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Cura de amor

Cura de amor

Аннотация

    ¿Cuál sería la mejor cura para los síntomas del amor?
    El doctor Luke Walker vivía entregado a su trabajo y, salvo a sus pacientes, trataba a todo el mundo con exagerada severidad y rigor, hasta que sus superiores lo trasladaron temporalmente a una clínica de remedios alternativos. Allí, la aromaterapia, la acupuntura y el yoga parecieron causar un efecto extraordinario en él… ¡pero no tanto como el efecto que Faith McDowell, la directora del centro, provocaba en su libido!
    Luke y Faith estaban enfrentados en todo, excepto en su pasión por curar a los pacientes… y en la pasión que sentían mutuamente. El problema era que Luke Walker, que había hecho todo lo posible por no necesitar a nadie, empezaba a depender de ella. De modo que se vio obligado a usar sus dotes más persuasivas para convencer a Faith de que la pasión tenía que durar.


Jill Shalvis Cura de amor

    Cura de amor
    Título Original: Luke (2003)
    Serie Multiautor: 3º Héroes americanos

Capítulo 1

    Las dos mujeres medio desnudas jugaban en el agua a sólo unos pasos y Luke Walker bostezaba. Bostezaba.
    Sin duda, estaba a punto del agotamiento. Detrás de él estaba su casa de los riscos de Malibú. Frente a él, las chicas del bikini.
    Y en su interior… el agotamiento. De hecho, había sobrepasado el agotamiento y estaba a punto de llegar a la muerte cerebral, pero ¿quién le estaba siguiendo la pista?
    Por desgracia, ni siquiera dormir lo ayudaba. No ese día no, cuando cada vez que cerraba los ojos, se trasladaba atrás en el tiempo.
    La sangre corriéndole por las manos, salpicando sus pantalones mientras él permanecía junto al niño de seis años que permanecía inmóvil. Los camilleros lo trasladaban al quirófano mientras Luke daba órdenes y trataba de mantener cerrada la herida del niño, a la vez que rezaba a un Dios que no estaba seguro de que pudiera oírle.
    – ¿Y cómo es que no estás ahí jugando con las chicas?
    Al oír la voz con acento español, Luke abrió los ojos. Carmen DeCosta creía que lo conocía lo bastante bien como para mangonearlo. Ella permaneció allí con las manos en sus anchas caderas, esperando una respuesta.
    ¿Es que todo el mundo iba a mirarlo mal?
    – No empieces -le advirtió-. Intento tomarme un respiro.
    – Bien. No lo haces a menudo -la mujer de piel y cabello oscuro se dejó caer sobre la arena, al parecer, tomándose un descanso en su tarea de limpiar la casa de Luke para ofrecerle su opinión sobre su vida.
    Nada nuevo. Le encantaba mangonearlo. También, sermonearlo, y él sabía que ella se consideraba como una sustituta de su madre, puesto que la suya verdadera había muerto.
    Pero Luke no necesitaba una madre. De hecho, nunca la había necesitado. Sin embargo, no había conseguido convencerla.
    Miró hacia la rompiente de las olas, a las chicas con ridículos bikinis y no vio nada más que al doctor Leo Atkinson, del South Village Medical Center, frunciendo el ceño. Luke era el jefe del área de urgencias, pero Leo era el jefe de cirugía. También era el director de varios departamentos. Así que, aunque técnicamente eran iguales, Leo tenía más poder, puesto que estaba en la junta directiva del hospital y en el ayuntamiento. Algo que a Luke le parecía bien, ya que sólo quería que lo dejaran en paz para poder curar a la gente y no tener que navegar en las hediondas aguas de la política hospitalaria.
    – Llegaste demasiado lejos, Luke -le había dicho Leo-. Eres una pesadilla de la mercadotecnia y, ahora, por desgracia, tendrás que hacer algo o no te volverán a nombrar director del área de urgencias en este siglo.
    Por supuesto, se refería a cuando Luke había hecho un comentario acerca de la idiotez de los burócratas que dirigían el hospital después de enterarse de que habían ayudado a financiar el centro Healing Waters Clinic, un lugar donde la medicina convencional ni siquiera se practicaba.
    El comentario se había filtrado a la prensa, y lo habían publicado en Los Ángeles Times y en The South Village Press. Las consecuencias habían sido inmediatas. El dueño de la clínica había llamado a la dirección del hospital, que se lo había dicho a Leo, quien había hablado con Luke.
    – Arréglalo. Retráctate de tu comentario -le había dicho.
    No era tan sencillo. Para Luke, las cosas eran blancas o negras.
    Cuando se trataba de una urgencia médica, podía solucionarla o no. Y la mayor parte de las veces, sí lo hacía.
    Para él no había zonas grises, nada intermedio.
    Pero Healing Clinic Waters… Allí se trabajaba en esa zona gris de la aromaterapia, la acupuntura, la fisioterapia… el yoga.
    Que la junta directiva financiara un lugar como ese cuando el hospital rechazaba pacientes que no podían pagar, pacientes que necesitaban asistencia médica, era una necedad.
    En su modesta opinión.
    Que al parecer, no era tan modesta. Iban a penalizarlo por su comentario. De la peor manera posible.
    – Las cosas son como son -le había dicho Leo a modo de disculpa-. Eres estupendo con tus pacientes, pero cuando se trata de los demás… la junta directiva, tus empleados… todos dicen que eres una pesadilla, e incluso yo estoy de acuerdo. Tienes que aprender a ser más delicado, Luke, o por muy bueno que seas, vas a conseguir que te despidan. En vista de eso, vas a ofrecer tus servicios de manera voluntaria, todos los sábados durante tres meses, en Healing Waters Clinic.
    Luke lo había mirado un instante.
    – ¿Por qué no me quitas la licencia? Sería menos doloroso.
    Leo se había reído y le había dado una palmadita en la espalda.
    – Disfruta, Luke. Es tu última oportunidad para demostrar que sabes jugar en equipo.
    «Jugar en equipo», pensó. Su meta más anhelada. No. Contempló el océano y siguió dándole vueltas al tema.
    – Bonita vista -dijo Carmen señalando las chicas en bikini con la mirada.
    Él se encogió de hombros. Maldita sea, él era un buen médico. Un médico estupendo. Eso debía de ser todo lo que importara, no lo que le contara a la prensa ni cómo tranquilizara a los que lo rodeaban.
    – Entonces… -Carmen se apoyó sobre los codos, como si ya no pensara limpiar más-. ¿A cuántos pacientes has visto hoy?
    – A muchos -dijo Luke con un suspiro.
    – ¿Alguna paciente interesante? Digamos… ¿alguien lo bastante interesante como para salir con ella?
    ¿Por qué un hombre soltero siempre era un blanco irresistible?
    – ¿Por qué lo preguntas?
    – Porque una de ellas te trajo unas galletas. Debes de haberle causado una buena impresión, doctor Luke.
    Una ola tras otra rompía contra la orilla, provocando las carcajadas de las bellezas que jugaban en el agua. Luke inhaló la brisa marina y espiró despacio.
    – ¿No quieres saber quién dejó las galletas? Deja que te haga recordar. Rubia, alta, guapísima. Y… -Carmen colocó las manos delante de sus pechos-. Pechugona. Luke inhaló de nuevo.
    – ¿Estás escuchándome?
    – Intento no hacerlo.
    – ¡Ay! ¿Quieres saber quién te dejó las galletas o no?
    Lucy Cosine. Él la había cosido a principios de semana. No se había detenido en un semáforo en rojo y se había empotrado contra un camión, atravesando el parabrisas con la cabeza. Tenía veintitantos años, era rica y buscaba marido, esas habían sido sus palabras, no las de él, y, al parecer, Luke encajaba en lo que ella iba buscando.
    Una lástima que no estuviera en el mercado.
    – ¿Están buenas las galletas?
    – Bah -Carmen hizo una mueca-. Las mías están mejor.
    Frente a ellos, una de las mujeres se metió bajo una ola y salió riéndose como una idiota.
    – Qué trabajo más duro tienes aquí, doctor. No puedo creer que no consigas una mujer. A lo mejor tienes un problema de capacidad de concentración.
    Luke miró el cielo azul de California.
    – Curioso.
    – El amor es un buen alivio para el estrés.
    – No vamos a discutir sobre sexo.
    – He dicho amor. No sexo -dijo Carmen-. Pero el sexo también funciona.
    Luke soltó una carcajada. Siempre, por muy mal que se pusieran las cosas, Carmen podía darle el toque cómico al asunto.
    – Me estás estropeando el mal humor.
    – Bien -sonrió ella, y lo besó de forma ruidosa en la mejilla-. Sólo quiero que seas feliz, Luke. Todo el mundo se merece un poco de felicidad.
    – Lo soy -o había sido bastante feliz, hasta el ultimátum que Leo le había dado ese día.
    – No, para eso necesitas una mujer, alguien con quien compartir tu corazón, tu casa, tu cama, y no es necesario que sea en ese orden.
    Luke estaba dispuesto a compartir su cama con una mujer cualquier noche de la semana, siempre que tuviera tiempo y no estuviera de guardia, pero ¿una mujer en su corazón? Ni loco, no cuando vivía para su trabajo. ¿Qué mujer en su sano juicio querría un hombre al que no le quedaba nada para entregar?
    ¿Y qué mujer en su sano juicio querría a un hombre, un médico, al que acababan de sancionar con un expediente disciplinario que iba a acabar con él?
    Trabajar en una clínica de medicina natural, por el amor de Dios. Durante tres meses. Increíble.
    No se le podía ocurrir un destino peor.

    Cuando su horóscopo decía que los astros no estaban alineados a su favor, Faith McDowell debía haberlo creído y haberse quedado en la cama.
    Pero hacer tal cosa nunca había sido su estilo.
    Abrió el grifo de la ducha, encendió la radio y prendió una vela con aroma a jazmín, que según garantizaban, estimulaba y levantaba el ánimo.
    Mientras se enjabonaba, cantó a todo volumen, porque cantar era una estupenda manera de liberar energía. Funcionaba durante sesenta segundos, que era el tiempo que tardaba el cerebro en rechazar la música y los aromas, y enfrentarse a la realidad. Su realidad no era fácil de afrontar.
    Esa misma semana tenía que recortarse el salario que cobraba como directora de Healing Waters Clinic. Eso significaba que comería muchos macarrones con queso en el futuro próximo.
    Pero al menos tenía una clínica en un bonito edificio en el South Village. La había abierto el año anterior, en North Union Street, después de trabajar durante cuatro años como enfermera.
    En el área de urgencias de San Diego había visto toda clase de sufrimiento y siempre había tenido la impresión de que la medicina moderna no estaba haciendo todo lo que se podía hacer. Pero nadie había querido escuchar sus ideas acerca de la medicina natural, de los tratamientos homeopáticos, ni de todos los métodos tradicionales que funcionaban de verdad, y menos cuando cada día había múltiples heridas de bala, accidentes de automóvil y otras urgencias con las que enfrentarse.
    En su clínica podría concentrarse en esas ideas que se consideraban fuera de la práctica de la medicina convencional y en tratar el sufrimiento con métodos menos invasivos. Sorprendentemente, los responsables de los hospitales locales habían colaborado con ella derivándole pacientes, e incluso financiando parte de su proyecto, y ella nunca había estado más contenta.
    Hasta que uno de los médicos locales, un tal doctor Luke Walker, había criticado públicamente el trabajo que ella hacía allí. Faith ya se había enfrentado a algo parecido antes. Una vez que el público había leído la opinión del doctor y había comprendido que ella no tenía su apoyo, le tocó pasar parte del día contestando preguntas y discutiendo acerca de las diferentes técnicas médicas, lo que supuso dedicarle más tiempo a cada paciente y, por tanto, provocar largas esperas. Como resultado, los pacientes no regresaban a la consulta.
    Por suerte, el hospital había intervenido y se había ofrecido a que el doctor Walker trabajara como voluntario los fines de semana durante tres meses. «Eso es», pensó ella, con su primera sonrisa del día. Una gran ayuda. Así que el horóscopo debía estar equivocado.
    Estaba tan convencida de ello, que cuando se le terminó el agua caliente con el pelo todavía enjabonado, se quedó de piedra. Después, la báscula del baño decidió no ser su amiga y, además, no encontraba calcetines limpios.
    No eran ni las siete en punto y ya estaba harta de ese día. Se dirigió al piso de abajo. Había algo negativo en vivir en encima de la clínica, en la calle principal de una ciudad grande llena de gente que se levantaba temprano. La calle ya estaba llena de ciclistas, corredores y trabajadores, la mayor parte jóvenes urbanos más arreglados de lo que ella estaría nunca a las siete de la mañana.
    Recogió el periódico que estaba sobre la hierba en lugar de en la entrada del edificio. Lo agarró con los dedos y vio cómo se deshacía el papel empapado. Con un suspiro, miró la cara del doberman del vecino.
    – ¿Otra vez, Tootsie?
    Tootsie alzó el mentón y se marchó corriendo.
    – Eso es lo que te pasa por vivir en tu lugar de trabajo -era la voz de Shelby Anderson, una médico naturópata que trabajaba en Healing Waters y que además era su mejor amiga. Se acercó a la acera y siguió a Faith hasta la puerta trasera de la clínica. Parecía más una actriz que una médico.
    Faith sabía que Shelby no podía evitar que su cabello rubio estuviera siempre perfecto, que no tuviera que ponerse maquillaje para estar preciosa, ni que fuera la única mujer a la que los pantalones del uniforme le quedaban estupendamente, pero, aun así, le resultaba irritante, sobre todo a primera hora de la mañana.
    – Vivo encima de mi trabajo, no en mi trabajo -la corrigió Faith.
    – Encima del trabajo, o en el trabajo, da lo mismo -dijo Shelby-. Las dos cosas son horribles.
    Faith miró el periódico destrozado.
    – De acuerdo, a veces sí.
    Shelby dejó el bolso, se apoyó en el mostrador y bebió un poco de la infusión de hierbas que había llevado consigo.
    – ¿Quieres un poco? Ya pareces cansada.
    – Vaya, y yo que pensaba que me había maquillado bien.
    Shelby sonrió.
    – No te pones maquillaje, así que calla. Pero, recuerda, cada vez que te abandonas pillas la gripe.
    Terminando con agotamiento, temblores y un fuerte dolor de cabeza. Llevaba años afectada por un virus del trópico, y más desde que abrió la clínica, pero no estaba dispuesta a que le sucediera otra vez.
    Había pillado el virus hacía años, cuando era una niña y vivía en Bora Bora con sus padres, quienes estaban allí de misioneros y, desde entonces, había sido susceptible a enfermar. Tenía que extremar el cuidado, cuidar la alimentación y descansar suficiente, algo que no le costaba demasiado. Excepto por su adicción al chocolate.
    Aunque lo había dejado porque quería cumplir con lo que predicaba. Quería vivir una vida saludable. A pesar de que su cuerpo no siempre estaba de acuerdo con ella.
    – Estoy bien -le dijo a Shelby.
    – ¿Por qué no haces un tratamiento de hierbas hoy? O mejor aún, ¿me dejas que te lo prescriba yo?
    – Puede -primero tenía que poner la clínica en funcionamiento.
    No debería suponerle mucho esfuerzo, ya que la clínica era un éxito. La gente estaba encantada con los servicios que ofrecían. El problema era que la mayoría de los seguros médicos no cubrían esos servicios y ella se veía obligada a cobrar menos de lo que debía. Como resultado, tenía poco personal y no tenía posibilidad de contratar más gente.
    Las buenas noticias… los servicios del doctor Walker serían gratuitos. Durante tres meses.
    – ¿De veras crees que el doctor Walker va a ayudarnos?
    – Sí, y antes de que lo preguntes… llega tarde. Lo sé.
    Shelby miró el reloj.
    – Veinte dólares a que no aparece.
    Más le valía aparecer. El hospital le había prometido que iría a trabajar allí con una sonrisa y haría todo lo posible por rectificar el daño que les había causado.
    Faith contaba con ello. El doctor Luke Walker era muy respetado en la comunidad. La gente lo escuchaba. Con un poco de suerte, sería más amable con la clínica cuando los viera en acción y trabajase en ella.
    – Aparecerá.
    – De acuerdo, pero sólo faltan unos minutos para que lleguen los pacientes, y si él no está aquí…
    – Lo sé, lo sé -se imaginaba a los pacientes enfadados, quejándose y marchándose, algo que no podía permitir que sucediera.
    Aun así, esperaron al doctor treinta minutos y, cuando vieron que los pacientes se acumulaban, Shelby y Faith se encontraron en el pasillo con cara de preocupación.
    – Habitualmente, hoy sería su día libre -dijo Faith-. Quizá se haya quedado dormido sin querer.
    – Entonces, estamos acabadas.
    – No. No lo estamos -agarró sus llaves-. Dame su dirección.
    – Está en tu escritorio -sonrió Shelby-. ¿Vas a sacarlo de la cama?
    – Si hace falta. Sé que ya vamos retrasadas, pero si consigo traer a otro médico, merecerá la pena que me ausente un momento -Faith se mordió el labio-. Será mejor que me desees suerte.
    – Oh, sí, te deseo suerte. Vas a necesitarla

    Faith llamó de nuevo a la puerta de la casa que el doctor Luke Walker tenía en la costa. Al ver que nadie contestaba, comprobó la dirección del papel que tenía en la mano. Tenía que estar en el lugar adecuado. La casa era un palacete, el lugar perfecto para un prestigioso doctor, igual que el jaguar verde que había aparcado en la entrada.
    Ella miró hacia su Ford Escort de finales de los ochenta y suspiró. No era una mujer a la que le gustaran los enfrentamientos, a pesar de que era testaruda y siempre quería tener razón. Pero cuando se trataba del futuro de su clínica…
    La maldición del carácter de las pelirrojas, supuso, y se acarició la melena rojiza. Bien, al retrasarse, el doctor le estaba pidiendo que le mostrara su carácter. Él tenía un compromiso, ese sábado y todos los sábados durante tres meses, con ella y con la clínica.
    Llamó de nuevo, pero con más fuerza. Esperó con paciencia, y al ver que nadie contestaba, comenzó a dar golpecitos con el pie. Miró otra vez el coche que le aseguraba que había alguien en casa.
    Y llamó otra vez, escuchando con satisfacción el eco de sus golpes reverberando en el interior de la casa.
    ¿Estaría dormido? Maldito hombre, roncando plácidamente mientras su vida estaba a punto de desmoronarse…
    Entonces, se abrió la puerta y ella se encontró frente al torso desnudo de un hombre. Levantó la vista y, al ver el rostro del doctor Luke Walker, tragó saliva.
    Por supuesto, había oído hablar de él en el artículo del periódico en el que hizo los nefastos comentarios sobre su clínica. Pero en carne y hueso, el doctor Luke Walker era algo que nunca había visto antes. Era más delgado y fuerte de lo que ella esperaba, las facciones de su rostro eran más duras, y su cuerpo semidesnudo mucho más irresistible de lo que nunca hubiera imaginado.
    – ¿Si? -la mirada de sus vivos ojos azules se posó sobre Faith y, por algún motivo, ella no fue capaz de emitir palabra. Tenía el cabello corto y oscuro y estaba muy serio. Al ver que ella permanecía en silencio, comenzó a palpitarle un músculo de la mejilla. Ah, y no llevaba más que unos pantalones de chándal que ni siquiera se había molestado en atar. Sin duda, Faith lo había sacado de la cama, pero no había nada de dormido en su mirada fulminante-. ¿Quién es? ¿Por qué intenta tirar mi puerta abajo?
    – Me llamo Faith McDowell -dijo ella, tratando de no fijarse en su cuerpo musculoso de piel bronceada. Por algún motivo, al verlo semidesnudo se sentía insegura.
    – Bueno, Faith McDowell, ¿qué es lo que quiere?
    – Yo… He venido a llevarlo a la clínica porque es evidente que su coche no funciona, lo que explicaría por qué no ha aparecido en la clínica hace una hora, cuando debía -él la miró sin más. Ella trató de no mirar el reloj-. Tenemos pacientes citados con usted, ¿recuerda? -«dígame que lo recuerda».
    – Lo recuerdo dijo él, en un tono que afirmaba que ir a la clínica era lo último que le apetecía hacer-. Ojalá no lo hiciera.
    – Entonces… ¿no ha sonado el despertador? -esa vez no pudo contenerse y, al mirar el reloj, le entró el pánico.
    – No es la hora de que suene.
    – Claro, porque como médico, puede llegar a la clínica una hora después de que se abra, sin que le preocupe cómo afectará eso a nuestro horario «¿cómo puedo haberme olvidado de lo arrogantes que son los médicos?»-. Mira, siento que no quieras hacer esto, pero hoy tenemos muchos pacientes. Gracias a tu impuntualidad vamos muy retrasados. Cuánto más tiempo esté aquí esperándote, peor será la cosa.
    – ¿Mi impuntualidad?
    – Si nos demoramos mucho más antes de la hora de la comida, créeme que no será divertido.
    Él se pasó la mano por el mentón.
    – Me dijeron a las nueve.
    – Siete.
    – Eso no es lo que me dijeron.
    Había sido un malentendido. Bien. Podrían superarlo.
    – Lo siento, pero te informaron mal.
    Luke se rascó el pecho, ese que ella trataba de no mirar. Era evidente que, durante el día, hacía algo más que cuidar de sus pacientes, porque su cuerpo no mostraba ni un poco de exceso.
    – No habría aceptado ir a las siete -dijo él-. Es demasiado temprano.
    – Bueno, pues así será durante los fines de semana de los próximos tres meses, así que tendrás que acostumbrarte -desde luego, debería ser ilegal ser tan atractivo y tan insensible al mismo tiempo.
    Se encontraba en esa situación por su culpa. La gente lo estaba esperando, aunque ella imaginaba que así era la historia de su vida. El doctor Luke Walker había nacido para curar, o eso decía la leyenda en South Village Medical Center, uno de los hospitales más famosos de California. Sus manos hacían milagros cada día. Y sus pacientes lo veneraban por ello.
    La gente que trabajaba con él, los otros médicos, las enfermeras y demás personal, comprendían y respetaban su maravilloso don, pero según se rumoreaba, no había nadie que sintiera mucho cariño por él como persona. Faith sabía que había mucha envidia en todo eso. Después de todo, él sólo tenía treinta y cinco años y se especulaba que, a los cuarenta, podría estar dirigiendo el hospital.
    Si pudiera corregir la costumbre de decir lo que pensaba…
    Porque aunque era tierno y compasivo con sus pacientes, no trataba a nadie más de la misma manera, ni siquiera a sus compañeros de trabajo. Faith había oído muchas historias sobre él y suponía que su intención no era ser tan brusco e impaciente, sino que no sabía cómo aceptar la estupidez de la gente.
    Sin embargo, en esos momentos, Faith se preguntaba si es que le faltaba el gen de la amabilidad.
    – Comprendo que trabajar en la clínica no es importante para ti, pero lo prometiste -él suspiró y, para Faith, fue la gota que colmó el vaso-. De todos modos, es culpa tuya. Si no hubieras hecho ese comentario que salió en la prensa diciendo que nuestra clínica no merecía la pena, no tendrías que pagar penitencia todos los sábados durante tres meses y podrías estar jugando al golf…
    – ¿Jugando al golf? -preguntó incrédulo. Jugar al golf…
    – O lo que sea que hagáis los doctores ricos con el dinero que le sacáis a vuestros pacientes.
    – Cielos, tienes una boca bien grande.
    Sí. Así era. Y por ello se había metido en más de un lío pero, maldita sea, aquello era muy importante para ella. Faith tragó saliva y dijo:
    – Lo siento -eran palabras que no empleaba a menudo-. Es sólo que te necesitamos de veras.
    Con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido, parecía más un matón que un médico. Un matón atractivo, pero peligroso. Luke se pasó los dedos por entre el cabello y dijo:
    – Me gustaría dejar una cosa clara. Nunca he dicho que la clínica no mereciera la pena. Lo que dije fue que no comprendía por qué el hospital daba dinero a tu clínica cuando… -al ver la expresión del rostro de Faith se calló-. De acuerdo. Olvídalo. Estaré allí enseguida.
    – Te esperaré para llevarte.
    – No hace falta.
    – Creo que sí.
    – ¿Por qué? ¿Hay alguna urgencia esperándome?
    – Hmm…
    – ¿Necesitáis atención médica de algún tipo ahora mismo?
    – Bueno, no, pero…
    – Entonces iré yo. Por mis propios medios. Pronto -se volvió para entrar en la casa.
    Sin pararse a pensar, Faith colocó la mano en la puerta para evitar que la cerrara.
    – Prefiero esperarte.
    Sin volverse a mirarla, el doctor Walker tomó aire y suspiró despacio, haciendo que la parte superior de su cuerpo se hinchara resaltando los músculos de su espalda.
    Por desgracia, se volvió en ese mismo instante y pilló a Faith boquiabierta. Ella tragó saliva y trató de ignorar que se estaba sonrojando. Otra maldición de las pelirrojas.
    – Comprendes que la clínica está llena…
    – Sí -él cerró los ojos y se llevó las manos a las sienes.
    Los pantalones se le cayeron una pizca, dejando su vientre plano al descubierto.
    Faith sintió que una ola de calor recorría su cuerpo. «Otra vez el maldito virus tropical», pensó.
    – No lo comprendo. ¿Por qué me queréis allí? Sabes que yo me dedico a la medicina convencional. A las cosas buenas, tradicionales y científicamente demostradas. Así que…
    – De hecho, la medicina alternativa que utilizamos nosotras es la buena y tradicional, miles de años de antigüedad en muchos casos. Así que tu medicina convencional, con sólo unos doscientos años, es un bebé.
    – Todavía no entiendo qué tiene que ver conmigo todo eso del masaje, la aromaterapia, el yoga y las hierbas.
    – Las prácticas alternativas pueden combinarse con las convencionales, y con eso, podemos ofrecerle a la gente algo más. Algo mejor.
    – Pero no sé cómo tratar a la gente de esa manera.
    – Es sólo una forma de vida -dijo ella-. Al principio, credibilidad, pero… -se calló al ver que él ponía las manos en las caderas.
    Ella se fijó en sus pantalones y se quedó sin aliento. Si se le caían medio centímetro más…
    – Mira, he tenido una noche muy larga. Y creía que tenía unas horas más. Me daré prisa, pero no necesito público, así que si no te importa…
    – Bueno, de hecho, yo…
    Luke cerró la puerta en sus narices.

Capítulo 2

    Carmen apareció en el pasillo de la casa de Luke. Acababa de entrar por la puerta trasera y le bloqueó el paso hasta las escaleras, mirándolo con una expresión que le dejaba claro que no lo dejaría en paz hasta que le dijera lo que pensaba.
    – Cielos -dijo ella-. Es difícil imaginarse cómo un hombre con tus encantos sigue estando soltero.
    Ignorándola, él la esquivó y se dirigió a las escaleras. Había estado despierto toda la noche tratando de enfrentarse a las pesadillas que lo hacían revivir la muerte de Johnny García, el pequeño de seis años que había sido herido en el campo de batalla en que se había convertido Los Ángeles.
    – Despiértame dentro de diez minutos, ¿de acuerdo? -si conseguía dormir diez minutos estaría bien, volvería a ser humano y sería capaz de recordar los días en que le gustaba su vida, y amaba su trabajo.
    – Era una chica simpática -dijo Carmen, disgustada-. Vino a buscarte. Y tú la asustaste.
    – Era una mujer, no una chica.
    – Así que te diste cuenta.
    Sí, se había dado cuenta. La sexy dulzura de Faith McDowell contrastaba con la frialdad de su tono de voz y de sus ojos verdes, y cualquier hombre con sangre en las venas se habría dado cuenta.
    Tenía el pelo largo y rizado, del color de una preciosa puesta de sol y llevaba los pantalones del uniforme y un suéter que se ceñía a su cuerpo y dejaba al descubierto parte de su piel. Disgustado consigo mismo, Luke se agarró a la barandilla y comenzó a subir.
    Sin duda, llevaba mucho tiempo sin mantener relaciones sexuales si unos pantalones de uniforme lo habían excitado.
    Pero, con un poco de suerte, podría cerrar los ojos y dormir un rato. Dormir era más importante que el sexo en días como ese. Después, se daría una ducha, se tomaría un café cargado, y se sentiría mejor.
    – ¿Cómo se supone que vas a formar una familia si asustas a las mujeres? -gritó Carmen-. ¡Contéstame! -él contestó con una palabra concisa-. Fuiste maleducado con ella, y ¿no es tu jefa en la clínica?
    Sí, y justo lo que él necesitaba, otra burócrata políticamente correcta diciéndole lo que tenía que hacer. Aun así… quizá Carmen tuviera razón. Si hacía un esfuerzo, si sonreía y utilizaba el encanto que empleaba para tranquilizar a los pacientes… quizá consiguiera reducir su condena.
    Luke se imaginó la melena rojiza de aquella mujer ondeando con la brisa marina. El brillo de sus ojos. Pensó en cómo había respirado hondo justo antes de soltarle la reprimenda, como si estuviera tan enfadada, que apenas pudiera pensar.
    No. Dudaba que pudiera reducir su condena como voluntario. Había firmado su propia condena de muerte.
    Sonó el timbre.
    – Diablos, ¿y ahora qué? -miró a Carmen-. He dormido cinco horas en dos días.
    – Sí, cariño. Trabajas demasiado.
    – Sólo necesito cerrar los ojos unos minutos más. Tú puedes echarla, ¿de acuerdo?
    – ¿Y si es una emergencia?
    – No lo es. Sólo es la pelirroja tratando de sacarme de mi escondite por no haber ido a mi hora.
    – Sí que parecía una pelirroja con carácter, ¿verdad? Sabes, los rumores decían que eras capaz de calmar a las mujeres. Dicen que incluso te gustaban las mujeres.
    Y todavía le gustaban. En la cama. Pero en esos momentos estaba demasiado cansado como para pensar en compartir su colchón, además, dudaba de que Faith McDowell estuviera interesada en ello. Faith parecía esperar más de una persona de lo que él tenía en mente.
    Él no podía ofrecerle más. Se lo daba todo a su trabajo y a sus pacientes, así que al final del día, no tenía nada que ofrecer.
    Quizá era así como lo habían criado, con unos padres que no le dedicaban tiempo ni a su hermano, Matt, ni a él, dejándolos con cualquiera que estuviera dispuesto a acogerlos. Quizá había pasado tanto tiempo desde la última vez que se tomó un descanso, que ya no recordaba quién era. Y tampoco le importaba. Quería dormir.
    Sonó el timbre otra vez.
    – Dile que estaré allí enseguida.
    – Está claro, te necesita.
    Con un gruñido, Luke bajó de nuevo y miró a Carmen, quien, al contrario que el resto de la gente, no se achantaba ante él.
    – Te contraté para esto. Se supone que debes asustar a la gente.
    – Deja de ser tan cascarrabias.
    – ¿Cascarrabias?
    – Es alguien gruñón y…
    – Sé lo que significa, yo no soy… Olvídalo.
    Agarró el picaporte de la puerta y, al abrir, se encontró mirando a los ojos humeantes de la mujer inteligente que se suponía sería su jefa durante los sábados de los tres meses siguientes.
    «Incluso te gustaban las mujeres».
    Y seguía siendo así. Sólo que no estaba acostumbrado a que lo miraran como si fuera basura, y menos una mujer salvajemente atractiva a la que le salía humo por las orejas.
    Sin duda, llevaba mucho tiempo sin mantener relaciones sexuales.
    – Todavía no estás preparado -dijo ella, enojada.
    Él negó con la cabeza. Decidió que debería estar prohibido enfrentarse a una mujer furiosa sin haberse tomado una taza de café. La pregunta era, ¿estaría preparado alguna vez para pasar un día lleno de aromaterapia y yoga?
    – Necesito más de sesenta segundos.
    – No tenemos más de sesenta segundos -murmuró, sin dejar de mirarle el torso desnudo.
    Él había salido medio desnudo de la cama para abrir la puerta pero, por cómo lo miraba, tuvo que bajar la vista y comprobar que los pantalones le cubrían sus partes más íntimas. Sí estaban cubiertas, pero si ella seguía mirándolo como si fuera un vaso de agua y ella estuviera sedienta, sus partes más íntimas iban a hacerse notar a pesar de su enfado.
    – Toma -Carmen apareció detrás de él con una taza de café humeante. Él sintió ganas de abrazarla, pero fue entonces cuando ella le dijo a Faith McDowell a modo de disculpa-. Déjale que se tome el café. En dos minutos, volverá a ser persona. Lo prometo.
    Oh -Faith sonrió con dulzura. A Carmen, no a Luke-. Sí, lo comprendo. Gracias -dijo con amabilidad. Su voz, cuando no se dirigía a él, era lo más suave dulce y musical que Luke había oído nunca.
    Le recordaba al… sexo. Era increíble lo que la falta ele sueño podía hacer con un hombre.
    Carmen y la pelirroja lo miraban con expectación, como si esperaran que el café hiciera el milagro que no iba a suceder.
    – Voy arriba -elijo él-. A ducharme y a vestirme.
    – ¿Eso va a llevarte más de cinco minutos? -su nueva jefa miró el reloj con impaciencia.
    – Diez -dijo él-. ¿Te parece bien?
    – Sólo recuerda que los pacientes cuentan contigo -dijo con frialdad.
    Al llegar una ráfaga de aire, se echó la melena hacia atrás. El jersey que llevaba era fino y poco efectivo contra el frío. Al moverse, uno de los lados del jersey se desplazó hacia abajo y dejó su hombro al descubierto.
    Luke sintió una extraña reacción física al verlo.
    «Falta de sueño», se recordó. Algo peligroso.
    Faith se colocó el suéter y se cruzó de brazos.
    – Yo te ayudaré.
    – ¿Cómo es eso posible?
    – Tú practicarás y, con un poco de suerte, mejoraras tu trato con la gente.
    Una cosa era estar tan cansado como para admirar a una mujer que lo consideraba un idiota insensible, y otra muy diferente permitir que ella creyera que él la necesitaba de alguna manera. Él no necesitaba a nadie y, desde luego, no necesitaba ayuda en el trato con la gente.
    – Puede que no te des cuenta de eso, pero una de las cosas básicas en el trato con la gente es el encanto. Yo puedo ayudarte en eso.
    Carmen soltó una carcajada, pero cuando él le echó una mirada fulminante, se metió en la cocina.
    – Tienes que estimular a la gente de tu alrededor -dijo Faith-. ¿Puedes hacerlo?
    Él pensó en la inexplicable manera en que había reaccionado su cuerpo al verla.
    – La estimulación no es un problema -dijo con seriedad.
    – Bien, porque es muy importante. La clínica es muy importante, y tenemos mucho que hacer. Hoy sólo tenemos partos, alergias y sinusitis, fracturas y… -Luke no podía dejar de mirarla. ¿Cómo podía estar tan atractiva con esos pantalones?-. ¿Doctor Walker? -lo llamó con las manos en las caderas-. ¿Me estás escuchando?
    – Estimulación -dijo él.
    Ella dio un paso atrás con precaución. «Sí, pelirroja, te advierto que salgas corriendo».
    – Bueno, te dejaré que vayas a prepararte -se mordió el labio y lo miró de arriba abajo una vez más. Y esa vez, el cuerpo de Luke reaccionó del todo.
    Ella salió de la casa y bajó los escalones del porche.
    – Estaré… estaré esperándote.
    Luke recibió la amenaza como si fuera una promesa.
    – De acuerdo -dijo él, y se preguntó por qué tenía ganas de que lo esperara.

    Faith rodeó el edificio de Healing Waters Clinic y aparcó. Entonces, miró por el retrovisor.
    Sí, el doctor Luke la había seguido en su elegante coche. Ella había oído hablar mucho de él, pero nadie le había mencionado cómo eran sus ojos azules, su expresión feroz, ni su cuerpo musculoso que la hacía pensar en muchas cosas que nada tenían que ver con la medicina.
    Agarró el bolso con fuerza y respiró hondo, pero no le sirvió de nada.
    Maldita la hora en la que había decidido abandonar el vicio del chocolate. Cuando estaba a punto de sacar la caja de chocolatinas de la guantera, oyó que Luke cerraba la puerta de su coche y salió a recibirlo con una sonrisa fría y distante que esperaba ocultara lo que sentía. Tanto su desesperada necesidad de comer chocolate como la atracción que sentía por el hombre que tenía delante. Porque lo que estaba claro era que bajo esa piel bronceada y ese destacable talento, latía el corazón frío de un hombre que había despreciado su clínica.
    El éxito era muy importante para ella. Al fin y al cabo, todos los miembros de su familia lo habían alcanzado. Era una especie de requisito para los McDowell. Pero sobre todo lo deseaba para ayudar a aquella gente a la que ella estaba convencida de poder ayudar y a la que la medicina convencional no podía.
    Y deseaba que Luke admitiera que, quizá, él no fuera el único que podía marcar la diferencia en la vida de los demás. Ella también podía hacerlo. Y se lo demostraría mostrándole lo importante que podía ser la clínica.
    Luke se acercó a ella sin sonreír, pero tampoco de manera distante. Todavía estaba enfadado, pero Faith tenía que admitir que estar enfadado le quedaba bien.
    Por suerte, ella no tenía tiempo para los hombres.
    Juntos, se dirigieron hasta el edificio. Como todos los edificios de South Village, aquel databa del año 1900, pero estaba bien conservado. Estaba rodeado de arbustos, flores y hierbas que Faith cultivaba para utilizar en la clínica. El cartel que colgaba sobre la puerta decía: Healing Waters.
    La clínica era el resultado de largas noches de trabajo como enfermera. En los días en los que la medicina convencional era lo único que existía. La manera correcta. Los días en los que sus ideas de curar en profundidad, no sólo el cuerpo, sino también el corazón y el alma, habían sido malinterpretadas y atacadas por el personal del área de urgencias en el que trabajaba en San Diego.
    Faith se había preparado para trabajar de esa manera y había estudiado diferentes aspectos de la naturopatía. Podía hacer diagnósticos, poner vacunas, asistir partos naturales e incluso preparar algunas recetas.
    Sí, todavía trabajaba largas horas, pero esos días de duro trabajo la dejaban satisfecha porque estaba realizando su sueño, curando a la gente de cosas en las que la medicina convencional había fallado.
    Pero lo único que Luke sabía era que ella le fastidiaba los fines de semana.
    – ¿Preparado? -preguntó ella, y cuando él asintió, lo guió al interior.
    La sala del personal estaba organizada. Contenía archivos, las pertenencias personales de los empleados e incluso un pequeño semillero que ella cuidaba. A medida que avanzaban por el interior de la clínica, Faith le presentaba a todos los trabajadores con los que se encontraban, mientras ella intentaba ver la clínica con los ojos de él.
    La fuente que había en la zona de la recepción estaba encendida, el sonido del agua cayendo sobre unas rocas, la música suave y la iluminación tenue tranquilizaban a los pacientes que estaban esperando en confortables sillas ergonómicas.
    Sin duda, un mundo completamente diferente al del área de urgencias.
    – ¿Qué te parece?
    – Bueno, no hay nadie gritando en la sala de espera -dijo Luke-. Supongo que es una buena señal. Hum. Imagino que puedo pasar por alto las cortinas de cuentas que hay detrás de la recepcionista. ¿A quién tienes trabajando?
    «Es un hombre acostumbrado a hacerse cargo de todo -recordó ella. No podía culparlo por ello. Tenía un talento increíble, y ese era el motivo por el que había aceptado que trabajara allí».
    – Hoy tenemos a dos naturópatas, Shelby Dodd y yo, y también un fisioterapeuta.
    Pero añadir a Luke al equipo, un doctor con prestigio e increíble reputación, haría que aumentara la clientela.
    Y los ingresos. Odiaba tener que pensar siempre en eso, pero estaba al borde de los números rojos y no le quedaba más remedio.
    – Antes de que comencemos -dijo él en voz baja-. Quiero que sepas que nunca dije que la clínica no mereciera la pena.
    Ella lo miró y sintió que se perdía en la inmensidad de sus ojos azules.
    – En el periódico ponía…
    – Exageraron -al ver que arqueaba una ceja, él continuó-. El hospital echó a veinticinco personas de mantenimiento. Eran empleados que estaban obligados a trabajar cuatro horas semanales, menos de las horas necesarias para conseguir todas las prestaciones. El hospital insistió en ello para así ahorrarse dinero, y después los echaron, alegando problemas de presupuesto. Al día siguiente, destinaron una buena suma para tu clínica.
    – Y tú te quejaste por ello.
    – Sí -apretó la mandíbula-. Me quejé por ello.
    – Yo también me habría quejado -dijo ella.
    Él la miró sorprendido, pero antes de que pudiera decir nada, Shelby apareció llamando a Faith.
    – Acabo de llamarte por el busca. Tenemos a una mujer de parto en la sala cuatro. Ha dilatado por completo, está asustada, no empuja y no nos permite que la volvamos a explorar.
    Faith dejó el bolso y comenzó a caminar deprisa, con Shelby a su lado.
    – ¿Es el primer bebé?
    – Sí. Y ella es una gritona.
    – Llama a Guy…
    – Ya está allí. Si hay alguien capaz de tranquilizar a una mujer embarazada…
    – Es Guy -Guy Anders, el masajista, tenía una voz que podía sedar a cualquiera y unas manos benditas. Él era la pieza clave en situaciones como aquélla. Pero, cuando doblaron la esquina y oyeron los gritos, Faith se estremeció, sintiendo lástima por la mujer que estaba de parto.
    – Doctor Walker…
    – Yo la asistiré -dijo él desde detrás y, de hecho, entró el primero en la sala. Shelby arqueó una ceja y Faith suspiró.
    – Está acostumbrado a estar al mando.
    Shelby soltó una carcajada.
    – Bueno, puesto que tú también, esto va a ser interesante.
    Cuando entraron en la habitación, los gritos se habían detenido. La paciente, una mujer de veintitantos años, estaba tumbada en la cama mirando al doctor Luke Walker mientras él se lavaba las manos sin dejar de hablarle. Después, él se agachó junto a ella y le murmuró unas palabras que Faith no pudo escuchar.
    Al otro lado de la cama estaba Guy. Era alto y atractivo, a pesar de que llevaba un mechón morado en el cabello y tenía varios piercings y tatuajes. Miró a Faith con cara de diversión al ver que le habían usurpado el puesto, pero no dijo nada.
    Luke levantó la cabeza para dirigirse a Faith.
    – Margaret está lista para empujar. Voy a explorarla primero. ¿Tienes un par de pantalones de uniforme extra?
    ¡No!- Margaret se sentó derecha y agarró a Luke del cuello de la camisa-. ¡Nada de cambiarse! ¡Quiero empujar ahora!
    Con sus puños aferrados a la camisa, Luke asintió con calma.
    – Podemos hacerlo -dijo en tono autoritario pero amable. Aceptó los guantes que le daba Faith y se los puso-. La atenderé en ropa de calle -les dijo a los presentes.
    Faith acababa de cambiarse y se acercó al pie de la cama. Como enfermera había asistido muchos partos, básicamente porque los médicos no solían llegar a tiempo. Desde que había abierto la clínica, había asistido cientos de partos más. Era la parte favorita de su trabajo.
    Luke se acercó a ella y murmuró:
    – Es evidente que tiene baja tolerancia ante el dolor, vamos a ponerle la epidural.
    – Su informe dice que ha pedido que no se le suministren medicamentos.
    – ¿No crees en la epidural?
    – Ella pidió parir de forma natural -repitió Faith.
    – Ah, la forma bárbara -dijo él-. ¿Has tenido alguna vez un hijo de forma natural, Faith McDowell?
    – No, y estoy casi segura de que tú tampoco. Hay muchos otros métodos de aliviar el dolor; hierbas, visualizaciones, digitopuntura…
    – Deja que la paciente decida en contra de los métodos para aliviar dolor convencionales -dijo él en un susurro-. Deja que lo decida ahora, en el momento, y no antes de saber a lo que se va a enfrentar. No dejes que tus creencias lideren la decisión. Es injusto.
    – Perfecto -dijo ella-. Está claro que tienes la situación bajo control. Atenderé a otros pacientes.
    Sin responder, él se centró de nuevo en Margaret y se dirigió a ella con una voz dulce que no había empleado con Faith.
    Ella debía estarle agradecida, porque la voz que no empleaba con ella hacía que se le formara un nudo en el estómago y que le temblaran las piernas.
    Ojalá tuviera un poco de chocolate.

    Margaret dio a luz a una niña preciosa de ocho libras, sin epidural.
    Faith consiguió tener un fuerte dolor de cabeza, de esos que tenía a diario cuando trabajaba en el hospital.
    – Necesito un uniforme -le dijo Luke un par de horas más tarde cuando encontró un hueco entre pacientes.
    – Bien dijo ella. Se dirigió al armario de la ropa y encendió la luz. Podía sentir el aroma de Luke detrás de ella y, a pesar de llevar varias horas trabajando a ritmo frenético, olía delicioso-. ¿Cómo lo consigues?
    – ¿El qué?
    – Seguir oliendo bien.
    – Mi madre siempre me decía que oliera bien.
    Ella soltó una carcajada.
    – ¿De veras?
    – No -él estaba sonriendo. Era mejor que no lo hiciera porque, igual que su voz, su sonrisa provocaba que ella se derritiera por dentro-. Mi madre no me decía nada -dijo él-. Tenía una niñera para que me lo dijera.
    – Ah. ¿Eras un pobre niño rico, doctor Walker?
    – Luke. Y no, no era rico. A mi madre no le gustaban los desastres, y mi hermano y yo hacíamos bastantes desastres.
    No. No. Faith no quería oír aquello, que él era humano, que tenía una madre que no lo había criado, que tenía un hermano con el que compartía muchas cosas, que quizá… quizá hubiera tenido una infancia tan solitaria como la de ella.
    Encontró un par de pantalones y, cuando los sacó de la estantería, contuvo una carcajada. Eran de flores rosas. Sonriendo, se volvió para entregárselos y se encontró con que él estaba mucho más cerca de lo que esperaba. La última vez que había estado tan cerca de él había sido por la mañana e iba semidesnudo. En aquel momento iba bien peinado, pero sin afeitar, probablemente porque ella no le había dado tiempo. Estaba tan cerca que si se movía un poco más…
    – Las tienes bien puestas.
    Ella se quedó boquiabierta al oír sus palabras y bajó la vista hacia sus pechos.
    – Las estanterías -dijo él, despacio y con el ceño fruncido-. Están bien puestas. Organizadas.
    Tonta, pensó ella. Tenía que mantener la compostura. Al fin y al cabo, estaba en su terreno, era su clínica y el deseo, o lo que fuera que le pasaba desde que había visto a Luke, no tenía cabida.
    – Hum… Gracias.
    Luke había hecho un cumplido a la clínica. De acuerdo… quizá aquello pudiera funcionar, quizá pudieran encontrar la manera…
    – Para ser un clínica tan modernilla.
    No. No habría manera…

Capítulo 3

    Faith decidió que debía de haber luna llena, puesto que además de las consultas de masaje, aromaterapia y digitopuntura habituales, habían tenido varias mujeres de parto y algunas urgencias.
    Luna llena o… curiosidad por el doctor Luke Walker. Decidió que no importaba. Le gustaba saber que la gente acudía a Healing Waters en busca de ayuda. Terminó almorzando mientras trabajaba, algo que odiaba pero que no podía evitar. Y por la tarde, sintió ese conocido mareo que le indicaba que le quedaba poca resistencia y todavía tenía un terrible dolor de cabeza.
    Si no quería enfermar, debía tomar un descanso y tumbarse en el sofá de su despacho. Lo haría, en cuanto terminara con la chica de diecisiete años que la esperaba en la sala siete y que quería tomar la píldora anticonceptiva sin el permiso de su madre.
    – Psst.
    Shelby y Guy estaban camuflados detrás de una palmera y la llamaban con la mano. Riéndose, Faith miró al lado derecho y después al izquierdo, y se reunió con ellos para intercambiar los informes de los pacientes y algún que otro cotilleo.
    – Decidme que alguno de vosotros tiene chocolate -dijo con esperanza.
    – ¿Es que sólo piensas en comer? -preguntó Guy, y se tocó los bolsillos-. Lo siento, no tengo nacía.
    Con un suspiro, Faith sacó una barrita de granola del bolsillo, la partió en tres trozos y se metió uno en la boca. Cuando se percató de que la estaban mirando, dejó de masticar y preguntó:
    – ¿Qué?
    Guy miró a Shelby.
    – Va a negarlo, así que no te molestes en decirle nada.
    – ¿Decirme qué?
    – Decirte que las chispas que saltan entre el doctor Walker y tú amenazan con quemar el local -dijo Shelby.
    ¿Chispas? -Faith se rió-. Por supuesto que saltan chispas. Nos llevamos muy mal. Siento que os hayáis dado cuenta de ello. Sé que no es bueno para trabajar en un ambiente tranquilo.
    Guy y Shelby se miraron y sonrieron.
    – ¿Y ahora qué? -preguntó Faith.
    – Hablamos de chispas sexuales, Faith -le dijo Guy.
    – Recuerdas la palabra sexual, ¿verdad? -Shelby arqueó las cejas-. Aunque no hayas tenido relaciones sexuales desde los noventa.
    – No seas ridícula -Faith forzó una carcajada. Por desgracia, Shelby tenía razón-. Claro que lo recuerdo… Pero no hay nada entre nosotros, ni sexual ni de otro tipo.
    – ¿De veras? Porque podría haber calentado el burrito que me comí al mediodía con el calor que se formaba entre vosotros -Guy se miró las uñas. Se había pintado la de los dedos meñiques de color morado, a juego con el mechón de pelo-. Probablemente lo habría quemado.
    – ¿Te has comido un burrito? -preguntó Faith al sentir que le rugía el estómago.
    – Concéntrate, cariño -Shelby se atusó el cabello-. El doctor es un espécimen asombroso. Sabemos que te has dado cuenta. Toda esa virilidad combinada con la actitud de «acéptame tal como soy». ¡Guau! – Shelby se dio aire con la mano-. Y su manera de comportarse con los pacientes… Consiguió que me temblaran las piernas.
    – A mí también -dijo Guy, abanicándose.
    – Entonces, ¿vas a hacértelo con él?
    Faith estuvo a punto de atragantarse con el último pedazo de granola.
    – No todo el mundo está dispuesto a hacérselo con un hombre demasiado atractivo y seguro de sí mismo.
    – Habla por ti misma -murmuró Guy.
    Shelby miró el reloj.
    – Mira, el sexo se supone que es divertido. Comprendo que quizá lo hayas olvidado, pero…
    No, Faith recordaba cómo era eso del sexo. Más o menos.
    – Lo recuerdo, pero en estos momentos tengo que ir a hablar con una chica de diecisiete años que quiere tomar la píldora.
    – Pues no le cuentes lo divertido que es -dijo Shelby-. Los jóvenes no deberían saberlo.
    Faith se alejó por el pasillo practicando su discurso sobre abstinencia en la cabeza, pero le parecía demasiado anticuado, a pesar de que le parecía el adecuado para una joven de diecisiete años. Pero tenía que ser más realista y tener algún consejo más aparte del de mirar pero no tocar.
    Resultó que, en la sala siete, además de Elizabeth Stone, la chica de diecisiete años, también estaba su novio. Ambos estaban agarrados de la mano y conversaban con el doctor Luke Walker que estaba sentado frente a ellos. Elizabeth y el chico sonreían, y Luke también. Él estaba apoyado en el respaldo de la silla, con las piernas cruzadas, hablando con facilidad sobre la ventaja de los preservativos a la hora de mantener relaciones sexuales.
    Los tres la miraron al verla entrar, y Luke le entregó el informe de Liz.
    – Gracias por atendernos -le dijo Elizabeth al doctor Walker. Sonrió a Faith y se marchó con su novio.
    Faith miró a Luke.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – Tu recepcionista me pidió que atendiera a algunos de tus pacientes. Vais retrasadas.
    «Vais retrasadas», Nada de «vamos retrasados». Por supuesto que no, él no formaba parte del equipo, simplemente cumplía con lo que consideraba un castigo por parte del hospital.
    – ¿Qué ha dicho Elizabeth?
    – Se negaba a hablar de abstinencia, así que hemos hablado de las enfermedades de transmisión sexual hasta aburrir. Después estuvimos hablando de los preservativos.
    Faith le habría dado la misma charla sobre las enfermedades de transmisión sexual, así que no sabía por qué sentía ganas de discutir con él. ¿Habría preferido que la decepcionara?
    Él bostezó y miró el reloj.
    – ¿Un día largo?
    Ambos estaban de pie, tan cerca que ella podía ver que los ojos de Luke no tenían el color azul casi transparente de siempre, sino que tenían algunas manchitas oscuras en ellos. Eso, combinado con la sombra de la barba incipiente y la cara de sueño, lo hacían parecer tremendamente… sexy. Maldito sea.
    Y seguía oliendo a jabón mezclado con aroma varonil. Algo curioso cuando ella sabía que sólo olía a jabón desinfectante.
    – He tenido un par de noches muy largas admitió él, y algo en su voz la hizo sospechar que estaba en un momento de vulnerabilidad que no solía mostrar a los mortales como ella.
    En esos momentos, Shelby asomó la cabeza por la esquina.
    – Aquí estás. Amy Sinclair, en la sala tres con otra migraña. Estamos haciéndole el tratamiento con aromaterapia y digitopuntura, pero ha preguntado por ti, Faith.
    Cuando se marchó, Faith sintió que Luke estaba tenso y se abrazó a sí misiva.
    – Aromaterapia -dijo él-. ¿Son velas?
    – Sí, con aceites esenciales.
    – ¿Para una migraña?
    – O para cientos de otras cosas. Con esencias se puede tratar una sinusitis o utilizarlas como sedante. Incluso estimular la regeneración celular. También se utilizan como antisépticos…
    – Sabrás que hay medicamentos convencionales para esa clase de cosas.
    – La medicina convencional no ha funcionado con esta paciente.
    – ¿Has probado…?
    – Sí.
    – Ni siquiera sabes lo que iba a decir
    – Está harta de tomar medicinas, Luke -y ella estaba harta de aquella discusión-. Tiene mucho dolor y nuestros métodos le están dando resultado. Eso es lo que quiere de nosotros, doctor Universo, ¿te enteras o no?
    – ¿Doctor Universo? ¿Qué diablos significa eso?
    – Significa que tú, como la mayor parte de los médicos, te crees Dios.
    Walker se quedó boquiabierto. Después, sin decir palabra, se volvió y se marchó. Faith esperaba sentirse triunfal. Había ganado una ronda.
    Pero ese sentimiento nunca llegó.

    Faith se dirigió a su despacho cuando se marchó el último paciente. Llevaba un rato sin ver a Luke, desde que se enfrentaron por última vez a la hora de tratar a un paciente que se había partido la espalda el año anterior en un accidente de coche. Luke quería darle relajantes musculares, pero el paciente estaba harto de tomar medicinas y prefería que lo trataran con digitopuntura.
    Luke se había comportado de manera correcta y no había mostrado ni una pizca de la frustración que sentía. Excepto con ella, por supuesto, a quien nunca trataba de ocultarle nada.
    Lo más probable era que estuviera en la sala de personal, esperándola, inquieto y enfurruñado, así que ella pasó de largo. Lo único que deseaba era tumbarse cinco minutos en el sofá con la luz apagada. Lo necesitaba más que una chocolatina. Le dolía la cabeza, le temblaba el cuerpo y sentía ganas de llorar al pensar que estaba poniéndose enferma.
    Abrió la puerta del despacho y se encaminó hacia el sofá. Estaba tan ansiosa por tumbarse que le costó un momento darse cuenta de que el sofá estaba ocupado.
    Luke estaba tumbado boca arriba, profundamente dormido. Le colgaban los pies y un brazo. Parecía incómodo, pero ahí estaba, ajeno a lo que lo rodeaba.
    Al menos no roncaba. Ella observó su cuerpo musculoso cubierto por los pantalones de flores que le había dado y soltó una risita. Estaba gracioso. Hacía que muchas cosas parecieran graciosas. Sobre todo, poniéndose en el punto de vista de los pacientes. Tenía que admitirlo, aquel hombre sabía tratar a la gente.
    «A los pacientes», se corrigió ella. El hombre sabía tratar a los pacientes. No a la gente.
    Y menos a ella.
    Él suspiró en sueños y subió el brazo al sofá. La expresión de su rostro, que habitualmente era dura, estaba relajada como la de un niño.
    El brazo se le cayó de nuevo. «Qué pérdida de masculinidad divina», pensó ella, a la vez que le sacudía los pies.
    – ¿Qué? -Luke se sentó de golpe y abrió los ojos. Alerta, como la mayor parte de los médicos que acostumbraban a estar de guardia-. ¿Qué pasa? -preguntó.
    – Estás en mi sofá.
    – Lo siento -se puso en pie y se desperezó-. ¿Hay más pacientes?
    – No, sólo necesito el sofá.
    – Entonces, ¿hemos acabado por hoy?
    – Sí. Gracias -añadió ella-. Sé que hemos tenido algunas diferencias de opinión… -él se rió y ella lo miró-. Trataba de ser amable.
    – Lo que tenemos es más que una diferencia de opiniones, Faith. Digamos que tenemos diferencias en nuestras filosofías de vida -la miró a los ojos-. No lo pongas bonito.
    – Pero te has quedado.
    – No tenía mucha elección -señaló él.
    – Sí, porque eres una pesadilla de la mercadotecnia.
    – No lo sabes tú bien.
    – Y porque te gusta el puesto y el prestigio que tienes en el hospital.
    – Sí dijo él-. Me gusta el cargo que tengo en el hospital. Me gusta mucho.
    – Entonces… después de haber pasado un día aquí, de ver lo que hacemos con nuestros pacientes, ¿no puedes admitir que estabas equivocado respecto a la clínica?
    – Puedo admitir que ayudas a la gente -dijo tras un largo instante.
    ¿Era lo máximo que ella iba a conseguir? Al parecer, sí. Pero ¿qué esperaba? ¿Que le diera las gracias por haberle demostrado que estaba equivocado? Ya, claro.
    Agotada, frustrada, se dejó caer en el sofá y tuvo que contener un gemido al sentir el delicioso calor corporal que él había dejado.
    – ¿Mejor?
    – Mucho mejor -suspiró de nuevo.
    Los ojos de Luke se encendieron al oír su suspiro y ella sintió un nudo en el estómago.
    Él se agachó y colocó un brazo a cada lado de sus caderas. Ella se preguntó cómo se sentiría si la besara, y decidió que quizá se lo permitiera justo cuando él la cubría con una manta.
    – ¿Qué haces?
    – Arroparte. ¿Necesitas que te cuente un cuento?
    – Vaya, doctor del universo y comediante también.
    Luke inclinó el rostro como haciendo una reverencia.
    Ella cerró los ojos para no mirarle la boca.
    – Sólo necesito una siestecita rápida.
    – ¿Eso mejorará tu humor?
    Faith abrió los ojos.
    – ¿Mejoró el tuyo?
    Él sonrió e hizo que se le cortara la respiración.
    – Mi humor es perfecto -dijo él.
    – Ajá.
    Luke dejó de sonreír y le acarició la sien, en el punto exacto dónde le dolía.
    – A lo mejor… -se acercó más a Faith y ella sintió que se le detenía el corazón porque estaba segura de que esa vez iba a besarla-. A lo mejor deberías hacer alguna clase de… tratamiento oloroso o algo así.
    – ¿Tratamiento oloroso?
    – Ya sabes… los aceites aromáticos.
    Ella soltó una carcajada.
    – Aromaterapia -no, no iba a frustrarse por que no la hubiera besado.
    – Lo que yo dije, tratamiento oloroso.
    – Voy a utilizar eso en tu contra.
    – Sí -la miró con expresión indescifrable-. Yo siento lo mismo -se dirigió hacia la puerta y la cerró al salir.
    Faith se quedó mirando la puerta cerrada con el corazón acelerado. No podía olvidar el roce de sus manos al taparla con la manta, el calor de su mirada. El tacto de sus dedos en la cara… «Oh, cielos».
    Estaba loca por el doctor Universo. Quizá Shelby y Guy tuvieran razón, a lo mejor sólo necesitaba un poco de sexo. La idea era emocionante y terrorífica a la vez. Con énfasis en lo de emocionante.

    Esa noche, Luke condujo hasta su casa repasando el día en su cabeza. Medicina alternativa. Utilizando energía, aromas y masajes para curar.
    ¡Y la gente pagaba por ello!
    Le sorprendía que los pacientes de Healing Waters parecieran tan impresionados con sus tratamientos, y convencidos de que estaban recibiendo lo mejor. Ni una sola persona había mostrado su descontento o había gritado a los empleados. Nadie se había marchado insatisfecho.
    Al contrario que en South Village Medical Center, donde continuamente la gente amenazaba con denunciarlos o gritaba a la recepcionista.
    Entró en su casa y se quitó los zapatos y la camisa. Iba de camino a la ducha cuando sonó el teléfono. Miró el número en la pantalla y contestó a la única persona de su vida que con quien le apetecía hablar, su hermano.
    – Así que ahora te has convertido en una pesadilla para la publicidad -dijo Matt con una sonrisa-. Vaya sorpresa, ¿eh? ¿Qué has dicho esta vez?
    Luke suspiró.
    – Te lo ha contado Carmen.
    – Llamé antes. Quizá mencionó algo.
    – Entonces, ya sabes lo que dije.
    – Sólo quería oírtelo decir a ti. ¿De veras llamaste a la junta directiva del hospital, a los que te pagan, inútiles burócratas?
    – Puede -Luke se frotó los ojos-. Mira, echaron a Carmen y a otros compañeros de mantenimiento del hospital, todos con bajos ingresos. Los despidieron sin más, alegando poco presupuesto. Y después, van y financian esa clínica de medicina alternativa.
    – Ah. Tu sentido de la injusticia se muestra a gritos.
    – Todo el mundo debería estar indignado, Matt. Si hicieran lo mismo en tu hospital, también gritarías, admítelo.
    – Eh, aquí en Texas no gritamos. Pontificamos.
    – Tenía que hacer algo.
    – Sí, lo sé -dijo su hermano-. Y eso explica por qué ahora Carmen maneja tu vida. La contrataste a diario para que limpie tu casa, aunque nunca estás para ensuciarla. ¿No es así?
    – Hablemos de ti -decidió Luke-. ¿Ya te has casado con tu catedrática distraída?
    – Eh, que sólo me enamoré de Molly hace una semana.
    – Ah. Miedica. No puedo culparte por ello. El amor nunca ha sido lo nuestro, ¿verdad?
    – No me ha entrado el miedo. Y el amor sí que es lo mío, ahora.
    – Las mujeres solteras de todo el inundo están llorando.
    – No, todavía te tienen a ti.
    – Es un día triste cuando tengo que decirles que estoy demasiado ocupado para hacerles caso.
    – Sí que es un día triste -convino Matt.
    – Llámame después de la luna de miel.
    – Ah, no. Cuando nos casemos, que será pronto, estarás allí.
    – Las bodas me ponen nervioso.
    – Qué lástima. Eres la única familia que tengo, Luke. La única familia que siempre me ha importado.
    – Ya -Luke sentía lo mismo-. Iré.
    – Bien. Bueno, no te metas en líos, al menos, hasta que pase todo esto, ¿de acuerdo?
    – No va a pasar hasta dentro de tres meses.
    – Imagino que no eres capaz de mantener la boca cerrada todo ese tiempo.
    – A Faith le encantaría.
    – ¿Faith? ¿Quién es Faith?
    – Mi jefa en la clínica.
    – ¿Está soltera?
    – No lo sé.
    – ¿Cómo es?
    – Pensaba que ya tenías a tu mujer.
    – Estoy pensando en ti. ¿Está buena?
    – Matt…
    – Eh, sólo quiero que seas tan feliz como yo. ¿Está buena?
    La imagen de Faith apareció en la cabeza de Luke. Su cabello pelirrojo que nunca permanecía peinado, sus expresivos ojos verdes, y las curvas de ese cuerpo que rellenaba el uniforme. ¿Que si estaba buena?
    – Cuando se enfada -dijo con cuidado.
    – Está buena -decidió Matt entre risas.
    – Adiós, Matt.
    – ¿Vas a pedirle salir?
    – Buenas noches, Matt.
    – Vas a hacerlo, ¿no es así?
    – Buenas…
    – Sí, sí. Buena suerte, Luke.
    Con una sonrisa, Luke colgó el teléfono. El silencio dominaba el ambiente y su sonrisa se transformó en una sonrisa nostálgica. Echaba mucho de menos tener a su hermano cerca. Habían compartido grandes experiencias cuando vivían en Texas, deambulando por las fincas de sus abuelos sin que nadie los vigilara, metiéndose en líos a menudo, pero siempre juntos y, de pronto, estaban a cientos de anillas de distancia. Quizá debiera tomarse unas vacaciones cuando terminara todo.
    Sí. Unas vacaciones.
    Nunca se tomaba unos días libres. Sería su recompensa por enfrentarse a lo que le esperaba los sábados de los próximos tres meses.
    Y a Faith McDowell.
    Terminó de desnudarse y se metió en la ducha. Después, se fue directamente a la cama.
    Carmen se la había hecho y había colocado las almohadas contra el cabecero. También había estirado el edredón. Él no estaba acostumbrado a meterse en una cama tan bien hecha, ya que por las mañanas siempre se vestía corriendo mientras buscaba las llaves y la cartera. No podía perder tiempo en hacer la cama. Además, iba a deshacerla por la noche, así que no comprendía para qué iba a malgastar esos preciados momentos cada mañana.
    Pero tenía que admitir que era agradable. Cerró los ojos esperando a quedarse dormido pero, por algún motivo, imágenes de lo sucedido durante el día invadieron su cabeza.
    A pesar de estar llena, la clínica había funcionado correctamente. Eso tenía que reconocérselo a Faith. Los pacientes eran atendidos con cuidado y de manera personalizada, y Luke tenía que admitir que lo había impresionado.
    – Faith…
    Cuando finalmente se quedó dormido, la imagen de ella continuaba en su cabeza, y soñó con que lo curaba. Con sus dedos, lo curaba… cuando ni siquiera sabía que necesitaba cura.

Capítulo 4

    Faith tenía el domingo y el lunes libre. Puesto que la clínica estaba cerrada decidió que iría a darse un paseo en bici, al cine y de compras. Sin embargo, cometió el error de entrar en su despacho, y al ver la cantidad de papeleo que tenía que solucionar, terminó trabajando ambos días.
    El martes, Healing Waters atendió a más pacientes que nunca desde que el doctor Walker descalificó a la clínica en público. El miércoles, lo mismo.
    El resto de la semana transcurrió con normalidad, aparte de que cada día incrementaba ligeramente el número de pacientes derivados del hospital o de la consulta de los doctores de la zona.
    El personal comenzaba a tener esperanzas y Faith se sentía tan bien, que ni siquiera echaba de menos el chocolate.
    El sábado, la clínica estaba llena y muchos pacientes pedían que los atendiera el doctor Walker.
    Parecía que realmente era su salvador. De pronto, Faith podía ver la luz al final del túnel e imaginaba el día en que dejarían de estar en números rojos.
    Tenía esperanzas desde principios de semana y, mientras se acercaba desde su pequeño apartamento a la sala de personal, no pudo evitar sonreír.
    Shelby, Guy y Catherine, su herborista, estaban sentados en una mesa comiendo magdalenas y hablando sobre cuál de las flores salvajes que había en el centro de la mesa, proporcionaba mayor efecto relajante.
    Faith se unió a ellos, pero antes de que pudiera comerse el primer mordisco de magdalena, Luke abrió la puerta trasera.
    Shelby, Guy y Cat miraron a Faith. Ella sonrió.
    – Buenos días, doctor Walker.
    Parecía más descansado que el sábado anterior. Asintió con frialdad y dijo:
    – ¿Cuál es el plan de trabajo para hoy?
    De acuerdo, no era el tipo de hombre que le gustara hablar de banalidades.
    Y seguramente, ese día preferiría estar haciendo cualquier otra cosa.
    – Toma -Shelby le entregó una copia del plan de trabajo del día y miró el reloj-. Uy, tengo que darme prisa -con disimulo, codeó a Cat y a Guy para que dejaran a Faith y a Luke a solas.
    Ellos se levantaron con gran aspaviento.
    – Qué sutileza -dijo Luke cuando salieron todos.
    – No se lo digas, creen que lo han conseguido.
    Luke se apoyó en el mostrador. Estaba muy atractivo con los pantalones oscuros y la camisa arremangada.
    – Entonces, ¿qué? ¿Vas a despedirme?
    Ella soltó una carcajada.
    – ¿Por qué iba a hacerlo?
    – Porque la semana pasada discrepamos en todo menos en respirar.
    Ella lo miró a los ojos y se sorprendió al ver su vulnerabilidad.
    – No discrepamos en la pasión que tenemos por curar a la gente.
    – No es mucho… -la miró durante un largo instante.
    – De hecho, no esperaba que vinieras.
    – Te prometí tres meses.
    – El hospital lo prometió.
    – Es lo mismo. No incumplo mi palabra.
    – ¿Aunque sea por algo que va contra tus principios?
    – Estás curando a gente. Yo me dedico a lo mismo. Lo que hago es mi vida se encogió de hombros-. Estaré hasta el final.
    Faith siempre había sentido debilidad por los hombres que consideraban que su trabajo era su vida. Nunca habría imaginado que el doctor Luke fuera de esa manera, y deseaba no haberse enterado. No tenía tiempo para aquello, fuera lo que fuera lo que la hacía estremecer cuando él la miraba.
    – Hmm… tenemos pacientes que atender.
    – Así que empezamos de nuevo.
    – Empezamos de nuevo -convino ella.
    – Entonces, que tengas un buen día.
    – Y tú -lo siguió hasta el pasillo y observó cómo se ponía la bata.
    – Emma Connelly -dijo él, mirando el primer informe.
    – Ah, es mi paciente -Faith agarró los papeles-. Esta mañana empiezas con los pacientes que no tienen que pedir cita. Primero la habitación número seis. Te espera un hombre que sufre de alergias y…
    – Ahí dice que Emma Connelly es enferma terminal. Cáncer de ovarios.
    – Sí -Faith apretó el informe contra su pecho. Conocía a Emma desde hacía cuatro años y la había visto luchar contra el cáncer. No le quedaba mucho tiempo de vida, y Healing Waters trataba de hacer que sus días fueran lo más agradables posible-. La aromaterapia es lo único que le alivia el dolor de cabeza. Ha dejado la medicación, la hacía sentirse tan mal que no la permitía funcionar. Guy le hace masajes para relajarle la musculatura. El dolor es tan intenso que…
    – Hay medicamentos que pueden ayudarla -se calló al ver la expresión del rostro de Faith-. Ya. «Cállate, Luke»
    – Lo ha probado todo. Está al final -dijo ella-. Lo único que quiere es comodidad. Eso es lo que le proporcionamos aquí, es lo único que podemos darle.
    – Bien.
    Faith pensaba que la conversación había terminado, así que se sorprendió al ver que él la seguía hasta la habitación. Le presentó a Emma y ambos comenzaron a hablar enseguida.
    Faith observó cómo Luke camelaba a Emma para que le contara su historia médica. Todo ello, de manera relajada.
    Y Emma sonreía, a pesar de que negaba con la cabeza cuando Luke trataba de convencerla sobre los métodos convencionales para aliviar el dolor.
    Ella quería continuar con el tratamiento que mejor le había funcionado hasta el momento, con lo que la calmaba en lo que eran los últimos días de su vida. Y Faith tuvo que reconocer que Luke se comportó de la manera correcta. No expresó decepción o rabia al ver que Emma no iba a seguir sus consejos, simplemente, se lo tomó con calma y se dirigió a ver a otros pacientes mientras Faith continuaba con Emma.
    Más tarde, ambos se cruzaron en el pasillo.
    – ¿Por qué lo hiciste? -preguntó ella.
    Junto a la pared había una de las fuentes pequeñas que decoraban la clínica. Luke se acercó para verla mejor.
    – ¿El qué?
    – Con Emma. Intentar convencerla de lo bueno de la medicina convencional cuando yo te había dicho que no estaba interesada.
    Él la miró un instante, como para medir sus palabras. Ella se preguntaba si pretendía ser políticamente correcto para que no le endurecieran el castigo.
    – Saber es poder -dijo sin más-. Y quería asegurarme de que comprendía todas las posibilidades.
    Cuando Faith abrió la boca para contarle que Emma ya había probado todos los tratamientos posibles, Luke le cubrió los labios con un dedo.
    Al instante, ella se quedó de piedra, invadida por sensaciones que nada tenían que ver con la ira.
    Calor procedente de su dedo. Un nudo en el estómago. Temblor de piernas.
    – Vamos a tener que estar de acuerdo en discrepar sobre esto -dijo él-. Es más, vamos a tener que estar de acuerdo en discrepar sobre todo -soltó una carcajada-. Lo sabes, ¿verdad, Faith?
    Lo que ella sabía era que él había mencionado su nombre con un tono dulce, y que, al oírlo, el momento le había parecido muy íntimo.
    Después, él se volvió y se dirigió a donde pasaría la mayor parte del día, trabajando con los pacientes que no necesitaban cita.
    Ella lo observó marchar, sorprendida por la mezcla de sensaciones que le había provocado.
    Se había preguntado como iba a arreglárselas él para sobrellevar los días de trabajo que le quedaban en la clínica, pero al verlo alejarse, se preguntó… «¿Cómo voy a arreglármelas yo?».

    Varias horas más tarde, una conocida sensación de mareo le recordó a Faith que no era invencible. Que estaba un poco cansada y que tenía muchas posibilidades de ponerse enferma. Pero no podía permitir que el virus la afectara en esos momentos. Paró en la sala de personal y sacó el sándwich de pavo que se había preparado para la comida. A pesar de que su estómago le pedía un dulce después del sándwich, lo ignoró. Era una profesional del área de la salud y comería como uno de ellos. Aunque eso acabara con ella.
    Se dirigía hacia la sala donde atendería al siguiente paciente cuando oyó una risita de niño. Algo irresistible.
    Al ver que provenía de la sala tres, se asomó por la puerta entreabierta. Sobre la camilla, y jugando con una máscara de oxígeno, estaba Billy Herndon, un niño de unos cinco años que había acudido al centro más veces. Junto a él, y también tumbado boca arriba, estaba el doctor Luke Walker. También tenía una máscara de oxígeno en la mano.
    Faith oyó que Billy respiraba con dificultad. Le había dado otro ataque de asma.
    – Bueno, ¿crees que ya estás preparado para sentarte con Cat? -le preguntó Luke.
    – Si tú vienes.
    – Sólo es un tratamiento de hierbas -dijo Luke con normalidad, pero Faith pudo ver lo que sentía en su mirada. El concepto de tratamiento de hierbas le resultaba extraño.
    – ¿Qué tal si lo haces tú primero? Después puedes hacérmelo tú a mí.
    – Ese es el trabajo de Cat -dijo Luke-. No quiero herir sus sentimientos.
    – Pero yo quiero que sea tu trabajo -dijo Billy, se quitó la mascarilla de oxígeno y comenzó a respirar otra vez con dificultad.
    Con cuidado, Luke se la colocó de nuevo.
    – ¿Qué tal si te acompaño y me quedo contigo? ¿De acuerdo?
    – ¿Tú lo harás primero? Sólo tienes que respirar flores y otras cosas. Y Cat te sujeta la mano y canta mientras lo haces. Son canciones divertidas, de vacas y abejas.
    Luke arqueó una ceja.
    – Así que ya sabes que no duele.
    Él niño sonrió con cara de culpabilidad.
    – Más o menos.
    – Más o menos -Luke le acarició el cabello-. ¿Intentas engañarme, Billy?
    – Más o menos.
    Luke sonrió.
    – Casi lo consigues.
    – Pero sigo queriendo que lo hagas primero. ¿Lo harás, doctor Walker? -pestañeó-. Por favor.
    – Sí, doctor Walker -dijo Faith desde la puerta-. ¿Por favor?
    – Pero si es la enfermera McDowell. Me pregunto si conoce las técnicas modernas que hay para tratar el asma y cómo podrías beneficiarte de las numerosos medicamentos que hay en el mercado.
    – Sí, pero soy alérgico -dijo el niño.
    – Lo eres -dijo Faith-. Muy alérgico. Y por eso utilizamos otras técnicas.
    Luke suspiró y se sentó. Tenía el pelo revuelto y ojos de sueño por haber estado tumbado tanto rato. Al verlo, Faith sintió que algo se removía en su interior.
    ¿Cómo era posible que deseara a ese hombre?
    «Aunque sea cabezota y engreído, es sorprendente con los pacientes», pensó Faith. Luke agarró la mano de Billy.
    – Supongo que sí puedo hacerlo primero.
    – ¡Yupi! -gritó Billy, y juntos pasaron por delante de Faith, despidiéndose de ella con la mano.
    Luke la miró arqueando las cejas, como diciéndole que aquello no había terminado, y Billy, sonreía por primera vez en mucho tiempo.
    Faith se sentó un instante. No estaba segura de si le temblaban las piernas porque no se encontraba bien o porque había visto a Luke. Ese mismo día, él había conseguido que una paciente con cáncer terminal y un niño con asma sonrieran.
    Y que a ella le diera un vuelco el corazón.
    No estaba mal para ser su segunda semana en la clínica.

    Todos los pacientes se habían marchado. Faith estaba sentada en el centro de la cama, tomándose un té y revisando algunas facturas. Estar sola era su situación habitual por las noches y, aunque a veces se sentía un poco sola y se preguntaba si no estaría dejando pasar la vida frente a ella, la mayor parte del tiempo se encontraba a gusto. Después de todo, estaba muy acostumbrada a estar sola.
    Sus padres misioneros, a pesar de que eran encantadores, destinaban casi toda su energía a la gente a la que ayudaban. Su hermana, Michelle, había elegido el mismo camino, y trabajaba como matrona itinerante en Europa.
    Faith solía quejarse de cómo se entregaban a todos menos a su familia y, sin embargo, allí estaba, haciendo algo muy similar.
    Pero si algún día tuviera que sacrificar su independencia por una familia o una relación personal, podría hacerlo. Había elegido esa vida porque era lo que deseaba.
    Aunque lo que más deseaba en esos momentos era estar tumbada. Lo único que tenia que hacer era ordenar las facturas y, después, podría acostarse. Había sido un día duro y estaba contenta con todo lo que habían conseguido. Necesitaba dormir para combatir la infección vírica que empezaba a apoderarse de ella. Pero, esa vez, no se lo permitiría.
    Tenía muchas cosas que hacer.
    Abajo, todo estaba en silencio. Los empleados se habían marchado hacía mucho rato. Ella no había visto marcharse a Luke, pero suponía que no se habría entretenido.
    Acababa de organizar las facturas cuando oyó un ruido en el piso de abajo. Aunque no era asustadiza, tampoco era estúpida. Y a pesar de que Luke se mofara de ello, en la clínica había medicinas. Agarró el teléfono portátil y colocó el dedo en la tecla de emergencias. Después, agarró el bate de béisbol con la otra mano y bajó por las escaleras.
    La luz de la sala del personal estaba encendida, así que alguien no se había marchado todavía. Esperó allí de pie y, al instante, Luke salió del baño.
    – Todavía estás aquí -dijo ella.
    – Ya me iba -se acercó a ella y la sujetó por la barbilla-. Tienes ojeras.
    – ¿Sí?
    – Parece que estás destrozada.
    – Bueno, ¿y por qué no dices todo lo que se te pasa por la cabeza? -dijo ella con una risita, y trató de volverse para que no viera que le había dado vergüenza.
    Él no se lo permitió.
    – De acuerdo. Pareces cansada. No te estás cuidando bien.
    – Sí. Como bien y me cuido religiosamente.
    – ¿Sí?-le acarició la piel con el pulgar.
    Faith se quedó de piedra. Él la acarició de nuevo y se acercó más a ella.
    – Esto es una mala idea -dijo ella con voz temblorosa.
    – Sin duda -dijo él, pero le acarició el cabello.
    Ella se apoyó en él.
    – Deberíamos irnos cada uno en una dirección.
    – Otra vez, sin duda -sus bocas estaban muy cerca y Luke no dejaba de mirarla.
    Fue ella la que se puso de puntillas para besarlo. Sus labios se encontraron durante un instante, hasta que ambos se retiraron y se miraron.
    Al oír que alguien llamaba a la puerta trasera, Faith se sobresaltó.
    – ¿Esperas a alguien? -preguntó él.
    A quien no esperaba era a él. Cuando negó con la cabeza, él se acercó a la puerta y miró por la mirilla. Se apresuró a abrir y agarró a una mujer que tenía la mano protegida contra su pecho.
    Faith reconoció a la mujer que trabajaba en la casa de Luke porque la había visto la semana anterior.
    – ¿Qué ha pasado? -preguntó él.
    Carmen comenzó a hablar en español.
    – En inglés, en inglés -dijo Luke.
    Le agarró la mano y vio que estaba sangrando.
    – ¿En inglés? ¿Cómo quieres que hable en inglés? La maldita ventana de tu salón estaba abierta y parecía que iba a llover, así que tuve que subirme a… -tomó aire-. No me aprietes, ¡idiota!
    Luke la rodeó con un brazo y la llevó dentro.
    – Deja que te mire la mano.
    – Deberías haber impedido que esa ventana se abriera -dijo Carmen-. ¿Vaya sorpresa, eh? ¿Un célebre doctor que no es capaz ni de clavar un clavo? El viento comenzó a meter porquería…
    – Carmen…
    – Y, maldito seas, me he pasado la tarde limpiando…
    – Cállate. Carmen, esta es Faith McDowell. Faith, Carmen.
    – Me alegro de volver a verla. Ya no voy a tocar las ventanas nunca más, desagradecido -dijo Carmen, y tras su enfado, Faith oyó verdadero dolor.
    – Si soy tan desagradecido, ¿por qué viniste a buscarme en lugar de ir a urgencias?
    – Porque son unos sinvergüenzas.
    Sin dejar de sujetar a Carmen, Luke miró a Faith.
    – Necesita puntos.
    – ¿Puntos? Ah, eso explica por qué estoy viendo las estrellas… -Carmen se cubrió la boca con la mano y puso los ojos en blanco.
    – Perfecto -dijo Luke al ver que se había desmayado, y la tomó en brazos-. Pasa antes de que me caiga por el peso de esta mujer.
    Humor. Faith no imaginaba que tuviera sentido del humor. Se adelantó para encender las luces de la sala de curas.
    Durante la siguiente hora, mientras Luke cosía la mano de Carmen, le mostró a Faith que tenía mucho sentido del humor cuando hablaba de la fobia que sentía Carmen hacia las curas médicas, pero siempre con mucho cariño y ternura.
    – Sube la mano -le dijo ella a Carmen al mismo tiempo que Luke.
    Él la miró.
    – También voy a mandarle analgésicos. ¿Quieres que lo digamos a la vez?
    – No estoy en contra de los analgésicos -dijo ella, y él se rió.
    – ¡Uf! Que se detenga el mundo. Otra vez estamos de acuerdo -con las manos en las caderas, se volvió hacia Carmen y suspiró-. Supongo que necesitas que te llevemos a casa.
    – Sí, vine en taxi.
    Cuando Luke la llevó hasta la puerta, se detuvo para mirar a Faith.
    – Gracias por permitir que la curara aquí fuera del horario. Pásame la factura. Voy a llevarla a mi coche -estaba cargando todo el pese-. Si no, me partiré la espalda.
    Carmen utilizó la mano buena para darle un golpe suave en la cabeza.
    – ¿Lo ves? -dijo él con una sonrisa-. Ya te sientes mejor.
    Faith les sujetó la puerta.
    – Bueno, hasta el próximo sábado.
    Él la miró por encima de la cabeza de Carmen. De pronto, ya no había humor en su mirada y Faith se abrazó a sí misma. Él iba a decirle que no pensaba volver.
    Lo que tampoco estaba tan mal. Al fin y al cabo, no se llevaban bien. Pero tampoco tan mal.
    – Hasta la próxima semana -dijo él, y se marchó dejándola en la oscuridad de la noche preguntándose si se sentía aliviada… o aterrorizada.

    El lunes por la mañana, Leo llamó a Luke para que fuera a verlo al despacho del hospital.
    – Buenas noticias -dijo su amigo-. Faith McDowell te ha recomendado de maravilla. Has debido causarle una gran impresión estas dos semanas, con todas esas terapias aromáticas y toques energéticos.
    – Sí, ríete. No eres tú el que tiene que sacrificar los sábados durante dos meses y medio más.
    – Tú tampoco.
    – ¿Qué?
    Leo arqueó una ceja.
    – Te ha perdonado. Dijo que estaba impresionada con tu capacidad para aprender métodos alternativos de cura.
    Luke soltó una carcajada.
    – No tienes que terminar tu trabajo en la clínica -Faith le había perdonado sus deberes. Aquello era lo último que Luke había esperado. Esperaba llenarse de júbilo, de satisfacción-. Pensé que darías saltos de alegría al oír la noticia.
    – Sí -Luke se acercó a la ventana. Daría saltos de alegría si el alma no se le hubiera caído a los pies-. Leo…
    En ese mismo instante, sonó el buscapersonas de Leo.
    – Lo siento, tengo que irme.
    Sí. Y Luke también. La sala de urgencias estaba llena y había poco personal. Durante el resto del día, extirpó dos bazos, operó una cadera rota, cosió a un motorista… y no dejó de pensar en Healing Waters. Faith.
    ¿Por qué lo había echado? Había dicho que lo necesitaba. Que necesitaba su apoyo. Necesitaba sus servicios gratuitos. Lo necesitaba a él.
    Luke no podía asumirlo, y por eso pasó por la clínica después del trabajo en lugar de irse a casa. No tenía nada, pero nada que ver con ver a Faith otra vez.
    No contestó nadie cuando llamó a la puerta, pero era normal, porque la clínica cerraba los lunes. Rodeó el edificio y subió por las escaleras. En el porche había un columpio de madera que parecía muy cómodo. La puerta trasera de la casa tenía una gran ventana que permitía mirar la cocina iluminada desde fuera.
    Y lo que vio hizo que se le detuviera el corazón.
    Faith estaba tirada en el suelo.

Capítulo 5

    Luke trató de abrir la puerta de Faith y la encontró cerrada. Dio un paso atrás y le dio una patada. La puerta cedió con facilidad.
    Ella ni se movió. Estaba apoyada contra un mueble, tenía la cabeza agachada y los brazos alrededor de las rodillas flexionadas.
    Luke se arrodilló junto a ella.
    – Faith.
    Despacio, como si le doliera moverse, levantó la cabeza. Estaba muy pálida, y cuando Luke le sujetó la barbilla con manos temblorosas, se dio cuenta de que estaba empapada en sudor.
    – No me toques -dijo ella-. Estoy enferma.
    Él le acarició un mechón.
    – ¿Gripe? -colocó la mano en su frente.
    – Siempre me pasa cuando me abandono. Es un virus que tengo hace tiempo y llevo dos semanas notando que me iba a suceder. Estoy temblando y mareada. Maldita sea.
    Él habría sonreído ante su tono petulante si no hubiera tenido el corazón en un puño.
    – No tienes fiebre.
    – ¿Y?
    – ¿Cuándo has comido por última vez?
    Faith frunció el ceño y trató de levantarse, pero él la agarró por la cintura para que no se moviera.
    Ella lo miró.
    – Quédate ahí -se puso en pie y sacó un cartón de zumo de naranja de la nevera-. Bebe.
    – ¿Del cartón? -preguntó ella.
    – Unos sorbitos.
    – Preferiría un poco de té. Por casualidad ¿no sabrás hacer té de Echinacea?
    – ¿Eh?
    – Echinacea. Se utiliza para reforzar el sistema inmunológico, y como antibiótico -Luke la miró-. Oh, no te preocupes -apoyó la cabeza en el mueble y bebió un poco de zumo.
    Él observó que una gota de zumo le caía por la mejilla, llegaba hasta la barbilla y caía sobre su pecho. Por algún inapropiado motivo, se le hizo la boca agua. Tragó saliva y le preguntó.
    – ¿Todavía estás mareada?
    – Sí.
    – Mantén los ojos abiertos. Te ayudará -ella lo fulminó con la mirada y él se encogió de hombros-. Eh, soy médico… -la observó beber otro trago de zumo y vio cómo recuperaba el color de las mejillas. Satisfecho, suspiró-. Muy bien.
    – Lo siento. Ahora puedes dejarme un poco de espacio -era evidente que ella no quería tenerlo tan cerca, así que dio un paso atrás. Mejor. Mucho mejor. Era una lástima que Luke no pudiera olvidar el tacto de su cuerpo, y dudaba que consiguiera olvidarlo pronto-. ¿Has roto la puerta?
    – Ha sido muy fácil. ¡Cielos! Faith, cualquiera podría haber entrado.
    – Bueno, he tenido suerte de que nadie haya querido entrar, excepto tú -se puso en pie tambaleándose y se retiró el cabello de la cara-. Estoy un poco mejor -lo miró-. ¿A qué has venido?
    – Yo… -pestañeó. ¿Para qué había ido? Contempló sus ojos verdes y trató de recordar-. Dijiste en el hospital que ya no me necesitabas.
    Ella soltó una carcajada.
    – ¿Y eso te ha molestado? Pensé que estarías celebrándolo.
    – ¿Por qué, Faith?
    – ¿Por qué? ¡Cielos, Luke! -se frotó la cara con las manos. Parecía tan cansada, que él tuvo que esforzarse para no acercarse más y sujetarla-. Mira, no estoy para esto -se acercó a la puerta abierta y esperó a que él obedeciera la indirecta.
    – Vaya, supongo que hemos terminado de hablar.
    – Así es.
    – ¿Siempre te pones de mal humor cuando no comes?
    – Te lo he dicho, tengo un vi…
    – Virus -dijo él al mismo tiempo que ella. Se acercó a la puerta y la cerró. Se acercó a Faith y, al tocarla, sintió que se le aceleraba el pulso. A ella también-. ¿Es cierto que no te encuentras bien o ha sido el shock de la atracción que sientes cuando te toco?
    Ella tensó los labios y permaneció en silencio.
    – Sí -dijo él-. Lo suponía.
    – Eres el hombre más engreído que he conocido en mi vida.
    – ¿Engreído? -soltó una carcajada-. Faith, te he tocado sin ninguna connotación sexual y me he estremecido de pies a cabeza. ¿Es engreído admitir que eso me aterra?
    Ella se mordió el labio inferior.
    – De acuerdo, quizá yo también lo he sentido. Un poquito.
    – Un poquito -repitió él, y le acarició la barbilla-. ¿Qué vamos a hacer al respecto?
    – Nada. Nada de nada. Estoy demasiado ocupada, y tú… tú has regresado a tu vida de antes, doctor Universo. Gracias por la ayuda prestada los dos fines de semana anteriores, pero ya no necesitamos tus servicios.
    – Bien. De acuerdo -se puso tenso-. ¿De veras te sientes mejor?
    – Claro.
    – ¿Cuándo has comido por última vez?
    – Almorcé una buena ensalada de pasta y un aperitivo de zanahoria…
    – ¿Y no has cenado nada?
    – A la hora de la cena estaba enferma. No me apetecía comer nada.
    – ¿Sabes qué? Necesitas a alguien que te cuide.
    – Llevo mucho tiempo sola. Desde siempre. Soy mi única cuidadora.
    – Pues haz mejor trabajo, maldita sea. ¿Dónde está tu familia?
    – En África. Son misioneros. Y antes de que me lo preguntes, tengo una hermana, pero está en Europa. Trabaja como matrona ambulante.
    Así que ella estaba tan sola como él.
    – Están tan dedicados a su profesión como tú.
    – Más. Ellos entregan todo lo que tienen al trabajo, por encima de todo lo demás. Al menos, yo me las arreglo para tener vida propia.
    – ¿En serio? ¿Cuándo?
    Ella miró a otro lado.
    – A veces.
    A Luke no le gustó la tristeza que vio en su mirada, ni saber que sus padres le habían dado prioridad al trabajo y no a los hijos, igual que habían hecho los suyos.
    – Así que estás completamente sola -como él estaba. Maldita sea. ¿Por qué había iniciado esa conversación?
    – Tengo la clínica.
    – Dime por qué me has liberado de mis deberes.
    – Eres un hombre inteligente -susurró ella, y dio un paso atrás para alejarse de su roce-. Imagínatelo.
    – Pero…
    – Buenas noches, Luke -le dio un empujoncito y lo echó de la casa.
    La puerta se cerró tras él, pero cuando se volvió, vio que había un espacio entre la madera y la jamba.
    – Pon una silla detrás del pomo -dijo él-. Y te mandaré a alguien para que lo arregle mañana.
    – Buenas noches, Luke.
    – Una silla -repitió él, y se quedó allí de pie hasta oír que lo había obedecido. Después, se marchó a casa.
    «Eres un hombre inteligente. Imagínatelo».
    Pero no lo hizo. No hasta muchas horas después, durante las que estuvo dando vueltas en la cama, observando la sombra de la luna en el techo.
    Finalmente, cuando comenzó a salir el sol, lo comprendió todo. Ella lo había echado por el mismo motivo por el que él tenía miedo de regresar.
    Era evidente que entre ellos había algo que ninguno podía ignorar.
    Él la necesitaba.
    Él, Luke Walker, que siempre hacía todo lo posible para no necesitar a nadie, la necesitaba.

    Tras unas noches sin dormir, Luke se sentó frente al televisor sin saber lo que le sucedía. Le dolía la cabeza y no dejaba de pensar en todo lo que había pasado en el hospital durante la semana, y en la boda de su hermano, que iba a celebrarse en el verano.
    Él sería el padrino de Matt, lo que estaba bien, a pesar de que todavía dudaba de que su hermano quisiera acostarse con la misma mujer durante el resto de su vida.
    Necesitaba ibuprofeno, pero no tenía. Un doctor que no podía curar su propio dolor de cabeza. Qué tristeza.
    Al día siguiente era sábado. Un día que debía haber dedicado a una pelirroja, bella y con carácter que se llamaba Faith McDowell.
    Pero ella lo había liberado.
    Algo que debería haber provocado que diera saltos de alegría. Y de haber sido así, no le dolería la cabeza como si le fuera a estallar.
    Al oír que llamaban a su puerta, apagó el televisor. Quizá si permanecía en silencio, fuera quien fuera, se marcharía.
    Cuando llamaron de nuevo y con insistencia, se levantó. La última persona que esperaba estaba allí, vestida con un traje de flores y unas sandalias.
    Faith McDowell llevaba las uñas de los pies pintadas de rosa y un pequeño anillo en uno de los dedos.
    – Hola -dijo ella, esbozando una sonrisa-. ¿Interrumpo algo?
    – Nada más que un tremendo dolor de cabeza.
    – ¿De veras? -lo miró con lástima-. Yo puedo aliviártelo.
    – ¿Tienes ibuprofeno? Se me ha terminado y no tengo fuerza para ir a la tienda.
    – No necesito pastillas.
    – Hmm -la miró-. ¿Tienes polvos mágicos?
    – Puede -le agarró la mano-. Deja que te quite el dolor de cabeza, Luke.
    Al sentir el roce de sus dedos pensó que era como recibir una fuerte descarga eléctrica. Se preguntaba si ella también lo habría notado. Mientras la seguía, la observó mover las caderas e inhaló el aroma que despedía su cabello.
    Al sentir que aminoraba el paso, Faith se volvió para mirarlo.
    – ¿Algún problema?
    «Sí», pensó él, pero contestó:
    – No, ninguno.
    – Entonces, ¿por qué vas tan despacio? ¿Tienes miedo?
    – Sí, tengo miedo -dijo él en tono de broma-. Soy un gallina.
    – Sólo tardaré un minuto en hacerte sentir mejor, te lo prometo -lo hizo sentar en el sofá y se colocó frente a él con las manos en las caderas.
    Él la miró de arriba abajo.
    – ¿Vas a hacerme daño?
    – No si confías en mí.
    Al ver que se arrodillaba frente a él, con la cabeza a la altura de la parte más alterada de su cuerpo, trató de mantener la compostura.
    Para complicar las cosas, ella le colocó la mano sobre el muslo.
    Desde su postura inocente, pero insoportablemente erótica, con el cabello rozando la rodilla de Luke, ella sonrió.
    – Pon la mano sobre tu muslo -dijo ella-. Con la palma hacia arriba.
    – Uh…
    – Inténtalo -dijo ella, con una voz que le hizo pensar en sexo salvaje sobre sábanas de seda.
    «Inténtalo», repitió él para sus adentros, y obedeció.
    – Cierra los ojos.
    – Faith…
    – Cierra los ojos, doctor.
    Al menos, ya no lo llamaba «doctor Universo».
    Despacio, Luke cerró los ojos.
    – Bien -susurró ella-. Relájate.
    Su voz era hipnótica y él se relajó aún más. De pronto, sintió un fuerte pinchazo entre los dedos pulgar e índice de la mano y abrió los ojos.
    – ¡Ay!
    Faith lo miró y se rió.
    – Por favor. Apenas te he apretado -mantuvo la presión de sus dedos-. Respira. No dejes de respirar… ¿Qué sientes?
    Sentía las manos de ella en su cuerpo, su cálida respiración sobre el brazo, sus pechos contra la pierna y, de pronto, no recordaba lo que le había preguntado, aunque era evidente que Faith esperaba una respuesta.
    – Um… ¿qué?
    – ¿Se te ha quitado el dolor?
    Al ver que el dolor de cabeza se le había aliviado, pestañeó confuso.
    Faith se rió. Sólo echó la cabeza hacia atrás y se rió, con una risa tan sexy, que él sintió ganas de tirarse al suelo junto a ella.
    – Ay, Luke si hubieras visto la cara que has puesto. Vaya susto. ¿Cuál es el problema? ¿Nunca has aliviado un dolor sin una pastilla?
    – Lo único que has hecho es presionar un punto concreto.
    – Bueno, te pondremos un sobresaliente. Y bienvenido a la digitopuntura, una manera eficaz y alternativa para curar -se movió para ponerse en pie pero, por un instante, permaneció de rodillas con la mano en la rodilla de Luke.
    Él no pudo contener un gemido de deseo.
    Ella lo miró y se humedeció los labios. Cuando se disponía a levantarse, él la agarró por la muñeca para impedir que lo hiciera.
    Faith apoyó la otra mano contra el pecho de Luke para equilibrarse y, durante un momento, permanecieron mirándose. Despacio, él la agarró de las manos y entrelazaron los dedos. La atrajo hacia sí, sentándola de espaldas sobre su regazo.
    Ella se relajó y suspiró. ¿Con placer? Ojalá Luke pudiera saberlo. Faith emitió un pequeño gemido, haciendo evidente su excitación.
    De pronto, se puso en pie y se dirigió hacia la puerta.
    – ¿Faith? ¿Dónde vas?
    – A casa.
    – Pero… -se levantó tras ella y la alcanzó en la puerta-. No me has dicho para qué has venido.
    Ella se mordió el labio inferior.
    – Quería darte las gracias por lo de la otra noche. Fuiste muy amable y yo…
    – ¿Fuiste una gruñona?
    – Sí -dijo con una sonrisa.
    – ¿Te sientes mejor?
    – Sí.
    Permanecieron mirándose durante largo rato. Luke negó con la cabeza.
    – ¿Qué? -preguntó Faith con un susurro.
    Él se rió.
    – La mayor parte del tiempo me vuelves loco, ¿sabes? Quiero decir, pensamos diferente, trabajamos de forma diferente, hacemos todo diferente…
    – Y… ¿el resto del tiempo?
    Luke le acarició el mentón.
    – El resto del tiempo también me vuelves loco, pero sin hacerme enfadar.
    – Sí, bueno, es con esa parte con la que tenemos que tener cuidado -dio un paso atrás para que no pudiera tocarla-. Y esa es la parte que tenemos que superar.
    – Así es.
    – Sé por qué tengo que superarlo, pero me preguntaba por qué tienes que superarlo tú. ¿Tiene algo que ver con que no sea médico?
    – ¡No! Por supuesto que no.
    – ¿Es porque critico la medicina convencional?
    – No -la miró a los ojos y se preguntó por qué aquello le resultaba tan difícil. Ser sincero nunca le había resultado tan duro. Pero decirle la verdad, que tenía la vida que deseaba tener, y que si introducía una mujer en su vida sólo sería para tener una aventura, le parecía superficial-. Es complicado.
    – Sí -se puso seria y se volvió hacia la puerta.
    – Faith…
    – Será mejor que me vaya.
    Luke la observó y se dijo que tenía mucha razón. Tenían que superar lo que les estaba pasando, porque no tenía lugar en su vida. Faith no tenía cabida en su vida.
    Si pudiera recordar por qué.

    La mañana del sábado amaneció soleada. Faith se sentía descansada y lista para trabajar. Pensó que, si había dormido tan bien, era porque ese fin de semana no tendría que trabajar con el doctor Universo. Él había salido de su vida y ella ya no tenía preocupaciones.
    Pero, entonces, llamó Guy diciendo que estaba enfermo. Y la recepcionista. Y Cat también.
    Los tres estaban con gripe, posiblemente, lo mismo que había tenido ella a principios de la semana. Faith habló con cada uno de ellos por teléfono, y les aseguró que se las arreglaría bien. Les recordó que bebieran té de echinacea y descansaran mucho.
    Después, colgó el teléfono y miró a Shelby.
    – Tenemos un problema.
    – Quizá debería empezar a cancelar las citas de los clientes.
    Lo que les faltaba, justo en el momento en que comenzaban a ganar clientela…
    Se abrió la puerta trasera y, como si lo hubieran enviado del cielo, entró Luke.
    – Buenos días -dijo él. Al ver que seguían mirándolo, levantó la taza de café humeante que llevaba en la mano y dijo- Sé que no es té de hierbas, y que lo he comprado en la tienda, pero el chico tiene sus vicios.
    – ¿Has venido a trabajar? -preguntó Shelby-. Porque, si así es, te besaré ahora mismo.
    – He venido a trabajar, sí, si no te importa. No hace falta que me beses.
    – ¿Si nos importa? -rió ella-. ¿Nos importa, Faith?
    Ella permaneció en silencio.
    – De acuerdo, no va a admitirlo porque es una cabezota -confesó Shelby-. Pero te diré una cosa, andamos cortos de personal y tenemos muchos pacientes.
    – ¿De veras? -dijo Luke sin apartar la vista de Faith.
    – Sí, y otra cosa que no te dirá es que, si no llegas a aparecer, habríamos tenido que cancelar algunas citas.
    – ¡Vaya!
    – Vaya -convino Shelby, y miró a Faith-. Mira qué hora es. Será mejor que nos pongamos en marcha.
    Faith observó marchar a Shelby y miró a Luke.
    – De acuerdo, ¿a qué has venido?
    – Lo último que sé es que soy un médico dispuesto a trabajar.
    – Sí, pero ya no tienes que trabajar aquí, ¿lo recuerdas?
    – Lo recuerdo -dijo él-. Pero también recuerdo que tengo que pagar mis deudas.
    – No tienes ninguna deuda conmigo.
    – Sí, la tengo -suspiró-. Mira, aunque los periódicos exageraran lo que dije, hablé sin saber cuando me referí a este sitio. Y si crees que eso es fácil de admitir, te equivocas. Todavía creo en la medicina convencional, en que lo que yo hago, y lo que se hace en el hospital, no puede reemplazarse por métodos de medicina alternativos. Pero puedo admitir que…
    – ¿Sí?
    – Que lo que haces aquí tiene su función. Que es importante para los pacientes que tú tratas. Y que te causé grandes perjuicios al restarle importancia. La gente nos escucha, me escuchan. Así que en vista de eso, quiero seguir trabajando aquí durante los dos meses que faltan. O lo que sea.
    – Dos meses y una semana.
    – Dos meses y una semana -repitió él-. Durante ese tiempo, la gente podrá ver que creo en lo que haces.
    – ¿Aunque no creas en ello?
    – ¿Por qué no te alegras de verme?
    – A lo mejor sí me alegro -susurró ella, y tuvo la satisfacción de dejarlo sin habla.

    Trabajar con Luke, no era como antes. Antes no hablaban entre ellos. Ni se tocaban. Ni se besaban.
    Pero sin embargo, ese día, cada vez que se cruzaban en el pasillo, o se rozaban de manera accidental, todo era diferente.
    Cada vez había más tensión entre ellos y, a medida que pasaba el día, empeoró. Al ir a atender a una mujer con artritis severa, sus hombros se rozaron en la puerta. Faith se quedó sin respiración, tanto así, que no recordaba cómo debía tratar a la paciente.
    Después, al salir de la consulta de una mujer embarazada, sus manos se rozaron…
    Faith sintió que se le tensaban las piernas. Y los pezones.
    ¿Él se habría percatado?
    Era difícil decirlo, pero ella habría jurado que Luke respiraba de otra manera cada vez que la pillaba mirándolo.
    Probablemente, sólo fuera que se arrepentía por haber regresado. Tenía que ser eso. Faith decidió que se mantendría lo más alejada posible de él.
    Entró en el almacén para tratar de organizarlo un poco.
    Pero se encontró con que Luke también estaba allí. Él le retiró las toallas limpias que llevaba en la mano y, después, con la boca tensa, la sujetó por los hombros y la acorraló contra la pared.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – Lo que debería haber hecho hace mucho -dijo él, y la besó en la boca.

Capítulo 6

    Durante todo el día, un intenso calor se había forjado entre ellos. Tanto que, al sentir la boca de Luke sobre la suya después de haber soñado con ello, Faith se desató y no le importó que estuvieran en una habitación con la puerta abierta mientras se acariciaban de manera apasionada. De pronto, Luke se retiró y la miró:
    – ¿Qué diablos está pasando?
    – No tengo ni idea…
    Se acercó de nuevo a Faith. Ella se lo permitió. Lo deseaba.
    – Más.
    – Sí -Luke la agarró por la cadera, la empujó contra una estantería y acercó su cuerpo al de ella-. Más.
    De nuevo, cuando necesitaron aire, se separaron para respirar y volvieron a juntarse. Una pila de batas de papel cayó sobre ellos, después otros repuestos, pero nada les importaba. Aquello era delicioso y Faith necesitaba más, mucho más. Movió a Luke de forma que él quedara contra la estantería y así poder presionar su cuerpo contra el de él. Le acarició el pecho, el cuello… el cabello.
    Cayeron más materiales. A ella no le importaba. Habría trepado por su cuerpo si hubiera podido y, a juzgar por el ruido que hacía Luke, él habría hecho lo mismo.
    Faith levantó una pierna y trató de rodear a Luke por la cintura. Él la agarró y la volteó para que quedara apoyada en la pared.
    – Sí -le sujetó el muslo y la sostuvo contra su miembro erecto.
    Faith echó la cabeza hacia atrás y golpeó la pared.
    Él le devoró el cuello, con mordiscos calientes y húmedos que la hicieron gemir de placer. Ninguno habló. Las palabras no eran necesarias.
    Obedeciendo al más puro deseo, ella se dejó llevar y disfrutó del beso salvaje que compartían. Le entregó todo lo que tenía y metió las manos bajo su camisa para acariciarle la piel suave de su espalda musculosa.
    Luke abrió la bata de laboratorio que ella llevaba y, tras meter la mano bajo la blusa, le acarició el vientre y la curva inferior de los senos.
    Faith sintió que se le endurecían los pezones y que le ardía la entrepierna. Se arqueó contra su cuerpo, y al sentir las caricias de su lengua en el interior de la boca, gimió de placer.
    Despacio, él continuó besándola, esparciendo el calor entre su vientre, los pechos y la entrepierna.
    Pero, entonces, se retiró una pizca y la miró como si no la hubiera visto nunca. Ella se sentía de la misma manera.
    – No… no sé de dónde ha salido todo esto.
    – Ya -él respiraba de forma agitada, igual que ella.
    La agarró por la cintura y la sujetó contra su cuerpo. Faith todavía tenía los dedos entrelazados en su cabello oscuro.
    – Te diré que llevo pensando en esto desde hace tiempo -dijo él en tono serio y áspero. Y de forma tan sexy que ella podría cerrar los ojos y escuchar sus palabras durante el resto del día.
    Sin embargo, lo miró a los ojos y vio más preguntas que respuestas.
    – Pensaba que consideraríamos que era una mala idea.
    – Lo es. Una idea malísima.
    Era una pena que él no pensara con el corazón. Ni con el cerebro.
    No comprendía por qué con sólo mirarla se volvía loco.
    Quizá había pasado mucho tiempo sin mantener relaciones sexuales, pero eso sólo era una excusa. Era ella, Faith, y le gustara o no, tendría que enfrentarse a ello.
    – Luke… -ella se humedeció los labios y él pronunció un quejido. Sólo mirar su boca hacía que le temblaran las piernas.
    – Lo sé -pero no sabía nada. Ni siquiera tenía una pista.
    – ¿Vamos a volver a hacerlo?
    – No -pero capturó de nuevo su boca, porque no volver a saborearla, cuando todavía estaba loco por la primera vez, no era una opción.
    Ella lo recibió con un gemido y le acarició el pecho. Al sentir cómo le clavaba los dedos en la piel, él la apretó contra su cuerpo con fuerza. Era tan irresistible, tan fascinante, que no podía soltarla.
    Le sorprendía lo mucho que necesitaba aquello, pero le resultaba delicioso. Además, él sólo había ido a cumplir su horario. No comprendía el sentido de la clínica ni la esperanza que tenían los pacientes que él consideraba que estarían mejor tratados con medicina convencional y, sin embargo, allí estaba con la boca y las manos completamente ocupadas…
    – La puerta -dijo ella contra su boca-. Luke, la puerta…
    Increíblemente, seguía abierta. Y más increíble aún, nadie los había pillado. Sin separarse de ella, Luke cerró la puerta con una patada y continuó besándola.
    Ella sacó las manos de debajo de su camisa y comenzó a desabrocharle los botones.
    Él le quitó la bata y después la blusa. Ella le mordió el hombro desnudo. Él cubrió sus senos con las manos. Y el mundo tembló.
    – Deseo -dijo ella en un susurro.
    Él estaba besándole el cuello, acariciándole los pechos y, con un muslo, presionando su entrepierna.
    – ¿Eh?
    – Es… puro deseo -repitió Faith.
    – ¿Estás segura? -preguntó, porque, de pronto, él no lo estaba.
    – Completamente -pero no lo aparentaba-. Ya hemos decidido que somos muy diferentes, ¿verdad? Que estamos demasiado ocupados con nuestras vidas.
    Luke pestañeó despacio. «Es cierto Demasiado ocupados».
    – Quiero decir, es evidente que nos sentimos atraídos el uno por el otro. Pura química. Parece que no puedo quitarte las manos de encima, y viceversa…
    Luke le acarició los pezones erectos y la hizo gemir. Después la sujetó por las caderas y, cuando ella apretó el cuerpo contra el suyo una vez más, le acarició el trasero.
    – Creo que podemos controlar esto -dijo ella con la mirada turbia de deseo y la voz temblorosa-. El deseo es sólo una función corporal, ¿verdad? Como beber o ir al baño. Así que… podremos con ello. Y después, continuar cada uno con nuestra vida.
    – Podremos con ello. ¿Estás diciendo que deberíamos…?
    – Bueno, aquí no.
    Él miró a su alrededor. Cierto. Estaban en un almacén. En la clínica. Con los pacientes al final del pasillo.
    – Pero después del trabajo…
    Luke observó la cara colorada de Faith. Tenía el pelo alborotado, la blusa abierta y sus pezones presionaban contra la tela del sujetador.
    – ¿Intentas decirme que deberíamos mantener relaciones sexuales?
    – Sólo los sábados. Durante los dos meses que estás tan dispuesto a dedicarme.
    – Pensaba que íbamos a ignorar todo esto.
    – ¿Vamos a ignorarlo ahora?
    No. No iban a hacerlo. De mutuo acuerdo. Luke le acarició de nuevo el trasero.
    – ¿Y qué pasará después de los dos meses?
    Ella se mordió el labio inferior.
    – Bueno… tendrás que dejarme marchar. Lo siento, Luke, pero ya te dije que somos demasiado diferentes.
    ¿Demasiado diferentes? Sin duda. Demasiado diferentes.
    Cualquier hombre se habría sentido triunfal ante tan inesperada oferta.
    ¿Lo había comprendido bien? Aquella mujer atractiva y sexy quería tener relaciones sexuales con él, y después de dos meses de sexo maravilloso, marcharse, todo sin un anillo de diamantes, un vestido blanco o una tarta nupcial.
    Oh, sí. Luke debería estar dando saltos de alegría, pero no tenía ganas de bailar.
    – Faith… te mereces más que eso.
    – Es lo que quiero -se arqueó de formaba que sus pezones rozaran el pecho de Luke-. ¿Vas a rechazarme, Luke? ¿Vamos a tener que intentar trabajar juntos sin ningún alivio?
    – No. Cielos, no.
    Ella sonrió y se retiró.
    – Es probable que tengamos pacientes esperando -dijo ella.
    – Pacientes…
    – Iré primero. Yo…
    Llamaron a la puerta y ambos se sobresaltaron.
    – ¿Faith? ¿Estás ahí? -gritó Shelby-. Tenemos un paciente esperándote en la sala cuatro. ¿Estás ahí?
    – Uh… -Faith miró a Luke-. Sí. Sí, estoy aquí.
    – Bueno, pues abre -giró el pomo de la puerta, pero antes de que pudiera abrir. Luke se lo impidió con el pie.
    – ¿Faith? ¿Estás encerrada?
    – Eh… No exactamente.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – Bueno… -Faith sonrió a Luke, y él se sintió un poco enamorado.
    – ¿Faith?
    – ¡Salgo en un minuto!
    – De acuerdo. ¿Está el doctor Walker contigo? -preguntó Shelby en un susurro.
    – Yo… -dijo Faith, mirando a Luke.
    – Oh, cielos. Tú… de acuerdo, ¿sabes qué? No importa, ya soluciono yo lo del paciente de la sala cuatro. Vosotros, a lo vuestro.
    Al oír que se alejaba, Luke se percató de que Faith lo miraba esperanzada y él se rió.
    – No -susurró-. No vamos a seguir con esto, no en este armario.
    Con un suspiro, ella comenzó a recolocarse la ropa.
    Él se miró la parte inferior del cuerpo y se pregunto si una bata de médico podía cubrir la erección más grande que había tenido nunca.
    – Entonces, ¿hemos llegado a alguna conclusión? -preguntó ella.
    – ¿Conclusión?
    – Sobre… ya sabes.
    – ¿Dormir juntos?
    – De hecho, dormir sería una mala idea -dijo ella.
    – Pero, acabas de decir que…
    – Dormir implica una relación, cuando ambos sabemos que una relación entre nosotros no funcionaría. Es más -dijo ella-, dormir juntos sólo sería un fracaso.
    – Claro. Un fracaso -y ella tenía razón. Él se había despistado con su precioso cuerpo, pero ante los ojos, tenía la verdad. Ni él ni ella querían una relación. Entonces, ¿por qué deseaba tomarla entre los brazos y convencerla de algo que no era lo que buscaba?
    Faith terminó de abrocharse la blusa, aunque de manera incorrecta, y se retiró el cabello de la cara.
    – Nos vemos -susurró, y se volvió hacia la puerta.
    «Déjala marchar».
    Sin embargo, Luke la agarró y la volvió hacia sí. Le abrochó bien la blusa. Aquella mujer necesitaba un buen cuidador. Pero él no quería ser candidato para el puesto. No. Iba a marcharse…
    Ella lo besó en la mejilla y le sonrió de forma que a Luke le dio un vuelco al corazón.
    – Gracias -dijo, y salió de allí.
    Luke se quedó en el armario durante largo rato, hasta que consiguió que la bata disimulara su erección. Hasta que decidió que lo correcto era salir y dirigirse a la puerta de la clínica para marcharse.
    Así que salió del almacén.
    Pero torció a la derecha en lugar de a la izquierda y fue a ver qué pacientes necesitaban su atención.

    Aquella noche, Faith estaba sentada en su sofá mirando a la pared. Había hecho yoga, se había dado una sesión de aromaterapia y había cenado con Shelby.
    Pero ninguno de los rituales relajantes había conseguido relajarla. No, estaba nerviosa, y por primera vez sus nervios no tenían nada que ver con el dinero ni con la clínica. Aquel día se había lanzado a Luke.
    Le echaba la culpa a la pasión del momento, especialmente cuando sus bocas se juntaron y las manos de Luke… Las cosas habían sucedido muy deprisa en el cuarto de almacén.
    Sí, echarle la culpa a la pasión del momento era una buena excusa para el comportamiento vergonzoso que había tenido. Si no ¿cómo podía explicar que le había ofrecido mantener relaciones sexuales durante dos meses?
    Maldita sea, ¿dónde estaba Luke? Miró por la ventana. El único coche que estaba aparcado abajo era el de ella.
    Luke debería estar allí con ella, aplacándole la tensión con las manos, la boca, el cuerpo.
    ¿Por qué no estaba allí?
    Se había marchado después de atender al último paciente.
    Y allí estaba ella, sola, pensando en el sexo.
    Apenas unas semanas antes había dicho que las relaciones sexuales, por muy saludables que fueran, nunca debían practicarse fuera de una relación monógama y estable. Pero unas semanas antes no conocía a Luke Walker.
    Dando un suspiro, se preparó para acostarse sola y se dejó caer sobre la cama.
    Entonces, comenzó a mirar el techo imaginándose todo lo que podría estar haciendo si Luke hubiera aparecido.
    Puesto que no podía dormirse, decidió bajar en camiseta y zapatillas a terminar el papeleo que tenía pendiente.
    Encendió la luz del despacho. Su escritorio estaba a rebosar y, al ver la cantidad de facturas que tenía por pagar, sintió un nudo en el estómago. Le habría gustado tener a alguien con quien hablar, alguien que la comprendiera.
    Pero aunque sus padres eran maravillosos, ella nunca había recurrido a ellos. Trabajaban con gente que los necesitaban a diario y, por tanto, esperaban más de sus hijas.
    Suponía que podía llamar a su hermana, pero la verdad era que Faith ni siquiera tenía el teléfono para contactar con ella. Siempre había sido independiente, sin embargo, se sentía triste. Podría llamar a Shelby, pero la solución que su amiga le daba para combatir la soledad era el sexo, y se habría preguntado qué era lo que Faith había hecho mal para asustar a Luke.
    Lo cierto era que Faith no tenía ni idea de lo que había hecho mal. Era evidente que no se le daba bien seducir a los hombres, y quizá era mejor que aquella noche no hubiera sucedido nada. ¿Habría podido satisfacer a un hombre tan sensual como Luke?
    Estaba claro que, al no aparecer, Luke le había hecho un favor. Además, ella recordaba la realidad sobre el sexo. Era como el chocolate, divertido en el 1nomento pero desastroso después.
    Sí, estaba mejor sin ello.
    Se acercó al escritorio dispuesta a aclarar las cuentas. Sin duda, preferiría estar teniendo un orgasmo en manos de Luke, pero aquello era su vida y no pensaba perder tiempo con arrepentimientos.
    Además, lo que hacía en la clínica era muy importante para ella, y merecía su tiempo y su dedicación. Lo único que siempre había deseado era aliviar el sufrimiento innecesario. Eso era a lo que se dedicaba todo los días, y se sentía orgullosa de ello.
    Pero tenía que admitir que quizá se sintiera un poco sola por eso.
    – Tienes que superarlo -se dijo, y abrió el libro de cuentas. Comenzó a revisar las facturas para ver cuáles tenía que pagar y cuáles podían esperar.
    La mayoría acabaron en el montón de las que podían esperar.
    Al cabo de unos minutos, empezó a sentirse desorientada. No se había abandonado, había dormido bien, entonces, ¿por qué tenía todos los síntomas de ese maldito virus? ¿Por el estrés? El único estrés que sentía era el causado por la insatisfacción sexual, gracias al doctor Luke Walker, el hombre que mejor besaba del mundo.
    Para tratar de recuperar la calma, encendió una vela con aroma de vainilla y practicó las técnicas respiratorias durante unos momentos. De acuerdo, también robó un pedazo de chocolate de su escondite secreto.
    Sintiéndose mejor, terminó de organizar las facturas. Lo único que le quedaba por hacer era meter los cheques en la impresora. Después, podría acostarse.
    Sola, por supuesto. Pero al fin y al cabo, era algo a lo que estaba acostumbrada. Abrió el cajón de abajo y suspiró al ver que no le quedaban cheques. Durante un instante, sintió que era un nuevo fracaso y pensó en que le gustaría compartir con alguien la carga de dirigir la clínica.
    Pero tenía su orgullo, y pedir ayuda no era parte de su forma de ser. Además, ¿a quién iba a pedírsela? Sus empleados ya le ofrecían todo lo que tenían. Su familia no tenía nada que ofrecerle. Y no había nadie más…
    «Luke», oyó que le decía una voz interior, pero la ignoró. Sabía lo que él opinaba de aquel lugar, sabía que sólo había regresado por sentido del deber. Y de la culpabilidad.
    Suspirando una vez más, se puso en pie y salió del despacho. Por supuesto, la caja nueva de cheques estaba en lo más alto del cuarto de almacén, el mismo lugar donde Luke había hecho que se derritiera a sus pies, pero alguien había quitado la escalera. Recordó haberla visto en la sala de personal, así que se dirigió al pasillo para ir a buscarla.
    Vaya.
    Al otro lado de la puerta trasera se veía la sombra de un hombre. Agarró el bate de béisbol que guardaba para sentirse fuerte y valiente y se lo colocó al hombro, tratando de descubrir por qué la silueta de aquel hombre le resultaba tremendamente familiar.
    – ¿Luke?
    Él estaba preparado para llamar a la puerta.
    Faith se sintió mareada e hizo un esfuerzo para pensar. Sólo había un motivo por el que él pudiera estar allí, y tenía que ver con la propuesta, de mujer rebelde y descarada, de mantener sexo salvaje con él durante dos meses y después olvidarse de todo.
    Allí estaba, de pie bajo la luz de la sala de personal vestida con una camiseta extragrande y zapatillas de andar por casa con cara de conejo.
    Oh sí, una seductora sirena del sexo. Eso es lo que era.

Capítulo 7

    Luke no sabía qué le había hecho regresar a buscar a Faith. Era tarde, estaba cansado y tenía que estar en el hospital al amanecer.
    De acuerdo, sí lo sabía. Faith. Ella era el motivo por el que había ido allí.
    Puesto que ella permanecía al otro lado de la puerta, bajo la luz de la lámpara, mirándolo como si fuera un corderito asustado, pensó que había cambiado de opinión. Estupendo. Al menos uno de ellos había recuperado el juicio. Pero no había hecho más que bajar dos escalones del porche, hacia su coche, cuando se abrió la puerta.
    – Hola -dijo ella, retirándose el cabello de la cara.
    – Hola.
    – Llegas justo a tiempo. No puedo alcanzar la caja de cheques, ¿te importaría…?
    Entonces, él se quedó mirándole el trasero porque Faith lo agarró de la mano y lo guió hasta el cuarto de almacén donde habían estado a punto de perder la cabeza por la mañana.
    – He de decirte que éste se está convirtiendo en mi cuarto favorito, Faith.
    – Ahí -dijo ella, soltándole la mano y señalando una estantería-. ¿Podrías…?
    Pero Luke tenía clavada la mirada en ella, pendiente de la ropa que llevaba. O de lo que no llevaba.
    – Um… ¿Eh?
    – No importa -y delante de sus ojos, comenzó a trepar por la estantería.
    Luke tardó un momento en detenerla, porque estaba demasiado ocupado observando la fina camiseta que apenas le cubría la parte superior de los muslos. Después, el trasero de Faith quedó a la altura de sus ojos y pudo ver que llevaba unas bragas con corazones de color rosa.
    – Olvídate de lo que has visto -dijo ella, y siguió subiendo.
    – ¿Las zapatillas de conejo o los corazones?
    – Maldita sea. ¡Cierra los ojos!
    Sí, claro. Los tenía bien abiertos. Nunca había conocido a una mujer como ella, tan adorable que deseaba devorarla, y tan natural y sensual al mismo tiempo.
    – Faith, baja de ahí. Yo puedo…
    – Ya casi los tengo -se estiró, y entonces su mano comenzó a temblar al mismo tiempo que desaparecía el color de su rostro-. Maldita sea -susurró de nuevo.
    – Faith… -pero no lo estaba escuchando y estaba a punto de caerse, así que hizo lo que hubiera hecho cualquier hombre, agarrarla por los muslos, presionar el rostro contra su trasero y alejarla de la estantería.
    La caja de cheques cayó de golpe.
    Igual que ellos, aunque Luke consiguió amortiguar la caída de Faith.
    – ¡Ay! -dijo él tumbado boca arriba y con Faith encima.
    Ella se volvió para mirarlo.
    – No tenías que hacer de héroe. Te dije que casi los tenía.
    – Ibas a caerte.
    – No. Al menos, no hasta que me recordaste que llevaba las zapatillas de conejo.
    – Y ropa interior con corazones -señaló.
    Faith ignoró su comentario y se preguntó por qué se sentiría tan bien estando encima de él.
    – Tenía que haber buscado la escalera. Y haberme puesto tacones. Entonces, habría podido bajar los cheques.
    – ¿Y si hubieras sabido que venía? ¿Qué te habrías puesto? -la imaginó vestida de seda y encajes.
    – Una armadura.
    Cara con cara, cuerpo con cuerpo, él alzó la cabeza del suelo y buscó una pista en la expresión del rostro de Faith. Algo que le indicara cuáles eran sus pensamientos.
    – Los conejitos son igual de excitantes que los tacones.
    Faith lo miró como si fuera un extraterrestre.
    – De veras -le dijo sujetándola por la cintura.
    – Eres un hombre enfermo, Luke Walker.
    – ¿Lo decías en serio, Faith? -le dijo inhalando el aroma de su cabello.
    – ¿El qué?
    – Lo de estar juntos -contestó él sujetándole la cara para mirarla a los ojos.
    – Yo… um… en su momento sí.
    – ¿En su momento?
    – Sí -ella se retiró de encima de Luke y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo-. Desde que lo dije, no hago más que recordarme que fue una estupidez, que no es posible que me desees. Que había sido demasiado directa, que te asusté. Que tenías miedo de mí. O que no supiste cómo rechazarme con amabilidad. O quizá que…
    Él la calló con su boca.
    Tras un pequeño gemido de sorpresa, Faith le rodeó el cuello con los brazos y lo besó también.
    – ¿Estamos locos? -le preguntó.
    – Sin duda -le aseguró, y continuó besándola.
    Sólo para detenerse al oír que golpeaban la puerta de la clínica.
    – Iré yo -dijo Luke-. Tú quédate aquí.
    – No seas ridículo. Esta es mí clínica, voy yo.
    – Es peligroso -dijo él, pensando en el hospital y recordando cómo a veces trataban de robarles medicamentos-. Deja que vaya a ver…
    – No -Faith agarró una bata de médico y se la puso. Le cubría todo el cuerpo menos las zapatillas-. Di otra palabra sobre las zapatillas y eres hombre muerto.
    Y con eso, salió de allí.

    Cuando Faith vio quién estaba en la puerta de la clínica, se apresuró a abrir. Una de sus pacientes, Ally Freestead, se lanzó a sus brazos llorando de alivio.
    – ¡Menos mal! Necesito sentarme.
    No era de extrañar. Estaba embarazada de nueve meses. Faith miró a su alrededor para buscar una silla, pero Luke ya estaba allí sujetando a Ally mientras jadeaba.
    – ¿Hace cuánto tiempo que tienes dolores? -preguntó él.
    Colocó la mano sobre su vientre y miró el reloj.
    – Desde el día que me acosté con el canalla que me hizo esto -Ally hizo un gesto de dolor.
    – ¿Al hospital? -le preguntó Luke a Faith, sentando a Ally en una silla.
    – ¡No! Quiero que mi hijo nazca aquí. ¡Maldita sea! ¡Cómo duele! ¡Ponedme una inyección o algo!
    Faith le agarró la mano.
    – ¿Recuerdas los ejercicios de respiración que practicamos?
    – Déjate de ejercicios. ¡Quiero drogas! ¡Ahora! ¡Cielos! Ahora también tengo calambres en las piernas.
    Faith se arrodilló junto a ella y comenzó a darle masajes.
    – ¿Eso son zapatillas con forma de conejo? -resopló Ally.
    – Estás alucinando. Sigue respirando -dijo Faith.
    – ¡Dadme algo! -gritó Ally.
    – Ally, querías parir de forma natural, ¿recuerdas? Si respiramos juntas…
    – Faith -Ally esperó a que se le pasara la contracción-. No quiero ser maleducada, pero esto duele más de lo que me dijiste.
    – Lo sé, pero podemos hacerlo…
    – Oh, cielos… ¡Aquí viene otra!
    – Tenemos que llevarla a una habitación -dijo Luke.
    – No. ¡No me mováis!
    – Ally…
    – ¡Tengo que empujar!

    Una hora más tarde, Ally dormía plácidamente y Luke tenía en sus brazos a un niño furioso que había llegado al mundo en menos de quince minutos y con sólo dos empujones.
    «Un milagro», pensó mientras el pequeño lloraba a pleno pulmón.
    – ¿Se puede saber con quién estás tan enfadado? -murmuró entre risas.
    – ¿Estás bien?
    Luke se volvió y vio que Faith estaba observándolo desde la puerta. ¿Que si estaba bien? Él la había observado hacer su trabajo, había respirado, sudado, reído y llorado al mismo tiempo que Ally. Y por supuesto, se había entregado a ella al cien por cien.
    – ¿Quieres que lo sujete yo? -preguntó ella estirando los brazos.
    – Estoy bien. Sólo ha nacido hambriento.
    – Ally quiere intentar ponérselo en el pecho. Le dije que primero iba a cambiarle el pañal.
    – Ya lo he hecho.
    – ¿De veras?
    – Bueno, sí, pero… -Luke acarició la cabeza del bebé, quien empezaba con otra rabieta-. Porque, por si no te has dado cuenta, este paciente y yo estamos teniendo una profunda discusión sobre el sentido de la vida.
    Ella se rió.
    – Es sólo que los doctores no soléis… -al ver que arqueaba las cejas, se calló--. De acuerdo, tengo que admitirlo, no eres el típico doctor.
    – ¿Es que hay un típico doctor?
    – Sí, al menos desde el punto de vista de las enfermeras. Son engreídos, arrogantes, maleducados… sólo por mencionar algunos fallos.
    – Yo los tengo todos -dijo él-. Pregúntale a cualquiera de los que han trabajado conmigo.
    – Bueno, tú has trabajado conmigo -dijo ella, mirándolo a los ojos-. Y he de decir que no lo he notado.
    – ¿Te has olvidado de lo que me hizo venir aquí en primer lugar?
    – A lo mejor has cambiado.
    Él la miró y casi la creyó. Nunca se había percatado de que su vida anterior tuviera algo malo. Lo único que le importaba eran sus pacientes. Pero desde que había ido allí…
    – Eres el hombre más compasivo que he conocido nunca -susurró ella, y lo agarró del brazo-. Eres amable, cariñoso y…
    El bebé que Luke tenía en los brazos entornó los ojos y miró a ambos. Después, abrió la boca como un pajarito.
    Faith y Luke se rieron, pero él dejó de sonreír en cuanto la miró a ella. Estaba pálida, y cuando se retiró un mechón de la frente, los dedos le temblaban ligeramente. Frunciendo el ceño, Luke le acarició la barbilla y notó que estaba sudando.
    – ¿Estás bien?
    – Claro -pero no sonrió ni lo miró a los ojos-. Ha sido un día largo.
    Luke meció al bebé, que se había puesto a llorar, sin dejar de mirar a Faith.
    – Después de un largo día, uno bosteza, pero no tiene aspecto de que se vaya a desmayar -se puso en pie-. Siéntate -le ordenó-. Faith…
    – Es posible que sólo sea ese estúpido virus -dijo ella, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos.
    – ¿Cuándo fue la última vez que te has hecho un análisis? -ella se puso tensa-. Hace tiempo, ¿no?
    – Estoy bien.
    – Estás agotada y algo va mal. Deja que te saque una muestra de sangre.
    – No.
    – Faith…
    Ella se acurrucó en la silla.
    – ¿Quieres ser un buen médico? Pues ocúpate de Ally mientras yo descanso cinco minutos.

    La noche siguiente, Faith decidió descansar. Estaba sentada delante del televisor comiendo palomitas dulces de maíz, vestida con un chándal, una camiseta v sus zapatillas de conejo.
    Había hecho las cuentas y estaba sorprendida porque había podido pagar más facturas de las que esperaba. También había hecho el pedido y había organizado el horario de sus empleados.
    Cuando llamaron a la puerta, se sobresaltó.
    ¿Una emergencia? No, porque de haber sido una emergencia habrían llamado abajo, y no a su casa.
    Se acercó a la puerta y miró por la mirilla. Reconoció la silueta de Luke y, al instante, se le endurecieron los pezones.
    ¡Al fin había ido a por esa sesión de sexo salvaje que ella le había prometido! Sólo de pensarlo, le temblaron las piernas. ¿Cuándo aprendería? Tenía que ir por casa vestida de seda y encaje, no con algodón viejo.
    – ¿Vas a dejarme pasar? Abre la puerta, Faith.
    «Sí, abre la puerta, Faith». Tardó un instante porque se puso nerviosa al imaginárselo desnudo. Se recolocó la horquillas que llevaba en el cabello, se subió los pantalones que no paraban de caérsele y estiró de la camiseta desteñida.
    – Lo siento, yo…
    – Ya basta -dijo él, mirándola a los ojos-. Estás preciosa, Faith. Se me olvida lo preciosa que eres, luego te veo y me quedo sin respiración.
    – Yo… No sabía que me veías así -dijo ella con nerviosismo.
    – Entonces no prestas atención.
    – Luke…
    – ¿Te has olvidado de lo que pasa cuando nos besamos?
    – Um… no.
    – Bien. Recuérdalo, ¿de acuerdo?
    De pronto, Faith se percató de que Luke tenía la mano detrás de la espalda. y la miraba como si fuera uno de sus pacientes.
    – Sentémonos -dijo él-. ¿Qué estás viendo?
    Él nunca se había interesado por algo tan mundano como la televisión. Nunca había sido tan cariñoso.
    – ¿Por qué me tratas tan bien de repente?
    – ¿De qué estás hablando? Siempre soy encantador -cuando ella lo miró, él suspiró-. De acuerdo, la verdad… -sacó la mano de detrás de la espalda le mostró un kit de análisis de sangre.
    – No…
    – Sí -la agarró de la mano-. No tienes por qué tener miedo, soy muy bueno sacando sangre…
    – No tengo miedo de la aguja.
    – Bien, porque sospecho que tienes un problema de azúcar.
    – ¡No!
    – Mira, Faith, hazme caso, ¿de acuerdo? Sé que crees que tienes ese virus…
    – Lo tengo…
    – Pero creo que hay algo más, y no puedes seguir ignorándolo, no es seguro.
    Lo que no era seguro era que ella hubiera pensado que él había ido allí por otros motivos.
    – Yo me ocuparé de mí misma.
    – Eso es ridículo. Estoy aquí y soy capaz de encontrar las respuestas que necesitamos. Tomaremos una pequeña muestra y… -ella escondió el brazo detrás de la espalda-. Sólo es un pinchazo en un dedo.
    Lo que ella necesitaba era que se marchara, que la dejara a solas con el televisor v con su estilo de vida en el que no tenía sitio para un hombre. Pero antes de que pudiera decírselo, tenía el brazo extendido apoyado sobre su pierna y él le limpiaba el dedo con un algodón mojado en alcohol.
    – De acuerdo, te mentí. No me gustan las agujas.
    – ¿De veras? -dijo él.
    – ¿No se supone que deberías estar distrayéndome?
    – Si te portas bien, te daré un chupa chups.
    – ¿Tienes un chupa chups?
    – Bueno, no… -sonrió él-. De acuerdo, elige otro premio. Cualquier cosa.
    «Tú», pensó ella. «Te elijo a ti.
    – ¿No se te ocurre nada? -le acarició el brazo-. Tengo que admitir que me sorprendes, Faith. Parece que siempre sabes lo que quieres. No dejes de respirar… Relájate, sólo es un pequeño pinchazo…
    – ¡Ay! -gritó ella, pero no era para tanto.
    Luke era bueno en ello. Tal y como le había prometido.
    Faith tenía la sensación de que era bueno en todo lo que se proponía. Le presionó el dedo para sacarle unas gotas de sangre.
    – ¡Ay! -se quejó de nuevo.
    – Eres como un bebé grande.
    – No lo soy, yo…
    – Shh -le puso una tirita en el dedo y puso en funcionamiento la máquina para analizar el azúcar.
    Si resultaba que él estaba en lo cierto y ella era hipo o hiperglucémica, Faith se moriría de vergüenza. Allí estaba ella, una profesional de la salud, ignorando la suya propia.
    Pero, por supuesto, él estaría equivocado. Ella sólo era sensible al virus de la gripe…
    Con mucha dulzura, Luke llevó el dedo de Faith junto a sus labios.
    – ¿Mejor? -murmuró con delicadeza, y ella se derritió. Se hubiera derretido sobre su regazo de no ser porque la máquina de análisis comenzó a pitar.
    Él la miró y dio un largo silbido.
    – Supongo que vas a decirme que es el virus, y no esas palomitas dulces lo que han hecho que tu azúcar en sangre doblara el nivel normal, ¿verdad?

Capítulo 8

    Al día siguiente, Luke todavía pensaba en ello. Faith había llegado a importarle más de lo que esperaba, y maldita sea, estaba preocupado. Se preocupaba por ella igual que se preocupaba por cada paciente.
    Bueno, quizá no exactamente igual. Ella había ido al laboratorio del hospital para que le hicieran un análisis completo. Le habían diagnosticado diabetes, algo que podría controlar con la dieta.
    Luke sabía lo que Faith sentía hacia la medicina natural, sabía que haría una dieta adecuada, ejercicio y que lo mantendría bajo control. Sabía que era inteligente y que se cuidaría.
    Pero eso hacía que él sintiera ganas de cuidarla. E insistiría para que lo hiciera.
    Al día siguiente fue a verla a su casa y ella no contestó cuando llamó a la puerta. Perfecto. Un mensaje bien claro. Podía soportarlo.
    El siguiente sábado, en la clínica, ella se comportó con frialdad. Igual que él. Le había enviado por correo electrónico todo tipo de información acerca de la diabetes, y ella le había dado las gracias de forma educada. Le contó que Shelby y ella habían trazado un plan de dieta para controlar el azúcar en sangre, que estaba bien, que muchas gracias y que se verían el sábado.
    En ningún momento hizo mención al sexo, maldita sea.
    Concentrarse en el trabajo del hospital lo ayudó bastante. Después de su turno, pasó por delante de la enfermería, tal y como hacia miles de veces al día. Puesto que trabajaba a menudo con varias de las mujeres que estaban allí, sonrió.
    Todas se pararon de golpe y lo miraron.
    – ¿Algún problema? -preguntó extrañado, mirándose de arriba abajo.
    Una de las enfermeras soltó una carcajada.
    – No. Está bien… o eso creo.
    – Es sólo que nunca nos había sonreído -dijo una enfermera de la que no recordaba el nombre.
    ¿De veras nunca había sonreído a una enfermera? ¿Ni una vez?
    – ¿Está segura?
    – Segura -dijo una tercera.
    – He debido de…
    – Nunca -dijo ella, y al ver que él no se convencía, le pregunto-. De acuerdo, a ver, ¿cómo me llamo?
    Luke odiaba admitir que no lo recordaba, pero lo que más odiaba era la sonrisa de «te lo dije», con la que la enfermera lo miraba. Cielos, era un verdadero cretino.
    La primera enfermera sintió lástima por él.
    – Quería decírselo, creo que la clínica es la que le está haciendo bien. Parece que está más… suave.
    ¿Suave? Luke comenzó a fruncir el ceño, pero la enfermera le dio una palmada en el brazo.
    – ¡Es algo bueno! Siga así.
    – Y sonriendo también -dijo la otra-. Le queda muy bien.
    Después, se despidieron y él comenzó a andar de nuevo.
    Esa vez, mantuvo la mirada al frente en lugar de mirar los papeles que llevaba en la mano. Sucedió algo curioso, la mayor parte de la gente mantenía el contacto ocular, e incluso sonreía.
    Pero, de camino al coche, era en la sonrisa de una pelirroja en lo que él no podía dejar de pensar. Había pensado mucho en la oferta que ella le había hecho, aquella en la que ambos estarían desnudos y jadeando, y se preguntaba cómo era que nunca habían llegado a estar así. Las mujeres de parto y los problemas de azúcar en sangre se habían interpuesto en su camino.
    Luke estaba dispuesto a rectificar eso. Caminaba hacia el aparcamiento del hospital tratando de pensar cómo hacerlo cuando vio que Faith estaba allí, de pie junto a su coche, dándole patadas a la rueda trasera.
    A una rueda pinchada.
    – ¡Toma! -le dio otra patada y se hizo daño en el dedo meñique del pie.
    Se agachó para presionárselo y perdió el equilibrio. Luke la agarró del brazo para estabilizarla.
    – ¿Te lo has roto?
    Al verlo, ella se sorprendió y perdió por completo el equilibrio.
    Terminó entre los brazos de Luke. Él se aprovechó de la situación y le acarició la espalda, enterró el rostro en su cabello y cerró los ojos.
    – Lo siento -murmuró ella.
    – ¿Por qué? -dijo él acariciándole el cuello con los labios.
    – Porque… -no pudo terminar porque Luke le mordisqueó el cuello. Ella cerró los puños y arqueó el cuerpo. Cuando se lo hizo de nuevo, dijo con un gemido-, Luke…
    – Sabes muy bien -murmuró él-. Demasiado bien. Llevo semanas pensando en esto -y acercó la boca a la de ella.
    – Oh, cielos -dijo una voz femenina detrás de ellos-. Discúlpennos…
    Luke miró a las mujeres y comprobó que eran las enfermeras con las que acababa de hablar en el interior. Los miraban con la boca abierta.
    – Buenas tardes -dijo él.
    – Buenas tardes -contestaron, sin dejar de mirar. De pronto, se miraron entre ellas y se marcharon deprisa.
    – ¡Cielos! Tiene novia -se oyó un susurro-. A lo mejor es un hombre simpático.
    Luke soltó una carcajada.
    – Sin duda tenía un problema de relación social.
    – ¿Tenías?
    Él la miró a Faith a los ojos.
    – Antes de conocerte -ella lo miró desconcertada-. No importa -dijo él, y la abrazó-. ¿Cómo sabías a qué hora salía?
    – No lo sabía. He venido a ver a un paciente.
    Claro. La vida de Faith no giraba alrededor de él. Luke la soltó y dio un paso atrás.
    – Por supuesto.
    Ella se mordió el labio inferior; estaba tan guapa bajo la luz de la luna, que Luke tuvo que meter las manos en los bolsillos para comportarse.
    – Pero verte es un plus -dijo ella.
    – Claro.
    Faith sonrió y lo miró con cara de broma.
    – Lo es -insistió ella-. El mejor plus de la noche, después del brownie sin azúcar que he tomado para el almuerzo.
    – Me has estado evitando desde que te hice la prueba del azúcar, así que no me hables de pluses. Y será mejor que compruebes que no tenías azúcar, a veces esas etiquetas…
    – No tenía -insistió ella-. Y a lo mejor te he evitado por vergüenza.
    – ¿Vergüenza? ¿Por qué?
    – Se supone que soy una profesional de la salud. Queda un poco mal que no sea capaz de cuidar ni de la mía propia. Soy diabética, y pensaba que era la gripe.
    – Has estado muy ocupada.
    – Soy estúpida. Estúpida -repitió ella, al ver que Luke iba a negarle-. Y por lo menos, te debo las gracias.
    – Las acepto -dijo él, y se puso tenso al ver que Faith se acercaba para darle un beso. Él estaba dispuesto a abrazarla, pero tras un rápido beso en los labios, ella se retiró hacia atrás.
    – ¿Eso es todo? -preguntó él.
    Ella soltó una carcajada.
    – Creo que es una manera agradable de dar las gracias.
    – ¿De veras? Esperaba algo mejor -de nuevo, metió las manos en los bolsillos-. ¿Y qué le ha pasado a tu rueda?
    – No tengo ni idea. Tendré que llamar a la grúa porque no tengo rueda de repuesto.
    Él sacó el teléfono móvil del bolsillo y se lo entregó para que llamara. Después escuchó cómo discutía con el operador sobre el tiempo de espera.
    – Diles que lleven el coche a tu taller -dijo él-. Yo te llevaré a casa -cuando fue a devolverle el teléfono, Luke entrelazó los dedos con los de ella-. Primero vamos a cenar -dijo señalando un café que había en la otra acera-. La comida está hecha para saturar las arterias, pero es deliciosa.
    – ¿Cenar?
    – Cenar.
    – ¿Como en una cita?
    Luke no pudo evitar reírse.
    – Una tontería después del tipo de relación que me habías propuesto, ¿no crees?
    – Creo que ese otro tipo de relación… quizá debiéramos olvidarlo.
    – Te equivocas.
    – ¿De veras?
    – De veras.
    Ella se humedeció los labios de manera sugerente.
    – Faith, no hagas eso a menos que quieras que nos saltemos la cena y vayamos directamente a la cama.
    Ella lo hizo de nuevo.
    Él dio un paso adelante y la agarró por la cintura.
    – De acuerdo, no quieres cenar.
    – Cenar implica conversar -se acercó más a él-. Cenar implica conocernos más, pero habíamos acordado que, cuando terminaras en la clínica, habríamos terminado. Así que conocerse mejor sólo implica dolor. No tengo interés en sufrir, Luke -movió las caderas contra las de él-. En absoluto.
    Había un buen motivo por el que las palabras de Faith no tenían sentido, y ese motivo quizá tenía que ver con el hecho de que él deseaba algo más que sexo. Pero no podía ser. Lo único que él siempre había deseado de una mujer era una apasionada relación temporal.
    – ¿Luke? -lo miró con los ojos entornados-. ¿Estás listo? -le preguntó sin dejar de restregarse contra su cuerpo.
    – Oh, sí, estoy listo -lijo él. La tela del top que llevaba Faith era tan fina, que él podía sentir sus pezones endurecidos. Con un dedo, le acarició el escote-. Pero primero vamos a cenar.
    Luke insistió en ello, sin importarle lo mucho que ella protestara. Cruzaron la calle y comieron algo mientras esperaban a la grúa. Cuando por fin se llevaron el coche, él la miró y dijo:
    – Ahora, Faith. A mi casa. Está más cerca.
    – Bien -se metió en el coche de Luke-. ¿Cómo de rápido va esto?
    De algún modo, él consiguió mantener el juicio y salir del aparcamiento. En la esquina, detuvo el coche en el semáforo en rojo y cometió el error de mirarla. Sus ojos ardían de deseo. Tenía la boca entreabierta y los pezones erectos contra la tela del top.
    Parecía preparada para cualquier cosa. Él cerró los ojos y dijo:
    – Si me sigues mirando así, no llegaremos a casa.
    – Luke.
    Él abrió los ojos. Gran error. Ella estaba sonriendo, y era una sonrisa de pecado.
    – Hago que te excites -susurró ella sabiendo que era cierto, y él se excitó aún más.
    Al ver que el semáforo no cambiaba, se acercó a ella, introdujo los dedos en su cabello y se perdió en uno de esos besos apasionados que compartía con ella.
    – Oh -dijo ella cuando se separaron para respirar-. Oh, cielos.
    Ella era tan dulce, que no quería soltarla.
    – Faith…
    Ella se quitó el cinturón de seguridad y se acercó más a él. Estaban perdidos. Luke le acarició un pecho y sintió el pezón erecto. Lo sujetó entre sus dedos provocando que ella gimiera de placer. Al oírla, él gimió también. Al ver que ella separaba las piernas, deseó poseerla.
    No tenía bastante. Y tenía miedo de no llegar a tener suficiente. Metió la mano bajo su falda y le acarició la suave piel de las piernas. Tenía la sensación de haber llegado al paraíso cuando tocaron el claxon desde el coche de atrás.
    – Se ha puesto verde -dijo ella entre risas.
    Durante un instante, él sólo pudo mirarla, pero al oír que pitaban de nuevo, arrancó.
    En el siguiente semáforo en rojo, al ver lo que Luke se disponía a hacer, ella le agarró la mano para detenerlo.
    – Nos mataremos.
    – Sí, pero esa es la idea -dijo acariciándole la pierna-. Me vuelves loco.
    Faith lo miró con brillo en los ojos y lo agarró de la camisa para atraerlo hacia sí.
    – Conduce -dijo besándolo en la boca-. Conduce deprisa -dijo, y se apartó de él.
    – Conduciré deprisa murmuró él, y arrancó el coche-. Conduciré muy deprisa.

Capítulo 9

    Por algún milagro llegaron a casa de Luke sin tener que detenerse en otro semáforo en rojo. Él salió del coche, ayudó a bajar a Faith y la abrazó.
    Después de un largo beso, Luke le acarició el labio inferior.
    – Me encanta tu boca. No consigo saciarme -ningún hombre le había dicho tal cosa, nunca-. Vamos -susurró él, y la llevó hasta la puerta de la casa.
    Mientras buscaba la llave ella le acarició la oreja.
    La tomó en brazos y Faith comenzó a mordisquearle el lóbulo.
    – Para -dijo él, y cerró la puerta de una patada. La dejó en el suelo y al ver la expresión de su rostro, dijo-: De acuerdo, no pares, pero no me hagas responsable si no llegamos a la cama porque me has vuelto loco.
    Faith sentía que el corazón le latía muy deprisa. Miró a Luke a los ojos y le mordisqueó el labio inferior.
    Él le capturó la boca con un beso y la apoyó contra la puerta. Ella se había preguntado alguna vez qué pasaría si él perdiera el control, y estaba a punto de descubrirlo. La idea de ser la culpable podía con ella. El deseo se apoderó de ella, de tal manera que le temblaron las piernas.
    Él comenzó a acariciarle el cuerpo de forma salvaje, después, la sujetó por la barbilla y la miró a los ojos. Ella se movió para besarlo de nuevo y, cuando introdujo la lengua en su boca y él gimió de placer, sintió que se incendiaba por dentro.
    – Oh, cielos… Luke…
    – Sí -le acarició los pechos.
    «Ahora», pensó ella, ahora estaba a punto de liberarse del profundo deseo que sentía por él.
    – Luke, por favor.
    – Lo sé. Lo sé -le acarició los pezones con el dedo pulgar y, al retirarse, la dejó sollozando de frustración.
    Pero sus manos no la abandonaron por completo. Se deslizaron por su cuerpo hasta acariciarle el muslo. Entonces, mirándola a los ojos, metió la mano bajo su falda para acariciar su piel desnuda. Después, le acarició el trasero metiendo la mano bajo su ropa interior. La levantó del suelo para que ella pudiera rodearle la cintura con las piernas.
    Faith notó cómo la parte más húmeda y caliente de su cuerpo rozaba la erección más impresionante que había visto nunca. Con un gemido, introdujo los dedos en el cabello de Luke y echó la cabeza hacia atrás mientras él se movía contra su cuerpo y le besaba el cuello y los pechos.
    – Levántate el top -dijo él.
    – ¿Así? -le mostró el sujetador color rosa que llevaba mientras él seguía restregando su miembro contra su entrepierna.
    – Oh, sí, así. Quítate el sujetador.
    Ella se lo abrió sin dejar de mirarlo a los ojos.
    – Más -dijo Luke, y se lo quitó despacio.
    Había algo increíblemente erótico e íntimo en el hecho de que él estuviera sujetándole las piernas para que las mantuviera abiertas y pudieran moverse al mismo ritmo, en una imitación perfecta de lo que ella deseaba que le hiciera.
    Luke agachó la cabeza y rozó los senos desnudos de Faith con la mejilla, después, se los acarició con la lengua antes de introducirlos en su boca.
    Era como si el mundo girara de manera descontrolada, y ella sólo pudiera sentir el ardor de su entrepierna. De pronto, él se detuvo y Faith no pudo contener un gemido.
    – Sí, te gusta ¿verdad? -soltó el aire sobre su pecho mojado y provocó que el pezón se le pusiera aún más erecto.
    – Por favor… -susurró ella, arqueándose contra su cuerpo con desesperación.
    – ¿Faith? Te suena la falda.
    Ella lo miró sorprendida y se dio cuenta de la realidad. Estaba sonando su teléfono móvil y, mirándola con frustración, él la soltó y la ayudó a ponerse de pie.
    – No -dijo ella-. Se supone que Shelby está de guardia.
    – Parece que las cosas han cambiado.
    – ¿Crees que el destino se está riendo de nosotros?
    – No, no creo en el destino. Nosotros creamos nuestro destino, y Faith, prometo que lo haremos.
    – Pero no ahora.
    Luke suspiró y apoyó la frente contra la de ella.
    – No ahora.

    Luke miraba a Carmen con furia. Ella estaba sentada en la camilla de una de las consultas de la clínica de Faith.
    – ¿Qué has hecho para que se te soltaran los puntos?
    Habían tenido que ir a la clínica después de hablar con Shelby y que esta les contara que estaba en casa cuidando de su madre enferma.
    Eso significaba que Luke había tenido que retirar las manos del cuerpo de Faith y aceptar, como una persona adulta, otra interrupción que les impedía seguir adelante con lo que era un orgasmo asegurado.
    Todavía no era capaz de caminar derecho.
    Levantando el rostro, Carmen sollozó.
    – No grites a mi paciente -dijo Faith al entrar en la consulta-. Estoy segura de que no quería que se le soltaran los puntos.
    – Me quité la venda para rascarme, después se me olvidó ponérmela otra vez. Sin querer, me estiré demasiado para recoger una taza que se caía. ¿De acuerdo?
    – De acuerdo -dijo Faith, y se interpuso entre ellos-. Pero te abriste la herida y hay que volver a coserte.
    Luke suspiró. Faith todavía tenía los labios hinchados por los besos y no podía evitar recordar cómo se había quitado el sujetador.
    – Quiero que lo haga ella -dijo Carmen.
    – Está bien -dijo ella calmándola-. Pero esta vez tendrás más cuidado. ¿Verdad?
    Carmen la miró.
    – Me caes bien.
    Luke se dio la vuelta con cara de frustración.
    – He debido interrumpir algo bueno, ¿no? Lo siento.
    Luke suspiró con fuerza.
    – Uy! -Carmen se puso pálida al ver la aguja de sutura-. Otra vez no.
    – Créeme, vas a tener que dormirla – dijo Luke.
    – No va a ser tan doloroso -dijo Faith, pero Carmen insistió en que le dieran algún medicamento.
    En menos de cinco minutos, se sentía como borracha.
    – Ooh, me siento muy bien -Carmen miró a Luke-. Apuesto a que desearías no tener que llevarme a casa -se echó hacia atrás y miró el techo como si estuviera borracha-. Recordad, jovencitos, la abstinencia hace que se quiera más al otro.
    Luke refunfuñó sin más.

    – Sólo bromeaba con eso de la abstinencia -dijo Carmen. Tenía la cabeza apoyada sobre la de Luke y él la llevaba en brazos desde el coche a su casa-. A veces me gusta meterme contigo, pero te quiero y deseo que seas feliz.
    Luke la dejó sobre una de las camas que no utilizaba y suspiró.
    – Lo sé.
    – Y también bromeaba cuando te dije que no me caías bien -murmuró ella.
    – Lo sé -la cubrió con una manta-. Y no sabías que eres alérgica al medicamento que te di.
    – Así es -abrió los ojos un instante-. Todo es culpa tuya.
    Faith opinaba que no necesitaría anestesia.
    – Duérmete antes de que te estrangule -dijo Luke con un suspiro.
    – Siento que mi hermana no estuviera para cuidar de mí.
    – Sí. Yo también.
    Ya estaba en la puerta cuando ella lo llamó de nuevo.
    – ¿Y ahora qué?
    – Ella es maravillosa. No se me ocurre nadie mejor para ti, así que no lo estropees, ¿de acuerdo?
    – Buenas noches, Carmen.
    – Buenas noches -dijo ella, y cerró los ojos.

    Faith estaba sola en la cama, excitada y molesta.
    Podía haberse marchado con Luke y Carmen.
    Si lo hubiera hecho, en aquellos momentos estaría metida en la cama de Luke. Con Carmen al final del pasillo.
    Como creía que no sería capaz de permanecer en silencio si Luke la acariciaba otra vez, sobre todo después de ver lo que le había provocado sólo con acariciarle los pechos con la lengua, decidió que lo mejor era esperar otra oportunidad. Una oportunidad en la que no hubiera público ni posibilidad de interrupción.
    Esperar no debería ser tan difícil, pero al verlos marchar desde la clínica, pensó que podría morirse.
    Tenía que admitir que el deseo se había apoderado de ella con cada movimiento. Ya había decidido que no había nada de malo en que eso sucediera de vez en cuando. Nada malo con tener una relación sexual satisfactoria para ambos.
    Entonces, ¿por qué le molestaba la idea de que sólo fuera sexo y nada más? ¿Por qué se preocupaba con la idea de estar con un hombre que no la amaba y que, probablemente, nunca la amaría?
    Porque empezaba a estar enamorada. Eso era.
    Y era lo bastante anticuada como para pensar que, si ella se enamoraba, él también debería enamorarse.

Capítulo 10

    La semana pasó volando. Una de las noches, Faith salió a cenar con el personal de la clínica. Otra, vio una película con Shelby. Pasó una tarde en la biblioteca, leyendo por placer, y otra, haciendo la compra, algo que era más complicado que antes teniendo en cuenta su nueva condición de diabética.
    Controlar el nivel de azúcar en sangre era más difícil de lo que nunca habría imaginado. E incluso, con todo el tiempo que dedicaba a ello, no conseguía tenerlo controlado.
    El virus de la gripe habría sido mucho mejor.
    Y respecto a por qué evitaba a Luke, la clave era el dolor que éste le producía. No un dolor físico, sino uno mucho peor, dolor de corazón.
    El sábado, Luke apareció en la clínica y no dijo nada acerca de que no se hubieran visto en toda la semana. Trabajaron juntos durante todo el día, pero él no hizo ningún intento de entrar en el almacén con ella ni de verla a solas.
    ¿Habría cambiado de opinión? ¿Y por qué a ella no le parecía bien?
    Aquella noche, cuando todo el mundo se había marchado, Faith se dio un baño de espuma con olor a jazmín. Sólo había una cosa que pudiera mejorar su estado de animo, bueno, dos. El chocolate.
    Y Luke.
    Pero no podría tener ninguna de las dos.
    Cuando sonó el timbre, le dio un vuelco al corazón. Se quedó quieta dentro del agua, pero llamaron de nuevo. Salió de la bañera y se cubrió con una toalla. Se dirigió a la puerta y encendió la luz del exterior.
    Luke estaba allí. Al verlo, se le aceleró el corazón y un fuerte deseo se apoderó de ella. Deseo mezclado con dolor. Todo a la vez.
    De pronto, sintió que debía retirar la barrera que había entre ellos y abrió la puerta para que Luke entrara. Pero se dio la vuelta, sabiendo que, si lo miraba, él descubriría sus sentimientos, su deseo, su esperanza, su confusión…
    Desde detrás, él le acarició el cabello y apoyó la cabeza sobre su hombro, de modo que sus rostros se rozaron.
    – ¿Quieres que me vaya? -Ella permaneció callada-. ¿Faith?
    Faith cerró los ojos y negó con la cabeza. No quería que se marchara. Pero tampoco quería que se enterara de lo que estaba pensando para que no saliera huyendo.
    Luke le acarició el brazo mojado y suspiró, tan cerca de su oído que hizo que se le pusiera la piel de gallina.
    – Te he sacado del baño.
    Ella asintió.
    – No quiero convencerte de nada -susurró.
    Faith se volvió y apoyó las manos contra la puerta para no tocar a Luke.
    – Fue idea mía.
    – Sí -sonrió él-. Entonces, ¿por qué me da la sensación de que has cambiado de opinión?
    Faith había cambiado de opinión. Ya no sólo quería sexo salvaje durante los fines de semana, sino algo más, pero ¿cómo iba a decírselo a un hombre que sólo se comprometía con sus pacientes? No podía explicárselo, así de sencillo.
    – Todavía te deseo -susurró ella.
    Al oír sus palabras, los ojos de Luke se encendieron con ardor. Él sacó el buscapersonas del bolsillo y lo tiró sobre el sofá. Después, hizo lo mismo con el teléfono móvil.
    Ella lo miró y se acercó al teléfono portátil que estaba en la mesa. Lo agarró y lo escondió bajo un almohadón. Al cabo de un momento, hizo lo mismo con el teléfono de Luke y su buscapersonas.
    Él sonrió.
    Ella sonrió también, y se lanzó a sus brazos.
    – Nunca me había reído mientras desnudaba a una mujer -admitió, y le mordisqueó el cuello.
    Ella echó la cabeza hacia atrás para dejarle espacio.
    – No vas a tener que trabajar duro para desnudarme.
    – ¿No? -miró la toalla.
    – No -se quitó la toalla y la dejó caer al suelo.
    Luke respiró hondo y se quitó la camisa con las manos temblorosas.
    – Todavía te llevo ventaja -dijo ella, desnuda, contemplando su torso musculoso cubierto de vello varonil.
    – Lo sé -dijo él. Se quitó los zapatos, se desabrochó los pantalones y dejó visible su erección.
    – Oh, cielos -susurró ella, incapaz de retirar la mirada. Hacía mucho tiempo que no veía un hombre en una situación como esa.
    Luke la rodeó con los brazos y la aupó. Ella se humedeció los labios y se fijó en su boca.
    – ¿Vamos a…?
    – Sí.
    ¿En mi habitación?
    – Sí.
    – ¿Esta vez vamos a llegar hasta el final?
    – Sin duda. ¿Alguna otra pregunta?
    – Sí. ¿Podrías darte prisa?
    – A lo mejor la primera vez, pero no la segunda. Ni la tercera -se encaminó por el pasillo-. Te quiero en la cama, Faith. Tumbada, de manera que pueda acariciar y besar todo tu cuerpo -la dejó en la cama y le acarició el entrecejo. Oh-oh. Parece que estás un poco tensa -le acarició las piernas-. Eso no me gusta -cuando llegó a la altura de los muslos, ella se estremeció-. ¿Tienes frío? -ella negó con la cabeza-. Bien -con cuidado, le separó las piernas y respiró hondo.
    Ella también.
    Continuó recorriendo su cuerpo con las manos, hasta llegar a la parte superior de los muslos. Faith arqueó el cuerpo, y cuando él tocó el centro de su feminidad, gimió de placer.
    – Eres preciosa, perfecta -con cuidado, inclinó la cabeza.
    Ella sintió su cálida respiración y se quedó paralizada. De pronto, se sentía insegura.
    – Um, Luke…
    – Shh…
    – Pero… -al primer roce de su lengua sintió que iba a estallar.
    Al segundo, estalló.
    Luces brillantes, el corazón a punto de salírsele del pecho, eso es lo que sentía mientras experimentaba un orgasmo salvaje.
    Finalmente, quedó tendida sobre la espalda, mirando al techo, agarrando las sábanas y con las piernas abiertas por los hombros de Luke.
    – ¿Estás bien? -preguntó él.
    – No siento los dedos de los pies.
    Él se incorporó un poco.
    – ¿Mejor?
    – No.
    Luke se puso muy serio y ella se rió.
    – ¿Quieres saber cómo estaría mejor? susurró-. Estaría mejor si tú estuvieras dentro de mí.
    Luke sonrió de tal forma, que Faith pensó que se le detenía el corazón. Entonces, le dio lo que ella pedía. La penetró y comenzó a moverse despacio en su interior.
    – Faith -le acarició el rostro y la besó. Cada vez se movía más deprisa y ella empezó a moverse también-. Otra vez, otra vez. Ten otro orgasmo conmigo -y para asegurarse de que ocurría, él le acarició un pezón. Ella arqueó el cuerpo-. Eso es… – le acarició el vientre y el monte de Venus, mientras le dedicaba las palabras más sensuales que ningún hombre le había dicho. Faith clavó los dedos en su trasero, echó la cabeza hacia atrás y se deshizo al llegar al clímax. Al cabo de un instante, oyó que él también perdía el control y se dejaba caer sobre su cuerpo.
    Ella lo abrazó, disfrutando de su calor. Empezó a quedarse dormida, hasta que se dio cuenta de que no habían utilizado ninguna protección.
    Menudos profesionales de la salud.

    Algunos minutos más tarde, Luke estaba fuera de la casa fe Faith. En el porche, con la fresca brisa de la noche, ella le puso la chaqueta en la mano y le cerró la puerta.
    – Faith…
    Abrió una rendija.
    – Tengo que madrugar.
    – Sí -pero ese no era el problema y, él lo sabía. Por la expresión de su rostro supo que estaba tan impresionada como él, quizá incluso aterrorizada, por lo que había sucedido, por cómo se habían dejado llevar-. Faith, no hemos utilizado ningún anticonceptivo.
    Ella soltó una carcajada estridente y después se tapó la boca.
    – Te has dado cuenta -dijo él, y se froto la cara con la mano-. Nunca me había olvidado. Maldita sea, lo siento mucho. Te prometo que no vas a pillarte nada…
    A Faith se le escapó otra risita y, dando un suspiro, Luke abrió la puerta por completo Y la abrazó.
    – Si lo que te preocupa es quedarte embarazada, lo solucionaremos. Juntos. ¿De acuerdo? -ella no contestó y él se echó hacia atrás para verle la cara-. Faith, nos enfrentaremos a ello los dos.
    – Somos profesionales. Todos los días veo las consecuencias de que los adolescentes no utilicen métodos anticonceptivos. Siempre les hablo de lo importante que es la abstinencia y ¿qué es lo que hago? Me dejo llevar así como así…
    – Nos -la interrumpió él-. Lo de dejarse llevar ha sido cosa de ambos.
    – Ya sabes lo que quiero decir.
    – Sí.
    – Es que, incluso lo habíamos planeado -dijo ella, asombrada-. Incluso había comprado… -se calló y se sonrojó.
    – Yo también -se tocó el bolsillo trasero-. Quizá deba coserlos a mi ropa interior para la próxima vez.
    Faith se mordió el labio y lo miró.
    – ¿Próxima vez?
    – ¿No va a haber próxima vez?
    – Hemos sido tan estúpidos…
    – No volveremos a serlo -prometió él.
    – Quedan cinco semanas.
    – Quiero cada una de ellas.
    – Eso es lo que te prometí. Pero… quiero estar sola el resto de esta noche.
    De pronto, él deseó haber negociado también la parte de dormir juntos. Le habría gustado pasar el resto de la noche con ella acurrucada entre sus brazos.
    – Buenas noches, Luke.
    A Luke le hubiera gustado ver su cara, pero ella se había colocado en la sombra de las luces. Al parecer, él era el único que pensaba demasiado en la decisión. No era bueno. Nada bueno.
    – Buenas noches, Faith.

    La noche siguiente, Faith no sabía qué esperar. Salió del baño y se puso el albornoz. ¿Iría Luke aunque fuera entre semana?
    ¿O esperaría al siguiente fin de semana, hasta después de que hubieran trabajado juntos todo el día? Sin duda, el fin de semana era más conveniente para él, porque Faith imaginaba que con la agenda ocupada que tenía no podría tener mucha vida social entre semana, aparte de que no querría verla tan pronto…
    Llamaron al timbre y se sobresaltó. Luke había ido.
    No. No podía ser Luke. Se habían visto el día anterior, seguro que él no quería… Resultó que era Shelby. Llevaba un vestido negro de fiesta y tacones, y el cabello recogido. Llevaba un guiso en la mano.
    – Toma -le dijo-. He hecho de sobra. Mucha proteína, nada de azúcar.
    Faith miró el guiso, que olía delicioso.
    – ¿Has cocinado para mí con esa ropa?
    – No, he cocinado para mi acompañante -dijo con pícara sonrisa-. También comerá del guiso, pero, para él, también he hecho postre.
    – Eh, yo quiero postre.
    – El suyo es de seda negra -dijo ella entre risas-. Así que tendrás que buscarte el tuyo… -se calló al oír que alguien subía por las escaleras. Al ver a Luke, esbozó una especulativa sonrisa-. Mira, puede que después de todo también tengas postre.
    Luke arqueó una ceja al oír el comentario. También iba de negro, pero no de seda; vaqueros negros y camiseta negra. Bajo la luz de la luna, parecía más alto y extremadamente atractivo.
    – Doctor Walker… Es justo lo que Faith había pedido -riéndose de su propia broma, besó a Faith en la mejilla-. Te desearía una buena noche, cariño, pero veo que, sin duda, vas a tenerla. Buenas noches. No hagas nada que yo no hiciera ahora… bueno, pensándolo mejor, no hay nada que yo no hiciera, así que disfruta.
    Faith observó marchar a Shelby y sintió que se le había acelerado el corazón.
    – Eso huele bien -dijo Luke, señalando la olla-. ¿Vas a compartirlo?
    – No has venido aquí para comer.
    – No, pero vamos a hacerlo.
    – Por el momento, mi nivel de azúcar en sangre es el correcto.
    – Bien. Después de cenar, voy a quitarte toda la ropa que llevas -lo dijo con tanta naturalidad, que Faith tardó un instante en asimilar sus palabras. Al hacerlo, le dio un vuelco el corazón-. Y voy a volverte loca.
    – Qué gallito -dlijo ella, aunque se puso tensa y se le endurecieron los pezones.
    – Sí, también voy a hacerte gritar -elijo él, y se acercó más a ella, pero sin tocarla.
    – Um, no soy de las que grita -dijo ella, orgullosa de que no le temblara la voz a pesar de que le flaqueaban las piernas.
    Mirándola a los ojos, Luke se aprovechó de que tenía las manos ocupadas sujetando la olla caliente y tiró de su albornoz, dejando uno de sus pechos al descubierto. Ella se quedó boquiabierta.
    – Mmm -pronuncio él, y le sujeto el pecho para acariciárselo con la boca.
    Faith dio un paso atrás y se dio con la puerta.
    – Cuidado con nuestra cena -dijo él, mordisqueándole el pezón-. ¿Todavía la puedes sujetar, Faith?
    Ella se tambaleó y juntó las rodillas para no caerse.
    ¿Faith?
    – Sí.
    – Esa es mi chica.
    Y cerró la puerta tras ellos, para después cumplir con su promesa de quitarle la ropa, volverla loca y hacerla gritar.

Capítulo 11

    Durante las semanas siguientes, Luke disfrutó más que nunca de su trabajo en el hospital.
    Y también disfrutó más que nunca de su tiempo libre.
    Mientras recogía sus cosas en la sala de médicos no podía dejar de pensar en la noche que tenía por delante.
    Decidió que invitaría a Faith a cenar, y después se tomarían el postre bajo la luz de la luna. Faith bajo la luz de la luna.
    – ¿Se marcha, doctor Walker?
    Luke se colgó la bolsa del hombro y se volvió para mirar a la doctora Nicole Mann, una de las doctoras más jóvenes que tenía en su equipo.
    – Así es.
    Era una mujer muy dedicada a su trabajo en el hospital, y trabajaba para él en el área de urgencias. El día que Luke había sido condenado a trabajar en la clínica, ella se había pasado por su despacho para ofrecerle su apoyo. Ella, más que nadie del equipo, comprendía su pasión y la sentía como si fuera propia.
    – Estos días parece más… ligero -le dijo con una sonrisa-. Y me atrevería a decir que más contento. ¿Ha conseguido algún ascenso y yo no me he enterado?
    – No.
    – ¿Ha terminado de trabajar en Healing waters?
    – No.
    – Entonces, ¿cual es su secreto?
    «Faith», estuvo a punto de decir, pero se mordió la lengua. No era ella la que hacía que tuviera ganas de bailar por los pasillos del hospital. No, era… Demonios, sí era Faith.
    – A lo mejor es porque me quedan tres semanas en la clínica.
    ¿Tres semanas y se acabarían los encuentros eróticos y apasionados con Faith? Y de pronto se preguntó por qué habría aceptado ese estúpido límite temporal. ¿Cómo se le había podido ocurrir que sería suficiente?
    – Apuesto que estará deseando alejarse de los aceites apestosos y de todas esas tonterías, y regresar a la medicina científica.
    – Las terapias alternativas que emplean en Healing Waters se conocen desde hace siglos -dijo él-. Más que nuestros métodos científicos -se calló y la miró, horrorizado consigo mismo. ¿Acababa de defender la práctica de la medicina alternativa?
    La doctora Mann parecía igual de sorprendida.
    – Sí… bueno… buenas noches, doctor Walker -se alejó de él lo más deprisa que pudo.
    Porque estaba loco. Él también habría huido.
    ¿Qué diablos le estaba pasando? Todas sus aventuras amorosas terminaban tarde o temprano, y a él siempre le había parecido bien.
    Quizá fuera porque esperaba impaciente a que Faith tuviera el periodo. Ella decía que tenía un ciclo muy irregular, que incluso a veces pasaban dos meses entre un periodo y otro, pero él quería estar seguro. No podía marcharse sin estar seguro de que el descuido que habían tenido no había causado mayores consecuencias. Sin duda, Faith lo sabría antes de que se agotara el tiempo.
    Entonces, él estaría preparado para continuar con su vida.
    Salió del hospital y, aunque estaba deseando tomar a Faith entre sus brazos, se dirigió hacia la playa y se marchó a casa. No necesitaba verla todos los días. No, desde luego que no.
    Sin duda, ella estaría agradecida de tener una noche libre. Después de todo, tres semanas más tarde, no se verían en absoluto.

    Aquella noche, Luke no fue a verla. Ni la siguiente.
    Y para el sábado, Faith no estaba segura de qué pensar, excepto que se había vuelto demasiado dependiente de sus abrazos, de sus sonrisas y de cómo la hacía sentir.
    Había hecho un trato con él, un trato que estaba a punto de vencer y que, dado que él no había aparecido en casi toda la semana, quizá ya hubiera terminado y tendría que conformarse con ello.
    Estaba organizando el horario de la clínica cuando entró Luke.
    – Buenos días -dijo él.
    A Faith se le aceleró el corazón solo con oír su voz.
    – Buenos días -contestó ella.
    Se puso en pie y rodeó el escritorio dispuesta a marcharse sin mirar a Luke. Sabía que podía ser malo para su salud y deseaba continuar trabajando el resto del día. Pero deseaba abrazarlo, y sabía que debía hacer todo lo posible para no acercarse demasiado.
    – Eh -Luke la agarró del brazo para detenerla. Al ver que ella no levantaba la vista, la llamó-. ¿Faith? -la sujetó por la barbilla-. No estás bien.
    ¿Se había dado cuenta después de todo del esfuerzo que hacía ella para aparentar que estaba perfectamente bien, a pesar de que le doliera el corazón?
    – Por supuesto que estoy bien. Tenemos un día muy ajetreado, así que será mejor que…
    – ¿Has desayunado?
    – Te lo he dicho, puedo controlar ese tema.
    – ¿Necesitas un tentempié?
    – Tengo una rosquilla en mi escritorio. Voy a buscarla…
    – Búscala ya -le dijo acariciándole el labio inferior-. Estás pálida.
    – Bien -dejó el horario sobre la mesa, sacó la rosquilla y se metió un pedazo en la boca-. ¿Contento?
    – Lo estaré -esperó a que tragara-. Más -miró él reloj. Al cabo de sesenta segundos levantó la vista-. ¿Te sientes mejor?
    Sí -admitió ella.
    – Faith, a veces te sentirás mal porque sí. No es culpa tuya -al ver cómo la miraba, Faith sintió ganas de llorar-. Quiero que te pongas insulina.
    – No. La insulina no es la solución para mí.
    – ¿Porque es algo convencional?
    – Voy a hacer caso omiso de ese comentario sarcástico e inapropiado por que veo que estás preocupado por mí, pero…
    – Claro que estoy preocupado por ti -la atrajo hacia sí-. Pienso en ti todo el rato.
    – ¿De veras? -como no podía soporta el calor, la preocupación, y el afecto de su mirada, le dio la espalda y se cruzó dle brazos-. Porque anoche no viniste. Ni la noche anterior.
    – Faith…
    – Olvídalo -se cubrió los ojos con las manos-. No quería decir eso, no quería parecer una pesada. Hemos hablado de esto, sólo es sexo, nada más… -cuando él la giró, ella se quedó boquiabierta.
    Esperaba ver rabia o frustración en su mirada, pero no tristeza.
    – He estado alejado de ti porque sí, de acuerdo, acordamos que sería una aventura de fin de semana, durante algunos meses, y sin embargo, me he encontrado… -hizo una mueca-. Mira, que sepas que no eres la única que está teniendo problemas con esto, ¿de acuerdo? Pero es todo lo que puedo ofrecerte por el momento.
    Faith tragó saliva.
    – Eso ya lo sabía.
    – No tengo relaciones serias, yo…
    – Lo comprendo, Luke.
    – Me entrego por completo a mi trabajo, y no me queda nada más…
    – He dicho que lo comprendo -repitió ella.
    – ¿Cómo puedes hacerlo si yo no lo hago?
    – Lo comprendo sin más. Somos muy parecidos. Yo también me entrego por completo a mi trabajo, y a menudo… -se encogió de hombros-. No queda nada. Con el tiempo, nos cansaríamos, eso sí lo sé. No podríamos darnos lo suficiente, es así.
    – Sólo quedan unas pocas semanas -susurró él, acariciándole la mejilla.
    Incapaz de hablar, Faith suspiró.
    – Entonces, quizá deberíamos aprovecharlas al máximo.
    – Sí -la besó en los labios.
    Ella cerró los ojos y le rodeó el cuello.
    – ¿Esta noche?
    – Esta noche -contestó él, y deslizó la boca sobre su cuello, y su hombro. Cuando llamaron a la puerta del despacho, se separaron.
    – ¿Faith? -llamó Shelby-. ¿Está el doctor Walker contigo? Lo necesitarnos en la habitación número tres.
    Faith miró a Luke.
    – Va corriendo.
    – ¿Ah, sí? -murmuró con una sonrisa pícara.
    – Esta noche -murmuró ella.
    Sí, Luke iba a partirle el corazón. Y sí, ella lo deseaba de todos modos. Si aquello era todo lo que podía conseguir, no estaba dispuesta a perder ni un segundo.
    Era una broma cruel que nunca llegara a saciarse, y que siempre deseara más, pero también se enfrentaría a ello cuando llegara el momento. Hasta entonces, sonreiría.
    – Esta noche, entonces -susurró él, y tras un último beso, se marchó.

    Un día de la siguiente semana, Luke entró en el hospital con el cuerpo todavía caliente tras la noche que había pasado con Faith. Acababa de darse la ducha más caliente de su vida, y Faith lo había acompañado.
    Se preguntaba si alguien podría interpretar lo que significaba su estúpida sonrisa y trató de borrarla de su rostro pensando en cosas difíciles. No lo consiguió. Prácticamente iba bailando por los pasillos del hospital. Al pasar por delante de la enfermería, saludó con una gran sonrisa. Las enfermeras lo saludaron un poco sorprendidas.
    Sólo le quedaba una semana.
    Ese pensamiento sí conseguía borrar la sonrisa de su rostro. Sólo una semana. Durante un instante, pensó en la posibilidad de hacer otro comentario sobre la clínica a la prensa, algo que le garantizara pasar otros tres meses allí. Pero no podía, porque aparte de que ni siquiera recordaba por qué había estado en contra de la clínica, sabía que le causaría mucho daño a Faith.
    Al menos, durante las horas siguientes estaría muy ocupado y no podría pensar en nada más que en lo que estuviera haciendo. Había habido un accidente en cadena en la carretera y no paraban de llegar heridos. En medio del caos, una de las enfermeras le pidió que fuera a ver a un paciente que no era suyo.
    – Ha preguntado específicamente por usted -le dijo la enfermera.
    Cuando Luke abrió la cortina se sorprendió al encontrar allí a Emma, la mujer con cáncer que había conocido en la clínica de Faith. Estaba dormida, así que tuvo tiempo de leer el informe. Se había desmayado en el supermercado.
    – ¿Emma? -le acarició el brazo hasta que abrió los ojos-. ¿Qué ha pasado?
    – Creo que ha sido por el dolor.
    – ¿Has estado yendo a las citas de digitopuntura?
    – Y a las de masaje también -se le llenaron los ojos de lágrimas-. No es suficiente. Faith me dijo que hablara contigo, que tú me darías algo más fuerte para el dolor, pero pensé que podría controlarlo. Entonces sucedió lo del supermercado consiguió sonreír un instante-. Creo que la verdad es que tengo miedo.
    Aquella era la parte que Luke odiaba, no tener todas las respuestas, hacer su trabajo lo mejor posible y que no fuera suficiente.
    – Faith confía en ti -dijo ella-. Y yo también.
    Luke miró a Emma a los ojos y sintió ganas de llorar.
    – Cuidaremos de ti.
    Ella suspiró, sonrió y cerró los ojos.
    Si él también confiara en sí mismo tanto como ella…
    Faith confiaba en él. Lo bastante como para derivarle uno de sus pacientes. Esa era una importante revelación.
    Pronto, en una semana, él regresaría a su vida y Faith a la suya. En la teoría era algo sencillo, pero de pronto no comprendía cómo podía habérselo creído.
    No había nada de sencillo en no volverla a ver nunca mas, en no reírse con ella, en no abrazarla… Nada.

    Más tarde, Luke estaba sentado frente a su casa en una roca de la playa. Había hablado con el especialista que trataba a Emma y se había enterado de lo que Faith ya le había contado semanas antes, no había nada que se pudiera hacer aparte de intentar que se sintiera lo mejor posible.
    Eso era lo que él había hecho, al mismo tiempo que echaba pestes contra la maldita enfermedad que él no conseguía dominar. Y aunque Emma aún no había fallecido, se sentía igual de desesperado que si hubiera sucedido.
    – ¿Qué estás haciendo aquí fuera alicaído cuando te he hecho un guiso mexicano que sabe de maravilla?
    Luke miró a Carmen mientras ella se sentaba a su lado.
    – Gracias, pero no tengo hambre.
    – ¿Lo has estropeado todo con Faith?
    – No.
    – Ajá. Supongo que te sientes mal porque has llegado al límite de dos meses y te ha entrado la claustrofobia, ¿no es así?
    – De hecho, han sitio casi tres meses, y nunca he sentido claustrofobia con Faith.
    – Entonces, te ha molestado algo de ella. ¿Quizá ronca?
    – No.
    – De acuerdo, entonces mastica con la boca abierta. O se olvida de tapar la pasta de dientes.
    – Carmen… -se frotó la cara con las manos-. Estás loca.
    – ¿Loca? Eres tú el que está aquí fuera en lugar de estar con tu chica. ¿Lo habéis dejado?
    – No estamos juntos y, la próxima semana, cuando yo termine en la clínica, no nos veremos más.
    – ¿Y quién ha puesto esa norma tan brillante?
    – ¿No tienes que limpiar el baño o algo así? -dijo él, dando un suspiro.
    – Prefiero molestarte. Entonces, a ver si lo comprendo… Encuentras a la primera mujer que te captura el corazón y ¿vas a alejarte de ella? Y yo que todo este tiempo pensaba que eras inteligente.
    – Ambos acordamos que sería algo temporal.
    – ¿Una aventura sexual temporal? – dijo ella-. Me parece bien. Sólo que resultó ser algo más, ¿no, idiota? Y ahora qué… ¿eres demasiado orgulloso como para reconocerlo?
    – Más es algo que no funciona para mí. No va con mi estilo de vida.
    – ¿Así que un médico no tiene derecho a tener su propia vida? ¿Sabes lo que opino?
    – Si digo que sí, ¿te callarás?
    – Creo que hay más que eso. Tienes miedo.
    Luke soltó una carcajada.
    – No seas ridícula.
    – Tienes miedo de casarte y tener hijos porque crees que no serás mejor padre de lo que fue el tuyo -él la miró asombrado-. Tu hermano me llamó ayer. Quería saber de ti. Le conté todo, así que no te enfades. Matt dijo que a lo mejor no querías comprometerte porque a tus padres no les gustaba la responsabilidad de tener hijos y ni siquiera cuidaron de vosotros dos. También dijo que ese había sido su problema hasta que se volvió loco por una bella científica con la que va a casarse.
    Luke estaba dispuesto a matar a su hermano.
    – Carmen…
    – Ya -se puso en pie-. Métete en tus asuntos. Claro -comenzó a alejarse pero se dio la vuelta-. Supongo que lo que me sorprende es que Faith esta siendo tan cabezota y orgullosa como tú. Quiero decir, todos sabemos lo que a ti te está echando atrás. El estúpido orgullo masculino. Pero ¿a ella? Pensaba que, al menos, uno de los dos tendría el valor para luchar por esto -dijo, y se marchó.
    Luke se quedó pensando en las palabras de Carmen. Sabía qué era lo que lo echaba atrás, y sí, en parte podía ser miedo, y en parte, resignación porque como sabía que nunca podría tener una vida familiar normal, para qué iba a probarlo.
    Sentado en la arena observando el movimiento de las olas, admitió que siempre le había resultado más fácil salir con mujeres y permitir que éstas entraran y salieran de su vida que intentar solucionar el problema.
    ¿Pero qué diablos era lo que hacía que Faith se echara atrás?

Capítulo 12

    Y llegó su último fin de semana. Faith iba a abrir la clínica ambos días, y el domingo harían un día especial para mujeres.
    Luke había aceptado trabajar todo el fin de semana, así que Faith se convenció de que él tampoco quería que aquello terminara.
    Faith se despertó triste. Trató de engañarse pensando que lo que le preocupaba era el dinero, los pacientes, su nivel de azúcar, pero lo que de verdad le importaba era que, al día siguiente, Luke se marcharía.
    Guy había comprado cosas de decoración para poner en la sala de enfermería el día de la despedida y Shelby había hecho galletas de cereales con pasas. Sin azúcar. Por supuesto.
    Sólo dos días más. Cuarenta y ocho horas.
    Dos mil ochocientos ochenta minutos. Luke entró en la habitación. Sonrió al ver la decoración, agarró una galleta y miró a Faith.
    Ella se quedó sin respiración. Apoyándose contra la encimera, Luke la observó mientras daba un mordisco a la galleta. Se fijó en cómo se había recogido el cabello, en el color de sus mejillas y en el vestido de punto que llevaba.
    – Están malísimas -dijo él, y le acarició la cara.
    – Porque no tienen azúcar.
    – Ah -se agachó para besarla-. ¿Esta noche, Faith?
    – Esta noche -dijo ella y cerró los ojos tratando de no calcular el tiempo que le quedaba para estar con él.

    Aquella noche, Luke la ayudó a cerrar la clínica.
    – ¿Cenamos? -preguntó él, pero ella negó con la cabeza. No estaba dispuesta a perder ni un segundo de su penúltima noche juntos.
    – Vamos arriba.
    Él la agarró de la mano y la guió escaleras arriba.
    – ¿Nos damos una ducha? -murmuró ella, quitándose la bata-. Con mucho vapor y agua caliente.
    – Si eso te incluye a ti…
    Se desnudaron en el pasillo entre besos largos y apasionados. Faith le desabrochó la camisa y se la quitó para acariciarle el torso. Luke le desabrochó el vestido. Lo dejó caer al suelo y colocó el rostro sobre su corazón.
    No. Era un gesto demasiado sensible, y si empezaban así, ella perdería el control. Quería algo ardiente, rápido y duro, así que se inclinó y comenzó a mordisquearle el pezón a Luke.
    Él respiró hondo.
    Mirándolo, le acarició el torso con la lengua hasta llegar al otro pecho, al mismo tiempo que le bajaba los pantalones.
    – Faith… -se apoyó contra la pared cuando ella rodeó su miembro erecto con los dedos y se lo acarició.
    Luke se sentía como si estallaran fuegos artificiales en su interior. Si no la detenía, todo acabaría demasiado rápido, pero ella lo acarició de nuevo, con la presión adecuada. Con un gemido, trató de abrazarla, pero ella se resistió y lo guió hasta el baño. Cuando se disponía a abrir el agua, él la giró para apoyar su espalda contra la mampara de la ducha y cubrirla con su cuerpo.
    Pero ella sonrió y giró de nuevo, dejando a Luke atrapado contra la mampara. Despacio, se arrodilló frente a él.
    – Faith…
    Faith rodeó su miembro con la boca y él sintió que le faltaba aire en los pulmones. Normalmente, aquélla era una de las caricias sexuales favoritas de Luke, sin embargo, esa vez sólo deseaba poseerla. Quería mirarla a los ojos y comprobar que ella también sentía la increíble atracción y deseaba, de manera desesperada, fingir que ella podía ser suya durante más tiempo.
    Pero lo que ella le estaba haciendo… Tuvo que hacer un gran esfuerzo para ponerla de pie y guiarla al dormitorio. Retiró la colcha y tumbó a Faith en la cama.
    – La ducha…
    – Puede esperar -se arrodilló en la cama-. Te deseo, Faith. Quiero estar dentro de ti, que me mires… -la besó en el cuello-. Sólo a mí -susurró, acariciándole los senos con la barbilla y buscando con la boca su pezón. Le acarició la entrepierna y, al sentir la humedad pegajosa, gimió de placer.
    – Oh, Luke. Te estoy mirando, sólo a ti, Luke -separó las piernas para acomodarlo y, cuando se colocó entre sus piernas, arqueó la espalda para que la penetrara, tal y como él deseaba.
    Tras retirarse una pizca, la penetró de nuevo. Ella se estremeció y suspiró a la vez, cerró los ojos, y lo abrazó con fuerza. Tenía los senos firmes, los pezones erectos y una extraña sensación en el estómago mientras esperaba a que él se moviera otra vez. Al ver que no lo hacía, arqueó las caderas para indicarle que quería llegar con él a la cima del placer.
    – No puedo -dijo él entre dientes-. Me dejé el preservativo en el pasillo, en el bolsillo de los pantalones.
    – Date prisa -dijo ella.
    Nunca en su vida se había movido tan rápido, y cuando se introdujo de nuevo en su cuerpo, adecuadamente protegido, le acarició el cabello y le preguntó:
    – ¿Estás bien?
    – Sí -comenzó a decir ella, pero las palabras se convirtieron en gemidos cuando él se retiró para volver a penetrarla.
    Luke se movió cada vez más rápido, hasta que apenas podía respirar. Se sentía vivo, y tenía que contenerse para no terminar antes de lo que quería. De pronto, el rostro de Faith se nubló y él pestañeó furioso. Deseaba oírla cuando llegara al clímax y se perdiera en él.
    – No puedo contenerme, Faith… no puedo…
    – Ni se te ocurra esperar dijo ella. Arqueó el cuerpo y comenzó a estremecerse una y otra vez.
    Lo único que Luke pudo hacer fue hundir el rostro en el cabello de Faith y dejarse llevar.

    El domingo por la tarde llegó casi sin avisar. La decoración seguía puesta, había más galletas e incluso algunos pacientes le habían llevado un regalo a Luke.
    Faith leyó con orgullo un artículo sobre Luke que había salido en el periódico. Sabía que todo lo que decían sobre él era cierto.
    Y más.
    Luke trabajaba muy bien, y su clínica nunca había ido mejor. Las cosas eran estupendas.
    Él ya había salido de su vida. Sí, tenía una reunión importante en el hospital y se había disculpado por tener que marcharse corriendo. Al despedirse, le había dado un beso perfecto y demoledor a la vez, algo que no ayudó mucho a Faith.
    – ¿Faith? ¿Vas a estar bien? -dijo Guy.
    Ella levantó la vista y forzó una sonrisa para Guy y Shelby. Ambos estaban preparándose para marcharse.
    – Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?
    Ellos se miraron dejando claro que no había engañado a nadie.
    – No tiene por qué terminarse, ya sabes.
    Faith miró a Guy.
    – ¿Qué? Por supuesto que sí. Él ha terminado aquí.
    – Pero tú no. No habéis terminado el uno con el otro.
    Ella soltó una carcajada.
    – Hemos terminado. Eso es lo que acordamos.
    Shelby suspiró.
    – Oh, cariño. Por una vez, ¿puedes pensar en ti misma? ¿No puedes luchar por algo que significa tanto para ti?
    – Pero la clínica…
    – Estaremos bien, aunque te enamores -Shelby sonrió al ver su cara de susto-. La clínica irá bien, nosotros estaremos bien, y tú estarás mucho mejor si permites que suceda. Ya es hora, Faith. Es hora de que hagas algo por ti, en lugar de por los demás. Sé egoísta. Decide que quieres estar con él y ve a buscarlo.
    – ¿Necesitas algún consejo? -preguntó Guy-. Porque yo empezaría por tirar esas viejas zapatillas con cara de conejo.
    – Marchaos -dijo Faith con una carcajada, y les abrió la puerta.
    – Oye, ven a cenar con nosotros -dijo Shelby-. Vamos a ir al japonés, a ese sitio nuevo donde hacen la comida delante de ti.
    – No tengo mucha hambre.
    – Ven a vernos -susurró Shelby mientras le daba un abrazo-. Si es que Luke no aparece pronto.
    Faith asintió porque no se fiaba de que le saliera la voz. Cerró la puerta tras ellos y también los ojos. Podía sentir el beso que Luke le había dado.
    Tenía miedo de que fuera el último.
    Y cuando él no apareció, supo que así era.

    Luke trató de parecer interesado en la reunión interminable y miró el reloj con disimulo.
    – ¿Lo aburrimos, doctor Walker? -le preguntó el doctor Wesley Summerton, presidente de la junta directiva del hospital, el hombre que acababa de ofrecerle a Luke renovarle el puesto de director de Departamento.
    – Por supuesto que no -trató de no mirarle-. Es que he trabajado mucho últimamente…
    – En la clínica, lo sé -dijo el doctor Summerton-. Y he de admitir que lo ha hecho muy bien. El personal parece contento, los medios de comunicación han hablado de usted, la clínica tiene mucha clientela… ha salido bien, y le damos las gracias por ello. Pero eso ya ha terminado. Puede disfrutar otra vez de su tiempo libre.
    Sí, podía. Pero no quería la libertad. Quería llamar a la puerta de Faith y comprobar si no tenían nada más que darse el uno al otro.
    Sin embargo, acababan de ofrecerle un puesto que necesitaría toda su dedicación otro año más, y él sólo podía pensar en Faith. En su sonrisa, en la pasión que sentía por la vida en toda ella.
    Cuando salió del hospital era medianoche. Faith había estado agotada y pálida durante el día. Necesitaba descansar, no que la mantuviera despierta, por mucho que la deseara.
    Así que con todo el pesar de su corazón, y una maldita erección, se dirigió a casa, preguntándose si eso había sido todo. Si de verdad había terminado. Terminado antes de comenzar.

    Pocos minutos después de que Shelby y Guy salieran de la clínica, cayó la tormenta de primavera que llevaba todo el día amenazando. Perfecto, encajaba con el humor de Faith. Había rayos y truenos, y la lluvia chocaba contra los cristales.
    Intentó centrarse en el papeleo de la clínica, y quizá le habría servido de algo si el corazón no le hubiera dolido tanto.
    O era su estómago.
    Sin duda, la comida aliviaría su problema. Él no iba a regresar.
    De acuerdo. Era lo que esperaba, lo que había acordado, así que tenía que asumirlo. No había forma mejor que cenar comida japonesa.
    Además, no quería estar sola, no soportaba su propia compañía. Se dirigió al restaurante, confiando en que Shelby y Guy hubieran encargado un gran banquete.
    Ambos se alegraron mucho de verla.
    – ¿Quieres saber cómo me desengancho de un hombre al que realmente quiero y si no tengo valor para luchar por él? -le preguntó Shelby.
    – ¿De qué estás hablando? -dijo Faith entre risas-. Nunca has tenido miedo de luchar por un hombre.
    – Tienes razón. Guy, cuéntaselo tú. Dile cómo se desengancha uno de un hombre.
    – Eh, yo tampoco tengo que desengancharme nunca de nadie, ¡son ellos los que tienen que desengancharse de mí!
    Faith suspiró y se volvió al oír un grito en la mesa contigua a la de ellos.
    Una mujer se había retirado de la mesa, tenía la boca abierta y las manos sobre su vientre. Estaba embarazada.
    – Oh, cielos -exclamó la mujer.
    El marido se acercó a ella con cara de pánico.
    – ¿Cariño? ¿Ha sido una contracción?
    – ¡Desde luego no ha sido una caricia!
    Faith le dio el teléfono móvil a Guy para que llamara a una ambulancia y se arrodilló al lado de la mujer.
    – ¿Señora? ¿Está de parto?
    – ¡Sí!
    Faith le acarició el brazo.
    – Tranquila, todo va a salir bien. Me llamo Faith y soy enfermera.
    – Gracias a Dios -la mujer agarró con fuerza la mano de Faith-. Siento ganas de empujar.
    – Lo sé, pero aún no -Faith le masajeó las manos y los brazos para relajarla-. Respire.
    – Oh, cielos, eso ayuda. Siga haciéndolo.
    – Lo haré, pero respire.
    – ¡Quiero anestesia!
    – De acuerdo, relájese un momento -Shelby y ella habían encontrado ciertas zonas del cuerpo donde con masaje y digitopuntura se aliviaba el dolor de las parturientas-. ¿Cómo se llama?
    – Susan.
    – ¿Cariño? -el marido se arrodilló junto a su esposa-. ¿Quizá deberíamos ir al hospital?
    – Vete, Frank, hueles a salsa teriyaki y ¡voy a vomitar!
    El pobre Frank retrocedió unos pasos.
    – Respira hondo -le recordó Faith-. Muy bien. Respira conmigo, ¿de acuerdo?
    – ¡Respirar no sirve de nada!
    – Hazme caso un minuto. Dentro, fuera… así, muy bien -Faith le retiró el cabello de la frente-. ¿Cada cuánto tiene contracciones?
    – Oh, ha roto aguas -dijo Shelby-. ¿Guy?
    – La ambulancia está de camino.
    – ¡Aquí viene otra! -gritó Susan, y se bajó al suelo, horrorizando a todos los que estaban cenando alrededor.
    El camarero jefe, que era japonés, se acercó entre la multitud.
    – ¡Aquí bebé no! ¡Aquí bebé no! ¡Gente comiendo! -dijo el hombre.
    – ¿Tiene alguna habitación donde pueda estar hasta que llegue la ambulancia? – le preguntó Guy.
    – Sí, sígame -a modo de disculpa, hizo una reverencia a los clientes de las otras mesas.
    Guy levantó a Susan y todos se dirigieron al comedor principal. El camarero los guió hasta una habitación que estaba tras una cortina. Susan se sentó sobre un almohadón.
    – ¡Tengo que empujar! -dijo entre gritos mientras Faith trataba de que siguiera con las respiraciones.
    La exploró y vio que el bebé estaba a punto de nacer. La ambulancia no llegaría a tiempo.
    El bebé nació en menos de cuatro minutos.
    Los médicos llegaron en seis.
    Guy llevó a Frank al hospital, Shelby fue con Susan en la ambulancia, y con toda la excitación, Faith acabó sola en el aparcamiento, bajo la lluvia y muerta de hambre.
    Le dolía la cabeza y le flaqueaban las piernas. Sabía que le estaba dando una bajada de azúcar, pero no quería entrar y cenar sola. Podía llegar a casa.
    Además, tenía que acostumbrarse a estar sola otra vez.
    Salió del aparcamiento y se quedó asombrada por lo resbaladiza que estaba la carretera.
    «Despacio», se dijo, y se alegró al ver que había poco tráfico. Más adelante, el semáforo se puso en verde y ella mantuvo el pie en el acelerador. Entonces, de pronto, volvió a ponerse en rojo. Cuando pisó el freno, el coche deslizó y a ella le dio un vuelco el corazón.
    No le pasó nada.
    Excepto que estaba temblando y le dolía la cabeza. El hecho de no haber cenado, combinado con la chocolatina que se había tomado la noche anterior la había afectado. Debería haberse tomado la pastilla que llevaba en el bolso para los días en que le bajaba el azúcar. Si pudiera metérsela en la boca, en menos de un minuto se sentiría mejor, lo justo para marcharse a casa y cenar algo. Y si consiguiera llegar sana y salva, prometería que nunca más se saltaría la dieta. Buscó el bolso sobre el asiento del copiloto.
    No estaba allí. Se lo había dejado en el restaurante.
    Decidió que estaba más cerca de casa, y que llamaría al restaurante cuando llegara para decirles que se había dejado el bolso. Llovía con tanta fuerza, que apenas podía concentrarse.
    Estaba muy cansada pero, por fin, consiguió llegar hasta su calle. Estaba casi en casa, sana y salva, pero lo único que pudo hacer fue aparcar el coche.
    Temblando, apagó el motor y apoyó la frente en el volante. Estaba tan cansada…

Capítulo 13

    Luke condujo hasta su casa con el piloto automático. Cuando paró frente al edificio con el motor encendido y la lluvia golpeando contra los cristales, miró la casa.
    Estaba oscura. Y probablemente fría. Sin duda, Carmen habría limpiado de arriba abajo, pero no habría nada que la hiciera parecer un hogar. Nunca lo había habido. No había flores en la mesa, ni hierbas recién cortadas del jardín. Tampoco ninguna infusión en el fuego con fines antibióticos o relajantes.
    Hipnotizado por el movimiento de los limpiaparabrisas, Luke suspiró.
    Se sentía… extraño. Como si buscara algo en la vida, algo que estaba fuera de su alcance. No podía continuar así, y tampoco conseguía descubrir qué era lo que necesitaba.
    No, no era cierto. No era una cosa lo que echaba en falta, sino a una persona. Una persona pelirroja tan cabezota como él.
    Faith.
    Se había enamorado de ella. Y maldita sea, en lugar de decírselo, había intentado ignorarlo. Después de todo, tenía trabajo, una reunión… nada, nada era tan importante como ella.
    Metió marcha atrás y regresó a la carretera a pesar de la tormenta.
    Aquello no podía esperar y aunque era casi la una de la mañana y la carretera estaba hecha un desastre, condujo hasta casa de Faith. Para no asustarla cuando llamara a la puerta, decidió llamarla primero desde el móvil. Iba a ir a verla y tenían que solucionar aquello.
    Pero, increíblemente, ella no contestó. ¿Dónde estaría? Habría ido alguien a la clínica a última hora para pedirle ayuda. Sí, era lo más probable. Luke aceleró al pensar que podía estar sola con alguien desconocido. Ella creía que era invencible, y que puesto que lo único que quería hacer era ayudar a la gente, nadie le haría daño.
    Nervioso, aparcó justo detrás del coche de ella. Se fijó en que se había dejado las luces puestas, y los limpiaparabrisas. El coche estaba arrancado y mal aparcado, como si hubiera llegado tan cansada que…
    Entonces vio una silueta desplomada sobre el volante y sintió que se le detenía el corazón. Corriendo bajo la lluvia, abrió la puerta del coche.
    – Faith -dijo él, y se arrodilló junto a ella.
    La movió y, al ver que no respondía, sacó el teléfono y llamó a una ambulancia.
    Al momento, ella levantó la cabeza y lo miró:
    – ¿Luke?
    – Soy yo -dijo él, guardó el teléfono y respiró hondo para tranquilizarse. Era médico. Un buen médico, así que no había motivo para que todo su conocimiento se evaporara sólo porque la mujer de la que se había enamorado estuviera en su coche semiinconsciente y confusa-. Te has desmayado, ¿lo recuerdas?
    Ella cerró los ojos y se tocó la cabeza.
    – Ahora estoy bien. Si te quitas, podré salir.
    – Arrastras las palabras -dijo él con toda la calma posible-. Has tocado fondo, ¿no es así?
    – ¿Qué?
    – Tu nivel de azúcar.
    – No… yo… -apoyó la cabeza en el reposacabezas-. Puede.
    Luke colocó la mano sobre su muñeca para tomarle el pulso. Notó que estaba temblando.
    – ¿Dónde diablos tienes el bolso?
    – Me lo dejé sin querer en el restaurante.
    Él sacó unos caramelitos del bolsillo. No eran una pastilla de glucosa, pero era mejor que nada. Le metió dos en la boca.
    Faith rozó con la lengua la palma de la mano de Luke y experimentó un inapropiado, pero fuerte, deseo.
    – ¿No has cenado?
    – Yo…
    – ¿Has ignorado todos los síntomas? ¿Es eso?
    – Bueno…
    – ¿Qué te crees, que eres el conejito de Duracell? Cielos, Faith, tienes que escuchar a tu cuerpo.
    – Lo sé, yo…
    – Calla -la llevó hasta la puerta de la clínica para esperar a que llegara una ambulancia.
    – Las llaves están en el coche -dijo ella cuando llegaron a la puerta principal.
    Él la dejó en el suelo, corrió a por las llaves y regresó. Faith se apoyó contra la puerta, sintiéndose agotada.
    – Faith…
    – ¿Quieres abrir la puerta? -preguntó ella-. Te prometo que comeré. Ya he tenido mi epifanía, Luke, así que no tienes que perder el tiempo gritándome. He prometido que nunca permitiré que mi nivel de azúcar en sangre llegue a ser tan bajo, que comeré de manera regular, que mi salud es lo primero.
    Él abrió la puerta y ella entró en la clínica, después se volvió para mirarlo con una sonrisa.
    – Gracias -y después, increíblemente, comenzó a cerrarle la puerta en las narices.
    – Faith.
    Ella lo miró a los ojos.
    – ¿No sientes ni una pizca de curiosidad por saber por qué estoy aquí a la una de la madrugada?
    – ¿Es tan tarde?
    Luke colocó el pie en la puerta por si ella decidía que no quería oír lo que él tenía que decir.
    – Tenía un motivo para venir hasta aquí.
    – ¿Quieres decir antes de que empezaras a gritarme? -con un gemido, se tocó la cabeza-. Maldita sea.
    – Siéntate antes de que te caigas -dijo él, asustado. La dejó en una silla y sacó zumo y un poco de queso de la nevera. No se relajó hasta que no comió un poco. Se oía la sirena de la ambulancia y Faith suspiró-. Vas a ir al hospital.
    – No voy a ningún sitio -dijo ella-. Estaré bien en cuanto haya comido y…
    – Vas a ir y yo te haré los análisis…
    – No voy a ir, Luke.
    Tenía los ojos cerrados y no se había movido ni una pizca. Él la tomó entre sus brazos.
    – Me encuentro bien… Luke…
    – No has descansado, no has comido bien…
    – Sí, pero…
    – ¿Trabajas en una clínica y ni siquiera utilizas las técnicas que empleas para curar?
    – Te lo he dicho, yo…
    – Sí, dime, ¿de qué va todo esto?
    – ¡Mira quién habla! -le señaló el pecho con un dedo-. Trabajas a turnos como yo, das prioridad a tus pacientes y te olvidas de tus necesidades…
    – Si tuviera que cuidarme por una enfermedad, ¡te prometo que lo haría!
    – ¿De veras? Bueno…
    – Bueno, ¿qué? -preguntó Luke-. No tienes nada que decir, ¿verdad?
    – Sí lo tengo, yo… -frunció el ceño.
    – ¿Ahora vas a quedarte callada?
    Faith se cruzó de brazos, enojada.
    – He terminado de gritarte… ¡esto es ridículo!
    – ¿De veras? -juntó su nariz a la de ella-. He venido a decirte algo. Algo muy importante, y te encuentro desplomada sobre el volante. Me has dado un buen susto, maldita sea.
    – No era mi intención, pero cielos, Luke, eres un mandón.
    – ¿Mandón?
    – Y pensaba que no iba a volverte a ver, y…
    – Espera un minuto. Fuiste tú la que dijo que no querías continuar con esto cuando terminaran mis tres meses de trabajo…
    – ¿Y crees que no lo sé? -a Luke le daba vueltas la cabeza-. Luke, maldita sea, yo…
    – Te quiero -gritaron ambos a la vez.
    Después se miraron asombrados.
    Llegó la ambulancia. Bajaron dos médicos y se acercaron a la clínica. Ambos reconocieron a Luke, quien les hacía gestos para indicarles que necesitaban un momento a solas.
    – ¿Qué? -preguntó Luke-. ¿Qué has dicho?
    – Creo que lo mismo que tú -apoyó la cabeza sobre su pecho. Necesitaba el apoyo. De reojo, vio los ojos de Luke y vio que la rabia se había transformado en asombro.
    Seguro que su mirada expresaba lo mismo.
    Él la quería. ¿Era posible?
    Luke dio un paso atrás y se sentó en una silla. Colocó a Faith en su regazo.
    Los médicos dieron un paso adelante, pero Luke los miró para que retrocedieran.
    – ¿Faith?
    – ¿Sí?
    – Intentémoslo de nuevo, pero esta vez vas tú primero.
    – Oh, no -dijo ella-. Tú eres el que ha venido para hablar conmigo a mitad de noche. Lo menos que puedo hacer es dejarte que hables primero.
    – ¿Tratas de volverme loco? ¿No es así?
    – Siento haberlo hecho, Luke. Prometo que nunca más arriesgaré mi salud si tú me prometes que darás a nuestra relación todo lo que le das a tus pacientes.
    – No sabía que quisieras que diera nada a nuestra relación -dijo él.
    – Lo sé y, en parte, es culpa mía por no haberte dicho lo que sentía.
    – Pero vas a decírmelo ahora.
    – Sí -ella sonrió entre lágrimas-. Te quiero, doctor Luke. Te quiero con todo mi corazón.
    – ¿Aunque sea un mandón?
    – Especialmente porque eres un mandón. Eso es lo que más me gusta de ti, tu seguridad, la confianza que tienes en ti mismo…
    Luke la besó en los labios para que se callara.
    – ¿Doctor Walker? -llamó uno de los médicos-. ¿Alguien va a ir al hospital? Estamos mojándonos aquí fuera y…
    – Nadie va a ir al hospital -dijo Faith mirando a Luke.
    – ¿Dijiste que el mandón era yo?
    – Sí. Y no creas que no me he dado cuenta de que he sido yo quien lo ha dicho todo.
    – Sí -dijo él sin dejar de mirarla-. Lo siento, chicos, falsa alarma. Pasadme la factura del viaje, pero creo que tengo la situación bajo control -esperó a que se marcharan para decir-. Pensaba que mi vida estaba completa, aunque mi hermano y Carmen me decían que estaba equivocado y que necesitaba amor.
    – Ha debido funcionar.
    – No estaba buscando esto. No buscaba nada más que lo que tengo en el trabajo, y de pronto… -le acarició la mejilla-. No puedo imaginarme la vida sin ti.
    – Eres tan dulce -susurró ella-. Y quiero oír eso una y otra vez, pero ahora quiero que me repitas esas dos palabras que empiezan por Te…
    – Ya voy -dijo él. Ella se movió en su regazo y él la abrazó-. No me incites -dijo él sujetándole las caderas-. Intento entregarte mi corazón y sólo piensas en el sexo.
    – Pienso en el sexo, y en algo más. Quiero tu corazón, Luke, más que nada. Prometo cuidarlo con mucho cariño.
    – Sí. Eso estaría bien, ya que nunca se lo he entregado a nadie -suspiró-. Te quiero, Faith, y creo que te he querido desde el primer día en que te vi.
    Faith sintió que la invadía la felicidad y lo rodeó con los brazos.
    – ¿Crees que ahora podemos ir arriba?
    – Tenía miedo de que me distrajeras y no fuera capaz de decirte lo que había venido a decir -dijo, poniéndose en pie con ella en brazos.
    – Bueno… -dijo ella mordiéndose el labio inferior-. Ya has dicho lo que querías decir, ¿no? Así que ¿ya puedo distraerte?
    – Sin duda, aunque deberías decir que lo primero que vas a hacer es comer.
    – Y distraerte -le susurró al oído cuáles eran sus intenciones hasta el amanecer.
    – Suena bien, pero preferiría que fuera hasta más tarde.
    – De acuerdo, ¿qué tal hasta mañana por la noche?
    – No. Quiero que sea para siempre. ¿Te parece bien? ¿Quieres compartir mi vida, mi corazón y mi alma para siempre?
    Ella tragó saliva y los ojos se le llenaron de lágrimas.
    – Supongo que eso es lo justo -susurró-. Ya que ese tiempo es el que quiero compartir lo mío contigo.

Epílogo

    Dos semanas más tarde

    Faith estaba sentada en la sala de personal con una taza de té verde sobre la mesa.
    – ¿Quieres parar? -se quejó Shelby-. Me estás deslumbrando.
    Faith sonrió y, por milésima vez, movió la mano izquierda para que la luz reflejara en su anillo de diamantes.
    – Eh, vagas -dijo Luke al entrar en la habitación-. Es sábado y tenéis la clínica llena -dio una palmada-. Vamos -entonces, se fijó en lo que Faith estaba bebiendo y se quedó de piedra-. ¿Qué haces?
    – Beber té verde. ¿Sabías que ayuda a regular el nivel de azúcar en sangre y de insulina?
    – También baja el colesterol -dijo Shelby.
    Luke retiró la taza.
    – ¡Eh! -protestó Faith-. Acabo de hacérmelo.
    Él la dejó sobre la encimera.
    – El té verde no es bueno para las embarazadas.
    Shelby se quedó boquiabierta.
    Faith también.
    – Antes que nada -dijo ella-. ¿Cómo sabes eso?
    – No eres la única que sabe cosas de naturopatía.
    Faith sonrió, pero enseguida se evaporó su sonrisa.
    – No estoy embarazada, Luke.
    – Pensé que no estábamos seguros.
    – Hoy sí lo estoy -dijo dando un suspiro. No lo miró durante un instante porque se sentía insegura. ¿Cómo se sentiría al respecto? ¿Aliviado? ¿Disgustado?
    Pero él se acercó a ella y la besó.
    – ¿Estás bien?
    – Por ahora -contestó ella-. Pero he de admitir que me he disgustado un poco.
    – Sí -la miró-. Lo sé.
    – Todavía quiero llevar tu anillo -dijo ella, y pegó la mano contra su pecho.
    – Eso espero -dijo él.
    Faith se levantó para abrazarlo.
    – Pero siempre… -le mordisqueó el lóbulo de la oreja
    – Marchaos a una habitación -dijo Shelby.
    – Siempre… ¿qué? -preguntó Luke.
    – Practicaremos -dijo ella con un susurro.
    – No he oído nada -dijo Shelby, y se tapó los oídos con las manos.
    Luke acarició el cuerpo de Faith y la besó en el cuello.
    – Practicar… me gusta. Me gusta mucho.

Jill Shalvis


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