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Cuando suena la melodía

Cuando suena la melodía

Аннотация

    LO ÚNICO QUE PUEDE HACER DOBLEGARSE A UN QUINN ES UNA MUJER…
    El reportero de investigación Brian Quinn era famoso por dos razones: por conseguir todas las historias y conquistar a todas las chicas. Sin embargo, esa vez ambas cosas le parecían muy difíciles. Iba tras la pista de un importante escándalo político, pero una persona se interponía en su camino: Lily Gallagher… la misma mujer con la que se había acostado la noche anterior.
    A Lily Gallagher se le daba muy bien sacar algo positivo de cualquier situación, pero incluso a ella le estaba resultando difícil comprender la increíble aventura de una noche que había tenido con el sexy Brian Quinn. De pronto, no podía concentrarse en el trabajo porque no paraba de pensar en el guapo irlandés…


Kate Hoffmann Cuando suena la melodía

    Serie: 6°- Los audaces Quinn
    Título original: Brian (2003)

Prólogo

    El viento estrellaba la lluvia contra las ventanas de la casa de la calle Kilgore. La tormenta había empezado el día anterior con la fuerza de un huracán tropical y el frío de una ventisca de pleno invierno. Brian Quinn miraba la calle inundada desde la ventana de la habitación, en la segunda planta, con la frente pegada al cristal.
    Sabía que el Increíble Quinn era un barco seguro y que había soportado tormentas mucho peores que aquella, pero no podía evitar estar preocupado. Seamus Quinn era un capitán estupendo, no necesitaba que el guardacostas le pronosticara el tiempo. Lo presentía, lo olía en el aire y lo adivinaba en las nubes. Pero el Increíble Quinn estaba tardando. Y Brian notaba la tensión de Conor, Dylan también estaba inquieto.
    La pesca había sido mala durante el verano y el Increíble Quinn se había visto obligado a prolongar la temporada y adentrarse más y más en el mar en busca de peces espada. Pero el tiempo se estaba volviendo imprevisible. Antes de partir, Conor había tratado de convencer a su padre para que se dirigiera al sur, tal como hacían tantos pescadores en otoño e invierno.
    Aunque suponía dejar solos a los seis hermanos Quinn durante cinco o seis meses, Conor le había asegurado a Seamus que podría hacerse cargo de la casa mientras siguiera llegando dinero. Desde que su madre se había marchado, hacía siete años, se encargaba de todo. Conor cocinaba y limpiaba, ayudaba con los deberes escolares e imponía disciplina. También hacía lo posible por ocultar tal circunstancia a profesores, vecinos y quienquiera que considerase a Seamus un padre negligente. Mucha carga para un chico de catorce años.
    Brian giró el cuello. Sean, su hermano gemelo, ya estaba en la cama, con la colcha subida hasta la barbilla y la nariz pegada a un cómic. Liam, el más pequeño de los Quinn, se había acurrucado junto a su hermano. Tenía siete años, había dejado de pedirle a Sean que le leyera el cómic y vocalizaba las palabras mientras lo leía él mismo en silencio.
    – ¡Brian! Echa un ojo a los cubos del pasillo -gritó Dylan desde la planta de abajo-. Vigila que no se llenen del todo.
    Brian suspiró. Algún día tendrían dinero suficiente para arreglar las goteras del tejado, pintar el porche descascarillado y pagar la factura del teléfono antes de que lo desconectaran. Seamus siempre soñaba con regresar con el barco repleto de peces espada y pedir el precio más alto, pero Brian sabía que los sueños de su padre no solían hacerse realidad.
    Aunque no hablaban sobre su afición a beber y hacer apuestas, Brian era consciente de que sus hermanos mayores hacían todo lo posible por evitar los despilfarros de su padre. Conor siempre iba a recibirlo al puerto para impedir que fuese al pub a emborracharse y pasarse la noche jugando al póquer. Y Dylan había aprendido a esconder el bote del dinero cuando Seamus estaba en casa, sabedor de que su padre se lo iría gastando.
    – No va a venir esta noche -dijo Sean-. No atracará con este tiempo.
    – ¿Papá está bien? -preguntó Liam.
    – Sí -murmuró Brian. Se alejó de la ventana, salió al pasillo y comprobó la hilera de cubos que Conor había dispuesto para combatir las goteras. Luego regresó al dormitorio, se metió en la cama y se cubrió con la colcha hasta el pecho. Si se dormía, al despertar habría amanecido, la tormenta habría terminado, su padre volvería y todo estaría bien-. Tienes los pies helados, Liam. No me toques, enano.
    – Calla -dijo Liam antes de dirigirse al otro gemelo-. Anda, Sean, léeme un poco -insistió.
    – Conor está subiendo -dijo Sean al oír el crujido de las escaleras-, Pídeselo a él.
    Pero fue Brendan quien asomó la cabeza por la puerta.
    – Con dice que apaguéis las luces. Mañana tenéis que ir al colegio.
    – ¿Papá vendrá mañana? -preguntó Liam.
    – No lo sé, Li -Brendan se obligó a sonreír-. Pero seguro que vuelve pronto.
    – ¿Está bien? -Liam se incorporó y se apartó el pelo de los ojos-. Mi profe ha dicho que es una mala tormenta.
    Brendan se sentó al borde de la cama, agarró los pies de Liam bajo la colcha y le hizo cosquillas.
    – Claro que está bien. Con papá no hay tormentas que valgan -contestó, advirtiendo a Brian y Sean con la mirada para que no lo contradijeran.
    – Es verdad -dijo Brian-, cuando salí con papá el verano pasado, me dijo que había estado en una tormenta de olas de quince metros y un viento capaz de tirar a un hombre por la borda. La tormenta de ahora no es tan mala, Li.
    – ¿De cuántos metros son las olas? -preguntó Liam, más preocupado todavía.
    – Nada, son olas pequeñas. Anda, hazme hueco y os cuento una historia -Brendan se acomodó entre Liam y Brian, recostándose contra el cabecero-. ¿Cuál queréis que os cuente?
    Aquellas historias eran tradición en la familia Quinn y, cuando Seamus estaba en casa, les contaba una distinta casi todas las noches. Eran historias maravillosas sobre sus legendarios antepasados, los increíbles Quinn, hombres valientes e inteligentes que siempre vencían al mal. Pero cuando las historias las contaba Seamus, nunca faltaban mujeres manipuladoras. Al principio, Brian no entendía por qué los Quinn desconfiaban tanto de las mujeres. Pero luego se dio cuenta de que las historias estaban pasadas por el filtro de Seamus, cuyas opiniones se basaban en el abandono de su esposa.
    Aunque nunca pronunciaban su nombre en presencia del padre, Conor hablaba de ella de vez en cuando. Era guapa, de largo pelo negro y bonitos ojos verdes. A pesar de que se había marchado cuando Brian no tenía más de tres años, recordaba el mandil de flores rojas que se ponía por las mañanas.
    – La de Odran y el gigante -dijo Sean.
    – La de Murchadh Quinn, el marinero increíble -sugirió Liam.
    – La de Eamon y la hechicera -pidió Brian. Aunque Brendan sólo tenía once años, era el que mejor las contaba. Sabía envolverlas con imágenes nítidas y mucha acción, mucho mejores que cualquier libro o película.
    – Me acabo de acordar de una historia que nos contó papá a Con, Dylan y a mí cuando éramos pequeños -dijo Brendan-. No creo que la hayáis oído. Es sobre Riddoc Quinn, el más listo de todos nuestros antepasados. De hecho, Riddoc Quinn lo sabía todo.
    – Nadie puede saberlo todo -contestó Brian.
    – Riddock sí. Porque era muy observador. No hablaba mucho, pero se fijaba en todo – Brendan se tocó una sien-. Y era muy inteligente. Como yo. Y un poco como Liam.
    – ¿Vas a contar la historia o no? -se impacientó Sean.
    – Riddoc Quinn vivía en un pueblo pequeño de la costa irlandesa, en una casa de piedra sobre un acantilado -arrancó Brendan tras aclararse la voz-. Sus padres eran personas sencillas, que no sabían leer ni escribir, pero Riddock aprendió por su cuenta. Leyó todos los libros del pueblo y, cuando se los acabó, empezó a visitar los pueblos vecinos para tomar prestados más libros. Pero no le bastaba. Además, Riddock hablaba con todos los que pasaban por el pueblo, les preguntaba por sus viajes, ansioso por conocer el resto del mundo.
    – ¿Va a ser una de esas historias de las que se supone que tenemos que aprender algo? -murmuró Sean-. ¿Como que hay que estudiar y no faltar al colegio?
    – No interrumpas o te toca a ti contar la historia -respondió Brendan-. Y debes de ser el que peor las cuenta en todo Southie.
    – ¡Sigue! -le pidió Liam.
    – Riddoc y su familia vivían cerca de un gran hechicero llamado Aodhfin y Aodhfin tenía dos hijas: Maighdlin y Macha. Aodhfin les regalaba todo tipo de caprichos, les daba cualquier cosa que deseasen, era capaz de sacar de la nada vestidos preciosos. La bella Maighdlin se volvió egoísta y codiciosa. Su hermana Macha, en cambio, era sencilla y cándida. Maighdlin le exigía más y más regalos a su padre, dándose aires de princesa, mientras que Macha se concentró en sus estudios, aprendió latín y griego, leyó numerosos libros -continuó Brendan-. Aodhfin sabía que algún día tendría que decidir a cuál de las dos legar sus poderes mágicos. Aunque Maighdlin era avara y poco afectuosa, Aodhfin sabía que podía convertirse en una gran hechicera, quizá la mejor de los alrededores. Pero Macha tenía buen corazón y era generosa, la clase de persona que utilizaría sus poderes para hacer el bien. Dividido entre las dos hijas, el viejo hechicero pasó muchas noches en vela, ponderando su decisión. Pidió consejo a sus amigos, pero estos no se pronunciaban, por miedo a equivocarse y a sufrir las consecuencias más adelante. Un día, mientras paseaba por el bosque, Aodhfin se encontró a un campesino y le pidió su opinión. El campesino sonrió y le recomendó que le preguntara a Riddoc Quinn, pues él lo sabía todo y podría darle una respuesta.
    – Seguro -dijo Liam-. Riddoc Quinn era el chico más listo de Irlanda.
    – Pero no sólo sabía lo que había aprendido en los libros. Comprendía a los demás, sus defectos y virtudes, pues había hablado con muchas personas en su búsqueda de conocimiento y había aprendido de todos ellos -prosiguió Brendan-. Así que Aodhfin hizo llamar a Riddoc Quinn para que fuese a su casa, un castillo oscuro en medio del bosque. El viejo hechicero no podía creerse que aquel chico harapiento fuese la persona que buscaba. «He oído que eres muy sabio», dijo el hechicero. Riddoc asintió con la cabeza. «Entonces dejaré la decisión en tus manos», dijo el hechicero. «Elige entre mis dos hijas cuál será una gran hechicera. Pero antes has de decirme cómo piensas decidirlo». Riddoc se quedó pensando un buen rato. «Les haré tres pruebas», contestó. «Y deberán responder con sinceridad».
    – ¿Pruebas?, ¿como los dictados del colegio? Qué historia más tonta. Yo quiero la de Odran -protestó Sean.
    – Es la forma más justa de decidir -contestó Brian.
    – El día de las pruebas se acercaba y al hechicero le daba miedo que Riddoc no fuese la persona adecuada. Al fin y al cabo, no poseía poderes mágicos. Sólo era un chico normal y corriente. Quizá fuese mejor recurrir a la magia, a una poción o un conjuro que lo ayudara a tomar la decisión. Para la primera prueba, Riddoc colocó tres objetos en una mesa: un rubí, una perla y una simple piedra alisada por el mar. Cuando les pidió que eligiesen la piedra más bella, Maighdlin no dudó en escoger el rubí, pues era la de más valor. Pero cuando le preguntó a Macha, eligió la piedra del mar.
    – Macha es tonta -dijo Sean-. No puede ser hechicera.
    – Eso creía el hechicero también -continuó Brendan-. ¿Cómo iba Macha a ser hechicera si ni siquiera era capaz de reconocer el valor de una joya? Pero Riddoc advirtió que Macha reconocía la belleza de las cosas sencillas. La siguiente prueba fue más difícil. Riddoc presentó tres hombres ante las chicas: un caballero apuesto, un comerciante adinerado y un monje. Le dio una bolsa de monedas de oro a Maighdlin y le pidió que se las diera al hombre que más las necesitaba. Pero Maighdlin no estaba dispuesta a dejarse engañar. Le dio un tercio al caballero para que la protegiese, un tercio al comerciante a cambio de una aventura de seda y otro al monje para que velara por su espíritu. Cuando Macha entró en la sala y se enfrentó a la misma elección, se quedó con las monedas de oro. «No puedo dar el dinero a ninguno de estos hombres, pues ninguno de ellos lo necesita», explicó. «El caballero está protegido por su linaje. el comerciante se gana la vida con los productos que vende. Y el monje ha hecho voto de pobreza. ¿Dónde está el campesino pobre que se ha quedado sin cosecha o la madre sin medios para alimentar a sus hijos?»
    Brian se acurrucó en la cama, se cubrió con la colcha hasta la barbilla. Las ventanas seguían retemblando por el viento, pero, mientras oía la historia de Brendan, era como si el mundo real desapareciese. Podía imaginarse el castillo del hechicero, el bosque arbolado. Veía la casita de campo de Roddic junto al acantilado. Aunque había nacido en Irlanda, no recordaba nada del país. Pero en esos momentos lo sentía en las venas.
    – El viejo hechicero suspiró. Macha era demasiado compasiva para manejar los poderes de la magia. Pero Riddoc supo que Macha era amable, generosa y comprensiva con los menos afortunados. Sólo le quedaba por plantearles la última prueba. «Hacedme una pregunta», les dijo. «Sobre lo que deseéis saber más que ninguna otra cosa». Ambas permanecieron en silencio un buen rato. «¿Seré la hechicera más poderosa de Irlanda?», preguntó por fin Maighdlin. «¿Encontraré el amor verdadero?», quiso saber Macha. Lo cual demostró lo que Riddoc ya sabía: Macha tenía el corazón más puro. Entonces se giró hacia el hechicero y le dijo que debía concederle sus poderes a Macha.
    – Qué empalagoso -murmuró Sean-. Supongo que ahora Riddoc la besará, se enamorarán y se casarán.
    _Todavía no -dijo Brendan-. Porque antes de morir el hechicero. Maighdlin se llevó a Macha bosque adentro y la abandonó en medio de la espesura, convencida de que la devorarían los lobos o se moriría de hambre.
    – ¿Se murió? -preguntó Sean.
    – No. Porque Riddoc ya había imaginado que Maighdlin intentaría hacerle daño. Vigilaba a Macha y seguía a las hermanas allá donde fueran. Y la rescató del bosque. La devolvió al castillo y le contó al hechicero la maldad de Maighdlin. Sólo entonces supo el hechicero la respuesta a su pregunta. Ya podría morir tranquilo. Así que Macha se convirtió en hechicera. Y Riddoc en su consejero de más confianza.
    – ¿Y Maighdlin? -preguntó Brian.
    – Se convirtió en una rana. Una rana resbaladiza con nariz morada.
    Brian rió, Liam también soltó una risilla. Sean parpadeó confundido:
    – ¿No intentó convertir a Riddoc en sapo?
    – No, era demasiado listo para permitírselo -contesto Brendan. Carraspeó y continuó con la historia-. Al cabo de un tiempo, Macha y Riddoc se casaron. Y tuvieron hijos, que tuvieron hijos, que tuvieron hijos. Pero ninguno de ellos necesitaron poderes mágicos, pues heredaron algo más valioso de su padre: una mente despierta y sed de conocimiento.
    – ¿Estás seguro de que Riddoc no tiró a Macha por el acantilado? -pregunto Sean-. Quizá se la llevó al bosque y le cortó la cabeza. Papá cuenta las historias de otra forma.
    – Esta historia es mía, no de papá.
    Brendan siempre contaba las historias de los increíbles Quinn de otra forma, pensó Brian. En sus versiones, las mujeres no eran siempre las villanas.
    – A mí me gusta como la has contado.
    – Me alegro. Así que ya sabéis que descendemos de reyes y princesas, caballeros y damas, campesinos sencillos y hechiceras poderosas – Brendan se levantó de la cama y tapó con la colcha a los tres hermanos-. Hora de dormir. Es tarde -añadió justo antes de salir de la habitación y apagarles la luz.
    Se quedaron a oscuras. Sean se dio la vuelta, tirando de las sábanas. Liam se volteó también, acurrucándose contra Brian en busca de calor y seguridad. Brian le pasó un brazo sobre la cabeza y se quedo mirando al techo. Seguía pensando en la historia de Riddoc Quinn. Le gustaba: el chico listo y la hechicera viviendo en el castillo del bosque.
    – ¿Crees que papá está bien? -preguntó Liam con timidez.
    – Papá es un Quinn. Es como Riddoc. Es listo -murmuró Brian.
    – Tengo miedo. ¿Qué pasa si no vuelve? Vendrán a casa y nos separarán. No volveremos a vernos -dijo con voz trémula, a punto de llorar.
    – Conor no lo permitiría -dijo Brian al tiempo que acariciaba el pelo de su hermano pequeño-. Siempre estaremos juntos. No te preocupes, Li.
    El chiquillo emitió un pequeño sollozo y se hizo un ovillo bajo la sábana. Brian cerró los ojos. Pero no consiguió conciliar el sueño. Cuando la casa se quedó en silencio, salió de la cama, agarró el abrigo de invierno y se lo puso para guarecerse del frío. Mientras pasaba por delante de la otra habitación, asomó la cabeza y vio a sus hermanos mayores tendidos en sus camas.
    Las escaleras crujieron mientras bajaba. Cuando llegó al recibidor, se sentó frente al televisor portátil que Dylan había rescatado de un contenedor. Lo encendió, una figura con puntos de nieve iluminó la pieza. La antena apenas captaba la señal, Brian casi no veía al hombre del tiempo que estaba de pie frente al mapa.
    – En directo Canal WBTN. La tormenta está empeorando. Las olas que golpean las costas de Nueva Inglaterra han obligado a desalojar sus casas a muchos habitantes. El barómetro sigue bajando, lo que significa que aún no hemos superado lo peor. Según informes, centenares de barcos se han soltado de sus amarras o han quedado destruidos. Muchos botes pesqueros también han sufrido accidentes, un golpe duro para un colectivo que ya ha pasado un verano desgraciado.
    Brian se inclinó hacia adelante, tratando de estudiar el mapa, preguntándose en qué parte del Atlántico se encontraría su padre. Había trazado la ruta en el atlas del colegio, pero allí era muy fácil. Ya había montado en barco y sabía por experiencia que en el mar no era tan sencillo orientarse.
    – Mientras tanto, los guardacostas no dejan de recibir llamadas de socorro de pescadores y marineros atrapados en el mar. El barco Selma B se hundió tras inundarse, pero un helicóptero logró rescatar a la tripulación. El Willow llegó a puerto hace unas horas, después de una intensa búsqueda de los guardacostas.
    Brian sintió un nudo en el estómago. Todos sabían los peligros a los que se exponían los barcos pesqueros. Una vez el profesor de Brendan había dicho que la pesca comercial era la profesión más peligrosa de todas, mucho más peligrosa que conducir un coche de carreras o pilotar un avión. Nunca se había olvidado de esas palabras y, de pronto, le pesaban como si un bloque de cemento le oprimiese el pecho.
    Miró al hombre de la pantalla. Si llegaba a ocurrirle algo al Increíble Quinn, él sería el primero en saberlo. Sabría si el barco se estaba hundiendo. Si Seamus estaba vivo o muerto. Como Riddoc Quinn, el hombre del tiempo lo sabía todo.
    Brian apoyó la barbilla sobre las rodillas flexionadas, tembló, se negó a abandonarse al llanto.
    – Algún día yo seré el primero en saberlo todo. Y entonces no tendré que volver a preocuparme.

Capítulo 1

    La sala de prensa era el ejemplo perfecto de un caos controlado. Los fines de semana siempre eran una locura, con los empleados más jóvenes del canal trabajando mano con mano con los dinosaurios de la plantilla. Brian entró en su despacho. Se alisó la camisa; no solía llevar esmoquin y, cuando lo hacía, le resultaba muy incómodo.
    Se miró al espejo. Lo cierto era que causaba sensación entre las mujeres. ¿Qué tenían los esmóquines y las pajaritas que hacían derretirse al género femenino? No tenían nada de especial. Eran como unos vaqueros gastados y una camiseta, ¿no?
    Frunció el ceño. Lástima que no se tratara de un simple acto de sociedad. Aunque habría unas cuantas mujeres bellas en la fiesta de recaudación de fondos de esa noche, Brian asistía por asuntos de trabajo. Y él nunca mezclaba el placer con los negocios.
    – Mírate.
    Brian se giró hacia la izquierda y vio a Taneesha Gregory, apoyada contra una de las paredes del despacho, con una sonrisa ancha y los ojos chispeantes de buen humor. Taneesha era su cámara favorita, o la diosa de la cámara, como le gustaba llamarse. Descarada y valiente, a menudo se veía obligada a hacerse hueco a codazos entre una multitud de compañeros gráficos másculinos para conseguir la mejor foto, plantando la cámara frente a la cara del interrogado para cazar los matices expresivos de su reacción. En los casos de investigación difíciles, Taneesha era la colaboradora perfecta.
    – No te rías -la advirtió Brian.
    – Estás estupendo -dijo ella entre risas. Se acercó a ajustarle el nudo de la pajarita-. Pero me parece demasiado elegante para el noticiero de las once -añadió apuntando al esmoquin.
    – No es para eso. El noticiero es mañana – contestó Brian-. Estoy trabajando en una historia.
    – Espero que no me necesites para esa historia. Sabes que no me pongo…
    – Vestidos -completó Brian-. Sí, lo sé. La última vez que te pusiste un vestido fue el día de tu boda.
    – Exacto -Taneesha le sacudió una pequeña pelusa del hombro-. Y le he prometido a Ronald que me pondría un vestido en nuestras bodas de plata. Todavía faltan quince años.
    – Tranquila -dijo él-. De momento sólo tengo una pista. Richard Patterson, el explotador inmobiliario de nuestro querido barrio, celebra una fiesta de recaudación de fondos. Pienso colarme y echar un vistazo a los invitados.
    – ¿Todavía sigues con ese rollo? Como el jefe se entere de que estás detrás de Patterson, te cortará la cabeza. ¿O has olvidado el dinero que Patterson gasta en publicidad en nuestra cadena?
    – Tiene seis restaurantes de comida rápida y una tienda de coches, que no representan más que una parte de su volumen comercial. Además, la política de la emisora establece que los departamentos de ventas y noticias son independientes.
    – Eso dicen, pero WBTN no existiría sin el dinero de la publicidad. Y acabarías teniendo que retransmitir tu historia desde una azotea.
    – Sé que tengo una historia -insistió Brian-. Lo presiento. Voy a acorralarlo y veré qué pasa. Total, ¿qué puede hacer? Estará rodeado de un montón de ricachones ansiosos por trepar un peldaño en la escala social. Tendrá que comportarse.
    – ¿Estás loco? Te echarán en cuanto…
    – ¿No crees que el público tiene derecho a saber qué pasa? Tres constructoras se pasan siete años de juicios para conseguir esos terrenos. Patterson llega y consigue el contrato en cuestión de semanas. Quiero saber cuánto ha pagado y quién se ha llevado el dinero.
    – Esos tipos saben cubrirse las espaldas.
    – Acuerdos inmobiliarios oscuros, negociaciones secretas y un montón de dinero pasando de unas manos a otras. Antes o después se relajarán y cometerán un fallo. Patterson consigue los contratos con demasiada facilidad. Mi cuñado Rafe Kendrick es contratista y hasta él está convencido de que Patterson no es trigo limpio,
    – ¿Eres consciente de que el dueño de este canal es un viejo amigo de Richard Patterson? Desde luego, es una buena manera de acabar en el paro.
    – Me he convertido en el corresponsal de investigación con más audiencia de Boston en menos de un año -Brian rió-. No me van a despedir.
    – Pero quizá no te ofrezcan los telediarios del fin de semana. Y sabes que el encargado del fin de semana será el que sustituirá a Bill cuando se jubile dentro de dos años.
    Los rumores se sucedían desde hacía semanas, pero Brian trataba de no hacerles caso.
    – ¿Crees que quiero pasarme el resto de mi carrera sentado delante de una cámara leyendo noticias? -preguntó.
    – Dar en cámara das de maravilla -respondió ella.
    No debería haberle extrañado el comentario. Había subido rápidamente en el canal y, aunque quería creer que se debía a su calidad como periodista, sospechaba que tenía mucho que ver con su imagen. Las encuestas eran elocuentes: era el reportero con más tirón para las mujeres de entre veintiún y cuarenta y nueve años. Y tampoco eran malas sus cifras con el público masculino. A ellas les gustaba su físico y a ellos que fuese un hombre corriente de Southie. Los habitantes de Boston confiaban en que Brian Quinn les contaba la verdad.
    – Puede que dé en cámara, pero me falta vocación para eso. Me pasa como a ti. Somos iguales. Nos gusta estar en la calle.
    – Si no quieres el ascenso, ¿por qué trabajas tanto?
    – Porque me gusta ser el primero en saber las cosas -Brian se encogió de hombros.
    – ¡Taneesha! Tenemos una alarma de incendio en Dorchester. Ve a cubrirlo.
    Taneesha se giró e hizo una señal a uno de los periodistas jóvenes, que ya corría hacia la salida.
    – Nos vamos -dijo y sonrió a Brian-. Cuando tengas la historia, no te olvides de tu diosa de la cámara favorita. Pondré el objetivo tan pegado a la nariz de Patterson que podremos leer lo que está pensando.
    – Cuento contigo -contestó él justo antes de que Taneesha se diera la vuelta y echara a correr hacia el camión de prensa. Luego, abrió el cajón del escritorio y sacó una grabadora de mano. Mientras introducía una cinta nueva, pensó en las palabras de su compañera.
    Sabía que la directiva tenía planes para él, que se estaba convirtiendo en la nueva cara de WBTN. Aunque había disfrutado de su ascenso meteórico, Brian sabía lo que quería y no era un trabajo en los estudios de televisión, por muy bueno que fuese el sueldo. Lo único que de verdad le importaba era contar buenas historias.
    Al terminar la universidad, se había propuesto trabajar para la prensa escrita. Así que había hecho prácticas con un par de periódicos pequeños en Connecticut y Vermont. Pero había querido volver a Boston y al ofrecerle un puesto como redactor en plantilla para el canal WBTN, había aceptado sin dudarlo. Nunca había imaginado que subiría tan deprisa.
    Brian se guardó la grabadora en la chaqueta y sacó del bolsillo de los pantalones las llaves del coche. Mientras caminaba hacia la salida, siguió dándole vueltas a la advertencia de Taneesha. Llevaba más de un año trabajando con ella y siempre había acertado en sus consejos, profesionales o personales. Pero el instinto le decía que, en contra de la opinión popular, su carrera no iba dirigida en esa dirección. Y Brian confiaba en su instinto.
    No le importaba tener que dimitir en ese momento y volver a empezar de cero, encontrar un trabajo en un periódico decente y volver a abrirse camino. Pero tenía treinta años. A esa edad, se suponía que debía ir teniendo la vida en orden, las prioridades definidas. Claro que no había crecido en una familia convencional, lo que quizá era una buena excusa.
    Vivir bajo el techo de la familia Quinn había enseñado a los seis hermanos a vivir el momento. Su padre, Seamus, casi nunca estaba en casa, pues su trabajo como pescador lo obligaba a pasar semanas seguidas enteras en el mar. Y la madre de Brian los había abandonado cuando este sólo tenía tres años. Él y sus hermanos se habían criado por su cuenta, teniendo a Conor, el mayor de los hermanos, como auténtica figura paternal.
    Todos se habían metido en más de un lío, pero él y su hermano, Sean, habían sido los más rebeldes. Se las habían arreglado para conseguir un buen historial de delitos menores, aunque, por suerte, Conor había empezado a trabajar como policía antes de que se metieran en mayores problemas. Los había metido en la cárcel tres días tras robar el coche de un vecino y los había obligado a pasarse las vacaciones de verano pintando la casa del tipo. El castigo había servido para que Sean y él decidieran que no merecía la pena seguir por ese camino.
    Así que él había centrado sus energías en los estudios y había aceptado un trabajo a media jornada, cargando periódicos en los camiones del Globe. Y al finalizar el instituto, se había convertido en el segundo Quinn en matricularse en la universidad, después de su hermano Brendan. Tenía que escoger una carrera y, al ir a inscribirse, le había preguntado a una chica guapa que hacía cola delante de él qué iba a estudiar. Periodismo no había estado entre sus primeras opciones, pero había resultado ser un buen sitio para conocer chicas apasionadas. Y las clases habían resultado sorprendentemente interesantes; sobre todo, después de descubrir que se le daba bien contar historias.
    Brian echó una carrerita hasta el aparcamiento donde tenía el coche. Con un poco de suerte, conseguiría lo que quería pronto y podría pasar el resto de la noche del sábado en el pub de Quinn, relajándose con una pinta de Guinness y seduciendo a alguna mujer bonita. Brian sonrió. Quizá hasta se dejaba puesto el esmoquin. Seguro que conseguiría llamar la atención de un buen puñado de bellezas.
    – Primero el deber, luego el placer -murmuró mientras arrancaba.

    Cuando recogieron las mesas y la orquesta empezó a tocar, Lily Gallagher estaba lista para irse a casa… o volver al hotel, que era su casa en esos momentos. Se apoyó en la barra y pidió su primera copa de champán. Luego, hizo una mueca de dolor, martirizada por el calzado que había elegido. Aunque los zapatos hacían juego con el vestido, no eran para una larga velada de pie.
    Había llegado al aeropuerto de Boston esa misma tarde, procedente de Chicago, intrigada por la razón por la que la habían llamado. Richard Patterson se había puesto en contacto personalmente con su jefe en la empresa de relaciones públicas DeLay Scoville para solicitar sus servicios. Según Don DeLay, Richard Patterson estaba dispuesto a pagar un adelanto jugoso sin dar explicaciones del motivo por el que la quería.
    Y no iba a negarse. Ese trabajo podía ser su billete hacia la directiva, a un paso de la vicepresidencia. Aunque no le habían dado ninguna pista, Lily sospechaba la razón por la que la habían elegido. Patterson era un pez gordo del sector inmobiliario y el año pasado ella había llevado un gran escándalo sobre una constructora inmobiliaria de Chicago.
    Estaba especializada en momentos críticos. La gente la llamaba cuando las cosas se ponían feas y ella se encargaba de arreglarlas. Durante el vuelo, Lily se había leído todo lo que había podido reunir sobre Inversiones Patterson, empresa en poder de centros comerciales, moteles y restaurantes de comida rápida. Richard Patterson tenía contactos políticos y, a pesar de sus orígenes humildes en un barrio de clase trabajadora en Boston, su negocio subía como la espuma.
    Para Lily, había sido un alivio recibir una oferta para trabajar fuera de Chicago, aunque echaba de menos su casa nueva y a su mejor amiga, Emma Carsten. Trabajaban juntas en la agencia y solían hablar de montar su propia empresa. Pero tenía una hipoteca que pagar y, por el momento, trabajar para DeLay era un paso adelante que no podía dejar de dar.
    Esperaba que Patterson estuviese hundido en una buena crisis a la que hincarle el colmillo o algún problema político espinoso que pudiese solucionar. Resolvería lo que tuviese que resolver y unos meses después volvería a Chicago con una experiencia sobresaliente para su currículo. Luego, exigiría el ascenso.
    – ¿Lily?
    Se giró y encontró a Richard Patterson frente a ella. Era un tipo atractivo, de cuarenta y pico, con el pelo gris por los lados y modales impecables. Llevaba un esmoquin a medida, probablemente de uno de los mejores diseñadores en moda masculina. Si no hubiese sido un cliente, y no hubiese estado casado, Lily podría haberlo considerado una opción. Pero ella nunca mezclaba el placer con los negocios.
    – Una fiesta estupenda -dijo ella-. Ha hecho un trabajo excelente como anfitrión, señor Patterson.
    – Yo no he hecho nada -Patterson esbozó una sonrisa forzada-. Contraté a una persona para que organizara la fiesta y mi mujer se ocupó del resto. Mire, tengo que irme. Tengo que tomar un avión. Una emergencia con un grupo de inversores de Japón. Sé que no hemos tenido oportunidad de hablar y voy a estar fuera los próximos días. Pero quiero que el lunes llame a mi secretaria. Le programará citas con los principales miembros de la directiva.
    – Perfecto. Necesito saber todo lo que pueda. Si me dice en qué quiere que trabaje, quizá pueda preparar las entrevistas y la siguiente vez que nos veamos…
    – Ya hablaremos de eso el martes -atajó él.
    – De acuerdo.
    – Si necesita algo, llame a la señora Wilburn.
    Boston es una ciudad bonita en junio. Salga, haga turismo -dijo, se dio media vuelta y se marchó.
    Lily se quedó extrañada. No entendía por qué la había hecho ir ese día para acudir a la fiesta. Miró a su alrededor y decidió que esperaría a que Richard se fuera. Luego daría la noche por terminada. Dio otro sorbo de champán mientras estudiaba las parejas que bailaban en la pista. La decoración de la sala de baile del hotel Copley Plaza se asemejaba a los jardines de Versalles. Había fuentes, cenadores con flores fragantes, pequeñas luces blancas que creaban el más romántico de los ambientes. Suspiró.
    Tenía más razones para alegrarse de dejar Chicago. Acababa de romper oficialmente su compromiso con el fiscal Daniel Martín. Después de dos años de salir juntos y cuatro meses de compromiso, había creído que por fin había encontrado al hombre de sus sueños… hasta que lo encontró desnudo, acostado con una morena de aspecto exótico y grandes pechos de silicona. Jamás había imaginado que la engañaría de ese modo y su única excusa había sido que no estaba preparado para el compromiso.
    Lily se había organizado la vida en torno a ese hombre, había planeado su futuro con él y, de pronto, todo había terminado. Dio otro sorbo de champán y miró a los invitados. Quizá fuera hora de tranquilizarse, dejar de perseguir el amor a la desesperada y disfrutar de un poco… de lujuria. Había dado un primer paso hacia su independencia comprándose una casa a su nombre nada más.
    – Sé exactamente lo que necesito en estos momentos -murmuró Lily-. Una aventura de una noche, agradable y muy apasionada.
    No se dedicaba a buscar tipos raros, pero los hombres que se habían cruzado en su vida siempre habían tenido algún extraño inconveniente: tenían miedo al compromiso o estaban casados con alguien a quien olvidaban mencionar, eran fríos o fetichistas con el calzado femenino, estaban planteándose un cambio de orientación sexual o eran casanovas como Daniel. Hasta había intentado mantener una relación a distancia con un escritor de Los Ángeles, pero él había terminado enamorándose de una actriz insulsa.
    Había llegado el momento de poner ella las condiciones. Sería ella la que no estuviera disponible, y no tendría intención de compromiso alguno; sólo estaría en Boston unos meses trabajando y no buscaba una relación a largo plazo. Evitaría cualquier tipo de atadura y se limitaría a divertirse.
    Volvió a suspirar. Aquella fiesta de recaudación de fondos sería el último lugar donde podría encontrar un hombre soltero. La única razón por la que un hombre asistía a un acto de beneficencia era que sus mujeres los habían presionado para que las acompañaran. De hecho, la mayoría de los hombres presentes preferirían estar en otra parte. Lily siempre había imaginado que ella planearía un acto benéfico alternativo, de modo que la gente pagara por no asistir y el dinero recaudado fuera íntegramente a la organización benéfica y no se destinara a pagar la decoración.
    Aprovechó el paso de un camarero para agarrar de la bandeja otra copa de champán y miró hacia los balcones, resuelta a encontrar una mesa en la segunda planta, desde la que observar la fiesta en paz. Minutos después, se sentó en una esquina tranquila al otro lado de la orquesta. Se descalzó, se frotó los pies y empezó a sentir el cosquilleo del champán que ya había bebido. Cuando un camarero le ofreció otra copa, Lily aceptó y la puso al otro lado de la mesa, como si estuviese esperando a alguien.
    – Una mujer tan bonita no debería estar sola. Lily levantó la mirada hacia el hombre que se había acercado. Aunque era atractiva, su sonrisa parecía demasiado… ensayada. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y un esmoquin que le sentaba fatal. Aun así, decidió darle una oportunidad.
    – Estoy a gusto -contestó. El hombre corrió la silla situada frente a Lily y se sentó, a pesar de la copa.
    – Pues yo no -dijo él-. Estoy solo y todos los demás parecen acompañados. Soy Jim Franklin.
    – Lily -se presentó ella.
    – ¿Lily a secas?
    – Lily Gallagher.
    – Bueno, Lily Gallagher, ya que parece que los dos estamos solos, quizá podamos estar solos juntos. Háblame de ti -dijo. Lily abrió la boca para responder, pero Jim Franklin no esperó a que contestase-. Yo soy analista de inversiones en Bardweil Fleming. No sé si lo sabes, pero estas fiestas son un negocio estupendo. Siempre consigo captar algún cliente. No vendemos acciones ni letras, pero ofrecemos nuestros servicios de análisis para todo tipo de inversiones. Llevo cuatro años en Boston. Me trasladaron de la sede de Nueva York.
    A pesar de sus intenciones, ligar no era tan simple. Primero tenía que encontrar un hombre que la atrajera. Y Lily ya sabía que ese tipo no le subía la temperatura.
    – Bueno, ¿tú a qué te dedicas, Lily?
    – Señor Franklin, me temo que no estoy interesada en…
    – Jim -insistió él-. ¿Tienes un plan de jubilación?, ¿has invertido tu dinero inteligentemente? Lily agarró su copa, la vació y se puso de pie.
    – Voy por más champán. Si me disculpas…
    – Se está acercando un camarero -dijo Franklin con una sonrisa de oreja a oreja.
    Lily reprimió una palabrota y volvió a sentarse. Si aquello no era una tortura, andaba muy cerca. No solía ser descortés, menos en el trabajo, pero no creía que Richard Patterson fuese amigo de Jim Franklin, analista de inversiones.
    Mientras este peroraba sobre activos líquidos y bonos del Estado, Lily dejó vagar la mirada, intercalando algún monosílabo de tanto en tanto para contestar a alguna de las preguntas de Franklin. Dibujó una sonrisa forzada y se preguntó cuánto tiempo tendría que soportar el monólogo de Franklin. Buscó alguna excusa para acabar con aquel tormento sin parecer ruda. Entonces, se fijó en un hombre que estaba detrás de Franklin, de pie, apoyado contra una columna de mármol, con una sonrisa divertida en los labios.
    Lily desvió la mirada de inmediato, pero cuando volvió a girarse, descubrió que el hombre seguía observándola. Luego, él miró el reloj, fingió bostezar y Lily no pudo evitar sonreír. Dio otro sorbo de champán, contemplando al desconocido sobre el borde de la copa.
    A diferencia de Jim Franklin. el otro hombre sí que era despampanante. El pelo negro, bien cuidado, le caía hasta el cuello de la camisa. Sus cejas oscuras resaltaban el color indeterminado de los ojos, de un matiz tan poco corriente como atractivo. Era más alto que la media, de complexión elegante, y llevaba un esmoquin que acentuaba la envergadura de los hombros y su estrecha cintura.
    Cuando subió a la cara, el hombre sonreía abiertamente. Asintió con la cabeza, como si supiera lo que estaba pensando Lily. Y luego echó a andar hacia ella. Lily contuvo la respiración, sin apartar la vista de los ojos del desconocido, con el corazón un poco acelerado.
    – Cariño -dijo al llegar a la mesa-, te he estado buscando por todas partes.
    Estiró un brazo y, vacilante, Lily le agarró la mano que le había ofrecido. Se sorprendió cuando se la llevó a los labios y le besó cerca de la muñeca. Tragó saliva.
    – Te estaba esperando, corazón -dijo ella-. Has tardado.
    – Espero que no mucho. ¿Me perdonas?
    – Por supuesto -Lily recogió los zapatos y se puso de pie-. Gracias por tus consejos, Jim. Diviértete en la fiesta.
    El desconocido le colocó la mano en el codo y echó a andar hacia la salida más cercana. Cuando llegaron al vestíbulo, se paró.
    – Ya estás a salvo.
    – En realidad no estaba en peligro -dijo Lily-. A no ser que te puedas morir de aburrimiento.
    – Con un tipo así, nunca se sabe. No me apetecía verte saltar por la barandilla para librarte de él.
    – Gracias por salvarme.
    – No hay de qué. Bueno, ¿has venido sola o te ha abandonado tu acompañante? -preguntó el hombre-. ¿O habías venido con ese hombre?
    – Estoy sola -contestó Lily-. Por trabajo.
    – ¿Y cuándo terminas ese trabajo?
    – Tal que ya -Lily sonrió. De pronto, ya no tenía ganas de volver al hotel. Acababa de conocer a un hombre atractivo, guapo y simpático, cosa poco habitual para ella-. ¿Y tú qué? Supongo que también habrás venido aquí por algún motivo, aparte de para rescatarme del apasionante señor Franklin.
    – Lo cierto es que me he colado. La orquesta sonaba bien y decidí entrar a ver el ambiente. Pero la gente me parecía demasiado estirada… hasta que te vi -el hombre la miró de arriba abajo-. ¿Te han dicho ya que estás increíble con ese vestido?
    – Por supuesto -contestó ella, siguiéndole el coqueteo-. Todavía no sé tu nombre.
    – No, nada de protocolos. Y nada de hablar de trabajo. Ni de dónde somos. La conversación sobre el tiempo también queda descartada.
    – De acuerdo -respondió Lily, intrigada por el juego que le proponían-. Podemos hablar de arte, música, literatura. Pero tengo que llamarte de alguna forma.
    – Corazón sonaba bien -dijo él con una sonrisa diabólica.
    – Entonces llámame tú «cariño» -replicó Lily. Aunque la conversación tenía un tono provocador, no pudo evitar soltar una risilla. A juzgar por la expresión de su rostro, era evidente que el desconocido se estaba tomando la situación con la misma alegría que ella.
    – Cari en diminutivo -precisó él-. Venga, cari. Están tocando nuestra canción. ¿Bailamos? -añadió justo antes de quitarle los zapatos de la mano, lanzarlos por detrás del hombro y encaminarse hacia las escaleras.
    Lily se quedó mirándolo unos segundos, los ojos clavados en sus hombros anchos. ¿Por qué no disfrutar de aquel apuesto desconocido una noche y dejarlo estar? Había pensado en tener una aventura con un hombre y, desde luego, ese estaba a la altura de sus expectativas. Y si se hacía a la idea de que no cabía la posibilidad de mantener una relación duradera, no volverían a hacerle daño.
    – ¿Vienes, corazón? -le preguntó él al ver que seguía parada.
    Lily sonrió antes de ponerse en marcha y darle alcance.
    – ¿Ya has olvidado mi nombre? Yo soy cariño. Tú corazón.
    La orquesta acababa de empezar su interpretación de Isn't It Romantic cuando Brian introdujo a la bella desconocida del vestido dorado en la pista de baile. La rodeó con un brazo y luego la acercó contra su cuerpo, moviéndose al compás de la música. El vestido tenía un escote pronunciado por la espalda y le sorprendió la suavidad de su piel.
    Los negocios habían cedido el paso rápidamente al placer. Al llegar, no le había costado convencer al portero para entrar; pero no había encontrado la oportunidad de dirigirse a Richard Patterson. Según uno de los invitados, Patterson se había marchado hacía unos minutos debido a una emergencia de trabajo. Brian había decidido subir al balcón para localizar a alguno de los colegas de Patterson. Pero nada más posar los ojos en la chica del vestido dorado, se había olvidado de cualquier otra cosa.
    – Bailas muy bien -dijo ella.
    – Tú también.
    Le divertía el juego. Pero no estaba seguro de dónde terminaba este y dónde empezaba la realidad. La chica se comportaba como si no lo reconociese, cosa difícil de creer cuando su cara estaba en un montón de vallas publicitarias por toda la ciudad. Quizá no viera las noticias. O quizá no fuera de Boston.
    Estaba dispuesto a seguir el juego, al menos de momento. Aunque había seducido a bastantes mujeres, siempre había sido muy directo. Esa vez, en cambio, era distinto. Habían establecido unas reglas. ¿Servirían para protegerlos de sus deseos o para liberarlos de sus inhibiciones?
    – Mi madre me apuntó a clases de baile de los siete a los doce años -comentó Lily-. Decía que algún día me haría falta. Yo no la creía, pero supongo que tenía razón. ¿Y tú? -preguntó tras pasar la mano por uno de sus hombros.
    – En mi caso es un don natural. Además, es muy fácil bailar bien con una mujer que sabe.
    Brian la miró y no pudo apartar los ojos de su cara. Era bonita, tenía ojos verdes, luminosos, una cascada de rizos castaños, algunos de los cuales le bailaban sobre la frente y las mejillas. Brian contuvo el impulso de retirárselos.
    Pero luego pensó que no tenía por qué frenarse. La actitud de la desconocida no daba a entender que se molestaría si la tocaba. De modo que le acarició una mejilla y le puso los rizos detrás de la oreja. Por un instante, Lily se quedo sin respiración, sus miradas se enlazaron. Hasta que Brian la sujetó por el talle y la inclinó hacia atrás.
    Siguieron bailando, dando vueltas por la pista como Ginger Rogers y Fred Astaire. De hecho, lo sorprendía la facilidad con la que se compenetraban. La mujer parecía anticipar todos sus movimientos. Con ella al lado, parecía el mejor bailarín de la pista. Y, a sus ojos, ella era la mujer más bella de la fiesta.
    – Si no hablamos de trabajo, del tiempo ni de dónde somos, ¿de qué podemos hablar? – preguntó ella.
    – De lo que quieras -repuso él-. Tú me haces cinco preguntas y yo te hago otras cinco. De lo que sea. Sin restricciones. Y tenemos que responder con sinceridad. Seguro que dará pie a una conversación interesante, ¿no te parece?
    – Empiezo yo -dijo Lily-. ¿Estás casado?
    – No, nunca lo he estado. ¿Y tú?
    – Tampoco, nunca -contestó ella. La orquesta pasó a Embraceable You y siguieron bailando-. Estuve a punto una vez, pero no salió… ¿Estás saliendo con alguien? -añadió tras considerar la segunda pregunta.
    – ¿Vas a gastar una pregunta en eso, cariño? -Brian sonrió, negó con la cabeza-. No, no estoy con nadie. Y no voy a devolverte esta pregunta, me da igual si tienes pareja. Ahora estás aquí, conmigo, y es lo único que importa.
    – Otra pregunta -dijo ella-. ¿Cómo te llamas?
    – Brian, Brian Quinn -contestó. Esperó a que la mujer le dijera el suyo, pero comprendió que tendría que gastar una pregunta para saberlo-. ¿Y tú?
    – Lily Gallagher. Yo llevo tres, tú dos. ¿Quieres preguntarme algo?
    – ¿Vives en Boston? -quiso saber Brian, incapaz de contener la curiosidad.
    – Estaré una temporada aquí, pero vivo en Chicago.
    De modo que, realmente, no sabía quién era. Eran dos auténticos desconocidos.
    – Encantado de conocerte, Lily -murmuró-. Lily, me gusta el nombre. Te pega.
    – ¿Por? -Lily corrió a precisar-. Y no es una de las preguntas. Sólo curiosidad.
    – Vaya, me pones a prueba. Ahora tiene que ocurrírseme algo poético sobre tu nombre o te darás cuenta de que no soy tan galante como intento aparentar.
    – Me encanta la poesía, Brian Quinn.
    – Me temo que sólo sé hacer quintillas.
    – Adelante -lo desafió ella.
    – En fin, me he metido yo solito -Brian pensó unos segundos en busca de alguna rima-. Soy irlandés, se supone que tendría que salirme de forma natural… Una mujer de Chicago. La luna en el cielo, un faro. Hablaba con un chiflado. Sobre bonos del Estado… Me presenté con descaro -improvisó y Lily soltó una carcajada.
    – No está mal. Pero no responde a mi pregunta.
    – Es que Lily no rima -Brian la miró hasta que ella se sintió obligada a retirar la vista-. Lily te pega porque me gusta cómo suena cuando lo pronuncio. Y creo que no he conocido a ninguna Lily, así que cuando oiga ese nombre, pensaré en ti la primera.
    – Qué bonito -dijo ella tras dejar escapar un suspiro.
    La miró, registrando las bellas facciones de su rostro. No tuvo que pensárselo para besarla. Bastó con inclinarse y ella estaba ahí, esperando, con los labios suaves, húmedos y dulces.
    Era evidente que no podían aprovechar mejor ese momento de ninguna otra forma. Luego se retiró y siguieron bailando.
    Estaba cómodo con ella entre los brazos, parecían encajar: la mano reposaba en el sitio adecuado de la espalda y sus dedos estaban hechos a la medida de su palma. La atrajo contra su pecho y notó el roce de sus caderas, sus senos contra el torso.
    Brian no recordaba la primera vez que se había sentido atraído por una mujer. Había pasado mucho tiempo, había estado con un montón de mujeres desde entonces. Pero Lily tenía algo especial que no acertaba a precisar. Quizá fuese el juego que habían acordado, dos desconocidos intercambiando algo más que miradas por la noche.
    Balada a balada, iba aprendiendo más de ella: su forma de moverse, el sonido de su voz, las formas de su cuerpo bajo el vestido y el olor del perfume en la curva del cuello. No charlaban de nada importante, pero cada palabra lo hacía desearla más. No sabía a qué se dedicaba, su comida favorita ni sus aficiones siquiera.
    Pero sí dónde podía terminar la velada y, por primera vez desde que era un hombre adulto, Brian no sabía si quería que acabase ahí. Alejó esos pensamientos de su mente y se concentró en la música, la fragancia de su cabello, resuelto a disfrutar cada segundo, dondequiera que la noche los condujera.
    Tomó aire. Era todo un descubrimiento: quizá el hecho de estar con una mujer no se reducía sólo al sexo. Quizá estaba bien que la seducción finalizara con un beso de buenas noches.
    La música finalizó. Poco a poco, las luces de la pista se encendieron. Lily levantó la cabeza del hombro y miró alrededor.
    – ¿Qué hora es? -preguntó con el ceño fruncido.
    – Hora de irnos -dijo él-. Somos los últimos en la pista.
    – No me había dado cuenta de que fuera tan tarde -comentó Lily, ruborizada.
    Brian la rodeó por la cintura y la guió de vuelta a la mesa donde estaban los zapatos y el bolso.
    – Vámonos -dijo al tiempo que se agachaba para ayudarla a calzarse.
    Echaron a andar hacia la salida y, a medio camino, Brian vio una sala tenuemente iluminada e, incapaz de resistirse, la metió dentro y la besó. Le acarició las mejillas y se abrió paso con la lengua. Lily emitió un ligero suspiro y, cuando Brian se separó, permaneció un rato con los ojos cerrados.
    – ¿Adonde vamos? -preguntó ella.
    – No sé. Adonde sea. Con tal de ir juntos.
    – Ten… tengo el coche afuera.
    – Adelante.
    Cuando llegaron a la calle, Lily le entregó al aparcacoches una tarjeta. Brian hizo una llamada fugaz por el móvil y, segundos después, se detuvo una limusina frente a ellos. No le prestó atención hasta que Lily se aproximó y el aparcacoches le abrió la puerta.
    – Cuando dijiste coche, pensé que te referías a un Toyota o a un Ford -dijo él después de que Lily entrara.
    – Es una limusina.
    – Ya lo veo -Brian entró.
    – ¿Prefieres que vayamos en tu coche? Brian pensó en su Talbot destartalado, estacionado al raso a un par de manzanas, y lo comparó con el lujoso interior de cuero de la limusina.
    – No, este vale.
    – ¿Adonde? -preguntó el chófer, mirándolos por el retrovisor.
    Brian miró a Lily, dejándole la elección a ella.
    – ¿Adonde quieres ir? -le preguntó con los ojos clavados en sus labios.
    – Simplemente conduzca -murmuró mientras entrelazaba las manos tras la nuca de Brian-. Enséñenos la ciudad.
    El cristal de separación hizo un ruidito mientras subía, pero Brian sólo pudo oír los latidos de su corazón mientras estrechaba a Lily entre los brazos.

Capítulo 2

    La recostó contra el asiento, situando su cuerpo bajo el de él, y se apoderó de su boca con un beso profundo. Lily gimió, le recorrió el cuerpo con las manos desenfrenadas. Sabía que debía parar, que debía querer parar. ¡Era una locura!
    Hacía apenas unas horas que lo conocía, pero se había quedado cautivada por él desde el mismo instante en que lo había visto. Lily introdujo las manos bajo la chaqueta del esmoquin, levantándola sobre los hombros. Brian se la quitó con un gruñido sin separar los labios un solo segundo.
    Sabía que, si le pedía que parase, lo haría. Brian Quinn tenía algo que la hacía confiar en él, aunque el instinto le recomendaba que tuviese cuidado. Pero no quería parar. Mientras estuvieran en la limusina, con el conductor al otro lado del cristal, lo tendría todo bajo control.
    La atracción instantánea que los unía era demasiado intensa como para negarla. Era magnética, como si una fuerza invisible los impulsara a estar más y más cerca de la intimidad. Aunque debía resistirse, cada beso, cada roce iba disolviendo sus inhibiciones.
    ¿De veras quería arrojarse en brazos de un desconocido para satisfacer un capricho? Brian pasó las manos sobre el corpiño del vestido, le agarró las caderas y la apretó contra el cuerpo. Sí, gritó el cerebro de Lily. Por supuesto que era lo que quería.
    Al colocarla debajo, la amplia falda del vestido se arrugó, creando una barrera tan eficaz como un cinturón de castidad. Brian cesó en su frenética exploración.
    – ¿Que escondes ahí? -preguntó y Lily soltó una risilla.
    – De haber sabido que iba a terminar la noche le así, habría elegido otro vestido -contestó ella. Algo más corto, con botones por delante, pensó.
    Brian sonrió, miró por la ventana.
    – El Jardín Público -murmuró-. Ahora nos acercamos a una estatua de George Washington.
    – Olvídate de las vistas -dijo Lily, tirándolo de la camisa hacia abajo-. Ya tendré tiempo de verlas.
    – ¿Intentas seducirme, Lily? -preguntó él, posando la vista en sus labios.
    – Si tienes que preguntarlo es que no lo estoy haciendo muy bien -Lily suspiro-. La verdad es que nunca había seducido a un hombre antes.
    Brian le acarició una mejilla, luego deslizó la mano hacia el cuello.
    – Créeme: lo estás haciendo muy bien -dijo mientras metía los dedos bajo el tirante del vestido. Jugueteó con él un momento y lo apartó del hombro-. Dime qué quieres -murmuró justo antes de apretar la boca contra su clavícula.
    – Eso me gusta -dijo Lily. Brian bajó la mano hasta que los dedos rozaron la curva de sus pechos-. Y eso también -añadió ella, conteniendo la respiración.
    – Dime -Brian paseó los dedos sobre el vestido, subiendo y bajando en una caricia perezosa.
    Lily cerró los ojos y se arqueó hacia arriba, apoyándose sobre los codos. De pronto ya no era ella la que llevaba las riendas de la seducción.
    – Tócame -susurró.
    Sintió las manos de Brian alrededor de la cintura. Luego la incorporó y la sentó en el asiento situado enfrente. Cuando consiguió echarle a un lado la falda, le agarró un pie.
    – Empezaba a preguntarme si tenías piernas debajo -dijo mientras le quitaba el zapato izquierdo y le másajeaba el pie.
    Lily emitió un gemido delicado, se recostó contra el respaldo. Al pedirle que la tocara, no había pensado en un másaje. Pero la sorprendió lo sensual que resultaba sentir sus pulgares sobre el arco del pie. Sobre todo, cuando puso el pie entre sus piernas y subió las manos hacia la pantorrilla.
    El pie reposaba sobre un lugar muy íntimo y, con cada movimiento de Brian, se frotaba contra su creciente erección. Lily nunca había tomado la planta del pie como un punto erógeno, pero cuando notó las manos de Brian por los muslos, supo que este le enseñaría unas cuantas cosas.
    Se preguntó hasta dónde llegarían… si es que no llegaban hasta el final. Dado que no podía ver lo que le estaba haciendo por debajo del vestido, cerró los ojos y disfrutó de la sensación de sus palmas cálidas sobre la piel. Cuando se deslizó hacia la cara interior de los muslos, contuvo la respiración.
    – Mira eso -dijo él y Lily abrió los ojos-. El Ateneo de Boston y el Cementerio Antiguo. Hay muchos soldados famosos enterrados ahí… Me encanta la ropa interior negra -añadió cuando llegó al elástico inferior de las bragas.
    Metió los dedos, tiró hacia abajo con suavidad. Lily cambió de posición para que se las sacase del todo. Después se echó hacia adelante, pero, de nuevo, el vuelo de la falda se interpuso entre ambos. Se puso de rodillas delante de él. Aunque se había quitado la chaqueta y la corbata, seguía con la camisa abrochada hasta el cuello. Lily empezó a desabotonarla.
    Después de abrirla, plantó las manos encima del torso, firme y musculoso. Luego besó la ligera mata de vello. Fue descendiendo hacia el ombligo. Pero al llegar a los pantalones, Brian le retiró las manos.
    – ¿Estás segura de esto, Lily?
    Ella sonrió. No necesitaba hacerse el caballero, pero se alegraba del intento.
    – No hay nada malo… -Lily volvió a echar mano al botón de los pantalones- en que dos adultos que consienten compartan… sexo -finalizó tras bajarle la cremallera.
    La mayoría de los hombres soñarían con una afirmación así. Lily nunca había imaginado que pudiera decir tal cosa. Pero estaba cansada de relaciones. ¿Por qué no disfrutar un poco? Siempre había querido sacar más de donde sólo había atracción física y había acabado decepcionada.
    Lily sabía que Brian Quinn no la decepcionaría. Esa noche no. Y, después, no le daría la oportunidad. Cada uno iría por su lado, satisfecho con el placer que habían dado y recibido.
    – ¿Nunca te has dejado llevar por el momento? -preguntó ella.
    – Sí -contesto él sonriente-. Creo que me está pasando ahora mismo.
    Alcanzó la cremallera de la espalda y tiró de ella. Después sentó a Lily sobre su regazo, cara a cara, colocándole las rodillas a ambos lados de las piernas. Luego le desenganchó el sujetador y lo tiró.
    Estiró una mano para apagar la luz, de modo que la única iluminación que se filtraba a través de los cristales tintados de la limusina era la del exterior. Brian exploró su cuerpo con las manos y los labios. De vez en cuando le apartaba algo de ropa para tocar piel desnuda, pero ambos seguían medio vestidos, manteniendo una barrera contra la rendición definitiva.
    Lily le rodeó la nuca mientras Brian metía la mano bajo el vestido. Le había quitado la ropa interior y estaba desnuda bajo la falda. Lily le bajó los pantalones. Cuando echó mano a los calzoncillos, Brian le susurró que parara. Buscó la chaqueta al tiempo que ella se giraba hacia el bolso. Lily se adelantó y él sonrió aliviado al ver el preservativo.
    – Por un momento, pensé que tendríamos que hacer un alto en una farmacia.
    Lily se levantó, anticipando la sensación de tenerlo dentro. Luego bajó despacio hasta notar la punta caliente entre las piernas húmedas. Brian gimió, le agarró las caderas y controló el ritmo de Lily hasta que se hubo hundido por completo.
    Hacía unas pocas horas que lo había conocido y, de pronto, estaban haciendo el amor en el asiento trasero de una limusina. Sólo pensarlo la hacía estremecerse de deseo. De eso se trataba: sexo puro y duro, la necesidad de estar con un hombre, de sentirlo dentro hasta alcanzar la liberación.
    Pero, mientras se movían, no pudo evitar pensar que había algo especial en aquella intimidad tan espontánea. Quizá se hubiera enamorado un poco de Brian durante la velada. Era dulce, sexy, divertido. No podía haber elegido a un hombre mejor para esa pequeña aventura.
    Le acarició la cara. Brian abrió los ojos, le sostuvo la mirada y empezó a aumentar la velocidad. Lily observaba sus reacciones, la expresión de su rostro, al principio relajado, cada vez más excitado. La subía y bajaba con las manos hasta que, de repente, se frenó. Sin previo aviso, la agarro por la cintura y se echó hacia adelante hasta tumbarla sobre el asiento. La besó.
    Era tan delicado con ella que, cuando metió la mano bajo la falda y la tocó, Lily supo que no se contentaría con conseguir su propio placer. Empezó a moverse de nuevo mientras la acariciaba. Lily sintió un calambrazo, el cuerpo se le tensó.
    Cerró los ojos y se concentró en las sensaciones que recorrían sus miembros. Estaba a punto de traspasar el límite y no pararía hasta liberar la presión que sentía entre los muslos. Echó las caderas hacia arriba, acogiendo cada arremetida de Brian, retándolo a que tomara todo lo que le ofrecía.
    Pronunció su nombre en un susurro, no una vez, sino dos, suplicándole que le diera más.
    – Ven… ven conmigo -gruñó Brian, labio contra labio-. Ya…
    Entonces, como si hubiese estado esperando la invitación, Lily sintió que el cuerpo explotaba en un estallido orgásmico. Gritó, luego sintió la descarga de Brian, que la penetró una última vez y se apretó a ella, finalmente, mientras terminaban los espasmos.
    Después se desplomó. Cayó encima de ella, se echó a un lado y la agarró por la cintura para apretarla contra su cuerpo. Luego se quedaron en silencio.
    – ¿Estás bien? -le preguntó ella cuando recuperaron el aliento.
    – No puedo creer lo que acabamos de hacer. Yo nunca… bueno, nunca había hecho algo así.
    – Me cuesta creerlo -Lily esbozó una sonrisa precavida.
    – Pues créelo -dijo él, frotándole el cuello con la nariz-. Ha sido increíble. Has estado… impresionante.
    Lily arrastró los dedos sobre el cabello de Brian y lo besó. Nunca se había sentido tan plenamente satisfecha y, en otras circunstancias, se habría pasado una semana entera haciendo el amor con Brian Quinn en la limusina. Pero se había hecho una promesa y la mantendría. Una aventura de una noche era eso: una aventura de una noche.
    De repente, se arrepintió. Quizá no hubiera sido una buena idea. Después de lo que habían compartido, no quería marcharse sin más. Brian Quinn era un hombre estupendo. Y, si no se equivocaba, estaba disponible. Tragó saliva. No era momento de cambiar de planes.
    – Creo que todavía me quedan dos preguntas, ¿no? -murmuró él.
    – No sé -dijo Lily-. He perdido la cuenta.
    – Bueno, ¿y ahora qué? -Brian le acarició un hombro-. No podemos dar vueltas en la limusina toda la vida. Se va a acabar la gasolina.
    – Por mí seguimos hasta que se acabe -dijo ella, mirándolo a la boca.
    – Podríamos ir a mi casa. O a la tuya -sugirió Brian.
    De nuevo, Lily se tuvo que obligar a recordarse sus intenciones iniciales. Se incorporó, se arregló el vestido, echó mano a la cremallera, Brian le dio la vuelta y se la subió mientras le acariciaba un brazo con la mano libre.
    El contacto le provocó un escalofrío, pero lo disimulo agachándose por la ropa interior y los zapatos. Guardó las bragas y el sujetador en el bolso, se calzó. Luego pulsó el botón del interfono:
    – Por favor, llévenos de vuelta al Copley Plaza -le indicó al chófer. Después miró a Brian a la cara. Por un momento, se quedó embelesada con el color de sus ojos-. Seamos sinceros: esto ha sido sexo, lujuria. Y ha sido maravilloso. Toda una experiencia. Pero no tiene por qué ser más. No espero que lo sea.
    – Pero al menos deberíamos…
    – ¿Qué?, ¿debería darte mi teléfono? Puede que llames, pero puede que, después de pensártelo un par de días, decidas que es mejor dejar las cosas tal cual. Pero si te doy mi número, puede que espere tu llamada y, si no me llamas, me sentiré dolida. O puede que volvamos a vernos y que nos demos cuenta de que entre nosotros no hay… nada más que esto. O quizá descubramos que tenemos un montón de cosas en común y hasta empezamos a salir juntos. Pero tú acabarás aburriéndote o yo te exigiré demasiado. nos pelearemos y acabaremos odiándonos -Lily tomó aire antes de seguir hablando y sonrió-. Así que quizá sea mejor que no te dé mi teléfono y nos ahorramos dolores de cabeza.
    Brian se abrochó los pantalones, se subió la cremallera, alcanzó la chaqueta.
    – Lily, no creo…
    Lily le puso un dedo en los labios, lo besó y le rodeó la nuca.
    – Lo he pasado muy bien, corazón.
    – Yo también, cariño -murmuró él, reticente a conformarse-. Pero eso no significa que…
    – Sí, sí significa.
    El coche se detuvo. Lily miró por la ventanilla, sorprendida al ver que ya estaban de vuelta en el hotel. Brian la agarró y la besó otra vez, en un nuevo intento de hacerla cambiar de opinión.
    – Deja que por lo menos intente convencerte -susurró. Pero Lily se apartó, negando con la cabeza-. En fin, supongo que no volveré a verte.
    – Supongo que no -Lily sonrió-. Lo he pasado muy bien, Brian.
    Este la miró a los ojos. Luego se encogió de hombros y se acercó a la puerta.
    – Buenas noches, Lily.
    Acto seguido abrió la puerta y salió. Por un momento, Lily pensó que se volvería a decirle algo. Pero se limitó a cerrar. Se quedó mirándolo mientras se alejaba por la acera. Después, suspiró, se dejo caer contra el respaldo del asiento y se llevó una mano al pecho.
    – ¿Qué he hecho?
    – ¿Señorita Gallagher?
    – Lléveme al hotel, por favor -le pidió ella, sobresaltada por la voz del chófer, tras pulsar el botón del interfono.
    Mientras la limusina doblaba la curva, Lily cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. No era momento de ponerse a dudar. Había ido a Boston para hacer un trabajo y, cuando terminara, volvería a Chicago. Y se llevaría un recuerdo increíble de un encuentro espontáneo y apasionado para que le hiciese compañía por las noches.
    Apoyó las manos sobre el asiento y tocó con los dedos la pajarita de Brian.
    – Sexo del bueno -murmuró mientras la acariciaba-. Eso ha sido todo -añadió. Pero su voz no sonó convencida.

    – ¿No haces el telediario de esta noche? Brian se sentó en un taburete junto a su hermano gemelo, Sean, y saludo con la mano a su padre, al otro lado de la barra. El Pub de Quinn estaba relativamente vacío para ser un domingo por la tarde. Algunos clientes habituales estaban al fondo, jugando al billar, y una pareja estaba en una de las mesas próximas a la barra. Por los altavoces sonaba una suave balada irlandesa.
    – ¿Haces el telediario de esta noche? -le preguntó Seamus tras acercarse con el mandil puesto.
    – Sí. A las once. Tengo que estar en el estudio a las siete. Me apetecía comer algo antes.
    – Tenemos coles. Te sirvo un plato.
    – No, mejor una hamburguesa con queso, sin cebolla. Y un refresco sin burbujas, no me vaya a entrar hipo.
    – ¿Por?-Seamus enarcó una ceja.
    – Tengo que leer las noticias. No puedo arriesgarme a estar con hipo.
    Seamus le acercó el refresco, luego apuntó el pedido y fue a la cocina a encargarle a Henry la hamburguesa.
    Brian y Sean se quedaron en silencio, mirando sus bebidas. No necesitaban hablar. Desde que habían nacido, compartían un lenguaje secreto, una capacidad especial para adivinar el estado de ánimo del otro o lo que estaban pensando. Aunque Sean no solía abrirse con los demás hermanos, cuando estaba a solas con Brian sí podía sincerarse.
    Brian sabía que todos pensaban que Sean era tímido y reservado. Pero también sabía que su hermano utilizaba una fachada de indiferencia para ocultar su sensibilidad. Se protegía tras una armadura y permitía a muy pocas personas que miraran dentro.
    De todos los hermanos Quinn, Sean había sido el que había llevado peor la infancia que le había tocado. Se había rebelado contra las circunstancias. Nunca había aprendido a confiar y se había vuelto un hombre solitario. Había dejado el cuerpo de policía y se había hecho detective privado para poder trabajar a su aire.
    – ¿Qué tal el trabajo? -preguntó Brian.
    – Ni bien ni mal.
    – Creía que habías pillado un buen pellizco con el caso ese de Liam, Eleanor y ese tal Pettibone.
    Meses atrás, un banco de Manhattan había contratado a Sean para que resolviese un caso de malversación y este había pedido ayuda a su hermano Liam, al que le había encargado que vigilara a la sospechosa. Liam se había enamorado de ella. Después de limpiar su nombre y demostrar su inocencia, Eleanor Thorpe y Liam habían seguido viéndose y habían anunciado su compromiso el día después de la boda de Brendan y Amy, a principios de mayo.
    – Lo pillé -dijo Sean-. Pero me lo he pulido con las costas de otro caso grande. A mi cliente rico no le ha gustado lo que he descubierto. Resulta que su mujer lo estaba engañando. Y ha decidido no pagarme los honorarios. He tenido que contratar a un abogado y presentar una denuncia.
    – Vaya -lamento Brian-. Ojalá pudiera echarte una mano.
    – Estoy bien -contestó Sean-. Liam está ganando dinero últimamente. Está pagando el alquiler del apartamento… por una vez. Seguirá con Ellie hasta que se muden a finales de verano. Hasta entonces no tendré problemas.
    – ¿Cómo llevas lo de vivir con los dos?
    – Le gusta limpiar -dijo Sean, encogiéndose de hombros, en alusión a Ellie-. Es un poco maniática con la tapa del váter. Y le agradecería que no dejara colgando… sus trapitos íntimos por todo el baño.
    – Ya, supongo que pueden distraerte -murmuró Brian, recordando al instante el sujetador y las braguitas negras de encaje a juego de Lily Gallagher. Respiró profundamente y se sacó la imagen de la cabeza. Llevaba todo el día pensando en Lily y ya era hora de parar. Sí, era guapa e interesante y habían pasado una noche inolvidable; pero no debía concederle más importancia de la que tenía.
    – Le gusta cocinar. Siempre hay restos en la nevera -continuó Sean después de un sorbo de Guinness-. Entre eso y, cuando vengo al pub, me estoy ahorrando un montón de dinero en comida.
    Brian asintió con la cabeza. Miró hacia el fondo de la barra y captó las miradas de dos rubias despampanantes. Una de ellas lo saludó con la mano. En cualquier otra circunstancia, Brian le habría devuelto el saludo. Pero, tras su experiencia con Lily, había decidido tomarse un respiro con el sexo opuesto.
    Conocer a Lily Gallagher lo había desconcertado. Nunca había perdido el control como con ella. Por supuesto que había seducido a unas cuantas mujeres, hasta había tenido aventuras de una noche, pero con Lily había sido distinto. En vez de sentirse saciado al despertar, se sentía inquieto, como si hubiese hecho algo… algo malo.
    ¿Pero qué? Ella lo había buscado tanto o más que él. Y, desde luego, no había necesitado presionarla. Le había dado la oportunidad de parar en aquella carrera alocada hacia la intimidad.
    Era preciosa. Y tenía un cuerpo diseñado para sus manos. Brian miró a las chicas de la barra. Le resultó curioso pensar que un par de noches atrás le habrían resultado atractivas. Pero en esos momentos eran… demasiado. Tenían demasiado pintados los labios, demasiados reflejos en el pelo, demasiado ajustada la ropa y pechos demasiado grandes para ser naturales.
    Lily no había necesitado mejoras para ser bonita. El cabello, la piel, la silueta esbelta. Todo le había parecido perfecto. De pronto la vio con la falda subida, con los ojos cerrados, en el momento del orgasmo. Brian emitió un gruñido débil y se frotó la frente.
    – Lily -murmuró.
    – ¿Qué? -preguntó Sean.
    – ¿Qué de qué?
    – Has dicho Lily -contestó Sean-. Lily, ¿qué?
    – Ah… Lily. La conocí anoche. En la fiesta de recaudación de fondos en el Copley Plaza.
    – Aja.
    – ¿Qué significa eso?
    – Nada.
    – Entonces cierra la boca.
    – No la tomes conmigo -dijo Sean-. Era por darte conversación.
    – Bueno, pues no me la des -murmuró Brian. De nuevo se quedaron en silencio, ambos mirando sus bebidas, hasta que Brian soltó otro exabrupto.
    – ¿Era guapa? -preguntó Sean.
    – Sí. Y divertida, inteligente, muy sexy. Llevaba un vestido dorado que le sentaba… no te lo imaginas. De verdad, creo que me dejó sin respiración. ¿Alguna vez te ha pasado eso?
    – Parece que te ha dado fuerte.
    – He pasado una noche con ella.
    – Dime que no la salvaste de una situación de vida o muerte -dijo Sean-. Si no, la has fastidiado.
    – No, no la sal… -Brian frenó en seco. Maldita fuera. Sí la había salvado, no de un peligro mortal, pero sí de un acompañante aburrido. De hecho, Lily le había dado las gracias por el favor y el no se había dado cuenta de la importancia de sus palabras hasta ese momento-. Sí, supongo que la salvé.
    – Pues ya la has liado. Brian, ¿es que no prestas atención? Conor, Dylan, Brendan y Liam. Hasta Keely. Es una maldición, ya lo sabes. Nadie es inmune. Ni siquiera tú.
    – Ni tú -replicó Brian.
    – ¿Ah, no? Yo no estoy llorando en la barra por una aventura de una noche.
    – No fue una simple aventura -contestó.
    – ¿Tienes su teléfono?, ¿has quedado en volver a verla? ¿Piensas llamarla?
    – No.
    – Entonces fue una aventura de una noche.
    – Dicho así suena… bueno, no fue una aventura. Fue distinto. Además, si quisiera encontrarla, la encontraría.
    – ¿Sabes dónde vive?
    – No.
    – No tienes su teléfono. ¿Te dijo donde trabaja?
    – No, pero sé cómo se llama: Lily Gallagher.
    – ¿Estás seguro de que es su verdadero nombre?
    – Deja de hablar como un detective. Si quisiera encontrarla, la encontraría -repitió Brian. Lo cierto era que no había dejado de preguntarse justo eso desde que había salido de la limusina. Podía llamar al organizador de la fiesta y conseguir su dirección de la lista de invitados. Podía llamar a la empresa de alquileres y preguntar quién había contratado la limusina. Si de verdad quería localizarla, podía buscar su apellido en la guía telefónica de Chicago-. Yo no creo en la maldición -dijo por fin.
    – Quizá sólo haya sido un aviso -comentó Sean-. La próxima vez ándate con más cuidado. No puedes fiarte de las mujeres.
    Brian sabía que los prejuicios de Sean no se basaban del todo en las citas que había tenido. Su desconfianza se remontaba a la infancia, cuando su madre los había abandonado a los tres años. Brian no tenía recuerdos de Fiona Quinn siendo niño. Su padre les había contado que se había ido y se había matado en un accidente de coche. Al cabo de muchos años, Fiona había vuelto a sus vidas y Brian la había perdonado. Pero Sean parecía seguir resentido.
    – Mamá está en casa de Keely y Rafe -dijo Brian-. Keely ha llamado esta mañana y quiere que vayamos todos a celebrar el Cuatro de Julio. Ahora que está trasladando el negocio aquí, Fiona está pensando en venirse también. Creo que Keely quiere convencerla de que todos queremos que esté con nosotros. ¿Vendrás?
    – No, estoy ocupado. Estaré trabajando en un caso… fuera de la ciudad.
    – ¿Qué tienes con ella? Eres adulto, no un chiquillo enrabietado. Papá y mamá lo pasaron mal, los dos cometieron errores. Si papá puede perdonarla, tú también deberías.
    – Tengo mis razones.
    – ¿Qué razones? -preguntó Brian. Sean negó con la cabeza y dio un sorbo a su Guinness-. De verdad, te juro que eres el tío más testarudo y egoísta que he conocido.
    – Lo engañaba -murmuró Sean.
    – ¿Qué?
    – Fiona -susurró Sean-. Engañaba a papá.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Una noche, después de que el Increíble Quinn llegara a puerto, Conor me mandó al pub para que trajera a papá a casa. Estaba borracho. Estaba hablando con unos amigos y les dijo que había sorprendido a Fiona con otro hombre. Que la había echado de casa y esperaba que no volviese nunca. No sabía que yo estaba oyéndolo.
    – ¡Vaya, Sean! ¿Por qué no dijiste nada?
    – ¿Qué iba a decir? Yo no la conocía. Y Con, Dylan y Bren hablaban de ella como si fuese la reina de la virtud.
    – ¿Qué más dijo papá?
    – Apenas me acuerdo. Estaba muy borracho. Casi no se le entendía -Sean suspiró-. Todas esas historias de los increíbles Quinn. No lo culpo. Dejar que una mujer tenga poder sobre ti puede ser muy peligroso.
    – Tienes que hablar de esto con mamá.
    – ¿Por qué?, ¿para que se invente una excusa? Se suponía que nos quería. Se suponía que tenía que ser fiel a papá. En eso consiste el matrimonio. Hasta que la muerte nos separe.
    – La gente comete errores, Sean. Y estar casado ya es bastante difícil sin un marido que se pasa semanas fuera de casa y que se gasta el dinero en alcohol y apostando.
    – ¿Estás diciendo que tenía motivos para engañarlo?
    – Estoy diciendo que tienes que hablar con ella y aclarar las cosas. Fiona quiere recuperar a su familia y tú eres parte de esa familia.
    – Dile a papá que mañana le echo una mano en la barra -dijo Sean. cambiando de conversación-. Tengo que irme -añadió al tiempo que se levantaba.
    Brian suspiró mientras su hermano caminaba hacia la puerta. Quizá lo había presionado demasiado. Pero llevaba tenso todo el día y no había podido evitar forzar una discusión.
    – Tengo que olvidarme de Lily Gallagher – murmuró-. Tengo que quitármela de la cabeza.

    – No sé qué hago aquí. Patterson no me ha explicado lo que quiere -dijo Lily. Estaba sentada en el salón de su suite, haciendo garabatos en un papel mientras hablaba con su mejor amiga y compañera en la agencia, Emma Carsten-. Hemos quedado el martes, supongo que me lo dirá entonces.
    – ¿Para qué tenías que estar en Boston esta semana?
    – No sé -Lily dibujó un corazón y repasó el perfil una y otra vez-. Supongo que querría que asistiese a la fiesta de recaudación de fondos que daba para que viese lo bueno que es.
    Emma y Lily habían empezado a trabajar en DeLay Scoville el mismo mes y se habían ayudado mutuamente el primer año, llamándose cada vez que tenían alguna duda. Aunque ya tenían más experiencia, seguían hablando de sus clientes.
    – ¿Por que habrá buscado a una experta en relaciones de Chicago? -preguntó Emma-. En Boston tiene que haber un montón.
    – No sé, tendré que preguntárselo.
    – Sabrá que eres buena en casos de escándalos. ¿Crees que se trata de un escándalo?
    – Si lo es, espero que no sea muy complicado, o me tocará tirarme una buena temporada por aquí,
    – ¿Cómo son los hombres de Boston? -preguntó Emma-. ¿Son más guapos que en Chicago?, ¿conociste a alguien interesante en la fiesta?
    Lily contuvo la respiración. No cabía duda de que Brian Quinn le había parecido interesante. ¿Cuántas veces había pensado en él desde la noche anterior? Había creído que podría concentrarse en el trabajo, pero hacer el amor en el asiento trasero de una limusina había sido la cosa más alocada y peligrosa que había hecho en su vida. Y, en vez de satisfacerla, la hacía desearlo más. Quería volver a probar su boca, acariciar su pelo, ese cuerpo increíble. Tragó saliva.
    – No… no he venido a ligar -contestó por fin-. Me han contratado para trabajar.
    – ¿Estás bien? -le preguntó Emma al cabo de unos segundos-. Te noto un poco rara. Tensa.
    – No, estoy bien.
    – ¿Estás pensando en Daniel? Este trabajo es lo mejor que puede haberte pasado. Así pondrás distancia entre él y tú y podrás seguir adelante con tu vida.
    Pero Lily no había pensado en Daniel un solo segundo desde que había conocido a Brian.
    – Ya lo he superado -aseguró-. A partir de ahora, no me dejaré atrapar en más fantasías románticas. De hecho, no voy a dejarme engatusar por ningún hombre.
    – Me parece una buena actitud -dijo Emma-. De momento.
    – Oye, he pedido un aperitivo y están llamando a la puerta -se excusó Lily tras oír que golpeaban con los nudillos-. Te llamo el martes después de hablar con Patterson. Acuérdate de regarme las plantas y recogerme el correo – añadió y colgó el teléfono tras despedirse.
    Lily encendió el televisor mientras se acercaba a la puerta. El sonido del telediario de las once llenó el salón. Aunque había tomado una ensalada suculenta en el restaurante del hotel para cenar, se le había antojado algo dulce. Se había prometido empezar una dieta, pero ese día ya había hecho bastante ejercicio, paseando por Beacon Hill, yendo de compras y visitando los barrios con más historia de Boston, para conocer un poco más de la ciudad que sería su hogar durante los próximos meses.
    Pero, a pesar de distraerse con las compras, no había podido impedir que sus pensamientos volvieran una y otra vez a la noche anterior. Incluso en esos momentos le ardían las mejillas al recordar lo que había hecho. Se llevó las manos a la cara antes de abrir la puerta. ¿De qué se avergonzaba? Había decidido qué quería y había ido en busca de ello. El hecho de haber dado rienda suelta a sus instintos más lascivos y terminar con un orgasmo sobrecogedor no lo convertía en un delito.
    – O de eso trato de convencerme -murmuró justo antes de abrir la puerta.
    – Buenas noches, señorita Gallagher -la saludó un camarero con una bandeja.
    – Hola -Lily se echó a un lado para dejarle paso-. Puede dejarlo en la mesa, gracias.
    Lo siguió, firmó el recibo de la ración de tarta y el helado y añadió una propina generosa. Richard Patterson cubría los gastos de alojamiento, de modo que, ¿por qué privarse? Pero, mientras firmaba el recibo, le llegó el sonido de una voz familiar. Se quedó helada. Luego, muy despacio, se giró hacia el televisor.
    Se le desencajó la mandíbula. ¡Era él! Brian Quinn estaba tras la mesa de redacción, leyendo las noticias. Cerró los ojos y maldijo. Ya no sólo se lo imaginaba en la cama, o duchándose con ella, sino también en televisión. Abrió los ojos y miró a la pantalla, dispuesta a confirmar que se había equivocado.
    – Dios -murmuro-. Es él.
    – Es muy bueno -comentó el camarero, apuntando hacia el televisor.
    – ¿Qué?
    – Ese tipo. Quinn. Hizo una investigación estupenda sobre talleres de reparación de coches en Boston. Fue todo un descubrimiento. Resultó que dos de las empresas más importantes de reparación de vehículos de la ciudad causaban desperfectos adrede en los coches que les llevaban a arreglar para aumentar la factura. Este Quinn se plantó delante de ellos, les puso el micro delante de la cara y destapó todo el pastel.
    Lily seguía clavada ante el televisor, hechizada con el hombre que aparecía en la pantalla. Realmente era guapo, con ese cabello negro, de pómulos marcados y labios bien definidos. Sintió un ligero temblor por el cuerpo. Le costaba creerse que aquel fuese el mismo hombre con el que había estado la noche anterior. No le había dicho a qué se dedicaba… aunque eso formaba parte de las reglas que habían establecido.
    – No suele ser el presentador -comentó el camarero-. Es periodista de investigación. No sé dónde he leído que es de Southie.
    – ¿Southie?
    – Del sur de Boston, un chico de origen humilde. Barrio de trabajadores -explicó él. Lily le entregó el recibo firmado y le dio las gracias. El camarero sonrió-. Que pase una buena noche, señorita Gallagher. Llámeme si necesita cualquier cosa.
    No se molestó en acompañarlo a la puerta. Permaneció con los ojos pegados al televisor mientras se sentaba despacio frente a la mesa. Se le hacía rarísimo estar mirándolo otra vez. Al despedirse de él la noche anterior, había dado por sentado que no volvería a verlo. Y, de pronto, estaba allí, en la habitación del hotel con ella.
    Agarro el tenedor y partió un pedacito de la tarta de manzana, estupefacta todavía por el telediario. ¡No era justo! Se suponía que no debía reaccionar de ese modo. ¡Una aventura de una noche no era más que una aventura de una noche!
    Pero, de repente, podía localizarlo. Ya no era un desconocido anónimo, sino un hombre con un trabajo, una casa, gente que lo conocía. Si quería, podía llamar al canal en ese mismo momento y dejarle un mensaje. Y cuando lo recibiera, se pasaría a buscarla al hotel y…
    Lily miró la ración de tarta y se comió lo que quedaba de ella en cuatro grandes bocados. Luego agarró el menú del servicio de habitaciones y llamó a cocina.
    – Hola. Sí, soy Lily Gallagher, habitación 312. Me gustaría pedir una ración de tarta con merengue de limón y otra de fresas. Y suba también un sundae de chocolate, por favor, y dos vasos de leche. Deprisa.
    Colgó, se levantó y empezó a dar vueltas delante del televisor.
    – Contrólate -murmuró-. No te imagines lo que no es. Tienes que serenarte.
    Lily gruñó y se dejó caer sobre el sofá mientras esperaba la comida. Si de veras controlaba la situación, ¿por qué quería pasar otra noche con Brian Quinn?, ¿y luego unas cuantas más? ¿Por qué se veía capaz de zamparse una tarta entera? Lily se cubrió la cara con las manos y gruñó.
    – ¿Qué he hecho?

Capítulo 3

    Lily estaba sentada en su despacho de Inversiones Patterson, mirando el horizonte por la ventana. Se levantó de la mesa y se fijó en tráfico que congestionaba las calles abajo. Aunque Boston era una ciudad bonita, no era Chicago. Suspiró. Sólo llevaba fuera de casa tres días y ya sentía nostalgia.
    Tras romper con Daniel, había tomado algunas decisiones importantes. Había visto una casa vieja en Chicago y, sin pensárselo dos veces, se la había comprado. Había sido un primer paso hacia la independencia. Desde que había salido de la residencia de estudiantes en la universidad, había vivido de alquiler, a la espera de que el hombre ideal apareciera, se casaran y compraran una casa juntos.
    Pero, de pronto, tenía una hipoteca que pagar ella sola y una casa vieja que necesitaba un tejado nuevo. Conseguir un ascenso de puesto y un aumento de sueldo la ayudarían a pagar las facturas. Si hacía un buen trabajo con Richard Patterson, Don DeLay tendría que reconocerle su valía.
    La casa no había sido el único cambio. Una vez más, pensó en Brian Quinn. Su pequeña aventura también había formado parte del plan… Lina parte de la que cada vez se arrepentía más.
    Se apartó de la ventana. ¿Por qué no podía quitarse a Brian Quinn de la cabeza? Sí, había sido una noche de sexo del bueno, de acuerdo. Increíble incluso. Pero tenía que creer que lo realmente especial había sido la espontaneidad con que había actuado. No estaba acostumbrada a hacer el amor en el asiento trasero de una limusina.
    Después de lo que había pasado, se había quedado satisfecha con el resultado. Había obtenido justo lo que quería… en un principio. Pero luego no había dejado de rememorar aquel acto apasionado. En ningún momento había imaginado que tendría tantas ganas de volver a verlo.
    Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta. Lily respiró profundamente. Estaba muy tensa. ¿Sería un efecto secundario de aquel arrebato lascivo?
    – ¿Sí?
    – El señor Patterson quiere verla, señorita Gallagher -la informó Marie, la ayudante que le habían asignado, tras asomar la cabeza por la puerta-. En su despacho.
    – Gracias, Marie.
    Lily se alisó la falda, sujetó el cuaderno entre el brazo y el costado, salió de su despacho y recorrió el pasillo hasta el ascensor. Una vez dentro, se apoyó contra la pared y miro cómo iban cambiando los números de las plantas. Así era como las mujeres normales se volvían desvergonzadas, musitó. Sólo podía pensar en sexo, sexo y más sexo. Si hubiese habido algún hombre atractivo en el ascensor, a saber qué habría ocurrido.
    – Necesito un hobby -dijo-. Algo para distraerme. Cerámica o kickboxing. Podría apuntarme a clases de canto. Siempre he querido aprender a cantar… Y no estaría mal si dejara de hablar conmigo misma -añadió al ver la cámara de seguridad situada en una esquina del ascensor.
    Las puertas se abrieron y Lily avanzó a paso ligero hasta el final del pasillo. La secretaria de Richard Patterson se levantó al verla llegar.
    – Hola, señorita Gallagher. ¿Quiere que le traiga algo?
    – Un café si es tan amable, señora Wilburn -contestó Lily-. Con leche, una cucharada de azúcar -precisó antes de llamar a la puerta, empujarla y entrar.
    Richard Patterson la recibió tras una mesa imponente, impecablemente organizada. Apuntó hacia una silla.
    – Buenos días, Lily. Supongo que la señora Wilburn te ayudó ayer a instalarte.
    – Sí. Tengo despacho, una ayudante y he conocido a algunos de sus hombres de confianza -Lily hizo una pausa-. Parece que el departamento de relaciones públicas lo está haciendo muy bien. Así que sigo sin entender para qué me necesita
    Patterson se apoyó contra el asiento y se cruzó de brazos.
    – Hay una operación en marcha que puede generar un poco de revuelo y necesito a alguien con experiencia para manejar la situación cuando estalle. Alguien de fuera, objetivo, para que nos guíe.
    – ¿Qué clase de operación? -preguntó Lily, advirtiendo la tensión del rostro de Patterson.
    – Estoy trabajando en un proyecto de desarrollo en el puerto.
    – El proyecto Wellston -dijo ella.
    – Como sabes, sacar adelante un proyecto inmobiliario de esta magnitud puede resultar casi imposible. Hay un sinfín de trámites y papeleos y, si no llevo el asunto de forma expeditiva, se puede generar cierta inseguridad entre los inversores y perdería el proyecto. Estaba a punto de renunciar a él cuando se me ocurrió una forma de llevarlo a cabo.
    – ;Y? -preguntó Lily, disimulando el malestar que empezaba a sentir-. ¿O quizá debería no preguntar?
    – Creo que es mejor que lo sepas todo. Digamos que, si infrinjo la ley o no, depende de la interpretación que se haga de dichas leyes. Tuvimos que hacer algunas cosas que no eran totalmente éticas. Y algunos medios de comunicación están detrás de mí desde que conseguí el contrato para mi primer centro comercial. Si los detalles de esta operación salen a la luz, mis inversores se retirarán y acabaré en la ruina. Inversiones Patterson quebrará y dejará sin trabajo a centenares de personas. Vi cómo llevaste el caso de soborno para la adjudicación aquella de Chicago. ¿Puedes hacer lo mismo con nosotros?
    Lily maldijo para sus adentros. Aunque era experta en crisis con los medios de comunicación, siempre era mucho más fácil cuando el cliente no había infringido la ley. Un escándalo sexual era un juego de niños en comparación con un posible juicio y condenas de cárcel. Si podía elegir entre moralidad y legalidad, los problemas morales eran mucho más manejables.
    – Debes saber tres cosas -dijo Lily-. Primero, no violaré ninguna ley por ti. Segundo, no voy a mentir por ti. Puede que sea ambigua con la verdad, puede que me niegue a responder a algunas preguntas, pero no mentiré.
    – ¿Y tercero?
    – Si acepto el trabajo, tendrás que seguir mi consejo. Harás exactamente lo que te asesore. No estoy segura de que pueda evitar que se desencadene un desastre, pero sí puedo poner todo mi empeño en hacer que sus problemas parezcan menos… noticiables.
    – De acuerdo -Patterson agarró un expediente del centro de la mesa-. El primer tipo al que tienes que neutralizar es Brian Quinn.
    – ¿Brian Quinn? -Lily se quedó atónita-. ¿De que lo conoce?
    – Lleva seis meses metiendo las narices en mis negocios. Es un buen periodista de investigación y cree que, si me saca algún trapo sucio, conseguirá un reportaje que dispare la audiencia de su canal. Hay que frenarlo como sea – explicó Patterson. Lily agarro el expediente, lo hojeó-. He contratado a un detective privado para que lo investigue. Encontrarás mucha información. Tiene fama de mujeriego. Su padre lleva un pub en Southie. Quizá podamos utilizarlo como arma, crearle algún problema si le falta alguna licencia. El año pasado acusaron al padre de asesinato.
    – ¿Asesinato!
    – Está todo en el expediente. El detective lleva siguiéndolo un mes. Debería enviarme otro informe uno de estos días. Está escarbando en su pasado. Ya he pedido que te manden algunos artículos y cintas de sus reportajes. Familiarízate con él, quiero encontrar estrategias para contrarrestarlo. No necesitas pedir mi aprobación para nada. Sólo asegúrate de llevar a cabo el encargo -Patterson se levantó, poniendo fin a la reunión.
    – En seguida me pongo con ello -dijo Lily mientras se ponía de pie.
    Salió del despacho al tiempo que la señora Wilburn entraba con su café. Lily se encogió de hombros, pidiéndole disculpas, y siguió andando. Cuando llegó a su despacho, cerró la puerta y respiró profundamente. La cabeza le daba vueltas y sentía un nudo en el pecho y el estómago.
    El informe del expediente se extendía hasta llenar diez páginas. Lily le echó un vistazo, asombrada por lo detallado que era. Volvió a la primera página y se fijó en la fecha. Databa de dos semanas antes de su encuentro con Brian Quinn en la limusina.
    Maldijo para sus adentros. Pero el detective había seguido vigilando los movimientos de Brian Quinn después de aquel informe. En ese momento, podía estar redactando un informe sobre su cita. No le habría costado encontrar el nombre de ella en la lista de invitados. Lily frunció el ceño. Pero Brian decía que se había colado. Dadas las circunstancias, Lily no pudo evitar pensar que había ido a la fiesta para sacar algo de información sobre Richard Patterson.
    – No tiene vergüenza.
    De pronto, se quedó pensativa. ¿Habría sabido desde el principio quién era ella? Lily sacudió la cabeza. Habría tenido que ser el mejor periodista de investigación del mundo para saber que había ido a la ciudad, no digamos para saber la razón por la que estaba allí.
    Lily agarró el listín telefónico, lo abrió. Tenía muchas preguntas sin respuesta y estaba segura de que no la iban a dejar descansar. Cuando encontró el número y la dirección del canal WBTN, la apuntó en un papel. Luego respiró hondo, Tendría que ir con mucho cuidado. No podía plantarse en los estudios de televisión y hacerle frente directamente. Tenía que conseguir llevarlo a un terreno neutral.
    – Podía llamarlo y pedirle una cita -murmuró mientras descolgaba el auricular. Pero eso suponía reconocer que sentía por él algo más que el capricho pasajero de una noche-. No, tiene que haber otra forma.
    Lily había diseñado estrategias para clientes multimillonarios. Tendría que ser capaz de encontrar la manera de abordar a Brian Quinn. Pero, ¿por qué quería verlo en realidad? ¿Para averiguar lo que sabía sobre los tejemanejes de Richard Patterson?, ¿o para convencerlo para que no siguiera adelante con esa historia? Gruñó. La razón por la que necesitaba verlo tal vez fuese más personal que profesional.
    Se le ocurrió una idea y marcó el número del canal.
    – Me gustaría hablar con Brian Quinn -dijo cuando descolgó la recepcionista, tratando de forzar la voz para que sonase más profunda, mayor.
    – Un momento, le pongo.
    Se oyó el pitido de otro teléfono y contesto una mujer.
    – Sala de prensa -dijo.
    – Con Brian Quinn, por favor.
    – ¿Le importa decirme de qué se trata?
    – Quiero hablar con él sobre Richard Patterson -dijo Lily-. Tengo cierta información que podría interesarle -añadió y la dejaron a la espera unos segundos.
    – Brian Quinn.
    El corazón se le aceleró al oír su voz, tan suave y profunda.
    – ¿Señor Quinn?
    – ¿Quién habla?
    – Mi nombre es lo de menos. Tengo algo que le puede interesar… sobre Richard Patterson. ¿Podemos quedar en algún sitio?
    – De acuerdo -contestó él tras pensárselo unos segundos-. Hay un local en Southie. El Pub de Quinn.
    – ¿Pub de Quinn?
    – Es de mi padre. Allí podremos hablar. Confíe en mí. ¿Como la reconoceré?
    – Yo lo reconoceré a usted. Hoy a las tres de la tarde -dijo Lily-. No falte -añadió y colgó acto seguido. Respiró profundo. El pub de su padre seguía sin ser terreno neutral, pero, si hubiese protestado demasiado, Brian podría haber sospechado algo. El Pub de Quinn era un lugar tan bueno como cualquier otro para hacerle frente.
    Pero, ¿qué le diría? Lily se frotó la cabeza, tratando de borrar la confusión que ofuscaba su cerebro. Fuera lo que fuera, tendría que asegurarse de dejarle claro cuál era su posición. No iba a meterse en el asiento trasero del coche más cercano y repetir lo que habían compartido en la limusina la otra noche. Sería educada y le recomendaría que se mantuviera alejado de Richard Patterson. No prestaría atención a su increíble cuerpo ni a su sonrisa, ni al modo en que la miraba, como si sólo quisiera arrancarle la ropa y devorarla.
    – Puedo hacerlo -murmuró Lily-. No sólo es un trabajo. Es una aventura.

    Brian aparcó frente al pub a las tres menos cinco. Salió del coche y miró de un lado a otro de la calle por si su contacto lo esperaba afuera.
    Sabía que era una mujer, nada más.
    Como periodista de investigación, había pasado muchísimas horas localizando personas que podían estar dispuestas a confesarlo todo, convenciendo a ex secretarias, vecinos cotillas y hasta parientes para que delataran a quienes consideraban culpables de algún tipo de irregularidad. Sospechaba que esa mujer sería una empleada, una ex novia si tenía suerte.
    Subió las escaleras de dos en dos y empujó la puerta. Por suerte, el pub estaba casi vacío. Un par de clientes habituales jugaba a las cartas con Seamus en un extremo de la barra. Y una pareja comía en una de las mesas. Aunque el pub funcionaba muy bien, ya había pasado la hora punta de comer y quedaba mucho para la hora feliz.
    – Hola, papá -lo saludó Brian. Seamus soltó las cartas, pero su hijo levantó una mano-. Ya me sirvo yo.
    Pasó al otro lado de la barra, sacó una botella de agua de la nevera y luego se sentó a esperar en una banqueta. Ni siquiera tenía la certeza de que la mujer fuese a aparecer. Muchos de sus contactos acababan dando marcha atrás en el último momento, preocupados por su seguridad si llegaban a hacer algún comentario. Pero Brian había aprendido a tener paciencia. Una buena historia solía llevar su tiempo.
    Brian se giró al oír que se abría la puerta, pero era su hermano Sean. Este lo saludó con la cabeza y se sentó en un taburete a su lado.
    – Hola, Brian.
    – Sean -murmuró aquel.
    – Esperaba encontrarte aquí -Sean se llevó una mano al bolsillo y sacó un trozo de papel. Se lo entregó a Brian-. Ahí tienes.
    – ¿Qué es esto?
    – Lily Gallagher. Se aloja en el hotel Eliot. Habitación 312.
    – No te he pedido que la encontraras -dijo Brian y le devolvió el papel.
    – No hacía falta. Ya que vais a casaros, pensé que querrías saber dónde estaba.
    – Maldita sea, no voy a casarme con ella – Brian se puso de pie.
    – Eso dices, pero yo lo tengo claro -Sean se encogió de hombros. Agarró el papel, pero, en el último segundo, Brian se lo arrebató. Sonrió-. Lo sabía.
    – ¿Has venido por alguna razón o sólo para atormentarme?
    Sean metió la mano en otro bolsillo de la chaqueta y sacó un fajo de papeles:
    – Una lista con los nombres de las personas que han dejado de trabajar para Patterson en el último año. Me lo pediste hace unas semanas, ¿recuerdas?
    – ¡Vaya! No pensé que pudieras conseguirlo tan rápidamente -dijo Brian, olvidada la irritación de instantes antes.
    – Hay diecisiete nombres. Secretarias, subdirectores de departamento y un tipo de contabilidad.
    – Gracias, hermano. Te debo una.
    – Te mandaré la factura -clip Sean sonriente mientras se levantaba-. Tengo que irme. Nos vemos.
    Brian miró a su hermano caminar hacía la puerta. La abrió, se paró y vaciló, amagando hacia la izquierda y la derecha, para esquivar a un cliente que entraba. Por fin se esquivaron y la mujer se quedó mirando a Sean boquiabierta.
    – ¿Lily? -preguntó Brian, desconcertado. Se levantó de la silla, parpadeó convencido de que estaba teniendo una alucinación. Pero era ella. Lily Gallagher estaba en el Pub de Quinn. ¿Qué diablos hacía allí? ¿Le había hablado del pub?, ¿había ido a buscarlo?
    Suspiró. Estaba preciosa. Con el pelo castaño hacia atrás, recogido en un moño detrás de la nuca. Llevaba un traje de negocios conservador que ocultaba sus formas, pero volvió a dejarlo sin respiración, como la primera vez que la había visto con aquel vestido dorado.
    Lily cerró la boca al verlo. Luego frunció el ceño y miró de nuevo hacia la puerta.
    – Mi hermano gemelo, Sean -explicó Brian mientras se acercaba a ella-. La gente dice que nos parecemos, pero yo no lo veo. ¿Qué haces aquí? No esperaba volver a verte.
    Lily cruzó los brazos y miró a cualquier parte menos los ojos de Brian.
    – Teníamos una cita. A las tres en punto.
    – ¿Eres mi contacto? -Brian frunció el ceño-. ¿Cómo es posible?
    – Trabajo para Richard Patterson -dijo ella con calma, casi con frialdad.
    – Me tomas el pelo, ¿no?
    – Soy asesora en relaciones públicas. Y me ha contratado para protegerlo de gente como tú.
    No pudo evitar soltar una risotada. Tal como lo decía, parecía que fuese un delincuente.
    – ¿Gente como yo?
    – Periodistas. Así que aléjate de él o lo lamentarás -le advirtió. De pronto, pareció enfurecer-. Todo esto es por tu culpa. Si no hubieses puesto esas estúpidas reglas cuando nos conocimos, nada de esto habría pasado. Habríamos sabido quiénes éramos y habríamos podido evitar… nunca habríamos dado esa vuelta turística por Boston.
    – Trabajas para Richard Patterson -dijo Brian-. ¿Y qué? Lo único que me haría arrepentirme de lo que pasó en la limusina es que me dijeras que eres la mujer de Richard Patterson.
    – Tengo que irme -contestó ella-. Solo quería decirte que voy a hacer todo lo posible por proteger sus intereses. Es mi trabajo y soy muy buena -añadió, se dio media vuelta y enfiló hacia la puerta.
    Pero Brian no estaba dispuesto a dejarla irse. La alcanzó en un par de zancadas y le agarró la mano. Nada más tocarla, notó que no se sentía tan fuerte como aparentaba.
    – Un momento -Brian la detuvo-. No puedes irte así. Tenemos que hablar.
    – No… no tenemos nada de que hablar – dijo ella tras tragar saliva. Luego se soltó la mano-. Tú sabes mi posición y yo sé la tuya. Es todo lo que hace falta… saber -finalizo con voz temblorosa, afectada por la mirada intensa de Brian.
    – Actúas como si no hubiera nada más entre nosotros. Y sabes que no es verdad.
    – No hay nada entre nosotros -contestó Lily.
    Después abrió la puerta y bajó los escalones.
    Por un momento, Brian pensó en dejarla ir. Pero se negaba a aceptar que aquella pudiese ser la última vez que se verían. Echó una carrerita y se situó delante de ella, bloqueándole el paso.
    – Así que sólo me utilizaste para pasar un buen rato -le dijo-. No pensé que fueras tan calculadora.
    – Yo no te he utili… -Lily cerró la boca, pero sus ojos reflejaban el torbellino de emociones confusas que estaba conteniendo: rabia, frustración, dudas e inseguridad. Y, por detrás de todo, una atracción innegable.
    – Sé que sentiste algo, Lily -dijo él suavizando la voz al tiempo que le agarraba la mano de nuevo-. Yo estaba contigo. Puede que al principio sólo fuese sexo, pero al final fue algo más.
    Era agradable volver a tocarla, pensó Brian.
    De hecho, le estaba costando horrores no estrecharla entre los brazos y acabar con esa estúpida discusión con un beso.
    – No mezcles las cosas -dijo ella con un ligero quiebro en la voz-. Lo de esa noche fue un error y esto es un tema aparte.
    – Bueno, entonces acordemos que los dos vamos a hacer nuestro trabajo lo mejor que podamos. Yo seguiré detrás de Patterson y tú intentarás impedírmelo. Por mí no hay problema. Que gane el mejor.
    – Fue sexo -murmuró Lily.
    – Eso quisieras. Intentas convencerte de que sólo me utilizaste, sólo querías pasar un rato agradable y marcharte. Pero no me vas a engañar. Te vi, Lily. Te sentí. Y ahora mismo, mientras me miras, te estás preguntando qué podrías hacer para que volviera a ocurrir.
    – ¡Basta! -gritó Lily-, ¡Me voy!, ¡me voy ahora mismo y no quiero volver a verte!
    Fue a cruzar la calle, pero estaba tan enojada, que no se fijó en el tráfico. Brian la sujetó justo antes de poner el pie en la calzada. Le dio un tirón hacia atrás y un coche le pasó casi rozando.
    – Lily, cuidado. No puedes lanzarte a la calle…
    – ¡Suéltame!
    Frustrado, le agarró el otro brazo, la aplastó contra el pecho y la besó con fuerza. Al principio se resistió, pero cuando Brian redujo la presión, Lily se aflojó. Un gemido débil escapó de sus labios, plantó las manos en su torso y las entrelazó detrás del cuello. Brian había olvidado lo embriagadora que era, cuánto le costaba pensar en cuanto sus lenguas entraban en contacto.
    Había besado a muchas mujeres y se consideraba muy diestro. Pero, con Lily, besar era algo más que el primer paso de la seducción. Había una especie de comunicación silenciosa, la oportunidad de compartir algo íntimo que nunca había compartido con ninguna mujer.
    Tras besarla a conciencia, se retiró y esperó a la reacción de Lily. No tuvo que esperar mucho. Sus mejillas estaban encendidas de deseo y le estaba clavando la mirada en la boca, con los labios hinchados por el beso.
    – Puedes pasarte el día entero besándome y no conseguirás que cambie de opinión.
    Brian rió. Sus palabras no sonaron tanto a amenaza como a invitación.
    – Por ahí vamos mejor. ¿Quieres que empiece a besarte aquí mismo o buscamos un sitio más cómodo? -contestó y ella enarcó una ceja irritada.
    – Debes de ser el hombre más creído y egoísta que he conocido en la vida.
    – Pero tampoco has conocido a ningún hombre que te bese como yo.
    Lily apretó los dientes, se dio la vuelta y cruzó la calle hacia un taxi. Brian la siguió con la mirada, negó con la cabeza y se dirigió hacia su coche. Tras despedirse de ella la primera noche en la limusina, había creído que no volvería a verla. Pero esa vez tenía la certeza de que, antes o después, volverían a encontrarse. Y, cuando eso ocurriera, estaba seguro de que sería una experiencia interesante.

    Lily soltó el maletín sobre el sofá y se descalzó. Eran cerca de las siete y se había pasado el día en el despacho, repasando todos los artículos que se habían publicado sobre Richard Patterson en el último año. Había echado un vistazo a numerosas revistas de negocios hasta hacerse una idea de qué periódicos estaban de su parte y dónde tenía enemigos. Se había reunido con el equipo de abogados para que la asesoraran en ese terreno. Y había diseñado una estrategia para controlar cualquier escándalo que pudiera explotar.
    Estaba segura de que Brian Quinn iba a ir por ellos con todas sus fuerzas. Por lo que había podido ver, era tenaz y paciente cuando estaba detrás de una historia jugosa. Y, en el fondo, no podía culparlo. Desde que había comenzado a ejercer como relaciones públicas, ella era la primera que había puesto sus cinco sentidos en alcanzar sus objetivos.
    Y nunca había dudado de su capacidad. Pero, de repente, se preguntaba si no se habría tirado donde más cubría sin chaleco salvavidas. Si los negocios de Richard Patterson resultaban tan turbios como se temía, le costaría impedir que le explotara algún escándalo. Y un cliente insatisfecho podía ser muy peligroso. Además, tenía que enfrentarse a un periodista perseverante que tenía la capacidad de arrebatarle el juicio con un simple beso.
    – Limítate a hacer tu trabajo -se dijo mientras se desplomaba sobre el sofá. Se echó la mano a la nuca y se quitó la horquilla del moño para que el cabello le cayera suelto con libertad.
    Brian ya había sacado por televisión las protestas contra el proyecto Wellston en el puerto y era obvio que tenía a Patterson entre ceja y ceja. Quinn era más peligroso que los grupos locales que se oponían al proyecto. Podía llegar a miles de telespectadores en una sola noche e influir en las decisiones de las personas con poder.
    Se sentía casi impotente. Le había mostrado su debilidad la tarde del pub y, si era buen periodista, la explotaría en su beneficio a la menor oportunidad. Gruñó y se frotó las sienes, tratando de despejar la cabeza. Con ese encargo, más que con ningún otro, tenía que desconectar al salir del despacho y disfrutar del tiempo libre.
    Pero una cosa era decirlo y otra distinta conseguirlo. En Boston no tenía amigos, de modo que no le quedaba más remedio que pasarse día y noche pensando en el trabajo. Ya había roto la promesa de ponerse a dieta. Lily agarró las chocolatinas que había comprado en una máquina expendedora y se metió una en la boca. Empezaría el régimen al día siguiente.
    Llamaron a la puerta y se levantó como un resorte. Todavía no había pedido la cena. ¿Quien sería? Al abrir la puerta se encontró con Brian Quinn. Llevaba un ramo de flores y una sonrisa luminosa embellecía su cara. El corazón le dio un vuelco.
    – Hola -lo saludó él, mirándola a los labios.
    Lily hizo ademán de cerrar, pero Brian empujó la puerta con suavidad.
    – ¿Qué haces aquí? -pregunto ella-. ¿Cómo has averiguado dónde me alojo?
    – Soy Brian Quinn, periodista de investigación -bromeó este-. Tengo muchas fuentes fiables.
    – No quiero hablar contigo. No tenemos nada que decirnos.
    – De acuerdo, entonces no hablaremos. Vamos.
    – ¿Adonde?
    – A cenar. Eres nueva en Boston. Conozco los mejores restaurantes y puedo entrar sin necesidad de hacer reserva. Te invito a que me acompañes a cenar. No tienes que decir una sola palabra. No hablaremos de trabajo, no hablaremos de sexo, no hablaremos de nada. Sólo comeremos.
    – ¡No voy a salir contigo! -gritó Lily.
    – ¿Quién ha dicho que esto sea una cita?
    – ¿Es que no hablo suficientemente claro? – Lily esbozó una sonrisa sarcástica-. ¿Eres Brian Quinn, periodista de investigación, o Brian Quinn, mulo con incapacidad auditiva?
    – No creo que el hecho de que estemos trabajando en bandos opuestos tenga nada que ver con que comamos juntos. Sé separar el trabajo de mi vida privada. ¿Tú no?
    – Por supuesto -mintió Lily, volviendo hacia el sofá-. Pero no me apetece en estos momentos.
    – Ni siquiera lo has intentado -Brian la siguió dentro-. Soy un hombre agradable, buen conversador. También soy ingenioso y guapo. Y modesto. Cena conmigo. Si te aburres, puedes volver al hotel. Al fin y al cabo, tienes que cenar, ¿no?
    – Estoy cansada. Iba a llamar al servicio de habitaciones.
    Brian se encogió de hombros, se sentó en el sofá, estiró los brazos sobre el respaldo y cruzó una pierna sobre la rodilla contraria.
    – Tampoco es mala idea. ¿Me dejas ver el menú?
    – Si no te levantas del sofá y te marchas de mi habitación ahora mismo, llamaré a seguridad para que te echen -le advirtió Lily con los brazos en jarra-. Pero antes avisaré a los medios de comunicación para que vengan y graben cómo te expulsan. Y quizá hasta añada algo sobre tu debilidad por los látigos, la ropa interior de cuero y los tacones altos. ¿Verdad que es odioso que los periodistas se conviertan en el centro de la noticia?
    – Llevas tres días en la ciudad -Brian sonrió-. Todavía no tienes contactos. No conoces a nadie, así que no vendrá ningún medio. Bueno, ¿qué?, ¿dónde está el menú? A mí con una hamburguesa me vale. ¿A ti qué te apetece?
    ¡Le reventaba que siempre estuviera un paso por delante de ella! Si debía tomarlo como una indicación de cómo iba a controlar la situación, más valía que se montara en el primer avión de vuelta a Chicago. Suspiró, se pasó la mano por el pelo.
    – No te vas a marchar, ¿verdad?
    – No -contestó él. Lily se acercó a la mesa, agarró el menú y se lo lanzó. Brian lo agarró al vuelo-. Bueno, ¿qué tal te ha ido el día? -preguntó mientras ojeaba la carta.
    – No pensarás de verdad que voy a contestar a eso, ¿no?
    – Sólo intentaba darte conversación.
    – Pues te seré sincera. Ha sido un día ajetreado. He estado mirando el seguimiento de los medios de comunicación a Richard Patterson. Juegas fuerte. Tu reportaje sobre el proyecto Wellston era implacable. Y no te has molestado en contrastar todos los datos -Lily reposó las manos sobre el regazo, lo miró y trató de convencerse de que no era tan guapo como recordaba-. ¿Sabes? Todavía me quedan dos preguntas.
    – Eso era el sábado por la noche -contestó él.
    – No recuerdo que pusiéramos un límite de tiempo, ¿no? Así que pregunta número cuatro: ¿qué tienes que puedas utilizar contra Richard Patterson?
    – No pienso contestar.
    – Tienes que hacerlo. Y ser sincero, ¿recuerdas? Ese era el trato -Lily no pudo evitar sonreír. Por fin tenía la sartén por el mango. Al menos, momentáneamente.
    Permaneció callado unos segundos antes de responder.
    – Pidamos la cena primero. Luego te cuento. ¿Qué vas a querer tú?
    – Una ensalada César y una copa de vino tinto -contestó Lily tras examinar el menú-. Por cierto, Richard Patterson me cubre los gastos de alojamiento y manutención. No sé si te causa algún dilema ético, pero te aviso por si acaso. Estás comiendo a su costa.
    – Pagaré yo -Brian agarró el auricular y llamó al servicio de habitaciones-. Sí, queremos dos filetes a la plancha con patatas asadas, crema de plátano de postre y una botella de su mejor champán. Ah, y un cóctel de gambas y unas ostras -añadió antes de facilitar el número de su tarjeta de crédito.
    – Quería una ensalada -dijo Lily.
    – Lástima. Pago yo, así que tendrás que comer lo que he pedido.
    – No hay quien te aguante.
    – Y todavía no me conoces -contestó Brian-. Bien, querías saber qué cosas tengo contra Patterson. Sé que la adjudicación del proyecto Wellston no ha sido transparente. Sobornos, primas en negro, enchufes. Ese proyecto es muy apetitoso. Tres contratistas han intentado conseguirlo durante años y no han podido. De pronto llega Patterson y se lo lleva. Huele mal.
    – ¿Qué pruebas tienes?
    – Ninguna… todavía. Pero las hay. Solo tengo que encontrarlas. Ahora, cambiemos de tema.
    – Siguiente pregunta -dijo Lily-. ¿Qué…?
    – No -interrumpió Brian-. Ya te he dicho qué puedo utilizar contra Patterson y qué pruebas tengo. Dos preguntas, dos respuestas.
    Frustrada, Lily se levantó y fue hacia el dormitorio.
    – Voy a cambiarme. Cuando vuelva, será un placer si te he perdido de vista.
    Lily entro en la habitación, cerró la puerta y se apoyó contra ella un segundo para tomar aire. No podía negar que estaba entusiasmada por volver a ver a Brian. Aunque su presencia la distrajera, tenía un encanto especial que la desarmaba. El pelo negro que le caía de vez en cuando sobre la cara. Esos ojos entre verdes y dorados. Y el cuerpo. Definitivamente, tenía un cuerpo increíble.
    Si no fuese una idea absurda, habría considerado la posibilidad de prolongar su relación algo más de tiempo. Suspiró. Luego fue al armario, sacó una camiseta y unos vaqueros. Se quitó la chaqueta y la falda, y se fue desabrochando la blusa camino del baño.
    Una vez dentro, abrió el grifo y se lavó la cara. Después se quitó las medias antes de volver al dormitorio.
    – Había olvidado lo bonita que eres. Se quedó sin respiración al ver a Brian en el umbral. Se quedaron mirándose unos segundos, marcados por los golpes que le daba el corazón. Le daba miedo moverse, respirar. Hasta que, por fin, emitió un gemido delicado y fue como una rendición. Acto seguido, se acercaron. Brian la agarró con ambos brazos, ella se dejó caer contra su cuerpo, sus bocas se encontraron en un beso desesperado. Brian pasó las manos con desesperación de arriba abajo, por la espalda, sobre el sostén negro, bajo la camisa, alrededor de las caderas.
    Aunque sabía que debía oponerle resistencia, Lily no consiguió intentarlo siquiera. Le encantaba el sabor de su boca, sentir sus manos tocándola. La sangre corría por sus venas como un torrente desbocado, despertando cada nervio, hasta que la caricia más sencilla provocaba una oleada de placer en su interior.
    La agarró por el trasero y la levantó. Lily le rodeó la cintura con las piernas. Sin dejar de besarse, Brian avanzó hacia la cama, pero se paró a medio camino para apretarla contra una pared. Chocaron cadera contra cadera. Lily se arqueó hacia él, recordando la deliciosa sensación de tenerlo dentro, el momento enloquecedor de la liberación final.
    Le abrió la camisa, ansiosa por palparle el torso desnudo y él le bajó la blusa de los hombros, que pasó a explorar con la boca.
    – ¡Dios!, ¿qué me estás haciendo? -murmuró Brian. Entonces, tan rápidamente como había empezado, frenó. Posó los labios sobre los hombros de Lily mientras recuperaba el aliento-. ¿Vamos a volver a hacerlo?
    – Sí -dijo ella un instante antes de agarrarle la cara y besarlo de nuevo.
    – Sí -repitió Brian. devorándola sin más reservas. De pronto, se retiro-. No.
    – ¿No?
    Lentamente, la devolvió al suelo. Luego le ajustó como pudo la ropa hasta poder abrocharle los botones de arriba.
    – Aunque nada me gustaría más que pasar la noche en la cama contigo, creo que tenemos que aprender a controlarnos -Brian soltó una risa de incredulidad-. No puedo creer que yo esté diciendo esto. Estoy a punto de arrancarte esa blusa de un tirón… Será mejor que me vaya. Nos… vemos. Cenamos otro día. En un restaurante. Abarrotado y con mucha luz -añadió. Luego le dio un beso, se alisó la ropa y salió del cuarto.
    Lily oyó cerrarse la puerta de la suite, se recostó contra la pared y esperó a que el corazón volviese a latirle a un ritmo normal. Se llevó las manos a los labios y suspiró. Todavía podía saborearlo, olerlo, sentir su cuerpo contra el de ella. No había sido un sueño, había estado ahí y habían estado a punto de volver a perder el control.
    No supo cuánto tiempo permaneció allí, esperando a recuperar el resuello. Tenía los ojos cerrados cuando oyó que llamaban a la puerta. Por un momento, pensó en no contestar, convencida de que, si volvía a dejarlo pasar, acabarían en la cama. Pero luego comprendió que lo deseaba… más allá de toda lógica.
    Corrió hacia la puerta, abrió. Pero sólo era el camarero del servicio de habitaciones.
    – Buenas noches, señorita Gallagher. Traigo su cena.
    Lily se echó a un lado mientras el hombre metía el carrito en el salón. Cuando consiguió superar la decepción, el camarero ya había servido la comida y estaba saliendo. Luego, una vez a solas, probó la crema de plátano.
    Por ahí habían empezado los problemas. Siempre quería el postre antes que los entrantes y la comida. Con Brian, se había centrado en obtener una gratificación inmediata, convencida de que sólo quería sexo con él. Pero en esos momentos se preguntaba qué habría ocurrido si hubiese hecho las cosas siguiendo el orden correcto.
    Se llevó la cuchara a la boca y dejó que la crema de plátano se le derritiera en la lengua.
    – Esto es mucho mejor que el sexo -murmuró-. Sólo necesito tomar más postres. Y conseguiré que desaparezcan estos sentimientos disparatados.

Capítulo 4

    – Necesito a la diosa de la cámara -Brian se puso la chaqueta, abrió el cajón del escritorio en busca de una corbata. Le gustaba dar una imagen respetable en directo, pero las noticias no siempre surgían cuando se estaba bien vestido. Salió del despacho, atravesó el departamento de redacción y encontró a Taneesha en la sala de montaje-. Venga, tenemos que irnos.
    – Tengo que tener esta pieza editada a mediodía -dijo ella, levantando la mirada del monitor-. Quieren ponerla en el telediario de las seis.
    – Esto es más importante -dijo él-. Jerry puede terminarla por ti. ¿Puedes, verdad? -añadió dirigiéndose a este.
    Jerry asintió con la cabeza y Taneesha se levantó.
    – ¿Qué pasa? -preguntó mientras seguía a Brian.
    – Un juez acaba de dictar una orden de requerimiento contra el proyecto portuario de Patterson. Alega irregularidades en la financiación y ha ordenado que se abra una investigación. Dave me va a conseguir una transcripción del informe judicial. Tenemos que preguntarle a Patterson qué piensa. Grabar su reacción.
    – Quinn, el director de informativos y la junta directiva del canal te han pedido que te olvides de Patterson. Si le plantamos una cámara en la cara, se nos va a volver en contra. Nos acusará de hostigamiento si no tienes cuidado.
    – Asumo toda la responsabilidad -dijo él-. Vamos en la furgoneta de Bob. Tienes que conseguirme una buena imagen. Te digo que tenemos una historia.
    Taneesha aceptó a regañadientes, aceleró el paso mientras iban al aparcamiento. Tal como había prometido, Bob los estaba esperando con el motor en marcha. Taneesha era la mejor cámara del canal y, para Brian, Bob era el mejor conductor. Sabía hacerse hueco entre los coches, sorteando los atascos para llegar de los estudios al distrito financiero en diez minutos. Aparcó en una zona donde estaba prohibido estacionar, frente a las oficinas de Patterson.
    – Bueno, ¿cómo vamos a hacerlo?
    – Patterson tiene una reunión con sus inversores esta tarde en su club. Está previsto que su chofer lo recoja aquí dentro de unos minutos – Brian apuntó hacia un Lincoln aparcado frente a ellos-. Ese es su coche. Así que supongo que tiene que pasar por aquí.
    – ¿Cómo te has enterado de la reunión? – preguntó Taneesha mientras agarraba la cámara. Comprobó la batería y se la cargó al hombro.
    – El dueño de la empresa que le alquila los coches a Patterson es un viejo amigo del instituto. Una vez robamos un televisor juntos.
    – ¿Robaste un televisor? -preguntó asombrada ella.
    – Estaba a mano en un camión de reparto con las puertas abiertas. De pequeño tenía muy malos impulsos.
    – No creas que has cambiado tanto -murmuró Taneesha mientras Brian miraba hacia la entrada de las oficinas.
    – Verá nuestra furgoneta cuando salga. Si se da la vuelta y sale corriendo, grábalo también. El hecho de que no quiera dirigirse a los medios de comunicación será significativo de por sí – dijo justo antes de que se abrieran las puertas-. Ahí está, prepárate.
    Pero, cuando ya iba a salir de la furgoneta, reparó en una mujer que salía del edificio tras Patterson. Lily. Brian se quedó helado, incapaz de moverse durante unos segundos.
    – ¡Quinn! -susurró Taneesha.
    – ¿Qué?
    – Si no sales ahora mismo, no tendré tiempo de enfocarlo. ¡Venga! -lo apremió. Brian abrió la puerta de la furgoneta, se apeó, agarró el micrófono y lo encendió. Taneesha lo siguió con la cámara-. Lo tengo. Adelante.
    Brian clavó los ojos en Patterson, por miedo a mirar siquiera a Lily. Era la peor distracción que podía imaginarse, con su traje de negocios convencional y el moño remilgado tras la nuca. Pensó en quitarle las horquillas y… Dios, tenía que concentrarse.
    – Señor Patterson -lo atajo-. El juez Ramírez ha dictado orden de requerimiento contra el proyecto portuario. ¿Alguna declaración?
    – Sin comentarios -gruñó Patterson, mirando directamente a la cámara.
    – Afirma que una comisión de expertos independientes ha descubierto irregularidades económicas. ¿Le importa explicar a qué se refiere?
    – Sin comentarios -repitió él, acelerando el paso.
    – ¿Cuanto dinero aportó su empresa a la última campaña del senador Jerry Morgan?, ¿esperaba favores a cambio?
    Patterson se metió en el coche y cerró de un portazo.
    – El señor Patterson tiene una reunión, pero responderé encantada a cualquier pregunta que tenga -intervino Lily. Aunque sonreía, sus ojos delataban que estaba enojada-. Las aportaciones del señor Patterson a la campaña de Jerry Morgan son de dominio público. En cuanto al requerimiento, confiamos en responder satisfactoriamente a cualquier pregunta del tribunal. El proyecto portuario ofrecerá trabajo a centenares de personas y el señor Patterson considera que ayudará a los ciudadanos de Boston en estos tiempos de dificultades económicas. Si tiene más preguntas, no dude en llamarme para concertar una entrevista, gracias.
    – ¿Su nombre, por favor? -preguntó Brian.
    – Lily Gallagher. G-a-1-l-a-g-h-e-r. Lily, con una ele -precisó con sarcasmo.
    Luego se dio la vuelta y echó a andar hacia las oficinas. Brian la siguió con la mirada, atento al contoneo seductor de sus caderas y al movimiento del trasero.
    – Me estoy helando -dijo Tanecsha, girándose hacia la furgoneta-. Ha sido una pérdida de tiempo. Un comentario de la dama de hielo y punto.
    ¿La dama de hielo? La descripción no podía estar más alejada de la realidad, pensó Brian. Pero no estaba dispuesto a decirle a su compañera que Lily era capaz de generar más calor que ninguna otra mujer a la que hubiera tocado. Le bastaba oler su cabello o el sonido de su voz para hacer que la deseara.
    – Fin de la grabación -murmuró al tiempo que le entregaba el micrófono a Taneesha-. Te veo a la vuelta en los estudios -añadió justo antes de correr hacia la entrada.
    – ¿Adonde vas? -gritó ella.
    – Quiero hacer un par de preguntas más – Brian se despidió con un movimiento de la mano y no dejó de correr hasta alcanzar a Lily en el ascensor-. Hola, Lily. Lily, ¿verdad? Lily G a 11 a g h e r -repitió con ironía.
    – No… no tengo nada más que decirte – contestó ella, cruzando los brazos sobre el pecho.
    – Te dije que no me echaría atrás -le recordó Brian-. La gente está empezando a hablar de Patterson. Es cuestión de tiempo, Lily. No puedes salvar a este tipo.
    – Voy a hacer mi trabajo -respondió con más firmeza que antes.
    – Y yo el mío -Brian le agarró un brazo-. ¿Has comido ya? Conozco una marisquería estupenda a dos pasos de aquí. Venga, te encantará.
    Lily miró los dedos de Brian. Luego, de pronto, se soltó.
    – ¡No! No voy a comer contigo. No pienso ir a ningún lado contigo. Tú y yo no vamos a vernos salvo cuando me dirija a los medios en representación de los intereses de Patterson.
    Pulsó el botón del ascensor con reiteración, como si estuviese desesperada por separarse de Brian, pero las puertas seguían sin abrirse. Segundos después, apareció un técnico de mantenimiento con una caja de herramientas.
    – Está estropeado -anuncio-. Algún idiota le ha dado al botón de parada y ahora no arranca. Pueden esperar al otro o subir por las escaleras.
    – Me han contratado para hacer un trabajo y voy a hacerlo -insistió Lily mientras empujaba la puerta que daba acceso a las escaleras.
    – ¿No tienes ningún reparo ético en defenderlo? -Brian la siguió al trote.
    – ¿De qué estamos hablando?, ¿de un pedazo de tierra con vistas al agua? -replicó Lily tras llegar al primer descansillo-. No estamos hablando de guerras, enfermedades o hambruna. Hablamos de un centro comercial, unos restaurantes y unos chalés. Creo que eres tú quien debería ver las cosas en perspectiva. ¿Por qué no investigas a un narcotraficante o a un asesino?
    Brian la miró intensamente. Estaba harto de hablar de trabajo. Había cosas mucho más interesantes de las que hablar con Lily.
    – Ahora mismo estás pensando en besarme, no digas que no -la desafió.
    – ¿Qué? -preguntó sorprendida ella.
    – Ya me has oído -Brian miró el hueco de las escaleras y frunció el ceño-. ¿Se puede saber qué hacemos aquí? El despacho de Patterson está en la planta veinte.
    – Estoy en forma -Lily subió al trote otro tramo de escaleras y Brian maldijo en voz baja. Aunque estaba entrenado, veinte pisos eran muchos pisos. Después de perseguirla tanto tiempo, quizá no le quedaran energías para besarla. Por fin, se quitó la chaqueta de mala gana, la dejó en el suelo y continuó subiendo.
    – No pasa nada por que lo reconozcas -le dijo.
    – ¿El qué?
    – Que te gusto. A mí no me da miedo admitir que me gustas.
    Lily se paró en el siguiente rellano. Muy despacio, se dio la vuelta, empezó a bajar escalones. Pero, cuando estaba ya frente a él, se tropezó y perdió el equilibrio. Brian la sujetó a tiempo entre sus brazos, amortiguando el peso de su cuerpo contra el torso. Luego la miró, sonrió y esperó a que se rindiera y le ofreciese los labios para besarla. Cinco segundos después, seguía esperando.
    – ¿Ahora quién es el que está pensando en besar a quién? -contestó ella con una sonrisa débil-. Esto es la guerra. Y al enemigo ni agua.
    – No tiene por qué ser la guerra -dijo Brian, echándose hacia adelante para rozar sus labios. Espero un momento, convencido de que se apartaría, pero no lo hizo. Cuando rodeó el perímetro de su boca con la lengua, Lily dudó, pero terminó abriéndola para darle la bienvenida.
    Brian la agarró por la cintura, la apoyó contra la pared y le sujetó la cara entre las manos. El beso creció en intensidad mientras Lily deslizaba las manos por el torso de él. Besar a Lily siempre era una aventura. Nunca estaba seguro de cómo respondería, pero, cuando accedía a corresponderle, era como si un volcán de deseo explotara en su interior de inmediato.
    Introdujo las manos bajo su chaqueta, le rodeó la cintura y la apretó hasta que las caderas contactaron. Les estorbaba la ropa, así que Brian le sacó la blusa de la cinturilla al tiempo que ella luchaba con los botones de su camisa.
    ¿Por qué la deseaba tanto? Había estado con muchas mujeres, pero Lily era distinta. Cada vez que estaba cerca de ella, incluso sin estarlo, necesitaba tocarla, besarla… asegurarse de que de veras estaba ahí. ¿Sería la emoción de la persecución?, ¿el hecho de que le estuviese poniendo las cosas difíciles? Brian era inexorable hasta conseguir conquistar a las mujeres, pero una vez que lo conseguía no tardaba en aburrirse.
    De pronto, recordó la primera noche que habían pasado juntos, el momento en que la había salvado de una velada aburrida con un plomo de hombre. Quizá Sean hiciera bien en advertirlo. Sus hermanos ya habían sido víctimas de la maldición de los Quinn. Pero Brian pensaba que, si no creía en ella, esta no podría afectarle.
    Oyeron el chirrido de una puerta sobre sus cabezas y Lily se quedó petrificada. Brian se retiró despacio y miró a los ojos desorbitados de ella.
    – Te juro que es la última vez que dejo que me beses -dijo Lily cuando logró reaccionar. Luego se remetió la blusa a toda velocidad y siguió subiendo.
    Brian no la siguió. Se apoyó contra la pared y se mesó el pelo. Quizá debería alejarse de ella. Al fin y al cabo, no parecía capaz de mantener el control cuando estaban cerca. Lo que era un problema, pues podía llevarlo a hacer alguna tontería… como enamorarse. Y la historia más reciente demostraba que, cuando un Quinn se enamoraba, no había marcha atrás.

    – Necesitamos una estrategia -dijo Lily en la sala de conferencias-. Brian Quinn no va a quedarse de brazos cruzados.
    Lily recordó el beso que habían compartido en las escaleras y comprendió que debería estar planteándose su innegable deseo hacia Brian, más que los problemas de Patterson.
    Hasta ese beso, había conseguido engañarse, creyendo que seguía controlando lo que sentía por él. Pero había bastado el simple roce de sus labios para hacerle tomar conciencia de que Brian ejercía un poder extraño sobre ella, el poder de volverla una mujer obsesionada con el sexo. Tendría que esquivarlo, era la única solución que se le ocurría.
    – Tendré que esquivarlo -repitió. Luego miró a los miembros del departamento de relaciones públicas de Patterson y se obligó a sonreír-. Necesito que enviéis mensajes positivos a los medios de comunicación. Tenemos que conseguir que el público le dé la espalda a Quinn. Tenemos que conseguir que vean el proyecto portuario como algo positivo para Boston.
    – Pero es uno de los periodistas más populares -dijo Derrick Simpson-. Sus índices de audiencia están por las nubes desde hace un año, sobre todo entre las mujeres.
    Lily suspiró. Sí, tenía un trabajo complicado por delante y no cabía duda de que a las mujeres de Boston les resultaba tan irresistible como a ella misma. Pero tenía que haber alguna forma de frenar a Brian Quinn. Bastaría con un par de rumores desafortunados para que los inversores retiraran su confianza en Patterson.
    – Tenemos que desviar la atención -dijo Lily-. Necesitamos un escándalo mayor. Algún ministro aceptando un soborno o un famoso que se acueste con su hermanastra. Podríamos… podríamos dejar pistas falsas. Que Brian Quinn no sepa qué fuentes creer y cuáles descartar.
    – Buena idea -dijo John Kostryki-. Dejaremos pistas falsas. Si se confía y no comprueba las fuentes, destruirá su reputación en esta ciudad.
    Lily dudó. No debería tener reparos en pegar a Brian Quinn donde más le dolía: en su reputación. Pero tampoco quería destruirlo.
    – Es una posibilidad -murmuró.
    – Podríamos sorprenderlo en una situación comprometida -sugirió Allison Petrie.
    – Tengo entendido que le gustan mucho las mujeres -añadió Margaret-. Si lo pillamos con la clase equivocada de mujer, podríamos hacer que se calmara.
    La idea le resultó despreciable. Por no hablar del ataque de celos que le entraba sólo de pensar en Brian con otra mujer.
    – Son opciones, son opciones -comentó ella.
    – Tiene antecedentes -apuntó Derrick.
    – ¿De escándalos con mujeres?
    – Penales -precisó Derrick-. Antecedentes penales.
    – ¿Brian Quinn está fichado? -preguntó asombrada Lily-. ¿Cómo lo sabes?
    – El señor Patterson contrató a un detective para que lo investigara.
    – He leído el informe. Pero no recuerdo nada de eso.
    – Esta es la última actualización del detective -Margaret le acercó una carpeta-. Ha llegado esta mañana. Al parecer, Quinn ha tenido unos cuantos encuentros con la policía. Da la impresión de que la única razón por la que no está en la cárcel es porque su hermano es policía.
    – ¿Sabías que Quinn tuvo la desfachatez de colarse en la fiesta de recaudación de fondos que ofreció Richard Patterson el fin de semana pasado? -intervino Allison-. Lo vieron unas cuantas personas.
    – A partir de ahora, quiero ser la primera persona en ver los informes del investigador – dijo Lily tras agarrar la carpeta-. Margaret, asegúrate de que me la hagan llegar según se reciba. Nos vemos mañana por la mañana otra vez. A ver si se nos ocurren más opciones. Necesito tiempo para leer esto -añadió, dando por zanjada la reunión,
    Salió de la sala de conferencias y, antes de entrar en su despacho, fue a la mesa de su ayudante Mary y recogió los mensajes que le habían dejado. Había dos de Brian, uno desde el teléfono del canal y otro desde su móvil.
    – Bajo a comer algo -te comunicó mientras metía el informe del investigador en el bolso-. Y puede que luego me dé un paseo por el parque. Si vuelve a llamar Brian Quinn, dile que no tengo nada que decirle… No, mejor que le agradecería que deje de llamarme. No, espera, no le digas eso. No digas nada. Tómale el recado nada más.
    Mientras caminaba hacia el ascensor, apenas podía contener la curiosidad. El informe, al igual que el anterior, era muy claro y detallado. Pero este se centraba en la vida privada de Brian más que en su carrera profesional.
    Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Lily se unió al grupo de trabajadores que bajaban en la hora de la comida. Una vez fuera del edificio, se confundió entre la masa anónima de peatones que abarrotaban la acera. De pronto, sintió el peso abrumador de la soledad, tan asfixiante como el aire caliente y húmedo de la ciudad.
    Desde que estaba en Boston, no había dejado de sentirse como una extranjera. No tenía amigos, nadie en quien pudiera confiar, a quien contarle sus problemas. Nada más conocía a Brian Quinn y había decidido expulsarlo de su vida para siempre.
    Lily suspiró y se encaminó hacia el parque de la plaza de Correos, un pequeño oasis en medio de tantos rascacielos. Una vez allí,,se dirigió a la fuente de cristal y encontró un hueco de césped cerca, desde donde se oía el sonido relajante del agua.
    Se puso la carpeta en el regazo y agarró el informe, pasando la vista a toda velocidad por encima hasta encontrar la alusión a la fiesta de recaudación de fondos.
    – Según varios invitados -leyó en voz alta-, Brian Quinn estuvo presente en la fiesta de recaudación patrocinada por Richard Patterson, celebrada en el hotel Copley Plaza el sábado 14 de junio. Entró sin invitación y fue visto en compañía de una mujer pelirroja de identidad desconocida, con la que estuvo bailando hasta el final de la fiesta.
    Lily respiró profundo. No había referencia alguna a lo que Brian había hecho después de bailar con ella, a nada de lo que había ocurrido en la limusina. Aliviada, Lily regresó al principio del informe y empezó a leer con más detenimiento. El detective había descrito pormenorizadamente la historia de una infancia bastante dura.
    Lily leyó sobre los viajes de pesca del padre de Brian, sobre el abandono de su madre, sobre las dificultades para llegar a fin de mes en la casa de la calle Kilgore en Southie, sobre cómo el hermano mayor había cuidado de los menores antes de hacerse policía. Otro hermano había entrado en el cuerpo de bomberos.
    – Conor y Dylan. Brendan, escritor. Sean… detective privado -Lily frunció el ceño. Y el hermano menor, Liam, era fotógrafo. También había una hermana, pero Lily se saltó los detalles de lo que parecía una historia compleja.
    Hasta ese punto, no había encontrado nada que pudiera utilizar en su contra. No era delito haber tenido una infancia dura, con un padre apenas presente en casa y una madre que había abandonado a la familia cuando Brian tenía sólo tres años. Pero, al llegar al siguiente párrafo, redobló su atención:
    – Brian Quinn cometió diversos delitos siendo menor de edad, entre los que cabe destacar hurtos en tiendas, vandalismo y pequeños robos. Existen pruebas del robo de un coche cuando tenía quince años, pero su hermano mayor, Conor, recién incorporado a la policía, convenció al propietario para que retirase los cargos.
    Había robado un coche. Lily no creía que sus jefes en televisión conocieran aquel incidente. Pero, ¿estaba dispuesta a sacar a la luz su pasado? Aunque ya se había visto obligada a jugar sucio en alguna ocasión, nunca había hecho daño a nadie a propósito. Y divulgar esa información podría perjudicar seriamente la carrera de Brian.
    – Y eso que, con la suerte que tengo, igual le dobla los índices de popularidad -murmuró.
    Lily se tumbó sobre el césped y se cubrió la cara con el informe, protegiéndose del sol. Necesitaba relajarse, olvidarse de cualquier preocupación durante un rato. El murmullo del agua resultaba relajante. Pero las imágenes que acudían a su cabeza no eran de cascadas bucólicas y árboles mecidos por el viento. Más bien, veía cuerpos desnudos, ropas arrugadas, lugares turísticos a través de las ventanas tintadas de una limusina. Esa vez se permitió recrearse en el recuerdo.
    – ¡Qué sorpresa!
    La voz parecía salida de la nada y, al principio, Lily pensó que formaba parte de su ensoñación. Pero luego se dio cuenta de que se había quedado dormida en el parque. Se quitó el informe de la cara y vio una figura formidable de pie ante ella. Aunque el sol le impedía verle la cara, no le cupo duda de quién era. Lily se incorporó y echó el informe a un lado.
    Lo miró. Brian deslizaba los ojos por su cuerpo. Llevaba un traje de negocios, no podía decirse que fuese una indumentaria atractiva. Pero entonces se dio cuenta de que tenía la blusa abierta y la falda subida hasta los muslos.
    – ¿Puedo sentarme? -preguntó Brian mientras ella se cerraba la blusa y estiraba la falda.
    Lily trató de no hacer caso a la violencia con que le latía el corazón, ¿Por qué tenía que ser tan encantador? Aun vestida con aquel traje de trabajo, Brian la hacía sentirse la mujer más sexy del planeta.
    – No, pero puedes seguir ahí de pie. Me he olvidado la crema protectora y me das sombra.
    – Siempre soñé con ser árbol de mayor – bromeó él mientras se sentaba y ponía una bolsa sobre el regazo de Lily.
    – ¿Qué es esto?
    – La comida. Llamé a tu despacho y tu ayudante me dijo que estarías en el parque.
    – ¿Te dijo dónde encontrarme? -preguntó estupefacta.
    – Nada más decirle que era un viejo amigo de la universidad, que había venido a Boston en viaje de negocios. También le dije que tenía una voz muy bonita y que Marie era mi nombre favorito. Qué quieres, he desarrollado cierta habilidad como periodista de investigación.
    – No me puedo creer que te lo haya dicho -insistió Lily. Apartó la bolsa y se levantó, ocultando el informe bajo un brazo, antes de que Brian pudiera verlo-. Tengo que irme -añadió camino de la acera- Luego se giró y lo encontró sonriendo.
    Pero la sonrisa desapareció de inmediato. Brian se puso de pie y me hacia ella.
    – Cuidado con…
    Lily metió el pie entre los radios de una bicicleta tirada sobre el césped- Perdió el equilibrio. Nada podría evitar el golpe… hasta que una mano firme la sujetó por un hombro. Cuando levantó la cabeza, Brian estaba a su lado.
    – Ten cuidado -dijo al tiempo que le pasaba una mano por la espalda-. Venga, come conmigo -añadió justo antes de retroceder para recoger la bolsa del césped,
    – No vas a aceptar un no por respuesta, ¿verdad?
    – Soy un chico simpático, A las mujeres les cuesta oponerme resistencia -Brian se sentó y dio un golpecito en el césped a su izquierda-, No sabía qué te apetecería. Como el otro día pediste una ensalada, he pensado que debías de ser una de esas mujeres que comen como los gorriones.
    – Justo. Has dado en el clavo -respondió con ironía ella, pensando en los suculentos postres que se tomaba a menudo-. Entonces, ¿qué?, ¿me has traído una ensalada? -añadió mientras abría la bolsa.
    – No, te he traído un sándwich- Y una cerveza -dijo Brian al tiempo que sacaba un paquetito triangular y una botella. Lily desenvolvió el sándwich-. Ya verás, está buenísimo: tiene varios tipos de carne y queso. En Boston, hacemos unos sándwiches riquísimos.
    – Alta cocina -bromeó ella-. Nada que ver con las vulgares pizzas de Chicago.
    – Pensaba que, ya que estás aquí, te gustaría conocer algo de la ciudad -respondió Brian encogiéndose de hombros.
    – ¿Y qué otros platos debo degustar según tu experta opinión? -preguntó Lily antes de dar un sorbo de cerveza. Brian le acercó una servilleta para que se secara los labios.
    – Tenemos nuestras famosas judías Boston. A mí me gustan con pescado. Y luego la llamada cena de hervidos, plato tradicional irlandés. Como resulta que soy cien por cien irlandés, me alimenté a base de hervidos.
    – ¿De veras?
    – La verdad es que no -contestó Brian tras una pequeña pausa-. De pequeño no comíamos muy bien. Lo más parecido a una cena de hervidos era nuestra sopa de agua de salchichas.
    Lily ya estaba al corriente de las precariedades que había sufrido de pequeño. Pero era distinto oírselo contar de su boca. Notaba que le costaba abrirse. A pesar de su encanto y de que había triunfado profesionalmente, no parecía que a Brian le gustara mostrarse vulnerable, menos con ella.
    – ¿Qué es eso?
    – Mi familia no tenía mucho dinero, así que nos las arreglábamos para estirar el presupuesto -Brian sonrió-. Cuando podíamos comprar salchichas para hacer perritos calientes, las hervíamos para la cena y reservábamos el agua. Así, al día siguiente, mí hermano Conor le echaba zanahorias, patatas, apio y tomate para hacer una sopa. No era un gran cocinero, pero al final nos acabó gustando la sopa de agua de salchichas.
    – ¿Cocinaba tu hermano?
    – Mi padre estaba trabajando y mi madre no estaba en casa. Se fue cuando tenía tres años – Brian dudó, como si no estuviera seguro de querer seguir hablando-.Mi familia vino a Estados Unidos desde Irlanda cuando yo no era más que un bebé. Nací allí, pero no recuerdo nada. ¿Y tus padres?
    Había desviado el foco de atención con habilidad, pero a Lily no le importó. Al menos podía ofrecerle algo a cambio de su sinceridad.
    – Viven en Wisconsin -contestó-. Crecí en una ciudad pequeña de la zona.
    – ¿Vienes de una ciudad pequeña? -Brian parpadeó sorprendido-. ¿Cómo acabaste en Chicago?
    – Me fui allí al terminar el instituto. Durante la universidad, conseguí unas prácticas en DeLay Scoville. Les gustó cómo trabajaba y me contrataron cuando me licencié.
    – ¿Y Boston?, ¿cómo has terminado aquí… conmigo?
    – Un empresario de Chicago se puso en contacto con DeLay Scoville para que nos ocupáramos de sus relaciones públicas -Lily le siguió el juego-. Tenía que solucionar un pequeño escándalo y me encargó que me asegurara de que los medios de comunicación le dieran el menor bombo posible.
    – Así que podría decirse que has venido a Boston por mí -dijo Brian. Estiró una mano hacia la boca de Lily. Después de acariciarle un labio, se llevó el dedo a la boca-. Tenías un poco de mostaza.
    – ¿Nunca te rindes? -preguntó ella, ruborizada.
    – En mi trabajo, la tenacidad es una virtud – Brian la miró a los ojos y Lily tuvo la certeza de que estaba a punto de besarla. Ya había decidido que no se resistiría. Era inútil. Pero Brian bajó la cabeza y terminó sacando otro sándwich de la bolsa-. Si de verdad quieres cenar bien, conozco un par de restaurantes exquisitos.
    – Nada de citas.
    – ¿Por qué? -Brian suspiró-. Yo no tengo nada que ocultarte. Y me da igual lo que tú me quieras ocultar. Somos una pareja perfecta.
    – No, no lo somos.
    – Pues lo de la limusina fue perfecto -contestó él.
    – No deberías basar nada en aquella noche -repuso Lily-. Eso no fue más que sexo – añadió con más convicción de la que en realidad sentía. Y, en cualquier caso, aunque sólo hubiese sido sexo, había sido increíble. La clase de experiencia con la que cualquier mujer soñaría.
    – Así que sólo me estabas utilizando, ¿no? Te habría servido cualquier otro tipo. Vamos, que si no hubiese aparecido yo, habrías invitado al vendedor ese de seguros.
    – ¡No! -exclamó ella con vehemencia.
    – ¿Qué más te daba? Si no era más que sexo-la provocó.
    – También… me sentía atraída -reconoció Lily-. Un poco atraída. Y me pareciste muy interesante. Inteligente, ingenioso. Y eres guapo, aunque estoy segura de que ya eres consciente de eso. Supuse que era recíproco. De lo contrario, tú tampoco habrías venido conmigo -añadió y le dio un mordisco al sándwich.
    Brian estiró las piernas y consideró la respuesta. Luego le lanzó una sonrisa traviesa:
    – No, para mí no fue más que sexo.
    – ¿Serás bobo? -Lily agarró la bolsa y le pegó con ella en el pecho.
    – No, en serio. La primera vez que te vi, con aquel vestido dorado, pensé: tengo que conocer a esta chica. Eras la más guapa de la fiesta. Luego, cuando el otro tipo se sentó contigo, creí que ya estabas ocupada. Pero entonces me miraste y comprendí que necesitabas que te rescatase. Así que intervine y el resto… ya lo sabes – Brian hizo una pausa-. Me gustaba cómo te caía el pelo por la nuca, me gustaba tu perfume, el sonido de tu voz. Y me gustaba sentirte entre mis brazos mientras bailábamos.
    Lily se quedó un buen rato mirándolo antes de contestar:
    – Es muy bonito esto que dices… pero sospecho que les dices cosas bonitas a muchas mujeres.
    – Muchas no se lo merecen como tú -replicó él.
    Lily soltó el sándwich y se limpió con la servilleta.
    – ¿Te has parado a pensar lo difícil que sería salir juntos? En primer lugar, no empezamos como se empieza normalmente. Y no estamos de acuerdo en algunas cosas importantes. Nos pasaríamos el tiempo discutiendo.
    – ¿Cómo vamos a saberlo si no lo intentamos? -preguntó Brian y Lily suspiró.
    – ¿Y si te digo que me lo pensaré antes de tomar una decisión?
    – Supongo que tendré que contentarme. Al menos estamos avanzando -Brian sonrió. Se giró hasta estar tumbado sobre el vientre y puso su sándwich delante de él-. ¿Qué es esto?
    Se le detuvo el corazón. Brian tenía en las manos el informe del detective privado. Aunque en un principio hizo ademán de darle la carpeta a Lily, de pronto vio su nombre en la portada, escrito en letras mayúsculas.
    – Dámelo -le exigió ella, lanzándose hacia la carpeta.
    Pero Brian reaccionó con buenos reflejos. Se puso de pie y se apartó de ella. Empezó a leer mientras caminaba y no paró hasta estar junto a la fuente. Lily no sabía qué hacer. Quizá debiera advertir a Brian de hasta dónde estaba dispuesto a llegar Patterson para proteger sus intereses. Aunque no le hubiera arrebatado el expediente, se habría planteado la posibilidad de avisarlo… por cortesía.
    Se levantó y fue hacia él. Pero antes de que pudiera explicarse, Brian la fulminó con la mirada.
    – ¿Has pedido que me investiguen? -dijo y soltó una risotada amarga-. No puedo creérmelo. Es mi vida completa. O pensabas utilizarlo en mi contra o te preocupaba un poco con quién te habías acostado.
    – No he sido yo -dijo Lily-. Fue Patterson quien encargó que te investigaran. Quería tener algo que utilizar en tu contra.
    – Esto pasó cuando era un chaval -murmuró Brian-. En fin, ya veo que la sopa de agua de salchichas no es tan interesante como mis antecedentes. La sopa no es un buen arma. Pero piensa un momento en cómo reaccionará la prensa: mi padre no estaba en casa y, cuando estaba, estaba borracho. Mi madre huyó de casa y no volvió. Vivíamos en una casa con goteras en Southie y nos cortaban la luz y la calefacción cuando no podíamos pagar las facturas. A veces robábamos en el mercado para comer. Y lo único que nos preocupaba era conseguir que los trabajadores sociales no nos separasen. Tuvimos una infancia conmovedora. La gente se compadecerá de mí.
    – No voy a utilizarlo -dijo Lily.
    – Haz lo que quieras -contestó él-, Por mí no te cortes. No hay reglas -agregó y se dio media vuelta.
    Lily lo vio alejarse con el informe todavía en la mano.
    – Necesito el informe. No puedes llevártelo. Brian se paró, se giró despacio. Regresó hasta Lily con un gesto de rabia contenida.
    – Necesitas el informe -repitió mientras se lo lanzaba por encima del hombro. Lily oyó el ruido de la carpeta al caer en el agua y cerró los ojos-. Ahí tienes tu maldito informe.
    Lily se giró hacia la fuente y encontró la carpeta empapada. Cuando se dio la vuelta, Brian ya estaba casi en la calle.
    – ¡Creía que no te importaba lo que te ocultase! -gritó.
    ¿Por qué tenían que acabar enfrentados cada vez que se veían? Aunque quizá fuera mejor, pensó mientras se descalzaba y subía al borde de la fuente. Si la odiaba, se mantendría alejado. Y si se mantenía alejado, no le entrarían ganas de… Lily sacudió la cabeza. Se negaba a abandonarse en una nueva recreación de lo que habían compartido.
    Por fin, se metió en la fuente. Respiró profundo y se puso bajo el chorro para alcanzar la carpeta. Luego, salió por el extremo opuesto.
    El pelo le chorreaba, se había empapado el traje. Lily maldijo en voz baja, se apartó el cabello de los ojos, recogió los zapatos y volvió al césped. Brian había dejado los sándwiches y las cervezas junto a la bolsa. Se tumbó, decidió terminar de comer. Tenía que secarse antes de volver a trabajar.
    Agarró su sándwich y le pegó un buen mordisco.
    – Y querrá que salgamos juntos -murmuró-. Cuando no podemos pasar quince minutos sin que me saque de quicio.

Capítulo 5

    – No sé qué demonios haré si se publica el informe -Brian recostó la cabeza sobre el sofá y miró al techo del salón de Sean.
    – ¿Quién se ha encargado de la investigación? -preguntó este al tiempo que le daba una cerveza a su hermano y se sentaba a su lado.
    – Un tal Wiffram.
    – Harvey Wiffram. Es bueno. Suele trabajar para empresas. Si hay algún trapo sucio, termina descubriéndolo.
    – Estaba todo: las borracheras de papá, el abandono de mamá, los trabajadores sociales, cada una de las fechorías que hicimos. Hasta entrevistó a una de mis profesoras en el colegio. Según ella, era como si estuviésemos desatendidos.
    – Técnicamente, lo estábamos.
    – Pero Conor nos cuidaba -contestó Brian-. Podría haber sido mucho peor.
    – ¿Y qué va a pasar?
    – Saben lo de los hurtos en el mercado. Y lo del viajecito que nos dimos en el coche que tomamos prestado. Me preocupa por Conor. Sé que tuvo que mover algunos cables para sacarnos de la cárcel. Y tienen toda la información sobre la acusación de asesinato contra papá del año pasado.
    – ¿Por qué no te olvidas de la historia?
    Brian frunció el ceño. No había dejado de preguntarse lo mismo desde que había visto el informe. Pero estaba decidido a descubrir la verdad, aunque sólo fuera para restregársela en la nariz a Lily Gallagher. Estaba furioso. No debería haberlo sorprendido que Lily fuese tan ruin. Por otra parte, admiraba la seriedad con que se tomaba su trabajo.
    Pero daba igual. Para Lily, la atracción que sentían no era más que un instinto animal. Lo que no impedía que se pasara horas y horas fantaseando con volver a desnudarla y hacerle el amor toda la noche. Tenía algo que le hacía desearla sólo con pensar en tocarla.
    Y no era sexo únicamente. Él siempre había controlado sus deseos, había podido engatusar o abandonar a las mujeres según se le antojaba. Pero, por alguna razón, no podía sacarse a Lily de la cabeza.
    – No voy a acobardarme. Eso es lo que Patterson quiere. Tengo que informar de lo que descubra.
    – ¿Se trata de algún tipo de código que te enseñaron en la universidad? -preguntó Sean.
    – No, pero es parte de mi trabajo. Conor no se acobarda ante un asesino. Dylan no se acobarda ante un incendio. Y yo no me acobardo ante un chantajista. Así de sencillo.
    – ¿Estás seguro de que esa historia es tan importante? -dijo Sean.
    Brian se quedó pensativo unos cuantos segundos. ¿Tendría razón su hermano?, ¿había perdido la perspectiva? Llevaba un año detrás de esa historia y todavía no había conseguido una sola prueba contra Patterson. Sus jefes se alegrarían si dejaba de incordiarlo de una vez por todas. Y, en ese caso, quizá solucionara sus problemas con Lily. Podrían pactar una tregua.
    – No puedo hacer como si no pasara nada -murmuró-. Estoy seguro de que es una historia importante.
    – Puede que no utilice el informe.
    – Sí, claro que lo usará -dijo Brian-. Pero es lista. Apuesto a que esperará a que esté a punto de dar la noticia. Entonces distribuirá el informe por todos los medios de comunicación para acabar con mi credibilidad. Hablarán de mí, no de Patterson.
    Aunque, en el fondo, mantenía la esperanza de que Lily no fuese tan desalmada. Todo indicaba que, siquiera un poco, sentía algo de afecto hacia él. De modo que quizá no utilizara la información en su contra.
    – Entonces tienes que estar preparado para contraatacar -dijo Sean, encogiéndose de hombros.
    – ¿A qué te refieres?
    – Investiga a Patterson,
    – Ya lo he hecho.
    – Pero no has investigado su vida privada. ¿Le pone los cuernos a su esposa?, ¿es mal padre? ¿Tiene inmigrantes trabajando sin contrato? Hay un millón de cosas tan peligrosas como las que él tiene en tu contra.
    – ¿Puedes encontrarme algo?
    – Sólo si me consigues entradas para el partido de los Yánez del mes que viene -contestó Sean tras pensárselo unos segundos.
    – Hecho -dijo Brian-, Encuéntrame algo bueno y te conseguiré pases para toda la temporada si hace falta.
    Sonó el timbre y Sean se levantó.
    – La pizza -dijo y Brian le lanzó la cartera a su hermano.
    – Invito yo- Sean no discutió, así que Brian supuso que estaría un poco escaso de dinero. Le remordía la conciencia pedirle que trabajara gratis para él, pero a Sean no parecía importarle. Aceptaba el dinero si se lo daban, pero no lo pedía si no se lo ofrecían.
    Instantes después, Sean regresó con la caja de la pizza y la colocó encima de la mesa. Luego fue a la cocina, agarró dos paños y le lanzó uno a Brian.
    – No se lo digas a Ellie -murmuró-. Me matará si se entera de que uso sus trapos como servilletas.
    – ¿Dónde están Liam y Ellie?
    – Buscando piso. Les dije que me mudaba yo y que se quedasen con el apartamento, pero entre el sueldo de Ellie en el banco y los encargos que le están saliendo a Liam, parece que se pueden permitir algo mejor. No sé cómo voy a pagar el alquiler de este sitio yo solo,
    – Siempre puedes venirte conmigo -dijo Brian-. Tengo sitio.
    – No, tendría que volver a mudarme cuando empieces a vivir con Lily.
    – No voy a vivir con Lily -protestó Brian. Y, sin embargo, no tenía claro que la idea le disgustara. Al menos quería tener la oportunidad de averiguar si lo que había entre ellos era algo más que pura atracción física. Si la pasión se apagaría con el tiempo.
    – No podrás remediarlo -Sean agarró un triángulo de pizza y sopló para enfriarlo-. Es la maldición. No tienes escapatoria.
    – Pero en realidad no la rescaté. Su vida no corría peligro. Estaba a salvo -se defendió Brian-. Bueno, puede que haya habido un par de ocasiones en que sí ha corrido un poco de peligro: el otro día, frente al pub, cuando iba a cruzar la calle sin mirar. Y luego se tropezó en las escaleras,… y casi se cae con la bici del parque… Pero no era peligro de muerte.
    – Puede que tengas razón -Sean dio un mordisco a la pizza-. Conor salvó a Olivia de los matones de Red Keenan. Y Dylan rescató a Meggie de un incendio. Brendan sacó a Amy de una reyerta en un bar.
    – Y Liam espantó al ladrón que entró en el apartamento de Ellie -finalizó Brian-. Yo sólo la he librado de una noche aburrida. No es lo mismo.
    – Pero suena como si te gustara que lo fuera -contestó Sean, enarcando una ceja.
    – Ahora mismo, Lily y yo somos incapaces de estar en una habitación sin encontrar alguna razón para discutir. No parecemos abocados al matrimonio precisamente.
    – Algo te habrá gustado de ella.
    – Primero hicimos el amor en el asiento trasero de una limusina. Es una fantasía sexual hecha realidad. Y luego me dijo que no quería volver a verme. A la mayoría de los hombres le habría encantado oír algo así. Pero yo quería volver a verla. Sigo queriendo.
    – Anda, toma un poco de pizza y echa un trago -dijo Sean-. Te sentirás mucho mejor. Luego podemos bajar al pub, a ver si hay alguna mujer que te interese.
    Brian asintió con la cabeza. Pero no le bastaba con cualquier mujer. La única mujer que de veras le interesaba era Lily. Y aunque ya había hecho el amor con ella una vez, necesitaba repetir.

    Lily estrelló el periódico contra la mesa de la sala de conferencias y asesinó con la mirada a los cuatro miembros del departamento de relaciones públicas.
    – ¿Quién ha filtrado esto? -exigió saber. Los cuatro sospechosos la miraron como si acabase de preguntarles quién de ellos había nacido en Plutón. Lily agarró el Boston Herald y lo blandió en el aire-. Tiene que haberlo filtrado alguien. Página doce. Dos columnas enteras con todo lo que aparecía en el informe sobre Brian Quinn. Alguien se ha hecho con una copia y uno de vosotros se la ha tenido que proporcionar.
    – Yo no he filtrado nada -Derrick acusó con la mirada a Margaret.
    – Yo tampoco. Te llevaste la copia que teníamos -le dijo esta a Lily.
    – ¿No tenías más copias?
    – Recibimos el informe anteayer -intervino John-. Apenas tuvimos tiempo de leerlo.
    – El señor Patterson tenía una copia -señaló Allison-. A veces le gusta actuar por su cuenta.
    Lily tomó aire y trató de serenarse. No le gustaba perder los nervios en el trabajo, pero se trataba de un grave error.
    – De acuerdo. Yo me ocupo de esto. Volved al trabajo. Y no habléis con la prensa sin consultármelo antes, ¿está claro? -Lily agarró el periódico, salió de la sala de conferencias y enfilo directamente hacia el despacho de Richard Patterson. Cuando llegó a la mesa de la señora Wilburn, no se molestó en pararse-. ¿Está dentro?
    – Señorita Gallagher, no puede…
    – Si está dentro, dígale que necesito verlo – interrumpió Lily-. Inmediatamente.
    La señora Wilburn descolgó el teléfono, susurró al auricular y asintió con la cabeza.
    – Puede pasar -le dijo a Lily.
    Sabía que debería haber esperado a calmarse un poco, a descubrir por qué estaba tan enfadada en realidad. ¿Le disgustaba que hubiesen desobedecido sus instrucciones?, ¿o le daba miedo que el artículo pudiese hacerle daño a Brian Quinn? Le había dejado claro a Richard Patterson que era ella la que llevaría las relaciones con los medios de comunicación. Y ensuciar la trayectoria de Brian era decisión de ella y de nadie más.
    – ¡Lily!, ¿has visto el Herald? -preguntó Richard cuando la vio entrar.
    – Sí.
    – Me habría gustado poder ponerlo más cerca de la portada, pero la página doce está bastante bien. Le hará daño.
    Lily respiró hondo antes de hablar. No le serviría de nada dirigirse a Patterson a gritos.
    – La última vez que hablamos, llegamos a un acuerdo. Te pedí que no interfirieras, que me dejaras ocuparme de tus asuntos para que te ayudase con tu… problemilla.
    – Sólo le comenté a un amigo lo que sabía -Patterson levantó las manos haciéndose el inocente-. Se lo habrá contado a la prensa.
    – No me vengas con cuentos -replicó Lily-. Sé lo que has hecho. Hiciste una copia del informe y se la diste a un amigo que, a su vez, la ha filtrado al Herald.
    Patterson pareció sorprendido por la sagacidad de Lily… y por la falta de respeto con que le hablaba. Pero a Lily le daba igual. Como si la despedía. Aunque aquel encargo podía aportar una buena inyección de dinero a DeLay Scoville, si Patterson la echaba, podría volver a Chicago sin tener que reconocer que no había sido capaz de defenderlo. Siempre podía alegar que era un cliente muy difícil.
    – Y no me amenaces con despedirme porque dimitiré antes de que tengas oportunidad de hacerlo -lo avisó Lily.
    – ¿Por qué estás tan enfadada? Esto nos da una ventaja.
    – Si hubiese querido utilizar esa información, y no digo que lo hubiera hecho, habría sido después, para contestar cualquier noticia que diese. Ahora, no tengo nada que utilizar si destapa algo contra nosotros. En un par de días se habrán olvidado del artículo y no tendremos nada para defendernos.
    – No será tan grave como dices -dijo Richard a la defensiva, consciente del error que había cometido-. Siempre puedo pedirle al detective que busque más trapos sucios.
    – ¿Y si lo vuelven en tu contra?
    – No pueden.
    – Por supuesto que pueden. En los medios de comunicación hay mucho corporativismo. Y quizá tengamos que explicar por qué has urdido esta venganza personal contra un periodista. Te describirán como una persona rastrera y rencorosa.
    – Pues arréglalo -contestó Patterson entre dientes-. Para eso te he contratado, ¿no?
    Lily asintió con la cabeza, se dio media vuelta y se marchó. Fue directamente a su propio despacho, agarró su bolso y se acercó a la mesa de Marie.
    – Cancela todas mis citas para esta tarde -le dijo.
    – ¿Adonde vas? -preguntó la ayudante.
    Lily sabía lo que tenía que hacer y la perspectiva no le agradaba. Cada vez que pensaba que podría olvidarse de Brian Quinn, surgía alguna razón para volver a verlo. Quizá, en el fondo, se alegrase de que Patterson hubiese filtrado la historia. Quizá, inconscientemente, quería volver a ver a Brian una vez más.
    Mientras bajaba en el ascensor, se preguntó cómo habría reaccionado al ver el artículo publicado. ¿Estaría furioso… o decepcionado? Estaba convencida de que le echaría la culpa a ella. Y, aunque tendría que aceptar que estuviera enfadado, necesitaba dejarle claro que no había querido hacerle daño. Sabía que era un buen hombre que intentaba hacer bien su trabajo. No se merecía que el pasado se le volviera en contra.
    Una vez en la calle, paró un taxi y entró.
    – A WBTN, el canal de televisión. Está en el Congreso. No sé exactamente…
    – Conozco el sitio -dijo el conductor. Se incorporó a la circulación y apretó el acelerador. Lily se recostó en el asiento y trató de pensar qué le diría a Brian cuando estuviese frente a él. Quizá no fuese tan buena idea. Al fin y al cabo, no tenía por qué disculparse. ¿No era él quien decía que no había reglas?
    Quizá no fuera más que una excusa para volver a verlo. Lily no podía negar que había estado pensando en él. Y no cualquier tipo de pensamientos. En concreto, no había parado de imaginar escenas en las que los dos aparecían con muy poca ropa y menos inhibiciones todavía.
    Era como si se hubiese vuelto adicta a esa clase de fantasías. No podía evitarlas y, sin embargo, era consciente de lo peligrosas que podían ser. Necesitaba tocarlo, saborear su boca, deslizar las manos por su cuerpo. Estar con Brian la hacía sentirse traviesa, sensual, más viva de lo que jamás se había sentido antes con ningún hombre. Y, aunque los cinco sentidos le decían que se mantuviera alejada, el instinto la empujaba a buscarlo.
    Intentó dejar la cabeza en blanco, pero las fantasías siguieron perturbándola, aumentándole el ritmo de los latidos, la temperatura de la sangre. Cuando el taxi se paró frente a los estudios de televisión, estuvo a punto de pedirle al conductor que diera la vuelta y la llevase de regreso a su despacho. Pero le pagó, se apeó del coche y, lentamente, atravesó la entrada de los estudios.
    – Necesito ver a Brian Quinn -le dijo a la recepcionista.
    – ¿Tiene una cita?
    – No. Pero, si está aquí, dígale que Lily Gallagher quiere verlo. Supongo que estará esperándome.
    La recepcionista pulsó unos botones y habló por el micro de los cascos que tenía en la cabeza.
    – Lily Gallagher quiere verte -dijo-. De acuerdo, en seguida sale -añadió al cabo de unos segundos, dirigiéndose a Lily.
    Un minuto después, se abrió una puerta y apareció Brian. Lily sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo. No sabía cómo se las arreglaba para estar más atractivo cada vez que lo veía. En esos momentos llevaba una camisa azul, con el botón del cuello desabrochado y las mangas subidas, y unos pantalones a la medida que acentuaban su cintura estrecha.
    Brian se paró a unos diez metros de ella. Tenía el pelo enmarañado, como si se hubiese estado pasando la mano por él, y Lily tuvo que contener las ganas de acariciarlo con sus propios dedos.
    – Hola -acertó a decir ella.
    – ¿A qué has venido? -preguntó Brian, enarcando una ceja.
    – ¿Podemos hablar en privado?
    – No creo que tengamos nada que decirnos -contestó él. Era evidente que estaba enfadado.
    – Has visto el artículo del Herald, ¿verdad?
    – Yo y todos mis compañeros.
    – ¿Podemos hablar, por favor? Necesito explicártelo.
    Brian asintió con la cabeza, se dio media vuelta y traspasó una puerta. Lily lo siguió. Cruzaron un pasillo largo, Lily varios pasos por detrás, hasta que Brian empujó una puerta. La sujetó para dejar que Lily pasase primero y entro en una habitación sin muebles, con las paredes enmoquetadas. Un cristal daba a la sala de control.
    – ¿Qué es esto?
    – Una sala de grabación -Brian cerró la persiana que había frente al cristal y se giró hacia Lily-. Di lo que has venido a decir -murmuró.
    – Lo siento -se disculpó ella-. Sé que crees que he sido yo, pero no es verdad. Tenía la información, pero no creo que la hubiera utilizado. Tengo ciertos principios, al margen de lo que puedas pensar ahora.
    – ¿Quién ha filtrado la historia? -quiso saber Brian.
    – No puedo decírtelo.
    – Así que entre tus principios no está decir la verdad -replicó él.
    – ¿Quién crees que lo hizo? -preguntó Lily.
    – Creo que algún colega de Patterson dio el soplo a algún periodista, con cuidado de no dejar pistas.
    – No puedo desmentirlo ni confirmarlo – contestó ella, esbozando una leve sonrisa-. Lo único que puedo decir es que espero que no te cause muchos problemas. He manejado situaciones como estas con anterioridad. Habrá unos cuantos rumores, se hablará durante un tiempo, pero se olvidarán. No es que hayas cometido un asesinato o te hayas acostado con una prostituta. Simplemente tenías demasiadas energías mal encauzadas de pequeño.
    – El director de noticias me ha parado nada más entrar a trabajar esta mañana. Le preocupa mi imagen y están pensando en quitarme de en medio una temporada.
    – Lo siento -Lily estiró un brazo para acariciarlo, pero Brian se apartó.
    – ¿De verdad te importa?
    Lily lo miró a los ojos y, de pronto, supo que no sólo estaban hablando del informe.
    – Por… por supuesto. No quiero que te hagan daño.
    Se quedaron callados unos segundos, tanteándose, y luego, como si hubiese explotado una bomba, se lanzaron en brazos del otro. Brian le agarró la cara con ambas manos y se apoderó de su boca en un beso exigente. Lily plantó las manos sobre su torso, ansiosa por volver a sentir su piel.
    La empujó contra una de las paredes y apretó las caderas contra las de ella para que no le cupiese duda de lo excitado que estaba. Lily bajó la mano para tocarlo justo ahí. Necesitaba comprobar por sí misma que seguía deseándola tanto como lo deseaba ella a él.
    Despacio, lo acarició por encima de los pantalones mientras Brian seguía besándola. Luego él le apartó la mano, le agarró ambas muñecas y las clavó contra la pared por encima de la cabeza. Y empezó a desabrocharle la blusa.
    Lily gimió cuando le desabrochó el sujetador y lo aparto para dejar expuestos sus pechos. Después sintió la boca de Brian sobre sus pezones. ¿Cómo iba a resistirse a las enloquecedoras sensaciones que estremecían su cuerpo? Brian la hacía temblar de deseo. Cuando estaba con él, apenas podía respirar, necesitaba tocarlo con urgencia.
    Pero, tan pronto como había empezado, finalizó. Brian se separó, se puso firme y, con sumo cuidado, se aliso la ropa. Exhaló un suspiro entrecortado mientras miraba el escote abierto de Lily.
    – No podemos hacerlo aquí. Ya tengo bastantes líos.
    – Bésame otra vez -susurró ella, acariciándole una mejilla.
    Brian obedeció, pero, en esa ocasión, el contacto fue menos desesperado. Esa vez fue un roce dulce, delicado.
    – No podemos seguir así -murmuró él apoyando la frente sobre la de Lily-. Quiero algo más.
    – ¿Qué es lo que quieres? Dímelo y te lo daré
    – Quiero… una cita -contestó mirándola a los ojos-. Algo normal. Te recojo, salimos. Nos conocemos mejor. Quizá descubramos que entre nosotros hay algo más que…
    – Pasión.
    – Exacto.
    – Creía que en la limusina acordamos que…
    – Voy a llamarte -interrumpió él al tiempo que le abrochaba los botones de la blusa-. Y vamos a salir juntos.
    Lily dudó. Aquello no formaba parte del plan. Sabía los peligros a los que se exponía si intentaba sacar adelante una relación con Brian. Si todo se reducía a un intercambio sexual, no había riesgos. Pero si compartían algo más, podría hacerle daño. Brian Quinn era la clase de hombre que podía destrozarle el corazón en mil pedazos.
    Cambiaba de mujer tanto como de calcetines. Lo había leído en el informe. Perseguía a las mujeres hasta que conseguía conquistarlas y después pasaba a otra. Ya había conocido a hombres así. Lo que no significaba que no se sintiera tentada.
    – De acuerdo -aceptó finalmente, justo antes de girarse hacia la puerta.
    Un segundo después, notó que Brian la rodeaba por la cintura. Le dio la vuelta despacio. La miró a los ojos. Luego, se acercó y volvió a besarla mientras le acariciaba las mejillas como si no pudiera cansarse de tocarla. Cuando terminó, exhaló un suspiro.
    – Ve saliendo.
    – ¿Sola?
    Brian sonrió y se miro hacia los pantalones.
    – Creo que voy a necesitar unos minutos… para relajarme.
    – Sí… -Lily se ruborizó-. Bueno, nos vemos luego. Tenemos una cita.
    – Te llamaré.

    Brian aparcó frente al hotel Eliot y buscó a Lily en la acera. La vio de pie, junto a la puerta, charlando con el botones, y la contempló en silencio. Se había vestido con un bonito vestido de algodón, con una falda de vuelo amplio que se levantaba ligeramente con la brisa del verano. Llevaba el pelo, lleno de rizos, recogido en una cola de caballo con una cinta colorida.
    Cuando el sol dio sobre el vestido, se transparentó la tela y pudo intuir la forma de sus piernas.
    – Pero qué bonita es -murmuro Brian.
    Llevaba toda la semana pensando en ella, pero había retrasado la llamada adrede hasta el día anterior. Había esperado que tomándose cierto tiempo, lograría entender su atracción hacia Lily y, de ese modo, podría controlarla. Pero la única conclusión a la que había llegado era que se trataba de un deseo irracional.
    Debía odiarla o, cuando menos, desconfiar de ella. Pero apenas se hablaba ya del artículo del Herald. Lo habían reincorporado al canal y, según los estudios realizados, hasta había mejorado su imagen al ser considerado un hombre corriente, con el que cualquiera podía identificarse.
    Así que, en esos momentos, estaban en una especie de tregua profesional y en un cruce de caminos personal. Quizá, tras la primera cita, consiguiera por fin alguna pista. Brian tocó el claxon y Lily se giró hacia él. Salió del coche a recibirla. Teniendo en cuenta su último encuentro en los estudios de televisión, no sabía qué ocurriría entre ambos. Pero Lily lo saludó con una sonrisa.
    – Hola.
    – Hola, ¿estás lista?
    – Sí. Aunque no estoy segura para qué. Brian rodeó el coche y le abrió la puerta. Antes de que entrase, la rodeó por la cintura y se la acerco para darle un beso fugaz. Lily no se resistió. Levantó la cabeza y le devolvió el beso. Así debían ser las cosas, pensó él. Sencillas, con naturalidad. Cuando separó los labios, sentía que habían limado las asperezas, al menos por ese día. Le agarró el bolso, lo lanzó al asiento trasero y fue hacia la puerta del conductor.
    – ¿Adonde vamos? -preguntó Lily cuando ya estaban en marcha.
    – Sorpresa -dijo él-. Pero vamos a divertimos, te lo prometo.
    – Me alegra que me hayas llamado -comentó Lily-. No estaba segura de que fueras a hacerlo. Quería volver a decirte que siento mucho lo qué pasó.
    Brian se encogió de hombros, estiró un brazo y enredo los dedos en el pelo de la nuca de Lily.
    – No hablemos de trabajo.
    – De acuerdo -convino ella-. Bueno, ¿de qué quieres hablar?
    – Tampoco hay que forzarlo -dijo Brian-. Seguro que se nos ocurre algo.
    El trayecto se les hizo corto y, tal como había predicho, no les costó encontrar de qué hablar, aunque Brian estaba mucho más ocupado admirando lo bonita que era que dándole conversación. Lily comentó que quería encontrar algo que hacer en el tiempo libre mientras estuviera en Boston y Brian le sugirió algunas cosas. Pero no le propuso, como primera opción, que se pasara cada minuto que tuviese acostándose con él. Y eso a pesar de que le parecía le mejor forma en que podía aprovechar el tiempo. Pero no creía que a Lily le gustara un comentario tan directo en la primera cita. Cuando cruzaron el puente del Congreso, ya casi la había convencido para que recibiera clases de remo.
    – Clases de remo -murmuró Lily-. Se me daría bien. En el gimnasio soy una máquina con el aparato de remo.
    Brian apuntó por la ventana hacia el Museo Infantil.
    – Estamos yendo a Southie -comentó-. Mi barrio.
    – ¿Vives aquí?
    – Ya no. Tengo un apartamento cerca del canal. Pero crecí aquí.
    – ¿Vamos a la casa donde vivías?, ¿sigue en pie?
    – ¿Te he hablado de Southie? -preguntó él.
    – Lo… leí en el informe.
    – Quizá debería leerlo yo también -bromeó Brian-. No querría repetir nada que ya sepas.
    – Creía que no íbamos a hablar de trabajo – dijo ella-. Aunque quizá no sea un tema tan importante dentro de poco.
    – ¿Por qué lo dices?
    – Estoy pensando en traspasarle el trabajo a algún compañero de la agencia -Lily se encogió de hombros-. No estoy segura de que pueda ser todo lo eficiente que debería.
    – ¿Te irías de Boston?
    – Sí. No debería haber ido a los estudios de televisión el otro día. Ni debería haberme enfadado por que el informe saliera en el periódico -contestó Lily-. Pero me enfadé.
    Brian desvió la mirada, incapaz de creer lo que estaba oyendo. Luego, se tragó un exabrupto y detuvo el coche tras doblar una curva.
    – No tienes por qué marcharte -dijo-. Si esto es lo peor que puedes hacerme, podré soportarlo.
    – Pero…
    Acalló la respuesta con los labios, estrechándola en un abrazo desesperado. La idea de que se fuera no debería haberlo afectado. Debería haberle dado igual. Pero le importaba mucho… aunque no supiese con seguridad por qué. Lo único que sabía era que necesitaba retenerla cerca de momento.
    – No te marches. Al menos por mí -le dijo al tiempo que le acariciaba una mejilla-. Haz lo que tengas que hacer por Patterson. Lo entenderé. Sin resentimientos.
    – Eso lo dices ahora. Además, está afectando a mi forma de trabajar -Lily rió-. Espera a que venga Emma Carsten. No tendrá piedad. Cuando termine contigo, Richard Patterson te parecerá un angelito.
    – Creía que no íbamos a hablar de trabajo – murmuró Brian con los ojos clavados en la boca de Lily, acariciándole el labio inferior con un pulgar. No quería pasarse el día discutiendo si debía quedarse en Boston o salir de su vida para siempre.
    – Dejaré de hablar de trabajo si me dices adonde me llevas.
    – Tiene que ver con el agua y con la comida.
    – ¿Es una adivinanza?
    Brian miró hacia atrás y se reincorporó a la circulación. Giró a la izquierda y se encaminó hacia el puerto. Había estado en el embarcadero de Southie un millón de veces de pequeño y conocía muy bien la zona. Aunque su padre descargaba lo que pescaba en Gloucester, el Increíble Quinn siempre atracaba en el puerto de Southie.
    – Allí está el embarcadero de los turistas – Brian encontró sitio para aparcar-. Y este es el de los pescadores. Estos edificios tienen casi cien años. Antes se concentraba aquí la industria pesquera, pero ya no. La pesca está de capa caída y están pensando en transformar la zona para construir apartamentos v un parque. Algunos prefieren que se conserve como ha sido siempre. Por los pescadores y toda la historia.
    – ¿Me estás hablando del proyecto Wellston? -preguntó ella.
    – No. Pero podría serlo. Es algo parecido. El sector inmobiliario está arrasando con toda la propiedad portuaria. Para ellos no es más que un negocio. Para la gente que vive del mar, es su vida. Dentro de nada será imposible imaginar que en Boston había pescadores -Brian hizo una pausa-. Pero ya basta de charlas. Lo bonito es venir de madrugada, sobre las seis y media. Cuando se subasta el pescado. Es muy divertido.
    – Quizá podamos venir algún día -comentó Lily.
    Salieron del coche y echaron a andar hacia el embarcadero de Southie. Brian recordaba haber jugado allí de pequeño con sus hermanos. Agarró una mano de Lily y le enseñó un arco en el que estaba tallada la cabeza de Neptuno.
    – Hay quien dice que Boston se desarrolló gracias a la industria pesquera. Pero la pesca ya no da casi dinero. Creo que, cuando mi padre se dio cuenta de que ninguno de sus hijos quería seguir sus pasos, se llevó una desilusión. Fue entonces cuando compró el pub -Brian hizo una pausa para cambiar de conversación. Por fin, apuntó hacia una caseta antigua repleta de turistas-. Ahí comían los pescadores y los trabajadores del muelle. Todavía se come de maravilla. Pero vamos ahí -añadió, señalando hacia una línea de barcos amarrados al embarcadero,
    – ¿Vamos a montar en barco? -preguntó Lily.
    – Pero no en el Increíble Quinn. Ese está en Gloucester. Mi hermano Brendan acaba de casarse y el padre de Amy les ha comprado un barco de regalo de bodas. Brendan quería hacer un viajecito y me ha pedido que vayamos con ellos.
    Cuando Brendan y Amy lo habían invitado, Brian se había mostrado reticente. Pero habían insistido y, de repente, les había dicho que sí, convencido de lo mucho que disfrutaría compartiendo un día de verano en el mar con Lily. Aunque presentarla a la familia era un paso importante, tenía sus motivos para hacerlo.
    En esos momentos, Lily era una fantasía para él, una mujer que ocupaba un espacio secreto e inaccesible en su vida. Compartían una pasión increíble. Pero si de verdad quería entender lo que estaba pasando entre los dos, tendría que integrarla en su mundo, hacerle un hueco en la familia.
    Mientras paseaban por el embarcadero, Brian vio a Brendan sobre la cubierta de un yate nuevo. Lo saludó y agarró una mano de Lily antes de subir a la embarcación.
    – ¡Vaya!, ¡esto esta mejor que el Increíble Quinn!
    Brian se giró hacia Lily, la sujetó por la cintura y la plantó en la cubierta. Cuando Lily puso las manos sobre su pecho para mantener el equilibrio, Brian sintió un fogonazo de deseo, pero lo sofocó devolviendo la atención a su hermano.
    – El caso es que yo sólo había pedido un motor nuevo para el Increíble Quinn. Pero el padre de Amy decidió comprarnos el yate. No creo que a Avery Sloane le gustara la idea de ver a su hija en un barco tan antiguo.
    Amy, la mujer de Brendan, salió del camarote. Llevaba pantalones cortos, un top, el pelo despeinado, como si acabaran de salir de la cama.
    – Cielo, mi padre tiene segundas intenciones. Cree que ahora que nos ha comprado el yate, te sentirás obligado a enseñarle a dirigirlo. Luego nos los pedirá prestado y se llevará a sus socios a pasar la tarde en el mar tomando martinis -dijo y le tendió la mano a Lily-. Hola, soy Amy Aldrich. Digo… Amy Quinn, la mujer de Brendan.
    – Amy, Lily Gallagher. Lily, mi hermano Brendan -los presentó Brian-. Brendan es escritor y Amy derrocha dinero -añadió antes de darle un beso en la mejilla.
    – La última vez que vi tu cartera, no estaba llena de telarañas precisamente -contesto Amy.
    – Brendan y Amy se han casado este mes pasado -explicó Brendan.
    – Otra víctima de la maldición de los Quinn -bromeó Amy.
    – ¿La maldición de los Quinn? -Lily frunció el ceño.
    – No creo que a Lily le apetezca que le contemos las supersticiones de la familia -dijo Brian, rodeándola por la cintura.
    – Pues sí me apetece -contestó ella.
    – Ya te lo contaré -dijo Brian-. No puedes saber tan rápidamente todos nuestros secretos. ¿O formaba parte del informe?
    Brian vio que la sonrisa de Lily se desvanecía y lamentó al instante lo que había dicho. El informe había sido un punto de fricción entre ambos y debería haber evitado mencionarlo. De alguna manera, Amy intuyó el cambio de humor y agarró una mano de Lily.
    – Ven, te enseñaré el yate. Brian dice que querías probar algo típico de Nueva Inglaterra.
    – Yo… -Lily pestañeó sorprendida.
    – Tranquila. Los el chicos se encargan de la comida. Nosotras sólo tenemos que tomar refrescos y tostarnos al sol.
    Brian las vio desaparecer por el camarote. Luego se giró hacia su hermano, que lo observaba sonriente.
    – Es guapa -comentó-. ¿Es ella?
    – ¿Ella?
    – Sí. ¿La has salvado? Corren rumores de que sí.
    – ¿Quién te lo ha dicho?
    – Puede que Sean se lo comentara a Liam y Liam se lo dijese a Ellie, que comió con Amy hace unos días -Brendan se encogió de hombros-. En esta familia todo se sabe. Como se te ocurra estornudar por la mañana, a la hora de la cena no hay nadie que no sepa que estás resfriado. Estaba pensando en inaugurar un tablón de anuncios, para colgar los comunicados oficiales.
    – Muy gracioso. ¿Estamos listos para zarpar?
    – Ocúpate de la cuerda de popa. Luego ve a proa y suelta amarras mientras arranco.
    Brian obedeció las instrucciones de su hermano y, minutos después, estaban surcando el agua. Hacía una tarde de sábado perfecta, con una brisa ligera y algún golpe de viento más fuerte. Subió los escalones que conducían a h cabina del timón y se sentó junto a Brendan.
    – No es el Increíble Quinn -dijo este, mirando el panel del yate, lleno de dispositivos electrónicos.
    – No, desde luego -Brian aceptó la cerveza que le ofreció su hermano-. El Increíble Quinn es único.
    – Supongo que se lo devolveré al padre de Amy en cuanto le enseñe a manejarlo. Pero, de momento, me divertiré un tiempo con él.
    – ¿Vivirás en el Increíble Quinn este verano?
    – No lo sé -dijo Brendan-. La verdad es que me da igual dónde viva, con tal de que Amy esté conmigo. Sé que suena empalagoso, pero…
    – No -lo interrumpió Brian-. No suena empalagoso. Suena agradable. Hace un par de semanas no te habría entendido, pero ahora sí.
    – ¿De verdad?
    – No es que quiera pasar el resto de mi vida con Lily. Pero entiendo que es posible que estas cosas pasen… que alguien… que yo podría querer sentar la cabeza. Digamos que ahora estoy abierto a esa posibilidad.
    – Ya sólo quedáis Sean y tú.
    – Sean no sucumbirá -dijo Brian-. Es una roca.
    – Hasta papá se está ablandando. La semana pasada hablé con Keely y dice que nuestros padres salieron a cenar. Papá le mandó un ramo de flores a mamá a la mañana siguiente,
    Brian recordó la conversación que había tenido con Sean sobre la infidelidad de su madre y se preguntó si Brendan sabría algo al respecto.
    – El otro día Sean me comentó algo que me dejó sorprendido. Dijo que mamá engañaba a papá. ¿Tú te acuerdas de algo?
    Brendan frunció el ceño, desconcertado también por el comentario.
    – No, no puede ser.
    – Creo que es por eso por lo que sigue enfadado con ella. ¿Crees que vio algo?
    – No sé -dijo Brendan, todavía extrañado-. Supongo que eso explicaría muchas cosas. Pero sigo sin creer que sea cierto. A veces me pregunto qué habría sido de todos nosotros si se hubieran llevado un poco mejor, si papá la hubiese querido un poco más. Papá no le ponía las cosas fáciles. Pienso en mi matrimonio con Amy y ni se me ocurre hacer la mitad de las cosas que papá le hizo a mamá.
    Brian debía reconocer que él también había pensado lo mismo en más de una ocasión. Siempre había sabido que el amor no tenía por qué ser algo sencillo. Y, sin embargo, con sus hermanos parecía lo más natural, como si no tuvieran que pensar al respecto, nunca dudaran de lo que sentían ni les costase el menor sacrificio. Mientras que con Lily todo era complicado, inestable, el preludio de un desastre. De modo que no podía ser amor. Pero, entonces, ¿qué era?
    Había compartido el sexo más increíble la primera noche, en la limusina. Pero, aunque había descubierto sus curvas y los ángulos de su cuerpo desde el principio, en realidad seguía sin conocerla. Necesitaba saber más de la mujer que lo hacía sentir un deseo tan abrumador. Tenía que averiguar quién era Lily Gallagher y por qué la deseaba tanto.
    Y ese día sería una buena ocasión de acercarse a ella. Pasarían la tarde acompañados. Estando con Brendan y Amy, no podrían entregarse a un acto de pasión desatada. De modo que al terminar el día, Lily dejaría de ser una fantasía y se convertiría en una mujer normal y corriente sin poder para hacerle daño.
    Brian miró las islitas que salpicaban el mar. Así, cuando Lily regresara a Chicago, podría despedirse de ella sin dudas ni arrepentimientos. Pasaría a formar parte del pasado, como el resto de las mujeres que habían pasado por su vida, y volvería a empezar. Al fin y al cabo, Lily no podía ser la elegida. ¿O sí?

Capítulo 6

    La hoguera crepitaba bajo el cielo de la noche. Lily se acurrucó contra Brian envueltos bajo una manta de lana. Estaba tumbada boca arriba, en la playa, y no recordaba la ultima vez que se había sentido tan contenta. Estaba… feliz. Era una palabra muy simple, pero era la única que encontraba para describir su estado de animo.
    Allí, en esa pequeña isla, parecían estar a miles de kilómetros de cualquier problema. Casi podía imaginarse una vida así. De ese modo, podría conocer mejor a Brian, hacer lo que hacía cualquier pareja normal, encargar comida a un restaurante chino, ver películas de vídeo, discutir por la posición de la tapa del aseo.
    – Podría quedarme aquí toda la vida -murmuró.
    – Podríamos mandar a Brendan y Amy de vuelta -sugirió Brian-. Construiría una cabaña y pescaría para comer.
    – Yo recocería algas y haría cortinas para la cabaña y ropa para vestirnos.
    – Vaya. creía que estaríamos desnudos – bromeo el-. ¿No forma parte de tu fantasía?
    – ¿Y que haréis cuando llegue el invierno? – preguntó Brendan desde el otro lado de la hoguera-. Cuando todo se cubra de nieve y la temperatura baje por debajo de cero.
    – No seas aguafiestas -Amy le dio una palmadita juguetona.
    – Sólo estoy siendo práctico. ¿Recuerdas el viaje a Turquía? Teníamos tiendas de campaña y sacos de dormir y aun así me pediste que te comprara más calcetines en el mercado. Ellos van a ir vestidos con algas y vivirán en una cabaña. Seamos realistas.
    – Es verdad -dijo Brian-. Pasaremos el verano aquí, salvo la temporada de los mosquitos. Y cuando haga frío, nos iremos a Tahití.
    – Pues vaya rollo de fantasía con temporada de mosquitos incluida -bromeó Lily.
    Un silencio prolongado les envolvió, quebrado tan sólo por el chisporroteo de la hoguera. Lily suspiró, se apretó un poco más a Brian.
    – ¿Por qué no me cuentas lo de la maldición de los Quinn? Es de noche, estamos alrededor de una hoguera. El ambiente perfecto para una historia de miedo.
    – No, la maldición de los Quinn no -se resistió él.
    – ¿Por qué no? -terció Amy-. Lily tiene que saber en lo que se está metiendo.
    – Yo voto por contárselo -dijo Brendan-. Por si quiere huir mientras esté a tiempo.
    – Pero antes deberíais contar una historia sobre los increíbles Quinn, para ir poniendo las cosas en contexto -contestó Amy.
    – Antes encuentro un acantilado y me tiro – gruñó Brian-. ¿No creéis que lo de la maldición es digno de una cuarta o quinta cita?
    – Historia de los increíbles Quinn -arrancó Brendan tras aclararse la voz-. Te haré un resumen para que te centres. Empezamos con un antepasado, normalmente listo, guapo o fuerte, pero que no ha desarrollado todavía todo lo que lleva dentro. Realiza un acto valeroso y, de pronto, se convierte en un héroe. Por lo general, suele haber una mujer por medio, malvada, manipuladora o codiciosa. Ejemplo: Paddy Quinn planta una semilla mágica y trepa por la planta para matar al gigante, pero una mujer le está cortando el tallo debajo de él.
    – ¿Entonces no tienen final feliz? -Lily frunció el ceño.
    – Sí, sí. Siempre -aseguró Brian-. Al final gana el increíble Quinn, el dragón muere y la mujer acaba convertida en sapo. Mi padre creía que estas historias nos enseñarían a desconfiar de las mujeres. Pero sólo consiguieron confundirnos.
    – ¿Y esa es la maldición? -preguntó ella.
    – La maldición es un fenómeno más reciente -explicó Brendan-. De hecho, empezó con nuestro hermano mayor, Conor. Y luego hemos ido cayendo Dylan, yo, Liam.
    – Se pusieron a jugar a los increíbles Quinn y rescataron a una mujer en apuros -explicó Amy-. Pero, horror de horrores, acabaron enamorándose. Una historia tristísima. Tantos antepasados defendiendo la imagen de tipos duros para acabar con esta generación de sensibleros.
    Brendan gruñó, la agarró por la cintura y la tumbó contra el suelo. Amy se revolvió, se puso de pie y echó a correr hacia la orilla, seguida de su marido. Sus risas se mezclaban con el chapoteo del agua bajo la noche.
    – Creo que siguen en la luna de miel -dijo Brian.
    – Hacen buena pareja -comento Lily-. Siempre he pensado que el matrimonio debería ser así… Aunque no estoy pensando en el matrimonio. Creo que hay personas que no están hechas para estar casadas.
    – Puede -dijo Brian-. Yo solía pensar lo mismo. Pero cuando veo a mis hermanos con las mujeres a las que aman, me pregunto si me estoy perdiendo algo.
    Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Lyly no sabía que decir. No esperaba que un hombre como Brian hablase tanto de amor.
    – La cena estaba riquísima -comentó por fin, cambiando de conversación-. Ya puedo volver diciendo que he probado una auténtica cena de Nueva Inglaterra. A cambio, tendré que enviarte una pizza de Chicago.
    – ¿Cuándo crees que te volverás? -Brian la abrazó con fuerza y le hizo una caricia en el pelo con la nariz.
    – Supongo que puedes saberlo tú mejor que yo -Lily se encogió de hombros.
    – Quizá haya alguna manera de retenerte aquí -repuso él.
    Lily levantó la cabeza para mirar a Brian y este aprovechó la ocasión para besarla, demorándose sobre su boca un rato largo. Lily sabía que debía parar, pero hacía tiempo que habían cruzado el límite. ¿Por qué negar que lo deseaba? ¡Se sentía tan bien pegada a él!
    Brian le acariciaba la cara mientras aumentaba la presión del beso, cada vez más exigente. Lily ya conocía el sabor de su lengua. Podían encerrarla en una habitación a oscuras con cien hombres y habría reconocido a Brian de inmediato. Con él, cada beso era… perfecto.
    Había estado con otros hombres, había tenido otras relaciones, pero todas parecían desaparecer en compañía de Brian. Se había convertido en un hombre especial, alguien en quien deseaba confiar. Pero seguían existiendo muchas barreras entre los dos. Aunque habían conseguido disfrutar de una tarde maravillosa, al día siguiente el trabajo los obligaría a luchar en bandos opuestos.
    Brian la tumbó encima de él y Lily cubrió las cabezas de ambos con la manta, creando una burbuja de intimidad.
    – Me alegro de haberte traído -murmuró él mientras recorría el cuerpo de Lily con las manos.
    – Y yo de haber venido.
    – No está mal para una primera cita -dijo Brian y Lily rió.
    – Las he tenido peores.

    Las luces de la ciudad iluminaban la noche mientras Brian conducía. Lily se había acurrucado contra su cuerpo, cubierta todavía en la manta, mientras echaba una cabezadita. La rodeó con un brazo y la apretó mientras esperaba a que cambiara el disco del semáforo. Luego le dio un beso en el pelo. Olía a sal y a fogata, un aroma más embriagador que cualquier perfume francés. Brian suspiró, extrañado por los sentimientos protectores que tenía hacia ella. Aunque había aceptado la rivalidad que los enfrentaba en el trabajo, esta no afectaba a lo que sentía por Lily. Había sido sincero al decirle que hiciera lo que tuviese que hacer.
    Pero eso no significaba, en absoluto, que estuviese enamorándose de ella. Ni hablar. Lo que ocurría era, sencillamente, que Lily era la mujer más fascinante que jamás había conocido. Pero, al igual que con las demás mujeres que habían pasado por su vida, llegaría un momento en que se aburriría de ella… por más que en esos momentos le resultase inimaginable.
    Cuando el semáforo se puso verde, giró hacia la avenida Commonwealth, a unas cuantas manzanas del hotel de Lily. ¿Cómo había pasado? Ya había tenido citas con otras mujeres, hasta había mantenido alguna que otra relación decente. Pero nunca había sentido algo parecido. Por más tiempo que pasara con Lily, nunca le resultaba suficiente. Aunque estuvieran una semana entera encerrados en la habitación de un hotel, sospechaba que seguiría deseándola más que el oxigeno que respiraba.
    Cuando llegó frente al hotel, paró el motor, estiró un brazo y le acarició la cara con delicadeza.
    – Despierta -susurró.
    Lily abrió los ojos, se puso firme y lo miró como si no estuviera segura de dónde estaba. Luego sonrió adormilada.
    – ¿Estamos en casa?
    – Estamos en tu hotel -Brian abrió la puerta y le entrego las llaves al aparcacoches. Luego, rodeó el vehículo para ayudar a salir a Lily. La rodeó por la cintura y entraron juntos en el vestíbulo. El personal de recepción apenas les prestó atención mientras andaban hacia el ascensor. Había pensado dejarla allí, pero al final decidió acompañarla arriba, con la esperanza de obtener un beso de buenas noches.
    Entraron en el ascensor. Lily se apoyó contra una de las paredes y lo miró. Brian cambió el peso del cuerpo a la otra pierna. Estaba tenso, se preguntaba si ella también estaría pensando en lo fácil que sería entrar juntos en su suite y hacer el amor toda la noche.
    Las puertas del ascensor se abrieron en la tercera planta y ambos salieron. Cuando llegaron a la habitación. Lily le entregó la tarjeta con la que se abría la puerta.
    – Debería irme -elijo él.
    – Deberías quedarte -contestó Lily. Recupero la tarjeta, abrió, agarró a Brian por la camiseta y lo metió en la habitación-. Sólo un rato.
    Aunque sabía que estaba jugando con fuego, no le importó arriesgarse. Le gustaba ese tipo de calor y todavía no se estaba quemando. Gruñó mientras la estrechaba entre los brazos para besarla. Entonces, tras cerrar la puerta, se quedaron totalmente a solas, sin nada que les impidiese llegar a la cama. Pero esa vez no se dejaría arrastrar por el deseo. Esa vez disfrutaría de Lily con calma.
    Esta le sacó la camiseta de la cinturilla y empezó a quitarle la chaqueta. Pero Brian le sujetó las manos, se las llevó a los labios y le besó las puntas de los dedos.
    – Es nuestra primera cita -dijo él con tono pícaro-. No quisiera que pensaras que soy un hombre fácil.
    – Jamás pensaría algo así -respondió sonriente Lily mientras deslizaba una mano por su torso, rumbo al cinturón de los vaqueros-. Eres… muy… duro.
    – En el coche parecías cansada -comentó el-. ¿Quieres que te lleve a la cama?
    – Estoy cansada, sí -convino Lily. Acto seguido, se agachó para levantarla en brazos. Lily soltó un gritito de sorpresa y rió mientras Brian la llevaba a la habitación. La posó con suavidad sobre la cama.
    – ¿Que sueles ponerte para dormir? -preguntó Brian cuando ella se hubo quitado las sandalias.
    – Un camisón -Lily frunció el ceño-. Está en el cuarto de baño,
    Brian entró en el amplio cuarto de baño y encontró el camisón colgado del pomo. Se paró a examinar las cosas que tenía por la encimera del lavabo, levantó un bote de perfume y lo aspiró. Antes de salir, miró hacia la bañera y pensó si debería sugerirle que se diera un baño… sólo para relajarla antes de dormir. Pero tendría que esperar para otra noche.
    Cuando salió, Lily estaba sentada en la cama. Le lanzó el camisón y la puso de pie. Aunque los botones del vestido que llevaba eran pequeños, se las arregló para desabrocharlos.
    – ¿Qué haces? -murmuró ella mientras le acariciaba el pelo.
    – Te estoy preparando para meterte en la cama.
    – Pero no tengo sueño.
    – Te has quedado dormida de camino al hotel -Brian se concentró en los botones situados entre sus pechos.
    – Este vestido no se saca así -dijo ella. Luego agarró el bajo y, de un suave movimiento, se lo quitó por encima de la cabeza. Se quedó de pie en ropa interior y, por un momento, Brian se quedó sin respiración. No cabía duda de que Lily lo deseaba tanto como él a ella.
    Le acarició un hombro despacio, tomándose su tiempo para memorizar la sensación de su piel bajo la yema de los dedos, disfrutando del calor que transmitía su cuerpo.
    – Eres preciosa.
    Lily lo miró mientras él exploraba sus curvas con los dedos hasta aprendérselas de memoria. Luego la rodeó por la cintura, le dio un beso en el cuello. Lily ladeó la cabeza y suspiró mientras él viraba hacia un hombro.
    Desde aquella primera noche en la limusina, había soñado con el momento de volver a hacerle el amor, sin prisas, recreándose. Pero, llegado el momento de la verdad, no estaba seguro de si quería seguir adelante. Seducir a Lily enredaría más una relación que ya estaba bastante liada. Una cosa era una aventura de una noche. Pero eso se había convertido en algo más, algo que no acertaba a definir.
    Brian llevó los dedos al enganche del sujetador. Lo abrió y lo dejó caer, liberando sus pechos. Contuvo la respiración mientras abarcaba uno de los senos con una mano. Le pellizcó el pezón hasta ponerlo erguido.
    Lily echó la cabeza hacia atrás y sonrió, invitándolo en silencio a que siguiera. Brian se sentó en el borde de la cama, introdujo las manos bajo sus bragas y tiró despacio de ellas hacia abajo. Luego, la beso en el ombligo. Siempre había tenido un ideal, el cuerpo femenino perfecto, establecido de acuerdo con los patrones de muchas revistas para hombres. Pero ese cuerpo ideal había pasado a ser el de una mujer de curvas suaves, con pequeñas imperfecciones que la hacía más real. Lily era esa mujer perfecta. con una sonrisa luminosa, cintura estrecha, caderas anchas y pechos perfectos.
    Quería poseerla, pero algo lo frenaba. ¿Qué sería?, ¿miedo?, ¿inseguridad quizá? Cuando tocaba a Lily, se sentía poderoso, como si pudiese dominar el mundo. Pero también se sentía muy vulnerable, como si le pudiesen partir el corazón. Si le hacía el amor, no habría vuelta atrás. Estaba seguro de que se enamoraría de Lily.
    – ¿En qué piensas? -le preguntó ella. Sus palabras lo sorprendieron. De pronto, se dio cuenta de que Lily estaba totalmente desnuda y él vestido.
    – En lo suave que es tu piel -Brian se acercó a ella y aspiro-. Y en lo bien que hueles. También pensaba en lo que quiero hacerte sentir.
    – Hazme sentir -clip ella.
    Brian sonrió. Luego, pasó las manos por sus caderas, por el vientre. Cuando bajó, Lily contuvo la respiración. Después, la rodeó por los muslos y la acercó hasta situarla entre sus piernas.
    Lily tembló cuando la tocó y Brian notó el poder que tenía sobre ella. Se pregunto si sería consciente del que ella tenía sobre él, si sabía cuánto le costaba negar su deseo. Tenía los dedos húmedos y empezó a pasearlos sobre el sexo de Lily, despacio al principio, estimulándola,
    Brian la miró. Sonreía. Estaba más guapa de lo que por sí ya era. Se había ruborizado y tenía los pechos sonrosados. Lily se apretó a él, le apretó los hombros, arqueó la espalda. Casi sin respiración, murmuró su nombre. Pero Brian no quería provocarle el orgasmo todavía, de modo que aminoró el ritmo, sabedor de que cuando finalmente llegase, sería más explosivo.
    Su rostro,se tensó. Brian sabía que estaba al límite y le metió un dedo. De repente, un espasmo sacudió su cuerpo. Lily emitió un gemido desgarrado, gritó su nombre y, de repente, se desplomó sobre él encima de la cama. Lentamente, fue recuperando la respiración.
    – Creía que me ibas a acostar -dijo tras soltar una risilla.
    – Pensé que te vendría bien relajarte un poco -Brian la agarró por la cintura y ambos rodaron sobre el colchón hasta tenerla situada boca arriba. Se agachó para besarla-. Debería irme.
    – ¿Por qué? Quédate.
    – ¿Por qué? -Brian suspiró.
    – No sé -dijo ella con el ceño fruncido-. Porque quiero que te quedes.
    – Esa es la única razón que se me ocurre a mí también. Y, de momento, creo que no es suficiente -Brian se levantó de la cama y agarró el camisón-. Venga, te arropo antes de irme – añadió al tiempo que la ponía de pie.
    – ¿No quieres pasar la noche conmigo? – preguntó confundida ella.
    – Por supuesto que quiero. No imaginas cómo.
    – ¿Entonces?, ¿por qué te marchas?
    – No tengo ni idea -contestó mientras le ponía el camisón-. Pero hazme caso: es mejor que me marche. Es nuestra primera cita. Deberíamos seguir al menos alguna de las reglas… Métete – añadió tras abrir la sabana.
    – ¿He hecho algo mal?
    – En absoluto. Pero las cosas no tienen porqué ir siempre a velocidad de vértigo -Brian sonrió-. A veces merece la pena esperar,
    – Normalmente estaría de acuerdo. Pero, ¿has olvidado lo que hicimos la primera noche en la limusina?
    – No, eso no es fácil de olvidar. Pero entonces éramos dos desconocidos y ahora no lo somos. Y esta ha sido nuestra primera cita. No creo que debamos dormir juntos.
    – Teniendo en cuenta lo que acabas de hacerme, ¿no te parece un poco absurdo? -Lily se metió en la cama y se subió la sábana hasta la barbilla-. Dame un beso de buenas noches. Y prométeme que me llamarás mañana por la mañana.
    – Dulces sueños -Brian se agachó para rozarle los labios-. Mañana te invito a desayunar. Luego podríamos ir a la iglesia. Hace un tiempo que no me confieso y tengo muchos pecados acumulados. Pecados buenos, no malos.
    Lily estiró un brazo y le hizo una caricia en la mejilla.
    – Eres un buen hombre, Brian Quinn. Pero a veces me desconciertas.
    La besó de nuevo. Luego fue hacia la puerta y le apagó la luz.
    – No sé qué tienes de especial, pero tienes algo -murmuró antes de marcharse.
    Después se dio la vuelta y sacudió la cabeza.
    Aquello sí que era nuevo: no era normal que dejase escapar a una mujer bella y desnuda que le pedía acostarse con él. Pero debía confiar en su instinto y el corazón le decía que cometería un error si se enamoraba de Lily Gallagher. Y si le hacía el amor esa noche, le estaría haciendo justamente eso: el amor. Necesitaba ir con calma.

    El fin de semana del Cuatro de Julio, Boston se vestía de fiesta. Lily había esperado el puente durante toda la semana. Según el personal del hotel, no había ciudad en todo el país que celebrase tan señalada fecha con más algarabía. Y comprobó que no le había mentido al ver las banderitas estadounidenses en todas las ventanas y todas las calles.
    Brian la había recogido a las doce y habían pasado el día de tiendas, haciendo turismo por algunos de los sitios que todavía no había visitado. Luego habían comido en un restaurante con terraza, se habían entretenido en una librería y, en una tienda de regalos, Brian le había comprado un sombrero con estrellas que no se había quitado durante el resto del día.
    La multitud aumentaba con el paso de las horas, pero Brian le aseguró que tendrían un lugar perfecto desde donde ver los fuegos artificiales. A Lily le costaba creérselo, pues las calles estaban abarrotadas con familias enteras.
    Al final, cuando ya casi era de noche, Brian la condujo entre el tumulto. Se estaban alejando del río Charles, pero Lily confió en él, ya que era evidente que era Brian quien conocía Boston mejor. Al llegar a la calle Beacon, apuntó hacia una casa de cuatro plantas con aspecto de haber sido construida hacía centenares de años.
    – Ahí es.
    – ¿Qué? -preguntó Lily.
    – Donde vamos -Brian le agarró una mano y la condujo hasta la puerta del edificio. Abrió la puerta con una llave y, una vez dentro, a Lily la sorprendió encontrar vacía la elegante mansión. Hacía calor, pero, al encender la luz, pudo apreciar lo bonito que era el sitio. Todo lleno de mármoles, techos altos y enormes ventanales.
    – ¿De quién es esta casa? -quiso saber ella.
    – La compró mi cuñado Rafe hace un par de meses.
    – ¿Por qué está vacía?
    – Keely y él van a redecorarla este verano. De momento, están viviendo en un apartamento.
    – ¿Podemos estar aquí?
    – Por una noche -Brian se encogió de hombros- la casa es nuestra.
    – Hace calor -comentó Lily. Aunque el ambiente tenía un toque romántico, lo habría sido más con aire acondicionado y algún mueble-. Quizá podríamos abrir la ventana.
    – No vamos a quedarnos aquí.
    Brian echo a andar hacia las escaleras. Subieron al segundo piso, al tercero después. Cuando por fin llegaron a la planta cuarta, Lily estaba un poco sofocada. No había previsto pasar la fiesta haciendo ejercicio. Entonces Brian subió un último tramo de escaleras que daba a una puerta y el mundo se abrió a su alrededor. Estaban en la azotea, suficientemente altos para ver el río Charles y a toda la gente que se apiñaba en la explanada.
    – Qué bonito -Lily sonrió-. Desde aquí podremos verlo todo.
    – Sí -convino Brian-. Rafe decía que era un sitio agradable, pero no pensé que tanto.
    – Gracias -dijo Lily tras girarse hacia él, rodeándole la nuca con las manos. Luego vio una mesita situada en un extremo de la azotea y se acercó a ella. Encima había una botella de champán metida en un cubo de hielo picado. También encontró dos cajas de bengalas. Lily se agachó a la nevera que había bajo la mesa, la abrió. Estaba llena de comida, toda presentada con mucha elegancia. Sacó una tabla de quesos y un paquete de galletas-. ¿Lo has preparado tú?
    – Si digo que no, ¿te llevarás una desilusión? Rafe dijo que nos dejaría algo, pero supuse que se limitaría a unas cervezas y unos cacahuetes.
    – Qué detalle -dijo Lily mientras acariciaba una de las copas de champán.
    – Es un buen tipo. A veces creo que se siente obligado a complacernos.
    – ¿Por?
    – No tuvo el mejor de los comienzos con los Quinn. Y algunos de mis hermanos siguen guardando cierta distancia con él. Pero se casó con Keely, así que ahora es de la familia. Y la trata muy bien, y cuida de mamá.
    – Tienes quedarle las gracias -dijo Lily con suavidad.
    – Lo haré -Brian se situó tras ella y la rodeó por la cintura.
    – Me alegro de estar aquí. Ahora mismo no creo que pudiera estar mejor en ningún otro sitio.
    Segundos después, se oyó un sonido sibilante y el primer fuego artificial iluminó la noche. Lily miró maravillada el juego de luces y colores que se formó en el cielo. Se quedaron en silencio mucho tiempo, contemplando el espectáculo, oyendo la música y los gritos de celebración que llegaban del río. dando sorbos de champán, abrazados el uno al otro.
    Aunque esa semana se habían visto todas las tardes, apenas habían compartido unos pocos besos de buenas noches desde el día del yate con Brendan y Amy. De hecho, Lily prefería el rumbo que estaba tomando la relación entre ambos, como si, tácitamente, se hubieran puesto de acuerdo para empezar por el principio. Seguía deseándolo, anhelando sus besos y sus caricias. Pero llevaban un ritmo más pausado en el que sentía a gusto.
    Con todo, allí, con el cielo iluminado de palmeras de colores y el champán cosquilleándole en la nariz, no se sentía tan segura. Sería muy fácil sucumbir. Cuando Brian la tocaba, se sentía incapaz de resistirse. Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda al recordar la noche en la suite de su hotel. Las cosas que Brian le había hecho, el control que ejercía sobre su cuerpo… se ruborizó.
    Lily subía que, si en ese momento se giraba y lo besaba, lo convencería para que le hiciese el amor en el tejado. Pero las cosas habían cambiado entre los dos. Los sentimientos habían cambiado: el día de la fiesta de recaudación de fondos sólo había habido atracción sexual, pero, con el tiempo, la relación había crecido.
    Gruñó para sus adentros. Relación. Eso era justo lo que se había jurado evitar. Pero ya no podía negarlo. Lo que tenía con Brian había dejado de ser una aventura de una noche para convertirse en una relación. Antes o después, tendrían que hacer frente a lo que les estaba pasando y tomar decisiones. Lily suspiró. Ella tenía su vida en Chicago, Brian en Boston.
    Cuando el espectáculo de fuegos artificiales finalizó, siguieron sentados en el tejado y se terminaron el champán mientras hablaban en voz baja, arrullados por el murmullo de la multitud abajo. Había sido un día muy largo y a Lily le estaba entrando el sueño. Bostezó, estiró los brazos por encima de la cabeza, dispuesta a dormirse allí mismo, bajo la luna y las estrellas.
    – Vamos -murmuró Brian-. Te acompaño a tu hotel.
    – No pienso dejar que vuelvas a meterme en la cama, a no ser que te metas conmigo -contestó ella sonriente.
    – Resulta tentador -dijo él-. Pero ibas a dormir muy poco.
    – De eso se trata -contestó Lily. Luego lo miró un buen rato-. ¿Qué estamos haciendo?
    – No lo sé -Brian le acarició el pelo de la nuca-. Pero, sea lo que sea, lo estamos pasando bien.
    – Sí… Pero no sé… -Lily negó con la cabeza, incapaz de poner en palabras la causa de su confusión.
    – Lo sé -dijo él antes de posar los labios sobre su boca-. Pero no tenemos que decidirlo esta noche, ¿no?
    Regresaron a la casa, apagando luces a medida que pasaban. Cuando salieron a la calle, se encaminaron hacia la avenida Commonwealth, dando un paseo despacio, agarrados del brazo. Las calles seguían atestadas de personas con sillas plegables y neveras portátiles.
    Lily pensó que nunca celebraría otro Día de la Independencia sin acordarse de esa noche en un tejado de Boston con Brian Quinn. Lo miró, sorprendida todavía de lo guapo, dulce y divertido que era. Llevada por un impulso, lo empujó contra la puerta de una tienda, lo abrazó y lo besó con ardor.
    Brian sonrió, la apartó y le dio un beso en la frente.
    – Así no llegaremos nunca al hotel. Una mujer se chocó con ellos y Lily le echó una mano para que no perdiera el equilibrio.
    – ¿Señorita Gallagher?
    Lily se quedó helada al reconocer a la señora Wilburn, la secretaria de Richard Patterson. ¡Ya era casualidad!, ¡mira que tener que encontrarse con la persona más leal a Richard Patterson!
    – Señora Wilburn, le presento a…
    – Sé quien es usted -dijo ella con expresión impenetrable.
    – Brian Quinn -finalizó Lily.
    – ¿Le han gustado los fuegos artificiales, señor Quinn? -preguntó la señora Wilburn.
    – Sí -respondió él-. Nos han gustado mucho. Los hemos visto desde un tejado. Este año han sido fantásticos, ¿no le parece?
    – Sí… -la secretaria se giró hacia Lily-. Nos vemos el lunes en el despacho, señorita Gallagher. Que tenga un buen fin de semana.
    Cuando se hubo alejado lo suficiente, Lily soltó un exabrupto y se apoyó contra un farol cercano.
    – Se ha dado cuenta. Ha notado que estábamos juntos y se lo dirá a Patterson. Puedo darme por despedida. Estoy saliendo con el enemigo -dijo y echó a andar entre el gentío.
    – Lo siento. Lily -dijo Brian cuando le dio el alcance-. Podía haberme apartado, pero creo que nos había visto juntos y habría dado la impresión de que intentábamos ocultar algo.
    – No -Lily se paró y se giró hacia el-. Me he pasado la última semana fingiendo que esto no era un problema. Creía que podía separar mi vida privada de mi trabajo. Pero no podemos seguir engañándonos. Sabíamos que esto nos explotaría en las narices en algún momento. ¿Por qué no aceptar que ha llegado ese momento?
    – Lily…
    – ¿Por qué no has seguido con la historia de Patterson? -atajó ella-. Has echado el freno, ¿sí o no? ¿Ha sido por mí?
    – No -contestó él-. He estado ocupado con otros reportajes.
    – De acuerdo, pues aquí tienes una exclusiva: vamos a seguir adelante con el provecto Wellston. Como experta en relaciones con los medios de comunicación, te aconsejo que consigas tu historia antes de que la gente se olvide del puerto y los pescadores y empiece a pensar en lo agradable que sería comer en uno de los restaurantes que estamos planeando.
    – ¿Por qué me cuentas esto?
    – ¿Vas a continuar con tu investigación?
    – Sí. Cuando esté preparado.
    – Nosotros estaremos preparados cuando lo estés tú.
    – ¿Desde cuándo hablas en plural?
    – Trabajo para Richard Patterson. Represento sus intereses. Es mi trabajo, ¿recuerdas? Y si la señora Wilburn le cuenta lo que ha visto, le parecerá una traición y pondrá a otra, en mi puesto. Un puesto que necesito para pagar la maldita casa que acabo de comprar -Lily se paró tratando de serenarse. Pero no podía contener la frustración-. A ti le da igual mi vida, ¿no? Lo único que te importa es lo que compartimos esa noche en la limusina.
    – ¿Qué?. ¿crees que he venido por este camino adrede, pensando que nos encontraríamos con la secretaria de Patterson en la calle? Sé razonable. Lily. Yo no quiero que te echen. Y me da igual si intentas frenar mi investigación para defender a Patterson. Sólo es trabajo. Es lo que hacemos para ganarnos la vida. Pero no tiene que ver con lo que sentimos.
    Era verdad: estaba siendo irracional. Pero sí que tenía que ver con lo que sentía. Lily no podía evitar pensar que, sí la despedían, desaparecerían las barreras que se interponían entre los dos. Había momentos en que había estado dispuesta a bajar la guardia, a olvidarse de la pequeña batalla que tenía con Brian Quinn y explorar los sentimientos que compartían. Pero necesitaba el trabajo. Había luchado mucho para ser una buena profesional.
    ¡Todo estaba yendo tan rápido! Estaba dispuesta a renunciar a todo por un hombre al que apenas conocía. Un hombre en el que no sabía con seguridad si podía confiar.
    – Ten… tengo que irme. Luego hablamos.
    – Te acompaño.
    – No, necesito un poco de tiempo para pensar -Lily negó con la cabeza.
    – De acuerdo.
    La alivió que no se insistiese. Lily se abrió hueco entre el río de cabezas que inundaba la avenida Commonwealth, aunque en realidad no miraba hacia donde iba. Quería estar enfadada, culpar a Brian de haber puesto patas arriba su perfecta vida. Él era el responsable de que hubiese perdido el control. Si no hubiese sido tan dulce y atractivo… Maldijo. ¡Todo por su culpa!
    Lily se paro en medio de la calle y se cubrió la cara con las manos. De acuerdo, debía reconocer que ella también tenía parte de responsabilidad. De hecho, tal vez la culpa fuera toda de ella. Al fin y al cabo, era ella quien lo había invitado a subir a la limusina aquella noche increíble, maravillosa… Gruñó. Estaba a punto de tirar su carrera por la borda y solo podía pensar en pasar el resto de su vida en la cama con Brian Quinn.
    – Contrólate -se dijo-. Sigue siendo el enemigo. Y por mis santas narices que no voy a rendirme.

Capítulo 7

    Quedaba mucho día y Lily se sentía agotada. Estaba sentada en el despacho, descalza, mirando por la ventana un cielo tristón. Un relámpago anunció la proximidad de una tormenta de verano. Si estuviese en casa en esos momentos, habría llamado por teléfono para avisar de que estaba enferma. se habría acurrucado en la cama y se habría dado una fiesta de autocompadecimiento.
    Recordó la noche del viernes y después, la semana que había pasado con Brian Quinn. Al enterarse de quién era, había tomado conciencia de lo peligroso que era seguir viéndolo. Pero, por más que lo había intentado, no había conseguido resistirse. Era demasiado dulce, atractivo, encantador, y la hacía sentirse la única mujer sobre la tierra,
    Pero las cosas habían cambiado. Desde que se habían cruzado con la señora Wilburn, ya no podía pensar en Brian como un hombre al que deseaba. Volvía a ser el enemigo… responsable de arruinar su prestigio profesional. Tenía que estar preparada para ello.
    De ese modo. por lo menos, se acallarían las confusiones. Sabría de verdad que quería de Brian. Hasta lo había presionado, contándole que seguían con el proyecto, para que informase al respecto. Quizá no hubiese sido un movimiento inteligente desde el punto de vista laboral, pero estaba harta de tener la amenaza del reportaje sobrevolando. A veces era mejor afrontar un problema de cara que tratar de imaginar cómo solucionarlo si llegaba a darse.
    – Es lo mejor -se dijo mientras se frotaba una sien. Luego descolgó el auricular y marcó un número familiar.
    – Relaciones Públicas DeLay Scoville -dijo la recepcionista.
    – Con Emma Carsten, por favor -Lily forzó la voz para que la mujer no la reconociese. Esperó a que su amiga respondiese-. Hola Em. ¿Qué se cuece en Chicago?
    – ¡Lily!. ¡que alegría! Estaba esperando que me llamaras. He ido a tu casa, he regado las plantas y he recogido el correo. Todo está bien, aunque alguien te ha robado los geranios que tenías a la entrada. ¿Qué quieres que haga con el correo? Tienes una tarjeta de tu madre.
    – No sé -dijo Lily-. Guárdalo todo de momento.
    – De acuerdo -Emma se quedó callada unos segundos-. ¿Te pasa algo, Lily? Te noto mal.
    Se mordió el labio inferior. En otras circunstancias, no habría dudado en sincerarse con Emma. Pero estaba enredada en un lío que afectaba al trabajo y quizá no fuese la persona más indicada. Después de todo. Emma era una empleada leal de DeLay Scoville y quizá no fuese la observadora más objetiva.
    – No se. Empiezo a pensar que no debería haber aceptado este trabajo.
    – ¿Estás loca?, ¿cómo ibas a negarte? DeLay esta entusiasmado desde que vio el cheque por los adelantos de los honorarios. No deja de hablar de lo increíble que eres y el futuro tan brillante que tienes. Como te descuides, te pone una placa con tu nombre en el vestíbulo.
    – Pero no estoy segura de poder con esto, Em.
    – ¿Tan mal están las cosas? ¿Qué ha hecho Patterson? No le habrá encargado a nadie un abrigo de cemento, ¿no?
    – ¡No! -exclamó Lily-. No es un mafioso. Al menos no lo creo. Ni siquiera es por él… Oye, si me surgiera una emergencia familiar, quizá pudiera convencer a DeLay para que me releves. Boston te encantaría.
    – Lily, ¿qué es lo que pasa? Puedes contármelo.
    Aunque ya sí estaba dispuesta a hablar, no estaba segura de cómo explicarle lo que le había pasado. Había salido de Chicago decidida a dar un giro a su vida, a dejar de soñar con el amor perfecto y evitar hombres que no estuvieran disponibles. Pero había tenido una aventura de una noche con un hombre perfecto y disponible. Ese había sido su error.
    Era una situación complicada. Brian y ella se parecían demasiado, los dos tenían empuje y decisión en el terreno laboral. Aunque se compenetraban de maravilla en la cama, la pasión no bastaba para construir una relación duradera. Y luego estaba el montón de mujeres con las que había estado Brian.
    – Es que… no sé. Quizá tengo nostalgia.
    – ¿Y por qué no te vienes? Te pasas el próximo fin de semana aquí y vuelves a Boston el domingo por la noche. Y me hachas una mano.
    – ¿Con el trabajo?
    – No, estoy lijando el suelo de casa y es una pesadilla. Llevo una semana cubierta de polvo.
    – Creo que sí. Me vendrá bien acercarme – contestó Lily. Luego se quedó callada unos segundos-. He… he conocido a un hombre. Brian Quinn. Es periodista. Periodista de investigación para un canal de televisión.
    – ¿Y?
    – Y nada. Solo estoy un poco confundida.
    – Espera. No me digas esto; está trabajando en una historia sobre Patterson. ¿verdad? – Emma gruñó-. No sé cómo te las arreglas para enamorarte del peor hombre posible.
    Lily se revolvió en la silla. No podía explicarle su atracción hacia Brian Quinn por teléfono. Emma necesitaba verlo para comprender a qué se enfrentaba.
    – No sabía quién era cuando lo conocí. Debería haber cortado nada más descubrirlo. Sabía que no tenía futuro, pero… tiene algo. Y sentía curiosidad por saber cuánto podía durar -Lily trago saliva-. Y ahora me temo que quizá tenga que dejar el encargo. Tengo un conflicto de intereses muy serio.
    – ¿A que le refieres con cuánto podía durar?, ¿el qué? ¿Estáis saliendo?, ¿os habéis acostado?
    – Más o menos.
    – Tal como lo veo, tienes dos opciones – dijo Emma-. Una, olvidarte del tipo, centrarte en el trabajo, venir aquí y que DeLay te ponga en un altar. O dos, llamar a DeLay, decirle que lo dejas, ver como te despide, perder la casa, el coche y renunciar a volver a comprarte unos zapatos de marca. ¿Qué eliges?
    Desde esa perspectiva, la decisión debería ser muy sencilla, pensó Lily.
    – Hay otra opción -dijo sin embargo-. Richard Patterson descubre que estoy saliendo con Brian Quinn, me despide, DeLay me vuelve a despedir y salto por un puente.
    – ¿Y si te entra vértigo?
    – Si me despiden -continuo Lily-, siempre podríamos crear nuestra propia empresa, como tantas veces liemos hablado. ¿No sería genial? Relaciones Públicas Carsten Gallagher. Hasta dejaré que tu apellido vaya primero.
    – No te molestes en venir el fin de semana, iré yo a visitarte. Iremos de compras, comeremos juntas y aclararemos las cosas -propuso Emma al tiempo que llamaban al despacho de Lily.
    – Tengo que irme, te llamo esta noche y hablamos. Adiós, Em -se despidió. Colgó, respiró profundamente y se preparó para recibir a Richard Patterson-. Adelante.
    – Han traído algo para usted -dijo en cambio Marie tras abrir la puerta.
    – ¿El informe que pedí? -preguntó Lily. Cuando Marie regresó, apareció con un enorme ramillete de preciosas flores rosas.
    – Es muy bonito. Hay una tarjeta. ¿Quiere que se la lea?
    – No, sé de quién son.
    Lily se levantó, agarró el ramo y puso las flores en un jarrón situado en el medio del escritorio.
    – Sí que son bonitas -comentó mientras sacaba la tarjeta del sobre. Tal como esperaba, era un detalle de Brian. La echaba de menos y la invitaba a cenar esa noche. Lily sonrió, se sentó. No habían hablado desde la noche de los fuegos artificiales. Se había propuesto no pensar en Brian Quinn en todo el fin de semana y casi había llegado a convencerse de que, pasara lo que pasara, podría con ello… sola.
    ¡Si al menos supiera lo que sentía por Brian! De ese modo, quizá fuese más fácil imaginarse un futuro a su lado. Pero su historial con los hombres la hacía desconfiar de sus sentimientos. Porque sí, era obvio que se sentían atraídos. ¡Pero no era amor!
    – La secretaria del señor Patterson acaba de llamar -añadió Marie-. Quiere verla lo antes posible.
    – De acuerdo, gracias -Lily sintió un nudo en el estómago-. Dígale que voy en seguida.
    La señora Wilburn era una empleada leal. Era lógico que no ocultara algo así, Patterson la despediría, DeLay la despediría… El corazón le martilleaba contra el pecho. Nunca la habían despedido. No sabía qué esperar.
    Lily corrió al ascensor, pero luego reparó en el cartel de averiado. Mientras subía las escaleras, se preguntó si debía tomar la iniciativa. Si dimitía nada más entrar, al menos no la echarían. No tendría un borrón en el currículo.
    – La está esperando -dijo la secretaria de Patterson cuando la vio-. Puedes entrar.
    Lily llamó a la puerta y pasó, preparada para lo peor. Pero Richard la recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
    – Buenos días -saludó Lily, devolviéndole la sonrisa con cautela,
    – Siéntate -dijo Richard-. Sólo quería felicitarte por el trabajo tan estupendo que estás haciendo,
    – Gracias -contestó ella, totalmente atónita.
    – La señora Wilburn me ha contado que te vio con Brian Quinn el viernes por la noche. Se extrañó mucho, pero yo siempre he creído en eso de mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos. Me alegra que esté dispuesta a hacer lo que sea para tenerlo vigilado,
    – Por… por supuesto.
    – Bien, no me importan los detalles, pero el hecho de que te prestes a… llegar,a esos extremos es admirable -finalizó Patterson tras carraspear-. Un plan magnífico. Adelante, haz lo que tengas que hacer.
    – De acuerdo -Lily se dio la vuelta y salió del despacho. Le temblaban las piernas-. Genial. Ni pierdo el trabajo ni cree que lo traiciono. Cree que soy una zorra -murmuró cuando se hubo alejado de la señora Wilburn,
    Bueno, al menos tenía permiso para disfrutar de una o dos noches más de sexo tórrido con Brian Quinn. La cuestión era, ¿por qué, de repente, parecía ser lo último que quería hacer?

    Brian entró en el comedor y miró a los clientes que ya estaban sentados. Era un lugar frecuentado por miembros de los medios de comunicación. Ofrecía comidas, tazas gigantescas de café y las noticias de la CNN veinticuatro horas al día. Había muchos sitios libres en la barra, así que,se sentó en un taburete, confiado en que Sean y él podrían encontrar mesa cuando su hermano llegase.
    Pidió una Coca-Cola. Luego sacó del bolsillo el móvil y marcó el teléfono de Lily en el trabajo. Pero, antes del primer pitido, colgó. Necesitaba que Lily arreglase sus problemas laborales por su cuenta. El viernes por la noche se había quedado preocupado por ella al verla tan afectada, convencida de que el hecho de que la secretaria de Patterson los hubiese sorprendido supondría el final de su carrera.
    Brian agarró la carta y le echó un vistazo. No quería hacer daño a Lily, pero era obvio que la relación entre ambos resultaba conflictiva. La semana anterior habían pasado juntos cada segundo libre. No le había costado comprender que lo que sentía por ella era mucho más profundo que una simple atracción física.
    Y aunque nunca se había enamorado, se estaba acercando peligrosamente. Esperaba con ilusión el momento de volver a verla y se sentía inquieto cuando Lily no estaba cerca. Le encantaba su voz, cómo se le iluminaba la cara al sonreír.
    Brian cerro los ojos y respiró profundamente antes de abrirlos y devolver la atención al menú. La llamaría después del trabajo. Con suerte, habría superado el disgusto de haberse cruzado con la señora Wilburn.
    – O quizá la han echado y está buscando a alguien a quien echarle la culpa -murmuró.
    – ¿Brian Quinn?
    El hombre que lo abordo se sentó al lado. Brian disimuló un suspiro. Sólo quería comer tranquilamente, pero desde que salía en televisión le costaba pasar inadvertido. Se echó la mano al bolsillo para sacar un bolígrafo. Ojalá se conformase con un autógrafo.
    – Sí, soy yo -contestó sonriente.
    – Vi el reportaje que hiciste sobre el inspector de edificios que aceptaba sobornos. Un gran trabajo -el hombre le tendió una mano-. Jim Trent. Dirijo el suplemento local del Globe.
    – Encantado. Me encanta ese periódico – Brian trató de ocultar su sorpresa-. Antes trabajaba allí.
    – ¿De veras?
    – Sí, cuando iba al instituto y luego en la universidad. Cargaba los camiones de prensa. Pero de eso hace más de diez años. Entonces no estabas tú. El director local era Marcus Reynolds. Era muy bueno, pero tú lo estás haciendo mejor todavía.
    – Es posible. Pero me estás poniendo las cosas difíciles. Este último año nos has pisado casi todas las historias. Deberíamos habernos adelantado nosotros.
    – Es mi trabajo -dijo Brian.
    – Das bien en cámara, pero, ¿qué tal escribes?
    – ¿Qué me estás preguntando?
    – ¿Sabes escribir o sólo eres un rostro con gancho?
    – Trabajé en un par de periódicos, en Connecticut y Vermont, antes de entrar en WTBN. Creo que lo hacía bien. Y sigo escribiéndome mis textos. ¿Por qué?, ¿me estás ofreciendo un trabajo?
    – Tengo una vacante para un periodista de investigación -dijo Trent-. ¿Te interesa? Tendrías que empezar desde abajo.
    Brian no quería parecer demasiado interesado, pero apenas podía contener el entusiasmo. El Globe era uno de los mejores periódicos del país, junto con el New York Times y el Washington Post. Empezaría desde abajo otra vez, pero tendría ocasión de demostrar su valía, en vez de apoyar su éxito en una cara bonita.
    – Me interesa. Pero, de momento, esto tiene que quedar entre nosotros.
    – ¿Cuándo terminas tu contrato con televisión?
    – Medio año -dijo Brian-. Pero ya están empezando a renegociarlo. A mi agente no le va a hacer gracia. Un puesto en un periódico no cubre su comisión.
    – Estaré en contacto. O me llamas -Jim le estrechó la mano-. Antes de marcharme, ¿no te importaría decirme en que estás trabajando ahora?
    – Si te cuento todos mis secretos, no querrás contratarme.
    – Conozco tus secretos. Leí el Herald-dijo Jim. Luego se dio la vuelta, fue hacia la puerta y salió justo cuando entraba Sean.
    – Invitas tú -dijo este tras unirse a su hermano y soltar un sobre encima de la barra.
    – ¿Por que iba a hacerlo?
    – Échale un vistazo -contesto Sean apuntando hacia el sobre.
    – ¿Que es esto?
    – Querías tener algo para utilizarlo contra Patterson, para devolverle el artículo del Herald. Pues aquí tienes. Fresco y jugoso.
    Brian abrió el sobre y sacó un taco de fotografías. Al principio no estaba seguro de qué mirar… hasta que reconoció la cara de Richard Patterson… y su cuerpo… ¡y su trasero al aire! Brian guardó las fotos en el sobre.
    – ¿De donde has sacado esto?
    – No has llegado a las buenas -Sean agarró las fotos y las pasó hasta llegar a una en concreto en la que aparecían Patterson y una mujer desnudos.
    – De acuerdo, Patterson y su esposa van por la casa en porretas -dijo Brian-. No tiene nada de malo.
    – No es su esposa -dijo Sean-. Y están en un motel de tres al cuarto. El televisor es de los de echar monedas a cambio de pornografía.
    – ¿Quién es ella?
    – No sé -dijo Sean-. Esperaba queme lo dijeras tú. La seguí a su casa la otra tarde. Quedan a menudo de cinco a siete. El sale por la puerta trasera de la oficina y se va en un coche de la empresa. Ella lleva un Mercedes negro y vive en la misma casa que Dick Creighton.
    – ¿Creighton? -Brian contuvo la respiración-. Louise Creighton es la directora de urbanismo. Es la que tiene la última palabra sobre las adjudicaciones de cualquier construcción de Boston. Es ella. Es Louise Creighton -repitió tras mirar a la foto de nuevo y reconocerla.
    – Él le compra joyas -dijo Sean-. Caras. La semana pasada le regaló unos pendientes de diamantes.
    – ¡Santo cielo, Sean! Es increíble. ¿Sabes lo que esto significa? Tengo la clave. Ya sé cómo consigue Patterson los contratos. Dios, este podría ser el escándalo del año. ¡Y tengo fotos!
    – Bueno, ¿comemos o no? -preguntó Sean-. Me muero de hambre.
    Brian sacó la cartera y se dirigió a la camarera que atendía tras la barra.
    – Pásala -dijo, ofreciéndole la tarjeta de crédito-. Pago la comida de mi hermano. Ponle lo que pida. Es más, ponle cinco veces lo que pida. Y suma una propina para ti.
    Brian agarró el sobre, salió a la calle a toda prisa y paró un taxi. Le indicó al conductor que fuese a las oficinas de Patterson. Por segunda vez en diez minutos, Brian marcó el teléfono de Lily y preguntó por ella cuando contestaron en recepción. Al oír su voz, no pudo evitar sonreír.
    – Hola, soy yo. ¿Cómo estás?
    – Sorprendentemente bien -dijo Lily-. Sigo teniendo trabajo.
    – Tengo que verte. ¿Comemos?
    – No puedo, Brian -Lily dudó-. Creo que no deberíamos seguir viéndonos. Tengo que centrarme en el trabajo.
    – Es importante. Necesito hablar contigo. Te prometo que será una conversación estrictamente laboral.
    – De acuerdo.
    – Llegaré en cinco minutos. Espérame fuera -Brian tuvo que reprimir el impulso de decirle lo que sentía. Pero, ¿qué iba a decirle?, ¿que creía que se estaba enamorando de ella? ¿Cómo diablos podía estar seguro?-. Te veo ahora mismo.
    Brian pulsó el botón de fin de llamada, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Quizá no debiera preocuparse. Teniendo en cuenta lo que les había pasado al resto de los hermanos Quinn, la decisión podía no estar en sus manos. Si la maldición había vuelto a golpear, se daría cuenta antes o después.
    Claro que sólo lo estaba viendo desde un punto de vista. Lily tenía su vida en Chicago y, por el momento, conservaba su trabajo. La maldición podía hacer que se enamorara de Lily, pero no que esta sintiera lo mismo.
    – Es demasiado pronto -murmuró-. O puede que demasiado tarde.
    El taxi paró unos minutos después y Brian le pidió que esperase. Salió del coche, vio a Lily, la saludó. Cuando llegó junto a Brian, este le abrió la puerta. Luego, una vez dentro. Brian le indicó al conductor que los llevara a la laguna Storrow. Y, por fin, pasó un brazo sobre los hombros de Lily y le dio un beso.
    – Llevaba pensando en esto toda la mañana -susurró él.
    – Me habías prometido que no…
    – Bueno, ¿qué ha pasado? -atajó Brian-. Entiendo que la señora Wilburn no ha abierto la boca.
    – No. Se lo contó a Patterson y me llamó a su despacho. Piensa que estaba utilizando mis armas de mujer para… distraer tu interés. Ya sabes, vender mi cuerpo a cambio de tu silencio.
    – ¿Eso te ha dicho?
    – No con esas palabras, pero lo dio a entender. Y me felicitó por ello. Así que supongo que tenemos luz verde. Si es por él, podríamos reservar una habitación de hotel ahora mismo -Lily soltó una risotada-. Bueno, ¿de qué querías hablarme?
    – Ahora mismo de nada. Ahora sólo quiero besarte. Ya hablaremos luego -Brian paseó el pulgar por el labio inferior de Lily-. ¿Tú quieres besarme? -le preguntó, acercando la boca a la de ella.
    Lily separó los labios, pero Brian tuvo la sensación de que se estaba reservando. La había besado suficientes veces para intuir sus sentimientos. Y ese beso no sabia a felicidad. Brian se retiró, le agarró una mano y entrelazó los dedos.
    El taxi los dejó cerca de la laguna y ambos pasearon por el césped, todavía de la mano; con la que le quedaba libre, él sujetaba el sobre con las fotografías. La laguna era uno de los sitios más bonitas del río Charles.
    – Cada día me enseñas un lugar más bonito que el anterior -comentó ella.
    – Sentémonos -dijo Brian apuntando hacia un banco.
    Lily tomó asiento en un extremo, alejada, para que no pudiera tocarla. Brian respiró hondo. No estaba seguro de, si estaba haciendo lo correcto, pero no tardaría en averiguarlo. Le entregó el sobre y la miró mientras lo abría. A medida que pasaba de una foto a otra, los ojos se le iban agrandando,
    – ¿De dónde las has sacado?
    – Eso no importa.
    – ¿Vas a utilizarlas?
    – Esa mujer es la directora de urbanismo. Es el eslabón que me faltaba. Sólo es cuestión de tiempo. Lo acusaran de soborno a un funcionario público y acabará en la cárcel. He pensado que le gustaría saberlo.
    – ¿Por qué?
    – No sé. Para que estés preparada -dijo Brian-. Esto se va a poner feo, Lily, sólo quiero que nosotros nos quedemos al margen.
    – No puedo… -Lily volvió a mirar las fotografías-, No puedo ponerle un lacito a esto para intentar adornarlo. Esto no tiene remedio… Tengo que irme -añadió al tiempo que se ponía de pie.
    – Lily, vamos a hablarlo. Entiéndelo: ese hombre está infringiendo la ley. Tengo que informar. Si fueran sospechas sin fundamento. quizá podría olvidarme; pero dentro de unos días tendré todas las pruebas que necesito.
    – Haz lo que quieras -dijo Lily-. Se acabó -agregó justo antes de echar a andar.
    – ¿Que quieres decir con se acabó? -Brian le dio alcance unos metros después.
    – Que me vuelvo a Chicago. Que manden a otro para arreglar este lío.
    – No puedes marcharte -Brian la detuvo agarrándole una mano.
    – Sí puedo. Dimitiré. En realidad es muy sencillo. Mi jefe enviará a otra persona y asunto solucionado. De ese modo, tú podrás seguir con tu reportaje y recoger los premios,
    – No -contestó enfurecido Brian. Lily no era de las que se rendían. Pero parecía agotada, como si las fotografías la hubieran dejado sin energías.
    – Es lo mejor -dijo-. En serio. Sabíamos desde el principio que estábamos en bandos opuestos, Y no veo la forma de que los dos salgamos de esta con la integridad intacta. Debería haberme mantenido alejada de ti. Debería haber sido más fuerte. Pero siempre es igual. Siempre elijo al hombre equivocado. Parece adecuado, pero, antes o después, descubro que es una relación imposible. Se acabó. Es lo mejor. No insistas, por favor -añadió soltándose la mano.
    Brian la siguió con la mirada. Quiso seguirla, encontrar alguna forma de arreglar las cosas. Pero, aunque el corazón se lo pidiese a gritos, la cabeza le decía que no harían sino dar vueltas y más vueltas para llegar a la misma conclusión.
    – Hasta aquí la maldición familiar -murmuró.

    El edificio de Inversiones Patterson estaba tranquilo, las luces de los despachos apagadas en su mayoría, el sonido de las tareas del personal de limpieza se colaba por la puerta abierta de la oficina de Lily. Eran casi las siete, pero había estado todo el día preparando los detalles para el anuncio oficial del proyecto portuario ante los medios de comunicación el viernes por la tarde. Ya sólo le quedaba esperar… y tener suerte.
    Lily sacó del cajón del escritorio un paquete de chocolatinas. Se metió unas cuantas en la boca para calmar la ansiedad. Días atrás, sólo estaba ansiosa por volver a ver a Brian Quinn. Pero había vuelto a los dulces.
    – Pesaré quinientos kilos, pero al menos no me partirán el corazón -murmuro.
    Se había pasado la semana entera esperando que Brian Quinn divulgara la noticia contra Richard Patterson. Era como esperar un terremoto. Sabía que llegaría antes o después, pero no estaba segura de lo violento que sería hasta que sucediera. Lily había preparado diversos planes para defender a Patterson según sallase la noticia.
    Había hecho bien cortando con Brian. No había respondido a sus mensajes en el contestador y había evitado verlo. En no mucho tiempo, se habría olvidado de él. Lily negó con la cabeza. Sabía que se engañaba, pero, en esos momentos, necesitaba creer que era posible.
    El teléfono sonó y dudó antes de responder. No le había dado el número a Brian. pero sí a Emma. Sí, quizá pudiera pedirle consejo a su mejor amiga.
    – Lily Gallagher -respondió por fin.
    – Señorita Gallagher, le hablo de Seguridad. Hay un caballero que quiere verla -dijo el agente. Después bajó la voz-. Es Brian Quinn, el de las noticias.
    – Dígale que no estoy.
    – Me temo que es imposible. Está justo aquí.
    – En seguida bajo -dijo Lily. Luego colgó, se levanto y se alisó la falda. Mientras caminaba hacia el ascensor, pensó en qué le diría. Había roto muchas veces, pero siempre la habían dejado a ella. Quizá funcionase un ultimátum: el reportaje o ella. Sabía que escogería el reportaje y todo habría terminado-. Parece demasiado sencillo, pero a veces lo más fácil es lo mejor.
    Pulsó el botón del ascensor y entró. Mientras bajaba, se repitió que debía ser fuerte. Pero nada más verlo en el vestíbulo empezaron a flaquearle las fuerzas.
    Llevaba una camisa impecablemente planchada y unos pantalones plisados, su indumentaria habitual de trabajo, menos la chaqueta y la corbata. Para ser sincera, lo cierto era que estaba increíble se pusiera lo que se pusiera. Frunció el ceño. A pesar de los momentos tan íntimos que habían compartido, en realidad no lo había visto nunca desnudo por completo. El corazón se le aceleró sólo de pensar en desvestirlo. Sería una vista tan hermosa…
    Se acercaron despacio y no supo descifrar la expresión de su rostro. Brian no parecía enfadado, pero tampoco parecía alegrarse de verla.
    – Hola -murmuró ella.
    Brian le agarró una mano y la metió en el ascensor para librarse de la mirada curiosa del vigilante de seguridad.
    – ¿Se puede saber qué pasa, Lily?
    – No se a qué te refieres.
    – Te llamo al hotel y no contestas. Te dejo mensajes en la oficina y no respondes. ¿Qué pasa? Si quieres cortar conmigo, al menos dímelo a la cara. No me hagas imaginármelo.
    – Hemos pasado unos días maravillosos, pero…
    – No voy a publicar esas fotos -atajó Brian-. Ni siquiera voy a informar de la aventura con Creighton.
    – ¿No?
    – ¿Qué quieres de mí, Lily? O vamos adelante con esta historia o no. De ti depende. Personalmente, creo que estamos muy bien juntos. Nunca he conocido a una mujer como tú.
    – Sabes que tendrá que terminar en algún momento -murmuró ella-. Si no es por este reportaje, será por otra cosa.
    – Puede. Pero puede que no. No lo sabremos si no lo intentamos. Y yo quiero intentarlo.
    Lily lo miró. sorprendida por la confesión de Brian. Había dado por sentado que se estaba tomando la relación como algo mucho menos serio que ella. El instinto le aconsejaba batirse en retirada. Si seguía adelante con el reportaje contra Patterson, tendrían que enfrentarse en directo, cámaras de televisión por medio, en una discusión sin barreras. Y si no seguía adelante, podía dar por terminado su trabajo y regresaría a Chicago a la semana siguiente.
    – ¿Y si te pido que te olvides de este reportaje? -pregunto Lily-. ¿Lo harías?
    Brian abrió la boca para contestar, la cerró sin decir palabra. Consideró la respuesta unos segundos antes de decir:
    – Creía que habíamos quedado en separar lo personal de lo laboral.
    – Eso dijimos. Pero no puedo separar las cosas en compartimentos diferentes. El trabajo forma parte de mi vida y, si tú estás en mi vida, estás también en mi trabajo Y si no estás, no estás -contestó Lily. Al ver que Brian no se decía, añadió-. No me llames. Se acabó. Lo he pasado muy bien contigo, pero, desde el principio, yo no buscaba algo… serio.
    – Me niego -Brian se pasó una mano por el pelo-. No, me niego a tener esta conversación ahora. No deberíamos tomar una decisión tan precipitadamente. Es demasiado pronto.
    – Tengo que irme -dijo Lily-. Todavía tengo trabajo pendiente y tú tendrás que ir a los estudios de televisión esta noche -añadió y estiró el brazo para tocarlo una última vez.
    – Voy a dar la noticia esta noche -anunció.
    – ¿Que? Pero acabas de decir…
    – Hemos montado el reportaje por la tarde. Hemos pillado a Patterson y a la directora de urbanismo saliendo de un motel juntos. Venía a decírtelo. Espero que estés preparada.
    – Lo estaré -contestó Lily, alzando la barbilla.
    Luego se dio la vuelta y regresó al ascensor. Punto final, pensó mientras pulsaba el bolón de llamada. Lily se trago un sollozo. Nada más abrirse las puertas, entró, rezando para que se cerraran pronto. Brian la miró un instante y, en el último segundo, se coló también en el ascensor.
    – ¿Qué haces? -preguntó Lily.
    – Todavía no hemos terminado.
    Brian pulsó el botón de la planta veinte y el ascensor empezó a subir. Pero Lily apretó el botón de la planta baja de nuevo.
    – No quiero discutir -dijo ella.
    – Quizá deberíamos hacerlo -replico Brian justo antes de oírse un extraño ruido.
    – ¿Que ha sido eso? -pregunto Lily cuando, de repente, se paró el ascensor.
    Brian pulsó el botón de la planta veinte de nuevo, pero el ascensor no se movió ni se abrieron las puertas.
    – Creo que estamos encerrados.
    – ¡No! -Lily pulsó los botones de todas las plantas-. No es posible.
    – Creo que sí -Brian saco el móvil-. ¿Llamas tú o llamo yo? Aunque quizá sería mejor que no llamáramos. Puede que el destino esté intercediendo. Y a mí no me gusta discutir con el destino.

Capítulo 8

    Lily estaba sentada en una esquina del ascensor, con las piernas estiradas, cruzadas a la altura de los tobillos. Miró a Brian, que se había acomodado en la otra esquina y tenía los ojos clavados en sus piernas. Alzó la vista y se dio cuenta de que lo había sorprendido mirándola.
    – Tienes unas piernas muy bonitas -dijo. Lily tiró de la falda, bajándolas justo hasta las rodillas.
    – ¿Cuánto tiempo van a tardar en sacarnos? -murmuró.
    – Sólo llevamos quince minutos -contestó Brian al tiempo que miraba la hora-. Pero espero que no tarden mucho. Más vale. Tengo que llegar a los estudios de televisión.
    – Puede que el destino esté intercediendo… para que no divulgues ese reportaje.
    – O puede que el ascensor necesite una revisión técnica.
    No debería estar hablando con él, pensó Lily. Después de todo lo que le había dicho afuera, era un poco hipócrita actuar como si nada hubiera pasado sólo por el hecho de estar atrapados. Había puesto fin a la relación y le iba a tocar volver a hacerlo.
    – Tengo hambre -murmuró-. No he cenado.
    Brian sacó del bolsillo una caja de caramelos de menta.
    – Esto es todo lo que tengo.
    – ¿Crees que nos tendrán encerrados mucho tiempo? -volvió a preguntar Lily.
    – El vigilante de seguridad ha dicho que el técnico tardará una hora en venir. Podíamos aprovechar el tiempo -Brian sonrió-. ¿Jugamos a las preguntas de nuevo?
    – De acuerdo -se resignó Lily-. Dos cada uno.
    – Empiezas tú.
    – ¿De verdad vas a lanzar el reportaje esta noche o sólo me lo has dicho para ver como reaccionaba?
    – Voy a lanzarlo… si consigo salir a tiempo. Me toca. ¿De verdad vas a acabar con lo nuestro o sólo me lo has dicho para ver cómo reaccionaba?
    – Hablaba en serio -contestó Lily. Luego se quedó un rato pensando antes de formular la siguiente pregunta-. ¿Te arrepientes de algo?
    – De algunas cosas, sí -Brian asintió con la cabeza.
    – No me vale. Tienes que decir de qué cosas.
    – Me arrepiento de no haberte hecho el amor nunca como de verdad quería -contesto-. ¿Y tú?, ¿te arrepientes de algo?
    Lily dudó. Estaban diciendo la verdad. ¿Por que no ser sincera?
    – Estaba pensando que nunca te he visto… desnudo -respondió.
    – Eso tiene remedio -Brian empezó a desabrocharse la camisa y Lily comprendió que la sinceridad no había sido la opción más prudente.
    – Ni se te ocurra.
    – ¿Por que no? Ya que estamos encerrados, por lo menos pongámonos cómodos -Brian se quitó los zapatos y los calcetines. Lily pensó que la estaba provocando, que se detendría ahí. Pero luego siguió desabrochándose la camisa.
    Se la abrió, dejando al descubierto sus pectorales, cubiertos por una mata de vello que bajaba desde la clavícula hasta más allá de la cintura. Lyly sintió un picor en los dedos, ansiosa por tocarlo. Aunque el corazón se le había acelerado, trató de aparentar calma, como si estuviese acostumbrada a ver hombres desnudos.
    Brian se levantó, empezó a desabrocharse el cinturón. Cuando terminó, lo agitó con un brazo y se lo lanzó a la cara.
    – Así me gusta -dijo Lily-. Ahora mira a la cámara.
    – ¿Que cámara?
    – La de seguridad -Lily apuntó hacia el cristal que había sobre el panel de botones-. Pueden ver todo lo que haces.
    Brian sacó una navaja multiusos del bolsillo, desatornilló la cámara. Luego la metió dentro de un calcetín.
    – Estamos a solas -dijo Brian un instante antes de que sonara el teléfono.
    – Así que a solas -Lily rió.
    – Sí, está aquí -dijo él tras contestar. Luego le pasó el móvil a Lily-. Es el vigilante.
    – Señorita Gallagher, ¿está bien? La cámara de seguridad no funciona.
    – Estoy bien -contestó ella. Los ojos se desorbitaron al ver que Brian se despojaba de la camisa y la tiraba al suelo-. Pero sáquenos pronto.
    – Tardaremos un par de horas -contestó vigilante-. ¿Seguro que está bien? Si hace falta llamo a los bomberos. Podrían forzar la puerta y…
    – No, no hace falta -interrumpió Lily, pensando de repente que quizá le apetecía quedarse. Colgó y le devolvió el móvil a Brian-. Tenemos dos horas por delante.
    – En dos horas podemos hacer muchas cosas -Brian estiró una mano-. Venga. No pienso quitarme la ropa. Podemos bailar. Hay música -dijo al tiempo que la ayudaba a levantarse-. Empezamos bailando, ¿recuerdas?
    Claro que se acordaba. Se acordaba perfectamente de lo bien que se había sentido entre sus brazos aquella primera vez, de cómo el baile había sido el preludio del acto de seducción más atrevido de su vida. Brian la apretó contra el pecho y, nada más hacerlo, Lily supo que había cometido un error. Se quedó sin respiración y, de pronto, la cabeza le daba vueltas y las piernas se le habían aflojado.
    Apoyó una mano sobre su hombro y se movieron al compás del hilo musical del ascensor. Aunque solo hacía tres semanas que se conocían, había momentos en que tenía la sensación de que lo conocía desde siempre. Se sentía cómoda en sus brazos, como si aquel lugar le perteneciera. Lily dejó caer la cabeza sobre su hombro. Si pudieran quedarse allí eternamente, solos en el ascensor, todo estaría bien.
    La música no terminaba nunca, de modo que siguieron bailando. Brian fue deslizando las manos por su cuerpo, despertando algo nuevo con cada caricia. Era inútil luchar contra el deseo. Tenían dos horas por delante. Si no se entregaba en ese momento, acabaría sucumbiendo luego.
    Pero esa vez dejaría que Brian marcase el ritmo. Quería que fuese él quien llevara la iniciativa y estaba segura de que, si lo hacía, le regalaría una noche inolvidable… aunque fuese en un ascensor.
    Mientras bailaban, Brian le quitó con cuidado la chaqueta y la tiró al suelo junto a su camisa. La balada que sonaba no era lo más apropiado para un espectáculo de striptease, pero los encuentros íntimos con Lily nunca habían sido convencionales. Prenda a prenda, terminaron de desnudarse, tomándose tiempo para explorar cada centímetro de piel recién expuesta.
    Lily se sintió vulnerable cuando le quitó las bragas. Hasta entonces, habían llegado al sexo impulsados por el deseo. Pero esa vez era distinta: aunque quería la pasión, también anhelaba el contacto, la proximidad, tocarle el alma a ser posible.
    Brian la apretó contra el pecho y la besó.
    – No puedo creerme que estemos haciendo esto -murmuró ella sin aliento.
    – ¿Bailar desnudos en un ascensor? Tampoco es tan extraño -la pinchó Brian.
    – ¿Lo habías hecho antes?
    – No -reconoció el-. Ni había hecho el amor en una limusina nunca. Ni visto un espectáculo de fuegos artificiales desde un tejado. Ni bebido champán del ombligo de una mujer.
    – Eso no lo hemos hecho.
    – Entonces supongo que queda pendiente para más adelante.
    Lily suspiró. ¿Por qué tenía que ser tan romántico?, ¿por qué no podía ser reservado, egocéntrico y distraído como cualquier otro hombre? No había ido a Boston en busca del hombre perfecto. Sólo había querido una aventura de una noche. Y ahí estaba Brian, haciéndola sentir todas esas cosas que no quería sentir, haciéndola creer en el amor.
    Le puso una mano debajo de la barbilla y le levantó la cara para que lo mirase a los ojos. Y volvió a besarla, con dulzura al principio, luego con más convicción. Un instante después, la chispa del deseo había estallado y se estaban devorando los labios fogosamente. Siempre había sido así entre ellos: primero, delicadeza, luego pasión desbordada.
    Lily gimió mientras Brian trazaba un reguero de besos del cuello a sus pechos. Le lamió un pezón hasta tenerlo erecto y fue a por el otro pecho, Lyly echó la cabeza hacia atrás y disfrutó del temblor que estremecía su cuerpo. Pero Brian no se detuvo en los senos. Bajo hacia la cintura, y todavía siguió descendiendo para hacerle el amor con la lengua.
    Lily sintió una sacudida y, por un momento, las rodillas se le aflojaron. No podía pensar, no podía hablar, no podía seguir de pie, pero era consciente de todas las sensaciones que la invadían. Brian siempre había sabido darle placer.
    Pero esa vez estaba yendo despacio, acercándola al abismo poco a poco. Lily jadeaba con dificultad, apoyada contra la puerta fría y metálica del ascensor. Abrió los ojos y lo vio sacar un preservativo de la cartera.
    Aunque no hubiese podido protegerse, Lily habría sido incapaz de resistirse. En aquel instante necesitaba sentirlo dentro, necesitaba el calor, la erección, la capitulación definitiva. Necesitaba asegurarse de que lo que sentía era de verdad. Brian le entregó el preservativo tras sacarlo del paquete y la dejó que lo enfundara. Mientras lo desenrollaba a lo largo del miembro, Brian cerró los ojos y suspiró.
    Cuando volvió a abrirlos, Lily observó una mirada en sus ojos que la volvió a estremecer.
    Brian la deseaba y nada se interpondría en su camino. La levantó en brazos, poniéndole las piernas alrededor de la cintura, y luego la empujó contra una pared del ascensor.
    – No tienes que pedir permiso -murmuró ella al ver que Brian esperaba unos segundos-. Lo deseo tanto como tú.
    Palpó su húmeda entrada y luego, muy despacio, la penetró. La sensación de tenerlo dentro era más de lo que podía soportar. Ni siquiera en la limusina había sentido un placer tan intenso. Lily gruñó y se movió hasta que le tocó el punto más erógeno.
    Brian se movía a un ritmo lento, pero Lily estaba tan cerca del precipicio que con cada arremetida corría el riesgo de caer. Murmuró su nombre, pero no supo si Brian la había oído. Le acarició el pelo, volvió a buscar sus labios. Lo besó con desesperación y, entonces, de repente, sintió una tensión entre las piernas que la convulsionó de pies a cabeza. Una marea de placer la inundó y, un segundo después, Brian se unió a ella, empujando una última vez con las fuerzas que le quedaban.
    No entendía cómo podía seguir de pie, sujetándola, pero todavía alcanzó a besarla de nuevo antes de posarla en el suelo. Luego, mirándola a los ojos, dijo:
    – Estoy enamorado de ti.
    – No digas eso -Lily le puso un dedo en los labios.
    – Tengo que hacerlo. Es lo único que sé con seguridad ahora mismo. Eso y que no quiero que esto acabe. No espero que tú sientas lo mismo, pero quería que lo supieras.
    Se quedaron en silencio y, por un momento, le entraron ganas de confesar que le correspondía. ¡Seria tan fácil decirle que lo quería! Pero ya había pronunciado antes esas palabras y al final se le habían vuelto en contra y había salido herida.
    – Todo tiene que terminar en algún momento -murmuró Lily.
    Fue el momento de dejarse caer al suelo del ascensor y sentarse sobra las prendas desperdigadas. Lily se acurrucó contra el cuerpo desnudo de Brian, el cual le acarició un brazo en un gesto conmovedoramente posesivo. Después agarró su camisa y la cubrió para que no se resfriara.
    Permanecieron en silencio, ensimismados en sus pensamientos. Lily no sabía qué decirle. Estaba confundida. Quizá sí que lo amaba y no se había dado cuenta. O quizá quería amarlo, pero va no era capaz de confiar. O podía ser que sólo fuera sexo y nada más.
    ¿Cómo podía estar segura de si lo quería?.¿Había hablado Brian en serio o había sido una reacción a lo que acababan de compartir? La cabeza no paraba de darle vueltas. Lily cerró los ojos en busca de alguna respuesta, de cualquier respuesta.
    De pronto, el ascensor se movió, dio un tirón y se puso en marcha. Miro hacia las luces que había encima de las puertas y advirtió que estaban bajando. Pegó un gritito y corrió a recoger la ropa. Brian le acercó la blusa y la falda, pero Lily tuvo que guardarse la ropa interior en el bolso.
    Entonces, horror, el ascensor se paró y se abrió en el vestíbulo. Se encontraron cara a cara frente al técnico de mantenimiento, que los miró con la mandíbula desencajada.
    – Están bien, Barney -le gritó a un compañero.
    Brian, totalmente desnudo todavía, sonrió y se giró un poco para cubrir el cuerpo de Lily.
    – Estamos mejor solos -dijo al tiempo que pulsaba el botón de cerrar las puertas.
    – Bueno, al final llegarás a tiempo para lanzar el reportaje esta noche -dijo ella mientras se abotonaba la blusa a todo correr-. Si te das prisa, llegarás a la tele con tiempo de sobra.
    – No.
    – Pero creía que…
    – Sólo lo dije para ver cómo reaccionabas. Todavía no estoy preparado -dijo y volvió a besarla-. Recuerda lo que te he dicho, Lily. Piensa en ello. Estaríamos muy bien juntos.

    Un aluvión de periodistas se había reunido junto a la obra. Brian reconoció furgonetas de otros tres canales de Boston y miró por la ventana mientras sus colegas charlaban entre sí. Era el día señalado para poner la primera piedra del proyecto portuario. Aunque no era un hecho tan destacado, las redacciones andaban escasas de noticias y habían decidido darle cobertura a aquel acto simbólico.
    Habían pasado tres días desde la última vez que había visto a Lily, la tarde que se habían quedado atrapados en el ascensor. Después de lo que había ocurrido, estaba más seguro que nunca de que estaban hechos el uno para el otro. Pero convencer a Lily parecía imposible.
    Maldijo a los hombres que la habían vuelto tan desconfiada. Aunque nunca le había hablado de su pasado, era evidente que le habían hecho daño, y más de una vez. Por otra parte, él ya le había confesado lo que sentía, de modo que todo estaba en manos de Lily.
    – ¿A qué hora se supone que empieza? – preguntó Brian.
    – A las tres en punto -contestó Taneesha-. ¿Por qué estamos aquí? Creía que ya tenías montado el reportaje.
    – No estoy satisfecho del todo -contestó él-. Falta algo.
    – ¡Anda! -exclamó Bob al volante-. ¿Y esto?
    Brian miro por la ventana y vio una cola de vehículos entrar en la zona de la obra. Cuando se pararon, bajaron cinco o seis personas de cada coche, cada una con una bolsa de basura y una pancarta.
    – Una manifestación -Brian sonrió-. Igual merece la pena cubrirla.
    – ¿Quiénes son? -preguntó Taneesha-. ¿Qué hacen con las bolsas?
    – Son pescadores y trabajadores del muelle -Brian reconoció una mata de pelo canosa-. ¡Si está mi padre! Preparaos, puede ser interesante -añadió al tiempo que salía de la furgoneta.
    Brian se abrió hueco entre las pancartas de los manifestantes, todas con mensajes de rechazo al proyecto de Patterson. Alcanzó a su padre justo cuando Seamus Quinn estaba arengando a un grupo de trabajadores del muelle.
    – ¡Papá!
    – ¡Hola, chaval! ¿Has venido para sacarnos en la tele? Asegúrate de sacar mi perfil bueno – dijo Seamus, sonriente. Luego agarró el brazo de un hombre-. Deberías hablar con Eddie. Trabajó en un barco pesquero por aquí. el Maggie Belle. Un viejo amigo.
    – ¿Qué hay en las bolsas de basura? -preguntó Brian tras intercambiar saludos con Eddie.
    – No te preocupes.
    – No hagas ninguna tontería, ¿de acuerdo? – le advirtió su hijo-. No tengo tiempo para ir a la comisaría a sacarte de la cárcel.
    La multitud empezó a gritar y Brian se giró hacia dos limusinas negras que iban levantando polvo por la carretera. Los periodistas se apiñaron para recoger la salida de Richard Patterson. Pero Brian esperaba a otra persona. Lily se apeó de la segunda limusina y frunció el ceño ante el bullicio de los manifestantes y periodistas.
    Brian sintió una ligera presión el pecho. No le gustaba como empezaban las cosas. Los manifestantes parecían un poco exaltados y los periodistas estaban más interesados en ellos que en Patterson. Trató de entablar contacto visual con Lily. pero esta se había pegado a su jefe y le susurraba algo al oído. Luego se dirigieron a la pequeña plataforma que habían instalado en el embarcadero.
    – ¡Arriba el puerto! -empegó a corear la multitud-. ¡Abajo el proyecto Wellston!
    Lily se obligó a sonreír mientras se situaba frente al micrófono. Pero, al ir a presentar a Patterson, se desencadenó la batalla. Algo voló sobre la multitud y cayó en la plataforma. En seguida, empezaron a lanzarse más objetos contra Patterson. Sólo entonces advirtió Brian que le estaban tirando peces muertos y, a juzgar por el olor, podridos desde hacía unos días.
    – Vuelve a la furgoneta -le gritó a Bob-. Taneesha, sigue grabando.
    Brian se abrió paso entre los manifestantes mientras estos invadían la plataforma. Los periodistas se retrasaron por miedo a recibir el golpe de algún pescado. Richard Patterson ya había desaparecido tras un muro de guardaespaldas, pero había dejado a Lily sola, para que se defendiera como pudiese.
    – Ven -le dijo cuando llegó a ella. que todavía intentaba aplacar los ánimos de la multitud-. Tienes que salir de aquí.
    – ¡No!
    Brian maldijo, se agachó y la levantó en brazos. Sin darle tiempo para reaccionar, enfiló hacia la furgoneta, donde Bob los esperaba con la puerta abierta.
    – ¡Bájame! -exigió Lily, pataleando-. ¡Puedo controlar la situación!
    – Ni loca -contestó Brian.
    – ¡Brian, suéltala! -gritó Seamus antes de que alcanzaran la furgoneta-. No te hagas el héroe. Ya sabes lo que pasa.
    Brian no hizo caso a su padre ni al pescado que le golpeó en un hombro. Otro pescado aterrizó un segundo sobre la cabeza de Lily.
    – ¿Se puede saber qué haces? -exclamó ella una vez dentro de la furgoneta.
    – Salvarte el pellejo.
    – No pienso dejar que me intimiden -replicó Lily-. Si de verdad quieres ayudarme, ¿por qué no has llamado a la policía para que dispersen la manifestación?
    – No había tiempo.
    – Seguro que te lo estás pasando bomba – contestó ella-. Para ti será un notición.
    – ¿Crees que quería rescatarte? -preguntó Brian irritado-. Antes me pondría un ancla en el cuello y me tiraría al fondo del mar. Ahora tengo que casarme contigo.
    – ¿Qué? -preguntó anonadada Lily.
    – La maldición -Brian se mesó el cabello-. Te he salvado la vida, se acabó. Ya no hay marcha atrás.
    – No digas tonterías. No me has salvado la vida. Nadie se muere porque le caiga un pescado podrido.
    – Bueno, pero te he salvado de una situación peligrosa. Más de una vez. Cinco o seis si llevo bien la cuenta.
    – ¿Y por eso tengo que casarme contigo? Estás loco.
    – No depende de ti ni de mí -contestó él-. Es la maldición de los Quinn. Ya está decidido.
    – Eh… -Bob carraspeo-. ¿Queréis que os deje solos?
    – Aunque no me parece tan mala idea – continuó Brian sin hacer caso al conductor-. No negarás que hay algo entre nosotros. Y algo más que una mera atracción sexual.
    – Te equivocas. Y sabes que estás equivocado -Lily negó con la cabeza-. A ti lo que te gusta es la conquista. Vas detrás de mí igual que vas detrás de una noticia. Pero una vez me conquistes, te fijarás en otra mujer, cualquier mujer más guapa o más interesante, alguien que consiga retener tu atención más tiempo que yo.
    – No es verdad.
    – Si, definitivamente, os dejos solos -Bob abrió la furgoneta.
    – ¡No! -gritó Lily-. Soy yo la que se va – añadió justo antes de escabullirse y saltar fuera para echar a correr entre los manifestantes hacia la segunda limusina.
    Brian la miró, dispuesto a acudir en su ayuda si alguien intentaba detenerla. Pero los manifestantes parecían darse por contentos con haber saboteado el acto y se limitaron a lanzarle insultos. Nada más entrar en la limusina, el conductor arrancó, pisando a fondo el acelerador.
    – ¿Acallas de pedirle que se case contigo? – preguntó Bob.
    – No -contestó Brian.
    – ¿Estás seguro?
    – Le he dicho que me iba a casar con ella – matizó-. No se lo he pedido. Hay una diferencia.

    – Ha sido un desastre -dijo Lily-. Pescados podridos por todas partes. Ha salido en todos los medios. Y en la página nueve del Herald había uno foto de mi trasero.
    Lily agarró el periódico mientras paseaba arriba y abajo por el despacho. Tras el espantoso acto del día anterior, había tenido que improvisar para lavar la imagen corporativa. Había emitido un comunicado a la prensa en el que destacaba la firme convicción de Patterson sobre el derecho de los pescadores a manifestarse, aunque continuaba decidido a seguir adelante con el proyecto Wellston. Había respondido las preguntas de numerosos periodistas y había analizado el tratamiento que los medios de comunicación habían dado a lo que había sucedido.
    – No será tan horrible -contestó Emma-. Siempre tiendes a exagerar cuando estás disgustada.
    – Me levantó en brazos y me sacó de la plataforma -murmuró Lily.
    – ¿Patterson?
    – No, Brian Quinn. Fue… humillante. El Herald sacó una foto y ha salido en todas partes. Dos canales grabaron la escena y la van a poner… y no sólo en informativos. En programas de humor -rezongó Lily-. Pero eso no es lo peor.
    – ¿Todavía hay algo peor?
    – Creo que quizá me ha pedido que me case con él. No estoy segura. O sea, no fue una declaración convencional. Me plantó en la furgoneta y me dijo que teníamos que casarnos.
    – A ese tío le falta un tornillo. Primero te agarra como un cavernícola y luego te pide que te cases con el. Lily, ¿me puedes explicar qué ves en un hombre así?
    – En realidad no es así -contestó Lily-. Normalmente es muy dulce y considerado. Pero también es peligroso. Y divertido… Y es inteligente, muy inteligente.
    – Suena a que estás enamorada.
    – Lo que estoy es confundida… y puede que un poco enamorada.
    – ¿Sólo un poco?
    – Sí -reconoció Lily-. O quizá esté enamorada de la idea de estar enamorada. Ha sido una relación tan intensa. No creía que pudiese ser tan apasionada. Pero mi parte racional me dice que eso se apagará con el tiempo y entonces descubriré que no estoy enamorada. O puede que no se apague, pero sea él el que descubra que no esta…
    – No le des tantas vueltas -atajó Emma-. ¿Estas o no estás enamorada?
    – Ya he escrito mi carta de dimisión -dijo Lyly, obviando la pregunta de su amiga-. Aquí ya no me respetarán. Me he convertido en una diana para hacer chistes.
    – Lily, no te precipites. No reacciones impulsivamente. ¿No es lo que siempre les dices a tus clientes? Tómate algo de tiempo, espera a ver cómo se desarrollan las cosas. Quizá no sea tan terrible como piensas.
    – Te aseguro que la fotografía de mi trasero es espantosa -contestó Lily tras mirar el periódico un segundo-. Si quieres venir a Boston, creo que puedo convencer a Patterson para que siga contando con DeLay Scoville. Y, de ese modo, quizá salve mi trabajo en la agencia. Si no, tendré que abrir la prestigiosa empresa de Relaciones Públicas Gallagher y llevaré una dieta de sándwiches de crema de cacahuete.
    Golpearon con suavidad a la puerta y Marie asomo la cabeza.
    – El señor Patterson quiere hablar contigo – susurró preocupada la ayudante.
    – Gracias, Marie -Lily animó a la chica con una sonrisa. Luego devolvió la atención a Emma-. Tengo que colgar. Reunión con el jefe. Deséame suerte.
    – No la necesitas. Ya verás cómo todo sale bien.
    Lily se despidió. Luego se levantó y echo un último vistazo al despacho. Ya había reunido los pocos objetos personales que había llevado y los había metido en una bolsa, por si acaso. Pero, mientras salía del despacho, se sentía curiosamente tranquila.
    Era como,si todo formase parte de un plan cósmico. Según Brian, habían estado destinados a estar juntos desde que sus vidas se habían cruzado. Pero no era más que una fantasía. Era demasiado sincera como para engañarse.
    – Señorita Gallagher, ¿va todo bien? -le preguntó Marie.
    – No creo. Pero no te preocupes. No es culpa tuya.
    Lily fue al ascensor y esperó a que llegara. Pero nada más entrar, comprendió que debía haber subido por las escaleras. No pudo evitar recordar el rato que había pasado atrapada allí dentro con Brian. ¿Cómo podía haber accedido a hacer el amor en un ascensor?
    Pero, cuando las puertas se abrieron, pareció como si se hubiera quedado paralizada. Se acordó de lo que Brian le había dicho. Todavía no podía creérselo. ¿De verdad la quería o sólo se había declarado llevado por la pasión del momento?
    Salió por fin y la señora Wilburn la recibió con frialdad, sin molestarse en ofrecerle un café ni sonreír. La cara de Patterson tampoco era amigable. Nunca la habían despedido antes, pero toda vez que había aceptado su destino, se sentía tranquila.
    – Señorita Gallagher, siéntese, por favor.
    – Prefiero quedarme de pie -contestó ella-. Dígame.
    – Está bien -Patterson asintió con la cabeza.- No vamos a seguir necesitando sus servicios. Después de la fotografía del periódico, no creo que la puedan seguir tomando en serio. Y tengo la sensación de que su relación con Brian Quinn no está jugando a mi favor. He llamado a su jefe y le he dicho que puede quedarse con la mitad del cheque por los adelantos. Me ha pedido que le diga que espera verla mañana por la mañana en su despacho.
    – Señor Patterson, sé que no he sido muy eficiente, pero DeLay Scoville puede ayudarlo de todos modos. Tenemos una plantilla muy cualificada. Si nos da la oportunidad, puedo recomendarle a otra asesora especializada en relaciones públicas.
    – No hace falta. Ya me he puesto en contacto con una empresa de Nueva York.
    Ante eso. Lily comprendió que sería inútil seguir discutiendo. Patterson ya había tomado una decisión.
    – De acuerdo. Recogeré mis cosas. Pero me gustaría poder decirle a Marie que sigue trabajando aquí.
    – Puede hacerlo -dijo él.
    – Gracias -Lily se giro, salió y bajó las escaleras hacia su despacho. Hizo una pausa en el rellano y tomó aire-. No ha ido tan mal. Supongo que a todos nos despiden alguna vez en la vida.
    Ya sólo le quedaba averiguar si podría conservar el trabajo en la agencia. De no ser así, se le abría un mundo nuevo de posibilidades.

Capítulo 9

    – Se ha ido.
    Brian se sentó en el brazo del sofá del apartamento de Sean y Liam. Todavía no se lo creía. Todo había sido tan rápido, que aún no había tenido tiempo para reaccionar.
    – ¿Le has dejado un mensaje? -preguntó Liam.
    Su hermano pequeño estaba tumbado en el sofá, con una cerveza en la mano y una bolsa de patatas fritas sobre el vientre. Sean ocupaba una silla v tenía los pies apoyados sobre la mesa de café. Aunque Ellie no solía separarse de Liam, esa noche había ido a un seminario en Hatford y había dejado a los tres hermanos solos de nuevo.
    – No está aquí -explicó Brian-. Se ha ido. Ha desaparecido.
    – Creo que yo también me marcharía -dijo Liam, apuntando hacia el ejemplar del Herald que Sean había dejado en la mesa-. No es una foto muy favorecedora que digamos. ¿Qué clase de objetivo estaba usando ese fotógrafo? Parece que tiene un trasero más grande que el estadio de béisbol de Fenway.
    – Cállate, tiene un trasero bien bonito.
    – Solo digo que el objetivo lo hace parecer más grande. Y las sombras realzan…
    – Cierra la boca -Sean le lanzó una almohada a Liam-. ¿No ves que nuestro hermano está disgustado? ¿Qué vas a hacer? -le preguntó a Brian.
    – Creía que ya lo tenía decidido -murmuró este-. Había pensado abandonar el reportaje. Bueno, no exactamente. Cederle mis notas a un periodista nuevo de redacción. Quería decírselo a Lily y, cuando la llamé al despacho, la recepcionista me informó de que ya no trabajaba ahí. Luego llamé al hotel y también se había ido.
    – Esa suerte que tienes -dijo Sean-. Parece que te has librado de la maldición de los Quinn.
    – No lo creo. Estoy enamorado de ella – Brian cerró los ojos-. Sé que sólo hace un mes que la conozco, pero tengo claro que la quiero en mi vida.
    – Entonces ve por ella -dijo Liam.
    – No sé dónde está. Sé que vive en Chicago, pero no conseguiría su teléfono mirando la guía y no recuerdo el nombre de la empresa donde trabaja. Y Patterson no me lo va a facilitar -Brian miró a Sean-. ¿Podías echarme una mano?
    – ¿Estás loco? Rompe con ella de una vez por todas.
    – ¿Te niegas a ayudarme? -Brian soltó una retahíla de palabrotas-. Está bien, te pagaré.
    – Si te casas con ella, seré el único que seguirá soltero -dijo Sean-. No quiero ser el único.
    – Pues búscate a una mujer -sugirió Liam.
    – Ni hablar -Sean se negó.
    – No tenía previsto enamorarme de ella – continuó Brian. Se levantó y se puso a dar vueltas por el salón-. Pero ha pasado. Ha pasado y se lo he dicho. Pero me parece que no me cree. Lily piensa que sólo es sexo.
    – ¿Buen sexo? -pregunto Liam.
    – Increíble -aseguró Brian-. Mejor que increíble. Basta con que la roce y, ¡bum!, ya estamos arrancándonos la ropa. Me hace perder el control. Estoy pensando en ella todo el día y no puedo dormir porque no me la quito de la cabeza. Pero no es solo sexo. Es…
    – Basta, por favor -Sean se levantó-. Está bien. Vamos, Liam. Si lo oigo lloriquear un segundo más, creo que acabaré pegándole un puñetazo.
    – ¿Adónde vamos?
    – A encontrar a la mujer de Brian. Conozco a una de las mujeres de la limpieza del hotel Eliot. Puede que nos dé alguna pista.
    – Genial -Brian los acompañó a la puerta-. Perfecto. Tengo un plan. Ahora tengo que ir a la tele. Pero nos vemos después en el pub y me contáis lo que hayáis averiguado.
    Sus hermanos asintieron con la cabeza y se marcharon, dejando a Brian solo en el apartamento. Suspiró. Tenía que funcionar: conseguiría la dirección de Lily. se iría a Chicago y la convencería de que estaban hechos el uno para el otro.
    Quedaba por resolver la cuestión de dónde vivirían. Su trabajo estaba en Boston. Y la oferta del Globe le resultaba tentadora. Pero también había periódicos y canales de televisión importantes en Chicago.
    – ¿Qué estoy haciendo? -se pregunto Brian-. Ni siquiera sé lo que siente por mí. Primero tengo que saber que me quiere.
    Salió del apartamento y se metió en el coche esperanzado. Amaba a Lily Gallagher y, si sus hermanos habían conseguido casarse, él también lo lograría. Un increíble Quinn no se rendía nunca.

    Lily hizo las maletas y se marchó del hotel Eliot en cuestión de minutos. No se había molestado ni en doblar la ropa con cuidado, sabedora de que no tendría que ponérsela para ir al trabajo en una temporada. Se había limitado a meterla en las bolsas y había cerrado la cremallera como había podido.
    El viaje al aeropuerto había transcurrido sin imprevistos y. aunque no había llamado para reservar billete, consiguió una plaza para el vuelo de las siete y media de la tarde, facturó el equipaje y buscó el bar más próximo a la puerta de embarque.
    Desde entonces habían pasado casi ocho horas. Primero habían abierto las puertas del avión con una hora de retraso y luego, una vez dentro, habían tenido que salir por un problema mecánico. Las azafatas habían asegurado a los pasajeros que despegarían esa noche, pero no se habían comprometido a dar una hora.
    – ¿Quiere algo? -le preguntó el camarero.
    – ¿Podrías ponerme más cacahuetes? El camarero sonrió, le llenó el plato y le puso un refresco.
    – Invita la casa.
    – Gracias -Lily suspiró-. ¿Cuánto tiempo más pueden tenernos aquí?
    – Todo el que quieran -contestó el camarero-. Para el negocio es estupendo.
    Luego se fue a atender a otro cliente. Lily miro el televisor. El volumen estaba bajo, pero intentó seguir una serie de policías. Cuando llegaron los anuncios, retiró la mirada. Pero algo la hizo volver la vista hacia la pantalla.
    Se quedó sin respiración al ver un avance informativo. Presentado por Brian Quinn. Lily no pudo apartar los ojos de aquel hombre tan guapo del que se había enamorado. Y, de pronto, volvieron los anuncios. Lily miró el reloj. Eran casi las diez y el telediario no empezaría hasta las once. Probablemente no estaría en el bar para las noticias.
    Lily pestañeó para evitar que se le saltaran las lágrimas. No quería creer que aquella sería la última vez que lo vería. Todo había sido muy rápido. La gente no se enamoraba en un mes después de una aventura de una noche.
    Pero al recordar los instantes que había compartido con Brian Quinn, advirtió que nunca le había mentido. Nunca la había herido, insultado ni engañado. Había respetado su trabajo y, a pesar de estar en contra, no la había juzgado. Y cada vez que la había tocado le había descubierto placeres que jamás había sentido antes.
    Lily exhaló un suspiro. ¿Por qué lo abandonaba? En el fondo de su corazón, Lily sabía que sentía algo por Brian Quinn. Algo profundo, tal vez amor. Cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, Lily tuvo claro lo que debía hacer.
    Agarró el bolso, puso unas monedas en la barra y se levantó.
    – Gracias -le dijo.
    Luego echó a correr al mostrador de la compañía aérea e informó de que se quedaba en Boston. Dado que ya había facturado y no quería esperar a que sacaran las maletas, acordó ir a recogerlas al día siguiente por la mañana. Ni siquiera estaba segura de dónde pasaría la noche, pero en esos momentos apenas le importaba.

    El pub tenía movimiento, pero no estaba abarrotado. Lily miró los clientes de las mesas hasta que localizó a Brian en un extremo de la barra. El corazón le dio un vuelco. Hasta que se dio cuenta de que no era él, sino su hermano gemelo, Sean.
    – Hola -lo saludó con una sonrisa tímida tras acercarse a él.
    – Hola.
    – No me conoces. Soy Lily Gallagher. Estoy buscando a Brian.
    – Es ella -le dijo Sean al hombre que estaba sentado en el taburete de al lado.
    – Soy Liam. el hermano pequeño de Brian -se presentó este, sonriente, ofreciéndole una mano-. Encantado de conocerte. Brian nos ha hablado mucho de ti.
    – ¿Si?
    – Bueno, Te ha mencionado un par de veces -dijo Liam-. Y hemos visto la foto del Herald. Soy fotógrafo. Estoy seguro de que habría buscado un ángulo más atractivo.
    Lily maldijo para sus adentros. Notó que las mejillas se le enrojecían.
    – Esperaba encontrar a Brian aquí -comentó.
    – Vendrá.
    – Ha quedado con nosotros -añadió Sean. Lily asintió con la cabeza, incómoda ante el atento escrutinio de los hermanos.
    – ¿Te apetece echar una partida de dardos mientras esperamos?-le preguntó Liam.
    – Creo que nunca he jugado a los dardos – Lyly asintió con la cabeza-. No creo que se me diera bien.
    – Venga -Liam la agarro por un brazo-. Eres una chica, te dejaremos ganar un poco. Será divertido.
    Pasaron la mesa de billar y llegaron a una zona con dos dianas al fondo. Sean tomó los dardos y le dio los amarillos a Lily.
    – Es increíble cómo os parecéis -comentó esta tras darle las gracias.
    Pero, al mismo tiempo, también había diferencias evidentes. Mientras que Brian era sociable, Sean padecía de una timidez patológica.
    – Sujétalo así -Liam le indicó cómo sostener el dardo-. Luego echa el brazo con suavidad hacia atrás e impúlsalo hacia adelante. Venga, inténtalo -añadió tras hacer él el movimiento un par de veces.
    Lyly se fijó en la diana, trató de repetir lo que Liam le había enseñado. Pero el dardo acabó pegando contra la pared, a varios metros del objetivo, y se cayó al suelo.
    – Ha sido un gran lanzamiento -bromeó él-. Pero todavía puedes mejorarlo. Inténtalo otra vez.
    Lanzó otros tres dardos y los tres acabaron rebotando contra la pared y cayendo al suelo.
    – Puede que lo tuyo sea el billar -dijo Liam.
    – No tienes por qué entretenerme. Puedo tomarme algo tranquilamente.
    – Sean, pídele una Guinness a Lyly-Liam apuntó hacia una mesa-. ¿Nos sentamos aquí? Lily tomó asiento y sonrió.
    – Si te apetece jugar a los dardos, juega.
    – No, mejor me quedo. Si decides marcharte y no estoy aquí para impedírtelo, Brian me estrangularía -dijo Liam al tiempo que Sean les servía sendas Guinness. Luego regresó a la barra-. Creía que te habías ido de Boston.
    – Iba a hacerlo, pero tenía un par de cosas que decirle y quería decirlas antes de volverme a Chicago.
    – Le gustas mucho -comentó Liam-. Así que, si lo vas a dejar plantado, quizá sea mejor que te vayas sin más.
    – No he venido a hacerle daño. Pero tenemos que hablar.
    – Bueno -Liam apuntó con la barbilla hacia la puerta-. Parece que no vas a tener que esperar más.
    Lyly se giró y vio entrar a Brian. Se levantó de inmediato y se apartó el pelo de los ojos. Al principio no la vio, pero luego la miró con tanta intensidad, que se quedó hipnotizada. Se acercaron lentamente. Lily sabía que la mayoría de los clientes estaban observándolos, pero le dio igual.
    No estaba segura de que le diría, pero Brian se encargo de solucionarlo. Le agarró la cara entre las manos y devoró su boca como si fuese un vaso de agua en medio del desierto. El corazón se le disparó, apenas podía respirar. Pero supo que había tomado la decisión correcta. Brian la quería. Había volcado todo su amor en aquel beso.
    Cuando se separaron, los clientes rompieron a aplaudir, silbar y vitorear.
    – Tenemos un público estupendo -dijo él, sonriente, al tiempo que la abrazaba.
    – Espero que esto no acabe también en la portada del Herald de mañana.
    – No saldrá, te lo prometo -Brian le agarró una mano y tiró de ella hacia la salida. Una vez en la calle, la estrechó entre los brazos y volvió a besarla, esa vez con más delicadeza-. Has vuelto -murmuró, haciéndole una caricia en el cuello con la nariz.
    – No he llegado a irme -dijo ella-. Estaba en el aeropuerto y comprendí que no podía irme.
    – ¿Por qué no?
    – Tenía que hablar contigo. Tenía que estar segura.
    – ¿De qué?
    – La otra noche, en el ascensor, me dijiste que te estabas enamorando de mí. Y luego, en la furgoneta, dijiste que querías casarte conmigo. Si me hubiera marchado, siempre me habría quedado la duda.
    – En realidad no dije que quería casarme contigo -Brian sonrió mientras le pasaba el pulgar sobre el labio inferior.
    – Pero…
    – Dije que tendría que casarme contigo.
    – Ah -Lily sintió que el alma se le caía a los pies. No habría final feliz. Abatida, se dio la vuelta y echó a andar.
    – Te quiero, Lily -dijo él. Esta frenó y, muy despacio, se giró hacia Brian.
    – ¿Sí?
    – Y voy a pedirte que te cases conmigo… en cuanto esté seguro de que aceptas.
    – ¿Sí?
    – Sé que no hemos tenido una relación convencional -Brian se encogió de hombros-. Pero te prometo que, si me dejas, te haré feliz el resto de la vida. Puede que no hagamos todo bien o en el orden debido, pero creo que es parte del encanto de nuestra relación. Nunca sabemos qué va a pasar a continuación.
    – No tengo trabajo -dijo Lily-. Voy a dimitir.
    – Estupendo. Yo también estaba pensando en dimitir.
    – ¿Sí?
    – Creo que tengo que empezar con algo que no se apoye tanto en mi imagen. El Globe me ha ofrecido un puesto como periodista. Ganaré bastante menos, pero sé que merecerá la pena. Si te quedas conmigo, merecerá la pena. ¿Puedes vivir en Boston? Porque, si no puedes, nos vamos los dos a Chicago.
    Lily sonrió. El corazón se le salía del pecho. Brian la amaba y quería que formase parte de su vida… para siempre. Tenía ganas de ponerse a dar saltos y gritar, pero se limitó a lanzarse contra su pecho de nuevo.
    – Iré donde tú vayas. Y si nos quedamos en Boston, seremos felices aquí.
    – No sabes cuánto he intentado esquivar la maldición de los Quinn. Pero me he dado cuenta de que no es ninguna maldición -Brian la agarró por la cintura-. Es como hacer realidad tu mayor deseo.
    Lily lo abrazó con fuerza. Luego se dio cuenta de que una multitud de curiosos los miraban desde las ventanas del pub. Les sonrió, levantó un pulgar hacia arriba y todos empezaron a aplaudir de nuevo, armando un escándalo que se oyó a través de las ventanas.
    Brian se giró a saludarlos también. Luego agarró la mano de Lily y la condujo hacia el coche.
    – ¿Adonde vamos? -preguntó ella.
    – A casa… a la cama. Ya va siendo hora de que empecemos a hacer las cosas como es debido.
    – El caso es que a mí me gusta cómo las estamos haciendo hasta ahora. Hace una noche estupenda… Y nunca he hecho el amor al aire libre. ¿Se te ocurre algún sitio de Boston donde podamos intentarlo?
    Brian gruñó y la besó con fuerza. Luego sonrió.
    – Creo que me voy a acostumbrar muy rápido a tenerte al lado todo el tiempo.

Epílogo

    Brian agarró la cafetera, se llenó la taza y echó unos cereales en otro tazón.
    – Lily, llegamos tarde. Si quieres que te acerque, tienes que estar lista en cinco minutos – dijo al tiempo que vertía leche en los cereales.
    Segundos después. Lily apareció en la cocina, abrochándose la blusa, con la chaqueta bajo el brazo.
    – Lo sé, lo sé. Pero tengo que arreglarme un poco. Tengo una reunión importante esta mañana -dijo ella mientras se alisaba la falda-. Tenemos que organizar algún tipo de turno para el cuarto de baño.
    Brian levantó la vista del tazón de cereales. Llevaban dos meses viviendo juntos y seguía disfrutando de los pequeños momentos como aquel, cuando tomaba conciencia de que Lily iba a estar a su lado toda la vida.
    – Podríamos comprar un apartamento con un cuarto de baño más grande.
    – O con dos cuartos de baño -sugirió Lily. Se remetió la blusa bajo la falda y se puso la chaqueta.
    – ¿Lista?
    – La culpa es tuya por no dejarme salir de la cama antes -dijo Lily tras tomarse una cucharada de los cereales de Brian.
    – Bueno, ¿de qué va esa reunión? -preguntó él mientras la veía recogerse el pelo por detrás de la nuca.
    – Es mi primer cliente. ¿Me recojo el pelo o me lo dejo suelto?
    Brian la agarró por la cintura y le dio un beso en el cuello.
    – Siento comunicarte que no tienes remedio: estás preciosa te peines como te peines.
    – Vamos a llegar tarde -le recordó ella-. En el Globe no eres un pez gordo como en la tele.
    – No pueden despedir a su flamante periodista de investigación.
    – ¿De investigación? -repitió Lily sorprendida.
    – Me acaban de hacer el primer encargo. Ya no soy un simple empleado de redacción. No está mal para llevar sólo dos meses.
    Había aceptado el puesto del Globe al día siguiente de que Lily decidiera quedarse en Boston. Ambos habían tenido tiempo de disfrutar de unas semanas de libertad antes de empezar a trabajar, aunque Lily también había aprovechado para poner en marcha su propia empresa de relaciones públicas. Tenía la oficina en uno de los edificios de Rafe y, poco a poco, empezaba a establecer contactos por Boston y alrededores.
    Los dos ganaban menos que antes, pero se tenían el uno al otro y con eso les bastaba. Ya tendrían tiempo de hacer dinero más adelante. En esos momentos, lo importante era hacer el amor.
    – Enhorabuena, corazón -Lily lo abrazó y le dio un beso que lo hizo olvidarse por completo del trabajo. Brian la levantó, la sentó sobre la encimera de la cocina y la acarició entre los muslos.
    – Gracias, cariño.
    – ¿Qué estás haciendo? -preguntó ella mientras Brian echaba mano a los botones de la blusa.
    – ¿Estás segura de que no te apetece bailar? Nos queda un poco de tiempo. Y tenemos una cosa que celebrar, Richard Patterson se va a pasar unos añitos a la sombra. ¿Has visto el artículo del periódico? Es muy romántico.
    – ¿Romántico?
    – Es el hombre que hizo que nuestros caminos se cruzaran. Mientras lo leía, me entraron ganas de declararme.
    – Sigue tomándome el pelo y te diré que no -Lyly le dio un manotazo-. Venga, tengo una reunión.
    Brian rozó el bolsillo de la chaqueta, donde había guardado el estuche de terciopelo, a la espera del momento adecuado para regalarle el anillo. Seguiría esperando.
    – Está bien, vamos. Yo también tengo que informar sobre mi primer reportaje en la reunión matinal del periódico.
    – ¿De qué es el reportaje?
    – El Fondo de Boston, una organización benéfica…
    – Dirigida por Dorothy Elton Fellner -lo interrumpió Lily,
    – Exacto. Tengo entendido que está utilizando la organización para financiar fiestas privadas -Brian se inclinó para besar a Lily-. ¿Y cuál es tu nuevo cliente?
    – Dorothy Elton Fellner -contestó ella-. Quiere que promocione su organización.
    Brian miró a los ojos de la mujer a la que amalla y soltó una risotada.
    – No puedo creerme que nos pase esto otra vez.
    – Yo tampoco -Lyly sonrió-. ¿Qué vamos a hacer?
    – Tengo una idea para otro reportaje -comentó él.
    – Y yo no tengo por qué aceptarla como cliente
    Jamás pensó que volvería a tener otro conflicto laboral con Lily. Porque, de hecho, no lo iban a tener. Había encontrado a la mujer de su vida y no la cambiaría por nada.
    – Acepta el trabajo -le dijo a Lily-. Ya me buscaré otro reportaje.
    – No, es una historia buena -contestó ella-. Pero que sepas que me debes una.
    Brian posó los labios sobre la boca de Lily y empezó a bailar; en sus corazones sonaba la melodía del amor. Con ella a su lado, se había convertido en un increíble Quinn. No de los que mataban ogros o dragones, sino de los que se pasaban el resto de la vida enamorados de una mujer. Y, por más reportajes que hiciera, Brian sabía que aquella sería la mejor aventura de su vida.
    Otro increíble Quinn había descubierto el poder del amor y, al descubrirlo, había encontrado su corazón.

Kate Hoffmann


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