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Sólo Tú

Sólo Tú

Аннотация

    ¿Y si una joven decente se queda atrapada en una posada lejos de las restricciones de la sociedad? ¿Qué sucedería? ¿Y cuánto tardaría en sucumbir al deseo?
    En este asombroso relato, nuestra heroína se enfrentará con el hombre del que huye… y descubre que, en lugar de ira, continúa habiendo una apasionada conexión que no puede negar. Y realizará un descubrimiento: que una noche puede cambiarlo todo… para siempre.


Jacquie D’Alessandro Sólo Tú

    Título original: Only You

Capítulo 1

    – ¡Pare el coche! -exigió Cassandra Heywood, condesa de Westmore, golpeando el techo del carruaje con el puño para atraer la atención del conductor.
    – ¿Qué le pasa, milady? -preguntó Sophie, con su bonita cara nublada de preocupación-. Está pálida. ¿Se encuentra indispuesta?
    El coche se detuvo y oyó al señor Watley, el cochero, bajar del pescante.
    – Estoy… -Aterrorizada. Insegura. Dios santo, ¿estoy cometiendo un terrible error?-… un poco perturbada -Reprimió un gemido ante una expresión tan comedida.
    El señor Watley abrió la puerta, y una ráfaga de aire fresco que olía a mar entró en el cálido interior.
    – ¿Hay algún problema?
    – Lady Westmore no se encuentra muy bien -dijo Sophie- ¿Falta mucho para llegar?
    – La posada Blue Seas está a menos de dos kilómetros -informó el señor Watley.
    Menos de dos kilómetros. Los dedos enguantados de Cassandra se cerraron con fuerza sobre la gabardina negra de luto que llevaba.
    – Quizá no deberíamos detenernos en la posada -dijo el señor Watley con el ceño fruncido en su cara curtida por la vida a la intemperie.
    Precisamente, las mismas palabras que no dejaban de darle vueltas en la cabeza desde que esa misma mañana habían subido al coche para la última etapa del arduo viaje de tres semanas a Cornwall.
    – Gateshead Manor está sólo a dos horas de camino -continuó él-. Sé que pensaba pasar la noche en Blue Seas, pero si se encuentra mal, puede que fuera mejor seguir y llegar a casa.
    No era la enfermedad lo que hacía que tuviera un nudo en el estómago, pero no podía negar que tal vez lo mejor sería seguir. Cobarde, se burló una voz en su interior. En efecto, lo era. Pero no quería serlo. Ya no más. Aunque los viejos hábitos eran muy difíciles de erradicar.
    – Creo… que lo que necesito es un poco de aire -murmuró ella. Aceptó la enorme y callosa mano del señor Watley y salió del coche. La cálida y brillante luz del sol y el aire fresco la reconfortaron y se estiró. Le dolían los músculos y le palpitaban las sienes por los interminables baches del camino, que las hacían saltar en los asientos de cuero, y el monótono traqueteo de las ruedas.
    Se alejó varios metros, mirando por encima de los setos que bordeaban el estrecho camino de tierra y respiró profundamente, encantada con la vista. La asombrosa luminosidad de la bahía de St. Ives le dio la bienvenida. Una extensión azul que se fundía en el horizonte con el brillante índigo del Atlántico. Las gaviotas descendían sobrevolando las dunas de arena, y pasaban casi rozando las olas de crestas blancas. Los rayos dorados del sol de las primeras horas de la tarde brillaban sobre los barcos que se balanceaban cerca de la orilla esperando que los hombres sacaran las redes llenas de sardinas y que izaran las langosteras.
    Cassandra respiró lenta y profundamente y cerró los ojos durante unos instantes, disfrutando del olor a sal que perfumaba la brisa veraniega. La nostalgia le hizo un nudo en la garganta, y por primera vez en diez largos años, la profunda añoranza por su amado Cornwall se suavizó un poco. Gateshead Manor en Land’s End, la casa de su infancia que no había visto durante una década, estaba sólo a dos horas de camino. Un lugar al que ansiaba y temía volver. Un lugar lleno de recuerdos, en el que pasó algunos de sus días más felices, y algunos de los más desgraciados.
    El lugar en el que se vería obligada a hacer frente a un incierto futuro.
    Aunque no importaba lo incierto que fuera su futuro, no podía ser peor que el pasado que había dejado atrás hacía tres semanas, cuando se escapó de la pesadilla en que se había convertido su vida.
    ¿Debería seguir y llegar hoy a Land’s End? Había planeado pasar la noche aquí, en St. Ives, pero ahora que había llegado el momento, empezaba a tener dudas. El buen juicio, el sentido común le advertían que detenerse aquí era innecesario. Temerario. Equivocado. Muy impropio. E incluso podría llegar a ser peligroso. Le advertían que el pasado no podía recuperarse. Y a pesar de todas esas advertencias, su corazón… su corazón se negaba a escuchar.
    Y entonces la única pregunta que la había obsesionado durante las tres semanas de viaje volvió a susurrar en su mente: ¿estará él en la posada?
    Alzó la cara para que le dieran los rayos de sol y cerró los ojos con fuerza. Sólo hay una manera de saberlo, Cassandra.
    Abriendo los ojos, miró más allá del mar y dejó que los recuerdos fluyeran. Recuerdos que, después de varios minutos, disiparon sus dudas, dejando clara su elección. Durante años habían decidido por ella, sin tener en cuenta sus sentimientos. Ahora tenía la oportunidad de encontrar las respuestas que buscaba. Hacer por fin lo que quería. Lo que necesitaba.
    Sólo Dios sabía cuándo volvería a tener otra oportunidad.
    Y lo que ella quería, necesitaba, era detenerse en la posada Blue Seas.
    ¿Estará él allí? Y si está, ¿la recordará? Soltó un largo suspiro. Por supuesto que la recordará. Pero, ¿cómo? ¿Con cariño… o con indiferencia? Lo más probable es que no hubiera pensado en ella durante años. Sin duda tenía una esposa. Hijos. Una vida feliz, satisfactoria. Era probable que después de cinco minutos no supieran que decirse.
    Pero algo dentro de ella insistía en que si dejaba escapar esta oportunidad, siempre lo lamentaría.
    Y se había prometido a sí misma no poner más excusas.
    Se decidió, enderezó la espalda y volvió al coche donde el señor Watley y Sophie la esperaban con expresión interrogante.
    – Pasaremos la noche en la posada Blue Seas -dijo ella, orgullosa de lo segura y firme que sonaba su voz.
    – Como usted desee, milady -dijo el señor Watley.
    Las ayudó a ella y a Sophie a subir al carruaje y reanudaron el camino. Un cuarto de hora más tarde se detuvieron entre sacudidas. Adoptando la máscara de calma que durante años había estado usando como si fuera una segunda piel, Cassandra volvió a tender la mano al señor Watley y salió del coche.
    La brillante luz del sol le dio en los ojos bajo el ala del sombrerito que llevaba, y levantó la mano para evitar la deslumbrante luz.
    Dos plantas de piedra envejecida, suavizada por persianas de un suave color gris indicaban que la posada Blue Seas tenía una antigüedad de al menos cien años. Pero el edificio estaba muy bien conservado, los cristales de las ventanas brillaban de puro limpio, los sencillos macizos de flores que flanqueaban el camino de entrada florecían con una profusión de vistosos colores. Un establo, que estaba claro que era una adición bastante reciente, se erguía al lado del edificio original.
    Cuando miró aquellos establos, un recuerdo le pasó como un relámpago por la mente, tan fuerte, tan vívido, que casi le cortó el aliento. Los ojos oscuros de Ethan mirándola sonrientes al compartir una broma, mientras cepillaba la yegua castaña de ella, con sus manos fuertes y firmes, aunque infinitamente suaves con el animal.
    Parpadeó para apartar la imagen y desvió la mirada hacia el letrero pintado a mano que se mecía suavemente por la brisa salada. Representaba a una gaviota deslizándose sobre las espumosas olas; las alas grises del pájaro reflejaban la luz de un brillante sol. Las palabras “Posada Blue Seas” estaban escritas en color añil, el nombre perfecto para este lugar tan encantador. Debajo había un rótulo más pequeño: “Ethan Baxter, Propietario”
    Se quedó con la mirada clavada en el nombre y tuvo que sujetarse los dedos para evitar acariciar aquellas palabras.
    – ¿Las acompaño dentro para pedirles habitaciones, milady? -preguntó el señor Watley.
    Cassandra se obligó a apartar la mirada del rótulo y se giró hacia el cochero. Su primera reacción había sido aceptar la oferta y aprovechar la excusa para no entrar sola. Pero apartó con firmeza el “sí” que se precipitaba a sus labios. Había llegado demasiado lejos para esconderse ahora detrás de alguien. Pero el nerviosismo apenas la dejó hablar.
    – No, gracias -Se giró hacia Sophie-. Por favor, enséñale al señor Watley el equipaje que nos hará falta para nuestra estancia aquí.
    – Sí, milady -Sophia se dio la vuelta hacia el coche y Cassandra se obligó a recorrer el camino de adoquines que llevaba a la puerta principal, con una pregunta martilleándole en la mente. ¿Estará aquí?

    Ethan Baxter se limpió el sudor de la frente con un antebrazo igual de sudoroso, luego hizo rotar los doloridos hombros. Nada como una tarde limpiando el estiércol de los establos y cepillando los caballos para quedar agotado. Pero era un agotamiento bueno, uno que provenía de una actividad que le encantaba, uno que no conseguía muy a menudo desde que había contratado a Jamie Browne para dirigir la caballeriza. Pero cuando al mediodía se enteraron de que la esposa de Jamie se había puesto de parto, Ethan había enviado al joven a casa. Una sonrisa asomó a sus labios al recordar la expresión de Jamie, una combinación de temor, entusiasmo y un total y absoluto pánico. Un ramalazo de envidia atravesó a Ethan, haciendo desaparecer su diversión, resonando en el vacío que había dentro de él, vacío que añoraba lo que tenían Jamie y Sara, un matrimonio lleno de amor. Un hijo en camino. Una verdadera familia.
    Se le tensó la mandíbula. Ese maldito vacío. Maldición, ya era hora de hacer algo al respecto. Y después de analizarlo en profundidad, tomó una decisión.
    Ethan salió del establo a la brillante luz del sol. De inmediato se dio cuenta de que un carruaje desconocido se había detenido delante de la posada, el cochero estaba apartando un baúl del resto del equipaje y bajándolo, una doncella señalaba otro que también debía bajar. Como el coche estaba vacío, los demás ocupantes debían de estar dentro para pedir habitaciones. Y teniendo en cuenta al cochero y la criada, al menos les harían falta dos. Excelente para el negocio, lo que siempre era bienvenido. El Blue Seas tenía reputación de ser un establecimiento limpio, respetable y bien dirigido; era una distinción que se había esforzado mucho para conseguir durante los últimos cuatro años, desde la primera vez que había abierto las puertas de la posada.
    Como no deseaba saludar a los clientes recién llegados oliendo a caballo y lleno de sudor, se encaminó hacia la puerta lateral de la posada, con la intención de ir inmediatamente a su cuarto y ponerse presentable. Desde luego Delia era muy capaz de ocuparse de ellos y de su comodidad. No había duda de que el ama de llaves era tan eficiente que Ethan podría marcharse de St. Ives durante un mes y no se le echaría en falta. Y no es que tuviera la menor intención de irse ni siquiera un minuto. St. Ives, Blue Seas, era su hogar, un lugar que había buscado durante mucho tiempo y que le costó mucho encontrar. Un lugar donde por fin había encontrado algo de la tranquilidad que con tanta desesperación había buscado. Y si a veces el trabajo no le dejaba agotado de cuerpo y mente lo suficiente para olvidar el pasado, al menos le daba un mínimo de paz, algo que no había encontrado en ninguna otra parte.
    Claro que sospechaba que Delia notaría su ausencia si se fuera. Soltó un bufido y se pasó una mano por el pelo húmedo de sudor. ¿Sospecharlo? Maldición, estaba totalmente seguro. Durante todo el año pasado -y últimamente con más frecuencia- ella le había hecho ciertos comentarios y le miraba con una peculiar expresión, las dos cosas no le dejaban ninguna duda de que no se opondría a ser algo más para él que una empleada, que una amiga. Era una mujer atractiva y, que Dios le ayudara, había estado tentado más de una vez de dejar de fingir que no había notado sus sutiles indirectas.
    Hasta ahora no había hecho caso de ellas. Delia Tildon era una viuda joven y decente que se merecía algo mejor que él. Él era mercancía estropeada, tanto por dentro como por fuera. Le gustaba y la respetaba demasiado para aprovecharse de su amable naturaleza y usarla para aplacar su soledad.
    Pero últimamente… estos últimos meses la tentación de hacer justamente eso le resultaba casi abrumadora. El vacío que le devoraba parecía aún más grande en los últimos tiempos. Los recuerdos le asaltaban con tanta fuerza y rapidez que era una lucha diaria no ahogarse en ellos. Algo que nunca había dejado de molestarle. ¿Por qué diablos no podía olvidar?
    Pero sin importar lo fuerte que había sido la tentación, hasta ahora había resistido. Una mujer como ella querría -y se merecía- el corazón de un hombre. Y él no tenía ninguno para dar. Proponerle algo menos que eso era injusto para los dos.
    O así lo había creído hasta que había pasado los últimos días considerando que la soledad también era injusta. La idea de tener a alguien con quien compartir su vida, alguien con quien hablar, a quién escuchar, había echado raíces en su mente y a pesar de todos sus esfuerzos por arrancarlas, se negaban a moverse. No quería hacer daño a Delia, pero maldición, estaba tan condenadamente cansado de estar solo. Quizá el afecto y el respeto fuera suficiente. Suficiente para casarse. Suficiente para conseguir olvidar. O al menos podrían hacer que dejara de querer, de anhelar cosas que nunca podría tener.
    Había llegado la hora de ceder a la tentación. Hablarlo con Delia. Dejar que ella decidiera si el afecto y el respeto eran suficientes. Y tal vez si él era muy, muy afortunado, lo serían. Y ya no volvería a estar solo.
    Sintiéndose más alegre de lo que se había sentido en mucho tiempo, entró en la posada por la puerta lateral, cerrando con suavidad tras él el panel de roble. Esperó unos segundo para que sus ojos se acostumbraran a la repentina penumbra y oyó la voz de Delia que venía desde la sala de estar de la posada.
    – ¿Así que necesitará dos habitaciones, milady?
    – Sí, por favor, señora Tildon. Una para mí y otra para mi criada. Para una noche.
    Ethan se quedó absolutamente inmóvil ante el sonido de la voz de la recién llegada con el corazón a punto de parársele en el pecho cuando innumerables imágenes le pasaron como un relámpago por la mente. El brillante cabello del color de la miel acabada de recoger, los risueños ojos azules, la traviesa sonrisa. Parpadeó para alejar aquellas imágenes y luego con una exclamación de disgusto, negó con la cabeza. Maldición, ya era bastante malo que después de todos aquellos años no pudiera dejar de pensar en ella, pero es que ahora incluso se imaginaba oír su voz.
    – El cochero también necesitará una cama -continuó la suave voz, algo ronca, que tanto se parecía a la de ella, y sus pies, como si tuvieran vida propia, empezaron a moverse hacia la sala de estar. Su cabeza, su sentido común, sabía que no era ella, que vivía a cientos de kilómetros de allí, pero aún así se dirigió hacia aquella voz que le atraía como un oasis a un hombre sediento.
    – Tenemos camas disponibles en la caballeriza para su cochero -le llegó la voz de Delia-. En Blue Seas tenemos los establos más limpios de St. Ives.
    – Siendo el señor Baxter el propietario, no me extraña.
    Ethan dio la vuelta a la esquina y se detuvo en la puerta. Como en sueños vio como Delia levantaba las cejas y preguntaba sorprendida.
    – ¿Conoce a Ethan, señora?
    Pero todo él estaba concentrado en la otra mujer.
    Podía verle parte del perfil ya que la parte superior de la cabeza estaba oscurecida por el ala del sombrerito. Pero el corazón le empezó a latir con violencia al ver el pelo color miel, la curva de la barbilla, la forma de los labios. El suave hoyuelo en la mejilla, al lado de la boca, uno que casi podría ver como se haría más profundo si ella sonriera.
    La mujer asintió.
    – Sí, le conozco -dijo con suavidad-. O al menos le conocí, hace mucho tiempo…
    Su voz se fue apagando y se quedó muy quieta, justo cuando el corazón empezó a latirle con fuerza y muy rápido como si hubiera corrido a través de una década hasta llegar allí desde tan lejos. Y luego, lentamente, como si sintiera el peso de su mirada, empezó darse la vuelta hacia él. Y se encontró mirando unos ojos que creyó que no volvería a ver, unos hermosos ojos azules que le recordaban el mar y que le habían obsesionado durante los días y las noches de más años de los que podía recordar.
    Cassie
    El nombre reverberó en su mente, luego se precipitó a sus labios, pero no pudo hablar. No podía hacer más que mirarla fijamente.
    Ella palideció, luego las mejillas se le tiñeron de carmesí ante sus incrédulos ojos. Durante varios segundos el único sonido que oyó fue el frenético latido de su corazón. Y luego, aquella misma suave voz que todavía oía en sueños, rompió el silencio.
    – Hola, Ethan.

Capítulo 2

    Hola, Ethan.
    Con esas dos simples palabras, los años desaparecieron y Ethan fue otra vez un jovenzuelo que trabajaba en las cuadras del padre de ella, aguardando ansioso el momento en que ella llegara para su paseo diario y le saludara con una sonrisa con hoyuelos que podría hacer desaparecer hasta las nubes más oscuras del cielo y esas dos palabra. Hola, Ethan.
    Hola, Cassie. La respuesta casi salió de su garganta, y tuvo que apretar con fuerza la mandíbula para contenerla. Porque ella ya no era la Cassie que había crecido con él, la muchacha tímida y torpe que se había convertido en una hermosa joven, la mejor amiga con la que había compartido innumerables horas. Ella era ahora lady Westmore. Una condesa.
    Y por Dios, que todavía era hermosa. Con aquellos enormes ojos azules, la graciosa nariz y los exuberantes labios en forma de arco, parecía como si los dioses se hubieran tomado un cuidado extra al formarla. Aunque al observar su rostro, notó algunas sutiles diferencias. La falta de brillo en sus ojos. La leve tensión alrededor de la boca. La delgadez de las mejillas que una vez habían sido redondeadas como las manzanas. En esta mujer no había nada de la chica risueña y traviesa que había conocido. De inmediato se preguntó que habría originado aquel cambio.
    Y luego, sobresaltado, se dio cuenta de la ropa que llevaba, negra de la cabeza a los pies. Iba de luto riguroso. Pero, ¿quién había muerto? ¿Su madre o su padre? Seguro que no. La propiedad de lord y lady Parrish estaba a sólo dos horas de camino de St. Ives. Si alguno de los dos hubiera muerto, las noticias hubieran llegado hasta allí. Sólo quedaba su marido.
    Durante un terrible y ridículo instante su corazón dio un salto al pensar que ya no estaba casada, luego la realidad regresó con un doloroso golpe. No importaba si tenía marido o no. Ni ahora, ni diez años atrás, ni nunca. Ella estaba tan por encima de él que incluso resultaba ridículo. La relación platónica que habían tenido de niños y adolescentes ya hacía mucho que había terminado. El que sus propios sentimientos hubieran profundizado más allá de la mera amistad era la cruz que debía llevar. Desde luego ella nunca le había dado ninguna esperanza de que pudiera haber algo más entre ellos, los límites nunca fueron cuestionados. ¿Un mozo de cuadra y la hija de un vizconde? Completamente imposible. Pero eso no había evitado que su estúpido y tonto corazón deseara desesperada e irrevocablemente lo que nunca podría tener.
    El duro golpe de la realidad trajo también una oleada de rabia, contra sí mismo por no haber podido olvidar el pasado, olvidarla a ella, o convencerse de la inutilidad de sus sentimientos. Y rabia contra ella, por aparecer de este modo, por desplazar el mundo de su eje simplemente por estar ahí.
    Años atrás hizo todo lo posible por esconder sus sentimientos, pero una parte de él se había resentido de forma irracional porque ella nunca lo hubiese adivinado. ¿Cómo podía ella no haber notado que todo él se iluminaba al verla? No había duda de que era un actor consumado y un mentiroso. Claro que ese año había estado demasiado preocupada planeando su Temporada. Y luego su boda…
    Cassie se aclaró la garganta, y sobresaltado se dio cuenta de que la miraba fijamente y se preguntó cuánto tiempo había estado allí de pie con la boca abierta.
    – Lady Westmore -Las palabras eran como un cuchillo en el estómago-. Por favor, perdone mi silencio. Es que me he quedado sorprendido al verla.
    Algo que no pudo descifrar destelló en los ojos de Cassandra, seguido inmediatamente por lo que parecía una expresión de alivio. No era posible que hubiera creído que no la recordaría. Tuvo que reprimir una gemido. Malditos infiernos, si ella supiera con que fuerza había intentado olvidarla.
    – Espero que no haya sido una sorpresa desagradable -dijo agarrando con fuerza su ridículo como si una banda de ladrones estuviera a punto de aparecer por la puerta.
    – No, claro que no -contestó él, sin estar seguro de que fuera del todo cierto.
    – Ha pasado mucho tiempo.
    Diez años, dos meses y catorce días.
    – Sí -La voz sonó áspera y ronca, como si no la hubiera usado en toda esa década.
    Ella le recorrió el rostro con los ojos.
    – ¿Cómo estás? Espero que… -Poco a poco dejó de hablar y él se dio cuenta del momento en que vio la cicatriz que le deformaba la mejilla izquierda. No había sido apuesto antes de quedar desfigurado, pero la marca había borrado cualquier vanidad que hubiera sido tan tonto de tener. Un recuerdo diario del pasado. Se le tensó la mandíbula ante la conmoción y compasión que estaban asomando a sus ojos. Maldición, no quería su compasión. Cualquier cosa menos eso.
    La mirada de Cassandra se demoró durante unos segundos en la piel desfigurada, luego se movió hacia abajo, sobre sus ropas hasta las botas, y él apenas pudo reprimir un gemido. Malditos infiernos, ¿cuántas veces había soñado con esta escena? Que llegara a su posada o que se encontraran por casualidad en algún sitio. ¿Cientos? Más bien miles. Pero en todas aquellas fantasías había estado limpio, bien vestido y cordial, no sucio, oliendo a sudor y a caballo, y avergonzado.
    Con los puños apretados, aguantó el breve escrutinio y se recordó que no tenía importancia cómo iba vestido ni cómo olía. Él era lo que era, lo que siempre había sido, un plebeyo, un hombre de la clase trabajadora.
    Cuando sus ojos volvieron a encontrarse, mintió.
    – Estoy bien. ¿Y usted?
    – Yo… me las arreglo -Una mano enguantada señaló el vestido negro y el labio inferior tembló-. Westmore murió. Hace dos meses.
    Que Dios le ayudara, había querido odiar a Westmore, y supuso que en cierta forma lo había hecho, odió su cara perfecta y hermosa, el título y la riqueza que le permitieron tener algo que Ethan había deseado y amado sobre todas las cosas.
    Cassie.
    ¿Pero cómo podría odiar al hombre que le había dado a ella todo lo que merecía? Elegantes fiestas y maravillosos vestidos. Un título, riqueza, y un puesto en la sociedad. Una vida confortable y feliz. Se veía bien claro que Cassandra lamentaba profundamente su pérdida, y por eso, él también lo lamentaba.
    – Por favor, acepte mis condolencias.
    Ella asintió con brevedad y luego dijo:
    – Voy a Land’s End, a Gateshead Manor.
    – ¿Para una visita o a quedarse?
    Cassie vaciló.
    – A quedarme -dijo por fin.
    Un músculo de la mandíbula de Ethan se estremeció. Ella estaría sólo a dos horas de distancia.
    Que Dios le ayudara.
    – ¿No va a continuar hoy su camino? -preguntó él, experimentando una necesidad repentina, casi desesperada de que ella se marchara. Antes de que dijera o hiciera algo que luego lamentaría-. El buen tiempo no puede durar mucho -Tenerte aquí, en mi posada, en mi casa, será una tortura. Lo suficiente cerca como para poder tocarte, pero, como siempre, intocable.
    Ella negó con la cabeza.
    – Necesito descansar un poco del largo viaje antes de llegar a casa -El fantasma de una sonrisa revoloteó en sus labios-. Un minuto más en ese carruaje y me habría vuelto loca.
    Comprensible, supuso él. ¿Pero estaba haciendo escala en su posada deliberadamente o por casualidad? Él no creía en las casualidades, pero ¿por qué iba ella a visitar a propósito Blue Seas? No podía ser que quisiera renovar su amistad.
    Una mezcla de estúpida euforia y algo muy parecido al pánico se apoderó de su sentido común. Durante un momento de locura se permitió la idea de volver a ser su amigo, de compartir las risas y las penas, llenándole de una felicidad que no había sentido en años. Pero luego el miedo sustituyó a la euforia momentánea.
    Malditos infiernos, claro que no podría ser su amigo. No creía posible pasar tiempo con ella y poder esconder con éxito sus sentimientos. La única razón de haber sido capaz de hacerlo durante todos aquellos años fue que Cassie era muy inocente. Después de diez años de matrimonio, diez años de madurez, seguro que lo adivinaría, desde luego que se daría cuenta de la desesperación de sus sentimientos. Oh, claro, sería demasiado amable para burlarse de él, pero por Dios que no quería su compasión. Ya era bastante malo que lo compadeciera por la maldita cicatriz.
    ¿Por qué había venido aquí? ¿Para deleitarse contándole cosas de su fabulosa vida y su maravilloso marido? No la envidiaba por esas cosas, pero a diferencia del pasado, él no se castigaría escuchándole hablar de ello.
    El silencio creció en el cuarto que de repente le parecía mucho más caliente. Maldición, ¿dónde estaban las palabras cuando las necesitaba? O al menos palabras más apropiadas que las que tenía en la punta de la lengua: ¡Vete! O peor aún, ¡Dios, te he echado de menos!.
    – ¿Tu… familia está bien, Ethan? -preguntó ella.
    – ¿Familia? -repitió él, desconcertado. Sin duda alguna ella se acordaba de que su padre había muerto. Había estado junto a él delante de la tumba-. No tengo familia -Un movimiento detrás de ella le llamó la atención y desvió los ojos hacia Delia, cuya presencia había olvidado por completo. Al ver los ojos oscuros mirándole, se rehízo lo suficiente para dirigirle una rápida sonrisa, luego le dijo a Cassie-: Aunque mis amigos de Blue Seas me hacen sentir como si la tuviera.
    De nuevo algo destelló en los ojos de Cassie. Parecía a punto de hablar cuando la puerta de la entrada a la posada se abrió y la joven que había visto fuera, su doncella, y el cochero llevando dos baúles, entraron. Después de dar unas rápidas instrucciones, Cassie cogió las dos llaves de cobre que le tendía Delia.
    – Sus habitaciones son la cinco y la seis, subiendo las escaleras -dijo Delia con su habitual energía-. La cena se servirá a las siete en el comedor. ¿Necesitan ayuda con el equipaje?
    – Puedo yo solo -indicó el señor Watley.
    – ¿Estarás aquí para la cena, Ethan? -preguntó Cassie, aturdiéndole con aquellos enormes ojos azules.
    – ¿La cena?
    Una ceja salió disparada hacia arriba.
    – Sí. La cena que se servirá a las siete en el comedor.
    Ethan parpadeó y luego comprendió que estaba bromeando con él. Igual que lo hacía antes. Malditos infiernos, era como… volver a casa. Y condenación, no le gustaba sentirse así.
    – Un hombre tiene que cenar -dijo con brusquedad, cruzando los brazos sobre el pecho.
    Ella pareció dudar.
    – Excelente. Te veré a las siete -dijo luego.
    Cassie y su doncella subieron las escaleras tras el señor Watley. Segundos más tarde desaparecieron de su vista, dejando sólo el murmullo de sus voces.
    Ethan soltó un profundo y cauteloso suspiro. Iba a compartir una cena con ella. Cassie pasaría una noche bajo su techo. No estaba seguro de si la sensación que le hacía latir tan fuerte el corazón era júbilo o miedo. Sospechaba que un poco de ambos.
    Era sólo una noche. Había escondido durante tanto tiempo sus sentimientos, los había mantenido a raya durante tantos años, que seguro que veinticuatro horas más no tendrían importancia.
    Y luego, como hacía diez años, ella se despediría y se iría.
    No sabía cómo iba a sobrevivir mientras estuviera aquí.
    Y estaba condenadamente seguro de que no sabía cómo iba a sobrevivir cuando la viera partir.

Capítulo 3

    Cassandra caminó lentamente por el acogedor dormitorio, acariciando la limpia colcha de color azul oscuro con los dedos. Su ávida mirada recorrió la mesita de noche de roble, el armario, el tocador y la palangana del lavabo, no había en la habitación ni un solo adorno, pero el mobiliario y la repisa de la chimenea estaban tan limpios que brillaban. Las paredes pintadas de beige estaban desnudas, y el color pálido hacía que el pequeño dormitorio pareciera más grande. Las cortinas azul claro enmarcaban la ventana abierta por la que entraba una cálida brisa con el aroma del mar. Todo en la habitación era un reflejo de Ethan, fuerte, funcional, ordenado y serio.
    Ethan… Cassandra cerró los ojos y dejó escapar un largo y lento suspiro. Verle, oír su voz habían traído de vuelta muchos recuerdos que casi la habían dejado muda. Y aunque le hubiera reconocido en cualquier sitio, no había duda de que había cambiado. Físicamente, era más grande, más sólido, con más músculo. Había tenido que apartar la mirada del fascinante despliegue de fuerza muscular que dejaban ver los cómodos pantalones de montar negros y la camisa llena de suciedad. Su aspecto desaliñado no le había restado nada de su atractivo masculino.
    El cabello negro, que siempre había llevado demasiado corto, ahora era más largo, llegando a rozarle el cuello, y parecía como si se hubiera pasado los dedos por las espesas y brillantes ondas. El deseo de acariciar aquel sedoso cabello la había atravesado con tanta fuerza que tuvo que apretar las manos en el ridículo.
    Y sus ojos… esos ojos marrones, profundos, insondables, que ella había visto relampaguear cuando había bromeado y brillar con intensidad, ahora eran también diferentes. La calidez había desaparecido. Había secretos detrás de aquellos ojos ahora. Y sufrimiento.
    Su cicatriz la había consternado. ¿Cómo se había hecho una herida así? Aunque fuera lo que fuese lo que había ocurrido le había causado un gran dolor. Y ella no lo había sabido. No había estado allí para consolarle, ayudarle, cuando él la había consolado y ayudado tantas veces. Aunque Ethan ya no parecía un hombre que necesitara consuelo. No, ahora parecía una fortaleza. Oscuro, sombrío, impenetrable. Prohibido.
    Ya tenía la respuesta a la pregunta: ¿Estará él allí? Sí. Estaba aquí. Y durante un día, sus caminos volvían a cruzarse. Y tenía la intención de aprovecharlo al máximo. Esta noche compartirían la cena, se contarían sus respectivas vidas. Y ella averiguaría las respuestas a las preguntas que la habían asediado todos estos años.
    A no ser que lo viese antes.
    Sí. Nada como el presente.
    Después de usar la palangana para refrescarse, se puso el traje de montar y se dirigió escaleras abajo. Cuando entró en la sala, la señora Tildon alzó la mirada del libro de contabilidad en el que escribía.
    – ¿Va a montar a caballo, milady? -preguntó recorriendo con los ojos el atuendo de Cassandra.
    – Si hay alguna montura disponible. Si no es así me conformaré con un paseo -contestó a la mujer con una sonrisa-. Después de pasar tantas horas metida en ese carruaje, deseo estar al aire libre.
    – Las cuadras están justo al salir. Ethan le puede ensillar un caballo.
    Precisamente las palabras que quería oír.
    – Gracias.
    Se dio la vuelta para irse, deseosa de alejarse antes de que la señora Tildon pudiera cuestionar su intención de montar sola a caballo, pero antes de que pudiera escapar, la otra mujer dijo:
    – Milady…
    Cassandra se detuvo y giró la cabeza hacia ella, y entonces se dio cuenta de que la señora Tildon la observaba como si pudiera leerle el alma. Fue una sensación inquietante. Era una mujer atractiva, notó Cassandra, probablemente no tendría más de treinta años, con pelo castaño y ojos oscuros e inteligentes, y un cuerpo esbelto incluso bajo el delantal que llevaba puesto sobre el vestido gris claro.
    – ¿Sí, señora Tildon? -preguntó dándose la vuelta.
    – No pude evitar oír por casualidad lo que le dijo antes a Ethan, sobre lo que le había pasado a su marido. Yo perdí al mío, John, hace dos años. Es un dolor que nunca llega a desaparecer. Quería expresarle mis condolencias.
    Un dolor que nunca llega a desaparecer. Sí, lo había descrito muy bien.
    – Gracias. Por favor, permítame expresarle lo mismo por su pérdida.
    Ella asintió en señal de agradecimiento.
    – ¿Dijo usted que conocía a Ethan desde hace años…?
    Su voz se fue apagando, dejando claro que esperaba más información, y Cassandra no vio ninguna razón para negársela.
    – Trabajó en las caballerizas de mi familia en Land’s End.
    – ¿Se refiere a Gateshead Manor?
    – Sí. ¿Él lo ha mencionado?
    – Dijo que había trabajado allí. Que había crecido allí en realidad.
    – Sí. Sólo tenía seis años cuando contrataron a su padre como jefe de las caballerizas. Vivían allí mismo, encima de las cuadras.
    – Ethan tiene un don con los caballos.
    Cassandra no pudo menos que sonreír.
    – Siempre lo ha tenido, desde pequeño. Su padre poseía el mismo don.
    La señora Tildon asintió de nuevo sin apartar en ningún momento la mirada de Cassandra.
    – Ethan es un buen hombre.
    Algo en el tono de la señora Tildon, en la intensidad de su expresión hizo que Cassandra se quedara muy quieta. Aunque no hubiera añadido las palabras “mi hombre”, éstas parecieron quedar flotando entre ellas. Y Cassandra comprendió que la mujer estaba haciendo algo más que una simple observación. De una manera muy sutil -o quizás no tan sutil- lo estaba marcando como suyo.
    Cassandra no estaba segura de qué parte de su conducta le había dado a la señora Tildon la impresión de que era necesaria esa reclamación, pero no tenía la menor intención de repetir el error.
    Levantando la barbilla de la misma forma que lo habían hecho generaciones de Westmore, miró a la mujer directamente a los ojos y dijo:
    – Un buen hombre, en efecto. Buenas tardes, señora Tildon -se dio la vuelta y salió de la posada ignorando la mirada que sentía clavada en la espalda.
    Pero no pudo ignorar la tensión que le retorcía el estómago. ¿Había dicho o hecho algo que hicieran surgir los sentimientos claramente posesivos de la señora Tildon hacia Ethan? ¿O era sólo que la mujer sentía la necesidad de advertir a cada mujer que visitaba Blue Seas? ¿Había algo entre ella y Ethan, o la señora Tildon era sólo una amiga preocupada? O quizá ella había confundido el tono de la mujer y había interpretado mal sus palabras.
    Cubrió la corta distancia hasta las cuadras y entró por la doble puerta abierta. Parpadeó varias veces para aclimatar los ojos a la penumbra del interior. El aire dentro era fresco y con aroma a heno fresco, cuero y el olor de los caballos. Las motas de polvo bailaban en los haces de luz del sol que se filtraban entre las sombras.
    Las cuadras eran espaciosas y estaban escrupulosamente limpias. Y no es que esperase otra cosa de Ethan. Siempre había estado orgulloso de su trabajo, y ella nunca había conocido a un hombre con mayor afinidad con los caballos. Era bien cierto que él amaba a todos los animales.
    Como si le hubiera invocado pensando en él, Ethan apareció por una puerta que había a un lado, que ella supuso que conducía al cuarto de los arreos. Un enorme perro negro iba a su lado. Al verla, Ethan se detuvo, pero el perro continuó hacia ella, agitando la cola y con la lengua colgando.
    Se obligó a apartar los ojos de Ethan, que la miraba con una intensidad inquietante, y observó al perro. Vio que la punta de la cola del animal era blanca y abrió mucho los ojos al reconocerlo.
    Poniéndose en cuclillas, le rascó detrás de las orejas, luego alzó la vista hacia Ethan que todavía no se había movido.
    – Es… ¿puede ser que sea C.C?
    El perro, que obviamente conocía su nombre, contestó emitiendo un profundo ladrido, luego corrió en círculo persiguiéndose la cola, su broma favorita, que le había ganado el nombre de Cazador de Colas.
    La risa surgió de ella por las travesuras del perro, sorprendiéndola, y comprendió que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había reído, desde que había tenido una razón para reír. Después de haber capturado con éxito la punta blanca de la cola con los dientes, C.C. liberó el ofensivo trozo de pelo blanco, luego se puso de espaldas, presentando el vientre para que se lo rascara -su segunda broma favorita.
    – Oh, eras apenas un cachorrito la última vez que te vi -dijo Cassandra con una sonrisita, rascando la el grueso pelaje del perro que se retorcía de placer-. Que muchacho tan grande y tan guapo eres ahora.
    Oyó el ruido de las botas de Ethan sobre el suelo de madera, y segundos más tarde estaba a su lado. El fresco aroma del jabón llegó hasta ella y alzó la mirada, deteniéndose en unas usadas botas negras -debían de ser sus favoritas-, y en unos pantalones de montar beige muy limpios que abrazaban unas piernas largas y poderosas de una manera de lo más perturbadora. Se obligó a seguir subiendo la mirada hacia una camisa blanquísima, abierta en el cuello y con las mangas arremangadas que revelaban unos antebrazos fuertes y bronceados cubiertos de vello oscuro.
    Luego se perdió en unos ojos negros que la tenían clavada en el sitio con una expresión inescrutable. Ojos insondables que eran tan familiares como desconocidos. Desde ese ángulo le pareció imposiblemente alto. Y ridículamente masculino.
    El calor la recorrió, y estaba a punto de levantarse cuando de repente él se puso en cuclillas. El alivio que sintió al no verle cerniéndose sobre ella quedó mitigado por la inquietante sensación de que él estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su enorme cuerpo. La cara, a menos de cincuenta centímetros de la suya, permanecía en sombras, la cicatriz era apenas visible.
    Después de varios segundos mirándose el uno al otro, dejó de mover los dedos por el cálido pelaje de C.C. Era como si todo el aire del recinto hubiera desaparecido. Intentó pensar en algo que decir, cualquier cosa, pero al parecer se había olvidado de cómo hablar. Cómo respirar.
    – Está visto que C.C. la recuerda -dijo él por fin.
    Ella tuvo que carraspear para encontrar la voz.
    – Lo dudo -contestó ella, contenta de no sonar tan jadeante como se sentía-. Apostaría a que se pone de espaldas ante cualquiera que dé la impresión de que está dispuesto a mimarle.
    – Es obvio que usted también le recuerda -indicó él con sequedad. Desvió la mirada hacia el perro y acarició el robusto costado del animal-. ¿Recuerdas a Cassie, muchacho? Es la dueña del pañuelo que robaste. La que tiraste al lago.
    Cassie. El nombre hizo eco en su mente, abrumándola con los recuerdos. Y con el alivio de que Ethan también recordara aquellos tiempos, algo que hizo que pareciera menos adusto.
    – C.C. no me tiró al lago. Yo tenía la intención de meterme en el agua -le informó, adoptando un tono burlón y arrogante.
    – ¿Con los zapatos puestos? No lo creo. Según recuerdo, él agarró el dobladillo de tu vestido con los dientes y te tiró al agua.
    – Hmmm. Sin duda porque tú estabas sentado en el bote de remos en medio del lago gritando, “¡Vamos, muchacho! ¡Tráela aquí!”
    Él la recorrió con la mirada, y por un instante fue el joven travieso que recordaba.
    – No me acuerdo de haber hecho algo así -dijo Ethan con cara de póquer-. Me debes confundir con alguien más.
    Antes de poder refutar lo que había dicho, sus dedos se rozaron, enviándole un relámpago de calor por todo el brazo. La mano se le quedó inmóvil y bajó la mirada. La enorme mano de Ethan estaba a milímetros de la suya. Siempre había admirado sus manos, tan fuertes y capaces. Estaban doradas por el sol, y las suyas en comparación eran pequeñas y blancas. Frágiles e inútiles.
    El silencio se extendió entre ellos, y otra vez ella buscó algo que decir. Y cuando alzó la mirada y se encontró con sus ojos, las palabras salieron sin pensar.
    – No he oído el nombre de Cassie desde la última vez que te vi. Eres la única persona que me llama así.
    Una cortina pareció caer sobre su expresión.
    – Perdóneme. No debería haber…
    – Oh, pero por descontado que deberías. No tienes ni idea de lo maravilloso que ha sonado. Pero no sé… -Su voz se apagó y hundió la barbilla.
    – No sabes ¿qué?
    Cassandra respiró hondo para sacar fuerzas, después volvió a mirarle.
    – No sé qué le pasó. A aquella muchacha que llamabas Cassie.
    – Esa muchacha está aquí. Mimando al payaso de mi perro.
    Ella lo negó.
    – No la he visto en mucho tiempo. Pero me gustaría. Antes de que se pierda para siempre.
    Él frunció el ceño.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Sólo que… ya no soy la misma persona, Ethan. ¿Tú eres el mismo hombre que hace diez años?
    Él levantó la mano y con los dedos recorrió el lado izquierdo de la cara.
    – Creo que puedes ver que no lo soy.
    – Me gustaría saber que sucedió, si no te importa decírmelo. Eso y todo lo demás que haya pasado en tu vida -Reuniendo valor y sin apartar la mirada de él, añadió-: Tenemos el día de hoy para pasarlo juntos. Este hermoso día de verano antes de que tenga que marcharme. Podríamos pasear por la playa y recordar los días en Gateshead Manor. Contarnos lo que ha sido de nuestras vidas en estos últimos diez años -Esbozó una tenue sonrisa-. Me encantaría ver algo más de este encantador pueblo en el que has formado tu hogar. ¿Pasarás el día conmigo, Ethan?
    Durante varios segundos interminables la observó con una expresión ilegible. Luego, algo que parecía rabia, brilló en sus ojos. Con un sonido de impaciencia, él se enderezó y se apartó unos pasos, como si estuviera ansioso por poner distancia entre ellos. Luego se detuvo dándole la espalda, con los hombros muy rectos, con una tensión que casi podía verse irradiando de él.
    Sintiendo un vacío en el estómago, Cassandra comprendió que había cometido un error. Estaba claro que él no tenía ningún deseo de pasar el tiempo con ella, de hablar del pasado con alguien que no veía desde hacía años. De todos modos, por algún motivo, no había esperado que rechazara su petición. Que la rechazara a ella. Era una tonta por no haberse preparado para soportar el dolor.
    Le ardía la piel de vergüenza. Se enderezó con la intención de regresar a su habitación con tanta dignidad como pudiera reunir. Apenas había dado un paso, cuando él se dio la vuelta y la dejó clavada en el sitio con el resplandor sombrío de su mirada. Sin apartar los ojos fue hacia ella, y Cassandra por instinto dio unos cuantos pasos hacia atrás, hasta que sus hombros chocaron con la pared, deteniendo su retirada. Ethan continuó su avance hasta que apenas les separó medio metro.
    – Tú has tenido una vida maravillosa -dijo él en voz baja e intensa-. ¿Por qué quieres saber los detalles sórdidos de la mía?
    Ella se quedó helada, mirando unos ojos que ardían sin llama y con una animosidad inequívoca que no entendió. Y fue eso lo que provocó su propia rabia y resentimiento. Lo que hizo que levantara la barbilla y lo fulminara con la mirada,
    – ¿Una vida maravillosa? -Un amargo sonido brotó de su garganta-. No sabes nada de mi vida desde la última vez que te vi.
    En la mandíbula de Ethan se movió un músculo. Dio un paso adelante y plantó las manos en la pared, una a cada lado de su cabeza, aprisionándola. Cassandra respiró hondo y se le lleno la cabeza del aroma del hombre. Jabón y algo cálido y masculino que no sabía cómo definir, salvo que hacía que el corazón le latiera más rápido. O quizá los frenéticos latidos eran el resultado de su proximidad.
    – No soy el mismo hombre de antes, Cassie -dijo él con suavidad. Su aliento casi le rozaba los labios-. Si pasamos el día juntos, no puedo garantizarte que no haga algo de lo que los dos nos arrepintamos.
    – ¿Algo cómo qué?
    El fuego pareció encenderse en sus ojos y la mirada descendió hasta los labios de ella. A Cassandra le hormigueó la boca bajo su escrutinio, pero antes de que fuera capaz de formar un pensamiento coherente, la besó, un beso ardiente y duro que sabía a pasión y que borró la necesidad y las ansias ocultas.
    El calor la atravesó como un rayo, derritiéndola, pero con la misma rapidez con la que había empezado el beso lo terminó, levantando la cabeza y mirándola con ojos tan brillantes que parecían lanzar llamas.
    Dios santo. La impresión la dejó inmovilizada. Excepto el corazón, que retumbaba con tanta fuerza que el eco le llegaba hasta los oídos. Nunca, en toda su vida, la había mirado un hombre de esa manera. Como si estuviera muerto de hambre y ella fuera un banquete. Como si quisiera devorarla. Estaba segura de que nunca había inspirado nada a su marido que hiciera que la mirara de ese modo.
    – Algo así -dijo él con un ronco gruñido.
    Oh. Algo así. Pero él creía que era algo de lo que se arrepentirían. Quizá el lo hiciera, pero ella no, aunque debería. ¿Pero cómo iba a lamentar experimentar algo tan atrevido y ardiente y extrañamente excitante? Sobre todo cuando hacía tanto tiempo que no sentía nada excepto vacío.
    – Ha sido diferente de la otra vez -dijo él con suavidad.
    Ella supo lo que quería decir y un rubor intenso le encendió las mejillas. Poco antes de su matrimonio, le había pedido a Ethan que la besara. Westmore por fin la había besado, una ocasión transcendental que había soñado que la emocionaría, pero se sintió decepcionada. Cuando le pidió a Ethan una comparación, él se había enojado y al principio la había rechazado. Pero después de insistir, él se ablando y la besó con suavidad. El contacto había durado sólo unos segundos, pero fue como si la golpeara un relámpago, algo que no había sentido con Westmore. Deseó con todas sus fuerzas que volviera a besarla, pero no tuvo suficiente valor para pedírselo. Desde luego aquella reacción tan fuerte la había dejado conmocionada. Ethan se había apartado, y luego había relajado la atmósfera con una broma, y nunca habían vuelto a mencionarlo. Dos días más tarde él se había ido, dejando atrás sólo una escueta nota.
    Ahora sintió lo tenso que estaba y supo sin ninguna duda que quería volver a besarla. Y que Dios la ayudara, ella quería que lo hiciera. Igual que lo quiso diez años atrás. ¿Era posible que también él lo hubiera querido, pero que a diferencia de ahora se hubiera contenido?
    Tragó y luego asintió mostrándose de acuerdo con voz temblorosa.
    – Sí, ha sido diferente de la otra vez.
    – ¿Todavía quieres dar ese paseo conmigo, Cassie?
    El tono de voz era un desafío, retándola con los ojos a que dijera que sí. Y comprendió que él no había mentido, ya no era el mismo hombre.
    Pero tampoco ella era la misma mujer.
    – Sí, Ethan. Todavía quiero dar ese paseo contigo.

Capítulo 4

    Con C.C. delante de ellos, Ethan caminó al lado de Cassie a lo largo del camino que conducía a la playa a través de un denso bosquecillo de árboles, e intentó con todas sus fuerzas apartar de la memoria el beso que acababan de compartir. Pero igual hubiera podido intentar empujar hacia atrás la marea con una escoba.
    Una parte de él sentía una profunda irritación porque después de sólo unos minutos en su compañía se había permitido perder el control de esa manera. El que afloraran la rabia y el resentimiento hizo que se sintiera mejor. Pero la otra parte estaba misteriosamente complacida por haber dejado salir por fin los deseos tanto tiempo reprimidos. Aunque al mismo tiempo se maldecía por ello. Porque en lugar de satisfacer el deseo, el haber sentido por unos instantes su sabor sólo había agudizado el apetito. Al igual que diez años atrás.
    El recuerdo del casto beso que habían compartido ese día de verano en las cuadras pasó como un relámpago por su mente, haciéndole arder, como si hubiera ocurrido sólo unos momentos antes en vez de haber pasado ya diez años. En aquel breve instante había descubierto a qué sabía ella. A gloria. Y ya no tuvo que preguntarse si sus labios eran tan exuberantes y suaves como había sospechado. Lo eran.
    El que le pidiera un beso le había sobresaltado. Y enfadado, porque estaba seguro que sólo quería compararlo con el beso de su prometido. Pero al final no pudo negárselo a ella. Ni a él mismo. Y después de haber probado aquel sabor perfecto que nunca podría tener, había querido besarla otra vez incluso más de lo que quería respirar.
    Y diez años más tarde, después de besarla en su propia cuadra, sentía exactamente lo mismo.
    Maldición, ella tendría que haberle abofeteado. Tendría que haber salido de las cuadras indignada por el ultraje. Eso es lo que había esperado que hiciera. Y en lugar de eso le había mirado con esos malditos ojos marrones horrorizados, haciéndole sentir como un bastardo. Mientras él, de mala gana, admiraba el hecho de que ella se hubiera mantenido firme y hubiera aceptado el desafío, deseaba a la vez, por el bien de ambos, que se hubiera escabullido. Pero hubiera debido saber que no lo haría. Su Cassie nunca había sido cobarde.
    Su Cassie. Palabras tontas que tenía que sacarse de la mente. Ella no era suya, nunca lo había sido y nunca lo sería. Aunque de todos modos, ahora estaba aquí, y habían sido amigos, y él estaba actuando como un maleducado. No era culpa de ella que él se hubiera enamorado y que nunca hubiera podido borrar esos sentimientos. Pero malditos infiernos, ¿cómo iba a pasar toda una tarde oyendo historias de la buena sociedad de Londres, de veladas elegantes y de su perfecto marido?
    No sabes nada de mi vida desde la última vez que te vi.
    Aquellas palabras habían sonado llenas de furia, aunque no pudiera imaginarse el porqué. Seguro que Westmore había adorado la tierra por donde ella pisaba. Lo más probable era que su muerte fuera la causa de su amargura.
    Continuaron a lo largo del camino, y a pesar de la tensión que había entre ellos era como si los años fueran desapareciendo poco a poco. Habían explorado las tierras de Gateshead Manor en innumerables ocasiones, a veces a pie, a veces a caballo. En ocasiones hablaban, sin apenas hacer una pausa, como si el día no tuviera suficientes horas para decir todo lo que se necesitaba decirse. En otras ocasiones, como ahora, permanecían en silencio.
    Por supuesto que en aquel entonces era un silencio cómodo por estar con alguien que te conocía tanto. Alguien con quién se habían compartido las esperanzas y los pensamientos más profundos. Con quién se había hablado del miedo y la desilusión. Alguien con quién se había reído y se había llorado.
    La había amado desde que podía recordar, pero a los quince años después de darse cuenta de que se había enamorado, a menudo se pasaba esos silencios preguntándose lo que estaría pensando ella, fantaseando con que los pensamientos de Cassie recorrían los mismos caminos que los suyos, que él era un caballero con un título que había venido a cortejarla. Que la colmaría de joyas y vestidos y que le pediría que se casara con él. Que podría pasar todos los días de su vida con ella. Tenerla en sus brazos y besarla. Acariciarla. Hacerle el amor. Dormir a su lado. Que ella le pertenecía. Y ahora, años más tarde, se encontraba otra vez preguntándose que era lo que estaba pensando ella.
    – Qué hermoso es esto.
    Su suave voz le sacó con brusquedad de su ensimismamiento y se giró para mirarla. La luz del sol atravesaba la frondosa cubierta de los árboles, destellando sobre su brillante cabello. El sombrero atado con cintas le colgaba por la espalda, haciéndole recordar como siempre se quitaba lo que llevaba en la cabeza en el mismo instante en que quedaba fuera de la vista de su madre. A menudo le había contado las frecuentes advertencias de su madre acerca de permitir que le salieran pecas por el sol -o como su madre decía, que se le estropearía la piel-, pero a él siempre le habían gustado los puntitos de un dorado pálido que salpicaban su nariz.
    Bebiéndosela con los ojos, asintió.
    – Sí, muy hermoso.
    – ¿Cuánto tiempo hace que vives en St. Ives?
    – Cuatro años.
    – ¿Y antes?
    – En un montón de sitios, buscando algún lugar en el que pudiera sentirme en casa. Al final lo encontré aquí.
    – ¿No te has casado nunca?
    – No.
    Deseó que el tono brusco de su voz la disuadiera de preguntarle por qué no, ya que no estaba preparado para admitir la verdad. Por suerte ella guardó silencio, y durante varios minutos el único sonido fue el de las hojas en lo alto susurrando y las ramitas rompiéndose bajo sus pies.
    – Dices que buscabas algún lugar en el que pudieras sentirte en casa… pero Gateshead Manor era tu casa -dijo ella finalmente.
    – Durante un tiempo. Pero llegó el momento de irme.
    – Te fuiste de forma muy repentina -Calló por un momento y luego añadió-. Sin decir adiós.
    Y fue la cosa más condenadamente dura que he hecho nunca.
    – Te dejé una nota.
    – Diciendo sólo que habías recibido una oferta muy beneficiosa para trabajar en otra propiedad y que querían que empezaras de inmediato.
    – No había nada más que decir.
    Por el rabillo del ojo vio que ella se giraba para mirarle, pero mantuvo la mirada clavada hacia delante.
    – Después de todos estos años supongo que no hay ninguna razón que impida que te diga que el que te fueras de esa manera me dolió. Muchísimo.
    A ti te dolió pero a mí me destruyó.
    – No veo por qué. Tú ibas a dejar Cornualles en menos de dos semanas para casarte con Westmore.
    – Porque eras mi amigo. Mi único amigo. Supongo que no esperaba que me abandonaras sin ni una sola explicación o un adiós salvo una nota escrita con prisas. Yo nunca te habría hecho algo así.
    No se podía malinterpretar el dolor, la rabia y la confusión que impregnaban su voz.
    Se sintió totalmente avergonzado. Se había odiado a sí mismo por irse de ese modo, pero no había tenido otra opción.
    – Lo siento, Cassie -dijo, y Dios sabía lo cierto que era-. No fue mi intención hacerte daño.
    – Seguí esperando tener noticias tuyas, pero nunca las tuve.
    – No se me daba muy bien el escribir -Le inundó la culpabilidad, aunque no había mentido. Dejaba mucho que desear escribiendo. Pero sí que había escrito. Docenas de veces. Abriéndole el corazón en hojas que sabía que nunca enviaría-. La verdad es que creí que era mejor no escribir. Los mozos de cuadras no se cartean con condesas.
    Su silencio le indicó que ella sabía que tenía razón. Él también lo sabía. Por desgracia, eso no hizo que los duros acontecimientos de la vida dolieran menos.
    – Le pregunté a mi padre en qué propiedad habías ido a trabajar, pero no lo sabía -continuó ella.
    – No se lo dije.
    – ¿Por qué no?
    – No me lo preguntó.
    – ¿Por qué no?
    – Tendrás que preguntárselo a él.
    Los hombros se le tensaron al darse cuenta de que ella estaba a punto de hacerle otra pregunta, pero se salvo cuando dieron la vuelta a un recodo del camino. Ella se detuvo con una profunda inspiración ante la inesperada y espectacular vista. A él siempre le pasaba lo mismo siempre que giraba ese recodo y contemplaba el panorama.
    El océano se extendía ante ellos, una alfombra azul con olas bordeadas de blanco que se precipitaban hacia la arena dorada. Los altísimos acantilados surgían del agua al final de la playa. Las rocas que sobresalían quebraban el flujo inexorable del océano que se rompía formando surtidores de agua hacia el cielo, cayendo después en forma de innumerables gotitas que absorbían la luz del sol en una explosión de los brillantes colores del arco iris. Las gaviotas gritaban, unas bajando en picado, otras elevándose hacia lo alto, y otras más planeando en la fuerte brisa como si estuvieran suspendidas en el aire.
    – Oh, Ethan -susurró ella-. Es magnífico -Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Los rayos de sol le acariciaron la hermosa cara-. Hacía tanto tiempo que no veía el mar, que no olía la sal en el aire, que no sentía el reconfortante frescor sobre la piel. Había olvidado la sensación de paz que da. Lo he echado tanto de menos. He echado de menos tantas cosas.
    Abrió los ojos y en el rostro floreció una amplia sonrisa que formó unos preciosos hoyuelos en las comisuras de sus labios. Como siempre, la sonrisa le deslumbró, dejándole clavado en el sitio, yendo directa a su corazón.
    – ¿No es la cosa más maravillosa que has visto jamás? -le preguntó ella riendo y abriendo los brazos para abarcar el panorama.
    – Sí, es la cosa más maravillosa que he visto jamás -asintió él incapaz de apartar la vista de Cassandra.
    – Quiero sentir la arena -dijo ella-. Y el agua. He de coger algunas conchas y piedras para lanzar -Entonces le agarró de la mano y se lanzó hacia adelante, arrastrándole con ella.
    En Gateshead Manor le tocaba con frecuencia, cogiéndole la mano, dándole un alegre empujón, o quitándole hebras de heno del cabello y la ropa. Gestos ocasionales que él había amado y odiado a la vez por el contraste de puro placer y tensa tortura que le provocaban.
    Ahora la inesperada sensación de aquella mano envuelta en la suya hizo que una ráfaga de calor le recorriera el brazo y casi tropezó. Pero se recuperó con rapidez e, incapaz de resistirse, corrió a su lado, con el aire alborotándoles el cabello y la ropa, y el sol calentándoles la piel. C.C. corría delante, levantando la arena en su loca carrera a través de la playa. El sonido de la risa de Cassie le envolvió como una suave manta. No recordaba la última vez que se había sentido tan despreocupado, pero sabía que siempre que se había sentido así, había estado con ella. Con Cassie.
    Se detuvieron cerca de la orilla y al soltarle ella la mano, de inmediato echó de menos el contacto. Extendiendo los brazos, Cassandra dio una vuelta en círculo, sin aliento y riendo, con la falda de color azul oscuro arremolinándose alrededor de las piernas. Cuando se paró, los ojos le brillaban como zafiros por el esfuerzo y varios mechones de pelo rojizo le caían sobre sus mejillas ruborizadas.
    Frente a ella, Ethan deseo saber pintar para capturarla en este momento, con el mar y el cielo azul adornado con nubes a su espalda, la arena dorada a sus pies y toda ella bañada por la luz dorada del sol y despeinada por la brisa.
    Incapaz de detenerse, extendió la mano y apartó de la mejilla los rizos azotados por el viento. Un gesto simple y casual que a él no le pareció ni simple ni casual. Y apostaría que a ella tampoco, considerando la manera en que se quedó absolutamente quieta. Nunca había tocado una piel tan aterciopelada, y dejó pasar varios segundos antes de bajar la mano, permitiendo que la brisa entrelazara las sedosas hebras alrededor de sus dedos.
    – Si has estado buscando a Cassie, está aquí mismo -dijo él con suavidad-, riéndose a la luz del sol.
    Cerrando los ojos por unos instantes, ella inspiró profundamente y luego, con lentitud, asintió.
    – La siento. Muy, muy dentro. Está desesperada por salir.
    – Por lo que veo, ya está fuera -Algo destelló en sus ojos, algo que Ethan no pudo descifrar. Algo que le hizo preguntar-: ¿Cuáles son las otras cosas que has echado de menos, Cassie?
    La luz desapareció de sus ojos y Cassandra se volvió hacia el agua, permitiendo así que pudiera observar su perfil. Guardó silencio durante tanto tiempo que se preguntó si iba a contestarle. Por fin le miró con expresión ilegible.
    – He añorado caminar por la orilla, coger piedras para lanzarlas a agua. Recoger conchas y capturar cangrejos. Tener alguien con quién hablar, alguien que me escuche, alguien a quien escuchar. He añorado la risa y mirar las estrellas y construir castillos de arena. Montar a caballo al romper el alba. Compartir sueños tontos, inventar historias e improvisar picnics.
    Él tenía los ojos clavados en ella. Ésas eran todas las cosas que habían hecho juntos, recuerdos que habían compartido, inmersos en una amistad inverosímil forjada por la soledad de ambos y un sorprendente número de intereses comunes. Antes de que pudiera decir una sola palabra, Cassandra le cogió una mano y la puso entre las suyas.
    – A ti, Ethan -dijo con suavidad-. Te he echado de menos a ti.
    Las palabras, el calor de sus suaves manos rodeando una de las suyas llena de callos le dejaron mudo. Antes de que pudiera recuperarse, ella le preguntó:
    – ¿Y tú, me has echado de menos?
    Malditos infiernos, si hubiera sido capaz se habría echado a reír. ¿Echarla de menos? Sólo con cada aliento. Cada latido del corazón. Cada día.
    Tuvo que carraspear para que le saliera la voz.
    – A veces.
    A Cassandra le tembló el labio inferior, amenazando destrozarle si continuaba allí parado sin reaccionar. Y maldición, si se permitía seguir mirándola a los ojos, caería de rodillas ante ella y admitiría su amor ridículo e imposible. Y seguramente le rogaría que ella le amara a cambio.
    Esa imagen casi le heló la sangre. Y esta maldita conversación de repente era demasiado intensa y personal. Obligándose a soltar un pesaroso suspiro, dijo bromeando:
    – A pesar de que eras una niña terriblemente cursi.
    – ¿Cursi? -protestó ella indignada, tal como él sabía que haría. Le soltó la mano y se plantó las manos en las caderas-. No es verdad. No lo era. ¿Acaso le hacía ascos a poner el cebo en el anzuelo?
    – Bueno, no. Pero vaya, muy raras veces atrapabas un pez.
    – Porque tú te ponías a salpicar. ¿Me daba miedo subir a los árboles?
    – No, pero recuerdo que más de una vez te tuve que rescatar cuando tu vestido de niña cursi se enredaba en las ramas.
    – Buff. No habría necesitado que me rescataras si me hubieras prestado un par de tus pantalones de montar como te pedí.
    Probablemente no. Pero él prefería rescatarla. Sólo de pensar en ella usando su ropa casi le había detenido el corazón.
    – Muy bien -concedió-. No eras una niña cursi. La verdad es que eras casi un hombre. Y me sorprende que no te saliera barba y fumaras puros.
    Ella frunció la nariz.
    – Muchas gracias -Entonces levantó la barbilla-. Y que conste que no hay nada malo en ser femenina.
    – Sobre todo si se es chica.
    – Deberías haberme prestado tus pantalones de montar.
    – Tu madre se habría desmayado.
    Con los ojos centelleando de alegría, Cassandra hizo un elegante gesto desdeñoso.
    – Madre siempre tenía sus sales a mano, y aunque mi padre tomara un arma, tenía una puntería atroz.
    No siempre. Sobresaltado se dio cuenta que se rozaba suavemente con los dedos la cicatriz de la mejilla, y bajó la mano. Apartando los recuerdos que le asaltaron, cruzó los brazos sobre el pecho y adoptó su expresión más severa.
    – Las señoritas no llevan pantalones de montar. Nunca.
    Ella soltó un suspiro exagerado.
    – Si hubiera sabido que eras una autoridad en la materia, me habría limitado a cogerlos de tu habitación.
    – Las señoritas no roban. Nunca.
    – Retrogrado anticuado.
    – Marimacho insolente.
    Cassandra reprimió la risa.
    – Me declaro culpable.
    – Pues a la horca contigo.
    – Primero tendrás que atraparme.
    – Eso será pan comido. Vas vestida de chica -Hizo un gesto desdeñoso con los ojos señalándole la ropa.
    Ella soltó una carcajada.
    – Vencida por mis propios argumentos.
    Sus hermosos ojos brillaban divertidos y el corazón se le disparó inundado de placer por el mero hecho de estar cerca de ella. Diez años desaparecieron y Ethan volvía a tener veinte años, cuando disfrutaba simplemente por estar en compañía de la muchacha que amaba.
    Respiró hondo y percibió un sutil aroma de rosas. Y apenas pudo reprimir un gemido. No importaba en que sucia aventura se metieran, que podía implicar barro o arena, o el mar o el agua del lago, ella siempre olía como si acabara de pasear por un jardín de flores.
    Malditos infiernos, ¿cuántas veces en las últimas horas de las noches de verano había estado sentado en la rosaleda de Gateshead Manor, con los ojos cerrados, aspirando el perfume que hasta hoy mismo le recordaba a ella? Tejiendo sueños inútiles, imaginando fantasías donde un mozo de cuadra se convertía en príncipe por arte de magia para cortejar a la hija de un vizconde.
    La risa fue desapareciendo poco a poco de los ojos de Cassandra que recorrieron su rostro para detenerse en la cicatriz, un recordatorio contundente de lo que había logrado olvidar por un momento, que su aspecto era muy diferente ahora. Y no para mejor.
    Ella extendió la mano y con las puntas de los dedos recorrió la piel devastada. Y todos y cada uno de los músculos de él se tensaron, preparándose para soportar la compasión que sabía que vería en sus ojos.
    – ¿Te duele? -preguntó ella con suavidad.
    No confiando en su voz, negó con la cabeza.
    – Debes de haber sufrido mucho -Le miró a los ojos-. Lo siento tanto, Ethan.
    Yo también. Por tantas cosas…
    Incapaz de hablar, se quedó allí quieto mientras los dedos de Cassandra continuaban acariciándole suavemente la mejilla. Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no girar la cara y besarle la palma de la mano. Para no abrazarla y besarla hasta que ya no pudiera pensar. No era capaz de recordar todos los motivos por los que no debería hacerlo.
    – ¿Cómo pasó?
    – Me hirieron -dijo él en tono brusco. Se alejó de ella y empezó a caminar a lo largo de la orilla. Cassandra le alcanzó y caminó a su lado con C.C. correteando entre ellos. Intentando que no hiciera más preguntas sobre su cara dijo:
    – Tengo otras.
    – ¿Otras qué?
    – Cicatrices.
    – ¿Cómo te las hiciste?
    Aunque prefería no tener esta conversación, ella le había dicho que quería saber que había sido de su vida, así que sería mejor que se lo contara y acabar con el tema.
    – Después de irme de Gateshead Manor, ingresé en el ejército. Me hirieron en Waterloo. En un incendio.
    Los recuerdos que había cerrado bajo llave le asaltaron. Los gritos de los hombres y los caballos. Las armas disparando. El fuego, hombres atrapados. El intento de rescatar a uno… pero las llamas quemaban demasiado, el humo era demasiado denso. El abrigo prendiéndose fuego. El dolor terrible, el calor abrasador.
    La miró y vio que le observaba con una combinación de espanto y compasión.
    – Dios santo, qué horror -Se quedó callada unos instantes y luego dijo-: Nunca mencionaste que quisieras ingresar en el ejército.
    Porque nunca había querido. Cuando dejó Gateshead Manor le daba igual vivir que morir, así que decidió que bien podía morir haciendo algo útil, y el ejército le pareció el modo más rápido de conseguirlo. Y por Dios que había llevado a cabo los actos más temerarios que se le ocurrieron para que le mataran y se ofreció voluntario para todas la misiones peligrosas, pero en vez de morir, había sobrevivido y había recibido malditas medallas y alabanzas.
    – Llegué a la conclusión que alguien tenía que poner a ese bastardo de Napoleón en su lugar.
    – Y lo lograsteis
    – Al final. Pero el precio fue… -Hizo un gesto de pesar con la cabeza y apartó los recuerdos que le asaltaban-. Muchos buenos hombres murieron. Demasiados.
    – Doy gracias de que tú no fueras uno de ellos.
    – Yo no -Las palabras se le escaparon antes de poder detenerlas. E igual que siempre, terminó confiándole cosas que nunca había compartido con nadie más-. Estaba exhausto, cansado hasta la médula, entre eso y el dolor de mis heridas, recé más de una vez para quedarme dormido y no despertar.
    Un largo silencio siguió a estas palabras. Ella lo rompió preguntando:
    – ¿Como lograste seguir?
    Ethan dudó en decirle la verdad, luego se encogió de hombros. No había ninguna razón para no decírselo, Cassie se iría a la mañana siguiente. Sí, llevándose con ella otro pedazo de tu alma, se burló una vocecita en su cabeza.
    – Pensé en ti. En todas las veces en que me convenciste de que podía hacer las cosas que yo estaba seguro de que no podría. Como cuando me enseñaste a sumar. Y a bailar el vals. Y a coser un botón en el abrigo. Y a aprenderme el nombre de todas las flores del jardín.
    Él se detuvo para coger una piedrecita y lanzarla al agua, luego continuó:
    – Recuerdo lo que dijiste, lo que hiciste, cuándo murió mi padre. Cómo cogiste mi mano diciéndome, “No estás solo, Ethan. Tu padre siempre vivirá en tu corazón. Y siempre seré tu amiga. Y tanto él como yo sabemos que eres el mejor de los hombres” -La miró. Ella le miraba con los ojos muy abiertos-. Esas palabras me han ayudado en algunas ocasiones muy duras a lo largo de estos años.
    – Yo… me alegro. Y estoy sorprendida. Y me conmueve que las recuerdes.
    – Lo recuerdo todo, Cassie -Cada roce. Cada sonrisa, Cada lágrima. Cada desengaño.
    La mirada de ella no vaciló.
    – Yo también.
    Se obligó a apartar los ojos y se concentró en la arena que había delante de ellos. Caminaron en silencio durante varios minutos, sin detenerse hasta que Cassandra vio una concha que le gustó.
    – ¿Cómo llegaste a ser propietario de la posada Blue Seas? -preguntó después de quitar la arena del tesoro color rosa pálido.
    – Cuando estuve en el ejército, le eché una mano a un amigo, otro soldado. En su testamento me dejó un poco de dinero y lo usé para comprar la posada. El edificio necesitaba algunas reparaciones, y cuando las hice, puse en marcha el negocio. Las cosas fueron bien, así que hace dos años añadí las caballerizas.
    – ¿Cómo ayudaste a tu amigo?
    Otra imagen, de una batalla anterior, pasó como un relámpago por su mente.
    – Billy, se llamaba Billy Styles. Quedó atrapado bajo su caballo que estaba herido. Le saqué -Y luego usó la última bala de plomo para acabar con el sufrimiento del animal. Y no se dio cuenta que las lágrimas le surcaban el rostro hasta que Billy se lo señaló.
    – Le salvaste la vida.
    – Era un buen hombre. Tenía la pierna rota. Fue una mala fractura que le obligó a dejar el ejército. Volvió a su casa en Londres, pero murió dos años más tarde de unas fiebres, más o menos en la misma época en que me hirieron. Un abogado me localizó y me dijo lo del dinero. Después de curarme, empecé a buscar un lugar en el que pudiera sentirme en casa.
    – Y encontraste la Posada Blue Seas.
    – Sí. Y ahora te toca a ti -Haciendo todo lo posible para borrar cualquier huella de amargura en su voz, dijo-: Háblame de tu maravillosa vida como condesa de Westmore.
    Pasaron varios segundos interminables. Luego ella dijo muy quedo.
    – Si lo que deseas oír es algo maravilloso, me temo que no tengo nada que decir.

Capítulo 5

    Cassandra miró a Ethan y vio como el desconcierto nublaba sus ojos oscuros al tiempo que fruncía el ceño.
    – ¿Me estás diciendo que no has sido feliz? -Preguntó lentamente con la voz llena de confusión e incredulidad.
    Ella apartó los ojos y miró al frente.
    – Así es, Ethan. No he sido feliz.
    Ella sintió como la observaba con intensidad pero no se giró hacia él.
    – ¿Porque tu marido murió?
    Hasta aquel mismo momento no había sabido cuánto le contaría. Pero la pregunta pareció destrozar una presa dentro de ella, liberando una inundación de rabia reprimida y amargura.
    – No, porque mi marido vivió. Y durante diez años convirtió mi vida en un infierno. ¿Sabes esos sentimientos que has descrito, sobre desear quedarte dormido y no volver a despertar? Sé lo que es sentirse así. Lo sé demasiado bien -Las palabras eras tensas. Entrecortadas. Y en cierta forma fue un alivio decirlas en voz alta.
    – Mi matrimonio fue un desastre. Una pesadilla que por suerte terminó cuando murió Westmore -La recorrió un estremecimiento. Se dio la vuelta hacia él, sabiendo que vería el odio y la rabia en sus ojos, y no le importó-. No llevo luto por él.
    Ethan se detuvo y se dio la vuelta para mirarla de frente, buscando sus ojos, buscando respuestas.
    – ¿Una pesadilla en qué sentido?
    Incapaz de quedarse quieta o mirarle a los ojos, Cassandra hizo un gesto negativo con la cabeza y reanudó la marcha con pasos rápidos e inquietos, sin apartar la mirada de un grupo de rocas que había un poco más adelante. Él se puso a su lado, silencioso, esperando.
    – Cómo ya sabes, tenía muchas esperanzas puestas en mi matrimonio -Por supuesto que lo sabía, ella había compartido todas sus esperanzas y sus sueños con él. La había escuchado con paciencia mientras exponía el deseo de tener un marido compasivo y montones de hijos con quienes compartiría el tipo de relación cálida y cariñosa que siempre había ansiado. La relación que le negaron sus padres, que habían quedado amargamente decepcionados de que su único hijo fuera una chica, un hecho que nunca se cansaron de echarle en cara. Por descontado, ella supo desde muy pequeña que lo único que podía hacer para complacerlos era casarse bien. Cuando su padre le anunció que el atractivo y encantador conde de Westmore le había propuesto matrimonio después de la primera temporada, había creído que era muy afortunada.
    – Mi deber era casarme bien y de acuerdo con los deseos de mi padre. El deber de Westmore, claro está, era tener un heredero. Nuestra relación empezó a deteriorarse al no concebir durante los primeros seis meses de nuestro matrimonio. Las cosas se pusieron cada vez peor mientras iba pasando el tiempo.
    Las palabras empezaron a surgir como un torrente, como si hubiera abierto una herida infectada permitiendo así que el veneno saliera libre.
    – Después de tres años de no quedarme embarazada, Westmore anunció que se había acabado, que no iba a tocarme otra vez. A partir de entonces, nuestra relación se redujo a poco más que un silencio helado. Cuando se tomaba la molestia de dirigirme la palabra, era sólo para recordarme lo inútil que era. Una decepción y una estúpida. Y de cuanto odiaba mi sola presencia.
    Ella calló unos instantes, necesitando apartar los dolorosos recuerdos que la asaltaban y le hacían un nudo en la garganta.
    – Maldito bastardo -masculló Ethan-. ¿No se le ocurrió a Westmore que la culpa podría ser de él?
    – No lo era -dijo ella en un tono desprovisto de cualquier emoción.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Porque durante los siguientes siete años Westmore dejó embarazadas a media docena de sus amantes. Quizá más. Dejé de contar.
    Durante varios segundos el silencio cayó como una losa entre ellos.
    – ¿Te era infiel? -dijo él finalmente con voz tensa.
    Cassandra no pudo evitar una sonrisa sin humor.
    – Casi desde el comienzo. Al principio por lo menos fue discreto y no me enteré. Pero después de que quedó claro que no podía darle un heredero, no hizo ningún esfuerzo por ocultar sus indiscreciones. Para entonces todas mis esperanzas e ilusiones por mi matrimonio ya estaban rotas, pero una parte de mí aún se aferraba al deseo de que nuestra relación no se convirtiera en odio. Así que como una tonta intenté razonar con él. Le reiteré lo muy triste y decepcionada que estaba por no poder tener hijos. Le pregunté si no podríamos al menos ser corteses el uno con el otro.
    – ¿Qué dijo él?
    – Me demostró con mucha claridad que no estaba interesado.
    – ¿Cómo fue de claro?
    Un escalofrío la recorrió y se abrazó a sí misma.
    – Él… me hizo daño.
    Ethan se detuvo y la agarró por el brazo, girándola hacia él para mirarla cara a cara. En los ojos del hombre se fraguaba una tormenta al tiempo que se contraía un músculo de la mandíbula.
    – ¿Te hizo daño? -repitió con una voz baja y aterradora-. ¿Te violó?
    Ella negó con la cabeza.
    – No. Él me dejó claro que no me quería… de esa manera… nunca más.
    El alivio asomó a los ojos de Ethan, luego frunció el ceño.
    – ¿Entonces cómo? -Su expresión fue convirtiéndose en una máscara de furia-. ¿Te pegó?
    No había duda de que estaba conmocionado. Y ultrajado. Las dos cosas fueron un bálsamo para su alma y se le hizo un nudo en la garganta. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que alguien había mostrado un mínimo de preocupación por ella. Las lágrimas asomaron a sus ojos y parpadeó ferozmente para evitarlas.
    – Me pegó -confirmó ella con una calma total que parecía venir de lejos, y él la recorrió con la mirada como si estuviera comprobando si tenía magulladuras-. Me dio una paliza. Tardé semanas en recuperarme.
    Mirándole a los ojos, expuso la verdad desnuda, una verdad que nunca antes había confesado en voz alta. Una verdad que le demostraría que ya no era la misma jovencita que él había conocido.
    – Creo que sospechó que le mataría si volvía a tocarme otra vez. No volvió a hacerlo. Pero sentí la tentación de matarle de todos modos.
    Se calló y comprendió que estaba temblando. Le costaba respirar. Y ya no podía seguir sosteniéndole la mirada. A pesar de que le temblaban las rodillas, retrocedió, y él la soltó. Abrazándose a sí misma, empezó a caminar de nuevo. Ethan se puso a su lado sin decir nada, algo que le agradecía, ya que el nudo que tenía en la garganta era demasiado grande para hablar. Cuando llegaron al grupo de rocas, se sintió mental y físicamente agotada, y se detuvo en la sombra que proyectaba el montículo.
    Ethan se puso delante de ella. Temerosa de lo que leería en la expresión del hombre, tuvo que obligarse a mirarle a los ojos. Cuando lo hizo, vio que la observaba con una intensidad que era a la vez misteriosamente feroz y absolutamente tierna.
    – Cassie… -El nombre salió como un susurro de los labios de Ethan, la única palabra que le permitió decir el nudo que tenía en la garganta. Una furia como jamás había sentido le atravesó. Malditos infiernos, ella parecía tan perdida y sola, la expresión de sus ojos era tan desolada y triste. Algo dentro de él pareció romperse, dejando una herida abierta por la que se filtraba toda la rabia y amargura que había ido acumulando.
    Sabía que ella le había dicho la verdad, pero de alguna manera su mente no aceptaba sus palabras. ¿Cómo, cómo podía ser que alguien la lastimara? Había permanecido despierto innumerables noches agonizando de celos, imaginando a su marido haciendo el amor con ella, reclamado con ternura lo que Ethan no podría tener jamás. Nunca, ni una sola vez, se le hubiera ocurrido que no fuera feliz. Valorada y mimada. Amada y protegida. Maldición. Sólo de pensar en ese bastardo maltratándola, haciéndole daño, golpeándola… cerró con fuerza los ojos para borrar la neblina roja que le empañaba la visión.
    Había matado hombres en la batalla, y aunque aquellos hombres eran sus enemigos, perdía una parte de él con cada muerte. Pero por Dios que mataría a ese bastardo de Westmore y no sentiría el más mínimo arrepentimiento. La única pena que sentía es que el bastardo ya estaba muerto, negándole el placer de acabar con su miserable vida.
    Abrió los ojos y respiró hondo, luego la cogió suavemente los brazos y notó los pequeños temblores que la atravesaban.
    – ¿Por qué no te fuiste?
    – ¿Y adónde?
    – A casa. A Gateshead Manor.
    Ella negó.
    – Mis padres no hubieran tolerado que abandonara a mi marido.
    – Si hubieran sabido cómo te trataba…
    – Lo sabían.
    Otra llamarada de ultraje le traspasó.
    – ¿Y no hicieron nada?
    – No. Mi padre compadecía el sufrimiento de Westmore por no poder darle un hijo. En cuanto a la paliza, mi padre la definió como la aberración de un hombre que nunca antes había mostrado tendencias violentas y que sólo había perdido el control al enfrentarse al terrible golpe de estar atado a una mujer inútil y estéril.
    Una imagen del padre de Cassie surgió amenazadora en la mente de Ethan. Maldito bastardo. Ya le había desagradado el hombre después de la primera conversación con Cassie, cuando eran poco más que unos niños y él acababa de llegar a Gateshead Manor, donde su padre había sido contratado como jefe de las caballerizas. Él la había encontrado acurrucada en un rincón de una de las cuadras, llorando por algún comentario desagradable que su padre había hecho. Su aversión creció con los años, culminando en un profundo aborrecimiento.
    – Sin duda tenías amigos…
    – No. Westmore me prohibió abandonar los terrenos de la finca y no me daba dinero. El personal de la casa le era totalmente leal y no dejaban de vigilarme. Los pocos sirvientes con los que traté de hacer amistad fueron despedidos al instante. Mi único refugio eran mis paseos diarios y cabalgar -siempre acompañada por un silencioso lacayo o un mozo de cuadra- y las cartas ocasionales de mi madre. Los alrededores eran hermosos, pero no dejaba de ser una prisión.
    – Y viviste así durante diez años -Ethan casi se atragantó con las palabras, con la furia que le tensaba todos y cada uno de los músculos-. Por Dios, si lo hubiera sabido…
    – No hubieras podido hacer nada.
    – Y un cuerno que no hubiera podido. Le habría hecho pagar por el modo en que te trataba.
    – Él te habría metido en la cárcel.
    – Los muertos no meten a otros hombres en la cárcel.
    Cassandra abrió mucho los ojos que empezaron a brillar por las lágrimas.
    – No, te habrían ahorcado por eso.
    Un precio que hubiera pagado con gusto. Alzó unas manos temblorosas y le rodeó la cara con las palmas. Luchó para conseguir que la voz pasara por el nudo que tenía en la garganta.
    – Cassie… todos estos años te he imaginado disfrutando de la vida. Rodeada de alegres niños. Feliz -Malditos infiernos, era lo único que le había mantenido cuerdo.
    – Así es exactamente como te imaginaba yo. Ethan, fue eso lo que hizo tolerable mi vida.
    Antes de que a él se le ocurriera alguna respuesta, ella continuó:
    – Cuando volviste de la guerra, fuiste capaz de empezar otra vez. Al ser un hombre, puedes tomar las riendas de tu propio destino. Puedes empezar un negocio, ganar dinero. Tienes opciones. Creí que la muerte de Westmore me daba la libertad, pero enseguida comprobé que me equivocaba. No me dejó nada. Su hermano heredó el título y se traslado a Westmore Park -Los ojos le brillaron de ira-. Mis opciones fueron quedarme y convertirme en la amante de mi cuñado, o marcharme. Como no tengo dinero y ningún otro sitio donde ir, vuelvo a casa de mis padres. Mi padre me comunicó que podía venir.
    Ella levantó las manos y las puso alrededor de sus muñecas.
    – Mi madre mencionó en una carta que recibí justo después de la muerte de Westmore, que había oído que habías comprado un establecimiento llamado la Posada Blue Seas. Cuando tomé la decisión de volver a Cornualles, juré que me detendría aquí. Para verte. Al querido amigo al que tanto he echado de menos.
    Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, impactándole. Había docenas de cosas que quería decir, pero el dolor y la rabia por todo lo que ella había sufrido le cerraron la garganta. En lugar de hablar la abrazó e intentó absorber todo el dolor que Cassie había soportado. Ella le rodeó con los brazos, apretándole con fuerza, enterrando la cabeza en su pecho como un animal herido en busca de calor.
    Ethan siguió abrazándola, absorbiendo los estremecimientos que la hacían temblar y las lágrimas que le humedecían la camisa, cada una de ellas era como el latigazo de una fusta. Sintiéndose completamente indefenso, con la boca apoyada sobre su pelo, le susurró lo que esperaba que fueran palabras tranquilizadoras a la vez que con las manos le frotaba la espalda con suavidad.
    Poco a poco los sollozos fueron disminuyendo y Cassandra alzó la cabeza. Se miraron el uno al otro y se le rompió el corazón al ver la palidez de su cara surcada de lágrimas, y los ojos, lagunas gemelas llenas de dolor rodeadas por largas pestañas humedecidas.
    Manteniendo un brazo alrededor de ella, sacó un pañuelo y se lo dio. Cassie le dio las gracias con un asentimiento, y luego dijo con un susurro tembloroso mientras se secaba los ojos:
    – Lo siento. No quería llorar delante de ti.
    – No tienes por qué sentirlo. Y puedes llorar delante de mí siempre que quieras.
    – Gracias -En sus labios apareció una trémula sonrisa-. Siempre has sido la persona más amable y paciente que he conocido.
    – Porque tú eres la persona más amable y mas encantadora que he conocido. Lo supe el día que nos conocimos.
    Un destello de humor iluminó sus ojos, llenándole de alivio al ver que lo peor de la tormenta emocional había pasado.
    – Qué sabías tú, tenías sólo seis años y no conocías a más de diez personas.
    – Conocía a más de diez -dijo él y la comisura de sus labios se curvó hacia arriba-. Recordarás que mi padre trabajó en las tierras del barón Humphrey antes de que fuéramos a Gateshead Manor. A los hijos de barón no les gustaba -Bajó la voz hasta un susurro conspirador-. Me dijeron que olía.
    – A mí me gustaba como olías. Olías a… aventura.
    Y ella olía a rosas, incluso a los cinco años. Un duendecillo de piernas larguiruchas, ojos enormes, el pelo con apretadas trenzas, y una nariz llena de pecas. Después de descubrirla llorando en las cuadras, se había pasado los puñitos por los ojos y le observó con esos enormes y serios ojos. Él se había preparado para aguantar otro rechazo, pero en vez de eso ella le había preguntado.
    – ¿Te gustaría ser mi amigo?
    No queriendo parecer demasiado ansioso, había fruncido el ceño y se había dado golpecitos en la barbilla, como si se lo estuviera pensando mucho. Finalmente se había encogido de hombros y había estado de acuerdo. Luego ella le dirigió una amplia sonrisa con hoyuelos, en la que faltaban los dos dientes frontales, le agarró la mano, y corrió, llevándole al lago de la finca, donde se sentaron y hablaron durante horas.
    – Gracias por el pañuelo… -Su voz le devolvió bruscamente al presente y vio que Cassie se había quedado mirando el cuadrado de algodón que tenía en la mano.
    Él bajó la mirada y se quedó inmóvil, observando como con el pulgar acariciaba despacio las iniciales de la esquina bordadas con hilo azul.
    – Este pañuelo es… mío -dijo ella con suavidad-. Es el que me robó C.C. cuando era un cachorrillo.
    – Sí.
    – ¿Lo has conservado todos estos años?
    – Sí.
    – ¿Y lo llevabas en el bolsillo esta tarde?
    Él alzó la mirada y vio que sus ojos estaban llenos de preguntas, preguntas que no podía evitar.
    – Lo llevo en el bolsillo todas las tardes. Todos los días. Una especie de amuleto de la buena suerte, supongo.
    – Me… me siento honrada, Ethan -carraspeó-. Yo también tengo mi propio amuleto de la buena suerte.
    Sin dejar de mirarle, metió la mano bajo su pañoleta y sacó un fino cordón de cuero. Una piedra plana y oval de color gris de la longitud del pulgar, colgaba al final del cordón que pasaba por un agujero hecho en el borde de la piedra. Ethan la cogió, todavía conservaba el calor de la piel de ella. Y enseguida se quedó aturdido al reconocerla.
    – Es la piedra para hacer saltar en el agua que te di.
    Cassandra asintió.
    – El día que paseamos por la playa después del entierro de tu padre. Me dijiste que esta piedra me daría el triunfo en cualquier competición de saltos en el agua.
    – ¿Y la has conservado todos estos años?
    – Sí, le hice un agujero y me la colgué del cuello. Cada día -Soltó un deliberado y sonoro resoplido, y repitió las palabras que él había dicho antes-. Un amuleto de la buena suerte, supongo.
    El corazón pareció salirle del pecho, dando bandazos de un lado a otro, como si no importara lo anclado que estuviera en su lugar. Luego, al igual que Cassandra había repetido sus palabras, el repitió las de ella.
    – Me siento honrado, Cassie.
    La observó mientras ella se volvía a meter el colgante bajo el corpiño, imaginándose la piedra envuelta amorosamente por sus pechos, luego cogiendo el pañuelo se lo metió en el bolsillo.
    – Gracias por abrazarme, Ethan -dijo ella-. Yo… hace mucho tiempo que nadie me abraza.
    Malditos infiernos, ¿cuántas veces se le podía romper el corazón en un día? Instintivamente la rodeó con los brazos, y ella respondió del mismo modo. Y de repente fue consciente del hecho que se tocaban desde el pecho a las rodillas. Que con cada respiración la cabeza se le llenaba del sutil olor a rosas que desprendía su suave piel. Que los labios femeninos estaban a sólo unos centímetros de los suyos.
    Un deseo fuerte, intenso, le golpeó tan de repente que casi cae de rodillas. Una voz en su interior le estaba advirtiendo que aunque él la hubiera avisado antes al decirle a lo que se arriesgaba si persistía en que la acompañara en su paseo, sólo un canalla se aprovecharía de su evidente vulnerabilidad. Su conciencia le exigía que la soltara y se alejara de ella. Y tendría que hacerlo, sin duda tendría que hacerlo, pero entonces ella bajó la mirada hasta su boca. Esa mirada fue como una caricia. Y se quedó fascinado mirando aquellos exuberantes labios. En sus fantasías los había besado innumerables veces. Había razones… tantas razones por las que no debería hacerlo, pero en esos momentos no podía recordar ni una sola.
    Incapaz de detenerse, bajo poco a poco la cabeza, seguro que ella le detendría, le diría que se detuviese. Pero en vez de eso Cassie levantó la cara y cerró los ojos.
    Como en un sueño, le acarició los labios con los suyos, un roce como un susurro que llenó de calor cada terminación nerviosa. Con el corazón latiendo con tanta fuerza que parecía romperle las costillas, la besó despacio, con suavidad, con una infinita cautela como si ella fuera un frágil tesoro, delineando los labios con suavísimos besos, siguiendo hacia las comisuras de la boca para regresar al principio. Y seguro que eso es todo lo que habría hecho, todo lo que tenía intención de hacer, pero entonces ella susurró su nombre, un sonido suave, entrecortado, ronco que le dejó sin defensas. Cassie abrió los labios y con un gemido que ahogó por completo el sonido de sus buenas intenciones convirtiéndose en polvo, Ethan profundizó el beso.
    Deslizó la lengua en el dulce y sedoso calor de su boca, y todo se desvaneció excepto ella. El delicioso sabor. El delicado aroma de rosas de su piel flotando en el aire rodeándole. La sensación de sus curvas exuberantes apretadas contra él. El sonido del ronco gemido. Todo eso inundó sus sentidos, y la abrazó con más fuerza. Ella se puso de puntillas, atrayéndole, y con un gruñido la levantó del suelo, dio un paso adentrándose en las frescas sombras hasta una recodo de las rocas que los protegería del viento y de los ojos curiosos, si alguien se aventuraba a ir a la playa desierta.
    Sin romper el beso, se dio la vuelta, apoyando la espalda en la roca y abrió las piernas colocándola en la uve de los muslos. Donde encajaba como si estuviera hecha para él.
    Un beso profundo llevó a otro, llenándole de una abrumadora necesidad de devorarla. Y podría estar haciéndolo si ella no lo estuviera distrayendo. Retorciéndose contra él. Enredándole los dedos por el pelo. Acariciándole la lengua. Agarrándole los hombros. Como si le deseara con tanta desesperación como la deseaba él.
    Ethan fue deslizando una mano por su espalda hasta llegar al trasero, apretándola con más fuerza sobre su dolorida erección, mientras la otra mano fue hacia la redondez de un pecho. La suave plenitud le llenó la palma y sintió el pezón duro como un guijarro. Maldiciendo mentalmente el tejido que le apartaba de su piel, atormentó la cima excitada entre los dedos.
    Pero ella volvió a distraerle, esta vez recorriéndole el pecho con las manos, masajeándole los músculos, encendiendo un fuego en su interior. El pulso le atronó ardiente por las venas, palpitándole en los oídos, latiéndole entre las piernas. Indefenso, incapaz de detenerse, se frotó contra ella. Su sabor, la sensación de las manos de Cassie sobre él, el cuerpo que ondulaba contra el suyo, le despojó del último atisbo de control. Si no se detenía ahora, ya no lo haría.
    Logró levantar los labios de su boca, pero no pudo evitar explorar la tentación del esbelto cuello, saborear las vibraciones que percibió su boca cuando ella emitió un largo y ronco gemido. Dios, la sentía tan bien, sabía tan bien, olía tan bien. Y él la había deseado durante tanto tiempo.
    Después de darle un último y apremiante beso en la satinada piel de detrás de la oreja, soltó un trémulo suspiro y se obligó a enderezarse.
    La miró y tuvo que reprimir un angustiado gemido. Con los ojos cerrados, el pelo salvajemente alborotado por el viento y por sus ansiosas manos, las mejillas de un color rojo cereza, y los labios húmedos y abiertos, se la veía excitada y besada a conciencia y más hermosa que cualquier cosa que hubiera visto jamás.
    Cassie abrió los ojos poco a poco, y le miró con una expresión aturdida. Él levantó una temblorosa mano para apartar un rizo de la ruborizada mejilla, luego, con suavidad, deslizó el pulgar por el carnoso labio inferior. Le dominó la necesidad de decir algo, pero no le salían las palabras. Lo único que podía hacer era mirarla. Y tocarla. Y desearla.
    – Ethan… -El sonido de su nombre, pronunciado con voz ronca, excitada, hizo que se le tensaran todos los músculos de necesidad. Ella le rodeó la cara con las manos, y él sintió el leve temblor de sus dedos que, como una pluma, le recorrían la piel. Como si estuviera intentado memorizar sus rasgos con las yemas de los dedos.
    – Entonces así son los besos. He estado casada durante diez años y nunca lo he sabido.
    Cassie parecía tan deslumbrada y aturdida como él. Si hubiera podido formar una frase coherente, le habría dicho que él tampoco sabía que los besos pudieran ser así, aunque siempre había sabido que con ella sería de esta manera. ¿Cómo podría no serlo con una mujer que hacía que su corazón latiera como loco con una simple mirada? Supo en el fondo de su alma que nunca podría borrar su sabor, su tacto, cada detalle estaba grabado en su mente, marcado con fuego en sus sentidos.
    Y mañana se iría.
    Llevándose con ella su corazón.
    Justo en el momento en que había decidido que quizá quedara algún pedacito para darle a Delia.
    Una parte de él no cambiaría los últimos y breves momentos, el día entero, con Cassie por nada.
    Otra parte deseaba que ella no hubiera vuelto nunca. Porque ahora el deseo por ella era aún más ardiente. Apenas podía juntar fuerzas para dejar de abrazarla y apartarse para que pudieran volver a la posada. ¿Cómo diablos iba a poder verla marchar?
    No lo sabía. Pero había una cosa que sí sabía.
    Todavía tenían esta noche.
    – Cassie…
    Ella le puso los dedos en los labios y negó con la cabeza.
    – Por favor, no digas que lo sientes.
    Él alzó un brazo, le apretó con suavidad la mano y le besó la suave y pálida piel del interior la muñeca.
    – No lo siento. Yo… -Su voz se apagó y acercándole la mano al pecho, se la puso en el corazón para que sintiera la fuerza y rapidez de los latidos.
    – ¿Tú qué? -preguntó ella con voz entrecortada.
    – Quiero más. Cassie, tú me has pedido que pasara el día contigo. Ahora yo te pido que pases la noche conmigo.

Capítulo 6

    Cassandra caminaba de un lado a otro en su habitación, tenía un nudo en el estómago por los nervios de la expectativa. En menos de treinta minutos se reuniría con Ethan para cenar, que sería la antesala de… lo de después de la cena. Te pido que pases la noche conmigo.
    Las palabras resonaban en su mente. Las palabras que no podría negar que había esperado en secreto, que había rezado por escuchar. Las palabras que en lo más profundo de su corazón sabía que eran las que la habían hecho ir a Blue Seas. Por una noche no estaría sola. Y sería Ethan, que había vivido en su corazón durante todos estos años, quien desterrara la soledad con la que había vivido tanto tiempo.
    Esa noche él haría precisamente esto.
    Esa noche ella apartaría a un lado la respetabilidad que ahogaba sus deseos enterrados en lo más profundo, deseos que dejaría fluir por una vez. Esa noche no tendría que estar sola en la oscuridad y fingir que eran las manos de Ethan las que le acariciaban y no las suyas propias.
    Después de regresar a la posada una hora antes, los dos se habían separado, pero no antes de que él la hubiera llevado a un rincón en penumbra del establo y la besara con aquella perfección embriagadora, que debilitaba las rodillas, dejándola excitada y sin aliento, y ansiando más. De camino a su dormitorio, se había detenido en la habitación de Sophie. Una mirada a su doncella le confirmó que todavía estaba agotada por el viaje, por lo que Cassandra se puso de acuerdo con la señora Tildon para que le llevara una bandeja a su habitación, una oferta que Sophie había aceptado agradecida.
    Cassandra se sintió culpable por lo rápido que se había ofrecido para pedir que subieran la bandeja. Y por lo egoísta que era al querer cenar sola con Ethan. Pero enterró los remordimientos, recordándose que no había nada impropio en que una viuda cenara en un lugar público con un viejo amigo, especialmente cuando lo más seguro es que hubiera otros huéspedes en el comedor. E ignoró lo muy impropios que eran sus proyectos para después de la cena.
    Deteniéndose ante el espejo oval de pie, Cassandra exhaló un suspiro ante su reflejo. Esa noche le hubiera gustado tener algo hermoso que ponerse. Había hecho todo lo posible para mejorar su apariencia dado su limitado guardarropa -Westmore se había negado a pagar nada más que las necesidades más básicas- pero lo más que se podía decir de su soso vestido gris es que no era del odiado e hipócrita color negro de luto.
    Un golpe la sacó de sus pensamientos, y atravesó la habitación para contestar la llamada. Una joven de cara amplia y mejillas rosadas, con atuendo de sirvienta y sujetando una bandeja de la que salían deliciosos aromas, hizo una rápida reverencia.
    – Aquí está su bandeja de la cena, milady. Y también su baño.
    – ¿Cena? ¿Baño…? -Su voz fue apagando cuando la sirvienta entró seguida de cuatro robustos jóvenes que llevaban una bañera de cobre llena hasta la mitad de agua, de la que salía vapor. La criada colocó la bandeja en la cama mientras los hombres iban hacia la chimenea encendida.
    – Pero yo no…
    – Aquí tiene el jabón y las toallas -continuó la sirvienta, poniendo los artículos al lado de la bañera-. También tengo una nota para usted, milady -Sacó un papel, doblado y sellado con una gota de cera, del bolsillo del delantal y le dio la misiva a Cassandra-. Siento que el viaje la dejara tan cansada, milady, pero una comida caliente y un baño caliente le vendrán bien -Después de otra rápida reverencia, salió detrás de los jóvenes y cerró la puerta con suavidad.
    Enseguida Cassandra rompió el sello de lacre, desdobló el papel y leyó la breve nota.
    Disfruta del baño. Me uniré pronto a ti.
    Ethan.

    Su mirada fue de la bandeja cargada con abundante comida a la humeante bañera, y las lágrimas brotaron de sus ojos por aquel gesto tan atento. Era obvio que él había decidido que era mejor que cenaran en la intimidad de la habitación que en el comedor de la posada, un plan que hizo que se le acelerara el pulso con erráticos latidos.
    Se desnudó lo más rápido que pudo sin contar con la ayuda de Sophie, luego se metió en el agua caliente. Con un suspiro de dicha, dobló las rodillas y se hundió hasta la barbilla. Acababa de cerrar los párpados cuando oyó un sonido cerca de la ventana. Abrió los ojos y el corazón le dio un salto al ver la sombra de una figura en el pequeño balcón. Una figura que reconoció al instante. Una que abrió las puertas acristaladas y entró silenciosamente en la habitación.
    Asombrada observó a Ethan que se dirigía con lentitud hacia ella con los ojos negros brillando como braseros encendidos. En una mano sostenía una bolsa grande de cuero. Con mirada ávida, Cassandra devoró la imponente altura, la anchura de los hombros, la fuerza de las largas piernas perfiladas por los cómodos pantalones de montar de color negro. El pelo, oscuro como la medianoche, brillaba bajo el resplandor dorado del fuego de la chimenea que proyectaba sobre los duros rasgos un despliegue intrigante de sombras y luz. Se le veía grande y fuerte, masculino y misteriosamente atractivo, y toda ella ardió al ser consciente de lo que pasaría, al sentir un hormigueo de anticipación.
    – ¿C-como has llegado al balcón? -preguntó.
    – Mi habitación está encima de ésta. Es un salto razonablemente pequeño.
    Los ojos de ella se dilataron espantados.
    – ¿Un salto? ¡Podrías haber resultado herido!
    Ethan llegó al lado de la bañera y se detuvo. Su mirada la recorrió con lentitud, dejando una huella de calor a su paso.
    – Un pequeño riesgo si tenemos en cuenta la recompensa.
    – ¿Por qué no has entrado simplemente por la puerta?
    – Demasiado normal para una mujer tan extraordinaria como tú. Y voy a hacer que todo lo de esta noche sea extraordinario para ti.
    El corazón le dio un vuelco ante aquellas palabras dichas con tanta suavidad. Antes de poder pensar en una respuesta, él continuó:
    – Veo que mi cálculo ha sido perfecto.
    – ¿Perfecto para qué?
    – Para ayudarte en tu baño, el primer paso de mi plan.
    – Si éste es el primer paso, me muero de curiosidad por saber lo que implica el segundo.
    Ethan dejó la bolsa en el suelo y se puso de cuclillas al lado de la bañera. Se arremangó las mangas de la camisa blanca hasta los codos, dejando ver los musculosos antebrazos morenos y se apoyó en el borde de la bañera de cobre. Sumergiendo la punta de los dedos en el agua, removió ligeramente la superficie sin apartar la mirada de sus ojos.
    – El siguiente paso -y cada paso siguiente- es darte la clase de noche que mereces. La noche que se te ha negado todos estos años. Una llena de felicidad y sonrisas. De romance y pasión.
    – Oh… Dios mío -Para su vergüenza, ardientes lágrimas asomaron a sus ojos.
    Él puso un dedo mojado sobre una de sus rodillas levantadas rozándole la piel y haciendo que se estremeciera
    – Ya que nuestro tiempo juntos es tan breve, no he querido desaprovechar ni un momento cenando en el comedor. Espero que no lo desapruebes.
    Cassandra lo negó e intentó hablar a través del nudo que tenía en la garganta.
    – No puedo recordar la última vez que alguien hizo por mí algo tan considerado.
    – Siempre has merecido todas las consideraciones del mundo, Cassie. Pero he de confesar que mis intenciones también son egoístas. Quiero pasar en privado las horas que tenemos para estar juntos. No quiero compartirte.
    La forma apasionada en que la miraba y la seducción aterciopelada de su voz la rodearon como una manta, calentándola.
    – Yo tampoco quiero compartirte -Estiró el cuello y miró al suelo-. ¿Qué hay en la bolsa que has traído?
    Su sonrisa ladeada centelleó.
    – Sorpresas.
    – ¿Qué sorpresas?
    – Curiosa, ¿verdad?
    – Mucho.
    Un brillo malvado bailó en los ojos de Ethan.
    – ¿Cuánto darías por saberlo?
    La risa burbujeó en la garganta de Cassandre al ver en su mirada un exagerada lujuria.
    – Di un precio.
    El fuego que llameó en sus ojos casi la quemó.
    – Un beso bastará. De momento.
    Se inclinó hacia delante y ella levantó la cara con el pulso golpeando con fuerza por la anticipación. La besó con suavidad, una vez, dos veces, contactos como suspiros que atormentaban y tentaban y la dejaban deseando más. En el tercer beso, suave como una pluma, ella recorrió su labio inferior con la lengua y fue recompensada con un pequeño gruñido. Él profundizó el beso haciendo que las lenguas se entrelazaran. Ella levantó las manos mojadas y le enredó los dedos en el pelo, sintiéndose completamente disoluta y lujosamente decadente. Cuando Ethan levantó por fin la cabeza, parecía aturdido y jadeante.
    – Me has distraído por completo -dijo él.
    – No he hecho nada salvo quedarme aquí sentada -contestó ella tan remilgadamente como pudo, teniendo en cuenta que estaba desnuda.
    – Con esto solo ya basta. Eres muy… apasionada.
    La inundó una emoción femenina que nunca antes había sentido.
    – Si lo soy, es porque tú me… excitas.
    – Ya me estás distrayendo otra vez -dijo él con un falso ceño fruncido-. ¿Quieres que abra la bolsa o no?
    – Sí.
    Ethan cogió la valija de cuero. De repente a Cassie le llegó el olor de rosas, y segundos él le ofrecía un ramo con los tallos atados con una cuerda.
    – Oh, Ethan, son muy hermosas -dijo ella aceptando la oferta y acercándola a la nariz para inspirar profundamente. Pasó la yema de los dedos sobre los delicados pétalos de un vívido rojo, de una amarillo dorado, de un intenso blanco, y de un rosa satinado-. Que colores tan preciosos. Hemos vuelto del paseo hace sólo una hora. ¿Cómo las has conseguido?
    – Las he cortado de los rosales de la posada.
    Ella le miró por encima del ramo.
    – Las rosas son mis flores favoritas.
    – Lo sé. Por eso quería que las tuvieras.
    Cassandra hundió la barbilla, enterrando la cara entre las fragantes flores, para que él no notara como le temblaba el labio inferior o las lágrimas que amenazaban por fluir de sus ojos.
    – Nadie nunca me ha traído flores -susurró-. Gracias, Ethan.
    – De nada. Mereces recibir flores todos los días -Cogió el ramo y lo puso en el suelo. Luego extendió la mano para volver a dibujar un lento círculo por su rodilla antes de bajar más los dedos y deslizarlos sinuosamente por la pantorrilla. Su mirada ardiente la recorrió con la misma lentitud, y Cassandra se maravilló de que pudiera hacerla sentir como si estuviese en llamas mientras aún estaba sumergida en el agua. Su atención quedó concentrada en sus pechos y los pezones se le endurecieron ante el intenso escrutinio. La asaltó un timidez repentina e intentó cubrirse, pero él negó con la cabeza y le capturó las dos manos con una suya, atrayéndolas hacia sus labios.
    – No te escondas de mí, Cassie -Cada palabra era un cálido aliento sobre su piel-. ¿Estás disfrutando del baño?
    El rubor inundó sus mejillas, pero no pudo apartar la mirada de aquellos ojos irresistibles.
    – Es maravilloso.
    – Desde el mismo momento en que he ordenado que lo subieran, he pensado en ti… desnuda y mojada.
    Las palabras fueron como una chispa cayendo en leña seca, encendiendo un fuego directamente en su matriz.
    – Desde el mismo momento en que he estado desnuda y mojada, he pensado en ti.
    Un hambre desnuda, cruda, ardió en la mirada de Ethan, y Cassandra deseó sentir un poco de aire fresco. Entonces, así es el verdadero deseo.
    En silencio, él cogió la pequeña pastilla de jabón de encima de la toalla. Después de sumergirla en el agua, la frotó despacio entre las enormes manos hasta crear espuma. Cuando las tuvo llenas de jabón, se puso detrás de ella.
    – Inclínate hacia delante -le indicó con suavidad.
    Hizo lo que le pedía, rodeándose las rodillas con los brazos, hormigueándole la piel de anticipación. En el momento en que las manos de Ethan, llenas de jabón, pasaron por su columna vertebral mojada, Cassandra jadeó con un suave gemido que se convirtió en un largo ronroneo de placer cuando él masajeó cada centímetro de la espalda. La inundó una cálida sensación de relax, haciendo desaparecer años de tensión, haciendo desaparecer todo excepto él, la caricia de sus manos, el agua caliente que echaba sobre ella.
    – Inclínate hacia atrás, Cassie.
    Con un suave suspiro, obedeció, apoyando la cabeza sobre la curva del borde de la bañera. Para su deleite, él primero enjabonó poco a poco un brazo, después el otro, masajeando cada trozo de piel, cada sensible dedo, reduciéndola a una masa jadeante y sin huesos.
    – Es tan… hmmm… maravilloso -dijo ella con apenas un susurro de voz.
    – Tu piel es lo más suave que he tocado en la vida -murmuró él, echándole un poco de agua sobre la parte superior del brazo.
    – Tus manos son lo más mágico que he sentido en la vida.
    Él se volvió a enjabonarse las manos, para dedicarse esta vez a las clavículas, pasando los dedos por ellas y por la base de la garganta antes de bajar poco a poco hacia el pecho. Cuando las manos se deslizaron debajo del agua por los costados, ella se quedó sin aliento y luego se arqueó. Observó como él le rodeaba los pechos con las manos, acariciando con los pulgares las cimas excitadas que parecían suplicar que las tocasen.
    Cassandra volvió a arquearse, pero esta vez levantó los brazos hacia atrás para rodearle el cuello. Girando la cabeza le recorrió la mandíbula con pequeños besos.
    – Me estás distrayendo otra vez -dijo él, bajando las manos que pasaron rozándole el abdomen.
    Ella inspiró con rapidez.
    – Me estás volviendo loca.
    Las manos se detuvieron entre los muslos y Ethan le separó las piernas todo lo que los límites de la bañera permitían.
    – Quieres que pare.
    – Dios mío, no -susurró ella besándole-. Por favor, no.
    Cassandra cerró los ojos, y con un suspiro lleno de placer se olvidó de sus inhibiciones y se permitió simplemente sentir, el deseo de hacer algo así era algo que nunca había experimentado con su marido. Una de las enormes manos de Ethan volvió a subir para atormentarle los pechos, mientras la otra se deslizó aún más bajo el agua caliente, entre las piernas abiertas. Al primer contacto de los dedos sobre los pliegues femeninos, ambos gimieron. La besó profundamente, las lenguas se entrelazaron y bailaron con un perezoso ritmo que iba al compás de la lenta caricia de los dedos acariciando la sensible carne.
    Ella gimió y se movió desasosegada, queriendo, necesitando más, con una desesperación cada vez más fuerte que nunca antes había experimentado, una que no podía controlar. Con las manos le agarró por los hombros, instándole a profundizar aún más el beso, al tiempo que levantaba las caderas en una silenciosa súplica para que la tocara más a fondo.
    Pero aunque él deslizó un dedo en su interior y la acarició con suavidad, todavía no era suficiente. Quería sentir su peso sobre ella, sentir el contacto de su piel. Quería estar totalmente unida a él.
    Ethan introdujo otro dedo y presionó la palma sobre la carne, rotando la mano con lentitud de tal forma que un profundo gemido surgió del interior de Cassandra. Las exquisitas sensaciones la inundaron llenándola de corrientes de placer. Sin darse cuenta, levantó una pierna pasándola por el borde de la bañera para abrirse aún más a sus caricias, luego se arqueó hacia arriba para recibir la siguiente embriagadora caricia. El nudo de tensión que sentía dentro de ella se intensificó, lanzándola al oscuro límite de algo… algo que quería con desesperación pero que la eludía, llenándola de una aguda tensión que exigía alivio.
    Entonces él aceleró el ritmo. Los suaves tirones a los pezones, duros como guijarros, las caricias de la lengua y la penetración más profunda de los dedos, hicieron que de repente todo el cuerpo se convulsionara, arrancando de ella un sorprendido grito. Ola tras ola de un intenso placer la recorrieron durante segundos interminables en que lo único que existía en el mundo era Ethan y el modo en que la tocaba. La forma en que él la había hecho sentir. Los espasmos fueron disminuyendo y una deliciosa languidez sin precedentes se apoderó de ella.
    Sintió como deslizaba los dedos fuera de su interior mientras la besaba recorriéndole la mandíbula.
    – Cassie -susurró él mordisqueándole con suavidad el lóbulo de la oreja.
    – Ethan… -Su nombre surgió como un suspiro lleno de placer. Antes de que pudiera decir nada más, algo como gracias, él la alzó entre sus brazos. Sin preocuparse del agua que chorreaba del cuerpo de ella, mojándole, la abrazó durante largos instantes, mirándola con unos ojos tan ardientes que la quemaban.
    – Agárrate bien -dijo él.
    Después de que Cassandra se sujetara con fuerza rodeándole el cuello con los brazos, él se inclinó, agarró la toalla y la envolvió con ella. Acurrucada entre el cálido cuerpo masculino y la toalla calentada por el fuego, le besó en el cuello.
    Ethan fue hacia la cama, luego poco a poco la bajó hasta que tocó el suelo con los pies. Tomando la toalla la fue secando con suavidad. Ella se deleitó con aquellas atenciones, y cuando él terminó le rodeó la cara con las manos, se puso de puntillas y le besó. Él la abrazó haciendo que los cuerpos se unieran de arriba a abajo, dándole calor. El miembro duro por la excitación le presionó el vientre, y su matriz se tensó como respuesta.
    – Ethan -murmuró ella, echando hacia atrás la cabeza para mirarle-, nunca antes me había sentido así.
    A él se le oscurecieron los ojos con una emoción que Cassandra no pudo descifrar.
    – El placer ha sido mío.
    – No del todo, te lo aseguro.
    Una chispa de humor apareció en los ojos de Ethan antes de levantar las manos y quitarle las horquillas del moño.
    – Tu cabello es tan hermoso -dijo él pasándole los dedos por el pelo-. Igual que el resto de ti -Se apartó y la recorrió con una mirada en la que se reflejaba un hambre apenas reprimida- Tan hermoso -susurró, rodeándole los pechos, acariciándole los pezones, arrancando de ella como respuesta un suave gemido de placer. Cassandra se apoyó en él, luego jadeó cuando Ethan bajó la cabeza para meterse un pezón en la boca.
    – Esto no es justo -dijo ella, arqueando la espalda, ofreciéndose-. Yo también quiero mirarte y tocarte, Ethan.
    Al oír sus palabras, él le dio un largo lametón al pezón y luego levantó la cabeza.
    – Muy bien -dijo, cogiéndole las manos y llevándolas a su camisa-. Desnúdame.
    De inmediato ella empezó a desabotonarle con dedos temblorosos. Titubeó y se obligó a apartar el temor de no poder complacerle al igual que no había complacido a su marido.
    – Nada de lo que hagas puede desagradarme, Cassie -dijo él, como se le hubiera leído el pensamiento-. Eres lo más bello que he visto en mi vida. Lo más suave que he tocado en mi vida. Créeme cuando te digo que sólo con muchísima fuerza de voluntad me contengo para no devorarte. Incluso así, apenas puedo controlarme.
    Una misteriosa emoción la recorrió al oírle admitir aquello y tiró de su camisa hasta abrirla.
    – No quiero que te controles -dijo ella, deslizando las manos por los duros músculos de su pecho. Tenía el cuerpo de un trabajador, bronceado por el sol, fuerte, masculino, y muy excitado. El vello oscuro cubría la amplia extensión de piel dorada por el sol, estrechándose en una franja oscura que dividía su torso en dos, una estela de seda que hacía que sus dedos hormiguearan por el ansia de explorar.
    Cassandra inspiró y saboreó su olor. Olía a jabón, a ropa limpia y, al igual que siempre había olido, a aventura. Sólo con mirarle se sintió audaz e imprudente, y mareada por una sensación de osadía que, a pesar de resultarle extraña, no podía rechazar.
    – Quiero ser devorada -dijo alzando la mirada hacia él-. Quiero sentir. Todo. Quiero tocar. Todo tu cuerpo.
    Los ojos de él se oscurecieron, y con la ayuda de Cassandra, se quitó la camisa. Ella dio un paso hacia delante, le besó el centro del pecho y luego deslizó la boca abierta hacia el pezón. Se lo chupó con suavidad, deleitándose con el fuerte latido de su corazón que atronaba bajo su mano, y con el gruñido que vibraba en su garganta. Fue bajando las manos, pasando por el abdomen, explorando con los dedos, investigando las ondas cautivadoras de los fuertes músculos y esa seductora franja de vello oscuro que se estrechaba en medio del torso. Cuando las manos llegaron a los pantalones, levantó la cabeza.
    – Quítatelos, Ethan.
    Cassandra dio un paso atrás y observó cómo se quitaba la ropa, primero las botas, luego los cómodos pantalones de montar. Cuando por fin estuvo desnudo ante ella, se le secó la boca al ver aquella imagen. Esa cautivadora franja de vello continuaba más abajo, extendiéndose en el vértice de los muslos donde su excitación sobresalía hacia el frente, gruesa y fascinante. Las piernas eran largas y poderosas, y todo el cuerpo parecía tenso y expectante.
    Poco a poco fue dando la vuelta alrededor de él, deteniéndose al llegar a su espalda, recorriendo con la mirada la piel llena de cicatrices.
    – ¿Son del fuego? -preguntó con suavidad, delineando con los dedos las pálidas marcas fruncidas.
    – Sí.
    Le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla sobre las antiguas heridas, luego depositó suaves besos sobre cada centímetro.
    – Debió de dolerte muchísimo -susurró entre besos, con el corazón atormentado por lo que había sufrido-. Lo siento tanto.
    – Ya no me duele.
    Después de darle un último beso en la espalda, se puso de nuevo delante de él. Extendiendo la mano, acarició la punta de la erección con los dedos y él inspiró con fuerza.
    – Estás tan bien hecho, Ethan. Eres tan pero tan fuerte.
    Él tragó con fuerza y ella se deleitó al ver que el hambre le oscurecía los ojos y que la piel se le ruborizaba.
    – No es que me sienta muy fuerte ahora mismo -dijo él con una voz que parecía más un gruñido ronco.
    – Oh, ¿cómo te sientes?
    – Conquistado.
    Envolvió los dedos alrededor de su excitación y apretó con suavidad. Los ojos de Ethan se cerraron de golpe.
    – Vencido -susurró.
    – ¿Quieres que pare? -preguntó ella, repitiendo su pregunta de antes.
    – ¡No! Dios, no. No pares.
    Cassandra no pudo contener la sonrisa de pura satisfacción femenina que apareció en sus labios al oír su áspero tono.
    – Si insistes -murmuró, y con los dedos recorrió su longitud, explorando cada centímetro de carne tensa, primero con una mano, luego con las dos, aprendiendo la forma, acariciando, volviéndose más atrevida y confiada con cada respiración de él que iba volviéndose más y más desigual.
    Ethan soltó un largo gemido, echó la cabeza hacia atrás y apretó con más fuerza los ojos cerrados.
    – Seguro que ni te imaginas lo increíbles que son estas sensaciones.
    Cuando ella deslizó un dedo por la gota nacarada que relucía en la punta de su erección, extendiendo la cálida humedad por la henchida cabeza, él hizo un sonido estrangulado y la cogió en brazos.
    – Ya no puedo soportarlo más -masculló con los ojos casi echando fuego. La puso sobre la colcha y se echó en la cama. Le separó las rodillas y se arrodilló entre los muslos abiertos. Respirando con fuerza, alargó la mano y le acarició los henchidos pliegues, que estaban húmedos, tensos y doloridos por la necesidad. La recorrió con la mirada hasta que sus ojos se encontraron, luego bajó el cuerpo hasta ponerse encima de ella.
    El primer empuje fue largo, delicioso y tuvo como respuesta un jadeo de asombro, tanto por la gloriosa fricción como por la profunda intimidad de su cuerpo deslizándose en el de ella. Cuando estuvo sepultado hasta el fondo, se quedó quieto varios segundos, y Cassandra absorbió la indescriptible sensación de él llenándola, estirándola. Rodeándole la cintura con las piernas y los hombros con los brazos, le acercó a ella aún más.
    – Entonces así es la pasión -susurró ella.
    – Sí -Ethan salió casi del todo, luego despacio, se hundió profundamente otra vez, una caricia de seda que encendió dentro de ella el mismo fuego que antes le había consumido a él-. Y así… -Otro empuje largo, lento, otra gota nacarada mientras la penetraba. Los lentos empujes fueron acelerándose, profundizando, provocando espasmos, cada uno acercándola cada vez más a la liberación. Cassandra le clavó los dedos en los hombros, luego con un grito de sorpresa, se arqueó bajo él cuando las dulces y cálidas contracciones de placer la recorrieron de arriba a abajo. Sintió como el cuerpo de Ethan se tensaba, luego apretándose contra ella, él sepultó la cara en la curva que formaba la unión del cuello y los hombros y se derramó en su interior.
    Cuando los estremecimientos disminuyeron, él respiró varias veces tembloroso y levantó la cabeza. Los ojos de Cassandra se abrieron, trémulos. Se le veía tan deslumbrado y saciado como se sentía ella, y una dolorosa ternura se extendió por su organismo.
    – Entonces así es hacer el amor -murmuró apoyándole una mano en la mejilla.
    Él giró la cabeza para besarle la palma.
    – Tendría que decir que sí, pero la verdad es que no sabía que fuera así.
    – ¿Así cómo?
    – Exquisito.
    Ethan se movió como si quisiera apartarse, y ella, con los brazos y las piernas, le rodeó aún más fuerte.
    – No te vayas. La sensación de sentirte, de tenerte dentro, es, usando tus propias palabras, exquisita -Le miró a los ojos y dijo con suavidad-: Mis… relaciones con Westmore fueron muy… impersonales. Él nunca me hizo el amor como lo has hecho tú. Mi marido consideraba que venir a mi cama era un trabajo y derramaba su semilla dentro de mí tan rápido como podía con el único propósito de procrear un heredero.
    Una rabia inconfundible llameó en los ojos Ethan.
    – Cualquier hombre lo bastante afortunado como para tenerte que no adore la tierra que pisas es un asno -declaró él rotundo.
    Su carnoso labio inferior tembló, y él bajó la cabeza para recorrérselo con la lengua. Cassandra jadeó y le atrajo para besarle lenta y profundamente. Cuando rompieron el beso, ella dijo indecisa:
    – La habilidad con la que me has tocado… es obvio que has tenido… mucha experiencia.
    Durante varios latidos de corazón, él la miró con ojos serios.
    – Nadie, nunca, me ha tocado el corazón como lo has hecho tú Cassie -murmuró quedo.
    Con los dedos le recorrió suavemente la cicatriz.
    – Hace muchísimo tiempo que no he sentido la emoción de los celos, pero ahora descubro que tengo celos de todas las mujeres que te han tocado alguna vez. De todas las mujeres que te tocarán en el futuro -En efecto, el pensar en él con otra mujer, sepultado dentro de ella, compartiendo confidencias, le hizo un nudo en las entrañas y se le nubló la vista con una neblina roja.
    – Cassie… no desperdiciemos el poco tiempo que tenemos pensando en un futuro más allá de las pocas horas que nos quedan.
    Él tenía razón, por supuesto.
    – Muy bien -Se estiró sinuosamente bajo él, sonrió cuando sintió su mano acariciándole el pecho-. Encuentro muy agradable tu inagotable interés por mi cuerpo -añadió.
    – Estupendo, porque mi interés está muy lejos de saciarse.
    – Estaba pensando algo parecido referente a ti.
    La besó con suavidad en la comisura de los labios.
    – No sé si alguna vez he oído una noticia mejor.
    Ella respiró hondo, satisfecha, y percibió un tenue olor a rosas, lo que le indujo a preguntar:
    – ¿Qué más tienes en esa bolsa?
    – Una manta, una botella de vino y unas cuantas fresas para añadir a la bandeja de comida y hacer un picnic.
    Se le humedecieron los ojos ante su consideración.
    – Los picnics que solíamos compartir fueron algunos de los momentos más felices de mi vida.
    – De la mía también. Luego, después de alimentarte, voy a hacerte el amor, esta vez de verdad ahora que no estamos tan ansiosos -Le acarició con la nariz la sensible piel de detrás de la oreja-. La próxima vez será incluso mejor. Menos precipitada. Y la tercera vez aún mejor.
    – Enséñame -dijo ella, buscando sus labios para otro beso abrasador-. Enséñame todo.
    Y él lo hizo. Hasta que finalmente Cassandra se quedó dormida entre sus brazos cuando el color malva del amanecer se abrió camino a través de la ventana. Y cuando despertó, él se había ido. Una hojita de papel descansaba sobre la almohada que todavía conservaba la huella en donde él había estado. Con dedos temblorosos, cogió la misiva y leyó el breve mensaje.

    Nunca olvidaré esta noche. Perdóname por irme así, pero no puedo soportar decirte adiós.

Capítulo 7

    Ethan tiró de las riendas de Rose, y después de dar a su jadeante y sudorosa yegua una cariñosa palmada en el cuello se quedó mirando, más allá de la playa, la luminosa extensión azul de St Ives Bay. Había estado montando a caballo desde que la tenue penumbra del amanecer se había impuesto a la oscuridad del cielo, intentando en vano exorcizar los recuerdos de la noche que le inundaban la mente. Ahora, varias horas más tarde, la luz del sol resplandecía, sin una nube a la vista para romper el interminable azul. ¿Cómo era posible que brillara el sol? Cassie se había ido. El tiempo debería haber sido gris y sombrío, dando paso a una fría llovizna, para ir en consonancia con su humor.
    Recorrió poco a poco la playa con la mirada, a lo largo de la ruta por la que ayer habían caminado, deteniéndose un buen rato en el grupo de rocas donde se habían besado. Un vacío y una añoranza como nunca antes había sentido se retorcieron dentro de él, entrelazándose con una profunda rabia. Contra sí mismo, por permitirle a ella que se quedara. Por probar lo que nunca volvería a tener. Por infligirse esta agonía que le retorcía las entrañas. Tal vez era mejor no disfrutar nunca del paraíso que hacerlo y que el alma supiera que nunca nada volvería a ser tan bueno.
    La había echado de menos antes del día de ayer -con un profundo dolor que nunca le había abandonado por completo- pero era un dolor con el que había aprendido a vivir.
    Pero ahora, ahora que la había abrazado, besado, reído con ella, que le había hecho el amor, que la había estrechado entre sus brazos mientras dormía, ¿cómo iba a poder aprender a vivir con este dolor? Este dolor debilitante que le hacía sentir como si el corazón se le hubiera desintegrado convirtiéndose en polvo y esparciéndose por el viento. Un espacio tan vacío en el lado izquierdo del pecho que nada nunca podría volver a llenarlo.
    Sacó el pañuelo del bolsillo y contempló las iniciales bordadas con hilo de un profundo azul que hacía juego con sus ojos. Los dedos se le curvaron, estrujando la tela con el puño y cerró con fuerza los ojos. ¿Cómo malditos infiernos era posible sentirse tan entumecido, a pesar del intenso dolor?
    ¿Cómo podía esperar ahora poder borrarla alguna vez de su memoria? Ella solía vivir sólo en su mente. En su corazón. En su alma. Pero ahora su olor, su sabor, su tacto, todo estaba grabado bajo su piel. Tan profundamente, que ninguna otra mujer podría borrar nunca su huella, y no es que alguna lo hubiera hecho antes, pero al menos una parte de él siempre había tenido la esperanza de que quizá algún día encontraría a alguien que pudiera. Alguien a quién sería capaz de ofrecer algo más que un breve encuentro que sólo servía para aliviar temporalmente su soledad.
    Pero ahora esa esperanza había sido pisoteada. Porque había descubierto la diferencia entre tener sexo para aliviar una necesidad física y hacer el amor con la mujer que poseía su corazón. Y su alma.
    Y aún peor, todos los lugares que solía considerar como sus santuarios estaban ahora impregnados de recuerdos de Cassie. La posada. Las cuadras. Esa zona de playa a la que iba casi a diario. Ahora no tenía ningún sitio al que ir para evitar los recuerdos.
    Después de una última mirada al agua bordeada de espuma blanca, hizo girar a Rose -nombre que le había puesto por el perfume favorito de Cassie- hacia las cuadras. Después de cepillar a la yegua, fue al cuarto de los arreos. Acababa de colocarlo todo cuando oyó una voz detrás de él.
    – ¿Puedo hablar contigo, Ethan?
    Se dio la vuelta y vio a Delia observarle desde la entrada con una expresión indescifrable. Basándose en la palidez de su cara y en la forma en que los dedos arrugaban el vestido gris sospechó que algo iba mal.
    – Por supuesto. ¿Ha pasado algo en la posada?
    Ella negó con la cabeza y entró en el cuarto.
    – En la posada, no -Apretó los labios hasta formar una delgada línea y dijo-: Quiero hablar de lady Westmore.
    Sin querer las manos de Ethan se cerraron en un puño al oír el sonido de su nombre.
    – ¿Qué pasa con ella?
    La mirada de Delia se desvió posándose en varios puntos diferentes durante unos segundos, después volvió a él.
    – Sospechaba que le habías dado a alguien tu corazón. Alguien de tu pasado. Pensé que ésa era la razón por la que pretendías no notar todas las indirectas que te lanzaba -Levantó la barbilla-. Es ella. Lady Westmore. Ella es la dueña de tu corazón.
    Malditos infiernos. ¿Acaso su anhelo enfermo de amor estaba grabado en su cara para que todo el mundo lo viera?
    Al no contestar, Delia movió la cabeza con varios asentimientos bruscos.
    – Bueno, al menos no lo niegas. No hay porqué hacerlo. Vi el modo en que la mirabas.
    – ¿Y cómo la miraba?
    – Como esperaba que me miraras a mí algún día.
    Ethan soltó un largo suspiro y se pasó las manos por la cara.
    – Delia, lo siento.
    – No tienes por qué disculparte. Nunca me diste falsas esperanzas de que pudiéramos ser más que amigos -Hundió la barbilla y clavó los ojos en el suelo-. Eres un buen hombre, Ethan. Un hombre honesto. No es culpa tuya que yo deseara que fueras mi hombre.
    Él avanzó hacia ella y le puso las manos en la parte superior de los brazos.
    – Sabes que me preocupo por ti, Delia.
    Cuando alzó la cara y le miró, vio un brillo de humedad en sus ojos.
    – Lo sé, Ethan. Pero no de la misma forma en que yo me preocupo por ti. Aunque lo sabía, me convencí que la mujer que llevabas en el corazón había desaparecido de tu vida o había muerto. Y que un día te despertarías y estarías preparado para seguir adelante. Y yo estaría allí esperando.
    Suspiró profundamente y retrocedió, haciendo que la soltara.
    – Pero saber que existe y verla de verdad, son dos cosas diferentes. Nunca podría mirarte y creer que estás pensando en mí. Estarías pensando en ella y yo lo sabría. En mi mente ya no es la imagen obsesiva de un fantasma. Lo he visto. He visto como la mirabas, como le sonreías, como reías con ella. Yo sólo ocuparía el segundo lugar, porque contigo, nunca habría un primero. Sólo hay sitio para ella.
    Maldición, deseó poder negar sus palabras. Deseó poder transferir sus sentimientos por Cassie a Delia, una mujer de su clase con quién podría compartir el futuro. Por desgracia, su amor por Cassie lo llevaba en la sangre. Desde siempre. Él lo sabía, y Delia lo sabía. No la deshonraría diciéndole algo menos que la verdad.
    – Nunca he querido herirte, Delia.
    Ella se encogió de hombros.
    – Me he herido yo sola. Pero ha llegado la hora de que reaccione. Me voy, Ethan. Me voy de Blue Seas y de St. Ives. He pensado en quedarme con mi hermana en Dorset. Hace unos meses tuvo gemelos y le irá bien mi ayuda -Entrelazó las manos y algo parecido a una combinación de confusión, compasión y rabia apareció en sus ojos- Sabes que tus sentimientos por ella son inútiles. Las damas importantes no se relacionan con gente como nosotros.
    Un músculo se movió en la mandíbula de Ethan.
    – Lo sé.
    – Bien, tus sentimientos por ella no te mantendrán caliente por la noche. No más de lo que me mantendrán caliente a mí mis sentimientos por ti. Y estoy cansada de tener frío. Y de estar sola. Echo de menos tener un marido. Quiero compartir mi vida con alguien. Te deseo suerte, Ethan. Espero que encuentres la felicidad. Y el amor.
    Él se quedó inmóvil, clavado en el sitio, observando cómo se alejaba. Una parte de él quería seguirla, rogarle que se quedara, decirle que intentaría olvidar a Cassie, al menos lo suficiente como para intentar crear una vida con alguien más. Pero otra parte sabía que no pasaría. Los últimos diez años -y la última noche- lo demostraban.
    Sintiéndose como si le hubieran golpeado con unos puños como yunques, clavó los ojos en la entrada vacía por la que Delia se había ido. No debía de haber sido fácil para ella haberse enfrentado así a él y decirle que le quería, sobre todo sabiendo que sus sentimientos no eran correspondidos. Había demostrado un coraje que él nunca había tenido. Nunca había admitido sus sentimientos hacia Cassie. Nunca le había dicho que la amaba.
    Se quedó helado, luego, cuando por fin comprendió, se pasó despacio las manos por el pelo. Ayer mismo había estado dispuesto a apartar el pasado y a hablar del futuro con Delia. Había estado dispuesto a confesarle sus sentimientos de amistad y respeto, y dejar que decidiera si lo poco que tenía que ofrecer era suficiente. Si estaba dispuesto a hacer eso con Delia, ¿por qué malditos infiernos no iba a hacerlo con la mujer que había amado durante toda la vida?
    Quiero compartir mi vida con alguien. Las palabras de Delia hacían eco en su mente. Maldición, él también quería compartir su vida con alguien. Y ese alguien era Cassie. No tenía nada que ofrecerle, excepto a sí mismo. No había ni títulos ni tierras. Pero por Dios, estaba condenadamente seguro de que nunca la lastimaría. Y aún más, él podía ofrecerle algo que el bastardo de Westmore no le había dado.
    Su amor. Su corazón. Y su alma.
    Tal vez ella se limitaría a mirarle con amabilidad. O peor, con lástima. Pero quizá para una mujer que había pasado los últimos diez vacíos años infeliz, sola y sin amor, lo poco que él podía ofrecerle fuera bastante. Y si no lo era, al menos Cassie sabría que la amaban. Y por Dios, que merecía saberlo.
    Estaba seguro de que le rechazaría, pero era un riesgo que tenía que correr. Tal como estaban las cosas, ella estaba fuera de su vida, así que no tenía absolutamente nada que perder declarándose. Y tal vez, sólo tal vez, lo poco que tenía fuera suficiente.
    Al menos podía dejar que ella decidiera.

    Cassandra estaba sentada en el salón de Gateshead Manor, intentando concentrarse en la conversación que mantenían sus padres y que iba de un tema a otro, pero su mente deambulaba lejos. Por fortuna su madre había empezado una de sus prolijas explicaciones de un musical nuevo al que habían asistido, lo que no requería más que alguna que otra inclinación de cabeza por parte de Cassandra.
    Fue bebiendo el té, usando la delicada taza de porcelana china como un escudo para ocultar su tristeza, aunque probablemente el esfuerzo era inútil, ya que incluso dudaba de que sus padres notaran si ella hiciera lo que estaba deseando, subirse de un salto a la mesa y gritar, ¡soy muy desgraciada!
    Hmm… aunque decidió que no era del todo exacto. Lo notarían. Y luego su madre diría, No eres nada de eso, y no escucharé más tonterías. Y su padre negaría con la cabeza y diría, No serías desgraciada -ninguno de nosotros lo sería- si hubieras cooperado y hubieras sido un niño.
    De acuerdo, no podría discutírselo. Si hubiera nacido niño, desde luego no tendría el corazón roto por Ethan.
    Ethan… Dios santo, creía que había conocido el dolor, el vacío y la soledad durante los últimos diez años. Qué irónico era que esos años resultaran sólo una práctica para el futuro. Nada de lo que había sufrido en manos de Westmore podía compararse con el dolor desgarrador de dejar a Ethan, un dolor que la oprimía con tanta fuerza que incluso le dolía el respirar.
    Había querido saber lo que era estar con él, besarle, hacerle el amor, y ahora lo sabía. Era todo lo que había soñado. Y todo lo que se le había negado en su matrimonio. Todo lo que siempre había querido, la pasión, la risa, la gentileza. Él le había dado todas esas cosas en una noche mágica. Una noche mágica que no cambiaría por nada del mundo. Pero una que haría que todas las noches siguientes estuvieran vacías.
    Bebió otro sorbo de té y cerró los ojos, y de inmediato un desfile de imágenes pasó como un relámpago por su mente. De Ethan sonriéndole. Alimentándola con una fresa. Mirándola con un ardiente deseo. Inclinándose para besarla. Cubriéndola.
    Él había querido conseguir que su única noche juntos fuera perfecta y lo había hecho. Con tanto éxito que había perdido la esperanza de poder llegar a cerrar los ojos alguna vez y no verle. De que alguna vez pudiera respirar sin que le doliera el lugar vacío de su pecho donde solía estar el corazón. De poder volver a vivir alguna vez sin el profundo dolor de desearle tanto. De necesitarle con tanta fuerza.
    De amarle con todo el corazón.
    Sabía que le echaba de menos, que le amaba, pero no había comprendido o no se había dado cuenta de la profundidad inmensurable, insondable, de aquellos sentimientos hasta que lo había vuelto a ver. No había entendido que “añorar” era una tibia descripción del anhelo que ahora le retorcía el estómago y le deprimía el alma. No se había imaginado la enorme diferencia que había entre amar a alguien y quedar sorprendida por la irrefutable comprensión de que se estaba profunda, intensa y perdidamente enamorada de esa persona.
    Ahora lo sabía.
    Y que Dios la ayudara, ya que no creía poder olvidar jamás ese breve sabor del paraíso. Porque le añoraría con todo el corazón y toda el alma, cada día durante el resto de su vida. A Ethan. Sólo a Ethan.
    Y Ethan se había ido.
    Sintió la humedad de las lágrimas en los ojos y con rapidez parpadeó para apartarlas. Bajó la taza de té y deslizó la mano en el profundo bolsillo de su vestido, donde tocó con los dedos la nota que le había dejado. No puedo soportar decirte adiós.
    La primera vez que había leído aquellas palabras, se le había roto el corazón porque no le vería otra vez antes de marcharse de Blue Seas. Pero después, cuando estaba sentada en el carruaje y había visto como la posada iba desapareciendo en la distancia, comprendió que él había hecho lo correcto. Tampoco ella hubiera podido decirle adiós. No habría sido capaz de obligar a sus piernas a caminar hacia el carruaje que, con cada vuelta de sus ruedas, le llevaría lejos de él. Y tenía que irse.
    ¿O no?
    Frunció el ceño. Por supuesto que tenía que irse. Su sitio estaba aquí. En Gateshead Manor.
    ¿Verdad?
    Frunció aún más el ceño, y con la mirada recorrió la lujosa sala, maravillosamente amueblada. Había crecido aquí entre el rico mobiliario y la multitud de criados, disfrutando de las comodidades que le proporcionaba la riqueza de su familia. Aunque la casa en particular, no era lo que más había amado. Su parte favorita de la finca había sido siempre las enormes tierras. Que había explorado con Ethan. Y las cuadras. Donde había pasado el tiempo con Ethan.
    – ¿No estás de acuerdo, Cassandra?
    La imperiosa pregunta de su madre interrumpió su ensueño, y con un esfuerzo se concentró en lo que decía.
    – ¿De acuerdo?
    Su madre frunció los labios en una muestra de disgusto que Cassandra recordaba muy bien. En las tres horas que habían pasado desde su llegada a Gateshead Manor, ya le habían dirigido esa mirada varias veces.
    – Que cuando lord y lady Thornton vengan de visita la próxima semana, sería aceptable organizar una pequeña velada musical en su honor.
    – Claro, si eso es lo que deseas. ¿Por qué no iba a ser aceptable?
    – Por ti, por supuesto -Le echó una intencionada mirada al vestido negro de Cassandra-. Por tu periodo de luto.
    Cassandra tuvo que apretar los labios para contener una amarga carcajada.
    – No me ofenderé en lo más mínimo, madre.
    – Maldito periodo de luto -dijo su padre con brusquedad-. Una molestia inoportuna, eso es lo que es -Miró a Cassandra con los ojos entrecerrados en los que brillaba una luz helada, una mirada que nunca había fallado en dejarla congelada en el sitio como a una niña pequeña. Los ojos azul claro le hacían pensar en pequeños trozos de hielo-. Maldito Westmore por ser tan desconsiderado y no dejarte nada, aunque por supuesto el hombre tenía sus motivos -No llegó a pronunciar las palabras porque no le diste un heredero, pero por el modo en que impregnaron el aire, no necesitaba decirlas-. Pero todo será como debe ser tan pronto como acabes tu periodo de luto. Ya lo he arreglado.
    – ¿Arreglado? ¿El qué?
    – Tu próximo matrimonio.
    Un silencio ensordecedor llenó la sala. Un silencio que parecía absorber todo el aire. Durante varios segundos Cassandra no pudo hacer nada más que mirar a su padre. Seguro que le había oído mal. Tuvo que tragar dos veces para encontrar la voz.
    – Perdona, me ha perecido que decías “tu próximo matrimonio”
    – Y eso es exactamente lo que he dicho. El duque de Atterly ha expresado su interés. Hace poco compré una finca en Kent que él codicia. A cambio, ha acordado fijar una buena suma para ti y un precioso trozo de tierra en Surrey para mí. Su primera esposa, que descanse en paz, le dio tres hijos, así que gracias a Dios el que seas estéril no es un impedimento. El único problema posible es ese fastidioso periodo de luto. Debido a la avanzada edad del duque, verse forzado a esperar los siguientes diez meses es una mala jugada. Esperemos que no muera antes de que se haya consumado el matrimonio.
    La ola de estupefacta incredulidad que atravesó a Cassandra casi la ahogó y tuvo que luchar para tranquilizarse y evitar que el siguiente sonido que pronunciara no fuera una risa, o un sollozo, o un grito. O una combinación de los tres. Miró a su madre que asintió.
    – Eres afortunada, Cassandra. Es un excelente partido.
    Con el estómago revuelto volvió a mirar a su padre. Después de carraspear, dijo con cautela, pronunciando cada palabra con mucha claridad para que no hubiera ningún malentendido.
    – Me temo que has cometido un error. No tengo la menor intención de volver a casarme.
    Los ojos de su padre cambiaron de helados a glaciales.
    – Tus intenciones no importan, hija. Te casarás con Atterly en el mismo momento en que acabe el periodo de luto, suponiendo que siga todavía vivo. Si muere antes, lord Templeton, cuya primera esposa también le dio hijos, es mi segunda elección.
    Cassandra se apretó el estómago con las manos en un vano intento de calmar los nervios. Luego levantó la barbilla y se enfrentó a la mirada furiosa de su padre.
    – No me casaré con ningún aristócrata.
    Las mejillas de su padre se volvieron del color carmesí y se le entrecerraron aún más los ojos.
    – Harás lo que te digo. Los arreglos ya han sido hechos.
    – Pues tendrás que deshacerlos.
    – No haré nada por el estilo -Se levantó y cruzó la pequeña distancia que había entre ellos en dos furiosas zancadas, luego la miró con el ceño fruncido-. Un arreglo entre tú y Atterly es más de lo que te mereces. Serás una duquesa.
    Cassandra se puso a temblar por dentro, no por miedo, sino por asco, por una helada furia. Poco a poco se puso en pie e hizo frente a su padre, juntando con fuerza las rodillas para que no notara sus temblores.
    – Gracias al último matrimonio que concertaste para mí, ya soy condesa, un título que no me ha dado ni un momento de felicidad.
    – ¿Felicidad? -La palabra brotó violentamente de su padre en un incrédulo grito-. Esto no tiene nada que ver con la felicidad.
    – Es obvio. Tiene que ver con que conseguirás las tierras que tanto codicias. Como mi primer matrimonio que tú concertaste tuvo que ver con varios miles de acres en Dorset.
    – Que es precisamente el tipo de fusiones ventajosas en las que deberían basarse los matrimonios.
    – Fusiones ventajosas para ti, no para mí.
    – Llegar a ser duquesa es desde luego una ventaja. Si quieres casarte con él o no, no tiene importancia. Harás lo que te diga. Dios sabe que me debes mucho, no has servido para nada más.
    Había oído aquellas palabras en diferentes contextos tantas veces, primero de su padre, luego de Westmore, que a estas alturas no tendrían que dolerle. Y aunque todavía escocían, a la vez la llenaron de una calma fría y tranquila.
    – He pagado, no importa qué deuda creas que tenga contigo, accediendo al primer matrimonio que concertaste. No accederé a otro.
    Los helados ojos la taladraron con una total repugnancia.
    – Estás viviendo en mi casa, sin ningún medio, y por lo tanto harás lo que te diga. No escucharé nada más sobre el asunto. Tienes diez meses para acostumbrarte a la idea, y será mejor que lo hagas, ya que no tienes alternativa -Se dio un tirón al chaleco para colocarlo y con el ceño fruncido la miró con sarcasmo-. Será mejor que te retires a tu habitación hasta la cena. Se te ve más desagradable que de costumbre -Dicho esto volvió a su sillón de orejas y cogió su taza de té como si nada hubiera ocurrido, sintiéndose seguro por la convicción de que cada palabra suya sería obedecida.
    Durante varios segundos Cassandra permaneció congelada en el sitio, apenas capaz de respirar, con el corazón atronándole tan fuerte que sentía los latidos hasta en los oídos. Miró a su madre que tenía en la cara la misma expresión de absoluta indiferencia que su padre. Tampoco es que hubiera esperado encontrar un aliado en la mujer que nunca se había enfrentado a su padre por ella. De todos modos, esto sólo demostró, con una intensidad que sintió hasta en los huesos que estaba, otra vez, completamente sola.
    Sintiendo como si su sangre se hubiera enfriado hasta llegar a helarse, Cassandra se obligó a moverse con la cabeza muy alta y salió muy tiesa del salón. Caminó por el pasillo hacia el vestíbulo, y con cada paso que daba, el dolor y la rabia se le enroscaban con más fuerza en su interior. Cuando llegó al dormitorio, la respiración había desembocado en entrecortados y furiosos sollozos, y las lágrimas corrían sin restricciones por su rostro.
    ¿Por qué no se había esperado este giro de los acontecimientos? ¿Cómo era posible que después de todo por lo que había pasado, conservara la suficiente ingenuidad para creer que podría volver a la casa de su infancia, y vivir tranquila el resto de sus días?
    No tienes alternativa. Las palabras de su padre sonaron en su mente como el toque de difuntos en un funeral, eran las palabras más odiosas que había oído nunca. Palabras que estaba harta de escuchar. De vivir. Palabras que no quería volver a oír.
    Con pequeños y trémulos pasos, caminó de arriba a abajo por la alfombra Axminster. Dios santo, ¿cómo era posible que sólo unas horas antes se hubiera sentido tan eufóricamente feliz, y ahora sintiera una desesperación y un vacío tan profundos?
    Porque hace algunas horas estabas con Ethan.
    Ethan. Dejó de caminar y cerró con fuerza los ojos. Dios santo, le amaba tanto. La había hecho feliz. La había hecho reír. Había hecho que se sintiera querida, necesitada. Nunca lo había sentido con nadie más. Aunque no estuviera segura de la profundidad de sus sentimientos, era obvio que sentía cariño por ella. Y la deseaba. No tenía ninguna duda de que le había hecho feliz, al menos durante una noche.
    Abrió los ojos y soltó un trémulo suspiro. Su mente, de repente, corría a toda velocidad. No tienes alternativa. Pero comprendió llena de esperanza que quizá sí tenía alternativa, si tuviera el valor. El valor para mandarlo todo al diablo, para ignorar las reglas de la sociedad que habían gobernado toda su vida, y volver a Blue Seas. Decirle a Ethan lo que sentía por él. Preguntarle lo que sentía él por ella. Si sus sentimientos fueran una fracción de lo que ella sentía por él, había la posibilidad que quisiera que se quedase en la posada. Y ella se quedaría. No porque no tuviera ningún otro sitio donde ir, sino porque quería estar con él, donde fuera que él estuviera.
    El escándalo arruinaría su reputación, cortaría cualquier esperanza que volver a entrar en la sociedad. Seguro que sus padres la repudiarían. Perdería el derecho de volver alguna vez a Gateshead Manor.
    Y nada de eso le importaba ni un poco.
    No tenía nada que ofrecerle a Ethan, excepto a sí misma. Pero tal vez, si fuera muy, muy afortunada, sería suficiente.
    No puedo soportar decirte adiós. Bien, ella tampoco. Al menos no sin luchar.
    Llena de una eufórica sensación de expectativa que estaba segura de no haber sentido jamás, atravesó la habitación y tiró de la cuerda de la campana. Un momento después sonó un golpe a la puerta, y Sophie entró en el dormitorio.
    – ¿Sí, milady?
    Cassandra se acercó a ella y le dijo:
    – Sé que tú y el señor Watley regresáis mañana a Westmore, pero…
    – Oh, sí, milady -la interrumpió Sophie con rapidez-. Acepto.
    – ¿Aceptas?
    – Me sentiría honrada de quedarme aquí con usted -Una tímida sonrisa le curvó los labios-. Es usted la señora más amable a la que he servido. La verdad sea dicha, no me veía con fuerzas para regresar a Westmore. La esposa del nuevo conde no es ni la mitad de agradable que usted. Tiene un carácter terrible.
    Cassandra apretó los puños al pensar en Sophie sometida al carácter terrible de alguien.
    – Gracias, Sophie. Eres la mejor doncella que he tenido nunca. Pero lo que iba a decirte es que me voy de Gateshead Manor. Hoy. Y no voy a volver.
    Sophie parpadeó.
    – ¿Se va, milady? Pero acaba de llegar. ¿Adónde va?
    – Regreso a la posada Blue Seas. Donde tengo intención de quedarme.
    Sophie abrió mucho los ojos.
    – Oh… ya veo -dijo, aunque era obvio que no veía nada en absoluto. La verdad es que la joven parecía… perdida.
    De repente a Cassandra se le ocurrió una idea y dijo cuidando las palabras:
    – Si quieres venir conmigo, eres bienvenida, Sophie, aunque no puedo asegurarte lo que nos deparará el futuro. Entiendo perfectamente que la posada de un pueblo no puede compararse con esta finca…
    – Me sentiría honrada de acompañarla, milady -cortó la criada, era obvio el alivio que expresaba su voz-. Prefiero estar allí con usted que en Westmore sin usted -Dirigió a Cassandra otra tímida sonrisa-. No me sorprendería que el señor Watley decidiera informarse si hay algún trabajo en Blue Seas. Se quedó encantado con el estado de las cuadras de allí. El jefe de las caballerizas de Westmore es horrible, y el señor Watley no se veía volviendo a estar bajo sus órdenes.
    Extendiendo la mano, Cassandra apretó las de Sophie y le devolvió la sonrisa.
    – Entonces todo está decidido. Mientras haces el equipaje, iré a las cuadras e informaré al señor Watley de nuestros planes.
    Y luego le diría a sus padres que se marchaba. Y luego se pondría en camino hacia Ethan. Esperando que él quisiera que se quedara.

Capítulo 8

    Después de ponerse de acuerdo con el señor Watley para que llevara el equipaje al carruaje lo más rápido posible, Cassandra entró en la casa por las puertas cristaleras de la terraza de atrás. Acababa de entrar en el vestíbulo de baldosas blancas y negras, cuando oyó la voz de su padre impregnada de una fría rabia, que salía de la puerta de la biblioteca que estaba entreabierta.
    – Salga de una maldita vez de mi casa.
    – No hasta que haya hablado con Cassie.
    Ella se quedó inmóvil, incrédula y aturdida, al oír la voz de Ethan, una voz llena de una helada determinación que nunca había oído antes.
    – Cuando te eché de Gateshead Manor hace diez años te dije que no regresaras jamás.
    – Y me marcharé de buena gana en cuanto haya visto a Cassie.
    – Te marcharás ahora o te marcaré la mejilla derecha como ya hice con la izquierda.
    Todo en Cassandra se quedó congelado, la sangre, el aliento, como si un helado puño invisible estuviera oprimiéndola. Siguieron varios largos segundos de silencio, y se dio cuenta de la horrible verdad de las palabras de su padre.
    – Le aseguro que pasará por un infierno si lo intenta -Le llegó la tranquila respuesta de Ethan, no menos amenazante por su suavidad.
    – Hace diez años pensaste que podías besar a mi hija, tú, que vales aún menos que el estiércol que quitabas de las cuadras. Vi el modo en que la mirabas. Tuviste la oportunidad de meterte entre sus faldas, y ella fue tan estúpida y tan inútil como para permitírtelo.
    – No hablara así de ella en mi presencia.
    Su padre soltó una seca carcajada.
    – Haré exactamente lo que me plazca, que incluye no seguir escuchándote. Fuera. Ahora. Antes de que haga que te echen.
    – Otra vez, le aseguro que pasará por un infierno si lo intenta antes de que hable con Cassie.
    Siguió otro breve silencio, durante el que Cassandra logró salir de su estado de aturdimiento. Se encaminó hacia la biblioteca, pero antes de haber dado dos pasos, se abrió la puerta con la suficiente fuerza como para hacer soltar los goznes, y Ethan salió a grandes pasos con una expresión sombría en la cara, se le veía grande y oscuro y peligrosamente decidido. Se detuvo durante varios latidos de corazón al verla, luego se dirigió con rapidez hacia ella. Segundos más tarde la sujetó por los hombros.
    – Cassie -le dijo, con una mirada ansiosa escrutando su cara-. ¿Estás bien?
    Qué Dios la ayudara, no lo sabía. Las cosas que su padre había dicho, las consecuencias de aquellas palabras… pero ya reflexionaría sobre ello más tarde. Asintió con fuerza.
    – Estoy bien. No puedo creer que estés aquí.
    – Necesito hablar contigo…
    – Aparta las manos de mi hija.
    Ethan y ella se giraron. Su padre se acercaba a ellos amenazador, con los ojos helados de furia. Ethan se puso delante de ella, pero Cassandra se movió para quedarse al lado de él, sintiéndose fuerte ahora que le tenía cerca y con la rabia que la dominaba dando combustible a su valor.
    Su padre se detuvo a un brazo de distancia. No la miró ni una vez, en cambio no apartó la furiosa mirada de Ethan.
    – Es la última advertencia. Sal de mi casa.
    – No -la palabra brotó violentamente de Cassandra. Estaba tan enfadada que temblaba-. He oído lo que has dicho en la biblioteca, padre. Que hace diez años le ordenaste a Ethan que se fuera. Que fuiste tú quién le hirió en la cara -Le vibró la voz de repulsión-. Eres un hombre frío y malvado. Me avergüenzo de ser tu hija.
    Él levantó una mano con la obvia intención de golpearla, pero en lo que dura un parpadeo, Ethan desvió el golpe, luego le levantó por la camisa. Dando dos zancadas puso a su padre de un golpe con la espalda contra la pared. Su padre jadeó, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, Ethan le apretó el antebrazo contra la garganta.
    – Ésta es la última advertencia -dijo Ethan con voz calmada, baja y mortal-. Primero, si alguna vez veo que le levanta la mano otra vez, le romperé el maldito brazo. Para empezar. Segundo, voy a hablar con Cassie, y no hay nada que pueda hacer para impedirlo. Ni con un cuchillo, ni con una pistola, ni con un batallón de sirvientes, o cualquier otra cosa que se le ocurra, ya no soy el jovenzuelo ingenuo de hace diez años, y créame, si trata de interferir otra vez, no vacilaré en marcarle la cara para que haga juego con la mía.
    El rostro de su padre enrojeció como una remolacha, y una mezcla de furia y miedo resplandeció en sus ojos. Intentó soltarse del agarre de Ethan, pero era igual que intentar mover una enorme roca de granito.
    – Algún día te pudrirás en el infierno -escupió su padre con voz estrangulada.
    – Tal vez. Pero si trata de hacerle daño de algún modo o interferir otra vez, me aseguraré de que llegue usted primero -Ethan liberó a su padre, tan de repente que cayó al suelo, agarrándose la garganta y respirando con dificultad. Ethan se acercó a ella-. ¿Estás bien?
    – S… sí -Esta vez ella le agarró la mano, ansiosa por escapar. Salieron de la casa y cuando ella dudó, sin saber a dónde ir, Ethan la guió hacia una hermosa yegua castaña atada a un poste. Después de montar, se inclinó hacia delante, la levantó como si no pesara nada, y la puso en su regazo, rodeándola con sus fuertes brazos. Ella se apoyó en su pecho, y su calor y fuerza la envolvieron. No le preguntó adónde iban cuando con los talones hizo que el caballo se pusiera en marcha con un enérgico trote. No importaba. Estaba con él, y eso era suficiente.
    Ethan no dijo nada y ella tuvo que apretar los labios para evitar hacerle la enorme cantidad de preguntas que le corrían por la mente. Un cuarto de hora más tarde, redujo la marcha del caballo al llegar al trozo de playa que quedaba dentro de las tierras de la finca, un lugar donde habían pasado muchas horas juntos. Desmontó y luego tendió los brazos para cogerla, rodeándole la cintura. Con las manos de Cassandra sujetándole por los hombros, la bajó, haciendo que los cuerpos se rozaran de arriba a abajo durante el proceso. Cuando la dejó en el suelo, continuó sujetándola, algo que ella le agradecía, ya que le temblaban las piernas.
    Alzó los ojos para mirarle, y una oleada de amor la inundó. Miró su pelo salvajemente alborotado por el viento, su piel dorada por el sol… excepto la cuchillada blanca en su mejilla izquierda. Alargó la mano y con los temblorosos dedos acarició la piel desfigurada y fruncida.
    – ¿Por qué no me lo dijiste? -susurró ella.
    – Pasó hace mucho tiempo.
    Un frío río de rabia la atravesó.
    – Nunca le perdonaré como te trató.
    – Nunca le perdonaré como te ha tratado a ti.
    – La forma en que le has hecho frente, la forma en que me has defendido… has estado magnífico. Nadie nunca me había defendido así. Gracias.
    – De nada. Sólo siento no haber estado ahí para hacerlo durante los últimos diez años.
    Dios santo, ella también.
    – El modo en que me has defendido tú también ha sido magnífico -dijo él con voz solemne-. Gracias -Le cogió las manos entrelazando los dedos, luego la observó con los ojos oscuros muy serios-. ¿Antes de que yo llegará… te ha hecho daño de alguna forma?
    – No físicamente -Con rapidez le contó el plan de su padre de casarla con el duque de Atterly.
    La expresión de Ethan se tensó y un músculo se le movió en la mandíbula.
    – ¿Y tú que le has dicho?
    – Que me negaba a volver a casarme.
    Algo destelló en sus ojos.
    – Yo… ya veo -Le apretó las manos con suavidad-. Tu padre estaba equivocado cuando te ha dicho que no tenías alternativa, Cassie. La tienes. Ven conmigo. Regresa a Blue Seas.
    El alivio y el amor que la abrumó le cortó el aliento.
    – Me alegro tanto que hayas dicho eso, Ethan, porque pensaba regresar hoy a Blue Seas.
    Él alzó las cejas y pareció que por un momento se había quedado mudo.
    – ¿Por la discusión con tu padre?
    – No, aunque al final ha sido la chispa que me ha hecho tomar la decisión, así que quizá debería de estarle agradecida -Respiró profundamente para darse valor, luego se lanzó de cabeza-. Regresaba a Blue Seas para decirte que te amo, Ethan. Y no sólo que te amo, ya que eso lo sé desde hace años, sino que estoy enamorada de ti. Terriblemente enamorada -Las palabras salían con rapidez, fluyendo de ella como el agua manando por la ancha boca de una jarra, temiendo que si se detenía para respirar, perdiera el valor-. En el transcurso de un día y una noche mágica has borrado diez años de vacía soledad. Y me has hecho comprender no sólo las cosas que quiero, sino también las que no quiero. No quiero vivir en Gateshead Manor sin ti. No quiero vivir en ninguna parte sin ti. En cuanto a lo que quiero, te quiero a ti. Cada día. Cada noche. Tanto tiempo como tú me quieras.
    Dejó de hablar e intentó respirar, aunque apenas pudo hacer que el aire le entrara en los pulmones, observando su mirada aturdida, esperando una respuesta. Un músculo se movió en la mandíbula de Ethan que cerró los ojos con fuerza. Dios mío, ¿qué quería decir eso? El silenció se prolongó hasta que tuvo deseos de sacudirle. ¿Por qué no decía algo?
    Por fin abrió los ojos, y el fuego que se había encendido en ellos le dio esperanzas al instante.
    – Tanto tiempo como tú me quieras -murmuró él, repitiendo sus palabras-. Cassie, ¿comprendes que eso es para siempre?
    El alivio casi la hizo caer de rodillas.
    – Dios mío, espero que sí. Pero Ethan, he de recordarte que no tengo nada. No tengo dinero. Y soy estéril. Tú serías un padre maravilloso…
    Él cortó sus palabras poniéndole un dedo en los labios.
    – Una de las ventajas de no poseer un título es que no hace falta que tengas herederos.
    – Sólo seríamos tú y yo.
    Ethan la abrazó con fuerza y apoyó su frente en la de ella.
    – Eres todo lo que he querido en la vida.
    Cassandra le rodeó la cara con las manos y se inclinó hacia atrás dentro del círculo de sus brazos hasta que le miró a los ojos. La alegría la atravesó con tanta rapidez que perdió toda cautela.
    – Ethan, ¿te quieres casar conmigo?
    Otra vez él volvió a cerrar los ojos con fuerza, y luego la besó con tanta fuerza, con tanto ardor, con tanta pasión que le robó el aliento. Cuando Ethan levantó por fin la cabeza, ella estaba total y deliciosamente deslumbrada.
    – ¿Eso es un sí? -susurró Cassandra.
    Él mantuvo un brazo alrededor de ella y levantó la otra mano para echarse para atrás el revuelto cabello.
    – Antes de contestarte, ¿no quieres saber que he venido a decirte?
    – Si todavía deseas decírmelo.
    – Oh, sí. He venido a decirte que te amo. Que siempre te he amado. Sólo a ti. Tú has tenido mi corazón en tu poder desde ese primer día en que me pediste que fuera tu amigo. Siempre he creído que nunca podría haber nada entre una condesa y yo, pero después de volver a verte, de oírte hablar de tu matrimonio, he comprendido que no podía dejarte ir sin al menos decirte que te amo. Y dejar que tú decidieras si lo poquísimo que tengo para ofrecer es suficiente. Nunca podré pagar el lujo al que estás acostumbrada, pero me aseguraré que siempre estés caliente y bien alimentada. No tengo mucho, Cassie, pero todo lo que tengo, lo pongo a tus pies.
    A Cassandra le temblaron los labios y se le escapó un sonido mitad risa, mitad sollozo.
    – Las tierras, el título, el lugar en la sociedad… nada de eso me ha dado la felicidad. Todo lo que quiero es tu amor, Ethan.
    – Siempre lo has tenido. Y siempre lo tendrás. Durante mucho tiempo he creído que amarte era un error. Pero ahora sé que no lo era… mi error fue dejarte ir -Entrelazando las manos de los dos, puso una rodilla en el suelo-. Cassie ¿quieres casarte conmigo?
    Lágrimas de pura alegría surcaron las mejillas de Cassandra cayendo sobre las manos unidas.
    – Yo he preguntado primero.
    Una amplia sonrisa curvó los labios de Ethan.
    – Mi respuesta es sí.
    – Mi respuesta es sí.
    – Gracias a Dios -Él se levantó y volvió a darle otro ardoroso y apasionado beso, luego levantándola del suelo hizo que girasen sobre sí mismos hasta que ambos acabaron jadeantes y riéndose.
    Después que volviera a dejarla en el suelo, Cassandra le miró y vio todo el amor con el que tanto había soñado reflejándose en la radiante expresión de los hermosos ojos oscuros.
    – Entonces así es la felicidad -dijo ella sonriéndole a esos ojos
    – Mi dulce Cassie, así es exactamente.

Jacquie D’Alesandro

    Jacquie se crió en Long Island (Estados Unidos). Se educó en un ambiente familiar, en el que sus padres alimentaron en ella su pasión por la lectura. Su hermana también le prestaba sus libros de Nancy Drew. Más tarde, adquirió cierta predilección por las novelas de corte sentimental y aventuras.
    Tras graduarse se casó con Joe, y el matrimonio que ha tenido un hijo, Christopher, alias "Júnior", con quien residen junto a su gato en Atlanta, estado de Georgia.
    A principios de los 90, el matrimonio adquirió un ordenador, por lo que se animó a escribir todas las historias que pasaban por su mente, y lógicamente se decantó por el género romántico.
    Logró publicar su primer libro en 1999. Escribe tanto novelas situadas en la Regencia como cuentos actuales para Harlequin. Dueña de un estilo elegante no exento de cierto toque humorístico, y con un hábil dominio de la técnica narrativa, Jacquie es una de las autoras más sobresalientes del género. También puede destacarse que en sus novelas ha abordado temas como los malos tratos a las mujeres.

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