Скачать fb2
Enfriar El Miedo

Enfriar El Miedo

Аннотация

    Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
    Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
    Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?


Kay Hooper Enfriar El Miedo

    Unidad de Crimenes Bishop III
    Trilogía Fear, 2
    Título original: Chill of Fear
    © 2005 by Kay Hooper
    © de la traducción: Victoria Horrillo

Prólogo

    Leisure, Tennessee
    Veinticinco años atrás
    La niña se acurrucó temblando en un rincón del fondo del armario. No le gustaba la oscuridad y cerró los ojos con fuerza para no verla. Se tapó los oídos con las manos y apretó con fuerza para silenciar aquel sonido.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    Pero no podía acallarlo por más que lo intentaba, y tenía la terrorífica impresión de que estaba dentro de ella. A veces, si se ponía la mano sobre el pecho, sentía latir su corazón y le parecía que sonaba así.
    Ta-tan.
    Aquel ruido, sin embargo, estaba dentro de su cabeza; latía y tamborileaba como unas pequeñas alas al moverse, como si algo intentara desesperadamente escapar de ella.
    – Vete -susurró.
    Ta-tan.
    «Mira.»
    Ta-tan.
    «Escucha.»
    No leía muy bien, siempre le había costado trabajo, pero veían aquellas palabras como si estuvieran grabadas en su mente con letra brillante y fluida. Siempre era así: las letras diminutas y extrañas, formando palabras que ella entendía.
    «Date prisa. Mira.»
    No podía evitar mirar. Nunca había podido ignorar o resistirse a aquellas órdenes.
    Mantuvo los oídos tapados con las manos y, aun así, abrió de mala gana los ojos. El armario estaba a oscuras, como temía, pero la luz se colaba por debajo de la puerta. Y mientras se concentraba en aquella rendija de claridad, sintió en el suelo, bajo ella, unas vibraciones lentas y pesadas.
    «Escóndete.»
    – Estoy escondida -murmuró, temblando. Tenía la mirada fija en aquella rendija de luz, y el temor que albergaba dentro de sí se iba haciendo cada vez más grande, enorme, hasta llenarla por completo.
    «Ya viene.»
    Contuvo el aliento en un sollozo mudo al tiempo que un retazo de oscuridad cruzaba la rendija de luz y la vibración del suelo cesaba.
    Entonces aquella sombra engulló la luz y ella oyó temblar la puerta del armario.
    ¡Ta-tan!
    ¡Ta-tan!
    ¡Ta-tan!
    Oh. No.
    «Ya está aquí.»

    Cinco años atrás
    – Eres hombre difícil de encontrar.
    Sin apartar los ojos de los papeles dispersos ante él, sobre la mesa, Quentin Hayes respondió:
    – Pero no imposible, obviamente. ¿Quién me busca?
    – Noah Bishop.
    Quentin levantó la mirada entonces, alzando las cejas.
    – ¿De la Unidad de Crímenes Espeluznantes?
    Bishop sonrió vagamente.
    – He oído ese mote.
    – ¿Telepáticamente? Porque supuestamente ése es tu don, ¿no?
    – Lo es. Pero no me hizo falta la telepatía para enterarme de las burlas. -Bishop se encogió de hombros-. Seguramente estaremos siempre oyendo variaciones del mismo asunto. Pero el respeto vendrá con el éxito. Con el tiempo.
    Quentin estudió a su interlocutor, fijándose en sus ojos grises, curiosamente claros, y en su rostro, hermoso aunque cubierto de cicatrices, que denotaba fortaleza y peligro, y que sin duda disuadía a cualquiera, salvo a los más valientes, de mofarse abiertamente de él. Ello, además de su tasa de éxitos, extraordinariamente alta, como experto en perfiles psicológicos, había granjeado a Noah Bishop un gran respeto dentro del FBI, aunque su nueva unidad fuera también objeto de numerosas chanzas.
    Quentin, por su parte, se había ganado una notable reputación como investigador solvente, que prefería trabajar solo, y no estaba en absoluto ansioso por unirse a un equipo… ni por hacer públicas unas facultades que le había costado numerosos esfuerzos ocultar.
    – ¿Y por qué me lo cuentas a mí? -preguntó.
    – Pensé que podría interesarte.
    – ¿Ah, sí? No sé por qué.
    – Claro que lo sabes. -Bishop entró en la habitación y, provisto aún de aquella leve sonrisa irónica, fue a sentarse al otro lado de la mesa-. Me viste venir. ¿Hace meses? ¿Hace años?
    Quentin se negó a responder a aquellas preguntas cargadas de sorna.
    – No estoy de servicio, por si no te lo han dicho.
    – Lo que me han dicho es que has venido por lo menos dos veces aquí, a Tennessee, de vacaciones. A este mismo pueblo. Seguramente has venido a sentarte en esta misma sala de reuniones, que rara vez se usa, en una jefatura de policía que en los últimos veinte años no ha tenido que enfrentarse a gran cosa, aparte de multas de tráfico, riñas domésticas y, de vez en cuando, alguna operación de contrabando o algún laboratorio clandestino de fabricación de drogas. Te sientas aquí y repasas los mismos expedientes viejos y polvorientos, mientras los policías del pueblo se encogen de hombros y hacen apuestas.
    – Tengo entendido que las apuestas están a mi favor -dijo Quentin.
    – Esos hombres admiran la pura tenacidad.
    – Como casi todos los policías.
    Bishop asintió con la cabeza.
    – Y a casi todos los policías les desagradan los misterios y los casos sin resolver. Así que, ¿es por eso por lo que estás aquí?
    – ¿Quieres decir que no lo sabes?
    Aquella burla no pareció turbar lo más mínimo a Bishop. Dijo tranquilamente:
    – Yo no soy clarividente. Ni tampoco un vidente, como tú. Además, soy un telépata por contacto, no un telépata puro. Y, de todos modos, tocarte no me ayudaría necesariamente a leerte el pensamiento; prácticamente, todas las personas con facultades parapsicológicas que he conocido han desarrollado un escudo para protegerse.
    – Entonces sólo das por supuesto que soy una de esas personas, ¿no? -tuvo que preguntar Quentin, a pesar de que el hecho de que Bishop se hubiera referido expresamente a un «vidente» significaba que hablaba con conocimiento de causa.
    – No. Sé que tienes facultades parapsicológicas. Del mismo modo que tú sabes que las tengo yo, porque tendemos a reconocernos los unos a los otros. No en todos los casos, pero sí casi siempre.
    – Entonces, ¿cuándo nos damos el apretón de manos secreto?
    – Justo antes de que te entregue tu anillo decodificador de claves secretas.
    Aquello hizo reír a Quentin inesperadamente; no tenía a Bishop por un hombre con sentido del humor.
    – Perdona. Pero tendrás que admitir que una unidad del FBI compuesta por personas con facultades paranormales es algo bastante raro. Casi de cómic.
    – No lo será algún día.
    – Lo crees realmente, ¿verdad?
    – La ciencia comprende cada vez mejor el cerebro humano. Tarde o temprano, las capacidades parapsicológicas serán clasificadas correctamente como una serie más de sentidos, lo mismo que la vista y el oído, tan normales y humanos como los otros.
    – ¿Y tú dejarás de ser el jefe de la Unidad de Crímenes Espeluznantes?
    – Digamos simplemente que es sólo cuestión de tiempo que las dudas y la incredulidad se demuestren falsas. Sólo nos hace falta tener éxito.
    – Ah, vaya, ¿eso es todo? -Quentin sacudió la cabeza-. El porcentaje de casos archivados en el FBI es de… ¿cuánto?… ¿de cerca del cuarenta por ciento, ahora mismo?
    – La Unidad de Crímenes Especiales lo hará mucho mejor.
    Quentin no sabía con certeza qué habría contestado al optimismo de su interlocutor, pero en ese momento un miembro del Departamento de Policía de Leisure apareció en la puerta de la sala, interrumpiéndoles.
    – Quentin, sé que se supone que estás de vacaciones -dijo el teniente Nathan McDaniel, dirigiendo una sola mirada a Bishop-, pero he creído que esto te interesaría… y el jefe me da permiso para que te lo diga.
    – ¿Qué ocurre, Nate?
    – Acabamos de recibir una llamada. Una niña pequeña ha desaparecido.
    Quentin se puso en pie de inmediato.
    – ¿En El Refugio?
    – En El Refugio.

    En la fecha de su construcción, en los albores del siglo XX, el extenso hotel fue bautizado con algún nombre altisonante, olvidado hacía mucho tiempo. Durante más años de los que nadie era capaz de recordar, se le había llamado simplemente «el refugio», y en algún punto del camino los propietarios se habían dado por vencidos y habían aceptado aquel nombre.
    Durante buena parte de su historia, el hotel había sido lugar predilecto de vacaciones de ricos y amantes de la soledad, tanto por su grandiosidad como por su aislamiento. Alejado de grandes ciudades, se llegaba a él únicamente por una tortuosa carretera de dos carriles que ascendía por espacio de varios kilómetros desde el pueblecito de Leisure, y estaba tan apartado de la civilización como se pudiera imaginar, sobre todo en estos tiempos de comunicaciones instantáneas, o casi.
    Tenía, a pesar de su aislamiento, buena cantidad de atractivos que atraían a los huéspedes y los animaban a hacer el largo viaje hasta sus puertas. Su enorme edificio principal y sus numerosas cabañas ofrecían el panorama espectacular de las montañas de los alrededores, y entre sus otros atractivos se hallaban kilómetros y kilómetros de sinuosos caminos para hacer senderismo o montar a caballo, sus bellos jardines, un enorme polideportivo con piscina olímpica y canchas de tenis cubiertas, y un hermoso campo de golf de dieciocho hoyos.
    Si a todo ello se le añadía un servicio discreto y sumamente eficaz, listo para satisfacer todos los caprichos de los huéspedes, preciosas habitaciones y cabañas privadas con lechos lujosos y ropa de cama que, según se sabía, algunos huéspedes habían comprado tras su estancia, e instalaciones de balneario de primera categoría, el resultado era un hotel que había puesto a Leisure, Tennessee, en el mapa. O, al menos, en el mapa de los lugares de vacaciones de lujo.
    – El único problema -le dijo Quentin a Bishop al salir de su coche de alquiler, en la rotonda que había frente al edificio principal del hotel-, es que este sitio tiene la mala costumbre de extraviar gente… y casi siempre son niños.
    – Imagino que eso no lo incluyen en los folletos -dijo Bishop.
    – No. -Quentin sacudió la cabeza-. Para ser justo, no hay en realidad una pauta fija, a no ser que uno tenga una mente tan suspicaz como la mía. Y por lo que he podido recomponer a lo largo de los años, los muertos y los desaparecidos, aunque suelen estar relacionados de algún modo con el hotel, casi nunca son huéspedes. En su mayoría eran hijos de gente que trabajaba aquí, o en esta zona. Gente de por aquí. Y la gente de esta parte del país no se sincera con los forasteros, ni quiere que nadie se meta en sus asuntos.
    – ¿Ni siquiera cuando se trata de desapariciones de niños?
    – Son de los que sólo se fían de sí mismos, créeme. Cogen sus perros y sus escopetas y se ponen a buscar por su cuenta. En los viejos tiempos, nadie se molestaba siquiera en informar a la policía cuando había algún problema y, por lo que he podido averiguar, lo mismo puede decirse de estos últimos años.
    – ¿De qué margen de tiempo estás hablando?
    – Me he remontado al menos veinte años atrás. Y he descubierto media docena de accidentes o enfermedades sospechosas, así como un asesinato incuestionable. Estadísticamente no es muy significativo, tratándose de un hotel por el que pasa tanta gente como por El Refugio, según los libros. Pero yo no me lo trago. Y…
    Bishop aguardó un momento. Después preguntó:
    – ¿Y?
    – Y ha habido al menos cinco desapariciones sin resolver relacionadas con este lugar, casi todas de niños, aunque no todas.
    No hacían falta facultades paranormales para saber que Quentin había cambiado de idea respecto a lo que iba a decir en el último momento, pero Bishop no insistió. Se limitó a decir:
    – Creo que, si yo fuera padre, dudaría en traer a mis hijos aquí.
    – Sí. Yo también. -Quentin frunció el ceño al mirar a Nate McDaniel y a otro policía local, que estaban hablando con un hombre muy alterado cerca de la escalinata del hotel.
    – ¿Y sigues viniendo aquí para descubrir por qué este sitio parece… maldito?
    Quentin no puso reparos a la terminología.
    – Como tú has dicho, a la mayoría de los policías no nos gustan los misterios.
    – Sobre todo, si te atañen personalmente.
    El ceño fruncido de Quentin se convirtió en una mirada torva, pero no contestó a aquello, ya que McDaniel se volvió y echó a andar hacia ellos, indicándoles con un gesto de la cabeza que se reunieran con él.
    – Según el padre -les dijo-, la niña no es de las que se van por ahí. La madre estaba pasando el día en el balneario, así que él se había quedado con la niña. Esta mañana fueron a montar a caballo y luego fueron de comida campestre a la rosaleda. Pero la cesta que les dio el hotel no tenía la bebida favorita de la niña, así que el padre fue a buscarla. Dice que no se ausentó ni cinco minutos, aunque seguramente fueron casi diez. Cuando volvió, la manta seguía en la hierba, pero ella había desaparecido.
    McDaniel suspiró.
    – La mitad del personal del hotel la está buscando, pero tardaron al menos una hora en llamarnos.
    – Entonces, ¿han buscado ya en los terrenos más cercanos al edificio? -preguntó Bishop.
    – Eso dicen. -McDaniel le miró-. Sé porqué viene por aquí Quentin de vez en cuando, pero ¿qué me dice de usted, Bishop? El jefe dice que ha venido a hablar con Quentin, pero que tal vez esté dispuesto a ayudarnos a salir de ésta.
    – Siempre estoy dispuesto a ayudar a buscar a un niño -respondió Bishop-. ¿Vio alguien a la niña después de que el padre la dejara en el jardín?
    – Nadie con quien hayamos hablado, de momento. Y había más gente de excursión comiendo en otras partes del jardín. Es tradición en El Refugio, sobre todo en verano, como ahora. Pero todos los demás eran parejas, y supongo que estaban demasiado entretenidos para prestar atención a una niña que pasara por allí.
    – ¿Y si la hubieran llevado a rastras o cogida en brazos? -preguntó Quentin.
    Bishop le miró.
    – La gente se fija en lo que se sale de lo normal. Si la niña se hubiera resistido o hubiera protestado, alguien se habría dado cuenta. Suponiendo que alguien la viera, claro.
    McDaniel dijo:
    – Y no hay rastro de lucha de ningún tipo, Quentin. No vamos a encontrar pisadas en un jardín que es casi todo hierba y senderos de baldosas, aunque estamos buscando en los parterres. La única cosa que se dejó la niña es el jersey que llevaba. He avisado a uno de los equipos de perros de rastreo y rescate. Estarán aquí dentro de media hora.
    – ¿Cómo se llama, Nate?
    – Belinda. Su padre dice que nunca ha respondido a ningún apodo. Tiene ocho años.
    Quentin se volvió y, sin decir palabra, se dirigió hacia la rosaleda, la cual se encontraba tras el edificio principal.
    – Ahí va un hombre dominado por los demonios -dijo McDaniel casi distraídamente.
    – ¿Qué clase de demonios, teniente?
    – Eso tendría que preguntárselo a él. Lo único que sé es lo que he observado las últimas veces que ha estado aquí. Y lo que deduzco es que le atormenta un crimen que nadie ha sido capaz de resolver en veinte años. La diferencia es que Quentin no puede dejarlo correr.
    Bishop asintió ligeramente, pero se limitó a decir:
    – Todos tenemos un caso así, ¿no? Un caso que nos atormenta. El caso con el que soñamos por las noches.
    – Sí. Pero Quentin también es distinto por otra cosa. El caso que le obsesiona está directamente sacado de sus pesadillas. Y de su infancia.
    – Lo sé -respondió Bishop.
    Todo el mundo estuvo de acuerdo en que era horrendo que una niña hubiera desaparecido en medio de una luminosa rosaleda, una soleada tarde de verano; pero lo que era aún más espeluznante era que el perro de búsqueda y rescate, tras olfatear el pequeño jersey rosa de Belinda, se limitara a sentarse y a proferir un aullido lastimero.
    – ¿Había hecho eso alguna vez? -preguntó Bishop al entrenador, que negó con la cabeza tajantemente.
    – Nunca. Cosmo conoce su trabajo y es el mejor rastreador que he tenido. No lo entiendo. -Se inclinó hacia su perro y comenzó a susurrarle palabras tranquilizadoras al tembloroso animal.
    McDaniel también sacudió la cabeza, perplejo, y ordenó a sus hombres, que andaban por allí, que siguieran buscando sin ayuda del perro. A Bishop le dijo:
    – Si tiene usted algún talento especial que ofrecernos, éste sería el momento.
    – Sí -agregó Quentin, mirando a Bishop con aire desafiante-. Este sería el momento.
    – No conozco el terreno tan bien como vosotros -dijo Bishop-, pero haré lo que pueda. Quentin, tal vez puedas enseñarme el plano de los jardines.
    – Yo voy a hablar con el padre otra vez -dijo McDaniel con un suspiro.
    Quentin vio al policía regresar hacia el edificio principal y luego dijo en voz baja, dirigiéndose a Bishop:
    – Está bien, así que no vas a montar ningún numerito de feria para esta gente. Lo entiendo. Pero las habilidades que yo pueda tener no me están sirviendo de gran cosa, y confío en que las tuyas sean de más ayuda para encontrar a esa niña.
    – La telepatía no servirá de nada -dijo Bishop en voz baja-. Pero tengo otro pequeño don que tal vez sirva.
    – ¿Cuál?
    Sin contestar concretamente, Bishop repuso:
    – Necesito un lugar elevado, algún sitio desde donde pueda ver los alrededores hasta donde sea posible.
    – En el edificio principal hay una torre con mirador. ¿Te servirá?
    – Enséñame el camino.
    La «torre» era poco más que una cúpula que sobresalía del tejado a un lado del edificio Victoriano y que albergaba una habitación circular, de unos ocho metros, cuyos postigos se dejaban abiertos de par en par durante el verano. Dado que El Refugio estaba situado en un extenso valle, desde aquel punto privilegiado alcanzaba a verse el paisaje de kilómetros a la redonda.
    Bishop guardó silencio hasta que llegaron a lo alto de las escaleras y a la torre; entonces dijo:
    – Siempre he creído que los animales son sensibles a cosas que la mayoría de la gente no percibe, cosas que sobrepasan sus sentidos, por muy finos que sean.
    – Por desgracia, no pueden decirnos qué les inquieta. ¿O es que tus habilidades telepáticas sirven lo mismo para animales que para personas?
    – Sólo para personas, me temo. Y únicamente para la mitad de la gente, no mucho más. Tú sabes que esos sentidos especiales son tan limitados como los cinco sentidos corrientes.
    – No sé mucho sobre el tema, si quieres que te diga la verdad -respondió Quentin mientras se dirigía al flanco de la torre que daba al jardín-. No hay mucha literatura científica al respecto, al menos que yo sepa, y no me interesan las teorías descabelladas que se enmascaran como científicas.
    – Entra en la Unidad de Crímenes Especiales y te garantizo que aprenderás todo lo que la ciencia y la experiencia pueden enseñarnos acerca de las facultades parapsicologías. Las tuyas y las de los demás.
    – Yo no soy lo que se dice un jugador de equipo.
    – Eso puedo aceptarlo -dijo Bishop, que se reunió con él y miró hacia los jardines-. Necesito un vidente, Quentin, y los videntes escasean.
    – Yo no veo nada. Simplemente, algunas veces sé cosas -reconoció por fin Quentin-. Casi siempre son tonterías, cosas inservibles. Que el teléfono está a punto de sonar. Que va a llover. Que encontraré en algún sitio insospechado las llaves que perdí.
    – Pero a veces -dijo Bishop-, sabes dónde puede encontrarse una prueba importante. O qué preguntas hay que hacer exactamente a ciertos sospechosos. O qué línea de investigación conducirá a un callejón sin salida.
    – Has estado leyendo mi historial -dijo Quentin al cabo de un momento.
    – Por supuesto. Eres una de las pocas personas con facultades paranormales que he podido encontrar en las fuerzas de seguridad… y la única que he encontrado en el FBI.
    Quentin le miró y luego se encogió de hombros.
    – Nunca he podido utilizar mi don como herramienta de investigación. Nunca lo he controlado en ningún sentido.
    – Nosotros te enseñaremos a dominarlo hasta donde sea posible. Te enseñaremos a focalizar y encauzar tus capacidades. A usarlas para ayudar en una investigación.
    – ¿De veras? ¿Podéis hacer eso?
    Bishop sonrió levemente ante aquel desafío directo, pero en lugar de responder fijó la mirada en el valle y se concentró por completo en abrir y fortalecer sus cinco sentidos «normales». Fue como si una fotografía borrosa se perfilara de pronto nítidamente, mientras de fondo leves sonidos se destacaban y se hacían más claros, y Bishop pudo oler las rosas de allá abajo.
    Después del comentario burlón de Quentin acerca de los cómics, no iba a admitir ante él que lo que estaba haciendo era, según el término acuñado, servirse de su «sentido de arácnido».
    – Bishop…
    – Espera. -Aguzó aún más sus sentidos y oyó fragmentos de las conversaciones de los policías y los empleados del hotel que buscaban a la niña, palabras y frases desarticuladas y sin importancia. Por debajo del olor de las rosas y otras flores y del aroma de la hierba recién cortada, percibió los sabrosos olores a comida procedentes de la cocina del hotel, el penetrante perfume o la loción de afeitar de alguna persona, y los olores cálidos y polvorientos de los caballos, el heno y el cuero. La nitidez de lo que veía, afilada como una cuchilla, se emborronó como si la lente de un zoom buscara objetos distantes y luchara por enfocarlos.
    Bishop se esforzó un poco más y llegó aún más lejos.
    Los colores se diluyeron los unos en los otros, los olores se mezclaron desagradablemente en un miasma denso que le revolvió el estómago, y los sonidos y las voces que oyó formaron una cacofonía que retumbaba en el interior de su cabeza…
    «…o podríamos mirar junto al arroyo…»
    «…claro que no estaba coqueteando con él…»
    «…el huésped de la habitación Orquídea necesita…»
    «…establos vacíos podría tener…»
    «…sólo cuestión de tiempo que tengamos que dragar los riachuelos y el lago…»
    «¿Papá? ¿Dónde estás? Tengo miedo…»
    «Ya viene.»
    – ¡Bishop!
    Bishop bajó la mirada hacia la mano de Quentin, que descansaba sobre su brazo, y miró luego su cara; su visión siguió borrosa unos instantes antes de aclararse. Ya sólo oía los sonidos distantes que podían percibirse normalmente desde aquella altura. Olía únicamente los olores lejanos y placenteros de la tarde de verano.
    No le hizo falta interrogar a Quentin para saber que, durante un tiempo excesivo, se había quedado muy quieto y silencioso, y tuvo que sacudirse mentalmente el frío que aún sentía. Se preguntaba si había podido sintonizar con el entorno con una intensidad tan fuera de lo corriente porque aquel lugar tenía, como creía Quentin, algo que lo distinguía. El frío que había sentido era al menos un indicio de que Quentin podía tener razón.
    Pero había poco tiempo para sopesar esa posibilidad.
    – ¿Sabes montar a caballo? -preguntó, sin que le sorprendiera el timbre levemente ronco de su voz.
    Quentin arrugó el ceño.
    – Sí -dijo-. ¿Qué demonios acabas de hacer?
    – He… sintonizado con este sitio. Vámonos.
    Quentin lo siguió, todavía con el ceño fruncido, y diez minutos después se hallaban a lomos de sendos caballos del hotel, recorriendo uno de los caminos que se adentraban serpenteando en las montañas. Bishop abría la marcha; no decía gran cosa, pero parecía reconcentrado y lleno de determinación, como si escuchara una voz interior que le guiaba.
    En realidad, a Quentin no le sorprendió ver que su compañero montaba bien a caballo; tenía la fuerte impresión de que Bishop era de los que dominaban magistralmente todo lo que emprendían, por más esfuerzo o tiempo que le costara.
    Lo cual, Quentin lo sabía, sin duda incluía sus facultades psíquicas.
    Pero ¿qué había hecho Bishop en la torre? Fuera lo que fuese, había requerido verdadero esfuerzo físico; sus ojos se habían dilatado tanto que, por un instante, al mirarlos, Quentin había pensado en un estanque negro y profundo, bordeado de hielo. Era inquietante, como mínimo. ¿Y qué había dicho Bishop? ¿Que había sintonizado con aquel lugar? ¿Qué diablos se suponía que significaba eso?
    Azuzó a su caballo para que se pusiera junto al de Bishop, a pesar de la estrechez de la senda, y dijo:
    – ¿Sabes dónde está o sólo vamos a dar un agradable paseo vespertino?
    – Sé dónde está -contestó Bishop con calma.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – La he oído.
    Quentin tardó un momento en digerir aquello.
    – ¿Desde la torre? ¿La has oído desde allí?
    – Sí.
    Quentin miró la considerable distancia que ya habían recorrido y luego dijo casi involuntariamente:
    – Tonterías.
    – La mente -repuso Bishop-, es una herramienta notable. Y también los sentidos. Los cinco corrientes, más esos sentidos especiales que nosotros tenemos la suerte de poseer.
    – Bishop, tú has perdido el juicio… y todos tus sentidos.
    – Ya veremos.
    Quentin se quedó rezagado, pero siguió avanzando tras Bishop mientras intentaba convencerse de que sólo estaba siguiéndole la corriente a aquel lunático. Pero la vocecilla de su cabeza, que tan a menudo le había dicho dónde mirar o qué preguntar o qué ocurriría a continuación, le decía que encontrarían a la pequeña Belinda y que ello se debería a que Bishop, de algún modo, la había oído.
    – ¿Belinda?
    – Vete -masculló la pequeña, parpadeando bajo la luminosidad de la linterna de Quentin. Estaba acurrucada en un rincón, junto a la desvencijada chimenea de piedra, y parecía esforzarse por retroceder aún más, por hacerse aún más pequeña-. No me hagas daño. -Su voz era fina y temblorosa; su súplica terminó en un sollozo entrecortado.
    – No pasa nada, Belinda, ya estás a salvo. Vamos a llevarte con tus papas. -Quentin intentó que su voz sonara tranquilizadora, pero el terror de la niña era palpable y no se atrevió a tenderle los brazos.
    – Déjame intentarlo -dijo Bishop.
    Quentin se apartó de buen grado; había muy poco espacio dentro de aquel destartalado edificio, que en otro tiempo podía haber sido una casa, y pensó que Bishop y él se cernían amenazadoramente sobre la chiquilla llorosa. Saltaba a la vista que la niña estaba aturdida y confusa, si bien parecía ilesa, de no ser por un pequeño corte en la frente.
    Lo que Quentin no entendía era cómo había logrado llegar hasta allí, mucho más lejos de El Refugio de lo que una niña de su edad habría podido llegar en aquel lapso de tiempo. Por sus propios medios, al menos.
    – No pasa nada, Belinda -dijo Bishop, repitiendo suavemente las palabras tranquilizadoras de Quentin. Pero él no vaciló en tender los brazos y coger a la niña.
    Para sorpresa de Quentin, la pequeña no sólo no se resistió ni protestó, sino que se relajó visiblemente y dejó de llorar. Incluso parecía un poco soñolienta, como si el cansancio se hubiera apoderado de pronto de ella.
    – Saquémosla de aquí -dijo Bishop.
    Quentin informó por radio a los otros equipos de búsqueda de que Belinda había sido encontrada sana y salva, y Bishop manejó con facilidad su cuerpecillo ligero, llevándola delante de sí, sobre su caballo, mientras descendían por la montaña.
    Por más que se alegrara de que la niña hubiera aparecido sana y salva, y por más que le hubiera impresionado cómo había logrado encontrarla Bishop, lo que más intrigaba a Quentin era la reacción de Belinda ante su compañero. Con aquellos ojos pálidos y la fea cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, la cara de Bishop no parecía de las que inspirarían confianza a una niña aterrorizada y, sin embargo, desde el instante en que la había tocado, Belinda había parecido perfectamente confiada y contenta en sus brazos.
    – Se te dan bien los niños -comentó Quentin mientras recorrían el último kilómetro de regreso a El Refugio-. ¿Tienes hijos?
    Bishop bajó la mirada hacia la niña de cabello moreno acurrucada contra él, y Quentin distinguió en sus ojos un destello de dolor que desapareció rápidamente.
    – No -contestó Bishop-, no tengo hijos.
    – Supongo que algunas personas tienen ese don. Yo nunca lo he tenido. Me gustan bastante los niños y todo eso, pero no me hacen mucho caso.
    – Belinda ha pasado por muchas cosas -dijo Bishop.
    Quentin no se molestó en añadir que ello no habría cambiado su forma de reaccionar ante él. Miró el rostro soñoliento de la niña y bajó la voz para decir:
    – La oíste desde allá arriba; supongo que puedes oírla ahora. ¿Qué le ha pasado?
    – No se acuerda. -Bishop también hablaba en voz baja.
    – ¿Cómo? ¿De nada?
    – De nada, desde que se levantó esta mañana. No recuerda haber ido a montar a caballo con su padre, ni el principio de la excursión por el campo. -Bishop hizo una pausa; luego añadió-: No es extraño, después de haber sufrido una herida en la cabeza.
    – No, pero… ¿cómo se hizo esa herida? ¿Y cómo demonios recorrió varios kilómetros por el valle y las montañas en poco más de un par de horas?
    – No lo sé.
    – No había huellas de cascos de caballo alrededor de ese viejo cobertizo, excepto las de los nuestros. Ni huellas de neumáticos. Qué demonios, no había ninguna huella que yo viera. Ni siquiera las suyas.
    – Sí, ya lo noté.
    Casi habían llegado a El Refugio y Quentin dejó pasar el asunto de momento. Pero, después de que Belinda fuera entregada sana y salva a sus alborozados padres y de hacer frente a todas las preguntas, exclamaciones y agradecimientos -para lo cual Bishop hizo gala de una discreción y una imaginación para las evasivas dignas de asombro-, volvió a sacar a relucir la cuestión.
    Estaban sentados a una mesa casi aislada, en una sección en sombras de una de las terrazas, con un par de cervezas bien frías, gentileza de la casa.
    – Te fijaste en que allá arriba no había huellas. Me parece que los dos creemos que la niña no pudo recorrer por su propio pie todo ese camino. Así que, ¿qué crees que le ocurrió a Belinda?
    – No lo sé. Sin pruebas de ninguna clase, no hay modo de saberlo.
    – No te estoy preguntando lo que sabes. Te estoy preguntando lo que crees. Lo que intuyes. Vi tu cara cuando llegamos a ese viejo cobertizo, y no hacía falta ser un telépata para darse cuenta de que sentías algo que no te gustaba nada.
    Pasado un momento, Bishop respondió:
    – Era un edificio viejo y como la mayoría de los edificios viejos, tenía un montón de… ecos. Por desgracia, no conozco ningún modo de separar capas de tiempo, de distinguir el eco psíquico de algo que ocurrió hace un siglo del eco de algo que sucedió ayer. O quizás hoy mismo. O hace veinte años.
    Hubo otra pausa mientras Quentin lo miraba; después, dijo con calma:
    – No sucedió allá arriba. Lo que pasó hace veinte años.
    – Lo sé.
    – Sabes muchas cosas, ¿no? -No era, en realidad, una pregunta.
    Bishop sonrió.
    – ¿Crees que intentaría reclutar a un nuevo miembro para mi equipo sin saber antes todo lo que pueda de él? No habrá muchos secretos en la unidad, Quentin, eso no hace falta decirlo. Somos un grupo de gente con facultades extrasensoriales. Al final acabaremos sabiendo todo lo que haya que saber los unos de los otros, desde los telépatas que pueden leer el pensamiento hasta los que tienen facultades empáticas y son capaces de percibir el dolor ajeno.
    – Si ése es el discurso con el que reclutas a la gente; seguramente asusta a más gente de los que realmente llegas a convencer -masculló Quentin.
    – ¿A ti te asusta?
    – Primero contéstame a una cosa -dijo Quentin-. ¿Qué sentiste o intuiste en ese cobertizo?
    – Lo mismo que sentí, por una fracción de segundo, en la torre del hotel. Algo antiguo, frío y siniestro. Algo diabólico.
    – ¿Qué es?
    – No lo sé. Nunca antes había sentido nada parecido. Pero lo que puedo decirte es que lleva aquí muchos años. Que hoy frustramos sus planes al encontrar a Belinda a tiempo. Y que fue eso lo que alteró tu vida hace dos décadas.
    – ¿Cómo sabes eso? -preguntó Quentin con aspereza.
    – Me agarraste del brazo en la torre, ¿recuerdas? Lo sentí entonces. Sentí que, sea lo que sea lo que está pasando aquí, estás relacionado con aquello. Que por eso sigues volviendo, porque estás atado, unido a este lugar, y no sólo por tus recuerdos. También por otra cosa. Y que volverás una y otra vez hasta que descubras las respuestas que buscas.
    – ¿No puedes dármelas tú?
    Bishop sacudió la cabeza de un lado a otro.
    – No. Y tampoco las encontrarás en este viaje, de eso estoy seguro. Todavía no ha llegado el momento.
    – Dijiste que no eras vidente.
    – No lo soy. Pero he aprendido que la mayoría de las cosas tienen un ritmo. El universo tiene un ritmo. Una secuencia de acontecimientos, una tónica, un orden necesario. A veces lo siento. Y lo que estoy sintiendo aquí es que no ha llegado el momento, que la oscuridad de este sitio permanecerá oculta todavía algún tiempo.
    Quentin dijo con un destello de humor:
    – Eso sólo lo dices para que me vaya de aquí y me una a tu equipo.
    – No. Si pudiera ayudarte a saldar cuentas con tu pasado aquí y ahora, lo haría, créeme. -La boca de Bishop se torció ligeramente-. Sé lo que es pasar mucho tiempo mirando hacia atrás, en vez de hacia delante. Pero eso no me ha convertido en un inválido, ni te convertirá en un inválido a ti.
    – Pareces muy seguro.
    – Lo estoy. Igual que estoy seguro de lo que te dije hace unas horas. Me viste llegar, ¿verdad, Quentin? Sabías que te pediría que te unieras al equipo.
    Quentin se rió con desgana.
    – Demonios, te vi llegar hace años.
    – Por eso entraste en el FBI.
    – Sí. Tenía una licenciatura en Derecho con la que no sabía qué hacer y estaba pensando en entrar en la Policía. Y luego, un día… supe que se crearía la Unidad de Crímenes Especiales. Supe que formaría parte de ella.
    Bishop dijo irónicamente:
    – Y aun así me has hecho venir a buscarte.
    – Bueno, a uno le gusta que le valoren.
    – Me parece -repuso Bishop-, que sin duda te has ganado tu reputación de independencia temeraria.
    – Creo que tienes razón. Y también creo que nos hemos alejado un poco del tema. No estoy dispuesto a tirar la toalla aquí, Bishop.
    – Ni yo te lo pediría. Sólo te pido que mires hacia delante, en vez de hacia atrás. Durante un tiempo. Tu pasado siempre estará ahí, créeme.
    – Aquella niña murió -se oyó decir Quentin.
    – Lo sé. Y la chica… la mujer de mi pasado está tan lejos de mi alcance que es casi como si estuviera muerta. Al menos, hasta que el universo quiera retomar ese hilo.
    – ¿Y tejerlo de nuevo en la trama? -Quentin sacudió la cabeza-. ¿Y si es un cabo suelto?
    – No lo es. Ella no lo es. Y tampoco lo es tu Missy, Quentin.
    Era la primera vez desde hacía mucho tiempo que alguien pronunciaba aquel nombre delante de él, y Quentin sintió que se sobresaltaba.
    – Missy está muerta. Lo único que ahora puedo hacer por ella es averiguar por qué murió.
    – Te ayudaré en todo lo que pueda. Te doy mi palabra.
    – Pero ¿no hasta que llegue el momento?
    – Algunas cosas tienen que suceder como suceden.
    Quentin lo miró con curiosidad.
    – ¿Ésa es tu divisa?
    – Algo así. Creerlo me mantiene cuerdo.
    – Entonces quizá puedas convencerme. Entre tanto… ¡qué demonios! Parece que los dos sabíamos que esto era inevitable. -Le tendió la mano-. Ya tienes vidente, Bishop.
    Y mientras se estrechaban las manos, estuvo a punto de hablarle de la vocecilla que murmuraba en su cabeza:
    «Encontréis a Miranda. Pero todavía no. Todavía no».
    Vio entonces un destello en los ojos pálidos de Bishop y comprendió que el telépata había oído también aquella vocecilla. No le hacía falta, sin embargo, que un vidente le dijera algo de lo que estaba ya completamente convencido. Encontraría a Miranda. Tarde o temprano.
    Quentin se preguntó si él tendría tanta suerte con el desenlace de su atormentado empeño.

Capítulo uno

    En la actualidad
    – ¿Pesadillas otra vez?
    Diana Brisco deslizó sus manos frías en los bolsillos delanteros de su blusón y le miró con el ceño fruncido.
    – ¿Por qué lo preguntas?
    – Por eso. -Él señaló con un gesto de la cabeza el lienzo del caballete colocado ante ella, un lienzo con fondo oscuro y ásperas y brillantes pinceladas de color en primer plano.
    Diana se unió a él en la contemplación de la tela y finalmente se encogió de hombros.
    – No, no son pesadillas. -Por una vez, al menos-. Es sólo mi estado de ánimo, supongo.
    – Un ánimo sombrío.
    – Nos dijiste que pintáramos lo que sentíamos -respondió ella, poniéndose a la defensiva-. Eso he hecho.
    Él sonrió, y aquella expresión prestó a sus rasgos, ya angelicales, tal belleza, que Diana contuvo involuntariamente el aliento.
    – Sí, así es. Y lo has hecho con mucha garra. No me preocupa tu obra, Diana. Es magnífica, como de costumbre. Me preocupas tú.
    Ella se sacudió mentalmente el efecto casi hipnótico de su presencia física e ignoró lo que sospechaba que era un cumplido semejante a una palmadita en la cabeza del pupilo.
    – Estoy bien -dijo-. No he dormido mucho, pero no por las pesadillas. Es sólo que… -Se encogió de hombros otra vez, reticente a admitir que se había pasado media noche en pie, mirando el valle en sombras por la ventana de su dormitorio. Había pasado muchas noches así desde su llegada a Leisure.
    Buscando… algo. Sólo dios sabía qué, porque ella, ciertamente, no lo sabía.
    Suavemente, aunque con aire pragmático, él respondió:
    – Aunque este taller estuviera pensado para la expresión individual y no para la terapia, te ofrecería el mismo consejo, Diana. Cuando acabemos aquí, sal de El Refugio un rato. Ve a dar un paseo, o a montar a caballo, o a nadar. Siéntate en uno de los jardines con un libro.
    – En otras palabras, que deje de pensar tanto en mí misma.
    – Que dejes de pensar. Un rato.
    – Está bien. Claro. Gracias. -Diana comprendió que había hablado con brusquedad y quiso disculparse por ello. A fin de cuentas, él sólo hacía lo que se suponía que debía hacer, y seguramente ignoraba que ella ya había oído otras veces todo aquello. Pero antes de que Diana pudiera articular palabra, él se limitó a sonreír y se acercó al siguiente «alumno» de los doce, poco más o menos, que formaban la clase, allí, en el espacio luminoso y diáfano del invernadero del hotel.
    Diana mantuvo las manos en los bolsillos del blusón manchado de pintura y miró su cuadro arrugando el ceño. Así que magnífico, ¿eh? Sí, claro. A su modo de ver, parecía más bien el dibujo hecho con el dedo de un niño de seis años con muy poco talento.
    Pero, naturalmente, la calidad no era la cuestión. El talento no era la cuestión.
    La cuestión era averiguar qué sucedía en su mente dislocada.
    Apartó la mirada del cuadro y observó a Beau Rafferty deambular entre sus alumnos. Al principio le había parecido extremadamente raro que un artista de su calibre impartiera un taller de aquella índole, pero tras una semana de clase se había dado cuenta de que Rafferty tenía un auténtico don no sólo para la enseñanza, sino también para comunicarse con personas con problemas y ayudarlas.
    Con otras personas, al menos. Diana advertía ya cambios en casi todos los alumnos del taller. Las caras crispadas habían empezado a relajarse, y habían aparecido sonrisas en lugar de ceños fruncidos o de una angustia atormentada. Incluso había visto disfrutar a unos cuantos alumnos de algunas de las actividades que ofrecía El Refugio.
    Sin embargo, ése no era su caso. Por supuesto que no. Ella todavía tenía pesadillas cuando lograba conciliar el sueño, no recordaba la última vez que se había sentido relajada y ninguna de las instalaciones deportivas o lúdicas del hotel suscitaba en ella el más mínimo interés. Y pese al genio indudable y la habilidad didáctica de Rafferty, tampoco creía que sus rudimentarias destrezas artísticas hubieran mejorado.
    De hecho, todo aquello era posiblemente una forma más de malgastar su tiempo y el dinero de su padre.
    Volvió a mirar su cuadro y vaciló un momento antes de recoger el pincel y añadir un leve toque de escarlata junto a la esquina inferior izquierda. Con aquello estaba acabado, se dijo, ignoraba qué era aquel cuadro o qué se suponía que representaba para ella, pero estaba acabado.
    Empezó a limpiar sus pinceles maquinalmente, intentando concentrarse en aquella tarea y no pensar.
    Pero aquel era en parte su problema, desde luego: el escaso alcance de su atención, aquellos pensamientos diseminados y azarosos, aquellas ideas que desfilaban constantemente por su cabeza, por lo general tan aprisa que al menos la mitad del tiempo la dejaban confusa y desorientada. Las palabras y las frases iban y venían casi continuamente, como fragmentos y retazos de conversaciones oídas por casualidad.
    Déficit de concentración, eso decían los médicos. Estaban convencidos de que no padecía síndrome de falta de atención, a pesar de que se había medicado para ello al menos dos veces en su vida. No, todos los médicos y todas las pruebas habían determinado que, a pesar de unos niveles de actividad eléctrica «algo elevados», su problema no era físico ni químico. Lo suyo no era algo cerebral, sino psíquico. De momento, ninguno de aquellos médicos había sido capaz de sugerir un modo eficaz de descubrir qué era ese algo. Y se habían probado casi todos los medios concebibles. El tradicional diván del psiquiatra. La hipnosis. La regresión consciente; puesto que nadie había podido hipnotizar a Diana para probar con la variedad inconsciente. La terapia de grupo. El masaje terapéutico. Y algunas otras formas de terapia, tanto tradicionales como de la «nueva era».
    Incluida, ahora, la pintura, bajo la tutela de un auténtico genio artístico, en otro intento de comunicarse con su yo más íntimo y preguntarle qué demonios le pasaba.
    Uno de sus médicos actuales había sugerido que probara aquella terapia, y Diana no tenía más remedio que preguntarse si aquel doctor no estaría cobrando bajo mano por cada recomendación que le hacía. Su padre no reparaba en gastos cuando se trataba de intentar ayudar a su única y angustiada hija, y temía abiertamente que Diana se entregara al alcohol o ha las drogas, como habían hecho muchos otros, o, peor aún, que se diera por vencida y se suicidara.
    Pero a Diana nunca le había tentado el olvido químico que podía encontrarse en las drogas «recreativas». Le desagradaba, de hecho, perder el control, rasgo éste que sólo lograba exacerbar su problema; cuanto más se esforzaba por concentrarse y enfocar su atención, más se disipaban sus pensamientos. Y su fracaso a la hora de dominarlos la deprimía y la perturbaba más aún, claro está, aunque nunca hasta el extremo de que llegara a contemplar el suicidio.
    Diana no se daba por vencida fácilmente. Por eso estaba allí, probando una terapia más.
    – Nos vemos aquí mañana -dijo Rafferty dirigiéndose a sus alumnos con una sonrisa, sin añadir un «buen trabajo» que los incluyera a todos, puesto que ya lo había ofrecido individualmente.
    Diana se quitó el blusón, lo colgó del gancho que había a un lado del caballete y se dispuso a seguir a los demás fuera del invernadero.
    – ¿Diana?
    Ella aguardó, un poco sorprendida, mientras Rafferty se le cercaba.
    – Llévate esto. -Él le ofreció un cuaderno de dibujo y una cajita de lápices de acuarela.
    Diana aceptó aquello, aunque con el ceño fruncido.
    – ¿Por qué? ¿Es una especie de ejercicio?
    – Es una sugerencia. Tenlo cerca y, cuando empieces a sentirte disgustada, ansiosa o inquieta, prueba a dibujar. No lo pienses, no intentes controlar lo que dibujas, sólo dibuja.
    – Pero…
    – Simplemente, déjate llevar y dibuja.
    – Es como las manchas de tinta, ¿no? ¿Vas a mirar mis bocetos y a interpretarlos, a ponerte freudiano y a descubrir qué me pasa?
    – Ni siquiera los veré, a no ser que quieras enseñármelos. No, Diana, los dibujos son sólo para ti. Puede que te ayuden… a aclarar las cosas.
    Ella se preguntó, no por primera vez, qué sabía realmente Rafferty de ella y de sus demonios, pero no le interrogó al respecto. Se limitó a asentir con la cabeza. Aquello no lo había probado, así que ¿por qué no?
    – Está bien, de acuerdo. Nos vemos mañana.
    – Hasta mañana, Diana.
    Ella abandonó el invernadero y salió a los jardines, no tanto por disfrutar de ellos como por falta de deseos de volver a su cabaña. Los jardines eran muy bonitos. Preciosos, en realidad, desde los diversos jardines especializados, ya en flor a mediados de abril, hasta el deslumbrante invernáculo que contenía una asombrosa variedad de orquídeas.
    Diana, sin embargo, atravesó casi por entero, con indiferencia, aquel encantador escenario. Siguió un camino de baldosas porque estaba allí, cruzó el puentecillo con arcada que sorteaba el arroyo ornamental, en el que había numerosas carpas de colores, y acabó en el jardín zen, con su presunta serenidad, sus arbustos y sus árboles recortados, sus piedras colocadas con esmero, su arena y sus estatuas.
    Se sentó en un banco de piedra, junto a un sauce llorón, y se dijo que no se quedaría allí mucho tiempo porque la tarde empezaba a declinar y en aquella época del año empezaba a refrescar en cuanto el sol se hundía tras las montañas. Y luego estaba la niebla, que tenía una turbadora tendencia a deslizarse por el valle y aposentarse sobre El Refugio y sus jardines, de modo que orientarse por los senderos era como hacer un viaje a través de un laberinto húmedo y helado.
    A Diana, decididamente, no le apetecía aquello. Pero aun así se quedó allí sentada mucho más tiempo del que había planeado; por fin abrió la caja de lápices y eligió uno distraídamente. Ya estaban afilados.
    Abrió el cuaderno de dibujo y probó el lápiz con la misma distracción, haciendo otro intento por ignorar los pensamientos que se agolpaban en tropel en su cabeza y por concentrarse solo en uno. ¿Por qué le costaba tanto trabajo dormir allí? Había sufrido insomnio de vez en cuando a lo largo de su vida, poro no recientemente. No, hasta su llegada a El Refugio.
    Las pesadillas siempre habían sido un problema para ella, aunque nunca las sufría regularmente. Sin embargo, desde su llegada a El Refugio, habían empeorado. Eran más intensas, mas… aterradoras. Se despertaba en las horas oscuras que prendían al amanecer jadeando de pánico y, pese a todo, incapaz de recordar qué era lo que tanto la había asustado.
    Resultaba menos traumático mantenerse despierta. Acurrucarse en el asiento de la ventana de su habitación, con una manta para protegerse del frío del cristal, y mirar el valle y las montañas en sombras que se cernían sobre él.
    Buscando… algo. Nada.
    Esperando.
    Volvió en sí con un leve sobresalto; de pronto se dio cuenta do que le dolían los dedos. Sostenía uno de los lápices, y casi todos los demás yacían a su lado, sobre el banco, fuera de la caja, con las puntas, antes afiladas, romas. Tenía la impresión de que había pasado mucho tiempo, y no quería mirar el reloj para ver cuanto. Era lo que le faltaba: el regreso de algo que no le ocurría desde hacía meses. Sus «ausencias».
    Fijó cansinamente la mirada en el cuaderno de dibujo que sostenía sobre las rodillas. Y vio con asombro la cara que había dibujado.
    El cabello, ligeramente largo y desaliñado, de un color entre rubio y castaño, rodeaba un rostro flaco, de pómulos altos y vividos ojos azules. La mandíbula sobresalía con cierto aire de determinación y el buen humor jugueteaba alrededor de la boca ligeramente risueña.
    Aquel hombre parecía mirarla fijamente; sus ojos agudos y llenos de curiosidad sugerían… saber. Artísticamente, el retrato mejoraba con mucho lo que Diana se sabía capaz de hacer, lo mal le produjo la escalofriante sensación de que lo había dibujado otra persona. Y para prestar peso a aquella suposición estaba su certeza de no haber visto a aquel hombre en toda su vida.
    – Dios mío -murmuró-. Puede que, después de todo, esté de verdad loca.

    – Intento decirte que no hay nada nuevo, Quentin. -Nate McDaniel sacudió la cabeza-. A decir verdad, desde aquella vez, hace unos años, cuando tú y… ¿cómo se llamaba? ¿Bishop?… ayudasteis a encontrar a la niña de El Refugio que había desaparecido, no hemos tenido ninguna desaparición sin resolver ni ningún accidente en esta zona, y menos aún asesinatos. Esto ha estado la mar de tranquilo.
    – No hables con ese tono de desilusión -le aconsejó Quentin con sorna-. La tranquilidad es buena cosa. -Pero sus largos dedos tamborileaban nerviosas sobre el borde del escritorio, gesto del que McDaniel tomó debida nota. Quentin no era el más paciente de los hombres… cosa que hacía aún más interesante el que siguiera volviendo allí, empeñado severamente en buscar respuestas.
    McDaniel suspiró.
    – Mira, los dos sabemos que los casos archivados rara vez se reabren sólo porque alguien revuelva otra vez todos los papeles. Y sabe Dios que ya los has revuelto suficientes veces como para estar seguro de ello. La verdad es que, a no ser que salga a la luz algún hecho nuevo o alguna información desconocida, lo más probable es que el caso siga archivado. Y después de veinticinco años, ¿qué va a surgir ahora?
    – No lo sé. Pero algo tiene que surgir.
    No sin simpatía, McDaniel respondió:
    – Puede que sea hora de dejarlo, Quentin.
    – No. No, no estoy dispuesto a eso.
    – Pero estás dispuesto a pasarte otras vacaciones sentado en la sala de reuniones, en medio de archivos polvorientos y fotografías del lugar del crimen, y bebiendo un café asqueroso hora tras hora.
    Quentin arrugó el entrecejo.
    – Como tú dices, eso no me ha llevado a ninguna parte, a pesar de que llevo años intentándolo.
    – Pues prueba otra cosa -sugirió McDaniel-. Sé que siempre te alojas aquí, en el pueblo. ¿Por qué no coges una habitación o una casita en El Refugio esta vez? -Observó el juego de emociones que cruzaba el expresivo rostro de Quentin y añadió con calma-: Entiendo por qué lo has evitado, pero puede que sea hora de que persigas esos fantasmas donde es más probable que estén.
    – Espero que no te refieras a fantasmas literales -masculló Quentin.
    McDaniel titubeó; luego dijo:
    – De eso sabes tú más que yo.
    Quentin le miró con las cejas levantadas.
    – Oh, vamos, Quentin. La Unidad de Crímenes Especiales se ha ganado todo un nombre en los círculos policiales, ya lo sabes. No digo que me trague todo lo que he oído, pero está claro que os enfrentáis a cosas que se salen más que un poco de lo corriente. Demonios, siempre me he preguntado cómo encontrasteis Bishop y tú a esa niña, como si fuerais derechos hasta ella. Yo también he seguido un par de corazonadas a lo largo de los años, pero nunca han sido tan precisas como la que tuvisteis vosotros ese día.
    – Tuvimos suerte.
    – Tuvisteis mucho más que suerte ese día, y no intentes negarlo.
    – Puede ser -reconoció Quentin finalmente-. Pero, fuera lo que fuese lo que tuviéramos, o lo que tenemos, no abre una ventana hacia el pasado. Y yo no soy médium.
    – Un médium es alguien que habla con los muertos, ¿no?
    McDaniel se esforzó por desterrar la incredulidad de su voz, pero, a juzgar por la sonrisa irónica de Quentin, fracasó.
    – Sí, un médium se comunica con los muertos. Pero, como te decía, yo no soy médium.
    «Entonces, ¿qué eres?» Pero McDaniel se abstuvo de hacer aquella pregunta, consciente, con desagrado, de cómo sonaría. Por fin, dijo:
    – Puede que no haya ningún fantasma en El Refugio. Quiero decir que durante años se ha hablado de que ese sitio estaba embrujado, pero ¿qué viejo edificio no está rodeado de ese tipo de historias? En todo caso, lo que ocurrió, ocurrió allí.
    – Hace veinticinco años. ¿Cuántas veces ha sido remodelado o redecorado el hotel desde entonces? ¿Cuánta gente ha ido y venido? Dios, no queda más que un puñado de empleados que estuvieran allí en aquel momento, y ya he hablado con todos.
    Respondiendo a esta última afirmación, McDaniel dijo pensativamente:
    – Es curioso que lo menciones. Se me había olvidado, pero resulta que hay un empleado nuevo que también estuvo en el hotel hace veinticinco años. Volvieron a contratarle hace un par de meses. Cullen Ruppe. Lleva los establos, el mismo trabajo que hacía entonces.
    Quentin sintió que su pulso se aceleraba mientras se oía decir:
    – No lo recuerdo. Claro que hay muchas cosas de ese verano que no recuerdo.
    – No es de extrañar. Tenías… ¿cuántos? ¿Diez años?
    – Doce.
    – Aun así. Quizá Ruppe pueda ayudarte a rellenar huecos en blanco.
    – Quizá. -Quentin se levantó; después se detuvo-. Si quiero volver a sentarme en esa sala de reuniones…
    – Estaré encantado de que lo hagas, ya lo sabes. Pero a no ser que encuentres algo nuevo allí…
    – Sí, lo sé. Gracias, Nate.
    – Buena suerte.
    Quentin no se había registrado aún en el motel de Leisure en el que solía hospedarse, y cuando salió de la jefatura de policía apenas vaciló antes de recorrer en su coche de alquiler los cerca de treinta kilómetros de la solitaria carretera asfaltada que llevaba a El Refugio. Era aquélla una ruta que conocía bien y, sin embargo, el viaje nunca dejaba de despertar en él la vaga e inquietante sensación de dejar atrás la civilización, a medida que la sinuosa carretera ascendía por las montañas y descendía luego hacia el valle que albergaba El Refugio y nada más.
    Aunque el hotel tenía huéspedes todo el año y en invierno incluso servía como estación de esquí durante al menos un par de meses, la temporada de mayor trasiego se extendía desde principios de abril a fines de octubre.
    De modo que Quentin se supo afortunado cuando la recepcionista le encontró una habitación, a pesar de que no tenía reserva. Incluso se preguntó si aquello no sería cosa del destino.
    De un destino malévolo.
    – Tenemos disponible la habitación Rododendro para dos semanas, señor. Está en el ala norte.
    Mientras rellenaba la tarjeta de registro, Quentin se detuvo y miró a la recepcionista por encima del mostrador.
    – El ala norte. ¿No se quemó hace años?
    – Creo que sí, señor, pero de eso debe de hacer por lo menos veinte o treinta años. -Era nueva en el hotel, o al menos Quentin no había hablado con ella en sus visitas anteriores, y no parecía en absoluto afectada por el hecho de que hubiera habido allí un incendio.
    – Entiendo -dijo él. No había contado con hospedarse en el ala norte. De hecho, ni siquiera lo había pensado.
    – El Refugio tiene más de cien años, señor, como sin duda sabrá, así que no es tan raro que haya habido un incendio al menos una vez en todos estos años. Me han dicho que el fuego empezó por accidente, pero no porque la instalación eléctrica estuviera defectuosa, ni nada por el estilo. Y el ala se reconstruyó, naturalmente, todavía más bonita que antes.
    – No me cabe duda. -Quentin lo sabía. Había estado muchas veces en aquella parte del edificio. Pero nunca se había alojado en ella, ni había pasado allí una noche desde su reconstrucción.
    Por primera vez tuvo que preguntarse si creía en fantasmas. Era una pregunta sorprendentemente difícil de contestar.
    La recepcionista titubeó un momento mientras estudiaba su cara.
    – No creo que tengamos otra habitación disponible para dos semanas enteras, señor, pero si quiere cambiar de habitación cuando lleve unos días aquí, estoy segura de que podré…
    – No se preocupe. Creo que prefiero quedarme allí. La habitación Rododendro está muy bien, gracias.
    Diez minutos después, Quentin se estaba acomodando en una amplia habitación muy bonita y bellamente decorada, con un pequeño cuarto de estar que se comunicaba con el espacioso dormitorio y el cuarto de baño, cuando encontró una tarjeta que explicaba con desenfado el significado «histórico» de la flor del rododendro, «según diversas fuentes».
    Cobró de nuevo conciencia de la intervención de un destino malévolo al ver cuál era el significado.
    Precaución.
    – Bueno -murmuró en voz alta-. Nadie podrá decir que no estoy avisado.

    Nate McDaniel esperó casi hasta el final del día para hacer la llamada, no por reticencia, sino simplemente porque las cosas se le complicaron. De modo que eran más de las cinco cuando hurgó entre el desorden de su mesa en busca del trozo de papel en el que había garabateado el número de un teléfono móvil.
    No le sorprendió, sin embargo, que contestaran inmediatamente a su llamada; pocos policías trabajaban de nueve a cinco.
    – Hola, capitán.
    Nate sabía que aquello se debía al identificador de llamadas y no a ninguna facultad paranormal, pero aun así le pilló ligeramente por sorpresa, y su tono de voz sonó por ello un tanto agresivo.
    – Está bien, me pidió usted un favor y he cumplido. Le sugerí a Quentin que se alojara en El Refugio esta vez, y estoy casi seguro de que se fue allí.
    – Agradezco su ayuda, capitán.
    – Sí, bueno, a mí no me hace mucha gracia, así que no me dé las gracias. Quizá Quentin encuentre algo que no está buscando y, si son problemas, me voy a sentir como una mierda. Además, me cae bien ese tipo, ¿sabe?
    – Recuerde simplemente que fue idea mía.
    El ceño que Nate había fruncido inconscientemente se hizo más acusado.
    – Usted sabe algo. ¿Qué es?
    – Lo único que sé es que es hora de que Quentin salde cuentas con su pasado.
    Nate no iba a llamar mentiroso a un agente del FBI, así se limitó a decir:
    – Y eso lo decide usted, ¿no?
    – No. Ojalá fuera así, pero no.
    – Bueno, espero que sepa lo que está haciendo.
    – Sí -dijo Bishop-. Yo también.

    «Diana.»
    Diana abrió los ojos con un sobresalto y paseó la mirada con recelo por su habitación. Estaba a oscuras, pero no tanto como para que no viera cada rincón. No había nadie allí, por supuesto. Era sólo su mente descarriada, que no oía voces.
    Se negaba a oír voces.
    Porque eso la convertiría en una alucinada o en una psicótica, y lo sabía. Así que no oía voces. Eran sólo pensamientos azarosos y fragmentos de ideas, y ¿qué importaba que esos fragmentos incluyeran de cuando en cuando su propio nombre?
    Fuera, los pájaros habían empezado a cantar y la oscuridad iba difuminándose en un amanecer ligeramente brumoso y gris que la convenció de que había dormido al menos una hora o dos. Acurrucada en el asiento de la ventana, envuelta en una suave manta de felpilla.
    Se desperezó y, apartándose, agarrotada, del asiento de la ventana, se puso en pie y comenzó a desabrigarse. Qué forma tan ridícula de pasar la noche, siendo una mujer adulta, cuando había allí al lado una cama perfectamente confortable. Las camareras seguramente pensarían que estaba loca…
    «Diana.»
    Y quizá lo estuviera.
    Se quedó quieta, esperando. Escuchando.
    «Mira.»
    Por primera vez, Diana se convenció de que la voz (aquella voz en particular, en todo caso) procedía de fuera de ella. Era como un susurro a su oído. A su izquierda, cerca de la ventana.
    Volvió lentamente la cabeza.
    El panel central de la ventana parecía empañado o cubierto de escarcha, como si alguien hubiera soplado sobre él con su cálido aliento. Ninguno de los demás paneles aparecía así, sólo el central. Y en el cristal, tan claramente como si la hubiera trasudo un dedo firme, había escrita una palabra.
    «AYÚDANOS.»
    Diana contuvo el aliento mientras miraba aquella palabra, aquella súplica. Una oleada de frío se apoderó de ella. Se descubrió, sin embargo, estirando la mano muy lentamente, hasta que pudo tocar el cristal. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la palabra había sido escrita desde el exterior de la ventana.
    Apartó la mano bruscamente y se acercó con rapidez a la mesilla de noche buscando el interruptor de la lámpara que había junto a su cama. Encendió la luz, parpadeó y volvió a mirar la ventana.
    Paneles de cristal grises e indistintos. Ni bruma, ni escarcha.
    Ninguna súplica desesperada.
    – Naturalmente -murmuró al cabo de un rato-. Porque está claro que he perdido la cabeza.
    Consiguió sacudirse, al menos en parte, aquel gélido desasosiego diciéndose que probablemente habían sido imaginaciones suyas. Sólo… un retazo sobrante de lo que hubiera soñado.
    Seguramente.
    Encendió un par de lámparas más de la cabaña, comprobó las puertas para asegurarse de que estaban bien cerradas y fue a darse una larga ducha caliente.
    En realidad, deseaba creer que había alguien al otro lado de su ventana. Porque, si había alguien, sería al menos una cosa de carne y hueso. Una cosa real. Ya fuera un intento de asustarla o una broma estúpida, o una petición de ayuda, habría sido real.
    No habría existido únicamente dentro de su cabeza.
    Era ya de día y el sol se alzaba por encima de las montañas, espantando rápidamente la niebla con su calor, cuando se vistió; sin embargo, aún era temprano. Tenía la costumbre de hacer café en la diminuta cocina de la cabaña, o de pedirlo al servicio de habitaciones, pero esa mañana no quería pasar más tiempo sola.
    Recogió el cuaderno de dibujo y los lápices que le había dado Beau Rafferty y los guardó en un bolso de gran tamaño, en el que también metió su billetera y la tarjeta magnética que abría la casa, confiando en no tener que pedir que volvieran a programársela. Ya había tenido que hacerlo media docena de veces en las dos semanas que llevaba allí, para desconcierto del personal del hotel.
    Salió de la cabaña y al encaminarse hacia el edificio principal descubrió con cierto alivio que la niebla había prácticamente desaparecido y que había otras personas levantadas a aquella hora tan temprana. Los encargados de cuidar el césped trabajaban en el jardín, en la piscina exterior climatizada por la que pasó ya nadaban con ahínco un par de bañistas madrugadores, y oía vagamente el trajín de los establos.
    Al menos tres de las mesas de la terraza que daba a los jardines estaban ocupadas por huéspedes soñolientos que tomaban café y leían el periódico de la mañana. Diana pensaba buscar mesa allí para desayunar, pero se halló, en cambio, cruzando la terraza y entrando en el edificio principal.
    La torre.
    Allí era donde se dirigía, aunque sólo fue consciente de ello cuando comenzó a subir las escaleras. Quería, en parte, dar media vuelta y regresar sobre sus pasos, aunque fuera sólo para introducir en su organismo un poco de cafeína, pero no parecía capaz de hacerlo.
    Lo cual resultaba no poco inquietante.
    – Maldita sea -masculló cuando se aproximaba a lo alto de la escalera-. No necesito ver el paisaje, necesito un café.
    – Sírvete.
    Diana se agarró a la barandilla de lo alto de la escalera y, al mirar al hombre que había hablado, fue consciente de la impresión (no tan fuerte como debería) que le produjo verle allí. Verle a él.
    Estaba de pie, con un hombro apoyado contra el quicio de una de las ventanas sin postigos que rodeaban la habitación, con una taza de café en la mano. A pesar de que era muy temprano, parecía completamente despierto, y vestía de manera informal, con vaqueros y una sudadera oscura.
    – El camarero subió dos tazas -prosiguió-, así que puede que supiera algo que yo no sabía. Claro que quizá sólo sea que los del servicio de habitaciones se han liado. En todo caso, estaré encantado de que te unas a mí. Hay café de sobra.
    Señaló un velador cercano sobre el que descansaba una bandeja de plata con una cafetera, una jarrita de leche y un azucarero, una segunda taza con su platillo, y un plato con pastas variadas.
    – Yo… Está claro que querías estar solo aquí arriba -logró decir ella por fin.
    – Lo que yo quisiera no tiene nada que ver -repuso él-. Casi todos los madrugadores se levantan por una razón. Para ir a jugar al golf, a nadar, o al ritual matutino del café y el periódico. Yo sólo he subido porque no podía dormir. Y he venido aquí porque, ya que estaba despierto al alba, prefería contemplar un buen paisaje. ¿Y tú?
    Diana vaciló un momento más; luego se acercó al velador y, al servir café en la taza sobrante, le sorprendió vagamente el comprobar que sus manos permanecían firmes.
    – Yo tampoco podía dormir. ¿Crees que este sitio estará embrujado?
    Pretendía que fuera una broma insulsa, pero cuando él no respondió enseguida, levantó la mirada rápidamente y advirtió una expresión fugaz que instintivamente identificó como de angustia o de dolor.
    «Cree que este sitio está embrujado. Y que los fantasmas son suyos.»
    – Me parece que una noche de insomnio podría hacerme creer casi cualquier cosa -dijo él con ligereza, sonriendo-. Pero luego sale el sol, el mundo se ve y se siente como debe, y ya no estoy tan dispuesto a creer. Me llamo Quentin Hayes, por cierto.
    – Yo soy… Diana Brisco.
    – Encantado de conocerte, Diana Brisco.
    Dio un paso hacia ella con la mano libre extendida, y Diana vaciló sólo un instante antes de saludar al hombre cuya cara había dibujado el día anterior.
    Antes de poner siquiera sus ojos en él.

Capítulo dos

    Madison Sims era lo que su madre llamaba «una niña muy imaginativa», definición ésta que la propia Madison entendía perfectamente. Significaba que su madre y otros mayores no le creían cuando les decía que sus así llamados amigos imaginarios eran en efecto reales… aunque no fueran de carne y hueso.
    A sus ocho años, Madison era una niña muy inteligente y había comprendido enseguida que decir las cosas de ese modo ponía incómoda a la gente. Y también a ella, puesto que provocaba conversaciones en voz baja entre sus padres, y visitas a los médicos, y miradas desconfiadas de otros adultos.
    Así que había dejado de hablar de sus amigos, y cuando su madre le preguntaba por ellos como quien no quería la cosa, mentía sin pestañear. ¿Seguía viendo niños vestidos como si hubieran salido de una vieja película, niños que aparentemente atravesaban las paredes y cuyas risas y voces sólo ella oía?
    No. Qué va. Ella no.
    Mamá no se enfadaría con ella si decía la verdad, Madison lo sabía, ¿verdad?
    Madison lo sabía. Pero había descubierto, pese a su corta edad, que había verdades… y verdades. Y había aprendido que algunas verdades era mejor callárselas.
    Además, no siempre veía a los otros niños. Nunca los veía en casa, en su casa casi nueva, junto al mar. Y rara vez los veía en casa de otras familias o de sus «verdaderos» amigos. Sólo los veía, casi siempre, en sitios como El Refugio: sitios viejos.
    Le gustaba El Refugio, aunque algunas habitaciones y algunos rincones de los jardines tuvieran un aire triste. Le encantaban los jardines, donde (lo había descubierto el día anterior) podía caminar horas y horas con Angelo, su pequeño yorkie, sin que los jardineros la regañaran por pisotear las flores.
    Donde a los otros niños les gustaba jugar.
    Todavía era muy temprano cuando le permitieron excusarse de la mesa del desayuno y dejar que sus padres acabaran de comer en la terraza, mientras Angelo y ella iban a explorar los jardines a los que no habían llegado la víspera.
    – No salgas de la valla, Madison -la advirtió su madre.
    – No, mamá. Vamos, Angelo.
    El Refugio ofrecía una tarjetita con el plano de los jardines, y Madison la consultó cuando su atento compañero y ella se detuvieron en un lugar desde el que ya no se divisaba la terraza. La rosaleda la había visto el día anterior, después de su llegada. Y el invernadero. También el jardín de rocas lo había visto la víspera. Pero el jardín zen no lo había visto aún, y desde luego parecía digno de una visita.
    Miró hacia El Refugio y sus ojos ascendieron por la torre, que también había visitado el día anterior. Tenía muy buena vista, y distinguió a un hombre y una mujer que se hallaban allá arriba y que la estaban mirando.
    – Por aquí, Madison.
    Volvió a mirar hacia los jardines y vio a una niñita sonriente que la llamaba. Sintiéndose de pronto feliz, saludó alegremente a la pareja de la torre y siguió luego a su nueva amiga por el sendero que conducía al jardín zen.

    – ¿Es tuya? -preguntó Diana cuando la niña los saludó con la mano y echó a correr con su perro hacia uno de los senderos del jardín.
    – No, nunca la había visto. -Quentin frunció el ceño ligeramente, y añadió-: La verdad es que tampoco he visto a otros niños por aquí, desde que llegué ayer. Espero que alguien la esté vigilando, Este no es un lugar muy seguro para los niños.
    – ¿No? ¿Por qué?
    Él fijó su atención en Diana y sonrió. Ninguna de las dos cosas le resultó difícil.
    – Bueno… por los arroyos y las lagunas, los caballos, las serpientes de las montañas… Esas cosas.
    Entonces le tocó a ella el turno de fruncir un poco el ceño; sus ojos, muy verdes, eran directos y pensativos.
    – Tengo la impresión de que no es eso lo que ibas a decir.
    Quentin no tenía costumbre de sincerarse con extraños, de modo que le sorprendió su impulso de confiarse a Diana Brisco. Se sentía extrañamente atraído por ella. Había algo en Diana, algo en aquellos ojos verdes o en la curva vulnerable de su boca.
    Era llamativa, más que guapa, con el pelo cobrizo y la piel blanquísima de una pelirroja auténtica, y con aquellos ojos de un verde extraño. Sus rasgos eran, por lo demás, corrientes, pero su cara mostraba la expresión afilada de una persona sometida a presión. Y aunque las revistas de moda la habrían calificado de esbelta, a Quentin le pareció que estaba demasiado flaca, que le faltaban cinco o seis kilos de peso.
    No era en absoluto su tipo y, sin embargo, desde el momento en que había oído su voz y vuelto la cabeza para verla entrar en la torre, había cobrado conciencia de una sensación sumamente extraña. Por eso había querido estrecharle la mano, aunque aquel gesto fuera más propio de asuntos de negocios o profesionales que de un encuentro casual entre extraños en un hotel.
    Había sentido la necesidad de tocarla, casi como si algo dentro de él buscara la certeza de que era real, de que estaba allí. De que finalmente estaba allí.
    Era peculiar, cuando menos.
    Y ahora, mientras permanecía a no más de un par de pasos de ella, Quentin era vivamente consciente de su cálido olor a jabón y a algún tipo de champú herbal. Permanecía atento a las manchas doradas de sus ojos verdes, y hasta a su respiración pausada. Demonios, casi oía latir su corazón.
    Se decía que debía apagar su sentido de arácnido, pero eso era imposible, naturalmente: cuando se concentraba o prestaba especial atención, aquel sentido extra entraba en funcionamiento y todos sus demás sentidos se afinaban casi dolorosamente. Eso era todo, desde luego. Simplemente, no sabía por qué estaba tan alerta, tan concentrado en ella.
    – Supongo que no es asunto mío -murmuró Diana.
    Decididamente, el silencio se había prolongado demasiado.
    – No sé si es asunto mío -le dijo él con desgana-. Pero suelo visitar El Refugio una vez al año, más o menos, y con el tiempo me he… interesado por su historia. Este sitio es muy antiguo, así que tiene mucha historia y unas cuantas tragedias a sus espaldas, algunas de ellas relacionadas con niños.
    Diana miró afuera, hacia el lugar por donde había desaparecido la niña, y posó luego su mirada en Quentin.
    – Entiendo. No lo sabía. Claro que es la primera vez que vengo. No he tenido oportunidad de echar un vistazo a la historia de este sitio.
    – Yo estoy de vacaciones -dijo él, no del todo seguro de por qué quería alejar la conversación de los peligros potenciales que suponía El Refugio para los niños cuando, a fin de cuentas, él mismo había sacado el tema a relucir-. ¿Y tú?
    Ella bebió un sorbo de café; su vacilación fue casi imperceptible. Casi.
    – Voy a asistir a un taller las próximas semanas. Lo da un artista bastante conocido. Es un taller de pintura.
    – Entonces, ¿eres pintora?
    – No, qué va. Es más bien un… taller terapéutico. -Se detuvo de nuevo, y añadió en un tono ligeramente plano y expeditivo-: Me lo recomendó mi médico.
    Acostumbrado a leer entre líneas tanto como a calibrar a la gente, Quentin llegó a la conclusión de que aquel médico era sin duda un psiquiatra o un psicólogo. Pero, posiblemente a diferencia de otras personas que Diana había conocido, Quentin no tenía absolutamente ningún prejuicio ni sentía incomodidad alguna respecto a las dolencias mentales o anímicas, ni hacia las personas que las trataban. De hecho, comprendía mucho mejor que la mayoría lo frágil y conflictiva que podía ser la mente humana.
    Sobre todo, la mente de una persona con facultades extrasensoriales.
    Y más aún de una persona que quizá no sabía que poseía dichas facultades.
    Estaba intrigado y un tanto receloso, e ignoraba cómo manejar una situación con la que nunca antes se había tropezado. Al mismo tiempo era consciente de algo que había sentido una o dos veces en su vida, la certeza de estar en el lugar indicado en el momento preciso, y eso le impulsaba a seguir el dictado de sus instintos.
    En lugar de aceptar cortésmente lo que ella decía o eludir el tema que ocupaba el pensamiento de Diana, Quentin abordó aquel asunto directamente.
    Dijo con tranquilidad:
    – El psiquiatra de nuestra empresa insiste en que cojamos vacaciones todos los años, queramos o no. Además, tenemos las manchas de tinta, claro, y cada cierto tiempo nos da cita para sentarnos y hablar de todo lo que nos inquiete.
    – Supongo que la salud mental y emocional es un tema que ahora preocupa mucho más a las empresas -dijo ella al cabo de un momento.
    – Sobre todo, a algunas -convino él-. En mi caso, es definitivamente el desgaste natural del trabajo y el estrés que conlleva en general. Pertenezco al FBI.
    – Nunca lo habría adivinado. Quiero decir que…
    Él se echó a reír.
    – Sé que no lo parezco, según lo que se ve en la televisión y en las películas, pero ése es mi destino. La unidad a la que pertenezco es un poco menos formal que el molde tradicional del FBI. Rara vez llevamos traje y corbata, ni siquiera cuando estamos de servicio. Pero seguimos siendo policías, y los casos que investigamos suelen ser lo peor de lo peor. Por eso se recurre a los médicos y a distintas formas de terapia, para ayudarnos a trabajar con más eficacia.
    Diana miró su taza de café fijamente y dijo con bastante brusquedad:
    – Entonces, ¿ayuda? La terapia, quiero decir.
    – Eso espero. Ninguno de nosotros ha tenido que darse de baja por razones psicológicas o anímicas, a pesar de que llevamos varios años enfrentándonos a algunos casos bastante duros, con asesinatos, violaciones y secuestros incluidos. Así que algo estará funcionando.
    Ella torció la boca.
    – Y yo ni siquiera puedo enfrentarme a la vida diaria -murmuró, aparentemente más para sí misma que para él.
    – Pareces apañártelas bastante bien -le dijo Quentin.
    – Oh, puedo concentrarme bastante bien durante veinte minutos o media hora seguida. Mantener una conversación que tenga sentido. Normalmente. Pero luego…
    – Luego, ¿qué? ¿Qué ocurre, Diana?
    Ella vaciló visiblemente; después sacudió la cabeza con una sonrisa educada, como la que se dedica a un extraño en un ascensor.
    – Es igual. Tú estás de vacaciones y yo estoy aquí para hacer de nuevo un examen de conciencia. Puede que esta vez dé resultado. Gracias por compartir tu café. Ha sido un placer conocerte, Quentin.
    Él quiso detenerla cuando se volvió para dejar la taza sobre la bandeja, pero algo le dijo que era preferible dejaría marchar. Por ahora.
    – El placer ha sido mío, Diana. Ya nos veremos por aquí.
    – Claro. -Su tono seguía siendo educado, como la sonrisa distante que mostraba cuando abandonó la torre.
    Quentin se quedó mirando tras ella largo rato y fijó después la mirada en el paisaje matinal.
    Bishop le había dicho una vez que, en los inicios de la unidad, cuando buscaba gente con facultades parapsicológicas para reclutarla, se había encontrado con cierto número de personas dotadas psíquicamente pero emocionalmente muy frágiles, que no habrían podido soportar las exigencias del trabajo policial. Algunas de esas personas apenas resistían, con sus facultades, vivir el día a día, mientras que otras… Otras, decía Bishop, habían sido persuadidas en algún momento de sus vidas, ya fuera por los médicos o por sus propias y aparentemente insólitas experiencias, de que padecían una enfermedad mental.
    Porque, obviamente, no había otra explicación para las voces que oían en sus cabezas, o para los sueños, extrañamente vividos, que experimentaban, ni para las pérdidas de conciencia o las jaquecas que les atormentaban. No había ninguna otra razón que explicara por qué no eran «normales», como todo el mundo.
    La medicina convencional trataba casi universalmente tales síntomas con medicación y terapias diversas, ninguna de las cuales incluía el convencer al paciente de que era, en efecto, perfectamente normal y de que simplemente poseía uno o dos sentidos extraordinarios que a la mayoría de la gente le faltaban.
    Así que acababan pensando que estaban locos y, dado que su «problema» era algo orgánico y perfectamente natural en ellos, los tratamientos y las terapias que intentaban arreglar lo que nunca había estado roto fracasaban estrepitosamente. Y muchos de ellos pasaban por la vida, si lograban sobrevivir, tan dañados anímica y psicológicamente que nunca encontraban la paz, y menos aún la felicidad.
    A no ser que encontraran por casualidad un médico cuyas ideas se salieran del marco de la medicina tradicional. O bien otra persona con facultades parapsicológicas y conciencia y disposición para ayudarles.
    Diana Brisco, Quentin estaba seguro de ello, tenía el don. No estaba seguro de qué facultad poseía; la suya propia le permitía únicamente mirar hacia delante, no escudriñar la mente o las emociones de los demás. Tampoco estaba seguro de lo fuerte que era su facultad, o facultades.
    Estas eran lo bastante fuertes, eso sí, para que estuviera allí soportando «un nuevo intento de hacer examen de conciencia» y, de ese modo, curarse. Lo bastante fuertes, seguramente, para que se hubiera medicado en diversos momentos de su vida. Lo bastante fuertes para que ahora, con veintitantos o treinta y pocos años, poseyera la mirada finamente aguzada de quien tiene al estrés por compañero constante.
    Diana, sin embargo, tenía entereza suficiente para haber sobrevivido hasta ese momento, cuerda y capaz de desenvolverse en la vida, a pesar de que creyera que algo dentro de ella se había malogrado, y eso decía mucho acerca de su carácter.
    Así que era fuerte, lo bastante fuerte para manejar sus facultades si llegaba a saber cómo hacerlo. Y estaba allí. El destino la había conducido allí, en ese momento. La había llevado a El Refugio, a aquel sitio en particular, en aquel momento preciso.
    – Tiene que haber un motivo -se oyó murmurar Quentin-. Las coincidencias no existen. Y algunas cosas tienen que suceder como suceden.
    Él no había ido allí para eso, para ayudar a una persona con problemas. Pero, aunque no era del todo un fatalista, llevaba algún tiempo convencido de que ciertos encuentros y acontecimientos estaban abocados de antemano a suceder, predeterminados y prácticamente grabados en piedra. Cruces de caminos, intersecciones donde había que tomar decisiones clave.
    Y creía que tal vez aquél fuera, para él, uno de esos momentos. Lo que hiciera o dejara de hacer podía determinar su camino de allí en adelante, quizás incluso su destino final.
    – El universo te pone donde tienes que estar -se recordó, repitiendo algo que Bishop y su mujer, Miranda, decían a menudo a su equipo de investigadores-. Aprovéchate de ello.
    La cuestión era cómo.

    Ellie Weeks sabía que la iban a despedir. Lo sabía. Y las razones por las que iban a despedirla formaban una larga lista, en cuyo primer puesto se hallaba la tórrida aventura secreta que había mantenido con un huésped unas semanas antes.
    En el número dos de la lista figuraba el hecho de que estaba embarazada.
    Tenía un nudo frío de terror en el vientre desde que esa mañana había usado la prueba de embarazo… por tercera vez esa semana. Positivo. Siempre positivo.
    Era muy improbable que hubiera dado con tres pruebas defectuosas seguidas, lo sabía muy bien. Así que no estaban defectuosas. Y ella no podía seguir ignorando o fingiendo ignorar la amarga verdad.
    Era soltera, iba a tener un bebé y el padre de su hijo estaba (se lo había dicho él mismo para poner fin a su idilio) casado. Felizmente.
    Felizmente casado. Dios.
    Los hombres eran unos cerdos, hasta el último de ellos. Su padre había sido un cerdo, y todos los hombres con los que se había liado en sus veintisiete años de vida habían sido unos cerdos.
    – Es sólo que no tienes suerte con los hombres -le había dicho compasivamente Alison, su amiga y compañera en las labores de camarera en El Refugio, cuando Ellie le había confesado su triste devaneo sin entrar en detalles respecto a quién era el hombre en cuestión y dónde había tenido lugar la aventura-. Mi Charles es un buen hombre. Y tiene un hermano, ¿sabes?
    Ellie, asqueada por las náuseas matutinas y por una amargura que la reconcomía, le había dicho a su amiga que no quería volver a saber nada de los hombres mientras viviera, por muy buenos que fueran sus hermanos.
    Ahora, mientras pasaba la ruidosa aspiradora por la moqueta de la habitación Jengibre, en el ala norte, Ellie se preguntaba afligida qué iba a ser de ella. Imaginaba que disponía, quizá, de tres o cuatro meses antes de que su embarazo se hiciera evidente a ojos de todo el mundo. Y luego la despedirían, la pondrían de patitas en la calle, sin ahorros ni nadie a quien recurrir para pedir ayuda. Y con un niño de camino.
    Si tuviera valor, se pondría en contacto con el padre del bebé. Pero él no sólo era rico y famoso, sino que también se dedicaba a la política, y Ellie tenía la inquietante sospecha de que conocía a mucha gente que podía y querría librarle de un problemilla de poca monta, como una ex amante embarazada que aparecía de repente. Y no sería sobornándola.
    Ella no tenía tanta suerte.
    La aspiradora comenzó a hacer un ruido de mil demonios y Ellie se apresuró a apagarla. No había visto nada en la moqueta de la habitación, pero estaba claro que a alguien se le había caído una moneda o alguna otra cosa metálica. Ellie se arrodilló y puso la aspiradora de lado para mirar la cabeza rotatoria del cepillo.
    Esta giró fácilmente bajo su mano, y Ellie sacudió varias veces la aspiradora, hasta que lo que traqueteaba dentro cayó a la moqueta.
    Era un pequeño colgante de plata, en forma de corazón, con un nombre grabado por delante. Ellie lo recogió y lo estuvo observando. Le pareció uno de esos colgantes que llevaban las niñas. Intentó abrirlo usando una uña, pero el colgante resistió tenazmente sus esfuerzos, y por fin Ellie se dio por vencida.
    Sabía que no debía dejarlo simplemente en la mesilla de noche o en la cómoda. Se puso en pie, se acercó a su carrito, que estaba en el pasillo, y sacó uno de los sobres que les daban para tales fines. Anotó por fuera la fecha, la hora y el nombre de la habitación, luego echó un último vistazo al colgante, lo metió en el sobre y cerró éste. Después puso el sobre en uno de los compartimentos inferiores del carrito.
    – Bueno, Missy -murmuró-, tu colgante estará en el servicio de limpieza, en la sección de objetos perdidos. Sano y salvo.
    Volvió luego a la habitación Jengibre y siguió con su tarea. El rugido de la aspiradora ahogó el sonido de su voz cuando murmuró:
    – No sé qué voy a hacer…

    Diana se alegraba de que esa mañana, ya tarde, hubiera programada una clase del taller de pintura. Su encuentro con Quentin la había alterado más de lo que deseaba admitir; de no haber tenido nada que hacer, excepto reflexionar sobre cómo había podido dibujar su retrato casi exacto antes de fijar siquiera los ojos en él, quizás hubiera sufrido un colapso.
    Se hallaba, en cambio, de pie en su rincón habitual del invernadero y, en el caballete, su gran cuaderno de dibujo permanecía abierto ante ella por una hoja en blanco. Fruncía el ceño mientras escuchaba a medias el agradable murmullo de la voz de Beau Rafferty. Éste estaba dando instrucciones a sus alumnos sobre cómo usar el carboncillo para dibujar lo que ocupaba sus mentes esa mañana, ya fuera una idea, una emoción, un problema o cualquiera otra cosa que les inquietara o preocupara.
    – No penséis en lo que estáis haciendo -les decía, repitiendo lo que el día anterior le había dicho a ella en privado-. Dejad vagar el pensamiento. Simplemente, dibujad.
    Diana resistió el impulso de dibujar de nuevo la cara de Quentin. Pensó en su experiencia de antes del amanecer y en la súplica, tal vez soñada, que había visto escrita en el cristal de su ventana.
    «Ayúdanos.»
    ¿Nos? ¿A quién ese refería ese «nos»? No. Daba igual. Era un sueño. Sólo un sueño.
    Simplemente otro sueño extraño, otro síntoma, otra señal de que estaba empeorando, en lugar de mejorar.
    Aquello la asustaba. La enfermedad había perturbado su vida desde que tenía ocho años, y veinticinco años era mucho tiempo para soportar una cosa así. Pero al menos en aquellos primeros años había sido capaz de desenvolverse casi siempre con normalidad. Tenía a veces sueños, en ocasiones creía oír que alguien le hablaba cuando no había nadie cerca, y hasta veía destellos fantasmagóricos de personas o cosas, como la estela visual de un movimiento que advirtiera por el rabillo del ojo y que desaparecía en cuanto intentaba fijar la vista en él.
    Aquello era inquietante, desde luego, y su padre se preocupaba cuando ella le contaba tal o cual suceso. Pero sólo cuando Diana llegó a la adolescencia los síntomas comenzaron a perturbar seriamente su vida.
    Las pérdidas de conciencia eran lo más aterrador. Despertar y encontrarse en un lugar extraño, o haciendo algo que jamás habría hecho estando consciente. Cosas peligrosas, a veces. En una ocasión, al abrir los ojos, se había dado cuenta con horror de que estaba metida hasta la cintura en el lago que había cerca de su casa.
    Completamente vestida. En plena noche. Avanzaba chapoteando hacia el centro del lago. Y en aquel entonces no sabía nadar.
    Después de aquello aprendió.
    Lo que los funcionarios escolares habían llamado «perturbaciones», la condujo a tutores privados que luchaban por completar su educación mientras que, a su vez, los médicos se esforzaban por dar con la combinación precisa de medicación y terapia que le permitiera desenvolverse con normalidad.
    Había veces en que se medicaba tanto que era poco más que una zombi, razón por la cual apenas guardaba memoria de largos períodos de su existencia. En ocasiones, un nuevo fármaco causaba reacciones adversas, mucho peores que los síntomas que pretendía tratar. Y con frecuencia otro médico, provisto de otra teoría, le había ofrecido la esperanza de una cura sólo para acabar admitiendo su derrota.
    Durante todo aquel tiempo, durante aquellos veinticinco años pasados entre médicos, clínicas, terapias y fármacos, Diana había aprendido al fin a seguirles el juego. Había aprendido, gracias a un doloroso proceso de intento y error, qué reacciones y respuestas conducían a más drogas y cuáles significaban «mejorías» según sus médicos.
    Había aprendido a fingir.
    Intentaba sinceramente ponerse mejor, desde luego. Procuraba hacer caso de lo que le decían. Se esforzaba por ser lo más honesta posible, aunque sólo fuera calladamente, para sí misma, al sopesar lo que pensaba y sentía.
    Porque, a pesar de los sucesos inquietantes y aterradores de su existencia, a pesar de su confusión mental y de sus emociones en conflicto, en su fuero interno Diana creía de verdad que estaba cuerda.
    Lo cual, a veces, era lo que más miedo le daba.
    Beau se paseaba entre sus alumnos, ofreciendo aquí y allá una palabra dicha en voz baja o una sonrisa mientras avanzaba gradualmente hacia el rincón apartado en el que Diana había montado su caballete el primer día. Se preguntaba si ella era siquiera consciente de lo que indicaba aquello, de que se arrinconaba deliberadamente y miraba a quienes la rodeaban con expresión recelosa, como a la defensiva, de espaldas a la pared.
    Probablemente, sí. A Diana no le faltaba conciencia de sí misma, pese a los esfuerzos aunados de los médicos convencionales por convencerla de que, para sanar, sólo tenía que comprenderse.
    Lo cual, naturalmente, era una estupidez, al menos en sentido estricto. Diana no necesitaba comprenderse; necesitaba comprender sus facultades y aceptarlas como naturales y normales en ella.
    Necesitaba dejar de creer que estaba loca.
    Al acercarse a su rincón, Beau cobró conciencia de un repentino arrebato de satisfacción, no del todo exenta de inquietud. Diana tenía los ojos fijos en el cuaderno abierto sobre su caballete, pero al mismo tiempo su mirada era distante, desenfocada. Su rostro carecía de expresión, pero su mano se movía con rapidez y el roce del carboncillo sobre el papel estaba lejos de ser indeciso.
    Sin decir una palabra, Beau se situó en un lugar desde donde podía ver lo que estaba dibujando. Lo observó un momento, miró a Diana el tiempo justo para darse cuenta de que tenía las pupilas dilatadas y se alejó luego con tanto sigilo como se había acercado.
    Un minuto después, comenzó a despedir a los demás alumnos, uno por uno. Ya lo había hecho otras veces, así que nadie se sorprendió. Hablaba con cada uno brevemente, comentando su trabajo o su estado de ánimo, les escuchaba si deseaban hablarle, y luego los hacía salir del invernadero para que fueran a tomar el fresco, a hacer ejercicio o a meditar en alguno de los jardines, lo que fuera más apropiado para cada uno.
    A Diana no la hizo salir; ni siquiera volvió a acercarse a ella.
    Se apostó, en cambio, junto a la puerta abierta para que nadie que entrara en el silencioso edificio pudiera molestarla. Se apoyó contra el marco y se puso a contemplar los jardines mientras escuchaba el rasgueo constante del carboncillo sobre el papel y esperaba pacientemente.

    Si algo había aprendido Quentin durante sus años en la Unidad de Crímenes Especiales, era que no existían las coincidencias. Por más fruto del azar que pareciera ser algo, siempre había una conexión. Siempre.
    Diana Brisco había ido a El Refugio movida por una angustiosa búsqueda de respuestas; Quentin también había acudido allí en busca de algo. La posibilidad de que él pudiera ayudarla en su busca le decía que era también posible que ella pudiera ayudarle en la suya.
    Quentin ignoraba cómo. Le parecía disparatado suponer que Diana pudiera tener alguna relación con lo ocurrido allí hacía veinticinco años, sobre todo teniendo en cuenta que ella misma le había dicho que aquélla era su primera visita a El Refugio. Pero su instinto, así como la voz que sonaba quedamente en su cabeza, insistían en que tal relación existía.
    Lo único que tenía que hacer era encontrarla.
    Otro quizá se habría acobardado, pero después de tantos años dando vueltas una y otra vez a los mismos datos sin encontrar ninguna respuesta, Quentin se sentía reanimado por la sola posibilidad de que hubiera una nueva vía que explorar. Tenía, sin embargo, que proceder con cautela, eso lo sabía. Diana, fuera lo que fuese, era emocionalmente vulnerable; si él la presionaba con demasiada vehemencia o demasiado pronto…
    Así pues, por más que le costara cultivar la paciencia, se obligó a dejar que pasaran unas horas antes de ir en su busca. Desayunó y bajó luego a los establos con la esperanza de hablar con Cullen Ruppe, el hombre que había trabajado en El Refugio veinticinco años atrás.
    Era el día libre de Ruppe.
    Aquel destino malévolo otra vez.
    Quentin estuvo un rato paseándose inquieto por los establos y los jardines, y por fin se dio por vencido y averiguó (con cierta dificultad, dada la célebre discreción del personal del hotel) dónde se celebraba el taller de pintura.
    Al acercarse al invernadero, iba debatiendo en silencio consigo mismo acerca de cómo plantear aquel encuentro cuando le cogió por sorpresa un acontecimiento completamente inesperado.
    – ¿Qué demonios haces tú aquí? -preguntó.
    Beau Rafferty sonrió.
    – Estoy impartiendo un taller.
    Quentin lo miró con desconfianza.
    – Ya. Y supongo que Bishop no tiene nada que ver.
    – Estos talleres terapéuticos de pintura -contestó Beau amablemente-, empezaron hace años. Han tenido tanto éxito que se celebran por lo menos dos al año. En diferentes partes del país. Dirigidos por diferentes artistas. Todos somos voluntarios y nos comprometemos por adelantado, informando de la época del año o la zona del país en la que preferiríamos dar el taller. Luego todos pasamos por un curso de entrenamiento, para ir mejor equipados a la hora de enfrentarnos a nuestros conflictivos estudiantes.
    – ¿Y cuándo te comprometiste tú? -inquinó Quentin en tono igual de afable.
    – Hará unos seis meses.
    – ¿Alegando que sospechabas que el mes de abril en Tennessee sería agradable?
    – Bueno, y lo es, ¿no? Sugerí El Refugio. Me habían dicho que era el escenario ideal.
    Quentin suspiró.
    – Así que Bishop tuvo algo que ver.
    – Con el hecho de que yo esté aquí, desde luego. Pero tú sabes tan bien como yo que lo que ocurre después siempre depende de nosotros. Y, a fin de cuentas, yo sólo estoy aquí para impartir un taller terapéutico.
    – ¿Eres tú quien debe ayudar a Diana? -Quentin ni siquiera intentó disimular el deje de desilusión de su voz.
    Beau sonrió.
    – Yo sólo estoy dando un taller, Quentin. No creo que ninguno de nosotros crea que eso puede dar a Diana las respuestas que anda buscando. Puede, en cambio, que le plantee algunas preguntas más.
    Quentin frunció el ceño y miró hacia el invernadero, más allá de Beau. Vio a Diana en un rincón apartado, de pie tras un caballete, con el semblante extrañamente inexpresivo mientras su mano diestra se movía con rapidez. Desde aquel ángulo no podía ver lo que estaba dibujando, pero había algo en su postura y en esa curiosa ausencia de emociones de su cara…
    – ¿Está haciendo lo que creo? -preguntó.
    – Sí, ha puesto el piloto automático. Lleva así casi media hora. La versión pictórica de la escritura automática, totalmente surgida del subconsciente y de las facultades psíquicas que hayan entrado en funcionamiento.
    Quentin volvió a mirar rápidamente al artista.
    – Dios mío, Beau, tú mismo me dijiste que eso es muy peligroso,
    – Lo es. Pero a veces es también el único modo de abrir la puerta que nos bloquea.
    – Puede que esa puerta bloquee a Diana por algún motivo.
    – Siempre hay un motivo, Quentin. Y siempre hay un momento en que llega la hora de que la puerta se abra. -Hizo una pausa y añadió-: Bishop me pidió que te dijera que la hora ha llegado.
    – Te refieres…
    – Me refiero a que por fin todas las piezas están aquí. Todas las piezas que necesitas para resolver tu rompecabezas.
    Quentin lo miró con fijeza.
    – ¿Por qué todo el mundo me habla con metáforas?
    – Seguramente para ver esa expresión en tu cara.
    Quentin se negó a reírse y se limitó a decir:
    – Hablando claro, ¿te dio Bishop algún sabio consejo respecto a cómo se supone que debo ayudar a Diana?
    – No.
    – A mi antojo. Estupendo.
    – Cada uno toma sus decisiones y sigue su propio camino. Ni siquiera Bishop puede controlar lo que sucede cuando una situación comienza a desplegarse. Y, obviamente, ésta se está desplegando. -Beau miró por encima de su hombro a Diana, que seguía absorta, y agregó-: Volverá en sí en cualquier momento. No hace falta que te diga que estará… molesta. Desorientada. Y que no se mostrará muy inclinada a confiar en un extraño. Ten cuidado, Quentin.
    Quentin le vio alejarse tranquilamente y masculló en voz baja:
    – Para ti es fácil decirlo.
    No tenía, en realidad, idea de cómo afrontar lo que iba a ser (tenía fuertes sospechas al respecto) una situación muy difícil. Pero eso nunca antes le había detenido, así que cuadró los hombros, respiró hondo y entró en el invernadero.
    Apenas se fijó en los dibujos de los demás caballetes al pasar junto a ellos; pensó únicamente que, si había que tomar los dibujos como un indicio, estaba claro que Beau tenía que vérselas con un grupo de personas emocionalmente desequilibradas.
    Cuando llegó junto a Diana, observó primero su cara, fijándose en las pupilas dilatadas y en el semblante lleno de intensidad, aunque inexpresivo. No sabía si debía tocarla o pronunciar su nombre, pero antes de que pudiera probar cualquiera de las dos cosas ella parpadeó de repente, sacudió un poco la cabeza y dejó caer el carboncillo que sostenía, flexionando los dedos como si le dolieran.
    – ¿Diana?
    Ella lo miró arrugando el entrecejo.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -Parecía, más que aturdida, un poco soñolienta.
    – Quería invitarte a comer -respondió él, dejándose llevar por su intuición.
    – Ah. Bueno… -Diana miró su dibujo y luego volvió a mirar rápidamente a Quentin; se puso pálida y una expresión de temor tensó sus rasgos.
    Quentin alargó la mano para tomarla del brazo, llevado aún por su intuición, y a continuación miró por primera vez lo que ella había dibujado. Y fue entonces él quien se quedó perplejo.
    Era una escena vista desde el interior de una ventana, dibujada con asombroso detalle, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de un dibujo a carboncillo. Un asiento de ventana con cojines enmarcaba la vista y a través de los paneles de cristal se divisaba un jardín. Un jardín en primavera, a juzgar por los bosquejos que componían con sorprendente viveza pequeños retratos en blanco y negro de flores diversas.
    De pie en medio de aquel escenario, mirando hacia la ventana, había una niña. Tenía quizás ocho o nueve años, el pelo largo y los ojos sumamente tristes. Llevaba alrededor del cuello un pequeño colgante en forma de corazón.
    – Dios mío -dijo Quentin-. Missy.

Capítulo tres

    Diana apartó los ojos del dibujo para mirarle.
    – ¿La conoces? ¿Quieres decir que… es real? -Parecía alterada de pronto, y había una nueva crispación en su cuerpo, como si se dispusiera a echar a correr.
    Quentin se refrenó, y al mismo tiempo se dio cuenta de que le había apretado el brazo sin darse cuenta. Ella no parecía notarlo, pero él obligó a sus dedos a relajarse al menos un poco y compuso una sonrisa que esperaba pareciera tranquilizadora.
    – La has retratado muy bellamente -dijo, manteniendo un tono despreocupado-. Nunca podré olvidar esos ojos tristes.
    – Pero… no sé quién es. No conozco a nadie que se llame Missy.
    – Puede que lo hayas olvidado -sugirió él-. Fue hace mucho tiempo.
    – ¿El qué?
    Quentin maldijo para sus adentros y lo intentó de nuevo.
    – Mira, Diana, ¿por qué no hablamos de esto mientras comemos?
    – ¿Por qué no hablamos ahora mismo? -Pareció notar por fin que él la agarraba del brazo y se desasió-. ¿Quién es Missy, Quentin?
    Él se forzó a mirar de nuevo el dibujo, pensativamente esta vez. Se preguntaba si el parecido que creía haber visto al principio existía en realidad. A fin de cuentas, no había razón para perturbar más aún a Diana, si aquel parecido era ilusorio.
    Pero… no lo era. Porque aquélla era Missy. No una imagen que se pareciera a ella, sino ella. Los ojos grandes y tristes. El pelo largo y oscuro. La cara ovalada con su obstinado mentón.
    Hasta la postura, con un pie trabado tras el tobillo del otro, balanceándose sin esfuerzo, era característica de ella.
    Y era doloroso lo vivida que permanecía en su memoria.
    – ¿Quentin?
    Él miró a Diana, consciente de que no se le daba muy bien ocultar sus emociones.
    – Puede que sólo sean imaginaciones mías -sugirió.
    – ¿Sabes quién es esa niña? -dijo ella, espaciando las palabras para darles mayor énfasis.
    – Quién era -contestó él finalmente-. Quién era. Missy Turner fue asesinada, Diana, a la edad de ocho años. Aquí, en El Refugio. Hace veinticinco años.
    Ella lo miró fijamente, exhaló un largo y profundo suspiro y por fin dijo con una calma que era a todas luces muy tenue:
    – Entiendo. Entonces, habré visto una fotografía suya en alguna parte.
    – ¿Recuerdas haber visto alguna?
    – No. Pero no tengo muy buena memoria. Algunos medicamentos que he tomado… me han robado tiempo.
    Quentin pensó que aquélla era una de las cosas más dolorosas que había oído nunca, a pesar de la naturalidad con que había hablado Diana, y tuvo que aclararse la garganta antes de decir.
    – Podemos aclarar esto, Diana. Pero no quedándonos aquí. ¿Por qué no vamos a comer, en la terraza, si quieres, al sol, y hablamos?
    De nuevo su vacilación resultó evidente y Quentin se apresuró a hablar para persuadirla.
    – Tú viniste aquí por una razón. Un nuevo intento de hacer examen de conciencia, ¿recuerdas? Y mientras estabas en ese proceso has dibujado un retrato asombroso de una niña que murió hace veinticinco años. Una niña cuyo asesinato yo llevo intentando resolver casi toda mi vida adulta. Tiene que haber una razón que lo explique, y creo que los dos necesitamos encontrarla. Eso merece una conversación de sobremesa, ¿no crees?
    – Sí -contestó ella lentamente-. Sí, creo que sí.
    – Bien. Gracias.
    Diana miró un momento más el dibujo; después arrancó cuidadosamente la página del cuaderno y la enrolló. La deslizó dentro del enorme bolso que colgaba de un lado del caballete, se quitó el blusón que llevaba puesto y lo dejó en el lugar que había ocupado el bolso.
    Quentin notó que el bolso contenía una versión en tamaño reducido del cuaderno de dibujo del caballete, pero no dijo nada mientras ella se colgaba el asa del hombro y le indicaba con un gesto que estaba lista para marcharse.
    Sólo cuando llegaron a la puerta ella pareció reparar en algo y preguntó:
    – ¿Estaba aquí sola cuando entraste? ¿Dónde estaba Beau?
    – Se fue cuando yo llegué. -Quentin no dio más explicaciones y confió en que ella no siguiera interrogándole al respeto.
    Diana frunció el ceño, pero se encogió de hombros como para sí misma. No dijo nada más hasta que estuvieron sentados a una mesa de la terraza y la atenta camarera les dejó té con hielo y una cesta de panecillos tras tomarles nota.
    Diana hizo caso omiso del té y de los panecillos y dijo:
    – Has dicho que llevas casi toda tu vida adulta intentando resolver su… su asesinato. ¿Por qué? ¿Erais familia?
    – No.
    – Entonces, ¿por qué? Si fue hace veinticinco años, tú tenías que ser poco más que un niño.
    – Tenía doce años.
    – ¿Estabas aquí cuando sucedió?
    Quentin asintió con la cabeza.
    – Me crié en Seattle, pero ese verano mi padre estaba trabajando cerca de Leisure y nos trajo a una de las casitas del hotel. Es ingeniero y estaba supervisando las obras de un gran puente.
    – Así que pasaste el verano aquí. ¿Qué me dices de Missy? ¿Vivía aquí?
    – Su madre era camarera en El Refugio. En aquellos tiempos, algunos empleados tenían pequeños apartamentos en lo que con el tiempo sería el ala norte. Allí era donde vivía Missy. -Se encogió de hombros-. Ese verano no había muchos niños por aquí, así que los que estábamos solíamos hacer cosas juntos. Íbamos de excursión por ahí, salíamos a pescar, a montar a caballo, a nadar… Cosas típicas del verano, pensadas casi todas para que no estorbáramos a los mayores.
    Diana apenas recordaba haber tenido ocho años, así que sólo estaba conjeturando cuando dijo:
    – ¿Missy estaba enamorada de ti?
    Él sonrió ligeramente al oír aquella palabra, pero asintió con la cabeza.
    – Echando la vista atrás… Sí, seguramente sí. En aquel momento, yo me creía muy mayor y la veía como una cría pesada. Era la única chica del grupo, y la más pequeña de todos. Pero también era tímida y dulce, y no le daban asco los bichos, ni le molestaban las bromas y los líos en que nos metíamos los chicos, y yo… me acostumbré a tenerla cerca.
    Conjeturando aún, Diana dijo:
    – Eres hijo único.
    Su afirmación no pareció sorprender a Quentin.
    – Sí. Así que tener a otros niños a mí alrededor constantemente era una novedad para mí, una novedad que me gustaba. Al final del verano, Missy se había convertido en la hermanita que nunca tuve.
    – ¿Al final del verano?
    Quentin asintió.
    – Fue cuando murió. En agosto. Hará veinticinco años el próximo agosto.
    – ¿Qué ocurrió?
    El rostro de Quentin se crispó y un frío tenebroso penetró en sus ojos. Lentamente dijo:
    – Ese verano fue raro desde el principio. En aquel momento, yo pensaba que era sólo que El Refugio era un sitio muy viejo, y que los sitios viejos suelen dar un poco de miedo; era algo que ya había notado antes, en otros lugares. Y luego, como éramos niños, nos asustábamos los unos a los otros contándonos historias de fantasmas alrededor de las hogueras que hacíamos junto a los establos, casi siempre de noche. Pero no se trataba sólo de cuentos y de nuestra imaginación hiperactiva. Todos nosotros tuvimos ese verano experiencias que no podíamos explicar.
    – ¿Cómo cuáles?
    – Teníamos pesadillas que nunca antes habíamos tenido. Veíamos algo por el rabillo del ojo y al volvernos no había nada. Oíamos ruidos extraños de noche. Descubríamos en los edificios o en los jardines rincones que nos producían una sensación extraña. Rincones que… daban miedo.
    Quentin hizo una leve mueca.
    – Cuando se es un niño, no se articula muy bien lo que se siente, o al menos yo no podía hacerlo. Lo único que sabía era que aquí pasaba algo extraño. Y debería habérselo dicho a alguien.
    Diana frunció levemente el ceño, concentrada.
    – ¿Te culpas por lo que le ocurrió a Missy? ¿Por eso?
    – No sólo por eso -respondió él-. Porque Missy tenía miedo. Y porque intentó decirme de qué tenía miedo… y yo no la escuché. Ni entonces, ni dos días después, cuando intentó decírmelo de nuevo. Esa fue la última vez que la vi con vida.

    A última hora de la mañana, Madison había explorado ya casi todos los jardines, o al menos los que le interesaban. Lo cual estaba muy bien. Había regresado obedientemente al edificio principal y había comido temprano con sus padres, y después había prometido de mala gana quedarse dentro porque se preveían tormentas para esa tarde.
    Dado que era una niña muy independiente y no rompía las cosas ni se metía en líos, sus padres no pusieron reparos cuando anunció su intención de explorar el interior del hotel, como había hecho con los jardines.
    – Pero acuérdate de la norma, Madison -le dijo su madre-. No entres en las habitaciones de otras personas. ¿Por qué no vas a la biblioteca o a la sala de juegos?
    – Seguramente iré, mamá. Vamos, Angelo. -Dejó a sus padres en su suite de dos dormitorios (la habitación Orquídea, oficialmente) y se marchó a explorar el hotel con su compañero canino.
    Echó un vistazo a la sala de juegos y encontró allí a otro niño: un chico de unos diez años, completamente enfrascado en el videojuego al que estaba jugando. Había también unos cuantos adultos en la sala, algunos agrupados en torno a la mesa de billar y otros hablando tranquilamente mientras jugaban al ajedrez o a las cartas, absortos también en lo que hacían.
    Madison se encogió de hombros y fue a mirar los montones de juegos de mesa y de rompecabezas de las estanterías que había junto a varias mesas cercanas. Respondió educadamente al saludo de una señora mayor y recogió una carta que había caído al suelo, junto a la silla de la señora.
    – ¡Vaya! Con razón no me salía -dijo la señora, mirando el solitario a medio acabar desplegado ante ella-. Gracias, tesoro.
    – De nada. -Madison sabía por sus vivencias con señoras mayores que aquélla querría hablar con ella mientras se quedara allí, así que se apresuró a alejarse. No era que no le gustaran las señoras mayores, era sólo que quería ver qué más tenía que ofrecer el hotel.
    Se suponía que iban a quedarse allí una semana entera, y estaba decidida a explorar sus alternativas.
    Salió de la sala de juegos y siguió adelante mientras le decía Angelo:
    – Creo que eres el único perro que hay aquí.
    Angelo titubeó, gimiendo, cuando ella tomó el largo corredor que conducía al ala norte, y Madison dijo con impaciencia:
    – Tampoco querías entrar en el jardín zen, ¿recuerdas? Y nos lo pasamos bien allí, ¿no?
    El perrito gimió otra vez, pero cuando la persona a la que más quería en el mundo continuó sin detenerse, se apresuró a alcanzarla, afligido, con las orejas y el rabo agachados.
    – Eres un bebé -le informó Madison-. Ya te he dicho que no tienes que tenerles miedo. Nunca nos han hecho daño, ¿verdad?
    Lo que Angelo pensara al respecto se lo guardó para sí, y se pego a Madison mientras ésta inspeccionaba dos salas de estar y un par de cortos pasillos antes de subir las escaleras que daban al siguiente piso.
    – ¡Madison!
    Sonrió a la niña que la llamaba desde el otro extremo del pasillo y apretó el paso para acercarse a ella.
    – ¡Hola! Empezaba a pensar que no iba a encontrarte nunca.
    – Dije que estaría aquí, ¿no? -contestó su nueva amiga.
    – Sí, pero no dijiste dónde. -Madison se reunió con ella en el cruce del pasillo y al mirar a derecha e izquierda descubrió dos pasillos más cortos-. ¿Qué pasa aquí? Cállate, Angelo -añadió en un aparte, dirigiéndose a su lloroso perro.
    – Hay un sitio secreto. ¿Quieres verlo?
    – ¿Una habitación secreta o algo así? -A Madison le gustó la idea-. ¿Dónde?
    – Sígueme. -Su nueva amiga la condujo hacia una puerta verde oscura, al final del pasillo.
    Gimiendo aún más fuerte, Angelo las siguió.

    Diana apartó su plato y dijo:
    – No hay manera. No puedo comer y fingir que no estoy esperando el resto de tu historia.
    Como él tampoco tenía mucho apetito, Quentin no protestó, salvo para decir:
    – Un asesinato no es el tema más adecuado para hablar mientras se come.
    – Eso deberías haberlo pensado antes de sugerir que comiéramos.
    – Lo pensé. -Él sonrió con ironía-. Pero también pensé que estarías más dispuesta a sentarte a hablar si el escenario era… inofensivo. Una comida en una terraza soleada, con otra gente cerca y ninguna razón para sentirte agobiada o acorralada…
    – ¿Por qué iba a sentirme así?
    – Fue una impresión que tuve esta mañana. Que la torre era demasiado pequeña, a pesar de ser diáfana. Que te sentías inquieta allí. Claro que quizá sólo fueran cosas mías. -La miró fijamente.
    Ella contestó con cierto aire evasivo.
    – Por lo visto recibes muchas impresiones de los… sitios. De este sitio en particular.
    Quentin, que seguía tanteándola cautelosamente, consintió aquel cambio de tema.
    – Algunas personas, en diverso grado, naturalmente, sor muy sensibles a su entorno -contestó con naturalidad mientras apartaba su plato casi intacto-. Nuestros cerebros, al parecer, están dotados para captar impulsos eléctricos y magnéticos que la mayoría de la gente no percibe.
    – ¿Y eso es posible? -Ella jugueteaba con sus gafas, frunciendo un poco el ceño.
    – ¿Cómo no iba a serlo? Es así como funciona el cerebro humano, Diana, mediante la transmisión de impulsos eléctricos. Energía. Y la energía nos rodea por completo. Es perfectamente lógico que algunas personas posean una sensibilidad más aguda de lo normal hacia esa energía. Quiero decir que, como especie, de vez en cuando damos un genio o una persona de inexplicable talento, un Mozart o un Einstein o un Hawking. Sus cerebros parecen funcionar apartándose de la norma. Pero eso no los hace menos humanos. -Se encogió de hombros-. Creo que estamos empezando a comprender de verdad como funciona la mente. ¿Quién sabe qué se entenderá por normal en los años y las generaciones del porvenir?
    Ella dijo lentamente:
    – Entonces, ¿de veras percibes cosas en los sitios? ¿En la gente?
    – Un poco, aunque eso no es lo mío -contestó él con ligereza-. Pero un sitio como El Refugio tiene una historia tan larga que no es de extrañar que su energía sea anormalmente intensa. Tan intensa que hasta yo puedo captarla a veces. Un clarividente o un médium sentirían probablemente mucho más.
    Ella parpadeó.
    – ¿Estás hablando de… percepción extrasensorial?
    – Supongo que algunas personas todavía lo llaman así. O paranormal. -Se encogió de hombros otra vez, manteniendo un tono despreocupado-. La mayoría de la gente sigue negando la sola idea de que existan facultades parapsicológicas, pero ha medida que se investiga vamos aprendiendo que, tratándose de la mente humana, muy pocas cosas son imposibles.
    – Pareces saber mucho sobre el tema -dijo ella lentamente.
    Quentin se dejó llevar por su intuición.
    – La unidad a la que pertenezco se creó en torno a la idea de que las facultades parapsicológicas podían canalizarse de forma constructiva y usarse como herramientas de investigación. Así que hemos investigado mucho y llevamos varios años recogiendo experiencias que estudiar y en las que basarnos. Videncias empíricas, lo llaman los científicos. Aún no tenemos pruebas científicas absolutas, pero estamos en ello.
    – ¿Crees que tienes facultades parapsicológicas?
    Él advirtió la crispación de su voz y contestó con cautela.
    – Tengo la capacidad de usar mis cinco sentidos con más dominio y precisión que la mayoría de la gente, debido a años de experiencia y a que creía que ello era posible. Y sí, creo poseer una facultad especial que la mayoría de la gente no tiene o no sabe canalizar.
    – ¿Qué facultad? -La tensión de Diana seguía creciendo.
    – A veces sé cosas antes de que ocurran.
    Diana se echó bruscamente hacia atrás y cruzó los brazos.
    – Entonces, ¿puedes ver el futuro? ¿Adivinarme el porvenir?
    – Yo no veo nada -respondió Quentin-. No leo las cartas de tarot, ni miro una bola de cristal o estudio las líneas de la mano. -Su voz tenía un deje irónico-. Simplemente a veces sé que va a ocurrir algo antes de que ocurra.
    – Simplemente -masculló ella.
    – Es una facultad perfectamente humana, Diana, aunque sea rara.
    – ¿Cómo puedes saber que algo va a ocurrir antes de que ocurra? Eso no tiene sentido.
    – Es un don que en realidad no podemos explicar científicamente -reconoció él-. Recurriendo a la ciencia actual, quiero decir. Si el tiempo es lineal, y creemos que lo es, entonces ciertamente no parece posible que la mente humana pueda, como tú dices, presentir algo que aún no ha sucedido. Claro que tal vez entendamos el tiempo tan poco como entendemos nuestra propia mente.
    Ella respiró hondo y exhaló lentamente.
    – Yo ya tengo bastantes problemas con la realidad tal y como es, gracias. Aunque creyera que lo que dices es posible, yo…
    – Explícame lo de tu dibujo -sugirió Quentin.
    – Como te decía, debo haber visto alguna fotografía.
    – Hasta donde yo he podido averiguar, Missy y su madre no tenían familia. Vivían aquí desde que Missy tenía tres o cuatro años. Y menos de un año después de que fuera asesinada, del ala norte no quedó más que un cascarón vacío; un incendio la arrasó casi por completo y destruyó todas las posesiones de Missy y de su madre. Así que, ¿cómo has podido ver una fotografía suya? En quince años de búsqueda, yo no he podido encontrar ninguna, aparte de las fotos del lugar del crimen y de la autopsia.
    Diana se quedó callada, visiblemente incómoda.
    – Tu dibujo la muestra como era ese verano -continuó él-. Ese colgante en forma de corazón que lleva alrededor del cuello, se lo regalé yo. A fines de julio, en su fiesta de cumpleaños. Desapareció cuando fue asesinada, y no ha vuelto a aparecer desde entonces.
    – No puedes estar seguro de que sea el mismo colgante a partir de un simple dibujo a carboncillo, y mal hecho. Yo no soy pintora, Quentin… -Se interrumpió cuando la camarera apareció para llevarse sus platos y preguntarles por el café y el postre, dejándoles por fin solos con éste último.
    – Yo no soy pintora -repitió Diana con voz firme-. Y no hay nada en ese dibujo que pueda tomarse en serio. Ni siquiera sé de dónde procede esa… esa imagen, pero tiene que haber una explicación perfectamente racional.
    – Estoy de acuerdo. Pero mi idea de lo racional y la tuya pueden estar a años luz.
    – Si crees en lo paranormal, probablemente. -Ella sacudió la cabeza-. Es sólo que… el misticismo y la ciencia de pacotilla… todo eso no es real. Hay teorías médicas válidas para explicar por qué la gente ve cosas que no están ahí, o escucha voces o… lo que sea. No es culpa suya, es sólo que están enfermos. Sufren una enfermedad.
    – ¿Y si no es así?
    Ella lo miró fijamente.
    – ¿Y si no es así, Diana? ¿Y si todas esas explicaciones médicas tan válidas se equivocan? No hace tanto tiempo que esa misma ciencia médica usaba sanguijuelas e ignoraba por completo que un desequilibrio químico en el cerebro podía causar toda clase de trastornos que entonces se tomaban por locura.
    – Quentin…
    – Tú lees los periódicos, ¿no? ¿Cuántas veces se nos dice que ciertos hechos científicos o médicos se han demostrado equivocados? La tecnología avanza, se hacen nuevos descubrimientos y hoy de pronto sabemos más de lo que sabíamos ayer. Así que volvemos a reflexionar. Descubrimos pruebas más precisas, o miramos las evidencias bajo una nueva luz que nos conduce a la comprensión. Lo imposible se vuelve posible, incluso probable y predecible.
    – Aun así, algunas cosas son demasiado absurdas para ser creíbles.
    – ¿Una facultad parapsicología te parece demasiado absurda?
    – Sí.
    – ¿Por qué? -Quentin vaciló al ver que ella guardaba silencio; después dijo lentamente-: ¿Por qué te resulta mucho más fácil creer que estás enferma?
    – No estábamos hablando de mí -respondió ella, visiblemente crispada.
    – ¿No? Diana, a ti no té pasa nada. Por eso ni los medicamentos ni las terapias han dado resultado. Estás intentando arreglar algo que nunca ha estado roto.
    – Tú no sabes nada de mí.
    – Sé que tienes facultades extrasensoriales. Y, sabiendo eso, puedo adivinar unas cuantas cosas más. O bien naciste con esas facultades, o bien algo las disparó cuando eras muy joven, algún tipo de trauma psíquico o emocional. Intentaste contar tus experiencias a los demás, seguramente a tus padres primero. Hablarles de cosas que veías y que no parecían reales. De las voces que oías. De los sueños extrañamente vividos. Puede que tuvieras pérdidas de conciencia, que perdieras la noción del tiempo. Y fue entonces cuando comenzó esa absurda ronda de médicos, fármacos y terapias.
    Todavía tensa, ella dijo:
    – ¿Dónde te licenciaste en medicina, Quentin?
    – ¿Cuántos doctores licenciados en medicina han sido incapaces de ayudarte? -replicó él-. ¿Cuándo llegará el momento de considerar explicaciones alternativas perfectamente viables para una supuesta enfermedad que ningún experto ha sido capaz de tratar? ¿El mes que viene? ¿El año que viene? ¿Cuándo hayas pasado por todos los médicos del país? ¿Cuándo hayas dejado atrás la mayor parte de tu vida y ni siquiera merezca la pena intentarlo otra vez?
    Quentin comprendió más tarde que seguramente había tenido una suerte endiablada de que ella no se levantara y se fuera. Se estaba pasando de la raya y lo sabía; le estaba exigiendo que de pronto pusiera en cuestión y rechazara lo que le habían inculcado demasiados doctores durante demasiados años, y eso era algo que no podía ocurrir en un instante.
    Diana no se marchó. Pero saltaba a la vista que no estaba dispuesta a seguir hablando de aquel asunto. Estaba inexpresiva, pero cuando descruzó los brazos y cogió su taza de café sus movimientos eran tensos y bruscos.
    – Mira, has dicho que querías hablar de esa niña y, de su asesinato. Tengo curiosidad porque dices que mi dibujo se parece a ella antes de que muriera.
    – ¿Por qué lo digo?
    – Bueno, si no tienes ninguna fotografía… que puedas enseñarme -añadió rápidamente, al recordar que él le había dicho que había fotos del lugar del crimen y de la autopsia-… no puedes demostrarlo, ¿no? -Asintió con la cabeza cuando él permaneció en silencio-. Que yo sepa, sólo imaginas el parecido. Qué demonios, que yo sepa, podrías estar inventándotelo todo. Te conocí hace unas horas. ¿Cómo sé que estás siendo sincero conmigo?
    – No lo sabes -reconoció él.
    – Ni siquiera sé si realmente perteneces al FBI.
    Él dijo con un suspiro:
    – Me he dejado mi identificación en la habitación, pero me aseguraré de enseñártela luego. No te estoy mintiendo, Diana. Sobre nada.
    – ¿Vas a decirme qué le pasó a Missy?
    – Claro que sí. Hasta donde sé, al menos. -Titubeó y luego, llevado por el mismo impulso que se había apoderado de él un rato antes, en la torre, extendió el brazo por encima de la mesa y le tocó ligeramente la mano-. Lo siento, no quería presionarte…
    Fuera lo que fuera lo que dijo a continuación, Diana no lo oyó. Fue como si alguien pulsara un interruptor. Estaba sentada a la mesa con aquel hombre, en una terraza cálida y soleada, inconsciente de los sonidos sofocados que hacían los demás a su alrededor, y un instante después todo había cambiado.
    Seguía en la terraza, pero ésta se había convertido en un espacio oscuro y gris, iluminado intermitentemente por centelleos como de relámpagos. Había en el aire un olor peculiar que no lograba identificar, y hacía frío. Hacía mucho frío.
    Fantasmagóricamente, a la luz de los destellos, podía ver a Quentin sentado frente a ella, mirándola con el ceño algo fruncido, pero entre destello y destello su imagen se desvanecía.
    Y al desviar la mirada hacia la mesa, vio bajo aquel fulgor que estaba agarrando con fuerza la mano de Quentin, como si se aferrara a un salvavidas.
    Pero entre centelleo y centelleo su mano no sostenía nada.
    Se hallaba completamente sola en la negrura del crepúsculo.
    «Diana.»
    No quería, pero se descubrió volviendo la cabeza lentamente hacia la derecha. Dos grandes palmeras plantadas en maceteros flanqueaban los peldaños que conducían a la terraza inferior, al césped y a los senderos del jardín; al principio, fue eso lo único que vio.
    Después hubo un destello y entre las plantas apareció la niña.
    Pelo largo y oscuro. Grandes ojos oscuros y tristes. Cara pálida y ovalada.
    Missy.
    A la luz gris del crepúsculo que separaba los destellos intermitentes, la niña desaparecía, sólo para reaparecer a la luz blanca y radiante.
    «Ayúdanos.»
    No parecía hablar; sus labios no se movían. Pero con cada destello se acercaba más y más, acortando la distancia entre ellas, y su cara pálida comenzaba a contraerse en una expresión de dolor. Sus ojos eran negros pozos de terror.
    Extendió las manos hacia Diana, suplicando…

    – ¡Diana!
    Ella volvió la cabeza con brusquedad para mirar a Quentin y parpadeó al retornar abruptamente a la cálida y luminosa terraza. Luego, un instante después, el resonar estruendoso de un trueno la hizo mirar hacia lo alto, y vio negros nubarrones deslizarse sobre ellos y cubrir rápidamente el sol, impregnando de frío el aire.
    – Será mejor que entremos -dijo Quentin, superponiéndose al ruido de las sillas que arañaban el suelo de piedra de la terraza a medida que los demás huéspedes iban tomando la misma decisión-. Esta tormenta ha salido de la nada.
    – ¿Sí? -murmuró ella, sintiéndose muy… extraña-. ¿O estaba aquí desde siempre?
    – ¿Cómo?
    Diana se dio cuenta de que, en efecto, tenía cogida la mano de Quentin, y tuvo que hacer un ímprobo esfuerzo por soltarla.
    – Nada. No… no importa.
    – Deberíamos entrar -repitió él con el ceño fruncido mientras se ponía en pie.
    Diana también se levantó automáticamente. Tenía frío. Y estaba asustada. Su cuerpo vibraba extrañamente, como si una energía desconocida lo atravesara. Y sin embargo… había algo familiar en aquella sensación, como el eco distante de un recuerdo olvidado.
    Sin pretender decirlo en voz alta, murmuró:
    – ¿Por qué lo llaman clarividencia? ¿Porque se ve lo que está por debajo de la superficie? ¿Porque se ve lo que no está ahí? ¿Porque se ve… a través de un cristal, oscuramente…?
    Quentin rodeó la mesa y la agarró de los hombros con ambas manos.
    – Diana, escúchame. Tú no estás loca.
    – Tú no sabes lo que acabo de ver. -Su voz temblaba ahora.
    – Fuera lo que fuese, era real. -Quentin alzó los ojos con impaciencia cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a estrellarse a su alrededor; cogió luego la mano a Diana y la condujo dentro del hotel.
    Ella le siguió casi a ciegas. Tal vez (pensaría más tarde) porque en ese momento no deseaba estar sola. O tal vez porque las respuestas que Quentin le ofrecía resultaban menos aterradoras que la posibilidad de estar hundiéndose en la locura.

    Madison levantó la vista de la muñeca vieja que había encontrado en el baúl y frunció el ceño cuando resonó un trueno.
    – Papá dijo que habría tormenta.
    – Aquí hay muchas tormentas -dijo su nueva amiga.
    – A mí me gustan. ¿A ti no?
    – A veces.
    – También me gusta esta habitación. -Madison paseó la mirada por el dormitorio, muy bonito e infantil, con sus muebles anticuados y sus cortinas de encaje-. Pero ¿por qué es secreta?
    – Porque ellos no lo entenderían.
    – ¿Ellos? -Madison frunció las cejas y acarició distraídamente a Angelo, que, acurrucado a su lado, temblaba un poco. Odiaba las tormentas, el pobrecillo-. ¿Te refieres a mis padres?
    – Sí.
    – Es tu cuarto, ¿verdad? -preguntó Madison con repentina desconfianza-. Quiero decir que no será de otra persona. Porque no puedo entrar en las habitaciones de los demás si no me invitan.
    – En esta habitación siempre puedes entrar.
    Sospechando que sus preguntas no habían obtenido respuesta, Madison hizo otra más concreta:
    – ¿Cómo te llamas? No me lo has dicho.
    – Becca.
    – Qué bonito.
    – Gracias. Madison también es bonito.
    – Entonces, ¿ésta es tu habitación, Becca?
    – Lo era.
    – ¿Y ya no?
    Becca sonrió dulcemente.
    – Todavía vengo aquí algunas veces. Sobre todo cuando hay tormenta.
    – ¿Sí? A mí me gusta mi habitación de casa cuando hay tormenta. Allí me siento segura.
    – Aquí también te sentirás segura. Recuérdalo, Madison. Aquí estarás a salvo.
    Madison la miró interrogativamente.
    – ¿De la tormenta?
    – No. -Becca se inclinó hacia ella y, todavía sonriendo dulcemente, susurró-: Ya viene.

Capítulo cuatro

    Diana miraba a Quentin por encima del borde de la taza mientras bebía el té caliente y dulce que él había pedido. Al dejar la taza sobre su platillo, encima de la mesita, entre sus sillas, dijo con sorna:
    – El remedio tradicional para un buen susto.
    Él se encogió de hombros.
    – No nos dio tiempo a acabar el café.
    Estaban sentados en una zona apartada del gran salón contiguo al vestíbulo principal donde, como ellos, unos pocos huéspedes habían buscado refugio de la tormenta. La estancia estaba dispuesta de tal modo que sus numerosas sillas y mesas, reunidas en grupos diseminados y separados por grandes plantas, biombos y otras divisiones decorativas, ofrecían intimidad y propiciaban conversaciones apacibles, y al mismo tiempo uno tenía la sensación de no estar demasiado aislado, demasiado solo.
    La tormenta (más rayos, truenos y viento que lluvia) continuaba rugiendo afuera. Lo cual era propio de aquel valle, pensó Quentin.
    Diana no se había recobrado aún de su experiencia en la terraza. No estaba segura, de hecho, de sí se recuperaría alguna vez. Y ahora que había tenido un par de minutos para pensarlo, se sentía recelosa, a la defensiva y más insegura de lo que recordaba haberse sentido nunca.
    No era una sensación agradable.
    – Tampoco nos dio tiempo a acabar la conversación -añadió Quentin-. ¿Qué viste ahí fuera, Diana?
    – Nada. -Volvía a ser, al menos, lo bastante dueña de sí misma como para saber que no debía describir lo que había visto. Lo que no podía haber visto. Pese a lo que Quentin dijese creer, Diana sabía por experiencia que, en el mejor de los casos, la gente encontraba inquietantes las cosas inexplicables.
    Y no quería ver en los ojos de Quentin aquella mirada que tan bien conocía, aquella cuidadosa expresión que parecía decir «que no se entere de que creo que está chiflada», aquella deliberada ausencia de incredulidad o de estupor.
    – Diana…
    – Esta mañana, dijiste algo acerca de que este sitio no es seguro para los niños. Algo acerca de tragedias. Supongo que no te referías solamente a Missy. Así que, ¿de qué iba todo eso?
    Él vaciló; luego se encogió de hombros.
    – Accidentes, enfermedades, muertes sin explicación, niños que desaparecen.
    – Eso pasa en todas partes, ¿no?
    – Sí, por desgracia. Pero aquí pasa mucho más a menudo de lo que podría achacarse al puro azar.
    – ¿Y crees que eso está relacionado de alguna forma con la muerte de Missy?
    – He descubierto que las coincidencias casi nunca existen -repuso Quentin.
    Diana notó que fruncía el ceño.
    – ¿No?
    – No. En todas partes hay pautas, si uno sabe reconocerlas. La mayoría de las veces no las reconocemos, al menos hasta después de un acontecimiento. Algunas, en cambio, están tan claras que prácticamente son de neón. Tú y yo, por ejemplo.
    – ¿Qué pasa con nosotros? -preguntó ella, recelosa.
    – El hecho de que estemos los dos aquí, en este momento, no es una coincidencia. El que tú hayas dibujado un retrato muy preciso de Missy, alguien cuyo asesinato yo intento resolver y que sucedió cuando casualmente yo estaba aquí no es una coincidencia. Ni siquiera el que esta mañana subieras las escaleras de la torre al amanecer y me encontraras allí fue una coincidencia.
    – Todo forma parte del plan maestro, ¿verdad?
    – Todo forma parte de una pauta. Todo se conecta de algún modo, por alguna vía. Y creo que Missy es la conexión.
    Diana, que estaba pensando en el otro dibujo que había guardado en su bolso, el retrato que había hecho de aquel hombre antes de posar sus ojos en él, encontraba difícil rebatir al menos parte de lo que Quentin estaba diciendo. Pero lo intentó.
    – ¿Cómo podría ser? Ya te he dicho que nunca he conocido ha nadie que se llame Missy. Nunca había estado aquí. Ni siquiera había estado en Tennessee. Seguramente salió en el periódico algún artículo sobre su muerte o algo así, con una fotografía, y lo vi en algún momento, hace años. Algo por el estilo.
    – No. -La voz de Quentin sonó tajante-. El artículo sobre su muerte ocupaba poco más que un párrafo, y no había fotografía. Además, no salió nunca en los grandes diarios regionales, y mucho menos en un medio nacional. Llevo años estudiando el caso, Diana. He visto todas las noticias que he podido encontrar, por insignificantes que fueran… y en el FBI nos enseñan a buscar, créeme.
    Diana se quedó callada, molesta pero nada convencida.
    – La has visto, ¿verdad? Ahí fuera, en la terraza.
    Ella sacudió la cabeza a medias, todavía callada.
    Quentin dijo pacientemente:
    – Sea lo que sea lo que has visto, fue muy repentino y muy intenso… y lo desencadenó la tormenta.
    Aquello sorprendió a Diana.
    – ¿Qué?
    – ¿Recuerdas lo que te he dicho sobre la energía? Las tormentas están repletas de ella; cargan el aire de corrientes electromagnéticas. Corrientes ante las que nuestros circuitos cerebrales reaccionan. Las tormentas afectan mucho, casi siempre, ha las personas con facultades parapsicológicas. A veces bloquean nuestras capacidades, pero es más frecuente que lo que experimentamos sea mucho más intenso de lo normal, sobre todo en los minutos que preceden al estallido de la tormenta.
    Más para ella misma que para él, Diana murmuró:
    – Normalmente sé cuándo va a haber una. Pero ahí fuera…
    – Ahí fuera -concluyó él-, estábamos concentrados en la conversación y la tormenta nos cogió por sorpresa. Yo también suelo presentirlas. -Hizo una pausa mientras la miraba-. Y casi todos mis sentidos tienden a agudizarse durante una tormenta. Igual que los tuyos se afinaron hace un momento.
    Diana pensó sin poder remediarlo que, en unas pocas horas, Quentin había adivinado más sobre ella y sus diversos estados de ánimo y peculiaridades que todos sus médicos en los muchos años que llevaban tratándola.
    Si es que realmente estaba adivinando.
    Aquello resultaba perturbador y, sin embargo, hacía que se preguntara si acaso no habría algo de verdad en las otras cosas que Quentin le había dicho. En aquellas posibilidades. ¿Sería posible? Después de todos aquellos años, de todas las pruebas, las terapias y las medicaciones… ¿podría ser tan sencilla la respuesta a la cuestión de qué era de veras lo que le sucedía? ¿Y tan increíblemente compleja?
    – Diana, ¿qué has visto?
    – A ella. La he visto a ella, a Missy. -No se dio cuenta de que iba a responder hasta que lo hizo, y, al hablar, se preparó inconscientemente para su reacción.
    Pero Quentin no reaccionó en modo alguno, al menos abiertamente. Sin dejar de mirarla con intensidad reconcentrada, dijo:
    – Describe lo que viste. Exactamente.
    Diana se acordó de pronto de uno de sus muchos médicos, un hombre inexpresivo y decidido a no juzgarla dijera lo que dijese, pero que al mismo tiempo catalogaba mentalmente sus neurosis, y aquel recuerdo le hizo chirriar los dientes.
    Cuanto antes terminara con aquello, tanto mejor.
    Rápidamente, con voz átona, dijo:
    – Había destellos, como de relámpagos o de sirenas, y ella se acercaba a mí, con cada destello estaba más cerca, y me parecía que decía «ayúdanos», pero su boca no se movía, y hacía frío y yo estaba sola con ella… -Tomó aliento rápidamente-. También estabas tú, pero sólo cuando aparecía uno de esos destellos, no en los momentos entre uno y otro, cuando todo era gris. Estabas allí, pero sólo porque yo te tocaba la mano, porque te mantenía… a medias allí.
    – ¿Estábamos todavía en la terraza?
    Ella escudriñó su cara en busca de algún indicio de que Quentin le estaba siguiendo la corriente, como habían hecho algunos médicos, y no supo si sentirse aliviada o alarmarse al no encontrar ninguno.
    – Sí.
    – ¿No había nadie más? ¿Sólo estábamos los tres?
    – Sí.
    – Cuándo había destellos, ¿entre destello y destello estabas completamente sola?
    Diana hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
    – Había… No veía a nadie más cuando estaba todo gris. A ninguno de los huéspedes. Ni a ti. Ni a ella.
    Quentin frunció el ceño repentinamente.
    – Casi parece que has sido tú quien se ha colado en su mundo, y creo que eso es mucho más raro que lo contrario. Yo creía que los médiums ofrecían una puerta, pero no que la cruzaran ellos mismos. Al menos nunca he oído nada parecido. Pero ojalá supiera más.
    – ¿Cómo? -Antes incluso de que él pudiera responder, Diana comenzó a mover la cabeza de un lado a otro-. No. No me digas que crees…
    – Missy está muerta, Diana. Si la viste…
    – Obviamente, no la vi. Está todo dentro de mi cabeza. -Oyó alzarse su propia voz y se detuvo un momento para recobrarse. Sabía de sobra que el excitarse demasiado o ponerse demasiado enfática le traía problemas-. Porque es imposible ver a los muertos. La vida del más allá no existe. Cuando uno muere, desaparece. Y punto.
    – ¿De veras crees eso?
    – De veras -contestó ella con firmeza.

    Ransom Padgett subió trabajosamente las angostas escaleras del desván del edificio principal, refunfuñando en voz baja. Cada vez que había tormenta algo se averiaba en aquel viejo lugar. O había una gotera, o el agua llenaba los desagües de hojas y otras porquerías, o el suministro de agua de emergencia del hotel (diseñado por el dueño original, un hombre muy previsor, para que se llenara con agua de lluvia transportada desde las montañas de los alrededores) hacía aumentar la presión de las viejas tuberías hasta el punto de que rugían y chirriaban y molestaban a los clientes.
    Esta vez, al menos tres huéspedes de la quinta planta, la más alta del edificio principal que se hallaba ocupada, se habían quejado de ruidos casi tan pronto como las primeras nubes oscurecieron el cielo.
    Ransom opinaba que los clientes del hotel tenían, en su mayoría, demasiada imaginación y que la gerencia debería advertirles cuando se registraban que los edificios antiguos producían ruidos, eso no había forma de evitarlo. Pero, por suerte, tratar directamente con los clientes no era asunto suyo. Él sólo arreglaba cosas.
    En este caso, sin embargo, dudaba que hubiera algo que arreglar. Las ardillas que anidaban en el desván le habían dado algún que otro quebradero de cabeza durante el invierno y, dado que no había descubierto aún cómo penetraban allí, supuso que alguna habría vuelto a entrar para cobijarse de la tormenta que se avecinaba.
    De modo que había subido hasta allá arriba más que nada para revisar sus compasivas trampas (que, de momento, no habían conseguido atrapar a ninguna de aquellas astutas ardillas) y curiosear un poco para poder decirle a los de la gerencia que había echado un vistazo.
    Usó su llave para abrir la puerta del desván, empujó ésta y pulsó el interruptor de la luz que había junto a ella. La iluminación consistía en bombillas peladas que, encajadas en celdillas de metal, se hallaban diseminadas por la amplia estancia; había muchas, pero las bombillas de mediana potencia apenas alumbraban. Tampoco servían de gran cosa las buhardillas y los grandes ventanales de las caras norte y sur, en parte debido a que los cristales emplomados estaban manchados y oscurecidos por el paso de los años. Y, con todos aquellos muebles viejos, baúles, cajas y trastos amontonados en la habitación, el desorden tampoco ayudaba.
    Ransom había sugerido más de una vez que los propietarios del hotel mandaran a alguien a revisar todo aquello y se deshicieran de las cosas que, obviamente, nunca más volverían a usarse. Sencillamente, le parecía ilógico conservar cosas como ropa vieja y sábanas que se caían a pedazos de puro viejas, y herramientas antiguas y muebles rotos. Pero, naturalmente, no le habían hecho caso.
    – Yo sólo trabajo aquí -masculló para sí mismo mientras se abría paso entre aquellos desechos del tiempo y de las vidas de otros, intentando recordar dónde había dejado exactamente las trampas.
    Encontró una debajo de los aleros del lado oeste del edificio; estaba todavía vacía, pero la mazorca seca de maíz que había dejado como cebo había desaparecido.
    – Pequeñas bastardas -dijo refiriéndose a las ardillas, perplejo porque hubieran logrado hacerse con el cebo sin disparar la trampa. A fin de cuentas, aquel chisme estaba diseñado para atrapar ardillas.
    Probó el resorte y vio que estaba en buen estado.
    – Ahora tendré que bajar otra vez al cobertizo del jardín a buscar más cebo. Mierda. -Pensó con añoranza en los días en que servía con un poco de veneno y deseó atreverse a desobedecer a la gerencia y eliminar a los roedores de una vez por todas.
    Volvió a dejar la trampa sin cebo en su sitio y comenzó a abrirse paso hasta la siguiente, maldiciendo de nuevo, maquinalmente, el desorden por entre el que tenía que moverse, sallando por encima de los trastos o haciéndolos a un lado.
    Estaba en la parte principal del desván, frente a una de las ventanas grandes, con cristales de colores, del extremo norte cuando se oyó el estruendo ensordecedor de un trueno y de pronto se apagaron todas las luces.
    Como no quería romperse la crisma tropezando con alguna cosa en la oscuridad, aguardó donde estaba, confiando en que si la luz no volvía pasados un minuto o dos, el generador se pondría en marcha. Anotó mentalmente que la próxima vez llevaría consigo una linterna cuando subiera allí, o bien dejaría una junto a la puerta para tenerla a mano.
    El radiante destello de un relámpago iluminó de pronto la ventana, cuyo cristal cubierto de mugre pareció refulgir, incandescente y multicolor, un instante.
    Había alguien delante de él.
    Ransom sólo logró vislumbrarlo a la luz del relámpago, y frunció el ceño cuando la oscuridad le envolvió de nuevo.
    – ¿Quién anda ahí? -preguntó.
    No hubo respuesta y, por más que aguzaba el oído, Ransom no oía más que el retumbar de los truenos y el tamborileo disperso de la lluvia sobre el tejado, encima de su cabeza.
    Esperó, mirando con denuedo la ventana. Y, con el siguiente relámpago, no vio nada, como esperaba.
    – Un truco de la luz -masculló. Sentía, sin embargo, un desasosiego creciente, y no sólo porque no hubiera vuelto aún la luz. Normalmente hacía allí mucho calor, un calor asfixiante en aquella época del año, que era cuando por primera vez había entrado en el desván.
    Ahora empezaba a hacer frío. Un frío desagradable.
    Ransom, que no era hombre fantasioso, tuvo la súbita idea de que, si se ponía la mano en la nuca, descubriría que todo el vello se le había puesto de punta, como una advertencia primordial de que allí pasaba algo raro. Algo muy raro.
    Una tabla del suelo crujió allí cerca y Ransom se giró bruscamente, pero estaba todo a oscuras y sólo pudo distinguir unas formas que se alzaban ante él.
    Unas formas altas.
    Era… extraño. Acababa de cruzar el desván siguiendo un pasillo despejado pero estrecho, hasta el centro de la estancia. Ahora, hasta donde podía distinguir forzando la vista, había allí una especie de barrera.
    – Estoy viendo visiones -se dijo con la voz alta y empática que parecía decir «no tengo ni pizca de miedo» de quien atravesara un cementerio a medianoche-. Me he movido sin pensar, eso es todo. Aquí no hay nada más.
    No se le ocurrió hasta más tarde que debería haber dicho «nadie más».
    El retumbar estridente de un trueno casi le hizo brincar de miedo, y empezó a pensar en salir de allí, al menos hasta que volviera la luz.
    Antes de que pudiera moverse volvió a centellear un relámpago y, a la luz de su brillo momentáneo, pudo ver qué era aquella barrera.
    Mientras la oscuridad le envolvía de nuevo, Ransom intentó comprender lo que había visto. Tres viejos baúles apilados unos encima de otros. Baúles que estaba casi seguro de que, apenas unos momentos antes y desde hacía una eternidad, se hallaban bajo los aleros del extremo oeste del desván.
    De hecho, estaba seguro de que era allí donde se encontraban porque formaban un juego de viejos baúles de camarote, cubiertos con pegatinas de viajes, como se hacía antaño, de ésos que hoy día los decoradores vendían por una fortuna. Se había fijado especialmente en ellos.
    Y solían estar a casi treinta metros de donde estaban ahora.
    Resonó un trueno que hizo vibrar las planchas del suelo bajo sus pies y Ransom deseó fervientemente que le siguiera un relámpago.
    Crujió otra tabla del suelo. Tras él.
    Se volvió bruscamente y el exabrupto que se le escapó sonó un poco demasiado agudo para su amor propio. Esta vez nada se cernía ante él, afortunadamente, pero ¿no era eso…?
    Estaba de nuevo frente a la ventana y, mientras miraba, el destello de un rayo iluminó desde atrás, radiante, el cristal coloreado.
    Había alguien de pie, ante él.
    Alguien sin cabeza.
    Atemorizado, Ransom dio un paso atrás y tropezó con los baúles que, indudablemente, apenas un minuto antes estaban algo más lejos de él.
    Y las luces se encendieron.
    Parpadeó mientras su vista se acostumbraba a la claridad, se quedó allí parado, mirando fijamente, y al cabo de un momento prorrumpió en una risotada temblorosa.
    – Dios santo.
    Se acercó a la ventana de cristales de colores hasta que, estirando el brazo, pudo tocar el viejo maniquí. La superficie que tocó estaba agrietada por el paso del tiempo, y el vestido que colgaba alrededor de la figura era antiguo, de seda y frágil encaje.
    – Me acuerdo de ti -le dijo al maniquí, reconfortado por el sonido normal de su propia voz-. Llevas años aquí arriba. -Hizo una pausa y añadió inseguro-: Pero creo que no estabas delante de la ventana.
    Con la mano todavía posada sobre el maniquí, se volvió a medias y miró los baúles, apilados ahora pulcramente en medio del desván.
    – Y vosotros no estabais ahí, desde luego -añadió, sintiendo su propio desasosiego.
    Se acercó a los baúles y los observó detenidamente. Sí, recordaba haberlos visto. Recordaba haberlos visto en el extremo oeste del desván, junto con otros cachivaches de los que nadie se preocupaba desde hacía años. Muebles viejos, y un trasto cubierto con un lienzo que parecía un espejo, y…
    Y un maniquí de sastre.
    Ransom miró por encima de su hombro, esperando a medias que el maniquí hubiera vuelto a su sitio. Pero seguía delante de la ventana, aparentemente inofensivo.
    Hasta que un relámpago relumbró de nuevo más allá de la ventana, y el cristal multicolor produjo la impresión repentina y fugaz de que había allí una mujer con brazos y cabeza y el cabello suelto.
    Ransom decidió revisar el resto de sus trampas en alguna otra ocasión, pasó junto a los baúles sin tocarlos y salió del desván sin perder un momento. Y no quiso admitir ni siquiera ante sí mismo que no pudo respirar tranquilo hasta que la puerta del desván estuvo cerrada tras él.
    Con llave.

    Las luces del salón parpadearon y se debilitaron sin llegar a apagarse, y aunque la tormenta crecía claramente en intensidad, allí su estruendo sonaba sofocado y apenas interrumpía las conversaciones.
    – Entonces, crees que los muertos desaparecen para siempre -dijo Quentin, pensativo-. Lo cual significa que probablemente no eres religiosa.
    – ¿Y?
    Diana intentaba no hacer caso de la tormenta, ignorar la sensación de hormigueo, el cosquilleo que le había dejado su estallido incluso después de abandonar la terraza. Apartó la mirada de Quentin, se fingió vagamente interesada en la habitación que les rodeaba y parpadeó cuando vio a una mujer sentada en una mesa cercana, bebiendo té. La mujer la miró a los ojos, sonrió y levantó su taza en un sutil saludo.
    Llevaba un vestido Victoriano.
    – ¿Diana?
    Ella se sobresaltó ligeramente y volvió a mirar a Quentin.
    – ¿Qué?
    – Sabemos por experiencia que a algunas personas con facultades extrasensoriales les resulta más fácil aceptar su don si tienen formación religiosa o espiritual. Sea por la razón que sea, la religión o la espiritualidad a veces ayudan a que, a algunos, lo imposible les parezca más… verosímil.
    Diana lanzó una rápida mirada hacia la mesa cercana, sólo para descubrir que tanto la mesa como la mujer ya no estaban allí.
    De pronto sintió ganas de beber algo mucho más fuerte que un té azucarado. Pero tomó un sorbo de la infusión y se sorprendió vagamente al ver que no le temblaba la mano.
    – Entonces, si no puedes convencerme con tus presuntas teorías científicas, ¿recurrirás al misticismo? -Pensó que su voz también sonaba firme.
    – Con gente distinta, funcionan cosas distintas -repuso él con una sonrisa tenue-. Todos acabamos encontrando un motivo para aceptar lo que tenemos que aceptar, Diana. Todos descubrimos tarde o temprano en qué creemos, cuál es nuestra filosofía. La ciencia no hace menos válidas las religiones o la espiritualidad, es otra opción. Lo que importa es que aceptemos lo que hay.
    – Lo que tú dices que hay.
    – Tú tienes pruebas de primera mano de que lo paranormal existe, eso lo sabemos los dos.
    Ella no volvió a pasear la mirada por la habitación, a pesar de que sintió la tentación de hacerlo. Temía lo que pudiera ver.
    – Lo único que sé es que mi enfermedad existe -dijo con una voz sin relieve-. Me han dicho que la locura me viene de familia.
    – ¿Quién te ha dicho eso?
    – Mi padre… con rodeos. Nunca habla mucho de mi madre, pero por lo poco que me ha contado deduzco que estaba perturbada.
    – ¿Estaba?
    – Murió cuando yo era muy pequeña.
    – Entonces no sabes cómo era en realidad. Sólo lo que has oído contar.
    – Mi padre no me mentiría.
    – No estoy diciendo eso. Pero como, evidentemente, nunca se le ha ocurrido que pudieras tener facultades paranormales, y como sin duda tenía las mismas ideas respecto a su difunta esposa, lo único que sabes es que tu madre también tenía experiencias que él no comprendía… y que veía como trastornos mentales o emocionales.
    – Mi padre ha hecho todo lo que estaba en su mano por ayudarme -respondió Diana.
    Consciente de que se estaba metiendo en terreno peligroso, Quentin dijo con cautela:
    – Claro que sí. Cualquier padre lo haría. Y estoy seguro de que, como la mayoría de la gente, cree sinceramente en la ciencia médica moderna. Lo que no cree es que existan los fenómenos paranormales. Por eso nunca se le ha ocurrido la posibilidad de que tengas facultades extrasensoriales.
    – ¿A mis médicos tampoco, por muy informados que estén?
    – A ellos menos aún. -Quentin sacudió la cabeza-. Hay unos pocos pioneros que investigan lo paranormal… Siempre los ha habido. Pero la ciencia médica normal no puede demostrar para su satisfacción que las facultades parapsicológicas existen.
    – ¿Por qué no?
    Él la miró levantando una ceja.
    – ¿Puedes demostrar tú que lo que has experimentado en la terraza era real? Mejor aún, ¿podrías reproducir esa vivencia en un laboratorio?
    – No, no puedo demostrarlo. Y desde luego no puedo reproducirlo. Porque estaba todo en mi cabeza. -Tenía que ser así. Sin duda tenía que ser así.
    Quentin ignoró su respuesta y dijo:
    – Gran parte de la ciencia se basa en la creencia de que hay que reproducir el resultado de los experimentos una y otra vez, bajo condiciones controladas, antes de que algo se considere un hecho. Pero las capacidades parapsicológicas no funcionan así.
    – Sí, ya.
    Quentin sonrió.
    – Es una lástima, pero es cierto. Mi jefe dice que, si alguna vez nace una persona con facultades extrasensoriales que pueda controlar por completo sus capacidades, cambiará el mundo entero. Seguramente tiene razón. Suele tenerla. Pero, hasta entonces, hasta que aparezca la persona o personas que puedan demostrar sólidamente sus facultades y dominarlas, tendremos que quedarnos en los márgenes.
    – ¿En los márgenes de la locura? -murmuró ella.
    Quentin no se ofendió.
    – Encontrarás a muchos que digan eso -contestó-. Pero estamos haciendo lo que podemos por labrarnos una reputación sólida, para que se nos tome en serio. Creemos entender cómo funcionan casi todas nuestras capacidades, aunque sólo sea de manera general, y ese convencimiento se basa en la ciencia. Nos estamos esforzando mucho para ejercitar nuestras capacidades con el fin de que nos ayuden a hacer mejor nuestro trabajo.
    Quentin hizo una pausa y luego añadió:
    – Y no descartes el hecho de que el FBI, que no es la organización más frívola del mundo, aceptara la idea hasta el punto de permitir que se creara nuestra unidad hace unos años.
    Diana bebió otro sorbo de té, más por hacer algo que porque le apeteciera.
    Quentin prosiguió.
    – Diana, sé que es una posibilidad que nunca has contemplado. Pero ¿tanto daño te haría contemplarla ahora?
    – Me estaría mintiendo a mí misma. Estaría buscando una respuesta fácil. -Su respuesta fue automática, tras tanto uno de oír a los médicos advertirle que no se justificara, que no intentara «explicarse» sus síntomas.
    – ¿Quién dice que la respuesta tenga que ser complicada?
    – La gente es complicada. La mente humana y las emociones humanas son complicadas.
    – Estamos de acuerdo. Pero a veces las respuestas no lo son en absoluto. -Él sonrió de nuevo, con desgana esta vez-. Aunque, de hecho, descubrirás que tener facultades extrasensoriales te complica muchísimo la vida.
    – Vaya, lo que me hacía falta.
    – No te estoy ofreciendo una píldora mágica. Y tampoco te estoy diciendo que tu vida vaya a ser perfecta, que todos tus problemas vayan a resolverse sólo porque hay una respuesta muy simple a la cuestión de qué es lo que te pasa. No te pasa nada malo. Simplemente, tu mente funciona de manera un poco distinta a lo que tradicionalmente se considera la norma.
    «Escúchale.»
    Diana contuvo el aliento y miró con fijeza la taza que tenía en la mano. Siempre le había sonado extraño, ese susurro en su cabeza, como si no formara parte de ella. Ése era uno de los motivos por los que nunca había podido creerse del todo las diversas explicaciones de los médicos: porque todos ellos venían a afirmar que lo que «oía» en el interior de su cabeza eran únicamente aspectos de su propia personalidad.
    Entonces, ¿por qué aquel susurro parecía proceder de otra persona?
    – ¿Diana?
    Ella dejó su taza y miró a Quentin mientras escuchaba el tronar de la tormenta, que se precipitaba desde las montañas y parecía circundar el valle. Los truenos sonaban una vez, y otra, y otra más. Diana intentaba escuchar aquel ruido y no el susurro de su cabeza.
    «Él puede ayudarte. Puede ayudarnos.»
    – He tenido delante suficientes médicos como para haber oído, a lo largo de los años, casi toda su jerga -le dijo a Quentin, un tanto temblorosa-. Variaba un poco de uno a otro, pero una cosa que todos tenían en común era la absoluta convicción de que oír voces significaba que estabas delirando.
    – Si estás loca. No si tienes facultades parapsicológicas.
    Ella dejó escapar una risa leve, apenas un susurro.
    – Ellos tenían mucho cuidado de no emplear esa palabra. «Loca.» Tenían mucho cuidado de buscar palabras y frases agradables y socialmente admitidas para usarlas en su lugar. «Trastornado.» «Enfermo.» «Confuso.» «Necesitado de nuevas… terapias… avanzadas.» Creo que mi expresión preferida era «en transición». Le pregunté a ese doctor en particular de qué exactamente estaba en transición. O hacia qué. Me dijo con perfecta seriedad que estaba en transición desde un estado de confusión a un estado de certidumbre.
    – Santo cielo -masculló Quentin.
    – Sí, no era muy hábil. Duró poco. O… yo no duré mucho con él.
    «Diana…»
    – Diana, sé que te estoy pidiendo mucho al suplicarte que creas que tienes facultades extrasensoriales…
    – ¿Qué te hace pensar que las tengo, por cierto? Podría haberme inventado todo lo que te he dicho. -Ella intentaba con; todas sus fuerzas ignorar aquella otra voz.
    – No te has inventado ese boceto… por llamarlo de algún modo. Además, solemos reconocernos los unos a los otros.
    – ¿A primera vista?
    – Casi siempre.
    – Entiendo. Entonces, ¿ahora soy miembro de un club secreto?
    Quentin sonrió de repente, recordando su primera conversación con Bishop, años atrás.
    – Algo parecido. En cuanto a reconocer a otros como tú, acabarás descubriendo que es muy útil.
    – Tú dices tener facultades parapsicologías y sin embargo yo no he… sentido… nada distinto en ti -dijo ella, y mientras hablaba se dio cuenta de que mentía. Había percibido algo, había sentido en un instante que su vida estaba a punto de cambiar para siempre por culpa de él, aunque en aquel momento no hubiera podido reconocerlo ante sí misma.
    – Estoy dispuesto a apostar a que sí -repuso él sin dejar de sonreír-. Pero no te han enseñado a ordenar las impresiones de todos tus sentidos. Yo puedo ayudarte con eso.
    – Claro. Y luego podré reconocer a los que estén tan locos como yo.
    – Tú no estás loca.
    – No, sólo gravemente trastornada.
    – Eso tampoco. Mira, aunque me equivocara respecto a que tengas facultades parapsicológicas y tú aceptaras esa posibilidad, ¿estarías peor que ahora?
    – No lo sé.
    «… escúchale.»
    – ¿Podrías estarlo? Te has medicado y has probado todas las terapias posibles, sin éxito. ¿Por qué no te arriesgas a averiguar si puedo ayudarte? ¿Qué tienes que perder?
    En lugar de contestar a aquella pregunta, Diana dijo:
    – Crees que puedo ayudarte a resolver el asesinato de Missy, ¿no es eso?
    Quentin vaciló.
    – Tiene que haber una conexión -contestó por fin-. Dibujaste su retrato.
    – Aunque así fuera, eso no significa que pueda ayudarte. Si tengo facultades extrasensoriales, como aseguras, puede que simplemente… captara de algún modo su imagen. Por estar aquí, en el sitio donde murió. Sería lógico… por lo menos, en el mundo en el que tú vives.
    Él ignoró aquella pequeña pulla.
    – Puede que sí. Pero, si así fuera, es muy probable que también puedas captar otra información.
    – Información sobre Missy y su asesino.
    – Sí, quizá.
    – Entonces, ¿quién ayuda a quién?
    Esta vez, Quentin no vaciló.
    – Nos estamos ayudando el uno al otro, o lo estaremos.
    «Escúchale. Deja que nos ayude.»
    Diana se obligó a levantarse.
    – Tengo que pensar en todo esto -le dijo-. Yo… La tormenta parece estar amainando. Creo que voy a irme un rato a mi cabaña. -Se alejó un paso.
    Él también se levantó.
    – ¿Diana? -dijo-. Será mejor que te pases por recepción y hagas que reprogramen la tarjeta de tu puerta. Los dos sabemos que no funcionará.
    – ¿Cómo lo has…?
    – Nuestro cuerpo suele tener un nivel de energía electromagnética mayor de lo normal. Y tiende a interferir con algunos aparatos eléctricos o magnéticos, sobre todo con los que tenemos que llevar encima. Como relojes. O tarjetas para abrir puertas.
    Él no llevaba reloj.
    Diana se miró el brazo izquierdo, en el cual no había reloj porque nunca había podido llevar uno. Miró luego a Quentin un momento antes de dar media vuelta y alejarse.
    Hacia el mostrador de recepción.

Capítulo cinco

    Era última hora de la tarde, ya pasada la tormenta, cuando Quentin encontró a Beau en el invernadero, solo, dibujando ante un caballete.
    – ¿Has hecho algún progreso? -preguntó el artista.
    Quentin no veía lo que había en el lienzo y no estaba lo bastante interesado como para mirar. Apreciaba el buen arte y a sus creadores, pero en ese momento tenía la mente en otra cosa.
    – No tengo ni idea -contestó francamente-. No ha llamado a la policía ni a los del cazamariposas… aún. Pero tampoco ha admitido siquiera la posibilidad de que tenga facultades paranormales.
    – En realidad, no es de extrañar. Hay mucha gente que se ha pasado años convenciéndola de que estaba enferma.
    – Sí, y eso me resulta odioso. -Quentin frunció el ceño y comenzó a pasearse entre los caballetes montados para los alumnos de Beau-. La han hecho un auténtico lío.
    – Medicina convencional. Sólo saben lo que creen saber.
    – No saben una mierda, al menos en lo que respecta a nosotros.
    – Cierto. -Beau le miró un momento; después sonrió ligeramente y volvió a fijar su atención en el lienzo.
    – Y no es que no tengas auténticos tarados en tu taller, a juzgar por algunos de estos dibujos.
    – Personas con problemas. No tarados.
    – No, Beau, éstos están tarados. -Quentin miraba un lienzo que mostraba la imagen, algo abstracta, de una figura acurrucada en el suelo, aparentemente en medio de un charco de sangre. La figura se contorsionaba en una pose agónica y en su pecho asomaba lo que parecía ser un enorme cuchillo.
    – Menos enfermos cuando se conocen sus antecedentes -contestó Beau, impertérrito-. El hermano de ése murió en un robo a mano armada. Cuando intentaba defenderle. Él todavía está intentando asimilarlo. Con excepción de Diana, todos los alumnos del taller están intentando superar algún suceso traumático. Así que no sufren trastornos emocionales en sentido clínico. Son gente normal, en su mayoría.
    – Ah. -Quentin se quedó mirando un momento más y luego retomó su paseo, dedicando sólo una mirada de cuando en cuando a algún dibujo o una acuarela-. Sabe dios qué dibujaría yo -masculló casi en voz baja.
    – Tus fantasmas, probablemente. Missy. Joey. Otros que se perdieron por el camino. Los que te culpas de haber perdido.
    – Ya he tenido mi ración de diván este mes, Beau.
    – Perdona.
    Quentin suspiró.
    – No, perdona tú. No quería ponerme desagradable. Es que ahora mismo me siento muy frustrado. Quiero ayudar a Diana y temo que no me deje intentarlo siquiera.
    – Ten paciencia.
    – ¿Sabes algo que yo no sepa?
    – No. Los dos sabemos que la paciencia no es tu punto fuerte.
    Quentin suspiró de nuevo.
    – Has venido aquí a afirmar lo obvio, ¿es eso?
    Beau se echó a reír.
    – He venido a dar un taller de pintura. Vamos, Quentin, tú sabes tan bien como yo que no hay atajos. Diana y tú tenéis que encontrar vuestro propio camino. Que sea juntos o por separado, o las dos cosas, depende únicamente de vosotros.
    – Santo cielo, pareces Bishop.
    – El entiende de estas cosas. Y Miranda también.
    – Eso no les impidió intervenir el otoño pasado -dijo Quentin, recordando la única ocasión, que él supiera, en que Bishop y su mujer habían hecho un intento premeditado de cambiar un destino trágico que ambos habían previsto.
    – Con mucho cuidado y sólo porque había mucho en juego. Siempre dudan en intervenir a no ser que estén muy, muy seguros de que no empeorarán las cosas.
    – Yo estaba allí.
    – Lo sé. Y sé que lo entiendes.
    – Eso no significa que esté siempre de acuerdo.
    – No. Siempre es más difícil cuando es uno el que está… involucrado personalmente.
    – Sí, sí. Mira, el que estés enseñando a Diana en ese taller a mí me parece un atajo.
    – No. Éste es un momento crítico para ella, un punto de inflexión en su vida. Y lo que hagan los demás en esos puntos de inflexión forma parte de nuestro viaje tanto como nosotros mismos.
    Quentin se quedó pensando y por fin dijo:
    – No te ofendas, pero a veces pareces una galletita de la suerte.
    – Eso dice Maggie.
    Distraído momentáneamente por la mención de la hermanastra de Beau, Quentin dijo:
    – ¿John y ella han montado ya esa organización? No he oído nada.
    – Están a punto.
    – Así que pronto tendremos una agencia interna orientada hacia la investigación de lo paranormal y sus recursos.
    – Ése es el plan. Si alguien puede hacerlo, es John.
    – Ya lo creo. ¿Y Maggie? ¿Está bien?
    – Está floreciendo. John le ha sentado muy bien.
    – Y ella a él. Yo me pasé veinte años intentando convencerle de que las facultades paranormales existían, y ella lo consiguió en una semana o dos.
    – A veces -dijo Beau-, enamorarse nos quita la venda de los ojos.
    – Eso es muy de galletita de la suerte.
    Beau sonrió, pero no apartó la mirada del lienzo.
    Quentin siguió paseándose un rato. Después dijo:
    – Estás muy conectado con el universo, ¿no?
    – Según Maggie, sí.
    – Está bien, entonces, sin ofrecerme un atajo, ¿puedes al menos decirme si voy por buen camino con Diana?
    – ¿Estás siguiendo tu intuición?
    – Sí.
    – Entonces supongo que vas por buen camino. -Beau hizo una pausa; luego añadió despreocupadamente-: Pero tal vez debas abrirte un poco más y prestar atención a otras cosas, aparte de Diana.
    Quentin dejó de pasearse para mirar a su interlocutor.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Quiero decir que ahora mismo sufres una especie de visión en túnel. -Beau se apartó de su lienzo, dejó la paleta sobre una mesa de trabajo cercana y comenzó a limpiar su pincel-. Si te concentras en un solo elemento, puede que pases por alto otros elementos igualmente importantes. Si no te hubieras encontrado con Diana, ¿qué estarías haciendo ahora mismo?
    – Pues, dado que hoy no puedo hablar con Cullen Ruppe, seguramente estaría… intentando conseguir permiso para revisar las cajas de papeles viejos que sé que se guardan en los almacenes y el sótano del hotel. No tengo autoridad legal para examinar nada considerado irrelevante respecto a un viejo crimen, así que nunca he conseguido acceso a los historiales del personal que tienen guardados, a los planos originales del edificio y a todo lo que haya allí.
    – Puede que sea hora de que vuelvas a intentarlo.
    Pasado un momento, Quentin dijo:
    – Puede que sí.
    – Me han dicho que la directora actual de El Refugio consiguió el trabajo el otoño pasado. ¿La conoces? -preguntó Beau.
    – No, si empezó el otoño pasado.
    – Puede que tenga una mentalidad más abierta que los anteriores directores. Más inclinada a dar su visto bueno si alguien le pide en términos razonables revisar unos cuantos papeles viejos.
    – Eres tan sutil como el mástil de una bandera, Beau.
    – Sólo estoy haciendo una sugerencia.
    – ¿Pero no ofreciendo un atajo?
    – No. Es un camino que tú habrías seguido por tu cuenta.
    – Por una vez, sólo por una vez, me gustaría que algún miembro del equipo me diera una respuesta directa -repuso Quentin con considerable vehemencia.
    Beau levantó las cejas.
    – Eso era una respuesta directa.
    – Santo dios. -Quentin se encaminó hacia la puerta; luego se detuvo y le miró frunciendo el ceño-. Mi instinto me dice que le dé a Diana un poco de tiempo para pensar. Pero no mucho. Por lo que me dijo antes, sus facultades son fuertes. Tan fuertes como para darle miedo. Quizá tanto que le resulte difícil controlarlas incluso cuando acepte su existencia. Y no sé sobre médiums tanto como desearía.
    – Yo tampoco. Pero, como el resto de nosotros, son todos distintos entre sí en casi todo. Diferentes fuerzas y debilidades. En esto no hay reglas estrictas, supongo.
    Quentin dijo con voz firme:
    – Creo que puede tener la capacidad no sólo de abrir una puerta hacia la dimensión espiritual, sino de cruzarla ella misma.
    – Eso -repuso Beau-, tiene que ser peligroso.
    – Sí, de eso no tengo muchas dudas. Me temo que, si no tengo cuidado, podría perderla. Creo que tal vez necesite el consejo de un experto.
    – Puede que sí. Miranda educó a una médium, tengo entendido.
    – A su hermana, sí. Y con mucho éxito. Bonnie es una de las personas con facultades extrasensoriales más equilibradas que he conocido nunca.
    – Salúdala de mi parte -dijo Beau.

    Diana pasó casi toda la tarde escondida en su cabaña, pero cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas se hallaba tan nerviosa que no podía estarse quieta. Cogió el bolso en el que guardaba los dibujos de Quentin y Missy, vaciló en la puerta y luego, con cierto aire retador, cerró con llave tras ella.
    Quentin tenía razón: había tenido que pedir que reprogramaran de nuevo su llave.
    Durante sus años de adolescencia, cuando estaba muy mal, había oído la conversación de uno de sus médicos con su padre. El hablaba de los impulsos eléctricos «más fuertes de lo normal» que su cerebro había generado en el transcurso de un electroencefalograma. Otras pruebas habían mostrado también aquella «anormalidad».
    Diana todavía torcía el gesto cuando recordaba cómo se había sentido al oír aquello.
    «Anormal.» Ninguno de sus psiquiatras o psicólogos había empleado nunca esa palabra. Pero aquel doctor, frío y seguro de sí mismo, la había usado con perfecta certidumbre.
    Ella era anormal. Le pasaba algo raro.
    A no ser que… no le pasara nada.
    ¿Facultades extrasensoriales? Aquélla era una posibilidad que nunca, literalmente, había considerado. Jamás se le había pasado por la cabeza que, en el origen de sus problemas, pudiera haber algo que escapara hasta tal punto a su comprensión.
    Y sin duda, pese a lo que decía Quentin, alguien se lo habría insinuado en todos esos años, si ello fuera posible. ¿No? Todos aquellos médicos y terapeutas, todos los expertos a los que su padre la había llevado a lo largo de su vida, no podían estar equivocados, ¿verdad?
    ¿Verdad?
    Diana se alejó de El Refugio, camino del jardín formal. Aunque no lo pensara conscientemente, las pulcras hileras de setos recortados, los parterres simétricos, bordeados por senderos cuidadosamente rastrillados, las fuentes clásicas, todo aquello la reconfortaba en parte. Era tan… ordenado.
    No como su mente. Los pensamientos desfilaban por ella vertiginosamente, a medio formar, como flecos o fragmentos. No lograba concentrarse, no podía prestar atención a nada, salvo a la angustiosa pregunta de si habría malgastado prácticamente veinticinco años de su vida en la búsqueda inútil de una «cura» que nunca había existido.
    Porque nunca había estado enferma.
    Se sentó en un banco de piedra, cerca de una hermosa fuente de tres senos y consideró y desechó después el impulso de sacar el cuaderno y dibujar algo. Se quedó mirando la fuente y procuró quitarse aquella cuestión de la cabeza, pero fracasó.
    – Hola.
    Diana vio con sobresalto a un niño pequeño delante de ella, a unos pasos de distancia. Tenía ocho años, quizás, y era un chiquillo angelical, con el pelo rubio y grandes ojos marrones.
    – Hola -dijo.
    – Siento que estés triste.
    Diana compuso una sonrisa, con la esperanza de no mostrar una de esas expresiones que daban pesadillas a los niños.
    – Es sólo que tengo un mal día, nada más.
    El niño asintió con la cabeza solemnemente.
    – Me llamo Jeremy -dijo-. Jeremy Grant.
    – Hola, Jeremy. Yo soy Diana. -Nunca había pasado mucho tiempo rodeada de niños y se sentía un poco torpe con aquél-. ¿Dónde están tus padres?
    Él señaló vagamente hacia el edificio principal de El Refugio.
    – Allí. ¿Puedo enseñarte una cosa?
    – ¿Enseñarme qué?
    – Un sitio. -Ladeó la cabeza ligeramente, todavía con aire solemne-. Es un secreto.
    Ella quiso preguntarle por qué quería enseñarle su lugar secreto a una desconocida, pero dijo:
    – Pronto oscurecerá, ¿sabes?
    – Lo sé. Tenemos tiempo. No está lejos.
    – Está bien. Claro. -Cualquier cosa, pensó, era preferible ha quedarse allí sentada mientras su mente se movía en círculos, persiguiéndose a sí misma-. Adelante. -Se levantó y siguió ha Jeremy cuando éste dio media vuelta y echó a andar por el sendero de gravilla, hacia el extremo más retirado del jardín formal.
    Se dijo lánguidamente que, si el niño quería salir de los jardines, protestaría. El sol se había puesto ya detrás de las montañas y el aire estaba impregnado de un frío creciente. Oscurecería en menos de una hora. Y no tenía intención de hacerse responsable del hijo de nadie, ni siquiera aunque hubiera tenido un buen día.
    Mientras pensaba esto, se dio cuenta de que Jeremy se había detenido junto a uno de los parterres elevados para que ella lo alcanzara. Cuando llegó a su lado, el niño la cogió de la mano con confianza.
    – Es justo ahí -le dijo.
    Diana se dejó llevar por otro sendero, hasta donde el jardín formal se cruzaba con el jardín inglés. Aquella zona estaba llena de plantas y arbustos cubiertos de flores abigarradas y entre los cuales zigzagueaban ociosamente las veredas, y tenía un aire más natural, menos artificioso, que los demás jardines.
    – Jeremy…
    – Por aquí. -La condujo hacia un rincón donde, al parecer, los paisajistas habían decidido permitir que una afloración de roca granítica ya existente se convirtiera en parte del jardín. Grandes peñascos sobresalían de un lecho de grava y rocas más pequeñas, suavizadas únicamente por el musgo y por unas pocas flores tenaces que crecían entre las piedras-. Iban a poner una cascada -dijo Jeremy-. Cambiaron de idea, supongo. Los jardineros nunca cavan aquí.
    – No me extraña, con tanta roca -dijo Diana-. ¿Era esto lo que querías enseñarme?
    – Por ese lado -contestó Jeremy-. ¿Ves esa piedra, con todo ese musgo por abajo? Mira detrás.
    Recelosa de pronto, Diana dijo:
    – No me saltará nada encima, ¿verdad, Jeremy? Una rana o algún bicho. Porque no me gustan esas cosas.
    Él sonrió con dulzura.
    – No, te lo prometo. No hay ranas, ni bichos. Es una cosa que tienes que ver. -Le soltó la mano-. Mira detrás de la piedra.
    Diana se quedó mirándole un momento más y luego, todavía reticente, se abrió paso cuidadosamente entre las piedras hasta que pudo asomarse detrás de la que el chico le había señalado. Al principio, no se dio cuenta de qué era lo que se suponía que debía ver. Allí parecía haber sólo más piedras de granito grisáceo, casi todas ellas con los bordes desiguales, excepto una que era más clara y más suave, desgastada, supuso, por efecto de algún río.
    – Jeremy, ¿qué…? -Miró hacia atrás, sorprendida al no verle allí. Se dio la vuelta, miró a su alrededor, pero no vio ni rastro del chico-. Qué velocidad -masculló, intentando descubrir cómo había podido marcharse tan rápida y sigilosamente.
    Volvió a mirar el suelo cubierto de piedras que tenía a sus pies, convencida ya de que, si curioseaba por allí, la aguardaba una sorpresa desagradable. Aun así, se descubrió con la mirada fija en aquella piedra más tersa y redondeada, y dudó sólo un instante antes de agacharse para tocarla.

    No parecía, en realidad, una piedra, se dijo. Cuando intentó moverla, la gravilla que la apresaba por debajo cedió fácilmente. Y sólo cuando la giró ligeramente se dio cuenta con horror de lo que era.
    Aquella cosa cayó de sus dedos inermes, chocó contra las piedras con estrépito y quedó colocada de tal modo que las cuencas vacías de los ojos la miraban fijamente y los dientecitos blancos parecían sonreírle.
    Era el cráneo de un niño.

    – ¿Estás seguro? -preguntó Bishop.
    – Tanto como puedo estarlo -contestó Quentin-. Sólo me lo contó porque estaba muy asustada y con la guardia baja. Sabe dios si volverá a hablarme de ello. Lo único que sé es como me sonó.
    – ¿Y te estaba tocando la mano? ¿Cuándo dijo que estaba sola en la terraza, contigo y con Missy?
    – Sí. Dijo que había destellos de luz, como los de una sirena, y que era entonces cuando nos veía. Dijo también algo acerca de que yo sólo aparecía porque ella me estaba tocando, porque en parte me retenía allí. En el… ¿cómo lo llamó?… en el tiempo gris, creo que dijo, estaba completamente sola. No veía ha nadie, ni siquiera a mí. Ni a Missy.
    – ¿Percibiste algo paranormal?
    – No vi nada, ni sentí nada. -Quentin se recostó contra el cabecero de su cama, con el teléfono móvil pegado al oído-. Pero noté que algo le pasaba. Estaba pálida, con la mirada fija y los ojos dilatados, y tenía la mano helada. Pero la tormenta estaba a punto de estallar, y tú y yo sabemos que las tormentas suelen alterar mis sentidos. O me bloqueo, o me distraigo.
    – Está claro que a Diana las tormentas no la bloquean.
    – No. En todo caso, yo diría que la afectan mucho, pero en sentido contrario. ¿No le pasa lo mismo a Hollis? -preguntó Quentin, refiriéndose a la única médium de la unidad.
    – Sí. Es mucho más propensa a captar la energía espiritual, y su sentido de arácnido también se intensifica. Dice que es como si todas sus terminaciones nerviosas estuvieran en carne viva y al descubierto.
    – Eso no debe de ser divertido -comentó Quentin.
    – Todavía está aprendiendo a controlar todas sus capacidades, así que no, no es divertido. Y para Diana debe de ser aterrador.
    – Ni que lo digas. Está claro que es una médium, y muy poderosa. Seguramente fue así como pudo dibujar ese retrato de Missy. No tiene ni idea de cómo ordenar sus impresiones psíquicas, así que para ella es todo un auténtico lío. Lo que siente, lo que piensa, lo que percibe. Demonios, seguramente hasta lo que sueña. Un estado de confusión permanente. Y todos esos años de médicos, fármacos y terapias sólo han servido para empeorar las cosas.
    Bishop se quedó callado un momento. Luego dijo lentamente:
    – Quentin, ¿eres consciente de que prácticamente todas las personas con facultades extrasensoriales con unos antecedentes y un estado similares a los de Diana nunca aprenden a incorporar sus facultades a su vida corriente y a desenvolverse con normalidad?
    – Los que hemos conocido hasta ahora, sí. Pero ella es fuerte, Bishop. Realmente fuerte. Si consigo ganarme su confianza, sé que podré ayudarla.
    – Es sólo que no quiero que… te lleves una desilusión… si no lo consigues. Por mucho talento que tengan, algunas personas están más allá del alcance de nuestros medios para ayudarlas.
    – Diana no.
    Bishop aceptó la determinación de Quentin y dijo:
    – Está bien. Entonces, a juzgar por lo que nos has dicho, seguramente lo más importante es que la mantengas anclada en el suelo. Literalmente.
    – ¿A qué te refieres?
    – Te dijo que os vio a Missy y a ti al mismo tiempo en la terraza porque te estaba tocando, porque te retenía en parte allí. ¿No?
    – Sí. Pero ella no puede entender cómo funcionan sus facultades, después de que todos esos médicos se hayan pasado la vida convenciéndola de que está simplemente chiflada.
    – Estoy seguro de que es cierto… a nivel consciente. Pero nosotros sabemos que nuestras facultades van acompañadas de instintos, y es probable que una parte de ella, por profundamente enterrada que esté, comprenda cómo funciona su don. Si de veras había bajado la guardia cuando te contó eso, entonces es muy posible que te dijera toda la verdad. Pudo verte cuando esa puerta extrasensorial estaba abierta porque te estaba tocando. Tú la anclabas, en un sentido literal, a nuestro lado de la puerta. Eso podría explicar también los destellos intermitentes; porque tú la anclabas, no pudo penetrar completamente en el otro lado.
    Quentin digirió aquello. Después preguntó lentamente:
    – Entonces, ¿necesita un anclaje? ¿Un salvavidas?
    Miranda, que estaba en el despacho de Bishop, escuchando la conversación por el altavoz del teléfono, intervino para decir:
    – La mayoría de los médiums que hemos encontrado no lo necesitan. Son capaces de ejercer control suficiente para… retirarse, en cierto sentido, cuando abren esa puerta. De mirar a través de ella sin cruzarla. De mantenerse a salvo en su lado. Pero una médium como Diana, sin adiestrar y a merced de su propio don, muy bien podría ser incapaz de hacerlo. Sin una amarra.
    – Entonces, ¿qué puede ocurrir? En el peor de los casos, si cruzara psíquicamente, si traspasara la puerta que ella misma abre sin una amarra de su lado, ¿qué ocurriría?
    – Lo que hacen los médiums -contestó Bishop-, los expone por completo a la energía espiritual, y sabemos que gran parte de esa energía es negativa. Ira, dolor, pérdida, arrepentimiento, odio… Incluso una médium poderosa con buen control sobre sus facultades es vulnerable ante esas energías destructivas. Una médium con facultades potentes pero sin control alguno sobre ellas podría fácilmente verse arrastrada por esa otra dimensión sobre la que teorizamos pero cuya existencia no podemos demostrar.
    – Es un milagro que a Diana no le haya pasado ya -dijo Quentin.
    – ¿Cómo sabes que no le ha pasado?
    Aquello sorprendió a Quentin.
    – ¿Podría ser?
    – Desde luego. Sobre todo, si tiene antecedentes de pérdida de conciencia. A juzgar por lo que te dijo, conocía ese tiempo gris entre los destellos de luz hasta el punto de ser capaz de darle un nombre. Lo que significa que le ha ocurrido otras veces, seguramente muchas a lo largo de los años.
    Quentin se reprendió para sus adentros por no haberse dado cuenta antes.
    – ¿Sin un anclaje?
    – Puede que su instinto baste para traerla de nuevo a nuestro lado de la puerta. Averigua si ha tenido pérdidas de conciencia. Si es así, y si han aumentado en intensidad o en duración con los años, entonces Diana podría estar alcanzando un punto en su desarrollo extrasensorial en que se haga necesario un amarre para su propia segundad. Al menos, hasta que aprenda a controlar mejor sus facultades.
    Quentin cruzó con la mirada su bonita habitación, sin verla.
    – Y sin un amarre, ¿una de esas visitas a ese tiempo gris podría ser… permanente? ¿Diana podría no volver?
    – Es posible, Quentin. No lo sabemos a ciencia cierta. Hemos conocido a personas tan destrozadas que estaban en estado catatónico, fuera del alcance de cualquiera. A los que pudimos leerles el pensamiento eran como… como una pizarra en blanco. Vacía. ¿Eran cascarones físicos de médiums que quedaron atrapados psíquicamente en el otro lado? No lo sabemos. ¿Podría sufrir Diana ese destino? No lo sabemos.
    Quentin respiró hondo y exhaló despacio.
    – Hoy estás siendo un gran consuelo.
    – Lo siento.
    Él suspiró.
    – Vosotros sabíais que Diana estaría aquí. Pero ¿no lo preparasteis todo para que estuviera?
    – No -contestó Bishop-. Su médico ya la había apuntado al taller de pintura que iba a celebrarse esta primavera. Lo único que hicimos fue poner a Beau como instructor.
    – ¿Y hacer que sugiriera El Refugio como escenario?
    – Sí.
    – ¿Para ayudarla?
    – Para ayudaros a los dos.
    – Esperad un momento -dijo Quentin, comprendiendo de pronto-. ¿Cómo conocíais a Diana? Para saber que su médico la había apuntado al taller, teníais que estar… ¿qué?… ¿vigilándola?

    Hubo un breve silencio y luego Bishop dijo:
    – Nos ha costado años formar la unidad, Quentin, ya lo sabes. Y también sabes que al principio pasé mucho tiempo revisando informes sobre sucesos extrasensoriales y paranormales.
    – ¿Qué fue en el caso de Diana?
    – Tengo una fuente en un importante hospital de investigación psiquiátrica, en el noreste. Fue esa persona quien me habló de Diana. Hace años.
    – Supongo que no intentaste reclutarla.
    – No.
    – ¿Por qué?
    – Porque en aquel momento tomaba tanta medicación que habría sido inútil y potencialmente dañino.
    – Pero le seguiste los pasos.
    – Sí.
    – Está bien. -Quentin intentaba comprender aquel otro rompecabezas-. Pero ¿por qué estabas tan seguro de que tenía que estar aquí? ¿Tiene alguna relación con El Refugio? ¿Con lo que pasó aquí hace veinticinco años?
    – Dímelo tú.
    – Bishop…
    – No intento ponerme misterioso a propósito, Quentin. No sabemos cuál es la relación, sólo sabemos que existe. Diana y tú estabais destinados a estar ahí, en este momento. Aparte de eso, no hay mucho que podamos decirte.
    – ¿Se te ha ocurrido pensar -dijo Quentin amablemente-, que puede que algún día alguno de nosotros se canse de tus partidas de ajedrez?
    – Yo no juego al ajedrez.
    – Y un cuerno.
    Bishop dijo con cierta desgana:
    – Si alguna vez esto se convierte en un juego para mí, Quentin, confío sinceramente en que me des una patada en el culo.
    – Eres cinturón negro -respondió Quentin-. Sólo te daré una patada en el culo si me dejas. O si voy armado.
    – Es una suerte que suelas ir armado.
    – Podría decirle a Galen que me echara una mano -dijo Quentin pensativamente, refiriéndose a uno de los miembros más enigmáticos de la unidad-. Estoy seguro de que lo haría encantado. Tengo la impresión de que siempre se ha preguntado quién es más duro de los dos, si tú o él.
    – Él ya lo sabe -dijo Bishop.
    – ¿Sí? Ojalá yo hubiera estado ahí para verlo.
    – No hubo nada que ver. -Sin explicar aquella misteriosa afirmación, Bishop devolvió la conversación a su cauce-. Respecto a Diana, no hace falta que te advierta que tengas cuidado.
    – Es muy fuerte, de veras, Bishop.
    – En un sitio como El Refugio, con una historia tan larga y conflictiva, es probable que a una médium le resulte muy fácil dejarse arrastrar, aunque sea inconscientemente, hasta la puerta que separa nuestro mundo del mundo de los muertos. Por fuerte que sea Diana, es una situación peligrosa.
    – Hay una cosa más que debes tener en cuenta, Quentin -dijo Miranda-. Dado que Diana no puede distinguir aún de manera fiable entre sus sentidos normales y sus sentidos paranormales, es muy posible que haya abierto esa puerta muchas veces desde su llegada, sin siquiera darse cuenta. Los médiums están preparados para hacerlo, para ofrecer una puerta. Y ella podría haberla dejado abierta el tiempo suficiente para permitir que esa energía espiritual la cruzara.
    – Estás diciendo que posiblemente este sitio esté embrujado.
    – A falta de un término mejor…
    – La energía siempre tiene un propósito, recuérdalo -dijo Bishop-. Sea lo que sea lo que pueda haber traspasado la puerta que Diana abrió, actuará de manera muy concreta. El objetivo es casi siempre encontrar la paz, saldar una cuenta, asimilar el pasado. Resolver lo que les mantiene atrapados al otro lado de esa puerta y les impide seguir adelante. Un médium les ofrece esa oportunidad. Y puede que algunos lleven esperando mucho tiempo.
    – Missy -dijo Quentin.
    – Missy, casi con seguridad, dado lo que ha experimentado Diana hasta el momento. Lo que significa que tienes una oportunidad excelente de resolver el asesinato de Missy. Si puedes ayudar a Diana.
    – Manteniéndola con los pies en la tierra.
    – Sigue tus instintos, Quentin -dijo Miranda-. Son buenos. Y ella necesita tu ayuda.
    – ¿Y cómo la persuado para que confíe en mí? Le estoy diciendo que lo que ha creído durante todos estos años es mentira, que los expertos que ha conocido se equivocaban, uno tras otro, aunque no fuera con mala intención. Que su propio padre puede haber empeorado su situación porque no tuvo en cuenta esta posibilidad. En su lugar… En fin, yo no me creería.
    Miranda contestó inmediatamente, con voz firme:
    – Crea un vínculo con ella. Tú la entiendes y entiendes por lo que ha pasado. La crees. Sabes que no está loca. Necesita tu convicción, Quentin, porque la han dejado sin ninguna.
    Una suave llamada a su puerta llamó la atención de Quentin.
    – Haré lo que pueda -dijo-. Y volveré a llamaros más tarde.
    – Estaremos aquí -dijo Bishop.
    Quentin cerró su teléfono móvil y se levantó de la cama para salir al cuarto de estar y contestar a la puerta. Normalmente, por pura costumbre, tenía la precaución de mirar por la mirilla, pero esta vez, en cuanto su mano tocó el pomo de la puerta, supo quién estaba al otro lado.
    Diana estaba allí, visiblemente tensa, sujetando con ambas manos la tira del bolso que llevaba colgado del hombro. Tenía la cara pálida y sus ojos parecían enormes y oscurecidos.
    Antes de que Quentin pudiera hablar, dijo con voz casi átona:
    – ¿Puedes venir? Hay… algo que necesito enseñarte.

Capítulo seis

    Nate McDaniel frunció el ceño mientras observaba cómo dos de sus agentes trabajaban con esmero al calor y el resplandor de los grandes focos de exterior.
    – No hace falta ser un experto para saber que este cuerpo lleva enterrado mucho tiempo -dijo-. Años, lo menos.
    – Según el jardinero jefe -repuso Quentin-, en esta zona solía haber mucha más tierra. De la roca más grande sólo sobresalía medio metro, más o menos. De eso hará por lo menos diez años. Hace un par de años, cuando el jardín se amplió para incluir esta zona, decidieron utilizar las rocas como parte del paisaje y plantar simplemente unas cuantas flores resistentes.
    – Lo cual, supongo, explica al menos en parte por qué nadie sabía que aquí había una tumba.
    Quentin se encogió de hombros.
    – Sinceramente, no recuerdo haber pasado por aquí durante estos años. Está demasiado lejos del edificio principal y de los establos como para que me interesara cuando era pequeño. Y hace cinco años, cuando Bishop y yo ayudamos en la búsqueda de esa niña, tu gente y el personal del hotel ya habían inspeccionado los jardines.
    – Sí. Dios, me preguntó qué más nos habremos pasado por alto.
    Quentin movió la cabeza de un lado a otro.
    – ¿Cuántas hectáreas de jardín hay aquí? ¿Diez? ¿Quince? Además del resto del valle y de todas las sendas de montaña. Es peor que buscar una aguja en un pajar. Tal vez, si el perro de rastreo hubiera servido, habría encontrado la tumba.
    – Tal vez.
    – En todo caso, por lo menos está de este lado de la valla protegida de los depredadores y de los carroñeros del monte. Así que puede que los huesos revelen muchas cosas a un forense experto.
    – Aparte de los dos hechos de los que estamos seguros, que era un niño y que la causa de la muerte fue probablemente la decapitación, quieres decir. Tampoco hace falta ser un experto para ver eso.
    – Habrá que hacer análisis de ADN para identificar a la víctima -dijo Quentin-. Los registros dentales no suelen ser fiables, tratándose de un niño. Cuando se determine la antigüedad de los restos, tendremos que conseguir una muestra de un miembro de la familia de todos los niños cuya desaparición se denunció en esta zona durante el periodo de tiempo oportuno.
    – Mierda. -Nate acompañó aquel exabrupto cansino añadiendo-: ¿Y cómo dice que lo encontró?
    Quentin miró a un lado, hacia donde, sentada en un banco hecho con planchas de granito, Diana veía cómo se desarrollaban los trabajos, a unos pocos pasos de distancia de ella. No había querido regresar a su cabaña, salvo un momento para coger una chaqueta, cuando él insistió, y seguía visiblemente alterada, aunque apenas había abierto la boca.
    – Ya la oíste -le dijo Quentin al policía-. Estaba paseando por aquí, se apoyó contra la roca… y miró por casualidad. Puede que la tormenta de esta mañana o las de la semana pasada arrastraran la tierra y la gravilla y dejaran al descubierto lo que estaba enterrado. La parte superior del cráneo era distinta al resto de las piedras y le llamó la atención. A mí también me la habría llamado, desde luego.
    – Y entonces fue a buscarte.
    – Sabía que soy agente del FBI.
    Nate sacudió la cabeza, pero aquel gesto indicaba más cansancio que negación.
    – Qué cosas. Sé que siempre has sospechado que al menos algunos de los niños desaparecidos de esa lista tuya habían sido asesinados, pero ésta es la primera vez que encontramos algo que apoye esa suposición.
    – Según mi lista, ha habido tres desapariciones de niños sin resolver en esta zona en los últimos veinte años. Cuatro, si se cuenta una supuesta fuga.
    – Está bien, entonces puede que tengas razón al creer que aquí estaba pasando algo.
    – ¿Puede?
    – Quentin, tuvimos un asesinato indudable hace veinticinco años, y nunca cogimos al culpable. Eso es incuestionable. Y tenemos este esqueleto, que tal vez sea identificado como uno de los niños desaparecidos o tal vez no. Pero…
    – Hay otros niños desaparecidos. Y adultos también.
    – Eso dices tú. Y no digo que no te crea… Es sólo que, en la mayoría de los casos antiguos que has desenterrado, nunca se presentó denuncia. O, si la hubo, había razones de sobra para creer que las desapariciones tenían una explicación normal. Padres resentidos que se llevaban a sus hijos. Fugas. Y luego están las montañas. Tú sabes tan bien como yo que es condenadamente fácil perderse ahí arriba… y prácticamente imposible encontrar a quien se haya perdido.
    – Sí, lo sé. Sé que ha habido fugitivos buscados por la justicia, fugitivos federales, que desaparecieron en esas montañas durante años, a pesar de que se hicieron esfuerzos exhaustivos para encontrarlos. Y a algunos de ellos nunca se les volvió a ver, ni se volvió a oír hablar de ellos. Pero hay algo más. Aquí, en El Refugio, está pasando algo más.
    Nate sacudió la cabeza de nuevo, pero dijo:
    – Bueno, después de esto puede que tengas mejores argumentos para persuadir a la gerencia del hotel de que te deje echar un vistazo a sus archivos. Pero no creo que un juez vaya a obligarles si se niegan, sobre todo sí no podemos relacionar a este niño con El Refugio.
    – El niño, o la niña, fue enterrado aquí. A mí me basta con esa relación.
    – Sí. Tenía la impresión de que ibas a decir eso. -Nate suspiró mientras miraba trabajar a su gente. Se subió la cremallera de la cazadora y añadió mascullando-: ¿Desde cuándo hace tanto frío?
    Quentin podría haber contestado: «Desde hace veinticinco años». Pero no lo hizo, naturalmente.
    Se limitó a esperar en silencio mientras los hombres de Nate se esforzaban por sacar a la luz aquellos huesos enterrados hacía años.

    Madison sabía que no debía estar en el jardín. En ninguno de los jardines, ahora que la policía estaba allí. A su madre no le gustaría, ella lo sabía. Pero sentía demasiada curiosidad para marcharse.
    Y era tan pequeña que pudo deslizarse sin que la vieran por los jardines, hasta que logró ver lo que ocurría.
    – Han encontrado a Jeremy -dijo Becca.
    Madison abrazó con fuerza a Angelo para asegurarse de que no empezaba a gimotear y dijo a su amiga:
    – Están desenterrando huesos.
    – Aja. Es Jeremy.
    Madison la miró con el ceño fruncido.
    – Si sólo son huesos, ¿cómo es que lo conoces?
    – No son sólo huesos. Pero es lo único que ven ellos. Todos, menos ella. -Becca señaló con la cabeza a una señora muy guapa que estaba sentada en un banco de piedra, a un lado.
    – ¿Ella vio a Jeremy cuando no era sólo huesos?
    – Aja. Él quería que lo encontraran, así que le enseñó dónde estaba. -Becca asintió como para sí misma, y añadió pensativamente-: Espero que estuviera listo para marcharse.
    – ¿Para marcharse de El Refugio?
    – Llevaba aquí mucho tiempo.
    Madison preguntó:
    – ¿Tú llevas mucho tiempo aquí, Becca?
    – Sí, supongo. -Becca miró hacia los agentes de policía que trabajaban a la luz brillante de los focos y añadió con aire melancólico-: Antes estaba bien, de verdad. Y ahora también, a veces. Pero ahora casi siempre sólo da miedo.
    – ¿Por lo… por lo que me dijiste? ¿Por lo que está a punto de llegar?
    Becca asintió con la cabeza.
    – Ha estado aquí otras veces. Y siempre vuelve.
    – ¿Por qué?
    – Porque ellos no saben cómo pararlo. No pueden parar algo que no ven. Algo en lo que no creen.
    – Pero tú sí lo crees.
    – No me queda más remedio, ¿no?
    Madison se quedó pensando un rato mientras abrazaba distraídamente a su perrito y observaba trabajar a los mayores. Luego, lentamente, dijo:
    – La señora que ha visto a Jeremy seguramente podría ver esa cosa. Seguramente ella sí lo creería. ¿No crees?
    – Puede ser. Puede que sí. -Becca volvió la cabeza y miró a Madison-. Quizá por eso esté aquí. Pero tendrá que darse prisa.

    – Seguir el rastro de un chiquillo después de años… ¿No nos haría falta mucha suerte para descubrir qué condujo a su muerte? -Nate soltó un exabrupto en voz baja-. Y empezamos desde cero, sin una maldita pista.
    – Así es. -Quentin no pudo evitar mirar a Diana mientras hablaba.
    Nate le estaba prestando atención.
    – ¿O quizá hay algo más? ¿Qué es lo que pasa, Quentin? ¿De veras se tropezó Diana con el cráneo por casualidad?
    – Sobre eso no me ha dicho más de lo que te dijo a ti.
    – ¿Sobre eso? ¿Qué mas te dijo?-Nate bajó la voz-. ¿Ella también tiene un don? ¿Tiene facultades extrasensoriales?
    A Quentin le sorprendió un poco que el policía hiciera abiertamente aquella pregunta, pero apenas vaciló antes de contestar.
    – En su caso, es más una maldición que un don. Y ni le gusta, ni sabe cómo utilizarlo eficazmente. Tal vez pueda ayudarnos, pero también es probable que se una al puñado de huéspedes que ya están haciendo las maletas para marcharse.
    Momentáneamente distraído, Nate dijo:
    – Oí a uno decirle a la directora del hotel que él no se podía permitir esa clase de publicidad, y parecía hecho un manojo de nervios. Supongo que los demás van a marcharse por la misma razón, porque temen encontrarse en medio de una tormenta mediática. Sobre todo, si tienen secretos o… indiscreciones que esconder.
    – Probablemente. La reputación de discreción de El Refugio es un aliciente importante para mucha gente que quiere pasar unas vacaciones íntimas y sin estrés. Y esto, sobre todo si averiguamos algo más, es una de esas cosas que lo echan todo a perder. Cuando se corra la voz de que dos niños fueron asesinados aquí, aunque fuera con años de diferencia, la prensa no hará oídos sordos. Claro que este sitio está tan apartado y los vecinos de por aquí están tan acostumbrados a ocuparse sólo de sus asuntos, que no estoy seguro de que llegue a correrse la voz. Por lo menos, enseguida. Además…
    – Además, El Refugio es una de las empresas que más trabajo dan en esta zona -concluyó Nate-. La gente de por aquí tiene mucho interés en ocuparse sólo de sus asuntos. Es lo que siempre has creído, ¿no? -Hablaba en tono pragmático, más que ofendido, en gran medida porque compartía aquella opinión y porque, habiendo crecido en Leisure, comprendía la mentalidad del pueblo.
    – Es evidente. Ni siquiera cuando encontré en la hemeroteca de Leisure algunas menciones breves a diversos accidentes y desapariciones sucedidos a lo largo de los años pude seguirles la pista. Nadie parecía saber nada. Nadie parecía recordar o querer hablar de ello. Fuera cual fuese la excusa, la intención rotaba clara. Lo que pasara en El Refugio o cerca de aquí no era asunto mío. Y nunca he tenido autoridad legal para forzar las cosas.
    – Eh, capitán…
    Nate y Quentin se acercaron a los dos agentes que componían la Unidad Forense del Departamento de Policía de Leisure.
    – Hemos encontrado algo -les dijo Sally Chávez.
    – ¿Aparte de huesos? -preguntó Nate.
    – Sí. Véalo usted mismo. -La agente, que estaba de rodillas, se echó hacia atrás para dejar que echaran un vistazo.
    El esqueleto, desenterrado a medias y con el cráneo colocado en su sitio, yacía tendido de espaldas, con las piernas estiradas y los brazos a los lados.
    Como si hubiera sido colocado con todo cuidado para su enterramiento. Quentin hizo una anotación mental al respecto, Intrigado por ello aunque no fuese particularmente raro. Algunos asesinos se tomaban grandes molestias a la hora de deshacerse de los cadáveres de sus víctimas, y otros no.
    Ambos repararon inmediatamente en lo que Chávez les invitaba a ver.
    – ¿Un reloj? -Quentin se inclinó un poco más.
    – Sí -dijo Chávez-. En la muñeca derecha, así que puede que el chico fuera zurdo.
    – ¿Era un chico? -preguntó Nate.
    – Seguramente. Sobre todo por el reloj, que me parece de chico. Por el tamaño del esqueleto, era un niño pequeño, y el género es mucho más difícil de determinar a partir de restos óseos si la muerte ocurrió antes de la pubertad. No veo ningún indicio evidente que revele su sexo. Lo que puedo decirles es que el reloj tenía sin duda una correa hecha de algún material que se pudrió. Está claro que no era de metal. Y probablemente tampoco de plástico. El plástico dura una eternidad.
    – Pero, por el tamaño, no es un reloj de niño -dijo Quentin-. Parece más bien un reloj de adulto que todavía le quedaba grande. Quizá se lo regalaron para premiarle por algo.
    – A mí me regalaron uno cuando me condecoraron en los boy scouts -rezongó Nate.
    – ¿Podemos verlo más de cerca? -preguntó Quentin a Chávez.
    – Un segundo. Ryan, ¿puedes hacer un par de fotos del reloj, por favor?
    Su compañero, un joven taciturno, dejó de desempolvar con una brocha el pie del esqueleto el tiempo justo para coger una cámara que tenía a su lado y tomar varias fotografías.
    Chávez extrajo cuidadosamente, con las manos enguantadas, el reloj semienterrado, lo miró un momento, lo metió luego en una bolsa de plástico transparente y se lo dio a su capitán.
    – Parece que hemos tenido suerte -dijo.
    Quentin y Nate se incorporaron y éste último dijo:
    – Eso parece. La parte de atrás está grabada. Le nombraron mejor jugador de su equipo en la liguilla infantil. Hace diez años.
    – Jeremy Grant.
    Sorprendidos, Quentin y Nate se volvieron a un tiempo al oír a Diana. Estaba de pie, a unos pasos de distancia, no lo bastante cerca como para haber visto el reloj. Tenía el rostro crispado y la voz un tanto temblorosa.
    – Eso es lo que pone, ¿no? ¿Lo que pone en la parte de atrás del reloj? Se llama… se llamaba Jeremy Grant.
    Quentin se acercó a ella.
    – Diana…
    – Dímelo.
    – ¿Cómo diablos lo sabe? -preguntó Nate.
    La mirada de Diana permanecía fija en Quentin.
    – Dímelo.
    Quentin había recibido el consejo de mantenerla amarrada, con los píes en la tierra, y en ese instante tuvo la clara impresión de que debía tomarse aquel consejo al pie de la letra; de que, si no le procuraba a Diana un anclaje físico, ella se perdería.
    Quizás en más de un sentido.
    Acortó el espacio que los separaba y cogió sus manos frías.
    – Es el nombre que pone en el reloj. -Mantuvo la voz baja para que nadie pudiera oírles, pero habló con naturalidad-. ¿Le viste?
    Un leve gemido que no era ni una risa, ni un suspiro, escapó de ella.
    – ¿Verle? Santo dios, hablé con él.

    Stephanie Boyd, gerente de El Refugio, no daba abasto. No sólo una docena de huéspedes se había marchado sin pensárselo dos veces en cuanto corrió la noticia de que se había descubierto un esqueleto en uno de los jardines del hotel, sino que los que quedaban habían expresado abiertamente su descontento respecto a la situación. Querían que les aseguraran que se trataba de una tragedia aislada, que la policía se marcharía pronto y que la noticia no llegaría a oídos de la prensa.
    De momento, no había aparecido por allí ningún periodista, que ella supiera. Cruzaba los dedos para que las cosas siguieran así. Pero ¿quién sabía?
    Y ahora tenía una nueva preocupación.
    – No hablará en serio, capitán -le dijo a Nate McDaniel, intentando con todas sus fuerzas que no se le notara el desánimo en la voz.
    – Lo lamento, señorita Boyd, pero hablo en serio. -Nate parecía revestido de seriedad. Y también molesto-. Puede que este caso sea un callejón sin salida, pero tengo que tratarlo como si se tratara de una investigación por asesinato en toda regla. Esperamos que los registros dentales y las pruebas de ADN nos permitan identificar con toda seguridad los restos como los de Jeremy Grant, que tenía ocho años en el momento de su desaparición aquí, en El Refugio, hace una década. Su padre trabajaba en el hotel como jardinero en aquel momento, pero murió de cáncer hace un par de años. La madre se fue a vivir a otra parte. Estamos intentando localizarla.
    – No tiene usted la certeza de que ese chico fuera asesinado en los terrenos de El Refugio -se oyó objetar ella-. Ni de que el asesino fuera alguien relacionado con este lugar.
    – Estaba enterrado en el jardín inglés, señorita Boyd.
    – Esa zona no formaba parte de los jardines en aquel entonces, capitán.
    – No, pero estaba dentro del perímetro de la valla. En los terrenos de El Refugio.
    Stephanie se recostó en su silla y le miró fijamente por encima de la mesa. La voluminosa presencia del oficial de policía hacía parecer su despacho más pequeño que de costumbre.
    – Corríjame si me equivoco, pero, aparte del lugar donde han aparecido los restos, no tiene usted pruebas de que esto esté relacionado con el hotel en modo alguno.
    – Señorita Boyd…
    – Llámame Stephanie. -Luego añadió secamente-: Según parece, vamos a tener que vernos muy a menudo, al menos por ahora.
    – Me temo que sí… Stephanie. Me gustaría poder ofrecerle a la madre de Jeremy Grant algún dato más, aparte de que su hijo fue asesinado. -Nate se detuvo un momento y después agregó-: Y yo soy Nate.
    Ella asintió con la cabeza distraídamente.
    – ¿Cómo piensas dirigir la investigación de un crimen que ocurrió hace diez años? Hay algunos empleados que llevan mucho tiempo aquí y que seguramente se acordarán de cuando desapareció el chico, pero ¿pruebas? ¿Cómo vas encontrar pruebas después de tanto tiempo?
    Nate no quería admitir que los dos ases en la manga con los que contaban era un agente del FBI obsesionado con resolver un asesinato aún más antiguo y una huésped de salud delicada y con posibles facultades extrasensoriales que, si Nate no se equivocaba, estaba a un paso de sufrir un colapso nervioso.
    De modo que se limitó a decir:
    – Tenemos que intentarlo, señorita… Stephanie. Ahora, obviamente, sería preferible que pudiéramos llevar a cabo la investigación y los interrogatorios con la mayor discreción posible. Lo que significa que esto no salga de aquí, si puede ser. No queremos tener que andar trasladando a los empleados de aquí a la jefatura de policía una y otra vez, ¿verdad?
    – Eso suena desagradablemente a amenaza, Nate.
    Él levantó ambas cejas.
    – En absoluto. Pero, naturalmente, sin más evidencias de las que tengo de que aquí se cometió un crimen, no tengo autoridad legal para obligarte a cedernos una habitación o una cabaña, o cualquier otro local adecuado para llevar a cabo los interrogatorios aquí mismo, en El Refugio.
    – No, desde luego. Y, después de diez años, dudo que un juez vaya a concederte el derecho a hacerlo.
    Nate mantuvo un tono amable.
    – Pero dudo que cualquier juez del condado me prohíba investigar este crimen, sobre todo teniendo en cuenta que la víctima es un niño. Así que una de dos, Stephanie. O me llevo a tus empleados a la jefatura en coches patrulla para entrevistarlos el tiempo que haga falta y los vuelvo a traer, o nos reservas una sala para que hagamos lo que tenemos que hacer con toda discreción aquí, en las instalaciones de El Refugio.
    A Stephanie no le agradaba ninguna de las dos alternativas, pero sabía que no le quedaba más remedio que aceptar una.
    Quitándose por un momento la máscara de gerente del hotel, dijo:
    – ¿De veras crees que ese chico fue asesinado aquí?
    Nate vaciló. Luego dijo:
    – La cosa es aún peor. Otra niña fue asesinada aquí hace veinticinco años, y podría haber más.
    – ¿Qué? Santo cielo.
    – Supongo que no te lo dijeron cuando te contrataron. -No era una pregunta.
    – La verdad es que no hablamos de la historia del hotel. De esa historia, por lo menos. ¿Hace veinticinco años? ¿Y crees que está relacionado con esto? ¿Dos asesinatos ocurridos con quince años de diferencia?
    Nate suspiró.
    – Admito que es mucho suponer. Pero no sería la primera vez que se oyera hablar de un asesino en serie que actúa en intervalos tan largos.
    Aún más sobresaltada y desanimada que antes, ella repitió:
    – Santo cielo. ¿Un asesino en serie?
    – Es sólo una posibilidad. Pero sin duda verás la necesidad de investigarlo.
    – Yo lo único que veo es un hotel en primera plana de los periódicos y vacío de huéspedes -repuso ella. Luego hizo una mueca-. Perdona. Sé que suena insensible, sobre todo habiendo muerto niños. Pero… si ese chico murió hace diez años y no ha vuelto a pasar nada parecido desde entonces…
    Nate odiaba hacerle aquello, pero la interrumpió para decir:
    – En los últimos veinticinco años, hemos tenido aquí, en El Refugio o en los alrededores, tres niños muertos por enfermedad, uno fugado, dos muertos presuntamente por accidente, dos asesinatos de los que no cabe duda (contando el hallazgo de hoy) y dos desapariciones de niños sin resolver. También tenemos al menos dos adultos que desaparecieron sin dejar rastro mientras se alojaban aquí.
    Pasó un minuto antes de que Stephanie pudiera decir:
    – ¿Cuántas de esas cosas sucedieron después de la muerte de ese niño?
    Nate repasó los hechos de cabeza (los hechos de los que le había informado Quentin) y dijo lentamente:
    – Un chico desapareció hace nueve años; dos de los que murieron por enfermedad, murieron hace seis y ocho años; y de la fuga hace siete años. Así que, desde que Jeremy Grant desapareció, tenemos cuatro niños muertos o desaparecidos.
    – Has dicho que algunos murieron por enfermedad. ¿No podemos descartarlos? Quiero decir que… Ya sabes lo que quiero decir.
    – Sí, lo sé. Y no, no podemos descartarlos. Según me han informado, en los tres casos el médico que les atendió atribuyó la muerte a una especie de fiebre, razón por la cual la policía no intervino en su momento.
    – ¿Y eso no cae dentro de la definición de muerte natural?
    – No necesariamente. También me han dicho que ciertos venenos pueden actuar de ese modo. -Confiaba en que ella no le preguntara quién le había dicho todo aquello.
    Stephanie apoyó los codos en el cartapacio de la mesa, se frotó la cara con ambas manos y masculló:
    – Mierda.
    Nate sintió algo más que una punzada de simpatía por ella, a lo cual contribuyó el hecho de que fuera una mujer muy atractiva. Siempre había sentido debilidad por las rubias de ojos castaños, sobre todo si tenían formas marcadamente femeninas y no eran, empujadas a menudo por la moda, absurdamente flacas. Además, Stephanie no llevaba alianza, ni anillo de compromiso. En cuanto se le ocurrieron aquellas ideas, Nate se recordó que su primer matrimonio había acabado mal y que le gustaba vivir solo y sin ataduras.
    Sí, le gustaba.
    Estaba casi seguro de ello.
    Pero, cuando ella se destapó la cara, no pudo evitar fijarse en que sus ojos marrones tenían al mismo tiempo una expresión inteligente y socarrona, incluso en ese momento.
    – Entonces, Nate, ¿crees en serio que podría haber una asesino en serie de niños que ha estado actuando aquí, en El Refugio, o por lo menos en esta zona, estos últimos veinticinco años?
    Él volvió a concentrarse en su trabajo, titubeó y dijo:
    – Creo que es posible. Y para complicarte la vida aún más, tienes un cliente que también lo cree, y que tiene experiencia en estas cosas.
    Ella arrugó el entrecejo.
    – ¿El agente del FBI?
    – ¿Sabías que se alojaba aquí?
    – Bueno, sí. Lleva un arma y, cuando se registró, tuvo a bien informarnos de ello y darnos el número de su placa para que pudiéramos comprobar su identidad.
    – ¿Y lo hicisteis?
    – Es el procedimiento habitual. Si alguien entra aquí llevando un arma, me aseguro de que tenga los papeles en regla. Así que, sí, llamé personalmente para verificar la identidad del agente Hayes. -Frunció de nuevo el ceño-. ¿Por eso ha venido? ¿Esperaba encontrar restos óseos en uno de nuestros jardines? Porque me dijeron que estaba de vacaciones, nada más.
    – Considéralo unas vacaciones muy bien empleadas. -Nate suspiró-. Quentin era un niño cuando se alojó aquí hace veinticinco años, cuando asesinaron a la primera niña. Nunca lo olvidó. Y nunca ha podido aceptar que el caso quedara sin resolver. En los últimos diez o doce años, ha vuelto a Leisure regularmente en busca de cualquier información que pudiera encontrar sobre ese crimen o sobre las otras muertes y desapariciones que quizás estén relacionadas con El Refugio.
    Encogiéndose de hombros, añadió:
    – Así que el experto en todo esto es él. Se sabe de memoria todos los datos y los pormenores del caso.
    – Parece un hombre obsesionado.
    – Podrías considerarlo así. Yo lo he hecho.
    Stephanie asintió ligeramente con la cabeza.
    – ¿Va a ayudarte a investigar la muerte de ese niño? ¿Todas las muertes y las desapariciones?
    – Oficiosamente. Aunque va a pedir ayuda al FBI para ayudarnos con los análisis de ADN y esas cosas. El Departamento de Policía de Leisure no está equipado para ocuparse de las pruebas forenses que se precisan para investigar crímenes tan antiguos.
    – Ya veo. Bueno, ahora entiendo por qué antes decías que había que llevar esta investigación con el mayor secreto posible. No hace falta que te diga que estoy de acuerdo. Así que prepararé una sala para los interrogatorios y daré tiempo libre a los empleados que ya trabajaban aquí durante el periodo de tiempo que estáis investigando. Supongo que me darás una lista con los datos relevantes.
    – Naturalmente -respondió Nate, pensando en el trabajo que le esperaba esa noche.
    – Lo único que te pido a cambio -prosiguió Stephanie-, es que actúes con la mayor discreción posible y que no molestes a mis huéspedes más de lo absolutamente necesario.
    – De acuerdo.
    – Supongo que piensas empezar a primera hora de la mañana.
    Nate asintió con la cabeza.
    – Jeremy Grant ha pasado diez años en el jardín, así que una noche más no va a cambiar nada. Los restos van de camino al instituto forense del estado. Así que, sí, empezaremos con las entrevistas mañana a primera hora. De paisano, nada de uniformes. Haremos todo lo posible por no interferir más de lo necesario en la rutina del hotel.
    – Te lo agradezco. ¿Y el agente Hayes?
    – El agente Hayes va a venir a verte para pedirte permiso para revisar los archivos antiguos de personal y otros papeles que tenéis almacenados aquí, en El Refugio. Te pido que le des autorización.
    Ella suspiró.
    – Hablaré con los propietarios, pero, dadas las circunstancias, estoy segura de que les parecerá bien.
    – Gracias. -Nate se puso en pie y estaba a punto de salir del pequeño despacho cuando se descubrió titubeando-. Stephanie, sé que no te esperabas esto cuando aceptaste el trabajo, y lamento que haya pasado estando tú al frente del hotel.
    Ella sonrió levemente.
    – No te preocupes por mí, Nate. Soy hija de militar. Y los hijos de militares aprendemos desde muy jóvenes a afrontar lo inesperado.
    Nate sintió tentaciones de preguntarle si lo inesperado incluía lo paranormal, pero al final decidió no hacerlo.
    Muy pronto descubriría la respuesta a esa pregunta. Los dos la descubrirían.

    – Tú no lo entiendes. -La voz de Diana se mantenía firme como una roca, como sólo les sucede a quienes se aferran a su autocontrol con uñas y dientes-. Hablé con él. Le cogí de la mano y… y era sólida y caliente. De carne y hueso. No estaba frío, ni era etéreo, ni todas esas cosas que supuestamente son los fantasmas.
    Quentin echó otra cucharada de azúcar al té, lo removió y puso la taza en manos de Diana.
    – Bébete esto.
    Ella miró la taza un momento; luego paseó la mirada a su alrededor, ceñuda. El cuarto de estar, sorprendentemente grande y confortable, ocupaba parte de un espacio diáfano que incluía también la cocinita y una mesita de comedor.
    Tanto el voluminoso sofá como la enorme butaca en la que estaba sentada eran cómodos y mullidos, y estaban agrupados, junto con una mesa baja, cuadrada y grande, alrededor de una chimenea de gas sobre cuya repisa había colocado un televisor de plasma.
    – Estamos en mi cabaña.
    – Sí. Era lo que estaba más cerca. Bébete el té, Diana.
    – ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? Ay, dios, no habré perdido la conciencia, ¿verdad?
    Lo cual, pensó Quentin, respondía al menos a una de las preguntas de Bishop.
    – No, que yo sepa -contestó él con naturalidad-. Pero estás en estado de conmoción y no es de extrañar. Me han dicho que un médium tarda en aclimatarse.
    – Yo no soy médium. -Pero por primera vez su protesta sonaba más retadora que convencida.
    Quentin adoptó de nuevo un tono prosaico, aunque lo que dijo no lo era, desde luego.
    – Te encontraste con Jeremy Grant y hablaste con él -dijo-, y lleva muerto diez años. O eres una médium o te lo has imaginado todo. Sé perfectamente que no te lo has inventado, al menos, en parte, porque es imposible que supieras de quién era la tumba que habías encontrado.
    – Una alucinación…
    – Seguramente tampoco así habrías sabido su nombre, ¿no crees? Por lo menos, el nombre correcto.
    Ella le miraba fijamente.
    – Bébete el té, Diana.
    Pasado un momento, ella bebió un sorbo del líquido humeante e hizo una mueca, ya fuera porque estaba muy caliente o muy dulce.
    – Yo… no recuerdo haber llegado aquí -dijo por fin.
    – Como te decía, estás en estado de conmoción. Después de que me dijeras que habías hablado con Jeremy, no dijiste nada más. Me pareció que lo mejor sería traerte aquí y darte un poco de tiempo para que asimilaras todo esto.
    – Estoy segura de que ese policía tenía preguntas que hacerme.
    – Oh, sí, muchas.
    – ¿Entonces…?
    – Hablará contigo mañana. Su gente y él hablarán con todo el mundo mañana. O, al menos, con todos los que estaban aquí o podrían saber algo sobre lo que le ocurrió a Jeremy Grant hace diez años.
    – Yo no sé nada de eso.
    – Jeremy no te diría por casualidad cómo murió, ¿eh?
    Ella le miró con estupor.
    – No.
    – Sí, nunca lo hacen. MI jefe dice que es el universo, que nos recuerda que nada es nunca tan fácil. -Quentin bebió un sorbo del café que había pedido para él y añadió-: Pero, francamente, a mí me parece una mala pasada. Quiero decir que tiene uno esa habilidad tan maravillosa y tan espeluznante de comunicarse con los muertos, y rara vez le dicen nada que no pueda averiguar por sus propios medios.
    Diana se aclaró la garganta.
    – Parece… injusto -contestó.
    – Sí. Es como casi todas las facultades parapsicológicas. Tienen sus limitaciones, lo mismo que los otros cinco sentidos. Las mías, por ejemplo, nunca funcionan cuando las necesito. No puedo mirar hacia el futuro y ver quién va a ganar la liga de béisbol este año, o si va a llover mañana, o si podré resolver el caso en que esté trabajando en un momento dado. Qué demonios, ni siquiera puedo predecir con acierto qué carta va a salir. De hecho, según pruebas desarrolladas hace años para calibrar las facultades parapsicológicas, doy un resultado inferior a la media.
    – Y, sin embargo, tienes facultades parapsicológicas -dijo ella con intensidad.
    – Sí, las tengo -contestó él-. A veces sé cosas, sencillamente. No aparecen en mi cabeza con luces de neón, ni tengo visiones. A veces oigo un susurro bajo, como si alguien me dijera algo. Otras… simplemente lo sé.
    – ¿Y lo crees de verdad?
    Quentin le sonrió.
    – Claro que sí. He visto y vivido muchas cosas en los últimos veinticinco años como para no creerlo.
    – Veinticinco años. ¿Desde que murió Missy?
    Él asintió con la cabeza.
    – ¿Antes no tenías esas facultades?
    – No, no nací con ellas activadas. -Se encogió de hombros, hablando con la mayor naturalidad de que era capaz-. Según una teoría, casi todos los humanos, si no todos, tienen facultades extrasensoriales latentes, sentidos adormecidos, restos quizá de tiempos más primitivos, cuando necesitábamos esas cualidades para sobrevivir. Puede que las estemos perdiendo en el transcurso de la evolución, dado que nuestra supervivencia como especie no parece depender de ellas.
    – ¿Es eso lo que crees?
    – No, qué va. Creo que es más probable que estemos evolucionando hacia la posibilidad de utilizar con mayor eficacia nuestro cerebro. Puede que sea por los niveles cada vez más altos de energía electromagnética del mundo moderno. Es una teoría viable.
    Diana asintió con la cabeza lentamente.
    – Eso parece.
    – Claro, es lógico. De todos modos, los sentidos latentes permanecen dormidos, inactivos, en la mayoría de la gente. Pero en algunos casos hay un desencadenante, normalmente en una época temprana de la vida. Algún acontecimiento que produce en nuestro cerebro la chispa electromagnética necesaria para activar lo que permanece dormido.
    – ¿Qué clase de acontecimiento? -preguntó ella.
    – Uno traumático, por lo general. Físicamente, una herida grave o un golpe en la cabeza. Una descarga eléctrica. O una fuerte conmoción emocional o psicológica.
    – ¿Qué fue en tu caso?
    – Lo último.
    – ¿El asesinato de Missy?
    – Sólo en parte. -Quentin respiró hondo. Todavía le costaba trabajo hablar de lo sucedido, después de tantos años-. La conmoción más fuerte fue encontrar su cuerpo.

Capítulo siete

    Diana se inclinó hacia delante y dejó cuidadosamente su taza sobre la mesa baja.
    – Nunca… nunca me has dicho cómo murió.
    – La estrangularon. -Quentin hizo una pausa y luego se obligó a continuar, manteniendo la voz firme-. La encontré en lo que ahora es el jardín zen, irónicamente. El riachuelo que hay allí era natural, y jugábamos bastante por aquella zona.
    – ¿Estabas buscándola?
    – Sí. Era la hora de la cena y no se reunió con nosotros en la terraza, como siempre, para que comiéramos todos juntos. Era raro en ella no aparecer, y me preocupé. No dejaba de pensar en lo asustada que me había parecido ese día, y los anteriores también, y en cómo había intentado contarme qué le asustaba.
    – ¿Qué te había dicho?
    – Nada que tuviera sentido para mí. Decía que oía cosas, sobre todo de noche. Y que… que a veces había una cosa dentro de ella.
    – ¿Una cosa?
    – Eso decía ella, una cosa. A veces había algo dentro de ella, y sonaba como el latido de su propio corazón.
    Diana frunció ligeramente el ceño.
    – ¿Y ahora tiene sentido para ti?
    – ¿Alguna vez has oído en tu cabeza algo que suene como el latido de tu corazón, Diana?
    En lugar de contestar directamente, ella dijo:
    – ¿Crees que Missy podía tener poderes extrasensoriales? ¿Que era una médium?
    – ¿Tú sí?
    Ella movió la cabeza negativamente.
    – No. Yo… he oído muchas cosas dentro de mi cabeza, pero nunca nada que sonara como el latido de un corazón. Por lo menos, que yo recuerde.
    Fue ahora Quentin quien arrugó el ceño.
    – Aun así, eso no significa que no tuviera facultades parapsicológicas. Eso explicaría por qué oía cosas que la asustaban.
    Diana vaciló. Después dijo:
    – Alguien la mató, Quentin. Alguien de carne y hueso. Es evidente que Missy tenía razones para estar asustada.
    – Eso no hace falta que me lo recuerdes.
    – Lo que quiero decir es que… si has estado buscando una explicación paranormal todo este tiempo…
    – ¿Por eso no he podido resolver el asesinato? -El movió la cabeza de un lado a otro-. Soy policía, Diana. Con facultades extrasensoriales o sin ellas, lo primero que nos enseñan es a buscar una explicación razonable, racional y probable. Porque casi siempre es eso lo que vamos a encontrar.
    – ¿Y en este caso no?
    – Los policías que investigaron el caso hace veinticinco años nunca encontraron un sospechoso posible. He revisado todos los informes de la investigación y he indagado por mi cuenta durante años, aunque haya sido extraoficialmente. Hasta he entrevistado a docenas de personas que estaban aquí o en la zona en aquel momento. Y no he sacado nada en claro.
    Respiró hondo y exhaló lentamente.
    – Missy fue estrangulada con un trozo de cordel de una bala de heno, procedente de un campo de labor que había a unos metros de donde fue encontrado el cuerpo. Un campo lleno de heno recién embalado. Lo único que eso me demuestra como policía, lo único que le demostraría a cualquier policía, es que el arma homicida estaba a mano, allí cerca, a disposición del asesino, lo que con toda probabilidad significa que él actuó impulsivamente o aprovechó una oportunidad, en lugar de planear lo que hacía. Algo desencadenó su ira o su necesidad, y usó el primer arma que encontró a mano para matarla.
    – ¿Él?
    – Lo más probable es que el asesino fuera… sea… un hombre. Las mujeres no matan prácticamente nunca a niños que no sean familiares suyos, y el único familiar de Missy aquí, su madre, estuvo ese día trabajando horas y horas en la cocina; según los informes, delante de un montón de personas que no la perdieron de vista ni un momento. Aparte de eso, nada en el lugar del crimen mostraba indicios de quién pudo matarla y por qué.
    Diana arrugó el ceño y, sin saber siquiera de dónde procedía aquella pregunta, dijo:
    – ¿Y para qué necesitaba el asesino el cordel? Quiero decir que… Missy era una niña pequeña. ¿No habría sido más lógico que utilizara sus propias manos?
    Quentin asintió ligeramente con la cabeza.
    – Una conclusión lógica es que probablemente fue estrangulada desde atrás con ese cordel porque el asesino no quería que le viera, o no quería verle la cara al matarla.
    – ¿Por qué?
    – Quizá porque verla morir habría significado que tendría que admitir ante sí mismo que era un asesino.
    – ¿Cómo iba a engañarse pensando lo contrario?
    – Muy fácilmente. La gente lo hace todo el tiempo, ya lo sabes. Nos engañamos a nosotros mismos. Casi siempre en cosas sin importancia. Nos engañamos para convencernos de que no seremos nosotros a quienes despidan cuando en nuestra empresa empiecen los recortes de personal; de que nuestro equipo preferido tiene posibilidades de ganar el campeonato; de que podemos permitirnos ese flamante coche nuevo que parece llamarnos desde el aparcamiento del concesionario.
    – Todo lo cual está muy lejos de negarse a creer que uno es un asesino cuando está estrangulando a alguien -comentó Diana.
    – Sí, hay una gran diferencia. Pero creo que, cuando cogió ese cordel y se lo puso alrededor del cuello a Missy, el asesino había llegado ya a ese punto gradualmente. Puede que le costara años llegar a ese estado, pero había llegado. Posiblemente por primera vez. Entonces, aquel día, podía matar, pero no verse como un asesino.
    Hasta ese momento, Quentin se había mostrado aparentemente frío y clínico, pero su distanciamiento se esfumó cuando agregó con voz baja y algo ronca:
    – Fuera lo que fuese lo que pasó, fuera cual fuese el desencadenante, ese hombre mató a Missy. La dejó en el riachuelo, entre las piedras y con el cordel todavía atado al cuello.
    Hizo una pausa y añadió suavemente:
    – Tenía los ojos abiertos. Al principio, cuando la vi, parecía estar mirándome fijamente. Suplicándome. Como si yo pudiera ayudarla. Como si debiera haberla ayudado.
    – Quentin…
    – Para entonces se había convertido ya en la hermanita que nunca tuve. Alguien sin quien no podía imaginar mi vida. Y me quedé allí, paralizado, mirándola a los ojos, sabiendo que le había fallado. Como hermano. Como amigo. No la había escuchado. No la había protegido. No la había ayudado. No la había salvado. Era… Fue como si me dieran una patada en el estómago. Todo a mi alrededor se desvaneció, se oscureció, hasta que sólo la veía a ella. Sus ojos. Esa cara pálida, pálida. Y el cordel atado alrededor de su cuello, cortándole la piel. Que una cosa tan corriente, tan insignificante, hubiera segado una vida. Que hubiera detenido para siempre una sonrisa y silenciado una risa. Un simple cordel. El cordel de una bala de heno.
    Diana no estaba del todo segura de querer oír aquello, pero al mismo tiempo no recordaba haberse sentido nunca tan reconcentrada, tan lúcida. No había ya pensamientos dispersos, ni destellos azarosos de información, ni susurros en su cabeza. Ni siquiera quedaban el miedo y el sobrecogimiento de un rato antes, cuando había comprendido sin asomo de duda que ese día había hablado tranquilamente con un fantasma.
    Sólo quedaba aquel hombre y su voz baja y dolorosa pintándole una escena horrenda y trágica que ella podía ver con tanta claridad que era como si hubiera estado allí en persona y hubiera visto muerta a aquella niñita.
    Su cabello largo y moreno ondulando en el agua como si estuviera viva aún, sus grandes ojos oscuros mirándola…
    – No fue… un crimen sexual -prosiguió Quentin con visible esfuerzo-. Por lo menos, ésa fue la conclusión oficial, y yo no he encontrado ninguna prueba que indique lo contrario. Estaba completamente vestida y no se encontraron fluidos corporales ni en el cuerpo ni cerca de ella, aunque, como estaba sumergida en agua, no podemos estar seguros de que no hubiera algo en su ropa o en su cuerpo que se hubiera llevado la corriente. No tenía hematomas, ni signos de violencia, aparte de lo que le causó la muerte. No había heridas defensivas. Le rasparon debajo de las uñas, tomaron muestras. Pero no había nada, ninguna prueba que ayudara a identificar a su asesino.
    »Probablemente murió allí, en el arroyo o muy cerca. No había nada que indicara que pudo suceder en otra parte. Nada que demostrara que se resistió a su atacante, o que intentó defenderse de algún modo. Hasta donde pudieron determinar, la última persona que la vio con vida fui yo.
    Aquello sorprendió a Diana.
    – ¿Tú?
    – Sí. Esa tarde, a última hora. Yo volvía de los establos y me la encontré cerca de lo que ahora es la entrada al jardín zen. Fue entonces cuando intentó una vez más decirme que tenía miedo, que aquí había algo… extraño. Pero yo estaba cansado y tenía calor y sólo quería irme a nuestra cabaña y darme una ducha. Pensé que Missy había tenido una pesadilla, o que quizá se había inventado aquella historia por la razón que fuera.
    – ¿Podía haber una razón?
    Él se encogió de hombros.
    – Pudo ser porque los otros niños y yo pasábamos mucho tiempo montando a caballo, y ella nunca venía porque le daban miedo los caballos. O porque el verano se estaba acabando y estábamos todos un poco aburridos, un poco cansados de la compañía de los demás. Da igual. El caso es que me la quité de en cima. -Hizo una pausa y luego añadió con voz firme-: La hora de la muerte se fijó en menos de dos horas después de aquello.
    – ¿Y nadie la vio en todo ese tiempo?
    – Nadie reconoció haberla visto. Para ser del todo justos es probable que nadie se fijara en ella. Era… Tenía el don de deslizarse junto a los demás sin que la vieran.
    – ¿Cómo un fantasma?
    – Como un fantasma.

    En la intimidad de su despacho, Stephanie Boyd hizo una mueca mientras sostenía el teléfono junto a su oreja. Se le daba bien guardarse sus ideas y sus sentimientos, pero era un alivio relajarse físicamente, aunque no pudiera hacerlo de palabra. Con aquel hombre, al menos.
    Su jefe había reaccionado mal, como era de esperar, ante la noticia de que se habían hallado los restos de un niño en los terrenos de El Refugio. Y su reacción no había hecho más que empeorar cuando había comprendido las probables consecuencias de la investigación policial que había en marcha.
    – ¿No podría detenerlos, Stephanie?
    – ¿Cómo? -preguntó ella, reprimiendo las ganas de ponerse sarcástica-. La policía está obligada por ley a investigar una cosa así, y yo no tengo autoridad para impedírselo. Y, dicho sea de paso, no creo que ningún juez ni ningún político de por aquí lo intentara tampoco, teniendo en cuenta que se trata de la muerte de un niño.
    Respiró hondo.
    – Dejando a un lado, naturalmente, el hecho de que, si mostráramos cualquier reticencia a descubrir la verdad sobre esta tragedia, ello sólo podría dañar aún más la reputación de El Refugio, estamos obligados moralmente a hacer todo lo que podamos.
    – Desde luego. Desde luego. -Doug Wallace se esforzó por fingir que le importaba el asesinato, cometido hacía mucho tiempo, de un niño pequeño. Y casi lo consiguió. Casi.
    Stephanie mantuvo un tono de voz enérgico y profesional.
    – Dadas las circunstancias, creo que lo mejor es que cooperemos plenamente con las autoridades. El capitán de policía al mando de la investigación me ha asegurado que hará todo lo que esté en su mano para llevar a cabo las pesquisas con la mayor discreción posible. -Decidió no mencionar al agente del FBI, que, a fin de cuentas, estaba allí extraoficialmente.
    Wallace suspiró.
    – Sí, eso ya lo he oído otras veces.
    – ¿Tengo su permiso para ofrecer nuestra cooperación a la policía, para poner a su disposición nuestros archivos? -insistió ella.
    – Santo dios. ¿De veras es necesario?
    Stephanie ladeó inconscientemente la cabeza.
    – ¿Hay algún problema, señor Wallace?
    Él se quedó callado un segundo o dos. Después dijo:
    – Stephanie, usted es consciente de que la mayoría, si no todos nuestros clientes, valoran mucho su intimidad.
    – Sí, señor. -Stephanie se detuvo allí y aguardó. Sabía por experiencia que el silencio producía a menudo respuestas que las preguntas insistentes no lograban extraer de los demás.
    – Hemos tenido algunos clientes muy importantes.
    – Sí, señor.
    Wallace suspiró de nuevo, impaciente.
    – Uno de los servicios que ofrecemos es la discreción, Stephanie. La reputación misma de El Refugio se basa en eso. Es nuestra especialidad, es decir, lo que atrae a la gente a un lugar tan apartado. Así que, sí un cliente muy importante se registra con una acompañante que no es su esposa, nosotros respetamos su intimidad. Si una actriz que se está recuperando de una operación de cirugía estética o de las desafortunadas consecuencias de una aventura insensata desea que su presencia permanezca… en fin… en secreto, nosotros cumplimos. Si un grupo de hombres de negocios necesita un lugar discreto y seguro donde discutir el futuro de su compañía, nosotros se lo ofrecemos.
    – Sí, señor.
    – Maldita sea, Stephanie, nosotros sólo nos ocupamos de nuestros asuntos. Y nuestros papeles lo reflejan.
    Ella dijo con firmeza:
    – Señor, dudo mucho que los documentos archivados acerca de las situaciones que describe sean relevantes para la investigación policial y que, por tanto, puedan interesar a la policía.
    Wallace masculló un exabrupto en voz alta.
    – Stephanie, lo que intento decirle es que en el pasado ha habido ocasiones en las que no se ha guardado ningún archivo. Ni oficial, ni extraoficialmente.
    – Señor, nunca se me ha informado de que algo parecido formara parte de mis deberes -contestó ella, crispada.
    – No, por supuesto que no. Ahora ya no hacemos esas cosas -se apresuró a decir Wallace-. Para esas situaciones más delicadas tenemos un libro aparte, de cuya existencia me consta que está informada, puesto que yo mismo se lo dije. Pero en otros tiempos hubo ocasiones lamentables en las que los empleados de El Refugio aceptaban… eh… gratificaciones adicionales… a cambio de mantener el nombre o la situación de un huésped enteramente fuera de los libros.
    Stephanie se preguntó con cierta acritud en qué se había metido. Le había parecido un trabajo tan encantador…
    – Entiendo, señor.
    El tono de Wallace era tenso, pero firme.
    – No sé si esos policías piensan examinar a conciencia nuestros libros y otros archivos, ni sé qué esperan encontrar, pero cualquiera que estuviera familiarizado con la contabilidad del hotel notaría sin duda ciertas… discrepancias.
    Stephanie comprendió lo que quería decir.
    – Como comida y bebida cobradas a habitaciones que supuestamente no estaban ocupadas. O como servicios de balneario reservados y sin cobrar.
    – Sí, sí, exacto, ese tipo de cosas. -Wallace exhaló un suspiro-. Le aseguro que todos esos pagos eran anotados y contabilizados de acuerdo con la ley. Nosotros nos limitábamos meramente a proteger el anonimato de nuestros clientes.
    Y Stephanie creía en el conejito de Pascua. Se preguntaba cuántos secretos guardaba aquel lugar. Y cuáles le estallarían en la cara en cuanto quedaran al descubierto.
    – Sí, señor. -No había, en realidad, mucho más que pudiera decir, al menos mientras conservara su empleo.
    El señor Wallace carraspeó.
    – Lo que quiero decir, desde luego, es que si la policía mira detenidamente nuestros libros es posible que encuentre cosas que desvíen su atención sin ninguna necesidad de la investigación de la trágica muerte de ese muchacho.
    – ¿Qué espera que haga, señor? -preguntó ella secamente.
    – Usted está ahí -dijo Wallace en tono persuasivo-. Puede… guiar… a la policía. Mantenerles concentrados en los detalles relevantes para la investigación.
    – ¿Guiarles, señor?
    – No se haga la tonta, Stephanie. Puede asegurarse de que a la policía no se le permite manosear indiscriminadamente nuestras cuentas y archivos. Límites. Hay que marcar límites.
    – Ya me han pedido acceso a los archivos de personal y a los documentos históricos almacenados en el sótano.
    – No veo de qué modo podría ser eso relevante.
    – Me han asegurado que se trata simplemente del procedimiento rutinario. La policía necesita saber quién estaba aquí en el momento del asesinato de ese niño, y dado que han pasado diez años les harán falta todos los papeles que puedan encontrar.
    – Debe usted ver esos archivos primero, Stephanie.
    – Señor, ¿me está pidiendo que interfiera en la investigación?
    – Desde luego que no. -Wallace parecía ofendido, pero también acosado-. No le estoy sugiriendo que oculte nada de valor a la policía, simplemente que eche un vistazo antes que ellos. Que expurgue lo que su sentido común le diga que de ningún modo puede ser relevante para la investigación. Y que me informe si encuentra algo… extraño.
    – ¿Extraño, señor?
    – Algo que le parezca raro, eso es todo. Nada que tenga que ver con ese asesinato, obviamente.
    Stephanie tenía un instinto muy fino, y en ese momento su instinto prácticamente estaba haciendo el pino para llamar su atención. Intentar «guiar» a la policía para que no advirtiera las discrepancias en la contabilidad era una cosa, y rebuscar activamente en los documentos para informar a Wallace, otra bien distinta. Y tremendamente sospechosa.
    ¿Qué esperaba Wallace que encontrara?
    – Stephanie, le estoy pidiendo en términos perfectamente razonables que tenga presente el interés de sus empleados, eso es todo.
    Stephanie sintió la tentación de forzar a Wallace a que fuera más explícito, a que le explicara con más detalle a qué se refería, pero al final decidió no hacerlo. Por un lado, Wallace tenía tendencia a salirse por la tangente. Por otro, Stephanie no quería, en realidad, que se preocupara por sus actividades hasta el punto de coger un avión en California para plantarse allí. Al menos, hasta que descubriera de qué iba todo aquello.
    Si había algo que los hijos de militares aprendían desde muy pronto era que cuanta más información se tenía más probable era tomar la decisión acertada. Nadie podía sorprenderte si sabías dónde se ocultaba.
    En otras palabras, protegerse los flancos. Y el trasero, si la ocasión lo requería. Manteniendo un tono tranquilo, aunque levemente impaciente, dijo:
    – Muy bien, señor. Echaré un vistazo abajo y le informaré si veo algo fuera de lo corriente. Y trabajaré tan estrechamente con la policía como sea posible para mantenerme al tanto de la investigación.
    – Bien. -Wallace parecía, más que satisfecho, un tanto receloso, como si fuera consciente de que Stephanie no había cantado la canción de guerra de su equipo-. Bien. Espero informes regulares, Stephanie. Pase lo que pase.
    – Sí, señor. -Ella cruzó los dedos-. Ahora que se acerca el fin de semana, no creo que se avance gran cosa hasta el lunes, por lo menos. Le llamaré entonces para darle noticias.
    – Muy bien.
    Stephanie colgó el teléfono, se recostó en la silla y, apoyando los pies sobre la mesa, se quedó pensando en aquello.
    Punto primero: había discrepancias en las cuentas de El Refugio y posiblemente también en otros documentos. Punto segundo: a Douglas Wallace, director de la división inmobiliaria del riquísimo grupo de inversores propietario de El Refugio, le preocupaba que la persona equivocada encontrara algo sospechoso si rebuscaba entre aquel papeleo. Punto tercero: lo que preocupaba a Wallace, fuera lo que fuese, podía o no tener que ver con el asesinato de un niño de ocho años acaecido una década antes. Pero, en cualquiera de los dos casos, Wallace estaba algo asustado y lo disimulaba mal.
    Lo cual era una mala noticia, se mirara por donde se mirara.
    En resumen: Stephanie Boyd estaba en un atolladero.
    – Mierda -masculló-. Sabía que este trabajo era demasiado bueno para ser verdad.

    – No puedes culparte -dijo Diana.
    – Lo sé, racionalmente. -Quentin se encogió de hombros-. Me digo a mí mismo que debo olvidarlo y seguir adelante con mi vida. Bien sabe dios que lo mismo me dicen los demás. Pero ya sea por mis facultades paranormales, por mi mala conciencia o por simple instinto, el caso es que algo dentro de mí ha insistido durante todos estos años en que tenía que encontrar al asesino de Missy. Y dejarla descansar en paz. Es algo que tengo que hacer. Algo que estoy destinado a hacer.
    Diana recordó la cara delgada y los ojos tristes que había visto y dibujado, y dijo lentamente:
    – Ojalá pudiera decirte que ya descansa en paz. Pero…
    – Pero no puedes. La viste, lo que significa que sigue en el limbo, a falta de una palabra mejor. Después de todos estos años, no ha podido seguir adelante.
    – ¿Hacia dónde?
    Él sonrió ligeramente.
    – ¿Quieres que diga que al cielo?
    – No lo sé. ¿Sería cierto?
    – Ésa es una pregunta a la que yo no puedo responder. Las cosas que sé del futuro no me revelan nada sobre el ámbito de lo espiritual. Ni sobre el más allá. De momento, al menos.
    Diana arrugó el entrecejo. Bebió un sorbo de su té, ya frío, Y dijo:
    – Mi dibujo de Missy. Lo hice antes de verla.
    Quentin sabía qué estaba pensando.
    – Es una forma de escritura automática. Tu subconsciente y tus facultades paranormales estaban funcionando más o menos automáticamente.
    – ¿Por qué?
    – Tenemos unas cuantas teorías. Casi siempre es el estrés lo que desencadena la escritura o el dibujo automático. Sólo conozco un par de personas con facultades paranormales capaces de utilizar a voluntad ese don; en los demás, suele manifestarse porque algo se ha reprimido.
    Ella le miraba con fijeza.
    – Tus facultades llevan intentando emerger casi toda tu vida. Intentándolo. Entre los fármacos, las terapias y tu resistencia, han sido reprimidas una y otra vez. Rechazadas, aprisionadas. Pero algo tan poderoso siempre, tarde o temprano, encuentra un camino para escapar de lo que lo retiene. Antes has dicho algo sobre pérdidas de conciencia.
    Diana frunció el ceño, inquieta.
    – ¿Sí?
    – Sí. Imagino que las pérdidas de conciencia comenzaron en algún momento durante los primeros años de tu juventud, durante el período de caos físico y emocional de la adolescencia. Y que o se han ido haciendo más fuertes con el paso del tiempo, o suelen ocurrir cuando estás sometida a niveles de estrés infrecuentes.
    – Lo último -contestó ella a regañadientes.
    Quentin no permitió que advirtiera lo mucho que le alegraba aquella información. Si las pérdidas de conciencia eran erráticas y estaban relacionadas con el estrés, era menos probable que las facultades de Diana estuvieran convirtiéndose en un peligro para ella.
    Menos probable. No imposible.
    – ¿Lo que significa? -insistió ella.
    – Lo que significa, o significa probablemente, que pierdes la conciencia únicamente cuando tus facultades no encuentran otro modo de liberarse.
    Diana dejó su taza sobre la mesa baja y se reclinó hacia atrás, cruzando los brazos sobre el pecho.
    – Está bien, ahora sí que me estás asustando. Hablas como si esas supuestas facultades mías tuvieran voluntad propia.
    – Energía, Diana. Tu cerebro está diseñado de forma natural para captar la energía, y también tiene que ser capaz de liberarla. Piensa en una olla llena de agua hirviendo que empieza a llenarse de vapor. Si la tapa está bien cerrada, la presión puede aumentar hasta alcanzar una fuerza destructiva, hasta que el propio recipiente corre peligro. Hay que dejar escapar parte del vapor.
    – De acuerdo, pero…
    – La energía que captas debe tener una espita, cosa que tú instintivamente siempre has sabido. Si no puedes ofrecerle esa válvula de escape conscientemente, permitiéndote experimentar visiones como la que has tenido hoy, entonces tu subconsciente encontrará una forma de hacerlo por tu propio bien. Las pérdidas de conciencia.
    – No recuerdo qué pasa en esos momentos. -Ella vaciló. Después añadió-: Pero me… me he despertado en sitios extraños. Haciendo, a veces, cosas extrañas.
    – No me sorprende. Esos apagones psíquicos son una respuesta extrema, lo que significa que, antes de que ocurran, el nivel de energía ha de ser tremendo.
    – ¿Qué ocurre entonces? ¿Cuándo se ha… desencadenado la pérdida de conciencia? -Diana no estaba segura de qué pesaba más en ella, si la curiosidad o el miedo.
    Quentin movió la cabeza de un lado a otro.
    – No tengo modo de saberlo con certeza. Las facultades parapsicologías son tan únicas como los individuos que las poseen. La liberación inconsciente de energía acumulada podría manifestarse casi de cualquier forma. ¿Qué cosas extrañas te has despertado haciendo?
    – Una vez estaba en un lago. Con el agua hasta la cintura. -Se estremeció-. En aquella época no sabía nadar. Ahora, sí.
    Él arrugó el ceño.
    – ¿Qué más?
    – Conducir el Jaguar de mi padre. Muy deprisa. Tenía catorce años.
    – Dios mío.
    – Sí. Me llevé un susto de muerte.
    – Cuándo recuperaste la conciencia, ¿no guardabas ninguna sensación de adonde ibas ni por qué?
    – No, sólo… -Fue ahora Diana quien frunció el ceño-. Sólo un… impulso, un tirón.
    – ¿Un tirón?
    – Sí. Como si algo, o alguien, supongo, me hubiera, estado llamando, arrastrándome hacia sí.
    – ¿Adónde te dirigías?
    – Tenía tanto miedo que apenas me daba cuenta de dónde estaba.
    – Piensa. Intenta recordar.
    – ¿Es importante?
    – Podría serlo.
    Diana se concentró e intentó orillar el terror y la angustia que guardaba en la memoria y recordar algo más que emociones. ¿Qué había hecho? Frenaba el coche, buscaba una señal, tenía las manos frías y sudorosas sobre el volante y el corazón le latía con violencia. En la oscuridad, antes de que amaneciera, todo le parecía ajeno y se sentía tan sola que no había palabras para expresarlo.
    – Estaba en una autopista interestatal -dijo cuando una señal de tráfico brilló entre sus recuerdos-. Me dirigía al sur. Tardé más de una hora en encontrar un teléfono y llamar a mi padre. No… no le hizo mucha gracia. Estaba tan asustado como yo, o eso me pareció. -Hizo una pausa y luego añadió-: A la semana siguiente, hubo una clínica nueva. Un nuevo doctor. Un nuevo tratamiento.
    – Lo siento, Diana.
    Ella le miró.
    – En aquel momento estaba más que dispuesta a probar cualquier tratamiento que me propusieran los médicos. Tenía catorce años, Quentin, y me despertaba en una autopista interestatal a las cinco de la mañana, conduciendo el Jaguar de mi padre a casi ciento ochenta kilómetros por hora. Tenía miedo de estar intentando matarme. Creo que mi padre temía lo mismo.
    – ¿Y los médicos?
    – ¿Si creían que tenía tendencias suicidas? -Ella levantó los hombros y los dejó caer-. Algunos sí, a lo largo de los años, estoy segura. Pero nunca hice las cosas que los pacientes con tendencias suicidas suelen hacer. Nunca intenté cortarme las venas o hacerme daño de ninguna otra manera. Dejando a un lado las pérdidas de conciencia, desde luego. Nunca intenté atiborrarme de fármacos. Nunca hablaba de matarme, nunca hacía dibujos que indicaran que tenía el suicidio en la mente, o bajo ella.
    – ¿Qué hay de las pérdidas de conciencia? ¿Son frecuentes?
    – No han sido tantas, en realidad. Puede que dos al año y, casi siempre, cuando salgo de ellas, estoy en mi cama o sentada en una silla. Como si me hubiera quedado dormida. Y hubiera soñado cosas que nunca recuerdo.
    – El subconsciente suele ser un buen guardián y tiende a protegernos de lo que no podemos o no queremos soportar -dijo Quentin-. Pero me sorprendería que, ahora que sabes que tienes facultades extrasensoriales, no se te abrieran unas cuantas puertas. Puede que empieces a recordar esos sueños. Y esas experiencias.
    Aquella posibilidad daba miedo, pensó Diana. Quizás incluso más que no recordar nada.
    – Uno de mis médicos -dijo-, se convenció de que las pérdidas de conciencia eran causadas por una reacción adversa a uno o más medicamentos que me habían recetado. Eso fue hace casi un año.
    – ¿Te quitó la medicación?
    Ella asintió con la cabeza.
    – Los primeros dos meses fueron… un infierno. Me retiraron los fármacos bajo supervisión, así que tuvieron que hospitalizarme. Que vigilarme. Muchos de esos medicamentos me los habían recetado para aquietar mi mente y mantenerme en calma.
    – Sedantes -dijo Quentin-. Ansiolíticos. Antidepresivos.
    – Sí. Cuando me los quitaron todos, aunque fuera poco a poco, fue como si me dieran cuerda. Perdí diez kilos porque no podía estarme quieta. Hablaba tan deprisa que nadie entendía lo que decía. No pegaba ojo y nada retenía mi atención más de un par de minutos seguidos. Mi padre quería que volvieran a medicarme por el estado en que estaba. Pero el doctor se mantuvo firme, afortunadamente. Y después de las primeras semanas mi mente se aclaró por fin lo suficiente como para que yo también pudiera mantenerme firme.
    – ¿Cuánto tiempo llevabas medicándote? -preguntó Quentin al cabo de un momento.
    Diana no quería decírselo, pero por fin contestó:
    – Me prescribieron los primeros fármacos cuando tenía once años. Desde ese momento, siempre había algo, normalmente más de un medicamento cada vez. Pero siempre alguno. Ahora tengo treinta y tres años. Haz la cuenta.
    – Más de veinte años. Has pasado dos tercios de tu vida drogada.
    – Y más o menos el mismo tiempo sin memoria -contestó ella.

Capítulo ocho

    Madison dijo:
    – No creo que esto sea buena idea.
    – ¿Por qué no? -quiso saber Becca-. Tenemos que hacer algo y no nos queda mucho tiempo. Créeme, no querrás estar aquí cuando eso vuelva.
    – ¿Estás segura de que va a volver?
    – Claro que estoy segura. Siempre vuelve.
    – Puede que esta vez…
    Becca movió la cabeza de un lado a otro.
    – Seguirá volviendo hasta que lo paren. Y no podrán pararlo hasta que lo sepan. Hasta que lo entiendan.
    Madison titubeó. Luego dijo con pesadumbre:
    – Pero parecía tan asustada… Cuando él la dejó sola, hace un rato, y ella cerró la puerta con llave. Aunque sea una persona mayor. Parecía muy asustada.
    – Lo sé. Pero ella puede cambiar las cosas, o al menos puede intentarlo. Es ella a quien estábamos esperando, estoy segura. Vio a Jeremy y eso es lo que importa, lo que tenemos que recordar. Creo que también ha visto a Missy…
    – ¿Quién es Missy?
    – Tú todavía no la conoces -respondió Becca-. Lleva aquí aún más tiempo que Jeremy. Pero suele quedarse en el tiempo gris y no sale mucho, ni siquiera cuando alguien abre la puerta.
    – ¿Por qué? ¿No se siente sola ahí dentro?
    – Supongo que sí. Pero le da más miedo lo que pasa aquí fuera. Supongo que es porque sabía lo que iba a pasarle antes de que le pasara.
    – ¿En serio?
    – Aja. Ella era especial, como tú. Supongo que esta vez está intentando con todas sus fuerzas encontrar un modo de detenerlo.
    – ¿Para poder marcharse de El Refugio?
    – Supongo que sí.
    – Pues yo supongo que no será fácil, o ya lo habría hecho -dijo Madison, irritada de pronto.
    Becca se echó a reír.
    – ¿Te pone nerviosa que diga tanto «supongo»? Mi madre lo decía todo el rato. A mí también me sacaba de quicio. Pero ahora me gusta decirlo, supongo que porque me recuerda a ella.
    – ¿Tu mamá no está aquí? -preguntó Madison, cuya compasión, siempre pronta, se había despertado repentinamente.
    – No, no está aquí, en El Refugio. Está a este lado de la puerta, pero yo no puedo verla, claro. No puedo hablar con ella. Se suponía que íbamos a quedarnos unos días más, ella, mi hermano y yo. Ellos se quedaron mucho tiempo, buscándome. Pero no pudieron encontrarme, claro. Tarde o temprano tenían que irse a casa. Así que se fueron.
    – ¿Y te dejaron aquí?
    – Bueno, no podían llevarme con ellos. No podían verme. Y aunque hubieran podido, yo no tenía ningún hueso que enseñarles, como Jeremy.
    Madison miró a su nueva amiga con inquietud.
    – Me alegro de que no tengas ningún hueso, Becca, porque no me gustaría verlo.
    – Qué miedica.
    – Sí, soy una miedica -dijo Madison con firmeza-. Tampoco me gustan los bichos, ni las serpientes, ni nada que dé asco. -Se agachó y cogió a Angelo, que había empezado a gimotear un poco, y se dijo que, si cogía al perro, era para reconfortarle a él y no a sí misma.
    – Bueno -dijo Becca-, yo lo único que te digo es que será mejor que nos ayudes a intentar detenerlo cuando vuelva. Porque si no…
    Madison esperó y observó a Becca volverse con el ceño fruncido hacia la cabaña que se alzaba a unos metros de distancia.
    – Sí no -prosiguió Becca suavemente-, esta vez no serán sólo huesos lo que encuentren. Lo que vean. Será mucho más.

    Quentin se paseaba por la salita de su suite, inquieto y no poco acongojado. Diana se había replegado inmediatamente sobre sí misma después de decirle, con el rostro inexpresivo y los ojos bien cerrados, que había pasado casi toda su vida medicándose, y, después del día que había pasado, él no se había atrevido a urgiría a seguir hablando.
    Aún no, al menos.
    A decir verdad, se alegraba de tener tiempo para intentar aclarar lo que ella le había contado hasta el momento. Quería ayudarla, necesitaba hacerlo, y no tenía nada en lo que apoyarse para seguir adelante, excepto el instinto, que le apremiaba a indagar cautelosamente, a formular preguntas cuando ella parecía dispuesta a sincerarse y a ofrecerle datos sobre fenómenos paranormales hasta donde parecía capaz de aceptarlos. Era lo único que tenía para guiarse, eso y lo que ella le contaba sobre su vida y sus experiencias.
    Si alguna vez había oído una historia de terror, era aquélla.
    Dos tercios de su vida medicándose.
    Santo cielo.
    A Quentin le costaba trabajo no culpar a sus médicos, y más aún a su padre, por no tener suficiente amplitud de miras como para considerar al menos, desde el principio, la posibilidad de que a Diana no le pasara nada malo. Pero no lo habían hecho. Enfrentados a lo inexplicable, a vivencias y comportamientos que no entendían y que les asustaban, habían actuado velozmente, con todo el presunto conocimiento de la medicina moderna, para «resolver» sus «problemas».
    Incluso antes de que Diana alcanzara la pubertad, por el amor de dios.
    Y la habían dejado sólo viva a medias. Habían hecho de ella un remedo pálido, incoloro, vago y desapasionado de la Diana que estaba destinada a ser.
    Dios, no era de extrañar que mirara el mundo con aquellos ojos cargados de recelo y desconfianza. Liberada por fin de los fármacos que embotaban su entendimiento, estaba lúcida por primera vez desde su infancia. Por primera vez era verdaderamente consciente del mundo que la rodeaba. Y no sólo estaba lúcida, sino también dolorosamente alerta, con la sensibilidad descarnada de la mayoría de las personas con facultades paranormales.
    Ahora lo sabía. Lo que estuviera dispuesta a admitir en voz alta o incluso conscientemente carecía de importancia: ahora sabía que la habían mantenido viva a medias, menos que eso. Sabía que aquellos en quienes más había confiado habían traicionado esa confianza, aunque hubiera sido en nombre del amor y de la preocupación y con las mejores intenciones. No la habían mantenido a salvo, la habían mantenido drogada y dócil. Habían intentado embotar a fuerza de machacarlas las aristas agudas y únicas que la hacían ser quien era.
    Para que pudiera estar sana. Como todo el mundo.
    Aquello, aquella conciencia pavorosa de todo lo que había perdido, había resonado en su voz mientras le hablaba.
    «Ahora tengo treinta y tres años. Haz la cuenta.»
    Quentin pensó que debía de ser como despertarse de un coma o de un sueño nebuloso y descubrir que todo lo sucedido ¿interiormente era irreal. Que el mundo había seguido girando, que el tiempo había pasado… y que ella había perdido años.
    Años.
    Quentin estuvo paseando un rato más por la habitación, cada vez más inquieto. Por fin se descubrió en el dormitorio en sombras, frente a la ventana, contemplando la noche. Y sólo entonces se dio cuenta de que desde allí veía la cabaña de Diana, de que su suite del tercer piso estaba lo bastante alta como para rebasar los matorrales y los árboles ornamentales que había entre El Refugio y la casita.
    «Vigila.»
    Se quedó quieto y contuvo el aliento mientras intentaba concentrarse y oír el leve susurro que sonaba en su cabeza.
    «Tienes que vigilar esta noche.»
    Pasó un rato y Quentin se permitió respirar de nuevo al darse cuenta de que no habría más. Sólo la toma de conciencia, la comprensión. De que tenía que quedarse vigilando esa noche, por el bien de Diana.
    Quizá por su seguridad.
    Desde allí divisaba tanto la puerta delantera como el pequeño patio privado, claramente visible porque las puertas de todas las cabañas estaban bien iluminadas, lo mismo que los senderos que las conectaban con El Refugio. Tanto por comodidad como por seguridad.
    Sin tomar siquiera la decisión consciente de hacerlo, Quentin se concentró, focalizó sus sentidos. Todo se emborronó un instante y a continuación la cabaña se destacó en relieve, claramente, sobre el paisaje que lo rodeaba. La puerta parecía tan cercana que era como si Quentin pudiera estirar el brazo y girar el pomo.
    Dado que sólo tenía que afinar su visión, sus otros sentidos permanecían más o menos en estado latente. Sólo oía silencio. No notaba ningún olor. Cuando apoyó un hombro contra el marco de la ventana, no fue consciente del contacto. Su mente permanecía silenciosa e inmóvil.
    Bishop le había advertido que no hiciera aquello. Afinar un solo sentido a expensas de los demás exigía un precio doloroso. Quentin lo sabía. Sabía que, si seguía así durante horas, al día siguiente tendría un dolor de cabeza espantoso, que sus sentidos del olfato, el gusto, el tacto y el oído estarían abotargados, quizá durante todo el día. Sabía que, agotados por el esfuerzo, los ojos le dolerían y reaccionarían ante la luz.
    Existía también el peligro, creía Bishop, de perder por completo algunas capacidades. Una cosa era concentrar energía extra en los sentidos para afinarlos, y otra bien distinta sofocar completamente uno o más de esos sentidos durante un período largo de tiempo. Equilibrio. Todo consistía en mantener el equilibrio.
    Quentin lo sabía. Pero no le importaba.
    Necesitaba vigilar a Diana, y eso fue lo que hizo. Apoyado contra el marco de la ventana, perdida incluso la conciencia de la habitación en la que se hallaba, vigilaba.
    Y esperaba.

    – Si no lo creía ya, no cabe duda de que ahora creerá que estás loca -masculló Diana para sí misma mientras se secaba, tras salir de la ducha-. Menuda ocurrencia, contarle todos esos detalles espeluznantes. Todo el mundo sabe que a uno no le atiborran con drogas durante un par de décadas si no tiene un montón de problemas.
    Lo peor era que no estaba completamente segura de cuál había sido la reacción visceral de Quentin. Sí, se había mostrado en apariencia comprensivo y piadoso, había dicho lo que debía decir, había insistido en que el hecho de que hubiera pasado la mayor parte de su vida medicándose no significaba que estuviera enferma. Sólo que los médicos no habían entendido nada.
    Oh, sí, eso Diana lo creía. Seguramente tanto como lo creía él. Pero no sabía a ciencia cierta qué pensaba Quentin. No creía que se le diera muy bien interpretar las expresiones de los demás, debido sobre todo a falta de práctica; mientras se deslizaba por la vida en su nube medicamentosa, lo que pensaran o sintieran los otros no le había parecido, a menudo, importante.
    Ahora, en cambio, sí le importaba. No sabía por qué, o al menos no quería reconocerlo ante sí misma, pero le importaba lo que Quentin pensara de ella. Y sin duda él pensaba que estaba irreparablemente trastornada. Eso no debería haberle dolido, porque siempre lo había sabido.
    Pero ahora también lo sabía él.
    Enfadada consigo misma y tan cansada que sus pensamientos se movían en círculos aún más que de costumbre, se puso unos pantalones de pijama de seda y una camisola a juego. Todavía era bastante temprano, pero sentía la necesidad urgente de dormir.
    Entró en su dormitorio, iluminado por la lámpara, y deshizo la cama; se sentó luego en el borde de ésta y vaciló sólo un instante antes de abrir el cajón de la mesilla de noche. El frasco rodó un poco con el movimiento del cajón; después se detuvo. Diana lo cogió con reticencia.
    Aquella medicación permanecía en el organismo sólo unas horas, lo justo para permitirle dormir. Su médico le había dado su palabra, se lo había jurado, y dado que era él quien le había quitado el resto de la medicación, Diana le creía.
    Aun así… el frasco seguía lleno.
    Ahora, Diana se resistía incluso a tomar una aspirina. A pesar de que sus pensamientos desperdigados no conocían sosiego y de su incapacidad para concentrarse mucho tiempo en una sola cosa, a pesar de tener las emociones a flor de piel y los sentidos tan afinados que casi le causaban dolor, prefería aquel estado a lo que había vivido con anterioridad.
    Se había deslizado insensiblemente a través de más de veinte años de su vida. Y no quería que eso volviera a ocurrir.
    Pero necesitaba desesperadamente dormir y temía lo que podía ocurrir si no dormía. De modo que se echó un par de píldoras en la mano y se las tragó, acompañándolas con un sorbo de agua de la botella que había sobre la mesilla de noche.
    Se metió en la cama y apagó la lámpara; después se reclinó sobre la almohada. Sintió el impulso de acercarse a la ventana, como había hecho tantas noches antes, pero con esfuerzo logró ignorarlo.
    Dormir. Necesitaba dormir. Todo aquello le parecería lógico si lograba dormir.
    Su mente siguió persiguiéndose en círculos algún tiempo (se negaba a mirar el reloj de la mesilla de noche para ver cuánto tiempo había pasado), pero al cabo de un rato se aquietó.
    Y por fin se quedó dormida.

    Abrió los ojos y se sentó en la cama. Curiosamente, no le sorprendió hallarse en el tiempo gris.
    Sabía que todavía era de noche, aunque su dormitorio estuviera iluminado por ese crepúsculo extrañamente plano e incoloro que ya conocía. Era siempre igual, en el tiempo gris. Nunca había luz o oscuridad, sólo… grisura.
    Pensó que había dormido horas, pero no se molestó en mirar el reloj de la mesilla de noche. No le mostraría nada. Una do las características verdaderamente espeluznantes del tiempo gris era que allí no había tiempo. Aquí. Los relojes, digitales o no, no tenían esfera ni rasgo alguno.
    Aquel lugar, estuviera donde estuviera, se hallaba fuera del tiempo; a esa conclusión había llegado Diana. Sentía, sin embargo, que era un lugar de tránsito, un lugar entre el mundo de los vivos que conocía y lo que venía después.
    No era exactamente el dominio de lo espiritual del que le había hablado Quentin. Era más bien como la puerta, el corredor que conectaba los dos mundos.
    Apartó las mantas y salió de la cama, consciente del frío de la habitación, un frío que traspasaba incluso la mullida moqueta y helaba sus pies. Sabía que debía buscar sus zapatillas o sus zapatos, encontrar una chaqueta o al menos una bata, pero no se molestó. Sabía que no cambiaría nada. Siempre hacía frío en el tiempo gris. Un frío que calaba hasta los huesos.
    Salió del dormitorio y se fijó con vago interés, sin llegar a detenerse, en lo insulsa que parecía la casita sin colores ni sombras. Tenía que ir a otro sitio.
    Abandonó la cabaña y se detuvo en el sendero que partía de su puerta. Y esperó. Allí fuera, las luces parecían extrañas y amortiguadas, no brillantes, sino de una tonalidad más clara de gris. Las flores y los arbustos plantados en macetas y parterres que rodeaban por completo la casita estaban misteriosamente quietos y tenían aquella misma apariencia unidimensional, tomo la copia en gris de una fotografía que antaño fue de colores vivos.
    Ni un soplo de aire agitaba el frío crepúsculo, a pesar de que había un leve olor, ligeramente desagradable. Diana nunca había podido identificar aquel olor, aunque en cierto modo le resultaba familiar. No se oían los ruidos nocturnos, ni el pulso de la vida. Nunca se oían.
    – Diana.
    Se volvió un poco y miró a la niña que permanecía a unos pasos de ella. Una niña muy bonita, con lo que parecía, en aquella grisura incolora, un cabello muy rubio que rodeaba su cara en forma de corazón.
    – Hola. -Diana reparó en el sonido hueco de su propia voz, casi un eco. Era distinta a la voz de la niña, que sonaba perfectamente clara. Eso también era normal en el tiempo gris.
    – Tienes que venir conmigo -dijo la niña.
    Diana sacudió la cabeza ligeramente, no porque quisiera negarse, sino por impaciencia.
    – La última vez que seguí a uno de vosotros, fue a una tumba.
    La niña frunció el ceño.
    – Pero Jeremy estaba al otro lado. En tu lado. Tú conoces la diferencia. Y conoces las reglas.
    Diana las conocía, y las recordaba con toda claridad. En el tiempo gris, su memoria era perfecta, su comprensión absoluta. A pesar de su sobrecogedora extrañeza, el tiempo gris era un lugar en el que se sentía dueña de sí misma. Pero también conocía los peligros que entrañaba.
    – Sé que no es seguro para mí estar aquí, entre dos tiempos. Entre dos mundos.
    – No puedes quedarte mucho tiempo -contestó la niña-. Mantener la puerta abierta es peligroso, ésa es una de las normas. Y si la cierras mientras todavía estás dentro, te quedarás atrapada aquí. Supongo que no te gustaría.
    – No. Supongo que no.
    La niña sonrió.
    – Entonces será mejor que nos demos prisa.
    – ¿Cómo te llamas? -preguntó Diana, porque siempre lo hacía.
    – Becca.
    Diana asintió con la cabeza.
    – Está bien, Becca. ¿Eras tú quien me llamaba?
    – Sí.
    – ¿Porqué?
    – Hay una cosa que tienes que ver. -Frunció de nuevo las cejas-. Y tenemos que darnos mucha prisa.
    – Otras veces he pasado horas aquí -protestó Diana, pero aun así siguió a Becca cuando ésta dio media vuelta y echó a andar hacia los establos lejanos.
    – Lo sé. Pero estar de nuestro lado aquí, aquí en El Refugio, es mucho más peligroso para ti. Además, eso llegará pronto y no dejará que te quedes.
    – ¿Eso? Becca…
    – Por aquí. Date prisa, Diana.
    Diana, que sabía por experiencia que era inútil protestar, siguió a su guía. Siempre era así: la llevaban a sitios, insistían en que viera lo que querían mostrarle, en que hicieran lo que le pedían. O simplemente en que les escuchara.
    Había escuchado a muchos, a lo largo de los años.
    – ¿Por qué es más peligroso para mí estar aquí mientras estoy en El Refugio? -preguntó con la esperanza de obtener al menos una respuesta.
    – Porque empezó aquí.
    – ¿Qué empezó aquí?
    – Todo.
    Diana se preguntó si había esperado que la respuesta tuviera sentido. Mala suerte, si así era.
    – No lo entiendo, Becca.
    – Lo sé. Pero lo entenderás.
    Diana apretó el paso, como había hecho la niña, y la siguió hasta el primero de los tres edificios que componían los establos de El Refugio. Recorrieron el largo y silencioso pasillo, pasando junto a las caballerizas, con sus puertas de dos hojas medio abiertas. Diana no tuvo que mirar para saber que todas las cuadras estaban vacías.
    Sabía también que allí se guardaba una docena de caballos. Allí, en aquel establo de El Refugio. No allí, en el tiempo gris.
    Le había costado algún tiempo acostumbrarse a aquello.
    Allí no había animales, no porque carecieran de la energía o de la esencia espiritual que sobrevivía a la muerte, creía Diana, sino porque las criaturas no humanas rara vez permanecían en el tiempo gris, atrapadas entre dos mundos debido a la mala conciencia, a la ira o a asuntos pendientes. Eso sólo lo hacían las personas.
    – Ya no falta mucho -dijo Becca mirando hacia atrás.
    – Becca, ¿se trata de ti?
    – Te he llamado yo, ¿no?
    – Las dos sabemos que eso no significa nada. Una vez tuve un guía que me llamó una docena de veces, y nunca se trataba de él.
    Becca se detuvo en medio del pasillo y se volvió para mirarla fijamente.
    – Esta vez, se trata de ti.
    – ¿De mí?
    – Sí.
    – ¿Qué quieres decir? -Diana cruzó los brazos sobre el pecho y se frotó los antebrazos, intentando entrar en calor. No sirvió de nada. Nunca servía.
    – Estabas destinada desde siempre a venir aquí, Diana. A El Refugio. Llevas toda tu vida atada a este sitio.
    – ¿Cómo es posible? Nunca había estado aquí.
    – Conexiones.
    – ¿Se supone que eso tiene sentido? Porque no lo tiene.
    Becca sacudió la cabeza ligeramente, pero dijo:
    – Las cosas tienen que suceder como suceden. Cuando suceden. ¿Crees que fue un accidente que el médico te quitara las medicinas cuando lo hizo? ¿Que ha pasado el tiempo justo para que tu mente se aclare y para que todos esos fármacos desaparezcan de tu cuerpo?
    – ¿El tiempo justo?
    – El tiempo justo para que estuvieras lista cuando llegaras aquí.
    Diana cobró conciencia de un nuevo frío, más hondo. Allí pasaba algo malo, había algo distinto. Diana llevaba más de veinte años hablando con guías… y las conversaciones nunca se desarrollaban así.
    Como Jeremy y sus huesos, la mayoría de ellos la necesitaban para que actuara de su parte. Para que encontrara algo por ellos. Para que pasara alguna información. Para que zanjara sus asuntos pendientes. No se trataba de ella. Nunca se trataba de ella.
    Becca asintió con la cabeza como si hubiera oído aquellos pensamientos inarticulados.
    – Parece distinto, ¿verdad? Eso es porque estás aquí, aquí de verdad, en carne y hueso. Has podido hacerlo otras veces, cuando perdías la conciencia, pero nunca estando dormida. Cuando estabas dormida, era como… como un sueño. Sólo estabas aquí en parte, en este lado. Las medicinas impedían que el resto de ti cruzara a esta orilla.
    – Yo no estoy muerta -dijo Diana lentamente.
    – No, claro que no. No se trata de eso. Es hora, Diana. Es hora de que empieces a recordar los lugares a los que vas cuando duermes o pierdes la conciencia. Hora de que te des cuenta de que puedes hacerlo. Lo que llevas haciendo casi toda tu vida. Hora de que vengas aquí y conozcas eso, y empieces a encontrar las respuestas que necesitas. Todo forma parte de tu viaje.
    Confusa, Diana dijo:
    – Pero no me acordaré. Cuando esté despierta. Nunca me acuerdo.
    – Nunca te acordabas antes, por las medicinas. No podían impedir que hicieras lo que tenías que hacer, pero te impedían recordar. Piénsalo. No has perdido la conciencia desde que te quitaron la medicación.
    – El dibujo. La pintura.
    – Él te lo explicó. Eso fue distinto. Era como soñar despierta.
    Diana se quedó callada.
    – Si ahora te permites recordar, si te permites comprender y creer, no habrá más pérdidas de conciencia, Diana. No tendrá por qué haberlas. Seguirá siendo más fácil abrir la puerta y venir aquí cuando estés dormida, pero podrás hacerlo cuando estés despierta. Siempre que quieras. Si crees.
    – No es tan sencillo.
    – ¿No? Ya casi lo has conseguido. Estás recordando tus sueños -dijo Becca.
    – Pesadillas -dijo Diana involuntariamente-. Y no las recuerdo, sólo… me asustan.
    – Así tiene que ser.
    Aquella voz dulce, grave, infantil hizo que Diana se sintiera recorrida por otro de aquellos profundos escalofríos, y resistió el impulso de dar un paso atrás.
    – Tú me has llamado -dijo-. Me has traído aquí. ¿Por qué?
    – Para enseñarte una cosa. Para que empieces a creer de verdad.
    – ¿Para enseñarme qué?
    – Un lugar secreto.
    – Becca…
    – Hay secretos por todas partes, Diana. Recuérdalo. -Señaló hacia un lado, donde la puerta del cuarto de arreos del establo permanecía cerrada-. Uno de ellos está ahí. Dile a él que lo busque. Dile que está escondido ahí.
    – ¿Qué hay escondido ahí? Becca…
    La niña ladeó la cabeza con expresión solemne.
    – En el desván también. Allí arriba hay algo que tienes que ver. Es importante, Diana. Es muy importante.
    – ¿Por qué? -La pregunta apenas había salido de sus labios cuando un súbito destello la hizo parpadear. Por un instante, por una fracción de segundo, creyó oler a heno, pensó que la grisura que la rodeaba había cambiado-. ¿Porqué, Becca? -repitió rápidamente.
    – Porque es la verdad. Y tienes que saber la verdad. Hasta que no la sepas, no entenderás lo que está pasando aquí.
    Otro destello le trajo el olor del heno y los caballos y la visión de los fluorescentes que bordeaban longitudinalmente el pasillo del establo. Sintió de pronto que un calorcillo atenazaba sus antebrazos y se dio cuenta al instante de lo que estaba sucediendo.
    Estaban tirando de ella.
    – ¿Qué es, Becca? ¿Cuál es la verdad?
    Otro destello. Luego otro. Ahora veía a Quentin a la luz brillante de los destellos, de pie ante ella.
    – No puedo decírtelo, Diana. Tienes que descubrirlo por ti misma. Tú y él. Le necesitas. Porque…
    – … ya viene -dijo Diana al abrir los ojos.
    – ¿Quién viene? -preguntó Quentin, cuyas manos apretaban con fuerza los antebrazos desnudos y helados de Diana.
    Un caballo resopló allí cerca, sobresaltándola, y el olor fuerte pero agradable del heno y los animales se adensó repentinamente en sus fosas nasales. Los tubos fluorescentes del pasillo brillaban tanto que le hacían daño en los ojos. Se preguntó vagamente si permanecían encendidos toda la noche, y luego llegó a la conclusión de que seguramente los había encendido Quentin al entrar tras ella en el establo unos minutos, o quizás unas horas, antes.
    Notaba los pies helados. Se sentía helada.
    – ¿Qué estás haciendo aquí, Diana? Son las cinco de la mañana.
    Ella le miró parpadeando, perpleja por un instante, con la mente en blanco. Pero luego se acordó.
    Se acordó de todo.
    – Estaba siguiendo… -murmuró.
    – ¿Siguiendo qué?
    – Qué no. A quién.
    Quentin arrugó más aún el ceño, pero antes de decir nada más se quitó la sudadera de cremallera que llevaba puesta.
    – Toma, ponte esto. Tienes la piel helada.
    Diana se miró, bruscamente consciente de su escueto atuendo. La camisola de seda se ceñía a su carne helada como una segunda piel, sin dejar nada a la imaginación. Sintió que sus mejillas se acaloraban, se puso rápidamente la chaqueta y quedó envuelta en el calor y el olor del cuerpo de Quentin.
    – Dios mío, tienes los pies casi azules -dijo él-. El encargado de los establos solía tener unas botas de sobra y a veces algunos zapatos en el cuarto de arreos, pero estará cerrado. Tengo que llevarte de vuelta a la cabaña.
    Comprendiendo más por intuición que por cualquier ademán de Quentin que éste se disponía a cogerla en brazos para llevarla a la cabaña, Diana dio un paso hacia el cuarto de arreos.
    – La puerta no está cerrada con llave -dijo-. No… no podemos irnos aún.
    – ¿Por qué no?
    Ella no respondió; se acercó a la puerta, sólo confusamente consciente de que tenía los pies entumecidos y de que apenas sentía el empedrado bajo ellos. Giró el pomo y pisó el suelo de madera del cuarto de arreos.
    Fue Quentin quien pulsó el interruptor de la luz al entrar tras ella, diciendo:
    – Estupendo, siguen guardando cosas de sobra aquí. -Cruzó el espacioso cuarto, al fondo del cual, en una estantería baja, había botas de montar y varios pares de zapatos.
    Diana miraba a su alrededor. ¿Un lugar secreto? ¿Había allí un escondite? Lo único que veía era un cuarto de arreos, una habitación de unos cinco metros por seis atestada de sillas de montar colocadas en soportes, de bridas y ronzales, de sogas colgadas de escarpias y de numerosas bandejas que, dispuestas sobre los estantes, contenían cepillos, peines, punzones de herrero y otros utensilios para el cuidado de los caballos.
    – Siéntate, Diana. -Quentin la cogió del brazo y la condujo a uno de los dos largos bancos que, colocados de espaldas el uno al otro, había en medio de la habitación. Ella se sentó en el extremo más próximo del banco y cogió las zapatillas que él sostenía antes de que Quentin pudiera sentarse a su lado.
    – Yo lo haré. Tú echa un vistazo por aquí.
    El la miró con el ceño fruncido.
    – ¿Qué es lo que tengo que buscar?
    Diana vaciló sólo un instante antes de responder:
    – Un secreto. -Se inclinó para ponerse las zapatillas deportivas, casi nuevas pero decididamente grandes que Quentin le había buscado.
    – Aquí casi todo está a la vista -dijo él mientras miraba a su alrededor-. Excepto aquel botiquín de allí, no veo nada cerrado. ¿Qué clase de secreto podría haber oculto aquí?
    Diana no advirtió en su tono de voz signo alguno de que estuviera siguiéndole la corriente y, al incorporarse y levantar la mirada, sólo vio en su semblante un vivo interés. Pero, aun así, temía hablar más de lo necesario, al menos de momento.
    No porque la asustara que él pensase que estaba loca, sino porque temía convencerse ella misma de su locura si empezaba a hablar.
    – ¿Diana?
    – ¿Qué hacías tú aquí, de todos modos? -preguntó ella bruscamente.
    Quentin contestó con naturalidad:
    – Anoche miré por mi ventana y me di cuenta de que desde allí veía tu cabaña. Y algo me dijo que vigilara. Esa vocecilla que oigo a veces. Así que eso hice. Te vi salir y dirigirte hacia los establos hace un rato. Me pareció buena idea seguirte. -Hizo una pausa y añadió-: No ha sido una pérdida de conciencia, ¿verdad? Tenías los ojos cerrados. Estabas caminando en sueños.
    – Algo así.
    – ¿Algo así? Diana…
    – Por favor, ¿podrías echar un vistazo por aquí?
    Quentin no se movió.
    – ¿Tiene esto algo que ver con los asesinatos? ¿Con las desapariciones?
    Ella respiró hondo.
    – Dímelo tú. Una… guía… me trajo hasta aquí. Una niña de unos doce años. Dijo que se llamaba Becca.
    Quentin respondió sin apenas titubear:
    – Rebecca Morse desapareció de El Refugio hace nueve años. Nunca se ha encontrado ni rastro de ella.
    – Entonces creo que esto tiene algo que ver con… los asesinatos. Porque ella me trajo hasta aquí. En el tiempo gris.
    – ¿Y qué te dijo?
    – Que este sitio guardaba un secreto. -Diana paseó la mirada por la habitación limpia y silenciosa-. Me dijo que había secretos por todas partes. Que te dijera que buscaras lo que había escondido aquí.
    – ¿Yo? ¿Me llamó por mi nombre?
    – No. Dijo «él». Pero se refería a ti. -Diana se estremeció y se ciñó aún más la chaqueta. Debería haberse sentido perdida entre tanta tela, pero la chaqueta era cálida y olía agradablemente a Quentin, y ello le producía una sensación de seguridad que le resultaba extraña y desconocida. Deseaba poder deleitarse en ella-. Hay algo oculto aquí, Quentin, y tenemos que encontrarlo.
    Todavía inmóvil, él dijo:
    – En ese caso, hay que llamar a Nate y hablar luego con la directora de El Refugio. Antes de hacer nada. Esto es propiedad privada, Diana, y estamos aquí a deshora y sin permiso.
    – Ya lo creo que sí -dijo una voz agria desde la puerta.

Capítulo nueve

    Cullen Ruppe era un hombre moreno, de algo más de cincuenta años, recio de hombros y brazos y poseedor de las caderas estrechas y las piernas fornidas propias de un jinete experimentado. Era también (informó Nate a Quentin en voz baja) proclive a dárselas de gruñón, razón por la cual, posiblemente, parecía empeñado en amargar la vida a todo el mundo.
    – Nadie iba a registrar su cuarto de arreos sin permiso de la gerencia o, en todo caso, de una orden judicial.
    – No puedo conseguir una orden -le dijo Nate a Quentin en voz baja cuando se reunió con él junto a la entrada del extenso establo, dejando a Ruppe con cara de pocos amigos en la puerta del cuarto de arreos-. No, basándome en la palabra de una posible médium que, hasta donde sabemos, podría ser simplemente sonámbula.
    Quentin bajó también la voz al decir:
    – Yo la creo, Nate. Creo que tenemos que registrar ese cuarto de arreos.
    – Sí, sé que la crees. La cuestión es ¿qué le digo a Steph… a la señorita Boyd… para convencerla?
    – Dijiste que anoche, cuando hablaste con ella, estuvo muy amable.
    – Sí, pero esta situación no le hace ninguna gracia. ¿Y ahora quieres que la despierte al amanecer para que nos dé autorización? Mira, ¿qué esperas encontrar ahí en realidad?
    – No lo sé. Algo. Algo que nos ayude a descubrir quién mató a Missy y a Jeremy Grant… y quién sabe a cuántos más.
    – Esperas mucho de un cuarto de arreos de mala muerte, Quentin. Aquí entra y sale gente durante todo el día, constantemente. ¿Qué podría haber escondido ahí dentro?
    – No lo sé -repitió Quentin-. Pero creo que tenemos que averiguarlo.
    Nate frunció los labios y exhaló un suspiro ligeramente impaciente. Parecía cansado, cosa nada extraña; podía haber dormido cinco o seis horas antes de que la llamada de Quentin le sacara de la cama, pero era más probable que hubiera estado trabajando en su despacho hasta mucho después de medianoche.
    – Me estás poniendo en un buen aprieto -dijo por fin-. Los dos sabemos que, si queremos registrar minuciosamente esa habitación, habrá que mirar debajo de las planchas del suelo y detrás de las paredes. Y si después de todo eso no encontramos nada, los propietarios del hotel van a poner el grito en el cielo.
    – Lo sé. No te lo pediría, Nate, si no estuviera convencido de que encontraremos algo que merecerá la pena.
    El policía se quedó mirándole un momento en silencio; después suspiró de nuevo.
    – Ah, mierda. Está bien. Iré a despertar a la señorita Boyd, a ver si se me ocurre alguna explicación razonable que darle. ¿Tienes alguna sugerencia?
    Quentin estaba más o menos acostumbrado a inventar explicaciones razonables para justificar «corazonadas» o pistas extrasensoriales, puesto que los miembros de la Unidad de Crímenes Especiales se veían a menudo en esa tesitura, pero en esta ocasión estaba bloqueado. Entre la información que poseía sobre los niños muertos o desaparecidos, no había ni un solo dato que los relacionara de manera sospechosa con aquellos establos. Ni uno solo.
    Y sin conexión, no había orden judicial.
    – Ojalá, pero… Lo siento.
    – Y supongo que la señorita Brisco no estará dispuesta a que se haga público todo ese rollo de sus facultades extrasensoriales.
    – Lo dudo. Apenas está empezando a creerlo ella misma.
    – Pero lo cree lo suficiente como para insistir en que hay algo escondido en ese cuarto de arreos. ¿Es que se lo dijo otro fantasma?
    Al llegar Nate, Diana había vuelto ya a su cabaña, a instancias de Quentin, para vestirse, y por esa razón el policía no había hablado con ella aún. Sobre ninguno de sus… encuentros, incluido el de la tarde anterior. Razón por la cual, probablemente, Nate parecía contrariado.
    Probablemente.
    – Se lo dijo el fantasma de otra de las niñas desaparecidas, Nate. Rebecca Morse. Supongo que te acordarás de ella. Trabajaste en su caso.
    Nate había fruncido el ceño.
    – Sí. Sí, trabajé en ese caso. La niña salió a jugar al jardín una mañana y nadie reconoció haberla visto desde que salió de la terraza trasera. Nunca encontramos ni rastro de ella. Mi jefe de aquel momento llegó a la conclusión de que la había secuestrado su padre. Había habido un divorcio muy feo. Pero a él tampoco pudimos encontrarle.
    – Créeme, el padre no la secuestró. O, en todo caso, Rebecca no salió de El Refugio. -Quentin miró a Ruppe y añadió-: Esperaré aquí mientras tú hablas con la señorita Boyd, si no te importa.
    – ¿Sospechas de Ruppe?
    – Estaba aquí hace veinticinco años. Está aquí ahora. Es lo único que sé. -Sospechaba también del hecho de que Ruppe hubiera aparecido allí en un momento en que, de no haberla seguido él, Diana se hallaba sola e indefensa. Tal vez el encargado de los establos no hubiera supuesto ninguna amenaza para ella, pero Quentin no estaba dispuesto a darlo por seguro.
    A fin de cuentas, tenía que haber una razón que explicara por qué sus propias facultades le habían impulsado a seguir a Diana hasta allí. Quizá sólo necesitaba despertarla, sustraerla del tiempo gris para que no permaneciera en él demasiado tiempo. O quizás un peligro de carne y hueso amenazaba a Diana.
    Quentin no lo sabía. Aún.
    – Teniendo en cuenta lo poco que tenemos -dijo Nate con otro suspiro-, no puedo reprocharte que te agarres a un clavo ardiendo.
    – Sé que Ruppe fue interrogado después del asesinato de Missy. Leí el informe. -Lo había memorizado.
    – Entonces sabrás que, en aquel momento, la policía no encontró nada sospechoso relacionado con él.
    – Lo sé. Pero, como te decía, estaba aquí entonces. Y está aquí ahora. Aunque sólo sea por eso, puede que sepa algo que no sabe que sabe.
    Nate se quedó pensando un momento y por fin asintió con la cabeza.
    – Sí, tal vez. Suele pasar. Pero no le interrogues, Quentin, aún no. Según dice, se despertó a la hora de siempre y al bajar de su apartamento encontró a dos huéspedes fisgoneando en el cuarto de arreos, así que tiene derecho a desconfiar y a estar enfadado. No empeoremos las cosas hasta que haya motivos para hacerlo, ¿de acuerdo?
    Quentin asintió con la cabeza.
    – Entendido.
    – ¿Estás bien? Pareces un poco…
    Quentin pensó que probablemente parecía un mucho y no un poco, y haciendo una mueca dijo:
    – Tengo jaqueca. Una jaqueca de mil demonios. -Además, notaba los oídos como forrados de algodón, lo mismo que los senos nasales, y los ojos le ardían y le dolían. Definitivamente, estaba pagando el precio por toda una noche de vigilia.
    – Deberías tomarte algo -dijo Nate.
    – Sí, sí, lo haré. -Quentin no se molestó en explicarle que los analgésicos no servían para nada en aquellos casos. Nada servía, excepto el tiempo y el descanso.
    Nate se encaminó hacia el edificio principal, y Quentin y Ruppe se miraron el uno al otro desde casi la mitad del largo pasillo del establo. Quentin sabía que, indudablemente, Ruppe tenía cosas que hacer; dirigir un establo que comprendía tres cuadras distintas y albergaba a más de treinta caballos era una tarea a tiempo completo, aunque la mayor parte del trabajo sucio lo hicieran otros. Los caballos estaban ya inquietos a la espera de su comida matinal, y hacían resonar sus cascos, resoplando suavemente. El personal de mantenimiento aparecería en cualquier momento para darles de comer y empezar a limpiar las caballerizas.
    En el portafolios que colgaba junto al cuarto de arreos había anotadas tres excursiones a caballo previstas para ese día, así como media docena de clases para jinetes principiantes que, en futuras salidas, querían hacer algo más que aferrarse al caballo como si de ello dependiera su vida.
    Estaba claro que Ruppe no tenía tiempo de quedarse allí la mañana entera, y mucho menos aún de enzarzarse en un rifirrafe con la policía o con Quentin. Pero era igualmente obvio que era muy celoso de su autoridad y que no estaba dispuesto a ceder terreno, a no ser que se viera obligado a ello por orden de la directora.
    Quentin conocía a los de su clase. Se las había visto a menudo con personas así en sus años como agente federal. Sabía también que Nate tenía razón al decir que aquél no era momento para interrogar al encargado de los establos, por más que deseara hacerlo.
    Nate probablemente diría, con mucho tacto, que a fin de cuentas no había prisa: Missy llevaba muerta veinticinco años, y eso no cambiaría por unas pocas horas más, unos días o incluso unas semanas.
    Probablemente.
    Pero el desasosiego que Quentin había sentido la noche anterior se había convertido bruscamente esa mañana en un presentimiento profundo y frío cuando Diana había abierto los ojos de repente para hacer una afirmación que le había sonado extrañamente familiar.
    «Ya viene.»
    Y había tenido que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permitir que Diana se apartara de su vista. Para dejar que se alejara de él y volviera a recorrer los senderos bien iluminados que llevaban a su cabaña a fin de cambiarse de ropa. Porque eso era exactamente lo que Missy le había dicho veinticinco años atrás.
    La última vez que la vio con vida.

    Ellie Weeks comía una tostada y bebía té caliente, y añoraba el café solo que solía constituir su tentempié de por las mañanas. Pero el embarazo y el café solo no parecían hacer buenas migas, al menos en su caso, y beber té era infinitamente preferible a vomitar hasta la primera papilla. Además, la gobernanta de El Refugio, la señora Kincaid, llevaba unos días vigilándola muy de cerca, y Ellie no podía permitirse hacer nada que pareciera ni tan siquiera remotamente sospechoso.
    De nuevo, al menos.
    En el comedor de personal, Alison Macón acercó su silla a la de Ellie y susurró:
    – ¿Te has enterado de lo de anoche?
    Ellie miró un momento a la otra camarera con perplejidad; después asintió con la cabeza.
    – Sí. Han encontrado unos viejos huesos en uno de los jardines.
    Alison pareció visiblemente desilusionada por no ser la portadora de tan dramática noticia, pero aun así logró que su susurro sonara teatral.
    – Era un chico. Un niño pequeño, según creo. Encontraron su reloj enterrado con él.
    Enfrascada en sus problemas y sus preocupaciones, Ellie respondió:
    – Tuvo mala suerte.
    – Pero, Ellie, están diciendo que fue asesinado.
    – También dicen que fue hace años -repuso Ellie.
    – Pero ¿tú no tienes miedo?
    – ¿Por qué iba a tenerlo?
    Alison pareció pasmada, pero sólo un instante.
    – Podría haber un asesino aquí, en El Refugio.
    – Sí, y también puede que se fuera hace mucho tiempo. Probablemente se fue. ¿Para qué iba a quedarse aquí y dejar que lo cogieran?
    Alison se estremeció visiblemente.
    – Pues yo tengo miedo -dijo.
    – Entonces ten cuidado. Quédate en el hotel. Si tienes que salir sola, no te alejes por los senderos.
    – De verdad no tienes miedo, ¿no?
    – De verdad que no. -De eso no, en cualquier caso. La existencia de un asesino sin rostro que quizá siguiera allí años después de cometer un crimen no tenía ni punto de comparación con las preocupaciones, muy reales, que atormentaban a Ellie.
    Un bebé.
    «No puedo criar a un bebé. Yo sola, no. Tampoco puedo abortar. ¿Qué más queda?»
    – Eres tan valiente…-dijo Alison con admiración.
    – Si tú lo dices. -Ellie apuró su taza con la esperanza de que le asentara el estómago revuelto y empujó su silla hacia atrás-. Queda un cuarto de hora para que empiece nuestro turno. Voy a salir a tomar un poco el aire primero. Nos vemos en el cuarto de suministros.
    Alison asintió con un gesto de la cabeza, pero distraídamente, con la mirada ya fija en el otro extremo de la sala, en otra camarera que tal vez no estuviera aún al corriente del hallazgo de la víspera.
    Ellie se levantó y miró con mucha intención su reloj de modo que la viera la señora Kincaid; se detuvo un momento, pensativa, y decidió que tenía tiempo. Luego salió del comedor con paso enérgico, como si fuera a algún sitio en concreto.
    El comedor de personal estaba en uno de los pisos más bajos del ala sur, junto con las cocinas y otras áreas de mantenimiento. En aquella ala había también unas pocas habitaciones pequeñas, reservadas para los relativamente pocos empleados de limpieza y mantenimiento que vivían y trabajaban en El Refugio.
    Ellie ocupaba una de aquellas habitaciones, al menos de momento. Pero dejaría de hacerlo en cuanto todo el mundo se enterara de lo del bebé. Cuando eso sucediera, la pondrían de patitas en la calle. La señora Kincaid era muy estricta en esas cuestiones. ¿Una camarera soltera que aparecía embarazada? No, no lo permitiría. No en El Refugio. Así que Ellie tendría suerte si le daban una semana de paga y media hora para recoger sus cosas y marcharse. Sin trabajo, ni casa. Y sin nadie a quien le importara una mierda lo que le pasara.
    No se dirigió a su habitación. Salió por una de las puertas de servicio y se quedó en el pequeño porche de cemento. Más o menos detrás de la puerta había un cubo de metal lleno a medias de arena y de colillas, mudo testigo del motivo por el que los empleados solían rondar por allí.
    Pero en ese momento no había nadie en el porche y, cuando Ellie miró a su alrededor recelosamente, no vio ni un alma. Buscó en el bolsillo de la falda de su uniforme y sacó su teléfono móvil. Y un trozo de papel con un número de teléfono anotado con letra temblorosa.
    No era fácil conseguir aquel número. Los datos de contacto de los huéspedes (de los huéspedes especiales) se guardaban en un archivador cerrado con llave, en la mesa de la gerente. Todo el mundo lo sabía. Bueno, al menos cualquiera que fuera tan curioso como Ellie y que tuviera razones para preguntarse acerca de aquellos personajes tan importantes y misteriosos. Buenas razones.
    Desde que la primera prueba de embarazo diera positivo, Ellie había pasado gran parte de su tiempo libre merodeando por la oficina de la directora. Por eso, entre otras cosas, la señora Kincaid la vigilaba tan de cerca, porque no había motivo para que ella estuviera en la zona de administración del hotel, como no fuera de paso.
    Y había pasado mucho por allí. Por suerte, había encontrado su oportunidad antes de que la señora Kincaid sospechara demasiado. Y había sido un golpe de suerte que la señorita Boyd se dejara la puerta de su despacho cerrada, pero no con llave.
    El cajón archivador sí que estaba cerrado con llave, pero la desesperación y el pánico habían prestado, al parecer, magia a los dedos de Ellie, porque la lima de uñas metálica con la que probó había conseguido abrirlo.
    Y sin dejar marcas delatoras. Esperaba.
    Malgastó otro precioso minuto preguntándose si ese milagro le auguraría un cambio de suerte; después respiró hondo y marcó cuidadosamente el número de teléfono.
    Le respondió su buzón de voz, cosa con la que contaba, y dejó el mensaje que se había pasado la mitad de la noche ensayando con todo cuidado.
    – Hola, soy Ellie. La de El Refugio. Siento llamarte así… Sé que prometí no ponerme en contacto contigo. Pero ha pasado algo y necesito que hablemos. No quiero causarte problemas, de veras. Pero esto tienes que saberlo. Así que, ¿podrías llamarme? Por favor.
    No se molestó en recitar su número de móvil, porque sabía que el teléfono de él lo grabaría automáticamente, junto con su mensaje. Se limitó a añadir:
    – Es importante. Gracias. -Y cortó la llamada.
    Ya estaba. La pelota estaba en el campo de él.
    Lo único que ella podía hacer ahora era esperar.

    – No les culpo por no creerme -dijo Diana mientras Quentin y ella observaban a Nate McDaniel, Cullen Ruppe y Stephanie Boyd, los cuales formaban un grupo visiblemente crispado dentro del cuarto de arreos. Ruppe protestaba airadamente contra la invasión de sus dominios, Nate defendía un registro que no podía justificar legalmente ni respaldar con argumentos razonables en modo alguno, y a la gerente de El Refugio se la veía enfadada y molesta por aquella situación.
    Con un suspiro, Diana añadió:
    – A la luz del día, ni yo misma lo creo.
    Aquello apenas sorprendió a Quentin. Por dramáticos que hubieran sido hasta entonces los encuentros de Diana con fantasmas, Quentin sabía que estaba luchando por superar una vida entera de condicionantes. Un cambio tan radical de mentalidad rara vez se efectuaba rápidamente o con facilidad.
    – Pero hay una diferencia -le dijo-. Esta vez, recuerdas lo que ocurrió. ¿Verdad?
    – Si es que ocurrió. Ahora todo me parece un sueño. Y puede que lo fuera. Quizá sólo estaba caminando dormida.
    En lugar de discutir con ella, Quentin preguntó:
    – ¿Eso te parecía? ¿Un sueño? ¿O era como si estuvieras en un lugar que ya habías visitado otras veces?
    Ella guardó silencio.
    – ¿Diana?
    – Los sueños producen esa impresión a veces, los dos lo sabemos. Nos resultan familiares incluso cuando parecen… distintos a otros sueños.
    – ¿Había sombras?
    Aquello sorprendió a Diana, que levantó la mirada hacia él.
    – ¿Qué?
    – ¿Había sombras? -Hablaba con voz firme y le sostenía la mirada-. En este mundo, si hay luz, por poca que sea, también hay sombras. Incluso a oscuras hay sombras, zonas de una negrura más densa. Hay profundidad, dimensiones. Es una de las cualidades que asociamos con nuestro mundo. Con su sustancia, con su realidad. ¿Viste o sentiste eso anoche? ¿Había sombras?
    Diana hundió más aún los dedos en los bolsillos de su impermeable ligero y se preguntó si alguna vez volvería a entrar en calor. El sol había salido y el aire empezaba a caldearse. Eso debería haber significado un cambio, pensó. Se preguntaba por qué no era así.
    Y se preguntaba también cómo era posible que Quentin supiera que en el tiempo gris no había sombras. ¿Se lo había dicho ella? No lo recordaba.
    Él esperaba pacientemente, y por fin ella se oyó contestar:
    – No. No había sombras. Ni dimensiones. Ni oscuridad, ni luz. Sólo grisura.
    – En el lugar en el que estabas a solas con Rebecca.
    – Puede que fuera un sueño.
    – Era real, Diana. Un lugar real, separado de éste. Aunque no quieras admitirlo, en el fondo tienes que saberlo. -Sin esperar su respuesta, añadió reflexivamente-: Está claro que has estado allí en muchas ocasiones. Me pregunto por qué te has acordado esta vez.
    – Porque ya no hay fármacos en mi organismo. -Ella hizo una leve mueca y deseó no haber respondido a aquella pregunta.
    Pero Quentin asentía con la cabeza.
    – Es lógico.
    – Nada de esto es lógico.
    – Claro que sí, si se tiene en cuenta un hecho muy simple: que posees las facultades de una médium.
    – Y que hay una vida más allá de la muerte. No olvides esa parte. -Diana quería que su tono sonara burlón, pero sólo le sonó crispado.
    – Oh, eso es un hecho. -Quentin parecía completamente tranquilo-. He visto demasiadas cosas como para creer lo contrario.
    – Ojalá lo creyera yo -murmuró ella.
    Quentin deseó también que así fuera. Ello haría que todo aquello resultara al menos un poco más fácil, pensó. No se dio cuenta de que se estaba frotando la nuca hasta que sintió la mirada de Diana fija en él.
    – ¿Te duele la cabeza? -preguntó ella.
    Él se limitó a asentir. No estaba dispuesto a explicarle que estaba sufriendo las dolorosas consecuencias de una noche pasada vigilando su cabaña.
    Diana frunció el ceño; luego dijo:
    – Dame la mano derecha.
    Quentin se la dio, deseando que sus sentidos no estuvieran tan embotados; casi no sintió el contacto fresco de las manos de Diana cuando ésta cogió la suya, con la palma hacia arriba. Ella comenzó a mover el pulgar justo al centro de su palma, masajeándola lentamente, en pequeños círculos.
    – A uno de los doctores a los que he consultado en estos años -dijo-, se le daba muy bien esto. Decía que era una forma de acupresión, una variante personal suya. Yo antes me despertaba a veces con dolor de cabeza, hasta que él me enseñó a hacer esto.
    Quentin iba a decirle que ni la acupuntura ni la acupresión habían surtido nunca el más leve efecto sobre sus jaquecas, pero el martilleo que sentía en la cabeza disminuyó de pronto, los ojos dejaron de arderle y sintió, finalmente, que sus oídos se destaponaban con un chasquido.
    De pronto era tan consciente del contacto de Diana que fue como si hubiera concentrado toda su atención allí, en sus manos.
    – Se supone que abre canales de energía bloqueados -añadió ella con cierta desgana-. Cosas de la New Age, supongo, pero…
    – Guau -dijo él.
    – ¿Mejor?
    – Mucho mejor. De hecho, el dolor ha desaparecido.
    – Bien. -Por un instante, ella pareció insegura; luego le soltó la mano y volvió a meter las suyas en los bolsillos de la chaqueta-. Me alegro.
    A pesar de que Diana ya no le tocaba, Quentin seguía percibiendo tan vivamente su presencia que aquella sensación era casi una cosa tangible, como si ella hubiera encauzado parte de su propia energía para aliviar su dolor y el sendero de energía que mediaba entre ellos hubiera dejado una leve huella tras de sí. Quentin lo sentía tan intensamente que casi podía verlo.
    ¿Era también Diana una sanadora? No sería el primer caso entre personas con facultades paranormales. Bonnie, la hermana de Miranda, era al mismo tiempo una poderosa médium y una sanadora asombrosa. Y ello era lógico, si se tomaban en consideración las teorías y experiencias de la Unidad de Crímenes Especiales. Era de esperar que un cerebro equipado para captar la huella energética específica de la muerte y del más allá poseyera también cierta afinidad con la impronta energética propia de la vida… y fuera capaz, posiblemente, de canalizar esa energía para curar.
    – Me estás mirando fijamente -dijo Diana.
    Quentin reflexionó en silencio y por fin concluyó que decirle a Diana que quizá fuera una sanadora carecía de importancia en ese momento y podía comprometer, incluso, su incipiente aceptación de sus facultades como médium. Así que se limitó a decir:
    – La próxima vez que tenga un dolor de cabeza de subirse por las paredes, sabré a quién acudir para que me cure. Gracias.
    – No hay de qué.
    Quentin se preguntó en qué estaba pensando ella, y al preguntárselo focalizó más aún su atención, sólo a medias de manera consciente, bloqueando todo lo que había a su alrededor para concentrarse en ella. Le resultó sorprendentemente fácil.
    Aún con más intensidad que la mañana anterior, en la torre de observación, era consciente de su olor, del brillo de su cabello y de las manchas doradas de sus ojos. De su respiración. De su…
    – Estás fría -dijo.
    Diana le lanzó una mirada rápida, titubeó y enseguida dijo:
    – Es otra cosa que tiene el tiempo gris. Que hace frío.
    – Estás recordando más cosas, ¿verdad?
    Ella asintió lentamente con una inclinación de cabeza.
    – Es… Yo soy distinta en el tiempo gris. Me siento cómoda, incluso confiada. Cuando estoy allí, entiendo. Cuando estoy allí, no tengo dudas.
    – Eres la misma persona en los dos mundos, Diana. Es sólo que, en este mundo, no se te ha permitido explorar y comprender quién estabas destinada a ser. Los fármacos te lo impedían.
    – Pero ya no tomo fármacos -murmuró ella.
    Quentin quería seguir hablando, pero la conversación quedó interrumpida cuando Cullen Ruppe se dirigió, enojado, hacia el otro lado del establo al tiempo que Nate y Stephanie Boyd daban media vuelta y se acercaban a ellos.
    El policía estaba exultante, pero no dejaba que se le notara mucho.
    La directora de El Refugio parecía simplemente resignada.
    – En fin, no le ha hecho mucha gracia -les dijo-. ¿Qué apostáis a que me pide un aumento antes de que acabe el día?
    Diana sacudió la cabeza.
    – Lamento mucho todo esto.
    – Ruppe lo superará -contestó Stephanie con un encogimiento de hombros y una súbita sonrisa-. De todos modos, prefiero que nadie tenga ninguna duda de que El Refugio cooperó plenamente con la investigación del descubrimiento de los restos de ese niño.
    – Puede que esto no tenga nada que ver con eso -dijo Diana, sintiéndose incómoda-. Quiero decir que… yo creo que sí. Pero no puedo demostrarlo. Y no estoy segura de qué vamos a encontrar. Ni de sí encontraremos algo ahí dentro. Es sólo que… que creo… -Lanzó a Quentin una mirada cargada de frustración-. Di algo, maldita sea.
    – Bienvenida a mi mundo -contestó él.
    Stephanie los miraba con curiosidad.
    – Deduzco por lo que me ha dicho Nate que esta corazonada vuestra es de tipo paranormal.
    Quentin levantó una ceja y miró al policía, el cual respondió con sorna:
    – Bueno, no se me ocurrió nada más que decirle. O le decía la verdad, o no había registro.
    – Prefiero la verdad -dijo Quentin-. Por descabellada que les parezca a menudo a quienes la oyen.
    – A mí me pareció descabellada -reconoció Stephanie-. Claro que el hallazgo del esqueleto de un niño en uno de nuestros jardines también me lo pareció. Y sé por experiencia que las cosas descabelladas suelen estar relacionadas de una manera o de otra.
    – Lo mismo digo -repuso Quentin.
    – Así que vamos a ver si aquí hay alguna relación. Como gerente de El Refugio, tenéis mi permiso para que el capitán McDaniel registre el cuarto de arreos, ayudado por quien le parezca necesario y oportuno. Os pido por favor que no rompáis nada que sea de propiedad privada, pero tenéis mi autorización para perforar las paredes o quitar las tablas del suelo, siempre y cuando lo hagáis con cuidado.
    – Lo cual -dijo Quentin, agradecido-, es mucho más de lo que teníamos derecho a esperar. Gracias, señorita Boyd.
    – Stephanie. Y no las merecen. Ahí dentro, en alguna parte, habrá una caja de herramientas que podáis usar. También tiene usted mi permiso, agente Hayes, para revisar los archivos y otros documentos almacenados en el sótano de El Refugio.
    Quentin se disponía a pedirle que prescindiera de formalidades cuando Diana intervino.
    – ¿Y el desván? -preguntó.
    Stephanie pareció vagamente sorprendida, pero se encogió de hombros.
    – Dudo que allí arriba haya nada útil. Que yo sepa, no hay más que un montón de muebles viejos, adornos pasados de moda y objetos perdidos y almacenados durante décadas. Pero adelante. Registradlo a placer. Lo único que os pido es que no salga absolutamente nada del cuarto de arreos, del sótano o del desván sin mi permiso expreso.
    – De acuerdo -dijo Quentin.
    – Bien. Entonces, todo arreglado, chicos. Yo tengo que subir un rato al edificio principal, pero volveré. Suponiendo, claro, que no descubráis enseguida que no hay nada de interés en el cuarto de arreos.
    Nate miró su reloj y dijo:
    – Tenemos un par de horas antes de que alguien tenga necesidad de usar los arreos y la equipación del cuarto, ¿verdad?
    Stephanie asintió con la cabeza.
    – Le he pedido a Cullen que siga con su rutina diaria, en lugar de quedarse rondando por aquí, vigilando. Yo aprovecharía el tiempo, si estuviera en vuestro lugar. -Levantó a medias una mano en un saludo informal y se marchó.
    – Creo que deberíamos hacerle caso -dijo Nate-. Quentin, supongo que preferirás que hagamos el registro nosotros mismos.
    – Sí. Hay tiempo de sobra para traer a tus hombres cuando encontremos algo.
    – Estás muy seguro de que vamos a encontrar algo -murmuró Diana.
    – Sé que lo encontraremos. -Y, de pronto, era cierto. Quentin sabía sin asomo de duda que encontrarían algo en aquel viejo establo, algo importante. Pero esta vez no fue un susurro en su cabeza lo que se lo dijo. Fue un eco del gélido presentimiento que había experimentado un rato antes.
    «Ya viene.»
    Ignoraba todavía qué era lo que estaba por llegar. Sólo sabía que era lo mismo que había percibido allí durante un verano de su infancia, hacía veinticinco años. Lo que Bishop había sentido cinco años atrás. Y lo que Diana había tocado, en cierto modo, apenas unas horas antes.
    Algo antiguo, y oscuro, y frío. Algo malvado.
    Estaba cerca. Y, por primera vez, él podía sentirlo.

    Nate McDaniel había apoyado el registro porque Quentin se lo había pedido. Pero, en realidad, no esperaba encontrar nada.
    Lo cual hizo aún más irónico que fuera él quien lo encontrara.
    El registro preliminar de la habitación, que era espaciosa y diáfana, había sido rápido y sencillo. Y, como cabía esperar, no reveló nada. Así pues, a continuación llegó el momento de empezar a tocar las paredes de yeso y listones en busca de un espacio hueco. Nate y Quentin empezaron en el mismo punto y se movieron en direcciones opuestas, en torno a la habitación. Usaron los mangos de un par de destornilladores para hacer resonar mejor las paredes.
    – ¿Creéis que cabrían unas cuantas sillas más aquí dentro? -preguntó Nate, exasperado, mientras se estiraba para salvar una silla de montar que pendía de un perchero colgado en la pared y casi tan alto como él.
    – Es un cuarto de arreos -le recordó Quentin lacónicamente.
    – Puede que haya una docena de caballos en este establo, y nunca he visto a ninguno llevar más de una silla a la vez. Y aquí debe de haber treinta sillas.
    – Es fácil acumular arreos con los años -dijo Diana-. Sillas de distintos tamaños para caballos distintos, modas que cambian, las preferencias de los distintos jinetes… Además de arreos que se estropean o se rompen y nunca se reparan. Todos los cuartos de arreos que he visto se parecían mucho a éste.
    Sorprendido, Quentin se detuvo para decir:
    – No sé por qué, pero no esperaba que montaras a caballo.
    – Oh, sí. -Ella no dio más explicaciones.
    Él frunció ligeramente el entrecejo mientras la miraba. De pie en medio de la habitación, ella paseaba casi con indolencia la mirada de silla en silla, de las bridas a los ronzales y de éstos a las bandejas. Cualquiera que la viera habría pensado que estaba ligeramente aburrida, que prestaba escasa atención al registro que se desarrollaba a su alrededor, incluso que soñaba despierta.
    Pero Quentin conocía aquella expresión. La había visto en muchas personas con facultades extrasensoriales en momentos de quietud: esa espera introspectiva, casi meditabunda. La suspensión, consciente sólo a medias, de los cinco sentidos corrientes para que los otros se dejaran oír.
    Dado que Diana no había tenido entrenamiento de ningún tipo, Quentin no sabía si otra persona podría ayudarla a concentrarse o sólo serviría para distraerla. Arrojó mentalmente una moneda al aire.
    – ¿Diana?
    – ¿Hmm?
    – ¿Qué oyes?
    – Agua. Goteando.
    – ¿Dónde?
    – Debajo de nosotros.
    Antes de que Quentin pudiera hacerle más preguntas, Nate rompió el silencio con una exclamación de indudable sorpresa.
    – ¡Caramba!
    Quentin se volvió y vio que el policía se las había ingeniado de algún modo para mover uno de los pesados percheros de pie, apartándolo casi medio metro, presumiblemente para llegar mejor a la pared de detrás. Pero no estaba mirando la pared. Estaba mirando el suelo.
    – ¿Qué ocurre? -Quentin fue a reunirse con él.
    – O yo estoy loco o estoy viendo el lateral de una trampilla.
    – Bromeas.
    – Echa un vistazo. -Nate se agachó apoyándose en una rodilla y con un dedo trazó la diáfana ranura que se veía en las aparentemente sólidas tablas del suelo-. Aquí. El borde estaba oculto por la base de ese perchero. Y me apuesto algo a que, si movemos ese otro perchero, veremos las bisagras.
    Los dos percheros estaban colocados aparte, en un rincón de difícil acceso, cargados con varias sillas viejas y mantas de montar que olían a moho, y eso, más algunas telarañas, hacía evidente que no participaban del trasiego habitual de la habitación. Quizá llevaran años sin que nadie los tocara.
    Diana se acercó a los dos hombres y observó en silencio mientras Quentin y Nate apartaban con cuidado los dos pesados percheros.
    Era una trampilla. Las bisagras que habían estado escondidas por el segundo perchero eran de hierro pesado y viejo. No había asa, pero cuando Quentin introdujo un destornillador en la ranura, del otro lado de las bisagras, la puerta se levantó fácilmente.
    Vieron los tres una abertura redondeada y tosca practicada en el suelo, bajo la trampilla, lo bastante grande para que cupiera por ella un hombre corpulento. Vieron la escalerilla de hierro macizo que, adosada aparentemente a la pared de granito, desaparecía en la oscuridad. Y los tres sintieron y olieron la oleada de aire gélido y húmedo que se elevó en cuanto la trampilla estuvo abierta.
    – Agua -murmuró Diana-. Goteando.

Capítulo diez

    – No sé qué está pasando -le dijo la señora Kincaid a Stephanie-, pero le aseguro que esa chica se trae algo entre manos, señorita Boyd.
    Stephanie bebió otro sorbo de su café solo y fuerte y deseó que le hubieran dejado dormir una hora más esa mañana. Odiaba las mañanas por norma, y aquélla estaba resultando aun peor que de costumbre.
    – ¿Qué espera usted que haga, señora Kincaid? -preguntó, manteniendo un tono de voz enérgico, pero afable-. Ellie Weeks no ha hecho nada malo. De momento, al menos. Desde luego, no ha hecho nada que merezca una advertencia por mi parte.
    – Me hago cargo de ello, señorita Boyd -respondió la gobernanta con voz crispada-. Y, como encargada del personal de limpieza, es desde luego mi deber hacer tales advertencias. Simplemente he creído que era preferible tenerla informada.
    «¿Informada de qué?», quiso preguntar Stephanie. Pero no lo hizo. Por el contrario, añadió:
    – Se lo agradezco, señora Kincaid. Y confío en que seguirá haciéndolo.
    – Desde luego.
    Stephanie asintió con una inclinación de cabeza.
    – Estupendo. Yo quería informarle de que la policía ha pedido revisar los papeles viejos y los documentos históricos almacenados en el sótano, e inspeccionar lo que haya en el desván, así que no se alarme si se encuentra a algún policía o al agente Hayes en zonas del hotel normalmente vedadas a los huéspedes.
    La gobernanta arrugó el ceño.
    – ¿El desván?
    – ¿Hay algún problema?
    – No sé qué esperan encontrar en el desván.
    – Yo tampoco, pero dado que están investigando la muerte de un niño aquí, en El Refugio, no quiero declarar ninguna zona fuera de los límites de sus pesquisas, como es lógico.
    – No, por supuesto que no. -Pero la gobernanta siguió con el ceño fruncido-. Espero que les recuerde, señorita Boyd, que tanto el desván como el sótano son simples almacenes y que, como tales, no se limpian ni se airean regularmente.
    Era asombroso, pensó Stephanie, lo celosas que algunas personas se volvían de sus dominios. Primero Cullen Ruppe, en los establos, se resistía a que registraran su cuarto de arreos, y ahora la señora Kincaid se preocupaba por su reputación debido a que había polvo en el desván y el sótano.
    Intentando no parecer condescendiente en lugar de tranquilizadora, Stephanie dijo:
    – Estoy segura de que lo entenderán, señora Kincaid.
    – Eso espero, señorita Boyd. -Poniéndose en pie, la gobernanta se volvió hacia la puerta; luego se detuvo y miró a Stephanie, sentada detrás de su amplia mesa. En una rara muestra de locuacidad, agregó-: Yo llevo aquí mucho tiempo, ¿sabe usted? Más que nadie del personal. Y mi madre trabajó aquí antes que yo, como gobernanta.
    – No lo sabía -dijo Stephanie, sorprendida.
    La señora Kincaid asintió con la cabeza.
    – Ese agente Hayes… estuvo aquí de niño, con sus padres. Hace veinticinco años. Me acuerdo de él.
    Dado que la gobernanta rara vez tenía contacto directo con los huéspedes, Stephanie se sorprendió aún más.
    – ¿Después de tantos años?
    Con otro asentimiento, la señora Kincaid dijo:
    – Ése fue un mal verano, y es poco probable que llegue a olvidarlo alguna vez. Una de nuestras camareras tenía una niña pequeña que fue asesinada. La policía nunca descubrió quién la mató. -Hizo una pausa y luego añadió-: Era amigo suyo. El agente Hayes. Decían que fue la última persona en ver con vida a la pobrecilla Missy. Aparte del asesino, claro está.
    Stephanie no supo qué decir.
    Volviendo al asunto que la había llevado a su despacho, la gobernanta agregó:
    – Vigilaré a Ellie, señorita Boyd. No tiene que preocuparse por eso.
    – Bien. -Stephanie no quiso recordarle que vigilar a la chica era idea de la propia señora Kincaid.
    Aparentemente satisfecha, la gobernanta salió del despacho cerrando la puerta suavemente a su espalda.
    Stephanie suspiró, apuró su café y se levantó, decidida a regresar a los establos para ver si el registro del cuarto de arreos había dado algún fruto.
    Tenía el presentimiento de que sí.
    Un mal presentimiento.

    Nate se negó en redondo a permitir que alguien bajara por aquella escalerilla hasta que llegaran los refuerzos que había pedido.
    – Ni en sueños vas a bajar ahí sin mí -le dijo a Quentin-. Lo que significa que ninguno de nosotros bajará hasta que tenga alguien aquí que nos cubra las espaldas.
    Diana estaba convencida de que a Quentin no le agradaba aquel retraso, aunque hubiera accedido a él de inmediato. Ella, por su parte, estaba segura de lo que sentía al respecto.
    No quería bajar allí.
    Ninguno de los dos policías había dicho o dado a entender que fuera a bajar, pero ella lo sabía. Sabía que estaba destinada a ver lo que hubiera allá abajo, lo mismo que Quentin. Que tenía que bajar por aquella escalerilla y adentrarse en la oscuridad.
    Temblando, hundió las manos aún más en los bolsillos de su chaqueta. ¿Por qué seguía teniendo frío?
    Nate echó una ojeada a su reloj y luego dijo:
    – Mirad, pasará media hora larga antes de que lleguen mis hombres y se organicen. Marchaos a desayunar. Yo esperaré aquí.
    – Tú tampoco has desayunado -dijo Quentin.
    – Sí, bueno. Mandadme a alguien con medio litro de café y un sándwich de huevo, y estaré perfectamente.
    Desde la puerta del cuarto de arreos, Stephanie dijo:
    – De eso puedo encargarme yo. -Tenía la mirada fija en la trampilla abierta, y añadió con incredulidad-: ¿Habéis encontrado algo?
    Quentin agarró a Diana del brazo y la hizo pasar junto a Stephanie cuando ésta entró en la habitación.
    – Sí, hemos encontrado algo. Nate, si se te ocurre siquiera bajar por esa escalerilla sin mí…
    – No bajaré, no bajaré. Id a desayunar.
    – ¿Hay una escalerilla? -Stephanie estaba aún más perpleja.
    Diana no pudo por menos de sonreír con sorna mientras Quentin y ella salían del cuarto de arreos y se alejaban.
    – ¿Por qué tengo la sensación de que ella también va a querer bajar por esa escalera?
    Quentin pareció percibir algo en su voz, porque su pregunta fue inmediata.
    – ¿Tú no quieres bajar?
    – La verdad es que no.
    – ¿Por qué? ¿Has sentido algo?
    Diana respiró hondo y exhaló despacio, removiéndose un poco mientras caminaban para desasir el brazo que Quentin le sujetaba ligeramente.
    – Es un agujero negro en el suelo, Quentin. No parece muy acogedor. Me lo dicen mis cinco sentidos corrientes.
    Quentin no se molestó en recordarle que ella era la responsable de que supieran de la existencia de aquel agujero negro.
    – No hace falta que me digas -dijo-, que hubieras sido mucho más feliz si no hubiéramos encontrado nada ahí dentro.
    Aquello sorprendió a Diana, que le lanzó una mirada rápida.
    – Para así poder convencerte de nuevo de que sólo eran imaginaciones tuyas -explicó él.
    A Diana no se le ocurrió qué decir para defender su reticencia, así que cambió de tema.
    – ¿Qué puede tener que ver un agujero hecho hace mucho tiempo en el suelo con los niños asesinados?
    – No tengo ni idea -reconoció él.
    – Si llevas años investigando este lugar, ¿cómo es que has pasado por alto ese agujero?
    – No he estado investigando este lugar… por desgracia -respondió Quentin-. Al menos, in situ, y sin remontarme más allá de los últimos veinticinco años. Tengo la sensación de que lo que hemos encontrado es mucho más antiguo.
    – ¿La trampilla? ¿O el agujero?
    – Las dos cosas, diría yo. Ese establo lleva ahí cien años, o casi. Era una de las edificaciones originales del hotel. Lo sé por las postales que venden en la tienda de regalos, las que muestran este sitio alrededor de 1902, justo después de su construcción.
    – ¿Crees que ese pozo fue… excavado… antes de que se construyera el establo?
    – Probablemente. Habría sido de locos cavar ese hoyo desde dentro del cuarto de arreos. Tú has visto el terreno. A menos que fuera una abertura natural, alguien tuvo que perforar o dinamitar el granito macizo, al menos en parte de la bajada. Quizás en otro tiempo fuera un pozo. Podría ser, por el tamaño. Puede que se secara o que el agua fuera mala y ya no se usara.
    – ¿Y la escalerilla?
    – Nunca he visto una en un pozo, aunque fuera viejo. Me parece que ese agujero tiene que haberse usado para otras cosas.
    – Lo que significa que en el fondo encontraremos algo más que agua.
    – Es más que posible.
    Diana sacudió la cabeza de un lado a otro.
    – Las bisagras no han chirriado. ¿Te has fijado?
    – Sí. Bisagras de hierro viejas sin herrumbre y que no chirrían. Lo que significa que alguien se ocupa de esa trampilla.
    – Estaba escondida.
    – Pero de tal modo que los percheros de las sillas de montar pudieran retirarse con muy poco esfuerzo.
    – ¿Por qué? -preguntó Diana, y notó que la crispación de su voz aumentaba.
    – Eso ni quisiera podemos aventurarlo hasta que veamos qué hay abajo.
    – ¿Y vosotros, cuando erais pequeños, no encontrasteis la trampilla? -Le miró a tiempo de ver que fruncía rápidamente el ceño.
    – No, que yo recuerde -respondió él.
    Diana se quedó callada un rato mientras seguían caminando por el sendero que conectaba los establos con el edificio principal de El Refugio. Era aún muy temprano, pero quienes solían levantarse al alba estaban ya en pie y en marcha: jardineros y trabajadores de mantenimiento, una persona que chapoteaba en la piscina, otra que practicaba su servicio en las canchas de tenis… Un corredor madrugador les saludó distraídamente con la cabeza al pasar a su lado, los ojos ya fijos en las altas montañas cuyas sendas sinuosas desafiaban a corredores y excursionistas.
    Para la mayoría de los clientes del hotel, aquélla era una mañana más, marcada, como siempre, por la costumbre y el ritual.
    Diana se preguntó cómo sería aquella normalidad.
    Cuando llegaron a la terraza encontraron mesas de sobra para elegir. Sólo dos estaban ocupadas, una por una pareja joven y otra por la niña a la que Diana reconoció por haberla visto… ¿Era sólo del día anterior por la mañana? Parecía que habían pasado semanas desde que había estado con Quentin en la torre y había visto a la niña y a su perro en la pradera, allá abajo.
    Ahora, el perro yacía sobre el regazo de la niña, que dedicó a Diana una sonrisa tímida y fugaz antes de seguir acariciando suavemente a su mascota dormida.
    – Se levanta temprano -murmuró Diana.
    – Otra vez -repuso Quentin. Señaló una mesa cerca de la que habían ocupado la víspera y al sentarse añadió-: De momento, sólo la he visto a ella y a otro crío, un niño pequeño. Hay un par de adolescentes que van y vienen. Ya te dije que este sitio no es muy familiar.
    Una camarera se les acercó con un alegre «buenos días» y una cafetera, poniendo así fin, de momento, a la conversación. Aceptaron el café y pidieron el desayuno sin que ninguno de los dos necesitara ver la carta.
    Diana envolvió la taza caliente con las dos manos, sintiendo de nuevo un escalofrío que le costaba comprender. El sol caldeaba la terraza y su mesa. El aire era cálido y olía agradablemente a flores, cuyos efluvios se mezclaban con el aroma más intenso del beicon a la plancha.
    Hacía más de dos horas que había salido del tiempo gris. Así que, ¿por qué seguía teniendo frío?
    – ¿Diana?
    Ella le miró a los ojos con reticencia.
    – ¿Qué es lo que te preocupa?
    Diana oyó que se le escapaba una risilla.
    Quentin sonrió.
    – De acuerdo, ha sido una pregunta tonta.
    Antes de que pudiera formularla de manera más razonable, Diana cambió de tema.
    – Has dicho que no recordabas si alguno de vosotros encontró la trampilla ese verano.
    – Exacto.
    – Supongo… Daba por sentado que tus recuerdos de ese verano eran muy vividos. Que te acordarías de todo por lo traumático que fue el asesinato de Missy.
    Quentin miró su café; aquel leve ceño había vuelto.
    – Una suposición comprensible. Y no sé por qué no es así. Algunas cosas sobresalen, claro, tan claramente como instantáneas grabadas en mi memoria. Otras… -Sacudió la cabeza-. Hay lagunas que no puedo explicar. Cierta confusión de recuerdos.
    – Quizá por la fuerte conmoción que sufriste al encontrar Missy -sugirió Diana.
    – Quizá.
    – Eras terriblemente joven, Quentin. Y han pasado veinticinco años.
    – Sí. Pero aun así. Debería recordar más, y lo que recuerdo debería estar más claro. -Se encogió de hombros-. Quizá, si pudieran hipnotizarme, podría recuperar los recuerdos. Pero como eso no es posible…
    – ¿No se te puede hipnotizar?
    – No. Ni a ti tampoco. -Bebió un sorbo de café y añadió-: las personas con facultades paranormales están siempre en ese porcentaje de gente a la que no se puede hipnotizar. Nadie sabe por qué.
    Diana dijo con cierta vehemencia:
    – Por una vez, me gustaría poder decirte que te equivocas en algo así. Sobre mí.
    – Lo siento.
    – No, no lo sientes.
    – Está bien, no lo siento. Diana, sé que esto es difícil para ti. Lo entiendo, de veras. Pero tienes que reconocer que seguir negando lo paranormal cuando lo experimentas cotidianamente es ser un poquito terca.
    – ¿Eso crees?
    – Sólo un poquitín.
    – Bueno, perdóname por necesitar más de veinticuatro horas para hacerme a la idea.
    Quentin se echó a reír.
    – Entendido. A veces puedo tener paciencia.
    – No, ¿en serio?
    – Perdona. Intentaré hacerlo mejor. Y procuraré recordar que todo esto es muy nuevo para ti.
    – ¿He de suponer que para ti fue fácil aceptarlo?
    Él vaciló; luego hizo una mueca.
    – Para mí fue bastante sencillo aceptar la existencia de mis facultades. Pero el descubrir que era distinto no me hizo la vida más fácil. Sobre todo teniendo en cuenta que mi padre, que era ingeniero, no tenía mucha tolerancia para las cosas que no podían sopesarse, calibrarse y analizarse científicamente. Y sigue sin tenerla, en realidad.
    – ¿Qué opina del trabajo que haces ahora?
    – No le hizo mucha gracia que decidiera usar mi título de Derecho para trabajar en la policía, pero todavía nos hablamos. Algo es algo, supongo.
    – ¿Y tu madre?
    – Mi madre cree que camino sobre el agua. -Sonrió-. Soy su único hijo, así que no puedo hacer nada malo. Pero… creo que antes se asustaba cuando le decía que iba a sonar el teléfono, o que a mi padre iban a darle un incentivo que no esperaba, cosas así. Ahora no hablamos de esas cosas.
    – Debes de sentirte muy solo.
    Él se quedó pensando.
    – En cierto modo sí, supongo. O al menos antes sí. Pero encontrar un sitio en la Unidad de Crímenes Especiales, donde lo paranormal es la norma más que la excepción, lo cambió todo. Para la mayoría del equipo, es la única etapa de nuestras vidas en que no nos hemos sentido aislados y solos.
    A Diana no le costaba creerlo.
    – ¿Saben tus padres que trabajas en la Unidad de Crímenes Especiales?
    – Sí. Pero no saben por qué es especial la unidad.
    – Entonces… en realidad nunca han asumido una parte muy importante de tu vida.
    – No. Y puede que tu padre tampoco la asuma, si es eso lo que estás pensando.
    Diana quiso de nuevo expresar su irritación por que él advirtiera sus inseguridades con tanta facilidad, pero le pareció un esfuerzo inútil. Se contentó con un suspiro que a Quentin no le costaría interpretar y apartó la mirada de él, dejando que sus ojos vagaran por la terraza.
    Para su sorpresa, varias de las mesas estaban ahora ocupadas.
    ¿O… no lo estaban?
    La mujer del vestido Victoriano a la que había visto el día anterior estaba sentada a solas en una mesa, y volvió a levantar ligeramente su taza cuando sus ojos se toparon con los de Diana. Allí cerca había un hombre sentado a otra mesa; su tosca ropa de faena y su cara barbuda le diferenciaban visiblemente de los clientes típicos y del personal del hotel; él también observaba a Diana, e inclinó la cabeza con cierta brusquedad cuando ella le miró.
    Diana apartó la mirada de él sólo para ver a dos chiquillos sentados a otra mesa. Eran ambos varones y llevaban ropas de un estilo que reconoció vagamente como perteneciente a otra época. Ambos le devolvieron solemnemente la mirada.
    Consciente apenas de que Quentin estaba hablando con la camarera, Diana miró hacia la mesa más cercana a la suya y vio que una mujer alta, ataviada con un uniforme de enfermera muy anticuado, se ponía en pie y daba un paso hacia ella.
    – Ayúdanos -dijo.
    – Ayúdanos -repitieron los niños.
    – Es la hora -gruñó el trabajador.
    – ¿Diana?
    Ella se sobresaltó y miró a Quentin.
    – ¿Qué?
    Él arrugó las cejas y señaló la mesa que había entre ellos, ahora repleta con el desayuno.
    – Ah. Ya. -Diana lanzó a hurtadillas una mirada a las mesas próximas que habían estado ocupadas por personas del otro mundo y las encontró vacías-. Ya. -Quería, en parte, decirle á Quentin lo que había visto, pero otra parte de ella ya empezaba a dudar, a poner objeciones.
    ¿De veras los había visto? ¿De veras eran fantasmas? Y, si los había visto, si estaban allí, ¿qué querían de ella? ¿Cómo iba a ayudarles? ¿Qué esperaban de ella?
    – Diana, ¿te encuentras bien?
    Ella bebió un sorbo de café, intentando pensar. Decidir.
    – Sólo tengo… frío. Sólo tengo frío, eso es todo.
    – Puede que comer algo caliente te siente bien.
    – Sí. Sí, puede. -Tendría que decírselo, lo sabía. Tarde o temprano. Y quizás él pudiera explicarlo todo racionalmente, tal vez le ofreciera una razón lógica por la que, tras dos semanas de calma relativa en El Refugio, de pronto había empezado a ver fantasmas.

    Nate temía hasta tal punto despertar el interés de los medios de comunicación que sólo pidió el refuerzo de dos de sus inspectores, y explicó a Stephanie que, en cualquier caso, eran los dos que estaba previsto que le ayudaran a entrevistar al personal del hotel más tarde. Así pues, Zeke Pruitt y Kerri Shehan llegaron discretamente en un coche policial sin distintivos y se encaminaron sin armar revuelo a los establos, como se les había ordenado.
    Los dos, sin embargo, se llevaron una considerable sorpresa cuando vieron la trampilla y lo que había debajo.
    – Qué cosas -comentó Pruitt casi con admiración, seguramente debido al esfuerzo que sin duda se había invertido en la construcción del pozo.
    Shehan, yendo más al grano, le dijo a Nate:
    – ¿Debemos suponer que esto puede ayudar a aclarar algunos de los misterios de la lista del agente Hayes?
    – ¿La has estado revisando? -preguntó Nate, apenas sorprendido. Kerri Shehan era la inspectora más despierta e incisiva que tenía, y más de una vez Nate se había dicho, sintiéndose entre culpable y avergonzado, que estaba desperdiciando su talento en aquel pueblucho por lo general pacífico.
    Ahora se alegraba de no haberla animado a mudarse a otro lugar donde hubiera cosas más grandes y mejores. Tenía la sensación de que iba a necesitar toda la inteligencia que pudiera recabar.
    Zeke Pruitt, el cual rondaba la mediana edad y era perfectamente feliz con el trabajo prosaico y rutinario al que solían enfrentarse los escasos inspectores de policía de Leisure, gruñó antes de que su compañera pudiera responder a la pregunta del capitán.
    – Cuando salió el sol ya estaba levantada y en su mesa, estudiando la base de datos históricos y enlazando con hemerotecas de todo el estado. Buscaba cosas sobre El Refugio y su historia, hasta leyendas locales. Ni siquiera dejó que me acabara el café antes de empezar a leerme en voz alta.
    Miró la trampilla y añadió:
    – Pero tengo que reconocer que esto hace un poco más interesantes esas viejas leyendas sobre gente que desaparece por estos contornos.
    – Aún no sabemos si hay alguna relación -les dijo Nate.
    – ¿Cómo la habéis encontrado? -preguntó Shehan mientras observaba el evidente desplazamiento de los percheros de las sillas de montar.
    – Cuestión de suerte -contestó Nate con firmeza al tiempo que Quentin y Diana entraban en el cuarto de arreos.
    Ninguno de ellos le llevó la contraría. Tampoco lo hizo Stephanie, que entró tras ellos a tiempo de oír aquella afirmación.
    Le dijo a Nate:
    – De acuerdo, Cullen está informado de que este cuarto de arreos queda clausurado hasta que se le diga lo contrario. No le ha hecho mucha gracia, pero es una orden. Si se necesita algún caballo de este establo, habrá que llevarlo a uno de los otros para que lo cepillen y lo ensillen. -Miró la trampilla con el ceño fruncido-. Suponiendo, naturalmente, que eso no sea sólo un pozo abandonado o algo igual de inofensivo.
    – Vamos a ver. No hace falta apartar todos estos cachivaches, o mejor dicho, arreos, si no es imprescindible. -Nate cogió una de las potentes linternas policiales que habían llevado sus inspectores y fue a iluminar la trampilla.
    Como había tan poco espacio, nadie se acercó a mirar por encima de su hombro, pero, como cabía esperar, todos contuvieron el aliento a la espera de oír el veredicto.
    Nate no les hizo esperar. Apenas un momento después se incorporó y dijo:
    – No es un pozo. Zeke, ayúdame a hacer un poco más de sitio por aquí, ¿quieres?
    – ¿Qué has visto? -preguntó Quentin mientras el corpulento inspector empezaba a ayudar a Nate a apartar los pesados percheros de la trampilla.
    – El túnel baja en línea recta unos cuatro o cinco metros. Luego parece volverse casi horizontal. Hacia el oeste, hacia las montañas.
    – ¿Un túnel? -preguntó Stephanie, incrédula.
    – Puede ser. Pero acaba de ocurrírseme una cosa. Hubo mucha minería en estas montañas antes de que se construyera El Refugio, al menos eso contaba uno de mis profesores de historia del instituto. Yo no esperaría encontrar gran cosa debajo de nosotros, aquí, en el valle, pero estamos lo bastante cerca como para que esto pudiera haber sido, en su origen, un pozo de ventilación.
    – ¿Y nadie reparó en él cuando se construyó el establo?
    – Estás dando por sentado que el agujero se excavó después -dijo Nate-. Y puede que así fuera. O puede que estuviera aquí desde el principio. ¿Se conservan los planos originales de este establo?
    Stephanie hizo una mueca.
    – Sabe dios. ¿Se hacían siquiera planos de los establos? Quiero decir que… ¿no se levantaban, sencillamente?
    Nate la miró levantando una ceja.
    – ¿Un establo como éste? Apuesto a que había planos.
    Con un suspiro, Stephanie dijo:
    – Bueno, entonces tal vez el agente Hayes pueda encontrarlos en el sótano.
    – Lo miraré, desde luego -dijo él-. Y me llamo Quentin. -Esperó a que ella asintiera con la cabeza y luego le dijo a Nate-: No sé suficiente de minería, ni moderna ni histórica, para llevarte la contraria. El ingeniero de la familia es mi padre. Pero ¿los pozos de ventilación no suelen ascender en ángulo recto hacia la superficie, partiendo de túneles más grandes?
    – Sí, si son pozos planeados. Pero los mineros también se sirven de túneles y grietas naturales, de viejos pozos de agua… de lo que haya a mano. Por lo menos, según decía ese profesor del que os hablaba. Era una afición suya, explorar minas viejas y cuevas, y hablaba de ello sin parar, hasta matarnos de aburrimiento.
    – Pues está claro que algo se te quedó -dijo Stephanie.
    – Sí. ¿Quién iba a decir que algún día me sería útil? -Nate miró el espacio despejado alrededor de la trampilla y añadió-: Zeke, Kerri y tú os quedáis aquí arriba por ahora. Aseguraos de que no entre nadie. Quentin, si estás listo, coge una linterna.
    – Yo también voy -se oyó decir Diana. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta y seguía teniendo tanto frío que le costaba trabajo no temblar a ojos vista.
    – Mierda -dijo Nate, pero con más resignación que otra cosa. Miró a Quentin con las cejas levantadas.
    Quentin estaba mirando a Diana, pero, aunque ella se resistía a mirarlo a los ojos, él hizo un gesto de asentimiento con la cabeza dirigido a Nate.
    – Creo que necesita bajar. Es más, creo que necesitamos que baje.
    Stephanie le dijo a Diana:
    – Eres más valiente que yo. Me muero de curiosidad, pero no me haríais bajar ahí ni a punta de pistola. -Se sentó en el largo banco con aire de ponerse cómoda-. Esperaré aquí hasta que volváis, chicos. Y estoy segura de que no tengo que recordaros que bajáis ahí bajo vuestra responsabilidad.
    – Entendido -dijo Quentin, y, cogiendo otra linterna que le ofrecía Pruitt, se preparó para seguir a Nate escalera abajo. Se detuvo sólo el tiempo justo para dirigir a Diana una pregunta directa-. ¿Estás segura?
    – Sí. -Estaba segura, pero ello no hacía que estuviera menos asustada. Ni contribuyó a hacerla entrar en calor cuando puso las manos frías sobre aquella fría escalerilla de hierro y descendió tras los dos hombres hacia el frío suelo.

    Madison atravesó los jardines en dirección a los establos, con Angelo a la zaga, pero se desvió del camino y se dirigió al jardín inglés.
    – De todas formas no nos dejarían entrar en el establo grande -le dijo a su perrito-. Becca dice que no dejarán entrar a los huéspedes en todo el día. A lo mejor incluso más. Así no tendrás que fingir que no te dan miedo los caballos.
    Mientras caminaban, Angelo la miraba atentamente, con las orejas alerta y meneando la cola. Un minuto o dos después pareció entristecerse, sin embargo, cuando Madison eligió el sendero que conducía al pequeño cenador que se alzaba a lo lejos.
    Empezó a gemir, inquieto.
    – Angelo, estás empezando a ponerme de los nervios -le dijo ella-. Becca dijo que me reuniera con ella en el cenador, así que ahí es donde vamos. Ya te lo dije.
    El perrillo vaciló, se detuvo un momento mientras su ama seguía andando y después apretó el paso para alcanzarla, con las orejas y el rabo agachados.
    – Me cae bien Becca -le informó ella, sintiéndose obligada a defender sus preferencias-. Es divertida. Y lo sabe todo sobre este sitio. Además, tú sabes tan bien como yo que podríamos meternos en un buen lío si no tuviéramos a Becca para avisarnos de las cosas malas.
    Angelo se mantenía pegado a ella, callado, pero visiblemente nervioso.
    Madison fijó la vista hacía delante y apretó el paso al ver a Becca esperándolos en el centro del cenador pintado de blanco.
    – Hola -dijo.
    Antes de responder, Becca esperó a que Madison y Angelo se reunieran con ella.
    – Hola. ¿Habéis desayunado?
    – Claro. Tortitas. Estaban buenas.
    Becca asintió lentamente con la cabeza. Pareció titubear; luego dijo:
    – Han encontrado la puerta.
    – Tú dijiste que la encontrarían.
    – Sí. El caso es… que quizás haya llevado a Diana allí abajo demasiado pronto.

Capítulo once

    Cuando llegaron al fondo del pozo vertical, descubrieron que había, en efecto, un túnel toscamente excavado que descendía en ligera pendiente por espacio de varios metros y que se nivelaba luego para discurrir más o menos en línea recta hacia el oeste. Apenas había espacio para que Quentin, el más alto de los tres, se mantuviera erguido; el túnel era angosto y debían avanzar en fila india. Las linternas iluminaban bastante bien el interior, pero proyectaban extraños destellos y sombras al caer sobre las superficies irregulares del pasadizo.
    El suelo de piedra resbalaba en algunas partes y estaba casi seco en otras, de modo que tenían que caminar con cuidado. El aire era húmedo y lo bastante frío como para resultar desagradable. Arrastraba además el inquietante olor de la tierra vieja y el agua rancia, y de la humedad mohosa de un lugar que llevaba demasiado tiempo cerrado y en la oscuridad.
    – Pero el aire es razonablemente fresco, sobre todo teniendo en cuenta lo abajo que estamos -comentó Quentin, bajando la voz debido a que muy pronto habían descubierto que el sonido rebotaba en las duras superficies del pasadizo.
    – Lo que significa que en alguna parte hay otra salida -dijo Nate.
    – Tiene que haberla -convino Quentin. Sus dedos apretaron los de Diana. La había cogido de la mano en cuanto ella había llegado al final de la escalera, y aunque no había dicho nada, le preocupaba que tuviera la mano tan fría.
    Le preocupaba ella.
    – Estoy bien -murmuró Diana en ese momento.
    Iba medio paso por detrás de él, pero, al mirar rápidamente por encima del hombro, Quentin pudo verle la cara. A la estela de luz de las linternas, su rostro aparecía casi fantasmalmente pálido.
    Y él sintió, más que verla, aquella atención vuelta hacia dentro, la callada espera de lo que estaba por llegar. De manera consciente o no, Diana estaba sintonizando con sus facultades. Probablemente, pensó Quentin, era así como había percibido la preocupación que sentía por ella.
    Probablemente.
    – ¿Estás segura? -preguntó él.
    – Estoy bien -repitió Diana, y a continuación añadió-: Escucha.
    Quentin tardó un momento en oírlo, pero por fin lo oyó: el goteo, el leve rebullir y el chapoteo del agua allí delante.
    – Creo que esto se ensancha… -comenzó a decir Nate, y se interrumpió cuando el pasadizo, en efecto, se ensanchó bruscamente. Se abría, de hecho, formando una especie de caverna.
    De inmediato tuvieron la sensación de que un vasto espacio se abría en torno a ellos, y, cuando Nate describió un arco con su linterna, vieron que se hallaban en la boca de una caverna que debía de tener dieciocho o veinte metros de anchura y unos seis metros de alto. Vieron las estrechas entradas de lo que parecían ser al menos tres nuevos pasadizos que partían de aquella cámara central.
    Vieron también el agua que antes sólo habían oído, un riachuelo que corría con bastante rapidez por un estrecho canal que surgía a su derecha y corría serpenteando entre varias formaciones rocosas para desaparecer luego en alguna parte, al otro lado.
    La caverna tenía aspecto de ser completamente natural, no excavada por la mano del hombre, sino formada hacía quizá muchos siglos, cuando aquel estrecho arroyuelo era un caudaloso río subterráneo.
    Nate fue el primero en hablar.
    – ¿A qué distancia crees que estamos del establo? -le preguntó a Quentin.
    – A unos cincuenta metros, más o menos.
    – En el arranque de las montañas. Santo cielo, yo sabía que en Kentucky está el Parque Nacional de Mammoth Cave, con un montón de cavernas naturales y de pasadizos subterráneos, pero no tenía ni idea de que tuviéramos algo así aquí, en Leisure.
    – Sí que le prestaste atención a ese profesor -dijo Quentin distraídamente mientras recorría más despacio con su linterna la vasta caverna.
    – Supongo que sí. Pero, Quentin, esto es natural, no una mina, ¿para qué mantenerlo en secreto? Los turistas pagan por visitar sitios como éste.
    – Puede que no, si el único acceso es un pozo vertical como ése por el que hemos bajado. Una cosa es invitar a los turistas a entrar en una bonita cueva y otra bien distinta pedirles que, para llegar a esa bonita cueva, bajen por una escalerilla de diez metros de largo y caminen una distancia equivalente a la mitad de un campo de fútbol por un túnel estrechísimo. Ninguno de nosotros tiene claustrofobia, pero apuesto a que a la mayoría de la gente el pasadizo que acabamos de recorrer le provocaría ataques de ansiedad.
    – Tienes razón -reconoció Nate-. Pero aun así cualquiera pensaría que por lo menos la gente de los alrededores conocería este sitio, y te juro que nunca he oído una palabra sobre él.
    – No querían que te enteraras -murmuró Diana.
    Los dos la miraron, y Quentin apuntó cuidadosamente con la linterna para iluminar su cara al menos un poco, sin deslumbrarla. A la luz fantasmagórica e indirecta de la linterna, el rostro de Diana parecía ensombrecido; sus planos y ángulos se veían nítidos y, sin embargo, curiosamente extraños y desconocidos.
    Por un instante, Quentin pensó que estaba mirando a otra persona.
    – ¿Diana?
    – Tenían que mantenerlo en secreto -dijo ella con voz baja y casi soñadora, muy distinta a su voz de siempre-. Ya habían construido El Refugio, habían invertido en él mucho tiempo y mucho dinero. No podían permitir que fuera todo para nada. Cuando ocurrieron los primeros asesinatos, cuando se dieron cuenta de lo que vivía aquí, de lo que se alimentaba aquí, tuvieron que… proteger su inversión. Y en aquellos tiempos los hombres se tomaban la justicia por su mano.
    – ¿Qué hicieron? -preguntó Quentin con calma.
    – Le dieron caza. Y, cuando lo cogieron, lo trajeron aquí. Lo encerraron bajo tierra. Le dejaron morir aquí. Solo.
    – ¿Le? -La voz de Nate sonaba tan recelosa que temblaba un poco-. Diana, ¿de quién estás hablando?
    Ella ladeó la cabeza ligeramente, como si escuchara una voz suave y distante.
    – Era malvado. Caminaba como un hombre y hablaba como un hombre, pero era otra cosa. Algo que se alimentaba del terror. Algo sin alma.
    Quentin le apretó la mano con más fuerza, temiendo que, si la soltaba, la perdería para siempre, porque tenía el mal presentimiento de que una parte de ella estaba ya en otra parte, de que sólo el contacto directo de sus manos unidas la ataba al presente.
    Quería detener aquello, hacer regresar a Diana de allá donde se encontrara aquella parte de ella que estaba ausente, pero su instinto le decía que no lo hiciera. Aún no. Aquello, fuera lo que fuese, era importante. Era algo que ella tenía que decirles. Algo que él debía escuchar.
    «Ya viene.»
    No había escuchado a Missy.
    Pensaba escuchar a Diana.
    – Ellos creían que era un animal, así que lo encerraron aquí, en una trampa, como si lo fuera -murmuró ella-. No tenían ni idea… de lo que era capaz. Ni idea de que la ira podía darle fuerzas para seguir adelante. Ignoraban que la muerte no le detendría. Destruyeron la carne, pero eso sólo liberó la maldad.
    Quentin mantuvo la voz baja al preguntar:
    – ¿Quiénes son ellos, Diana?
    Ella lo miró, pareció verlo por primera vez, a pesar de que sus ojos tenían un peculiar brillo sofocado.
    – Ellos crearon El Refugio. Un puñado de hombres, de hombres ricos. No pretendían que fuera un lugar lleno de secretos, pero en eso se convirtió. Después de esa noche, después de que enterraran vivo a un asesino y juraran no contárselo a nadie.
    »Pero la gente de por aquí… Algunos lo sabían. Había historias. Siempre las hay. Un rumor aquí, una pregunta allá. Luego pasaron los años, las décadas, y se convirtieron en simples leyendas. Supersticiones. Y casi todo el mundo se olvidó de lo que había merodeado por estas montañas… y había sido enterrado vivo dentro de ellas.
    Diana se internó bruscamente en la caverna, moviéndose con el aplomo de quien sabe adonde va.
    – ¿Qué demonios…? -masculló Nate.
    – Vamos a averiguarlo -le dijo Quentin y, sin soltar la mano de Diana, iluminó su camino con la linterna.
    Todavía mascullando, Nate dijo:
    – No me importa decirte que se me ha puesto de punta el pelo de la nuca. -Tenía la mano libre apoyada sobre su pistola.
    Quentin sabía cómo se sentía. Había algo casi insoportablemente horrendo en el hecho de estar en aquel lugar subterráneo, oscuro y hediondo y escuchar la voz suave y serena de Diana hablando de un suceso del pasado, espantoso y escalofriante. No era tanto lo que decía como su forma de decirlo, aquello voz casi dulce, casi… infantil.
    Quentin sintió un escalofrío más intenso cuando se dio cuenta de aquello, cuando de pronto comprendió que no era Diana a quien estaban escuchando.
    Cuando la voz que salía de ella pulsó en su interior una cuerda familiar tan profunda que fue como una astilla de hielo en su corazón.
    Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera siquiera intentar romper el trance en que se hallaba ella, Diana les condujo al interior de uno de los pasadizos del otro lado de la caverna. Pero aquel pasadizo era corto, medía apenas unos pasos, y daba a otra caverna más pequeña.
    Antes incluso de que las linternas les mostraran lo que había allí, Quentin pudo olerlo. El hedor antiguo de la putrefacción, de la sangre derramada, de la carne podrida y los huesos enmohecidos.
    De la muerte.
    – Santo cielo -murmuró Nate.
    – Aquí es donde trae a algunos -dijo Diana con aquella voz dulce e infantil que era ahora triste y contemplativa-. Mueren donde él murió.
    Diana se desplomó bruscamente; Quentin soltó la linterna para cogerla en brazos y, cuando la linterna rodó por el suelo de piedra y fue a dar contra una roca, su haz iluminó intensamente una risueña calavera humana que yacía de lado junto a un desordenado montón de huesos.

    Desde su puesto no lejos del cenador, Madison vio con preocupación cómo aquel hombre alto y rubio sacaba a Diana del establo y subía con ella por el sendero, hacia El Refugio.
    – ¿Se encuentra bien?
    Becca sacudió la cabeza lentamente.
    – No lo sé. Yo creía que estaba lista, pero… puede que no.
    – ¿La… la ha cogido?
    – No. No. La necesita. Igual que la necesitamos nosotros. Pero eso todavía no sabe lo que es. Tenemos que hacerla entender, para que pueda ayudarnos. Antes de que eso descubra lo que estamos haciendo e intente detenernos. Por eso Missy pensó que éste era el mejor modo.
    – ¿Cuál era el mejor modo?
    – Hablar a través de Diana.
    Madison frunció el ceño.
    – ¿Cómo podría hacerlo?
    – Diana puede vernos, eso ya lo sabes. Nos abre las puertas para venir a este lado. También puede visitar el tiempo gris. Puede ser la voz de uno de nosotros si tenemos que hablar con alguien de este lado. Pero lo que la hace realmente especial es que puede cruzar del todo.
    – ¿Quieres decir…?
    – Quiero decir que puede caminar con los muertos.
    – ¿Aunque esté viva?
    Becca asintió con la cabeza.
    – Es muy, muy peligroso para ella. Sobre todo ahora, porque no entiende lo que es capaz de hacer. Podría perder el camino, quedar atrapada en nuestro mundo o en el tiempo gris, entre los dos.
    – ¿Qué pasaría entonces?
    – Que sería uno de nosotros. También estaría muerta. O como si lo estuviera. Madison se estremeció otra vez; habría deseado llevar una chaqueta, pero sabía que no serviría de nada.
    – Entonces no debería hacerlo, Becca. No debería cruzar. Alguien debería advertirle que no lo intentara siquiera.
    – Sí. Supongo que tienes razón. El caso es que… cuando descubra lo de Missy, cuando entienda esa parte, seguramente lo intentará de todos modos. Y puede que así tenga que ser.
    – ¿Puede?
    – Bueno, no lo sé con seguridad. -Becca frunció el ceño-. Puede que sea eso lo que haga falta. Para que pueda luchar. Enfrentarse a ello como nadie más ha podido hacerlo. Para que pueda ser destruido de una vez por todas.
    – ¿Ahí es donde está? ¿Al otro lado? No me dijiste que estaba muerto, Becca.
    – Parte de él murió. Pero otra parte sigue viva. Y ésa es la parte que no ven, la parte contra la que tenemos que luchar. Hemos esperado mucho tiempo, hasta ser lo bastante fuertes. Y hasta tener lo que más nos hacía falta. Alguien que nos ayudara a luchar. Alguien lo bastante poderoso como para abrir la puerta adecuada.
    – ¿Diana?
    – Diana. Si puede. Y si él puede ayudarla.

    – He mandado traer un equipo de antropología forense -le dijo Nate a Stephanie en un tono tan fatigado como el aspecto que presentaba-. Sabe dios cuánto tiempo llevarán ahí abajo algunos de esos huesos, pero tenemos que averiguar todo lo que podamos sobre ellos.
    Ella empujó una taza de café sobre la mesa, hacia él, y se sirvió otra, sorprendida por que no le temblasen las manos.
    – ¿Y no tenéis ni idea de lo grandes que pueden ser las cuevas y los túneles?
    – Ni idea. Cuando Diana se desmayó, lo primero era sacarla de allí, así que no seguimos explorando. Alumbré con la linterna un par de aberturas, y parecía que llevaban a túneles más largos, pero no hay modo de saberlo con certeza sin volver a bajar. -Meneó la cabeza-. Y, francamente, preferiría no hacerlo.
    – No me extraña -murmuró Stephanie.
    Con un suspiro, él dijo:
    – De todos modos, no sé si ése es sitio para la policía. Hace unos minutos, cuando llamé a Quentin al móvil, me dijo que había una unidad del FBI especializada en explorar y cartografiar pasajes subterráneos. Dijo que se pondría en contacto con ellos. -Hizo una pausa y añadió con deje irónico-: Preferí no preguntarle por qué existía semejante unidad.
    Stephanie se quedó pensando en ello y por fin dijo:
    – Parece raro, ¿verdad?
    – Sí.
    – Hum. ¿Cómo está Diana?
    – Dormida, me ha dicho Quentin. Más bien inconsciente, supongo. Pero al parecer es normal después de una experiencia así. Normal. Santo dios.
    – ¿Qué le pasó ahí abajo?
    – No tengo ni puñetera idea. Lo único que puedo decirte es que tuve la escalofriante sensación de que otra persona estaba usando a Diana para hablar con nosotros.
    – ¿Otra persona? ¿Quién?
    – No lo sé. Pero parecía un niño.
    Stephanie cogió su taza de café y bebió un sorbo rápidamente.
    – Está bien, ahora sí que me estás asustando.
    – No me sorprende. -Él suspiró-. Quentin estaba muy impresionado, eso te lo aseguro. Y sé de buena tinta que no hay muchas cosas que le afecten de ese modo. Creo que ha visto cosas que a ti y a mí nos provocarían pesadillas durante años.
    Siguieron tomando el café en silencio durante varios minutos, ambos pensativos, y luego Stephanie habló lentamente.
    – En parte, mi trabajo consiste en preocuparme por la reputación de El Refugio. Pero, con toda franqueza, creo que lo que haya en esas cuevas debe ver la luz del día… pase lo que pase después.
    Nate se sintió al mismo tiempo aliviado y un tanto impresionado.
    – Podrías perder tu empleo -dijo-. Quiero decir que a tus jefes no va a gustarles encontrar a policías y federales pululando por todas esas cuevas, sobre todo cuando empiecen a sacar los huesos que encontramos allá abajo. No hay ni una sola esperanza de que podamos mantener esto en secreto.
    Stephanie hizo una mueca.
    – No me importa mucho, ¿sabes? Después de lo que he descubierto sobre este sitio estos últimos días, empiezo a pensar que, de todos modos, preferiría trabajar en otra parte.
    – No te vayas muy lejos -se oyó decir Nate. Y sintió que le ardían las orejas cuando ella le sonrió.
    – Ya veremos -dijo ella, y añadió enérgicamente-: Entre tanto, ya que estás, podrías aprovecharte de mi autoridad mientras todavía la tengo. Daré permiso por escrito para que el equipo forense y los espeleólogos del FBI de los que te ha hablado Quentin hagan lo que crean necesario en esas cuevas. También daré autorización escrita, como directora de El Refugio, para que se inspeccionen minuciosamente los documentos históricos y los archivos almacenados en el hotel.
    – Gracias. -Él intentaba no preguntar si su interés por ella, a duras penas velado, era correspondido-. Ya tengo a algunos de mis hombres en jefatura revisando los documentos históricos públicos que sea posible encontrar sobre El Refugio y esta zona en general. Además, van a reunir toda la documentación, por insignificante que sea, que tenemos sobre las desapariciones sin resolver y las muertes dudosas que ha habido por aquí. Nos enviarán copia de todo a Quentin y a mí.
    – ¿De veras crees que todo esto está relacionado? ¿Que hay… algo misterioso actuando aquí?
    – Dios, no sé qué pensar. Sabemos que en el hotel se cometieron al menos dos asesinatos. Tenemos lo que podría ser una red de pasadizos y cuevas, una de las cuales contiene restos óseos humanos. No sé si Quentin tenía razón al obsesionarse todos estos años. Y tampoco sé si tiene poderes extrasensoriales, o si los tiene Diana.
    Nate torció el gesto.
    – Que yo sepa, los responsables de que haya un montón de huesos en esa cueva podrían ser un oso o una manada de lobos, y el asesino de esos dos críos se largó hace mucho tiempo.
    – Pero en realidad no lo crees.
    Él se encontró con su mirada fija y suspiró.
    – No. No, en realidad, no lo creo. Nunca he sido muy fantasioso, pero te aseguro que lo que sentí ahí abajo era algo sobrenatural. Hasta el olor era al mismo tiempo extraño y curiosamente familiar, como una cosa de la que sólo hubiera sido consciente en sueños. En pesadillas. Como si mi mente no pudiera identificarlo a nivel consciente, pero una parte mucho más honda de mí sí pudiera.
    – Tu instinto, quizá.
    – Quizá. Tuve la sensación de que sabía lo que había ahí abajo, pero no quería saberlo… si es que eso tiene sentido.
    – No sé si algo de esto tiene sentido, pero sí, creo que sé lo que quieres decir. -Stephanie suspiró-. Hasta ahora, todo lo que hemos descubierto o creemos haber descubierto sugiere que hubo un asesino de la clase que fuera operando aquí.
    – Sí.
    – Entonces, ¿hay motivos para que advierta a mis clientes? ¿Alguna razón para creer que hay algún peligro?
    Nate vaciló.
    – Francamente, no lo sé. Mi entrenamiento y mi experiencia me dicen que no.
    – ¿Pero?
    – Pero… parecen estar saliendo a la luz un montón de crímenes antiguos, y mi experiencia también me dice que eso significa que algo ha cambiado. Puede que sólo sea que Quentin está aquí otra vez, buscando respuestas, justo cuando Diana aparece con la habilidad de descubrir, de algún modo, lo que llevaba enterrado todos estos años. Puede que sólo sea… una coincidencia perfecta.
    – ¿Pero? -repitió Stephanie.
    Nate recordó el frío que había sentido calarle los huesos en la cueva y movió la cabeza de un lado a otro.
    – No es nada que pueda señalar con el dedo. Desde luego, nada lo bastante concreto como para hacerme avisar a tus clientes, o incluso para sugerir que les adviertas.
    Stephanie se mordió el labio inferior y arrugó un poco el entrecejo.
    – Y yo no quiero desatar el pánico… ni provocar un éxodo. Pero creo que aumentaré las medidas de seguridad en nuestros terrenos. Mal no puede hacer.
    – No -repuso Nate-. Mal no puede hacer.

    De pie en la puerta del dormitorio de Diana, Quentin la miró un momento para asegurarse de que seguía profundamente dormida. Le había quitado únicamente los zapatos y la había cubierto con un manta ligera, y ella yacía sobre su cama, igual que la había dejado más de dos horas antes.
    Quentin se recordó que no era extraño que, tras el uso extremo o prolongado de cualquier facultad paranormal (y el sentido común le decía que canalizar el espíritu de una niña pequeña asesinada veinticinco años atrás era, ciertamente, un buen ejemplo de ello) una persona necesitara dormir mucho.
    Aun así, le costaba apartarse de la puerta. No quería dejar a Diana, ni siquiera para entrar en la habitación contigua. Ella estaba recibiendo, estaba claro, un bautismo de fuego en lo tocante a sus facultades, y él quería facilitarle las cosas. Saber que no podía hacerlo le resultaba frustrante y curiosamente doloroso.
    Por fin regresó a la sala de estar de la cabaña de Diana, donde había dejado su ordenador portátil. El Refugio ofrecía, entre sus servicios de primera clase, acceso a Internet de banda ancha… y un personal muy servicial, más que dispuesto a ir a buscar el ordenador a su suite para entregárselo allí.
    Nate había tenido también la amabilidad de concederle la autorización que necesitaba para consultar varios archivos y, por primera vez, Quentin iba a poder remontarse mucho más atrás de aquellos veinticinco años.
    «Ellos crearon El Refugio.»
    Lo que Diana había dicho en la cueva le ofrecía un punto de arranque que nunca antes había tenido, y Quentin pensaba sacar el mayor partido a aquel dato. Tenía que encontrar toda la información disponible sobre los hombres que construyeron El Refugio, y sobre el asesino al que habían aplicado su particular versión de una justicia implacable.
    Tenía que averiguar la verdad, tanto por Diana como por sí mismo.
    Tenía que comprender.

    – Entonces, ¿de verdad había un asesino? -Diana arrugó el ceño y dejó su taza sobre la mesa baja. Tras una ducha caliente, un plato de comida y una buena dosis de café, empezaba por fin a sentirse de nuevo ella misma.
    O, mejor dicho, se sentía más fuerte y extrañamente concentrada, lo cual no era propio de ella, pero sí ciertamente mejor.
    Quentin señaló el cuaderno que había llenado de notas y dijo:
    – Por la información que me ha dado la gente de Nate y por lo que he podido encontrar en hemerotecas y otros archivos históricos, las desapariciones empezaron en esta zona a fines de la década de 1880. Hubo tal vez tres o cuatro al año, de media. Teniendo en cuenta lo accidentado que era, y que es, el terreno, y la dificultad de viajar en aquellos tiempos, no se consideró nada fuera de lo corriente. La gente se perdía en estas montañas. Había personas que resultaban heridas y morían antes de que alguien pudiera encontrarlas. Esas cosas pasaban.
    Diana asintió con la cabeza.
    – El pueblo de Leisure casi no existía, y no tenía cuerpo de policía del que mereciera la pena hablar -prosiguió Quentin-. No creían necesitarlo; la gente que se establecía en esta región solía ser dura y auto suficiente, y por lo general se ocupaba de sus problemas sin involucrar a los demás. Es una mentalidad que no se presta a llamar a la policía, sino más bien a coger la escopeta de la familia y…
    – Ocuparse del problema por su cuenta -concluyó Diana-. Que es lo que hicieron los hombres que construyeron El Refugio.
    Quentin hizo un gesto de asentimiento.
    – Por lo poco que he podido encontrar, no está del todo claro pero deduzco que durante la construcción del hotel desaparecieron un par de personas más. Esta vez, sin embargo, se encontraron los cuerpos. Obviamente, esas personas habían sido asesinadas. La creencia general era que el móvil había sido el robo, sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época era prácticamente desconocido lo que más tarde se llamó asesinato indiscriminado y posteriormente asesinato en serie. Luego desapareció un niño.
    – ¿Y quién iba a robar a un niño? -dijo lentamente Diana.
    – Exacto. Había tanto miedo y tanta rabia que los hombres que habían invertido grandes cantidades de dinero en estas tierras y en la construcción de El Refugio decidieron contratar a un detective privado para intentar llegar al fondo del asunto antes de que sus trabajadores empezaran a desertar de sus puestos.
    – No sabía que los detectives privados se dedicaran a buscar asesinos.
    – Esas cosas solían quedar fuera de su radio de acción, pero al parecer el hombre asignado al caso era lo que entonces se llamaba un buen rastreador. En los archivos públicos prácticamente no hay información sobre todo esto, pero en la base de datos históricos del estado he encontrado un par de cartas escritas por personas que estaban aquí en aquel momento. Uno de los albañiles, especialmente, escribió con detalle acerca de la caza de ese asesino en una carta a su hermana. Y salta a la vista que tenía mala conciencia.
    – ¿Porque no hubo juicio? -preguntó Diana.
    – Ni juicio, ni arresto, ni nada oficial. El detective encontró pruebas suficientes para seguir el rastro del asesino, o eso creía, hasta un cobertizo de las montañas. -Quentin hizo una pausa y arrugó el ceño-. Está todavía allí, creo, un edificio de piedra muy viejo. Lo vi hace cinco años.
    Diana no le preguntó sobre ese punto.
    – Entonces, el detective privado encontró allí al asesino. Y…
    – Y él, junto con un pequeño grupo de trabajadores de confianza que incluía al jefe de obra, subieron allí y cogieron al tipo. Cuyo nombre, por cierto, era Samuel Barton. Ya habían decidido que, si le colgaban, llamarían demasiado la atención, y estaban todos de acuerdo en que matarlo de un tiro era demasiado piadoso para él.
    – Entonces, ¿lo arrojaron a ese pozo?
    – Algo así. El pozo había sido descubierto cuando se estaban excavando los cimientos para los establos, y la escalerilla se colocó porque a alguien se le ocurrió la idea de que quizá pudieran usarse las cuevas como almacén. Pero el túnel era tan largo y estrecho que era demasiado complicado transportar nada hasta allí. Era, en cambio, una prisión estupenda.
    Diana arrugó el ceño.
    – ¿Pretendían que muriera allá abajo?
    – No sé qué pretendían, pero tenían que saber que moriría. Estaban tan furiosos que al cogerle le dieron una paliza brutal. Le arrojaron al pozo y cerraron la trampilla. Él tenía que saber que nadie que le oyera iría a ayudarle. Puede que siguiera el túnel con la esperanza de que hubiera otra salida.
    – Pero no la había.
    – Eso carece de importancia. Según el hombre que escribió esa carta, Barton no llegó más allá de esa caverna grande que encontramos. El hombre se sentía tan culpable que bajó en persona una semana más tarde, en secreto, de noche. Encontró el cuerpo en la caverna. Y lo dejó allí.
    Diana respiró hondo y concluyó la historia como parecía probable.
    – El detective privado y el jefe de obra aseguraron a los demás que el… problema… había quedado resuelto. Las muertes cesaron. Y El Refugio se completó.
    Quentin asintió con la cabeza.
    – Eso es. Pero las muertes no cesaron en realidad, salvo por un tiempo. Al menos eso creo. Porque siguió desapareciendo gente en estas montañas. No mucha, un par de personas al año. Viajeros, gente que pasaba por aquí. Trabajadores itinerantes. Gente a la que no se echaba de menos, generalmente. La diferencia estaba en que no volvieron a encontrarse más cuerpos.
    – Hasta Missy.
    Él asintió de nuevo.
    – Quentin… no estarás insinuando que todos estos años ha sido el mismo asesino. ¿Verdad?
    – Tú lo dijiste -le recordó él-. Allá abajo, en las cuevas.
    Diana se acordaba. Por escalofriante que fuera, se acordaba de todo. Pero…
    – Sea lo que sea lo que sabe Missy, yo sólo sé lo que dije. Quiero decir que no entiendo cómo podría ser el mismo asesino. ¿Cómo podría seguir asesinando un muerto más de cien años después de su propia muerte? Y no entiendo por qué, si todo eso es cierto, cambió de conducta con Missy. Nadie que llevara tanto tiempo cazando y matando con éxito cambiaría de táctica. ¿No?
    – No es probable. -Quentin era lo bastante hábil trazando perfiles psicológicos como para haber pensado en eso, y ofreció una posible respuesta-. A menos que algo externo le obligara a cambiar.
    – ¿Algo como qué?
    – La energía espiritual tiene su propio plano existencial, Diana. Sólo puede darse temporalmente en nuestro mundo, y sólo si se le ofrece una puerta, o si la energía misma es lo bastante fuerte como para abrirse paso.
    – Entonces, ¿estás diciendo que el espíritu de ese asesino era tan fuerte que pudo cruzar esa puerta? ¿Tan fuerte que podía matar? -La sorprendió vagamente no parecer más incrédula.
    – Creo que mataba… poseyendo a una persona… a falta de un término mejor. Probablemente a alguien que fuera vulnerable a esa clase de ataque. Mental o emocionalmente inestable, o físicamente débil en algún sentido. El asesino se apoderaba de ellos y… utilizaba sus cuerpos durante un tiempo. Disfrutaba de su terror y de su confusión. Quizás incluso les obligaba a matar a otros.
    – Quentin…
    – Eso ayudaría a explicar el tiempo transcurrido entre las desapariciones y las muertes. Tendría que haber un período de descanso tras gastar tanta energía, pero los intervalos no serían regulares, porque la cantidad de energía necesaria dependería de si se trataba meramente de poseer a alguien o de utilizar a esa persona para matar físicamente.
    – ¿Meramente? -Fue cuanto logró decir ella.
    – Es posible, Diana. Es posible que la energía espiritual que quedó cuando Samuel Barton fue prácticamente enterrado vivo contuviera cólera suficiente, maldad suficiente, para seguir matando y ocultando sus crímenes todos estos años. Al menos, hasta que asesinó a Missy. Hasta que mató a alguien capaz de impedir de algún modo que escondiera su cuerpo como había escondido o enterrado los de los demás.

Capítulo doce

    – ¿Como? -preguntó Diana-. ¿Cómo podría hacer eso una niña pequeña? ¿Qué podía hacer, si la había matado?
    – No lo sé. Aún. Pero sé que algo cambió cuando murió Missy. Lo siento.
    Diana no sabía cómo cuestionar aquella convicción. Ni siquiera sabía si debía hacerlo. De modo que se limitó a decir:
    – Tenemos muchas más preguntas que respuestas.
    – Sí, ya lo he notado.
    – Corrígeme si me equivoco, pero hasta dentro de un tiempo no sabremos nada nuevo a partir de los restos de Jeremy o de los huesos de la caverna.
    – Puede que tardemos mucho en saber algo. Las pruebas forenses requieren tiempo, sobre todo tratándose de restos óseos.
    Ella vaciló. Luego dijo:
    – Tengo la sensación de que algo va a pasar aquí, y pronto. Algo malo. Yo… no te lo he dicho, pero he visto otros fantasmas. Gente que parecía claramente haber vivido en otra época. Dos mujeres, un hombre, dos niños pequeños. No en el tiempo gris, sino aquí, con aspecto de ser reales, como de carne y hueso. Como Jeremy. Me pidieron que les ayudara. Y al menos uno dijo algo acerca de que había llegado la hora. Había en ellos una intención, una urgencia que pude sentir.
    Quentin no se molestó en preguntarle por qué no se lo había dicho hasta ese momento.
    – Supongo que no te dijeron cómo podías ayudarles.
    – No. -Diana se puso en pie-. Pero Becca me dijo que había algo en el cuarto de arreos y tenía razón. También me dijo que había algo en el desván que yo debía ver. Algo que me ayudaría a entender.
    Quentin sonrió, preguntándose si Diana sabía hasta qué punto era más fuerte desde que había despertado. Él ignoraba cómo había sucedido, pero parecía que él haber prestado voz a Missy en la cueva había permitido a Diana, de algún modo, doblar una esquina. Había dejado de cuestionar la existencia de sus facultades. Ahora quería respuestas.
    – Me extrañó que preguntaras a Stephanie con tanta insistencia por el desván -dijo.
    – Ahora ya sabes por qué. ¿Vamos?
    Quentin tardó sólo un momento en guardar su ordenador y sus notas en el maletín. La costumbre le hacía cauteloso. Después, acompañó a Diana al edificio principal.
    Sólo cuando estaban subiendo las escaleras que llevaban al desván dijo:
    – Imagino que Rebecca no fue muy concreta sobre lo que cree que tienes que ver en el desván.
    – No. Como tú dijiste, parece que nunca especifican cuando sería más útil.
    – ¿Quiénes?
    – Los guías. Los espíritus, supongo.
    – Me alegra ver que empiezas a aceptar su existencia -dijo Quentin.
    Diana dejó escapar una risa suave.
    – ¿Su existencia? Ya no estoy segura de qué es real y qué no. A decir verdad, no estoy segura de haberlo sabido nunca.
    – Sí lo sabes. Sólo tienes que confiar en ti misma.
    – Perdóname, pero eso se parece mucho a toda esa palabrería que he tenido que escuchar durante años.
    – Hay una gran diferencia -repuso Quentin, tomándola de la mano mientras subían-. Yo sé muy bien que no estás enferma ni loca, y nunca intentaré convencerte de lo contrario. Puedes confiar en mí. Y puedes confiar en ti misma, ¿sabes?
    – ¿Sí? ¿Cómo estás tan seguro?
    – Diana, lo que tú has vivido estos últimos días habría hecho entrar en estado de conmoción o de coma a la mitad de las personas con facultades paranormales que conozco. -Inclinó la cabeza cuando ella levantó los ojos hacia él-. Eres mucho más fuerte de lo que piensas.
    – Espero que tengas razón -murmuró ella.
    Un par de minutos después llegaron al desván y, al pasear la mirada por la estancia vasta y atiborrada de cosas, Diana deseó realmente convencerse de que Quentin tuviera razón. Porque iban a hacer falta mucha fuerza y mucha energía para inspeccionar todo lo que había allí, y más aún para enfrentarse a cualquier cosa inesperada que pudieran encontrar.
    – Maldita sea -dijo con un suspiro-. ¿Por qué nunca son fáciles las cosas?
    – Al universo no le gustan las cosas fáciles. -Quentin también suspiró-. ¿Quieres que lo echemos a cara o cruz, o que empecemos cada uno por un lado y vayamos avanzando hacia el centro?
    – El vidente eres tú -dijo ella, sólo a medias bromeando-. ¿Por qué no ves por dónde debemos empezar?
    – No funciona así, en realidad.
    – Me lo imaginaba. -Diana paseó la mirada a su alrededor, admirando distraídamente las ventanas de cristal emplomado iluminadas por el sol de la tarde. Haces de luz coloreada (casi como rayos, pensó Diana) entraban en el desván, haciendo refulgir, como a la luz brillante de un foco, un montón de baúles viejos que había en el pasillo casi despejado del eje norte-sur.
    Un foco.
    – O puede -murmuró-, que sea fácil, después de todo.
    Quentin siguió su mirada.
    – Vaya, vaya. Casi una señal, ¿eh?
    – Pareces un poco incrédulo.
    – Desconfío de las señales por norma. Suelen llevarme por caminos que posiblemente debería evitar.
    Diana levantó las cejas y esperó.
    – Ésta señal es tuya -dijo él-. Vamos.
    Mientras se dirigían hacia los baúles amontonados, Diana dijo con cierta desgana:
    – No sé si debería culparte por todo esto o alegrarme de que estés aquí para ayudarme a no perder el norte.
    – Voto por lo último.
    – Apuesto a que sí.
    – Como dije desde el principio, tú y yo estamos aquí por una razón. Los dos necesitamos respuestas.
    Al llegar junto a los baúles, Diana los miró fijamente y dijo un tanto indecisa:
    – Sí, pero ¿cuáles son las preguntas? ¿Tú quieres saber quién mató a Missy y yo quiero saber si estoy loca?
    – Ya habíamos quedado en que no estás loca.
    – Entonces, ¿cuál es la respuesta que necesito?
    – Puede que la que Rebecca te dijo que encontrarías aquí arriba. -Quentin agarró el asa lateral del baúl de arriba-. Espera. Vamos a ver si esto pesa tanto como parece.
    No pesaba, por suerte, tanto como parecía, y pudieron alinear los tres baúles, uno junto al otro, en el pasillo. Ninguno de ellos estaba cerrado con llave y, una vez levantadas todas las tapas, Diana y Quentin se hallaron contemplando un caos semiorganizado.
    – Qué encantador -dijo Diana exhalando con otro suspiro-. El de este lado parece contener sobre todo ropa vieja. -Sacó una boa de plumas que casi se desintegró entre sus dedos, y estornudó-. Sobre todo.
    – Pobrecilla. En el de este lado y en el del medio también hay ropa vieja, pero… -Quentin se arrodilló junto al baúl de su lado y sacó una caja arrugada llena de papeles sueltos-… esto de aquí parecen cartas, facturas y recibos. Hay al menos un par de libros de cuentas y unos diarios. Dios mío. Tardaremos horas en revisar todo esto.
    – No me digas. -Diana se arrodilló junto al baúl del medio y sacó un álbum de recortes que apenas se mantenía unido. Miró un par de páginas y dijo-: Esto te va a encantar. Montones y montones de fotografías de El Refugio, algunas de cuando fue construido.
    – Genial. Déjalo a un lado para llevarlo abajo, ¿quieres? Le pediremos permiso a Stephanie para revisar lo que nos parezca interesante en algún sitio más cómodo. Aquí arriba la luz es muy colorida, pero no es la más adecuada para estudiar estas cosas.
    – Eso seguro. -Diana dejó a un lado el álbum, junto con otro que encontró en el baúl. Sacó luego una caja vieja en cuya tapa ponía «Objetos perdidos». La abrió y dejó al descubierto algunas piezas de bisutería, varios peines y pasadores de pelo, un monedero de lentejuelas, otros objetos menudos y cierto número de fotografías sueltas.

    Levantó las fotografías para ver qué había bajo ellas y una cayó a un lado. A la luz brillante y multicolor que se derramaba en el interior de la caja, la imagen en blanco y negro parecía refulgir.
    Diana cogió la fotografía y dejó que la caja volviera a caer dentro del baúl. Vio temblar sus dedos y no le sorprendió.
    – ¿Qué es? -preguntó Quentin. Se acercó un poco, miró la foto que ella sostenía y contuvo el aliento, sorprendido-. Es Missy.
    Estaba sentada en lo que parecían ser los escalones delanteros de una casa inidentificable, vestida de verano, con pantalones cortos y el pelo largo y moreno peinado con la raya al medio y recogido con cintas por debajo de las orejas. Sonreía y tocaba con la mano extendida a un perro de gran tamaño que yacía recostado junto a ella.
    Y al otro lado…
    Diana tocó ligeramente con el dedo la imagen de la niña pequeña del otro lado del perro. Iba también vestida de verano, pero tenía el pelo más rubio, más corto y suelto, y su sonrisa no era tan tímida como la de Missy.
    – Me resulta familiar -dijo Quentin. Luego masculló una maldición al mirar a Diana.
    – Mi padre lleva esta fotografía en la cartera -dijo ella lentamente-. Pero sólo la mitad. -Tocó de nuevo la imagen de la niñita rubia-. Esta mitad. La parte en la que estoy yo.

    – Podéis usar este salón -le dijo Stephanie a Quentin, añadiendo-: No se usa mucho ni siquiera cuando el hotel está lleno, y con la cantidad de gente que se ha ido antes de lo previsto desde ayer… -Miró a través del salón del tercer piso, bellamente amueblado, a Diana, que, de pie junto a una de las ventanas, contemplaba los jardines, y agregó en voz más baja-: ¿Se encuentra bien? -Lo único que sabía sobre la fotografía que habían encontrado era que podía indicar una relación familiar entre Diana y uno de los niños asesinados en El Refugio; no había pedido más detalles.
    – No lo sé -contestó él con franqueza-. Las últimas veinticuatro horas han sido… «duras» no es la palabra más adecuada. Su vida entera ha cambiado. -Sacudió la cabeza-. No sé qué pasará ahora.
    Stephanie lo miró con incertidumbre.
    – ¿No se supone que deberías saberlo? Quiero decir que ¿no es ése tu don, ver el futuro?
    Quentin no se molestó en explicar de nuevo que nunca veía nada. Se limitó a decir:
    – Lo irónico de la situación no ha pasado desapercibido, créeme. Mis facultades han brillado por su ausencia desde que llegué aquí, quitando un par de excepciones de poca monta. Puede que la razón sea que he estado tan concentrado en el pasado, que el futuro se me escapa. Por lo menos eso es lo que dice mi jefe, y suele tener razón.
    – Yo no pretendo entender estas cosas -dijo Stephanie sinceramente-. Mira, ¿quieres que mande que os suban café? Me parece que vais a estar aquí un buen rato.
    – Sería estupendo, gracias.
    – Está bien. Buena suerte, espero que encontréis algo útil entre ese montón de cosas. -Señaló con la cabeza las dos cajas repletas que Quentin había trasladado con su permiso desde los baúles del desván.
    Unas puertas correderas cerraban el salón y lo separaban del pasillo exterior, pero Quentin no se molestó en cerrarlas cuando Stephanie se marchó. El hotel parecía prácticamente vacío y dudaba que algún huésped fuera a interrumpirles o a molestarles entrando por casualidad en la habitación.
    Se acercó a Diana con cautela, preocupado porque no hubiera dicho casi nada desde que habían encontrado la fotografía en el desván. Ella la llevaba aún en la mano, aunque había dejado de observarla para mirar por la ventana.
    Antes de que Quentin pudiera hablar, dijo con voz perfectamente comedida:
    – Tenías razón, ¿sabes? Las tarjetas magnetizadas que llevo encima no funcionan mucho tiempo.
    Quentin comprendió que quería ir a parar a algún lado, de modo que siguió sin preguntar.
    – Sí, nuestro campo electromagnético tiene algo que las altera.
    – Las tarjetas llave duran menos que las de crédito.
    – Seguramente porque están diseñadas para un período muy corto de tiempo, y las reprograman o las recargan más de una vez.
    Diana asintió lentamente con la cabeza.
    – Así que la información magnética de las tarjetas de crédito está pensada para ser más permanente, y por tanto es más resistente a las interferencias.
    – Esa es nuestra hipótesis.
    – ¿Y los teléfonos móviles? A mí sólo me funcionan una semana o dos y luego se averían. Las compañías telefónicas no se lo explican. Al final, dejé de intentar llevar uno.
    – Lo mismo. Nuestro campo electromagnético interfiere con cualquier aparato magnético o electrónico, sobre todo con los que solemos llevar encima más a menudo.
    – Tú llevas teléfono móvil. -El teléfono de Quentin era claramente visible, sujeto con un clip al cinturón.
    – Hemos descubierto una funda de goma que parece protegerlos, al menos durante un tiempo. Aun así, las baterías suelen descargarse antes de lo que se considera normal, pero por lo menos podemos usar los teléfonos un tiempo razonable.
    – Ah. Tenía curiosidad. -Ella hizo una pausa-. ¿Me prestas tu móvil, por favor?
    – Claro. -Él soltó el teléfono del clip del cinturón y se lo dio. Empezaba a intuir lo que se proponía. Ignoraba si era buena idea, pero no se le ocurría ningún argumento que ella estuviera dispuesta a escuchar en ese instante.
    Diana examinó un momento con ociosa curiosidad la funda que recubría el teléfono, luego la abrió y marcó un número, murmurando:
    – Larga distancia, lo siento. Muy larga distancia, porque creo que está en su despacho de Londres. A cuenta de mi dinero como contribuyente.
    Quentin ignoró aquello y dijo:
    – Puedo irme, si prefieres estar sola.
    Ella lo miró por primera vez.
    – No. Prefiero que te quedes.
    Él hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, a pesar de que no se sentía mucho más tranquilo. Aquel brillo extraño y sofocado que había visto en los ojos de Diana cuando estaban en las cuevas había vuelto a aparecer, y la misma quietud de su semblante sugería algo helado. Algo que podía romperse al primer contacto brusco.
    Diana volvió a fijar los ojos en la ventana mientras esperaba que se efectuara la llamada. Después dijo:
    – Hola, Sherry, soy Diana. ¿Está ocupado? Necesito hablar con él. Gracias.
    – ¿Trabaja hasta tan tarde? -preguntó Quentin, que había calculado rápidamente la diferencia horaria.
    – Trabaja a todas horas, siete días a la semana -contestó Diana-. Y paga a su ayudante el doble por las horas extras para que trabaje seis días.
    Quentin se preguntó si siempre había sido así, o si el padre de Diana se había refugiado en el trabajo cuando primero su esposa y luego su hija habían intentado afrontar sus presuntos problemas mentales y aparentemente, habían fracasado. Pero antes de que pudiera formular la pregunta, el señor Brisco se puso al teléfono.
    Elliot Brisco resultó tener una de esas voces nítidas y potentes que se oían claramente a través del teléfono móvil, de modo que Quentin pudo oír con toda claridad ambos extremos de la conversación.
    Claro que quizás hubiera sintonizado automáticamente su sentido de arácnido para escuchar con inusual intensidad.
    – ¿Diana? ¿Dónde demonios estás?
    – Hola, papá. ¿Qué tal te va?
    – Estaba muy preocupado por ti, Diana, y lo sabes muy bien. Ese médico tuyo se ha negado a contestar a mis preguntas y…
    – Le pedí que no te dijera dónde estaba y te pedí a ti que lo respetaras. Además, la ley está de acuerdo en que mi historial médico ha de ser confidencial. Tengo treinta y tres años, papá, no soy una niña. Y el juez sentenció que era capaz de decidir por mí misma.
    Aquella única referencia a una decisión judicial reveló a Quentin muchas cosas. Estaba claro que Diana había luchado por su independencia, seguramente en cuanto su organismo se vio libre de fármacos. Y era igualmente evidente que su padre no había cedido de buen grado el control sobre su vida.

    – Has estado enferma casi toda tu vida -dijo Brisco con un deje de dureza en la voz-. ¿Se supone que no debo preocuparme cuando de repente dejas la medicación y desapareces dios sabe dónde?
    – No desaparecí. Te dije que iba a intentar otra forma de terapia.
    – ¿Y crees que yo no debía hacer preguntas al respecto? Dios mío, Diana, con todos los chiflados y las bobadas New Age que hay por ahí, podrías estar haciendo cualquier estupidez disfrazada de terapia. Antes se creía que el LSD era terapéutico, ¿recuerdas?
    – Esta vez no se trata de drogas -repuso ella-. No estoy fumando nada. No bebo nada. Estoy en un taller artístico, papá, eso es todo. He estado… pintando mis demonios.
    Elliot Brisco profirió un sonido que, según le pareció a Quentin, podía indicar bien incredulidad, bien una impaciencia cargada de mordacidad.
    – ¿Pintando? ¿Y qué narices se supone que se consigue con eso?
    – He conseguido muchas cosas, a decir verdad. Desde luego, mucho más de lo que esperaba. -Diana respiró hondo y exhaló despacio, como si intentara dominarse-. Estoy en El Refugio, papá. En Tennessee. ¿Te suena de algo?
    – El Refugio. Estás en El Refugio. -La voz de su padre sonó de pronto floja, y en su debilidad creyó oír o sentir Quentin algo muy parecido al miedo.
    – Sí. -Diana ladeó ligeramente la cabeza como si ella también oyera aquello, y levantó luego la mano en la que sostenía la vieja fotografía para poder verla-. Y aquí he encontrado algo que no estaba buscando. Una vieja fotografía de dos niñas pequeñas. No se parecen, en realidad… y sin embargo se parecen. Cuando las miras bien, te das cuenta de que podrían ser… hermanas.
    – Diana…
    – Es la foto que llevas en la cartera, papá. Parte de ella, por lo menos. Dime, ¿la otra mitad está cortada o sólo doblada hacia atrás para que no se vea? ¿La arrancaste de tu vida o sólo la escondiste donde no tuvieras que verla?
    Silencio.
    La voz de Diana sonaba serena, pero implacable.
    – ¿No crees que va siendo hora de que me hables de Missy?

    Beau Rafferty se despidió de sus alumnos por ese día y, cuando se hubieron ido, comenzó a recoger los carboncillos y las tizas de colores que habían usado y a colocarlos pulcramente en cajas y latas. Fue pasando luego de caballete en caballete, cerrando con todo cuidado los grandes cuadernos de dibujo para que la obra de sus estudiantes quedara en la intimidad.
    Alzó los ojos frunciendo brevemente el ceño al oír el retumbar sofocado de un trueno y regresó luego a su mesa de trabajo para limpiar un par de pinceles y guardar un estuche de acuarelas muy usado. Cuando acabó, seguía debatiéndose en silencio, pero el eco distante de otro trueno le llevó a decidirse. Buscó un momento entre el organizado desorden de su mesa de trabajo y encontró su teléfono.
    El número estaba grabado en el marcador automático, de modo que sólo tuvo que apretar una tecla. Y la llamada fue atendida antes de que sonara el segundo pitido de la línea.
    – ¿Sí?
    – Se aproxima otra tormenta -dijo Beau.
    – La primavera en las montañas. El tiempo típico.
    – Aja. Sólo me preguntaba si lo sabías. Con antelación.
    – He pasado algún tiempo en Tennessee -respondió Bishop.
    – Eso no es una respuesta, en realidad -dijo Beau juiciosamente.
    – ¿No?
    Beau suspiró.
    – En fin, no puedo decir que no me hubieran advertido -dijo.
    – ¿Sobre qué?
    – Sobre ti, Yoda.
    – Según Maggie, el maestro zen eres tú, no yo.
    – Puede ser, pero hay algo que pone un poco los pelos de punta en cómo lo haces tú, tío.
    En lugar de responder, Bishop se limitó a decir:
    – Iba a preguntarte si estás disfrutando de tu primera misión oficial para la Unidad de Crímenes Especiales.
    – Ha tenido sus momentos -dijo Beau, aceptando de mala gana el cambio de tema-. Creo que por lo menos he ayudado a un par de alumnos. ¿Consideras eso un aliciente?
    – Era lo que esperaba. -El buen humor se dejó sentir en la voz de Bishop-. Lo interesante de que alguien como tú se una al equipo, Beau, es que hagas lo que se te da mejor: pintar y ayudar a los demás. Lo que hagas por mí aparte de eso, es sólo una bonificación especial.
    – Hum. Así que en realidad en este viaje no contabas con ninguna de mis facultades psíquicas, ¿no?
    La voz de Bishop cambió de inmediato.
    – ¿Por qué? ¿Qué has visto?
    Beau rodeó la mesa de trabajo y se dirigió al rincón del fondo, el lugar apartado donde siempre había estado el caballete de Diana. Aprovechando que ella había estado ocupada todo el día, Beau había colocado allí su propio cuadro con esbozos realizados al óleo, y había estado trabajando en él antes de que llegaran sus alumnos.
    – ¿Beau?
    – Al principio pensé que era yo -dijo con despreocupación-. Porque estaba trabajando en un cuadro en el caballete de Diana. Pero luego recordé que su cuaderno de dibujo grande seguía aquí, detrás del lienzo. Y dado que es de ahí de donde procede, no creo que sea yo.
    – ¿De qué estás hablando, Beau?
    El pintor levantó del caballete el óleo de El Refugio que había dejado a medio acabar y lo colocó a un lado. Después, abriendo el gran cuaderno de dibujo, comenzó a pasar sus páginas.
    – El caso es que Diana arrancó esa página del cuaderno. Me di cuenta después de que faltaba. Así que no debería estar aquí.
    – ¿Su dibujo de Missy?
    – Sí. Está aquí otra vez, Bishop. O al menos uno que se parece mucho al original. -Beau se apartó y observó el cuaderno abierto y el dibujo que mostraba. Estaba todo él hecho en carboncillo… a excepción de una vivida pincelada de color escarlata que manchaba la figura de la niña y que seguía goteando muy lentamente de la página, sobre los trapos que Beau había colocado poco antes bajo el caballete. -Y está sangrando.

    – Háblame de mí hermana, papá -dijo Diana.
    Hubo un largo silencio durante el cual ella aguardó pacientemente, y luego Elliot Brisco contestó por fin.
    – No pienso hablar contigo de esto por teléfono. Acabaré aquí y volveré a Estados Unidos el lunes. Luego podremos hablar. Vete a casa, Diana.
    Quentin sintió y vio que ella se encorvaba un poco, no como si se liberara de tensión, sino más bien como si un nuevo peso se posara sobre sus hombros.
    – ¿Irme a casa para soportar más mentiras? Creo que no. Voy a quedarme aquí, papá. Encontraré las respuestas por mí misma.
    – Tú no sabes lo que dices. Lo que haces. Vete a casa. Vete a casa y te prometo que hablaremos.
    Diana exhaló otro suspiro, que sonó trémulo al tiempo que la helada quietud de su rostro comenzaba a resquebrajarse.
    – Más de treinta años. Has tenido tiempo más que de sobra para decirme la verdad sobre Missy, sobre quién era. Esto hace que me pregunte qué otras mentiras me has contado, papá.
    – Diana…
    Ella cerró bruscamente el teléfono, colgando a su padre, y se lo devolvió a Quentin sin mirarle. Pero sus palabras iban dirigidas a él cuando murmuró:
    – No sé por qué, pero no creo que esta historia vaya a tener un final feliz, ¿tú sí?
    Quentin volvió a colocarse el teléfono en el cinturón y con la mano libre la cogió del brazo; tenía de nuevo la inquietante sensación de que podía escapársele sin saber cómo.
    – Diana, tú no conoces la historia… Ninguno de nosotros la conoce.
    – No ha negado que Missy fuera mi hermana. Si no fuera cierto, lo habría negado.
    – Puede ser, pero todavía podría haber una explicación razonable para todo esto.
    Ella volvió la cabeza y se enfrentó a su mirada intensa con una expresión que poco tenía de suplicante.
    – ¿Sí? ¿Y cuál podría ser esa explicación, Quentin? ¿Por qué, en todos estos años, nunca he encontrado ninguna fotografía de ella, excepto ésta? -Levantó de nuevo la fotografía-. ¿Por qué no me acuerdo de ella?
    Quentin contestó a la última pregunta porque era la única para la que se le ocurría una respuesta.
    – No recuerdas muchas cosas de tu vida, tú misma me lo dijiste. Las drogas, Diana, los fármacos.
    La cara de Diana se contrajo fugazmente cuando ambos oyeron el bramido distante de un trueno; Quentin la sintió tensarse, pero ella mantuvo la mirada fija en la suya.
    – Sí, las drogas. Quizás eso sea otra cosa por la que mi padre deba responder. Porque si pudo mentirme sobre Missy… quizá me haya mentido también en otras cosas. Tal vez mintió al decirme que estaba enferma.
    – No tiene por qué haber sido una mentira premeditada. -Quentin se colocó en el papel de abogado del diablo porque tenía que hacerlo, porque sabía lo peligroso que era para Diana perder tan repentinamente toda confianza en su padre-. Con todo lo que me has contado sobre tu niñez, tu padre tenía motivos de sobra para creer que estabas pasando por algo que se salía de lo corriente. Sencillamente buscó respuestas y tratamientos en el lugar equivocado.
    – O lo sabía. Lo sabía e hizo cuanto pudo por mantenerme drogada e inconsciente.
    – ¿Por qué iba a hacer eso?
    – Para que no me acordara de Missy.
    El rugido de un trueno, más fuerte que el anterior, hizo que Quentin la apartara de la ventana y la llevara a sentarse a uno de los sofás que había junto a las cajas que había bajado del desván. Tomó asiento a su lado y maldijo para sus adentros la tormenta que se aproximaba porque se sentía ya nervioso e irritable, y era muy consciente de que empezaba a no poder fiarse de sus sentidos. Era como si alguien subiera y bajara al azar el volumen de un equipo estéreo, de tal forma que sus sentidos tan pronto se hallaban sofocados como estallaban estruendosamente en su conciencia.
    Aquello era, como mínimo, motivo de distracción, y Quentin tuvo que recurrir a toda la disciplina que había aprendido y acumulado con los años para concentrarse en Diana y en el asunto del que estaban hablando.
    – Diana, escúchame. Hasta donde he podido averiguar, Missy y su madre vinieron a vivir aquí, a El Refugio, cuando Missy tenía unos tres años. Tú no podías ser mucho mayor. ¿Cuándo cumpliste treinta y tres?
    – El pasado septiembre.
    Él asintió con la cabeza.
    – Si Missy hubiera vivido, habría cumplido treinta y tres este mes de julio. Así que, suponiendo que fuerais hermanas, tú le sacabas menos de un año y no tenías más de cuatro cuando… cuando ella vino a vivir aquí. ¿Cuánta gente recuerda cosas de sus primeros años de vida?
    – De una hermana debería acordarme. -Ella bajó la mirada hacia la fotografía que sostenía, frunciendo el ceño.
    – Eso es algo de lo que no podemos estar seguros, Diana. No, sin más información.
    Ella desvió la mirada hacia las cajas cercanas.
    – Puede que encontremos algo ahí dentro.
    – Tal vez. Pero no te hagas ilusiones. La mayoría de las pertenencias de Missy y de su madre quedaron destruidas en el incendio del ala norte, hace años. Es pura casualidad que esta fotografía haya sobrevivido. -Él, sin embargo, no creía en algo tan azaroso como la casualidad. No creía en las coincidencias. Siempre había un motivo. Siempre.
    Mientras los pensamientos dispersos se atropellaban en su mente, Diana le miró con una repentina expresión de esperanza en los ojos.
    – Su madre. Quentin, ¿qué fue de su madre?
    Él no quería darle más noticias perturbadoras, pero no le quedaba más remedio.
    – Se fue poco después del incendio. Nunca he podido encontrar su rastro.
    – ¿Y cuándo fue eso? ¿Hace cuántos años?
    – El incendio fue menos de un año después de que Missy fuera asesinada. Así que hace veinticuatro años, semana arriba, semana abajo.
    – ¿Qué aspecto tenía?
    Quentin sólo tuvo que detenerse un instante.
    – Se parecía mucho a Missy. Pelo moreno, ojos grandes y oscuros, cara ovalada. Estatura media. Más bien delgada, que yo recuerde. Quizás incluso frágil.
    – ¿Estás seguro?
    – La recuerdo vivamente, Diana. -Vio que la esperanza de su mirada se tornaba en confusión y añadió-: ¿Qué ocurre?
    – Ésa no era mi madre.

Capítulo trece

    – Mi madre era pelirroja, como yo -dijo Diana-. Alta, atlética. No parecía frágil en absoluto. Ésa es una de las razones por las que siempre me ha extrañado su enfermedad, porque en todas las fotografías parecía tan sana… tan fuerte…
    Al cabo de un momento, Quentin sugirió:
    – ¿El mismo padre y madres distintas?
    – ¿Una medio hermana? -Diana se quedó pensando y, desasiendo distraídamente el brazo que Quentin le sujetaba, se frotó la sien. Le dolía la cabeza y se le hacía difícil pensar-. Puede ser. Que yo sepa, mi padre no volvió a casarse después de la muerte de mi madre. Pero puede que tuviera alguna relación, supongo.
    Quentin vaciló; luego dijo:
    – Me dijiste que eras muy pequeña cuando murió tu madre. ¿Cómo de pequeña?
    – Tenía cuatro años. -Diana asintió con la cabeza antes de que él pudiera constatar lo obvio-. Sí, ya se me había ocurrido. Si yo le sacaba a Missy menos de un año, eso significa que nació mientras mi madre todavía vivía. Mi madre ya andaba entrando y saliendo de hospitales antes de que yo naciera, pero fue empeorando de año en año. Lo que significa que mi padre se lió con otra mujer probablemente mientras mi madre estaba enferma, en un hospital.
    – Eso no lo sabemos, Diana. En realidad, no sabemos nada. Excepto que has encontrado una fotografía de ti y de Missy juntas y que tu padre, al que has pillado completamente desprevenido, no ha negado que fuera tu hermana cuando le has preguntado. Eso es lo único que sabemos.
    – Hablas como un abogado -murmuró ella.
    – Técnicamente, soy abogado. Y policía. Mira, lo único que digo es que no podemos dar nada por sentado. Si hay algo que la vida me ha enseñado, es que cualquier situación es siempre más complicada de lo que parece al principio. Siempre.
    Diana sintió y oyó los truenos que se precipitaban bramando desde las montañas y se frotó la sien con más fuerza; deseaba que aquel martilleo cesara y se preguntaba por qué su voz sonaba de pronto distante.
    – Seguramente no tendremos que especular mucho tiempo -dijo-. Conozco a mi padre; estará aquí el domingo por la noche. El lunes, como muy tarde.
    – ¿Té molesta?
    – No tengo elección, ¿no? Éste es un hotel público.
    – No me refería a eso.
    Ella ya lo sabía.
    – Si tengo que enfrentarme a él, mejor que sea aquí y ahora. Quiero la verdad. Estoy cansada de… no recordar. De no saber.
    – Lo conseguirás. Lo conseguirás.
    – Sí. -Diana apartó por fin la mirada de él para fijarla en la fotografía que sostenía, sin dejar de frotarse la sien dolorida-. Mientras tanto, tengo la sensación de estar en medio de una mala telenovela sin pies ni cabeza. Hermanas separadas en la infancia, una de ellas asesinada y convertida en un fantasma atormentado. Una madre que murió en un hospital psiquiátrico. Un padre que miente y engaña. Un viejo hotel Victoriano por el que rondan los fantasmas. Y un agente del FBI que cree que puedo darle sentido a todo esto de algún modo.
    – Lo creo, sí.
    Los truenos volvieron a retumbar con estruendo y brilló un relámpago.
    La fotografía se emborronó un poco y luego se aclaró. Y Diana contuvo el aliento: habría jurado que la Missy de la fotografía apartaba la mano del perro y la tendía, como si llamara a alguien. A la persona que sostenía la cámara. O a su hermana mayor, que la miraba.
    – Diana. -Antes de que Quentin pudiera tocarla, ella intuyó su ademán, más que verlo, y se apartó de un salto.
    – No. No. -Murmuró sin quitar los ojos de la fotografía.
    «No dejes que te toque. Ahora no. Esta vez no.»
    La voz era tan familiar, su premura tan auténtica, que Diana no pudo desobedecer y, sin pararse siquiera a pensar en ello, se oyó decirle a Quentin con voz tensa:
    – No me toques. Hay algo que tengo que… No me toques. Espera.
    Un relámpago brilló con fuerza segundos después de que profiriera aquella orden, y de pronto se halló en el tiempo gris.
    Sola.

    Ellie Weeks no creía que pudiera estar más nerviosa que al hacer aquella llamada telefónica, pero, con todo lo que estaba pasando en El Refugio, estaba convencida de que se llevaría un susto de muerte si alguien decía «bu» cerca de ella. Naturalmente, sentirse vigilada como por un halcón por la señora Kincaid, aquel viejo murciélago, bastaba para sacar de quicio a cualquiera, y Ellie imaginaba que lo demás podía atribuirse a las hormonas del embarazo.
    Aun así empezaba a pensar que tal vez no fuera tan malo que la despidieran de aquel sitio. Con tal de que tuviera otro lugar adonde ir, claro está.
    Miró su teléfono móvil por décima vez, sólo para asegurarse de que tenía cobertura y no había perdido una llamada. Y, como las nueve veces anteriores, el indicador señalaba una buena cobertura y ninguna llamada perdida.
    – Mierda -murmuró suavemente.
    – ¡Ellie!
    Sobresaltada, se volvió para mirar a la señora Kincaid, consciente de que tenía aspecto de sentirse culpable, pero incapaz de hacer nada al respecto. Con la mayor discreción posible volvió a guardarse el teléfono móvil en el bolsillo del uniforme. Se suponía que los miembros del personal no podían llevar sus teléfonos encima cuando trabajaban.
    – ¿Sí, señora?
    – Creía haberte dicho que prepararas la habitación Orquídea. Mañana llega un cliente muy importante.
    Allí siempre había clientes muy importantes, pensó Ellie. Pero su tibia curiosidad respecto a quién estaría al llegar se convirtió en otra cosa cuando de pronto se preguntó si la aparición de aquel huésped sería resultado de su llamada telefónica.
    ¿Podría llegar él tan pronto? ¿Sería así?
    – Sí, señora. -Intentó que la esperanza no se le notara en la voz y preguntó con la mayor naturalidad posible-: ¿Un huésped habitual, señora?
    La señora Kincaid la miró arrugando el ceño.
    Ellie se apresuró a añadir:
    – Sólo lo preguntaba por si sabemos si le gusta cierta clase de jabón, o tener más toallas o… cosas así.
    Sin dejar de fruncir el ceño, la gobernanta respondió:
    – Pues sí, es un cliente habitual. Mira tu hoja de trabajo, por el amor de dios, Ellie. Sus preferencias están anotadas, como siempre.
    – Ah, sí, señora. Lo siento. Hoy estoy un poco distraída.
    – Ya lo he notado -le espetó la señora Kincaid-. Concéntrate en lo que haces si quieres conservar tu empleo.
    Ellie hizo un gesto de asentimiento y, con el corazón acelerado por la emoción, fue rápidamente en busca de su carro. ¿Era él? ¿Iba a volver al hotel después de recibir su mensaje, quizá porque sabía o había adivinado lo que iba a decirle?
    Su hoja de trabajo era, como de costumbre, enloquecedoramente enigmática. No había allí ningún nombre. El huésped que al día siguiente se alojaría en la habitación Orquídea prefería que no hubiera flores frescas ni jabones perfumados, debido a ciertas alergias, y pedía más toallas y almohadas de lo habitual.
    Lo cual no le decía nada. Ellie no había preparado la habitación de su amante antes de la última visita de éste. Pero su amiga Alison sí.
    Tardó sólo unos minutos en empujar su carro hasta el ascensor de servicio y subir a su planta… que, debido a la cantidad de huéspedes que se habían marchado, estaba casi desierta. Ya fuera por la presencia, bastante discreta, de la policía, o a causa del desasosiego general por lo que estaba ocurriendo, unos cuantos clientes habían decidido acortar su estancia en el hotel.
    Pero eso a Ellie la traía sin cuidado. Giró la llave de la puerta de la habitación Orquídea y la abrió, olvidando con las prisas la norma que la señora Kincaid les había inculcado a machamartillo, de llamar automáticamente antes de entrar, aunque uno supiera que la habitación estaba vacía.
    En El Refugio, la intimidad y la discreción estaban garantizadas.
    Deshizo rápidamente la cama y metió la aspiradora en la habitación para que pareciera que había estado trabajando allí. Y fue por pura casualidad que, al volverse hacia la puerta, se fijara en que el destello de un relámpago hizo brillar algo metálico que permanecía oculto entre la moqueta afelpada.
    Dudó un momento, pero era demasiado curiosa para no mirar, para no buscar lo que había revelado aquel destello.
    Un medallón.
    El medallón.
    El mismo que había encontrado antes, en aquella misma habitación.
    – Pero si tú estás en Objetos Perdidos -murmuró, mirando fijamente lo que tenía en la palma de la mano-. Te llevé yo. Te metí en un sobre y te dejé en Objetos Perdidos. Así que… ¿cómo has vuelto aquí?
    Aquello era un rompecabezas desconcertante, pero en ese momento Ellie tenía cosas más importantes en la cabeza y le resultó fácil olvidarse de ello. No tenía tiempo de pararse a guardar el medallón en un sobre y desobedeciendo otra de las férreas normas de la señora Kincaid, se lo guardó en el bolsillo del uniforme.
    Además, al parecer la última vez no había servido de nada.
    Echó un vistazo al pasillo desierto y silencioso y fue luego en busca de su amiga.
    A pesar del destello de los relámpagos que había visto poco antes, sólo era vagamente consciente de que fuera bramaba y crepitaba otra tormenta. Llevaba allí el tiempo suficiente como para haberse acostumbrado al modo en que las tormentas se precipitaban desde las montañas, y, como no tenía que estar a la intemperie, no prestaba atención a la violencia creciente de los sonidos.
    ¿Dónde estaba trabajando Alison ese día? ¿No había dicho algo del ala norte? Sí, porque la tarea que se le había asignado no le hacía mucha gracia. Alison era una de las empleadas del hotel que se asustaba fácilmente, y estaba convencida de que El Refugio estaba embrujado. Especialmente esa ala.
    Ellie nunca había compartido esa convicción, en gran medida porque le interesaban muy poco los fantasmas. Aunque existieran, estaban muertos, así que ¿para qué preocuparse por ellos? A fin de cuentas, no podían hacer daño a nadie.
    Aun así, mientras se deslizaba por los corredores y subía las escaleras, cobró conciencia de un extraño impulso de mirar hacia atrás. Rara vez había visto El Refugio tan aparentemente desierto, quizá fuera eso. O quizá fuera sólo que ese día estaba extrañamente nerviosa, llena de una ansiedad desacostumbrada en ella.
    Las hormonas del embarazo, seguramente.
    Había mirado en dos plantas del ala norte, sin éxito. No llamaba a todas las puertas, desde luego; sólo buscaba el carro de Alison. Pero no lo veía por ningún lado, y empezaba a estar tan cansada como impaciente cuando subió otro tramo de escaleras.
    Últimamente se cansaba tan pronto… Y eso no presagiaba nada bueno a la hora de ocultar su estado a los ojos de águila de la señora Kincaid.
    – Tiene que venir -murmuró al doblar otra esquina-. Tiene que venir.
    – ¿Quién tiene que venir?
    Ellie dio un respingo, asustada, y miró a aquella otra persona, que tampoco debía estar allí.
    – Estaba… estaba hablando sola -dijo atropelladamente, y antes de que su interlocutor pudiera hacerle otra pregunta, añadió-: ¿Qué haces tú aquí?
    – Te estaba esperando -dijo él.

    Diana paseó la mirada por el salón silencioso y apacible, vagamente interesada, como siempre, en la peculiaridad de todo aquello. Los fuertes colores Victorianos habían desaparecido, los dibujos de las tapicerías y el papel de la pared parecían ahora sofocados y borrosos. Ningún relámpago centelleaba más allá de la pátina plateada y descolorida de las ventanas. Ningún trueno resonaba. Todo era gris y silencioso y frío.
    Diana sabía que Quentin seguía sentado junto a ella, pero cuando volvió la cabeza él no estaba allí. Y, por un instante, sintió un arrebato de terror al preguntarse si esta vez sería capaz de encontrar la salida del tiempo gris.
    – Será más difícil -dijo una voz dulce-. Ahora estás metida más hondo. Lo siento. Tiene que ser así.
    Diana miró hacia la puerta y sintió únicamente un leve sobresalto al ver a la hermana a la que nunca había conocido. Tan delgada, pálida y acongojada como había aparecido en la terraza, esta vez Missy hablaba con energía, con una voz mucho más adulta y sabia de la que correspondía a los años que había vivido. Su rostro ovalado tenía una expresión solemne.
    – Missy… -Como siempre, su voz le sonó extraña y hueca. Deseó sentir otra cosa que no fuera tristeza por aquella hermana desconocida, pero eso era lo único que sentía. Tristeza. Porque a Missy le habían arrebatado la vida, y a ella le habían arrebatado a su hermana.
    Missy asintió con la cabeza.
    – No tenemos mucho tiempo -dijo.
    – Aquí no hay tiempo -repuso Diana-. Eso ya lo he descubierto.
    – Sí, pero él está contigo. Al otro lado de la puerta que has abierto. No esperará mucho antes de… intervenir. Tiene miedo por ti.
    – Miedo de que me quede… encerrada aquí.
    – Sí.
    – ¿Y será así?
    – No lo sé. Sólo sé que tienes que estar aquí y que ahora es el mejor momento. Mientras hay tormenta. Hay mucha energía cuando hay tormenta, una energía que te ayuda. Por favor, Diana, ven conmigo.
    Decidida a controlar aquello en parte, en lugar de verse arrastrada como una marioneta, Diana contestó:
    – Dime una cosa. ¿Eres mi hermana?
    Missy no vaciló.
    – Sí.
    – Entonces, ¿por qué no te recuerdo?
    La niña dio un paso atrás; luego se volvió hacia la puerta.
    – Ven conmigo, Diana.
    A Diana no le sorprendió que su segunda pregunta quedara sin respuesta; sólo le extrañó que no sucediera lo mismo con la primera. Se levantó y salió tras Missy de la habitación.
    – ¿Me estoy moviendo de verdad? -preguntó en voz alta-. ¿O sigo sentada allí, con Quentin?
    Mientras caminaba sin hacer ningún ruido por el pasillo gris, hacia las escaleras, Missy contestó:
    – Esta vez sólo estás aquí en espíritu.
    Que era como solía visitar el tiempo gris, Diana lo sabía. Se había «despertado» demasiadas veces en su cama o sentada en una silla tras un «viaje» semejante como para no saberlo. Aun así, tenía una duda.
    – ¿Por qué? Esta mañana fue distinto.
    – Esta mañana necesitaba hablar a través de ti. Necesitaba que él y el otro policía me oyeran. Hacerte cruzar la puerta físicamente fue el primer paso. Después de eso estabas… conectada. Tú lo sentiste, la diferencia.
    – Tenía frío. No lograba entrar en calor.
    – Sí. Lo siento, pero necesitaba la conexión para más tarde. Para la cueva. Para poder hablar a través de ti. Pero te desgastó mucho. Más de lo que esperaba. Lo siento.
    Diana aceptó la disculpa, pero cuanto más se alejaba de Quentin más nerviosa se sentía.
    – ¿Adónde vamos?
    – Hay una cosa que tengo que enseñarte.
    Diana recordó el comentario irónico de Quentin acerca del papel curiosamente inútil que solían desempeñar los espíritus cuando había demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.
    – ¿Por qué no me dices simplemente quién te mató? -dijo.
    Para su sorpresa, Missy le ofreció una respuesta. O algo parecido.
    – Porque saber quién me mató no te ayudaría. Ni tampoco ayudaría a Quentin.
    Era la primera vez que pronunciaba el nombre de Quentin, lo cual produjo en Diana una curiosa punzada que no supo explicarse.
    – A él le ayudaría. Esto le ha… obsesionado todos estos años.
    – Lo sé.
    – Entonces, ¿no quieres tranquilizarle? ¿No quieres que deje todo esto atrás y siga con su vida?
    – Sí. -Missy se detuvo y se volvió para mirarla en el pasillo frío y gris-. No pude cruzar, las otras veces que estuvo aquí. No podía llegar hasta él. Aunque trajo a otra médium al menos una vez, para intentarlo.
    – Eso no me lo ha dicho.
    – Fue hace mucho tiempo.
    – ¿Cómo lo sabes? Aquí no pasa el tiempo.
    Missy sonrió levemente.
    – Porque él era más joven. Más joven y muy impaciente y decidido. Siempre he podido verle desde aquí. Sólo que no podía llegar hasta él. -Sus hombros delgados subieron y bajaron en un encogimiento.
    – Ahora sí puedes. A través de mí. Así que, ¿por qué no le dices lo que quiere saber? ¿Por qué no le das la paz que busca?
    – No soy yo quien puede dársela.
    – Eso no es cierto.
    – Diana, Quentin se culpa por no haberme protegido. Por no haberme salvado. Pero, sobre todo, se culpa porque en el fondo sabía lo que estaba pasando aquí. O, al menos, que pasaba algo malo. Podía sentirlo, lo mismo que yo. Nació con facultades extrasensoriales, con el don de la videncia, no lo adquirió el día que me encontró. La impresión sólo le hizo despertar, eso os todo.
    – Missy…
    – Él sentía que algo iba mal aquí, pero no podía creerlo. Era más mayor que yo, quizá fuera eso en parte. Tal vez era sólo que nadie le había explicado nunca por qué era distinto, y por lo tanto él decidió no serlo. Decidió ser como todo el mundo. Decidió no prestar atención a esas emociones que no podía explicar. Su mente le decía que ignorara lo que sentía, que dudara de sus sentidos. Escuchó a su mente, igual que tú has escuchado a los doctores todos estos años.
    – Eso era distinto.
    – No, era lo mismo. Tú sabías que no estabas loca. Sabías que no estabas enferma. Pero les escuchabas dé todos modos. Porque, en el fondo, te daba más miedo la verdad.
    – No sé lo que quieres decir.
    – Tú sabes, siempre lo has sabido, que el muro entre los vivos y los muertos no es algo sólido. Sabías que podías abrir puertas y dejarnos pasar. Sabías que podías cruzar esas puertas hasta nuestro lado. Sabías que podías caminar junto a nosotros.
    Missy hizo una pausa y luego añadió:
    – Siempre te ha dado miedo quedar atrapada aquí, como esa gente a la que veías en el hospital cuando íbamos a visitar a mamá. Tú sabías lo que yo sabía. Que eran cuerpos vivientes sin alma.
    Diana sintió que se le contraía la garganta, sintió que un terror gélido se ovillaba dentro de ella en espirales que le resultaban ya familiares. El recuerdo desencadenado por las palabras de Missy fue súbito e increíblemente vivido. Se sintió transportada casi treinta años atrás, la manita cogida en la de su padre, sus piernas cortas intentando seguirle el paso mientras él la conducía por un larguísimo pasillo. Un pasillo con puertas a cada lado, unas abiertas, otras cerradas. Detrás de algunas de las cerradas había silencio; detrás de otras, Diana oía de cuando en cuando una risa o un sollozo, y detrás de una oyó un extraño y melancólico lamento. A través de las puertas abiertas veía camas, algunas con personas sentadas en ellas, leyendo, viendo la televisión.
    Pero en otras camas había personas que yacían quietas y silenciosas, y unas máquinas emitían suaves pitidos junto a ellas. Aquellas personas estaban en su mayoría dormidas o inconscientes, ella lo sabía. Incluso entonces lo sabía.
    Algunas estaban idas. Sus cuerpos yacían allí y respiraban, aquellas máquinas que pitaban registraban el latido de sus corazones, pero las personas que antaño habían habitado esos cuerpos se habían ido.
    Y nunca volvían.
    Diana lo sabía con perfecta certidumbre. Más allá de la capacidad de una niña para comunicar aquella certeza, más allá de las palabras, más allá de la razón, sabía exactamente lo que les había ocurrido a esas personas.
    Alguien había abierto una puerta, quizás incluso hubieran sido esas mismas personas. Y ahora estaban atrapados al otro lado, incapaces de retornar a su ser físico.
    El terror de Diana era profundo y mudo, pero no fue nada comparado con lo que sintió cuando su padre la hizo entrar en una de aquellas habitaciones. Cuando vio a su madre tendida, quieta y silenciosa, en una cama. Cuando oyó el pitido suave de las máquinas.
    Cuando comprendió.
    – ¿Diana?
    Parpadeó y miró fijamente el rostro solemne e infantil de Missy.
    – Dios mío. A ella le pasó. Se… se fue. Antes de que papá o los médicos se dieran cuenta, mucho antes de que lo dijeran, antes de que su cuerpo por fin se detuviera, se había ido.
    – Sí.
    – Yo no… ¿Por qué no me acordaba de eso?
    – Te daba demasiado miedo recordar.
    Esta vez, Diana comprendió.
    – Porque sabía que podía hacer lo mismo que ella.
    Missy asintió con un gesto.
    – Tenías miedo de no poder controlarlo, de perderte en este lado como se perdió ella. Y entonces no podías controlarlo. Eras demasiado pequeña, no sabías cómo. Y ella no estaba allí para ayudarte a comprender. No había nadie. Al menos, entonces.
    – Hasta ahora.
    – Ahora no hay medicinas que nublen tu mente. Y él está aquí para empujarte a ver lo que hay. Para ayudarte a entender. Lo necesitabas. Pero todavía tienes miedo. Por eso discutes con él cuando quiere hablar de ello.
    – Tengo razones para estar asustada, ¿no crees? Tú misma has dicho que no sabías si podía quedar atrapada a este lado. Pero las dos sabemos que es posible, así que…
    – Hay cosas peores que estar atrapado aquí, Diana.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    No era un sonido, sino más bien una sensación, y una sensación sorprendente en aquel lugar gris, lleno de quietud y silencio.
    Quentin le había preguntado si alguna vez había sentido u oído algo parecido al latido de un corazón dentro de ella, y Diana lo había negado porque no se acordaba. Pero ahora lo reconoció al instante. Lo recordó: era un eco de su infancia, procedente de algún lugar dentro de ella, más hondo que el instinto.
    Conocía aquello.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    Era vasto y oscuro y olía a tierra húmeda y a huevos podridos. Era tan frío que quemaba, y su negrura hurtaba todo destello de luz. Y era… ineludible. Antiguo. Más que poderoso. Tan arrollador que se sentía débil y aterrorizada.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    – Ya viene -dijo Missy-. Está listo para matar otra vez.
    – Te refieres a él, ¿no? A ese asesino.
    – Dejó de ser una persona incluso antes de que le enterraran vivo. Ahora sólo es… una cosa. Y tú sabes qué es.
    Diana lo sabía. Eso era lo aterrador. Que lo sabía.
    – ¿Qué aspecto tendrá esta vez? -musitó-. ¿De quién se apoderará?
    – Casi siempre tiene el aspecto de alguien en quien confiamos, ¿no? -Missy se volvió y de nuevo la condujo por el largo y grisáceo corredor-. Por aquí. Date prisa, Diana.
    Diana la siguió porque no podía hacer otra cosa; la asustaba lo que se acercaba y al mismo tiempo la angustiaba saber que la distancia entre la parte de su ser que estaba haciendo aquella travesía y la parte que había quedado atrás, junto a Quentin, era cada vez mayor. Aquella angustia no hizo sino crecer cuando se dio cuenta de que aquel corredor le era desconocido y de que ignoraba cómo encontrar el camino que la llevaría de regreso junto a él.
    Quentin se paseaba con nerviosismo por la sala, volviendo una y otra vez la mirada hacia el rostro de Diana. Ella tenía los ojos cerrados, el semblante apacible, y, de no haber sabido que no era así, él la habría creído dormida.
    Pero Diana no estaba dormida.
    Un camarero del servicio de habitaciones había llegado y se había ido, pero el café que Stephanie les había mandado seguía intacto sobre la bandeja. Quentin no quería café, pero le habría sentado bien algo más fuerte. Algo mucho más fuerte.
    «No me toques. Hay algo que tengo que… No me toques. Espera.»
    Esperar. Solamente esperar. ¿Cuánto tiempo se suponía que debía esperar? ¿Cuánto tiempo podía estar Diana… donde estuviera sin correr peligro?
    Quentin suponía que se hallaba en el tiempo gris. No estaba seguro de qué había desencadenado aquello, como no fuera una mezcla entre el estado de alteración emocional de Diana tras descubrir lo de Missy y la tormenta que retumbaba fuera. Seguramente era eso, se dijo. La tormenta, desde luego, estaba desordenando todos sus sentidos, y teniendo en cuenta lo ocurrido durante la última tempestad, era indudable que aquélla habría afinado los de Diana.
    Eran los propios sentidos de Quentin, en los que ya no podía confiar, los que le impedían extender el brazo hacia ella, tocarla, amarrarla. Durante una tormenta, mucho más aún que habitualmente, se sentía casi desconectado del flujo de información sensorial al que su cuerpo y su mente estaban acostumbrados. Todo le parecía sofocado, distante, fuera de su alcance.
    Lo único que sabía con certeza era que lo que Diana estaba haciendo era peligroso. Y necesario.
    Eso era lo que no podía soslayar, la sólida convicción de que Diana tenía que hacer aquello, de que era importante. Y de que, si él interfería, si la hacía volver por la fuerza del lugar donde debía estar en ese momento, lo lamentaría.
    La cuestión era: ¿podía confiar siquiera en sus más profundas certezas? ¿Podía confiar en su instinto?
    Porque, si no podía y esperaba demasiado tiempo antes de intentar hacerla volver… quizá Diana quedara fuera de su alcance, o del alcance de cualquiera.
    – Ya lo ha hecho otras veces -se oyó mascullar mientras deambulaba por la habitación sin dejar de observarla-. Lo ha hecho durante años, durante décadas. Yo no estaba allí, y ella volvió sin mi ayuda. Sin la ayuda de nadie. Ahora también podrá volver.
    Si era tan fuerte como él creía.
    Si era lo bastante fuerte.
    Quentin detestaba todo aquello. Odiaba esperar, odiaba quedarse allí parado, sin nada que hacer salvo preocuparse. Se había visto forzado a hacerlo más de una vez en el pasado y, de hecho, sospechaba que Bishop le había puesto de cuando en cuando en esa situación deliberadamente, para enseñarle a tener paciencia.
    Enfrentado a la sospecha de Quentin, Bishop no lo había negado. Pero tampoco lo había confirmado.
    Como era de esperar.
    En cualquier caso, si lo que Bishop pretendía era enseñarle una lección, Quentin aún no la había aprendido. Iba contra sus más hondos instintos, contra su propia naturaleza, el permitir que otra persona asumiera el papel activo mientras él esperaba retorciéndose las manos. Sobre todo cuando esa persona, a pesar de su fortaleza, había sufrido y era frágil, y a él le importaba…
    El fragor de un trueno resonó en sus oídos, casi ensordeciéndole, y el destello brillante del relámpago fue tan cegador que por un instante quedó completamente a oscuras y solo dentro de su propia cabeza. De no ser por…
    «Ahora. Date prisa. Antes de que sea demasiado tarde.»
    La tormenta había desbaratado hasta tal punto sus sentidos que le asombró el oír aquel susurro dentro de su mente. O quizás aquel susurro llevara mucho tiempo sonando, y él no había podido oírlo.
    Temiendo de pronto haber esperado demasiado, regresó a toda prisa junto a Diana y, cogiendo sus manos frías, se las apretó con fuerza.
    Nada. Ninguna reacción, ninguna respuesta. Ella permanecía allí sentada, inmóvil y muda, los ojos cerrados, el semblante apacible.
    Quentin nunca se había visto compelido a ser el salvavidas de otra persona, pero hacía mucho tiempo que había aprendido que, con la motivación y la disciplina adecuadas, la mente humana podía hacer cosas notables.
    Concentrándose, bloqueó con fiereza la distracción que suponía la tormenta y focalizó toda su voluntad en llegar hasta Diana y hacerla volver a él.

Capítulo catorce

    – Missy, pero ¿dónde me llevas? -El desasosiego que sentía Diana iba creciendo y fortaleciéndose. De pronto se le ocurrió la aterradora idea de que el espíritu de su presunta hermana quizá fuera mucho menos benévolo de lo que había creído.
    – Hay algo que tengo que enseñarte.
    – ¿Por qué no me dices lo que quieres que sepa? -Diana miraba a su alrededor, intentando averiguar en qué parte del hotel estaban. Pero, en el tiempo gris, aquel pasillo era particularmente indistinto, incluso más de lo normal, y parecía prolongarse sin fin-. Esto no está bien -añadió antes de que Missy pudiera contestar-. Parece…
    – Hay una cosa que Quentin ha olvidado -dijo Missy, ignorando tanto la pregunta como el comentario.
    – ¿Qué cosa?
    – Por lo que me pasó a mí, cree que se trata de niños.
    Diana sólo escuchaba en parte, porque, mientras hablaba, Missy había doblado una esquina, y para su sorpresa se encontraban de pronto ante una puerta verde. Aquél era el único colorido que había visto nunca en el tiempo gris.
    – Tienes que recordar este lugar, Diana. Esta puerta.
    – ¿Por qué? -Diana hacía cuanto podía por pensar con claridad, pero cada vez le resultaba más difícil.
    – Porque aquí estarás a salvo. Cuando sea importante, cuando necesites un lugar seguro, ven aquí.
    – Creía… creía que en el tiempo gris todos los lugares eran el mismo.
    – Éste, no. Éste es un sitio especial, en tu tiempo igual que aquí. Está protegido. No lo olvides.
    Diana quería hacerle más preguntas, pero antes de que pudiera formularlas Missy siguió hablando.
    – Diana, escúchame. Quentin siempre ha creído que se trataba de niños, pero no es así. Los niños son más fáciles porque a menudo son vulnerables, están indefensos. Son una presa fácil. Esa cosa se alimenta del miedo. Tú recuerdas el terror de un niño, ¿verdad, Diana?
    Diana sintió los labios extrañamente rígidos y helados cuando murmuró:
    – Sí. Lo recuerdo.
    – No se trata de niños. Ni siquiera se trata de mí. Se trata de castigar. Y de juzgar. Él fue juzgado. Y castigado.
    De nuevo, Diana quiso preguntar, quiso comprender todo aquello más claramente. Pero, antes de que pudiera hablar, ambas lo oyeron o lo sintieron.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    ¡Ta-tan!
    El rostro de Missy cambió.
    – Tienes que volver -dijo rápidamente-. Ahora mismo. Esa cosa también puede cruzar al otro lado, Diana, no lo olvides. Y la mente de una médium puede ser la más vulnerable de todas. Si te encuentra…
    – No entiendo, Missy.
    – Lo entenderás -Missy alargó el brazo y la cogió de la mano. La suya, muy pequeña, no estaba fría, sino extrañamente cálida-. No olvides la puerta verde. Pero ahora tienes que volver. Tiéndele la mano a Quentin.
    Diana no sabía si podía; notaba la mente embotada y fría, y hacer cualquier cosa le costaba un esfuerzo excesivo. Pero el calor de la manita de Missy pareció disipar en parte aquel frío…
    ¡Ta-tan!
    ¡Ta-tan!
    Sintió vibrar el suelo bajo sus pies, como sacudido por las pisadas de algo inconmensurablemente pesado, y la grisura que la rodeaba pareció oscurecerse, virar hacia el negro. Intentó extender el brazo mentalmente, pensando en Quentin, sintiendo la necesidad de estar con él.
    Hubo un destello de luz brillante, luego otro, y en medio el gris fue haciéndose más y más oscuro.
    – Aprisa -dijo Missy-. Ya está…
    – … aquí -dijo Diana abriendo los ojos.
    – Dios mío, no vuelvas a hacerme eso jamás -dijo Quentin.
    Ella volvió la cabeza y le miró, algo aturdida y no poco confusa. Quentin le sujetaba la mano; la suya era cálida y fuerte, y Diana cobró de nuevo conciencia de aquella extraña sensación de seguridad.
    A salvo. Estaba a salvo. Ahora.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó Quentin.
    – Creo que sí.
    Él tomó aire y lo dejó escapar, claramente aliviado. No le soltó la mano.
    – ¿Otra visita al tiempo gris?
    Diana asintió lentamente con la cabeza.
    – ¿Otro guía?
    – Missy.
    Aquello pilló desprevenido a Quentin.
    – ¿Has hablado con ella?
    – Sí.
    – ¿Y?
    Diana le habló de la puerta verde y de la advertencia de Missy de que «aquello» no tenía como propósito hacer daño a los niños, sino que se trataba más bien de juzgar y castigar.
    – No recuerdo ninguna puerta verde en este sitio -dijo él.
    – Yo tampoco.
    – Pero es un lugar seguro para ti.
    Intentando recordar exactamente lo que le habían dicho, Diana dijo:
    – Creo que sí. Es algo así como un lugar protegido aquí y en el tiempo gris.
    Quentin dijo con cierta acritud:
    – Si Missy te ha ofrecido un lugar seguro, eso debe de significar que cree que vas a necesitarlo.
    Un dedo frío se deslizó por la columna vertebral de Diana.
    – Supongo que sí.
    – Y ha dicho que se trataba de juzgar y castigar.
    – Sí. Porque él fue juzgado y castigado. Ese asesino.
    – Samuel Barton.
    – Sí.
    Él digirió aquello unos segundos, arrugando el ceño, y luego dijo:
    – ¿Qué más?
    Diana no sabía si Quentin se estaba sirviendo de alguno de sus sentidos especiales, o si su propio rostro era un libro abierto para él, pero sabía que debía responder. Y eso hizo, contándole lo que Missy había dicho acerca de su profundo miedo a ser incapaz de dominar sus facultades y a quedar atrapada entre dos mundos, y acerca de su terror por lo que le había sucedido a su madre. Y sólo entonces recordó otra cosa.
    – Dios mío. Missy ha dicho «cuando íbamos a visitar a mamá». Ha dicho que a mí me daba miedo la gente del hospital, la gente sin alma, cuando íbamos a visitar a mamá. Quentin… Missy no era mi medio hermana. Teníamos el mismo padre y la misma madre.

    Stephanie no lo habría reconocido en voz alta, pero el principal motivo por el que le había pedido a Ransom Padgett que la acompañara al sótano no era ayudarla a transportar los archivos o las cajas que decidiera llevar arriba. Era que no quería estar sola allá abajo.
    Pero él, naturalmente, no se lo había preguntado.
    Ransom usó una de las muchas llaves de su llavero para abrir la puerta de acceso al sótano y luego la precedió por las escaleras bien iluminadas diciendo por encima del hombro:
    – La aviso, señorita Boyd, de que intentar encontrar algo ahí abajo es una locura. Avisé a la dirección hace años de que había que despejar este sitio, por lo menos de chatarra, pero no me hicieron caso. No tenían por qué hacerlo, claro, porque yo sólo trabajo aquí. Pero aun así, lo intenté.
    Stephanie, que sólo le escuchaba a medias, miró a su alrededor cuando llegaron al pie de las escaleras. Se sentía de pronto un poco tonta. El sótano estaba tan bien iluminado como las escaleras, y aunque la amplia estancia estaba indudablemente repleta de lo que Padgett llamaba «chatarra», reinaba allí cierta impresión de orden.
    Vio una docena de grandes armarios archivadores en una zona de reducidas dimensiones y tabicada en parte, junto a las escaleras; las voluminosas cajas de cartón que se apilaban sobre ellos evidenciaban que todos los armarios estaban sin duda alguna repletos y que se había hecho preciso más espacio para almacenar papeles.
    «Genial. Esto es genial. Voy a estar semanas aquí abajo.»
    Suspirando, Stephanie paseó la mirada por el espacio del sótano que se veía desde el pie de las escaleras.
    En un lado había muebles sin usar, presumiblemente necesitados de reparación o quizá simplemente relegados debido a cambios de estilo y de gustos, sillas amontonadas sobre mesas y, de cuando en cuando, piezas tapizadas cubiertas con una sábana, para protegerlas. Otra parte estaba llena de cajas cuyas grandes etiquetas indicaban que contenían ropa vieja de cama y cortinas.
    En otra zona, unas estanterías mostraban un asombroso surtido de anticuados aparatos de cocina, colocados junto a lo que parecían varios montones de revistas y periódicos viejos. Y, apoyadas contra las estanterías, había docenas de láminas de gran tamaño enmarcadas, probablemente también ellas trasladadas allí debido a las variaciones del gusto.
    – Dios mío -masculló Stephanie-. ¿Alguna vez tiran algo?
    – Cualquiera diría que no -contestó Padgett con leve fastidio-. Pero deberían. Hay un montón de asociaciones benéficas que querrían hacerse con todos estos trastos, y bien sabe Dios que las telas guardadas estarán podridas o apolilladas después de tantos años. En un rincón del fondo hay un montón de alfombras que seguramente valieron una fortuna en su día. Ahora no queda gran cosa de ellas. -Se encogió de hombros-. Si en el hotel se necesita algo, siempre lo compran nuevo, así que no me explico por qué las cosas rotas o viejas acaban aquí.
    – Será para ahorrar por si vienen malos tiempos, supongo.
    Los dos oyeron el retumbar de un trueno, tan bajo y prolongado que sintieron su vibración bajo los pies, y Padgett miró a Stephanie levantando una ceja.
    Ella tuvo que reírse, pero dijo:
    – En fin, no voy a ser yo quien emprenda esa tarea, eso es lo único que sé. O, por lo menos, no pienso revisar nada, excepto el papeleo. Pero tengo que decir que esta habitación es mucho más acogedora de lo que esperaba, incluso con todo este desbarajuste. Por lo menos los papeles parecen estar bastante bien archivados, y en un solo sitio.
    Padgett le lanzó una mirada compasiva y a continuación, indicándole con un gesto que le siguiera, se dirigió hacia la zona en la que los muebles apilados llegaban casi hasta el techo.
    – Hará un par de directores atrás, alguien tuvo la brillante idea de poner todos los archivos viejos del hotel y otros papeles en un sitio bien ordenado y limpio, en vez de tenerlos amontonados de cualquier manera donde hubiera un trozo de suelo libre o una estantería vacía. Con el tiempo, se sacaron casi todos de los rincones del sótano. Pero no todos.
    Stephanie le siguió sorteando muebles y ahogó un gruñido al ver un rincón oscuro, lleno a rebosar de libros de cuentas y archivadores antiguos, en el que había incluso un par de viejos baúles con correas.
    – Santo dios -masculló.
    – Aquí no hay mucha luz -dijo Padgett-. ¿Qué le parece si empiezo por arrastrar todas estas cosas hasta la escalera? Por lo menos así podrá ver qué está mirando. Si es que quiere empezar por aquí, claro. -Era evidente, por su expresión, que confiaba en que Stephanie quisiera regresar a los armarios archivadores, que la mantendrían ocupada largo rato.
    Ella titubeó. Después dijo:
    – Supongo que estas cosas contenían algunos de los archivos más antiguos, ¿no?
    – Sí, seguramente. Antes este rincón estaba a rebosar, lleno de cajas apiladas contra los muebles, así que supongo que las cosas más antiguas estarán al fondo, en ese rincón, pegadas a las paredes. -La miró fijamente-. Llevo aquí tanto tiempo como el que más, así que, si supiera qué está buscando, quizá pudiera abreviarle la búsqueda.
    – Bueno, la verdad es que ni yo misma lo sé -dijo ella animosamente-. Pero ya que se ha ofrecido a ayudar, ¿por qué no coge algunas de esas cosas y empieza por acercarlas a la escalera? No sé cuánto tiempo tendré antes de que estalle la próxima crisis, así que conviene que haga todo lo que pueda mientras tanto.
    – Sí, señora.
    Stephanie dejó a Padgett allí, se retiró a la zona que parecía más ordenada que había junto a la escalera y, tras respirar hondo, arrojó mentalmente una moneda al aire y abrió al azar el cajón de un archivador para emprender su búsqueda. Ignoraba qué estaba buscando.
    Pero tenía la corazonada de que lo sabría cuando lo encontrara.

    – Es la última de este lote -dijo Quentin, dejando a un lado la más grande de las dos cajas.
    – ¿Algo de utilidad?
    – No, que yo vea. Un par de cartas interesantes de principios de la década de 1900, escritas a huéspedes y miembros del servicio, pero nada que hable de desapariciones sin resolver u otros misterios.
    Diana señaló las viejas fotografías amontonadas sobre la mesa baja, ante ella, y dijo:
    – Lo mismo aquí, más o menos. He revisado todos los álbumes y todas las fotografías sueltas que encontramos. Las fotos son interesantes, la mayoría no tienen ni siquiera la fecha puesta al dorso, pero no hay nada que me haya llamado la atención.
    – En fin, el universo nunca nos pone las cosas fáciles.
    – Ya lo he notado. -Ella meneó la cabeza-. Puede que no haya nada más aquí, y que lo que estuviera destinada a encontrar fuera esa fotografía.
    La fotografía descansaba, separada de las demás, sobre la mesa baja, al alcance de su mano, y Diana la miraba a menudo. Aquella imagen de dos niñas pequeñas y un perro, un instante congelado en el tiempo.
    – Podría ser -repuso Quentin-. Señales y presagios.
    – ¿Es eso lo que estamos buscando?
    – Sabe dios. Bishop los llama indicadores de dirección, y dice que muchos de nosotros pasamos a su lado sin verlos. Seguramente es cierto. Quiero decir que la mayoría de la gente está tan ocupada saliendo adelante cada día que no presta mucha atención a las insinuaciones del universo.
    – ¿Y qué aspecto tienen esos indicadores, según Bishop?
    Diana le había pedido que le hablara de la Unidad de Crímenes Especiales mientras inspeccionaban las cosas del desván, y Quentin la había complacido. Ella se había negado a seguir hablando de la experiencia desencadenada por la tormenta; obviamente, necesitaba tiempo para asimilar todo aquello, y Quentin se resistía a presionarla, a pesar de que en su mente las preguntas y las ideas giraban como en un torbellino.
    Había hablado, no obstante, de la Unidad de Crímenes Especiales y, mientras en el exterior la tormenta iba disipándose poco a poco y ellos revisaban la mayor parte de las cosas que habían bajado del desván, le había hecho una breve semblanza de sus compañeros de equipo, y había esbozado algunas de las batallitas más interesantes en las que se había visto envuelta la unidad.
    Ni siquiera estaba seguro de que ella le estuviera escuchando, y sospechaba a medias que sólo quería oír el sonido de otra voz humana en la habitación, tener la sensación de que había allí otra persona, mientras que sus pensamientos se hallaban a kilómetros de distancia. Él, sin embargo, había aprovechado la ocasión para hablar de la unidad; tenía la impresión de que era importante que ella oyera cosas que, comparadas con sus experiencias paranormales, harían que éstas sonaran como mínimo bastante corrientes.
    Al parecer, Diana había escuchado al menos parte de lo que le había contado.
    – Señales y presagios. Pueden adoptar cualquier forma, eso es lo malo -contestó él-. Cuanto más corrientes, más probable es que no lo sean. Por ejemplo… -Cogió la última caja que tenía que revisar y sacó del revoltijo de su contenido una caja de puros muy antigua-… esto. Esta es, ¿cuál? ¿La tercera caja de objetos perdidos que revisamos?
    – Por lo menos.
    – Y dentro hay el mismo tipo de cosas. -Abrió la caja e inspeccionó su contenido-. Joyas, un encendedor, llaves varias, peines y horquillas, una pluma estilográfica, una pata de conejo, cortaúñas, monedas… Morralla, casi todo. Cosas que sus propietarios han olvidado hace muchísimo tiempo. Pero ¿quién sabe si hay un indicador aquí dentro? ¿Una señal o un presagio guardado en esta cajita normal y corriente, para alguien que sepa verlo? Podría ser.
    – ¿En una caja de puros llena de baratijas?
    – Ya sabes lo que se dice. Lo que para unos es una baratija, para otros es un tesoro. -Quentin se encogió de hombros-. Aunque no es el valor intrínseco lo que importa, claro. Como te decía… toda señal tiende a ser algo corriente. Por lo menos, a primera vista. O incluso a la segunda ojeada.
    Diana extendió la mano y, cuando Quentin le dio la caja, comenzó a revisar perezosamente su contenido.
    – Yo diría que estas cosas son bastante corrientes, sí. ¿Cómo se supone que vamos a reconocer las señales… y los presagios… si son cosas comunes y corrientes, cosas de todos los días? ¿Qué dice tu Bishop al respecto?
    – Bueno, a mí me dijo algo típicamente críptico. Dijo que me fijara en todas las cosas y que lo importante se me haría evidente en algún punto del camino.
    – Imagino que al universo no le gusta resultar obvio.
    – No, parece que no. -Quentin vaciló; luego dijo con cautela-: Si tienes razón y viene tu padre, él podría darnos al menos algunas respuestas.
    Diana había fruncido ligeramente el entrecejo mientras seguía mirando la caja que tenía sobre el regazo.
    – Pero ¿lo hará? Ésa es la cuestión. Y aunque lo haga, ¿serán verdad sus respuestas?
    – ¿Crees que intentaría mantener una mentira incluso enfrentado a todo esto?
    – Eso depende de por qué empezara a mentir, ¿no crees? Y, a fin de cuentas, no tenemos gran cosa. Una fotografía de dos niñas pequeñas. Tú has creído durante todos estos años que Missy vivía aquí con su madre. No podemos demostrar lo contrario, ¿no?
    – No -reconoció Quentin-. Por lo menos, con la información que he conseguido hasta la fecha. No hay ningún dato, procedente de Missy o de las cosas que he encontrado desde su muerte, que indique que Laura Turner no era su madre biológica. De hecho, en el expediente de la investigación policial hay una fotocopia de la partida de nacimiento de Missy. De su supuesta partida de nacimiento, claro. Nacida en Knoxville, Tennessee, de nombre Missy Turner, hija de Laura. Y de padre desconocido.
    – ¿Nunca pensaste que pudiera ser falsa?
    – Hará unos diez años, llegué hasta el extremo de comprobar los registros hospitalarios originales, y había una niña llamada Missy Turner que nació de una tal Laura Turner en esa fecha, tal y como indicaba la partida de nacimiento. No tenía motivos para seguir indagando.
    Diana hizo un gesto de asentimiento, pero dijo:
    – Cuando estuve con ella, Missy habló con tanta naturalidad de visitar a mamá que estoy segura de que quería decir exactamente lo que dijo. Que íbamos las dos a visitar a nuestra madre.
    – Te creo -dijo Quentin-. Y no se me ocurre ninguna razón por la que Missy tuviera que mentirte. Pero demostrar que teníais el mismo padre y la misma madre no será fácil si, por la razón que sea, tu padre lo ha ocultado. Eso es lo que sospechas, ¿no? ¿Que lo hizo intencionadamente?
    Diana escogió cuidadosamente sus palabras.
    – Mi padre es un hombre muy poderoso -dijo-. Y no me refiero solamente a dinero, aunque tiene mucho. Me refiero a auténtico poder. Relaciones políticas, incluso internacionales. Su padre y su abuelo eran diplomáticos. Y su empresa, la empresa de la familia, tiene intereses en todos los sectores, desde la tecnología punta a las minas de diamantes. Y oficinas en todo el mundo.
    Quentin asintió con la cabeza.
    – Entonces… si quisiera ocultar un secreto…
    – Movería cielo y tierra para conseguirlo. Y conseguiría que permaneciera oculto.
    – Para ser realistas, no tendríamos muchas esperanzas de desenterrar ese secreto, si lo enterró lo bastante hondo.
    – No. Y convencerlo para que hable no será fácil, después de todos estos años. Es poco probable que haga caso de mis… experiencias… y menos aún que las crea. De hecho, si le digo lo que me ha pasado aquí, es muy capaz de usarlo contra mí. Pensará que son los delirios de una persona necesitada de atención médica, claro está. Quiere que vuelva a estar bajo el control de sus médicos escogidos con todo cuidado, y medicada hasta que deje de pensar por mí misma.
    – ¿Por qué?
    Ella alzó los ojos, sinceramente sorprendida.
    – ¿Por qué?
    – Sí. ¿Por qué quiere que sea así? ¿Qué secreto exigiría medidas tan extremas?
    – ¿El que me ha impedido saber que tenía una hermana, quizá?
    Quentin eligió sus palabras con cuidado.
    – Obviamente, hay muchas cosas que no sabemos sobre este asunto. Lo único que digo es que no podemos dar nada por sentado hasta que tengamos más información. Que te hayan ocultado la existencia de Missy y que hayas estado bajo tratamiento médico tantos años podría deberse a diversas causas, completamente desconectadas entre sí.
    – Tú no crees eso en realidad.
    Con un suspiro, Quentin dijo:
    – No, no lo creo. Pero sigo diciendo que no podemos dar nada por sentado sin más datos.
    Diana volvió a mirar la vieja caja de puros que tenía en el regazo y tocó distraídamente un pendiente más bien chillón.
    – Quentin… Mi madre murió en un hospital psiquiátrico y, si Missy y mis recuerdos no se equivocan, tanto su enfermedad como su muerte tuvieron algo que ver con unas facultades paranormales que no podía dominar.
    – Siempre hemos sabido que eso era posible -reconoció él a regañadientes.
    – Facultades que posiblemente mi padre creía simples manifestaciones de una enfermedad mental.
    – También es posible. Puede que incluso probable. La ciencia médica, sobre todo hace veinticinco o treinta años, tendía a considerar como una enfermedad cualquier cosa que no pudiera explicar.
    – Entonces, ¿qué se supone que debo decirle cuando llegue? ¿Que puedo… caminar con los muertos y que me encontré con el espíritu de mi hermana en uno de esos paseos? ¿Cómo crees que reaccionará si le digo eso?

    Madison se alegró de que la tormenta se hubiera disipado al fin. Las tormentas parecían molestarle cada vez más y, en cuanto a Angelo, temblaba como una hoja, el pobrecillo.
    – Ya ha pasado -le dijo al perro en tono tranquilizador.
    Angelo gimió suavemente mientras la miraba. Las tormentas siempre le habían inquietado, pero su nerviosismo crecía sin cesar desde hacía algún tiempo.
    – Ya ha pasado -le dijo ella-. La tormenta, por lo menos. Y lo demás… pasará pronto. Te lo prometo.
    Angelo se sentó con un suspiro peculiarmente humano que logró expresar aún más inquietud, además de fastidio.
    Madison recorrió con la mirada el cuarto de juegos, donde el perrito y ella habían esperado a que pasara la tormenta y que estaba vacío, de no ser por ellos. A decir verdad, todo el hotel estaba horriblemente vacío; prácticamente tenía eco.
    – Ya está aquí -dijo Becca desde la puerta.
    Madison no se sorprendió, pero estaba preocupada y no intentó disimular un escalofrío de temor.
    – Dijiste que Diana no estaba preparada aún.
    – Tendrá que estarlo, ¿no?
    – Pero ¿y si no lo está?
    – Espero que él la ayude.
    Madison se agachó para coger a su perrillo y, abrazándolo, comenzó a prodigarle caricias para acallar su gimoteo nervioso.
    – Aun así, si eso está aquí… Pueden pasar cosas malas, ¿verdad?
    – Suelen pasar. Cuando está aquí, quiero decir.
    – ¿Encontrarán más huesos, Becca?
    Becca volvió ligeramente la cabeza, como si escuchara algún sonido distante.
    – No, esta vez no serán huesos -dijo suavemente-. No serán huesos.

    – Diana, nadie va a llevarte a un psiquiátrico, ni a medicarte contra tu voluntad, da igual como reaccione tu padre. Te doy mi palabra.
    Ella torció la boca.
    – ¿Vas a decirle que eres vidente? ¿Que en el FBI hay una unidad oficial entera formada por personas con facultades extrasensoriales?
    – No es ningún secreto. -Él sonrió levemente-. Hacemos lo que podemos por evitar la publicidad indebida, pero mucha gente en este país conoce la existencia de la Unidad de Crímenes Especiales. Incluidas algunas personas muy respetadas y poderosas. Si tu padre no quiere creernos, puedo darle unas cuantas referencias irreprochables, gente que de buena gana le hablará de sus experiencias paranormales. Crea o no lo que le cuenten, tendrá que tomarlo en serio.
    – ¿Lo bastante en serio, al menos, como para no llamar a los chicos del cazamariposas para que atrapen a su hija?
    – Eso no va a pasar.
    – Pareces muy seguro.
    – Lo estoy. Créeme.
    Diana casi le creyó. Pero conocía a su padre, y su nivel de ansiedad apenas disminuyó. Aun así, fue capaz de dejar por un instante a un lado aquella cuestión para formularle otra pregunta.
    – ¿Había algo de interés en esa última caja? -Sin nada más que mostrar, de momento, como fruto de sus esfuerzos, no le quedaba más remedio que preguntarse si el único indicador que estaban destinados a ver era la fotografía, aparentemente corriente, de dos niñas pequeñas.
    Aunque bien sabía el cielo que aquella señal había marcado a Diana un rumbo completamente inesperado, un rumbo que le habría parecido increíble apenas unos días antes.
    Quentin metió la mano en la caja, sacó lo que parecía un viejo diario y empezó a hojearlo.
    – Vaya, vaya, yo diría que esto sí tiene interés.
    Su tono pragmático y despreocupado alertó a Diana.
    – ¿Qué es?
    – A no ser que me equivoque, es el relato de al menos un par de secretos de este hotel.
    – ¿Qué? -Diana dejó su silla y rodeó la mesa para reunirse con él en el sofá.
    – Mira esto. Las fechas no siguen un orden en particular. Una página tiene una anotación fechada en 1976, y la siguiente es de 1998. -Señaló la primera página a la que se había referido y leyó en voz alta-: «Esta vez, el senador Ryan trajo a su querida. Tenemos todos orden de llamarla "señora Ryan", aunque sabemos que no lo es». Y más de lo mismo. Suena un poco…
    – Malintencionado -sugirió Diana.
    – Yo iba a decir «resentido».
    – También. -Diana estaba mirando la página fechada en 1998-. En esta otra página hay más de lo mismo. Una actriz que vino al hotel a desintoxicarse… Un senador con problemas con la cocaína… Y esto parece el relato de una discusión oída por casualidad entre una mujer y su marido, que la engañaba.
    – Supongo que lo escribió alguien del personal de limpieza.
    – O se lo contó a quien lo escribiera. -Diana pasó unas cuantas páginas más, deteniéndose lo justo para que ambos leyeran en silencio las pocas líneas que contenía cada hoja-. Es la clase de secretos de los que se entera el personal de servicio, porque las camareras y los empleados de mantenimiento suelen andar por ahí y rara vez se fija uno en ellos. Se enteran de lo que pasa hasta detrás de las puertas cerradas. Amantes, peleas de enamorados, problemas con el alcohol o con el juego… La hija menor de edad de un político a la que mandaron aquí para dar a luz. Y fíjate en esto… Por lo visto, un príncipe europeo pasó aquí casi un mes entero, hace veinte años, mientras sus padres intentaban en secreto librarle de algunos problemas con la ley muy engorrosos.
    – Cosas de la época -murmuró Quentin.
    – Sí, muchos de estos asuntos ya casi no levantarían revuelo. Excepto en los tabloides, supongo. Pero, dejando aparte el contenido, fíjate en cómo está escrito. Mira cómo cambia la letra. ¿Qué crees? ¿Era una especie de juego en equipo, en el que una persona le pasaba el diario a otra, y se turnaban para escribir lo que sabían? Yo soy muy aficionada a las teorías de la conspiración, pero ¿qué sentido tiene todo esto?
    – No lo tiene.
    – No, no lo tiene. Y aquí hay una fecha de 1960. ¿Más de cuarenta años? ¿Qué sentido tiene llevar este diario durante tanto tiempo? ¿Hay alguien que lleve aquí tantos años?
    – La gobernanta, la señora Kincaid, ha vivido aquí toda su vida -respondió Quentin-. Su madre fue gobernanta del hotel antes que ella. En 1960 no podía tener mucho más de diez años, supongo.
    – Nada de esto lo escribió una niña.
    Como la mayoría del equipo de Bishop, Quentin tenía experiencia en campos muy diversos, aunque fuera limitada, y podía afirmar con cierto aplomo:
    – Estoy de acuerdo. Sé lo suficiente de análisis grafológico como para estar seguro de eso. No lo escribió una niña, ni un solo individuo. Pero al menos algunas de las anotaciones muestran indicios bastante claros de que fueron escritos por personas con problemas.
    – Antes has hablado de resentimiento.
    El asintió con la cabeza mientras miraba, ceñudo, una página en particular.
    – Yo diría que sí. Envidiosos, resentidos, gente que juzga a los demás.
    Pasado un momento, Diana dijo con voz queda:
    – Se trata de juzgar. De castigar. Puede que lo que quede de Samuel Barton se haya erigido a un tiempo en jurado y en juez.

Capítulo quince

    – Sí, pero… -Quentin pasó las páginas, arrugando más aún el ceño-. Que yo sepa, ninguno de estos nombres está relacionado con las personas muertas o desaparecidas.
    Diana se reclinó en el sofá con un suspiro.
    – Maldita sea, yo esperaba que estuviéramos llegando a alguna parte. De alguna manera. Pero esto es sólo una pieza más del rompecabezas, ¿no? Un diario lleno de secretos, escrito por Dios sabe cuántas personas distintas a lo largo de un periodo de más de cuarenta años.
    – Si es un indicador, es todo un enigma -contestó Quentin.
    – ¿Y por qué estaba en el desván? -se preguntó Diana-. La anotación más reciente es de 1998 y, si fue escrita cuando está datada, el diario debió de acabar en el desván hace sólo unos años.
    – A no ser que se haya guardado en el desván desde el principio -sugirió Quentin-. Estaba en uno de esos baúles viejos que deben de tener más de cien años, así que habría sido fácil encontrarlo allá arriba. Fácil seguirle la pista. Por lo que dijo Stephanie, el desván se airea y se desempolva una o dos veces al año, quizá, pero el resto del tiempo permanece intacto, así que quienquiera que lo guardara allí podía estar razonablemente seguro de que permanecería escondido.
    – Es una posibilidad -dijo Diana con un suspiro de asentimiento-. Pero sigo sin entender cómo y por qué hacían anotaciones tantas personas.
    – Porque -dijo Stephanie desde la puerta en tono más bien agrio-, les pagaban por ello. Un montón de dinero.

    Alison Macón habría sido la primera en admitir de buena gana que no era la mejor camarera del mundo. Ni siquiera la mejor de El Refugio. No era muy amiga del trabajo, y el de camarera era un trabajo duro… sobre todo, cuando había que cumplir las estrictas exigencias de la señora Kincaid.
    Como era una chica medianamente inteligente, había ideado cierta cantidad de atajos para hacer su trabajo un poco más cómodo y algo más agradable. Aquellos atajos eran inofensivos en su mayoría y no privaban a nadie de una habitación limpia o confortable. Así que, ¿qué más daba si no cambiaba las toallas sin usar por otras nuevas, como exigía la señora Kincaid? A fin de cuentas, seguían estando limpias.
    Y no había necesidad de tirar las flores en perfecto estado cuando para refrescarlas sólo había que cambiar el agua del jarrón. ¿Y qué sentido tenía restregar una bañera que a todas luces no se había usado desde la última vez que la había limpiado?
    El resultado de aquellos pequeños atajos era que a veces, de tarde en tarde, Alison tenía un poco de tiempo libre para dedicarse a sí misma. Tiempo para escabullirse y disfrutar de uno de los raros cigarrillos que se permitía fumar. Tiempo para dormir media hora más por las mañanas, y quizás incluso para echar de vez en cuando una cabezadita por la tarde.
    Y, lo más importante de todo, tiempo para escabullirse y encontrarse con su novio, Eric Beck, cada vez que él podía escapar media hora de la vigilancia de su jefe en los establos.
    Al igual que su amiga Ellie, Alison llevaba escondido su teléfono móvil, lo cual le hacía más fácil concertar sus citas con Eric.
    Aquel viernes por la tarde, a última hora, acabó su trabajo en tiempo récord, gracias a que casi todas las habitaciones de su planta estaban vacías y a que sólo unas cuantas estarían ocupadas ese fin de semana. De modo que, cuando la vibración silenciosa de su teléfono móvil anunció una llamada, pudo concertar tranquilamente un encuentro con Eric.
    Se sobresaltó, sin embargo, al encontrarse a Eric al otro lado de la puerta lateral que siempre usaba.
    – ¿Qué haces tú aquí arriba? Si te ve la señora Kincaid…
    – No me verá. Mira, no tengo mucho tiempo; una de mis clases se ha retrasado por culpa de la dichosa tormenta de antes. -Eric servía a menudo de guía en las excursiones a caballo por las montañas, pero también impartía de cuando en cuando las clases de montar para principiantes que ofertaba el hotel.
    – ¿Hay gente que quiere montar a estas horas? -preguntó ella, y dejó que Eric la llevara más allá de la esquina, por un estrecho sendero que atravesaba los matorrales, hacia uno de sus sitios favoritos de encuentro.
    – Puede que sean tres -gruñó él-. Le dije a Cullen que no merecía la pena ensillar los caballos, pero me soltó esa vieja cantinela de la empresa acerca de que siempre hay que entretener a los huéspedes.
    – Bueno, por eso es famoso El Refugio, a fin de cuentas -dijo Alison. Repentinamente inquieta, añadió-: Quizá sea mejor que lo dejemos, Eric.
    – Llevo el trabajo adelantado y estoy en mi tiempo de descanso.
    Alison no le había dicho que sus «descansos» eran un tanto oficiosos, y no quería confesárselo en ese momento. Eric era el soltero de menos de treinta años más guapo que trabajaba en El Refugio, y todavía no se creía que le hubiera cazado.
    Bueno, más o menos. Lo suyo tampoco era precisamente oficial.
    – Nadie va a echarnos la bronca por tomarnos nuestro tiempo de descanso -añadió él mientras seguía tirando de Alison.
    Su ansia encendió la de ella, a lo cual contribuyó el regocijo que solía producirle el burlar a la señora Kincaid. Nada de confianzas entre empleados… Sí, ya.
    – Está bien, pero será mejor que nos demos prisa -le dijo.
    Eric le sonrió por encima del hombro.
    – ¿Y cuándo no nos damos prisa?
    Alison iba a contestar a aquello con una réplica ingeniosa cuando de pronto Eric tropezó y cayó hacia delante, arrastrándola con él. Acabaron amontonados en el suelo, y la risa jadeante de Alison se cortó brutalmente cuando vio con qué habían tropezado.
    Cuando empezó a gritar, ya no pudo parar.

    El cuerpo de Ellie Weeks yacía algo más allá de la frondosa glorieta; una de sus manos extendidas descansaba entre unas flores de colores brillantes que, plantadas seguramente hacía mucho tiempo, habían quedado olvidadas años atrás.
    Su uniforme de camarera estaba limpio y su pelo recogido aún en la coleta alta y juvenil que solía llevar. Pero una tira de cuero trenzado se hundía profundamente en la carne de su cuello, y por encima de ella su rostro estaba amoratado, sus ojos abiertos de par en par y su lengua asomaba entre los labios entreabiertos.
    Los grandes y potentes focos que iluminaban el lugar para que la policía pudiera trabajar mientras caía la noche prestaban a los alrededores un resplandor deslumbrante, casi escénico. La joven podría haber estado posando, como si representara el papel de una víctima de asesinato y fuera a levantarse, indemne, cuando cayera el telón.
    Pero no se levantaría.
    – Está aquí -dijo Diana suavemente.
    Quentin la cogió de la mano.
    – Esta vez lo detendremos -dijo.
    – Eso no lo sabes.
    – Pero lo creo.
    – Ojalá lo creyera yo.
    Nate los miró con curiosidad.
    – Por lo visto -dijo-, este sitio era muy popular como punto de encuentro de parejas jóvenes. No está lejos del edificio principal, pero sí más o menos aislado, por lo menos de las zonas que suelen usar los huéspedes. Formaba parte del jardín original, pero han dejado que los setos crezcan salvajes y oculten los dos cobertizos.
    – Eso no es un cobertizo. -Diana estaba mirando un pequeño edificio cercano que parecía claramente ideado para desempeñar una función distinta a la de un prosaico almacén. Poseía una triste belleza, incluso con la pintura descascarillada y las pocas flores de plástico descoloridas que habían sobrevivido y que colgaban de los maceteros de casita de campo de las ventanas.
    Al mirarlo, Diana sintió frío, más incluso que al ver el cadáver de la joven camarera. Sus sentidos y su instinto le decían que en aquel lugar había algo perverso, algo siniestro.
    Fue Stephanie, todavía pálida y visiblemente impresionada por el asesinato, quien dijo:
    – Según me han dicho, fue en otro tiempo una casita de juegos. Para los hijos de los huéspedes, No sé por qué cayó en desuso.
    – Yo sí -murmuró Diana.
    – Yo también -dijo Quentin.
    Ella alzó los ojos, un poco sorprendida.
    – ¿Te acuerdas?
    – Ahora sí. -Quentin miró a Nate, que esperaba con las cejas levantadas-. El verano que Missy fue asesinada, semanas antes de que muriera, cogimos la costumbre de usar la casa de juegos como una especie de club, de lugar de encuentro. En aquel entonces no había tanta vegetación en esta zona, pero aun así los adultos no solían venir por aquí y a nosotros nos gustaba imaginar que era un lugar secreto.
    Nate asintió con un gesto.
    – Está bien. ¿Y?
    – Y… una mañana nos dirigíamos todos aquí, en grupo, pero cada uno a su aire. Missy iba corriendo delante y fue la primera en cruzar la puerta. La oímos gritar y entramos a toda prisa. -Sacudió la cabeza ligeramente-. El interior de la casita estaba revuelto y cubierto de sangre. Alguien había despedazado un par de conejos y un zorro, y había esparcido los trozos por todas partes.
    – No recuerdo haber visto ningún informe al respecto -dijo Nate.
    – Yo no recuerdo haber visto ningún policía por aquí. -Quentin se encogió de hombros-. Supongo que la dirección del hotel decidió no avisar a la policía, e imagino que nuestros padres estuvieron de acuerdo. Seguramente lo atribuyeron a una gamberrada o a una broma de mal gusto. Limpiaron la casita de juegos, incluso la pintaron de nuevo. Pero ninguno de nosotros quiso volver a acercarse a ella. Puede que los niños que vinieron después sintieran lo mismo por este sitio.
    Nate, que seguía con el ceño fruncido, dijo dirigiéndose a Diana:
    – Quentin estaba aquí. ¿Cómo sabes tú lo que ocurrió?
    Ella contestó enseguida.
    – Soñé con ello. Cuando llegué aquí, antes de conocer a Quentin, tenía pesadillas casi todas las noches. No me acordaba mucho de ellas cuando despertaba. Pero en cuanto vi la casa de juegos, hace unos minutos, me acordé de una. Era como si yo fuera… Missy. Estaba contenta, corría hacia la casita, abría la puerta. Y entonces lo veía. Toda la sangre y… los pedazos. Intentaba gritar y al principio no podía.
    Quentin le apretó los dedos.
    – Diana…
    – Dentro había una mesita y sillas -continuó ella con firmeza, mirando hacia la casita-. Quienquiera que lo hiciera… había puesto las cabezas cortadas de los conejos y el zorro en medio de la mesa. Cuidadosamente colocadas. Como un centro de mesa.
    – Dios -dijo Nate-. Quentin, ¿eso es…?
    – Sí. Así era exactamente. Casi como un ritual. Probablemente fue eso lo que asustó más a nuestros padres y lo que hizo que todo el mundo guardara silencio y se resistiera a investigar. He visto esas cosas antes. -Mirando a Diana, añadió-: Missy se lo tomó muy mal. No volvió a ser la misma desde esa mañana.
    Nate pareció buscar palabras con esfuerzo; luego dijo:
    – Entonces, Diana, ¿estás diciendo que soñaste con esto porque Missy, que tal vez fuera tu hermana, lo vivió?
    – Supongo que sí -contestó ella-. Puede que muchas de las pesadillas que he tenido aquí fueran en realidad de Missy. Si ese verano estaba tan asustada como recuerda Quentin.
    – No es tan infrecuente, Nate -dijo Quentin-. Las facultades de este tipo son a menudo hereditarias, y el parentesco sanguíneo entre Missy y Diana pudo contribuir a formar un vínculo psíquico que sobrevivió a la separación.
    – ¿Y también a la muerte de una de ellas?
    – Cosas más raras han ocurrido, créeme. -No estaba dispuesto a confesar que Diana y él creían que allí estaba pasando algo mucho más extraño; a fin de cuentas, sólo disponían de la historia centenaria de un asesino que había sido atrapado y castigado.
    Nate meneó la cabeza, pero dijo:
    – Mirad, chicos, sé que todos hemos visto un montón de cosas raras aquí estos últimos días, y sé que creéis que casi todo está relacionado de algún modo. Pero esto… -Señaló el cuerpo extendido a unos pocos metros de allí-… es un asesinato. No el recuerdo de una pesadilla. Ni unos huesos enterrados hace diez años, ni despojos que quizás haya dejado algún animal en una cueva, sino una víctima de un asesino de carne y hueso, una víctima que todavía respiraba hace un par de horas. Alguien estranguló a esa chica hasta matarla, y mi trabajo consiste en averiguar quién fue y en coger a ese maldito cabrón de mierda. Con el debido respeto, eso es lo único que me importa en este momento.
    «Y lo único en lo que quiero pensar», parecía añadir su tono de voz.
    Nadie puso objeciones. Nadie podía hacerlo.
    Recurriendo a su experiencia más prosaica como investigador, Quentin dijo:
    – ¿La pareja que encontró el cuerpo te ha contado algo útil?
    – Ella estaba histérica y él en estado de fuerte conmoción. Se tropezaron literalmente con el cadáver. No creo que sepan nada. Dicen que no vieron a nadie por aquí ni oyeron nada.
    – Imagino que su declaración es probablemente bastante fiable. Si iban a encontrarse en secreto, irían atentos a lo que les rodeaba.
    Stephanie dijo:
    – A los empleados no se les permite confraternizar entre sí. Es una de las normas de la señora Kincaid. -Miró a Nate, como si tratara de no mirar de nuevo el cadáver de Ellie Weeks-. Por si te sirve de algo, la señora Kincaid estaba vigilando a Ellie. Creía que la chica se traía algo entre manos.
    – ¿El qué?
    – No tengo ni idea y, si ella lo sabía, no quiso decirlo claramente.
    – Hablaré con ella. -Nate hizo una anotación y miró luego el cuerpo, contemplándolo un momento mientras sus dos técnicos forenses seguían trabajando-. Tengo a varios hombres tomando declaración al resto del personal y a los pocos clientes que quedan en el hotel. De momento, lo único que tal vez resulte de utilidad es que una de las camareras está segura de haber visto a Ellie hablando con un hombre dentro de El Refugio. Fue hace un par de horas, por lo menos, así que la hora coincide. Y, por la descripción, era Cullen Ruppe.
    – Es interesante que su nombre vuelva a aparecer -dijo Quentin.
    – Sí, ya lo he notado. Creo que va siendo hora de hablar con él.
    Quentin asintió con la cabeza y arrugó ligeramente el entrecejo.
    – Le vieron con ella durante la tormenta. Pero ella tiene la ropa seca, ¿verdad?
    – Sí, excepto en las partes en que la tela está en contacto con el suelo.
    – Entonces, la trajeron aquí hace no más de una hora, después de que dejara de llover.
    – ¿Crees que la mataron en otra parte? -preguntó Nate.
    – Yo diría que sí. La tierra está casi completamente intacta, y es probable que ella se defendiera. -La voz de Quentin sonaba desapasionada, pero un músculo se tensaba en su mandíbula-. En esta zona la hierba es tan densa que es imposible que tu equipo forense encuentre alguna huella. Así que, a no ser que el asesino sea realmente estúpido o descuidado y haya dejado caer algo que ayude a identificarle…
    – ¿La estrangularon en el edificio principal y la trajeron hasta aquí y nadie vio nada? -Stephanie meneó la cabeza-. ¿Es eso posible?
    – Te sorprendería lo que es posible -repuso Quentin.
    – Estoy buscando un móvil -le dijo Nate-. ¿Qué razón podría tener alguien para matar a esta chica? Quizá la señora Kincaid pueda orientarme en la dirección adecuada.
    – Puede que sí. Parece saber todo lo que pasa aquí. Lo cual me lleva a ese otro asunto. -Stephanie miró a Quentin y esperó a que él asintiera con la cabeza antes de decirle a Nate-: Al parecer, a casi todos los directores anteriores de El Refugio se les pagaba para que llevaran un registro de todas las… ejem… indiscreciones que tenían lugar en el hotel y se escondían aquí. Los huéspedes creían que sus secretos se mantenían discretamente a salvo (y pagaban un riñón para asegurarse, supuestamente, de que así era), pero en realidad todo quedaba anotado.
    Nate arrugó el ceño. Ignoraba si aquello tenía algo que ver con la investigación del asesinato, pero estaba interesado pese a sí mismo.
    – ¿Y esa información se usaba para algo?
    – Eso -le dijo Quentin-, es lo que todos nos preguntamos. No tiene sentido llevar un registro a no ser que uno piense usarlo. Así que la pregunta es ¿cuál era el plan?
    – ¿Chantaje?
    – Pudiera ser. O una especie de seguro, por si acaso se necesitaba algún parcheo por el camino. A veces, la información vale más que el oro.

    Cullen Ruppe no era, ni en las mejores circunstancias, un hombre jovial. Trabajaba con caballos por una razón: porque no le gustaba tratar con sus semejantes. Desgraciadamente, aún no había podido encontrar un empleo que eliminara a la gente de la ecuación.
    Especialmente cuando había problemas.
    – Ya le he dicho -le dijo al policía-, que hoy no me he acercado al edificio principal. Al menos, hasta que usted me llamó. -Estaban es el salón de la primera planta que servía como cuarto de interrogatorios y que, como tal, resultaba absurdamente confortable.
    Era difícil sentirse amenazado o incluso ponerse a la defensiva cuando se estaba sentado en un elegante sofá y se tenía una cafetera de plata llena de café sobre la mesa, delante de uno.
    McDaniel consultó ostensiblemente sus notas y dijo con suavidad:
    – Es curioso. Tengo una declaración de una testigo que le vio aquí. De hecho, está segura de que le vio hablando con Ellie Weeks. Y eso habría sido tan sólo unos minutos antes de que Ellie fuera estrangulada. Con una cuerda de cuero trenzado procedente de uno de los establos.
    Cullen mantuvo un semblante inexpresivo y la mirada fija en el policía. Ni siquiera echó una ojeada a los otros dos, que permanecían sentados a un lado, a pesar de que sentía vivamente su presencia. Los había tenido muy presentes, de hecho, mucho antes de que invadieran su cuarto de arreos al amanecer para descubrir un viejo secreto.
    – Su testigo cometió un error -contestó con calma-. Yo no estaba aquí.
    – Ella está segura de que era usted.
    – Se equivoca. Esas cosas pasan.
    – No he podido situarle en los establos cuando dice que estaba allí, Cullen.
    – Los caballos no son testigos muy habladores. Lo lamento.
    – Lo que significa que no tiene coartada.
    Cullen se encogió de hombros.
    – Si encuentra una razón para que matara a esa chica y cree que habría cometido la estupidez de usar una de mis propias cuerdas de cuero para hacerlo, deténgame.
    McDaniel hizo caso omiso y cambió de táctica.
    – Hay otra cosa curiosa. Esa trampilla de su cuarto de arreos.
    – El cuarto de arreos no es mío, pertenece a El Refugio. Y los dos sabemos que esa puerta se hizo mucho tiempo antes de que usted o yo naciéramos.
    – ¿Y nunca ha bajado por esa escalerilla? ¿Nunca ha estado en las cuevas?
    Cullen vaciló, maldiciendo para sus adentros. Hoy en día, todo el mundo había oído hablar de los métodos de rastreo de pruebas, de los análisis de ADN y de esas cosas. El cuerpo humano tenía la desagradable costumbre de ir perdiendo a cada paso cabellos y células epidérmicas y sólo dios sabía qué más cosas.
    Dios no era, en cambio, el único que sabía que más de una vez había bajado al interior de la tierra.
    Deseó atreverse a mirar a los otros dos sentados a un lado, deseó atreverse a preguntarles si sabían lo que estaba pasando, si lo entendían. Porque aquel polizonte no lo entendía, eso estaba claro. No lo entendía, y el hecho de no entenderlo podía hacer que muriera mucha gente, y que pasaran cosas aún peores.
    Mucho peores.
    – ¿Cullen? ¿Ha estado usted en esas cuevas?
    No podía arriesgar una rotunda mentira que más tarde pudiera convertirse en una trampa, de modo que respondió despreocupadamente:
    – Puede que sí, hace mucho tiempo. Trabajé aquí antes, ¿sabe?
    – Sí, lo sé. Trabajó aquí hace veinticinco anos. Estaba trabajando aquí cuando Missy Turner fue asesinada.
    Cullen estaba preparado para aquello.
    – Sí. Y toda esa tarde y parte de la noche estuve en el corral, entrenando a un potro. Con un ayudante y dos de los huéspedes. La policía lo descubrió enseguida. Ni siquiera me enteré de que la pequeña había sido asesinada hasta que oí las sirenas.
    McDaniel consultó sus notas con los labios fruncidos.
    Cullen quiso decirle que cortara el rollo, pero de nuevo no se atrevió. En realidad, no tenía modo de saber si tenía razón, no podía estar seguro hasta el punto de jurarlo sobre la Biblia, y, en fin, si resultaba que se equivocaba, quería tener un modo de salir de aquel embrollo. Enemistarse con un policía (con cualquiera de aquellos dos policías, especialmente con el federal) podía resultar un error. Un grave error.
    Se estaba haciendo tarde. Tarde en el día y… simplemente tarde. Cullen podía oír el tictac de su reloj, y hacía años que no llevaba un reloj que hiciera tictac.
    – Se fue de El Refugio no mucho después, según creo.
    – Meses después.
    – Después del incendio.
    Cullen se concentró de nuevo en mantener una respiración regular. Normal.
    – Sí. Después del incendio.
    – Nunca llegamos a saber qué causó el fuego -dijo McDaniel como si reflexionara en voz alta-. ¿Alguna idea?
    – No. Eso mismo le dije a la policía en su momento. Era evidente que sospechaban que el incendio había sido provocado, pero yo no tenía motivos para quemar el hotel.
    – Supongo que no. ¿Y se fue porque…?
    – Porque me apetecía cambiar de aires. -Se detuvo allí y miró a McDaniel a los ojos con aire desafiante.
    El policía no pestañeó.
    – Entiendo. Bueno, permítame hacerle otra pregunta, Cullen. ¿Hasta qué punto conocía a Laura Turner?
    Él se encogió de hombros.
    – Ella pertenecía al personal de limpieza y yo al de los establos. Ahora no nos relacionamos mucho, y entonces no nos relacionábamos en absoluto.
    – Llevaban ambos varios años aquí. ¿Intenta decirme que no la conocía?
    – No he dicho eso. He dicho que en aquellos tiempos no nos mezclábamos. La conocía de oídas, cruzaba alguna palabra con ella, la saludaba. Sabía que tenía una hija. Nada más.
    – ¿Fue al entierro de su hija?
    Aquello cogió desprevenido a Cullen, que tuvo que recobrarse antes de contestar con voz firme:
    – Fue todo el personal del hotel.
    – Sólo para presentar sus respetos, supongo.
    – Sí. Sí, así fue.
    McDaniel asintió con un gesto de la cabeza y, como si aquello fuera una señal, el federal se apartó de la pelirroja, que guardaba silencio, y fue a sentarse en la otra silla, frente a Cullen.
    – ¿Sigue yendo a presentar sus respetos? -inquirió con despreocupación.
    – No sé de qué me habla.
    – Claro que lo sabe, Cullen. Tuve una corazonada y le pedí al capitán McDaniel que hiciera una comprobación antes de que le hiciéramos venir aquí. Resulta que el encargado del cementerio se ha fijado en sus visitas. Una a la semana, desde que volvió a trabajar en El Refugio. Visita usted la tumba de Missy y deja allí una sola flor.
    «Una corazonada. Una maldita corazonada», pensó Cullen.
    Se encontró mirando unos ojos azules extremadamente penetrantes y se debatió en silencio antes de decidir de nuevo que debía conservar la calma. No podía permitirse cometer un error, no podía correr el riesgo de que le encerraran antes de que aquello acabase.
    Porque tenía que acabar. Esta vez tenía que acabar.
    Aun así, debía decir algo, tenía que parecer al menos que cooperaba o le encerrarían de todos modos. Una verdad a medias, se dijo, era mejor que nada.
    – Está bien, sí, voy a presentar mis respetos. Sí, conocía a Laura Turner y a su hija un poco mejor de lo que he dicho.
    Vio que había sorprendido al federal y aprovechó su ventaja para conducir la conversación por los derroteros que quería que tomara.
    – Yo sabía que éste no era sitio para esa niña. Nunca debió estar aquí. Y desde luego no debió morir aquí. Nadie de por aquí visita nunca la tumba. Me lo dijo el encargado del cementerio. Así que la visito yo. Y le pongo algo bonito en la lápida.
    El federal dijo lentamente:
    – ¿Qué quiere decir con que nunca debió estar aquí?
    Cullen vaciló visiblemente, esforzándose porque pareciera que se resistía.
    – Oí algo por casualidad, ¿de acuerdo? Algo que me hizo pensar que la hija de Laura había muerto… y que Laura les había robado a Missy a sus verdaderos padres.
    La pelirroja, todavía callada, se movió de repente, dejó la silla y se acercó al sofá donde estaba Cullen. Su cara estaba pálida, sus ojos verdes tenían una expresión ansiosa y, al volver la cabeza para mirarla, Cullen se sintió asaltado por una certeza instantánea y sorprendente.
    «Así que es eso. Por eso está aquí.» Sintió que el latido de su corazón se aceleraba y tuvo que luchar de nuevo por conservar la calma.
    – ¿Está seguro de eso? -preguntó ella, temblorosa-. ¿Está seguro de que se la quitaron a sus verdaderos padres?
    – Sí, seguro.
    El federal dijo:
    – Missy nunca dijo una palabra que sugiriera que Laura no era su verdadera madre.
    Cullen logró encogerse de hombros.
    – No tenía más que dos años cuando Laura se la llevó. Supongo que, cuando usted estuvo aquí ese verano, ella ya había olvidado que su sitio estaba en otra parte.
    El federal entornó los ojos.
    – ¿Se acuerda de mí?
    – Claro que me acuerdo. Podía montar todos los caballos que teníamos, hasta los más ariscos, y no le importaba quedarse a cepillarlos después. No era tan arrogante como la mayoría de esos mierdas. Y me parece que ese verano los demás le seguían. Su pandilla pasaba más tiempo en los establos que en cualquier otra parte. -Cullen se encogió de hombros otra vez-. Y casi siempre dejaban que Missy jugara sola.
    Esperaba a medias que el federal se indignara al oír aquello, pero estaba claro que el más joven de los dos llevaba suficiente tiempo en el oficio como para permitir que algo así le afectara. O quizá sabía simplemente que Cullen lo había dicho a propósito.
    – Sí, a ella no le gustaban los caballos. Lo cual hace que me pregunte cómo es que usted pasaba tiempo con ella.
    – Yo me pregunto otra cosa -dijo de repente McDaniel, en el tono, un tanto demasiado alto, de quien se ha visto obligado a guardar silencio contra su voluntad-. Me pregunto por qué demonios después del asesinato no dijo ni una palabra acerca de que Missy había sido secuestrada. ¿No se le ocurrió que podía ser una información relevante?
    Cullen le miró y dijo con frialdad:
    – Lo cierto es que sí dije algo. Al jefe de policía. Y firmé mi declaración como es debido. Así que ellos lo sabían. Sabían que Missy era una niña robada.

    Era casi medianoche cuando Nate colgó el teléfono del salón y se volvió para mirar a Quentin.
    – En fin, el jefe no está muy contento conmigo. Le he despertado.
    – ¿Cómo puede estar durmiendo con todo lo que está pasando? -preguntó Stephanie. Había entrado en la habitación cuando Cullen se marchaba, y los demás la habían puesto al corriente de lo sucedido.
    – Muy fácilmente. Le faltan seis meses para jubilarse.
    Yendo al grano, Quentin preguntó:
    – ¿Qué hay de la declaración de Ruppe?
    – El jefe niega que existiera. -Nate suspiró profundamente-. Pero o me habéis contagiado vuestras teorías conspirativas y son imaginaciones mías, o mi pregunta le puso muy nervioso.
    – ¿Qué crees tú? Lo que te digan las tripas.
    – Estaba nervioso. Si me gustara el juego, apostaría a que Cullen Ruppe hizo exactamente la declaración que dice haber hecho… y que por alguna razón esa declaración y cualquier información que pudiera confirmarla desaparecieron del expediente.
    – ¿Por qué diablos iban a hacer eso? -preguntó Stephanie.
    – Secretos -dijo Diana. Seguía sentada en el sofá donde poco antes había ido a reunirse con Cullen-. Alguien quería que el secreto del secuestro de Missy se mantuviera oculto.
    Stephanie frunció el ceño.
    – Supongo que alguien relacionado con El Refugio pudo querer que fuera así -dijo-. Me refiero a que, si Laura Turner estaba tan desequilibrada como para secuestrar a una niña, el hecho de que viviera aquí todos esos años no ofrecía precisamente una buena imagen de quienes la habían contratado. Pero hacer desaparecer una declaración policial… Aunque no tuviera nada que ver con el asesinato de Missy, la información que contenía era importante para la investigación. Tuvo que hacer falta un garrote muy grande o una zanahoria inmensa para persuadir al jefe de que la ocultara.
    – Mi padre podría haberlo hecho.

Capítulo dieciséis

    Miraron todos a Diana, y fue Nate quien dijo:
    – Si creemos que Missy le fue arrebatada a tu familia, Diana, me parece que tu padre sería la última persona de la que podríamos sospechar que hubiera eliminado pruebas como ésa. No podían saber quién se había llevado a su hija, y mucho menos dónde estaba, o la habrían recuperado.
    – Eso es cierto. Pero supongamos que mi padre sólo lo descubrió después de que Missy fuera asesinada.
    – ¿Cómo? -Nate movió la cabeza de un lado a otro-. Cullen asegura que nunca supo de quién era hija Missy en realidad, así que, aunque su declaración no hubiera sido eliminada al principio de la investigación, nadie más habría sido informado de su muerte. Y, como Quentin ha hecho notar más de una vez, hubo muy poca cobertura mediática. Aunque la noticia hubiera trascendido fuera de esta zona, en la prensa no apareció ninguna fotografía que tus padres pudieran reconocer.
    Diana temía parecer paranoica respecto a todo aquello, pero Quentin se empeñaba en decirle que confiara en sí misma, en sus sentimientos y en sus intuiciones, y eso era lo que intentaba hacer.
    Ignoraba quién había asesinado a Missy, pero estaba absolutamente convencida de que su padre había intervenido en la investigación subsiguiente, y de que era responsable de la eliminación de datos y pruebas.
    No era de extrañar que, durante tanto tiempo, Quentin hubiera tenido dificultades para seguir el rastro que conducía al asesino de Missy.
    Manteniendo una voz firme, dijo:
    – No sé cómo ocurrió. Pero hay algo que sí sé. -Miró a Quentin-. Cuando hablé con mi padre por teléfono, cuando le dije dónde estaba, se alteró. Estaba sorprendido, inquieto, quizás incluso asustado. Porque yo estaba aquí, en El Refugio. Eso fue lo que le puso nervioso. Y ¿por qué iba a estar nervioso, si no hubiera aquí algo que no quiere que yo descubra?
    – Secretos -dijo Quentin-. Tu padre conocía, como mínimo, la existencia de El Refugio. ¿Alguna vez se ha alojado aquí?
    – Podemos consultar los archivos -respondió Stephanie.
    Pero Diana negaba con la cabeza.
    – Mi padre odia los hoteles como éste, siempre los ha odiado. Cuando viaja, sólo se aloja en sitios de dos tipos: o en un hotel del centro de la ciudad, en la suite del ático, o en casas o apartamentos que alquila por tiempo indefinido. Alojarse en un sitio como El Refugio, a kilómetros de distancia de todas partes, rodeado de montañas y hermosas vistas, sería su idea del infierno.
    Quentin aceptó aquello con un gesto de asentimiento.
    – De todos modos, El Refugio es muy conocido, así que es fácil que haya oído hablar de él. Pero, como tú dices, se alteró mucho cuando supo que estabas aquí, y tiene que haber un motivo para ello. -Arrugó el entrecejo-. Cullen dijo que había oído de pasada lo suficiente como para saber que la hija de Laura había muerto y que Laura había secuestrado a Missy. Mi pregunta es: ¿con quién estaba hablando Laura cuando Cullen oyó por casualidad esa conversación?
    Nate hizo una mueca.
    – Sí, te interrumpí, ¿verdad? Lo siento.
    – No importa. Por cómo se cerró en banda después de contarnos lo de su declaración, tengo la sensación de que Cullen nos ha dicho todo lo que estaba dispuesto a decirnos, y de que no conseguiríamos sacarle nada más aunque siguiéramos interrogándole. Al menos, esta noche.
    – Me pregunto si oyó esa conversación antes o después de que Missy fuera asesinada -dijo Diana-. No lo dijo.
    – ¿Importa eso? -preguntó Stephanie.
    – Podría ser -respondió Quentin-. Si Laura estaba trastornada hasta el punto de que fue capaz de secuestrar a la hija de otras personas para criarla como si fuera suya, el asesinato de Missy muy bien pudo desquiciarla aún más. En ese estado, podría haberle contado a cualquiera la verdad acerca del origen de Missy.
    – ¿Tú no recuerdas cómo reaccionó Laura después del asesinato? -preguntó Nate.
    – No, francamente. Entonces había un médico aquí, en la plantilla del hotel, y tengo el vago recuerdo de que la mantuvo sedada, al menos durante el entierro. Nosotros nos fuimos un par de semanas después. Recuerdo que vi a Laura en el entierro, pero no después.
    Diana dijo con cierta indecisión:
    – Había guardado el secreto del secuestro de Missy mucho tiempo, durante años. Para mí tiene más sentido que hablara de ello sólo después del asesinato de Missy.
    Nate estaba haciendo una anotación en la libretita negra que llevaba consigo.
    – Se lo preguntaré a Cullen. Decididamente, quiero volver a hablar con ese tipo.
    Stephanie se sentó en el brazo de un sillón y dijo:
    – Lo que me pone los pelos de punta es eso de que lleve flores a la tumba de Missy. ¿No es la clase de cosa que haría un asesino?
    – Es posible -dijo Quentin-. Pero no en este caso, creo. Además, lo que dijo sobre su coartada era cierto. Él no pudo matar a Missy.
    Nate le miró.
    – Por cierto, iba a preguntarte por esa corazonada tuya. Parecía salida de la nada. Que yo recuerde, nunca antes te habías interesado por la tumba de Missy.
    – Lo sé. Una vocecita me dijo que ahora era el momento. Y he aprendido a hacerle caso a esa vocecita. -Quentin meneó la cabeza-. Fue cuando nos dijiste que otra camarera había identificado a Cullen como el hombre al que había visto hablando con Ellie Weeks. Hasta ese momento, Cullen me había interesado solamente porque estuvo aquí ese verano, hace veinticinco años. Y porque encontramos esa trampilla en su cuarto de arreos.
    – ¿Y sigues creyendo que todo esto está relacionado?
    Quentin asintió sin vacilar.
    Nate dijo con acritud:
    – Bueno, esté relacionado o no, este asesinato no va a quedar sin resolver. -Miró su reloj-. Mierda. Es más de medianoche. Autoricé el levantamiento del cadáver cuando Sally y Ryan acabaron de inspeccionar el lugar del crimen; ya estará en el depósito. El doctor dijo que haría una inspección preliminar, pero quiero que la autopsia se haga en el laboratorio de criminología del estado.
    – Y apuesto a que tienen trabajo atrasado -dijo Quentin.
    – No será rápido -repuso Nate-, pero sí minucioso. Y eso es lo que quiero. Entre tanto, tenemos las pruebas forenses que haya encontrado mi equipo y un montón de preguntas, espero.
    – Sí -dijo Quentin-. Preguntas tenemos a montones.

    – Capitán, ¿se da usted cuenta de que tengo que levantarme dentro de unas horas? -La voz de la gobernanta era gélida.
    Nate no se arredró.
    – Una de sus camareras fue brutalmente asesinada no hace ni veinticuatro horas, señora Kincaid. Yo pensaba que querría usted contribuir en lo posible a descubrir a su asesino.
    Tan poco impresionada por el tono del capitán como éste por el suyo, la señora Kincaid replicó:
    – Por la mañana habrá tiempo de sobra para sus preguntas. Aquí nadie va a huir.
    – Aun así, estoy seguro de que no le importará responder a un par de cuestiones esta misma noche. -Nate dejó premeditadamente su libreta sobre la inmaculada tabla de la isleta del centro de la enorme cocina y fue pasando las hojas hasta encontrar las anotaciones que había hecho poco antes.
    De pie al otro lado de la isleta, la señora Kincaid cruzó los brazos sobre su amplio pecho y esperó. No había sugerido que fueran a otra habitación, ni había intentado que se acomodaran en aquélla.
    – ¿Y bien?
    Nate no permitió que le apremiara y se negó a admitir, siquiera para sí mismo, que, por alguna razón, la espaciosa y vacía cocina le parecía muy fría y un tanto siniestra, especialmente a aquellas horas de la noche. Comprobó sus notas y dijo a continuación:
    – Informó usted a la señorita Boyd de que creía que Ellie Weeks se traía algo entre manos, ¿no es así?
    – Sí.
    – ¿Qué era lo que sospechaba?
    – Yo no sé leer el pensamiento, capitán. Pero llevo el tiempo suficiente trabajando con chicas jóvenes como para saber cuándo están tramando algo, y Ellie estaba tramando algo.
    – Entonces, ¿la estaba usted vigilando?
    – La vigilaba de cerca, naturalmente.
    – ¿Hizo Ellie alguna cosa en particular que le hiciera sospechar que le ocurría algo?
    – La vi merodear por el despacho de la señorita Boyd. Y por su trabajo no tenía nada que hacer en esa zona.
    – Puede que simplemente pasara por allí de camino a otra parte del hotel.
    – Eso fue lo que ella me dijo.
    – ¿Y usted no la creyó?
    – Sé cuándo me mienten.
    Nate se preguntó si era así, pero no la interrogó al respecto.
    – ¿Qué más?
    – Para empezar, cada vez que podía se escabullía y salía al porche donde la gente sale a fumar.
    – ¿Y eso era sospechoso?
    – Ella no fumaba.
    – Entonces, ¿qué cree usted que hacía allí?
    – Seguramente llamar por el móvil. A las camareras no se les permite llevar esos chismes cuando están de servicio, pero algunas los llevan a escondidas. Para llamar a sus novios.
    – Eso parece bastante inofensivo -comentó Nate mientras anotaba que debía buscar ese teléfono móvil.
    – Ellie no tenía novio. -La señora Kincaid esbozó una fina sonrisa-. Aquí, por lo menos.
    – ¿Qué quiere decir?
    – Quiero decir que quizá fuera lo bastante estúpida como para liarse con alguno de nuestros huéspedes. Lo cual está prohibido, naturalmente. La habrían despedido en cuanto yo hubiera encontrado pruebas.
    – ¿Para eso la vigilaba? ¿Para encontrar pruebas?
    – Se habría traicionado tarde o temprano. Todas lo hacen.
    Nate arrugó el ceño.
    – ¿Han tenido antes problemas de ese tipo? ¿Camareras que se lían con clientes?
    – Bueno, los hombres son siempre hombres, ¿no le parece, capitán?
    Pensando en el doble rasero de siempre, Nate dijo:
    – Entonces, ¿por qué culpar a las camareras?
    – Porque no se las paga para que… entretengan a los huéspedes. El Refugio no es esa clase de sitio. -La señora Kincaid se envaró aún más-. Ya le he dicho cuándo fue la última vez que vi a Ellie y lo que le dije. Si tiene más preguntas, capitán, estoy segura de que podrá hacerlas por la mañana. Yo me voy a la cama.
    Nate no intentó detenerla. Se quedó mirándola un momento mientras ella se alejaba, paseó luego la mirada por la cocina impecable y escrupulosamente esterilizada, y por alguna razón que no acertó a explicarse sintió un escalofrío.
    Sin embargo, no pudo evitar preguntarse si el fantasma de una camarera asesinada no estaría intentando atraer su atención.
    – Bobadas -murmuró, pero lo hizo sin mucha energía. Sin ninguna energía en absoluto.

    – No era muy corpulenta, ¿verdad?
    Quentin se volvió un poco para ver mejor a Diana, sentada al otro lado del sofá. Estaba echada hacia delante, con los codos sobre las rodillas y la mirada fija en la cercana chimenea apagada.
    El salón estaba vacío, salvo por ellos dos, y aunque era casi la una de la mañana, ninguno había sugerido que dieran el día por terminado.
    – ¿Te refieres a Ellie?
    Diana asintió con un gesto, todavía sin mirarle.
    – No era nada corpulenta. Y no podía tener más de… ¿cuántos? ¿Veintidós? ¿Veintitrés años?
    – Más o menos.
    – No hablamos mucho de ella. Me refiero a que estaba allí tendida, muerta. Asesinada. A unos metros de nosotros. Y apenas hablamos de ella.
    – Todos estábamos pensando en ella. Ya lo sabes.
    – Supongo que sí.
    Quentin respiró hondo y dejó escapar el aire lentamente.
    – Sin cierto distanciamiento, los policías no podrían hacer su trabajo. Al menos, no por mucho tiempo.
    – Pero ¿cuál es mi excusa?
    – No es una excusa, Diana, es como son las cosas. La muerte está siempre a nuestro alrededor. Todos aprendemos a tratar con ella de la mejor manera posible, a veces simplemente momento a momento. Pero tú sabes mejor que nadie que no es un final. O, al menos, no un final absoluto.
    Ella volvió la cabeza y lo miró arrugando el ceño.
    – No lo había pensado… pero eso debería hacerme sentir de manera distinta respecto a la muerte, ¿no crees? El saber que hay una forma de existencia más allá de ella. La certeza de que… no dejamos simplemente de funcionar.
    – Quizá sientas de manera distinta algún día.
    – ¿Pero hoy no?
    Quentin vaciló.
    – Han pasado muchas cosas en muy poco tiempo. Seguramente ni siquiera has empezado a asimilarlo todo.
    – ¿Tú sí?
    La pregunta sorprendió a Quentin al principio; después, no tanto.
    – Quieres saber por qué no te he preguntado ningún detalle sobre Missy.
    – Has pasado tantos años pensando en ella… Trabajando para resolver su asesinato… Repasando los hechos una y otra vez… Ha sido una obsesión para ti.
    – Sí, lo ha sido.
    – Así que, sí, supongo que me sorprende que no me hayas preguntado más por ella.
    – ¿Qué podría preguntarte? ¿Si tenía el mismo aspecto? Sé que sí. ¿Si es feliz? Sé que no lo es. ¿Si me ayudará a resolver su asesinato? Estoy seguro de que no lo hará.
    – Dijo… que no me ayudaría saber quién la había matado. Que no te ayudaría a ti. No sé qué quería decir. Lo siento.
    – No importa.
    Diana movió la cabeza de un lado a otro.
    – Sí, sí que importa. Porque ahora tú estás aquí. Y Missy está aquí. No muy lejos, en cierto modo, estando yo aquí también. Casi tan cerca como para tocarla. Yo la toqué. Toqué su mano, y estaba… sorprendentemente caliente. Y luego abrí los ojos y era tu mano la que estaba tocando.
    Quentin no dijo nada. Sólo la miró.
    – Estamos conectados, ¿no es cierto? Los tres. Yo estoy unida a Missy por un lazo de sangre y tú estás unido a nosotras por lo que pasó hace veinticinco años.
    – Es un poco más complicado que eso -dijo él finalmente.
    – ¿Sí? ¿Por qué?
    – Porque nosotros estamos vivos y Missy está muerta.
    Diana le dio vueltas a aquello.
    – No lo entiendo.
    – Sé que no. Ésa es otra cosa que no has tenido tiempo, ni ánimos, para asimilar.
    Ella volvió a fruncir el ceño.
    – ¿Hay algo entre nosotros? ¿Entre tú y yo?
    – ¿Tú qué crees? No… ¿qué sientes?
    Una leve risa escapó de Diana.
    – Me siento… en carne viva. Abrumada. Tan pronto estoy aturdida como increíblemente consciente de todo lo que me rodea. Me siento muy asustada. Y ansiosa. Y confundida. Pero no en el tiempo gris. ¿No es extraño? En el tiempo gris, estoy tranquila y segura de mí misma. Es como ponerse unos vaqueros muy cómodos que hubiera llevado tanto tiempo que casi formaran parte de mí.
    Quentin asintió con la cabeza.
    – Eso ocurre cuando estás en sintonía, conectada con tus facultades. Cuando estás centrada, equilibrada. Completa.
    – ¿Y cuando estoy aquí? ¿En el mundo cotidiano de los vivos? ¿Por qué aquí no puedo centrarme? ¿Por qué no puedo ser equilibrada y completa?
    – Puedes serlo. Y lo serás. Pero hace falta tiempo, Diana. Ya podrías haber aprendido a hacerlo, pero con las drogas y las terapias te robaron ese tiempo. Tienes… muchas cosas en las que ponerte al día.
    – Conscientemente.
    Quentin asintió de nuevo.
    – Es obvio que tu subconsciente lleva años aprendiendo. Puede que toda tu vida. En sueños. Y durante esas pérdidas de conciencia.
    – Yo pensaba que cuando soñaba o perdía la conciencia estaba… fuera de control -murmuró ella, a medias para sí misma-. Pero entonces era cuando más me dominaba, ¿no es cierto?
    Quentin presintió un peligro en aquella pregunta, aunque no habría podido decir por qué.
    – Puede ser. Hasta cierto punto. Pero, con un don como el tuyo, ése no es tu estado natural, Diana.
    – ¿No lo es?
    – No, claro que no. Nosotros existimos en… el mundo cotidiano de los vivos. Física y emocionalmente, éste es nuestro lugar. El mundo que captamos cuando usamos nuestras facultades es un lugar al que vamos de visita, no el lugar donde habitamos.
    Ella le miró como si quisiera hacerle otra pregunta, pero dijo:
    – Supongo que tienes razón.
    Quentin se sintió de nuevo inquieto sin saber por qué. La vocecilla que a veces oía guardaba silencio y, sin embargo, tenía la sensación de que algo se había torcido, incluso de que algo iba mal.
    – ¿Estás bien? -preguntó.
    – Estoy cansada. -Ella sonrió levemente-. Ha sido… un día muy largo.
    – Sí. Mira, hasta que sepamos qué está pasando aquí, me sentiría mejor si no pasaras la noche en tu cabaña. ¿Por qué no te acuestas en mi cama y yo duermo en el sofá del cuarto de estar?
    Ella no protestó exactamente, pero dijo:
    – Nate tiene agentes patrullando por los terrenos del hotel.
    – Lo sé. Pero aun así.
    – Hay muchas habitaciones vacías aquí, en el edificio principal.
    Él repitió con firmeza:
    – Lo sé.
    Diana se quedó mirándole un momento. Después asintió con una inclinación de cabeza.
    – De acuerdo. Gracias.
    Hasta unos minutos después, cuando estaban en la suite de Quentin y se disponía a cerrar la puerta del dormitorio, no volvió sobre un tema que habían tocado poco antes.
    – Hay algo entre nosotros.
    En ese momento, había una puerta entre ellos. Una puerta que ella estaba a punto de cerrar.
    Quentin se quedó allí, mirándola, deseando decir más de lo que sabía que debía decir.
    Ahora no. Aún no. Diana había pasado por muchas cosas, y sus palabras revelaban que estaba demasiado confusa y desconcertada como para poder enfrentarse a algo más en ese momento.
    De modo que Quentin se limitó a decir:
    – Siempre ha habido algo entre nosotros, Diana. Intenta dormir un poco.
    Al principio, ella pareció dispuesta a cuestionar su respuesta, pero por fin asintió con un gesto y murmuró:
    – Buenas noches. -Y cerró la puerta.
    Diana no sabía si funcionaría. Pese al control que a veces lograba ejercer mientras se hallaba en el tiempo gris, el hecho era que, hasta donde ella sabía, nunca había iniciado por propia voluntad aquel… proceso. Siempre había sido llamada (convocada, en realidad) por uno o más guías. Arrastrada desde el sueño o hacia una de aquellas temibles pérdidas de conciencia, sin que nadie le pidiera siquiera permiso.
    O, como en el caso más reciente, arrastrada por aquella voz que oía en su cabeza y que ahora creía que probablemente había sido siempre la de Missy.
    Lo cual significaba que ignoraba cómo crear o abrir una puerta hacia aquel mundo por sus propios medios y sin que nadie la llamara.
    Pero tenía que intentarlo. Porque, entre los incontables acertijos y las dudas que le había deparado aquel día, una pregunta se destacaba del resto, torturándola.
    Tenía, al menos, que intentar encontrar la respuesta.
    Quentin no lo aprobaría, estaba segura de ello. Sabía, además, que su posible desaprobación era digna de tenerse en cuenta, por la simple razón de que él tenía, al menos a nivel consciente, mucha más experiencia que ella en asuntos parapsicológicos y muy probablemente sabía cuándo no debía propiciarse una experiencia paranormal.
    Por eso no le había dicho que iba a intentarlo.
    Se puso cómoda en la cama de Quentin, tumbándose sobre las mantas apartadas y apoyándose en una almohada. Después apagó todas las luces, excepto la lámpara de la mesilla de noche, para que la habitación permaneciera suavemente iluminada.
    Mientras cerraba los ojos e intentaba relajarse, tenía presente la insidiosa idea de que intentar aquello estando tan cerca en el tiempo y en el espacio de un brutal asesinato no era posiblemente lo más sensato que podía hacer.
    Pero eso tampoco la detuvo.
    Como no sabía qué otra cosa hacer, respiró acompasadamente, con calma, y se concentró en intentar relajar el cuerpo. En quedar inerme. Un músculo cada vez, miembro a miembro. Luego, cuando se sintió tan relajada como probablemente podía estar, intentó visualizar una puerta. Para su sorpresa, le fue muy fácil hacerlo, y enseguida la puerta se materializó ante el ojo de su mente como si estuviera justo frente a ella.
    Y vio con creciente inquietud que era verde.
    Vaciló, pero al final su necesidad de encontrar la respuesta a la pregunta que la torturaba fue más fuerte, incluso, que su instinto de conservación. Alargó el brazo y asió el pomo de la puerta. Le sorprendió el hecho de sentirlo como si fuera real, y lo hizo girar.
    Abrió la puerta y penetró a través de ella en el tiempo gris. Un largo corredor se extendía ante ella, frío y gris y prácticamente desprovisto de rasgos distintivos.
    Diana dudó de nuevo. Sujetando todavía la puerta abierta, se volvió a medias para mirar a través de ella. Vio, envuelta en un halo fantasmal, la habitación de Quentin, la lámpara sobre la mesilla de noche, que refulgía cálidamente, las mantas apartadas y las almohadas apiladas sobre la cama.
    La cama vacía.
    – Estoy aquí -se oyó murmurar con voz hueca, como le sucedía siempre en el tiempo gris-. Estoy aquí físicamente.
    No había contado con eso.
    – Esto no es buena idea.
    Sobresaltada, se volvió rápidamente hacia el corredor y el pomo de la puerta se deslizó de su mano. De pronto se halló frente a Becca, la niña que la había conducido a los establos.
    – Se supone que no debes estar aquí, todavía no -le dijo Becca.
    Diana miró hacia atrás y vio que la puerta verde se cerraba tras ella.
    – Mientras recuerde dónde está esta puerta, puedo volver -dijo.
    Becca meneó la cabeza.
    – Aquí las cosas no funcionan así. La puerta no estará en el mismo sitio. El sitio no estará en el mismo lugar.
    – No estoy de humor para acertijos, Becca.
    La niña exhaló un suspiro.
    – No es un acertijo, es como son las cosas. Lo recordarás, si piensas en ello. Tú hiciste la puerta, así que llévala contigo. Algo así.
    – Entonces, podré encontrarla si necesito irme deprisa, ¿no?
    – Eso espero.
    Diana intentó fingir ante sí misma que el leve temblor que sentía se debía únicamente al frío que hacía siempre en el tiempo gris y no a la evidente vacilación de la chiquilla.
    – ¿Dónde está Missy? -le preguntó a Becca.
    La niña ladeó la cabeza como si escuchara un sonido distante.
    – No deberías estar aquí, de veras, Diana. Matar a Ellie fue sólo el principio. Ahora ya sabe lo tuyo. Y te quiere.
    – ¿Por qué? -preguntó Diana con toda la firmeza de que fue capaz.
    – Porque estás descubriendo los secretos. Encontraste el esqueleto de Jeremy. Encontraste la trampilla y las cuevas. Descubriste la foto en la que salíais Missy y tú juntas.
    – Pero eso sólo son… piezas del rompecabezas.
    – Y ahora ya las tienes casi todas. Esta vez podrás ayudarnos a detenerlo. -Su certeza se tambaleó-. Creo.
    Aquello no tranquilizó mucho a Diana.
    – Mira, Becca, tengo que hablar con Missy.
    – Missy ya no está aquí.

Capítulo diecisiete

    Diana sintió un frío aún más profundo.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Quiero decir que no está aquí. Cuando abriste la puerta la última vez, cuando te cogió de la mano, Missy dejó el tiempo gris y regresó contigo.
    – ¿Por qué?
    – Porque tiene que hacer algo, supongo.
    Diana dijo lentamente:
    – No la vi. Cuando volví con Quentin, no la vi.
    – A veces no queremos que nos vean, ni siquiera los médiums. Además, supongo que estabas alterada. Como habías recordado lo de tu madre y esas cosas…
    – ¿Sabes eso?
    Becca asintió.
    – Aja. Missy me lo contó.
    – ¿Sabes…? -Diana aquietó el temblor de su voz-. ¿Sabes por qué nuestra madre quedó atrapada a este lado de la puerta?
    – Por eso has cruzado, ¿verdad? Y por eso has cruzado del todo, en carne y hueso. Porque significa mucho para ti. Porque tienes que saber qué le pasó a tu madre.
    – Contéstame, Becca. ¿Sabes qué le ocurrió? ¿Sabes dónde está?
    Becca dio media vuelta y echó a andar por el largo corredor.
    Diana la siguió de inmediato.
    – Becca…
    – No te alejes mucho de la puerta, Diana.
    Diana vaciló, miró hacia atrás. Pero la puerta verde todavía estaba allí. Siguió caminando tras la pequeña.
    – Llevo casi toda mi vida siguiéndoos -dijo, no sin un toque de amargura-. Siempre siguiéndoos, siempre haciendo lo que queréis que haga. Maldita sea, esta vez soy yo la que necesita algo. ¿Por qué no me ayudáis, para variar?
    – Te hemos estado ayudando desde el principio, Diana.
    – Sí, claro. Dejándome metida hasta la cintura en un lago, o haciéndome conducir el coche de mi padre por la autopista…
    – No fuimos nosotros.
    – ¿Qué quieres decir con que no fuisteis vosotros? Yo perdía la conciencia y…
    – Los fármacos eran demasiado fuertes. Te llevaban de vuelta antes de tiempo.
    Diana encontró aquello poco tranquilizador.
    – Entonces, supongo que el hecho de que cuando volvía de la mayoría de esos trances estuviera a salvo en casa no significa que estuviera allí todo el tiempo.
    – Bueno, ha sido muy útil para nosotros tener a alguien que pudiera cruzar en carne y hueso -contestó Becca-. La mayoría de los médiums apenas pueden vernos o hablar con nosotros, y mucho menos caminar a nuestro lado.
    – ¿Adónde vamos, por cierto? -dijo Diana. Pero apenas habían salido esas palabras de su boca cuando se detuvo, momentáneamente desorientada porque Becca y ella ya no estaban en el largo corredor. Se hallaban en el jardín, frente al invernadero.
    Seguían aún en el tiempo gris, lo cual significaba que el jardín estaba tan inmóvil como una fotografía y que, pese al alumbrado paisajístico, se veía borroso, incoloro y unidimensional.
    Becca, que también se había detenido, se volvió para mirarla.
    – Ya que estás aquí, tenemos que arriesgarnos. Hay algo que debes ver.
    – Oh, dios, otra vez no. -Diana la miró con el ceño fruncido-. Ya te he dicho que esta vez soy yo quien tiene una pregunta.
    – Entonces quizás él pueda contestarla.
    – ¿Él? ¿Quién?
    Becca señaló con la cabeza hacia el invernadero.
    – Ahí dentro.
    Diana habría protestado de nuevo, pero en un abrir y cerrar de ojos su pequeña guía desapareció, y se halló sola.
    – Maldita sea. -No le quedaba más remedio que entrar en el invernadero.
    Por alguna razón, no le extrañó comprobar que el taller de pintura había dejado pruebas de su existencia a aquel lado de la puerta.
    Allí estaban los cuadros, apoyados en sus caballetes. Pero parecía haber un sinfín de ellos, un bosque entero. Diana deambuló despacio entre los caballetes, mirándolos uno a uno, y sintió que su cuero cabelludo se erizaba y cosquilleaba desagradablemente.
    Aquellos no eran los cuadros que recordaba del taller. En los cuadros del taller había violencia, imágenes surgidas de mentes atormentadas, pero… no así.
    Uno tras otro, aquellos cuadros representaban un terror abyecto. Rostros contraídos en muecas horripilantes. Cuerpos retorcidos en poses violentas. Explosiones devastadoras. Armas que desgarraban la carne. Enfermedad, hambre, tortura.
    Y también representaciones simbólicas y literales del miedo. La oscuridad hendida por el estallido de los relámpagos. Arañas. Serpientes. Callejones horrendos. Carreteras rurales solitarias y abandonadas. Una ventana rota. Una mosca atrapada en una telaraña.
    Diana se detuvo al fin frente a un cuadro cuya imagen le resultaba aterradoramente familiar. Un espacio oscurísimo, pequeño, sin aire, un armario quizá.
    Y, al fondo, abrazándose con fuerza las piernas flexionadas, una niña pequeña con el pelo largo y oscuro y la cara manchada de lágrimas.
    – Es asombroso lo fácil que es identificarla, ¿verdad? Una figura diminuta en ese rincón pequeño y oscuro. Podría ser cualquiera. Pero sólo puede ser Missy.
    Diana se hizo rápidamente a un lado para ver más allá del cuadro.
    – ¿Tú? ¿Qué demonios haces tú aquí?
    – Te estaba esperando -respondió Beau.

    Nate sabía que debía irse a casa, meterse en la cama y empezar desde cero al día siguiente, no muy temprano, pero sabía también que estaba tan inquieto que no podría pegar ojo. Había papeleo esperándole en comisaría, pero aquello le atraía aún menos, y apenas se sorprendió cuando se halló pasando como si tal cosa frente a la puerta entornada del despacho de Stephanie.
    Stephanie estaba sentada a su mesa, mirando con el ceño fruncido un montón de papeles esparcidos sobre el cartapacio y cuyo desorden le extrañó en ella.
    – Trabajas hasta tarde -dijo él desde la puerta.
    Ella alzó los ojos, sobresaltada, pero enseguida sonrió.
    – No es trabajo, exactamente. O, por lo menos, no es trabajo por el que me paguen. Quería seguir revisando esos archivos viejos, por si encontraba algo útil.
    – Podía haber entrado cualquiera, ¿sabes? -le dijo él, abriendo del todo la puerta-. Sorprenderte de improviso… -Se interrumpió, casi avergonzado, porque la puerta chirrió con estridencia al abrirse.
    Stephanie sonrió y, apartando un fajo de papeles, dejó al descubierto una reluciente pistola automática del calibre 45.
    – Soy rápida, sobre todo si me sube la adrenalina. Si no hubiera reconocido enseguida tu voz, te habrías topado con el cañón de la pistola antes de poder acercarte a la mesa.
    Nate se sentó en la silla que había al otro lado de la mesa.
    – Da igual que seas rápida. ¿Tienes buena puntería?
    – Sí. Y también tengo licencia. Licencia para llevar armas, más concretamente. -Añadió, muy seria-: Nuestra seguridad nocturna es muy buena, creo, sobre todo ahora que tus hombres también están patrullando, pero habiendo un asesino suelto no pienso arriesgarme. Soy hija de militar, ¿recuerdas?
    – Sí, lo recuerdo. Y eso hace que me preocupe un poco menos porque estés trabajando aquí tan tarde. Pero sólo un poco. -Hizo una pausa-. ¿Te das cuenta de que ese asesino es posiblemente alguien a quien conoces? ¿O que, al menos, te sonará su cara?
    – Se me ha pasado por la cabeza, sí. En un sitio como El Refugio, todo revestido de grandeza victoriana, sería fácil imaginar que sólo un maníaco que pasara por aquí podía manchar nuestro buen nombre con algo de tan mal gusto como el asesinato.
    Él la miró levantando una ceja.
    Descendiendo a la normalidad, Stephanie agregó:
    – Sí no fuera porque este sitio nunca ha sido impecable, ¿no?
    – No, según Quentin.
    – Y según los archivos que he consultado hasta ahora. ¿Sabías que la primera muerte registrada en estos terrenos tuvo lugar mientras se estaba construyendo el hotel?
    – Sí, uno de mis hombres encontró una mención en un archivo histórico. Pero no es tan raro en una obra, sobre todo hace más de cien años.
    – Sí. Pero ese tipo no se cayó de un andamio, ni murió aplastado por una piedra que se desplomara, ni nada parecido. El médico del pueblo de aquel entonces afirmó por escrito que la víctima había muerto de miedo.
    – ¿De miedo? ¿A qué?
    – Nadie pudo decirlo. Llegaron al trabajo una mañana temprano y allí estaba, tumbado junto a la caseta del capataz. Sin cortes, ni hematomas. La construcción del hotel estaba tan poco avanzada que ni siquiera había guarda, aunque en aquellos tiempos no hacía mucha falta. El caso es que nadie vio nada.
    – Muerto de miedo. ¿De un ataque al corazón? -sugirió Nate.
    – El médico afirmó que se le paró el corazón… pero que su corazón no estaba enfermo, no estaba dilatado, ni ninguna de las cosas que en aquellos tiempos se consideraban síntomas de enfermedad. Y, al parecer, el hombre parecía aterrado. Su cara estaba paralizada en una mueca de terror absoluto.
    Nate se quedó callado, con el ceño fruncido.
    – Eso no es todo -prosiguió Stephanie-. Media docena de hombres más murieron durante la construcción de El Refugio y sus establos. Y todas las muertes fueron… un poco extrañas. Hombres con un equilibrio perfecto que se caían. Hombres muy hábiles que sufrían accidentes manejando alguna herramienta. Hombres sanos que de pronto enfermaban gravemente.
    – ¿Y después de que acabaran las obras?
    – Bueno, después los archivos se vuelven un poco oscuros. -Se encogió de hombros y también ella arrugó un poco el ceño-. Sé lo suficiente sobre cómo llevar un archivo para estar segura de que las anotaciones que he encontrado hasta ahora respecto a enfermedades, desapariciones y muertes sucedidas aquí se hicieron con el mínimo detalle, casi con descuido.
    – ¿Qué estás diciendo?
    – Digo que desde el principio se restó importancia a cualquier mala noticia que tuviera que ver con El Refugio, especialmente si se trataba de una muerte sucedida en sus terrenos.
    – ¿Y no es lo que cabe esperar, tratándose de un hotel?
    – Hasta cierto punto, sí. Pero un hotel normal, si se enfrentara a la desaparición, muerte o incluso asesinato de alguno de sus huéspedes, tendría papeles a montones. Atestados policiales, informes de seguridad, declaraciones médicas… Cualquier tipo de documento que hiciera falta para eximir al hotel y a sus empleados de toda responsabilidad.
    – Y El Refugio no los tiene.
    – Eso te decía. Si quieres saber mi opinión, alguien, desde muy pronto, decidió cómo había que encarar las malas noticias. Y ya fuera porque se convirtió en costumbre o en una norma férrea, así es cómo se hizo desde entonces.
    – Sin papeleo.
    – Sin papeleo y mencionando únicamente el hecho desnudo. Nombre, fecha, no mucho más. Normalmente, sepultado entre las anotaciones del funcionamiento cotidiano del hotel.
    Nate apoyó el antebrazo sobre la mesa y comenzó a tamborilear distraídamente con los dedos.
    – Sé de cuántas muertes y desapariciones estamos hablando en los últimos veinticinco años gracias a la obsesión de Quentin. Pero ¿y antes? ¿Cuántas hubo?
    – Bueno, pasarán semanas antes de que pueda decírtelo. Apenas he llegado a 1925.
    – Está bien. ¿Cuántas hubo hasta 1925?
    Stephanie respiró hondo.
    – Incluyendo las que hubo durante las obras, he contado más de una docena de muertes en los terrenos de El Refugio hasta 1925.
    Transcurrió un minuto, pero Nate dijo por fin:
    – De ésas, ¿cuántas fueron sospechosas?
    – ¿En mi opinión? Todas, Nate. Todas.

    – ¿Estás muerto? -preguntó Diana con incredulidad.
    Beau sonrió.
    – No.
    Ella dio un paso hacia delante, insegura.
    – ¿Eres un médium?
    – No.
    Diana miró los caballetes grises que había a su alrededor, con sus lienzos grises embadurnados y pintados a pincel con diversos tonos de gris. Miró las plantas grises que había aquí y allá en el invernadero, bajó la mirada hacia su propia persona, teñida de gris, y la alzó luego hacia él. También era gris. Todo era gris.
    – Entonces, repito, ¿qué diablos haces aquí?
    – Ya te lo he dicho. Te estaba esperando.
    – Beau, ¿sabes dónde estamos?
    – Creo que tú lo llamas el tiempo gris.
    – ¿Cómo lo llamas tú?
    El miró a su alrededor, como con tibia curiosidad, y contestó:
    – Tu nombre le va bien. Es un lugar interesante. O… un tiempo interesante.
    – Sólo los muertos andan por aquí.
    – Tú estás aquí.
    – Yo soy una médium. -Se interrumpió, sorprendida, y Beau sonrió de nuevo.
    – ¿Es la primera vez que lo dices?
    – Creo que sí. La primera vez que lo digo en serio, por lo menos.
    – Cada vez te será más fácil -le dijo él-. No es tan extraño. Incluso es muy normal, pasado un tiempo.
    Diana meneó la cabeza.
    – Eso da igual. No entiendo cómo es que estás aquí.
    – Es un don que tengo. Mi hermana dice que estoy… muy conectado con el universo.
    – ¿Se supone que eso es una explicación?
    – Seguramente no. No importa cómo estoy aquí, Diana. Lo que importa es que veas lo que tengo que enseñarte y escuches lo que tengo que decirte.
    – Hablas como un guía -masculló ella.
    – Perdona. -Beau se volvió, le hizo señas de que le siguiera y la condujo hasta el rincón del fondo, donde estaba montado su caballete.
    El caballete de Diana. Su cuaderno de dibujo. Su dibujo de Missy, allí expuesto, a pesar de que ella sabía que seguía en su bolso, en la cabaña. Pero lo que resultaba más sorprendente aún era que había sobre el dibujo una mancha de brillante color escarlata, una mancha que refulgía, húmeda, y que, de hecho, goteaba todavía sobre los trapos que había bajo el caballete.
    Una mancha escarlata. No gris.
    Como el verde de la puerta, aquél era un color que ella podía ver.
    – ¿Por qué? -preguntó, segura por alguna razón de que no tenía que explicar su pregunta.
    – Un indicador -respondió él-. En el tiempo gris también los hay. Cosas a las que hay que prestar atención. Cosas que recordar para encontrar el camino. Sólo que aquí destacan un poco más.
    Diana pensó en aquello.
    – Lo de la puerta verde lo entiendo. Es el camino de vuelta. La salida. Pero ¿y esto?
    Beau dio un paso atrás y le indicó que se acercara más al caballete.
    Diana obedeció y miró el dibujo, que parecía, ciertamente, el mismo que había hecho. Observó la mancha escarlata que cruzaba la delicada figura de Missy. La mancha escarlata que parecía… sangrar por el borde del papel. Casi como si…
    Dio otro paso y se inclinó ligeramente hacia delante para mirar más de cerca el color que emborronaba el dibujo. No era fácil de ver, porque la mancha (¿pintura? ¿sangre?) se había corrido, distorsionando la forma de las… ¿letras?
    – No estaba claro al principio -dijo Beau a su espalda-. Parecía simplemente una mancha de color. Luego, poco a poco, empezaron a aparecer las letras. Fue entonces cuando comprendí que tenías que ver esto.
    Ella dijo distraídamente:
    – ¿Por qué no me lo has enseñado al otro lado de la puerta, fuera del tiempo gris? Allí también está, ¿no?
    – Sí, está allí. Pero es sólo una mancha de color, sin letras. Alguien me sugirió que echara un vistazo aquí, en el tiempo gris, para ver qué había en realidad.
    – ¿Alguien?
    – Bishop.
    Diana no se sorprendió.
    – Debí imaginar que formabas parte del equipo. Bishop esperaba que vieras alguna advertencia, ¿verdad?
    – Creo que sí. Y dijo que tú tenías que verlo. También dijo que sería esta noche, lo cual me sorprendió. Después del día que has pasado, no creía que lo intentaras tan pronto.
    Diana se incorporó con un suspiro.
    – Supongo que no te dio instrucciones para mí.
    – No. No suele hacerlo en casos como éste.
    – Lo que es realmente asombroso es que haya casos como éste. Todo este tiempo he pensado que estaba sola.
    – No lo estás.
    – Sí. Ya lo veo. Sólo espero que no sea demasiado tarde.
    – Si te sirve de algo -contestó Beau-, mi ventana hacia el universo me dice que Quentin es tu as en la manga.
    – Eso también lo voy entendiendo. -Ella respiró hondo-. Pero no va a gustarle lo que tengo que hacer ahora.
    – ¿Sabes qué tienes que hacer?
    Diana asintió con una inclinación de cabeza.
    – Ahora sí. Viendo esto… recuerdo todas las pesadillas. Todos los mensajes que Missy ha intentado mandarme desde que llegué aquí. Incluso antes de que llegara aquí. Se ha estado preparando para esto todo este tiempo. Sabía que yo vendría. Sabía que Quentin también estaría aquí. Ha sido… muy paciente.
    – Algunas cosas tienen que suceder como suceden. A su debido tiempo.
    – Tiene gracia que eso lo aprenda en un lugar sin tiempo.
    – Con tal de que lo aprendas.
    Con un suspiro, Diana dijo:
    – ¿Te ha dicho alguien alguna vez que hablas como una galleta de la suerte?
    – Me suena de algo.
    – No me sorprende. Y supongo que no podrás contestar a la única pregunta cuya respuesta he venido aquí a buscar.
    – Lo siento.
    – ¿Eso también llegará a su debido tiempo?
    – Sí. Hasta entonces, tienes otras cosas de qué preocuparte, Diana. Ya llevas aquí demasiado tiempo.
    – Lo sé. -El frío se le había metido en los huesos y se sentía yerta, casi inerme. Incluso sus pensamientos empezaban a zozobrar.
    – Vuelve. Ahora mismo.
    Diana miró a su alrededor, frunció el ceño y dijo:
    – Estoy muy lejos de la puerta.
    – Diana…
    – Muy lejos. Y creo…
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    – Creo que eso me está buscando.

    Beau despertó con la brusquedad de quien emerge de una pesadilla, lo cual estaba muy cerca de ser cierto. Tenía que actuar rápidamente, y sin embargo sentía el cuerpo rígido y frío y, al levantarse de la cama y echar a andar hacia la puerta, cobró de pronto conciencia de que apreciaba más intensamente el mundo colorido y tridimensional que le rodeaba.
    Era absurdo que un artista necesitara un recordatorio como aquél, pero, ciertamente, una visita al tiempo gris le había curado de cualquier tendencia a dar por descontado aquel mundo cálido y vivo.
    Incluso su habitación, la habitación Jacinto, que al llegar a El Refugio le había parecido un poco demasiado recargada para su gusto, le pareció grata y confortable mientras la atravesaba, más o menos renqueando, hacia la puerta.
    Dios, se sentía como si hubiera escalado una montaña. Con un Volvo cargado a la espalda. El corazón le latía a toda prisa, las piernas le temblaban, estaba débil como un gatito. En treinta y tantos años de experiencias extrasensoriales, algunas de ellas verdaderamente horrendas, nunca había emergido de una tan extenuado.
    Se preguntaba si Quentin tenía idea de lo fuerte que era Diana en realidad.
    Tenía que atravesar un largo pasillo y subir un tramo de escaleras para llegar a la habitación de Quentin, y cuando alcanzó la puerta tenía la impresión de empezar apenas a moverse normalmente. Pero seguía teniendo frío. Estaba helado hasta los huesos.
    Se apoyó con una mano en la jamba de la puerta y pensó que «normalmente» era quizás una exageración. Antes de que pudiera llamar a la puerta, ésta se abrió de golpe y Quentin apareció frente a él. Estaba completamente vestido, despierto y tenso, y le habló como si la conversación entre ellos hubiera empezado ya.
    – Está en el tiempo gris.
    – Sí. Y no estoy seguro de que pueda encontrar la salida sola.
    – Dios mío. ¿Por qué demonios no…?
    – No pude hacer nada. Yo estaba como sonámbulo, no estaba allí en carne y hueso. Y, definitivamente, ésos son sus dominios, no los míos.
    Quentin ni siquiera cuestionó aquello.
    – ¿Dónde estaba? Respecto a nuestro lado, quiero decir.
    – En el invernadero. Pero no sé si seguirá allí. Si sus instintos son buenos, estará buscando un sitio donde esconderse. Eso que está matando aquí, sea lo que sea… creo que va tras ella.
    – Sabía que no debía dejarla sola. Maldita sea, no puede luchar contra esto ella sola.
    – No creo que supiera siquiera que ocurriría esta noche; fue simplemente en busca de la respuesta a una pregunta. Pero ha pasado demasiado tiempo en el tiempo gris, sobre todo aquí, en el hotel, y eso la ha debilitado. Créeme, lo sé. -Todavía tenía una mano apoyada contra la jamba de la puerta para sostenerse.
    Quentin pareció reparar por fin en la apariencia del pintor.
    – No tienes buen aspecto.
    – Me repondré. Ve a buscar a Diana. Tu amigo el policía está todavía aquí. Iré a decirle que despierte a sus hombres.
    – ¿Y de qué servirá? Ni siquiera estoy seguro de si podré verla esta vez… No la vi marcharse, eso seguro, y he estado levantado y completamente despierto.
    – Ellie Weeks, como todas las demás víctimas, murió a manos de un asesino de carne y hueso. Sea lo que sea lo que maneja los hilos desde el otro lado, ese asesino está de nuestro lado de la puerta… y, si va tras Diana, tiene que ser visible.
    Quentin se quedó mirándole un momento; después volvió a entrar en su habitación para coger su pistola. Se la guardó bajo la cinturilla de los vaqueros, a la espalda, y dijo:
    – Y va tras Diana porque sólo la mente de una médium poderosa puede ofrecerle algo que nunca antes había tenido.
    Beau asintió con la cabeza.
    – Una salida permanente, un medio de vivir otra vez en carne y hueso. Y Diana lo sabe, gracias a una advertencia de Missy.

    Después de esforzarse tanto, de luchar por salir de la neblina de los fármacos y de debatirse luego para asumir lo que era capaz de hacer, esconderse era lo último que Diana hubiera querido hacer. Pero…
    «Tienes que esconderte. No dejes que te encuentre. Aún no.»
    Había un plan y Diana lo entendía, aunque fuera solamente en sus líneas maestras. Lo que entendía aún mejor, sin embargo, era que en ese instante y a ese lado de la puerta, no tenía fuerza suficiente para resistir sola. Aquélla sería una batalla perdida.
    «Escóndete.»
    Era casi como el palpito de su propio corazón, aquella voz en su cabeza, tan familiar como sus pensamientos. Y sin embargo separada, claramente aparte. Algo que había oído, que había escuchado, toda su vida.
    O que había intentado escuchar, a través de la bruma de la medicación.
    – Papá tiene mucho por lo que responder -masculló mientras salía a trompicones del invernadero y se dirigía al edificio principal.
    «Hizo lo que consideró que era lo mejor.»
    – Tenía miedo. Eso lo sé.
    «Intentaba salvarte la vida. Me había perdido a mí. Y a mamá. No podía perderte a ti también.»
    – Había un modo mejor de hacerlo.
    «Eso él no lo sabía. Creía que no saber nada de mí sería para ti menos doloroso que saber que había vivido y que me habían secuestrado… y asesinado.»
    – Así que vino aquí y compró una tapadera, ¿verdad? Y luego me mantuvo medicada para que no recordara, para que no supiera de mis facultades, y mucho menos pudiera controlarlas conscientemente.
    «No fue tan premeditado. Los médicos y los fármacos. Nunca entendió qué le pasó a mamá, pero tenía miedo de que a ti te sucediera lo mismo. Hizo lo que pudo por impedir que eso pasara, Diana.»
    – Si tú lo dices. -Diana vaciló, arrimándose a los matorrales que disimulaban a medias una de las entradas de servicio-. ¿Adónde voy ahora? Maldita sea, nunca hay un guía por aquí cuando lo necesito. -Cruzó los brazos sobre los pechos y se estremeció. Tenía frío. Cada vez más frío.
    «Tú sabes por qué.»
    – Sí. Tu plan. ¿Por qué no lo intentaste antes?
    «No podía. No viví lo bastante como para hacerme tan fuerte.»
    – ¿Y yo sí?
    «Sí. Hará falta tu fuerza. Y la de los otros. La de los que están preparados para actuar.»
    – ¿Han estado esperándome todo este tiempo?
    «Sí. Esperando una oportunidad. Una ocasión de detener eso.»
    – Siempre hablas como si fuera una cosa. Todos lo hacéis. Pero Samuel Barton fue un hombre en otro tiempo.
    «Nunca fue un hombre, realmente. Siempre fue un demonio. Y, cuando mataron su cuerpo, liberaron su maldad. La ayudaron a hacerse aún más fuerte.»
    – Entonces, podía poseer a cualquiera que no fuera lo bastante fuerte como para repelerlo.
    «Sí, a veces. Pero, si no eran lo bastante fuertes como para repelerlo, tampoco eran lo bastante fuertes como para albergarlo por mucho tiempo. Se… quemaban. Y eso volvía a convertirse en energía, en una energía que crecía, buscando otro huésped. Un huésped más permanente.»
    – Yo.
    «Una vez descubriste lo que eras capaz de hacer, una vez empezaste a recordar y a cobrar conciencia, sólo era cuestión de tiempo que eso sintiera tu fuerza. Tus capacidades. Pero sucedió mucho más deprisa de lo que esperábamos. Lo siento, Diana.»
    – Puede que sea mejor así -dijo ella, a medias para sí misma-. Casi no he tenido tiempo para pensar. Si no, seguramente todo esto me conduciría otra vez a un hospital psiquiátrico.
    «No, eso no volverá a pasar. Ahora eres demasiado fuerte.»
    – Espero que tengas razón. -Diana miró de nuevo a su alrededor; luego se escabulló entre los matorrales y usó la entrada de servicio. A pesar de que la luz parpadeante de un panel de control indicaba la existencia de un sistema de alarma, se limitó a girar el tirador y a abrir la puerta.
    Los aparatos electrónicos no funcionaban en el tiempo gris. O quizá simplemente no existían. Diana nunca había sabido si era una u otra cosa.
    Ta-tan.
    – Mierda -musitó.
    «Diana…»
    Se dio cuenta de que se había arrimado a la pared helada, justo al otro lado de la puerta, con las palmas pegadas a las caderas. Comprendió que sus piernas estaban a punto de flaquear, que estaba a punto de deslizarse por la pared y de acabar acurrucada en el suelo, indefensa.
    Inutilizada.
    «¡Diana! No dejes que te asuste. Así es como nos atrapa. Así es como vence.»
    – Puedo crear una puerta -susurró ella-. Puedo traer la puerta a mí. Puedo…
    «No. No puedes abrir una puerta. Aquí no. Sola no.»
    Ella respiró hondo, luchó por mantenerse erguida, intentando que su cuerpo recuperara las fuerzas. Nunca había hecho nada tan arduo, y no estaba segura de conseguirlo, pero lo intentó lo mejor que pudo.
    – ¿Dónde está?
    «Cerca. Pero tienes un lugar seguro. La puerta verde, Diana. Encuentra la puerta verde.»
    – Antes hice una.
    «Tienes que encontrar la que existe a ambos lados. En ambos mundos. Encuentra esa puerta verde, Diana.»
    – ¿Por qué no estás aquí para guiarme?
    «Porque hay algo que tengo que hacer en este lado. Pero te ayudaré. Sigue adelante.»
    El plan. Apartándose de la pared helada, Diana echó a andar por lo que parecía un corredor interminable e indistinto, en busca de una puerta verde.

Capítulo dieciocho

    Quentin no esperaba encontrarla en el invernadero, pero miró allí primero, sólo por asegurarse. Diana no estaba, allí había únicamente una docena de caballetes con cuadernos de dibujo y lienzos. Quentin se quedó en la puerta y contempló los jardines iluminados por las luces de emergencia, intentando aquietar su mente y concentrar sus sentidos, intentando llegar hasta Diana. Ver más allá de lo que podía ver. Oír más de lo que podía oír. Tocar lo que estaba más allá de su alcance.
    Lo único que sentía era su corazón palpitante.
    «¿Hay algo entre nosotros? ¿Entre tú y yo?»
    Debería haberle contestado. Debería haberle dicho la verdad, toda la verdad. Tenía la dolorosa sensación de que ello habría cambiado las cosas.
    – Quentin, ¿qué demonios está pasando?
    Era Nate, con Stephanie a su lado; ambos iban armados y parecían preocupados, y Quentin cobró conciencia con un vago sobresalto de que se habían acercado sin que se diera cuenta.
    ¿Dónde estaba su sentido de arácnido? ¿Por qué no sentía a Diana?
    – Diana ha desaparecido -dijo, ofreciéndoles una versión abreviada y razonable de lo sucedido.
    – Mierda -dijo Nate, y retrocedió para salir mientras echaba mano de su radio.
    – ¿Habrá salido? -preguntó Stephanie-. ¿Tan tarde?
    Otra pregunta que Quentin no se entretuvo en responder con la verdad. Asaltado por un recuerdo, dijo rápidamente:
    – Stephanie, ¿hay alguna puerta verde en El Refugio?
    – ¿Una puerta verde? No… Espera. -Arrugó el entrecejo-. Sí, hay una. Recuerdo una anotación sobre ella en mi archivo, algo acerca de que esa puerta se había dejado con su color original porque era prácticamente la única estructura de madera que había sobrevivido al incendio.
    – ¿El incendio del ala norte?
    – Sí. Al parecer, uno de los dueños era supersticioso al respecto.
    El la miró fijamente.
    – Mi habitación está en esa ala. No recuerdo haber visto nunca una puerta verde.
    – Bueno, no tienes por qué haberla visto. Está al final de un pasillo que hace una esquina un poco rara, y ahora son todo zonas de servicio. Lo son desde que se reconstruyó el ala. Almacenes de ropa blanca, un cuarto de herramientas, un armario de suministros… No hay ventana al final de ese pasillo, y está al otro lado de las escaleras, así que no hay nada que le atraiga a uno en esa dirección.
    – ¿Y es la única puerta verde del edificio?
    – Que yo sepa, sí. -Ella lo miraba con el ceño fruncido.
    Quentin no se sorprendió. Pensó que probablemente parecía un poco desquiciado. O muy desquiciado.
    – ¿Dónde está? -preguntó-. ¿Cómo llego hasta allí?
    – Está… en el ala norte, en la tercera planta. Gira a la izquierda al llegar a lo alto de la escalera central y luego sigue recto hasta el final.
    Dios, estaba más cerca de la puerta cuando se había dado cuenta de que Diana había desaparecido. No esperó a ver si los demás le acompañaban. Echó a correr. Le pareció oír que Nate le gritaba algo, algo acerca de que uno de sus hombres había informado de que Cullen Ruppe había sido agredido, pero todas sus energías estaban concentradas en encontrar a Diana.
    Y fue cuando estaba en medio de las escaleras tenuemente iluminadas que la primera visión auténtica que había tenido en su vida casi le hizo caer de rodillas.
    Por primera vez, vio el futuro.

    Diana pensó que aquello iba a requerir más fuerzas de las que tenía, pero de algún modo logró seguir las indicaciones de Missy. Girar. Tomar las escaleras. Subir otra planta. Girar otra vez.
    Tenía cada vez más frío, tanto que se preguntaba por qué su hálito no nublaba el aire delante de ella. Pero eso era otra cosa que nunca sucedía en el tiempo gris.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    Intento moverse más deprisa, pero le dolían las piernas y le costaba poner un pie delante del otro. Y luego estaba aquel cosquilleo extraño y hueco que parecía haber dentro de ella. No estaba segura de si era su propio corazón, palpitando, o aquel otro sonido más primitivo.
    «Escúchame, Diana. La puerta verde está justo delante. Al otro lado de esa esquina. Quiero que la abras. Pero no la cruces.»
    – ¿Qué?
    «Quentin viene hacia aquí. Él será tu salvavidas.»
    – Yo nunca he necesitado un salvavidas.
    «Esta vez lo necesitarás. Y puedes confiar en él. No te dejará ir, lo sabes, ¿verdad, Diana?»
    – Porque tú le importabas mucho -dijo Diana.
    «No. Yo soy su pasado. Tú eres su futuro. Por eso no te dejará ir.»
    Diana no sabía si creer aquello, pero no lo puso en duda porque por fin había alcanzado el final del largo corredor y veía el extraño recodo del fondo. El corto pasillo que acababa en una puerta verde.
    Ta-tan.
    Ta-tan.
    Recorrió más aprisa los últimos metros y asió el pomo anticuado de la puerta.
    – Si abro esto…
    «Abres dos puertas. En ambos mundos. No sueltes el pomo, Diana. No lo sueltes hasta que haya acabado.»
    – Pero…
    «Tiéndele la mano a Quentin. Y abre la puerta.»
    Diana giró el pomo y al mismo tiempo alargó hacia atrás la mano libre. Y extendió el brazo con algo más que su carne, con algo más que su voluntad.
    Casi inmediatamente hubo un destello brillante y por un instante el tiempo gris se desvaneció. La puerta fue de un verde más vivo y el papel con estampados en relieve de las paredes del corto pasillo mostró sus ricos colores Victorianos.
    Luego hubo otro destello y esta vez Diana sintió el calor y la fuerza de la mano de Quentin agarrando la suya. Otro destello y ella volvió la cabeza, vio a Quentin allí.
    Y…
    Había vuelto. Con una mano sujetaba el pomo de una puerta verde entreabierta. Con la otra sujetaba la mano de Quentin.
    – Diana…
    ¡Ta-tan!
    ¡Ta-tan!
    Ella sintió una ráfaga de aquel hedor enervantemente familiar y, antes de que pudiera advertir a Quentin, ambos oyeron los pesados pasos de unos pies sorprendentemente veloces que se precipitaban hacia ellos.
    «No toques el recipiente, Diana.»
    Ella le susurró a Quentin:
    – No…
    – Lo sé -murmuró él, a su vez. Le apretó los dedos y, al igual que Diana, pegó la espalda a la pared, dejando el pasillo lo más despejado posible mientras ambos miraban la esquina.
    Ella ya había empezado a hablar cuando la dobló.
    – Ahí estás. Te he buscado por todas partes. A estas horas deberías estar en la cama. Ahí es donde esperaba encontrarte.
    No era necesaria la rara luz de sus ojos ni su sonrisa extrañamente afable para comprender que aquella criatura con la apariencia de la señora Kincaid no estaba en su sano juicio.
    Bastaba con ver el cuchillo de carnicero ensangrentado que llevaba en la mano.
    – Se lo dije a Cullen -prosiguió, parada en el corto pasillo, junto a ellos-. Le dije que no permitiría que me detuviera. Que no dejaría que nadie me detuviera. Él lo intentó, claro, como intentó advertir a Ellie. No debió hacerlo. Me puso furioso.
    – Tú mataste a Ellie -dijo Quentin.
    – Oh, eso fue sólo por hacerle un favor a la señora Kincaid. -Se echó a reír-. Estaba enfadada porque creía que la chica había permitido que un cliente la dejara preñada. Y eso no se puede consentir, ¿no es verdad? Iba a causar problemas. Así que me encargué de ello.
    – ¿Cómo has intentado encargarte de Cullen? -preguntó Diana.
    – Le dije que debería haberse mantenido al margen. Que no tenía por qué volver aquí. Tiene suerte de que no me ocupara de él hace años, cuando descubrió lo que estaba pasando. Pero ¿quién iba a creerle? ¿La policía? Claro que no. Eso hizo que sospecharan de él. Así que se largó.
    – ¿Por qué volvió? -preguntó Quentin.
    – Dice que se lo dijo una vocecilla en su cabeza. Que le dijo que habría alguien aquí que podía detenerme. Y que él podía echar una mano. Tiene gracia, ¿eh? Os está ayudando desangrándose.
    Quentin dijo:
    – Eres… La señora Kincaid es una médium. Por eso has podido servirte de ella más de una vez.
    Sujetando todavía el cuchillo con una lasitud que no era tal, ella (o ello) miró a Quentin y sonrió.
    – Pues sí. Siempre lo ha sido. Pero sin adiestrar, y no muy poderosa. Sin embargo, era fácil meterse dentro de ella. Era fácil usarla. Nunca podía quedarme mucho tiempo, claro. Pero sí el suficiente. Siempre el suficiente. Y tú nunca te diste cuenta, ¿verdad? En todas tus visitas, todo estos años. Ni siquiera entonces, cuando eras un mocoso. No querías ver el futuro, así que la mayoría del tiempo ni siquiera veías lo que tenías delante de las narices. En cierto modo estabas ciego.
    – Ahora soy mejor -dijo Quentin.
    – ¿Sí? Por ella, supongo. -Usó el cuchillo para señalar a Diana-. Sabía que alguien estaba abriendo puertas, pero no estaba seguro de quién era. No lo estuve hasta que empezó a frecuentar el tiempo gris.
    – Antes fuiste un asesino -dijo Diana-. Hace mucho, mucho tiempo. Mataste a mucha gente.
    – Sí, así es. Y sigo haciéndolo, por supuesto. Gracias a los cerdos que me mataron. Nunca, hasta entonces, había sentido cólera. Nunca había estado tan seguro de que quería seguir viviendo. Así que eso hice.
    – En cierto modo -dijo Quentin-. Existías, te apoderabas de mentes débiles y de cuerpos vulnerables. Por eso murieron tantos niños por tu culpa.
    – Tú no lo entiendes. Lo divertido no era matar a los niños. Era apoderarse de sus padres y obligarles a matarlos.
    – Entonces Missy…
    – La que se hacía llamar Laura Turner mató a Missy. Con un poco de ayuda mía. -El rostro humano detrás del cual acechaba un monstruo se contrajo en una mueca-. Se volvió loca. Les ocurre a veces, a los débiles de mente. Tuve que salir de ella inmediatamente. Después de eso, no podía controlarla.
    – Tú… La señora Kincaid le procuró una coartada a Laura.
    – Por supuesto. No quería que se sospechara de nadie de El Refugio. Éste es mi… campamento base, por decirlo así. Además, quería volver a utilizar a Laura. Pero luego llamó al padre de la cría y le contó lo que había hecho y que había que castigarla. Pero yo no esperé a que él llegara. Me encargué yo mismo del asunto.
    – Ella no se marchó, ¿verdad?
    – No, pero yo hice ver que se había marchado. -La cosa que se alojaba en el cuerpo de la gobernanta se encogió de hombros.
    Diana dijo:
    – Y cuando él… cuando el padre de la niña llegó, quiso que todo… se olvidara.
    – Supongo que sí. Porque eso fue lo que ocurrió. Y a mí me convenía.
    Diana sintió que los dedos de Quentin apretaban los suyos y comprendió que él era consciente de hasta qué punto estaba concentrada en la puerta que sujetaba entreabierta. Sujetarla le estaba costando todas sus fuerzas y también parte de las de él; sentía el tirón del otro lado, la fuerza natural de algo que estaba destinado a permanecer cerrado, excepto durante breves intervalos.
    Cuanto más tiempo mantenía la puerta entornada, más energía se consumía en el esfuerzo por cerrarla.
    Diana sabía que se necesitaba toda esa fuerza. El único modo de destruir la maldad a la que se enfrentaban era arrastrar su energía de nuevo a través del tiempo gris, a través del limbo entre dos mundos, y hacia lo que se extendía más allá. Llevarla mucho más allá del mundo físico, de modo que ninguna puerta pudiera volver a franquearle la entrada.
    Ella temía no ser capaz de sostener la puerta abierta el tiempo suficiente, ni siquiera con la ayuda de Quentin, pero entonces vio que Missy aparecía detrás de la criatura y que aquella niña de aspecto frágil empujaba violentamente aquel cascarón físico desde atrás, hacia la puerta.
    Sirviéndose de toda la fuerza que Quentin y ella pudieron reunir, Diana abrió del todo la puerta verde.
    Sólo el tiempo justo.
    En un momento intemporal, Diana vio pasar fugazmente a todos los espectros de El Refugio, ayudando a llevar a la criatura y a su cascarón a través de la puerta. La mujer del vestido Victoriano, la enfermera, el hombre con toscas ropas de obrero, los niños pequeños… y vio luego un borrón de energía, de docenas de espíritus que se confundían, se mezclaban y fluían a través de la puerta, de todas las puertas, un poder descarnado con una intención absoluta que extendía los brazos, que asía, que extraía la negra esencia que era cuanto quedaba de Samuel Barton del envoltorio humano que la contenía…
    Durante ese instante eterno, pareció que la energía que manaba a través de la puerta arrastraría también a Diana, pero Quentin no la soltó. Hasta que, por fin, un último retazo pasó vertiginosamente ante ellos y de un tirón arrancó la puerta de su mano y la cerró de golpe.
    – No pasa nada. Ahora es sólo una puerta.
    Diana se apoyó débilmente contra Quentin mientras ambos miraban a Missy.
    Una Missy distinta. Más que espiritual, aparentemente de carne y hueso. Todavía delgada y frágil, pero sonriente, ya no espectral.
    «Menuda ocurrencia.» Diana casi tuvo ganas de reír.
    Sin soltar su mano, Quentin dijo tentativamente:
    – ¿Por qué puedo verte?
    – Porque Diana puede. Entre vosotros se estableció una conexión la primera vez que os tocasteis. -Su sonrisa se hizo más amplia-. Creo que algunas personas llaman a eso destino. -Levantó una mano, de la que pendía un pequeño colgante-. Tal vez por eso la cosa que había dentro de la señora Kincaid le quitó esto al cadáver de Ellie después de matarla. Para que yo pudiera recuperarlo.
    Casi demasiado cansada incluso para pensar, Diana comenzó a decir:
    – Missy…
    – Ella está en paz, Diana. Mamá. Cruzó hace mucho, mucho tiempo, después de encontrarme.
    – ¿Ése fue el motivo?
    – Después de mi secuestro, pensó que podría usar sus facultades para encontrarme. Pero eran demasiado fuertes para ella. La puerta que creó era… sólo de ida.
    Quentin dijo suavemente:
    – Y un cuerpo separado de su espíritu no vive mucho tiempo.
    Missy hizo un gesto de asentimiento.
    Diana tenía un sinfín de preguntas, pero era consciente de que les quedaba poco tiempo. Así que preguntó la única cosa que les importaba a Quentin y a ella.
    – ¿Estás bien ahora? -dijo, dirigiéndose a su hermana.
    – Sí, ahora estoy bien. Ha funcionado. La energía de todos los que estaban dispuestos a cruzar ha bastado para sacar a ese demonio del recipiente que lo contenía y para que atravesara el tiempo gris, hasta el otro lado. Ya nunca podrá hacerle daño a nadie.
    Quentin miró a Diana.
    – Una ley fundamental de la física. La energía no se destruye, sólo se transforma.
    – Sí, todo es cuestión de física -dijo Missy solemnemente.
    Diana sintió de nuevo ganas de reír. Pero dijo:
    – ¿Os dais cuenta de que, cuando salga el sol, voy a creer que todo esto lo he soñado?
    Missy miró sus manos unidas y sonrió de nuevo.
    – No creo. Me parece que, a partir de ahora, no te costará ningún esfuerzo distinguir lo real de lo que no lo es. -Pasó junto a ellos y abrió la puerta verde. Hubo un instante extrañamente borroso y luego pudieron ver allí dentro lo que parecía ser un dormitorio bonito y anticuado.
    – Missy…
    Ella miró a Quentin.
    – Gracias. Por preocuparte y seguir volviendo todos estos años. Eso me dio fuerzas para hacer lo que tenía que hacer. Y no fue culpa tuya, ¿sabes? Nunca fue culpa tuya. Algo tan antiguo… tan malvado… Tú no podías saberlo, y no podrías haberlo impedido. Y algunas cosas están destinadas a suceder como suceden.
    Diana le habría dicho adiós, quería hacerlo, pero Missy le quitó la ocasión al sonreírles dulcemente y entrar en la linda habitación. Y cerrar la puerta a su espalda.
    Quentin y Diana se miraron y apenas tuvieron un instante para recobrarse antes de que Nate doblara corriendo la esquina, pistola en mano.
    – Dios mío -exclamó el policía-, ¿estáis bien? Cullen dice que esa tal Kincaid se volvió loca e intentó matarle. Está sangrando como un cerdo. ¿Dónde está ella?
    Diana vaciló; luego alargó la mano y abrió lentamente la puerta. Dentro, vieron las estanterías ordenadas de un armario ropero, llenas hasta los topes de sábanas y toallas. Y en medio del cuartito, junto a un carro de ropa vacío, yacía el cuerpo extendido de Virginia Kincaid, con el cuchillo ensangrentado aún en la mano.
    Nate entró con cautela y apartó el cuchillo de un puntapié antes de inclinarse para tomarle el pulso.
    – Todavía está viva -dijo.
    – Respira, en todo caso -murmuró Quentin.

    – Los médicos dicen que sufrió una hemorragia cerebral -les dijo Nate mucho después, esa mañana-. Está en coma y no saben si saldrá de él.
    – Tengo la sensación de que no -dijo Diana. También tenía la sensación de que el espíritu de Virginia Kincaid había ido erosionándose con los años, y de que la liberación final había sido justamente eso: la liberación de la maldad y de un infierno implacable.
    Nate permanecía ajeno a aquellas insinuaciones soterradas, o simulaba estarlo.
    – Cullen Ruppe está fuera de peligro gracias a que consiguieron detener la hemorragia -añadió-. Asegura no saber por qué Kincaid fue de pronto tras él. Si queréis saber mi opinión, esa mujer se volvió loca, simplemente. Creo que el aire de este sitio tiene algo nocivo.
    – Ya no -repuso Quentin.
    El policía los miró, sentados uno junto al otro en el sofá, delante de su silla.
    – Estáis muy frescos, teniendo en cuenta que la noche ha sido muy larga y que no habéis pegado ojo.
    – Hemos tomado mucho café -contestó Diana.
    Nate se puso a mascullar.
    – Yo he tomado montones de café y aun así estoy hecho polvo. Parece mentira que sea sábado, con todo lo que tengo que hacer. Dado que esa tal Kincaid os confesó que mató a Ellie… Los registros de su teléfono móvil demuestran, por cierto, que Ellie llamó a un número de fuera del estado perteneciente a un huésped que se alojó aquí hace un par de meses, y el forense ha confirmado que estaba embarazada… ¿Qué estaba diciendo?
    – Dado que la señora Kincaid confesó -dijo Quentin.
    – Ah, sí. Dado que confesó, eso resuelve el asesinato. El equipo de espeleólogos del que me hablaste va a venir a inspeccionar las cuevas, pero seguramente no llegará hasta la semana que viene. Mientras tanto, el equipo de antropología forense llegará mañana a primera hora, y durante una temporada voy a dejar a alguien de guardia en el cuarto de arreos veinticuatro horas al día, siete días a la semana. El equipo le echará también un vistazo al esqueleto que encontramos en el jardín, aunque el análisis del ADN ha confirmado que son los restos de Jeremy Grant. Gracias por acelerar las cosas, por cierto.
    – No hay de qué -dijo Quentin-. Alguien me debía un favor.
    – Pues debía de ser un favor muy gordo. En los laboratorios del estado, pueden tardarse meses en conseguir los resultados de un análisis de ADN.
    Sin responder a aquello, Quentin se limitó a decir:
    – ¿La madre del chico ya ha sido informada?
    – Sí. Por fin ha podido ponerle un final a esta historia.
    – A veces -dijo Quentin-, eso es lo que necesitamos para ser capaces de dejar algo atrás. Y de mirar hacia delante en vez de hacia el pasado.
    – ¿El fin de una obsesión? -preguntó Nate con curiosidad.
    – Podría decirse así.
    Stephanie entró en la habitación en ese instante.
    – Todavía no puedo creer que mi gobernanta fuera una asesina -dijo-. Aunque en parte sí puedo creerlo, lo cual da miedo. -Ella también tenía los ojos brillantes, a pesar de haber pasado la noche en vela.
    – Considérala enferma -sugirió Diana-. Muy, muy enferma.
    – Enferma con furor asesino, sí. -Stephanie se estremeció-. Quiero contratar otra gobernanta. Enseguida.
    Quentin la miró.
    – ¿Una que no anote los secretos de los huéspedes?
    – Exacto. Porque estoy segura de que lo hacía. Pero por su cuenta, no porque le pagaran por ello.
    – Esa lista que nos enseñaste de los directores a los que pagaban por anotar todos los secretos que conocían del hotel… ¿acababa con el director que estuvo aquí hará unos cinco años?
    Ella asintió con un gesto.
    – Ninguno de los dos directores que me precedieron estaba en la lista. Ni yo tampoco, obviamente. Ni siquiera conocía su existencia hasta que la encontré. Y no la habría tomado por algo sospechoso si no hubiera estado buscando eso precisamente. A primera vista, era sólo una lista de bonificaciones pagadas a los gerentes. Nada raro, en apariencia. Sólo cuando indagué en distintos archivos de nóminas comprendí que esas bonificaciones estaban fuera de lugar. Además, busqué el primer libro de cuentas para cotejarlo, y de momento al menos un par de esas supuestas bonificaciones se pagaron en metálico y sin que quedaran registradas en los libros.
    – Yo llamaría a eso sospechoso -dijo Nate.
    – Y yo me pregunto por qué acabó hace cinco años -dijo Quentin-. Stephanie, ¿alguna idea de quién llevaba la lista?
    Ella asintió enseguida.
    – Si tuviera que aventurar una hipótesis… y eso hago… yo diría que fue probablemente Douglas Wallace. Creo que fue él quien sugirió la presunta organización de los archivos del sótano hará unos cinco años, probablemente porque es un obseso del orden. Luego encontró ciertas cosas que no quería encontrar y empezó a compilar esa lista. He comprobado algunas fechas y por la época en que Doug estaba revisando los archivos viejos del sótano, el último descendiente de uno de los propietarios originales del hotel acababa de morir.
    – ¿Insinúas que esa costumbre de anotar los secretos murió con él? -preguntó Nate.
    – Bueno, al menos oficialmente. Y es lógico. Lo que posiblemente empezó siendo una forma bastante despiadada de ejercer presión cuando era necesario, en tiempos de los grandes magnates de la industria, se convirtió poco a poco en una práctica que nadie cuestionaba y, finalmente, como muchas tradiciones antiguas, se volvió innecesaria.
    – No hemos encontrado ninguna fecha reciente -comentó Diana-. Aunque, como tú, yo apostaría a que encontraremos un diario entre las pertenencias de la señora Kincaid. Apuesto a que en los últimos años fue ella la guardiana de los secretos.
    – Quizá no quería que la vieja tradición muriera -dijo Stephanie-. Ella era así, en gran medida.
    Diana no dijo nada, puesto que no tenía modo de saber si el espíritu de la gobernanta había sido capaz de eso o si había sido la influencia dominadora de Samuel Barton.
    Stephanie sacudió la cabeza.
    – Me pregunto si este sitio podrá ser normal alguna vez.
    – Puede que sí -dijo Diana-. Ahora.
    – Ya veremos. Mirad, no sé vosotros, pero la verdad es que yo estoy muerta de hambre, y el cocinero hace unos almuerzos maravillosos. ¿Qué os parece un poco de comida como es debido para compensar tanto café?
    Nate se puso en pie de inmediato.
    – A mí no tendrás que preguntármelo dos veces.
    Mientras Diana y Quentin se levantaban, Stephanie les dijo:
    – Por si a alguien le interesa, creo que podremos atribuir unos cuantos pecados a El Refugio y a las personas que fueron sus propietarias y que lo dirigieron durante años. ¿Sabéis? encontré en un archivo un recorte de periódico que hablaba de un hombre y su familia que murieron en un accidente de tráfico entre el hotel y Leisure, hará unos diez años. El artículo insinuaba claramente que el hombre estaba deprimido y que se había suicidado. Y en el mismo archivo había una anotación de, supongo, el director del hotel en ese momento acerca de que un camarero había sido despedido poco después por inventar historias para la prensa. El director añadía también otra nota acerca de que había que informar a los miembros de la familia que habían sobrevivido de que lo publicado por el periódico era falso. Pero nunca se hizo.
    – ¿Cómo lo sabes? -preguntó Quentin.
    – No hay copia de la carta en el archivo. Y ese director en particular parecía extremadamente meticuloso a la hora de sacar copia de todo.
    – Tú -le dijo Nate-, tienes demasiado tiempo libre. -La cogió de la mano y la condujo, riendo, fuera de la habitación.
    Quentin se disponía a seguirles cuando la niña a la que habían visto varias veces entró en el salón, desde la biblioteca contigua, llevando a su perro en brazos.
    – Hay que decirle eso a Bobby -dijo en tono grave.
    – ¿Qué es lo que hay que decirle? -preguntó Diana.
    – Que papá no pretendía matarnos. -Abrazaba a su perro y frotaba distraídamente la barbilla contra el pelo sedoso del animal-. Veréis, mi hermano pequeño, Bobby, no estaba con nosotros. Estaba enfermo, así que se quedó con la abuela cuando vinimos aquí. Y cuando nos marchamos, en fin, estaba lloviendo. Y había niebla. Y papá no estaba acostumbrado a las carreteras de montaña. Por eso fue.
    Quentin era consciente de que estaba perplejo, pero saltaba a la vista que, en cambio, aquello era algo normal para Diana, que se limitó a asentir con un gesto y a decir:
    – Nos aseguraremos de que Bobby sepa la verdad. ¿Cómo te llamabas?
    – Madison. Y éste es Angelo. Estaba con nosotros esa noche. Va a todas partes conmigo. A todas partes.
    – Ahora ya podéis iros los dos -dijo Diana suavemente-. Y quedaos con tus padres.
    Madison suspiró.
    – Yo creía que estaban aquí, ¿sabes? Pero… siempre tuve mucha imaginación. Supongo que me los imaginé aquí. Pero los echo de menos. Ahora Angelo y yo estamos listos para irnos. Gracias.
    – De nada, Madison.
    Mientras la observaban, la pequeña llevó a su perro hacia la puerta y se desvaneció en la nada antes de alcanzar el pasillo que había más allá.
    – Santo cielo -dijo Quentin.
    Diana alzó los ojos hacia él, sonriendo un poco.
    – Con todo lo que pasó anoche, ¿te impresionan una chiquilla y su perro?
    – Bueno… la he visto. Tan claramente como la luz del día. -De pronto frunció el ceño-. Desde la mañana que nos conocimos.
    – Supongo que Missy tenía razón. Conectamos.
    Pasado un momento, Quentin cogió su mano y la sostuvo con firmeza.
    – Supongo que sí. ¿Qué sientes al respecto?
    – Esperanza.
    – ¿Volverás a Virginia conmigo?
    – Bueno, tengo que conocer a Bishop.
    – Diana…
    Su sonrisa se hizo más amplia.
    – Te propongo un trato. Tú me ayudas a convencer a mi padre de que, a pesar de los secretos que guardaba por mi bien, estoy cuerda y soy una persona racional, y… empezaremos a partir de ahí. ¿Trato hecho?
    – Trato hecho -contestó él, y la besó.

Kay Hooper

    Kay Hooper nació en California (EEUU), en el hospital de la base de la Fuerza Aérea en la que su padre estaba destinado en aquella época. La familia se trasladó poco después a Carolina del Norte, donde Kay se crió y fue a la escuela.
    Kay se graduó en el instituto East Rutherford y posteriormente cursó estudios en el Isothermal Community College, donde muy pronto descubrió su escaso interés por las clases de gestión de empresas. Tras pasarse a asignaturas más apasionantes, como la historia y la literatura, comenzó a concentrarse en la escritura, dedicación que la atraía desde hacía tiempo. Quedó rápidamente enganchada, pidió una máquina de escribir por Navidad y comenzó a trabajar de firme en su primera novela. Vendió aquel libro (una historia romántica ambientada en la Regencia y titulada Lady Thief) a la editorial Dell Publishing en 1980. Desde entonces ha publicado más de sesenta novelas y cuatro novelas cortas.
    Kay es soltera y vive en un pueblecito de Carolina del Norte, no lejos de su padre y sus hermanos. Se digna vivir con ella una banda de gatos (Bonnie, Ginger, Oscar, Tuffy, Felix, Renny e Isabel) que, pese a tener personalidades muy distintas, comparten todos ellos el gusto por dormitar sobre los manuscritos o sobre cualquier documento que haya encima de su mesa. Y entre tanto felino habitan dos canes alegres y tolerantes: Bandit, un perro rescatado de la perrera que parece un pequeño ovejero, y una sheltie llamada Lizzie.

***

Top.Mail.Ru