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Caricias de fuego

Caricias de fuego

Аннотация

    Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?


Jacquie D’Alessandro Caricias de fuego

    Caricias de fuego (2010)
    Título Original: Touch me (2009)
    Serie: 2º Guía para damas

Capítulo Uno

    Little Longstone (Kent), 1820
    «Genevieve. En la caja de alabastro hay una carta… en ella está el nombre del que me ha hecho esto…»
    Las últimas palabras del conde de Ridgemoor resonaron en la cabeza de Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, mientras caminaba hacia la casa de campo que se alzaba entre los olmos. Las había pronunciado con su último aliento, en respuesta a la pregunta de Simon:
    – ¿Quién le ha disparado?
    Con suerte, Simon estaba a punto de descubrir la respuesta y de atrapar al asesino del hombre que, según los rumores, se iba a convertir en primer ministro. Las reformas sociales que el conde propugnaba no eran populares en todos los sectores del país; ya habían atentado contra su vida dos semanas antes, y Simon estaba investigando el suceso en calidad de representante de la Corona. Pero ahora era demasiado tarde. Habían conseguido silenciar a Ridgemoor en el segundo intento; y por si fuera poco, él se había convertido en el sospechoso principal.
    No era la primera vez que fracasaba en sus ocho años como espía de la Corona, pero sí la primera que lo creían culpable de un delito. Desgraciadamente, el mayordomo del conde lo había visto junto al cadáver de su señor, pistola en mano. Simon se había acercado a su domicilio tras recibir una nota en la que se afirmaba que Ridgemoor tenía una información importante. Fue entonces cuando lo encontró en el suelo, moribundo. El mayordomo declaró a las autoridades que él era el único que había entrado en la casa y que todas las puertas y ventanas estaban cerradas por dentro.
    Cuando Simon notó la mirada de desconfianza de John Waverly, su superior inmediato, supo que se había metido en un buen lío. Waverly no dudó de su versión de los hechos, pero era evidente que no las tenía todas consigo y eso le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Hasta ocho años antes, Simon no sabía nada de la profesión de espía; se limitaba a disfrutar de la riqueza y de los privilegios que le ofrecían su título y el apellido de la familia. Pero necesitaba un cambio; necesitaba hacer algo útil. John Waverly le enseñó todos los trucos del juego del espionaje y se convirtió en su mentor y en su amigo; un hombre al que admiraba y respetaba.
    Por si la desconfianza de Waverly fuera poco dolorosa, Simon también se había enfrentado a la de William Miller y Marc Albury, sus colegas más cercanos, dos hombres con los que mantenía una relación casi fraternal. A veces sentía más apego por ellos que por su propio hermano, lo cual no tenía nada de particular; a fin de cuentas, sus actividades como espía no eran algo que pudiera compartir con la familia o los amigos.
    Simon se dijo que si Miller, Albury o el propio Waverly se hubieran visto envueltos en una situación tan difícil como aquélla, él les habría concedido el beneficio de la duda por muchas pruebas que tuvieran en su contra. Pero no estaba totalmente seguro. Tal vez habría dudado de ellos como ellos dudaban de él.
    Con el rey y el primer ministro exigiendo una pronta captura del asesino de Ridgemoor, Simon temía que la precipitación se impusiera a la exactitud y que terminaran por ahorcar al hombre equivocado, que sería él mismo porque no había más sospechosos.
    Además, el servicio de espionaje había sufrido tantos fracasos a lo largo de un año que Miller, Albury, Waverly, el propio Simon y otros muchos colegas estaban convencidos de que entre ellos había un traidor. Y tras lo sucedido con el conde, él también era el sospechoso principal en tal sentido.
    Como no sabía en quién podía confiar, se había visto obligado a mentir cuando le preguntaron si Ridgemoor le había pasado alguna información. Pero Miller, Albury y Waverly olían una mentira a veinte pasos y eso sólo había servido para aumentar su desconfianza. Aunque todavía no habían presentado cargos contra él, sabía que sólo era cuestión de tiempo. Por eso necesitaba la caja de alabastro. Y la necesitaba ya, inmediatamente. Era la única forma de descubrir la identidad del verdadero culpable.
    El tiempo apremiaba, así que le pidió a Waverly que lo dejara marchar para poder limpiar su buen nombre. Su jefe lo miró durante un momento, asintió y dijo:
    – Creo que me ha mentido, y espero que tenga buenos motivos para ello; pero no creo que haya matado a Ridgemoor. Sin embargo, las pruebas en su contra son demasiado concluyentes; si presentan cargos, no podremos hacer nada. Le concedo quince días, Kilburn. Diré que se está recuperando de unas fiebres contagiosas… eso los mantendrá temporalmente alejados de su camino. Haga lo que tenga que hacer para limpiar su nombre, pero sea rápido. Por mi parte, intentaré ayudar en lo posible.
    Simon no perdió el tiempo. Ya habían pasado dos días desde el asesinato del conde, y sus pesquisas lo habían llevado a aquel lugar, a la residencia de la señora Genevieve Ralston, la mujer que hasta el año anterior había sido la amante de Ridgemoor. ¿Significarían las últimas palabras del conde que la señora Ralston estaba involucrada en la conspiración para asesinarlo? ¿Habría querido insinuar que ella era la asesina? Era bastante posible.
    Para entonces ya sabía que Ridgemoor había roto bruscamente su relación con la señora Ralston, con quien había estado una década. Tal vez fuera un caso típico de venganza. Pero sus motivos también podían ser puramente políticos, los de alguien que había conspirado para librarse de él antes de que asumiera el cargo de primer ministro de la Corona.
    Según sus fuentes, la señora Ralston salía muy pocas veces de su casa de campo en Little Longstone, y el conde había sido asesinado en Londres. Sin embargo, la capital sólo se encontraba a tres horas en carruaje. ¿Qué mejor estrategia que tener fama de ermitaña para escabullirse y cometer un asesinato?
    Por ejemplo, Simon llevaba un rato vigilando, la casa y la había visto salir de su domicilio cinco minutos antes; como sólo tenía un criado, un hombre enorme llamado Baxter, que en ese momento se estaba tomando una pinta de cerveza en la taberna del pueblo, la señora Ralston podía volver a su domicilio antes que él y nadie llegaría a saber que había salido. Nadie, excepto la persona o personas a quienes hubiera visitado. Y el propio Simon, por supuesto.
    Escondido entre las sombras de los altos árboles, Simon la había visto alejarse por el camino que llevaba al manantial de su propiedad y a las casas de un par de vecinos. Había averiguado que una de esas casas estaba vacía y que la otra pertenecía a un artista, el señor Blackwell, desde hacía varios meses. Simon no podía saber si la mujer había ido a visitar a Blackwell o si se dirigía al manantial o a algún otro lugar. Podría haberla seguido, desde luego, pero la casa se había quedado vacía y era la oportunidad que necesitaba para entrar y encontrar la caja de alabastro con la carta.
    Corrió hacia el edificio con sumo cuidado e introdujo un alambre entre las dos hojas de uno de los balcones. La suerte quiso que las nubes ocultaran momentáneamente la luna, así que pudo tomarse su tiempo y abrir el balcón con la seguridad de que nadie lo vería.
    Al entrar en la casa, se encontró en un salón muy elegante. Mientras buscaba la caja, asegurándose de dejar todo en su sitio, notó que la señora Ralston poseía un gusto excelente en materia de muebles y una debilidad no menos obvia por el arte. Las paredes estaban llenas de cuadros y otros objetos, desde paisajes hasta retratos en miniatura, pasando por poemas enmarcados.
    Por lo que había podido averiguar durante los dos días anteriores, la señora Ralston no nadaba en la abundancia; sin embargo, sus posesiones eran las de una mujer rica. Simon se preguntó de dónde se las habría sacado. Ciertamente, podían ser regalos de un benefactor muy generoso; pero también el pago de un asesinato.
    En ese momento oyó un maullido. Un gato blanco y negro, de gran tamaño, lo miró y movió la cola.
    – ¿Eres amigo? ¿O enemigo? -murmuró.
    El gato se frotó contra sus botas y le pasó entre los pies.
    – Amigo, según veo…
    Simon se agachó para acariciarle las orejas y obtuvo la recompensa del ronroneo más intenso que había oído en su vida.
    – Te gusta, ¿eh? -sonrió-. Debes de ser una gata… eres demasiado bonita para ser macho.
    El animal sacudió la cola, se alejó de él, volvió la cabeza y lo miró como si quisiera decir: «Si quieres seguir acariciándome, tendrás que seguirme».
    Simon rió. Efectivamente, era hembra.
    – Me alegra que no seas un perro grande y ladrador, pero me temo que no tengo tiempo para más caricias -dijo.
    Era cierto. Tenía prisa y la caja de alabastro no estaba en aquella sala.
    Comprobó el comedor, la biblioteca y la salita de estar con la gata pisándole los talones y metiéndose entre sus piernas a la primera oportunidad que tenía. Todo estaba lleno de obras de arte y de muebles con mucho estilo, pero seguía sin encontrar lo que buscaba. Frustrado, subió por la escalera y se dirigió al dormitorio de la propietaria de la casa. Tras cerrar la puerta a sus espaldas para cerrar el paso al curioso felino, echó un vistazo a su alrededor y observó que aquélla era la habitación más lujosa del edificio, con gran diferencia. La luz de la luna entraba por las ventanas e iluminaba una cama con dosel, una colcha de color verde pálido y varios cojines. Frente a la cama se veía un tocador y un espejo de forma oval, En una de las dos paredes más alejadas había un armario grande, finamente tallado, y un biombo; en la otra, un escritorio y una silla con almohadillado de cretona.
    Las paredes, de color gris claro, estaban tan llenas de objetos artísticos como el resto de la casa; pero lo más impactante de la habitación era la estatua de una mujer desnuda, de tamaño natural, que sonreía. Estaba en una de las esquinas, junto al escritorio, y el mármol blanco brillaba bajo la luz de la luna. Una de sus finas manos se extendía hacia delante como en una invitación; Simon casi pudo oír que le susurraba, juguetona, «Tócame». En la otra mano sostenía un ramo de flores que apretaba contra el cuerpo y cuyos pétalos le acariciaban un pezón. Parecía tan real, tan viva, que sintió la tentación de tocarla de verdad.
    Apartó la mirada de la estatua y caminó hasta el armario. Un examen de su contenido le reveló que la señora Ralston sentía inclinación por los camisones y batas de telas exquisitas y que poseía más sombreros y zapatos de los que ninguna mujer podía necesitar. Sus cejas se arquearon cuando descubrió una pistola pequeña, de cachetes de nácar, en el interior de una bota. Aquello le extrañó bastante. La mujer vivía en un pueblo pequeño, apartado y sumamente tranquilo. No tendría un arma si no quisiera protegerse. Pero de quién o de qué, no lo sabía.
    Aunque seguía sin encontrar la caja, ya tenía tal cantidad de preguntas sobre la señora Ralston que estaba convencido de que sus respuestas lo llevarían a resolver el asesinato de Ridgemoor y a demostrar su inocencia.
    Se acercó al tocador. En el cepillo había cabellos rubios que debían de ser de ella. Alcanzó un frasquito de perfume y se lo llevó a la nariz; olía a rosas. Por todas partes se veían tarros de porcelana llenos de cremas y ungüentos.
    Los dos primeros cajones del mueble revelaron varias docenas de pares de guantes, de todos los estilos, materiales y colores; por lo visto, su debilidad por los zapatos y por los sombreros era una nadería en comparación. En el resto, había camisas, medias y ropa interior extraordinariamente cara. Era obvio que sus finanzas eran boyantes; tal vez, porque se dedicaba a comerciar con secretos de Estado y asesinatos políticos que afectaban a la seguridad del país.
    Introdujo las manos entre las prendas y se detuvo en seco cuando sus dedos chocaron con algo duro. Animado por el descubrimiento, agarró el objeto y lo sacó.
    La caja de alabastro.
    Se acercó a una de las ventanas para verla mejor y descubrió que tenía el tamaño de un libro y que no era una caja normal sino más bien, un rompecabezas. Simon maldijo su suerte. Sabía abrir cualquier cosa; en función de la dificultad, podía tardar unos minutos o varias horas en descubrir la combinación correcta. Pero aquélla parecía tan complicada que cruzó los dedos.
    Se armó de la paciencia que tan bien le había servido a lo largo de los años y pasó los dedos por encima de la superficie lisa y fría para ver si encontraba algún resorte. Todas las cajas que había abierto hasta entonces eran de madera y tenían diseños intrincados que facilitaban la búsqueda; sin embargo, aquélla parecía una pieza maciza de alabastro y no tenía más marcas que las vetas naturales del mineral.
    Pasó un buen rato antes de que lograra encontrar el resorte. Por desgracia, sólo abría un panel minúsculo y tuvo que seguir con la búsqueda. Durante los quince minutos siguientes, el único ruido que se oyó en el dormitorio fue el del reloj de la repisa mientras él daba vueltas y más vueltas al objeto. Por fin, consiguió su objetivo. Estaba a punto en encontrar la carta y resolver el misterio. La caja se abrió, Simon suspiró y miró dentro.
    Estaba completamente vacía.
    Frunció el ceño, metió los dedos en su interior e hizo una mueca de disgusto; obviamente, la señora Ralston había sacado la carta de la caja.
    Tras comprobarla de nuevo para asegurarse de que no había pasado por alto ningún compartimento secreto, la cerró y la devolvió a su sitio mientras se preguntaba dónde la habría metido y por qué la habría sacado de allí. Cada vez sospechaba más de aquella mujer, pero seguía sin saber qué papel desempeñaba en el círculo mortal que se cerraba implacablemente sobre él.
    Miró a su alrededor y caminó hacia la mesita de noche. Sostenía un jarrón de cristal con unas cuantas flores, una lámpara de aceite y un libro, de un autor llamado Charles Brightmore, cuyo título leyó: Guía para las damas sobre la obtención de la felicidad personal y de la satisfacción íntima.
    Le pareció un descubrimiento interesante porque, durante su búsqueda por la biblioteca de la casa, había visto otro ejemplar idéntico. Simon recordaba vagamente que la obra había causado gran revuelo en su momento, y le extrañó que la señora Ralston poseyera dos ejemplares.
    Alcanzó el libro y lo abrió con la esperanza de que la carta estuviera en su interior, pero fue en vano. Y ya estaba a punto de cerrarlo cuando leyó una frase que le llamó la atención: Cómo atar a un hombre.
    Se giró hacia la ventana para tener más luz y se rindió a su curiosidad.

    La mujer moderna no dudará en insistir para obtener lo que desea, tanto en la sala de estar como en el dormitorio. Aunque ello implique atar a su hombre. De hecho, atarlo en el dormitorio tendrá casi inevitablemente unos resultados fascinantes que…

    Simon arqueó una ceja. Se había equivocado al suponer que aquella guía sólo contendría información sobre moda y etiqueta.
    – No me extraña que se organizara un escándalo con el libro -murmuró.
    Una imagen conquistó su mente en ese momento. Se vio atado a los postes del cabecero de la cama con cintas de seda. No podía distinguir el rostro de su captor, pero su voz sonó rasgada y sensual, llena de promesas, cuando susurró: «Vas a darme todo lo que quiero».
    Simon parpadeó y la imagen se desvaneció enseguida, dejándolo perplejo y más que ligeramente excitado.
    Incapaz de contenerse, pasó página y siguió leyendo.

    La mujer moderna debe comprender la importancia de la moda en su búsqueda de la satisfacción íntima. Hay momentos para llevar un vestido elegante, momentos para ponerse un negligé y momentos para no llevar nada en absoluto.

    Simon se detuvo. Otra imagen se materializó en su imaginación. Era la misma mujer que lo había atado a la cama; y aunque su cara continuaba oculta en la oscuridad, se bajó las tiras de su negligé y dejó que la prenda de satén cayera al suelo, mostrándose totalmente desnuda. Con los pezones endurecidos y un destello de luna en el vello pálido de su pubis, caminó lentamente hacia él, moviendo las caderas. «¿Dónde has estado?», murmuró. «Te he estado esperando».
    Simon sacudió la cabeza para borrar la imagen.
    No le extrañó demasiado que el libro tuviera tal efecto en él. Nunca había leído nada tan atrevido, aunque desde luego era la primera vez que leía una guía para damas.
    Mientras intentaba recobrar su buen juicio para dejar el libro donde lo había encontrado y seguir con su búsqueda, se encontró pasando otra página. Pero justo entonces, oyó el sonido inconfundible de una puerta que se abría y se cerraba a continuación. Acababa de meterse en un buen lío.
    – Hola, dulce Sofía. ¿Me has echado de menos?
    La voz que sonó era femenina y muy suave. Sofía, que resultó ser el nombre de la gata, ronroneó.
    – Yo también te he echado de menos. Pero tendremos que dejar los juegos para mañana; estoy agotada y necesito dormir.
    Ciertamente, Simon tenía un buen problema.

Capítulo Dos

    Molesto por haberse distraído de un modo tan impropio de él, Simon dejó el libro donde lo había encontrado y miró a su alrededor.
    Sólo había dos salidas posibles: la puerta, que no era una opción viable, y una de las dos ventanas, que tampoco lo eran porque había demasiada altura; además, no podría cerrar por fuera y ella sabría que alguien había entrado en la casa. Aunque lo descubriría de todas formas si no encontraba un escondite rápidamente.
    Maldijo a la mujer por tener ventanas en lugar de balcones, como en el piso de abajo, y por haber regresado demasiado pronto.
    Desestimó el biombo y el armario, que seguramente usaría cuando quisiera prepararse para dormir, y caminó con presteza hacía la estatua de la esquina. Acababa de ocultarse entre las sombras de su parte posterior cuando la puerta del dormitorio se abrió.
    Simon se quedó muy quieto y rezó para que se acostara y se quedara dormida enseguida. Ella caminó hasta la mesita de noche y encendió la lámpara de aceite. Después, ya iluminada por el suave destello dorado, se retiró la capucha de la capa oscura que llevaba.
    Simon parpadeó, sorprendido. La señora Ralston era mucho más joven de lo que había imaginado. Según su información, había dejado de ser amante de Ridgemoor un año antes, cuando él dio por terminada la relación que mantenían. Naturalmente, pensó que sería una mujer de cierta edad y que él la habría abandonado cuando ella perdió su belleza. Por otra parte, el conde tenía más de cincuenta años al morir; si Ralston había estado a su lado durante una década, era lógico pensar que tendría, como poco, cuarenta y tantos. Pero no aparentaba más de treinta, si es que llegaba.
    Y desde luego, no había perdido su belleza.
    La mujer que estaba ante él era de pómulos altos y labios grandes. Resultaba exótica y delicada a la vez. Simon no podía ver el color de sus ojos, pero a tenor de su piel de porcelana y de su cabello dorado, se los imaginó azules y se preguntó si serían azul cielo de verano, azul tormenta en el mar o azul hielo.
    Toda referencia al hielo se desvaneció en el instante en que se quitó la capa. Debajo sólo llevaba una camisa, una camisa mojada que se ajustaba a su cuerpo como si la hubieran pintado sobre su piel con pintura transparente.
    Se quedó sin respiración y durante unos segundos, olvidó dónde se encontraba, quién era ella y lo que estaba en juego. Su conciencia le devolvió inesperadamente la razón y le indicó que el honor y el sentido de la decencia exigían que apartara la mirada; pero en lugar de escucharla, la devolvió a las profundidades remotas de su mente y mantuvo los ojos en su cuerpo. A fin de cuentas, era sospechosa de asesinato. Por motivos que aún debía descubrir, había sacado la carta de la caja, la carta que podía salvarle la vida. Era fundamental que la vigilara y averiguara todo lo posible sobre ella.
    Aquella prenda se apretaba tanto contra su piel que, ciertamente, estaba descubriendo muchas cosas. La mirada de Simon descendió sobre sus grandes senos, de pezones duros, y siguió por la curva de su cintura y por sus caderas generosas hasta llegar al vello del pubis, dorado como el de su cabeza., y a unas piernas exquisitas.
    Era obvio que la señora Ralston había estado en el manantial de aguas termales de su propiedad. La ciencia afirmaba que eran buenas para el cuerpo, y ella era una demostración categórica.
    Cuando vio que se humedecía los labios, clavó los ojos en ellos y se preguntó si eran tan grandes siempre o si estaban algo hinchados porque se había estado besando con alguien. A una mujer como aquélla no le faltarían pretendientes. Seguramente tendría un amante; tal vez su vecino artista o, quizá, si verdaderamente había participado en el asesinato de Ridgemoor, un cómplice.
    Sin pretenderlo, se imaginó entrando en el manantial con ella.
    – Miau…
    El maullido de la gata lo devolvió a la realidad. Sofía corrió hacia él y se restregó contra sus piernas, demostrando ser tan inoportuna como su dueña.
    Al verla, la señora Ralston se acercó y Simon contuvo la respiración; no sólo porque corría grave peligro de que lo descubriera, sino porque era tan increíblemente bella que no podía pensar. A lo largo de su vida había sufrido muchas tentaciones, pero ninguna como la visión de Genevieve Ralston mojada y prácticamente desnuda.
    Bajó la mirada y se llevó un disgusto añadido al contemplar su erección. Era lo único que le faltaba. Si lo descubría, sería una situación muy humillante para él.
    Pero había algo que no entendía en absoluto. Ridgemoor debía de estar loco para romper su relación con semejante dama; sólo se le ocurría que ella lo hubiera traicionado de algún modo. Simon sabía por experiencia que las mujeres podían ser criaturas extraordinariamente pérfidas, y no creyó ni por un momento que una mujer de tal calibre se retirara al campo para llevar una vida tranquila.
    En cualquier caso, Genevieve Ralston poseía una información vital para él y para otras muchas personas. Incluso cabía la posibilidad de que hubiera sacado la carta de la caja porque se sentía culpable de la muerte del conde.
    Ella dejó la capa en una mecedora, junto a la chimenea, y él contuvo nuevamente la respiración. Ahora estaba tan cerca de él que la habría podido tocar si hubiera estirado un brazo.
    – ¿Qué haces en esa esquina, Sofía? -preguntó-. Espero que no hayas encontrado un ratón.
    La gata se apartó de las botas de Simon y caminó hacia su dueña, que la acarició, se acercó al tocador y sacó una camisa limpia de un cajón mientras el felino saltaba a la cama y se acomodaba en mitad de la colcha. Simon suspiró, aliviado, y notó que la mujer había dejado un aroma en el ambiente; el aroma a rosas del frasquito que había examinado poco antes.
    De espaldas a él, se bajó la camisa tan lenta y sinuosamente que Simon apretó los puños. Hasta entonces había logrado controlar su reacción física, pero perdió la batalla por completo cuando ella se agachó a recoger la prenda y le mostró una imagen directa y libre de obstáculos de su trasero y de sus encantos femeninos. La visión fue tan impactante que destrozó su concentración y borró cualquier otro pensamiento de su mente, incluido el temor a que lo declararan culpable del asesinato del conde y lo condenaran a la horca.
    Mientras apretaba los dientes y contenía un gemido, ella alzó los brazos para meterse la camisa nueva y caminó hasta el armario, del que sacó una bata de satén que se puso. La suave tela se pegaba a sus curvas como una segunda piel, pero al menos la cubría. Simon cruzó los dedos para que se metiera de una vez en la cama.
    Pero en lugar de eso, volvió al tocador, se puso crema en las manos y empezó a frotárselas, haciendo gestos de dolor de vez en cuando, como si tuviera alguna herida. Después, abrió el cajón superior y sacó un par de guantes. Aquello desconcertó a Simon. Jamás se le habría ocurrido pensar que las mujeres se pusieran guantes para ir a la cama. Cuando se acostaba con alguna, estaba demasiado ocupado o demasiado ahíto como para plantearse cuestiones mundanas sobre los guantes y las cremas de manos.
    Su esperanza de que la señora Ralston se marchara a dormir finalmente se esfumó cuando se llevó las manos a la cabeza, retiró las horquillas y se soltó una melena de rizos rubios que le llegaba hasta la cadera. De inmediato, sin poder hacer nada para impedirlo, se imaginó acariciando aquel cabello y envolviéndoselo alrededor de su cintura.
    Irritado consigo mismo, cerró los ojos para desvanecer la imagen y se preguntó qué le estaba pasando. Entretenerse con fantasías en mitad de una misión era un error grave, que resultaba completamente inaceptable cuando el sujeto de tales fantasías era una mujer que podía estar implicada en un asesinato.
    Genevieve Ralston gimió. Simon abrió los ojos y descubrió que se había recogido el pelo en una coleta y que la estaba atando con una cinta de color azul. Antes de que pudiera preguntarse por el motivo de su gemido, ella se levantó y caminó hacia él.
    Todos sus músculos se tensaron. Pensó que habría detectado su presencia, que habría notado que la estaban observando.
    Si efectivamente lo había descubierto, no tendría más remedio que sojuzgarla. Pero la idea de tocar a esa mujer le resultó tan excitante que su cerebro le gastó una mala pasada; en lugar de sojuzgarla a ella, imaginó que ella lo ataba a él, con cintas azules, a los postes de la cama.
    Al parecer, la lectura de aquella guía para damas lo había trastornado gravemente.
    Para alivio de Simon, la señora Ralston se detuvo y se sentó frente al escritorio. Por desgracia, su alivio duró tan poco como lo que tardó ella en encender una vela, cuya luz se extendió hacia él y lo obligó a moverse para seguir oculto a la sombra de la estatua.
    No tardó en descubrir lo que pretendía hacer. Sacó una hoja de papel de vitela y alcanzó una pluma. Era evidente que se disponía a escribir una carta, lo cual le pareció extremadamente sospechoso a esas horas de la noche.
    Escribió durante varios minutos, hasta que sus movimientos se fueron haciendo más lentos; entonces frunció el ceño, apretó los labios y se inclinó sobre el papel como si intentara concentrarse. Sin embargo, Simon notó que su posición se debía a otra cosa; ahora sostenía la pluma de forma extraña y, de hecho, dejó de escribir un momento y dobló lentamente sus dedos enguantados como si le dolieran. Cabía la posibilidad de que hubiera sufrido algún tipo de accidente.
    Siguió con la carta un par de minutos más, devolvió la pluma a su sitio y secó la tinta. Tras introducir el papel en un cajoncillo, sopló la vela, se levantó y caminó hacia la cama. Una vez allí, se quitó la bata, apagó la lámpara de aceite, apartó la colcha y se acostó. La gata alzó la cabeza, pero enseguida volvió a acurrucarse.
    Cuando la señora Ralston cerró los ojos, Simon pensó que parecía un ángel inocente. Sin embargo, había aprendido que las apariencias engañaban.
    Al cabo de un rato, su respiración se volvió lenta y regular. Él esperó unos minutos más para asegurarse y, sólo entonces, salió de su escondite y abandonó la habitación. Mientras cerraba la puerta a su espalda, se prometió que no solamente encontraría la carta sino que también descubriría todos los secretos de Genevieve Ralston.
    Sobre todo, si dichos secretos estaban, relacionados con un asesinato.

Capítulo Tres

    Londres es intenso y apasionante, y el matrimonio es maravilloso. Sólo te echo de menos a ti, mi querida amiga. Ojalá pudieras venir a visitarme…

    Las palabras de la carta se difuminaron entre las lágrimas de Genevieve Ralston, pero se secó rápidamente los ojos cuando oyó pasos en el corredor. Baxter, su mayordomo gigante, entró poco después en el dormitorio.
    – Discúlpame. Sólo quiero informarte de que…
    El criado se detuvo de repente y frunció el ceño.
    – ¿Qué te ocurre? -añadió.
    Antes de que Genevieve pudiera responder, Baxter bajó la mirada y observó la carta que aún sostenía en las manos.
    – Comprendo. Echas de menos a tu amiga, lady Catherine.
    Genevieve sacó fuerzas de flaqueza y sonrió débilmente.
    – Sí, un poco -dijo.
    El hombre la miró como si ella fuera de cristal y no pudiera ocultarle ningún secreto.
    – Más que un poco. No has sido la misma desde que se casó y se mudó a Londres. Pero ya han pasado seis meses -le recordó-. Me disgusta verte tan triste.
    – No estoy triste.
    Genevieve se acercó al escritorio y guardó la carta.
    Era cierto. Se sentía sola. Antes de que Catherine se mudara a Londres, apenas pasaba un día sin que se vieran.
    Su ausencia le había afectado poderosamente porque las horas que antes estaban llenas de risas, conversaciones y confidencias, ahora lo estaban de silencio, soledad y exceso de introspección; tenía demasiado tiempo libre y lo dedicaba a pensar en Richard y en el dolor de haber sido apartada de él después de diez años. Además, la llegada de la caja de alabastro sólo había servido para empeorar las cosas; al igual que la nota críptica que contenía:

    Sois la única en quien puedo confiar. Guardad esto bien e iré a buscarlo tan pronto como pueda.

    La breve misiva del conde la había dejado perpleja y enfadada; fue como si le hubiera dado un bofetón. No entendió que le enviara la caja a ella en lugar de a su nueva y más joven amante. Todavía recordaba su mirada de disgusto cuando le vio las manos en su último encuentro y se negó a tocarla; dos días más tarde, Richard puso fin a su relación sin el valor ni la decencia suficientes para decírselo en persona: se limitó a enviarle una nota y una suma importante de dinero, como si el dinero pudiera borrar el dolor y la humillación.
    Incluso ahora, cuando ya había pasado un año, Genevieve seguía sin poder creer que fuera un hombre tan insensible. El conde le había dicho que la amaba; y ella le correspondía, aunque había tardado algún tiempo. Al principio, su relación fue una simple aventura que Genevieve agradecía porque la había sacado de una situación desesperada. No es que tuviera intención de ser la amante de nadie; pero a falta de otras opciones, la propuesta de Richard fue casi un milagro.
    Cuando la aceptó, sólo sabía de él que era rico, atractivo y que la deseaba. No tardó en descubrir que también era atento, generoso e inteligente, lo cual agradeció; un hombre adelantado a su tiempo que se preocupaba por los sufrimientos de los menos afortunados y que quería cambiar las leyes para ayudar a los pobres.
    Genevieve se enamoró rápidamente de su encanto, pero su forma fría y despiadada de librarse de ella le mostró un aspecto de su personalidad que nunca había visto. Se sintió tan despreciada que no volvería a tener ningún amante; especialmente, si era noble y rico. Si otro aristócrata volvía a mirarla con deseo, ordenaría a Baxter que se encargara de él.
    En su enfado, Genevieve había sacado la carta que encontró en la caja con la intención de quedársela si Richard no iba a buscarla en persona. La había leído, y no alcanzaba a entender que unas palabras tan inocuas pudieran ser de importancia; tal vez incluyeran algún tipo de código, pero ni podía descifrarlo ni le interesaba en absoluto. Richard tendría que ir a su casa si pretendía recuperarla. Tendría que enfrentarse a ella y hablarle cara a cara. Era lo mínimo que debía hacer tras diez años de amor.
    En el fondo, aún albergaba la esperanza de que se arrepintiera y volviera con ella; pero por otra parte, sabía que esa época de su vida había concluido. Gracias al apoyo financiero del conde, ahora tenía la casa de campo y un santuario para ella y para Baxter.
    – Maldita sea -murmuró Baxter, sacudiendo la cabeza-. Te conozco mejor que nadie. Sé de tu tristeza y no puedo hacer nada por ayudarte. De buena gana me encargaría de que ese canalla del conde se llevara su merecido; así es como los ricos y poderosos tratan a los demás, sin respeto y sin más preocupación que sus propias necesidades.
    Genevieve se sintió culpable por haber permitido que la viera tan deprimida. Baxter era el mejor de sus amigos y la cuidaba como si fuera una de las joyas de la Corona. Se conocían desde la adolescencia y se querían como hermanos; él le estaba muy agradecido porque le había salvado la vida a los quince años, cuando lo arrojaron a un callejón, dándolo por muerto, y ella cuidó de él y lo alimentó hasta que recobró la salud.
    – Estoy bien, Baxter. Admito que me siento un poco sola, pero me acostumbraré. No te preocupes por ello -afirmó.
    – Las lágrimas de tus ojos dicen otra cosa.
    La voz de Baxter sonó tan seca que cualquier otra persona se habría asustado. Nadie salvo ella podía imaginar que aquel hombre calvo y enorme, de muslos anchos como troncos y puños como jamones, fuera dulce como un gatito y cocinara los mejores bollos de todo el reino; pero ciertamente, también sabía romper el cuello a un hombre si se presentaba la necesidad.
    Genevieve se sentía protegida con él. Una mujer sola debía andarse con cuidado; sobre todo, si estaba en posesión de secretos tan peligrosos como los suyos.
    – Son lágrimas de felicidad… por Catherine; se nota que en Londres es feliz. Pero dejemos ese asunto de una vez; ¿de qué querías hablarme?
    Baxter la miró como si no estuviera dispuesto a cambiar de conversación. Sin embargo, comprendió que Genevieve había cerrado esa puerta y contestó:
    – Ese hombre está aquí. Ha preguntado si te encuentras en casa.
    – ¿Hombre? ¿Qué hombre?
    – El que alquiló la casa del doctor Oliver.
    Genevieve se acordó enseguida. Baxter siempre estaba al tanto de lo que sucedía en Little Longstone, que no era mucho, y le había mencionado que el médico se había marchado del pueblo tras recibir una herencia y que había puesto su casa en alquiler.
    Baxter le dio vina tarjeta y ella la leyó. Pertenecía a un tal Simon Cooper, cuya dirección, impresa bajo el nombre, se encontraba en un barrio de Londres perfectamente respetable, aunque no rico.
    Aunque no había nada fuera de lo común en ello, sospechó de inmediato. En muy poco tiempo habían llegado dos desconocidos a la zona; primero el señor Blackwell, un artista, y ahora, Simon Cooper. La posibilidad de que aquel hombre sospechara algo, de que hubiera descubierto sus actividades, la preocupó tanto que Baxter lo notó.
    – ¿Crees que ha venido por lo de Charles Brightmore?
    Genevieve se estremeció al oír el nombre de su nom de plume, de su seudónimo.
    – ¿Y tú?
    Baxter se rascó la calva.
    – No me parece probable. Ya nos ocupamos de ese asunto hace meses, cuando se publicaron aquellos artículos en la prensa. Todo el mundo sabe que Charles Brightmore se ha marchado de Inglaterra y nadie vendría a buscarlo aquí. Pero si ese individuo mete las narices donde no le llaman, puedes estar segura de que se las partiré. No permitiré que te hagan daño, Gen.
    Genevieve se sintió más aliviada.
    – Lo sé, lo sé. Y estás en lo cierto… todos creen que Brightmore ha salido de Inglaterra y que no tiene intenciones de volver.
    Su criado asintió.
    – No obstante, debemos ser cuidadosos. Aunque añado que ese hombre no tiene aspecto de investigador; se comporta más bien como un pretendiente. Ha dicho que quiere presentarte sus respetos porque será nuestro vecino durante dos semanas -explicó, flexionando sus dedos gigantescos-. He sentido la tentación de darle una buena patada y echarlo de la casa; pero dado que estás un poco sola, me ha parecido que su compañía te podría animar.
    – Procura no dar patadas a nadie, salvo que sea absolutamente necesario -dijo ella con seriedad-. ¿Ha traído algún regalo?
    – Un ramo de flores -contestó, sonriendo-. Ese tipejo debería saber que una mujer como tú merece bastante más. Diamantes, por ejemplo.
    Genevieve rió.
    – Y por supuesto, tú nunca sospecharíais de un hombre que se presentara en mi casa por primera vez con unos diamantes como regalo.
    Baxter asintió con timidez.
    – Sí, supongo que tienes razón, pero no debes confiar en nadie. Habrá oído que una mujer preciosa vive sola en esta casa y lo primero que ha pensado es llevarle unas flores y cortejarla.
    – Dudo que debamos preocuparnos por eso.
    Genevieve bajó la vista y se miró las manos. Los médicos le habían dicho que la enfermedad que la afligía se llamaba artritis; ella no la consideraba una enfermedad sino una maldición, porque le había robado al hombre que amaba, el hombre que no había soportado la visión de aquel defecto. En cualquier caso, carecía de importancia. Aunque otros hombres la encontraran atractiva, no volvería a permitir que le rompieran el corazón.
    – ¿Qué aspecto tiene el señor Cooper? -preguntó.
    Baxter la miró a los ojos y frunció el ceño.
    – Aspecto de cretino que merece que lo echen a patadas.
    – Ya veo. ¿Y qué flores ha traído?
    – Rosas.
    Genevieve se alegró mucho. Eran sus flores preferidas, aunque el señor Cooper no podía saberlo.
    En circunstancias normales, le habría pedido a Baxter que le dijera que no se encontraba en casa. Llevaba una vida tranquila y, excepción hecha de sus visitas ocasionales al pueblo o de la aparición de alguno de sus amigos, prefería mantenerse al margen de la sociedad. Sin embargo, Catherine se había marchado y las circunstancias habían dejado de ser normales. Un vecino con un ramo de rosas no era exactamente la visita más apetecible del mundo, pero al menos contribuiría a romper el tedio, el vacío y la monotonía de su existencia actual.
    – Que pase -ordenó.
    Baxter salió del dormitorio y ella se levantó y caminó hasta la ventana, desde donde contempló las hojas doradas que el viento arrastraba a su paso. Si Catherine no se hubiera marchado, estarían juntas en los jardines y se dedicarían a charlar sobre las flores que se debían podar en aquella época y las que podían plantar a la primavera siguiente. Además, faltaba poco para que Little Longstone celebrara su festival de otoño.
    Suspiró y su aliento empañó el cristal. Limpió la condensación y se obligó a contener la envidia que sintió durante un instante. Se alegraba sinceramente de la felicidad de Catherine. Ya se acostumbraría a la soledad. Tenía a Baxter y a Sofía. Y hoy, también al señor Cooper. Sería mejor que se contentara con ello y no esperara demasiado.
    Supuso que su visita sería un anciano decrépito de los que se retiraban a Little Longstone para disfrutar de los beneficios de las aguas termales, también presentes en la antigua propiedad del doctor Oliven. Sin embargo, eso era mejor que nada. Su gata sabía escuchar, pero no era buena conversadora. Al menos tendría con quien hablar.
    Un segundo después oyó la voz de Baxter. Como siempre que se encontraban en público, se abstuvo de tutearla:
    – El señor Cooper viene a verla.
    Genevieve se giró y se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que, lejos de ser un viejo chocho, el señor Simon Cooper era un joven que aparentaba treinta años o quizá menos. No era mujer que se quedara fácilmente sin habla, pero eso fue exactamente lo que pasó; y por lo visto, a él le ocurrió lo mismo: se quedó mirándola con sus intensos ojos verdes, de tal forma que durante unos momentos no fue capaz de pensar ni de respirar siquiera.
    Fue como si ya la conociera. Pero eso era absurdo; nunca se habían visto hasta entonces. De eso estaba segura, porque no lo habría olvidado.
    El hechizo se rompió cuando caminó hacia ella con la facilidad de quien no tiene el menor impedimento físico. Era alto, atractivo, de hombros anchos; el hombre más sano que había visto en mucho tiempo, lo cual contribuyó a aumentar sus sospechas anteriores. ¿Qué estaría haciendo en un lugar tan remoto y oscuro como Little Longstone en lugar de vivir en Brighton o en Bath, mucho más animados?
    Se detuvo frente a ella e hizo una reverencia.
    – Permítame que me presente. Soy Simon Cooper, su nuevo vecino… al menos durante la próxima quincena. Encantado de conocerla, señora Ralston.
    Genevieve se descubrió admirando aquellos ojos verdes con un destello inexplicable que encendió su cuerpo y llevó calor a zonas que no lo conocían desde hacía tiempo. Sin embargo, intentó convencerse de que no se sentía atraída por él y se miró las manos. No volvería a mantener una relación amorosa.
    – El placer es mutuo, señor Cooper.
    El hombre le ofreció el ramo de rosas que llevaba.
    – Son para usted.
    Simon sonrió y Genevieve pensó que tenía una boca preciosa. El tipo de boca que parecía firme y suave, seria y sensual al mismo tiempo. Además, sus labios bien formados parecían saber besar. Extremadamente bien.
    Tras una duda breve, alcanzó las rosas con mucho cuidado de evitar el contacto físico, como de costumbre. Sin embargo, él movió la mano y se rozaron un momento. Genevieve se estremeció y retrocedió varios pasos.
    – Muchas gracias -murmuró-. Tengo debilidad por las rosas.
    Cruzó por la alfombra persa y tiró del cordón para llamar a Baxter. Su criado apareció inmediatamente y ella introdujo la nariz entre las flores para ocultar su sonrisa; era obvio que Baxter se había quedado en el corredor, escuchando, por si tenía que intervenir y sacar al señor Cooper por la fuerza.
    Le dio las flores y dijo:
    – Será mejor que las pongamos en un jarrón. Señor Cooper, ¿le apetece un té?
    – Sí, por favor.
    Genevieve lanzó una mirada de advertencia a Baxter, que salió de la habitación a regañadientes.
    Cuando se volvió hacia su visitante, lo encontró mirando la puerta con humor.
    – Parece que a su mayordomo le gustaría incinerarme con la mirada.
    – Es muy protector.
    – No lo había notado -ironizó.
    El hecho de que el señor Cooper encontrara a Baxter más divertido que amenazador le picó la curiosidad. Se acercó a las sillas que estaban frente a la chimenea, donde ardía un fuego, y lo invitó a acomodarse antes de sentarse en su mecedora favorita.
    – Siéntese, se lo ruego.
    – Gracias.
    Ella lo observó mientras él se sentaba y notó sus piernas largas y musculosas bajo los pantalones y la forma en que su chaqueta azul acentuaba la anchura de sus hombros. Era un caballero extremadamente bien formado.
    Cuando alzó la vista, vio con la miraba con más intensidad de la que ninguna mujer habría podido soportar. Si hubiera sido capaz de ruborizarse, lo habría hecho. Como no lo era, respondió a su escrutinio del mismo modo. Un hombre que miraba como él, estaría acostumbrado a la atención femenina.
    – ¿Qué le trae a Little Longstone, señor Cooper?
    – Unas vacaciones cortas. Mi patrón ha contraído matrimonio recientemente y se ha marchado de luna de miel al continente -contestó con una sonrisa de humor-. No alcanzo a comprender por qué no ha querido que lo acompañara, pero así son las cosas. Decidí aprovechar la ocasión para descansar un poco.
    Genevieve sabía que estaba bromeando, pero supuso que su patrón no querría que aquel hombre se acercara demasiado a su flamante esposa.
    – ¿Y por qué ha elegido nuestro pueblo?
    – El doctor Oliver es un viejo conocido mío y tuvo la amabilidad de ofrecerme su casa de campo. Ardo en deseos de disfrutar del aire libre.
    – Ha sido muy generoso por su parte. Espero que le vaya bien…
    – Sí, desde luego. Su esposa espera su primer hijo para la próxima primavera.
    Genevieve sonrió.
    – Qué encantador. Le escribiré para felicitarlo. Pero dígame, ¿a qué se dedica en Londres, en la capital?
    – Soy administrador del señor Jonas Smythe. Tal vez haya oído hablar de él… Es de los Jonas Smythe de Lancashire.
    Genevieve sacudió la cabeza. Cuando estaba con Richard, sólo prestaba atención a los nombres y a las cosas de la élite londinense, pero nada más.
    – Me temo que no. No he estado nunca en Lancashire y hace varios años que no viajo a Londres -le confesó.
    – ¿Creció en Little Longstone?
    Ella pensó que si hubiera crecido allí, su vida habría sido muy diferente.
    – No, ni mucho menos. Llegué hace unos cuantos años.
    – ¿Y qué la hizo elegir este sitio?
    Genevieve decidió decir la verdad.
    – La proximidad a las aguas termales. Son muy terapéuticas. Además, me enamoré enseguida de los bosques y de la tranquilidad del pueblo.
    – ¿Y el señor Ralston? ¿También disfruta de los manantiales?
    Ella dudó. Era una pregunta perfectamente normal, pero había algo en la intensidad de su mirada, o tal vez en el tono de su voz, que le hizo desconfiar. Parecía como si no le interesara por simple curiosidad y por darle conversación; como si tuviera un interés personal en el asunto; como si la encontrara atractiva.
    Decidió que no podía ser y pensó que se habría equivocado. Llevaba tanto tiempo sin disfrutar de la compañía de un hombre joven que quizá empezaba a malinterpretar los códigos de los caballeros.
    – Lamentablemente, el señor Ralston no está con nosotros.
    Genevieve contestó lo que siempre contestaba cuando formulaban esa pregunta. No era la verdad; pero en cierto modo, tampoco era mentira: el señor Ralston no estaba con ellos porque nunca había existido.
    Ella sólo se había enamorado una vez en su vida, de Richard; y él no le había ofrecido el matrimonio. Por supuesto, siempre había sabido que los hombres de su categoría no se casaban con sus amantes; podían entregarles su corazón, pero sólo podían dar su apellido a mujeres de su misma clase social. Genevieve había inventado lo del marido muerto porque sabía que nadie sospecharía de una viuda que vivía sola en el campo.
    – ¿No está con nosotros? -preguntó él-. ¿Quiere decir que ha salido?
    Ella sacudió la cabeza.
    – No. Falleció.
    La expresión de Simon se volvió solemne.
    – La acompaño en el sentimiento.
    – Gracias. Ha pasado mucho tiempo desde entonces.
    – ¿Mucho tiempo? -preguntó, devorándola con la mirada-. En tal caso, se debió de casar cuando sólo era una niña…
    Genevieve supo esta vez que estaba coqueteando con ella. Aunque no lo practicara desde hacía años, no había olvidado ese juego.
    Aquello, naturalmente, alimentó aún más su curiosidad. Richard había sido el último hombre que se había interesado por ella. Pero al bajar la mirada y ver los guantes de sus manos, recordó lo sucedido con su amante y se dijo que había aprendido la lección. Aunque el señor Cooper se sintiera atraído por ella, su deseo se extinguiría rápidamente si llegaba a contemplar la imperfección de sus manos.
    – Murió poco después de casarnos -mintió-. ¿Y usted, señor Cooper? ¿Está casado?
    – No, El trabajo con el señor Jonas Smythe me obliga a viajar con frecuencia y no me permite establecer relaciones duraderas… Por lo visto, estoy condenado a no poder disfrutar de los favores femeninos -bromeó.
    Genevieve ahogó una carcajada en la garganta. Estaba segura de que Simon Cooper gozaba del favor de muchas mujeres y de que podía elegir a quien quisiera. Indudablemente, habría roto unos cuantos corazones.
    Cuando las damas solteras de Little Longstone le echaran el ojo, revolotearían sobre él como abejas alrededor de una flor. Incluso se preguntó cuál de todas conseguiría su objetivo. Pero fuera cual fuera, sabía una cosa: que no sería ella.

Capítulo Cuatro

    Genevieve se sintió aliviada cuando Baxter entró en la habitación con la bandeja donde llevaba el servicio de té, un plato con bollitos, mantequilla y su mermelada preferida de frambuesa. El señor Cooper la había confundido e intrigado tanto que la aparición del criado fue un soplo de aire fresco.
    Tras dejarlo todo en la mesita, Baxter procedió a servir el té con gran delicadeza y eficacia. A continuación, chascó los nudillos y preguntó, lanzando una mirada de pocos amigos al visitante:
    – ¿Algo más?
    – No, gracias, Baxter.
    Baxter se dirigió a la salida. Sus pisadas eran tan fuertes que las piezas de porcelana que estaban en la encimera, temblaron.
    – Llámeme si me necesita -añadió-. Estaré cerca.
    Cuando se marchó, Simon dijo:
    – Espero no darle ninguna razón para que tenga que llamar a vuestro mayordomo. Sospecho que sería capaz de sacarme las tripas.
    – No lo dude.
    – Como ya ha dicho, es muy protector… Aunque es normal que lo sea -añadió-. Tiene que cuidar cosas muy valiosas.
    Genevieve volvió a sentir otra oleada de calor, que esta vez la disgustó sobremanera. A sus treinta y dos años, debía de estar más que acostumbrada a los cumplidos de los hombres. Sin embargo, llevaba mucho tiempo sin escuchar uno.
    Se dijo que ése era indudablemente el problema. El señor Cooper era el primer hombre con quien se quedaba a solas desde que Richard la había abandonado. Y era muy atractivo. No tenía nada de particular que se sintiera algo excitada y más tímida de la cuenta.
    Lo miró mientras él echaba azúcar en el té y sonrió. Puso tantas cucharaditas que el contenido de la taza estuvo a punto derramarse.
    – Veo que le gusta el azúcar…
    Él levantó la taza y la miró por encima.
    – Confieso que siento debilidad por los dulces. ¿Y usted?
    – Supongo que también, aunque mis preferencias se decantan por la mermelada de frambuesa de Baxter. Debería probarla.
    Genevieve observó a su invitado mientras éste untaba mantequilla y mermelada en uno de los bollitos. Sus manos eran morenas, de dedos largos y fuertes. Tenía una leve mancha de tinta en el índice de la derecha, lo cual le pareció lógico teniendo en cuenta su profesión; obviamente, pasaba mucho tiempo con las cuentas del caballero para quien trabajaba.
    En ese momento, imaginó que aquellas manos masculinas le acariciaban el cabello, le retiraban las horquillas e inmovilizaban su cabeza antes de que sus labios descendieran sobre su boca y la besaran.
    – ¿No está de acuerdo, señora Ralston?
    La frase la sobresaltó. No sabía lo que le estaba pasando. Su imaginación nunca se desbocaba de aquella manera; no hasta el punto de perder el hilo de una conversación.
    – ¿Perdón?
    – Decía que debemos ser tolerantes con nuestras propias debilidades.
    Ella lo miró, hechizada, mientras él mordía el bollito y mascaba lentamente. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras se esfumaron de su mente cuando Simon Cooper se lamió un poco de mermelada que se le había quedado en los labios. Sin darse cuenta de lo que hacía, imitó el gesto. Él clavó los ojos en su boca.
    – Supongo… supongo que eso depende de las debilidades en cuestión -acertó a responder, en voz baja-. Y de si están a nuestro alcance.
    – ¿A nuestro alcance?
    – Si alguien siente debilidad por los diamantes y carece de los medios para obtenerlos, no debería ser tolerante con su debilidad.
    – A menos que quisiera endeudarse…
    – O terminar en la prisión de Newgate por robar.
    – ¿Insinúa que los diamantes le gustan?
    Genevieve pensó en el collar y en los pendientes que Richard le había regalado y que ella había vendido poco después de que se separaran.
    – No. De hecho, no me gustan; los encuentro fríos y carentes de vida. Prefiero los zafiros, aunque no diría que sean mi debilidad.
    – ¿Cuál es entonces?
    Ella consideró la posibilidad de reír y cambiar de tema; pero si no respondía a su pregunta, tampoco podría interesarse a continuación por sus debilidades. Y ardía en deseos de hacerlo.
    – Las flores. Sobre todo, las rosas.
    – ¿De algún color en particular?
    – El rosa.
    Él sonrió y ella se estremeció. Por muy atractivo que fuera cuándo estaba serio, lo era todavía más cuando sonreía.
    – Me alegro enormemente de saber que no sólo he traído sus flores preferidas, sino también del color que más le gusta -declaró él-. ¿Y qué más?
    Durante un momento, Genevieve no supo a qué se refería con la pregunta. Estaba demasiado alterada. Y cuando por fin cayó en la cuenta, carraspeó.
    – Gatos, libros, artesanía…
    Él asintió y miró a su alrededor.
    – Tiene piezas muy interesantes -dijo, mirando hacia el cuadro colgado sobre la chimenea-. Aquel óleo, por ejemplo, es notable. Tan vivido que casi puedo sentir las salpicaduras de agua de mar en la cara.
    Genevieve miró el cuadro. Lo había pintado ella misma en su adolescencia, cuando aún no padecía artritis y albergaba la esperanza de ser artista. Representaba a una mujer en lo alto de un acantilado, entre flores silvestres. Estaba de espaldas, contemplando unas aguas tumultuosas, y no se le veía la cara; pero Genevieve sabía quién era o, por lo menos, quien debía ser.
    – Gracias. Tengo mucho afecto por ese cuadro.
    Simon se levantó, caminó hasta la chimenea y lo observó de cerca.
    – El trazo de las pinceladas es poco común.
    Genevieve arqueó una ceja. Aquel hombre mostraba conocimientos ciertamente inesperados para un administrador.
    – ¿Ha estudiado arte?
    Él dudó durante unos segundos y sonrió antes de volver a su silla.
    – El señor Jonas Smythe posee una gran colección, así que debo tener ciertos conocimientos sobre la materia. He observado que el lienzo no lleva firma…
    – En efecto.
    – ¿Dónde lo compró?
    – Fue un regalo.
    Genevieve no tenía intención alguna de decirle la verdad.
    La atención de Simon se dirigió hacia la puerta. La gata había entrado en la habitación; llevaba la cola en alto y parecía decir que la casa era suya y que los seres humanos tenían suerte de que les permitiera quedarse en ella.
    – Debe de haberla oído cuando ha incluido a los gatos entre sus debilidades…
    – Se llama Sofía. Me temo que es algo tímida y que…
    Genevieve dejó de hablar cuando el felino, que se mantenía lejos de los extraños a no ser que le ofrecieran comida, corrió hacia él, le saltó al regazo sin dudarlo un momento y se acomodó allí como si lo hubiera convertido en su colchón personal. Pero eso no fue todo; acto seguido, ronroneó con tanta fuerza que pareció que en la habitación había tres gatos.
    Él carraspeó y acarició al animal.
    – Sí, ya veo que es extremadamente tímida.
    Genevieve contempló la escena con asombro.
    – Es la primera vez que se porta así con un desconocido. Actúa como si lo conociera…
    Él se encogió de hombros.
    – Les gusto a los animales… Pero cuénteme algo más sobre sus gustos.
    Genevieve se obligó a apartar la mirada de sus fuertes manos. Encendían su imaginación, y no estaba dispuesta a dejarse arrastrar.
    – Ya he hablado de las mías. Ahora es su turno.
    Él alzó su taza de té sin dejar de mirarla a los ojos y ella sintió un estremecimiento que reconoció al instante. Lo deseaba.
    Sin embargo, no se lo podía permitir. Sería mejor que buscara alguna excusa para quitárselo de encima. Y como no podía echarlo de inmediato sin que resultara sospechoso y el señor Cooper llegara a la conclusión de que le había gustado, decidió que le concedería diez minutos más. Sólo diez minutos, lo suficiente para no parecer grosera ni despertar sospechas.
    Además, estaba segura de que podría soportar su encanto durante unos pocos minutos.
    – Compartimos la debilidad por los libros -dijo él.
    – ¿En serio? ¿Le gusta leer?
    – Sí, cualquier cosa. Hace poco leí Frankenstein y lo encontré fascinante. Shakespeare y Chaucer son mis preferidos. Pero como no estoy acostumbrado a la tranquilidad del campo, me temo que me quedaré sin lecturas antes de que concluya mi estancia en Little Longstone -respondió.
    – Tengo una buena biblioteca. Puede echarle un vistazo antes de marcharse. Estaré encantada de prestarle lo que desee.
    Genevieve ni siquiera supo por qué lo había dicho. No se trataba únicamente de que aquello pudiera alargar su estancia en la casa, sino de que tendría que volver a ella para devolverle los libros que le prestara.
    – Es una oferta muy generosa. Gracias. ¿Qué tipo de libros le gusta leer?
    – Al igual que usted, leo de todo. Sir Walter Scott, la poesía de Blake, lord Byron y Wordsworth, las novelas de Radcliffe… Acabo de terminar la Historia de la decadencia y caída del imperio romano, de Gibbon.
    Él arqueó las cejas.
    – Una lectura bien distinta a las novelas de Radcliffe…
    – Desde luego. Me gusta la variedad.
    – La variedad es la sal de la vida, lo que da sabor a las cosas -opinó.
    Genevieve sintió un pinchazo en el corazón. Su voz era tan ronca que se sentía como si estuvieran charlando de asuntos no precisamente literarios.
    – Es una frase de William Cowper…-murmuró ella.
    – Es uno de mis poetas preferidos.
    – También de los míos.
    – Parece que tenemos mucho en común, señora Ralston.
    Ella hizo caso omiso del interés evidente de su invitado.
    – Y ya he notado que le gustan los gatos…
    – Me gustan todos los animales.
    – ¿Tiene alguna mascota?
    – Actualmente no, pero las he tenido. Estoy considerando la posibilidad de buscarme un perro.
    – Entonces, debería asistir al festival de otoño del pueblo, que empieza mañana. Además de los puestos de comida y artesanía, suele haber gente que vende cachorros.
    – Una idea magnífica. Iré… si usted me acompaña.
    Genevieve se sobresaltó y abrió la boca para rechazar el ofrecimiento, pero él siguió hablando.
    – Elegir un perro es una decisión difícil. Me vendría bien una segunda opinión… No querrá que cometa una equivocación y elija al perro inadecuado, ¿verdad?
    – Estoy segura de que allí habrá quien pueda ayudarlo.
    – Tal vez, pero prefería contar con su opinión.
    – ¿Por qué?
    Simon terminó su té, dejó la taza en la mesa y se inclinó hacia delante, poniendo una mano sobre el lomo de la gata para que siguiera sobre su regazo.
    – Podría decir que se lo pido porque conoce el lugar y a sus habitantes, o porque se nota que usted es una mujer inteligente. Y no mentiría con ello. Pero si he de ser sincero, le confesaré que también siento debilidad por las mujeres bellas que disfrutan de la lectura.
    – Comprendo. ¿Y cree que va a salirse con la suya a base de halagos?
    Él sonrió con malicia.
    Ella tuvo que contenerse para no suspirar.
    – Creo que disfrutaríamos del paseo. O al menos, yo disfrutaría de su compañía -contestó-. ¿Vendrá conmigo?
    Genevieve sabía rechazar una invitación y estaba convencida de que debía rechazarlo. Aceptar las galanterías de aquel hombre podía llevarla a una situación como la que había vivido con Richard, y ya sabía lo que pasaba al final.
    Pero no tenía por qué ser así.
    Por otra parte, se sentía muy atraída por él y le agradaba que la encontrara atractiva. Si trataba el asunto con el cuidado debido, podría disfrutar de sus atenciones sin correr el peligro de que; la arrastraran a ningún tipo de intimidad.
    – Muy bien. Nos encontraremos en la plaza del pueblo al mediodía.
    Ya habían transcurrido los diez minutos que iba a concederle, así que se levantó y añadió:
    – Antes de que se marche, permíteme que le enseñe mi biblioteca.
    – Se lo agradezco -dijo con una sonrisa-. Puede estar segura de que estaré contando los segundos hasta el mediodía de mañana.
    Simon dejó a la gata en la alfombra y se puso en pie. Genevieve lo acompañó a la biblioteca y se quedó en el umbral mientras él examinaba detenidamente su colección. Al cabo de unos minutos, regresó con tres libros en la mano.
    – Gracias por el préstamo. Cuidaré bien de ellos.
    Ya en el vestíbulo, Baxter lo miró con desconfianza y le dio su sombrero, ligeramente hundido. Simon dio las gracias al mayordomo, sonrió a su anfitriona y le dedicó una reverencia antes de despedirse.
    – Hasta mañana, señora Ralston.
    Genevieve lo miró mientras se alejaba por el camino de piedra y casi suspiró. Tenía tan buen aspecto cuando se marchaba como cuando llegaba.
    – ¿Hasta mañana? -preguntó Baxter, frunciendo el ceño-. ¿Es que pretende volver?
    – Nos encontraremos en el pueblo, en el festival de otoño. Va a comprarse un perro y me ha pedido que lo ayude en la elección.
    – ¿Te ha tomado por veterinaria?
    Genevieve rió.
    – No, sólo por amante de los animales.
    – Ese individuo busca algo más que tu ayuda -murmuró-. Lo he notado en su forma de mirarte.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Que te mira como si fuera una bestia hambrienta y tú llevaras una pata de cordero colgando del cuello -contestó.
    Genevieve se estremeció. Ella también lo había notado, y sabía que no debía sentirse tan intrigada ni tan excitada con ello.
    – No estoy seguro de que debamos confiar en él -continuó.
    – No confías en nadie, Baxter…
    – Confío en ti. Pero dado que ya no pareces tan triste como antes de que se presentara, contendré mis deseos de darle una buena zurra.
    – No te preocupes. No tengo intención de volver a verlo después del festival.
    Genevieve se dirigió á la sala de estar. Cuando pasó por delante de la biblioteca, la curiosidad la empujó a entrar y a mirar los estantes en busca de los huecos vacíos. Simon Cooper se había llevado un ejemplar de Los misterios de Udolpho, de Radcliffe, y el último volumen de la obra de Gibbon sobre el Imperio romano. Le pareció tan divertido, que sonrió. Pero cuando vio el tercer espacio vacío, su sonrisa desapareció inmediatamente.
    Por motivos que no alcanzaba a comprender, su nuevo vecino se había marchado con un ejemplar de la Guía para las damas sobre la obtención de la felicidad personal y de la satisfacción íntima.
    Las sospechas que había albergado regresaron con más fuerza y la llenaron de temor. Era una sensación que no podía pasar por alto, especialmente porque unos meses antes, tras el escándalo causado por la publicación del libro, había recibido amenazas de muerte. Su defensa de la independencia sexual de las mujeres no había gustado en algunos círculos.
    La elección de Simon Cooper podía ser una simple coincidencia, pero también cabía la posibilidad de que los rumores sobre la marcha de Charles Brightmore no hubieran puesto fin al asunto, o incluso de que alguien hubiera descubierto que ese nombre no era más que el seudónimo de una mujer. De ella.
    Se llevó las manos a la boca del estómago y tomó aliento.
    ¿Sería posible que el señor Cooper fuera algo más que un simple administrador que había decidido pasar sus vacaciones en Little Longstone? ¿Sospecharía de su identidad? ¿Lo habrían contratado para localizar a Charles Brightmore y, en su caso, asesinarlo?
    Genevieve no lo sabía, pero lo iba a averiguar.

Capítulo Cinco

    A la mañana siguiente, tras asegurarse de que nadie lo había visto, Simon salió de la casa de la señora Ralston y se dirigió rápidamente hacia el pueblo. Sacó el reloj de bolsillo y miró la hora; faltaba poco para la una y ya llegaba casi una hora tarde a la cita.
    Simon se había escondido en el jardín y había esperado a que Genevieve y Baxter se marcharan al pueblo, pero la segunda expedición a la casa había resultado tan improductiva como la primera y no podía correr el riesgo de que sus ocupantes volvieran y lo descubrieran allí.
    La carta no estaba en ninguna parte.
    Si los gatos hablaran, su trabajo habría resultado más fácil. Sofía lo había seguido de habitación en habitación, frotándose contra él y ronroneando. Cuando por fin se inclinó para acariciarla, se apretó contra su mano y ronroneó más fuerte. Era evidente que se había ganado su confianza; por desgracia, los gatos no sabían hablar.
    Tras registrar todo a conciencia, se dirigió al dormitorio de Genevieve. Si no tenía éxito, tendría que volver a Londres, seguir con su investigación e intentar convencer de su inocencia a Waverly, Miller y Albury. Estaba seguro de que, en el fondo, su jefe y sus compañeros de trabajo sabían que él no había asesinado al conde. Aunque no encontrara la carta, descubriría al verdadero asesino. Alguien, en alguna parte, conocía la verdad.
    Mientras registraba el dormitorio, se maldijo a sí mismo por tocar sus prendas y sus frascos de perfume con más interés que el puramente profesional. Jamás se había sentido tan atraído por una mujer, y mucho menos por una que podía ser culpable de la muerte de un hombre. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por recobrar el sentido y concentrarse en la tarea de encontrar aquella carta maldita, la carta que podía salvarle la vida.
    No tuvo éxito, pero descubrió algo inesperado. Se acordó de que Genevieve había estado escribiendo una carta cuando él la vigilaba desde las sombras y se acercó al escritorio para saciar su curiosidad. En uno de los cajones, encontró varias hojas que lo dejaron perplejo:

    La mujer moderna no debe dudar a la hora de seducir a un hombre… La mujer moderna debe conocer el arte de desnudarse y de desnudar a su amante… La mujer moderna obtendrá gran beneficio de frotarse discretamente contra su amante cuando estén bailando, y de acariciar accidentalmente la parte delantera de sus pantalones…

    Todo estaba lleno de frases parecidas, y el estilo literario era tan parecido al de la guía que Simon había leído la noche anterior, que no podía ser una simple coincidencia. Sólo cabían dos posibilidades: o Genevieve Ralston mantenía una relación verdaderamente estrecha con Charles Brightmore, el autor del libro, o Charles Brightmore no era ni más ni menos que un nom de plume de la propia Genevieve Ralston, en cuyo caso, aquellas hojas podían ser apuntes para un segundo libro.
    El instinto le dijo que Genevieve era la autora. Al pensar en ello, se acordó de que meses antes se había publicado un libro de temática similar que había causado un gran revuelo en la sociedad londinense. Simon no había prestado atención al asunto, pero recordaba que el autor había recibido amenazas y que, supuestamente, se había marchado de Inglaterra para huir del revuelo.
    Obviamente, debía de ser el mismo libro. Y habría apostado cualquier cosa a que el autor no se había marchado del país. Si Charles Brightmore no aparecía por ninguna parte, era simplemente porque no era un hombre, sino una mujer.
    Un asunto muy interesante. Casi tan interesante como el propio libro.
    Simon nunca había leído nada parecido. Bajo el aspecto de una inocente guía de etiqueta para mujeres, Genevieve Ralston ofrecía a sus lectores un arsenal de información detallada sobre relaciones sexuales que sólo podía conocer una mujer muy experimentada en ese campo. Su lectura le había resultado fascinante, estimulante y condenadamente excitante; sobre todo ahora, cuando sospechaba que su misteriosa vecina era la autora del texto.
    Desde luego, aquella información podía resultarle útil. Él sólo quería encontrar la carta para volver a Londres, limpiar su buen nombre y recobrar la confianza de Waverly, Miller y Albury. Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por conseguirlo, incluso extorsionar a Genevieve Ralston.
    Pero había otra forma de conseguirlo. Dado que Genevieve era una mujer muy experimentada en las artes del amor, sería mucho más civilizado y placentero que la sedujera para conseguir lo que buscaba.
    Era un plan excelente. Seducirla y conseguir que le diera el paradero de la carta. Empezaría a cortejarla de inmediato y se acostaría con ella tan pronto como fuera posible.
    A fin de cuentas, era lo que había estado deseando desde que leyó aquellos fragmentos del libro en su dormitorio y la vio desnuda y mojada. No dejaba de imaginar su cuerpo, una y otra vez, ni de fantasear con la ilusión de que su lengua explorara todos los rincones a los que sus manos no pudieran llegar.
    Se excitó tanto con la perspectiva que tropezó y se detuvo en mitad del camino. Cada vez que pensaba en aquella mujer, se excitaba. Su cuerpo la deseaba demasiado; no parecía dispuesto a esperar a que la sedujera.
    Era una situación muy desconcertante. Ni la posibilidad de encontrar la carta del conde y de librarse de una muerte segura servía para mitigar su ardor.
    Se maldijo a sí mismo y se abrochó el abrigo para ocultar el bulto de su erección bajo los pantalones; era una suerte que hiciera frío, porque el abrigo era perfecto para tal fin. Minutos después, llegó a las afueras del pueblo y caminó hacia la feria. La música, las risas, las voces de los adultos, los gritos de los niños y el aroma a comida se hicieron más intensos a medida que se acercaba.
    Se detuvo junto a un edificio de ladrillo y contempló la escena. Había multitud de puestos y cientos de personas, muchas más de las que esperaba. Su mirada pasó sobre ellas hasta que encontró a la señora Ralston. Estaba en la plaza, al sol, sonriendo a su mayordomo gigantesco. Llevaba un abrigo verde y un sombrero a juego, y estaba tan preciosa que volvió a excitarse sin poder evitarlo.
    Genevieve Ralston era una mujer exquisita. De piel de porcelana, grandes ojos azules, rasgos delicados, labios carnosos y cabello dorado. Comprendía perfectamente que Ridgemoor la hubiera tomado por amante, pero seguía sin entender que el conde hubiera despreciado a una mujer tan bella; especialmente, porque ahora sabía que era la autora de aquel libro y que debía de ser un verdadero tesoro en la cama.
    Sin embargo, Simon se conocía lo suficiente como para sospechar que en la atracción que sentía había algo más que deseo, algo que lo desequilibraba y que apelaba a emociones más profundas. Tal vez fuera el fondo de vulnerabilidad e incluso de timidez que había descubierto en ella, un detalle sorprendente en una mujer de tanta experiencia. Unos cuantos halagos habían bastado para incomodarla, lo cual no tenía ningún sentido; las mujeres de su clase estaban tan acostumbradas a las atenciones masculinas que no se incomodaban así como así.
    Cruzó la plaza y caminó hacia ellos. Ya estaba a punto de llegar a su altura cuando Baxter lo vio y le lanzó una mirada de desprecio.
    – Ah, está aquí, señora Ralston… -dijo Simon con una sonrisa-. Le ruego que me perdone por la tardanza. Me han abordado una docena de comerciantes y luego no podía encontrarla entre la multitud. No me figuraba que en Little Longstone residiera tanta gente…
    – El festival atrae a gentes de todo el condado -explicó ella-. Tardaba tanto, que he llegado a pensar que ya no vendría.
    – Ni mucho menos…
    Simon la miró a los ojos y volvió a sentir la misma excitación primaria. Genevieve era un bocado verdaderamente suculento, y olía tan bien que no pudo resistirse a la tentación de acercarse un poco más a ella.
    – Estaba deseando volver a verla -añadió.
    Ni siquiera supo por qué lo dijo. Las palabras salieron sin más de su boca, y se quedó allí, mirándola, como si estuviera hechizado. El ruido, la multitud y la música parecieron desaparecer de repente. Genevieve entreabrió los labios un poco, derivando hacia su boca la atención de Simon, y él se imaginó inclinándose hacia delante, tomándola entre sus brazos y besándola apasionadamente.
    Pero la voz de Baxter rompió el hechizo. Miró a Simon con su dureza habitual y dijo:
    – He visto a unas cuantas personas que venden cachorros, pero ha tardado tanto en llegar que es posible que ya no quede ninguno. Por cierto, me extraña no haberlo visto antes; no he notado que estuviera hablando con ninguno de los comerciantes.
    – Yo tampoco lo he visto a usted -replicó Simon con naturalidad-. Ni he visto que vendan perros… ¿dónde están?
    Baxter señaló un punto por encima del hombro de Simon.
    – Allí. Se lo enseñaré.
    Baxter consiguió que ese «se lo enseñaré» sonara como «voy a destrozarle los huesos y a arrojarlo al Támesis». Pero la señora Ralston intervino antes de que Simon pudiera responder.
    – Yo enseñaré los cachorros al señor Cooper, Baxter.
    El mayordomo abrió la boca para protestar. Ella se dio cuenta y solucionó el problema con una excusa.
    – La señorita Mary Winslow viene hacia aquí… Tengo la impresión de que necesita un acompañante.
    Baxter giró el cuello tan deprisa que Simon creyó oír un crujido. Se volvió para mirar y vio a una joven de cabello rojo oscuro y ojos marrones.
    – Buenos días, Baxter… -dijo la joven, sonriendo.
    Para sorpresa de Simon, Baxter se ruborizó.
    – Buenos días, señorita Winslow…
    – Un día precioso, ¿verdad, señora Ralston?
    – Ciertamente -respondió con un poco de humor-. ¿Ha tenido ocasión de conocer al señor Cooper? Va a alojarse en la casa del doctor Oliver durante dos semanas.
    Simon inclinó la cabeza y se alegró de que Genevieve le hubiera ahorrado las presentaciones. Estaba tan asombrado con la reacción de Baxter al ver a la joven, que podría haberse olvidado de que en Little Longstone era Simon Cooper, no Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn.
    – Encantado de conocerla, señorita Winslow.
    – Igualmente, señor Cooper. Bienvenido a Little Longstone. Últimamente recibimos muchas visitas… primero ese artista, el señor Blackwell, y ahora usted. Espero que disfrute de su estancia en nuestro pueblo.
    – No lo dudo en absoluto.
    La señorita Winslow dirigió su atención a Baxter. El mayordomo permanecía tan rígido y clavado en el sitio que Simon tuvo que morderse las mejillas por dentro para no reír.
    – Puede que a la señorita le apetezca un pastel, Baxter -sugirió Genevieve.
    – Oh, sí, me encantaría…
    Baxter tragó saliva.
    – Yo… sí, claro, un pastel. Perfecto…
    Baxter reaccionó al fin, lanzó a Simon otra mirada fulminante y se dirigió a Genevieve.
    – Estaré cerca, por si me necesita.
    Cuando la pareja ya se había marchado, Simon dijo:
    – Baxter parece una mole de granito por fuera, pero por dentro…
    – Es blando como unas gachas, lo sé. Pero no se le ocurra comentarlo delante de él…
    – Su secreto está a salvo conmigo. Aunque es la primera vez que veo a un hombre tan ruborizado y tan pálido al mismo tiempo -bromeó.
    La señora Ralston soltó una carcajada.
    – Sí, es verdad.
    – Parece que Cupido le ha acertado con toda una aljaba de flechas.
    – Sin duda. Conozco a Baxter desde siempre y nunca lo había visto tan fuera de lugar -declaró, sonriente-. Pero en fin, puede que usted se reblandezca tanto como él cuando vea los cachorritos que venden en la feria.
    Simon la miró a los ojos y su corazón se aceleró al instante. Si pretendía seducirla, tendría que andarse con cuidado. Los encantos de aquella mujer eran demasiado intensos; corría el riesgo de convertirse en otra de sus víctimas.
    – Quién sabe. ¿Qué le parece si vamos a verlo?

Capítulo Seis

    Una hora más tarde, Genevieve y el señor Cooper paseaban tranquilamente entre la multitud. Él llevaba una perrita entre los brazos, una criatura minúscula y de ojos brillantes cuya lengua rosa parecía empeñada en lamerlo todo.
    – Lo suyo ha sido el enamoramiento más rápido que he visto en mi vida -comentó.
    Él sonrió y Genevieve pensó que su sonrisa era deslumbrante.
    – Bueno, es que me ha demostrado tanto afecto que me ha conquistado a primera vista…
    Genevieve arqueó una ceja.
    – Sí, pero ha sido usted quien se ha enamorado de ella. Ha caído a sus patas como un ladrillo lanzado a las aguas del Támesis.
    – Es evidente que siento debilidad por las bellezas rubias -murmuró, mirando Genevieve mientras acariciaba a su mascota.
    Genevieve tomó aire e intentó mantener la calma. Las sensaciones que aquel hombre despertaba en ella amenazaban con florecer en cualquier momento. Bastaba una mirada suya, un roce de su hombro o un par de palabras para que sintiera un calor en la parte inferior del vientre que sólo tenía un nombre: deseo.
    Intentó hacer caso omiso, pero fracasó estrepitosamente. Aunque su sentido común le decía que aquello era absurdo e indecoroso, no podía hacer nada por evitarlo.
    Por fin, carraspeó y dijo:
    – También siente debilidad por los perros bravucones. Seguro que se ha fijado en que era el animal más travieso de toda la carnada.
    – Sí, me he dado cuenta. Me gustan así.
    Genevieve sintió otra oleada de calor.
    – Tal vez debería llamarla así. Traviesa.
    – Es un nombre mucho más bonito que el que le habían puesto… Seguro que no te gustaba que te llamaran Narcisa, ¿verdad, pequeña?
    La perrita ladró como si estuviera de acuerdo y le lamió la mano.
    – No, claro que no te gustaba -añadió.
    Él la apretó contra su pecho y la perrita se quedó muy quieta durante un segundo; pero después, alzó la cabeza y le lamió la cara.
    Genevieve rió.
    – Parece decidida a besarlo…
    – Menos mal que me encanta que me besen.
    Genevieve se estremeció otra vez, pero reaccionó enseguida.
    – Quizá debería llamarla Besucona.
    – Quizá. A fin de cuentas, hay pocas cosas más interesantes que un beso bien dado -declaró-. No obstante, y en agradecimiento a la ayuda que usted me ha prestado, creo que le pondré su nombre.
    – ¿Va a llamar Genevieve a una perra?
    – No, no. Genevieve es un nombre precioso, pero ya está ocupado. Voy a llamarla… Belleza -respondió.
    Genevieve parpadeó, encantada por el halago y tan emocionada que se maldijo por ceder tan fácilmente a sus galanteos.
    El señor Cooper había logrado que volviera a desear a un hombre, pero también había conseguido que se sintiera atractiva y deseable. Tras la marcha de Richard, Genevieve había hecho todo lo que estaba en su mano por contener sus necesidades físicas y olvidar el amor; ahora, Simon Cooper la arrastraba hacia él tan deprisa que sentía vértigo.
    Intentó recordarse que apenas se conocían y que no debía confiar en él. No había olvidado que uno de los libros que había tomado prestados de la biblioteca era nada más y nada menos que su guía para damas. Tal vez fuera una coincidencia, un detalle sin importancia; pero cabía la posibilidad de que no estuviera en Little Longstone de vacaciones, sino para encontrar a Charles Brightmore.
    Fuera como fuera, tenía que descubrir la verdad. Si quería coquetear con ella, le seguiría el juego. Era una forma excelente de descubrir sus verdaderos motivos.
    – Belleza es un nombre precioso -dijo-, pero creo que Diablesa sería más oportuno.
    – Es posible, pero me gustan los desafíos.
    Genevieve lo miró con intensidad.
    – ¿Por eso se llevó una copia de la Guía para damas? ¿Porque pensó que la lectura de un libro de tales características sería un desafío para usted?
    Genevieve observó su reacción con detenimiento, esperando encontrar alguna señal de culpabilidad, pero sólo encontró un fondo leve de vergüenza en su expresión.
    Y acto seguido, le dedicó una de esas sonrisas que la desarmaban.
    – Supongo que la elección le habrá resultado chocante. El título del libro me pareció tan interesante que no pude resistirme.
    – ¿Por qué? ¿Suele leer literatura para mujeres?
    Simon rió.
    – No. Espero que no le haya molestado…
    – En absoluto. Sólo sentía curiosidad.
    – Cuando lo vi, me acordé de que el libro y el autor se vieron envueltos en algún tipo de escándalo hace unos meses. Era demasiado intrigante para pasarlo por alto… y no me arrepiento de haberlo leído -le confesó.
    Genevieve arqueó las cejas.
    – ¿Ya lo ha leído?
    Él asintió.
    – Sí, lo leí anoche.
    Como no dijo nada más, ella preguntó:
    – ¿Y qué le ha parecido? ¿Le ha gustado?
    – Teniendo en cuenta los asuntos que trata, no me extraña que se viera envuelto en un escándalo. El señor Charles Brightmore sabe más de la naturaleza femenina que ninguno de los hombres que conozco. Supongo que tuvo que investigar mucho y muy a fondo para llegar a esas conclusiones. Es un hombre afortunado.
    – Y un exiliado -observó ella, atenta a sus reacciones-. Recibió amenazas de muerte y no tuvo más remedio que marcharse de Inglaterra.
    Él frunció el ceño y asintió.
    – Sí, creo recordar que oí algo al respecto. Una verdadera lástima. Por mi parte, opino que merece un premio por ese libro.
    – ¿En serio? ¿Por qué lo dice?
    – Porque ofrece información que no se puede encontrar en ninguna otra parte. Y desde mi punto de vista, la información es poder -contestó.
    Genevieve no pudo ocultar su sorpresa.
    – Los que se pusieron en su contra no estarían de acuerdo con usted. No quieren que las mujeres tengan acceso a esa clase de información y ni a ninguna otra que pueda concederles un poder excesivo sobre sus vidas y sobre sus cuerpos.
    Simon la miró con intensidad.
    – Porque son gentes ignorantes. Personalmente, prefiero a las mujeres inteligentes y bien informadas. Son una de mis mayores debilidades.
    – Parece que no anda escaso de ellas…
    Simon no dijo nada durante unos segundos. La miró con una expresión extraña, que Genevieve no supo interpretar y que avivó aún más su fuego interno.
    Después, carraspeó y dijo:
    – Sí, eso parece.
    Ella se humedeció los labios. Él llevó la mirada a su boca.
    – Entonces… ¿no está en contra de que las mujeres accedan a esa información? ¿Aunque contribuya a cambiar su papel tradicional en la sociedad?
    – Conocimiento, experiencia, poder… yo diría que son cualidades muy atractivas en el sexo femenino. Tremendamente atractivas, de hecho.
    – ¿No teme sentirse… sometido?
    – No lo sé. Supongo que eso depende quién someta.
    La seguridad de que el comentario de Simon escondía una insinuación, desató una ráfaga de placer secreto entre los muslos de Genevieve. Había llevado la conversación por aguas peligrosas para determinar si intentaba sonsacarla sobre su relación con Charles Brightmore; pero, a menos que fuera un actor consumado, no parecía especialmente interesado en el asunto.
    Por lo visto, Simon Cooper era lo que decía ser, un administrador que había decidido pasar unas vacaciones cortas en el campo. Aunque no fuera exactamente un amigo, tampoco era un enemigo. No había nada de malo en dejarse llevar por su galantería y coquetear un poco; por mucho que la excitara y que la alarmara con ello, estaban entre cientos de personas y la situación no se le podía escapar de las manos.
    – No imagino cómo podría abrumar nadie a un hombre como usted, señor Cooper.
    – ¿A un hombre como yo?
    – Sí. Un hombre fuerte, capaz.
    Genevieve lo habría definido como delicioso, bello y físicamente perfecto, pero no podía ser tan directa.
    – Como ya he dicho, depende de la otra persona. ¿Se refiere a alguien en concreto? ¿Tal vez a usted misma…?
    La sangre de Genevieve se aceleró en sus venas.
    – ¿Y si así fuera? ¿Qué arma debería llevar? ¿Sable? ¿O pistola?
    Ella miró con humor.
    – ¿Tiene armas en casa?
    – Naturalmente. Una mujer sola necesita protección.
    – Pensaba que Baxter ya se encargaba de eso.
    – Sí, es verdad que mantiene a raya a los intrusos.
    – Cuando no está preparando bollitos…
    Genevieve rió.
    – En efecto.
    – Bueno, en su caso no serían necesarios ni el sable ni la pistola. Durante siglos, las mujeres bellas no han necesitado de otra cosa para abrumar a los hombres que un simple contacto.
    Genevieve cerró los dedos dentro de los guantes. Un simple contacto. No podía negar que era verdad; en otra época, se había sentido capaz de hechizar a cualquier hombre con un roce. Pero su artritis había empeorado con el tiempo, y aunque las aguas termales le sentaban bien, ya no era la mujer que había sido.
    Decidida a llevar la conversación a aguas más tranquilas, Genevieve abrió la boca. Sin embargo, Simon se le adelantó.
    – Por supuesto, hay otras formas además del contacto.
    – ¿En serio? ¿Cuáles?
    – Me sorprende que lo pregunte. La creía familiarizada con la Guía para damas de Brightmore -contestó.
    Ella contuvo la respiración.
    – Tenga en cuenta que la leí hace varios meses. Mi memoria no está tan fresca como la suya…
    – Ah, comprendo. Entonces, permítame que se lo recuerde… En opinión de Brightmore, la mujer moderna debe insistir para conseguir lo que quiere, tanto si está en un salón como si lo está en el dormitorio. Aunque se vea obligada a atar a un hombre para conseguirlo.
    El corazón de Genevieve se aceleró. Nunca pensó que llegaría el día en que un hombre le citara su propio libro con tanta exactitud. Era evidente que aquel fragmento lo había impresionado.
    – ¿Cree que una mujer puede someter a un hombre con cuerdas?
    – No, salvo que él lo quiera así. En cuanto a las cuerdas… considero que se debería usar algo más agradable, como cintas de satén. Algo más… placentero.
    Genevieve intentó llevarle la contraria. Estaban en un lugar público y aquella conversación era indecorosa desde cualquier punto de vista; además, alguien podía darse cuenta de que Simon Cooper la miraba como si se la quisiera comer. Pero no fue capaz de hablar. Ni de apartar la vista de sus ojos.
    – Pero si la dama en cuestión actuara con lentitud -continuó él-, correría el peligro de ser sometida por su amante en lugar de someterlo.
    Genevieve se imaginó atada en la cama, a merced de aquel hombre.
    El deseo recorrió su cuerpo, le endureció los pezones, aumentó la tensión entre sus muslos y le humedeció la ropa interior. Se ruborizó a su pesar, y supo que debía sentarse rápidamente si no quería que sus piernas la traicionaran.
    Como si hubiera leído su pensamiento, él señaló un bosquecillo y dijo:
    – Veo que allí hay un banco. ¿Le apetece que nos sentemos?
    Genevieve asintió y aceleró el paso, resuelta a permanecer sentada lo justo para recobrar la compostura; después, diría que sufría de jaqueca y se marcharía.
    Ahora ya estaba segura de que la presencia de Simon Cooper en Little Longstone no guardaba ninguna relación con Charles Brightmore. Había descubierto lo que quería y ya no tenía motivos para permanecer a su lado; volvería a su casa, retomaría su rutina de visitar el manantial para aliviar el dolor de sus manos y lo olvidaría para siempre.
    Desgraciadamente, una voz interior le susurró que olvidar al hombre que había despertado sus necesidades y sus deseos, largamente enterrados, iba a ser todo un desafío.

Capítulo Siete

    – Dígame, señora Ralston, ¿qué le gusta hacer además de leer y de satisfacer su debilidad por las obras de arte?
    Simon lo preguntó en cuanto se sentaron en el banco, y lo hizo para escapar de una situación francamente problemática. Había sugerido que se sentaran porque la conversación que mantenían era tan sensual que se había excitado en demasía; bastó que imaginara a Genevieve Ralston atada de pies y manos a la cama de su dormitorio, para que sufriera una erección. Y ya llevaba demasiadas a su costa.
    Parte de su problema consistía en el hecho de que no se había acostado con una mujer en varios meses, lo cual le incomodaba especialmente porque no había sido por falta de oportunidades. A pesar de la belleza y de la buena disposición de las candidatas, ninguna había despertado el deseo suficiente en él. Era como si ya no disfrutara de las relaciones puramente físicas, sin lazos emocionales.
    Pero Genevieve Ralston lo había cambiado todo. Desde que la había visto en su habitación con aquella camisa mojada, no pensaba en otra cosa que no fuera una, exactamente, una relación física y sin lazos emocionales.
    Movió a la perrita para que estuviera más cómoda y sonrió. En realidad no tenía intención de comprar un cachorro, pero le había parecido una excusa perfecta para que la señora Ralston lo acompañara al festival. De otro modo, tal vez habría rechazado la invitación. Aunque sospechaba que la atracción física era mutua.
    – Me gusta pasear por mi jardín -respondió ella.
    Simon se sintió aliviado. El jardín. Una conversación carente de peligros.
    – Me di cuenta cuando fui a su casa. Está precioso…
    – Gracias. Es un lugar muy tranquilo.
    – Y bien cuidado. Si tuviera la amabilidad de darme el nombre de su jardinero, se lo podría decir al doctor Oliver. Me temo que las malas hierbas se han extendido desde que se marchó de su propiedad.
    – Me temo que yo también necesito un jardinero nuevo. Antes me ayudaba mi querida amiga Catherine, con quien pasaba horas entre las flores; pero se ha casado recientemente y se ha mudado a Londres. Baxter hace lo que puede, desde luego… sin embargo, pisa sin mirar y no distingue una flor de un hierbajo. Ya ha destrozado varias plantas.
    Simon asintió.
    – La jardinería necesita manos delicadas.
    Genevieve se miró las manos con melancolía.
    – Sí, es cierto. Antes lo hacía yo misma, pero… en fin, el jardín es demasiado grande y ya no puedo encargarme de él sin ayuda.
    Simon siguió la dirección de la mirada de Genevieve. Siempre llevaba guantes; incluso los llevaba puestos cuando pasó a visitarla. Se acordó de su dolor cuando estaba escribiendo en el dormitorio, de la crema que se había untado antes de meterse en la cama y de su mención a las cualidades terapéuticas de las aguas termales. Al parecer, había sufrido algún tipo de accidente.
    Sintió la tentación de interesarse al respecto, pero prefirió esperar. Si la presionaba demasiado, podía asustarla y perder la oportunidad de recuperar la carta del conde. Tenía que ganarse su confianza.
    En ese momento apareció un niño, de más o menos ocho años, que se quedó mirando a Belleza.
    – Es un muy bonito, señor -dijo el pequeño-. ¿Puedo acariciarlo?
    – No es perro, sino perra. Y por supuesto que puedes… pero debes saber que, como se despierte, se empeñará en lamerte por todas partes.
    El niño sonrió.
    – No se preocupe, señor. Me encantan los besos de perro… ¿cómo se llama?
    – Belleza.
    El chaval sonrió un poco más.
    – Y duerme como la princesa de un cuento de hadas… aunque es una perra, no una princesa. Y yo no soy un príncipe.
    – Bueno, puede que te conviertas en uno cuando ella te bese… -bromeó Genevieve.
    El chico rió.
    – Lo dudo. Voy a ser marinero, como mi padre.
    Simon asintió con seriedad.
    – Excelente. Inglaterra necesita buenos marinos. ¿Cómo te llamas?
    – Benjamin Paxton, señor.
    El niño le ofreció la mano y Simon la estrechó.
    – Yo soy Simon Cooper. Ella es mi amiga, la señora Ralston. Me ha ayudado a elegir a Belleza -explicó.
    Benjamin miró a Genevieve y asintió a modo de saludo.
    – Ha hecho un gran trabajo. Es de la carnada del herrero, ¿verdad? Vi que estaba vendiendo cachorrillos…
    – Sí. ¿Vas a comprar uno?
    Benjamin sacudió la cabeza.
    – No podemos tener perros. Mi hermana pequeña se pone a toser y a estornudar cuando hay un perro cerca -contestó mientras acariciaba a Belleza-. Yo no toso ni estornudo.
    – Puede que no, pero un hermano tiene el deber de cuidar de su hermana -observó Simon-, y estoy seguro de que cumples con ese deber.
    El niño asintió.
    – En efecto, señor. Ruful Templeton dijo cosas malas de Annabelle y yo le pegué en la nariz.
    – Bien hecho. Yo también he golpeado unas cuantas narices por defender el honor de mi hermana pequeña -confesó.
    – Es lo que los hombres debemos hacer -afirmó el niño.
    Belleza se despertó en ese momento e inmediatamente se puso a lamer al niño.
    – ¿Quieres sostenerla? -preguntó Simon.
    Benjamin lo miró con asombro.
    – Sí, claro, señor…
    Simon le dio la perrita a Benjamin, que estaba encantado.
    – Tiene mucha energía… -continuó el pequeño.
    – Sí. Le vendría bien un paseo, pero estoy demasiado cansado. ¿Por qué no se lo das tú?
    – Con mucho gusto, señor… No se preocupe por nada. Cuidaré de ella.
    – No lo dudo en absoluto. Llévatela entonces y vuelve dentro de un cuarto de hora.
    – Así lo haré, señor Cooper. ¡Y gracias, señor!
    Benjamin se alejó corriendo, con Belleza pisándole los talones.
    – Me había equivocado -dijo Genevieve.
    Simon la miró.
    – ¿A qué se refiere?
    – Dije que su amor por Belleza ha sido el flechazo más rápido que había visto, pero Benjamin le gana. Pedir a ese chico que cuide de ella es como si yo le pidiera a Sofía que cuidara de un pez.
    – Sospecho que a Sofía le gustan los peces…
    – Son su comida favorita. No hay nada que le guste más.
    – No, seguro que usted le gusta más.
    – Sólo porque soy la encargada de darle peces. Desde su punto de vista, la casa es suya y yo sólo puedo quedarme mientras le sea de utilidad.
    – Comprendo. ¿Y si no lo fuera?
    Genevieve suspiró.
    – Me echaría a patadas.
    Antes de que se diera cuenta de lo que hacía, Simon se rindió a la tentación y pasó un brazo por encima del respaldo del banco, de manera que sus dedos rozaron el hombro de Genevieve.
    Sólo era un roce, un contacto leve, pero se estremeció.
    – Permítame que lo dude. Nadie sería capaz de despreciarla a usted de ese modo.
    Simon supo que había cometido un error cuando vio su mirada de angustia. Alguien la había despreciado y la había herido profundamente, y ese alguien no podía ser otro que Ridgemoor. Por enésima vez, se preguntó cómo era posible que el conde hubiera rechazado a una mujer tan exquisita, tan inteligente y de tanto carácter.
    – A estas alturas de mi vida sé que todo es posible, señor Cooper.
    – Por favor, llámeme Simon. Ya no somos unos perfectos desconocidos.
    Ella lo miró y Simon notó por primera vez los destellos dorados de sus ojos azules.
    – ¿Nos considera amigos?
    – Me gustaría que lo fuéramos; aunque por mi parte, ya la considero amiga mía. A fin de cuentas me ha ayudado a elegir perro.
    – Se han elegido entre los dos, sin que yo hiciera nada.
    – Eso es cierto, pero no la habría encontrado sin usted. Además, es la única persona que conozco en Little Longstone…
    Simon bajó la cabeza y la miró con expresión de niño triste.
    Genevieve sonrió.
    – Por Dios, es la cara más compungida que he visto en toda mi vida. Dígame, ¿es que la practica delante del espejo?
    – Ahora que lo menciona, sí. ¿Ha surtido efecto?
    – Ni mucho menos. Soy demasiado dura para enternecerme por…
    – ¿La cara más compungida que ha visto en toda su vida?
    – Exacto. Además, no soy la única persona a la que conoce. ¿Qué me dice de Baxter?
    – Ah, sí, Baxter. Si fuera por él, me habría asesinado en el vestíbulo de su casa antes de que tuviera ocasión de conocerla -declaró.
    – También está Benjamin…
    – Muy cierto -dijo, arqueando una ceja-. Y estoy seguro de que si yo lo invitara a llamarme Simon, aceptaría.
    Genevieve lo imitó y arqueó una ceja a su vez.
    – Como propietario de Belleza, podría pedirle que lo llamara Penélope y el pobre chico se sentiría obligado a hacerlo -observó.
    Simon rió.
    – No podría estar más en lo cierto. Y se divertiría mucho a mi costa. He notado un brillo de malicia en sus ojos… me recuerda a mi sobrino, Harry.
    – ¿Cuántos años tiene su sobrino?
    – Ocho. Aunque a veces parece que tiene veinte más.
    – Antes ha mencionado a una hermana; ¿Harry es su hijo?
    – Sí, Marjorie. También tiene una niña, Lily; es de tres años y me parece la criatura más hermosa de todo el Reino. Cuando crezca, su padre tendrá que contratar a una docena de criados para que mantengan a raya a sus pretendientes.
    – Y naturalmente, no hay parcialidad alguna en su opinión… -ironizó.
    – Por supuesto que no.
    – ¿Tiene más hermanos, además de Marjorie?
    – Un hermano, Robert. Es más joven que yo, y su esposa está esperando su primer hijo.
    – Creo haber notado cierta… nostalgia en su voz.
    Simon pensó que estaba en lo cierto. Robert y Beatrice se habían casado hacía diez meses; estaban muy enamorados y él se alegraba sinceramente por ellos, pero en el fondo de su corazón, los envidiaba. Aunque llevaba una buena vida y le gustaba trabajar para la Corona, distaba de sentirse satisfecho. Tal vez fuera el motivo de su descontento actual.
    – Sí, es posible. Mis hermanos son felices con sus matrimonios, y debo reconocer que siento cierta envidia -confesó.
    – Entonces, debería casarse.
    – Buena idea. Salvo por el hecho de que para una boda se necesita no solamente un novio, sino también una novia.
    Simon fue el primer sorprendido por su declaración. Nunca se había planteado la posibilidad de contraer matrimonio; pero se había cansado de ir de amante en amante y de no tener una vida normal. Su trabajo era secreto y ni siquiera podía hablar de él con sus familiares y amigos. Se pasaba la vida viajando, atento a los peligros que lo acechaban. Y ahora, hasta tenía que demostrar a sus superiores que era inocente del asesinato de Ridgemoor.
    Le faltaba algo, no lo podía negar. Por mucho que le agradara su trabajo, no le llenaba.
    – ¿Se ha molestado acaso en buscar novia?
    Simon sacudió la cabeza.
    – Me temo que no he encontrado a la persona adecuada.
    – Vamos, señor Cooper… no puedo creer que no arrastre una estela de corazones rotos.
    Simon estuvo a punto de romper a reír. Sus amantes nunca se habían arriesgado tanto como para poner en peligro sus corazones. Ni él.
    – No que yo sepa. ¿Qué le hace pensar lo contrario?
    Genevieve arqueó las cejas.
    – Sin entrar en cuestiones más profundas, su aspecto debería bastar para captar la atención de las mujeres -respondió.
    – Podría decir lo mismo de usted…
    – Pero yo no busco nada.
    – ¿Y cree que yo sí?
    – Claro, como todos los hombres.
    Simon rió.
    – Entonces, ¿me considera atractivo?
    Ella también rió.
    – Nunca he conocido a nadie que pescara halagos con tan poca sutileza.
    – Sólo intentaba asegurarme de que la he entendido bien.
    – Me ha entendido perfectamente.
    – En ese caso, gracias. Y permítame que le devuelva el cumplido. Usted es…
    Simon pasó la mirada por encima de su cuerpo y la clavo finalmente en sus ojos antes de terminar la frase:
    – Exquisita.
    Las palabras de Simon, o quizás el deseo que escondían, o tal vez las dos cosas al mismo tiempo, despertaron el rubor en las mejillas de Genevieve.
    En lugar de agradecer el cumplido, declaró:
    – Por lo que sé de usted, debo llegar a la conclusión de que el único motivo por el que no ha encontrado todavía a la mujer adecuada es porque no la quiere.
    Genevieve había acertado, pero no del todo.
    – Por eso, o porque nadie ha conquistado mi amor.
    Ella lo observó con detenimiento.
    – ¿No se ha enamorado nunca?
    – No. ¿Y usted?
    La expresión de Genevieve se volvió fría.
    – ¿Se lo pregunta a una mujer que ha estado casada?
    – Discúlpeme, no pretendía ofenderla. Pero debe admitir que no todos los matrimonios se basan en el amor -alegó.
    – No, supongo que no.
    – ¿Cómo se llamaba su marido?
    Ella dudó antes de responder.
    – Richard.
    Genevieve había contestado exactamente lo que Simon esperaba. Richard era el nombre de lord Ridgemoor, el hombre que la había rechazado. Empezaba a pensar que el señor Ralston era una invención de Genevieve.
    Justo entonces, se preguntó si sabría que el conde había fallecido. La respuesta sería indudablemente afirmativa si ella había participado de algún modo en el asesinato; pero no necesariamente en otro caso.
    – Tal como pronuncia su nombre, se nota que lo amaba.
    Genevieve apartó la mirada, pero no antes de que Simon notara las lágrimas en sus ojos.
    – Sí -susurró ella-. Lo amaba.
    Sus palabras sonaron tan sinceras que Simon la tomó de la mano.
    – Lo siento mucho.
    Ella permaneció en silencio, muy quieta, durante unos segundos. Después, se estremeció, le apartó la mano y se levantó.
    – Debo marcharme -dijo, alterada.
    Simon también se levantó.
    – ¿Se encuentra bien?
    – Sí, estoy perfectamente. Acabo de recordar que tenía una cita y que ya llego tarde. Gracias por el paseo, señor Cooper. Buenos días.
    Acto seguido, Genevieve dio media vuelta y se marchó.
    Aunque Simon sintió la tentación de seguirla, se contuvo. Sabía que no tenía ninguna cita, que aquello sólo había sido una excusa para marcharse; pero desconocía si había reaccionado así por la mención de su difunto esposo, en el caso de que realmente hubiera existido, o porque el contacto de su mano la había incomodado en exceso.
    Suspiró y se sentó en el banco para esperar a Benjamin y a la perrita. Genevieve Ralston era una fuente interminable de preguntas sin respuesta. Además, no estaba siendo sincera con él. Comprendía que no quisiera confesar que había sido amante de un noble durante diez años, pero había mentido sobre su pasado. Y también había mentido, por omisión, al no reconocerse autora del libro más escandaloso de la década.
    En cualquier caso, él no era quién para juzgarla. La había engañado sobre sus motivos para permanecer en Little Longstone y sobre su verdadera identidad.
    Suspiró otra vez. Debía recobrar su buen juicio, concentrarse en la búsqueda de esa maldita carta, llevarla a Londres, entregársela a Waverly y aclarar las cosas. Era lo único importante. Y sin embargo, deseó que su vida fuera distinta y que las circunstancias no lo obligaran a mentir constantemente. Decir la verdad debía de ser un sentimiento increíblemente liberador.
    Todavía estaba dándole vueltas al asunto cuando sintió un escalofrío que reconoció de inmediato. La experiencia de ocho años como espía había agudizado su instinto.
    Alguien lo estaba observando.
    Miró hacia la multitud, pero nadie se estaba fijando en él. Se levantó tranquilamente, para no levantar sospechas, y echó un vistazo a su alrededor. Entre las docenas y docenas de personas que asistían a la feria no había una sola que lo estuviera mirando; sin embargo, sabía que lo vigilaban y notaba el peligro.
    Él único que conocía su paradero era Ramsey, su mayordomo, y le había jurado que lo mantendría en secreto. Volvió a mirar a su alrededor y la sensación desapareció de repente, como si el causante ya no se encontrara en las cercanías.
    Simon supo instintivamente que aquello estaba relacionado con la carta. Tenía que encontrarla. Deprisa. Antes de que cayera en otras manos.

Capítulo Ocho

    Genevieve cruzó el dormitorio y se detuvo en la ventana para mirar al jardín. La luz de la luna bañaba los caminos de grava que serpenteaban entre los setos y los macizos de flores. Normalmente era una visión que la tranquilizaba, pero aquella noche no tuvo ningún efecto en ella. Sus pensamientos eran un maremágnum desde su paseo matinal con el señor Cooper; no dejaba de pensar en la conversación que habían mantenido, en las risas y en el coqueteo.
    Pero sobre todo, en su contacto.
    Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el cristal frío, recordando la sensación de sus dedos en el hombro. Parecía mentira que algo tan insignificante pudiera despertar tal deseo en ella. Sabía que tendría que haberse marchado entonces, en ese preciso momento, pero disfrutaba de su compañía y de la admiración y la atracción de sus ojos.
    Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se había sentido deseada; mucho tiempo desde la última vez que había experimentado la tensión de la necesidad sexual. Así que, en lugar de atender la voz de su sentido común, se quedó en el banco y se dedicó a deleitarse con sus atenciones.
    Todo cambió cuando la tomó de la mano. No esperaba que lo hiciera, ni estaba preparada para una emoción tan intensa. El miedo la paralizó durante unos momentos. Temió que notara la deformidad de sus dedos bajo los guantes, que conociera su fealdad, la desfiguración por la que Richard la había abandonado.
    El calor de su mano penetró la suave piel y se fundió con su miedo en un fuego que amenazaba con dominarla y abocarla a la necesidad irresistible de responder a sus caricias con caricias. Pero conocía muy bien ese camino; sabía que terminaba en el dolor y en el rechazo. No podía volver a pasar por eso.
    A pesar de ello, se imaginó desnuda en su cama. Se imaginó besándolo, tocándolo, explorándolo con unas manos perfectas que ya no eran las suyas.
    Apretó los muslos con fuerza para intentar contener las ansias de su cuerpo, pero la fricción sólo sirvió para frustrarla un poco más. Sólo había una cosa que pudiera calmarla en esas circunstancias: un baño en el manantial. Era tarde, más de las doce, pero no importaba; tenía la costumbre de visitar las aguas termales a cualquier hora del día o de la noche, cuando le dolían las manos, y aquel dolor no era tan distinto en el fondo.
    Se quitó las zapatillas, se puso unas botas y alcanzó la pistola que tenía oculta en el armario. Aunque nunca se había sentido amenazada por personas o animales salvajes durante sus paseos por los alrededores, prefería ser cauta.
    Bajó por la escalera y se puso una de las capas que estaban junto a la entrada principal. Después, se guardó la pistola en un bolsillo y salió de la casa sin hacer ruido, aunque sabía que no era necesario; Baxter se alojaba en la esquina más alejada del edificio y siempre dormía como un tronco. Sin embargo, no quería arriesgarse a que la oyera y se opusiera a que saliera sola a esas horas. Lo que no supiera, no le preocuparía.
    La luna brillaba con todo su esplendor, pero habría encontrado el camino hasta en la oscuridad. En cuanto sintió el aire fresco de la noche, se sintió mejor. Cinco minutos después, se encontró en el estanque de aguas termales; era pequeño, de apenas dos metros y medio de anchura, y se encontraba entre unas rocas que lo ocultaban casi por completo.
    Genevieve se quitó los guantes, la capa, el vestido y las botas, quedando sin más prenda que la camisa interior. Después, dejó la pistola sobre el montón de ropa, para tenerla a mano en su caso, y se introdujo en el agua.
    Se sentó en una roca lisa y soltó un suspiro largo y satisfecho al sentir el calor. El dolor de sus manos cedió poco a poco, y la tensión de sus músculos se disipó del mismo modo. Cerró los ojos e intentó borrar de su mente cualquier pensamiento. Por desgracia, no tardó en recrear las mismas imágenes de las que había huido con desesperación; imágenes en las que Simon Cooper era el personaje principal.
    Gimió, separó las piernas y se levantó la camisa hasta la cintura. El agua burbujeante acarició su sexo expuesto y excitado, pero no bastó para aliviarla. Genevieve introdujo una mano entre sus muslos y empezó a acariciarse mientras llevaba la otra mano a uno de sus senos. Imaginó que era él quien la frotaba, la pellizcaba, la acariciaba; que estaba con ella en el estanque y la devoraba con los ojos.
    Volvió a gemir, intentando alcanzar el alivio a su tensión. Y estaba a punto de llegar al clímax cuando oyó un crujido entre los árboles y una catarata de improperios pronunciados por una voz ronca, de hombre.
    Abrió los ojos, miró a su alrededor y alcanzó la pistola.
    – Maldita sea, ven aquí…
    Genevieve no podía ver a nadie, pero estaba cerca.
    Un segundo después, Belleza apareció en lo alto de las rocas. Su amo la seguía tan de cerca que faltó poco para que cayera al agua.
    – ¿Qué demonios…?
    Era evidente que había visto la pistola, porque levantó las manos.
    – ¿Señor Cooper?
    El alivio que sintió al reconocerlo fue poco en comparación con la vergüenza que la inundó. Había estado pensando en él mientras se tocaba, buscando el orgasmo. Y ahora estaba allí, tal alto, fuerte y masculino como de costumbre.
    Al escuchar su nombre, Simon parpadeó.
    – ¿Señora Ralston? ¿Qué está haciendo aquí?
    Genevieve arqueó las cejas.
    – Soy yo quien debería formular esa pregunta. A fin de cuentas, se encuentra en mi propiedad.
    – Y yo estaré encantado de responderla si tiene la amabilidad de bajar la pistola. A no ser, por supuesto, que pretenda disparar…
    – Tiene suerte de que no lo haya hecho.
    Ésta vez fue él quien arqueó las cejas.
    – ¿Sabe usarla?
    Ella sonrió con dulzura.
    – Perfectamente. ¿Necesita que se lo demuestre?
    – No, no, acepto su palabra. Pero si no tiene inconveniente…
    – Parece algo incómodo, señor Cooper.
    – ¿En serio? Es que me ha dado una buena sorpresa. No esperaba que me apuntaran con una pistola en pleno campo. Ni encontrarme con una mujer desnuda y mojada.
    Genevieve se ruborizó.
    – No estoy desnuda.
    – Qué… desafortunado -acertó a decir-. Pero en fin, le aseguro que no necesitará esa pistola conmigo.
    Ella bajó el arma, muy a su pesar. Aunque sabía que Simon no suponía ninguna amenaza, el frío metal había servido para que se sintiera menos insegura y expuesta. Sobre todo teniendo en cuenta que sólo llevaba la camisa y que estaba metida en el agua hasta los hombros.
    – Me ha dado un susto de muerte. ¿Qué hace aquí? -preguntó ella, entrecerrando los ojos-. ¿Es que me estaba espiando?
    La mirada de Simon se clavó en la parte superior de los senos de Genevieve, visibles bajo el agua, antes de volver a sus ojos.
    – No, en absoluto. Aunque de haber sabido que realizaría un descubrimiento tan fascinante, no habría podido resistirme a la tentación de…
    – ¿Espiarme?
    – No, de llegar antes.
    Genevieve sintió un escalofrío. Si hubiera llegado unos segundos antes y ella no hubiera notado su presencia, la habría visto mientras se acariciaba.
    Al pensar en ello, sus pezones se endurecieron.
    – Todavía no me ha explicado el motivo de su presencia en mi propiedad, señor Cooper.
    – Belleza… ha sido por su culpa.
    Genevieve miró a la perrita, que ladró junto al montón de ropa.
    – Me ha traído corriendo desde Little Longstone -continuó él-. Y luego se ha escapado y me ha obligado a seguirla hasta aquí.
    – Comprendo.
    Belleza se tumbó sobre la ropa y cerró los ojos.
    Simon la miró con una mezcla de humor y enojo.
    – Mírela. Hace que cruce medio condado y ahora se tumba y se echa una siesta. ¿Por qué no te has dormido unos cuantos kilómetros antes, pequeño monstruo?
    Genevieve apretó los labios para no reír.
    – El ejercicio es bueno para el cuerpo y para el espíritu, señor Cooper.
    – Sí, por la mañana o por la tarde, no en mitad de la noche. A estas horas es una desgracia… ¿seguro que no quiere una perra?
    Ella rió.
    – No, gracias. Si la llevara a casa, Sofía se lo tomaría a mal.
    – ¿Y si se la cambio por su gata?
    – Estoy tentada de aceptar el ofrecimiento, porque sé que no lo dice en serio. Adora a esa perrita… no me lo niegue.
    – Sí, es verdad. Cuando está dormida, es un ángel.
    – ¿Qué ha pasado con el hombre que disfrutaba con los retos?
    – Sigue aquí, pero se ha quedado sin aliento después de la caminata y de mirarla a usted -contestó, mientras se sentaba-. Una visión maravillosa, por cierto. Pero ahora es su turno… ¿Qué está haciendo aquí?
    – Yo diría que es obvio. Tomando las aguas.
    – ¿A esta hora de la noche? -preguntó, mirando a su alrededor-. ¿Sola?
    – Lo hago con frecuencia. Me ayuda a dormir. Y estaba completamente sola hasta que Belleza y usted se han presentado en el claro.
    Simon extendió un brazo y jugueteó con el agua.
    – ¿Baxter no está en las cercanías?
    – No.
    – En tal caso, no debe de saber que ha salido. Es muy protector y no sé lo permitiría.
    – No, no lo sabe. Pero no es asunto suyo; ni de usted, por cierto. Como ha tenido ocasión de comprobar, voy armada… Aunque esto no es Londres; aquí no hay delincuentes que acechen en las sombras. De hecho, usted es la primera persona con quien me encuentro durante mis escapadas nocturnas.
    – ¿Y dice que viene con frecuencia? ¿A medianoche?
    Genevieve apartó la vista de la imagen extrañamente excitante de los dedos de Simon, que seguía jugueteando con el agua.
    – A decir verdad, sí.
    – Y ha venido esta noche porque no podía dormir.
    El comentario de Simon, pronunciado con voz ronca, no fue tanto una pregunta como una afirmación.
    – Sí.
    – ¿Y por qué no podía dormir?
    Genevieve pensó que no podía porque no dejaba de pensar en él, de imaginar que la tocaba, la besaba y le hacía el amor. Porque el deseo que sentía era tan abrumador que no lograba concentrarse en nada más.
    – Por nada en particular -respondió.
    – A mí me pasa lo mismo; tampoco podía dormir. Por eso salí con Belleza a dar un paseo… para cansarnos.
    Ella miró a la perrita.
    – Con ella ha funcionado bien.
    – Pero no conmigo.
    Los dos quedaron en silencio. Los ojos dé Simon brillaron mientras trazaba círculos lentos e hipnóticos en la superficie del agua. Genevieve tuvo que esforzarse por mantener una respiración tranquila y regular bajo el escrutinio de su mirada; quería pedirle que se marchara inmediatamente, antes de que fuera demasiado tarde, pero no conseguía pronunciar las palabras. Y se preguntó si él estaría sintiendo la misma tensión y la misma atracción insoportables qué ella.
    – El agua está caliente. Apetecible.
    Ella asintió.
    – Sí.
    Simon la miró a los ojos.
    – ¿No va a preguntarme por qué no podía dormir?
    Genevieve tragó saliva y habló en un murmullo.
    – ¿Por qué no podía dormir?
    – Por usted. Porque no podía dejar de pensar en usted.
    Simon se quitó una bota, retiró el calcetín y repitió la operación con la siguiente. Genevieve miró sus pies desnudos con asombro, boquiabierta.
    – ¿Qué…? ¿Qué está haciendo?
    – Explicarle por qué no podía dormir. Cada vez que cerraba los párpados, veía su cara, su sonrisa, sus ojos. ¿Tiene idea de lo extraordinarios que son sus ojos?
    – No…
    – Son del tono azul más bello que he visto nunca, como un cielo despejado en un día de verano. Y esas motas doradas… son deslumbrantes, y muy expresivos. Pero no siempre; a veces no logro interpretar su expresión y me siento tan frustrado que…
    – No, no, preguntaba qué estaba haciendo con sus botas…
    – Ah, eso. Quitármelas.
    – Sí, ya lo he visto. Pero, ¿por qué?
    – Porque son mis botas viejas preferidas y no quiero que se estropeen con el agua.
    Simon se levantó, se quitó la chaqueta y empezó a quitarse el pañuelo.
    – ¿Y qué está haciendo ahora?
    – Quitarme el pañuelo.
    – ¿Por qué?
    – Porque no puedo quitarme la camisa si no me quito antes el pañuelo. Ha dicho que el agua está bien…
    – Sí, es cierto, pero…
    Las palabras se le ahogaron en la garganta cuando se quitó la camisa por encima de la cabeza.
    Era impresionante. Aunque a Simon Cooper no le gustara hacer ejercicio a medianoche, su cuerpo demostraba que lo ejercitaba con frecuencia en horas menos intempestivas. La mirada estupefacta de Genevieve recorrió su pecho ancho, de músculos bien definidos y una sombra de vello negro que descendía por su estómago y desaparecía por debajo de sus pantalones, hacia el abultamiento clamoroso de su parte delantera. Al parecer, ella no era la única persona que estaba excitada.
    Antes de que pudiera tomar aire, Simon se acercó al borde del estanque.
    – ¿Qué está…? ¿Qué está haciendo ahora?
    Simon entró en agua.
    – Unirme a usted.

Capítulo Nueve

    Sus palabras expulsaron el oxígeno de los pulmones de Genevieve, que lo miró con asombro mientras él movía los brazos en el agua, sin apartar la vista de sus ojos, y la hechizaba con las flexiones de sus músculos. Sabía que debía decir algo, exigir que se detuviera, pero de su boca sólo habrían salido halagos; tanto era así, que tuvo que hacer un esfuerzo por apretar los labios y seguir callada.
    – Tiene razón -dijo él con una voz ronca que la estremeció-. El agua está muy buena.
    Genevieve se apretó contra la pared del estanque, dividida en una combinación de sorpresa, miedo y deseo. Pero logró reaccionar, salir de su estupor y alzar la barbilla antes de decir:
    – Sólo era la constatación de un hecho, señor Cooper. No una invitación.
    Simon avanzó lentamente hacia ella.
    – ¿Ah, no? A mí me ha parecido que sí. Porque entre nosotros hay algo; algo que he sentido desde que la vi por primera vez… un deseo tan fuerte que no me deja pensar con claridad.
    Simon se detuvo justo delante de ella y apoyó las manos en la orilla del estanque, atrapándola entre sus brazos. Apenas los separaban unos centímetros, una distancia que resultaba demasiado cercana e intolerablemente lejana a la vez.
    Genevieve dio gracias a la oscuridad de la noche y a las sombras. Estaba haciendo todo lo posible por mantener la compostura, pero si hubiera habido más luz, su expresión la habría traicionado y Simon habría sabido que lo deseaba.
    – ¿Es capaz de mirarme a los ojos y afirmar que el sentimiento no es recíproco? -preguntó él, observándola con intensidad.
    Ella no dijo nada. No podía negar lo evidente, pero tampoco podía decir la verdad. Si admitía que se sentía atraída por él, provocaría una situación que no estaba dispuesta a afrontar.
    Antes de que pudiera hablar, Simon inclinó la cabeza y se acercó tanto que sus labios casi se rozaban. Su aroma, una mezcla deliciosa de olor a jabón y a piel caliente, con un fondo de sándalo, la rodeó.
    – ¿Puede sentirlo? -preguntó él-. Por Dios, diga algo… dígame que no soy el único que lo siente.
    Genevieve se sintió dominada por el deseo.
    – No, no es el único -susurró.
    – Menos mal…
    Al instante siguiente, Simon la tomó entre sus brazos y la besó. Genevieve entreabrió los labios y dio la bienvenida a la invasión de su lengua. Estaba completamente perdida. Sus sentidos cobraron vida con emociones que creía olvidadas. Simon era fuerte, duro, sólido, y sabía a menta y a brandy.
    Al sentir la presión de su erección contra el estómago, Genevieve gimió. Luego, pasó los brazos a su alrededor e introdujo los dedos entre su pelo para atraerlo hacia ella.
    Simon interrumpió el beso para besarle el cuello, mientras le acariciaba la espalda.
    – Sabe tan bien…
    Genevieve le habría devuelto el cumplido de buena gana, pero las manos de Simon se cerraron sobre sus senos y le robaron la capacidad de hablar. Después, empezó a acariciarle los pezones y se apartó el tiempo suficiente para bajarle la camisa hasta la cintura, de tal manera que la prenda flotó en la superficie del agua.
    Ella se arqueó en un ruego silencioso y suspiró cuando él sé introdujo uno de los pezones en su boca. Genevieve cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y cerró los puños sobre su cabello, urgiéndolo a tomar más, a perderse en el placer de tocar y ser tocado.
    – Son preciosos. Maravillosamente bellos -murmuró contra su piel.
    Simon siguió jugueteando con su pezón y acariciándole el otro seno mientras llevaba la mano libre al trasero desnudo de Genevieve.
    Incapaz de permanecer inmóvil, ella alzó una pierna y la cerró sobre sus caderas en una invitación flagrante a que la poseyera sin más. Cuando Simon la acarició entre los muslos, Genevieve echó la cabeza hacia atrás y soltó un largo grito de deleite que se fundió con las oleadas de placer que recorrían su cuerpo. Él introdujo un dedo y luego dos en su sexo y logró que ella volviera a gemir. Estaba desesperada, fuera de sí; sólo deseaba una cosa.
    Alzó la otra pierna y la erección de Simon se apretó directamente contra su clítoris. Ya no podía soportarlo más. Los últimos vestigios de su razón habían desaparecido.
    – Más -exigió con una voz que ni ella misma reconoció-. Más, quiero más. Por favor… Ahora…
    Simon introdujo un tercer dedo en ella y la besó tan apasionadamente que la combinación de caricias bastó para llevarla al orgasmo. Genevieve gritó y se apretó contra él, satisfecha, completamente saturada de placer.
    Cuando los espasmos se convirtieron en estremecimientos leves, se sentía tan débil que se habría hundido en el agua si él no la hubiera sostenido con sus brazos.
    – Cuánto lamento que esté tan oscuro -le confesó él-. Quiero verla…
    Las palabras de Simon la sacaron del estupor lánguido en el que se había sumido y le recordaron que de no haber sido por esa misma oscuridad, no se habría dejado llevar por el deseo y no habría pasado nada.
    Cerró los ojos, sin poder creer lo que había pasado. Se había entregado a él sin inhibiciones y sin dudas, pero también sin control y sin capacidad alguna para resistirse. Los diez años que había estado con Richard le habían servido para aprender a seducir, pero la seducida, esta vez, era ella.
    Simon la había conquistado con la más inocente de las frases: «Dígame que no soy el único que lo siente». Y ella había hecho el amor con un hombre al que apenas conocía, con un hombre al que había usado para su placer sin dar nada a cambio. Algo completamente nuevo en su vida. Algo que una buena amante no debía hacer.
    Avergonzada y algo aturdida, Genevieve tomó aliento y lo miró. Simon parecía devorarla con los ojos.
    – Lo siento, señor Cooper… Yo…
    Él le acarició los labios y la dejó sin habla.
    – Llámame Simon, te lo ruego. Creo que ya podemos tutearnos… Genevieve.
    Ella se estremeció al oír su nombre.
    – Como quieras, Simon… Sólo quería decir que lo lamento. Me he dejado llevar y no he hecho nada salvo…
    – ¿Qué no has hecho nada? Qué cosas dices -declaró con pasión-. Eres… exquisita. Encantadora. Arrebatadora. Una mujer increíble y absolutamente deliciosa.
    Simon le mordió el lóbulo. Genevieve suspiró.
    – No me arrepiento de lo que ha pasado entre nosotros…
    – Me alegro, porque yo tampoco. Ha sido un placer.
    – Esa es precisamente la cuestión, el placer. Porque sólo lo he sentido yo.
    – Te equivocas. El placer ha sido mutuo.
    Genevieve le acarició la espalda.
    – ¿En serio?
    Ella bajó la mirada hasta la entrepierna de Simon. Había estado tan concentrada en sí misma que no había notado nada más; pero efectivamente, la erección de su amante había bajado de forma considerable.
    – En serio. Oír, contemplar y sentir tu orgasmo ha sido una experiencia tan asombrosa que no he podido resistirme a la tentación -le confesó él.
    Genevieve se sintió extrañamente satisfecha.
    – Así que has decidido imitarme…
    Simon soltó una carcajada.
    – No he podido evitarlo. Eres tan… potente -dijo, tomando su cara entre las manos-. Además, mis pantalones ya estaban mojados.
    Simon se puso serio de repente.
    – Por mucho que me apeteciera estar en tu interior, me alegro de haberme contenido. Sé que mis actos indican otra cosa, pero suelo ser un hombre cauto. No permito que las pasiones me gobiernen; controlo mis emociones de forma mucho más…
    – ¿Estricta?
    – Sí.
    – Entonces, sólo diré que me alegra que te no hayas quedado con las manos vacías. Y me halaga que aliviaras tu deseo.
    Él la miró y frunció el ceño.
    – Sí, eso es exactamente lo que has conseguido; y sin esfuerzo alguno… Me asusta pensar en lo que podría haber pasado si hubieras utilizado conmigo tus tácticas femeninas.
    – No te habría asustado, te lo aseguro. Te habría parecido fascinante.
    Genevieve frotó los senos contra su pecho y sonrió de forma maliciosa.
    – Estoy convencido de ello -murmuró-. Sobre todo ahora, cuando mi ardor ha pasado… la próxima vez, duraré más.
    – ¿La próxima vez? Eso suena algo…
    – ¿Presuntuoso? -la interrumpió-. Sí, lo sé; pero te he deseado desde que te vi por primera vez. No te engañes, Genevieve, quiero hacerte el amor. Sin embargo, sólo te puedo ofrecer los quince días que permaneceré en Little Longstone; es un detalle importante, que deberías tomar en consideración.
    Simon se detuvo un momento, la miró a los ojos y siguió hablando.
    – Esta noche nos hemos dejado llevar por la pasión del momento -continuó-. Adoro la espontaneidad, pero no hago nada sin valorar las consecuencias de mis actos. Todas las aventuras tienen repercusiones; aunque se lleven con cuidado, pueden dar pie a un escándalo. Yo me marcharé, pero tú seguirás aquí y podrías sufrir la censura publica si se llegara a saber. Incluso podrías quedarte embarazada…
    – Simon…
    – Te deseó, Genevieve, pero no quiero que tomes una decisión de la que más tarde te arrepientas. Piénsalo con detenimiento: Si mantenemos una relación, será porque los dos lo queramos.
    Ella no supo qué decir; la deseaba y, sin embargo, contenía su deseo y le pedía que reflexionara y que tomara una decisión en frío. Hasta se había preocupado por la posibilidad de que se quedara embarazada y de que su posición en Little Longstone se viera comprometida. Y por si eso fuera poco, era tan sincero como para recordarle que sólo permanecería dos semanas en el condado.
    Genevieve era una mujer de mundo y sabía que muy pocas personas se habrían comportado así en esas circunstancias. Habrían tomado lo que se les ofrecía, sin pensar en las consecuencias; mínimas seguramente para él, pero costosas para ella.
    Por otra parte, su deseo estaba fuera de duda; Simon se había excitado de nuevo y ella podía sentir su erección contra el cuerpo. Esa era, con gran diferencia, la mejor demostración de su honradez; quería tomarla, pero se controlaba y le ofrecía algo que Richard no le había ofrecido nunca: la posibilidad de elegir. Genevieve no se había convertido en amante del conde por voluntad propia, sino empujada por la necesidad y la desesperación. Sencillamente, no había podido elegir.
    Apartó las manos de Simon y retrocedió. Tenía mucho en lo que pensar. Sobre todo, porque estaba segura de que su deseo moriría en cuanto le viera las manos. Y no estaba preparada para sufrir otro rechazo.
    – Agradezco tu preocupación, Simon, así como tu paciencia. Pensaré en ello, créeme. Pero ahora, será mejor que vuelva a casa.
    Ella le dio la espalda y se volvió a poner la camisa. Después, se la ajustó, se apoyó en unas rocas y salió del agua.
    La carne se le puso de gallina al sentir el aire fresco de la noche. Alcanzó la ropa sin molestar a Belleza, que seguía dormida, y se vistió. Quedaba la pistola, que se guardó en uno de los bolsillos.
    Ahora, sintiéndose mucho menos vulnerable que antes, se giró hacia el agua. Simon también había salido; se estaba poniendo la chaqueta y la miró a los ojos.
    Durante unos segundos no hicieron otra cosa que mirarse. Genevieve volvió a sentir el mismo deseo, aunque mezclado con algo más, algo que no había experimentado nunca. Querría arrojarse a sus brazos y apretarlo con fuerza. Quería inhalar su aroma, sentir su fuerza, aferrarse a él y no volver a soltarlo. La idea le pareció tan extraña que sacudió la cabeza e intentó recobrar su buen juicio.
    – ¿Tienes frío? -preguntó él, acercándose.
    – No.
    Él se detuvo y la observó como si Genevieve fuera un enigma que se sentía incapaz de resolver. Sus ojos brillaban de deseo, pero en lugar de besarla, se inclinó y recogió a la perrita. Belleza abrió un ojo, bostezó y se apretó contra el pecho de su amo.
    – Hace un rato, cuando la perseguía por los bosques, estuve tentado de cambiarle el nombre y llamarla Diablesa lametona, Corredora incansable o Desgracia monumental. Pero ahora la llamaría Hada, porque gracias a ella he vivido algo mágico -declaró Simon-. Se ha ganado el hueso más grande de Inglaterra.
    – Y tú que pensabas que sólo te daba problemas…
    – Y me los da, pero es evidente que siento debilidad por los problemas. Y por otras cosas -añadió, recorriendo su cuerpo con la mirada-. En fin, será mejor que nos marchemos. Si seguimos aquí, se nos hará de día. ¿Vamos?
    Simon le ofreció el brazo. Genevieve lo aceptó y caminaron hacia la casa.
    Durante unos minutos, el único sonido que se oyó fue el de sus pasos sobre las hojas secas. Pero luego, por motivos que ni ella misma alcanzaba a comprender, declaró:
    – Hacía tiempo que no paseaba por el campo con un hombre.
    Simon se giró hacia ella.
    – Será porque querías pasear sola. De haber deseado un acompañante, sólo habrías tenido que chasquear los dedos y tu casa se habría llenado de pretendientes.
    Genevieve sonrió.
    – Sobrestimas mis encantos, Simon.
    – En absoluto. Eres tú quien los sobrestima. ¿Es que no tienes espejos?
    – Sí, y no mienten.
    – Entonces, necesitas gafas.
    Genevieve estaba a punto de discutírselo cuando Simon se detuvo en seco y la arrastró hacia la oscuridad, como si no quisiera que los vieran.
    – La puerta de tu casa está abierta -explicó.
    Él se inclinó, se sacó un cuchillo de la bota y añadió:
    – Dame tu pistola.
    Genevieve se estremeció y se llevó la mano al bolsillo donde la había guardado.
    – No será necesario. No la llevo como adorno… soy buena tiradora.
    – Estoy seguro de ello, pero ¿serías capaz de disparar a un ser humano?
    – Sí fuera preciso…
    Simon la miró y asintió.
    – Bueno, esperemos que no lo sea. Quédate detrás de mí y prepárate para salir corriendo si las cosas se complican. Ah, y no me dispares a mí…
    Simon salió del follaje y caminó hacia la casa con cautela, vigilando los alrededores. Genevieve lo siguió, nerviosa. ¿Sería posible que Richard hubiera ido a recoger la carta? De ser así, no quería que Simon lo tomara por un intruso y lo atacara.
    Llegaron al camino de piedra y entraron en el vestíbulo. Baxter yacía en el suelo, con una mancha oscura en la cara que sólo podía ser una cosa: sangre.

Capítulo Diez

    Simon se arrodilló junto a Baxter y miró a su alrededor. Justo cuando llevó los dedos a su cuello para comprobar si tenía pulso, el gigante gimió y se movió un poco.
    – Está volviendo en sí -dijo Simon, lacónico-. Tengo que ver si hay alguien en la casa…
    Tomó a Genevieve de los hombros, la empujó suavemente contra la pared y añadió:
    – No sueltes la pistola. Quédate aquí hasta que vuelva.
    – Pero Baxter…
    – Estará bien, no te preocupes.
    – No puedo dejarlo en el suelo…
    – Ni ganaríamos nada si el intruso sigue en la casa y te sorprende porque te has arrodillado para cuidar de tu mayordomo. Tardaré poco.
    Tras una duda breve, ella asintió.
    Simon desapareció, cuchillo en mano. Su instinto le decía que la casa estaba vacía, y no tardó en comprobarlo. La última habitación que miró antes de volver al vestíbulo fue el dormitorio de Genevieve. En ese momento tuvo una corazonada y abrió el cajón del tocador donde guardaba la ropa interior; faltaba una cosa importante: la caja del conde ya no estaba entre la lencería.
    Se preguntó si se la habría llevado el intruso o si Genevieve la habría cambiado de sitio. En cualquier caso, estaba seguro de que lo sucedido no era casual; estaban buscando algo, y seguramente era la carta.
    Cuando regresó con Genevieve y Baxter, dijo:
    – No hay nadie.
    Ella asintió y se arrodilló junto al gigante.
    – Ha gemido varias veces y acaba de abrir los ojos.
    – Magnífico. Encárgate de él. Vuelvo enseguida.
    Salió de la casa y recogió a Belleza, que se había quedado dormida encima del felpudo. Al volver al interior, Genevieve estaba limpiando la herida de Baxter con un pañuelo.
    – ¿Qué tal está?
    – Consciente.
    Baxter intentó sentarse. Simon se lo impidió.
    – Maldita sea… la cabeza me duele como si un batallón de demonios me estuviera acribillando con sus horcas. ¿Qué diablos he bebido?
    – No has bebido nada -le informó Genevieve-. Te han dejado inconsciente.
    Baxter frunció el ceño.
    – ¿Inconsciente?
    – Sí. Alguien ha entrado en la casa y la ha registrado -explicó Simon mientras examinaba el chichón de su cabeza-. Necesitamos más luz…
    Ella se levantó y volvió un minuto después con una lámpara de aceite que dio un tono dorado al vestíbulo.
    – Qué dolor de cabeza…-insistió Baxter.
    – ¿Has visto a tu agresor?
    Baxter sacudió la cabeza y respondió:
    – No, sólo he oído un ruido seco, como de un cristal al romperse. Pensé que Sofía habría hecho una de las suyas y bajé a comprobarlo -explicó, mirando a Genevieve-; no quería que te cortaras al levantarte por la mañana. Pero ese canalla no te ha hecho nada, ¿verdad, Gen?
    – No. Estoy bien.
    Baxter miró entonces a Simon y entrecerró los ojos.
    – ¿Qué hace este hombre aquí?
    – Acompañaba a Genevieve a casa. Cuando llegamos, la puerta estaba abierta.
    – ¿Acompañándola a casa?
    Baxter intentó incorporarse otra vez, pero esta vez lo consiguió porque tuvo el apoyo de Genevieve y del propio Simon.
    – Genevieve ya estaba en casa -afirmó Baxter-. ¿Quién me dice que no ha sido usted el que me ha atacado?
    Genevieve se adelantó a Simon en la respuesta.
    – Salí a bañarme en el manantial. Simon estaba paseando a Belleza y se ofreció a acompañarme.
    Baxter parpadeó.
    – ¿Cómo se te ocurre salir a bañarte en plena noche?
    – Descuida, me llevé la pistola por si tenía que defenderme.
    – Pero no le has disparado a él.
    – Yo no la acechaba -se defendió Simon-, sólo estaba paseando. Genevieve, ¿sabes si recientemente se han sufrido robos en la zona?
    – No que yo sepa.
    – Es importante que revises las habitaciones y veas si se han llevado algo. ¿Guardas objetos valiosos en la casa?
    Los ojos de Genevieve brillaron de forma extraña.
    – Unas cuantas joyas, pero nada especialmente valioso.
    – Entonces, vamos a vendarle la herida a Baxter. Después, te acompañaré y revisaremos tus posesiones a conciencia.
    Mientras Genevieve se encargaba de vendar al mayordomo, Simon lo ayudó a levantarse y lo llevó hacia la sala de estar. No fue fácil, porque pesaba mucho.
    Todavía estaban en el pasillo cuando el gigante comentó:
    – No crea que no sé lo que pretende.
    – ¿Lo que pretendo?
    – He visto cómo mira a Genevieve.
    – ¿Y cómo la miro?
    – Como si fuera una chuleta de cerdo y usted un chucho hambriento. Pero se lo advierto; no voy a permitir que le haga daño.
    Baxter se detuvo, se apartó de Simon y lo miró con frialdad, dejando bien claro que estaba dispuesto a romperle todos los huesos.
    – No tengo ninguna intención de hacerle daño.
    Simon dijo la verdad. Esperaba que Genevieve hubiera sacado la carta de la caja de alabastro por motivos perfectamente inocentes.
    – Sus intenciones importan muy poco. Podría hacerle daño de todas formas, y Genevieve no lo merece. Ya lo ha pasado bastante mal -declaró, inclinándose sobre él-. Si le hace daño, yo se lo haré a usted. Considérese advertido.
    – Muy bien, ya ha dicho lo que tenía que decir. Ahora, permita que le limpiemos y vendemos la herida para que pueda protegerla mejor… de quien sea que haya entrado en la casa.
    Baxter gruñó y siguió caminando.
    – Ese canalla lo va a lamentar cuando lo encuentre. Pero, ¿en qué diablos pensaba Genevieve al salir a estas horas e internarse sola en el bosque? ¿Y qué estaba haciendo usted en su propiedad? Espiándola, seguro…
    – No, simplemente seguía a mi perra. Se escapó y corría tanto que me extraña que no hayamos terminado en Escocia. Alégrese, Baxter; ha sido una suerte que Genevieve hubiera salido. Si el intruso la hubiera encontrado, la habría dejado inconsciente como a usted. O quizá le habría hecho algo peor.
    Entraron en la sala de estar. Baxter se sentó en un sillón, delante de la chimenea. Genevieve apareció segundos más tarde con un cuenco lleno de agua y varias tiras de lino limpio. Caminó hacia Baxter y dijo a Simon:
    – Yo me encargaré de él. Hay una botella de whisky en el cajón inferior de la mesa. ¿Puedes servirle una copa? Y tómate también una, si te apetece.
    Simon caminó hacia la mesa. Había dos cajones inferiores, uno a cada lado, pero sabía dónde encontrar la botella porque la había visto durante uno de sus registros.
    Sirvió una porción generosa al mayordomo y una más pequeña para él mientras Genevieve le limpiaba la herida con manos firmes y, todavía, enguantadas. Por la expresión de Baxter, supo que estaba acostumbrado a verla con guantes y se preguntó, por enésima vez, qué le habría pasado. Fuera lo que fuera, no tenía ningún efecto en sus caricias. Aún recordaba el contacto de sus dedos en el pelo.
    Se acercó al sillón y le dio su copa a Baxter. El gigante le dio las gracias con un gruñido y se bebió el contenido en dos tragos largos.
    – ¿Tendrás que darme puntos, Gen?
    Genevieve alzó la lámpara de aceite para examinarle la herida con más atención.
    – Es una herida leve. No está mal, para variar… -dijo, sonriendo.
    Simon sintió curiosidad y estuvo a punto de preguntar cómo se habían conocido. Le parecía extraño que una dama como Genevieve hubiera terminado en compañía de un rufián como Baxter, sobre todo porque se comportaban como si fueran amigos de toda la vida. Pero se contuvo y decidió esperar a quedarse a solas con ella.
    – ¿Es que a Baxter lo golpean con regularidad?
    – No -respondió mientras le secaba la sangre-. Por lo menos, no en los últimos tiempos… Pero en su juventud se metió en unos cuantos altercados y sufrió heridas importantes.
    Baxter soltó una risotada.
    – Los otros tipos terminan sistemáticamente peor que yo. ¿Verdad, Gen?
    Ella sonrió.
    – Sí, siempre.
    Baxter frunció el ceño.
    – Pero esta vez no ha sido así… cuando encuentre a ese ladrón, se va a enterar. Menos mal que no estaba durmiendo cuando entró en la casa. Aunque me haya dejado sin sentido, lo habré asustado -comentó.
    Genevieve le aplicó un ungüento en la herida y preguntó:
    – ¿Por qué no estabas durmiendo? ¿Es que te encontrabas mal?
    Para asombro de Simon, el gigante se ruborizó.
    – No, bueno, es que… en fin… mi mente estaba ocupada.
    Genevieve lo miró con humor.
    – Sospecho con qué lo estaba; o más bien, con quién. La señorita Winslow es una muchacha encantadora…
    El rubor de Baxter se extendió a la calva.
    – Demasiado encantadora para un tipo cómo yo.
    – No estoy de acuerdo en absoluto; pero será mejor que tengas cuidado con lo que dices sobre mi querida amiga, Baxter, porque de lo contrario me veré obligada a darte otro golpe para hacerte entrar en razón. ¿Cómo te encuentras?
    – Como un estúpido al que han sorprendido con la guardia baja.
    Ella sonrió.
    – Me refería a tu cabeza…
    – Me duele terriblemente, pero he sufrido jaquecas peores tras pasar una noche en el Blue Ruin -bromeó.
    Simon decidió interrumpir su conversación. Ahora ya estaba seguro de que Genevieve y Baxter eran amigos desde hacía tiempo; no sólo se tuteaban, sino que no establecían las distancias habituales entre un patrón y su criado.
    En realidad, resultaba muy desconcertante. No lograba imaginar a Ramsey, a su ayuda de cámara o a su administrador llamándolo por su nombre y tuteándolo.
    – Me alegra que se encuentre bien -dijo-. Vamos a ver si han robado algo.
    Mientras Baxter permanecía en la sala de estar con otro vaso de whisky, Simon siguió a Genevieve por la casa y la ayudó a ordenar lo que el intruso había desordenado. No echó nada en falta, ni siquiera una de las piedras preciosas que guardaba en el joyero, a pesar de que lo habían forzado.
    Cuando entraron en el dormitorio, la gata alzó la cabeza desde el lugar donde yacía tumbada y bostezó.
    Simon miró la estatua de la esquina y recordó la noche en que se escondió detrás y observó a Genevieve, aquella mujer que, a pesar de las circunstancias, había conquistado su imaginación y encendido sus fantasías.
    Genevieve se dirigió al tocador y abrió el cajón donde guardaba la caja. Simon ya sabía que no estaba allí, así que no se llevó ninguna sorpresa cuando ella maldijo.
    – ¿Falta algo? -preguntó.
    Ella dudó antes de responder.
    – No, no… es que me incomoda que hayan rebuscado entre mis pertenencias -mintió.
    A pesar de lo dicho, estaba tan pálida y tan alterada cuando se giró hacia Simon que éste habría sabido que mentía en cualquier caso.
    – ¿Y bien?
    – No falta nada -insistió.
    Simon se sintió decepcionado. Hasta cierto punto era normal que Genevieve no le confiara un asunto tan importante como el de la caja; pero aun así, tenía la esperanza de que lo hiciera.
    Intentó sobreponerse a la decepción y comentó:
    – Si el intruso fuera un ladrón como cualquier otro, se habría llevado tus joyas. Es evidente que estaba buscando algo en concreto. ¿No sabes qué puede ser?
    Ella volvió a dudar, y durante un momento, Simon pensó que iba a ser sincera con él. Pero sacudió la cabeza.
    – No.
    Justo entonces, en sus ojos se dibujó un destello de satisfacción.
    – Sea como sea, no importa -añadió-. No se han llevado nada.
    – ¿Cómo lo sabes?
    Ella parpadeó y se encogió de hombros.
    – Porque no había nada que encontrar.
    Simon se sintió más tranquilo. Las palabras de Genevieve confirmaban que había sacado la carta de la caja y que el ladrón no la había encontrado, lo que significaba que seguía allí, en alguna parte, y que el ladrón tendría que volver en algún momento. Con un poco de suerte, mataría dos pájaros de un tiro.
    Pero ahora más que nunca, Genevieve necesitaría que la protegieran. Y él estaba más que decidido a convertirse en su ángel guardián; por lo menos, hasta que encontrara lo que había ido a buscar a Little Longstone.
    Curiosamente, se sintió culpable por mentir a aquella mujer y hacerse pasar por quien no era. Sin embargo, ella también le había mentido a él.
    – Mañana denunciaremos el robo. Entre tanto, quédate aquí.
    Genevieve arqueó las cejas.
    – ¿Seguro que no volverá? Si estaba buscando algo y no lo ha encontrado…
    – Es cierto, volverá. Motivo más que suficiente para que Baxter, Sofía y tú os vengáis conmigo a mi casa -declaró.
    Genevieve lo miró en silencio durante unos segundos; él la maldijo en silencio al no poder interpretar su expresión y se preguntó por qué no era como la mayoría de las mujeres. Pero acto seguido, cuando ella se humedeció los labios, olvidó la cuestión y no pensó en otra cosa más que en besarla.
    – Es muy amable por tu parte. Pero…
    Simon la miró con intensidad y le puso le puso las manos en los hombros.
    – No hay peros que valgan. En mi casa hay espacio de sobra y allí estarás a salvo. Además, Baxter no se encuentra en condiciones de proteger a nadie; aunque se recobrara milagrosamente, está bebiendo tal cantidad de whisky que el alcohol hará lo que el golpe no le ha hecho. Tiene que descansar. En cuanto a ti… necesitas que alguien te cuide y se quede cerca.
    Genevieve se tensó bajo sus manos. Durante un momento, Simon pensó que rechazaría la oferta y que él tendría que insistir para salirse con la suya. Pero se equivocó.
    – Aunque soy más que capaz de cuidar de mí misma y estoy acostumbrada a ello, no puedo negar que lo ocurrido me ha alterado un poco. En consecuencia, aceptaré tu oferta con todo mi agradecimiento… Para ser un simple administrador, has demostrado una gran capacidad en estas cuestiones. Y manejas sorprendentemente bien el cuchillo.
    Simon se encogió de hombros.
    – Cuando trabajas para un hombre rico, has de estar preparado contra los ladrones.
    – Ya veo -dijo, no muy convencida-. Pero discúlpame un momento; tengo que cambiarme de ropa si queremos marcharnos inmediatamente. ¿Por qué no esperas con Baxter? Me disgusta pensar que lo hemos dejado solo.
    Simon asintió y se apartó de ella a su pesar. Sin embargo, no se marchó; se volvió hacia la estatua y dio rienda suelta a su curiosidad.
    – Es una obra preciosa.
    – Gracias. Es un regalo.
    – ¿De tu difunto esposo?
    – No, de mí misma. La vi en un anticuario de Londres, hace unos años, y decidí comprarla. La belleza y la sencillez de sus formas me cautivaron. No fui capaz de resistirme a la tentación -explicó.
    Simon tampoco pudo resistirse a la tentación, aunque la suya fue diferente; apartó la mirada de la estatua y la clavó en Genevieve.
    – De acuerdo, te dejaré a solas y te esperaré con Baxter.
    La deseaba tanto que faltó poco para que la tomara entre sus brazos y la besara. Cuando salió al corredor, se llevó las manos a la cara y se maldijo no solamente por desearla, sino por sentir la necesidad acuciante de protegerla a toda costa, lo cual podía resultar peligroso para él. Genevieve había mentido. Sabía que el ladrón había robado la caja y no había dicho nada.
    Simon tenía motivos de sobra para desconfiar; aunque en el fondo de su corazón, casi estaba seguro de que habría una explicación perfectamente lógica para el asunto de la carta y de que ella no estaba involucrada, en modo alguno, en el asesinato del conde.
    Para empeorar la situación, ahora la tendría bajo su techo, al alcance de su mano, y la desearía más que nunca. Simon era consciente de que no le había hecho la oferta para ganarse su confianza y encontrar la carta de una vez, sino porque estaba sinceramente preocupado por ella y era lo mejor en esas circunstancias.
    Aquello lo incomodó un poco más. Era la primera vez en su carrera profesional que dejaba una misión en segundo plano y se dejaba distraer por una mujer. Y la primera vez, desde niño, que perdía el control de su razón y de sus pasiones.
    Con independencia de que Genevieve Ralston fuera culpable o inocente de la muerte de Ridgemoor, era una dama extraordinariamente peligrosa.

Capítulo Once

    Genevieve deshizo el equipaje en uno de los dormitorios de la casa de campo de Simon. Era una habitación pequeña pero agradable, con una cama de colcha verde que a primera vista parecía bastante cómoda. Baxter se había alojado en una estancia cercana y se había quedado dormido en cuanto se tumbó. En cuanto a la gata, reaccionó mal a la mudanza y despreció soberanamente a Belleza, aunque ahora descansaba tranquilamente junto al fuego de la chimenea.
    Bien pensado, no tenía motivos para seguir despierta; podía echarse en la cama y dormir. Pero los pensamientos se agolpaban en su mente con insistencia y casi todos tenían el mismo protagonista, Simon Cooper.
    Llevaba dos horas caminando por la habitación. Al principio, había pensado que el allanamiento de su casa estaría relacionado con Charles Brightmore y el escándalo provocado por el libro, pero descartó la idea en cuanto vio que la caja de alabastro ya no estaba en el cajón del tocador. El intruso buscaba la carta de Richard, y era dudoso que hubiera sido el propio Richard o un hombre enviado por él porque sabía que el conde no habría querido que atacaran a Baxter.
    Ciertamente, también cabía la posibilidad de que no hubiera reconocido al mayordomo y lo hubiera atacado por evitarse problemas; además, no le constaba que hubiera otras personas que conocieran el paradero de esa carta. Pero conocía a Richard y sabía que no era capaz de cometer un acto tan inexcusable como allanar el hogar de una mujer.
    Lo único cierto de aquel asunto era que la carta tenía más importancia de lo que había imaginado. Sin embargo, eso tampoco tenía sentido. Richard era un hombre poderoso, con influencia política. ¿Por qué le habría envidado la carta a ella?
    Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que el conde no había tenido nada que ver; lo cual significaba que probablemente se enfrentaba a alguno de sus enemigos, a alguien capaz de entrar en una casa sin permiso y de atacar a un hombre con tal de conseguir lo que buscaba.
    Genevieve se estremeció al pensar que habían violado su santuario y herido a Baxter. Casi lamentó que no hubieran encontrado la carta, porque ella habría seguido con su vida y no se vería envuelta en un asunto tan turbio.
    Aquello la llevó de nuevo a Simon Cooper.
    Detuvo su paseo y se quedó mirando las llamas. Simon le gustaba tanto que no lograba apagar el deseo que la consumía. Una y otra vez se recordaba todas las razones que tenía para alejarse de él y rechazar la posibilidad de mantener una relación.
    A fin de cuentas, se acababan de conocer. Simon seguía siendo, en el fondo, un extraño. Pero un extraño encantador, generoso, valiente y atrevido. Un extraño que se ganaba la vida con el sudor de su frente, no con riquezas heredadas, como los aristócratas. Un extraño que no le había pedido nada, salvo su cuerpo. Un extraño que se había comportado con honradez al recordarle que sólo iba a estar dos semanas en Little Longstone y darle tiempo para que tomara una decisión.
    En la Guía para damas, Genevieve aconsejaba a la mujer moderna que la mejor forma de olvidar a un hombre era buscarse otro. Y era cierto, no se podía negar; desde que conoció a Simon Cooper, sólo había pensado en Richard por lo de la carta.
    El encuentro en las aguas termales había abierto una puerta que permanecía cerrada a cal y canto desde que Richard la abandonó. Genevieve no tenía intención de abrirla de nuevo, pero tampoco había considerado la posibilidad de que la ocasión se presentara. Podía seguir adelante o mantener las distancias. Eso era todo, porque no le preocupaba que su aventura desencadenara algún tipo de escándalo en Little Longstone, como Simon le había advertido, ni mucho menos que se quedara embarazada; Genevieve conocía varios métodos para impedir el embarazo.
    Se miró los guantes y pensó que había tenido suerte. Simon no había tenido ocasión de verle las manos; pero si se convertían en amantes y empezaban a dormir juntos, no podría ocultar su deformidad por mucho tiempo. Sólo había una solución: amarlo en la oscuridad. Aprovecharía la ventaja de las sombras y disfrutaría del tiempo que les quedaba. Aquel hombre le atraía demasiado; no era capaz de resistir la tentación.
    Resuelta, salió del dormitorio, avanzó por el pasillo y se detuvo delante de la habitación de Simon. Tal vez estuviera dormido; o quizá, al igual que ella, demasiado excitado como para caer en brazos de Morfeo.
    Fuera como fuera, entrar era la única forma de salir de dudas.
    Giró el pomo de la puerta, pasó al interior y cerró a sus espaldas. El fuego de la chimenea estaba apagado y las cortinas, echadas. No podía ver casi nada, pero le llegó el aroma limpio y especiado de su amante.
    Espero a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y lo distinguió por fin, sentado en una silla. Simon se levantó y caminó hacia ella. No pudo ver sus rasgos hasta que se encontró a pocos centímetros; entonces, notó el ardor en su mirada y el calor de su piel.
    – Esperaba que vinieras -declaró-. ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
    – No estaría aquí en caso contrario. Pero tengo dos peticiones.
    Simon llevaba dos horas en la oscuridad, sentado en aquella silla, mirando el fuego hasta que se extinguió. Deseaba tanto a Genevieve que el cuerpo le dolía. Y ahora estaba allí. Había respondido a sus ruegos y se había presentado. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no abrazarla y arrastrarla al suelo.
    – Haré lo que pueda por acatarlas. Dime, ¿qué quieres?
    – En primer lugar, oscuridad.
    Simon se sintió decepcionado. Quería verla a plena luz, desnuda. Pero respondió:
    – De acuerdo, aunque me gustaría verte mejor.
    – Gracias.
    – ¿Cuál es tu segunda petición?
    – Ésta noche me has dado placer. Si recuerdas tus lecturas de la Guía para damas, sabrás que la mujer moderna debe responder al placer con el placer. En consecuencia, he de devolverte el favor que me has hecho.
    Genevieve se llevó las manos al vientre y él suspiró.
    – Dudo que te resulte una tarea difícil.
    – Quizás no, pero ¿me lo permitirás?
    – Mi querida Genevieve, tienes mi permiso para tomarte todas las libertades que desees con mi cuerpo. Jamás me atrevería a contradecir los deseos de la mujer moderna -ironizó-. Especialmente, cuando se parece tanto a mí.
    – ¿Cualquier tipo de libertades?
    – Por supuesto.
    – Excelente. En tal caso, quédate quieto y disfruta.
    – Disfrutar tampoco va a suponer ningún problema, pero en cuanto a lo de estarme quieto… no sé si podré. Será un desafío.
    – ¿No decías que sientes debilidad por los desafíos?
    – Y es verdad. Pero hay desafíos y desafíos. Por mucho que…
    Simon dejó de hablar cuando Genevieve empezó a acariciarle el costado.
    – ¿Qué decías?
    – Qué…
    Él se estremeció.
    – ¿Sí?
    – No tengo ni idea. ¿Qué me has preguntado?
    Genevieve le acarició la piel por encima del cinturón.
    – Te distraes con facilidad, Simon…
    – No, en absoluto. Bueno, no en circunstancias normales…
    – Ya lo veo -bromeó.
    Genevieve metió los dedos por debajo del pantalón y le acarició.
    – El problema es que me tú me distraes mucho…
    – Qué decepción. No imaginaba que fueras capaz de culpar a los demás de tus carencias -declaró ella, coqueta.
    – Acepto mi responsabilidad, no lo dudes. Pero no es culpa mía que te las arregles tan increíblemente bien para…
    Simon se estremeció de nuevo cuando ella le acarició los pezones.
    – ¿Para qué?
    – Para distraerme.
    Genevieve rió con suavidad y sacó las manos de debajo de la camisa. A Simon no le hizo ninguna gracia, pero al menos permitió que recobrara parte de su concentración.
    – Levanta los brazos -le ordenó.
    – Está visto que la mujer moderna es una mandona…
    – Por supuesto que sí. Pero los que obedecen, se llevan su recompensa.
    – ¿Y los que no?
    Ella le mordió el lóbulo de la oreja.
    – Los que no, se enfrentan a consecuencias desagradables.
    – Si intentabas amenazarme con eso, no ha funcionado. Lo has dicho de un modo tan seductor que ha sido muy excitante.
    – Me alegro. Quiero que te excites.
    – Ya lo estoy, créeme.
    Genevieve frotó la pelvis contra su erección.
    – Sí, ya lo veo…
    – Me temo que es culpa tuya. Sufro de erección casi permanente desde que te conocí. Se está convirtiendo en todo un problema.
    – Es interesante que, donde tú ves un problema, yo vea una… oportunidad. No te preocupes, Simon. Estoy más que dispuesta a aliviarte.
    – Es la mejor noticia que he oído en toda mi vida.
    – Levanta los brazos… -repitió.
    Simon obedeció. Con cierta ayuda, Genevieve consiguió quitarle la camisa por encima de la cabeza y empezó a acariciarle el pecho.
    – Ahora, pon las manos a la espalda.
    Simon volvió a obedecer. Unos segundos más tarde, notó el contacto de unas tiras suaves en las muñecas. Fue tan inesperado que soltó un gemido.
    – ¿Me estás atando?
    – Has dicho que puedo tomarme todas las libertades que quiera, Simon. Me ha parecido que, dado que mencionaste esa parte en particular de la Guía para damas, te gustaría. ¿Ya te estás arrepintiendo?
    – De ningún modo.
    – Bien.
    Genevieve terminó de atarlo y dio un tirón a las cintas para comprobar que estaban bien atadas, pero no excesivamente tensas. Sin embargo, Simon tenía experiencia con cuerdas y podría haberse soltado. De haber querido.
    – Para ser alguien que se pasa la vida delante de una mesa y de unos libros de contabilidad, estás sorprendentemente en forma -comentó ella.
    Simon abrió la boca para decir algo, pero sus palabras se convirtieron en suspiro cuando ella apretó los labios contra el centro de su pecho y los arrastró hacia uno de sus pezones, que succionó.
    – ¿A qué debo atribuir una forma tan excelente? -preguntó.
    – A los caballos -mintió él-. Me gusta montar a caballo.
    Ella le lamió.
    – Así que te gusta montar…
    – Sí. De hecho, era una de mis ocupaciones preferidas hasta que… ah… hasta que he sentido tu lengua en mi piel -le confesó.
    – ¿Te gusta mi lengua?
    – El verbo gustar no lo describe con exactitud suficiente.
    – Magnífico, porque a mí me gusta la tuya.
    – En tal caso, debes saber que mi lengua estará a tu disposición en cuanto quieras.
    – Bueno es saberlo, aunque también obvio.
    Simon soltó un gemido que se le ahogó en la garganta al notar que le abría los pantalones. Genevieve tiró suavemente de ellos y de su ropa interior, bajándoselos, y Simon se sintió eternamente agradecido cuando le quitó las botas y los calcetines para desnudarlo con más facilidad.
    Ahora estaba desnudo, sin otra tela encima que la de las cintas que le ataban las muñecas y más excitado que en toda su vida.
    Sus músculos se tensaron por el sentimiento de anticipación.
    – Oh, Dios mío -dijo ella-. Es ciertamente un problema. Uno muy grande.
    El primer movimiento de las manos de Genevieve sobre su erección bastó para borrar cualquier pensamiento de su mente y para hacerlo suspirar de placer. Ella cerró los dedos con suavidad y él apretó los dientes.
    – Ni te imaginas lo que siento…
    – Al contrario. Gracias al modo en que me has tocado en el manantial, imagino perfectamente lo que sientes.
    Genevieve lo masturbó despacio, con calma. La sensación era tan abrumadora que Simon no pudo evitarlo y se apretó contra ella.
    Ella se puso de puntillas y le mordió un labio.
    – Se supone que debes permanecer quieto.
    Simon quiso prometerle que lo haría, pero sus movimientos volvieron a robarle el habla. Las manos de aquella mujer eran magia pura; conjuraban sensaciones que amenazaban con debilitarlo hasta el extremo de tener que arrodillarse. Pero justo cuando iba a llegar al orgasmo, Genevieve apartó las manos y le acarició el abdomen.
    – Estoy a punto -le confesó.
    Genevieve acarició su sexo.
    – Eso no parece una queja…
    – Porque no lo es. Es una promesa… de retribución.
    – ¿Ojo por ojo, entonces?
    – No. Caricia por caricia. Beso por Beso.
    – ¿Piensas darme tanto placer como recibas?
    – En cuanto me desates y me liberes del compromiso de permanecer quieto.
    – ¿Por qué? Estás resultando muy obediente…
    Genevieve empezó a masturbarlo otra vez.
    – Ah… pero el esfuerzo me está costando demasiado, créeme. No estoy seguro de que pueda soportarlo mucho más.
    – Veámoslo.
    Genevieve se inclinó, le besó el torso y descendió poco a poco hasta su entrepierna, acariciándolo en todas partes menos donde él lo deseaba. Cuando se arrodilló ante él, la respiración de Simon se había convertido en un jadeo.
    Ella le acarició el glande y comentó:
    – Estás mojado.
    Él carraspeó para intentar recobrar la voz.
    – Es un milagro que no lo esté más…
    En ese momento, Genevieve le dio un largo y lento lametón. Simon apretó los dientes con todas sus fuerzas, pero ella siguió lamiendo su sexo, esta vez con movimientos circulares.
    – Me estás volviendo… loco…
    – En el buen sentido, espero.
    – En un sentido mucho mejor que bueno.
    – ¿Increíble, tal vez?
    Simon cerró los ojos e imaginó los labios de Genevieve cerrados sobre su erección mientras lo lamía y lamía una y otra vez, acompañando los movimientos de su lengua con acometidas, hacia dentro y hacia afuera, de su boca.
    – No puedo más. No puedo…
    Con un esfuerzo, logró soltarse las cintas que le inmovilizaban las muñecas. Estaba a punto de llegar al clímax y quería estar dentro de ella, sentir su cuerpo a su alrededor.
    Tras maldecir a la oscuridad que le impedía verla, pasó las manos sobre el cuerpo de Genevieve y descubrió que se había desnudado y que no llevaba nada. Después, se arrodilló, todavía sorprendido, y la llevó a la cama.
    – Todavía no había terminado contigo -murmuró ella.
    – Si hubieras terminado conmigo, no podría hacer lo que pienso hacer. Ahora me toca a mí.
    La tumbó en la cama, le separó las piernas y la acarició. Estaba muy húmeda.
    – Parece que lo de la humedad es un problema común -bromeó.
    – Desde el momento en que te vi por primera vez -le confesó ella-. Y como mujer moderna, debo insistir en que hagas algo al respecto. De inmediato.
    Simon introdujo los dedos en su cuerpo.
    – Eres extraordinariamente exigente…
    Ella se retorció contra su mano y gimió.
    – Sí, lo soy. ¿Piensas quejarte?
    – De ninguna manera. Por lo que a mí respecta, desnuda, húmeda y exigente es la combinación perfecta. Larga vida a la mujer moderna. Y a la retribución del placer.
    Sin dejar de mover los dedos, Simon se situó frente a ella y lamió su sexo sin descanso, arrancándole gemidos y estremecimientos, decidido a darle tanto placer como ella le había dado unos segundos antes. Cuando por fin llegó al orgasmo, Genevieve se arqueó y gritó su nombre.
    Él se levantó entonces, se tumbó encima y la penetró. Sus húmedas paredes se apartaron con la suavidad del terciopelo, pero Simon se detuvo un momento para disfrutar del simple y puro placer de estar así, en su interior.
    – Húmeda, suave, caliente… eres maravillosa.
    Ella gimió de nuevo y cerró las piernas alrededor de su cintura.
    – Más… -susurró-. Quiero más…
    La impaciente y ronca demanda acabó con la paciencia de Simon y provocó que se empezara a mover. No tardó en acelerar el ritmo y la fuerza de las acometidas. Una y otra vez se hundía en ella y se retiraba, tan concentrado en la tarea que el resto del mundo había dejado de existir. Y no cejó en el empeño hasta que Genevieve alcanzó otro orgasmo. Sólo entonces, se dejó llevar y se permitió su propio alivio.
    Se sentía nuevo, como si acabara de nacer. Simon había conocido el amor con muchas mujeres, pero aquélla lo satisfacía más y con más plenitud que ninguna.
    Al cabo de un par de minutos, cuando se levantó y se tumbó a su lado, ella dijo:
    – No te alejes. Quiero sentirte contra mí.
    Simon le acarició la cara y se llevó una sorpresa.
    – ¿Estás llorando? ¿Es que te he hecho daño?
    Ella sacudió la cabeza.
    – No, no. Es que me siento… abrumada. Nunca había sentido tanto placer. Incluso llegué a pensar que no volvería a sentirlo de ninguna manera -le confesó-. Gracias, Simon. Gracias. De todo corazón.
    – Genevieve, soy yo quien te debería estar agradecido.
    Ella tardó unos segundos en hablar. Cuando lo hizo, sonreía.
    – Debo decir que tu concepto de la retribución del placer da un significado enteramente nuevo a ese viejo dicho de que la venganza es dulce.
    – Desde luego. Y me encanta que te guste, porque aún no he terminado con la retribución.
    – Oh, vaya… Sin embargo, has de tener presente que te pagaré con la misma moneda.
    – Lo tengo muy presente. Aceptaré cualquier retribución que elijas.
    – Si no recuerdo mal, tu método consistía en un beso por beso, caricia por caricia…
    – Sí, así es.
    – ¿Y lametón por lametón?
    – También. Pero aún queda el asunto de las cintas y de las manos atadas.
    Ella suspiró con dramatismo fingido.
    – ¿Y si me niego a ceder a tales exigencias?
    – Encontraré la forma de convencerte -respondió él.
    – Hum… sospecho que no te costaría. Tengo debilidad por los besos.
    Él le lamió los labios.
    – ¿Y por las lenguas?
    – Oh, sí, claro que sí.
    – En tal caso, lo asumiré como un hombre e intentaré no quejarme.
    Cuando la besó, Simon supo que la mayor de sus debilidades estaba junto a él. Era una mujer, y se llamaba Genevieve Ralston.

Capítulo Doce

    Simon despertó y gimió a modo de protesta al descubrir que el sueño de Genevieve y un tarro de miel había sido precisamente eso, sólo un sueño; pero enseguida se dijo que podía ser real: ella estaba allí, en su cama, y en la despensa había varios tarros de miel.
    Sonrió, se giró y se quedó helado al ver que se había ido.
    Murmuró una obscenidad, apartó las mantas y alcanzó los pantalones. Se suponía que debía protegerla, pero no podría hacerlo si hacía cosas como marcharse de la habitación sin avisar. Normalmente tenía el sueño ligero y se habría despertado; pero aquella noche había dormido como un tronco.
    Se puso los pantalones, alcanzó el cuchillo y cruzó el dormitorio a toda prisa. En cuanto salió al pasillo, oyó un murmullo de voces. Avanzó lentamente, pegándose a la pared, y no tardó en distinguir la voz de Baxter. Parecían estar en la cocina.
    – Yo tendría más cuidado -dijo el hombre.
    – Te estás buscando problemas -comentó Genevieve.
    Simon se acercó a la esquina y parpadeó. Genevieve estaba sentada a la mesa de la cocina, con una taza de té y un plato de comida delante de ella. Baxter llevaba puesto un delantal y permanecía de pie. Los dos miraban al suelo, sonriendo.
    Belleza meneaba la cola y se arrastraba hacia Sofía con curiosidad; pero la gata había levantado la cola y miraba a la perrita como si la considerara una amenaza evidente.
    – Te vas a ganar un buen arañazo, Belleza -le advirtió Baxter.
    El mayordomo acababa de hablar cuando la gata soltó un zarpazo al cachorro, que retrocedió tan deprisa como pudo. Satisfecha con su demostración de poder, Sofía se alejó varios metros y se tumbó debajo de la ventana, al sol.
    Simon soltó un suspiró de alivio y bajó; cuando Belleza lo vio, se levantó, ladró con alegría y corrió hacia su amo, que la tomó en brazos y la acarició.
    Cuando entró en la cocina, su mirada se clavó inmediatamente en Genevieve; llevaba el mismo vestido de color amarillo pálido del día anterior, y se había recogido el cabello en un moño. Estaba tan bella que se quedó sin aliento. Sus labios aún mostraban la hinchazón típica de haber sido besados con reiteración, pero su aspecto, por lo demás, no traicionaba lo sucedido durante la noche.
    Simon carraspeó y preguntó:
    – ¿Estás bien?
    – Por supuesto que está bien -intervino Baxter-. La he estado cuidando mientras usted dormía como un niño. He preparado el desayuno, aunque la despensa estaba tan vacía que no ha resultado nada fácil.
    Simon se giró hacia Baxter.
    – Parece obvio que esta mañana se encuentra mejor…
    Baxter gruñó.
    – Lo suficiente como para cuidar de Gen sin ayuda. Como ya se ha despertado, nos marcharemos de aquí.
    A Simon se le hizo un nudo en la garganta. No podía permitir que regresaran a la casa de Genevieve sin saber a qué peligro se enfrentaban. Pero tenía otro motivo; no quería que se alejara de él. Todavía no.
    Abrió la boca para protestar, pero Genevieve se le adelantó.
    – No hay prisa alguna, Baxter. Además, ¿qué pasará si el ladrón vuelve?
    Baxter chasqueó los nudillos.
    – Que estaré preparado.
    – Aun así, me sentiría mejor si nos quedáramos aquí más tiempo. Suponiendo que a Simon le parezca bien, por supuesto.
    – Puedes quedarte tanto tiempo como quieras.
    A Simon le pareció evidente que Genevieve ya sabía lo que el ladrón andaba buscando. La carta del conde estaba en su casa, en algún lugar, y el intruso volvería a buscarla. Genevieve sabía que la carta era importante; sólo quedaba por saber si seguía en el lugar donde la había escondido o si había preferido llevársela con ella.
    – De hecho -continuó-, creo que deberías quedarte una noche más. Y también creo que alguien debería vigilar la casa, por si el ladrón vuelve.
    – En eso estamos de acuerdo. Iré yo -se prestó Baxter-. Quiero echar mano al canalla que me dejó sin sentido.
    – Excelente. Vigile usted de día y yo lo haré de noche -dijo Simon-. De esa forma, uno de los dos estará en todo momento con Genevieve.
    Simon pensó que era la mejor de las soluciones; pero también la única posible, porque Baxter no habría permitido que se quedara a solas con ella de noche.
    – ¿Te parece bien? -preguntó el mayordomo.
    Genevieve parecía aliviada.
    – Sí. Aunque debéis prometer que tendréis cuidado.
    Baxter asintió y se volvió hacia Simon.
    – Muy bien. Traeré provisiones de la casa esta tarde, cuando termine mi turno; así no nos moriremos de hambre. ¿Cómo es posible que no haya comprado comida?
    – Suelo comer en el pueblo. Además, mi despensa tiene lo básico… no necesito más para mí solo -explicó.
    – En cualquier caso, ya no necesitará eso -dijo Baxter, señalando su cuchillo-. ¿Qué pretendía? ¿Apuñalar a alguien?
    – Simple precaución. Quería asegurarme de que los dos estaban bien.
    – Pues ya lo sabe. He preparado el desayuno, como ve… pero esperaré aquí hasta que se ponga algo decente encima.
    Simon bajó la mirada. Había olvidado que no llevaba más ropa que los pantalones.
    – Sí, por supuesto. Escribiré una nota al juez para explicarle lo sucedido. Será mejor que se la entregue usted; así podrá dar testimonio del ataque.
    Baxter asintió.
    – Pasaré a verlo antes de ir a casa de Genevieve.
    Baxter había encendido el fuego y calentado agua, así que Simon llenó un cubo y regresó a su dormitorio con Belleza. Veinte minutos después ya se había lavado, vestido y puesto ropa limpia, aunque la perrita se dedicó a mordisquearle una de las botas y la dejó en un estado lamentable. Cuando, volvió a la cocina, se llevó la sorpresa de que Baxter le había servido una taza de té y algo de comer.
    – Es lo menos que puedo hacer mientras esté en su casa -se explicó.
    – Gracias, Baxter.
    Simon probó el jamón, los huevos y las patatas y añadió:
    – Delicioso.
    Estuvo a punto de preguntarle si el fuego lo había encendido con las llamas que salían de sus ojos cada vez que lo miraba, pero prefirió no tentar la suerte con una broma. El sentido del humor no parecía ser una de las cualidades del gigante.
    Simon observó a Genevieve mientras comía. Se había puesto guantes otra vez y él se dijo que aquel mismo día descubriría el motivo.
    – Bueno, será mejor que me vaya -dijo Baxter-. ¿Necesitas algo, Genevieve?
    – No, gracias; pero si pudieras traerme un vestido limpio cuando vuelvas, te lo agradecería -respondió.
    – Eso está hecho. En cuanto a usted -añadió, mirando a Simon-, le aseguro que se las verá conmigo si a Gen le pasa algo malo. Y no le gustará.
    El gigante se quitó el delantal y salió de la cocina. Unos segundos más tarde, oyeron que la puerta principal se cerraba de golpe.
    Simon carraspeó.
    – Ese hombre hace unos mutis por el foro excelentes.
    – Sí, es muy…
    – Protector, ya lo sé -la interrumpió-. Como cometa el error de olvidarlo, me hará trizas. Jamás había conocido a un criado tan maleducado.
    – Eso es porque Baxter no es exactamente un criado. Es mi amigo. O más bien, algo así como un hermano -comentó ella.
    – Sí, ya me he dado cuenta.
    El espía que había en Simon, el que quería descubrir al asesino del conde y librarse de paso de la horca, pensó que aquélla era una oportunidad excelente para presionarla y descubrir el origen de su relación con Baxter. Sin embargo, las prioridades del hombre se impusieron a las del espía y prefirió no decir nada. La deseaba. La necesitaba. Todo lo demás podía esperar.
    Dejó la servilleta en la mesa, se levantó y caminó hacia ella. Genevieve también se levantó. Simon hizo un esfuerzo por detenerse a cierta distancia, aunque sólo fuera para demostrarse que podía resistirse a sus encantos, pero fracasó estrepitosamente. Sin poder evitarlo, extendió una mano y le acarició la mejilla.
    – Me preocupaba despertar y descubrir que te habías marchado.
    – Baxter se levanta a primera hora. Sabía que pasaría por mi habitación y que llamaría para asegurarse de que me encontraba bien, así que me pareció prudente dejarte y volver antes de que apareciera. De lo contrario, seríamos dos los que acabaríamos hechos trizas en Little Longstone -bromeó.
    – No te preocupes por eso. Es mucho más grande que yo, pero conozco ciertos trucos.
    – Sí, ya lo sé. Me lo has demostrado esta noche.
    – Todavía no los conoces todos -murmuró, sin dejar de acariciarla-. Ha sido una noche increíble, maravillosa…
    – Es verdad.
    – Una noche que me gustaría repetir.
    Ella asintió.
    – A mí también.
    Sólo habían pasado unas cuantas horas desde su encuentro amoroso, pero Simon la deseaba tanto que no podía contenerse.
    Dio un paso adelante y la tomó entre sus brazos. Llevó los labios a su boca, entre divertido e irritado por la pasión que aquella mujer despertaba en él, y ella respondió con un beso que derribó sus defensas. La deseaba con toda su alma.
    – Genevieve…
    Quería tomarla de inmediato, allí mismo, a plena luz del día, donde pudiera verla.
    Se inclinó un poco, la alzó en vilo y la llevó hacia el dormitorio.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – Llevarte a la cama, demostrarte hasta qué punto te deseo. He considerado la posibilidad de usar la mesa de la cocina, pero correríamos el riesgo de que se nos claven astillas de madera en la espalda. La cama será más cómoda -explicó-. Pero descuida… los treinta segundos que tardaremos en llegar sólo le restarán energía a mi paciencia.

Capítulo Trece

    Genevieve se quedó helada. Tenía que poner fin a aquella situación. De inmediato.
    – Simon, bájame, por favor.
    – Lo haré encantado.
    Entraron en la habitación y Simon la dejó en la cama con suavidad. Él hizo ademán de tumbarse a su lado, pero ella se levantó rápidamente y caminó hasta la chimenea para poner tierra de por medio.
    Simon se acercó con mirada inquisitiva, cuya perplejidad aumentó un poco más cuando Genevieve retrocedió. Pero esta vez no intentó seguirla.
    – ¿No habías dicho que querías más de lo de anoche?
    – He dicho que quería otra noche increíble. Exactamente eso -respondió Genevieve-. Pero ahora no es de noche; es de día.
    Ella miró con intensidad, como si pudiera leer sus pensamientos.
    – Sólo quieres hacer el amor en la oscuridad…
    – Sí -admitió.
    – ¿Por qué?
    Para alarma de ella, Simon se acercó hasta quedarse a menos de medio metro. Su inquietud creció cuando la tomó de los hombros y sintió el calor de sus manos, capaces de quitarle el sentido y de rendirla a sus encantos.
    Pero no podía ser. Sólo se entregaría a él bajo el manto de las sombras. De lo contrario, vería sus manos y no querría saber nada de ella.
    – ¿Por qué? -repitió-. ¿Cómo es posible que una mujer tan exquisita prefiera la oscuridad a la luz?
    Genevieve no dijo nada.
    – No puede ser por pudor -continuó él-. Eres demasiado apasionada.
    – ¿Apasionada? ¿No habrás querido decir licenciosa?
    Las palabras surgieron de su boca con más brusquedad de la que pretendía, pero eran ciertas. No sabía lo que Simon pensaría si llegaba a descubrir la verdad y a saber que no era una viuda respetable sino una mujer que había sido amante de un aristócrata durante diez años.
    Él frunció el ceño y sacudió la cabeza.
    – Si lo dices con la carga negativa que tiene tradicionalmente esa palabra, no, mi intención no podría ser más distinta -afirmó él-. Por favor, no me digas que te arrepientes de lo que ha pasado entre nosotros.
    – No me arrepiento.
    – Me alegro, porque yo tampoco. Y en cuanto a tu vida licenciosa… sólo creo que eres la mujer más apasionada y excitante que he conocido, pero también la más bella; por eso quiero verte a la luz del día. Quiero tocar tu piel y ver tus ojos cuando te excites. Quiero mirarte cuando entre en ti. Quiero mirante mientras cabalgas conmigo. Quiero mirarte cuando alcances el orgasmo.
    Ella contuvo la respiración al escuchar la vivida descripción de Simon.
    – Yo también lo quiero, pero no es posible. Debemos encontrarnos en la oscuridad.
    Él la observó durante unos segundos y se apartó de ella. Genevieve pensó que aceptaba la situación y se sintió aliviada; pero el alivio le duró muy poco, porque Simon la tomó de las manos y se las llevó al pecho.
    – No, por favor…
    – Es por tus manos. Por eso te niegas a hacer el amor con luz.
    No fue una pregunta, sino una afirmación. Genevieve se molestó tanto que lo empujó con fuerza para apartarse, haciendo caso omiso del dolor de sus dedos.
    – Mis motivos son sólo míos.
    – Cuéntamelo -dijo él con dulzura.
    Simon volvió a tomarle las manos; pero esta vez, para su asombro, se las llevó a los labios y las besó.
    – Cuéntamelo, te lo ruego. Anoche, cuando me acariciaban, me parecieron maravillosas. Su contacto me excitaba y me daba más placer del que había experimentado en toda mi vida. Tienen un don que merece celebrarse, no esconderse. Dime por qué las ocultas.
    La caballerosidad de Simon bastó para diluir el enfado de Genevieve y convertirlo en resignación. Sabía que seguiría insistiendo hasta que le confesara la verdad; y pensándolo bien, carecía de importancia: sólo iban a estar juntos un par de semanas. Era una situación temporal. Podía decirle la verdad y seguir llevando guantes.
    Respiró a fondo y declaró:
    – Las manos… me duelen. Tengo una enfermedad que se llama artritis. Los dedos se me quedan rígidos y hay ciertas tareas que no puedo hacer con ellos. Me unto una crema especial que alivia las molestias y luego me pongo los guantes para que no se me quite.
    – ¿Ahora te duelen?
    – Un poco, aunque no demasiado. Es peor cuando el clima es húmedo.
    Simon le masajeó suavemente las manos.
    – ¿Esto te alivia?
    – Sí, es muy… agradable.
    – Por eso te quedaste a vivir en Little Longstone. Para estar cerca de las aguas termales.
    Ella asintió.
    – Es verdad. Me alivian bastante. El dolor empezó hace varios años; al principio eran punzadas ocasionales, pero luego empeoraron y apareció la hinchazón.
    – ¿Has hablado con algún médico?
    – Con Varios. Pero al margen de las cremas y de las aguas, no pueden hacer nada.
    – Lamento mucho que te duela. Pero quítate los guantes, por favor. Quítatelos y tócame bajo la luz del día. Anoche tuve ocasión de sentir sus caricias y fueron magia pura. Deja que las vea mientras me tocas.
    – No, Simon. No es posible.
    – ¿Por qué? Yo mismo tengo cicatrices. No se puede decir que sea perfecto.
    Genevieve se apartó.
    – Ya, pero ¿te han rechazado alguna vez por tus cicatrices?
    Genevieve lo preguntó sin darse cuenta. Y para su horror, los ojos se le llenaron de lágrimas.
    Simon la miró con expresión extraña.
    – No, pero doy por sentado que a ti, sí.
    Ella asintió para confirmar su teoría.
    – Mi marido no toleraba la fealdad. Aborrecía mis manos.
    Simon pensó que no había sido su supuesto marido, sino su amante.
    – Siento que te hiciera daño; pero yo no soy él, Genevieve. Quiero verte y que me toques.
    Él tomó una de sus manos, introdujo un dedo por debajo del guante y empezó a acariciarle la palma. Genevieve quiso resistirse, pero la tocaba con tanta delicadeza que no fue capaz.
    – La belleza y la perfección son dos cosas distintas -continuó él-. Aquí no hay nada que no sea precioso ni exquisito. No hay parte alguna de tu cuerpo que no desee ver.
    Simon le llevó la otra mano a la parte delantera de los pantalones. Genevieve sintió un escalofrío de placer y cerró los dedos sobre su sexo.
    – Confía en mí, por favor. El único miedo que debes tener no es que te rechace al ver tus manos, sino que me encierre en esta habitación, contigo, hasta que llegue la noche.
    Ella no podía hablar, no podía respirar. Sentía su erección contra la mano y no pensaba en otra cosa que no fuera hacer el amor con él.
    De repente, se apartó, se quitó los guantes y los tiró al suelo. Seguía completamente vestida, pero se sentía desnuda y más vulnerable que nunca.
    Sin apartar la mirada de sus ojos, Simon se quitó la camisa, la tomó de las manos y se las llevó a su pecho.
    – No puedes ni imaginar cuánto me gusta que me acaricies.
    Genevieve tragó saliva y le acarició. Él bajó la mirada y contempló sus manos. Ella se puso tensa, pero todos sus temores desaparecieron al unísono cuando Simon se inclinó y se las besó con dulzura.
    Genevieve suspiró.
    – Son mágicas -dijo él-, tan mágicas como el resto de ti, tan deliciosas como el resto de ti, tan bellas como el resto de ti.
    En la garganta de Genevieve se ahogó un sollozo. Sus palabras y la visión de sus labios contra las manos resultaron tan estremecedoras que empezó a llorar sin poder evitarlo. Simon la abrazó en silencio y la besó en la boca lentamente, con toda su pasión, explorándola. Genevieve se apretó contra él, dominada por el deseo, y le acarició el cabello.
    – Yo también quiero verte, Simon. Quiero tocarte… por favor. Ahora…
    Respirando con pesadez, Simon retrocedió y se desnudó por completo. Ella se acercó y acarició su erección, inmensamente satisfecha no sólo por el gemido de su amante, sino también por las gotas de fluido nacarado que surgieron de su pene. Aprovechó la humedad para frotarlo y siguió adelante con sus caricias.
    – Si insistes con eso, no podré seguir de pie.
    – Ni yo.
    Las palabras de Genevieve lo excitaron. Agarró su vestido y tiró de él hacia abajo, llevándose también la camisa. Mientras Simon terminaba de retirarle la ropa, ella se quitó los zapatos; ya sólo llevaba las medias y las ligas.
    La tumbó en la cama, se acostó contra ella y le quitó las horquillas del pelo.
    – Cabalga conmigo.
    Genevieve se sentó sobre él y descendió despacio, de tal manera que su sexo la penetró hasta el fondo. Después, apoyó las manos en su pecho y empezó a moverse contra él, alzando y bajando las caderas.
    Simon cerró los dedos sobre sus pechos y jugueteó con sus pezones, aumentando el placer que sentía. Genevieve echó la cabeza hacia atrás, hechizada, y aceleró el ritmo hasta quedarse al borde del clímax, a menos de un segundo; pero ese segundo desapareció cuando él introdujo una manó entre sus piernas y le acarició el clítoris.
    El orgasmo se presentó con la fuerza de un trueno, entre espasmos que la dejaron agotada y la obligaron a tumbarse sobre él.
    Cuando por fin levantó la cabeza, descubrió que Simon la estaba mirando.
    – Gracias -dijo él.
    Ella sacudió la cabeza.
    – No, gracias a ti.
    Simon arqueó una ceja.
    – ¿Por qué?
    – Por haberme devuelto algo que creía perdido para siempre -respondió-. Por aceptar mi deformidad. Por no rechazarme. Por encontrar belleza donde no la hay.
    – La belleza está en la mirada.
    – Trabajos de amor perdidos… Ahora parafraseas a Shakespeare.
    – En efecto. Donde tú no ves belleza alguna, yo veo abundancia.
    – Gracias, Simon. Pero, ¿por qué me has dado las gracias a mí?
    Algo brilló en los ojos de su amante; algo que no supo interpretar. Pero desapareció tan deprisa que pensó que lo había imaginado.
    – Por decirme la verdad, por confiar en mí.
    Genevieve se sintió terriblemente culpable. Le había dicho la verdad sobre sus manos, pero le ocultaba mucho más que eso.
    Sin embargo, alzó la cabeza y sonrió.
    – De nada. Pero dime, ahora que has descubierto mi secreto, ¿qué propones para el resto de nuestro día?
    Simon le acarició suavemente el trasero.
    – Se me ocurre media docena de cosas.
    Ella arqueó una ceja.
    – ¿Media docena? Son unas cuantas…
    – Sólo las que se me ocurren ahora, hasta la hora del almuerzo. Pero seguro que mi imaginación se despierta más tarde.
    – Oh, vaya… pero no sé si podremos almorzar. Tengo entendido que tu despensa está medio vacía -le recordó.
    – Tengo pan, jamón y… miel.
    – Qué casualidad. Me gusta el pan, me gusta el jamón y me gusta la miel.
    La sonrisa de Simon habría derretido las suelas de sus zapatos si los hubiera llevado puestos.
    – Magnífica noticia. Porque la miel te quedaría muy bien aquí…
    Él le acarició un pezón y se inclinó para lamérselo.
    – Pero sólo para empezar -dijo ella-. Hay más posibilidades.

Capítulo Catorce

    El sol se ponía y el cielo de otoño se llenaba de tonos dorados y rojizos cuando Simon y Genevieve, animados por la energética Belleza, se acercaron al camino que llevaba a la casa. Simon redujo el paso porque sabía que Baxter se presentaría en cualquier momento y quería alargar el día tanto como le fuera posible.
    Llevaban quince minutos de paseo por los bosques. Se habían acercado al manantial para que Genevieve recibiera su sesión diaria de aguas termales; y por mucho que lo intentaba, Simon no recordaba un día más maravilloso.
    Le parecía increíble que en casi treinta años de existencia más o menos fácil, con dinero, familia, amigos, fiestas, pasión y aventuras, su mejor experiencia fuera un simple paseo con aquella mujer.
    Habían hecho el amor durante horas; después habían almorzado en la alfombra del dormitorio y habían aprovechado la miel para seguir amándose. Genevieve no era únicamente una mujer preciosa, sino también inteligente, divertida y con carácter; alguien que sabía mantener una conversación. Le gustaba tanto que no podía dejar de tocarla; de haber sido por él, la habría abrazado y se habría quedado así, apretado contra su cuerpo, hasta el fin de sus días.
    Con ninguna mujer se había sentido tan cómodo ni tan relajado como con ella, y ninguna lo había excitado tanto. Además, cada minuto que pasaba en su compañía lo convencía más de que no tenía nada que ver con el asesinato de Ridgemoor; de hecho, se inclinaba a pensar que ni siquiera sabía que había muerto. La persona que se había atrevido a quitarse los guantes y mostrarle lo que consideraba su mayor vergüenza, era indudablemente una persona digna de confianza.
    Le había pedido que confiara en él; y aunque no tenía motivos para hacerlo, Genevieve se había arriesgado.
    Naturalmente, la sinceridad de su amante tuvo la consecuencia de que Simon se sintiera culpable. No podía confesarle que era espía de la Corona británica y que estaba en Little Longstone para conseguir la carta. No podía decirle la verdad, pedirle la prueba que buscaba y esperar que todo siguiera igual entre ellos.
    Más de una vez, a pesar de ello, había considerado la posibilidad de sincerarse. Pero su mente le decía que debía ser cauto; que cuanto menos supiera Genevieve, más a salvo estaría; y que, a fin de cuentas, Genevieve tampoco había sido totalmente sincera con él: aunque le había confesado lo de sus manos, todavía no había dicho nada de su relación con Richard ni de su identidad literaria secreta, Charles Brightmore.
    Pero ahora sabía algo importante. Un día en su compañía había bastado para que llegara a la conclusión de que el conde había sido un estúpido; evidentemente, el hombre que había rechazado a Genevieve no era su esposo inventado, sino su amante real. Y le parecía increíble que hubiera abandonado a una mujer tan valiente y tan honrada por un defecto sin ninguna importancia.
    Genevieve notó su cara de preocupación y preguntó:
    – ¿A qué viene ese ceño tan fruncido? ¿Qué te preocupa?
    Simon se relajó un poco y sonrió.
    – Nada. Estaba pensando en ti.
    – Pues no parecía nada bueno.
    – Al contrario. Era buenísimo.
    – Tu expresión decía otra cosa.
    – No, fruncía el ceño por mi falta de habilidad con las palabras. Intentaba encontrar una forma de describir el día que hemos pasado juntos y no se me ha ocurrido otra que… placentero. Pero ese adjetivo es a todas luces insuficiente. Ha sido…
    – ¿Más que meramente placentero? -preguntó, sonriendo.
    – Sí. Ha sido uno de esos días que me gustaría repetir.
    Su esperanza de que el sentimiento fuera recíproco, se esfumó cuando Genevieve se puso seria de repente y permaneció en silencio. Por lo visto, aquellas horas no le habían resultado tan maravillosas como a él.
    – Al parecer, no eres de la misma opinión…
    Ella sacudió la cabeza.
    – Claro que sí. Es que…
    Genevieve se alejó y dio unos cuantos pasos antes de volverse nuevamente hacia él.
    – Me temo que no he sido completamente sincera contigo, Simon. Y si vamos a pasar más tiempo juntos, si vamos a repetir días como éste, prefiero que no quede ninguna mentira entre los dos -declaró.
    Simon se sintió un poco más culpable.
    – Adelante, te escucho.
    Ella dudó.
    – Genevieve, te doy mi palabra de que lo que me cuentes permanecerá entre nosotros.
    – Gracias, Simon. Verás… mis circunstancias personales no son como tú crees. No estoy viuda; de hecho, no me he casado nunca. Durante diez años fui la amante de un noble, de un aristócrata con quien aún estaría si no él no hubiera roto nuestra relación por considerar que mis manos eran imperfectas.
    – Comprendo.
    – Por motivos evidentes de discreción, hice creer a todo el mundo que era viuda. Seguramente pensarás que soy una cualquiera y no te lo reprocho, pero…
    Él le puso un dedo en los labios.
    – No, jamás he pensado que seas una cualquiera, Genevieve. Hiciste lo que tenías que hacer, lo más adecuado en tales circunstancias. Y te estoy muy agradecido por contarme la verdad.
    – Yo…
    Simon le acarició la mejilla.
    – ¿Cómo te convertiste en su amante?
    Genevieve tardó unos segundos en responder.
    – Mi madre era prostituta; ella no quería que yo siguiera sus pasos y ahorró hasta el último penique para pagar mis estudios. Yo tenía talento para la pintura, así que me compró todo lo necesario. Cuando cumplí los quince años, nos mudamos a Londres y ella empezó a trabajar en un burdel de la ciudad.
    – ¿En un burdel?
    – Sí, yo también trabajaba en aquel local, pero limpiando y preparando la comida. Allí fue donde conocí a Baxter. Lo encontré en un callejón, una mañana de invierno. Le habían dado una paliza y lo habían dejado por muerto. Yo lo llevé a mi dormitorio, cuidé de él y, milagrosamente, se recuperó.
    Simon se estremeció sin poder evitarlo. Mientras él había llevado una vida de riqueza y privilegios, las personas como Genevieve y Baxter se las veían y se las deseaban para sobrevivir un día más.
    Carraspeó y dijo:
    – Le salvaste la vida. No me extraña que sea tan protector contigo.
    – Y yo con él, porque me devolvió el favor por el procedimiento de convertirse en el hermano que no tenía. Yo seguía trabajando y pintaba en mi tiempo libre. A Claudia, la madame del burdel, le gustaban tanto mis cuadros que los expuso en la casa… hasta albergué esperanzas de convertirme algún día en una artista de verdad.
    – ¿Y qué ocurrió?
    – Que Claudia murió. Llegó una madame nueva y el burdel y el tipo de clientela empezaron a cambiar… para mal. A mi madre le dieron palizas varias veces. Yo estaba desesperada por sacarla de allí.
    – Lo siento tanto, Genevieve…
    – Desgraciadamente no teníamos muchos sitios adonde ir; sobre todo, sitios donde yo no tuviera que trabajar de prostituta y pudiera limitarme a las tareas de sirvienta. Para empeorar las cosas, la nueva madame se empeñó en que mi madre le debía dinero por todo el tiempo que había perdido en recuperarse de las palizas, y sus intereses eran tan exorbitantes que no los podíamos pagar.
    – Una situación difícil -comentó él.
    – En efecto. No me quedó más remedio que dejar a mi madre y buscarme un trabajo mejor pagado para intentar ayudarla. Me dieron un puesto como ama de llaves, pero tardé poco en descubrir que el señor de la casa esperaba que me acostara con él. Y supongo que lo habría hecho, porque no tenía elección. Pero un día, mi madre me llamó y me dijo que a uno de los clientes del burdel, un hombre rico y poderoso, le habían gustado mucho mis cuadros. Quería conocerme.
    – El era el aristócrata del que me hablabas antes, ¿verdad?
    Genevieve asintió.
    – Resultó ser un hombre guapo, amable y extremadamente generoso. Ser su amante me permitió escapar de la casa donde trabajaba y sacar a mi madre del burdel.
    – Entonces, también la salvaste a ella.
    Genevieve sacudió la cabeza con pesar.
    – Murió menos de un año después. Pero al menos, sus últimos meses fueron cómodos y agradables.
    – ¿Lo amabas?
    – ¿A quién? ¿A mi amante?
    – Sí.
    – Con el tiempo llegué a apreciarlo sinceramente. Era muy bueno conmigo. O lo fue hasta que… bueno, esa parte ya la conoces. Dejó de quererme.
    – ¿Has vuelto a verlo desde entonces?
    – No, ni espero verlo. Dejó bien claro que no quería saber nada más de mí, que nuestra relación quedaba rota para siempre.
    – ¿Sigues enamorada de él?
    Genevieve consideró la pregunta durante unos segundos y respondió:
    – No, él apagó aquella llama. Aunque siempre le estaré agradecida por haberme sacado de la pobreza y haber hecho posible que mi madre saliera del burdel. Al final, resultó que el hombre a quien yo amaba no existía en realidad… si hubiera sido real, no me habría abandonado de ese modo. Pero en fin, no le culpo.
    – Deberías -declaró, irritado-. El motivo que tuvo para abandonarte es tan deshonroso como egoísta en extremo.
    Ella sonrió sin humor.
    – Me siento halagada por tus palabras, Simon, pero dime: ¿de qué sirve una amante cuando ya no te da placer?
    – Un hombre que no obtenga placer de ti, es un ciego. Y un completo idiota.
    Genevieve lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa trémula.
    – Gracias.
    – ¿Qué pasó con tus cuadros?
    – Seguí pintando durante muchos años, pero ahora me cuesta demasiado.
    – ¿Lo has intentado?
    – No, últimamente no. Tenía miedo de…
    – ¿De qué?
    Genevieve frunció el ceño.
    – De fracasar, de no ser capaz de crear belleza. Pero ahora, tú me has reavivado la esperanza de que… en fin, no sé. Tal vez lo intente de nuevo.
    – Deberías intentarlo. Y espero que lo consigas… Por cierto, ¿el cuadro que está sobre la chimenea, el que vi en tu casa, es tuyo?
    Ella asintió.
    – Sí, siempre ha sido mi preferido.
    – No me extraña. Es una obra extraordinaria.
    – Gracias, Simon. Pero quiero que sepas una cosa. Hasta que te conocí, mi amante había sido el único hombre de mi vida. No ha habido otros.
    Simon se sintió como si el corazón le fuera a estallar.
    – Te agradezco que me lo digas. Es algo tan personal que te habrá resultado difícil.
    – Y ahora que sabes todo lo que hay que saber de mí, ¿aún te gustaría repetir este día?
    – Sí -dijo sin dudarlo-. ¿Y a ti?
    – También.
    Ella sonrió y él maldijo que su tiempo se hubiera acabado. Baxter aparecería de un momento a otro.
    Los dos bajaron la mirada y vieron que Belleza se había quedado dormida a sus pies.
    – La hemos matado de aburrimiento -dijo él.
    – Mejor. De lo contrario, echaría a correr por el camino y nos obligaría a seguirla a toda prisa.
    Él la abrazó y la besó. Ella se entregó inmediatamente a él y permitió que su lengua explorara el calor sedoso de su boca.
    Simon sólo pensó una cosa más. Esperaba poder disfrutar de otro día como aquél antes de que su misión y su vida en Londres los separara.

Capítulo Quince

    Simon miró el cuadro de la chimenea, el cuadro de Genevieve. Había encendido una vela y su luz escasa bastaba para resaltar los colores, tan vibrantes que parecían querer salir del lienzo. Observó la marca de las pinceladas y el paisaje marino y se preguntó si la mujer rubia sería la propia Genevieve. Además de ser inteligente, amable, encantadora, bella y sensual, tenía un talento asombroso. O lo había tenido, al menos, hasta que el problema de sus manos le robó la confianza.
    Suspiró, decidió concentrarse en su labor y pasó a otra habitación, buscando paneles sueltos en las paredes, ladrillos flojos, fondos falsos en los cajones, tablones huecos o cualquier otra cosa que pudiera ocultar el lugar donde Genevieve había escondido la carta.
    Se sentía terriblemente frustrado. Llevaba varios días en Little Longstone y no había avanzado nada en la investigación, incluso pensó en enviar una nota a Waverly para preguntarle si Miller, Albury o él mismo habían descubierto algo en su ausencia. Pero descartó rápidamente la idea.
    Los mensajes se podían interceptar; era un riesgo excesivo. Sólo sabía que el conde debía de haber muerto a manos de alguno de sus enemigos políticos; lamentablemente, Ridgemoor tenía tantos enemigos en vida que esa información no le servía de nada. Necesitaba la carta. El tiempo se estaba acabando. Cuando llegó al dormitorio de Genevieve, miró la cama y su imaginación lo traicionó de inmediato con escenas de amor. Cerró los ojos para borrarlas, pero no lo consiguió hasta que se dio la vuelta y miró el escritorio.
    Aunque ya lo había registrado con anterioridad, decidió abrir otra vez el cajoncillo superior. Mientras pasaba las páginas de la que seguramente iba a ser la segunda parte de Guía para damas, pensó que era una suerte que Genevieve hubiera encontrado aquel lugar. En Little Longstone estaba a salvo. Era una pena que su vida y su trabajo estuvieran en Londres, tan lejos.
    Sus ojos se fijaron entonces en la papelera. En su interior había una hoja arrugada que alcanzó, alisó y leyó:

    La mujer moderna debe mantener la cabeza sobre los hombros cuando se encuentre en compañía de un caballero atractivo y encantador. Cuanto más atractivo y más encantador sea el hombre, más difícil será de conquistar; en consecuencia, hay que concentrarse en algo que no guarde la menor relación con él; como por ejemplo, recitar mentalmente él monólogo de Hamlet o realizar alguna tarea tediosa como contar hasta cien.

    Simon sonrió. Genevieve era una mujer notablemente astuta. Y por motivos que ni él mismo comprendió, dobló la hoja y se la guardó en un bolsillo en lugar de devolverla a la papelera donde la había encontrado.
    Varias horas después, cuando empezaba a amanecer, había registrado hasta el último rincón de la casa. Estaba agotado y no había encontrado nada, salvo su propia conciencia, que lo criticaba amargamente por abusar de aquel modo de la intimidad de Genevieve.
    Debería habérselo preguntado. Debería haber confiado en ella como ella había confiado en él. Pero para ser sincero con ella, tendría que confesarle su identidad y el motivo real que lo había llevado a Little Longstone, lo cual implicaba confesarle que la había estado espiando desde el principio.
    Si sólo se hubiera preocupado por él, se lo habría dicho. Sin embargo, ahora había más cosas en juego. Genevieve estaba convencida de que lo único que deseaba de ella era su afecto; si se llevaba una decepción, era probable que también perdiera la confianza que había ganado al enseñarle las manos y contarle su problema.
    Para entonces, Simon estaba más preocupado por ella que por su misión; el trabajo ya no le importaba nada, aunque su vida pendiera de un hilo. Pero si no encontraba aquella carta, no tendría más remedio que pedírsela y esperar que ella lo perdonara.
    Simon frunció el ceño y pensó que en realidad daba igual que lo perdonara o no. Al fin y al cabo, se marcharía de Little Longstone y no volverían a verse.
    Suspiró, apagó la vela y caminó hacia el vestíbulo con intención de salir al exterior y echar un vistazo. El aire fresco le aclararía las ideas.
    Pero no llegó a salir. Ya había puesto la mano en el pomo de la puerta cuando oyó una voz ronca a sus espaldas.
    – Si se mueve, le pego un tiro.
    Simon se quedó helado y se maldijo por haber bajado la guardia. La voz sonaba tan cerca que su dueño no erraría el tiro aunque fuera mal tirador, pero lo suficientemente lejos como para disuadirlo de una solución violenta.
    De momento, su mejor baza era obedecer.
    – No me moveré -aseguró.
    – Ponga las manos detrás de la cabeza, pero hágalo lentamente. Dispararé al menor movimiento brusco.
    Simon se estremeció al reconocer la voz. En otras circunstancias se habría sentido aliviado, pero en aquéllas, sólo sintió un frío intenso y una punzada en el estómago. Detrás de él no sólo estaba el asesino de Ridgemoor, sino también un traidor a su país y un traidor a la amistad.
    – Se ha equivocado de persona -dijo.
    – Al contrario. Usted es la persona más adecuada, Kilburn. Lo lamento sinceramente; ha aparecido en el lugar y en el momento más inconvenientes.
    – No es la mejor forma de saludar a un viejo amigo, Waverly.
    John Waverly, su jefe, su mentor, el hombre al que había admirado y respetado durante años, soltó una carcajada.
    – No somos amigos, Kilburn.
    Simon se sintió como si le hubieran dado un puñetazo y se giró.
    – Eso es evidente.
    – He dicho que no se mueva…
    – Sí, lo sé, pero necesita tenerme de frente. Ningún hombre de honor dispararía a otro por la espalda, y sospecho que eso es lo que pretende hacer: dispararme y ponerme el arma en la mano para que todos piensen que ha sido un suicidio.
    – Por supuesto; pensarán que se ha suicidado porque se sentía culpable de la muerte de Ridgemoor. Pero dejará una nota que lo explicará todo.
    – Nadie lo creerá.
    Simon lo dijo por decir. Waverly era un hombre tan poderoso que no pondrían en duda sus palabras.
    – Claro que lo creerán.
    – Asesinar a Ridgemoor fue totalmente innecesario, John.
    – Me temo que se equivoca. La posibilidad de que lo nombraran primer ministro era cada vez más real. Sus reformas políticas habrían sido un desastre para varios de mis negocios; se sorprendería de saber cuánto dinero gano con mis propiedades de Londres. Si Ridgemoor hubiera llegado al poder, habría cumplido su palabra de luchar contra la corrupción; pero sólo me quedaban unos años para jubilarme, dejar la profesión de espía y convertirme en un hombre rico.
    Simon sintió una ira intensa.
    – Todo ese dinero lo ha ganado a costa del sufrimiento de otros.
    Waverly se encogió de hombros.
    – Todo el mundo sufre. Excepto los que son de su clase, Kilburn, los que nacen en familias ricas y privilegiadas. Pero ni su título ni sus riquezas le van a servir ahora… aunque espero que me esté agradecido por matarlo con rapidez.
    – Por supuesto. Le quedaré eternamente agradecido -bromeó.
    Waverly movió la cabeza.
    – El sarcasmo no le queda bien, Simon.
    – Lo más ridículo del asunto es que cabía la posibilidad de que Ridgemoor no llegara a ser primer ministro -le recordó.
    – En realidad no importa. Aunque no lo hubiera conseguido, tenía demasiado poder y había empezado a sospechar. Desgraciadamente, mi primer intento de asesinato fracasó; él se enfrentó a mí y me dijo que no sólo tenía pruebas sobre mis actividades ilegales, sino que también sabía que había intentado matarlo.
    – Pruebas que dejó por escrito en una carta.
    Waverly asintió.
    – Sí, un detalle sumamente inconveniente. Lo presioné hasta donde fue posible, pero se negó a hablar. Usted llegó justo después de que decidiera que no podía perder más tiempo con él. Incluso pensé que lo de la carta era un farol y que no existía…
    – Pero existía.
    – Lo supe cuando usted se presentó en mi despacho y me pidió dos semanas para demostrar su inocencia. Llegué a la conclusión de que la carta existía de verdad y de que el conde se lo había contado antes de morir.
    – Y me siguió hasta aquí…
    – Sí -dijo cori disgusto-. Debí imaginar que enviaría esa condenada carta a su ramera.
    Simon se puso tenso.
    – La señora Ralston no sabe nada del asunto.
    – También se equivoca en eso. Sabe tanto que sacó la carta de la caja.
    Simon pensó que Waverly había sido la presencia que notó en el festival de Little Longstone, el hombre que había entrado en casa de Genevieve y que había atacado a Baxter. Si no lograba convencerlo de que ella no sabía nada del asunto, la mataría con toda seguridad.
    Antes de que pudiera abrir la boca, Waverly dijo:
    – No lo niegue, Kilburn. Si hubiera encontrado esa carta, no habría perdido toda la noche registrando la casa.
    – Genevieve sacó la carta de la caja, es cierto, pero no sabe nada más.
    – Si pretende convencerme de que no sabe leer…
    – Ridgemoor la escribió en lenguaje cifrado. Genevieve no adivina que pueda ser importante. Le habrá parecido una carta sin interés.
    Waverly sonrió de forma desagradable.
    – Sea como sea, me divertiré mucho mientras la convenzo para que me la devuelva.
    Simon dijo lo primero que se le pasó por la cabeza. Tenía que salvar a Genevieve.
    – Va a ser difícil, porque la carta la tengo yo.
    Waverly entrecerró los ojos.
    – Miente. Ha registrado la casa y ahora es su ramera. Es evidente que quiere protegerla.
    – No esté tan seguro. Cuando atacó a su criado, me proporcionó la excusa perfecta para alejarlos a los dos y buscar la carta con toda libertad. La he encontrado.
    Waverly lo estudió durante varios segundos.
    – ¿Dónde está?
    – En el bolsillo de mi chaleco.
    – ¿Dónde la ha encontrado?
    – Estaba en la sala de estar, escondida tras un ladrillo suelto de la chimenea.
    Waverly sacudió la cabeza.
    – Mentira. Yo mismo registré esa chimenea.
    Simon se encogió de hombros.
    – Pero no tuvo tanto tiempo como yo. Si quiere, estaré encantado de enseñarle el lugar.
    – No, limítese a entregarme la carta.
    – No puedo. Ha dicho que no me mueva.
    Waverly lo miró con cara de pocos amigos.
    – No juegue conmigo, Kilburn. Podría pegarle un tiro ahora mismo y quitársela.
    – Podría, pero ¿qué pasaría después si descubre que he mentido? Que estaría muerto y no podría decirle la verdad -afirmó.
    – Lleve una mano al bolsillo y saque lentamente la maldita carta. Como me haya mentido, no me limitaré a dispararle; me encargaré de que su hermano y su hermana no tengan cadáver suficiente para organizar un entierro digno.
    La mano de Waverly sostenía la pistola con total firmeza y estaba decidido a cumplir su amenaza. Simon debía actuar; sólo tendría unos segundos para acabar con él y salvar a Genevieve y a su amigo Baxter. Era prácticamente seguro que moriría en el intento, pero no podía hacer otra cosa.
    Con la mirada clavada en los ojos de Waverly, Simon sacó la hoja que se había guardado en el dormitorio de Genevieve. Waverly la miró y sonrió. Simon extendió el brazo y la dejó caer.
    Waverly miró al suelo y Simon aprovechó la oportunidad.
    Se agachó con la velocidad de un rayo, sacó el cuchillo de la bota y lo lanzó. Waverly gritó y disparó inmediatamente. Antes de perder el conocimiento, Simon supo que había acertado.

Capítulo Dieciséis

    – Deprisa, Baxter.
    Genevieve corrió por el camino. Su casa de campo estaba ya muy cerca, y su tensión crecía con cada paso que daba. El sol había salido media hora antes y Simon todavía no había regresado. Tenía un mal presentimiento.
    – Seguramente no se ha dado cuenta de la hora -dijo Baxter-. Aunque también cabe la posibilidad de que se haya marchado, Gen. No sería el primer canalla que huye de una mujer tras conseguir lo que quiere de ella.
    Genevieve sacudió la cabeza.
    – No, no creo que se haya marchado. Él no es así.
    Genevieve lo sabía en el fondo de su corazón. Ningún hombre la había tocado, acariciado y hecho el amor como él. Incluso había aceptado la imperfección de sus manos sin dudarlo un segundo. Simon no sería capaz de haberse marchado sin despedirse siquiera.
    – Maldita sea, Gen, todos los hombres son así.
    – No es verdad. Tú no lo eres.
    – No lo soy porque no pretendo acostarme contigo. Pero te prometo una cosa: aunque crea que estás mejor sin él, si ese cerdo se ha atrevido a marcharse, lo buscaré, lo encontraré y haré que se arrepienta.
    – Baxter, no quiero que…
    Genevieve no terminó la frase. En ese momento sonó un disparo. Baxter la tomó rápidamente del brazo y la obligó a ocultarse al abrigo de un árbol.
    – Ha sonado en la casa -dijo él.
    Ella se humedeció los labios.
    – Sí. Pero Simon no tiene pistola…
    – Quédate aquí. Iré a mirar.
    – No, no. Yo voy contigo.
    Baxter murmuró algo sobre las mujeres obstinadas, pero permitió que lo acompañara y avanzaron hacia la casa. En cuanto abrieron la puerta, vieron a dos hombres en el suelo del vestíbulo; uno de ellos era Simon.
    – Dios mío…
    Genevieve se arrodilló junto a su amante y comprobó la herida que tenía en la sien. Estaba aterrorizada, pero sacó fuerzas de flaqueza y se dijo que no era momento para dejarse llevar por el miedo.
    Se arrancó un trozo de tela del vestido y le limpió la herida. Después, llevó una mano al cuello de Simon y le tomó el pulso.
    – Este tipo está muerto -le informó Baxter-. ¿Qué tal está Cooper?
    Genevieve suspiró y dijo:
    – Vivo. Trae agua, paños y vendas. Y por favor, date prisa…
    Baxter salió corriendo en dirección a la cocina.
    – Simon, ¿puedes oírme? Soy Genevieve… Por favor, Simon, despierta…
    La sangre de Simon había empapado el trozo de tela, así que tuvo que arrancarse otra tira.
    – Te lo ruego, Simon. Mi querido Simon… vuelve en ti. Si lo haces, te prometo que Baxter te preparará una bandeja entera de sus famosos bollitos. O una tarta. Sé que tienes debilidad por los dulces…
    Él no se movió. No hizo el menor sonido.
    Genevieve apretó la tela contra su herida, muy preocupada por la cantidad de sangre que estaba perdiendo, y se sintió terriblemente culpable.
    Aquello era culpa suya. Nunca habría pasado si Richard no le hubiera enviado aquella caja. Obviamente, el hombre que yacía muerto en el vestíbulo había intentado encontrar la carta y había disparado a Simon, que ahora se encontraba entre la vida y la muerte.
    – No me dejes, por favor -rogó-, no me dejes. Acabamos de conocernos. No puedo perderte, no puedo perder al hombre que amo…
    El descubrimiento repentino de que lo amaba, la llenó de rabia y de desesperación. Nunca habría imaginado que volvería a enamorarse, ni mucho menos tan intensamente y tan deprisa. No podía perderlo ahora. No sin confesarle su amor. No lo podía permitir. Apretó los labios contra su oído y murmuró:
    – Te amo, Simon. Por favor, vuelve en ti para que pueda decírtelo. Por favor…
    Baxter volvió en ese momento y entre los dos le limpiaron la herida y lo vendaron. Genevieve no sabía cuántos minutos habían pasado desde que entraron en la casa y lo descubrieron en el suelo; seguramente, sólo cinco o seis; pero a ella le parecía una eternidad.
    Justo cuando pensaba que no soportaría más tiempo aquel silencio, Baxter habló.
    – La hemorragia se ha detenido. Tiene un buen chichón en la cabeza, pero nada grave… la bala le ha pasado rozando.
    Segundos después de que Baxter terminara de hablar, Simon gimió y abrió los ojos muy despacio, con dificultad.
    Genevieve lo tomó de la mano y preguntó:
    – ¿Puedes oírme?
    Simon la miró a los ojos y se humedeció los labios.
    – ¿Te encuentras bien?-dijo él.
    Ella hizo un ruido a medio camino de la carcajada y el sollozo.
    – Sí, sí, me encuentro bien. Baxter, por favor, ve a buscar al doctor Bailey y al juez. Yo me quedaré aquí, con Simon…
    Baxter asintió.
    – Primero echaré un vistazo a la casa. Parece que no hay nadie más, pero quiero asegurarme.
    – Genevieve… -susurró Simon.
    – Sí, cariño, estoy contigo.
    Simon frunció el ceño e hizo un gesto de dolor.
    – La cabeza me duele mucho. ¿Qué ha pasado?
    – Te han disparado.
    Él parpadeó e intentó levantarse, pero el dolor era tan intenso que tuvo que cerrar los ojos otra vez y se quedó muy quieto.
    Al cabo de unos segundos, preguntó:
    – ¿Waverly?
    – Supongo que te refieres al otro hombre…
    Él se puso en tensión.
    – Sí, sí…
    – Está muerto, Simon.
    La noticia pareció aliviarle mucho.
    – Menos mal.
    Baxter reapareció entonces y declaró:
    – La casa está vacía. Me voy; volveré con el médico y con el juez.
    Guando el mayordomo se marchó, Simon miró a Genevieve y volvió a hablar.
    – ¿Cómo me habéis encontrado?
    – Ya había amanecido y no volvías, así que empezamos a preocuparnos. Al llegar, te hemos visto en el suelo. El otro hombre ya estaba muerto. Tiene un cuchillo clavado en el pecho -le informó.
    – Comprendo…
    – ¿Qué ha ocurrido, Simon?
    Simon se empeñó en sentarse. Le costó mucho y fue un proceso lento y doloroso, pero lo consiguió con ayuda de Genevieve. Unos minutos después, cuando ya se encontraba algo mejor, miró los preciosos ojos azules de su amante y se sintió culpable por todo lo que había sucedido.
    Genevieve se preocupaba por un hombre de quien desconocía su nombre real y hasta su profesión; por un hombre que se había aprovechado de ella.
    Apretó los labios y la miró.
    – Anoche me confesaste que no habías sido totalmente sincera conmigo, que tus circunstancias no eran las que yo pensaba. Pues bien, hoy me encuentro en la misma tesitura que tú. No trabajo para el señor Jonas Smythe; a decir verdad, esa persona no existe. Trabajo para la Corona.
    Genevieve parecía confusa.
    – ¿Eres administrador de la Corona?
    – No, no. Me dedico a obtener información y a capturar a individuos que supongan un peligro para el país -respondió.
    Ella parpadeó.
    – ¿Eres un espía?
    – Sí.
    – Un espía… -repitió-. ¿Desde cuándo?
    – Desde hace ocho años.
    – ¿Y cómo te convertiste en espía?
    – Me presenté voluntario. Mi familia es rica y nunca había necesitado nada… hasta entonces. Me dedicaba a disfrutar de mis privilegios y de mi dinero y no hacía nada más, nada de valor. Pero una noche, unos amigos y yo entramos en una taberna de una zona de Londres que nunca visitábamos. Me enfrasqué en una conversación con el posadero, que se llamaba Billy. En realidad, sólo pretendía reírme a su costa. Pero curiosamente, aquel hombre me cambió la vida.
    – ¿Cómo?
    – Hablándome de la suya. Me dijo que había servido en la Marina y que había estado a punto de morir en una batalla. Sobrevivió, pero perdió una pierna y tuvo que buscar desesperadamente un trabajo para sacar adelante a su esposa y a su hijo. Hablaba con tanta pasión de ellos, que de repente pensé en mi propia vida y me di cuenta de que la estaba desperdiciando por completo.
    – Entiendo…
    – Supe que, mientras otros hombres se dedicaban a servir a su país, yo no hacía otra cosa que ir de fiesta en fiesta, de taberna en taberna y de placer en placer. Me disgustó tanto que decidí cambiar, hacer algo importante, algo digno. Algo de lo que me pudiera sentir orgulloso -confesó.
    Ella asintió lentamente.
    – Si nos hubiéramos conocido hace ocho años, no me habrías gustado…
    – Casi seguro que no. Difícilmente podría gustarte yo cuando ni yo mismo me gustaba.
    – ¿Y ahora? ¿Te gustas más?
    – En este momento preciso… no. Te he mentido. Pero en general, sí. Me enorgullezco del trabajo que he hecho y de la gente a quien he ayudado. Por desgracia, mi trabajo implica secreto y el secreto implica mentiras. Durante ocho años he mentido a mis amigos y a mi familia; ninguno de ellos sabe lo que tú sabes ahora. Pero créeme, Genevieve, no te habría mentido de no haber sido necesario.
    Ella volvió a asentir.
    – Eso significa que no viniste a Little Longstone de vacaciones…
    – No, en absoluto. Vine para encontrarte. Para recuperar la carta que lord Ridgemoor te envió.
    Genevieve palideció y soltó su mano. Simon habría dado cualquier cosa por recuperar el contacto con ella, pero prefirió no presionarla.
    – ¿Cómo lo sabías?
    Simon contestó a su pregunta y le contó todo lo demás, desde el plan de Waverly para asesinar al conde y culparlo a él de su muerte, hasta las últimas palabras del hombre que había sido su superior en el servicio de espionaje.
    No se guardó nada. Fue completamente sincero con ella. Y cuando terminó, Genevieve permaneció en silencio durante un minuto antes de hablar.
    – Entonces, Richard está muerto.
    – Sí, lo siento. Sé cuánto lo apreciabas.
    – Siempre supiste que no era viuda, que había sido su amante.
    – Sí.
    – Te ganaste mi amistad, coqueteaste conmigo, me sedujiste… y todo, porque querías esa maldita carta -afirmó.
    – No, yo…
    Genevieve alzó una mano para que la dejara hablar.
    – No mientas de nuevo, Simon.
    – No miento. Admito que vine con intención de recuperar la carta a cualquier precio. Pero cuando te vi… no eras lo que yo esperaba. Genevieve, lo que hemos compartido es absolutamente real, verdadero.
    Genevieve soltó una risa de incredulidad.
    – ¿Real? ¡Pero si se basa en una mentira! Si tanto querías esa carta, ¿por qué no me la pediste?
    Simon tardaba tanto en responder que Genevieve lo adivinó antes.
    – Dios mío… No me la pediste, porque pensabas que estaba involucrada en la muerte de Richard.
    – Era una posibilidad, sí.
    – De manera que no solamente me sedujiste para conseguir tu objetivo, sino que además lo hiciste creyéndome directa o indirectamente responsable de un asesinato. ¿Y dices que te sientes orgulloso de tu trabajo?
    Sin pensarlo, Simon extendió un brazo para tocarla. Pero ella se apartó como si su contacto le quemara.
    – Al principio no podía ser sincero contigo. Lo único que sabía de ti era lo que me dijo un hombre moribundo, Ridgemoor; y más que exonerarte, sus palabras te incriminaban. Sólo diré, en mi defensa, que supe que eras inocente en cuanto pasé unos minutos contigo.
    – Y no obstante, te guardaste la verdad.
    – Pensaba contártelo todo y pedirte la carta hoy mismo, cuando volviera a la casa.
    – Claro, pero únicamente porque la habrás buscado por todas partes y no la has encontrado. Supongo que has registrado nuevamente mis pertenencias…
    Simon carraspeó.
    – Sí, es cierto. Pero te equivocas si crees que te seduje para conseguir la carta. Eso no ha tenido nada que ver. De hecho, hace tiempo que sólo me importas tú.
    – ¿Que sólo te importo yo? -dijo con amargura-. Sí, por supuesto. Cómo es posible que no me haya dado cuenta.
    – Genevieve, intentaba atrapar a un asesino, a un hombre que no sólo era una amenaza par ti y para mí, sino para Inglaterra. Pensaba decírtelo en cuanto me fuera posible. No pretendía hacerte daño.
    Genevieve sabía que no la había herido a propósito, pero eso no cambiaba las cosas.
    Se levantó, dio la espalda a Simon y caminó hacia la escalera.
    – ¿Adónde vas?
    – A buscar la carta. Al fin y al cabo, es lo que querías.
    Cuando ya se había marchado, Simon vio la hoja que le había dado a Waverly, la que le había salvado la vida. Se levantó con cuidado, se apoyó en la pared y se la guardó. Ella volvió poco después.
    – Richard me envió una nota además de la caja; una nota que destruí a petición suya y que decía que pasaría a recogerla. Estaba muy enfadada con él. Me había abandonado sin decírmelo a la cara, se había marchado con una mujer más joven y meses después me envía una nota para que le guarde un objeto.
    Genevieve se detuvo y apretó los labios antes de continuar.
    – Sabía que la caja era importante para él y decidí que si quería recogerla, tendría que venir en persona. Tardé varias horas en descubrir cómo se abría, pero pensé que Richard rompería su palabra y que no vendría personalmente a recogerla, así que saqué la carta y la escondí en la parte de atrás de un retrato viejo que está mi dormitorio. Aquí la tienes.
    – Fuiste muy inteligente. No se me ocurrió mirar allí…
    Simon leyó la carta y añadió:
    – Está cifrada, como suponía; pero según las últimas palabras de Ridgemoor, esta carta demostrará la culpabilidad de Waverly y mi inocencia. Gracias, Genevieve. Por esto y por haberme cuidado al verme herido.
    – De nada. Me disgusta terriblemente que me hayas mentido, pero quién soy yo para criticarte por ello. He mentido tanto que no estoy en posición de juzgar a nadie. Comprendo que actuaste de ese modo porque te pareció lo mejor.
    Simon la miró.
    – ¿Lo dices de verdad? Me gustaría que siguiéramos juntos. Te doy mi palabra de que no estaba abusando de tu confianza. Me acerqué a ti para conseguir la carta, pero luego… las cosas cambiaron y se convirtieron en otra cosa.
    – Bueno, ya tienes lo que quieres.
    – Sin embargo, hay algo que todavía no sabes. Algo sin importancia.
    – ¿Qué es?
    – No me apellido Cooper, sino Cooperstone.
    – En tus circunstancias, es lógico que te cambiaras el apellido. Cualquiera habría reconocido el de tu familia.
    – En efecto. Soy Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn. A tu servicio.
    – Eres vizconde…
    Genevieve lo dijo como si el título nobiliario le pareciera una enfermedad infecciosa.
    – Sí, lo soy. Pero a la mayoría de la gente le parecería una buena noticia…
    – Yo no soy como la mayoría de la gente.
    Antes de que Simon pudiera hablar, la puerta se abrió y Baxter apareció en compañía de un caballero alto con aspecto de funcionario del Estado y un hombre de pelo gris que llevaba un maletín negro.
    – ¿Vizconde? -preguntó el mayordomo-. ¿Es vizconde?
    – Me temo que sí.
    Baxter lo miró como si deseara arrancarle las tripas allí mismo, pero se contuvo.
    Simon le contó al juez lo sucedido y el médico certificó la muerte de Waverly. Después, retiraron el cadáver y se dirigieron a la sala de estar, donde el doctor le examinó las heridas y lo interrogó para saber si tenía náuseas o se sentía mareado.
    – ¿Cuándo podré viajar, doctor?
    – La herida es leve y no ha perdido demasiada sangre, milord. En mi opinión, podría marcharse de Little Longstone hoy mismo, en cuanto lo estime oportuno. Pero recomiendo que viaje en coche y no a caballo.
    – ¿Hay algún lugar donde pueda conseguir un carruaje?
    – Sí, cerca de mi casa. ¿Quiere que le envíe uno?
    – Se lo agradecería. Tengo que volver a Londres en cuanto pueda.
    Durante su conversación, Genevieve se había mantenido junto a la ventana. Simon la miró mientras el médico le cambiaba las vendas y la encontró tan solitaria que deseo abrazarla; pero supuso que se resistiría.
    Tenía que marcharse, no había otra solución. Y ella se quedaría allí.
    Sin embargo, sabía que no podría olvidarla.

    Genevieve miró por la ventana de la sala de estar mientras Simon le decía al doctor Bailey que debía volver a Londres enseguida. Y hasta lo encontró irónico, porque el hombre que había hablado ya no era Simon Cooper, sino Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn.
    Cerró los ojos con fuerza. Un vizconde. El destino se estaba burlando de ella. Primero, por hacerle creer que estaba a punto de morir; después, por demostrarle que se había enamorado de él; y finalmente, por robarle toda esperanza de permanecer a su lado. Todos sus sueños se habían evaporado de repente. Sabía que intentaba atrapar a un asesino y que tenía buenos motivos para comportarse de ese modo, pero eso carecía de importancia en ese momento.
    Lo importante, lo verdaderamente importante, era que él era un aristócrata y ella una escritora que escribía con seudónimo. Pertenecían a mundos tan distintos que su relación resultaba imposible.
    Unos segundos después, oyó su voz.
    – El médico ha dicho que puedo viajar. Me marcharé a Londres en cuanto arregle el asunto de mi transporte.
    – Lo comprendo.
    – Tengo que irme, Genevieve. Es mi deber. Debo informar a las autoridades, entregar la carta a nuestros servicios de codificación y…
    – No necesita explicarse, milord. Lo entiendo perfectamente.
    Simon frunció el ceño y se acercó. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no retroceder. Deseaba que aquel día no hubiera llegado nunca, que él siguiera siendo un simple administrador y ella una mujer enamorada.
    – Soy Simon, el mismo de siempre. No me llames milord. Quiero que sepas que nunca podré olvidar el tiempo que ha pasado contigo.
    Genevieve sonrió con debilidad.
    – Yo tampoco lo olvidaré… Simon.
    – Genevieve, quiero volver a verte. No quiero que esto sea una despedida.
    Ella sintió un pinchazo en el estómago.
    – Me temo que lo es. Ya he sido amante de un noble y no voy a repetir la experiencia.
    – Pero…
    – Seguir con nuestra relación no serviría de nada. No duraría mucho. Yo vivo en Little Longstone y tú tienes tu vida y tu trabajo en Londres. Al final, tendrás que casarte con una mujer de tu clase para que te dé un heredero; y no estoy dispuesta a ser tu amante entre bastidores. Tenemos que despedirnos, Simon.
    – Genevieve…
    – Siempre te recordaré con cariño, y espero que tú me recuerdes del mismo modo. Sólo deseo que tengas una vida larga y feliz.
    Durante unos segundos, Simon se limitó a mirarla sin decir nada.
    – Sí, siempre te recordaré con cariño -dijo al fin-, y espero que tengas una vida mágica. Mi querida Genevieve… hazme un favor: no vuelvas a pensar nunca, bajo ningún concepto, que eres menos que perfecta.
    Dicho esto, la tomó de la mano, se la besó y salió de la habitación.
    La puerta se acababa de cerrar cuando ella dejó escapar las lágrimas que había contenido desde que lo vio herido en el suelo.

Capítulo Diecisiete

    Las dos primeras semanas tras la marcha de Simon pasaron para Genevieve entre accesos de tristeza y paseos por los alrededores de la casa. Hasta temía acercarse al manantial; le recordaba su encuentro amoroso con Simon y no habría vuelto a él de no haber sido estrictamente necesario por motivos de salud.
    Intentaba mostrarse animada delante de Baxter, pero sabía que su amigo no se dejaba engañar con tanta facilidad; de hecho, había amenazado literalmente con hacer picadillo al vizconde. Y ella lo había defendido. Simon se había portado de forma honrada con ella; hasta le había ofrecido que continuaran la relación. Pero no podía ser. En tales circunstancias, no se sentía con fuerzas de afrontar los deseos, las esperanzas y los sueños que Simon le inspiraba.
    Quince días después de su marcha, alguien llamó a la puerta. Genevieve tuvo la absurda esperanza de que fuera él, pero resultaron ser Baxter y un caballero de edad avanzada que se presentó como abogado londinense.
    – Tengo una carta para usted, señora Ralston -dijo el desconocido, que se apellidaba Evans-. He representado los intereses de lord Ridgemoor durante mucho tiempo. Hace un año, me pidió que guardara esta carta y que se la entregara en persona si él fallecía. Si tiene alguna pregunta al respecto y desea hablar conmigo, me alojaré en la posada del pueblo. Mañana a primera hora debo volver a Londres.
    Desconcertada, Genevieve miró al caballo mientras este subía a su carruaje y se alejaba y, acto seguido, se dirigió a su dormitorio.
    Una vez allí, se sentó frente al fuego y rompió el sello con manos temblorosas. La carta decía así:

    Mi querida Genevieve:
    Desde el día en que rompí nuestra relación, no he deseado otra cosa que volver a verte y pronunciar estas palabras en persona. Siento que te lleguen así; pero teniendo en cuenta las circunstancias, no habría otra forma.
    Toda mi vida me he enorgullecido de decir la verdad; por eso me costó tanto mentirte. Porque eso fue exactamente lo que hice, mentirte, cuando te dije que ya no te deseaba. Genevieve, te he querido desde el día en que te conocí, desde que vi a la joven autora de aquellos cuadros que me llegaron al alma. Te he amado desde que te toqué por primera vez, con un amor que jamás he sentido por nadie más. Sé que te hice daño cuando te rechacé, y sólo puedo decir en mi defensa que aquello estuvo a punto de matarme de dolor.
    Pero debía hacerlo. Había recibido amenazas de muerte y sabía que, si permanecía a tu lado, tú también estarías en peligro. Habrías sido el objetivo perfecto para mis enemigos; ellos sabían que habría hecho cualquier cosa por ti, que habría dado incluso mi vida de ser necesario, y no habrían desaprovechado esa oportunidad.
    De haber sido posible, me habría separado de ti de otra manera; sin embargo, era consciente de que la ruptura debía ser brusca y lo suficientemente injusta como para que no intentaras seguirme. Fue lo más duro que he hecho en mi vida, y si no hubiera recibido más amenazas de muerte, es probable que me hubiera rendido y que hubiera aparecido en tu casa de Little Longstone para rogarte que me perdonaras. Sólo quiero que sepas que no ha pasado ni un día, no, ni un simple momento sin que no te extrañara, no te deseara y no te amara con todo mi ser.
    Ya no estoy aquí para poder asegurar tu bienestar físico, pero al menos puedo garantizarte el financiero. He abierto una cuenta a tu nombre en el Banco de Inglaterra; los detalles los tiene mi abogado, el señor Evans, que te ayudará con ello y con cualquier otra cosa que necesites.
    Me gustaría poder hacer más. Y sobre todo, me gustaría estar contigo ahora y siempre.
    Gracias por amarme, mi querida Genevieve, y por permitir que te amara. Fuiste la alegría de mi vida, y sólo te deseo lo mejor. Espero que puedas perdonarme.
    Tuyo,
    Richard.

    Genevieve miró la carta con ojos llenos de lágrimas. Richard la amaba. Siempre la había amado. Sólo se había marchado porque temía por su vida.
    El alivio de descubrir hasta qué punto se había equivocado con él, se mezcló con el dolor por su muerte y la tristeza. Dejó la carta a un lado, hundió la cara entre las manos y siguió llorando. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero al final, cuando las lágrimas se secaron en sus ojos, la amargura y la tensión del último año habían desaparecido y sólo quedaba un sentimiento de paz y de gratitud hacia Richard.
    Ahora podía seguir con su vida. O casi, porque se había enamorado otra vez. Y de un hombre al que no podía amar.
    Las dos semanas siguientes no pasaron ni más rápida ni más fácilmente que las dos anteriores. Pero las miradas de preocupación de Baxter se volvieron más excepcionales, así que llegó a la conclusión de que estaba mejorando sus dotes de actriz.
    Exactamente un mes y dos días después de la marcha de Simon, decidió que su congoja ya había durado el tiempo suficiente. El día había amanecido fresco y soleado, y se dijo que era un buen día para volver a reír. Iría al manantial y luego escribiría un buen rato. Pero antes, releería la Guía para damas. Había llegado el momento de que se aplicara sus propios consejos.
    Tras un desayuno delicioso a base de huevos, jamón y bollitos de Baxter, dio un beso entusiasta a su amigo y se dirigió al vestíbulo.
    – Me alegra que sonrías otra vez, Gen.
    – Y yo también, Baxter. Estaré fuera alrededor de una hora. ¿Por qué no te acercas al pueblo? Si no recuerdo mal, la señorita Winslow suele pasar por la carnicería a estas horas…
    Baxter se ruborizó.
    – No lo sé. Aunque ahora que lo dices, nos vendría bien un poco de panceta.
    – Una idea excelente.
    Satisfecha, salió de la casa. No dejaba de sonreír y de repetirse que aquel día iba a ser feliz, y ya se había convencido cuando llegó a las rocas que rodeaban el estanque de aguas termales y vio que su santuario estaba ocupado.
    Su sonrisa desapareció al instante.
    Simon estaba junto al agua, vestido con una capa azul oscuro bajo la que se atisbaba una chaqueta del mismo color, una camisa blanca como la nieve, un pañuelo y unos pantalones de montar. Sus botas negras brillaban, aunque la izquierda mostraba señales inconfundibles de mordeduras de perro. En una mano sostenía a Belleza, lo cual no debía de resultar fácil porque el animal se puso a ladrar y a agitarse en cuanto la vio; en la otra, un ramo enorme de rosas.
    Sus miradas se encontraron enseguida, y todos los sentimientos que Genevieve había enterrado durante el mes anterior salieron a la superficie y la dominaron de nuevo: la nostalgia, el deseo, el amor.
    Simon soltó a la perrita, que corrió hacia ella y se comportó como si la adorara. Genevieve se inclinó y la acarició con alegría.
    – Te ha echado de menos.
    Ella alzó la mirada. Simon se había acercado a menos de dos metros y la miraba con una expresión indescifrable.
    – Yo también a ella. No puedo creer cuánto ha crecido…
    – Pues créelo. Se come todo lo que encuentra en mi casa, incluidas mis botas. Vamos, Belleza, siéntate…
    Belleza se sentó inmediatamente.
    – Como ves, he progresado algo con ella -añadió.
    – Estoy impresionada. Es todo un triunfo.
    Simon carraspeó y le acercó las flores.
    – Son para ti. Espero que todavía sean tus favoritas.
    Genevieve aceptó el ramo e intentó controlar el escalofrío de placer que sintió cuando sus dedos se rozaron.
    – Por supuesto que sí. Son muy bonitas… gracias.
    – De nada. Me recuerdan a ti.
    Ella no dijo nada. Esperaba que Simon hablara, pero al ver que se mantenía en silencio, preguntó:
    – ¿Qué estás haciendo aquí, Simon?
    – Quería hablar contigo y me pareció que sería mejor que viniera a buscarte al manantial. Temía que, si llamaba a la casa, Baxter se lanzara a mi cuello antes de que pudiera abrir la boca.
    Genevieve pensó que estaba en lo cierto.
    – ¿Y de qué quieres que hablemos?
    – En primer lugar, quiero que sepas que la carta de Ridgemoor no sólo acusaba a Waverly; también incluía pruebas irrefutables de su culpabilidad en los delitos de robo y traición a la Corona.
    – ¿Había más personas involucradas?
    – No, actuaba solo. De hecho, Ridgemoor hizo un gran servicio al país al incluir las pruebas en esa carta. El conde murió como lo que era, un héroe.
    Genevieve asintió.
    – Gracias por decírmelo, Simon. Pero no era necesario que vinieras a Little Longstone para eso. Podrías haberme enviado una nota.
    – No, porque hay algo que quería darte. O más bien devolverte, porque es tuyo.
    Simon se metió una mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel, que le entregó.
    – ¿Qué es esto? -preguntó, perpleja.
    – Ábrelo.
    Genevieve lo hizo y se llevó una buena sorpresa al descubrir una de sus notas para la entrega siguiente de la Guía para damas.
    – Ese papel me salvó la vida -explicó él.
    – ¿Cómo dices?
    – Lo encontré en la papelera aquella noche y me lo guardé, no sé por qué. Cuando Waverly me pidió la carta, saqué la hoja y la dejé caer al suelo; él se distrajo un momento y me dio la ocasión para atacarle.
    – Vaya… no sé qué decir. Pero me alegra que te fuera de ayuda…
    – Y a mí, Genevieve. ¿O debería llamarte Charles Brightmore?
    – ¿Serviría de algo que lo negara?
    Simon sonrió.
    – No. Pero no tienes por qué; eres una escritora de gran talento.
    Genevieve no esperaba un halago.
    – Gracias…
    – De talento, e inteligencia. Espero que el segundo libro tenga tanto éxito como el primero. Puedes estar segura de que adquiriré un ejemplar.
    – ¿No te… incomodó?
    – No. Me siento muy orgulloso de ti. Y no te preocupes por la identidad real de nuestro querido Brightmore; puedes estar segura de que tu secreto seguirá a salvo conmigo.
    – No sé qué decir… Gracias, supongo.
    – Es un placer. Pero quería hablar contigo de un asunto bien diferente. He pensado mucho desde que me marché de Little Longstone. Fundamentalmente, en ti; en los días que estuvimos juntos. Y en algo que, me dijiste.
    – ¿Qué te dije?
    – Que esperabas que llevara una vida larga y feliz -respondió-. ¿Lo decías en serio?
    Ella asintió.
    – Sí, claro.
    Simon sonrió.
    – Excelente. Me alegro que lo dijeras en serio, porque he decido que efectivamente quiero una vida larga y feliz y que sólo puedo tenerla contigo, Genevieve. Tú eres lo que necesito para alcanzar la felicidad.
    Genevieve se quedó helada. Simon quería que retomaran su relación.
    Intentó recordarse todo lo que se había repetido a sí misma durante un mes; intentó convencerse de que no podía ser su amante. Pero todo ello se derrumbó ante sus pies como un castillo de naipes ante la posibilidad de volver a su lado; y ya estaba a punto de decírselo cuando él se le adelantó.
    – Este ha sido el mes más triste y solitario de mi vida. Espero que también lo haya sido para ti.
    Ella parpadeó.
    – ¿Cómo?
    – Lo que has oído. Espero que haya sido desolador, desesperante, terrible, solitario y angustioso. Igual que el mío.
    – ¿Tan mal te sentías?
    Simon rió sin humor.
    – Tan mal, y peor. Desde que te dejé en la sala de estar de tu casa -confesó-. Pero todavía no has contestado a mi pregunta.
    – Bueno, no puedo negar que he estado triste; ni que te he echado de menos.
    – Magnífico.
    – Simon… en cuanto a la posibilidad de ser tu amante…
    – No quiero que seas mi amante.
    Genevieve lo miró con confusión.
    – Oh, lo siento. Pensaba que…
    – Quiero que seas mi esposa -la interrumpió.
    Genevieve se quedó sin habla.
    – ¿Qué has dicho?
    Simon carraspeó y repitió:
    – Que quiero que seas mi esposa.
    – Simon, los hombres de tu posición no se pueden casar con plebeyas…
    – ¿Por qué no?
    – Porque el escándalo te arruinaría y mancharía el buen nombre de tu familia.
    – Es posible, pero no me importa. No puedo vivir sin ti. Quiero estar contigo siempre, todas las noches, hasta que la muerte nos separe.
    Simon la tomó entre sus brazos y añadió:
    – Genevieve, no he sido el mismo desde que te vi por primera vez, cuando me escondí detrás de tu estatua; fue como si un rayo me hubiera golpeado. Desde que te dejé, no he dejado de repetirme que conseguiría superarlo, olvidarte, pero me engañaba a mí mismo. Estoy profunda, rematada e apasionadamente enamorado de ti. Habría venido antes, pero quería solventar mis compromisos en Londres antes de presentarme en tu puerta.
    El corazón de Genevieve latía tan deprisa que pensó que Simon podría oírlo.
    – ¿Me amas?
    – Tanto que me duele. Tanto, que no podría pasar otro día, otro minuto u otro segundo sin ti.
    – Pero tu vida está en Londres…
    – Eso no importa. Mi corazón está aquí, en Little Longstone.
    – ¿Y qué vas a hacer con tu trabajo?
    Él la miró con toda la seriedad de sus ojos verdes.
    – Estoy oficialmente retirado del servicio. En cuanto a mi vida en Londres, mantendré la casa en la ciudad pero pasaré casi todo el tiempo aquí, contigo. He visto que al oeste del pueblo se vende una propiedad de unas veinticinco hectáreas, con árboles preciosos, un lago, un pozo y, lo que es mejor, cuatro manantiales de aguas termales. Un lugar perfecto para construir una casa.
    – Estás hablando en serio…
    – No he hablado más en serio en toda mi vida. Cuando llegué a Little Longstone me faltaba algo, aunque no sabía qué. Luego te conocí y supe que eras tú quien me faltaba. Ahora sólo queda una pregunta… ¿Sientes lo mismo que yo? Y si es así, ¿quieres pasar el resto de tu vida conmigo?
    Genevieve palideció.
    – Dios mío…
    – ¿Te ocurre algo, Genevieve? Te has quedado muy pálida. Eso no puede ser bueno.
    Ella no dijo nada.
    – Pero si estás llorando… no, eso no puede ser bueno.
    Genevieve rió.
    – Sí, estoy llorando, pero de felicidad; porque siento y quiero exactamente lo mismo que tú. Te amo tanto que casi no puedo respirar. Quiero pasar el resto de mi vida contigo.
    Simon la abrazó con fuerza y le dio un beso lleno de esperanza, amor y pasión. Cuando por fin levantó la cabeza, dijo:
    – Pensaba que me rechazarías.
    – ¿Qué habrías hecho en ese caso?
    – Bueno, llevo otras seis docenas de rosas en el carruaje, además de todas las obras de arte que he podido encontrar… pensaba usarlas para convencerte.
    Genevieve se sintió muy emocionada. El gesto de Simon había sido tan extravagante como romántico.
    – Qué… encantador. Sospecho que te habrías salido con la tuya -bromeó.
    – Como no las tenía todas conmigo, he traído otra cosa. El zafiro de los Kilburn.
    – ¿El zafiro de los Kilburn? -repitió con debilidad.
    Simon asintió.
    – Una piedra ridículamente grande de cinco quilates, pero impresionante a pesar de su vulgaridad. También hay un diamante de los Kilburn, que sólo tiene tres quilates… sin embargo, dijiste que los diamantes te parecen fríos y pensé que el zafiro sería más adecuado como anillo de compromiso.
    Genevieve soltó una risa nerviosa.
    – No era necesario. Sólo tenías que besarme y decirme que me amabas.
    – ¿Y me lo dices ahora? Si llego a saber que eres tan fácil de satisfacer…
    – Al contrario. Soy muy exigente; sobre todo en la cama, como toda mujer moderna que se precie.
    Simon le quitó los guantes y le cubrió las manos de besos.
    – Ésa es la mejor noticia que he oído en mi vida. Pero, por favor, no me digas que quieres un noviazgo largo…
    – Bueno, todavía quedan dos semanas para que termine noviembre. ¿Te parece bien que nos casemos antes de final de mes?
    Simon sonrió de oreja a oreja.
    – Mi querida Genevieve, resulta que, al igual que me ocurre con todo lo relacionado contigo, siento verdadera debilidad por las bodas en noviembre.

Jacquie D’Alessandro


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