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Una princesa en apuros

Una princesa en apuros

Аннотация

    ¿Qué hacía una princesa en un rancho de Texas…?
    Había ido de primera a tercera clase, le habían robado, después se había calado en mitad de una tormenta y finalmente había acabado perdida en un rancho lleno de animales aterradores… En resumen, la princesa Natalia Brunner había tenido días mejores que aquel. Si no hubiera sido por el oportuno rescate de aquel guapísimo cowboy, se habría dado por vencida. Pero, como en las viejas películas del oeste, el sexy Tim Banning iba a pedirle que se olvidara de la corona y se quedara por allí un tiempo…


Jill Shalvis Una princesa en apuros

    Una princesa en apuros (2003)
    Serie multiautor: 02 Las princesas Brunner
    Título Original: A royal mess

Capítulo 1

    TIMOTHY Banning necesitaba tomarse unas vacaciones para recuperarse de los días que había pasado en Nueva York. Era imposible, ya descansaría cuando llegara a su rancho de Texas, así que allí se dirigía.
    El aeropuerto estaba lleno de gente. Una típica tarde de domingo.
    Se compró un billete para un vuelo con overbooking en el que ya sabía que iba a comer fatal. Al final, fue uno de los afortunados en embarcar.
    Se puso a la cola mientras se apiadaba en silencio de la pobre azafata que estaba haciendo frente a los airados pasajeros que se quedaban en tierra.
    Estaba agotado mentalmente, como siempre que iba a visitar a su autoproclamada abuela. La mujer tenía una energía inagotable… compras, espectáculos, charlas. Nada que no pudiera curar una buena siesta.
    «Y patinar», recordó tocándose el cuello dolorido. Había estado a punto de matarlo.
    No había querido oír ni hablar de irse a vivir con él a Texas y dejar que la cuidara en su vejez. Era incombustible.
    Delante de él iba una niña de unos cinco años en brazos de su madre. Estaba muerta de sueño y llevaba una camiseta en la que se leía «Adorable». Se quedó mirando a Tim muy seria mientras se comía un chupachups azul.
    Adorable, pero rezó para que no se sentara delante de él porque hacía un ruido insoportable.
    Se sacó el caramelo de la boca y sonrió. En ese momento, un hilillo de saliva le cayó a su madre por el cuello.
    – Ten cuidado, Tish -le reprendió la mujer. «Eso, Tish, no te saques el caramelo de la boca», pensó Tim.
    Tish se volvió a meter el chupachups en la boca y sonrió.
    – ¿Eres vaquero?
    Tim se señaló el sombrero Stetson y asintió.
    – Sí.
    – ¿Tienes caballo?
    – Sí.
    – ¿Y le gusta el azúcar?
    – Me parece que tanto como a ti.
    Tish sonrió y siguió comiéndose su dulce. La fila no avanzaba y los de atrás empezaban a empujar amenazando con lanzarlo contra Tish y su chupachups azul y pegajoso.
    El caos reinaba, todo el mundo gritaba a su alrededor y la gente iba de un lado a otro. Nada que ver con la paz y la calma de su rancho.
    – Perdone -dijo una vocecilla a sus espaldas-. Tengo que embarcar.
    Tim miró y vio a una joven con pinta de adolescente.
    – Lo siento, pero hay overbooking -le informó la pobre azafata.
    – ¡Me importa un bledo! -contestó la mujer, cuyo tono imperioso tenía poco de adolescente-. Tengo un billete de primera, así que ya puede ir dándome mi tarjeta de embarque.
    Tim vio que solo le quedaban tres personas delante y estaría a bordo. Pronto podría dormir.
    Por fin, consiguió que una azafata pelirroja le diera la bienvenida y le mostrara su asiento. Como de costumbre, la mujer lo miró embobada. Sí, era normal que lo encontraran atractivo, pero solo para un rato. Luego, su vida en el rancho no les llamaba la atención y ninguna quería una relación larga.
    De nuevo, estaba en una fila que no avanzaba porque todo el mundo estaba de pie en el pasillo peleándose por meter algo en el compartimento de arriba.
    Estaba agotado y se moría por sentarse. Por fin, pudo avanzar y hacerlo. Bostezó, se puso el Stetson sobre los ojos e intentó estirar las piernas, lo que no le resultó fácil, pero daba igual, había aprendido a dormir en cualquier sitio y en cualquier situación y aquel día no fue diferente.
    Lo único que pedía era que los dos asientos que había a su lado los ocupara alguien tranquilo y silencioso. Muy silencioso.
    Poco a poco, se fue quedando dormido hasta que el pasajero de atrás le dio una patada en la espalda. Asomó la cabeza y vio a la reina del chupachups con la boca completamente azul.
    – ¡Hola, vaquero! -saludó Tish.
    Tim le dijo hola con la mano y se concentró en seguir durmiendo. Lo consiguió y, por supuesto, soñó con su rancho.
    La siguiente vez que lo despertaron, creyendo que era Tish de nuevo, fingió que seguía dormido.
    Pero no era la niña.

    Por debajo del sombrero, vio unas piernas morenas y bien torneadas con botas altas y negras.
    – Esto es increíble -dijo una voz femenina.
    Era la insoportable del mostrador y, qué suerte, la habían sentado justo a su lado.
    – Estos asientos están demasiado juntos -continuó, aparentemente para molestarlo.
    Le dio resultado.
    Tim se fijó en que llevaba una minifalda cortísima y se preguntó cómo la habría dejado su madre salir de casa así.
    – Cuando lo cuente, no me van a creer – dijo estallando un globo de chicle con fuerza-. En turista y como una sardina…
    Insoportable.
    – Pero si no puedo ni estirar las piernas… ¡Ay! -dijo frotándose una pantorrilla-. Esto debería ser ilegal. Voy a poner una queja.
    No pensaba mirarla. Ni siquiera de reojo. Tim se encasquetó bien el sombrero e intentó dormir de nuevo.
    – De verdad… -continuó-. Todo lo que me ha pasado hoy…
    ¿Con quién estaría hablando en aquel tono que parecía… británico? Miró por debajo del sombrero. ¿Le estaría hablando a él o a la mujer que iba en el pasillo? La mujer no le contestaba y él estaba haciéndose el dormido, así que solo cabía una posibilidad. Estaba hablando sola.
    Debía de estar loca.
    – Seguro que la jerarquía estadounidense no tiene estos problemas -se quejó-. No creo que los Kennedy tengan que viajar en turista. -Tim apretó los párpados. -¿Cómo he terminado aquí? ¿Quién viajará en primera? ¿El príncipe Guillermo? Esto es un insulto -continuó echándose hacia un lado para intentar ponerse cómoda.
    Al hacerlo, su cabellera rozó el brazo de Tim y le hizo aspirar un aroma que lo volvía loco. Flores y mujer.
    Normalmente, era el olor que más le gustaba del mundo, pero no viniendo de aquella loca con pinta de adolescente.
    El avión comenzó a moverse. Bien. La gente no solía hablar durante el despegue.
    Quince segundos sin hablar. Tim albergó esperanzas.
    – Con la cantidad de veces que he despegado y aterrizado y no me acaba de gustar… ¡Ay, madre! ¿Ese ruido ha sido el motor? -dijo agarrándose a la butaca y rozándole de nuevo el brazo «No mires, Banning», se dijo. -Perdone, ¿usted cree que ha sido el motor? -insistió.
    Tal vez otra persona podría haber seguido ignorándola, pero al detectar miedo en su voz, abrió los ojos y la miró.
    – No se preocupe, son solo los ruidos normales del despegue -le aseguró.
    Dejó de mascar chicle y se mordió el labio sin dejar de clavar las uñas en los reposabrazos. Estaban tan pegados que eso quería decir que le estaba metiendo el codo en las costillas.
    – De verdad -insistió Tim anonadado ante la profundidad de sus ojos color almendra.
    La chica, que era rubia y de pelo largo, asintió. Llevaba sombras negras y azules en los párpados y pintalabios azul a juego.
    La azafata pelirroja que lo había recibido, que resultó llamarse Fran, corrió la cortina que separaba la primera clase de ellos y lo sonrió con picardía.
    – ¿Ha visto eso? -dijo la chica-. ¡Están sirviendo la comida en primera! ¡Mi comida! ¡Ehhhh! ¿Hola?
    Fran no reapareció.
    Mujer lista la azafata.
    – Bueno -dijo la chica sinceramente sorprendida por que no le hicieran caso-. No hay derecho. Estoy muerta de hambre -añadió echándose hacia atrás de nuevo-. ¡Soy una princesa que se muere de hambre! -gritó.
    Fran asomó la cabeza.
    – Por favor, cállese -le pidió.
    – Pero…
    – Cuando aterricemos, como si me decapita, pero ahora soy la reina -dijo Fran cerrando la cortina con decisión.
    – Me estoy muriendo de hambre -insistió la princesa de cuero.
    – Lo siento -contestó Tim.
    La chica se quedó mirándolo fijamente.
    – No tiene ni idea de quién soy, ¿verdad?
    – ¿Una princesa que se muere de hambre? -bromeó Tim.
    – ¡Exacto! -contestó ella encantada sin darse cuenta de que le estaba tomando el pelo-. Esto de que no te reconozcan… -dijo al darse cuenta.
    Se rió y se puso los auriculares. «Está loca», pensó Tim.
    En ese momento, la carita de Tish apareció entre los dos asientos.
    – ¡Hola!
    La princesa de cuero sonrió y se quitó los auriculares.
    – Hola -contestó.
    – Tengo cinco años -le informó Tish extendiendo la mano.
    La princesa asintió.
    – Yo tengo cinco por cuatro más otros cuatro.
    – ¿Tiene veinticuatro años? -dijo Tim sorprendido.
    – ¿Cuántos creía que tenía?
    – Doce.
    – ¿Doce? -repitió ella quitándose la chaqueta para demostrarle que tenía bastantes más.
    De hecho, se rió al ver la cara que puso. Tish también se rió y se le cayó el chupachups. En el regazo de Tim.
    – Tish, siéntate -se oyó decir a su madre.
    «Sí, Tish, siéntate», pensó Tim.
    Miró a su acompañante. La chica sonrió. Él, no. Habría preferido que hubiera tenido doce años.
    Una azafata pasó por el pasillo repartiendo una patética bolsa de cacahuetes a cada pasajero.
    – Qué mal, ¿no? -dijo la chica.
    Tim decidió que, ya que parecía que se le había pasado el miedo, iba a intentar dormir un rato.
    Con un poco de suerte, la chica se callaría.
    Por favor.
    – A mí me es imposible dormir en los aviones -le informó haciendo ruido con la bolsa de cacahuetes.
    Tim suspiró y puso la mano sobre las suyas.
    – Gracias -susurró ella entrelazando los dedos y callándose al momento.
    Y así fue cómo Tim se encontró agarrado de la mano de una loca.

Capítulo 2

    EN el mundo de Natalia, todos sabían que era princesa aunque intentara disfrazarse. Y lo había intentado. Sobre todo, para que no la compararan con otras princesas más recientes y famosas. Además, le gustaba sorprender a la gente. Era una afición un poco rara, pero le divertía.
    En los Estados Unidos, sin embargo, era una don nadie.
    Pero no debía importarle porque, según Amelia Grundy, que había sido su niñera y ahora era su amiga, y sus dos hermanas, una princesa no pierde nunca la compostura en público.
    Ya la había perdido suficientes veces en un solo día, así que decidió controlarse. Además, era mucho más fácil y divertido dedicarse al guapísimo vaquero que tenía sentado al lado.
    No era políticamente correcto, pero la princesa Natalia Faye Wolfe Brunner de Grunberg no era conocida precisamente por seguir las normas impuestas. Nunca lo había hecho. No por fastidiar sino porque le costaba tener que sacrificarse. No lo hacía ni por nadie ni por nada y le iba bien así. Su familia la adoraba aunque fuera vestida de cuero y con sombras de ojos llamativas. De vez en cuando, no obstante, se vestía en plan princesa cursi para darles gusto y listo.
    Pero aquel día… aggg. Acababa de llegar de Europa, después de un vuelo que había durado prácticamente un día, y le había chocado mucho la falta de educación de los estadounidenses en los aeropuertos. Rezó para que solo fuera en los aeropuertos porque, de lo contrario, aquella visita iba a resultar muy desagradable.
    ¿No le había advertido Amelia que en aquel país no había más que centros comerciales horteras, estrellas de Hollywood y vaqueros del salvaje Oeste?
    La verdad era que a Natalia le encantaban estos últimos y hasta sus dos hermanas le decían que veía demasiadas películas de Clint Eastwood.
    Tal vez fuera cierto, pero le encantaban. Obviamente, sabía que los nombre estadounidenses no iban a caballo ni llevaban pistolas en la cadera, pero estaban muy guapos vestidos así.
    Para guapos, el vaquero que tenía a su lado. Con sombrero Stetson, por supuesto. ¡Y le había agarrado la mano! Qué detalle tan bonito, ¿verdad? No se le había ocurrido nunca que aquellos tipos tan duros pudieran tener un lado tan amable. Lo miró de reojo y pensó que era una pena que Hollywood no lo hubiera descubierto.
    – No lleva pistola, ¿verdad? -le preguntó.
    Tim se levantó el sombrero.
    – ¿Está borracha?
    – No, claro que no -contestó. Otra cosa que las princesas no hacían en público: pasárselo bien-. Era solo curiosidad. ¿Lleva pistola o no?
    Se volvió a tapar la cara con el sombrero. Una pena porque tenía unos rasgos impresionantes. Era como el hombre de Marlboro, pero sin cigarrillo. Bronceado, curtido, atractivo y con un cuerpazo de morirse.
    – Me la he dejado en casa -contestó-. Con el caballo que habla -añadió bostezando e intentando estirarse un poco.
    Todo sin soltar en ningún momento la mano de Natalia. Nunca le había gustado demasiado que la tocaran, pero aquello era diferente. Aquel hombre de camiseta azul marino y vaqueros desgastados era para derretirse.
    Ella también tenía vaqueros, pero prefería el cuero porque llamaba más la atención. Le encantaba llamar la atención. Hasta el punto que su madre la había tenido que llevar al médico para ver si le sabían decir por qué. Lo único que había conseguido su pobre madre habían sido unas facturas exageradísimas. Nada más. Si le hubiera preguntado a ella, se lo habría dicho tranquilamente: necesitaba llamar la atención tanto como respirar.
    Por eso estaba allí, sola, en su primer viaje sin ayudantes. Iba a una boda de una amiga de la realeza en representación de su familia. Quería dejarles bien por una vez, pero no había contado con los nervios.
    Y allí estaba, entre el vaquero adormilado y una mujer de 150 kilos que no paraba de roncar.
    «Por Dios, que me peguen un tiro si algún día me quedo así dormida en público», pensó mientras se daba cuenta de que tenía unas ganas horribles de ir al baño.
    – Perdón -susurró.
    La mujer abrió un ojo a regañadientes.
    – Estaba dormida -dijo.
    – Ya lo he visto, pero tengo que ir al servicio.
    – ¿Al servicio?
    ¿Dónde habían dejado la clase aquellos estadounidenses? Natalia señaló la puerta de los baños.
    – Ah, al retrete -dijo la gorda suficientemente alto como para que la oyeran en China-. Tiene que hacer pis. Bueno, hombre, haberlo dicho. ¿Qué pasa? ¿Las princesas no pueden decir la palabra pis?
    – ¿Me deja salir, por favor?
    – Claro, claro -contestó la mujer levantándose-. Que Dios me libre de no hacer esperar a Su Majestad.
    Una vez en el «retrete», Natalia se miró en el espejo y vio que estaba pálida y cansada. Se mojó la cara, pero lo único que consiguió fue mojarse el pelo y parecer la novia de Frankenstein. Estupendo.
    Cuando se sentó de nuevo en su asiento, el vaquero se levantó el sombrero y abrió un ojo. Un ojo verde. Un increíble ojo verde. La miró y se volvió a cerrar.
    A diferencia de la demás gente que conocía, el vaquero no había dicho nada de su maquillaje, sus joyas o su ropa.
    – ¿Hemos llegado ya?
    – No.
    – Hmm.
    El vaquero se arrellanó en su asiento y al hacerlo le dio con el brazo. Natalia se quedó anonadada porque ni le pidió perdón, como habría hecho cualquier persona por el mero hecho de haberla rozado.
    ¡Ni la miró!
    Natalia no dijo nada. La verdad es que los hombres estadounidenses eran unos maleducados, pero tremendamente guapos.
    – ¿Me está mirando mientras duermo? -dijo el vaquero con voz ronca.
    Natalia se apresuró a apartar la mirada.
    – Claro que no.
    – Claro que sí.
    Ya, no. Aunque le fuera la vida en ello, estaba decidida a no volver a mirarlo. De hecho, ni siquiera iba a mirar por la ventana, no se fuera a creer que lo estaba mirando a él. Giró la cabeza hacia el otro lado y se encontró con la mujer gorda roncando de nuevo.
    Suspiró y se quedó mirando al frente con una pose todo lo real y tranquila que pudo. Consiguió aparentar calma incluso cuando el avión entró en una nube de turbulencias.
    ¿Hubiera sido demasiado pedir que la agarrara otra vez de la mano, por favor?

    El avión aterrizó a su hora y al salir la tripulación se burló de ella, especialmente Fran.
    – Despídanse de Su Majestad -bromeó haciendo reír a Tim.
    «Muy gracioso», pensó Natalia mirándolo a los ojos.
    Se apresuró a salir de allí. Tenía que encontrar la próxima puerta de embarque en aquel tremendo aeropuerto. ¿Dónde estaba exactamente? Ah, sí, en Dallas, Texas, donde las mujeres llevaban el pelo exageradamente ahuecado y los hombres lucían hebillas más grandes que…
    Bueno, mejor no hacer comparaciones.
    No estaba dispuesta a encontrarse de nuevo con la historia del overbooking, así que se dirigió a toda prisa a la terminal B, pero iba tan contenta de que todo el mundo la mirara que se equivocó y apareció en la C.
    No estaba dispuesta a perder el vuelo, así que se puso a correr con aquellas botas, que eran muy bonitas, pero, desde luego, no estaban diseñadas para correr el maratón.
    No había llegado aún y ya estaba toda sudada y con la respiración entrecortada.
    «Me tengo que poner en forma», pensó haciendo una parada para no ahogarse.
    – Eh, quítese de en medio -le gritó el conductor de un cochecito de golf.
    ¡Un cochecito de golf!
    – Menos mal -dijo intentando subirse-. Lléveme a la puerta… -se interrumpió para consultar la tarjeta de embarque…
    – No la llevo a ningún sitio -dijo el hombre.
    – ¿Cómo? Usted no sabe quién soy yo, ¿verdad?
    – Me importa un bledo. A mí, como si es usted Santa Claus -contestó el hombre-. Esto es solo para pasajeros mayores -concluyó alejándose y dejándola allí con cara de boba.
    No había alternativa. A correr otra vez. Consiguió llegar a la puerta de embarque dos minutos antes de que saliera el vuelo.
    Se apoyó sobre el mostrador incapaz de hablar. La azafata la miró sin misericordia mientras golpeaba el mostrador varias veces con el bolígrafo.
    – ¿Puedo… embarcar? -consiguió decir con una gran sonrisa. Por si acaso.
    – Lo siento, pero el vuelo ha sido cancelado a causa de las condiciones climatológicas.
    – ¿Qué?
    – Hay una terrible tormenta en Nuevo México.
    – Pero si es precisamente allí donde tengo que ir.
    – Sí, usted y doscientas personas más.
    Muy bien, había llegado el momento de sacar el móvil y llamar a casa. Sí, seguro que su padre y Amelia la sacarían de aquel horror. Aquel pensamiento la llenó de satisfacción. Amelia era su Mary Poppins privada y sus hermanas y ella ya habían asumido hacía tiempo que cuando su niñera estaba cerca ocurrían cosas extrañas que no tenían explicación.
    Amelia siempre percibía cuándo la necesitaban sus niñas y seguro que aquella vez no habría sido diferente.
    Le diría «ya te lo dije» mil veces porque Amelia, que olía los problemas a distancia, no había querido que Natalia viajara sola, pero daba igual. Cualquier cosa con tal de arreglar aquella situación.
    – No hay vuelo hasta mañana -le informó la azafata.
    – ¿Mañana?
    – Mañana.
    Natalia sintió deseos de golpearse la cabeza contra el mostrador y ponerse a llorar, pero, por supuesto, no lo iba a hacer.
    – ¿Y mi equipaje?
    – Lo encontrará en su destino final.
    – ¿Está usted de broma?
    La mujer ni sonrió.
    – No está de broma.
    – Bromear no forma parte de mi trabajo -le aseguró la azafata.
    Natalia negó con la cabeza.
    – Esto no puede estar sucediendo.
    – Le sugiero que consulte el horario de autobuses.
    – ¿Autobuses?
    – Autobuses.
    Autobuses.

    Sí, efectivamente, había un horario de autobuses fuera y allí fue donde se encontró Natalia tres cuartos de hora después. Bajo el ardiente sol, con un calor sofocante y esperando al autobús.
    «En los autobuses no dan de comer», pensó mientras se quitaba la cazadora de cuero. «Ni hay azafatas ni bolsitas de cacahuetes».
    Menos mal que le habían dicho que sí que había «retrete».
    Gracias a Dios.
    Lo malo era que se estaba muriendo de hambre.
    Como estaba un poco rellenita, no pasaba nada porque se saltara una comida.
    «Como estoy rellenita, tengo buenos pechos», se recordó.
    Claro que tener buenos pechos daba igual porque se había pasado la vida con carabina.
    «Ahora, no», se dijo.
    Sonrió. Estaba sola, lo que siempre había querido. Tenía que conseguir que su familia se sintiera orgullosa de ella. Costara lo que costara.
    La vida le parecía maravillosa y sabía que era una privilegiada, pero quería ver qué había más allá de las fiestas de beneficencia.
    No solo verlo sino probarlo.
    Difícil con dos hermanas, guardaespaldas, niñera, un pueblo entero y un padre protector. Menos mal que había conseguido volar sola. Aquello iba a ser una aventura. Bueno, ir a la boda de la hija de la mejor amiga de su madre no era precisamente una gran aventura, pero ya era algo. Aunque su hermana mayor, Andrea, también iba a ir, Natalia había conseguido ir por su cuenta. A su padre no le había encantado la idea, pero había acabado cediendo. No sin antes repetirle hasta la saciedad que tuviera cuidado y que llamara a menudo.
    Natalia se moría de ganas por ver a su hermana mayor, que era un chicazo, vestida de forma femenina en la boda. En ese momento, restalló un trueno y la hizo dar un respingo. Ojalá cualquiera de sus hermanas estuviera allí. Sería divertido que la pequeña Lili, que tenía veintitrés años, hubiera podido ir con ella, pero tenía sus responsabilidades y habían quedado en encontrarse en Taos.
    Inmediatamente, un relámpago iluminó el cielo. Oh, oh, aquello no era buena señal. Natalia abrazó el teléfono y se preguntó si no sería hora de llamar a casa. Solo porque estarían preocupados, claro.
    Un trueno y un relámpago más fueron suficientes para que marcara el número a toda velocidad.
    – Cuéntamelo todo -dijo la voz de Amelia.
    – ¿Y si no hay nada que contar? -contestó Natalia.
    – Natalia, cariño, tú siempre tienes algo que contar. Suéltalo ya. Sé que estás bien, eso seguro.
    – Sí, estoy bien -dijo mirando al cielo-. Muy bien, la verdad -añadió para que no hubiera dudas-. Estoy perfectamente -tartamudeó ante otro trueno.
    – Hmm.
    Hubo un silencio. Obviamente, Amelia estaba esperando a que lo soltara todo, pero Natalia consiguió morderse la lengua.
    – Ya sabes que, si nos necesitas, estamos aquí.
    – ¿Quieres decir si la fastidio?
    – Las princesas no hablan así, señorita -le reprendió Amelia-. Si necesitas algo, lo que sea, ya sabes que solo tienes que llamarme.
    Claro que lo sabía y la reconfortaba mucho.
    Sintió un nudo en la garganta al darse cuenta de lo mucho que la quería. Precisamente porque ella también quería mucho a los suyos tenía que hacer bien su papel para que se sintieran orgullosos. Y si, de paso, podía tener aventuras, mejor.
    – Natalia, ya sé que querías pasar una semana sola, pero es mucho tiempo para alguien como tú. No pasa nada por que lo reconozcas.
    – ¿Lo dices porque no tengo experiencia en el mundo real?
    – Si necesitas algo…
    – No necesito nada -contestó Natalia-. Amelia, tú me entiendes, ¿verdad?
    Necesitaba oírselo decir.
    – Sí, cariño -contestó Amelia en tono cariñoso-. Te entiendo. Sé que quieres demostrarte a ti misma y a todos los demás que puedes hacerlo. Sé que lo vas a hacer fenomenal. Lo único que te pido es que no pierdas la cabeza.
    – Sin problema. Nos vemos pronto.
    – Hasta luego, cariño.
    Natalia abrazó el teléfono contra el pecho después de haber colgado.
    – ¿Tiene hora?
    Natalia dio un respingo ante la voz de un joven de unos veinte años que parecía estar muerto de hambre. Era alto, iba mal vestido y la miraba con ojos picaruelos.
    Oh, oh. Sintió que se le aceleraba el corazón. ¿Por qué no le habría dicho a Amelia dónde estaba?
    Porque podía hacerse cargo de la situación, exacto. Además, aunque pareciera una locura, estaba segura de que Amelia sabía perfectamente dónde estaba. No hacía falta que se lo dijera.
    – ¿La hora? Sí, claro… -contestó mirando el reloj -. Son las tres y… ¡Eh!
    El muchacho había aprovechado para agarrar la bolsa de viaje, la cazadora de cuero y el bolso e intentaba irse corriendo.
    – De eso nada, guapo -le dijo -. Esto es… mío.
    – ¡Suelta! -gritó el muchacho.
    Natalia sintió que el miedo se tornaba ira.
    – No pienso permitir que te lleves mis cosas, sinvergüenza -insistió Natalia.
    – Pienso robarte todo.
    – ¡Eso es lo que tú te crees!
    El chico la miró tan sorprendido que a Natalia le entraron ganas de reírse.
    – Se supone que tendrías que tener miedo -le dijo-. Grita, llora, lo que sea, pero no te defiendas. ¿No has dado clases de defensa personal? ¡Siempre dicen que no hay que defenderse!
    – No pienso acobardarme. Pienso defenderme, ¿sabes? ¡Suelta!
    Tras un buen forcejeo, Natalia perdió el equilibrio y el chico se fue con todas sus pertenencias. No sin antes sonreírle en la cara en señal de triunfo.
    Natalia quedó tendida en el suelo, sin nada.
    Ni siquiera orgullo.

Capítulo 3

    PARA cuando Natalia consiguió ponerse en pie y limpiarse la falda, el joven ya se había perdido de vista.
    – ¡Idiota! -gritó-. ¡Imbécil! -añadió preguntándose si se lo llamaba al ladrón o a sí misma.
    Sintió una gota en la cara. La tormenta ya estaba allí.
    Otra gota… y otra… y otra. Natalia ni se movió, se quedó allí como una tonta, confundida por todo lo que había pasado aquel día.
    Estaba en mitad de la nada, sin carné de identidad, sin dinero y, lo que rea peor, sin maquillaje.
    Sabía que tenía que llamar para anular las tarjetas de crédito, pero le suponía un esfuerzo en el que no podía pensar en aquellos momentos.
    Empezó a llover con fuerza. La sensación del cuero mojado contra la piel resultó una experiencia nueva y desagradable.
    Perfecto. Otro trueno. Se imaginó que le daba uno en la cabeza y la dejaba amnésica.
    Miró a su alrededor. Completamente sola.
    Pensó en llamar a casa porque el móvil no se lo había robado, pero no, tenía que poder estar sola una semana, por Dios.
    «¿Y ahora?», se preguntó.
    ¿Qué tal un príncipe azul sobre un corcel blanco?
    No fue un corcel blanco sino una furgoneta la que se paró ante ella. Natalia sintió miedo, pero luego se dijo que no le quedaba nada que robar.
    Excepto ella misma, claro. El miedo se convirtió en pánico, pero el cansancio no le permitió salir corriendo.
    – ¿Algún problema? -preguntó el conductor bajando la ventanilla y mirándola con unos grandes ojos verdes.
    ¡El Clint Eastwood del avión!
    – ¿Qué le hace pensar que tengo algún problema? -preguntó poniéndose enjarras.
    – Que esté aquí fuera como una rata empapada -contestó el hombre tan tranquilo.
    ¿Una rata empapada?
    – El autobús no llega -contestó.
    Daría lo mismo que llegara porque el billete estaba en el bolso que le acababan de robar, pero no se lo iba a contar. El orgullo se lo impedía.
    – ¿Qué hace una princesa yendo en autobús?
    Natalia no contestó.
    – Demonios -murmuró él saliendo de la furgoneta-. Tome -añadió quitándose la cazadora y poniéndosela sobre los hombros-. ¿Y sus cosas?
    – Me las acaban de robar -dijo Natalia-. Y, justo antes, me acababan de decir que el vuelo que tenía que tomar había sido cancelado. Menudo día llevo.
    – ¿Le han hecho algo? -le preguntó amablemente.
    Natalia sintió que se derretía.
    Estuvo a punto de contestar que no, que estaba bien, pero no era cierto. Tenía un vacío en el estómago y no era porque tuviera hambre o por el miedo que había pasado sino porque el vaquero le había puesto las manos sobre los hombros.
    – ¿Princesa?
    Miró a aquel hombre tan alto, curtido por el sol y sintió que se le aceleraba el corazón.
    – ¿De verdad cree que soy una princesa?
    El vaquero se acercó y la miró con atención.
    – ¿Se ha dado un golpe en la cabeza?
    Se creía que estaba loca. Pues había acertado porque no lo conocía de nada, pero sentía una imperiosa necesidad de sacar pecho y conocerlo a fondo.
    «¿Diría Amelia que es una locura?»

    Tim le apartó el pelo de la frente en busca de alguna herida. Se le había corrido el rimel de ojos y parecía de lo más desvalida.
    – No me he golpeado la cabeza -le aseguró apartándose-. Soy princesa, de verdad. Para ser exactos, soy Su Alteza Real Natalia Faye Wolfe Brunner de Grunberg.
    Tim dio un paso atrás y se quedó mirándola, pero la mujer ni sonrió.
    – Mucho nombre, ¿no?
    – Sí, por eso me llaman Su Alteza Real Natalia Faye.
    – Sigue siendo muy largo.
    – Si no me hubieran robado el bolso, le enseñaría mi carné de identidad.
    – ¿Quiere ir a denunciarlo a la policía?
    – No -contestó ella con el ceño fruncido-. El ladrón debe de andar ya muy lejos y lo único que conseguiría sería que mi familia insistiera en que volviera a casa. Solo necesito llegar a Taos, Nuevo México. Voy a una boda.
    Lo había dicho con tono presumido y el mentón levantado, como si Tim fuera su criado. La miró divertido, echó la cabeza hacia atrás y se rió.
    – A mí no me parece gracioso -dijo la princesa cruzándose de brazos.
    A pesar de sus aires de superioridad, se veía que estaba muerta de frío y que no lo estaba pasando bien. Le volvió a parecer que aparentaba doce años. Si no fuera, claro, porque tenía un cuerpo de curvas para soñar.
    Era la mujer más bonita que había visto en su vida y no había derecho a que un desaprensivo le hubiera robado todo. ¿Y si llegaba otro y abusaba de ella? No podía dejarla allí.
    – Vamos a llamar a alguien para…
    – No.
    – Pero…
    – ¡No! -insistió con decisión.
    «Como una verdadera princesa», pensó Tim.
    – Ya le he dicho que estoy bien -dijo pasándose la mano por el pelo empapado.
    Estupendo. La mujer estaba bien y él… llegaba tarde. Aun así, no podía dejarla allí. Su corazón, siempre al lado de los más desfavorecidos, no se lo permitía.
    – ¿Dónde me ha dicho que iba?
    – Ahora mismo, a ningún sitio.
    – ¿Quiere venir a mi rancho?
    La mujer lo miró con los ojos entornados.
    – ¿Porqué?
    ¿Por qué? Obviamente, porque estaba loco. No tenía suficiente con su abuela insistiendo en vivir sola y su hermana liada con el capataz…
    – Porque… allí estará a salvo.
    – ¿En su rancho?
    – Sí -contestó pensando en todos los animales que había recogido de la calle y que vivían ya allí.
    A la princesa no la iba a meter en el vallado con los demás, por supuesto, pero se la quería llevar a casa igual.
    – ¿Viene?
    – No por lo que usted se cree -contestó ella.
    – Podrá ducharse -le aseguró confundido-, comer y descansar. Luego, si quiere… no sé, podría buscarse un trabajo.
    – Un trabajo -repitió como si la idea jamás se le hubiera pasado por la cabeza-. ¿Tiene usted algún puesto libre?
    – En estos momentos, necesito una cocinera y un capataz -contestó pensando en que iba a despedir a Josh si seguía con su hermana pequeña.
    Entonces, recordó que Sally estaba enfadada con él y, conociéndola, seguro que le iba a durar un tiempo. Peor para ella. Tim había jurado a sus padres que cuidaría de ella y eso pensaba hacer. Aunque fuera a cumplir veinte años, seguía siendo su hermana pequeña.
    Estaba impaciente por llegar a casa, así que miró a la princesa con insistencia.
    – Un trabajo -repitió ella mordiéndose el labio inferior-. Me parece una buena idea.
    Intentó imaginársela en vaqueros.
    – ¿Ha estado alguna vez en un rancho?
    – Pues claro.
    Claro.
    – Una vez, de vacaciones, hicimos escala en una granja de animales de compañía.
    Tim parpadeó y negó con la cabeza.
    – ¿Y la cocina qué tal se le da?
    – ¿Para los demás?
    – No, para la reina de Inglaterra, si le parece -contestó Tim.
    – Desde luego, un poco más de respeto… ¿Por qué la tienen tomada con la pobre Elizabeth?
    – ¿Cocina sí o no?
    – Claro.
    Claro otra vez. Seguro que no sabía hacer ni unos huevos revueltos.
    – Está lloviendo mucho -dijo con la esperanza de que se decidiera.
    – No tengo ropa para cambiarme -dijo la princesa frunciendo el ceño-. Suelo viajar con un montón de cosas.
    – Me voy a meter en la furgoneta porque me estoy calando -dijo Tim-. Hay una tienda aquí al lado, princesa. Si quiere, le presto dinero y se compra algo… Aunque no creo que tengan cosas de cuero.
    – Me compraré algo nuevo. Me encanta lo nuevo.
    – ¿De verdad? Bien. Le advierto que solo hay vaqueros y más vaqueros.
    – Suelo llevar vaqueros.
    – Muy bien, pues vamos.
    – Es usted como los vaqueros de antes, caballeroso y amable.
    – No, cualquiera haría lo mismo -contestó Tim.
    – No creo -insistió ella-. Parece usted diferente. Especial.
    – ¿Está usted segura de que no se ha dado en la cabeza? -dijo Tim preguntándose si no estaría medicándose-. ¿Seguro que no quiere que llame a nadie?
    – No -contestó muy decidida-. Quería viajar sola. Es la primera vez que lo hago y me está saliendo fatal, la verdad -le explicó compungida-, pero estoy decidida a que las cosas cambien. Sí, esta vez, me voy a ganar incluso la comida.
    Tim le abrió la puerta de la furgoneta y la invitó a entrar. Al tocarla, sintió una descarga eléctrica que prefirió no pararse a analizar.
    – No será usted un asesino, ¿verdad?
    – No -contestó muy serio.
    – Nunca había hecho autostop en mi vida -le dijo mirando por la furgoneta.
    ¿Estaría buscando una pierna o un brazo?
    – Contrariamente a lo que pueda pensar de mí, sí estoy un poco preocupada.
    – Está a salvo, no se preocupe.
    – Seguro que eso es lo que dicen todos los asesinos.
    – Pero yo me parezco a Clint Eastwood, ¿recuerda?
    La princesa se rio. Se rio. Una carcajada que le hizo sonreír como a un idiota.
    Se sentó muy recta como si fuera una princesa de verdad y se puso el cinturón de seguridad.
    – No me llevaría usted a Taos por casualidad, ¿verdad?
    – Lo siento, princesa, pero ¿sabe usted lo lejos que está eso? Tengo que ocuparme del rancho. He estado unos días fuera, ¿sabe? No tiene más que darme un número y llamaré a quien quiera.
    – No, gracias. Prefiero ser su cocinera durante unos días.
    – No solo va a cocinar para mí sino para todos los empleados del rancho -le corrigió.
    Natalia sonrió con seguridad y Tim no supo si estaba forzando la sonrisa o no.
    – ¿Cuántos… son?
    La estaba forzando, estupendo.
    – Depende de cuántos se hayan ido en estos días que mi hermana se ha quedado al mando -contestó poniendo la furgoneta en marcha.

    Natalia llevaba años soñando con el mundo real, preguntándose cómo sería, deseando ser una mujer normal.
    Estaba segura de que Timothy Banning no creía una palabra de su condición de princesa. Perfecto. Así sería mejor. Su sueño se iba a convertir en realidad aunque fuera solo por unos días.
    Por fin, iba a poder ser mujer antes que princesa.
    – ¿Falta mucho para llegar a su rancho? – preguntó mirando el paisaje.
    El norte de Texas era la tierra más llana que había visto, muy diferente a su país natal, que colgaba entre las montañas entre Austria y Suiza.
    Echaba de menos los bosques que rodeaban su palacio, pero aquella tierra también era bonita.
    Le gustaba.
    – Unos cincuenta kilómetros -contestó Tim.
    Habían parado en la tienda y se había comprado unos vaqueros, unas cuantas camisetas y un pintalabios verde manzana.
    El vaquero parecía arrepentido de haberle propuesto que se fuera con él.
    – No estoy loca ni soy peligrosa -le dijo-. Lo digo para que esté tranquilo. No pienso hacer daño a nadie en su rancho.
    Aquello le hizo sonreír. Qué sonrisa tan bonita tenía. Aquel hombre era de lo más atractivo. Tenía unos preciosos dientes blancos como la nieve y patas de gallo alrededor de los ojos. Eso debía de querer decir que sonreía a menudo. Para colmo, tenía un cuerpo fuerte y musculoso que no debía de ser de gimnasio sino de trabajo físico.
    No había que olvidar sus manos, grandes y seguras sobre el volante, bronceadas y callosas. Sin poderlo evitar, Natalia se encontró imaginando las cosas más lujuriosas sobre aquellas manos.
    Sin duda, Amelia le desaconsejaría que se mezclara con un hombre así. Pero Amelia no estaba. Por una vez, estaba sola.
    Primero mujer y, luego, princesa.
    Pensamientos peligrosos. Sí, pero divertidos. Se preguntó si Tim sabría utilizar aquellas manos sobre el cuerpo de una mujer, si sabría…
    – Se está poniendo roja, princesa -lo interrumpió el vaquero-. ¿Está usted bien?
    – Claro.
    No era cierto. Estaba soñando con aquel hombre. Debía de haberse vuelto loca. No sabía qué esperar de su Clint Eastwood particular porque no sabía por dónde seguir la fantasía. Era obvio que tras aquellos ojos verdes y aquella sonrisa maravillosa, había inteligencia.
    Se quedó pensando en él un buen rato… hasta que lo vio salir de la autopista y tomar un camino en el que ponía «Rancho Banning 1898».
    – Su familia lleva mucho tiempo aquí, ¿no?
    Aquello le gustaba. En su mundo, las tradiciones y el linaje familiar eran importantes. Aparentemente, para aquel hombre, también.
    – Sí, desde que mi tatarabuelo ganó la tierra en una partida de cartas hace un siglo -contestó Tim.
    La princesa lo miró horrorizada y él se rió.
    – El viejo y salvaje Oeste.
    – Su tatarabuelo debería morirse de vergüenza.
    – Puede que así fuera, pero el padre de mi tatarabuela lo mató de un tiro años después por serle infiel a su única hija, así que jamás lo sabremos.
    La princesa lo miró sin saber si debía creerlo o no, pero él se limitó a sonreír.
    – Tienen ustedes historia, ¿eh?
    – ¿Yo? -rió-. Usted es la princesa, ¿no?
    – Sí, tiene razón -contestó.
    Tim no dijo nada más. Obviamente, no creía que fuera una princesa, pero no se burló ni la juzgó. Ya solo por eso, Natalia sería capaz de enamorarse de él.
    ¡Como si fuera a enamorarse de un vaquero!
    ¡O él de una princesa!
    – Ya casi hemos llegado -dijo Tim señalando una casa que había al final del camino-. Ahí está la casa principal.
    Era una casa de dos plantas con flores y árboles por todas partes. Era más grande de lo que Natalia la había imaginado y pronto comprobó que había más edificios, cuadras y cobertizos.
    – ¿En qué piensa?
    – En que menos mal que no tengo que limpiar para ganarme el alojamiento y la comida -contestó haciéndolo reír.
    Natalia permaneció muy seria. Sabía cocinar, tal y como le había dicho, pero solo alta cocina. No tenía ni idea de hacer comida normal para un montón de duros vaqueros.
    «Haberlo pensado antes», se dijo.
    Como había hecho durante toda su vida, apartó el miedo de un manotazo y se dijo que era muy capaz de salir airosa de todo aquello.
    Ojalá.

Capítulo 4

    NATALIA se bajó de la furgoneta y miró a su alrededor. Estaba acostumbrada a estar rodeada de gente, a ser el centro de atención. Aquello de ser princesa atraía a los demás. A la gente le encantaba los miembros de la realeza.
    Pero allí no era el centro de atención. No había gente esperándola para saludarla. No había cines, restaurantes, tintorerías… nada. Era como estar en otro planeta. Aquella idea le llevó a tener otro pensamiento. Tim se había comportado de forma dulce y compasiva, se la había llevado a casa creyendo que estaba loca y no podía dejarla sola en la calle.
    ¿Qué tipo de hombre hacía algo así?
    ¿Y qué mujer dejaba que lo hiciera? ¿Se estaba dejando llevar por un impulso cruel? Sí, cruel porque quería ganar tiempo para sí misma a costa de Tim.
    Era domingo. La boda era el sábado siguiente, así que sus planes habían sido pasar la semana en algún hotel caro de Taos leyendo y disfrutando de la piscina.
    Pero, de repente, se le ocurrió que lo que tenía que hacer era quedarse allí para demostrarse a sí misma y a su familia que podía ser normal. Una mujer normal.
    Era lo que más deseaba en el mundo y para ser una mujer normal había que ocuparse de la gente querida, ¿no?
    Aunque sonara estúpido, apreciaba a aquel hombre que la había ayudado sin conocerla de nada.
    – Tómate hasta mañana para aclimatarte -dijo Tim colocándose a su lado y rozándola sin querer.
    Suficiente para que Natalia sintiera que se le aceleraba el corazón y las hormonas del deseo se disparaban.
    Lo siguió, admirando aquel trasero tan maravilloso, mientras le enseñaba la casa, los barracones de los peones y dos cobertizos, uno con herramientas y otro con animales. Cuando Tim le propuso entrar, Natalia se dio cuenta de que no le había contado un pequeño detalle: los animales le daban un miedo terrible.
    Por eso, le dijo que no le apetecía en aquellos momentos entrar en las cuadras.
    – ¿Por qué no te cambias de ropa y descansas? -le propuso Tim contemplando el horizonte desde el porche.
    Natalia se dio cuenta de que era un paraje realmente silencioso y se sintió a gusto. Le hubiera gustado conocer mejor a aquel hombre para haber apoyado la cabeza en su hombro y haber disfrutado de la vista con él, pero no podía ser.
    – Buena idea -contestó pensando en los vaqueros y las camisetas de algodón que se había comprado.
    Iba a ir vestida igual que él, pero seguro que los vaqueros no le sentaban tan bien.
    – Me gustaría empezar a trabajar ahora mismo -dijo.
    – No es necesario, Natalia. Descansa hasta mañana.
    – Pero tendréis que cenar, ¿no?
    – Bueno, sí -dijo mirándola fijamente a los ojos.
    Natalia no estaba acostumbrada a que los demás le aguantaran la mirada, pero no le importó.
    – ¿Estás segura de lo que estás haciendo?
    ¿Segura? ¡Claro que no! Llevaba sin estar segura de sí misma desde que se había montado en un avión siendo una princesa con malas pulgas y había salido convertida en una mujer normal e indecisa.
    – ¿Dónde está la cocina?
    Tim la guió por la casa, que era tan grande y vasta como las tierras que la rodeaban. Los muebles eran enormes, como parecía todo en Texas, pero el conjunto resultaba sorprendentemente acogedor.
    En Grunberg, tenían habitaciones de invitados y de niños, pero nunca se mezclaban porque los niños siempre podían romper algo. Como allí no había antigüedades ni cuadros, todo el mundo entraba en todas las habitaciones sin problema.
    «Qué sitio más maravilloso para crecer», pensó.
    – Qué bonito es esto -dijo sinceramente.
    Tim se rió.
    – Parece que te sorprendes -contestó parándose de repente y girándose hacia ella.
    El movimiento fue tan repentino que Natalia se chocó contra él y Tim la agarró de la cintura para que no se cayera.
    – ¿Tan salvaje te parezco?
    Le estaba tomando el pelo de nuevo. Estaba claro por la sonrisa, pero no podía moverse.
    Entonces, oyeron una ristra de palabrotas procedentes de la cocina.
    – ¿Quién es esa? -preguntó Natalia.
    – Mi hermana -contestó Tim mirando la puerta-. Por favor, que no haya matado a nadie ni incendiado nada -añadió abriéndola.
    Había unos cuantos vaqueros sentados a la mesa que se alegraron visiblemente de ver a Tim.
    – No pienso volver a ir a hacer la compra -estaba diciendo su hermana mirando las estanterías prácticamente vacías-, así que más vale que os comáis lo que haya por aquí… – añadió agarrando una lata de conservas caducada.
    – Sally -dijo Tim entrando con Natalia.
    – Aleluya -exclamó su hermana sonriendo.
    Sonrisa que se evaporó en cuanto vio a Natalia, que seguía empapada y con la cazadora de Tim por encima.
    – Sally, te presento a…
    – Estupendo. Esto es genial. O sea que a mí me cae una bronca espantosa por darle un par de besos a Josh en la cuadra y tú…
    – ¿Qué? -dijo un vaquero.
    – ¿Te has liado con Josh? -preguntó otro mirando al aludido.
    – Vaya, vaya…
    – No nos lo habías contado.
    Sally no contestó a ninguno.
    – … y ahora apareces con la chati de turno. Muy bonito, Tim, muy bonita.
    Natalia se quedó con la boca abierta.
    – No soy… la chati de turno -dijo indignada y preguntándose cómo se sentiría siéndolo.
    – Entonces, ¿quién eres? -preguntó Sally.
    – Es lo que te iba a decir -intervino Tim con decisión-. Sally, haz el favor de comportarte. Natalia es la nueva cocinera.
    – Ya y yo, la reina de Inglaterra -se burló su hermana.
    – ¿Pero qué os pasa a todos con la reina de Inglaterra? -exclamó Natalia apiadándose de Tim por tener una hermana tan terrible y decidiendo que, en cuanto viera a las suyas, las iba a colmar de besos.
    Tim se rió y negó con la cabeza.
    – Bueno, vamos a empezar otra vez – dijo-. Natalia, olvídate de mi hermana. Tiene mal genio y suele saltar… demasiado a menudo. Te presento a Ryan, Pete, Seth y Red, mis chicos.
    Los cuatro hombres sonrieron.
    Natalia les sonrió también.
    – Y esta es mi hermana, Sally, que va a ser amable y simpática, ¿verdad, Sally? -añadió girándose hacia la chica-. Esta es Natalia, que te va a reemplazar en la cocina, así que ya puedes estar contenta.
    Sally miró a Natalia de arriba abajo.
    Natalia miró a Sally de arriba abajo también.
    – Sally -le advirtió Tim.
    – Siempre soy simpática -contestó su hermana abrazándolo con fuerza.
    – Yo, también -dijo Natalia emocionada ante aquella demostración de amor fraternal.
    – Muy bien, todo somos muy simpáticos, así que no tiene por qué haber problemas -dijo Tim-. ¿Y Josh?
    – Comiendo fuera -contestó Sally- como dijiste.
    – Queremos saberlo todo -dijo uno de los vaqueros-. Queremos detalles.
    – Ni lo sueñes -contestó Sally girándose hacia su hermano-. Tim, si solo es la cocinera, ¿por qué la tienes agarrada de la cintura?
    – Para protegerla de ti -contestó Tim dándose cuenta de que su hermana tenía razón.
    Los hombres estallaron en carcajadas y Sally los miró con desprecio.
    – Si mi presencia va a suponer un problema… -dijo Natalia.
    – Claro que no -la interrumpió Tim acariciándole la espalda.
    Natalia sintió que se derretía, pero se dijo que no podía dejarse llevar como una adolescente por un ranchero guapísimo cuyos vaqueros tendrían que estar catalogados como arma ilegal.
    – No quiero que haya problemas por mi culpa.
    – Estupendo -dijo Sally abriendo la puerta de la cocina-. Pues, nada, todo arreglado. Ahora mismo te llamo un taxi -sonrió- y te vas donde quieras.
    Tim cerró la puerta.
    Pero Natalia ya iba hacia ella hablando sola, como tenía costumbre de hacer desde los dos años.
    – Me voy a…
    – Quedar -concluyó Tim.
    Natalia lo miró con el ceño fruncido.
    Tim la miró con el ceño fruncido.
    Sally los miró con el ceño fruncido.
    – Las cocineras no van vestidas de cuero y enseñando el ombligo -apuntó su hermana-. Por lo menos, en Texas.
    – Es que no soy de Texas -dijo Natalia.
    – Humm -dijo Sally cruzándose de brazos y mirándola como si, por el hecho de no ser de Texas, no mereciera la pena-. Creía que ibas a contratar a alguien vieja y fea -le dijo a su hermano.
    Tim se sonrojó levemente.
    – Te dije eso porque querías contratar a Nick el desaliñado, ¿recuerdas?
    – Bueno, me habría importado un bledo a quién contratases si no le hubieras dicho a Josh que si volvía a tocarme le cortabas los…
    – Sally, me estás volviendo loco.
    – Me alegro. Hablando de locos, ¿qué tal está la abuela?
    – Más loca que tú todavía.
    Natalia observaba fascinada aquella pelea entre hermanos. No era que ella no se hubiera peleado con sus hermanas, claro que sí, sobre todo con Annie porque Lili, como era la pequeña, no aguantaba y, además, se chivaba.
    Lo que le llamaba la atención era ver a Tim Banning, un vaquero serio y duro, ejerciendo de hermano mayor.
    – ¿Y dónde la has dejado? Seguro que has conseguido engatusarla para apartarla de la vida que quiere vivir para traértela aquí en nombre de las responsabilidades familiares.
    – Ahí duele -apuntó Seth.
    – No, no ha querido venir conmigo -confesó Tim.
    – Seguramente porque sabe que también le destrozarías la vida a ella.
    Tim se quedó de piedra.
    Natalia, que al ser la hermana del medio estaba acostumbrada a poner paz, dio un paso al frente para intentar rebajar la tensión.
    – ¿Qué os parece si hago la cena?
    – Muy bien -contestó Sally sentándose a la mesa con los hombres-. Te advierto que, como le hagas daño a mi hermano, tendrás que vértelas conmigo. ¿Llevas un pendiente en la lengua, por cierto?
    Natalia la miró anonadada.
    Aquellos estadounidenses, desde luego, estaban locos.
    – ¿Por qué le iba a hacer daño?
    – Solo te lo digo para que lo sepas. Es una advertencia amistosa.
    – Ya, amistosa -contestó Natalia.
    – Sally, ¿tienes un abrigo de sobra que le puedas dejar a Natalia? -intervino Tim.
    Sally la miró con los ojos entornados.
    – ¿Y dónde está el suyo?
    – Me lo han robado -contestó Natalia-. He venido a Estados Unidos a una boda real y…
    – ¿A una boda real? -preguntó Sally enarcando una ceja.
    – Soy una princesa -le aclaró Natalia.
    Sally miró a su hermano.
    – ¿Qué has hecho?
    – Te iba a preguntar lo mismo -contestó Tim-. ¿Qué tal todo por aquí?
    – ¿La vas a meter en el vallado con los demás?
    – ¿Los demás? -preguntó Natalia.
    – Sí, es que mi hermano se dedica a recoger todos los seres débiles, desvalidos y patéticos que ve.
    Natalia sintió un nudo en la garganta. No quería que Tim le tuviera lástima y no se le había ocurrido que pudiera ser así. Ella quería caerle bien y que la respetara.
    Claro que, ¿quién en su sano juicio iba a querer y respetar a una princesa mimada que estaba acostumbrada a no hacer nada?
    Buena pregunta. En aquel preciso instante. Natalia decidió que había llegado el momento de ser una mujer de verdad, por derecho y no por nacimiento.
    – No soy un ser débil ni desvalido -contestó.
    Sally se encogió de hombros y le señaló te ventana.
    – ¿Ves ese vallado de ahí, el del cerdo de tres patas, el caballo viejo y la cabra ciega?
    – Eh…sí.
    – Pues eso eres tú para Tim. Mi hermano recoge a los necesitados. Y a los patéticos.
    Natalia recibió el mensaje alto y claro: la acababan de añadir al vallado de los desvalidos.

    Tim llamó a un amigo policía, pero no habían denunciado la desaparición de nadie que encajara con la descripción de Natalia. Miraron a ver si se había escapado de alguna institución mental, pero tampoco era así. Tim se sintió más tranquilo.
    Lo que no le tranquilizó en absoluto fue darse cuenta de que deseaba con todas sus fuerzas que se quedara.

    La cena fue tan exquisita que Tim no podía ni pronunciar el nombre de los platos. Natalia parecía muy orgullosa, así que todos intentaron hacer que les gustaba, pero en cuanto se dio la vuelta, se miraron horrorizados.
    – ¿Qué es esto? -dijo Red en voz baja.
    Sally se encogió de hombros y le dio su parte a Grumpster, el perro de trece años de Tim, y todos se apresuraron a imitarla.
    El can, que solía comerse todo lo que le daban en un abrir y cerrar de ojos, olió la cena y giró la cabeza hacia otro lado, así que todos tuvieron que agacharse y recoger los restos con las servilletas para hacer ver que se lo habían comido todo.
    Al ver los platos vacíos, Natalia sonrió orgullosa. Tim sintió una punzada de dolor en el corazón, pero consiguió sonreír. Sus hombres lo imitaron.
    Sally puso los ojos en blanco.
    – Estáis muertos -sentenció.

    El desayuno del día siguiente fue muy parecido. Una cosa pequeña con mucha salsa y nombre francés que todos alabaron por miedo a herir sus sentimientos.
    Natalia, con vaqueros, camiseta y labios verdes, sonrió encantada. En cuanto se giró, todos hicieron muecas de horror y buscaron en vano a Grumpster, que por primera vez en su vida no había entrado en la cocina a las horas de las comidas.
    Estaban solos.

    Después de desayunar, Tim entró en la cuadra y se encontró a Seth vendiendo chocolatinas a cinco dólares. Un robo, pero Ryan, Pete y Red estaban rebuscándose en los bolsillos para pagar.
    Sally, que estaba cepillando a su caballo, levantó la cabeza y miró a su hermano disgustada.
    – ¿Por qué no le dices que cocina fatal?
    – Ni se te ocurra -contestó Tim comprando dos chocolatinas del hambre que tenía.
    – Esto es increíble -dijo Sally-. ¿Ha llamado ya a papá el rey?
    – No -admitió su hermano.
    – ¿Porqué?
    – ¿Qué más da?
    – Claro que da -protestó Sally-. No llama a casa porque no tiene casa.
    – No podía dejarla en la parada del autobús, Sally. Tú tampoco habrías podido.
    – Eso es lo que tú te crees -contestó su hermana-. Tim, no puedes hacerte cargo de todo el mundo -añadió mirándolo con cariño.
    Tim suspiró y dio buena cuenta de la primera chocolatina.
    – Mira, ya sé que cocina un poco raro.
    – Está claro que te ha mentido. No sabe cocinar para mucha gente.
    – Nunca dijo que supiera.
    – ¿Me estás diciendo que la contrataste sin preguntar? -dijo Sally con la boca abierta-. Maldita sea, Tim.
    – Se está esforzando, que es lo que cuenta. Además, solo se va a quedar unos días…
    – ¿Entonces no le vas a decir lo mal que cocina? -suspiró su hermana-. Menudos días nos esperan. Chicos, ¿queda alguna chocolatina?
    Cuando se la terminó, se la llevó a un aparte.
    – Sally, ¿te importaría ir a hacer la compra? -preguntó sabiendo que la respuesta sería no.
    – No.
    – Si vas…
    – ¿Qué? ¿Me dejarás salir con Josh?
    – ¿Te gusta de verdad?
    – Me gusta cómo le quedan los pantalones y, de momento, con eso basta.
    Tim hizo una mueca.
    – No quiero detalles.
    – Pues no preguntes.
    – ¿Irás, por favor?
    – ¿Y por qué no mandas a tu nueva cocinera? ¿Qué pasa? ¿No sabe conducir?
    – No es eso, pero ya tiene bastante con lo que tiene. Hay que darle un poco de tiempo. No quiero cargarla con demasiadas cosas.
    – Y a mí no te importa hacérmelo, ¿no? -protestó Sally poniendo los ojos en blanco-. Muy bien, iré yo, pero que sepas que voy a salir con Josh el viernes por la noche.
    – ¿Y si no te lo pide?
    – Eso déjalo de mi cuenta.
    – ¿Estás teniendo cuidado? -preguntó Tim dándole un mordisco a la chocolatina?
    – ¿Me estás preguntando si tomamos precauciones cuando nos acostamos? -sonrió Sally-. No te preocupes, me quedó todo muy claro con la charla aquella que me diste sobre los pájaros y las abejas. ¡Pues claro que tomamos precauciones! Se pone una goma y ya está.
    Tim hizo una mueca.
    – ¿Prefieres que diga condón? No, seguro que te gusta más preservativo…
    Tim cerró los ojos y se tapó los oídos, lo que hizo reír a Sally.
    En ese momento, se abrió la puerta de la cuadra. Tim miró en aquella dirección, pero el sol de la mañana no le permitía ver bien. Solo vio un escultural cuerpo femenino en vaqueros y camiseta de algodón. Un cuerpo de locura, con buenos pechos, piernas largas y caderas de ensueño. Cuando sus pupilas se acostumbraron a tanta luz, vio que era Natalia con cara de estupefacción.
    – Bueno -dijo acercándose a ellos y mirando fijamente las chocolatinas.
    – ¿Esto? -dijo confuso-. Es un ritual diario que tenemos, ¿verdad, chicos? Sí, verás… tenemos la costumbre de tomarnos unas chocolatinas todos juntos antes de empezar el día… para rendir más, ¿sabes?
    Seth, Pete, Ryan y Red asintieron y sonrieron al unísono.
    – Es el postre perfecto después de tu riquísimo desayuno -dijo Red.
    Natalia sonrió encantada.
    – ¿De verdad?
    Tim se quedó absorto con sus labios y, de repente, sintió deseos de besarlos.
    – ¿Por qué no me habéis dicho que os quedabais con hambre? -les reprendió Natalia-. Bueno, no pasa nada, a partir de ahora haré más cantidad y ya está -sonrió.
    – ¿Más cantidad? -tartamudeó Seth mirando a Tim horrorizado.
    – Claro -dijo Natalia-. ¡No puede ser que os quedéis de hambre! -exclamó saliendo de la cuadra.
    – No puede ser -dijo Sally apretando los dientes y dedicando a su hermano una mirada asesina.

Capítulo 5

    A ÚLTIMA hora de la tarde, Tim volvió a caballo a la cuadra. Desmontó de Jake y el caballo se puso a olfatearle los bolsillo en busca de su azucarillo.
    – Para -le dijo-. Hoy ya te he dado lo tuyo.
    En ese momento, oyó una risa a sus espaldas que lo hizo sonreír.
    – Qué fácil parece todo cuando tú lo haces – dijo Natalia-. Quiero decir, que te veo montar y desmontar, cabalgar y parece tan fácil…
    Así que lo había estado observando. Tim se preguntó si Natalia lo observaría tanto como él a ella.
    – A mi madre le encantaban los caballos -continuó ella con pena sin acercarse a Jake-. Murió en… una avalancha hace doce años.
    – Lo siento.
    – Fue hace mucho.
    – Sí -dijo Tim acariciando al caballo-. Supongo que si te hubieran dado un centavo cada vez que te han dicho que todo se iba a arreglar, que la volverías a ver algún día, que siempre vivirá en tu corazón serías rica, ¿verdad?
    – ¿A ti también se te ha muerto alguien?
    – Sí, mis padres… En un accidente de coche.
    – Así que me entiendes.
    – Perfectamente -sonrió.
    Cada vez le gustaba más aquella mujer.
    Demasiado.
    – Por eso te haces cargo de tu hermana, ¿no?
    – Alguien tenía que hacerlo.
    – La quieres.
    Tim suspiró y sonrió. -Claro.
    Natalia sonrió también.
    – ¿Qué pasa? -dijo cuando vio que la miraba fijamente.
    – Estaba pensando que no te pareces en nada a la mujer que conocí en el avión.
    Natalia se tocó el pelo.
    – Ya, es que…
    – Me gustas así.
    – ¿No te gustaba más vestida de cuero?
    – No -sonrió-. Me gustas así, sin maquillaje.
    – Es la primera vez que no me maquillo, ¿sabes?
    – ¿Por qué? ¿Te gusta esconderte tras una buena capa?
    – Sí, me he dado cuenta de que así era. También me he dado cuenta de que aquí no tengo que esconderme de nada.
    Se quedaron mirándose y sonriéndose como tontos hasta que Jake pasó entre ellos para meterse en su cuadra ya que no había azucarillo.
    Natalia estuvo a punto de caerse de espaldas en su prisa por apartarse del animal.
    Jake se giró hacia ella ante el repentino movimiento y movió la cabeza frente a Natalia creyendo que le iba a dar algo de comer.
    Natalia dio otro paso atrás y Tim tuvo que agarrarla para que no se cayera.
    – ¿Estás bien?
    – Sí, sí… -contestó logrando esbozar una sonrisa.
    Jake siguió mirándola y acercándose cada vez más.
    – Es muy grande, ¿no? -dijo Natalia apartándose hasta darse con la pared en la espalda.
    Tim se dio cuenta de que estaba temblando.
    – No te gustan los caballos, ¿no?
    Jake alargó el cuello y se puso a olfatearle los bolsillos. Natalia ni se movía.
    Tim apartó al animal con cariño.
    – Debes de oler bien -rió-. No te preocupes, jamás te haría daño.
    – Estoy bien… No me da miedo -contestó aguantando la respiración.
    Tim le acarició el brazo.
    – Natalia, bonita, respira.
    – Sí, claro, respiro -dijo ella.
    Tim sonrió.
    – ¿No tenéis caballos en tu país?
    – Claro que sí -contestó Natalia-. Tenemos caballos y todo tipo de animales. No son ellos, soy yo. Es una absurda fobia mía.
    – No tengas miedo de Jake. Solo quiere un azucarillo. Cree que todos llevamos cosas para él en los bolsillos. Mira -dijo girándose hacia el caballo y emitiendo un sonido parecido a un relincho.
    Jake lo imitó y se frotó contra su brazo con cariño. Tim miró a Natalia.
    – ¿Quieres hacerlo tú?
    No le dio tiempo ni a contestar porque Tim la agarró del brazo y la colocó a su lado frente a Jake.
    Repitió el relincho y Jake emitió el mismo sonido y volvió a frotar la cabeza, pero contra el brazo de Natalia, que sintió tremendos deseos de gritar. No podía porque el cerebro no le respondía. Estaba apoyada contra Tim y…
    Estaba apoyada contra Tim. Punto. Calor, confusión, más calor.
    – ¿Estás bien? -dijo Tim mirándola a los ojos.
    Natalia estaba acostumbrada a estar rodeada de cientos de personas, pero nunca en su vida se había sentido más observada. Nunca en su vida nadie se había preocupado tanto por ella.
    Aquello era embriagador. Aquel hombre era embriagador.
    – No estoy segura -susurró.
    Tim le miró la boca y la vio tomar aire a bocanadas. La abrazó y la miró más intensamente.
    – ¿Y ahora? -murmuró rozándole la mejilla con los labios.
    Natalia se apretó contra él. No podía evitar desear aquel cuerpo grande y sólido, que la abrazaba y la protegía.
    – ¿Natalia?
    Sintió que le temblaba todo el cuerpo. Se pasó la lengua por los labios y…
    Oyó que Tim emitía un pequeño gemido y cerró los ojos.
    Un beso… un beso… un beso perfecto… sí, por favor…
    Pero no fue el beso de un hombre sino de un animal porque Jake metió la cabeza entre ellos. Tim intentó apartarlo, pero el animal era tozudo e insistió.
    Tim acabó riéndose.
    – Muy oportuno, amigo -le dijo-. Perdona, Natalia, pero este tonto se cree que es mi novio.
    Natalia se apartó con el corazón latiéndole aceleradamente.
    – Claro -dijo-. Tengo que volver al trabajo.
    Tim se quedó mirándola sonriente, como si estar tan cerca y hacerla desearlo tanto fuera lo más normal del mundo. ¿O es que no se había dado cuenta?
    No, no se había dado cuenta.
    – Nos vemos en la cena -dijo Natalia saliendo de la cuadra con fingida tranquilidad.
    Al llegar a la cocina, se apoyó en el fregadero y tomó aire.
    Maldito caballo.

    Al día siguiente, después de desayunar, Natalia salió al sol de la mañana. Todos se habían tomado el delicioso desayuno que había hecho: pan, huevos y salchichas revueltos. «Muy creativo», pensó encantada. Se lo habían comido todo en un abrir y cerrar de ojos.
    Entendía que se hubieran ido corriendo a trabajar porque debían de tener un montón de cosas que hacer. Qué bien se lo estaba pasando. No quería que aquella experiencia se terminara.
    Se apoyó en una columna del porche y se puso la mano en los ojos. No lo habría reconocido jamás, pero esperaba ver a Tim.
    No había podido dejar de pensar en él desde que habían estado a punto de besarse el día anterior.
    Sí, por favor, aunque fuera un momento… Se moría por verlo. ¿Sería demasiado pedir que se hubiera quitado la camisa por el calor?
    Se sorprendió ante el rumbo que estaban tomando sus pensamientos y se apartó del porche. Entonces, se fijó en los animales del redil, los desvalidos.
    Se le paró el corazón y notó que le sudaban las palmas de las manos. Sabía que aquel terror era ridículo, pero no lo podía evitar.
    Y todo porque, con cinco años, su padre la había montado en un pony para la cabalgata de Navidad y, al soltar las riendas para saludar a todo el mundo, se había caído. Hasta ahí, bueno. Lo peor había llegado cuando el animal le había tirado encima todo lo que había comido durante una semana.
    La ciudad entera se había reído. Había sido el hazmerreír y veinte años después seguía teniendo pánico de los animales por eso.
    Se acercó a ellos como si tuvieran un imán. El cerdito de tres patas fue hacia ella cojeando. Se paró en la valla y gruñó varias veces.
    Natalia sentía el miedo, pero dio un paso más.
    También se acercaron la cabra y el caballo.
    Natalia se encontró con seis ojos, cuatro sanos y dos, no, que la miraban con insistencia y tres hocicos que olisqueaban en busca de comida evidentemente.
    – No tengo nada -les dijo con tristeza-. Lo siento.
    Los animales sacaron la cabeza por la valla.
    – No tengo comida -dijo riendo-. Esperad un momento -añadió al ver sus caritas de pena.
    Corrió a la cocina y tomó lo primero que vio. Volvió con tres zanahorias. Al olerías, los animales se pusieron como locos. Estaban armando una buena.
    Aun así, Natalia tuvo el valor para tirarle la primera zanahoria al caballo. El animal era tan viejo que, por supuesto, no la agarró al vuelo.
    En cuanto la hortaliza tocó el suelo, y para consternación del equino, el cerdo fue hacia ella corriendo.
    – En, que eso no es tuyo… -dijo Natalia arrodillándose y metiendo la mano por la valla para ayudar al caballo.
    La cabra le agarró la manga de la camisa y empezó a comérsela.
    – No -gritó horrorizada.
    Intentó apartar el brazo, pero la cabra no la dejaba.
    El cerdo se apresuró a babosearle el brazo en busca de más zanahorias. A Natalia casi roto le dio un ataque al corazón al imaginarse sin brazo. Tiró con fuerza y consiguió soltarse… aunque cayó de espaldas en el barro.
    Se miró bien y vio que no le faltaba ninguna extremidad.
    – Podría haber sido peor -dijo viendo que se le había roto la camiseta-. Menos mal que no me ha visto nadie.
    – ¿Cómo que no? -dijo una voz a sus espaldas.
    Sally. Estupendo. Natalia suspiró y se giró hacia ella.
    – Hola, estaba…
    – ¿Dándole de comer a la cabra? -sonrió la hermana de Tim-. Ya lo he visto -añadió pasando de largo.
    Natalia se puso en pie y se dijo que daba igual. A Sally no le iba a caer bien de ninguna manera, así que…
    Mientras se cambiaba de ropa, se dio cuenta de que había estado tan entretenida que no había pensado en Nuevo México en las últimas horas.
    Al recordar que aquello era solo temporal, la invadió la tristeza mientras se dirigía a la cocina.
    De hecho, solo le quedaban un par de días allí, así que haría mejor en no encariñarse con nada. Sin embargo, tenía la sensación de que ya era demasiado tarde.
    – Nunca es demasiado tarde.
    Al oír la voz de Amelia, dio un respingo y miró a su alrededor, pero estaba sola en la cocina.
    – ¿Amelia? -susurró sintiéndose ridícula.
    Nadie contestó.
    Se rió de sí misma y se puso a hacer la comida.
    «Nunca es demasiado tarde». ¿Qué quería decir aquello, que se podía quedar un poco más si quería? Tocó el teléfono móvil que llevaba en el bolsillo. Podía llamar a Nuevo México e inventarse una excusa para no ir. Al fin y al cabo, no tenía que volver a Grunberg hasta el lunes.
    Sin pensárselo dos veces, llamó al hotel de Taos y dejó encargo de que les dijeran a sus hermanas que no podía ir. Sabía que se estaba comportando como una cobarde, pero no podía evitarlo.
    – Dígales que tengo… -intentó buscar algo que no fuera demasiado alarmante-… peste equina -añadió encantada-. Con eso la gente no se te acerca, ¿verdad?
    – ¿Me está tomando usted el pelo? -dijo la recepcionista.
    – No, claro que no -contestó Natalia pidiendo perdón a sus hermanas mentalmente-. Dígales que tengo la piel fatal y que huelo peor -añadió colgando muy satisfecha de sí misma.
    Volvió a hacer la comida aunque estaba prácticamente hecha porque, extrañamente, habían sobrado unos entremeses de la cena. No era cuestión de desperdiciar comida, ¿no?
    Mientras hacía el té con hielo, se distrajo mirando por la ventana. Amenazaba tormenta y el cielo estaba precioso. Dejó el té demasiado tiempo, pero supuso que daba igual porque a los vaqueros les gustaban las cosas fuertes, ¿verdad?
    Más que el cielo la distrajo Tim, que estaba trabajando cerca de la casa. En cuanto lo vio, se le aceleró el corazón.
    Se quitó el sombrero, se secó el sudor de la frente con el puño de la camisa y se la arremangó dejando al descubierto unos antebrazos fornidos y musculosos.
    A pesar de lo fuerte que era, era un hombre bueno y delicado, que le estaba diciendo tonterías al oído a su caballo. El animal le dio con la cabeza haciéndolo reír.
    El sonido de su risa cruzó la pradera y llegó a los oídos de Natalia.
    – Ridículo -murmuró.
    Sin embargo, no apartó la nariz de la ventana. No fuera a ser que tuviera calor y se quitara la camisa de una vez. Aquello no se lo quería perder por nada del mundo.
    «Ten calor, ten calor›, le dijo mentalmente.
    Tim se agachó y le agarró al caballo una pata para mirarle la herradura. Natalia también se puso a mirar, pero su trasero.
    – Pero, bueno -dijo Sally-, ¿qué demonios estás haciendo ahora?

Capítulo 6

    NATALIA se giró intentando mostrarse tranquila.
    – Estoy… -se interrumpió sin saber qué contestar y se quedó mirando el cuchillo que tenía en la mano-… eh… Sally esperaba una respuesta.
    – Haciendo la comida.
    – Querrás decir la bazofia.
    – No, eh… ¿qué?
    – Nada, nada -contestó Sally apoyándose en la encimera y cruzándose de brazos-. Límpiate la barbilla, anda.
    – ¿Porqué?
    – Porque tienes la baba colgando de mirarle el trasero a mi hermano.
    Natalia se rió sin convencimiento.
    – No digas tonterías. Eso sería… insultante.
    – Te he pillado.
    Natalia no dijo nada más. Se limitó a poner los entremeses en una bandeja.
    – ¿Todo el mundo listo para comer?
    – Claro.
    Lo había dicho de forma tan sarcástica que Natalia se giró hacia ella. Sally tomó un champiñón, lo miró y lo probó.
    – Hum -dijo en lugar de gracias.
    Aquello fue la gota que colmó el vaso.
    – ¿Eso quiere decir que está bueno o que está malo?
    – Sin comentarios.
    – ¿Cómo que sin comentarios?
    – No puedo hacerlos.
    – Me estoy esforzando, ¿sabes?
    – Sí -contestó Sally limpiándose las manos en los pantalones-. Lo que me pregunto es por qué.
    – ¿Por qué me esfuerzo?
    – ¿Por qué no recurres a la ayuda social, te vas a un albergue o te buscas un trabajo de cocinera para gente que le guste comer comida rara?
    – Para empezar, no necesito en absoluto recurrir a la ayuda social.
    – Ya.
    Natalia dejó el cuchillo en la encimera para no tener tentaciones.
    – Y, para seguir, no soy una ciudadana normal. Como ya te ha dicho tu hermano, soy una princesa. Supongo que te perdonaré que no lo creas porque, claro, aquí en mitad de la nada… En fin, en cuanto a por qué estoy aquí y al trabajo que hago… -se interrumpió al darse cuenta de que Sally, que hacía lo que quería cuando quería, no iba a entender que ella necesitara sentirse una mujer normal-… bueno, no es asunto tuyo.
    – Bien, pero te advierto que no te va a resultar fácil ligarte a mi hermano porque no le gustan los piercings ni los pelos disparados.
    No, pero el cuero, sí.
    – ¿Ligarme a tu hermano? -repitió Natalia sorprendida. Nunca nadie había osado hablar así en su presencia.
    – Como le toques un solo pelo de la cabeza, te arranco las uñas de una en una, así que deja de mirarle el trasero.
    Natalia ahogó un grito de sorpresa. ¿Lo diría en serio?
    – Estás de broma, ¿no?
    Sally ni parpadeó.
    – Guau -dijo Natalia-. La verdad es que no sé por qué los estadounidenses tenéis fama de maleducados porque tú, por ejemplo, eres todo dulzura.
    – Ten presente lo que te acabo de decir.
    – Tim ya es mayorcito, ¿no crees?
    – Sí, pero tiene un corazón puro y bueno fácil de romper -contestó Sally tomando otro champiñón y yendo hacia la puerta-. Te pienso vigilar y, a la mínima, te echo -añadió cerrando la puerta.
    – Supongo que eso quiere decir que no somos amigas -gritó Natalia dándole una patada a la nevera.

    Tim se obligó a tragar, pero solo porque Natalia lo estaba mirando con expresión preocupada.
    – ¿Qué es? -preguntó intentando sonreír.
    – Una antigua receta familiar. ¿Te gusta?
    – Eh… bueno, nunca había probado nada parecido.
    Sally soltó una carcajada.
    Natalia se mordió el labio.
    – Nick habría hecho chile -dijo Sally dejando su plato a un lado.
    – Sally…
    – Y, encima, es guapo.
    – ¿Nick? -dijo Natalia.
    – El tipo al que yo habría contratado -contestó Sally.
    Natalia miró su plato.
    – Chile. No se me había ocurrido. Tampoco que le había quitado el trabajo a otra persona que lo necesitaba.
    – Nick tiene otro trabajo -le aclaró Tim.
    – Ah, bueno.
    Seth se echó hacia delante.
    – Natalia, hacer chile es muy fácil, ¿sabes? Seguro que tú lo harías fenomenal.
    – Seguro -dijo Pete esperanzado.
    – Bueno, no es que sea de gourmets, pero…
    Tim miró el contenido de su plato.
    – ¿Esto es de gourmets? -preguntó.
    – Claro -contestó Natalia indignada-. ¿Qué creías que era?
    Eso. ¿Qué creía que era? Tim lo único que sabía era que Natalia no era tan fuerte como quería aparentar y que estaba guapísima cuando lo miraba así de fijamente. No podía decirle que lo que cocinaba era incomible.
    – Eh…
    Natalia dejó su plato a un lado.
    – No lo sabes -dijo confundida-. Dios mío, no sabes lo que estás comiendo. ¿Creías que no sé cocinar?
    – Bueno…
    – No -dijo Natalia mortificada-. Creías… que estoy loca, ¿no? Dejad a la pobre Natalia, que está como una cabra, se cree que es una princesa y no tiene ni idea de cocinar… ¿Es eso? -sacudió la cabeza y se tapó la boca-. Perdón -dijo levantándose y saliendo de la cocina.
    Los chicos se giraron hacia Tim con miradas acusadoras.
    – La has hecho buena -dijo Pete-. Has herido sus sentimientos.
    – Sí, haz el favor de ir a arreglarlo -lo instó Red-. Dile que solo eres tú, que a nosotros nos encanta lo que cocina.
    Sally puso los ojos en blanco.
    – Dios mío, chicos, sois tan patéticos como ella.
    – Eh, Sally, que a ti no te ha hecho nada -la defendió Pete.
    Tim suspiró, dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó.
    – Sí, vete a hablar con ella -dijo Pete.
    Todos asintieron excepto Sally. A Tim le entraron ganas de reír, pero la actitud de sus chicos era conmovedora. Estaban dispuestos a seguir comiendo aquella bazofia con tal de no hacerle daño.
    – Menudos peleles -se quejó Sally.
    Tim estaba de acuerdo, pero el más pelele era él porque cuando Natalia estaba cerca se le reblandecía el cerebro. En realidad, se le reblandecía todo menos cierta parte de su cuerpo.

    Estaba en el porche trasero mirando la luna. Solo llevaba unos vaqueros, una camiseta y una camisa suya de franela. Tendría que haber estado normal y corriente, pero no. Había algo especial en ella que lo dejaba sin aliento.
    – ¿Estás bien?
    – Claro. ¿No ves que estoy loca?
    – Natalia…
    – Sé lo que pensáis de mí -dijo sin mirarlo.
    Tim se colocó delante de ella para que no tuviera más remedio que dejar de mirar la luna y mirarlo a él.
    – Los chicos se preocupan por ti y yo, también.
    – Como te preocupas por la cabra ciega, ¿no?
    – Tú no eres una cabra ciega, Natalia.
    Natalia se giró, pero Tim vio el brillo de una lágrima en sus ojos.
    – Yo… no… Creía que…
    – Que soy un cerdo de tres patas que necesito un sitio donde vivir -dijo Natalia intentando irse.
    Pero Tim la agarró del brazo y no se lo permitió.
    – Me tengo que ir -susurró.
    – Espera -le dijo abrazándola para consolarla.
    ¿Solo para consolarla? Allí había más sentimientos implicados. No sabía si era un error pero Tim no pudo evitar acariciarle el pelo.
    «Te la estás buscando», se advirtió a sí mismo.
    Pero, en ese momento, Natalia dejó de luchar y se apretó contra él al tiempo que le ponía la cabeza en el hombro.
    – Supongo que me he pasado -murmuró- Habríais preferido mantequilla de cacahuete; con mermelada, ¿no?
    – No -contestó Tim muriendo de deseo a sentir sus labios en el cuello-. Lo que pasa es que no sabíamos qué estabas cocinando.
    – Lo siento -suspiró Natalia-. He hecho el tonto, pero me lo estaba pasando estupenda mente, ¿sabes? Sentirme necesitada es nueve para mí. En mi casa, soy importante, pero nadie me necesita -suspiró de nuevo apretándose todavía más contra él. Tim sintió que le flaqueaban las piernas-. No te puedes imaginar lo maravilloso que es sentirse necesitada.
    Necesitada.
    Guau. Gran paso atrás.
    ¿Desde cuándo era él quien la necesitaba a ella y no al revés?
    Sorprendido, levantó la cabeza.
    Natalia, también. Se quedaron mirándose a los ojos a pocos milímetros de distancia. Entonces, uno de los dos, Tim nunca supo quién, recorrió aquella mínima distancia y se besaron como si les fuera la vida en ello.

Capítulo 7

    NATALIA se separó un milímetro para tomar aire. Tenía la boca mojada, los ojos soñolientos y los dedos enredados en el pelo de la nuca de Tim. Su cara le llegó al alma.
    – No me malinterpretes -le dijo acariciándole el cuello-, pero llevaba tiempo preguntándome cómo sería esto.
    Aquella confesión fue tan natural como su beso.
    – ¿De verdad?
    – ¿Tú también?
    No. La verdad es que había estado demasiado ocupado.
    – Después de besarte, me cuesta pensar. ¿Podríamos repetirlo?
    – Por supuesto.
    Sonrió al besarla. Jamás había besado a una mujer mientras sonreía. Le encantaba sentir su cuerpo tan cerca. Deslizó las manos bajo la camisa de franela y se adentró en aquel mundo de curvas con el que había estado soñando todo el día…
    Llevaba todo el día pensando en aquello.
    Tim se rió sorprendido de sí mismo y Natalia se apartó.
    – ¿Qué pasa?
    – Nada -contestó Tim acercándose para seguir besándola.
    – Deja de reírte -le dijo ella poniéndole una mano en el pecho.
    – No, pero si yo…
    – Te voy a decir una cosa, Tim. Es de muy mala educación reírte de cómo besa una mujer.
    Oh, oh.
    – No me estaba riendo de ti, de verdad. Ven aquí.
    – ¿Para qué? ¿Quieres volverme a besar? Si no te hubieras reído, eso sería exactamente lo que estaríamos haciendo ahora.
    – Me estoy riendo de mí, ¿vale? Me acabo de dar cuenta de que llevo todo el día pensando en ti.
    – Y te parece gracioso…
    – No, no me parece gracioso -contestó Tim-. Más bien, una distracción.
    – Eso no es precisamente un cumplido.
    – ¿Ah, no? -dijo Tim acercándose-. A ver qué te parece esto. Me pones a mil. Estoy trabajando y me descubro pensando en ti, en esto, en cosas que creía no necesitar.
    – Yo tampoco las necesito.
    – Bien -dijo tomando aire-. Así que lo dos tenemos fantasías, pero…
    – Siempre hay un pero -suspiró Natalia.
    – Pero mi vida no está hecha para esto.
    – ¿Y la mía sí? -rió y negó con la cabeza-. No, te aseguro que no.
    – Natalia, todo lo que soy, todo lo que tengo es este rancho. Ha habido otras mujeres que han intentado vivir conmigo, encajar en este lugar, pero… siempre me han dejado.
    – Lo siento mucho, pero yo también me ir pronto.
    – Es cierto. Entonces, ¿qué demonios estamos haciendo?
    – No lo sé… ¿Darnos un gusto, quizás?
    – ¿Darnos un gusto? -repitió Tim sorprendido-. ¿Dónde has aprendido eso?
    – O sea que es muy normal que un hombre proponga una aventura, pero si es una mujer la que quiere…
    – ¿Darse un gusto?
    – ¡Déjalo! -contestó Natalia.
    – Espera -dijo Tim con la cabeza dándole vueltas-. ¿Te he insultado?
    Natalia se rió y se puso a contemplar la luna de nuevo.
    – Natalia -dijo Tim en voz baja poniéndole las manos sobre los hombros-. ¿Podemos volver a intentarlo?
    – De acuerdo -contestó ella tomando aire-. Perdona por propiciar esta situación. Ha sido una estupidez por mi parte.
    – No -dijo él admirando su precioso perfil-. No ha sido una estupidez.
    – Quiero que sepas que una cosa es darse un gustazo y otra amar -le dijo mirándolo a los ojos-. No espero que me ames. ¿Queda claro?
    Tim sintió que el corazón se le encogía.
    – Natalia…
    – Una noche, Tim. Bueno, me quedan varios días, así que varias noches, pero ya sabes a lo que me refiero.
    – Te mereces algo más. Te mereces tiempo y un hombre que se moleste en conocerte.
    – ¿Quieres conocerme? ¿Y eso? Bueno, soy la segunda de tres hermanas y suelo ser bastante fácil tratar… cuando no estoy en Texas, claro. Tengo fama de dura y prepotente, pero no creo que con vosotros me haya portado así. Aunque cualquiera lo diría viéndome ahora, me gusta ir a la moda. También me gusta esquiar, pero por aquí no veo estaciones -sonrió-. Y, por último, soy princesa, lo que nos devuelve al tema principal en todo esto que es que me tienes lástima como a los animales que recoges.
    – Natalia…
    – No -dijo apartándose con dignidad-. En pocos días, tendré dinero suficiente para ir donde tengo que ir, pero antes habré vivido como una persona normal y corriente, habré experimentado lo que se siente viviendo con gente que no te trata como a una princesa. Final de la historia -añadió yendo hacia la puerta-. Te agradezco mucho lo que has hecho, pero creo que deberíamos volver a la relación que teníamos antes, a la de jefe y empleada -concluyó entrando en la casa con la cabeza bien alta y los hombros echados hacia atrás.
    Desde luego, toda una princesa en vaqueros.

    Al día siguiente, Natalia consiguió no hablar con Tim durante el desayuno. No estaba enfadada ni dolida, pero no quería complicarse la vida.
    Estaba claro que, aunque se suponía que aquel país era el colmo de la modernidad, los hombres no estaban a la altura de las circunstancias. A ver si lo recordaba la próxima vez que se le descontrolaran las hormonas.
    Preparó un plato parecido a una quiche estadounidense que le quedó de maravilla. O eso creía ella, claro.
    – No me envenenarás por lo de anoche, ¿no? -bromeó Tim mirando el plato.
    Natalia probó la quiche.
    – ¿Cómo? -dijo Sally-. ¿Qué pasó anoche?
    Tim miró a Natalia.
    Natalia siguió comiendo.
    Sally frunció el ceño.
    – Dios mío, eres idiota -le dijo a su hermano.
    Tim no dejó de mirar a Natalia.
    – Ya lo sé, gracias -contestó.
    Sally miró a Natalia.
    Natalia siguió comiendo.
    – Como le hagas algo a mi hermano, te mato -dijo acercándose a ella.
    – Eres realmente encantadora por la mañana -sonrió Natalia-. ¿Verdad, chicos? ¿Es así normalmente con vosotros o despliega sus encantos solo cuando estoy yo?
    – Solo cuando estás tú -contestó Sally poniéndose en pie-. Seth, te espero en la cuadra. Espero que tengas algo -añadió dándole un billete de cinco dólares.
    Cuando Sally se fue, Natalia fue a la cocina a buscar el pan. Cuando volvió, los demás habían desaparecido y no quedaba ni rastro de la comida en los platos.
    «Buena señal», se dijo.
    Miró por la ventana. Hacía un día maravilloso. Se puso a fregar los platos mientras pensaba en lo pronto que se había despertado. A pesar de todo, estaba contenta. No cambiaría aquello por nada.
    Ni el beso.
    No, no se arrepentía. Tampoco le quedaba mucho tiempo allí, además. Pronto volvería a llevar su vida de siempre y tendría demasiadas cosas como para pensar en estos días que estaba viviendo.
    ¿A quién pretendía engañar? Pues claro que recordaría el rancho porque se lo había pasado en grande.
    Sonrió al pensar en el guapo, sexy y cabezota de Timothy Banning.
    Ojalá apareciera.
    Podría pasarse el día entero mirándolo.
    Obviamente, él no sentía lo mismo.
    Menudo baño de humildad. Amelia no paraba de repetirle que la humildad era muy necesaria. Pues ella ya había tenido suficiente para toda la vida.
    En ese momento, la cabra ciega tiró al suelo al cerdo. El animal intentó levantarse, pero no podía. El pobre movía las tres patitas en el aire, pero nada.
    Natalia sintió que se le partía el alma.
    – Maldita sea, no pienso ir -dijo en voz alta.
    Pero el cerdo le daba mucha pena, así que agarró una bolsa con sobras de comida que había guardado y fue hacia la valla.
    Tomó aire varias veces y se dijo una y otra vez que era muy fácil. Solo tenía que abrir la puerta y entrar.
    Lentamente, la abrió y… pisó algo marrón, pegajoso y que olía asquerosamente mal.
    – ¡Agg! -exclamó retirando el pie.
    Con poco entusiasmo, se acercó al cerdo.
    – Eh -le dijo.
    El animal no respondió.
    – Espera, vamos a ver así… -dijo empujándolo para ponerlo en pie.
    El animal, al verse sobre sus tres patas de nuevo, comenzó a dar vueltas a su alrededor como agradecimiento y terminó tirándola al suelo…
    En ese momento, la cabra se puso a comerse su camiseta. El cerdo embistió con furia. Primero a la cabra y luego a ella. Natalia sintió más miedo que nunca. La cabra respondió tirando al cerdo de nuevo de lado.
    – Parad inmediatamente -los reprendió Natalia cubierta de estiércol de arriba abajo.
    El cerdo se levantó y se puso a dar vueltas alrededor de la cabra, que balaba histérica. Natalia intentó ponerse en pie mientras el viejo caballo miraba de lejos el espectáculo.
    – Orden -gritó como si estuviera en el palacio.
    Oyó una risa masculina a sus espaldas.
    Tim, claro. Debía de ser que todavía no había tenido suficientes baños de humildad.
    Estaba fuera del vallado riéndose a su costa.
    Natalia prefirió no reparar en cómo se le había acelerado el pulso nada más verlo.
    – ¿Sabías que tu cabra es un toro? Además, es mentira que sea ciega. Tiene al cerdo torturado.
    – Para que lo sepas, la cabra es macho y el cerdo hembra. ¿Quieres que te enseñe cómo se les diferencia? -sonrió con malicia-. Son amigos y solo están jugando. A Pickles le encanta que…
    – ¿Pickles?
    – No se lo puse yo -contestó Tim-. Es cierto que no está completamente ciego. A la señora Cerdo le cae bien, hazme caso.
    – Pero si se estaban matando.
    – No. Mira… -dijo abriendo la puerta y entrando.
    Por supuesto, la señora Cerdo derribó a Pickles para llegar primero.
    – ¿Quieres acariciarlos?
    – Claro que no.
    – Bueno -dijo Tim acariciando a ambos por igual-. ¿No te gustan los animales?
    – Exacto -mintió.
    Era mejor que creyera que no le gustaban a que supiera que les tenía miedo.
    – Ah -dijo Tim sonriendo misteriosamente.
    – ¿Qué pasa? -dijo poniéndose en jarras sin acordarse de con qué se había manchado las manos.
    – Que eres una mentirosa, princesa -contestó acercándose demasiado.
    – Nunca miento -mintió. «Bueno, casi nunca».
    – Por eso les das de comer ¿verdad? Porque no te gustan los animales…
    Natalia se dio cuenta de que había visto la bolsa con sobras.
    – ¿Dónde nos lleva esta conversación? -protestó.
    Tim enarcó una ceja y sonrió haciendo que a Natalia se le pusiera la piel de gallina y los pezones de punta.
    – Lo que importa aquí -contestó Tim con paciencia- es que te quieres hacer la dura, y eres tan buena como cualquiera de nosotros.
    Natalia intentó contestar, pero no se le ocurrió qué decir.
    – Se ve que no estás acostumbrada a este mundo -dijo Tim amablemente-, pero tampoco pareces de ciudad -añadió acariciándole el pelo-. ¿Quién eres, Natalia?
    ¿No era acaso su principal problema? Ya ni siquiera sabía quién era. Le gustaba la vida de princesa, pero los últimos días, difíciles y duros, le habían enseñado todo lo que se estaba perdiendo.
    – Tengo trabajo -contestó-. Es casi la hora de comer.
    Estaba yendo hacia la casa cuando la llamó.
    Se paró, pero no se volvió. No confiaba en sí misma. Era capaz de ceder a sus deseos. «¿Y si fueran deseos sexuales?», pensó secretamente esperanzada.
    – Lávate las manos primero, ¿eh?
    Natalia se las miró.
    – Te estaría bien empleado que no lo hiciera -murmuró decepcionada.

    A la hora de cenar, estaba lloviendo. Mientras hacía albóndigas, se puso a mirar por la ventana y vio a Pickles solo bajo la abundante lluvia.
    – Este animal es tonto -murmuró.
    La cabra baló desconsolada.
    – No pienso mirar -dijo.
    Pero no podía.
    Volvió a mirar.
    El caballo y la cerda estaban resguardados bajo el árbol, pero la cabra se estaba empapando.
    – ¡Por Dios, métete debajo del árbol! -exclamó al oírlo balar de nuevo con tristeza.
    Pickles ni se movió.
    Natalia se lavó las manos y salió al porche.
    – ¿Qué haces? -le gritó-. ¡Métete debajo del árbol! ¡Vamos! ¡Al paso! ¡Corre! -le ordenó.
    La cabra levantó la cabeza y la miró sin verla.
    Maldición. Natalia corrió hacia el animal.
    – ¡Muévete!
    La cabra obedeció.
    – Buen chico -dijo Natalia acariciándolo-. No me muerdas, ¿eh? Venga, vamos por aquí.
    Pero la cabra se paró en seco.
    – ¡Te estoy intentando ayudar! -exclamó poniéndose en los cuartos traseros del animal y empujándolo-. ¡Pickles, muévete!
    – ¿Fastidiando a la cabra? -dijo Sally.
    – No, la voy a matar -contestó Natalia calada hasta los huesos.
    – Si quieres matarlo, no tienes más que darle la comida que haces -sonrió Sally-. Ya verás que pronto se muere.
    – ¡Mira quién habló de fastidiar a los demás! -exclamó Natalia mirando a la hermana de Tim fijamente.
    – Nunca fastidio a nadie -protestó Sally.
    – ¡Ja! -dijo Natalia harta de aquella chica-. Eres la persona más maleducada y fastidiosa que he conocido jamás, ¿te enteras? -le soltó dándole con el dedo en el hombro.
    – Como me vuelvas a tocar, te enteras -la amenazó Sally.
    – ¿Ah, sí? -dijo Natalia volviéndola a tocar.
    Sally le dio un empujoncito.
    – ¿Solo eso?
    Sally se rió.
    – No podrías con mucho más.
    – Inténtalo.
    – No.
    – Gallina.
    Sally la empujó con fuerza y Natalia se encontró, de nuevo, sentada en el estiércol. Sin dudarlo, agarró a Sally de los pies y la tiró de espaldas.
    – Me has manchado -dijo la chica sin poder creérselo.
    – Sí, ¿y sabes una cosa? Me parece que estás demasiado limpia -contestó tirándole una bola de estiércol que le resbaló por el pecho-. Así, mucho mejor – sonrió.
    – Estás muerta -dijo Sally abalanzándose sobre ella.

    Tras un agotador día de trabajo bajo la lluvia, Tim se paró a ver a Jake. El caballo estaba disfrutando de su comida y Tim sintió envidia. Él llevaba sin comer bien desde… desde Natalia.
    – Pero le pone ganas -le dijo a Jake-. Quiso acostarse conmigo y le dije que no. Increíble, ¿verdad?
    Jake relinchó.
    – Sí -suspiró Tim saliendo de la cuadra y cruzando hacia la casa.
    Entonces, vio a sus hombres de pie junto al vallado mirando una… ¿pelea de barro? Sorprendido vio que se trataba de Natalia y de su hermana.
    Se acercó y se puso en primera fila. Sí, era Natalia y estaba más guapa que nunca, con todo el barro marcándole hasta el último rincón del cuerpo.
    En contra de todo pronóstico, había ganado a su hermana y estaba muy orgullosa de sí misma.
    – ¿Qué miras? -le dijo enfadada.
    – A ti -contestó Tim sin pensar.
    – Respuesta equivocada -dijo ella tirándole una bola de estiércol y saliendo del vallado con la cabeza muy alta a pesar del barro que le cubría la cara.

Capítulo 8

    NATALIA pasó junto a los hombres, junto a la cabra ciega y a la cerda de tres patas mientras le caían gotas de barro por todo el cuerpo.
    Había dejado de llover y el sol estaba calentando con fuerza. Cuando llegó al lateral de la casa para lavarse con la manguera parecía un caramelo recubierto de chocolate.
    Como no podía ser de otra manera el agua estaba helada, pero no le importó porque ella estaba bastante acalorada del enfado que tenía.
    Qué suerte. Sally la había seguido. Natalia apretó los dientes y se mojó el pelo hasta que notó que se le congelaban las ideas.
    – ¿Qué quieres? ¿Otro asalto?
    – No -suspiró Sally-. ¿Me creerías si te dijera que estoy con el síndrome premenstrual?
    – Menuda excusa.
    – Sí. La verdad es que protejo mis cosas con uñas y dientes.
    – No me digas -dijo Natalia sintiendo la inmensa tentación de enchufarle la manguera en la cara.
    – Me parece que me he pasado un poco contigo con mis comentarios acerca de tu comida y todo eso.
    – Ya.
    El barro estaba bien incrustado y Natalia se concentró en quitárselo.
    – ¿Me estás escuchando? -dijo Sally poniéndose frente a ella-. Te estaba diciendo que he sido… bueno… eh…
    – ¿Maleducada? ¿Desagradable? Sí, estoy de acuerdo y si lo que quieres es cambiar tu actitud me parece estupendo.
    – Bien -sonrió Sally-. Entonces, ¿hacemos las paces?
    – Claro. ¿Por qué no? -dijo Natalia encogiéndose de hombros y dejando la manguera-. Al fin y al cabo, todos sabemos que te puedo, ¿no?
    Sally la miró con los ojos entornados.
    – Es broma.
    – No me caes bien, ¿sabes? -dijo Sally sonriendo.
    – Me alegro porque tú a mí, tampoco -contestó Natalia.
    Sally asintió y se alejó.
    Natalia siguió limpiándose mientras se preguntaba cómo había dejado que todo aquello la afectara tanto. ¿Había olvidado que le quedaba poco tiempo allí? Si quisiera, podría llamar por teléfono y acabar con esa situación inmediatamente.
    Se le encogió el corazón.
    – Perfecto -se dijo-. Así que me he enamorado de este lugar…
    ¿Por qué sería?
    Al girarse, vio a Tim mirándola con la sonrisa burlona.
    – ¿Qué os ha pasado?
    – Eh… Bueno, Sally y yo teníamos unos asuntillos pendientes -contestó Natalia.
    – ¿Unos asuntillos?
    Natalia se echó agua en el pecho y los brazos.
    – No te preocupes. No creo que se repita -le aseguró.
    Tim observó su cuerpo mojado.
    – Mi hermana es un poco difícil. Lo siento.
    – No pasa nada -sonrió-. No es la primera vez que me ves mojada, ¿eh?
    – ¿Ah, no? -dijo Tim.
    De repente, Natalia se dio cuenta de que lo que acababa de decir podía tener un segundo significado mucho más sexual del que había pretendido. A juzgar por la mirada de Tim, así lo había entendido él.
    Se acercó a ella y Natalia dio un paso atrás.
    – No te acerques.
    – De acuerdo -dijo él levantando las manos.
    – Bien y deja de mirarme así.
    – ¿Cómo?
    – Lo sabes perfectamente. Me haces perder la cabeza… como antes y, para colmo, no me paras.
    – Eso ha sido porque tenía las facultades mentales perturbadas -contestó Tim-. Deja de apuntarme con la manguera, por favor.
    – ¿Y ahora has recobrado la cordura? – preguntó Natalia sin bajar la manguera.
    – Claro -contestó mirándola de arriba abajo. Sí, era cierto, estaba calada-. Estás muy bien mojada y sucia, Natalia.
    – Me parece que vas a tener que ir al oftalmólogo.
    – Tengo los ojos perfectamente, gracias.
    Natalia lo miró y se dio cuenta de que ya no se la estaba comiendo con la mirada. La estaba mirando a los ojos y estaba claro que le estaba gustando lo que estaba viendo. A Natalia la mujer, no la princesa.
    Su sueño hecho realidad.
    Entonces, ¿por qué dio otro paso atrás? Descubrió con sorpresa que lo que realmente quería era que le gustara la mujer y la princesa.
    – Me voy a duchar y a cambiar -anunció.
    Tim dio un paso al frente.
    – A mí también me vendría bien una ducha.
    ¿Por qué la miraba con tanto deseo, por todos los cielos?
    – No hay problema -contestó volviendo a levantar la manguera.
    – No te atreverás…
    No la conocía, claro. De lo contrario, jamás la habría desafiado. La adolescente que llevaba dentro luchó con la mujer que era, que quería ser, que quería atención y amor.
    No podía ser, claro. Dentro de ella también había una princesa.
    Era un ser humano tan complicado como cualquier otro y quería que Timothy Banning, el hombre al que deseaba, lo viera.
    Lo miró y se dio cuenta de que la estaba mirando de nuevo con deseo.
    Era como si la quisiera devorar allí mismo.
    Natalia se estremeció de gusto.
    – Natalia, deja la manguera.
    – No puedo, Tim -contestó preguntándose qué pinta tendría empapado de pies a cabeza. Seguro que impresionante.
    – ¿Por qué?
    – Porque resulta que sigo un poco enfadada -mintió.
    Lo que realmente le sucedía era que estaba excitada y era culpa de Tim. Sí, era culpa de Tim, así que…
    – Natalia…
    – Lo siento -dijo mojándolo entero.
    Pero la broma se le volvió en contra porque al ver cómo le caía el líquido por el cuerpo, cómo hacía que se le pegaran los vaqueros al cuerpo, lo único que consiguió fue que la boca se le hiciera agua.
    Maldición. Todas las hormonas de nuevo revolucionadas.

    A la mañana siguiente, Tim todavía seguía pensando en aquel momento. Estaba a varios kilómetros de casa y ya necesitaba ducharse.
    Necesitaba una buena ducha fría.
    Hacía un día caluroso, pero no era por eso. No era porque acababa de encontrar una valla rota o porque se hubieran escapado unas cuantas reses.
    No, era por la cocinera, por aquella mujer a la que había contratado para ayudarlo y que lo había sorprendido tanto que no podía dejar de pensar en ella.
    Le gustaba todo de Natalia… hasta cómo comía. Sí, verla disfrutar de su comida había resultado ser una experiencia mística. Aunque no estaba de acuerdo con ella en lo que era una buena comida, pero eso era harina de otro costal.
    Lo hacía sonreír continuamente. No recordaba la última vez que había besado a una mujer riéndose, como con ella.
    Era increíble cómo lo miraba, como si para ella fuera el hombre más maravilloso sobre la faz de la tierra. ¿Por qué lo tenía que mirar así? ¿No se daba cuenta de que le hacía desear cosas que no podía tener?
    Se iba a ir. Podía ser aquel mismo día. Desde luego, como muy tarde, al día siguiente. Le había ido pagando a diario y cada mañana pensaba nada más despertarse que, tal vez, ya se habría dio. Sin embargo, seguía allí.
    Cocinando.
    La comida era terrible, la verdad, pero sabía que la iba a echar de menos.
    Al darse cuenta, sin pensarlo mucho, volvió a casa con una sola idea en la cabeza: verla.
    La casa estaba en silencio. Demasiado. Maldición. Se había ido. Seguro.
    Entonces, oyó un ruido que llegaba de la cocina. Era como un horrible grito. Horror. Alguien se había hecho daño.
    Entró corriendo en la cocina y vio que se trataba de Natalia.
    Pero no estaba herida, no… ¡Estaba cantando!
    Estaba de espaldas a él y no lo había visto. Tenía los auriculares puestos y de su boca salían unos gritos espantosos.
    Tim se apoyó en la pared y sonrió. Sin saberse observada, Natalia siguió cantando y bailando. Menos mal que bailaba un poco mejor de lo que cantaba…
    En un momento dado, levantó el índice al cielo, en plan «Fiebre del sábado noche» y Tim ya no pudo aguantar más la risa.
    Natalia gritó y se dio la vuelta quitándose los auriculares. Tenía la cara y el pecho manchados de chocolate.
    – Casi me matas del susto -le reprochó poniéndose la mano en el corazón.
    – Sigue, sigue -la animó Tim sonriendo-. Por mí no pares. Sigue bailando para mí un poco más.
    – No estaba bailando para ti. ¿Sabes una cosa? Me deberías subir el sueldo por espiarme mientras trabajo.
    – ¿Ah, sí? -dijo Tim intentando no dar importancia a aquel gesto que estaba haciendo con la lengua para intentar limpiarse el chocolate de alrededor de la boca.
    Por favor, por favor, que lo volviera a hacer.
    Natalia le estaba hablando, pero él, que era hombre y débil, por cierto, ya no podía ni oír ni pensar ni nada.
    Natalia lo miró divertida.
    – ¿Todos los hombres son tan fáciles como tú?
    Tim la siguió como un cachorro sin poder apartar la vista de ella.
    – ¿Cómo?
    Natalia introdujo un dedo en el chocolate, se lo metió en la boca, cerró los ojos y gimió.
    Tim gimió también.
    – ¿Ves? -dijo ella abriendo los ojos-. Fácil.
    – Sí -carraspeó Tim.
    – Te quería dar una sorpresa.
    Tim se quedó de piedra. ¿Una sorpresa porque se iba?
    – Quería preguntarte una cosa… ¿Dónde irás después de la boda?
    – Vaya, vaya, así que crees lo que te digo, ¿eh? ¿Crees que tengo una boda en Nuevo México? Entonces, ¿también crees que soy una princesa? ¿Desde cuándo?
    – Eh…
    – Ya, entiendo. No me crees.
    – Natalia…
    – No, da igual -dijo concentrándose de nuevo en el postre-. Si no te importa, preferiría que te fueras. Tengo muchas cosas que hacer y me estás distrayendo.
    – Natalia…
    – Lo siento, no te oigo -dijo poniéndose los auriculares.
    – No, quiero hablar contigo. Eres de Grunberg, ¿no? ¿Eso está cerca de los Alpes?
    – Tengo cosas que hacer.
    Tim le quitó el auricular derecho y le habló al oído.
    – Sé que te gusta esquiar. ¿Qué más te gusta?
    – Cocinar -contestó apartándose-. Aunque te cueste creerlo, hay gente que cree que se me da bien -añadió apartándose un mechón de pelo de la cara-. Vete ya.
    – Solo quería…
    Eso fue todo lo que le dio tiempo a decir antes de que la batidora comenzara a funcionar a toda potencia y pusiera la cocina perdida de chocolate.

Capítulo 9

    TIM abrió un ojo y vio a Natalia cubierta de chocolate
    – Mmm -dijo comiéndose una gota que le había caído en la nariz.
    – Dios mío, hay chocolate por todas partes -dijo Natalia tras apagar el aparato a ciegas. Estaba para comérsela. Tim comenzó a salivar. Natalia lo señaló con un dedo en plan de advertencia como si le hubiera leído el pensamiento.
    – Ha sido culpa tuya -le reprochó.
    – ¿Mía? -dijo Tim riendo-. ¿De dónde te sacas eso?
    – ¡Me has distraído! Estaba trabajando y tú venga a… no has parado de…
    – ¿Sí? -dijo Tim encantado con la dirección de la conversación.
    – Da igual -añadió Natalia-. Ha sido culpa tuya y punto.
    – Así que te distraigo…
    – Sí, te lo acabo de decir, ¿no?
    – Porque te gusto.
    – Eso no lo he dicho.
    – A mí también me gustas, Natalia.
    – ¿De verdad? -dijo mirándolo a los ojos.
    – Lo sabes de sobra.
    Natalia cerró los ojos.
    – Sí, pero no serías capaz de aprovecharte de una loca, ¿verdad? -dijo mojando una toalla y limpiándose la cara con fastidio.
    Tim sintió unos deseos irreprimibles de besarla.
    – Déjame a mí -dijo agarrándola de la muñeca.
    – No.
    – Solo quiero ayudarte -insistió acercándose y lamiéndole una gota de chocolate que tenía en el lóbulo de la oreja.
    – Espera -dijo ella cerrando los ojos.
    – ¿Por qué?
    – Porque no puedo seguir enfadada contigo si me haces eso.
    – Ah, bueno, si es por eso… -dijo Tim bajando la lengua por el cuello.
    – Tim, te lo digo en serio -protestó Natalia.
    – Sí quieres seguir enfadada conmigo… Bueno, tú misma.
    El gemidito que emitió terminó de excitarlo.
    – Tengo fama de no ceder -dijo Natalia-. Pregúntaselo a mis hermanas.
    – Información familiar clasificada, ¿eh? – bromeó queriendo saberlo todo sobre ella-. Encantado de hablar con tus hermanas. Cuéntame más cosas -añadió bajando con los labios hasta su escote.
    Se moría por liberarla de la ropa y seguir así por todo su cuerpo.
    – Háblame de ti, Natalia.
    – Aunque no lo creas, la gente me respeta y tiene en cuenta mis opiniones -contestó cerrando los ojos con la respiración entrecortada-. Ya te he dicho que les gusta cómo cocino, ¿verdad?
    – Pero no has llamado a tu casa…
    – Necesitaba un descanso -contestó concentrándose en la estela de saliva incandescente-. Me agobian un poco.
    – ¿Tu padre? -preguntó Tim tomándola de la cintura y metiéndole las manos por debajo de la blusa hasta juguetear con la piel de su espalda.
    – Sí, mi padre -contestó apretándolo contra su cuerpo-. Se preocupa por mí porque cree que en el mundo de verdad se aprovecharían de mí.
    Tim la miró. Seguía con los ojos cerrados y tenía la boca entreabierta como si no le llegara el aire a los pulmones. Se moría por poseerla, pero, de repente, sus manos se negaron a continuar la exploración. No podía aprovecharse de ella, fuera quien fuese.
    ¿Y si fuera una princesa de verdad? Su cuerpo se moría por seguir lo que habían empezado, pero su cerebro le dijo que, quizás, no debería hacerlo.
    El cerebro ganó.
    Natalia se merecía mucho más que una noche. ¿Y qué le podía ofrecer él? ¿Qué más querría ella?
    Natalia abrió los ojos viendo que había dejado de besarla.
    – ¡Cómo ha quedado todo, madre mía! -exclamó observando la cocina-. La que has armado.
    Tim sonrió.
    – ¿Te estás riendo de mí?
    – No, claro que no.
    – Me voy a pasar todo el día para limpiarlo.
    – Te vas a tener que quedar más tiempo, entonces.
    – ¿Cuánto más? -preguntó Natalia agarrando una esponja.
    «Toda la vida», pensó Tim.
    – Depende, supongo.
    – ¿De qué?
    – Bueno, de la boda a la que tenías que ir, ¿no?
    – No voy a ir. Intenté decírtelo el otro día, pero… -se encogió de hombros-. Ya he llamado y les he dicho que estoy…
    – ¿Embadurnada de chocolate?
    – Más o menos.
    – ¿Por qué no me lo habías dicho?
    – No estaba segura.
    – Porque te querías ir.
    – Porque me quería quedar.
    Tim sintió un gran satisfacción.
    – Eso no tiene nada de malo, ¿no?
    – Lo cierto es que, si quieres, me puedo quedar unos días más…
    Claro que quería.
    – ¿Y luego?
    – Me iré a mi casa -contestó dándole la espalda-. Y se acabó.
    – ¿De verdad?
    – Sí.
    ¿Tenía que ser así? ¿Qué tenía de malo hablar de las demás posibilidades? Él estaba dispuesto.
    – Natalia… -dijo acercándose a ella.
    Al hacerlo, pisó un buen charco de chocolate y, en un abrir y cerrar de ojos, estaba en el suelo.
    – ¡Tim! -exclamó ella arrodillándose a su lado y abrazándolo-. ¿Estás bien? -añadió poniéndole la cara justo entre sus pechos.
    Tim abrió los ojos y se encontró en aquel maravilloso cojín.
    – Un poco mareado -contestó sinceramente.
    Natalia lo abrazó más fuerte. Tan fuerte que Tim sintió un pezón en la oreja. Lo tenía tan cerca que le habría bastado con sacar la lengua para tocarlo. Al pensar en aquella posibilidad, no pudo evitar gemir.
    – ¿Dónde te duele?
    Tim no podía ni hablar. Sentía todas las curvas de su cuerpo y solo podía pensar en poseerla.
    – ¿Tim? -dijo mirándolo asustada-. Di algo.
    – Yo…
    – ¿Sí? -dijo acercándose tanto que Tim sintió sus pestañas en la mejilla.
    – Un beso de mariposa.
    – Necesitas un médico.
    – No creo que me sirva de mucho -contestó Tim pensando en la erección que amenazaba con romperle los vaqueros.
    Natalia frunció el ceño y siguió su mirada. Al llegar a la entrepierna, se le quedaron los ojos como platos.
    – No estás herido.
    – No.
    – Estás…, sí.
    – Sí…
    – ¿Es porque te estoy tocando? -preguntó lentamente.
    – En parte, sí.
    – ¿Y la otra parte?
    – Que tengo tu pecho en la cara.
    – ¡Ah! -exclamó apartándose tan rápidamente que a Tim no le dio tiempo de reaccionar y se golpeó la cabeza en el suelo.
    – Ahora sí que me he hecho daño -dijo mirando el techo.
    Natalia lo miró tapándose la boca y emitiendo un sonido que se parecía sospechosamente a una risa.
    Tim la miró divertido.
    – Lo siento.
    – ¿Te estás riendo de mí? -le preguntó sentándose dolorido-. Seguimos cubiertos de chocolate.
    Natalia le tocó el pecho.
    – Iba a ser un postre muy rico.
    Tim pensó que podría seguir siéndolo si le dejara quitarle el chocolate del cuerpo a lametazos. Aquel pensamiento le llevó a preguntarse quién estaba allí más necesitado de ayuda.
    Decidió que su corazón.
    – Si quieres, después de limpiar, hago otro postre -se ofreció Natalia.
    En ese momento, se abrió la puerta y entró Sally.
    – ¿Qué demonios ha pasado aquí?
    – Hemos tenido un pequeño accidente – contestó Natalia.
    Sally miró a su alrededor y se fijó en ellos.
    – Ya, ya, accidente.
    Tim se incorporó y se frotó la nuca.
    – No irás a empezar otra pelea de barro, ¿verdad?
    – No, preferiría cargar la escopeta y darte un tiro de gracia para ahorrarte el sufrimiento -contestó acercándose a su hermano-. ¿Me quieres contar por qué estás cubierto de chocolate?
    – No.
    – Me he perdido una buena juerga, ¿eh? -dijo Sally probando el dulce-. Mmm…
    – ¿Está bueno? -preguntó Natalia.
    – No está mal -contestó Sally intentando no mostrarse amable.
    La verdad era que, desde la pelea, su actitud hacía Natalia había cambiado aunque no quisiera reconocerlo. Moriría antes de admitirlo, pero incluso le caía bien.
    Natalia negó con la cabeza.
    – Mentirosa.
    – Eh, que he dicho que no está mal.
    – Está perfecto.
    – Deja de comportarte como si fueras una princesa.
    – Es que lo soy.
    – Lo que tú digas -dijo Sally poniendo los ojos en blanco y tomando un poco más.
    – ¿Por qué te lo sigues comiendo si solo está pasable?
    – Bueno… puede que esté bueno, sí.
    – Claro que está bueno.
    – Desde luego, está mejor que las chocolatinas de Seth.
    Tim se apresuró a ponerse en pie. No quería tener que explicarle a Natalia que los estaba matando de hambre y por eso recurrían a las chocolatinas de Seth. No era el momento ahora que había conseguido que no siguiera enfadada con ella.
    – Sally…
    – ¿Qué es eso de las chocolatinas de Seth?
    – Sí -contestó Sally-. Si haces este chocolate, puede que no tenga que seguir comiendo chocolatinas y comida basura como llevo haciendo una semana.
    «Maldita sea», pensó Tim girándose hacia Natalia.
    – Nat…
    – ¿Qué me estás diciendo?
    – Eh… nada, ¿verdad, Tim?
    Tim sintió deseos de estrangular a su hermana. No quería mentir, pero, ¿cómo iba a decir la verdad sin herir a Natalia?
    – ¿Tim? -dijo ella mirándolo fijamente.
    – ¿No oís a Jake? Creo que me está llamando.
    – ¿Y yo soy la loca? -dijo Natalia.
    – Sí -contestó Sally agarrando a su hermano de la mano y llevándoselo hacia la puerta-. No te acerques. Es contagioso.

    Natalia se encontró mirando a Tim constantemente y, aunque no tenía pruebas, estaba convencida de que él también la miraba.
    No había vuelto a intentar nada y Natalia se lo agradecía. Estaba decidida a resistir el deseo de abalanzarse sobre él y a disfrutar de su estancia en el rancho. Lo que más le gustaba era cocinar.
    Para su sorpresa, al cabo de un rato, Sally había vuelto y, sin mediar palabra, la había ayudado a limpiar la cocina.
    Por si fuera poco, le había preguntado por su vida y por su familia. Natalia le había hablado de su padre, el rey, y de sus hermanas y Sally no se había reído.
    Natalia estaba ahora sentada en el balancín del porche mirando a Tim, que estaba dando de comer a sus mascotas a la luz de la luna. Había tenido un día muy largo, pero seguía trabajando. Natalia sospechaba que debía de estar agotado. Sin pensarlo, se acercó al vallado.
    – No hace falta que les des de comer -le dijo sonriendo.
    – Están muertos de hambre, los pobres -contestó Tim.
    – No -dijo Natalia encogiéndose de hombros -. Parecían hambrientos, así que…
    – ¿Así que qué, princesa?
    – Mi tratamiento es Su Alteza Real, si no te importa.
    Tim sonrió.
    – No cambies de tema. ¿Qué has hecho?
    – Lo sabes perfectamente. Les he dado de comer -contestó-. Cuando no estabas mirando, claro.
    – ¿Porqué?
    – Porque están ahí, porque…
    «Porque, no sé cómo, se me ha quitado el miedo».
    Madre mía, lo que le iba a doler irse de allí.
    Tal vez haría mejor en irse inmediatamente y no prolongar la agonía. Tenía dinero para un billete de autobús. Solo tendría que llamar a Amelia y estaría fuera de allí en menos de una hora.
    Pero había algo que se lo impedía. Texas, el estado en el que todo se hacía a lo grande, se le había colado en el corazón. Y también algunos de sus habitantes, duros por fuera y dulces por dentro. Incluso Sally, a la que jamás olvidaría.
    Y, sobre todo, Timothy Banning, que la estaba mirando con deseo.

Capítulo 10

    – ¿QUÉ miras? -susurró Natalia.
    – A ti -contestó Tim.
    Natalia dio un paso atrás. Tim sonrió. Sabía que Natalia no quería sentir nada por él porque a él le pasaba lo mismo con ella. Ninguno parecía haberlo conseguido porque aquello… aquella cosa había sido más fuerte que ellos.
    – Para -dijo Natalia con decisión. Tim comprendió que estaba asustada y la entendía.
    Él nunca había sentido por otra mujer lo que sentía por ella. Nunca se había tenido que preocupar por olvidar a una mujer porque siempre se habían olvidado ellas de él.
    No parecía que Natalia quisiera hacerlo.
    La situación era de lo más excitante. Aquella mujer era de lo más excitante.
    – Sigues mirándome -lo acusó.
    – Sí -sonrió Tim-. Es porque eres guapísima. Ya sé que no es muy original y que, probablemente, te lo habrán dicho un millón de veces, pero… -se interrumpió al ver que se le habían empañado los ojos-… ¿Natalia?
    – No -dijo dando otro paso atrás.
    No había contado con la presencia de Pickles, que estaba justo detrás, y la cabra emitió un agudo sonido de dolor cuando la pisó.
    – ¡Perdón! -exclamó Natalia girándose y acariciando al animal.
    De paso, aprovechó para secarse unas cuantas lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
    – Silencio, Pickles -dijo Tim acercándose a Natalia-. Háblame -le pidió.
    – Tu caballo te está intentando robar -le dijo ella entre el griterío de los animales.
    Efectivamente, Misty estaba olfateándole el bolsillo en busca de algo dulce. El lío que habían armado entre los tres hacía imposible hablar.
    – Vámonos -dijo Tim.
    Natalia se había tapado los oídos.
    – ¿Qué?
    – He dicho que… Oh, por Dios -dijo Tim agarrándola de la mano y sacándola del vallado.
    En lugar de ir hacia la casa, la llevó hacia las cuadras, pero no entraron. La condujo a una pequeña ladera que había detrás en la que pudieron sentarse en paz y observar sus tierras.
    Estaba oscuro, pero la luna iluminaba suficiente. Además, había un millón de estrellas. Se sentaron tan juntos que se rozaban el brazo el uno al otro. Tim la agarró de la cintura y la apretó contra sí.
    – Así mucho mejor -dijo mirándola a los ojos-. ¿Quieres irte? ¿Es eso? ¿Echas de menos tu casa? ¿Te está haciendo la vida imposible mi hermana? ¿Qué te pasa?
    – ¿De verdad… te parezco guapa?
    Tenía los ojos rojos y el pelo por la cara, en la que lucía una mancha de barro. Probablemente, de los animales, esas criaturas que decía que le daban miedo y a las que daba de comer siempre que podía. Tim sintió que se le encogía el corazón.
    – Realmente lo eres.
    – ¿Como mujer?
    – Sí -contestó Tim-. Claro que supongo que te lo habrán dicho muchas veces.
    – Solo como princesa y no te creas que tantas, la verdad -sonrió-. Es la primera vez que me lo dicen como mujer.
    Tim había olvidado prácticamente lo del tema de la princesa.
    – Por eso estoy aquí, porque quería ver cómo era ser una mujer independiente -le explicó-. Nada más y nada menos y… -tomó aire-… me gustaría que supieras que no me lo había pasado mejor en mi vida.
    Tim pensó en lo mucho que se había esforzado, en todo lo que le había soportado a Sally, se dio cuenta de lo mucho que le debía de haber costado llevar aquella vida. Tenía suficiente dinero para irse y no se había ido.
    – Supongo que, ahora que puedes, te irás corriendo. Esta vida no es fácil.
    – No, pero me gusta. Aquí da igual lo que haga, la prensa no está pendiente de mí día y noche. Aquí siento que la vida es de verdad.
    En ese momento, una de las vacas mugió, otra le contestó y una tercera se sumó al concierto. En la lejanía, oyeron a la señora Cerdo gruñir y se rieron.
    – De verdad -repitió Tim aliviado al verla sonreír-. Pero es que la vida es eso, Natalia. A mí me da igual cómo vistas o lo que hagas.
    – Ya lo sé -contestó ella con los ojos rojos de nuevo-, pero me voy mañana, Tim. No tengo más remedio, pero quiero que sepas que voy a echar de menos este lugar… y a ti.
    Sin saber muy bien cómo, se encontró besándola. Lo que iba a ser un pequeño beso de despedida se convirtió en un apasionado beso.
    Natalia le había agarrado del pelo y lo apretaba contra ella con fuerza. ¿Qué iba a hacer? Seguir besándola, claro. De lo contrario, corría el riesgo de quedarse calvo.
    Al sentir su lengua, el deseo que había estado intentando mantener a raya se apoderó de él. Para colmo, Natalia se acercó más a él, estaba prácticamente sentada en su regazo, con los pechos contra su torso y los pezones horadándole la piel.
    Era inútil repetirse que se había prometido a sí mismo no aprovecharse de ella.
    En un abrir y cerrar de ojos, se encontró con Natalia sentada encima sobre aquella parte de su anatomía que pedía más a gritos. Tim la agarró de las caderas y la movió delante y atrás hasta que la lujuria le nubló la mente.
    Natalia gimió dejándole claro que estaba tan excitada como él.
    Bien. Muy bien.
    No, un momento. Mal, muy mal. Uno de ellos tenía que controlarse, tenía que parar aquello.
    Desde luego, no iba a ser él.
    Natalia repitió los movimientos por cuenta propia haciéndolo enloquecer.
    – Más nos vale parar -dijo Tim con voz ronca.
    Natalia lo agarró del pelo con fuerza de nuevo y siguió besándolo. Tim sintió que estallaba de deseo. Y solo con un beso.
    ¿Solo con un beso? Aquel no era un beso normal y corriente. Se estaban quitando el aire el uno al otro de los pulmones y estaban gimiendo en mitad de la noche.
    – Natalia -repitió.
    Ella se sentó a horcajadas sobre él, con una pierna a cada lado de su cuerpo y le abrazó la cintura.
    Y Tim se encontró con que la parte más ardiente y necesitada del cuerpo de ella se estaba frotando contra la parte más ardiente y necesitada del suyo.
    – Ojalá llevara falda -susurró-. No tendría más que levantármela y…
    Tim tembló de placer con solo imaginarse la escena.
    – Natalia, tenemos que controlarnos -dijo en un hilo de voz-. Se nos va a ir de las manos -añadió comprobando que las suyas estaban bien sujetas a su trasero.
    – Me gustaría llevarme ese recuerdo sobre nosotros. ¿Qué hay de malo?
    – No hay nada de malo, pero una noche no es suficiente para ti.
    – Claro que sí.
    – Pues no debería serlo.
    – Aquí, en este lugar mágico, contigo, soy una mujer y quiero sentirme como tal… Por favor -insistió apretándose contra él hasta casi hacerle olvidar por qué se estaba negando a hacer realidad sus deseos-. Nadie me hace sentir como tú.
    Tim se sintió de repente como Superman.
    – Natalia, quiero que estés segura.
    Natalia le agarró la mano y se la puso sobre un pecho.
    – Lo estoy.
    A Tim casi se le paró el corazón al sentir un pezón duro como una piedra bajo la mano. Al presionarlo, Natalia emitió un dulce gemido que le hizo alzar la otra mano y colocarla sobre el otro pecho. Natalia suspiró y se apretó un poco más contra su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás poniéndole el cuello justo a la altura de la boca.
    Tim adelantó la cabeza y comenzó a darle besos por la garganta y el escote.
    – No te puedes imaginar cómo me gusta -jadeó Natalia.
    A él también le estaba encantando. No solo el momento sexual sino la emoción que estaba sintiendo en su corazón, algo que le decía que aquello estaba bien.
    Natalia se quitó la camiseta.
    Tim creyó desmayarse. Llevaba un sujetador de encaje blanco que estaba a punto de estallar.
    – Levanta las manos -le dijo ella.
    Tim obedeció y Natalia le quitó la camiseta.
    – Siempre había querido estar así con un hombre -dijo pegándose a su cuerpo.
    De repente, se dio cuenta de que llevaba puesto el sujetador, se lo desabrochó y lo tiró. Suspiró y se volvió a pegar a él, piel con piel.
    Tim también suspiró porque acababa de ver los pechos más bonitos que había visto en su vida.
    – Así -dijo Natalia-. Sí. ¿Estás mejor?
    Tim no se atrevía ni a moverse. Estaba convencido de que, si lo hacía, no podría controlarse y terminaría eyaculando allí mismo.
    – ¿Tim? -insistió ella.
    Lo estaba volviendo loco.
    – No te muevas -contestó Tim agarrándola de las caderas.
    A pesar de que la estaba agarrando, consiguió rozarse contra él con fuerza.
    – Natalia… espera.
    Natalia se paró en seco, le soltó el pelo y se cubrió los pechos con las manos.
    – Perdón.
    – ¿Qué? No, no es eso…
    – Te he vuelto a presionar. De nuevo. Es… inexcusable por mi parte.
    Hizo amago de apartarse, pero Tim se lo impidió. La agarró, la tumbó en el césped y se colocó encima de ella. Le tomó las muñecas y se las puso sobre la cabeza para poder admirar aquellos pechos de nuevo.
    – No te muevas -le ordenó-. ¿Entiendes lo que está pasando? Si te mueves, me vas a hacer eyacular. Me muero por tocarte. ¿Te parece bien?
    – Creía que…
    – Pues te has equivocado.
    Natalia lo miró fijamente y se relajó.
    – Muy bien -dijo Tim deslizando los labios por su cuello-. Así está mucho mejor.
    Natalia echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el cielo negro, la inmensidad del campo, absorbió el peso de su cuerpo y gimió de placer al sentir su boca recorriendo sus pechos.
    Intentó hacer como si no fuera la primera vez que disfrutaba de una experiencia parecida, pero, al sentir la leve succión de sus labios sobre un pezón, no pudo evitar gritar de placer.
    Estaba muerta de deseo y no podía parar quieta. Las caderas se movían solas, el corazón amenazaba con salirse del pecho y la sangre le zumbaba en las venas. Estaba segura de que se iba a morir si no la tocaba por todas partes.
    – Mmm, veo que te gusta -dijo Tim pasando al otro pecho-. ¿Verdad?
    Natalia volvió a gritar de placer en respuesta.
    – No pares -le rogó-. No te atrevas a parar – añadió consiguiendo que le soltara las muñecas.
    Acto seguido, lo agarró de las orejas y le obligó a bajar la cabeza de nuevo sobre sus pechos.
    ¿Por qué nadie le había dicho nunca lo divertido que era el sexo? Si lo hubiera sabido antes, no habría dejado pasar tanto tiempo para probarlo.
    Natalia había perdido el control por completo, pero Tim, no. De alguna manera, había conseguido mantener la cabeza fría. La estaba volviendo loca y él tan tranquilo. No, aquello no podía ser. Natalia estaba dispuesta a hacer lo que fuera para ponerlo igual.
    Deslizó las manos por su espalda y siguió bajando hasta llegar a su precioso trasero.
    Al notar las manos de Natalia, Tim dio un respingo hacia delante. Así, fenomenal. Mucho mejor. Sin pensarlo, Natalia separó más las piernas para colocarlo exactamente donde quería tenerlo.
    Estaba a punto de alcanzar el clímax, pero decidió que iba a hacer lo que fuera para mantener el control hasta conseguir que él estuviera como ella y alcanzar juntos el orgasmo. Como si tenía que ponerse a resolver ecuaciones de matemáticas, daba igual.
    Le desabrochó los vaqueros.
    – Fuera -le ordenó.
    – A sus órdenes -contestó Tim obedeciendo.
    Colocándose de rodillas junto a ella, le quitó también los pantalones. Le acarició las piernas mirándola fijamente con tanto deseo que Natalia arqueó la espalda.
    – ¿Pica?
    Natalia parpadeó y lo miró confundida. Ah, se refería al césped.
    – No, ni me he enterado -contestó-. Solo estoy pendiente de tus manos.
    – Eso está bien -dijo Tim deshaciéndose también de sus braguitas.
    Se echó hacia delante y la besó con pasión. Nadie la había besado así nunca aunque algunos lo habían intentado, pero ella no había entendido lo que querían. El sexo siempre le había parecido algo sudoroso, un poco asqueroso y muy trabajoso. Para colmo, y según muchas de sus amigas, insatisfactorio.
    Por eso, no se había molestado en practicarlo. No había sido por timidez ni pudor. De hecho, sabía cómo darse placer, pero no había dejado nunca que lo hiciera un hombre.
    Con Tim iba a ser diferente.
    Sintió sus manos recorrer su cuerpo, pararse en sus pechos, acariciarlos… Ahora era su boca. Eso quería decir que tenía las manos libres. Sí, sí, sí. Sintió las manos en la tripa. «Más abajo, más abajo», imploró en silencio. Y más abajo se dirigieron… pero no al lugar que ella quería.
    «¡Vaya!»
    Un momento, estaba subiendo de nuevo. Sí, sí, sí. Seguro que aquella vez se quedaban donde debían.
    Pues no. Habían pasado de nuevo de largo.
    Tim le acarició el cuerpo entero de nuevo como si tuvieran todo el tiempo del mundo. De nuevo los muslos, por fuera… por dentro, sí, vamos, un poco más, un poco más… pero no.
    – Tim.
    – Mmm… Me encantas -dijo él jugueteando con uno de sus pezones.
    Natalia sintió una descarga y arqueó la espalda. Como no se diera prisa en darle placer de alguna forma, aquello iba a terminar mal.
    – Tim.
    – Aquí estoy.
    Tal vez no supiera qué hacer. No pasaba nada. Natalia era una mujer del siglo XXI y podía mostrárselo.
    Separó las piernas y echó las caderas hacia delante con decisión. Cuando sintió sus dedos en los muslos de nuevo, gimió e hizo un inequívoco movimiento pélvico.
    – Ah -murmuró Tim-. Estás casi a punto…
    – ¡Sin el casi! -le aseguró-. ¡Estoy ya ahí!
    – ¿De verdad? A ver… -dijo adentrándose entre sus piernas y, por fin, parando en el lugar exacto.
    Natalia gritó sin ningún pudor y Tim gimió al comprobar que tenía los dedos mojados.
    – Tienes razón -admitió-. Estás a punto de…
    – A punto, no -insistió Natalia gimiendo al volver a sentir sus dedos certeros-. ¡Estoy al borde ya!
    – Estupendo… -dijo Tim acariciándola al ritmo perfecto.
    Aquel orgasmo fue el mejor de su vida. Natalia apretó los puños, puso los ojos en blanco, echó la cabeza hacia atrás y se dejó llevar.
    Aquellos dedos maestros la hicieron estallar y ver estrellas, fuegos artificiales y el Nirvana.
    Cuando volvió a la normalidad, se encontró tumbada sobre el césped mirando al cielo con los ojos fijos.
    – ¿Estás bien? -preguntó Tim.
    Acababa de tener su primer orgasmo inducido por mano masculina. Un orgasmo con gritos y todo. Sintió que estaba sudando de pies a cabeza y se puso a reír.
    – Supongo que eso es un sí -dijo él sonriendo.
    Natalia se dio cuenta de que, maldición, al final, había llegado ella antes que él. No podía ser.
    – ¿Hay más? -aventuró.
    «Por favor, sí, sí».
    Tim enarcó una ceja.
    – Cuando hablas así, pareces una princesa de verdad.
    – Más -repitió Natalia.
    – Bueno, es que, tenemos un problemilla de preservativos, ¿sabes?
    – En el bolsillo de atrás de mis pantalones -dijo Natalia.
    – ¿Llevas preservativos?
    – Amelia siempre me insiste.
    – ¿Amelia? -dijo Tim sacando el preservativo y abriéndolo-. Bueno, da igual. Ya me contarás quién es en otro momento.
    – ¿Me dejas? -dijo Natalia, que siempre había deseado hacer aquello-. Está… pegajoso, ¿no? Tim, me parece que esto no te va a caber -bromeó.
    Tim se rió y lo tomó de sus manos.
    – Claro que sí -dijo poniéndoselo-. ¿Ves?
    A Natalia le costaba respirar y no podía apartar los ojos de su erección.
    – Nunca había visto nada más sensual – confesó-. ¿A los hombres les gusta ver tocarse a las mujeres?
    – Los hombres nos morimos por ver tocarse a las mujeres -le aseguró Tim.
    Natalia deslizó una mano y comenzó a tocarse. Cuando estaba a punto de preguntarle si así estaba bien, Tim gimió de placer y la tumbó de espaldas sobre la hierba para colocarse encima de ella.
    – ¡Oh! -exclamó Natalia al notar que se introducía en su cuerpo.
    – Qué gusto -dijo Tim sin parar de besarla y de acariciarle el pelo.
    «Desde luego», pensó ella.
    Natalia quería más, lo quería todo.
    Sobre todo, antes de que Tim se diera cuenta de que era la primera vez para ella.

Capítulo 11

    – MÁS -dijo Natalia con tanta educación que a Tim le entraron ganas de reír.
    Lo habría hecho si no hubiera estaba al borde del orgasmo.
    – ¿Tim? -dijo ella abrazándole la cintura con las piernas e intentando adentrarlo por completo en su cuerpo-. He dicho que más.
    – Sí, más -le prometió deslizándose dentro. Para cuando se dio cuenta de la verdad, ya era demasiado tarde.
    Natalia se arqueó y lo miró sorprendida ante el dolor.
    Tim se paró en seco, lo que no le resultó fácil pues ya iba enfilado con alegría hacia el orgasmo.
    – Natalia, Dios mío.
    Natalia parpadeó y una lágrima rodó por su mejilla.
    – No te enfades, por favor -le pidió.
    – No te muevas -dijo Tim apretando los dientes.
    – Si no te mueves, me vas a matar -contestó ella.
    – ¿Cómo?
    Aquello no podía estar ocurriendo. Le estaba haciendo daño. Su peor pesadilla.
    – Cariño, perdona… -se disculpó intentando retirarse.
    Natalia le clavó las uñas en el trasero con fuerza.
    – Espera -le dijo-. No me duele… -le aseguró.
    – Natalia…
    – Por favor -le pidió poniéndole la mano entre sus cuerpos.
    Y Tim comprendió que le estaba gustando. Le estaba encantando, de hecho. Se estaba rozando contra sus dedos mientras lo hacía entrar y salir de su cuerpo.
    Alcanzó el clímax un par de segundos antes que él porque Tim no pudo aguantar más al verla sumida en el más absoluto de los placeres.
    Todavía se estaba estremeciendo cuando sintió algo frío y pegajoso en el trasero.
    La señora Cerdo.
    Tim giró la cabeza.
    – Por amor de Dios…
    Ong, ong.
    – Maldita sea -dijo suponiendo que se había dejado la puerta del vallado abierta. Eso quería decir que los otros dos también se habrían escapado.
    – ¿Algún problema? -dijo Natalia.
    – Sí -contestó Tim jurándose no volver a recoger animales y preguntándose cómo podía ser virgen.
    Y, sin embargo, allí estaba la prueba definitiva. Tenía los muslos manchados de sangre.
    – Parece que tenemos público -dijo Natalia al ver a la señora Cerdo.
    – Lo sé. Natalia…
    – Espera -le pidió ella acariciándole la cara-. Por favor, no estropees este momento con un discurso ni nada parecido, ¿de acuerdo?
    – Es que…
    – Es que un discurso ahora sería lo peor.
    – Natalia -insistió Tim tragando saliva-. Hay algo muy importante que deberías saber.
    – No.
    – Sí. El preservativo se ha roto.
    – Oh, oh.
    Tim gimió y se frotó la cara con las manos.
    – Eh… Tim, ¿los preservativos caducan?
    Tim se quitó las manos de la cara.
    – No me digas que el preservativo tenía años.
    – Está bien. No te lo digo.

    A la mañana siguiente, Natalia se despertó y vio que el sol entraba a raudales por la ventana. Se estiró y se paró en seco al recordar tres cosas. Bueno, cuatro, pero lo del preservativo no contaba porque, ¿para qué preocuparse tan pronto?
    Primero: estaba dolorida… aunque era un dolor relativamente agradable.
    Segundo: por primera vez, no se había levantado antes que Tim para desayunar con él.
    Tercero: se había enamorado de él.
    Se había enamorado perdidamente de Timothy Banning.
    No un poco, no, sino completamente.
    No podía decírselo, claro, porque Tim era de esos hombres de honor chapados a la antigua que se sentiría en la obligación de hacer algo estúpido como pedirle que se casara con él.
    Podía ser muchas cosas, pero, desde luego, no era una mujer dispuesta a embarcar a un hombre en una aventura tan importante si él no quería. Tenía que salir de él.
    Debería haberse levantando pronto como todos los días para que Tim no se diera cuenta de que algo había cambiado. Pero era demasiado tarde.
    La noche anterior, Tim había intentado hablar con ella entre que agarraba a la señora Cerdo y perseguía a Pickles, pero Natalia había intentado escapar también.
    Al darse cuenta, había dejado a los animales y había corrido tras ella. Obviamente, había una pregunta en su cabeza y Natalia le había prometido contestarla al día siguiente antes de irse.
    Antes de irse.
    No sabía qué le parecía peor, si tener que enfrentarse a las preguntas de Tim o tener que irse. Ninguna de las dos cosas le hacía gracia. Quería estar sola para pensar.
    Tenía claro que prefería ser mujer a princesa. Deseó ser Annie, tan fuerte y decidida. Seguro que ella sabría qué hacer.
    Enfundada en un camisón que le había prestado Sally y que no era otra cosa sino una camiseta vieja de Tim, se estiró en la cama y se quedó mirando el techo.
    Sí, desde luego, aquel día era más mujer que nunca.
    Debía dilucidar cómo combinar lo mejor de sus dos mundos. Para hacerlo, no tenía más remedio que irse.
    Su sonrisa se desvaneció.
    Irse le parecía imposible. No solo había aprendido a amar aquellas tierras y a todos los presentes, incluida Sally, no. Había algo mucho más importante.
    Iba a echar de menos a Tim con todo su corazón. Iba a echar de menos su sonrisa, su voz y cómo la hacía sentir.
    Y, por supuesto, iba a echar de menos los orgasmos con gritos.
    Al recordar lo maravillosa que había sido la noche anterior con Tim encima y el cielo estrellado sobre los dos, sintió que se estremecía.
    En ese momento, llamaron a la puerta y se incorporó con el corazón latiéndole aceleradamente.
    – Natalia.
    Era su voz inconfundible.
    Vio cómo giraba el pomo y cómo se abría la puerta. Y allí estaba Tim, más apagado que de costumbre.
    – Te he despertado -dijo mirándola de arriba abajo-. Perdona.
    – No -contestó Natalia con la respiración entrecortada-. Perdona por lo del desayuno. Supongo que estarás muerto de hambre…
    – Hombre precisamente muerto de hambre… -dijo él sonriendo de forma pícamela-. Escucha, anoche…
    – Perdona, sí, sí, me visto y bajo ahora mismo a preparar algo -lo interrumpió-. Tal vez los chicos quieran hacer un descanso y comer algo también -añadió.
    Estaba hablando a borbotones, sin pensar. Estaba nerviosa. No podía dejar de hablar porque, de lo contrario, temía irse abajo. No podía soportar la idea de alejarse de él.
    – Tim, ¿quién te va a hacer la comida cuando me haya ido?
    – Eso no importa -contestó él-. Natalia, lo de anoche…
    – Debería haberte ayudado a encontrar una sustituta. Tal vez debería quedarme unos días más… Para que te dé tiempo de poner un anuncio y encontrar a otra persona…
    Tim se acercó a ella y le acarició la cara.
    Horror. Natalia sabía que estaba a punto de perder el control. Se puso a mirar el techo.
    – Mírame, por favor -le pidió Tim agarrándola de la cintura con la otra mano.
    Natalia se perdió en el verde de sus ojos y él le acarició el pelo.
    Estuvo a punto de apretarse con él, pero no podía ser. Tenía que poner distancia entre ellos.
    – Debería… ducharme -dijo a modo de excusa.
    – Me estás evitando, Natalia, y tenemos que hablar.
    – No me apetece hablar -contestó ella intentando apartarse.
    Tim se lo impidió.
    – Eras virgen -dijo-. Me gustaría saber por qué me has hecho un regalo así.
    – Un poco de inexperiencia no es para tanto, ¿no? -intentó sonreír sintiendo un terrible nudo en la garganta-. Bueno, tengo que hacer cosas…
    Tim le acarició el cuello con ternura, como si supiera que le dolía tanto que apenas podía hablar.
    – Para mí fue diferente, especial, a pesar de la llegada de la señora Cerdo -sonrió Tim-, pero no sé si para ti… En fin, no sé si lo habías pensado bien. ¿Por qué no me lo dijiste?
    – Porque no sabía cómo.
    – Qué te parece algo como «oye, Tim, por cierto, es la primera vez».
    – Estás enfadado.
    – En absoluto -le aseguró-. Estoy emocionado, Natalia, pero me hubiera gustado saberlo. Habría hecho las cosas de otra forma.
    – Estuviste perfecto.
    – Te habría llevado a una cama y me habría asegurado de que no hubiera cerdos cotillas cerca -le dijo con cariño-. Cuéntame, anda.
    – Oh, Tim -dijo al borde de las lágrimas-. Las princesas estamos como en una burbuja, ¿sabes? Era virgen porque… nunca he tenido la oportunidad de dejar de serlo.
    – ¿Solo por eso? -dijo sorprendido.
    – No -contestó Natalia acariciándole la mano-. Nunca había conocido a un hombre con el que quisiera acostarme.
    – Lo que nos lleva al tema más importante.
    – El preservativo.
    – El preservativo roto.
    Natalia se imaginó con un niño hijo de Tim viviendo en aquel rancho para siempre.
    Se le disparó el pulso. «Sería lo más maravilloso que me podría pasar en la vida», pensó.
    – ¿Natalia?
    – ¿Sí?
    – Prométeme que me llamarás desde donde estés. Quiero saberlo.
    – Tim…
    – Natalia, prométemelo.
    – Te lo prometo.
    – De acuerdo -dijo relajándose un poco y sonriendo-. Muy bien.
    «¿Y qué pasa con nosotros?», quería gritarle.
    Obviamente, no había nosotros. Tim quería saber si se había quedado embarazada, pero nada más. Si no lo estaba, no había necesidad de escribir, de llamar ni de ir a visitarlo.
    Era libre para irse, sin remordimientos.
    Ahora sí que estaba al borde de las lágrimas, así que se metió en el baño.
    – Voy a preparar algo de comer y luego…
    Y luego, se iría.
    Cerró la puerta y Tim no dijo nada.
    Probablemente, habría salido ya de la habitación. Se desvistió y se metió en la ducha para llorar a gusto.

    Bajó a la cocina más tranquila por la ducha helada y preparó algo de comer. En realidad, había sobrado muchísimo chile de la noche anterior, qué raro, así que lo calentó.
    Decidió pedirle a Sally que se lo llevara a los hombres. Así no tendría que verlos por última vez.
    Sobre todo, a Timothy Banning, que parecía más que contento de que se fuera.
    Sally salió de la cocina con el chile, fingiendo que olía de maravilla, y Natalia se sentó sola en la mesa.
    No podía hacerlo. No podía irse sin despedirse.
    Salió de la casa y se dirigió a las cuadras pensando que le habría encantado vivir allí.
    Decidió no mirar demasiado a Tim, no fuera a ser que equivocara una sonrisa de cariño con una señal para que se quedara.
    Abrió la puerta de las cuadras con una gran sonrisa.
    Y se quedó de piedra.
    Allí estaban Tim, Red y los demás. Estaban en cuclillas alrededor de un hornillo donde estaban calentando unos burritos que miraban con hambre desmedida.
    – Menudo robo -dijo Red.
    Seth negó con la cabeza.
    – Cinco dólares es lo que cuesta un burrito. Si no lo quieres, no te preocupes, que alguien se lo comerá. ¿Alguien quiere patatas fritas? Un dólar la bolsa.
    Toda la cuadra olía a burritos, frijoles y queso.
    En el suelo, junto al hornillo había varios platos de chile, su chile, y cerca de ellos estaba la señora Cerdo.
    Ni a ella le gustaba su chile.

Capítulo 12

    CONFUNDIDA, se quedó allí de pie, mirándolos con la boca abierta.
    – ¿Qué hacéis?
    Tim, al que había pillado intentando obligar a la señora Cerdo para que se comiera su plato de chile, se puso en pie.
    – Natalia.
    – Así me llamo -contestó ella mirando a Red, que se estaba comiendo dos burritos.
    El hombre se apresuró a esconderlos tras la espalda y a sonreír.
    Sally no se molestó en ocultar su burrito y siguió comiendo.
    – He engordado por tu culpa -dijo.
    Natalia deseó que se la tragara la tierra. ¿Qué tal que la abdujeran unos extraterrestres? Sí, todavía mejor.
    – Creí que el ritual era solo por las mañanas -acertó a decir muerta de vergüenza.
    – Bueno, eso es con las chocolatinas -contestó Red-. Lo del burrito es nuevo, la verdad.
    – ¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto? – les preguntó.
    Pete miró al suelo, Red, al techo y Tim se acercó a ella, pero Sally se le adelantó.
    – Desde el principio -dijo.
    – Sally -protestó su hermano.
    – Estoy harta de engañarla para no herirla -dijo la chica-. Mira, al principio me caías mal y lo sabes. No podía soportar tu actitud ni cómo mirabas a mi hermano, pero ahora no es eso. Es simplemente que cocinas mal.
    – No le hagas caso -intervino Tim.
    – ¿Ah, no? -dijo Natalia-. Pues dime tú qué está pasando aquí. No, mejor te lo voy a decir yo a ti. Estabais dándole la comida a la señora Cerdo, que no la quiere ni ver -dijo avergonzada y furiosa-. Me parece que ha llegado el momento de que me vaya -decidió pensando en llamar a Amelia.
    Tim la agarró del brazo y la miró como pidiéndole perdón.
    – Espera. Sabes que nunca te haríamos daño adrede…
    Claro que lo sabía y eso hacía que la situación fuera todavía más vergonzosa.
    – Tim, me estabas pagando por cocinar una comida que iba directa a la basura. ¿Te das cuenta de cómo me hace sentir eso?
    – Quería que te quedaras -contestó él-. Queríamos que te quedaras -se corrigió al oír carraspear a sus hombres-. Antes de darme cuenta de que eras la mujer más eficaz, fuerte e increíble que he conocido en mi vida, creía que te estaba ayudando. Quería que te quedaras todo el tiempo que quisieras.
    Natalia lo miró fijamente y se dio cuenta de que todo aquello había sido culpa suya y no de Tim.
    – Sé que ya lo he dicho varias veces, pero soy una princesa y no tengo más que chasquear los dedos para irme cuando a mí me dé la gana.
    – ¿Ya estamos otra vez con eso? -dijo Sally mirando a su hermano y tocándose la sien como diciendo que Natalia estaba loca.
    – Sí, estoy loca, pero por haber aguantado lo que he aguantado -dijo ella furiosa sacando el móvil del bolsillo y marcando un número-. Me voy -añadió mirando a Tim.
    Con cada timbre del teléfono, se le rompía un poco más el corazón, pero ya no había marcha atrás.
    – Eh, ¿princesa? -dijo Sally acercándose-. No sé si estarás llamando a… no sé… Siberia, me parece que has marcado demasiados números.
    – Grunberg no es Siberia -contestó Natalia deseando oír la voz de alguien de su familia.
    Al oír la voz de Amelia, estuvo a punto de ponerse a llorar.
    – ¿A… A… Amelia?
    – ¡Natalia, cariño!
    – Yo… -se interrumpió, miró a Tim y tragó saliva.
    – Me necesitas.
    – Sí.
    – Estoy muy cerca. No tardaré en llegar.
    Y colgó. Natalia se quedó mirando el teléfono. ¿Cómo que estaba cerca? Desde luego, Amelia era mejor que un hada madrina.
    Todos la estaban mirando como si estuviera loca menos Tim, que se acercó, le tomó la cara entre las manos y la besó hasta casi hacerla perder la consciencia.
    – No sé qué decir -le dijo entrelazando sus dedos con los de Natalia.
    «Dime que no me vaya, dime que me quede contigo para siempre, dime que me quieres aunque sea la mitad de lo que yo te quiero a ti».
    – Dime adiós -contestó fingiendo tranquilidad.
    – No me gusta decir adiós -dijo Tim besándole la mano- y, menos, a ti.
    – Bueno -dijo Natalia encogiéndose de hombros y tragando saliva-. Siempre supimos que llegaría el momento -sonrió.
    – Exactamente -intervino Sally-. Ahora, podremos contratar a Josh, que cocina de maravilla -suspiró.
    – Todos fuera -dijo Tim señalando la puerta.
    – ¿Ahora que se estaba poniendo interesante? -protestó Pete.
    – Vas a necesitar nuestra ayuda para convencerla para que se quede -apuntó Red.
    Sally estuvo a punto de atragantarse con el burrito.
    Natalia consiguió sonreír de nuevo.
    – No digáis tonterías. Os mataría de hambre a todos.
    – Fuera -repitió Tim-. Tú, no -añadió agarrando a Natalia de la mano.
    Natalia no sabía si besarlo o pegarle una bofetada.
    – ¿Y ahora? -dijo Tim-. ¿Te montas en un autobús y te vas?
    Natalia lo miró fijamente.
    – ¿No me has oído llamar por teléfono?
    – Sí, pero quiero saber dónde te vas.
    – ¿Por qué?
    – ¿Por qué? Bueno, por si… eh… porque quizás…
    – ¿Porqué, Tim?
    A lo lejos, oyeron un ruido inconfundible.
    – ¿Te tienen que traer algo en helicóptero? -le preguntó Natalia.
    – No.
    – ¿Amigos que tengan helicópteros?
    – No.
    – Entonces, vienen a buscarme -dijo saliendo de las cuadras.

    Tim la siguió sintiendo pánico, miedo, frustración y un montón de cosas más, pero, sobre todo, pánico.
    Se iba de verdad. Siempre había sabido que llegaría ese momento, pero no creía que le fuera a doler tanto.
    Le dolía demasiado. Tanto que se tocó el corazón esperando que le estuviera sangrando. Menos mal que no era así.
    Vio aterrizar un helicóptero con un escudo real en las puertas.
    La señora Cerdo y Pickles estaban como locos ante el ruido. Su hermana estaba muda, algo muy raro.
    – Soy Amelia Grundy -dijo una voz autoritaria-. Apártense -ordenó.
    Tim se quedó con la boca abierta mirando a aquella mujer de pelo cano y penetrantes ojos azules que acababa de bajarse del helicóptero y estaba abrazando a su Natalia. La mujer sacó una sombrillita para protegerse del sol.
    – ¿Cómo sabías dónde estaba? -le preguntó Natalia confundida.
    – ¿Te he fallado alguna vez? -dijo Amelia poniéndose unas gafas de sol.
    – Claro que no, pero…
    – ¿Una semana en Estados Unidos y ya has olvidado los buenos modales? Nada de peros, ya sabes.
    Natalia se mordió el labio inferior y sonrió.
    – Me alegro mucho de verte, Amelia -dijo abrazándola de nuevo-. Mucho.
    La mujer miró detrás de Natalia y vio a Tim, a quien dirigió una mirada poco amigable. Tim sintió como si lo hubieran clavado al suelo. Reunió fuerzas para echar los hombros hacia atrás y acercarse a ellas.
    – Tim Banning -dijo estrechándole la mano-. Un amigo de Natalia.
    Amelia frunció el ceño.
    – ¿Se refiere usted a Su Alteza Real? Un poquito más de educación, jovencito. ¿No sabe usted cómo hay que hablar con un miembro de la familia real?
    – Eh…
    – Amelia -dijo Natalia apretándole la mano a su niñera-. En Texas, no hay familias reales. Vas a tener que perdonarlos.
    – ¿Cómo dices? ¡Ay, querida, me parece que has estado demasiado tiempo con ellos!
    Dos hombres vestidos de negro salieron del helicóptero e hicieron una reverencia al ver a Natalia.
    La señora Cerdo dejó de gruñir y Pickles dejó de balar. Sally se quedó de piedra y Tim se sintió la persona más tonta del mundo. Dios mío, era cierto. Natalia era una princesa e iba a salir de su vida tan rápido como había entrado.
    No podía ser. Necesitaba tocarla, saber que era de verdad.
    Los dos hombres de negro se lo impidieron.
    Con un imperceptible gesto de la cabeza, Natalia les indicó que se apartaran. Obedecieron, pero no se alejaron lo suficiente. Estaban rodeados. Tim se dio cuenta de que, si quería decir algo, iba a tener que ser delante de todos ellos.
    – Adiós -dijo Natalia con los ojos brillantes-. Sé que para ti no ha sido nada del otro mundo, pero quiero que sepas que para mí ha sido… impresionante.
    – Natalia, no puedo decirte adiós -dijo Tim.
    – Aparta -intervino Sally acercándose con una gran sonrisa-. Así que es verdad, no estás loca.
    Natalia miró a Tim.
    – Yo no diría tanto.
    Sally vio la mirada cómplice entre ellos y sintió pena.
    – Mira, quiero que sepas que me he portado mal contigo y lo siento.
    – No es cierto, pero da igual -sonrió Natalia.
    – Tienes razón -sonrió Sally-. Soy un poco bestia con todo el mundo, no solo contigo. Nunca he querido hacerte daño, pero me daba miedo cómo mirabas a mi hermano porque es fácil hacerlo sufrir -añadió encogiéndose de hombros-. Te has esforzado, te has superado, has aguantado de todo y has sabido ganarte el cariño de todos… incluido el mío, Natalia.
    – En el fondo, eres una sentimental -rió Natalia.
    – Sí -carraspeó Sally con un nudo en la garganta-. Tu comida es un poco rara y, la verdad, no me gusta, pero me caes bien -añadió abrazándola por sorpresa.
    Tim observó la cara de Natalia. Estaba confusa y emocionada, a punto de llorar. Sus hombres estaban exactamente igual.
    Red lo miró.
    – No dejes que se vaya -le dijo con los labios.
    ¿Cómo?
    – Deja de comer chocolatinas y comida basura -dijo Natalia abrazando a Sally.
    – Lo haré -le prometió la chica apartándose para dejarle el turno a su hermano.
    Tim miró a Natalia a los ojos. Sabía que, si se iba, princesa o mujer, su vida no iba a volver a ser la misma. No tendría su sonrisa, su risa, sus desafíos. Natalia le había hecho ser mejor persona, le había abierto el corazón y no podía permitir que se fuera.
    – Natalia.
    Se acercó y los dos guardaespaldas se acercaron.
    – ¿Podrían dejarnos un momento a solas?
    – No -contestó uno de ellos.
    – Bien -dijo Tim agarrando a Natalia de las manos-. Quiero decirte una cosa.
    Natalia parecía impaciente por irse. No paraba de mirar al helicóptero.
    – ¿Sí?
    – No te vayas.
    Natalia lo miró con los ojos muy abiertos.
    – ¿Cómo?
    – No te vayas -repitió Tim.
    – Pero… el trabajo era temporal, solo hasta que me repusiera -dijo Natalia tragando saliva-. Ya estoy bien, Tim, y esta gente cuidará de mí.
    Tim no le soltó las manos.
    – Esto no tiene nada que ver con el trabajo.
    – ¿Entonces?
    Quería saberlo en ese preciso instante, delante de todos.
    – Venga -lo animó Red.
    – Vamos -jaleó Seth-. Díselo.
    – Entonces, tiene que ver con nosotros… Porque te quiero.
    A aquella confesión siguió un coro de silbidos y gritos de júbilo.
    Cuando terminó, el silencio de Natalia cayó como una bomba.

Capítulo 13

    – ME quieres -dijo Natalia lentamente. No se podía creer que aquella voz tranquila y calmada fuera la suya. Nadie se había dado cuenta de que le temblaban las piernas.
    – Sí -dijo Tim sonriendo desarmado mirando a su público-. ¿Podríamos entrar en casa y hablarlo?
    – Claro que no, joven -intervino Amelia-. Siempre tiene que haber una carabina con Su Alteza.
    – Amelia, por favor -sonrió Natalia-. Llevo con él toda la semana.
    – ¿Qué? -gritó la niñera horrorizada.
    – No es lo que tú te crees -mintió Natalia para tranquilizarla-. Quiero decir que he estado trabajando, cocinando, ayudando… Oh, Amelia, si supieras lo bien que me he sentido ganándome el sueldo -dijo abrazando a la mujer de nuevo.
    – Tú no necesitas ganarte ningún sueldo.
    – Ya lo sé, pero…
    – Perdón -intervino Tim-. ¿Hola? Estábamos hablando de algo muy importante, ¿recuerdas? -añadió saludando con la mano y tomando a Natalia de los hombros. Al demonio con los guardaespaldas.
    Natalia lo miró a los ojos y vio lo que había soñado toda la vida con ver.
    – Me quieres -dijo-. A mí, a la mujer.
    – Te quiero, sí, a ti, a la mujer que me hace reír, a la mujer que alegra mis días, a la mujer con la quiero envejecer.
    – Pero no sé cocinar comida americana.
    – No, pero siempre habrá chocolatinas y comida basura. Natalia, cásate conmigo.
    – ¿Y mi lado de princesa? -preguntó ella aguantando la respiración. Amelia hizo un movimiento a sus espaldas y temió que fuera a golpear a Tim con la sombrilla antes de que le diera tiempo de contestar-. ¿Tim? Me quieres, sí, a la mujer, pero, ¿qué hacemos con la princesa?
    – Que se quede también -contestó Tim agarrándole la cara con aquellas manos tan grandes que tanto le gustaban-. Lo quiero todo, el lote completo, Natalia. El cuero, los vaqueros y hasta los pintalabios azules. Quiero todo de ti… -se interrumpió y miró a los guardaespaldas-. Supongo que ellos no vendrán con nosotros de luna de miel, ¿no?
    Natalia se quedó sin respiración.
    – ¿Luna de miel?
    Tim le apartó un mechón de pelo de la cara y le acarició la cara.
    – ¿Te quieres casar conmigo? Así, me vigilarás para que no recoja más animales de geriátrico y no coma demasiado chocolate.
    – Me encantan tus animales de geriátrico -contestó Natalia con lágrimas en los ojos-, pero…
    – De peros nada, ya has oído a Amelia.
    – No puedo pedirte que dejes esto -susurró-. Sé que significa mucho para ti y mi casa, mi familia, significan mucho para mí también.
    – Tiene que haber una manera de combinarlos -dijo Tim desesperado-. Podría dejar a Sally la mitad del año con el rancho.
    – No hay problema -dijo su hermana.
    Natalia lo agarró de las muñecas y lo miró sinceramente sorprendida.
    – ¿Estarías dispuesto a dejar el rancho? ¿Te vendrías a vivir conmigo a un país que nunca has visto?
    Tim se acercó y la besó.
    – Natalia, me iría a la luna si tú me lo pidieras. Lo único que quiero es estar contigo.
    Natalia no quería ni parpadear por miedo a que aquel hombre perfecto, fuerte, bueno y sorprendente desapareciera.
    – Quiero vivir en Texas.
    Amelia carraspeó.
    – Es cierto -dijo Natalia sin dejar de mirar a Tim-. Lo siento, Amelia, pero estoy enamorada de él.
    Amelia gimió, sacó un pañuelo del bolso y se puso a llorar a todo llorar.
    – ¿Amelia? ¿Estás llorando? -preguntó Natalia anonadada. No había visto llorar a su niñera en la vida.
    – Cariño -dijo Amelia entrecortadamente.
    Estaba llorando tan fuerte que la señora Cerdo se puso a gruñir y Pickle no tardó en unirse.
    – Me estás asustando -dijo Natalia.
    – No te puedes ni imaginar cuánto tiempo llevaba esperando algo así -dijo Amelia-. Es amor de verdad. Es lo más bonito que he visto en mi vida. Vas a ser tremendamente feliz.
    – Todavía no ha dicho que sí -apuntó Tim.
    – No -dijo Amelia secándose las lágrimas-, es cierto.
    – Quiero oírtelo decir.
    – Te quiero -dijo Natalia con convicción-. Te quiero, Timothy Banning, y no quiero que abandones nada por mí. De verdad, quiero vivir aquí -le aseguró-. Vendrás a verme a menudo, ¿verdad? -añadió mirando a su niñera.
    – Claro que sí.
    Tim estaba pasmado.
    – Solo una cosa -dijo Natalia.
    – Lo que quieras.
    – Si no me he quedado embarazada después de lo del preservativo roto…
    Amelia gritó horrorizada y golpeó a Tim con la sombrilla.
    – ¡Eh! -exclamó él cubriéndose con el brazo.
    – No fue culpa suya, Amelia -le aseguró Natalia-. Es que no le cabía…
    Los allí reunidos comenzaron a gritar de nuevo.
    Tim sintió que se sonrojaba como en su vida.
    – Se lo está inventando -dijo cerrando los ojos.
    – Como iba diciendo… -dijo Natalia-. Si no estoy embarazada, me gustaría estarlo. ¿Te parece bien?
    Tim abrió los ojos y la estrechó entre sus brazos.
    – Me parece perfecto -contestó-. Te quiero, princesa.
    – Alteza Real -lo corrigió Amelia.
    – ¿Qué tal princesa del salvaje Oeste? – propuso Red.
    – No, mejor, la horrible pesadilla se convierte en mi adorable cuñada -dijo Sally.
    – ¿Qué os parece señora de Banning? -preguntó Tim.
    – Perfecto -contestó Natalia.

Jill Shalvis


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