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¿En tu cama o en la mía?

¿En tu cama o en la mía?

Аннотация

    El adolescente perfecto ahora era todo un hombre… y un magnífico amante.
    Caley Lambert no esperaba que aquella breve estancia en la casa de campo de la familia con motivo de la boda de su hermana fuera a poner su vida patas arriba. Pero eso fue antes de que se perdiera en la oscuridad y acabara en la cama con el hermano del novio.
    Durante su adolescencia, Jake Burton había sido el vecino perfecto… y el objeto de las fantasías más atrevidas de Caley. Pero eso había sido hacía mucho tiempo, ahora ya lo había superado… O eso creía ella…


Kate Hoffmann ¿En tu cama o en la mía?

    ¿En tu cama o en la mía? (2008)
    Título Original: Your bed or mine? (2008)
    Serie Multiautor: 46º En la cama equivocada

Capítulo 1

    Los copos de nieve caían del cielo nocturno, estrellándose contra el parabrisas del coche, y Caley Lambert miraba con ojos cansados cómo los limpiaparabrisas los apartaban frenéticamente. El rítmico sonido la arrastraba inexorablemente hacia el sueño. Antes de que los párpados se le cerraran, se apresuró a bajar la ventanilla.
    El aire frío la golpeó como una bofetada en el rostro. Respiró hondo. El vuelo desde Nueva York se había retrasado, y al llegar a Chicago descubrió que el hotel del aeropuerto había alquilado su habitación reservada. Sin sitio donde alojarse, había decidido ir a la casa que sus padres tenían junto al lago en vez de perder tiempo buscando una habitación de hotel. Eran dos horas en coche.
    Pero si había acabado bajo una tormenta de nieve no había sido por las prisas para llegar a casa, sino más por bien porque no soportaba perder el tiempo. Después de once años viviendo en Nueva York, y siete años trabajando en el despiadado mundo de las relaciones públicas, había aprendido a aprovechar hasta el último minuto del día. No perdía tiempo en nada que la apartase de su vida profesional. Hacía ejercicio sólo porque el gimnasio era un buen lugar para establecer relaciones laborales. Pertenecía a siete organizaciones profesionales porque eran nombres que pesaban mucho en su curriculum. Y durante siete años había trabajado dieciséis horas al día porque ése era el único modo de hacerse socia de la empresa.
    – Entonces, ¿qué demonios estoy haciendo en North Lake, Wisconsin? -murmuró para sí misma.
    Su hermana menor, Emma, la había llamado unas semanas antes para pedirle que fuera a casa antes de San Valentín. Emma había planeado algo muy especial en la casa del lago, pero se había negado a darle más detalles. Sólo le había dicho que los Lambert estarían presentes. Los padres de Caley se habían casado el Día de San Valentín, treinta años antes, por lo que no era difícil imaginarse el propósito de su hermana.
    Una versión electrónica de la Pequeña Serenata de Mozart interrumpió los pensamientos de Caley. Agarró el móvil y lo volvió a arrojar al asiento contiguo tras mirar el identificador de llamada. Brian. La había llamado al menos veinte veces desde que Caley saliera de Nueva York para un viaje de negocios a San Francisco, y ella seguía sin responderle.
    Caley y Brian habían sido pareja durante dos años, y él había previsto ir a North Lake con ella y conocer a su familia. Pero en el último minuto había cancelado el viaje, alegando compromisos laborales, y fue entonces cuando Caley se dio cuenta de que su relación era una pérdida de tiempo.
    Entre los viajes de negocios y las reuniones de trabajo, apenas habían compartido tres noches en el último mes. No era gran cosa, teniendo en cuenta que vivían en el mismo apartamento.
    Miró con ojos entornados a través de la nieve, buscando la indicación a West Shore Road. Hubo un tiempo en que se conocía hasta el último palmo de North Lake. En aquel pequeño pueblo había pasado todos sus veranos, hasta que se marchó a la universidad.
    Pero a pesar de los años que había pasado lejos de aquel lugar, y en medio de una fría noche invernal, pudo sentir cómo la recorría un arrebato de emoción. Recordaba cómo había hecho frenéticamente el equipaje el día después de que acabaran las clases. El viaje de Chicago hasta el lago en una atestada furgoneta conducida por su madre. Su hermano mayor, Evan, sentado en el asiento delantero y manejando la radio. Ella sentada entre sus otros dos hermanos menores, Emma y Adam. El más pequeño de todos, Teddy, semiescondido en el asiento trasero entre las maletas y las cajas de provisiones. Sus hermanos siempre viajaban con los bañadores puestos, de modo que podían saltar directamente de la furgoneta al lago sin tener que cambiarse.
    Pero Caley siempre tenía otras cosas en mente.
    A cada kilómetro recorrido, crecía su emoción e impaciencia. ¿Qué aspecto tendría? ¿Seguiría igual a como ella lo recordaba o habría cambiado? ¿Y ella, había cambiado? ¿Cómo la vería él? ¿Sería aquel verano el verano en que finalmente se atreviera a besarlo?
    Año tras año, viaje tras viaje, sus pensamientos siempre se habían concentrado en él. Incluso ahora, se sorprendió a sí misma volviendo a los viejos hábitos. Jake Burton. Había sido su príncipe azul, su caballero de reluciente armadura, su primera fantasía romántica y su primer amor. Todo ello envuelto en un físico increíblemente atractivo y sensual.
    Su familia ocupaba la casa veraniega vecina. Todos se reunían cada verano: los cinco Lambert y los cinco Burton, formando una tribu de crios conocida en North Lake como «los Burtbert». Durante años Caley había visto a Jake como a su hermano mayor, Evan. Un chaval bruto e impertinente, con la cara cubierta de granos y que no hacía más que eructar y escupir.
    Pero entonces, un día estaban nadando y Jake la hundió bajo la balsa. Caley se había sumergido como una cría de once años, y había vuelto a la superficie como una adolescente enamorada. Jake tenía trece años y se había convertido en un chico muy apuesto, con unos brillantes ojos azules y una dentadura perfecta. El agua goteaba de sus oscuras pestañas mientras él le sonreía, y su rostro parecía tan suave y bronceado que Caley no había podido resistir el impulso de tocarle la mejilla.
    Nada más hacerlo, Jake le había apartado bruscamente la mano, frunciendo el ceño con una mueca de confusión. Pero desde aquel momento, Caley había estado enamorada. Más tarde, su amor casto e infantil se transformó en una lujuria adolescente, y luego en unos sentimientos que rayaron la obsesión… para acabar finalmente en la humillación.
    Respiró hondo y suspiró. Durante los últimos once años se las había apañado para visitar la casa del lago sólo cuando tenía la certeza de que Jake estaba en cualquier otro sitio. Sin embargo, con cada visita albergaba la secreta esperanza de volver a encontrarse con él, y tal vez de arreglar el desastre que había provocado la noche de su decimoctavo cumpleaños.
    El teléfono volvió a sonar y Caley maldijo en voz alta mientras lo agarraba. Pero esa vez no reconoció el número, tan sólo el prefijo de Manhattan. Ahora que se había convertido en socia, su jefe podía llamarla a cualquier hora del día y de la noche, y John Walters se había aprovechado de esa ventaja en más de una ocasión. Caley se preguntó qué clase de emergencia habría surgido a las cuatro de la mañana, hora de Nueva York.
    Abrió el móvil y se lo llevó a la oreja.
    – ¿Diga?
    – Me imaginé que no responderías a una llamada de mi móvil, así que me he visto obligado a llamarte desde el teléfono público de la esquina.
    Caley reconoció la voz de Brian y se tragó otra maldición.
    – No quiero hablar contigo. Ya te dije todo lo que había que decir antes de marchante. Se ha terminado.
    – Caley, podemos arreglarlo. No puedes acabar así, sin más. Todo iba bien…
    Ella se echó a reír y sacudió la cabeza. Brian era uno de los mejores abogados de Wall Street. Al igual que ella, podía sacarle el lado positivo al peor desastre imaginable.
    – ¿Cómo puedes decir eso? -preguntó-. Siempre estamos separados, y las pocas veces que nos vemos sólo hablamos de trabajo.
    – ¿Qué quieres? Puedo hablar de otras cosas.
    – Ésa no es la cuestión -dijo Caley sintiéndose cada vez más frustrada. Normalmente podía expresar sus puntos de vista con claridad y frialdad. Pero esa vez no tenía ni idea de lo que quería. Sólo sabía que no quería volver a ver a Brian. Durante mucho tiempo se había sentido perdida y aquél era el único modo de volver a encauzar su vida.
    – ¿Cuál es la cuestión? -presunto él.
    – No… -volvió a respirar hondo- no soy feliz.
    – ¿Y eso cuando te ha supuesto una diferencia? Trabajas sin descanso, nunca te tomas unas vacaciones, planeas cada minuto de tu vida… Es normal que no seas feliz. ¿Quién podría serlo en tu lugar? Pero así es como a ti te gusta Caley.
    – Ya no -dijo ella-. Esa vida ha dejado de gustarme -de repente la invadió el pánico. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿De vendad estaba lista para abandonar? Los oídos empezaron a zumbarle y por un momento pensó que iba a perder el conocimiento-. Tengo… tengo que colgar. Te llamaré cuando vuelva y discutiremos los detalles. Adiós, Brian.
    Aparcó rápidamente en el arcén y bajó la ventanilla para llenarse los pulmones de aire. Durante el último mes había estado luchando contra esos ataques de pánico, que se habían convertido en algo cotidiano. Al principio los había atribuido al estrés de pertenecer a la empresa, a la vida en Nueva York, a sus dudas con Brian. Pero en el fondo sabía que nada de eso era la causa.
    El sonido de una sirena la sobresaltó. Miró por el espejo retrovisor y vio un coche patrulla deteniéndose tras ella. Ni siquiera se había acercado al límite de velocidad. Pero quizá había derrapado con demasiada brusquedad en la nieve, al girar hacia el arcén. Por el espejo lateral vio cómo el policía se bajaba del coche y se acercaba a su vehículo. Un estremecimiento la recorrió al recordar las noticias de asesinos en serie que se hacían pasar por policías, pero se obligó a apartar ese pensamiento. Estaba en North Lake. Aquellas cosas pasaban en Nueva York, no en Wisconsin.
    El agente llegó junto a ella y golpeó la ventanilla con su linterna. Caley presionó el botón y el cristal descendió un centímetro.
    – Enséñeme su placa -le exigió.
    Él se la mostró y Caley se la arrebató. Parecía real. Bajó un poco más la ventanilla y se la devolvió.
    – Su carné de conducir y los papeles del vehículo, por favor.
    – No… no sé si tengo los papeles -balbuceó ella-. Es un coche alquilado -sacó el carné de la cartera y abrió la guantera-. Lo alquilé en Seepy Rental, en O'Hare. Aquí tengo el contrato de alquiler -le entregó los papeles y lo miró-. No iba tan deprisa.
    – Estaba hablando por un teléfono móvil -replicó él-. Va contra las leyes que tenemos en North Lake. ¿Ha estado bebiendo, señorita?
    – No -respondió ella, sorprendida por la pregunta-. Me salí de la carretera porque estaba cansada. Necesitaba respirar aire fresco.
    El agente examinó atentamente su carné.
    – Caroline Lenore Lambert -murmuró-. ¿Es usted Caley Lambert? -dirigió la linterna hacia su cara y Caley entornó los ojos.
    – Sí.
    – ¿De los Burtbert?
    – Sí.
    El agente apagó la linterna y se inclinó con una sonrisa amistosa.
    – Vaya, ¿no me recuerdas? -se señaló el nombre en la chaqueta-. Soy Jeff Winslow. Salimos unas cuantas veces el verano de… bueno, no importa. Te llevé a pasear en barca. Encallamos cerca de Raspberry Island y tú me llamaste idiota y me tiraste una lata de refresco a la cabeza.
    Caley lo recordaba muy bien. Había sido como quedarse sin gasolina en una carretera desierta. También recordaba que Jeff Winslow había intentado besarla y luego la había reprendido por comportarse como una mojigata. Casi todos los chicos con los que Caley había salido aquel verano le habían servido para un único propósito… darle celos a Jake Burton.

    – Pues claro -dijo-. Jeff Winslow. Cielos… ¿ahora eres policía? Qué irónico resulta, después de todos los problemas que causabas.
    – Sí… Una juventud malgastada. Pero me reformé a tiempo y conseguí un título en Criminología. Estuve trabajando para el Departamento de Policía de Chicago, hasta que me enteré de que estaban buscando un jefe de policía aquí y pensé «qué demonios». Ya me habían disparado cuatro veces en Chicago -se echó a reír-. Parece que vas a tener suerte…
    – ¿Suerte?
    Él cerró su libreta y se la guardó en el bolsillo trasero.
    – Voy a dejar que te vayas con una simple advertencia -le devolvió el carné de conducir-. Siempre que me prometas que no hablarás por el móvil mientras estés conduciendo. Va contra las leyes del estado y puede ser una falta muy grave.
    – Gracias -dijo Caley.
    – Bueno, ¿y qué ha sido de tu vida? La última vez que te vi en North Lake acababas de terminar el instituto.
    – Trabajo en Nueva York. No he vuelto mucho por aquí.
    – Lástima -repuso Jeff-. Es genial vivir en la ciudad, pero nunca llegué a apreciar realmente este lugar hasta que me marché. Hay algo especial en North Lake… se respira paz -se encogió de hombros y tocó la ventanilla con el dedo-. Conduce con cuidado, Caley. Las carreteras están muy resbaladizas. Y si te vuelvo a pillar hablando por el móvil, tendré que ponerte una multa.
    – Entendido -dijo Caley.
    – Buenas noches.
    Por un momento Caley pensó que iba a decirle algo más, pero él se dio la vuelta y volvió a su coche patrulla. Unos segundos después, las luces dejaron de girar y Caley volvió a la carretera. No tardó en ver la indicación de West Shore Road y tomó el desvío, seguida a cierta distancia por Jeff.
    Las casas que se alineaban junto a la orilla estaban a oscuras, casi todas ellas deshabitadas durante los meses de invierno, y Caley escudriñó los buzones a través de la nieve. Pasó junto al camino de entrada de los Burton, vecinos de sus padres, y subió por la pequeña pendiente entre los árboles sin hojas, conteniendo la respiración hasta que detuvo finalmente el coche. Una luz brillaba débilmente al final del camino. El agente Jeff siguió por la carretera, aparentemente satisfecho de que Caley hubiera llegado a su destino.
    Apagó el motor y contempló la casa a través del cristal helado del coche. En invierno ofrecía una imagen aún más pintoresca. El tejado cubierto de nieve, los carámbanos colgando de los canalones sobre la blanca fachada de madera… Mirándola, Caley supo que sería imposible trabajar mientras estuviera allí con su familia. Y aunque necesitaba un respiro laboral, sabía que no podía permitírselo. De modo que había reservado una habitación para la noche siguiente en el hotel del pueblo. Entre los tres niños de Evan y el escándalo de su ruidosa familia, Caley estaba convencida de que necesitaría un lugar donde refugiarse.
    Salió del coche y agarró las bolsas del asiento trasero. No pudo evitar una mirada por encima del hombro hacia la casa de los Burton. Había una luz encendida en la cocina, pero el resto estaba a oscuras. Sin duda Ellis y Fran Burton estarían en la fiesta de aniversario, pero aunque no había ningún motivo para invitar también a sus hijos, Caley se preguntó si habría alguna posibilidad de ver a Jake… y qué ocurriría si así fuera. ¿Se acordaría Jake de aquella noche en la playa, o se comportaría como si nada hubiera sucedido?
    Habían pasado once años, pensó Caley. Era hora de dejarlo atrás. Se había enamorado siendo una cría, y no había vuelto a ver a Jake desde la noche antes de marcharse a la Universidad de Nueva York. Hasta ahora, el recuerdo de aquella noche siempre la había sumido en el remordimiento y la humillación. Pero ahora eran adultos, y si él quería revivir aquella indiscreción adolescente, ella tendría que negarse. Jake había cometido muchos errores en su juventud y no querría sacarlos a la luz delante de su familia. Caley intentó recordar algunos de ellos por si acaso necesitaba algo con lo que atacar.
    Se habían metido en toda clase de problemas. Incluso ahora, Caley seguía sorprendiéndose de no haber acabado siendo una delincuente juvenil. Pero Jake y ella habían formado una pareja y ella había sido la única de los Burtbert que había aceptado sus desafíos.
    Sonrió. Una vez habían atrapado una ardilla y la habían soltado en el coche del jefe de policía. En otra ocasión le habían robado una bicicleta al abusón del pueblo. A la mañana siguiente, el chico encontró la bici balanceándose en el agua, junto a la playa pública. Aquella proeza les hizo ganarse la admiración de muchos, aunque nunca admitieron ser los responsables. Y otras muchas veces se refugiaban en su «fortaleza», una cabaña abandonada en la orilla oriental del lago.
    La casa estaba oscura y en silencio. Nadie cerraba la puerta cuando la familia estaba en casa. Caley permaneció de pie en el amplio vestíbulo y respiró hondo para aspirar el olor familiar… agua, hojas, madera barnizada y velas de vainilla que a su madre le gustaba encender para contrarrestar la humedad del aire. Tiempo atrás Caley había conocido cada rincón de aquella casa. Había sido su castillo particular.
    Subió lentamente por la escalera y recorrió el pasillo hacia su dormitorio. Pero cuando empujó la puerta vio que la habitación ya estaba ocupada… por los hijos de Evan. Dos en la cama y el más pequeño en una cuna portátil. Cerró con cuidado la puerta y siguió por el pasillo. Seguramente Emma tendría espacio en su cama. Entró en la habitación de su hermana y cerró la puerta tras ella. Dejó la bolsa en el suelo y caminó hacia la cama. Hacía frío, y Emma estaba arropada con un edredón y con la cabeza bajo la almohada.
    – Emma… -susurró Caley junto a la cama, quitándose la chaqueta y los zapatos. Emma siempre había tenido el sueño muy profundo.
    Caley se sentó en el borde de la cama. Quizá hubiera un sofá vacío por alguna parte, pero estaba demasiado cansada para ponerse a buscar. Dormiría algunas horas y por la mañana iría al hotel.
    Se quitó los vaqueros y se metió bajó el edredón, tapándose hasta la barbilla. Cerró los ojos y recordó el último verano que había pasado en la casa del lago. Jake había vuelto a casa por vacaciones después de su segundo año en la universidad, y nada más verlo, Caley había perdido la cabeza por él. Era tan guapo y sexy que no podía vivir sin él.
    El verano pasó sin que Caley consiguiera que se fijase en ella. Finalmente, la noche que cumplía dieciocho años, decidió jugárselo el todo por el todo. Sólo quedaban unos días para que empezaran las clases y ella no quería ir a la universidad siendo virgen. De modo que hizo acopio de valor, llevó a Jake al lago, se quitó la camiseta y le pidió que la convirtiera en una mujer.
    Ahogó un gemido y se subió el edredón hasta la nariz. Incluso después de tantos años, el recuerdo de su estúpida proposición bastaba para que le ardieran las mejillas. Cerró los ojos y rezó en silencio para que Jake no apareciera en North Lake hasta que ella se hubiera marchado.
    Seguramente estaba a muchos kilómetros de allí, pensó. Compartiendo la cama con otra mujer, quizá. Frunció el ceño por la punzada de celos que la traspasó. La pasión que sentía por Jake se había consumido mucho tiempo atrás. No, no podían ser celos… Era algo más parecido a la envidia, por haberse imaginado a Jake feliz y enamorado.
    Probablemente tendría todo lo que siempre había deseado en la vida, mientras que ella aún intentaba averiguar qué necesitaba para ser feliz.
    Siempre había pensado que tendría las respuestas cuando llegara a los treinta. Pero estaba a punto de cumplir los veintinueve. El tiempo se agotaba.
    Tal vez una semana lejos de Nueva York y de la vida que se había construido le diera un poco de perspectiva. Bostezó y se echó un brazo sobre los ojos. Tendría tiempo para pensarlo por la mañana. Ahora necesitaba dormir.

    El sonido de un móvil despertó a Jake Burton de un sueño plácido y profundo. Gruñó y se dio cuenta de que la melodía electrónica no correspondía a su móvil. Y entonces sintió la presencia de un cuerpo cálido junto a él.
    Al principio pensó que estaba soñando, pero el peso de la pierna sobre sus muslos era completamente real, así como el olor a cítricos de sus cabellos. Intentó mover el brazo y comprobó que ella tenía la cabeza acurrucada contra su hombro.
    «Un nombre», se dijo a sí mismo. Estaba en la cama con una mujer de la que no podía recordar su nombre. Había tenido muchas aventuras de una sola noche en su vida, pero últimamente había renunciado a ellas.
    El teléfono siguió sonando, hasta que la melodía cesó bruscamente. ¿Dónde se habían conocido? ¿Dónde había estado la noche anterior? Esperó que lo invadieran los síntomas de la resaca, pero estaba seguro de no haber bebido. Pero entonces, ¿por qué no recordaba a aquella mujer?
    – Piensa -susurró mientras abría lentamente los ojos. Al principio no supo dónde estaba, pero entonces lo recordó. Estaba en casa de los Lambert. En el dormitorio de Emma. Pero entonces, ¿quién demonios estaba en la cama con él? ¡No podía ser su futura cuñada!
    Se apoyó en el codo y miró el reloj. Eran las seis de la mañana. Bajó la mirada a su compañera de cama y con mucho cuidado le apartó el pelo ondulado del rostro.
    – Maldita sea… -masculló, retirando la mano. Habían pasado años… once, para ser exactos, pero jamás podría olvidar su hermoso perfil, su nariz pecosa y respingona, su piel perfecta y sus largas pestañas.
    Seguía exactamente igual a como él la recordaba, sólo que Caley Lambert ya no era una adolescente desgarbada, sino una mujer adulta. Bajó la mirada a sus labios, suaves, carnosos y ligeramente entreabiertos. Una mujer adulta y muy, muy sexy. Pero ¿qué demonios hacía en su cama?
    Reprimió el impulso de tocarle la cara. Dios, cómo recordaba aquellos impulsos… ¿Cuántas veces había sentido el deseo de besar a Caley Lambert? ¿Cien, doscientas? Cuando ella cumplió dieciocho años, Jake necesitó toda su fuerza de voluntad para contenerse, y la única forma de conseguirlo había sido evitándola deliberadamente.
    Pero ahora que tenía la oportunidad… ¿por qué no aprovecharla? ¿Por qué no descubrir lo que se había estado perdiendo durante tantos años?
    Le apartó un mechón y se inclinó hacia su rostro hasta rozarle los labios con los suyos. Al separarse, ella se removió y abrió los ojos. Se le escapó un débil suspiro y sonrió.
    Jake la observó con recelo. Era obvio que buscaba algo, o de lo contrario no se habría metido en la cama con él. Era una actitud bastante descarada, teniendo en cuenta que los padres de Caley estaban durmiendo en el otro extremo del pasillo, pero Caley siempre había sido conocida por su descaro, y parecía que se había vuelto aún más audaz desde la última vez que la vio. Al fin y al cabo vivía en Manhattan… Jake había visto Sexo en Nueva York y sabía cómo eran las mujeres solteras de la Gran Manzana.
    – ¿Quieres que vuelva a besarte? -le susurró.
    – Umm… -murmuró ella, apoyando la cabeza en su pecho desnudo.
    «Umm» podría interpretarse como una respuesta negativa, pero Jake decidió que, combinado con su adormilada sonrisa, sugería lo contrario.
    Se estiró junto a ella, entrelazó las manos en sus cabellos y la besó suavemente en los labios. Ella pareció fundirse con él, apretándose contra su cuerpo mientras otro suspiro escapaba de su garganta. En su juventud, besar a Caley se había convertido en una obsesión, y ahora se hacía por fin realidad. Jake estaba fascinado por las sensaciones que recorrían sus venas.
    ¡Sólo era un beso! Pero era como si todo el deseo contenido desde su juventud hubiera sido liberado de repente. Y ahora podía imaginarse qué podría pasar entre ellos…
    Su reacción al beso había sido tan inmediata como intensa. Había pasado mucho tiempo desde que había estado con una mujer. Durante el último año se había sorprendido buscando algo muy difícil de encontrar… una mujer fuerte e independiente que no tuviera miedo de ser ella misma. Estaba harto de aquellas mujeres que se adaptaban a sus gustos en un intento por agradarlo.
    Sonrió. Había conocido a Caley desde muy joven, y sabía que era tal y como se mostraba. Seguro que seguía siendo tan cabezota y decidida como había sido de pequeña. Dios, cuánto la había admirado… Era la única chica que se había atrevido a desafiarlo.
    La mano de Caley bajó por su espalda, y la palma cálida y suave se deslizó bajo el elástico de sus calzoncillos. Jake contuvo la respiración mientras ella avanzaba con los dedos hacia la cadera. No se había despertado con una erección, pero lo había remediado rápidamente al besarla.
    La colocó debajo de él, con los dedos aún entrelazados en sus cabellos, y unió su boca a la suya. Sus caderas se frotaron y la erección de Jake quedó aprisionada entre los cuerpos. Había algo excitante y prohibido en aquellas caricias.
    – Jake -susurró ella.
    El sonido de su nombre en los labios de Caley fue como alimentar un fuego con gasolina. El deseo se avivó y el beso se hizo más voraz y apasionado.
    Era Caley, la chica a la que había conocido desde siempre y a la que había procurado evitar a toda costa. Pero ahora podía ser suya, allí, en esa cama. No había nada que pudiera detenerlos. El momento nunca había sido el adecuado, pero su instinto le decía que la ocasión perfecta había llegado.
    Mientras la besaba, se vio atrapado en una fantasía mil veces revivida en sus sueños. Deslizó la mano bajo su camiseta y le acarició el pezón con el pulgar a través del sujetador. Ella se estremeció y se arqueó contra él, pero sin abrir los ojos. Un pensamiento inquietante asaltó a Jake, y por un momento temió que estuviera dormida y soñando. Se apartó y la observó atentamente mientras seguía acariciándole el pecho.
    – ¿Caley?
    – ¿Jake? -murmuró ella.
    – Abre los ojos.
    Ella los abrió y lo miró fijamente. Al principio con una expresión vacía, y enseguida con desconcierto.
    – Buenos días -murmuró él.
    Caley frunció el ceño y se frotó los ojos con los puños. Un grito de pánico salió de sus labios, se apartó de él con un empujón y se cayó de la cama, con las piernas desnudas enredadas en el edredón.
    – ¿Qué… qué estás haciendo en mi cama?
    – Creo que la pregunta apropiada sería… ¿qué estás haciendo tú en mi cama?
    – No es tu cama. Es la habitación de Emma. Es su cama… -parpadeó frenéticamente-. Y tú no eres ella.
    – Emma se está alojando en el hotel del pueblo para tener un poco de paz y tranquilidad. No quedaba sitio en nuestra casa, y tu madre me ofreció la última cama libre.
    El móvil empezó a sonar de nuevo, y Caley miró a su alrededor. Se arrastró por el suelo hasta agarrar su bolso y miró a Jake con recelo mientras sacaba el móvil.
    – ¿Diga?
    Jake le sonrió, recorriendo con la mirada sus largas piernas desnudas hasta sus braguitas negras. Sí, la adolescente desgarbada había dejado paso a una mujer increíblemente sexy.
    – Sí, John. Lo entiendo. No, me pondré a ello enseguida y lo tendrás hoy mismo… De acuerdo… Tú también. Adiós.
    – ¿Tu novio?
    – Mi jefe -murmuró ella-. ¿Has estado en esta cama toda la noche… conmigo?
    Jake asintió, tragándose una maldición. Había estado dormida…
    – Sí, pero no contigo. Quiero decir, que no hemos hecho nada. Tan sólo estábamos uno al lado del otro. Y luego… bueno, te despertaste -lo último que quería era que Caley saliera corriendo, acusándolo de ser un pervertido-. Eh, no pasa nada… Estaba oscuro. Me confundiste con tu hermana. ¿Cómo podrías haberlo sabido?
    Ella lo miró con el ceño fruncido.
    – Entonces no estábamos… no estaba… No ha pasado nada, ¿verdad?
    Jake puso una mueca.
    – Bueno, ha habido algo, pero también se debió a una confusión. Di por hecho que te habías metido en la cama conmigo por una razón, y…
    Ella se tocó los labios.
    – ¿Me has besado?
    – Y tú me devolviste el beso. Luego nos tocamos un poco, pero sin desnudarnos… salvo cuando me metiste la mano por los calzoncillos.
    El teléfono volvió a sonar. Caley abrió la boca, pero la volvió a cerrar sin articular palabra. Miró el identificador de llamada y esa vez decidió no responder. En vez de eso, agarró el extremo del edredón y tiró de él para cubrirse, dejando destapado a Jake. Lo miró con desconfianza, esperando su próximo movimiento.
    – ¿Creías que era otra persona? -le preguntó él.
    – Sí -espetó ella, pero por su expresión de culpa era obvio que estaba mintiendo.
    – ¿Algún otro hombre llamado Jake?
    – Sí. Conozco a tres o cuatro Jake.
    Él agarró un extremo del edredón y se cubrió el regazo. No podía asegurar que «nada había pasado» con una erección delatora bajo los calzoncillos. Se aclaró la garganta y se obligó a sonreír.
    – Bueno, ¿y cómo te ha ido en todo este tiempo? Ha pasado… ¿cuánto? ¿Once años?
    Ella asintió, aferrándose el edredón contra el pecho. Tenía las mejillas coloradas, respiraba con dificultad, y el pelo le caía suelto y alborotado por los hombros. A Jake nunca le había parecido tan hermosa, y bajó la mirada hacia los dedos de los pies, cuyas uñas perfectamente pintadas asomaban bajo la manta. Se había pasado mucho tiempo mirándole los pies cuando eran jóvenes, simplemente para apartar la vista de sus pechos.
    – Tu madre dijo que no llegarías hasta esta mañana -comentó.
    – Decidí venir directamente desde el aeropuerto. ¿Cuándo has llegado?
    – Ayer. ¿Y bien? ¿Qué me puedes contar de tu vida?
    – No mucho -respondió ella-. Nada más que trabajo. Sigo en la misma empresa de relaciones públicas en la que entré al acabar la universidad. Me hicieron socio el mes pasado. ¿Y tú?
    – Tengo mi propia empresa de diseño. Me dedico a la arquitectura residencial. Mi especialidad son las casas de vacaciones, basándome en los diseños clásicos.
    – Interesante -respiró hondo, como si estuviera cansada de aquella charla intrascendente-. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué se te ha perdido en la fiesta de aniversario de mis padres?
    Entonces Jake se dio cuenta de que Emma no le había contado nada a su hermana. Se preguntó si debería ser él quien le diera las buenas noticias o si debería enterarse por su familia en el desayuno, y decidió que serviría para desviar la atención de lo que acababa de ocurrir.
    – No es una fiesta de aniversario -dijo-. Se trata de Emma y de Sam.
    Ella frunció el ceño al oír el nombre del hermano menor de Jake.
    – ¿Emma y Sam?
    – Van a casarse.
    Caley ahogó una exclamación y lo miró con una expresión de absoluta incredulidad. Aquélla era la Caley que él recordaba. Siempre encontrando la manera de estar en desacuerdo con él, aunque estuvieran discutiendo por dónde salía el sol.
    – No tiene gracia.
    – Es la verdad -afirmó él-. Por eso estamos todos aquí. Va a ser una boda sencilla en la iglesia episcopal del pueblo, el Día de San Valentín. Emma ya tiene el vestido y han conseguido la licencia.
    – Ni siquiera han salido juntos -observó Caley.
    – Supongo que sí lo habrán hecho. Se han estado viendo en secreto durante los últimos tres veranos. No querían que nadie lo supiera. Ya sabes cómo son nuestras madres y cuánto deseaban que hubiera una unión entre los Lambert y los Burton. Se comprometieron en Año Nuevo y decidieron casarse enseguida, antes de que Fran y Jean pudieran planear una gran ceremonia.
    – Pero sólo tienen veintiún años -dijo Caley-. Son muy jóvenes. ¿Qué saben del matrimonio? -respiró hondo y lo miró, como si necesitara tiempo para asimilar la noticia. Bajó lentamente la mirada al pecho y las piernas de Jake, y tiró del edredón hasta la barbilla-. ¿No podrías vestirte y…?
    En ese momento se abrió la puerta del dormitorio y asomó la cabeza Teddy, el hermano menor de Caley.
    – Hola, Jake. ¿Vas a querer…? -el resto de la frase murió en su garganta al ver la escena-. Hola, Caley. Estás en casa… -miró a Jake y esbozó una sonrisa forzada-. Bueno… el desayuno está listo -murmuró mientras cerraba la puerta.
    – Oh, no -gimió Caley, poniéndose en pie-. No, no, no. Ahora será el tema de conversación durante el desayuno. Los dos juntos en ropa interior…
    – Y en la misma cama -añadió él-. Podríamos volver bajo las mantas y darles algo en qué pensar… -sugirió, pero levantó las manos al recibir la mirada asesina de Caley-. Lo siento. Ha sido una broma.
    Caley emitió un débil gruñido y apartó el edredón.
    – No has cambiado nada, Jake Burton. Todo es una broma para ti. Nunca te tomas nada en serio.
    Jake la miró mientras ella buscaba sus pantalones.
    – No hace falta que te rasgues las vestiduras. Lo explicaré todo… aunque no les daré los detalles.
    – Lo que haga con mis vestiduras no es asunto tuyo. Y no recuerdo ningún detalle. ¿Y por qué? Porque estaba dormida.
    Jake se echó a reír. Y pensar que había tenido miedo de volver a verla, sabiendo lo incómodo que podría ser… Pero su relación volvía a ser la misma de siempre.
    Sacó las piernas de la cama y reprimió el deseo de agarrarla por el brazo y tirar de ella para recordarle cuál había sido su reacción al beso.
    Siempre había existido atracción entre ellos, pero Jake nunca la había manifestado. Caley siempre había sido demasiado inocente. Y además estaba enamorada de él. Si se hubieran dejado llevar por la pasión, habrían acabado muy mal. Por eso Jake creía haber hecho lo correcto la noche en que ella le ofreció su virginidad.
    Era obvio que aquel rechazo aún dolía. De lo contrario, ¿por qué estaba tan furiosa?
    – Si sigues enfadada por…
    Caley soltó un grito ahogado y le arrojó un zapato.
    – No estoy enfadada por eso. Olvídalo. Era joven y estúpida. Desde entonces me he acostado con muchos hombres, y todos ellos han sido mucho mejores amantes de lo que tú podrías haber sido. Algunas mujeres pueden encontrarte atractivo, pero yo no.
    Su teléfono volvió a sonar por cuarta vez. Sin pensarlo, Jake saltó de la cama y la agarró del brazo, tiró de ella hacia él y la besó apasionadamente. Sintió cómo se debilitaba en sus brazos y la sujetó por la cintura cuando las rodillas le flaquearon. Cuando finalmente se retiró, Caley tenía el rostro encendido y los ojos cerrados. Jake volvió a tener una erección. Iba a ser una semana infernal si aquello era el comienzo… Quizá fuera el momento de satisfacer la curiosidad sexual que siempre habían sentido el uno por el otro.
    – ¿Vas a contestar al teléfono? -le preguntó.
    – Puede esperar -respondió ella sin aliento.
    – Sí -murmuró él-. Es lo que pensaba…
    Nada había cambiado. La deseaba igual que siempre.
    Caley abrió los ojos y lo miró. Un suspiro se le escapó de los labios.
    – Se… será mejor que me vista. Nos están esperando para desayunar -agarró rápidamente su bolsa y corrió al cuarto de baño, cerrando la puerta tras ella.
    Jake se sentó en la cama y sonrió. Aquello era un comienzo, pero quizá fuera todo a lo que podría aspirar. Miró a su alrededor, se puso los vaqueros y sacó una camiseta limpia de su bolsa. Encontraría la manera de continuar lo que habían empezado…
    Cuando bajó las escaleras, la cocina estaba llena de gente. La madre de Caley, Jean, estaba preparando las tortitas para la familia. Su hijo mayor, Evan, sólo era un año mayor que Jake, pero ya tenía esposa y tres hijos. Después de Caley venían Adam y Emma, y por último Teddy, quien se graduaría en el instituto en junio. Evan estaba leyendo las páginas de deportes y hablando de los Bulls con Brett, el hermano menor de Jake.
    – Buenos días a todos -dijo Jake, sentándose a la mesa.
    – ¿Salchichas o beicon, cariño? -le preguntó Jean.
    – Beicon -respondió Jake, y un momento después tenía un plato frente a él. Alargó un brazo hacia la mantequilla y el sirope.
    El hogar de los Lambert era tan parecido al suyo que se sentía como en casa. No podía recordar las veces que había comido en aquella cocina, normalmente con varios de sus hermanos. Ni Jean ni Fran, la madre de Jake, se molestaban en separar a sus respectivos hijos a la hora de la comida. Quienquiera que estuviera sentado a la mesa acababa comiendo allí, sin importar a qué familia perteneciera.
    Apenas había empezado a comer, cuando Teddy entró por la puerta trasera, cubierto de nieve y con los brazos cargados de leña. Le dedicó una sonrisa de complicidad a Jake y soltó la leña junto a la puerta.
    – Buenos días, Jake. ¿Cómo has dormido?
    – Teddy, quiero que lleves un poco de leña a casa de Ellis y Fran -dijo Jean-. Nosotros tenemos de sobra. Jake puede ayudarte a cargarla en tu camioneta.
    Teddy sonrió.
    – Oh, creo que estará demasiado cansado para ponerse a cargar leña, mamá. ¿Has dormido poco, Jake?
    – Quería buscar un colchón nuevo para esa cama -dijo Jean-. Ése está lleno de bultos, ¿verdad?
    – De bultos no -dijo Teddy-. Quizá de personas…
    La madre de Jake frunció el ceño.
    – ¿De qué estás hablando, Teddy?
    Todos los presentes se giraron para oír la respuesta de Teddy.
    – Caley estaba durmiendo con Jake.
    Jean ahogó un gemido.
    – ¿Caley está en casa? ¿Cuándo ha llegado?
    – A las tres de la mañana.
    Todos volvieron a girarse, esa vez hacia Caley, que estaba de pie en la puerta de la cocina. Iba vestida con un jersey de lana azul y unos vaqueros desteñidos.
    – Creía que era Emma quien estaba en la cama -explicó-. Sólo fue un error. Y no pasó nada.
    – Emma está en el hotel -dijo Jean, dándole un efusivo abrazo a su hija-. No te has enterado de la gran noticia, ¿verdad?
    – Jack me lo ha dicho. Sam y Emma… ¿Quién lo hubiera imaginado? -se aclaró la garganta y miró las expresiones de curiosidad de sus hermano-. No pasó nada. Fue un error.
    – Pues claro que no pasó nada -corroboró Jean-. Jake y tú sois como el agua y el aceite -besó a Caley en la mejilla y le sonrió a Jake-. ¿Cómo pudiste confundir a Jake con Emma?
    – Tenía la cabeza bajo la almohada -explicó Caley.
    – Bueno, como es evidente que no habéis estado incómodos, quizá debería haceros compartir cama el resto de la semana -bromeó Jean-. Oh, y Emma va a pedirte que seas su dama de honor, cariño, y espero que aceptes… ¿Beicon o salchichas?
    – Tomaré sólo las tortitas -respondió Caley, mirando a Jake por encima de la mesa-. Y no tienes que preocuparte por mí. He reservado una habitación en el hotel -hizo una pausa-. Podré echarle una mano a Emma, y Jake puede quedarse con su habitación para él solo.
    Buscó un sitio en la mesa y Adam le hizo espacio entre Jake y él. Caley apartó la silla de mala gana y se sentó. Su madre le puso un plato delante y Jake le sirvió un vaso de zumo de naranja. Se lo tendió y ella lo aceptó dubitativamente y lo dejó junto al plato.
    Los dos comieron en silencio, fingiendo que escuchaban la conversación de los demás. Jake le rozó el pie con el suyo y ella casi se atragantó con el zumo.
    Era delicioso poder tocarla, pensó Jake. Sintió cómo ella le apartaba la pierna con la mano y él metió el brazo por debajo de la mesa para agarrarla, entrelazando los dedos con los suyos. Los ojos de Caley se le abrieron como platos cuando el pulgar de Jake se posó en su muñeca, justo donde le latía el pulso.
    – ¿Cuál es el plan para hoy? -preguntó Caley con la voz ligeramente entrecortada.
    – Emma te ha elegido un vestido y tienes que ir a la tienda a probártelo. Está nevando mucho. Adam te llevará en su camioneta.
    – Yo la llevaré -se ofreció Jake, apretando la mano de Caley-. Tengo que hacer algunos recados en el pueblo.
    – Puedo ir yo sola -protestó Caley, apartando la mano.
    Jean le sonrió a Jake.
    – Gracias, cielo. Sabía que podía contar contigo -juntó las manos y miró a Jake y a Caley-. Es estupendo volver a veros a los dos juntos. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
    – Once años -respondió Caley. Agarró su plato y se levantó-. Tengo que hacer unas llamadas. Y puedo ir yo sola al pueblo. Tengo que pasarme por el hotel antes de ir a probarme ropa -fulminó a Jake con la mirada y salió de la cocina.
    Jake se levantó y llevó su plato al fregadero.
    – Todo sigue igual… Vamos, Teddy, tenemos que cargar esa leña.
    – Oh, yo creo que algo sí ha cambiado -dijo Teddy, riendo, mientras se ponían los abrigos.
    – No creo que necesites ayuda con la leña -replicó Jake.
    – Lo siento -murmuró Teddy.
    Jake siempre había podido ocultar sus sentimientos hacia Caley. Pero desde que la encontró aquella mañana abrazada a él en la cama, supo que quería explorar esos sentimientos. Ya no eran jóvenes. Eran personas adultas y no había reglas para separarlos. Era el momento de poner a prueba la atracción que ardía entre ellos, y él estaba decidido a hacerlo.

Capítulo 2

    La nevada se hizo más intensa a medida que transcurría la mañana. Caley observaba los copos desde el estudio de su padre. Había intentado trabajar un poco, haciendo llamadas a la oficina e intentando enviar un informe por módem. Decidió esperar hasta que tuviera una mejor conexión a Internet en el hotel, y mientras tanto le envió un mensaje de texto a su secretaria.
    Era imposible concentrarse en el trabajo, porque sus pensamientos volvían una y otra vez al dormitorio y al beso que Jake y ella habían compartido. Un escalofrío le recorrió la columna y le puso la carne de gallina. Normalmente le resultaba muy sencillo centrarse, pero un solo beso… dos, en realidad, habían bastado para ocupar sus pensamientos.
    Cerró el ordenador portátil y recogió sus cosas. Tenía que ir al hotel y a probarse el vestido, pero lo primero sería desenterrar su coche. Recordó la oferta de Jake, pero decidió no tentar a la suerte. Besarlo había sido demasiado fácil… ¿Qué podría ocurrir si volvían a estar juntos y a solas?
    Encontró ropa de invierno en el armario del vestíbulo y se puso una chaqueta, unas botas, guantes y una gorra. Se guardó el móvil en el bolsillo y salió a espalar la nieve, contenta de tener una distracción en la que ocupar sus pensamientos.
    Habían pasado otras cosas en aquella cama, e intentó recordar los detalles entre los recuerdos difusos. Había tenido un sueño maravilloso en el que Jake sucumbía finalmente a sus encantos. Se había pasado casi toda su adolescencia fantaseando con aquel momento en el que Jake la estrechaba entre sus brazos para besarla; no era extraño que aquellas imágenes la hubieran invadido al volver a North Lake.
    Sí, la había besado. Pero los cielos no se habían abierto ni se había oído música celestial. Un pequeño coro, en todo caso. Al fin y al cabo, tendría que ser una mujer de hielo para no reaccionar.
    Mientras empezaba a apartar la nieve, recordó el deseo que había prendido en su interior en cuanto los labios de Jake tocaron los suyos. Había deseado desesperadamente que siguiera, que aquel beso fuera un comienzo en vez de un final. Había deseado que Jake la desnudara por completo y le besara la piel desnuda, que la llevara de nuevo a la cama y la sedujera hasta que su roce la hiciese temblar.
    Una vez había imaginado que Jake era su príncipe azul, noble y puro. Ahora lo veía como un hombre con una sonrisa letal, un cuerpo increíble y una mirada que la hacía estremecerse.
    Hizo una pausa en su tarea y respiró hondo, intentando calmar su pulso acelerado. No debía de ser muy difícil dejar que la naturaleza siguiera su curso. Jake parecía muy interesado aquella mañana… más que interesado, si el bulto de sus calzoncillos significaba algo. Y no sería como seducir a un desconocido. Lo había deseado durante tanto tiempo que, ¿por qué no disfrutar de Jake mientras pudiera?
    Había salido de Nueva York en un estado de confusión absoluta, buscando la llave de la felicidad. Acostarse con Jake podría hacerla feliz durante un corto periodo de tiempo. Y aunque había puesto en duda sus habilidades como amante, estaba convencida de que disfrutaría siendo seducida por él. Jake había cambiado.
    Volvió a sentir un escalofrío. Se había convertido en un hombre arrebatadoramente apuesto y atractivo.
    Suspiró soltando una nube de vapor. Su mente racional le decía que no necesitaba añadir más complicaciones a su vida. Pero acostarse con Jake no sería tan complicado… y sí tremendamente excitante y satisfactorio. Cerró los ojos y volvió a respirar hondo. ¿Era Jake lo que realmente deseaba o simplemente era alguien, cualquiera, que podía hacerla sentirse mejor?
    Casi había despejado uno de los neumáticos cuando Jake apareció en un todoterreno. Tocó el claxon y bajó la ventanilla con una sonrisa.
    – Sube. Te llevaré al pueblo. No podrás desenterrar el coche tú sola.
    Caley aguantó la respiración mientras lo miraba. En la cama tenía un aspecto muy sexy, con sólo unos calzoncillos, el pelo revuelto y una barba incipiente oscureciéndole la mandíbula. Pero ahora ofrecía una imagen irresistible. Caley bajó la mirada a su boca y se preguntó cuándo volvería a besarlo. Rápidamente siguió apartando la nieve, temerosa de no poder resistirse.
    – Puedo… puedo ir yo sola.
    – Vamos, Caley. Tardarás horas en retirar la nieve.
    Ella miró por encima del hombro, dispuesta a asumir la derrota… tanto con el coche como con los encantos de Jake.
    Él se bajó del vehículo, le quitó la pala para dejarla en un montón de nieve y le tendió la mano.
    – Vamos.
    Caley le miró los dedos, largos y delgados. Un recuerdo vago pasó por su cabeza. Jake la había tocado aquella mañana. No había sido parte del sueño. Sus dedos habían bailado sobre su piel, y su tacto había despertado sensaciones largamente dormidas.
    Aceptó su mano dubitativamente y él la condujo hacia el todoterreno. Abrió la puerta del pasajero para ayudarla a subir y él rodeó el vehículo para sentarse al volante. En realidad, Caley tenía miedo de conducir ella sola hasta el pueblo, sobre todo por West Shore Road. Bastaría un patinazo en la peligrosa carretera para escuchar los sermones de Jake.
    – Abróchate el cinturón -le dijo él.
    Caley se volvió hacia él.
    – Creo que tenemos que dejar una cosa muy clara. Ya no estoy enamorada de ti. Cualquier sentimiento que pudiera albergar de joven se desvaneció hace tiempo. Así que no te comportes como si me tuvieras comiendo de tu mano, porque no es así.
    Se giró de nuevo hacia el parabrisas, avergonzada por su arrebato. Normalmente tenía mucho cuidado con sus palabras. ¿Qué tenía Jake para hacerla sentirse como una adolescente engreída? ¿Por qué siempre tenía que provocarla?
    Jake puso el coche en marcha y descendieron por el camino de entrada. El todoterreno resistía fácilmente la ventisca y las malas condiciones, pero Caley no estaba dispuesta a darle la satisfacción a Jake.
    – ¿Estabas enamorada de mí? -le preguntó él-. ¿Cuándo fue eso exactamente?
    – Hace años -murmuró-. Apenas duró una semana. No lo recuerdo bien.
    – Entonces, ¿ahora no sientes la menor atracción hacía mí? -insistió él, esbozando una media sonrisa irónica.
    – No -mintió ella.
    Jake pareció reflexionar sobre su respuesta por un rato.
    – Lástima. Porque yo aún me siento atraído por ti. Sí, ya lo sé… Es increíble, ¿verdad?
    – ¿Aún? -preguntó ella, aturdida por su declaración.
    – Sí, aún. Siempre me pareciste una mujer muy sensual.
    Caley se echó a reír por el descarado comentario.
    – Por favor…
    – No, en serio. Vamos, Caley. Mírate. Un hombre tendría que estar loco para no darse cuenta. Eres hermosa, sofisticada e inteligente.
    Caley no supo si se estaba burlando de ella o si le decía la verdad, pero en cualquier caso la hizo sentirse mejor. Sonrió.
    – Todos los chicos estaban enamorados de ti aquel verano, antes de que te fueras a la universidad.
    – Ahora sí sé que estás mintiendo… Pero sigue.
    – Les dije que estabas comprometida.
    Ella frunció el ceño.
    – Pero no lo estaba. ¿Por qué les dijiste eso?
    – Porque sólo querían una cosa de ti, y yo no quería que intentaran nada. No creía que estuvieras preparada para eso. Y… quizá porque me sentía un poco posesivo.
    – Tú fuiste la razón de que me fuera a la universidad siendo virgen.
    – Créeme, te habría ayudado a resolver ese detalle, pero no estaba seguro de ser el hombre adecuado para ello -hizo una pausa-. Supongo que lo pudiste solución hace tiempo…
    Caley se echó a reír.
    – ¿Me estás preguntando si soy virgen? Tengo veintiocho años.
    – Te estoy preguntando si encontraste al hombre adecuado. Teddy comentó que estás viviendo con un abogado.
    Caley abrió la boca para decirle que Brian debía de estar sacando sus cosas del apartamento mientras ellos hablaban. Pero aquella confesión la dejaría sin ninguna defensa contra la seducción.
    – Sí. Llevamos juntos un par de años. ¿Qué me dices de ti?
    En realidad no quería saber la respuesta. Quería creer que ella era la mujer de su vida. Pero era una vana ilusión. Jake era un hombre demasiado atractivo.
    – No hay nadie especial -dijo él-. Supongo que me estaba reservando para ti.
    Caley se mordió el labio y fijó la vista en la carretera. ¿Por qué le estaba diciendo esas cosas? ¿La estaba poniendo a prueba? A Jake siempre le había gustado provocarla, pero aquello era distinto. Era como si la estuviese desafiando a que se tomara en serio sus palabras.
    Condujeron un rato en silencio. Caley sacó el móvil y empezó a escribirle un mensaje de texto a su secretaria.
    – ¿Siempre llevas ese trasto contigo?
    – Tengo que estar localizable. Hay mucha gente que cuenta conmigo.
    – Esa gente puede arreglárselas sola. Tómate un descanso. Se supone que estás de vacaciones.
    – Los socios no se toman vacaciones -replicó ella. Aun así, metió el móvil en el bolso sin acabar el mensaje.
    Una pregunta la asaltaba. Nunca había tenido el coraje para formularla, pero necesitaba la respuesta.
    – Si tan atraído te sentías por mí, ¿por qué me rechazaste aquella noche?
    Él sonrió, pero sin apartar la vista de la carretera.
    – Acababas de cumplir dieciocho años y yo ni siquiera tenía veinte. No me pareció que fuera el momento apropiado. Pensé que tu primera vez debía ser perfecta. No estaba seguro de poder darte lo que merecías -la miró de reojo-. Te hice un gran favor, Caley. No quería que te arrepintieras de tu primera experiencia.
    Caley se recostó en el asiento y miró por la ventanilla. Aquellas palabras suavizaban el recuerdo de la humillación, pero le costaba creer que Jake fuese tan noble con esa edad.
    – Me quedé destrozada -dijo.
    Él alargó un brazo hacia ella y le rodeó la nuca con la mano. A Caley se le aceleró el pulso y sintió una oleada de deseo mientras los dedos de Jake se entrelazaban en sus cabellos.
    – Lo siento -dijo él, obligándola a mirarlo-. Pero, si te sirve de consuelo, estaría encantado de hacerlo ahora.
    Caley no pudo evitar una carcajada al ver su sonrisa irónica.
    – Te avisaré si cambio de opinión.
    – Eh, me han dicho que lo hago muy bien…
    – Eso es porque las mujeres que se acuestan contigo no ven más allá de tu bonito rostro. Te dirían lo que fuera con tal de atraparte.
    Jake se salió de la carretera y detuvo el coche en el arcén.
    – Mis encantos han surtido efecto contigo esta mañana…
    – Estaba dormida.
    – Dijiste mi nombre.
    Ella se encogió de hombros, intentando mantener la compostura. Pero le resultó imposible. Le temblaban las manos y sentía que empezaba a marearse.
    – Pues ya no me hacen efecto. Adelante. Bésame. Ya verás como no reacciono -era un desafío muy pobre, pero no le importaba. Quería besarlo otra vez y no podía esperar más.
    Para su sorpresa. Jake aceptó el reto y le tomó el rostro entre las manos para besarla. Al principio fue un beso lleno de frustración, pero luego se hizo más suave y Jake introdujo la lengua entre sus labios.
    Caley lo agarró por el abrigo y tiró de él hacia ella. No podían estar lo bastante cerca. Se lanzaron a una frenética búsqueda de sus cuerpos. Ella sabía que debería parar, pero el sabor de Jake, su olor y su tacto eran un estímulo irresistible, como una danza de carnaval que la asustaba y atraía por igual.
    Jake estaba excitado, y a Caley le encantó que él tampoco pudiera resistirse.
    – ¿Qué demonios me estás haciendo? -murmuró él, echándole el aliento en la oreja-. Tienes novio… Vives con él…
    – Hemos roto -dijo ella, frotándose el rostro contra su cuello.
    Jake la agarró por los hombros y la apartó para mirarla fijamente a los ojos.
    – No juegues conmigo. Caley.
    – No estoy jugando. Te juro que hemos roto. Se ha acabado.
    Él le pasó el pulgar sobre el labio inferior.
    – En ese caso, ¿podemos dejar de fingir? Soy lo bastante maduro para reconocer que te deseo. Y creo que tú también me deseas, ¿cierto?
    – Quizá -murmuró ella.
    – No, nada de quizá -replicó él, sacudiendo la cabeza.
    – De acuerdo. Admito que existe atracción entre nosotros.
    – ¿Y qué vamos a hacer al respecto?
    Caley frunció el ceño.
    – No lo sé. Podría ser complicado.
    Él se echó hacia atrás y sonrió.
    – Cuando tengas claro lo que quieres, házmelo saber -dijo.
    Caley soltó un débil gemido. ¿Qué estaba haciendo Jake? ¿No debería estrecharla entre sus brazos y besarla hasta que se le despejaran todas sus dudas? ¿O seducirla sin ningún respeto por sus reservas? ¡No podía dejar la elección en sus manos!
    – Lo haré -dijo en voz baja.
    Jake se enderezó y volvió a sentarse al volante.
    – Será mejor que sigamos…
    Cuando llegaron a la pequeña tienda del pueblo, Jake se bajó del vehículo y lo rodeó para abrirle la puerta a Caley. Los Burton siempre habían tenido unos modales impecables.
    – Ten cuidado -dijo él, agarrándola por la cintura-. El suelo está muy resbaladizo.
    Mantuvo las manos en sus caderas y bajó la mirada hasta su boca. Permanecieron inmóviles unos instantes, despidiendo nubes de vapor entre ellos. Finalmente, Caley se puso de puntillas y lo besó ligeramente en los labios.
    – No estoy jugando contigo -susurró-. Simplemente me apetece volver a besarte.
    – Y a mí también -respondió él. La abrazó por la cintura y la apretó contra su cuerpo. Pero cuando estaba a punto de besarla se vio interrumpido por unas risas. Caley se giró y vio a dos chicas librando una guerra de nieve-. No es nadie conocido -susurró.
    – Si hacemos esto, no podemos permitir que nadie lo sepa -observó ella.
    – No voy por ahí alardeando de mis besos.
    – Lo digo en serio. Tiene que quedar entre nosotros. Y sólo puede ser sexo. Nada más.
    – ¿Amigos con derecho a roce? -preguntó él en tono jocoso.
    Ella asintió.
    – Vuelvo enseguida -dijo, mirando hacia la tienda.
    – Voy contigo.
    – ¿Es prudente?
    – No voy a seducirte en un lugar público, puedes estar tranquila. Y no creo que la señorita Belle vaya a hablarles a nuestros padres de nosotros.
    La siguió hacia la puerta y le puso una mano en el trasero mientras Caley pasaba al interior. Fue un gesto muy simple, pero Caley se dio cuenta de que Jake estaba aprovechando cualquier oportunidad para tocarla.
    La dueña de la tienda, la señorita Belle, los saludó y se llevó a Caley a los probadores.
    – ¿Tú también vienes? -le preguntó a Jake.
    – Oh, no -dijo Caley-. No es mi… Bueno, sólo es un… No creo que le interese mucho.
    – Os acompaño -dijo Jake, dedicándole una picara sonrisa a Caley-. Me interesa mucho.
    Caley se llevó el vestido al probador y se desnudó rápidamente. El vestido parecía muy discreto en la percha, pero una vez puesto era otra cosa. La tela se ceñía a sus curvas, el modesto escote se abría en forma de V por la espalda y las mangas largas se ajustaban a sus brazos. Se quitó el sujetador y se giró para examinarlo por detrás. Emma había acertado con la talla, y había elegido un vestido que causaría sensación en la boda.
    Abrió la puerta y salió del probador. Jake había estado sentado en un banco, pero nada más verla se puso en pie de un salto y ahogó un débil gemido.
    – Cielos… -murmuró-. Vaya vestido.
    Caley se pasó las manos por las caderas mientras se daba la vuelta.
    – Es precioso, ¿verdad?
    – ¿Llevas ropa interior?
    Ella le lanzó una mirada severa.
    – Es demasiado estrecho.
    – Así que no vas a llevar ropa interior… ¿Dónde se supone que voy a poner las manos cuando bailemos? Va a ser un problema muy serio…
    – ¿Acaso vamos a bailar?
    – Eres dama de honor y yo soy el padrino. Creo que un baile es obligatorio, por lo menos.
    La señorita Belle se acercó y examinó atentamente a Caley.
    – Subiremos un poco las mangas. Suponía que irías sin… -señaló el pecho de Caley.
    – ¿Tengo elección? -preguntó Caley.
    – Tenemos sujetadores adhesivos.
    – ¿Podemos verlos? -preguntó Jake con una expresión de inquietud.
    Caley negó con la cabeza.
    – Así estará bien.
    La señorita Belle le tendió una caja de zapatos.
    – Pruébate los zapatos para que pueda examinar el bajo.
    Caley agarró un zapato de la caja e intentó ponérselo, pero no podía mantener el equilibrio con aquel vestido tan largo. Jake le deslizó las manos alrededor de la cintura y la sujetó mientras ella se calzaba.
    – Perfecto -dijo la señorita Belle-. Enseguida vuelvo -se marchó a responder una llamada, dejando a Jake y a Caley a solas en la parte trasera de la tienda.
    – Perfecto -repitió Jake.
    – Deja de decirme esas cosas -murmuró Caley-. A veces parece que estás jugando conmigo.
    Él sacudió la cabeza.
    – Así es como somos, Caley. Como siempre hemos sido.
    Ella se giró y volvió al probador, y esa vez Jake la siguió de cerca. Caley intentó cerrar la puerta, pero él se deslizó en el interior y se apoyó de espaldas contra la puerta.
    – En todo el tiempo que nos conocemos, ¿te he mentido alguna vez? -le preguntó él.
    Caley se miró las uñas. Hasta la noche en que cumplió dieciocho años. Jake había sido la única persona en la que siempre había podido confiar.
    – Creo que no.
    – ¿Quién te dijo que te sacaras el papel higiénico del sujetador aquel Cuatro de Julio en el parque? ¿Quién te dijo que parecías una jirafa cuando empezaste a usar zapatos de plataforma? ¿Quién te dijo que no salieras con Jeff Winslow porque su única intención era meterte mano?
    – Tú -admitió Caley-. Pero en cualquier caso salí con Jeff Winslow. Y naturalmente intentó meterme mano.
    – ¿Lo ves?
    – El que nunca me hayas mentido no significa que no puedas hacerme daño.
    Él dio un paso hacia ella y le tocó la mejilla.
    – ¿Esto te duele?
    Caley soltó una temblorosa exhalación. La sensación de sus dedos era maravillosa, cálida y suave. Sacudió la cabeza. Esa vez no se lo pondría fácil. Esa vez conseguiría resistirse.
    Jake dio un paso más y la besó en la frente.
    – ¿Y esto? Dime si es una sensación agradable.
    Ella tragó saliva y suspiró profundamente mientras él la besaba en la sien. ¿Tenía la fuerza necesaria para resistirse? No parecía que el esfuerzo mereciera la pena…
    – Sí. Es muy agradable.
    Él le puso un dedo bajo la barbilla y le hizo levantar la mirada. Entonces inclinó la cabeza y la besó, acariciándole los labios con la lengua antes de introducirla en su boca. Pero no fue como el beso del coche. Fue un beso lento y sensual, destinado a derribar sus defensas. Caley le rodeó el cuello con los brazos y sucumbió a la ola de calor que se propagaba por su cuerpo.
    Jake llevó las manos hasta sus caderas y las subió por su espalda, descubierta por el corte del vestido. A Caley le daba vueltas la cabeza mientras intentaba recordar cada detalle del beso, obligándose a sí misma a no perder la compostura. Pero era imposible. Jake parecía decidido a demostrar que sus besos eran los mejores del mundo.
    Su mano llegó hasta uno de los pechos y Caley gimió suavemente. Le acarició el pezón con el pulgar, endureciéndolo y provocándole una oleada de placer. Cuando finalmente se retiró, Caley estaba mareada por la excitación. Respiraba con dificultad y el pulso le palpitaba salvajemente en las sienes.
    – Si deja de resultarte agradable, sólo tienes que decírmelo para que pare -susurró él. La besó en la punta de la nariz y salió del probador, cerrando la puerta a su paso.
    Caley se apoyó de espaldas contra el espejo de la pared y se tocó los labios con dedos temblorosos. Sintió cómo se curvaban en una sonrisa. Después de todos esos años, era difícil creer que sus fantasías con Jake fueran a hacerse realidad.
    Había algo irresistible entre ellos, y ninguno de los dos parecía tener la capacidad… o la voluntad de detenerlo. Eso lo hacía aún más emocionante… y peligroso.

    – ¡El partido empezará en quince minutos! Jake y Sam miraron por encima del hombro a su hermano y le hicieron un gesto con la mano.
    – Estaremos listos -gritó Jake.
    Se sentaron en los escalones que durante el verano bajaban al muelle y a la playa que compartían con los Lambert. El lago estaba helado y cubierto de nieve, pero Teddy Lambert había despejado un área lo bastante grande para patinar sobre hielo o jugar al hockey. Jake estiró las piernas y observó los últimos copos que caían perezosamente. La tormenta había pasado y un manto blanco lo cubría todo.
    – Así que vas a casarte.
    Sam sonrió mientras trazaba un dibujo en la nieve con un palo.
    – Eso he oído.
    – Tengo que decírtelo, Sam. Me llevé una gran sorpresa cuando oí que estabas comprometido con Emma. Pero cuando me enteré de que ibas a casarte tan pronto, me quedé de piedra. ¿No te parece que un noviazgo de mes y medio es demasiado corto?
    – Tal vez.
    – ¿Cuánto tiempo habéis pasado juntos?
    Sam se encogió de hombros.
    – Tres veranos, aquí en la casa del lago. Luego la visité en Boston el Día de Acción de Gracias, nos volvimos a ver en Chicago durante las vacaciones navideñas y entonces decidimos que ya no queríamos estar separados.
    – Entonces, ¿por qué no os limitáis a vivir juntos? -preguntó Jake-. Date un poco de tiempo…
    – Porque Emma quiere casarse -respondió Sam.
    – ¿Y tú qué quieres?
    – ¿A qué vienen tantas preguntas? -preguntó Sam, ligeramente irritado.
    – Es mi obligación como padrino tuyo. Tengo que asegurarme de que haces lo correcto.
    – Quiero lo que Emma quiera. Mi deseo es hacerla feliz.
    A Jake no le había hecho mucha ilusión la noticia de la boda de su hermano, pero ahora que podía hablar con él, se daba cuenta de que, con sólo veintiún años, Sam era demasiado joven para dar ese paso.
    Se había pasado los últimos diez años de su vida alternando de una mujer a otra, intentando entender cómo pensaban y disfrutando de todos los placeres posibles en sus camas. Pero sólo en los últimos tiempos había llegado a entender lo que necesitaba en una relación y el tipo de mujer con quien quería pasar su vida. Sam ni siquiera había empezado aquel aprendizaje y ya se estaba engañando a sí mismo. ¿Cómo se podía saber a su edad lo que era el amor? Ni Sam ni Emma habían vivido nada.
    – Ni siquiera has acabado los estudios -murmuró.
    – Emma se graduará en primavera y está haciendo algunos cursos por su cuenta, de modo que pasará más tiempo en Chicago. Yo acabaré los estudios en Northwestern el año próximo y estoy pensando en estudiar la carrera de Derecho. Si nos casamos, podemos empezar a planear nuestra vida en común… y ella puede ayudarme mientras obtengo el título.
    – Puedes hacer todo eso sin casarte.
    Sam gruñó y se apoyó en los codos, contemplando el paisaje nevado.
    – Debería haberle pedido a Brett que fuera mi padrino. O a Teddy.
    – El matrimonio es un gran paso, Sam. Tienes que casarte por las razones adecuadas.
    – ¿Cuáles son esas razones?
    – Que no puedas imaginarte una vida sin ella. Que cada vez que la mires sientas la necesidad de tocarla para comprobar que es real y que es tuya. Que ella sea lo primero en lo que piensas al despertar y lo último en lo que piensas antes de dormir.
    Acabó sus palabras con una profunda inspiración. Aquello era la suma total de sus ambiciones sentimentales para una vida feliz en pareja. No se conformaría con menos a la hora de iniciar una relación estable. Y, curiosamente, Caley parecía reunir todos sus requisitos.
    Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Eran las mujeres quienes confundían el deseo con el amor, no los hombres. Aun así, Jake no podía ignorar sus sentimientos. Las cosas no eran iguales que cuando eran jóvenes. Ahora había algo más profundo y más intenso que los atraía con una fuerza irresistible.
    Miró a Sam de reojo.
    – Odiaría pensar que estás haciendo esto para complacer a mamá y a la señora Lambert. Todo eso de los Burtbert es una tontería. Podemos ser una gran familia aunque no estemos emparentados.
    – No se trata de eso -dijo Sam.
    – ¿De qué se trata, entonces?
    – Queremos iniciar una vida juntos.
    – Sé lo que sientes. Ahora te parece que nunca podrás cansarte de ella, pero esa clase de deseo no dura. No se trata sólo de sexo. Tiene que haber algo más.
    – Oh, no hemos tenido sexo -dijo Sam-. Emma quería esperar a que estuviéramos casados.
    Jake ahogó un gemido.
    – ¿No habéis…? ¿Nada de nada?
    – Bueno, un poco. Pero sin llegar al final.
    Jake volvió a gemir y enterró el rostro en las manos.
    – ¿Cómo puedes tomar una decisión para el resto de tu vida cuando ni siquiera sabes si sois compatibles en la cama?
    – Mucha gente espera hasta el matrimonio -observó Sam-. Y no es que no tengamos experiencia. Emma lo ha hecho y yo también. Simplemente, no lo hemos hecho juntos.
    – Bueno, pues tal vez deberíais hacerlo -sugirió Jake-. Sólo para estar seguros.
    Él nunca había intentado controlar sus deseos por las mujeres… y desde que Caley había vuelto al pueblo ni siquiera tenía el control sobre su libido. ¿Cómo podía reprimir un hombre sus hormonas? ¿Acaso no estaba científicamente probado que la abstinencia era perjudicial?
    – ¿Por qué no esperáis un poco? No os hará daño.
    – La quiero -dijo Sam-. Y ella a mí.
    – Yo también quiero a Emma. Y a Caley, y a Teddy, y a Adam, y a Evan. Los Lambert son como nuestra familia -suspiró débilmente, buscando algún argumento que tuviera sentido. ¿Quién era él par intentar explicar las relaciones entre hombres y mujeres? Ni siquiera podía entender su atracción obsesiva por Caley. Lo único que sabía era que se sentía muy bien con ella. Tan bien que no quería dejarla marchar.
    Se levantó y le ofreció la mano a su hermano.
    – Vamos. Brett querrá preparar una estrategia antes del partido. La última vez que jugamos al fútbol con los Lambert nos dieron una paliza. Tienen a la mujer de Evan, quien ha pasado por tres partos. No se anda con chiquitas.
    – Y Caley juega como un hombre -dijo Sam.
    – No te preocupes por Caley. Yo me encargaré de ella. Tú ocúpate de Emma.
    Sam sonrió.
    – Hasta que nos casemos, seguirá siendo una Lambert. El enemigo.
    Se dirigieron hacia la extensión de hierba, cubierta por la nieve. Al cabo de unos minutos todos los jugadores estaban congregados en el centro del terreno de juego. Jake vio a Caley y la saludó con la mano, y ella le devolvió el saludo con una sonrisa vacilante. Estaba tan hermosa con tanta ropa de abrigo que Jake no pudo evitar la fantasía de desnudarla lentamente… Respiró hondo y cerró los ojos. Aquél no era el momento para pensar en desnudarse con Caley.
    Una vez que estuvieron todos reunidos, Brett levantó la mano.
    – Bienvenidos al primer y posiblemente único partido invernal de los Burtbert. Siguiendo la tradición de nuestro partido de verano anual, hemos decidido recuperar el antiguo trofeo -mostró el desatascador de inodoro que llevaba oculto a la espalda y todo el mundo se echó a reír y a batir palmas, sorprendidos de ver el trofeo después de tanto tiempo-. La última vez que se entregó este trofeo fue hace once años, y según reza la inscripción, lo ganaron los Lambert.
    – Gracias a un touchdown de Caley -dijo Jake, mirándola-. ¿Te acuerdas? Adam te lanzó el balón y tú te escapaste de todo el mundo. Nadie pudo alcanzarte.
    Ella lo miró extrañada.
    – No lo recuerdo.
    – Yo sí -repuso Jake-. Fue un partido memorable.
    Rodeó lentamente a los jugadores mientras Brett explicaba las reglas de juego y se detuvo detrás de Caley, con la mirada fija en Sam y Emma.
    – Parecen muy felices -murmuró-. ¿A ti qué te parece?
    Caley lo miró por encima del hombro.
    – Sí -afirmó.
    Brett señaló la lista de ganadores, escrita con un rotulador en el asa de madera.
    – Hoy nuestros capitanes serán Sam y Emma. Los equipos estarán igualados con Marianne, la mujer de Evan, y John, el marido de Ann, así que nadie tendrá que sentarse en el banquillo.
    Teddy no estuvo de acuerdo.
    – Nosotros somos tres chicos y tres chicas, y vosotros cuatro chicos y dos chicas. ¿A eso lo llamas estar igualados?
    – John se operó de la rodilla el año pasado -dijo Brett-. Y Marianne jugaba al fútbol en la universidad. A mí me parece que estamos igualados…
    Se lanzó la moneda al aire y comenzó el partido. Brett hacía de mariscal de campo para el equipo de los Burton, y cuando inició el ataque para lanzarle el balón a Ann, Caley apareció delante de ella e interceptó el pase.
    Echó a correr por la línea de banda y Jake se lanzó en su persecución. Apenas tardó unos segundos en cubrir la distancia que los separaba. La agarró por la cintura, la levantó del suelo y los dos cayeron a la nieve junto al terreno de juego.
    De jóvenes siempre habían jugado sin miramientos, y había sido muy divertido. Pero ahora, tirado en el suelo con Caley encima de él, el juego adquiría un matiz sexual desconocido hasta entonces.
    – ¡Esto es touchfootball! -gritó ella-. ¡No puede haber contacto!
    – Ni siquiera te estoy tocando como me gustaría… -murmuró él. La hizo rodar de costado y se colocó sobre ella-. Tenemos que hablar.
    Ella se retorció, intentando escapar.
    – Si crees que puedes convencerme para que abandone el partido, olvídalo -espetó ella-. Sólo porque me besaste aquella vez…
    – Más tarde -replicó él al ver que Brett se acercaba. Se apartó de Caley y la ayudó a levantarse. Le sacudió la nieve del trasero y la mandó con su equipo, al otro lado de la línea de scrimmage-. Buena recepción -le gritó.
    Un cambio de posesión llevó a Jake al ataque. Recibió el balón de Brett y echó a correr por el campo. Vio a Caley corriendo hacia él y supo que se disponía a detenerlo como fuera. Eso era lo que le gustaba de Caley. Nunca rechazaba un desafío. Pero, en vez de acelerar el paso, redujo la velocidad hasta que ella lo alcanzó.
    Hizo una finta a izquierda y derecha, pero Caley lo sorprendió al seguir sus movimientos. Entonces Jake, dándose cuenta de que no iba a desequilibrarla, la agarró por la cintura y la llevó con él hacia la zona de anotación. Pero Caley le dio una patada al balón mientras corría, arrancándosela de la mano.
    – ¡Balón suelto! -gritó Caley.
    Teddy estaba justo detrás de ellos. Agarró el balón y echó a correr hacia la zona de anotación contraria. Jake se giró y dejó caer a Caley en la nieve. Pero cuando se disponía a lanzarse en persecución de Teddy, Caley lo agarró por la pierna y lo hizo caer. Rápidamente se montó a horcajadas sobre él y vio cómo Teddy anotaba un tanto.
    Empezó a dar brincos mientras vitoreaba a su hermano, y con sus botes le provocó una dolorosa reacción a Jake. Maldiciendo en voz baja, se dio la vuelta y la tiró al suelo, agarró un puñado de nieve y se lo restregó contra el rostro.
    – No sabes perder -gritó ella, forcejando con él. Consiguió derribarlo de espaldas y le sujetó los brazos a ambos lados de la cabeza.
    – Bésame -murmuró él.
    Caley frunció el ceño.
    – Aquí no. Nos verán todos.
    Jake le apartó la nieve del cabello.
    – ¿Dónde? ¿Cuándo?
    – Más tarde -dijo ella-. Después de cenar.
    – Reúnete conmigo en el cobertizo.
    Caley sacudió la cabeza, se puso en pie y echó a correr hacia sus compañeros. Se dio la vuelta y lo miró con una sonrisa burlona.
    – Vais a perder… -tarareó-. A perder… a perder…
    Ejecutó una pequeña danza, meneando el trasero. Jake no pudo evitar reírse. Dios… era increíblemente sexy. Mientras veía cómo se alejaba, pensó cómo sería pasar una noche con ella. Tener todo el tiempo del mundo para seducirla. Para desnudarla lentamente y hacerla gemir de placer con sus caricias. Caley había sido la protagonista de sus fantasías adolescentes. Pero aquellos juegos juveniles no podían ni compararse a las cosas que se imaginaba ahora.
    – ¡Jake!
    Levantó la mirada y vio a Brett.
    – Concéntrate en el partido -gritó su hermano.
    Estuvieron jugando durante una hora, y al final el trofeo fue a parar a los Lambert, gracias al touchdown que Marianne, la mujer de Evan, consiguió en el último minuto.
    De regreso a casa, Jake se quedó atrás deliberadamente, manteniendo la vista fija en Caley. ¿Cómo habrían sido las cosas entre ellos si hubiera aceptado su proposición once años atrás? ¿Estarían allí, en aquel mismo lugar, deseándose mutuamente? ¿O se mirarían con vergüenza y remordimiento, en vez de excitación e impaciencia?
    Tal vez las cosas hubieran salido tal y como se suponía que debían salir aquel verano. Pero lo que estaba pasando ahora entre ellos aún estaba en manos del destino. Y todo empezaría o terminaría aquella noche, en el cobertizo de las barcas.

* * *

    Las dos familias se juntaron en el gran salón de los Burton para compartir el chili y el pan de maíz. Después de la cena, Jake y Caley se unieron a Sam y Emma en una partida de Monopoly, pero Caley apenas podía concentrarse, especialmente por la manera con que Jake le rozaba el pie bajo la mesa. Mantuvo la vista en el tablero, intentando controlar su desbocado corazón. Otros hombres la habían tocado de la forma más íntima posible, y ella apenas había reaccionado. Pero Jake sólo necesitaba acariciarle el pie con el suyo para hacerla arder de deseo.
    – Park Place -anunció Sam cuando la ficha de Emma cayó en su propiedad-. Vamos a ver… Serán mil doscientos dólares, por favor.
    Jake se echó a reír al observar el dinero acumulado por Sam.
    – Parece que tienes bastante para comprarte esa motocicleta.
    Sam fulminó a su hermano con la mirada, y Emma frunció el ceño al instante.
    – ¿Qué motocicleta?
    – Sam va a comprarse una motocicleta cuando estéis casados -dijo Jake, barajando sus tarjetas de propiedad-. Nuestra madre no se lo ha permitido hasta ahora, pero cuando sea un hombre casado no podrá impedirle nada, puesto que serás tú quien esté al mando -clavó la mirada en Emma, esperando su respuesta.
    A Caley le pareció un extraño giro en la conversación. Le frunció el ceño a Jake, pero él se limitó a sonreír y se puso a contar su dinero.
    – No puedes tener una moto -dijo Emma-. Son muy peligrosas. No te lo permitiré.
    – Pero, Em, sería muy útil. No podemos permitirnos dos coches. Y la gasolina sería más barata.
    – No -rechazó Emma rotundamente-. No voy a permitirlo.
    Sam se irguió en la silla como un crío enfurruñado.
    – ¿Qué quieres decir con eso? No eres mi madre.
    – Sam debería tomar sus propias decisiones -murmuró Jake.
    Caley le dio un puntapié bajo la mesa.
    – ¡Ay! -exclamó con una mueca de dolor. Sam y Emma lo miraron y él sonrió forzadamente-. Un calambre. Demasiado ejercicio en la nieve -agarró su dinero y se lo tendió a Caley-. Me retiro.
    Caley alternó la mirada entre las adustas expresiones de Sam y Emma y la sonrisa de satisfacción de Jake, y supo que había iniciado aquella discusión a propósito.
    – Yo también me retiro.
    – Jake tiene razón -dijo Sam-. Soy un hombre adulto. Puedo hacer lo que quiera.
    – ¿Quién va a pagar esa motocicleta? -preguntó Emma-. Yo no, desde luego. Y si crees que puedes usar el dinero de la boda, estás muy equivocado.
    Caley se levantó rápidamente y siguió a Jake a la cocina. Él dejó su vaso en el fregadero y se despidió de sus padres, que estaban jugando a las cartas con los padres de Caley.
    – Voy a bajar al cobertizo a ver si puedo encender la calefacción. Vamos a necesitar ese espacio.
    – Y yo voy a volver al hotel -dijo Caley-. Tengo que hacer algunas llamadas. Os veré a todos mañana.
    A nadie pareció extrañarle que se marcharan los dos al mismo tiempo. Jake la ayudó a ponerse el abrigo y salieron juntos por la puerta principal.
    Una vez en el exterior, la agarró de la mano y la llevó hacia el sendero que conducía al lago.
    – Jake, tal vez deberíamos… ¿Adónde vamos?
    – Al cobertizo. Me vendrá bien un poco de ayuda para encender la calefacción. Puedes sujetar mis herramientas.
    Caley se echó a reír y echó a andar junto a él. El frío aire nocturno agudizaba sus sentidos, y sintió cómo le daba un vuelco el corazón al pensar en lo que pasaría cuando estuvieran a solas. Caley nunca se había considerado una mujer apasionada. Siempre había podido controlar sus deseos. Pero con Jake no podía dejar de pensar en el sexo.
    Su intención era mantener la compostura, pero toda su resistencia se venía abajo en cuanto él la tocaba. Su lado más racional podía enumerar una larga lista de razones por las que no debía acostarse con Jake, pero el pulso empezó a latirle con fuerza y su cerebro fue incapaz de seguir pensando con coherencia. No podía hacer otra que dejarse llevar y abandonarse a las poderosas sensaciones que la consumían. No se había sentido igual desde aquella noche con Jake en el lago, once años atrás.
    Pero ¿de verdad estaba dispuesta a hacer eso? Durante los últimos meses se había sentido vacía por dentro, como si su vida ya no pudiera hacerla feliz. Sería muy fácil llenar aquel vacío con Jake. Y quizá se sintiera mejor por una temporada. Aun así, se resistía a creer que necesitara a un hombre para ser feliz. Seguramente lo único que necesitaba era sexo.
    Al menos ahora era lo bastante madura para saber la diferencia entre el deseo y el amor. Aunque sucumbiera a la atracción física, podría seguir manteniendo el control de sus emociones. Jake era la última persona en el mundo de la que se permitiría enamorarse. Era el único hombre que podía romperle el corazón. Y eso lo convertía en un riesgo muy peligroso.
    Y sin embargo, no tenía miedo. Al contrario, se sentía completamente libre y liberada. Por fin podía dar rienda suelta a sus deseos y comprobar hasta dónde llegaba su pasión por Jake. Ya no tenía que seguir fingiendo. Él la deseaba y ella lo deseaba, y ninguno de los dos tenía necesidad de negarlo.
    La sombra del cobertizo de los Burton se recortaba en la loma, junto a la orilla. La parte baja albergaba el pequeño velero de los Burton y su vieja lancha, pero el piso superior estaba acondicionado para acoger invitados. Era un pequeño apartamento completamente amueblado, provisto de cocina y cuarto de baño. Los postigos estaban cerrados por el invierno, lo que confería a la casa un aspecto frío y hostil.
    Jake le sujetó la mano mientras ella subía con cuidado los escalones cubiertos de nieve. Caley miró por encima del hombro y vio las huellas a la luz de la luna.
    – Van a saber que hemos venido juntos.
    – Sólo te he pedido que me eches una mano -le recordó él-. No hay nada malo en ello…
    Caley respiró hondo y apretó los dedos en el bolsillo del abrigo. La idea de recorrerle el cuerpo con las manos, de poder tocarlo y desvestirlo con plena libertad, hacía que la cabeza le diera vueltas. Sabía lo que iba a pasar y no tenía miedo. Lo único que podía sentir era una impaciencia abrumadora.
    Jake abrió la puerta y pasó al interior. Caley lo siguió y oyó cómo se cerraba la puerta tras ella. Al instante siguiente sintió las manos de Jake en su cara. Sus labios se encontraron y un segundo más tarde estaban devorándose mutuamente.
    – Llevo pensando en ti todo el día -murmuró él contra su boca.
    – ¿Qué pensabas? -preguntó ella con la respiración entrecortada.
    – En lo que pasaría cuando volviéramos a estar solos.
    – Dímelo… ¿Qué imaginabas?
    Estaba tan oscuro en el interior del cobertizo que no podían ver nada, pero Caley sentía el calor que emanaba de él, y se estremeció al sentir sus labios en la fría mejilla.
    – Imaginaba que estabas frente a mí y que empezabas a desnudarte lentamente. Y luego te tocaba para comprobar si era tan maravilloso como había soñado.
    Caley se quitó el abrigo y lo dejó caer al suelo. A continuación, se quitó el jersey por encima de la cabeza y lo arrojó a un lado. Llevaba una camiseta interior que apenas podía protegerla del frío, pero, curiosamente, no se percató de la baja temperatura. El corazón le latía tan rápido que ni siquiera se le puso la piel de gallina.
    Jake le acarició el brazo desnudo, agarró su mano y la besó en la palma.
    – Espera aquí -murmuró-. La caja de fusibles está en el armario.
    Desapareció en la oscuridad y Caley se apoyó de espaldas contra la puerta. Oyó unos ruidos en el otro extremo de la habitación y un momento más tarde se encendió una cerilla. La llama iluminó el interior del cobertizo, proyectando trémulas sombras en las paredes. Jake encendió una linterna y la dejó en la mesita junto a la cama. Se giró hacia Caley y le hizo un gesto para que se acercara.
    Caley se frotó los brazos. De repente se sentía invadida por el frío y los nervios. Todo parecía más sencillo en la oscuridad, como si fuera un sueño y los dos cuerpos sólo se sintieran por el tacto. Pero ahora que podía ver la cama y los ojos de Jake, todo le parecía muy real.
    – Déjame ver si puedo encender la calefacción -dijo él.
    Pasó junto a ella y metió medio cuerpo en el armario. Pulsó un interruptor y se inclinó sobre el radiador.
    – Funciona.
    Entonces volvió junto a ella, quitándose el abrigo mientras se acercaba. Era el chico que Caley siempre había conocido. Todos sus rasgos seguían siendo los mismos… las oscuras pestañas, las cejas, los penetrantes ojos azules, la nariz recta y los labios sensuales. Pero con los años sus facciones se habían hecho más duras y atractivas, y era imposible apartar la vista de él.
    Alargó los brazos y empezó a desabotonarle la camisa, exponiendo su piel desnuda.
    – ¿Qué estamos haciendo? -murmuró, presionando los labios contra su pecho.
    – No tengo ni idea -respondió él-. Pero no quiero parar.
    Él deslizó las manos hacia su espalda y Caley se estremeció por las sensaciones que le provocaba su roce.
    – Esto va a ser imposible -dijo, frotando suavemente el rostro contra su cuello.
    – ¿Por qué va a ser imposible? -la llevó lentamente hacia la cama-. Tenemos luz, calefacción y una cama muy cómoda. Lo que ocurra aquí sólo será entre tú y yo. Lo prometo.
    – Esto podría cambiarlo todo -dijo Caley mientras él la besaba en el cuello.
    Jake la agarró por la cintura y los dos cayeron sobre la cama.
    – Cuento con ello -dijo.
    Caley entrelazó los dedos en sus cabellos y sonrió.
    – En realidad, no creo que debamos hacerlo. Tú no estás preparado, y yo no pienso en ti de esa manera.
    Él frunció el ceño y se apartó.
    – ¿No?
    – No tengo esa clase de sentimientos por ti, Jake -murmuró ella con voz profunda, enfatizando la imitación.
    Una lenta sonrisa curvó los labios de Jake, quien le había dicho aquellas mismas palabras aquella noche en el lago.
    – Te mentí -dijo él-. Créeme, sentía esas cosas por ti.
    – ¿En serio? -preguntó ella, aturdida por su confesión.
    – Durante mucho tiempo.
    – ¿Cuánto tiempo?
    – ¿Recuerdas aquel bikini rojo a rayas? Tenías catorce años…
    Caley asintió.
    – Desde entonces. Recuerdo que te vi con ese bikini en el lago, y luego estuve pensando en ti aquella noche, en tu cuerpo, en tu piel suave, en tus pechos perfectos… Y luego… bueno, ya sabes.
    – ¿Luego qué?
    – ¿Cómo que qué? ¿Es que tengo que decirlo? Luego me desahogué como hacen los jóvenes de vez en cuando… y como también hacen los hombres adultos -se rió entre dientes-. Desde aquel verano en adelante, estar cerca de ti era una tortura.
    Caley sonrió, satisfecha por la información. Al parecer, el enamoramiento había sido recíproco. Y aquello suponía una diferencia. ¿Por qué no cumplir las fantasías de ambos?
    – ¿Y en qué más pensabas? -le preguntó, besándolo en el pecho.
    Él presionó la boca contra su hombro y la mordisqueó ligeramente.
    – Por aquel entonces no tenía mucha experiencia. Técnicamente aún era virgen. Pero me imaginaba cómo estarías desnuda -le subió la camiseta y la besó desde el vientre hasta la parte inferior de los pechos.
    Caley se incorporó, sentándose a horcajadas sobre sus caderas, y se quitó la camiseta. Recordaba haber hecho lo mismo once años atrás. Pero entonces había estado tan nerviosa que el corazón casi se le había salido del pecho. Ahora, en cambio, el anhelo de sus caricias parecía lo más natural del mundo.
    Jake sonrió y le tomó un pecho en su mano, acariciándole el pezón con el pulgar. Y entonces, de un solo movimiento, se incorporó para abrazarla por la cintura y empezó a besarle el cuello. Descendió por la clavícula hasta los pechos mientras le desabrochaba el sujetador, y finalmente se introdujo el pezón endurecido en la boca.
    Ella se arqueó hacia atrás, conteniendo la respiración mientras él la hacía descender. Recordó lo fascinada que había estado siempre con su cuerpo, cómo admiraba sus cambios de verano en verano mientras él se convertía lentamente en un hombre. Y ahora estaba tan desesperada por tocarlo como lo había estado en su juventud. Le desabrochó frenéticamente los botones de la camisa y se la quitó por los hombros hasta que su pecho estuvo completamente desnudo.
    Se retiró y lo miró fijamente mientras se quitaba el sujetador. Con los dedos recorrió lentamente la línea de vello que discurría desde la clavícula hasta el vientre. Su cuerpo estaba enteramente formado, con todos sus músculos desarrollados y bien torneados. Un cuerpo que cualquier mujer sabría apreciar.
    Caley se inclinó para besarlo en el pecho y le succionó suavemente un pezón. Lo que empezó como una simple curiosidad se había transformado en una sensación deliciosamente íntima. Él soltó un débil gemido y murmuró su nombre, provocándole a Caley un estremecimiento por toda la piel y un nudo en la garganta.
    – ¿Tienes frío? -le preguntó él.
    – No -mintió ella.
    Él se rió por lo bajo, volvió a agarrarla por la cintura y apretó los cuerpos en un cálido abrazo. Se besaron durante un largo rato, entrelazando las manos y las lenguas. Era todo lo que ella siempre había pensado, y aún más. No era sólo sexo. Era… confianza.
    – Pasa la noche conmigo -le pidió él, presionando la frente contra la suya.
    – Aquí no.
    – ¿Dónde?
    – En el hotel. Allí tendremos más intimidad.
    – ¿Y qué pasa con Emma?
    – Su habitación está en el segundo piso, y la mía está en el tercero. Hay una escalera trasera. Nadie te verá entrar.
    Jake la besó en la frente con sus labios húmedos y cálidos.
    – ¿No has hablado todavía con Emma? De la boda, me refiero.
    Caley negó con la cabeza.
    – No. Le dije que comería con ella mañana, pensando que así tendríamos tiempo para hablar.
    – ¿Qué piensas de esta boda? ¿Crees que están preparados?
    – ¡No! -exclamó ella, apoyándose en el codo-. De ningún modo. Son muy jóvenes. Creía que era yo la única que albergaba dudas. Todo el mundo está tan entusiasmado con la unión de nuestras familias… Pero nadie se preocupa en pensar lo que podría pasar si el matrimonio no funciona.
    – Estoy de acuerdo -corroboró Jake-. Creo que no están preparados.
    Caley se cruzó de brazos sobre el pecho de Jake y lo miró a los ojos.
    – Empezaste esa discusión entre ellos a propósito, ¿verdad?
    – Alguien tiene que hacerlos entrar en razón -hizo una pausa antes de continuar-. Necesitamos un plan. Un esfuerzo coordinado entre nosotros dos. Si actuamos desde ambos lados, quizá podamos convencerlos para que esperen.
    – No creo que estén dispuestos a esperar. Todo se está desarrollando muy rápidamente, y no querrían decepcionar a las familias.
    Jake le apartó el pelo de la sien y le recorrió el rostro con la mirada.
    – Esta tarde estuve hablando con Sam, y sólo está acatando los deseos de Emma.
    Caley ahogó un gemido.
    – ¿Crees que ella lo ha convencido para casarse?
    – Es posible. Me cuesta creer que su verdadero deseo sea casarse. ¿Qué joven en su sano juicio querría atarse a una esposa con sólo veintiún años?
    – Bueno, es él quien se lo ha pedido -observó Caley-. Si no quería casarse, ¿por qué se lo pidió?
    – Seguramente lo presionó -sugirió Jake.
    Caley se apartó y se incorporó, sorprendida por el comentario y dispuesta a defender a su hermana.
    – Emma no haría eso.
    – Sólo estoy diciendo que normalmente son las mujeres quienes más insisten a la hora de casarse.
    – ¿Y tú cómo lo sabes? -le preguntó Caley-. ¿Últimamente te han convencido para casarte?
    – Claro que no, aunque todas las mujeres que he conocido tenían el matrimonio en mente. Vamos, incluso tú pensabas en ello. Te preguntabas cómo sería si tú y yo… ya sabes.
    Caley se levantó de la cama. ¡Casarse con Jake era lo último que se le pasaría por la cabeza! Y si pensaba que ella albergaba planes de futuro para él, estaba muy equivocado.
    – Creo que todo esto ha sido un error -murmuró, recogiendo su camiseta y su sujetador del suelo.
    – Vamos, Caley, no te enfades. No quería decir que…
    – No, lo entiendo -le cortó ella, poniéndose la camiseta sobre la cabeza-. Diste por hecho que yo quería algo más que sexo -respiró hondo y se metió el sujetador en el bolsillo-. ¿Lo ves? Por eso no debemos hacerlo. A menos que tuviéramos las mismas razones, estaríamos abocados al desastre.
    – ¿Lo dices en serio?
    Caley agarró el jersey y también se lo puso.
    – Tengo que irme.
    Jake alargó un brazo para intentar detenerla, pero ella lo evitó.
    – Caley, por favor. Sólo estaba bromeando. No lo decía en serio.
    Ella sacudió la cabeza.
    – Estoy de acuerdo con lo que has dicho de Emma y Sam. Son demasiado jóvenes. Tú y yo ni siquiera sabemos lo que queremos. ¿Cómo podrían saberlo ellos?
    Jake consiguió agarrarla de la mano.
    – Yo sé lo que quiero.
    Ella bajó la mirada a sus dedos, tan fuertemente entrelazados que no podía distinguir una mano de otra. Tuvo que resistir la tentación de volver a desnudarse y olvidarse de sus miedos. Pero si se acostaba con Jake aquella noche, no habría vuelta atrás.

    – Hablaré con Emma.
    – ¿Cuándo volveré a verte? -le preguntó Jake.
    – Vas a verme toda la semana.
    – Sabes a lo que me refiero.
    Caley se mordió el labio.
    – No lo sé. Quizá deberíamos olvidarnos de esto. Sólo conseguiríamos complicar más las cosas.
    – No creo que pueda olvidarlo -replicó él.
    – Inténtalo, Jake -murmuró ella. Se fue hacia la puerta y se giró para mirarlo-. Inténtalo con todas tus fuerzas.

Capítulo 3

    Jake tomó una curva cerrada en West Shore Road, aferrando en la mano la lista de la compra de su madre. Tenía que ir a probarse el esmoquin, y luego a comprar tres «buenos» pollos. No sabía lo que distinguía a un pollo bueno de uno malo, pero ya lo descubriría cuando llegara a la tienda.
    El todoterreno patinó y Jake levantó el pie del acelerador. La noche anterior sólo había dormido un par de horas. El resto del tiempo lo había pasado dando vueltas en la cama, intentando averiguar cómo lo había fastidiado todo con Caley.
    Tal vez las fuerzas del universo le estuvieran mandando un mensaje… No acercarse a Caley Lambert. Pero aunque estuviera dispuesto a considerar la advertencia, su cuerpo se negaba a escuchar. Cada vez que estaba a tres metros de ella se perdía en otra fantasía sexual.
    Aquélla era su penitencia por haber reprimido sus deseos durante tanto tiempo. Su necesidad por Caley no había dejado de crecer con los años, como el calor en una olla a presión, y amenazaba con estallar en cualquier momento. Quería besarla con toda su pasión contenida, arrancarle la ropa y deleitarse con los placeres de su cuerpo. Había esperado años para volver a estar con ella, y no podía esperar más.
    Pero ¿podría ser únicamente sexo? ¿Sería capaz de acostarse con ella y luego alejarse, sin ningún tipo de compromiso? Desde el momento que la encontró a su lado en la cama había sentido… una conexión profundamente arraigada y fortalecida por el tiempo. El sexo con Caley tendría que significar algo más. Pero ¿qué?
    Gimió y agarró con fuerza el volante.
    – Es demasiado complicado -murmuró, repitiendo las palabras de Caley. Pero a él no le parecía en absoluto complicado. Al contrario. Seducir a Caley le parecía lo más natural que había hecho en su vida.
    ¿Cuánto tiempo había pasado buscando a una mujer como ella? Una mujer con la que pudiera sentirse cómodo y tranquilo. Una mujer que no se adaptara a sus deseos sólo por intentar agradarlo.
    Lo había visto todo… La diosa del sexo, la amante ocasional, la esposa fiel, la madre perfecta. Todas habían intentado ser algo que no eran. Pero Caley no podía ocultarse detrás de ninguna fachada. Y aunque lo intentara, él podría ver a través de ella. Se conocían desde hacía demasiado tiempo.
    – Tómatelo con calma -se obligó a sí mismo.
    Había podido resistirse a sus encantos cuando era joven y mucho menos experimentado. No debería ser tan difícil hacerlo ahora.
    Volvió a invadirlo la imagen de Caley, sentada a horcajadas sobre él, quitándose la camiseta. Apretó los dedos mientras recordaba el tacto de su carne, el sabor de su piel, el olor de sus cabellos… Respiró hondo e intentó borrar la imagen de su cabeza.
    Entonces vio un coche delante de él y redujo la velocidad. Pero al acercarse vio que el sedán no se movía y que formaba un extraño ángulo en la carretera. El vehículo le parecía familiar… al igual que la figura que estaba de pie junto al parachoques delantero. Aparcó con cuidado y salió del todoterreno.
    En cuanto Caley lo vio, se dio la vuelta y sacudió la cabeza.
    – No lo digas -masculló.
    – ¿Quién te enseñó a conducir? -se burló él.
    – Tú, ¿recuerdas? -dijo ella, sonriendo a pesar de sí misma-. Me sacabas en aquel viejo Cutlass y no hacías más que gritarme.
    – Has olvidado todo lo que te enseñé, pequeño saltamontes -dijo él, acariciándole la mejilla con un dedo. Reprimió el deseo de besarla y rodeó el coche para examinar la situación.
    – No me enseñaste a conducir con hielo y nieve, si mal no recuerdo.
    – ¿Y cómo piensas seguir tu camino? ¿Con fuerza de voluntad?
    – Quizá podrías empujarme tú.
    – No servirá de nada -dijo él, metiéndose las manos en los bolsillos para no tocarla. ¿Cómo había conseguido resistirse la noche de su decimoctavo cumpleaños?-. Harán falta dos o tres hombres para sacar el coche de la nieve. Puedo ir a casa y volver con una cadena, o avisar a Teddy y a mis hermanos para espalar y empujar.
    – Mi héroe -dijo Caley con una sonrisa burlona.
    La sonrisa de Jake se esfumó. Apenas había pegado ojo y estaba cansado de aquel juego que se traían entre manos. ¿Por qué tenía que ser todo un desafío?
    – ¿Tu héroe? Después de lo de anoche creía que ya no te gustaba.
    Caley se encogió de hombros.
    – Claro que me gustas. Eso no va a cambiar.
    – No debería haber dicho esas cosas de tu hermana.
    Ella suspiró y le tocó el brazo, como si quisiera asegurarse a sí misma que no había ningún problema entre ellos.
    – Estoy tan preocupada como tú. Hoy voy a comer con mi hermana. Tenía la esperanza de hacerla reflexionar.
    – ¿Sabes que aún no se han acostado?
    Caley parpadeó con asombro.
    – ¿Ah, no? ¿Los dos son vírgenes?
    – No. Los dos han tenido sexo, pero no entre ellos. Lo están reservando para el matrimonio.
    – Eso lo cambia todo -dijo Caley con ojos muy abiertos-. Quiero decir… Me parece una actitud encomiable, pero aun así me preocupa. El sexo es una parte fundamental en una relación. ¿Y si descubren que no son compatibles en la cama?
    – Exacto -afirmó Jake-. Quizá tengamos que intervenir. Hablaremos con ellos y nos cercioraremos de que los dos saben dónde se están metiendo.
    – Pero no tenemos ninguna autoridad moral en ese tema -dijo Caley-. Ninguno de nosotros ha estado casado. ¿Por qué habrían de escucharnos?
    – Y tampoco hemos tenido sexo -añadió Jake-. Al menos, no entre nosotros.
    – Bueno, pero tenemos más años y experiencia que ellos. Eso debería importar algo.
    Jake lo pensó por un momento.
    – Hemos crecido en el mismo ambiente que nuestros hermanos. Si el sexo fuera genial entre tú y yo, ¿no crees que también lo sería entre Sam y Emma?
    – ¿Estas insinuando que nos acostemos y nos valgamos de la experiencia para impedir la boda? ¿Y si el sexo no fuera tan genial como dices?
    – Oh, lo sería -le aseguró Jake-. Lo sé.
    – ¿Cómo puedes saberlo?
    – Por la forma en que me tocas. Y por la forma en que reaccionas a mi tacto. Sería genial. Tal vez Emma y Sam sientan lo mismo y por eso han decidido esperar.
    Le puso una mano en la mejilla y le acarició el labio con el pulgar. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, esperando el beso. Pero él se contuvo, aunque sólo fuera para demostrar lo evidente. Sólo tenía que tocarla para hacerla arder de deseo. Se inclinó hacia ella y la besó ligeramente en los labios.
    – ¿Ves? -murmuró-. Basta con un beso para que te derritas.
    Caley sonrió y lo miró a los ojos. Bajó la mano hasta su cintura y frotó los nudillos contra la cremallera de los vaqueros.
    – ¿Y qué me dices de ti? Sólo tengo que tocarte para…
    Jake gimió.
    – Desde anoche sólo puedo pensar en acostarme contigo. Si supiera que tengo que esperar otro día para volver a tocarte, haría un agujero en el hielo y me tiraría de cabeza al lago.
    – No hagas eso -dijo ella en tono jocoso-. El agua está tan fría que el miembro se te encogería a límites drásticos.
    La carcajada de Jake resonó en los árboles.
    – ¿Le hablas así a los demás hombres de tu vida?
    – Ahora mismo, tú eres el único hombre de mi vida. Y es muy fácil hablar contigo -hizo una pausa-. Eres mi amigo más antiguo, Jake. A ti puedo decírtelo todo… Supongo que no me había dado cuenta hasta ahora. No nos hemos visto en once años, y parece que nada haya cambiado. Y sin embargo, todo ha cambiado.
    – Lo sé -dijo él-. Pero no todo ha cambiado a peor -volvió a besarla-. ¿Qué pasó anoche?
    – No pude pegar ojo -admitió ella, apoyándose contra el capó del coche.
    – Yo tampoco. Empiezo a pensar que nos iría mucho mejor si nos acostáramos -le puso las manos en la cintura y la miró fijamente a los ojos-. Sabes que no puedes vivir sin mí…
    – Sé que no puedo sacar mi coche de la nieve sin ti -replicó ella.
    Él dio un paso atrás y volvió a examinar la situación. Pero en ese momento apareció un coche de policía, que se detuvo al otro lado de la carretera. Un agente salió del vehículo y se dirigió hacia ellos.
    – Me pareció que eras tú -dijo-. ¿Qué pasa, Caley?
    – Hola, Jeff -lo saludó Caley con un gesto amistoso.
    – Si me dices que has tenido un accidente mientras hablabas por el móvil, sabes que tendré que arrestarte.
    – No estoy acostumbrada a conducir en estas condiciones. Patiné en la curva y acabé en el banco de nieve.
    – Tengo una cadena en el coche. Servirá para sacar tu vehículo.
    Jake vio cómo Caley le dedicaba una sonrisa encantadora al agente.
    – ¿De verdad? Eso sería fantástico.
    – Mi trabajo es servir al ciudadano -repuso él con una sonrisa torcida. Miró a Jake y asintió-. Puedes irte, amigo. Yo ayudaré a la señorita.
    Caley se volvió hacia Jake.
    – Eso nos hará ganar tiempo. Hemos tenido mucha suerte de que aparezca, ¿verdad?
    Jake sintió una punzada de celos. Su reacción lo sorprendió. Recordaba haber sentido lo mismo cuando eran jóvenes y ella se fijaba en otros chicos. Pero había creído que aquella emoción estaba superada.
    – ¿Os conocéis?
    – Es Jeff Winslow. ¿No te acuerdas? Trabajaba en el puerto deportivo y vivía en el pueblo. Ahora es el jefe de policía.
    – ¿Ése es Jeff Winslow? -de joven, Winslow se consideraba a sí mismo como el casanova del instituto. Las chicas caían rendidas a sus pies, y, según se rumoreaba, él las iba escogiendo, seduciendo y olvidándose de ellas para seguir con nuevas conquistas. Los chicos bromeaban diciéndole que tendría que buscarse un segundo trabajo para poder pagar todos los preservativos que usaba.
    – Sí, lo recuerdo.
    – Me detuvo la noche en que llegué al pueblo. Estaba hablando por mi móvil, pero me dejó marchar con una advertencia.
    – No puedes salir con él -dijo Jake.
    Caley ahogó un gemido.
    – No me ha pedido que salga con él.
    – Pero lo hará. Lo sé por la expresión de sus ojos. No puedes salir con él. Juega con las mujeres a su antojo.
    – Siempre me decías con quién podía y no podía salir, y normalmente te hacía caso. Pero ahora soy una mujer adulta y puedo ocuparme de mí misma.
    – Eso lo dices porque eres demasiado ingenua para saber lo que los hombres quieren realmente.
    – No me extraña que llegara virgen a la universidad. Estaba empezando a desarrollar un complejo… Pero ahora sé exactamente lo que quieres. He aprendido unas cuantas cosas -sacudió la cabeza-. Primero intentas llevarme a la cama, y un segundo después te comportas como mi hermano mayor. ¿Cómo no voy a estar confundida?
    – No quiero ser tu hermano mayor -dijo Jake.
    – Entonces deja de decirme lo que tengo que hacer.
    Dios, qué testaruda podía llegar a ser… ¿Sería así con todos los hombres o sólo con él?
    – Bien, entonces no me necesitas ni a mí ni mis consejos. El agente Jeff puede ocuparse de tus necesidades… automovilísticas y de cualquier otro tipo.
    – ¿Qué es esto? -preguntó Caley, mirándolo fijamente-. ¿Estás celoso?
    La acusación le dolió, especialmente porque era cierta. Volvió a la carretera y Caley lo siguió, pero tropezó con el montón de nieve que los quitanieves habían acumulado. Jake la agarró por la cintura para ayudarla a salir y le quitó la nieve de los pantalones.
    – Tengo que ir a probarme el esmoquin. Te veré después. Que tengas suerte con Emma.
    – Jake, no…
    – Te veré después -repitió él. Se subió a su coche y se alejó en dirección al pueblo. Había momentos en los que se preguntaba qué le resultaba tan fascinante en Caley Lambert. Parecía que se esforzaba expresamente por sacarlo de sus casillas. Si por un instante sospechaba que él le estaba dando órdenes, se plantaba en su sitio y se negaba a moverse.
    Pero él no quería comportarse como su hermano mayor. De ninguna manera. Sus intereses eran mucho más carnales. Veía a Caley como una mujer hermosa, sexy y muy apetecible. Y quería que ella lo viese como un hombre, no como el muchacho que la volvía loca verano tras verano.
    ¿Cómo podía alterar la dinámica de una relación que parecía estancada? ¿Cómo podía hacerle ver que estarían muy bien juntos? No quería que Caley olvidara el pasado. Gracias a ello las cosas eran tan fáciles entre los dos. Lo que quería era hacerle ver que ya no eran unos crios.
    Las cosas habían cambiado. Él había cambiado. Y estaba preparado para darle todo lo que ella había deseado once años antes. Sólo que ahora podía darle más que una única noche de sexo mediocre y promesas vacías.
    Esa vez podía ser un comienzo.

    – ¿Adónde va con tanta prisa?
    Caley vio cómo el coche de Jake se alejaba rápidamente por la carretera nevada.
    – Tiene una cita en el pueblo.
    – Conduce demasiado rápido para este tiempo -dijo Jeff con el ceño fruncido-. Tendrá suerte si no voy tras él y le pongo una multa -rodeó el coche de Caley y enganchó la cadena a una chapa bajo el parachoques trasero-. ¿Él y tú estáis…?
    – ¿Juntos? No. Sólo somos… amigos.
    – ¿Sabes? Una vez me amenazó con partirme la cara si hacía algo más que besarte en nuestra cita.
    – Supongo que no te dejaste intimidar.
    Jeff sonrió.
    – Vamos, sabía por qué saliste conmigo. No hacía falta ser muy listo para ver lo que había entre vosotros. Él me lo dejó muy claro.
    – No -dijo Caley-. No había nada entre nosotros. Era como un hermano mayor, nada más.
    – Yo creo que no -dijo Jeff mientras volvía a su coche-. Estoy convencido de que estaba enamorado de ti.
    Caley se quedó atónita por la revelación de Jeff. ¿Cómo podía haber sacado esa conclusión por una simple advertencia? Jake había admitido lo mismo, cierto, pero ella creía que sólo estaba bromeando. ¿Y si sus sentimientos por ella fueran mucho más profundos de lo que había sospechado?
    Jeff enganchó el otro extremo de la cadena a su coche y la tensó lentamente. Un momento después, el coche de Caley empezó a moverse poco a poco hacia la carretera.
    – ¡Excelente! -gritó ella.
    Jeff volvió a salir de su coche y se acercó al sedán para examinar el morro.
    – Parece que no ha sufrido daños.
    – Gracias -dijo ella. Se dispuso a abrir la puerta, pero Jeff se le adelantó rápidamente-. He sido muy afortunada por haberte encontrado.
    – Escucha, hay un grupo de música que toca mañana por la noche en Tyler's. Podríamos cenar algo y luego ir allí… en caso de que no tengas ningún compromiso familiar. Y te prometo que no intentaré propasarme contigo.
    Caley dudó. Entre Jeff y ella no prendía la menor chispa, y no quería darle vanas esperanzas. Además, si lo que quería eran chispas, tenía fuegos artificiales con Jake.
    – Me gustaría pasar algo más de tiempo con mi hermana.
    – Sí, he oído que va a casarse. Tu madre me lo dijo cuando la vi ayer en el pueblo. Eso sí que es una sorpresa. La pequeña Emma Lambert y Sam Burton. Cuesta creer que sean lo bastante mayores para casarse.
    – Tal vez Emma y yo nos pasemos por Tyler's -dijo Caley. Una noche de chicas podría hacer que su hermana se replanteara el matrimonio. A Emma le quedaba mucho camino por delante, y Tyler's Roadhouse era un paraíso para chicas solteras.
    – Muy bien. Te buscaré allí. Conozco al tipo de la puerta. Dile tu nombre y os dejará pasar sin cobraros entrada. Conduce con cuidado, Caley. No quiero que te metas en otro banco de nieve. Si lo haces, tendré que encerrarte en una celda.
    Le abrió la puerta del coche y ella se subió. Mientras se alejaba, echó un vistazo por el espejo retrovisor. Jeff Winslow era un hombre muy atractivo. Y ahora que ella volvía a estar sin pareja, debería sentirse halagada de que le hubiera dedicado su atención.
    Nunca le había dado mucha importancia a la química sexual, pero ahora entendía realmente lo que significaba. Entre Jeff y ella no pasaba nada.
    Pero cuando se acercaba a Jake, un deseo y una pasión incontenibles entraban en erupción.
    Había una extraña conexión entre ellos, pero no sabía de qué se trataba. Una fuerza irresistible los arrastraba el uno hacia el otro. Y Caley se preguntaba por qué se molestaba en intentar resistirse.
    Su teléfono empezó a sonar y se dispuso a sacarlo del bolso. Pero enseguida retiró la mano. Por primera vez en su vida profesional, no quería pensar en el trabajo. No quería responder ninguna pregunta absurda ni explicar las cifras de ningún informe. Sólo quería estar a solas por un día. Agarró el teléfono y lo apagó, cortando prematuramente la serenata de Mozart. Ya se ocuparía de aquel asunto más tarde. Y además, lo último que necesitaba era una multa de Jeff. Tenía cosas más importantes en la cabeza.
    Sus pensamientos volvieron a Jake. Lo único que la retenía era el miedo a cometer los mismos errores del pasado. ¿Y si se acostaba con Jake y era la mejor experiencia de su vida? ¿Y si se volvía a enamorar perdidamente de él?
    Sus sentimientos por Jake llevaban tanto tiempo enterrados que se había olvidado de ellos. Pero en el momento de besarla habían vuelto a la superficie con más fuerza que nunca. Ella era mucho más fuerte ahora, pero Jake tenía la capacidad de hacerle olvidar la realidad.
    Tomó aire profundamente. El poder que ejercía sobre ella era escalofriante, pero al mismo tiempo muy excitante y liberador. Cuando estaba con él, podía permitirse disfrutar sin más. Por primera vez desde que era una adolescente, se levantaba por la mañana con una ilusión renovada. Mientras estaba allí, con Jake, no tenía que preocuparse por los problemas laborales que la acosaban sin descanso. Podía relajarse y ser ella misma.
    ¿Por qué tenía que incluir a Jake en todas las decisiones que tomaba? Había estudiado en la Universidad de Nueva York porque creía que así le impresionaría. Se había dedicado al mundo de las relaciones públicas porque Jake le había dicho una vez que se le daba muy bien resolver los problemas ajenos. Y durante los últimos siete años se había convertido en una mujer fuerte porque quería demostrar que no necesitaba a Jake para ser feliz.
    ¿Y adónde la había llevado todo? Suspiró débilmente. De nuevo al punto de partida… persiguiendo a Jake Burton. Sólo que esa vez era él quien la perseguía a ella, y ella tenía el control sobre lo que pasaba entre los dos… hasta que él la tocaba, naturalmente. Entonces todo saltaba por los aires.
    – Ése es el problema -dijo en voz alta-. Puedo controlar mi atracción por Jake siempre y cuando no estemos cerca el uno del otro. Pero me siento tan atraída por él que no puedo guardar las distancias. Haga lo que haga, estoy condenada.

    Cuando volvió al hotel, ya casi era mediodía. No había nadie en recepción, pero encontró a su hermana en una mesa del comedor. Tenía una carpeta abierta y mordisqueaba un trozo de pan mientras hojeaba las páginas.
    – Tu dama de honor ha llegado -dijo Caley, sentándose frente a ella.
    Su hermana levantó la mirada y sonrió.
    – Estupendo. Necesito que alguien me distraiga de todos estos detalles. Mi cabeza va a estallar con tantas cosas: flores, música, velas, cena… Creía que estábamos planeando una boda sencilla, pero empieza a cobrar vida propia.
    Caley tomó la carpeta y examinó la lista de cosas pendientes. No entendía por qué las novias siempre se preocupaban por las decisiones más absurdas.
    – ¿Esto es la lista de música? Te sugiero el Canon de Pachelbel para la entrada, y la Oda a la alegría para la salida. Las rosas rojas no combinarían con mi vestido. Mejor que sean blancas. Y que no sean rosas híbridas, sino centifolias. Velas aromáticas de vainilla… ya sabes cuánto le gustan a mamá. Y para cenar, carne y marisco. Así complacerás a todo el mundo -cerró la carpeta de golpe-. Ya está, ¿ves qué fácil?
    Emma parpadeó, sorprendida.
    – ¡Caroline Lenore Lambert! No puedes tomar decisiones tan rápidamente. Todas estas cosas hay que discutirlas.
    – ¿Con quién? ¿Con Sam? A él le da igual. He oído que las novias dedican tanto tiempo y atención en los preparativos de la boda que se olvidan de lo que viene después.
    – Por eso queríamos que fuera una ceremonia pequeña y sencilla -dijo Emma-. Algo más manejable. Entre mamá y la señora Burton nos habrían organizado el evento del siglo. Pero no sólo quiero tomar las decisiones correctas por eso. Quiero que esta boda sea perfecta. Y Sam también.
    – ¿Lo has discutido todo con él?
    – No. Me ha dejado a mí todos los detalles.
    Caley agarró un trozo de pan de la cesta y le dio un mordisco.
    – Es curioso que no quiera participar en los preparativos. Ya sabes cómo son los Burton… Siempre tienen que meter las narices en todo.
    Caley vio cómo cambiaba la expresión de su hermana. Frunció el entrecejo con una mueca de preocupación y mantuvo la vista fija en la carpeta, como si todas las respuestas estuvieran en su contenido. Caley no pudo evitar sentirse un poco culpable; pero el matrimonio suponía un cambio muy drástico en la vida de cualquiera, y si Emma no estaba preparada para asumirlo, era su deber, como hermana mayor, hacérselo ver.
    – Y si la boda no es perfecta, el matrimonio nunca saldrá bien -añadió-. Es como un mal karma.
    – Sí, supongo -murmuró Emma.
    – Vas a casarte con el hombre perfecto, así que a cambio tú tienes que ser perfecta. ¿Habéis resuelto la cuestión de la motocicleta? Yo en tu lugar me mantendría inflexible. Si muestras la menor debilidad, él no dudará en aprovecharse y se saldrá siempre con la suya.
    – No quiere hablar de ello. Dice que es su decisión y de nadie más.
    – Emma, las cosas sólo irán a peor cuando os caséis. El matrimonio no acaba con los problemas; al contrario, los magnifica -aquello era un flagrante intento de manipulación psicológica, pero a Caley no le importaba si con ello conseguía que Emma se lo pensara dos veces antes de cometer el mayor error de su vida. Si el amor no podía resistir un poco de presión, no estaba destinado a durar.
    Ocultó una mueca de desagrado. Le dolía pronunciar aquellas palabras. Pero quizá por ello no estaba felizmente casada y viviendo en las afueras con un par de crios… Quizá hubiera algo de cierto en lo que decía…
    Alargó el brazo y agarró la mano de Emma.
    – ¿De verdad estás preparada para dar este paso, Em?
    – He… he pensado en posponerlo -admitió su hermana en voz baja-. Pero luego lo achaqué a los nervios. Todo el mundo se llevaría una gran decepción.
    – Se trata de ti, no de mamá y papá.
    – Pero ¿cómo voy a saberlo? ¿Cómo se supone que debo sentirme?
    – Tienes que sentir pasión, ilusión, impaciencia… Vas a pasar el resto de tu vida con ese hombre. Tienes que saber que cuando lo sigas mirando en el desayuno dentro de treinta años seguirás sintiendo lo mismo por él -se recostó en la silla-. Si cancelas la boda, Emma, yo te apoyaré en todo. Te ayudaré a explicárselo a mamá y papá.
    Emma respiró temblorosamente y se obligó a sonreír.
    – Así te ganas la vida, ¿verdad? Te encargas de adornar los desastres y fingir que no ha pasado nada.
    – Esto no sería un desastre -insistió Caley. Pero un divorcio al cabo de dos o tres años sí lo sería. Las familias se verían obligadas a tomar partido y destruirían la amistad que siempre las había mantenido unidas.
    Emma negó con la cabeza.
    – No digas tonterías. No voy a cancelar la boda. Estos son los típicos nervios prenupciales, nada más -agarró un menú del centro de la mesa y se lo tendió a Caley-. Toma, ¿por qué no pides algo para almorzar mientras yo subo a mi habitación a por el catálogo de flores? Tenemos que decidir cómo serán los ramos y encargárselos al florista esta misma tarde.
    Se levantó de la mesa y salió del restaurante. Caley sacudió la cabeza lentamente. Sus dudas no se habían disipado. Al contrario. Emma no estaba lista para casarse, pero no era lo bastante fuerte para tomar una decisión por sí misma. Tendría que ser Jake quien convenciera a Sam para que anulase la boda.
    Agarró la carpeta de Emma y volvió a abrirla. Estaba llena de fotos de revistas y notas a mano. Había un apartado enteramente dedicado a los vestidos de novia, y otro a los trajes del novio. Era evidente que Emma llevaba más de un mes y medio planeando aquella boda. Algunas de las fotos tenían al menos cinco años.
    Soltó un débil gemido. ¿Sentía Emma por Sam lo mismo que ella sentía por Jake? ¿Había estado secretamente enamorada durante todos esos años? Si así fuera, convencerla para que esperase iba a ser mucho más difícil de lo previsto.
    Le hizo un gesto a la camarera y se levantó.
    – ¿Puede decirle a mi hermana que he tenido que salir a hacer un recado? Volveré esta tarde.
    Si ella y Jake esperaban tener éxito, tendrían que coordinar sus esfuerzos. Se disponía a llamarlo por teléfono, pero ni siquiera sabía si Jake tenía móvil. ¿Cómo podía vivir una persona en el mundo actual sin móvil? ¿O sin ordenador portátil, PDA y fax?
    Mientras se dirigía hacia su coche, recordó que Jake tenía una cita para probarse el esmoquin. El único lugar del pueblo que alquilaba ropa elegante para hombres era una tienda a dos manzanas de distancia. Miró a su coche aparcado frente al hotel y decidió que llegaría antes a pie.
    Al llegar estaba casi sin aliento. Fue hacia la parte trasera de la tienda, donde había un hombre de edad avanzada con una cinta métrica alrededor del cuello, frente a un espejo.
    – ¿Está Jake Burton aquí?
    – Se está cambiando -respondió el hombre, señalando el probador más cercano-. Saldrá enseguida.
    Caley se acercó al probador y abrió la puerta. Jake estaba frente al espejo, en calzoncillos y con una camisa. La vio reflejada en el espejo y sonrió.
    – Tienes una bonita habitación en el hotel, y yo me alojo en el cobertizo de las barcas. ¿Por qué nos seguimos encontrado en los probadores?
    – Tenemos que hablar -dijo ella. Entonces él se giró lentamente y a Caley se le formó un nudo en la garganta al ver el musculoso pecho que revelaba la camisa a medio abotonar. Sintió un picor en los dedos al imaginarse el tacto de aquella piel bajo sus manos.
    Jake le agarró la muñeca y le hizo colocar la palma sobre su pecho.
    – ¿Qué es tan importante que no puede esperar hasta que me vista? -llevó la mano de Caley hacia su vientre y la dejó junto al elástico de los calzoncillos.
    Ella pasó el pulgar por la cadera y lo deslizó en el interior de la tela a rayas azules. Quería ir más allá. Quería explorar su cuerpo hasta conocer al detalle aquel perfecto ejemplar de belleza masculina.
    Nunca le había prestado mucha atención al aspecto físico, pero hasta ahora nunca había estado con un hombre como Jake. Sus abdominales de acero, la suave capa de vello que le cubría el pecho… Todo la fascinaba e intrigaba.
    Deslizó las manos sobre su torso, viendo cómo su erección se presionaba contra los calzoncillos. Jake tiró de ella hacia él y la besó, agarrándole el trasero con ambas manos y moviendo las caderas contra las suyas. Envalentonada, Caley bajó la mano y rodeó con sus dedos el duro miembro viril a través de la tela.
    Jake ahogó un gemido.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – No estoy segura -dijo ella. Y era cierto. Sólo estaba siguiendo su instinto. Su audacia no tenía ningún sentido y debería sentirse horrorizada, pero cuando estaba con Jake no podía regirse por las normas de siempre.
    – ¿Qué tal le queda? -preguntó el dependiente al otro lado de la puerta.
    – Muy bien -respondió Jake, con los ojos cerrados y el rostro contraído en una mueca de placer. No se refería sólo a la ropa. La mano de Caley en su sexo endurecido, las suyas en su trasero… Todo encajaba a la perfección.
    – ¿Puedo verlo?
    – ¡No! -exclamaron los dos al mismo tiempo.
    Jake la miró a los ojos, nublados por la pasión, y sonrió.
    – ¿Para esto has venido? ¿Para atormentarme?
    – He… he venido a hablar de Emma -admitió ella, y retiró la mano dubitativamente.
    – No -susurró él-. Tócame -la besó ligeramente en los labios-. Siento haberme comportado como un cretino ayer. Me pasé de la raya. ¿Podrás perdonarme?
    – ¿Por qué?
    – Por lo que dije. Por cómo actué. Por ser un idiota y dejarte sola con Winslow -gimió con más fuerza-. Si sigues haciendo eso, habrá consecuencias muy embarazosas…
    – Lo siento -dijo ella-. ¿Quizá deberíamos continuar más tarde?
    – Creo que será lo mejor. No sé si quiero que nuestra primera vez sea en un probador -bajó la mirada-. Esto va a afectar las medidas de mis pantalones.
    Caley se rió. Presentía que el sexo con Jake iba a ser una experiencia única. Nunca se había divertido mucho en la cama, y sus expectativas casi nunca se habían cumplido. Pero ahora sentía curiosidad, y estaba impaciente por averiguar cómo sería con Jake.
    – ¿Debería irme?
    – No, dame unos minutos. Tengo que concentrarme en otra cosa.
    – En nuestro plan -dijo ella-. Necesitamos un plan. He hablado con Emma y tiene dudas. No creo que esté preparada, pero no será ella quien cancele la boda.
    Jake miró a su alrededor.
    – La verdad es que este probador tiene su encanto… Es como un lugar público, pero con la intimidad necesaria.
    Caley lo golpeó suavemente en el brazo.
    – Estamos hablando de Emma y Sam.
    – No quiero hablar de ellos. Prefiero hablar de nosotros. ¿Qué vas a hacer esta tarde? Tengo algo que enseñarte.
    Caley bajó la mirada y puso los ojos en blanco.
    – Sólo piensas en sexo.
    – No. Eso no es cierto. Y no es eso lo que quería enseñarte -la agarró por los hombros y la hizo girarse-. Deja que me ocupe de esto antes que nada -abrió la puerta y la echó del probador.
    El dependiente estaba esperando con un gesto ceñudo.
    – Enseguida saldrá -dijo ella-. Voy a esperar ahí fuera. Tiene usted unas sillas de aspecto muy cómodo -consiguió esbozar una sonrisa, pero la expresión del hombre no se alteró.
    Diez minutos después, Jake se reunió con ella. La tomó de la mano y salieron de la tienda.
    – Tienes que dejar de provocarme para que haga esas cosas -le recriminó ella.
    – Antes eras mucho más atrevida -le recordó él-. ¿Qué te ha pasado?
    – He crecido.
    – ¿Te atreves a besarme, aquí y ahora? Delante de todo el mundo -miró a ambos lados de la calle desierta y se cruzó de brazos-. Bueno, delante de aquella mujer con el caniche.
    – ¿Adónde vamos? Me dijiste que querías enseñarme algo.
    – No sé si debería hacerlo -bromeó Jake-. Has perdido tus agallas. No creo que esta Caley esté preparada para lo que tengo pensado.
    Ella sonrió, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó apasionadamente. Introdujo la lengua entre sus labios y empleó toda su sensualidad femenina para volver a excitarlo.
    – He perdido un poco de práctica, nada más. Lo único arriesgado que hago ahora es sortear taxis cuando cruzo la Quinta Avenida.
    Jake la besó otra vez y la llevó hacia su coche. A Caley no le importaba adonde fueran, siempre que fuera un lugar tranquilo y privado donde pudieran continuar lo que habían empezado en el probador.

Capítulo 4

    – ¿Adónde vamos?
    Jake la miró de reojo y sonrió. Después del incierto comienzo de esa mañana, se preguntaba si Caley y él estaban condenados a revivir continuamente el pasado.
    Habían sido muy buenos amigos y juntos habían hecho de todo: pescar, nadar, trepar a los árboles… Pero cuando empezaron a verse como algo más que simples colegas, la relación se fue haciendo cada vez más tensa y difícil, y con frecuencia se enzarzaban en una lucha de voluntades enfrentadas en la que cada uno intentaba dominar al otro.
    Caley se había valido de su férrea determinación para triunfar en una profesión extremadamente competitiva. En cambio, él había interiorizado la confianza absoluta que Caley tenía en él y la había empleado para levantar su propio negocio desde cero.
    Nunca le había dado las gracias por ser tan buena amiga. Pero tampoco quería hacerlo ahora. Quería que Caley lo viese como algo más que un amigo. Quería volver a aquel lugar y aquel día, justo antes de que las hormonas juveniles hubieran empezado a desatarse. Tal vez entonces podrían moverse en otra dirección.
    – Al menos me gustaría saber qué es eso que vas a enseñarme.
    – Es una sorpresa -respondió él-. ¿Siempre eres tan impaciente? ¿O acaso odias las sorpresas?
    – Las dos cosas.
    – Tienes que aprender a relajarte. Ya no estás en la ciudad. Respira hondo y disfruta de este día tan bonito.
    El teléfono de Caley empezó a sonar y ella lo sacó del bolso. Pero antes de que pudiera contestar, Jake se lo arrebató de las manos.
    – Puedes hablar con ellos más tarde -dijo, echándole un rápido vistazo al identificador de llamada.
    – Tengo responsabilidades -protestó ella, recuperando el teléfono-. ¿No tienes móvil? ¿La gente de tu oficina no tiene que hablar contigo?
    – No tienen mi número. No quiero que nadie me llame, así que no lo facilito. Cuando me marcho de la oficina, me olvido por completo del trabajo. Cualquier problema que surja en mi ausencia puede esperar, o puede ser resuelto por ellos mismos. No soy tan importante, ni tengo todas las respuestas. ¿Tú sí?
    Caley frunció el ceño, como si la pregunta la hubiera sorprendido.
    – Pues claro. Así es como se asciende. Teniendo todas las respuestas.
    – Quizá deberías confiar un poco más en la gente con la que trabajas. De lo contrario, acabarás volviéndote loca.
    Jake sabía por experiencia que era mejor tomarse el trabajo con calma. Cuando abrió su estudio de arquitectura en Chicago se pasó noches y más noches en vela, acosado por la angustia y los temores sobre su futuro profesional. Pero entonces, cuando se convenció de que no iba a quebrar, dejó de preocuparse. No quería ser multimillonario ni aparecer en la portada de las revistas más prestigiosas de arquitectura. No iba a ser el siguiente I.M. Pei. Haría bien su trabajo, tendría una vida decente y sus clientes quedarían satisfechos. Y con eso bastaba.
    – Trabajo mejor cuando estoy bajo presión -dijo Caley, abriendo el móvil-. Dame tu número. Quizá tenga que llamarte por alguna emergencia.
    – Te lo daré sólo si me prometes usarlo -dijo él.
    – ¿Para qué? ¿Para un apaño sexual?
    – Tal vez. O cuando hayas bebido más de la cuenta. O cuando te quedes atrapada en un banco de nieve a un lado de la carretera.
    Metió la mano en su bolsillo y sacó su móvil para dárselo a Caley.
    – Graba tu número en el mío. Quizá sea yo el que tenga que llamarte por alguna emergencia.
    Examinó atentamente el lateral de East Shore Road, buscando el desgastado letrero de madera que colgaba de un viejo arce. Havenwoods. Al verlo, giró bruscamente hacia el camino nevado que entraba en el bosque.
    – ¿Qué haces? -preguntó Caley-. En el cartel decía que es una propiedad privada. No deberíamos entrar.
    – Tranquilízate. El dueño apenas pisa este lugar en invierno. Hace mucho que nadie viene por aquí.
    Caley guardó silencio y Jake giró la cabeza para mirarla.
    – No pasará nada. Te lo prometo.
    Siguieron avanzando entre los árboles y finalmente llegaron a un claro. Una vieja cabaña de troncos dominaba la pendiente que bajaba hasta el lago. Tenía tres chimeneas y estaba rodeada por un porche destartalado con pilares de piedra.
    Cada vez que la veía, Jake se maravillaba de que fuera finalmente suya.
    – Oh, Dios mío -murmuró Caley-. Es la Fortaleza -miró a Jake con una amplia sonrisa-. Hacía años que no estaba aquí. Tiene el mismo aspecto de siempre -frunció el ceño-. Pero más pequeña.
    – Se llamaba Havenwoods -dijo él-. Fue una de las primeras casas de verano que se construyeron en el lago, cuando North Lake no era más que un lugar de pescadores en medio del bosque. La construyó en 1865 un magnate de los ferrocarriles de Chicago, quien poseía el lago y todos los alrededores. Fue diseñada por William West Durant, el primero en construir al estilo rústico de los Adirondacks.

    – Alguien está en casa -observó ella-. Las luces del porche están encendidas a plena luz del día.
    Él sacudió la cabeza.
    – La iluminación se activa por un censor en el camino de entrada. Si te acercas a la cabaña desde el lago, las luces no se encienden -apagó el motor del coche-. ¿Quieres entrar?
    De niños, solían atravesar el lago en barca. La amarraban al muelle de madera podrida y se dedicaban a explorar hasta el último palmo del bosque. Se habían pasado muchos días de lluvia en la cabaña, entrando por una ventana que tenía el pestillo roto.
    – No podemos entrar. Sería allanamiento de morada.
    – Antes lo hacíamos. A nadie le importará -dijo Jake-. Y además sé dónde está la llave, así que no tendremos que forzar la entrada -se bajó del todoterreno y rodeó el vehículo para ayudar a salir a Caley-. Si Winslow nos pilla, sólo tendrás que dedicarle una sonrisa para evitar que nos arreste.
    Caley tenía la mirada fija en la fachada de la cabaña.
    – Me trajiste aquí cuando cumplí quince años, y me regalaste aquel collar de puntas de flecha. Lo llevé todo el año. A mis amigas del colegio les parecía espantoso, pero para mí era… bueno, algo especial.
    – ¿Aún lo tienes?
    – Claro que sí. Está guardado en mi armario, en Nueva York. La cinta de cuero se rompió, pero lo conservé de todas formas, junto a todo lo demás que me diste -sonrió-. Tendré que rebuscar en esa caja.
    – ¿Qué más cosas guardas?
    – Tonterías. Recuerdos de nuestra gran historia de amor. Hay un trozo de chicle que también me diste. Solía sacarlo de vez en cuando y tocarlo, porque sabía que había estado en tu bolsillo.
    – Eso da un poco de miedo -comentó él en tono jocoso.
    – Lo sé. Era una joven ingenua e impresionable. Todo significaba algo.
    Subieron los escalones nevados y Caley se acercó a la ventana para escudriñar el interior.
    – Parece igual que siempre.
    Jake caminó hasta la segunda hilera de ventanas, se agachó y apartó una piedra bajo el alféizar. Debajo estaban las llaves.
    – ¿Cómo sabías dónde estaban?
    – Estuve aquí un verano, solo, y apareció el guarda. Vi de dónde sacaba las llaves, y desde entonces, pude entrar cada vez que quería -sonrió y agarró la mano de Caley para llevarla hacia la esquina-. Mira esto. Estos troncos fueron cortados a mano para que encajaran unos con otros. Durant siempre empleaba materiales del entorno.
    Abrió la puerta principal, compuesta de tres troncos, y pasó al interior. Caley se quedó atrás.
    – No pasará nada. Te lo prometo.
    Una vieja lámpara de astas de ciervo colgaba sobre sus cabezas. El mobiliario estaba desgastado y polvoriento, pero Jake había conseguido limpiar casi toda la suciedad provocada por las goteras del tejado y las ventanas rotas.
    – Cielos -dijo Caley-. Este lugar necesita mucho trabajo. De pequeña me parecía un palacio, pero ahora veo lo que es.
    – Intenta mirar más allá de la superficie -le sugirió Jake-. ¿Puedes ver lo que podría volver a ser?
    – Sí que puedo -respondió ella, acercándose a un banco hecho de ramas-. Pero haría falta alguien con mucho tiempo y dinero.
    – De joven venía a memorizar los detalles de esta casa, y por eso decidí convertirme en arquitecto. Quería diseñar casas como ésta. Casas de verano donde la gente pudiera relajarse y disfrutar.
    Sintió cómo ella lo tomaba de la mano y entrelazaba los dedos con los suyos. Fue un gesto muy simple, pero él supo que Caley lo entendía. No estaba seguro de que nadie más lo entendiera, pero Caley sí. Y quería volver a compartirlo todo con ella.
    – Vamos. Te enseñaré el resto.
    No la había besado ni acariciado íntimamente, pero de repente sentía que estaban mucho más unidos. Era él quien estaba allí ahora, no el chico que Caley había conocido. Y la mujer que estaba junto a él comprendía lo que significaba.
    Estuvieron vagando por la casa, y Caley asimilaba los detalles en silencio, como si estuviera perdida en los recuerdos del pasado. Las motas de polvo se arremolinaban a su alrededor a la luz que se filtraba por las ventanas. Al pasar por un haz de luz, Jake la estrechó suavemente entre sus brazos y la besó, buscando el sabor que tanto anhelaba.
    – Te deseo -murmuró contra sus labios.
    Caley levantó la mirada y se fijó en su boca.
    – Enséñame el resto de la casa.
    Recorrieron lentamente los seis dormitorios, y Jake le indicó los detalles arquitectónicos que hacían de Havenwoods un lugar tan especial. Cuando volvieron al vestíbulo, Jake estaba desesperado por besarla. Aun así esperó, confiando en que la magia de aquel lugar surtiera efecto.
    La casa estaba en un estado lamentable, pero formaba parte de la historia que Caley y él compartían. Merecía un destino mejor que ser abandonada a la lluvia y la nieve o que el fuego de cualquier excursionista descuidado la redujera a cenizas.
    Jake había hipotecado su futuro para comprarla, gastándose todos sus ahorros y vendiendo su deportivo para comprarse un todoterreno de segunda mano. Incluso había vendido su casa en Wicker Park para mudarse a un diminuto apartamento en un barrio de mala muerte y así poder pagar la hipoteca y los impuestos.
    Apenas le quedaba dinero para las reformas, pero sentía que merecía la pena correr el riesgo. Aunque aún no le había dicho a nadie que la había comprado. Su padre se pondría hecho una furia, y su madre nunca lo entendería. Pero en Caley tenía a una fiel aliada.
    – Sólo hay dos cosas que he querido de verdad en mi vida. Y ésta era una de ellas.
    – ¿Cuál era la otra? -preguntó Caley.
    – A ti -respondió él con una picara sonrisa.

    Jake cerró la puerta principal y devolvió la llave a su sitio, bajo la ventana. Caley lo observaba atentamente, evocando los recuerdos de su infancia. No podría contar los días que habían pasado en la Fortaleza. Había sido un lugar mágico. Un lugar para ellos solos.
    Eran recuerdos muy dulces. Incluso cuando las cosas se habían puesto difíciles entre ellos, siempre había podido contar con Jake. De jóvenes habían tenido agrias discusiones, pero siempre era él quien volvía con una disculpa, con un regalo que hubiera encontrado en el bosque, con un plan para una nueva aventura o simplemente con un chiste que la hacía reír. No era difícil entender por qué había estado enamorada de Jake todos esos años. Cuando estaba con él, se sentía como la persona más especial del mundo. Y ahora volvía a sentirse igual. Entre ellos existía una sinceridad y un respeto que nunca había conocido con ningún otro hombre.
    Cuando él volvió a su lado, ella le rodeó la cintura con los brazos y se puso de puntillas para darle un beso en los labios.
    – Gracias.
    – ¿Por qué?
    – Por traerme otra vez aquí.
    Jake la abrazó por la cintura y la apretó contra él. El beso fue tranquilo y suave, con su lengua acariciándola lenta y seductoramente.
    Fue como si finalmente los dos comprendieran que estar juntos era inevitable. Ya no había nada que pudiera detenerlos. Caley había estado pensando durante todo el día en lo que un solo beso podía hacerle. Si un beso bastaba para derribar sus defensas por completo, ¿qué pasaría con una noche entera en la cama?
    Y de repente sintió un deseo incontenible por averiguarlo. No tenía que pensar en las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, simplemente porque ya no le importaban las consecuencias. Lo único que quería era entregarse por entero a Jake.
    – ¿Te gustaría que volviéramos al hotel? -le preguntó.
    – Estaba pensando en bajar al lago -dijo Jake-. Hay algo más que quiero enseñarte.
    – Quiero volver al hotel -insistió ella-. Contigo.
    Él la miró fijamente a los ojos con una extraña expresión en el rostro, y una sonrisa curvó lentamente sus labios.
    – No tenemos por qué volver allí -murmuró.
    – ¿No?
    Entonces Jake le hizo rodear la casa hasta la parte con vistas al lago. Desde allí se veía la pequeña construcción de troncos a unos treinta metros de la casa, conectada por una pasarela cubierta. De niños la llamaban «el Cuartel», pero en realidad era una cocina. Cuando llegaron a la puerta, Jake sacó sus llaves y abrió el candado.
    – ¿Tienes tu propia llave? -le preguntó ella.
    Jake empujó la puerta.
    – Sí. Me resulta muy útil, teniendo en cuenta que esta propiedad es mía.
    Caley ahogó una exclamación. No estaba segura de haberlo oído bien.
    – ¿Esta cabaña es tuya?
    – No sólo la cabaña. Todo este lugar. La casa, el terreno, el muelle carcomido y las cabañas sin techo de invitados. El mobiliario cubierto de moho y la cabeza de alce sobre la chimenea. Todo es mío.
    Caley miró el interior de la pequeña cabaña. Junto a la ventana había una mesa de dibujo, y un pequeño catre frente a la chimenea. Se acercó a la mesa y miró los bocetos y planos esparcidos por la superficie. Reconoció la fachada de la cabaña principal. Todos estaban cubiertos de notas adhesivas con la letra de Jake.
    Sintió que el corazón se le henchía de emoción. De repente entendía la verdadera razón de su visita. Aquél era el hogar de Jake. Y él quería contar con su aprobación.
    – No puedo creer que todo esto sea tuyo -dijo-. ¿Cómo lo has conseguido?
    – Estaba asistiendo a un seminario en Nueva York y decidí buscar a la dueña. Sabía su nombre por los archivos de Hacienda. Tomamos té y le dije cuanto amaba este lugar y cómo me había colado aquí de pequeño. Ella accedió a vendérmelo, con la condición de que lo volviera a convertir en lo que había sido en su infancia. Le hice una promesa y tengo intención de cumplir mi palabra. Y cuando acabe, quiere que invite a sus nietos a venir de vez en cuando.
    – ¿Por qué me has traído?
    – Es nuestro sitio -dijo él-. Pensé que tenías que volver a verlo. Eres mi mejor amiga y sabrías apreciarlo.
    Caley se bajó lentamente la cremallera del abrigo.
    – Ahora mismo no quiero ser tu amiga -dijo, dejando caer el abrigo al suelo de madera.
    Él levantó las manos y le frotó los brazos a través de la camisa.
    – Quizá debería encender un fuego.
    Caley se sentó en el borde de la cama y vio cómo él metía papel de periódico en la chimenea de piedra. Colocó algunos troncos encima y encendió una cerilla. Los dos contemplaron cómo prendían las llamas en la leña seca.
    – ¿Te quedas aquí a menudo? -preguntó ella.
    – Siempre que vengo de la ciudad -respondió él-. Es más difícil en verano, ya que mis padres están en el pueblo y tengo que quedarme con ellos. Pero en invierno nadie sabe que estoy aquí. Trabajo en las reformas de la casa y en mis otros proyectos.
    – Estoy acostumbrada a tener a mucha gente alrededor -dijo ella-. No sé cómo puedes trabajar con este silencio.
    – A veces el silencio es muy agradable -repuso él, inclinándose para besarla.
    Ella alargó las manos hacia los botones de su camisa y Jake soltó un gemido ahogado. Le presionó la mano contra el pecho y sintió los latidos de su corazón. Le costaba respirar, como si la anticipación la dejara sin aire.
    – ¿Estás segura de que quieres hacerlo aquí? -le preguntó él-. Me temo que las condiciones no son las mejores.
    – Es perfecto -dijo ella. Siempre había soñado en que fuese de aquella manera con Jake. En algún lugar secreto donde nadie pudiera encontrarlos, en el asiento trasero de su viejo Cutlass o en una playa desierta en mitad de la noche.
    Jake sacó su cartera del bolsillo de los vaqueros y extrajo un preservativo.
    – Supongo que vamos a necesitar esto.
    – ¿Estás nervioso? -le preguntó Caley. Lo agarró por la pechera del abrigo y tiró de él hacia ella.
    – No -respondió con una sonrisa-. Bueno, tal vez un poco… Dios, me siento como si estuviéramos en el instituto y ésta fuera mi primera vez.
    – Lo sé… Yo siento lo mismo -admitió ella. Le quitó el abrigo y lo arrojó a un lado de la cama-. Eso lo hace más emocionante, ¿no crees?
    Se puso de rodillas y se quitó la camisa, dejándola caer sobre el abrigo de Jake. Él le frotó el pezón con el pulgar, endureciéndolo bajo la tela del sujetador.
    – Cariño… estar desnudo contigo será tan emocionante como si lo hiciéramos en medio de Main Street, con todo el pueblo mirando.
    Se arrancaron mutuamente el resto de la ropa, recorriendo con manos frenéticas cada palmo de piel expuesta. El aire aún era frío en el interior de la cabaña y a Caley se le puso la carne de gallina. Pero el tacto de Jake la excitaba tanto que temblaba con cada caricia. Se sentía invadida por el deseo, los nervios y una excitación incontenible.
    Cuando estuvieron en ropa interior, se detuvieron y se miraron el uno al otro. Caley soltó una risita.
    – ¿Y ahora qué?
    – Soy virgen -bromeó él-. Quizá deberías enseñarme lo que hay que hacer.
    Caley le acarició el labio con un dedo. Jake le estaba dejando el control de la situación. Años atrás había intentado seducirlo, sin éxito. Esa vez, estaba segura de conseguirlo.
    Deslizó las manos por su cuerpo, metió los dedos por el elástico de los calzoncillos y se los bajó de un tirón. A continuación, se ocupó rápidamente de su propia ropa interior. El cuerpo de Jake irradiaba un calor más intenso que las llamas de la chimenea. La apretó contra él y el calor fundió ambos cuerpos en uno solo.
    Tendida sobre él, Caley se deleitó con la sensación de estar desnudos y abrazados mientras él le acariciaba la espalda y las caderas. Podía sentir su deseo masculino entre ellos, duro y ardiente. Le habría gustado proceder con calma y saborear cada momento. Pero la impaciencia la apremiaba. Había esperado demasiado tiempo, y ahora que había tomado la decisión, no habría nada que pudiera detenerla. Se retiró y empezó a besarlo en el pecho, descendiendo hasta el vello del vientre. Caley conocía bien el poder que tenían sobre ella las caricias de Jake. Ahora quería comprobar el poder que tenía ella sobre él. Lo acarició lentamente y le rodeó el miembro con los dedos. Él cerró los ojos y soltó un jadeo entrecortado. Se arqueó hacia ella, y cuando Caley levantó la mirada, vio que tenía los ojos abiertos y que observaba todos sus movimientos.
    – No creo que mi primera vez fuera tan deliciosa.
    Caley sonrió, se agachó y se metió el miembro en la boca. Jake dio un respingo, como si su cuerpo hubiera sido sacudido por una descarga eléctrica.
    – ¿Lo estoy haciendo bien? -bromeó ella, sonriéndole.
    – Oh, sí… Muy bien…
    Caley continuó acariciándolo con la lengua y los labios, atenta a sus reacciones para llevarlo hasta el límite una y otra vez. Y cuando sospechó que no duraría mucho más, se colocó sobre él hasta situar el miembro hinchado entre sus piernas.
    Empezó a frotarse contra su erección, provocándose oleadas de placer por todo el cuerpo. En el pasado, el sexo no le había reportado más que amargas decepciones. Nunca había sentido la clase de pasión que quería sentir, y que sabía que podía sentir.
    Pero esa vez era diferente. Caley sentía que podía cerrar los ojos y abandonarse al placer. Estaba muy cerca del orgasmo, y eso que Jake ni siquiera la había tocado. Un impulso la acució a actuar, a buscar algo que nunca había experimentado y que sin embargo siempre había querido. Le quitó a Jake el preservativo de la mano y rasgó el envoltorio.
    – Espera -murmuró él-. Despacio…
    – Llevo esperando once años -dijo ella-. No puedo esperar más -desenrolló el látex en el miembro y se sentó a horcajadas sobre sus caderas hasta sentir el extremo de su sexo. Entonces, con un hondo suspiro, descendió sobre él.
    La sensación de estar colmada por Jake fue como una revelación celestial, perfecta, maravillosamente íntima. Estaban más unidos de lo que nunca habían estado antes, pero todo parecía deliciosamente natural, como si sus cuerpos estuvieran hechos el uno para el otro.
    Jake empezó a moverse dentro de ella, mirándola fijamente a los ojos y con las manos entrelazadas. Caley se inclinó hacia delante y le pasó la lengua por los labios, y él levantó la cabeza para devorarla con una pasión desesperada, comunicándole su deseo sin necesidad de palabras.
    Era sexo, pero también algo más. Era pasión, instinto, una necesidad que los había consumido durante años. Era el pasado y el presente. Eran los dos ahogándose en un mundo de placer. Ahora comprendía por qué no había ocurrido años atrás. Ninguno de los dos había estado preparado para la intensidad de su unión.
    Jake metió la mano entre ellos para tocarla, pero ella se la agarró y la sujetó a su costado. Estaba a un suspiro del orgasmo, y una mera caricia de Jake bastaría para hacerla explotar. En vez de eso incrementó el ritmo, meciéndose más y más rápido y sintiendo cómo aumentaba la tensión en su interior. Era casi imposible contenerla, pero sabía que, si esperaba un poco más, todo sería mucho más intenso. Quería llegar al orgasmo, pero también quería que fuese la liberación más poderosa que jamás hubiera experimentado.
    Pero Jake no quería seguir interpretando un papel pasivo. Se incorporó y se rodeó la cintura con las piernas de Caley. Y cuando empezó a moverse de nuevo, ella supo que estaba perdida. Cada embestida, cada roce, era una tortura exquisita.
    Sintió que alcanzaba el éxtasis, tan cercano que casi podía tocarlo. Y finalmente lo experimentó como una cascada de sensaciones incomparables. Gritó de placer mientras su cuerpo reaccionaba descontroladamente, sacudido por un espasmo tras otro.
    Y entonces, de repente, Jake presionó la cara entre sus pechos, aferró las manos a sus hombros y la acompañó en el orgasmo hasta vaciarse por completo.
    Cuando las convulsiones cesaron, los dos se derrumbaron a la vez y Jake la tomó en sus brazos. Todo había pasado muy deprisa, pero Caley se sentía completa y exhausta. Sus músculos, tan tensos unos segundos antes, estaban lacios y flácidos.
    – Oh, Dios mío -murmuró.
    – ¿Por qué hemos esperado tanto tiempo? -preguntó él, dándole un beso bajo la oreja.
    – Hace once años no habría sido tan especial.
    – No me refiero a entonces. Me refiero a los dos últimos días -le pasó la mano por el pelo enmarañado y la miró a los ojos-. Esto lo cambia todo.
    Caley frunció el ceño.
    – ¿Por qué lo dices?
    – ¿Cómo se supone que voy a estar ahora cerca de ti? ¿Cómo voy a contenerme para no tocarte y besarte? Quiero estar contigo esta noche. Y mañana por la noche. Todo el tiempo que tú me desees.
    – Entonces, ¿esto no es una aventura de una sola noche?
    – No -dijo él, sacudiendo la cabeza-. Nada de eso. No puedes resistirte a mí.
    – Y tú no puedes resistirte a mí -replicó ella con una sonrisa de satisfacción.
    – ¿Por qué iba a intentarlo?
    Caley se acurrucó contra su cuerpo fuerte y cálido.
    – Podemos quedarnos aquí esta noche. Conozco al dueño… -lo besó en el pecho y suspiró.
    – Nadie nos está esperando -dijo Jake.
    – Salvo Emma. Pero puede esperar -se apoyó en el codo y le apartó un mechón de pelo de la frente-. ¿Podríamos hacerlo otra vez?
    – Desde luego -respondió él, pero entonces maldijo en voz baja-. No. Sólo tenía un preservativo.
    – Hay otras cosas que podemos hacer -sugirió ella.
    – ¿En serio? Siempre me ha encantado tu afán aventurero.
    La agarró por la cintura y tiró de ella hacia él para besarla. Caley se abandonó de nuevo a las sensaciones. Había muchas cosas que nunca había probado en la cama. Pero toda sus inhibiciones se disolvían en cuanto Jake la tocaba. Con él no se sentía vulnerable, sino poderosa. No tenía que preocuparse de lo que él quisiera o necesitara, porque él sólo quería darle placer. Podía disfrutar de su cuerpo sin sacrificar una parte de sí misma.
    Primero habían sido amigos y ahora eran amantes. No había vuelta atrás.

    – No, no te vayas -dijo Jake, tirando de ella otra vez-. Aún no. Quédate un poco más.
    Caley lo miró por encima del hombro, arropado en la cama del cobertizo.
    Oficialmente eran amantes desde las últimas veinticuatro horas, y cada vez era más difícil escabullirse sin levantar sospechas. Después de la cena en casa de los Lambert, Caley se había inventado una excusa ridícula, alegando que tenía que preparar los brindis para la boda. Bajaron al cobertizo de las barcas, y en cuanto la puerta se cerró tras ellos, empezaron a arrancarse la ropa frenéticamente mientras avanzaban con dificultad hacia la cama.
    Habían pasado la noche anterior en la habitación de Caley en el hotel, y Jake había vuelto al cobertizo con las primeras luces del alba, antes de que nadie se percatara de su ausencia. Eran adultos, pero había momentos en los que Jake se sentía como si fueran adolescentes.
    – ¿No te parece extraño?
    – ¿El qué? -preguntó ella mientras seguía vistiéndose.
    – Somos dos personas adultas, lo que estamos haciendo es perfectamente legal, y tenemos una gran variedad de lugares para elegir. No nos debería preocupar que nos sorprendieran.
    – Sólo serviría para complicar las cosas -dijo Caley-. Provocaría muchas preguntas y expectativas. Quiero que esto sea algo entre tú y yo, sin que nuestras familias intervengan para nada. ¿De acuerdo?
    Jake asintió.
    – Entonces, ¿quieres que me cuele en tu cama esta noche?
    Caley agarró su abrigo, sacó una llave del bolsillo y la hizo oscilar frente al rostro de Jake.
    – Te he hecho una copia. Pero ten cuidado de que Emma no te vea entrar. Se acuesta muy temprano, así que puedes venir en cuanto puedas escabullirte -le dio un rápido beso y se puso las botas-. ¿Estás de acuerdo con nuestro plan?
    Habían ideado una estrategia para poner a prueba el compromiso de Sam y Emma. Habían discutido todos los problemas y dificultades que una pareja se encontraba en el camino al amor eterno, y habían trazado una carrera de obstáculos para la joven pareja.
    – La Operación Antiboda está en marcha.
    – Recuerda que nuestra intención no es acabar con su boda -dijo Caley-. Simplemente vamos a comprobar hasta dónde llegan sus sentimientos… Lo mismo que haría cualquier consejero matrimonial.
    – Salvo que no tenemos titulación profesional ni experiencia práctica en asuntos matrimoniales.
    – No. Pero sí tenemos experiencia en las relaciones -dijo Caley-. Y eso debería servir para algo -se sentó en el borde de la cama, completamente vestida con la ropa de abrigo-. Mañana por la noche llevaré a Emma a Tyler's. Está lleno de solteros con los que bailar, y me aseguraré de que tome unas cuantas copas de más.
    – Y yo me llevaré a Sam a buscar un poco de diversión. Hay un club de striptease en la interestatal. Pensaba llevarlo allí.
    Caley abrió los ojos como platos.
    – ¿En serio? ¿Es uno de esos clubes donde se quitan toda la ropa?
    – Casi toda la ropa -dijo Jake-. Chicas bailando en un poste con billetes de un dólar en los tangas.
    – ¿Has estado allí otras veces?
    Jake sacudió la cabeza.
    – No, pero he oído hablar del local. Brett y unos amigos de la universidad fueron allí a celebrar su veintiún cumpleaños. ¿Te molesta que esté mirando a mujeres desnudas?
    – Claro que no.
    – Porque a mí sí me molestaría que estuvieras mirando a hombres desnudos.
    – Tal vez debería buscar un club de striptease masculino para ir con Emma. Tiene que haber uno en alguna parte.
    – Sólo hay un cuerpo que yo quiera ver desnudo -dijo él-. Y es el tuyo. No tienes de qué preocuparte. Después de lo que hemos hecho, ni cien mujeres desnudas podrían excitarme.
    – Buena respuesta -dijo ella. Se tumbó sobre él y lo besó en la boca-. Lo verás más tarde…
    – Cuento con ello.
    Caley se dirigió hacia la puerta y le dedicó una sonrisa antes de salir. Jake escuchó sus pisadas en los escalones y se levantó de la cama, envolviéndose con el edredón, para mirar a través de la cortina cómo Caley atravesaba el césped nevado hacia la casa de los Lambert.
    El cobertizo era un refugio muy agradable y acogedor. La calefacción estaba encendida durante todo el día, la madre de Jake le había dado un edredón nórdico y Brett había abierto la llave de paso para que pudiera usarse el cuarto de baño. Las comodidades eran casi perfectas, y además tenían una intimidad casi total.
    Jake volvió a la cama y cerró los ojos. Había hecho el amor con muchas mujeres, y en todas había buscado aquella conexión especial, aquella chispa que le dijera que había encontrado a la mujer adecuada. En las últimas veinticuatro horas se había dado cuenta de que esa conexión existía con Caley. Quizá siempre hubiera existido entre ellos.
    Pero ¿qué significaba eso? Vivían en mundos diferentes. Jake quería creer que el amor podía con todo, pero era realista y sabía en qué consistía una relación. Caley había dejado muy claro que su aventura acabaría en cuanto ella volviese a Nueva York, y aunque él estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su poder para convencerla, tenía que prepararse para que todo acabara al final de la semana.
    Siempre había sabido que sería difícil, pero ahora que se habían convertido en amantes, era imposible. Para ella tampoco sería fácil, desde luego. Su deseo por él era tan fuerte como el suyo, y Jake sentía que con cada beso y caricia el lazo que los unía se iba haciendo más fuerte.
    Y si Caley lo abandonaba, si las cosas llegaban a su fin, Jake no creía que ninguna otra mujer pudiera ocupar su lugar. En el fondo de su mente siempre había comparado a todas las mujeres con Caley, pero no había sido consciente de ello hasta ahora. Había conocido a mujeres muy listas, pero Caley lo era aún más. Había conocido a mujeres muy hermosas, pero Caley poseía una belleza única y especial. Jake había crecido deseándola, y sólo a ella. Y ahora que por fin era suya, tenía que enfrentarse al miedo de perderla.
    Se echó el brazo sobre los ojos y maldijo en voz baja. En ese momento, llamaron a la puerta y se incorporó de un salto, sorprendido de que Caley hubiera regresado tan rápidamente. Esperó a que ella entrase, pero volvieron a llamar a la puerta. Jake se puso los calzoncillos y fue a abrir, pero no fue Caley a quien se encontró, sino a su hermano Sam.
    – ¿Puedo pasar?
    – Claro -dijo Jake, apartándose para permitirle el paso-. ¿Qué ocurre? Es tarde.
    Sam empezó a dar vueltas por la habitación, con los hombros tensos y una expresión adusta en el rostro. Se sentó en el borde de la cama y se retorció nerviosamente los dedos.
    – Hice lo que me dijiste. Esta noche llevé a Emma al hotel y le dije que era el momento de ser honestos el uno con el otro. Le dije que teníamos que acostarnos antes de casarnos.
    – ¿Y se negó?
    – No -dijo Sam-. Tuvimos sexo -sacudió la cabeza-. Y fue horrible.
    Jake frunció el ceño.
    – ¿Cómo de malo?
    Sam se echó hacia atrás y se cubrió el rostro con las manos.
    – Todo lo malo que podía ser. Ella estaba tan excitada como yo… al principio. Yo quería que fuera algo romántico y especial, pero todo lo que hice parecía forzado. Y entonces no, no pude… ya sabes.
    – ¿No se te levantó?
    – No conseguí mantener la erección -respondió él. Se giró y miró a Jake-. ¿Crees que necesitaré tomar Viagra?
    Jake se echó a reír.
    – Nunca habías tenido ese problema, ¿verdad?
    – ¡No! Nunca. Pero nunca me había acostado con una chica con la que fuera a casarme. ¿Y si es así con Emma? ¿Qué pasará si no puedo… cumplir en la cama?
    – A todos los hombres les ocurre de vez en cuando.
    – ¿A ti te ha ocurrido alguna vez?
    – Bueno… No. Pero yo nunca he soportado la presión que tú estás soportando. Cuando te animé a que tuvieras sexo con ella, no me refería a que tuvieras que hacerlo porque fuese una obligación. No es como cortar el césped o cambiar el aceite del coche. Es mucho más que eso.
    – Te refieres a los juegos y los preliminares -dijo Sam-. Ya lo sé. Lo intenté, pero ella quería hacerlo cuanto antes. Al principio pensaba que tendría que convencerla, pero parecía más impaciente que yo. Supongo que Caley le dijo que era muy importante ser sexualmente compatible con tu pareja -hizo una pausa-. Creo que Emma dijo la palabra «crucial». Y entonces empecé a ponerme nervioso.
    – Sí, me imagino lo que pasó -dijo Jake, aunque no podía compararlo con su propio caso. El deseo que sentía por Caley ahogaba cualquier pensamiento racional. Cuando estaban juntos, no tenía que preocuparse por que su cuerpo dejara de responder. Simplemente ocurría. Se excitaba por puro instinto y todo acababa con una increíble explosión de placer.
    Se sentó junto a su hermano y le dio una palmada en la espalda.
    – Esto no significa que siempre vaya a ser así.
    – Pero ¿y si lo es? No querría casarme con ella.
    – Es sólo algo temporal -le aseguró Jake-. Créeme. La próxima vez todo irá bien.
    – No es que no deseara hacerlo -dijo Sam-. Quiero decir… Emma es muy sensual y me excita con sólo besarme. Sabes cómo es eso, ¿verdad?
    Jake se mordió el labio y se obligó a sonreír, recordando la tarde que había pasado con Caley.
    – Sí, lo sé -murmuró.
    – Emma y Caley van a salir juntas mañana por la noche -dijo Sam-. Una noche de chicas. Sé que no tengo que preocuparme por nada. A Emma no le pasará nada si está con Caley. Pero ¿y si empieza a buscar a un hombre que pueda… hacerlo?
    – Tal vez deberíamos salir nosotros también -sugirió Jake-. Así podrás despejarte un poco. El novio y el padrino. ¿Qué te parece?
    – Sí -respondió Sam-. Ya tengo veintiún años. Puedo entrar en cualquier local.
    – Y yo conozco el local adecuado -dijo Jake. Se levantó y agarró los vaqueros del suelo-. Puedes quedarte aquí esta noche. En el armario hay sábanas y mantas para el sofá. Iré a la casa a por algo de beber y luego podremos hablar. Tenemos que organizar esto.
    – Gracias. No sé qué haría sin ti. Tal vez algún día, cuando te cases, pueda devolverte el favor.
    Jake se puso la camisa y las botas.
    – Enseguida vuelvo -dijo mientras se dirigía hacia la puerta-. Tú quédate aquí e intenta relajarte.
    Bajó trotando los escalones y sacó el móvil del bolsillo para llamar a Caley, pero le saltó el buzón de voz.
    – Hola, soy yo. Escucha, no voy a poder verte esta noche. Sam ha venido al cobertizo después de que tú te marcharas y necesita un poco de compañía. Cosas de hombres… Supongo que te veré mañana -hizo una pausa, tragándose las palabras que quería decir-. Que duermas bien.
    «Te quiero». Eso era lo que había querido decir. Pero en el último momento se había censurado a sí mismo, preguntándose si no sería demasiado pronto para decirlo. Aunque las palabras no siempre tenían un significado tan serio, ¿verdad? Quería a Caley, pero esos sentimientos habían cambiado y ahora las palabras adquirían una importancia mucho mayor. Volver a estar con Caley había devuelto a su vida una pieza largamente perdida. Ella le hacía creer que era posible encontrar a una buena amiga y a una amante en la misma persona. Y no era tan descabellado añadir una esposa a esa lista.
    Sacudió la cabeza. Nunca había pensado en el matrimonio. Tal vez siempre había sabido, en algún rincón secreto de su mente, que sólo había una mujer para él. Se detuvo y masculló una maldición. ¿Se suponía que tenía que ser tan fácil? Siempre había imaginado que haría falta una vida para enamorarse, y aún más para averiguar si el amor podía sobrevivir al matrimonio. Pero de repente todo le parecía sorprendentemente simple.
    Su móvil empezó a sonar y lo sacó del bolsillo. Sonrió al reconocer el número de Caley en el identificador de llamada.
    – Hola. ¿Has recibido mi mensaje?
    – Sí. ¿Qué ocurre? ¿Qué son esas cosas de nombres?
    – Hace dos días, le dije a Sam que si quería acostarse con Emma antes de la boda, debía decírselo. Y parece que no ha ido demasiado bien.
    – ¿Cómo que no ha ido bien? ¿Emma se negó a hacerlo?
    – Al contrario. Se mostró más que dispuesta, pero cuando lo intentaron el cuerpo de Sam no respondió.
    – Vaya -dijo Caley-. Eso tiene que ser muy embarazoso. Emma estaría esperando que fuera lo más maravilloso del mundo y… -respiró hondo-. Gracias a Dios no ha pasado en su noche de bodas. ¿Puedes imaginarte la decepción que habría sido?
    – Por eso creo que puede servir a nuestros planes -dijo él-. Es obvio que ahora mismo los dos tienen dudas.
    Hubo un largo silencio al otro lado de la línea, y por un momento Jake pensó que se había perdido la comunicación.
    – ¿Crees que deberíamos continuar? -preguntó ella finalmente.
    – Sí, eso creo. ¿Qué sabemos de su relación? Ni siquiera sabemos lo que hay entre nosotros.
    – Sexo -respondió Caley-. Deseo. Curiosidad.
    – ¿Eso es todo?
    – ¿Qué más podría haber?
    Jake maldijo el hecho de estar hablando por teléfono. Necesitaba mirarla a los ojos para extraer la verdad de sus palabras.
    – Dímelo tú.
    – No lo sé -dijo ella-. ¿Qué quieres que diga? No sé lo que hay entre nosotros. Supongo que tendremos que averiguarlo cuando acabe la semana.
    – De acuerdo -dijo él, mirando por encima del hombro-. Tengo que volver con Sam. Le dije que iba a buscar unas cervezas a la casa y que luego podríamos hablar.
    – Emma y yo vamos a ir a Chicago mañana por la noche -dijo Caley-. Quiere encargar la tarta y algunas amigas van a ofrecerle una despedida de soltera. Supongo que te podré ver más tarde. Que te diviertas en el club de striptease.
    – ¿Estás celosa, Caley?
    – ¡No! Me da igual si vas a ver mujeres desnudas. ¿Por qué habría de importarme?
    – Porque estaría bien que te sintieras un poco celosa. Me gustaría pensar que te importo lo suficiente para estar preocupada.
    – Quizá tenga que hacerte un striptease la próxima vez que te vea -le dijo en tono jocoso.
    – Gracias por esa imagen -murmuró él-. Ahora ya no podré volver a dormir.
    – Buenas noches, Jake.
    – Buenas noches, Caley -esperó a que ella colgara antes de apagar el teléfono. Sentía algo nuevo y extraño. Estaban comportándose como si fueran una… pareja. Y lo más sorprendente era que a Jake no le importaba en absoluto. Quería que Caley se sintiera posesiva, celosa y preocupada. Estuviera dispuesta a admitirlo o no, sentía algo por él. Tal vez incluso lo amase un poco. Y tal vez él también la amaba.

Capítulo 5

    – No entiendo por qué tenemos que irnos. Lo estaba pasando muy bien -se quejó Sam, arrastrando las palabras por toda la cerveza que había consumido.
    Jake miró de reojo a su hermano. Nunca se hubiera imaginado que Sam disfrutase tanto de una noche así. Su intención había sido pasar una hora en el club y luego dirigirse a Tyler's para buscar a las chicas. Finalmente había convencido a Sam para que se despidiese de los encantos de Tiffany Diamond y se preocupase por buscar a su novia.
    Caley podía estar preocupada por su visita al club de striptease, pero él tenía muchos más motivos para preocuparse por ella. Él sabía cómo se sentía, pero ella era la que acababa de dejar a su novio y la que se había acostado con el hombre que intentaba seducirla. Le gustaba creer que Caley sólo tenía ojos para él, pero unas cuantas copas y un poco de atención masculina podían hacer estragos en la memoria de una chica.
    – Sabes muy bien que esas chicas sólo estaban siendo amables contigo porque las estabas invitando a champán.
    – Pero eran muy simpáticas -dijo Sam-. Especialmente Tiffany. Va a reunirse con nosotros en Tyler's.
    – ¿Has invitado a una bailarina de striptease? -preguntó Jake, sacudiendo la cabeza. La Operación Antiboda iba sobre ruedas. El encuentro entre la bailarina de striptease y la novia de Sam. Ninguna relación podría tolerar algo así.
    – Tiffany Diamond… ¿Crees que es su nombre verdadero?
    Jake empezaba a sentirse un poco culpable, aunque era una preocupación absurda. Si su hermano pequeño era un ingenuo, no podía casarse tan pronto. Había ciertas cosas que un nombre necesitaba saber, y era obvio que la educación de Sam al respecto dejaba mucho que desear.
    – ¿Has estado alguna vez en un club de striptease?
    – Claro -murmuró Sam, apoyando la cabeza en la ventanilla-. Pero en ninguno donde las bailarinas fueran tan encantadoras. ¿Crees que a Emma le importaría si invitase a Tiffany a la boda?
    – No -respondió Jake-. Seguro que no le importaría. Y mamá también estaría encantada de conocerla. Quizá podría llevar ese pequeño conjunto que lucía esta noche.
    – Me ha dicho que no quiere dedicarse a esto toda la vida. Quiere ser una animadora profesional. O una bailarina en Las Vegas.
    – Por favor, dime que estás así por la cerveza -murmuró Jake.
    – Sí, es la cerveza -dijo Sam-. Pero sé lo que digo.
    Cuando Jake volvió a mirarlo, Sam se había quedado dormido. Tenía el rostro aplastado contra el cristal y su aliento empañaba un pequeño círculo. Jake tuvo que replantearse el sentido de aquel plan. Si se incluía el alcohol en la ecuación, todo podía empeorar a una velocidad vertiginosa. Y si se añadía una bailarina de striptease a la mezcla, el desastre estaba garantizado. ¿De verdad estaban listos Caley y él para soportar el cataclismo que se avecinaba? ¿Seria aquello una prueba verdadera, o era sólo un descarado intento de manipulación?
    Llegaron a Tyler's Roadhouse y Jake aparcó en un extremo alejado del aparcamiento. Pero en vez de despertar a Sam, decidió entrar él solo para buscar a Caley y decirle que se olvidaran del plan. Habían llegado demasiado lejos. Era hora de volver a dejar todo el asunto en manos de Sam y Emma. No quería pasar el resto de la semana pensando en otra cosa que no fuera Caley.
    Abrió con cuidado la puerta del todoterreno y la cerró sin hacer ruido. Fuera hacía frío, pero Sam podría sobrevivir cinco minutos, tiempo suficiente para buscar a Caley y Emma y convencerlas para que se fueran a casa.
    Pagó la entrada en la puerta y se internó en la multitud, escudriñando el interior del local en busca de las hermanas Lambert. No tardó en localizar a Emma en la pista de baile. Iba vestida con un atuendo sorprendentemente sexy: vaqueros ceñidos y una blusa semitransparente que dejaba ver la ropa interior.
    Estaba bailando con un joven de aspecto desaliñado que llevaba una gorra de béisbol con la visera hacia atrás. Los dos reían y batían los brazos al ritmo de una canción de Bruce Springsteen. Jake siguió recorriendo la multitud con la mirada y vio a Caley de pie junto a la pista. Y entonces vio que estaba acompañada por Jeff Winslow.
    Apretó fuertemente los puños. ¿Por qué aquel tipo podía sacarlo de sus casillas? Era evidente que entre Jeff y Caley no había nada, pero a Jake nunca le había gustado competir por la atención de Caley, ni siquiera cuando eran crios. De adulto le gustaba aún menos.
    Se abrió camino entre la gente y se detuvo junto a ella.
    – Caley -gritó. Ella dio un respingo al oír su voz, pero cuando se volvió para mirar esbozó una sonrisa de alivio-. Hola, Winslow -saludó al policía, asintiendo brevemente con la cabeza.
    Jeff sonrió.
    – Deberíais llevaros a esa chica a casa -dijo, señalando a Emma con su botella de cerveza-. Creo que ya ha tenido suficiente.
    – ¿Dónde está Sam? -preguntó Caley.
    – En el coche. Durmiendo la mona -la tomó de la mano y tiró de ella hacia la salida. En la puerta, le echó una mirada a Jeff Winslow. El policía no parecía muy contento, pero no había intentado retener a Caley. Entonces miró a Emma-. Parece que se está divirtiendo demasiado.
    Caley asintió.
    – Es porque ha tomado demasiado tequila. Por la mañana no le parecerá tan divertido. Está bailando con un tipo llamado Robert. Parece inofensivo.
    Salieron al frío aire nocturno y rodearon el edificio. Jake apretó a Caley contra la pared y la besó. No era una muestra de deseo o afecto. Necesitaba asegurarse de que nada había cambiado en las horas que habían estado separados. Cuando Caley respondió, se sintió invadido por una inmensa ola de alivio.
    – Eso está mejor -murmuró. Deslizó las manos bajo su abrigo y le recorrió lentamente la piel desnuda hasta su trasero-. Estás muy cálida.
    A Caley le castañeteaban los dientes.
    – No por mucho tiempo. Mi coche está aparcado ahí -le tendió las llaves a Jake y los dos corrieron hacia el aparcamiento. Jake le hizo ocupar el asiento del pasajero, él se sentó al volante y arrancó el motor para encender la calefacción.
    – Pasará un rato hasta que se caliente el coche.
    – Empiezo a pensar que todo esto no ha sido buena idea -dijo Caley, frotándose las manos.
    Jake le tomó los dedos y sopló sobre ellos.
    – Yo también.
    – ¿Qué nos hizo pensar que estábamos haciendo lo correcto?
    – Tal vez estábamos volcando en Sam y Emma nuestros propios miedos al compromiso. Los dos parecen saber lo que hacen, mientras que nosotros no hemos tenido mucho éxito con las relaciones.
    – Bueno, un poco sí -murmuró Caley, mirándose los dedos mientras Jake los besaba uno a uno-. Desde que hemos vuelto a casa, al menos.
    Jake sonrió y se apretó sus manos contra el pecho.
    – Sí. Un poco. Más que un poco, me atrevería a decir -le rodeó la cintura con la mano y tiró de ella. Se había pasado la noche mirando a mujeres desnudas y no había sentido la menor excitación. Pero en cuanto tocaba a Caley el pulso se le desbocaba y el deseo abrasaba sus venas-. ¿Crees que alguien se daría cuenta si pasamos al asiento trasero y nos quitamos la ropa? -murmuró-. La gente siempre hace el amor en los aparcamientos.
    Caley se echó a reír.
    – ¿No te parece que sería más sencillo si volviéramos al hotel?
    – Sólo si me haces ese striptease que prometiste.
    – De acuerdo -respondió ella-. Creo que podré hacerlo.
    – Vamos a buscar a Emma. Los dejaremos a los dos en el hotel y veremos si eres capaz.
    – Muy bien. Me gusta el plan.
    Salieron del coche y corrieron hacia la puerta del local, pero entonces se encontraron con una pequeña multitud que se había congregado en el exterior.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Jake.
    – Una pelea -dijo una chica-. Un problema entre un chico y su novia con una stripper.
    – Maldita sea -masculló Jake, volviéndose hacia Caley-. Quédate aquí. Enseguida vuelvo -en ese momento se oyó una sirena a lo lejos.
    – Busca a Emma -gritó Caley-. Sácala de ahí antes de que la pase algo.
    Jake consiguió entrar a duras penas en el local. El interior estaba completamente iluminado y casi se había vaciado de clientes. El grupo de música se rezagaba en el escenario, y había unas cuantas personas en la pista de baile. Emma y Sam estaban sentados en el suelo. Tiffany tenía una mano en la nariz y discutía con Jeff Winslow, y el hombre que había estado bailando con Emma yacía bocabajo frente a ellos, con las manos en la entrepierna.
    – ¿Qué está pasando aquí? -preguntó Jake, acercándose al grupo.
    – Apártate -le advirtió Winslow-. Todo está bajo control.
    – Éstos son mi hermano y mi futura cuñada. Quiero llevármelos a casa.
    Winslow lo miró por encima del hombro y sacudió la cabeza.
    – Tengo que detener a tu hermano y a su novia. Han empezado esta pelea. Asalto, embriaguez pública…
    – Esto es un bar -dijo Jake-. Todo el mundo está ebrio.
    – Puedes reunirte con ellos en la comisaría. Lo resolveremos todo allí.
    – Vamos. No seas idiota, Winslow. Nadie ha resultado herido.
    – ¡Me ha mordido en la nariz! -gritó Tiffany.
    – Se chocó con mi codo -replicó Emma-. Estaba ayudando a Robert a levantarse, después de que Sam le hubiera dado una patada en los testículos, y ella se puso en medio.
    – Yo no le di una patada -protestó Sam.
    – Sí, tío, me la has dado -gimió Robert desde el suelo.
    Sam se encogió de hombros.
    – Fue un rodillazo, no una patada.
    – ¿No puedo pagar una multa y olvidarnos de todo sin perder más tiempo? -preguntó Jake.
    – ¿Qué pasa aquí? -todos se volvieron hacia Caley, quien se había unido al grupo con una expresión ceñuda.
    – Voy a romper con Sam -anunció Emma-. No vamos a casarnos.
    – No puedes romper conmigo -dijo Sam-. Porque yo ya había roto contigo.
    – No tienes ninguna razón para romper conmigo -dijo Emma-. Sólo estaba bailando con Robert. No estaba bailando sobre él, como esa stripper hacía contigo.
    – No soy una stripper -protestó Tiffany-. Soy una bailarina exótica.
    – ¡La has invitado a la boda! -gritó Emma-. A veces me pregunto si tienes algo de cerebro en tu cabeza.
    – Y a veces yo me pregunto si tienes corazón -replicó Sam.
    – ¡Ya basta! -gritó Winslow-. Una palabra más y os encierro a todos.
    – ¿Puedo irme ya? -preguntó Robert-. Tengo que llevar los instrumentos a la furgoneta. Soy miembro del grupo -se levantó lentamente, poniendo una mueca de dolor al enderezarse-. No voy a poner una denuncia.
    – Yo tampoco -dijo Tiffany. Se inclinó hacia Robert y le dedicó una cálida sonrisa-. ¿Dices que estás con el grupo? Adoro a los músicos.
    Los dos se alejaron hacia el escenario, y el agente Winslow se dispuso a seguirlos. Pero entonces se giró y señaló con el dedo a Emma y Sam.
    – No os mováis de aquí -ordenó.
    Jake miró de reojo a Caley y se encogió de hombros.
    – Quizá deberías hablar con él. Creo que le gustas más que yo.
    Observó cómo Caley intentaba razonar con Winslow. No le hacía ninguna gracia encargarle aquella engorrosa tarea, pero estaba seguro de que no se marcharía con el policía.
    Unos segundos después, Caley regresó con una sonrisa de satisfacción.
    – Nos los podemos llevar a casa -murmuró-. Los dejará marchar si prometen no meterse en problemas mientras estén aquí.
    – ¿Qué has tenido que prometerle tú a cambio? -le preguntó Jake.
    – Nada. Sólo me está haciendo un favor.
    Jake maldijo en voz baja y miró a Sam y a Emma.
    – Les vendría bien pasar la noche en una celda.
    Caley sacudió la cabeza y le tendió la mano a su hermana.
    – Vamos. Salgamos de aquí. Me llevaré a Emma al hotel. Tú llévate a Sam.
    Sam se puso en pie y se sacudió los vaqueros.
    – Todo esto es culpa tuya -acusó a Jake-. Deberíamos habernos quedado en el club de striptease. Me lo estaba pasando muy bien.
    Salieron juntos al aparcamiento. Sam y Emma iban callados y con expresión huraña, y Jake y Caley marchaban entre ellos.
    – ¿Te veré después? -le preguntó Jake a Caley, cuando ésta se giró hacia su coche.
    Ella asintió y se alejó, abrazando a Emma por los hombros. Sam miró cómo se alejaban con una enigmática expresión en el rostro.
    – No vais a cancelar la boda, ¿verdad? -le preguntó Jake.
    – Creo que sí -murmuró él, antes de girarse y echar a andar en dirección opuesta.
    Ninguno de los dos habló en el camino a casa. Sam estaba sumido en sus pensamientos y Jake no quería entrometerse más. Caley y él habían conseguido su objetivo, pero se preguntaba si no habían llegado demasiado lejos.
    Sus sentimientos por Caley eran cada vez más profundos, pero también muy frágiles. ¿Podrían sobrevivir a la primera crisis? Él sabía muy bien lo que sentía, pero no estaba tan seguro sobre los sentimientos de Caley. Ahora que se había enamorado de ella, se preguntaba si el riesgo merecía la pena. Perder a Caley por segunda vez sería mucho más difícil.

    Cuando Caley regresó finalmente al hotel, se encontró a Jake durmiendo en su cama, con su cuerpo desnudo enredado en las sábanas y el pelo cayéndole sobre la frente. Caley se despojó de sus ropas y las tiró contra la pared, arrugando la nariz por el olor a cerveza y tabaco.
    Miró el reloj de la mesilla y suspiró débilmente. Eran casi las tres de la mañana. Se había pasado las tres últimas horas con Emma, intentando convencerla para que se replantease su drástica decisión de cancelar la boda y enumerase una y otra vez las virtudes de Sam.
    No podía creer que Emma pudiera romper el compromiso con tanta facilidad. Sabía que el alcohol avivaba las emociones, pero Emma parecía perfectamente lúcida y decidida a olvidarse de Sam y de la boda. Incluso había llamado a la compañía aérea para reservar un billete en el primer vuelo a Boston.
    ¿Existía realmente el amor eterno? ¿O era simplemente una ilusión que acababa haciéndose añicos? ¿Las parejas permanecerían unidas sólo porque eran demasiado testarudas para admitir el fracaso?
    Caley sabía que sus padres se querían. Llevaban juntos casi treinta años. Y los padres de Jake se comportaban como unos recién casados. Entonces, ¿por qué le resultaba tan difícil creer en el amor?
    Entró en el cuarto de baño y cerró la puerta tras ella, ignorando el deseo de meterse en la cama con Jake. Sería muy sencillo encontrar el consuelo en sus brazos, pensó mientras abría el grifo de la ducha. Con él se sentía a salvo. Pero ¿esos sentimientos eran reales o no eran más que una fantasía?
    Era indudable que todo había cambiado entre ellos. Jake se había convertido en una parte de su vida, y no era una parte que pudiese eliminar fácilmente. En realidad, no se imaginaba viviendo sin él. Pero, al mismo tiempo, no sabía cómo podría vivir con él.
    ¿Cómo podía funcionar? ¿Era una aventura? ¿Una relación? ¿Un idilio? Amigos con derecho a roce, pensó. Eso habían sido hasta ahora. Pero si iban a continuar, tenían que ponerle un nombre a lo que había entre ellos.
    Llamaron suavemente a la puerta del baño, antes de que se abriera lentamente y entrase Jake, con su cuerpo desnudo y espléndido a la luz del tubo fluorescente. La rodeó por la cintura y la besó en la frente.
    – ¿Todo va bien?
    – Necesitaba una ducha. Huelo a tabaco.
    – ¿Cómo está Emma?
    – Sigue bajo los efectos del alcohol, furiosa con Sam y dispuesta a regresar a Boston por la mañana.
    Jake la tomó de la mano y la llevó a la ducha. Abrió la mampara y se colocó bajo el chorro de agua caliente. Caley lo siguió y se acurrucó entre sus brazos. Él le pasó los dedos por el pelo y la besó, saboreándola con sus labios y lengua. En el momento que sus cuerpos entraron en contacto, todas las dudas e inseguridades parecieron esfumarse. ¿Por qué era tan fácil creer en el amor cuando estaban juntos, y tan difícil de entender cuando estaban separados?
    Jake se echó hacia atrás y la miró a los ojos.
    El agua caliente cayó sobre sus cuerpos. Llevó una mano hacia sus pechos y le acarició suavemente el pezón. Entonces deslizó la mano hacia su cadera, excitándola con los dedos, y Caley hizo lo mismo. Le rozó tentativamente el sexo y sólo hizo falta un segundo para que se endureciera por completo. Jake soltó un gemido ahogado y ella le rodeó el palpitante miembro con los dedos.
    El cuerpo de Jake le resultaba exquisitamente familiar. Sabía cómo reaccionaría a sus caricias, cómo se le formaba un nudo en la garganta, cómo sonaba su voz ahogada al susurrar su nombre, cómo se tensaban sus músculos justo antes de llegar al orgasmo.
    Jake la agarró por la cintura y la empujó suavemente contra la pared de azulejos. La besó en el cuello y fue bajando hacia el pecho para lamerle el pezón.
    – Dime lo que quieres -murmuró.
    – A ti -dijo ella-. Dentro de mí.
    Él llevó la mano hasta su trasero y apretó sus nalgas.
    – Dime cómo.
    – Primero tienes que besarme de la forma adecuada.
    Jake se empleó a conciencia, besándola con delicadeza al principio y aumentando de intensidad, utilizando su lengua para que Caley acabara rindiéndose por completo. Las rodillas le cedieron y sintió que se derretía en sus brazos bajo el ardiente chorro de la ducha.
    – Es un buen comienzo -murmuró.
    Jake la besó en el hombro y por el brazo. Se arrodilló delante de ella y Caley lo aferró por los cabellos. Era un hombre tan viril y tan sexy… Caley no podía imaginar una atracción semejante hacia otro hombre. Parecía que saltaban chispas cada vez que se tocaban, y bastaba un simple roce de su piel desnuda para que el deseo los barriese a ambos.
    Los labios de Jake siguieron descendiendo, hasta encontrar la humedad que emanaba entre sus muslos. Caley ya estaba excitada, y cuando recibió el contacto de su lengua dio un brinco.
    – Me encanta que me toques así -murmuró-. Sin nada que pueda detenernos.
    Él le separó las piernas y la lamió en el punto exacto hasta que ella se retorció contra él.
    – Oh… -jadeó-. Ahí…
    Mientras él la llevaba hacia el orgasmo, Caley pronunció su nombre con voz entrecortada y le apretó fuertemente el pelo. Jake siguió sus indicaciones tácitas, postergando el momento cuando se acercaba demasiado al límite. Pero aquello no bastaba. Caley no quería experimentar aquel placer sola.
    Lo hizo ponerse en pie, tirándole suavemente del pelo. Jake supo lo que quería sin que ella tuviera necesidad de decírselo. Dio un paso atrás y esbozó una sonrisa torcida.
    – Tengo que ir a por un preservativo.
    Caley lo agarró de la mano y sacudió la cabeza.
    – No es necesario. No te preocupes.
    – ¿Estás segura?
    Ella asintió. Había estado tomando la píldora durante años y siempre le había parecido la solución más práctica. Pero ahora era distinto. Confiaba en Jake y él confiaba en ella. Quería sentirlo sin barreras por medio. Y si sólo tenían aquella noche para estar juntos y poseerse el uno al otro, sería suficiente. No le importaba lo que viniera después, siempre que pudiera vivir aquel momento al máximo.
    Cerró el grifo y tiró de él hasta la cama, derramando el agua sobre la alfombra. Se tumbó de espaldas en el colchón, se colocó a Jake encima y lo guió cuidadosamente hacia ella. Él cerró los ojos y se introdujo lentamente en ella, centímetro a centímetro hasta lo más profundo de su interior. Caley sintió cómo sus músculos se tensaban y cómo empezaba a moverse.
    Cerró los ojos y se concentró en las sensaciones que recorrían su cuerpo. Estaba a un paso del orgasmo, pero cada empujón la parecía llevarla a un nivel superior, y la necesidad se hacía más acuciante con cada roce. Era como estar en el paraíso. Nada podría ser más perfecto. Cada año transcurrido desde que cumplió dieciocho años los había conducido hasta ese momento.
    – Te deseo -murmuró él-. Quiero que explotes para mí.
    Incrementó el ritmo y Caley sintió que se balanceaba en el borde. Y entonces llegó la culminación del placer, tan rápida y fuerte que la pilló por sorpresa. Gritó descontroladamente, sacudida por violentas convulsiones que le arrebataron la capacidad de pensar.
    Aquello bastó para que él sucumbiera un momento después. Fue un clímax natural, puro y compartido. Encontraron la liberación absoluta el uno en el otro.
    Jake era como una adicción, un anhelo que sólo podía satisfacer por un corto período de tiempo. Ahora se sentía saciada, pero sabía que querría más, y que cada vez buscaría aquella seguridad, aquella certeza de que lo suyo iba a durar.
    Él se giró de costado, arrastrándola consigo en sus brazos.
    – ¿Podemos quedarnos aquí para siempre? -murmuró.
    – Creo que la limpiadora nos descubriría cuando entrase a hacer la cama y pasar la aspiradora -bromeó ella.
    Jake se apoyó en el codo.
    – Se supone que tienes que decir que sí… O creeré que no te has quedado satisfecha.
    – Todo lo contrario -le aseguró ella.
    Permanecieron un largo rato abrazados. Caley escuchaba su respiración. Jake no se había dormido y ella se preguntó qué estaría pensando. Pero tenía miedo de preguntárselo. Hasta ahora habían evitado hablar del futuro, pero cada vez era más difícil ignorar la cuestión.
    – ¿Qué vamos a hacer con Emma y Sam? -preguntó-. Tenemos que buscar la manera de reconciliarlos.
    – Lo sé.
    Caley asintió.
    – Creo que están sinceramente enamorados el uno del otro. Si no hubiera sido por nosotros, nada de esto habría pasado. Así que tenemos que arreglarlo.
    – Está bien -aceptó Jake, acariciándole lentamente el pecho-. ¿Cómo vamos a hacerlo?
    – Tenemos que conseguir que se deseen tanto como nos deseamos tú y yo.
    – No creo que haya otro hombre en la tierra que desee a una mujer tanto como yo te deseo a ti.
    – ¿Seremos una aberración o algo así?
    – Así ha de ser entre nosotros -respondió él, sin pensar siquiera en la pregunta.
    – ¿Qué haremos cuando esto se acabe?
    La pregunta pareció pillar a Jake por sorpresa, y esa vez no tuvo una respuesta tan rápida.
    – No lo sé, Caley. No quiero pensar en eso.
    – Prométeme una cosa -le pidió ella-. Prométeme que antes de que uno de los dos empiece una vida con otra persona, nos volveremos a encontrar en este mismo lugar… sólo para estar seguros.
    – Lo prometo -dijo él-. Podemos venir cada verano y quedarnos en Havenwoods. Nadie sabrá que estamos aquí. Solos tú y yo, siempre que ambos estemos libres.
    Caley se acurrucó contra él, apretando la mejilla en su piel. Por ahora era suficiente, pensó. Ya tendría tiempo para averiguar cómo se sentía, y para comprobar si su imperiosa necesidad por Jake se desvanecía con el tiempo y la distancia.
    Y, si no fuera así, él estaría esperándola.
    Lo había prometido.

    Jake se despertó con un sobresalto. Caley volvió a sacudirlo y él giró la cabeza hacia ella.
    – ¿Qué pasa? -murmuró, frotándose los ojos.
    – Despierta. Son las nueve de la mañana. Nos hemos quedado dormidos.
    Jake se dio la vuelta y hundió la cabeza en la almohada.
    – Voy a seguir durmiendo. Anoche nos acostamos muy tarde.
    – ¿Y que le dirás a tu madre cuando se percate de tu ausencia?
    – Le diré que fui a Chicago por la mañana temprano para ver unas cosas en la oficina y que luego me paré a desayunar de camino a casa. Esa excusa nos permite pasar toda la mañana en la cama. Hay dos horas en coche hasta la ciudad, una hora en la oficina y otra para desayunar…
    Caley sonrió.
    – ¿Y si ven tu coche en el aparcamiento?
    – He aparcado en la parte de atrás.
    – De acuerdo. Tú ganas -aceptó Caley-. Podemos pasar la mañana en la cama.
    Jake sonrió y le dio un beso en cada pecho.
    – Estupendo. Sabía que no sería difícil convencerte.
    Ella volvió a acurrucarse junto a él, abrazándose a su cintura. Pero enseguida ahogó un gemido de frustración.
    – No podemos quedarnos en la cama. Tenemos que arreglar lo de Emma y Sam -apartó las mantas y se puso en pie para buscar su ropa por la habitación. El pelo le caía alborotado alrededor del rostro. Se había acostado con la cabeza mojada y la melena se le había secado en una maraña de rizos y enredos-. Emma dijo que se marcharía esta mañana a Boston. Puede que ya se haya ido. Y Sam se lo habrá contado todo a la familia. Tenemos que ocuparnos de resolverlo antes que nada. Luego nos ocuparemos de nosotros.
    Jake cerró los ojos y recordó los sucesos de la noche anterior. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que las noticias se extendieran por las dos familias? Sam estaría durmiendo la resaca, pero cuando se despertara, informaría a todo el mundo de los detalles… incluyendo el papel que Jake y Caley habían jugado en la ruptura.
    – ¿Qué sugieres que hagamos? -preguntó, destapándose rápidamente.
    – Esperaba que a ti se te ocurriera algo. No tenemos mucho tiempo.
    Jake le pasó una mano por el muslo y fue subiendo, preguntándose si podría tentarla un poco.
    Caley cerró los ojos y dejó escapar un débil gemido.
    – No lo hagas -susurró.
    – Tengo que hacerlo -replicó él.
    – Tienes que hablar con Sam.
    Él introdujo los dedos en humedad.
    – Lo haré, en cuanto me haya ocupado de esto…
    – Ya tendremos tiempo para esto más tarde -susurró ella-. Te lo prometo.
    Jake era consciente de cuánto tiempo les quedaba. Al principio una semana le había parecido una eternidad, pero los días habían ido pasando a una velocidad vertiginosa, hasta obligarlo a aceptar que aquella fantasía tendría un final.
    – Más tarde no -dijo-. Ahora -la agarró por la muñeca y tiró de ella para colocársela encima. A continuación, le sujetó las manos a la espalda-. Dime que me deseas -le ordenó, antes de besarla-. Dilo y te soltaré.
    – Te deseo -murmuró ella. Se movió sobre él, sintiendo su sexo endurecido entre las piernas-. Te deseo…
    Jake le soltó las muñecas, pero ella no se apartó. Le pasó las manos por el pelo y le devolvió el beso, entrelazando la lengua con la suya. Era como si también ella hubiese oído el reloj que contaba el tiempo que les quedaba. Era como si otra vez se acercara el final del verano. El otoño volvía a llevarse a Caley de su lado… Pero esa vez era diferente. Esa vez podía pedirle que se quedara.
    Le tomó el rostro entre las manos y la miró fijamente.
    – ¿Qué vamos a hacer con esto? -le preguntó-. Dímelo.
    Caley agarró su sexo, y un momento después él estaba dentro de ella.
    – Podemos hacer lo que queramos -dijo-. Ya no somos crios.
    Hicieron el amor lentamente, avivando la pasión con besos suaves y delicadas caricias. Mientras la tocaba, Jake memorizaba la sensación de su cuerpo y el sonido de su voz. Quería recordar todos los detalles cuando ella se hubiera marchado. Y cuando finalmente llegaron al orgasmo, fue como había sido desde el principio… Perfecto.
    Ella se acurrucó contra su pecho y él enterró el rostro en sus cabellos para inhalar el olor del champú. Había muchas cosas que quería decirle, pero no podía formar frases coherentes. Quería decirle cuánto significaba para él. Quería prometerle que siempre estarían juntos, pasara lo que pasara. Pero tenía miedo de que aquellas palabras tan prematuras pudieran asustarla y hacerla huir.
    – Si Emma y Sam estuvieran haciendo lo mismo que nosotros… -murmuró ella-. No tendríamos que preocuparnos por arreglar nada.
    – Tal vez haya una manera de conseguirlo -dijo Jake, jugueteando con un mechón de sus cabellos-. Si tuvieras que planear la seducción perfecta, ¿qué necesitarías?
    – Haría falta un lugar donde se pudiera estar completamente a solas, sin ninguna molestia.
    – Tenemos ese lugar. Havenwoods. ¿Qué más?
    – Champán, golosinas, una chimenea -soltó una risita-. Crema batida, miel, sirope de chocolate…
    – Y lencería sexy. ¿Cómo se llaman esas cosas que sujetan las medias?
    – Ligueros. A todos los hombres les encantan.
    – ¿Hay algún sitio en el pueblo donde puedan comprarse? Y medias de red. Y uno de esos sujetadores de realce. Y un tanga.
    – Veo que tu visita al club de striptease te ha hecho un experto. A la mayoría de las mujeres no les gustan esas cosas. Prefieren algo bonito, femenino… pero sexy.
    Jake se levantó de la cama y se puso los calzoncillos. Si no se vestía rápidamente, no conseguiría abandonar la cama de Caley.
    – Compraré el champán y las golosinas. Tú encárgate de la ropa interior. Luego busca a Emma. Yo iré a por Sam y me reuniré contigo al mediodía en Havenwoods. Los encerraremos en la cabaña y nos les dejaremos salir hasta que solucionen sus diferencias.
    – ¿Y qué haremos mientras tanto?
    – Nos sentaremos a esperar -dijo Jake-. Y confiaremos en que nuestro ADN sexual fluya por sus venas.
    En ese momento llamaron a la puerta y Caley dio un respingo.
    – ¿Sí?
    – ¿Caley? Soy Emma. He hecho el equipaje y estoy lista para marcharme. Esperaba que pudieras llevarme al aeropuerto.
    – ¿A qué hora es tu vuelo?
    – Sale esta tarde, pero quiero irme ya. No quiero ver a Sam.
    – Dame un minuto -dijo Caley-. Te veré abajo y desayunaremos juntas.
    – De acuerdo.
    Caley se vistió rápidamente y se pasó los dedos por el pelo enredado.
    – Muy bien. Creo que puedo entretenerla. Pero tendrás que ser tú quien vaya a comprarlo todo. Olvídate de las medias de red y de los tangas. Busca un picardías y unas braguitas que sean sexys. Hay una tienda cerca de la cafetería que sirve esos bollos de canela. Abrirán en una hora. Llamaré y les diré lo que necesitas. Luego, llevaré a Emma a Havenwoods.
    Jake la agarró por la cintura y le dio un beso largo y apasionado.
    – Al mediodía. Y una vez que los encerremos en la cabaña, tú y yo pasaremos juntos el resto de la tarde.
    Caley respiró hondo y se movió hacia la puerta. Pero Jake la sujetó por la mano.
    – ¿Qué pasa?
    – Me alegra que no lo hiciéramos aquella noche en el lago.
    – ¿En serio?
    – No habría sido igual que ahora.
    – Nada habría sido igual que ahora -admitió ella.
    Jake le acarició el labio con el pulgar y volvió a besarla.
    – A veces me pregunto qué habría pasado si lo hubiéramos hecho. Quizá habríamos sido tú y yo quienes nos casáramos, en vez de Sam y Emma. Quizá habría sido el comienzo de algo… -se rió-. Quizá estábamos destinados a estar juntos y nos equivocamos.
    – O quizá seríamos nosotros los que tuviéramos dudas -sugirió ella.
    Jake sonrió y esperó a que ella saliera. Ya no era posible separar sus vidas. Cada vez que pensaba en el futuro, ya fuera un futuro inmediato o lejano, pensaba en ella.

Capítulo 6

    – Creo que lo comprenderán -dijo Emma-. Mamá parecía preocupada, pero no creo que quisiera verme casada sólo para no desperdiciar la langosta que habíamos encargado.
    Caley miró a ambos lados y sacó el coche a la carretera en dirección a North Lake. Había accedido a llevar a Emma al aeropuerto, con la condición de que Emma fuese primero a la casa del lago y le explicara lo sucedido a la familia. Había cumplido con la tarea y ahora quedaba por hacer otro pequeño rodeo.
    – ¿No crees que te estás precipitando un poco, Emma? Anoche habías bebido mucho, y Sam y tú ni siquiera habéis intentado arreglarlo.
    – Sam es un idiota -espetó ella-. Y yo tengo que volver a Boston. No sé por qué pensaba que estábamos hechos el uno para el otro. Soy muy joven. Debería explorar otras opciones, no atarme a un hombre que tontea con bailarinas de striptease.
    – Sam también había bebido mucho. Y me parece absurdo acabar con vuestra relación sólo por una tontería semejante -hizo una pausa-. Sam no te engañó. Sólo estaba siendo amable con esa chica. En vez de huir de vuestros problemas, deberíais pensar seriamente en lo que ambos esperáis del matrimonio. Pero para eso hay que hablar, no pelearse en un bar ni salir huyendo.
    – No quiero hablar con él -dijo Emma testarudamente.
    – ¿Aún lo quieres?
    Emma giró la cabeza hacia la ventanilla.
    – No lo sé.
    Atravesaron el pueblo en silencio y siguieron por East Shore Road, buscando la indicación de Havenwoods. Apenas habían pasado unos minutos cuando Emma se dio cuenta de que no iban en dirección hacia la interestatal.
    – ¿Adónde vamos?
    – Quiero enseñarte algo -respondió Caley-. Jake me lo enseñó hace unos días -giró en el desvío y condujo con cuidado por el sinuoso camino.
    – ¿De qué se trata?
    – Ya lo verás.
    Detuvo el coche frente a la cabaña. Jake salió de la casa y esperó en el porche. Momentos después, Sam aparecía en la puerta. Emma miró a Caley y luego a su ex novio.
    – ¿Qué está pasando aquí?
    – Sam y tú tenéis que hablar. Jake y yo pensamos que necesitabais un lugar tranquilo donde pudierais estar a solas.
    – Tengo que tomar un avión -insistió Emma.
    – Eso puede esperar.
    – ¿Qué lugar es éste? ¿Una especie de casa encantada?
    – No está tan mal como parece. Es muy tranquila y romántica -salió del coche y no le dejó a Emma otra opción que seguirla. En el porche, Jake le entregó la bolsa con la ropa interior.
    – No pude resistirme a comprar el liguero -le dijo en voz baja.
    Emma se unió a ellos y Caley le tendió la bolsa.
    – Puede que necesites esto -le dijo. Su hermana miró el contenido y extrajo un picardías negro y unas braguitas, además de un liguero y unas medias negras.
    – Creía que habías dicho que teníamos que hablar.
    – Esto puede ayudar a la conversación.
    – Hola, Emma -la saludó Sam.
    – Hola, estúpido -masculló ella sin mirarlo siquiera.
    – Regla número uno -dijo Jake-. Nada de insultos.
    Echó a andar por el porche y les hizo un gesto a Sam y Emma para que lo siguieran. Rodearon la casa y bajaron por el camino hacia la cocina de verano.
    – Muy bien. Ahora vais a quedaros aquí hasta que hayáis resuelto vuestras diferencias. Cuando hayáis tomado una decisión racional sobre vuestro futuro, podéis colocar una lámpara junto a la ventana y vendremos a por vosotros. Hay comida y leña en abundancia, y un cuarto de baño junto a la chimenea. Quiero que entréis ahí, os quitéis la ropa y los zapatos y lo dejéis todo en el porche. Os lo devolveré cuando sea hora de salir.
    – ¿Qué? -preguntó Sam.
    – No voy a darte mi ropa -declaró Emma.
    – ¿De verdad crees que es necesario? -preguntó Caley.
    – Sin ropa no podrán huir -explicó Jake-. A menos que quieran trotar descalzos por la nieve, no irán a ninguna parte.
    – No voy a casarme con él -dijo Emma-. Aunque me encerréis de por vida, no cambiaré de opinión.
    – No me casaría con ella ni aunque fuera la última mujer de la Tierra -replicó Sam.
    – Estupendo -dijo Jake-. Si ésa es vuestra decisión final, habrá que respetarla. Pero al menos acabaréis como personas civilizadas. Nuestras familias han sido amigas durante muchos años, y no vais a romper esa relación por culpa de una pelea absurda. Los dos empezasteis esto, y si vais a acabarlo, tenéis que hacerlo bien. O salís de aquí como amigos o como novios. Vosotros decidís.
    – ¿Dónde vamos a dormir? -preguntó Sam.
    – Hay una cama con mantas y sábanas.
    – Llamaré a alguien para que venga a por nosotros.
    – No hay teléfono -dijo Jake-. Y esta mañana me diste tu móvil, ¿recuerdas? Caley se quedará con el móvil de Emma. Vais a tener que hablar entre vosotros, queráis o no. Caley y yo volveremos mañana por la mañana.
    – No puedes hacerme esto -protestó Sam-. Se supone que estás de mi parte.
    Jake se encogió de hombros.
    – Sí. Puedo hacerlo.
    – Caley, no puedes dejarme aquí -dijo Emma.
    – Quizá deberíamos dejarles algo de ropa -sugirió Caley-. Sin abrigos, pantalones ni zapatos, no podrán escapar.
    – Yo no estaría tan seguro -murmuró Sam-. ¿Qué pasará cuando el dueño descubra que nos habéis encerrado aquí? Os puedo denunciar por… por secuestro. O por… por…
    – Conozco al dueño y no le importará -dijo Jake-. Y ahora, entrad ahí y empezad a desnudaros.
    Emma y Sam entraron a regañadientes en la pequeña cabaña. Unos minutos más tarde, arrojaban al porche sus abrigos, pantalones y zapatos. Caley le sonrió con optimismo a Jake.
    – No ha ido tan mal.
    – Quizá deberíamos esperar un poco, para asegurarnos de que no se maten el uno al otro.
    – Buena idea.
    Jake la agarró de la mano y volvieron a la cabaña. Una vez en el interior, Caley la miró desde una perspectiva muy diferente, ahora que sabía que era el hogar de Jake. Podía imaginarse a sí misma en un cálido día de verano, con las ventanas abiertas para dejar entrar la brisa y el canto de los pájaros. Cerró los ojos y olió la fragancia que impregnaba el aire, decidida a grabarla en su memoria.
    – Me encanta este sitio, y me cuesta imaginar cómo era hace años, sin televisión, sin electricidad y sin lanchas motoras. Tuvo que ser maravilloso vivir de esa manera, dejándose llevar por el ritmo natural de las cosas.
    – Había pensado en devolver la casa a su estado original -dijo Jake, colocándose tras ella y abrazándola por la cintura. Su tacto le aceleró los latidos del corazón y se echó hacia atrás.
    – ¿En serio? ¿Podrías vivir así?
    – No renunciaría a la electricidad ni a las cañerías. Sería muy difícil vivir sin esas comodidades, especialmente en invierno. Tendría que pasarme el día cortando leña para no morirme de frío. Aunque no estaría mal poder prescindir de todo.
    – Tal vez por un día. Pero me encanta una ducha caliente por la mañana.
    Él apoyó la barbilla en su hombro.
    – ¿Qué ha sido de tu afán aventurero? ¿No te has vuelto muy exigente?
    Caley se giró en sus brazos.
    – Me sigue gustando la aventura. Y en una ducha puedes hacer cosas que no podrías hacer en un lavabo.
    Él gruñó suavemente, recordando cómo habían hecho el amor en la ducha.
    – Sí, tienes razón. Pero bañarse desnudos en el lago también podría ser muy divertido.
    – Bueno, ¿qué vamos a hacer aquí? Les hemos dejado a Sam y Emma la única cama disponible.
    Jake la besó en el cuello.
    – Pensaba subir al desván a buscar las puertas del solárium. O podríamos hacer algo más interesante. Hay que limpiar la grasa del fregadero. Y creo que hay un ratón muerto en el armario.
    – Subamos al desván -dijo Caley.
    – Puede que haya arañas. O murciélagos.
    – Será una aventura -bromeó ella.
    Jake agarró una linterna de la cocina y condujo a Caley al dormitorio del fondo. Allí abrió una puerta que daba a una escalera. Habían explorado cada palmo de aquella casa cuando eran niños, pero Caley no recordaba haber subido jamás al desván.
    – ¿Has estado ahí arriba?
    – Un par de veces -respondió él-. Ten cuidado. La escalera es muy empinada. Ve tú primero.
    Caley miró los escalones y negó con la cabeza.
    – Tú primero.
    – Tú eres la aventurera.
    – Es tu casa.
    – Te doy cien dólares si vas tú primero.
    Caley puso una mueca y escudriñó la oscuridad con ojos entornados.
    – ¿Qué estás buscando?
    – Puertas. Debería haber dos puertas en las entradas al solárium. Las puertas que hay ahora son nuevas, con cristales biselados. Quiero encontrar las originales ahí arriba.
    El desván no tenía tan mal aspecto como Caley temía. Estaba cubierto de polvo, pero todo estaba ordenado y recogido.
    – Me pregunto qué hay en esos baúles.
    Jake se encogió de hombros.
    – Seguramente algo espeluznante.
    – ¿Como qué? ¿Un cadáver? -Caley se arrodilló en el suelo-. Alumbra esta cerradura.
    – Las puertas no pueden estar ahí. Son demasiado grandes.
    – Lo sé. Pero ¿no sientes curiosidad? Puede que sea algo interesante -la cerradura se abrió con facilidad-. Si hay un esqueleto ahí dentro, me voy a poner a gritar…
    – Yo también.
    Pero cuando Caley abrió el baúl, lo encontró lleno de cartas y tarjetas, libros y discos viejos. Sacó uno de los libros y lo hojeó.
    – Es un diario.
    Agarró un libro de mayor tamaño, lleno de fotografías. Se lo tendió a Jake y miró alrededor.
    – ¿Hay un gramófono por aquí?
    Jake examinó el desván con la linterna y localizó una silueta cubierta sobre una mesa.
    – Creo que está ahí. ¿Podemos buscar ahora mis puertas?
    – Esto es más interesante que tus puertas -dijo ella, y señaló la pared del fondo-. ¿Son ésas?
    Jake sonrió.
    – Eso creo. Vamos. Veamos si podemos llevarlas abajo.
    – Olvídate de las puertas -dijo, rodeando el baúl-. Si agarras ese extremo, creo que podríamos bajarlo.
    Transportaron el baúl hasta el hueco de la escalera, pero cuando empezaron a bajar por los empinados escalones, Caley perdió el agarre del asa y el baúl cayó sobre su pie.
    – ¡Ay! El asa está muy desgastada. Bájalo arrastrándolo.
    Jake deslizó el baúl por los escalones y volvió a subir junto a Caley.
    – ¿Cómo estás?
    – Me ha aplastado el pie -dijo ella con los ojos llenos de lágrimas.
    Jake le examinó el pie con la linterna y maldijo en voz baja.
    – Vamos. Creo que tengo un botiquín en la cocina.
    La ayudó a bajar y la levantó en brazos para llevarla a la encimera de la cocina.
    – Había olvidado lo torpe que puedes llegar a ser.
    – No lo soy -protestó ella-. Soy muy elegante.
    – Recuerdo aquella vez que te paseaste por el muelle con aquel vestido de flores y aquellos zapatos de tacón -le quitó la bota y la arrojó al suelo-. El tacón se te quedó atrapado entre las tablas y caíste al agua de bruces. Tuve que saltar a por ti.
    – Creí que me moría de vergüenza. Quería seducirte con aquel vestido, y acabé haciendo el ridículo.
    – Puede, pero con el vestido empapado la tela era casi transparente. Y no llevas sujetador…
    Ella retiró el pie de la mano y se quitó el calcetín. La uña había empezado a ponerse morada.
    – Bésalo -le dijo, meneando los dedos delante de él.
    Jake sonrió. Volvió a agarrarle el pie y empezó a masajearlo lentamente.
    – ¿Te gusta así?
    – Sí, pero siempre he querido que me besaras los pies -dijo, retándolo a que lo hiciera.
    Jake se arrodilló delante de ella y la besó en el tobillo, y Caley no tardó en darse cuenta de que el pequeño juego se había convertido en una seducción real. Él le besó los dedos uno a uno y le pasó la lengua por el empeine. Empezó a lamerle los dedos y Caley cerró los ojos y se echó hacia atrás. Ningún hombre le había hecho eso antes. Y nunca había sabido que el pie fuera una zona erógena.
    – ¿Te gusta? -le preguntó él.
    – Sí -murmuró ella.
    – ¿Te alivia el dolor?
    – Mucho.
    Jake se levantó, le acarició el labio con el pulgar y se inclinó para besarla.
    – ¿Hay algo más que te duela?
    – ¿Estás intentando seducirme?
    – Tal vez. ¿Quieres que te seduzca?
    – Sí -respondió ella con una sonrisa-. ¿Ves qué fácil? Piensa en lo que podría haber pasado si me hubieras dicho que sí la primera vez que te lo pregunté.
    – Estuve tentado de hacerlo -admitió él, besándola en la palma de la mano-. Muy tentado. Estabas muy hermosa aquella noche, con aquella blusa de encaje con flores azules en el cuello.
    – ¿Cómo puedes acordarte?
    – Me acuerdo de todo de aquella noche. Durante los cinco años siguientes, me sentaba en el mismo lugar y me preguntaba si alguna vez volvería a tener una oportunidad semejante… Hasta ese momento había pensado que siempre te tendría cerca, pero cuando al verano siguiente no volviste al lago, pensé que lo había echado todo a perder. Y ahora que vuelvo a tenerte, será muy difícil dejarte marchar.
    Era lo más cerca que Jake había estado nunca de una declaración de amor. A Caley se le encogió dolorosamente el corazón. Cuando era joven, intentaba sacar un significado más profundo a todas las cosas que él le decía. Pero ahora no había duda. El único problema era que no estaba segura de lo que podía hacer ella al respecto.
    – Tengo un saco de dormir en el coche -dijo él-. Podríamos ponerlo frente a la chimenea. Es casi tan cómodo como una cama.
    – Magnífico -dijo ella, y respiró hondo cuando él salió de la cocina-. Yo tampoco voy a poder dejarte marchar -murmuró para sí misma.

    Jake estaba de pie en la puerta del salón, mirando a Caley. Ella estaba sentada frente a la chimenea, con el cuerpo desnudo envuelto en el saco de dormir. Habían hecho el amor dos veces delante del fuego, la primera con una pasión frenética, y la segunda con mucha más dulzura y sensualidad.
    Tenían el día para ellos solos, ahora que la boda estaba en suspenso. Jake se había sentido tan mal por el dedo lastimado de Caley que le había llevado el álbum de fotos y algunas cartas del baúl. A pesar de la química sexual que ardía entre ellos, aquella tarde habían compartido una conexión más emocional que física. Cada vez que la miraba, Jake se daba cuenta de lo especial que era. Lista, divertida, sensual… Tiempo atrás le había robado una parte de su corazón, y no estaba seguro de querer recuperarla. Con Caley era feliz.
    – ¿Estás cómoda? -le preguntó.
    Ella se giró y le sonrió, con sus hermosos rasgos iluminados por las llamas.
    – Mucho. Ven y échale un vistazo a esto. He encontrado una foto de la cocina de verano.
    Jake se acercó a ella y tomó la foto.
    – Mira esos fogones. No me extraña que tuvieran que hacer la cocina en un edificio aparte. Una chispa y todo hubiera ardido hasta los cimientos -levantó la vista hacia el techo-. Debería instalar un sistema de aspersores por si acaso. No quiero que esta casa se queme antes de que pueda acabarla.
    – Deberías enviar estas cosas a la familia -dijo ella.
    – No creo que la antigua dueña supiera que se dejaba algo en el desván. Haré un inventario y veré lo que quiere recuperar.
    – ¿Cuál es su nombre? ¿Arlene?
    – Sí.
    – He estado leyendo estas cartas. Son de un chico al que ella conoció en un baile de verano. Tuvieron una relación amorosa. Él era del pueblo y ella vivía en Chicago. Parece que se estuvieron escribiendo durante años -frunció el ceño-. Las últimas son de cuando él estuvo en la guerra. ¿Quedan más cartas en el baúl?

    – Puedo ir a mirar.
    – ¿Crees que murió?
    – No -dijo Jake-. Seguramente haya más cartas en el baúl. Voy por ellas.
    Volvió al dormitorio, contento de tener a Caley en casa. Se imaginaba a ambos pasando los veranos juntos. Todo sería mucho más interesante si ella formara parte de su vida. Se despertarían y dormirían juntos, y durante el día nadarían en el lago, prepararían la comida y harían el amor a la luz de la luna.
    Rebuscó entre los papeles y encontró otro fajo de cartas, mucho más pequeño que los anteriores y atado con una cinta negra. Se lo llevó a Caley y se sentó a su lado.
    – ¿Lo ves? Había más cartas.
    Ella miró el paquetito y desató lentamente el nudo. Leyó la primera de las cartas y sacudió la cabeza.
    – No -miró a Jake y él vio lágrimas en sus ojos-. Es de la madre del chico. Murió en Francia en 1944 -hojeó el resto de las cartas-. Todas son de su madre.
    Jake la abrazó por los hombros.
    – Tranquila. ¿Por qué lloras?
    – No lo sé. Es muy triste. Estaban enamorados y perdieron su oportunidad para estar juntos.
    Él la besó en la cabeza, incapaz de consolarla.
    – Supongo que hay que apreciar el momento presente -murmuró.
    Caley asintió y se frotó los ojos con el extremo del saco de dormir.
    – Yo lo aprecio -dijo, mirándolo fijamente-. Lo aprecio de verdad.
    Jake sonrió y le dio un beso en los labios.
    – ¿Qué te parece si nos vestimos y te llevo al hotel para que puedas darte un baño caliente? Podemos pedir una pizza y pasarnos la noche viendo películas.
    Caley guardó la carta en el sobre y volvió a atar la cinta. Él la hizo ponerse en pie y la ayudó a vestirse, secándole las lágrimas que seguían asomando a sus ojos.
    Sabía que no ya no estaba llorando por las cartas. Pero no podía imaginarse el motivo. ¿Se había percatado Caley de que no les quedaba mucho tiempo por estar juntos? ¿Lamentaba tener que marcharse? ¿O habría algo más?
    – Deberías ver cómo están Sam y Emma antes de que nos vayamos.
    – Estarán bien -dijo Jake, tendiéndole el abrigo.
    Ella se lo puso y miró a su alrededor.
    – Me gusta este sitio, Jake. No importa cuánto pagaras por él, o cuánto te costará reformarlo. Ha merecido la pena.
    Siguió a Jake en su coche hasta el pueblo y aparcaron en un pequeño restaurante italiano junto a la oficina de correos. Jake sobrevivía a base de pizzas cuando visitaba North Lake en invierno.
    Mientras examinaban el menú, Jake miró a la camarera que estaba al fondo del local. Ella le sonrió y él la saludó con la mano.
    – Hola, Jasmine -murmuró cuando ella se acercó.
    – Jake -dijo ella con una radiante sonrisa-. Has vuelto al pueblo.
    – Mi hermano va a casarse -explicó él, girándose hacia Caley-. Ésta es Caley Lambert. Mi hermano va casarse con su hermana, Emma. Ella es la dama de honor.
    Jasmine asintió.
    – Mucho gusto -dijo, dedicándole toda su atención a Jake-. ¿Por qué no me has llamado? Aún tengo tu chaqueta en mi casa. Y ese sacacorchos tan original. Deberías venir a recogerlos… con una botella de vino.
    Jake había decidido renunciar a la chaqueta y el sacacorchos con tal de no tener que volver a Jasmine nunca más. Era una de las mujeres que resultaban formidables para una primera cita, pero que se iban haciendo más y más exigentes en los encuentros sucesivos. Jake había estado viéndola durante tres meses, y había decidido acabar con todo en cuanto ella empezó a hablar de niños y matrimonio.
    Por desgracia, para Jasmine no había acabado del todo.
    – ¿Qué quieres en la pizza? -le preguntó a Caley.
    – Todo. Menos carne.
    – Entonces no es todo.
    – Todas las verduras.
    – ¿Las aceitunas son verduras? ¿Y anchoas?
    – Nada de anchoas… eso es pescado. Aceitunas verdes y negras, pimientos verdes y asados, champiñones y espinacas.
    Jake arrugó la nariz y le repitió la lista a Jasmine.
    – Y otra pizza con champiñones y pepperoni.
    – ¿Para tomar aquí? -preguntó Jasmine.
    – ¿Puedes hacer que nos las envíen?
    La sonrisa de Jasmine se esfumó.
    – Claro. ¿Adónde?
    – Al Northlake Inn. Habitación 312 -dijo Jake. Sacó su cartera y pagó la cuenta, añadiendo una generosa propina. Al dirigirse hacia la salida pudo sentir los ojos de Jasmine fijos en ellos. Pero no le importaba. Ahora estaba con Caley.
    – Así que salisteis juntos…
    – El verano pasado. Y también durante el otoño. Pero ella vive aquí y yo en Chicago, así que no nos veíamos mucho.
    – Es muy guapa -dijo Caley.
    – Prefiero verte a ti -respondió él con una sonrisa.
    – Pero yo no vivo aquí.
    – Puede que tengamos que encontrar una solución a eso -sugirió Jake. Sabía que se estaba arriesgando, pero era hora de que Caley supiera en qué punto se encontraban. Su atracción por ella era demasiado fuerte y tenía que saber si ella sentía lo mismo.
    – Jake, los dos sabemos cómo acabará. Mi trabajo está en Nueva York y hay mucha gente que depende de mí. No puedo trasladarme aquí. Si lo hiciera, perdería todo lo que me ha costado tanto conseguir.
    – Lo sé -dijo él, asintiendo. Bajó la mirada a la mano de Caley, tan pequeña y delicada comparada con la suya.
    Ahora lo sabía. Desde el principio, había sospechado que Caley elegiría seguir viviendo en Nueva York. Pero en los últimos días había empezado a imaginarse un futuro en común. ¿Por qué tenía que ser ella la que se mudara? Él podía trabajar en Nueva York igual que en Chicago.
    Pero no se atrevería a sugerirlo hasta que supiera con certeza qué futuro los aguardaba.
    – ¿Por qué no vuelves al hotel, mientras yo voy a por vino y cerveza? Nos veremos allí.
    Mientras la veía alejarse, sintió cómo crecía la distancia entre ellos… física y emocionalmente. Caley había empezado a retirarse, como si se estuviera preparando para la despedida. Siempre lo hacía cuando se sentía dolida o temerosa de sus sentimientos hacia él. En esos casos, siempre había optado por la defensa en lugar del ataque, alejándose de él antes que admitir que sentía algo más.
    Pero esa vez, Jake vio su retirada como una buena señal. Caley estaba luchando contra sus propios sentimientos, y eso significaba que sentía algo. No era mucho para seguir adelante, pero sí lo suficiente.

    Caley masticaba un trozo de pizza mientras cambiaba de un canal a otro. Se detuvo en una reposición de Star Trek y frunció el ceño. No veía mucha televisión y no podía creer que aún emitieran una serie con más de quince años.
    – ¿Recuerdas cómo me obligabas a ver esta serie? La odiaba.
    – Te encantaba esta serie -replicó Jake, abriendo una lata de cerveza.
    – Te equivocas. No me enteraba de nada. Y el capitán Picard es un calvo pelón.
    – Entonces, ¿por qué venías a verla conmigo todos los días?
    Caley agarró un trozo de champiñón y se lo arrojó.
    – ¿Tú qué crees? Porque tenía la esperanza de que algún día te abalanzaras sobre mí para besarme -tomó otro bocado de pizza-. Tenía una imaginación desbocada.
    – ¿Nos imaginaste juntos alguna vez? -le preguntó Jake.
    – Siempre.
    – No. Quiero decir juntos para siempre.
    Caley llevaba toda la tarde sintiendo la tensión de Jake. Era obvio que quería hacerle algunas preguntas embarazosas, pero ella había intentado mantener una conversación relajada y distendida. En el fondo, se sentía tan confusa como el día de su llegada. Pero la confusión actual obedecía a otros factores.
    En los últimos días, se había dado cuenta de que Jeff Winslow tenía razón. Vivir en un pueblo pequeño tenía su encanto. En ningún momento había echado de menos el estrés laboral. Los ataques de pánico habían desaparecido y finalmente podía dormir sin despertarse en mitad de la noche empapada de sudor, preguntándose qué había olvidado hacer en el trabajo. Sólo se acordaba de sus agobios cuando sonaba su teléfono móvil. Respondía a la serenata de Mozart como el perro de Pavlov. Lo había vuelto a configurar para ver si una nueva melodía la afectaba menos, pero no servía de nada. En cuanto veía el número de la oficina en el identificador de llamada volvían a invadirla los nervios y los mareos.
    Había sido muy feliz con Jake y no quería que se acabara, pero sabía que no había ningún futuro para ellos. Vivían en ciudades distintas, separados por más de mil kilómetros. Parecía una distancia muy larga, aunque sólo eran unas pocas horas en avión. Ella iba a Los Angeles al menos una vez al mes, y no le suponía el menor esfuerzo.
    En realidad, si quisiera ver a Jake, podría llamarlo al mediodía y estar en Chicago para la hora de la cena. Era una posibilidad al alcance de la mano, y Caley pensaba cada vez más en lo que podría ser en vez de lo que podría haber sido.
    – Debería ir a ver a Sam y Emma -dijo Jake-. ¿Quieres quedarte aquí o venir conmigo?
    – Voy contigo. Quiero ver cómo está Emma. Me siento un poco culpable por haberla dejado allí sola. Está con Sam, de acuerdo, pero debe de estar muy furiosa.
    Dejó la caja de la pizza en la mesa junto a la ventana y se volvió hacia Jake, que estaba tendido en la cama, descalzo y desnudo de cintura para arriba. Parecía sentirse muy cómodo, como si siempre hubieran estado juntos y aquélla fuese una noche cualquiera.
    – ¿Qué? -preguntó él, mirándola.
    – Nada -se puso el jersey sobre la cabeza y volvió a mirarlo. Entonces atravesó lentamente la habitación y le pasó la mano por el pelo-. Me gusta estar así contigo. No todo tiene que ser sexo y pasión… aunque eso también me gusta.
    – ¿Quieres sexo y pasión? -le preguntó él-. Por mí estupendo…
    – No. Quiero decir, me encanta cuando estamos… ya sabes.
    – Sí, lo sé.
    – Pero esto también es muy agradable. Nunca había estado así con un hombre. Podemos estar juntos sin presión alguna.
    – Ahora empiezas a hacerme sentir mal -bromeó Jake-. No quiero ser aburrido…
    – No lo eres.
    Jake se levantó y se puso la camisa.
    – Tienes razón. No lo soy. Y voy a demostrártelo en seguida. Vamos a salir.
    – No vamos a tener sexo en un lugar público -le advirtió Caley.
    – No, eso lo reservaremos para más tarde. Vamos a buscar un poco de diversión rural.
    Cinco minutos después, se dirigían hacia el coche de Jake. La temperatura había descendido bastante y Caley se echó la capucha sobre la cabeza. Jake subió al máximo la calefacción del vehículo y tomaron Lake Street en dirección al embarcadero.
    – ¿Vamos a ver las carreras submarinas? -preguntó ella.
    – No. Vamos a conducir sobre el hielo.
    Caley sintió una punzada de pánico.
    – ¿En este coche? ¡Oh, no!
    – No te preocupes. La capa de hielo es muy gruesa en esta época del año. Sólo tendremos que tener cuidado con los agujeros para la pesca en el hielo.
    Soltó un grito de horror cuando los neumáticos del todoterreno tocaron la superficie del lago, temiendo que la capa de hielo se resquebrajara bajo su peso.
    – ¿Estás seguro de que estamos a salvo?
    Jake se volvió hacia ella.
    – Nunca haría nada que te pusiera en peligro -no era la primera vez que le decía algo así, pero Caley nunca se había dado cuenta de lo profundo que podía ser su significado-. Bueno. Ya te enseñé a conducir, y ahora voy a enseñarte a derrapar, como manda la tradición. Todos los conductores del instituto tienen que saber hacerlo. Primero, quita la tracción a las cuatro ruedas. Segundo, asegúrate de que tu cinturón está abrochado. Tercero, no gires el volante cuando el coche esté derrapando. ¿Entendido?
    – No quiero hacer esto -dijo ella.
    – Será divertido -le aseguró Jake. Pisó el acelerador y el coche salió disparado. Un momento después, giró bruscamente y empezaron a dar vueltas sobre el hielo. Caley chilló, aferrándose a la palanca de la puerta. Al principio tenía miedo de que fueran a hundirse en el agua, pero poco a poco descubrió que el miedo era muy estimulante.
    Cuando Jake detuvo finalmente el coche en medio del lago, ella estaba sin aliento y con el corazón desbocado.
    – Ha sido increíble. Casi mejor que el sexo.
    Jake puso la palanca de cambio en punto muerto y se abalanzó sobre Caley, presionándola contra la puerta.
    – Podríamos hacer una comparación ahora mismo… Un pequeño experimento.
    – ¿Quieres hacerlo en un lago helado?
    Jake asintió.
    – Quiero seducirte en todos los lugares posibles. De esa manera, no podrás olvidarme cuando vuelvas a casa.
    Lo dijo en tono jocoso, pero la nota de humor no alcanzó sus ojos. Caley levantó la mano y le tocó la mejilla con la palma.
    – Nunca podré olvidar esto -susurró.
    Lo besó suavemente en los labios, y un momento después estaban devorándose con pasión desatada. Caley sentía toda la fuerza del deseo, pero también una amarga resignación al saber que, de ahora en adelante, cada momento contaba como si fuese el último.
    Mientras empezaban a desnudarse, se preguntó cómo había podido vivir sin aquella pasión. El sexo nunca había sido una parte muy importante de su vida, pero ahora que lo había vivido con Jake, no podía imaginarse renunciando a ello. ¿Podría pasar una semana sin tocarlo, sin besarlo, sin sentirlo en su interior?
    – ¿Estás seguro de que debemos hacerlo? -le preguntó, acariciándole el pelo-. Si el hielo se rompe, encontrarán nuestros cuerpos congelados y en una postura muy comprometedora.
    – Al menos sabrán que hemos muerto felices -dijo él, desabotonándole la blusa.
    – Y puesto que nos congelaremos juntos, tendrán que enterrarnos juntos.
    Jake gimió.
    – ¿Quieres añadirle un poco de morbo al asunto?
    Un crujido quebró el silencio y Caley dio un respingo.
    – ¿Qué ha sido eso?
    – El hielo -dijo él-. Siempre esta crujiendo, pero no se romperá.
    Caley se incorporó y volvió a abrocharse la blusa.
    – Puede que ésta fuera una historia encantadora para contarle a los amigos y vecinos, pero no creo que pueda relajarme lo suficiente para disfrutar aquí y ahora.
    – ¿Quieres que volvamos?
    – Sí, por favor. Si me sacas del hielo, te prometo que podrás hacer conmigo lo que quieras.
    – ¿Y si te pido que hagas un striptease?
    Caley lo pensó por un momento, y se dio cuenta de que les quedaban muchas fantasías por explorar.
    – De acuerdo, pero tú también tendrás que hacerlo.
    Jake se incorporó rápidamente, se arregló la ropa y puso el coche en marcha.
    – ¿Quieres ver lo rápido que podemos ir sobre el hielo?
    – No, gracias…
    Jake pisó el acelerador.
    – Lo único que tienes que recordar es que se tarda más tiempo en frenar.
    Sacó el vehículo del hielo y en pocos minutos habían llegado a Havenwoods.
    – Enseguida vuelvo -dijo él, saliendo del coche.
    Volvió enseguida con una sonrisa en el rostro.
    – ¿Cómo están? -preguntó Caley.
    – Muy bien, hasta donde he podido ver por la ventana. Creo que están durmiendo. He dejado el móvil de Sam en el porche, por si lo necesitan.
    Caley asintió y le acarició los pelos de la nuca.
    – A veces tengo la sensación de haber vivido muchos años en estos días. Cuando éramos pequeños todo transcurría mucho más despacio. Ahora apenas puedo seguir el ritmo.
    – Eso es porque tenemos un tiempo asignado -dijo Jake, mirándola-. Aunque podríamos detener ese reloj… La boda está prevista para el jueves por la noche. Si finalmente se celebra, habremos cumplido con nuestro deber. Podríamos sacar unos billetes de avión y pasar el fin de semana en algún lugar cálido y soleado. O la semana próxima, si puedes librarte del trabajo.
    La idea era muy tentadora. Caley tenía previsto volver a Nueva York el viernes por la mañana y dedicar el fin de semana a ponerse al día con el trabajo. Pero ahora era la jefa. Si no podía delegar unas cuantas responsabilidades, ¿qué sentido tenía estar al mando?
    – Podríamos hacerlo -dijo, sorprendida por su cambio de actitud.
    – ¿México? -sugirió él.
    – O el Caribe. Un lugar con mucho sol, playas exóticas, habitaciones de lujo con inmensas bañeras… Y una enorme cama con mosquitera.
    Jake le agarró la mano y la besó en la muñeca.
    – Suena bien. Y si Sam y Emma no se casan, podríamos aprovechar su viaje de luna de miel…

    Caley le echó una mirada severa.
    – No digas eso. Quiero creer que acabarán reconciliándose. ¿Tú no?
    Jake asintió.
    – Claro que sí. Me encargaré de prepararlo todo. Podemos irnos justo después del banquete.
    Llegaron al hotel y Jake aparcó detrás del edificio. Ayudó a Caley a bajar del coche y la besó apasionadamente, recorriéndole el cuerpo con las manos a través de la ropa de abrigo.
    – Maldito sea el destino por volver a juntarnos en pleno invierno -masculló mientras le subía el jersey y le acariciaba el vientre con sus frías manos-. Demasiada ropa por medio.
    Caley se echó a reír y lo apartó de un empujón.
    – Estoy segura de que encontraremos un modo de remediarlo -agarró un puñado de nieve y se lo arrojó a la cara-. Quizá deberíamos buscar un lugar turístico donde no se necesite ropa…
    – ¿Lo dices en serio?
    Ella asintió.
    – ¿Por qué no? Me encantaría pasar el día desnuda, en vez de llevar toda esta ropa.
    Jake sacudió la cabeza.
    – No lo creo.
    – ¿Te da vergüenza? No tienes motivos… Estás muy bien dotado.
    – ¿Ah, sí? -dijo él, riendo.
    – Desde luego. No tengo muchos ejemplos con los que compararte, pero creo que la mayoría de las mujeres te encontrarían más que adecuado.
    – Oh, perfecto -murmuró él-. Más que adecuado… Eso sí que me hace sentir bien.
    – ¡Mírame! -exclamó ella, señalándose los pechos-. Debería ser yo quien sintiera complejos de inferioridad.
    – Tienes los pechos más bonitos de la tierra -dijo él-. No podría imaginármelos más perfectos.
    Caley sonrió.
    – Entonces, ¿cuál es el problema?
    – Oh, se me ocurren varios problemas. El primero es que, si vas a estar moviéndote desnuda por ahí, yo iría detrás con una erección permanente. No creo que sea el espectáculo más apropiado para un lugar público. Y tampoco creo que un montón de desconocidos deban mirarte como yo. Me gusta ser el único que disfrute con tu imagen.
    – A mí también me gusta tu cuerpo -dijo ella-. Y me gustaría presumir ante otras mujeres.
    – ¿Qué te parece si prometo exhibirme ante una señora vieja en el aeropuerto? ¿Quedarías satisfecha?
    Caley le tendió la mano.
    – Supongo que tendrá que bastar con eso. Fuiste tú quien puso mi osadía en tela de juicio, Jake. Pero ya veo que eres todo palabrería…
    Jake la levantó y se la echó al hombro.
    – ¿Quieres acción? Pues ahora vas a tenerla.
    La llevó a cuestas hacia el vestíbulo del hotel, dejando perplejo al recepcionista. Caley se rió como una histérica y lo hizo girarse en el ascensor para poder presionar el botón de la tercera planta.
    Si aún no estaba enamorada de Jake, se estaba enamorando a una velocidad vertiginosa. Y en esos momentos no tenía ninguna intención de hacer nada por impedirlo.

Capítulo 7

    Jake patinaba en círculos sobre el hielo, moviendo el disco con el palo. Se lanzó al sprint y efectuó un tiro hacia la caja de plástico que usaba como portería. El disco salió disparado por los aires y desapareció en la nieve que se acumulaba al borde de la pista.
    Patinó hacia allí para buscar el disco. Cuando finalmente lo encontró, lo arrojó de nuevo al hielo y siguió patinando. Al levantar la mirada, vio a Caley de pie en los escalones que conducían a la orilla del lago. Se detuvo y la observó por unos momentos, respirando profundamente.
    Apenas había visto a Caley en todo el día, y cuando había intentado hablar con ella en el hotel, se había mostrado muy angustiada e irritada. Habían planeado una cena temprana y ella había prometido encontrarse con él en el cobertizo de las barcas. Pero, después de esperarla más de tres horas, Jake había acabado comiendo con sus padres y hermanos.
    Quizá fuera aquello lo que tenía que ocurrir. Si todo tenía que acabar, mejor que acabase de golpe. Aun así, Jake no estaba dispuesto a asumir la derrota. Aún le quedaban más de dos días. El ensayo era al día siguiente y la boda el día después. Se dio la vuelta y siguió patinando en el hielo, recorriendo el perímetro de la improvisada pista de hockey.
    – Siento llegar tarde -gritó ella.
    – No pasa nada.
    Ella lo vio patinar durante unos minutos.
    – Me gustaría explicártelo.
    – Si quieres hablar, búscate unos patines y un palo. Ahora mismo estoy jugando al hockey.
    – Vamos, Jake. No te enfades. Tenía trabajo que hacer. Ha habido una crisis y necesitaban que atendiera una conferencia. Luego tuve que elaborar un informe y mandarlo a toda prisa. Además, mi jefe tenía que decirme algunas palabras sobre lo que significa ser un socio de John Walters… después de que hubiera estado ignorando las llamadas y los mensajes.
    – ¿Te gusta tu trabajo? -le preguntó él, mirándola mientras patinaba hacia atrás. Llegó al borde de la pista y se detuvo, posando ambas manos sobre el palo de hockey.
    – Pues claro que me gusta.
    – ¿En serio?
    – Es un trabajo muy bien pagado. Me gusta el dinero.
    – ¿De eso se trata únicamente? ¿De dinero?

    – No. Supongo que también extraigo un poco de satisfacción con lo que hago. Me paso casi todo el tiempo arreglando lo que hacen mal mis clientes. Quizá no sea la profesión más noble del mundo, pero se me da bien.
    – Quizá deberías probar algo nuevo -sugirió él. Se lanzó de nuevo hacia la portería y consiguió otro tanto. Esa vez, el disco golpeó con fuerza el fondo de la caja y la hizo volcar. Se dio la vuelta y vio a Caley volviendo hacia la casa.
    Patinó hasta el otro extremo del estanque, observando su retirada. Sentía un vacío en la garganta y maldijo en voz baja. Quizá todo había sido demasiado perfecto para que durase. Había conseguido convencerse a sí mismo de que había algo especial entre ellos y que estaban hechos para estar juntos. Pero cuanto más presionaba, más hacía que Caley se alejara. Había empezado a pensar que tal vez hubiera otras razones por las que estaba tan impaciente por regresar a Nueva York.
    – Al menos no la amo -se dijo a sí mismo-. No como podría haberla amado.
    Pero nada más decirlo, supo que no era cierto. Lo que sentía por Caley iba más allá de lo que nunca había sentido por otra mujer, y de lo que podría sentir por ninguna otra. No quería pensar en ellos en términos finitos, en una relación con un comienzo y un final. Caley era la clase de mujer que podía fascinarlo para siempre. La clase de mujer a la que deseaba amar.
    Pero si ella pensaba arreglar las cosas con su ex novio, no quedaba mucho por hacer. Respiró hondo, asaltado por un inquietante pensamiento. ¿Sería aquélla la manera que Caley tenía de vengarse? Él la había rechazado años atrás, y ahora ella lo rechazaba. Se adelantaba en el marcador… Siempre compitiendo entre ellos para ser mejor que el otro.
    Pero, aunque Caley quisiera equilibrar la balanza, ya lo había hecho de otras muchas maneras. Él se había enamorado perdidamente y no le había ocultado sus sentimientos. Al contrario, había hecho todo lo posible por hacerle ver lo que sentía por ella.
    – ¿Vas a hablar conmigo ahora?
    Jake se dio la vuelta y vio a Caley en el otro extremo de la pista, usando un palo de hockey para guardar el equilibrio sobre los patines.
    – Juega -dijo él.
    – No puedo competir contigo.
    – Inténtalo.
    Se puso otra vez en movimiento y ella se lanzó tras él, lo agarró por la cintura y se aferró con fuerza hasta que ambos cayeron al hielo. Caley se golpeó el hombro con fuerza y gritó de dolor, y Jake se arrodilló rápidamente a su lado.
    – ¿Qué demonios estás haciendo?
    – Intento hablar contigo. Pero no quieres escuchar.
    Jake la ayudó a incorporarse y le frotó con suavidad el hombro.
    – Está bien. Habla. ¿Qué quieres de mí? Parecía que las cosas iban bien entre nosotros, pero de repente todo parece haberse torcido.
    – ¿Y qué esperabas? -preguntó Caley-. Hasta hace una semana estaba con otro hombre. No sé si estoy preparada para volver a embarcarme en una relación seria, especialmente con alguien que vive al otro lado del país.
    – No vivo al otro lado del país -dijo él-. Sólo estamos a tres estados de distancia.
    – Muy bien, dime cómo podría funcionar, Jake. ¿Qué haríamos? ¿Pasaríamos juntos los fines de semana? ¿O nos veríamos una vez al mes? ¿Hablaríamos por teléfono todos los días? ¿Saldrías con otras mujeres? ¿Tendría yo libertad para salir con otros hombres?
    – No lo sé -admitió él-. Tendríamos que encontrar una solución.
    – Acabo de salir de una relación con un hombre al que nunca veía. Y eso que vivíamos en el mismo apartamento.
    – Yo no soy él.
    – Lo sé, pero eso no supone ninguna diferencia. Tienes la misma capacidad para hacerme daño.
    Jake se dio la vuelta y perdió la vista en la distancia. ¿Sería él la causa de las inseguridades de Caley y de su miedo a los hombres? Era una mujer segura de sí misma, pero se negaba a arriesgar su corazón. Él le había hecho tanto daño de joven que aún estaba intentando recuperarse.
    Tal vez él fuera el único que podía sanar esa herida. Respiró hondo y se puso en pie.
    – Estoy enamorado de ti -confesó. La ayudó a levantarse y le tendió el palo de hockey-. Puede que siempre lo haya estado. No lo sé. Confiaba en que tú lo sabrías. Esto es lo último que voy a decir, y decidas lo que decidas, lo aceptaré.
    Ella abrió la boca para hablar, forzó una sonrisa y pareció pensar en lo que acababa de oír.
    – No… no sé qué decir. Hubo un tiempo en que eso era todo lo que quería oír. Pero sólo era una fantasía. Ahora es…
    Hasta ese momento habían evitado a toda costa hablar del futuro, manteniendo una relación sencilla y sexual. Pero él había puesto todas las cartas sobre la mesa. Quizá siempre había sabido que estarían juntos. Quizá por eso la había rechazado años atrás. Porque, en el fondo, sabía que tendrían una segunda oportunidad.
    – ¿Cómo sabes que me amas? -le preguntó ella.
    Jake se encogió de hombros.
    – No lo sé. Quiero decir… No sé cómo. Simplemente lo siento.
    – Quizá me necesites, nada más. Hay una gran diferencia.
    – No -murmuró-. No sólo te necesito -le agarró las manos-. Es mucho más que eso.
    – No hagas esto -dijo ella con un hilo de voz-. Sólo hará que las cosas sean más difíciles al final.
    Jake se tragó una maldición.
    – ¿Y qué? No me importa. Tal vez las cosas tengan que ser difíciles. Tal vez tenga que ser duro separarnos. ¿Qué hay de malo en ello? Al menos puedo admitir que siento algo por ti.
    – Yo también puedo admitirlo -dijo Caley-. Hace muchos años que nos conocemos. Es normal que tengamos sentimientos.
    – Es más que eso -insistió Jake.
    Caley se metió las manos en los bolsillos.
    – Debería volver a casa. Mi madre se va a volver loca pensando en la boda.
    – Y yo debería ir a ver a Sam y Emma. Voy a pasar la noche en Havenwoods.
    – Pensé que podríamos…
    Jake negó con la cabeza.
    – Tienes razón. Debemos empezar a distanciarnos. Y yo necesito espacio.
    Ella lo miró un largo rato en silencio, con expresión inescrutable. Finalmente asintió.
    – Lo entiendo -dijo. Se giró y patinó hasta el borde del hielo, subió a la orilla y echó a andar con cuidado sobre la nieve. Llegó a donde había dejado las botas y se quitó los patines-. Hablaremos después.
    – Después -repitió él.
    Debería ser bastante fácil aceptar el final de su relación, pensó Jake. Se había separado de muchas mujeres con las que había tenido relaciones mucho más largas. Pero no era sólo un distanciamiento físico. Con Caley siempre había existido un vínculo emocional, y ese lazo se había fortalecido en la última semana.
    La idea de dejarla le resultaba insoportable, con un vacío interior imposible de llenar. No podía imaginarse con otra mujer. La clase de placer que había experimentado con Caley había sido único y perfecto, imposible de encontrar con nadie más.
    Cerró los ojos y respiró el frío aire nocturno.
    Acabaría por superarlo y aprendería a vivir sin ella. Sólo era cuestión de tiempo.

* * *

    Cuando Caley llegó a la casa del lago a la mañana siguiente, se encontró con un gran revuelo. Entró en la cocina y allí vio a la familia al completo, incluida Emma, tomando tortitas en la mesa. Su madre se volvió para sonreírle.
    – La boda sigue en pie -exclamó Emma, con los ojos brillantes de entusiasmo-. Tenemos que ultimar los detalles con la comida y luego quiero decorar la habitación que usaremos para el banquete. Tienes que recoger tu vestido, y yo tengo que recoger el esmoquin de Sam -saltó de la silla y se abrazó al cuello de Caley-. Gracias… por todo -le susurró, y se volvió hacia la familia-. ¡Tengo que irme! Os veré después. ¡No puedo creer que vaya a casarme mañana!
    Salió corriendo de la cocina, dejando a todos sin aliento. Caley se permitió un discreto suspiro de alivio. El plan había funcionado. Jake y ella habían conseguido arreglar el embrollo que ellos mismos habían creado.
    – Me alegro mucho por ellos -dijo, devolviéndole la sonrisa a su madre. Pero no era la boda lo que la preocupaba, sino el tiempo que le quedaba con Jake.
    La realidad la golpeó como un puñetazo en el estómago. Una vez que la boda se celebrara, Jake y ella tomarían cada uno su camino. Habían hablado de tomarse unas vacaciones juntos, pero sabía que no era la opción más sensata para ninguno de ellos.
    – Voy a vestirme -dijo.
    – No, siéntate y come algo -le ordenó su madre-. Estás muy pálida.
    – No… no tengo hambre. Tomaré un poco de café en el hotel. Va a ser un día muy ajetreado.
    Salió rápidamente de la cocina y se dirigió a la puerta. Apenas había pegado ojo la noche anterior. Se había pasado las horas mirando al techo, intentando convencerse de que no necesitaba ir a Havenwoods y acostarse con Jake, ni sentir su cuerpo desnudo contra el suyo ni el roce de sus manos en la piel… No, no necesitaba nada de eso.
    Pero cuanto más intentaba alejarse de Jake, más imposible le resultaba. Era una mujer adulta y debería tener el control de sus sentimientos. Pero había perdido ese control desde la primera vez que hicieron el amor.
    Había intentado erigir una muralla de excusas banales. Pero era inútil. Su cuerpo, su corazón y su alma pertenecían a Jake, y ella tenía la culpa de todo. Había vuelto a enamorarse de Jake, y esa vez, el dolor iba a ser mucho peor.
    Se subió al coche y miró el paisaje nevado a través del parabrisas. Las lágrimas amenazaban con afluir a sus ojos, pero se negó a llorar. Sólo le quedaban dos noches, y si podía soportarlas todo sería más fácil.
    El problema era la boda y todo el estúpido romanticismo que la acompañaba. Ver a Emma y a Sam dispuestos a embarcarse en un compromiso para toda la vida y sentir que ella se quedaba atrás. Al fin y al cabo, era la hermana mayor y debería ser ella quien diese ejemplo…
    Pero en vez de eso había optado por el deseo y la pasión, sin ningún tipo de compromiso emocional. Habían compartido el mejor sexo de su vida y aún quería más, pero había aprendido mucho tiempo atrás que el deseo no era amor.
    Cerró los ojos y se pasó las manos por el pelo, intentando recordar el tacto de Jake. Sus caricias eran deliciosas, pero también muy peligrosas, pues suponían la llave a su cuerpo y al placer absoluto. Sólo él sabía cómo avivar sus anhelos y llevar su deseo al límite.
    Gimió y arrancó el motor.
    – Díselo -se susurró a sí misma-. Arriésgate. Quizá pueda ser cierto si se lo dices.
    No era tan descabellado imaginarse juntos. Eran amigos de toda la vida, por lo que una nueva vida con Jake podía ser muy fácil. Amarlo podía ser lo más natural del mundo. Se miró en el espejo retrovisor. Siempre había conducido su vida con una férrea determinación, pero ahora no podía tomar una sencilla decisión sobre su felicidad.
    El trayecto hasta el hotel transcurrió sin incidentes. Se había acostumbrado a conducir con hielo y nieve y no tenía miedo de ir un poco más rápido. Al llegar, buscó el todoterreno de Jake en el aparcamiento y detrás del edificio, pero no lo vio por ninguna parte. ¿Habría pasado la noche en Havenwoods? ¿Seguiría allí?
    Salió del aparcamiento y giró hacia East Shore Road. Tenía que confiar en sus sentimientos y en los de Jake. Ya no era un crío. Era un hombre que sabía lo que deseaba. Y la deseaba a ella.
    Mientras conducía por el estrecho camino entre los árboles, sintió cómo los nervios empezaban a dominarla. Pero consiguió reunir el mismo valor que había encontrado la noche de su decimoctavo cumpleaños.
    Quizá una relación a distancia no fuese una solución perfecta, pero podía funcionar. Verse una vez al mes era preferible a no volver a estar juntos. Había muchos vuelos entre Nueva York y Chicago, y también podrían verse en cualquier punto intermedio. Mientras hubiera pasión, podrían conseguirlo.
    Al llegar al final del camino miró alrededor, pero no vio el coche de Jake. Fue hacia la cocina y se sorprendió al encontrar la puerta entreabierta. En el interior, vio las ascuas candentes en la chimenea. Sam y Emma se habían marchado unas horas antes, pero lo habían recogido todo. Las mantas estaban extendidas sobre la cama y las toallas pulcramente dobladas en el toallero del baño. Caley cerró la puerta tras ella y se paseó por la habitación con el corazón desbocado.
    Se miró un largo rato en el espejo del baño, observando el color de sus mejillas y la expresión nerviosa de sus ojos. Abrió el botiquín y examinó el contenido.
    Había hecho el amor con Jake de las formas más íntimas posibles, pero apenas sabía nada de su vida diaria. Agarró su cuchilla de afeitar y la examinó de cerca. Luego olisqueó el bote de espuma, reconociendo su olor. Una hilera de frascos de loción le llamó la atención, y los fue probando uno a uno hasta encontrar su favorito. Se lo metió en el bolsillo del abrigo con una sonrisa.
    Volvió a la habitación principal y observó la extraña colección de objetos que Jake había recopilado. Un nido de pájaro, una pina de gran tamaño, una bonita piedra de granito rosa. Se sentó ante la mesa de dibujo y vio la bolsa de la tienda de lencería.
    Dentro estaban las prendas que había comprado Jake, con las etiquetas aún sujetas a la tela.
    Se quitó el abrigo y el resto de la ropa. Se puso el picardías y las braguitas y buscó un espejo en la habitación. Pero el único espejo estaba en el cuarto de baño.
    Se subió al inodoro y examinó el conjunto, admirando su trasero con aquellas braguitas ajustadas. Volvió junto a la chimenea y se calentó las manos con las brasas. Entonces levantó la mirada y vio unas fotos sobre la repisa. Nunca se había percatado de que estuvieran allí. Agarró una de ellas y se vio junto a Jake en el viejo embarcadero, años atrás. Jake adoptaba una pose de forzudo con los brazos cruzados al pecho, y Caley lo apuntaba con una amplia sonrisa en el rostro. Qué sencillo era todo por aquel entonces… ¿Por qué no podía seguir todo igual?
    El chirrido de la puerta al abrirse arrancó a Caley de sus divagaciones. Se giró y vio a Jake en el umbral con los brazos cargados de leña. El gélido viento invernal se arremolinaba a su alrededor.
    – Cielos… -murmuró, entrando y cerrando la puerta-. Creía que estas cosas sólo pasaban en mis fantasías.
    Caley sonrió.
    – Emma no necesitó usar el regalo y no se puede devolver ropa interior, así que me lo estaba probando.
    – Me gusta -dijo Jake, soltando la leña junto a la chimenea-. Quizá deberías quitártelo y volver a ponértelo. Así podría apreciar el efecto completo -la abrazó por la cintura y la besó en los labios.
    – Creo que sólo quieres verme desnuda.
    – Si no quieres desnudarte, lo haré yo -dijo él. Se quitó el anorak y empezó a desabrocharse la camisa, pero Caley lo detuvo.
    – He venido a hablar contigo.
    – ¿Vestida de esa manera?
    Ella se agachó para recoger su cazadora y se la puso. A continuación, se sentó en el borde de la cama y palmeó el colchón a su lado. Pero Jake se negó a sentarse y siguió mirándola.
    – No hagas esto.
    – No sabes lo que voy a decir -replicó ella.
    – Sí, lo sé. Vas a decirme que no debería pensar en el futuro. Que tarde o temprano tomaremos cada uno nuestro camino y que tengo que aceptarlo -hizo una pausa y sonrió tristemente-. Puedo aceptarlo. Cuando empezamos esto, ambos sabíamos que tendría un final. Pero preferiría acabarlo después de nuestras vacaciones y no antes.
    Caley tragó saliva. No era aquello lo que quería decirle. Quería decirle que le diera una oportunidad, que le diera tiempo para despejar sus dudas y superar sus miedos al compromiso. Pero él estaba renunciando a todo.
    – ¿Puedes… aceptarlo, dices?
    Jake se encogió de hombros.
    – Tenías razón, Caley. Me dejé llevar por la emoción y olvidé que sólo era una aventura. Ahora lo sé. Si intentáramos cambiarlo, los dos acabaríamos pasándolo muy mal.
    Caley volvió a tragar saliva, intentando deshacer el nudo que le oprimía la garganta.
    – Eso es exactamente lo que quería decirte -murmuró-. Me alegra que pensemos igual.
    Eso era todo, pensó, ignorando la imperiosa necesidad de confesar sus verdaderos sentimientos. Ya no era una adolescente ingenua, y declararle su amor sólo podría causar más problemas. Esa vez había tomado la decisión correcta. Si algo había aprendido en los últimos once años era que no podía obligar a Jake a hacer o sentir algo en contra de su voluntad.
    Recorrió con la mirada aquellos rasgos tan familiares y queridos para ella. Durante mucho tiempo había albergado la imagen que tenía Jake con veinte años, pero ahora que se había convertido en un hombre, ella podía aceptarlo por lo que realmente era.
    – Debería vestirme -dijo-. Emma necesita que la ayude con los preparativos de la boda.
    – Sam y ella están bien -dijo Jake-. Por cierto, hay un frasco de sirope de chocolate en la mesa.
    Caley sabía lo que le estaba proponiendo, pero no estaba segura de aceptar. Él la deseaba, necesitaba su cuerpo una vez más. Y ella también lo necesitaba, aunque no quisiera admitirlo.
    – ¿Estás pensando en prepararme una taza de cacao? ¿O un helado de chocolate?
    – Sí, estoy pensando en prepararte un helado de chocolate…
    – No tenemos helado.
    – No vamos a necesitarlo.
    Se dio la vuelta y agarró el frasco de sirope y el bote de nata de la mesa.
    – Si no quieres mancharte la lencería nueva, te sugiero que te la quites.
    Caley le quitó el spray de nata, retiró el tapón y le roció un poco de la sustancia blanca en el labio.
    – Tú eres quien lleva demasiada ropa -se puso de puntillas y le lamió la nata con la punta de la lengua.
    Jake soltó un débil gemido.
    – Puede que sea un error.
    Caley le puso un poco de nata en la barbilla y procedió a lamérsela. Le haría recordar los últimos instantes que pasaría con ella. Desde ese momento, Jake recordaría cada minuto en sus largas horas de soledad y añoraría todo el placer que habían compartido. Nunca encontraría a otra mujer que pudiera excitarlo como ella, y siempre se quedaría con la duda de si había tomado la decisión correcta al dejarla marchar.
    Le agarró la mano y vertió un pegote de crema en cada dedo, para luego ir metiéndoselos en la boca uno por uno.
    – ¿Quieres probar? -le preguntó, ofreciéndole el spray.
    Jake le roció un reguero de nata desde el hombro hasta la muñeca. Con exquisita dulzura, fue subiendo por el brazo hasta besarla bajo la oreja.
    Y entonces, como si se hubiera cansado del juego, arrojó el spray al suelo, agarró a Caley por la cintura y la levantó en sus brazos. Se rodeó las caderas con sus piernas y la besó con avidez, paladeando el dulce sabor de la nata.
    La llevó a la cama y se sentó con ella en su regazo. Durante un largo rato siguieron besándose, explorándose mutuamente con los labios y la lengua hasta perfeccionar el más exquisito de los besos.
    Nunca podría cansarse de besar a Jake, pensó Caley. Cada beso encendía su pasión y avivaba su deseo por recibir más. Podría pasarse el resto de su vida besando a Jake y siempre lo desearía como el primer día. Pero no tenía el resto de su vida. Sólo le quedaba aquel día y el siguiente.
    Lo desnudó lentamente y lo hizo tumbarse de espaldas para sentarse a horcajadas sobre él. Pero a medida que se acercaba al orgasmo, supo que estaban cometiendo una equivocación. Estaban dejándose llevar por el momento como si no hubiera más que deseo sexual. No era así. El vínculo emocional seguía allí. Por mucho que ambos intentaran ignorarlo, no iba a desaparecer.
    Y cuando finalmente se desplomó en sus brazos, exhausta y saciada, supo que no habían tenido sexo. Habían hecho el amor.

Capítulo 8

    Jake miraba a Caley desde el otro lado del vestíbulo de la iglesia. Estaba de pie junto a Emma, tan quieta y tranquila que Jake se preguntó qué se le estaría pasando por la cabeza.
    Sabía lo que se le pasaba a él por la suya. Imágenes de su cuerpo desnudo, arqueándose con un grito de placer y con los labios hinchados por los besos. Aquella tarde habían pasado tres horas haciendo el amor, y seguía sin ser suficiente.
    En la cama, Caley era aventurera y desinhibida, y él no tenía más remedio que seguirle el ritmo. Su manera de tocarlo era tan tentadora que sólo con pensar en ello se excitaba. En una sola semana Caley había llegado a conocerlo tan bien que podía sentir su placer incluso antes que él.
    Lo miró y le sonrió, y él se lamió el labio inferior. Ella se puso colorada y Jake se sintió un poco avergonzado por intentar provocarla en una iglesia. Pero a aquellas alturas no quería perder ninguna oportunidad.
    Escuchó distraídamente las instrucciones que Emma repartía para el cortejo. Nunca había hecho de padrino, y le sorprendía que su futura cuñada conociera al detalle los mecanismos de una boda. Cuando le dijo que se colocara junto a Sam en el altar, él la obedeció sin rechistar y caminó por el pasillo sin saber cuál serían las próximas instrucciones.
    Unos minutos después, el órgano empezó a sonar y Caley inició la marcha hacia el altar con las manos unidas por delante. Jake contuvo la respiración cuando sus miradas se encontraron y una chispa de emoción prendió entre ellos. De repente se sentía como si aquélla fuese su boda y ella estuviese caminando hacia él.
    Apartó la mirada, incapaz de controlar sus emociones. Nunca se había creído aquello de «y vivieron felices para siempre». Pero ahora necesitaba creer que era posible. Si había una mujer que podía hacerlo feliz para siempre, tenía que ser Caley. No había otra opción para él.
    El deseo era una poderosa droga que podía enturbiar la razón de un hombre. Pero aquello no era sólo deseo. Sentiría lo mismo al cabo de una semana, de un mes o de toda una vida. Lo sabía con toda la certeza de su corazón, y sin embargo ella no podía verlo.
    Cuando Caley llegó al altar, Jake se fijó en la extraña expresión de su rostro. Tenía manchas oscuras bajo los ojos y parecía respirar con dificultad. Las rodillas casi le cedieron y Jake se apresuró a agarrarla del brazo.
    – ¡No! -exclamó Emma desde el fondo de la iglesia-. Quédate en tu sitio junto a Sam. No la agarres del brazo hasta la salida.
    – ¿Estás bien? -le preguntó Jake en voz baja.
    Caley negó con la cabeza.
    – Es… estoy mareada.
    – ¿Podemos hacer un descanso? -preguntó Jake-. Tengo que ir al baño.
    – Y yo tengo que… beber un poco de agua -dijo Caley-. Me muero de sed. Disculpadme -puso el ramo en las manos del reverendo y se digirió hacia la puerta. Jake la siguió, ignorando las miradas de curiosidad de sus padres.
    Una vez en el exterior, Caley se dobló por la cintura y respiró hondo, expulsando el aliento en una nube de vapor.
    Jake le puso la mano en la espalda y la frotó suavemente.
    – ¿Vas a vomitar?
    – No… no lo sé.
    – Dímelo, porque soy muy sensible a esas cosas y es probable que me ponga a vomitar yo también. Nos pondríamos la ropa perdida -consiguió arrancarle a Caley una pequeña risita y se complació de poder distraerla-. ¿Qué ocurre?
    – Nada -respondió ella, apartándolo con la mano-. Se me ha revuelto el estómago.
    – ¿Por la boda?
    Ella levantó la mirada hacia él.
    – Un ataque de pánico. Hacia tiempo que no sufría ninguno, pero éste ha sido horrible. Todo está pasando muy deprisa, sin darme tiempo a pensar. Sólo necesito eso… Tiempo para pensar.
    – Caley, no somos nosotros los que vamos a casarnos… Son Sam y Emma. El padrino y la dama de honor no pueden ponerse nerviosos antes de la boda.
    Ella se enderezó lentamente y volvió a tomar aire.
    – Lo siento.
    Jake vio el rastro de humedad en sus mejillas y se dio cuenta de que estaba llorando.
    – ¿Qué te ocurre? -le preguntó, apartándole una lágrima con el dedo-. Dímelo.
    – Estoy cansada. Y un poco emocionada. Emma va a casarse… Es una mujer adulta que va a seguir adelante con su vida, mientras que yo no tengo ni idea de lo que voy a hacer con la mía.
    – ¿Qué quieres, Caley? -le preguntó, sin poder ocultar un tono de frustración. ¿Por qué Caley no podía darse cuenta de lo difícil que era encontrar algo tan especial como lo que ellos compartían?
    – No lo sé. No quiero sentirme así, tan confusa e insegura. Quiero que mi vida tenga sentido. Hace tiempo lo tenía… -volvió a mirar a Jake-. Una vez fui feliz.
    – ¿Y ahora no lo eres?
    – ¡No! -se quedó callada un instante-. Sí. Tal vez.
    – ¿En qué quedamos?
    – Lo hemos pasado muy bien juntos. He cumplido la fantasía que tenía de joven. Con eso debería bastar.
    – ¿Qué es lo que quieres? -insistió él. Sabía que había algo más que no le estaba diciendo.
    Los labios de Caley se curvaron en una temblorosa sonrisa.
    – Quiero que me digas que deje de comportarme como una cría -se pasó los dedos por el pelo y adoptó una expresión tranquila-. Lo siento. Últimamente no consigo dormir mucho. Es difícil sobrevivir a base de sexo y nata montada.
    – Ha merecido la pena intentarlo -murmuró él.
    – Me vendrían bien esas vacaciones -dijo ella.
    – Aún podemos ir. Sólo tienes que decirlo y te sacaré de todo esto.
    – Sé que lo harías.
    – Vamos. Volvamos adentro a cumplir con nuestro deber. Luego cenaremos con la familia y regresaremos a Havenwoods. Encenderé la chimenea y nos acurrucaremos en la cama.
    Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
    – No puedo. Le prometí a Emma que esta noche me quedaría con ella en el hotel.
    – En ese caso, quizá los dos podamos dormir un poco.
    La tomó de la mano y la condujo de nuevo al interior de la iglesia. Emma estaba esperando otra vez al inicio del pasillo para repetir el desfile. Jake apretó los dedos de Caley y la soltó para dirigirse hacia el altar y situarse junto a Sam.
    – ¿Qué ha pasado? -le preguntó su hermano.
    – Nada. Está un poco emocionada por la boda. Cosas de hermanas.
    – ¿Estás seguro?
    Jake asintió. Estaba seguro. No era nada.
    Aquella vez, Caley llegó hasta al altar sin problemas y Jake le sonrió para intentar animarla. Caley tenía razón. No habían dormido mucho en la última semana, y con todo lo que habían hecho sería extraño que ninguno de los dos sufriera las consecuencias.
    – La mujer perfecta -murmuró.
    – ¿Qué? -preguntó Sam, mirando por encima del hombro.
    – Es la mujer perfecta. Emma. ¿No estás de acuerdo?
    Sam sonrió y asintió.
    – Sí, para mí lo es, desde luego.
    – Y cuando encuentras a la mujer perfecta, no la dejas escapar -siguió Jake.
    – Voy a casarme con ella, ¿no? -dijo Sam con el ceño fruncido.
    El resto del ensayo transcurrió sin incidentes. Jake escuchó atentamente las instrucciones que le daba el reverendo, pero sus pensamientos estaban en otra parte. Podía convencer a Caley para que se quedara. Lo único que tenía que hacer era pedirle que se casara con él. Si lo hacía, ella tendría que creer que la amaba de verdad.
    Pero, por muy simple que pareciera, el plan era muy arriesgado. ¿Y si ella lo rechazaba? Casi prefería no saber lo que sentía por él a saber que no lo quería. Volvió a pensar en el ofrecimiento que le había hecho once años atrás. ¿Cuánto valor había necesitado para exponer abiertamente sus sentimientos? ¿Podría él reunir el mismo valor por ella?
    Cuando todos los detalles hubieron sido resueltos, Sam y Emma recorrieron el pasillo hacia la salida. Emma aferraba el ramo y parecía exultante. Jake tomó la mano de Caley y juntos se dirigieron hacia el fondo de la iglesia.
    La familia volvió a reunirse en el vestíbulo, antes de separarse para ir al restaurante donde se ofrecería la cena de ensayo. Jake esperó hasta que todos hubieran salido y arrinconó a Caley en una escalera a oscuras.
    – Tengo que verte esta noche -le dijo en voz baja y apremiante.
    – No puedo. Se lo he prometido a Emma.
    – Te esperaré en tu habitación en el hotel. En cuanto Emma se haya dormido, reúnete conmigo.
    – ¿Y si se despierta o no se duerme?
    – No quiero pasar una noche sin ti -insistió él-. Dentro de poco tendré que acostumbrarme a ello, pero no mientras los dos estemos en el mismo pueblo.
    No se había dado cuenta hasta ese momento de lo mucho que necesitaba a Caley. Haría cualquier cosa para estar con ella. Y le pediría que se quedara con él aunque ella lo rechazara. Merecía la pena correr el riesgo.
    Caley aún seguía librando una lucha contra sus verdaderos sentimientos, pero cuando finalmente se reconciliara consigo misma, todo quedaría muy claro. El único obstáculo era su relación física. El sexo le daba a Caley una excusa para no enfrentarse a lo que sentía por él. El deseo y el placer que compartían podrían distraer a cualquiera… incluido él. Por ello tenía que intentar un acercamiento diferente. Para que aquello funcionara, tenía que permanecer vestido y apartar las manos de Caley.

    Jake miró su reloj a la tenue luz de la lámpara. Había supuesto que Emma estaría agotada después de la cena de ensayo y de las seis copas de champán que se había bebido. Pero eran casi las dos de la mañana y no había ni rastro de Caley. Miró el teléfono y se preguntó si debería llamarla. Pero ella sabía que la estaba esperando.
    Cerró los ojos y se permitió relajarse por unos segundos. Ella tenía razón. Apenas habían dormido durante la última semana, y la falta de sueño empezaba a pasar factura.
    Cuando despertó, no supo cuánto tiempo había pasado. Pero la lámpara de la mesilla estaba apagada y había alguien en la cama, junto a él. Esa persona le había desabrochado la camisa y los pantalones, y le estaba besando el pecho y el abdomen.
    – ¿Caley? -murmuró.
    – ¿Esperabas a alguien más?
    Jake se rió y ella deslizó la mano en el interior de sus calzoncillos.
    – No. Tú eres la única que siempre se mete en la cama equivocada.
    – Tal vez no fuera la cama equivocada -susurró ella.
    Le agarró el miembro y empezó a acariciarlo al tiempo que tocaba el extremo con la lengua. Jake ya estaba excitado, pero no recordaba cómo había llegado a ese estado. Recordaba que quería hablar con ella, pero ya era demasiado tarde para eso. Cerró los ojos y se abandonó a los placeres que ella le ofrecía. Podrían hablar más tarde, pensó mientras sucumbía a la ardiente boca de Caley.
    La oscuridad que los rodeaba intensificaba aún más las sensaciones. Caley se había desnudado, y Jake deslizó las manos sobre su piel sedosa, reconociendo sus voluptuosas curvas. Incluso a oscuras era la mujer más hermosa que había conocido.
    Ella le apartó lentamente la ropa para seguir besándolo y acariciándolo. Los hombros, los pezones, el vello que descendía hacia su erección… Estaba decidida a seducirlo, y él no iba a detenerla ni a cuestionar sus motivos.
    Los labios de Caley volvieron al miembro erecto, llevándolo hasta el límite del orgasmo para luego retirarse en el último segundo. Jake nunca le había cedido tanto control, pero Caley parecía necesitarlo aquella noche. Había una silenciosa desesperación en lo que le estaba haciendo. Cada vez que él hacía ademán de tocarla, ella le apartarla la mano con suavidad pero con firmeza. Finalmente, Jake desistió y le dio lo que ella deseaba… su cuerpo.
    Aun así, cuando ella se colocó sobre él, Jake se preguntó si también aceptaría su corazón y el resto de su vida. Necesitaba creer que aquel sentimiento jamás moriría y que tendría toda la eternidad para explorarlo y disfrutarlo. Pero también sabía que el amor podía ser algo efímero y que, aunque ahora estuvieran juntos, tal vez no lo estuvieran más adelante. A pesar de todo, él estaba dispuesto a intentarlo.
    Tomó el rostro de Caley entre las manos y la hizo descender para besarla. Jamás podría saciarse de su dulzura, y cuando ella intentó retirarse, él la sujetó con fuerza para impedírselo.
    Nunca había sentido nada parecido. ¿De dónde había surgido aquella necesidad frenética por una mujer? ¿Por qué era tan importante poseerla? Era suya, aunque ella no quisiera admitirlo. Su cuerpo le pertenecía. Ningún hombre podría darle tanto placer como él.
    – Te quiero -susurró contra sus labios. Lo dijo sin pensar, pero no se arrepentía. Amaba a Caley y nada iba a cambiar eso.
    – Yo también te quiero -dijo ella.
    En aquel momento, Jake supo que todo saldría bien. Tal vez pasaran semanas o meses, pero finalmente llegaría el día en el que Caley aceptara lo que sentía por él. La agarró por la cintura y la tumbó de espaldas en la cama. Sabía exactamente cómo hacerla llegar al orgasmo y después de cada embestida se retiraba y se frotaba contra su sexo.
    Caley gemía y jadeaba, aferrándose con fuerza a sus caderas y clavándole las uñas en las nalgas. Jake también estaba al borde del clímax, pero ignoró las señales y esperó a Caley. Las sensaciones se hicieron más intensas hasta descontrolarse por completo. Pronunciaron palabras entrecortadas que se perdieron en la noche y los dos perdieron el contacto con la realidad.
    Caley se arqueó debajo de él y gritó su nombre. Jake sintió sus convulsiones y cómo se disolvía en poderosas sacudidas. La penetró una y otra vez a un ritmo frenético, abandonándose a la descarga de placer hasta quedar completamente exhausto.
    Habían traspasado una barrera invisible y habían alcanzado un grado de placer totalmente distinto. Esa vez no sólo habían sido arrastrados por el deseo físico. Sus cuerpos se habían fundido de la manera más íntima posible, pero también lo habían hecho sus almas.
    Se tumbó junto a ella y la abrazó, deslizando la pierna entre las suyas.
    – Lo decía en serio -susurró-. Te quiero.
    – Lo sé. Y yo te quiero a ti.
    Se hizo un largo silencio, pero Jake sabía que había más que decir.
    – ¿Qué significa eso?
    Caley se acurrucó contra él y lo besó en el pecho.
    – No lo sé.
    Jake podía percibir la amargura en sus palabras. Alargó el brazo y encendió la lámpara, pues quería ver su rostro mientras hablaban. Caley lo miró con ojos muy abiertos.
    – Tiene que significar algo, Caley. Nunca le había dicho esas palabras a una mujer, y estoy seguro de que tú serás la única mujer a quien se las diga.
    – Jake, hace una semana que estamos juntos…
    – Hemos estado juntos toda la vida -replicó él.
    – Pero eso no cuenta.
    Jake soltó una áspera carcajada.
    – ¿Por qué no? Claro que cuenta. Tú me conoces. Caley, y sabes que haré todo lo que esté en mi mano para que esto funcione.
    Se levantó de la cama y se puso los vaqueros. Ya era bastante difícil hablar de un asunto tan serio como para hacerlo desnudo.
    – No voy a presionarte. Si me quieres, sabes dónde encontrarme.
    Caley se incorporó, cubriéndose con las mantas. Jake la observó, esperando una respuesta, alguna señal.
    – Me marcharé mañana después del banquete. He recibido una llamada de la oficina. Quieren que esté de vuelta en Nueva York el viernes por la mañana. Tenemos que adelantar la presentación de un cliente.
    – No tienes por qué irte -dijo Jake-. Puedes quedarte conmigo. Yo cuidaré de ti.
    – No me hagas esto, por favor. No me hagas elegir. Hay gente que depende de mí. No puedo tomármelo a la ligera.
    – ¿Y qué pasa contigo? ¿No te mereces algo mejor para ti misma?
    Era inútil. Sabía que no podría hacerla cambiar de opinión. No estaba preparada. Pero Jake también sabía que habría otra ocasión. Lo que había pasado entre ellos no podía ser ignorado. Tarde o temprano, Caley se daría cuenta de lo que tenían y volvería con él.
    – Deberías volver con Emma -dijo-. Por si acaso se despierta y se pregunta dónde estás -se pasó la mano por el pelo-. Supongo que esto es una despedida -sonrió y sacudió la cabeza-. Adiós, Caley. Ha sido muy bonito.
    – Sí, lo ha sido -corroboró ella.
    Jake asintió, luchando contra el deseo de estrecharla en sus brazos y besarla hasta que lograra insuflarle un poco de sentido común. Pero lo que hizo fue caminar hacia la puerta y abrirla. Miró atrás por última vez, y la vio sentada en la cama y mirándolo fijamente. Entonces, salió al pasillo y cerró tras él.
    Permaneció de pie, mirando la puerta cerrada durante un largo rato, preguntándose si aquello era verdaderamente el final. Siempre había creído que enamorarse sería la solución a todos los problemas. Pero sólo había servido para aumentar la confusión.
    Tenía que creer, debía tener fe en lo que sabía que era cierto. Ella lo amaba. Y no podría vivir sin él.

Capítulo 9

    Las fotos de la boda habían llegado en el correo del día anterior, pero Caley no tenía valor para abrirlas. Había metido el sobre acolchado en su bolso al salir de su apartamento y ahora lo tenía sobre su escritorio de su despacho.
    Sabía lo que encontraría en su interior… fotos felices con rostros sonrientes, como si todos estuvieran pasando el mejor momento de sus vidas en la boda y en el banquete. Pensó en aquella noche. Había sido una boda preciosa y romántica, pero también había sido una de las peores noches de su vida. Peor incluso que la noche en que Jake la rechazó en el lago. Después de hacer el amor con Jake, había vuelto a la habitación de Emma y se había metido en la cama. Pero había sido incapaz de conciliar el sueño, y se había pasado horas mirando al techo, pensando en lo que había sucedido entre ellos.
    Las palabras lo habían cambiado todo. La primera vez que Jake las pronunció, ella las había desestimado como una simple expresión de su afecto. Pero la segunda vez había sido algo más. Había sido una promesa. Una promesa que ella quería corresponder.
    Hasta ese momento, había intentado ver su relación desde la perspectiva adecuada. Sólo había sido un idilio amoroso, una aventura con un comienzo y un final. Pero entonces Jake había tenido que estropearlo todo. Y ella lo había empeorado todo aún más al responderle con el mismo sentimiento.
    Todo había quedado sin resolver. Había cerrado un capítulo abierto de su vida al acostarse con Jake. Pero su breve relación no había sido un final, sino un nuevo comienzo, y Caley se sorprendía imaginándose un futuro con él. No sólo un fin de semana de vez en cuando, ni unas vacaciones ocasionales cuando ambos tuvieran tiempo. Pensaba en algo permanente que pudiera durar toda su vida. Y la única forma de conseguirlo era casándose con Jake.
    Abrió cuidadosamente el sobre y sacó las fotos. Habían pasado tres meses, pero recordaba cada momento como si fuera del día anterior. Pasaba noches en vela imaginándose a Jake junto a ella… sobre ella… dentro de ella. Y se preguntaba si él también estaría pensando en lo mismo.
    Había estado a punto de llamarlo en incontables ocasiones. Pero entonces recordaba la actitud de Jake en la boda… atento y cortés, pero distante. Le estaba ofreciendo una vía de escape, y ella había sido lo bastante cobarde para tomarla.
    Ojeó las fotos hasta que encontró una en la que ella y Emma estaban sentadas a una mesa, con Jake de pie cerca de ellas, observándolas con una media sonrisa. Encontró otra donde él la estaba observando fijamente, y otra más. No se había dado cuenta, pero en casi todas las fotos Jake la estaba mirando con una expresión de… ¿de qué?
    Sacudió la cabeza y dejó las fotos para mirar la foto de sus padres que tenía en su mesa. Allí estaba. La misma expresión en el rostro de su padre. Estaba sentado junto a su madre en un picnic, ella sonreía a la cámara y él le sonreía a ella. Era amor, adoración y profundo respeto en la misma mirada.
    Respiró hondo y se volvió hacia la pantalla del ordenador. Llevaba todo el día trabajando en un comunicado de prensa y sólo había conseguido acabar el primer párrafo. Debía acabarlo para aquella misma tarde, pero no encontraba la inspiración para anunciar la fusión de dos periódicos.
    – ¿A quién le importa? -se preguntó a sí misma, seleccionando el texto con el ratón para borrarlo-. ¿Qué más le dará a la gente quedarse con un solo periódico en lugar de dos? Dentro de unos meses nadie se acordará de esto.
    Desde que volvió a Nueva York le había costado mucho concentrarse en el trabajo. Cada vez se irritaba más por los encargos que le asignaban, con su jefe subiéndose por las paredes porque el público no sabía que las patatas fritas de un popular establecimiento de comida rápida estaban hechas con una nueva mezcla de especias.
    Delegaba en sus ayudantes todas las tareas posibles y se pasaba el día consultando en Internet los anuncios inmobiliarios de Chicago. No sabía por qué lo hacía, pero se sentía como si estuviera consiguiendo algo. También había tomado la costumbre de ver las fotos de su infancia, intentando averiguar cuándo se había enamorado de Jake.
    Levantó una mano y se tocó el cuello con la punta de flecha. Le había parecido ridículo ponérselo después de tantos años, pero era otra de las cosas que la hacían sentirse mejor.
    El verano se acercaba y el hielo del lago estaría empezando a derretirse. Los árboles volverían a estar verdes y muy pronto el agua estaría lo bastante cálida para bañarse.
    De pronto empezó a sentir aquel temblor tan familiar. La misma sensación de anticipación que siempre había tenido de niña. El verano parecía extenderse ante ella, colmado de promesas y emociones. De Jake Burton.
    ¿Por qué no ir allí? Podía permitirse otra semana de vacaciones una vez que acabara el proyecto que tenía entre manos. Jake estaría seguramente allí, trabajando en Havenwoods.
    Había fantaseado muchas veces con el momento de volver a verse. Y en toda sus fantasías se arrojaban uno en brazos del otro y todo cobraba sentido de repente.
    Siempre había usado su trabajo como excusa. Como una razón muy conveniente para evitar el compromiso. Pero su carrera profesional había dejado de importarle. Si quería trabajar, podría encontrar un trabajo en cualquier parte. Tenía talento de sobra y conocía el mundo de las relaciones públicas mucho mejor que todos sus colegas.
    Entonces, ¿por qué no lo hacía? Podía ir al despacho de John Walters y presentar su dimisión en aquel mismo momento. Podía recoger las cosas de su mesa, tomar un taxi para ir a casa y hacer el equipaje. En menos de un día podría darle un giro radical a su vida y empezar de nuevo. Tiempo atrás un pensamiento semejante la habría aterrorizado. Pero ahora le resultaba una idea infinitamente tentadora.
    El zumbido del interfono la sobresaltó.
    – ¿Sí?
    – ¿Señorita Lambert? Hay alguien que quiere verla -dijo su secretaria.
    – ¿Quién es?
    – No puedo decírselo. Es una sorpresa. ¿Puedo hacerle pasar?
    – ¿Hacerle? ¿Es un hombre? -preguntó, tragando saliva.
    – Alto, moreno y atractivo. Dice que es pariente suyo.
    – ¿Sonrisa torcida y ojos azules?
    – En efecto, señorita Lambert.
    Caley tomó aire rápidamente.
    – Dame dos minutos.
    Se levantó de un salto y agarró el bolso para correr hacia el espejo que tenía en la puerta del despacho. ¡No era así como debía suceder! Necesitaba más tiempo, otro corte de pelo, un vestido bonito, lencería sexy…
    Jake le había comentado que a veces iba a la Costa Este por negocios. Pero ¿por qué no la había llamado antes?, se preguntó mientras se aplicaba un poco de carmín y se quitaba la cinta del pelo. No había necesidad de esmerarse tanto. Tal vez Jake temía que ella se negara a verlo. Gimió débilmente. ¿Qué iba a decirle cuando lo viera? ¿La besaría? ¿O sería una situación tensa e incómoda?
    Llamaron a la puerta y Caley dio un salto hacia atrás, dejando caer el pintalabios. Lo apartó de una patada y arrojó el bolso a una silla.
    – Muy bien -susurró-. Puedo hacerlo. No sabe que he estado pensando en él durante los últimos tres meses. Lo único que supone es que he seguido adelante con mi vida.
    Se dispuso a abrir, preparándose para recibir el impacto. Sabía que sería devastador. Pero cuando abrió la puerta, la invadió una profunda decepción.
    – Sam -dijo, obligándose a sonreír.
    El hermano de Jake le sonrió y levantó las manos.
    – ¿Sorprendida?
    – Pues claro. ¿Qué haces aquí?
    – Voy de camino a Boston para ver a Emma. Tengo una entrevista en la facultad de Derecho de Columbia.
    – ¿La facultad de Derecho? ¿Aquí en Nueva York?
    – Pensé que, ya que estaba aquí, podía pasarme a ver a mi cuñada favorita -entró en el despacho y miró a su alrededor-. Vaya lujo… Así que esto es el despacho de una socia. Tal vez debería plantearme las relaciones públicas en vez del Derecho.
    – Todo es pura fachada -dijo Caley.
    Lo miró fijamente mientras Sam se paseaba por el despacho. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo mucho que se parecía a Jake. Sólo con mirarlo volvía a atormentarla el recuerdo de su sonrisa, del brillo de sus ojos… Alejó esos pensamientos de su mente y se apartó de la puerta.
    – Siéntate.
    – Pensaba que podríamos salir a cenar -sugirió Sam, mirando su reloj-. Son casi las siete. ¿No tienes hambre?
    – Tengo que acabar un proyecto y la gente no para de llamar. No puedo irme. Pero quédate un rato y le pediré a mi secretaría que nos traiga unos sándwiches -le sonrió a Sam mientras él tomaba asiento-. Pareces muy maduro con ese traje. Un hombre centrado y casado.
    Sam le enseñó la mano con el anillo de boda.
    – Gracias a Jake y a ti. De no haber sido por vosotros, no creo que pudiéramos haber superado los tres primeros meses de matrimonio.
    Caley sintió que se ruborizaba.
    – ¿Cómo puedes decir eso? Casi echamos a perder vuestra boda.
    – Nos hicisteis un favor. Emma y yo íbamos a casarnos como un par de ingenuos. Vosotros hicisteis que nos detuviéramos a pensar en lo que estábamos haciendo. Fuisteis mejores que cualquier asesor matrimonial.
    – Eso sólo lo dices porque todo ha salido bien.
    Sam estiró las piernas y juntó las manos a la nuca.
    – ¿No vas a preguntarme?
    – Lo siento -murmuró Caley-. ¿Cómo está Emma?
    – No me refiero a Emma -dijo él, mirándola a los ojos-. Me refiero a Jake.
    – De acuerdo. ¿Cómo está Jake?
    – No está muy bien desde que te fuiste. Te echa de menos.
    – Yo también le echo de menos -admitió ella-. Somos buenos amigos. Fue muy bonito verlo después de tanto tiempo.
    – Sois más que buenos amigos -dijo Sam.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Jake y yo nos emborrachamos una noche viendo un partido de los Bulls y me lo contó todo.
    – ¿Todo?
    – ¿Puedo darte un consejo? -preguntó Sam-. No tienes por qué seguirlo, pues sabes mejor que yo lo que quieres. Pero creo que Jake y tú estáis hechos el uno para el otro. Sois como un equipo. Vosotros fuisteis la causa de que Emma y yo nos enamorásemos.
    – ¿Cómo es posible?
    – Los dos envidiábamos la amistad tan especial que os unía. Erais iguales en todo. Emma y yo queríamos algo así, y lo encontramos cuando empezamos a salir -hizo una pausa-. Emma es preciosa, inteligente y divertida, naturalmente, pero fue la amistad lo que selló el compromiso. Hacen falta años para construir una relación como ésa, y vosotros dos ya la tenéis. Contáis con una gran ventaja.
    – Pero la amistad no siempre se convierte en amor.
    – Jake te ama -dijo Sam-. Y creo que tú también lo amas. Sin embargo, los dos os empeñáis en negarlo.
    – Yo no.
    – Conozco a mi hermano, Caley. Y sé que la única persona que puede hacerlo feliz eres tú. Si no sientes lo mismo por él, tienes que decírselo a la cara para que pueda seguir con su vida.
    – Lo amo.
    – El fin de semana del Memorial Day daré una fiesta de graduación para Emma. Estás invitada y espero que vengas. Jake estará allí. Quizá podáis… hablar -se levantó y sonrió-. Esto es lo que venía a decirte. La cena sólo era una excusa. Ahora dime, ¿Chinatown está muy lejos de aquí?
    Caley acompañó a Sam al ascensor y le dio un abrazo antes de despedirse con una lista de recomendaciones para su noche en Manhattan. Pensó en acompañarlo, pero era difícil mirar a Sam y no pensar en Jake.
    De nuevo en su despacho, se sentó y consultó el calendario. Tenía dos semanas para decidir si iba a casa para la fiesta de Emma o si se olvidaba para siempre de su relación con Jake. Unos pocos días, si esperaba conseguir un vuelo económico.
    Agarró el teléfono y llamó a la secretaria de John Walters. Había otras decisiones que tomar, mucho más difíciles que el vuelo a Chicago.
    – ¿Alice Ann? Soy Caley. ¿Sigue John ahí? -soltó una temblorosa exhalación-. Tengo que verlo. Voy enseguida.
    Se quedó mirando el teléfono durante un largo rato, con la mano inmóvil sobre el auricular. Estaba a punto de cambiar su vida… y todo por un hombre. ¿De verdad estaba preparada? ¿O sólo intentaba cumplir otra estúpida fantasía adolescente?
    Miró las fotos y sonrió.
    – Por un hombre que me quiere.

* * *

    Jake estaba de pie junto al embarcadero de Havenwoods con el agua por los muslos.
    – Debe de tener cincuenta años, por lo menos -le gritó a Sam.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Parece muy vieja -respondió, mirando la motocicleta oxidada sumergida a un metro de profundidad. Jake había decidido limpiar la orilla para poder bañarse cuando empezara el calor.
    – ¿Puedes traer el todoterreno hasta aquí? -preguntó Sam-. Quizá puedas sacarla del agua.
    Jake se pasó la mano por el pelo y miró hacia la orilla.
    – No, seguramente se haría pedazos. Está muy oxidada.
    – Podemos traer la lancha de papá y remolcarla hasta el centro del lago.
    Jake le lanzó una mirada de reproche.
    – Eso no sería muy ecológico.
    – Pero sería más sencillo -replicó Sam.
    – Ve a la cocina y trae esa cuerda que compré. Intentaremos arrastrarla hasta la orilla y sacarla del agua.
    Se agachó e intentó desenterrar la rueda trasera de la arena con las manos. Pero no podía alcanzar el fondo sin sumergirse. Se llenó de aire los pulmones y metió la cabeza bajo el agua.
    Cuando se le acabó el oxígeno, volvió a emerger y se apartó el pelo del rostro. Levantó la mirada hacia la orilla en busca de Sam, pero fue otra persona a quien vio bajando por el sendero.
    – Emma -murmuró, preguntándose cuánto podría ayudarlo.
    En los últimos meses, había pensado en Caley cada vez que veía a Emma. Las dos hermanas se reían y movían de una forma similar, e incluso se parecían un poco físicamente. Jake se había sorprendido en más de una ocasión mirando los ojos y la boca de Emma, que tantos recuerdos le traían de Caley. Había intentando olvidarla y seguir con su vida, pero Emma era un recordatorio constante. Y tendría que soportarla durante todo el verano, en Acción de Gracias, en Navidad y en todas las demás fiestas que los Burton y los Lambert pasarían juntos.
    Debería estar agradecido por que Caley se quedase en Nueva York, aunque tendría que verla una o dos veces en Navidad. Aún quedaban siete meses para eso, y para entonces ya podría verla sin recaer en ninguna fantasía sexual.
    – Emma, dile a Sam que se dé prisa. No voy a quedarme todo el día esperándolo en el agua.
    Emma se detuvo en la orilla, observándolo con una mano protegiéndose del sol. Tenía el pelo recogido, pero cuando se giró, Jake atisbo un brillo rojizo y una cola de caballo. Ahogó un gemido en la garganta.

    – ¿Caley?
    Ella se acercó un paso más, y en aquel momento Jake supo que era ella. Se había preguntado miles de veces cómo reaccionaria cuando volviera a verla, y ahora lo sabía. Fue como recibir un puñetazo en el estómago que lo dejó sin respiración.
    A medida que se acercaba, pudo distinguir sus rasgos. Caley lo miraba con suspicacia, y Jake supo que estaba tan nerviosa como él. Sólo habían pasado tres meses… a paso de tortuga… pero ahora parecía que el tiempo se había detenido. Jake se obligó a sí mismo a respirar y avanzó lentamente hacia la orilla.
    – He venido por la fiesta de Emma -dijo Caley.
    A Jake le gustó que su reencuentro la afectase a ella tanto como a él. Prueba de ello era que no se le ocurría nada más interesante que decir.
    – Me lo figuraba.
    – Pensé que sería mejor si nos veíamos antes. No… no quería sorprenderte… de esta manera.
    Él asintió, recorriendo su apetitoso cuerpo con la mirada. Al instante, sintió cómo una ola de calor se concentraba en su entrepierna. No había tenido sexo con nadie desde que ella se marchó, y por primera vez en tres meses volvía a sentirlo. Gracias a Dios llevaba unos pantalones lo suficientemente holgados para ocultar la erección.
    – Buena idea -murmuró-. ¿Cómo has estado este tiempo?
    – Muy bien -respondió ella-. Ocupada. Quería llamarte, pero…
    Él esperó un rato, preguntándose si ella acabaría la frase. Al no ser así, decidió intentarlo.
    – Pero ¿tal vez tenías el teléfono enterrado bajo una montaña de papeles? ¿O estabas en coma en algún hospital? ¿O quizá estabas en alguna misión de la CÍA?
    Una tímida sonrisa asomó a los labios de Caley.
    – Pero no sabía lo que quería decir -concluyó-. Y sigo sin saberlo.
    – Podrías decirme que me has echado de menos -sugirió Jake-. Sería un buen comienzo.
    – Muy bien. Te he echado de menos. Mucho.
    Jake salió del agua y se acercó a ella.
    – Cuando dos personas se encuentran después de tanto tiempo, normalmente se dan un beso. Sobre todo si se han echado de menos. Creo que es una tradición -se inclinó hacia delante y le rozó los labios con los suyos.
    Su intención había sido darle un beso casto y platónico. Pero en cuanto sus bocas entraron en contacto, una corriente de deseo ardió entre ellos, tan fuerte como un relámpago en una tórrida noche veraniega.
    La agarró por la cintura y tiró de ella hacia él para besarla de nuevo, esa vez con más pasión que antes. Ella se rindió al asalto, como si también estuviera desesperada por devorarlo.
    Le recorrió el cuerpo con las manos, palpando aquellas curvas tan familiares. Caley llevaba una camisa de algodón y una falda ceñida. Sin decirle nada, Jake la agarró de la mano y la llevó hacia la cocina.
    Una vez dentro, fue al cuarto de baño y agarró una toalla para secarse el pelo y el pecho. Entonces se quitó los zapatos mojados y se enjuagó los pies en la ducha. Ella esperaba en el centro de la habitación, mucho más hermosa de lo que él la recordaba.
    – Es extraño -dijo-. Me siento como me sentía el primer día de las vacaciones de verano, cuando te veía después de todo un año. Nunca sabía lo que debía decir. Cada verano, me pasaba horas pensando en un saludo ingenioso.
    – Deberías haberme besado -dijo ella.
    – Ahora puedo verlo -cruzó la habitación y le rodeó la cintura con los brazos-. ¿Cómo has estado? Y no me hables de trabajo.
    – He estado… confusa -admitió Caley-. Supongo que es la mejor manera de definirlo. Pero he empezado a simplificar mi vida.
    – Te he echado de menos, Caley. No tengo miedo de reconocerlo.
    – Me alegro -murmuró ella, y le puso una mano temblorosa sobre el pecho. Le recorrió con los dedos el vello que descendía hacia el vientre y Jake cerró los ojos para deleitarse con su tacto.
    Quería desnudarla y llevarla a la cama, para demostrarle que el deseo seguía vivo entre ellos. La miró a los ojos y supo que no podría rechazarlo. Pero el sexo no solucionaría sus problemas. Tenían que encontrar una manera de estar juntos, y no sólo físicamente.
    – ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
    Caley se encogió de hombros.
    – Aún no lo he decidido. No sabía cómo irían las cosas… Tengo que estar de vuelta el jueves. Así que… cinco o seis días.
    – Podemos buscarnos muchos problemas en cinco o seis días -observó él.
    – En el caso de que queramos problemas -replicó ella-. Quizá deberíamos tomarnos las cosas con un poco más de calma -dio un paso atrás y se alisó la falda con las manos-. Tengo que irme. Le prometí a mi madre que la ayudaría a hacer los pasteles para la fiesta de Emma.
    – Supongo que te veré esta noche.
    Caley asintió.
    – Sí. Nos veremos esta noche.
    Jake no estaba dispuesto a dejarla marchar sin un último beso. Volvió a agarrarla de la mano y tiró de ella, pero aquella vez se aseguró de que el beso pudiera transmitirle sus sentimientos, rezagándose en su boca y recorriéndole el labio inferior con la lengua. Al acabar, la acompañó al exterior y vio cómo se subía al coche.
    Unos momentos después, Sam rodeó la esquina de la cocina. Miró a Caley y le devolvió el saludo que ella le hizo con la mano.
    – Tiene buen aspecto -dijo.
    – Desde luego -corroboró Jake.
    – Me alegra que haya aceptado la invitación.
    Jake frunció el ceño.
    – ¿La invitaste tú?
    – Sí. La vi cuando estuve en Nueva York para la entrevista en la facultad de Derecho. Le dije que la echabas de menos y que no podías vivir sin ella. Parece que ha funcionado, ¿eh?
    A Jake se le escapó una maldición.
    – ¿Por qué demonios le dijiste eso?
    – Porque es la verdad -dijo Sam, sacudiendo la cabeza-. Tenéis que dejar de fingir que no os queréis -se rió-. Emma y yo deberíamos encerraros sin ropa ni zapatos. A lo mejor así entrabais en razón.
    – Encerrarnos desnudos no solucionaría nada. Estamos muy bien sin ropa… El problema es cuando estamos vestidos -agarró la cuerda que le tendía Sam y echó a andar hacia el lago-. Y no te metas en mis asuntos, ¿de acuerdo? Puedo arreglármelas yo solo.
    – Eh, tú me ayudaste con Emma. Sólo te estoy devolviendo el favor.
    Jake se echó la cuerda al hombro. No estaba enfadado con Sam. Las intenciones de su hermano eran buenas, y en aquel momento necesitaba toda la ayuda que pudiera conseguir. No sabía cómo arreglar las cosas con Caley, pero iba a intentarlo.
    Y si no lo conseguía antes del jueves, entonces vendería todas sus cosas y se iría a vivir a Nueva York.

    La música se elevaba en la cálida noche estival, fundiéndose con el rítmico sonido de las olas. Caley estaba sentada en la arena, contemplando las luces de las casas en la orilla opuesta. Intentó localizar alguna luz de Havenwoods, pero no sabía la localización exacta de la cabaña.
    Hacía once años que no visitaba el lago en verano, y había olvidado la paz que se respiraba por la noche. A lo lejos, una lancha motora surcaba las tranquilas aguas, haciendo que un pareja de patos emprendiera el vuelo.
    Caley siempre había creído que Nueva York era el mejor lugar del mundo para vivir. Pero su regreso a North Lake le había hecho apreciar los encantos de aquel entorno tranquilo y bonito, tan lejos del bullicio de la ciudad. Y Jake vivía allí, al menos unos cuantos días a la semana.
    Durante la noche, habían charlado entre ellos de vez en cuando antes de ponerse a hablar con otros invitados. Caley estaba muy agradecida por el tiempo y la protección que le ofrecía su familia contra la tentación de irse a la cama con Jake. La idea era muy tentadora, pero había buenas razones para no hacerlo.
    – Pensé que te encontraría aquí.
    Caley dio un respingo, sobresaltada al oír su voz. Jake se sentó junto a ella en la arena y se quitó las sandalias.
    – Prefiero este lugar en verano -dijo.
    Caley tomó aire y lo soltó lentamente. El corazón le latía con fuerza y la garganta se le había secado. Era el momento de decírselo.
    – Jake, tengo que decirte algo.
    – Yo también. He estado esperando…
    – No -lo interrumpió ella-. Yo primero. Cuando te hice aquella proposición hace once años, creía que era lo bastante mayor para aceptar las consecuencias. Hiciste lo correcto al rechazarme. Desde entonces te he guardado un rencor absurdo -volvió a respirar hondo-. Ahora voy a hacerte otra proposición, y te prometo que no me enfadaré si la rechazas.
    – ¿Sabes lo mejor del verano? -preguntó él.
    Caley se volvió para mirarlo. ¿No quería oír lo que tenía que decirle?
    – Jake, estoy intentando…
    – Nadar. El agua ya está lo bastante cálida, especialmente en la orilla de Havenwoods. El viento sopla del oeste y empuja las corrientes cálidas hacia la orilla este -se levantó y empezó a desabotonarse la camisa-. Aunque no creo que aquí esté demasiado fría para bañarse desnudos…
    Caley ahogó un gemido mientras él seguía quitándose la ropa. Su cuerpo relucía a la luz de la luna, fuerte y poderoso. Un estremecimiento le recorrió la espalda, y tuvo que apretar los puños para no tocarlo.
    Jake acabó de desnudarse por completo y esperó.
    – No te puedes bañar desnuda con ropa.
    – No voy a meterme en el agua -dijo ella.
    – Vamos. Podemos hablar mientras nadamos.
    Ella negó con la cabeza.
    – No. ¿Quieres que me congele?
    Jake echó a correr hacia el agua, ejecutó un salto perfecto y su cuerpo se sumergió sin apenas hacer ruido. Volvió a emerger a tres metros de la orilla, manteniéndose de puntillas en el fondo.
    – Vamos, Caley. Yo haré que entres en calor.
    – Hay mucha gente en la casa. ¿Y si baja alguien?
    – Podemos ocultarnos bajo el embarcadero.
    – Lo dices como si ya lo hubieras hecho…
    Jake se echó a reír y nadó hacia el embarcadero.
    – No, pero era una de mis fantasías juveniles. Siempre nos imaginaba a los dos haciendo esto. Desnudándonos, jugando en el agua y nadando juntos. Me encantaba aquella fantasía. Y me sigue encantando -metió la cabeza bajo el agua y se echó el pelo hacia atrás-. Vamos, Caley. Aquí podrás decirme todo lo que quieras.
    – Estás loco.
    – Estoy loco por una mujer increíblemente sexy -replicó él-. ¿Y tú?
    Caley sonrió.
    – ¿Está fría?
    – No -respondió él-. Bueno, un poco, tal vez. Pero se puede soportar si te mantienes en movimiento. Vamos, Caley Lambert. Siempre aceptabas mis desafíos, por atrevidos que fueran. ¿Desde cuándo eres tan cobarde?
    Ella se levantó, se agarró el bajo de la camisa y se la quitó por encima de la cabeza. A continuación se quitó las sandalias y se bajó la falda por las caderas. Se quedó en ropa interior y Jake nadó hacia atrás, pero en vez de correr hacia el agua, echó a andar lentamente.
    – Quítatelo todo -ordenó él.
    Caley soltó un gemido de exasperación y se quitó el sujetador.
    – ¿Satisfecho?
    – No del todo.
    Se quitó las braguitas a regañadientes y las apartó de un puntapié. Entonces aguantó la respiración y se metió en el agua. No estaba fría. Estaba helada. Avanzó hasta que le llegó por las rodillas y entonces se sumergió por completo, para emerger un segundo más tarde, tosiendo y jadeando.
    Un momento después, Jake la estaba agarrando por la cintura y alejándola de la orilla.
    – Oh, Dios mío. Si estuviera un poco más fría, podríamos jugar al hockey sobre hielo.
    Estuvieron balanceándose durante un rato, y Caley se sorprendió al comprobar que su cuerpo se iba aclimatando. En poco rato, el aire parecía más frío que el agua.
    – ¿Lo ves? -dijo Jake. Ella le rodeó el cuello con los brazos y él deslizó las manos hasta su trasero-. Así está mucho mejor. Y ahora, dime lo que querías decirme.
    – ¿Por qué he tenido que meterme en el agua para hacerlo?
    – Porque no puedes decirme que no quieres volver a verme mientras estemos nadando desnudos.
    Caley se apartó de él y le arrojó agua a la cara.
    – Quiero verte -dijo-. No quiero volver a separarme de ti -se estremeció y los dientes empezaron a castañetearle-. He dejado mi trabajo y he alquilado mi apartamento. Dentro de unos días no tendré ningún sitio donde vivir. Pero tenía la esperanza de que quisieras compartir Havenwoods conmigo. Podría ayudarte con las reformas.
    – ¿Estamos hablando de algo permanente? ¿Para siempre?
    – Sí… si tú quieres.
    – No hay nada que deseara más -dijo Jake.
    – ¿En serio? -preguntó ella-. ¿Estás seguro?
    – Desde que te fuiste no he vuelto a ser feliz. Estaba preparándome para trasladarme a Nueva York.
    – No es necesario -dijo ella, levantando la vista hacia el cielo estrellado-. Éste es nuestro sitio.
    Jake la apretó contra él y le frotó la espalda.
    – Entonces… supongo que vamos a estar juntos -murmuró, rozándole los labios con los suyos.
    – Así es -afirmó Caley. Le pasó los dedos por el pelo y sus bocas se fundieron en un beso largo y apasionado.
    De repente, ya no tenía miedo de nada. Amar a Jake era lo más natural del mundo. Siempre había sido así, desde que empezó a verlo como el chico de sus sueños. Ya fuera por el destino o la buena suerte, había encontrado a un hombre al que podía amar.
    – ¿Cuánto tiempo tenemos que quedarnos en el agua? -preguntó, sin poder evitar el castañeteo de sus dientes.
    – Podríamos echar una carrera hasta el cobertizo de las barcas. Nadie nos encontrará allí.
    Caley pensó en la cama con sus cálidas mantas y asintió. Quería acostarse con Jake y dejar que la calentara y excitara con su cuerpo.
    – No pasaría nada si alguien nos viera. En algún momento tendremos que decírselo a nuestras familias, ¿no crees?
    – Quizá deberíamos hacer lo mismo que Sam y Emma.
    Caley volvió a besarlo.
    – Ya sabes que si se lo decimos a nuestras madres, querrán prepararnos una boda por todo lo alto. No pudieron hacerlo con Sam y Emma.
    – Siempre podemos casarnos en Nueva York y pasar la luna de miel en algún hotel con encanto. Luego alquilaríamos una furgoneta y traeríamos tus cosas.
    – Me gusta ese plan -dijo ella, sonriendo.
    Aquél era el inicio de su vida juntos, en el mismo lugar donde casi había acabado todo once años atrás. Era mejor así, pensó Caley. Tenía que ser así. Y al cabo de muchos años, cuando estuvieran sentados en la orilla y contemplando las aguas del lago, recordarían la noche de su decimoctavo cumpleaños. Pero también recordarían la noche en que se bañaron desnudos y decidieron que se amarían para siempre.

Kate Hoffmann


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