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Confesiones De Una Dama

Confesiones De Una Dama

Аннотация

    Carolyn Turner, vizcondesa Wingate, está completamente escandalizada por la última selección llevada a cabo por la sociedad literaria de Londres. Memorias de una amante es escandalosamente explícito y absolutamente perverso… y despierta en ella sentimientos que nunca supo que tuviera. Está convencida de que esta erótica lectura es el único motivo por el que está sucumbiendo a los encantos del célebre libertino Daniel Sutton, lord Surbrooke. Es del todo imposible que esté enamorándose del granuja y sus ilícitas caricias… ¿o no?
    Lo último que Daniel deseaba era pronunciar los votos matrimoniales. Desea con ansia a Carolyn, cierto, pero nunca imaginó que una vez que la arrastrara a su cama jamás quisiera dejarla marchar. Pero sólo cuando un asesino convierte a su amada en su objetivo, Daniel se ve incitado a confesar su amor… y a reclamar a Carolyn como su mujer.


Jacquie D’Alessandro Confesiones De Una Dama

    2º Serie Medianoche

Capítulo 1

    Su mano se deslizó por debajo de mi vestido y subió poco a poco por mi pierna. Los sonidos de la fiesta llegaban hasta nosotros amortiguados por la puerta de la biblioteca y supe que corríamos el riesgo de ser descubiertos. Pero, sencillamente, no me importaba…
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    – Cuando elegimos este libro, no tenía ni idea de que fuera tan… explícito-murmuró Carolyn Turner, vizcondesa de Wingate.
    Sentada en el salón de su casa, apretó con sus manos el ejemplar delgado, encuadernado en piel y muy leído de Memorias de una amante y contempló a sus tres invitadas, quienes formaban, con ella, la Sociedad Literaria de Damas de Londres. Se dio cuenta de que un rubor escarlata idéntico al de ella coloreaba las mejillas de sus amigas, lo cual era comprensible, pues una de ellas hacía poco que se había casado, y las otras dos eran inocentes y virginales.
    Bueno, virginales sí, pero inocentes ya no… gracias a las Memorias.
    Claro que ella, a pesar de haber estado casada durante varios años, nunca soñó, y mucho menos experimentó, la mitad de las cosas descritas en el escandaloso libro que, recientemente, había cautivado a la sociedad londinense. Antes de la prematura muerte de su amado Edward, tres años atrás, Carolyn creía que había compartido con él todo el placer imaginable.
    A juzgar por lo que había leído en las Memorias, no era exactamente así.
    Sarah, su hermana, marquesa de Langston gracias a su reciente matrimonio, carraspeó.
    – Bueno, la razón primordial de que creáramos nuestra pequeña Sociedad Literaria de Damas era dejar a un lado los clásicos a favor de lecturas consideradas prohibidas.
    – Así es -confirmó lady Julianne Bradley, cuyo cutis, que normalmente era de porcelana, parecía ahora una encendida puesta de sol-, pero una cosa es lo prohibido, y otra, esto.
    Sostuvo en alto su ejemplar de la obra y Carolyn se fijó en que muchas de sus páginas se veían decididamente manoseadas. Julianne se inclinó hacia delante y, aunque estaban solas en la habitación, bajó la voz.
    – Si mi madre descubriera, alguna vez, que he leído cosas tan chocantes, ella… -Cerró con fuerza los párpados durante unos instantes-. ¡Uf, ni siquiera puedo imaginármelo!
    – Se pondría hecha un basilisco, como hace siempre -intervino lady Emily Stapleford con su franqueza habitual-. Pediría las sales y, cuando se hubiera calmado, te apuesto algo a que te confiscaría el libro para leerlo ella. -Emily sonrió con sorna a Julianne por encima del borde de su taza de té-. En cuyo caso, tú no sólo te verías confinada a tu dormitorio por el resto de tus días, sino que nunca recuperarías tu libro, así que asegúrate de que no lo descubre.
    Julianne se sonrojó todavía más y añadió, con nerviosismo, otro terrón de azúcar a su té.
    – Como no tengo absolutamente nada con lo que comparar lo que he leído en las Memorias, no puedo evitar preguntarme si la mitad de las cosas que describe la autora son…
    – ¿Anatómicamente posibles? -terminó Emily-. Sí, yo me he preguntado lo mismo. -Su mirada se posó, de una forma alternativa, en Carolyn y en Sarah-. ¿Y bien?
    Sarah se subió las gafas por el puente de la nariz y se abanicó con la servilleta.
    – Yo no puedo considerarme una experta, pues sólo llevo casada dos meses, pero por lo que yo sé…
    Su voz se fue apagando y Emily se inclinó tanto hacia delante que estuvo a punto de caerse de la silla.
    – ¿Sí?
    – Todo lo que describe es… posible.
    Emily se reclinó en el asiento y exhaló un largo suspiro.
    – Nunca lo habría dicho. -Su sorprendida mirada se posó en Carolyn-. ¿Tú estás de acuerdo?
    Carolyn apretó las manos contra el libro, que reposaba sobre su regazo. Diversos fragmentos del ardiente relato de las proezas sexuales de la Dama Anónima cruzaron por su mente mientras sentía como si las páginas del libro encendieran su vestido en llamas.
    – Sin lugar a dudas es posible -corroboró Carolyn, aunque no estaba segura del todo.
    Claro que, ¿acaso no era posible prácticamente todo?
    – Pero ¿esas cosas son… placenteras? -preguntó Julianne, con sus ojos azules abiertos como platos-. Porque debo decir que algunas de ellas parecen bastante… incómodas.
    Una imagen acudió a la mente de Carolyn: la del atractivo rostro de Edward sobre el de ella mientras el miembro de su marido se hundía en lo más profundo de su cuerpo. Y recordó la felicidad indescriptible que le producía aquel acto íntimo.
    – Definitivamente placenteras -respondieron Carolyn y Sarah al unísono.
    – ¿Y qué me decís de la que aparece en la página cuarenta y dos? -preguntó Emily casi sin aliento, mientras pasaba las páginas del libro.
    Carolyn no necesitaba leer la página cuarenta y dos para saber a qué se refería Emily, pues había leído aquel pasaje sumamente sensual tantas veces que podría recitarlo de memoria. Aun así, imitó a sus amigas y abrió su ejemplar de las Memorias. Su mirada se posó sobre la vivida descripción de la Dama Anónima de una cita rápida en la que su amante la poseyó contra la pared de la biblioteca entre plato y plato de una cena.
    – Es posible -murmuró Carolyn, imaginándose las piernas de la dama alrededor de las caderas de su amante mientras él la penetraba con fuerza y profundamente.
    Aunque Edward nunca le había hecho el amor de una forma tan ruda y… poco caballerosa, ella suponía que era posible. Siempre que el caballero fuera fuerte y vigoroso, y la dama, ágil y resistente, y ambos estuvieran decididos a lograrlo.
    – Y… sin duda alguna placentera -añadió Sarah.
    Tres pares de ojos se desplazaron de inmediato hacia ella. Su hermana no podía…
    Pero una mirada a la ensoñadora expresión que brillaba en los ojos de Sarah, detrás de sus gafas, le dejó claro a Carolyn que su hermana sabía de lo que hablaba, hecho que inquietó a Carolyn de tal forma que ni ella misma comprendía.
    Emily carraspeó.
    – Yo… esto… Bueno, ¿qué me decís del fragmento de la página cincuenta y tres? Sin duda, un hombre no haría eso… ¿no?
    – ¿Y lo de la página sesenta y una? -añadió Julianne-. Sin duda, una mujer no haría eso… ¿no?
    Una vez más, Carolyn supo con exactitud a qué se referían sus amigas sin tener que consultar el libro. Su cara se encendió todavía más y se agitó en el asiento debido a las mismas sensaciones desconcertantes que la invadieron durante toda la lectura de las Memorias.
    «Las lecturas», la corrigió su voz interior, poniendo énfasis en el plural.
    Carolyn frunció el ceño a su molesta voz interior. De acuerdo, «lecturas». Muchas, muchas lecturas, mientras estaba sola en su cama, con la mente rebosante de imágenes carnales que la dejaban totalmente acalorada.
    Aunque, personalmente, tampoco conocía las sorprendentes prácticas descritas en las páginas cincuenta y tres y sesenta y una, no tenía ninguna razón para dudar de la palabra de la Dama Anónima, quien era evidente que sabía cómo desenvolverse en un tocador. Y en una biblioteca. Y en unos establos. E incluso en un comedor.
    Para empezar.
    Carolyn apartó a un lado aquellas sensuales imágenes y declaró:
    – Según se comenta, todo lo que se describe en el libro es absolutamente cierto.
    Sarah se aclaró la voz.
    – Sí, sí que es cierto que los hombres hacen esas cosas. Y… las mujeres también.
    Carolyn parpadeó varias veces. Sin duda Sarah no había hecho eso. Sin embargo otra rápida mirada a su hermana le dejó claro que sí que lo había hecho. Y que se sentía tremendamente feliz por ello. Una extraña mezcla de envidia y placer la invadió. Placer por el hecho de que Sarah, quien, durante mucho tiempo, había sido ignorada por los hombres porque no disponía de la clásica belleza y era una estudiosa empedernida, hubiera encontrado un amor profundo y duradero en Matthew Devenport, marqués de Langston. Y envidia porque Carolyn echaba mucho de menos la profundamente satisfactoria relación que mantuvo con Edward, una relación que, desde el fondo de su corazón y de su alma, sabía que nunca volvería a experimentar. Había tenido suerte al encontrar a su verdadero amor, pero por desgracia lo había perdido debido a una repentina e inesperada enfermedad.
    Después de tres largos años de viudedad, al final había aceptado que el dolor por la pérdida de su amado marido nunca desaparecería por completo. Así que lo guardaba en un rincón especial de su corazón, donde su recuerdo ardía con viveza y siempre lo haría. Ella podría haber permanecido para siempre en el duelo, aislada de todos salvo de su familia y sus amigas más cercanas, pero varios meses atrás, Sarah la había tomado de la mano con firmeza y, prácticamente, la había arrastrado al mundo exterior animándola a dejar a un lado la soledad y los vestidos de luto para unirse de nuevo a los vivos.
    Al principio, Carolyn se resistió, pero, poco a poco, había vuelto a disfrutar de participar en la sociedad, asistiendo a veladas, saliendo con sus viejas amigas y conociendo gente nueva. Carolyn se comportaba adecuadamente en todo momento, decidida a no hacer nada que pudiera mancillar la memoria de Edward. Aunque las noches, largas y silenciosas, le resultaban dolorosas y solitarias, en aquel momento tenía los días placenteramente ocupados con visitas y salidas para ir de compras con Emily y Julianne, sus dos amigas más queridas. Y, desde luego, con Sarah, la más querida de todas. Sin embargo, todavía disponía de mucho tiempo libre y deseaba encontrar algo en lo que mantenerse ocupada. Algo útil. Un proyecto de algún tipo. La mayoría de los días se sentía como si todo lo que hiciera en la vida fuera ocupar un espacio.
    Como no deseaba seguir alimentando aquellos pensamientos, que eran cada vez más sombríos, ni los fragmentos más obscenos del libro, fragmentos que habían despertado en ella deseos que creía tener olvidados desde hacía mucho tiempo, Carolyn declaró:
    – Hace poco he descubierto que las Memorias, además de constituir el último escándalo en la sociedad, también son responsables de una nueva moda que ha causado furor.
    Emily arqueó una ceja.
    – ¿Ah, sí? ¿Hacer el amor en un carruaje en marcha?
    – ¿O en una sala de billar…?
    – No -respondió Carolyn riendo e interrumpiendo las suposiciones de Julianne-. Se trata de las notas sobre las que habla la autora.
    – ¡Ah, sí, las misteriosas cartas anónimas que la Dama recibía de uno de sus amantes! -contestó Julianne con voz entrecortada-. Ella acudía a la hora y lugar indicados en la nota y tenía una cita con su amante.
    – Exacto -prosiguió Carolyn-. Ayer por la noche, en la velada musical de lord y lady Lerner, oí decir a varias damas que habían recibido notas de ese tipo. Y que los resultados habían sido muy satisfactorios.
    – No me extraña -intervino Sarah, asintiendo con la cabeza de tal forma que sus gafas resbalaron por el puente de su nariz-. A mí me gustaría mucho recibir una nota de esas.
    – ¿De verdad? -preguntó Emily mientras sus ojos chispeaban con malicia-. ¿Y de quién?
    Sarah parpadeó y se subió las gafas.
    – Pues de Matthew, claro. De hecho, esta mañana, durante el desayuno, le he pedido que me envíe una.
    Julianne exhaló un suspiro largo y ensoñador.
    – A mí me encantaría recibir una nota de ese tipo. Es tan… ardiente… y romántico.
    – Tan sólo una de esas notas arruinaría tu reputación-declaró con dulzura Carolyn a su exageradamente romántica amiga.
    – Sí, pero que alguien te desee con tanto fervor… -Julianne exhaló otro suspiro-. ¡Las Memorias me han enseñado tantas cosas…! Cosas que, desde luego, mi madre nunca me contó.
    – Ninguna madre le contaría nunca esas cosas a su hija -declaró Carolyn, mientras ahogaba una risa horrorizada.
    La víspera de su boda, su madre sólo le dio el inquietante y enigmático consejo de que cerrara los ojos, se preparara para lo que se aproximaba y recordara que la terrible experiencia habría terminado en cuestión de pocos minutos.
    Evidentemente, su madre no sabía de qué hablaba, porque la noche de su boda constituyó una experiencia tierna y hermosa que marcó el inicio del vínculo íntimo y profundamente satisfactorio que la unió a Edward.
    – Mi madre nunca habló de estas cosas conmigo -intervino Emily-. La verdad es que si no hubiera dado a luz a seis hijos, yo estaría dispuesta a afirmar que no sabe cómo se conciben los niños. Creo que es una gran suerte que la Dama Anónima escribiera las Memorias sacándonos a todas de la ignorancia. Algún día no muy lejano, un hombre rico, guapo y afortunado tendrá el sentido común de enamorarse de mí y se sentirá muy feliz de que yo haya leído el libro.
    Carolyn contempló el retrato de Edward, que colgaba sobre la chimenea, y una oleada de tristeza la invadió. El amor y la intimidad se habían acabado para ella. Edward era un hombre amoroso, amable, honesto y maravilloso. Aún en aquel momento, ella consideraba un milagro que el vizconde Wingate, hombre extremadamente atractivo y soltero cotizado, la hubiera elegido a ella. Sin duda, si su padre no hubiera sido un médico y el vizconde no se hubiera hecho daño en una mano en la misma librería de Londres en la que ella y su padre estaban dando un vistazo, lo más probable era que no se hubieran conocido nunca. Pero, desde aquel primer instante, ella sintió como si acabara de encontrar una pieza de sí misma que ni siquiera sabía que le faltaba.
    Carolyn parpadeó apartando a un lado aquellos recuerdos, se esforzó en sonreír y declaró:
    – Bueno, quizá nos enteremos de que se han enviado más notas en el baile de disfraces de esta noche, en casa de lady Walsh. Se rumorea que será una gran gala.
    – Yo he oído que habrá más de trescientos invitados -informó Sarah-. Esta mañana, Matthew me ha dicho que lord Surbrooke llega hoy a Londres y que asistirá a la fiesta.
    Por razones que ni comprendía ni se molestó en analizar, el pulso de Carolyn se disparó al oír nombrar al mejor amigo de su nuevo cuñado. Ella se había encontrado con lord Surbrooke en varias ocasiones a lo largo de los años, pues Edward lo conocía, pero no tuvo ocasión de hablar más a fondo con él hasta la fiesta que Matthew celebró en su finca, a comienzos del verano.
    Al principio, ella consideró que el guapo y encantador conde no era más que otro aristócrata superficial echado a perder por el exceso de dinero y tiempo libre y por ser un mujeriego. Sin embargo, cuando creía que nadie lo observaba, sus oscuros ojos azules se volvían pensativos y parecían albergar tristeza. Carolyn comprendía bien esa emoción y no podía evitar preguntarse si a lord Surbrooke le había acontecido alguna tragedia en el pasado.
    Pero en sus ojos había algo más… algo que perturbaba la tranquilidad de Carolyn y agitaba sus entrañas de la forma más inquietante. Algo que no estaba segura de que le gustara.
    Julianne intervino con alegría librándola de tener que realizar ningún comentario.
    – Mi madre me ha dicho que el señor Logan Jennsen también asistirá a la fiesta.
    Emily arrugó la nariz.
    – Estoy convencida de que no resultará difícil distinguirlo entre la multitud. Seguro que irá disfrazado de serpiente. O de lobo.
    – No sé por qué te desagrada tanto -declaró Sarah-. Es muy divertido.
    – Simplemente no entiendo que lo inviten a todas partes -contestó Emily soltando un soplido-. ¿Es que nadie, aparte de mí, se ha dado cuenta de que es un norteamericano ordinario?
    – Lo invitan a todas partes porque es escandalosamente rico -intervino Julianne-. Seguro que le gustaría casarse con la hija de un lord para poder entrar en la sociedad. Y con la enorme riqueza que posee, seguro que lo consigue. -Le dio a Emily un codazo para provocarla-. Será mejor que tengas cuidado no vaya a ser que te eche el ojo a ti.
    – Será mejor que no lo haga… si no quiere perderlo. Aunque es posible que lance sus redes en tu dirección.
    – Perdería el tiempo, pues mi padre nunca permitiría que me casara con alguien que no fuera de la aristocracia, por muy rico que fuera. Y no hay suficientes sales en el reino para que mi madre siquiera tenga en cuenta esa posibilidad.
    Carolyn no dudó ni por un momento de que la suposición de Julianne fuera cierta. Su madre, la imponente condesa Gatesbourne, era muy autoritaria en todo lo relacionado con su única hija. Hasta el punto de que, a su lado, las otras madres autoritarias parecían unos gatitos domesticados. La madre de Julianne estaba decidida a que su hija realizara un matrimonio brillante. Sólo por su deslumbrante aspecto, Julianne podía atraer a cualquier hombre, pero combinado con su carácter dulce y la extensa riqueza familiar, Julianne era una de las jóvenes más cotizadas de la sociedad. Por desgracia, estaba aprisionada bajo el asfixiante peso del pulgar de su madre. Carolyn rogaba para que el temperamento amable y romántico de su amiga no se viera pisoteado por un lord mujeriego y hastiado de la vida, aunque conocía bien a los de esa especie y sabía que los hombres como Edward eran difíciles de encontrar.
    Desvió la mirada hacia Emily y la compasión la invadió. Emily había confesado, recientemente, que su familia estaba sufriendo graves dificultades financieras debido, en parte, a la afición de su padre al juego. Emily temía que su padre estuviera planeando concertar un matrimonio para ella con algún viejo y decrépito lord que no tuviera nada a su favor salvo un montón de aquel dinero que tanto necesitaban. Carolyn deseaba con todas sus fuerzas que semejante destino no cayera sobre su vivaracha y alegre amiga.
    A fin de romper el silencio que había caído sobre ellas, Carolyn preguntó:
    – ¿Qué disfraz os vais a poner?
    – Se supone que no debemos contarlo -declaró Emily mientras sacudía un dedo.
    – Pero ¿entonces, cómo nos encontraremos entre la multitud? -preguntó Julianne-. Yo necesito saber a quién buscar en caso de que consiga deshacerme de mi madre.
    – Matthew y yo iremos disfrazados de Romeo y Julieta -declaró Sarah-, aunque, en nuestra versión de la historia, evidentemente, ninguno de nosotros muere, pues nosotros somos más viejos que aquellos amantes adolescentes. Además, no soporto los finales tristes.
    Emily suspiró.
    – Yo seré la trágica Ofelia. Quería ir disfrazada de Cleopatra, pero mi madre me ha dicho que sería un escándalo. -Sonrió ampliamente-. Quizá debería ir disfrazada de la Dama Anónima.
    – Sí-contestó Carolyn-. Y como disfraz podrías llevar la falda doblada hasta la cintura y un ejemplar de las Memorias.
    Todas se echaron a reír.
    – Yo iré vestida de ángel -declaró Julianne.
    – Muy apropiado -contestó Carolyn.
    – Y aburrido -añadió Julianne con un suspiro-. Pero mi madre ha insistido.
    – ¡Espera a ver el disfraz de Carolyn! -declaró Sarah con entusiasmo-. Yo la he ayudado a elegirlo.
    Carolyn simuló fruncir el ceño en dirección a su hermana.
    – Di mejor que lo encargaste, hiciste que me lo trajeran a casa y me ordenaste que me lo pusiera en la fiesta. -Miró a sus otras dos amigas-. Desde que se casó, se ha vuelto muy mandona y dominante.
    – A mi marido le gusta que sea así-respondió Sarah en tono cortante-. Si no te hubiera ayudado, te habrías disfrazado de pastora.
    – Es muy probable -accedió Carolyn-. Lo que es seguro es que no habría elegido el disfraz de Galatea.
    Los ojos de Julianne se iluminaron.
    – ¡Oh, la hermosa estatua de mármol que cobró vida! ¡Estarás preciosa, Carolyn!
    – Y me sentiré como si estuviera a medio vestir.
    – Alégrate de llevar algo puesto -intervino Emily con una sonrisa maliciosa-. Galatea estaba desnuda, ya lo sabes.
    Carolyn lanzó a Sarah una mirada ceñuda.
    – ¡Creo que tú deberías ir disfrazada de Galatea, y yo, de pastora!
    – ¡Cielos, no! -contestó Sarah-. Romeo no querría tener nada que ver con una estatua griega. Como dice Julianne, estarás preciosa. No hay nada inadecuado en tu disfraz.
    – ¡Claro que no! -corroboró Julianne-. De hecho, a juzgar por algunos de los disfraces que la gente se puso el año pasado en la fiesta de lady Walsh, irás excesivamente vestida. -Bajó la voz y añadió-: Un número sorprendente de mujeres se vistieron de miembros de un harén.
    – Y casi el mismo número de hombres iban vestidos con togas. Hombres cuyas abultadas figuras sin duda no estaban hechas para vestirse con una sábana.
    Emily se estremeció visiblemente.
    – Casi lamento habérmela perdido -declaró Carolyn con una sonrisa.
    – Con unos pequeños arreglos, podríamos transformarte de Galatea a Afrodita -le comentó Sarah a Carolyn con aire reflexivo-. Desde el primer momento quise que fueras disfrazada de la diosa del deseo.
    – Rotundamente no -declaró Carolyn con firmeza-. ¿Qué pensaría la gente?
    Sarah le cogió la mano con dulzura y reposó sus ojos marrones en los de su hermana.
    – Pensaría que eres una mujer joven y llena de vida que merece pasárselo bien.
    – Soy una viuda de treinta y dos años que es demasiado sensata y demasiado mayor para desfilar por ahí de una forma indecorosa.
    Carolyn pronunció estas palabras con suavidad para eliminar de ellas cualquier rastro hiriente. Sabía que Sarah quería lo mejor para ella y le agradecía de corazón sus esfuerzos. Sin embargo, desde que decidió continuar con su vida y volver a participar en la sociedad, a veces sentía que todo iba demasiado deprisa; como si estuviera perdiendo una parte de sí misma, de la persona que había sido durante los últimos diez años, la esposa de Edward. De vez en cuando, le costaba recordar imágenes de él que, antes, conservaba con claridad en su mente; no recordaba con exactitud el sonido de su risa, la calidez de su tacto… Y la progresiva pérdida de aquellos recuerdos la confundía y la entristecía. Y también la asustaba, pues, si sus recuerdos de Edward se desvanecían, no le quedaría nada.
    – No hay nada indecoroso en ti -declaró Sarah con dulzura mientras le apretaba la mano y le sonreía-. Y todos nos lo pasaremos muy, muy bien esta noche.
    Carolyn le devolvió la sonrisa, aunque no se sentía tan optimista como ella. La idea de un baile de disfraces le pareció excitante cuando recibió la invitación, pero ahora que había llegado el día, se sentía mucho menos entusiasmada. Había permitido que Sarah la convenciera para ir disfrazada de Galatea porque, como señaló su hermana, a Galatea le dieron el don de la vida, de la misma forma que ella quería volver a la vida. Lo que Carolyn no le recordó a Sarah fue que si la estatua de Galatea cobró vida fue porque Pigmalión, el escultor, se enamoró apasionadamente de su obra de arte. El amor trajo a Galatea a la vida. En determinado momento, el amor había hecho lo mismo por ella, pero Carolyn sabía, en el fondo de su corazón, que eso no volvería, no podía volver a suceder.

Capítulo 2

    La nota sólo decía: «A medianoche en los establos.» Enseguida supe quién me la había enviado. Cuando llegué al lugar y la hora indicados, el corazón, expectante, me latía con fuerza. Él salió de las sombras y, sin pronunciar una palabra, me estrechó entre sus brazos…
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    De pie en un rincón oscuro del concurrido salón de baile, Daniel Sutton, el conde Surbrooke, estaba a punto de dar un sorbo a su copa de champán cuando la vio. Su mano se quedó paralizada a medio camino de sus labios y se olvidó de la bebida mientras contemplaba a la diosa griega que, ataviada de puro marfil, estaba al otro lado de la habitación. Las luces parpadeantes de las docenas de velas que lucían en los candelabros de cristal que colgaban del techo la envolvían con su suave y dorado resplandor. Su disfraz dejaba al desnudo sus dos estilizados brazos y uno de sus hombros. La ávida mirada del conde se deslizó por aquella piel expuesta de color crema y su imaginación enseguida hizo que sus dedos se deslizaran por aquella sedosa suavidad mientras sus labios dejaban un rastro a lo largo de la delicada curva de su clavícula. Su nombre atravesó, en un susurro, la mente del conde, quien tuvo que apretar las mandíbulas para evitar pronunciarlo en voz alta.
    «Carolyn…»
    Un deseo, ardiente y apasionado, se apoderó de él. Incluso con el pelo de color miel atiborrado de polvos blancos y con una máscara que le cubría la mayor parte del rostro, él habría reconocido, en cualquier lugar, sus labios perfectos y llenos, su estilizado cuello, la curva de su mejilla y su pose majestuosa.
    Carolyn estaba sola, escudriñando la multitud. Él habría dado cualquier cosa por ser la persona que ella buscaba, pero sabía que Carolyn buscaba a su hermana Sarah o a una de sus amigas íntimas, a lady Julianne o a lady Emily.
    «Algún día no muy lejano me buscará a mí», le prometió su voz interior. Sí, su mirada lo buscaría como la de él la buscaba a ella a la menor oportunidad. Él mismo se encargaría de que así fuera, porque la deseó con una profunda intensidad desde el primer instante en que la vio.
    Incluso en aquel momento recordaba aquel primer instante con una claridad tan vivida que podría haber sucedido diez minutos, en lugar de diez años, atrás.
    Él la vio -como si se tratara de una visión enfundada en un vestido azul- en un extremo de la sala de baile durante una fiesta que celebró Edward Turner, el vizconde Wingate, uno de sus amigos de Eton. Durante unos segundos, le pareció que el tiempo se había detenido. Como su respiración. Y su corazón. Lo que constituyó una reacción ridícula, visceral, inexplicable y sin precedentes.
    Aunque, sin duda, era atractiva, él estaba acostumbrado a salir con mujeres de una gran belleza. Como es lógico, convenció a su amigo para que se la presentara. Y Edward así lo hizo, presentándole a la señorita Carolyn Moorehouse. Intercambiaron las formalidades de rigor y, segundo a segundo, la atracción que Daniel experimentaba hacia su resplandeciente belleza aumentaba. Hecho que no comprendía, pues las mujeres inocentes no eran en absoluto su tipo. Pero algo en ella lo había agarrado por la garganta y no lo soltaba. Daniel la quería; en su cama, desnuda y temblando de deseo, y por Dios que estaba decidido a conseguirla.
    Quizás el hecho de que no fuera una aristócrata era lo que la hacía parecer tan refrescante y cautivadora a sus ojos, pero, fuera cual fuese la razón, él nunca se había sentido tan profunda e instantáneamente atraído por una mujer. Estaba a punto de empezar a seducirla pidiéndole un baile, cuando Edward reclamó la atención de todos los presentes y anunció que la señorita Moorehouse había accedido a ser su esposa.
    Ahora, una década después, Daniel todavía recordaba su estupefacta reacción. Fue como si todos los colores hubieran desaparecido de la habitación dejándolo todo pintado en unos lúgubres y apagados tonos grises. Después de sacudirse de encima el estupor en el que aquella noticia lo había sumido, Daniel se dio cuenta de lo que no había percibido antes debido a la impresión que experimentó al conocerla, o sea, que Edward adoraba a Carolyn y que, evidentemente, ella sentía lo mismo por él.
    Dos meses más tarde, asistió a su boda, acontecimiento que lo dejó absolutamente vacío. El matrimonio era, sin duda, por amor, y Edward era amigo suyo. Y, aunque sus propias acciones no siempre lo llenaban de orgullo, él mismo había trazado la frontera en poner los cuernos a sus amigos. Por lo tanto, se obligó a apartar a Carolyn de sus pensamientos y se mantuvo alejado de la feliz pareja tanto como le fue posible mientras se repetía a sí mismo que no sentía ningún interés especial por Carolyn, salvo el de acostarse con ella, y que había muchas mujeres hermosas disponibles que podían calmar sus pasiones.
    Pero lo cierto era que, cada vez que se encontraba en la misma habitación que Carolyn, tenía problemas para concentrarse en algo que no fuera ella. Las fantasías sensuales que le inspiraba lo confundían por lo difícil que le resultaba apartarlas de su mente. Por suerte, ella y Edward no asistían a muchas veladas, así que apenas los veía. El siguió con su vida y, al final, se convenció de que su inapropiado deseo había constituido una aberración.
    Tras la repentina muerte de Edward, tres años atrás, Carolyn se recluyó apartándose por completo de la sociedad. Así que Daniel se quedó pasmado cuando se enteró, hacía ya varios meses, de que ella estaba invitada a la fiesta que tendría lugar en la casa solariega de Matthew Devenport, su mejor amigo. Daniel enseguida se sintió impaciente por asistir a dicha fiesta. Antes de llegar a la finca de Matthew, se recordó a sí mismo que la extraña y apasionada atracción que había experimentado por Carolyn, hacía ya muchos años, constituía una anomalía. Que, sin lugar a dudas, tras darle una ojeada, se pondría a bostezar. Sin embargo, como no quería tener ningún estorbo ni distracciones, antes de emprender el viaje a la finca de su amigo terminó, amigablemente, su breve pero apasionada aventura con Kimberly Sizemore, condesa de Walsh, sabiendo que la guapa viuda enseguida iniciaría una nueva relación con su próximo amante.
    Sin embargo, cuando empezó el baile, sólo tuvo que mirar una vez a Carolyn para que el ardiente deseo que ella le inspiró en el pasado surgiera otra vez con intensidad. Su mera presencia lo dejaba aturdido, desconcertado y cohibido, lo que podría haber considerado divertido a no ser porque le resultaba absolutamente irritante, inusual y perturbador. En todo lo relacionado con las mujeres, él contaba con experiencia y confianza; sin embargo, de alguna forma, aquella mujer tranquila y menuda lo hacía sentirse como un chico torpe con pantalones cortos y requería de todo su ingenio para no quedarse embobado y tartamudeando en su presencia.
    Gracias a las conversaciones que habían mantenido, durante las que él consiguió no quedarse embobado ni tartamudear demasiado, Daniel supo que ella se había consagrado a la memoria de su marido y que no experimentaba el menor deseo de volver a casarse. Eso la hacía todavía más perfecta para él, pues lo último que Daniel quería era una esposa. No, él sólo quería acostarse con ella y, en aquel mismo instante, decidió hacer lo que no pudo hacer cuando la conoció: seducirla. Eso constituía un reto, pues ella seguía adorando a su difunto marido, pero él era un hombre paciente y nunca había deseado tanto a una mujer. Todas sus terminaciones nerviosas ardían de anticipación ante el incipiente juego de atraerla hasta su cama, donde el fuego que ella había encendido diez años atrás por fin se apagaría. Disfrutarían de una aventura rápida y agradable para ambos, libre de engorrosas emociones, y después cada uno de ellos seguiría su camino por separado. Él había establecido con ella una buena comunicación en la finca campestre de Matthew y ahora que los dos habían regresado a Londres, estaba preparado para iniciar en serio su seducción.
    En aquel mismo instante.
    Le tendió a un criado que pasaba por su lado la intacta copa de champán pero, antes de que pudiera moverse, un hombre disfrazado de pirata se acercó a su presa. Cuando, después de unos segundos, Carolyn le ofreció la mano al bucanero enmascarado y sonrió, Daniel entrecerró los ojos. No sabía quién era el maldito bastardo, pero, al darse cuenta de que había permanecido demasiado tiempo en las sombras, se dirigió, con paso decidido, hacia Carolyn. Tenía la intención de agujerear al maldito cerdo, con su misma espada, si era necesario. Sin embargo, antes de que hubiera dado media docena de pasos, una mano femenina se apoyó en su brazo.
    – Eres un salteador de caminos muy apuesto, querido -declaró una voz ronca que Daniel reconoció enseguida.
    Se dio la vuelta y se vio sometido a un minucioso examen a través de la máscara de lady Walsh. Él le dio una rápida ojeada. Vestida con un disfraz muy revelador, Kimberly estaba endemoniadamente deseable e impactantemente atractiva. Y él lo único que quería era escaparse.
    Sin embargo, Kimberly era su anfitriona y su antigua amante, y el protocolo exigía que se mostrara amable. Desde luego, no era culpa de ella que él tuviera prisa en cruzar la habitación.
    – ¿Cleopatra? -intentó adivinar Daniel, cogiéndole la mano y rozando con sus labios los dedos de Kimberly.
    – Así es -contestó ella con un susurro sensual-. Esperaba que tú fueras disfrazado de Marco Antonio, su amante. ¿No recibiste mi nota sugiriéndote que lo hicieras?
    Daniel había recibido su misiva, pero la ignoró. Se habían separado amigablemente antes de que él partiera para la fiesta en la casa solariega de Matthew y tenía la intención de que las cosas siguieran de aquella manera: amigables y separadas.
    – He llegado a Londres esta misma tarde y no he podido leer la montaña de cartas que me esperaba en casa -contestó, mientras tranquilizaba su conciencia al recordarse a sí mismo que ésa era la verdad.
    – ¿Te lo estás pasando bien?
    – Muy bien. Tus fiestas siempre son entretenidas.
    Desvió la mirada más allá del hombro de Kimberly y se puso en tensión. Carolyn seguía sonriendo al pirata, quien le tendía una copa de champán. ¡Maldición, quizá pincharlo con la punta de la espada era demasiado suave! Sería mejor colgarlo del palo mayor.
    – Me alegro.
    Kimberly se acercó un poco más a él y Daniel recibió una oleada de su exótico aroma. La mano de ella le rozó discretamente el muslo y Daniel volvió a centrar su atención en Kimberly. Sus ojos de color esmeralda despidieron, a través de la máscara, un brillo seductor.
    – Se me ocurre algo más que podría resultarte entretenido.
    Daniel esbozó una sonrisa forzada y contuvo su impaciencia. Quizás, en otro momento y en otro lugar, habría aceptado la oferta, pero en aquel instante, simplemente, no estaba interesado. Sin embargo, no quería ofenderla, pues se enorgullecía de ser amigo de sus antiguas amantes.
    Daniel realizó una reverencia y esbozó una rápida sonrisa.
    – Estoy seguro de que podrían ocurrírsete un montón de cosas entretenidas, pero de ningún modo querría privar a tus invitados de tu presencia. Dale recuerdos a su excelencia -añadió, refiriéndose al duque de Heaton, el hombre que, según se rumoreaba, era su último amante y que, además, tenía la reputación de ser extremadamente generoso con sus queridas.
    Sin duda, Kimberly cosecharía un buen número de caros adornos en aquella relación.
    Alguien más reclamó la atención de Kimberly y Daniel aprovechó la oportunidad para perderse en la multitud. Se dirigió directamente hacia Carolyn y el pirata, quien estaba a punto de sufrir una derrota aplastante. Mientras se abría paso entre la multitud, los compases de la música se elevaron por encima de la cacofonía de las voces y las risas. Durante unos segundos, Daniel perdió de vista a la pareja y se detuvo. La multitud que lo rodeaba se movió y Daniel apretó los puños. El maldito pirata se había inclinado hacia Carolyn y le susurraba unas palabras al oído. ¡Y ella rió su gracia abiertamente!
    Daniel tuvo que hacer acopio de todo su autodominio para no abrirse paso a empellones, dirigirse hacia ellos con furia y, como sugería su disfraz de bandolero, raptar a Carolyn.
    – Parece como si acabaras de morder un limón -declaró una voz familiar y divertida detrás de él.
    Daniel se dio la vuelta y vio que alguien disfrazado de Romeo lo estaba escudriñando.
    – Se supone que esto es una jodida fiesta de disfraces -murmuró Daniel con una voz que reflejaba toda la rabia que lo invadía-. ¿Cómo es que todo el mundo me reconoce con facilidad?
    – Yo no te habría reconocido a no ser por dos detalles -declaró Matthew en su papel de Romeo.
    – ¿Y cuáles son esos detalles?
    – El primero es que me contaste que pensabas ir disfrazado de salteador de caminos, lo que constituye todo un indicio.
    – Sí, supongo que sí-balbuceó Daniel sin apartar su atención de la pareja que reía al borde de la pista de baile.
    – Y en segundo lugar, la dura mirada que estás lanzando a Logan Jennsen me ha acabado de aclarar cualquier duda. Y, aunque te agradezco tu animadversión hacia él por mi causa, debo decir que ya no es necesaria. Ahora que Sarah y yo estamos casados, no se atreverá a mirar a mi mujer con ojos lascivos. De hecho, estoy considerando la posibilidad de embarcarme en un negocio con él.
    Daniel volvió la cabeza poco a poco para mirar a su amigo.
    – ¿Ese pirata es Logan Jennsen? -preguntó con lentitud y en voz tan grave que incluso a él mismo le sonó como un gruñido.
    No le importaba que Jennsen le hubiera ahorrado un montón de dinero desaconsejándole que participara en una inversión que, al final, resultó ser un desastre. A pesar de la buena visión financiera de Jennsen, a él nunca le había caído bien aquel norteamericano engreído y adinerado que parecía estar en todos los eventos sociales. Además, en aquel momento en concreto, aquel hombre le desagradaba especialmente.
    Matthew Romeo arqueó las cejas.
    – ¿Me estás diciendo que no sabías que se trataba de Jennsen? -Miró hacia el pirata y se quedó paralizado. Poco a poco se volvió de nuevo hacia Daniel-. No.
    – ¿No qué?
    Matthew apretó los labios y señaló un rincón de la sala con un gesto de la cabeza. Daniel murmuró un juramento y siguió a su amigo hasta aquella zona, que estaba menos concurrida.
    – ¿No qué? -repitió Daniel bajando la voz para que nadie los oyera.
    – Si no sabías que era Jennsen, eso sólo puede significar que estabas mirando con rabia a quienquiera que estuviera hablando con Carolyn.
    Daniel no se molestó en hacer ver que no conocía la identidad de la mujer disfrazada de Galatea y miró a Matthew directamente a los ojos.
    – ¿Y qué?
    – ¡Maldita sea! Ya sospeché que ocurría algo de este tipo en la fiesta de mi casa, pero estaba tan ocupado en mis asuntos que no presté mucha atención. -Matthew soltó un largo suspiro-. No es la mujer adecuada para ti, Daniel.
    Una vez más, Daniel no simuló que no lo entendía.
    – Quizá yo esté buscando a la mujer inadecuada.
    – Ella no es del tipo de mujer con el que tú normalmente… tratas.
    – ¿Y qué tipo es ése?
    – El tipo hastiado. El tipo que va de una relación a otra. -Bajó la voz todavía más-. Ella es una mujer decente.
    Una mezcla de indignación y dolor recorrió el cuerpo de Daniel.
    – ¿Insinúas que no soy un hombre decente?
    – Claro que no. De hecho, eres mucho mejor persona de lo que tú crees, pero en lo relacionado con las mujeres, te gustan…
    – ¿Las relaciones superficiales y breves que se fundan sólo en el placer físico? -sugirió Daniel con amabilidad cuando vio que Matthew no encontraba las palabras adecuadas.
    – Exacto. Y siempre que este tipo de relación te haga feliz a ti y a tu compañera, es del todo aceptable. Pero éste no es el tipo de compromiso que haría feliz a Carolyn.
    – Quizá deberíamos dejar que ella misma lo decidiera.
    Matthew lo estudió durante unos segundos y añadió en voz baja:
    – Carolyn es la hermana de Sarah y no quiero que sufra.
    – ¿Qué te hace creer que la haré sufrir? La única forma de que alguien sufra es si su corazón está implicado, y ella ha dejado muy claro que el suyo pertenece a su difunto marido.
    – Entonces, ¿por qué te interesa?
    Daniel sacudió la cabeza.
    – Es evidente que tu matrimonio ha hecho que lo veas todo de color de rosa. La situación de Carolyn me ofrece la mejor de las oportunidades: una aventura en la que no tengo que preocuparme de que ella se enganche a mí como una lapa molesta y, al mismo tiempo, ningún hombre vivo querrá retarme a un duelo al amanecer. -Vio que Carolyn y Jennsen entrechocaban el borde de sus copas de champán y una desagradable sensación que se parecía en todo a los celos ardió en su interior-. Seremos discretos y nadie sufrirá.
    Salvo, quizás, el pirata bastardo de Jennsen. Sí, quizá se viera lanzado, de repente, en medio de un zarzal. Con la cabeza por delante. O caminando por la plancha. Hacia unas aguas infestadas de tiburones.
    – ¿Ella está de acuerdo con este tipo de relación? -preguntó Matthew con evidente sorpresa.
    – No, todavía no.
    – Ya me parecía a mí. Siento ser yo quien te dé la noticia, pero creo que vas a sufrir un desengaño. De hecho, estoy seguro. Por lo que Sarah me ha contado, unido a lo que yo he observado, Carolyn no es del tipo de mujer que se involucra en una aventura tórrida y ocasional. Pero hay docenas de otras mujeres que estarían encantadas de ser el blanco de tus atenciones.
    – A riesgo de parecer un pedante, debo reconocer que así es. Como bien sabes o, al menos, lo sabías antes de meter el cuello en la soga del matrimonio, ser perseguido por las mujeres va con el hecho de poseer un título, ser rico y no tener un aspecto desagradable. Aunque, en realidad, poseer un título es el único requisito real. Los otros dos son, simplemente, nata sobre un pastel que ya está glaseado.
    – Siempre espero con ansia esas joyas cínicas de sabiduría que me regalas.
    – Cualquier cinismo por mi parte está fundado en la verdad pura y dura que extraigo de la aguda observación de la naturaleza humana. Y es evidente que alguien tiene que bajarte a la tierra. -Lanzó a su amigo una mirada escrutadora-. ¡Santo cielo, si prácticamente… brillas!
    – A esto se le llama felicidad.
    – No entiendo que encadenarse a la misma mujer para toda la vida pueda producir otra sensación que no sea náuseas y dispepsia.
    – Lo dices porque no has conocido a la mujer adecuada.
    – Claro que la he conocido, muchas veces.
    – Con adecuada me refiero a una mujer con la que puedas compartir tu vida, no sólo tu cama.
    – ¡Ah! Evidentemente, nuestras definiciones de «adecuada» difieren muchísimo.
    – Hasta hace pocos meses habría estado de acuerdo contigo, pero ya no. Pensarás de distinta manera cuando te enamores.
    – ¿Estás borracho?
    – En absoluto.
    Daniel sacudió la cabeza.
    – Mi querido ofuscado, engatusado y enamorado amigo, sólo porque tú te hayas sumergido en el pegajoso lodazal del amor no significa que yo también vaya a caer en él.
    – ¡Ah! Pero en algún momento encontrarás la horma de tu zapato pues, como he descubierto yo mismo, enamorarse hasta las cejas no es algo que planees o no planees. Simplemente, sucede.
    – Quizás a ti sí, pero yo soy un experto esquivando cualquier tipo de situación desagradable.
    – Incluidas las emociones complicadas y pegajosas…
    – Exacto. Si no hubieras perdido la cabeza, todavía serías un buen partido en la sociedad.
    – Sí, y estaría desaprovechando la oportunidad de compartir mis días y mis noches con la mujer más maravillosa que he conocido nunca.
    – ¿Y dónde está tu maravillosa mujer? ¿Por qué no te mantiene ocupado evitando que me atormentes de esta manera?
    – Está charlando con lady Emily y lady Julianne. Sin duda, tramando alguna estratagema.
    – Mis condolencias.
    – Al contrario, encuentro que las estratagemas de Sarah son de lo más entretenidas. Sobre todo una que me comentó esta mañana.
    – ¿Y en qué consiste? -preguntó Daniel sin mucho interés.
    – Consiste en que desea recibir una nota mía, una que sólo indique una hora y un lugar.
    – ¡Santo cielo, las mujeres piden cosas de lo más ridículas! ¿Por qué extraña razón desea que le envíes semejante nota?
    – Para que podamos encontrarnos el día y en el lugar acordados, donde yo… le recordaré lo contenta que está de ser mi mujer.
    Esto llamó la atención de Daniel, quien se volvió hacia su amigo.
    – Interesante. ¿Y de dónde sacó ella esa idea?
    – De un libro que ha leído recientemente y que, por lo visto, es muy popular entre las damas. En el libro se mencionaba una nota de este tipo y ahora es el último grito en la sociedad.
    Daniel volvió a mirar a Carolyn y añadió con voz indiferente:
    – Quizá tu esposa te ha sugerido este jueguecito porque se siente aburrida.
    – Lo dudo. La mantengo bastante entretenida. Tú, por tu parte…
    Matthew chasqueó la lengua.
    – ¿Qué?
    – ¿Sabes siquiera cómo seducir a una mujer?
    Daniel volvió a dirigir su atención a su amigo, se inclinó hacia él y lo olisqueó.
    – ¿Cómo es que no hueles a coñac?
    – Ya te lo he dicho, no estoy borracho. Al contrario, estoy perfectamente sobrio y hablo muy en serio. Es evidente que tienes mucha experiencia en la cama, pero ¿alguna vez has tenido que esforzarte para acostarte con una mujer? Por lo que yo sé, nunca has tenido que hacer otra cosa más que hacerle señas con un dedo a una mujer para que haga lo que a ti se te antoje. Sólo con una mirada a tu excepcionalmente hermosa cara y tu devastadora sonrisa y caen a tus pies como moscas.
    Daniel parpadeó desconcertado. ¡Maldición! Claro que había tenido que encandilar y convencer a las mujeres para que fueran sus amantes. ¡Desde luego! Claro que había tenido que incitarlas. ¡En múltiples ocasiones! En aquel momento no podía acordarse de cuándo había sucedido, pero eso no significaba que no hubiera ocurrido.
    Lanzó una mirada airada a su amigo y declaró:
    – Para mí es un misterio que esté conversando contigo, pues ya tengo dos molestos hermanos pequeños.
    En lugar de enojarse, Matthew sonrió ampliamente.
    – Ninguno de ellos posee mi encanto. Además, por lo visto has olvidado que yo soy mayor que tú.
    – Sólo por dos semanas.
    – Admito que se trata de un margen escaso, pero, aun así, soy mayor que tú, lo cual te deja a ti en el papel de molesto hermano pequeño. Eres afortunado de que siempre te haya considerado un hermano.
    – Sí, así es, exactamente, como me siento ahora mismo, afortunado. En cuanto a tu pregunta, desde luego que sé cómo seducir a una mujer. Y, en cuanto consiga librarme de ti, tengo la intención de ponerme a ello.
    – No creo haberte visto nunca tan alterado. -Matthew se echó a reír y apoyó una mano en el hombro de su amigo-. ¿Sabes una cosa? Algún día me dará un enorme placer poder decirte «Ya te lo había dicho», mientras te veo hundirte en el pegajoso lodazal.
    – Te aseguro, con absoluta certeza, que eso no ocurrirá jamás.
    – ¡Mmm! ¿No existe un dicho acerca del orgullo que precede a la caída?
    – Sí, pero no es de aplicación a este caso.
    Matthew esbozó una sonrisita de suficiencia.
    – No estoy de acuerdo. ¿Quieres que lo hagamos más interesante?
    Daniel entrecerró los ojos.
    – ¿Cómo de interesante?
    – Veinte libras a que estarás prometido antes de fin de año.
    Daniel lo contempló sorprendido durante unos instantes. Entonces echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír.
    – ¡Desde luego! Pero, por favor, que sean cincuenta libras.
    – Muy bien. Cincuenta libras.
    Daniel sonrió ampliamente, extendió el brazo y se dieron la mano.
    – Será como quitarle un caramelo a un niño.
    Los ojos de Matthew brillaron con diversión.
    – Resulta evidente que nunca has intentado quitarle un caramelo a un niño. Te deseo suerte.
    – Esas cincuenta libras es como si ya fueran mías.
    – Ya lo veremos. Ahora, si me disculpas, voy a pedirle un baile a mi mujer.
    Matthew se alejó riéndose. Daniel se volvió hacia Carolyn y Jennsen, pero antes de que pudiera dar ni siquiera un paso, alguien disfrazado de Julio César se interpuso en su camino.
    – Había oído decir que se disfrazaría de salteador de caminos, Surbrooke -declaró una voz masculina, grave, pastosa y con un deje de amargura que le resultaba familiar-. ¡Qué apropiado, teniendo en cuenta que me robó!
    Daniel contuvo el impulso de apartarse de las oleadas de olor a coñac que lord Tolliver le lanzaba con cada palabra que pronunciaba. Había oído rumores de que el conde se había dado a la bebida desde que fracasó su empresa naviera y, evidentemente, esos rumores eran ciertos.
    – No tengo ni idea de lo que está usted hablando, Tolliver.
    – Claro que sí. Me dijeron que se había reunido con el bastardo de Jennsen justo antes de retractarse de nuestro trato. Apostaría algo a que fue él quien le dijo que no invirtiera en mi proyecto.
    – La decisión la tomé yo solo. Y, por lo visto, fue acertada.
    Tolliver entrecerró los ojos tras la máscara.
    – Lo conozco, Surbrooke. Lo sé todo sobre usted. Se arrepentirá.
    Daniel le lanzó una mirada helada.
    – El chantaje y las amenazas no son dignos de usted, aunque está tan borracho que lo más probable es que mañana ya no se acuerde de esta desafortunada conversación. Yo, desde luego, tengo la intención de olvidarla.
    Sin más palabras, Daniel se alejó de Tolliver. Sintió la mirada del conde clavada en su espalda, pero Tolliver no realizó ningún ademán de seguirlo. Daniel volvió a centrar su atención en Carolyn y Jennsen, quienes estaban a menos de cinco metros de distancia de él. Decidido a que nadie volviera a interponerse en su camino, se dirigió a la mujer que poblaba sus fantasías desde hacía demasiado tiempo.
    Empezaba la seducción.

Capítulo 3

    Su seducción empezó con las más simples de las palabras: «Buenas noches, milady.» Al final de la noche, mi apetito había sido estimulado plena y totalmente. Entonces comenzó lo que acabaría siendo mi total y completa rendición…
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Carolyn estaba cerca del borde de la pista de baile con el osado pirata. Reconoció a Logan Jennsen en cuanto abrió la boca, por su característico acento norteamericano, y no podía evitar reírse por sus muestras de disgusto al tener que ir disfrazado.
    – ¡Completamente ridículo! -exclamó él sacudiendo la cabeza y la mano con un gesto que hacía juego con su atuendo pirata, que incluía unas botas de caña alta, un sombrero ladeado y una capa negra y larga-. ¡En Norteamérica no iría vestido así ni loco!
    – Podría ser peor -contestó ella en voz baja mientras señalaba con un gesto de la cabeza, a una voluminosa rana que pasaba frente a ellos.
    Jennsen tragó un sorbo generoso de su copa de champán.
    – ¡Santo cielo! -Se volvió hacia Carolyn y ella sintió el peso de su mirada-. Usted, sin embargo, está sensacional, lady Wingate. Sin duda, verla a usted con un aspecto tan encantador es casi la única cosa que hace que esta velada resulte soportable.
    Al oírlo pronunciar su nombre, Carolyn se sorprendió.
    – Gracias, señor Jennsen.
    El realizó una mueca.
    – Supongo que mi acento norteamericano me ha delatado.
    Carolyn sonrió.
    – Me temo que sí, pero yo no hablo con acento. ¿Cómo ha adivinado usted mi identidad? Creí que resultaría irreconocible.
    – ¡Oh, sin duda está usted irreconocible! Si su hermana no me hubiera contado de qué iría disfrazada, nunca habría sabido que esta criatura exquisita era usted.
    – ¿Porque normalmente no soy tan exquisita? -bromeó ella.
    – Al contrario, usted siempre me ha parecido deslumbrante. Sin embargo, normalmente usted va más… tapada. -Deslizó la mirada por el vestido de Carolyn, que dejaba un hombro al descubierto y se ajustaba a su cuerpo hasta las caderas, desde donde caía recto como una columna hasta el suelo. Sus ojos reflejaban, sin lugar a dudas, admiración-. Su disfraz es de lo más favorecedor.
    Al escuchar su cumplido y su entusiasta valoración, el calor inundó las mejillas de Carolyn y se sintió aliviada al saber que no la habría reconocido. Se sentía desnuda e incómoda con aquel disfraz y no quería que los demás supieran que la normalmente recatada lady Wingate iba vestida con un traje tan revelador. ¡Debería haberse disfrazado de pastora! Si lo hubiera hecho, el señor Jennsen no la estaría escudriñando de aquella manera, aunque no pudo evitar sentir un estremecimiento de satisfacción femenina al ser consciente de la abierta admiración que despertaba en él.
    – Gracias, señor. Y, aunque no le gusten los bailes de disfraces, está usted fantástico como pirata.
    Los ojos de Jennsen brillaron tras la máscara.
    – Gracias. Quizá se deba a que he pasado mucho tiempo embarcado. -Dirigió la atención a las parejas que bailaban-. Disculpe que no le pida un baile, pero todavía no he aprendido los pasos intrincados de los bailes ingleses y lo único que conseguiría sería avergonzarme y pisarle los pies.
    – No tiene por qué disculparse, los piratas son más conocidos por su pata de palo que por su habilidad como bailarines.
    La verdad era que se sentía aliviada de no tener que bailar. A pesar de haber decidido continuar con su vida, no había pisado una pista de baile desde la muerte de Edward y temía que, la primera vez que lo hiciera, le afectara emocionalmente. Pero estaba disfrutando de la compañía del señor Jennsen, como le ocurrió en la fiesta de la casa de Matthew, que es donde se lo presentaron. El señor Jennsen era un hombre sencillo, franco y, como ella, procedía de un entorno humilde.
    Los primeros compases de un vals se elevaron sobre la multitud y Carolyn estiró el cuello perdiendo las esperanzas de llegar a localizar a su hermana, a Emily o a Julianne entre la muchedumbre.
    – Ha mencionado usted que había visto a mi hermana -declaró Carolyn-. ¿Dónde la vio?
    – Fuera, antes de entrar en la casa. Un carruaje con el emblema de los Langston llegó justo delante del mío. De no haber sido por eso, tampoco la habría reconocido a ella. -Jennsen sonrió-. Aunque el hecho de que Julieta llevara unas gafas encima de la máscara constituyó una pista bastante clara.
    Carolyn se echó a reír.
    – Supongo que sí.
    Dada la elevada altura del señor Jennsen, Carolyn estaba a punto de pedirle si podía ver un disfraz de Julieta, Ofelia o de un ángel, cuando una voz grave y masculina declaró detrás de ella:
    – Buenas noches, milady.
    Aunque el recién llegado sólo había pronunciado tres palabras, por el vuelco que dio su corazón y el cálido cosquilleo que recorrió su espalda, Carolyn sospechó que procedían de lord Surbrooke. Ella ya se había preguntado si se encontrarían aquella noche. Y, mientras buscaba a su hermana y a sus amigas entre la multitud, también había estado escudriñando a los caballeros, preguntándose detrás de qué máscara se escondería él.
    Carolyn se dio la vuelta y se dio cuenta de que, aunque no hubiera reconocido su voz, habría reconocido sus ojos. Desde el otro lado de la máscara negra que cubría la mitad superior de su cara, la miraban con el mismo ardor que dejaba sin aire sus pulmones cada vez que lord Surbrooke la miraba. Y también habría reconocido su boca. No sólo porque era perfecta, con el labio inferior algo más abultado que el superior, sino por cómo se curvaba hacia arriba una de sus comisuras, rompiendo toda aquella perfección de una forma que no debería ser atractiva, pero que lo era. Por muy molesto que le resultara a ella.
    Carolyn deslizó la mirada por su disfraz negro de salteador de caminos. Vestido con aquel atuendo se lo veía alto, sombrío y peligroso. Como si estuviera dispuesto a salir corriendo con lo que se le antojara sin que le importaran en absoluto las consecuencias. Un escalofrío que Carolyn no supo identificar recorrió su cuerpo.
    – En lugar de buenas noches, ¿no debería decir: «La bolsa o la vida»? -replicó ella, orgullosa de que su voz sonara calmada cuando, de repente, se sentía de todo menos calmada.
    El realizó una reverencia formal.
    – Desde luego. Aunque, con «La bolsa o la vida», en realidad querría decir: «¿Me concede este baile?»
    Carolyn titubeó, sorprendida de las ganas que tenía de aceptar su invitación. Si se hubiera tratado de cualquier otra circunstancia distinta a un baile de disfraces, lo más probable era que no hubiera aceptado la invitación. Era muy consciente de la reputación de lord Surbrooke y no experimentaba el menor deseo de decir o hacer nada que pudiera hacerle creer que podría contemplar la posibilidad de ser su próxima conquista.
    Claro que era muy posible que él no supiera quién era ella. ¿Acaso el señor Jennsen no le había dicho que él nunca la habría reconocido? Contempló los ojos de lord Surbrooke y sólo percibió deseo, pero ningún signo de que la hubiera reconocido. Sin duda, un hombre con tantas amantes en el pasado como se decía que había tenido, miraba a todas las mujeres de la misma forma. Lo más probable era que, simplemente, le hubiera atraído su disfraz o, todavía más, que ella fuera la doceava mujer a la que hubiera mirado con aquel mismo ardor y le hubiera pedido un baile aquella misma noche.
    Aun así, la idea de estar en el completo anonimato encendió un extraño fuego en el interior de Carolyn. Si aceptaba la invitación de lord Surbrooke, que sería su primer baile en los brazos de un hombre distinto a Edward, se sentiría más cómoda oculta detrás de una máscara.
    Antes de que pudiera responder, una mano grande y cálida la cogió por el codo.
    – ¿Desea bailar con él o prefiere que se vaya? -le preguntó el señor Jennsen en voz baja y cerca de su oreja.
    – Le agradezco su interés, pero lo conozco y creo que aceptaré su invitación -contestó ella, igualmente en voz baja. Entonces vio que una mujer se aproximaba y realizó una mueca-. Prepárese, señor pirata, una damisela en peligro está navegando hacia su lado de babor con gran interés en la mirada.
    – ¿Ah, sí? Justo mi tipo de mujer favorita. ¿Sabe quién es?
    Como la mujer llevaba puesta una máscara muy pequeña, a Carolyn le resultó muy fácil identificarla.
    – Se trata de lady Crawford -le indicó al señor Jennsen-. Es viuda y muy guapa, por cierto.
    – Entonces la dejo para que disfrute usted de su velada, milady.
    Jennsen realizó una reverencia formal, saludó con una inclinación de la cabeza al salteador de caminos y se volvió hacia la damisela.
    Carolyn miró a lord Surbrooke, quien contemplaba la espalda del señor Jennsen con el ceño fruncido, pero enseguida volvió su atención hacia ella y le ofreció el brazo.
    – ¿Bailamos?
    Carolyn titubeó unos instantes, asaltada por la duda ahora que había llegado el momento. Se sentía dividida entre una necesidad repentina y casi incontenible de salir corriendo, regresar a la seguridad de su tranquila existencia y seguir instalada en sus recuerdos, y el deseo, igualmente intenso, de salir de las sombras.
    «Ha llegado la hora de continuar con tu vida -le susurró su voz interior-. ¡Tienes que seguir adelante!»
    – Le advierto que yo no muerdo -declaró el salteador de caminos con voz divertida-. Al menos, no con frecuencia.
    Carolyn fijó la mirada en su sonrisa de medio lado y, durante varios segundos, sus pulmones dejaron de funcionar. Al final, dejó de someterlo a su distraído examen y le devolvió la sonrisa.
    – Sí, usted sólo roba y atraca.
    – Sólo cuando la ocasión lo requiere. Esta noche la ocasión requiere bailar un vals… ¡Espero! -Cogió la mano de Carolyn y rozó con sus labios el torso de sus dedos enguantados-. Con la mujer más guapa de la sala.
    Un hormigueo ardiente recorrió el brazo de Carolyn, reacción que la alarmó y, al mismo tiempo, la molestó y la intrigó. Resultaba ridículo sentirse halagada por las palabras de un granuja tan experimentado. Sin embargo, una parte diminuta y femenina de ella no pudo evitar disfrutar del cumplido. Extrayendo valor tanto de la abierta admiración de lord Surbrooke hacia ella como del anonimato, Carolyn señaló, con un gesto de la cabeza, las parejas que daban vueltas y más vueltas en la pista.
    – El vals nos espera.
    Nada más pisar la pista de baile, y antes de que Carolyn pudiera realizar una respiración completa, unos brazos fuertes la rodearon y la arrastraron a la corriente de bailarines que giraban sobre sí mismos y formando un círculo. Carolyn dio un ligero traspiés, aunque no estaba segura de si se debía a los pasos del baile, que hacía tanto tiempo que no practicaba, o a la desacostumbrada y perturbadora sensación de que los brazos de un hombre la sostuvieran. Sin embargo, el salteador de caminos la sujetó con firmeza y ella enseguida recuperó el equilibrio.
    – No se preocupe -declaró él con dulzura mientras su cálido aliento rozaba la oreja de Carolyn y enviaba un placentero escalofrío por su espina dorsal-. No permitiré que se caiga.
    Y, con esas palabras, la deslizó por la pista girando sobre sí mismos. Los otros bailarines y el resto de la habitación se disolvieron en un borrón de color que daba vueltas y más vueltas alrededor de ellos. Lo único que permaneció claro para Carolyn fue el rostro enmascarado de lord Surbrooke. Y sus ojos, que estaban clavados en los de ella. Carolyn se sintió totalmente rodeada por él. Y totalmente euforizada.
    Los dedos largos y fuertes de lord Surbrooke rodeaban los de Carolyn y les transmitían su calor incluso a través de los guantes de ambos. Y su otra mano, aunque descansaba en la postura correcta y en el lugar adecuado, en la parte baja de la espalda de Carolyn, parecía marcarle la piel como si fuera un hierro candente. Una sensación de ahogo invadió a Carolyn quien, incapaz de hacer otra cosa, se dejó llevar. ¿Cómo podía haber olvidado lo mucho que le gustaba bailar?
    Él la condujo con maestría, sin esfuerzo, y Carolyn, rodeada por el círculo de sus fuertes brazos, se sintió volar, como si sus pies flotaran a varios centímetros del suelo. Una sensación vertiginosa de ligereza casi mágica la recorrió, y una risa ahogada escapó de sus labios. Las conversaciones, las risas y la música sonaban a su alrededor, pero todo se desvaneció en la nada. Todo salvo él. Su mirada fija en la de ella. El movimiento de su musculoso hombro bajo la palma de su mano. El roce de su pierna con la falda de su vestido. La forma en que los dedos ligeramente separados de su mano acariciaban con lentitud su espalda mientras la apretaban contra él un poquito más en cada vuelta.
    Su refrescante aroma, una agradable mezcla de lino limpio y jabón perfumado, inundó los sentidos de Carolyn embargándola con el inquietante y sobrecogedor deseo de acercarse más a él, hundir la cara en su cuello y aspirar profundamente.
    Salvo por el pequeño detalle de que, en aquellos momentos, aspirar profundamente constituía un problema para ella. Unos jadeos erráticos que coincidían con los igualmente erráticos latidos de su corazón, escapaban de sus labios entreabiertos. Una sensación de pura euforia mezclada con una percepción ardiente y embriagadora de él la invadían. Se sentía más viva de lo que se había sentido en los tres últimos y largos años.
    Lord Surbrooke la condujo hasta el borde de la pista y se detuvo. Carolyn, desilusionada, se dio cuenta de que la canción había terminado. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta? Durante varios segundos, los dos permanecieron inmóviles, como congelados en una pose de un baile sin movimiento, con la mirada de uno fija en la del otro. El calor de las manos de lord Surbrooke la quemaba y ella no podía moverse. No podía respirar. Sólo podía mirarlo. Y sentir… Sentir cómo él la sostenía en sus brazos. Y su mano acogía la suya. Y su otra mano se apoyaba en su espalda. Y su cuerpo estaba tan próximo al de ella…
    El sonido de unos aplausos de agradecimiento interrumpieron el trance en el que Carolyn había caído, y lord Surbrooke la soltó poco a poco. Ella salió bruscamente de su estupor, apartó su mirada de la de lord Surbrooke y se unió a los aplausos de cortesía hacia los músicos.
    – ¿Le gustaría beber algo, encantadora diosa? -preguntó la voz grave y cautivadora de lord Surbrooke junto a la oreja de Carolyn-. ¿O quizá prefiere salir a la terraza para respirar un poco de aire fresco?
    Un poco de aire fresco le pareció a Carolyn no sólo apetecible, sino esencial, aunque sospechaba que la presencia de lord Surbrooke no la ayudaría en absoluto a recuperar el aliento. El deseo de salir a la terraza con él era tan tentador que la aturdió y, al mismo tiempo, la incomodó. De todos modos, ¿por qué no habría de hacerlo? De hecho, no estarían solos. Seguro que otras parejas habían salido a tomar el aire.
    – Un poco de aire fresco me sentará de maravilla -murmuró Carolyn.
    Él le tendió el brazo y aunque ella apoyó, con toda corrección, la punta de los dedos en el antebrazo de él, de algún modo, nada de todo aquello parecía correcto. Lo cual resultaba del todo ridículo. No había nada malo en que hablara con lord Surbrooke. Ni tampoco en que bailara con él. Ni en que tomara un poco el aire con él. Al fin y al cabo él era… un amigo.
    Aun así, una sensación de nerviosismo y excitación la invadió. Una sensación que no recordaba haber experimentado nunca antes. Sin duda, se debía a los disfraces y las máscaras que ocultaban su identidad. Ella sólo había asistido a otro baile de disfraces antes y de eso hacía muchos años, fue poco después de su matrimonio. Así que las inesperadas oleadas de acaloramiento se debían sólo a que se trataba de una experiencia nueva. Claro que también podían deberse a que en las Memorias de una amante, la autora describía un apasionado encuentro con uno de sus amantes en un baile de disfraces. Un encuentro que empezaba con un vals y en el que la autora experimentó una elevada sensación de libertad a causa del anonimato…
    Carolyn apretó los labios y frunció el ceño. ¡No debería haber leído aquel libro! «No deberías haberlo leído media docena de veces», le recriminó su voz interior.
    ¡Muy bien, de acuerdo, media docena de veces! Como mínimo. El maldito libro le había llenado la cabeza, de preguntas que nunca podría responder. Y de imágenes sensuales que no sólo invadían sus sueños, sino que cruzaban por su mente con una frecuencia terrible. Esas imágenes la ponían nerviosa e irritable, haciendo que la ropa le resultara demasiado ajustada y que sintiera como si su piel fuera a resquebrajarse, como si se tratara de una fruta excesivamente madura.
    Así es como se sentía en aquel momento.
    Lanzó una rápida mirada a lord Surbrooke. Se lo veía tranquilo y sereno, lo que fue como un chorro de agua fría sobre la piel recalentada de Carolyn. Sin duda, fuera lo que fuese lo que le ocurría, sólo la afectaba a ella.
    Nada más salir al exterior, la brisa helada hizo que recobrara el sentido común. Él la condujo a un rincón tranquilo y recogido de la terraza que estaba rodeado por un grupo de palmitos plantados en enormes macetas de cerámica. Varias parejas paseaban por el jardín de setos bajos y tres hombres charlaban en el otro extremo de la terraza. Salvo por esas personas, estaban solos, sin duda debido al aire frío impropio de aquella estación que, además, estaba teñido de un olor a lluvia.
    – ¿Tiene frío? -preguntó lord Surbrooke.
    ¡Cielo santo, instalada con él en la privacidad que les proporcionaban los palmitos, se sentía como si estuviera en medio de una hoguera! Carolyn negó con una sacudida de la cabeza y su mirada buscó la de lord Surbrooke.
    – ¿Sabe usted… quién soy?
    Con toda lentitud, él recorrió el cuerpo de Carolyn con la mirada, deteniéndose en sus hombros desnudos y en las curvas que, según ella sabía, su vestido de color marfil resaltaba. Piel y curvas que su forma habitual y recatada de vestir nunca habría revelado. La mirada de franca admiración de lord Surbrooke, que no daba muestras de haberla reconocido, volvió a inflamar el fuego que la brisa había enfriado momentáneamente. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, él murmuró:
    – Usted es Afrodita, la diosa del deseo.
    Ella se relajó un poco. Evidentemente, él no sabía quién era ella, pues lord Surbrooke nunca habría utilizado el tono de voz ronco y grave con que había pronunciado la palabra «deseo» al dirigirse a lady Wingate. Sin embargo, la relajación que experimentó fue breve, pues aquel tono cargado de deseo le produjo una sensación de confusión y nerviosismo que, en parte, le advirtió de que debía abandonar la terraza de inmediato y regresar a la fiesta para seguir buscando a su hermana y sus amigas. Sin embargo, otra parte de ella, la parte que se sentía cautivada por el seductor y oscuro salteador de caminos y la protección del anonimato, se negó a moverse.
    Además, el hecho de que aquella conversación anónima le ofreciera la oportunidad de conocer mejor a lord Surbrooke, la hacía más tentadora. A pesar de las numerosas conversaciones que habían mantenido en la casa de Matthew, lo único que en realidad sabía de él era que era inteligente, agudo, impecablemente correcto, invariablemente encantador y que iba siempre muy bien arreglado. Él nunca le había proporcionado la menor pista sobre cuál era la causa de las sombras que merodeaban por sus ojos; sin embargo, ella sabía que estaban allí y sentía una gran curiosidad por conocer su origen. Y, en aquel momento, si conseguía recordar cómo respirar, quizá pudiera descubrir sus secretos.
    Después de carraspear para aclarar su voz, Carolyn declaró:
    – En realidad, soy Galatea.
    El asintió despacio mientras recorría su cuerpo con la mirada.
    – Galatea… la estatua de marfil de Afrodita esculpida por Pigmalión por el deseo que sentía hacia ella. Pero ¿por qué no es usted la misma Afrodita?
    – La verdad es que consideré que disfrazarme de Afrodita sería una… inmodestia por mi parte. De hecho, había planeado disfrazarme de pastora, pero mi hermana, de algún modo, consiguió convencerme de que me vistiera de Galatea. -Carolyn soltó una risita-. Creo que me aporreó la cabeza mientras dormía.
    – Hiciera lo que hiciese, debería ser aplaudida por su empeño. Está usted… bellísima. Más que la misma Afrodita.
    Su voz grave se extendió, cual miel tibia, por el cuerpo de Carolyn, quien, a pesar de todo, no pudo evitar bromear.
    – Ha hablado un ladrón cuya visión está disminuida por la oscuridad.
    – En realidad, no soy un ladrón. Y mi visión es perfecta. En cuanto a Afrodita, era una mujer digna de envidia. Ella tenía una única tarea divina: la de hacer el amor e inspirar a los demás para que lo hicieran.
    Sus palabras, pronunciadas con aquel timbre de voz profundo e hipnótico, junto con la fijeza de su mirada, hicieron que el calor subiera por el interior de Carolyn de una forma vertiginosa dejándola sin habla. Además, confirmaron su idea de que él no sabía quién era ella. Nunca, durante las conversaciones que había mantenido con lord Surbrooke, él le había hablado a ella, Carolyn, de nada tan sugerente. Y Carolyn tampoco podía imaginárselo hablándole de aquella forma. Ella no era el tipo de mujer deslumbrante que despertara la pasión de los hombres, al menos no la de un hombre de su posición, quien podía tener a la mujer que quisiera y, conforme a los rumores, así era.
    Animada por las palabras de lord Surbrooke y el secreto de su propia identidad, Carolyn declaró:
    – A Afrodita la deseaban todos los hombres y ella podía elegir a los amantes que quisiera.
    – Sí, y uno de sus favoritos era Ares.
    Lord Surbrooke levantó una mano y Carolyn se dio cuenta de que se había quitado los guantes negros. Él le rozó el hombro con la yema de uno de sus dedos. A Carolyn se le cortó la respiración al sentir aquel leve contacto y dejó de respirar del todo cuando él deslizó el dedo a lo largo de su clavícula.
    – Desearía haberme disfrazado del dios de la guerra en lugar de salteador de caminos.
    Lord Surbrooke dejó caer la mano a un lado y Carolyn tuvo que apretar los labios para contener el inesperado gemido de protesta que creció en su garganta por la repentina ausencia de su contacto. A continuación, afianzó las piernas en el suelo, sorprendida de que sus rodillas se hubieran debilitado a causa de aquella breve y suave caricia, y tragó saliva para aclarar su voz.
    – Afrodita descubrió a Ares con otra mujer.
    – Ares era un loco. Cualquier hombre que tuviera la suerte de tenerla a usted, no querría a ninguna otra mujer.
    – Querrá decir a Afrodita.
    – Usted es Afrodita.
    – En realidad, soy Galatea -le recordó Carolyn.
    – ¡Ah, sí! La estatua de la que Pigmalión se enamoró tan locamente y que parecía tan viva que él la tocaba con frecuencia para comprobar si lo estaba o no. -Entonces rodeó el desnudo brazo de Carolyn con sus cálidos dedos, justo por encima de donde terminaba su largo guante de satén de color marfil-. A diferencia de Galatea, usted es muy real.
    El sentido común de Carolyn volvió a la vida y le exigió que se apartara de él, pero sus pies rehusaron obedecerla. En lugar de huir, Carolyn absorbió la emocionante sensación de su roce, la paralizante sensación de intimidad que experimentó cuando él deslizó un dedo por dentro del guante… El calor se extendió por su interior enmudeciéndola.
    – Él la colmaba de regalos, ¿sabe? -explicó él mientras la examinaba con ojos resplandecientes.
    Carolyn consiguió asentir con la cabeza.
    – Sí, conchas de brillantes colores y flores recién cogidas.
    – Y también joyas. Anillos, collares y ristras de perlas.
    – Yo preferiría las conchas y las flores.
    – ¿A las joyas? -Sin lugar a dudas, la voz de lord Surbrooke reflejó sorpresa. Apartó la mano del brazo de Carolyn y ella apretó el puño para evitar cogerle la mano y volver a colocarla sobre su brazo-. Debe de estar bromeando. A todas las mujeres les encantan las joyas.
    Parecía tan seguro de su afirmación que Carolyn no pudo evitar echarse a reír.
    – Las joyas son maravillosas, es cierto, pero, para mí, constituyen un regalo impersonal y carente de imaginación. Cualquiera puede acudir a un joyero y elegir una pieza. Para mí, el valor de un regalo reside en cuánto interés ha puesto uno en elegirlo en contraposición a cuánto le ha costado.
    – Comprendo -declaró él, aunque todavía parecía sorprendido-. Entonces, ¿qué le habría gustado que Pigmalión le regalara?
    Carolyn reflexionó y contestó:
    – Algo que le recordara a mí.
    Lord Surbrooke sonrió.
    – Quizá los diamantes y las perlas le recordaran a usted.
    Carolyn negó con la cabeza.
    – Algo más… personal. Yo preferiría unas flores que hubiera cogido de su propio jardín, un libro suyo que le hubiera gustado leer, una carta o un poema que hubiera escrito expresamente para mí…
    – Debo admitir que nunca creí que llegaría a oír a una mujer decir que prefería una carta a unos diamantes. No sólo es usted bellísima, sino también…
    – ¿Una candidata a una casa de locos? -bromeó ella-. ¿Sumamente rara?
    Los dientes de lord Surbrooke, perfectamente alineados y blancos, brillaron acompañados de una risita grave y profunda.
    – Yo iba a decir sumamente extraordinaria. Una bocanada de aire fresco.
    Su mirada descendió hasta los labios de Carolyn, que temblaron y se separaron de una forma involuntaria al ser observados. Un músculo se agitó en la mandíbula de lord Surbrooke y, de repente, el aire que los rodeaba pareció crepitar debido a la tensión.
    Él volvió a fijar la mirada en la de Carolyn y el hecho de que la luz fuera muy tenue no consiguió ocultar la pasión que ardía en sus ojos.
    – Hablando de cartas -declaró él-, ¿ha oído hablar de esa última moda que consiste en que las damas reciban notas que sólo especifican una hora de un día determinado y un lugar?
    Carolyn arqueó las cejas de golpe. Era evidente que lord Surbrooke había oído hablar de aquella práctica. Una imagen cruzó por su mente, la imagen de él y una mujer quien, ¡cielo santo!, era exactamente igual a ella en una de aquellas citas, con sus extremidades desnudas entrelazadas…
    Carolyn cerró brevemente los ojos para borrar aquella inquietante imagen de su mente y declaró:
    – Sí, he oído hablar de esas notas.
    – ¿Ha recibido usted alguna?
    – No. ¿Ha enviado usted alguna?
    – No, aunque me intriga la idea. Dígame, si recibiera una, ¿acudiría a la cita?
    Carolyn abrió la boca para manifestar un rotundo «desde luego que no», pero, para su sorpresa y disgusto, no consiguió pronunciar esas palabras. Sin embargo, se descubrió a sí misma diciendo:
    – Yo… no estoy segura.
    Y, con una claridad que le resultó sorprendente y desconcertante, se dio cuenta de que era cierto. ¿Cómo podía ser? Era como si hubiera adoptado el papel de su disfraz de diosa y se hubiera convertido en una persona diferente. Una persona que contemplaría la posibilidad de acudir a una cita secreta con un admirador desconocido. ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Y por qué le sucedía con aquel hombre?, aquel encantador y experimentado aristócrata que era igual que tantos y tantos de sus contemporáneos, a los que sólo les interesaban sus propios placeres.
    Sin duda, la culpa la tenían las Memorias, por llenarle la cabeza de aquellos pensamientos ridículos e imágenes perturbadoras. En cuanto regresara a su casa, echaría el libro al fuego y así se libraría de él.
    Tras levantar la barbilla, preguntó:
    – ¿Usted acudiría?
    En lugar de responder enseguida afirmativamente, como ella esperaba, lord Surbrooke reflexionó durante varios segundos antes de responder.
    – Supongo que dependería de quién me hubiera enviado la nota.
    – Pero, precisamente, la cuestión es que uno no lo sabe.
    Él sacudió la cabeza.
    – Creo que, como mínimo, uno tendría un presentimiento sobre la identidad del remitente. Uno sospecharía quién lo deseaba tanto. -Cogió las manos de Carolyn con dulzura. Su calor atravesó los guantes de ella, quien, sorprendida, deseó que ninguna barrera separara su piel de la de él-. Un deseo tan intenso seguro que no pasaría desapercibido.
    Una respuesta… Necesitaba pensar en algo, cualquier cosa que pudiera decir en aquel momento, pero en lo único que conseguía centrarse era en la palabra que él acababa de pronunciar, la cual seguía reverberando en su mente.
    «Deseo.»
    Antes de que Carolyn pudiera recuperar su aplomo habitual, el declaró con voz suave:
    – Respondiendo a su pregunta, si usted me enviara una nota así, yo acudiría.
    El silencio los envolvió. Los segundos pasaron, latidos del tiempo que cayeron sobre ella cargados de tensión y de una percepción casi dolorosa de la presencia de lord Surbrooke; de todo lo relacionado con él: su imponente altura, la anchura de sus hombros, la cautivadora intensidad de su mirada, su olor, que parecía embriagarla, el contacto de sus manos en las de ella…
    Él deslizó la mirada a la garganta de Carolyn y, después, volvió a dirigirla a sus ojos. La pasión y la picardía brillaban en sus ojos.
    – Veo que no lleva joyas caras. Eso representa un dilema para un salteador de caminos como yo.
    Ella tragó saliva y consiguió recuperar la voz, lo que no fue una tarea fácil, con los dedos de él todavía rodeándole las manos con calidez.
    – ¿Acaso me robaría?
    – Me temo que debo ser fiel a mi disfraz.
    – Me había dicho que no era un ladrón.
    – Normalmente no, pero en este caso me temo que es inevitable. -Miró su negro atuendo y exhaló un dramático suspiro-. ¡Aquí estoy, vestido con mi máscara y mi capa y sin un diamante a la vista!
    Carolyn, divertida a su pesar, contestó:
    – Debo confesar que no me gustan mucho los diamantes.
    – Yo debo confesar que eso es algo que no había oído decir nunca a una mujer. -Esbozó una mueca pícara-. ¿Se da cuenta de que acabamos de intercambiar unas confesiones a media noche? ¿Y sabe lo que dicen de esas confesiones?
    – Me temo que no.
    Él se inclinó un poco más hacia ella y el pulso de Carolyn dio un brinco.
    – Dicen que son peligrosas. Pero en el mejor de los sentidos.
    Carolyn se dio cuenta, de repente, de que aquel encuentro era un ejemplo perfecto de algo peligroso en el mejor de los sentidos.
    – Las mujeres de la fiesta van adornadas con más joyas de las que usted podría llevarse -señaló Carolyn.
    – Yo no estoy interesado en ninguna mujer aparte de usted, milady.
    Susurró sus palabras junto a ella y Carolyn se sintió acalorada y excitada, lo que, a su vez, la hizo sentirse consternada y secretamente emocionada.
    – Yo no llevo joyas -susurró ella.
    – Usted es la joya. De modo que, a falta de diamantes y perlas, me veo obligado a improvisar, así que le robaré… -Avanzó un paso hacia ella y después otro, hasta que sólo los separó una distancia de dos dedos-… un beso.
    Antes de que ella pudiera reaccionar, antes siquiera de que pudiera pestañear o realizar una respiración completa, lord Surbrooke inclinó la cabeza y rozó con lentitud sus labios con los de ella.
    Exteriormente, el cuerpo de Carolyn permaneció totalmente inmóvil, pero en el interior… En el interior pareció que todo cambiaba de lugar y de velocidad. Su estómago cayó en picado, su corazón dio un vuelco y se aceleró, y su sangre pareció espesarse, aunque, de algún modo corrió a más velocidad por sus venas. Y su pulso… Carolyn lo sintió por todas partes: en las sienes, en la base del cuello, entre los muslos…
    Él levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Los ojos de lord Surbrooke no mostraban el menor rastro de diversión, sino que ardían como dos tizones gemelos, encendiendo en Carolyn un deseo…, un ansia que no había experimentado desde hacía tanto tiempo que apenas la reconoció.
    Él la examinó durante varios segundos y, después, tras emitir un sonido grave, la estrechó entre sus brazos y presionó su boca contra la de ella. Carolyn separó los labios por el deseo, la sorpresa o ambos y, de repente, todo se volvió insignificante. Salvo él.
    El cuerpo de lord Surbrooke parecía bombear calor. ¡Resultaba tan increíble y deliciosamente cálido…! Estar rodeada de sus fuertes brazos era como estar envuelta en una manta caliente. Su olor fresco y masculino empapó los sentidos de Carolyn haciendo que le flaquearan las rodillas. Una agradable sensación de mareo la animó a subir las manos por su amplio pecho, rodearle el cuello con los brazos y sujetarse a él con fuerza.
    Y gracias a Dios que lo hizo, porque el primer contacto de la lengua de él con la de ella hizo que sus huesos se volvieran de mantequilla. Un gemido surgió de la garganta de Carolyn, en parte debido a la sorpresa y, en parte, por el ardiente deseo que experimentaba. Se apretó más contra él y absorbió todos los matices de su apasionado beso.
    El sabor, oscuro y delicioso, de su boca; la fuerza de su brazo, que la mantenía firmemente anclada contra él y que ella agradecía pues, de no ser por él, habría resbalado hasta el suelo; el calor de su otra mano, que subía y bajaba por su espalda, como si quisiera examinar todos los centímetros de su cuerpo; el sólido muro de su torso, que se aplastaba contra los pechos de ella; la inconfundible protuberancia de su erección presionada contra su abdomen…
    El deseo, largo tiempo olvidado, estalló en el interior de Carolyn como un relámpago y encendió su piel. Abrió más la boca y juntó su lengua a la de lord Surbrooke, desesperada por conocer más acerca de su sabor, de su tacto. Deslizó los dedos entre el pelo de la nuca de él y maldijo los guantes que le impedían sentir su espesa y sedosa textura.
    Y entonces, tan repentinamente como empezó, él levantó la cabeza, finalizando el beso. En esta ocasión, nada contuvo el gemido de protesta de Carolyn, quien, con gran esfuerzo, abrió los ojos.
    Él la miró, con una respiración tan rápida y errática como la de ella y con los ojos vidriosos, como ella sabía que debían de estar los suyos.
    Él levantó una mano y la apoyó con suavidad en la mejilla de Carolyn.
    – Sabía que sería así-declaró en un susurro jadeante.
    Su voz traspasó la niebla sensual que envolvía a Carolyn y la realidad de dónde estaba y quién era la abofeteó como un trapo frío y húmedo. Soltó un grito ahogado y retrocedió un paso, alejándose del contacto de la mano de lord Surbrooke. Sus dedos temblorosos volaron hasta su boca, aunque no sabía si era para borrar el beso de lord Surbrooke o para sellarlo en sus labios.
    ¡Santo Dios! ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué había hecho?
    «Te diré lo que has hecho -la reprobó su voz interior-. Has manchado la memoria de Edward.»
    Un grito de angustia creció en su garganta y Carolyn apretó los labios para contenerlo. Intentó, desesperadamente, rememorar la dulzura de los besos de Edward, pero no lo consiguió. ¿Cómo podía hacerlo cuando el sabor de otro hombre seguía en sus labios? ¿Citando todavía sentía la huella de su duro cuerpo contra el de ella? Cuando su mente y sus sentidos todavía estaban impregnados del beso apasionado y tempestuoso que acababa de compartir con…
    Con un hombre que no era su marido.
    Una oleada de emociones encabezadas por la confusión, la culpabilidad y la vergüenza la bombardearon seguidas por la acuciante necesidad de salir huyendo.
    – Yo… tengo que irme -declaró con una voz afligida que reflejaba, exactamente, cómo se sentía.
    – ¡Espere!
    Lord Surbrooke alargó el brazo para cogerla, pero ella sacudió la cabeza y se apartó.
    – ¡No! Yo… Por favor, déjeme ir.
    Sin esperar la respuesta de lord Surbrooke, Carolyn pasó por su lado y regresó con rapidez a la fiesta, donde enseguida se la tragó la multitud. No se entretuvo buscando a su hermana ni a sus amigas, sino que se dirigió, a toda prisa, al vestíbulo, donde pidió su carruaje. Los cinco minutos de espera le parecieron una eternidad, eternidad que pasó en un rincón en penumbra, con las manos presionadas contra su agitado pecho.
    Una vez instalada en el oscuro interior del carruaje, Carolyn se cubrió la cara con las manos y el sollozo que había conseguido contener hasta entonces surgió de su garganta.
    ¿Qué había hecho? ¿Cómo había permitido que sucediera?
    Todo en su interior lloró y buscó el recuerdo de Edward que llevaba en su corazón, el recuerdo de su tierna sonrisa, de su suave contacto y del dulce amor que habían compartido. Pero sus amados recuerdos la eludían. En su lugar, lo único que Carolyn percibía era a un diabólico salteador de caminos de mirada intensa y boca cautivadora que hacía que a ella le flaquearan las piernas. A pesar de su determinación de seguir adelante con su vida, ella no había esperado algo así. No había esperado aquella oleada sobrecogedora e inesperada de pasión.
    Aun así, no podía negar lo que había sucedido y, una vez más, maldijo la lectura de las Memorias, que la había colocado en aquel camino ruinoso y sensual. Pero todavía le quedaba una pregunta por contestar: ¿qué pensaba hacer con todo aquello?

Capítulo 4

    Todo en él me cortaba la respiración. Podía seducirme con una simple mirada, con un solo roce. Sus manos, con sus dedos largos, fuertes y hábiles, eran absolutamente mágicas. Y sus labios… Las cosas que podía hacer con su encantadora boca eran sin duda pecaminosas.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    La mañana siguiente a la fiesta de disfraces, Daniel estaba sentado en su comedor mientras contemplaba su desayuno intacto. La cabeza le martilleaba por una combinación de falta de sueño y exceso de coñac, aunque ambas cosas demostraron ser totalmente inútiles a la hora de desviar sus pensamientos del encuentro con Carolyn.
    Exhaló un gemido, echó la cabeza hacia atrás y cerró los párpados con fuerza, lo que constituyó un error en cuanto a lo de olvidarse de Carolyn, porque ella enseguida se materializó en su mente: una seductora diosa enmascarada que encajaba en sus brazos como si estuviera hecha sólo para él. Nunca, en toda su vida, un vals le había resultado tan excitante. La euforia de Carolyn, su sonrisa y su asombro mientras daban vueltas por la pista de baile… Él no podría haber apartado la vista de ella aunque su vida dependiera de ello. Carolyn lo había cautivado por completo. Y sin siquiera intentarlo. ¿Qué le ocurriría si ella pusiera en ello algo de empeño?
    Exhaló un largo suspiro, abrió los ojos y cogió la taza de café. ¡Maldición, él sabía con exactitud lo que le ocurriría! Perdería el control, como le había ocurrido en la terraza.
    ¡Maldita sea! Él sólo quería darle un beso insinuante; rozarle los labios con los suyos; ofrecerle un anticipo tentador para que deseara más. Pero en el instante en que su boca tocó la de ella, su astucia se desvaneció y se vio reemplazada por un apetito tan primario, profundo y avasallador, que le resultó imposible contener su arrebato. Él nunca perdía el control de aquella manera. Había deseado a muchas mujeres, pero ninguna había hecho añicos su autodominio hasta entonces.
    La verdad era que había sido poco menos que un milagro que consiguiera detenerse y no empujarla contra la pared, levantarle las faldas y satisfacer el incontenible anhelo que le provocaba. En el fondo él sabía que si hubieran estado en algún lugar que les hubiera proporcionado un mínimo de privacidad, habría cedido a la tentación. Y dada la apasionada respuesta de Carolyn a su beso, no albergaba ninguna duda de que ella se lo habría permitido. Incluso lo habría recibido con agrado. Ella experimentó la misma necesidad desesperada, la misma acometida de deseo ardiente que él. Daniel lo notó en cada matiz de su beso; lo percibió en cada temblor y estremecimiento que recorrió su cuerpo.
    Él siempre pensó que ella lo afectaría de una forma intensa, pero nunca, ni siquiera en sus múltiples fantasías acerca de ella, había anticipado el impacto que le produciría aquel único beso. Él pretendía seducirla poco a poco. Era evidente que tanto el encuentro como la ardiente respuesta de Carolyn, la habían cogido a ella tan desprevenida como a él. Él sabía que Carolyn no era del tipo de mujer a la que le gustaban las aproximaciones directas. Ni los revolcones rápidos en el jardín. No, desde luego ésa no era la manera adecuada de tentarla. Por desgracia, eso era, precisamente, lo que él había hecho, y lo único que había conseguido era asustarla. No le resultaría fácil olvidar la terrible angustia que percibió en sus ojos cuando se marchó de la terraza.
    Daniel bebió un trago largo de su café, que ya estaba tibio, y se formuló la inquietante pregunta que había rondado por su mente durante toda aquella noche de vela.
    ¿Sabía ella con quién había estado?
    ¿Sabía que él era el salteador de caminos? ¿Sabía que el hombre al que había besado con tanto anhelo, a quien había respondido con tanta pasión era él?
    Una satisfacción sombría y profunda lo invadió al pensar que ella lo sabía, que, durante la velada, era totalmente consciente de a quién pertenecían los brazos que la sostenían, los labios que la besaban. Sin embargo, la idea de que no lo supiera lo desgarró por dentro, víctima de un ataque de celos. Él había experimentado esa horrible emoción en raras ocasiones; sin embargo, su intensidad no dejaba lugar a dudas acerca de lo que era. La única mujer que le había inspirado esa emoción en toda su vida era… ella. La sociedad estaba plagada de hombres que eran más ricos, más guapos y que tenían más suerte en las mesas de juego y más amantes que él, todo lo cual podría inspirarle celos. Sin embargo, el único hombre del que había sentido celos de verdad era Edward. Y la causa era Carolyn.
    Seguro que ella sabía que era él el que llevaba la máscara de salteador de caminos. ¿No? La idea de que besara a otro hombre como lo había besado a él… ¡Maldición! ¡Sólo con pensarlo le hervía la sangre!
    Pues bien, si ella no lo sabía él se encargaría de que lo supiera. En cuanto fuera una hora más apropiada y el terrible dolor de cabeza que experimentaba remitiera, le haría una visita. Y se lo contaría. Y disiparía las inquietudes que la habían hecho huir la noche anterior. Lo admitiera o no, ya estaba preparada para vivir una aventura y él no tenía la menor intención de permitir que otro hombre reclamara lo que él quería.
    Dejó la taza de café sobre la mesa y apoyó su dolorida cabeza en sus manos. Otro error, pues la imagen que lo había atormentado desde que ella lo dejó solo en la terraza volvió a aparecer en su mente: la conclusión de su ardiente encuentro. Carolyn con las faldas arremangadas y las piernas alrededor de la cintura de él. La erección de él hundida en el húmedo y apretado calor de ella. Unas penetraciones lentas y fuertes que se aceleraban y ahondaban lanzándolos a los dos más allá de los límites…
    Un sonido gutural vibró en su garganta y Daniel se agitó en el asiento para aliviar la creciente molestia que le producían los pantalones. ¡Maldita sea, justo lo que necesitaba! Otro dolor pulsante.
    – Aquí tiene, milor.
    La voz masculina y familiar que oyó justo a su lado sobresaltó a Daniel despertándolo de su fantasía erótica. Samuel, impecable en su librea de lacayo, dejó un vaso largo frente a Daniel, encima de la mesa de caoba.
    – Nada peor que la mañana siguiente después d'una noche bebiendo ginebra de mala calidad.
    Daniel lanzó una mirada recelosa al brebaje de color marrón que le había traído su criado.
    – Era coñac, no ginebra.
    – Sea cual sea la bazofia que tomara, esto l'hará sentirse bien otra vez.
    Daniel frunció el ceño mientras dirigía su mirada al fornido muchacho.
    – No se puede decir que fuera una bazofia. De hecho, tenía más de cien años.
    – Pos le ha dado dolor de cabeza -declaró Samuel con su habitual rotundidad, que solía irritar a Daniel. Entonces señaló el vaso con su mano enguantada-. ¡Beba! -ordenó, como si él fuera el dueño de la casa y Daniel, el criado-. Cuanto antes l'haga, antes se sentirá mejor y antes recuperará el color, pos tié un color horrible, milor. -Al ver la mueca de Daniel, Samuel añadió con prontitud-: Perdone que se lo diga.
    ¡Maldita sea, tenía que hacer algo urgentemente con la costumbre de Samuel de hablar sin medir sus palabras!
    – Sí, haces bien pidiéndome perdón -gruñó Daniel-. Eres demasiado impertinente para tu propio bien.
    – Decir la verdad no es ser impertinente -replicó Samuel con una expresión y un tono de voz totalmente serios-. Le prometí que nunca le mentiría y no l'haré. Usté siempre conseguirá de mí la cruda verdad, milor.
    – Gracias, aunque creo que tenemos que trabajar para conseguir que sea un poco menos cruda. -Volvió a lanzar al vaso una mirada titubeante-. ¿Qué es eso?
    – Una receta c'aprendí del camarero del Cerdo Sacrificado, un pub en Leeds. El camarero se llamaba Weevil. Yo solía llamarlo Endemoniado Weevil.
    – Estupendo, pero hace ya tiempo que adopté la regla de no tomar bebidas inspiradas en personas a quienes llaman «endemoniadas».
    – ¡Oh, Endemoniado Weevil sabía muy bien lo que s'hacía, milor! -afirmó Samuel con el mismo tono serio de antes-. Bébase esto y dentro de veinte minutos s'alegrará d'haberlo hecho. Los muchachos del Cerdo Sacrificado le tenían una fe ciega.
    – Bueno, con una recomendación como ésta, ¿cómo podría negarme? -murmuró Daniel.
    Cogió el vaso y se encogió de hombros. ¿Por qué no? Era difícil que se sintiera peor. Bebió un sorbo y casi no pudo evitar escupirlo sobre la mesa.
    – ¡Cielos! -consiguió afirmar con voz ronca mientras un escalofrío le recorría la espalda. La mirada que le lanzó a Samuel debería haberlo tumbado de espaldas-. ¡Nunca había probado nada tan repugnante!
    – Nunca dije que tuviera buen sabor -contestó Samuel, odiosamente inmune a la mirada asesina de Daniel-. Trágueselo de golpe, milor.
    Sin estar muy convencido de que la cura no fuera a matarlo, Daniel se bebió el contenido completo del vaso y volvió a dejarlo en la mesa con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerlo añicos.
    – ¡Mierda!
    – Antes de veinte minutos, m'estará dando las gracias.
    – ¡Estupendo! Sin embargo, pretendo seguir diciendo «¡mierda!» hasta entonces.
    Samuel sonrió abiertamente sin mostrar el menor arrepentimiento.
    – ¿Un poco más de café, milor?
    – Sí, por favor. Cualquier cosa que me ayude a acabar con el «¡mierda!».
    Daniel observó al muchacho mientras se dirigía al aparador y su corazón se hinchó de orgullo. Sin duda, Samuel ya no era el atracador indigente, desesperado y enfermo que conoció una noche fría y lluviosa en Bristol, un año atrás, cuando intentó robarle. Él esquivó el intento con facilidad, tanto que, al principio, creyó que su atracador, quien apenas se sostenía en pie, estaba borracho. Pero cuando el muchacho se derrumbó a sus pies, Daniel se dio cuenta de que, además de estar sucio y vestir con harapos, tenía una fiebre muy alta. Y parecía que no había tomado una comida decente desde hacía meses.
    La compasión y las voces de un pasado que se negaba a aceptar empujaron a un lado el enfado que sentía por haber sido el blanco del intento de robo. En lugar de entregar al muchacho enfermo a las autoridades, Daniel se lo llevó a la posada en la que se alojaba y llamó a un médico.
    El joven se debatió entre la vida y la muerte durante tres días. Y en su delirio murmuró frases acerca de los abusos que, aparentemente, había sufrido; cosas que Daniel rezó para que no hubieran ocurrido en realidad. Al cuarto día, la fiebre por fin remitió y Daniel se encontró siendo observado por los ojos entrecerrados de un paciente débil pero lúcido quien, con algo de mano izquierda por parte de Daniel, se identificó como Samuel Travers, de diecisiete años de edad. Daniel tuvo que utilizar todas sus dotes de persuasión para convencerlo de que no pensaba hacerle ningún daño, que no iba a entregarlo a las autoridades y que no albergaba ningún oscuro propósito hacia él. Y aquellos esfuerzos que tuvo que realizar para tranquilizarlo lo convencieron de que, por desgracia, las situaciones de pesadilla que el muchacho había mencionado durante sus delirios habían sucedido de verdad.
    Al principio, Samuel se negaba a creer que Daniel lo había ayudado sólo porque sí y sin esperar nada a cambio, pero durante los días siguientes, poco a poco, llegó a aceptarlo. Mientras Samuel descansaba, comía y recuperaba las fuerzas, compartieron relatos de sus vidas y una confianza provisional surgió entre ellos. Samuel le contó a Daniel que su madre murió cuando él tenía cinco años, y que él se quedó solo, salvo por un tío alcohólico que, supuestamente, debía cuidar de él. También le explicó que nunca tuvo un verdadero hogar y que se vio obligado a robar para comer y a cambiar de ciudad continuamente para huir de la ley. Y que, al final, cuando tenía doce años, se escapó valiéndose por sí mismo a partir de entonces lo mejor que pudo.
    Aunque la infancia de ambos hombres había sido por completo distinta, el relato de Samuel despertó en Daniel un aluvión de recuerdos que mantenía cuidadosa y firmemente enterrados. Recuerdos de la muerte de su madre, cuando él tenía ocho años, y del doloroso período posterior. Recuerdos que él nunca había compartido con nadie y que no pudo revelar a Samuel. Pero el hecho de que ambos hubieran perdido a sus madres cuando eran unos niños era un pequeño aspecto en común sobre el que construyeron su relación.
    Como resultado de las conversaciones que mantuvo con Samuel, Daniel se vio empujado a echar una larga y contemplativa mirada a su vida. Y no le gustó lo que vio, sobre todo cuando se dio cuenta de que un mero accidente de nacimiento era todo lo que lo separaba a él, un adinerado aristócrata que poseía todas las comodidades imaginables, de Samuel, un joven que se había visto obligado a salir adelante gracias a su ingenio y que había tenido que robar y pedir para sobrevivir.
    La introspección de Daniel culminó en que, al final, se dio cuenta de que el vago sentimiento de descontento que lo había acosado durante los últimos años se debía al hastío y la apatía. Ya nada lo motivaba. Nada captaba su interés de verdad. Claro que, ¿qué podía despertar su interés si él tenía todo lo que podía desear? ¿Y qué estaba haciendo con toda aquella abundancia?
    «Nada», concluyó con no poca vergüenza. Nada salvo malgastar su tiempo y su dinero en placeres temporales y objetivos superficiales. La verdad era que no pensaba renunciar a éstos, pero, inspirado por Samuel, decidió que había llegado la hora de dedicar parte de su tiempo y dinero a un objetivo mejor. A tal fin, le ofreció a Samuel un empleo como criado, con la condición de que si volvía a intentar robarle, a él o a cualquier otra persona, Daniel lo despediría. Samuel aceptó la oportunidad y, durante todo aquel año, había demostrado ser un trabajador incansable, inteligente, digno de confianza y, como Daniel descubrió enseguida, brutalmente honesto. Y dolorosamente franco.
    Samuel no había incorporado a su comportamiento la rígida formalidad que era habitual entre el dueño de la casa y un criado. De vez en cuando, Daniel lo corregía, aunque, en el fondo, consideraba que sus conversaciones eran instructivas y entretenidas. Sobre todo le gustaba que Samuel, aunque siempre respetuoso, nunca se mostrara servil con él, lo que constituía un cambio refrescante en su vida. Debido a su título y su posición en la sociedad, en general, estaba rodeado de aduladores y tenía que reconocer que Samuel nunca le había dicho algo sólo porque creyera que Daniel quería oírlo.
    Cuando era absolutamente sincero consigo mismo, Daniel tenía que admitir que su desacostumbrada e informal relación con Samuel se debía a su propia falta de disposición a poner freno a la franqueza del joven. De una forma sorprendente, había llegado a considerarlo, casi, como a un hermano menor. La verdad era que se sentía más cerca de Samuel que de Stuart o George. Ninguno de sus disolutos hermanastros sentía el menor interés por él, salvo cuando necesitaban dinero o ayuda para escapar de uno u otro lío.
    Desde la llegada de Samuel, Daniel ya no podía decir que su vida fuera aburrida o que le faltaran desafíos. Lo cierto era que, en su casa de la ciudad, así como en su finca campestre, en Kent, las cosas con frecuencia rayaban el caos gracias a una costumbre de Samuel con la que Daniel no había contado.
    Como si el mero pensamiento de aquel hábito hubiera conjurado una prueba física de su existencia, Daniel se vio despertado de golpe de su ensueño por una bola de pelusa negra que saltó sobre su regazo. Bajó la vista y descubrió que era el objeto de la mirada de un único ojo felino.
    – ¡Ah, buenos días, Guiños! -murmuró Daniel, rascando a la gata entre las orejas.
    Guiños enseguida entrecerró su único ojo de color topacio y se apretujó contra la mano de Daniel. Un ronroneo grave vibró en la garganta del animal mientras clavaba intermitentemente las uñas en la servilleta de lino de Daniel.
    Samuel dejó la taza llena de café de Daniel sobre la mesa y le dio una palmadita a Guiños en la cabeza. A continuación se enderezó y carraspeó.
    «¡Oh, oh!» Daniel apretó los labios para contener un sonido que era medio gruñido medio risa y que amenazaba con escapar de su garganta. Sabía lo que aquel carraspeo significaba. Sabía que, «Nunca adivinaría qué, milor», eran las siguientes palabras que oiría.
    – Nunca adivinaría qué, milor -declaró Samuel como si los pensamientos de Daniel le hubieran dado la entrada para decirlo.
    A Daniel le había costado un poco darse cuenta de qué implicaba oír esas palabras y ser consciente de que, después de oírlas, su rutina siempre se veía desbaratada. Sin embargo, no podía negar que ahora anhelaba oírselas pronunciar a Samuel. Claro que no se atrevía a mostrar demasiado entusiasmo, si no su casa podía acabar invadida.
    Daniel contempló a Guiños, cuyo interés, reflejado en su único ojo y su sensible morro, ahora estaba centrado en el plato intacto de huevos y beicon de Daniel.
    – No se me ocurre -declaró Daniel con voz inexpresiva, como si después de un año no supiera con exactitud lo que significaba el «qué» de la frase de Samuel.
    – Se trata d' un cachorro, milor. -Samuel pronunció la palabra «cachorro» con una veneración que, normalmente, sólo se empleaba para referirse a la familia real-. D' unos seis meses, diría yo.
    – Ya veo -declaró Daniel con un sobrio asentimiento de la cabeza-. ¿Y qué daño ha sufrido el animal?
    – Abandonado, milor. Lo encontré ayer por la noche. Medio muerto d'hambre. Acurrucado tras unas basuras en un callejón.
    Daniel había dejado de reprender a Samuel por merodear por los oscuros callejones de Londres, pues sabía que, de todas formas, haría oídos sordos a sus advertencias. Y tampoco temía que Samuel estuviera aligerando los bolsillos de nadie. No, su criado buscaba otro tipo de víctimas.
    – ¿Y cómo sugieres que llamemos a ese perro abandonado? -preguntó Daniel, sabiendo que el nombre le daría la clave del… problema que sufría el animal.
    – Pelón, milor -declaró Samuel sin titubear.
    Daniel reflexionó sobre las implicaciones del nombre mientras cortaba un trozo de beicon para Guiños. La gata engulló el bocado y enseguida se restregó contra la mano de Daniel y maulló para que le diera otro.
    – ¿Lo has pelado? -dedujo Daniel por fin.
    Samuel asintió con la cabeza.
    – Tuve que hacerlo, milor. Para quitarle el pelo enmarañado y las pulgas.
    – ¡Ah!
    Guiños volvió a maullar y Daniel le dio al impaciente animal otro trozo de beicon con aire distraído.
    – ¿Y dónde está ahora Pelón?
    – En la cocina, milor. Durmiendo. Después de pelarlo y bañarlo, el cocinero le dio bien de comer. Después, la pobre bestia se acurrucó junto al fuego. Probablemente dormirá todo el día.
    Seguro.
    – ¿Quién, el cocinero? -bromeó Daniel con expresión seria.
    – Pelón, milor. -Samuel titubeó y, después, añadió-: Entonces… ¿podemos quedárnoslo?
    A Daniel le sorprendía que, después de tantos meses y tantos animales recogidos, Samuel no diera nada por descontado y siguiera pidiéndole permiso.
    – Supongo que tenemos espacio para otra… pobre bestia.
    Samuel relajó con evidente alivio sus anchos hombros que, sólo un año atrás, eran estrechos y huesudos.
    – Eso esperaba yo, milor. Le conté a Pelón lo que usté había hecho por mí y el hombre bueno y decente que usté era.
    ¡Maldición! Una humillante oleada de algo que se parecía mucho a la vergüenza invadió a Daniel quien, de una forma momentánea, se encontró sin palabras. La gratitud de Samuel siempre conseguía reducirlo a aquel estado.
    – Un hombre no debería ser halagado por hacer lo correcto, Samuel, simplemente por ayudar a una criatura abandonada.
    – S'equivoca, milor-replicó Samuel con su habitualmente poco servicial forma de hablar-. Usté puede pensar que la amabilidad es fácil de encontrar, pero yo le digo que no es así. Y cuando uno tié la suerte d' encontrarla, tié que reconocerlo. Lo que usté hace es bueno. Sobre todo porque no tié por qué hacerlo. Y es probable que, por su bondá, sus muebles terminen todavía más mordisqueados.
    – De hecho, eres tú quien es bueno, Samuel.
    – Es verdá que yo encuentro a los animales perdidos y abandonaos, milor, pero es usté quien tié los medios p'ayudarlos. Los medios y el corazón. Si no fuera por usté, yo no podría hacer ná. -Su fácil sonrisa iluminó su cara-. Seguro que no, porque estaría en la tierra, alimentando petunias. Ahí es donde estaría.
    – Bueno, eso no lo podemos permitir -comentó Daniel con un toque irónico en la voz-. Entonces, ¿quién sembraría el caos en mi casa con su conducta irreverente y un amplio surtido de animales sarnosos?
    – Nadie, milor -contestó Samuel sin vacilación.
    Así era, y en tal caso Daniel sufriría una gran pérdida.
    – Nadie -corroboró Daniel con un suspiro exagerado de víctima.
    Le guiñó el ojo a Guiños y la gata le respondió con una mirada fulminante de su único ojo que, con toda intencionalidad, trasladó de Daniel al beicon.
    Samuel sonrió mostrando sus dientes delanteros, que estaban ligeramente torcidos.
    – ¿Cómo va su dolor de cabeza, milor?
    – Ha… -Daniel reflexionó durante unos segundos y, al final, soltó una carcajada de sorpresa-. Desaparecido.
    – Lamento decir que ya se l'había dicho…
    Daniel lanzó al joven una mirada de rabia fingida.
    – No es verdad que lo lamentes. De hecho, creo que es una de las cosas que más te gusta decir.
    – M'alegro que s'encuentre mejor, porque… -Samuel carraspeó-. Nunca adivinaría qué, milor.
    Daniel se quedó paralizado. ¡Santo cielo, dos «Nunca adivinaría qué» en un día! Como Samuel solía soltar sus «He encontrado otra pobre bestia abandonada» con un volumen de voz acorde al tamaño del animal, Daniel supo que lo que venía a continuación era mayor que un cachorro.
    – No consigo imaginármelo -murmuró Daniel, preparándose para la sorpresa mientras rascaba a Guiños detrás de las orejas-. ¿Un caballo? ¿Un burro? ¿Un camello?
    Samuel pestañeó.
    – ¿Un camello?
    Daniel se encogió de hombros.
    – Sólo era una suposición. Pero estoy seguro de que si un dromedario huérfano deambulara solo por Londres, tú lo encontrarías. Y lo traerías aquí.
    – Desde luego, milor. Pero no es un camello.
    – Mi alivio no conoce límites. No me lo digas. ¡Pelón viene con cinco amigos!
    – No, milor. Por lo que yo sé, Pelón está solo en el mundo. Salvo, ahora, por nosotros, claro.
    Samuel carraspeó y Daniel se dio cuenta de que parecía estar muy nervioso, y de que su piel había adquirido un leve tono verdoso que hacía juego con su librea, aunque no en el buen sentido.
    – Se trata de que… Tiene usté visita, milor. Un tal señor Rayburn.
    Daniel enarcó las cejas.
    – ¿Charles Rayburn? ¿El comisario?
    Samuel asintió con la cabeza.
    – Sí, señor. Lo espera en el salón. Con otro hombre que dice llamarse Gideon Mayne.
    – No conozco a nadie que responda a ese nombre.
    – El hombre no lo dijo, pero juraría qu'es un detective.
    Daniel examinó a su criado de tono verdoso y claramente nervioso.
    – ¿Cuándo han llegado?
    – Hará una media hora. Pasaba yo por el vestíbulo cuando Barkley los hacía entrar. Por casualidad oí quiénes eran. Barkley los condujo al salón y yo m'ofrecí a decirle a usté que estaban aquí, pos yo venía al comedor.
    – ¿Y ahora me lo dices?
    ¡Mierda, de verdad tenía que hablar con Samuel sobre su falta de corrección en sus tareas! Tenía suerte de no haber entrado por casualidad en el salón tres horas más tarde y haber descubierto que el comisario y el detective estaban allí.
    Samuel se encogió de hombros.
    – Primero teníamos otros asuntos que tratar y quería que estuviera recuperado antes de soltarle la noticia de que la ley estaba aquí. Además, debo decir que no me molesta que esos tíos hayan tenido que esperarle a usté. Así es como debería ser. Usté es un hombre importante. Y es una hora muy mala pa que vengan a molestarlo. Sobre todo…
    – ¿Sobre todo qué?
    Samuel tragó saliva y la nuez de su garganta subió y bajó. Varios segundos transcurrieron antes de que contestara en un susurro:
    – ¿Y si han venido por mí? -Y añadió antes de que Daniel pudiera contestar-: Yo no he hecho ná, milor. Lo juro. Por mi vida. Le prometí que no robaría y no l'hecho.
    – Te creo, Samuel.
    Esto pareció calmar un poco a Samuel, quien asintió con un movimiento brusco de la cabeza.
    – Gracias.
    – Estoy seguro de que, quieran lo que quieran, no tiene nada que ver contigo. Y si lo tiene, seguro que se trata de un malentendido que aclararemos.
    El miedo ensombreció los ojos de Samuel, algo que Daniel no había visto desde hacía meses y que odió ver en aquel momento.
    – Pero ¿y si es por algo que robé antes? ¿Antes de que usté m' ayudara? ¿Y si quieren llevarme con ellos?
    – Nadie se va a llevar a nadie a ningún lado -declaró Daniel con determinación. Dejó con delicadeza a Guiños en el suelo y se puso de pie-. Voy a ver qué quieren.
    – ¿Me lo contará? -preguntó Samuel con voz temblorosa-. ¿En cuanto s'hayan ido?
    Daniel apoyó la mano en el hombro de Samuel.
    – En cuanto se hayan ido. No te preocupes. Estoy seguro de que no es nada.
    Daniel se dirigió a zancadas al salón esperando estar en lo cierto y con la certeza de que protegería a Samuel con todos los medios que fueran necesarios.
    Cuando entró en el vestíbulo, Barkley enderezó su postura.
    – ¿Puedo anunciarlo ya a las visitas, milord? -preguntó el mayordomo con la misma voz monótona y adusta que había empleado durante los diez años que llevaba al servicio de Daniel.
    – Sí. Tengo entendido que llevan esperando un buen rato. -Lanzó al mayordomo una mirada de medio lado-. Aunque supongo que usted sabía que esto sucedería cuando permitió que Samuel me diera la noticia.
    – Se merecen tener que esperar por venir a una hora tan intempestiva. -Barkley levantó la barbilla y dio un elegante respingo-. Sobre todo si han venido por Samuel.
    «Si es así, se van a encontrar con una buena pelea.»
    – Sólo hay una forma de averiguarlo.
    Daniel siguió a Barkley a lo largo del pasillo y, después de que el mayordomo lo anunciara, entró en el salón. Charles Rayburn, el comisario, se levantó del sillón en el que estaba sentado, junto a la chimenea. Daniel dedujo que el alto y robusto hombre debía de tener cuarenta y tantos años. Se dio cuenta de que los agudos y verdes ojos de Rayburn registraron todos los detalles de su persona.
    – Buenos días, milord -saludó Rayburn-. Me disculpo por esta visita tan temprana. -Señaló con la cabeza al otro hombre, quien estaba de pie junto a la chimenea-. Le presento al señor Gideon Mayne. El señor Mayne es un detective de Bow Street.
    La primera impresión que Daniel recibió del señor Mayne era que era un hombre muy alto, muy musculoso y muy solemne. Su cara, que lucía una nariz que, sin lugar a dudas, le habían roto en alguna ocasión, parecía tallada en granito. Evidentemente, no se trataba de una visita de cortesía.
    Tras saludarlos con una inclinación de la cabeza, Daniel señaló los sillones que había alrededor de la chimenea y preguntó:
    – ¿Nos sentamos?
    Por la expresión del señor Mayne, se diría que sentarse era lo último que deseaba hacer, pero no presentó ninguna objeción. Cuando se hubieron acomodado, Daniel preguntó:
    – ¿Cuál es el propósito de su visita?
    – Está relacionado con la fiesta de disfraces que se celebró ayer por la noche en casa de lady Walsh, milord -declaró Rayburn.
    Daniel se permitió mostrar la sorpresa que experimentó, pero no el alivio. Estaba claro que la visita de aquellos hombres no estaba relacionada con Samuel.
    – ¿Qué pasa con la fiesta?
    – Usted iba disfrazado de salteador de caminos, ¿no es así?
    – Así es.
    Rayburn y Mayne intercambiaron una mirada rápida.
    – Ayer por la noche lo vieron en compañía de una dama concreta, milord.
    La imagen de Carolyn se materializó enseguida en la mente de Daniel.
    – ¿Y qué?
    – Me temo, milord, que esa dama ha sido asesinada.

Capítulo 5

    Siempre me había considerado una persona recatada y, cuando miro hacia atrás, al principio de nuestra relación, lo era. Pero conforme ésta avanzaba, mi manto de recato se desintegró. Y me volví osada. Llena de pasiones y necesidades que nunca había imaginado poseer. Lo anhelaba. Anhelaba sus caricias, sus besos, el tacto de su piel…, como me imagino que un drogadicto anhelaría su droga.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Todo, en el interior de Daniel, se quedó helado. Un viento glacial parecía soplar por el agujero que las palabras del comisario habían producido en su cuerpo. Un silencioso «¡No!» resonó por toda su mente. Un «no» que, seguramente, habría gritado en voz alta si hubiera podido tomar el aliento suficiente. Un peso insoportable le apretó el pecho aplastando sus pulmones y estrujando su corazón.
    «Carolyn… ¡Santo cielo, Carolyn no!»
    – El cadáver de lady Crawford fue descubierto en las caballerizas que hay detrás de la casa de lady Walsh justo antes del amanecer -explicó Rayburn.
    Las palabras del comisario se filtraron poco a poco a través del shock paralizante que envolvía a Daniel como una niebla negra. Frunció el ceño y, a continuación, parpadeó.
    – ¿Ha dicho… lady Crawford?
    – Sí, milord. Por lo visto, la golpearon hasta la muerte. Todavía llevaba puesto el disfraz. Una especie de vestido de damisela en apuros. No llevaba muerta mucho tiempo cuando un exterminador de ratas la encontró.
    El profundo alivio que Daniel experimentó por el hecho de que la muerta no fuera Carolyn, lo dejó prácticamente mareado. Entonces las repercusiones de la noticia del comisario acerca de Blythe, lady Crawford, penetraron en su mente.
    – ¡Santo cielo! -exclamó, llevándose las manos a la cara-. ¿Han capturado al responsable?
    – No, milord. Acabamos de empezar nuestras pesquisas.
    Daniel contempló al señor Mayne.
    – ¿Usted lo está ayudando?
    – Me ha contratado la familia de lady Crawford. El señor Rayburn me ha permitido, amablemente, estar presente durante sus indagaciones. -Contempló a Daniel con una mirada firme y unos ojos tan oscuros que resultaba imposible distinguir la pupila del iris-. Usted conocía a lady Crawford.
    – Así es.
    – Íntimamente.
    Más que una pregunta, se trataba de una afirmación. Daniel mantuvo una expresión impasible y estudió a Gideon Mayne. Con sus adustas facciones, su ropa ligeramente arrugada y su oscuro cabello, que necesitaba un recorte, no podía considerarse guapo desde un punto de vista convencional, aunque tampoco podía decirse que no fuera atractivo. Sin embargo, tenía un aire intimidatorio que sugería que no dudaría en utilizar su considerable tamaño y su fuerza en caso necesario. La verdad era que parecía que acabara de tumbar a una docena de hombres y que no le importaría hacerlo otra vez. Empezando por él.
    – No tengo por costumbre hablar de mis relaciones íntimas, señor Mayne.
    – Estamos ante una investigación por asesinato, lord Surbrooke, no buscando carne de cañón para posibles cotilleos -declaró el detective manteniendo su adusta expresión.
    Sin hacer caso de la actitud de aquel hombre, Daniel, de una forma deliberada, contó mentalmente hasta diez antes de contestar.
    – Blythe y yo somos… éramos viejos amigos.
    ¡Cielos, no era posible que estuviera muerta!
    – ¿Y qué tipo de amigos eran? -insistió Mayne.
    – No veo qué importancia tiene este hecho -declaró Daniel-. A menos que… -Enarcó una ceja y trasladó su mirada a Rayburn-. A menos que yo sea un sospechoso.
    Mayne no lo negó y Rayburn lanzó una rápida y ceñuda mirada al detective.
    – Estamos formulando las mismas preguntas a todos los asistentes a la fiesta por si alguien vio algo que nos conduzca al asesino. -Rayburn sacó una libretita del bolsillo interior de su chaqueta y preguntó-: ¿Vio usted algo o a alguien que pueda considerarse sospechoso?
    Daniel reflexionó durante varios segundos y negó con la cabeza.
    – No. Como de costumbre, la fiesta era muy concurrida. No vi nada fuera de lo común. ¿Tienen alguna razón para sospechar que el culpable era uno de los invitados?
    – En este momento, no tenemos ninguna razón para creer nada, salvo que nos encontramos ante el asesinato de una mujer -interrumpió Mayne-. Un testigo ha declarado que usted estuvo hablando con lady Crawford ayer por la noche.
    – Así es. Intercambiamos algunas palabras.
    – ¿En la terraza? -preguntó Rayburn.
    Cuando Carolyn se fue, Daniel se quedó en la terraza durante cerca de media hora, perdido en sus pensamientos. Blythe se acercó a él sacándolo de sus solitarias reflexiones.
    – ¿De qué estuvieron hablando?
    – De nada importante. Del tiempo, la fiesta… Sobre una velada musical a la que nos habían invitado a los dos la semana que viene…
    – ¿Durante cuánto tiempo estuvieron juntos?
    – No más de cinco minutos. El aire era fresco y húmedo y ella cogió frío. La acompañé de vuelta al interior y me fui.
    – ¿A qué hora abandonó usted la fiesta?
    – No estoy seguro, pues no consulté mi reloj, pero yo diría que eran cerca de las dos de la madrugada.
    – ¿Y adónde fue?
    Daniel arqueó las cejas.
    – Aquí. Volví a casa.
    – ¿Puede alguien corroborarlo? -intervino Mayne-. ¿Su cochero o alguno de sus sirvientes, quizá?
    – Me temo que no. Cuando llegué a la fiesta le dije a mi cochero que podía irse y regresé caminando a casa. Cuando llegué mis empleados estaban durmiendo.
    – ¿Incluso su mayordomo y su ayuda de cámara?
    – Me temo que sí. Barkley y Redmond ya no son jóvenes. No les exijo que me esperen despiertos.
    Rayburn realizó unas anotaciones en su libretita y levantó la mirada.
    – ¿Conoce a alguien que quisiera hacerle daño a lady Crawford?
    – No. Era una mujer agradable y encantadora. Seguro que su asesino era un atracador.
    – Es posible -contestó Rayburn-, aunque está claro que el robo no era el motivo de su muerte.
    – ¿Por qué lo dice? -preguntó Daniel.
    – Porque lady Crawford conservaba todas sus joyas. Llevaba puesta una singular gargantilla de perlas.
    La imagen de tres ristras de perlas exactamente iguales cruzó la mente de Daniel.
    – ¿La gargantilla tenía un cierre con diamantes y rubíes?
    El interés iluminó los ojos de Rayburn.
    – Sí, ¿cómo lo sabe?
    Como no tenía nada que esconder y, de todos modos, ellos podían descubrirlo con facilidad a partir de distintas fuentes, incluido el joyero, Daniel declaró:
    – Podría ser una gargantilla que le regalé a Blythe.
    – Una joya muy cara para regalarla a una simple amiga -señaló Mayne-. ¿Cuándo se la regaló?
    – A finales del año pasado. Y sí, era bastante cara. Quizás el asesino quería robársela pero algo lo asustó antes de que pudiera hacerlo.
    – Es posible -contestó Rayburn mientras realizaba otra anotación en su libreta-. ¿Sabe si lady Crawford tenía una… relación con algún hombre en la actualidad?
    Daniel había oído un vago rumor acerca de que lord Warwick, alguien a quien ni admiraba ni le gustaba, era la última conquista de Blythe, pero como no tenía por costumbre repetir los cotilleos infundados, declaró:
    – No estoy seguro. Ayer mismo llegué a la ciudad, después de una larga estancia en el campo. Sólo puedo asegurarles que no tenía ninguna relación íntima conmigo.
    – En la actualidad -recalcó Mayne.
    Daniel dirigió su atención al detective y sólo le dedicó una fría mirada. No tenía intención de mentir, pero de ningún modo diría algo que pudiera manchar la memoria de una difunta. Y mucho menos a aquel detective insolente que lo miraba con hostilidad como si él hubiera cometido el asesinato. Su aventura con Blythe había durado menos de dos meses; unas cuantas semanas tórridas que se habían inflamado con rapidez y, después, se habían apagado. Daniel no tardó mucho en darse cuenta de que debajo de su deslumbrante belleza se escondía una mujer egoísta, vanidosa y no especialmente agradable. Era posible que tuviera enemigos, pero él no sabía quiénes eran. Por otro lado, ella no se merecía morir de aquella manera tan espantosa.
    – ¿Alguna otra cosa? -preguntó Daniel.
    – Su disfraz -declaró Rayburn-. ¿Puede usted describírnoslo?
    – Era muy sencillo. Camisa negra, pantalones ajustados, botas, máscara y una capa larga y negra.
    – El exterminador de ratas vio a alguien vestido con una capa negra que salía de las caballerizas justo cuando él llegaba.
    Daniel arqueó las cejas.
    – Yo no era el único invitado a la fiesta que vestía una capa negra. Quizás el exterminador de ratas es el desalmado que están buscando.
    – Quizá -contestó Mayne, pero con un tono de voz que dejaba claro que no lo creía.
    Sin duda, todo en su actitud indicaba que consideraba a Daniel sospechoso.
    – Esto es todo, milord -declaró Rayburn.
    – Por ahora -añadió Mayne.
    Daniel se levantó y los condujo al vestíbulo.
    – Gracias por su tiempo, milord -declaró Rayburn cuando llegaron a la puerta.
    – De nada. Por favor, avísenme si puedo ayudarlos en algo más.
    – Así lo haremos -contestó Mayne, cogiendo su sombrero de manos de Barkley.
    A continuación Mayne se despidió de Daniel con una leve inclinación de cabeza y salió seguido de Rayburn. Nada más cerrarse la puerta tras ellos, Samuel entró en el vestíbulo.
    – ¿Y bien? -preguntó con sus manos enguantadas apretadas en sendos puños y la cara pálida y demacrada-. ¿M'están buscando a mí?
    – No. -Daniel contó a Samuel y a Barkley la conversación que había mantenido con Rayburn y Mayne y terminó diciendo-: No puedo creer que esto haya sucedido. No me entra en la cabeza que Blythe esté muerta. Y que muriera de una forma tan horrible.
    Samuel arrugó el entrecejo.
    – Será mejor que vaya con cuidado, milor. Está claro que husmean en su dirección por este asesinato.
    Daniel asintió de forma pensativa.
    – A mí también me ha dado esa sensación. Sobre todo por Mayne, quien daba la impresión de que lo que más quería en este mundo era enviarme a la horca. Pero me han dicho que están interrogando a todos los que asistieron a la fiesta. Yo no soy el único que llevaba una capa negra o que habló con Blythe la noche pasada.
    Ni tampoco era el único hombre con el que lady Crawford había tenido una aventura.
    Sin embargo, en lugar de parecer aliviado, Samuel se vio todavía más preocupado.
    – Pero el collar que llevaba puesto se lo regaló usté y sé cómo son esos hombres de la ley, milor. Se les mete una idea en la cabeza y no les importa mucho si están equivocados. Los he visto arrestar a más d'un inocente.
    Daniel esbozó una sonrisa forzada.
    – No hay por qué preocuparse. Sólo están realizando su trabajo de una forma concienzuda. La buena noticia es que sus indagaciones no tienen nada que ver contigo.
    La rígida postura de Samuel se relajó un poco.
    – Desde luego son buenas noticias.
    Daniel consultó el reloj de aleación de cinc y cobre de la pared y se dio cuenta, aliviado, de que ya no era demasiado temprano.
    – Voy a salir un rato. Cuando regrese, estaré dispuesto a conocer a Pelón.
    Mientras tanto, tenía que ir a visitar a una diosa. Y ahora por una razón mucho más apremiante que hablar sobre su encuentro en la terraza. Con un asesinato sin resolver, tenía que asegurarse de que Carolyn estaba bien protegida.

    Carolyn, con los pies clavados en el suelo de mármol blanco y negro del vestíbulo de su casa, contempló cómo Nelson cerraba la puerta detrás del señor Rayburn y el señor Mayne. El breve interrogatorio al que la habían sometido la había impresionado.
    Sintiéndose todavía aturdida, regresó con paso lento al salón mientras intentaba asimilar la increíble y espantosa noticia de que lady Crawford estaba muerta. Asesinada.
    Un escalofrío recorrió su espalda. No eran amigas íntimas, apenas unas conocidas, pero sí que conocía a la atractiva viuda. Carolyn les contó, al señor Rayburn y al señor Mayne, todo lo que sabía, que era prácticamente nada, y respondió a todas sus preguntas, aunque en ningún momento dejó de pensar que tenía que haberse cometido un terrible error.
    Después de entrar en el salón y cerrar la puerta tras ella, Carolyn cruzó la alfombra turca hasta su escritorio y se sentó. Cogió la pluma e intentó reanudar la tarea que se disponía a realizar cuando el comisario y el detective de Bow Street llegaron: escribir una nota a lady Walsh agradeciéndole la encantadora fiesta del día anterior. Pero, como antes, lo único que consiguió fue contemplar la hoja de papel de vitela, que estaba en blanco. Y recordar.
    A él.
    El sonido de su voz. El roce de sus manos. El olor de su piel. El sabor de su beso. El calor que la había embargado hasta que creyó que iba a derretirse formando un charco a sus pies.
    Con una exclamación de desagrado, dejó la pluma y se levantó de la silla. Recorrió la habitación de un lado a otro, se detuvo delante de la chimenea y levantó la vista para contemplar el hermoso rostro y los bonitos ojos verdes del esposo al que había amado tanto.
    La noche anterior, nada más llegar a casa, se dirigió a aquella misma habitación, donde permaneció hasta el amanecer contemplando el retrato de Edward mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas y un sentimiento de culpabilidad la consumía. No sólo se sentía culpable por lo que había hecho, sino por cómo lo había disfrutado y porque se había dado cuenta, con gran pesadumbre, de que una parte de ella misma deseaba que su encuentro con lord Surbrooke no hubiera terminado de una forma tan brusca. Que hubiera continuado. En un lugar más privado.
    Sin embargo, otra parte de sí misma quería olvidar el encuentro desesperadamente y hacer desaparecer la vergonzosa e inesperada pasión que él despertaba en su interior. Pero no podía dejar de pensar en él. Incluso mientras contemplaba el amado rostro de Edward, lord Surbrooke se infiltraba en sus pensamientos. Se colaba en sus recuerdos de los valses y los besos que había compartido con Edward. Y, por esa razón, sentía un profundo rencor hacia él. Sin duda, había demostrado ser un salteador de caminos, pues había robado su sentido común y sus recuerdos íntimos con su marido.
    Mientras amanecía y unas franjas de color malva se filtraban en la tranquila habitación, Carolyn finalmente subió la escalera que conducía a su dormitorio convencida de que veía aquel episodio de una forma más objetiva. Lo inusual de su sentido común se debía al anonimato que le había proporcionado la máscara. De no haber sido por el disfraz, ella nunca se habría comportado de una forma tan inusitada. Era Galatea, no Carolyn Turner, vizcondesa de Wingate, quien había perdido la cabeza. Ahora que se había despojado de su falsa identidad, no volvería a cometer semejante error. Quería continuar con su vida, pero como una viuda sobria, no como una aventurera en busca de placeres sensuales.
    Por suerte, lord Surbrooke no sabía que ella era la mujer a la que había besado. Sólo tenía que borrar de su mente aquel encuentro y hacer ver que nunca había sucedido. Seguro que en uno o dos días lo habría olvidado.
    En aquel momento, después de unas cuantas horas de sueño y con la luz del sol entrando a raudales por la ventana, de algún modo aquel episodio le parecía un sueño. Un sueño febril que sin duda estaba alimentado por sus ávidas lecturas de las Memorias. La lectura de aquella obra había despertado, de una forma inesperada, unas necesidades sensuales que ella creía haber enterrado mucho tiempo atrás. Unas necesidades que nunca esperó volver a experimentar.
    Su mirada se posó en el cajón superior de su escritorio y lo abrió poco a poco. Desplazó a un lado varias hojas de papel de escritura y el ejemplar negro, delgado y encuadernado en piel apareció a la vista. Carolyn deslizó los dedos por las letras doradas que adornaban la cubierta. Memorias de una amante.
    Aquella misma mañana había deseado quemarlo en la chimenea e intentó hacerlo, pero algo la contuvo. La misma inquietante sensación que le había impedido rechazar la invitación a bailar de lord Surbrooke. O su sugerencia a salir a la terraza. Se trataba de una sensación que no podía definir ni ignorar. Algo que la inquietaba profundamente.
    Sacó el libro del cajón y lo abrió por una página elegida al azar.

    … él profundizó el beso. Su lengua se acopló lentamente a la mía en una fricción embriagadora que me hizo anhelar el momento en que, por fin, su cuerpo se hundiera…

    Exhaló un gemido y cerró el libro de golpe, produciendo un agudo restallido que resonó en la silenciosa habitación. Soltó un suspiro tembloroso, agarró el libro, levantó la barbilla y se dirigió con pasos resueltos y decididos a la chimenea.
    Se detuvo frente a ésta apretando el libro contra su pecho. El suave fuego la calentó a través de su vestido matutino. Su mente exigía que lanzara el libro a las llamas, pero ella titubeaba.
    Soltó un gemido y apoyó la barbilla en el borde del libro. ¿Por qué, por qué había tenido que leerlo? Antes de hacerlo, no se cuestionaba su vida. Ni sus decisiones. Sabía con exactitud quién era, la viuda de Edward. Vivía una existencia tranquila, comedida y circunspecta y, aunque algunos podían considerarla falta de emoción, a ella le iba bien. A la perfección. Tenía su rutina. Su correo. Su hermana y sus amigas. Sus bordados… aunque tenía que reconocer que odiaba bordar.
    Pero entonces leyó aquel… libro maldito. Carolyn levantó la cabeza, lanzó una mirada furiosa al ofensivo libro y lo agarró con tanta fuerza que sus nudillos empalidecieron. Desde que lo había leído, en lo único en lo que podía pensar era en… aquello.
    Aquello y lord Surbrooke.
    Apretó los párpados y una imagen de él se materializó de inmediato en su mente. Pero no de él disfrazado de oscuro y seductor salteador de caminos, sino de él mismo, como era en la fiesta que se celebró en la casa de Matthew. Con sus ojos azul oscuro clavados en ella y su encantadora boca curvada en aquella mueca torcida típicamente suya. Con un mechón de su pelo, espeso y oscuro, cayendo sobre su frente.
    El corazón de Carolyn se aceleró y ella abrió los párpados con lentitud. Contempló las danzarinas llamas naranja y doradas de la chimenea y se obligó a encarar la verdad. La atracción que sentía hacia lord Surbrooke había enraizado en ella mucho antes de que leyera las Memorias. Las semillas se plantaron durante la fiesta en la casa campestre de Matthew y ahora…, ahora habían florecido en algo totalmente inesperado. Totalmente indeseado. Y, aun así, totalmente innegable.
    Y rotundamente inaceptable.
    ¡Santo Dios! Si tenía que experimentar atracción hacia un hombre, algo que, a decir verdad, nunca creyó posible, ¿por qué tenía que ser él? Tenía que admitir que, desde un punto de vista puramente físico, era muy atractivo. Pero ella nunca se había sentido atraída por un hombre sólo por su aspecto. Lo cierto era que, debido a la educación que había recibido, solía evitar a los hombres de aspecto imponente. Ella enseguida se sintió atraída por Edward quien, para ella, era extremadamente guapo, pero no de una forma aparente. Su belleza era discreta. Contenida. Como su ternura. Ella se enamoró de su comedido sentido del humor, de su integridad e inteligencia, de su profunda amabilidad y gentileza.
    Lord Surbrooke, por su parte, con su aspecto deslumbrante, sus miradas apasionadas y su reputación de granuja encantador no era, en absoluto, el tipo de hombre que ella habría elegido.
    Una vez más, contempló el libro que apretaba entre sus manos. Aunque las Memorias no hubieran encendido la llama de su indeseada atracción, sin duda la alimentaban con sus relatos sensuales e inculcando imágenes lujuriosas en su mente. Imágenes en las que lord Surbrooke tenía un papel sobresaliente. Imágenes que ella quería, desesperadamente, hacer desaparecer.
    Estaba claro que librarse de aquel libro era el primer paso hacia ese objetivo y el segundo sería evitar a lord Surbrooke. Seguro que eso no le resultaría muy difícil, pues, sin duda, docenas de mujeres estaban pendientes de todas y cada una de sus palabras y ocupaban su tiempo. Mujeres con las que compartía todo tipo de intimidades. Mujeres a las que besaba con pasión en los bailes de disfraces…
    Un estremecimiento ardiente recorrió su espina dorsal y, a continuación, se le formó un extraño nudo en el estómago que le produjo una molesta tensión que se parecía mucho a… los celos.
    Carolyn arrugó el entrecejo. ¡Santo cielo! ¿A ella qué le importaba si él besaba a otras mujeres? ¿Si les hacía el amor? No le importaba. En absoluto. Como él no tenía ni idea de a quién había besado la noche anterior, sin duda sólo se había tratado de otro encuentro impersonal para él. Un encuentro que, probablemente, ya había olvidado. Además, gracias a Dios, había tenido el sentido común de interrumpir el beso. Seguro que ella misma lo habría interrumpido si él no lo hubiera hecho. Seguro que, si se hubieran besado durante unos segundos más, ella se habría apartado de él.
    Su molesta voz interior recobró vida y murmuró algo que, sospechosamente, sonaba como «¡Ni por asomo!». Carolyn consiguió, aunque con algo de esfuerzo, ignorar aquella voz.
    Sin embargo, una parte de ella, diminuta y opuesta a la anterior, estaba emocionada por haber despertado en él una reacción tan apasionada. Ella no sabía que era capaz de provocar semejante reacción en un hombre. Aunque Edward siempre había sido muy fogoso, ella nunca había causado en él semejante… falta de contención. Y desde luego nunca en una fiesta, ni en ningún otro lugar en el que pudieran ser descubiertos.
    Una oleada de vergüenza la invadió ante estos pensamientos, que sólo podía considerar desleales. Era injusto y ridículo que comparara a Edward, quien había sido amable y educado sin límite en todos los aspectos de su vida, con un hombre al que apenas conocía y que, por lo poco que sabía de él, era capaz de un comportamiento poco menos que indecoroso.
    Sin duda, la soledad que la había estado atormentando últimamente la empujó a actuar, durante la fiesta, de una forma por completo desacostumbrada en ella. Como no pensaba repetir aquellos actos, no tenía sentido que guardara algo que podía empujarla a volver a salir del confortable capullo que había tejido a su alrededor.
    Inspiró hondo, se acuclilló delante del fuego y alargó poco a poco la mano en la que sostenía las Memorias. «Suéltalas -la apremió su mente-. ¡Échalas al fuego!»
    Eso era lo correcto. Su sentido común, su buen juicio lo sabían.
    Unos golpes en la puerta la sobresaltaron y Carolyn se levantó de golpe. Un sentimiento de culpabilidad encendió sus mejillas y, aunque no estaba segura de cuál era la causa, enseguida escondió el libro debajo de uno de los cojines de brocado del sofá.
    – ¡Adelante! -contestó.
    Nelson abrió la puerta y se acercó a Carolyn con una bandeja de plata en la que había una tarjeta.
    – Tiene usted una visita, milady -declaró el mayordomo tendiéndole la pulida bandeja.
    Carolyn cogió la tarjeta y leyó el nombre impreso. Su corazón dio un complicado salto acrobático y se puso a latir con fuerza y rapidez.
    ¡Santo cielo! ¿Qué estaba haciendo él allí?
    «¿Está usted en casa, milady?»
    Carolyn tragó saliva.
    – Sí, puede usted hacer entrar a lord Surbrooke.
    Estas palabras salieron de su boca sin que ella pudiera evitarlo, pues en el fondo sabía que lo que tendría que haber dicho era justo lo contrario.
    Nelson inclinó la cabeza y se retiró. En cuanto salió de la habitación, Carolyn corrió hacia el espejo que colgaba de la pared más lejana y, al ver su imagen, apenas pudo contener un ¡ay! de horror. No necesitaba pellizcarse las mejillas para tener algo de color, pues un color escarlata coloreaba su cutis haciendo que pareciera que acababa de meter la cabeza en un horno. ¡Cielo santo! Incluso sus ojos estaban enrojecidos, y también hinchados, debido a lo mucho que había llorado y lo poco que había dormido. O quizá sólo se trataba de un reflejo de sus acaloradas mejillas.
    Apretó los labios y frunció el ceño. ¿Qué importancia tenía el aspecto que tuviera? ¡Ninguna en absoluto! No sentía ningún deseo de impresionar a lord Surbrooke. ¡Ninguno en absoluto!
    Se oyeron unos pasos en el pasillo y Carolyn soltó un soplido y se alejó del espejo a toda prisa. Se detuvo frente a la chimenea y apenas tuvo tiempo de secar las húmedas palmas de sus manos en su vestido cuando Nelson apareció en la puerta.
    – Lord Surbrooke -anunció Nelson.
    Tras realizar una rápida reverencia, Nelson se apartó a un lado y lord Surbrooke apareció en el umbral. El corazón de Carolyn volvió a dar otro intrincado salto.
    ¡Vaya, el hombre era realmente atractivo! Como siempre, iba impecablemente arreglado. Desde la chaqueta de corte transversal de color azul oscuro que hacía juego con sus ojos y acentuaba la amplitud de sus hombros, pasando por su camisa blanca como la nieve, por su fular, que caía en cascada desde el perfecto nudo, por sus pantalones beige que se ajustaban a sus musculosas piernas y hasta sus botas negras y lustrosas.
    Lord Surbrooke avanzó despacio hacia ella y Carolyn no pudo hacer otra cosa salvo mirarlo, enmudecida por la gracia de sus movimientos predatorios. ¡Cielos! Caminaba bien. Bailaba bien. Besaba… extraordinariamente bien.
    El calor invadió el cuerpo de Carolyn, quien tuvo que realizar grandes esfuerzos para no abanicarse con la mano. Contemplar a lord Surbrooke la hacía sentirse como si estuviera junto a un fuego abrasador. «¡Estás junto a un fuego abrasador!», le recordó su voz interior.
    Al recordarlo, Carolyn se sintió aliviada y se alejó varios pasos de la chimenea. Claro que se sentía acalorada. No le extrañaba que hiciera tanto calor en aquella habitación. Pero ése no tenía nada que ver con su visitante.
    Por encima del hombro de lord Surbrooke, vio que Nelson cerraba la puerta de la habitación. Si hubiera estado atenta, le habría dicho que la dejara abierta, pero, por lo visto, no estaba nada atenta. Y además se había quedado sin habla.
    Lord Surbrooke se detuvo dejando una respetable distancia entre ellos. Distancia que Carolyn sintió la penosa tentación de acortar.
    Él dijo algo. Carolyn lo supo porque sus labios se movieron, pero sus palabras no llegaron a ella porque el recuerdo de su beso la embargaba de tal modo que lo único que podía oír eran los latidos de su propio corazón.
    ¡Vaya! Los labios de lord Surbrooke volvían a moverse. Aquellos labios bonitos y masculinos, de aspecto firme y tacto maravilloso. Aquellos labios… aquellos labios… ¡Cielo santo, había perdido por completo el hilo de la conversación! Por no mencionar la cabeza…
    Apartó la mirada de la boca de lord Surbrooke, la fijó en sus ojos y se aclaró la garganta para encontrar su voz perdida.
    – ¿Disculpe?
    – Decía que temía que fuera demasiado temprano para una visita. Gracias por recibirme.
    – De hecho, no es usted la primera visita del día.
    – ¡Vaya! -Su mirada se agudizó a causa del interés-. ¿Sus otras visitas no serían, por casualidad, el señor Rayburn y el señor Mayne?
    Carolyn asintió con la cabeza…
    – Sí. ¿También lo han visitado a usted? Me comentaron que pretendían interrogar a todos los asistentes a la fiesta.
    – Salieron de mi casa no hace mucho. La muerte de lady Crawford es algo impactante y terrible.
    – ¡Espantoso! Espero que atrapen pronto al asesino.
    – Yo también. Pero hasta entonces, debe usted extremar sus precauciones. No vaya a ningún lugar sola.
    – No suelo hacerlo.
    – Estupendo.
    Se hizo el silencio. Carolyn buscó en su mente con desesperación algo que decir, tarea que le resultó muy difícil, pues ver a lord Surbrooke en su salón de algún modo le vaciaba la mente. Y, curiosamente, a pesar de lo espaciosa que era la habitación, su presencia parecía reducirla al tamaño de una caja.
    Al final fue él quien rompió el silencio.
    – ¿He interrumpido algo?
    De repente, ella se acordó de lo que estaba haciendo cuando Nelson anunció la llegada de lord Surbrooke. Estaba a punto de lanzar las Memorias al fuego. Dirigió la mirada al sofá y se sintió desfallecer. Uno de los extremos del libro sobresalía del cojín.
    – Nada -respondió ella con rapidez y quizá con un tono de voz un poco demasiado alto-. No ha interrumpido nada. Sin embargo, siento curiosidad por conocer la causa de su visita.
    «¡Sí, por favor, dígamela. Deprisa. Y después, váyase. Para que pueda empezar a olvidarlo.»
    Una sonrisa curvó una de las comisuras de los labios de lord Surbrooke.
    – ¿Puedo sentarme?
    «¡No! Cuénteme la razón de su visita y váyase. Y deje de sonreír.»
    – Claro.
    Le indicó el sillón, pero él se acomodó en el sofá. Justo encima de las Memorias. Carolyn contempló, alarmada, el cojín. Alarma que se convirtió en pesadumbre cuando se dio cuenta de que la entrepierna de lord Surbrooke había atraído, de una forma irremediable, su mirada. Su absolutamente fascinante entrepierna.
    Carolyn soltó un respingo y levantó la mirada. Y vio que él la examinaba de tal modo que dejaba claro que la había pillado mirándolo. Mirando su fascinante entrepierna.
    ¡Santo cielo! Aquella visita apenas había empezado y ya era un auténtico desastre. Bueno, al menos no podía ser peor.
    Carolyn recobró la compostura, se sentó en el otro extremo del sofá y consiguió decir en un tono de voz perfectamente sereno:
    – ¿Por qué deseaba verme, lord Surbrooke?
    – Quería darle una cosa.
    Lord Surbrooke le tendió un frasco de cristal sellado con cera y lleno de una sustancia de color ámbar.
    Carolyn contempló el regalo sorprendida. ¿De dónde lo había sacado? Era evidente que lo llevaba en la mano desde que entró y ella no se había dado cuenta.
    «Porque estabas ocupada contemplando sus labios. Y sus ojos. Y su fascinante entrepierna.»
    Carolyn aceptó el frasco y lo sostuvo contra la luz.
    – Parece miel.
    El sonrió.
    – Probablemente porque se trata de miel. De mis propias abejas. Conservo unas cuantas colmenas en Meadow Hill, la finca que poseo en Kent.
    – Yo… Gracias -declaró Carolyn, incapaz de ocultar la sorpresa que sentía-. Me encanta la miel.
    – Lo sé.
    – ¿Lo sabe? ¿Cómo?
    – Lo mencionó usted durante una de nuestras conversaciones en la fiesta de Matthew.
    – ¿Ah, sí? -murmuró ella mucho más complacida de lo que debería sentirse por el hecho de que él recordara aquel pequeño detalle-. No me acuerdo.
    – Yo quería regalarle algo, pero no estaba seguro de qué. Entonces usted me dijo que preferiría un regalo que me recordara a usted. Y la miel me recuerda a usted -declaró él con suavidad-. Es del mismo color que su pelo.
    Carolyn frunció el ceño. Seguro que ella no le había dicho algo tan… directo.
    – ¿Cuándo le dije eso?
    Él alargó el brazo y tocó con delicadeza un tirabuzón del cabello de Carolyn. Y a ella, aquel gesto tan íntimo le cortó la respiración.
    – Ayer por la noche. En la terraza. -Su mirada pareció traspasar la de Carolyn-. Galatea.
    Carolyn sintió cómo la sangre abandonaba, materialmente, su cabeza dejando sólo un zumbido en sus oídos. ¡Cielo santo! ¿No había creído, un minuto antes, que la visita no podía ser peor? Sí, sí que lo había creído.
    Y, obviamente, se había equivocado mucho. Pero mucho.

Capítulo 6

    Antes de llegar a un acuerdo con lord X, yo creía que conocía bien lo que era el placer físico. Sin embargo, después del primer beso sospeché que no sabía tanto como creía. Y después del segundo estaba convencida de no saberlo; porque nunca había deseado un tercer beso con tanto anhelo.

    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Al ver que el color desaparecía del cutis de Carolyn, la mandíbula de Daniel se puso en tensión. Resultaba evidente que estaba atónita, y no de una forma placentera. La decepción lo invadió seguida, de inmediato, por un agudo ataque de celos. Y algo más que no pudo identificar con exactitud aparte de saber que lo hacía sentirse como si le hubieran arrancado un pedazo del corazón. A juzgar por la reacción de Carolyn, ella no sabía que había sido él a quien había besado.
    ¡Maldición! ¿Quién demonios creía que era el salteador de caminos? Daniel no lo sabía, pero estaba decidido a averiguarlo. Sin embargo, antes de que pudiera preguntárselo, ella se humedeció los labios y esa visión momentánea de su lengua lo distrajo. Apenas se había recuperado cuando ella le preguntó:
    – ¿Cómo sabía que Galatea era yo?
    – No me resultó difícil. Por su forma de comportarse, la curva de su barbilla, su risa. Usted es… inconfundible.
    Durante varios y largos segundos, ella lo examinó a través de aquellos bonitos ojos suyos que a Daniel le recordaban un cielo de verano sin nubes. Entonces, sin pronunciar una palabra, ella se levantó y se dirigió a la chimenea. Tras dejar el frasco de miel sobre la repisa, se mantuvo de espaldas a Daniel y pareció contemplar las llamas.
    – ¿Desde cuándo sabía que era yo? -preguntó Carolyn con calma.
    Él titubeó. Su orgullo, herido por el hecho de que ella no lo reconociera en la fiesta, exigía que no admitiera que él sí que la había reconocido a ella desde el principio y que le dijera que no lo había adivinado hasta después de haberla besado. Si ella fuera cualquier otra mujer, esta mentira habría salido de sus labios sin ningún reparo. La seducción no era más que una serie de juegos intrincados que él sabía muy bien cómo jugar. De la misma forma que sabía reservarse la opinión y revelar lo menos posible de sí mismo a sus amantes. En el juego del amor, la información era como la munición. El hombre que daba a una mujer demasiada información sobre sí mismo se arriesgaba a que le pegaran un tiro.
    Pero tratándose de Carolyn la mentira se quedó atascada en la garganta de Daniel, negándose a ser pronunciada. Por el bien de su maltratado orgullo, Daniel incluso tosió en un intento de desatascar su garganta, pero ésta se negó a obedecerlo dejándolo con una única opción: contarle la verdad desnuda. Eso era inusual en él, pero, sencillamente, no tenía otra alternativa. Daniel no conseguía comprender por qué se sentía de esa manera, por qué no tenía ninguna otra opción y la verdad era que odiaba sentirse tan confuso. Pero como ésa era la mano que le había tocado, no tenía más remedio que jugarla. ¡Mierda, no le extrañaba que nunca le hubieran gustado los juegos de cartas!
    Se puso de pie y se acercó a la chimenea deteniéndose justo detrás de Carolyn. La piel de ella despedía un suave aroma a flores que incitó sus sentidos y Daniel inhaló hondo. ¡Cielos, qué bien olía! Como un jardín en un día soleado.
    La mirada de Daniel se quedó clavada en la nuca de Carolyn. Aquella columna de piel cremosa flanqueada por dos tirabuzones de color miel, artísticamente separados de su cabello recogido, se veía tan suave, tan vulnerable… ¡Tan apetecible al tacto…!
    – Supe que era usted en cuanto la vi -reconoció Daniel en voz baja.
    Incapaz de resistirse, tocó con la yema de un solo dedo la tentadora piel de Carolyn, disfrutando al descubrir que era tan suave como parecía.
    Saboreó el súbito respingo que realizó ella así como el ligero temblor que la recorrió.
    – Era completamente consciente de que era usted con quien hablaba -continuó Daniel mientras deslizaba con delicadeza la yema de su dedo por la suave curva de la nuca de Carolyn-. Usted con quien bailaba. -Avanzó hasta que la parte frontal de su cuerpo rozó la espalda de ella y deslizó los labios por la piel que su dedo acababa de explorar-. A usted a quien besaba.
    Ella permaneció totalmente inmóvil, de hecho, parecía que había dejado de respirar. Una profunda satisfacción invadió a Daniel. Excelente. Por culpa de Carolyn él comprendía perfectamente aquella sensación. Cada vez que pensaba en ella, las imágenes sensuales que le inspiraba hacían que, durante varios segundos, sintiera que sus pulmones habían dejado de funcionar.
    Le rodeó la cintura con los brazos y la acercó levemente a su cuerpo mientras deslizaba los labios por su cuello e inhalaba… despacio, profundamente, ahogando sus sentidos en su suave aroma floral, en la excitante y casi dolorosa sensación de tenerla en sus brazos. Y, como le ocurría cada vez que estaba cerca de ella, su refinamiento se esfumó sumergiéndolo en una lucha contra la necesidad imperiosa de apretarla con fuerza contra su cuerpo, de acorralarla contra la pared más cercana… o inclinarla sobre la silla más próxima… o acostarla en el sofá o, simplemente, tumbaría en el suelo. Cualquier cosa que le permitiera satisfacer aquel fuego ardiente que lo abrasaba cada vez que la tocaba. Un fuego que ardía todavía con más intensidad ahora que había probado su sabor.
    El esfuerzo que realizó para no ceder al deseo que lo consumía hizo que se echara a temblar, así que cerró brevemente los ojos obligándose a recobrar el dominio de sí mismo. ¡Por el amor de Dios, si apenas la había tocado! Nunca había experimentado una necesidad tan apremiante de poseer a una mujer. Sin embargo, su voz interior le advertía que no fuera demasiado rápido con Carolyn, pues corría el riesgo de asustarla, como había ocurrido la noche anterior.
    Se apartó un poco y la hizo girarse con suavidad para mirarla a la cara. Al ver el vivo color de su piel y su expresión sofocada, no albergó la menor duda de que ella estaba tan alterada como él. ¡Gracias a Dios!, porque la próxima vez que la besara ella sabría con toda certeza que era él quien lo hacía.
    Alargó el brazo y deslizó con dulzura los dedos por su suave mejilla.
    – ¿Quién creía usted que la había besado ayer por la noche? -preguntó, formulando la pregunta que llevaba resonado en su mente desde el día anterior, aunque odió tener que formularla.
    Ella lo examinó con una expresión indescifrable y él deseó con todas sus fuerzas poder leer sus pensamientos. Entonces, como si acabara de darse cuenta de que estaban tan cerca el uno del otro y de que las manos de él reposaban en su cintura, Carolyn se apartó poniendo varios centímetros de distancia entre ellos, centímetros que él tuvo que esforzarse para no acortar.
    – Un osado salteador de caminos -respondió ella por fin-. Me temo que me vi arrastrada por la excitación y el anonimato de la máscara y…
    Su voz se fue apagando y desvió la mirada al fuego de la chimenea. Aunque Daniel se sentía decepcionado por el hecho de que ella no supiera ni hubiera adivinado su identidad, experimentó un gran alivio cuando ella no mencionó a ningún otro hombre.
    – ¿Y cedió a sus deseos? -sugirió él con suavidad al ver que ella permanecía en silencio.
    Carolyn negó con la cabeza.
    – No, cometí un error.
    Se volvió hacia él y, por primera vez, Daniel se dio cuenta de que el borde de sus párpados estaba enrojecido y de que tenía unas leves ojeras bajo los ojos. Signos, sin duda, de haber pasado la noche en vela, de no haber dormido. Y, quizá, de haber vertido lágrimas. La idea de Carolyn llorando le causó un dolor que no pudo definir y despertó en él la necesidad de dar consuelo y protección, una necesidad que no había experimentado en mucho, mucho tiempo. Una necesidad que creía que había muerto en él mucho tiempo atrás.
    Necesitó hacer acopio de toda su voluntad para no abrazarla.
    – No fue un error -declaró Daniel con voz calmada pero implacable.
    Un brillo de determinación y de algo más – ¿angustia, quizás?- apareció en la mirada de Carolyn, quien levantó la barbilla.
    – Le aseguro que fue un error, lord Surbrooke. Yo no quería…
    – Daniel.
    Carolyn titubeó y, después, continuó:
    – Yo no pretendía que las cosas fueran tan lejos. No debí acompañarlo, bueno, al salteador de caminos, a la terraza. Sólo puedo decirle que cometí un error. Y pedirle perdón.
    – Te aseguro que no hay nada que perdonar. -Sin poder reprimirse más, Daniel se acercó a ella. Se preguntó si ella se apartaría, pero se alegró al comprobar que ella no se movió-. Supongo que yo también debería pedirte perdón, pero me temo que no puedo. No siento lo que ocurrió. De hecho, lo único que siento es que te marcharas de una forma tan repentina.
    Carolyn sacudió la cabeza.
    – Lord Surbrooke, yo…
    – Daniel. Por favor, llámame Daniel. -Sonrió con la esperanza de que ella le devolviera la sonrisa-. Después de lo que ocurrió entre nosotros ayer por la noche, creo que podemos tutearnos. Al menos eso espero… ¿lady Wingate?
    Como, a pesar del tono exagerado de su pregunta, ella no lo invitó a que la tuteara, que era lo que él esperaba, Daniel añadió:
    – Al menos eso espero… mi querida ¿lady Wingate?
    Animado por la leve curva que realizaron las comisuras de los labios de Carolyn, Daniel continuó:
    – Mi extremadamente encantadora y muy querida… ¿lady Wingate?
    Una chispa minúscula de diversión se reflejó en los ojos de Carolyn.
    – ¿Hasta cuándo piensa seguir en esta línea?
    – Tanto como sea preciso, mi extremadamente encantadora, muy querida y sumamente talentosa lady Wingate.
    Carolyn arqueó una ceja.
    – ¿Sumamente talentosa? Está claro que no me ha oído cantar nunca.
    – No. -Daniel se llevó las manos al pecho en una pose dramática-. Pero estoy seguro de que su voz rivaliza con la de los ángeles.
    – Sólo si las voces de los ángeles suenan como las ruedas chirriantes y desafinadas de un carruaje.
    Daniel realizó un chasquido con la lengua.
    – Me temo que no puedo permitir que menosprecie a mi amiga, la extremadamente encantadora, muy querida, sumamente talentosa y enormemente divertida lady Wingate.
    – A este paso, al final del día tendré más títulos que toda la familia real junta.
    – Estoy convencido de que así será, mi extremadamente encantadora, muy querida, sumamente talentosa, enormemente divertida y extraordinariamente inteligente lady Wingate.
    Carolyn le lanzó una mirada medio divertida y medio exasperada a la vez.
    – Está claro que no se ha dado cuenta, milord, pero intento mantener un poco de compostura en nuestra relación.
    – Daniel. Y sí, sí que me he dado cuenta. -Daniel sonrió abiertamente y levantó y bajó las cejas-. Pero está claro que tú sí que no te has dado cuenta de que me gustaría que dejaras de hacerlo.
    – Creo que hasta un ciego se habría dado cuenta. Sin embargo, también intento librarme de una situación embarazosa de una forma educada. De una forma que nos permita olvidar nuestra pérdida momentánea de juicio de ayer por la noche y seguir disfrutando de la franca camaradería que establecimos en la fiesta de Matthew.
    – ¿Eso es lo que de verdad crees que pasó ayer por la noche? ¿Que perdimos momentáneamente el juicio?
    – Sí, y no tengo intención de repetirlo.
    Carolyn no pronunció estas palabras de una forma hiriente. De hecho, Daniel percibió con claridad una disculpa en sus ojos, una petición de comprensión.
    El problema era que él no lo comprendía. Ni quería una disculpa.
    – ¿Puedes explicarme por qué no quieres repetirlo? -preguntó él mientras su mirada buscaba la de ella-. Es evidente que disfrutaste del beso tanto como yo.
    El rubor cubrió las mejillas de Carolyn, y Daniel se maravilló de que una mujer de más de treinta años, una mujer que ya había estado casada, siguiera ruborizándose.
    – Eso no cambia nada.
    – No estoy de acuerdo. Entre nosotros hay una atracción. Una atracción que siento desde… hace mucho tiempo.
    La sorpresa y algo más que Daniel no consiguió identificar antes de que desapareciera, brillaron en los ojos de Carolyn.
    – ¿Ah, sí?
    «Desde que te vi por primera vez. Hace diez años.»
    – Sí. Y es algo que me gustaría explorar. A menos que… me digas que estoy equivocado y que la atracción es unilateral.
    El rubor de Carolyn se acentuó.
    – Cualquier mujer con sangre en las venas pensaría que es usted muy atractivo.
    – No me importa lo que piensen las otras mujeres. Sólo me importa lo que piensas tú.
    – Mi opinión sobre si es o no atractivo no tiene importancia, milord.
    – Daniel. Y la verdad es que tu opinión es muy importante para mí. -Daniel realizó una mueca-. Aunque, en realidad, lo único que quiero es que estés de acuerdo conmigo.
    Carolyn soltó una carcajada de sorpresa que intentó ocultar con una tos, y Daniel se dio cuenta de que se la veía algo más relajada. Una chispa de picardía brilló en los ojos de Carolyn.
    – ¿Desea que esté de acuerdo en que es usted atractivo? Supongo que se da cuenta de lo engreída que suena su pretensión.
    – No, espero que estés de acuerdo en que existe una atracción entre nosotros. Y que te gustaría explorarla tanto como a mí.
    Ella enseguida volvió a ponerse seria, apretó los labios y desvió la mirada. A continuación, exhaló un suspiro y volvió a mirarlo a la cara.
    – Me siento muy halagada, pero…
    Daniel apoyó con suavidad los dedos en los labios de Carolyn.
    – ¿Por qué no lo dejamos, por ahora, en «Me siento muy halagada»? -Esbozó una sonrisa rogando para que no se viera tan forzada como él la sentía y bajó la mano-. La verdad es que las frases que siguen a la palabra «pero» no suelen ser muy alentadoras.
    – Pero ésta es, exactamente, la cuestión. Aunque comprendo que mis acciones de ayer por la noche pueden indicar lo contrario, no deseo alentarlo.
    – ¿A mí en particular o a los hombres en general?
    – A los hombres en general, pero, sobre todo, a usted.
    Daniel se estremeció.
    – ¡Vaya! Ese estrépito que acabas de oír es mi ego masculino rompiéndose en pedazos.
    Carolyn apoyó la mano, brevemente, en el brazo de Daniel. Si, en aquel momento, Daniel hubiera sido capaz de actuar con frivolidad, se habría echado a reír por la ráfaga de calor que recorrió su cuerpo a causa del inocente gesto de Carolyn.
    – Me malinterpreta usted. Digo que sobre todo no deseo alentarlo a usted porque… me gusta. Y no quiero hacerle daño.
    Daniel enarcó una ceja.
    – ¿Acaso pretendes golpearme con una sartén de hierro? ¿O un atizador de fuego? ¿O una piedra pesada? ¿O pretendes empujarme escaleras abajo?
    Carolyn realizó una mueca.
    – ¡Claro que no!
    – Entonces no entiendo cómo podrías hacerme daño.
    Carolyn se volvió hacia el cuadro que colgaba encima de la chimenea y Daniel siguió su mirada. Edward sonreía desde la tela, con sus hermosas facciones congeladas en el tiempo. Un fantasma de tamaño natural capturado en una pintura al óleo.
    Daniel apartó la mirada del cuadro para dirigirla a Carolyn.
    – Comprendo. Ya me has comentado antes que sientes devoción hacia Edward y que no quieres volver a casarte y lo comprendo.
    Pero, aunque afirmaba que la comprendía y sus sentimientos no le molestaban, sencillamente, no podía comprender la profundidad de su amor, el tipo de amor que era dueño de la totalidad del alma y el corazón de una persona.
    – Tienes miedo de herir mis sentimientos más íntimos porque tu corazón no está libre.
    Carolyn lo miró de frente y asintió con la cabeza.
    – Aun a riesgo de parecer terriblemente engreída, sí. No deseo hacer daño a ninguno de los dos.
    – Aun a riesgo de parecer terriblemente engreído, te diré que yo no permito que mis sentimientos más íntimos se vean involucrados en mis aventuras amorosas. -Daniel esbozó una mueca rápida-. De hecho, la historia ha demostrado que carezco de sentimientos íntimos, así que no tienes por qué preocuparte. Y, como tú, yo tampoco deseo casarme.
    Carolyn arqueó las cejas.
    – ¿Y qué ocurrirá con su título?
    Daniel se encogió de hombros.
    – Supongo que algún día no tendré más remedio que ponerme los grilletes, pero no tengo intención de considerar esta posibilidad hasta que esté chocheando. Y, aunque me muera sin tener descendencia, la verdad es que tengo dos hermanos menores.
    Otra capa de rubor cubrió las mejillas de Carolyn, y Daniel tuvo que apretar los puños para no coger su cara entre sus manos y besarla hasta que ninguno de ellos pudiera respirar.
    – ¿Me está sugiriendo que tengamos una aventura?
    «¡Demonios, sí! Empezando inmediatamente, sino antes.»
    – Te estoy sugiriendo que averigüemos adónde nos conduce el beso de ayer por la noche -contestó él con cautela, pues no deseaba que Carolyn saliera corriendo de la habitación presa del pánico-. Aunque admito que tengo muy claro adónde nos conducirá.
    – A tener una aventura.
    – Exacto.
    El destello de calor que despidieron los ojos de Carolyn le indicó a Daniel que ella se sentía tentada. Pero entonces Carolyn contempló el retrato de Edward y negó con la cabeza.
    – Yo nunca he… No puedo. -Volvió a negar con un movimiento de la cabeza-. Lo siento.
    Él le cogió las manos con dulzura.
    – Sé cuánto lo amabas… Y todavía lo amas. Él era, en todos los sentidos, un hombre digno de admiración. ¿No crees que querría que continuaras con tu vida?
    – Sí, pero…
    Sus palabras se fueron apagando y Daniel vio con claridad que se sentía destrozada.
    – Yo no te pido tu corazón. La verdad es que no lo deseo en absoluto.
    La confusión nubló la vista de Carolyn.
    – Entonces, ¿qué es lo que quiere?
    – ¿Acaso no es obvio? ¡Te quiero a ti! Tu compañía, tu risa. -Le apretó con suavidad las manos-. Te quiero como amante. En mi cama. O en la tuya. Dondequiera que nos lleven nuestros encuentros. Puedes quedarte con tu corazón, como yo me quedaré con el mío. Sin embargo, tu cuerpo…
    Su mirada se deslizó con lentitud por la figura de Carolyn.
    – ¿Sería de usted? -preguntó ella en un grave susurro.
    – Sí. -Volvió a posar su mirada en la de ella-. Como el mío sería tuyo.
    – ¿Durante cuánto tiempo?
    – Tanto como lo deseáramos. Hasta que uno de nosotros ya no quisiera continuar con la relación.
    – Sólo una aventura temporal y despreocupada, fundada, sólo, en el placer físico.
    La voz de Carolyn sonó escéptica e intrigada a la vez.
    – Sí, pero has olvidado mencionar la discreción. Nadie lo sabría salvo nosotros dos.
    – ¿Cómo sé que no se lo contaría a nadie más?
    – En primer lugar, porque te doy mi palabra de honor de que no lo contaré. Y, en segundo lugar, porque no me gusta compartir. No me gusta compartir nada, pero, menos aún, los detalles íntimos de mi vida.
    – Entiendo.
    – Te protegería en todos los sentidos. Incluso de un posible embarazo.
    Carolyn bajó la vista momentáneamente.
    – Eso… Eso no sería necesario. Después de siete años de matrimonio sin hijos, al final acepté que soy estéril.
    La tristeza de su voz era evidente, y Daniel le dio otro suave apretón de manos.
    – Eres una mujer fascinante y atractiva. Y también apasionada, algo que, por lo que percibí en tu reacción a nuestro beso, creo que has perdido de vista.
    Carolyn frunció levemente el ceño.
    – Me temo que está usted deduciendo demasiado de aquella situación. Mi reacción fue el resultado de un arrebato.
    – No, no lo fue.
    – Sí, sí que lo fue.
    – Ya veo que, sencillamente, tendré que demostrarte que estás equivocada.
    A continuación, Daniel recorrió la distancia que los separaba en un solo paso y tras unir sus labios a los de Carolyn cayó de inmediato en el mismo abismo de deseo y necesidad en el que se había sumergido la noche anterior. Se trataba de un lugar sombrío y salvaje en el que sólo existían ellos dos. Un lugar que no quería abandonar nunca.
    Daniel se obligó a sí mismo a actuar con una calma deliberada que contrastaba por completo con la urgencia que bombeaba en su interior. Soltó las manos de Carolyn y le rodeó la cintura con los brazos, acercándola a él hasta que sus cuerpos se tocaron desde el pecho hasta las rodillas. Durante varios segundos, ella permaneció rígida, pero después exhaló un suave gemido, rodeó el cuello de Daniel con sus brazos y entreabrió los labios.
    Si la necesidad que lo consumía no fuera tan apremiante, Daniel podría haberse dedicado a saborear aquel triunfo, pero, en lugar de hacerlo, abrazó a Carolyn con más fuerza y profundizó su beso mientras su lengua exploraba la deliciosa y suave calidez de la boca de ella. A cada segundo, se sentía más y más atraído hacia un remolino carnal del que no había escapatoria. Claro que, en realidad, él no quería escapar. ¡Cielos, no! De hecho, Carolyn y él ni siquiera estaban tan cerca como él habría deseado.
    Daniel exhaló un gemido y deslizó una mano hasta la parte baja de la espalda de Carolyn. Presionó con la palma la base de la espina dorsal de ella y extendió los dedos sobre la curva de sus nalgas apretándola más contra él. Su erección pulsó junto al cuerpo de ella y sus caderas se flexionaron de una forma involuntaria en un lento bombeo que extrajo un gruñido de puro deseo de su garganta.
    Daniel perdió la noción del tiempo. Lo único que sabía era que no importaba cuánto tiempo estuviera besándola, pues siempre le parecería insuficiente. Con el corazón golpeándole en el pecho, de algún modo encontró las fuerzas para levantar la cabeza, pero sólo lo suficiente para deslizar sus labios por la mandíbula de Carolyn y por la curva de su fragante cuello. Sin dejar de absorber, en todo momento, los dulces y eróticos sonidos que emanaban de los labios de ella, Daniel deslizó la lengua por el lateral del cuello de Carolyn saboreando su piel cálida y aromática. Después succionó con suavidad el punto en el que su pulso latía aceleradamente. Nunca una mujer le había sabido tan bien.
    Al final, con gran esfuerzo, levantó la cabeza y contuvo un gemido de intenso deseo ante la visión que lo esperaba.
    Con los párpados entrecerrados, las mejillas encendidas y los labios entreabiertos e hinchados por el beso, a Carolyn se la veía deliciosa y totalmente excitada. Conservando uno de sus brazos alrededor de la cintura de Carolyn para mantenerla apretada a él, Daniel levantó una mano algo temblorosa y rozó con el dorso de sus dedos la cálida y suave mejilla de Carolyn.
    Ella abrió los párpados del todo y Daniel contempló la profundidad azul de sus ojos. Y sintió que se ahogaba otra vez.
    – ¿Todavía crees que lo de anoche fue un arrebato momentáneo? -preguntó él con voz grave y áspera debido a la excitación.
    Daniel no supo identificar la expresión que flotaba en las facciones de Carolyn, pero resultaba evidente que no era de felicidad. Más bien parecía de derrota.
    – Por lo visto no fue un arrebato -accedió ella-, pero…
    El la interrumpió con un rápido beso.
    – ¿Recuerdas lo que te dije antes acerca de que las frases que siguen a la palabra «pero» no me resultan nada alentadoras?
    Carolyn abrió la boca con la intención de replicar, pero en aquel mismo instante alguien llamó a la puerta. Durante varios segundos, ella se quedó paralizada. Después, soltó un respingo, se separó de Daniel como si se estuviera quemando y se alisó el pelo y el vestido con gestos nerviosos.
    – Te ves bien -la tranquilizó él mientras se arreglaba la chaqueta-. Aunque con «bien» quiero decir «perfecta».
    ¡Y por todos los santos que era cierto! Se la veía perfectamente besada, decidió Daniel mientras maldecía mentalmente la interrupción. Aunque quizá se había producido en el momento ideal. Acababan de compartir lo que él describiría como otro beso extraordinario y ella no había tenido tiempo de presentar ninguna objeción. Sin duda, debía aprovechar aquella oportunidad para irse y dejarla con el recuerdo de lo increíble que había sido aquel beso. Y deseando más. Al menos eso esperaba él.
    – ¡Adelante! -contestó Carolyn.
    La puerta se abrió y el mayordomo de cara adusta que había acompañado a Daniel hasta el salón entró sosteniendo una bandeja de plata con tres tarjetas de visita.
    – Tiene visita, milady. Lady Walsh, lady Balsam y la señora Amunsbury. ¿Está usted en casa?
    Carolyn miró a Daniel.
    – Debo irme -manifestó él con rapidez-. Tengo varias citas programadas.
    Carolyn asintió con la cabeza y se dirigió al mayordomo.
    – Puede acompañar a lord Surbrooke a la salida y, después, haga entrar a las damas, Nelson.
    – Muy bien, milady.
    Carolyn se volvió hacia Daniel.
    – Gracias por la miel.
    – De nada. ¿Asistirá usted a la velada de esta noche en casa de lord y lady Gatesbourne?
    Daniel suponía que ella asistiría, pues lady Julianne, la hija de los Gatesbourne, era una de sus mejores amigas.
    Carolyn titubeó.
    – Todavía no lo he decidido.
    En aquel instante, Daniel supo que él era la razón de que ella no estuviera segura de si asistiría o no a la fiesta. Evidentemente, Carolyn no sabía si quería volver a verlo otra vez. Su decisión de acudir o no a la casa de los Gatesbourne le revelaría mucha información, decidió Daniel.
    Obligándose a no tocarla, Daniel realizó una reverencia formal.
    – Espero verla allí, milady. Y, por favor, recuerde ser prudente y no salir sola.
    A continuación, salió por la puerta y siguió a Nelson sin volver la vista atrás.
    En el vestíbulo, intercambió saludos con Kimberly, lady Balsam y la señora Amunsbury, quienes lo observaron con curiosidad.
    – ¿Y qué le ha traído a la casa de lady Wingate? -preguntó lady Balsam, apartando una de las plumas de pavo de su turbante que había caído sobre su mejilla.
    Daniel esbozó una sonrisa forzada. La hermosa y altiva condesa era una de las chismosas más conocidas de la sociedad londinense.
    – Sólo se trata de una visita entre vecinos, pues yo vivo a sólo dos casas de aquí. Tras oír la impactante noticia de la muerte de lady Crawford, decidí asegurarme de que lady Wingate estaba bien.
    – Como un caballero de resplandeciente armadura -comentó Kimberly mientras lo observaba con expresión divertida-. ¿Y ella se encuentra bien?
    – Me alegra informarles de que así es. Y también me alegro de ver que ustedes están bien. -Aguijoneado por la curiosidad sobre la razón de su visita, pues sabía que ninguna de las damas era amiga íntima de Carolyn, Daniel preguntó de una forma casual-: ¿Y qué las ha empujado a ustedes a ir de visita en un día tan encantador como éste?
    – Nos dirigíamos a Regent Street para ir de compras cuando lady Walsh nos sugirió que le preguntáramos a lady Wingate si deseaba unirse a nosotras -informó la señora Amunsbury. Tenía la nariz tan levantada que Daniel se preguntó si, de vez en cuando, la cabeza no se le caía hacia atrás-. ¡Estamos todas tan contentas de que vuelva a incorporarse a la sociedad!
    – Pero ahora tenemos que preocuparnos por ese asesino que anda suelto -declaró lady Balsam soltando un soplido.
    Daniel tuvo que esforzarse para no levantar la vista hacia el techo. ¡Dios no permitiera que nada se interpusiera entre la condesa y las tiendas!
    – Que la hayan asesinado es ciertamente terrible -continuó lady Balsam-, pero, la verdad, ¿en qué estaría pensando lady Crawford para merodear por las caballerizas? Que una dama se aventure a pasear por esos lugares a solas es buscarse problemas.
    Aunque Daniel estaba de acuerdo con su afirmación, no tenía ganas de seguir hablando de aquel tema, así que, tras realizar una reverencia a las damas, se marchó. Mientras bajaba los escalones de piedra y recorría el corto sendero que conducía a la verja de hierro forjado de la entrada, reflexionó sobre las palabras de lady Balsam y se preguntó quién o qué había llevado a Blythe a las caballerizas. Su espíritu aventurero no era del tipo que la llevaría a exponerse en zonas poco seguras. En consecuencia, o esperaba encontrarse con alguien allí, alguien que no se había presentado dejándola a merced de quien la había asesinado, o no había ido sola a las caballerizas y su acompañante la había asesinado, lo que significaba que el asesino también había asistido a la fiesta de disfraces. Como los demás, Daniel sólo podía esperar que cogieran pronto al culpable y lo llevaran ante la justicia. Y que Rayburn y, sobre todo, Mayne desviaran su atención de él para centrarse en encontrar al verdadero asesino.
    Y, aunque el misterio que rodeaba la muerte de Blythe rondaba por su mente, en lo más hondo de su ser otra pregunta lo atormentaba.
    ¿Acudiría Carolyn a la velada de los Gatesbourne?
    Daniel supuso que la respuesta dependía de otra pregunta que estaba seguro que lo perseguiría durante todo el día.
    ¿Sería Carolyn valiente y admitiría que lo deseaba a él tanto como él a ella?

Capítulo 7

    Él se acercó a la bañera vestido, sólo, con una picara sonrisa. «No hay nada tan cautivador como una mujer bonita tomando un baño», murmuró él. Yo supuse que no se había mirado al espejo, porque nunca había visto nada tan cautivador como él. Inmoralmente guapo, alto, masculino, fuerte, musculoso y muy, muy excitado…
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Carolyn estaba en el salón de la elegante mansión de lord y lady Gatesbourne, en Grosvenor Square, con una copa de ponche con sabor a limón en la mano y asintiendo a lo que le decía Sarah. Su hermana llevaba hablando varios minutos y, aunque Carolyn estaba segura de que la historia que le estaba contando, fuera cual fuese, era fascinante, ella estaba distraída. Con lo único en lo que no quería pensar.
    Lord Surbrooke.
    ¡Maldición! ¿Por qué no conseguía eliminarlo de sus pensamientos? El hecho de que pareciera estar grabado en su mente le resultaba confuso y extremadamente irritante. Era como si su cerebro hubiera desarrollado una extraña resistencia a hacer lo que ella quería que hiciera, que consistía en olvidar todo lo que estuviera relacionado con lord Surbrooke: su sonrisa de medio lado, sus ojos azul oscuro, su hermosa cara…
    Su apasionado beso.
    Y el efecto devastador que le había causado.
    Incluso en aquel momento, horas después de que lord Surbrooke se hubiera ido de su casa, el calor recorría su espina dorsal con sólo pensar en cómo la había abrazado. Cómo la había tocado. Y besado. Con la inconfundible prueba de su excitación presionada contra ella y provocando una tormenta de deseos y necesidades en su interior. Deseos y necesidades que, a pesar de que habían transcurrido casi doce horas, no habían disminuido en nada. Sentía la piel ardiente y tensa, como si hubiera estado sumergida en almidón caliente.
    Después de declinar la amable invitación de lady Walsh, lady Balsam y la señora Amunsbury a ir de tiendas, se dio un baño esperando calmar su inquietud y su mente. Los baños en su gran bañera siempre la relajaban, pero en aquella ocasión no había sido así. No, aquella mañana su mente hervía de imágenes de lord Surbrooke desnudo, acercándose a la bañera. Con su cuerpo perfectamente esculpido y perfectamente excitado, algo de lo que hacía un perfecto uso. Con ella. En la bañera.
    Estas vividas imágenes la habían dejado en tal estado que Carolyn salió corriendo de la bañera y se pasó dos horas dando vueltas por la casa llegando a la conclusión de que no podía asistir a la fiesta de aquella noche en la casa de los padres de Julianne. Tenía planeado ir y esperaba con ansia pasar la velada con Sarah, Julianne y Emily, pero él estaría allí.
    «Lo supe en cuanto la vi.» Las palabras de lord Surbrooke la llenaron de la más desconcertante combinación de culpabilidad y excitación. No fue capaz de admitir, delante de él, que nada más verlo supo quién era. Admitirlo la habría obligado a reconocer en voz alta que su encuentro no había sido casual y anónimo. Su única protección frente a él y las cosas que le hacía sentir era fingir ignorancia. En caso contrario, el encuentro anónimo se habría convertido en una elección deliberada a compartir cierto grado de intimidad con un hombre que no era su esposo. Que no era Edward, el hombre que había amado y que todavía amaba.
    «Pero Edward ya no está», susurró su voz interior.
    Sí. Y ella estaba viva. Algo que lord Surbrooke había dejado bien claro. Pero ¿cómo podía elegir, de una forma deliberada, estar con otro hombre? ¿Un hombre que quería que fueran amantes?
    Por eso al final había decidido acudir a la fiesta, porque no hacerlo habría sido como admitir que quería ser su amante pero que temía confesarlo. Lo que no era verdad. Ella no temía decirle lo que tenía que decirle: que no sería, no podía ser su amante. Y hasta que encontrara el momento adecuado para comunicarle su decisión, adoptaría un aire de fría indiferencia.
    Aunque no conseguía encontrar en sí misma ese aire de fría indiferencia.
    El hecho de que, incluso en aquel salón ruidoso y concurrido, no consiguiera pensar más que en las sensuales imágenes de ella y lord Surbrooke, desnudos, en una bañera… Bueno, la verdad era que la cosa no pintaba nada bien.
    Una oleada de calor invadió su cuerpo y Carolyn inhaló hondo. Mientras recorría con la mirada la habitación, asintió, de una forma distraída a Sarah. ¿Dónde estaba él? ¿Había decidido no acudir a la fiesta? Ella debería alegrarse. Se alegraba. De hecho, estaba encantada. Ella había acudido y se había mantenido firme en sus convicciones, por lo que había triunfado. La indeseada atracción que sentía hacia él se desvanecería pronto y ella recuperaría la habitual sensatez que él había conseguido robarle subrepticiamente. Entonces volverían a disfrutar de la amistad informal que habían establecido antes del baile de disfraces. Sin lugar a dudas, él estaba buscando a alguien nuevo con quien compartir su cama y, desde luego, ella no sería esa persona. Sencillamente, no se convertiría en su amante. Ella no era del tipo de mujer que se involucra en una aventura, por muy increíble que fuera su forma de besar. Y de hacerla suspirar.
    Ahora, todo lo que tenía que hacer era decírselo.
    Y lo menos que podía haber hecho él era aparecer aquella noche para que ella pudiera hacerlo. En cuanto dejara atrás aquel episodio, podría seguir adelante y su vida volvería a la normalidad. Su vida era plena y en ella no había lugar para ningún hombre y, menos aún, para alguien como lord Surbrooke, que era tan… experto. Tanto que la había hecho olvidarse de sí misma temporalmente. Pero no permitiría que volviera a suceder.
    «Ya ha hecho que te olvides de ti misma dos veces», le recordó su incómoda voz interior.
    Carolyn, sintiéndose molesta, apartó a un lado aquella voz. Como era lógico, después de que él oyera su negativa, utilizaría su considerable encanto y empeño para convencerla, aunque sólo fuera para salvar su orgullo. Carolyn suponía que pocas mujeres lo habrían rechazado, si es que alguna lo había hecho, pero ella estaba segura. Decidida. Nada la apartaría de su decisión. No importaba lo persuasivos que fueran sus besos. No importaba que la hicieran… derretirse. No importaba lo amable que había sido regalándole la miel.
    Nada de eso importaba.
    Tenía que recuperar el tipo de vida calmado y tranquilo que había construido para sí misma. Y éste, sin duda, no incluía una tórrida aventura amorosa con un hombre que, aunque indudablemente era muy atractivo, en realidad no era más que un seductor de mujeres superficial y malcriado. Carolyn estaba segura de que, después de escuchar su decisión, él enseguida dirigiría su atención a alguna otra mujer. Otra mujer que caería gustosa en sus brazos.
    Esta idea la llenó de una incómoda sensación que le hizo sentir como si todo su cuerpo se hubiera convertido en un tenso nudo. Apretó su copa de ponche con tanta fuerza que el intrincado diseño de ésta se clavó en sus dedos. ¡Maldita sea! Casi podía verlo, estrechando a otra mujer, sin cara y sin nombre, entre sus brazos. «Haciéndole sentir todas las cosas increíblemente agradables que me hizo sentir ayer por la noche y esta mañana.»
    – ¿Estás de acuerdo conmigo, Carolyn?
    La pregunta de Sarah la sacó de golpe de sus agitados pensamientos y Carolyn trasladó la mirada hacia su hermana, quien la observaba por encima de la montura de sus gafas.
    – ¿Disculpa? -preguntó Carolyn.
    Sarah frunció los labios.
    – No puedo creer que no hayas escuchado nada de lo que te he contado.
    Carolyn se sonrojó.
    – Lo siento. Me temo que estoy… absorta.
    La preocupación se reflejó en los ojos marrones de Sarah.
    – ¿Te encuentras bien?
    «No, tengo muchísimo calor y me siento frustrada y confusa. Y todo por culpa de ese hombre exasperante.»
    – Sí, cariño, estoy bien.
    – ¿Estás segura? Pareces… acalorada.
    El hecho de que su perturbación interior se percibiera, de una forma tan clara y dolorosa, en el exterior sólo sirvió para sonrojarla más.
    – Es sólo que aquí hace calor. ¿Qué me estabas diciendo?
    – Varias cosas. La primera es que el asesinato de lady Crawford está en boca de todo el mundo. Se dice que algunos hombres no permiten que sus esposas vayan a ningún lado sin compañía. Cuando llegamos, Julianne me contó que su padre la había amenazado con no dejarla salir de casa. Matthew me ha hecho prometerle media docena de veces que no me arriesgaré a ir a ningún lado sola.
    – Me alegro de que lo haya hecho -declaró Carolyn-. Todas las personas con las que he hablado están preocupadas. -Se inclinó hacia su hermana y añadió en voz baja-: Veo que el señor Rayburn y el señor Mayne están aquí. Esto la hace sentirse a una más segura.
    – Sí -corroboró Sarah-, aunque supongo que están aquí más como investigadores que como protectores.
    Un escalofrío recorrió la espalda de Carolyn.
    – Seguro que el autor de la muerte de lady Crawford fue un ladrón y no un invitado a la fiesta.
    – Eso espero.
    – ¿Qué más habías dicho? -preguntó Carolyn.
    – Que todavía no me ha enviado la nota.
    – ¿Quién? ¿Qué nota?
    Sarah se subió las gafas por el puente de la nariz y, por primera vez, Carolyn se dio cuenta de que su normalmente imperturbable hermana parecía muy… perturbada. Realmente parecía estar muy inquieta.
    Sarah se acercó a su hermana y declaró en voz baja pero agitada:
    – Matthew. Y me refiero al tipo de nota que se comenta en las Memorias. No entiendo por qué no me la ha enviado. ¡Cielos, a Matthew no le cuesta nada cubrirme de diamantes, pero le pido que me envíe una nota de una sola línea, y no hay manera de que lo haga!
    La diversión que experimentó Carolyn se vio limitada por el evidente nerviosismo de Sarah.
    – ¡Así que te regala diamantes en lugar de enviarte una nota! ¡Menudo monstruo! Se merece una buena paliza.
    Sarah parpadeó varias veces y, al final, una expresión de vergüenza cubrió su cara.
    – ¡Tocada! Es sólo que, bueno, estoy ansiosa porque lo haga para poder experimentar la excitación que la Dama Anónima describe en su libro.
    El nudo del estómago de Carolyn se apretó todavía más. La maldita excitación que la Dama Anónima describía en su obra era el catalizador que había hecho que perdiera el control sobre todas sus acciones y pensamientos.
    – Seguramente sólo intenta encontrar el momento y el lugar perfectos, cariño. No seas tan impaciente.
    – Supongo que tienes razón, pero me resulta difícil cuando sé que me espera algo tan agradable.
    Carolyn enseguida pensó en lord Surbrooke: desnudo, excitado, entrando en su bañera. Y la imagen era tan vivida que se le cortó la respiración. Cerró los párpados unos instantes para borrar aquella imagen de su mente.
    – Estoy convencida de que Matthew te enviará una nota pronto. -Y, decidida a cambiar de tema, preguntó-: ¿Has visto a Emily y a Julianne?
    Carolyn estiró el cuello para buscar a sus amigas. Y, desde luego, esperando no verlo a él. Vio que la señora Amunsbury, lady Balsam y lady Walsh estaban, muy juntitas, cerca de la chimenea. Las tres la estaban mirando y Carolyn se preguntó si estarían hablando de ella. Inclinó la cabeza y las tres mujeres le devolvieron el saludo. Carolyn siguió buscando a sus amigas.
    – Hay tanta gente que resulta impos…
    Sus palabras se interrumpieron cuando su mirada percibió a lord Surbrooke, quien estaba en el otro extremo de la amplia y atiborrada sala, de cara a ella, inclinado para oír las palabras de una mujer rubia y menuda que estaba de espaldas a Carolyn. Mientras ella los observaba, lord Surbrooke se rió por algo que la mujer le había dicho. Entonces, como si notara el peso de la mirada de Carolyn, levantó la vista y sus ojos se encontraron.
    Carolyn sintió el impacto de su mirada hasta los dedos de los pies, que enseguida se curvaron en el interior de sus zapatos de satén. Durante varios y exasperantes segundos, le pareció que la mirada de lord Surbrooke la atravesaba. Él la saludó con una breve inclinación de la cabeza y volvió a centrar su atención en la mujer rubia.
    Un ardor intenso invadió el cuerpo de Carolyn, quien tuvo que esforzarse para no arrancarle el abanico a su hermana y agitarlo con furia frente a su acalorada cara. Una miríada de emociones la asaltaron. Decepción, confusión y vergüenza entrechocaron en su interior. Él la había saludado, pero de una forma totalmente impersonal, como saludaría a una desconocida. Desde luego no como si la hubiera besado apasionadamente. Dos veces. Y no como si estuviera contento de verla. No, se lo veía muy feliz hablando con aquella rubia de quien no se perdía ni una palabra.
    Una oleada de algo que se parecía mucho a los celos casi la ahogó, aunque seguro que sólo se trataba de enojo. ¡Aquel hombre era increíble! Primero la besaba como si no pudiera vivir sin ella ni un sólo segundo y, después, apenas le concedía una mirada superficial. Estaba claro que a lord Surbrooke le gustaba la rubia.
    Carolyn levantó la barbilla y volvió su atención a Sarah. Y descubrió que su hermana la observaba con una expresión de intriga en el rostro.
    – ¿Estás segura de que te encuentras bien, Carolyn? No pareces tú misma. ¿Quieres que nos vayamos? Matthew y yo podemos acompañarte a casa.
    Carolyn negó con la cabeza y mantuvo la atención fija en su hermana.
    – Estoy bien. De verdad. Sólo un poco cansada.
    Sí, cansada de pensar en cosas que sería mejor olvidar. Cansada de buscar por la habitación a un hombre al que ni siquiera quería ver, a no ser para decirle que no quería verlo nunca más.
    – Veo que ya has encontrado a Julianne. ¿A que está preciosa?
    – ¿A Julianne? No, no la he visto. ¿Dónde está?
    Sarah le lanzó una mirada extrañada.
    – La estabas mirando directamente a ella. Está hablando con lord Surbrooke.
    Carolyn parpadeó varias veces y, después, su mirada volvió a cruzar la habitación. Entonces se dio cuenta de que la rubia menuda que hablaba con lord Surbrooke era Julianne. Y lord Surbrooke seguía pendiente de todas y cada una de sus palabras.
    – Lord Surbrooke parece estar pendiente de todas sus palabras -comentó Sarah en voz baja expresando, de una forma extraña, los pensamientos de Carolyn-. Hacen muy buena pareja, ¿no crees?
    Carolyn sintió como si una prensa le estuviera presionando el pecho y apenas consiguió declarar:
    – ¡Ya lo creo!
    Y era cierto. ¿Cómo podía ser de otro modo? El aspecto moreno, masculino y atractivo de él se complementaba perfectamente con la belleza dorada y delicada de Julianne.
    – Lady Gatesbourne los está observando desde el rincón donde está el palmito -susurró Sarah con la boca de medio lado mientras señalaba la planta con un ligero gesto de la cabeza-. Está examinando a lord Surbrooke con el mismo interés que debe de utilizar el empleado de una funeraria cuando calcula el tamaño del féretro para alguien.
    Carolyn soltó una risa crispada.
    – Si lady Gatesbourne espera atrapar a lord Surbrooke, sufrirá una decepción, pues él no tiene la menor intención de casarse a corto plazo.
    – Eso mismo me ha contado Matthew. -Carolyn sintió el peso de la mirada de Sarah-. Pero no recuerdo habértelo mencionado.
    Carolyn apartó la vista de la atractiva pareja.
    – Me lo contó el mismo lord Surbrooke.
    – ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
    Carolyn se encogió de hombros esperando que su gesto no se viera tan forzado como ella lo sintió.
    – Durante una de nuestras conversaciones -respondió vagamente.
    Su conciencia la reprendió por su poco comunicativa respuesta, pero ella sabía que, si mencionaba que lord Surbrooke había ido a verla a su casa, su curiosa hermana le formularía interminables preguntas. Preguntas que ella no deseaba contestar.
    Sarah asintió con la cabeza.
    – ¡Ah, en la fiesta de Matthew! Es una pena que esté tan en contra del matrimonio. Es un hombre maravilloso.
    Carolyn enarcó las cejas. Ella siempre había considerado que Sarah era muy buena juzgando el carácter de los demás. Y lord Surbrooke, aunque era encantador, no era más que un vividor superficial. Sólo una bonita fachada sobre un fondo que sólo buscaba el propio placer.
    – ¿Eso crees?
    Sarah asintió con vigor y sus gafas resbalaron por su nariz.
    – ¡Huy, sí! Hace años que es el mejor amigo de Matthew y, por lo que Matthew me ha contado, lord Surbrooke es leal, honesto y muy amable. -Miró a Carolyn mientras subía y bajaba las cejas repetidas veces-. ¡Y no se puede decir que resulte desagradable a la vista!
    – No, desde luego que no -reconoció Carolyn, pues afirmar lo contrario habría despertado la viva curiosidad de Sarah.
    Carolyn se mordió la lengua para contener, sin miramientos, el aluvión de preguntas que deseaba formularle a su hermana acerca de lord Surbrooke. Ella sabía todo lo que necesitaba saber, que él quería acostarse con ella. Y no pensaba acceder a su tentador, esto… inaceptable plan.
    – Por la forma en que lord Surbrooke ríe, sin duda él y Julianne no están hablando de lo que está en boca de todo el mundo.
    Boca… Sí, su boca… Esos labios perfectos. Que la habían besado de una forma tan… perfecta. Sus labios… sus labios… ¡Maldita sea, otra vez había perdido el hilo de la conversación!
    – ¿Perdona?
    Sarah le lanzó una mirada extrañada.
    – Que no parece que estén hablando del asesinato.
    – ¡Ah, no!
    ¿De qué estarían hablando? Carolyn volvió a mirar al otro extremo de la habitación. ¡Mmm! ¡Seguro que una charla acerca del tiempo no provocaría que los ojos de lord Surbrooke brillaran de aquel modo! ¿Y qué pasaba ahora? Él se inclinaba hacia Julianne, como si le fuera a susurrar algo al oído.
    En aquel preciso instante, la señora Amunsbury, lady Walsh y lady Balsam se acercaron tapándole la vista a Carolyn.
    – ¡Cielos, qué serias estáis! -declaró lady Walsh mientras su curiosa mirada pasaba, de una forma alternativa, de Carolyn a Sarah. Entonces bajó la voz y preguntó-: ¿Estáis hablando del asesinato? Ha provocado una auténtica oleada de indignación pública. Todo el mundo está escandalizado y teme por su seguridad.
    Antes de que Carolyn o Sarah pudieran contestar, la señora Amunsbury, sosteniendo los anteojos delante de su cara, declaró:
    – No estaban hablando del asesinato. Está claro que hablaban del muy atractivo lord Surbrooke.
    – Sí-corroboró lady Balsam-, quien ahora conduce a lady Julianne a la pista de baile.
    La mirada de Carolyn cruzó la habitación. Lord Surbrooke y Julianne, ambos sonrientes, se dirigían a la pista de baile, donde él la sostendría a ella en sus fuertes brazos. Y la miraría con sus bonitos ojos azules. Y Julianne experimentaría el vertiginoso placer de dar vueltas por la habitación con él; de ser el centro de su atención; de sentir su mano cogida por la de él, y la otra mano de él apoyada en la parte baja de su espalda.
    Una desagradable sensación se apoderó de su estómago y volvió a dirigir la mirada hacia sus acompañantes.
    – Hoy él ha estado muy ocupado -murmuró lady Balsam.
    – Desde luego -corroboró lady Walsh con una media sonrisa flotando en la comisura de sus labios. Entonces se volvió hacia Carolyn-. Primero te visita a ti, ahora baila con una de tus mejores amigas. Me pregunto quién será la próxima.
    La señora Amunsbury arqueó una ceja perfectamente delineada y una sonrisa de complicidad curvó sus labios.
    – Sin duda, el muy sinvergüenza ha visto a inedia docena más de mujeres entre la visita que te hizo esta mañana y ahora.
    – ¿Lord Surbrooke te ha visitado? -preguntó Sarah con las cejas arqueadas al máximo.
    Carolyn maldijo el rubor que sintió en su cara.
    – Se trató de una visita muy breve. Para asegurarse de que estaba bien. Después de enterarse del asesinato.
    – Muy caballeroso por su parte -comentó lady Balsam con su felina mirada clavada en Carolyn.
    Otro rubor cubrió el rostro de Carolyn. Era indudable la insinuación que contenían las palabras de lady Balsam y las conjeturas que reflejaban sus ojos. Carolyn levantó la barbilla y contestó con serenidad:
    – Sí, fue un gesto muy amable por su parte. Somos vecinos, ¿sabéis?
    – Sí, querida, lo sabemos -respondió lady Walsh con un tono de voz socarrón. Desvió la mirada y añadió-: Hemos estado buscando a lord Heaton por todas partes y acabo de verlo. ¿Nos disculpáis?
    Se alejó y lady Balsam y la señora Amunsbury la siguieron. Carolyn las observó mientras desaparecían entre la multitud e intentó calmar su inquietud. Parecía claro que sospechaban que la visita de lord Surbrooke había sido de todo menos inocente.
    De una forma involuntaria, Carolyn levantó la mano y deslizó los dedos por sus labios mientras una imagen mental de lord Surbrooke besándola cruzó por su mente.
    De acuerdo, no había sido inocente. ¡Pero tampoco se podía decir que estuvieran viviendo una aventura!
    – ¡Ah, aquí estáis! -exclamó la voz de Emily-. Os he estado buscando por todas partes. ¿Alguna vez habíais visto tanta gente junta? Todos dicen que están preocupados por el asesino, pero en lugar de quedarse en la seguridad de sus casas, están aquí, hablando fervorosamente sobre el crimen. -Se volvió hacia Sarah-. Quizá quieras rescatar a tu esposo. Mi tía Agatha lo ha acorralado cerca de los palmitos del rincón y él es demasiado educado para deshacerse de ella.
    Sarah estiró el cuello hacia el rincón de los palmitos.
    – Yo no me preocuparía. Es un experto en este tipo de situaciones. Además, si sufre un poco, se lo tiene merecido por no enviarme el tipo de nota que se menciona en las Memorias.
    La mirada de Carolyn se trasladó, de una forma involuntaria, a la pista de baile. Lord Surbrooke sonreía a Julianne mientras bailaban un vals en perfecta armonía. Julianne, con su bonito rostro teñido de un delicado color rosa, le devolvía la sonrisa. Un nudo pareció bloquear la garganta de Carolyn, quien se reprendió mentalmente y se obligó a dirigir su dispersa atención al lugar en el que debía estar.
    – Se dice que la muerte de lady Crawford no se debió a un robo fallido -explicó Emily-, y que quizá lo cometió un amante actual o pasado.
    – ¿Quien te ha dicho eso? -preguntó Carolyn.
    – He hablado con tantas personas… Quizá lord Tolliver. Se rumorea que lord Warwick fue su último amante y que un comisario y un detective lo han interrogado.
    – Están interrogando a todos los asistentes a la fiesta de disfraces -declaró Sarah.
    – Sí -corroboró Emily-, pero están prestando especial atención a ciertas personas; lord Warwick entre ellas, aunque he oído decir que tiene una coartada. -Bajó la voz y les confió-: Si queréis saber mi opinión, deberían interrogar al señor Jennsen.
    – ¿Por qué lo dices? -preguntó Carolyn.
    Emily arqueó las cejas.
    – ¿Soy la única que se ha dado cuenta de la cantidad de sucesos extraños que han ocurrido desde que llegó a Inglaterra?
    – No seas ridícula -la regañó Sarah-. Sólo porque él no te caiga bien…
    – No me cae bien -reconoció Emily-, pero… -Fuera lo que fuese lo que iba a decir quedó interrumpido cuando, de repente, Emily se puso tensa y frunció los labios-. ¡Vaya, ahí viene! Disculpadme, pero prefiero hablar con la pared que con ese hombre.
    Y, sin más, Emily se alejó fundiéndose rápidamente con la multitud.
    Carolyn parpadeó repetidas veces. ¿De qué iba todo aquello? Normalmente, Emily era muy cordial y simpática. ¿Acaso el señor Jennsen era una de las muchas personas a las que el padre de Emily debía una importante suma de dinero? ¿Era posible que fuera ésa la causa de su inusual animosidad hacia él?
    – ¡Buenas noches, señoras! -saludó el señor Jennsen, deteniéndose delante de Carolyn y Sarah. Su mirada se desvió hacia el lugar por el que Emily acababa de desaparecer y, a continuación, sonrió y realizó una reverencia a las dos hermanas-. Sin duda soy el hombre más afortunado de la fiesta por estar acompañado no por una, sino por dos mujeres sumamente encantadoras.
    – No te dejes engañar -murmuró Carolyn a Sarah en voz alta y con sorna-, seguro que se lo ha dicho a todos los grupos de mujeres con los que ha estado esta noche.
    – De ningún modo -replicó el señor Jennsen mientras sus oscuros ojos despedían un pícaro destello.
    – Lo que significa que acaba de llegar -susurró, también con sorna, Sarah a Carolyn.
    Los tres se echaron a reír y, después de intercambiar unas palabras de cortesía, Sarah se abanicó y declaró:
    – ¡Hay tanta gente y hace tanto calor…! Si me disculpáis, necesito un poco de aire fresco.
    Carolyn examinó a su hermana y se dio cuenta de que sus mejillas estaban pálidas cuando, debido al calor de la habitación, deberían estar sonrosadas.
    – Te acompaño -declaró.
    – Y yo las acompañaré encantado -añadió el señor Jennsen.
    – Gracias, pero prefiero que os quedéis charlando -contestó Sarah mientras sacudía la mano-. Matthew está junto a la puerta que conduce a la terraza. Lo rescataré de la conversación que está manteniendo. Además, quiero volver a comentarle lo de la nota de las Memorias.
    Aunque pronunció las últimas palabras entre dientes, Carolyn se preguntó si no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
    – ¿La nota de las Memorias? -preguntó el señor Jennsen mientras Sarah se alejaba.
    – ¡Oh, no es nada! -exclamó Carolyn restando importancia al comentario.
    Sin embargo, la expresión entre divertida y cómplice del señor Jennsen le hizo preguntarse si él conocía aquella última moda.
    El señor Jennsen deslizó la mirada por el vestido de color aguamarina de Carolyn con una expresión de indudable aprecio.
    – Estaba usted encantadora como Galatea, pero todavía lo está más como usted misma.
    – Gracias -respondió ella con una sonrisa.
    Carolyn se preguntó por qué se sentía tan relajada en su compañía. Aunque no podía considerarse guapo, el señor Jennsen era, sin duda, atractivo, masculino y fuerte, y tenía un misterioso aire sensual. Entonces, ¿por qué no se le cortaba la respiración cuando estaba con él? ¿Por qué no se lo imaginaba desnudo con ella en el baño? Si las Memorias fueran la causa de su excitación, entonces cualquier hombre atractivo le produciría esos efectos.
    – Supongo que ha oído hablar de la muerte de lady Crawford -declaró el señor Jennsen.
    – Sí. Y la noticia me ha entristecido y me ha dejado atónita.
    – Yo la conocí justo en la fiesta de disfraces.
    Carolyn hizo memoria.
    – Sí, ella iba disfrazada de muchacha en apuros y miraba con admiración su disfraz de pirata. Usted estuvo hablando con ella después de hacerlo conmigo.
    El asintió con la cabeza.
    – Sí. ¡Reía tanto…! ¡Estaba tan llena de vida…! Me cuesta creer que muriera apenas unas horas más tarde. Espero que sea usted prudente y no vaya sola a ningún lado.
    La música terminó y se produjo una oleada de aplausos de agradecimiento. La mirada errante de Carolyn se dirigió, una vez más, a la pista de baile y se clavó en lord Surbrooke, quien acompañaba a Julianne a reunirse con su madre. Él también dirigió la mirada hacia Carolyn, pero en lugar de fijarla en ella, la clavó en el señor Jennsen. Carolyn vio que estampaba un beso en los dedos de Julianne, gesto que le produjo una desagradable sensación en toda la columna, y que se encaminaba hacia ella. O quizás hacia el señor Jennsen, pues su atención parecía estar centrada en él.
    Como Carolyn no deseaba hablar con lord Surbrooke delante del señor Jennsen, quien era muy observador, declaró con urgencia:
    – Si me disculpa, he visto a una amiga a la que estaba buscando.
    El señor Jennsen realizó una reverencia.
    – Disfrute de la velada, milady.
    Carolyn se sumergió con rapidez en la multitud y, a continuación, se dispuso a ir en busca de Julianne. ¿Que disfrutara de la velada? Ya le gustaría, aunque, de momento, no lo había hecho en absoluto.

Capítulo 8

    Me sacó de la concurrida fiesta conduciéndome por una serie de pasillos en penumbra. No le pregunté adónde íbamos. No me importaba. Encontró una habitación vacía y, una vez dentro, cerró la puerta con llave. Me aprisionó contra la pared de roble y me levantó las faldas. Mis rodillas flaquearon cuando él realizó la primera penetración larga, fuerte y deliciosa en mi sexo húmedo y sobreexcitado.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    – ¿Me concede un instante de su tiempo, Jennsen? -preguntó Daniel, deteniéndose frente al norteamericano.
    La pregunta le salió en un tono mucho más brusco de lo que pretendía, pero, ¡a la mierda!, no le había gustado nada ver a Carolyn junto a aquel hombre. No le había gustado la forma en que Jennsen la había mirado, una forma que dejaba bien claro que le gustaba lo que veía. No le había gustado la forma en que Carolyn le había sonreído a él. No, no le había gustado nada de todo aquello.
    En medio del bullicio de la fiesta, Jennsen examinó a Daniel con una mirada impasible a la que, según sospechó Daniel, pocas cosas se le escapaban.
    – Claro. De hecho, esperaba verlo esta noche. Tengo más información sobre el negocio acerca del que hablamos unas semanas atrás.
    ¿Negocio? Daniel tardó varios segundos en darse cuenta de que Jennsen debía de referirse a la inversión que lord Tolliver le ofreció realizar en su empresa naviera, lo que no tenía nada que ver con lo que él quería hablar con Jennsen. De hecho, casi se había olvidado de aquella inversión, aunque supuso que ésa era una excusa tan buena como cualquier otra.
    – ¿Nos retiramos a un lugar más tranquilo y privado? -sugirió Daniel.
    – Buena idea.
    Daniel encabezó la marcha hacia los ventanales y el fresco exterior, dirigiéndose, luego, hacia uno de los extremos de la terraza. Una vez allí, Jennsen le preguntó sin más preámbulos:
    – ¿Invirtió usted en la empresa naviera de lord Tolliver?
    – No. Después de estudiar la información que usted me dio, decidí no hacerlo.
    Daniel intentó reflejar algo de gratitud en su voz, pero le resultó muy difícil, pues recordaba el ardor de los ojos de Jennsen mientras miraba a Carolyn.
    – Sabia decisión, sobre todo porque acabo de averiguar que la situación financiera de Tolliver es aún más inestable de lo que yo creía. Además, tuve la oportunidad de examinar los materiales que iba a utilizar para construir los barcos y son de baja calidad.
    Daniel enarcó las cejas.
    – ¿Y cómo consiguió acceder a esos materiales?
    Jennsen se encogió de hombros.
    – No veo qué importancia tiene este detalle.
    Daniel apretó la mandíbula. Sin duda, a Jennsen no le importaba doblar o romper las normas para conseguir lo que quería.
    – Además de mí, ¿se ha retractado algún otro inversor potencial?
    – Sí-contestó Jennsen-. Parece que Tolliver lo va a perder todo.
    Daniel recordó el tenso intercambio de palabras que mantuvo con el ebrio conde la noche del baile de disfraces. Enfrentarse a la ruina financiera y, posiblemente, también a la social, había conducido a más de un hombre a la bebida.
    – Al no invertir, tomó usted la decisión correcta -comentó Jennsen-. Yo, desde luego, no lo habría hecho, si se hubiera tratado de mi dinero.
    Daniel asintió lentamente con la cabeza. La otra vez no dudó de Jennsen cuando le aconsejó que no invirtiera en el negocio de Tolliver y tampoco dudó ahora. Por lo que había visto y oído, Jennsen era un genio financiero, y su riqueza lo demostraba. Riqueza que, según se decía, había construido a partir de cero. Una parte de Daniel quería expresar su agradecimiento y otra, darle una patada en el culo.
    Daniel carraspeó.
    – Gracias -declaró con frialdad.
    La diversión que reflejó la mirada de Jennsen fue patente.
    – Casi se muere al decirlo, ¿no? En cualquier caso, de nada. Y, ahora, ¿por qué no me cuenta de qué quiere hablar conmigo? Aunque yo podría ahorrarnos tiempo a los dos, pues ya sé de qué quiere hablarme. Las miradas asesinas que me lanza cada vez que estoy junto a ella no me han pasado desapercibidas. -Apoyó una cadera en la barandilla de piedra-. Si pretende mirar con rabia a todos los hombres que la miren a ella, tendrá el ceño fruncido durante el resto de su vida.
    Daniel siguió mirándolo con fijeza.
    – Hay miradas y miradas.
    – Comprendo. Y yo a ella le lanzo miradas. -Jennsen se encogió de hombros-. No puede usted culparme. Lady Wingate es extraordinariamente bella.
    – Y no está disponible.
    Jennsen arqueó las cejas.
    – ¿Ah, no? Yo no he oído el anuncio de ningún compromiso. ¿O es que está usted a punto de proponerle matrimonio?
    – Eso no es de su incumbencia.
    – Como tampoco le incumbe a usted mi amistad con lady Wingate o, para el caso, con cualquier otra mujer.
    Daniel entrecerró los ojos.
    – Por lo visto tiene usted la costumbre de echar el ojo a mujeres que…
    – ¿Que están en el punto de mira de algún otro hombre?
    – Es una descripción tan buena como cualquier otra. Hace unos meses, miraba usted a la hermana de lady Wingate de la misma forma en que, ahora, la mira a ella.
    – Así es. Y mire cómo acabó la cosa. Sarah se casó con su amigo y ahora es la marquesa Langston. Y, como es probable que haya usted oído, antes de eso me gustaba otra mujer que se casó poco después. -Un destello brilló en sus ojos-. Quizá crea usted que soy su rival, Surbrooke, y la verdad es que ruego a Dios que así sea, pero creo que también es posible que sea un casamentero involuntario. -Jennsen esbozó una amplia sonrisa-. Quizá debería cobrar por mis servicios.
    La única respuesta de Daniel fue una mirada helada, y Jennsen se encogió de hombros.
    – O quizá no. El tiempo lo dirá. Ha sido un placer hablar con usted.
    Jennsen inclinó la cabeza, se dirigió a los ventanales moviéndose como si fuera el hombre más feliz del mundo y desapareció en el interior de la casa.
    Daniel frunció el ceño mirando el lugar por el que había desaparecido aquel enervante hombre y exhaló un largo suspiro. ¡Maldita sea! ¿Qué había significado todo aquello? No tenía ni idea, pero una cosa estaba clara: él y Jennsen querían a la misma mujer.
    Y Jennsen no iba a conseguirla.
    Aquella noche, intentaría concederle a ella cierto espacio. Se esforzaría en no abalanzarse sobre ella en cuanto la viera. Tanto para no asustarla como para demostrarse a sí mismo que podía hacerlo. Pero había llegado la hora de ir en busca de lo que quería y de asegurarse de que lo conseguía. Carolyn se había apresurado a desaparecer en cuanto él se dirigió a donde ella y Jennsen estaban, pero Daniel no permitiría que ella volviera a escapársele.
    Rebosante de determinación, Daniel estaba a punto de volver a entrar en la sala de baile cuando experimentó la intensa sensación de ser observado. Recorrió con la mirada la terraza en penumbra, los grupos de personas que conversaban, el jardín vallado y las parejas que paseaban por los senderos, pero no vio que nadie lo estuviera observando. ¡Maldición, ahora se imaginaba cosas!
    Sin más demora, regresó a la fiesta. Enseguida fue abordado por lady Gatesbourne, su anfitriona. Sólo una larga vida de práctica de buenos modales evitó que se desembarazara, sin más, de aquella autoritaria mujer cuya mirada contenía el brillo inconfundible de una casamentera y quien dejaba entrever, de una forma clara y evidente, que quería bailar. ¡Mierda! Resignado a mostrarse amable, pero sólo porque era su anfitriona, Daniel bailó con ella un cotillón. Justo después del baile, se despidió de ella con una reverencia y se alejó en busca de Carolyn.
    Cuando por fin la encontró, sus pulmones dejaron de funcionar de aquella forma extraña en que solían hacerlo cada vez que la veía. ¡Por Dios que estaba encantadora! Su pelo, recogido y del color de la miel, despedía destellos debido a las docenas de velas que resplandecían en los candelabros de cristal. Su vestido era del mismo color que las aguamarinas y Daniel enseguida se imaginó a sí mismo abrochando un collar de las azules y translúcidas piedras preciosas alrededor del esbelto cuello de ella. Y después, quitándole el vestido y dejándola vestida sólo con la joya que él le había puesto. Y con una sonrisa de aceptación. Sí, eso estaría muy bien.
    Daniel apartó a un lado aquella imagen sensual y entonces se dio cuenta de que, justo en aquel momento, Carolyn sonreía. Pero no a él. No, otra vez estaba sonriendo al bastardo de Jennsen. Quien le devolvía la sonrisa. Con aquella mirada en los ojos. Otros dos caballeros rondaban a Carolyn, observándola como predadores que husmeaban un bocado especialmente sabroso.
    Daniel percibió en las entrañas aquella tensión que estaba empezando a acostumbrarse a sentir en todo lo relacionado con Carolyn y aceleró el paso. Cuando llegó junto a ella, se sentía acalorado y enfadado y lo único que quería era hacerle morder el polvo a Jennsen y a aquellos otros dos hombres.
    – Buenas noches, lady Wingate -declaró Daniel, deteniéndose frente a ella y realizando una reverencia. Deslizó la mirada a su acompañante-. Jennsen.
    La calidez que reflejaban los ojos de Carolyn mientras hablaba con Jennsen se convirtió en frialdad cuando vio a Daniel. El nudo del estómago de Daniel se hizo más tenso.
    – Lord Surbrooke -murmuró ella.
    – Sé de buena fuente que el próximo baile es un vals. ¿Quiere hacerme el honor?
    La suya fue una invitación brusca que no hizo más que aumentar su enfado. En esa ocasión hacia sí mismo, por volver a perder el refinamiento.
    Carolyn titubeó y pareció que estaba a punto de rechazar su invitación, pero entonces asintió con la cabeza.
    – Muy bien.
    Después de disculparse con Jennsen, quien parecía estarse divirtiendo mucho – ¡a la mierda con él!-, Carolyn apoyó una mano en el brazo que le tendía Daniel. Aunque ella lo tocó con el mismo interés que uno emplearía con un insecto venenoso, Daniel sintió que un cosquilleo le recorría el antebrazo hasta el codo.
    Cuando la música empezó, Daniel rodeó a Carolyn con los brazos y realizó la primera respiración fluida de toda la noche.
    – Estás maravillosa -declaró mientras la devoraba con la mirada y el corazón le latía ridículamente deprisa.
    – Gracias.
    – Me alegro de que decidieras asistir a la fiesta.
    Carolyn levantó la barbilla.
    – No vi ninguna razón para no hacerlo. Julianne es una de mis mejores amigas.
    Daniel casi pudo oírla añadir, con voz desafiante: «Y no pensaba permitir que usted me intimidara.» Excelente. El ya intuía que ella tenía coraje. Sólo tenía que reforzar aquel aspecto, que lo tenía reprimido. Y él esperaba que empezara a hacerlo con él.
    Después de saborear la sensación de tenerla en sus brazos durante varías vueltas, Daniel no pudo evitar exponerle la pura verdad.
    – No he pensado en nada salvo en ti durante todo el día.
    Una delicada ceja se arqueó en la cara de Carolyn y una ráfaga de diversión atravesó sus ojos.
    – Resulta evidente, dada la atención que me ha prestado esta noche.
    ¡Mmm! ¿Acaso se sentía molesta? Al pensar en esa posibilidad, Daniel se llenó de satisfacción.
    – Has sido el centro de mi atención durante toda la noche. Te lo aseguro. -Al ver su mirada de incredulidad, Daniel extendió más los dedos en su espalda y la acercó unos centímetros más a él. Después, en un tono de voz que sólo ella podía oír, añadió-: ¿Necesitas pruebas? Muy bien. Desde que llegaste, has comido cuatro canapés y has bebido tres copas de ponche. Has hablado con once mujeres, entre ellas tu hermana, lady Emily y lady Julianne, y con cinco hombres, entre ellos tu cuñado y el señor Jennsen. Con él dos veces. Has sonreído veintisiete veces, has fruncido el ceño ocho veces, te has reído quince veces, has estornudado una y, hasta ahora, no habías bailado.
    Carolyn abrió mucho los ojos.
    – Se lo acaba de inventar.
    – No es cierto. Pero me había olvidado de una cosa. Eres, sin lugar a dudas, la mujer más guapa de la fiesta.
    El rubor tiñó las mejillas de Carolyn y Daniel tuvo que esforzarse para no apoyar los labios en aquel color tan cautivador.
    – Por simple amabilidad he bailado con la anfitriona y con su hija -continuó Daniel-, pero, aun entonces, tú ocupabas mis pensamientos. Desde que llegué he estado esperando con ansia este momento, el momento de tenerte en mis brazos.
    Daniel la observó preguntándose si no habría ido demasiado lejos, si su rotunda sinceridad no la asustaría. Esperaba que no, porque no podía parar. No podía ir con rodeos con ella.
    Al final, Carolyn carraspeó.
    – De hecho, me alegro de tener la oportunidad de hablar con usted, milord.
    – Daniel… mi extremadamente encantadora, muy querida, sumamente talentosa, enormemente divertida y extraordinariamente inteligente lady Wingate -su mirada se clavó en la boca de Carolyn-, poseedora de los labios más apetecibles que be visto nunca.
    Carolyn se ruborizó todavía más y miró a su alrededor, como si quisiera asegurarse de que nadie había oído su comentario.
    – De eso, precisamente, quería hablar con usted.
    – ¿De tus apetecibles labios? Excelente, pues es un tema que estoy ansioso por explorar más a fondo.
    Carolyn negó con la cabeza.
    – No me refería a eso. -Entonces inhaló aire, como si quisiera coger fuerzas-. He estado reflexionando sobre su… oferta.
    – ¿La de que seamos amantes?
    – Sí, y me temo que debo rechazarla.
    El la observó más atentamente. En sus ojos había determinación, pero también algo más. Algo que parecía consternación. Carolyn irradiaba tensión, lo que dejaba claro que esperaba que él objetara su decisión. ¡Y por Dios que deseaba hacerlo! De hecho, lo que más deseaba era arrastrarla hasta un rincón oscuro y privado y besarla y acariciarla hasta que cambiara de idea.
    Pero objetar su decisión y llevársela a rastras iba en contra de sus intereses. No, lo mejor sería dejarla ganar aquella batalla, que creyera que tenía el control de la situación. Porque él tenía la intención de ganar la guerra. Y hacerle perder el control. En sus brazos. Y en su cama.
    Por lo tanto, como cualquier general que hubiera perdido, sólo, una batalla, se recompuso y se preparó para flanquear a Carolyn.
    – Está bien. Lo comprendo -declaró asintiendo con la cabeza.
    El desconcierto que reflejó Carolyn demostró que esperaba una objeción por parte de Daniel. Procurando mantener una expresión indescifrable, Daniel añadió:
    – Aunque no desees que seamos amantes, espero que podamos continuar siendo lo que hemos sido hasta ahora… amigos.
    – Yo… Bueno, sí. Supongo que…
    – Estupendo. Le deseo una agradable velada.
    Daniel realizó una inclinación formal y se alejó absorbiendo la mirada de Carolyn, que sentía clavada en su espalda. Y se obligó a sí mismo a no mirar atrás.

Capítulo 9

    No lo conocía mucho, pero este hecho no me pareció muy importante cuando subió la mano por mi pierna. Y todavía menos cuando su boca siguió el mismo camino.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Cuando Daniel llegó a su casa, en lugar de encontrarla oscura y dormida, vio que varias ventanas estaban iluminadas. Samuel lo recibió en la puerta.
    – Nunca adivinaría qué, milor -declaró el criado antes siquiera de que Daniel se hubiera quitado el sombrero.
    «¡Oh, oh!» El hecho de que el animal que Samuel hubiera rescatado en esa ocasión mereciera que lo esperara despierto no pintaba nada bien.
    – No me lo imagino -murmuró Daniel, preparándose para la noticia-. ¿Qué has traído a casa esta vez?
    Samuel tragó saliva de una forma ostentosa.
    – Se trata de… una fémina.
    – ¿Una fémina de qué especie? ¿Una ardilla? ¿Una coneja?
    ¡Santo cielo! Esperaba que no fuera otra coneja. La última que Samuel recogió dio a luz al poco tiempo y, ahora, ella y todas sus crías vivían en su casa de campo, en Meadow Hill. Seguro que su propiedad estaba infestada de múltiples generaciones de aquellas criaturas peludas y de cola de algodón.
    Samuel negó con una sacudida de la cabeza…
    – No, milor. Sólo es una… chica. -Se aclaró la garganta-. De la especie d' hembra humana.
    Daniel contempló a su criado, cuyas mejillas estaban encendidas, pero antes de que pudiera hablar, Samuel añadió a toda prisa:
    – La encontré acurrucada en un callejón, milor. Llorando estaba. Al principio se creía que yo iba' hacerle daño. -Los ojos de Samuel despidieron chispas-. Ya se l' habían hecho.
    Daniel apretó las mandíbulas.
    – ¿Está muy grave?
    – Tiene los ojos morados, algunos cortes y muchos cardenales. Consiguió escapar antes de que el cerdo que l' había cogido l' hiciera más daño. -Apretó los labios y su voz se convirtió en un susurro-. Pero l' habían hecho daño antes, milor. Yo… me di cuenta.
    A Daniel se le formó un nudo en el estómago. Sí, por desgracia, Samuel sabía de aquel tema.
    – ¿Dónde está? ¿Necesita un médico?
    – Está acurrucada en el sofá del salón. Creo que alguien debería mirarle los cortes, pero cuando mencioné a un médico se puso nerviosa y se negó. Está claro que no quiere que ningún hombre la toque, milor, y no la culpo d' ello. Me costó un poco convencerla pa que viniera aquí conmigo. Pero como Mary y la cocinera ya s' han ido a sus casas a dormir, en la casa sólo hay hombres.
    Daniel asintió con lentitud.
    – ¿Sabes cómo se llama?
    – Katie Marshall, milor.
    – ¿Y cuántos años tiene la señorita Marshall?
    – Diecinueve. -Samuel miró con fijeza a Daniel. Es una chica decente, milor. Pasó tiempos duros cuando, hace unos meses, la familia para la que trabajaba la despidió. Desde entonces ha intentado encontrar trabajo. Había oído decir q' una familia necesitaba una sirvienta y se dirigía a la casa cuando el muy cerdo l' agarró. Le robó el poco dinero que tenía e intentó robarle algo más. -Los ojos de Samuel despidieron destellos-. Luchó contra él, sí, señor, y s' escapó.
    – Bien por ella -comentó Daniel en voz baja-. Será mejor que hagamos venir a alguien, a una mujer, lo antes posible. La casa de lady Wingate es la más cercana. Ve allí y pregúntale si puede venir su doncella. Después, ve a buscar a Mary y a la cocinera. Y… Samuel…
    – ¿Sí, milor?
    – Afortunadamente, necesito otra sirvienta.
    En lugar de esbozar su habitual y breve sonrisa, Samuel asintió con solemnidad.
    – Gracias, milor. Es usté el mejor de los hombres.
    Como siempre, la gratitud de Samuel y la buena opinión que tenía de él avergonzaron a Daniel. Él no era el mejor de los hombres, de eso estaba seguro. Pero quizá -sólo quizá- con la ayuda de Samuel, estaba compensando parte de sus errores pasados.

    Carolyn, cansada e inquieta después de la fiesta, se sintió aliviada al llegar a casa. Después de entregarle el chal de cachemira a Nelson, su mayordomo, y darle las buenas noches, se dispuso a subir las escaleras, decidida a acostarse y caer en un sueño profundo.
    Sola.
    Sí, estaba sola.
    Frunció el ceño. No estaba sola, sólo… sin él. Tenía años enteros de recuerdos que la acompañaban. Por no mencionar a su hermana y sus amigas. ¡Claro que no estaba sola!
    Aun así, la persistente y molesta pregunta que rondaba por el fondo de su mente la atormentaba: ¿había hecho lo correcto rechazando la oferta de lord Surbrooke?
    «Sí», insistió su sentido común.
    «No», replicó su corazón.
    Había subido la mitad de las escaleras cuando la campanilla que indicaba que alguien había abierto la verja del jardín tintineó. Segundos más tarde, el sonido del llamador de bronce de la puerta retumbó en la casa. Sorprendida, Carolyn se dio la vuelta y miró al igualmente sorprendido Nelson, quien todavía estaba en el vestíbulo con el chal en las manos.
    – ¿Quién llamará a estas horas? -preguntó Carolyn, incapaz de ocultar la preocupación de su voz.
    Sin duda algo iba mal. Las personas no llamaban a las casas ajenas a la una de la madrugada porque todo fuera bien.
    Antes de abrir la puerta, Nelson miró al exterior por uno de los estrechos cristales que flanqueaban la puerta de roble.
    – Se trata de Samuel, el criado de lord Surbrooke -informó a Carolyn.
    Ella se agarró al pasamano mientras todo su cuerpo se ponía en tensión a causa de la preocupación. Cielo santo, ¿le habría ocurrido algo a lord Surbrooke?
    – Hágale entrar -declaró, obligando a sus palabras a sortear el nudo de miedo que atenazaba su garganta.
    Carolyn bajó las escaleras con rapidez.
    Nelson dejó entrar a un joven guapo, alto y jadeante que, de una forma clara, se tranquilizó al verla. El joven explicó, con voz entrecortada y acelerada, que había encontrado a una joven herida, que la había llevado a la casa de lord Surbrooke y que ella se negaba a ver a un médico.
    – Necesita a una mujer, milady, si usté m' entiende. Su señoría m' ha enviado a buscar a su doncella. A ver si la puede ayudar.
    – Claro -respondió Carolyn mientras el alivio de que no fuera lord Surbrooke quien estaba herido chocaba con la compasión que sentía por la joven.
    Carolyn se volvió hacia Nelson.
    – Despierta a Gertrude. En cuanto se haya vestido, acompáñala a la casa de lord Surbrooke. Yo voy allí, ahora, con Samuel.
    Para sorpresa de Carolyn, lord Surbrooke en persona abrió la puerta de su casa. Su impecable aspecto habitual dejaba mucho que desear. Tenía el pelo alborotado, como si se hubiera pasado los dedos repetidas veces por los mechones castaño oscuro. Se había quitado la chaqueta y el fular y se había arremangado las mangas de la camisa dejando a la vista unos antebrazos musculosos y cubiertos de un vello oscuro. Ella nunca lo había visto tan… desarreglado. Carolyn se quedó boquiabierta y momentáneamente aturdida.
    Un fuerte maullido la sacó de su estupor y Carolyn bajó la vista hacia una gata negra que se restregaba contra las botas de lord Surbrooke. Una gata negra que la miró y parpadeó. Con un solo ojo.
    Carolyn volvió a desviar la mirada hacia lord Surbrooke, y se dio cuenta de que él parecía sentirse tan sorprendido de verla a ella en el vestíbulo de su casa como ella lo estaba de verlo a él. Después de darse una severa sacudida mental, Carolyn declaró:
    – Samuel me ha explicado la situación y mi doncella está de camino, pero he creído que yo también podía ser de ayuda. Como hija de un médico y hermana mayor de una niña que se hacía arañazos constantemente, soy bastante hábil en estos asuntos.
    – Gracias -contestó lord Surbrooke mientras se pasaba las manos por el cabello-Por lo que Samuel me ha contado, las heridas de la señorita Marshall no son graves, pero sería mejor que alguien les diera una ojeada.
    – ¡Sí, claro! ¿Dónde está?
    – En el salón. He preparado algunos artículos de primeros auxilios, como vendas, agua y ungüento y los he dejado junto a la puerta. -Se volvió hacia Samuel-. No he querido entrar para no asustarla. Será mejor que entremos todos juntos. Después de presentarnos, puedes ir a buscar a Mary y a la cocinera.
    Cuando lord Surbrooke abrió la puerta del salón, Carolyn vio a una joven acurrucada en el sofá, delante del hogar. La joven se incorporó. Una mezcla de compasión y rabia recorrió el cuerpo de Carolyn cuando vio los oscuros morados que desfiguraban a la muchacha. Samuel enseguida se colocó junto a ella.
    – Éste es lord Surbrooke -declaró el joven criado con dulzura acuclillándose delante de la muchacha pero sin tocarla-. No tienes que temer nada d' él, ni de nadie en esta casa. El señor es quien me salvó y m' ha prometido que también t' ayudará a ti. Te dará un empleo aquí, en su magnífica casa, como doncella. Su amiga, lady Wingate, es una dama muy buena y amable. Te cuidará hasta que llegue su doncella. Tienes mi palabra de que estás en buenas manos, Katie.
    Katie desvió su asustada mirada hacia Carolyn y lord Surbrooke y asintió con la cabeza.
    – Gra… cias.
    – De nada -contestó lord Surbrooke.
    Entraron los artículos de primeros auxilios y los dejaron en la mesa que había junto al sofá. Carolyn se fijó en que la habitación, con sus paredes forradas de una tela de seda de color verde pálido estampada con paisajes pastoriles, sus cortinajes de terciopelo y sus muebles de caoba reflejaba un gusto sobrio y elegante. Eso le pareció interesante y sorprendente, pues ella esperaba que la casa de un hombre soltero estuviera decorada con cabezas de animales disecados en lugar de elegantes pinturas.
    Durante unos instantes, un bonito cuadro de gran tamaño que colgaba encima de la chimenea llamó su atención. Representaba a una mujer ataviada con un vestido azul. La mujer estaba de espaldas, en la terraza de una gran casa solariega, y sólo se veía un trozo del perfil de su cara. Tenía una mano apoyada en la barandilla de piedra de la terraza y, con la otra, se protegía la vista del brillante sol mientras contemplaba el extenso y cuidado jardín inglés, que estaba en plena floración. Una brisa invisible hacía ondear el dobladillo de su vestido y un mechón de su cabello castaño claro. Al fondo del cuadro y de pie en el jardín, se vislumbraba la figura de un hombre. Carolyn tuvo la indudable sensación de que, aunque el hombre estaba rodeado de la belleza del jardín, lo único que veía era a la mujer de la terraza.
    Lord Surbrooke y Samuel se fueron dejándola a solas con Katie. Carolyn le sonrió de una forma tranquilizadora e hizo lo posible por ocultar la compasión que la embargaba. ¡Santo cielo, la pobre muchacha era un amasijo de cortes y morados!
    – Mi padre es médico y aprendí mucho de él -declaró Carolyn con voz suave mientras sumergía un paño limpio en un cuenco de cerámica lleno de agua tibia-. Si te parece bien, me gustaría limpiarte y, después, aplicar ungüento y vendas a los cortes más graves. Te prometo actuar con delicadeza. -Escurrió el trapo y extendió el brazo-. ¿Puedo?
    Katie titubeó y después asintió.
    Carolyn se puso manos a la obra. En primer lugar, limpió la suciedad de las manos de Katie. La muchacha tenía numerosos cortes en las palmas y los dedos los nudillos, en piel viva; y las uñas, rotas.
    – ¿Esto te pasó cuando te enfrentaste al ladrón? -preguntó Carolyn mientras aplicaba ungüento en la piel rasgada de los nudillos de Katie.
    Hacía ya mucho tiempo que había aprendido de su padre que hablar de algo intrascendente con el paciente ayudaba a que éste no pensara en sus heridas.
    – Sí, milady.
    – Eres muy valiente. Y por el aspecto de los nudillos le diste al rufián unos buenos golpes.
    – Unos cuantos, pero no fueron suficientes. De todos modos consiguió escapar con todo mi dinero, aunque era poco. -Mientras Carolyn continuaba con sus cuidados, Katie susurró con voz temblorosa-: ¿Cree que Samuel tiene razón? ¿Que lord Surbrooke me contratará? Me cuesta creerlo, con todos estos cortes y morados. -Sus ojos hinchados se llenaron de lágrimas-. M' he mirado al espejo y sé que tengo un aspecto horrible.
    – Estoy segura de que Samuel no lo habría dicho si lord Surbrooke no se lo hubiera asegurado. Y, en cuanto a los cortes y los morados, se curarán.
    Al oír estas palabras, Katie pareció relajarse un poco.
    – Cuando Samuel entró en el callejón, no podía creérmelo. Al principio, pensé qu' era otro atracador o que quería hacerme daño, como suelen hacer los hombres. Sin embargo, resultó ser un ángel.
    – Le he oído decir que a él lo salvó su señor. ¿Sabes a qué se refería?
    – ¡Oh, sí, milady! Samuel me lo contó todo en el carruaje que alquiló para que nos trajeran aquí. Estuvo hablando durante todo el camino. Nunca en mi vida había conocido a un hombre que hablara tanto. Normalmente, es imposible sacarles más d' una palabra o un gruñido.
    Carolyn se acordó de su amable aunque taciturno padre y sonrió.
    – Los hombres pueden ser frustrantemente poco comunicativos -corroboró.
    Katie asintió con la cabeza.
    – Sí, milady. Pero Samuel no es así. Me lo contó todo sobre aquella noche fría y lluviosa en Bristol. Me contó que estaba enfermo y hambriento y que intentó robar al conde. ¿Se lo imagina? Pero no lo consiguió porque se desmayó. Justo a los pies del conde. Pero, en lugar d' entregarlo a la policía o dejarlo en la calle, como habría hecho cualquier otra persona, el conde cogió a Samuel en brazos y lo llevó a la posada en la que se hospedaba. ¿No le parece increíble?
    Antes de que Carolyn pudiera responderle que sí, que, en efecto, le parecía increíble, Katie continuó:
    – El conde llamó a unos médicos y s' aseguró de que se curaba. Y, cuando se curó, l' ofreció un empleo. Con la condición de que Samuel no volviera a robar. Y no lo ha hecho. ¡Ni una vez! Si alguien me contara esta historia no la creería, pero algo en Samuel m' inspira confianza. Y, por cómo m' ha ayudado, lo creo.
    Carolyn levantó la vista del vendaje que estaba aplicando a la mano de Katie mientras aquella sorprendente información daba vueltas por su cabeza.
    – Y ahora lord Surbrooke también te ha ofrecido un empleo a ti.
    – Eso parece. Gracias a Samuel.
    Una vez hubo terminado con las manos de Katie, Carolyn humedeció un trapo limpio y limpió con suavidad la cara de la joven.
    – ¿Cuánto tiempo lleva Samuel trabajando para lord Surbrooke? -preguntó Carolyn.
    – Cerca d' un año. Me contó maravillas de lord Surbrooke. No sólo de cuando lo salvó, sino también de los perros.
    – ¿Los perros? -repitió Carolyn, desconcertada.
    – Los llamó Rabón, Paticojo y Gacha. Por los… problemas que tienen.
    – ¿Problemas?
    – Sí, milady. Rabón perdió su cola, Paticojo perdió una pata y Gacha sólo tiene una oreja, y ésta la tiene…
    – ¿Gacha? -probó Carolyn.
    – Sí. Todos eran abandonados o los habían dado por muertos. Samuel encuentra a las pobres bestias y las trae a su señoría y juntos las salvan.
    La sorpresa de Carolyn aumentaba por momentos. No tenía noticia de ese aspecto del carácter de lord Surbrooke, de que no sólo había salvado a un antiguo ladrón, sino que le había abierto las puertas de su casa y que, ahora, había hecho lo mismo con Katie. Y que también ayudaba a rescatar animales heridos o abandonados. Ella creía que lord Surbrooke no era más que un caballero ocioso que sólo se preocupaba por su propio placer.
    Estaba tan sorprendida que no pudo evitar comentarlo en voz alta.
    – No tenía ni idea de que lord Surbrooke dedicara su tiempo y su dinero a esos fines.
    – Es sorprendente -ratificó Katie. Entonces sus facciones se endurecieron-. Por lo que he visto, no muchos hombres en su posición lo harían.
    Carolyn no pudo desmentir su afirmación.
    – ¿Qué más te contó Samuel?
    – Que acababa d' encontrar otro cachorro y que l' había puesto de nombre Pelón. Y que tienen más perros, pero como son tantos, viven en la casa solariega del señor, en Kent. Y también están los gatos, Guiños y Ladeo.
    Carolyn se acordó del gato con un solo ojo que había visto en el vestíbulo.
    – Creo que ya conozco a Guiños. ¿Y qué le pasa a Ladeo?
    – Una pata más corta que las otras, creo. Además de los gatos, también han recogido a unas cuantas ardillas y a una coneja, que enseguida tuvo varias crías.
    – Debió de ser toda una sorpresa -declaró Carolyn, sonriendo mientras aplicaba ungüento en un corte superficial que Katie tenía en una ceja.
    – Desde luego. Y también está el loro. Se llama Picaro, pero no sé por qué lo llaman así. Llegamos aquí antes de que Samuel pudiera contármelo.
    – Da qué pensar -murmuró Carolyn.
    Katie realizó una mueca de dolor cuando Carolyn le aplicó ungüento en un morado que tenía en la mejilla.
    – Lo siento -se disculpó Carolyn-. ¿Te duele mucho?
    El morado, hinchado y de color oscuro, se veía tierno y doloroso.
    – No, milady. Al menos no tanto como algunos cortes que he recibido en otros momentos de mi vida.
    A Carolyn el estómago le dio un vuelco al oír las terribles palabras de Katie. Antes de que pudiera recuperar la voz, alguien llamó a la puerta. Lord Surbrooke entró, seguido de Gertrude, la doncella de Carolyn, cuyas facciones maternales se oscurecieron de preocupación cuando vio a Katie.
    – Katie, ésta es Gertrude, mi ama de llaves -declaró Carolyn-. Hace años que cuida de mí y es una de las personas más amables que conozco.
    – Te he traído una de mis batas para que estés cómoda, querida -declaró Gertrude. Unos mechones grises sobresalían de su gorra que, evidentemente, se había puesto a toda prisa-. Después me encargaré de que te laven la ropa.
    Katie pestañeó con sus hinchados párpados.
    – Nadie m' había servido nunca.
    – Le he dado instrucciones a Barkley, mi mayordomo, para que te lleve a una de las habitaciones de los invitados -declaró lord Surbrooke-. Te enviaré a mi sirvienta en cuanto llegue y le diré a la cocinera que te prepare un calcio.
    – No se preocupe, milord, estaremos bien -declaró Gertrude ayudando a Katie a levantarse-. Yo me encargaré de la joven.
    Barkley estaba es posición de firmes junto a la puerta. Sin duda, le habían advertido acerca del rechazo que Katie sentía hacia los hombres que no conocía, pues no realizó ningún intento de ayudarla. Sólo guió a Gertrude y a Katie a la habitación.
    Carolyn, de pie junto a la chimenea, contempló cómo lord Surbrooke cerraba la puerta del salón cuando los demás salieron. El suave chasquido que se produjo reverberó en la silenciosa habitación. Durante varios segundos, él permaneció de cara a la puerta, con la cabeza inclinada, como si sostuviera una carga demasiado pesada. Se volvió y su mirada se encontró con la de Carolyn. Tocias las cosas inesperadas que Katie le había contado cruzaron por la mente de ella, quien se sintió como si lo viera por primera vez.
    El se pasó las manos por la cara y esbozó un amago de sonrisa.
    – Una noche llena de incidentes.
    – Sí…
    Su respuesta se fue apagando a medida que él se acercaba a ella con lentitud, deteniéndose cuando apenas los separaba la distancia de un brazo. El cuerpo de Carolyn pareció estirarse hacia el de lord Surbrooke, así que ella afianzó los pies en el suelo para evitar avanzar hacia él eliminando el espacio que los separaba y que parecía, a la vez, excesivo e insuficiente. Estaba a punto de apretar los puños para no apartarle el mechón de pelo que caía sobre su frente, cuando él le cogió las manos con dulzura.
    La calidez envolvió los dedos de Carolyn. La sensación de las manos desnudas de él en contacto con las de ella envió oleadas de placer por todo su cuerpo.
    – Gracias -declaró él con sus ojos azules y serios fijos en los de ella-. Ha sido muy amable ayudándonos.
    – Ha sido un placer. ¡Esa pobre muchacha…! Tiene mucha suerte de que sus heridas no hayan sido más graves. -Su mirada buscó la de lord Surbrooke-. ¿Va a contratarla usted como sirvienta?
    – Así es.
    – ¿Necesita usted otra sirvienta?
    Lord Surbrooke se encogió de hombros.
    – En una casa de este tamaño siempre va bien un poco más de ayuda.
    El tono despreocupado de su contestación le demostró a Carolyn lo que ella ya sospechaba: que él no necesitaba otra sirvienta. Sin embargo, estaba dispuesto a ofrecerle un empleo a una joven desafortunada. Algo en el interior de Carolyn pareció transformarse, pero antes de que pudiera definir aquella sensación, él le apretó las manos con suavidad y después se las soltó. Ella enseguida echó de menos la calidez de su piel contra la de ella.
    – ¿Quiere regresar ya a su casa? -preguntó él.
    El sentido común de Carolyn le indicaba que se fuera, que había hecho todo lo que podía hacer para ayudar y que había llegado la hora de irse. Pero su mente hervía de curiosidad con montones de preguntas que quería formularle a él acerca de sí mismo. Evidentemente, había juzgado mal al menos ciertos aspectos de su carácter. ¿En qué más se había equivocado? Sólo había una forma de averiguarlo. Y ella quería descubrirlo con todas sus fuerzas.
    – Me quedaré con Gertrude hasta que su cocinera y su sirvienta lleguen -declaró Carolyn.
    Por la expresión de él, Carolyn no supo si su decisión lo complacía o no. Un telón parecía haber caído sobre sus facciones.
    – ¿Puedo ofrecerle una bebida? -preguntó él, dirigiéndose a una mesa de caoba en la que había tres licoreras de cristal-. Me temo que no puedo ofrecerle un té hasta que llegue la cocinera, pero, si le apetece, tengo coñac, oporto y jerez.
    Más por tener algo que hacer con sus inquietos dedos que porque quisiera beber, Carolyn respondió:
    – Jerez, por favor.
    Tras servir las bebidas, él volvió junto a ella y levantó su copa.
    – Por… los vecinos. Y la amistad. Tiene usted mi gratitud por responder a mi petición de ayuda. Sobre todo a una hora tan intempestiva.
    Ella chocó el borde de su copa con la de él y el tintineo del cristal resonó en la habitación.
    – No me ha supuesto ningún esfuerzo. Todavía no me había retirado.
    Él deslizó la mirada por el vestido de color aguamarina que Carolyn llevaba puesto, que era el mismo que vestía en la velada de los Gatesbourne.
    – Ya veo. ¿Nos sentamos?
    La idea de sentarse con él en aquel acogedor sofá de aquella acogedora habitación le resultaba demasiado… acogedora. Y tentadora.
    – En realidad, me siento… -«Demasiado atraída hacia ti»- un poco inquieta.
    Lo cual era cierto, aunque su inquietud no tenía nada que ver con aplicar ungüento y vendas y todo con él.
    – Inquieta. Sí, yo también. -Daniel titubeó durante varios segundos y después sugirió-: ¿Y un paseo por el invernadero?
    Esa idea parecía bastante segura.
    Desde luego, más segura que la tranquila intimidad del salón al calor del hogar.
    Después de todo, ¿qué podía suceder en una habitación llena de plantas?
    Carolyn sonrió.
    – Un paseo por el invernadero suena de maravilla.

Capítulo 10

    En una fiesta, después de un vals durante el que él me desnudó y me hizo el amor con la mirada descaradamente, yo lo arrastré hasta una habitación cercana y cerré la puerta con llave. Y dejé que terminara lo que había empezado en la pista de baile.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Daniel bebió su coñac de un solo trago y realizó una mueca interior al sentir el calor abrasador que descendía por su garganta hasta su estómago. Lo último que necesitaba era otra cosa que lo hiciera sentirse más acalorado. La simple visión de Carolyn, allí, en el salón de su casa, bebiendo su jerez, era más que suficiente para hacerle sentir como si estuviera en medio de un fuego abrasador.
    Contempló cómo ella bebía con delicadeza su jerez. ¿Cómo conseguía estar tan guapa incluso haciendo algo tan mundano como beber? Su hambrienta mirada descendió por el cuerpo de Carolyn, atraída por la ondulación de sus generosos pechos, que su vestido realzaba. Y siguió bajando por el favorecedor vestido que combinaba a la perfección con su piel color crema y sus ojos azules.
    No se le ocurría ninguna otra mujer que hubiera respondido de inmediato y personalmente a su petición de ayuda sin siquiera detenerse a cambiarse de vestido. Y que estuviera dispuesta a hacer de enfermera con una desconocida. Y que, además, tuviera los conocimientos para hacerlo. Todos estos aspectos dignos de admiración se sumaban a su belleza. Entonces, lord Surbrooke se dio cuenta de que no necesitaba ningún otro aspecto para admirarla, que, de hecho, ya la admiraba más que suficiente.
    Sintió el peso de la mirada de Carolyn y levantó la vista. Y descubrió que ella contemplaba la abertura de su camisa con una expresión que indicaba que le gustaba lo que veía. Lord Surbrooke enderezó los hombros y cogió con más fuerza la copa vacía para evitar coger a Carolyn entre sus brazos y besarla hasta que admitiera que lo quería tanto como él la quería a ella.
    Carolyn levantó la vista y sus miradas se encontraron. El color escarlata que coloreó las mejillas de ella dejó claro que era consciente de que él la había pillado contemplándolo. Carolyn dio un sorbo rápido a su jerez y dejó la copa sobre la mesa de caoba.
    Él hizo lo mismo y salieron de la habitación dirigiéndose, por el pasillo en penumbra, hacia el invernadero. Daniel vio, por el rabillo del ojo, que ella se retorcía los dedos de las manos, señal de que sentía la misma y cargada tensión por la presencia de él que él sentía por la de ella. Daniel lo consideró un hecho prometedor.
    – Es usted muy buena limpiando y vendando heridas -indicó él esquivando el silencio.
    – De niña, Sarah era un poco hombruna -explicó Carolyn sonriendo afectuosamente por el recuerdo-. Pasé muchas horas curando sus numerosos cortes y arañazos. Y unos cuantos de los míos.
    – Entonces, ¿no es usted una persona impresionable?
    – No. Si hubiera sido un chico, habría seguido los pasos de mi padre y habría sido médico.
    Lord Surbrooke levantó las cejas sorprendido. Nunca había oído a una aristócrata decir algo así, que aspirara a tener una profesión. Claro que Carolyn no había nacido noble.
    – Dice que Sarah era un poco hombruna, pero ¿cómo se hizo usted sus cortes y arañazos?
    Una sonrisa bailó en los labios de Carolyn.
    – Tengo que hacerle una confesión.
    El interés se despertó en el interior de Daniel.
    – ¿Ah, sí? Por favor, no me mantenga en suspenso. Aunque creo justo recordarle que las confesiones a medianoche pueden ser peligrosas.
    – Entonces tengo suerte de que haga rato que haya pasado la medianoche. -La picardía brilló en los ojos de Carolyn. Se inclinó hacia él y le confesó con aire conspirador-: Solía… subirme a los árboles.
    El no sabía si se sentía más sorprendido, intrigado o divertido.
    – No lo habría dicho nunca.
    – Pues me temo que es cierto. Y también solía caminar haciendo equilibrios sobre los troncos de los árboles caídos. Y saltar sobre las rocas que sobresalían en el estanque que había cerca de nuestra casa. Me caí al agua más de una vez.
    Un recuerdo intentó surgir de las profundidades del alma de lord Surbrooke, quien enseguida cerró la puerta de la mazmorra donde lo guardaba para evitar que viera la luz del día.
    – Seguro que me está contando un cuento. No creo que sea usted capaz de comportarse de una forma tan inusual.
    – Le aseguro que es verdad. Mi madre siempre me presionaba para que mi comportamiento fuera impecable, cosa que no hacía con Sarah.
    – ¿Por qué?
    Carolyn titubeó, reflexionando sobre si contárselo o no. Al final, declaró:
    – Para mi consternación, siempre fui la favorita de mi madre. Ella consideraba que Sarah era poco dotada y sin remedio, así que le prestaba poca atención y puso todas sus esperanzas de realizar un buen matrimonio en mí, aunque más que esperanzas lo daba por hecho. Su favoritismo hirió profundamente a Sarah. Y a mí también, pues yo adoré a Sarah desde el mismo día en que nació. Siempre que podía, yo escapaba de las rígidas garras de mi madre y, cuando lo conseguía, me iba con Sarah a escalar árboles, saltar sobre las rocas o cualquier otra gran aventura en la que ella estuviera metida. De haberlo sabido, mi madre se habría puesto hecha un basilisco, así que, para cubrirnos, aprendí a curarme las heridas que me causaba cuando me caía. Y también las de Sarah. -Una sonrisa iluminó su cara-. Como mi padre era médico, no me resultó difícil aprenderlo. Ni conseguir vendas.
    Habían llegado a las cristaleras que comunicaban con el invernadero y él se detuvo.
    – Debo admitir que este aspecto inesperado suyo me ha cogido desprevenido.
    – Le aseguro que es cierto. De hecho, conservo una cicatriz en el tobillo, recuerdo de una de mis más desafortunadas aventuras como escaladora de árboles. La considero una condecoración.
    Daniel cogió el pomo de latón y abrió la puerta. El aire que los rodeaba enseguida se vio inundado de una fragancia floral con toques de tierra recién excavada. Un rayo plateado de luna caía sobre el suelo de piedra desde él elevado techo de vidrio. Daniel levantó la vista y vio una luna nacarada sobre un cielo negro y aterciopelado encastado con estrellas que parecían diamantes.
    – ¡Qué bonito! -murmuró Carolyn entrando en la cálida habitación.
    – Pensé que le gustaría.
    – Me gusta. Y mucho. -Inhaló hondo y sonrió-. A la luz del día debe de ser espléndido.
    – Sí, pero yo prefiero venir de noche. Lo encuentro muy…
    – ¿Tranquilo?
    Él asintió con la cabeza.
    – Sí. El lugar perfecto para la contemplación.
    Carolyn se sorprendió de una forma patente.
    – Nunca creí que fuera usted un hombre dado a la reflexión introspectiva.
    – Está claro que no me conoce usted tanto como cree.
    Ella lo miró intrigada.
    – En realidad, yo diría que no le conozco en absoluto. -Antes de que él lé asegurara que estaría encantado de explicarle todo lo que quisiera saber, ella continuó-: A Sarah siempre le han encantado las plantas y las flores. ¿A usted le gustan desde hace tiempo?
    El la condujo lentamente por uno de los pasillos de verdor exuberante.
    – De hecho, era una de las grandes pasiones de mi madre. Este invernadero era su habitación favorita. Quedó abandonado después de que ella muriera, pero cuando yo heredé la casa, hace tres años, a la muerte de mi padre, hice que lo reconstruyeran. Lo mantengo en memoria de mi madre.
    – Siento su pérdida -susurró ella-. No me imagino lo doloroso que debe de resultar perder a ambos padres. ¿Cuántos años tenía usted cuando su madre murió?
    – Ocho. -Decidido a cambiar de tema, él señaló la zona de flores por la que estaban pasando-. Rosas -indicó. Arrancó una, le quitó las espinas y se la entregó a Carolyn-. Para usted.
    – Gracias. -Ella se llevó el regalo a la nariz e inhaló hondo. Después sostuvo la flor en alto para examinarla a la luz de un indeciso rayo de luna-. Se ve blanca, pero no parece que sea de un blanco puro -declaró mientras la hacía girar poco a poco entre sus dedos.
    – Es de un rosa pálido. A este color mi jardinero lo llama «rubor». -Alargó el brazo y deslizó la yema de uno de sus dedos por el borde de uno de los pétalos de la rosa-. Esta flor me recuerda a usted.
    – ¿Por qué?
    – Porque es delicada, aromática y muy, muy encantadora. -Deslizó la yema del dedo con la que acababa de tocar la flor por la suave mejilla de Carolyn-. Y porque usted se ruboriza de una forma maravillosa.
    Como si lo hubieran conjurado, el rubor cubrió las mejillas de Carolyn y Daniel sonrió.
    – Así.
    Su cumplido la puso nerviosa de una forma patente y Carolyn bajó la vista mientras seguían avanzando con lentitud por el pasillo. Después de varios y largos segundos de silencio, ella comentó:
    – ¿Se marchó usted pronto de la fiesta?
    – Cuando usted se fue ya no sentí deseos de seguir allí.
    Carolyn lo miró y se le cortó la respiración al sentir su intensa mirada clavada en ella. Él la miraba como si fuera un dulce y él tuviera un antojo de azúcar. «¡Oh… Dios!» Y no sólo era lo que había dicho, sino la forma en que lo había dicho, con aquella voz grave y áspera. La tensión que la atenazaba desde que se quedó a solas con él se multiplicó por dos y todo su cuerpo pareció arder en llamas. ¡Y él ni siquiera la había tocado!, salvo por aquella ligera caricia que le había hecho en la mejilla unos instantes antes, la que había dejado una estela de fuego tras ella.
    Carolyn se dio cuenta de que, aun en contra de su voluntad, deseaba que él la tocara. Lo deseaba mucho.
    ¿Qué haría él si ella se lo dijera? Si ella le dijera: «Quiero que me toques. Bésame.»
    «Te obedecería», susurró su voz interior.
    Sí y, una vez más, ella experimentaría toda la magia que había sentido en las otras dos ocasiones en las que él la había tocado. Y besado.
    Carolyn se agarró con fuerza al tallo de la rosa para no abanicar con la mano su acalorada cara. Desesperada por encontrar algo, cualquier cosa, que decir que no incluyera la palabra «bésame», declaró:
    – Katie me ha hablado de la interesante variedad de mascotas que ha rescatado usted.
    – ¡Ah, sí! Forman un grupo bastante vistoso, aunque quizá sería mejor llamarlos «manada».
    – Salvar animales abandonados es una labor inusual y sorprendente para un conde.
    – Créame, nadie se sorprendió más que yo. En realidad, la iniciativa es de Samuel, pero cuando trajo a casa su primer hallazgo, una gata negra, hambrienta y enferma que había perdido un ojo, no pude negarme. Guiños se recuperó totalmente y ahora es un miembro honorífico de la casa.
    Carolyn sonrió al oír el nombre de la gata.
    – Vi a Guiños en el vestíbulo cuando llegué.
    – Si la vio es porque ronda por la casa de noche. De día lo único que hace es dormir frente a la chimenea.
    El afecto que reflejaba su voz contradijo sus palabras de protesta.
    – Sea como sea, no muchos caballeros ayudarían a sus criados de esta forma. Ni les permitirían llevar a la casa un animal callejero tras otro.
    – Me temo que en eso tengo poca elección, pues la necesidad de ayudar a los menos afortunados está muy arraigada en la naturaleza de Samuel.
    – Es evidente. Sin duda se trata de una cualidad admirable. Resultado, seguramente, de la amabilidad que mostró usted hacia él.
    Lord Surbrooke se detuvo al final del pasillo y se volvió hacia Carolyn.
    – Está claro que Samuel le contó a Katie…
    – Y ella me lo contó a mí, sí.
    El se encogió de hombros.
    – No hice nada que cualquier otra persona no habría hecho.
    Carolyn enarcó las cejas. Seguro que él no creía de verdad lo que acababa de decir.
    – Al contrario, creo que la mayoría de las personas habrían dejado a quien había intentado robarles justo donde se desmayó. O habrían llamado a las autoridades. Usted le salvó la vida.
    – Sólo le ofrecí una alternativa y él fue listo y eligió con sabiduría.
    – Una alternativa muy generosa después de que, altruísticamente, le salvara la vida.
    Él volvió a encogerse de hombros.
    – Casualmente necesitaba un criado.
    ¿Por qué insistía en restarle importancia a lo que había hecho? Carolyn consideró la posibilidad de preguntárselo, pero, al final, decidió no hacerlo. De momento. Aunque no podía negar que se sentía sorprendida e intrigada al mismo tiempo por aquella imprevista modestia suya, y también por todos los aspectos inesperados que había averiguado acerca de él aquella noche. Aquel hombre estaba lleno de sorpresas.
    Él señaló un rincón con un gesto de la cabeza.
    – ¿Quiere sentarse?
    Carolyn alargó el cuello y en el rincón vio un sofá forrado de seda bordada que estaba rodeado de palmitos altos y frondosos plantados en macetas de porcelana. Un haz de luz lunar envolvía la zona con un destello plateado que le daba un aire casi mágico. Incapaz de resistirse a aquel rincón encantador, Carolyn asintió y murmuró:
    – Gracias.
    Cuando se sentaron, ella echó la cabeza hacia atrás y exhaló un suspiro de admiración al ver las estrellas que titilaban en lo alto.
    – Parece un trocito de cielo interior.
    – Estoy totalmente de acuerdo.
    Ella enderezó la cabeza y vio que él la estaba mirando. Sentado en un extremo del sofá, con los hombros bajos, los dedos ligeramente entrelazados sobre su plano estómago y sus largas piernas estiradas y cruzadas, en actitud informal, por los tobillos, parecía la relajación personificada. Algo que a Carolyn le resultó bastante irritante, pues ella se sentía muy… poco relajada.
    Esperando sonar tan despreocupada como él parecía estarlo, Carolyn le preguntó:
    – ¿Pretende quedarse con todos los animales que Samuel rescate?
    – Hasta ahora lo he hecho, pero dada la rapidez con la que aumenta su número, supongo que tendré que pensar en la posibilidad de que otras personas los adopten. Siempre que me aseguren que cuidarán bien de ellos.
    – ¿Nunca le ha pedido a Samuel que pare?
    – No. Y tampoco tengo la intención do hacerlo. Samuel tiene una mano con los animales que no había visto nunca antes en ninguna otra persona. Sería un veterinario excelente. He pensado ofrecerle la posibilidad de que vaya a la escuela.
    Carolyn ni siquiera intentó ocultar su sorpresa.
    – ¿Enviaría a su criado a la escuela?
    – Si él quiere ir… Tiene auténtico talento. Y una gran dedicación.
    – Eso sería muy generoso por su parte.
    – No tanto como usted cree. Tengo un motivo oculto.
    – ¿Y cuál es?
    Un toque de malicia brilló en sus ojos.
    – Siempre he querido tener un protegido. Está muy de moda, ¿sabe? Claro que ahora que Samuel se dedica a recoger a algo más que animales tendré que ampliar nuestra empresa y crear algún tipo de agencia de empleo.
    Carolyn lo examinó y sacudió la cabeza interiormente. Ella siempre se había considerado muy aguda juzgando el carácter de los demás; sin embargo, en este caso no parecía haber acertado demasiado. En realidad, él siempre le había caído bien. Lo encontró agradable y encantador desde el momento en que lo conoció. Pero nunca había considerado que fuera más de lo que aparentaba ser: un granuja muy atractivo.
    Evidentemente se había equivocado mucho. Y eso le resultaba muy inquietante. Ya le había costado resistirse a él cuando creía que no era nada más que un hombre atractivo, pero ahora… Ahora había cosas en él dignas de ser admiradas… aparte de su encanto y su aspecto agradable. Cosas nobles. Y eso constituía una atracción que ella sabía que le resultaría mucho más difícil de resistir, y que la llevaba a otra pregunta.
    ¿Realmente quería resistirse?
    Su voz interior contestó que no con tanta rapidez, tanto énfasis y tanta potencia que casi tuvo la impresión de que lo había dicho en voz alta.
    – ¿No, qué? -preguntó lord Surbrooke con una mirada intrigada.
    ¡Santo ciclo, lo había dicho en voz alta!
    – Nada -contestó ella, y enseguida añadió-: recuerdo que usted me comentó que no le gustaba compartir. Sin embargo, sus acciones contradicen sus palabras, lord Surbrooke.
    – Daniel… mi extremadamente encantadora, muy querida, sumamente talentosa, enormemente divertida, extraordinariamente inteligente, poseedora de los labios más apetecibles que he visto nunca y de una excelente memoria, lady Wingate. -Lord Surbrooke exhaló un soplido exagerado-. Esto se está volviendo larguísimo, ¿sabe? ¿Podría librarme de este sufrimiento?
    Ella simuló no haberle oído decir «labios apetecibles».
    – ¿Y perderme lo que se inventará a continuación? No, gracias.
    – Vaya, mi mala suerte de costumbre… En cuanto a mi afirmación de que no me gusta compartir, supongo que debería aclararla. Depende de lo que vaya a compartir. -Su brillante mirada pareció atravesar el vestido de Carolyn y abrasarle la piel-. Y con quién.
    Estas breves palabras vertieron sobre Carolyn una avalancha de imágenes. Imágenes de él y de ella compartiendo. Besos acalorados. Caricias sensuales. Sus cuerpos…
    Una miríada de deseos, necesidades y emociones la invadió confundiéndola y dejándola nerviosa y completamente muda. Se humedeció los labios, pues, de repente, se le habían secado y entonces se quedó paralizada al ver que él contemplaba su gesto con interés.
    Tuvo que tragar dos veces para que le saliera la voz.
    – Samuel tiene suerte de haberlo encontrado.
    – De hecho, el afortunado soy yo. -Daniel titubeó, como si dudara sobre si continuar o no y, al final, declaró-: Antes de que empezara a trabajar para mí, mi vida era… insatisfactoria. Los empeños caritativos de Samuel me han proporcionado algo valioso y productivo que hacer. Ayudarlo hace que me sienta útil. Y me ha hecho ser consciente de la fría y cruda realidad acerca de la impresionante cantidad de animales y de personas que necesitan ayuda desesperadamente.
    Carolyn asintió con lentitud absorbiendo aquellas palabras que nunca habría atribuido a lord Surbrooke. Un estremecimiento de vergüenza la recorrió cuando se dio cuenta de cuánto se había equivocado con él.
    – ¿Qué quiere decir con que su vida se había vuelto insatisfactoria?
    – Experimentaba un creciente y frustrante sentimiento de descontento. De aburrimiento. De vacío. Y, sobre todo, de inutilidad.
    – ¿Y qué hay de su condado? ¿Y de sus propiedades?
    – Éstas no me toman tanto tiempo como se podría pensar. Tengo un administrador excelente que lo mantiene todo en marcha con tanta destreza que apenas soy necesario. Mis casas funcionan a la perfección. Podría desaparecer durante meses y no se produciría ni una onda en las tranquilas aguas de mi condado.
    Carolyn se dio cuenta de que las sombras poblaban sus ojos y deseó conocer la causa.
    Entonces él esbozó una rápida sonrisa.
    – A la larga, no ser necesitado produce una gran insatisfacción. Gracias a Samuel y sus animales me siento mucho más satisfecho.
    – Es usted muy afortunado, milord. Yo también he experimentado sentimientos similares a los que usted describe. Sin embargo, a diferencia de usted, todavía no he encontrado una actividad o causa que alivie mi vacío. -Carolyn no solía hablar de estas cosas con nadie salvo con Sarah; aun así, antes de que pudiera detenerse, se encontró diciendo-: He descubierto que resulta muy difícil pasar de ser necesitado a diario a no serlo en absoluto.
    Él enderezó su relajada postura y sacudió la cabeza.
    – Está usted equivocada. Su hermana y sus amigas la necesitan y se preocupan mucho por usted. Lo veo cada vez que estamos todos juntos.
    – Lo sé, claro. Sin embargo, Emily y Julianne tienen sus propias familias y ahora Sarah está casada.
    – Y usted se pregunta dónde encaja exactamente.
    La mirada de Carolyn buscó la de él.
    – Habla usted como si supiera lo que se siente.
    – Probablemente porque lo sé. Con precisión. Y, aunque soy consciente de que ha tenido que realizar ajustes difíciles que no deseo a nadie, sigo envidiando el hecho de que, al menos durante un período de tiempo, usted se sintió necesitada todos los días.
    Sus palabras y la tristeza que rondaba por sus ojos dejaron a Carolyn sin habla. Antes siquiera de que pudiera pensar en una respuesta, él parpadeó varias veces, como si estuviera saliendo de un trance. Una sonrisa atribulada curvó sus labios.
    – ¡Vaya! Discúlpeme por permitir que la conversación se volviera tan… sensiblera.
    Como ella no sabía cómo decirle que, en realidad, su sinceridad le resultaba fascinante, se esforzó en dar a su voz un tono desenfadado y preguntó:
    – ¿Habría preferido hablar del tiempo, quizá?
    – La verdad es que no. Hablar del tiempo no es lo que habría preferido en absoluto.
    – ¿Ah, no? ¿Y qué habría preferido?
    Al percibir el apasionamiento que flotaba en los ojos de lord Surbrooke, Carolyn contuvo el aliento. La mirada de él se deslizó con lentitud por el cuerpo de ella, deteniéndose durante varios segundos en sus tobillos antes de volver a subir. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, los ojos de él brillaban con una combinación de calor y malicia que la dejaron sin poder inhalar la menor bocanada de aire.
    Lord Surbrooke alargó el brazo y deslizó con suavidad los dedos por el dorso de la mano de Carolyn.
    – Lo que más me habría gustado es ver su cicatriz.

Capítulo 11

    A mi amante le encantaba jugar al billar, pero lo encontró todavía más atractivo cuando me levanté las faldas y me incliné, de una forma provocativa, sobre la mesa. En especial, disfrutó con este nuevo deporte porque yo me había olvidado de ponerme los calzones. La verdad es que, después de dos orgasmos increíbles, yo también experimenté una nueva atracción hacia aquel juego.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Carolyn parpadeó varias veces. De todas las cosas posibles que él podía haber preferido, como por ejemplo un beso -de hecho, el roce provocativo de sus dedos y el ardor en sus ojos parecían contener la promesa precursora de un beso- ¿lo que él quería, por encima de todo, era ver su cicatriz?
    ¡Maldición! ¿Cómo podía haberlo considerado encantador e inteligente cuando, evidentemente, los términos «irritante» y «papanatas» eran mucho más adecuados? Antes de que pudiera pensar en una respuesta a su petición, lord Surbrooke hincó una rodilla delante de Carolyn y sus manos se deslizaron por debajo del dobladillo de su vestido cogiendo con suavidad su tobillo izquierdo. La calidez subió a toda velocidad por la pierna de Carolyn y, aunque su mente le exigía que se alejara de las manos de lord Surbrooke, su cuerpo se negaba a obedecerla.
    – ¿Está en este tobillo? -preguntó él, apoyando el tobillo izquierdo de Carolyn en su rodilla levantada.
    Entonces le quitó el zapato y masajeó con suavidad el arco de su pie.
    Un leve jadeo escapó de la garganta de Carolyn, quien apretó los labios para contener el gemido de placer que amenazaba con brotar a causa del delicioso masaje. El placer subió por su pierna asentándose en su vientre.
    ¡Cielo santo, adoraba que le tocaran los pies! ¡Y él era tan bueno haciéndolo…! ¡Y hacía tanto tiempo que no experimentaba aquella exquisita bendición…! Sus caricias le derretirían la columna vertebral. Se convertiría en una masa extasiada, temblorosa y deshuesada que resbalaría hasta el suelo.
    – ¿Está en este tobillo? -repitió él.
    Como no confiaba en su propia voz, Carolyn sólo negó con la cabeza.
    – ¡Ah, entonces es en el tobillo derecho!
    Pero en lugar de dejar su pie izquierdo, sus manos subieron con lentitud por la pantorrilla de Carolyn sin dejar de masajearla de una forma deliciosa. Ella clavó las uñas en el cojín bordado del sofá mientras luchaba por no retorcerse de placer.
    Cuando él llegó a su rodilla, Carolyn contempló, muda y en estado de shock, cómo él le bajaba la liga por la pierna y, a continuación, hacía lo mismo con su media. El susurro de la seda deslizándose por su carne envió temblores ardientes por el cuerpo de Carolyn, pero éstos se volvieron insignificantes comparados con la increíble sensación de las manos de él en su piel desnuda. Tras dejar a un lado la media, lord Surbrooke le arremangó lentamente el vestido y las enaguas hasta las rodillas.
    Los dedos desnudos del pie de Carolyn se clavaron en el musculoso muslo de lord Surbrooke. Verlo a él arrodillado frente a ella, con su oscura cabeza inclinada para examinar lo que acababa de destapar, hizo que un escalofrío inmoral que no había experimentado nunca antes recorriera su cuerpo.
    – ¡Qué piel tan cremosa y bonita! -murmuró él mientras sus dedos subían y bajaban por la pantorrilla de Carolyn sin apenas rozarla-. ¡Qué suave! ¡Qué blanda!
    Lord Surbrooke levantó la cabeza y el calor de sus ojos abrasó a Carolyn. Atrapada en aquel fuego, contempló cómo él le levantaba el pie y lo besaba en la planta.
    Otro jadeo escapó de la garganta de Carolyn. En esta ocasión seguido de un gemido grave que ella no pudo contener.
    – Tienes razón -susurró el cálido aliento de él junto al pie de Carolyn provocando una descarga de estremecimientos y un cosquilleo en todas sus terminaciones nerviosas.
    – ¿R-Razón? -consiguió preguntar ella casi sin aliento, que es como se sentía.
    – En este tobillo no hay ninguna cicatriz. De hecho, es el tobillo más perfecto que he visto nunca.
    Pensar que, seguramente, él había visto un montón de tobillos, debería haberla horrorizado, pero en aquel momento Carolyn sólo pudo ser consciente de la asombrosa realidad de que él estaba viendo, y acariciando, su tobillo.
    Entonces él subió beso a beso por su espinilla. Otro estremecimiento de placer recorrió el cuerpo de Carolyn. Cuando llegó a su rodilla, lord Surbrooke dejó con suavidad su pie en el suelo y un gemido de protesta subió por la garganta de Carolyn. Sin embargo, antes de que pudiera verbalizarlo, él cogió su pie derecho y le otorgó el mismo tratamiento sensual que le había otorgado al izquierdo. Los únicos sonidos que se oían en el invernadero eran el crujido de las telas mientras él le subía las faldas y le quitaba la media y las respiraciones rápidas y superficiales de Carolyn.
    – ¡Ah, ya veo al culpable! -murmuró él, dejando la media encima de la otra.
    Lord Surbrooke examinó con minuciosidad la cicatriz de dos centímetros de largo que había justo encima del tobillo de Carolyn.
    – ¿Te dolió? -preguntó rozando la marca con las yemas de los dedos.
    Cuando se hizo la herida, ella apenas se dio cuenta, pero como era incapaz de hilar juntas tantas palabras, sólo susurró una sílaba:
    – No.
    – Es casi necesario que tengas un defecto, aunque sea tan diminuto como éste, si no serías absoluta e inquietantemente perfecta. -Examinó la cicatriz unos segundos más y exhaló un suspiro exagerado-. Me temo que esta señal minúscula no cuenta y que, inevitablemente, eres absolutamente perfecta.
    Ella se humedeció los labios.
    – Le aseguro que no lo soy.
    – Y yo te aseguro que te infravaloras.
    Él se llevó el pie de Carolyn hasta la boca, aquella boca encantadora y sensual suya, pero en lugar de besarlo, deslizó la lengua por la imperfección del tobillo.
    Un sobresaltado «¡Oh!» escapó de la boca de Carolyn. Al oírlo, los ojos de lord Surbrooke se oscurecieron y repitió el acto. Lo poco que le quedaba a Carolyn de columna vertebral, pareció desaparecer.
    – ¡Precioso! -murmuró él junto al tobillo de Carolyn.
    Lord Surbrooke subió las manos lentamente por la pierna de Carolyn, acariciando su piel y arremangándole, aún más, las faldas. El calor de las palmas de sus manos atravesó la fina tela de muselina de sus calzones. La boca de lord Surbrooke siguió el rastro que habían dejado sus manos, besándola y mordisqueando levemente la piel de Carolyn. A lo largo de la espinilla de su pierna, de sus rodillas… ¿Cómo era posible que ella no supiera que la piel de detrás de sus rodillas era tan sensible?
    Un pulso insistente latía entre sus muslos. Carolyn sintió que sus femeninos pliegues estaban húmedos, hinchados y pesados. Cuando él le separó las piernas, ella no se resistió y él introdujo sus anchos hombros entre sus rodillas. La pequeña parte de la mente de Carolyn que no estaba perdida en la caliente neblina de excitación que la envolvía intentó protestar; intentó advertirla de que aquél no era el camino que ella deseaba recorrer, pero esa pequeña parte fue acallada de inmediato y un mundo de sensaciones la embriagó.
    Mientras la boca de lord Surbrooke continuaba su pausado recorrido por la parte interior del muslo de Carolyn, una de sus manos se deslizó hacia arriba y encontró la abertura de sus calzones.
    Al sentir el primer contacto de los dedos de lord Surbrooke en los pliegues de su carne, Carolyn jadeó, sonido que se convirtió en un suspiro largo y vaporoso de placer conforme él jugaba con su sensitiva piel con un perverso movimiento suave y circular. Incapaz de resistirse a semejante placer, Carolyn dejó caer la cabeza hacia atrás apoyándola en el respaldo del sofá y cerró los ojos. Y, por primera vez en años, se permitió el lujo de no hacer nada salvo sentir.
    El deslizó un dedo en su interior y el cuerpo de Carolyn se tensó con un agradable espasmo.
    – ¡Qué apretado! -murmuró él junto al muslo de Carolyn-. ¡Qué caliente y húmedo!
    Caliente, sí… ¡Carolyn se sentía tan caliente…! Como si su piel estuviera demasiado hinchada y el fuego la consumiera. Él la acarició con una lentitud enloquecedora y, con cada caricia, fundía las inhibiciones de Carolyn y disolvía su pudor. Hasta que ella se apretó contra su mano, impaciente por recibir más. Él deslizó otro dedo en su interior y bombeó levemente arrancando un gemido largo y entrecortado de la garganta de Carolyn.
    Carolyn sintió la otra mano de lord Surbrooke en su cintura. Entonces notó que sus dedos salían de su interior y exhaló un suave «no» de protesta. Cuando sintió que él tiraba de sus calzones, Carolyn levantó las caderas y él se los quitó.
    La ávida mirada de lord Surbrooke quedó fascinada ante la visión del sexo expuesto de Carolyn, pero ella, en lugar de experimentar timidez, como habría esperado, sintió que su cuerpo se ponía tenso en una agonía de anticipación mientras esperaba que él la tocara. Sin embargo, él, en lugar de tocarla, cogió la rosa de su regazo.
    – Debo decirte que he soñado con hacerte esto -declaró él con voz suave mientras deslizaba con lentitud los pétalos aterciopelados de la flor por el interior del muslo de Carolyn.
    Ella soltó un respingo mientras un temblor recorría su cuerpo.
    – ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
    – Ayer por la noche. -Daniel deslizó la rosa por la hendidura del sexo de Carolyn y ella se olvidó de cómo respirar-. Y la noche anterior a ayer por la noche. Y la noche anterior a la noche anterior a ayer por la noche. -Volvió a deslizar levemente la flor por los pliegues hinchados del sexo de Carolyn-. Y numerosas noches anteriores a ésa.
    Levantó la mirada de las perversas maniobras que estaba realizando y clavó sus ardientes ojos en los de ella. A continuación, dejó la rosa sobre el sofá.
    – ¿Alguna vez te has preguntado qué sentiría yo al tocarte de esta manera? -susurró mientras deslizaba un dedo en lo más hondo de ella.
    Carolyn exhaló un suspiro y cerró los párpados. ¡Santo Dios, no esperaría que contestara a sus preguntas cuando la estaba haciendo sentirse… de aquella manera!, como si sus entrañas se hubieran convertido en un torrente de miel caliente; como si, de una forma simultánea, fuera a derretirse y a romperse en mil pedazos.
    – Yo me lo he preguntado más veces de las que podría contar -declaró él, excitando la sensible protuberancia de Carolyn de tal forma que envió un torrente de fuego líquido por su interior-. Y aun así, eres más hermosa de lo que nunca imaginé.
    Daniel deslizó, una vez más, los dedos por los pliegues de ella. A continuación, los introdujo en su interior excitándola y llevándola a un clímax que, partiendo de la base de su espina dorsal, crecía con rapidez. Apoyó los labios en la rodilla de Carolyn y subió con sus besos por la parte interior de su muslo mientras introducía los hombros entre sus piernas separándoselas todavía más. Entonces el tiempo pareció detenerse para Carolyn, mientras la lengua de Daniel se deslizaba por su excitado sexo.
    Durante varios segundos, el cuerpo de Carolyn se puso tenso, pero entonces aquella reacción inicial, que era resultado del shock, se disolvió en un gemido grave de inevitable placer. Carolyn obligó a sus párpados a abrirse. La visión de la cabeza oscura de Daniel hundida entre sus piernas y las sensaciones que le producían sus labios, su lengua y sus dedos acariciando sus pliegues era la experiencia más erótica que había vivido nunca. El olor a almizcle de su excitación se extendió por el cálido aire del invernadero mezclándose con la fragancia de las flores. Ella se hundió más en el sofá y él, tras exhalar un gruñido de aprobación, le levantó las piernas y las colocó sobre sus hombros.
    Perdida en aquel mundo de sensaciones, Carolyn volvió a cerrar los ojos y disfrutó del mágico tormento que la boca y los dedos de Daniel le provocaban mientras cada lengüetazo provocador, cada roce implacable la excitaba más y más acercándola al límite. Cuando rozó el límite, un grito agudo escapó de su garganta, su espalda se arqueó y sus dedos se clavaron en la muselina de su arrugado vestido mientras un potente clímax estallaba en su interior. Cuando los espasmos se convirtieron en meros temblores, Carolyn se desplomó en el sofá, sin aliento, fláccida y completamente satisfecha.
    Carolyn sintió que Daniel le daba leves besos por la parte interior del muslo y consiguió entreabrir sus pesados párpados. Los ojos de él ardían como un par de hogueras. Sus miradas se clavaron la una en la otra y él bajó con lentitud las fláccidas piernas de ella de sus hombros. Entonces se inclinó sobre ella hasta que sus caras quedaron a escasos centímetros de distancia.
    – Pronuncia mi nombre -pidió él con voz ronca y áspera.
    Ella se humedeció los labios y se esforzó en encontrar su voz.
    – Lord Surbrooke.
    Él sacudió la cabeza y subió la palma de una de sus manos por la pierna de ella hasta colocarla debajo de su trasero desnudo. Entonces la acercó a él hasta que la dura prominencia de su erección, que hacía que sus pantalones estuvieran tirantes, se apoyó en el sexo de ella.
    – Daniel.
    La sensación de tenerlo presionado contra ella de una forma tan íntima, dejó a Carolyn momentáneamente sin habla. Después de tragar saliva, consiguió susurrar:
    – Daniel.
    Parte de la tensión que reflejaba la cara de Daniel se desvaneció y, tras exhalar un grave gemido, bajó lentamente su boca hasta la de ella. Carolyn separó los labios acogiendo la lengua de él. Daniel sabía a coñac y a ella, una combinación sumamente extraña que la embriagó. El fuego interior que él había avivado y que acababa de saciar volvió a la vida exigiendo más. Carolyn deslizó los dedos por el grueso cabello de Daniel incitándolo a acercarse. El flexionó las caderas y apretó todavía más su erección contra el cuerpo de ella. En aquel instante, lo único que quería Carolyn era que él se bajara los pantalones e introdujera con ímpetu aquella carne dura y deliciosa en su hambriento cuerpo.
    Él, en cambio, separó la cabeza de la de ella. Carolyn, confusa, abrió los ojos y vio que él la miraba con una expresión apasionada.
    Carolyn parpadeó varias veces y, de golpe, la realidad volvió a sus sentidos. Bajó la mirada por su cuerpo percibiendo las faldas arrugadas a la altura de su cintura, la piel pálida de su abdomen, los rizos de color castaño en el punto de unión de sus piernas extendidas. Y las caderas de Daniel, que estaban firmemente presionadas contra ella.
    Seguramente, debería de sentirse horrorizada por su desvergonzado comportamiento, por las libertades que le había permitido a lord Surbrooke, libertades que su esposo nunca se había tomado con ella. Ni siquiera lo había intentado. Sin embargo, en lugar de horrorizada, se sentía más viva de lo que se había sentido en años. Como si acabara de salir de una cueva oscura y solitaria a un campo soleado que hervía de vida y color.
    La dama serena y formal que había sido durante toda su vida de adulta insistía en que le dijera a lord Surbrooke que aquel episodio había constituido un error. Error que no podía repetirse, pero en lugar de «error», las únicas palabras que ella quería pronunciar eran…
    «Otra vez.»
    Podía mentirse a sí misma, pero la verdad irrefutable era que quería más pasión como la que acababan de compartir. Su mente la consideraba culpable e intentó enumerar todas las razones por las que no debía permitir que aquello continuara, pero ella las empujó a un lado y escuchó a su renacido cuerpo, que se negaba a ser ignorado. Se sentía atraída hacia aquel hombre. Lo quería. En un sentido puramente físico. Siempre que su corazón no se implicara y actuaran con discreción, no existía ninguna razón para que se negara aquel placer. Él le había dicho que no quería su corazón y que no tenía la menor intención de ofrecer el suyo. Compartirían sus cuerpos y nada más. Igual que la Dama Anónima había hecho y explicado en las Memorias.
    – Los perros están ladrando -declaró él en voz baja mientras acariciaba la mejilla de Carolyn con los dedos-, lo que significa que Samuel ha regresado.
    Un escalofrío de pánico recorrió el cuerpo de Carolyn. Intentó sentarse, pero Daniel sacudió la cabeza y se lo impidió con suavidad.
    – Todavía disponemos de unos instantes. Barkley se encargará de todo y ni él ni Samuel entrarán en el invernadero.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Nadie puede entrar en esta habitación salvo yo y Walter, el jardinero. -Deslizó la yema del pulgar por el labio inferior de Carolyn y frunció el ceño, como si se sintiera intrigado-. Nunca había traído a nadie aquí antes.
    Pareció sorprendido por el hecho de haber reconocido en voz alta este último hecho, y lo cierto era que Carolyn estaba sorprendida de haberlo oído.
    – ¿Por qué no? ¡Es una habitación tan bonita…!
    – Es un lugar privado. Mi… santuario. Te dije que no me gusta compartir. -Su mirada vagó por la cara de Carolyn y parecía… ¿intrigado?-. Salvo, por lo visto, contigo.
    Su expresión se relajó y se inclinó para rozar la sensible piel de detrás de la oreja de Carolyn con sus cálidos labios.
    – ¡Dios mío, eres tan hermosa…! -susurró terminando sus palabras con un gemido. Mordisqueó con suavidad el lóbulo de la oreja de Carolyn enviando un aluvión de cosquilleos por su nuca-. Mi extremadamente encantadora, muy querida, sumamente talentosa, enormemente divertida, extraordinariamente inteligente y poseedora de los labios más apetecibles que he visto nunca y de una excelente memoria, y que sabe a flores… por todas partes, lady Wingate. -Levantó la cabeza y la diversión iluminó sus ojos-. ¿Crees que ya podríamos tutearnos?
    Una ola de calor recorrió el cuerpo de Carolyn.
    – Supongo que sí… Daniel.
    Él sonrió ampliamente.
    – Gracias… Carolyn.
    La forma en que pronunció su nombre, con dulzura y lentitud, como si lo saboreara en su paladar, envió un oscuro estremecimiento de placer por la espina dorsal de Carolyn.
    Con evidente desgana, él sacó la mano de debajo del trasero de Carolyn y cogió sus calzones. La facilidad con que la ayudó a vestirse demostró que era tan hábil vistiendo a una mujer como desvistiéndola. Y, desde luego, había demostrado que sabía qué hacer una vez la había desvestido. Carolyn no estaba completamente segura de que sus licuadas rodillas se recuperaran algún día del todo.
    Después de calzarla de nuevo, Daniel se levantó y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. La mirada de Carolyn se quedó clavada, y absolutamente fascinada, en la parte delantera de los pantalones de Daniel, que estaba a la altura de sus ojos. El ajustado tejido perfilaba, de una forma patente, su gruesa erección.
    Quizá fue la privacidad proporcionada por aquella acogedora habitación con fragancia a flores e iluminada sólo por los rayos plateados de la luna lo que la hizo atrevida. Tan atrevida como cuando llevaba puesta la máscara de Galatea. O quizá fue por cómo él la había hecho sentirse: sensual, femenina y sorprendentemente libre. Pero, fuera cual fuere la razón, mientras permitía que él la ayudara a levantarse, Carolyn deslizó la mano que tenía libre por el musculoso muslo de Daniel y cubrió con ella su erección. Él soltó un respingo y sus ojos se volvieron vidriosos.
    – Tú me has dado placer, pero no has pedido ni has recibido nada a cambio -murmuró ella experimentando una profunda oleada de satisfacción femenina cuando él arqueó las caderas buscando más el contacto de su mano.
    – Aunque no he recibido nada, el placer ha sido todo mío.
    Ella arqueó una ceja y lanzó una mirada significativa hacia abajo.
    – Esto… -Lo acarició con suavidad a través de los pantalones- indica lo contrario.
    Él le rodeó la cintura con un brazo y la acercó a su cuerpo atrapando su mano entre ellos.
    – Si estás sugiriendo que estás en deuda conmigo…
    – Eso es, exactamente, lo que estoy sugiriendo.
    Los ojos de Daniel parecieron despedir humo.
    – Eso me hace el hombre más afortunado de Inglaterra. Considérame a tu disposición.
    – Una oferta muy interesante.
    – Me encanta que pienses así, sobre todo porque la primera vez que te hice esa oferta no te sentiste interesada por ella.
    – Siempre me interesó, pero no quería aceptarla.
    – Pero ahora sí.
    – Obviamente.
    Él se frotó contra su mano.
    – Me siento muy feliz al oírlo.
    Ella frunció los labios.
    – Obviamente.
    Él la sujetó por la cintura, le cogió la mano y le dio un apasionado beso en la palma.
    – Por desgracia, ahora no es…
    – El momento adecuado.
    – Exacto. Quiero asegurarme de que todo ha ido bien con Samuel y que la cocinera y la doncella se han hecho cargo de Katie. Después os acompañaré a ti y a Gertrude a tu casa. -Miró a Carolyn directamente a los ojos-. Y, aunque me encantaría seguir con esto aquí y ahora, quiero que dispongas de tiempo para pensar. Que asientes las cosas en tu mente. No quiero que tengas dudas.
    – ¿No tienes miedo de que, después de reflexionar, cambie de idea?
    Él le apretó la mano.
    – «Miedo» es una palabra demasiado suave para el terror que me inspira esa posibilidad. Carolyn, el deseo que hay entre nosotros es el más potente que he experimentado nunca. Sé que estar juntos sería extraordinario, pero sólo si esta decisión no está empañada por el arrepentimiento.
    – Yo no me arrepiento de lo que hemos compartido esta noche.
    – Estupendo. Sólo quiero asegurarme de que te sientes igual por la mañana. -Rozó los labios de Carolyn con los suyos y siguió por la curva de su mandíbula-. Y como tengo una fe ciega en que lo harás… ¿Estás libre mañana a mediodía?
    Con el cuerpo de Daniel presionado contra el de ella y la distracción que le causaban sus besos y mordisqueos, a Carolyn le resultó imposible recordar si tenía algún plan al día siguiente, pero, si lo tenía, fuera lo que fuese, lo anularía.
    – Sí.
    – Estupendo. Planearé una sorpresa.
    – ¿Y si no me gustan las sorpresas?
    – Ésta te gustará. Te lo prometo.
    Un escalofrío de anticipación recorrió el cuerpo de Carolyn. Después de un último y prolongado beso, Daniel se separó de ella, colocó la mano de Carolyn en el hueco de su codo y la condujo por el pasillo hasta el vestíbulo, donde encontraron a Samuel. El criado caminaba con impaciencia de un lado a otro de la habitación y, al verlos, se detuvo.
    – La cocinera está preparando un caldo -informó sin más preámbulos-. Y Mary está con Katie y Gertrude.
    – ¿Cómo está Katie? -preguntó Daniel.
    – Está durmiendo. Gertrude dice que, aparte d' estar cansada y dolorida, s' encuentra bien. Si a lady Wingate no le importa, Gertrude s' ha ofrecido a quedarse hasta que Katie se despierte, para que no s' asuste al ver a una desconocida. -Miró a Carolyn-. Su Gertrude es muy amable, milady.
    – ¿Te va bien que se quede? -preguntó Daniel a Carolyn.
    – Sí, desde luego.
    – Samuel la acompañará a tu casa cuando Katie se despierte. -Se volvió hacia Samuel-. Yo me voy ahora a acompañar a lady Wingate a su casa. Mañana tiene un día muy ajetreado y necesita descansar.
    Al oír las palabras, aparentemente inocentes de Daniel, el rubor cubrió las mejillas de Carolyn. Enseguida se despidió de Samuel, quien le tendió su chal de cachemira y le agradeció haber ayudado a Katie.
    – Ha sido un placer, Samuel -contestó ella con una sonrisa-. Y Katie tiene suerte de que la encontraras.
    Carolyn y Daniel salieron de la casa. Nada más cerrarse la puerta, Daniel miró a su alrededor. Cuando estuvo seguro de que nadie merodeaba por allí, cogió la mano de Carolyn y la introdujo por debajo de su brazo. Ella se dio cuenta de que él ajustaba sus pasos a los de ella, que eran más cortos, y se sintió agradecida, pues no tenía ninguna prisa en dejar su compañía y el trayecto hasta su casa duraba menos de dos minutos.
    Estaba pensando en invitarlo a entrar en su casa, pero entonces vio, a través de la ventana del vestíbulo, que había una luz encendida, lo que significaba que Nelson la esperaba levantado. No resultaría muy discreto que llevara a su amante a su casa a las tres de la madrugada.
    «Su amante.»
    Estas palabras reverberaron en su mente. Cualquier sentimiento de culpabilidad que pudiera haber experimentado estaba enterrado tras la avalancha de expectativas que la invadían haciéndola temblar.
    – ¿Tienes frío? -preguntó él.
    Carolyn levantó la vista hacia Daniel y negó con la cabeza.
    – No. Más bien todo lo contrario.
    Una lenta sonrisa curvó los labios de Daniel, quien abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, un fuerte estallido sonó al otro lado de la calle, en Hyde Park. En aquel mismo instante, algo pasó rozando la cara de Carolyn, a escasos centímetros de su nariz, y entonces el jarrón de cerámica de su porche estalló en pedazos.
    Antes siquiera de que ella pudiera realizar una respiración, Daniel la echó al suelo y la cubrió con su cuerpo.
    – ¿Qué… qué ha sido eso? -preguntó ella.
    – Eso -contestó Daniel con voz tensa y sombría-, ha sido un disparo.

Capítulo 12

    Las incómodas sacudidas que normalmente se sufren cuando se viaja en carruaje se convirtieron en los botes más deliciosos cuando la erección de mi amante estaba hundida en mi interior.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    – ¿Estás herida? -preguntó Daniel mientras su mirada examinaba con ansiedad el rostro asombrado de Carolyn.
    Ella dijo que no con un movimiento de la cabeza y el profundo alivio que Daniel experimentó lo hizo sentirse aturdido.
    – ¿Y tú? -preguntó ella.
    – Estoy bien.
    En realidad, no estaba nada bien. Aquel disparo había pasado rozando a Carolyn. Apenas unos centímetros y…
    Daniel acalló aquel terrible pensamiento.
    – Tenemos que entrar en la casa. ¡Rápido!
    Cogió la mano de Carolyn y, cubriéndola con su cuerpo, la apremió para que corriera hacia la entrada principal. Casi habían llegado cuando la puerta de roble se abrió y en el umbral apareció el mayordomo, con unos ojos abiertos como platos.
    – ¿Qué…?
    Carolyn y Daniel entraron a toda prisa en el vestíbulo interrumpiendo la frase del mayordomo y Daniel cerró la puerta tras ellos a toda velocidad. A continuación, se volvió hacia Carolyn y la agarró por los hombros.
    – ¿Estás segura de que estás bien? -le preguntó, incapaz de borrar de su mente la aterradora imagen de la bala hundiéndose en ella.
    – Estoy bien. Trastornada e impresionada, pero ilesa.
    Carolyn le presentó a su mayordomo, quien preguntó:
    – ¿Qué ha ocurrido?
    – Alguien ha realizado un disparo desde el parque -explicó Daniel con voz grave-. Casi le dio a lady Wingate.
    La cara de Nelson se volvió del color del yeso.
    – ¡Santo Dios! -Deslizó la mirada por el cuerpo de Carolyn, como si quisiera asegurarse de que no estaba herida. Después, la rabia brilló en sus oscuros ojos-. Primero el asesinato de lady Crawford y ahora esto. ¡Es terrible en lo que se ha convertido el mundo! Los ladrones atacan a la gente inocente. ¡Y nada más y nada menos que a las damas! ¡Es increíble!
    – Sí -confirmó Daniel. Un músculo se agitó en su mandíbula. De repente se le ocurrió la idea de que el disparo no era obra de ningún ladrón-. Hay que avisar a las autoridades -le indicó a Nelson-. El señor Rayburn, el comisario, asistió a la velada de los Gatesbourne esta noche. Búsquelo allí primero.
    – Sí, milord. Iré allí de inmediato -declaró Nelson.
    Entonces miró a Carolyn y titubeó.
    – Yo me quedaré aquí con lady Wingate hasta que usted regrese -lo tranquilizó Daniel-. No permitiré que sufra ningún daño. Y para que a usted tampoco le ocurra nada malo, vaya a mi casa y dígale a Samuel que lo acompañe.
    – Sí, milord.
    – ¿Va usted armado, Nelson?
    El mayordomo se inclinó y dio unos golpecitos en el lateral de su bota.
    – Siempre llevo un puñal conmigo, milord.
    Cuando Nelson se marchó, Daniel cerró la puerta con llave tras él, apoyó las manos en la puerta y respiró varias veces para tranquilizarse, pero, por desgracia, no lo consiguió. ¡Maldición, casi la habían matado! Y por su culpa.
    Sintió que ella apoyaba una mano en su espalda y se dio la vuelta. La mera visión de Carolyn frente a él, con sus bonitos ojos nublados por la preocupación, casi lo hizo caer de rodillas. Un escalofrío recorrió su espalda mientras revivía el sonido del disparo seguido del horrible c impensable resultado que podía haber ocurrido.
    Carolyn apoyó la palma de su mano en la mejilla de Daniel.
    – ¡Se te ve tan pálido, Daniel! ¿Estás seguro de que no te han herido?
    El sonido de su nombre en los labios de Carolyn, el contacto de su mano en su mejilla y la preocupación de sus ojos amenazaron con descomponerlo.
    – No estoy herido. -Giró la cara para estampar un beso en la palma de la mano de Carolyn-. Pero tengo que hablar contigo sobre lo que ha ocurrido.
    – De acuerdo. Vayamos al salón.
    Carolyn lo cogió de la mano y lo condujo a lo largo del pasillo. Una vez en el salón, se dirigieron a la chimenea, donde ardía un pequeño fuego. Carolyn se sentó en el sofá, pero Daniel se sentía demasiado inquieto para sentarse, así que paseó por la habitación con todos sus músculos en tensión y la mente en un torbellino.
    Cuando pasó junto a Carolyn, ella alargó el brazo y lo cogió de la mano.
    – Daniel, ¿qué pasa?
    Él la miró y el nudo de miedo y rabia que se había alojado en su garganta cuando oyó el disparo amenazó con ahogarlo.
    – Lo que ocurre -contestó Daniel con toda la calma que pudo conseguir -es que casi te matan.
    – A ti también. -Carolyn esbozó una sonrisa temblorosa-. Por suerte, la única víctima ha sido mi jarrón. Seguro que ha sido un accidente. Un tiro errante realizado por algún borracho.
    Daniel negó con la cabeza.
    – No creo que se tratara de un accidente, Carolyn. Estoy convencido de que el disparo iba dirigido a mí. ¡Y casi te mata a ti!
    Ella frunció el ceño.
    – ¿Qué quieres decir? Si alguien hubiera querido robarte, no te habría disparado desde el otro lado de la calle.
    – Esa persona no intentaba robarme. Estoy casi seguro de que pretendía matarme.
    El miedo y el horror hicieron que Carolyn abriera los ojos desmesuradamente.
    – ¿Quién querría hacer algo así? ¿Y por qué?
    Incapaz de quedarse quieto, Daniel se soltó de la mano de Carolyn y siguió caminando mientras le contaba lo de su frustrada inversión en la empresa de lord Tolliver.
    – En el baile de disfraces me amenazó, pero yo no hice caso de sus palabras por considerarlas el desvarío de un borracho. -Se detuvo delante de ella y la rabia volvió a extenderse por su interior-. Sin embargo, a juzgar por el disparo de esta noche, las amenazas de Tolliver no eran vanas. Y tú casi has sido la víctima de su venganza por lo que yo le hice.
    ¡Maldición, si Tolliver hubiera dañado aunque sólo fuera un pelo de la cabeza de Carolyn, lo habría perseguido y lo habría matado sin el menor remordimiento! De hecho, le costaba un gran esfuerzo no hacerlo y permitir que las autoridades atraparan a aquel cerdo.
    Daniel se sentó al lado de Carolyn, en el sofá, y le cogió las manos entrelazando sus dedos con los de ella. Él no era un hombre religioso; de hecho, no había rezado una oración desde que tenía ocho años, cuando aprendió, dolorosamente, que ningún ser superior escuchaba sus invocaciones. Sin embargo, no podía detener el mantra que retumbaba en su mente: «Gracias por salvarla. Gracias por no llevártela de mi lado.»
    Devoró a Carolyn con la mirada y tuvo que tragar saliva para poder hablar.
    – Lo siento, Carolyn. Siento que algo tan desagradable te haya afectado. Siento que sea culpa mía y siento haber subestimado a Tolliver. No tenía ni idea de que fuera tan osado y tan temerario. Es un error que no volveré a cometer. Y tienes mi palabra de que no permitiré que te ocurra ningún daño.
    – Daniel…
    Carolyn separó una mano de las de Daniel y le apartó un mechón de pelo que había caído sobre su frente.
    ¿Cómo era posible que un gesto tan simple e inocente le produjera más placer del que le había producido la caricia más erótica de cualquier otra mujer?
    – Tú no eres responsable de las acciones de los demás -declaró Carolyn con dulzura-, sólo de las tuyas. Sea lo que sea lo que lord Tolliver decida hacer, de ningún modo es culpa tuya. -Deslizó poco a poco las yemas de sus dedos por la mejilla de Daniel y a lo largo de su mandíbula-. Por favor, no te culpes.
    Él le cogió la mano y la apretó contra su pecho, justo encima del lugar donde su corazón latía deprisa y con fuerza. Sus palabras… Maldición, ¿no eran acaso un bonito cuento de hadas? Él sabía de sobra el infierno que sus acciones podían causar. Las imágenes que siempre intentaba evitar invadieron su mente y él las apartó a un lado a la fuerza. Una muerte pesaba ya sobre su conciencia. No podía cargar con otra.
    – Nunca me perdonaría que sufrieras ningún daño.
    Sus palabras salieron de su garganta rasgadas, tensas, rotas. A Daniel no le extrañó, pues era así como se sentía. Algo inhabitual en él, pero el mero pensamiento de que Carolyn resultara herida, sobre todo por culpa de él, lo empujaba al borde de la sinrazón.
    – Como ves, estoy perfectamente bien -lo tranquilizó ella-. Y, para mi gran alivio, tú también. Aunque debo decir que tienes aspecto de necesitar un coñac. Por desgracia, no tengo coñac en casa.
    Él esbozó una media sonrisa forzada al percibir el obvio intentó de Carolyn de mejorar su estado de ánimo, pero sus emociones siguieron envueltas en un remolino de oscuridad.
    – No quiero beber nada.
    No, lo que quería era abrazarla, hundir su cara en el cálido y aromático hueco donde se unían su cuello y su hombro y respirar su olor. Durante horas. Días. Hasta que la imagen de aquella bala zumbando junto a su cara se borrara.
    Carolyn extendió los dedos sobre el torso de Daniel y declaró:
    – Temo por ti. Debes prometerme que serás muy prudente y cuidarás de ti mismo.
    Carolyn miró su propia mano y su labio inferior tembló. Entonces miró a Daniel a los ojos y él sintió como si se estuviera ahogando.
    – No soportaría que algo le pasara a mi…
    – ¿Amigo? -sugirió él al ver que ella titubeaba.
    – Sí, mi amigo. Y… mi amante.
    Él cerró los ojos unos instantes saboreando sus palabras. A continuación levantó la mano de Carolyn y le dio un apasionado beso en la palma.
    – Y tú debes prometerme lo mismo, mi muy apreciada amiga. Y amante.
    – Te lo prometo.
    Incapaz de resistir por más tiempo el ansia que lo atormentaba, Daniel la abrazó. Sólo pretendía darle un breve beso, pero en el instante en que sus labios rozaron los de ella, todo el miedo y la preocupación que se arremolinaban en su interior parecieron estallar. Su boca reclamó la de ella en un beso rudo y profundo cargado de desesperación. Fuera de control. Y completamente falto de refinamiento. Sus manos, en general firmes, temblaban mientras agarraban a Carolyn, incapaces de soltarla. O de acercarla lo suficiente a él.
    El hecho de que casi la había perdido seguía resonando en su mente alimentando la necesidad urgente de abrazarla con más fuerza y besarla con más intensidad. Algo salvaje bramó en su interior, algo que no podía nombrar, pues nunca lo había experimentado antes. Algo que se estremecía debajo de su piel y lo llenaba, hasta la médula de los huesos, con la necesidad de abrazarla. Y protegerla.
    En un rincón distante de su mente percibió que ella pronunciaba su nombre y le empujaba el pecho. Daniel levantó la cabeza c inhaló una bocanada de aire llenando sus ardientes pulmones. Ella lo observó con los ojos muy abiertos, los labios rojos e hinchados por el frenético beso, el pelo alborotado y el corpiño torcido debido a la agitación de sus manos.
    Y la cordura volvió a él. Trayendo con ella una saludable ráfaga de enojo hacia sí mismo por su falta de control.
    – Lo siento -se disculpó Daniel, obligando a sus brazos a soltarla-. No pretendía…
    «Dejarme llevar por algo que no puedo explicar.»
    – ¿Besarme hasta que los huesos se me derritieran? Créeme, no tienes por qué disculparte.
    Carolyn se rozó los labios con la yema de los dedos y él se maldijo a sí mismo interiormente.
    – ¿Te he hecho daño?
    – No. Yo… simplemente no tenía ni idea de que pudiera inspirar una pasión tan desenfrenada.
    Al oírla, la curiosidad se apoderó de Daniel. ¿Quería decir que no sabía que podía inspirar semejante pasión en él o en cualquier otro hombre?
    Seguro que se refería sólo a él, pues Edward sin duda aprovechó cualquier oportunidad para demostrarle la pasión que podía inspirar con una simple mirada.
    ¿O no?
    Daniel frunció el ceño, pero antes de que pudiera indagar más en este asunto, Carolyn se levantó y se arregló con rapidez el pelo y el vestido.
    – Aunque no me apetecía nada detenerte, he oído que sonaba la campanilla de la verja, lo que significa que Nelson ha regresado.
    Daniel se puso de pie de inmediato, sacó un puñal de su bota y se dirigió a la puerta. Con todos sus músculos en estado de alerta, examinó con cautela el pasillo y, cuando vio que Nelson entraba en el vestíbulo de la casa, se relajó. Cerró de nuevo la puerta del salón, volvió a introducir el puñal en su bota y regresó junto a Carolyn mientras se alisaba el pelo con la mano. ¡Maldición, no había oído la campanilla! No había sido consciente de nada salvo de ella. Tolliver podía haber entrado en la habitación y él no se habría enterado hasta que aquel bastardo le hubiera disparado.
    – ¿Se me ve… desarreglada? -preguntó Carolyn, alisándose el vestido con las manos.
    – Te ves… perfecta.
    Y así era. Como una dama recatada cuyo sonrosado rubor y labios levemente hinchados le dieran el aspecto de un melocotón maduro que pidiera ser arrancado. En aras de la discreción, Daniel esperaba que la tenue luz del vestíbulo ocultara el color que sonrojaba las mejillas de Carolyn.
    La siguió hasta el pasillo. Nelson los esperaba en el vestíbulo, con Charles Rayburn y, para sorpresa de Daniel, Gideon Mayne, el detective de Bow Street.
    – ¿Dónde está Samuel? -preguntó Daniel.
    – Regresó a su casa, milord, para asegurarse de que las señoras estaban a salvo -informó Nelson-. Le aseguramos que lady Wingate y usted estaban en buenas manos.
    Daniel asintió con la cabeza y dirigió una mirada inquisitiva a Mayne.
    – Todavía estaba con Rayburn en la residencia de los Gatesbourne cuando llegó su hombre -explicó Mayne en respuesta a la mirada de Daniel.
    Daniel se dio cuenta de que los escrutadores ojos de Mayne tomaban nota de todos los detalles del aspecto de Carolyn y sus músculos se pusieron en tensión. Algo en aquel hombre y sus bruscos modales le desagradaba.
    – He venido con Rayburn -prosiguió Mayne- para de terminar si el disparo de esta noche está relacionado, de alguna forma, con el asunto de lady Crawford.
    Daniel arqueó las cejas.
    – ¿Por qué cree eso?
    La mirada impenetrable de Mayne no dejó entrever nada.
    – Sólo es una corazonada.
    – ¿Han descubierto quién la mató?
    – Todavía no -contestó Mayne dirigiendo a Daniel una mirada escrutadora-, pero tengo plena confianza en que el caso se resolverá pronto.
    – Yo no creo que el asesinato de lady Crawford y el disparo de esta noche estén relacionados -declaró Daniel.
    – ¿Por qué? -preguntó Rayburn.
    – Vayamos al salón, caballeros -intervino Carolyn.
    Mayne pareció querer negarse a la propuesta, pero, al final, asintió brevemente. Nelson acompañó al grupo hasta el salón y desapareció. En cuanto la puerta se cerró tras él, Mayne le dijo a Daniel:
    – Usted y lady Wingate dejaron la fiesta de los Gatesbourne por separado. ¿Cómo es que la acompañó usted a su casa?
    Daniel no hizo caso de las insinuaciones que se reflejaban en la voz del detective.
    – Una de mis empleadas se puso enferma y envié a mi criado para preguntarle a lady Wingate si su doncella podía ayudarnos. Lady Wingate fue tan amable de venir ella también.
    – ¿Y dónde estaba la doncella cuando ustedes regresaban a la casa de lady Wingate? -preguntó Mayne, sin apartar la mirada de Daniel.
    – Ella se ofreció a quedarse con mi empleada y yo acepté agradecido.
    – Cuéntenos lo del disparo -lo apremió Rayburn.
    Daniel repitió la historia del disparo que, por poco, había hecho blanco en Carolyn y después les explicó lo que había ocurrido entre él y Tolliver.
    Cuando terminó, Mayne declaró:
    – Si Tolliver es el responsable, podría querer matar a otros inversores además de a usted, y también al señor Jennsen. Como jennsen le aconsejó que no invirtiera, podría haber aconsejado lo mismo a otras personas. ¿Quién más estaba involucrado en el negocio?
    – Sé que Tolliver esperaba que lord Warwick y lord Heaton participaran en su empresa, pero no sé cómo terminaron las negociaciones.
    – Nos encargaremos de hacer las averiguaciones oportunas -declaró Rayburn-. Le aconsejo que, hasta que aclaremos este asunto, vaya con mucho cuidado, lord Surbrooke. Me alegro de que ninguno de ustedes resultara herido.
    Como el detective y el comisario habían terminado lo que tenían que hacer, Carolyn los acompañó hasta el vestíbulo.
    – Lo acompañaremos a su casa para que llegue sano y salvo, milord -declaró Rayburn-. Después, Mayne y yo iremos al parque para ver si encontramos alguna pista.
    Lo último que quería Daniel era irse, pero objetar a la propuesta de Rayburn no haría más que levantar sospechas acerca de que Carolyn y él estaban… liados. Y, aunque personalmente no le importaba quién lo supiera, le había prometido a ella que sería discreto.
    Aun así, le dolió no poder darle un beso de despedida. Lo único que podía ofrecerle era un aburrido «Buenas noches». No podía decirle las palabras que, de una forma inesperada, ardían en su lengua: «Te echaré de menos.»
    ¡Maldición! Nunca, ni siquiera una vez, había sentido el deseo de decirle algo así a una mujer. Quizá fuera mejor que no estuvieran solos, si no, tendría la tentación de soltarle todo tipo de tonterías. Aunque, por muy tonterías que fueran, no podía negarlas. Ni siquiera había salido de su casa y ya la echaba de menos. Echaba de menos hablar con ella. Tocarla. Besarla. Y ahora nueve largas horas se extendían delante de él sin que pudiera verla.
    Realizó una inclinación formal, volvió a darle las gracias a Carolyn por su ayuda, reiteró que se sentía muy contento de que no hubiera resultado herida y le deseó buenas noches.
    Daniel tuvo que obligar a sus piernas a alejarse de Carolyn. Y también tuvo que obligarse a no darse la vuelta con la esperanza de volver a verla durante el corto trayecto que realizó hasta su casa en compañía de Rayburn y Mayne.
    Samuel lo recibió y, en cuanto la puerta de roble se cerró tras Daniel, su evidentemente nervioso criado le preguntó por qué el comisario y el detective lo habían acompañado a casa. Daniel le explicó la situación y terminó diciendo:
    – Espero que Rayburn y Mayne encuentren al bastardo de Tolliver. -Daniel apretó los puños-. Si no, tendré que encontrarlo yo mismo.
    – Puede contar conmigo para esto, milor -declaró Samuel, mientras sus ojos oscuros brillaban de rabia-. Quien quiera hacerle daño a usté tendrá que pasar sobre mí primero.
    Como siempre, la lealtad de Samuel despertó un sentimiento de humildad en Daniel.
    – Gracias, pero espero que no sea necesario. Rayburn y Mayne parecen muy competentes. Y decididos.
    Sí, decididos a que él fuera sospechoso del asesinato de Blythe.
    – Dime, ¿cómo está Katie?
    – Todavía duerme. Gertrude está con ella.
    – Entonces está en buenas manos. Deberías irte a dormir, Samuel. Tienes que descansar.
    – Me iré a dormir, milor, pero dudo que consiga descansar. No puedo dejar de pensar en Katie.
    Como Daniel tampoco conseguía dejar de pensar en Carolyn, también dudaba que él pudiera descansar. Después de desear buenas noches a Samuel, Daniel subió las escaleras que conducían a su dormitorio, pero en lugar de dirigirse a la cama se sirvió un coñac y se quedó frente a la chimenea mientras contemplaba las brasas que todavía ardían en el hogar.
    Y lo único que vio fue a Carolyn. Su sonrisa. Su bonita cara. Sus preciosos y expresivos ojos. ¿Cuántas horas tendría que mirarla antes de que se cansara de hacerlo? ¿Cientos? ¿Miles? Un sonido grave escapó de su garganta. De algún modo, no podía imaginarse cansándose de mirarla. De oír su risa. De escuchar su voz.
    ¡Santo cielo, se estaba volviendo loco! ¿Cuándo la simple visión de una mujer, el sonido de su voz o su risa habían bastado para producirle semejante sensación de profunda satisfacción?
    «Nunca», contestó de inmediato su voz interior.
    La intensa atracción que sentía hacia ella parecía crecer momento a momento. Daniel cerró los ojos y recordó a Carolyn en el invernadero. Con el vestido arremangado, las piernas abiertas y el sexo brillando de necesidad. Su miembro se hinchó y Daniel soltó un gemido. ¡Maldita sea, todavía notaba su sabor en la lengua! ¡Y por Dios que ansiaba tenerla debajo de él, encima de él, abrazada a él!
    Pero también experimentaba el fuerte e inusual deseo de, simplemente, hablar con ella. Pasar tiempo con ella. Bailar con ella. Cogerla de la mano. Estar en la misma habitación que ella. Decirle cosas que nunca le había dicho a nadie. Daniel nunca había experimentado algo así antes y no estaba seguro de que le gustara. El sexo, el deseo y la lujuria eran cosas puramente físicas y nada complicadas, pero aquellos… sentimientos sin precedentes que Carolyn le inspiraba le resultaban sumamente complicados. Y peligrosos. Como si estuviera navegando por mares bravíos sin la ayuda de una embarcación.
    Exhaló un suspiro y miró el reloj que había en la repisa de la chimenea.
    Sólo quedaban ocho horas y veintisiete minutos para que volviera a verla.
    Soltó un gruñido y realizó un rápido cálculo mental. Entonces, por segunda vez aquella noche, se encontró rezando. En esta ocasión para que los siguientes quinientos siete minutos pasaran muy, muy deprisa.

Capítulo 13

    Siempre creí que el ajedrez era un juego aburrido. Hasta que mi amante y yo jugamos una versión en la que cada vez que un jugador se comía una figura, el contrarío tenía que quitarse una pieza de ropa. Como yo me quedé desnuda antes que él, mi amante me dijo que yo era la perdedora, pero por el placer que me proporcionó con su boca y su lengua, yo me consideré la ganadora.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Como era su costumbre, después del desayuno Carolyn se retiró al salón para disfrutar de una segunda taza de café. Normalmente, se sentaba frente al escritorio, cerca de la ventana, donde respondía su correspondencia o, si el día era soleado, simplemente disfrutaba de la calidez de los rayos de sol que entraban a raudales por los cristales. Aquella mañana, sin embargo, estuvo paseando de un lado a otro de la habitación, pues se sentía demasiado intranquila y alterada por los tumultuosos eventos de los últimos días. Primero se había producido un asesinato, después había aceptado a Daniel como amante, a continuación, casi había recibido un disparo y encima se había enterado de que Daniel era el blanco…
    Inspiró de una forma temblorosa. No era de extrañar que no consiguiera estarse quieta. Y todos sus agitados pensamientos giraban alrededor de una sola palabra.
    Daniel.
    Después de dar otra vuelta por la alfombra turca, se detuvo delante de la chimenea. Apretó el ejemplar de las Memorias contra su pecho y miró el retrato de Edward.
    Como todos los días, su bonito rostro la contempló con expresión amable. Sus ojos no reflejaban el menor rastro de condena.
    – ¿Lo comprendes? -murmuró Carolyn mientras su voz rodeaba el nudo que atenazaba su garganta-. Ruego para que así sea, aunque no estoy segura de cómo podrías hacerlo, pues ni siquiera yo comprendo lo que ocurre.
    Edward siguió mirándola con bondad y afecto.
    – Eres el dueño de mi corazón -continuó Carolyn-. Y siempre lo serás. Pero me siento terriblemente sola. No sabía cuánto hasta que él me besó. No me había dado cuenta de lo mucho que quería y necesitaba ser deseada de esa forma otra vez. Cuánto echaba de menos que me tocaran… y tocar yo también. No sabía cuánto deseaba volver a vivir con plenitud hasta que aquel disparo estuvo a punto de acabar con todo.
    Contempló el libro que sostenía entre las manos y la rosa sonrosada que Daniel le había dado y que ahora estaba prensada entre las páginas. Las cosas que Daniel le había hecho la noche anterior… Al recordar el increíble y sorprendente placer que experimentó, se le cortó el aliento. No tenía sentido que se mintiera a sí misma. Ella quiso experimentar aquel placer. Lo deseó.
    Y volvía a desearlo.
    ¿La lectura de las Memorias era la única causa de que se sintiera así? En tal caso, ¿por qué esos sentimientos sólo se habían manifestado con aquel hombre en concreto? No podía explicarlo, pero así había ocurrido y no podía ignorarlo. Todavía menos ahora, después de todo lo que había descubierto acerca de Daniel. Aquel lado amable, afectuoso y generoso que ella desconocía. Un lado que le parecía fascinante y atractivo. Y, una vez más, imposible de ignorar.
    Levantó la vista hacia el retrato.
    – Me sorprende mi reacción ante él -susurró a la imagen de Edward-. Nunca creí… Nunca esperé…, pero no puedo negar que lo deseo. Como es lógico, no permitiré que altere mis recuerdos de ti. Nunca permitiré que desvirtúe lo que tú y yo compartimos en su momento.
    Sin embargo, incluso mientras pronunciaba estas palabras, Carolyn se preguntó si lo conseguiría. Y temió que ya fuera demasiado tarde. Temió que, en determinado momento, la realidad de hacer el amor con Daniel se sobrepusiera a los recuerdos de lo que había compartido con Edward. Desde que Daniel la besó en el baile de disfraces, era su cara la que la perseguía en sus sueños. Con cada experiencia íntima que compartía con Daniel, le resultaba más y más difícil evocar la imagen de Edward.
    A menos que estuviera allí, contemplando su retrato. Pero incluso en esos momentos, a veces no conseguía recordar el timbre preciso de su voz. La cadencia exacta de su risa. El tacto de su pelo y de su piel en las yemas de sus dedos.
    Aunque estos fallos de su memoria empezaron antes de que volviera a encontrarse con Daniel en la fiesta de Matthew, era indudable que habían aumentado desde que el guapo conde había entrado en su vida. No, no podía negar la realidad de que el tacto de Daniel la emocionaba más que el recuerdo, cada vez más débil, del tacto de Edward. Este hecho, a pesar de su decisión de continuar con su vida, la consternaba, la asustaba y la hacía sentirse terriblemente culpable.
    Sin embargo, a pesar de la consternación, el miedo y la culpabilidad, sencillamente, ya no podía ignorar el hecho de que no había muerto con Edward. Ni ignorar cómo la hacía sentirse Daniel, algo que podía resumir en una sola palabra.
    Viva.
    ¡Viva de tantas formas…! El la hacía reír. ¡Santo Dios, hacía tanto tiempo que no se reía…! Él la hacía querer y necesitar cosas que nunca creyó que volviera a querer y necesitar. Él la hacía sentirse joven. Y deseable. La hacía querer abrir los brazos y girar sobre sí misma de placer, por el simple hecho de saber que podía hacerlo. Y que él la tomaría de las manos y daría vueltas con ella. Él la hacía sentirse…
    Acompañada.
    Sin embargo, justo cuando acababa de descubrir todo esto, estuvo a punto de perder la vida. Y la de él corría peligro. «¡Por favor, Dios, que cojan rápido al loco de Tolliver!»
    Inhaló hondo y le dijo al retrato:
    – Durante tres años, sólo he sentido un vacío. -Una humedad caliente se encharcó en sus ojos y Carolyn pestañeó-. ¡Por favor, por favor, no me odies, Edward! Este… acuerdo con Daniel es sólo algo físico. Y temporal. Yo nunca quise estar aquí sin ti, pero ya que lo estoy… ¡Estoy tan cansada de estar sola…!
    «Carolyn, querida… Te quiero. Sé feliz.»
    Las últimas palabras de Edward, exhaladas con su último aliento, resonaban en su mente. Ya no estaba segura de qué era la felicidad y, desde luego, dudaba que llegara a encontrarla en aquella relación, pero sabía que ésta calmaría su soledad. Llenaría una pequeña parte del vacío. Y hasta que Daniel se desplazara a la siguiente conquista, algo que, sin duda, haría en cuanto se cansara de ella y, dada su reputación, sería pronto, ella disfrutaría de su compañía y del tiempo que pasaran juntos. Y cuando él siguiera adelante, ella también lo haría. Con energías renovadas y lista para hacer algo que valiera la pena con su tiempo.
    Con este propósito en la cabeza, Carolyn se dirigió al escritorio para guardar las Memorias en el cajón superior. Pero primero deslizó el extremo de su dedo índice por las letras doradas de la cubierta de piel negra y unas imágenes inspiradas por el libro cruzaron por su mente. Y deseó convertirlas todas en realidad. Con Daniel.
    Alguien llamó a la puerta y Carolyn introdujo a toda prisa el libro debajo de unas hojas de papel de escribir. Después de cerrar el cajón, exclamó:
    – ¡Adelante!
    Nelson entró con una caja cuadrada y plateada que estaba adornada con una cinta de color marfil.
    – Acaban de traerla para usted, milady.
    Nelson le tendió la bonita caja, que era sólo un poco más grande que la mano de Carolyn.
    El corazón le dio un brinco. ¿Un regalo de Daniel?
    – Gracias, Nelson.
    Cuando el mayordomo se hubo retirado, Carolyn corrió hasta el escritorio, dejó la caja encima de éste y desató la cinta. Abrió la tapa, cogió la nota que había encima del papel de seda que había debajo y leyó, con esfuerzo, el breve mensaje que debieron de escribir a toda prisa, pues la tinta se había corrido en muchos lugares.
    «Espero que los disfrutes. Daniel.»
    Sonriendo con nerviosismo, Carolyn sacó el papel de seda y descubrió media docena de mazapanes perfectamente moldeados como frutas en miniatura. Los dulces despidieron un fuerte olor a almendras amargas y Carolyn, de una forma involuntaria, arrugó la nariz. Aunque el sabor a almendras no era su favorito, algo que Daniel no podía saber, su corazón se derritió por aquel detalle tan considerado. Hacía mucho tiempo que un hombre no le enviaba dulces.
    A pesar de que los mazapanes no le gustaban especialmente, se dispuso a coger uno con la misma actitud con que untaba mantequilla en las rodajas de pan quemado que Sarah horneaba mientras perfeccionaba sus habilidades culinarias. Antes de que pudiera decidirse sobre si coger el de forma de frambuesa o de melocotón, volvieron a llamar a la puerta.
    Tras oír su permiso para entrar, Nelson abrió la puerta y se acercó a Carolyn llevando una bandeja de plata con una tarjeta.
    – Tiene otro presente, milady. Está en el vestíbulo. Venía con esto.
    Nelson le tendió la bandeja.
    ¿Otro presente? Carolyn volvió a tapar la caja de los dulces y la introdujo en el cajón de en medio del escritorio. Después cogió la carta que Nelson llevaba en la bandeja, rompió el sello de cera y leyó las palabras escritas en perfecta caligrafía.
    «Para Galatea. Del salteador de caminos. Porque le recuerdan a ti.»
    ¡Cielos, Daniel había tenido una mañana muy ocupada! Volvió a leer la nota y una sensación de calidez la invadió. Aquella nota era mucho más personal que la primera, y mucho más intrigante. Siguió a Nelson a lo largo del pasillo, entró en el vestíbulo y soltó un respingo. Un ramo de flores enorme, el mayor que había visto en toda su vida, estaba sobre la mesa de madera de cerezo. Las flores estaban dispuestas en un maravilloso jarrón de cristal tallado.
    Y todas eran rosas de color rosado.
    ¡Cielo santo, al menos había diez docenas de rosas! Daniel debía de haber dejado sin flores todos los rosales del invernadero. Aquello era ridículo, excesivo y extravagante.
    Y sumamente romántico. «Le recuerdan a ti…»
    Una oleada de calor recorrió todo su cuerpo. Tocó una de las delicadas flores e inhaló la embriagadora fragancia que perfumaba el vestíbulo. Aquel regalo constituía un gesto atento y encantador. El segundo de aquella misma mañana. Y procedía de un hombre al que empezaba a considerar… atento y encantador.
    Y también lleno de sorpresas. Entonces pensó que los planes de Daniel para aquella tarde también constituían una sorpresa, lo que significaba que él le iba a dar tres sorpresas en un día y ella, ninguna.
    Eso daba una puntuación nada equilibrada.
    Una idea se formó en su mente y sus labios se curvaron en una secreta sonrisa.
    Se volvió hacia Nelson.
    – Lord Surbrooke vendrá hacia mediodía. Lo recibiré en mi saloncito privado.
    El salón no le serviría para lo que tenía pensado.
    – Sí, milady.
    Carolyn cogió una rosa de tallo largo del jarrón y se dirigió a las escaleras.
    Ya iba siendo hora de que fuera ella quien sorprendiera a Daniel y equilibrara un poco la desigual puntuación.

    – Lady Wingate vendrá enseguida -declaró Nelson a Daniel después de conducirlo a una habitación acogedora, decorada con buen gusto y femenina.
    Sin duda se trataba del saloncito privado de Carolyn. Daniel le dio las gracias al mayordomo, quien se marchó cerrando la puerta tras él silenciosamente. Daniel, sorprendido, examinó el refugio privado de Carolyn mientras se preguntaba si tendría algún significado que lo recibiera allí en lugar del salón. No es que le molestara la mayor intimidad de la que dispondrían allí, sobre todo teniendo en cuenta la noticia que quería darle. Tampoco podía negar que se sentía aliviado al no tener el enorme retrato de Edward sobre ellos.
    Giró sobre sí mismo con lentitud mientras observaba con atención su entorno. Las paredes estaban forradas con una tela de seda de color amarillo pálido y estaban decoradas con acuarelas de flores y plantas encuadradas con marcos dorados. Daniel supuso que eran obra de su hermana Sarah, quien, según le habían contado, tenía un gran talento para la pintura. Tras examinar uno de los cuadros más de cerca, vio que, efectivamente, estaba firmado por Sarah.
    Una librería de suelo a techo estaba flanqueada por dos ventanales con cortinajes de terciopelo verde oscuro a través de los cuales entraban los rayos oblicuos del sol. En un rincón cercano a uno de los ventanales había un elegante escritorio perfectamente situado para recibir la luz solar. En el otro lado había un sofá de contornos redondeados y tapizado con una tela de finas rayas amarillas y verde pálido. Su mirada se posó en un estilizado jarrón de plata que había sobre una mesa de marquetería situada junto al sofá. El jarrón contenía una única flor, una de las rosas de su invernadero. Sin duda eso era una buena señal.
    Dos sillones orejeros estaban situados delante de la chimenea encendida de mármol blanco proporcionando una acogedora zona de asiento. Un gran espejo de marco ornamentado colgaba encima de la repisa de la chimenea, sobre la que reposaba una colección de pequeños pájaros de porcelana. Todo esto, combinado con la alfombra de verde musgo estampada con rosas silvestres de color rosa pálido, le produjo a Daniel la sensación de estar en un jardín interior encantado. Inhaló hondo y percibió cierto olor al sutil perfume floral de Carolyn. ¡Un jardín interior con olor a Carolyn!
    Carolyn… ¡Maldición! Apenas había estado fuera de sus pensamientos un segundo desde que se separó de ella la noche anterior.
    «¿Desde que te separaste de ella ayer por la noche? -preguntó en tono de incredulidad su voz interior-. No ha abandonado tus pensamientos ni por un instante desde hace mucho más tiempo que eso.»
    Daniel echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. «¡Está bien, de acuerdo!» Ella llevaba en sus pensamientos desde hacía muchísimo más tiempo, lo que era inusual en él. Como lo era la forma en que había perdido el control la noche anterior, cuando la besó. ¡Maldición, él nunca había perdido el control de aquella manera! ¿Y como resultado de un simple beso? ¡Increíble!
    «Ayer por la noche no fue la primera vez que perdiste el control con ella», le recordó su voz interior con malicia.
    «¡Mierda! ¡Está bien, de acuerdo!»
    Pero aquel día no pensaba comportarse de aquella manera. Había planeado con cuidado lo que harían. Pensaba dedicar el día a conocerla más. El plan consistía en un agradable paseo seguido de una lenta seducción. No le daría prisa y, desde luego, no la presionaría como un adolescente inmaduro incapaz de dominar sus pasiones.
    Oyó que la puerta se abría y se dio la vuelta con una sonrisa de bienvenida en los labios, pero ésta se evaporó, así como su capacidad de habla, al ver a Carolyn, quien estaba apoyada en el umbral de la puerta.
    Llevaba su pelo castaño suelto, como una cortina resplandeciente que caía sobre sus hombros mientras sus onduladas puntas le rozaban las caderas. Y vestía… ¡cielos, llevaba puesta una bata de satén de color marfil atada a la cintura! Por la forma en que el tejido se ajustaba a sus curvas y resaltaba sus firmes pezones, eso era todo lo que llevaba puesto. La mirada estupefacta de Daniel bajó por el cuerpo de Carolyn hasta sus pies desnudos y de vuelta hacia arriba, donde se encontró con su mirada. Una mirada que despedía un calor tan sensual que Daniel sintió como si se hubiera prendido fuego en sus pantalones.
    – Hola, Daniel -declaró Carolyn con un tono de voz cálido y seductor.
    Daniel estaba a punto de abrir la boca para responder, cuando se dio cuenta de que, en determinado momento, su mandíbula debió de haberse caído, pues ya tenía la boca abierta. Si hubiera sido capaz de separar sus globos oculares de Carolyn, habría mirado hacia el suelo para averiguar si su mandíbula estaba allí.
    Carolyn cerró la puerta con llave y el chasquido de ésta resonó en la silenciosa habitación. Los únicos sonidos que se oían eran el crepitar del fuego y la pesada respiración de Daniel. Si alguna vez en su vida había visto algo más excitante que Carolyn vestida con aquella bata y mirándolo como si quisiera tumbarlo en el sofá más cercano y hacerle sus peores travesuras, Daniel no lo recordaba.
    Una vez más, intentó hablar, pero ella volvió a privarlo de esta capacidad al separarse de la puerta y dirigirse hacia él con un contoneo de las caderas que sólo podía definirse como pecaminoso. Daniel fue incapaz de impedir la rápida reacción de su cuerpo y sacudió la cabeza interiormente. ¡Estaba duro como una maldita piedra y ella ni siquiera lo había tocado! Carolyn se detuvo a la distancia de un brazo de él y, si no fuera porque él era incapaz de moverse, Daniel la habría estrujado entre sus brazos.
    – Creo que yo he sido la última en hablar -declaró Carolyn con un deje de diversión en la voz.
    Daniel tuvo que tragar saliva dos veces para encontrar la suya.
    – Sin duda, porque me has dejado sin habla. Estas tan… tan…
    – Volvió a recorrer su cuerpo con la mirada y un gruñido creció en su garganta-. Como un ángel perverso.
    – Esta mañana me has enviado unos regalos preciosos.
    – Si ésta es tu forma de agradecérmelo, vaciaré de rosas mi invernadero todos los días.
    La picardía bailó en los ojos de Carolyn.
    – Ni siquiera he empezado a agradecértelo.
    Daniel recuperó el aplomo que Carolyn le había arrebatado momentáneamente. ¡Gracias a Dios, porque lo había reducido a un pobre bobo! Daniel eliminó la distancia que los separaba de un paso, la rodeó por la cintura y la acercó a él hasta que estuvieron pegados de pecho a rodillas. Inclinó la cabeza hasta que sus labios rozaron los de ella y preguntó:
    – ¿Qué tenías pensado?
    – Si te lo cuento, arruinaré la sorpresa.
    Carolyn le rodeó el cuello con los brazos y se puso de puntillas para unir su boca a la de él.
    Un escalofrío recorrió el cuerpo de Daniel, quien necesitó todas sus fuerzas para no acorralarla contra la pared y penetrarla de inmediato. ¡Maldita sea, la forma en que lo privaba, una y otra vez, de su autodominio reduciéndolo a aquel estado, y en cuestión de segundos, lo desconcertaba por completo! Aunque tenía que reconocer que aquel aspecto juguetón y seductor de Carolyn lo sorprendía y deleitaba a la vez.
    Sin embargo, aunque se sentía encantado, no pudo evitar preguntarse si ella estaba pensando realmente en él; si lo veía a él por quien realmente era o si él era para ella sólo un sustituto de Edward.
    Una oleada de celos irracionales recorrió su interior al imaginarse que ella estaba pensando en Edward mientras lo besaba. Entonces se regañó a sí mismo interiormente. ¡Resultaba ridículo sentir celos de un difunto! Él no quería el corazón y el alma de Carolyn, sólo su cuerpo. Y resultaba evidente que iba a satisfacer su deseo. No podía pedir nada más. No le importaba si ella tenía a Edward en su cabeza.
    ¿O sí?
    ¡No, claro que no!
    Daniel levantó la cabeza y se preguntó si su cara reflejaba sus pensamientos, porque Carolyn había fruncido levemente el ceño. Echándose hacia atrás en el círculo de los brazos de Daniel, Carolyn le preguntó:
    – ¿No estás contento?
    La mirada de Daniel se entretuvo en la generosa curva de los pechos de Carolyn presionados contra él.
    – La verdad es que sí. De hecho, apostaría algo a que, ahora mismo, soy el hombre más feliz de todo el reino.
    – ¡Estupendo!
    Carolyn retrocedió unos pasos y los brazos de Daniel colgaron a sus costados. Daniel afianzó los pies en el suelo para no moverse. Aunque deseaba intensamente tumbar a Carolyn en el suelo, arrancarle la bata y tocar y saborear todos los centímetros de su piel, también ansiaba ver lo que ella haría a continuación.
    Y no tuvo que esperar mucho.
    Daniel dirigió su mirada hacia la cintura de Carolyn, donde los dedos de ella jugueteaban con el cinturón anudado de la bata.
    – ¿Los planes que habías preparado para nosotros esta tarde eran muy urgentes? -preguntó ella.
    – Nada que no pueda esperar.
    – ¿Te gusta mi bata?
    – Mucho.
    – ¿Quieres que me la quite?
    Él clavó la mirada en la de ella. «Incluso más que volver a respirar.»
    – El único problema es que me quedaré… desnuda.
    – Personalmente, no veo que eso sea un problema.
    – Bueno, sólo lo será si tú no lo estás.
    – Mi muy querida Carolyn, ¿me estás pidiendo que… me desnude?
    Daniel pronunció la última palabra con un tono exagerado y escandalizado.
    – Si no te molesta mucho.
    – No mucho. Supongo. Si a ti le gustaría…
    – Oh, me gustaría mucho. Aunque hay algo que todavía me gustaría más.
    – Mmm, empiezo a pensar que eres muy exigente.
    Carolyn curvó las comisuras de los labios en una sonrisa picara.
    – Espera a que los dos estemos desnudos.
    Una carcajada que se convirtió en un gruñido de puro deseo escapó de los labios de Daniel. Desde que la besó por primera vez supo que detrás de su apariencia de corrección habitaba una mujer apasionada, pero no se esperaba a aquella deliciosa criatura que estaba frente a él, con los ojos resplandecientes de pura picardía.
    – No puedo esperar. ¿Cuál es tu petición?
    – Que me dejes ayudarte a desvestirte.
    Daniel exhaló un suspiro exagerado.
    – Una petición verdaderamente monstruosa, pero intentaré no quejarme demasiado.
    Carolyn deslizó la yema de su dedo índice por el contorno de la erección de Daniel en una suave caricia que casi le detuvo el corazón a él.
    – Estupendo -declaró ella en un susurro sensual. Subió la mano y tiró levemente de la chaqueta de Daniel-. ¿Ahora te parece un momento adecuado?
    – Ahora me parece perfecto.
    Ella lo ayudó a quitarse la chaqueta y dejó la pieza azul marino sobre el respaldo de uno de los sillones. Cuando se dispuso a desanudarle el fular, Daniel dio gracias mentalmente por no haber realizado un nudo complicado.
    Aun así, ella parecía tener problemas y, después de varios intentos fallidos, dejó de intentarlo y levantó la mirada. Todos los trazos de picardía de sus ojos habían sido reemplazados por una repentina expresión seria e insegura.
    – Yo… no he hecho esto desde hace mucho tiempo -susurró Carolyn.
    Daniel le cogió las manos con dulzura y se las llevó a los labios.
    – Lo sé. Tómate tu tiempo. No tenemos por qué correr. – Le dio un ligero empujón con la pelvis-. Aunque las pruebas físicas demuestren lo contrario, no tengo ninguna prisa. Me encanta sentir el tacto de tus manos.
    – Pero ¿y si…? -Su expresión de inseguridad se acentuó-. ¿Y si no te doy placer?
    Si no se la viera tan preocupada, él se habría echado a reír por lo absurdo de su pregunta. Le soltó las manos, le cogió la cara entre las manos y rozó sus mejillas con los pulgares.
    – Carolyn, es imposible que no logres darme placer. Si algo debe preocuparte es que te mantenga en esta habitación durante las próximas dos semanas. O tres. Posiblemente, incluso cuatro. Quizá más. -Se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la de ella-. No te pares. Y si tus manos tiemblan un poco, piensa que las mías también están temblando. De tanto desearte.
    Ella levantó la cabeza y él se sintió aliviado al ver que sus ojos ya no mostraban el menor signo de preocupación.
    – ¿Cómo sabes siempre qué decir?
    – No lo sé. Sólo digo lo que tú me inspiras. -Daniel contempló su fular-. ¿Te importaría continuar con lo que has empezado?
    – ¿Me ayudas?
    – Será un placer.
    Mientras ella desanudaba el fular, Daniel se quitó el chaleco y sacó el borde de su camisa del interior de sus pantalones. A continuación, dejó los brazos colgando y esperó pacientemente a que ella terminara. Cuando, por fin, Carolyn consiguió desanudar el fular, Daniel se quitó la camisa por la cabeza. La pieza cayó al suelo y Carolyn apoyó las manos en el pecho de Daniel. Aquel primer contacto extrajo un gruñido grave de la apretada garganta de Daniel.
    – ¡Cielos! -murmuró ella deslizando las manos por encima de los hombros de Daniel.
    ¡Y tanto que «cielos»! Sus dulces exploraciones lo estaban volviendo loco.
    – He imaginado tantas veces que me acariciabas de esta forma – declaro él mientras un estremecimiento recorría su cuerpo.
    – ¿Ah, sí?
    – Más veces de las que puedo contar. -No debería haberlo admitido, pero no podía evitarlo-. Mi fantasía siempre fue agradable, pero la realidad es mucho más placentera de lo que nunca imaginé.
    Los dedos de Carolyn recorrieron suavemente el abdomen de Daniel y los músculos de él se tensaron como respuesta.
    – Estás… muy bien hecho.
    Daniel apoyó las manos en las caderas de Carolyn y se las apretó levemente.
    – Y tú también.
    Ella recorrió la piel de Daniel justo por encima de la cinturilla de su pantalón.
    – Me gustaría mucho que te los quitaras.
    – Estamos totalmente de acuerdo.
    Daniel cogió a Carolyn de la mano y la condujo al sofá, donde se sentó y se quitó las botas y las medias. Después se puso de pie y juntos desabotonaron sus pantalones. Daniel se los bajó, junto con los calzoncillos, y salió del círculo que formaba su ropa en el suelo.
    El alivio que experimentó al librarse de la contención de sus pantalones se desvaneció de inmediato cuando ella rozó con la yema de los dedos la cabeza de su erección. Daniel cerró los ojos e inhaló aire, y contuvo el aliento cuando ella deslizó los dedos con suavidad por la extensión de su miembro y sus pulmones dejaron de funcionar.
    Justo cuando creía que ya no podía aguantar más, ella se detuvo. Daniel estuvo apunto de pedirle que continuara. Abrió los ojos con esfuerzo y vio que Carolyn cogía la rosa del jarrón de plata. La mirada que ella le lanzó le hizo sentir como si un fuego le recorriera la piel por dentro.
    – Ayer por la noche me enseñaste una nueva finalidad para las rosas. -Carolyn realizó un círculo con la aterciopelada flor alrededor del glande de Daniel-. Es justo que te devuelva el favor.
    Daniel soltó un gruñido ronco.
    – La devolución de ese favor me va a volver loco…
    – Tengo que hacerte una confesión -susurró ella, rodeando el miembro de Daniel con la mano mientras seguía acariciando su glande con la rosa.
    El afianzó los pies en el suelo y exhaló aire con lentitud. Una vez más tuvo que realizar un esfuerzo para hablar.
    – ¿Una confesión? -consiguió preguntar.
    – Sí, aunque no es, ni de cerca, medianoche.
    – Me temo que no podría aguantar tanto. Sobre todo, si sigues haciendo… ¡aaaahhh!… esto.
    – Mejor. Me dijiste que las confesiones a medianoche son peligrosas.
    – Peligrosas, sí.
    Lo que describía, con exactitud, la situación de aquel momento. El corría el peligro inminente de perder lo que le quedaba de su autodominio, que se estaba desvaneciendo con toda rapidez. Rechinó los dientes por el intenso placer que le proporcionaba el contacto de las manos de Carolyn y las caricias que le daba con la flor. Soportó la dulce tortura hasta que la urgencia del clímax se volvió abrumadora. Entonces, con un jadeo, cogió las muñecas de Carolyn.
    – Si con peligro te refieres a que corro el riesgo de llegar demasiado pronto al clímax… -Dejó la rosa sobre la mesa, colocó las manos de Carolyn a sus lados y cogió el cinturón de su bata-. Antes me dijiste que era un problema que estuvieras desnuda tú sola. Me temo que ahora debo decirte lo mismo a la inversa.
    – ¿Quieres que me desnude?
    Daniel lanzó una mirada significativa a su erección.
    – Resulta evidente.
    Un brillo perverso iluminó los ojos de Carolyn.
    – ¿Y cuánto lo quieres?
    Si supiera cuánto, seguramente se asustaría, pues hasta él lo estaba. Desató el nudo del cinturón de Carolyn, deslizó las manos por dentro de la bata de satén y las subió por la suave espalda de Carolyn.
    – No se me ocurre nada que quisiera más en este momento -declaró el quitándole la bata lentamente por los hombros.
    – ¿Un millón de libras? -sugirió ella con voz picara.
    La bata se deslizó por los brazos de Carolyn y cayó a sus pies con un suave susurro. La ávida mirada de Daniel recorrió el cuerpo de Carolyn. Su piel suave y de color crema. Sus pechos turgentes coronados por unos pezones excitados que parecían pedirle que los tocara. La suave curva de su cintura y el borde de su ombligo. El triángulo de rizos dorados que había en el vértice de sus magníficas piernas, que se estrechaban hasta llegar a sus delgados tobillos. Y el exquisito arco de sus pies desnudos.
    – Una vez más, creo que te toca hablar a ti -declaró Carolyn.
    – Lo haría, pero creo que me he quedado sin palabras. Salvo para decir que eres la mujer más bonita que he visto en toda mi vida. -Alargó los brazos y le cogió los pechos-. La más suave que he tocado en toda mi vida. -Avanzó un paso, se inclinó y rozó con sus labios la curva donde se encontraban el cuello y el hombro de Carolyn-. ¡Hueles tan bien…! -Sus dedos acariciaron los tensos pezones de Carolyn-. ¡Es tan agradable tocarte…! -Deslizó la lengua por el carnoso labio inferior de Carolyn-. ¡Y sabes tan bien…!
    – ¡Pues has pronunciado bastantes palabras! Y todas me han gustado.
    Su voz se convirtió en un vaporoso suspiro cuando él se inclinó e introdujo uno de sus pezones en su boca.
    Aunque lo que había dicho era cierto, Daniel pensó que habría sido más acertado decir que ninguna mujer había resultado nunca tan agradable al tacto a nadie. Ni su sabor le había resultado tan bueno a nadie. Nunca.
    Ella deslizó los dedos por el pelo de Daniel y arqueó la espalda ofreciéndose más, invitación que él enseguida aceptó. Daniel introdujo todavía más el terso pezón de Carolyn en su boca, bajó la mano por su espalda hasta la tentadora curva de sus nalgas y la apretó más contra él. Entonces bajó más la mano, cogió el muslo de Carolyn por la parte de atrás y le levantó la pierna, apoyándola en su cadera. Después deslizó los dedos por el sexo de Carolyn y un gruñido vibró en su garganta.
    Daniel levantó la cabeza, y contempló el rostro acalorado de Carolyn y sus ojos cerrados.
    – ¡Estás tan húmeda…! -Deslizó dos dedos en su interior y ella jadeó y exhaló un gemido-. ¡Tan apretada y caliente…!
    ¡Y él estaba tan duro…! ¡Y ella era tan deliciosa y hacía tanto tiempo que la deseaba…! Sencillamente, no podía esperar más. ¡Demonios, si, prácticamente, estaba temblando! Sacó los dedos del cuerpo de Carolyn, la cogió en sus brazos y la echó con suavidad en el sofá tumbándose él también. Se colocó entre las piernas abiertas de Carolyn, se apoyó en sus antebrazos y, poco a poco, rozó con su glande la húmeda grieta de Carolyn mientras contemplaba todos los cambios que se producían en la ruborizada cara de ella.
    – Abre los ojos, Carolyn.
    Ella abrió los párpados con esfuerzo y sus miradas se encontraron. Los ojos de Carolyn brillaban de excitación, pero, de algún modo, ella parecía más centrada en el acto mismo que en quién le estaba haciendo el amor. Y él quería que ella fuera consciente, muy consciente, de quién le estaba haciendo el amor.
    – Di mi nombre -pidió Daniel con voz ronca y los músculos en tensión por el esfuerzo de la contención.
    Ella parpadeó y examinó su cara. Después de varios y largos segundos, por fin susurró:
    – Daniel.
    Algo parecido al alivio recorrió el cuerpo de Daniel. Introdujo justo la punta de su pene en el interior de Carolyn y se detuvo.
    – Vuelve a decirlo.
    – Daniel.
    Introdujo otro centímetro de su miembro.
    – Otra vez.
    Ella entrelazó sus dedos con el pelo de Daniel.
    – Daniel. -Arqueó la espalda y repitió-: Daniel… Daniel…
    Él soltó un gruñido y la penetró profundamente. Sin apartar la mirada de la de ella, sacó con lentitud su miembro del interior de Carolyn y rechinó los dientes debido a la intensa y erótica atracción que le producía su cuerpo. Volvió a introducir su miembro en Carolyn hasta el fondo y el lento y resbaladizo roce con su calor húmedo disolvió otra capa de su autodominio. Una y otra vez, se hundió en el cuerpo de ella. Cada vez con más rapidez y profundidad. Ella lo rodeó con los brazos y las piernas uniéndose a él en todos sus movimientos. Los pulmones de Daniel parecían arder con sus rápidas respiraciones y todos sus músculos estaban en tensión debido al esfuerzo que realizaba para contener su alivio hasta que ella llegara al clímax. Y el esfuerzo estuvo a punto de acabar con él.
    Cuando ella se arqueó debajo de él, Daniel sintió como si un rayo hubiera caído sobre él, recorriendo y estallando en todo su cuerpo. Las sacudidas lo dominaron mientras se hundía con fuerza y profundamente en el cuerpo de Carolyn, penetrándola una y otra vez y derramando lo que bien podía ser toda su alma en el pulsante calor de ella. Los temblores todavía lo dominaban cuando su cabeza cayó, sin fuerzas, en la cálida curva del cuello de ella y Daniel se esforzó en recuperar el aliento. No estaba seguro de cuánto tiempo necesitó para reunir las fuerzas suficientes para levantar la cabeza. Un minuto, o quizás una hora. No lo sabía. No podía hacer otra cosa salvo empaparse de la increíble sensación de permanecer hundido en el apretado calor de Carolyn y empaparse también de otra sensación de la que lo único que sabía era que lo hacía sentirse como si le hubieran dado un puñetazo. En el corazón.
    Al final, levantó la cabeza y miró a Carolyn. Y se quedó helado.
    Ella parecía contemplar la nada mientras las lágrimas resbalaban por las comisuras de sus ojos.
    Un sentimiento de culpabilidad golpeó a Daniel como si le hubieran dado con una piedra en la cabeza. ¡Mierda, había vuelto a hacerlo! ¡Había perdido por completo el control! Sólo que esta vez…
    – Carolyn… Cielos, ¿te he hecho daño?
    Hizo el ademán de separarse de ella, pero Carolyn aumentó la presión de sus brazos y piernas y lo mantuvo pegado a ella.
    – No -declaró ella sacudiendo la cabeza.
    Daniel, sin estar para nada convencido de su respuesta, le seco las lágrimas que había justo debajo de sus párpados, pero fueron reemplazadas de inmediato.
    – ¿Por qué lloras?
    En lugar de contestar a su pregunta, Carolyn declaró:
    – Gracias.
    – ¿Gracias? ¿Por hacerte llorar?
    ¡Maldición, se sentía como un canalla principiante!
    Ella asintió con la cabeza.
    – Sí, yo… creía que nunca más volvería a hacer el amor. Creí que no volvería a querer hacerlo. Tú has hecho que sea algo… extraordinario. Por eso te doy las gracias.
    El alivio casi lo abrumó y todo en su interior pareció cambiar.
    – Extraordinario -repitió con suavidad mientras recorría el rostro de Carolyn con la mirada-. Esto lo describe, y también a ti, a la perfección.
    Sin duda, no recordaba haber dicho nunca nada que fuera tan cierto, pues hacer el amor con Carolyn era… diferente. En aquel acto, él había entregado u na parte de sí mismo y de su control que no había entregado nunca antes. Una parte de sí mismo que ni siquiera sabía que existía hasta que había dejado de ser suya.
    En el pasado, después de satisfacer su pasión, nunca experimentaba el deseo de quedarse, pero con Carolyn sentía que podría quedarse en aquel sofá y hundido en ella durante todo el día. Simplemente mirándola. Apartando su bonito pelo de su cara. Con ella sentía un vínculo que nunca antes había experimentado. Una calidez desconocida de algo que lo confundía, pero que no podía negar.
    ¡Mierda! ¿Cómo podía ser que aquel encuentro con Carolyn hubiera reducido cualquier otro encuentro sexual que había experimentado en el pasado a un mero acto físico y sin emoción? ¿En una sórdida imitación de lo que tenía que ser? ¿Cómo era posible que en todas las aventuras que había tenido se le hubiera escapado esto? ¿Fuera lo que fuese?
    – ¿Daniel?
    Él apartó aquellos pensamientos de su mente y volvió a centrar su atención en Carolyn.
    – ¿Sí?
    – Me has devuelto a la vida -declaró ella con el labio inferior tembloroso.
    El corazón de Daniel pareció dar una voltereta. Buscó su forma de ser alegre y normal de después del coito y no la encontró.
    – Pues eso es, exactamente, lo que se supone que le pasó a Galatea -declaró él con el tono de voz más despreocupado y alegre que pudo conseguir-. El placer ha sido todo mío.
    – No, en absoluto. -Carolyn se desperezó debajo del cuerpo de Daniel y una sonrisa iluminó su cara-. Me siento maravillosamente bien. Pero me muero de hambre. ¿Tus planes para esta tarde incluyen algo de comer?
    – De hecho, sí. Ahora que ya me has seducido, ¿nos vestimos y procedemos con mis planes?
    – De acuerdo, aunque me siento algo decepcionada por el hecho de que tus planes requieran que nos vistamos.
    – Dejarás de estarlo cuando veas adonde vamos y lo que he planeado. Pero, en cuanto a lo de vestirse…
    – ¿Sí?
    Daniel le estampó un rápido beso en los labios.
    – No te pongas calzones.

Capítulo 14

    Dada la ardiente naturaleza de nuestra pasión, creí que se quemaría con la misma rapidez con la que se había encendido, pero pronto descubrí que, cuanto más lo veía, más lo quería. Y no importaba cuántas veces lo viera, nunca era suficiente.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    ¡Santo cielo, no llevaba calzones!
    Carolyn intentó concentrarse en el bullicioso escenario de la calle mientras el elegante carruaje de Daniel recorría Park Lane, pero en lo único en lo que podía pensar era en que estaba sentada frente a su amante sin ropa interior. Miró a la gente que paseaba por Hyde Park y no vio a nadie. Pero sí que se visualizó corriendo las cortinas de terciopelo granate del carruaje, creando, así, un clima de acogedora intimidad y pidiéndole a Daniel que apagara el implacable fuego que había encendido en su interior.
    ¿Qué le estaba sucediendo? Ella había disfrutado de una relación profundamente apasionada con Edward; sin embargo, en
    aquel momento, aquellos recuerdos parecían casi sosos comparados con el apetito que sentía por Daniel, que casi rayaba en… la voracidad.
    – Tengo una noticia para ti.
    La voz de Daniel la sacó de su fantasía erótica y Carolyn se volvió hacia él. En lugar de mirarla con su habitual y seductora calidez, sus ojos azul oscuro estaban serios.
    – ¿ Qué tipo de noticia? -preguntó ella, apartando a un lado sus pensamientos lascivos.
    – Gideon Mayne me visitó esta mañana. Rayburn y él encontraron a Tolliver ayer por la noche en su casa. El conde apestaba a alcohol y se había desmayado en su estudio. Tenía una pistola en la mano y se lo llevaron detenido.
    – ¡Gracias a Dios! -Carolyn se llevó una mano al estómago-. O sea, que fue él quien te disparó.
    Una mezcla de miedo y náuseas la invadió al pensar en la posibilidad de que lord Tolliver hubiera tenido éxito.
    – Sí, pero casi te mató a ti.
    Carolyn recordó la sensación de la bala silbando junto a su cara y se estremeció.
    – ¿Ha confesado?
    – No. Insiste en que es inocente. Afirma que ayer por la noche no salió de su casa y que la pistola era para él, para quitarse la vida. -Un músculo se agitó en la mandíbula de Daniel-. Según Mayne, ninguno de los criados de Tolliver lo vio salir de la casa, pero como todos se retiraron hacia las once, tampoco pueden asegurar que él no saliera después de esa hora.
    – Sorprende que un hombre con tan poca ética como ha demostrado tener lord Tolliver mienta acerca de haberte disparado o no -declaró Carolyn.
    – Estoy de acuerdo. Seguiré manteniendo la guardia en alto, pero creo que está claro que tenemos a nuestro hombre. Quería decírtelo nada más verte, pero… -Sus ojos se oscurecieron-. Me distrajiste.
    Ella levantó una ceja.
    – Mmm. Eso suena como una auténtica queja.
    Daniel se inclinó hacia ella y le apretó con ligereza una de sus enguantadas manos. El calor subió por el brazo de Carolyn.
    – Mi única queja es que, ahora mismo, no estemos tan ocupados como antes. -Rozó con las yemas de los dedos la sensible piel del interior de la muñeca de Carolyn, justo por encima del borde del guante-. Eres… increíble.
    – Palabra que yo también podría utilizar para describirte a ti, milord.
    Daniel realizó un chasquido con la lengua.
    – Supongo que no has olvidado que esta formalidad ya no es necesaria entre nosotros.
    Como si quisiera demostrar su punto de vista, deslizó un dedo por debajo del borde del guante de Carolyn y le acarició con lentitud la palma de la mano.
    Carolyn dio un respingo a causa de la intimidad del gesto de Daniel y sacudió la cabeza.
    – No lo he olvidado -declaró con un susurro tembloroso.
    ¡Santo Dios, aunque viviera cien años, no olvidaría los momentos que había compartido con Daniel!
    – Claro que…, si te hubieras olvidado -continuó él con su apasionada mirada clavada en la de Carolyn-, supongo que tendría que recordártelo. -Exhaló un suspiro exagerado-. Tarea terrible, por cierto, pero me esforzaría en realizarla como un hombre.
    Decidida a no dejarle llevar la voz cantante, Carolyn se inclinó hacia delante y apoyó la mano que tenía libre en la rodilla de Daniel.
    – Te aseguro que no corro el peligro de olvidarlo, Daniel. -Subió con lentitud la mano por su pierna-. Sin embargo, me gustaría que me lo recordaras. Siempre que quieras. Y en cuanto a lo de realizarla como un hombre… -Acarició con los dedos el bulto de sus pantalones disfrutando del respingo que soltó él-. Me muero de ganas por descubrir cómo la realizarías exactamente.
    Los ojos de Daniel parecían despedir humo.
    – Yo también me muero de ganas de descubrir lo mismo respecto a ti.
    – ¡Qué bien que estemos de acuerdo!
    – Yo diría que «bien» es una palabra sosa para describir cualquier cosa que suceda entre nosotros, milady, pero supongo que servirá. De momento.
    – ¿Milady? -Carolyn copió el chasquido que Daniel había realizado antes y repitió sus palabras-. Supongo que no has olvidado que esta formalidad ya no es necesaria entre nosotros.
    – No lo he olvidado. De hecho, aunque viviera hasta el próximo siglo, nunca olvidaría lo que hemos compartido.
    Sus palabras reflejaban con tanta exactitud lo que ella había pensado antes que, de una forma ridícula, Carolyn se preguntó si él le había leído la mente.
    – Cuando estábamos en tu salón, dijiste que tenías una confesión que hacerme -declaró Daniel mientras seguía acariciando la piel de Carolyn por debajo del guante con un ritmo lento y hechizador-, pero no me la contaste. Te lo habría preguntado entonces, pero estaba… esto… distraído.
    Carolyn deslizó la mano por la parte interior del muslo de Daniel.
    – Te robé los pantalones.
    Al sentir su caricia, Daniel dirigió una mirada significativa a la mano que Carolyn deslizaba por su muslo y sus músculos se contrajeron.
    – Es evidente que no. Por desgracia.
    Ella se echó a reír.
    – ¡No estos pantalones! Y tampoco hoy. Fue durante la fiesta de Matthew. Las mujeres ideamos una caza de prendas, si se le puede llamar así. Mi misión consistía en conseguir unos pantalones tuyos. Entré en tu dormitorio cuando sabía que no estabas allí y, así, sin más… -Levantó la mano del muslo de Daniel y chasqueó los dedos-, salí corriendo con tus pantalones.
    Daniel le cogió la mano y volvió a dejarla sobre su muslo.
    – Fascinante. Si hubiera sospechado que ibas a hurgar en mi dormitorio, no habría salido de allí para nada.
    Ella levantó la barbilla.
    – No estaba hurgando. Estaba…
    Su voz se apagó mientras buscaba una palabra menos incriminatoria.
    – ¿Fisgoneando? -sugirió él-. ¿Merodeando?
    Ella levantó todavía más la barbilla.
    – Sólo estaba cumpliendo mi parte en el juego.
    – Comprendo. No me di cuenta de que me faltaran unos pantalones.
    – Los devolví antes de que terminara la fiesta. Así que, en realidad, no te los robé, sólo los tomé prestados.
    – ¡Ah! Así que entraste dos veces en mi dormitorio durante la fiesta sin que yo lo supiera.
    – Sí.
    – ¿Y qué hiciste con mis pantalones cuando los tomaste prestados?
    Carolyn se sentía extremadamente osada, así que decidió ser sincera con él.
    – Me los llevé a mi dormitorio, los apreté contra mi cuerpo y pensé en ti. En cómo te veías con ellos puestos. Y cómo me imaginé que te verías sin ellos.
    Su confesión, una verdad que ella se negó a aceptar en su momento, la hizo sentirse acalorada.
    Un agudo interés brilló en los ojos de Daniel, quien sacó el dedo del guante de Carolyn. Entonces se inclinó, le cogió un tobillo y apoyó el pie de Carolyn en su regazo. Después de quitarle el zapato, le masajeó el pie provocando que exhalara un gemido de placer.
    – ¿Te he comentado que me encanta que me masajeen los pies? -preguntó Carolyn con todos los músculos convertidos en mantequilla.
    – No, no me lo habías comentado, pero tus suspiros y gemidos te han delatado.
    – Supongo que… ¡Ooohhh, Dios míooo!, sí.
    – Dime, ¿cómo te imaginabas que me veía sin los pantalones, Carolyn?
    Un largo ronroneo vibró en la garganta de Carolyn mientras miraba a Daniel con los párpados entrecerrados y el placer subía por su pierna.
    – Maravilloso. Pero la realidad resultó ser mucho mejor que mi imaginación, aunque te aseguro que ésta fue realmente fértil.
    La expresión de Daniel se volvió seria.
    – Debo admitir que tu confesión me decepciona.
    Una oleada de vergüenza invadió a Carolyn.
    – Sé que estuvo mal por mi parte, pero…
    – No me decepciona lo que hiciste, sino el momento en que lo hiciste. Desearía haber estado presente cuando entraste en mi dormitorio. Dos veces.
    Carolyn tuvo que reconocer para sus adentros que una parte de ella también quiso que él estuviera en la habitación, algo que no pudo admitir en su momento.
    – ¿Qué habrías hecho si hubieras estado presente? -preguntó Carolyn casi sin aliento.
    El fuego ardió en la mirada de Daniel, pero antes de que pudiera responder, el carruaje se detuvo de golpe. Daniel miró por la ventanilla.
    – Como ya hemos llegado, tendré que contártelo más tarde -contestó él poniéndole el zapato y dejando el pie de Carolyn en el suelo con suavidad-. O, mejor aún, te lo demostraré.
    Ella apenas pudo resistir el impulso de pedirle que regresaran enseguida a su casa para que pudiera demostrárselo de inmediato. Pero, en lugar de pedírselo, adoptó una actitud de serenidad que no tenía nada que ver con el fuego que ardía en su interior y miró por la ventanilla del carruaje. Entonces se dio cuenta de dónde estaban.
    – ¿Gunter's? -preguntó, contemplando el letrero de la pastelería más famosa de Londres, que estaba situada en el número 7 de Berkeley Square. Una sonrisa curvó sus labios-. ¡Me encanta Gunter's!
    Él le devolvió la sonrisa.
    – A mí también. Es mi tienda favorita en Londres.
    – ¿Aún más que tu sastrería? -bromeó Carolyn-. Eres famoso por ser muy meticuloso con tu ropa.
    – Gunter's es mi favorita. Sin excepción -contestó él con voz totalmente seria-. Por lo visto siento debilidad por los helados con sabor a fruta. -Deslizó la mirada por el cuerpo de Carolyn-. Entre otras cosas…
    Carolyn se preguntó cómo podía seguir ruborizándose a pesar de las intimidades que habían compartido. Para disimular el rubor que coloreaba sus mejillas, cogió su bolsito preparándose para salir del carruaje.
    – Edward y yo solíamos…
    Su voz se fue apagando torpemente y Carolyn bajó la mirada hacia el suelo. No debería hablar de Edward con su amante. Hacerlo hacía que se sintiera desleal, tanto hacia Edward como hacia Daniel. Y le recordaba sus persistentes sentimientos de culpabilidad por tener un amante, sentimientos que prefería ignorar.
    Se aclaró la garganta y continuó:
    – Solíamos venir a Gunter's cuando estábamos en Londres.
    – Carolyn.
    Daniel pronunció su nombre con tanta suavidad, con tanta amabilidad que a ella se le formó un nudo en la garganta. Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que la mirada de Daniel reflejaba la misma amabilidad que su voz.
    – No te reprocho que tengas recuerdos de Edward, ni tampoco quiero que creas que no puedes hablar de él conmigo. -Titubeó y, al final, añadió-: Sabía que habías venido aquí con Edward al menos en una ocasión, porque os vi.
    Ella no pudo ocultar su sorpresa.
    – ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
    – Hará unos cinco años. Estaba al otro lado de la calle y vi que Edward y tú salíais de Gunter's. Los dos sonreíais. Se os veía muy felices.
    – ¿Por eso me has traído aquí?, ¿porque sabías que me gustaría?
    – En parte, sí. Pero también porque, conforme a la conversación que mantuvimos en la fiesta de disfraces, el salteador de caminos quería regalarle a Galatea algo que le recordara a ella.
    – ¿Y lo que le recuerda a ella es un helado con sabor a fruta?
    – Sí.
    – ¿Porque soy… dura y fría como un helado?
    La mirada de Daniel siguió siendo seria.
    – No, porque cuando te toco con mi lengua, te derrites.
    «¡Cielo santo!» Carolyn recordó la deliciosa sensación de la lengua de Daniel deslizándose por su cuerpo y el corazón casi se le salió del pecho. Desde luego, la hacía derretirse. Y de una forma que no sólo le hacía desear experimentar de nuevo aquella magia, sino hacérsela sentir a él también.
    Antes de que pudiera responderle, Daniel le apretó levemente la mano.
    – ¿Prefieres que vayamos a algún otro sitio?
    ¡Santo cielo, podía hacerla derretirse incluso sin el tacto de su lengua! Evidentemente, lo único que tenía que hacer era mirarla. O tocarle la mano.
    – No, Daniel, prefiero ir a Gunter's. Hace mucho tiempo que no saboreo un helado. Creo que ha llegado la hora de crearme nuevos recuerdos. -Ella también le apretó la mano-. Contigo.
    Algo que parecía alivio iluminó la mirada de Daniel.
    – Ansió compartir esos recuerdos contigo. -Entonces, una comisura de sus labios se curvó hacia arriba en una mueca maliciosa-. Haré lo posible para que no te sientas decepcionada.
    Después de ayudarla a bajar del carruaje, entraron en la pastelería. Un delicioso olor a dulces, pasteles y galletas recién horneadas invadió las fosas nasales de Carolyn.
    – ¿Te apetece un helado? -le preguntó Daniel-. Por lo que veo, la sugerencia del día es helado con sabor a arándano. ¿O prefieres alguna otra cosa?
    Ella le sonrió.
    – Un helado de arándano suena de maravilla.
    Se sentaron en una mesita redonda situada en un rincón de la tienda y disfrutaron de aquel placer helado. Después de meterse un bocado en la boca, Carolyn le confesó a Daniel en voz baja:
    – Está tan bueno que debo confesarte que tengo que hacer uso de gran parte de mi autodominio para no gemir en voz alta con cada bocado.
    Daniel deslizó la pierna izquierda debajo de la mesa y presionó su rodilla contra la de Carolyn enviando un estremecimiento por su pierna.
    – Debo confesarte que tengo que hacer uso de todo mi autodominio para no acorralarte contra el mostrador y darte realmente algo por lo que gemir. Baste decir que pretendo oír esos sonidos encantadores que haces lo antes posible.
    El calor que recorrió el cuerpo de Carolyn era tan intenso que ella misma se extrañó de no arder en llamas. ¿Cómo conseguía él parecer tan tranquilo y sereno cuando ella sentía que el fuego la abrasaba por dentro?
    Carolyn observó a los otros clientes y se sintió aliviada al ver que nadie parecía prestarles ninguna atención.
    – Si sigues mirándome así, la gente sospechará que somos…
    – ¿Amantes?
    – Sí.
    – ¿Y cómo te estoy mirando?
    – Como si prefirieras estar lamiéndome a mí que al helado de arándano.
    Los ojos de Daniel no reflejaron el menor asomo de objeción.
    – Es verdad que preferiría estar lamiéndote a ti. -Después de tomar otra cucharada de helado, añadió-: Y creo que tú también lo preferirías.
    El punto hasta el que ella lo prefería asustó a Carolyn.
    – Estás derritiendo mi helado -advirtió ella con una risa ahogada.
    – ¡Estupendo! Cuanto antes se acabe, antes podremos irnos. -Daniel apretó con más firmeza su pierna contra la de Carolyn-. Y antes podré hacer que te derritas.
    Carolyn introdujo una cucharada del delicioso helado en su boca disfrutando de cómo la ávida mirada de Daniel devoraba sus movimientos. El contraste entre su comportamiento aparentemente formal y el trasfondo sensual que latía entre ellos la excitaba de una forma que no había experimentado nunca.
    Después de tragar el helado, declaró en voz baja:
    – Y antes podré hacer yo que tú te derritas.
    Él se quedó paralizado, con la cuchara a medio camino entre el tazón y su boca. Inhaló lenta y profundamente y, a continuación, dejó la cuchara en el tazón, que todavía estaba medio lleno.
    – Vamonos.
    – ¿Irnos? -Carolyn adoptó su actitud más inocente y batió las pestañas-. ¡Pero si no he terminado el helado!
    – Mañana te compraré otro.
    Daniel se levantó y le tendió la mano. La ardiente pasión de su mirada no dejaba lugar a dudas de que la deseaba tanto como ella a él. Y lo antes posible.
    Carolyn pensaba encargarse de que no tuviera que esperar mucho.
    Se limpió con ligereza los labios y apoyó la mano en la de Daniel para levantarse. Rodeándose de su habitual aire de dignidad y adecuación, le permitió que la escoltara hasta el carruaje. Daniel, sin dejar de mirarla, se sentó frente a Carolyn y realizó una seña al conductor para que se pusiera en marcha. En cuanto empezaron a moverse, Daniel corrió las cortinas de terciopelo.
    – Ven -le indicó a Carolyn en voz baja y grave.
    En lugar de obedecerlo, ella alargó los brazos y le desabrochó los pantalones. Él la observó a través de sus ojos entrecerrados mientras su pecho subía y bajaba, debido a la rapidez de su respiración. Cuando la parte frontal de gamuza de su pantalón se abrió, Carolyn le rodeó la erección con los dedos y apretó con suavidad.
    Él inhaló con aspereza.
    – Carolyn…
    Una gota de fluido brilló en la punta de su miembro y ella esparció la gota húmeda por el glande con la yema del dedo. Carolyn nunca se había comportado de una forma tan atrevida fuera de su dormitorio, pero algo en aquel hombre y en sus apasionadas reacciones hacia ella encendían un espíritu osado y aventurero que ni siquiera ella sabía que poseía. Un espíritu intacto cuya aparición, sin duda, estaba incitada por las imágenes sensuales que la lectura de las Memorias había implantado en su mente.
    La Dama Anónima había descrito con todo lujo de detalles las alegrías de hacer el amor en un carruaje en movimiento. Según las Memorias, se trataba de una experiencia que una no debía perderse y Carolyn no tenía intención de hacerlo.
    Con la mirada clavada en la de Daniel, se llevó la mano a los labios y se mojó la punta del dedo con la lengua saboreando el gusto salado de la esencia de Daniel. Su útero se encogió al percibir el fuego que ardía en los ojos de él.
    – Carolyn… -Daniel pronunció su nombre con un gruñido ronco lleno de deseo y necesidad-. Ven aquí.
    Esta vez, ella lo obedeció. Se levantó del asiento y, antes siquiera de que pudiera pestañear, Daniel introdujo las manos por debajo de su vestido y las deslizó por la parte trasera de sus muslos hasta cogerle las nalgas desnudas. La empujó hacia él. Ella jadeó al sentir su tacto y el masaje y las caricias que le prodigaban sus dedos. Apoyándose con una mano en sus hombros, Carolyn se sentó a horcajadas sobre las piernas de Daniel y utilizó su otra mano para conducirlo a la abertura de su cuerpo deslizando con lentitud la suave punta de su erección por su sexo húmedo e hinchado. El olor almizclado de su propia excitación y la pasión de Daniel, junto con sus gruñidos graves de placer, llenaron la cabeza de Carolyn.
    Incapaz de esperar más para sentirlo en su interior, Carolyn se dejó caer en un lento y resbaladizo empalamiento que envió una dulce pulsación de placer caliente por su cuerpo. Cuando él estuvo tan hondo en su interior que ella habría jurado que le tocó el corazón, Daniel le agarró las nalgas con los dedos extendidos apretándola más contra él.
    – Carolyn…
    La forma en que pronunció su nombre, una mezcla de ruego y gemido, tocó lo más profundo de Carolyn. Y sólo había una respuesta posible.
    – Daniel. -Ella se apretó contra él-. Te siento tan… ¡oh, cielos!
    Sus palabras se disolvieron en la nada cuando él flexionó sus caderas y se introdujo más en su interior.
    – Te siento tan… increíblemente bien -susurró él inclinándose hacia ella para mordisquearle el cuello con los dientes.
    Estimulada por sus palabras, Carolyn se levantó con lentitud y se dejó caer otra vez mientras el suave balanceo del carruaje la acompañaba en sus movimientos. Carolyn se perdió en el placer de sus movimientos descendientes y los impulsos ascendentes y cada vez más impetuosos de Daniel. Su ritmo se aceleró, ambos con el cuerpo en tensión, jadeantes y buscando la siguiente y profunda penetración. El clímax de Carolyn explotó y, con un grito que no pudo contener, su cuerpo se arqueó mientras los temblores recorrían su interior. Con un gruñido salvaje, Daniel empujó sus caderas contra el cuerpo de Carolyn y ella sintió sus sacudidas en su interior.
    Fláccida, sin aliento y sintiendo todavía los estremecimientos que la convulsionaban, Carolyn se fundió con Daniel. Apoyó la frente en la de él y sus rápidas respiraciones se fundieron mientras el aliento de él abanicaba su acalorada cara.
    – Te doy mi palabra -declaró Daniel con voz ronca y entrecortada- de que muy pronto te seduciré lentamente. Te juro que ésa era mi intención, pero no paras de desbaratar mis magníficos planes.
    – ¿Me estás regañando?
    – Sí, aunque al regañarte lo que, en realidad, quiero decir es que no pares nunca.
    Sacó las manos del interior del vestido de Carolyn y le cogió la cara con ambas manos. La miró a los ojos con una expresión que ella no pudo descifrar y se inclinó hacia ella con lentitud. Los labios de ambos se encontraron en un beso profundo y apasionado de sabor dulce y delicioso, y con cierto regusto a helado de arándano. Daniel terminó el beso tan despacio como lo había iniciado y, después, levantó el borde de la cortina para lanzar una rápida mirada al exterior.
    – Pronto habremos llegado.
    Carolyn exhaló un suspiro y se contorsionó contra él.
    – Lo que significa que tengo que moverme.
    El realizó una mueca.
    – No necesariamente. Mis empleados saben que no tienen que abrir la puerta hasta que descorra las cortinas.
    Al oír estas palabras, Carolyn se quedó inmóvil. Sabía que él se lo había dicho para que no se preocupara creyendo que podían descubrirlos con las manos en la masa, pero sus palabras también dejaban patente que, si bien para ella hacer el amor en un carruaje era una experiencia nueva, para él no lo era.
    Una ráfaga de algo que se parecía mucho a los celos la sacudió y Carolyn se riñó interiormente por sentir aquella ridícula sensación. Ella sabía que Daniel había tenido otras amantes. Muchas, a juzgar por lo que había oído. También sabía que, cuando su aventura terminara, él tendría más amantes, y este convencimiento le produjo una desagradable sensación interior que se parecía a un retortijón.
    Intentó apartar a un lado aquellos pensamientos mientras se separaba de Daniel. Aceptó el pañuelo que él le ofreció para borrar las pruebas de su pasión y se alisó las faldas mientras él se arreglaba la ropa.
    Sin embargo, sus incómodos pensamientos continuaron atormentándola y, al final, arrugó el entrecejo. No importaba cuántas mujeres hubiera habido antes que ella o cuántas hubiera después. O si él les hacía o no el amor en el carruaje. Todo esto no tenía ninguna importancia. Ninguna en absoluto. Lo que había entre ellos no era más que una aventura temporal. Edward era el amor de su vida. Daniel, y las Memorias, sólo habían vuelto a despertar sus pasiones y, como era lógico, después de haber sido reprimidas durante mucho tiempo, en aquel momento eran muy intensas. Su mente sabía todo eso; sin embargo, de alguna forma, el área que rodeaba su corazón se sentía… dolida.
    – Carolyn, ¿algo va mal?
    Ella parpadeó alejando de su mente aquellas cavilaciones y miró a Daniel. Se dio cuenta de que la preocupación nublaba sus ojos azules y, antes de que pudiera evitarlo, declaró:
    – Esto ya lo has hecho antes.
    En el mismo instante en que sus palabras salieron de sus labios, Carolyn deseó poder retirarlas. No era de su incumbencia y la verdad era que no quería saberlo. Sobre todo si ella y aquel encuentro salían perdiendo en la comparación.
    La mirada de Daniel buscó la de Carolyn y, a continuación, él habló con lentitud, como si escogiera sus palabras con cuidado.
    – Como no quiero mentirte, no negaré que he… tenido relaciones en el carruaje antes de ahora. -Se inclinó hacia ella, le cogió las manos y se las apretó con fuerza mientras la inmovilizaba con la mirada-. Pero nunca he querido a ninguna mujer como te quiero a ti, Carolyn. Te dije que haría que te derritieras, pero la verdad es que eres tú quien haces que yo me derrita. Cada vez que me tocas. -Levantó la mano de Carolyn y le dio un beso ardiente en la palma-. Por favor, no te compares nunca con ninguna otra mujer, porque eres absolutamente incomparable. En todos los sentidos.
    Para horror de Carolyn, una humedad caliente le encharcó los ojos. Parpadeó para eliminarla y rió con alivio.
    – ¿Aunque desbarate tus magníficos planes?
    Daniel sonrió.
    – En realidad, porque desbaratas mis magníficos planes. De las formas más deliciosas.
    «Seguro que se lo dice a todas las mujeres», la hostigó su voz interior. Carolyn acalló su irritante voz con otro enérgico recordatorio de que su relación no era más que un acuerdo temporal con un hombre encantador que pronto se centraría en la próxima mujer que le llamara la atención. Así que ella se concentraría en el aquí y el ahora y disfrutaría del tiempo que estuviera con él mientras durara.
    – En ese caso -contestó Carolyn-, ¿tienes algún plan para la hora que viene, más o menos?
    – Todos mis planes para lo que resta de día incluyen, sólo, proporcionarte placer. -Enarcó las cejas-. ¿En qué estás pensando?
    Carolyn no pudo evitar echarse a reír al ver la lasciva expresión de Daniel.
    – ¿Alguna vez piensas en algo más aparte de… eso?
    – Claro. Hace sólo un momento, me preguntaba qué te pones para dormir.
    Carolyn intentó contener una carcajada y falló.
    – Me temo que esto debe calificarse como tema sensual.
    – No, es un tema de ropa. -Daniel recorrió el cuerpo de Carolyn con la mirada-. Entonces, ¿qué te pones para dormir?
    – No puedo decírtelo. Después de todo, una mujer tiene que tener sus secretos.
    – ¿Te das cuenta de que me estás incitando a averiguarlo?
    Carolyn enarcó una ceja con complicidad.
    – Por lo que veo, resulta muy fácil incitarte. Y, en relación con tus planes para la próxima hora, tengo una petición.
    Daniel alargó el brazo y acarició, con el dorso de los dedos, la curva exterior del pecho de Carolyn.
    – Sea lo que sea, haré lo posible por complacerte.
    – ¿Sin siquiera saber de qué se trata?
    – Sí.
    – ¿Y si te pido algo totalmente desorbitado?
    – Haría lo posible por complacerte. ¿Tu petición desorbitada incluye que nos quitemos la ropa?
    Carolyn le dio un manotazo de broma en el brazo.
    – ¿Lo ves? ¡Ya estás con otro tema sensual!
    – No, es otro tema de ropa. Pero, sea cual sea tu petición, te aseguro que sólo tienes que manifestarla.
    Incluso a pesar de las bromas, Carolyn tuvo la impresión de que Daniel hablaba realmente en serio.
    – Con estas ofertas tan generosas, deben de aprovecharse de ti con frecuencia.
    – Al contrario, nunca se han aprovechado de mí porque no es algo que ofrezca con frecuencia.
    Sus palabras, pronunciadas con aquella voz suya tan seria y dulce… Su voz… tan profunda y sensual… ¡Cielos! ¿De qué estaban hablando? ¡Ah, sí, de su petición!
    Carolyn carraspeó.
    – Me gustaría hablar contigo acerca de Katie y conocer a tu familia.
    Una expresión de recelo cruzó las facciones de Daniel y, después, su cara se volvió inexpresiva.
    – ¿Mi familia? Me temo que es imposible, pues están viajando por el continente.
    – Me refiero a tu familia de animales. A tus mascotas.
    – ¡Ah, esa familia! -exclamó Daniel, sonando aliviado. Levantó la mano de Carolyn y le dio un cálido beso en la sensible piel del interior de su muñeca-. Me encantará hablar contigo de Katie o de cualquier otro tema que desees. En cuanto a mis mascotas, será un placer y un honor presentártelas, aunque debo advertirte que forman un grupo bastante inusual.
    El carruaje se detuvo y Daniel descorrió las cortinas.
    – ¿Preparada? -le preguntó a Carolyn con una sonrisa.
    – Preparada -respondió ella.
    Pero ¿lo estaba? Para entrar en la casa de Daniel sí, pero su voz interior le advertía a gritos que no estaba en absoluto preparada para lo que, en última instancia, podía significar meterse en aquella aventura con Daniel. Y lo que podía significar seguir con aquella aventura para la existencia que había construido con tanto cuidado para sí misma. Y, a pesar de todos los esfuerzos que hizo para acallar aquella voz, ésta siguió susurrando en su mente.

Capítulo 15

    Gracias a mi amante, los artículos cotidianos adquirieron significados completamente nuevos y sensuales. La mantequilla y la miel extendidas sobre la piel constituían un delicioso tentempié de medianoche. Y mis medias de seda eran cuerdas perfectas para atar a mi amante a la cama…
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    En cuanto Barkley abrió la puerta y Carolyn y Daniel entraron en el vestíbulo, se vieron asediados por la familia de Daniel, cuyos miembros ladraban y maullaban en diversas octavas y con distinta intensidad. Daniel se preguntó si el aspecto, decididamente imperfecto, y la bienvenida casi ensordecedora de sus mascotas, incomodarían a Carolyn como lo habían hecho con las últimas mujeres que había invitado a su casa. Sin embargo, en lugar de retroceder ante el caos y las lesiones cicatrizadas de las mascotas, Carolyn se sumergió de lleno en el barullo.
    Los galos se restregaron contra las botas de Daniel mientras los cuatro alborotadores perros le dieron la bienvenida con tal entusiasmo que parecía que hubiera estado fuera durante semanas. Resultaba evidente que Carolyn les gustaba y, tras unos cuantos olfateos preliminares, la recibieron como si fuera una gran amiga a la que habían perdido de vista hacía mucho tiempo. Con cada maullido y ladrido, parecían preguntarle a Daniel: «¿Quién es esta deliciosa criatura que nos has traído?»
    Daniel contempló la resplandeciente sonrisa de Carolyn y sintió como si el pecho se le encogiera.
    «Es Carolyn, y la adoraréis.»
    Daniel se acuclilló y enseguida fue objeto de una avalancha de jubiloso afecto canino que estuvo a punto de tumbarlo. Al ver aquel desenfreno, Carolyn se echó a reír, se acuclilló junto a Daniel y enseguida recibió una lluvia de entusiasta afecto canino y ronroneos felinos.
    – Son maravillosos -consiguió decir entre risas entrecortadas mientras acariciaba y rascaba a los animales y eludía los besos caninos.
    – Están locos -la corrigió Daniel, incapaz de dejar de reír a pesar del tono exasperado con que lo dijo-. Te los presentaré -declaró levantando la voz para que ella lo oyera por encima del barullo. Le dio unas palmaditas al perro de enmarañado pelo marrón y raza indescriptible que no tenía cola y declaró-: Éste es Rabón. -Entonces señaló con la cabeza, un perro castaño y mediano al que le faltaba una de las patas traseras y que intentaba, con todas sus fuerzas, lamer la barbilla de Carolyn-. Ese tan ligón es Paticojo.
    – Y supongo que éste es Pelón -declaró Carolyn, cogiendo al cachorro sin pelo y de mirada enternecedora que jadeaba de placer.
    – Exacto. Y este demoniete es Gacha -contestó Daniel, cogiendo a una inquieta bola de pelo blanco y negro que sólo tenía una oreja puntiaguda y con el extremo caído.
    Entonces señaló los dos gatos, que ahora estaban sentados tranquilamente a varios metros de distancia con la cola enrollada alrededor de su propio cuerpo. Los gatos observaban toda aquella actividad canina con un desdén y una altanería felinos que indicaban, claramente, que la consideraban indigna.
    – La negra con un solo ojo se llama Guiños -explicó Daniel.
    – Sí, la conocí ayer por la noche.
    – Y la de manchas es Ladeo. Es el único miembro de este grupo salvaje que se muestra reservado y le falta un trozo de una de las patas delanteras. Las dos creen que la casa es suya. Amablemente, nos permiten, a mí y a los sirvientes, vivir aquí, pero con la condición de que las alimentemos. Estoy convencido de que se pasan todo el tiempo que no están durmiendo conspirando para echar a los perros a la calle.
    Dejó a Gacha en el suelo, se incorporó y le tendió la mano a Carolyn quien, a su vez, dejó a Pelón sobre el suelo de mármol y apoyó la mano en la de Daniel. Aquel simple acto no tenía por qué haber acelerado el corazón de Daniel como lo hizo.
    Cuando Carolyn estuvo de pie, Daniel miró al cuarteto de inquietos perros y ordenó:
    – ¡Sentaos!
    Reconociendo la voz de la autoridad, Paticojo, Rabón y Pelón lo obedecieron de inmediato. Sin embargo, Gacha continuó erguida y agitando su ágil cola.
    Carolyn se rió al ver la actitud de la pequeña perra que la miraba con ojos negros y mirada de adoración.
    – Parece que este perrito necesita un poco más de entrenamiento.
    – Perrita -la corrigió Daniel-. Y me temo que se necesita algo más que entrenamiento con ella.
    – ¿A qué te refieres?
    – No habla inglés.
    Carolyn parpadeó sorprendida.
    – ¿Disculpa?
    – Supongo que debería decir que no entiende el inglés. Samuel la encontró frente a un edificio del que provenían unos gritos en francés.
    – Nunca había oído nada parecido. Quizás ha perdido oído a causa de las heridas que ha sufrido.
    – ¡Ah, no, si ella oye bien! Sobre todo cuando se habla de comida.
    – ¿Has intentado hablarle en francés?
    – Por desgracia, mi francés es horrible y todavía tengo que encontrar a alguien que sepa dar órdenes a un perro en francés. -Lanzó a Carolyn una mirada esperanzada-. Supongo que no hablarás francés.
    – Sólo un poco, y me temo que bastante mal. Aun así, podría intentarlo. -Miró a Gacha y se aclaró la garganta-. Asseyezvous!
    El trasero de Gacha enseguida se aposentó en la baldosa de mármol que tenía debajo.
    Daniel la contempló durante varios segundos y después se echó a reír.
    – ¡Eres una genio!
    Carolyn sonrió abiertamente.
    – En absoluto. Además, mi acento es horroroso.
    – Tonterías. Es perfecto. Y ahora, mi encantadora genio, ¿puedes decirle que deje de morder mis botas? ¿Y mis muebles? ¿Y mis bastones de paseo?
    – Me temo que no sé decir ninguna de estas cosas.
    – Mis botas, mis muebles y mis bastones de paseo están desolados, pero, por favor, intenta algo más.
    – De acuerdo. -Carolyn frunció los labios y dijo-: Me parlez.
    Gacha respondió con una serie interminable de ladridos entusiasmados.
    – ¿Qué le has dicho? -preguntó Daniel por encima del ruido.
    – Que me hable.
    – ¡Excelente!
    Como Gacha seguía ladrando de una forma ensordecedora, Daniel añadió:
    – Supongo que sabrás cómo decir «cállate» en francés.
    Carolyn miró a la bola de pelo ladrante.
    – Calmez-vous, s'il vous plait.
    Gacha se calló de inmediato.
    – ¡Brillante! -exclamó Daniel-. Tengo que escribir esas órdenes. Tienes mi eterna gratitud.
    – Quizá puedas enseñarle inglés diciéndole las órdenes en francés y a continuación en inglés.
    – ¿Lo ves? Ya te he dicho que eres un genio.
    Carolyn se echó a reír. Al verla bañada por los rayos de sol que entraban por la ventana y que la rodeaban formando un halo dorado y con los ojos chispeantes de alegría, Daniel, literalmente, se quedó sin aliento. Y sin habla. Sin poder hacer otra cosa más que contemplarla.
    No supo cuánto tiempo estuvo allí, simplemente mirándola, hasta que ella le preguntó con un deje de diversión en la voz:
    – ¿Tu eterna gratitud podría incluir una taza de té? Todavía me falta hablar contigo acerca de Katie.
    Sus palabras lo sacaron de su aturdimiento y Daniel se propinó a sí mismo una bofetada mental. ¡Demonios, con sólo mirarla se olvidaba de sí mismo!
    – Sí, claro. Té. Y quizás incluso unas galletas. Al oír la palabra «galletas», Gacha soltó dos ladridos. Daniel miró a la perra, que estaba meneando la cola.
    – Sí, claro, «galletas» sí que lo entiendes, ¿no?
    Gacha volvió a ladrar y, en esta ocasión, Paticojo, Rabón y Pelón se unieron a ella. Carolyn se echó a reír.
    – Por lo visto la palabra «galletas» forma parte del lenguaje universal.
    – Eso parece -confirmó Daniel.
    Entonces se volvió hacia Barkley, quien seguía en su puesto, cerca de la puerta. El mayordomo miraba a Carolyn con fijeza y con una expresión de bobo que indicaba que, también él, la encontraba encantadora. ¡Santo cielo! ¿Existía algún hombre con sangre en las venas que no cayera presa del hechizo que ella parecía ejercer? Por lo visto no, porque, por lo que Daniel sabía, Barkley era inmune a las artimañas femeninas. Al menos, mientras estaba de servicio.
    – Té en el salón, por favor -le dijo Daniel al mayordomo.
    Barkley parpadeó, como si saliera del mismo tipo de trance al que había sucumbido Daniel. Lo cierto era que parecía estar tan aturdido que Daniel estuvo a punto de echarse a reír.
    – Sí, milord.
    – ¿Cómo le ha ido a Katie durante mi ausencia? -preguntó Daniel.
    – Muy bien, milord. Ya está levantada y se encuentra mucho mejor. Mary ha estado con ella en todo momento y la está instruyendo en las labores de la casa. Y Samuel la cuida como si fuera la corona real.
    Sí, aquella misma mañana, Daniel se había dado cuenta de las atenciones que su criado prodigaba a Katie. Era evidente que lo que sentía por ella era más que la simple preocupación. El muchacho estaba loco por ella.
    Loco por ella… La mirada de Daniel se posó en Carolyn.
    «Sé, exactamente, cómo se siente.»
    Daniel frunció el ceño al oír los susurros de su voz interior. ¡Menuda estupidez! Él no estaba loco por Carolyn. Estar loco por alguien implicaba que el corazón de uno estaba involucrado, y el suyo no lo estaba en absoluto. El sólo la… deseaba. De acuerdo, la deseaba mucho, pero sólo eso. Nada más que eso. Sólo un loco se enamoraría de una mujer cuyo corazón pertenecía a otro hombre.
    Apartando de su mente la ridícula idea de que estaba loco por Carolyn, Daniel la condujo hasta el salón. Los perros los siguieron dando brincos, y los gatos lo hicieron a un paso mucho más relajado.
    – ¿Así que ésta es toda tu familia? -preguntó Carolyn.
    – Éstos son todos los peludos que viven conmigo. También hay un demonio emplumado que responde al nombre de Picaro, pero no se merece ser presentado a una dama.
    – ¡Ah, sí! Me acuerdo de que Katie mencionó a un loro. Siento mucha curiosidad por saber por qué lo llamáis así. Me gustaría conocerlo.
    Daniel tosió para esconder su risa horrorizada.
    – Lo siento, pero me temo que no puedes conocer a Picaro.
    Carolyn enarcó las cejas.
    – ¿Y me lo dice un hombre que me aseguró que accedería a cualquier petición que le formulara?
    – No creo que te interese conocer a Picaro. Antes vivía en un bar frecuentado por tipos desagradables que le enseñaron frases muy inadecuadas. Te aseguro que el nombre le va de perlas.
    Carolyn se detuvo y puso los brazos en jarras. Daniel oyó un repiqueteo ahogado y se dio cuenta de que lo producía la punta del zapato de Carolyn sobre la alfombra.
    – No he oído nunca hablar a un pájaro. Estoy segura de que es encantador.
    – Es un peligro público.
    – Considérame advertida.
    – Te impresionará.
    – No soy tan delicada como crees. Quizá pueda enseñarle algunos modales.
    – Lo dudo. Es muy tozudo. -Al percibir la determinación que reflejaba la mirada de Carolyn, Daniel entrecerró los ojos-. ¿Siempre eres tan obstinada?
    Carolyn levantó un poco más la barbilla.
    – Ocasionalmente. Cuando quiero algo.
    – ¿Quieres saber qué es lo que yo quiero?
    Sin darle tiempo a responder, la apretó contra él y le dio un beso en la boca. Carolyn jadeó y separó los labios y Daniel profundizó el beso mientras su lengua exploraba la deliciosa seda caliente de su boca. Carolyn se fundió en él, le rodeó el cuello con los brazos y unió su lengua a la de él. Un gemido vibró en la garganta de Daniel. ¿Cómo había sobrevivido al último cuarto de hora sin besarla?
    La apretó más contra él, perdido en su aroma y su ser, y la besó como sí estuviera muerto de hambre y ella fuera un manjar. El cuerpo de Daniel se endureció. Entonces apoyó una mano en la seductora curva de las nalgas de Carolyn y se frotó contra ella. ¡Cielo santo, sabía tan bien y se sentía tan a gusto con ella…!
    Una serie de ladridos atravesó la neblina de deseo que lo envolvía y Daniel levantó la cabeza poco a poco. Y al ver la cara sonrojada de Carolyn y sus labios húmedos e hinchados por el beso, soltó un gemido. Ella abrió los ojos y Daniel se hundió en la excitada profundidad de su mirada. A continuación lanzó a sus cuatro perros, quienes lo miraban con curiosidad, una mirada iracunda. Una parte de él quería hacerlos desaparecer por interrumpir su beso, aunque tuvo que admitir que, si no lo hubieran hecho, habría empujado a Carolyn contra la pared del pasillo, le habría levantado las faldas y habría escandalizado a toda la casa.
    Maldición, ¿qué le pasaba? El modo en que ella lo privaba de su autodominio era inquietante y molesto, y se estaba convirtiendo en un auténtico problema. ¿Cómo podía hacer que perdiera la noción del tiempo y el espacio de aquella forma?
    – ¡Cielos! -murmuró Carolyn reclamando su atención-. Eres muy bueno en esto.
    Daniel contuvo el sonido que creció en su garganta. Aunque se sentía halagado por lo que ella había dicho, en realidad se sentía como un adolescente torpe y burdo.
    – Yo podría decirte lo mismo.
    Carolyn pareció recordar, de repente, dónde estaban y retrocedió un paso, y Daniel, aunque no deseaba hacerlo, se obligó a soltarla. Aunque sólo fuera para demostrarse a sí mismo que podía hacerlo.
    – Puesto que estás decidida a conocer a Picaro, ¿vamos a verlo ahora? -preguntó Daniel.
    Carolyn esbozó una sonrisa de medio lado.
    – Creí que acababa de conocerlo.
    – Me refiero al loro.
    – ¡Ah! En ese caso, acepto.
    Siguieron recorriendo el pasillo con los perros pisándoles los talones. Cuando entraron en la biblioteca, los recibió un potente garrido. Guiños y Tippy se sentaron a los pies de la gran jaula abovedada del colorido pájaro mirándolo con el celo con que un atracador observaría una bolsa llena de dinero.
    – Lady Wingate, éste es Picaro. Y no digas que no te lo advertí.
    – Hola, Picaro -saludó Carolyn.
    Picaro recorrió, de un extremo al otro, el travesaño de la jaula y clavó sus ojos redondos y negros en Carolyn.
    – Levántate las faldas, fresca.
    Daniel se pellizcó el puente de la nariz y sacudió la cabeza. Sabía que estaban cometiendo un error.
    – ¡Vaya, sí que eres picaro! -exclamó Carolyn.
    – Bájate los calzones, meretriz -sugirió Picaro.
    – Me temo que no va a ser posible -contestó Carolyn con toda tranquilidad-, pues no los llevo puestos.
    Daniel casi se atragantó de la risa. Carolyn le lanzó una mirada de medio lado.
    – ¿Estás seguro de que aprendió todo esto en un bar y no de ti?
    Daniel se llevó las manos al corazón.
    – Te lo juro. Yo le habría enseñado frases útiles.
    – Mmm. Yo diría que, en tu opinión, «levántate la falda» y «bájate los calzones» son frases muy útiles.
    Daniel se colocó detrás de Carolyn y le rodeó la cintura con los brazos.
    – ¿Es una oferta?
    – Desde luego que no. Sobre todo, porque, como acabo de explicarle a tu loro, no llevo puestos los calzones.
    Daniel le mordisqueó el lóbulo de la oreja y se impregnó del ligero estremecimiento que recorrió el cuerpo de Carolyn.
    – Si sigues recordándomelo, no saldremos de esta habitación hasta mañana.
    Carolyn se volvió hacia él y Daniel contempló sus ojos llenos de una embriagadora mezcla de excitación y picardía.
    – Recuerda que me prometiste un té. Y galletas.
    La palabra «galletas» arrancó un agudo ladrido a Gacha.
    – Preferiría mucho más darte otras cosas -declaró Daniel, empujando levemente las caderas de Carolyn con las suyas.
    – ¿Ah, sí? ¿Diamantes? ¿Esmeraldas? ¿Perlas?
    Daniel le cubrió el pecho con la mano.
    – Entre otras cosas.
    Al sentir su mano, Carolyn se apretujó contra ella y el pezón se le erizó debajo del vestido.
    – ¿Quién está siendo picaro ahora?
    – ¡Guapa! ¡Guapa! -gritó el loro.
    Daniel sonrió a Carolyn mirándola a los ojos.
    – Esto es lo más inteligente que ha dicho nunca. Y dice muchas cosas, créeme.
    – Ya me he dado cuenta.
    – ¡Dame un beso! -pidió Picaro.
    – Ya has oído al loro -dijo Daniel en tono muy serio-. Dame un beso.
    Carolyn se echó a reír y se puso de puntillas.
    – Si insistes…
    Daniel rozó sus labios con los de ella y se esforzó para no ahondar en el beso. Se obligó a que el contacto fuera ligero, aunque sólo fuera para demostrarse a sí mismo que podía controlar la situación.
    – Echemos un clavo, señora.
    Daniel levantó la cabeza y le lanzó a Picaro una mirada iracunda. Definitivamente, había llegado la hora de alejar a Carolyn de aquel pájaro charlatán.
    – Es la hora del té -declaró cogiéndola de la mano y conduciéndola hacia la puerta.
    – ¿Qué es un «clavo»? -preguntó Carolyn.
    Daniel se frotó la cara con la mano que tenía libre y arrastró a Carolyn fuera de la habitación.
    – Es un… término inapropiado para damas.
    – ¿En relación con qué?
    – Relaciones carnales.
    Al instante, una avalancha de imágenes bombardeó a Daniel. De él y Carolyn, con sus cuerpos desnudos y entrelazados, teniendo relaciones carnales. Una capa de sudor cubrió la base de su espina dorsal y Daniel apretó las mandíbulas.
    Cuando llegaron al salón, Daniel dejó, deliberadamente, la puerta abierta. Sólo para demostrarse a sí mismo que podía dejarla así. Que no necesitaba tocar a Carolyn. Ni besarla. Que era perfectamente capaz de no hacer nada de eso. Que podía ganar la batalla de conservar el autodominio de un caballero que ella conseguía arrebatarle con tanta facilidad.
    Así que, en lugar de ceder al abrumador deseo de cerrar la puerta con llave y arrastrar a Carolyn al suelo, Daniel se dirigió a su escritorio y sacó una hoja de papel.
    – ¿Cuáles eran esas frases en francés que serán mi salvación?
    Cuando Carolyn terminó de dictárselas, Katie entró en la habitación con la bandeja del té. Daniel se dio cuenta de que, aunque su labio inferior todavía estaba hinchado y varios morados desfiguraban su cara, tenía mucho mejor aspecto que la noche anterior.
    – ¿Cómo te encuentras, Katie? -preguntó Daniel.
    – Mucho mejor, milor, gracias -respondió ella dejando la bandeja sobre la mesa que había delante del sofá.
    – ¿Estás segura de que ya te encuentras bien como para trabajar? No tienes por qué darte prisa.
    – Estoy bien, milor. Y nunca se me ocurriría aprovecharme de su generosidad. -Enderezó la espalda y entrelazó las manos frente a ella-. L' estoy agradecida, no sólo porque s' ha encargado de que me curen las heridas, sino por darme este puesto. -Tragó saliva-. Casi había dejado de creer que había gente decente en esta ciudad. -Trasladó la mirada a Carolyn-. Y gracias a usted también, milady. Ha sido usté muy amable. -Le tembló el labio inferior-. Y a Gertrude también. Me recuerda mucho a mi madre. Ella murió el año pasado. La echo de menos muchísimo.
    – Siento tu pérdida -contestó Carolyn-. Y me alegro de que te encuentres mejor.
    – Gracias.
    Katie realizó una rápida reverencia y salió de la habitación dejando la puerta abierta, como la había encontrado.
    – ¿Sirvo el té? -preguntó Carolyn.
    – Gracias.
    Daniel contempló a sus perros, que estaban sentados uno al lado del otro en la alfombra que había frente al hogar, como palomas sobre una rama, y con los ojos clavados en el plato de las galletas.
    – Tienes una audiencia embelesada -declaró Daniel entre risas.
    Después de servir el té y echarle una galleta a cada uno de los perros, Carolyn bebió un sorbo y contempló las tenues llamas del fuego. La mirada de Daniel se deslizó por ella, percibiendo su pelo resplandeciente, sus facciones delicadas y su encantador vestido de muselina verde pálido. ¡Maldición, estaba deslumbrante! Literalmente. Pues lo deslumbraba por completo. No sólo por su belleza, sino también por su ingenio. Y su inteligencia. Y aquel lado suyo picaro y malicioso. Y por la pasión que vibraba bajo la superficie de aquel exterior perfecto y elegante.
    Estaba considerando cómo reaccionaría ella si él la sentaba sobre sus piernas cuando Carolyn se volvió hacia él.
    – Tengo una proposición que hacerte -declaró Carolyn.
    – Sí -contestó Daniel sin titubear.
    – ¿Sí, qué?
    – Mi respuesta es que sí. Sea cual sea tu proposición.
    Carolyn parpadeó varias veces.
    – Si ni siquiera sabes de qué se trata.
    – No me imagino que no me guste algo de lo que tú me propongas. Sobre todo si se parece, aunque sólo sea de lejos, a lo que yo estoy pensando.
    – ¿Y en qué estás pensando?
    – En que me gustaría sentarte sobre mis piernas y deslizar una mano por debajo de tu vestido.
    Carolyn levantó la vista hacia el techo, aunque una sonrisa bailaba en la comisura de sus labios.
    – Otra vez estás pensando en cosas sensuales.
    – En absoluto. Está claro que no has oído la palabra «vestido», lo que lo convierte, una vez más, en un tema de ropa.
    – Sin duda se trata de una actividad llena de atractivo y posibilidades. Sin embargo, mi proposición, al menos la que quiero hacerte ahora, está relacionada con Katie y su situación laboral.
    – ¿Te refieres a su empleo aquí, en mi casa?
    – Sí. Daniel, sospecho que, en realidad, no necesitas a otra doncella. Que le ofreciste el empleo a Katie sólo por bondad y, si eso es así, bueno, a mí me gustaría contratarla.
    Daniel arqueó las cejas.
    – ¿Necesitas una doncella?
    – No exactamente.
    – Entonces, ¿por qué quieres contratarla? ¿Crees que su empleo aquí la haría infeliz?
    – En absoluto -contestó Carolyn con rapidez y negando con la cabeza-. Llevo toda la mañana preguntándome si debería comentártelo, y después de ver a Katie, me he convencido de que mi idea es muy sensata. Sin duda, te está muy agradecida, y tu oferta de trabajo es muy amable y generosa, pero teniendo en cuenta sus circunstancias, me pregunto si no se sentiría más cómoda trabajando para una mujer. Además, está claro que Gertrude le ha caído muy bien. Y a Gertrude le ocurre lo mismo.
    Carolyn se interrumpió, contempló su humeante taza de té y volvió a mirar a Daniel.
    – Además, lo que dijiste acerca de sentirse inútil e insatisfecho y sobre cómo ayudar a los necesitados ha disminuido esos sentimientos en ti… Yo sé muy bien lo que es sentirse inútil e insatisfecha y esperaba encontrar algo que me ayudara a acabar con esos sentimientos. Creo que tu dedicación a los animales y la ayuda que le has ofrecido a Katie son admirables. Honorables. Y me gustaría formar parte de estas acciones. He pensado que ofrecerle a Katie un empleo en mi casa podría constituir un primer paso en esa dirección. -La incertidumbre brilló en su mirada-. Bueno, si no te importa recibir mi ayuda.
    Durante varios segundos, Daniel simplemente la miró, paralizado por las inesperadas emociones que sus palabras habían despertado. Después de carraspear, declaró con calma:
    – Hacía mucho, mucho tiempo que nadie utilizaba las palabras «admirable» y «honorable» para describir algo que he hecho, Carolyn.
    – Me cuesta creerlo.
    – Pues deberías hacerlo. La verdad es que estos términos no siempre me han definido. Incluso ahora, no estoy seguro de merecerlos.
    Carolyn lo miró a los ojos con el ceño fruncido.
    – Por tus acciones y lo que yo he observado, estoy convencida de que los mereces. Y estoy segura de que Samuel corroboraría mis palabras. Y Katie. Y, si pudieran hacerlo, también todos tus animales.
    Dejó la taza de té sobre la mesa y apoyó la mano sobre la de Daniel. El calor subió por el brazo de él y, de una forma ridícula, su corazón dio un brinco ante aquel simple contacto.
    – Deberías sentirte orgulloso por lo que has hecho, Daniel. Y por lo que sigues haciendo. Y yo me sentiré orgullosa y honrada de poder ayudarte. En todos los aspectos que me permitas hacerlo. Y me sentiré encantada… y aliviada… de estar haciendo algo útil.
    Daniel bajó la mirada y observó la mano, pálida y delgada, que Carolyn había apoyado sobre la de él. ¡Maldición, le gustaba cómo se veía, allí, encima de la suya, pequeña y delicada! Le gustaba su tacto, cálido y suave. Le gustaba que pareciera que pertenecía allí. Como la pieza descolocada de un rompecabezas que él ni siquiera sabía que le faltaba.
    En raras ocasiones se había encontrado sin palabras, pero aquella mujer tenía la habilidad de dejarle la lengua hecha un nudo. De embriagarlo con unas emociones tan inesperadas que no lograba entenderlas, y mucho menos verbalizarlas. Ella le había hablado como si lo considerara una especie de héroe. Gran error por su parte, pues él sabía con certeza que no lo era. Pero ¿cómo podía decírselo? Nunca se lo había contado a nadie…
    Subió la mirada hacia la de ella y, por su rubor y su expresión cohibida, se dio cuenta de que había permanecido en silencio durante demasiado tiempo.
    – Discúlpame -murmuró Carolyn, apartando la mano de la de Daniel-. No pretendía…
    Él le cogió la mano y la apretó entre las suyas.
    – Será para mí un honor que me ayudes, Carolyn. Tu oferta de contratar a Katie es muy generosa y tu razonamiento es sabio y sensato. Podemos proponérselo a ella y dejar que ella lo decida. En cuanto a los animales, quizá te arrepientas de haberme ofrecido tu ayuda cuando tu tranquila casa esté invadida de gatos, perros locos y uno o dos conejos. O doce. Créeme, el caos reinará en tu casa.
    Carolyn esbozó una sonrisa que primero era titubeante y después amplia y esplendorosa y Daniel se sintió como si el sol hubiera salido de detrás de una nube.
    – A mi casa le iría bien un poco de caos. Y a mí me gustan mucho los animales.
    – Excelente. ¿Quieres empezar con cuatro perros, dos gatos y un loro muy mal hablado?
    – Si creyera que ibas a deshacerte de alguno de ellos, aceptaría tu oferta, pero es evidente que los adoras.
    Daniel exhaló un suspiro y contempló a los cuatro perros y los dos gatos, que estaban junto al fuego apoyados los unos en los otros.
    – No sé cómo este grupo variopinto ha conseguido enternecerme -refunfuñó Daniel.
    – Eso es porque, en el fondo, eres sensible.
    – Di, más bien, que tengo una vena sensible en el cerebro.
    Carolyn sonrió y Daniel sintió que caía en una especie de estupor.
    ¡Mierda, por lo visto también tenía una vena sensible donde no quería tenerla! Y donde nunca antes la había tenido. Justo en el corazón.
    Pues bien, tendría que reforzar esa vena insospechadamente vulnerable de inmediato, porque su relación con Carolyn sólo era una aventura. Una aventura superficial y temporal. Considerar, aunque sólo fuera durante un instante, que era algo más sería una auténtica locura. El corazón de Carolyn pertenecía a la memoria de su marido. Ella lo había dejado muy claro. Y el de él le pertenecía a él mismo. Y haría bien conservándolo de esa forma.
    Una aventura superficial y temporal.
    Sí, eso era lo que se suponía que era su relación con Carolyn.
    Entonces, ¿por qué de repente le parecía que era tan… poco superficial? ¿Tan… intensa? ¿Y acaso había sucedido de repente? ¿Su relación había sido siempre tan devastadora? ¡Maldición, no lo sabía! ¿Y por qué, cuando intentaba imaginarse con una mujer distinta a Carolyn, se le revolvía el estómago? ¿Por qué ninguna otra cara de mujer se materializaba en su mente?
    Una vez más, no conocía la respuesta. Y, además, tenía miedo de analizar estas preguntas a fondo por temor a lo que pudiera averiguar.

Capítulo 16

    A veces hacíamos el amor de una forma lenta y pausada, que siempre disfruté. Pero aquellas otras ocasiones en las que lo hacíamos de una forma frenética y salvaje, cuando nos echábamos el uno al otro al suelo y nos arrancábamos la ropa como si nos poseyeran los demonios, cuando él perdía el control y el recuerdo de sus impetuosas penetraciones seguía en mi cuerpo horas más tarde… Ésas eran las que más me gustaban.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Cuando, después de haber tomado el té con Daniel, Carolyn regresó a su casa, la recibió Nelson, quien le informó de que Sarah, Julianne y Emily, así como el trío formado por lady Walsh, lady Balsam y la señorita Amunsbury, la habían visitado durante su ausencia. Carolyn asintió con aire distraído, pues el esplendoroso ramo de rosas que adornaba su vestíbulo era el centro de su atención. Tras inhalar hondo, cerró los ojos y absorbió su embriagadora fragancia.
    Al recordar el sensual encuentro que tuvo con Daniel en el carruaje, el rubor cubrió su rostro y tuvo que apretar los labios para contener la sonrisa que esbozó interiormente. El relato que la Dama Anónima había hecho de aquella aventura la había cautivado y, aunque leerlo le había resultado muy estimulante, no podía compararse con la sensación de vivirlo en persona.
    Las Memorias… Sí, su lectura le había inspirado algunas imágenes realmente apasionadas, imágenes que le gustaría compartir con Daniel.
    Se le ocurrió una idea, una idea perversa, y tan tentadora que, después de considerarla durante unos instantes, se dio cuenta de que no podía resistirse a ella. Corrió al salón y sacó el ejemplar de las Memorias del cajón del escritorio. Un fuerte olor a almendras brotó de la caja de mazapanes que había guardado allí y Carolyn arrugó la nariz mientras sentía una ráfaga de culpabilidad. La caja de mazapanes constituía un regalo muy considerado, aunque ella prefería las rosas.
    Sacó la flor que había introducido entre las páginas del libro, escribió una rápida nota en la parte trasera de una de sus tarjetas de visita y envolvió el libro y la tarjeta en varias hojas de papel de seda que anudó con una cinta de raso.
    Daniel le había hecho varios regalos. Ya era hora de que ella le devolviera el favor.
    Regresó al vestíbulo y le tendió el paquete a Nelson.
    – Hágale llegar este paquete a lord Surbrooke lo antes posible.
    – Sí, milady. Me encargare personalmente.
    – Gracias.
    Estaba a punto de dirigirse a su dormitorio para decidir qué se ponía para la velada que lord y lady Exbury celebraban esa noche en su casa, cuando la campanilla que indicaba que se abría la verja de la entrada sonó.
    – Se trata del señor Jennsen, el caballero norteamericano -informó Nelson tras lanzar una discreta ojeada por el cristal que flanqueaba la puerta.
    Carolyn no le preguntó cómo había reconocido al señor Jennsen, pues su mayordomo parecía conocer a todo el mundo en aquella ciudad.
    – ¿Está usted en casa, milady?
    Carolyn, sintiendo curiosidad por la razón de la visita del señor Jennsen, asintió con la cabeza.
    – Sí, puede acompañarlo al salón y después lleve el paquete a lord Surbrooke.
    Carolyn volvió al salón y comprobó su aspecto en el espejo de marco dorado. ¡Cielos, estaba, prácticamente, resplandeciente! Gracias a Dios que el clima era bueno, así podía achacar sus vivos colores al sol. En el caso de que el señor Jennsen se percatara, claro.
    Alguien llamó a la puerta y, tras recibir el permiso de Carolyn, Nelson la abrió.
    – El señor Jennsen desea verla, milady.
    El mayordomo se apartó y el señor Jennsen entró en la habitación. Vestido con unos pantalones beige, una chaqueta marrón y unas lustrosas botas negras, se lo veía robusto y masculino y, de alguna forma, la habitación pareció encogerse debido a su imponente presencia. Su pelo, oscuro y espeso, estaba alborotado, ya fuera por la acción de sus dedos o el viento, lo que le daba un aire desarreglado que encajaba con su persona. Carolyn contempló sorprendida el ramo de peonías rosas que llevaba en la mano.
    – Buenas tardes, lady Wingate -saludó él.
    – Señor Jennsen, es un placer volver a verlo.
    – Por favor, llámeme Logan. -Le tendió el ramo de peonías-. Para usted.
    Carolyn hundió la cara en las olorosas y vistosas flores.
    – Son preciosas. Gracias, Logan. -Carolyn señaló, con la cabeza, los sillones que había junto a la chimenea-. ¿Quiere sentarse?
    – Gracias.
    Mientras se sentaban en el sofá, Carolyn preguntó:
    – ¿Desea tomar un té?
    – Gracias, lady Wingate, pero no puedo quedarme mucho rato.
    – Carolyn, por favor -pidió ella dejando las flores sobre la mesa y sonriéndole-. ¿A qué debo el honor de su visita?
    – He oído contar lo del disparo que se produjo ayer por la noche junto a su casa y estaba preocupado.
    – ¿Quién se lo ha contado?
    El señor Jennsen realizó un gesto vago con la mano.
    – Los criados hablan. Ya sabe que los rumores vuelan.
    – Comprendo. Entonces también habrá oído decir que no resulté herida.
    – Así es. -Jennsen sonrió-. Pero quería comprobarlo en persona. Entre esto y el asesinato de lady Crawford, me preocupa su seguridad. Además, estas flores querían, desesperadamente, pertenecer a una hermosa mujer. -Se inclinó y le confió-: Ellas mismas me lo han dicho.
    – ¿Flores que hablan? Qué inusual. -Una sonrisa flotó en sus labios-. Me pregunto qué me contarán acerca de usted.
    Él lanzó a las flores una fingida mirada iracunda.
    – Sólo cosas buenas, espero.
    – Estoy segura de que así será -contestó Carolyn mientras se reía-. Bueno, como verá, no he empeorado como consecuencia del percance de ayer por la noche.
    – No ha empeorado nada, desde luego -corroboró él deslizando la mirada por Carolyn-. De hecho, está… resplandeciente.
    Sus palabras hicieron que Carolyn se sonrojara. Y antes de que consiguiera hablar, él continuó:
    – Tengo entendido que lord Surbrooke estaba con usted y que él tampoco resultó herido.
    ¡Cielos, sí que era cierto que los rumores volaban!
    – Una de sus criadas cayó enferma y mi doncella y yo fuimos para ayudarlo.
    – No sabía que su doncella estaba con usted. Espero que ella tampoco resultara herida.
    Carolyn se ruborizó todavía más.
    – Se quedó a pasar la noche en casa de lord Surbrooke y él fue tan amable como para acompañarme de vuelta a mi casa.
    El señor Jennsen asintió con lentitud.
    – Comprendo.
    Sus oscuros ojos la observaron con atención, como si ella fuera un rompecabezas que intentara componer. Ella aprovechó la oportunidad para examinarlo también. Su cara constituía un paisaje fascinante de planos agrestes suavizados sólo por sus labios llenos y sensuales. Aunque no disponía de una belleza clásica, despedía un indudable encanto masculino y era muy atractivo. Por si su aspecto moreno y atractivo no fuera suficiente, el aire de misterio que lo rodeaba-nadie sabía mucho acerca de él o de su pasado en Norteamérica-, unido a su fabulosa riqueza, lo hacían ser objeto de gran interés por parte de las damas de la sociedad londinense. A pesar de su indeseable herencia colonial. Carolyn estaba segura de que muchos corazones femeninos se aceleraban cuando él entraba en una habitación.
    Estos pensamientos llevaron a Carolyn a formularse una pregunta: ¿por qué su corazón no se aceleraba? Él le gustaba y se lo pasó bien con él en la fiesta de Matthew y también en las escasas ocasiones en las que habían coincidido desde que regresó a Londres. Era irónico, ocurrente, inteligente, atractivo… ¿Por qué, entonces, no la afectaba como lo hacía Daniel? Cuando fantaseaba sobre los relatos eróticos de las Memorias, ¿por qué era Daniel quien aparecía siempre en sus fantasías y Logan nunca?
    – Carolyn… ¿es posible que esté pensando lo mismo que yo?
    La pregunta del señor Jennsen la arrancó de sus pensamientos y Carolyn soltó una risa nerviosa. Estaba a punto de asegurarle que estaba convencida de que no estaban pensando lo mismo, pero sus palabras se apagaron en su garganta, pues él la agarró de los brazos con sus grandes manos. Y la acercó a él. Y juntó su boca a la de ella.
    El cuerpo de Carolyn se puso en tensión a causa de la sorpresa, pero, después de unos segundos, le resultó obvio que Logan Jennsen sabía cómo besar a una mujer. De repente, Carolyn sintió una gran curiosidad, así que se relajó. Y enseguida se dio cuenta de que, aunque la técnica de Logan era excepcional y su beso perfectamente agradable, éste no la afectaba, ni de lejos, como lo hacían los besos de Daniel. Sin duda, Logan no le provocaba con un beso magistral lo que Daniel le provocaba con una simple mirada.
    ¡Oh, cielos!
    Logan se apartó de Carolyn y ella, tras abrir los ojos, vio que él la escudriñaba con una expresión entre intrigada y sorprendida. Sus manos se apartaron poco a poco de los hombros de Carolyn y, entonces, se aclaró la garganta.
    – ¿Quiere abofetearme? -preguntó Logan.
    Por alguna razón, una burbuja de risa creció en la garganta de Carolyn, y ella se sintió agradecida, pues la risa apartó de su mente los pensamientos inquietantes que la bombardeaban.
    – ¿Quiere que lo haga?
    – No especialmente.
    – Preferiría que me diera una explicación.
    – ¿Sobre por qué deseaba besar a una mujer hermosa? No es difícil imaginárselo. -Tenía el entrecejo fruncido y, con el dedo índice, se tocó el labio inferior, como para asegurarse de que todavía estaba allí. Y siguió mirando con atención a Carolyn-. ¿Qué opina?
    Indecisa sobre cómo contestar a su pregunta sin ofenderlo, Carolyn escapó por la tangente:
    – ¿Qué opina usted?
    Logan inhaló hondo y declaró:
    – No soy bueno utilizando palabras bonitas como ustedes, los ingleses, así que, simplemente, lo soltaré. Desde que llegué a Inglaterra he perdido mi oportunidad con más de una mujer que he admirado y no quería dejar escapar a otra. Pero nuestro beso no ha sido lo que yo esperaba.
    – ¿Y qué esperaba usted?
    – Pirotecnia. -Una expresión avergonzada cruzó su cara-. Me gusta usted demasiado para no serle del todo honesto. No he sentido ninguna… chispa. Lo siento. -Se pasó la mano por el cabello-. Creo que debería usted abofetearme.
    Carolyn no pudo evitar echarse a reír.
    – Me gusta usted demasiado para no ser honesta. Yo tampoco sentí ninguna chispa.
    Logan parpadeó y sonrió.
    – ¿De verdad?
    – De verdad.
    – Bien. -Exhaló un suspiro de evidente alivio y soltó un respingo-. Supongo que mi orgullo masculino debería impedir que su declaración me hiciera feliz.
    – Mi vanidad femenina tampoco debería permitir que me sintiera feliz. -Carolyn sonrió con amplitud-. Pero si yo puedo soportarlo, usted también podrá.
    El soltó otro respingo.
    – De acuerdo. Por lo visto estamos destinados a ser sólo amigos.
    – Eso parece.
    Aunque Carolyn se sentía feliz por su amistad, le inquietó profundamente lo que ahora era muy evidente: lo que sentía por Daniel era algo más profundo. Carolyn alargó el brazo.
    – ¿Amigos?
    – Amigos. -El señor Jennsen cogió la mano de Carolyn y le dio un beso en el dorso de los dedos-. Mon ami.
    Carolyn parpadeó sorprendida.
    – ¿Habla usted francés?
    – Pues sí.
    – ¿Con fluidez?
    – Así es. -Sus ojos brillaron con diversión-. ¿Quiere que la deslumbre con unas cuantas conjugaciones verbales?
    Carolyn dejó a un lado sus perturbadores pensamientos y se acordó de Gacha, la perra de ojos redondos de Daniel.
    – De hecho, hay varias frases que me gustaría mucho aprender.

    – Siento no haberte encontrado esta tarde -declaró Sarah después de abrazar con fuerza a Carolyn cuando se vieron aquella noche en la concurrida fiesta de lord y lady Exbury-. Me alegro mucho de que estés bien. ¡Qué experiencia tan horrible y espantosa! Gracias a Dios que han detenido a lord Tolliver y no podrá hacer daño a nadie más. -Sarah soltó a Carolyn, la observó durante varios segundos, se subió las gafas por la nariz y parpadeó-. Debo decir que no te ves nada mal después del susto que te llevaste. De hecho, estás radiante.
    ¡Cielos! No esperaba que su encuentro con Daniel la hiciera brillar como una lámpara incluso después de tanto tiempo. Carolyn miró a su hermana y, tras una pausa, declaró:
    – Yo podría decir lo mismo de ti, Sarah. Parece que despidas luz de tu interior.
    El rubor de Sarah se acentuó. Cogió a Carolyn por el brazo y la arrastró hasta un rincón de la atiborrada sala. Por el camino oyó trozos de conversaciones en las que el tema predominante era el asesinato de lady Crawford:
    – Me parece increíble que todavía no hayan cogido al asesino…
    – Seguro que no tardarán…
    – He oído decir que creen que un antiguo amante…
    – … y ayer otro tiroteo…
    Una vez refugiadas en la intimidad del rincón en penumbra, Sarah declaró en voz baja:
    – Yo sé por qué estoy radiante. La culpa es de mi marido, quien por fin me envió una de esas notas en las que se especifica una hora y un lugar y que se mencionan en las Memorias.
    – Está claro que ha funcionado sumamente bien.
    – No te lo puedes ni imaginar. -Sarah enarcó una ceja-. ¿Y cuál es tu excusa?
    «La culpa es del mejor amigo de tu marido, quien me hizo una demostración de cómo se hace el amor en un carruaje, tal y como se relata en las Memorias.»
    Como no deseaba expresarlo en voz alta, Carolyn titubeó. Nunca había tenido secretos con su hermana, pero ¿cómo podía esperar que Sarah comprendiera algo que ella misma apenas comprendía? ¿Que comprendiera una atracción tan insospechada y, a la vez, tan intensa que hacía que hiciera cosas que nunca creyó que fuera capaz de hacer? Una atracción que empezaba a temer que se estuviera convirtiendo en algo más. Y con un hombre que le había dejado claro que lo único que deseaba era una aventura.
    ¿Qué ocurriría si se lo contaba a Sarah y ella desaprobaba su forma de actuar? Carolyn no creía que pudiera soportar ver la censura en los ojos de su hermana. Sin embargo, tampoco podía soportar la idea de mentirle.
    Decidió que la mejor alternativa era confesarle parte de la verdad y descubrir cuál era su reacción.
    – Mi excusa es que… me han besado.
    En lugar de parecer horrorizada, los ojos de Sarah brillaron con interés.
    – ¿Ah, sí? A juzgar por tu resplandor, debe de haber sido un beso excelente.
    – Lo fue. -Carolyn apenas pudo reprimir un profundo suspiro-. Realmente excelente.
    – ¿Y quién, si se puede saber, es ese hombre que besa tan bien?
    Carolyn sacudió la cabeza, sintiéndose confusa.
    – ¿No te sientes horrorizada? ¿Decepcionada?
    – ¡Cielos, no! Estoy encantada. -Se acercó todavía más a Carolyn-. ¿Y quién ha sido?
    «Mmm…» Aunque ella no pretendía conmocionar a su hermana, lo menos que podía haber hecho Sarah era sorprenderse un poco.
    – ¿Por qué no te escandalizas?
    – Porque creo que eres una mujer hermosa que merece que la besen y a quien no han besado desde hace mucho tiempo.
    Las reconfortantes palabras de Sarah emocionaron a Carolyn.
    – En ese caso, supongo que debo confesarte que, en realidad, hoy me han besado dos hombres.
    Sarah arqueó las cejas de una forma brusca, pero en lugar de parecer horrorizada, sus ojos chispearon.
    – ¡Cielos, sí que has tenido un día ajetreado! ¿Y quiénes son esos dos hombres extremadamente inteligentes, de buen juicio y gusto impecable?
    – ¿Cómo sabes que son inteligentes, de buen juicio y gusto impecable?
    – Porque te eligieron a ti para besarte.
    El diablillo interior de Carolyn la llevó a enarcar una ceja y preguntar:
    – ¿Qué te hace pensar que no fui yo quien los elegí?
    – Si fue así, eso sólo reforzaría mi punto de vista, pues tú no habrías elegido a un hombre que no fuera inteligente, de buen juicio y gusto excelente. Y ahora, ¿vas a contarme quiénes son antes de que me muera de curiosidad o tengo que ir a buscar un atizador de chimenea para pincharte?
    Carolyn sacudió la cabeza medio incrédula y medio divertida.
    – ¿Desde cuándo eres tan poco impresionable?
    – Toda la culpa es de ese marido mío. En un período de tiempo escandalosamente corto, me ha despojado de todo mi pudor virginal.
    «Eso es, exactamente, lo que su mejor amigo ha hecho conmigo.»
    Sarah le propinó un leve empujón con el codo.
    – ¿Quieres que vaya a buscar el atizador?
    – No. -Carolyn se acercó a su hermana y susurró-: El beso número uno fue de Daniel… lord Surbrooke.
    – ¡Ah! -exclamó Sarah, mientras una sonrisa que sólo podía indicar que ya se lo esperaba le bailaba en los labios-. ¿Y cómo fue?
    «Increíble. Delicioso. Sorprendente.»
    – Agradable.
    – ¿Sólo agradable?
    – Muy agradable. ¡Caray! ¿Por qué no estás sorprendida?
    – Porque me he fijado en cómo te mira cuando cree que nadie lo está mirando.
    – ¿Y cómo me mira?
    – Como si quisiera besarte. No, en realidad, como si se estuviera muriendo por besarte. Muy a conciencia… Para empezar.
    «¡Oh, Dios mío!» Y lo había hecho. Muy a conciencia. Para empezar.
    – ¿Y el beso número dos? -preguntó Sarah, propinándole otro empujón con el codo.
    – Cortesía de Logan Jennsen.
    Esta vez, Sarah arqueó las cejas.
    – Interesante.
    – Pero ¿no sorprendente?
    – No especialmente, pues también me he fijado en cómo te mira.
    – ¿Y cómo me mira?
    – Como si fueras un plato de leche y él fuera un gato muy sediento. ¿Y cómo fue el beso del señor Jennsen?
    – También agradable.
    Sarah la contempló por encima de la montura de las gafas.
    – No es habitual en ti ser tan poco comunicativa, Carolyn. -Su expresión reflejó preocupación-. Algo pasa. Cuéntamelo, por favor.
    La preocupación de su hermana hizo que se le formara un nudo en la garganta y Carolyn tuvo que tragar dos veces para desanudarlo.
    – En realidad, no pasa nada malo. Sólo que me siento confusa.
    Sarah asintió con la cabeza.
    – Porque los dos son muy atractivos pero sentiste algo con el beso de lord Surbrooke y no sentiste nada con el del señor Jennsen.
    Carolyn la contempló asombrada.
    – ¿Desde cuándo eres clarividente?
    – No lo soy, sólo soy observadora y te conozco muy bien. -Cogió las manos de Carolyn entre las suya -. También me he fijado en cómo miras a lord Surbrooke cuando crees que nadie te está mirando.
    «¡Cielos!»
    – ¿Y cómo lo miro?
    Como una mujer que se siente cautivada por lo que ve.
    – Sarah la observó durante unos segundos con ojos serios-. Te hace reír.
    Carolyn asintió.
    – Sí. Y me hace sentir y querer cosas que no pensé que volviera a sentir o querer nunca más. Creía que mis anhelos se debían sólo a la lectura de las Memorias. Que la naturaleza sensual del libro me hacía desear el tipo de intimidad física que Edward y yo compartíamos.
    Se interrumpió sin estar segura de cómo continuar.
    Sarah asintió con lentitud.
    – Creíste que, como la Dama Anónima, cualquier hombre podría satisfacer tus anhelos físicos. Sin embargo, después de besar a dos de ellos, ambos muy atractivos, te has dado cuenta de que sólo uno calma tus ansias.
    Quizá, después de todo, su hermana sí que era clarividente.
    – Me temo que así es, lo que es sumamente inquietante.
    – ¿Porque te parece que estás siendo desleal a la memoria de Edward?
    – En parte sí.
    – ¿Y por qué más? Lord Surbrooke es un buen hombre.
    – Sí.
    Lo cierto era que estaba demostrando ser mucho mejor hombre de lo que ella creía en un principio.
    – A pesar de todo, no pareces feliz con este asunto. ¿Ha hecho algo que te haya ofendido?
    – De hecho, me ha enviado dulces. Y flores.
    Sarah torció la boca.
    – ¡El muy desalmado! Creo que debería echarle los perros encima.
    Carolyn sacudió la cabeza y soltó una carcajada…
    – ¿A Danforth y Desdemona? Me temo que tus perros, a pesar de su imponente tamaño, sólo lo lamerían hasta matarlo.
    – Tienes razón. Está claro que tengo que comprarme unos perros fieros.
    – No cambiaría nada. El les cae bien a los perros.
    – Entonces deberías estar contenta. Los perros son muy buenos juzgando el carácter de las personas. Un hombre al que aman los perros es un hombre que merece la pena tener.
    – Pero éste es el problema. Yo no quiero tenerlo.
    La expresión de Sarah se suavizó con comprensión.
    – Creo que, en el fondo de tu corazón, sí que quieres tenerlo y esto es lo que te tiene tan confusa.
    Carolyn negó con la cabeza.
    – Mi corazón pertenece a Edward.
    «¿O no?»
    El hecho de que se cuestionara algo de lo que siempre había estado segura la alarmó de verdad.
    – Y aunque no fuera así, Daniel ha dejado bien claro que no quiere mi corazón. Sólo está interesado en mí en un sentido físico.
    – ¿Y eso es lo único que te interesa a ti de él?
    «Sí.» «No.» «No lo sé.» Creía que lo sabía, pero ya no era así. El hecho de que todos estos cambios y sentimientos se hubieran producido en un período tan corto de tiempo la desconcertaba todavía más. -S… si.
    – Entonces no veo cuál es el problema. Los dos queréis lo mismo. -Sarah volvió a apretarle las manos-. Y los dos deberíais tenerlo.
    Carolyn buscó la mirada de Sarah.
    – ¿Me estás animando a que viva una aventura?
    – Te estoy animando a que hagas lo que te haga feliz. Ya has sido infeliz durante mucho tiempo y quiero que vuelvas a vivir. Nada de lo que hagas me parecerá mal, Carolyn. -Titubeó y añadió-: Ya tienes una aventura con él.
    No se trataba de una pregunta, y lo dijo con tanta amabilidad y comprensión que las lágrimas se agolparon en los ojos de Carolyn.
    – Yo… No estoy segura de lo que me ha pasado. Creí que lo tenía todo claro, pero después de que Logan me besara y no provocara en mí las mismas sensaciones que me había provocado el beso de Daniel… -Su voz se fue apagando. Entonces inhaló hondo y continuó-: Se suponía que la aventura con Daniel tenía que ser algo superficial. Despreocupado. Y sin complicaciones. Pero, de repente, no es nada de todo esto.
    – Porque los sentimientos son muy difíciles de contener. Y de predecir.
    – Lo que resulta inquietante y enojoso a la vez.
    – Sí, pero también puede ser maravilloso.
    «Sí. Y doloroso.»
    Sarah le dio un breve abrazo.
    – Pásatelo bien, Carolyn. Disfruta de todo lo que te hace resplandecer. Si te concentras en sacar lo mejor del día de hoy, mañana todo se colocará en su lugar.
    Carolyn se inclinó hacia delante y besó a Sarah en la mejilla.
    – Gracias.
    – De nada. -Sarah bajó la voz-. No mires, pero lord Surbrooke está al otro lado de la habitación hablando con… -alargó el cuello- lady Margate. Acaba de verte y… ¡Cielo santo, qué expresión ha iluminado su mirada! Como una llamarada que prende repentinamente en astillas secas.
    Carolyn no pudo evitar mirar en aquella dirección. Su mirada se encontró con la de Daniel y pareció como si todo lo que había entre ellos, los invitados, las charlas, la música, el tintineo de las copas de cristal…, todo se desvaneciera. Una avalancha de preguntas bombardeó a Carolyn, quien tuvo que esforzarse para no atravesar corriendo la habitación y formulárselas a Daniel. «¿Has leído el libro? ¿Y mi nota? ¿Tienes tantas ganas como yo de estar de nuevo a solas conmigo?»
    – Julianne y Emily están a punto de unirse a nosotras -declaró Sarah con la boca de medio lado-. Te dejo en buenas manos mientras voy a buscar a mi marido, quien me prometió un baile.
    Preguntándose cuánto tardaría Daniel en acercarse a ella, Carolyn lo saludó con un discreto gesto de la cabeza, gesto que él le devolvió. A continuación, se esforzó en centrar su atención en Emily y Julianne, quienes querían oír los detalles del disparo de la noche anterior. Cuando Carolyn volvió a mirar hacia donde había visto a Daniel por última vez, él ya no estaba allí. Y tampoco lady Margate, con quien él estaba hablando minutos antes. ¿Se dirigía Daniel hacia donde estaba ella? Esta idea hizo que el corazón se le acelerara, pero después de estar hablando durante un cuarto de hora con Emily y Julianne sin que Daniel apareciera, el estado de ánimo de Carolyn decayó.
    ¿Dónde estaba él y por qué no se había acercado a ella?

Capítulo 17

    A algunas mujeres les gustan las restricciones del matrimonio, pero yo disfrutaba de la libertad de la viudedad y de no tener que dar explicaciones a nadie salvo a mí misma. Era libre de centrarme en un amante o, si lo deseaba, dirigir mi atención a varios hombres.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    – ¿Estás disfrutando de la fiesta?
    La pregunta hizo que Daniel apartara su atención de Carolyn, quien estaba en el otro extremo de la atiborrada habitación cerca de la fuente del ponche, y se volviera hacia su interlocutor. Matthew estaba a su lado, con una copa de champán en la mano.
    – Claro que estoy disfrutando de la fiesta.
    Lo que era una mentira absoluta. Había cumplido con su obligación, charlando y mezclándose con los demás invitados, incluidos Gideon Mayne y Charles Rayburn, quienes estaban de servicio y seguían esperando encontrar una pista en relación con en el asesinato de Blythe. En más de una ocasión, Daniel había sentido sus miradas clavadas en él.
    Pero ahora que había cumplido sus obligaciones sociales, lo único que quería era irse de allí. Con Carolyn, a quien, a pesar de todos sus esfuerzos, no había conseguido borrar de su mente ni siquiera un instante. Sobre todo después de leer el explícito libro que le había enviado. Las breves palabras que ella había escrito en la nota adjunta estaban grabadas en su mente: «Quiero todo esto.»
    ¡Y por Dios que él quería dárselo! Y había decidido empezar allí mismo, empleando uno de los métodos utilizados por uno de los amantes de la Dama Anónima. En una de las fiestas a las que asistieron, el amante de la dama se mantuvo alejado de ella a propósito para crear un ambiente de expectativa. El estaba haciendo lo posible por mantenerse a distancia de Carolyn, pero le estaba costando muchísimo. Quizá le iría mejor si empleara otro de los métodos descritos en el libro. El de arrastrar a hurtadillas a su amante a la habitación vacía más cercana, cerrar la puerta con pestillo y proceder a demostrarle lo mucho que la deseaba. Pero sabiendo los rumores que había despertado el hecho de que estuvieran juntos durante el tiroteo de la noche anterior, por respeto a Carolyn, decidió actuar con discreción.
    Aunque…, el plan de arrastrarla fuera de aquella habitación quizá fuera mejor, pues el bastardo de Jennsen estaba hablando con ella en aquellos momentos. Y sonriéndole. Y, maldita sea, ella le estaba devolviendo la sonrisa. De hecho, estaban hablando como si fueran los mejores amigos del mundo.
    – Debo decirte que me sorprende que estés disfrutando de la fiesta -declaró Matthew-, porque por tu aspecto nadie lo diría. Tu cara parece una nube tormentosa.
    ¡Maldición! Daniel cambió de expresión y bebió un trago de coñac.
    – La fiesta es estupenda.
    – Me alegra que opines así. Personalmente, me cuesta esperar a volver a casa con mí encantadora mujer y quitarle ese precioso vestido que lleva puesto. ¿Tienes planes para más tarde?
    «Sí, voy a tirar al bastardo de Jennsen a las zarzas más cercanas. Después haré el amor con la mujer más hermosa que he visto en mi vida.»
    – ¿Por qué me lo preguntas?
    – Sólo por charlar. -Se interrumpió y añadió-: Sorprendente pareja.
    – ¿Quién?
    – Carolyn y Jennsen.
    Daniel apretó con fuerza la copa de coñac.
    – No son una pareja -declaró, orgulloso de lo indiferente que sonó su afirmación.
    – Lo mismo pensaba yo, pero algo que me ha contado Sarah hace menos de un cuarto de hora me ha hecho cambiar de opinión.
    – ¡Vaya! ¿Y qué te ha contado tu esposa?
    – Que Jennsen la besó. Me refiero a Carolyn, claro, no a mi esposa. Si hubiera besado a mi esposa, te aseguro que no habría podido asistir a la fiesta.
    A Daniel se le heló la sangre. Se volvió poco a poco hacia Matthew.
    – ¿Disculpa?
    – Digo que, si hubiera besado a mi esposa…
    – Esta parte no, la otra.
    – ¡Ah! Que Jennsen ha besado a Carolyn.
    Daniel se sintió como si lo hubieran apuñalado y preguntó con sequedad:
    – ¿Cuándo?
    – Hoy.
    Daniel negó con la cabeza.
    – Te equivocas.
    Tenía que equivocarse.
    – Te aseguro que no.
    – ¿Dónde?
    Matthew frunció el ceño.
    – Sarah no me lo ha contado, aunque, si tuviera que adivinarlo, diría que en el salón.
    – Me refiero a qué parte del cuerpo le ha besado. ¿La mano? ¿La mejilla?
    Aunque odiaba la idea de que la hubiera besado, suponía que podría reprimirse y no darle a Jennsen una patada en el culo por besarle la mano o la mejilla a Carolyn. Al menos, eso creía.
    Matthew sacudió la cabeza.
    – ¡Ah, no! En los labios. Y, según Sarah, fue todo un beso.
    Daniel se sintió como si fuera a expulsar vapor por todos los poros de su cuerpo.
    – ¿Qué demonios significa eso?
    Al oír su tono de voz, Matthew arqueó una ceja.
    – Seguro que, con todas las amantes que has tenido, sabes qué tipo de beso es «todo un beso».
    Una neblina roja empañó la visión de Daniel. El bastardo de Jennsen había besado a Carolyn. A su Carolyn. Iba a hacer algo más que patear el maldito culo colonial de Jennsen. Lo iba a patear durante todo el camino de regreso a Norteamérica. Separó los labios para hablar, pero estaba tan furioso que las palabras no salieron de su boca. Nunca, en toda su vida, se había sentido tan enfadado. O tan terriblemente celoso.
    Lo que resultaba ridículo. El no tenía ningún derecho sobre Carolyn. Como sus anteriores amantes, ella era libre de hacer lo que quisiera con quien quisiera. Igual que él. El problema consistía en que, a diferencia de sus anteriores aventuras, él no deseaba a nadie más que a ella. Y la posibilidad de que ella deseara a alguien que no fuera él, que compartiera con otro hombre las intimidades que había compartido con él, lo destrozaba. Era evidente que Jennsen se sentía atraído por Carolyn. Pero ¿ella también se sentía atraída por Jennsen?
    – ¿Cuál fue su reacción al beso de Jennsen?
    Daniel tuvo que esforzarse para que las palabras salieran por su tensa garganta.
    – No tengo ni idea. Pero no parece estar enfadada con él. Y está claro que no le amorató un ojo. -Matthew se inclino hacia Daniel-. Tenía la impresión de que estabas interesado en ella. Si es así, será mejor que dejes de mariposear por ahí.
    – ¿Qué te hace pensar que estoy mariposeando por ahí?
    – El hecho de que ella esté allí charlando y sonriéndole a Jennsen y que tú estés aquí conmigo es prueba suficiente.
    Daniel vio que Jennsen le tendía a Carolyn un vaso de ponche e intentó apartar de su mente la imagen de aquel bastardo besando a su mujer. Saboreándola. Tocando su piel. Haciendo el amor con ella.
    «Ella no es tu mujer. Es tu amante. Nada más.»
    Sí. Y eso era lo que él quería. Una frugal aventura, como de costumbre. Y lo que ella quería también, porque su corazón seguía entregado a Edward. ¡Cielos, ya era bastante malo tener que competir con el recuerdo de su esposo muerto! Esposo que Carolyn había colocado en un pedestal tan alto que casi lo había convertido en una divinidad. ¡Y encima ahora tenía que competir con Jennsen! Alguien mucho más vivo que, evidentemente, no tenía reparos en tomar lo que deseaba. Y alguien que, por la forma en que ella le sonreía, a Carolyn le gustaba.
    Pues bien, Daniel tampoco tenía reparos en tomar lo que deseaba, algo que Jennsen descubriría antes de que terminara aquella velada.
    Matthew declaró en voz baja:
    – Si yo fuera tú, no me preocuparía. Recuerdo con claridad que me dijiste que todas las mujeres se ven iguales en la oscuridad. Según esta teoría, cualquier mujer servirá para satisfacer tus apetitos carnales. De hecho, en esta misma habitación hay un montón de féminas encantadoras entre las que escoger.
    ¿Ah, sí? No se había dado cuenta. La única mujer a la que había prestado atención en toda la noche era Carolyn. Incluso mientras hablaba con otras mujeres, como Kimberly y Gwendolyn, lady Margate, con quienes había mantenido relaciones íntimas en el pasado, sólo estaba pendiente de Carolyn. De dónde estaba, de con quién hablaba y de cuántas veces había mirado en su dirección. Además, era evidente que tenía que revisar su teoría de que todas las mujeres eran iguales en la oscuridad, pues Carolyn la había roto en pedazos.
    Matthew soltó un respingo.
    – ¡Vaya, la caída de los grandes!
    – ¿A qué te refieres?
    – A ti, amigo mío. Me refiero a ti. Hace muy poco tiempo me dijiste que sólo deseabas tener una aventura y que querías que tu corazón fuera sólo tuyo.
    Daniel apartó con esfuerzo la mirada de Carolyn y Jennsen y miró con enojo a su amigo.
    – ¿De qué estás hablando?
    – Creo que te ha salido el tiro por la culata. -Matthew le dio unas palmaditas a Daniel en el hombro-. Dado que yo he pasado recientemente por la terrible experiencia de perder el corazón, por no mencionar el alma, te acompaño en el sentimiento.
    Daniel sintió que empalidecía.
    – A mí no me ha pasado nada parecido.
    – Te he estado observando, amigo mío, y yo diría que sí.
    – ¿Desde cuándo te has dedicado a observarme tan de cerca?
    Matthew esbozó una sonrisa luminosa.
    – Desde que te convertiste en alguien tan interesante de observar. Considérame a tu disposición, por si necesitas un oído que te escuche o un hombro en el que llorar.
    – Dudo que vaya a echarme a llorar.
    Matthew asintió en señal de aprobación.
    – Conserva tu orgullo. Buen plan. En cuanto a mí, esperaré el momento en el que pueda decirte que ya te lo había dicho. Y quizás incluso cobrar las cincuenta libras de la apuesta que hicimos. Mientras tanto, me voy a buscar al amor de mi vida, a llevarla a casa y conducirla a la cama. Y te sugiero que hagas lo mismo. Te deseo suerte.
    Con la mente en estado de caos, Daniel contempló cómo se alejaba su amigo. ¿Podía Matthew estar en lo cierto? ¿Había perdido tontamente su corazón? Demonios, esperaba que no, porque, si era así, lo había hecho con una mujer que había dejado claro que no lo deseaba.
    Miró a Carolyn, quien ahora charlaba con sus amigas lady Julianne y lady Emily. Tras dar una rápida ojeada a la habitación, vio que el bastardo de Jennsen se dirigía a la terraza.
    Daniel lo siguió con la mandíbula encajada. Una vez en la terraza, vio que su presa estaba sola en un rincón, contemplando el jardín.
    – ¿Puede dedicarme un minuto, Jennsen?
    Jennsen se volvió hacia Daniel y enarcó las cejas. Seguramente, debido al tono autoritario que había empleado Daniel, pero a éste no le importaba en absoluto.
    Tras murmurar algo que, sospechosamente, sonó como «Esto promete ser interesante», Jennsen realizó una leve inclinación de cabeza.
    – Parece una tetera a punto de expulsar vapor, Surbrooke.
    Seguramente porque era así como se sentía.
    – Ha besado a lady Wingate.
    Jennsen volvió a arquear las cejas y pareció sentirse divertido.
    – No creo que eso sea de su incumbencia.
    – Eso es por completo de mi incumbencia. Está usted dirigiendo sus atenciones amorosas en la dirección equivocada.
    – Por lo que yo sé, soy libre de dirigirlas en la dirección que desee. -Jennsen soltó una breve carcajada-. A diferencia de ustedes, los aristócratas, no me esclaviza un título ni unas normas rígidas acerca del romance y el matrimonio ni la apremiante necesidad de proporcionar un heredero a un linaje viejo y polvoriento.
    – Sin embargo, aspira a obtener los favores de una vizcondesa.
    – Usted sabe, tan bien como yo, que Carolyn no es como las otras mujeres de ahí dentro. -Hizo un gesto con la barbilla en dirección al salón-. Ella sólo tiene el título por matrimonio y, gracias a Dios, ha conservado lo bueno de sus orígenes más humildes.
    Daniel apretó los puños al oír que Jennsen utilizaba, con familiaridad, el nombre de pila de Carolyn.
    – Lo que la hace demasiado buena para usted.
    – Y supongo que perfecta para usted.
    – Eso a usted no le importa. Bástele saber que la dama no está disponible.
    – Creo que esto es ella quien tiene que decidirlo. -Jennsen entrecerró los ojos-. ¿Están ustedes prometidos? -Antes de que Daniel pudiera responder, Jennsen añadió con rapidez-: No, claro que no. Su aversión hacia el matrimonio es bien conocida. -Sus labios se curvaron en una lenta sonrisa-. Yo, personalmente, no siento esa aversión. Sólo necesito encontrar a la mujer adecuada.
    – Le aseguro que esa mujer no es lady Wingate. -Se acercó a Jennsen y se sintió satisfecho al ver que era un poco más alto que el norteamericano-. La dama ya ha elegido y no lo ha elegido a usted.
    Jennsen lo miró con fijeza y, al final, reconoció:
    – Lo sé.
    Daniel apenas consiguió ocultar su sorpresa ante la claudicación de Jennsen. Quería preguntarle cómo lo sabía -después de hacérselas pasar moradas- pero se lo pensó mejor. No importaba cómo lo supiera siempre que lo supiera. Parte de la tensión de sus hombros se desvaneció.
    – Y da la casualidad -continuó Jennsen- de que yo tampoco la he elegido a ella.
    Otra capa de tensión se desvaneció.
    – Excelente.
    – Pero sepa que la única razón de que se lo cuente a usted es porque no quiero causarle a Carolyn ningún problema. -Dio una rápida ojeada a Daniel-. Si tiene que elegir a alguien, me alegro de que sea usted.
    – ¿Por qué razón?
    – Porque es evidente que usted se preocupa por ella. Y ella se merece que alguien lo haga.
    Daniel se mantuvo impasible, aunque le costó un gran esfuerzo. ¡Maldición, primero Matthew y ahora Jennsen! ¿Desde cuándo se había vuelto tan transparente? ¡Pues claro que se preocupaba por ella! La deseó desde la primera vez que la vio. Y aunque el razonamiento de Jennsen le molestaba un poco, valoraba su franqueza. De hecho pensó que, siempre que se mantuviera alejado de Carolyn, era posible… quizás… a lo mejor, algún día, podía caerle bien. Sólo un poco.
    Daniel carraspeó.
    – En cuanto a lo de encontrar a la mujer adecuada, Jennsen, a pesar de todos los improperios que acaba de proferir hacia nosotros, me apuesto algo a que se enamorará de una inglesa. -Se le escapó una carcajada-. ¡Qué ironía!
    Jennsen realizó un sonido de burla.
    – Si es así, puede usted apostar su trasero a que no será una de esas mocosas estiradas de la alta sociedad. Preferiría casarme con una camarera.
    – Sin embargo, en la fiesta de Matthew se fijó en la hermana de lady Wingate y, después, en la misma lady Wingate.
    – Ninguna de ellas es de la alta alcurnia.
    Tras reflexionar durante unos segundos, Daniel le preguntó:
    – ¿Quiere que lo hagamos más interesante?
    – ¿A qué se refiere?
    – Apuesto cincuenta libras a que se enamora de una mocosa estirada de la alta sociedad.
    – ¡Hecho! -exclamó Jennsen sin titubear ni un instante-. Serán las cincuenta libras que habré ganado más fácilmente en toda mi vida. ¿Quiere hacerlo todavía más interesante?
    – ¿Prefiere perder cien libras?
    – ¡Oh! No tengo la intención de perder. Quería realizar otra apuesta de cincuenta libras. Apuesto a que también usted se enamorará de una joven de la alta sociedad.
    Daniel se rió entre dientes. Como había realizado una apuesta casi exacta con Matthew, ¿por qué no ganarla por partida doble? Jennsen no tenía forma de saber que, puesto que había llegado a los treinta y tres años sin haber caído en las redes del amor, era evidente que era inmune a éstas. Aunque era posible que Carolyn hubiera conseguido robarle un pedacito de su intacto corazón, eso no significaba en absoluto que fuera su dueña. O que él permitiera que ella lo encadenara. Como siempre, su corazón seguía siendo suyo, a pesar de la minúscula muesca que acababa de sufrir.
    – ¡Hecho! -Sonrió y se frotó las manos-. ¡Voy a disfrutar aligerándolo de sus cien libras, Jennsen!
    Jennsen rió entre dientes y sacudió la cabeza.
    – Eso no lo verá nunca. Yo nunca me enamoraré de una joven de la alta sociedad y usted ya tiene el cuello en el lazo, Surbrooke. Y la mano del verdugo ya está en la palanca de la trampilla. Aun así, le deseo suerte.
    Sin dejar de reír, Jennsen se alejó desapareciendo en el salón.
    Daniel, enojado, aunque no sabía bien por qué, contempló el interior del salón a través de los ventanales. Sus ojos encontraron a Carolyn y, como si ella hubiera sentido el peso de su mirada, se volvió hacia él. Sus miradas se encontraron a través del cristal y, de repente, Daniel se sintió como si el suelo hubiera desaparecido bajo sus pies.
    Tanto Matthew como Jennsen le habían deseado suerte y, de repente, tuvo el convencimiento de que la necesitaría.

Capítulo 18

    Sólo tenía una norma inquebrantable respecto a mis aventuras. Y ponía gran cuidado en no romperla: nunca permitía que mi corazón se viera involucrado en ellas. Esto sólo me traería dolor y desgracia y no quería ninguna de las dos cosas.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Vestida con un camisón de color azul claro rematado con puntillas y con una bata a juego, Carolyn recorría de un extremo al otro el vestíbulo de su casa. Se detuvo para contemplar el reloj que descansaba en la mesa del rincón. Acababan de dar las dos de la madrugada. Había visto a Daniel por última vez hacía una hora, en el vestíbulo de la casa de lord Exbury, cuando ella se iba de la fiesta. «Te veré muy pronto», murmuró él. Antes de que ella pudiera pedirle que le aclarara qué significaba «muy pronto», Daniel desapareció entre la multitud.
    Esperando que significara que la vería más tarde, aquella misma noche, nada más llegar a casa Carolyn le indicó a Nelson que se retirara, corrió a su dormitorio y se puso su mejor camisón.
    Durante la última media hora, se había mantenido despierta en el vestíbulo, esperando oír la campanilla de la verja que le indicara que él había llegado.
    Presionó sus manos contra su estómago para apaciguar sus nervios y la anticipación aceleró su respiración. Se trataba de la misma expectación que había, alterado sus sentidos durante toda la noche. En la velada de los Exbury, había pasado muy poco tiempo con Daniel. Habían bailado un vals durante el cual ella apenas había podido pronunciar ni una palabra por el fuego que la consumía al sentir cómo él la desvestía con la mirada. Casi lo único que pudo decir fue preguntarle si había recibido su regalo. Los ojos de Daniel chispearon y contestó que sí. Después le dijo las palabras que habían ocupado su mente durante el resto de la velada: «Quiero darte todo eso, Carolyn. E incluso más.»
    Después, sólo compartieron una breve conversación y muchas miradas a través de la habitación, terminando con su enigmático: «Te veré muy pronto.»
    Sin embargo, su falta de contacto no hizo más que aumentar las ansias de Carolyn de estar con él. Durante la velada, había sido dolorosamente consciente de su presencia en todo momento, siendo casi incapaz de concentrarse en nada ni en nadie aparte de él. Y se sintió más que un poco celosa cada vez que una mujer exigió su atención. Lady Walsh, lady Balsam y lady Margate, todas ellas mujeres hermosas.
    Y ella deseó abofetearlas a todas.
    Después de recorrer el vestíbulo durante otro cuarto de hora más, Carolyn al final aceptó la decepcionante realidad de que con «muy pronto» Daniel no quiso decir «más tarde esta misma noche». Exhaló un suspiro, subió las escaleras y se dirigió a su dormitorio, aunque sabía que, aquella noche, le costaría dormir.
    Entró en el dormitorio y cerró la puerta. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y apoyó los hombros en el panel de madera mientras todas las fibras de su ser luchaban entre echar de menos a Daniel y desear fervientemente no hacerlo. Al final, enderezó la cabeza con desgana y abrió los ojos. Y se quedó paralizada. Y miró con atención…
    A Daniel, quien estaba tumbado sobre su colcha, con la espalda apoyada en el cabezal de la cama, acomodado sobre sus cojines bordeados de puntilla y con los brazos cruzados de forma descuidada debajo de su cabeza.
    Daniel, quien no llevaba nada puesto, salvo la piel.
    Y quien, evidentemente, estaba muy contento de verla.
    – Creo que deberías cerrar con llave -declaró Daniel con voz suave.
    Carolyn, incapaz de apartar la vista de él, alargó el brazo hacia atrás y hurgó en la cerradura. En cuanto oyó que se cerraba, Daniel se levantó de la cama con lentitud y se acercó a Carolyn recordándole a un pantera negra que hubiera avistado a su presa.
    Carolyn no podría haberse movido ni haber hablado aunque le hubiera ido la vida en ello. Al verlo tan fuerte, musculoso y tan sumamente excitado, se le cortó la respiración. La pasión que despedía su mirada amenazaba con incinerarla allí mismo.
    El fuego que ardía en la chimenea inundaba la habitación de un resplandor cálido y dorado que se reflejaba en el cuerpo de Daniel en un cautivador juego de luces y sombras. Cuando llegó junto a ella, Daniel la rodeó con sus brazos e inclinó la cabeza. La sensación de su cuerpo presionado contra el de ella, de su piel desnuda bajo las manos de Carolyn, que se deslizaban por su pecho para rodearle el cuello, hizo que Carolyn se sintiera mareada. Sus labios se encontraron y los de Carolyn se entreabrieron en un suspiro de placer. A diferencia de su último beso, que había sido frenético y salvaje, aquél fue lento. Deliberado. Profundo. Embriagador. Y a Carolyn le flaquearon las rodillas.
    Daniel levantó la cabeza terminando el beso con la misma lentitud con la que lo había iniciado. Carolyn se quedó sin aliento, deseando más. La mirada de Daniel brillaba con una intensidad que Carolyn no había visto nunca antes, una intensidad que le hizo desear poder leer los pensamientos de Daniel. Una intensidad que encendió un temblor ardiente en su interior.
    Daniel deslizó los dedos con suavidad por la mandíbula de Carolyn y dijo en voz baja:
    – Carolyn.
    Ella, como respuesta, susurró la única palabra que había flotado en sus labios durante toda la noche.
    – Daniel. -Entonces tragó saliva y preguntó-: ¿Qué estás haciendo aquí?
    – Esperándote. Y, por cierto, me ha parecido una eternidad. ¿Dónde estabas?
    Una sonrisa avergonzada curvó un extremo de la boca de Carolyn.
    – En el vestíbulo.
    Daniel recorrió su atuendo con la mirada.
    – ¿En camisón?
    – Te estaba esperando, pues confiaba en que tu «Te veré muy pronto» significara que nos veríamos esta noche. ¿Cómo has entrado en mi dormitorio?
    – No puedo contártelo. Después de todo, un hombre tiene que tener sus secretos.
    Al darse cuenta de que Daniel había repetido las palabras exactas que ella le había dicho antes, Carolyn le devolvió su misma respuesta.
    – ¿Te das cuenta de que me estás incitando a averiguarlo?
    – Me encanta oírte decir que te incito. Te confesaré que mi sistema de entrar está relacionado con mi personaje de salteador de caminos. Y que el cierre del ventanal no funciona como debería, aunque lo he arreglado mientras te esperaba.
    Carolyn contempló los ventanales, que comunicaban con un pequeño balcón.
    – ¿Has entrado por el balcón? ¿Cómo has subido hasta la segunda planta?
    – Como te he dicho, un hombre tiene que tener sus secretos, aunque te confesaré que, cuando llegué iba vestido. Como no me querías contar qué te pones para dormir, decidí averiguarlo por mí mismo. -Su ardiente mirada se deslizó por la puntilla de color crema que bordeaba los pechos de Carolyn-. Me gusta mucho. Y puestos a hacer revelaciones, he considerado que era justo que vieras lo que yo me pongo para dormir.
    Carolyn deslizó la mirada por los fornidos hombros y el pecho de Daniel y se humedeció los labios.
    – Me gusta mucho.
    Carolyn deseaba apretarse contra él y volver a sentir la magia de sus besos, pero Daniel la cogió de la mano y la condujo hasta la cama. En lugar de echarla en ésta, como Carolyn esperaba, cogió un paquete delgado de la mesilla de noche.
    – Para ti.
    – ¿Otro regalo? -preguntó Carolyn, sorprendida y complacida al mismo tiempo.
    Cogió el paquete que, por su forma y tamaño, dedujo que era un libro. ¡Santo cielo, el hecho de que se presentara en su dormitorio desnudo ya era suficiente regalo!
    – Si no vas con cuidado, empezaré a esperar un regalo cada vez que te vea-bromeó Carolyn.
    – Para mí será un placer dártelos.
    – ¿Lo abro ahora?
    – Sólo si quieres ver de qué se trata.
    Aunque le resultaba casi imposible concentrarse en nada que no fuera la desnudez de Daniel, Carolyn consiguió quitar la cinta y el papel de seda que envolvía el paquete y descubrió un libro encuadernado en piel y ligeramente usado. Deslizó el dedo por las letras doradas del título. Breve recopilación de mitología griega.
    – Galatea le dijo al salteador de caminos que, en lugar de joyas, preferiría un libro del caballero en cuestión. Como tú me has regalado uno de tus libros, he creído apropiado regalarte uno de los míos. -Tocó un trozo de cinta azul que sobresalía de las páginas-. He señalado las páginas que hablan de Galatea.
    – Gracias.
    – De nada. -Daniel curvó una de las comisuras de sus labios-. Aunque no es tan estimulante como el libro que tú me regalaste.
    – Aun así, lo guardaré como un tesoro.
    – Me alegro. -Daniel cogió el libro y lo dejó sobre la mesilla. -Y hablando de tesoros, ya va siendo hora de que el salteador de caminos coja su botín. -Cogió a Carolyn por la cintura y bajó la mirada por su cuerpo hasta los pies y volvió a subirla-. Estás maravillosa.
    – Tú también.
    – Sólo que tú estás demasiado vestida.
    – Ya me he dado cuenta. -Carolyn recorrió el pecho de Daniel con las manos-. ¿Me ayudarás a corregirlo?
    – Es la invitación más tentadora que he recibido nunca.
    Mientras Daniel le desabrochaba el cinturón de la bata, Carolyn presionó los labios contra el centro de su pecho, cerró los ojos y respiró su aroma. Su olor, cálido y limpio, con un toque de madera de sándalo y algodón almidonado, hizo que la cabeza le diera vueltas. Le hizo desear hundirse en su piel y no hacer nada más que respirarlo.
    Carolyn recorrió su pecho con sus besos absorbiendo el grave gruñido de aprobación de Daniel mientras él le quitaba la bata por los hombros. La bata cayó a los pies de Carolyn con un susurro de seda. A continuación, Daniel deshizo con lentitud la trenza de Carolyn y deslizó las manos entre su pelo. Los dedos de ella siguieron el contorno del esculpido abdomen de Daniel y se apoyaron en la parte baja de su espalda. Cuando Carolyn lamió el pezón de Daniel, él soltó un respingo.
    Daniel irradiaba tensión, demostrando que se estaba sometiendo a un estricto control, pues estaba decidido a no perder el autodominio. Por desgracia, o quizá por fortuna, Carolyn estaba igualmente decidida a hacerle perder ese dominio. De aquella forma suya que hacía que a él se le detuviera el corazón y se le encogieran las entrañas.
    – Me estás distrayendo de mi tarea-declaró Daniel, rozando el cuello de Carolyn con los labios.
    – ¿Y qué tarea es ésa?
    – Desnudarte.
    – ¡Ooohhh…!
    La voz de Carolyn se apagó cuando Daniel le cubrió los pechos con las manos y excitó sus pezones a través de la seda de su camisón. Entonces Daniel subió las manos y las introdujo por debajo de los finos tirantes del camisón de Carolyn bajándoselos por los hombros. Carolyn contuvo el aliento. El fresco tejido recorrió la ardiente piel de Carolyn y se unió a la bata junto a sus tobillos.
    – ¡Maravilloso! -murmuró Daniel mientras recreaba su vista en el cuerpo de Carolyn.
    Recorrió con suaves besos el cuello y la clavícula de Carolyn y bajó por su pecho, donde realizó lentos círculos con su lengua alrededor de su pezón. Le cubrió el otro pecho con una mano y bajó la otra por su columna vertebral hasta llegar a sus nalgas, donde rozó con sus dedos la sensible hendidura que las separaba.
    Carolyn inhaló hondo y, cuando Daniel succionó su pezón con su cálida boca, exhaló el aire en un largo gemido. Carolyn deslizó los dedos por el espeso pelo de Daniel mientras todo en su interior se aceleraba y palpitaba produciéndole una tensión enervante que exigía liberación. Carolyn separó las piernas, una silenciosa invitación a que él tocara su sexo húmedo e hinchado. Pero Daniel, en lugar de hacerlo, siguió acariciando sus pechos y lamiéndolos sin prisas mientras masajeaba sus nalgas.
    Carolyn deslizó una mano entre ellos para tocar su miembro, pero Daniel levantó la cabeza y le agarró la mano.
    – ¡Todavía no!
    Flexionó las rodillas y cogió a Carolyn en brazos. Ella soltó un respingo de sobresalto y rodeó el cuello de Daniel con los brazos mientras él la conducía a un rincón de la habitación.
    – Soy perfectamente capaz de caminar sola -se sintió impulsada a decir Carolyn, aunque disfrutaba de la fuerza de Daniel.
    – Lo sé, pero yo soy totalmente incapaz de separar mis manos de ti.
    La dejó con suavidad delante del espejo de cuerpo entero del rincón y cogió el taburete redondo y forrado de terciopelo que había delante del tocador de Carolyn. Después de dejarlo a sus pies, se colocó detrás de ella acomodando su erección en su trasero.
    Carolyn vio, en el reflejo del espejo, que las grandes manos de Daniel aparecían por ambos lados de su cintura y le cubrían los pechos.
    – Quiero hacerte el amor aquí-declaró Daniel con dulzura mientras rozaba la sien de Carolyn con sus labios y clavaba su intensa mirada en la de ella en el espejo-para que puedas verme no sólo a mí, sino a ambos. Juntos. Verme a mí acariciándote. -Sus dedos juguetearon con los prominentes pezones de Carolyn-. Besándote. -Deslizó los labios por la oreja de Carolyn-. Saboreándote -murmuró deslizando la lengua por el cuello de ella.
    Un hormigueo recorrió la piel de Carolyn, quien cerró los ojos y se entregó a las caricias de Daniel.
    – Mírame -pidió él con voz ronca-. No cierres los ojos.
    Carolyn abrió los ojos y su mirada colisionó con la de él. Nadie la había mirado nunca con un ardor tan ferviente y concentrado. Con una avidez tan intensa.
    – Quiero que me veas tocarte, Carolyn.
    Una de las manos de Daniel bajó por el torso de Carolyn, pasó por encima de su cadera y le agarró el muslo por debajo. Le subió la pierna y apoyó su pie en el taburete acolchado.
    Carolyn se ruborizó por completo al verse tan expuesta, pero cualquier vergüenza que hubiera experimentado se evaporó con el primer roce de los dedos de Daniel en su húmedo sexo.
    Un largo «¡Oooohhhh!» de placer escapó de la garganta de Carolyn, quien arqueó la espalda en un ruego silencioso para que la acariciara más.
    – ¡Eres tan suave y hermosa…! -le dijo Daniel a su reflejo mientras una de sus manos jugaba despacio con el pecho de Carolyn y los dedos de la otra acariciaban con lentitud sus pliegues hinchados-. ¡Tan húmeda…! -Hundió los labios en el pelo de Carolyn, inhaló hondo y soltó un gruñido-. ¡Hueles tan increíblemente bien…! ¡Y tu tacto es tan agradable…!
    Ella levantó los brazos, los llevó hacia atrás y le rodeó el cuello.
    – ¡Y tú me haces sentir tan increíblemente bien…! -susurró Carolyn, fascinada por la excitante visión de las manos de Daniel proporcionándole placer.
    Él continuó con su lento pero incesante asalto al cuerpo de Carolyn. Introdujo dos dedos en su interior y bombeó lentamente mientras presionaba la palma de su mano contra su sensible abultamiento de carne con la suficiente presión para hacerla temblar pero sin proporcionarle el alivio que su cuerpo ansiaba con desesperación.
    La respiración de Carolyn se volvió rápida y superficial y, con un gemido de desesperación, se arqueó contra la mano de Daniel, buscando, necesitando más. Mientras jadeaba, apoyó la cabeza en el hombro de Daniel y, perdida en una niebla de necesidad y sensaciones, sus ojos se cerraron.
    – Abre los ojos, Carolyn. Mírame -exigió Daniel con voz grave.
    Y ella lo obedeció. La mirada, caliente e intensa de Daniel se encontró con la de Carolyn en el espejo.
    – Dime que me quieres.
    Carolyn se humedeció los labios y luchó por encontrar su voz.
    – Ya sabes que sí.
    Él introdujo un poco los dedos en su interior.
    – Dilo.
    – Yo… te quiero.
    ¡Santo cielo! ¿Acaso no se daba cuenta? ¿No veía que ella estaba a punto de derretirse?
    – Te quiero, Daniel -la apremió él sin separar la vista de la de ella.
    – Te quiero, Daniel -susurró ella apretándose febrilmente contra su mano y buscando alivio a la tortura a la que la tenía sometida.
    – Otra vez.
    – Te quiero, Daniel. -Carolyn bajó una mano del cuello de Daniel y la introdujo entre los cuerpos de ambos para coger su erección-. Te quiero, Daniel. Te quiero mucho. Ahora. Por favor.
    Una oscura satisfacción brilló en los ojos de Daniel. Sin pronunciar una palabra, sacó los dedos del interior de Carolyn, se arrodilló y se sentó en sus talones. Entonces tiró de Carolyn hasta que ella quedó a horcajadas sobre sus muslos. Siempre de cara al espejo, Daniel dirigió la cabeza de su erección a la húmeda abertura de Carolyn.
    Carolyn, sin dejar de mirar el espejo y con las manos de Daniel sobre sus pechos, bajó poco a poco provocando que ambos exhalaran un largo gemido.
    Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió. Lo único que podía hacer Carolyn era mirar fijamente los ojos de Daniel y asimilar la increíble sensación de sentir la presión de él en su interior. Mirarlo a él y a ella. A los dos. Juntos. Aquella visión era tan emocionante, conmovedora, hermosa y profundamente íntima que la garganta se le encogió.
    Carolyn apoyó las manos en las de Daniel, sobre sus pechos, y susurró:
    – Daniel…
    Un gemido rasgado salió de la garganta de Daniel y resonó en los oídos de Carolyn.
    – Carolyn. Dios mío, Carolyn…
    Daniel balanceó las caderas y ella gimió mientras él la penetraba más profundamente. Carolyn volvió la cabeza y sus bocas se encontraron en un intenso y lujurioso beso. Daniel la acarició interiormente con penetraciones cada vez más potentes. Con cada una de ellas, acercaba más y más a Carolyn a una explosión de placer que permanecía fuera de su alcance, torturándola y creando en su interior una imperiosa necesidad que ella nunca había experimentado antes.
    Daniel rompió el beso que los unía y, con la mirada fija en la de Carolyn, bajó su mano por el torso de ella y la pasó por encima de su abdomen para introducirla entre sus muslos. Entonces atormentó su sensible bultito de carne con un movimiento perfecto, mágico e ininterrumpido. El clímax no sólo sacudió a Carolyn, sino que la atacó, bombardeándola con un intenso placer que la hizo gritar. Carolyn arrastró los dedos por los muslos de Daniel y se ahogó en las olas de la liberación que recorrieron su cuerpo. Todavía jadeaba con rapidez cuando el cuerpo de Daniel se puso en tensión detrás del suyo y, con ojos vidriosos, Carolyn vio cómo llegaba al clímax él también. La cara de Daniel adquirió una hermosa expresión de intensidad mientras Carolyn sentía cómo su cuerpo se sacudía y se desahogaba dentro de ella.
    – Carolyn…
    Su nombre sonó como una sentida plegaria junto a su oído. Después, Daniel apoyó la frente en la sien de Carolyn. Su piel brillaba a la luz del hogar y sus respiraciones entrecortadas dejaban ir su aliento sobre la acalorada piel de Carolyn.
    Ella levantó una mano fláccida y deslizó los dedos por el despeinado pelo de él.
    – Daniel.
    Sus miradas se encontraron en el espejo. Una oleada de ternura invadió a Carolyn. Y fue tan intensa que se echó a temblar.
    Daniel la rodeó con los brazos con más fuerza.
    – Carolyn, yo…
    Sus palabras se apagaron y Daniel tragó saliva con esfuerzo. Dos veces. Algo parecido a la confusión enturbiaba sus facciones. Después, su expresión volvió a su calidez y buena disposición habituales.
    – Creo que esta experiencia me durará… Unos cuantos minutos.
    – Unos cuantos minutos -corroboró ella.
    – Pero la noche no ha hecho más que empezar.
    La perspectiva hizo que Carolyn se estremeciera y ella disfrutó de la sensación. Apartó a un lado, con firmeza, la inesperada e indeseada ternura que amenazaba con debilitarla. Sabía con certeza adónde podía conducir la ternura y ése era un camino que ella no podía ni quería recorrer con aquel hombre. La ternura no tenía lugar en su aventura temporal. Y, siempre que no lo olvidara, todo iría bien.
    Pero, mientras sostenía la mirada de él en el espejo, Carolyn tuvo la sensación de que corría el grave peligro de olvidarlo.

Capítulo 19

    Descubrí que la mejor manera de mantener el interés de mi amante era adoptar un aire de misterio; tener mis pequeños secretos y asegurarme de que él sabía que los tenía, pero no llegar a contárselos nunca. Y, obviamente, encontrar formas y lugares ingeniosos donde hacer el amor garantizaba que él no se aburriera.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Daniel se recostó sobre una manta a la sombra de un sauce centenario mientras el sol de la tarde se filtraba por las hojas mecidas por el viento. Cerró los ojos y exhaló un suspiro de satisfacción. Nunca se había parado a pensar cómo sería para él un día perfecto, pero aquel día había cumplido -no, excedido- todos los requisitos que él hubiera imaginado.
    De madrugada, cuando los primeros tonos malva del amanecer pintaron el cielo indicando que había llegado la hora de dejar la cama de Carolyn, casi le resultó imposible hacerlo. No soportaba la idea de no verla durante horas. Y después de pasar una noche perfecta con ella, arropado en el acogedor nido de su dormitorio, donde se habían sentido libres para hablar, reír y hacer el amor, sólo deseaba más de lo mismo.
    Aunque se consoló diciéndose que podía pasar la noche siguiente de nuevo con ella, simplemente, no quería esperar tanto. Quería pasar el día con ella. Hablando. Riendo. Caminando. Tocándose. Lo quería todo, pero lejos de los indiscretos ojos de la sociedad londinense.
    La quería toda para él.
    Así que, antes de levantarse de la cama, la invitó a pasar el día con él en Meadow Hill, su finca en Kent, que estaba a tres horas de Londres. Ella aceptó y salieron justo después del desayuno con la idea de regresar a la ciudad después de cenar. Y así empezó el día más perfecto que él podía haber imaginado.
    Durante el viaje, sostuvo a Carolyn en sus brazos mientras ella dormía, acurrucada junto a él, con la cabeza apoyada en su hombro y una mano en su pecho, justo sobre los latidos de su corazón. Cuando llegaron a Meadow Hill, él le enseñó la casa, incluido su dormitorio, pues hacía más de cinco horas interminables que no había hecho el amor con ella. Daniel nunca había llevado a una mujer a su casa de campo. La idea ni siquiera había cruzado nunca su mente. Pero llevar a Carolyn había sido… lo adecuado. Nada más entrar en el vestíbulo, Carolyn llenó su casa de luz, disipando las sombras que él ni siquiera sabía que vivían allí. Ella cogió todo lo que a él le era familiar, aquello con lo que había vivido durante años, e hizo que todo pareciera nuevo y brillante otra vez.
    Después de disponer que les prepararan un ligero picnic para comer, Daniel la condujo a los establos, donde, mientras les ensillaban los caballos, le presentó al resto de las mascotas que había adoptado. Los animales se enamoraron de ella y estaba claro que el sentimiento era mutuo. Después recorrieron los vastos terrenos de la finca, que era lo que más le gustaba a Daniel. Cuando desmontó para coger un ramillete de flores silvestres para Carolyn, ella se lo agradeció desabrochándole los pantalones, arrodillándose frente a él y demostrándole que podía derretirlo con la lengua. Él le demostró lo mismo a ella y supo que, durante el resto de su vida, las flores silvestres le recordarían a Carolyn. Y aquel día perfecto.
    Después continuaron el recorrido sobre sus monturas. Daniel no tenía intención de detenerse en el pequeño lago de la propiedad, pero Carolyn percibió el brillo del agua entre los árboles y se sintió atraída por él. Cuando ella sugirió que comieran a la sombra del sauce que había junto a la orilla, Daniel tuvo que apretar las mandíbulas para no negarse con rotundidad. Odiaba el agua, y el lago era el último lugar donde quería estar. Sin embargo, al ver el interés que ella mostraba, no pudo negarse.
    Daniel se sentó de espaldas al lago olvidando, casi, que éste estaba allí y así pudo disfrutar de la informal comida y de la compañía de Carolyn. Y ahora, somnoliento, con el estómago lleno, la espalda apoyada en el tronco del sauce y la cabeza de Carolyn en su regazo, jugueteó con un mechón del sedoso pelo de ella.
    ¡Maldición, la idea de que aquel día terminara lo llenaba de un sentimiento de pérdida que lo desconcertaba! Un sentimiento que lo sumergía en un cenagal de emociones desconocidas que con valentía había estado intentando evitar durante todo el día sin éxito.
    Siguió esperando que la sensatez volviera a él librándolo de aquella, por lo visto, imparable inmersión en el abismo emocional que se abría a sus pies. Pero, por lo visto, no podía hacer nada para evitar la caída. No podía evitar querer a Carolyn. Tocaría. Simplemente, desear estar con ella. Y, al mismo tiempo, no se sentía nada preparado para navegar por aquellas aguas inexploradas.
    Observó a Carolyn, quien examinaba una florecita amarilla que acababa de arrancar del suelo. Se trataba de un acto muy sencillo, pero que lo hechizó por completo. ¡Había algo tan natural en ella…! Carolyn no poseía la altanería de tantas otras mujeres de su clase. Sin duda porque no había nacido entre la nobleza. Ahora era vizcondesa, pero, a pesar de su posición social, conservaba un aire de encantadora sencillez que lo cautivaba por completo. La expresión de asombro que reflejaban sus ojos al oír el trino de un carrizo o al ver una mariposa o una florecita amarilla, embriagaba a Daniel.
    – No das nada por sentado.
    Daniel no pretendía pronunciar estas palabras en voz alta. Carolyn levantó la cabeza y lo miró, y después de estudiarlo con mirada grave durante varios segundos, asintió.
    – Intento no hacerlo. He recibido más de lo que nunca creí que tendría. Más de lo que merezco. Pero también he perdido mucho. Cuando arrancan de tu lado lo que más quieres en el mundo…
    Su voz se apagó y, tras fruncir el ceño, Carolyn volvió a dirigir su atención a la flor amarilla.
    Se refería a Edward, claro, al hombre que había amado y seguía amando con toda su alma. Daniel no estaba preparado para el profundo sentimiento de envidia que lo invadió. ¿Cómo sería ser adorado de aquella manera? ¿Que alguien te considerara lo que más quiere en el mundo?
    Arrugó el entrecejo. Nunca antes se había formulado esta pregunta. Suponía que debía de ser una sensación agradable, aunque no tenía forma de saberlo. Desde luego, a él nadie lo había amado nunca de esa manera.
    – Hago lo posible por valorar lo que todavía tengo -continuó Carolyn con voz suave-. Aunque ha sido un camino difícil de recorrer.
    Sus palabras hicieron que Daniel se diera cuenta de la frecuencia con la que él daba por sentada su posición y su vida de privilegio y se sintió avergonzado.
    – Me has inspirado a seguir tu ejemplo y valorar más lo que tengo -declaró Daniel.
    Carolyn clavó la mirada en la de Daniel y la sorpresa brilló en sus ojos.
    – Tú sí que me has inspirado a mí, Daniel. Al ver cómo has ayudado a Samuel, a Katie y a esos pobres animales. -Le lanzó una mirada inquisitiva y sacudió la cabeza-. No tienes ni idea de lo maravilloso que eres, ¿verdad?
    El nudo que se le formó a Daniel en la garganta impidió que soltara la exclamación de incredulidad que creció en su interior. Una extraña sensación lo invadió, una sensación que no podía describir, pues no la había experimentado nunca antes. La sensación de que lo hubieran envuelto en una manta caliente y aterciopelada en una fría noche de invierno.
    ¡Maldición, ella volvía a mirarlo como si fuera una especie de héroe! Y aunque no podía negar que eso lo hacía sentirse sumamente bien, tampoco podía negar la culpabilidad que lo invadía por no corregirla. Porque Carolyn estaba totalmente equivocada.
    Daniel consiguió esbozar una débil sonrisa y pasó la mano con delicadeza por el suave pelo de Carolyn.
    – Me alegro de que pienses así.
    Ella sonrió, apoyó la cabeza cómodamente en el regazo de Daniel y cerró los ojos.
    – Lo sé.
    El también cerró los ojos concediéndose unos minutos para recuperarse de las emociones que crecían en su interior. Pero aquellos minutos, sumados a lo poco que había dormido la noche anterior, lo llevaron a un profundo y necesario sueño. Lo siguiente que supo fue que tenía la espalda entumecida, y se dio cuenta de que se había quedado dormido. Alargó el brazo para acariciar a Carolyn, pero no la encontró. Entonces abrió sus pesados párpados y vio que estaba solo debajo del árbol.
    – ¿Carolyn?
    Al no verla entre los árboles que tenía delante, se volvió para mirar a su espalda, hacia el lago. Y se quedó helado.
    Carolyn, de espaldas a él y vestida sólo con su fina camisa, estaba en el lago, y el agua le llegaba a las caderas. Los fríos dedos de un miedo atroz subieron por la espina dorsal de Daniel para acabar agarrándolo por la garganta. Una luz aterradora surgió de la oscuridad en la que él la retenía con determinación. Mientras contemplaba a Carolyn, ella avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura.
    La parte racional de la mente de Daniel le dijo que ella estaba bien, poro los recuerdos que había encerrado bajo llave hacía ya tanto tiempo lo bombardearon mezclando el pasado con el presente y enviando por su cuerpo una ola de terror frío y atroz que encogió, dolorosamente, sus entrañas.
    Con el corazón latiéndole con tanta fuerza que cada latido parecía golpear sus costillas, Daniel se incorporó sobre sus temblorosas piernas y tomó aire con vacilación.
    – ¡Carolyn!
    Su voz sonó grave y áspera y Daniel percibió en ella el pánico que lo atenazaba. Carolyn se volvió al oírlo y, a diferencia de lo que ocurrió tantos años atrás, él obtuvo una sonrisa resplandeciente como respuesta. Y un alegre saludo con la mano. Pero entonces su visión pareció enturbiarse y, en lugar del pelo suelto color a miel, Daniel vio una trenza oscura. Y unos ojos vacíos y sombríos.
    Daniel parpadeó y la resplandeciente sonrisa de Carolyn volvió a brillar frente a él. Los labios de Carolyn se movieron, pero él no oyó lo que le decía a causa del zumbido de sus oídos. Ella volvió a saludarlo con la mano, se volvió y se introdujo más en el lago. Daniel avanzó con pasos titubeantes y le gritó que regresara, pero justo entonces ella perdió pie, agitó los brazos y, tras soltar un grito, cayó. Y desapareció bajo la superficie de cristal del agua.
    «¡Dios todopoderoso, otra vez no! ¡Otra vez no!»
    Estas palabras reverberaron en su mente como un mantra espeluznante. Todo en su interior se heló y, durante un segundo aterrador, Daniel revivió lo que llevaba años intentando olvidar. Entonces, con un grito rasgado que pareció surgir de las profundidades de su alma, exclamó:
    – ¡No!
    Y corrió hasta el lago ansioso por salvarla. Nadó hacia donde Carolyn había desaparecido luchando con desesperación contra el pasado y los recuerdos, pero sin conseguirlo.
    La cabeza de Carolyn apareció en la superficie. Tras escupir una bocanada de agua, Carolyn soltó una carcajada de incredulidad y apartó los mechones de pelo que tenía pegados a la cara. ¡Qué torpe había sido! ¡Cielos, el suelo había desaparecido de debajo de sus pies! Carolyn sacudió la cabeza sorprendida por su falta de destreza y se esforzó en ponerse de pie. Acababa de recobrar el equilibrio cuando unas manos fuertes la cogieron por los brazos y la hicieron girarse con brusquedad. Carolyn parpadeó para sacudirse el agua que permanecía pegada a sus pestañas y miró a Daniel. Soltó una risa nerviosa y volvió a apartar los mechones de pelo que se habían pegado a su cara.
    – ¿Puedes creer que…?
    Sus palabras se apagaron, igual que su sonrisa, cuando vio la expresión de Daniel. Su cara era del color de la tiza y parecía que sus extraviados ojos habían sido marcados al fuego en su pálida piel. Su boca se había reducido a una línea tensa de tono blanquecino y todo él irradiaba tensión. Sus ardientes ojos recorrieron el rostro de Carolyn.
    – ¿Estás bien? -preguntó Daniel con una voz baja y áspera que Carolyn no reconoció. Antes de que ella pudiera siquiera abrir la boca para contestar, Daniel le dio una rápida sacudida-. ¡Dime que estás bien!
    – Estoy bien. Mojada y algo torpe, pero totalmente bien.
    Los dedos de Daniel se apretaron en sus brazos.
    – Te has sumergido.
    Ella asintió con la cabeza.
    – Resbalé. -Como él parecía muy trastornado, Carolyn volvió a sonreírle-. Soy consciente de que debo de tener un aspecto horrible, pero no es nada que una toalla y un cepillo de pelo no puedan solucionar.
    En lugar de devolverle la sonrisa, Daniel tiró de ella. Sus brazos la apretaron contra él como un tornillo de banco ajustándola a su cuerpo. Los fuertes y rápidos latidos del corazón de Daniel golpearon a Carolyn. Tras soltar un gruñido, Daniel hundió la cara en el cuello de ella. Al principio, Carolyn creyó que él sólo estaba reaccionando, de una forma exagerada, a un simple accidente y que, como la mayoría de los hombres, creía que las mujeres estaban hechas de cristal y que podían romperse con facilidad o, como en aquel caso, disolverse. Sin embargo, después de unos segundos, Carolyn se dio cuenta de que Daniel estaba temblando.
    – ¿Daniel?
    Carolyn se agitó en el apretado abrazo de Daniel y él, al final, levantó la cabeza. Su expresión descompuesta sorprendió a Carolyn. Y la preocupó. Nunca había visto una mirada tan desolada en los ojos de nadie. Y, aunque él la estaba mirando, parecía que no la viera.
    Carolyn cogió su pálida cara entre sus húmedas manos.
    – Está claro que te he asustado. Lo siento mucho. Pero no tienes por qué preocuparte. Estoy bien, Daniel. Absolutamente bien. -Rozó las mejillas de Daniel con sus pulgares-. Aunque no era necesario, te agradezco que te tiraras al agua para salvarme.
    El aturdimiento de los ojos de Daniel se desvaneció un poco, pero Carolyn siguió preocupada. Parecía que Daniel hubiera visto a un fantasma. Carolyn le cogió la mano y dijo:
    – Salgamos del agua.
    Él asintió con un movimiento apenas perceptible de la cabeza y, apretando con fuerza la mano de Carolyn, regresó con ella a la orilla. Cuando salieron del lago, Daniel temblaba exageradamente. La preocupación de Carolyn aumentó, pues el día era cálido, el sol brillaba en el cielo y el agua no estaba fría. Carolyn se dirigió al sauce, cogió la manta y condujo a Daniel a una zona soleada.
    – Sentémonos -dijo con suavidad.
    Daniel se dejó caer sobre la hierba, como si las piernas ya no lo sostuvieran. Ella lo envolvió en la manta, se arrodilló frente a él y le cogió las manos. Los dedos de Daniel estaban fríos como el hielo, y su piel, mortalmente pálida.
    – Daniel -declaró Carolyn con voz suave-. ¿Qué te ocurre?
    Él permaneció en silencio durante tanto tiempo que Carolyn creyó que no iba a contestarle. Daniel tenía la mirada fija en el agua y parecía tan trastornado que a Carolyn se le encogió el corazón. Ella frotó las frías manos de él con las suyas y esperó.
    Al final, algo de color volvió a las mejillas de Daniel, quien carraspeó.
    – No me gusta el agua -declaró con un tono de voz que parecía indicar que no se había lavado en años.
    – Ya me he dado cuenta. Siento haber sugerido que comiéramos aquí. Si hubiera sabido la aversión que sentías hacia el agua, nunca…
    – No es culpa tuya. Nadie lo sabe. No se lo he contado nunca a nadie.
    Carolyn esperó a que él continuara, pero se produjo otro largo silencio. Era evidente que Daniel estaba luchando contra algo, algo que le producía un enorme dolor. Al final, Carolyn apretó los labios contra los fríos dedos de Daniel.
    – No tienes por qué contármelo, Daniel.
    Él la miró y, al ver su sombría mirada, a Carolyn se le hizo un nudo en la garganta. La habitual compostura de Daniel se había resquebrajado revelando un profundo sufrimiento.
    – Ella murió en el agua. -Aquellas palabras apenas susurradas parecían arrancadas de lo más hondo de su ser. Daniel exhaló un suspiro tembloroso-, intenté salvarla, pero era demasiado tarde. Cuando conseguí sacarla del agua, ya estaba muerta.
    Carolyn contuvo el aliento y una oleada de compasión recorrió su interior.
    – ¡Oh, Daniel! ¡Qué horrible! Lo siento muchísimo.
    La mirada de Daniel buscó la de Carolyn, como si pidiera comprensión. Entonces las palabras salieron en amargos borbotones de su boca.
    – Había bajado al lago. Me tumbé en mi lugar favorito al sol y me dormí. Cuando me desperté, la vi. El agua le llegaba a la cintura. La llamé, pero ella siguió avanzando hacia el interior del lago. Cada vez más hondo. Yo no comprendía por qué no me respondía. Grité. Más y más fuerte. Le pedí que se detuviera. Que me mirara.
    »Al final, ella se volvió hacia mí. Entonces lo vi en sus ojos. Supe lo que pretendía hacer. No sé cómo lo supe, pero lo supe. Me metí corriendo en el agua. Gritando, suplicando. Le dije que la quería. Que la necesitaba. Más que a nada en el mundo. Pero nada surtió efecto. Ella se volvió y siguió avanzando. En aquel lugar, el fondo del lago cae en picado de repente. Vi que se hundía.
    Pero yo era muy buen nadador. Creí que podría salvarla. Pero fallé. Las piedras… -Se le rompió la voz y volvió a carraspear-. Llevaba piedras en la falda. Al final, la encontré. La subí a la superficie, pero era demasiado tarde.
    ¡Santo cielo! Había visto cómo se suicidaba la mujer a la que amaba. Intentó salvarla, pero no pudo. Y era evidente que se culpaba a sí mismo.
    Algo húmedo cayó sobre las manos de Carolyn, que todavía sujetaban con fuerza las de Daniel, y se dio cuenta de que era una lágrima. De ella misma. Las lágrimas caían de sus ojos y resbalaban en silencio por sus mejillas.
    – Daniel… Lo siento muchísimo.
    Daniel hundió su mirada en la de Carolyn.
    – Hace un rato, cuando acabamos de comer me dormí, y cuando me desperté, tú no estabas. Te vi en el agua, adentrándote en el lago, y, entonces, te sumergiste… -Daniel se estremeció-. Fue como revivir mi peor pesadilla.
    La culpabilidad y el autorreproche golpearon a Carolyn, quien apretó con más fuerza las manos de Daniel.
    – Siento tanto haberte asustado… Como tú, yo también me dormí. Cuando me desperté, tenía calor y me sentía incómoda, y el agua invitaba a bañarse. Tú dormías profundamente y no quise despertarte. Sólo quería darme un rápido chapuzón para refrescarme.
    También había planeado incitarlo, si se despertaba, para que nadara con ella en el lago, sin saber que sería inútil.
    Carolyn inclinó la cabeza y apoyó la mejilla en las manos entrelazadas de ambos.
    – Aunque conozco de cerca el sufrimiento, no sé qué decirte, salvo que siento mucho que sufrieras tan terrible pérdida. ¿Ocurrió recientemente?
    Algo cruzó por la mirada de Daniel, quien sacudió la cabeza…
    – No, yo tenía ocho años. La mujer era mi madre, Carolyn.
    Durante varios y largos segundos, Carolyn sólo pudo mirarlo con sorpresa e incredulidad. Ella había deducido que él era adulto cuando ocurrió aquella desgracia. Que había perdido a la mujer de la que estaba enamorado. Lo que era terrible, pero que un niño presenciara el suicidio de su madre…
    – ¡Santo cielo, Daniel!
    Ahora comprendía las sombras que nublaban sus ojos. El dolor que flotaba en la profundidad de sus ojos azul oscuro.
    – Ella tuvo otro hijo antes que a mí -explicó Daniel con voz grave y distante-. Un niño. Nació muerto. Ella cayó en una profunda melancolía de la que nunca llegó a recuperarse. Yo nací cerca de un año más tarde y, aunque creo que ella intentó interesarse por mí, sencillamente… no lo consiguió.
    – ¿Y tu padre?
    – Él creía que yo la animaría, pero como no fue así, no quiso saber nada de mí. Con el tiempo, volvió a casarse y tuvo dos hijos más con su nueva esposa. Sophie nunca me quiso. De no haber sido por mí, su hijo mayor habría sido el heredero. Y mis dos hermanastros tampoco me aprecian, sobre todo por la misma razón. Apenas nos vemos. Sólo se ponen en contacto conmigo cuando necesitan algo. En general, dinero. -Volvió a dirigir la mirada hacia el lago-. Hasta el día en que murió, mi padre me culpó de la muerte de mi madre.
    Sentimientos de lástima por Daniel y por todo lo que había sufrido y de rabia por la crueldad desconsiderada de su padre entrechocaron en el interior de Carolyn. Evidentemente, no era necesario que el padre de Daniel lo culpara por la muerte de su madre, pues él se culpaba a sí mismo más de lo que nadie pudiera hacerlo nunca.
    Carolyn le acarició la barbilla y esperó hasta que él se volvió hacia ella.
    – ¿Recuerdas que el otro día te dije que no podemos controlar las acciones de los demás, sólo las nuestras? -Daniel asintió levemente y Carolyn continuó-: La muerte de tu madre no fue culpa tuya, Daniel. La tristeza que la empujó a quitarse la vida no tenía nada que ver contigo.
    Un profundo dolor y la más absoluta desolación nublaban los bonitos ojos de Daniel.
    – No pude acabar con su tristeza.
    – Pero tú no la causaste. -Carolyn apartó un mechón de pelo de la frente de Daniel-. Me… me resulta difícil contarte esto, pues nunca se lo he contado a nadie. Ni siquiera a Sarah, con quien no tengo secretos. -Exhaló un lento y decidido suspiro y declaró-: Después de la muerte de Edward, durante meses pensé en quitarme la vida. Permanecía sentada horas y horas. Contemplando su retrato. Sintiéndome sola y desesperada. Incapaz de encontrar la forma de seguir adelante sin él. Sin querer seguir adelante sin él. -El recuerdo de aquellos días oscuros y tenebrosos la hizo estremecerse-. Pero algo en mi interior no me permitió acabar con mi vida. No sé qué era. Quizás una fuerza interior de la que no soy consciente. Hasta el día de hoy, no entiendo cómo o por qué la tuve… Lo que quiero decir es que mi decisión sólo dependía de mí y de nadie más. Si hubiera decidido acabar con mi vida, nadie, ni siquiera mi querida hermana, podría haberme convencido de no hacerlo. Igual que tú no podías evitar que tu madre llevara a cabo su decisión.
    Un largo silencio se produjo entre ellos y, al final, Daniel declaró:
    – Ojala mi madre hubiera tenido esa fuerza interior de la que hablas.
    – ¡Ojala! Pero el hecho de que no la tuviera no es culpa tuya.
    Daniel alargó una mano y deslizó las yemas de los dedos por la cara de Carolyn, como si intentara memorizar sus facciones.
    – Me alegro mucho de que tú la tuvieras.
    – Yo también, aunque entonces no era consciente de tenerla.
    Cuando Daniel pasó las yemas de sus dedos por encima de los labios de Carolyn, ella se las besó.
    – Gracias por confiar en mí -declaró Carolyn.
    – Gracias por escucharme. Y por confiar tú también en mí. -Cogió la cara de Carolyn entre sus manos-. No era mi intención contártelo, pero ahora que lo he hecho, me siento… mejor. Aliviado. Como si me hubiera librado de un gran peso.
    – Mantener los sentimientos encerrados en nuestro interior puede constituir una pesada carga.
    – Así es. No hablo con frecuencia desde el corazón. – Torció uno de los extremos de sus labios en una media sonrisa-. Algunos dirían que es porque no tengo corazón.
    – Y estarían equivocados, Daniel. -Apoyó una mano en el pecho de Daniel y percibió sus firmes latidos-. Tienes un corazón bueno y generoso. Nunca pienses lo contrario.
    Sí, era un hombre honrado, amable y generoso que escondía un gran dolor tras una fachada de mujeriego encantador. Ella lo conocía desde hacía años, pero, en realidad, no lo conocía. No conocía su forma de ser real. Hasta entonces. Hasta que él le había enseñado su corazón.
    Una oleada de cálida ternura la invadió inundando su corazón de una sensación que la hizo permanecer totalmente inmóvil. Porque la reconoció. Muy bien. Porque la había experimentado antes. En una ocasión. Con Edward. Era…
    «Amor.»
    ¡Santo cielo, amaba a Daniel!
    Durante varios segundos, no pudo respirar. No pudo aceptarlo. Intentó negarlo, pero no, no había ningún error. Lo amaba.
    Pero ¿cómo había sucedido? Si apenas lo conocía.
    «Lo conoces desde hace años.»
    Pero no muy bien.
    «Pero últimamente has llegado a conocerlo bien.»
    Pero no lo suficiente para amarlo.
    «Debes recordar que el corazón sólo necesita un latido para saberlo.»
    Sí, se acordaba y, por lo tanto, sabía que no estaba equivocada respecto a sus sentimientos.
    Se dio cuenta de que debían de haber surgido durante los últimos meses, a partir de la fiesta de Matthew. Era innegable. Aunque siempre creyó que no volvería a enamorarse nunca más, amaba a Daniel.
    Amaba a un hombre que había dejado muy claro que no quería su corazón y que no tenía la menor intención de entregar el suyo.
    Y aunque nunca creyó que volvería a pensar en casarse, Carolyn se dio cuenta, de repente, de que la idea de casarse con el hombre al que amaba le producía una felicidad que creyó que no volvería a experimentar en su vida.
    Daniel nunca había ocultado su aversión hacia el matrimonio. Dadas sus riquezas y propiedades, la única razón que podía tener para casarse era tener un heredero. Algo para lo que disponía de décadas de tiempo. Y, teniendo en cuenta el fracaso de Carolyn para quedarse embarazada, aunque Daniel cambiara de opinión y decidiera que quería casarse, ella no podría proporcionarle un heredero. El tenía no uno, sino dos hermanos que podían heredar el condado, pero Carolyn sabía que todos los hombres querían un hijo como heredero.
    Carolyn cerró los párpados con fuerza y maldijo interiormente aquella ironía.
    – ¿Carolyn?
    Ella abrió los párpados y percibió la preocupación en la profundidad de los ojos de Daniel.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó él.
    «No. Me he enamorado tontamente de ti. Y no sé qué voy a hacer al respecto.»
    Intentó sonreír, pero no supo, con certeza, si lo había conseguido o no.
    – Estoy bien.
    – Creo que deberíamos volver a la casa y prepararnos para regresar a Londres.
    – Muy bien.
    Carolyn se dispuso a levantarse, pero Daniel se lo impidió y se inclinó hacia ella con lentitud. Apoyó sus labios en los de ella y la besó con una tierna pasión que formó un nudo en la garganta de Carolyn y le llenó los ojos de una caliente humedad. Después, Daniel cogió sus pertenencias mientras ella se ponía rápidamente la ropa.
    Una hora más tarde, estaban vestidos y arreglados y camino de regreso a Londres. Carolyn no se fiaba de su voz ni sabía qué decir, así que se pasó todo el trayecto acurrucada contra Daniel y con la cabeza apoyada en su pecho. Hablaron poco, y ella se preguntó qué estaría pensando él. Esperaba que se hubiera tomado en serio lo que ella le había dicho acerca de que no era culpable de la muerte de su madre. Y rogaba para que no se hubiera dado cuenta de la profundidad de sus sentimientos hacia él.
    Carolyn supo desde el primero momento que, con el tiempo, su aventura acabaría, pero ahora se daba cuenta de que tenía que finalizarla lo antes posible. No tenía sentido que le confesara sus sentimientos a un hombre que había dejado claro que sólo quería una aventura. Contárselo sólo los haría sentirse violentos y, sin duda, él se horrorizaría.
    Pero ella no podía continuar su relación con él sintiendo lo que sentía. Sabía, por propia experiencia, que sus sentimientos se profundizarían. Esto significaba que, cuanto más tardara en finalizar la relación, más doloroso le resultaría hacerlo.
    Aun así, no podía terminarla en aquel momento, cuando hacía tan poco que las emociones, en carne viva, y los recuerdos de la muerte de su madre habían salido a la superficie. Además, ella quería, necesitaba, estar con él una vez más. Hacer el amor con él una vez más. Después, lo dejaría ir. Y ella empezaría su vida de nuevo.
    Cuando llegaron a Londres, el carruaje se detuvo delante de la casa de Carolyn. Daniel la acompañó hasta la puerta, donde le cogió la mano y se la besó.
    – Gracias. Por un día precioso que nunca olvidaré.
    La emoción anudó la garganta de Carolyn impidiendo que las palabras salieran por su boca. Carolyn tragó saliva y consiguió decir con voz ronca:
    – Yo tampoco lo olvidaré nunca, Daniel.
    Y él se marchó.
    Y ella subió las escaleras que conducían a su dormitorio como si sus piernas soportaran un gran peso.

    Minutos después de dejar a Carolyn, Daniel, mentalmente agotado y deshecho, llegó a su casa de la ciudad. Barkley y Samuel lo esperaban en el vestíbulo y el joven criado lo recorría, impaciente y sin cesar, de un extremo al otro.
    – Nunca adivinará qué, milor -declaró Samuel en cuanto Daniel cruzó la puerta.
    ¡Maldición! No estaba seguro de tener las fuerzas suficientes para soportar ningún otro drama aquel día.
    – No me lo imagino.
    – Aquellos dos tipos han vuelto. El comisario y el detective. Llevan una o dos horas esperándolo. Les dijimos que no sabíamos cuándo regresaría, pero insistieron en esperarlo.
    – ¿Han dicho a qué han venido?
    Samuel negó con la cabeza y tragó saliva con cierto nerviosismo.
    Daniel le dio una palmada tranquilizadora en el hombro.
    – Sin duda han realizado algún descubrimiento en el caso del asesinato de lady Crawford. Veré qué es lo que quieren.
    – Los acomodé en la biblioteca, milord, por si habían venido en relación con el joven Samuel -declaró Barkley-. Pensé que así podrían disfrutar de la compañía de Picaro.
    ¡Santo cielo! ¡Dos horas con Pícaro! Daniel dudaba que ninguno de aquellos hombres estuviera contento.
    Entró en la biblioteca y se alegró al ver que Picaro estaba durmiendo. Rayburn y Mayne se incorporaron y, después de intercambiar los saludos pertinentes, Mayne declaró con su brusco tono habitual:
    – ¿Ha estado fuera todo el día, lord Surbrooke?
    – Sí, acabo de llegar a casa.
    – ¿Y dónde ha estado?
    – He pasado el día en mi casa, en Kent.
    Mayne arqueó las cejas.
    – Un recorrido muy largo para realizarlo en un solo día.
    – El tiempo era bueno y me gusta el paisaje.
    Rayburn carraspeó.
    – Debió de salir temprano esta mañana. ¿A qué hora salió?
    – Sobre las siete. -Daniel miró, alternativamente, a uno y otro hombre-. Caballeros, estoy cansado y quisiera retirarme, así que les agradecería que fueran al grano. ¿El motivo de su visita es Tolliver, o el asesinato de lady Crawford?
    – ¿Por qué cree que estamos aquí por el asesinato de lady Crawford? -preguntó Mayne con brusquedad.
    – Sólo se me ocurre que hayan venido por una de las dos razones, pues no creo que tengamos ningún otro asunto que tratar.
    – Me temo que sí -contestó Rayburn con voz grave y seria-. Dígame, lord Surbrooke, ¿a qué hora abandonó la fiesta de lord Exbury ayer por la noche?
    – No estoy seguro, pero diría que alrededor de la una de la madrugada.
    – ¿Vino directo a su casa?
    – Sí.
    – ¿Y no volvió a salir?
    Daniel titubeó una décima de segundo, durante la cual empujó a un lado su conciencia.
    – No.
    Y era cierto. Durante veinte minutos. Antes de salir para ir a la casa de Carolyn.
    Mayne entrecerró los ojos con evidente desconfianza.
    – Rayburn y yo lo vimos hablar con lady Margate en la fiesta.
    Daniel reflexionó durante unos segundos y después asintió con la cabeza.
    – Intercambiamos unas cuantas frases de cortesía.
    – ¿Cuál es su relación con ella?
    – Somos amigos.
    – Sabemos, de varias fuentes, que hace apenas un año eran algo más.
    – No es ningún secreto que Gwendolyn y yo vivimos un corto romance.
    – ¿Le regaló alguna joya, como había hecho con lady Crawford? -preguntó Rayburn.
    – Sí, un brazalete.
    – ¿De zafiros?
    Daniel asintió con la cabeza.
    – De hecho, lo llevaba puesto ayer por la noche. -Un escalofrío de intranquilidad recorrió la espina dorsal de Daniel-. ¿Por qué lo pregunta?
    – Porque lady Margate fue encontrada muerta esta mañana en las caballerizas que hay detrás de la casa de lord Exbury -contestó Rayburn-. La golpearon hasta morir. El mismo método que utilizaron con lady Crawford, su anterior amante. Y usted, milord, es el lazo que une los dos asesinatos.

Capítulo 20

    Una mujer nunca debería tener miedo de tomar la iniciativa al hacer el amor. Ninguno de mis amantes se quejó nunca de que yo fuera demasiado atrevida o desvergonzada. Pero muchos de ellos se quejaron de que sus esposas hacían poco más que permanecer tumbadas e inmóviles debajo de ellos. Y, lógicamente, ésta es la razón de que aquellos caballeros me buscaran en primer lugar.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Daniel contempló a los dos hombres y se esforzó en mantener una apariencia calmada, lo que contrastó enormemente con su agitación interior. Apenas podía asimilar que Gwendolyn estuviera muerta y, todavía menos, que Mayne y Rayburn sospecharan que él era un asesino. Ya sospecharon de él cuando asesinaron a Blythe. Sobre todo Mayne, aunque, entonces, Daniel no le dio mucha importancia a este hecho. Pero ahora…
    Daniel enarcó las cejas.
    – ¿De verdad me creen capaz de cometer esos crímenes?
    – Dada la suficiente provocación, cualquier hombre es capaz de cometer un asesinato, milord -declaró Mayne sin apartar, en ningún momento, sus oscuros ojos del rostro de Daniel.
    – ¿Incluido usted? -dijo Daniel, sosteniéndole la mirada.
    – Cualquier hombre -reiteró Mayne.
    – ¿Y qué podría empujarme a matar a dos mujeres que me gustaban?
    – Quizá no le gustaban tanto como le gustaría hacernos creer -declaró Mayne.
    – Le costará mucho demostrar eso, sobre todo porque no es verdad. Aunque las pruebas parecen apuntar hacia mí…
    – De «parecer» nada -lo interrumpió Mayne-. Las pruebas apuntan a usted. Únicamente a usted.
    – De una forma muy conveniente -prosiguió Daniel-. Demasiado conveniente. Supongo que se les habrá ocurrido pensar que alguien está intentando hacerme parecer culpable.
    – Eso es lo que usted afirmó de Tolliver -intervino Rayburn-. Pero es imposible que haya asesinado a lady Margate, pues está detenido.
    – Pero sí que pudo matar a lady Crawford -declaró Daniel, esforzándose por no demostrar su enojo-. Y dispararme. A menos que crean que me disparé a mí mismo. Quizá Tolliver contrató a alguien para que matara a lady Margate de la misma forma en que había matado a lady Crawford. El me amenazó. Quería venganza. ¿Qué mejor venganza que verme arruinado y ahorcado por asesinato?
    Rayburn frunció el ceño.
    – Entonces, ¿por qué habría de dispararle?
    – ¿Por impaciencia, quizá? -sugirió Daniel-. No tengo ni idea de cómo funciona la mente de un loco.
    – ¿Quién heredaría su título y propiedades en caso de que muriera? -preguntó Mayne.
    Daniel titubeó al oír aquella pregunta tan directa, pero al final contestó:
    – Stuart, mi hermanastro. Y, después de él, George, su hermano menor.
    – ¿Hermanastros? -preguntó Rayburn.
    – Mi padre volvió a casarse después de la muerte de mi madre.
    – ¿Y cómo es su relación con ellos?
    – Tensa -admitió Daniel-. Sin embargo, ninguno de ellos puede ser el responsable de los disparos, pues los dos están en el continente. Y llevan allí varios meses.
    – ¿Y su madrastra?
    – Está con ellos.
    – Heredar un condado sin duda es un motivo -señaló Mayne-. Cualquiera de ellos podría haber regresado a Inglaterra en cualquier momento.
    – Es poco probable -contestó Daniel-. Su última carta me llegó hace sólo unos días y procedía de Austria. Se lo estaban pasando muy bien y tenían planeado ir a Italia desde allí.
    – Parece una carta muy amigable teniendo en cuenta lo tensa que es su relación -indicó Rayburn.
    – Siempre se muestran amigables cuando quieren pedirme dinero -contestó Daniel con sequedad-. Pero aunque tanto mis hermanastros como mi madrastra son codiciosos y superficiales, no son unos asesinos.
    – ¿Tiene usted algún otro enemigo? -preguntó Rayburn.
    – Ninguno que yo sepa, pero está claro que tengo uno. Confío en que seguirán intentando descubrir su identidad. Igual que yo. -Daniel se puso de pie-. Si no desean nada más… -declaró mirando intencionadamente hacia la puerta.
    Rayburn y Mayne se marcharon, aunque Daniel estaba convencido de que lo que más deseaba Mayne era ponerle unos grilletes y una soga al cuello. Supuso que Mayne sospechaba que había mentido acerca de estar en su casa la noche anterior y eso no era nada bueno. Sin duda, el detective creía que él era el culpable de los asesinatos, lo que significaba que dedicaría su tiempo a buscar pruebas en contra de Daniel en lugar de buscar al verdadero asesino.
    ¡Maldición!
    Una idea inquietante rondaba por su mente y, con el ceño fruncido, Daniel caminó de un lado a otro frente a la chimenea.
    Estaba muy claro que alguien intentaba culparlo de asesinato. Pero ¿quién?, y ¿por qué? Las dos víctimas eran antiguas amantes suyas. Daniel frunció aún más el ceño. De hecho, eran dos de sus últimas amantes. Las únicas mujeres con las que había estado desde que terminó su relación con ellas eran Kimberly y…Carolyn.
    Daniel se detuvo como si hubiera topado con una pared. ¿Acaso su enemigo tenía como objetivo sólo a sus antiguas amantes? Eso parecía. ¿Qué mejor manera de hacer recaer sobre él las sospechas? Si era así, tanto Kimberly como Carolyn estaban en peligro. La idea de que Kimberly estuviera en peligro lo preocupó y lo enojó, pero que Carolyn lo estuviera…
    De repente sintió como si su corazón hubiera dejado de latir. La idea de que Carolyn estuviera en peligro lo heló hasta la médula. ¿Conocía su enemigo la relación que mantenía con Carolyn? Entonces otra idea apareció en su mente. Una idea que le heló la sangre.
    ¿Y si el disparo de dos días atrás no estaba dirigido a él, sino a Carolyn?
    Durante varios segundos, sus pulmones dejaron de funcionar. No tenía ninguna prueba, pero sus entrañas le decían que estaba en lo cierto. Quizá todas sus anteriores amantes estuvieran en peligro, pero, por el patrón de los dos últimos crímenes, Kimberly y Carolyn eran, por lógica, las dos próximas víctimas. Corrió al vestíbulo y les contó a toda prisa a Samuel y Barkley la conversación que había mantenido con Rayburn y Mayne.
    – ¡Menudos idiotas! ¡Mira que pensar que usté podría hacer daño a esas damas! -exclamó Samuel con ojos chispeantes.
    – Estoy de acuerdo, pero en estos momentos eso no es lo importante. Tengo que advertir a lady Walsh y lady Wingate de que pueden estar en peligro debido a su… conexión conmigo. Samuel, quiero que localices a Rayburn y a Mayne y les cuentes lo que te he dicho. No sé adonde iban, pero, tarde o temprano, aparecerán por la comisaría de Bow Street.
    – Sí, milor.
    Salieron de la casa en direcciones opuestas. Cuando Daniel llegó a la casa de Carolyn, Nelson le dijo que no estaba en casa.
    Un miedo aterrador atenazó a Daniel.
    – ¿Adónde ha ido?
    – A la casa de su hermana. La marquesa de Langston ha venido hoy en dos ocasiones. Estaba ansiosa por hablar con lady Wingate. Lady Wingate, nada más llegar, se cambió de ropa y volvió a salir.
    – ¿Está seguro de que llegó sana y salva a la casa de lady Langston?
    Nelson parpadeó un par de veces.
    – Sí, milord. Envió el carruaje de vuelta con el mensaje de que lord Langston la acompañaría de regreso.
    Algo de la tensión que atenazaba a Daniel se desvaneció. Enseguida le explicó a Nelson su preocupación por la seguridad de Carolyn.
    Cuando terminó, el mayordomo se enderezó cuan largo era y sus ojos se llenaron de determinación.
    – Informaré al resto del servicio, milord. Puede estar seguro de que no permitiremos que le ocurra nada malo a lady Wingate.
    – Excelente. Me voy a avisar a lady Walsh.
    – Pero ¿quién lo protegerá a usted, milord?
    – Voy armado. Además, el asesino no quiere matarme, quiere que me ahorquen por asesinato.
    Y a juzgar por su entrevista con Mayne y Rayburn, si no actuaba con rapidez, el muy bastardo era probable que se saliera con la suya.
    Daniel subió a su carruaje. Aunque deseaba ir de inmediato a ver a Carolyn, su raciocinio le indicó que estaba a salvo con Matthew. Además, para ir a casa de Matthew la casa de Kimberly le venía de camino, y a ella también tenía que advertirla. Tras darle al cochero la dirección de Kimberly, Daniel se acomodó en el asiento y rogó estar equivocado respecto al peligro que corrían. Aunque todo, en su interior, le decía que no lo estaba.
    Cuando llegó a la casa de Kimberly, se sintió aliviado al encontrarla allí. Sanders, su mayordomo, le dio una cálida bienvenida y, como en sus anteriores visitas, lo acompañó al salón privado de Kimberly. Ella entró varios minutos más tarde, vestida con un bonito camisón de encaje de color crema y una bata a juego.
    – ¡Me alegro de verte! -exclamó Kimberly con una cálida sonrisa mientras le tendía las manos-. Pasé por tu casa esta tarde y sentí no encontrarte. ¿Estabas en el club?
    El le apretó las manos y se las soltó enseguida.
    – No. Hice una rápida escapada al campo. Tengo que decirte algo, Kimberly.
    – Entonces sentémonos. -Señaló con la mano el sofá de gran tamaño que había frente a la chimenea-. ¿Quieres un coñac?
    – No, gracias. Y tampoco quiero sentarme.
    Daniel se lo contó todo de una forma escueta y vio cómo los ojos de Kimberly se agrandaban con cada frase que él pronunciaba. Cuando terminó, le preguntó:
    – ¿Quién puede protegerte además de Sanders?
    – James, y ya sabes lo fornido que es mi criado.
    – Estupendo. Infórmales de lo que ocurre y no vayas a ningún lado sola. -Le apretó los brazos con fuerza-. A ningún lado.
    – No lo haré, pero me estás asustando, querido. -Le acarició la tensa mandíbula con los dedos-. Me sentiría mucho más segura si tú te quedaras conmigo.
    Daniel le apretó los brazos para darle ánimos y la soltó.
    – Lo siento, pero tengo que irme. Confío plenamente en James y Sanders.
    Después de conseguir que ella le prometiera tener cuidado, Daniel salió de la casa y le indicó al cochero que se dirigiera a toda velocidad a la casa de Matthew. Cuando llegó, Graham, el mayordomo de Matthew, lo tranquilizó diciéndole que, efectivamente, lady Wingate estaba allí y que, junto con lady Langston, lady Julianne y lady Emily, estaba en el saloncito privado de la marquesa. Daniel estaba a punto de exigir verla cuando Matthew entró en el vestíbulo.
    – Por lo visto es nuestra noche de recibir visitas -comentó Matthew con una sonrisa que se desvaneció cuando se acercó a Daniel-. ¿Te encuentras bien?
    Daniel sacudió la cabeza.
    – Tengo que hablar con Carolyn.
    Matthew titubeó.
    – Está con Sarah, quien lleva todo el día deseando hablar con ella. Emily y Julianne acaban de llegar, justo antes que tú. -Se volvió hacia Graham-. Cuando las señoras bajen, haga el favor de decirles que lord Surbrooke y yo las esperamos en el salón.
    – Sí, milord.
    Daniel se dispuso a protestar, pero al final decidió que, ya que Carolyn estaba, sin duda, a salvo, podía aprovechar la ocasión para poner a Matthew al día de los últimos acontecimientos.
    Matthew lo condujo al salón y, tras cerrar la puerta, enseguida le preguntó:
    – ¿Qué ocurre, Daniel?
    Matthew escuchó atentamente mientras Daniel se lo contaba todo y terminaba diciéndole:
    – Ahora tengo que advertir a Carolyn del peligro. Si algo le sucediera… -Su voz se apagó y sacudió la cabeza, incapaz de pensar siquiera en esa posibilidad-. No quiero que le ocurra nada. A cualquier precio.
    Matthew no contestó. Se dirigió a la licorera y sirvió dos coñacs generosos. Después tendió una de las copas a Daniel y declaró:
    – Estoy de acuerdo contigo en que alguien está intentando incriminarte y que, para conseguirlo, está asesinando a tus antiguas amantes. Pero ¿quién lo está haciendo y por qué?
    Daniel se pasó las manos por la cara.
    – No lo sé. Como Tolliver no pudo asesinar a Gwendolyn, me pregunto si contrató a alguien para que cometiera el crimen o si tiene un socio capitalista en la empresa naviera que también se está arruinando. Alguien que también me culpa a mí por echarme atrás.
    – Es posible. – Matthew lo miró directamente a los ojos-. ¿Has pensado en tu familia? -preguntó en voz tenue-. En realidad, no os podéis ver y, desde luego, se beneficiarían de tu muerte.
    Daniel resopló.
    – Mayne y Rayburn también me lo han sugerido. Quizá, si estuvieran en Londres, podría sospechar de ellos, pero están en Austria.
    Matthew asintió lentamente con la cabeza.
    – La idea de que Tolliver tenga un socio capitalista es buena. Deberíamos sugerirles a Rayburn y a Mayne que la investiguen.
    – Samuel los está buscando. En cuanto los vea, se lo diré. -Inhaló hondo y admitió-: Antes no fui sincero del todo con Mayne y creo que lo sabe.
    – ¿Sobre qué?
    – Me preguntó qué hice ayer por la noche y le dije que estuve en casa.
    – Pero no fue así.
    – No.
    Como Daniel guardó silencio, Matthew declaró:
    – Estuviste con Carolyn.
    No era una pregunta y no tenía sentido negarla, pues Matthew lo conocía muy bien. Asintió brevemente y contestó:
    – Le prometí discreción y no tenía ninguna intención de contarles algo que no es para nada de su incumbencia.
    – Seguro que, cuando sepan que crees que está en peligro, deducirán la naturaleza de vuestra relación.
    – Es posible, esto no puedo evitarlo. Aun así, no pienso admitir, delante de ellos, que Carolyn y yo seamos nada más que buenos amigos, lo que es totalmente cierto. Todo lo demás no les interesa en absoluto.
    – ¿Hoy también estuviste con Carolyn?
    – Sí. La llevé a Meadow Hill.
    Al oír su contestación, Matthew arqueó las cejas.
    – Comprendo. Y ¿cómo fue la visita?
    «Emocionante. Aterradora. Catártica.»
    «Perfecta.»
    – Agradable -murmuró Daniel. Como no quería responder más preguntas acerca de aquella cuestión, declaró-: Sarah estaba ansiosa por hablar con Carolyn. Supongo que no ha ocurrido nada malo.
    – Al contrario. Todo es maravilloso. Voy a ser padre.
    A juzgar por su expresión, sin duda Matthew estaba en estado de éxtasis. Daniel sonrió y le tendió la mano. Se sentía feliz por su amigo, pero también era consciente de un vago sentimiento de vacío interior propio que lo entristecía.
    – ¡Felicidades!
    – Gracias.
    – Pareces muy tranquilo.
    – En realidad, he estado hecho un manojo de nervios desde que el doctor nos confirmó el embarazo de Sarah esta mañana, pero tanto Sarah como el doctor me han asegurado que está en perfecto estado y ella me ha prohibido que me preocupe. Me ha dicho que si tengo la intención de caminar de un lado a otro de la casa hasta que el bebé nazca, me aporreará la cabeza con una sartén.
    – Tu esposa tiene un ramalazo bastante violento.
    – Eso parece. Claro que ni siquiera la amenaza de daños físicos impedirá que me preocupe. Me temo que preocuparse va implícito con el hecho de amar a alguien. -Matthew contempló a Daniel por encima del borde de su copa de coñac-. Como tú mismo estás descubriendo.
    La copa de Daniel se detuvo a medio camino de su boca y Daniel arrugó el entrecejo.
    – ¿Qué quieres decir?
    – ¿De verdad no lo sabes?
    – ¿Saber qué?
    Matthew levantó la vista hacia el techo y, después, fijó la mirada en Daniel.
    – ¡Estás enamorado, idiota!
    Una negación inmediata subió hasta los labios de Daniel, pero cuando abrió la boca, ningún sonido salió de ella. ¿Enamorado? ¡Desde luego que no! Pero cuando intentó negarlo, se dio cuenta, con una claridad absoluta, de que era cierto. Ésa era la causa de sus profundos anhelos, deseos y necesidades, de aquella plétora de emociones inusual, crispante y desgarradora que lo embargaba y que abarcaba toda la gama desde la felicidad hasta el sufrimiento.
    Estaba enamorado.
    La idea lo golpeó con la fuerza de un martillo. ¡Santo cielo, la situación era peor de lo que había pensado! ¡Y pensar que había creído que sólo estaba perdiendo un trozo de su corazón en su relación con Carolyn! ¡Qué ridículo! Lo había perdido todo. Y el alma también.
    Dejó su copa de coñac, se dirigió al sofá y se dejó caer en él con pesadez. Se pasó los dedos por el pelo, miró a Matthew y declaró con una voz pasmada que parecía proceder de un lugar muy lejano:
    – ¡Maldita sea, tienes razón!
    – ¿De que estás enamorado? Ya lo sé.
    – De que soy un idiota. -Daniel apoyó la cabeza en las manos y gimió-. ¿Cómo ha podido sucederme? ¿Y cómo consigo que desaparezca?
    Matthew soltó un respingo.
    – Supongo que sucedió de la forma habitual. Encontraste a alguien que… te completa. En cuanto a hacerlo desaparecer, sé por propia experiencia que no es posible. Después de todo no se trata de una indigestión. -Se sentó en el sillón orejero que había delante del sofá-. Además, ¿por qué habrías de querer que desapareciera? Carolyn es una mujer encantadora.
    Daniel levantó la cabeza.
    – Sí, lo es, pero no está enamorada de mí. Todavía adora a su esposo muerto. Su corazón siempre pertenecerá a Edward. Ella misma lo ha reconocido.
    Exhaló un suspiro amargo ante aquella ironía. Él nunca antes había deseado poseer el corazón de una mujer y, desde luego, nunca quiso entregar el suyo. Y ¿qué era lo que había ocurrido? Había perdido su corazón con una mujer que no lo quería y que no tenía ninguna intención de entregarle el suyo a él.
    Daniel exhaló un largo suspiro.
    – ¡Qué asco!
    – Quizás ella cambie de opinión -declaró Matthew.
    Daniel negó con la cabeza.
    – No. Edward fue el amor de su vida. Ella lo adoraba. Y todavía lo adora. Ningún hombre podría aspirar a subir al pedestal en el que ella lo ha puesto.
    – Es obvio que ella se preocupa por ti.
    – Sí, estoy seguro de que es así, pero de una forma muy superficial en comparación con lo que siente por Edward.
    Y Daniel sabía, en el fondo de su corazón, que eso nunca sería suficiente para él. Podía aceptar que Carolyn recordara el amor que había compartido con Edward. No podía negarle nada que la hiciera feliz. Pero no podía soportar no ser el primero en sus sentimientos. No podía soportar saber que el fantasma de Edward siempre estaría entre ellos. Que ella siempre los compararía y que él siempre saldría perdiendo.
    Por su propio bien, tenía que terminar su relación con ella. Enseguida. Antes de que hiciera algo estúpido y se dejara a sí mismo en ridículo. Como decirle a ella que la amaba. O pedirle que se casara con él. O, peor aún, rogarle que se casara con él. Lo único que se le ocurría que fuera peor que no ver amor en los ojos de Carolyn, era ver lástima en ellos.
    – ¡Maldita sea! ¿Por qué habría de querer alguien enamorarse? -preguntó Daniel.
    – Cuando encuentras a la persona adecuada, es algo increíble -contestó Matthew en voz tenue.
    Sí, y la persona adecuada era alguien que te amaba tanto como tú la amabas a ella. Por desgracia, ése no era el caso de Daniel. Y aquel infierno emocional, unilateral y no correspondido era una auténtica tortura.

    – Tendremos que rebautizar a nuestro grupo como «La Sociedad Literaria de Damas y un Bebé» -declaró Carolyn tras abrazar a Sarah cuando ella anunció que estaba embarazada.
    La feliz noticia permitió a Carolyn apartar a un lado la tristeza que experimentaba por haberse permitido, de una forma absurda, enamorarse de un hombre que no quería saber nada del amor.
    – Estoy impaciente por ser tía.
    – Yo también -declararon Julianne y Emily al unísono.
    – Tendréis que ayudarme a tener controlado a Matthew -declaró Sarah, subiéndose las gafas por el puente de la nariz-, porque me veo venir que nos va a volver locos a los dos. ¡Ni siquiera me ha dejado subir las escaleras sola! -Levantó la vista hacia el techo-. Si no mantengo a raya su pánico masculino desde ahora mismo, os aseguro que será un embarazo muy, pero que muy largo.
    Carolyn le apretó la mano.
    – Debes sentirte feliz de que el hombre al que amas sea tan cariñoso y se preocupe tanto por ti, Sarah. No hay mejor regalo que éste.
    «Ni peor sufrimiento que amar y no ser correspondida.»
    – Hablando de grandes regalos -declaró Julianne-, ¿os habéis dado cuenta de que el señor Gideon Mayne, el detective, asistió a la velada de ayer por la noche de lord y lady Exbury?
    – Sí -contestó Emily-. Estaba allí con el señor Rayburn.
    – Están buscando pistas en relación con el asesinato de lady Crawford -añadió Carolyn-. Pero ¿qué tiene que ver el señor Mayne con los grandes regalos?
    Julianne miró a su alrededor, como si quisiera asegurarse de que nadie más oiría lo que iba a contar. Entonces, con los ojos brillantes, declaró:
    – Desde que vino a casa a interrogarme a mí y a mi madre, después de la fiesta de disfraces, yo…, bueno, no he podido dejar de pensar en él.
    – ¿En un detective de Bow Street? -preguntó Emily con los ojos desorbitados por la impresión-. ¡Santo cielo, Julianne! A tu madre le va a dar un ataque de apoplejía. Y, por una vez, tendré que estar de acuerdo con ella. ¿Un detective? ¡Es totalmente inaceptable! ¡Un hombre tan vulgar, tan tosco y de aspecto tan duro! Es casi tan horrible como el señor Jennsen.
    Julianne levantó la barbilla.
    – Pues a mí me parece apuesto, peligroso y excitante.
    – Desde luego que es peligroso -intervino Sarah-. Al menos su profesión lo es.
    Carolyn dio unas palmaditas en la mano de Julianne.
    – No hay duda de que el señor Mayne es atractivo, pero no sería nada inteligente tener pensamientos románticos con un hombre con quien nunca podrías tener un romance. -Realizó una mueca interior por la ironía de que fuera precisamente ella quien le diera este consejo-. Personalmente, creo que es la lectura de las Memorias la que nos tiene a todas tan nerviosas. En mi opinión, el próximo libro que elijamos debería ser menos lascivo.
    Sarah sonrió abiertamente.
    – ¿Dónde estará la diversión, entonces?
    Carolyn le devolvió la sonrisa, pero no pudo evitar sentir que la lectura de las Memorias la había conducido al desastroso camino que llevaba directamente al sufrimiento.
    Una oleada de cansancio agravado por la falta de sueño y las emociones que había experimentado durante el día la invadió. Se levantó y declaró:
    – No querría dejar la reunión, pero estoy exhausta.
    Sarah la miró y frunció el ceño.
    – Se te ve cansada. ¿Estás bien?
    «No. Me duele todo. Especialmente, el corazón.»
    Esbozó una sonrisa forzada.
    – Estoy bien. Sólo necesito dormir. ¿Os veré mañana en la velada de lady Pelfield?
    – Matthew y yo iremos -contestó Sarah.
    – Yo también -contestaron Julianne y Emily.
    Después de abrazarlas y besarlas, Carolyn salió de la habitación y bajó las escaleras. Cuando llegó al vestíbulo, Graham le dijo:
    – El señor está en el salón, lady Wingate. Por aquí, por favor.
    Carolyn esperaba que el mayordomo, simplemente, avisara a Mathew de que estaba preparada para irse, pero era evidente que quería que lo siguiera. Carolyn se apretó la sien para aliviar el dolor de cabeza que le estaba viniendo y siguió a Graham por el pasillo. El mayordomo la anunció desde la puerta del salón y Carolyn entró en la habitación. Vio a Matthew y sonrió deseando no parecer tan cansada como en realidad se sentía.
    – Sarah me ha contado la buena noticia -declaró alargando las manos hacia su cuñado e inclinándose para besarlo en la mejilla-. ¡Me alegro tanto por vosotros…!
    – Gracias.
    Matthew miró por encima del hombro de Carolyn y ella se volvió. Al ver a Daniel delante de la chimenea, Carolyn se quedó paralizada.
    – Hola, Carolyn -la saludó Daniel con voz y expresión graves.
    El corazón de Carolyn dio un vuelco, como hacía siempre que veía a Daniel.
    – Daniel, ¿has venido para celebrar la noticia del embarazo de Sarah?
    – No, he venido para hablar contigo.
    Antes de que ella pudiera expresar su sorpresa, Matthew declaró:
    – Si me disculpáis, iré a ver si mi querida esposa necesita algo. Daniel se ha ofrecido para acompañarte a casa. ¿Te parece bien? Así yo podría quedarme con Sarah.
    – Sí, claro. -Carolyn le ofreció la mejor sonrisa que pudo esbozar-. Pero no tienes por qué preocuparte. Lo más extenuante que está haciendo Sarah en estos momentos es hablar con Julianne y Emily.
    – Bien. Eso significa que puedo dejar de preocuparme durante unos treinta segundos.
    Matthew salió de la habitación y cerró la puerta tras él.
    Daniel se acercó a Carolyn y, ante la perspectiva de recibir un beso, a ella se le aceleró el corazón. Hasta que él no estuvo cerca, Carolyn no notó las arrugas de cansancio y preocupación que rodeaban sus ojos. Recordando la experiencia tan emotiva que vivió antes, Carolyn sintió una gran empatia hacia él.
    – ¿Te encuentras bien? -le preguntó.
    El negó con un movimiento de la cabeza.
    – No. Tenemos que hablar.
    Daniel cogió a Carolyn por la mano y la condujo al sofá. Ella disfrutó del contacto de su cálida mano y se esforzó por apagar el terrible dolor que amenazaba con embargarla al saber que pronto dejarían de cogerse de la mano.
    Después de sentarse, Carolyn escuchó con total incredulidad lo que había ocurrido después de que Daniel la dejara en su casa. Cuando Daniel terminó su relato, Carolyn permaneció en silencio durante un minuto entero mientras asimilaba aquella información.
    Dos de las anteriores amantes de Daniel habían muerto. Daniel era sospechoso de haber cometido los asesinatos. El creía que ella estaba en peligro.
    – No puedo creer que lady Margate esté muerta -declaró por fin Carolyn. Entonces apretó los labios-. Ni que esos dos papanatas crean que puedes ser el responsable de sus muertes.
    Una sonrisa cansina elevó una de las comisuras de los labios de Daniel.
    – Te agradezco tu indignación por mí.
    Ella le cogió una mano entre las suyas.
    – Daniel, aunque te agradezco que intentes mantener mi nombre al margen de todo esto, debes contarle al señor Mayne dónde estabas ayer por la noche.
    Daniel negó con la cabeza.
    – Lo único que necesita saber es que yo no estaba asesinando a nadie.
    Carolyn levantó la barbilla.
    – No quiero que tenga ninguna razón para dudar de ti. Si tú no se lo dices, lo haré yo.
    Daniel recorrió el rostro de Carolyn con la mirada y ella deseó poder leer sus pensamientos.
    – ¿Te das cuenta de que, si lo haces, lo más probable es que se difunda lo de nuestra aventura?
    – No me importa. Eso es, sin lugar a dudas, preferible a que el comisario y el señor Mayne te crean culpable de asesinato. Además, dada tu determinación a protegerme, seguramente lo deducirán de todas formas.
    – Pero lo único que sabrán es que mi preocupación por ti deriva de nuestra estrecha amistad. No es necesario que tu nombre se vea involucrado en esto y que seas el centro de los rumores. Rayburn y Mayne no encontrarán ninguna prueba que me incrimine en unos asesinatos que no he cometido.
    – Quien está intentando inculparte no dudará en fabricar pruebas en tu contra. El asesino ya ha conseguido que sospechen de ti. -Carolyn sacudió la cabeza-. Tu intención de protegerme, aunque honorable, resulta inaceptable. Cuando el señor Rayburn y el señor Mayne me interroguen, como seguro que harán, les contaré la verdad, Daniel.
    Daniel no pareció complacido, pero, para alivio de Carolyn, no discutió su decisión.
    – Tenemos que asegurarnos de que estás a salvo. Quiero que me prometas que no irás a ninguna parte sola hasta que atrapen al asesino.
    – Te lo prometo. -Carolyn se levantó-. Pero quiero marcharme de aquí. Ahora. Si es verdad que estoy en peligro, no quiero involucrar a Sarah.
    Daniel también se levantó y, durante varios segundos, los dos se miraron a los ojos. Menos de medio metro los separaba. ¡Daniel parecía tan cansado y preocupado…! Todo, en el interior de Carolyn, gritó pidiendo abrazarlo, acariciarlo. Y ser abrazada y acariciada por él. Había planeado hacer el amor con él una vez más, pero en aquel instante se dio cuenta de que no podría, pues, si lo hacía, nunca podría dejarlo ir. No podría separarse de él. Y cometería una locura, como pedirle que la quisiera. Y que se quedara con ella para siempre.
    Su buen juicio le indicó que se resistiera a tocarlo, que cualquier caricia sólo haría que la despedida fuera mucho más difícil. Pero la necesidad la sobrecogió y Carolyn se inclinó hacia Daniel.
    Con un gemido grave que parecía agónico, Daniel tiró de Carolyn y apretó su boca contra la de ella. Su beso sabía a miedo y desesperación. A preocupación y frustración. Y a un deseo ardiente y profundo. Carolyn se agarró a él, se apretó más contra él, grabando en su memoria la sensación de su duro cuerpo contra el de ella, del sabor caliente y embriagador de su beso, de la textura espesa y sedosa de su pelo, del aroma delicioso e inolvidable que era único e inconfundible en él.
    Nunca sabría de dónde sacó las fuerzas para separarse de él. ¡Cómo deseaba ser como la Dama Anónima y poder mantener su corazón libre de ataduras! Se miraron a los ojos, ambos jadeando, y Carolyn supo que, por su propia supervivencia, tenía que decírselo. Esa misma noche.
    Cuando estaban en el carruaje camino de casa de Carolyn, ella humedeció sus labios, que, de una forma repentina, se habían secado y declaró:
    – Daniel, he estado pensando en nuestro… acuerdo.
    Daniel, sentado frente a ella, la observó con los ojos entrecerrados y la mirada atenta.
    – ¿Sí?
    Carolyn se obligó a pronunciar las palabras que sabía que tenía que decirle. Las palabras que, sin embargo, le romperían el corazón.
    – Yo… Creo que es mejor que no volvamos a vernos… de esa forma nunca más.
    El silencio más estridente que Carolyn había oído nunca llenó el carruaje. La cara de Daniel permaneció totalmente inexpresiva, pero entonces algo brilló en sus ojos y, durante un descabellado segundo, Carolyn se preguntó si se negaría. Si le diría que no podía ni quería considerar esa idea porque, de una forma inesperada, se había enamorado de ella. Y que no podía imaginarse vivir sin ella.
    Sin embargo, él, simplemente, le preguntó:
    – ¿Porqué?
    «Porque te quiero y no puedo soportar la idea de que tú no me quieras. Porque tengo que intentar proteger lo poco de mi corazón que no me hayas robado ya.»
    – Aunque no tengo ningún reparo en admitir ante las autoridades que estábamos juntos ayer por la noche, no deseo que mi vida sea pasto de rumores y, si continuamos con nuestra relación, lo será. -Intentó adoptar una actitud desenfadada-. Nuestra aventura tenía que terminar tarde o temprano. Y, dadas las circunstancias, creo que ha llegado el momento.
    Una vez más, el silencio los invadió y Carolyn contuvo el aliento. Entonces Daniel asintió con un breve movimiento de la cabeza.
    – Es verdad, tienes razón. Nuestra aventura tenía que terminar tarde o temprano.
    Sus palabras apagaron con brusquedad la descabellada chispa de esperanza de Carolyn. El hecho de que aceptara la decisión de Carolyn con tanta facilidad demostraba que, al fin y al cabo, ella no era para él más que otra de sus conquistas sexuales. Y también demostraba, más allá de toda duda, que ella había tomado la decisión correcta. Sin embargo, haber actuado correctamente no significaba que no le doliera. Un dolor y una profunda desesperación que ella había esperado no volver a experimentar nunca más la invadieron.
    Algo debió de reflejarse en su cara, porque Daniel le preguntó con voz suave:
    – ¿En qué estás pensando?
    Como había hecho muchas veces en el pasado, Carolyn relegó a lo más hondo de su mente el dolor de su corazón para examinarlo más tarde, cuando estuviera sola. Y pudiera llorar.
    – Estaba pensando en Edward -contestó con sinceridad.
    Una cortina pareció caer sobre los ojos de Daniel, quien no dijo nada.
    Llegaron a la casa de Carolyn unos minutos más tarde y Daniel la acompañó al interior. Nelson les informó de que no había ocurrido nada durante su ausencia y de que estaría de guardia junto a la puerta delantera durante la noche.
    – Me encargaré de que alguien vigile la puerta trasera -le dijo Daniel a Carolyn-. Recuerda tu promesa de no ir a ninguna parte sola hasta que atrapen a ese demente.
    – Tienes mi palabra.
    Pareció que Daniel quería decir algo más y Carolyn contuvo el aliento. Él le cogió la mano y se la llevó a los labios besando el dorso de sus dedos enguantados. Y entonces dijo algo más:
    – Adiós, Carolyn.
    Y, sin más, se volvió y se marchó. Y el corazón de Carolyn se rompió en millones de frágiles pedazos.

Capítulo 21

    Aunque intente seguir siendo amiga de todos mis antiguos amantes, por desgracia, no siempre fue así. Es una triste realidad que, algunas relaciones, terminan mal.
    Memorias de una amante,
    por una Dama Anónima

    Oculto a la vista por una hilera de bien podados setos de ligustro, Daniel estaba sentado sobre el húmedo suelo, con la espalda apoyada en el muro de piedra que separaba el pequeño jardín de Carolyn del de su vecino. Unas nubes oscurecían la luna y el aire, denso y pesado, amenazaba lluvia. Había ocupado aquel puesto minutos después de separarse de Carolyn y sólo había ido a su casa para comprobar si Samuel había regresado. Su criado lo esperaba en el vestíbulo y le informó de que no había podido encontrar al comisario, aunque, al final, había localizado al señor Mayne, quien no se había sentido muy impresionado por su relato. Sin embargo, le prometió ir a visitar a lord Surbrooke a la mañana siguiente.
    Después de darle instrucciones a Samuel para que montara guardia en la casa, Daniel había entrado a hurtadillas en el jardín de Carolyn para vigilar la entrada trasera de su casa. Armado con una pistola y su puñal, no tenía intención de permitir la entrada a nadie. Si alguien pretendía hacer daño a Carolyn, tendría que pasar sobre su cuerpo sin vida.
    Sin vida… Daniel exhaló un suspiro largo y lento. ¡Maldición, así era, exactamente, como se sentía! Sin vida e insensible. Derrotado. Vacío.
    «Nuestra relación tenía que terminar tarde o temprano.» Las palabras de Carolyn resonaron en su mente causando otra herida sangrante en su maltratado corazón. ¿Acaso no pretendía él decirle lo mismo? Sí, aunque, si Carolyn no se lo hubiera dicho, Daniel se preguntó si él habría sido capaz de hacerlo. Cuando ella lo hizo, él quiso cogerla por los brazos y zarandearla. Obligarla a dejar el pasado a sus espaldas y dejar de adorar a un fantasma.
    «Estaba pensando en Edward.»
    Daniel apretó los párpados durante unos instantes. Quería odiar a Edward, pero ¿cómo se odiaba a un hombre muerto? ¿A un hombre que había sido su amigo? ¿A un hombre que le caía bien y a quien admiraba? ¿A un hombre que no merecía morir tan joven? Comprendía que Carolyn amara a Edward durante toda su vida, pero ¿por qué tenía que amar sólo a Edward?
    Cuando le dijo que su aventura tenía que terminar, la primera y más potente reacción de Daniel fue la de discutírselo, pero se obligó a no hacerlo. Lo mejor, sobre todo en aquellos momentos, era que se mantuviera a distancia de ella, pues no quería ponerla en peligro. Quizá, después de que todo aquello hubiera pasado, podría intentar convencerla…
    Apartó esta idea de su mente con brusquedad. ¿Qué sentido tenía? Ella había elegido la memoria de su esposo. Intentar convencerla para prolongar su aventura sólo serviría para humillarlos a ambos. En lugar de intentar la imposible tarea de conseguir que ella olvidara a un hombre que nunca olvidaría, lo mejor que podía hacer era encontrar la manera de desenamorarse.
    Un nudo tenso y amargo atenazó su garganta. ¡Dios, como si pudiera hacerlo! En algún lugar, los dioses debían de estar riéndose de él. Después de toda una vida de burlarse del amor, éste lo había alcanzado y lo había atrapado en cuerpo y alma dejando sólo un vacío insensible donde antes latía su corazón.
    Dirigió la mirada a los ventanales del dormitorio de Carolyn. Al pequeño balcón al que había lanzado una cuerda por la cual había escalado para introducirse en su habitación. ¿De verdad había creído que sólo deseaba su cuerpo? ¿Que lo único que había querido de ella era una relación sexual? ¿Que no había sentido nada más que lujuria por ella? Dio un golpe seco con la cabeza en la fría pared de piedra que tenía detrás. ¡Menudo idiota estaba hecho!
    Se mantuvo despierto durante toda la noche, con los sentidos alerta, los oídos atentos a cualquier sonido extraño y los ojos siempre escrutantes, pero no ocurrió nada sospechoso. Alrededor de las tres de la madrugada, empezó a llover. Al principio, de una forma suave y después con más intensidad, hasta que las gotas cayeron como una cortina fría y silenciosa que aplastó su cabello y su ropa contra su piel helada. Cuando amaneció y en aquel cielo opaco y sombrío apareció una franja apenas perceptible de color gris, la lluvia se había convertido en una ligera llovizna.
    De repente, un leve resplandor iluminó el ventanal del dormitorio de Carolyn. Daniel enseguida se la imaginó encendiendo una lámpara. Levantándose de la cama. Cepillándose el pelo. Vistiéndose. Y deseó, con todo su ser, estar en la habitación con ella.
    Pasó una hora antes de que la luz se apagara, señal de que Carolyn había salido del dormitorio. Seguramente, para ir a tomar el desayuno. Entonces Daniel se dio cuenta de que la lluvia por fin había cesado. En perfecta conjunción con su estado de ánimo, el cielo seguía lóbrego y nublado. Daniel se levantó con dificultad. Sus músculos, fríos y acalambrados, protestaron. Retiró hacia atrás su húmedo cabello y realizó una mueca al sentir la ropa mojada y pegada a su piel. Iría a su casa para cambiarse de ropa y seguiría montando guardia.
    Cuando, unos minutos más tarde, entró en su casa, Samuel y Barkley le informaron de que todo iba bien.
    – No hemos oído el menor ruido, milor -declaró Samuel.
    – Excelente. Vigila el jardín trasero de lady Wingate mientras me cambio de ropa.
    – Sí, milor. Aquí mismo tengo mi puñal -declaró Samuel dando unas palmaditas en su bota-. Nadie entrará por allí.
    Salió por la puerta trasera y Daniel empezó a subir las escaleras.
    – ¿Quiere que le preparemos un baño caliente, milord? -preguntó Barkley.
    – No, gracias. Sólo el desayuno y café.
    Había subido la mitad de las escaleras cuando sonó la aldaba de bronce de la puerta.
    Barkley dio una ojeada por la ventana lateral.
    – Se trata del señor Mayne, milord -informó en voz baja.
    – Condúcelo al comedor y ofrécele desayunar. Me reuniré con él enseguida.
    Subió el resto de los escalones de dos en dos ansioso por cambiarse de ropa, hablar con Mayne y volver a vigilar el jardín de Carolyn.
    Diez minutos más tarde, entró en el comedor. Se dio cuenta de que Mayne sólo tomaba café. Después de intercambiar los saludos pertinentes, Daniel le preguntó:
    – ¿Dónde está Rayburn?
    Mayne frunció el ceño.
    – Me dijo que tenía otros asuntos que atender. Le informaré más tarde de lo que hablemos.
    Mientras se servía unos huevos, jamón y beicon del aparador, Daniel corroboró lo que Samuel le había contado al detective la noche anterior. Se sentó a la cabecera de la mesa y concluyó diciendo:
    – He advertido a lady Walsh de que podía estar en peligro… Y también a lady Wingate.
    El rostro impasible de Mayne no reflejó la menor emoción.
    – Lady Wingate… ¿Ella es la razón de que mintiera sobre dónde estuvo anteayer por la noche?
    Daniel apretó la mandíbula. No quería que aquel hombre supiera que había tenido una aventura con Carolyn, pero como estaba claro que ella pensaba contárselo, no tenía sentido andarse con evasivas.
    – En realidad, no le mentí. Sí que volví a casa, pero después me marché a casa de lady Wingate. No se lo dije porque mi vida privada no es de su incumbencia. Y tampoco quería que lady Wingate fuera objeto de habladurías.
    – ¿Estuvo allí toda la noche?
    – Sí, hasta el amanecer.
    – ¿Y lady Wingate corroborará su declaración?
    – Sí.
    Mayne observó durante varios segundos el pelo, todavía mojado, de Daniel.
    – ¿Y dónde estuvo usted la noche pasada, lord Surbrooke?
    El tono irónico del detective enojó a Daniel, quien le hizo esperar su respuesta mientras masticaba y después tragaba un trozo de huevo.
    – En el jardín de lady Wingate. Montando guardia.
    – ¿Y lady Wingate corroborará también su coartada?
    – Ella no sabe que estuve allí.
    – ¿Lo vio alguien?
    – No, pero mi mayordomo y mi criado saben que estuve allí.
    – ¿Porque lo vieron o sólo porque usted les contó que estaría allí?
    – ¿Está insinuando que estuve en otro lugar?
    – Si me está preguntando si he descubierto el cadáver de otra de sus anteriores amantes, la respuesta es que todavía no. -Levantó la taza de porcelana y miró a Daniel por encima del borde-. Sin embargo, el día es joven.
    – Emplearía mejor el tiempo si se dedicara a elaborar un plan para capturar al auténtico asesino.
    – ¿Tiene usted alguna sugerencia?
    – De hecho, sí. Como usted sabe, los dos asesinatos tuvieron lugar durante o después de una fiesta a la que yo asistí. Esta noche tengo pensado asistir a una velada en casa de lady Pelfield.
    El interés brilló en los ojos oscuros de Mayne.
    – Entonces, usted cree que es posible que nuestro hombre actúe de nuevo esta noche. ¿Lady Walsh y lady Wingate asistirán también a la velada?
    – En cuanto a lady Walsh, no estoy seguro, aunque se trata de un gran evento, así que es probable que lo haga. Y en cuanto a lady Wingate, sé que tiene planeado asistir.
    – Entonces podríamos utilizar a una de las dos como cebo.
    – No. -La negación sonó brusca y contundente-. Decididamente no. -La idea de que un loco asesino siquiera tocara a Carolyn le producía un doloroso nudo en el estómago-. Estaba pensando que podríamos utilizar ayuda extra y estar todos mucho más alerta. Y mantener muy vigiladas a las dos damas. En cuanto alguien intente estar a solas con una de ellas, habremos encontrado al asesino.
    Mayne permaneció en silencio durante varios segundos, simplemente mirando a Daniel a través de sus ojos oscuros e inescrutables. Al final, murmuró:
    – ¿Y sí nos encontramos ante el caso del lobo que guarda las ovejas?
    – ¿Se refiere a si fuera yo quien intentara estar a solas con una de ellas? -Daniel se inclinó hacia Mayne y entrecerró los ojos-. ¿Y si el lobo fuera usted, señor Mayne?
    Algo brilló en los ojos oscuros de Mayne, quien bajó la cabeza.
    – Creo que va a ser una noche muy interesante.
    Daniel bebió un sorbo de café, se limpió los labios con una servilleta y se levantó.
    – Si no hay nada más, desearía volver al jardín de lady Wingate.
    Mayne también se levantó.
    – Iré con usted. Me gustaría hablar con lady Wingate.
    Acababan de salir al pasillo cuando Daniel oyó que la puerta principal se abría… Unos segundos más tarde, Samuel le gritó a Barkley:
    – ¡Tengo que hablar con el señor de inmediato!
    El tono ansioso de su voz envió un escalofrío por la espina dorsal de Daniel, quien echó a correr hacia el vestíbulo con Mayne pisándole los talones. Cuando Daniel vio los ojos desorbitados y la palidez de Samuel, su preocupación aumentó. Su criado respiraba con pesadez y estaba, claramente, alterado.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Daniel con interés-. ¿Y lady Wingate?
    – Se ha ido, milor.
    Daniel sintió que la sangre abandonaba su cabeza.
    – ¿Qué quieres decir con que se ha ido?
    Las palabras de Samuel salieron como en una cascada.
    – Estaba vigilando el jardín de lady Wingate como usté m' ha bía ordenado. Al cabo d' un rato, Katie salió. M' había visto por una ventana y quería saludarme. Nos pusimos a hablar y entonces ella me preguntó qué estaba haciendo allí. Cuando le conté que estaba vigilando la casa por si el asesino merodeaba por allí, ella me dijo que no tenía que preocuparme, porque habían cogido al asesino.
    – ¿Qué? -preguntaron Daniel y Mayne al unísono.
    Samuel asintió con la cabeza.
    – Eso es lo que me dijo. Cuando le pregunté cómo lo sabía, me contestó que lady Wingate había recibido una nota de lord Surbrooke contándoselo.
    El suelo pareció esfumarse debajo de los pies de Daniel.
    – Yo no le he enviado ninguna nota. ¿Dónde está ahora lady Wingate?
    – Katie no estaba segura, sólo sabía que había salido. Le dije que hablara con Nelson y buscaran la nota y vine corriendo a contárselo a usté.
    Daniel cogió su pistola de la mesa que había en el vestíbulo, donde la había dejado cuando llegó, y miró, alternativamente, a Samuel y Mayne.
    – ¡Vamos!

    Carolyn avanzó por el camino serpenteante de Hyde Park y se ciñó el chal con el que se cubría los hombros para protegerse de la humedad y del frío aire. Los dedos fantasmales de una neblina gris se elevaban desde el suelo mientras el lúgubre cielo, entristecido por unas nubes bajas, amenazaba con escupir lluvia de un momento a otro. El parque estaba desierto.
    Carolyn apretó el paso, ansiando llegar al lugar donde, según la nota de Daniel, se encontraría con él y el señor Mayne. ¡Gracias a Dios que habían cogido al asesino! Estaba deseando darle al detective una buena reprimenda por sospechar de Daniel.
    El camino viraba un poco más adelante y pasaba junto a una pequeña zona en forma de U que estaba rodeada por un espeso bosquecillo de olmos y setos altos donde Daniel quería que se reuniera con ellos. Carolyn salió del camino y entró por la abertura que había en los altos setos. Una figura solitaria estaba en el extremo más alejado del claro cubierto por la niebla y Carolyn la saludó.
    La figura se acercó y Carolyn parpadeó sorprendida.
    – ¿Qué hace usted aquí?
    Una luminosa sonrisa. Y un extraño destello en aquellos ojos verdes paralizó a Carolyn enviando un escalofrío helado por su espalda.
    Una mano enguantada en negro apuntó la pistola que sostenía hacia su pecho.
    – He venido para encontrarme con usted, lady Wingate.
    Carolyn miró fijamente la pistola intentando encontrarle el sentido a lo que estaba ocurriendo. Inhaló con vacilación y volvió a levantar la mirada hacia aquellos ojos que, por lo que vio ahora, despedían destellos de locura.
    – Estoy segura de que esta arma no es necesaria.
    – Pues yo me temo que sí que lo es. Si coopera, sólo morirá, pero si se mueve o grita, la mataré y, después, me aseguraré de que su hermana también muera. ¿Me ha entendido?
    Con el corazón latiéndole con tanta fuerza que Carolyn oía sus latidos en las orejas, Carolyn consiguió asentir.
    – Sí.
    ¡Santo cielo! Seguro que alguien, Nelson, Katie, Daniel… alguien se daría cuenta de que la habían atraído a aquel lugar con falsos pretextos. Solo tenía que mantener la calma y seguir con vida hasta que la encontraran. Volvió a mirar la pistola, que no temblaba en absoluto.
    Carolyn levantó la barbilla.
    – Está claro que la nota no era de Daniel y que voy a ser su tercera víctima… ¿o ha habido más, lady Walsh?
    Una sonrisa maliciosa curvó los labios de Kimberly Sizemore.
    – Sólo lady Crawford y lady Margate. Después de que usted desaparezca, tendré lo que quiero.
    – ¿Y qué es, exactamente, lo que quiere?
    La sonrisa se desvaneció y un odio frío y total apareció en los ojos de lady Walsh.
    – Quiero ver a Daniel en la ruina. Igual que él me arruinó a mí.
    Carolyn asintió lentamente con la cabeza, como si lo que decía lady Walsh tuviera mucho sentido.
    – Comprendo. ¿Y cómo la ha arruinado él?
    El odio de sus ojos creció en intensidad.
    – Había planeado recuperar su amor cuando regresara a Londres, pero, cuando volvió, era un hombre distinto. Cada vez que me acercaba a él, me rechazaba. Entonces me di cuenta de que tenía otra amante. Lo único que tenía que hacer era descubrir quién era y después encontrar la mejor forma de recuperarlo.
    Deslizó la mirada hacia Carolyn con un desprecio mal disimulado.
    – Los vi la noche del baile de disfraces que celebré en mi casa. En la terraza. No podía creer que la hubiera elegido a usted, a una viuda tímida y aburrida que nunca podría complacerlo como yo lo había hecho. ¡No creería usted que podría satisfacer a un hombre como Daniel!
    La rabia por la destrucción que aquella demente había causado empujó a un lado parte del miedo que Carolyn sentía y, tras enarcar las cejas, declaró:
    – Quizá no sea tan tímida ni tan aburrida como usted cree.
    Los ojos de lady Walsh se volvieron meras rendijas.
    – De no ser por usted, él habría vuelto a mí. Intenté tentarlo, pero él me rechazó con terquedad. Entonces mi amor se convirtió en odio y decidí que, si yo no podía tenerlo, nadie lo tendría.
    – ¿Y por qué no, simplemente, lo mató a él?
    Los labios de lady Walsh se curvaron en una parodia de sonrisa.
    – Eso es, con exactitud, lo que estoy haciendo. Matarlo a balazos o cuchilladas sería demasiado rápido y Daniel tiene que sufrir. Quiero arruinarlo. Por eso decidí incriminarlo en los asesinatos. Los asesinatos de sus anteriores amantes.
    – ¿Cómo las mató? -preguntó Carolyn, agudizando el oído y rezando para que se oyeran los pasos de alguien acercándose por el camino.
    Ahora fue el orgullo el que resplandeció en la mirada de lady Walsh.
    – Conseguí matarlas citándolas con el tipo de nota que envían ahora los amantes, indicando una hora y un lugar, y que está muy de moda. Imité la escritura de Daniel y les pedí que llevaran puestas las joyas que él les había regalado. Cuando la encuentren muerta a usted, el destino de Daniel estará sellado. Sobre todo cuando deje las notas que envió a lady Crawford y a lady Margate donde las autoridades puedan encontrarlas.
    – ¿Por qué no dejó, simplemente, las notas junto a los cadáveres?
    – Tenía planeado enviarle una a usted la noche de su muerte y no quería que le diera miedo acudir a la cita. -Su expresión se volvió maligna-. Eso si no moría antes.
    – ¿Se refiere al disparo que me hizo?
    Una sonrisa maliciosa curvó los labios de lady Walsh.
    – Es posible.
    – ¿Y por qué este cambio de planes?
    Lady Walsh frunció el ceño.
    – Porque Daniel supuso que tanto usted como yo estábamos en peligro. ¿Sabía que, ayer por la noche, vino a advertirme de que fuera con cuidado? Casi me arrepentí de mi plan para arruinarlo y, si él hubiera aceptado mi invitación a pasar la noche en mi casa, podría haber cambiado de idea. Pero él decidió irse.
    – Lanzó una mirada cargada de odio a Carolyn-. Para estar con usted. Estoy segura.
    – Así es.
    – Este último rechazo selló su destino y me obligó a actuar más deprisa de lo que tenía pensado. Sabía que Daniel se encargaría de tenerla vigilada continuamente. -Esbozó otra sonrisa malévola-. Pero yo lo engañé. Y a usted también. Y ahora estamos aquí y usted va a morir.
    Una furia helada, distinta a todo lo que había experimentado hasta entonces, invadió a Carolyn.
    – Usted ya falló cuando me disparó la otra noche -declaró con desdén.
    – Esta vez no fallaré.
    Carolyn se dio cuenta de que era ahora o nunca y se lanzó contra su atacante profiriendo un fiero grito que cortó el aire helado. Los ojos de lady Walsh reflejaron sorpresa y, después, un odio profundo mientras luchaba para conservar la pistola. Carolyn luchó con todas sus fuerzas para mantener el cañón apuntando en otra dirección, pero lady Walsh era demoníacamente fuerte y estaba tan decidida a vencer como ella. El miedo y la furia obligaron a Carolyn a seguir luchando. El sudor la empapó y todos sus músculos temblaron con el esfuerzo.
    Sin embargo, a pesar de su valiente intento, lady Walsh consiguió apoyar el cañón directamente bajo el pecho de Carolyn.
    «¡Cielo santo, voy a morir! A manos de esta loca.»
    Justo cuando tenía este pensamiento, lady Walsh soltó un grito y se puso tensa. Sus ojos se desorbitaron y aflojó la mano con la que agarraba la pistola. Carolyn le arrebató el arma y retrocedió alejándose de ella. Temblorosa, apuntó con el arma a lady Walsh, dispuesta a apretar el gatillo, pero, para su sorpresa, lady Walsh cayó de rodillas. Un hilo de sangre resbaló entre sus labios y a lo largo de su mandíbula. Su mirada se volvió vidriosa, pero siguió fija en Carolyn.
    – Me vengaré -murmuró-. Incluso desde la tumba, me encargaré de que muera.
    Entonces se derrumbó hacia delante y Carolyn contempló, con incredulidad, el mango del puñal que sobresalía de su espalda.
    Aturdida, levantó la mirada y vio a Daniel en la abertura que había entre los setos. Antes de que pudiera moverse, él corrió hacia ella.
    – ¿Estás herida? -preguntó él cogiendo con suavidad la pistola de entre sus dedos que, de repente, se habían vuelto fláccidos.
    – Yo… estoy bien.
    Aunque «bien» no encajaba, precisamente, con el temblor que dominaba sus extremidades.
    Daniel le entregó la pistola al señor Mayne, quien entró en el claro con Samuel y Nelson. El mayordomo sostenía un puñal en una mano y, en la otra, blandía un atizador.
    Carolyn parpadeó al ver de aquella forma a su circunspecto mayordomo.
    – ¡Santo cielo, Nelson! ¿Qué está haciendo aquí?
    – He venido a rescatarla, milady.
    Por alguna razón, su respuesta llenó de lágrimas los ojos de Carolyn.
    – Gracias. A todos.
    Daniel la rodeó con un brazo y la condujo lejos del cuerpo de lady Walsh. Ella contempló el cadáver por encima de su hombro y se estremeció. Cuando se detuvieron, Carolyn se volvió hacia Daniel. Él cogió la cara de Carolyn entre las manos y la recorrió con una mirada ansiosa.
    – ¿Estás segura de que no te ha hecho daño?
    Carolyn asintió con la cabeza.
    – Sí.
    Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, Daniel la estrechó contra él en un abrazo tan apretado que Carolyn apenas podía respirar. Ella se aferró a él, agradeciendo su fortaleza, porque las piernas seguían flaqueándole.
    – Dios mío, Carolyn -susurró él junto al pelo de Carolyn-. Nunca, en toda mi vida, había estado tan asustado.
    – Ella iba a matarme -murmuró Carolyn junto al pecho de Daniel.
    Un escalofrío sacudió el cuerpo de Daniel.
    – Sí, lo sé.
    Ella levantó la cabeza y se inclinó hacia atrás lo justo para mirar a Daniel a los ojos.
    – ¿La has matado?
    – Sí.
    – Has realizado un lanzamiento increíble con ese puñal. Me alegro mucho de que no fallaras.
    – No podía fallar de ninguna manera. No con todo lo que había en juego.
    – Yo no iba a permitirle que me matara. No sin luchar.
    Daniel apartó un mechón suelto del cabello de Carolyn.
    – Me alegro mucho de que así sea. No sabía que eras tan temible.
    – Yo tampoco.
    – Eres una autentica tigresa.
    – Eso parece. Pero te aseguro que espero no tener que demostrarlo nunca más en circunstancias similares.
    – Yo también. ¿Puedes caminar?
    – Estoy un poco aturdida, pero prefiero ir caminando a casa a quedarme aquí.
    Sin dejar de abrazarla, Daniel miró por encima del hombro de Carolyn.
    – Voy a acompañar a lady Wingate a su casa, Mayne. ¿Quiere que le envíe a alguien?
    – No. Samuel se ha ofrecido a ir a buscar a Rayburn y Nelson puede quedarse conmigo, si a lady Wingate le parece bien.
    – Sí, claro.
    Cuando Carolyn y Daniel llegaron a la abertura de los setos, ella no pudo evitar dar una última ojeada a lady Walsh.
    – ¿Cuáles fueron sus últimas palabras? -preguntó Daniel.
    – «Me vengaré. Incluso desde la tumba, me encargaré de que muera.» -Un escalofrío recorrió el cuerpo de Carolyn y Daniel le apretó los hombros con más fuerza-. No tengo ni idea de a qué se refería.
    – No tiene importancia. Está muerta. Y no puede hacerte daño, ni a ti ni a nadie más.
    Veinte minutos más tarde, una frenética Katie abrió la puerta de la casa de Carolyn. Después de asegurarle que su señora estaba bien, Daniel le pidió que le preparara un baño. Entonces levantó a Carolyn en brazos y la llevó al salón.
    – Me encuentro bien -se sintió empujada a decir Carolyn aunque, al mismo tiempo, rodeó agradecida el cuello de Daniel con los brazos.
    – Claro que sí. Eres una tigresa muy fiera. Llevarte en brazos es un acto totalmente egoísta por mi parte.
    Daniel entró en el salón y cerró la puerta con su bota. Después, se dirigió directamente a la chimenea y dejó a Carolyn con suavidad en el sofá. Se sentó a su lado y le cogió las manos.
    Ella soltó una de sus manos y deslizó los dedos por la mejilla de Daniel casi mareándose de placer al tocarlo.
    – Estás pálido.
    Él esbozó una débil sonrisa.
    – Creo que todavía no me he recuperado del susto. De hecho, no sé si llegaré a recuperarme nunca. -Daniel llevó la mano de Carolyn a su boca y estampó un ferviente beso en sus dedos-. Casi te he perdido. Ni siquiera puedo empezar a describir lo que sentí cuando me di cuenta de que estabas en manos del asesino. Entonces no sabía si llegaría a tiempo para salvarte. Cuando te vi luchar con aquella loca… Hace muchísimo tiempo que no rezo, pero he llamado a todos los santos que he podido recordar. -Presionó la mano de Carolyn contra su pecho-. Y mis oraciones han sido oídas.
    Los firmes latidos de su corazón en la palma de la mano de Carolyn hicieron que a ella se le formara un nudo en la garganta. ¡Cielo santo, lo quería tanto…! Y habían estado a punto de perderse el uno al otro, lo que constituía un impactante recordatorio de lo preciosa que era la vida. Y el amor. Y de que ninguno de los dos debía malgastarse. Ella lo amaba y, aunque él no la amara a ella, aunque se arriesgara a quedar en ridículo, tenía que decírselo.
    Sin estar segura del todo acerca de cómo empezar, Carolyn carraspeó.
    – Me has salvado la vida.
    – Me siento agradecido por no haber llegado demasiado tarde y haber podido salvarte.
    – Yo te estoy profundamente agradecida.
    Daniel frunció el ceño, titubeó y, a continuación, dijo:
    – No quiero tu gratitud, Carolyn.
    – ¡Oh! -exclamó ella en voz baja.
    La cosa no iba especialmente bien.
    – Quiero tu amor.
    Ahora fue ella quien frunció el ceño.
    – ¿Disculpa?
    – Que quiero tu amor. -Daniel inhaló y después soltó un profundo suspiro-. Carolyn, te amo. Tanto que apenas puedo quedarme quieto.
    Daniel cogió las manos de Carolyn y la miró con una expresión tan grave que ella, sobresaltada, se dio cuenta de que hablaba muy en serio.
    – Recuerdo la primera vez que te vi -declaró Daniel con voz suave-. Algo me ocurrió en aquel momento. Te quería, pero había algo más… algo que no podía describir porque nunca antes me había ocurrido. Eras la mujer más bella que había visto nunca. Tu sonrisa, tu risa… me cautivaron. Y lo único que quería era apartarte de la multitud y tenerte sólo para mí. -Una media sonrisa curvó uno de los extremos de su boca-. Aquella misma noche, Edward anunció vuestro compromiso.
    Carolyn sintió que sus ojos se abrían desmesuradamente.
    – Yo… no tenía ni idea.
    – Bueno, por suerte -contestó él con sequedad-. Como bien sabes, nos hemos visto de vez en cuando a lo largo de los años. Me esforcé mucho en mantenerme alejado. Edward era amigo mío y no me sentía bien deseando a su mujer ni siendo incapaz de evitarlo. -Acarició, con los dedos, la mejilla de Carolyn-. Pero aunque estuviera meses o años sin verte, nunca te olvidé. ¿Te acuerdas del cuadro que hay en mi salón?
    – ¿El que hay encima de la chimenea? ¿El de la mujer vestida de azul que mira hacia el jardín?
    – Sí. Lo compré porque me recordaba a ti. A la primera vez que te vi. Ibas vestida con un vestido azul y me gustaba imaginar que yo era el hombre del cuadro al que buscabas con la mirada. El que te estaba esperando.
    Las lágrimas llenaron los ojos de Carolyn.
    – No sabía que te gustaba desde hacía tanto tiempo.
    – En realidad, yo tampoco lo sabía. Carolyn, tengo que hacerte una confesión.
    – ¿Aunque no sea medianoche?
    – Sí. Asistí a la fiesta de Matthew porque sabía que tú estarías allí. Sabía que te deseaba, pero, cuando volví a verte… Fue como la primera vez. Como si un relámpago hubiera caído sobre mí. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de lo que me ocurría porque no podía compararlo con nada. Siempre creí que mi corazón sólo me pertenecía a mí, pero estaba equivocado. Lo perdí hace diez años por una mujer a la que ni siquiera conocía y que anunció que se iba a casar con otro hombre. -Se inclinó y besó con suavidad los labios de Carolyn-. Sé que dijiste que no querías mi corazón, pero, de todas formas, es tuyo. -Una sonrisa avergonzada curvó su boca de medio lado-. Y, por lo visto, siempre lo ha sido.
    Carolyn, entre risas y sollozos, rodeó a Daniel con sus brazos y hundió la cara en el cuello de él echándose a llorar.
    – ¡Maldita sea! -oyó que Daniel exclamaba, y lloró con más intensidad-. ¡Cielo santo, no pretendía hacerte llorar!
    Carolyn notó que Daniel buscaba frenéticamente un pañuelo en los bolsillos de su chaqueta.
    – Toma -declaró él, poniendo un pañuelo de lino en la mano de Carolyn-. Lo siento. No debería habértelo contado. Al menos, no ahora. Después de todo lo que has vivido hoy.
    – No te atrevas… -Carolyn se sonó ruidosamente- a disculparte. Ni mucho menos a pensar en retirar tus palabras. Porque no te lo permitiré.
    El la examinó durante varios segundos y asintió con la cabeza.
    – Vuelves a tener el aspecto fiero de antes.
    – No me extraña. ¿Qué tipo de hombre le dice a una mujer que la ama y después se disculpa por habérselo dicho?
    Daniel reflexionó y declaró:
    – No sé qué decir.
    – En realidad, era una pregunta retórica, pero no importa. La cuestión es que yo también te amo.
    Daniel se quedó paralizado. Tragó saliva de una forma ostentosa y declaró en voz baja:
    – Carolyn, cuando te he dicho que quería tu amor, me refería a que lo quería si me lo dabas libremente. No te sientas coaccionada a decirme que me amas porque yo te lo he dicho.
    Carolyn le cogió la cara entre las manos.
    – Querido Daniel, te doy mi amor libremente. Sin reservas. Quería decirte lo que siento, pero tenía miedo. Mi matrimonio con Edward fue maravilloso y, sinceramente, nunca creí que llegara a experimentar un sentimiento tan profundo por nadie más. Pero tú me has demostrado que estaba equivocada. La atracción que siento por ti, los sentimientos que experimento hacia ti empezaron en la fiesta de Matthew y, desde entonces, han ido creciendo. De hecho, yo también tengo que hacerte una confesión. Yo sabía que eras tú con quien bailé en la fiesta de disfraces. Y que eras tú quien me besó.
    Daniel giró la cara y le besó la palma de la mano.
    – Me alegra oírte decir eso.
    Carolyn titubeó y, después, añadió:
    – Siempre valoraré lo que viví con Edward, pero quiero tener nuevos recuerdos. Contigo.
    Daniel volvió a besarle la palma de la mano.
    – Quiero que sepas que no siento celos del amor que sentiste por Edward, Carolyn, pero me siento profundamente agradecido y contento de que también haya un lugar para mí en tu corazón.
    – Mientras estaba con vida, Edward era el dueño de mi corazón, pero ahora te lo doy a ti. Libre y totalmente.
    A Carolyn se le cortó la respiración al percibir el amor que reflejaban los ojos de Daniel.
    – Y yo lo valoraré. Siempre. -Y sin añadir nada más, Daniel hincó una rodilla en el suelo-. Carolyn, ¿quieres casarte conmigo?
    El corazón de Carolyn rebosó de felicidad y lo único que quería era aceptar, pero primero tenía que advertir a Daniel.
    – Yo…, no puedo darte hijos, Daniel.
    La ternura que reflejaron los bonitos ojos azules de Daniel derritió a Carolyn.
    – No me importa. Tengo dos ambiciosos hermanos que estarán encantados de saberlo. -Se llevó las manos de Carolyn a los labios-. Tú eres lo que me importa, Carolyn. Los niños son un regalo precioso, pero no son absolutamente necesarios. Sin embargo, tú eres como el aire para mí… absolutamente necesario.
    Los labios de Carolyn temblaron.
    – Siempre pareces saber lo que es más adecuado decir en cada momento.
    – ¿Eso quiere decir que tu respuesta es que sí? ¿Te casarás conmigo?
    Carolyn, de nuevo entre risas y sollozos, volvió a rodearlo con los brazos.
    – ¡Sí!
    Y se echó a llorar a mares sobre la chaqueta de Daniel.
    – ¡Cielos, creo que necesitaré más de éstos! -bromeó Daniel, volviendo a poner el pañuelo en la mano de Carolyn-. Encargaré varias docenas y te los regalaré. Y, además, pagaré mis deudas.
    – ¿Tus deudas?
    – Sí, creo que debo cincuenta libras a Matthew y otras tantas a Logan Jennsen.
    – ¿Por qué? -preguntó Carolyn desconcertada, sobre todo porque Daniel no parecía nada molesto por perder unas sumas de dinero tan elevadas.
    – Un hombre tiene que tener sus secretos -contestó Daniel sonriendo de medio lado.
    – Ya veo. En cuanto a los regalos, tú ya me has hecho demasiados -protestó Carolyn secándose los ojos-. Lo que me recuerda que… Espero que no te moleste, pero me temo que los mazapanes no me gustan.
    – ¿Por qué habría de molestarme? A mí tampoco me gustan demasiado.
    – Bueno, como tú me enviaste unos…, pero para el futuro la verdad es que prefiero el chocolate.
    Daniel frunció el ceño.
    – ¿Qué quieres decir? Yo nunca te envié mazapanes.
    Carolyn también frunció el ceño.
    – Claro que sí. Todavía guardo la caja y tu nota en el escritorio.
    Daniel negó con la cabeza.
    – Carolyn, yo nunca te he enviado mazapanes.
    Un extraño escalofrío recorrió el cuerpo de Carolyn y, sin pronunciar una palabra, se levantó y se dirigió al escritorio. Daniel la siguió. Carolyn abrió el cajón superior, sacó la caja de mazapanes, la dejó sobre el escritorio y le tendió la nota a Daniel.
    – La letra se parece a la mía -declaró Daniel con voz grave-, pero no lo es.
    – La nota me pareció extraña e impersonal, pero nunca sospeché que no fuera tuya. -Se miraron a los ojos y, de repente, Carolyn entendió lo que ocurría-. ¿Crees que fue lady Walsh quien me envió los mazapanes?
    – Sospecho que sí. Déjame verlos.
    Carolyn retiró la tapa de la caja y arrugó la nariz al percibir un fuerte olor a almendras amargas.
    – Huelen raro -declaró-. Ya lo pensé cuando abrí la caja la primera vez.
    A Daniel se le disparó un músculo de la mandíbula, volvió a colocar la tapa a la caja y cogió a Carolyn por los hombros. Sus ojos se habían oscurecido de la emoción.
    – Supongo que los mazapanes están envenenados. Por el olor, diría que con cianuro. La pasta de almendras disimula el olor amargo del veneno.
    Carolyn empalideció.
    – Esto es lo que quería decir con sus últimas palabras. Lo que dijo sobre que se vengaría desde la tumba.
    – Sí. -Daniel apretó brevemente los párpados-. Gracias a Dios, no te gusta el mazapán -declaró con voz áspera.
    Carolyn sintió un escalofrío y se introdujo en el círculo que formaban los fuertes brazos de Daniel.
    – Ahora todo ha terminado de verdad -manifestó, sintiéndose débil por el alivio que experimentaba-. Ha terminado del todo.
    – Al contrario, mi extremadamente encantadora, muy querida, sumamente talentosa, enormemente divertida, extraordinariamente inteligente, poseedora de los labios más apetecibles que he visto nunca así como de una excelente memoria, dueña de mi corazón y futura lady Surbrooke -declaró Daniel con los ojos rebosantes de amor-. Este es sólo el primero de toda una vida de recuerdos que vamos a crear juntos.

Jacquie D’Alessandro


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