro que si te lo has comido, te obligaré a quitarte la ropa interior.
    – Cariño, sabes de sobra que no tendría ningún problema en quitármela.
    – En ese caso, juro que si te has comido mis bombones, no conseguirás que yo me la quite.
    Matt sonrió con picardía y, sin que ella tuviera tiempo de reaccionar, le quitó la toalla.
    – Lamento comunicarte que no llevas ropa interior…
    Con un rápido movimiento se quitó los calzoncillos y añadió:
    – Y es una suerte, porque yo tampoco.
    Al verlo completamente desnudo, a Jilly se le hizo agua la boca. Matt era alto, musculoso, bien parecido y la miraba con deseo y desesperación.
    Acto seguido, la atrajo hacia él y le acarició el pubis con el pene erecto. Ella sintió que un placentero escalofrío le recorría la espalda.
    – Debes saber -dijo Matt-, que sólo me he comido la mitad de tu bombón. De todas formas, podemos comprar más cuando salgamos.
    En aquel momento, inclinó la cabeza y comenzó a lamerle los pezones.
    – No lo sé… ¿crees que podríamos hacer el amor fuera de la habitación? -preguntó Jilly con el aliento entrecortado-. Creo que después de tanta abstinencia sexual, me he vuelto una mujer insaciable.
    Mientras le besaba el cuello y el lóbulo de la oreja, él afirmó:
    – Me temo que por mucho que odie la idea de salir de este cuarto, tendremos que hacerlo. Queda un solo preservativo y medio bombón.
    – Y es mío, así que ni se te ocurra comértelo.
    – ¿Te han dicho que eres un poco autoritaria?
    – Sí, pero los obligué a retractarse de inmediato -dijo Jilly.
    Matt soltó una carcajada. Adoraba el sentido del humor de aquella mujer.
    – Hagamos un trato: ya que has compartido tus bombones conmigo, compartiré mi último preservativo contigo. ¿Qué dices?
    Ella sonrió de oreja a oreja y exclamó:
    – Digo que compartir es muy bueno.

    Desde la mesa del restaurante donde acababan de almorzar, Matt observó cómo Jilly caminaba hacia el cuarto de baño. En cuánto la perdió de vista, hundió la cara entre las manos.
    No entendía qué le estaba pasando. Estaba en un lugar encantador, disfrutando de la compañía de una mujer bella, inteligente y divertida, capaz de volverlo loco con cada gesto y con la que acababa de hacer planes para una nueva sesión de sexo desenfrenado. Se suponía que debía estar feliz y agradecido de su suerte. Sin embargo, estaba angustiado y lleno de preocupaciones.
    Por un momento, se dijo que el problema era que estaba disfrutando demasiado. Había imaginado que disfrutaría de los momentos que compartieran en la cama, pero no esperaba disfrutar tanto del resto del tiempo que pasaban juntos. Después del almuerzo, descubrieron que los dos adoraban las películas de James Bond, las novelas de misterio, el jazz, los zoológicos, la pintura de Picasso y la comida tailandesa. Se habían tomado de la mano por encima de la mesa y habían reído con las anécdotas de la escuela, las disputas laborales y los recuerdos de infancia.
    No estaba seguro de cómo había sucedido, pero en algún momento entre el almuerzo y el segundo café, el fin de semana con Jilly se había convertido en algo extremadamente peligroso.
    Se sentía un imbécil. Cualquier otro hombre habría pensado que se había ganado la lotería al poder tener una aventura romántica con una mujer arrebatadora y sin prejuicios. Pero él no estaba feliz con la situación. Lamentablemente, lo que sentía por Jilly excedía a la simple atracción física, pero sabía que, por su bien, no debía enamorarse de ella. Necesitaba poner distancia para poder analizar las cosas con objetividad. Y lo que más le preocupaba era que, después del almuerzo, había descubierto que le bastaba hablar con ella para perder la cabeza. Se convenció de que lo único que necesitaba era pasar un par de horas alejado de ella para poder pensar con claridad.
    Tomó su teléfono móvil, llamó a la sala de belleza del hotel e hizo reservas para los dos. En cuanto terminó la comunicación, respiró aliviado, seguro de que otra vez volvía a tener la situación bajo control.
    Unos segundos después, Jilly regresó a la mesa y se sentó junto a él.
    – Tengo algo que contarte-anunció Matt.
    Ella lo miró con malicia y comentó:
    – Me pregunto si será una historia tan graciosa como la de aquel día en que se te cayó la nueva caña de pescar de tu jefe al mar.
    – Sabía que no tendría que haberte contado esa anécdota -protestó él-. Está bien, lo admito, como pescador soy un auténtico desastre. Pero puedo argumentar en mi defensa que el mar estaba revuelto y que la caña se me resbaló de las manos porque tenía la madera demasiado pulida.
    – Ya lo sé, sólo estaba bromeando porque me hizo gracia -dijo Jilly con una sonrisa llena de complicidad-. ¿Qué era lo que querías contarme?
    – Mientras estabas en el cuarto de baño, he llamado a la sala de belleza del hotel y he hecho reservas para las cuatro de la tarde. Una sesión de masajes para mí y una limpieza de cutis para ti.
    Ella arqueó una ceja.
    – ¿Una limpieza facial? ¿Estás tratando de decirme algo? ¿Tengo ojeras o qué?
    – Nada de eso. En primer lugar, no tienes ojeras ni nada malo en la cara. Y en segundo, eres experta en artes marciales, tendría que estar loco como para atreverme a decirte una cosa así. No es por nada en especial, sólo pensé que te gustaría.
    Los ojos de Jilly brillaron con fastidio.
    – Te lo agradezco -dijo, con ironía-. Aunque te recuerdo que soy perfectamente capaz de ocuparme de mis asuntos. De haber querido que me hicieran una limpieza facial, yo misma habría acordado la cita.
    En aquel momento, Matt se acordó de la conversación de la cena de la noche anterior y se maldijo mentalmente por no haber recordado antes que Jilly odiaba que intentasen organizarle la vida. Le tomó la mano. Ella intentó zafarse, pero él la aferró con fuerza.
    – Supongo que me he excedido un poco al reservar una cita para ti. No pretendía ofenderte, sólo trataba de ser amable -se excusó él-. Quería que me dieran un masaje y pensé que, si pedía hora para mí y te dejaba sola, iba a ser una descortesía de mi parte. Aunque no lo creas, todavía conservo algunos buenos modales. Si no te apetece, podemos cancelar la cita o cambiarla para que también te den un masaje. Aunque, a decir verdad, preferiría ser yo quien te lo diera más tarde.
    El fastidio en los ojos de Jilly se había disipado casi por completo.
    – ¿O sea que no estabas tratando de controlarme sino de agradarme? -preguntó ella.
    – Lo creas o no, mi intención era ser amable.
    – La mía también. Y para qué veas lo amable que puedo llegar a ser, aceptaré tu masaje posterior.
    – Me parece muy bien -afirmó Matt, entre risas.
    Jilly se inclinó hacia adelante con la mirada encendida.
    – En ese caso, también me haré la limpieza de cutis. La verdad es que acabo de verme en un espejo y, ciertamente, estoy muy ojerosa. Aunque debo señalar que el verdadero responsable de mis ojeras eres tú porque casi no me has dejado dormir en toda la noche.
    – Cariño, no tienes ojeras ni nada malo en el rostro -insistió él-. Estás preciosa, como siempre. Y, desde luego, tampoco pienso dejarte dormir esta noche.
    Se miraron a los ojos y entonces Matt sintió que ya no podía negar lo que pasaba entre ellos. En sus miradas había una calidez y una intimidad que excedía los límites de una aventura pasajera.
    Se llevó la mano de Jilly hasta la boca y la besó con ternura.
    – ¿Te enfadarías conmigo si pago la cena? -preguntó él.
    – ¿Enfadarme? No. ¿Dejar que pagues? Tampoco.
    – Me gusta invitar a mis amantes.
    – No soy tu amante. Soy tu compañera de trabajo -replicó ella-. Además, este fin de semana vinimos aquí para trabajar. Deberías cargar este almuerzo a la cuenta de Maxximum.
    Matt pensó que Jilly tenía razón. Eran compañeros de trabajo, no amantes. Sin embargo, el comentario lo había apenado porque sentía que, después de la cena de la noche anterior, la relación entre ellos había cambiado drásticamente y ella se había convertido en alguien mucho más importante que una simple compañera de trabajo. Matt sabía que había cometido un gran error al acostarse con ella, pero ya estaba hecho y ahora debía atenerse a las consecuencias.
    – De acuerdo, cargaré el almuerzo a la cuenta de la empresa -accedió él-. ¿Estás lista para que vayamos de compras?
    – Lista y ansiosa, muchachito.
    – ¿Me has llamado muchachito? Rectifica ahora mismo, pérfida mujer.
    – ¿Estás seguro de que quieres discutir con una experta en artes marciales?
    Matt le miró la boca y afirmó:
    – No, a la experta en artes marciales la quiero para otras cosas…

    Jilly se sentó en el coche de Matt y desplegó la guía de bodegas de Long Island que había recogido al salir de la tienda, después de comprar bombones y un par de cajas de preservativos.
    – Me muero por un poco de chocolate con menta -comentó él, con una sonrisa pícara.
    El intenso tráfico que había en la carretera los obligaba a avanzar más despacio de lo normal. Mientras Matt daba golpecitos al volante con impaciencia, Jilly comentó:
    – Según este folleto, hay cerca de treinta bodegas en las afueras de la ciudad.
    Antes de continuar, levantó la vista y, durante algunos segundos, se distrajo contemplando el atractivo perfil de su compañero, que se mantenía con la mirada fija en el camino.
    – Me parece increíble -agregó-, llevo toda la vida en Nueva York y jamás había visitado esta zona.
    – Igual que yo. La única vez que estuve en esta parte de Long Island fue durante unas vacaciones familiares, cuando tenía diez u once años -dijo Matt-. Uno de los jefes de mi padre tenía una pequeña casa junto a la playa y vinimos a pasar el día. Recuerdo que recogimos almejas en la orilla del mar y las preparamos para la cena.
    – Imagino que la recolección de almejas te resulta menos complicada que la pesca en alta mar.
    Él soltó una carcajada.
    – Es que las almejas no tienen la fuerza de los peces ni exigen de una caña de pescar para atraparlas -argumentó con una sonrisa-. Cambiando de tema, ¿te gustaría que antes de regresar pasemos por alguna de esas bodegas?
    Era una sonrisa perfectamente normal y una pregunta de lo más simple. Sin embargo, a Jilly se le aceleró el corazón porque se trataba de la sonrisa y el comentario de Matt.
    No podía seguir negando que le había tocado el corazón. No obstante, se dijo que era una consecuencia lógica del largo período de soledad que había precedido a su aventura con Matt y que cualquier hombre guapo, inteligente y divertido la habría afectado de ese modo. Una vez más, se convenció de que tenía la situación bajo control.
    – Me encantaría ir a una de las bodegas – dijo, volviendo la vista al folleto-. Tal vez podríamos ir a la bodega de la familia Galini. Según esta guía, no está muy lejos de aquí. Además, ofrecen una buena selección de vinos, tanto blancos como tintos. Me gustaría comprar algunos para mí y otros para regalarle a mi familia en Navidad.
    – Me parece una buena idea.
    Mientras recorrían el tramo de carretera que los separaba de la bodega, Jilly contempló el paisaje que los rodeaba. Antiguas casonas con aire victoriano, cubiertos de una prístina capa de nieve y decorados con arreglos navideños. Unos minutos después, Matt abandonó el camino principal y dobló en una senda señalizada con un cartel de madera en que se leía Viñedos Galini.
    – Que lugar tan pintoresco -comentó Jilly al salir del coche-. Más que una bodega parece una granja.
    – Ya sabes lo que dicen acerca de que las apariencias engañan -murmuró Matt-. Vamos, echemos un vistazo.
    Después, avanzaron tomados de la mano. El terreno estaba cubierto de nieve y los amantes se reían mientras comparaban quién dejaba las huellas más profundas. Llegaron a la finca, abrieron la puerta y estudiaron el lugar.
    – Mira -dijo Matt, señalando hacia arriba-, eso es muérdago. ¿Sabes lo que significa?
    Jilly simuló un suspiro de resignación. -Supongo que significa que tengo que besarte.
    – Exactamente -exclamó él.
    – ¿Te han dicho que eres muy conservador?
    – Sí, pero nunca me han negado un beso.
    Acto seguido, Matt la tomó por la cintura, la atrajo hacia él y le cubrió los labios con uno de sus besos húmedos y apasionados.
    – Me alegra ver que mi muérdago está funcionando -dijo un hombre con acento italiano.
    Los amantes abandonaron el abrazo y se volvieron de inmediato. En el umbral de una puerta que conducía a otra sala, había un hombre robusto de unos sesenta años que les sonreía con amabilidad. Vestía unos vaqueros, una camisa a cuadros y llevaba puestas unas botas de trabajo. Tenía canas en las patillas, ojos negros y unas gafas con montura metálica casi en la punta de la nariz.
    – Funciona muy bien -dijo Matt, sonrojado.
    – Todas las navidades cuelgo muérdago bajo las campanillas de la puerta -dijo el hombre mientras caminaba hacia ellos-, y todos los años sorprendo a docenas de parejas besándose. Juro que me alegra el corazón.
    Antes de continuar, se limpió con un trapo y les extendió la mano.
    – Bienvenidos a los Viñedos Galini -agregó-. Mi nombre es Joe.
    Matt fue el primero en saludarlo. Cuando le toco el turno, Jilly notó que las manos de aquel hombre eran fuertes y estaban curtidas por el trabajo.
    – ¿Buscabais algo en particular? -preguntó Joe.
    – Tenéis distintos tipos de vinos, ¿no es así? -dijo ella.
    – No sólo tenemos una oferta variada en blancos y tintos, sino que todos son de una calidad excelente -afirmó el hombre-. ¿Les gustaría probarlos?
    Jilly sonrió.
    – Nos encantaría.
    Joe se dirigió hacia el enorme mostrador de madera. Matt y Jilly lo siguieron en silencio. Mientras el hombre preparaba las copas y sacaba algunas botellas del frigorífico, Jilly aprovechó para mirar a su alrededor.
    Todo el interior del edificio estaba decorado al estilo rústico. Los suelos, techos y paredes de madera, la chimenea de piedra, con el fuego encendido y los leños chisporroteando, hacían que el ambiente fuera cálido y acogedor. En las paredes, había fotografías de los viñedos en las distintas estaciones del año.
    Al observar el inmenso ventanal que ocupaba toda la pared trasera, Jilly se dio cuenta de que el escenario era idéntico al del Chateau Fontaine, con las viñas cubiertas por la nieve.
    – Cuesta creer que muchas de las tierras que hoy se utilizan para los viñedos, antes eran plantaciones de patatas -señaló Jilly.
    Matt arqueó las cejas.
    – ¿Plantaciones de patatas? Eso no lo sabía -comentó.
    – Es verdad -afirmó Joe, con su acento italiano-. De hecho, este edificio es una granja remodelada. Claro que los dueños quisieron mantener el estilo rústico del lugar.
    – Es fantástico -exclamó Jilly, sonriendo-. Resulta muy cálido y acogedor.
    – Grazie. En nombre de la familia Galini, muchas gracias -dijo Joe, mientras les servía dos copas de vino-. Este es nuestro mejor blanco. Es fresco, seco y está hecho con una equilibrada combinación de uvas españolas y francesas.
    Jilly bebió un sorbo y comentó:
    – Es delicioso.
    Matt estuvo de acuerdo.
    Probaron dos vinos más, uno tinto y el otro blanco, y Joe aprovechó la situación para contarles brevemente la historia del negocio.
    – Las uvas de los Viñedos Galini se recogen a mano -explicó, orgulloso-. Tenemos cuarenta hectáreas con uvas francesas: cabernet sauvignon, chardonnay, merlot y pinot noir. Otras dos hectáreas con uvas españolas…
    – Ribera del Duero, ¿por ejemplo? -intervino ella, con una sonrisa.
    Joe la miró con sorpresa. En sus ojos se notaba que se sentía complacido por el interés y los conocimientos de Jilly.
    – ¿Estudias enología? -le preguntó.
    Ella soltó una carcajada.
    – Me encantaría decir que sí, pero mis estudios sobre vinos se limitan a la lectura de dos o tres libros y unas cuantas revistas -admitió-. La verdad es que tuve que hacerlo porque tengo un posible cliente al que le encanta beber y quería impresionarlo. Sin embargo, debo reconocer que el tema me ha parecido fascinante.
    Mientras hablaba, Jilly podía sentir la adoración con la que Matt la miraba. Sabía que, si le prestaba atención, no podría evitar distraerse por completo, así que decidió concentrarse únicamente en Joe.
    – Supongo que en esta época estaréis ocupados podando las vides.
    El italiano asintió con la cabeza.
    – Sí. Es una tarea ardua y delicada. Las plantas se podan a mano y una por una. Hay que ser muy cuidadoso al hacerlo, por eso no es una labor que pueda hacer cualquiera.
    – Imagino que para hacerlo bien hay que tener paciencia dijo Jilly.
    – Sí, y no imaginas cuánta. En todo un día de trabajo no alcanzas a podar ni un cuarto de hectárea.
    – Es un trabajo duro, pero los resultados prueban que vale la pena -replicó Matt-. Los vinos que hemos probado estaban deliciosos.
    El tinto que estoy tomando ahora es una verdadera maravilla y el primer blanco, una exquisitez.
    Joe sonrió agradecido.
    – La verdad es que nos sentimos orgullosos de nuestros vinos.
    – El blanco que mencionas ha madurado en toneles de roble, por eso tenía un sabor tan especial -puntualizó ella-. He leído sobre eso. El roble aporta su sabor durante el proceso de fermentación porque es una madera ligeramente porosa que absorbe parte del agua y el alcohol y, a la vez, permite que el vino se oxigene y se «integre» mejor.
    De pronto, Jilly tomo conciencia de lo que había dicho que estaba siendo y se rió de sí misma.
    – Perdón -se disculpó-, a veces me dejo llevar por la emoción.
    – No digas tonterías -dijo Joe, frunciendo el ceño-. Tu entusiasmo es encantador.
    En aquel momento, sonaron las campanillas de la puerta y tres adolescentes entraron al local. Cuando Joe se alejó para atender a los nuevos clientes, Jilly se volvió hacia Matt y vio que la miraba con una expresión extraña.
    – Según parece, le has dedicado mucho tiempo a preparar este fin de semana con Jack -dijo él.
    – Sé muy bien que tú has hecho lo mismo. -Es verdad, pero eso fue porque estuve acatarrado y aproveché los días de reposo para preparar estos días.
    Jilly sonrió con ironía.
    – Pobrecito, estuvo acatarrado. Imagino que te habrás sentido lo bastante enfermo como para no salir de tu cama antes de tener todo planeado.
    – Me has descubierto -admitió Matt.
    Y mientras le acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja, añadió:
    – ¿Te he mencionado ya que adoro negociar en la cama?
    Jilly se estremeció por la intimidad del gesto.
    – Ni falta que hace, las acciones valen más que las palabras -respondió-. He negociado en la cama contigo y sé cuánto disfrutas.
    Acto seguido, la mujer le rodeó el cuello con los brazos, se paró de puntillas y le dio un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja. El gemido de Matt aumentó la tensión sexual que había entre ellos.
    – Por ejemplo, ¿qué te dice mi mordisco, grandullón? -dijo, apretándose contra él.
    Que es hora de salir de aquí.
    Jilly inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió.
    – ¿Sabes algo, Davidson? Una de las cosas que me gustan de ti es que eres inteligente.
    A Matt le brillaron los ojos.
    – Inteligencia. Esa es sólo una de las cosas que me gustan de ti, Jilly.
    Ella sintió que se le paraba el corazón. Otra vez estaban hablando en términos románticos y eso la incomodaba. Ni quería gustarle a Matt, ni quería que él le gustara. Lo único que quería era hacer el amor el resto el resto del día y después olvidarlo para siempre.
    De repente, se dio cuenta de que no había nada de malo en que se gustaran. Bien por el contrario, era algo lógico entre dos personas que mantenían relaciones sexuales. Además, eso no suponía ningún compromiso entre ellos. De hecho, a ella le gustaban las margaritas y eso no suponía que estuviera enamorada de una flor. Y así como le gustaban las margaritas, le gustaba Matt. Comprendió que, mientras se limitara a mirarlo de ese modo, no tenía motivos para preocuparse.
    Entonces lo tomó de la mano y lo llevó hacia una mesa en la que había botellas de vino y cerámica.
    – ¿Qué estamos haciendo? -preguntó él.
    – Decidiendo qué comprar.
    – Preferiría llevarte a la bodega y hacerte el amor detrás de los toneles de roble.
    Jilly hizo un esfuerzo por apartar la imagen de su mente y simuló una mueca de preocupación.
    – Estoy segura de que podría ser muy nocivo para los vinos -dijo, en tono burlón-. Probablemente, afectaría a los taninos.
    – Sean lo que sean.
    Ella puso voz de maestra de escuela y explicó:
    – Los taninos son unas sustancias que se encuentran en la piel, las semillas y los tallos de las uvas. Son importantes porque reaccionan ante el oxígeno y evitan que el vino se estropee como consecuencia de una oxidación prematura.
    Él la miró con los ojos cargados de deseo y comenzó a besarle el cuello.
    – Odio cuando suceden esas cosas. La oxidación prematura es uno de los peores males de la humanidad.
    Ella tuvo que contener las carcajadas.
    – No me distraigas que aún no sé qué comprar.
    A pesar de lo que acababa de decir, Jilly se recogió el pelo para que Matt pudiera besarle la nuca con facilidad.
    – Puedo resolver el problema de la compra en cinco segundos -dijo él, sin apartar la boca-. Compremos una botella de cada vino y larguémonos de aquí.
    Ella lo miró con el ceño fruncido.
    – Evidentemente, no sabes lo que es vivir con un presupuesto limitado -protestó.
    – Tienes razón. Te prometo que en cuanto nos desnudemos podrás hablarme de tus problemas económicos.
    – Y pensar que creía que yo era la insaciable…
    – ¿No te lo he dicho? Insaciable es mi segundo nombre.
    – ¿Sí? ¿Desde cuándo?
    De pronto, Matt se puso serio.
    – ¿De verdad quieres saberlo, preciosa? – preguntó.
    Jilly se sorprendió por el repentino cambio de tono y, por mucho que supiera que lo mejor era responder que no, no pudo controlar lo que le pedía su corazón.
    – Sí -accedió, finalmente.
    – Me he vuelto insaciable desde que entré en la habitación 312 del hotel el viernes por la noche.
    La respuesta de Matt la dejó sin aliento. Era exactamente lo que temía oír, aunque también lo que deseaba que dijera porque a ella le ocurría lo mismo.
    – A ti te pasa igual -murmuró él, mirándola a los ojos.
    El pánico se apoderó de Jilly. Sentía la imperiosa necesidad de mentir, de salir corriendo, de suplicar piedad. Sin embargo, no tenía sentido que mintiera porque él se daría cuenta. Por otra parte, no era una mentirosa.
    De modo que relajó la frente y dijo:
    – Es cierto, siento lo mismo.
    Matt respiró aliviado, le tomó la cara entre las manos y le acarició las mejillas.
    – La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con esto, Jilly?
    Al escuchar lo que él mismo acababa de decir, Matt deseó poder volver el tiempo atrás. Se dijo que no tendría que haber preguntado eso, que no debería haber verbalizado aquello que lo venía inquietando. Jilly se había quedado en silencio y lo miraba con recelo, y esa reacción le confirmaba que acababa de cometer un error tremendo. Justamente, porque sabía que podía perder el control, había hecho las reservas en el salón de belleza del hotel para así poder pasar una hora alejada de ella y del poder que ejercía sobre él.
    – Vamos a hacer lo que habíamos acordado -respondió Jilly-. Vamos a disfrutar juntos del resto del fin de semana y, el lunes, volveremos a la relación laboral de siempre.
    – Tienes razón.
    El problema era que Matt sospechaba que iba a resultarle imposible respetar ese acuerdo después de los momentos que habían compartido. De hecho, sabía que sería incapaz de volver a referirse a ella como «la princesa de hielo» o «la enemiga número uno» y, en cierta forma, esos apodos eran uno de los aspectos fundamentales en la relación que mantenían como compañeros de trabajo.
    Con todo, forzó una sonrisa y trató de parecer despreocupado.
    – Ya que nuestro fin de semana se termina mañana, propongo que volvamos al hotel y disfrutemos del tiempo que nos queda -dijo él-. ¿Crees que podríamos usar todos los preservativos que he comprado?
    Jilly lo miró con una expresión más relajada.
    – Sólo hay una manera de averiguarlo. Sin embargo, son treinta y seis preservativos y apenas tenemos veinticuatro horas -señaló y negó con la cabeza-. Me temo que van a sobrar algunos.
    – Eso no me preocupa, estoy dispuesto a batir el récord. ¿Qué dices?
    – Digo que terminemos de comprar y nos marchemos de aquí.
    Matt eligió dos bandejas de cerámica pintada a mano para regalarles a su hermana y a su madre en Navidad, y Jilly, un juego de té para su familia y un par de tazas de café para ella.
    – El café combina muy bien con el chocolate -comentó ella, con una sonrisa traviesa.
    Después, escogieron varias botellas de vino y fueron hacia la caja. Mientras les envolvía los paquetes, Joe los entretuvo contándoles algunas historias de su infancia en Italia.
    En cuanto terminó, les señaló una enorme copa de cristal junto a la caja registradora y dijo:
    – Hacemos un sorteo todos los meses y el ganador se lleva seis botellas de vino. Para participar, lo único que tenéis que hacer es meter una tarjeta con su nombre.
    Tanto Matt como Jilly sacaron sus tarjetas comerciales y se las pasaron a Joe, que las observó con sumo interés.
    – Agencia de publicidad Maxximum – leyó-. ¿Trabajáis juntos?
    Matt se sintió incómodo porque, en aquel momento, no deseaba que le recordasen el tema.
    – Sí -contestó Jilly.
    Con un además solemne, Joe introdujo las tarjetas en el recipiente.
    – Mi esposa también trabaja en la bodega -comentó-. En ocasiones es difícil, pero en general suele ser gratificante.
    Acto seguido, les entregó los paquetes y agregó:
    – Buena suerte, Mathew y Jillian. Espero volver a veros. Si venís en verano, cuando las vides están verdes y cargadas de uvas blancas y moradas, prometo que os llevaré a recorrer los viñedos Galini personalmente.
    – Gracias, Joe. Es una oferta muy atractiva -dijo Jilly, con una sonrisa.
    A Matt se le hizo un nudo en el estómago al pensar en la posibilidad de que ella volviera a ese lugar con otro hombre.
    Se esforzó para disimular la irritación y se despidió de Joe amablemente. Después, Jilly y él caminaron hacia la salida. Cuando Matt abrió la puerta, sonaron las campanillas y los dos miraron hacia arriba. Otra vez estaban parados debajo del muérdago. Jilly sonrió, acercó la cara esperando el beso de rigor y Matt no pudo resistir a la tentación. La atrajo hacia él y la besó apasionadamente. Al enderezar la cabeza, descubrió que ella lo miraba con deseo y se llenó de satisfacción.
    – ¡Guau! -jadeó Jilly-. Este muérdago funciona de maravilla.
    Por el rabillo del ojo, Matt pudo ver que Joe sonreía de oreja a oreja.
    – El muérdago siempre funciona -aclaró el italiano.
    Volvieron a despedirse y salieron rumbo al coche. En cuanto cerró el maletero, Matt comentó:
    – Estoy ansioso por que lleguemos a la habitación, nos desnudemos y comencemos a gastar los treinta y seis preservativos. ¿Qué opinas?
    – Opino que es bueno tener metas en la vida.

Capitulo 9

    Rejuvenecida tras la limpieza de cutis, Jilly caminó hacia el bar del hotel donde había quedado en encontrarse con Matt para beber algo antes de regresar a la habitación a prepararse para la cena con Jack.
    Una vez allí, se sentó en una banqueta de la barra cercana a la entrada para que Matt pudiera encontrarla enseguida. Comprobó la hora y vio que todavía faltaban de diez o quince minutos para que él llegara. De modo que sacó el móvil del bolso y aprovechó para llamar a Kate. Su amiga respondió rápidamente.
    – Estaba ansiosa por saber algo de ti -dijo Kate-. ¿Cómo va todo?
    Jilly suspiró antes de contestar. -¿Recuerdas cuando sugeriste que tal vez debería permitirme tener una aventura con Matt este fin de semana? -preguntó, con ironía-. ¿Que podría satisfacer mi deseo y luego ser perfectamente capaz de olvidarme de él? ¿Y que además insististe en que los dos aceptaríamos que sólo era por estos días y que después todo estaría bien?
    – Sí, sí y sí. Lo recuerdo muy bien. Pero insisto, ¿cómo va todo?
    – Bien y mal.
    – Cuéntame lo bueno primero.
    – Ya no puedes acusarme de celibato.
    – Me alegra oírlo. ¿De qué puedo acusarte ahora?
    – De ser una criatura insaciable -afirmó Jilly.
    – ¿Cómo de insaciable?
    – Mucho, créeme.
    Kate rió por lo bajo.
    – ¿Y eso qué tiene de malo? -replicó- ¿O es qué hay algo más?
    – El plan era quitarme las ganas de hacer el amor con Matt y después volver a la rutina de siempre sin que nuestra aventura alterara nada -explicó-. Tengo que confesar que, lejos de quitarme las ganas, hacer el amor con él sólo ha servido para aumentar mi deseo y que me va a resultar muy difícil volver a mirarlo como si nada hubiera pasado.
    – Matt te gusta más de lo que esperabas, ¿verdad?
    Jilly se llevó una mano a la frente.
    – Me temo que sí -admitió.
    – Imagino que sabes que no existe ninguna ley que prohíba que sigáis con esta relación cuando volváis al trabajo.
    – Kate, ya sabes que opino que mezclar el trabajo con el placer es un suicidio. Al menos, en términos profesionales -argumentó Jillian-. Y más, considerando que el que consiga la cuenta de ARC se convertirá en jefe del otro. Me estremezco de solo pensarlo. Pero hay algo más: Matt no es mi tipo.
    – ¿Quieres decir que sólo te gusta en la cama?
    – No exactamente.
    – Entonces, ¿cuál es el problema con él? – insistió su amiga.
    Jilly se sentía muy contrariada. Odiaba que Matt la conmoviera tanto y se odiaba por permitirle que lo hiciera.
    – Es excesivamente caballeroso y ya sabes cuánto me disgusta que los hombres no me traten como a un igual.
    – ¿Dices que atenta contra tu independencia? -preguntó Kate.
    – Sí.
    – ¿Cómo? ¿Qué ha hecho?
    – Me está invadiendo. Hoy por ejemplo, salimos a comer y quiso pagar la cuenta. Después, me organizó una cita para que me hicieran una limpieza de cutis. Y más tarde me compró una botella de vino. Resulta que yo soy perfectamente capaz de pagarme mi comida, mi vino y mis tratamientos estéticos.
    – Desde luego que lo eres. ¡Qué desgraciado! ¿Cómo se atreve? ¿Es que su crueldad no tiene límite? -ironizó Kate-. ¿Quieres que vaya al hotel y le patee el trasero?
    Jilly frunció el ceño.
    – Muy graciosa… -gruñó-. ¿No comprendes que esas pequeñas cosas evidencian qué clase de persona es?
    – ¿Alguien romántico y amable?
    – Te recuerdo que mi relación con Aaron empezó con este tipo de gestos y al poco tiempo pretendía que mi vida estuviera organizada en función de la suya.
    – Es cierto, aunque por si lo has olvidado – señaló Kate-, Aaron también demostró no tener ni una pizca de amabilidad y romanticismo.
    – Pero, ¿de qué lado estás?
    – Del tuyo, tonta. Ocurre que odio ver cómo desaprovechas algo que podría ser precisamente lo que estás buscando.
    – ¡Yo no estoy buscando nada! -objetó Jilly.
    – Todos estamos buscando algo. Me acuerdo claramente que hace poco dijiste que en cuanto apareciese el hombre indicado no lo dejarías escapar.
    – Puede ser, pero Matt no es el hombre indicado.
    – ¿Sabes cuál es tu problema en mi opinión? -preguntó Kate con seriedad.
    – No me atrevo a preguntar.
    – Haces bien porque dudo que vaya a gustarte la respuesta. De todas formas, ¿puedo continuar?
    – Sabes que sí -dijo Jilly, a regañadientes-. ¿Para que están los amigos si no para hacerte sentir fatal?
    – Creo que estás confundida y molesta porque no esperabas que Matt te gustase tanto. Sospechas que podrías sentir algo más por él y eso te asusta. Y si bien es cierto que es algo que asustaría a cualquiera, te angustia la posibilidad de que una relación con Matt pueda afectar negativamente a tu carrera. Y yo sé mejor que nadie cuánto adoras lo que haces.
    – No me psicoanalices.
    – No te estoy psicoanalizando -afirmó Kate-. Estoy enamorada y reconozco los síntomas. Nada más.
    A Jilly se le hizo un nudo en el estómago.
    – Por lo que más quieras, no hables de amor -suplicó-. Si esa fuera la situación, sería terrible.
    – Eso mismo pensé sobre Ben. Y cuando me di cuenta de que me había enamorado de él, me asusté -Lijo Kate-. Pero decidí correr el riesgo y tú misma puedes atestiguar que he hecho lo correcto.
    – No estoy enamorada de Matt.
    – Si tú lo dices…
    – Lo digo y lo repito -subrayó Jilly-. Me molesta que sea tan encantador. Maldita sea, no quiero que me guste tanto. Quiero olvidarme de él.
    – Si eso es lo que quieres, una manera de olvidarlo es conociendo a otro hombre.
    – Podría ser… Prometo que saldré a buscar uno en cuanto regrese a Nueva York. Cuento contigo para la tarea, ¿verdad?
    – Por supuesto -contestó Kate-. Quizá deberías empezar a buscar ahora mismo, en el hotel. Seguro que hay alguien interesante en la mesa de al lado.
    – Tal vez lo haga.
    – Debo advertirte, Jilly, que pretender olvidar a una persona conociendo a otra tiene sus complicaciones.
    – ¿Cuáles?
    – Sólo funciona si no estás enamorada del tipo al que tratas olvidar.
    – Entonces no va a haber ningún problema porque no estoy enamorada de Matt.
    – Si tú lo dices…
    – Sí, yo lo digo -reiteró Jilly.
    – ¿Vais a dormir juntos esta noche?
    – Por supuesto. No estoy enamorada de él, pero no puedo negar cuánto lo deseo. De hecho, será mejor que te deje porque llegará en cualquier momento.
    – De acuerdo. Disfruta del resto del fin de semana y llámame mañana desde tu casa – dijo Kate-. El martes por la noche podríamos ir a algún bar, así te quitarás a Matt de la cabeza cuanto antes.
    – Me parece genial. Hasta mañana.
    Acto seguido, Jilly apagó el móvil y lo guardó en el bolso. Suspiró y pensó en los planes que había hecho con su amiga. Por algún motivo, la idea de salir a conocer a otros hombres para olvidar a Matt ya no le parecía tan genial.
    Matt caminó hacia el bar sintiéndose un hombre nuevo. Una larga hora de masaje le había servido para aliviar la tensión y poner las cosas en perspectiva. Sabía que todo lo que necesitaba para recuperar la cordura era pasar una hora alejado de aquella mujer.
    Mientras le daban el masaje, se había ocupado de planear el resto del fin de semana. Se reuniría con Jilly; tomarían una copa; subirían a la habitación; harían el amor; se vestirían; cenarían con Jack; su propuesta publicitaria para ARC sería la ganadora; de vuelta en la habitación harían el amor durante toda la noche; harían las maletas, regresarían a Nueva York y todo volvería a la normalidad. Matt estaba convencido de que el plan era perfecto.
    Por desgracia, la claridad mental que había recuperado desapareció en cuanto llegó a la entrada del bar y vio a Jilly. Llevaba puesto un jersey azul celeste de cuello alto y unos vaqueros. Estaba sentada en una de las banquetas de la barra, conversando animadamente con un hombre. Matt notó que el tipo la miraba como si ella fuese un helado de chocolate al que deseaba darle un largo lametazo.
    La inquietante sensación que tuvo Matt al verlos, no admitía dudas. Eran simples y puros celos. Y no nacían del interés con que el hombre la miraba. De hecho, por mucho que le molestara, Matt podía comprender perfectamente que se sintiera atraído por ella. El verdadero problema estaba en el hecho de que Jilly le estuviera sonriendo y se riera de sus bromas.
    Sabía que no era suya y que no tenía derecho a decir nada. Sin embargo, sólo tenían el resto del fin de semana para estar juntos y no estaba dispuesto a compartirla con aquel tipo parecido a Brad Pitt.
    Respiró hondo para recobrar la calma y entró en el bar. Mientras se acercaba a la barra, vio que el hombre le daba una tarjeta de presentación a Jilly. A pesar de la distancia, alcanzó a oír lo que le decía al despedirse.
    – Me encantaría quedarme a charlar, pero tengo que reunirme con mi socio en un restaurante del centro. Mi oficina está muy cerca de la tuya. Llámame si quieres tomar una copa.
    Después, le dio un beso en la mejilla y se marchó.
    Matt hizo un esfuerzo por dominar los celos, se acercó a la barra y se sentó junto a Jilly.
    Ella lo recibió con una sonrisa.
    – Hola, grandullón.
    – Hola -contestó él -. ¿Quién era?
    En cuanto terminó la frase, Matt se maldijo por haber preguntado apenas llegar. Lo bueno era que al menos había logrado sonar natural.
    Jilly se encogió de hombros con despreocupación y guardó la tarjeta en su bolso.
    – Sólo alguien que estaba sentado en la banqueta de al lado -respondió-. Se llama Brad, es dentista y tiene el consultorio cerca de las oficinas de Maxximum.
    Matt se sentía cada vez más molesto y tuvo que concentrarse para contener el enojo.
    – ¿Un dentista? Claro, ahora lo comprendo todo.
    – No entiendo. ¿Qué es lo que comprendes?
    – Ahora comprendo por qué te miraba como si quisiera limpiarte los dientes con la lengua.
    Ella se sorprendió por el comentario y frunció el ceño.
    – ¿Nunca se te ocurrió pensar que, si me miraba de ese modo, no era porque fuese dentista, sino porque tal vez me encontraba atractiva?
    Matt se sintió estúpido y celoso.
    – No quise que sonara de esa manera. Obviamente, le parecías muy atractiva -se disculpó y se obligó a sonreír-. Sin duda, el hombre tiene buen gusto.
    – Gracias -dijo Jilly, mirándolo a los ojos-. Hace un minuto sonabas como un amante celoso.
    Por el tono de voz, era imposible determinar si la idea la molestaba o la complacía. Fuera lo que fuera, Matt decidió ser sincero.
    – Ahora mismo, soy un amante celoso. A partir del martes, ya no lo seré. Pero, durante el poco tiempo que nos queda, eres mía -afirmó, sin titubear-. Salvo que tengas otro plan…
    – No -se apuró a contestar ella.
    Matt respiró aliviado.
    – Y bien, ¿qué tal tu masaje? -preguntó
    Jilly.
    Él pensó que, gracias a Brad el dentista, le haría falta otra hora de masaje para volver a relajarse. Con todo, sonrió y dijo:
    – Genial. ¿Y tu limpieza de cutis?
    – Increíble, me siento como nueva.
    – ¿De verdad? No sé si alegrarme o apenarme porque, sinceramente, adoro a la Jilly vieja -bromeó Matt y le besó una mano-. Voto porque olvidemos las copas y subamos a la habitación para que puedas mostrarme lo renovada que estás después de la limpieza de cutis.
    Él se estremeció al ver el deseo encendido en los ojos de su amante.
    – Te mostraré mi piel rejuvenecida si a cambio me muestras tus músculos relajados – demandó Jilly.
    – De acuerdo.
    Después, se dirigieron al ascensor tomados de la mano. Matt estaba ansioso por tocarla. No podía recordar que jamás hubiera estado tan desesperado por tocar a una mujer. Al parecer, ella también estaba impaciente porque nada más cerrarse las puertas del ascensor aprovechó que estaban solos y lo empujó contra una pared.
    Matt la besó con toda la intensidad de su deseo. Jilly se apretó contra la pelvis de su amante y, al sentir la potente erección, inclinó la cabeza y lo miró con expresión lujuriosa.
    – Me parece que el masaje no ha servido de mucho -murmuró-. Estás mucho más tenso de lo que deberías.
    – Me temo que es culpa tuya.
    – Exijo pruebas que lo demuestren -desafió ella.
    – Como quieras, cuando quieras y cuantas veces quieras…
    Jilly se abrazó al cuello de su amante y arqueó la espalda para pegarse a él. Acto seguido, entrelazaron sus lenguas en un nuevo beso cargado de pasión. Matt deslizó las manos por debajo de la ropa de Jilly y se deleitó con el contacto de aquella piel cálida y suave. Ella ronroneó de placer y él se apartó de su boca para lamerle el cuello y la nuca.
    En aquel momento, el ascensor se detuvo. En cuanto se abrieron las puertas, salieron al pasillo y caminaron hacia la habitación, besándose y tomados de la mano. Él sacó la llave de un bolsillo y se las ingenió para abrir la puerta mientras Jilly lo torturaba con sus caricias.
    Preso de la ansiedad, Matt cerró la puerta con una patada. Al igual que había hecho en el ascensor, ella aprovechó la privacidad para empujarlo contra la pared. Tras besarlo frenéticamente durante algunos segundos, se apartó un poco y trató de quitarle la camiseta. Él levantó los brazos para facilitarle la tarea y la observó arrojar la prenda al suelo. Después, intentó aferrarse a la cintura de Jilly pero ella se adelantó, le tomó las muñecas y las llevó hacia la pared.
    Cuando se miraron a los ojos, Matt soltó un gemido de satisfacción. Con los labios húmedos y enrojecidos por los besos, los ojos encendidos de deseo y el pelo revuelto, Jilly parecía más excitada, ansiosa y lujuriosa que nunca.
    – Deja que te toque -susurró la mujer.
    Él estaba tan excitado, que apenas podía hablar.
    – Soy todo tuyo, preciosa.
    Ella sonrió con malicia y, en menos de un segundo, pasó de la seducción salvaje a las caricias tiernas. Comenzó por besarle dulcemente la barbilla y el cuello y acariciarle el torso con la yema de los dedos. Matt cerró los ojos y apretó los puños contra la pared. Estaba desesperado por tocarla, pero le fascinaba la idea de dejarla hacer.
    Entretanto, ella le recorrió el pecho con los labios entreabiertos. Le lamió las tetillas y se llevó uno de los pezones a la boca mientras le acariciaba el vientre con las manos. Siguió descendiendo con sus juegos de labios, dientes y lengua hasta alcanzar el borde de los vaqueros. Matt gimió a viva voz al sentir el roce del cabello contra los músculos del abdomen.
    Abrió los ojos, bajó la vista y la observó bajar la cremallera. Contuvo la respiración y disfrutó del incomparable placer de entrar en la cálida boca de su amante. Con el aliento entrecortado, hundió los dedos en la cabellera de su amante y se deleitó con la visión de aquellos labios carnosos rodeándole el sexo.
    La sensación de la lengua de Jilly deslizándose lentamente resultaba tan insoportablemente excitante, que Matt apenas podía controlar sus impulsos. Le temblaba todo el cuerpo y sabía que no podría contener el orgasmo por mucho más tiempo, de modo que le rogó que se detuviera.
    – No puedo más, Jilly -jadeó-. Te deseo, te necesito y quiero entrar en ti ahora mismo.
    Sin decir una palabra, ella se apartó, se incorporó y comenzó a desvestirse. Matt aprovechó para quitarse lo que le quedaba de ropa. Cuando estuvo completamente desnuda, Jilly lo tomó de la mano y lo llevó a la cama.
    – Acuéstate -susurró.
    A continuación, la mujer agarró uno de los preservativos que habían comprado y, en cuanto Matt lo tuvo puesto, se acomodó sobre él.
    El ritmo pausado de Jilly era una dulce tortura para Matt. Mientras él se estremecía viéndola moverse, ella se apoyó sobre las rodillas y descendió lentamente sobre el pene hasta introducirlo, una vez más, en el calor de su sexo.
    Matt le agarró los senos y le acarició los pezones, duros por la excitación. Sentía que Jilly era una especie de ninfa que lo rodeaba y acariciaba con su pubis húmedo y aterciopelado. Era una visión maravillosa y arrebatadora.
    Extasiado, la tomó de las caderas, se enderezó y se llevó uno de los pezones a la boca. Ella le clavó las uñas en los hombros, arqueó la espalda y gimió con desesperación. Matt la sintió estremecerse y apretarse contra él ansiosamente y ya no pudo seguir conteniendo el orgasmo. Hundió la cara entre los pechos de Jilly, tensó las piernas y mientras temblaba de placer, murmuró el nombre de su amante.
    Cuando recuperó el aliento, levantó la vista. Ella estaba con los ojos cerrados y se había llevado una mano a la cabeza. Matt le acarició la barbilla para llamarle la atención. En aquel momento, se miraron a los ojos y él tuvo la impresión de que una intensa corriente eléctrica le atravesaba el corazón. En toda su vida, jamás había sentido nada semejante.
    Acto seguido, le soltó las caderas y le dibujó los rasgos de la cara con los dedos como si fuese un ciego tratando de ver a través de sus manos. Sentía la imperiosa necesidad de decir algo, pero la emoción le impedía hablar. Se inclinó hacia delante, recostó la frente en el pecho de su amante y murmuró una sola palabra. La única palabra capaz de resumir todo lo que estaba sintiendo.
    – Jilly…
    Ella le acarició el pelo y lo besó tiernamente. Después, dijo una sola palabra, pero fue más que suficiente.
    – Matt…

    Una hora más tarde, Jilly estaba frente al espejo, terminando de arreglarse antes de bajar a cenar con Jack. Estaba vestida con un conjunto blanco de chaqueta y minifalda y unos zapatos de tacón alto haciendo juego. Del cuello para abajo, tenía una actitud tranquila y profesional. Del cuello para arriba, parecía una mujer a la que acababan de hacerle el amor. Se había recogido el pelo, pero eso no bastaba para disimular el brillo en sus ojos, el color en sus mejillas y la leve hinchazón de sus labios. Y aunque en esa hora lo habían hecho dos veces, Jilly se moría de ganas de hacerlo otra vez.
    Matt estaba detrás de ella y la miraba con detenimiento. A través del espejo, la mujer podía ver el intenso deseo que había en aquellos ojos azules. En aquel momento, él le rodeó la cintura con los brazos, la atrajo hacia sí y comenzó a besarle la nuca. Aunque Jilly sabía que necesitaba alejarse de él, no pudo evitar inclinar la cabeza para facilitarle la tarea.
    – Estás preciosa, Jilly -le susurró él al oído.
    Acto seguido, deslizó las manos hacia arriba y le acarició los senos por encima de la chaqueta.
    – Y hueles muy bien -agregó-. ¿Qué perfume usas?
    Ella estaba tan excitada, que apenas podía hablar. Respiró hondo y trató de recobrar el sentido.
    – Se llama Ropa Limpia.
    Él levantó la cabeza y la miró sorprendido. -¿Bromeas?
    – No.
    Jilly no necesitaba decirle que las caricias la desconcentraban, tanto que era incapaz de hacer algo tan complicado como bromear.
    – Es exactamente a lo que hueles: a ropa limpia secada al sol -afirmó Matt.
    Ella lo miró en el reflejo del espejo y sonrió, tratando de no concentrarse en la visión y la sensación de las manos sobre sus senos.
    – Pues así se llama la colonia -afirmó-. Es de una perfumería que tiene varias fragancias muy interesantes. Otra de mis favoritas es «Sandía fresca».
    – Suena delicioso -murmuró él mientras le mordisqueaba un lóbulo-. Adoro la sandía.
    Jilly cerró los ojos y durante algunos segundos se dejó llevar por el placer del momento. Después, volvió a mirarlo a los ojos y trató de ignorar la evidente excitación de Matt.
    – Me temo que, si no dejas de tocarme y de mirarme de ese modo, nunca bajaremos a cenar -dijo, como si rogara-. Y aunque bajemos, si sigues con esto, Jack se dará cuenta de qué es lo que hemos estado haciendo estos días.
    – Desde que conoció a esa mujer, ha dedicado su tiempo a hacer lo mismo que nosotros, así que dudo que vaya a escandalizarse.
    Sin dejar de mirarlo en el espejo, Jilly se quitó las manos de Matt del pecho y aclaró:
    – No se trata de eso, pero te recuerdo que esta es una cena de negocios. Es mejor que, no mezclemos las cosas, así que nada de toqueteos hasta que regresemos a la habitación.
    Él suspiró resignado.
    – Supongo que los besos también están prohibidos -comentó.
    – Por supuesto.
    – ¿Y las caricias?
    – También.
    Matt frunció el ceño y simuló estar molesto.
    – ¿Puedo mirarte al menos? -preguntó.
    – Desde luego, siempre y cuando no me mires de ese manera…
    – ¿De qué manera?
    Como si estuvieses a punto de darme un bocado.
    – Es que tengo hambre, Jilly -exclamó él y le guiñó un ojo-. ¿Existe alguna posibilidad de que estés en el menú?
    Ella se sonrojó como si fuese una jovencita inexperta. Era irracional, ridículo, tonto e inexplicable, pero Matt la hacía sentirse así; bastaba que le guiñara un ojo para que se sintiera en las nubes. Necesitaban salir de la habitación cuanto antes porque no sabía cuánto podría resistirse a la tentación de desnudarlo y hacerle el amor alocadamente.
    De modo que agarró el bolso y se encaminó hacia la puerta.
    – Estoy en el menú de los postres. Pero tienes que ser un buen chico. Recuerda, no habrá postre hasta que la cena se haya terminado.
    El viaje en ascensor fue una tortuosa prueba de voluntad. Se mantuvieron alejados y en silencio hasta que, finalmente, Matt carraspeó y dijo:
    – Quiero que sepas que aunque me muera de ganas de desnudarte, comprendo que es una cena de negocios y me comportaré como corresponde.
    – Genial, porque resulta que yo también quiero desnudarte, pero dado que tenemos una cena de negocios, sabré comportarme como corresponde.
    Acto seguido, él se acercó y la miró a los ojos. A pesar de que no la estaba tocando, Jilly se sentía abrasada por el calor que emanaba el cuerpo de Matt.
    – Pero, después de la cena, preciosa -susurró él con la voz cargada de deseo-, haré contigo lo que me apetezca.
    Ella lo odió por hacerle eso. No era justo que se acercara tanto y le hablara de ese modo cuando estaban a punto de sentarse a cenar. Ahora estaba acalorada y distraída. Sin embargo, no estaba dispuesta a dejar las cosas así.
    El ascensor se detuvo y Matt se alejó de ella. Atravesaron el vestíbulo del hotel en silencio y entraron en el restaurante. Mientras el camarero los acompañaba hasta la mesa, Jilly se acercó a él y le habló al oído.
    – ¿Matt?
    – ¿Sí?
    – No llevo ropa interior.

Capitulo 10

    Matt se detuvo de golpe, como si se hubiera topado con un muro de ladrillos, y mientras veía a Jilly caminar detrás del camarero, no podía quitarse de la cabeza que acababa de decirle que no llevaba ropa interior.
    Sin pensar, centró la mirada en el trasero de su compañera. La visión de aquellas curvas era tan arrebatadora, que sintió que, si no cerraba rápidamente los ojos, se iba a derretir en medio del salón.
    Estaba tan embelesado, que tuvo que hacer un esfuerzo para seguir caminando. Entretanto, se rió por haber creído que podía tener la última palabra. No sólo había olvidado a quién se enfrentaba, sino que ella le había asestado uno de sus mejores golpes. Lo había dejado sin habla y completamente fuera de juego.
    Decidió que lo mejor era dejar de lado esos pensamientos y apartar los ojos del trasero de Jilly. De modo que apuró el paso para alcanzarla y centró su atención en la mesa de la esquina, donde Jack los esperaba sentado frente a una mujer rubia. Matt supuso que se trataba de la nueva amante de su cliente. Aunque le parecía un desatino que la hubiera incluido en su cena de negocios, no podía hacer nada al respecto. Además, quizá fuera mejor así. Cuanta más gente hubiese y más variada fuese la conversación, menos pensaría en la posibilidad de que, en efecto, Jilly no llevara ropa interior.
    Cuando por fin llegaron a la mesa, Jack se levantó para saludarlos y presentarles a su nueva amiga, Carol Webber. Era una rubia muy atractiva que apenas superaría los treinta años. Una vez que Jilly y Matt se sentaron, Jack preguntó:
    – ¿Qué han hecho durante el día?
    – Hemos ido de compras y hemos visitado una bodega -dijo Jilly, con una sonrisa.
    – Veo que no se han matado mutuamente -bromeó el cliente-. Eso es toda una hazaña para dos competidores.
    – Estuvimos a punto de hacerlo un par de veces -contestó Jilly-, pero gracias a mi limpieza de cutis y al masaje de Matt de esta tarde, hemos conseguido aplacar los ánimos.
    – Estoy maravillada con el salón de belleza de este hotel -comentó Carol-. Ayer me hice una limpieza de cutis y todavía me siento fresca y relajada.
    – Yo también me siento fresca y relajada – afirmó la publicista.
    Jilly estaba mirando a Carol. Su tono de voz era muy natural, aunque Matt sabía que él era el verdadero destinatario de esas palabras. Sin embargo, él no estaba relajado. Bien por el contrario, estaba tenso, incómodo y molesto. No quería quedar como un tonto delante del hombre al que pretendía venderle una campaña publicitaria, pero no se le ocurría nada interesante que decir porque no conseguía dejar de pensar en el cuerpo de Jilly. Desde que era adolescente no se sentía tan vulnerable frente a una mujer. Y no sólo se trataba de su nulidad mental. El mayor problema era que su pene estaba absolutamente descontrolado.
    Era algo que le venía ocurriendo desde el viernes, cerca de las tres de la madrugada, cuando vio a Jilly a desnuda por primera vez.
    Estaba desesperado, tenía que encontrar el modo de borrarla de su mente, al menos durante la cena. Respiró hondo y se esforzó por participar de la charla.
    – ¿Habéis disfrutado del viaje a Orient Point? -atinó a decir.
    Acto seguido, Jack y Carol iniciaron un prolongado relato de su día y Matt se sintió aliviado al ver que su plan había funcionado y que, al menos de momento, la charla no le demandaba más que asentir y hacer algún comentario sin importancia. La conversación giró hacia la comida, los cuatro decidieron elegir sus platos. Entonces Matt comenzó a relajarse.
    Después de que el camarero les tomara la orden, se volvió hacia Carol y le preguntó:
    – ¿A qué te dedicas?
    – Soy enfermera -respondió ella-. Jack me ha dicho que vosotros trabajáis en publicidad y que, actualmente, estáis compitiendo por la nueva campaña de su empresa. Imagino que será una situación complicada.
    – Definitivamente -confirmó él.
    – Ambos sois muy creativos -dijo Carol, con una sonrisa-. Jack me ha contado vuestras propuestas y las dos me han parecido brillantes. No quisiera estar en su lugar porque yo sería incapaz de optar por una.
    Matt miró a Jilly de reojo y se tranquilizó al verle la expresión. Algo había cambiado entre ellos y, aunque no alcanzaba a definir de qué se trataba, sabía que ambos habían abandonado el enfrentamiento profesional. De hecho, debería haber aprovechado el comentario de Carol para subrayar los motivos por los que Jack debía elegir su propuesta y, sin embargo, se limitó a sonreír sin decir una palabra.
    – Ya que hablamos de elecciones -intervino Jack-, necesito elegir entre darme un baño con fango o con algas marinas por la mañana, antes de regresar a la ciudad. ¿Alguno sabe algo del tema para aconsejarme al respecto?
    La conversación comenzó a girar en torno a temas que no tenían que ver con el trabajo y Matt tuvo que hacer un esfuerzo de concentración para poder participar. Lo estaba haciendo muy bien hasta que, de pronto, sintió que algo le rozaba la entrepierna. Como la mesa era bastante pequeña, se limitó a mover la pierna con sutileza mientras seguía escuchando lo que contaba Carol sobre un crucero al Caribe que había hecho el año anterior. Pero segundos más tarde, volvió a sentir el roce y está vez tuvo la certeza de que se trataba de un pie descalzo subiendo por su pantorrilla.
    Se quedó paralizado y, por la impresión, casi escupió el pedazo de pollo que tenía en la boca. Miró a Jilly con los ojos desorbitados y vio que era la inocencia personificada. Estaba ligeramente sonrojada aunque el rubor podía deberse a que las anécdotas de Carol estaban cargadas de detalles íntimos que incomodarían a cualquiera.
    Matt intentó mover la pierna de nuevo, pero no tenía mucho espacio para maniobrar y ella era demasiado persistente con sus caricias.
    Las tácticas de Jilly le provocaban una mezcla de irritación y deseo. Claramente, ella había roto el acuerdo de mantener las distancias durante la cena y, aunque no podía negar que disfrutaba de sus atenciones, le molestaba que le jugara sucio.
    Trató de reprenderla con la mirada, pero ella seguía atenta al relato de Carol. Movió la pierna una vez más, pero no consiguió librarse del acoso que, para entonces, ya estaba bordeándole los muslos.
    Cada segundo que pasaba, se sentía más enfadado. Si Jilly quería hacer trampa, él también lo haría.
    De repente, ella empujó la silla hacia atrás y se puso de pie. Le lanzó una mirada fulminante a su compañero y murmuró:
    – Vais a tener que disculparme, pero necesito y al cuarto de baño.
    Matt contó mentalmente hasta diez y se levantó del asiento.
    – Perdón, pero también necesito ir al servicio -dijo.
    Acto seguido, caminó despacio hacia el pasillo por el que había salido Jilly, dobló hacia la derecha y encontró los cuartos de baño. Ella estaba parada en una de las puertas, con las manos en la cintura y el ceño fruncido.
    – ¿Qué demonios estabas haciendo? -dijo, visiblemente irritada.
    Él la miró sorprendido.
    – ¿Yo? -exclamó.
    – Sí, tú. Habíamos acordado que esta era una cena de negocios…
    – Creo que has sido tú la que olvidó el trato, señorita «no llevo ropa interior».
    – Si dije eso fue para vengarme de lo que me habías hecho en el ascensor.
    Matt la recorrió con la mirada.
    – ¿Eso quiere decir que sí llevas ropa interior? -preguntó, ansioso.
    Ella se cruzó de brazos con cara de pocos amigos.
    – Esa no es la cuestión ahora…
    – No, no lo es -repitió él y se acercó un poco más-. La cuestión es que has quebrantado las reglas. Estoy dispuesto a jugar con tus condiciones, pero la próxima vez que las cambies, agradecería que me avisaras antes.
    – No eres el más indicado para decir eso – gruñó Jilly-. ¿Qué te ocurre? ¿Estás enfadado porque me negué a seguir los jueguecitos de tus pies?
    – ¿Que te negaste a qué…? Por Dios, poco más y me violas con el pie -replicó Matt, frunciendo el ceño-. ¿Y qué quieres decir con eso de mis jueguecitos?
    – ¿Qué quieres decir tú con eso de que por poco te violo con el pie? Yo no te he tocado en ningún momento.
    – Yo tampoco te he tocado.
    De pronto, Jilly lo miró con los ojos muy abiertos.
    – Espera un momento. ¿Me estás diciendo que no eras tú el que me acariciaba bajo la mesa?
    – Claro. ¿Y tú me estás diciendo que no eras quien me estaba frotando el pie en la entrepierna?
    Ella se llevó una mano a la boca.
    – Juro que no era yo -declaró.
    Se miraron en silencio durante varios segundos y entonces Jilly dijo:
    – Estoy segura de que el pie que me acariciaba era de un hombre. Si no era el tuyo, entonces era el de Jack.
    – Y yo sé que en mi caso se trataba de un pie femenino, así que tuvo que haber sido Carol. Perdóname por haber desconfiado de ti.
    – Disculpa aceptada. Perdóname tú también. Supongo que lo que resta es averiguar si han intentado coquetear con nosotros o intentaban hacerlo entre ellos y se confundieron.
    A Matt le temblaba la mandíbula.
    – Ese bastardo -maldijo-. Será mejor que no haya intentado propasarse contigo porque te prometo que, si es así, le romperé la cara a puñetazos.
    – Tranquilízate. Conozco a Jack y sé que no es la persona más encantadora del mundo, pero, ¿por qué haría algo así teniendo a su chica enfrente?
    – Tienes razón -concedió él.
    Sin embargo, Matt distaba de estar tranquilo. Lo fastidiaba pensar que Jack la había tocado y más, cuando recordaba que Jilly había dicho que no llevaba ropa interior.
    – ¿Cómo de íntimas han sido sus caricias? -preguntó, furioso.
    – Me levanté cuando llegó a la rodilla – afirmó ella-. Esto no es menos incómodo para ti. Después de todo, la amante del hombre al que tratas de impresionar podría estar tratando de seducirte.
    – Definitivamente, es una situación muy incómoda -admitió Matt.
    – Tal vez creyeran que se estaban tocando entre ellos.
    – No lo sé. Mientras estaba hablando con Carol noté que Jack te miraba con demasiado interés.
    – Me temo que estás en lo cierto. Me ha hecho un par de comentarios bastante improcedentes.
    – ¿Y tú que has hecho?
    Jilly se encogió de hombros.
    – He hecho lo que siempre hago en estas situaciones. Sonrío con frialdad y cambio de tema. Ya te he dicho que ni coqueteo con los clientes ni tolero que ellos lo hagan conmigo -afirmó ella, con naturalidad-. Entonces, ¿cómo vamos a manejar este problema?
    – Personalmente, creo que lo mejor es que demos por terminada la cena. Si estaban tratando de coquetear entre ellos, es hora de dejarlos solos. Y si, en cambio, intentaban coquetear con nosotros, conviene que nos vayamos cuanto antes.
    – De acuerdo. Sólo tratemos de que nuestra huída no sea muy obvia. ¿Qué te parece si digo que me duele la cabeza y me voy, y a los diez minutos te marchas tú?
    – Me parece una buena idea.
    Después, Jilly se adelantó con la clara intención de volver a la mesa pero él la tomó de un brazo y la frenó. Ella lo miró con tanta indiferencia, que Matt tuvo la espantosa sensación de que estaba a punto de perderla.
    Como él permaneció en silencio, ella enarcó las cejas y preguntó:
    – ¿Ocurre algo, Matt?
    Él no podía responder con la verdad a esa pregunta. No podía decirle que lo que ocurría era que esa expresión desdeñosa le hacía daño y que quería que volviera a mirarlo con pasión.
    De modo que respiró hondo y pensó una respuesta apropiada.
    – Sí. Quiero que sepas que sé muy bien que no coqueteas con los clientes y, si en algún momento dije algo que sugiriera otra cosa, te pido disculpas.
    Antes de continuar, se acercó a ella, le olió el perfume y le acarició el cuello y los hombros.
    – Además, quiero que sepas que, si Carol estaba intentando seducirme, no estoy interesado en ella.
    – No es asunto mío -señaló Jilly-, pero creo que sería una locura que te arriesgaras con Jack sentado en el medio.
    – Jack no tiene nada que ver con el hecho de que Carol no me interese.
    A ella le brillaron los ojos y Matt respiró aliviado. Al menos había conseguido que dejara de mirarlo con frialdad.
    – ¿Algo más? -consultó Jilly.
    – Sí. Cuando regreses a la habitación, no te desvistas. Quiero descubrir si llevas ropa interior o no.
    Jilly cerró la puerta de la habitación con un golpe de caderas, dejó el bolso en el vestidor y caminó hacia la ventana. Antes de que llegara Matt, necesitaba tomarse algunos minutos y pensar con tranquilidad.
    Se dijo que no importaba que Carol supiera con quién estaba coqueteando, ni tampoco que Matt respondiera a sus juegos de seducción. Era atractivo, soltero y podía hacer lo que le diera la gana sin que ella tuviera derecho a decirle nada.
    Pero por mucho que lo comprendiera, Jilly no podía negar el inmenso alivio que le provocaba que Matt no encontrara atractiva a Carol y, menos aún, los celos que había sentido al enterarse de que otra mujer lo había tocado.
    – Jillian, será mejor que te enfrentes a la realidad -se reprendió, en voz baja-. A partir de mañana, lo que Matt haga o deje de hacer, dejará de ser asunto tuyo.
    Le dolía el pecho de sólo pensarlo.
    – De acuerdo -susurró-. Pero esta noche es mío y pienso aprovecharla al máximo.
    En aquel momento, sonó el teléfono de la habitación. Jilly levantó el auricular y dijo:
    – ¿Dígame?
    – ¿Hablo con Jillian Taylor? -preguntó una voz femenina al otro lado de la línea.
    – Sí.
    – Habla Maggie de la recepción del hotel. Tengo una entrega para ti, ¿podrías bajar al buscarla?
    – ¿Una entrega? ¿Qué es?
    – No lo sé. Es una caja.
    – ¿No hay nadie que me la pueda traer?
    – Lo siento, Jillian, pero las entregas sólo se hacen en recepción y además necesito que firmes el recibo. Es una cuestión de seguridad interna.
    – Comprendo. Bajaré de inmediato.
    Jilly pensó que tal vez Adam les había enviado papeles de trabajo o los borradores de contrato para el negocio con Jack. Escribió una nota rápida para explicárselo a Matt y salió de la habitación. Cuando llegó al mostrador de recepción, Maggie la saludo con una sonrisa.
    – Tu paquete está en el despacho de atrás. Te lo traeré ahora mismo.
    Maggie había desaparecido hacía diez minutos y Jilly comenzaba a impacientarse. No entendía por qué tardaba tanto y estaba ansiosa porque se suponía que Matt la esperaba en la habitación.
    Se acercó al teléfono de la recepción y llamó a la habitación 312 pero nadie contestó. Le pareció raro porque, en teoría, Matt ya debía haber regresado. Miró hacia el restaurante y se le hizo un nudo en el estómago al pensar en la posibilidad de que todavía estuviera allí con Carol y Jack. Tal vez no hubiera encontrado la manera de librarse de ellos. Sin embargo, tuvo la desagradable sospecha de que quizá ni siquiera lo había intentado y que había aprovechado que ella no estaba para convencer a Jack de que aceptara su proyecto para ARC.
    En aquel momento, Maggie carraspeó para llamarle la atención.
    – Aquí tienes, Jillian. Lamento haberte hecho esperar tanto.
    Jilly observó la enorme caja dorada que Maggie había depositado sobre el mostrador.
    – ¿Qué es esto? -preguntó.
    – Tu entrega -respondió Maggie, entre risas.
    – Parece una caja de flores…
    Acto seguido, Jilly tomó el paquete y admiró el delicado lazo de seda roja y verde.
    – Es una caja de flores -confirmó Maggie y suspiró-. Creo que tienes un admirador.
    La publicista trató de ignorar cómo se le aceleraba el corazón, pero falló por completo. Firmó el recibo, caminó hacia el final del mostrador y, lentamente, quitó la tapa de la caja.
    Dentro había dos docenas de rosas blancas recostadas sobre un papel de seda rojo. En el centro del arreglo, había un tallo de muérdago. Jilly cerró los ojos, respiró hondo y se complació al sentir el perfume de las flores. Hacía años que ningún hombre le enviaba flores.
    Abrió los ojos y descubrió un pequeño sobre en el fondo del paquete. Lo abrió y leyó el texto de la tarjeta en voz baja:
    – He comprado rosas blancas para evocar algunas de las cosas que me recuerdan a ti: nieve y chocolate. Hagamos que nuestra última noche juntos sea inolvidable. Pensé que el muérdago podría servir. Te espero…
    Jilly se llevó una mano a la boca y suspiró emocionada. Se sentía avergonzada por haber pensado que Matt se había quedado en él restaurante tratando de impresionar a Jack cuando lo que había pasado era que se había entretenido comprándole flores. Era un gesto romántico, dulce y considerado que la conmovía, asustaba y entristecía profundamente porque, como bien había dicho Matt en su carta, aquella era su última noche juntos.
    Después de guardar la tarjeta en el sobre, cerró la caja y se dirigió al ascensor. No importaba lo que ocurriera al día siguiente, había llegado el momento de disfrutar de la noche compartida.
    Mientras se acercaba a la habitación, respiró hondo y se esforzó por recobrar la tranquilidad. Sabía que su nerviosismo no era sólo una cuestión de anticipación. Si estaba temblando era porque, detrás de esa puerta, además de aguardarle una noche de sexo desenfrenado, se encontraba el hombre que le había robado el corazón.
    Miró la caja de flores y asumió que Matt tenía un inmenso poder sobre ella. Era una sensación agradable y fastidiosa al mismo tiempo. No podía permitir que la relación entre ellos se convirtiera en algo más que un fin de semana de buen sexo compartido. Por otra parte, como le había mencionado a Kate, por mucho que le gustara, él no era su tipo. La semana siguiente, su amiga la ayudaría a encontrar un hombre que no fuese ni su compañero de trabajo, ni su rival, ni alguien que atentase contra su independencia. Se convenció de que en poco tiempo encontraría a alguien mejor que Matt.
    Volvió a respirar hondo, abrió la puerta y, al entrar en la habitación, se quedó paralizada.
    Matt estaba apoyado en el escritorio, con los tobillos cruzados de manera casual y los ojos cargados de deseo. Jilly se estremeció al verlo y tuvo que hacer un esfuerzo para poder seguir. Caminó lentamente hacia él, deseando encontrar algo que contribuyera a aliviar la tensión del momento. Se sentía más vulnerable e incómoda que nunca.
    Respiró hondo y se obligó a sonreír.
    – Alguien me ha enviado flores -murmuró-. La tarjeta no tenía firma, así que he pensado que tal vez podría tratarse del tipo de la habitación 311…
    Se interrumpió al ver la cama. Tenía pétalos blancos desparramados sobre la manta verde. En la mesita de noche había una bandeja de plata llena de uvas, fresas y plátanos; dos copas de cristal y una botella de vino blanco dentro de un recipiente con hielo.
    Antes de que pudiera decir nada, él se acercó a ella y dijo:
    – Las flores son del tipo de la habitación 312.
    – ¿Qué es todo esto? -preguntó Jilly, señalando la cama.
    – El postre. Como no pudimos tomarlo en el restaurante, he ordenado que no los trajeran aquí. Pensé que te gustaría tomar algo en la cama.
    Ella estaba fascinada con la idea. Sin embargo, no podía dejar de pensar en las consecuencias de la situación.
    – Te has tomado muchas molestias -comentó.
    – No me parece que sea una molestia ocuparme de que nuestra última noche sea memorable replicó Matt.
    – Creo que lo habría sido de todas formas.
    – Es verdad -dijo él y sonrió-. Pero me gusta cuidar los detalles.
    Jilly lo sabía muy bien. De hecho, una de las cosas que más le preocupaban era que Matt siempre estuviera atento a los detalles. En parte, porque a veces se sentía invadida. Pero, sobre todo, porque adoraba que fuera tan romántico.
    – ¿Cómo sabes que me gustará lo que has preparado? elijo, mirando hacia la bandeja de frutas.
    – Porque sé lo que te gusta, Jilly -le susurró él al oído-. ¿Quieres que te lo demuestre?
    Jilly no estaba segura de haber asentido o no porque el atrevimiento de la pregunta y el deseo que emanaba de Matt la habían dejado inmóvil. Sin duda había hecho algún gesto afirmativo porque él le quitó la caja de flores de las manos, la dejó en una silla y después la abrazó por la cintura, le desató el pelo y, antes de que ella pudiera decir algo, comenzó a besarla con desesperación. El calor y la avidez de la boca de Matt resultaban deliciosamente arrebatadores.
    Jilly le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él. Sintió la presión del pene erecto contra su estómago y las manos que bajaban por la espalda para acariciarle el trasero. Evidentemente, Matt sabía lo que le gustaba.
    En aquel momento, la mujer notó cómo le subía la falda. Cuando la tela le llegó a la altura de la pelvis, él interrumpió los besos y la miró. Ella le apoyó una mano en el pecho y pudo sentir que el corazón le latía a toda velocidad y que respiraba con un ritmo entrecortado. La hacía feliz saber que lo excitaba tanto.
    Matt deslizó las manos por debajo de la chaqueta de Jilly y le tomó los pechos. Cerró los ojos durante unos segundos y luego la miró con intensidad.
    – ¿Tienes una mínima idea de lo desesperado que me he sentido durante toda la cena? – preguntó-. Me desquiciaba pensar que no llevabas nada debajo de la falda y estabas al alcance de mi mano pero no podía tocarte.
    Acto seguido, le levantó la prenda hasta la cintura y comenzó a acariciarle las nalgas con la yema de los dedos. Jilly estaba tan excitada, que ni siquiera podía responder.
    – No podía pensar en otra cosa -continuó él-. Me moría por tocarte, lamerte, morderte…
    Después, Matt dio un paso adelante, la alzó en brazos y la recostó sobre la cama. Se arrodilló frente a ella y suplicó:
    – Abre las piernas, Jilly. Déjame tocarte y disfrutar de tu sabor.
    Con el corazón a punto de estallar, ella separó las piernas. Lo observó excitarla con los dedos, acariciarla lentamente con movimientos que la impulsaban a arquear las caderas y a rogarle en silencio que siguiera. Sintió cómo le besaba, lamía y mordía la cara interior de los muslos. Se rindió al placer del momento y disfrutó de la visión de su cabeza entre sus piernas, del roce de la barba contra la piel y de las cautivadoras caricias en el centro de su ser.
    Cuando él le aferró las nalgas y la empujó contra su boca, Jilly soltó un largo gemido de satisfacción. Luego dejó caer el peso de su cuerpo sobre la espalda, cerró los ojos y se deleitó con la increíble sensación de la lengua, los labios y los dedos de su amante, acariciándola por dentro y llevándola al borde de la locura. Un intenso orgasmo convulsionó su cuerpo y, mientras temblaba con agitación, murmuró el nombre de Matt entre gemidos.
    Él levantó la cabeza y disfrutó al verla retorcerse de placer. Con el sabor del sexo de Jilly en la boca, se incorporó y se apuró a desvestirse. Después de ponerse un preservativo, se inclinó sobre ella.
    – Mírame, Jilly -dijo.
    Ella abrió los ojos lentamente. Cuando sus miradas se encontraron, con un rápido movimiento, él se introdujo en el calor y la suavidad del sexo de su compañera. Le sujetó las muñecas y comenzó a moverse acompasadamente contra ella. Jilly lo miró con los ojos cargados de renovada pasión. Él la besó con labios, dientes y lengua. La boca de Matt se movía al ritmo de sus caderas. Se concentró en cada uno de los matices del cuerpo de Jilly, en cada curva, cada gesto y en la adorable humedad que lo envolvía.
    Sintió que la tensión iba en aumento e interrumpió los besos para tratar de prolongar el placer. Pero perdió la batalla cuando ella le rodeó la espalda con las piernas y gimió su nombre.
    – Matt…
    Él decidió acelerar el ritmo y, unos segundos después, flexionó los brazos, apoyó la cara en el pecho de Jilly y se estremeció. Entre jadeos y estertores, gritó el nombre de su amante.
    Jilly…
    Pasó un largo minuto antes de que pudiera levantar la cabeza. Cuando lo hizo, descubrió que Jilly lo miraba con una expresión grave en los ojos. Sin duda, se estaba preguntando lo mismo que él: ¿cómo harían para olvidarlo todo cuando volvieran al trabajo al día siguiente?
    Matt quiso hacer alguna broma al respecto, pero no pudo. Seguía dentro de Jilly, podía sentir los latidos del corazón contra su pecho, todavía estaban tomados de la mano y ella seguía con las piernas abrazadas a su cadera. Definitivamente, no podía hacer bromas sobre el tema.
    – Ha sido increíble -suspiró ella, tratando de sonreír-. Y bien, ¿cuál es el siguiente plato del menú de postres?
    – Puedes tener todo lo que quieras.
    Ella lo miró con detenimiento.
    – Es la segunda vez que me lo dices.
    – Es que sigues sin reclamar el premio por haber ganado la pelea en la nieve.
    – No lo he olvidado. Sólo estoy esperando el momento perfecto
    Matt se movió dentro de ella y ronroneó complacido.
    – Esto es lo que yo llamo un momento perfecto -murmuró.
    – ¿Existe alguna limitación temporal para mi premio?
    – No.
    – Genial. En ese caso lo postergaré hasta que cambies tu coche por un jaguar descapotable.
    – Creo que estás olvidando la cláusula que se refería a que los premios debían estar dentro de lo razonable.
    – Puede ser -reconoció ella, entre risas-. Ahora bien, en cuanto a la oferta de postres… acabo de tener un antojo.
    Él inclinó la cabeza y le recorrió el labio inferior con la lengua.
    – Si es algo parecido a lo que se me ha antojado a mí, encantado de complacerte. ¿Dime qué deseas?
    – Quiero que llenemos la bañera con agua caliente -declaró Jilly-, que conectemos el hidromasaje y que, mientras disfrutamos del baño, comamos esas frutas deliciosas y bebamos el vino. ¿Qué opinas?
    Opino que queremos las mismas cosas.

Capitulo 11

    Jilly despertó lentamente. Estaba recostada de costado y las mantas la tapaban hasta el cuello. Abrió los ojos, miró el reloj y vio que eran las 11.43. Gracias a las gruesas cortinas de terciopelo, la habitación permanecía a oscuras. De todas maneras, no necesitaba ver, sólo sentir.
    Matt dormía abrazado a ella, con las piernas presionadas contra sus muslos y una mano abierta sobre el seno derecho. Respiraba pausadamente contra su nuca y, al hacerlo, le rozaba los hombros con el vello del pecho.
    Jilly cerró los ojos y se deleitó con la sensación del calor de su amante recostado a su espalda. Cientos de imágenes de la noche anterior volvieron a su mente. Sabía que algunas de esas imágenes la perseguirían durante mucho tiempo. Recordó una escena en la bañera, Matt y ella alimentándose el uno al otro con uvas y fresas, bebiendo vino y haciendo el amor mientras el agua caliente burbujeaba a su alrededor. También se acordó de cuando regresaron a la cama y pelearon por los bombones que habían comprado en la tarde. Estaba casi convencida de que los fabricantes jamás habrían imaginado que alguien pudiera disfrutar de sus golosinas como ellos dos.
    Habían pasado toda la noche riendo, charlando y haciéndose el amor hasta caer rendidos de cansancio. Pero la llegada del lunes señalaba el final de su romance.
    Aquella era la última vez que Matt la abrazaría de esa forma. La última vez que ella sentiría el calor de su piel. Le dolía el pecho de solo pensarlo. Se preguntó si acaso él lamentaría la pérdida tanto como ella. Cuando pensaba que al día siguiente tendría que verlo en la oficina y pretender que nada había pasado, Jilly tenía ganas de llorar. No podía precisar si Matt estaba tan angustiado como ella o si sería capaz de olvidar la intimidad que habían compartido y volver a la relación de siempre. Había gestos que la hacían dudar. La intensidad con la que la miraba, cómo la tocaba y la pasión con la que le hacía el amor permitían pensar que a él le pasaba algo parecido. No había hecho ningún comentario, pero los ojos le brillaban con una emoción particular.
    Jilly no se había atrevido a preguntar. Le aterraba que la respuesta fuese negativa porque entonces se sentiría una idiota que había permitido que una aventura de fin de semana le tocara el corazón. Y si decía que sí, que no soportaba la idea de tener que separarse, la situación no sería más fácil. No podían permitirse anhelar una relación de otro tipo porque una vez que Jack Witherspoon eligiera una de las propuestas, Matt se convertiría en su jefe, o ella en la jefa de Matt. En esas circunstancias, una relación entre compañeros de trabajo estaba fuera de discusión. Además, tenían personalidades muy distintas. Matt quería controlarlo todo y ella odiaba que se entrometieran en sus asuntos. Eran diferentes y, además, competían por un mismo puesto. Definitivamente, debían poner punto final a su historia.
    En cuanto ese pensamiento cruzó por la mente de Jilly, Matt se desperezó a su espalda. En silencio, le acarició los pezones. Ella se arqueó hacia atrás para apretarse contra él y ronroneó de placer.
    – Buenos días, preciosa -le susurró Matt al oído.
    – Buenos días, grandullón -murmuró ella y le acarició la cabeza-. Aunque la verdad es que casi es mediodía.
    Jilly se sorprendió al ver que ya era la una de la tarde. No podía creer que hubiera pasado más de una hora entre cavilaciones y recuerdos.
    Matt hundió la cara en el pelo de su amante e hizo lo imposible para tratar de olvidar que esa sería la última vez que la tocaría, pero no lo consiguió.
    Acto seguido, le recorrió el torso con la mano y visualizó la piel de Jilly mentalmente. Las pecas que le decoraban el pecho; el pequeño lunar debajo del seno derecho y los bordes del ombligo. Le mordió la nuca con delicadeza y luego la lamió desde el cuello hasta los hombros.
    – ¿Te he dicho lo bien que sabes? -preguntó.
    – No al menos en las últimas horas -contestó ella.
    Él la acarició detrás de la oreja y respiró hondo.
    – ¿O lo increíblemente bien que hueles? – insistió Matt-. ¿O lo suave que es tu piel?
    Cuando él le acarició el pubis, ella gimió complacida, separó las piernas y se frotó las nalgas contra el miembro erecto. Entre jadeos, Matt le introdujo dos dedos en el sexo y añadió:
    – ¿O lo húmeda, suave y cálida que eres?
    El contacto de aquellas nalgas firmes y redondeadas apretándose contra su pene lo hacía temblar. A pesar de las protestas de Jilly,
    Matt le quitó la mano del pubis y se estiró para buscar un preservativo en el cajón de la mesita de noche. Se lo puso a toda velocidad y volvió a su amante. Se acomodó por detrás y entró en ella. Le hizo el amor sin prisas y saboreó cada movimiento, cada suspiro y la soberbia sensación de tenerla pegada a él. El orgasmo de Jilly lo sacudió como un rayo. Un segundo después, la aferró por los muslos, dejó caer la cabeza hacia delante y alcanzó el éxtasis. En cuanto dejó de temblar, comprendió que acababan de hacer el amor por última vez.
    Matt salió de la ducha una hora y media después y se lamentó de que Jilly no se hubiera reunido con él. Sabía que había sido una esperanza vana porque, de hecho, ella ya se había duchado. Sin embargo, no podía evitar sentirse contrariado al comprobar que la aventura había terminado.
    Se obligó a apartar los pensamientos dolorosos, se afeitó deprisa y mientras guardaba el cepillo de dientes y la maquinilla, notó que las cosas de Jilly ya no estaban sobre la encimera del lavabo. Abrió la puerta del baño y se quedó paralizado en el lugar. Cuando la vio vestida con unos vaqueros, con un jersey negro, botas militares y el pelo recogido, sintió que era la mujer más sexy del universo y que lo único que él deseaba en ese momento era desnudarla y amarla una vez más. Estaba parada en medio de la habitación, con la maleta, el ordenador portátil y la caja de flores que él le había regalado a su lado.
    – Estoy lista para irme -dijo ella.
    Matt tuvo que hacer un esfuerzo para poder hablar.
    – Está bien. Sólo necesito cinco minutos para…
    – He pedido un taxi para que me lleve a la estación. El próximo tren sale dentro de veinte minutos.
    Él se llevó una mano a la cabeza y se quedó parado, apenas cubierto por una toalla y absolutamente aturdido. Quería decir muchas cosas, pero no sabía cómo expresarlas con claridad. Lo aterraba decir algo que no fuera suficiente, o mencionar otra cosa y que fuera demasiado.
    Quería llevarte a tu casa, Jilly -dijo, finalmente-. De hecho, había planeado o, al menos, esperado, que regresáramos juntos.
    – Gracias, pero ya me las he arreglado por mi cuenta.
    Si bien no dijo que no necesitaba o no quería que se ocupara de ella, fue como si lo hubiera hecho. Matt se sentía tan frustrado que tuvo que controlarse para no gritar.
    – Creo que es mejor así -agregó ella.
    Racionalmente, él sabía que Jilly tenía razón. Un adiós rápido en el hotel facilitaría la despedida. Sin embargo, por mucho que lo comprendiera no dejaba de sentirse mal.
    – Ha sido un fin de semana maravilloso – dijo ella.
    – Sí.
    En los labios de Jilly se insinuó una ligera sonrisa. Matt la miró y pensó que jamás conseguiría olvidar cómo sabía aquella boca.
    – Supongo que mañana nos veremos en la oficina -comentó ella.
    – Mañana, sí…
    Jilly vaciló algunos segundos y él se puso tenso, ansioso por saber si diría algo más. Pero tal como suponía, ella sólo podía decir una cosa.
    – Adiós, Matt.
    Era todo lo que cabía decir en esa situación y ella lo había dicho. Acto seguido, Jilly se agachó para recoger su equipaje, luego se acercó a él y lo besó tímidamente en la boca. Matt respiró hondo para quedarse con el recuerdo de su perfume y la observó abrir la puerta y salir de la habitación. Se quedó parado allí, solo, con el recuerdo de tres días increíbles y un profundo dolor en el corazón.
    El martes por la mañana, Jilly entró en las oficinas de Maxximum con su actitud profesional como arma de defensa. Peinada con su clásico moño, vestida con un traje negro y con las gafas de sol puestas, se sentía capaz de afrontar cualquier situación. Incluyendo su encuentro con Matt Davidson.
    No podía negar que el corazón le latía a toda velocidad, pero se dijo que era porque había tenido que correr hasta el ascensor. También era cierto que tenía los nervios alterados, pero eso se debía a que había cometido el error de tomar un café doble con el estómago vacío. En cuanto comiera algo se sentiría mejor. Fue hasta su escritorio, colgó el maletín en el respaldo de la silla, encendió el ordenador y después se dirigió al cuarto de descanso para calentar la tarta de fresas que había comprado en la tienda de la esquina. Cuando entró, se detuvo de golpe como si acabara de toparse con un muro.
    Matt estaba apoyado en la encimera, tomando un café y leyendo el periódico. Levantó la vista y se quedó paralizado. Se miraron en silencio durante un par de minutos. Cientos de imágenes se agolparon en la mente de Jilly. Matt sonriéndole, riendo con ella, besándola, tocándola, haciéndole el amor.
    Se aferró al plato, trató de borrar las imágenes de su cabeza y se obligó a avanzar con una sonrisa, esperando que no se notara lo tensa que estaba.
    – Buenos días -dijo ella.
    – Buenos días -contestó él y señaló hacia la cafetera-. Está recién hecho, ¿por qué no te sirves un poco?
    – Genial.
    Jilly se concentró en desenvolver la tarta. Mientras tanto, pretendía no haber notado lo bien que le sentaba a Matt el traje gris que llevaba puesto. Sobre todo, porque sabía qué era lo que había debajo de esa ropa.
    – Me pregunto si Jack Witherspoon se habrá puesto en contacto con Adam -comentó él.
    – No lo sé. Pero si no es hoy, con seguridad lo hará durante la semana. Jack quiere empezar a trabajar en la campaña lo antes posible.
    Por el rabillo del ojo, Jilly vio que Matt iba hasta el frigorífico. Después, se acercó a ella y dejó la botella de leche cerca de su taza.
    – ¿Para qué es eso? -preguntó la mujer.
    – Para tu café.
    Cuando se miraron a los ojos, Jilly se sintió tensa y relajada al mismo tiempo. Luego enarcó una ceja y dijo:
    – Antes nunca me habías traído la leche para el café.
    – Antes no sabía que le ponías leche…
    El comentario bastó para poner en evidencia que la intimidad que habían compartido había alterado su rutina por completo. Un detalle tan insignificante como el del café con leche les señalaba el nivel de complicidad que había entre ellos.
    Jilly tragó saliva y se preguntó cómo haría para soportar el trabajo diario junto a Matt si ni siquiera podía manejar un simple encuentro en la cocina.
    Tenía que encontrar el modo de recuperar el control de la situación. Debía olvidar los momentos que habían compartido durante el fin de semana y convencerse de que la botella de leche era tan sólo una cortesía por su parte, que no tenía ningún significado oculto y que, en todo caso, lo único que probaba era que Matt siempre quería estar en todo.
    Trató de borrar cualquier emoción de su rostro y se obligó a sostenerle la mirada.
    – Gracias, pero soy perfectamente capaz de buscarme mi propia leche -afirmó.
    – Y yo soy perfectamente consciente de eso.
    – Imagino que respetaras nuestro pacto y que volveremos a la relación de siempre…
    – Por supuesto -dijo él y arqueó una ceja-. Salvo que hayas cambiado de opinión.
    – No, en absoluto -ratificó Jilly-. Sólo sentí que necesitaba recordarte cuál había sido el acuerdo.
    – ¿Lo dices porque te he traído la leche para el café?
    Antes de que ella pudiera responder, él se acercó un poco más. Jilly sentía en peligro. Necesitaba conservar cierta distancia para no ceder a la tentación de tocarlo. Dio un paso atrás pero se topó con la encimera. Él siguió avanzando hasta dejar unos pocos centímetros entre ellos. Se inclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre la tabla, dejando a Jilly completamente atrapada. A ella se le aceleró el corazón y, aunque su cerebro le gritaba que huyera cuanto antes, sus pies se negaban a obedecer. Se sentía intimidada, pero no encontraba fuerzas para protestar. Además, no podía negar que la situación le resultaba muy excitante.
    – Te prometo que tengo toda la intención de cumplir con nuestro acuerdo y olvidar cuanto antes lo que ha pasado entre nosotros -dijo Matt con voz firme-. Pero debo reconocer que va a costarme mucho más de lo que suponía. Me encantaría poder olvidarlo todo en un instante, pero no soy una máquina. Es mi problema y espero superarlo con el tiempo. Sin embargo, agradecería que por el momento confíes en mí cuando te digo que lo estoy intentado y haré lo imposible para no estropearlo.
    Antes de continuar, la miró de arriba abajo.
    – Créeme, si no me importara el trato que hemos hecho, te habrías enterado porque en lugar de darte la maldita leche, te habría besado -aseguró-. La verdad es que esta mañana me siento pésimo, ya que no he podido pegar un ojo en toda la noche porque no podía dejar de pensar en ti. Y no me hace ninguna gracia pensar los días, semanas o meses que puedo llegar a necesitar hasta poder estar en una habitación contigo sin sentir esto que siento. Dicho lo cual, quería invitarte a cenar esta noche.
    Jilly se quedó inmóvil. Sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Estaba tan hipnotizada por la clara frustración con la que la miraba Matt, que ni siquiera recordaba por qué se había enfadado antes. Él estaba tan cargado de tensión, calor y deseo, que lo único que ella podía hacer para no arruinarlo todo era tratar de mantenerse quieta. Evidentemente, él estaba experimentando la misma angustia y frustración que ella. Sabía que no debía sentirse complacida por la confesión de Matt, pero era humana y no podía negar lo mucho que le gustaba ese hombre.
    Respiró hondo y dio un paso a un lado. Él apartó los brazos y ella aprovechó para aumentar la distancia. En cuanto se sintió más segura, relajó la frente y dijo:
    – Sí, esto es muy incómodo, pero sabíamos que iba a ser así. Y como tú has dicho, con el paso de los días, será cada vez más fácil. Sobre la invitación a cenar, me temo que tengo que rechazarla. No sólo porque violaría nuestro pacto, sino porque ya tengo una cita.
    Se hizo un largo silencio entre ellos y Jilly tuvo que hacer un esfuerzo para poder sostenerle la mirada. Se moría de ganas de aclararle que no podía cenar con él porque había quedado en salir con Kate. Pero se contuvo y se convenció de que no era culpa suya si Matt su ponía que la cita era con otro hombre y de que, en cierta medida, era mejor que pensara eso. Por otra parte, el objetivo de la salida con su amiga era conocer a alguien más, de modo que las sospechas de Matt no serían tan erradas.
    – No te preocupes -dijo él con sequedad-. Ni voy a insistir con mi invitación ni voy a preguntarte por tu cita. Entiendo cuáles son las reglas.
    Sin decir una palabra más, Matt agarró su taza y su periódico y abandonó la cocina. Jilly se quedó mirando la puerta, se mordió el labio inferior y se dijo que era mejor así.
    Sin embargo, se sentía más derrotada que nunca.
    – ¿Qué te parece aquel rubio alto que está al final de la barra? -preguntó Kate-. ¿El que tiene un jersey azul celeste?
    Jilly miró hacia el lugar que le señalaba su amiga y negó con la cabeza.
    – No, prefiero a los de cabello oscuro.
    – De acuerdo. ¿Qué tal entonces el tipo que está con él? Tiene el pelo casi negro y es muy guapo.
    Jilly le echó un vistazo al hombre y comprobó que, ciertamente, tenía el pelo oscuro y era guapísimo. Pero no la emocionaba más que el teléfono público que tenía al lado.
    – Lo veo y no me pasa nada.
    Kate la miró con exasperación.
    – Tal vez te pasaría algo si te levantaras de la silla y fueras a charlar con alguien -protestó-. ¿Cómo piensas encontrar a un hombre con quien salir si te pasas toda la noche hablando conmigo?
    – Me gusta charlar contigo.
    – Gracias, a mí también me gusta charlar contigo. Y apostaría a que, si le dieras una oportunidad al tío de la barra, también disfrutaría de hablar contigo.
    Jilly se encogió de hombros.
    – Tal vez más tarde me acerque a él -prometió-. Ahora prefiero que me sigas contando sobre tu fin de semana con Ben.
    – De acuerdo -dijo Kate-. Pedimos comida china, decidimos la lista de invitados para la boda e hicimos el amor apasionadamente. ¿Qué tal el tipo de camisa blanca que está tomando un martini?
    Jilly le echó un vistazo y comentó:
    – Tiene el pelo demasiado largo y no me gustan los hombres con barba.
    – Si ese es todo el problema, se puede afeitar y cortar el pelo.
    – Ya sabes lo que dicen: nunca trates de cambiar a un hombre.
    Kate se quedó mirándola durante varios segundos y Jilly hizo un infructuoso esfuerzo por mostrarse indiferente al escrutinio de su amiga.
    – Ya comprendo -dijo la amiga.
    – ¿Comprendes qué?
    – Cual es el problema con todos estos hombres -puntualizó Kate-. Todos tienen el mismo problema.
    – Desde luego, el problema es que yo no me siento atraída por ninguno.
    – Exactamente. Y el motivo por el cual no te sientes atraída es porque ninguno de ellos es Matt Davidson.
    Jilly quería refutar esa afirmación, pero era tan cierta, que no tenía sentido molestarse. Se llevó las manos a la cabeza y miró a su amiga con los ojos llenos de frustración.
    – ¿Qué voy a hacer, Kate?
    – Eso depende de lo fuertes que sean tus sentimientos hacia él.
    – Muy fuertes. De verdad siento que él no es para mí.
    Kate miró hacia el techo y suspiró con resignación.
    – Me estoy refiriendo a tus sentimientos más profundos.
    Jilly se sintió incómoda.
    – No estoy segura…
    – De acuerdo, puede que tú no estés segura, pero yo sí lo estoy. Jilly, sólo hay una clase de mujer capaz de mirar a esos hombres a cual más guapo y no ver nada que le resulte interesante.
    La publicista frunció el ceño.
    – Me conoces hace años, sabes que no soy lesbiana.
    Kate no pudo contener las carcajadas.
    – Claro que lo sé, tonta. Trato de decirte que estás enamorada.
    Jilly se bebió el margarita de un trago.
    – No, no lo estoy.
    – Por supuesto que lo estás. ¡Reacciona, por favor! Hasta un ciego se daría cuenta de que estás loca por Matt. Lo sospechaba desde que hablamos por teléfono hace un par de días, pero cuando ni siquiera te molestaste en mirar a ese Adonis de pelo negro lo supe definitivamente.
    – Tampoco te he visto mirar al supuesto Adonis con demasiado interés.
    – Claro que no. ¿Y sabes por qué? Porque estoy enamorada de Ben -argumentó Kate con gesto triunfante-. A las pruebas me remito.
    Jilly la miró con fastidio y se dijo que necesitaba encontrar alguna amiga que no fuese abogada. Sin embargo, sabía que Kate tenía razón y no podía dejar de pensar en lo que acababa de decir. No sólo se sentía irremediablemente atraída por Matt, sino que lo amaba. Amaba su sonrisa, su risa, su sentido del humor, su integridad y su ética laboral. Amaba el modo en que le importaba su familia y lo torpe que era para los deportes. Amaba el modo en que la tocaba, la besaba y le hacía el amor. De pronto, el malestar que sentía se transformó en un pánico devastador. Sin quererlo, gimió angustiada.
    – ¿Qué te ocurre? -preguntó Kate.
    – Estoy aterrorizada. ¡Maldita sea, no puedo enamorarme de él!
    Los ojos de su amiga se llenaron de compasión.
    – Lo siento, pero ya es tarde para lamentos. Cuéntame cómo ha sido el día de trabajo con él.
    Jilly suspiró y la miró con desesperación.
    – Horrible. Incómodo. Incluso cuando no estábamos juntos… -confesó-. Juro que no dejé de ser consciente de su presencia ni un solo minuto.
    – ¿Y cuando estabais juntos?
    – Una tortura. Se me aceleraba el corazón, me transpiraban las manos, se me hacía un nudo en el estómago y me moría por arrancarle la ropa con los dientes.
    – Vaya por Dios, sí que estás loca por él… -comentó Kate.
    – Pero no quiero estar enamorada de él. ¿Por qué he tenido que enamorarme así? Es mi compañero de trabajo, ¿comprendes? Y además siempre quiere estar en todo y sabes cuánto me irrita que se metan en mis asuntos.
    Kate arqueó las cejas.
    – ¿A qué te refieres con eso de que siempre quiere estar en todo? -preguntó con cierta ironía-. ¿Es tan terrible que haya querido pagar una comida?
    – Muy graciosa. Son muchas cosas. Por ejemplo, tenía decidido traerme de vuelta a casa desde el hotel…
    – Tienes razón, se merece que le pateen el trasero.
    Jilly miró a su amiga con mala cara.
    – No necesitaba que me trajera a casa, ya había pedido un taxi.
    – De acuerdo -consintió Kate, resignada-. ¿Discutió contigo por ese tema? ¿Trató de obligarte a entrar en su coche?
    – A decir verdad, no.
    – ¿Qué más?
    A pesar de que se daba cuenta de que estaba perdiendo la batalla, Jilly sentía que no podía ceder en la discusión.
    – Esta mañana me trajo leche para el café -dijo, casi susurrando.
    La abogada soltó una carcajada y después se inclinó hacia delante.
    – Jilly, llevas tanto tiempo insistiendo en que puedes con tus asuntos y que no necesitas la ayuda de ningún hombre, que empiezas a ser incapaz de distinguir la diferencia entre autoritario y amable -declaró-. Supongamos que Matt haya querido meterse en alguno de tus asuntos, en la medida que siempre haya acatado tu voluntad, no veo cuál es el problema.
    Jilly reflexionó durante algunos segundos y comprendió que lo que Kate acababa de decirle era absolutamente cierto. En el trabajo, Matt trataba de estar en todo y esa era una de las razones por las que era tan bueno en lo que hacía. No podía culparlo por eso. Y fuera del trabajo, esa misma actitud se convertía en una suma de gestos amables y románticos. De hecho, siempre se había comportado con ella como un auténtico caballero.
    – Creo que tal vez lo estaba prejuzgando y asignándole defectos que en verdad no tiene -admitió Jilly.
    – Desde luego, eso es lo has estado haciendo.
    – Diablos, Kate, ¿en qué clase de monstruo me he convertido?
    – No eres un ningún monstruo. Te han lastimado y te has vuelto excesivamente cautelosa. Es comprensible.
    – Pero sigo sin querer enamorarme de Matt, Kate. Este romance podría arruinarme la carrera. ¿Cómo hago para quitármelo del corazón?
    – Es amor, Jilly, no se cura con antibióticos.
    – Pero duele mucho.
    – Nadie ha dicho que el amor sea algo sencillo. ¿Pero no es mucho mejor que no sentir nada?
    La publicista suspiró acongojada.
    – La verdad es que no sé que decir. Supongo que tengo tres opciones -dijo y comenzó a enumerar con los dedos-. La primera posibilidad es continuar la relación con Matt, asumiendo qué él está de acuerdo, y ver qué ocurre.
    – ¿Cuáles son los pro y los contra de esa opción?
    – Tiene de bueno que estaría con el hombre al que amo y de malo que en algún momento las cosas se van a complicar y acabaría con el corazón roto y con una situación laboral muy delicada, con todo lo que eso supone para mi desarrollo profesional.
    Kate se estremeció.
    – ¿La segunda alternativa? -preguntó.
    – Tratar de mantenerme alejada de Matt todo lo que pueda y rezar para que mis sentimientos hacia él desaparezcan.
    – No pretendo desanimarte, pero no creo haya plegaria que sirva para estas cosas. ¿Cuál es la tercera opción?
    – Iniciar una conversación con el Adonis de la barra y esperar que resulte. Si consigue que me olvide de Matt aunque sólo sea por un minuto, estoy dispuesta a darle una oportunidad.
    Acto seguido, se puso de pie.
    – Deséame suerte, Kate… Allá voy.

    Matt estaba sentado en su sofá favorito, vestido con su camiseta favorita y unos vaqueros viejos, con un vaso de cerveza en una mano y el mando a distancia en la otra. Llevaba varias horas haciendo lo imposible por no pensar en Jilly. Pero no podía evitarlo.
    Miró el reloj y vio que casi eran las diez. Pensó que probablemente a esa hora ella estaría en algún restaurante romántico, sonriéndole a Brad, el dentista. O quizá, ya habían terminado de cenar y se habían marchado a otra parte. Tal vez, a la casa de Jilly.
    Bebió un trago de cerveza y trató de borrar de su cabeza la imagen de otro hombre disfrutando de su compañía. Tocándola. Besándola. Haciendo el amor con ella.
    Tener que compartir el día de trabajo con ella había sido una tortura insoportable. Desde que la había visto entrar en el cuarto de descanso por la mañana, había estado deseando acariciarla. De hecho, había tenido que hacer un enorme esfuerzo para poder trabajar. Pero hasta cuando conseguía concentrarse en alguna tarea, había una parte de él dedicada a atender todo lo que Jilly estaba haciendo.
    Respiró hondo y movió la cabeza de lado a lado como si intentase librarse de su propia locura. Sin duda, tenía alguna tendencia masoquista porque insistía en relacionarse con sus compañeras de trabajo cuando sabía perfectamente que esas relaciones nunca acababan bien.
    El mayor error que había cometido había sido presuponer que podría olvidar a Jilly con relativa facilidad. Por alguna extraña razón, se había convencido de que podría compartir un fin de semana de juegos y diversión sexual con ella y, de la noche a la mañana, actuar como si nada hubiera ocurrido. Ahora comprendía que no sólo había estado equivocado, sino que se había metido en un problema enorme. Un problema sin solución aparente.
    Desde luego, no había contado con la posibilidad de sentirse de ese modo. Jamás había pensado que al separarse de Jilly se sentiría tan mal. Como si le hubieran arrancado el alma y el corazón.
    Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y se preguntó qué demonios le estaba pasando.
    Su voz interior le dijo que el problema era que estaba enamorado de Jilly.
    Matt abrió los ojos y se enderezó de golpe. Se dijo que podía tener tendencias masoquistas pero que, definitivamente, no estaba tan loco como para enamorarse de ella.
    Sin embargo, la palabra «amor' seguía resonando en su mente y por mucho que intentara refutarla, no podía. Una vez más, había cometido el error de enamorarse de una mujer con la que trabajaba y las consecuencias de esa equivocación podían ser fatales. Si haber mantenido una aventura romántica con Jilly había sido una imprudencia, enamorarse de ella merecía la medalla de oro a la estupidez.
    Soltó el mando a distancia y se llevó una mano a la cara. Estaba aterrorizado y trató de tranquilizarse pensando que tal vez no, fuera amor, sino un deseo tan intenso que lo hacía bordear la locura.
    Pero nada lo convencía. Podía engañarse durante algunos segundos, pero de inmediato su corazón lo enfrentaba a la verdad. No era sólo deseo. Sabía cómo era la mera atracción física y, por muy intensa que fuera, no era comparable a lo que sentía por Jilly. No había duda, estaba perdidamente enamorado de ella. Había amado a Tricia, pero lo que había sentido por ella no se asemejaba en nada a los sentimientos y emociones que le inspiraba Jilly. Le gustaba y la deseaba, dentro y fuera de la cama, con una intensidad asombrosa. Sencillamente, Jilly era más importante que cualquier otra cosa.
    De repente, comprendió que se sentía atraído por ella desde hacía mucho tiempo. Durante el año anterior, había disfrutado de las batallas verbales en la oficina y valorado la inteligencia con que planteaba sus campañas publicitarias. El tener que competir con ella lo había obligado a mejorar en su propio trabajo. Admiraba su profesionalidad, a pesar de la desconfianza que le tenía por culpa de la experiencia con Tricia.
    Pero Jilly había demostrado ser extraordinariamente íntegra y no sólo se había ganado su confianza y admiración, sino que además le había robado el corazón. Sin embargo, sabía que era una situación muy delicada porque competía con ella en el trabajo; y en breve, uno de los dos se convertiría en jefe del otro.
    Se dijo que aquello ya no era relevante. Se había enamorado de ella y no podía hacer nada salvo decir qué hacer al respecto. Estaba aturdido, pero había algo que tenía muy claro: quedarse en casa mientras ella salía con otro hombre era un completo desatino. Había llegado la hora de hacer planes.

Capitulo 12

    Jilly se pasó el resto de la semana haciendo todo lo posible para dejar de pensar en Matt. Dedicó las horas de oficina a trabajar en varios proyectos que no requerían consultas entre compañeros. Permaneció en su escritorio y evitó acercarse al cuarto de descanso.
    El miércoles por la mañana, se cruzó con Matt en varias ocasiones y en todas sintió que se le paraba el corazón. Por suerte, él paso gran parte del miércoles y todo el jueves reunido con clientes fuera de la oficina. Pero, por desgracia, no verlo no quería decir no pensar en él.
    En lugar de volver a su casa después del trabajo, el miércoles y el jueves Jilly siguió yendo a bares con Kate. Bailó con banqueros y corredores de bolsa, charló con oficinistas y vendedores, y rió con abogados e ingenieros. A pesar de los esfuerzos, odió cada uno de los minutos que pasó en esos lugares.
    Además, se torturaba a sí misma preguntándose qué estaría haciendo Matt mientras ella iba a los bares. Tal vez, estuviera haciendo lo mismo. Bailando con alguien más; tocando a alguien más o haciendo el amor con alguien más.
    El viernes, Jilly estaba dispuesta a admitir la derrota. Se suponía que saldría con Kate y Ben a conocer un par de clubes nuevos, pero después de tres días saliendo, Jilly sabía que no podría soportarlo más. Había tratado de olvidar a Matt conociendo a otras personas, sin embargo, ninguno de los hombres con los que había estado le habían despertado el menor interés. Su plan para quitárselo de la cabeza y del corazón era un espectacular fracaso. El único hombre que le interesaba era Matt y era hora de que hiciera algo al respecto.
    No sabía por dónde empezar. Pensar en la posibilidad de admitir sus sentimientos la horrorizaba. Seguramente, él huiría espantado si, de pronto, ella le decía que estaba enamorada de él. Pero como no había ninguna ley que le exigiera admitir todos sus sentimientos, podía limitarse a proponerle que siguieran con la aventura que habían iniciado en Long Island. El problema era que, si bien su cuerpo y sus hormonas se inclinaban por la segunda opción, su corazón le imploraba a gritos que dijera la verdad. En el fondo, sabía que involucrarse en un relación con alguien que no sentía lo mismo que uno era ponerse en peligro.
    De pronto, sonó el teléfono; por los números que aparecían en el monitor del aparato, supo que se trataba de una llamada interna. Levantó el auricular y oyó la voz de su jefe que le pedía que se reuniera con él.
    – Tengo novedades sobre el contrato con Jack Witherspoon y la campaña para ARC – dijo Adam.
    Jilly colgó el teléfono y salió corriendo hacia el despacho de Adam. Estaba tan ansiosa, que sentía como si cientos mariposas le estuvieran revoloteando en el estómago. El tono amigable de Adam no le permitía saber si las noticias eran buenas o malas. Pero, en cualquier caso, su vida y su carrera estaban a punto de cambiar.
    Cuando llegó al escritorio de Debra, la secretaria sonrió.
    – Pasa, Jilly, te está esperando.
    Jilly estaba tan nerviosa, que le temblaban las piernas, pero a pesar de todo consiguió entrar en el despacho. Sin embargo, no esperaba lo que estaba a punto de oír.
    – Jilly, siento tener que decirte esto, pero no has conseguido la campaña de ARC.
    – Comprendo -dijo, intentando mantener la calma-. Me siento decepcionada, claro está, pero me alegro por Matt. Sé que hará un gran trabajo para ARC.
    – No dudo que lo haría, pero él tampoco lo ha conseguido. Jack Witherspoon no os ha elegido a ninguno de los dos.
    – ¿Qué has dicho?
    – Que ha optado por otra empresa a pesar de todo lo que hemos hecho.
    – No tiene sentido… ¿Se lo has dicho ya a Matt?
    – No.
    – ¿Y con quién van a firmar?
    – Con la agencia Enterprise. Una mujer que procede de Opus, de Los Ángeles, les ha presentado un proyecto que les gusta más. Se llama Carol Weber.
    Jilly se quedó helada al oír el nombre.
    – ¿Carol Weber? ¿La conoces?
    – Sí, la he conocido esta misma mañana. Me la han presentado.
    – ¿Es una rubia alta y atractiva con una marca sobre un labio?
    – En efecto. ¿Tú también la conoces?
    – Por desgracia, sí. Obviamente sabía que Jack iba a estar allí y fue a intentar seducirlo.
    – Cosa que hizo, supongo.
    – Exactamente.
    – Bueno, eso ya es agua pasada. Ahora hay otra cosa más importante: Millenium Airlines quiere cerrar un trato con nosotros y estoy buscando a alguien que se encargue de la campaña. El trabajo incluye una bonificación importante, por no hablar de los vuelos gratis. ¿Te interesa?
    – Sí, por supuesto, pero creo sinceramente que le deberías dar esa cuenta a Matt.
    – ¿A Matt? ¿Por qué lo dices? -preguntó sorprendido.
    – Porque hará un gran trabajo. Es un magnífico profesional y ya tiene experiencia con líneas aéreas porque el año pasado trabajó con Global Airways. Además, me consta que sus ideas para ARC eran brillantes. Jack ha cometido un tremendo error.
    – ¿Me estás diciendo que sus ideas eran mejores que las tuyas?
    – Creo que tanto las suyas como las mías eran buenas, pero francamente las suyas me gustaban más. Tiene mucho talento. Y yo también, claro… Sin embargo, estoy segura de que él es más apropiado para esa campaña.
    Adam entrecerró los ojos.
    – ¿Ha pasado algo durante el fin de semana, Jilly?
    – No, en absoluto. Sencillamente creo que es la persona adecuada, nada más. El noventa y nueve por ciento de las veces creo que yo soy la persona más adecuada. Pero en este caso, creo que deberías dárselo a él.
    – Bueno, tomaré en consideración tu consejo.
    Adam se levantó, en inequívoco gesto de que la reunión había terminado, y Jillian salió del despacho y se dirigió rápidamente a los ascensores. Tenía una reunión con un cliente en media hora, pero sus pensamientos estaban muy lejos de la campaña que debía presentar.
    Sólo podía pensar en Matt. Y estaba segura de que haría un gran trabajo con Millenium Airways.

    Cuando Jilly dejó a su cliente, eran las seis en punto. Sólo estaba a tres manzanas de la estación Penn y decidió volver directamente a casa en lugar de regresar al trabajo. Estaba cansada y había cancelado su cena con Kate.
    Durante el trayecto en tren, no dejó de pensar en su amante. Todavía no podía creer que hubiera renunciado a la oferta de Adam para dársela a Matt, pero había sido sincera al decir que era más apropiado para aquella campaña.
    Unos minutos después, ya había descendido del tren y caminaba lentamente hacia su pequeña casa de Cape Code. Nevaba suavemente, lo que le recordó de inmediato la batalla de nieve con Matt. Y justo entonces, poco antes de llegar, divisó a lo lejos la inconfundible silueta de su deportivo negro.
    En cuanto llegó a su altura, una de las portezuelas se abrió y Matt se plantó ante ella. Llevaba un abrigo negro, un pañuelo y una bolsa marrón. Y estaba tan atractivo, que lo habría devorado a besos allí mismo.
    – Vaya sorpresa -dijo ella.
    – Espero que no sea desagradable.
    Jilly arqueó una ceja.
    – Eso depende de lo que hayas venido a hacer.
    – Te lo diré si me invitas a entrar. Hace frío y he venido sin guantes.
    – ¿Cómo has sabido dónde vivía?
    – Bueno, me gustaría poder decir que he hecho un arduo trabajo de investigación detectivesca, pero lo cierto es que encontré tu dirección en la guía telefónica.
    – Ah, comprendo. ¿Y cuánto tiempo llevas esperando?
    – Alrededor de una hora.
    – ¿Y cómo sabías que vendría esta noche?
    – No lo sabía, pero esperaba que lo hicieras.
    Jilly le hizo un gesto para que la siguiera a la casa y él lo hizo.
    – Está bien, no quiero ser responsable de que te congeles. De modo que entra un rato.
    – Gracias -dijo él con una sonrisa.
    Segundos más tarde, se encontraron en el interior de la pequeña casa. Jilly encendió las luces y él aprovechó la ocasión para echar un vistazo a su alrededor. El lugar estaba decorado con elegancia y había muchas fotografías por todas partes. En algunas se veía a la que debía de ser su madre. Y en otras, aparecía su difunto padre.
    – Es un sitio muy bonito…
    – Sí. El vecindario está muy bien. Tuve suerte de encontrarla antes de que los precios se pusieran por las nubes. El piso superior lo tengo alquilado y con eso gano lo suficiente para pagar la hipoteca. Mi alquilada, la señora Peterson, es un encanto. Es viuda y se podría decir que la heredé cuando compré la casa.
    – No habré aparcado en su sitio, ¿verdad?
    – No, ahora está en Florida, visitando a su hijo. En realidad la echo de menos porque aquí me siento sola…
    – Sí, la soledad es algo terrible.
    – Por cierto, ¿qué llevas en esa bolsa?
    – Ahora te lo enseño…
    – Está bien. ¿Quieres que te traiga algo de beber?
    – No, gracias -respondió.
    Ella se sentó en el sofá y Matt aceptó la invitación, aunque se acomodó a cierta distancia. -Espero no ser una molestia… ¿Esperabas a alguien?
    – No, no tenía nada que hacer. Pero siento curiosidad por tu presencia aquí. ¿No es un poco pronto?
    – Sí, pero me marché de la oficina después de hablar con Adam.
    – Ah. Entonces, imagino que ya te habrás enterado de lo de Carol Weber.
    – Desde luego. Pero ya estoy acostumbrado. No es la primera vez que me sucede. De hecho, quiero confesarte una cosa… Al principio, pensé que tú también eras de ese tipo de personas.
    Ella arqueó una ceja.
    – Yo pensé algo parecido de ti. Te creía capaz de cualquier cosa con tal de conseguir un cliente.
    – Bueno, debo admitir que a veces no me he portado muy bien. Pero este fin de semana he aprendido muchas cosas. Cuando empecé a trabajar en Maxximum, me di cuenta de que tú serías mi competidora y supongo que fui especialmente agresivo contigo porque me recordabas a Tricia -le confesó-. Sin embargo, me equivoqué. Y de paso también he aprendido que tienes la sonrisa más maravillosa del mundo, que eres toda inteligencia y belleza, que adoro tu sentido del humor, que tu piel es increíblemente suave…
    – ¿Le dices eso a todas las mujeres?
    – No. Sólo te lo digo a ti, aquí y ahora – respondió, muy serio-. Pero he aprendido algo más: que pasar un solo minuto más sin ti sería una verdadera tortura.
    Jillian contuvo la respiración e intentó encontrar las palabras para confesarle, a su vez, lo que sentía. Le costó un poco, pero al final lo consiguió.
    – Yo también quiero confesarte algo. He admirado tu profesionalidad desde el principio, pero pensaba que eras muy controlador. Este fin de semana he aprendido que hay una gran diferencia entre ser controlador y simplemente considerado.
    – Al parecer, ambos hemos aprendido cosas importantes… Pero dime una cosa, ¿por qué me has recomendado para la campaña de Airways?
    Ella carraspeó.
    – Veo que Adam es incapaz de mantener un secreto…
    – No creas. No me lo dijo hasta que me lo propuso y lo rechacé. Le he dicho que tú eras más adecuada para ese puesto.
    – ¿Le has dicho eso? ¿Es que te has vuelto loco?
    – Yo diría que tú has hecho exactamente lo mismo…
    – Sí, bueno, tenía mis razones.
    – Pues cuéntamelas, si no te importa.
    – Tú ya has trabajado con líneas aéreas y creo que lo harás mejor, eso es todo.
    – ¿Esa es la única razón, Jilly? -preguntó con desconfianza.
    – Sí -mintió-. ¿Y tú? ¿Por qué razón me has recomendado?
    – Porque eres brillante, creativa y una verdadera profesional. Además, llevas más tiempo que yo en Maxximum y mereces una oportunidad. -Vas a conseguir que me ruborice.
    – Bueno, estoy seguro de que el rubor te quedará precioso.
    Ella sonrió.
    – Me preguntó qué va a hacer ahora Adam. -¿Es que no lo sabes? -preguntó él. -No, pero parece que tú sí lo sabes.
    – Sí, es verdad. Le ha dado la campaña a
    David Garrett.
    – ¿A David? ¿Al nuevo?
    – Exacto. Dice que será bueno para que aprenda y además aceptó de inmediato. -Vaya, nos han dejado en fuera de juego… Matt rió.
    – Sí, eso parece.
    En ese momento sonó el teléfono y Jillian se levantó.
    – Discúlpame un momento, ahora vuelvo… No tardó mucho en regresar.
    – No podrías creer quién acaba de llamar
    – dijo.
    – No tengo la menor idea.
    – Joe. Y resulta que su apellido es Galini.
    No sólo trabaja allí: es que es el dueño de la propiedad. Pero lo más increíble de todo es que también posee los viñedos Tribiletto en Italia.
    – ¿Los viñedos Tribiletto? ¿Como la bodega del mismo nombre? Es una de las más famosas del mundo…
    – Exactamente. Ha dicho que se quedó encantado con nosotros y con nuestra sinceridad y que ha decidido darnos la campaña publicitaria de su empresa en Estados Unidos. Quiere que nos reunamos con él el miércoles que viene en el Trigal¡ Gill, en la Quinta Avenida. ¿No te parece maravilloso? -preguntó, entusiasmada.
    – Sí, parece que las cosas vuelven a su sitio. Pero aún hay algo que tenemos que arreglar.
    – ¿A qué te refieres?
    – A ti y a mí.
    – ¿A ti y a mí?
    – En efecto. ¿Qué te parecería si siguiéramos con nuestra aventura?
    – Sería maravilloso, desde luego, pero trabajando juntos…
    – No hace falta que sigas, lo comprendo de sobra. Precisamente por eso, he decidido que no mantengamos una aventura. Y esa es la razón por la que te he comprado lo que llevo en esta bolsa.
    Matt la abrió entonces y sacó una pequeña cajita, que le dio.
    – Ábrela -dijo.
    Ella tomó la cajita entre las manos, la abrió y vio una pequeña figurita de porcelana de un muñeco de nieve. En la parte inferior, se leía: te amo.
    – No lo entiendo… -dijo ella.
    – Vaya, no se puede decir que hayas reaccionado como esperaba. Pero, por lo menos, te he sorprendido.
    – Sí, de eso no hay duda. Pero si no quieres mantener una relación conmigo…
    – Te estoy diciendo que te amo, Jillian, con todo mi corazón -la interrumpió-. Estoy loco por ti y quiero saber si tengo alguna oportunidad contigo.
    Jilly lo miró con verdadero amor, sin saber qué decir.
    – Llevo días sin hacer otra cosa que pensar en ti. Y créeme, ahora me siento la mujer más afortunada de la Tierra.
    – Entonces, ¿me amas?
    – Sí, Matt, te amo.
    – No sabes cuánto me alegra, porque en la bolsa llevo algo más para ti…
    Matt sacó entonces una pequeña llave y se la dio.
    – ¿Qué es? ¿La llave de tu corazón?
    – Algo parecido.
    Matt se inclinó de nuevo y sacó una caja de metal, bastante grande.
    – Cada vez lo entiendo menos.
    – Es la caja más grande y resistente que pude encontrar en el supermercado. Sirve para guardar cosas valiosas.
    – Oh, bueno, gracias… -dijo, sin entender nada.
    – No me des las gracias antes de abrirla.
    Cuando por fin la abrió, Jillian se llevó una gran sorpresa: estaba llena de bombones de chocolate de todo tipo, y sobre todos ellos se leía una frase: «¿Quieres casarte conmigo?»
    Jilly cerró los ojos durante unos segundos, asombrada y emocionada al mismo tiempo. Aquel era el hombre más generoso, tierno, romántico, dulce, apasionado y maravilloso que había conocido en toda su vida.
    Carraspeó, tan emocionada que temía no poder hablar y dijo:
    – Parece que le gusto mucho al pastelero de esa tienda.
    – Eso no lo ha escrito el pastelero. ¡He sido yo! -protestó.
    – Lo sé, lo sé, sólo era una broma…
    – ¿Sabes lo que me costó hacerlo? Me puse perdido de chocolate, se me quemó la sartén varias veces y me quemé. Mira, todavía tengo una marca en el índice -declaró mientras se la enseñaba-. Pero lo peor de todo es que todavía no me has contestado.
    – Hay una cosa que sigo sin comprender: ¿por qué has dicho antes que no querías seguir manteniendo nuestra relación?
    – Yo no he dicho eso. He querido decir que no quiero que sigamos con una simple aventura, que quiero mucho más que eso. Quiero que nos casemos. Quiero que seamos marido y mujer. ¿Te casarás conmigo?
    – Sí, por supuesto que sí. Me casaré contigo -dijo sin dudarlo.
    Matt la abrazó entonces y se besaron durante un buen rato. Después, se apartaron un momento y él añadió:
    – Hay algo más en el fondo de la bolsa. Jilly se inclinó y sacó una ramita fresca de muérdago.
    – Vaya, parece que al final voy a poder reclamar mi premio…
    – ¿Y qué quieres?
    – Quiero que tú, yo y el muérdago nos vayamos a mi dormitorio y veamos qué clase de travesuras navideñas se nos ocurren.
    Matt fingió que no estaba seguro de querer aceptar el ofrecimiento.
    – Si podemos llevar los bombones… -Claro que sí. ¿Trato hecho, entonces? -preguntó con alegría. -Trato hecho, amor mío.

Jacquie D’Alesandro


***

Top.Mail.Ru