Скачать fb2
Segunda Oportunidad

Segunda Oportunidad

Аннотация

    Nell Calder era una mujer tímida y amable, una esposa que intentaba contentar a su ambicioso marido, una madre que amaba a su hijita con pasión. En suma, no era el tipo de mujer capaz de inspirar envidia, deseo ni pasiones asesinas.
    ¿Quién iba a querer hacerle daño?
    Pero ocurrió una tragedia: una noche, en una exótica isla del mar Egeo durante una elegante reunión en la que su marido esperaba culminar su fulgurante carrera en el mundo de las finanzas, y que fue interrumpida por el estruendo de los disparos y la afilada hoja de un cuchillo.
    El ataque fue despiadado. La niña murió, y ella quedó terriblemente desfigurada.
    Sin embargo, la pesadilla convierte a Nell en una mujer distinta. La mejor cirugía le de un rostro de exquisita hermosura; la posterior rehabilitación, un cuerpo ágil y esbelto. Y Nicholas Tanek, el misterioso desconocido que suscita en ella temor y fascinación, le da una razón para seguir viviendo: la venganza.
    Preparar su venganza s lo único que la mantiene viva. El asesino de su hija no puede seguir viviendo. Ella le dará muerte… con sus propias manos.


Iris Johansen Segunda Oportunidad

Prólogo

    GREENBRIAR, CAROLINA DEL NORTE

    – No quería hacerlo. -Las lágrimas se deslizaban por las me-jillas de Nell-. Por favor, mamá. Lo tenía en la mano y se me ha caído.
    – Te he dicho infinidad de veces que no toques mis co-sas. Tu padre me regaló este espejo en Venecia. -Los labios de su madre se tensaron con furia al mirar el mango roto del espejo, repujado y decorado con perlas incrustadas-. Nun-ca, nunca volverá a quedar igual.
    – Sí, lo arreglaré. Te lo prometo. -Nell extendió la mano para cogerlo-. No se ha roto la luna, sólo el mango. Lo pe-garé y volverá a quedar exactamente como antes.
    – Lo has destrozado. ¿Y se puede saber qué hacías en mi habitación? Le dije a la abuela que no te dejara entrar.
    – Ella no lo sabía. No ha sido culpa suya. -Hablaba en-trecortadamente, sollozando-. Sólo he entrado para… que-ría ver… he hecho esta diadema con madreselva del jar-dín y…
    – Ya lo veo. -Tocó desdeñosamente las florecillas que Nell llevaba en el pelo-. Estás ridícula. -Le puso el espejo ante el rostro-: ¿Era esto lo que querías ver? ¿Lo ridícula que estás?
    – He pensado que estaría… bonita.
    – ¿Bonita? Mírate. Eres gorda y vulgar, y siempre se-rás así.
    Mamá estaba en lo cierto. La niña que la miraba desde el espejo era llenita, y tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Las delicadas flores de brillante color amarillo que Nell había encontrado tan bonitas tenían ahora un aspecto lamentable y deslucido sujetas con horquillas entre sus desordenados ca-bellos castaños. Al ponérselas, sólo había logrado afearlas.
    – Lo siento, mamá -susurró.
    – ¿Es necesario que le hables así, Martha? -La abuela es-taba de pie en la puerta-. Sólo tiene ocho años.
    – Ya es hora de que afronte la realidad. Nunca será otra cosa que un ratoncillo feo. Es lo que le ha tocado ser, y debe asumirlo.
    – Todos los niños son guapos -dijo la abuela-. Y que ahora sea un poco llenita no significa que vaya a ser siem-pre así.
    La madre volvió a acercar el espejo ante el rostro de la niña.
    – ¿Crees que la abuela tiene razón, Nell? ¿Eres guapa?
    Nell desvió la mirada hacia un lado para evitar verse re-flejada.
    La madre se volvió hacia la abuela.
    – Y no quiero que le llenes la cabeza con fantasías e histo-rias de hadas. Los patitos feos no se convierten en cisnes. Los niños vulgares crecen y se convierten en adultos vulgares. Nell tendrá que contentarse con ser educada, aseada y obe-diente para que la acepten. -Cogió a Nell por los hombros y la miró directamente a los ojos-. ¿Lo has entendido, Nell?
    Lo había entendido. Por «aceptada», mamá quería decir ser querida. Nunca sería bonita como mamá; por lo tanto, debería conseguir que la quisieran haciendo sumisamente todo cuanto le mandaran hacer.
    Asintió, moviendo nerviosamente la cabeza. Su madre la soltó, cogió su maletín de encima de la cama y se dirigió hacia la puerta.
    – Tengo una reunión dentro de veinte minutos y me es-tás haciendo llegar tarde. No vuelvas a entrar nunca más en esta habitación. Nunca más. -Luego, lanzó una mirada de reproche a la abuela-: No puedo entender cómo no la vigi-las más de cerca.
    Y se fue. La abuela extendió los brazos hacia Nell. Que-ría consolarla, curar sus heridas; y Nell necesitaba ir hacia ella, llorar sobre su hombro. Pero, antes que eso, había una cosa que debía hacer.
    Se acercó al tocador y recogió cuidadosamente los peda-zos del espejo. Los pegaría uno a uno, con gran esmero, para que nadie pudiera saber que se había roto. Tenía que demostrar que era muy aplicada. Tenía que portarse muy bien.
    Porque era un patito feo.
    Y nunca se convertiría en un cisne.

Capítulo 1

    4 DE JUNIO, ATENAS

    Tanek no estaba de buen humor. Conner lo adivinó nada más verlo salir a zancadas del recinto de la aduana. El sem-blante de Nicholas Tanek era impasible, pero Conner lo conocía lo suficiente para poder leer en sus movimientos. Su fuerza y su presencia nunca pasaban desapercibidas, pero su impaciencia jamás era evidente.
    «Vale más que sea una diana», le había dicho Nicholas Tanek.
    No podía asegurar que lo fuera, pero era todo lo que Conner tenía.
    Se le acercó, procurando mostrarse relajado, y forzó una sonrisa:
    – ¿Has tenido un vuelo agradable?
    – No. -Tanek se dirigió hacia la salida-. ¿Está Reardon en el coche?
    – Sí. Llegó de Dublín ayer por la noche. -Hizo una pau-sa-. Pero no puede ir a la fiesta contigo. Sólo he podido ha-cerme con una invitación.
    – Te dije dos invitaciones.
    – No lo entiendes.
    – Lo que entiendo es que si resulta ser realmente un atentado, estaré al descubierto. Y también entiendo que te pago para que hagas lo que te digo.
    – La fiesta es en honor de Antón Kavinski, y las invi-taciones fueron enviadas hace tres meses. ¡Es el presidente de un estado ruso, por el amor de Dios! Me ha costado una fortuna conseguir siquiera una sola -y rápidamente aña-dió-: Y quizá no necesites a Reardon. Ya te dije que la in-formación puede no ser del todo exacta. Nuestro hombre sólo encontró un mensaje del ordenador del cuartel general de la DEA* que decía que era posible que se produjera el atentado en la fiesta que se va a celebrar en la isla de Medas.
    – ¿Eso es todo?
    – Y la lista de nombres.
    – ¿Qué tipo de lista?
    – Los nombres de seis invitados. Ninguno al que poda-mos relacionar con las drogas, excepto uno de los guardaes-paldas de Kavinski y Martin Brenden, el hombre que organiza la fiesta. Uno de los nombres está marcado con un círculo. Una mujer.
    – ¿Qué te hace pensar que es una lista de posibles víctimas?
    – La tinta. Es azul. Nuestro hombre tiene la teoría de que las órdenes de Gardeaux llevan un código de color que señala la acción que se va a tomar.
    – ¿Una teoría? -La voz de Tanek sonaba peligrosamente suave-. ¿Me habéis hecho venir por una teoría?
    Conner se humedeció los labios.
    – Me dijiste que te comunicara cualquier cosa que tuvie-ra relación con Gardeaux.
    El solo hecho de mencionar a Philippe Gardeaux tuvo el efecto deseado y contuvo el mal humor de Tanek, compro-bó Conner con satisfacción. Sabía perfectamente que no ha-bía esfuerzo demasiado grande ni acción demasiado peque-ña si estaba relacionada con Gardeaux.
    – Vale, tienes razón -dijo él-. ¿Quién envió ese mensaje?
    – Joe Kabler, el jefe de la DEA, tiene un informador a sueldo en el entorno de Gardeaux.
    – ¿Podemos conseguir el nombre de ese informador?
    Conner sacudió la cabeza.

    * Siglas de Drug Enforcement Administration, agencia del gobier-no de EE.UU. para la lucha contra la droga. (N. de la T.)
    – Estoy en ello, pero, por ahora, sin suerte.
    – ¿Y qué va a hacer Kabler con esta lista?
    – Nada.
    Tanek lo miró fijamente.
    – ¿Nada?
    – Kabler cree que es una lista de candidatos para so-bornos.
    – ¿Él no cree en la teoría de «la mortal tinta azul»? -in-quirió Tanek, sarcástico.
    Conner lanzó un leve suspiro de alivio cuando llegaron al Mercedes. Valía más dejar el asunto en manos de Reardon; él y Tanek eran almas gemelas.
    – Reardon tiene la lista en el coche. -Rápidamente, le abrió la puerta trasera-. Habla con él mientras os llevo al hotel.

* * *

    – ¿Qué hay, vaquero? -Resultaba chocante oír a Jamie Rear-don imitar el deje del oeste con su marcado acento irlan-dés-. Veo que has dejado las botas en casa.
    Nicholas Tanek sintió otra ligera punzada de impacien-cia al entrar en el coche.
    – Debería haberlas traído. Nada como unas buenas botas para dar patadas en el culo.
    – ¿En el mío o en el de Conner? -preguntó Jamie-. Debe ser el de Conner. Nadie querría herir mi venerable culo.
    Conner soltó una risita nerviosa mientras maniobraba y salía del aparcamiento.
    El ovalado rostro de Jamie se iluminó como el de un niño travieso mientras sus taimados ojos se clavaban justo en la nuca de Conner.
    – Y me imagino lo enfadado que debes de estar con Con-ner. Es un largo vuelo desde Idaho sin un buen motivo.
    – Yo ya te advertí que podía ser una falsa alarma -pro-testó Conner-. Y yo no le dije que viniera.
    – Tampoco le dijiste que no lo hiciera -murmuró Ja-mie-. Y quien calla otorga, ¿verdad, Nick?
    – Dejadlo, ya es suficiente. La cuestión es que estoy aquí. -Nicholas, agotado, se arrellanó en el asiento de cue-ro- Dime: ¿he venido por nada, Jamie?
    – Probablemente. No hay signos de que la DEA se lo tome en serio. Y, desde luego, Kabler no piensa gastar ni un centavo de los fondos del gobierno para conseguir una invi-tación.
    Otro callejón sin salida. Por Dios, Nicholas estaba har-to de todo aquel asunto.
    – Pero alejarte de vez en cuando de esos enormes espa-cios abiertos es una buena terapia para ti -dijo Jamie-. Cada vez que vienes del rancho, te pareces más a John Wayne. Y eso no puede ser sano.
    – John Wayne murió hace bastantes años.
    – Ya te he dicho que no era sano.
    – ¿Y acaso lo es desperdiciar tu vida dentro de un pub?
    – Ah, Nick, ¿es que no vas a entenderlo nunca? Los pubs irlandeses son el centro cultural del universo. La poesía y el arte florecen como las rosas en verano, y las conversaciones… -entornó los ojos, recreándose en el recuerdo-. En otros sitios la gente habla, pero en mi pub la gente conversa.
    Nicholas sonrió burlonamente.
    – ¿Y qué diferencia hay?
    – La diferencia entre decidir el destino del mundo y comprar el último videojuego para el niño. -Levantó una ceja-. ¿Por qué estoy perdiendo el tiempo describiéndote una belleza tal? ¿Qué sabrás tú de eso, si sólo tienes a unos cuantos novillos castrados como interlocutores, en el salva-je Idaho?
    – Ovejas.
    – Lo que sea. No me sorprende que los vaqueros tengan fama de ser fuertes y callados. Sus cuerdas vocales están atrofiadas de no usarlas.
    – Vale más estar callado que decir una estupidez detrás de otra.
    Jamie resopló.
    – La lista -interrumpió Conner.
    – Ah, Conner está deseando que le des tu aprobación -dijo Jamie-. Te tiene miedo, ¿sabes?
    – Qué tontería. -La risa de Conner sonaba falsa.
    – Yo intenté convencerle de que ya no estás en el nego-cio, pero me parece que no se lo cree. Tenía la esperanza de que llevaras puestas las botas de vaquero. Te dan un aspecto tan saludable y bonachón…
    – Basta, Jamie -dijo Nicholas.
    Jaime sonrió.
    – Era sólo un toque de humor -y añadió en un tono inaudible para Conner-: No me gusta nada este tipo. Es como un ratoncillo sabelotodo. Cada vez que abre la boca, me entran ganas de despellejarlo.
    – No tiene por qué gustarte. Pero nos conviene su hom-bre infiltrado en la DEA.
    – Para lo que nos ha servido hasta el momento… -Jamie buscó en su bolsillo, sacó un pedazo de papel doblado y se lo entregó a Nicholas-. Y esto parece otro acertijo sin respuesta.
    – ¿Quién da la fiesta? -preguntó Nicholas.
    – Un banquero. Marín Brenden, vicepresidente del ban-co Continental, que va detrás de las inversiones de Kavinski en el extranjero. Brenden ha alquilado un palacete en la isla de Medas para el fin de semana y ha montado la fiesta en honor de Kavinski.
    – ¿Cuál es la conexión entre Brenden y Gardeaux?
    – Ninguna que parezca significativa.
    – ¿Kavinski?
    – Es posible. Desde que Kavinski fue elegido presidente de Vanask está cerrando todo tipo de negociaciones, dentro y fuera de la legalidad. Puede que haya ofendido a Gardeaux al no permitirle entrar con sus drogas en Vanask. -Hizo una pausa-. Pero su nombre no está en la lista.
    – Entonces, apuesto por la interpretación de Kabler: so-borno. Ha sido el jefe de la DEA durante el tiempo sufi-ciente para saber distinguir el grano de la paja. Es un astuto bastardo.
    – ¿Significa eso que no irás a Medas?
    Nicholas se quedó pensativo por unos instantes. Proba-blemente, si el mensaje de Gardeaux era sólo una lista de sobornables, todo el asunto no fuera más que una pérdida de tiempo. Y Tanek ya había participado en demasiadas cacerías con la esperanza de encontrar una clave para capturar a Gardeaux.
    Pero si en realidad era una lista de objetivos, alguna de las posibles víctimas podía tener información de mucha uti-lidad. Y si Gardeaux los quería muertos, entonces, él, desde luego, los querría bien vivos.
    – ¿Y bien? -le apremió Jamie.
    – ¿Cómo puedo llegar hasta allí?
    – Habrá varias lanchas a disposición de los invitados en uno de los muelles de Atenas. Zarparán a partir de las ocho de la noche, y harán varios viajes. Sólo tienes que mostrar la invitación.
    – Me gustaría saber cuántos hombres de Gardeaux lleva-rán invitaciones como la mía.
    – He investigado a los invitados -dijo Conner-. Y todos están limpios.
    «Sí, quizá sí.»
    – ¿Hay alguna otra manera de acceder a la isla?
    Conner negó con la cabeza.
    – Tiene una costa muy escarpada, y sólo es accesible por un único muelle. La isla de Medas es exactamente del mismo tamaño que en las postales. Uno puede recorrerla en menos de una hora. Aparte de la mansión donde se va a celebrar la fiesta, tan sólo hay unas pocas dependencias anexas.
    – Y los hombres de Kavinski estarán vigilando el muelle -dijo Jaime-. No parece ser la situación que Gardeaux ele-giría para librarse de sus enemigos. -Sonrió-. Pero Kaifer también parecía un objetivo imposible, y lo conseguimos.
    – Eran otros tiempos y no nos importaba jugarnos el pe-llejo -matizó Nicholas-. Gardeaux es, hoy en día, un gato gordo que prefiere esperar frente a la guarida del ratón para saltar sobre él. Pero supongo que deberé ir y comprobarlo.
    – Podría ir yo, si quieres. O podrías enviar a cualquier otro.
    – No. Lo haré yo mismo.
    – ¿Por qué? -La mirada de Jamie se concentró en su ex-presión-. ¿Acaso vivir entre tantos parajes idílicos, en la más absoluta paz, te pone nervioso?
    Por Dios, sí, estaba nervioso. Nervioso, inquieto, impa-ciente y con ganas de acabar con todo aquel asunto. Y, sin embargo, no estaba más cerca de capturar a Gardeaux de lo que lo había estado un año antes.
    – Estás demasiado acostumbrado a vivir al límite -dijo Jamie, con tono despreocupado-. Y nunca vas a dejar de ju-garte el pellejo. Admito que yo también lo echo de menos, a veces -suspiró-. Lamentablemente, la triste realidad es que conversaciones no me faltan…
    – No lo echo de menos. Simplemente, quiero a Gar-deaux.
    – Si tú lo dices…
    – Necesitaré un informe sobre todos los nombres de la lista.
    – Está en el hotel, encima del escritorio de tu habitación. Como verás, no parece haber ninguna conexión entre ellos.
    No, Medas iba a ser una auténtica maraña de suposicio-nes, incertidumbres e incoherencias.
    Pero aquel nombre marcado con un círculo que Conner había mencionado podía significar algo; el principal candi-dato a soborno o quizás el principal objetivo de un atenta-do. Fuera lo que fuese, merecía atención. Sacó el papel que le había entregado Jamie.
    El nombre, dentro del círculo, que encabezaba la lista estaba, además, subrayado.
    Nell Calder.

    4 DE JUNIO, ISLA DE MEDAS, GRECIA

    – He visto un monstruo, mamá -anunció Jill.
    – ¿De verdad, cariño?
    Nell colocó un jacinto blanco a la izquierda de las lilas en el jarrón chino y ladeó la cabeza apreciativamente. Sí, es-taba quedando perfecto. Cogió otra lila y miró hacia la puerta, donde estaba Jill.
    – ¿Como Pete, el dragón mágico?
    Jill la miró, enfadada.
    – No, Pete es un monstruo de cuento, el que he visto era real. Un hombre monstruoso. Con una nariz grande y os-cura y unos ojos así. -Hizo un círculo con el pulgar y el ín-dice, y después, juzgando que el círculo era demasiado pe-queño, usó la otra mano queriendo mostrar unos ojos más grandes-. Y una joroba.
    – Parece que hayas visto un elefante. -Otro jacinto más y el ramo estaría terminado-. O quizás un camello.
    – No me estás escuchando -protestó Jill-. Era un hom-bre monstruo y vive en las cuevas de la playa.
    – ¿Las cuevas? -Le asaltó un miedo repentino. Instantá-neamente se olvidó de las flores y se volvió hacia su hija-. ¿Qué estabas haciendo tú allí? Sabes que el señor Brenden te dijo que no debías entrar en las cuevas. El mar entra con fuerza y una ola grande te podría arrastrar.
    – Sólo he entrado un poco -se justificó, añadiendo, mo-dosa-: y, cuando papá me ha llamado, he salido enseguida.
    – ¿Papá te ha llevado allí?
    Maldita sea, Richard la tenía que haber vigilado mejor. ¿Acaso no sabía que en una isla acechan todo tipo de peli-gros para una niña de tan sólo cuatro años? Nell reconoció que debería haber ido con ellos cuando habían decidido dar ese paseo por la playa. Richard siempre se distraía cuando estaba con la gente de Brenden. Tenía que ser el mejor, el más encantador, el más divertido y el más inteligente del grupo.
    Inmediatamente se sintió culpable. ¿En qué demonios estaría pensando? Richard no tenía que ser el mejor… Senci-llamente, era el mejor. Y la responsable de Jill era ella, su ma-dre. Debería haber ido con ellos y haberla vigilado en lugar de quedarse para refugiarse en la tarea de preparar los orna-mentos florales con que decorar los salones para la fiesta.
    – No debes ir a las cuevas. Es peligroso. Por eso papá te ha dicho que salieras.
    Jill bajó la cabeza.
    – Porque hay un monstruo.
    – No. -Jill era una niña sensible e imaginativa, y había que sacarle de inmediato aquella particular fantasía de la ca-beza. Nell se arrodilló sobre la alfombra Aubusson y cariñosamente agarró a Jill por los hombros-. No hay ningún monstruo. A veces, las sombras parecen ser monstruos, es-pecialmente cuando estamos en lugares oscuros y misterio-sos. ¿Te acuerdas de cuando te despiertas a medianoche porque crees que el hombre del saco está bajo tu cama? ¿Y que cuando miramos no hay nada?
    – Pero allí sí hay un monstruo. -Jill frunció los labios, tozuda-. Y me ha asustado.
    Por un momento, Nell tuvo la tentación de dejar que su hija creyera que los monstruos existen, si eso servía para mantenerla alejada de las cuevas. Pero nunca le había mentido, y no iba a empezar ahora. Así que lo que debía hacer era no perderla de vista mientras estuvieran en aquella maldi-ta isla.
    – Sombras -repitió Nell con firmeza. Y, para reforzarlo, añadió-: ¿A que papá te ha contestado lo mismo cuando le has hablado del monstruo?
    – Papá no me ha escuchado. Me ha dicho que me callara, que estaba ocupado hablando con la señora Brenden. -Los ojos de Jill se llenaron de lágrimas-. Y tú tampoco me crees.
    – Sí, yo te creo. Pero, a veces, hay…
    No pudo continuar ante la mirada de reproche de aque-llos ojos castaños. Suavemente, apartó los sedosos mecho-nes también castaños de la frente de Jill. Pobre muñequita de porcelana china, como la llamaba Richard por el corte de sus cabellos lisos, que le daba un cierto aire oriental. Y, sin embargo, no había nada frágil en ella. Al contrario, había nacido fuerte, una típica niña norteamericana, y Nell no quería que perdiera aquel vigor.
    – ¿Qué te parece si mañana por la mañana bajamos a las cuevas, las dos? Tú podrás enseñarme ese monstruo y le obligaremos a huir.
    – ¿No tendrás miedo? -susurró Jill.
    – Aquí no hay nada por lo que asustarte, cielo. Es un buen lugar para los niños. El mar, la playa y esta casa tan bo-nita. Lo pasarás de maravilla este fin de semana.
    – Pero tú no.
    – ¿Qué?
    Jill mantuvo su mirada con una sorprendente madura sagacidad.
    – Nunca te lo pasas bien. No como papá.
    «Nunca subestimes la sabiduría de los niños», pensó Nell, entre triste y cansada.
    – Soy un poco tímida. Que esté callada no significa que no me lo esté pasando bien. -Y abrazó a su hija-. Además, tú y yo siempre nos lo pasamos bien juntas, ¿verdad?
    – Claro. -Jill le echó los brazos al cuello y se acurrucó contra su madre-. ¿Podré bajar esta noche a la fiesta? Así tú tendrás a alguien con quien hablar.
    Jill olía a mar y a arena. Y al jabón de lavanda de Nell, que había pedido poder usar para bañarse la noche anterior. Nell la estrechó aún más fuerte durante unos instantes y, luego, con reticencia, deshizo el abrazo.
    – Es una fiesta para mayores. No te gustaría.
    A ella tampoco. Nell se había acostumbrado a sus obli-gaciones como esposa de Richard y normalmente podía mantenerse en un segundo término, pero este fin de semana sería difícil conseguirlo. Un simple patito feo no pasaría desapercibido entre tantos cisnes; ella, una persona de as-pecto tan vulgar, llamaría la atención entre el desfile de celebridades y famosos que Martin Brenden había invitado a la isla para el encuentro con Kavinski. La fiesta era un gran montaje para impresionar a aquel hombre y conseguir que firmara con el banco Continental.
    – Pues quédate conmigo -dijo persuasivamente Jill.
    – No puedo. -Arrugó la nariz-. Al jefe de papá no le gustaría. Es una noche muy importante para él y nosotras dos debemos ayudarle. -Vio que el rostro de su hija volvía a ensombrecerse y añadió rápidamente-: Pero te subiré una bandeja de canapés antes de que te vayas a dormir. ¡Hare-mos un picnic!
    El rostro de la pequeña se iluminó al instante.
    – ¿Y vino? -preguntó ansiosamente-. La madre de Jean Marc le deja tomar un vasito de vino cada noche antes de ce-nar. Dice que es bueno para él.
    Jean Marc era el hijo del conserje del apartamento que tenían en París y un tirano absoluto. Nell ya había oído al-gunas historias sobre aquel pequeño bribón.
    – Zumo de naranja -y, para evitar una discusión, añadió con rapidez-: Pero si te tomas toda la sopa, te conseguiré un buen pedazo de pastel de chocolate. -Se levantó y ayudó a la niña a ponerse en pie-. Ahora, corre a meterte en la bañera mientras yo llevo este jarrón abajo. Vuelvo dentro de dos minutos.
    Jill miró solemnemente el florero de porcelana chino y una sonrisa le iluminó el rostro.
    – Son muy bonitas, mamá. Han quedado mejor que cuando estaban en el jardín.
    Nell no estaba de acuerdo. Siempre había pensado que era una vergüenza arrancar o cortar flores. No había nada más bello que un jardín en su esplendor. Como el de aquella pensión que ella pintó cuando iba a la escuela William & Mary. La llovizna, muchos colores y todas las texturas de la mañana…
    Sintió una punzada de nostalgia y, rápidamente, alejó aquellos recuerdos. No tenía ninguna razón para sentir lás-tima de sí misma. Richard nunca había criticado sus pinturas, a diferencia de sus padres. Después de casarse, incluso la había animado a continuar trabajando, pero sencillamente no disponía de tiempo. Ser la mujer de un joven y ambicio-so ejecutivo parecía ocuparle todas las horas del día.
    Cogió el florero y le dedicó una mueca. Si no se hubiera visto obligada a perder toda la tarde con los dichosos arre-glos florales para Sally Brenden, habría podido hacer algún esbozo de aquella preciosa costa. Pero ello hubiera signifi-cado ir con los Brenden y con Richard a pasear por la playa. Y entonces tendría que haber sonreído y conversado, y so-portado a Sally y su condescendencia. De hecho, verse rele-gada a adornar jarrones, una de las sutiles tiranías de Sally, era mucho más agradable que la alternativa de tener que su-frir su compañía.
    Nell dio a Jill un fugaz y suave beso en la frente.
    – Prepárate el pijama y no te acerques al balcón.
    – Ya lo sé. Ya me lo habías dicho -repuso Jill, muy digna.
    – También te dije que no entraras en las cuevas.
    – Eso es diferente.
    – No, no lo es.
    Jill se dirigió hacia el baño:
    – Las cuevas son bonitas. No me gustan los balcones, me dan vértigo cuando miro abajo, a las rocas.
    Demos gracias a Dios por los detalles que nos concede. Nell no podía entender por qué Sally les había dado a ellos, una pareja joven con una niña pequeña, una suite con un bal-cón justo encima de aquel acantilado. Sí, sí sabía por qué: Ri-chard le había dicho a Sally, años antes, que le encantaban las vistas desde cualquier balcón, y Sally siempre intentaba com-placerle. Todos intentaban complacer al muchacho de oro.
    – Deberías ver el cargamento de personal de seguridad que Kavinski ha enviado por delante de él, como comitiva. Ni que fuera Arafat. -Richard entró en la suite como una ráfaga de viento. Echó un vistazo a las flores-. Te ha queda-do precioso. Será mejor que lo bajes. Sally ha comentado que no había ni un ramo en el vestíbulo.
    – Lo he terminado ahora mismo. -Ya estaba otra vez pi-diendo perdón, se reprochó a sí misma, molesta-. No soy una profesional. Sally podría haber contratado a alguien que viniera desde Atenas para hacerlos.
    El la besó en la mejilla.
    – Pero no quedarían tan bien como los tuyos. Sally siem-pre dice que soy muy afortunado teniendo una esposa tan artística. Sé buena chica y apresúrate a llevarlo abajo. -Se dirigió al dormitorio-. Tengo que ducharme. Kavinski llegará en menos de una hora y Martin quiere presentarme durante el cóctel.
    – ¿Tengo que ir yo también? Pensaba bajar sólo para la fiesta.
    Richard lo meditó un instante y se encogió de hombros:
    – No hace falta que bajes antes, si no quieres. No creo que te echen de menos entre tanta gente.
    Se sintió aliviada. Era mucho más fácil diluirse en un discreto segundo plano durante la fiesta. Se volvió hacia la puerta.
    – Jill está llenando la bañera. ¿Puedes estar por ella hasta que vuelva?
    Richard sonrió.
    – Claro.
    Iba vestido con unas bermudas y una camisa blancas, te-nía el pelo, castaño, medio despeinado, y sus delgadas meji-llas estaban encendidas por el sol. Siempre quedaba muy elegante y apuesto con un esmoquin o un traje, pero a ella le gustaba más así. Era más accesible, más cercano, más suyo.
    Richard le hizo un gesto con las manos, apremiándola a irse.
    – Date prisa. Sally está esperando.
    Ella asintió y, con desgana, salió de la suite.
    Oyó la voz aguda y chillona de Sally antes incluso de empezar a bajar la curvada escalera de mármol. Siempre ha-bía pensado que aquella voz tan ridícula era incongruente en una mujer de casi uno ochenta de estatura, y tan delgada y esbelta como una pantera.
    Sally Brenden dio la espalda al criado al que estaba re-prendiendo y miró a Nell:
    – Por fin estás aquí. Ya era hora. -Le arrebató el jarrón y lo colocó sobre una mesa de mármol, bajo un elaboradísimo espejo dorado-. Pensaba que serías más considerada. Como si no tuviera suficientes cosas de las que preocuparme. Aún tengo que hablar con ese hombrecillo que se encargará de los fuegos artificiales, hablar con el chef, y ni siquiera estoy vestida. Ya sabes lo importante que es esta noche para Mar-tin. Todo tiene que ser perfecto.
    Nell sintió cómo se acaloraban sus mejillas.
    – Lo siento, Sally.
    – La esposa de un ejecutivo es muy importante para que él prospere en su carrera. Martin nunca hubiera llegado a ser vicepresidente si yo no hubiera estado allí, ayudándole. No te pedimos demasiado, ¿verdad?
    Nell había escuchado muchas veces aquel discurso de autoalabanzas. Sintió una oleada de irritación, pero la sofo-có rápidamente.
    – Lo siento, Sally -repitió-. ¿Puedo ayudar en algo más?
    Sally hizo un ademán con su bonita mano perfectamen-te cuidada.
    – He invitado a madame Gueray a la fiesta. Asegúrate de que esté cómoda y de que no le falte nada. Es deplorable-mente torpe en público.
    Elise Gueray era aún más tímida y se sentía aún más fue-ra de lugar en una fiesta que ella. Por eso no le importaba que Sally siempre le encomendara encargarse de todos los bichos raros. Para ella era una gran satisfacción hacer que su velada fuera más fácil y menos dolorosamente aburrida. Bien sabía Dios que estaba infinitamente agradecida a todos los que la habían ayudado durante aquellos primeros cinco años, después de su llegada a Europa.
    – No entiendo cómo Henri Gueray se casó con ella. -Sally miró a Nell con la más inocente de sus expresiones-. Aunque la verdad es que a menudo se ve a hombres apues-tos y poderosos casados con mosquitas muertas, esposas to-talmente inadecuadas.
    Una ligera punzadita que se convertía en una puñalada. Nell estaba demasiado acostumbrada a las sornas de Sally para darle la satisfacción de reaccionar a ellas.
    – Yo encuentro a madame Gueray muy agradable. -Se dio la vuelta rápidamente para dirigirse hacia la escalera-. Ahora debo subir a ver a Jill. Tiene que bañarse y cenar.
    – Realmente, Nell, deberías tener una niñera.
    – Me gusta ocuparme personalmente de ella.
    – Pero te impide cumplir con tus obligaciones. -Hizo una pausa-. He hablado del tema con Richard esta misma tarde y él está de acuerdo conmigo.
    Nell se detuvo.
    – ¿Richard ha dicho eso?
    – Por supuesto, él sabe que cuanto más prospere en la compañía, más obligaciones tendrás tú. Cuando regresemos a París, me pondré en contacto con la agencia que contraté yo cuando Jonathan era pequeño. Simone se encargó de que el crío no significara ningún problema para mí.
    Y, ahora, Jonathan era un adolescente completamente maleducado y rebelde, al que tenían confinado en un inter-nado de Massachusetts.
    – Gracias, pero no estoy tan ocupada. Quizá cuando Jill haya crecido un poco más.
    – Si convencemos a Kavinski para que nos confíe sus in-versiones en el extranjero, Richard será el responsable de administrarlas. Tendrás que viajar con él. Y creo que está decidido a contratar una niñera antes de que sea una necesi-dad urgente.
    Acto seguido, le dio la espalda y se marchó hacia el salón.
    Sally actuaba como si aquel asunto ya fuera un hecho, pensó Nell con desespero. Y ella no podía dejar a su hija bajo el cuidado de una de esas mujeres de rostro inexpresi-vo que había visto en el parque paseando a los bebés como si fueran una carga. Jill era su hija. ¿Cómo podía Richard si-quiera pensar en la posibilidad de quitársela?
    No, él no lo haría. Jill lo era todo para Nell. Y Nell hacía todo lo que Richard le pedía, pero no podía esperar que, en este tema…
    – No permitas que esa vieja bruja te fastidie. Sólo quiere verte sufrir. -Nadine Fallón bajaba las escaleras-. Los fanfa-rrones siempre se ceban en la buena gente. Es ley de vida.
    – Shh.
    Nell echó una mirada por encima de su hombro, pero Sally ya se había marchado.
    Nadine sonrió ampliamente.
    – ¿Quieres que le escupa en un ojo por ti?
    – Sí. -Frunció la nariz-. Aunque, de alguna manera, es-toy segura de que lo descubriría, y Richard se enfadaría conmigo.
    La sonrisa de Nadine se desvaneció.
    – Pues deberías dejar que se enfadara. Richard tendría que darse cuenta de que Sally no te llega ni a la suela del za-pato. Y debería ser él mismo el que escupiera a esa arpía.
    – Tú no lo entiendes.
    – No, no lo entiendo. -Pasó junto a Nell y continuó ba-jando, inmersa en una auténtica nube de perfume Opium y envuelta entre las gasas de su vestido, de Karl Lagerfeld… luciendo sus cabellos rojizos, preciosa, exótica y absolutamente segura de sí misma-. Ya aprendí hace mucho tiempo, cuan-do vivía en Brooklyn, que si no contraatacas te aplastan.
    Nadine nunca sería aplastada, pensó Nell melancólica-mente. Había luchado para hacerse camino desde la Séptima Avenida y llegar a la cima de las pasarelas de París sin perder nunca su naturalidad y su franqueza. La invitaban a todas partes y, últimamente, se habían ido encontrando cada vez con más frecuencia. Richard la llamaba «el desfile de modas andante», pero Nell siempre se alegraba de verla.
    Nadine le echó un vistazo por encima del hombro.
    – Estás fantástica. Has perdido unos kilitos, ¿no?
    – Puede.
    Sabía perfectamente que no era así. Estaba tan llenita como la última vez que se habían visto, el mes pasado. Lleva-ba los pantalones arrugados y no había tenido tiempo de pei-narse desde la mañana. Nadine sólo estaba tratando de animarla después del malévolo ataque de Sally Brenden. ¿Por qué no? La talla seis podía mostrarse amable con la talla doce. Sintió que se avergonzaba ante tal pensamiento. La amabili-dad debía agradecerse siempre, y no ser recibida con descon-fianza.
    – Tengo que ver a Richard ahora mismo. Nos veremos más tarde en la fiesta.
    Nadine sonrió y se despidió de ella diciéndole adiós con la mano.
    Nell subió los escalones de dos en dos y cruzó a la ca-rrera el enorme rellano. Richard no estaba en la salita. Le oía tararear en el dormitorio. Se detuvo ante la puerta para serenarse y, después de unos instantes, la abrió de golpe.
    – No quiero una niñera para Jill.
    Richard, frente al espejo, se volvió hacia ella.
    – ¿Qué?
    – Sally dice que estás pensando en contratar una niñera. No la quiero. No la necesitamos.
    – ¿Por qué estás tan enfadada? -Volvió a mirarse al espe-jo y enderezó su corbata-. Ha sido una conversación sin im-portancia. No es bueno agobiar a los niños con atenciones. Todos nuestros amigos tienen ayuda. Una niñera es como un símbolo de status.
    – Así que, realmente, estás pensando en ello.
    – No sin tu consentimiento. -Se puso la chaqueta del es-moquin-. ¿Qué te pondrás esta noche?
    – Aún no lo sé. -¿Y qué más daba? Se pusiera lo que se pusiera, su aspecto siempre era el mismo-. El vestido de en-caje azul, me parece. -Apretó los puños, nerviosa-. Yo no le estoy siempre encima a Jill.
    – El vestido azul te sienta muy bien. Buena elección. Ese escote drapeado te resalta los hombros y los hace mucho más bonitos.
    Nell cruzó la habitación y reclinó la cabeza contra el pe-cho de Richard.
    – Quiero cuidar a Jill yo misma. Tú estás fuera muy a menudo y así nos hacemos compañía la una a la otra. -Y añadió con un susurro-: Por favor, Richard.
    Él le acarició los cabellos.
    – Yo sólo quiero lo que sea mejor para ti. Sabes lo mucho que trabajo para aseguraros a ti y a Jill una buena vida. Pero ayúdame un poco, Nell.
    O sea que Richard iba a hacerlo, comprendió Nell, de-sesperada.
    – Intento ayudarte.
    – Y lo haces. -Él la apartó algo de su lado y la miró a los ojos-. Pero voy a necesitar más de ti. -Una chispa de excita-ción asomó en su rostro-. Kavinski es la clave de todo, Nell. He estado esperando durante seis años una oportunidad como ésta. No es sólo el dinero, es el poder. No puedes ima-ginarte lo lejos que voy a llegar ahora.
    – Me esforzaré aún más. Haré todo lo que me digas, pero deja que Jill esté conmigo.
    – Ya hablaremos de eso mañana. -La besó en la frente y fue hacia la puerta-. Ahora será mejor que baje. Kavinski llegará en cualquier momento.
    Richard cerró la puerta tras él, y Nell se quedó mirán-dola fijamente, como sonámbula. Ya hablarían mañana, y él se mostraría muy amable pero muy firme, y un poco triste porque no podía hacer lo que ella le pedía. La haría sentir culpable y desamparada y, cuando volvieran a París, le com-praría sus rosas amarillas favoritas y se ocuparía de entrevis-tar a las niñeras él mismo para evitarle más angustia.
    – Mamá, el agua se está enfriando -protestó Jill, descalza junto a la puerta del baño, envuelta en una gigantesca toalla rosa.
    – ¿De veras, cariño? -Tragó saliva para suavizar el nudo que sentía en la garganta. Disfrutaría de esos preciosos mo-mentos con Jill e intentaría no pensar en mañana. Quizá na-die conseguiría que Kavinski firmara. O quizá Richard cambiaría de opinión-. Entonces, será mejor calentarla, y así podrás meterte y remojarte un buen rato.
    – Síii. -Jill giró sobre sus talones y desapareció hacia el cuarto de baño.

* * *

    – Pareces una princesa.- Jill se mecía adelante y atrás sobre su cama, abrazándose las rodillas.
    – Bueno, no mucho. -Nell la empujó cariñosamente ha-cia la almohada y la cubrió con la colcha-. No intentes que-darte despierta. Duerme un poquito hasta que yo suba con nuestro picnic. Una de las criadas se quedará aquí mismo, en la salita. -Le pasó la mano por los cabellos, jugando a des-peinarla-. Por si acaso ves algún monstruo.
    – Lo he visto, mamá -aseguró Jill, muy seria.
    – De acuerdo, pero no lo volverás a ver. -La besó en la frente-. Te lo prometo.
    Ya estaba a punto de salir cuando Jill la llamó:
    – Acuérdate del vino.
    Sonriendo, Nell cerró la puerta tras ella. Jill nunca sufri-ría por ser demasiado tímida o débil para expresarse y pedir lo que quería.
    Su sonrisa se desvaneció al pasar por delante del espejo de la salita. Sólo su hija podía encontrarle parecido con una princesa. Medía un poco más de un metro setenta, pero era más bien llenita, y no de grácil figura. Llenita, aburrida y vul-gar. Su característica era no destacar en nada excepto por una nariz que destacaba, un tanto respingona, en lugar de diluir-se en la aburrida uniformidad del resto de su cara. Incluso sus cabellos, cortos, eran aburridos, del mismo tono castaño cla-ro que los de Jill, pero sin el brillo de la infancia. Vulgar.
    Bien, a Jill le había parecido guapa, y eso era suficiente. Y no era que Richard no la encontrara atractiva. Una vez, él le había dicho que le recordaba a los edredones rústicos he-chos a mano: duraderos, tradicionales y bonitos en su sim-plicidad. Nell arrugó la nariz con desagrado ante su imagen reflejada en el espejo, antes de salir a toda prisa hacia la puer-ta. No conocía a ninguna mujer en el mundo que no prefi-riera ser un fantástico chal de seda antes que un edredón rús-tico. Pero las mujeres vulgares tienen una ventaja: nadie se da cuenta nunca si entran o salen de una habitación. Así que no sería un problema escapar del salón con la cena de Jill.
    Se detuvo en lo alto de las escaleras y observó el gentío en el vestíbulo de la entrada.
    Música.
    Fragancia de flores y perfumes caros.
    Risas y conversaciones.
    Dios santo, no quería bajar. Las enormes puertas labra-das que conducían al salón estaban abiertas de par en par, y pudo ver a Richard, de pie en una esquina, hablando con un hombre alto, barbudo y con el pecho lleno de condecora-ciones. ¿Kavinski? Probablemente. Martin, Sally y Nadine estaban también allí, pululando a su alrededor, y la expre-sión de Sally era casi servil. Nell tendría que unirse al grupo más tarde, cuando Richard quisiera presentarla a Kavinski, pero ahora podía, simplemente, estar por allí.
    Recorrió la estancia con la mirada, y finalmente localizó a madame Gueray, medio escondida a la sombra de las puer-tas acristaladas. Elise Gueray tenía unos cincuenta años, era delgada, e intentaba desesperadamente confundirse con el terciopelo blanco de las cortinas. Nell sintió un súbito im-pulso de simpatía. Conocía a la perfección aquella sonrisa tímida y forzada, y aquella expresión de animalito perdido: la había visto en su propio espejo.
    Empezó a bajar las escaleras. Era mejor dejar que Ri-chard siguiera encandilando a Kavinski y con sus semejan-tes y con toda aquella gente importante. Mientras, Nell aportaría su granito de arena y ayudaría a Richard haciendo que aquella pobre mujer se sintiera menos fuera de lugar. Eso era mucho más adecuado para ella.

* * *

    – Mon Dieu, ese hombre debería llevar una rosa entre los dientes -murmuró Elise Gueray.
    – ¿Cómo dice?
    Nell puso un pastelillo de limón en la bandeja. Le había prometido tarta de chocolate a Jill pero no había ninguna sobre la mesa del bufé.
    – Sí, como monsieur Schwarzenegger en aquella película en que hacía de un espía que era capaz de hacer cualquier cosa, excepto volar.
    Nell recordó vagamente aquella película y al enorme Schwarzenegger bailando un tango con una rosa entre los dientes.
    – ¿Mentiras arriesgadas?
    Elise se encogió de hombros.
    – Nunca recuerdo los títulos, pero Schwarzenegger es difícil de olvidar. -Indicó, con un ligero movimiento de ca-beza, a alguien al otro lado del salón-. Se le parece muchísi-mo. ¿Sabes quién es?
    Nell miró por encima de su hombro. El hombre que se-ñalaba Elise no tenía ni la estatura ni la corpulencia de Schwarzenegger, pero Nell supo enseguida a qué se refería Elise. Era moreno, de unos treinta y tantos, más atractivo que guapo, y desprendía absoluta seguridad en sí mismo. Nunca se encontraría en una situación que no pudiera con-trolar. Elise no tenía más opción que encontrarlo fascinan-te. Para gente como ella y como Nell, esa seguridad y aplo-mo eran irresistibles, porque resultaban inalcanzables.
    – No le he visto en mi vida. Seguramente debe de ser del séquito de Kavinski.
    Elise negó con la cabeza…
    Tenía razón, pensó Nell. Aquel desconocido no tenía aspecto de estar a la sombra de nadie.
    – ¿Tanta hambre tienes? -La mirada de Elise se había fi-jado en la bandeja de Nell.
    Sus mejillas se sonrojaron.
    – No, he pensado en subirle una selección del bufé a mi hija.
    Elise parecía azorada.
    – Yo… no quería decir que…
    – Lo sé. -Nell hizo una mueca-; no parezco exactamen-te desnutrida.
    – Estás muy bien -repuso Elise, amable-. No quería he-rir tus…
    – No lo ha hecho. -Sonrió, un tanto triste-. Es mi debi-lidad por el chocolate lo que puede hacerme daño. Es un consuelo tan agradable como el de introducirse en la seguri-dad de la cama.
    – ¿Necesitas consuelo, querida?
    – ¿No lo necesitamos todos? -Pero, inmediatamente después de esa evasiva, añadió, en tono más firme-: No, por supuesto que no. Tengo todo lo que podría desear. -Y, lue-go dijo-: Si tuviera usted tiempo mañana, me gustaría que conociera a mi hija.
    – Me encantaría, de veras.
    – ¡Ah! Allí están los pasteles de chocolate. Le entusias-man. -Colocó un buen pedazo en la bandeja antes de vol-verse hacia Elise-. ¿Me disculpa? Me gustaría subirle esto a Jill. Le dije que echara una cabezadita, pero es posible que todavía esté despierta.
    – Por supuesto. Te he robado demasiado tiempo. Has sido muy amable.
    – No diga eso. Me lo he pasado muy bien. Debería ser yo la que te lo agradeciera. -Era cierto. Una vez vencía su timi-dez, Elise Gueray se revelaba como poseedora de un gran ingenio y sentido del humor. Había conseguido que el tiem-po transcurriera más que agradablemente. Nell cogió la bandeja-. Si no la veo más tarde, la buscaré mañana después del desayuno.
    Elise sacudió la cabeza y miró hacia su marido, al otro lado del salón.
    – Dudo que estemos aquí cuando vuelvas. Henri querrá irse pronto. Lo único que quería era conocer a Kavinski.
    Nell se fue, esquivando la multitud, con el ceño cada vez más fruncido, concentrándose en mantener el equilibrio de la pesada bandeja que transportaba.
    El vino.
    Se detuvo en seco a la salida del salón de baile.
    Bueno, ¿por qué no? Unos sorbitos no le sentarían nada mal; en Europa tienen costumbre de hacerlo. Y ella quería que Jill fuera feliz esa noche. ¿Quién sabía cuántas ocasio-nes más tendrían de estar juntas?
    Volvió a entrar en el salón. Champán. Mucho mejor. Mientras cogía una copa de champán de las que llevaba un camarero que pasaba por su lado, la bandeja de Nell se tam-baleó.
    Alguien llegó a tiempo de asirla.
    – ¿Me permite que la ayude?
    Arnold Schwarzenegger. No, de cerca, aquel hombre solo se parecía a él mismo. Impresionante. Tanta seguridad era desconcertante y Nell, instintivamente, quiso huir. Apartó la mirada de él.
    – No, gracias.
    Intentó recuperar la bandeja, pero él la mantuvo fuera de su alcance.
    – Insisto. No es ninguna molestia. -Él salió de la sala en un par de zancadas y ella se vio forzada a apresurarse para seguirlo-. ¿Dónde es la cita?
    – ¿La cita?
    Él miró el contenido de la bandeja.
    – Sea quien sea quien le esté esperando, debe de tener buen apetito.
    Ella sintió otra ola de calor en sus mejillas. Veintiocho años y todavía se ruborizaba. Murmuró:
    – Es una especie de selección. Para mi hija.
    Él sonrió.
    – Entonces supongo que la cita es en uno de los dormi-torios, y no creo que consiga usted subir las escaleras con el champán y la bandeja… sólo tiene dos manos. -Cruzó la entrada y empezó a subir-. Me llamo Nicholas Tanek. Y ¿us-ted es…?
    – Nell Calder. -De repente, se encontró persiguiéndolo escaleras arriba-. Pero no necesito ayuda. Por favor, me de-vuelve…
    – ¿Calder? ¿La esposa de Richard Calder?
    Estaba sorprendido. Todo el mundo se sorprendía de que Richard se hubiera casado con ella.
    – Sí.
    – Bueno, parece que está demasiado ocupado para ayu-darla. Permítame sustituirlo.
    Estaba claro que no se le podía disuadir. Tendría que dejarle hacer, simplemente. Sería la manera más rápida de li-brarse de él. Nell siguió, pues, subiendo tras el hombre y, de repente, se descubrió observando las suaves curvas de sus hombros y de sus nalgas. Era un cuerpo musculoso y admi-rablemente moldeado.
    – ¿Qué edad tiene su hija?
    Levantó la mirada, sintiéndose un tanto culpable. Pero comprobó, con alivio, que él la tenía fija al frente.
    – Jill tiene casi cinco años. ¿Tiene usted hijos, señor Ta-nek?
    Él negó con la cabeza.
    – ¿Hacia dónde vamos ahora?
    – A la derecha.
    – ¿Está usted también en el banco Continental? -le pre-guntó Tanek.
    – No.
    – ¿A qué se dedica?
    – A nada. Quiero decir que cuido de mi hija. -No hubo comentario a eso, y Nell añadió-: Tengo bastantes obliga-ciones sociales.
    – Seguro que debe de estar muy ocupada.
    No, no como las mujeres de su mundo. Nell estaba con-vencida de que todas debían ser tan bien parecidas y debían poseer tanto aplomo como él.
    – ¿Es usted americana?
    Ella asintió.
    – Me crié en Raleigh, Carolina del Norte.
    – Es una ciudad universitaria, ¿verdad?
    – Sí, mis padres impartían clases en la Universidad de Greenbiar, en las afueras de Raleigh. Mi padre era el decano.
    – Parece una vida muy… tranquila.
    Seguro que quería decir aburrida. Ella se irritó un poco.
    – Me gustan las ciudades pequeñas.
    Él volvió la cabeza para mirarla.
    – Pero, desde luego, no puede compararse con la vida que lleva usted ahora, en París. Tengo entendido que el banco Continental tiene la central europea en la capital francesa.
    – Sí, es cierto.
    – Y debe de ser agradable poder visitar lugares como éste. El lujo puede ser muy importante.
    – ¿Lo es?
    – He tenido la ocasión de charlar con su marido esta tar-de. Y me atrevería a asegurar que le encantaría vivir siempre en un palacio.
    – Trabaja mucho para que podamos disfrutar de pequeños lujos. -Aquella investigación trivial empezaba a moles-tarla. No podía estar realmente interesado en Richard o en ella. Nell cambió de tema-. ¿Trabaja usted en la banca, se-ñor Tanek?
    – No, estoy retirado.
    Ella lo miró confusa.
    – ¿De veras? Es muy joven.
    Él se rió.
    – Gané suficiente dinero y decidí no esperar a la fiesta de jubilación y el reloj de oro. Tengo un rancho en Idaho.
    De nuevo, la sorprendía. Nunca hubiera dicho que era un tipo que vivía alejado de la vida urbana.
    – No parece usted…
    – Me gusta la soledad. Crecí en Hong Kong, siempre ro-deado de gente. Cuando pude elegir, opté por el aislamiento.
    – Lo siento; no es asunto mío.
    – No se preocupe. No tengo nada que ocultar.
    De repente, a Nell le pareció que sí tenía qué ocultar, y mucho. Bajo su aspecto tranquilo, escondía sin duda un sin-fín de cosas.
    – ¿De qué trabajo se retiró?
    – Tenía negocios -y preguntó-: ¿Qué puerta es?
    – ¡Ah! La última de la izquierda.
    Atravesó velozmente el pasillo y se detuvo frente a la puerta.
    – Gracias. No era necesario, pero…
    Él ya había abierto la puerta y estaba entrando, ante el asombro de ella.
    La camarera griega rápidamente se incorporó en su silla.
    – Puede retirarse -le dijo Nicholas Tanek en griego-. La llamaremos si la necesitamos.
    La criada salió de la suite y cerró la puerta.
    Nell lo miraba fijamente, aturdida.
    Tanek le sonrió.
    – No se alarme. Mis intenciones son de lo más honesto -le guiñó un ojo-. Bueno, a menos que considere usted des-honesto escaparse de una fiesta aburridísima. La he visto en la puerta, huyendo también, y necesitaba una excusa razo-nable para desaparecer durante un rato.
    – Mamá, ¿has traído el…? -Jill se detuvo junto a la puer-ta, mirando a Tanek-. ¿Y tú quién eres?
    Él le dedicó un educado saludo, inclinando la cabeza.
    – Nicholas Tanek. Tú eres Jill, ¿verdad?
    Ella asintió con cautela.
    – Entonces esto es para ti. -Y le enseñó la bandeja, con una especie de reverencia-. Miel y ambrosía.
    – Yo quería pastel de chocolate.
    – Creo que también tenemos de eso -dio un paso hacia ella-. ¿Dónde vamos a sentarnos?
    Jill lo estudió un momento, y se decidió a responder.
    – Mamá y yo vamos a hacer un picnic. He puesto la manta en el suelo.
    – Una idea excelente. Está claro que nos llevas ventaja en cuanto a intendencia. -Empezó a disponer los platos de pa-pel sobre la manta y dijo, por encima del hombro-: Ha olvidado las servilletas. Tendremos que improvisar. -Desapare-ció hacia el baño y volvió al cabo de un minuto con un montón de pañuelos de papel y dos toallas de mano con encajes-. Madame, ¿me permite? -Rodeó el cuello de Jill con la toalla de mano y se la ató por detrás.
    Jill soltó una risita.
    Nell sintió una oleada de celos al ver que Jill estaba di-virtiéndose con las atenciones de un extraño. Se suponía que este momento era para estar a solas con su hija, y aquel hombre lo estaba fastidiando todo.
    – Gracias por ayudarme a traer la bandeja, señor Tanek -le dijo educadamente-. Sé que está deseando volver a la fiesta.
    – ¿De veras lo cree? -Se volvió y, al ver el rostro de ella, su sonrisa se esfumó. Asintió lentamente-: Sí, quizá debería bajar -inclinó la cabeza hacia Jill-, pero esperaré para retirarle la bandeja, madame.
    – No se preocupe -dijo Nell-, la camarera lo hará por la mañana.
    – Insisto. Esperaré en la salita. Llámenme cuando hayan acabado. -A grandes zancadas, salió del dormitorio.
    – ¿Quién es? -preguntó Jill en un susurro, con la mirada fija en la puerta medio abierta.
    – Sólo un invitado.
    Estaba sorprendida de que Tanek hubiera renunciado con tanta facilidad. Bueno, no había sido una rendición del todo. Estaba claro que él no quería volver abajo y que estaba usando la suite como asilo. ¿A quién estaba evitando? Una mujer, probablemente. Era el tipo de hombre que de-bía de tener un montón de mujeres persiguiéndolo. Bueno, no le importaba cuánto rato estuviera allí si se mantenía apartado y no las molestaba.
    – Me gusta -dijo Jill.
    Nell no lo dudaba. Tanek la había hecho sentir, en aque-llos breves minutos, como una emperatriz.
    Entonces, la mirada ansiosa de Jill se quedó prendida de la copa de cristal, e instantáneamente se olvidó de Tanek.
    – ¿Es vino?
    – Champán. -Nell se dejó caer en el suelo y cruzó las piernas-. Como usted ordenó.
    Una sonrisa radiante iluminó la cara de la pequeña.
    – Lo has traído.
    – Es una fiesta privada, ¿no? -Le pasó la copa-. Un sorbito.
    Jill bebió un buen sorbo y después hizo una mueca:
    – Es ácido. Pero hace cosquillas y da calorcito cuando te lo tragas. -Fue a beber otra vez-. Jean Marc dice que…
    Nell rescató la copa.
    – Ya es suficiente.
    – De acuerdo -Jill cogió el pastel-, pero si esto es una fiesta, deberíamos tener música.
    – Cierto. -Nell se arrastró hasta la mesita de noche, co-gió la caja de música y le dio cuerda. La puso sobre la man-ta, y madre e hija miraron a los dos osos panda bailando len-tamente, girando al son de la música-. Mucho mejor que la orquesta de abajo.
    Jill se acercó más y levantó el brazo de Nell para acu-rrucarse debajo. Mientras iba comiendo el pastel, no deja-ban de caer trocitos sobre el vestido de encaje azul de Nell. Sabía que antes de que su hija acabara, ambas estarían cu-biertas de crema de chocolate.
    No le importaba. Al infierno con el vestido. Sus brazos rodearon con más fuerza el cuerpo tibio y menudo de su hija. Los momentos como aquél eran únicos y preciosos.
    Y podía ser que aún se hicieran menos frecuentes.
    No, Nell no les dejaría hacerlo. Richard estaba equivo-cado y ella tenía que convencerlo de que Jill la necesitaba.
    Pero ¿qué pasaría si no lo podía convencer?
    Entonces tendría que discutir, pelearse con él. Sintió el pánico y desesperación al pensarlo. Cada vez que Nell no estaba de acuerdo con Richard, él la hacía sentir poco razo-nable y cruel. Richard siempre estaba seguro de todo, y ella nunca de nada.
    Excepto de que era un error obligarla a confiar a su hija a una absoluta desconocida.
    – Me estás apretando demasiado fuerte -dijo Jill.
    Nell suavizó el abrazo, pero siguió manteniendo a Jill muy cerca.
    – Lo siento.
    – No pasa nada -la disculpó, con la boca llena de pastel. Y se acurrucó contra ella-. No me has hecho daño.
    No había elección. Encontraría la fuerza donde fuera, pero debía enfrentarse a Richard.

* * *

    Había venido para nada, pensó Nicholas disgustado mien-tras miraba hacia abajo cómo las olas rompían sobre el acan-tilado. Nadie querría matar a Nell Calder. Y no parecía tener mayor conexión con Gardeaux que aquel elfo de gran-des ojos al que ahora ella estaba alimentando con pasteles y amor.
    Si había algún objetivo allí, probablemente sería Kavinski. Como jefe de un emergente estado ruso, tenía tanto po-der para ser una buena fuente de ingresos como para ser una extra molestia para Gardeaux. Nell Calder jamás represen-taría un peligro para nadie. Él conocía las respuestas a todas las preguntas que le había hecho, pero le interesaba ver sus reacciones. La había estado observando toda la tarde y esta-ba claro que era una mujer buena y tímida, absolutamente atemorizada, incluso ante aquellos tiburones de pacotilla de la planta baja. No podía imaginársela con suficiente influen-za para merecer ser sobornada, y nunca sería capaz de con-vertirse en un digno rival para Gardeaux.
    A no ser que fuera más de lo que aparentaba. Posiblemente. Parecía tan dócil como un cordero, pero con las suficientes agallas para echarlo del dormitorio de su hija.
    Todo el mundo lucha si en la batalla se decide algo im-portante. Y, para Nell Calder, era importante no compartir su hija con él. No, la lista tenía que significar otra cosa. Así que, cuando volviera a bajar, se pondría cerca de Kavinski.
Allá vamos, arriba, arriba,
hacia el cielo tan azul.
Allá vamos, abajo, abajo,
a tocar la rosa roja.

    Ella estaba cantándole a la niña. A Tanek siempre le ha-bían gustado las canciones de cuna. Cada una de aquellas melodías, tan repetitivas, era una especie de cántico que transmitía seguridad, y eso era algo de lo que él nunca había podido gozar en su vida. Desde el amanecer de los tiempos, las madres han cantado para sus hijos y, probablemente, és-tos seguirán haciéndolo para los suyos dentro de miles de años…
    La canción se acabó entre suaves risitas y murmullos que no pudo entender.
    Unos minutos más tarde, Nell salió del dormitorio y ce-rró la puerta. Estaba sonrosada, radiante, con una expresión tan tierna como la mantequilla fundida.
    – Nunca había oído esa canción de cuna -dijo Tanek.
    Nell reaccionó entre sorprendida y alarmada, como si se hubiera olvidado de que él todavía estaba ahí.
    – Es muy antigua. Mi abuela solía cantármela.
    – ¿Ya está dormida su hija?
    – No, pero pronto lo estará. Le he puesto la caja de música otra vez. Normalmente, se duerme antes de que la músi-ca acabe.
    – Es una niña muy bonita.
    – Sí -una luminosa sonrisa transformó de nuevo su ros-tro, tan corriente, en radiante-. Sí, sí que lo es.
    Él la miró, intrigado. Descubrió que quería que ella mantuviera aquella sonrisa en su cara.
    – ¿Y lista?
    – A veces demasiado. Su imaginación puede ser un pro-blema. Pero siempre es razonable y puedes hablar con ella y… -Se detuvo, frenando su apasionamiento-. Pero seguro que todo esto no le interesa y no quiero aburrirle. He olvi-dado la bandeja. Volveré por ella.
    – No se preocupe. Quizá despierte a Jill. La camarera puede recogerla por la mañana.
    Ella lo miró a los ojos.
    – Eso es lo que yo le he dicho antes.
    Él sonrió.
    – Pero entonces no la he querido escuchar. Ahora me parece perfectamente lógico.
    – Porque es lo que quiere usted hacer.
    – Exactamente.
    – Yo tengo que bajar también. Aún no he saludado a Kavinski. -Fue hacia la puerta.
    – Espere. Creo que primero querrá quitarse todo ese chocolate del vestido.
    – Maldita sea. -Frunció el ceño al ver las manchas en la falda-. Ya no me acordaba. -Se volvió hacia el baño y le dijo a Tanek, secamente-: Váyase. Estoy segura de que no voy a necesitar su ayuda en esta ocasión.
    Él dudó.
    Ella le dirigió una mirada directa por encima del hom-bro.
    No tenía una excusa para quedarse, aunque ese pequeño detalle no era suficiente para hacerle desistir.
    Pero tampoco tenía una razón. Había sobrevivido en demasiadas ocasiones gracias a su instinto para no creer en el ahora, y aquella mujer no era ninguna clase de objetivo para nadie. Debería estar vigilando a Kavinski.
    Se dirigió hacia la puerta.
    – Le diré a la camarera que la está esperando.
    – Gracias, muy amable -respondió Nell automáticamen-te mientras entraba en el cuarto de baño.
    Buenas maneras, sin duda inculcadas desde la infancia. Lealtad. Amabilidad. Una buena mujer cuyo mundo se cen-aba en aquella dulce criatura. Definitivamente, él no tenía nada que investigar allí.
    La camarera no estaba esperando en el pasillo. Tendría que enviar a uno de los sirvientes de la planta baja.
    Cruzó con rapidez el pasillo y empezó a bajar las esca-leras.
    Disparos.
    Venían de la sala de baile.
    Mierda.
    Tanek se lanzó a la carrera escaleras abajo.
    Explosiones.
    Fuegos artificiales, pensó Nell, ausente. Sally le había dicho que habría una exhibición de fuegos artificiales para coronar la velada. Había estado en la habitación más tiempo del que creía. A Sally no le iba a gustar.
    La mancha no era muy difícil. Gracias a Dios por el mi-lagro del agua con gas. Se había temido tener que cambiar-se de vestido. Con mucho cuidado, limpió el rastro de cho-colate.
    Oyó un portazo en la salita.
    La camarera. ¿Cómo se llamaba? Hera.
    – Estoy en el cuarto de baño. Me voy dentro de un mo-mento, Hera. Estoy intentando limpiar mi… -Levantó la mirada.
    En el espejo, un rostro, tembloroso, pálido y distorsio-nado.
    – ¿Qué…?
    El reflejo del acero, un brazo alzándose.
    Un cuchillo.
    Nell se volvió, al tiempo que el cuchillo descendía.
    Dolor.
    El cuchillo fue extraído de su hombro y cayó de nuevo.
    Debía de ser un ladrón.
    – No… Le daré las joyas. Por favor.
    La hoja penetró otra vez, hiriendo la parte superior de su brazo. Pudo ver los labios de su atacante mostrando, a través de una media, los dientes. No era un ladrón. Estaba disfrutando, comprendió horrorizada. Estaba jugando con ella. Le gustaba ver su expresión de dolor, verla indefensa.
    La sangre descendía por su brazo, y el dolor era tan intenso que se estaba mareando.
    ¿Por qué hacía aquello, quien fuera?
    Iba a morir.
    Jill.
    Jill estaba en la otra habitación. Si Nell moría, no la po-dría proteger del atacante.
    El volvía a levantar el cuchillo.
    Nell le dio un rodillazo en la ingle.
    El intruso gritó de dolor y se dobló por la mitad.
    Nell lo empujó para pasar. Sus cuerpos se rozaron lige-ramente, y notó una extraña sensación, como si él estuviera excitado. Se dirigió, tambaleándose, hacia la salita. Le tem-blaban las rodillas. Iba a caerse.
    – Puta. -Estaba justo al lado de ella.
    Tenía que haber tenido un arma. No tenía ninguna.
    De un tirón, desenchufó la lámpara de la mesita que es-taba junto a ella. Y se la lanzó.
    El la repelió con un brazo. Continuó avanzando ha-cia ella.
    Ella se alejó de él, caminando de espaldas. ¿No dicen que la mejor defensa es gritar?
    Gritó.
    – Sigue. Nadie te va a oír. Nadie te ayudará.
    Estaba en lo cierto. Los fuegos artificiales y los chillidos de la planta baja eran demasiado fuertes.
    Estaba de pie cerca de las puertas del balcón. Arrancó una cortina de seda beige y se la lanzó por encima. Oyó cómo la maldecía mientras ella lo esquivaba…
    Sí, casi lo esquivó.
    El consiguió librarse de la cortina a tiempo para agarrar-la por el brazo y arrojarla al suelo. Levantó el cuchillo de nuevo.
    Nell se incorporó y le golpeó en el estómago con la ca-beza.
    El dejó, por un momento, de asirla con tanta fuerza, y ella aprovechó para liberarse de un tirón.
    – Mamá.
    Oh, Dios mío, Jill estaba de pie junto a la puerta del dormitorio.
    – No te acerques, cariño.
    El balcón. Si pudiera atraerlo a fuera, al balcón, Jill po-dría escapar.
    Lanzó un puñetazo que impactó en la mejilla del hom-bre. Rápidamente, se dio la vuelta y salió al balcón.
    Él la siguió.
    – Corre, Jill. Ve con papá.
    Jill estaba llorando. Quería consolarla.
    – Vete, cariñ…
    El cuchillo. Penetrando. Dolor.
    Atácalo.
    No, no desfallezcas.
    Golpéalo. Hiérelo.
    Dale tiempo a Jill para que escape.
    Corre.
    No hay escapatoria.
    La balaustrada de piedra dura y fría contra su espalda.
    Hazlo caer. Lo haría caer del balcón. Desesperadamen-te, lo cogió por los hombros e intentó girarlo.
    – Ah, no, estúpida puta.
    Él se liberó y la propulsó por encima de la balaustrada.
    Nell gritaba.
    Estaba cayendo.
    Se estaba muriendo.

* * *

    Nicholas se abría paso entre los invitados que, aterrori-zados, literalmente brotaban desde el salón hacia el ves-tíbulo.
    Agarró del brazo a Sally Brenden, al cruzarse con ella.
    – ¿Qué ha pasado?
    – Suélteme. -Sus ojos reflejaban puro terror-. Es una lo-cura. Los han matado. Es una locura.
    La asió con más fuerza.
    – ¿Quién ha disparado?
    – ¿Cómo quiere que lo sepa? -Se volvió hacia un hom-bre grande que estaba saliendo del salón de baile-: ¡Martin!
    Martin Brenden estaba pálido y sudoroso.
    – Kavinski está herido. Y otros dos. Y he visto que Ri-chard se desplomaba. Han disparado a Richard.
    – ¿Cuántos son? -preguntó Nicholas-. ¿De dónde pro-venían los disparos?
    – Del exterior, a través de la ventana -contestó Martin-. Los guardaespaldas de Kavinski los están persiguiendo. -Cogió a su esposa por el brazo-. Vámonos de aquí.
    – ¿Cómo ha podido suceder algo así? -preguntó Sally estupefacta-. Mi maravillosa fiesta…
    – Serán capturados. -Se la llevó, casi a rastras-. Kavinski tenía dos hombres apostados en el muelle. Nunca podrán escapar de la isla.
    Ella dejó que la condujera hacia fuera.
    – Mi fiesta…
    Nicholas se abrió paso entre el gentío hasta la puerta principal.
    Dos hombres corrían. Dos cuerpos delgados y oscuros que brillaban bajo la luz de la luna. Trajes de buzo.
    No iban en dirección al muelle sino hacia el otro extre-mo de la isla.
    Por supuesto, no huirían por el muelle. Seguro que Gardeaux habría encontrado la manera de evitar esa trampa des-pués de que el objetivo estuviera eliminado.
    Objetivo.
    Nell Calder.
    Dio la vuelta y corrió de nuevo hacia la mansión.

Capítulo 2

    – Dios mío. Su cara… Es un monstruo.
    La voz de Nadine.
    «He visto un monstruo.»
    Jill también había dicho eso. Todo el mundo veía mons-truos.
    – Por Dios bendito, no se quede ahí, sin hacer nada. Traiga al médico que está atendiendo a Kavinski. Ella nece-sita mucho más su ayuda.
    ¿Richard? No, la voz era más áspera, más dura. Tanek. Era extraño que pudiera reconocer su voz en la oscuridad.
    Intentó abrir los ojos. Sí, Tanek. Ya no estaba elegante, lleno de sangre, sin chaqueta. ¿Estaba herido?
    – Sangre…
    – No se mueva. Se pondrá bien. -Su mirada sostuvo la de ella con firmeza-. Se lo prometo. No va a morir.
    Nadine estaba llorando.
    – Pobrecilla. Dios mío, voy a vomitar.
    – Pues vaya y vomite -dijo fríamente Tanek-, pero antes traiga al doctor.
    Entonces, debía de ser ella la que estaba herida, pen-só Nell.
    Estaba cayendo.
    Se estaba muriendo.
    ¿Y no debería estar Richard allí si se estaba muriendo? Quería ver a Jill.
    – Jill…
    – Shh -dijo Tanek-. Todo irá bien.
    Algo iba mal. No, todo iba mal. Ella se estaba muriendo y allí no había nadie a quien le importara. Sólo aquel desconocido. Sólo Tanek.

* * *

    – He estado mirando la tele -dijo Jamie Reardon tan pronto como levantó el auricular del teléfono-. Parece que has teni-do una noche atareada, Nick. Así, ¿Kavinski era el blanco?
    – No lo sé. También han abatido al guardaespaldas. Qui-zá lo de Kavinski ha sido accidental.
    – ¿Cómo han conseguido llegar a la isla?
    – A través de un túnel submarino que desemboca en las cuevas, al otro extremo de la isla. Han anclado a unas millas de la costa y, usando trajes y equipamiento submarino, han podido nadar hasta una de las cuevas. ¿Qué han dicho en las noticias?
    – Que un grupo terrorista del país de Kavinski ha orga-nizado un asalto, un atentado en el que han resultado muer-tos cinco testigos inocentes.
    – Cuatro. La mujer está viva. Pero su estado es grave. La han apuñalado tres veces y, después, la han arrojado al acan-tilado desde un balcón. Está absolutamente destrozada, y de camino a un hospital de Atenas. Había un médico en la fies-ta, y ha dicho que, si la conmoción no la mata, probable-mente sobrevivirá. Quiero que prepares un avión privado. La llevaremos de vuelta a Estados Unidos para curarla.
    Jamie soltó un silbido.
    – A Kabler no le va a gustar. Va a querer hablar con ella.
    – Que le den por el saco.
    – ¿Y qué pasa con sus parientes? ¿Tienes su permiso?
    – Su marido ha sido una de las víctimas. Va camino de la morgue. Consigue que Conner falsifique unos documentos que prueben que tú eres su hermano y haz que Lieber haga una llamada al hospital. Seguro que aquí han oído hablar de él.
    – ¿Por qué Lieber?
    – Parecerá lo más lógico. Nell Calder tiene la cara com-pletamente destrozada.
    – ¿Por qué han asesinado a Richard Calder? No estaba en la lista.
    – Tampoco lo estaba su hija de cuatro años.
    – Dios mío…
    Nicholas cerró los ojos para borrar la imagen que había visto al mirar hacia abajo desde el balcón. Pero no sirvió de nada. Seguía viéndola, de todos modos.
    – He metido la pata, Jamie. Pensaba que todo este asun-to era una tontería.
    – No eres el único. Kabler también decidió renunciar.
    – Yo no he renunciado. Yo estaba allí. Podía haberlo evi-tado.
    – ¿Tú solo?
    – Debería haberla avisado. Quería a aquella niña con lo-cura y me habría escuchado.
    – Y también podría haber pensado que estabas chiflado. Nunca lo sabrás. Si tiene algo que ver con Gardeaux, la cul-pa es suya. -Hizo una pausa-, ¿Necesitas ayuda para salir de la isla?
    – No, si me voy ahora. Kabler no ha llegado todavía. He hablado con la policía local y puedo marcharme. Nos en-contraremos en el aeropuerto -dijo, y colgó.

    5 DE JUNIO, MINNEAPOLIS, MINNESOTA

    Joel Lieber fue a buscarlos al aeropuerto con una ambu-lancia, y absolutamente fuera de sí.
    – Te dije que no quería verme envuelto en esto, Nicholas. Estoy demasiado ocupado para negociar con hombres como Kabler. Alteran mi… ¡Con cuidado! -se volvió hacia los sanitarios que transportaban la camilla-: No la zaran-deen. ¿Cuántas veces tengo que decirles que no se puede za-randear a los enfermos? -Mientras seguía a la camilla hasta la ambulancia, le espetó, por encima del hombro-: Ve a mi despacho. Nos veremos allí después de haberla examinado. ¿Ha recobrado el conocimiento?
    – Sólo una vez justo después de que la encontramos. Las heridas de cuchillo no eran profundas pero tenía el brazo y la clavícula rotos. En urgencias de Atenas le trataron las fracturas pero les dije que no hicieran nada respecto a su cara.
    – Así yo tendría ese dudoso honor -contestó Joel, sarcástico-. Añadido a la tortura de tener a Kabler haciendo el moscón.
    – Yo te protegeré de él.
    – Quieres decir que lo intentarás. Ya me ha llamado dos veces. Parece que no aprueba demasiado que colabore en el transporte ilegal de una testigo material.
    – Ella te necesita, Joel.
    – El mundo entero me necesita -dijo, con un suspiro-. Es el precio de la fama. -Subió a la ambulancia-. Lamenta-blemente, yo sólo soy Superman y no Dios. Más tarde te diré si puedo ayudarla.

* * *

    – Creo que el único título que le falta es el de cirujano vete-rinario. -La mirada de Jamie estaba fija sobre los abundan-tes diplomas expuestos en la pared de la oficina de Lieber-. Me pregunto cómo es posible que no lo tenga.
    – Con lo que sabe, ya se las apaña. Una vez, le curó la pata a Sam, que había quedado atrapado en una trampa para coyotes.
    – ¿Quieres decir que, en ocasiones, renuncia a ser el cen-tro de todo este mundo y va a verte allí, entre bosques?
    – Incluso Superman se harta de tener éxito y recibir adu-laciones.
    – Sólo a veces. -Joel Lieber entró a grandes zancadas en el despacho, puso descuidadamente su maletín sobre el es-critorio y se dejó caer en su sillón de cuero-. La veneración es el alimento de los genios. Me receto una megadosis diaria.
    – Lo entiendo perfectamente -dijo Jamie.
    – ¿Cómo va el negocio del pub? -le preguntó Joel.
    – Floreciente.
    – Entonces deberías haberte quedado en Dublín, lejos de Nicholas.
    – Ah, pero lo que deberíamos hacer y lo que hacemos ra-ramente coincide. -Sonrió-. Vemos un problema, un reto, y vamos por él. ¿No es cierto, Joel?
    Joel hizo una mueca:
    – Yo podría no querer asumir este reto en particular.
    – ¿Es muy grave? -preguntó Nicholas.
    – No hay cortes, pero habrá que reconstruir toda la cara. Puedo hacer lo principal en una sola operación, pero después necesitará chequeos, recuperación, psicoterapia y…
    ¿sabes cuánto trabajo lleva eso? Tengo reservas para los dos próximos años. No me queda ni un solo minuto libre.
    – Te necesita, Joel.
    – No intentes hacer que me sienta culpable. No puedo solucionar los problemas de todo el mundo.
    – Su marido y su hija murieron durante el ataque.
    – Mierda…
    – Lo ha perdido todo. ¿Le vas a decir que tendrá que pa-sar el resto de su vida pareciéndose a una gárgola?
    – No soy el único cirujano del mundo.
    – Pero eres el mejor. Me lo dices continuamente. Y ella se merece al mejor.
    – Lo pensaré.
    – Yo la conozco. Es una buena mujer.
    – He dicho que lo pensaré, maldita sea -murmuró Joel entre dientes.
    – Hazlo. -Nicholas se levantó y fue hacia la puerta-. Mañana te traeré su historial y hablaremos. Vámonos, Jamie, vayamos a cenar algo. -Hizo una pausa-. Por cierto, ¿cómo está Tania?
    – Bien -respondió, ceñudo, Joel-. Seguro que querrá ver-te. Supongo que, si te apetece venir a cenar a casa…
    – Me resulta difícil rehusar una invitación tan apasiona-da, pero creo que paso. -Sonrió-. ¿Por qué no le preguntas a Tania su opinión sobre si deberías comprometerte en ayu-dar a Nell Calder?
    – Eres un cabrón -dijo Joel.
    Nicholas, sonriendo, cerró la puerta.
    – ¿Quién es Tania? -preguntó Jaime mientras cruzaban la recepción.
    – Una especie de ama de llaves, por decirlo de algún modo. Cuida de la casa y, a cambio, tiene una habitación. Tania Vlados es una amiga común. -Pulsó el botón del as-censor.
    – ¿Y ella le convencerá?
    – Dudo mucho que él discuta con ella un asunto así. Ta-nia le haría sentir demasiado incómodo. Es como una apiso-nadora. Además, no la necesitaremos. Joel está mantenien-do ya una lucha consigo mismo. Se crió y creció entre pobreza y miseria, y siempre le resulta difícil colocar su ne-cesidad de enriquecerse por detrás de la bondad humana.
    Jamie volvió la mirada, a través de las puertas de cristal, hacia la lujosa consulta de Lieber.
    – Pues parece que lo consigue, y de sobra.
    – Pero también hace donación de sus servicios, un día a la semana, para ayudar a los niños maltratados. -El ascensor llegó, y entraron-. Y no será a costa del tiempo que dedica a esos niños que se ocupará de Nell Calder.
    – Podrías ofrecerle una cantidad generosa para endulzar-le el pastel.
    – No, ahora no. Sería como insultarlo. Pero una vez que se haya involucrado, te aseguro que me va a costar un riñón.
    – Te estás metiendo en un montón de problemas.
    – ¿Y?
    – Que tú no tienes la culpa de nada.
    – Ya lo creo que sí, maldita sea. -Sacudió la cabeza, can-sado-. Y no me des la lata con eso de que ella es responsa-ble porque tenía tratos con Gardeaux. No creo que los tuviera.
    – Entonces ¿por qué quisieron quitarla de en medio?
    – No lo sé. Nada en todo este asunto tiene sentido. Pero debe de haber una razón. -Hizo una pausa-. Ella y la niña fueron apuñaladas, cuando una bala hubiera sido más rápi-da y mucho más eficiente.
    – ¿Maritz?
    – Probablemente. Había sido un SEAL, ya sabes.
    – Sí. No soporto a esos ex soldados, tan orgullosos de haber pertenecido al cuerpo de operaciones especiales de la Marina…
    – Además, es el único de los hombres de Gardeaux al que le encanta el cuchillo. Nell Calder debía de ser su único objetivo. El marido y los otros fueron asesinados en el salón, pero él iba tras ella.
    – Blanco principal -asintió Jamie-. Lo que hace bastante sospechosa tu teoría de que es una testigo inocente.
    – Entonces, demuéstrame que estoy equivocado. Desde luego, me complacería mucho más descubrir que trabajaba para Gardeaux. Aunque, si hay que encontrar conexiones,
    necesitaremos más información que la del expediente que Conner ha confeccionado sobre ella. ¡Quiero que averigües hasta lo que tomaba para desayunar cuando tenía seis años!
    – ¿Cuándo quieres que empiece? -levantó la mano-. No he dicho nada. Después de cenar, ¿de acuerdo?
    – Puedo encargárselo a otro. Es un trabajo de chinos, y no estoy seguro de que nos acerque mucho más a Gardeaux.
    – Bueno, el pub está bastante tranquilo, últimamente. Puedo hacerlo yo solo. ¿Alguna otra cosa?
    – Vigilancia en su habitación del hospital. A Gardeaux podría no gustarle el hecho de que siga con vida. -Hizo una mueca-. Y será mejor que sea alguien discreto y que se man-tenga a distancia, o Joel se pondrá hecho una furia.
    – No es nada fácil. La clase médica es muy celosa de su territorio -meditó un segundo-. Quizás un enfermero. Po-dría llamar a Phil Johnson a Chicago.
    – Lo que sea. Pero que esté en su puesto mañana por la mañana.
    – ¿Y esta noche?
    – Ya me quedaré yo con ella.
    – Pero si no has dormido nada en el avión.
    – Y tampoco dormiré esta noche. No voy a cometer otro error.

* * *

    Otra vez Tanek.
    Parecía diferente y, por un instante, Nell no pudo des-cubrir por qué.
    El jersey verde. No llevaba esmoquin. Y su aspecto no era tenso ni enfadado. Simplemente, cansado.
    Lo entendía perfectamente. También ella estaba cansa-da. Tanto, que casi no podía mantener los ojos abiertos. Le parecía estar flotando…
    Claro: se estaba muriendo. Y si morir era eso, no era tan malo.
    Debía estar susurrando algo, porque él se inclinó ha-cia ella:
    – No se está muriendo. Ya está bien -sonrió tristemen-te-. Bueno, no del todo, pero no se va a morir. Está en un hospital, en Estados Unidos. Tiene unos cuantos huesos ro-tos, pero nada que no podamos arreglar.
    Se sintió vagamente reconfortada. No, no había nada que Tanek no pudiera arreglar. Lo había sabido desde el pri-mer momento.
    – Vuelva a dormir.
    Pero no podía. Algo iba mal. Algo que tenía que ver con aquel oscuro horror antes de la caída. Algo que debía pre-guntar.
    – Jill…
    La expresión de Tanek no cambió, pero Nell sintió una oleada de pánico. Sí, algo iba mal.
    – Duerma.
    Cerró los ojos rápidamente. Oscuridad. Podía ocultarse allí, ocultarse de la terrible verdad que presentía detrás del rostro impasible de Tanek.
    Dejó que la oscuridad se la llevara muy lejos.

* * *

    – No estás tomándote mi sopa -dijo Tania sentándose a la mesa-. ¿Piensas quizá que no es digna de ti?
    Joel Lieber frunció el ceño.
    – No empieces. No tengo hambre.
    – Trabajas desde el alba al anochecer, y tu secretaria dice que rara vez almuerzas. Debes tener hambre por fuerza. -Con calma, buscó su mirada-. Lo cual significa que crees que mi sopa no vale la pena. Aunque no veo cómo la puedes juzgar, si ni tan sólo la has probado.
    Joel cogió la cuchara, la hundió en el plato y se la llevó a la boca.
    – Deliciosa -gruñó.
    – Tómate el resto. Date prisa. Antes de que mi asado se enfríe.
    El dejó la cuchara a un lado.
    – Deja de darme órdenes en mi propia casa.
    – ¿Por qué? Es el único lugar donde puedes acatar órde-nes. Eres un hombre demasiado arrogante -dijo, mientras delicadamente tomaba cucharaditas de su plato-. Y se te puede perdonar la arrogancia en el quirófano porque, probablemente, allí eres el más sabio. Pero aquí, la que sabe más soy yo.
    – Y de cualquier cosa que hay bajo el sol. Desde que vi-niste a vivir conmigo, has hecho de mi vida un tormento.
    Tania sonrió serenamente.
    – Mientes. Nunca has estado tan contento como ahora. Gracias a mí, tienes buena comida, un hombro maternal en el que apoyarte y una casa limpia. Si te dejara, estarías perdido.
    Sí, lo estaría.
    – Tus hombros no son en absoluto maternales. -Eran rec-tos, cuadrados y siempre parecían estar listos para entrar en combate. Desgraciadamente, Tania estaba muy acostumbra-da a los combates. Había nacido y se había criado en el infier-no en que se había transformado Sarajevo. Nicholas la había traído cuatro años antes, medio muerta de hambre, herida y con las cicatrices que le había dejado una granada. Sólo tenía dieciocho años, y su mirada era casi la de una anciana-. Y me he defendido muy bien durante muchos años sin tu ayuda.
    Ella soltó una risita sarcástica.
    – Tan bien, que Donna se divorció de ti, porque nunca te veía. Un hombre debe tener un hogar, además de una carrera. Afortunadamente, llegué a tiempo para salvarte. -Dio otro sorbo a la sopa-. Y Donna piensa lo mismo. Cree que soy lo mejor que te ha pasado en la vida.
    – No me hace ninguna gracia que estés siempre conspi-rando con mi ex esposa.
    – No conspiro. Converso con ella. ¿Eso es conspirar?
    – Sí.
    – Estoy sola todo el día. Necesito practicar el inglés y, por lo tanto, hablo por teléfono -dijo con satisfacción-. Mi inglés va mejorando y pronto estaré en condiciones de ir a la universidad.
    Él se quedó callado un instante.
    – ¿Y lo harás?
    – Pero no te asustes. Seguiré viviendo contigo. Soy muy feliz aquí.
    – No estoy asustado. -La miró furioso-. Me sentiría muy feliz si pudiera librarme de ti. Eres tú la que entró en mi casa y se apoderó de todo.
    – Era lo único que podía hacer -contestó simplemente-. Si yo no hubiera aparecido, te habrías convertido en un vie-jo amargado.
    – Pero aquí estás, para mantenerme joven y dulce, ¿ver-dad?
    – Sí -sonrió-. Joven, lo consigo. Dulce, es un reto mu-cho mayor.
    Tania tenía una sonrisa maravillosa. Su cara era angulo-sa, fuerte, sus labios, gruesos y expresivos, su mirada, pro-funda, penetrante. Pero no era un rostro bello hasta que sonreía. Era en esos momentos cuando Joel sentía que había recibido un regalo muy especial. Él le había borrado aque-llas cicatrices, pero era Dios el que le había concedido el don de aquella sonrisa.
    Ella dijo tranquilamente:
    – Aunque sería de bastante ayuda si me llevaras a tu cama.
    La miró de arriba abajo y, enfadado, tomó una cuchara-da de sopa.
    – Ya te he dicho que no me acuesto con adolescentes.
    – Ya tengo veintidós.
    – Y yo casi cuarenta y uno. Demasiado viejo para ti.
    – La edad no significa nada. La gente ya no cree en eso.
    – Yo sí.
    – Lo sé, y me lo pones muy difícil. Pero no vamos a dis-cutir sobre ello ahora. -Se levantó-. Ya te has enfadado, y ahora le echarás a mi sopa la culpa de tu indigestión. Acabe-mos de cenar y, después, puedes decirme qué es lo que te pasa, mientras nos tomamos un café en la biblioteca.
    – No me pasa nada.
    – Sabes que te sentirás mejor si me lo cuentas. Voy por el asado.
    Desapareció hacia la cocina.

* * *

    – Bébete el café. -Tania se acomodó en el sofá, sentada sobre sus piernas, frente a Joel-. Le he puesto un poco de canela. Te gustará.
    – No me gusta el café dulce.
    – Esta especie no es dulce. Además, ¿cómo lo sabes? Apuesto a que no has bebido nada más que vil café solo des-de la facultad.
    – No es vil -añadió-: Y tú nunca dejas que tome cafeína.
    – La sigues tomando en el hospital.
    – Supongo que tus espías te informan, ¿no? Beberé lo que me venga en gana. -Ostentosamente, dejó la taza sobre la mesita que estaba junto a él-. Y ahora no me apetece tomar café. Tengo que volver al hospital a visitar a un pa-ciente.
    – ¿Un paciente que te preocupa tanto que no puedes ni comer?
    – No estoy preocupado.
    – Entonces, ¿por qué vuelves al hospital? ¿Es uno de los niños?
    – No, es una mujer.
    Ella no dijo nada, sólo esperó.
    – Nicholas la trajo -añadió, sin muchas ganas.
    – ¿Nicholas? -Tania se incorporó en el sofá.
    – Ya sabía que despertaría tu interés -observó Joel, algo enojado-, pero eso no cambia nada. No me puedes conven-cer de que acepte este caso sólo porque Nicholas quiere que lo haga. Las fracturas son demasiado graves para intentar re-construir su cara exactamente como era. Le pasaré el traba-jo a Samplin.
    – Yo no intentaría convencerte. Tengo una deuda con Nicholas, y tengo que pagarla yo sola -frunció el ceño, pen-sativa-. ¿Quién es esa mujer?
    – Nell Calder. Fue una de las víctimas de la masacre de Kavinski.
    – No me refiero a eso. ¿Que quién es para Nicholas?
    – No hace falta que te pongas celosa. Creo que casi no la conoce.
    – ¿Por qué debería estar celosa?
    Estaba realmente sorprendida, y Joel casi sintió una oleada de alivio. Intentó no darle demasiada importancia.
    – Ambos estáis tan unidos… como las sardinas en su lata.
    – Me salvó la vida y me llevó hasta ti. -Le miró atentamente-. Nicholas y yo no queremos nada el uno del otro salvo una amistad.
    – Es raro que Nicholas haga algo por nada.
    – ¿Por qué hablas así de Nicholas? Pero si él te gusta… ¿no?
    Sí, le gustaba. Y también estaba terriblemente celoso del muy bastardo. De repente, recordó la escena de Casablanca en la que Ingrid Bergman, melancólica, seguía con la mirada a Humphrey Bogart, mientras Paul Henreid, noble y aburrido, permanecía en segundo plano. A ella no le im-portaba que Henreid fuera un heroico combatiente de la resistencia; las ovejas negras siempre son mucho más inte-resantes.
    – Tú no le entiendes -dijo Tania-. No es tan duro como parece. Ahora está en el otro lado. -¿ Qué otro lado?
    – Ha llevado una vida difícil. Pasan cosas que te marcan, te dejan cicatrices, te hieren, y te llevan a pensar que nunca más vas a creer en nada, que pasarás por encima de todo para sobrevivir. Después, vas más allá -miró dentro de su taza de café- y vuelves a ser otra vez humano.
    No estaba hablando sólo de Nicholas. Había estado en aquel infierno y también había salido al otro lado. Quiso alargarle una mano y consolarla, decirle que por siempre más cuidaría de ella.
    Levantó su taza de café y dio un trago.
    – Está muy bueno -mintió.
    Fantástico, Joel. Nicholas le salva la vida y tú le piro-peas el café.
    Tania le devolvió una sonrisa de oreja a oreja.
    – Ya te lo había dicho.
    – Tú siempre ya me lo has dicho. Es muy irritante.
    – Y ¿por qué quiere Nicholas que ayudes a esa mujer?
    El se encogió de hombros.
    – Creo que se siente responsable en parte. Y me la ha traí-do para absolverse de sus culpas. Pero no, yo no juego.
    – Me parece que sí. Sientes pena por esa mujer.
    – Ya te lo he dicho, no puedo devolverle lo que ha perdido.
    – No puedes reconstruir su cara exactamente como antes -dijo ella-, pero sí puedes darle un rostro nuevo, ¿verdad?
    – Pensé que no ibas a intentar convencerme.
    – No lo hago. Es una decisión que sólo te atañe a ti. Pero, ya que probablemente aceptarás el caso, creo que deberías proponerte un reto que lo haga más interesante. -Sonrió, traviesa-, ¿Nunca has querido experimentar con tu propia Galatea?
    – No -repuso tajantemente-. Eso no es cirugía plástica. Eso son cuentos de hadas.
    – Ah, pero tú necesitas cuentos de hadas, Joel. Nadie los necesita más que tú. -Se levantó y le quitó la taza-. No te ha gustado el café, ¿verdad?
    – Sí, bueno, yo… -encontró su mirada-. No.
    – Pero te lo has tomado; lo has hecho por mí. -Le besó la frente con suavidad-. Gracias.
    Se llevó la bandeja de la biblioteca.
    La habitación pareció oscurecerse de repente, sin su vi-brante presencia.
    Le había dicho que la deuda con Nicholas le pertenecía exclusivamente a ella.
    No era cierto.
    Nicholas había introducido a Tania en su vida. Y a Joel nunca le sería posible pagar aquella deuda aunque aquel bastardo continuara llevándole todos los heridos sin esperanza que quisiera, por el resto de su vida.
    – Qué demonios…
    «Piensa en tu Galatea.»

* * *

    – ¿Qué estás haciendo aquí?
    Nicholas levantó la mirada cuando Joel entró en la habi-tación del hospital.
    – Podría preguntarte lo mismo -le contestó él.
    – Yo trabajo aquí.
    – Los cirujanos plásticos no hacen rondas a las once de la noche.
    Joel estaba mirando el gráfico.
    – ¿Se ha despertado?
    – Durante un minuto o dos. Ha creído que se estaba mu-riendo. -Hizo una pausa-. Y ha preguntado por su hija.
    – ¿No sabe que su hija y su marido han muerto?
    – Todavía no. Pensé que ya tenía suficientes cosas a las que enfrentarse.
    – Demasiadas. Cirugía, adaptación psicológica posterior -hizo una mueca-, y ahora le añades unas pérdidas traumá-ticas. Podría provocarle un colapso nervioso si no está sufi-cientemente fuerte. ¿Qué clase de mujer es?
    – No es precisamente un dechado de energía. -De pron-to, le vino el recuerdo de la cara de Nell Calder al salir de la habitación de su hija-. Dulce, amable. Estaba loca por ella. Todo su mundo giraba en torno a esa personita.
    – Fantástico. -Joel, cansado, se pasó los dedos por su ca-bello, castaño y rizado-. ¿Tiene más familia?
    – No.
    – ¿Una carrera?
    – No.
    – Mierda.
    – Estudió Arte durante tres años, en la escuela Wilham & Mary. Luego la matricularon en Greenbriar e hizo Magis-terio. Conoció a Richard Calder, que estaba acabando su master de Economía en Greenbriar. Parece que era un buen partido… brillante, carismático y ambicioso. Se casaron tres semanas más tarde, y ella dejó la universidad para ocuparse de la casa. Tuvo a Jill pasado un año.
    – ¿Por qué dejó el arte?
    Nicholas movió la cabeza.
    – No lo sé. Intentaré llenar esas lagunas más adelante.
    – No va a ser fácil.
    – Pero aceptarás el caso, ¿verdad?
    – Y tú desearás que no lo hubiera hecho. El trabajo que hice con Tania es un juego de niños comparado con la ciru-gía que será necesaria esta vez. Creo que pagarás mi nueva casa junto al lago.
    Tanek hizo una mueca.
    – ¿Tanto?
    – Debe de sospechar que algo va mal, y no podemos continuar posponiendo la información. Tendrás que comu-nicarle que ya no tiene a su familia.
    – ¿Y a qué debo ese honor?
    – No quiero que me identifique con todo ese asunto. Yo tengo que representar la esperanza y una vida nueva. Díselo y después vete. De todas formas, no querrá verte en bastan-te tiempo.
    – ¿El policía malo y el policía bueno?
    Joel levantó una ceja.
    – Tú sabes más sobre procedimientos policiales que yo, aunque la idea general es ésa. -Joel se iba poniendo de me-jor humor, minuto a minuto-. No podemos dejar que la capa de Superman esté deslucida. Mañana le daré una seda-ción ligera. Estará suficientemente consciente para enten-der, y tú hablarás con ella.
    – Gracias.
    La sonrisa de Joel se desvaneció.
    – No seas brusco, Nicholas. Va a ser un golpe tremendo.
    ¿Acaso creía que iba a intentar herirla?, pensó Nicholas. Asintió brevemente.
    – No va a servir de nada, de todos modos. Una vez com-prenda lo que le estoy diciendo, no creo que le importe que yo sea tan dulce como Jesucristo o no.
    – Vendré más tarde y le daré un sedante.
    – ¿Y harás que su dolor desaparezca?
    – Eso es lo que hace el bueno, ¿no? Por eso quise ser mé-dico. La deformidad y la fealdad pueden llevar a una vida de sufrimiento. Yo puedo cambiarla. -Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta-. Por supuesto, ganar una buena pasta tampoco hace daño. -Y sonrió a Nicholas sobre su hom-bro-. Bueno, quizás un poco. Sí, creo que puedo asegurar que tu cartera gritará clemencia.
    Nicholas lo oyó silbar mientras se alejaba por el pasillo.

* * *

    – Vete a la cama. -Le dijo Tania de pie en la puerta de la bi-blioteca.
    – Sí, ya voy -contestó Joel, ausente. Estudiaba las medi-das que había garabateado en el diagrama oval del bloc. Siempre prefería trabajar en el bloc antes de transferir la imagen al ordenador.
    – Ahora. -Tania avanzó hasta el escritorio. Iba descalza y llevaba sólo una de las viejas camisetas de Joel. ¿Por qué las mujeres están tan condenadamente seductoras con ropa masculina?-. Es más de medianoche -dijo-. Si no duermes, mañana no podrás operar.
    – No opero hasta la hora de comer. -Sacudió la cabe-za con cansancio-. Y después tengo que ir y decirle a Nell Calder que las próximas semanas va a tener que estar en cama con el mínimo movimiento posible. Bonito, ¿eh? Tendrá una enorme cantidad de tiempo para pensar en su marido e hija.
    Ella miró el croquis. -¿Ésta será su cara?
    – Estoy repasando sus medidas para ver qué se puede ha-cer. Necesito tener alguna cosa que decirle. Todo lo demás le ha sido arrebatado. Necesitará algo a lo que agarrarse.
    – Tú se lo darás -le puso una mano sobre el hombro y añadió dulcemente-: Eres un buen hombre, Joel Lieber.
    El se inclinó hacia delante y miró fijamente el croquis. Luego, dijo bruscamente:
    – Entonces, vete a la cama y deja de distraerme. Tengo trabajo que hacer.
    – Dos horas. -Dio un paso hacia atrás y dejó que su mano resbalara hombro abajo-. O volveré a buscarte.
    Joel levantó la mirada para verla ir hacia la puerta. Nun-ca paseaba, siempre parecía saber exactamente hacia dónde se dirigía.
    – Tengo unas piernas bonitas, ¿verdad? -Le sonrió por encima del hombro-. Es una suerte. Donna me dijo que eres de los que se fijan en las piernas.
    – En realidad, no. Se lo dije a Donna sólo porque tiene tanto pecho como un chico.
    Tania chasqueó la lengua, de manera reprobadora.
    – Ahora sí que mientes, antes no. Y salió del estudio.
    Joel se forzó a volver a concentrarse en el bloc. Tania iba a aparecer de nuevo al cabo de dos horas, y él no podía de-jar que le encontrara aún allí. Ella se merecía mucho más que un adicto al trabajo que la doblaba en edad y que ya ha-bía fracasado en un matrimonio. Joel no debía pensar en aquellas largas piernas o en aquella sonrisa.
    Sí, claro.
    Bueno, tendría que intentarlo.
    Piensa en Galatea.

* * *

    Esta vez, el rostro no era el de Tanek.
    Un rostro joven, grandes pómulos, una nariz que había sido rota en alguna ocasión, ojos azules, pelo rubio con cor-te a lo militar.
    – Hola, Soy Phil Johnson, señora Calder.
    – ¿Quién?
    – Su enfermero.
    Parecía más un jugador de fútbol americano, pensó Nell. La bata blanca se ajustaba a sus hombros y resaltaba las ondulaciones de su musculatura.
    – ¿Se encuentra mejor? Le han reducido la medicación, así que la nebulosa debería ir disipándose poco a poco.
    Sí, Nell podía pensar con más claridad, y se dio cuenta. Con demasiada claridad. El pánico empezó a atenazarla.
    – No se preocupe por todos esos vendajes. -Le ofreció una sonrisa cariñosa-. Se va a poner bien. Las heridas no son serias y tiene usted al mejor cirujano de la profesión para ocuparse del resto. La gente viene a ver al doctor Lieber de todas partes del mundo.
    Aquel muchacho creía que ella estaba preocupada por su propio estado, pensó Nell con incredulidad.
    – Mi hija…
    La sonrisa de Phil se desvaneció.
    – El señor Tanek está fuera, esperando. Me ha pedido que le llame cuando estuviera usted despierta.
    La expresión de Tanek cuando Nell le preguntó por Jill volvió a su mente como un maremoto. Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que le iba a explotar al ver a Tanek entrando en la habitación.
    – ¿Cómo se… cómo te sientes, Nell?
    – Asustada -Había pronunciado aquella palabra sin dar-se cuenta-. ¿Dónde está mi hija?
    Él se sentó en una silla al lado de su cama.
    – ¿Recuerdas lo que te pasó?
    El cuchillo, el dolor, Jill de pie en la puerta, el tintineo de la caja de música al caer. Empezó a temblar.
    – ¿Dónde está mi hija?
    Tanek la cogió de la mano.
    – Fue asesinada la misma noche que te atacaron.
    Nell sintió una sacudida mientras las palabras la iban golpeando. Muerta. Jill.
    – Está mintiendo. Nadie podría matar a Jill. -Sus pala-bras brotaban enfebrecidamente-. Usted la vio. Usted estu-vo con ella. Nadie haría daño a Jill.
    – Está muerta -repitió Tanek con brusquedad-. Ojalá estuviera mintiendo.
    No le creería. Richard le diría la verdad.
    – Quiero ver a mi marido. Quiero ver a Richard.
    El movió la cabeza.
    – Lo siento.
    Nell se quedó mirándole conmocionada.
    – ¿Qué está usted diciendo? -susurró-. Richard ni si-quiera estaba en la habitación.
    – Hubo un ataque en el salón, abajo. Su marido y otros tres fueron asesinados. Kavinski resultó herido.
    A ella no le importaba Kavinski.
    Jill. Richard. Jill.
    Oh, Dios mío, Jill…
    La habitación giraba a su alrededor, oscureciéndose.
    Allá vamos, arriba, arriba,
    hacia el cielo tan azul.
    ¿Era Jill, cantando? Pero él había dicho que estaba muerta. Que Richard estaba muerto. Que ella era la única que había sobrevivido.
    Allá vamos, abajo, abajo…
    Sí, abajo, a la oscuridad. Quizás allí podría encontrar a Jill.

* * *

    – Joel, ven inmediatamente -gritó Nicholas-. Se ha desma-yado, maldita sea.
    Con el ceño fruncido, Joel entró resueltamente en la ha-bitación.
    – ¿Qué le has hecho?
    – Nada, excepto decirle que ha perdido todo lo que tenía en su vida. No había motivo para que se enfadara.
    – Y supongo que se lo has comunicado con las delicadas y diplomáticas maneras usuales en ti. -Joel le tomó el pul-so-. Bueno, ya está hecho. No creo que sea un daño irrepa-rable.
    – Ha perdido el conocimiento, maldita sea. Haz algo.
    – Será mejor dejarla salir de su estado inconsciente con sus propias fuerzas. Puedes irte. No querrá verte cuando salga de esto.
    – Ya me lo dijiste. -Nicholas no se movió, con la mirada fija en la cara vendada de Nell. Sus ojos…-. No te preocu-pes. Yo tampoco la quiero ver a ella. Es toda tuya, Joel.
    – Entonces, suéltale la mano y vete de aquí.
    Tanek no se había dado cuenta, pero continuaba soste-niendo la mano de Nell en la suya. La dejó y salió.
    – Estaremos en contacto. Mantenme informado.
    – Y quítame a Kabler de en medio. Ha llamado otra vez esta mañana.
    – ¿Qué le has dicho?
    – Nada. No he hablado con él. ¿Para qué crees que ten-go una secretaría? -Joel se sentó en la silla que Nicholas ha-bía dejado libre-. Pero no puedo permitir que someta a mi paciente a interrogatorio. Sería demasiado traumático.
    Nicholas ya había estado pensando en Kabler. Tampo-co quería que interrogara a Nell, y la presencia de Phil no era garantía de que estuviera a salvo de Gardeaux.
    – ¿Podrías trasladarla a tu clínica en Woodsdale?
    – ¿Quieres decir para la recuperación?
    – No, ahora. Tienes todo el instrumental que necesitas para operarla allí.
    – Sí, pero no lo uso con mucha frecuencia.
    Únicamente lo utilizaba cuando un actor famoso o un jefe de Estado quería pleno anonimato e intimidad. Woods-dale tenía todos los entretenimientos de un hotel de lujo, y la discreción de un confesionario.
    – Sería difícil que Kabler la localizara allí. Tu personal de seguridad es bueno.
    – Lo sabes mejor que yo, fuiste tú quien los contrató para mí. -Arrugó la frente, pensativo-. Lo encuentro poco convincente. Woodsdale está a más de ciento cincuenta ki-lómetros de aquí.
    – Y menos conveniente sería tener que negociar con Joe Kabler.
    Joel lanzó un suspiro.
    – Y puede que, a pesar de todo, me vea obligado a ha-cerlo.
    – Pero puede que no. Depende de cómo vayan sus pes-quisas o de cuánto le interese ella realmente. ¿Cuándo pue-des trasladarla? Lo antes posible.
    – No he dicho que vaya a hacerlo. -Se encogió de hom-bros-. Pero probablemente será lo mejor. Esta tarde, supongo.
    – La acompañará el enfermero que he contratado. -Pen-só un instante. No, había otra cosa que necesitaba que Phil hiciera-. Mejor dicho, él se desplazará a Woodsdale mañana.
    – ¿Es uno de los tuyos? Parece demasiado joven.
    Nicholas no le contestó directamente.
    – Sus calificaciones son impecables y tiene unas excelen-tes referencias.
    – Si son auténticas.
    Nicholas sonrió.
    – La mayoría lo son. Y a tus enfermeras parece que les gusta. Y ya verás como a ti también.
    – Bueno, espero que sea mejor que aquel tal Junot que contrataste para Woodsdale. Ese tipo parece un asesino del Renacimiento. No puedo dejar que se acerque a los pacien-tes cuando salen de la anestesia. La impresión sería demasia-do fuerte. -Frunció el ceño-. Y, además, no quiere pasar por mis manos para mejorar un poco.
    – Pobre Joel. Qué frustrante debe de ser para ti. Junot no es tonto. A veces, parecer lo que eres puede ser una ventaja.
    Joel abrió los ojos como platos:
    – ¿Y es realmente lo que parece?
    – ¿Qué más da? Hace su trabajo y no molesta. ¿Hay al-gún problema cuando él ronda por ahí?
    – No, ninguno. Pero no me hace ninguna gracia proteger a un criminal.
    – No es un criminal -sonrió-. Ya no. Pero seguro que encontrarás a Phil mucho más tranquilizador.-Tanek salió de la habitación y se encaminó hacia el des-pacho de las enfermeras, donde Phil charlaba con la enfer-mera jefa.

* * *

    La misma habitación, otra cara.
    Jill no estaba allí. Nell cerró rápidamente los ojos. Ha-bía que volver a la oscuridad.
    – Soy el doctor Joel Lieber. Sé que ha sufrido un duro golpe, pero necesito hablar con usted -le dijo amablemen-te-. Para obtener los mejores resultados, tengo que operarla lo antes posible. Pero no puedo hacerlo sin su autorización.
    ¿Por qué no se marchaba? No dejaba que la oscuridad se acercara.
    – ¿No quiere hablar? De acuerdo, entonces, tan sólo es-cúcheme. Su cara está totalmente destrozada. Podría inten-tar reconstruirla como la tenía antes, pero no se parecería demasiado a la que usted veía en el espejo cada mañana. Sin embargo, lo que sí puedo ofrecerle es un nuevo rostro, pro-bablemente más atractivo. Como sus huesos no están muy dañados, sólo será necesaria una operación. Entraré por la parte superior de la boca y elevaré y repararé el… -Se detu-vo-. No le daré detalles. No es necesario que los conozca en este momento. -Le cogió cariñosamente ambas manos-. Soy un buen cirujano, muy bueno. Confíe en mí.
    Ella no contestó.
    – ¿Tiene usted alguna preferencia? ¿Hay alguien a quien le gustaría parecerse? No se lo puedo asegurar, pero podría ser viable conseguirle un tenue parecido con esa persona.
    Continuaba hablando. ¿Por qué no la dejaba volver a la oscuridad?
    – Nell, abra los ojos y escúcheme. Esto es importante.
    No, no era importante. Todo lo que tenía importancia se había evaporado. Pero el tono de aquel médico era tan convincente que abrió los ojos y le miró. Tenía unos rasgos agradables, pensó Nell, medio aturdida. Angulosos, fuertes, y unos ojos grises que podrían transmitir frialdad pero que conseguían, en lugar de eso, ser inteligentes y compasivos.
    – Eso está mejor -apretó su mano-. ¿Lo ha entendido?
    – Sí.
    – ¿Qué quiere que haga?
    – No me importa. Lo que quiera.
    – ¿Quiere que haga lo que yo crea mejor? ¿Qué pasará si a usted no le gusta lo que hago? Ayúdeme.
    – No me importa -repitió en un susurro. ¿Por qué no lo podía entender?
    – Sí le importa. -Sacudió la cabeza, cansado-. Pero, evi-dentemente, ahora no. Esperaremos un poco. -Se puso en pie-. Esta tarde la voy a trasladar a mi clínica. Quiero ope-rarla pasado mañana. Intentaré verla mañana por la noche y le mostraré las posibilidades para que escoja.
    Estaba preocupado. Parecía un buen hombre. Era una lástima que ella no pudiera ayudarlo.
    Se dirigía hacia la puerta, comprendió Nell, aliviada. La dejaría tranquila. Sus ojos se cerraron.
    Minutos después, estaba nuevamente dormida.

* * *

    Aquella ala del hospital estaba casi desierta. Horario estric-tamente de nueve a cinco, pensó Phil Johnson mientras ca-minaba por el pasillo.
    Una bonita enfermera de turno avanzaba hacia él. Tenía la expresión despierta, fresca, el pelo oscuro y rizado, y pe-cas. Le encantaban las pecosas.
    Phil sonrió.
    Ella le devolvió la sonrisa y se detuvo.
    – ¿Se ha perdido? Está en el ala de administración.
    – Me han dicho que deje estos formularios de seguros.
    – La oficina de registro cierra a las siete.
    Hizo una mueca.
    – Qué suerte la mía. ¿Trabajas ahí?
    Ella asintió.
    – Me han pasado a interina en el registro -repuso con una mueca-: Es que me desmayé en urgencias. En personal creen que puedo estar mejor dotada para los números que para las suturas.
    – Pues, vaya… -dijo, mirándola con simpatía. Luego, se-ñaló la carpeta que llevaba bajo el brazo y añadió-: Creo que tendré que devolver esto a pediatría y volver a traerlo mañana.
    Ella dudó un instante, y después se encogió de hom-bros:
    – Bueno, entra. Puedes dejar la carpeta sobre la mesa de Truda.
    – Estupendo. -Sonrió mientras ella sacaba la llave del bol-sillo y la introducía en la cerradura-. Me llamo Phil Johnson.
    – Pat Dobrey. -Encendió la luz y le cogió la carpeta-. La dejaré en la bandeja de entradas de Truda.
    Observó desde la puerta cómo cruzaba el despacho. Preciosa, definitivamente preciosa.
    Ella regresó hacia la puerta y apagó la luz.
    Phil le cogió las llaves.
    – Ya lo hago yo. -Cerró la puerta y comprobó que no podía abrirse-. Ya está. -Le entregó las llaves-. Muchas gra-cias, Pat. Permíteme acompañarte hasta tu coche.
    – No es necesario.
    Phil sonrió.
    – Insisto. Será un placer.
    Diez minutos más tarde, la despedía, diciéndole adiós con la mano y sintiéndose un tanto culpable, mientras Pat se alejaba por la carretera en su Honda. Qué chica tan dulce… Era una pena que no le hubieran encomendado que la vigi-lara a ella. Giró sobre sus talones y volvió, pasando entre los coches aparcados, al hospital.
    Al cabo de otros pocos minutos, se coló en la oficina de registro y cerró la puerta, sigilosamente, tras él.
    No se molestó en encender la luz, se dirigió rápidamen-te hacia la mesa y puso en marcha el ordenador. La poca luz que desprendía la pantalla era suficiente para él y, en cam-bio, no lo delataría.
    El teclado le era familiar al tacto. Demasiado familiar, incluso. Era como acariciar el cuerpo de un amante que siempre era distinto y excitante. Vamos, al trabajo, se dijo.
    No conocía la clave de acceso, y eso le llevó unos minu-tos. Pero a él no le supuso ningún problema colarse en el programa.
    Nell Calder.
    Su traslado al Woodsdale ya había sido anotado.
    Muy bien. Borró aquella información. Después, sacó de uno de los cajones del archivador, detrás de la mesa, la car-peta con el historial de Nell Calder. De hecho, aquello no era necesario, a menos que alguien buscara el historial allí. Los ordenadores eran los que gobernaban el mundo y, para cualquiera que hiciera una consulta, era más fácil imprimir la información desde el ordenador que tener que buscar en-tre aquellas carpetas que llenaban cajones y cajones, y tener que modificar luego, a mano, el historial. Pero Nicholas le había ordenado que tomara todas las precauciones.
    Al fin y al cabo, si desaparecía un historial del archiva-dor, todo el mundo pensaría que, simplemente, se había tras-papelado. La gente comete errores, los ordenadores, jamás.
    Volvió a sentarse frente al monitor, añadió la informa-ción necesaria y salió del programa. Por un momento, se quedó con la mirada fija en la pantalla verde, más atractiva que cualquier mujer. Caramba, ya que estaba allí, no perju-dicaría a nadie si se colaba un ratito en cualquiera de los bancos de datos y…
    Suspiró y apagó el ordenador. Sí perjudicaría a alguien: a él. ¿Por qué, si no, había decidido no volver a tener un or-denador en su apartamento, y ocupar su tiempo haciendo de enfermero? Nicholas le había dado una oportunidad, había confiado en él, y ahora no iba a hacer el tonto dejándose caer en la tentación.
    Se levantó, guardó el historial de Nell Calder bajo su chaqueta y se dirigió hacia la puerta. Con mucho cuidado, despegó el pedazo de cinta adhesiva dura y transparente que había colocado en el filo de la puerta, para evitar que se ce-rrara, mientras Pat estaba de espaldas. Había sido una suerte tropezarse con ella. De no haber sido así, Phil hubiera teni-do que probar toda la colección de llaves maestras que lle-vaba en el bolsillo, y correr el riesgo de que alguien se diera cuenta de lo que hacía.
    Volvió a echar una última y soñadora mirada al ordena-dor antes de cerrar la puerta.
    Tampoco estaba tan mal. Después de todo, le gustaba su trabajo. Le gustaba la gente, y ayudar a otros hacía que se sintiera bien. Esperaba poder ayudar a Nell Calder. Pobre mujer. Debía de estar realmente en una situación límite, o Nicholas no le habría ordenado teclear aquella información en el archivo de su historial:

    La paciente ha fallecido a causa de sus heridas a las 14.05 h. Su cadáver ha sido trasladado a la funeraria John Birnbaum.

Capítulo 3

    – ¿Es su foto? -Tania cogió una foto de encima del expe-diente abierto sobre la mesa del despacho de Joel. La estu-dió y, después, asintió-: Me gusta. Creo que tiene corazón.
    – ¿Y cómo has llegado a esa conclusión? ¿Sus ojos, quizás?
    Tania echó un vistazo a aquellos enormes ojos marrones antes de negar con la cabeza:
    – Su boca. Es… toda sensibilidad. No le cambies la boca.
    – Es demasiado grande para una simetría perfecta.
    – La simetría es fría. Si yo fuera ella, no me gustaría pa-recer fría.
    No había peligro de que eso ocurriera, pensó Joel.
    – Pensaba que era yo el que iba a crear a mi propia Galatea, ¿no?
    – ¿Quieres que me vaya? -preguntó, con un mohín.
    – No. -Sonrió y le acercó una silla al escritorio-. Creo que incluso podrías ayudarme. Nell Calder no me está dan-do ninguna pista.
    – Pobre mujer. El dolor inicial es el más duro. Cuando mis padres y mi hermanito murieron, yo también quise mo-rirme.
    Era la primera vez que hablaba sobre la muerte de su fa-milia. El se volvió y la miró a los ojos.
    – ¿Murieron juntos?
    – No, mi padre era soldado. Y mi madre y mi hermano fueron asesinados en la calle por un francotirador un año después. Estaban sacando agua para nosotros. -Miró la fo-to de Nell-. La soledad y la desesperación son lo peor. Cuando te lo han quitado todo, es difícil encontrar una razón para vivir.
    – Y tú, ¿qué razón encontraste?
    – Ira. No quise darles la satisfacción de matarme a mí también. -Hizo un esfuerzo por sonreír-. Y entonces te en-contré a ti, y mi vida volvió a tener un sentido.
    Joel estaba demasiado emocionado. Deprisa, había que dar un paso atrás.
    – ¿Salvándome del pecado de la cafeína?
    – Entre otras cosas. -Golpeó suavemente la fotografía con el índice-. Tienes que encontrar una razón para ella.
    – Primero tengo que encontrarle un rostro. -Abrió el programa de imagen del ordenador y la cara de Nell apa-reció en la pantalla. Cogió el lápiz electrónico y se inclinó sobre la paleta gráfica que estaba junto a la pantalla-. ¿Pó-mulos?
    – Altos.
    El lápiz resbaló sobre la paleta gráfica y, en la pantalla, Nell adquirió unos pómulos más altos.
    – ¿Suficiente?
    – Un poco más.
    Elevó aquellos pómulos todavía más arriba.
    – Bien. -Tania frunció el ceño-. Hay que cambiar esta nariz respingona. Personalmente, me gusta, pero no combi-na bien con los pómulos.
    Joel se deshizo de la nariz y colocó en su lugar una deli-cada nariz romana.
    – ¿Así?
    – Quizá, ya veremos.
    – La boca…
    – Quiero conservarle la boca.
    – Entonces, tendremos que reencuadrar la mandíbula -le ajustó la línea de la mandíbula-. ¿Los ojos?
    Tania ladeó la cabeza.
    – ¿Podríamos rasgarlos un poquito? ¿Como los de Sofía Loren?
    – Habría que darle unos puntos.
    – Pero serían mucho más interesantes, ¿no?
    El lápiz cambió la forma de aquellos grandes ojos. El cambio fue enorme. Ahora, el rostro de la pantalla era fuer-te, de rasgos muy marcados, y vagamente exótico. Y aquella boca amplia y expresiva le daba una imagen de vulnerabili-dad y sensualidad. No era la típica cara bonita, sino que era, a la vez, fascinante y llamativa.
    – Un poco Sofía Loren, un poco Audrey Hepburn… -murmuró Tania-, pero creo que debemos trabajar más en la nariz.
    – ¿Porque la tuya la hice sin pedirte consejo? -preguntó secamente Joel.
    – Porque es un poco… demasiado delicada. -Se incli-nó hacia delante, con la mirada fija en la pantalla-. Lo esta-mos haciendo bien. Es una cara que conseguiría que se fle-tara un millar de buques.
    – ¿Helena de Troya? A mí, nuestra Nell no me parece una diosa griega.
    – Nunca he pensado que Helena de Troya pareciera una diosa. Creo que tenía una cara inolvidable que hacía que la gente no quisiera apartar la mirada de ella. Esto es lo que nosotros debemos hacer en este caso.
    – ¿Y qué pasará después de que le demos esa cara? -Se volvió para mirarla-. Un cambio tan dramático puede trau-matizarla.
    – Por lo que me has dicho, ya está traumatizada. Dudo que, si la transformamos en Helena de Troya, le haga más daño, e incluso creo que le podría ser útil -dijo-. Si Nell no tiene una razón, al menos tendrá una arma. Y eso es im-portante.
    – ¿Ese fue el motivo por el cual dejaste que yo te ope-rara?
    Tania asintió.
    – Las cicatrices me tenían sin cuidado, pero sabía que sí les importarían a la gente que tuviera a mi alrededor. Tengo toda la vida por delante, y la gente retrocede y huye ante la fealdad.
    Él sonrió.
    – Supongo que podría hacer que ella se pareciera a ti. No es un rostro que esté nada mal.
    – Al contrario, pero sería un problema si consigo que ad-mitas que no puedes vivir sin mí. Ya estás bastante confuso ahora. No, le proporcionaremos un rostro absolutamente
    excepcional y maravilloso para que su camino sea más fácil. -Indicó el lápiz electrónico con la cabeza-. Ahora, vamos a ver si le podemos hacer la nariz un poquito más gruesa.

* * *

    La noche siguiente, Nicholas se encontró con Joel cuando éste salía de la habitación de Nell.
    – No me hables -le dijo Joel con rudeza. Agitó el porta-folios que llevaba en la mano-. La autorización para poder-la intervenir.
    – ¿No la ha firmado?
    – Sí, lo ha hecho. Le he explicado con todo detalle lo que voy a hacer. Le he enseñado, en imagen impresa por orde-nador, cómo será exactamente su nuevo aspecto. Pero no estoy seguro de que haya escuchado ni una palabra. Sé que no le importa. -Se mojó los cabellos-. ¿Sabes que me podría demandar cuando todo esto acabe?
    Nicholas negó con la cabeza.
    – No te demandará.
    – ¿Cómo lo sabes? Si está hecha un auténtico zombi, maldita sea.
    – Te lo prometo. Te protegeré de cualquier complica-ción, legal o personal.
    – ¿De verdad? Pues Kabler ha vuelto a llamar hoy mismo.
    – La próxima vez dile a tu secretaria que lo remita a la oficina de registro del St. Joseph.
    – ¿Por qué?
    – Porque Nell Calder murió ayer por la tarde.
    – ¿Qué? -Lo miró atónito-. Por Dios bendito, ¿qué has hecho?
    – Nada que te puedan cargar a ti -dijo Nicholas-. Tú li-mítate a seguir rehusando hablar con Kabler. Si lo com-prueba con la administración, descubrirá que Nell Calder murió a causa de sus heridas y que fue enviada a una empre-sa funeraria local.
    – ¿Y si lo comprueba con la empresa funeraria?
    – Ya tienen archivada el acta de su cremación. Su esque-la aparecerá en el periódico mañana.
    – Cuando dije que te ocuparas de ello, no quise decir… No puedes hacer ese tipo de cosas.
    – Ya está hecho.
    – ¿Y qué crees que pensará Nell Calder acerca de su fa-llecimiento?
    – Cuando esté a salvo, siempre puede decir que los in-formes sobre su muerte fueron un poco exagerados.
    – ¿A salvo?
    – Ella no fue una víctima casual del atentado. Era un blanco. Y aún puede estar en peligro.
    – Maldita sea. ¿Supongo que no pensabas decirme dónde me estaba metiendo?
    – Lo pensé-, pero sólo hubiera hecho tu decisión más difí-cil -sonrió-. Y tu decisión continúa siendo la misma, ¿verdad?
    – Así que me mantienes en la ignorancia para salvaguar-darme de preocupaciones excesivas, ¿no? -dijo sarcástico.
    – Bueno, y para evitar tener que oír tus quejas. ¿No ha sido mucho más sencillo así, como un hecho consumado?
    – No.
    – Por supuesto que sí.
    – En los informes figura mi nombre. Soy el cirujano que la atendió. Me acusarán de haberlos falsificado.
    Nicholas negó con la cabeza.
    – Tengo el permiso original de traslado, firmado por ti. Si lo necesitas, te lo haré llegar.
    – Sólo si a ti te conviene.
    – No. -Nicholas escrutó en la mirada de Joel-. Prometí que te protegería. Mantendré mi palabra, Joel.
    Joel lo miró, malhumorado. Sabía que Nicholas man-tendría su promesa, pero esto no mejoró su humor.
    – No me gusta que me manipulen.
    – No te he manipulado. Sólo he manipulado los infor-mes. -Miró la carpeta, con el permiso para operar firmado-. Además, no estás realmente enfadado conmigo. Estás preo-cupado por tu paciente. ¿No ha mejorado?
    – Está casi en estado catatónico -dijo Joel-. Yo ya no puedo hacer mucho más. ¿De qué demonios le va a servir una cara nueva si acaba en una institución?
    – No vamos a dejar que eso suceda.
    – Puedes apostar lo que quieras a que no lo haremos. -Le apuntó con el índice-. Y no estaré sólo en esto. No vas a volver a Idaho a toda prisa. Te vas a quedar aquí, a mano. ¿Lo entiendes?
    – Perfectamente. -Sus labios dibujaron una sonrisa-. ¿Te importa si me instalo en un hotel de la ciudad? Soy alérgico a los hospitales.
    – Mientras estés localizable las veinticuatro horas…
    Nicholas levantó sus manos en señal de rendición.
    – Lo que digas.
    – Sí, claro. -Joel se alejó a grandes zancadas por el pasillo.

    BELLEVIGNE, FRANCIA

    – Fallaste -dijo suavemente Philippe Gardeaux-. Y no me gustan nada las equivocaciones, Paul.
    – No esperaba que opusiera tanta resistencia -repuso Paul Maritz ofendido-. Y pensé que la caída la mataría.
    – Si hubieras hecho tu trabajo correctamente, no hubie-ras tenido que confiar en una caída. Con una puñalada hu-biera bastado. Pero preferiste darte un gusto, ¿no es cierto?
    – Quizás -contestó de mal humor.
    – Y mataste a una niña. ¿Cuántas veces tengo que decir-te que nunca mates niños ni animales? Por alguna razón, esto causa más ira que si cometes una carnicería contra cien adultos.
    – Se abalanzó sobre mí después de que su madre cayera. Me estaba golpeando.
    – Y tú tuviste que defenderte, claro. De una niña de cua-tro años -repuso Gardeaux secamente.
    – Podría haberme reconocido. Era la segunda vez. Me había visto en las cuevas aquella misma tarde.
    – Pero, Paul, llevabas el equipo completo de buceo… -contestó Gardeaux-. No quiero excusas. Vamos, admite que estabas frustrado y que necesitabas desahogarte con algo, y te perdonaré.
    – Creo que… quizá me puse como un loco -refunfuñó Maritz.
    – Ves. No era tan difícil. -Gardeaux se recostó en su si-llón y se llevó la copa de vino a los labios-. Si admites tus errores, todo va bien. Lo de la niña fue una equivocación, pero no tiene tanta importancia. La mujer ha sido traslada-da a un hospital de Estados Unidos y sobrevivirá. Deberás rectificar ese diagnóstico si piensas que te podría reconocer. -Hizo una pausa-. Nicholas Tanek la ingresó allí. Me cues-ta pensar que fuera una coincidencia que estuviera en Medas. Lo cual me lleva a pensar que podría haber un delator en nuestra organización. ¿ Crees que podrías buscarlo y eli-minarlo sin cometer más equivocaciones?
    Maritz asintió con entusiasmo.
    – Eso espero. -Continuó Gardeaux, muy amable-. Todo este asunto es muy desagradable para mí. Si me defraudas de nuevo, tendré que hallar el modo de distraerme un poquito. -Se llevó la mano a la boca para ocultar un bostezo-. ¿Qué crees que pasaría si tu cuchillo se enfrentara a la espalda de Pietro?
    Maritz se humedeció los labios.
    – Que lo cortaría en trocitos.
    Gardeaux se estremeció.
    – Las armas cortas son tan brutales. Por eso prefiero la gracia y el romanticismo de una espada. Con frecuencia, pienso que debo ser la reencarnación de un Medici. Me temo que no he nacido en la época adecuada. -Le sonrió-. Y tú tampoco. A ti te veo cabalgando tras Atila, el rey de los hunos.
    Maritz tuvo la vaga intuición de que aquello era un in-sulto, pero se sentía demasiado aliviado para quejarse. Ade-más, había visto lo que Pietro le hizo al último hombre contra el que Gardeaux le ordenó luchar.
    – Le encontraré -aseguró.
    – Sé que lo harás. Confío en ti, Paul. Sólo necesitabas una pequeña aclaración.
    – Y también iré por Tanek.
    – ¡No! ¿Cuántas veces tengo que decirte que Tanek es intocable?
    – Es un estorbo -protestó Maritz de mal humor-. Y le causa problemas.
    – Y será destruido a su debido momento. Mi momento. No te acerques a él. ¿Me has…?
    – Papá, mira lo que me ha dado mamá. -La hija pequeña de Gardeaux se acercaba, corriendo por el jardín, con un molinillo de viento en la mano. Llegó al porche-. El viento lo hace girar, y va cada vez más rápido.
    – Ya veo, Jeanne. -Gardeaux levantó a la niña, de seis años, y la sentó sobre sus rodillas-. ¿Y mamá también le ha dado uno a René?
    – No, a René le ha dado un muñeco -repuso ella, acu-rrucándose contra su padre-. ¿A que es muy bonito, papá?
    – Casi tan bonito como tú, ma chou. -Hizo girar el mo-linillo.
    La niñita tenía el pelo castaño y brillante, y se parecía un poco a la hija de Nell Calder, pensó Maritz. Pero, qué ca-ramba, a él, casi todos los niños le parecían iguales.
    – Vete, Paul -ordenó Gardeaux sin mirarle-. Ya les he robado demasiado tiempo a mi esposa y a mis hijos. Vuelve cuando puedas traerme buenas noticias.
    Maritz asintió.
    – Pronto, se lo prometo. -Y bajó a toda prisa los escalo-nes que llevaban al jardín. A Gardeaux no le gustaba que salieran por la casa. Tenía miedo de que pudieran encontrarse con su mujer o con sus hijos y los «contagiaran», pensó agriamente. De hecho, a Gardeaux nunca le había gustado nada que vinieran a Bellevigne, excepto para hacer de personal de seguridad en algu-na de sus pomposas fiestas. Por eso Maritz se había sor-prendido tanto cuando lo llamó, después de su vuelta de Medas.
    Sorprendido y asustado.
    Cruzó el puente levadizo y miró hacia atrás, hacia la mansión. No le gustaba sentirse asustado. No podía recor-dar cuándo había sentido ese terror por última vez. De pequeño, quizás. Antes de que diera con su vocación, antes de que encontrara el cuchillo. Después, todo el mundo había tenido miedo de él.
    Y aún lo tenían. Aquella mujer lo había tenido. Había luchado, pero estaba aterrorizada.
    Aquella mujer. Tendría otra oportunidad con ella, una oportunidad para hacer algo que consiguiera que Gardeaux lo mirara con buenos ojos otra vez.
    Se estaba comportando como todos los demás, recono-ció a disgusto. Sumiso, suplicante y temeroso de que Gar-deaux alzara su mano contra él.
    Llegó al otro lado del puente levadizo y miró de nue-vo hacia la mansión. Gardeaux era como un rey en su cas-tillo. Algún día, le gustaría descubrir si aquel rey podía ser derribado.
    Un escalofrío le recorrió al recordar la mirada que le ha-bía dedicado cuando le había amenazado con Pietro. No era Pietro, era aquella espada lo que le helaba la sangre.
    Se apresuró a llegar al coche. Primero, el delator, y, lue-go, la mujer. Con eso, volvería a estar a bien con él.

* * *

    – Ven inmediatamente -dijo Joel.
    Nicholas titubeó un poco cuando el teléfono se quedó mudo. Joel había colgado, sin más. Se volvió hacia Jamie.
    – Tengo que ir a Woodsdale. Algo va mal.
    – Pensaba que Lieber te había dicho que la operación sa-lió bien -dijo Jamie-. Ya ha pasado más de una semana, de-masiado tiempo para una recaída, ¿no?
    – Puede ser. No lo sé. -Se puso la chaqueta y cerró el nuevo expediente con toda la información que Jamie había reunido sobre Nell. Nicholas había empezado a estudiarla justo antes de la llamada de Joel-. De todos modos, debo ir. ¿Quieres venir conmigo?
    – ¿Y por qué no? Hace mucho tiempo que no veo a Junot. -Jamie se puso en pie-. ¿Sabías que le ofrecí un trabajo de gorila en mi pub cuando decidiste desmantelar la red?
    – Craso error.
    – Siempre me ha gustado ese Junot. -Salió de la habitación del hotel, siguiendo a Nicholas-. Pero es mucho mejor que esté fuera, en Woodsdale. Menos oportunidades de peleas.
    – Eso creo.

* * *

    Junot salió a su encuentro en la puerta de acceso al aparca-miento subterráneo de Woodsdale. No llevaba uniforme. Nicholas había persuadido a Joel de que no era necesario.
    – Aparcaré el coche. El doctor Lieber quiere que subas ya. Cuarta planta. -Junot sonrió ligeramente al descubrir a Jamie-: ¿Cómo estás?
    – Bastante bien. He pensado que podrías enseñarme los alrededores mientras Nicholas esté ocupado.
    – Hay un sistema de alarma alucinante. Te impresionará. Hasta tú tendrías problemas.
    – Vaya, tocado y hundido. ¿Acaso dudas de mí?
    Nicholas los dejó y, rápidamente, a grandes zancadas, bajó la rampa. La entrada principal de Woodsdale estaba en aquel mismo bunker de hormigón que era el aparcamiento subterráneo. Totalmente seguro y privado, para que ningu-na celebridad fuera vista entrando o saliendo después de pa-sar por el quirófano.
    Joel se reunió con Nicholas tan pronto le vio salir del as-censor, en la cuarta planta, unos minutos después.
    – Tú eres el responsable de ella -le dijo secamente-. So-luciónalo.
    – ¿Cuál es el problema?
    – El mismo que desde el principio. Y va a peor. Nell se está retrayendo más y más. La ha visitado un auténtico ba-tallón de psiquiatras. Hasta he llamado a un sacerdote. Na-die consigue nada. No come. No habla. Ayer iniciamos la alimentación intravenosa.
    – ¿Me estás diciendo que se va a morir?
    – Creo que quiere morir y, además, tiene una sorpren-dente fuerza de voluntad. Probablemente, podré mantener-la con vida si la conecto a alguna máquina.
    De repente, Nicholas recordó las súplicas de Terence para que le retiraran el respirador.
    – Máquinas, no.
    – Pues a ver si das tú con la solución. -Y le indicó con la mano-: La tercera habitación a tu izquierda.
    Nicholas cruzó el corredor.
    – Tania dice que necesita una razón para vivir. -Joel le seguía.
    – Y se supone que debo dársela yo.
    – Se supone que debes hacer que quiera vivir. De lo con-trarío, todo mi trabajo habrá sido en vano.
    – Puede que no te gusten mis métodos.
    – Tampoco me gustará que muera o que tenga que ser recluida en una institución -repuso Joel-. Mientras no in-tensifiques ninguna de estas dos posibilidades, no cuestio-naré nada de lo que hagas. Yo ya lo he intentado todo.
    Y ahora se esperaba que Nicholas realizara el milagro que no había podido hacer Joel. Estupendo. Empujó la puerta.
    La cara de Nell todavía continuaba vendada. Parecía más pequeña, más débil que la última vez que la había visto. Miraba al frente, y no daba señal alguna de ser consciente de que él había entrado en la habitación.
    Una razón.
    Claro que sí. Él lo sabía todo sobre ese tema. Le daría una razón.

* * *

    Nicholas Tanek.
    Creía haberlo apartado de su vida para siempre, pensó Nell apagadamente. Quería que se fuera. Era él quien le ha-bía dicho que Jill…
    Intentó borrar la presencia de Tanek de su mente; Nell se había vuelto una experta en eso. No pudo: Tanek era de-masiado fuerte. Se sintió más y más inquieta. Rápidamente, cerró los ojos.
    – Deja de fingir. No estás dormida -le dijo Nicholas fría-mente-. Lo único que te pasa es que no tienes agallas.
    Ella sintió un escalofrío.
    – ¿Disfrutas aquí, echada, compadeciéndote de ti misma?
    El no lo entendía. Nell no estaba autocompadeciéndose. Tan sólo quería que todos la dejaran en paz.
    – No me sorprende. Siempre te has escondido y has hui-do de todo, durante toda la vida. Querías ser artista, tus pa-dres chasquearon los dedos, y lo dejaste, sin rechistar. Tu marido te moldeó como quiso y tú también dejaste que lo hiciera.
    Estaba hablando de Richard. Qué cruel. Richard estaba muerto. No se debía hablar mal de los muertos.
    – ¿Te ha contado alguien cómo murió Jill?
    Nell abrió los ojos de golpe:
    – Cállate. No quiero oírlo. Vete.
    – Fue apuñalada.
    El cuchillo. Oh, Dios santo, el cuchillo.
    – Él disfrutó haciéndolo. Siempre disfruta.
    Sí, era cierto. Nell recordaba aquella sonrisa detrás de la máscara mientras la apuñalaba.
    – Y está ahí fuera, libre. Le arrebató toda su vida, toda su alegría, todas las cosas que soñaste para ella. Tú le permitis-te que se lo robara todo.
    – ¡No! Intenté detenerle. Le hice salir fuera, al bal-cón, y…
    – Pero Jill está muerta y él libre. Se está paseando por ahí recordando cómo la asesinó. Es tan fácil matar a una niña.
    – Basta… -Aquellas palabras la estaban destrozando, la hacían llorar. ¿Por qué no se iba y la dejaba tranquila? Nun-ca había imaginado que alguien pudiera ser tan brutal-. ¿Por qué me haces esto?
    – Porque no me importa si sufres o no. Jill está muerta, y tú la estás traicionando. Te quedarás en la cama y dejarás que todo vaya pasando, como has hecho durante toda su vida. Jill era una niña preciosa y se merece algo mejor que una madre que ni tan sólo quiere levantarse para averiguar si el hombre que la mató ha sido castigado por ello.
    – Está muerta. Nada de lo que yo pueda hacer…
    – Excusas, sólo excusas. ¿No te pone enferma retroceder siempre ante la vida? No, creo que no. -Dio un paso ade-lante. La miraba fijamente, taladrándole los ojos-. Pues te diré algo que debes recordar mientras continúas tumbada, pensando en tu hija. No murió al instante. Él nunca deja morir a nadie sin sufrir.
    Sintió como si algo le explotara en su interior.
    – ¡Vete al infierno!
    – Aunque me parece que nada de esto te importa. Será mejor que te vuelvas a dormir y te olvides de todo este de-sagradable asunto. -Se levantó y fue hacia la puerta-. Bueno, sigue así. De todos modos, no podrías hacer nada al res-pecto, seguramente. Nunca has llevado a cabo una sola ac-ción efectiva en toda tu vida.
    La voz de Nell vibró con intensidad:
    – Te odio.
    Él la miró sin expresar nada.
    – Sí, lo sé.
    Y salió de la habitación.
    Nell se clavó las uñas en el dorso de la mano mientras cerraba el puño con fuerza. Quería que Tanek volviera a en-trar, así podría atacarle como él la había atacado. Era cruel. Nunca había conocido a nadie tan cruel.
    Excepto al hombre que mató a Jill. El monstruo.
    El nunca deja morir a nadie sin sufrir.
    Aquellas palabras eran aún más punzantes que el cuchi-llo que le había quitado la vida a Jill. Nell no se había per-mitido pensar en lo que había sufrido Jill, en cómo había muerto. Sólo había pensado en su pérdida, en aquel vacío que ahora sentía en su vida.
    La vida no le parecía nada vacía a Jill. Era una niña que amaba cada momento que vivía. Se habría lanzado a ella con los brazos bien abiertos.
    Y se lo había impedido un monstruo que asesinaba ni-ñas indefensas.
    Saber aquello la hería, la desgarraba y la quemaba por dentro. Él estaba fuera, libre, mientras Jill estaba muerta.
    – No.
    No iba a permitirlo. Sintió como si este pensamiento hi-ciera desaparecer el pasado, el presente, el futuro.
    Nunca has llevado a cabo una sola acción efectiva en toda tu vida.
    Mentira.
    No, era verdad.
    Era tan fácil ver la verdad ahora que ya nada le im-portaba.
    Haz lo que te digo o no voy a quererte nunca más.
    Aquella amenaza silenciosa siempre había estado presen-te. Primero con sus padres, luego, con Richard; y ella siempre había corrido a obedecer por el terror a perder su estima.
    Pero, ahora, aquel miedo había desaparecido porque ya no tenía nada que perder. Ya había perdido todo lo que le importaba.
    Excepto el recuerdo de Jill.
    Y del hombre que la había matado.

* * *

    – ¿Y bien? -preguntó Joel cuando Nicholas salió de la habi-tación.
    – No lo sé. Que la dejen tranquila un rato para que lo digiera.
    – ¿Que digiera qué?
    – Tenía una herida abierta y se la he cauterizado con un hierro candente -añadió-: Sin anestesia.
    – No voy a preguntarte de qué estás hablando.
    – Tampoco te lo diría. Lo desaprobarías. -Se dirigió ha-cia la entrada y a los ascensores-. Pero creo que ahora pue-do volverme a Idaho durante un tiempo. No hay duda de que no me querrá ver después de esto. Llámame cuando creas que ya está en condiciones más o menos estables otra vez. Necesito hacerle unas preguntas.

* * *

    Nell no durmió aquella noche. Estuvo con los ojos abiertos, fijos en la oscuridad mientras las palabras de Tanek la gol-peaban una y otra vez.
    Jill.
    Crecer, ir a la escuela, la primera fiesta, las primeras citas, el primer hijo. Tantos «primeros» que nunca conocería ya.
    Robada. Robada de su propia vida, privada de todas esas experiencias.
    La pérdida de Nell no era nada comparada con lo que aquel monstruo le había quitado a Jill.
    Y Nell estaba allí, postrada en la cama, sin hacer nada al respecto.
    Rabia.
    Ardiente, destructiva y clarificadora rabia.

* * *

    El florero de cristal de lilas jaspeadas que aquel joven lleva-ba podría haber resultado ridículo entre sus enormes ma-nos, pero, de algún modo, no lo era. El chico le era vagamente familiar; había estado presente durante aquel período de sombras. Buscó el nombre:
    – Tú eres Phil Johnson -dijo finalmente Nell, muy des-pacio.
    El se dio la vuelta con rapidez.
    – ¡Vaya! ¡Se acuerda de mí! -Se acercó a la cama-. ¿Cómo está? ¿Le traigo algo? ¿Qué tal un poco de zumo de naranja?
    Nell negó con la cabeza:
    – No, gracias. Ahora no. -Se miró el brazo. Y se sor-prendió de que todavía estuviera vendado. Parecía que hu-bieran pasado cien años desde que se había despertado por primera vez y había visto a Tanek sentado junto a su cama. Ahogó un brote de rabia ciega. Tanek no le importaba. Te-nía que calmarse y pensar con claridad-. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿Y dónde estoy?
    – Diez días, en Woodsdale.
    – ¿Woodsdale? -Recordó vagamente que el doctor Lieber había mencionado el traslado a aquella clínica.
    Phil asintió.
    – ¿Se acuerda de su operación?
    Se incorporó y se tocó la cara. Vendajes.
    – El doctor Lieber quiere que los lleve hasta que esté to-talmente recuperada. La cirugía plástica siempre deja seña-les, al principio, y él cree que ya ha pasado usted por suficientes… -Calló un instante-. Lo siento. Se supone que no debería hablarle de nada que pueda herir… -Hizo una mue-ca-. Ya lo he vuelto a hacer. Siempre meto la pata. ¿Quiere que me vaya?
    Ella negó con la cabeza:
    – Me siento muy débil. ¿Voy a tener que guardar cama por mucho tiempo?
    – Eso tendrá que preguntárselo al doctor Lieber. Pero seguramente se sentirá mejor si come. -Sonrió con dulzu-ra-. Estos tubos que lleva en el brazo no deben provocarle sensaciones demasiado agradables.
    – Comeré -repuso Nell-. Pero tengo que hablar con el doctor Lieber. ¿Puedes decirle que venga a verme?
    – Claro que sí. Estará en el hospital de la ciudad toda la mañana, pero seguro que volverá pronto. -Señaló las flores, sobre la mesa-. Son bonitas. ¿Quiere que mire quién se las envía?
    Son muy bonitas, mamá -había dicho Jill- Han queda-do más bonitas que cuando estaban en el jardín.
    Un dolor intenso la recorrió, dejándola sin respiración. Había que bloquearlo. No podría funcionar si dejaba que el dolor la cegara de esta manera.
    – ¿Está bien? -preguntó Phil, preocupado.
    – Sí, estoy bien -aseguró con firmeza-. Lee la tarjeta.
    – Sólo hay un nombre. Tania Vlados. ¿Una amiga?
    Ella negó con la cabeza:
    – No sé quién es.
    – Bueno, pues ella sí debe de saber quién es usted. -Vol-vió a dejar la tarjeta-. Una elección brillante. Diferente. Pa-recen flores de la selva.
    – Son lilas jaspeadas. -El esfuerzo por comportarse con normalidad era demasiado. Quería cerrar los ojos y volver a dormir. No, no se lo podía permitir. Lo estaba haciendo muy bien por ahora. Aquel chico tan agradable, Phil John-son, no parecía notar nada extraño en su comportamiento-. Le daré las gracias, claro…, cuando descubra quién es.
    Phil asintió:
    – Seguramente, le habrán enviado montones de flores al St. Joseph. Se tarda un poco de tiempo hacerlas llegar hasta aquí.
    Estaba equivocado. Richard ya no podía enviarle flores, y Nell no tenía a nadie más.
    – No importa. -Le miró con atención-. Pareces muy fuerte. ¿Has jugado a fútbol americano?
    – Sí, estaba en el Notre Dame.
    – Por lo tanto, debes saber mucho sobre ejercicio físico.
    – Algo.
    – Odio sentirme tan débil. ¿Crees que podrías conse-guirme algún tipo de equipamiento que me sirva de ayuda para fortalecerme y tonificarme mientras tenga que perma-necer postrada en esta cama?
    – Quizá más adelante.
    Ocultó su impaciencia y dijo con cautela:
    – De hecho, me gustaría tenerlo ahora mismo. Podrías enseñarme qué es lo mejor para empezar. No tengo ningu-na intención de lesionarme intentando hacer demasiado. Iré con mucho cuidado.
    Phil asintió, comprensivo.
    – Sé cómo se siente. Yo me volvería loco si tuviera que estar aquí, tumbado, sin hacer nada. Le preguntaré al doctor si lo considera adecuado.
    – Gracias.
    Lo miró mientras salía de la habitación. «No cierres los ojos. No te refugies en la oscuridad. De momento, todo va bien.» Phil intentaría ayudarla, y entonces Nell se valdría por sí misma. Todo iba a ser más fácil cuando sólo confiara en sus propios recursos. Se volvió para observar las flores sobre la mesilla de noche. Tania Vlados. ¿Era una de las in-vitadas a la fiesta aquella noche? No podía recordar a nadie más que a Elise Gueray. La fiesta. Recordaba vagamente a Nadine, de pie junto a ella, después de la caída. ¿Qué había sido de Martin y Sally? Supuso que debía importarle.
    No, no le importaba. Nunca le habían gustado, ninguno de los dos, y ya no quería seguir siendo una hipócrita.
    Richard había sido asesinado en la fiesta. Pero ¿por qué no se sentía más triste? Richard se merecía que ella lo echa-ra de menos. Pero Jill estaba muerta, y Nell no sentía triste-za por nadie más.
    – Me han dicho que ya se siente mucho mejor -dijo Joel Lieber al entrar en la habitación. Sonrió y se sentó en una si-lla, cerca de ella-. Ya era hora. He estado muy preocupado por usted.
    Nell le creyó. Y dudó que Joel Lieber dijera alguna vez algo que no pensara.
    – ¿Estoy muy enferma?
    – Se está curando muy bien. Tiene rotos un brazo y la clavícula. Las otras heridas tenían un aspecto muy desagra-dable, pero me he esmerado mucho y no le quedarán ni cicatrices. Podremos retirarle los apósitos dentro de unas tres semanas.
    Nell se tocó el vendaje de la cara.
    – ¿Y esto?
    – Le hice un poco de cirugía menor alrededor de los ojos, y los puntos están listos para ser extraídos cualquier día a partir de hoy.
    – ¿Qué tengo en la cara? Me cuesta hablar.
    – Lleva una abrazadera que mantiene sus mandíbulas rectas. Muy pronto ya no la necesitará. Todavía tiene algu-nos morados, pero le podría sacar el vendaje ahora, sólo un momento, para que se haga una idea sobre el aspecto que va a tener.
    – No, no importa. Esperaré. Sólo quería saber cuánto tiempo pasará hasta que me dé el alta. ¿Un mes?
    – Quizá. Si todo va bien y hace todo lo que yo le diga.
    – Lo haré. -Hizo una pausa y se puso en tensión-. Qui-siera saber si pueden traerme los periódicos que salieron al día siguiente después de… lo de Medas.
    La sonrisa de Joel se desvaneció.
    – No creo que sea muy conveniente. Espere un poco.
    – Ya he esperado demasiado. Alguna vez tendré que en-frentarme a ello. Le prometo que no me derrumbaré.
    La miró unos instantes, fijamente.
    – No, no creo que lo haga. De acuerdo, le diré a alguien que los busque y se los traiga. ¿Alguna cosa más?
    – No, ha sido muy amable, doctor Lieber.
    – Joel -matizó.
    – Le prometo que podrá despreocuparse de mí dentro de poco…, Joel.
    – Pero, por ahora, me preocupa -murmuró Joel.
    – Lo siento. -Sus disculpas eran reales. Él parecía un hombre honesto, y había trabajado mucho para ayudarla. Lamentablemente, era también muy intuitivo y podía perci-bir la extraña calma que Nell imponía a cada una de las cé-lulas de su cuerpo. En fin, ella no podía hacer nada para evi-tarlo-. Estaré bien muy pronto y, entonces, no tendrá que preocuparse de mí.
    – Eso espero.
    La miró un momento antes de volverse y abandonar la habitación.

* * *

    Terroristas.
    Nell bajó el periódico y miró la pared a rayas crema y melocotón. Era lógico. Nadie tenía motivos para matar a Richard o a aquellos otros que mencionaba el artículo. Debían de ir tras Kavinski.
    Pero ¿por qué fueron también por ella? ¿Por qué uno de los terroristas la atacó cuando ni tan sólo estaba cerca de Kavinski? La muerte de Jill podía haber sido fruto del azar, y del arrebato del momento, pero aquel asesino, sin duda, la había seguido aposta.
    Él nunca les permite morir sin sufrir.
    Tanek había hablado como si conociera al asesino de Jill.
    Y, si sabía quién era, podía saber dónde encontrarle.

* * *

    – ¿Dónde demonios te habías metido? -explotó Joel en cuanto Nicholas cogió el teléfono-. Llevo todo un mes in-tentando localizarte.
    – He estado fuera del país.
    Nicholas se agachó para acariciarle las orejas a Sam. El pastor alemán se restregó contra su muslo.
    – Nell quiere verte -dijo Joel-. Ahora mismo.
    – Es toda una sorpresa. ¿Cómo está?
    – Haciendo unos progresos increíbles. Come bastante, se pasa el día hablando con Johnson. Incluso ha conseguido que le lleve unos tensores de gimnasia, y está ejercitando las piernas y el brazo bueno.
    – Entonces, ¿por qué parece que estés de mal humor?
    – ¿De mal humor? No estoy de mal humor. Los grandes hombres nunca estamos de mal humor.
    – Perdón. Entonces, ¿por qué estás preocupado?
    – Está demasiado tranquila. Demasiado distante.
    – Quizá sea lo mejor, ahora. Al menos, su salud va mejo-rando.
    – A pasos agigantados y sin freno, igual que su fuerza de voluntad. Es como una flecha lanzada por un arco. No irá a ningún otro sitio que a la diana.
    – ¿Y dónde está su diana?
    – Dímelo tú. -Hizo una pausa-. ¿Qué le dijiste?
    – Le di una razón…
    – ¿Qué razón?
    – La venganza.
    – Mierda.
    – Tuve que utilizar lo único que tenía. Te aseguro que no hubiera podido hacerla reaccionar si hubiera intentado convencerla de que se convirtiera en especialista en neurocirugía. La venganza era la única motivación que podía fun-cionar.
    – ¿Y ahora, qué?
    – Ahora, te toca a ti despistarla. Quizás estás exagerando el problema. Es una mujer buena, amable, dulce. Encuentra una manera de apelar a su verdadera naturaleza.
    – No creo que tengas la menor idea de cuál es su verda-dera naturaleza. Te puedo asegurar que no se parece en nada a cómo me la describes. -Vaciló un instante-. Al día si-guiente de que te fueras, pidió el periódico para saber deta-lles sobre lo de la isla de Medas.
    – ¿La trastornó?
    – Sí. Johnson dijo que estaba pálida y temblorosa pero que, al mismo tiempo, se controlaba. Y, justo después, pidió verte. Y lo ha pedido cada día desde entonces. Creo que, si no la vienes a ver, se plantará en el portal de tu casa, un mi-nuto después de que le dé el alta.
    – Será mejor que vaya para allá. A Sam no le gustan de-masiado las visitas.
    – ¿Cómo está su pata?
    – Más fuerte que nunca.
    – Suele ocurrir, es curioso: destrozas a alguien, lo recom-pones y descubres que tienes delante una persona totalmen-te nueva. Le diré a Nell que llegas mañana.
    No era necesario que Joel le dijera todo aquello. Nicholas sabía de sobra que había jugado con fuego, y el riesgo que eso comportaba. Pero, sencillamente, no había tenido otra opción. No se puede curar una herida y pretender que-dar sin cicatrices. Nicholas colgó el auricular y se sentó en su silla de cuero. Inmediatamente, Sam intentó escalar hasta su falda. Nicholas, ausente, le pasó la mano por la cabeza antes de empujarlo para que bajara. El perro le miró resignadamente y se acomodó, hecho un ovillo, a sus pies.
    Y vendrían más heridas si Nicholas no podía conseguir que Nell se mantuviera alejada, pensó con mohín cansino. Sólo le pedía a Dios que no tuviera que ser él quien lo hiciera.

* * *

    Allá vamos, abajo, abajo…
    ¡No!
    Nell se incorporó de golpe en la cama. El corazón le la-tía salvajemente.
    Había sido un sueño. Sólo un sueño.
    Jill no había estado allí, junto a la puerta, mirándola fija-mente…
    Se enjugó las mejillas húmedas con el dorso de la mano.
    Por favor, que no sucediera de nuevo. No podría sopor-tarlo.
    Que no sucediera de nuevo.

Capítulo 4

    – ¿Querías verme?
    Nell levantó la mirada y atisbo a Tanek de pie en la en-trada. Sintió una sacudida de rabia que tuvo dificultades para controlar. Pero la controlaría. Secamente le instó:
    – Adelante.
    Tanek se acercó. Llevaba puestos unos téjanos y un polo de color crema que vestía con tanta naturalidad como el esmoquin de la primera vez que lo había visto. Era en Tanek en lo que uno se fijaba, no en la ropa que pudiera llevar.
    Se sentó en una silla, cerca de la cama.
    – Pensé que ya te habrían librado de estos vendajes.
    – Pasado mañana. Ya no llevo la abrazadera para la man-díbula, pero Joel prefiere que cicatricen los puntos. -Pasó directamente al tema del ataque-: Conoces al hombre que mató a Jill, ¿verdad?
    Tanek no intentó disimularlo.
    – Ya sabía que te agarrarías a eso. Sí, creo que sé quién es.
    – ¿Eres un terrorista?
    Una sonrisa tensó sus labios.
    – Si lo fuera, ¿crees que lo admitiría?
    – No, pero pensé que obtendría una respuesta.
    Tanek sacudió la cabeza.
    – Muy bien.
    Ella no quería su aprobación sino respuestas.
    – De todas maneras, no creo que fuera un ataque terrorista.
    – ¿Ah, no? Todo el mundo parece pensar que sí.
    – Yo no estaba en el salón. ¿Por qué iría un terrorista por mí?
    Él entrecerró ligeramente los ojos:
    – ¿Por qué iría nadie por ti?
    – No lo sé. -Le miró retadoramente-. ¿Tú sí?
    – Quizás ofendiste a Gardeaux.
    Nell le miró desconcertada.
    – ¿Gardeaux? ¿Quién es Gardeaux?
    No se había dado cuenta de que él estaba tenso hasta que notó que se relajaba.
    – Un individuo muy poco agradable. Me alegro de que no lo conozcas.
    Le había lanzado aquel nombre para ver su reacción. Gardeaux. Guardaría ese nombre en la memoria.
    – ¿Por qué insististe en acompañarme a mi habitación aquella noche? ¿Fue para asegurarte de que el asesino supie-ra dónde encontrarme?
    – No, imagino que debía llevar un croquis completo de la casa y que sabía dónde estaba cada habitación mucho an-tes de llegar a la isla -la miró-, y la última cosa que deseaba era que resultaras herida, o muerta.
    Nell tuvo que apartar la mirada de Tanek. Él quería a toda costa que le creyera, y su voluntad era muy fuerte. No, no debía confiar en él. Tenía que sospechar de todos, y par-ticularmente de él.
    – ¿Quién mató a mi hija?
    – Creo que fue un hombre llamado Paul Maritz.
    – Entonces, ¿por qué no se lo dijiste a la policía?
    – Ya les satisfacía lo del ataque terrorista dirigido contra Kavinski.
    – Y ese tal Maritz ¿no es terrorista?
    Tanek negó con la cabeza.
    – Trabaja para Philippe Gardeaux. Pero la policía no iría tras él por el asesinato de tu hija.
    Gardeaux, otra vez.
    – ¿Me vas a decir de qué va todo esto, o tienes la intención de que lo adivine poco a poco?
    Sonrió sin ganas.
    – Lo estabas haciendo tan bien, que pensaba dejarte se-guir así un rato. Gardeaux es distribuidor. Es el enlace directo entre Europa y Oriente Próximo para una división del
    cartel de la droga colombiana dirigido por Ramón Sandéquez, Julio Paloma y Miguel Juárez.
    – ¿Distribuidor?
    – Distribuye droga a los camellos y dinero para borrar sus huellas. Maritz es uno de sus hombres.
    – ¿Y Gardeaux envió a Maritz para matarme? ¿Y por qué a Jill?
    – Se cruzó en su camino.
    Tan sencillo como eso. Una niña se cruzó en su camino y por eso fue asesinada.
    Tanek miraba fijamente la expresión de Nell.
    – ¿Estás bien?
    Nell explotó.
    – No, no estoy bien. -Sus ojos llameaban-. Siento rabia y asco, y quiero ver a Maritz muerto.
    – Lo sabía.
    – ¿Y dices que la ley ni tan sólo intentará procesarlo?
    – No por la muerte de tu hija. Quizás encontrarán otro motivo para arrestarlo.
    – Pero lo dudas.
    – Gardeaux protege a sus hombres. No hacerlo pondría en peligro su libertad de movimientos. Invierte buena parte de su dinero en oficiales de policía y jueces.
    Ella le miró, incrédula.
    – ¿Estás diciendo que puede cometer asesinatos y que a nadie le importa?
    – A ti sí te importa -respondió él, muy tranquilo-. Y a mí también me importa. Pero estamos hablando de miles de millones de dólares. Gardeaux levanta un dedo y, de repen-te, un juez tiene una casa en la Riviera y dinero suficiente para retirarse y vivir como un rey. Incluso si encontraras a alguien con enormes ganas de llevar a Maritz ante los tribu-nales, Gardeaux haría que el jurado fuese amañado.
    – No puedo creer que sea cierto.
    – Pues no lo creas, pero es cierto.
    Fue la indiferencia de su tono lo que la convenció. Sólo es-taba enunciando un hecho y no intentaba persuadirla de nada.
    – Entonces, ¿me estás diciendo que me olvide de Maritz?
    – No, no soy tonto. Tú nunca lo olvidarás. Te estoy pidiendo que lo dejes en mis manos. Te aseguro que Maritz caerá, junto con Gardeaux.
    – ¿Caerá?
    Tanek sonrió.
    – Vas a matarlo… -susurró Nell.
    – A la primera oportunidad. ¿Te escandaliza?
    – No. -Lo hubiera hecho antes de lo de Medas. Pero ahora ya no-. ¿Por qué?
    – Eso no importa.
    – Pareces saberlo todo sobre mí, ¿y yo no tengo derecho a saber nada sobre ti?
    – Es lo que hay. Lo que sí te puede interesar es que llevo más de un año en esto y voy a dedicarme a este objetivo con la misma pasión que lo harías tú.
    – No puedes. -No quedaba ni odio ni pasión suficientes en el mundo.
    – Dices eso porque, ahora, tu visión no es completamen-te clara, todavía estás dentro de un túnel. En cuanto seas ca-paz de considerar otros puntos de vista, podrás…
    – ¿Dónde está?
    – ¿Maritz? No tengo ni idea. Escondido bajo el ala de Gardeaux.
    – Entonces, ¿dónde está Gardeaux?
    – No -dijo Tanek con firmeza-. Gardeaux y Maritz van en un solo paquete y tú no puedes tocar ese paquete. Si te metes así, sin más, en el terreno de juego de Gardeaux, aca-barás muerta.
    – Pues enséñame cómo hacerlo.
    – La única manera de no cometer errores es mantenerse alejada de ambos. Mira, Maritz era un SEAL, una especie de soldado de comando; conoce más maneras de matar de las que podrías contar. Y Gardeaux ha matado hombres sólo por haberle pisado un dedo del pie.
    – Pero tú crees que puedes pescarlos.
    – Los atraparé a los dos.
    – No lo has conseguido todavía. ¿Por qué te está toman-do tanto tiempo?
    Había puesto el dedo en la llaga. Tanek apretó los labios.
    – Porque quiero vivir, maldita sea. No mataré a Gardeaux para, inmediatamente después, morir yo. Eso no sería una victoria. Tengo que encontrar la manera de derribarlo y que no…
    – Entonces, no irás por él con la misma pasión que yo. -Buscó su mirada y añadió-: A mí no me importaría morir después de haber acabado con él. Lo que quiero es verle muerto.
    – Mierda.
    – Enséñame, utilízame. Lo haré en tu lugar.
    – ¡Y un cuerno! -Se levantó y fue hasta la puerta-. Man-tente lejos de todo esto.
    – ¿Por qué te enfadas? Ambos buscamos la misma cosa.
    – Escúchame, maldita sea. Gardeaux te quiere muerta. -Abrió la puerta-. Y yo no voy a atar un cordero a la cerca para atraer al tigre.
    – Espera.
    – ¿Por qué? Creo que ya nos lo hemos dicho todo.
    – ¿Cómo descubriste tantas cosas de mí?
    – Hice preparar un expediente. Quería saber por qué Gardeaux podía querer matarte.
    – Pero no lo descubriste -repuso, en un gesto de frustra-ción-. ¿Cómo podrías? No hay absolutamente ninguna ra-zón. Nada de esto tiene sentido.
    – Sí, tiene que haber un motivo. Es sólo que no sabe-mos cuál, todavía. Continúo trabajando en ello. ¿Puedo irme ya?
    – No, aún no me has explicado por qué insististe en su-bir a mi habitación aquella noche.
    La expresión de Tanek no se inmutó, pero Nell pudo percibir una repentina tensión subyacente.
    – ¿Qué importancia tiene?
    – Todo es importante. Quiero saberlo.
    – Recibí información que decía que podías estar involu-crada.
    – ¿Involucrada en qué?
    – La información no era clara. Y yo decidí que no era vá-lida en tu caso.
    – Pero lo era, ¿no?
    – Sí. ¡Sí, mierda, lo era! ¿Satisfecha? Tomé una decisión errónea y te dejé en manos de Maritz.
    Ella lo observó un instante.
    – Te sientes culpable. Ésa es la razón de que te hayas to-mado tantas molestias trayéndome aquí.
    Tanek sonrió con tristeza.
    – ¿No es agradable saber que tienes a alguien más a quien culpar, además de a Maritz?
    Sí, lo sería. Y Nell deseó con todas sus fuerzas poder echarle la culpa a Tanek…
    – No, no fue culpa tuya. Y no voy a culparte.
    Vio que Tanek expresaba sorpresa.
    – Eso es muy generoso.
    – No estoy siendo generosa. Tú no lo sabías. No estabas allí cuando vino Maritz.
    – Pero podría haber estado.
    – Sí, podrías haber estado. Si quieres sentirte culpable, adelante. -Y añadió duramente-: Yo deseo que te sientas culpable. Quizás así me ayudes a encontrar a Maritz.
    – Olvídalo.
    – No lo olvidaré. Voy a…
    Pero él ya había salido de la habitación.
    El corazón de Tanek latía con fuerza, y la sangre hervía en sus venas. Había logrado romper la capa de hielo tras la que Nell había intentado protegerse de él, pero eso no importaba.
    Tanek conocía a Maritz. Podía indicarle a cualquiera el camino hasta él. Y ella encontraría la manera de conseguir que lo hiciera.
    Nell cogió los tensores de la mesilla de noche y deslizó un estribo bajo su pie izquierdo. Cada día estaba más fuer-te. Se ejercitaba incluso por las noches, cuando no podía dormir.
    Dormir ya no era placentero, ahora que las pesadillas habían empezado a aparecer.
    Y ya no quería dormir, ahora que tenía una buena razón.

* * *

    Joel sonrió furtivamente ante la expresión de Tanek.
    – Pareces un poco preocupado. Así pues, ¿debo deducir que yo exageraba?
    – No -repuso Tanek, escuetamente.
    – Ya te lo he dicho, no me gusta nada ese autocontrol
    – ¿Qué?
    Recordó la frialdad con que Nell lo había recibido. Pero aquella contención se había esfumado tras su ataque de nervios. Y a Tanek tan sólo le preocupaba ahora aquella única obsesión que la invadía y su decidida fuerza de vo-luntad.
    Entonces, no irás a por él con la misma pasión que yo.
    Oh, sí, Nell tenía pasión, la misma pasión ciega que ha-bía conducido a Juana de Arco a la hoguera.
    Joel movió la cabeza.
    – Digo que no me gusta que…
    – Ya te he oído. No creo que tengamos que preocupar-nos por eso. ¿Cuánto falta para que pueda irse de aquí?
    – Otras dos semanas.
    – Retrásalo.
    – ¿Por qué?
    – No está preparada. -Y él tampoco lo estaba. Nell no iba a rendirse, no cabía la menor duda, y Tanek tenía que encontrar la manera de detenerla-. ¿Puedes descubrirle una complicación?
    – No, no voy a mentirle a una paciente. Ya lleva aquí casi dos meses. -Su sonrisa mostró una tenue sombra malicio-sa-. ¿Qué sucede, Nicholas? Después de todo, fuiste tú el que me dijo que ella no era precisamente una central de energía, sino sólo una buena, amable y dulce mujer.
    Nicholas tampoco estaba seguro de en qué se había con-vertido Nell Calder, pero sí había cambiado lo suficiente para hacerle sentir totalmente intranquilo.
    – Basta ya, Joel. Necesito tu ayuda en esto.
    – No si ello compromete mi ética profesional.
    – Entonces, no le mientas. Todavía tiene algunos huesos rotos. Dile que quieres que se quede hasta que estén total-mente curados. Vamos, Joel, no necesitas esa cama.
    Joel pensó en ello.
    – Supongo que podría hacerlo.
    – ¿Conoce ya a Tania? -preguntó Tanek.
    – Todavía no.
    – Haz que se conozcan lo antes posible.
    – ¿La influencia de otra mujer?
    – La influencia de otra superviviente. -Se dio la vuelta y se dirigió a Phil-. Vigílala de cerca.
    Phil se sintió un poco herido.
    – Estoy cuidando muy bien de ella, señor Tanek.
    – Lo sé -sonrió Nicholas-. Pero asegúrate de que no sal-ga de aquí sin que nadie lo sepa. ¿De acuerdo?
    Phil asintió.
    – Esa mujer me gusta. Le conté que tengo un master en informática y está realmente interesada. Me ha estado pre-guntando todo tipo de cosas sobre ordenadores.
    Demostrando interés por todo lo relacionado con orde-nadores, el afecto de Phil quedaba garantizado.
    – ¿Qué tipo de preguntas?
    Phil se encogió de hombros.
    – Pues, preguntas.
    Quizás aquel interés no obedecía a ningún propósito oculto. O quizá Nell, instintivamente, demostraba aquella curiosidad para ganarse la amistad de Phil. Tanek nunca ha-bría imaginado que la mujer que conoció en la isla de Medas fuera capaz de tales maquinaciones, pero, ahora, para él se-mejaba una desconocida.
    – Vigílala, Phil.
    – Sabe que lo haré. -Y volvió a entrar en la habitación de Nell.
    – Es un buen chico -dijo Joel-. Y un buen enfermero.
    – Pareces sorprendido. Ya te dije que te gustaría. -Vol-vió al tema-. ¿Traerás a Tania?
    – ¿Por qué no? Está deseando conocer a Nell. -Hizo una pausa-. Estás preocupado por lo que ella pueda hacer cuan-do le dé el alta y deje de estar bajo tu protección, ¿verdad? De todas maneras, sabe que alguien intentó asesinarla. Segu-ramente, no será imprudente.
    – ¿Imprudente? Sí, creo que podrías usar esa palabra. Aunque suicida sería, sin duda, mucho más adecuada.
    – Tú sabes quién intentó matarla -dijo Joel, lentamente. Abrió los ojos como platos-: ¿Se lo has dicho?
    – Efecto dominó. Tenía que ofrecerle algo. Además, se merece saberlo.
    Joel sacudió la cabeza.
    – Has cometido un gran error.
    – Puede ser. He cometido unos cuantos, ya. -Empezó a caminar hacia los ascensores-. Pero la única cosa vital es el control de daños.
    – Espera. Has recibido una llamada. -Joel buscó en su chaqueta y encontró un mensaje-. Jamie Reardon. Está en Londres y quiere que le llames urgentemente.
    Nicholas cogió el mensaje.
    – ¿Puedo utilizar tu despacho?
    – No faltaba más. -Joel señaló la puerta al final de la en-trada-. Vivo exclusivamente para estar a tu servicio, Ni-cholas.
    – Me alegro de que finalmente lo reconozcas -contestó él, con cara inexpresiva, mientras se dirigía al despacho-. Has estado un poco lento al principio.
    Oyó que Joel mascullaba algo, y lanzaba algún impro-perio tras él.
    Aún sonreía cuando localizó a Jamie.
    – ¿ Has encontrado algo?
    – Conner consiguió el nombre del soplón de Kabler den-tro de la organización de Gardeaux. Está aquí, en Londres. Un tal Nigel Simpson, un contable. ¿Quieres que intente negociar con él para metérnoslo en el bolsillo, como Kabler?
    Una punzada de excitación removió a Nicholas.
    – ¿Estás totalmente seguro de que es él?
    – Conner dice que lo es, y el pobre ratoncillo sabelotodo tiene demasiado miedo para comprometerse si antes no es-tá condenadamente seguro. ¿Quieres que me acerque a Simpson?
    – No, tomaré el próximo avión. No lo pierdas de vista.
    – No hay problema. Está pasando la noche en el aparta-mento de su chica de alquiler favorita. No creo que se mue-va. -Soltó una risita-. Bueno, excepto dentro de ella. Me imagino que le inspirará un poco de movimiento. Tiene fama de ser una señorita muy pervertida. Estaré en el 23 de Milford Road. Conduciendo un taxi, uno de los viejos Rolls-Royce negros. -Suspiró-: ¿Sabes?, están desapare-ciendo gradualmente, reemplazados por monstruos lustro-sos sin un ápice de historia. Muy triste.
    – Mientras Simpson no desaparezca…
    – No lo hará. ¿Te he fallado alguna vez?

* * *

    – Ah, ya puedes incorporarte. Eso está muy bien.
    Nell alzó la mirada y descubrió a una joven morena, alta y de largas piernas junto a la puerta.
    La joven llevaba téjanos, una camisa de hombre, a rayas, con las mangas dobladas por encima de los codos, y un cha-leco de piel. Sonrió.
    – ¿Puedo entrar? Tú no me conoces, pero yo siento como si te conociera. Soy Tania Vlados.
    El nombre le resultaba familiar.
    – Me envió usted unas flores.
    La joven asintió y entró.
    – ¿Te gustaron? Las cultivé yo misma.
    Tania Vlados tenía un ligero acento a pesar de su aspec-to tan americano.
    – Eran preciosas, señorita Vlados.
    – Tania. -Una sonrisa iluminó su cara-. Siento que va-mos a ser buenas amigas, y siempre acierto.
    – ¿De verdad?
    – Mi abuela era gitana, y solía decirme que yo no tenía el don de poder ver, pero sí el de poder oír. -Se sentó en la si-lla-. Y que escucharía los ecos del alma.
    – Qué… interesante.
    Tania soltó una risita.
    – Crees que estoy loca. No te culpo. Pero lo que digo es cierto.
    – ¿Trabajas aquí en el hospital?
    – No, trabajo para Joel. Soy una especie de ama de casa, a cambio de un hogar. -Estiró las piernas hacia delante-. Y, antes de que lo preguntes, eso no quiere decir que comparta su cama, aparte de su casa.
    Nell la miró, sorprendida.
    – Nunca preguntaría una cosa así.
    – ¿No? Te sorprendería saber cuánta gente sí lo hace. Ya no hay intimidad en el mundo. -Sus ojos brillaron, travie-sos-. La mayoría de las veces contesto afirmativamente a esa pregunta. Eso hace que Joel se escandalice. Está chapado a la antigua, ¿sabes?
    – No, no lo sabía.
    Ella asintió:
    – No te das demasiada cuenta de nada durante las prime-ras semanas. Estás demasiado llena de tristeza. Como me pasó a mí.
    Nell se puso tensa.
    – Tú no eres ama de casa. Eres otro de esos psiquiatras que Joel me ha estado enviando. Lárgate. No quiero hablar contigo.
    – ¿Psiquiatra? -Tania sonrió, divertida-. Yo tampoco creo en ellos. Cuando estuve aquí, recuperándome, Joel in-tentó conseguir que viera uno y lo envié a freír espárragos.
    – ¿Fuiste paciente en esta clínica?
    – Estaba bastante malherida cuando me trajeron aquí desde Sarajevo, pero Joel me curó. -Esbozó una mueca-. Ahora, soy yo la que intenta curarlo a él. ¿A que es un hom-bre espléndido?
    No era precisamente ése el adjetivo que ella asociaría con Joel Lieber.
    – Supongo. Creo que es muy amable.
    – Es más que eso. Tiene un gran corazón. Y eso no es nada corriente. Es como una rosa. Me gusta verle cuando…
    – Bueno, ¿preparada para el gran descubrimiento? -pre-guntó Joel al entrar en la habitación.
    – Sí -contestó Tania, ansiosa.
    Joel le dirigió una mirada de reproche:
    – Estaba hablando con mi paciente.
    – Estoy preparada -dijo Nell.
    – Espero que no le moleste que Tania esté presente cuan-do le retire los vendajes. Ha estado atormentándome desde el mismo día de la operación para que le permitiera venir a verla.
    – Tenía un cierto interés creado -dijo Tania-. Joel me permitió colaborar en el diseño de tu nueva cara. Le dije que te dejara la boca igual. Tienes una boca fantástica.
    – Gracias. -Sus labios se curvaron, casi sonreían-, Pero deduzco entonces que le aconsejaste desechar el resto, ¿no?
    – Más o menos.
    Joel movió la cabeza.
    – Diplomática, siempre tan diplomática.
    Caramba, pero si estaba sonriendo, pensó Nell, sor-prendida. Una sonrisa genuina, no como esas que había fa-bricado para demostrar que estaba volviendo a la norma-lidad.
    La astuta mirada de Tania estaba fija en su cara.
    – No pasa nada -le dijo, muy tranquila-. Aprenderás que la risa no es traición. -Antes que Nell pudiera contestar, se volvió hacia Joel-: Piensa que eres muy simpático pero que no te pareces a una rosa.
    – ¿A una rosa? -repitió él.
    – Tú eres como una rosa. Lo pienso desde el momento en que te conocí. Tienes una belleza innata que se despliega y sorprende a cada momento.
    El la miró horrorizado.
    – Por supuesto que no hueles como una rosa. Más bien como un eucalipto, pero yo…
    – Voy a buscar una silla de ruedas. -Joel salió como hu-yendo de la habitación.
    Tania se puso en pie.
    – Estaba gracioso, ¿verdad? Es muy curioso: los hom-bres no pueden soportar que se los compare con las flores. Y yo no veo por qué las flores tienen que ser exclusivamen-te femeninas.
    – Admito que yo también he encontrado el símil un poco inusual -aún estaba sonriendo-, pero bastante intere-sante.
    – Joel necesita que lo zarandeen con cierta asiduidad. -Tania la ayudó a ponerse una bata rosa y le abotonó el bo-tón superior-. Los médicos brillantes están acostumbrados a la admiración y a la adulación. Y eso es muy malo para ellos. -Meneó la cabeza, con aprobación-: Me gusta esta bata. Las batas deberían ser siempre de color rosa. Todos necesitamos colores cuando nos despertamos por la maña-na. Es una buena elección.
    – Lo siento, pero el mérito no es mío. Sencillamente, apareció aquí sin más.
    Tania sonrió de medio lado.
    – De hecho, me estaba felicitando a mí misma. La esco-gí yo.
    – ¿Quizá pensaste que me parecería a una rosa?
    – Ah, un poco de humor. Eso es bueno. -Sacudió la cabeza-: No, Joel es mi única rosa. Ya decidiré más tar-de qué…
    – Aquí la tenemos. -Joel entró con Phil de ayudante, empujando una silla de ruedas. Y le lanzó una mirada seve-ra a Tania-. ¿Crees que podrás comportarte de una manera más decorosa?
    – No. -Tania observó cómo Phil sentaba con mucho cui-dado a Nell en la silla de ruedas-. Estoy demasiado excitada.
    – ¿En serio? -Joel sonreía, indulgente.
    Vaya, Joel la quería, pensó Nell, de repente. Las miradas que ambos se intercambiaban eran tan tiernas, amorosas y llenas de comprensión como si llevaran cincuenta años casa-dos. Nell sintió una punzada de dolor al comprender que ella y Richard nunca se habían mirado de aquella manera. Quizás, con tiempo, hubieras podido…
    – Atención, estamos listos. -Tania puso una manta sobre las rodillas de Nell y le hizo un gesto a Phil-. En marcha. Nosotros te seguiremos.

* * *

    – ¿Te gusta? -preguntó Tania con avidez.
    Nell miró a aquella desconocida del espejo, aturdida.
    – No te gusta nada.
    La expresión de Tania era de total desolación.
    – Shh -dijo Joel-. Déjala respirar.
    Nell alzó una mano y, con sumo cuidado, se tocó la mejilla.
    – Si no te gusta, es culpa mía. -dijo Tania-, porque Joel ha hecho un trabajo maravilloso.
    – Sí-contestó Nell-. Un trabajo espléndido. La línea del pómulo es magnífica.
    Se dio cuenta de que estaba hablando tan impersonalmente del mismo modo que si alabara una escultura. Era, de hecho, como se sentía. La cara del espejo era una obra de arte, absolutamente fascinante, casi… hechizadora. Sólo sus ojos castaños y su boca eran los mismos. No, tampoco eso era cierto del todo. Los ojos estaban ligeramente rasgados, y parecían más grandes. Incluso el color era más intenso. Y la boca parecía sorprendentemente vulnerable y sensual, com-parada con la angulosidad de los pómulos y la mandíbula.
    Se tocó el párpado.
    – ¿Qué ha hecho aquí? Está más oscuro.
    – Un poco de cirugía cosmética -sonrió Joel-. Tania pensó que era mejor que la línea del perfilador de ojos fuera permanente, tanto en el párpado superior como en el infe-rior, por si acaso le gustaba nadar. Dios no quiera que no esté usted perfecta también bajo el agua.
    – Es una línea muy sutil, y queda muy natural -se apre-suró a decir Tania-. Pensé que, una vez puestos a ello, valía más cuidar hasta el más mínimo detalle.
    – Ya veo. -Ambos la miraban expectantes-. Tengo un aspecto bastante… fascinante. Jamás soñé que…
    – Ya le mostré la impresión del ordenador -dijo Joel.
    Nell lo recordaba vagamente.
    – No pensé que, realmente… Supongo que ni siquiera pensé en ello.
    – Tardará un poco en acostumbrarse. Si necesita algún tipo de apoyo, yo…
    Tania lanzó un sonorísimo suspiro. Joel la ignoró.
    – Como le decía, este cambio drástico puede ser un poco traumático. Quizá necesite ayuda para hacerle frente.
    – Gracias, pero no la necesitaré. -Aquello no iba a cam-biar su vida. Antes de lo de Medas, quizá sí, pensó de repente. De hecho, la cara que Joel le había dado era la esencia de lo que hubiera soñado cualquier patito feo. La belleza daba confianza y, en ella, esa cualidad siempre había brilla-do por su ausencia. Pero ahora no. La rabia también daba fuerza. Estaba segura de que podría hacer frente a cualquier cosa-. Aunque quizá tenga que mirarme dos veces cada vez que pase frente a un espejo.
    – También lo harán todos los hombres que se encuen-tren a menos de cien metros -sentenció Joel secamente-. Puede que necesite un guardaespaldas por más razones de las que piensa Nicholas.
    – ¿ Guardaespaldas?
    – Me imagino que Phil está haciendo las dos cosas. Ni-cholas quiere que esté usted bajo protección.
    Nell enarcó las cejas.
    – ¿Nicholas Tanek contrató a Phil?
    Joel asintió.
    – Phil solía trabajar para él. Puede sentirse segura. Ni-cholas no comete errores en ese terreno.
    – ¿Y paga el salario de Phil?
    – No se preocupe, él se hará cargo de todos sus gastos médicos.
    – Desde luego que no. Envíeme las facturas a mí.
    – Que sea Nicholas quien pague -dijo Tania-, Joel es muy caro.
    – Me lo puedo permitir. Tengo una pequeña cantidad de dinero que me dejó mi madre… -miró a Tania-. ¿Conoces a Tanek?
    Tania asintió.
    – Hace años -dijo, ausente, mirando los cabellos de Nell-. Debemos ir mañana a la planta de abajo, a la pelu-quería, y eliminar esas canas.
    – ¿Qué canas? -Nell se volvió hacia el espejo. Se quedó rígida al darse cuenta de que las canas habían invadido su sien izquierda.
    – ¿Antes no las tenías? -preguntó Tania, en tono tranquilo.
    – No.
    – Sucede a veces. A mi tía se le puso el pelo completa-mente blanco después de que su marido fuera asesinado ante sus ojos. -Sonrió-. Son sólo unas cuantas. Creo que es-tarás magnífica con unas mechas, reflejos claros en una me-lena castaña. Todo el mundo pensará que es tres chic.
    – No hace falta.
    – Claro que sí. No voy a exponer la cara que he diseñado dentro de un marco pobre. -Se volvió hacia Joel- ¿Te parece bien?
    – ¿Me estás consultando? Pensé que ya lo tenías todo de-cidido. -Asintió-. Supongo que sí, que estará bien.
    Tania se volvió de nuevo hacia Nell.
    – Entonces, ¿mañana, a las diez? Yo haré la reserva.
    Nell vaciló. No tenía ninguna necesidad urgente de te-ñir unas pocas canas. Pero sabía que Tania se disgustaría si su creación no recibía hasta el último detalle, y a Nell le gustaba aquella mujer. Y, lo que era más inusual, se sentía có-moda con ella.
    – Si a ti te parece bien…
    – Oh, desde luego que sí. -Estaba radiante- Y a ti tam-bién te lo parecerá. Te lo aseguro.

* * *

    – Su taxi, señor Simpson. -Jamie le abrió la puerta con un gesto exagerado-. Un día precioso, ¿verdad, señor?
    Nigel Simpson frunció el ceño.
    – No he pedido ningún taxi.
    – No, creo que fue una mujer quien lo pidió.
    Quizá fuera Christine, mientras él estaba en la ducha. Siempre tan servicial después de sus sesiones. Creía en la miel como bálsamo para calmar el escozor de los latigazos. Se sonrió al recordar lo excitante que se había mostrado la pasada noche. Aquella mujer era condenadamente magnífi-ca. Entró en el taxi.
    ¡Tanek!
    La mano de Nigel voló hacia el picaporte.
    Tanek le cogió del brazo.
    – No se ponga nervioso -dijo amablemente-. Me moles-taría mucho. Creo que me ha reconocido usted. Pero ¿có-mo? Dudo que hayamos sido presentados.
    Nigel se humedeció los labios.
    – Me indicaron quién era usted, en Londres, el año pa-sado.
    – ¿Gardeaux?
    – No conozco a ningún Gardeaux.
    – Creo que sí. Jamie, ¿por qué no nos das un pequeño paseo por el parque y así puede que el señor Simpson recu-pere la memoria?
    Jaime asintió y se sentó en el asiento del conductor.
    – No me acordaré de nada -dijo Nigel, y forzó una son-risa-. Se han equivocado, me han confundido por algún otro.
    – ¿Fue Gardeaux quien le indicó quién era?
    – No, ya le he dicho… -pero se detuvo ante la mirada de Tanek. Estaba allí, sentado, sin moverse, hablando con un tono de voz suave, como casual, pero, de repente, parecía aterrorizado-. Yo no sé nada. Pare a un lado, quiero salir de este taxi.
    – Usted es contable, creo. Debe de ser muy valioso para Gardeaux… y para Kabler.
    Nigel se quedó helado.
    – No me suena ninguno de esos dos nombres.
    – Estoy seguro de que a Gardeaux le suena el nombre de Kabler. Suponga que lo llamo y le cuento que es usted un informador de Kabler.
    Nigel cerró los ojos. No era justo. Ahora que todo le es-taba saliendo bien, aparecía de pronto ese maldito bastardo que lo iba a enviar todo a rodar.
    – Parece que no se encuentra usted demasiado bien -ob-servó Tanek-. ¿Quiere que abra la ventanilla?
    – No podrá probar lo que dice.
    – Ni tendré que hacerlo. Gardeaux no se arriesgaría, ¿verdad?
    No, Gardeaux simplemente sonreiría, se encogería de hombros y, a la mañana siguiente, Nigel estaría muerto.
    Nigel abrió los ojos.
    – ¿Qué es lo que quiere?
    – Información. Quiero informes precisos y con regulari-dad. Quiero verlo todo antes, y decidir lo que se puede ven-der a Kabler.
    – ¿Piensa que soy el único contable que Gardeaux tiene en nómina? El nunca lo confiaría todo a un solo hombre. Nosotros recibimos sólo porciones y trocitos de las partidas de dinero que mueve, y la mayoría están codificados.
    – La lista de nombres del golpe de Medas no estaba co-dificada.
    – Pero sí la acción que se tenía que llevar a cabo.
    – ¿Cuál fue la razón del golpe?
    – Le envié a Kabler todo lo que averigüé.
    – Entonces, tendrá que investigar más. Quiero saberlo todo.
    – No puedo investigar. No sería seguro.
    – ¿Sabe, Nigel? -sonrió Tanek-, realmente me tiene sin cuidado.

* * *

    – Queda… especial.
    Nell movió la cabeza y las mechas doradas brillaron bajo la luz suave del salón de belleza.
    – Te queda maravilloso -afirmó Tania con rotundidad-. Y el corte te va mucho. Casual y a la vez sofisticado. -Se volvió hacia la peluquera-. Magnífico, Bette.
    Bette sonrió.
    – Ha sido un placer poner la guinda al pastel. Ahora lo que necesita es un nuevo vestuario de acorde con su nueva imagen.
    – Perfecto -dijo Tania-. Mañana te acompañaré a la ciu-dad -frunció el ceño-. No, puede que a Joel no le parezca bien. Mejor la próxima semana.
    – No es necesario -contestó Nell-. Puedo llamar al en-cargado de mi apartamento en París para que me envíe algo de ropa.
    – Eso también, pero Bette está en lo cierto. Una mujer nueva necesita ropa nueva.
    Mujer nueva. La frase de Tania resonó en la cabeza de Nell. De alguna manera, había muerto la misma noche que Jill y Richard. Y ahora había vuelto a nacer en la agonía de saber que Jill había sido asesinada. Pero aquella nueva mu-jer estaba incompleta; su interior estaba vacío. Aunque qui-zá no del todo, descubrió de repente. Había sentido calidez, ganas de reír e incluso envidia en aquellos últimos días, des-de que Tania había aparecido.
    – ¿Estoy insistiendo demasiado? -preguntó Tania-. Es un hábito mío. No necesariamente un mal hábito, pero qui-zás algo molesto.
    – Tú no molestas. -Nell se volvió hacia Bette-. ¿Cuánto le debo?
    Bette negó con la cabeza.
    – Estoy contratada por el hospital. No tiene que pagar nada, ni siquiera acepto propinas.
    – Entonces, gracias -sonrió-. Tiene usted mucho ta-lento.
    – Lo hago lo mejor que puedo pero, como ya he dicho antes, sólo he puesto la guinda. Con ese rostro, incluso cal-va estaría maravillosa.
    – Así, ¿dejarás que te lleve de compras por la ciudad? -le preguntó Tania cuando hubieron salido del salón.
    Nell había estado pensando en ello. Podía ser muy bue-na idea acercarse a la ciudad.
    – Si Joel me deja…
    – Estupendo. Le diré a Joel que se lo cargaremos todo a Nicholas. Eso le influirá a la hora de autorizarnos esa pe-queña excursión.
    – ¿Por qué? ¿A Joel no le gusta Tanek?
    – Sí, pero su relación es complicada. Joel es un hombre muy competitivo.
    Nell la miró sin comprender.
    – Nicholas es… -Tania se encogió de hombros-. Ni-cholas.
    – Pero Joel es un cirujano brillantísimo.
    – Y Nicholas, simplemente, brilla. Hay hombres que tienden a proyectar una larga sombra. A Joel no le gusta es-tar bajo la sombra de nadie. -Hizo una mueca-. Y libera su malhumor de la manera que le resulta más agradable. Por eso se sintió decepcionado cuando le dijiste que querías pa-gar la cuenta tú misma.
    Nell tampoco quería permanecer bajo la sombra de Tanek.
    – La deuda es mía.
    Tania la miró fijamente.
    – Sientes rencor hacia Nicholas.
    No, no le guardaba rencor. Pero estaba resentida contra su habilidad para perforar las barreras que ella había erigido y la cruel manera que había tenido de hacerla volver a la vida. Odiaba el hecho de que, cada vez que le veía, le recor-daba la isla de Medas. Odiaba que quisiera controlarla, cuando podía ayudarla.
    – Sé que es amigo tuyo, pero no es santo de mi devoción. Prefiero a tu Joel. -Cambió de tema-. ¿Esta clínica ofrece otros servicios, además del salón de belleza?
    – Todo, desde una sauna a un restaurante de cinco tene-dores. Algunos de los pacientes de Joel prefieren quedarse hasta que están completamente recuperados y exigen todas las comodidades posibles. ¿En qué estabas pensando?
    – Un gimnasio.
    – Sí, pero dudo que Joel te deje hacer mucho ejercicio, al menos durante un tiempo. Querrá asegurarte de que los huesos están bien.
    – Haré lo que pueda. Tengo que ponerme fuerte.
    – Claro que sí. Sólo es cuestión de tiempo.
    Pero Nell no quería esperar. Era exasperante sentirse tan débil e inactiva. Quería estar lista ya. Repitió:
    – Haré lo que pueda.
    – Veremos si es posible.
    – ¿Mañana?
    Tania enarcó una ceja.
    – Hablaré con Joel. Puede que si te acompaño para ase-gurarme que no te lesionas…
    – Pero eso interferirá con tu trabajo. No quiero impo-nerte nada. Ya has hecho demasiado por mí.
    – No es una obligación. Me gusta. También necesito ha-cer ejercicio, y ser el ama de casa de Joel no requiere dema-siado tiempo. -Se rió-. Además, estará encantado de que esto me mantenga lejos del teléfono.
    Nell la miró, dubitativa.
    – En serio -continuó Tania-. Necesitarás ropa de depor-te- Te puedo dejar algo hasta que vayamos de compras.
    Nell negó con la cabeza. Tania no tendría más que una ocho.
    – No me irá bien.
    – Bueno, te irá un poco grande, pero eso no es problema. La ropa para entrenar debe ir holgada.
    Nell la miraba desconcertada.
    – A no ser que tengas reparos en llevar ropa de otra per-sona…
    – No, por supuesto que no, pero yo…
    – Bien. -Ya habían llegado frente a la puerta de la habita-ción de Nell, y Tania se dirigió a Phil-: Te la devuelvo sana y salva. ¿Te gusta su pelo?
    Phil silbó, admirado.
    – Precioso.
    Tania se volvió hacia Nell.
    – Estaré aquí mañana, a las nueve, y te ayudaré a vestir-te. -Sonrió y se despidió con la mano antes de marcharse hacia el vestíbulo.
    – La ayudaré a meterse en la cama -dijo Phil-. Debe de estar cansada.
    Estaba exhausta, descubrió Nell, frustrada.
    – Gracias, pero tengo que aprender a hacerlo yo sola. No puedo confiar en que…
    Phil la levantó con facilidad y la transportó hasta la cama.
    – Claro que puede. No pesa más que una pluma. Y, ade-más, me pagan para esto. -La acomodó en la cama-. Ahora, eche una cabezadita mientras le traigo la comida.
    Te irá un poco grande
    No pesa más que una pluma.
    Lentamente, alzó el brazo y la manga de la bata resbaló hacia abajo. Se miró el brazo un momento, y después se abrió la bata y ciñó el holgado camisón de algodón contra su cuerpo. Debía de haber perdido unos once kilos.
    Dieta instantánea, pensó con amargura. Cae desde un balcón, pierde todo aquello que amabas en tu vida, y serás más esbelta que un galgo. Tantos años sacrificándose para perder esos kilos de más y, ahora, cuando ya no importaba, habían desaparecido solitos.
    Aunque quizá sí importaba. Ganaría fuerza y resistencia mucho más rápidamente sin ese exceso de kilos impidién-doselo.
    La vanidad no era importante, pero la fuerza sí.

Capítulo 5

    – No estoy seguro de que me guste esto -le dijo Joel a Tania, bajando la voz al ver que Nell y Phil se acercaban por el pa-sillo-. Y sé que a Nicholas tampoco.
    – Estaremos de vuelta a las tres -repuso Tania-. Y Phil nos va a llevar en el coche hasta la ciudad, y de tienda en tienda. ¿Qué puede suceder por ir una mañana de compras?
    – Eso pregúntaselo a Nicholas.
    – Lo haré -dijo Tania-. Confía en mí. Le sentará bien.
    – No creo que comprar ropa esté en una posición dema-siado elevada dentro de su lista de prioridades.
    – No, pero es una función simple y normal. Y hacer co-sas normales es importante para ella.
    – ¿Como hacer ejercicio?
    Tania frunció el ceño.
    – No, no hay nada de normal en cómo hace ejercicio. Es como si estuviera poseída. Si tú no se lo impidieras, estaría las veinticuatro horas del día en ese gimnasio.
    – No se está perjudicando. -Hizo una pausa-. ¿Sabes?, no tienes por qué hacerle de niñera. No es tu responsabilidad.
    – Nell me gusta. Quiero ayudarla -añadió lentamente-: Supongo que me veo reflejada en ella.
    – Una sola Tania es suficiente. -Se volvió hacia Nell, que ya estaba junto a ellos-. No se fuerce. Cuando se sienta can-sada, déjelo y vuelva.
    – De acuerdo.
    Le entregó un fajo de billetes.
    – Tome. No sé cuánto efectivo puede necesitar.
    Nell lo miró desconcertada.
    – No lo necesito. No tengo mis tarjetas de crédito aquí, pero estoy segura de que podré hacer una llamada y solu-cionarlo.
    – Será mucho más sencillo si Tania lo carga todo a la clí-nica y nosotros se lo facturamos más adelante. -Le abrió la puerta trasera del coche-. Y recuerde que, a las tres, este Lincoln se convertirá en una calabaza.

* * *

    – En los grandes almacenes Dayton podemos comprar lo esencial. Para la ropa de vestir y los complementos, ya ire-mos a otras tiendas y boutiques -y mientras salía del coche, Tania le dijo a Phil-: Danos tres horas y ven a buscarnos aquí a la una en punto, ¿de acuerdo?
    Phil frunció el ceño, intranquilo.
    – No creo que sea una buena idea. ¿No será mejor que aparque el coche y que nos encontremos dentro?
    – Tú ganas -concedió Tania-. Ve a la sección de ropa de deporte. Estaremos allí.
    Nell la siguió al interior de los grandes almacenes e, in-mediatamente, se encontró inmersa en el resplandor y el lu-minoso brillo del consumo.
    – No hace falta que vayamos a ningún otro sitio. Sólo necesito cosas sencillas, Tania.
    – Necesitar y querer es algo muy diferente. -Subió a la escalera mecánica-. Puede que no quieras verte en… ¿Adon-de vas?
    – Tengo algo que hacer. Nos vemos a la una, en la entra-da. -Nell lanzó una mirada atrás mientras se dirigía con pa-sos rápidos hacia una de las puertas laterales.
    Tania ya estaba a mitad de camino en las escaleras mecá-nicas, pero dio la vuelta y empezó a bajar.
    – ¡Tú no vas a ninguna parte!
    Nell llegó a la salida y saltó al interior de un taxi que es-peraba en la parada.
    – A la biblioteca pública. Oficina central.
    Tania alcanzó la puerta cuando el taxi ya tomaba la cur-va y desaparecía por la esquina.
    – ¡Nell!
    Nell sintió una punzada de remordimiento. Tania se había portado muy bien con ella, y odiaba decepcionarla. Pero, por otra parte, también era amiga de Tanek, y ella no podía arriesgarse a que interfiriera en sus planes.
    Diez minutos más tarde, entró con brusquedad en la sala de consultas de la biblioteca y se dirigió a la mujer del mostrador.
    – Me parece que ustedes tienen el Nexis, ¿verdad?
    La mujer lo miró.
    – Sí.
    – Nunca he usado el programa. Me gustaría saber si al-guien puede ayudarme a encontrar cierta información.
    La bibliotecaria negó con la cabeza.
    – Nosotros ponemos el programa a disposición de los usuarios, pero no tenemos tiempo para dar cursillos -aña-dió-. Además, existe un suplemento por cada ítem que busque.
    Nell miró la tarjeta de identificación de aquella mujer. Grace Selkirk.
    – Estaré encantada de pagar también por el servicio de ayuda, señorita Selkirk.
    – Lo siento, pero no tenemos tiempo para…
    – Yo la ayudaré.
    Nell se volvió y vio a un joven alto y largirucho que le sonreía.
    – Me llamo Ralph Dandridge. Trabajo aquí.
    Le devolvió la sonrisa.
    – Nell Calder.
    La bibliotecaria intervino:
    – Ya conoces las normas, Ralph.
    – Las normas han sido creadas para que nos las sal-temos. -Ralph se volvió hacia Nell-. Si no eres una experta en informática, este programa es un poco confuso. Yo te guiaré.
    – No tienes tiempo para esto, Ralph -dijo Grace Selkirk-. Tienes cosas que hacer…
    – Entonces, las haré después de comer -repuso Ralph Dandridge-. Y voy a tomarme mi hora de comida ahora mismo. -Le hizo un gesto a Nell para que se adelantara-. Los ordenadores están en el otro departamento.
    – No quiero meterte en problemas.
    – No pasa nada. Esto es un trabajo a media jornada. Voy a la universidad nocturna. Además, Grace normalmente se enrolla bastante bien. Sólo que le gusta hacer las cosas como dice el manual.
    – Bueno, pues te agradezco que me ayudes -sonrió-. No sé qué habría hecho si no hubieras aparecido.
    La miró un momento, encandilado, antes de desviar la mirada.
    – Bueno, vamos a ver qué puedo hacer por ti. El Nexis es, básicamente, un sistema de información. Guarda infor-mes de miles de periódicos, revistas y publicaciones periódicas. Todo lo que hay que hacer es teclear un tema, y salen todas las referencias sobre él, de los últimos diez años.
    – ¿Puedo buscar un nombre propio?
    – Claro. Pero puede que tengamos que abrirnos paso a través de un montón de nombres similares. ¿Qué nombre estás buscando?
    – Paul Maritz.
    Accedió a dos Paul Maritz y puso ambas historias en pantalla para que ella las examinara. Uno de los hombres era un guionista que había ganado un premio, y el otro Maritz, un bombero que había rescatado a una niña. Definitivamente, ninguno de los dos era su Maritz.
    De hecho, Nell no había esperado encontrar informa-ción sobre él, pero valía la pena intentarlo.
    – ¿Alguna otra cosa?
    – Philippe Gardeaux.
    Este nombre no era tan corriente, pero Nell dudó que tuviera más suerte. Aunque, según Tanek, era un criminal a gran escala, y seguramente habría referencias de arrestos, juicios… alguna cosa.
    Bingo. Después de intentarlo dos veces, deletreado de maneras distintas, encontraron tres citas sobre Philippe Gardeaux. Una de la revista Time, otra del Sport Illustrated y otra del New York Times.
    – Parecen bastante largas. ¿Quieres leerlas? -preguntó Ralph.
    – No. ¿Las podríamos imprimir?
    – Claro. -Ralph seleccionó las tres citas, dio la orden de imprimir y se recostó en la silla-. ¿Vas a escribir un artículo sobre él?
    – ¿Qué?
    – Aquí vienen muchos escritores a investigar.
    – Es una posibilidad. -Miró, impaciente, el papel que sa-lía de la impresora.
    Él cogió las hojas y se las dio.
    – ¿Cuánto te debo?
    – Nada. Lo descontaré de mi tiempo de trabajos para la comunidad. Ha sido un placer.
    No podía permitir que lo hiciera; sabía que para muchos estudiantes el mero hecho de vivir era una ardua lucha.
    – No puedo aceptarlo… -Pero tampoco quería herir su orgullo rechazando su gesto. Maldita sea, quería leer esos artículos, inmediatamente, ya. Miró al muchacho-. Bien, ¿tienes tiempo, al menos, para ir rápidamente a algún res-taurante cercano y dejar que te invite a comer algo?
    Los ojos de Ralph brillaron tras sus gafas de carey.
    – ¡Desde luego que sí!
    Nell guardó las copias en el bolso y se puso en pie.
    – Vamos. No quiero que la ira de tu jefe caiga sobre ti llegando tarde. ¿Hay algún sitio cerca?
    – Sí, pero… -dudó un momento- ¿te molestaría que fué-ramos al Campesino Hambriento? Está tan sólo unas cuan-tas manzanas más allá.
    – ¿Y la comida es mejor?
    – No, pero muchos de mis amigos se dejan caer por allí. -Sonrió, travieso-. Me encantaría que me vieran contigo.
    Quería mostrarla como si fuera algún tipo de trofeo, comprendió Nell, disgustada. La cara que Joel le había dado probablemente había contribuido a que aquel simpático chico la ayudara, pero también convertía su actitud en algo inte-resado. Una de cal, y otra de arena.
    Ralph esperaba su respuesta muy ilusionado, y ella se lo debía.
    – Iremos al Campesino Hambriento -dijo, resignada.

* * *

    Nell regresó a los grandes almacenes Dayton cinco minutos antes de la una.
    Tania la estaba esperando fuera.
    Instintivamente, se puso tensa al ver la expresión de Tania.
    – Tania, lo siento, pero era necesario que yo…
    – No digas ni una palabra -la interrumpió Tania-. Es-toy tan enfadada que te daría un empujón para que te atropellara un coche. -Avanzó hasta la esquina e hizo un gesto con la mano-. Ahí está Phil. Ya hablaremos cuando llegue-mos a la clínica.
    Phil le dedicó una mirada llena de reproche cuando su-bió al coche.
    – No debería haber hecho esto, Nell.
    – Volvemos a la clínica, Phil -dijo Tania, seca y con frialdad.
    Y Tania nunca era fría, pensó Nell. Probablemente, nunca querría volver a verla después de lo de hoy.
    Eso le provocaba una inesperada sensación de pérdida, de vacío.
    Ya en Woodsdale, Tania entró a grandes zancadas en la habitación de Nell y retiró las sábanas de la cama antes de volverse hacia Phil.
    – Tengo la garganta seca. ¿Podrías traernos un poco de limonada? Yo me encargaré de que Nell se tumbe en la cama y descanse.
    Phil asintió.
    – Claro.
    En cuanto se cerró la puerta, Tania se volvió como un rayo hacia Nell.
    – No me mientas nunca más.
    – Yo no te he mentido.
    – Me has decepcionado. Que es lo mismo.
    – Supongo que tienes razón. Tenía algo que hacer y te-mía que lo desaprobaras.
    – Y has acertado, maldita sea. Lo desapruebo. Joel no quería dejarte salir y yo lo convencí. Me has manipulado.
    – Sí.
    – ¿Por qué? ¿Qué era tan importante como para que me mintieras?
    – Necesitaba información. Tanek no me la daba. He es-tado en la biblioteca.
    – ¿Y no podías decírmelo?
    – Tú eres amiga de Tanek.
    – Eso no significa que sea mi amo y señor. ¿No se te ha ocurrido pensar que también soy amiga tuya?
    Los ojos de Nell se abrieron.
    – No -susurró.
    – Bien, pues debiste pensarlo. La primera vez vine a ver-te porque Nicholas me lo pidió, pero después fue por pro-pia decisión. -Sus manos, a cada lado del cuerpo, se cerra-ron, transformándose en puños-. Sabía por qué Nicholas quería que viniese. Pensaba que me necesitabas. Las dos he-mos perdido a nuestros seres queridos, y Nicholas esperaba que yo te mostrara cómo me pude curar. Pues bien, yo no estoy curada. No me curaré nunca, pero he aprendido a asu-mirlo y seguir adelante con ello. Y tú también lo harás.
    – Ya lo asumo.
    – No, Nicholas te puso una zanahoria ante los ojos, y tú vas detrás de ella. Es un sustitutivo, no una cosa real. Sólo cuando dejes de soñar sabrás que lo has asumido. -Esbozó media sonrisa triste al descubrir la expresión de desconcier-to de Nell-. ¿Crees que eres la única que ha tenido pesadi-llas? Durante el primer año, tras la muerte de mi madre y de mi hermano, las tenía cada noche. Y aún las tengo, a veces. -Hizo pausa-. Pero no hablo de ello.
    – ¿Ni con Joel?
    – Joel me escucharía, intentaría ayudarme, pero no po-dría entenderme. Él nunca ha estado allí. -Buscó los ojos de Nell-. Pero tú sí has estado allí. Puedes entenderme. Yo también necesito que alguien me entienda. Vine a verte por-que yo te necesitaba, no porque tú me necesitaras.
    Estaba diciendo la verdad. Nell sintió un arrebato de desesperación.
    – No puedo ayudarte. ¿No lo ves? No me queda nada Para dar.
    – Sí, sí te queda. Estás empezando a volver a la vida de nuevo -dijo Tania-. No sucede en una noche, sino que va rotando, es un proceso, un curso… -Sonrió débilmente-. No te ha gustado nada que me enfadase contigo. Eso es un buen síntoma.
    – Pero volvería a hacerlo si fuera necesario.
    – Porque quieres encontrar al hombre que mató a tu hija.
    – Tengo que encontrarlo. No me importa nada más.
    – Sí te importa, pero no puedes verlo. Yo podría sentir lo mismo si el francotirador que asesinó a mi madre y herma-no tuviera un rostro -dijo con cansancio-. Pero los soldados nunca tienen rostro. Son el enemigo, sencillamente.
    – Pero, para mí, hay un rostro. Y un nombre.
    – Lo sé. Joel me dijo que Nicholas te informó. -Se enco-gió de hombros-. No podía hacer nada más. Joel estaba muy preocupado por ti. Nicholas te salvó la vida, ¿sabes?
    – No, no lo sabía. -Y no le gustó-. Estoy segura de que tuvo una razón. Me da la impresión de que es un hombre que no se mueve por sentimientos.
    – ¿Sentimientos? No, pero sí los vive muy profunda-mente. Nicholas es complicado pero, cuando se comprome-te con algo, es un hombre en el que se puede confiar. Nun-ca he oído que haya faltado a su palabra. -Movió la cabeza-. Nicholas te trajo aquí e intentó ayudarte. ¿Por qué te pones nerviosa cada vez que lo nombro?
    – Se ha metido en mi camino y me impide el paso.
    – Entonces, descubrirás que no es fácil que se mueva.
    – Tengo que apartarlo. Yo no soy como tú. El tiempo no me hará olvidar-y añadió-: Mis pesadillas no desaparecerán hasta que desaparezca Maritz.
    – Que Dios nos ayude -suspiró Tania-. Bueno, ¿me prometes, al menos, que no me decepcionarás otra vez?
    Nell vaciló y luego asintió lentamente.
    – No quería hacerlo. Pero no he tenido otra opción.
    – Supongo que no me explicarás lo que has averiguado, ¿no?
    – No, sólo conseguiría dividir tus lealtades. Tú sigues siendo amiga de Nicholas.
    Tania la miró con dureza.
    – ¿Y?
    – Mía. También eres mi amiga. -Nell sonrió-. Aunque no se por que.
    – Si no lo sabes, he malgastado el último cuarto de hora y una bonita cantidad de palabras. -Tania le tendió la mano-. Pero un poco de humildad no hace daño. Mi amistad no tiene precio ni comparación.
    Nell sintió un estremecimiento de intranquilidad ante la mano que Tania le tendía. Amistad. Amistad significa com-promiso. Paso a paso, la sacaban de aquel vacío que, por otra parte, ella podría necesitar para hacer lo que tenía que hacer.
    La sonrisa de Tania se desvaneció. Dijo, titubeante:
    – Pedir no es fácil para mí. Necesito a alguien que, sim-plemente, sepa.
    Lentamente, Nell tomó su mano y la estrechó con fuerza.

* * *

    Tania estuvo una hora más con ella. Después, Nell tuvo que comer lo que Phil le trajo, antes de, finalmente, leer aquellos documentos impresos.
    Media hora más tarde, dejó caer la última página.
    Ni juicios, ni detenciones, ni arrestos. Y ninguna men-ción sobre actividades criminales.
    El artículo de New York Times únicamente hablaba de la llegada de Philippe Gardeaux a Nueva York con relación a una subasta para la ayuda a la lucha contra el SIDA en la que él hacía donación de un Picasso. Se referían a Gardeaux como un hombre de negocios europeo y un filántropo.
    El artículo de la revista Time era más elocuente. Trataba sobre los viticultores franceses y su batalla por mantener los aranceles altos. Había dos párrafos sobre Gardeaux y su mansión y viñedos en Bellevigne. Tenía cuarenta y seis años, casado, con dos hijos, y era descrito como uno de los viticultores más influyentes. Era uno de los de la nueva hor-nada, que habían ganado dinero mediante inversiones en China y Taiwán, y que hacía sólo cinco años se había con-vertido en cultivador.
    La historia del Sport Illustrated no tenía nada que ver con los viñedos pero sí con el castillo de Bellevigne. Se refe-ría al torneo anual de esgrima que había tenido lugar en Bellevigne durante la semana anterior a la de Navidad y que culminó la víspera de Año Nuevo. Un salto hacia atrás, a épocas pasadas, para el que se pidió a los invitados que vis-tieran ropas renacentistas durante toda la semana. El torneo no era sólo un evento social muy importante en la Riviera, sino también una meca para los aficionados al arte de la es-pada y para los campeones de esgrima. Además, los benefi-cios fueron distribuidos entre diversas obras de caridad. A final del artículo había una breve mención sobre la colec-ción de espadas antiguas de Gardeaux, de valor incalculable.
    Filántropo, hombre de negocios influyente, coleccio-nista, deportista.
    Ni una palabra sobre asesinatos, drogas o delincuencia. Ni un solo indicio que pudiera llevar a pensar que ese tal Gardeaux pagara a un hombre como Maritz y lo enviara para matarla.
    ¿Era, quizás, otro Gardeaux el hombre que aparecía en aquellos artículos?
    Hizo su fortuna en China y Taiman.
    Tanek había crecido en Hong Kong. Todo lo que tenía era esa frágil conexión.
    Guardó de nuevo los artículos en el bolso. No era sufi-ciente. Debía asegurarse. Necesitaba a Tanek.

* * *

    Un minuto más.
    Pisaba con ímpetu la cinta caminadora, respirando por la boca como Phil le había enseñado. Había descubierto que, si se marcaba las metas sólo de minuto a minuto, le quedaban fuerzas para ir un poco más allá cuando llegaba al límite. Su corazón bombeaba con fuerza, y el sudor le res-balaba por la cara.
    Un minuto más.
    – Si pudiera dedicarme un momento, me gustaría hablar con usted.
    Miró al hombre que estaba de pie junto a la puerta del gimnasio. No era ni un enfermero ni un médico, pensó. Era menudo, rechoncho, con el pelo rizado y grisáceo, aunque se adivinaba que, antaño, había sido moreno. Vestía un tra-je gris, camisa a rayas y mocasines. Probablemente, alguien del departamento de administración, comprobando facturas y pagos ahora que ella casi estaba bien.
    – ¿Puede esperar? Casi he terminado.
    – La he estado contemplando los últimos quince minu-tos. Yo diría que debería haber acabado ya.
    Quizá sí fuera un médico. No quería que pudiera ir a quejarse a Joel porque se estaba excediendo.
    – Es cierto. -Sonrió y salió de la máquina-. Pero si quie-re hablar, tendrá que pasear conmigo. Phil dice que no debo parar hasta que me haya enfriado un poco.
    – Ah, sí, Phil Johnson. Creo que lo he visto en el vestí-bulo. -Hizo una mueca-. Por desgracia, él también me ha visto. Así que no tendré demasiado tiempo para hablar con usted.
    – Oh, ya no son tan estrictos con las visitas como antes. -Empezó a caminar a paso ligero-. Ya casi estoy bien.
    – Estupendamente bien. -Él la siguió a su mismo ritmo-. Lieber ha hecho un trabajo fantástico. Nunca la hubiera re-conocido por su foto.
    – ¿Joel le ha enseñado mi foto?
    – No exactamente.
    Nell sintió una punzada de incomodidad. Aminoró la marcha y le miró.
    – ¿Puedo saber quién es usted?
    – La pregunta es, ¿quién es usted?
    – Nell Calder -contestó con impaciencia-. Si ha visto mi foto o mi expediente, debería saberlo.
    – No, no lo sabía, pero lo sospechaba. Por eso me he aventurado en el territorio sagrado de Lieber. -Echó un vis-tazo al gimnasio-. Vaya sitio. ¿Y es cierto que la esposa del presidente vino a que le quitaran las arrugas aquí?
    – No tengo ni idea. Y me trae sin cuidado. ¿Quién es usted?
    El sonrió, encantador.
    – Joe Kabler, de la DEA. -Nell no dijo nada-. ¿Tanek nunca le ha hablado de mí?
    – No tenemos una relación de confianza. ¿Es amigo suyo?
    – Nos profesamos mutuo respeto y compartimos algunos objetivos -comentó-. Pero no considero que ningún criminal sea amigo mío.
    Nell se detuvo en seco.
    – ¿Criminal?
    – Vaya, vaya, veo que la ha mantenido en la ignorancia. ¿Qué le ha contado sobre él mismo?
    – Que está retirado. Que tenía diversos negocios.
    Kabler soltó una risita.
    – Oh, sí, eso es cierto. Con todo tipo de mercancías. Do-cumentos oficiales, informaciones, objetos de arte. Lideraba una red de criminales que fue muy problemática para las au-toridades de Hong Kong durante bastantes años. -Se enco-gió de hombros-. Nunca traficó con drogas, así que no tu-vimos que enfrentarnos el uno con el otro. Por cierto, ¿dónde está?
    – No tengo ni idea.
    Él estudió su cara.
    – Creo que me está diciendo la verdad.
    – ¿Por qué iba a mentir? Tiene un rancho en Idaho, qui-zá debería buscarlo por allí.
    – Lo visité hace seis meses. Entrar en esta clínica es pan comido en comparación con llegar hasta aquel lugar remoto -y añadió-: además, no es un asunto urgente, ahora que sé que Tanek no la ha asesinado.
    Su tono era impertérrito. Nell quedó totalmente impac-tada.
    – ¿De verdad creía que él me había matado?
    – Lo dudaba, pero Tanek siempre es imprevisible -son-rió-. Por eso decidí venir y ver qué pasaba. Pero es obvio que está usted la mar de bien.
    – Sí, muy bien -asintió Nell, ausente-. ¿Y por qué había sospechado eso?
    – Porque es Nicholas Tanek y estaba en Medas cuando no tenía nada que hacer allí. Después, oí que se la había lle-vado a toda prisa y que no me iba a dejar hablar con usted.
    Nell repuso:
    – No sabía que quería hablar conmigo. -Vaciló-. ¿Qué sabe usted de Philippe Gardeaux?
    – Ésa era la pregunta que yo iba a hacerle a usted.
    – Nada. Excepto que Tanek me dijo que fue él quien or-denó el ataque de Medas, y que sus hombres asesinaron a mi hija y a mi marido.
    La expresión de Kabler se suavizó.
    – Debe de pensar que soy muy duro. Lo siento, señora Calder. Sé lo que debe de estar usted pasando. Yo tengo tres hijos.
    No, no lo sabía. No le había sucedido a él.
    – Pero está de acuerdo en que aquello no fue un ataque terrorista, ¿verdad?
    Él vaciló.
    – Existe la posibilidad de que haya podido ser Gardeaux.
    – ¿Y por qué iba por mí? Ni siquiera le conozco.
    – En eso estoy de acuerdo, no parece tener mucho senti-do. No hemos podido encontrar ninguna conexión entre ustedes dos. Y llegamos a la conclusión de que, sencillamen-te, usted estaba en el lugar equivocado en el momento erró-neo. Kavinski era el objetivo lógico. Seguro que había mo-lestado a Gardeaux en algún momento. Ustedes ocupaban una de las mejores suites de la mansión. Quizás el hombre de Gardeaux la confundió con la de Kavinski.
    – Pero Kavinski estaba en el salón.
    – También pudo ser una acción paralela, para causar confusión. Gardeaux suele actuar así. -Amablemente, aña-dió-: Lo siento pero usted estaba en medio.
    – ¿Ese Gardeaux es el mismo que posee Bellevigne?
    El asintió.
    – Entonces, ¿por qué no hace algo contra él? Si sabe qué es lo que hace, ¿por qué no lo detiene?
    – Lo estábamos intentando, señora Calder. Pero no es fácil.
    – Parece que nadie sabe lo que es ese hombre en realidad -dijo bruscamente-. Tanek dice que, incluso si esos asesinos llegaran a ser llevados ante un tribunal, nunca serían conde-nados. ¿Es cierto?
    Kabler vaciló.
    – Espero que no.
    Era cierto, pensó Nell, aturdida. Los inocentes eran ase-sinados y los monstruos podían pasear libremente.
    – Yo nunca me rendiré, si le sirve de consuelo -dijo Kabler-. He estado luchando contra esa escoria durante veinti-cuatro años y continuaré haciéndolo en los próximos cincuenta.
    Kabler parecía un hombre decente y obstinado pero eso no cambiaba el hecho de que estaba perdiendo la batalla.
    – No me sirve. Mi hija está muerta.
    – ¿Y Tanek le ha prometido que Gardeaux lo pagará? -Ella no contestó-. No permita que la utilice. Él haría lo que fuera por conseguir a Gardeaux.
    Nell sonrió con tristeza al recordar cómo le había roga-do a Tanek que la utilizara.
    – No tiene ninguna intención de utilizarme.
    Kabler negó con la cabeza.
    – Eso es lo que usted cree. Tanek utilizaría al propio Lu-cifer, si con ello atrajera a Gardeaux. -Le entregó una tarje-ta-. Le he dicho lo que tenía que decirle. Si necesita ayuda, llámeme.
    – Gracias.
    Lo siguió con la mirada, mientras él se dirigía hacia la puerta. Antes de salir, Kabler se volvió para mirarla.
    – Ah, y sé perfectamente cómo alteró los informes del St. Joseph. Phil Johnson posee la habilidad suficiente para in-troducirse en las cuentas de cualquier banco suizo, si dispo-ne del tiempo necesario. Pero podría preguntarle a Tanek cómo lo hizo para conseguir que la funeraria de Birnbaum falsificara los documentos de su cremación.

* * *

    – Necesito hablar con usted, doctor Lieber -dijo Nell breve-mente por teléfono-. Ahora mismo.
    – ¿Se encuentra bien? Probablemente ha hecho un sobreesfuerzo. Le dije a Tania que se toma usted…
    – Me encuentro bien, pero… Necesito verte, Joel. -Y colgó.
    Una hora después, Joel entraba en su habitación.
    – Señora Calder… Nell. ¿Me necesitas? Aquí estoy.
    – ¿Por qué demonios mis informes en el St. Joseph dicen que fallecí el siete de junio?
    – Lo has descubierto. -Joel lanzó un suspiro-. Yo no tuve nada que ver. Nicholas decidió que sería más seguro si todo el mundo pensaba que estabas muerta.
    – Así que me borró de la faz de la tierra. No puedo ni si-quiera usar mis tarjetas de crédito. Llamé a mi banco y, para ellos, consto como fallecida. -Le miró-. Y tú sabías que eso podía suceder. Por eso nos diste aquel fajo de billetes cuan-do fuimos a la ciudad la semana pasada. No querías que in-tentara usar mi tarjeta de crédito. ¿Cuánto tiempo ibas a de-jar que esto siguiera, antes de que alguien me lo dijera?
    – Iba a dejar a Nicholas ese honor. Estoy cansado de su-frir las consecuencias de sus acciones. -Calló un instante-. ¿Cómo lo has descubierto?
    – Ha venido a verme un hombre llamado Kabler.
    – ¿Kabler? ¿Aquí? -lanzó un silbidito-. Me gustaría sa-ber cómo ha conseguido traspasar los controles de segu-ridad.
    – Ni lo sé ni me interesa. Pero ¿por qué seguiste adelan-te con esto? Tanek cree que él está más allá de las normas, pero yo pensaba que tú serías más responsable.
    – Lo hice porque él estaba en lo cierto. -Levantó una mano para acallar las protestas de ella-. Tú estabas muy en-ferma. Yo no quise que Kabler te molestara, y Nicholas pensaba que podías estar todavía en peligro. Yo no habría utilizado ese método, pero resultó.
    – Oh, sí, Tanek es efectivo, sin duda. ¿Qué papeleo ten-go que hacer para recuperar mi vida?
    – ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
    – Por supuesto que sí.
    – Quizá todavía estés en peligro.
    – Pero es que ni siquiera puedo acceder a la cantidad de dinero que necesito para pagarte.
    El sonrió alegremente.
    – Entonces, deja que lo haga Tanek. Dale lo que se me-rece.
    Lo que se merecía era que lo descuartizara.
    – No pienso depender de él.
    – En ese caso, deja que yo te fíe la cantidad hasta que todo este asunto haya terminado.
    Su ira hacia Joel se iba apaciguando. No dudaba que el instigador había sido Tanek. El era un hombre honesto que intentaba hacer lo que era mejor para ella.
    – Gracias, Joel. Pero sabes que no puedo hacerlo. Tendré que llamar a mi abogado y ver si puedo conseguir que libe-re algunos de mis fondos.
    – Piénsatelo unos días, ¿quieres? No hay prisa. No te voy a dar el alta hasta la próxima semana. Quiero hacerte más radiografías para estar seguro de que los huesos han soldado bien.
    – He estado aquí más de tres meses. Creía que sólo per-mitías a tus pacientes VIP quedarse hasta estar plenamente restablecidos.
    – Y a los que no tienen adonde ir. -La sonrisa de Nell desapareció. Ni adonde ir. Ni por quién volver a casa. Sole-dad-. Lo cual me recuerda algo que Tañía y yo estuvimos discutiendo ayer por la noche. Nos gustaría que te instalaras con nosotros cuando salgas de aquí. Te permitirá situarte y orientarte.
    Instantáneamente, movió la cabeza.
    – No tenéis por qué…
    – No tenemos por qué hacer nada. -Joel sonrió-. Pero tú mantienes a Tania ocupada y eso es una bendición. Cuando concentra toda su atención sobre mí, me hace la vida imposible. Te agradeceríamos que aceptaras.
    Nell se sintió aliviada. Había tenido miedo de ir a parar a una habitación impersonal de cualquier hotel mientras in-tentaba elaborar un plan.
    – Está bien. Quizá por un día o dos. Gracias.
    – De acuerdo. Entonces, le diré a Tania que no hace fal-ta que venga. Ser convencido por Tania es suficiente para que cualquiera empeore. -Se levantó-. Y ahora, duerme un poco. ¿Quieres que te recete algo que te ayude?
    – No. -Las drogas harían que durmiera más profunda-mente, y dormir entrañaba tener pesadillas. Si su sueño era ligero, a veces podía escapar de ellas despertándose-. Estaré bien.
    Joel se fue, y Nell tardó aún bastante rato en ponerse a dormir. Lentamente, su rabia se iba difuminando. La conmoción de saber que se la tenía por muerta la había ultraja-do, como si Tanek la hubiera desposeído de su pasado, de la esencia que la hacía ser lo que era.
    ¿O quizás aquella esencia ya le había sido arrebatada an-tes? Desde luego, ya no era aquella mujer de la isla de Medas, ni la niña que había crecido en Carolina del Norte.
    Joel le había pedido que lo pensara unos días. De acuer-do, había que sopesar las consecuencias. ¿Qué pasaría si de-jaba que todo el mundo creyera que había muerto? En prin-cipio, sería un desastre. No tendría tarjetas de crédito, ni permiso de conducir ni pasaporte. No podría tocar el dine-ro que su madre le había dejado, así que se quedarían sin nada. ¿Personalmente? Bueno, tampoco iban a echarla de menos. No tenía familia y desde que se casó con Richard había perdido el contacto con sus amigos de la universidad. Él había dominado su vida y ella no tuvo tiempo de crear otros vínculos.
    ¿Dominada? Instintivamente, Nell se echó hacia atrás ante aquella palabra, para después obligarse a volver y a en-frentarse a ella. No más mentiras. No más esconderse. Qui-zá tan sólo había sido un dictador benévolo pero, desde lue-go, Richard la había dominado. A ella, a su vida. Él no había querido que tuviera otros lazos y, por lo tanto, no los tenía.
    Ahora, estar sola podía ser una ventaja. Podría moverse más libremente si todos pensaban que estaba muerta. Y el riesgo de ser un blanco para alguien también se vería re-ducido.
    Si es que ella había sido realmente un blanco. Quizá Kabler estaba en lo cierto y tan sólo había estado en el lugar equivocado y en el momento erróneo. Ninguna otra explicación tenía sentido.
    Pero Tanek no creía que el azar tuviera nada que ver con que la hubieran atacado.
    ¿Y por qué debía creer a Tanek y no a Kabler? Tanek era un criminal y Kabler un respetable defensor de la ley. La respuesta debía estar en aquella aura aplastante de tranquila confianza en sí mismo que rodeaba a Tanek. Debía ignorar ese hecho, y atenerse a la explicación de Kabler, mucho más razonable.
    Sí; Pero no podía ignorarlo. Porque creía en él. ¿Qué le im-portaba que fuera un criminal? La única cosa importante era que disponía de información sobre Gardeaux y Maritz, y podía ayudarla a llegar hasta ellos. Mejor que fuera un cri-minal, que no le importara m la ley ni las reglas, que Kabler seguía a rajatabla. El le ofrecía lo que Kabler había dicho que era imposible.
    Venganza.

* * *

    – Kabler ha estado aquí hoy -dijo Joel, al teléfono-. Muchas gracias por mantenerlo alejado.
    – ¿Ha llegado hasta Nell? -preguntó Nicholas.
    – Según dice Phil, la ha acorralado en el gimnasio. Y le ha comunicado que ya no pertenece al reino de los vivos.
    – ¿Cómo ha reaccionado ella?
    – Me ha echado una bronca. Quiere empezar el papeleo para regresar de entre los muertos.
    – Intenta sacárselo de la cabeza.
    – Dejaré que lo hagas tú. Será mejor que estés aquí den-tro de tres días. Le voy a dar el alta.
    – Ahí estaré.
    – ¡Vaya! ¿No me lo discutes?
    – ¿Por qué debería hacerlo? Ya sabía que tendría que lu-char con ella. Sólo esperaba que el tiempo enfriaría su en-cendida determinación.
    – Entonces, te vas a llevar una sorpresa. Tania dice que… Bueno, ya lo verás tú mismo. -Hizo una pausa antes de aña-dir maliciosamente-: A propósito, voy a tener que reemplazar a tu Junot como jefe de seguridad. Obviamente, ha sido un desastre cumpliendo con su misión de mantener a Kabler fuera del hospital.
    – Yo le dije que dejara entrar a Kabler.
    – ¿Qué?
    – Kabler es un hombre astuto. Sabía que había la posibi-lidad de que no estuviera convencido de la muerte de Nell, y de que estableciera una relación entre el St. Joseph y tu clí-nica en Woodsdale. Le dije a Junot que, si aparecía, no lo in-terceptara.
    – ¿Por qué, maldita sea?
    – Nos habría causado más inconvenientes que ventajas. Ella estaba lo suficientemente recuperada para sobrevivir a su interrogatorio y Kabler tiene instinto de sabueso. Una vez que encuentra el rastro, no para hasta dar con la presa. Dejándolo penetrar a través de las medidas de seguridad de Junot, siente que controla la situación. Iba tras Nell, y le he-mos dado lo que buscaba. Ahora la dejará tranquila.
    – ¿Y qué habría pasado si hubiera decidido llevársela de aquí?
    – Entonces, Phil y Junot lo hubieran evitado. -El tono de Nicholas era burlonamente educado-. Con toda discre-ción, por supuesto.
    – Por supuesto -repitió Joel sarcásticamente-. Supongo que no se te ocurrió ponerme al corriente de tu plan. De he-cho, se trata tan sólo de mi hospital y mi seguridad.
    – ¿Por qué te preocupas? Podía no haber sucedido. Ka-bler podría haber tomado la muerte de Nell como una reali-dad. Además, Junot estaba muy molesto por el solo hecho de fingir que en su sistema pudiera haber una brecha. No-blemente, yo decidí cargar sobre mis espaldas todos los re-proches. -Joel resopló-. Y me niego a que critiques mis decisiones -dijo Nicholas-. Cuelgo. Te veré dentro de tres días.

Capítulo 6

    Nell no estaba en su habitación cuando Nicholas llegó al hospital.
    – La he visto en el gimnasio -dijo Joel a su espalda-. Ven, te acompañaré.
    Nicholas se volvió.
    – Creí que ya estaría lista para irse. ¿Me he equivocado de día?
    – Le dije que le daría el alta hoy al mediodía. Y no quie-re perder el tiempo haraganeando si puede emplearlo en ha-cer ejercicio. No se había utilizado tanto el gimnasio desde que tuvimos a una gimnasta rusa ingresada.
    Nicholas salió de la habitación y le siguió.
    – ¿Cómo está?
    – Físicamente, no podría estar mejor. Mentalmente…
    – ¿Qué?
    Joel se encogió de hombros.
    – Se comporta con normalidad. Incluso se atreve, de vez en cuando, a hacer bromas y chistes con Phil. Si sufre algún tipo de depresión, no deja que nadie lo vea.
    – ¿Ni Tania? Me dijiste que estaban muy unidas.
    – No tanto como creía.
    – Temes que lo esté guardando todo en su interior, ¿no?
    – De eso no tengo la menor duda, pero no hay nada que yo pueda hacer para impedírselo. Hay que mantener la es-peranza de que no explote o se desplome en el momento más inoportuno. -Miró a Nicholas-. No has visto aún mis trabajos manuales. Creo que los aprobarás.
    – Sabes que sí. Tu trabajo siempre es bueno.
    – Pero Tania dice que Nell es excepcional. De hecho, a quien realmente dedica esos piropos es a sí misma. -Abrió la puerta del gimnasio-. Fue la que me hizo el boceto.
    Nell estaba sola, de espaldas, en aquella sala cavernosa haciendo abdominales en una barra de madera cerca de la pared opuesta. Llevaba unos pantalones cortos blancos y una camiseta de deporte suelta, y parecía más alta de lo que Nicholas recordaba. No, alta, no. Más esbelta, más delgada y más fuerte. No los había oído entrar, y Tanek notó en el ambiente una concentración casi tangible mientras ella se-guía con sus flexiones, arriba y abajo.
    – ¿Siempre es así de intenso? -preguntó Nicholas en voz baja.
    – No, la mayoría de veces lo es mucho más. Hoy debe ser su día de descanso. -Joel elevó el tono de su voz-: Nell.
    – Un minuto -repuso Nell, sin mirar. Acabó la serie y saltó ágilmente de la barra. Se volvió hacia ellos.
    Nicholas respiró profundamente.
    – Pero ¿qué clase de boceto te hizo Tania? -le susurró a Joel.
    – Helena de Troya. Inolvidable pero, a la par, vulnera-ble. -Sonrió con satisfacción mientras contemplaba a Nell, que se acercaba hacia ellos-. Buen trabajo, ¿verdad?
    – ¿Bueno? Sencillamente, puede que hayas creado un monstruo.
    – No creo que le haya provocado ningún efecto psicoló-gico negativo. No parece que signifique mucho para ella. Pero Tania dijo que necesitaba un rostro que le abriera nuevas puertas.
    – Depende de qué haya al otro lado de esas puertas. -Fue a su encuentro-: Hola, Nell. Parece que estás en forma.
    Nell cogió la toalla de mano que llevaba colgada de sus pantalones cortos y se secó el sudor de la cara.
    – Estoy totalmente en forma. Cada día más fuerte. -Se volvió hacia Joel-: No me dijiste que iba a venir.
    – Quiere hablar contigo. -Sonrió-. Y ya has hecho sufi-ciente esta mañana. -Se dio la vuelta y fue hacia la puerta-. Nos veremos después de comer.
    – Yo también quería hablar contigo -dijo Nell en cuanto la puerta se cerró tras Joel-. El señor Kabler estuvo aquí.
    – Lo sé. Joel me lo dijo. ¿Te molestó?
    – No, fue muy educado. Tampoco me hizo muchas pre-guntas.
    Nicholas, por un momento, se quedó sorprendido.
    – ¿No? ¡Qué raro! Normalmente Kabler escarba como un hurón.
    – Parecía querer asegurarse de que no me habías asesina-do. -Hizo una pausa-. Y me advirtió que eres un criminal y que no confiara en ti.
    Tanek enarcó una ceja.
    – ¿Ah, sí?
    – Me tiene sin cuidado si eres un criminal. Lo que me importa es si puedo confiar en ti o no. Tania dice que siem-pre mantienes tu palabra. ¿Es cierto?
    – Sí. -Sonrió levemente-. Pero no me atribuyas ninguna falsa virtud. Siempre he creído que la honestidad es un buen negocio.
    – ¿Honestidad?
    – Es mi manera de decirlo. Mantengo mi palabra y juego según las reglas establecidas. Es importante que todos sepan qué posición ocupan respecto a mí.
    – ¿Y cuál es la mía respecto a ti? -Buscó su mirada-. Tú no eres un filántropo, pero te tomaste la molestia de traerme aquí. Incluso has pretendido pagar mis facturas. Eso tendría sentido si pensaras utilizarme, pero has rehusado la ayuda que te ofrecí.
    – No necesito tu ayuda.
    – Bueno, pues yo sí que necesito la tuya -dijo brusca-mente-. Aunque necesitar quizá sea una palabra demasiado fuerte. Con o sin tu ayuda, encontraré la manera de hacer lo que quiero, pero sería mucho más rápido si me ayudaras. -Cerró los puños-. No seré un corderillo que llevan al ma-tadero, y tampoco un obstáculo en tu camino. Si no piensas ayudarme, dime lo que necesito saber. Y yo haré el resto.
    Otra vez era consciente de aquella terrible intensidad que ella emanaba.
    – ¿Sabes de cuántos hombres se rodea Gardeaux?
    – Sé que uno de ellos es Maritz.
    – El cual ha matado más hombres de los que puede recordar. No, rectifico, se acuerda de cada uno de ellos porque disfruta haciéndolo. Y luego está Rivil, que mató a su pro-pia madre porque le prohibió unirse a una banda de adoles-centes en Roma. Ken Brady, que se considera un gran amante. Por desgracia, no sólo le gusta violar a las mujeres, sino también torturarlas. Gardeaux tuvo que abonar una suma considerable para evitar que pusieran a Brady fuera de circulación durante una larga temporada después de que decidiera cortarle los pezones a su última conquista.
    – ¿Estás intentando impresionarme?
    – Maldita sea. Estoy intentando demostrarte que está fuera de tu alcance.
    – Lo único que me demuestras es que conoces muy bien a Gardeaux y a sus hombres. ¿Me contarás más sobre ellos?
    La miró exasperado.
    – No.
    – Entonces tendré que hacerlo sola. Ya he averiguado algo sobre Gardeaux y Bellevigne.
    – ¿Kabler?
    – No, fui a la biblioteca y accedí al Nexis.
    – Por eso le hacías tantas preguntas a Phil sobre ordenado-res. Le defraudará saber que lo has utilizado. Tú le caes bien.
    – También él a mí. Pero yo necesitaba saber. -Empezó a caminar hacia la salida-. Tengo que darme una ducha y ves-tirme. Tania me recogerá dentro de una hora para llevarme a casa de Joel.
    Estaba despedido. Ya no le era de utilidad, así que se deshacía de él. Tanek descubrió que estaba experimentando una mezcla de diversión e irritación. Fue tras ella.
    – ¿Vas a instalarte en su casa? Joel no me ha dicho nada.
    – Sólo unos días.
    Y, después, iría a Bellevigne, directamente a los brazos de Maritz.
    – ¿Le puedes acertar a una diana con una pistola?
    – No.
    – ¿Sabes usar un arma blanca?
    – No.
    – ¿Karate? ¿Taekwondo?
    – No. -Nell se volvió rápidamente hacia Tanek, sacando llamas por los ojos-. ¿Estás intentando hacerme sentir inú-til? Soy totalmente consciente de que estoy poco preparada. Durante mi lucha con Maritz, sólo fui capaz de lanzar-le una condenada lámpara. Nunca me había sentido tan indefensa en mi vida. Forcejeamos en el balcón, y él no tuvo ningún problema para dominarme y echarme por en-cima de la barandilla. Pero ahora no le resultaría tan fácil. Cada día estoy más fuerte. Y si la fuerza no es suficiente, entonces aprenderé todo lo que tenga que aprender.
    – No de mí -dijo con gravedad.
    – Pues encontraré a otro.
    – No te estaba sugiriendo que te convirtieras en algún tipo de comando. Estaba intentando mostrarte lo fútil que serías contra Gardeaux.
    – Pues ya lo has hecho. No te preocupes, no te pediré nada más, nunca más. -Empezó a alejarse, pero se detuvo-. Excepto una cosa. ¿Sabes dónde están enterrados mi hija y mi esposo?
    – Sí, creo que tu suegra pidió que sus restos fueran tras-ladados a la ciudad natal de Richard. Des Moines, Iowa.
    – ¿Los de Jill también?
    – Sí. Pareces sorprendida.
    – A Edna Calder no le importaba nada Jill. Richard era todo su mundo y no había suficiente espacio para na-die más.
    – ¿Ni para ti?
    – Especialmente para mí. -Hizo una pausa-, ¿Sabes en qué cementerio…? -No pudo seguir. Empezó de nuevo-: Quiero visitar sus tumbas. ¿Sabes dónde están?
    – Puedo averiguarlo -repuso Tanek-, pero no estoy se-guro de que sea una buena idea.
    – Me tiene sin cuidado tu opinión -replicó Nell, vehe-mente-. Es asunto mío. No tuve ni ocasión de despedirme. Y debo hacerlo, antes que cualquier otra cosa.
    Nicholas la observó un instante.
    – Entonces, eso es lo que haremos. -Dio media vuelta-. Vístete. Voy a hacer unas reservas de avión y a decirle a Joel que te llevaré a su casa mañana por la mañana.
    Ella lo miró, cogida por sorpresa.
    – ¿Ahora?
    – Des Moines está a un paso de aquí. Has dicho que ne-cesitas ir.
    – Pero no tienes por qué venir conmigo.
    – No, no tengo por qué, ¿verdad? -dijo Nicholas, aleján-dose-. Hago unas cuantas llamadas y te recojo dentro de una hora.

* * *

    JARDINES DE LA PAZ ETERNA

    Un rótulo antiguo en forma de arco en el arbotante de la entrada del cementerio. ¿Por qué siempre se usan arcos en los cementerios?, pensó Nell, triste. Probablemente, como símil de las resplandecientes puertas del cielo.
    – ¿Estás bien? -preguntó Nicholas al cruzar la entrada con el coche de alquiler.
    – Sí -mintió.
    Sabía que tenía que hacerlo, y había tenido la esperanza de que el aturdimiento actuaría como anestesia. Pero no. Era como una de sus pesadillas. Brutal. Terrible. Inevitable. Sin salida posible.
    Nicholas detuvo el coche delante del puesto del guarda.
    – Quédate aquí. Volveré enseguida.
    Iba a localizar las tumbas.
    Jill.
    Tanek volvió junto al coche.
    – Justo al final de la cuesta.
    Unos minutos después, la guiaba a través de las tumbas. Se paró delante de una inscripción de bronce.
    – Aquí.

    JILL MEREDITH CALDER
    Allá vamos, arriba, arriba,
    hacia el cielo, tan azul…

    Nell se tambaleó, y Tanek la sujetó por el codo:
    – Nell: Jill no está aquí, maldita sea -dijo con violencia-. Está dentro de tu corazón y en tus recuerdos. Ésa es tu Jill. Ella no está aquí.
    – Lo sé -tragó saliva-. Puedes soltarme. No me des-mayaré.
    Se enderezó y dio unos pasos hacia una inscripción más grande y más ornamentada.

    RICHARD ANDREW CALDER
    ADORADO HIJO DE EDNA CALDER

    Ni una mención de Nell o de Jill. En la muerte, Edna había reclamado a su hijo. De hecho, no es que lo hubie-ra perdido. Simplemente, nunca le había pertenecido de verdad.
    «Adiós, Richard.»
    – Hay muchas flores -comentó Nicholas. La tumba de Richard estaba colmada de coronas y ra-mos de todas las flores imaginables. Todos recientes. Nell volvió la mirada a la tumba de Jill. Nada. «Maldita seas, Edna.»
    Los ojos de Nicholas estaban fijos en la cara de Nell.
    – Una abuela no demasiado cariñosa.
    – Ella no era su abuela. -Nunca le permitiría a aquella vieja bruja que reclamara nada de Jill-. La niña no era hija de Richard. -Dio media vuelta y se alejó de las tumbas.
    «Adiós, Jill. Siento no haber podido encargarme yo, y haber tenido que dejarlo en sus manos, cariño. Te pido per-dón por todo. Dios, lo siento…»
    – Quiero flores sobre su tumba cada semana -dijo brus-camente-. Montones de flores. ¿Te ocuparás de ello, Tanek?
    – Me ocuparé de ello.
    – No tengo mucho dinero en estos momentos. Tendré que ponerme en contacto con los abogados de mi madre y ver si puedo…
    – Cállate -la interrumpió-. He dicho que me ocuparé de ello.
    Aquella rudeza confortó a Nell mucho más que lo ha-bría hecho la cortesía. Con Tanek, no necesitaba fingir. De todos modos, dudaba que él no detectara cuándo alguien fingía.
    – Quiero irme de aquí. ¿Hay un vuelo de regreso esta noche?
    – Ya he reservado dos asientos en el último avión.
    – Pensaba que íbamos a quedarnos hasta mañana por la mañana.
    – No si puedo sacarte antes de aquí. Me fastidian las des-pedidas. Por eso nunca digo adiós. Ya sabía que esto sería un error.
    – Te equivocas. Tenía que hacerlo.
    La rabia desapareció gradualmente del rostro de Tanek.
    – Quizá sí -dijo cansinamente al abrirle la puerta del co-che-. ¿Qué demonios sabré yo?

* * *

    Llegaron de vuelta a Minneapolis después de medianoche. Jamie les esperaba a la salida del aeropuerto.
    – Jamie Reardon, Nell Calder. -Nicholas hizo las pre-sentaciones-. Gracias por venir a recibirnos, Jamie.
    – Es un placer. -Miraba fijamente, atónito, el rostro de Nell-. Oh, eres una auténtica belleza, ¿lo sabías?
    Aquel acento irlandés era tan agradable como los angu-losos rasgos de su cara. Nell sonrió.
    – De hecho, no es una belleza auténtica. Es cortesía de Joel Lieber.
    – Bella e inteligente. -Comenzó a caminar junto a ellos-. Si te dejaras caer por mi pub, seguro que los chicos te dedi-carían un montón de poemas.
    – ¿Poemas? Creía que la poesía era un arte olvidado.
    – No para los irlandeses. Dadnos una pizca de inspira-ción y crearemos un poema que os sacudirá el alma. -Se vol-vió hacia Nicholas-. Recibí una llamada de nuestro perso-naje en Londres. Puede que tenga algo para nosotros. Dijo que le llamaras.
    – Inmediatamente. -Cruzó la puerta que llevaba al apar-camiento-. Tenemos que dejar a Nell en casa de Joel Lieber.
    – No esta noche -dijo Nell-. Es muy tarde y no me es-peran hasta mañana. Me quedaré en un hotel.
    Tanek asintió.
    – Te conseguiremos una habitación en el nuestro.
    – Como quieras. -Londres. Tenía que preguntarle a Ta-nek sobre aquella llamada de teléfono. No, estaba demasiado exhausta y, de todas maneras, dudaba que él le diera una res-puesta. Finalmente, el aturdimiento había llegado, aunque demasiado tarde-. En vuestro hotel, de acuerdo. Gracias.
    Jamie le abrió la puerta del coche con galantería.
    – Pareces un poco cansada. Te dejaremos bien arropadita en tu cama en menos de una hora.
    – Estoy agotada -sonrió con esfuerzo-. Gracias por re-cogernos a una hora tan inconveniente, señor Reardon.
    – Jamie -dijo-. No es problema. Siempre intento recoger personalmente a Nicholas. No le gustan los taxis. Nunca se sabe quién los conduce.
    Un escalofrío la recorrió. ¿Qué debía ser vivir en un mundo en el que todos eran sospechosos?
    – Ya. Ya veo.
    Nicholas la miró.
    – No, no ves nada. No tienes ni idea.
    Había tanta ferocidad controlada en aquellas palabras que Nell se alarmó. Basta de peleas. No se veía capaz de so-portar una discusión, y menos ahora. Se arrellanó en su asiento y cerró los ojos.
    – No tengo ganas de hablar, si no te importa.
    – Qué educada. Gardeaux también tiene unos modales excelentes. Usa unas frases muy correctas y después le dice a Maritz que te corte la garganta.
    – Nick, Nell no parece estar… -dijo Jamie-. ¿No crees que podrías esperar un poquito?
    – No -contestó Nicholas secamente.
    Estaba siendo una cobarde. Se obligó a abrir los ojos.
    – Dime lo que tengas que decir.
    Tanek la miró un instante.
    – Más tarde. -Volvió la cabeza y se puso a mirar distraí-damente por la ventanilla.
    En el hotel, Nicholas reservó para Nell una habitación tres puertas más allá de la suite que él compartía con Jamie. Con la llave en la cerradura de su puerta, Jamie le dedi-có una amplia sonrisa.
    – Que duermas bien. Por desgracia, yo dudo que lo haga. Estaré intentando hacer bonitas rimas para el poema que depositaré a tus pies mañana por la mañana.
    – No le creas, sólo es una pose -dijo Nicholas, acompa-ñándola con un ligero empujoncito hasta la otra habita-ción-. Estará durmiendo en diez minutos.
    – No tienes alma, Nicholas -suspiró Jamie abriendo la puerta-. Eso te pasa por vivir con ovejas y otras criaturas desagradables.
    Nell sonrió.
    – Buenas noches, Jamie.
    Nicholas abrió la puerta y entró en la habitación de Nell. Ajustó el nivel de luminosidad y el termostato.
    – ¿Has comido algo antes de salir del hospital?
    – No.
    Se acercó al teléfono y tecleó un número.
    – Sopa de vegetales. Leche. Un plato de fruta… -La miró-, ¿Alguna otra cosa?
    – No tengo hambre.
    – Eso será todo, gracias. -Sonrió de medio lado mientras colgaba el auricular-. Pero te lo comerás. Porque si no te de-bilitarás. ¿Y acaso no es la fortaleza tu religión, ahora?
    – De acuerdo, me lo comeré. Vete tranquilo, ¿vale?
    – Después de que el servicio de habitaciones haya traído la cena.
    Nell esbozó un amago de sonrisa.
    – Porque nunca se sabe quién es el que empuja el carrito, ¿verdad?
    Nicholas no contestó.
    Ella echó un vistazo a la espaciosa, enorme habitación. Alfombra gris, elegante canapé a rayas verde oscuro y dora-do, cortinas damasquinadas sobre las puertas que llevaban al balcón.
    Balcón.
    Sintió el aliento de Nicholas justo detrás de ella.
    – Olvidé que todas las habitaciones de este lado tienen balcón. ¿Quieres que pida que te den otra?
    Oh, Dios santo, Nell no estaba preparada para eso, des-pués del día que había tenido. Quería llorar y esconderse bajo la cama. Pero no podría esconderse. Eso ya había acabado.
    – No, por supuesto que no. -Se abrazó a sí misma y fue hacia las cristaleras-. ¿Se pueden abrir?
    – Sí.
    – He estado en un montón de habitaciones de hotel que tienen las puertas del balcón siempre bloqueadas. Imagino que para evitar que la gente tenga accidentes, pero a Richard le solía poner furioso. -Hablaba muy deprisa, diciendo cualquier cosa para mantenerse ocupada y no pensar en lo que había al otro lado de aquellas puertas-. Le encantaban las vistas, desde cualquier balcón. Decía que le producían escalofríos muy agradables.
    – Probablemente, lo relacionaba con Perón o Mussolini saludando al populacho.
    – Eso no es muy amable.
    – No me siento amable. Maldita sea, apártate de esa…
    Nell abrió la puerta y un helado viento le golpeó en la cara. No era como en Medas, se dijo a sí misma, sino un bal-cón pequeño y funcional. La vista tampoco se parecía a la de la isla. Nada de acantilados ni de espuma de oleaje. Se acer-có a la barandilla y miró abajo, las luces, los coches fluyen-do como luciérnagas a lo lejos.
    Dos minutos. Se daría dos minutos y después saldría de aquel balcón.
    La caja de música tintineando…
    Allá vamos, abajo, abajo…
    – Suficiente.
    Nicholas la agarró por el brazo y la apartó de la baran-dilla hacia el interior de la suite. Cerró las puertas de golpe y le dio una vuelta a la llave.
    Nell hizo una profunda e insegura inspiración y tuvo que esperar un momento para recuperar su voz.
    – ¿Por qué tanta violencia? ¿Pensabas que iba a saltar?
    – No, creo que estabas poniendo a prueba tu capacidad para soportar el dolor. Demostrar tu fortaleza. ¿Estar fren-te a la tumba de tu hija no ha sido suficiente? ¿Y por qué no pones la mano dentro de una hoguera, también?
    Nell sonrió con esfuerzo.
    – No hay ninguna cerca.
    – No tiene ninguna gracia.
    – No. -Cruzó los brazos por delante del pecho para controlar sus temblores-. No estaba poniéndome a prueba. Tú no lo entiendes.
    – Entonces, explícamelo.
    – Estaba asustada. Nunca he sido una persona valerosa. Pero ya no puedo permitirme tener miedo nunca más. Y la única manera de superar ese miedo es enfrentarse a las cosas que temes.
    – ¿Por eso querías ir al cementerio?
    – No, eso es diferente.
    «Lo siento, Jill. Perdóname, cariño.»
    El pánico la sacudió con violencia. Sintió como si se es-tuviera evaporando. Le dio la espalda a Nicholas y dijo rá-pidamente:
    – Quiero que te vayas ahora mismo. No me asusta el po-bre camarero del servicio de habitaciones, y te prometo que no volveré a salir al balcón.
    Tanek la cogió por los hombros.
    Ella se puso rígida.
    La obligó a darse la vuelta y a mirarle.
    – No me voy.
    Nell tenía la mirada perdida.
    – Por favor -susurró.
    – Tranquila -la atrajo hacia él-. Te sientes como si estu-vieras hecha de cristal. Déjalo salir. Yo no soy importante. Sencillamente, estoy aquí.
    Nell se mantenía rígida, mirando al frente.
    Allá vamos, arriba, arriba…
    Lentamente, dejó que su cabeza cayera sobre el pecho de él. Sus brazos la rodeaban. Sin intimidad. Como había dicho, sencillamente, estaba allí. Cercano. Vivo. Reconfortante.
    Estuvo así largo rato antes de que pudiera obligarse a dar un paso hacia atrás.
    – No quería ponerte en una situación incómoda. Perdó-name.
    Tanek sonrió.
    – Esas exquisitas maneras de nuevo. Fue una de las pri-meras cosas en que me fijé de ti. ¿Las aprendiste de tu madre?
    – No, mi madre era profesora de matemáticas, y siempre estaba demasiado ocupada. Fue mi abuela quien realmente me crió.
    – ¿La que murió cuando tenías trece años?
    Nell se sorprendió un instante, hasta que recordó el ex-pediente.
    – Tienes buena memoria. Ese informe debe de ser muy completo.
    – Pues no mencionaba que Jill no fuera hija de Richard.
    Automáticamente, ella se puso en tensión, pero enton-ces recordó que aquello ya no importaba. Ya no había una Jill a la que proteger. Ya no había unos padres a los que con-tentar. ¿Por qué no contárselo? De hecho, Tanek lo sabía todo sobre ella.
    – No, era imposible que esa información fuera descu-bierta por nadie. Mis padres fueron muy hábiles ocultando lo sucedido. Querían que abortara pero, cuando me negué, le dieron la vuelta a la tortilla y jugaron a favor.
    – ¿Quién era el padre?
    – Bill Wazinski, un estudiante de arte que conocí cuando iba a la escuela William & Mary.
    – ¿Le querías?
    ¿Le había querido?
    – En aquella época, yo pensaba que sí. Lo que era segu-ro es que nos atraíamos mucho. -Movió la cabeza-. Quizá no le quise realmente. Ambos estábamos enamorados de la vida, del sexo y de todos aquellos maravillosos lienzos que estábamos convencidos iban a ser obras maestras. Era la pri-mera vez que yo vivía lejos de mis padres y me había embo-rrachado de libertad.
    – ¿Y Wazinski no quiso enfrentarse a sus responsabili-dades?
    – No se lo dije. Fue culpa mía. Yo le había dicho que es-taba tomando la píldora. Su padre trabajaba en las minas de carbón, en Virginia del Este, y Bill estudiaba gracias a una beca. ¿Cómo iba yo a arruinar la vida de ambos? Tan pronto descubrí que estaba embarazada, me fui a casa de mis padres.
    – Un aborto habría sido el camino más fácil.
    – No quería abortar. Quería acabar mis estudios y conse-guir un trabajo. -Y añadió con amargura-: Mis padres no es-tuvieron de acuerdo. Una madre soltera era algo que no pen-saban tolerar.
    – ¿Hoy día?
    – Oh, presumían de ser liberales. Pero en realidad, lo cen-suraban todo. Los niños debían nacer dentro de estructuras familiares. La vida debía ser siempre un acto civilizado y cui-dadosamente orquestado. Yo no me había comportado con el decoro adecuado volviendo a su casa embarazada. Lo co-rrecto hubiera sido abortar o casarme con el padre de mi hijo.
    – Pero Jill nació un año después de que llegaras a Greenbriar.
    – Siete meses. Ya te he dicho que mis padres cubrieron muy bien mi indiscreción. Me casé con Richard dos meses después de mi retorno a Greenbriar. Él estaba trabajando como ayudante de mi padre y sabía que estaba embarazada. -Sonrió con tristeza-. Era inevitable que se enterara. Yo ha-bía convertido nuestra casa en un tumulto continuo. Mis padres no estaban acostumbrados a que les discutiera nada. Y él apareció con la solución. Se casaría conmigo, me lleva-ría lejos, y yo podría tener a mi bebé.
    – ¿Qué conseguía él a cambio?
    – Nada. -Sus miradas se cruzaron-. Richard no era el ambicioso que tú pareces creer. Yo estaba desesperada y él se ofreció para ayudarme. No consiguió nada más que una hija de otro hombre y una esposa que, a veces, no estaba a su altura. Yo había recibido la educación necesaria para ser una perfecta esposa de ejecutivo pero, desde luego, nunca tuve carácter para ello.
    – Parecías hacerlo bastante bien la noche que te conocí.
    – Tonterías -dijo con impaciencia-. Incluso un ciego ha-bría visto que yo era una persona terriblemente tímida y con tanta predisposición para la vida social como Godzilla. No finjas que no te diste perfecta cuenta.
    Tanek sonrió.
    – Solamente recuerdo haber pensado que eras una mujer muy simpática. -Hizo una pausa-. Y que tenías la sonrisa más extraordinaria que nunca había visto.
    Nell lo miró, aturdida.
    Llamaron a la puerta.
    – Servicio de habitaciones.
    Tanek fue a abrir.
    La camarera era de mediana edad, de origen latino, y manejaba con soltura la bandeja. No tardó nada en disponer la cena sobre la mesa frente a las puertas del balcón, y son-rió amablemente mientras Nell le firmaba la nota.
    – No parecía peligrosa -comentó Nell, una vez que se hubo marchado.
    – Nunca se sabe. -Nicholas cruzó la habitación-. Man-tén la puerta cerrada con llave y no contestes a nadie excep-to a Jamie o a mí. Te recogeré mañana a las nueve.
    Y cerró la puerta tras él.
    Aquella súbita despedida la sorprendió tanto como todo lo que Tanek había hecho durante el día.
    – Cierra con llave. -Nicholas le hablaba desde el otro lado de la puerta. Nell sintió una punzada de irritación al cruzar la habitación y pasar el cerrojo-. Muy bien.
    Y, de repente, ya no estaba allí. Nell no oía sus pisadas alejándose, pero ya no sentía su presencia. Era un alivio li-brarse de él, se dijo. No le había gustado que la acompaña-ra. Porque le había impedido hacer lo que ella quería: en-frentarse a aquel horror sola.
    Y, desde luego, no sabía por qué le había contado todo aquello, aquella confidencia… Ojalá Tanek hubiera sentido lástima por ella, porque, instantáneamente, lo hubiera recha-zado. Pero, en lugar de eso, había sido tan impersonal y amoldable como una almohada. Un hombre dinámico como Nicholas no se sentiría halagado al verse comparado con una almohada, pensó. Bueno, quizá daba lo mismo haber roto aquel largo silencio. Para Nell, dejar que sus palabras brota-ran había sido como saltar directamente desde las sombras a la luz del sol. Sin miedo. Sin disimulo. Una liberación.
    Se acercó a la mesa. No quería comer pero, de todas for-mas, lo haría. Después se ducharía y se metería en la cama. Estaba tan exhausta que quizá se dormiría inmediatamente. Con suerte ni tan siquiera soñaría.
    Deliberadamente, escogió la silla encarada hacia el bal-cón, se sentó en ella y empezó a comer.

Capítulo 7

    – He descubierto lo que usted quería -le dijo Nigel Simpson a Tanek tan pronto como éste levantó el auricular-. Sé por qué dieron el golpe.
    – ¿Por qué? -preguntó Nicholas.
    – Venga aquí y se lo diré. Y traiga doscientos mil dólares en efectivo.
    – No hay trato -repuso Nicholas llanamente.
    – Tengo que desaparecer. Creo que alguien me vigila. -Nigel estaba muy inquieto-: Es por su culpa. Usted me obligó a hacerlo. He estado haciendo negocios con Kabler durante más de un año sin levantar las sospechas de nadie. No hay derecho que ahora tenga que dejarlo todo y desapa-recer.
    – El único pago que recibirá de mí es el silencio.
    – Le digo que necesito dinero para…
    – Jamie me ha contado que tiene usted una cuenta en Suiza con el dinero que Kabler le ha ido ingresando. Estoy seguro de que tendrá suficiente para empezar una nueva vida en cualquier paraíso tropical.
    Hubo un silencio al otro lado de la línea.
    – Mil dólares y le entregaré los libros contables de Gardeaux.
    – ¿Qué me pueden aportar? Ayer mismo dijo que no eran incriminatorios.
    – A no ser que los relacione con los informes de Pardeau. Entonces, la imagen se completa.
    – ¿Quién es Pardeau?
    – Francois Pardeau, 412 de St. Germain. Mi homólogo en París. -El tono de Nigel se volvió taimado-: Ya ve que colaboro. Y esto le ha salido totalmente gratis.
    – Podría ser que esos informes no me aportaran ningún beneficio. No quiero a Gardeaux detrás de unos barrotes.
    – Kabler sí. Y yo podría ayudarle.
    – No intente hacernos jugar el uno contra el otro, Simpson. Si lo que necesita es dinero de inmediato, sabe que Ka-bler tampoco se lo dará. Se tarda tiempo en mover el pape-leo burocrático y conseguir la autorización para un soborno de ese calibre.
    – ¿Quiere los libros o no?
    – Los quiero. Por cincuenta mil, un pasaporte falso, una identidad nueva y una escolta segura para salir de Inglaterra. Tómelo o déjelo.
    – No es suficiente. Yo tendría…
    – Si intenta conseguir los papeles usted mismo, Gar-deaux lo descubrirá y le destrozará como un gato a un ratón.
    Simpson guardaba silencio. Finalmente, dijo:
    – ¿Para cuándo?
    – Jamie tardará un día en tener los papeles. Yo saldré en avión mañana por la mañana y llegaré a su apartamento ha-cia la medianoche.
    – No, no venga aquí. No quiero que me vean con usted. Deje el dinero y los documentos pasado mañana en el cepi-llo de la iglesia de St. Anthony a las diez en punto.
    – ¿Sin los libros ni la información? Lo siento, pero mi caridad no llega a tanto.
    – En el cepillo encontrará la llave de una consigna de la estación de autobuses de Bath. Confíe en mí.
    – Bath está a más de una hora en coche de Londres.
    – Es lo mejor que puedo ofrecerle. Ya no queda ni una sola consigna en las estaciones de Londres gracias a las bom-bas del IRA.
    – Mira qué bien.
    – Yo soy el que se arriesga -dijo chillando-. ¿Y si me si-guen?
    – Nosotros también lo haremos. Desde el momento en que recoja el dinero hasta que yo llame a Jamie para decir-le que el paquete de la consigna está bien. Después, él envia-rá un hombre a recogerle y asegurarle una huida segura.
    Colgó el auricular.
    – ¿Libros? -le preguntó Jamie, sentado al otro lado de la habitación.
    – Simpson está asustado. Acepta vender los libros conta-bles de Gardeaux y la información sobre lo de Medas por una suma miserable y una huida segura.
    – ¿Para qué quieres esos libros?
    Nicholas se encogió de hombros.
    – Puede que no los quiera. Son tan sólo una especie de comodín. Y tendría que acceder a los libros que Pardeau tie-ne en París para que los de Simpson cobraran sentido.
    – Entonces, ¿qué sentido tiene pagar por ellos?
    – A veces, un comodín puede hacer que ganes la partida. Por Dios, nunca antes habíamos estado tan cerca de Gar-deaux -y luego añadió-: También quiero enterarme del por-qué del golpe de Medas.
    – Y supongo que querrás que agilice el tema de los papeles de Simpson, ¿no? -Se puso en pie y se acercó al teléfono-. Se-cuestrado una vez más en las rutinas de este pragmático mun-do. Qué desastre. Yo que estaba sentado, ahí, componiendo una inmortal oda a los bellísimos ojos de nuestra Nell…

* * *

    La casa de Joel Lieber le recordaba vagamente a una que ha-bía visto en una revista, construida por Frank Lloyd Wright. Toda ella era un conjunto de líneas modernas y cristal, inte-grado sutilmente en un marco de jardines, rocas y una cas-cada que brotaba de un pequeño estanque burbujeante.
    – Es preciosa -dijo Nell al salir del coche.
    – Por fuerza. -Nicholas la guió hacia la entrada princi-pal-. Es una casa construida gracias a la belleza.
    – Tania dice que Joel realiza una buena cantidad de tra-bajos de caridad.
    – No le estoy criticando. Yo soy capitalista. Todo el mundo tiene derecho a recoger los frutos de su labor.
    – Eh, señor Tanek. Me alegro de verle.
    Nell se volvió asombrada al ver a Phil bajando por el ca-mino del jardín. Iba vestido con téjanos y una camiseta de los Bulls, y llevaba una azada.
    – ¿Qué haces tú aquí?
    Sonrió contento.
    – El señor Tanek cree que es mejor que yo ande cerca, por si tiene usted una recaída. Y, mientras, el doctor Lieber me deja trabajar en su jardín. Me pagué los estudios vendiendo plantas. Es fantástico estar cerca de las flores otra vez. -Se sentó en el banco al lado del arroyo-. Si me necesi-ta para algo, sólo tiene que llamarme.
    Nell se volvió hacia Nicholas.
    – Sabes perfectamente que no voy a tener ninguna recaída.
    – Nunca se sabe. -Cambió de tema-. Joel me ha dicho que quieres empezar el papeleo para anular tu muerte. ¿Porqué no me lo has comentado?
    – Porque he cambiado de opinión.
    – Bien. ¿Puedo preguntarte por qué?
    – He decidido que puede ser conveniente. Mi nuevo nombre será Eve Billings. Necesitaré un carné de conducir y un pasaporte con este nombre. ¿Me los conseguirás?
    – Tardaré unos días.
    – Y necesitaré dinero para vivir. ¿Puedes abrir una cuen-ta a mi nombre hasta que me sea posible acceder a mi dine-ro? Por supuesto, te firmaré un pagaré.
    – Eso, tenlo por seguro -dijo-. Puede que tenga que co-brármelo de tus propiedades si persistes en intentar que te maten.
    – ¿Lo harás pronto?
    – Llamaré y te transferiré fondos al banco de Joel a nom-bre de Eve Billings esta misma mañana. Recibirás tus docu-mentos por correo.
    – Gracias. A Kabler no le costó demasiado encontrarme. ¿Debo preocuparme por la posibilidad de que Maritz pueda haber seguido mi rastro hasta el hospital?
    – No.
    Lo dijo con absoluta certeza. Tanek debía de haber ta-ponado la brecha, pensó Nell.
    – ¿Y qué hay respecto a mi expediente sobre la operación?
    – Destruido, excepto algunos documentos que Joel guarda aquí. Le pediré que se libre de ellos también.
    – Bien. -Tocó el timbre-. Sé que te dije que no te pediría na-da más. Te prometo que ésta será la última vez. Adiós, Tanek.
    – No lo digas como si fuera un adiós definitivo. Te se-guiré viendo. Si no, acabarás bajo tierra y…
    – ¡Ya estás aquí! -Tania abrió la puerta de par en par con una amplia sonrisa-. Y Nicholas también. ¡Qué bien! En-trad y veréis qué maravillas he hecho con la casa de Joel.
    – En otra ocasión. Tengo prisa. -Le sonrió a Tania-. Debo tomar un avión. Ya nos veremos otro día.
    Nell le observó mientras se dirigía al coche. Era la pri-mera vez que había mencionado un viaje. ¿Londres?
    – Entra. -Tania tiraba de ella, entusiasmada-. Quiero en-señarte las…
    – … maravillas -dijo Nell, completando la frase-. Por fuera ya es suficientemente maravilloso.
    – Pero frío. Joel es cirujano, y le atraen las líneas limpias y eficientes. Pero el interior debe ser cálido. Le dije que no podía tener una casa tan absolutamente «precisa» como una de sus incisiones. -Llevó a Nell hacia el salón-. Que debía rodearse de alegría y color.
    – Ciertamente, contigo no le falta nada de eso.
    Las sillas y los sofás de la habitación eran modernos y sobrios, pero lujosamente cubiertos por tejidos de color visón. Había cojines en color granate, beige y naranja por to-das partes. Se mezclaban flores, rayas y estampados que, en teoría, no iban nada a juego, pero que creaban una estampa exótica y, al mismo tiempo, originalmente acogedora. Una alfombra persa de color crema cubría el suelo de roble, transmitiendo un suave resplandor cálido.
    – Es realmente encantador.
    – Mi abuela solía decir que el suelo más duro puede ablandarse si usas suficientes cojines -sonrió-. Bueno, no podía ser profunda siempre. Además, hay que admitir que estaba en lo cierto.
    – ¿Tu abuela la gitana?
    Tania asintió.
    – Deberías haber visto esta casa antes de que yo viniera. Estilo danés, moderno y muy frío. -Fingió tiritar-. No era nada bueno para Joel. Es un hombre que nunca se acercará a la calidez si no se la echas por encima. -Sonrió alegremen-te-. Así que lo hice.
    – Realmente, es muy original. ¿Has pensado en dedicar-te a la decoración?
    Tania asintió de nuevo.
    – Empezaré a ir a la universidad en otoño, pero voy a es-tudiar Literatura. Me gustaría ser escritora. -Fue hacia la puerta-. Ven, te enseñaré tu habitación. Está justo encima del estanque, y creo que encontrarás el sonido del agua muy relajante. -Subió corriendo por la escalera de caracol y abrió la puerta que había en lo alto-. ¿A que está bien?
    Más color: dorados, óxidos y escarlatas, un estudio en tonos otoñales. Una cama baja cubierta con un edredón ver-de oscuro. Plantas de hiedra en recipientes de latón, crisante-mos altos y orgullosos en floreros de cristal. Una estantería, también baja, repleta de libros lujosamente forrados en piel.
    – Me gusta mucho.
    – Lo sabía -asintió con satisfacción-. Dicen que el azul es lo mejor para relajarse, pero me pareció que a ti te gusta-ría así. Phil ha cogido los crisantemos esta misma mañana.
    Nell estaba emocionada.
    – Os habéis tomado demasiadas molestias. No me que-daré mucho tiempo, ya lo sabes.
    – El suficiente para disfrutar de mi casa -dijo Tania-. Te dejo sola para que descanses un poco antes de la comida y te pruebes la ropa que hay en el armario.
    – ¿Qué ropa?
    – La que hice enviar desde Dayton el día que tan grose-ramente decidiste abandonarme.
    Nell la miró desconcertada.
    – No me dijiste nada de que habías comprado ropa.
    – ¿Qué querías que hiciera? -Fue hacia la puerta-. No me gusta perder el tiempo, y no tenía nada que hacer hasta que volvieses.
    – ¿Por qué no me lo dijiste?
    – ¿Acaso tenía que hacerlo? Te habías portado muy mal, y deseaba que te sintieras culpable. No te iba a dejar pensar que me las había arreglado muy bien yo sólita.
    Tania se fue, cerrando la puerta, y Nell se sorprendió a sí misma sonriendo. Aquella mujer era como una brisa cálida que apartaba cualquier obstáculo que encontraba en su camino.
    Miró hacia el armario. Más tarde.
    Se acercó a la ventana. La cascada sólo estaba a unos cua-renta y cinco metros y el sonido del agua era tan relajante como Tania le había descrito. Phil estaba arrodillado junto al estanque, trabajando en una cama de rosas híbridas amarillas.
    Richard siempre le regalaba rosas amarillas. Él conocía aquellos pequeños detalles que gustan a una mujer y la ha-cen sentir especial. Sally Brenden admiraba eso en él. De hecho, todo el mundo admiraba y adoraba a Richard.
    Y ahora, él se había ido. ¿Por qué no lloraba su muerte?
    Su dolor por la pérdida de Jill la había cegado hasta tal extremo, que cuando pensaba en la muerte de Richard sólo podía sentir una pálida sombra de pena. ¿No lo había querido? ¿Se había autoconvencido de que gratitud y necesidad eran lo mismo que amor? Oh, no lo sabía. Quizás era por eso que no se había disgustado en absoluto al ver que la ma-dre de Richard ni siquiera la mencionaba en la tumba de su hijo: justamente porque no se sentía con derecho a ello. Aunque Nell intentó darle el amor que se merecía, solamen-te Edna lo había amado de verdad.
    Phil volvió la cabeza y miró hacia la casa un momento, y luego continuó con sus rosales. Estaba allí, vigilando, comprobando que ella no hubiera salido afuera. Alerta, para evitar que se aventurara en el territorio que Nicholas consi-deraba suyo. No tenían por qué preocuparse. Como él le había dicho, no estaba en condiciones de actuar contra Gardeaux y Maritz. Debía tenerlo todo muy claro en el mo-mento de ajustar cuentas.
    Pero sus planes no incluían tener que quedarse allí, bajo la mirada de un guardián benevolente. Tendría que pensar un poco en ello. La semilla de una idea empezaba a crecer, pero debía elaborar un plan en firme para estar en condicio-nes de remediar la situación.

* * *

    Le estaban siguiendo. El pánico se adueñó de Nigel.
    Miró hacia atrás. Nadie. Aceleró el paso sobre el pa-vimento. Ni un ruido a su espalda. Quizá se había equi-vocado.
    Pero no. Sentía una presencia. Alguien le seguía, desde el momento en que había salido de la iglesia, por la tarde.
    El apartamento de Christine estaba justo ahí enfrente. Subió los peldaños a toda prisa y llamó al timbre.
    ¿No había una sombra al otro lado de la calle, en un portal?
    – ¿Sí? -respondió Christine a través del interfono.
    – Déjame entrar. ¡Date prisa!
    La puerta se abrió. Nigel se apresuró a entrar y cerró bien, dando un portazo.
    – ¿Qué pasa, pichoncito? -Christine estaba asomada a la barandilla. Sonreía, con los labios separados, encantadora y maliciosa-. ¿Tan impaciente estás?
    – Sí.
    Lo estaba incluso antes de sospechar que le seguían. Christine no era única, pero no había encontrado a muchas mujeres con tanto talento en su especialidad. Quería pasar una noche más con ella antes de irse de Londres. Pero se preguntaba si no habría sido mejor ocultarse y permanecer escondido, hasta que fuera el momento de volver a St. An-thony a la mañana siguiente.
    – Entonces, sube, ven. Te tengo preparado algo especial, esta noche. Un nuevo juguete para castigarte, niño malo.
    Tuvo una erección de inmediato. Un juguete nuevo. Aquel enorme pene de caucho que Christine había utilizado con él la última vez casi lo había partido por la mitad. Re-cordó cómo se había corrido: un auténtico geiser. Volvió la cabeza para echar un vistazo al portal. En realidad, no había visto a nadie y, si había alguien, podía ser más peligroso sa-lir que quedarse. El apartamento de Christine era un lugar tan seguro como cualquier otro. Únicamente había dos apartamentos en aquel edificio, y uno de ellos vacío porque el otro inquilino estaba fuera del país.
    – ¡Ven! -ordenó Christine-. Deja de hacerte el remolón, o te castigaré.
    La excitación pudo con él. Estaba empezando. Pronto estaría de rodillas frente a ella, perdido en aquel oscuro ca-lor. Ansioso, empezó a subir los escalones.
    Ella estaba de pie, en lo alto de la escalera, totalmente desnuda, excepto por los tacones de aguja de siete centíme-tros, alta, voluptuosa, dominante. Christine retrocedió un paso hacia la puerta de su apartamento.
    – ¿Cuántas veces tengo que decirte que debes obedecer a la primera?
    – Lo siento. Merezco ser castigado. -La siguió al interior de su apartamento-. ¿Puedo verlo ya?
    – De rodillas.
    Instantáneamente se arrodilló ante ella.
    – Muy bien. -Separó las piernas, bien abiertas, y se que-dó de pie, a horcajadas, mirándolo desde arriba-. Dime, ¿qué es lo que quieres ver?
    – El juguete. El juguete nuevo.
    Christine lo agarró por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Nigel sintió un escalofrío de dolor.
    – Pídemelo educadamente.
    – Por favor, ama, ¿podría ver el juguete? -susurró.
    – ¿Eso es todo lo que quieres? ¿Verlo solamente? ¿No quieres que lo use en ti?
    – ¿Me hará daño?
    – Muchísimo.
    El se estremecía y temblaba de excitación. Siempre se ponía así la primera vez, pero no debía correrse hasta que ella le concediera su permiso.
    – Si así te complace, ama, quiero que lo uses conmigo.
    – ¿Estás seguro?
    Nigel asintió.
    – Entonces, así será -sonrió cruelmente-. Pero no quie-ro ensuciarme las manos contigo. Dejaré que sea mi amigo el que te enseñe el juguete.
    – ¿Qué amigo? No hay nadie más…
    ¡Un agudo dolor le atravesó la espalda! Dios santo, ¿Qué había sido aquello? ¿Una barra de hierro? Aquella agonía era demasiado, no podía soportarla.
    Intentó, instintivamente, agarrarse a las caderas de Christine.
    Esta dio un paso atrás y él cayó de bruces sobre la mo-queta.
    – Es demasiado… -susurró-. Haz que… pare.
    Christine miraba fijamente a la persona que estaba justo detrás de él:
    – Me prometiste que sería limpio y rápido, Maritz. Y está desangrándose sobre mi moqueta.
    – Gardeaux te la cambiará.
    – Quiero que te lo lleves de inmediato. Acaba ya.
    – No -susurró Nígel.
    Nadie lo había estado siguiendo. Maritz ya estaba allí, esperándolo.
    – Será un momento.
    – Acaba ya, o le diré a Gardeaux que pusiste en peligro el encargo porque querías divertirte.
    – Zorra.
    Y lo acabó.

* * *

    La llave estaba en el cepillo de la iglesia.
    Nicholas la miró un momento antes de guardársela en el bolsillo. Tenía el aspecto de una llave cualquiera. Simpson podía haberle dado la llave de su propia puerta.
    Colocó el paquete con el dinero y los documentos en el cepillo y salió de la iglesia.
    Le hizo un gesto a Jamie, que estaba en el taxi Rolls-Royce, aparcado al otro lado de la calle, y subió a su coche de alquiler.
    Giró el volante y se fue en dirección a Bath.

* * *

    – Tengo los libros -dijo Nicholas, hablando por su teléfono móvil-. Quizá. Parecen bastante auténticos. Todavía no he tenido ocasión de examinarlos. Los revisaré en el avión de vuelta a Estados Unidos.
    – Me sorprende -dijo Jamie-. Creía que Simpson habría intentado hacer el doble juego y después se asustaría.
    – ¿Por qué?
    – Nuestro querido hombre no ha aparecido para escoger el premio.
    – ¿Qué?
    – Que no ha aparecido por St. Anthony. ¿Qué vamos a hacer con el dinero? Vacían los cepillos cada tarde a las ocho.
    Nicholas pensó un segundo. Eran casi las cinco, y no parecía muy lógico que Simpson llegara tan tarde al punto de cita. Salvo que Gardeaux hubiera intervenido.
    Pero si Simpson había sido asesinado, ¿por qué aquellos libros estaban en poder de Nicholas? Era inconcebible que Gardeaux no le hubiera sonsacado a Simpson, antes de ma-tarlo, el lugar donde los había ocultado.
    A no ser que Gardeaux no supiera nada del negocio de Simpson con aquellos libros. Era posible que sólo hubiera descubierto la traición de Simpson con Kabler.
    – ¿Me oyes? -preguntó Jamie-. Te he preguntado que qué hacemos con…
    – Te he oído. Quédate por aquí una hora más. Si no ha venido, recupera el dinero y los documentos, y ve a inspec-cionar su apartamento.
    – ¿Y luego?
    – Démosle veinticuatro horas. Vigila el apartamento y ponte en contacto si Nigel aparece.
    – Es una condenada pérdida de tiempo. Los dos sabemos lo que le ha pasado a ese pobre bastardo.
    – Veinticuatro horas. Hice un trato.
    – ¿Café, señor Tanek?
    Le sonrió a la azafata y negó con la cabeza.
    – Más tarde, tal vez.
    Abrió el primero de aquellos libros contables después de que la joven se alejara por el pasillo. Lo examinó breve-mente. No reconoció ninguno de los nombres de las compañías que aparecían registradas; probablemente figuraban en clave. Había flechas señalando líneas en blanco en cada cómputo desde el principio al final.
    ¿La parte de Pardeau que debía añadirse para completar la imagen?
    Aunque tuviera los libros de Pardeau, seguramente ne-cesitaría contratar a un contable que, además, fuera brujo, para descifrar aquellos números. Por el momento, no vio ninguna razón para correr el riesgo de darle unos toques a Pardeau. En primer lugar, no estaba seguro de que el resul-tado tuviera algún valor para él. Y además, Gardeaux podía no haberse dado cuenta aún de que Nicholas tenía aquellos libros, pero pronto descubriría que habían desaparecido. Pardeau estaría custodiado y sería mejor esperar a que aque-lla vigilancia se relajase.
    Nicholas examinó el segundo libro, encontró más de lo mismo y lo metió de nuevo en el maletín. Por último, cogió el sobre de papel manila, tamaño folio, con el nombre Medas garabateado en el centro.
    Sacó de él unos cuantas hojas. La primera era aquella lis-ta de nombres que Jamie le había entregado en Atenas. La tiró a un lado y examinó la segunda.
    Se enderezó en su asiento.
    – Mierda.

* * *

    – Tengo que ver a Nell, Tania -dijo Tanek, irrumpiendo a grandes zancadas en el recibidor-. ¿Dónde está?
    – Hola. Yo también me alegro de verte -repuso Tania al cerrar la puerta.
    – Sí, claro, perdona. ¿Dónde está?
    – Ya no está aquí. Se ha ido.
    Nicholas se volvió como un rayo a mirarla.
    – ¿Que se ha ido? ¿Adonde?
    Ella sacudió la cabeza.
    – Estuvo aquí tres noches y se fue ayer por la mañana. Dejó una nota. -Se acercó a la cómoda y abrió un cajón-. Una nota muy atenta, agradeciéndonos la hospitalidad y asegurando que seguiríamos en contacto. -Se la entregó-. Como te lo digo. No se ha llevado nada de ropa, excepto un par de téjanos y unas zapatillas de tenis. Así que, probable-mente, volverá pronto.
    – No cuentes demasiado con ello. -No sabía qué demo-nios haría Nell. Inspeccionó la nota: cálida, meticulosamen-te educada y sin ningún tipo de información-. ¿Recibió un paquete postal?
    – Hace dos días.
    La documentación que sin duda alguna le permitiría moverse libremente.
    – ¿Dónde está Phil?
    – En el jardín. -Tania frunció el ceño-. Y no le eches la culpa a él, que ya está bastante contrariado.
    – Claro que se la echo. -Fue hacia la puerta-. Pero no le dispararé, si eso te tranquiliza. Ahora vuelvo.
    Phil parecía tan desolado como Tania había dicho. Se puso en tensión al ver a Nicholas.
    – Lo sé. He fallado estrepitosamente. Pero la he estado vigilando noche y día, siempre -se disculpó, antes de que Nicholas pudiera hablar-. Incluso he dormido en el coche, delante de la entrada.
    – Dormido parece ser la palabra adecuada.
    Phil asintió malhumorado.
    – No me lo esperaba. Parecía estar tan contenta con la señorita Vlados.
    Nicholas tampoco se lo esperaba. No tan pronto. Había creído que Nell necesitaría tiempo para recuperarse de aquella traumática visita al cementerio.
    – Bueno. Ya está hecho. ¿Has intentado encontrarla?
    Phil asintió de nuevo.
    – La señorita Vlados dijo que le habías ingresado algún dinero en el First Unión a nombre de Eve Billings. Le seguí la pista desde el banco, donde retiró fondos, hasta la esta-ción de tren. Fue bastante fácil. La gente no puede olvidar una cara así.
    – ¿Hacia dónde fue?
    – A Preston, Minnesota. Se bajó allí y alquiló un coche. Lo dejó en el aeropuerto O'Hare de Chicago. Aún no he podido seguir su pista a través de las compañías aéreas. En los centros de reservas les gusta mantener la confidencialidad, y tardaré un poco si tengo que pasar por la oficina de cada una de las compañías aéreas de O'Hare para ver si la han visto. -Hizo una pausa-. Claro que, si tuviera acceso a un ordenador, po-dría introducirme en la base de datos de esas compañías y…
    – Está intentando dejar una pista falsa. Nunca usaría su nuevo nombre y, además, pagaría en efectivo. No tiene tar-jetas de crédito válidas.
    Phil hizo una mueca.
    – Mala suerte.
    – Pero lo que sí tiene ahora es pasaporte -pensó un se-gundo-. Quizás aún lo logremos. Si tiene un destino claro en mente, puede que haya llamado desde aquí y haya hecho algunas gestiones. ¿Fue a algún sitio en que hubiera podido usar un teléfono público?
    – Ella y la señorita Vlados fueron al supermercado y al quiosco, pero yo las acompañé y les llevé sus compras de vuelta. Y ella no hizo ninguna llamada.
    – Vamos. -Nicholas se dirigió hacia la casa.
    Tania se acercó a ellos, todavía en el camino de entrada.
    – ¿Y bien?
    – Phil necesita un ordenador. Joel tiene uno en la biblio-teca, ¿verdad?
    – Sí -miró a Phil con escepticismo-. Pero lo mima como si fuera su mascota más querida. No se pondrá muy con-tento si le pasa cualquier cosa a algunos de los programas.
    – Tendré mucho cuidado -prometió Phil seriamente-. Y sólo lo utilizaré durante unos treinta minutos.
    – El ordenador de Joel estará en buenas manos -aseguró Nicholas-. Phil es un devoto de Microsoft.
    – ¿De quién?
    – No importa. Confía en mí. El ordenador de Joel estará seguro.
    Ella se encogió de hombros y les acompañó a la casa. Se-ñaló la puerta del fondo de la sala.
    – Allí está el estudio de Joel.
    – ¿Tenéis más de una línea telefónica?
    Tania asintió.
    – El teléfono de la casa y el del estudio de Joel.
    – ¿Cuáles son los números?
    Ella se los recitó.
    – ¿Quieres que los anote?
    – No, me acordaré. Los números son precisamente lo mío. -Y se apresuró a cruzar el pasillo, en dirección al es-tudio.
    – ¿Qué va a hacer Phil? -preguntó Tania.
    – Entrar en los registros de la compañía telefónica y descubrir a qué números ha llamado Nell antes de irse y a quién pertenecen.
    – ¿Y eso no es ilegal? -Sí.
    – ¿Qué pasará si lo cogen?
    – No lo harán. Esto es una minucia para él. Phil podría entrar en los archivos confidenciales de la CÍA y salir sin que lo detectaran. -Cambió de tema-: ¿Dónde dormía Nell? Quiero ver su habitación.
    – No encontrarás nada. Ya la he limpiado.
    – Quiero verla.
    Le acompañó arriba y abrió la puerta. Tania contempla-ba cómo se movía por la habitación y revisaba el bloc de no-tas del teléfono.
    – No había ninguna nota en él, Nicholas. Tanek observó la primera hoja a contraluz. Nada. Sin marcas de anteriores anotaciones. Fue al armario y abrió la puerta.
    – Has dicho que no se ha llevado equipaje.
    – Una pequeña bolsa de deporte. ¿Qué estás buscando?
    Tanek registró la ropa.
    – No lo sé, cualquier cosa. -Cerró el armario y echó una mirada por la habitación. Había un montón de revistas pul-cramente apiladas en un anaquel de la estantería baja-. ¿Ya estaban aquí cuando Nell llegó?
    – ¿Las revistas? La mayoría. Aunque Nell compró unas cuantas el día que salimos.
    Nicholas las cogió y se sentó en la cama.
    – ¿Cuáles?
    – No estoy segura. No me fijé. -Tania se acercó a la cama y observó cómo pasaba las hojas-. Cosmo es nueva. Tampoco me suena el Newsweek. No veo ninguna otra… ¿Qué sucede?
    – ¿Dirías que ésta es nueva también? -Sacó una delgada revista de entre las otras-. No es precisamente la que la ma-yoría de las anfitrionas suelen ofrecer a sus invitados.
    – {Soldado de fortuna} -Tania frunció el ceño-. Nunca había visto esta revista antes. ¿De qué va?
    – Una encantadora revista sobre cómo, con qué recursos y de qué manera puede hacerse uno mercenario. Es la Biblia para los amantes de las técnicas de supervivencia y para los que pretenden ser mercenarios.
    – ¿Por qué se la compraría Nell? -Lentamente, sus ojos se fueron abriendo como platos-, ¿Crees que quiere contra-tar a alguien?
    – No sé qué demonios quiere hacer.
    Empezó a pasar aquella revista página a página buscan-do esquinas dobladas o notas escritas. No encontró nada hasta que llegó a la lista de anuncios del final. Había un ligero pliegue en la mitad de la página como si hubiera sido do-blada por ahí.
    – ¿Has encontrado algo? -preguntó Tania.
    – Una página que debe de tener, como mínimo, unos cien anuncios -dijo, exasperado. Era un extenso surtido de todo tipo de anuncios personales. ¿Y por qué no habría marcado alguno de ellos con un círculo, la muy condenada?
    – Creo que lo he encontrado -Phil estaba de pie en la es-calera con un trozo de papel en la mano-. Todo lo que figura en el número del teléfono del despacho parece bastante normal, pero estos tres números registrados en la línea principal son un poco raros. -Le alargó un trozo de papel a Nicholas-. Todos pertenecen a campos de supervivencia. Uno en las afueras de Denver, Colorado, otro, cerca de Seattle, Wash-ington, y el último justo al lado de Panamá City, Florida.
    – ¿Qué es un campo de supervivencia? -preguntó Tania.
    – Campos de entrenamiento para grupos de gente que cree que Estados Unidos corre el riesgo de entrar en guerra o de convertirse en un estado policial, y que sólo podrán sobrevivir los que estén entrenados en el uso de las armas y en la guerra de guerrillas. -Nicholas iba recorriendo con el dedo cada co-lumna de la revista-. Normalmente, los organizan y dirigen ex mercenarios u otra clase de tipejos militares que quieren pes-car algunos dólares entrenando guerrilleros de fin de semana.
    Los tres números estaban en la página, pero no había ninguna indicación sobre cuál de ellos habría escogido.
    – ¿A cuál de estos campos llamó en último lugar, Phil?
    – Al de Seattle.
    – ¿Piensas realmente que Nell ha podido ir a uno de es-tos sitios? -preguntó Tania.
    – Sí.
    – ¿Por qué?
    – Porque es una testaruda, una mujer estúpida que está haciendo todo lo posible para que la maten.
    Y porque él había abierto la boca, maldita sea, y había hecho que ella se sintiera poco preparada para la tarea que se había impuesto.
    – No creo que quiera morir -dijo Tania tranquilamen-te-. Ya no. Está empezando a sentirse viva de nuevo. Y no es estúpida. Debe de tener una buena razón para hacer esto. ¿Está en peligro?
    – Depende de quién dirija el campo. Algunos están orga-nizados por fanáticos que no tienen ningún tipo de reparo en llevar a barrigudos corredores de bolsa hasta el ataque cardíaco para así endurecerlos más.
    – Si tan machos son, no aceptarán a Nell.
    – Eso sería una suerte. Pero, gracias a Joel, Nell es un buen bocado, y podrían aceptarla por unas razones bastan-te distintas a las habituales.
    – ¿Violación?
    – Probablemente.
    – ¿Podrías llamar a esos campos y preguntar si la han visto?
    – El ingreso es confidencial. -Tendrían que investigar en todos ellos. ¿Cuál era el más probable? Nell estaba inten-tando escapar a la vigilancia. Seattle era el más distante y adonde hizo la última llamada-. Yo me encargo de Seattle. Phil, tú ve a Denver.
    Phil asintió.
    – ¿Quieres que llame a Jamie y le diga que se ocupe de Panamá City?
    – Jamie aún está en Londres. Quizá tengamos suerte nosotros dos. -Se puso en pie y besó levemente la frente de Tania-. Estaremos en contacto. Volveré si no la encuentro en Seattle para ver si ha contactado contigo.
    – Por favor, hazlo. -Tania lo siguió desde la habitación y bajó las escaleras-. Estoy muy preocupada por ella, Nicholas.
    – Tienes razones para estarlo.

Capítulo 8

    OBANAKO, FLORIDA

    – No aceptamos mujeres en nuestros programas de entrena-miento, señoritinga. -El marcado acento del sur del coronel Cárter Randall vibró desagradamente en los oídos de Nell-. Así que mueve tu culito feminista y lárgate.
    Nell apartó una vez más la mosca que zumbaba alrede-dor de su cabeza desde que había entrado en la oficina. Es-taba sudando, y la humedad era como un tortazo en toda la cara. ¿Acaso peligraría la imagen de hombres muy machos si ponían en marcha el aire acondicionado?
    – No soy feminista. O puede que sí lo sea. Ya no sé lo que eso significa, exactamente. -Buscó su mirada-: ¿Lo sabe usted?
    – Oh, sí. Yo sí lo sé. Por aquí ya han venido unas cuan-tas tortilleras suplicando que les enseñemos a ser unos hom-bres de verdad.
    – ¿Y usted se lo enseñó?
    Él esbozó una desagradable sonrisa.
    – No, pero algunos de los chicos les enseñaron a ser mu-jeres de verdad.
    Estaba intentando asustarla. Y lo estaba consiguiendo, pero Nell no iba a permitir que él lo advirtiera. Era el tipo de hombre que se divierte dominando. Muy tranquila, pre-guntó:
    – ¿Las violaron?
    – Yo no he dicho eso, ¿verdad? -Se arrellanó en su asien-to-. No tenemos alojamiento para mujeres aquí, en Obanako. Tendrías que ocupar una litera en los barracones.
    – Estoy deseando hacerlo.
    – Aquellas tortilleras también. Cambiaron de opinión después de la primera noche.
    – Yo no cambiaré de opinión. -Se secó las manos, húme-das, en los téjanos. Ya no estaba segura de si estaba transpi-rando por los nervios o por el calor-. ¿Por qué no aceptan mujeres? Nuestro dinero es igual de bueno.
    – Pero vuestros espinazos no. -Le miró descaradamente los pechos-. Nosotros aceptamos a las mujeres… en su lu-gar. Una mujer debería limitarse a hacer aquello que hace bien.
    Ella reprimió su creciente indignación. No consegui-ría nada de aquel bastardo chovinista poniéndose de mala leche.
    Pero podría ser de gran ayuda conseguir que él se enfa-dara, pensó de pronto.
    – He visto unos cuantos hombres fuertes y corpulentos en el patio, intentando escalar una empalizada. No parecía que lo estuvieran haciendo demasiado bien. ¿Teme que una mujer pudiera darles una lección?
    Él se tensó.
    – Están en su primera semana de entrenamiento. Cuan-do finalice el mes la escalarán en un abrir y cerrar de ojos.
    – Puede ser.
    Una chispa de mal genio enrojeció su rostro.
    – ¿Me estás llamando mentiroso?
    – Le estoy diciendo que dudo que un hombre que no puede mantener la disciplina dentro de sus barracones pue-da convertir a blandos reclutas en soldados en unas pocas semanas.
    – Aquí, en Obanako, el nivel de disciplina es excelente.
    – ¿Por eso permite que las mujeres sean violadas? Eso no es disciplina militar, eso es barbarie. ¿Qué clase de oficial es usted? -Antes de que él pudiera contestar, añadió-: O qui-zá no sea realmente un oficial. ¿Compró su uniforme en una tienda de desechos militares?
    – Yo era coronel en los Rangers, zorra.
    – ¿Cuánto tiempo hace? -se burló Nell-. ¿Y por qué no sigue en el ejército, en lugar de esconderse entre estos pan-tanos? ¿Demasiado viejo para estar a la altura?
    – Tengo cuarenta y dos años, y le doy diez mil vueltas a cualquiera de esta unidad -masculló entre dientes.
    – No lo dudo, en absoluto: esos pobres bastardos no pueden ni superar esa empalizada. Debe de hacerle sentir muy superior saber que es más fuerte que ellos.
    – No me estaba refiriendo a los novatos, hablaba de… -se detuvo, luchando por contener la rabia-. ¿Crees que esa empalizada es fácil de escalar? Tiene casi diez metros de altura. Quizá tú lo harías mejor, ¿no?
    – Posiblemente. Sólo tenemos que verlo. Si la supero, ¿me aceptará en su programa?
    Su sonrisa destilaba malicia.
    – Si la superas, todos nosotros estaremos muy contentos de aceptarte en nuestro centro. -Se levantó y señaló la puer-ta-. Después de usted, señora.
    Ella disimuló su alivio mientras los seguía fuera de la oficina y bajaba los escalones. Por ahora, iba bien.
    Quizás.
    Mientras se iba acercando, aquella empalizada de made-ra se erigía mucho más alta de lo que ella había imaginado, y aparecía resbaladiza por el barro de las botas de los hombres que habían estado intentando escalarla.
    – Apartaos, muchachos -ordenó Randall mientras cogía una de las cuerdas fijas a la cima de la pared. Se la lanzó a Nell-. Es el turno de la señora.
    Nell no prestó atención a los gritos y a las burlas de los hombres. Se agarró a la cuerda y empezó a escalar. Entonces se dio cuenta de que aquello era muy distinto a trepar por las cuerdas suspendidas del techo del gimnasio. Si intentaba usar las rodillas, acababa chocando contra la pared de made-ra. La única manera de hacerlo era usando los pies para apo-yarse en la pared y subir a pulso.
    Un metro, casi metro y medio.
    Sus suelas resbalaron sobre aquella superficie embarra-da y Nell golpeó la pared con todo el cuerpo.
    Dolor.
    Risotadas de aquellos hombres, abajo.
    «No les prestes atención. Aguanta. No te sueltes.»
    Se apartó de la pared y aseguró los pies contra ella. Otra vez.
    Dos metros.
    Resbaló de nuevo. La áspera cuerda le quemó las manos al deslizarse por ella casi un metro antes de poder frenar.
    – No te preocupes -le gritó Randall con sorna-. Estamos preparados para cogerte al vuelo, bomboncito.
    Más risotadas.
    «Olvídalos. Puedes hacerlo. Ignora el dolor. Ve paso a paso. No pienses en nada más. Sólo existe la cuerda y esta pared.»
    Empezó a escalar otra vez.
    Tres pasos más.
    Resbaló y chocó contra la pared.
    Cuatro pasos.
    ¿Cuánto faltaba?
    No importaba. Podía hacer cualquier cosa si lo hacía poco a poco.
    Tardó diez angustiosos minutos más en alcanzar la cima de la pared y ponerse a horcajadas sobre ella. Miró abajo, a Randall y sus hombres. Tuvo que esperar un momento para normalizar su respiración.
    – Lo he hecho, hijo de puta. Ahora, mantenga su pro-mesa.
    A él no le gustaba aquello, ya no se reía. Ninguno de ellos se reía.
    – Bájate de ahí.
    – Ha prometido aceptarme si lo hacía. Un oficial siem-pre mantiene su palabra, ¿verdad?
    Él le dirigió una mirada gélida.
    – Desde luego, señora, estaremos encantados de tenerte con nosotros. Mañana salimos de maniobras, y sé que te van a gustar. Mucho.
    Lo cual significaba que tenía la intención de hacerle la vida imposible. Empezó a bajar por el otro lado de la barre-ra. El la estaba esperando cuando llegó al suelo.
    – Éste es el sargento George Wilkins. Él te proporciona-rá tu equipo. ¿Te he mencionado lo mucho que le fastidia la idea de tener mujeres en el ejército?
    Nell le hizo una inclinación de cabeza a aquel sargento bajito pero muy musculoso. Wilkins dijo:
    – Incluso un niño podría trepar por esa pared. Es pan co-mido, comparado con los pantanos. -Le dio la espalda y se alejó.
    – Es mejor que no lo subestimes -le advirtió Randall, casi cordialmente-. Y, si quieres otro consejo, véndate las manos. En el pantano hay todo tipo de hongos y gérmenes. No nos haría ninguna gracia que cogieras alguna infección, dulce señora mía.
    Por primera vez, se dio cuenta de que tenía las palmas de las manos destrozadas y ensangrentadas. Aquellas heridas la preocupaban mucho menos que aquel apodo con aires pa-ternalistas.
    – Intento ser toda una señora pero, desde luego, no soy dulce, y mucho menos suya.
    Se marchó tras Wilkins.

* * *

    El silencio cayó como una losa sobre los barracones cuando ella entró, siguiendo a Wilkins, una hora más tarde.
    – Ésta es tu litera. -El sargento señaló un catre bajo una de las ventanas con mosquitera-. Mientras estés aquí.
    Se dio la vuelta y se fue.
    Nell intentó ignorar a los hombres que estaban en la ha-bitación cuando se desnudó y se echó sobre el catre. Pero sólo lo intentó, literalmente, ya que no pudo conseguirlo. Sentir aquellos ojos clavados en ella, como si fueran hierros de marcar. ¿Qué estaba haciendo allí?, se preguntó desespe-rada. Era de locos. Tenía que haber alguna otra manera de conseguir hacer lo que quería hacer.
    Ignorarlos. Sí, podía haber otras formas, pero ninguna tan rápida como la que había escogido. Ella había confec-cionado un plan y debía seguirlo.
    Ordenó la ropa y después se volvió hacia el M16 y la pistola que Wilkins le había entregado. ¿Se suponía que de-bía limpiarlas o algo así? En todas las películas de guerra que había visto siempre había una escena donde un pobre nova-to desaliñado era castigado por no limpiar su rifle.
    – ¿Puedo ayudarla?
    Ella se irguió y se dio la vuelta.
    Sólo era un crío. Un alto y desgarbado muchacho de no más de diecisiete años. Su nariz, afilada, estaba totalmente cubiertas de pecas, y sonreía tímidamente.
    – Me llamo Peter Drake. -Se sentó en el catre-. Estaba ahí fuera, viendo cómo escalabas la pared. No creo que al coronel le haya hecho ninguna gracia verte llegar arriba. Pero a mí me ha gustado. Me gusta cuando la gente triunfa -sonrió con un orgullo infantil.
    Infantil. Mientras lo observaba, de repente, sospechó que aquel adjetivo era demasiado apto. Randall debía de ser una especie de malvado demonio para aceptar un chico co-mo éste.
    – ¿De verdad? -le preguntó con amabilidad-. Bueno, triunfar te hace sentir bien.
    Frunció el ceño.
    – Yo no he podido subirla y el sargento se ha enfadado conmigo. El no me gusta.
    – Entonces, ¿por qué no te vas de este lugar?
    – Mi padre quiere que esté aquí. Él fue un soldado, como el coronel Randall. No me aceptaron en el ejército. Dice que aquí me convertiré en un hombre.
    Nell sintió asco.
    – ¿Y qué dice tu madre?
    – Ella ya no está -dijo vagamente-. Yo soy de Selena, Mississippi. ¿Tú de dónde eres?
    – De Carolina del Norte. No tienes acento del sur.
    – No estoy mucho por allí. Mi padre me envía a escuelas, fuera. -Empezó a jugar con las correas de la mochila de Nell-. Me parece que tú no le gustas al coronel. ¿Por qué?
    – Porque soy una mujer. -Hizo una mueca-. Y porque he escalado la empalizada.
    El echó una mirada por el barracón.
    – A algunos hombres tampoco les gustas. El coronel Randall ha venido hace unos minutos y nos ha dicho que, por él, no pasaría nada si ellos te hacían daño.
    No era más de lo que Nell esperaba.
    Peter sonrió de nuevo:
    – Pero yo te ayudaré. No soy muy inteligente, pero sí fuerte.
    – Gracias, pero puedo arreglármelas yo sola.
    El rostro del muchacho se nubló.
    – ¿Quizá piensas que no soy suficientemente fuerte por-que no he podido escalar la empalizada?
    – No es eso. Estoy segura de que eres lo bastante fuerte para hacer cualquier cosa que quieras. -Él aún la miraba con aquella expresión herida. Nell no podía involucrar a aquel niño en su conflicto, pero se sintió como si le hubiera dado una patada a un perrito-. Pero quizá podrías ayudar-me contándome cosas sobre estos hombres. Eso me serviría de mucho.
    – No sé. Apenas hablan conmigo.
    – ¿Quiénes crees que son los que podrían hacerme daño?
    El chico señaló a uno, calvo, muy corpulento, cuatro li-teras más allá.
    – Scott. Él es capaz. A mí me llama tonto del culo.
    – ¿Alguien más?
    – Quizá Sánchez. -Miró intranquilo hacia un pequeño pero fibroso latino que les observaba con una desagradable sonrisa. Y, después, se giró hacia un pelirrojo de unos vein-te años-. Y Blumberg. Un día, en las duchas, empezaron a tocarme, pero se detuvieron cuando vino Scott.
    – ¿Scott los frenó?
    – No, pero ellos no querían que él lo supiera. -Tragó sa-liva-. Dijeron que… lo dejaban para más adelante.
    Si eran homosexuales, quizá Nell no tendría que preo-cuparse ni por Sánchez ni por Blumberg. Pero no, la viola-ción era un crimen violento, no pasional, y ellos habían deseado torturar a aquel chico indefenso. -Creo que deberías irte de aquí, Peter.
    Él negó con la cabeza.
    – A mi padre no le gustaría. Dice que yo soy demasiado blando. Que necesito aprender a enfrentarme a ello.
    ¿Enfrentarse a un abuso y una violación? Debería haber imaginado lo que su hijo tendría que soportar en aquel in-fierno machista. Nell se encendió de ira. No podía hacer nada en ese momento para ayudar a Peter. Incluso lo más probable es que no fuera capaz de ayudarse a sí misma.
    – Tu padre se equivoca. Este no es sitio para ti. Vete a casa.
    – Él me volvería a traer de nuevo -y añadió sin más-: no me quiere allí.
    Maldita sea. Justo lo que no quería, sentir aquella lásti-ma que la desarmaba. Lo miró fijamente, con la frustración de la impotencia, y cambio de tema:
    – ¿Sabes algo de armas?
    El rostro de Peter se iluminó.
    – El primer día nos lo enseñaron todo sobre los rifles. Y cada mañana tenemos prácticas de tiro.
    – ¿Y qué hay de las pistolas?
    – También, sólo un poco. Sé cómo cargarlas y cómo montarlas.
    Ella se sentó en la cama cerca de él.
    – Enséñame.

* * *

    – ¿Has tenido noticias de ella? -preguntó Tanek en cuanto Tania cogió el auricular.
    – Nada. ¿No está en Seattle?
    – No, y Phil dice que tampoco está en Denver. Nuestras suposiciones estaban equivocadas.
    – ¿Piensas que puede estar en Florida?
    – No lo sé. -Se frotó la nuca-. Quizá nos haya dejado pistas falsas. Podría estar en cualquier sitio.
    – ¿Qué vas a hacer?
    – ¿Que qué voy a hacer? Coger un avión a Florida dentro de treinta minutos. Estaré en Obanako a media mañana. Te envío a Phil de vuelta por si acaso aparece por vuestra casa.
    – No es necesario. Yo estaré aquí.
    – Sí lo es -repuso Tanek secamente-. Y cuando aparezca, no irá a ninguna parte antes de que yo hable con ella.

* * *

    Se estaban acercando.
    Los músculos de Nell se tensaron bajo las sábanas al oír movimiento en la oscuridad. Había estado escuchando, es-perando aquel momento desde hacía horas.
    No intentaban disimular, ni ser sigilosos. ¿Para qué tan-ta molestia? Nadie acudiría en su ayuda.
    Excepto Peter. Continúa dormido, Peter. No dejes que te hagan daño.
    Estaban más cerca. Cuatro sombras en la oscuridad. ¿Quién era el cuarto? No importaba. Todos eran el enemigo.
    – Enciende la luz. Quiero verle la cara cuando se la meta.
    Luz.
    Scott. Sánchez. Blumberg. El cuarto de ellos era más viejo, con una cara indescriptible y el pelo muy corto.
    – Está despierta. Mirad, chicos, nos estaba esperando. -Scott se acercó un poco-. No nos gustan las lesbianas que vienen a darnos lecciones, ¿verdad?
    – Largaos.
    – No, no podemos dejarte sola. Queremos enseñarte lo bien que subimos. Imagínate: vamos a subir y bajar tantas veces sobre ti, que mañana no podrás juntar las piernas. -Se humedeció los labios-. Ahora, estate quietecita y haz todo lo que te digamos. No nos gustan las mujeres con uniforme de soldado. Más bien nos molesta. Quítatelo.
    – Dejadla en paz -intervino Peter.
    Estaba sentado en el borde de su litera y parecía más frá-gil y torpe que antes, en camiseta y calzoncillos caqui.
    – Cállate, tonto del culo -ordenó Scott sin tan sólo mi-rarlo.
    – No deberíais hacerle daño. Ella no os ha hecho nada.
    – Si le hacemos daño o no, depende de ella. Todo lo que tiene que hacer es obedecernos, y se lo pasará realmente muy bien -repuso Sánchez.
    – Largaos de una vez -repitió Nell.
    Peter estaba ahora junto a la cama de Nell.
    – No le hagáis daño.
    Estaba asustado, comprendió ella. Podía ver los múscu-los de su cara tensos y un leve temblor en sus manos.
    – Vuelve a tu litera, Peter.
    – Quizás el tonto del culo quiere sumergir su mecha también -dijo Scott-. Pero, no. No es lo suficiente hombre.
    – ¿Crees que eres más hombre por violar a una mujer? -le espetó Nell.
    – Ahora lo verás. -Se inclinó y le arrancó la sábana de un tirón.
    Ella levantó la pistola que había estado sosteniendo y le apuntó directamente a la entrepierna.
    – Lo que veo es que te vas a quedar sin pene si no me de-jáis tranquila.
    Él dio un paso instintivo hacia atrás.
    – Mierda.
    – Saltemos sobre ella -propuso Sánchez-. Vamos a qui-tarle esa pistola y se la meteremos por el coño.
    – Sí, podéis hacerlo -dijo Nell, intentando mantener su voz firme-. ¿Por qué no lo hacéis, Scott? Quizá no me sería posible dispararos a todos. Claro que el primer disparo te convertiría en eunuco, y el segundo sería para Sánchez. Después, estaría apurada y tendría que apuntar a objetivos más grandes, como un estómago o pecho.
    – No lo hará -dijo Blumberg-. Sería asesinato.
    – Y un asesinato es mucho peor que una violación. -La mano de Nell asió con más firmeza aún la pistola-. No lo creo.
    – Te encerrarían y lanzarían la llave.
    – Lo intentarían. -Encontró su mirada y, después, miró a cada uno de los hombres por turno-. Pero lo haré. No de-jaré que nadie me haga daño o me acobarde. Os estáis entrometiendo en mi camino y yo no puedo permitir que eso su-ceda. Si me tocáis, os mandaré al infierno. -Caramba, hablaba como en una película de serie B.
    Los ojos de Scott se abrieron desmesuradamente. Su-surró:
    – Estás jodidamente loca.
    – Posiblemente.
    Retrocedió y se alejó de ella.
    – ¿Vas a dejar que te intimide? -dijo Sánchez.
    – No está apuntando a tu polla -masculló Scott entre dientes.
    – Pero ahora sí. -Nell cambió la posición. Sánchez pestañeó.
    – Has dicho que sería fácil -murmuró el cuarto hombre.
    – Cierra la boca, Glaser -gruñó Scott.
    – No me has dicho que iba a ser así. -Glaser se alejó del catre.
    – Volveremos más tarde. No puedes aguantar despierta toda la noche. -Scott sonrió malévolamente-. En cuanto cierres los ojos, estaremos sobre ti.
    Alargó la mano y apagó la luz.
    Ella respiró hondo. De repente, se sintió sola y vulne-rable.
    La voz de Scott vino de la oscuridad.
    – Eso no lo esperabas, ¿verdad? No puedes mantenerte vigilante para siempre. ¿Qué vas a hacer cuando estemos en el pantano? ¿Crees que a Wilkins le va a importar?
    – Dudo mucho que tengas ganas de violar a nadie cuan-do estemos vadeando el pantano.
    Nell oyó cómo renegaba en voz baja.
    Se iban, comprendió con alivio. Era muy pronto para relajarse, pero el peligro más inmediato había pasado. Se había sentido tan asustada. Aún lo estaba, temblando en la os-curidad.
    – Ya vigilaré yo por ti -dijo Peter.
    Casi se había olvidado del chico.
    – No, vete a dormir. Mañana tendremos un día duro. Necesitarás estar fuerte.
    – Yo vigilaré por ti -repitió, tozudo. Se sentó en el suelo, cerca del catre de Nell, y cruzó las piernas.
    – Peter, por favor, no… -No pudo seguir.
    Ella tampoco tenía la intención de dormir, y estaba cla-ro que no lo podría convencer a él. Bueno, faltaban pocas horas para el amanecer.
    – Estaba asustado -dijo, súbitamente, Peter.
    – Y yo.
    – No lo mostraste.
    – Tú tampoco -mintió Nell.
    – ¿Ah, no? -Parecía contento-. Temía que Scott se diera cuenta. El es como mi padre. Se da cuenta de todo.
    – ¿Eso te dice tu padre?
    – Claro. Dice que un hombre debe enfrentarse a sus errores. Dice que él nunca hubiera llegado a ser alcalde de Selena si no se hubiera enfrentado a sus faltas y las hubiera corregido.
    Estaba empezando a detestar al padre sin rostro de Peter.
    – Tu padre no habría podido ser más valeroso que lo que tú acabas de ser. Habría estado orgulloso de ti.
    Hubo un silencio.
    – No, nunca está orgulloso de mí. No soy listo.
    La llana sinceridad de su respuesta le produjo un escalo-frío de lástima.
    – Bueno, yo sí lo he estado.
    – ¿De veras? -le pregunto ansiosamente-. Y yo también, de ti. -Hizo una pausa-. Eso significa que somos amigos, ¿verdad?
    Nell quería decirle que no. No quería su ayuda ni la res-ponsabilidad que ello representaba. Él se había nombrado aliado suyo en aquella lucha, y más adelante podía sufrir por esa razón. Y ella no quería acarrear ese sentimiento de cul-pabilidad.
    Era demasiado tarde. Nell ya no podía apartarlo de ella.
    – Sí, eso es lo que significa.
    – Les hemos dado una lección, ¿verdad?
    Ella le miró.
    – Sí, realmente. Lo hemos hecho.

* * *

    – ¿Eve Billings? No conozco a nadie con ese nombre -con-testó Randall, suavemente-. Y nosotros no aceptamos a mu-jeres en Obanako, señor Tanek.
    Nicholas le lanzó sobre la mesa una de las fotografías que Tania le había dado.
    – Podría estar usando otro nombre.
    – Una mujer muy guapa. -Randall apartó las fotos-. Pero sigo sin haberla visto.
    – Lo encuentro muy raro. Alquiló un coche en el aero-puerto de Panamá City. -Abrió su bloc de notas de un gol-pe-. Y el número de licencia del Ford aparcado detrás de su oficina es el mismo.
    La sonrisa de Randall desapareció.
    – No nos gusta que la gente meta las narices en nuestro campamento.
    – Y a mí no me gusta la gente que me miente -repuso Ni-cholas, sin levantar la voz-. ¿Dónde está ella, Randall?
    – Ya le he dicho que no está aquí. -Randall hizo unos gestos expansivos-. Eche un vistazo, si quiere. No la encon-trará.
    – Eso será muy incómodo… para usted.
    Randall se puso de pie.
    – ¿Me está amenazando?
    – Le estoy diciendo que quiero que la traiga aquí y que no le gustarán los problemas que voy a causarle si no lo hace.
    – Aquí estamos muy acostumbrados a los problemas. Es para lo que entrenamos a nuestros hombres, para en-frentarlos.
    – Deje de decir estupideces. A las autoridades de Panamá City no les gusta tenerlo instalado frente a su puerta, y sólo esperan la primera ocasión para cerrarle el negocio por acti-vidades ilegales.
    – ¿Qué actividades ilegales? -dijo Randall hecho una fu-ria-. Nadie la ha tocado, maldita sea.
    – Secuestro.
    – Fue ella la que vino a verme. Maldita sea, me obligó a aceptarla. Ella misma se lo dirá.
    – Y yo le diré a todo el mundo que usted la secuestró y después le hizo un lavado de cerebro. Será una gran historia para la prensa. -Nicholas sonrió-. ¿Qué le parece?
    – Me parece que es usted un hijo de puta. -Añadió enfu-rruñado-: ¿Quién es ella? ¿Su esposa?
    – Sí -mintió Tanek.
    – Pues debería mantener a esa zorra en casa y fuera de mi vista.
    – Dígame dónde está y estaré encantado de sacarla de aquí.
    Randall calló un momento y, después, sonrió maliciosa-mente. ¿Y por qué no? Abrió la tapa de su escritorio, sacó un mapa y lo desenrolló.
    – Está de maniobras. Quería comprobar lo dura que po-día ser. No le puedo decir dónde se encuentra en este mo-mento, pero llegará aquí al atardecer -Señaló con el dedo un punto en el mapa-. Siempre acampan en el mismo sitio. Cypress Island. Debería estarme agradecido. Estoy seguro de que tendrá una verdadera alegría al verle después del día que habrá pasado. -Sonrió abiertamente-. Aunque quizás usted no estará tan contento de verla, después de haber teni-do que vadear por el pantano para llegar a la isla.
    – ¿No hay otro acceso?
    – Está en el centro del pantano. La carretera más cerca se encuentra a casi tres kilómetros y medio. -Randall marcó una línea en el mapa-. ¿Lo ve?
    – Lo que veo es que está usted demasiado orgulloso de sí mismo.
    – Si lo prefiere, puede quedarse por aquí y esperar a que vuelvan. Serán sólo otros cuatro días.
    Nicholas cogió el mapa y se dio la vuelta para marcharse.
    – Que tenga buen viaje. Y transmita mis mejores deseos a la señora.
    Ese estúpido estaba empezando a molestarle. Se detuvo a medio camino. No, no tenía tiempo. Qué lástima.
    Salió de la oficina.

* * *

    – ¡Espabila, Billings! -gritó Wilkins mientras avanzaba pe-nosamente por el agua que les llegaba hasta la cadera-. Te estás quedando atrás. No vamos a esperarte.
    Nell ignoró la burla. No se estaba rezagando; había cua-tro hombres por detrás de ella.
    – Los que no puedan mantener el paso, servirán de co-mida a los cocodrilos.
    Otra vez. La táctica del miedo. Nell intentó que Wilkins no viera que funcionaba. Había podido ver a una de esas ho-rribles bestias pocas horas antes.
    – Yo me quedaré a tu lado -le susurró Peter a su espal-da-. No tengas miedo.
    Pero sí, estaba asustada. Asustada, cansada y con unas ganas terribles de salir de aquel horrible lugar. Se había pa-sado al menos siete horas sumergida en agua sucia y fan-go. Las cinchas de la mochila le estaban llagando los hom-bros y…
    Una forma silenciosa y ondulante cruzó el agua cerca de ella.
    Serpientes.
    Ella odiaba las serpientes.
    – Muévete, Billings.
    Se forzó a apartar la vista de aquella amenaza que espe-raba justo bajo la superficie, y se abrió paso a través del agua. Poco a poco. Minuto a minuto. Lo conseguiría. Nin-guna pesadilla duraba eternamente…
    Excepto una.

* * *

    Nicholas aparcó el coche de alquiler a un lado de la carrete-ra y registró su maleta, en el asiento de al lado. Sacó un cu-chillo y un pañuelo blanco. Se lo ató alrededor de la cabeza, para mantener el pelo hacia atrás, y se metió el cuchillo en la cintura de los téjanos. No era exactamente el atuendo reco-mendado para atravesar un pantano, pero serviría, no había más remedio.
    Salió del coche y miró con asco el agua amarillenta, al otro lado de la carretera. Según el mapa de Randall, ése era el punto más cercano a Cypress Island al que podía llegar sin aventurarse en el pantano. Se agachó y aseguró los nu-dos de los cordones de sus zapatillas de tenis. Tendría suer-te si atravesando aquellas aguas fétidas y embarradas no perdía una.
    Odiaba los pantanos. Hubiera sido demasiado pedirle a Nell que escogiera un bonito y limpio campo de supervi-vencia en la montaña, como el de Washington. No, ella tenía que zambullirse en el bochorno y la humedad de un panta-lón repleto de mosquitos, cocodrilos y otros depredadores de dos piernas como Randall. Le gustaría estrangularla.
    Apretó los dientes al saltar al agua y empezó a avanzar por el pantano.

* * *

    – Parece que tenemos un pequeño problema. -Wilkins son-rió al volver vadeando hacia ellos-. Necesito un voluntario.
    Nell le miró, aturdida, sin apenas entender lo que decía.
    – ¿Quién va a ser?
    Estaba convencida de que se volvería hacia ella.
    Pero la mirada de Randall se fijó en Peter.
    – Te presentas voluntario, ¿verdad Drake? Bien. Eres perfecto para este trabajo. Joven y rápido. Ponte delante, a la cabeza del grupo.
    – ¿Qué quiere que haga?
    – Sólo hay un pequeño problema. El camino está blo-queado.
    – De acuerdo. -Empezó a avanzar.
    Nell se puso en tensión. Joven y rápido. ¿Por qué tenía que ser rápido? Se apresuró a seguir a Peter.
    Dios santo.
    Se quedó paralizada.
    Justo frente a ellos, en la rama baja de un ciprés, había una serpiente enroscada, como una guirnalda de colores. No era posible pasar bajo el ciprés sin rozarla.
    – ¿Quieres verlo de cerca, Billings? -preguntó Wilkins, detrás de ella-. Deshazte de esa serpiente, Drake.
    – Espere. -Nell se humedeció los labios-. ¿Qué clase de serpiente es?
    – Es sólo una pequeña serpiente de leche.
    – ¿Y por qué no rodeamos el árbol?
    – Los buenos soldados no huyen de los problemas, los solucionan.
    Serpiente de leche. Sus recuerdos se agitaban. Existía otra serpiente casi idéntica a la de leche. Sólo que la disposi-ción de las rayas era diferente. Recordó vagamente unos versos populares que su abuelo le había enseñado y le había hecho aprender de memoria.
    Pero no podía acordarse ni del verso entero ni de la otra serpiente.
    – Ve por ella, Drake -ordenó Wilkins.
    Peter dio un paso hacia delante.
    La serpiente coral. El otro reptil que se confundía con la serpiente de leche era la coral asesina.
    – ¡Detente!
    Peter la miró por encima de su hombro y le sonrió.
    – No te preocupes, tuve una serpiente como mascota cuando era pequeño. Sólo tienes que cogerlas por detrás de la cabeza y ya no pueden morderte.
    – No lo hagas, Peter. Podría ser venenosa. La serpiente de leche y la coral parecen idénticas.
    – Es una simple serpiente de leche. Mire las rayas amarillas junto a las rojas. Significa que es inofensiva. -La mirada de Wilkins se concentró en la cara de Peter-. Vamos, muchacho.
    Peter avanzó hacia la serpiente.
    Rojo después de negro…
    ¿Por qué no podía recordar los versos?
    – Tranquila -le decía Peter, en voz muy baja, a la ser-piente-. No voy a hacerte daño, preciosa. Sólo quiero apar-tarte del camino.
    Su tono era casi cariñoso, pensó Nell fríamente. Proba-blemente, en cualquier momento, la serpiente le mordería.
    Wilkins observaba, sonriendo.
    No le gusto al sargento.
    Pero Wilkins no sería capaz de poner deliberadamente a un chico como Peter en peligro, ¿o sí? ¿Tan sólo porque lo despreciaba? Quizá la serpiente era realmente inofensiva.
    O tal vez Wilkms estuviera equivocado.
    Rojo sobre negro…
    – ¡No! -gritó Nell.
    Apartó a Peter de un empujón y saltó hacia delante. Co-gió la serpiente por detrás de la cabeza y la lanzó, lo más le-jos posible, con todas sus fuerzas. La serpiente chocó contra el agua tres metros más allá.
    – No deberías haber hecho eso -le reprochó Peter-. El sargento ha dicho que tenía que hacerlo yo.
    – Cállate -repuso Nell entre dientes.
    Probablemente era una serpiente de leche, pero ella no podía permitirse tomar riesgos. Y ahora se iba a marear, se-guro. Aún podía sentir la húmeda frialdad de las escamas de la serpiente en la palma de su mano. Observó, medio aturdi-da, cómo la serpiente surcaba rápidamente el agua, aleján-dose de ellos.
    – El chico tiene razón -dijo Wilkins, impasible-. No era asunto tuyo, Billings.
    – Usted quería un voluntario. -Desesperadamente, Nell intentaba controlar sus estremecimientos mientras volvía a meterse de nuevo en el agua-. Yo me he presentado como tal.
    – No tenías por qué ser tan bruta con el pobre animal -le reprochó Peter cuando se colocó detrás de ella-. Podrías ha-berle hecho daño.
    Y, en la rama de ese otro árbol… ¿Era musgo trepador, o quizás otra serpiente? Sólo musgo.
    – Lo siento.
    – Mi serpiente era verde. No tan bonita como ésa. Ama-rilla, roja y negra… ¿Qué pasa?
    – Nada.
    No era verdad. Nell acababa de recordar el verso com-pleto.
    Rojo sobre negro, carece de veneno.
    Rojo sobre amarillo, mata al primer mordisco.

Capítulo 9

    Llegaron a Cypress Island una hora antes de la puesta de sol. Más que una isla, parecía un banco de arena cubierto de musgo, pero eso no importaba. Era tierra firme, seca y a Nell le pareció fantástico mientras salía tambaleante del agua.
    – Hola -dijo Tanek.
    Nell se quedó helada un instante por la impresión.
    Estaba ahí, sentado bajo un ciprés, sobre la tierra mus-gosa.
    – Perdona que no me levante. No me siento con ganas de ser bien educado, en estos momentos. Incluso podría decir que estoy un poco irritado contigo.
    Estaba más que irritado, pensó Nell. Saltaba a la vista. Estaba embarrado, mojado y de muy mal humor.
    – ¿Qué haces aquí?
    – Podría preguntarte lo mismo.
    Wilkins la apartó a un lado.
    – Aquí no se le ha perdido nada. Además, ¿quién es usted?
    – Parece que no soy el único que no tiene ganas de mos-trarse bien educado. -Tanek se levantó-. ¿Y usted es…?
    – Sargento George Wilkins.
    – Nicholas Tanek. -Hizo un gesto hacia Nell-. He veni-do para llevarme a la señora.
    Wilkins frunció el ceño.
    – ¿Le envía Randall?
    – Me dijo dónde podía encontrarla.
    – Pues está bajo mis órdenes y no puede ir a ningún lado -contestó Wilkins, para sorpresa de Nell-. Además, no ten-go ninguna orden escrita de entregársela a usted.
    – Ya empezamos -suspiró Tanek.
    – No voy a irme contigo -intervino Nell.
    Tanek inspiró profundamente, y ella casi pudo oír cómo contaba hasta diez. Después, se dio la vuelta y se alejó de la columna de hombres.
    – Necesito hablar contigo.
    – Ella no tiene tiempo para hablar. -La mandíbula de Wilkins se tensó-. Debe ayudar a montar el campamento.
    Tanek le lanzó una mirada. Y dijo muy suavemente:
    – Estoy hablando con la señora. No moleste.
    Wilkins vaciló un instante, y se encogió de hombros.
    – Hable todo lo que quiera, pero no se la va a llevar. -Se volvió y gritó-: Scott, ven conmigo.
    – ¿Va todo bien? -Peter frunció el ceño, inquieto.
    – Perfectamente -le tranquilizó Nell, mirándolo por en-cima del hombro mientras seguía a Tanek-. Ahora mismo vuelvo.
    Tanek se encaró a ella tan pronto estuvieron lejos del ra-dio de escucha de los otros.
    – Esto es una locura. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
    – Es necesario.
    – Es peligroso.
    – Dijiste que no era rival para Maritz ni para Gardeaux.
    – Ya sé lo que dije. ¿Y crees que dando zancadas por un pantano te vas a convertir en mejor rival para ellos?
    – Puede que ayude. Estoy aprendiendo otras cosas. Nunca había manejado una pistola hasta ayer.
    La observó, desalentado.
    – Mírate -le limpió con la mano una mancha de barro que tenía en la mejilla-. Estás absolutamente empapada y embarrada y… en cualquier momento, caerás extenuada.
    – No, no lo haré.
    Tanek tensó los labios.
    – No, no lo harás. Simplemente, seguirás adelante hasta que no quede nada de ti.
    – Exactamente. -Le miró a los ojos-. Si no me ayudas a capturar a Gardeaux y a Maritz, tengo que hacerlo yo sola. Por eso estoy aquí.
    Tanek no dijo nada, pero ella podía sentir su rabia y exasperación, vibrando entre ambos como un ente vivo.
    – Maldita sea -dijo suavemente-. Deja ese rifle y la mo-chila. Ya no los necesitarás más. Te vienes conmigo.
    – Te he dicho que me quedo.
    – Te ayudaré a atraparlos -continuó con aspereza-. Eso es lo que quieres, ¿no?
    Una chispa de excitación recorrió a Nell.
    – Sí, eso es lo que quiero. ¿Me das tu palabra?
    – ¡Pues claro que sí! Hasta el punto de utilizarte como cebo para Gardeaux. Si eso te hace feliz.
    – Sí. -Hizo resbalar el rifle de su hombro, lo dejó sobre el suelo y luego se liberó de la mochila-. Haré todo lo que haga falta. -Respiró profundamente y movió los hombros para desentumecerlos. Se sentía como si se hubiera sacado de en-cima una pesada carga, en más de un sentido-. Vámonos.
    – ¿Qué estás haciendo? -Wilkins se acercó adonde ellos estaban-. Ésta no es manera de tratar el arma, Billings.
    – Me voy.
    – Y una mierda.
    – ¿Por qué le importa tanto? De todas maneras, usted me quería lejos de aquí.
    – Eres un mal ejemplo para los otros hombres. No has sido formalmente relevada por el coronel.
    Vaya un dilema…
    – Me voy -dijo dándose la vuelta.
    Él la agarró por el brazo.
    – Ya lo decía yo: mujeres. Las cosas se ponen mal y ellas huyen como…
    – Suéltela -intervino Tanek con calma.
    Wilkins lo miró, sin soltar el brazo de Nell.
    – Que te den por el culo.
    Tanek sonrió.
    – Vaya, no sabe usted lo feliz que me hace que haya dicho eso. -Dio un paso adelante, alzó la mano y soltó un gol-pe de karateka en el corto cuello de Wilkins-. O incluso lo que me he divertido haciendo esto.
    Wilkins puso los ojos en blanco, y se desplomó sobre el suelo.
    La mirada de Nell fue rápidamente hacia la cara de Tanek.
    – Te lo has pasado bien.
    – Puedes apostar por ello. -Sonrió con fiereza-. Sólo me lo habría pasado mejor si hubiera golpeado tu cuello. -Se dio la vuelta y saltó del islote al agua-. Vámonos, tardare-mos un par de horas en llegar hasta el coche a través de este terreno desastroso, y muy pronto se hará de noche.
    – Ya voy -repuso, empezó a caminar y se paró. Miró hacia atrás. Peter la observaba, entre desconcertado y des-valido.
    No había sitio para él en su vida. Sólo sería un obstácu-lo. Tanek le había prometido lo que quería y lo que menos necesitaba ahora era cualquier impedimento.
    – ¿Adonde vas? -preguntó Peter.
    Parecía terriblemente solo.
    Y en el grupo de hombres de detrás estaba Scott y aque-llos otros bastardos.
    – Espera -le dijo a Tanek, y dio unos pasos hacia Peter-. Vente conmigo.
    El la miró, dudando.
    Le cogió la mano.
    – Todo irá bien. Ahora es mejor que vengas conmigo, Peter.
    – A mi padre no le gustará, ¿no?
    – No te preocupes por él. Ya lo arreglaremos. Tú no quieres estar aquí, ¿verdad?
    Inmediatamente, Peter asintió con la cabeza.
    – Es un mal sitio. Y no quiero estar aquí si te vas.
    – Entonces, tira la mochila y el arma y vente conmigo.
    – El sargento dice que nunca debemos separarnos del rifle.
    – ¡Nell! -Tanek la llamaba.
    Tiró de la mano de Peter.
    – Debemos irnos ahora mismo.
    Él aún la miraba, tembloroso.
    – ¿Por qué te llama Nell? Tú te llamas Eve.
    – Mucha gente utiliza más de un nombre. -Controló su impaciencia y le dijo con calma-: Somos amigos, Peter. De-bes confiar en tus amigos. Sería bueno que vinieras conmigo.
    Una sonrisa iluminó su rostro con dulzura.
    – Amigos. Es cierto, no me acordaba. -Dejó su rifle en el suelo y se sacó la mochila de la espalda-. Los amigos deben estar juntos.
    Nell soltó un leve suspiro de alivio y se acercó a Tanek.
    – El se viene con nosotros.
    – Ya lo sospechaba. ¿Alguien más?
    Ignorando el sarcasmo, Nell saltó al agua.
    – Vamos, Peter.
    Tanek iba abriendo camino por el agua, y Peter lo miró con el ceño fruncido, receloso.
    – ¿Está enfadado conmigo?
    – No, sencillamente es su manera de ser.

* * *

    Se movieron con rapidez durante la primera hora y media, pero al empezar a caer la noche, su marcha aminoró.
    El pantano era todavía más temible y amenazador en la oscuridad. Cada chapoteo era un peligro desconocido, cada brazada una alarma. Nell mantenía la mirada fija en el brillo apagado de la camiseta blanca de Tanek, lejos de los árboles forrados de musgo.
    – La carretera está justo ahí delante -les dijo, hablando por encima del hombro mientras esquivaba ágilmente unos árboles y conseguía subir a tierra firme-. El coche está aparcado a pocos metros de aquí.
    Nell suspiró aliviada. Aquella odisea estaba a punto de acabar.
    Pero todavía no.
    Tanek estaba de pie en mitad de la carretera, renegando, cuando ella y Peter, después del esfuerzo por salir del agua, llegaron hasta él.
    – ¿Pasa algo?
    – El coche no está aquí.
    – ¿Alguien lo ha robado?
    Miraba a su alrededor.
    – No, este árbol de la lluvia no me es familiar. Debo ha-ber dibujado un ángulo erróneo. -Frunció el ceño-. El mal-dito coche debe de estar en algún lugar cerca de aquí.
    Nell le miraba fijamente, asombrada.
    – ¿Has perdido el coche?
    Tanek la miró con fiereza.
    – No lo he perdido. Intenta calcular una línea recta en el pantano en medio de la oscuridad… -Nell empezó a reírse-. ¿Qué demonios te parece tan divertido?
    No estaba segura. Debía de estar medio mareada por el cansancio y su indignación y resentimiento le parecían hila-rantes.
    – ¡Has cometido un error! Quizá no seas Arnold Schwarzenegger. Él jamás se habría, perdido en un pantano.
    – ¿Schwarzenegger? -Tanek frunció el ceño-. ¿De qué demonios estás hablando? -Y, sin esperar la respuesta, aña-dió-: Y no me he perdido. He errado en los cálculos. -Con-tinuó caminando por la carretera.
    – Parece que también está enfadado contigo -dijo Pe-ter-. Quizá sería mejor ayudarlo a encontrar el coche.
    – Sí, será mejor.
    Cualquier atisbo de diversión se desvaneció al empezar a caminar detrás de Tanek. Las botas de Nell escupían agua a cada paso, y la ropa le colgaba pesadamente sobre su cuer-po. La promesa de un largo paseo en aquella carretera de-sierta no era demasiado atractiva.
    Encontraron el coche a más de un kilómetro y medio al norte del punto en que habían salido del pantano.
    – No digas ni una palabra -le advirtió rápidamente Ta-nek mientras abría una de las puertas de atrás y se sentaba al volante-. Estoy mojado, estoy cansado y de peor humor que nunca.
    – Ya te he dicho que estaba enfadado -susurró Peter. Y se acomodó en el asiento de atrás.
    Nell se sentó delante, junto a Tanek. Y no pudo resistir-se a soltar la puntilla final.
    – ¿Tienes las llaves?
    Nicholas se tensó.
    – ¿Crees que sería tan descuidado para extraviarlas?
    – Bueno, ya has perdido el… -Se detuvo al ver su mira-da-. No, creo que no.
    Puso el motor en marcha.
    – ¿Adonde vamos?
    – A Panamá City, al primer motel que quiera acoger a tres personas que tienen el mismo aspecto y desprenden el mismo hedor que si se hubieran revolcado en un vertedero.
    Peter se rió.
    – ¿Por cierto, quién es este chico? -preguntó Tanek.
    – Me llamo Peter Drake.
    – Éste es Nicholas Tanek, Peter. -Nell se acomodó en el asiento y estiró las piernas hacia delante-. ¿Por qué no in-tentas echar una cabezadita?
    – Tengo hambre.
    – Conseguiremos algo para comer cuando lleguemos a la ciudad.
    – ¿Pollo?
    – Si te apetece.
    – ¿Kentucky Fried Chicken? Es el mejor.
    Nell asintió.
    – Kentucky Fried Chicken.
    Peter sonrió satisfecho y se dejó caer en el asiento pos-terior.
    – Ni siquiera sé si habrá un Kentucky Fried Chicken en Panamá City -murmuró Nicholas.
    – Si no lo hay, comeremos cualquier otra cosa. Peter no es difícil.
    – Toda esta situación es difícil.
    – ¿Podemos hablar sobre esto más tarde? -le pidió en voz baja-. A no ser que pienses hacer bajar al chico del coche.
    Tanek le echó un vistazo por el espejo retrovisor. Se ha-bía acurrucado cómodamente en la parte de atrás.
    – No.
    – Lo has hecho bien con Wilkins. Como en una película de artes marciales. ¿Karate?
    – Taekwondo.
    – ¿Me enseñarás?
    – De eso también podemos hablar más tarde.
    Nell se preguntaba si debía presionarlo, pero decidió que ya había ganado su merecido por aquel día. Apoyó la cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos. El zumbido del motor y el suave desplazamiento del coche eran agradables. Por primera vez desde hacía días se sintió segura.
    Estaba a punto de dormirse cuanto Tanek habló de nuevo.
    – ¿Por qué ese maldito agujero del infierno? -le pregun-tó bruscamente-. Obanako tiene que ser el peor campo de su clase en todo el país. ¿Creías que iba a ser como unas vacaciones en Florida?
    – No.
    – Entonces, ¿por qué no Denver o Seattle?
    Nell vaciló. No le iba a gustar nada la verdad. De cual-quier forma, se lo dijo.
    – No parecían suficientemente terribles. -Tanek la miró fijamente, incrédulo-. Yo te necesitaba -continuó, llana-mente-, y tenía que demostrarte que haría cualquier cosa para cazar a Gardeaux y a Maritz.
    Tanek guardó silencio durante un momento.
    – Vaya, así que era eso. Una trampa. Estabas segura de que yo iría a buscarte.
    – No, pero esperaba que lo hicieras. Te sentías lo sufi-cientemente culpable para recorrer cierta distancia para dar conmigo, sólo para protegerme. Pensé que era probable que no dejaras que me las apañara sola.
    – Ya. Por eso las llamadas telefónicas.
    – Kabler dijo que Phil podía acceder casi a cualquier ar-chivo. Tenía que dejarte una pista.
    – Y colocarte en una situación que sabías que me obliga-ría a hacer algo -dijo fríamente-. No me gusta que me ma-nipulen, Nell.
    – Te necesito -repitió Nell-. He tenido que hacerlo. Y me traía sin cuidado si te enfadabas.
    – No te hubiera traído sin cuidado si hubiera decidido no seguir tus planes.
    – Tú no harías eso. Tania dice que siempre mantienes tu palabra.
    – Tania nunca ha intentado manipularme. -Hizo una pausa-. ¿Qué hubiera pasado si yo no te hubiera seguido?
    – Pues habría permanecido en el campo entrenando e in-tentando aprender todo lo que pudiera.
    – Y exponiéndote a ser violada, o a morir por insolación o por agotamiento.
    – No habría muerto.
    – No. Te crees capaz de caminar sobre las aguas.
    – Esta conversación no tiene sentido -dijo Nell sin contem-placiones-. No ha pasado nada y ya no estoy en aquel campa-mento. Tenemos que seguir hacia delante. La única razón por la que te lo he contado es porque no quería empezar con false-dades. Odio las mentiras. -Volvió a cerrar los ojos-. Voy a echar una cabezada. Despiértame cuando lleguemos al motel.

* * *

    – Ya puedes bajar del coche.
    Nell miró a Tanek con los ojos medio entreabiertos.
    – ¿Qué?
    Tanek la agarró del brazo y la sacó del coche.
    – La puerta de tu habitación está a sólo dos metros y me-dio. Ve y desmáyate o entra en coma allí.
    Nell sacudió la cabeza para aclararse.
    – ¿Dónde estamos?
    – En el motel Best Western. -Abrió la puerta de la habi-tación, empujó a Nell al interior y encendió la luz-. Cierra con llave.
    – ¿Y Peter?
    – Sólo tenían dos habitaciones. Se quedará conmigo. Dos puertas más abajo.
    – No, tendrá miedo. No puedo…
    – Yo me ocuparé de tu polluelo -le contestó con aspere-za-. Dúchate y vete a dormir.
    – Comida. Le prometí un Kentucky…
    – He dicho que me ocuparé de él. -Y cerró la puerta de un golpe.
    Nell se quedó mirando torpemente hacia la puerta antes de volverse. Era la típica habitación impersonal de un motel. Una cama, una mesa y dos sillas frente a la ventana que daba sobre el aparcamiento. Los muebles estaban un poco gasta-dos, y la colcha grisácea que cubría la cama medio descolo-rida, pero limpia.
    Más limpia que ella.
    Miró con avidez la cama doble antes de dirigirse trope-zando hacia el baño.
    Se sintió mejor después de ducharse con agua caliente y lavarse el pelo. Dirigió una mirada al sucio montón de ropa de camuflaje que había dejado en el suelo. No tenía con qué lavarla pero, en cualquier caso, no abrigaba deseo alguno de volverla a ver otra vez. Lavó su ropa interior y la extendió sobre el toallero antes de salir del lavabo y meterse en la cama. Todavía llevaba el pelo mojado, pero hundió la cabe-za en la almohada.
    Su abuela lo hubiera desaprobado, pensó, soñolienta. Siempre decía que Nell se moriría de una pulmonía si se iba a la cama con el pelo húmedo…

* * *

    Allá vamos, abajo, abajo…
    ¡Jill!
    No era Jill. Sólo otra pesadilla. Se incorporó en la cama, con las mejillas cubiertas de lágrimas. Maldita sea, creía es-tar demasiado exhausta para poder soñar, pero…
    Fue al baño y se bebió un vaso de agua. Le temblaba la mano.
    Tenía que volver a la cama e intentar dormir. Tanek iba a ayudarla y eso significaba que debía estar descansada y en forma.
    Pero si se volvía a dormir, soñaría de nuevo.
    Iba a ser una noche muy larga.

* * *

    Tanek golpeó la puerta a las ocho de la mañana siguiente.
    Nell cogió la sábana y se envolvió en ella antes de ir a abrirle.
    – Muy atractiva. -Llevaba una bolsa en la mano, con la inscripción «Pelican Souvenir Shop» impresa en el lateral-. Pero creo que estarás más cómoda con esto. Pantalones cor-tos y una camiseta. La tienda de regalos del final de la calle es lo único que está abierto a estas horas.
    – Gracias. -Se hizo a un lado para permitirle entrar-. ¿Dónde está Peter?
    – Poniéndose la ropa que le he comprado.
    – ¿Está bien?
    Tanek asintió.
    – Ha dormido como un tronco. Se acaba de comer una docena de bollos de crema y unos tres litros de zumo de na-ranja. Lo único malo que puede pasarle es un empacho. -Mostró la bolsa que llevaba en la otra mano-. Café. ¿Cómo lo tomas?
    – Con leche. Siéntate. Me vestiré en un minuto. -Se apresuró hacia el lavabo.
    Se puso rápidamente la ropa interior que había lavado la noche anterior y abrió la bolsa. Unos tirantes elásticos ver-des. Unos bermudas púrpura y una camiseta de manga cor-ta con un flamenco rosa estampado. Bueno, al menos estaba todo limpio y era suave al tacto.
    Cuando Nell salió del baño, Tanek estaba sentado a la pequeña mesa, bajo la ventana y había colocado una enorme taza llena de café frente a la otra silla, vacía.
    – Bébetelo. Tenemos que hablar.
    Ella le miró con cautela mientras se sentaba y se tomaba el café.
    – ¿Crees que necesito una dosis de cafeína para oír lo que tengas que decirme?
    – Creo que necesitas una dosis de algo. Mírate, pareces un fantasma. ¿No has dormido?
    Bajó la mirada hacia la taza.
    – Algo -tomó un sorbo de café-. Habla.
    – Va a ser a mi manera. Absolutamente a mi manera. Mantendré mi palabra, pero no voy a permitir que tú te pre-cipites y consigas que me maten. Yo me encargaré de pla-nearlo y tú harás lo que yo diga.
    – De acuerdo. -Tanek la miró sorprendido-. No soy es-túpida. Sé que no será fácil. Mientras entienda la razón por la que haces las cosas, no te discutiré nada.
    – Asombroso.
    – Pero no quiero que me mantengas alejada, y no permi-tiré que me engañes.
    – Te aseguro que contaré contigo. -Hizo una pausa-. Si aún quieres hacerlo cuando esté listo para actuar.
    – Seguro que querré. -Dio otro sorbo al café-. Es la úni-ca cosa que deseo.
    – Hay que darle tiempo al tiempo para conseguir…
    – ¿Tiempo al tiempo? -Su mirada se volvió hacia la cara de Tanek-. ¿De qué estás hablando?
    – No voy a estar listo para entrar en acción hasta fines de diciembre.
    – ¿Diciembre? Estamos en septiembre solamente.
    – Y llevo planeándolo desde abril.
    – Es demasiado.
    – Es la manera más segura.
    – Diciembre. -Intentó recordar todo lo que había leído sobre Gardeaux-. Las fiestas renacentistas.
    – Exactamente. Una manera perfecta de infiltrarse.
    – Habrá una muralla de guardias alrededor de la mansión.
    – Incluido a Maritz -sonrió-. Maritz, Gardeaux y va-rios cientos de invitados que nos ayudarán a pasar desaper-cibidos.
    – Eso no sirvió de nada en Medas.
    La sonrisa de Tanek desapareció.
    – No, pero esta vez no iremos a ciegas.
    La mano de Nell asió con fuerza la taza.
    – No quiero esperar.
    – A mi manera.
    – Son tres meses, maldita sea.
    – Que puedes emplear en ponerte a punto.
    – ¿Cómo?
    – Lo discutiremos más adelante. Pero puedes apostar que no será arrastrándote por un pantano. -Vaciló un ins-tante-. Ni lanzando serpientes de coral por ahí.
    Nell se quedó inmóvil.
    – Peter te lo ha dicho.
    – Me contó lo suficiente sobre tu corta estancia en el campamento y sobre ese «nada» que pasó allí. -Se puso en pie-. Tenemos reserva en el vuelo a Boise, que sale a las once. Ayer noche llamé a Tania, pero ahora necesito hacer otras llamadas.
    – ¿Boise?
    – Volaremos hasta Boise y después alquilaremos una avioneta para ir a Lasiter. Mi rancho está a unos ochenta ki-lómetros al norte. Quiero que estés donde yo pueda verte. No deseo pasar por esto de nuevo, sólo porque hayas deci-dido que voy demasiado despacio.
    – ¿Y Peter?
    Tanek, ya en la puerta, se volvió hacia Nell.
    – ¿Qué quieres decir? Tiene una casa. Me ha dicho que su padre es el responsable de él.
    – Su padre fue quien le envió a aquel sitio. Y podría en-viarlo de nuevo.
    – O quizá no. ¿Por qué te importa? Sólo será un estorbo en la gran gesta de tu venganza. Creía que eso era lo único que te importaba.
    – Has pasado el tiempo suficiente con él para comprobar que no es normal.
    – Quieres decir que es un poco retrasado, ¿verdad?
    – Quiero decir que tiene la mentalidad de un niño. Es… una criatura indefensa.
    Tanek la miró directamente a los ojos y repitió delibera-damente:
    – ¿Y por qué te importa tanto?
    Nell perdió los nervios.
    – ¡Porque sí! Me importa, maldita sea. ¿Crees que yo quería asumir esa responsabilidad? No. Simplemente, suce-dió. El me ayudó y ahora no puedo abandonarlo. Su padre no lo quiere. Es el alcalde de una ciudad pequeña en Mississippi y piensa que Peter es una vergüenza para él. No per-mitiré que lo vuelva a enviar allí.
    – Ya pensé que no serías capaz. También he hecho una reserva para él en el avión.
    Nell abrió los ojos como platos.
    – ¿De verdad?
    – Pero no quiero que puedan acusarme de secuestro. Pe-ter sólo tiene diecisiete años. Una de las llamadas que tengo que hacer es a su padre.
    – ¿Crees que puedes convencerlo para…?
    – Le convenceré. Le explicaré que, si nos causa cualquier problema, contaremos una bonita historia a todos los perió-dicos, describiendo cómo un honorable alcalde envió a su hijo retrasado mental a Obanako para librarse de él. E in-cluso podríamos acompañarla de una foto del campamento. -Sonrió sarcástico mientras abría la puerta-. ¿No le dijiste al chico que lo arreglaríamos? ¿Para qué vivo yo, excelencia, sino para satisfaceros?
    – Tanek.
    – ¿Sí?
    – Gracias. Sé que puede ser una molestia para ti.
    – No permitiré que sea una molestia. -Sus miradas se cruzaron-. Y no lo estoy haciendo por ti. La mayoría de adultos pueden cuidar de sí mismos, pero me pongo real-mente enfermo cuando alguien se mete con los niños.
    – ¿Como Tania?
    – Tania nunca estuvo indefensa, ni siquiera cuando era más joven. -Y añadió deliberadamente-: No. Como Jill. Si me lo permites, me aseguraré de cazar a Maritz y de que tar-de mucho, mucho tiempo en morir.
    Lo decía de verdad. Nell sintió un feroz impulso de ale-gría al comprender que a Tanek no le movía únicamente un sentimiento de culpabilidad. Estaba indignado, ultrajado, y quería vengar a Jill porque era justo y correcto. Ya no esta-ba sola. Nell movió la cabeza. -Soy yo la que debe hacerlo.
    Tanek asintió cortésmente y salió de la habitación. Tres meses era mucho tiempo. Demasiado. Además, tenía que permanecer en un lugar seguro. No podía arriesgarse a ser asesinada antes de que muriera Maritz. Tanek era parte del mundo de Gardeaux y conocía los peligros. Habría actuado mucho antes si hubiera pensado que tenía una oportunidad. Tres meses.
    Que puedes emplear en ponerte en forma. Si no podía convencer a Tanek para moverse antes, así sería como pasaría su tiempo. Poniéndose a punto. Quizás él pensaba que, teniéndola aislada en la naturaleza, su fuer-za de voluntad y su determinación menguarían. Pero eso no iba a suceder.
    Peter entró en la habitación de Nell cinco minutos des-pués. Iba vestido con unos pantalones cortos caqui y una camiseta con un cocodrilo que sonreía temiblemente y llevaba una gorra de baloncesto de los Braves. El muchacho llevaba puesta una gorra exactamente igual, de medio lado. Los ojos le brillaban de excitación.
    – Nos vamos al rancho de Nicholas. ¿Te lo ha dicho?
    – Sí, me lo ha dicho.
    Peter se sentó de un salto sobre la cama.
    – Tiene caballos y ovejas, y un perro que se llama Sam.
    – Qué bonito.
    – Nunca he tenido un perro. A mi padre no le gustan los ladridos.
    – Sólo una serpiente.
    Él asintió.
    – Pero Nicholas dice que hay otros perros en el rancho. Perros ovejeros que vigilan los rebaños. Me ha dicho que Jean me dejará ver cómo llevan las ovejas de vuelta a los establos.
    – ¿Quién es Jean?
    – Su capataz. Jean Etch… -se detuvo-. Algo. No me acuerdo.
    Nell sonrió indulgente.
    – Pero te acuerdas de que su perro se llama Sam.
    – No, ése es el perro de Nicholas, un pastor alemán. Y no vigila ovejas. Los que las guardan son collies.
    Peter sabía ya más que ella de la vida privada de Nicholas, observó Nell divertida.
    – Me sorprende que no le preguntaras sus nombres tam-bién.
    – Esto fue ayer noche. Nicholas me dijo que cerrara la boca y me fuera a dormir.
    Al recordar de qué humor estaba Tanek la noche ante-rior, Nell se sorprendió de que hubiera contestado a todas aquellas preguntas de Peter. O de que éste hubiera tenido el coraje de hacérselas.
    – Estoy segura de que Nicholas no quería ser antipático.
    – ¿Antipático? -la miró desconcertado-. ¿Quieres de-cir… como enfadado? No, ya no estaba enfadado. Sólo que quería irse a dormir.
    Y Tanek había sido, evidentemente, muy paciente con Peter. Una cualidad que no le había visto manifestar antes.
    – ¿Y no te importa dejar tu casa?
    La sonrisa de Peter se entristeció un poco, y desvió la mirada.
    – No me importa. Prefiero estar contigo y con Nicholas.
    – Peter… Yo no puedo prometerte que… Puede que no… -Se contuvo al ver su expresión.
    – Lo sé -repuso tranquilamente-. Puede que no queráis que esté con vosotros mucho tiempo. No te preocupes.
    – Yo no he dicho… Las cosas son complicadas. Puede que tenga que marcharme.
    – No te preocupes -repitió-. Todo el mundo se marcha. O hacen que me marche yo. -Nell le miró fijamente, con impotencia-. Pero que no sea enseguida, por favor. No an-tes de que vea a los perros, ¿vale?
    Maldita sea. Nell tragó saliva y volvió la cabeza para no tener que verle.
    – No, no será enseguida. -Tres meses. El tiempo era algo tan relativo… Lo que para ella era una eternidad, podía pasar volando para Peter. Se esforzó por sonreír-. Puede que po-damos planear algo para ti, cuando yo tenga que marcharme.
    – Puede. -De repente, Peter sonrió de nuevo-: ¿Te gusta mi gorra y mi camisa? Le dije a Nicholas que me gustaban los Braves.
    – Es una gorra fantástica, y una camiseta magnífica. -Se dirigió hacia la puerta-. Vamos a buscar a Nicholas.

* * *

    – ¿Qué has averiguado de Simpson? -le preguntó Nicholas en cuanto Jamie respondió al teléfono.
    – Todavía está desaparecido. Han registrado su aparta-mento. Y también he averiguado que su fulana huyó de Pa-rís hace dos días.
    – ¿Recibiste las copias de los documentos que te envié?
    – Ayer.
    – Quiero que los verifiques.
    – ¿Los libros de contabilidad? Creía que habías dicho que no nos servían de nada sin…
    – No los libros de cuentas, el documento sobre Medas. Si es exacto, quiero que lo investigues a fondo.
    – ¿Vas a decirle a Nell lo que descubriste?
    – No, desde luego. Ni hablar.
    – Si descubre lo que ocultas, tendrás que enfrentarte a su ira.
    Eso estaba clarísimo, pero no podía arriesgarse al estalli-do de cólera de Nell si ésta descubría lo que había en el do-cumento de Simpson.
    – Tú limítate a continuar con ello. -Alguien llamó a la puerta-. Tengo que colgar. Si descubres algo más, llámame al rancho. -Colgó el auricular-. Adelante.
    Peter y Nell entraron en la habitación. Parecían dos fu-gados de Disney World. Ambos tan condenadamente vul-nerables. Ojalá pudiera esposarlos y encerrarlos tras unos barrotes para mantenerlos seguros. ¿Cómo diablos se había metido en esto?
    – Estamos listos. -Nell hizo una mueca-: Bueno, eso si es que nos dejan subir al avión con esta facha.
    La mirada de Nicholas se paseó desde aquellas delgadas y bien formadas piernas hasta los pechos, que se adivinaban bajo el suave tejido de la camiseta. Sintió una oleada de ca-lor que le resultó familiar.
    Por Dios, ahora no. Con esa mujer no.
    Les dio la espalda bruscamente, y se agachó para coger su petate de debajo de la cama.
    – Oh, desde luego que os dejarán subir al avión. -Se di-rigió hacia la puerta-. Pero el auxiliar de vuelo os querrá re-galar unas orejas de Mickey Mouse y un libro para colorear a cada uno.

Capítulo 10

    – ¿Otro cercado? -preguntó Nell a Tanek cuando éste salió del jeep para abrir de nuevo un portón-. Es el tercero. Real-mente, confías en la seguridad.
    – Creo en seguir vivo. Es el último. -Tecleó la combina-ción de la cerradura electrónica del portón, que vibró rui-dosamente al abrirse-. Está electrificado y rodea la casa y el establo. -Miró a Peter, en el asiento de atrás-. Aléjate de la valla, Peter. Podrías recibir una descarga.
    Peter frunció el ceño.
    – ¿Esto hace daño a los perros?
    – Sam sabe perfectamente que no debe acercarse, y el ga-nado y las otras dependencias están en otra zona, en el exte-rior. La cerca rodea exclusivamente la casa. El rancho donde realmente se trabaja es el Barra X, a varios kilómetros al norte.
    – Entonces, vale. -Peter miró ansiosamente por la venta-na-. Me parece que todo esto es… fantástico.
    Nell comprendió lo que quería decir Peter. A lo lejos, las montañas de Sawtooth se elevaban majestuosas pero, hasta donde la vista podía llegar, la tierra era plana y solitaria. Aunque no producía sensación de desolación. Había algo… allí, esperando.
    – Tienes mucho espacio, aquí.
    – Sí. Soñaba con tener espacio cuando estaba en Hong Kong. Con toda aquella gente… prácticamente me asfixiaba.
    Creo en seguir vivo.
    Nell estudió el rostro de Tanek mientras éste se metía otra vez en el coche. Había hablado con normalidad, disten-dido, y recordó aquel momento, en el aeropuerto, cuando Reardon le dijo que a Tanek no le gustaba coger taxis. La supervivencia era una forma de vida para él, y a Nell nunca le había parecido tan obvio como en ese momento, viendo aquella fortaleza de la que él se había rodeado.
    – Debes sentirte muy seguro aquí -le dijo en voz baja-. Te has convertido en inexpugnable.
    – Nunca eres inexpugnable. Sencillamente, lo hago lo mejor que puedo. -Atravesaron el portón que se cerró auto-máticamente detrás de ellos-. No es probable que puedan forzar los cercados o el portón, pero un helicóptero con lan-zamisiles podría borrarme del planeta sin ningún problema.
    – ¿Lanzamisiles? -sonrió Nell-. Eso suena un poco a paranoia.
    – Quizá. Pero podría ocurrir si alguien se empeñara lo suficiente. Y los reyes de los cárteles de la droga sudameri-cana son muy decididos.
    – Entonces, ¿qué puedes hacer para protegerte?
    Él se encogió de hombros.
    – Nadie vive eternamente. Si no es un misil, puede que me pille un tornado. Si haces todo lo que puedes, te creas una seguridad relativa. -La miró un instante-. De otras maneras, hay que vivir cada momento como si fuera el último.
    Aparcó el jeep frente a la casa y salió de un salto.
    – ¡Michaela! -gritó.
    – Estoy aquí. No hace falta que grites de esa manera. -Una mujer alta y delgada, de entre cuarenta y cincuenta años, salió de la casa. Llevaba puestos unos téjanos y una ca-misa holgada muy sencilla, pero aun así le quedaban muy elegantes-. He oído el timbre cuando se ha abierto el portón del cercado. -Su mirada se dirigió hacia Nell y Peter-. Tie-nes invitados. Bienvenidos. -Sus maneras eran de una for-malidad casi extranjera.
    Nell la miró fijamente. Los rasgos de aquella mujer eran fuertes y marcados, y tenía una serenidad casi egipcia.
    – Michaela Etchbarras -dijo Tanek-. La podría presen-tar como mi ama de llaves, pero no sólo lleva la casa sino que hace que funcione todo el resto por aquí. -Ayudó a Nell a salir del jeep-. Nell Calder. Peter Drake. Se quedarán un tiempo.
    – ¿Y tú? -le preguntó la mujer a Tanek. Él asintió-. Así me gusta. Sam te ha echado de menos. No deberías tener un perro si después tienes que dejarlo solo. Voy a hacer que salga de la cocina. -Volvió hacia la casa.
    – Etchbarras -dijo Peter de pronto-. Ése era el nombre. El del hombre que tiene los perros ovejeros.
    – Michaela está casada con Jean -explicó Tanek. Sonrió-. Se digna a ocupar el puesto de ama de llaves cada vez que su marido sube a las tierras altas con las ovejas. Y cuando él está por aquí, se vuelve al Barra X y me envía a una de sus hijas a limpiar, dos veces por semana.
    – ¿Cuántas hijas tiene? -preguntó Nell.
    – Cuatro.
    – Me sorprende que les dejes estar en tu propiedad, te-niendo en cuenta lo desconfiado que fuiste con aquel pobre camarero del servicio de habitaciones del hotel.
    – Ellos estaban incluidos en la propiedad. No hay peli-gro. La familia Etchbarras vive en estas tierras, con su gana-do, desde finales del siglo pasado. Vinieron del País Vasco, en España, a establecerse aquí. La mayoría de la gente de por aquí es vasca. Es una comunidad hermética. Así que el forastero soy yo.
    – Pero tú eres el propietario de este lugar.
    – ¿Lo soy? Yo lo compré con dinero. Pero ellos lo paga-ron con otra clase de mercancía. -Sus labios se tensaron-. Pero tienes razón, es mío y aprenderé a formar parte de aquí y a mantenerlo.
    La fuerza de aquel sentimiento de propiedad en su voz la sorprendió. Aquel lugar, obviamente, no era tan sólo una fortaleza para Tanek. La mirada de Nell se dirigió hacia la puerta por la que el ama de llaves había desaparecido. Aña-dió, medio ausente.
    – Tiene un rostro fantástico. Sería una maravillosa mo-delo para un retrato.
    Tanek levantó la cabeza, burlón.
    – ¿Detecto un genuino impulso ardiendo dentro de ese fanático pecho? ¿Podría tratarse del maravilloso arte de la pintura? ¡Qué absoluta pérdida de tiempo!
    También ella estaba sorprendida de sí misma. No había vuelto a pensar en pintar desde Medas.
    – Era sólo un comentario. No he dicho que fuera a ha-cerlo. Tienes razón, no tengo tiempo.
    – Nunca se sabe. -Miró el horizonte montañoso-. El tiempo discurre de un modo más lento por aquí. Podrías…
    Un torbellino marrón oscuro salió como una flecha por la puerta. Tanek tuvo que dar un paso atrás cuando las patas delanteras del pastor alemán le golpearon en el torso. Se quejó del golpe.
    El perro emitía unos aullidos frenéticos mientras inten-taba lamerle la cara a Tanek.
    – Baja, Sam.
    Pero Sam no le hacía caso.
    Tanek suspiró, resignado, y puso la rodilla en el suelo, poniéndose más al alcance del animal.
    – Para ya.
    Nell le miraba, encantada, mientras el perro saltaba ex-citado a su alrededor y seguía intentando lamerle la cara.
    Haciendo una mueca, Tanek se tapó la boca con el bra-zo para evitar los lametazos. Frunció el ceño al encontrarse con la mirada de Nell desde el otro lado de porche.
    – ¿Qué esperabas? ¿A Rin Tin Tin? No soy entrenador de perros. La única orden que obedece es «a comer».
    Tanek siempre desprendía tanta fuerza y confianza en sí mismo, que Nell había creído que nunca permitiría que un perro fuera, en su presencia, otra cosa que un animal disciplinado y bien entrenado.
    – Es precioso.
    – Sí. -Tanek acariciaba afectuosamente las orejas de Sam-. A mí me encanta.
    Eso era evidente. Nunca antes había visto a Tanek tan accesible.
    – ¿Puedo acariciarle yo también? -preguntó Peter.
    – Dentro de un tiempo. No le gustan los extraños.
    Esto le parecía imposible a Nell. En aquel momento, el perro estaba echado panza arriba, en la más sumisa de las posiciones, gimiendo de placer mientras Tanek le rascaba la barriga. Se acercó un paso.
    Instantáneamente, el perro se puso de pie de un salto, y le mostró los dientes, gruñendo.
    Ella, sorprendida, se quedó quieta.
    – Tranquilo -dijo Tanek tiernamente-. Son amigos, chico.
    – Actúa como si lo hubieran entrenado como perro de ataque.
    – Lo hace por supervivencia. -Se puso en pie-. Lo en-contré medio muerto de hambre en la cuneta de una carre-tera cuando sólo era un cachorro. No confía demasiado en la gente. -Sonrió a Peter-: Deja que se acostumbre a ti.
    Peter asintió, pero estaba claramente decepcionado.
    – Yo quería gustarle.
    – Le gustarás. -Se dirigió hacia la puerta principal-. Ma-ñana por la mañana, Michaela te llevará al otro rancho, a ver las ovejas. Los perros ovejeros son mucho más amistosos. Los ojos de Peter brillaron.
    – ¿Podré quedarme allí un tiempo?
    Tanek negó con la cabeza.
    – Dentro de pocos días, los peones subirán a las tierras altas para trasladar a las ovejas antes de que caiga el invierno.
    – ¿Y cuando estén de vuelta?
    – Si a Jean le parece bien…
    Peter se volvió hacia Nell y le dijo con cariño: -No es que no quiera estar contigo. Tú has sido buena conmigo. Es sólo que…
    – Los perros -sonrió Nell-. Lo sé, Peter.
    – Pasad. -Michaela estaba de pie en la entrada-. No dis-pongo de todo el día. Tengo que enseñaros vuestras habita-ciones. Y dentro de una hora ya será de noche. Jean está viniendo con el rebaño y quiero volver a casa para prepararle la cena.
    Tanek le hizo una reverencia, burlón.
    – Vamos inmediatamente. Enséñele a Peter su habita-ción, y yo ya me encargaré de enseñarle todo esto a Nell. No queremos molestar.
    – No molestáis. He dejado una cazuela dentro del horno para que os sirváis vosotros mismos. Ven, Peter. -Entró en la casa y Peter la siguió con ansiedad.
    Nell y Tanek entraron directamente a la sala de estar.
    – Es más grande de lo que parece desde fuera -dijo Nell-. Da sensación de inmensidad…
    – La construí después de comprar la propiedad. Ya te he dicho que me gusta disponer de anchos espacios.
    Nell echó un vistazo a la enorme sala, decorada con mue-bles de madera y cuero de color claro, dispuestos alrededor de una chimenea de piedra color tierra. Flores blancas que brota-ban de floreros de cobre, situados en mesas provisionales, y una larga urna china en una esquina de la habitación, desbor-dante de crisantemos dorados. Cubriendo las paredes, Nell había esperado encontrar pieles indias o artefactos de vaque-ros, pero, en su lugar, había pinturas y cuadros de todo tipo.
    Cruzó la habitación hasta colocarse frente al que colga-ba encima de la chimenea.
    – ¿Delacroix?
    – ¿Me crees tan salvaje para ocultar aquí un Delacroix? ¿En este lugar solitario, donde nadie pudiera apreciarlo?
    Nell lo miró, recordando lo posesivo que se había mos-trado hacía tan sólo unos minutos.
    – Sí.
    Él se rindió.
    – Tienes razón. Los tesoros son para el disfrute de los que pueden tomarlos y mantenerlos.
    – ¿Tomarlos? Tú…
    – No, no lo he robado. Lo compré en una subasta. Soy totalmente legal. Ahora. -La guió hacia la puerta y por un largo corredor-. Hay cinco dormitorios, con sus respecti-vos baños, en este lado de la casa, y un estudio y un gimna-sio moderadamente equipado en el otro. -Levantó la mano y abrió una puerta-. Esta es tu habitación. Sólo hay una televisión en la casa y está en el estudio, pero hay multitud de libros. Espero que estés cómoda.
    No veía cómo todo aquello no la podría ayudar. La ha-bitación estaba amueblada con sencillez pero desprendía comodidad. Un edredón blanco cubría la cama, doble. Una mecedora con cojines tapizados ocupaba la esquina de la ha-bitación, cerca del marco de una ventana. Y, en la pared opuesta, había una estantería de madera de cerezo llena de libros y plantas.
    – Es muy bonita. Me sorprende que tus invitados no se queden para siempre.
    – Rara vez tengo invitados. Éste es mi espacio. No me gusta compartirlo.
    Nell se volvió para mirarlo.
    – Entonces, debes de sentir doblemente mi presencia aquí. Te prometo que no me entremeteré en tu camino más de lo necesario.
    – Ha sido mi elección. Yo os he traído. -Señaló la puerta al otro lado de la habitación-. El baño. Querrás lavarte an-tes de la cena, ¿verdad?

* * *

    – ¿Qué diablos está haciendo? -preguntó Nell al posar su mirada en Peter, que estaba sentado en el suelo, en una es-quina, al otro lado de la habitación. El chico estaba con las piernas cruzadas, quieto, con la mirada totalmente fija en Sam, que estaba echado cerca del fuego, unos metros más allá-. Me recuerda a un encantador de serpientes.
    – Según él, la encantadora de serpientes eres tú -dijo Nicholas, secamente.
    Nell sacudió la cabeza.
    – Estaba enfadado conmigo. Pensaba que había tratado muy mal a aquel reptil. -Volvió al tema del principio-: ¿Crees que conseguirá gustarle a Sam?
    – Quizás -Tanek le sirvió otra taza de café-. Puede ser. Si lo desea con suficiente fuerza. Los perros son muy sensi-bles a los sentimientos.
    – Pero si ha ignorado a Peter durante toda la cena.
    Nicholas se recostó en su silla.
    – No te preocupes. No puedes forzar a Sam a que le gus-te Peter.
    – No estoy preocupada. Sólo que… Creo que el chico ha tenido una vida difícil. Y a tu perro no le costaría nada me-near la cola para Peter.
    – Él no lo sabe. Tiene la obligación de ser cauteloso.
    – Como tú. -Levantó la mirada-. Con tus cercados elec-trificados.
    Tanek asintió.
    – Contrariamente a tu visión actual del tema, la vida puede ser muy dulce. No tengo ninguna intención de darme por vencido ni un minuto. Lucharé hasta mi último aliento.
    Nell le creía. Bajo aquella máscara de frialdad latía una apasionada voluntad. Fuerza, inteligencia y pasión por la vida; una atractiva combinación. Nell apartó la mirada.
    – Pero la vas a arriesgar intentando darle caza a Gardeaux.
    – No, si puedo evitarlo. -Acercó la taza a sus labios-. Tengo la intención de vencer, y de manera aplastante.
    – ¿Qué pasará si no puedes?
    – Podré. -Hizo una pausa-. Y no permitiré que me ma-ten porque tú quieras que muera demasiado pronto.
    – No lo entiendes. Tengo que hacer esto. Es duro tener que esperar. -Su mano aprisionó la taza de café-. ¿Crees que no sé por qué estoy aquí? Porque tú confías en convencer-me de que no vaya tras ellos.
    – Ése es sólo uno de los puntos en la agenda. El otro es evitar que me obligues a perseguirte y que caiga en una trampa.
    – No haría falta que me persiguieras.
    – Sí, lo haría.
    – ¿Por qué? Ya te dije que no eras responsable de lo que sucedió en Medas.
    – Todos nos marcamos los límites de nuestras responsa-bilidades.
    – ¿Y yo estoy dentro de los tuyos?
    Tanek sonrió.
    – Por el momento, sí. Aunque los límites pueden variar.
    Nell no quería estar bajo la responsabilidad de nadie, y menos de un hombre como Tanek. La responsabilidad im-plica cierta cercanía. Ya se había visto obligada a crear unos lazos con Tania y Peter. Tanek debía continuar fuera.
    – ¿Qué? No te gusta, ¿verdad? -continuó Nicholas-. Pero lo usaste para asegurarte mi ayuda -potenció su iro-nía-. Tienes que ser consecuente, Nell.
    Maldito Tanek. Bueno… así no sería en absoluto difícil mantener la distancia con él.
    – No tengo que ser nada que no quiera ser. -Nell cambió de tema-. ¿Por qué quieres a Gardeaux muerto?
    La ironía desapareció del rostro de Nicholas.
    – Merece morir.
    – Eso no es una respuesta.
    Tanek permaneció callado durante un minuto.
    – Por la misma razón que tú lo quieres ver muerto. Mató a alguien que me importaba.
    – ¿Quién? -De nuevo, fue consciente de lo poco que sa-bía sobre Tanek-. ¿Tu mujer? ¿Tu hijo?
    Nicholas sacudió la cabeza:
    – Un amigo.
    – Debía ser un amigo muy querido.
    Nell sentía cómo Tanek intentaba eludir aquel tema. La mantenía al margen. Daba respuestas vagas:
    – Muy íntimo. ¿Más café?
    Nell negó con la cabeza. Estaba claro que no iba a con-tarle nada más acerca de sí mismo. Lo intentó de otra manera.
    – Explícame cosas de Gardeaux.
    – ¿Qué quieres saber?
    – Cualquier cosa.
    Tanek sonrió con suspicacia.
    – Te garantizo que no querrás saberlo todo respecto a él.
    – ¿Cómo le conociste?
    – Coincidimos hace bastante años en Hong Kong. Estu-vimos en el mismo negocio durante la misma época. Aun-que él se había diversificado más.
    – Quieres decir que ambos erais criminales -dijo Nell, bruscamente.
    Tanek asintió.
    – Pero mi red era más pequeña. Quería mantenerla así.
    – ¿Por qué?
    – Nunca planeé dedicarme a eso toda la vida. -Y añadió, muy serio-: Quería ser neurocirujano.
    Ella le miró, confundida, mientras él se reía.
    – Sólo bromeaba. Quería hacer suficiente dinero y des-pués largarme. En la mafia, vas prosperando, y entonces te sucede una de estas dos cosas: o te zambulles en el negocio de las drogas y la ley nunca te deja en paz, o te conviertes en un adicto al poder y no puedes dejarlo. No me gustaba nin-guno de esos dos caminos así que me aseguré de continuar, pero manteniéndome en una posición discreta.
    – No puedo imaginarte siendo discreto.
    – Oh, pero lo fui. -Y añadió-: Relativamente.
    – Pero Gardeaux no.
    – No, Gardeaux quería ser Dios. -Meditó un segundo-. O quizá César Borgia. Nunca estuve muy seguro. Proba-blemente, Dios. La mística que envolvía a los Borgia lo hubiera atraído, pero el príncipe acabó muy mal.
    Nell consiguió dominar una punzada de exasperación.
    – ¿Cómo le conociste?
    – Había un jarrón de la dinastía Tang que los dos quería-mos «adquirir». Él me dijo que me retirara.
    – ¿Qué hiciste?
    – Me retiré.
    Nell se sintió desconcertada.
    Tanek continuó:
    – Era lo mejor que podía hacer. Gardeaux era más fuer-te, y la pugna con él me hubiera costado más que una doce-na de jarrones Tang.
    – Entiendo.
    – No, no entiendes nada. Crees que debería haber acep-tado el reto, convertirme en Harry el Sucio y enviar a ese bastardo a la zanja.
    – Yo no he dicho esto.
    – Aprendí hace mucho tiempo que hay que sopesar cui-dadosamente las consecuencias antes de involucrarte en una guerra. Yo tenía una fortuna que ganar, y gente que dependía de mí.
    – ¿Phil?
    – Ya estaba conmigo entonces.
    – Y aún trabaja para ti.
    – De vez en cuando. Cuando reuní dinero suficiente, desmantelé la red. Algunos de mis asociados decidieron que no querían integrarse en otras organizaciones donde sus talentos hubieran sido muy bienvenidos.
    – Así que les ayudaste a empezar una nueva vida.
    – No podía abandonarlos -dijo simplemente-, estaban dentro de los límites de mi responsabilidad.
    Lealtad. Nell no deseaba que Tanek tuviera ninguna de las cualidades que ella admiraba. Cuando había empezado a preguntarle, solamente quería saber cosas sobre Gardeaux, pero de paso empezaba a conocer demasiado a Tanek. In-tentó volver sobre sus pasos.
    – Y, a pesar de que te retiraste, Gardeaux mató a tu amigo.
    – No, eso fue después. -Se levantó y se estiró para de-sentumecerse-. Hora de irse a la cama.
    Había vuelto a cerrar la puerta. Nell se apresuró a re-plicar:
    – No me has dicho casi nada de lo que quería saber sobre Gardeaux.
    – Hay tiempo de sobra. Estarás por aquí una temporada.
    Nell también se puso en pie.
    – No quiero perder el tiempo. -Hizo una pausa-. Ob-viamente, tú tienes los contactos y, ya que no podemos ha-cer nada por ahora, ¿podrías intentar descubrir por qué Gardeaux envió a Maritz para asesinarme?
    – ¿Por qué?
    – ¿Que por qué? Tengo que saberlo para intentar darle un sentido a todo esto. He estado dando tumbos en esta pe-sadilla demasiado tiempo ya.
    – ¿Te serviría para cambiar lo que piensas? ¿O tus inten-ciones, quizás?
    – No.
    – Entonces, yo diría que, fuera cual fuese el motivo, tie-ne una importancia secundaria.
    – No para mí.
    Tanek la miró en silencio. No iba a decirle nada.
    – De acuerdo. -Se rindió ella-. Pero mañana empezarás a enseñarme cómo se hace aquello que le hiciste a Wilkins.
    – ¿Serás aplicada y no te darás por vencida?
    – Si hubiera sabido cómo luchar, Maritz nunca habría podido empujarme por aquel balcón. Yo habría podido de-fenderme.
    Y a Jill.
    Aquellas últimas palabras no pronunciadas flotaban en-tre ellos. Tanek asintió brevemente.
    – Pasado mañana. Mañana tengo que ir a ver a Jean al Barra X.
    Ella lo miró con suspicacia.
    – No estarás intentando que lo olvide, ¿verdad?
    – Nunca se me ocurriría. Te enseñaré cualquier cosa que quieras sobre muerte y tortura. Pero nunca será tanto como lo que podrías aprender con Gardeaux y Maritz.
    – Será suficiente.
    – No será suficiente. E incluso si lo fuera, ¿qué harás después de que esto acabe? Se necesita un carácter especial para sobrevivir al asesinato.
    – No será un asesinato -dijo Nell, dolida.
    – ¿Lo ves? Ya estás huyendo de ello. -Con toda la inten-ción, repitió-: Asesinato. Quitar la vida es asesinar. No im-porta cuál sea la razón, el resultado es el mismo. A la buena gente, como tú, le enseñan desde la infancia a mantenerse le-jos de todo esto, a sentir verdadera repugnancia, a huir.
    – La buena gente, como yo, rara vez tiene una razón como la que me han proporcionado.
    – Es cierto que ya no eres la mujer que conocí en Medas. Pero tu esencia es la misma. Como los árboles se inclinan…
    – Mentira.
    – ¿Ah, sí? Quieres ser dura y fría. Quieres que no te im-porte nadie aunque, en realidad, no sea verdad. Bueno… en mi caso, quizá te resulte fácil, pero ¿qué me dices de Tania? ¿Y Peter?
    – Es diferente. Ellos no tienen nada que ver con Maritz y Gardeaux.
    – Pero sí tienen que ver con quién eres tú.
    – ¿No crees que pueda hacerlo? Pues te equivocas.
    – Apuesto a que tengo razón -añadió, cansado-: Quiero tener razón.
    Nell negó con la cabeza.
    – Pasado mañana. A las ocho de la mañana. Ponte ropa de entreno y no desayunes. -Se volvió y salió de la habi-tación.
    Tanek estaba equivocado, se dijo Nell a sí misma. Tenía que estar equivocado. Lo mejor era no bajar la guardia pero, si no lo conseguía, eso no quería decir que no tuviera voluntad.
    – Peter -se volvió hacia la esquina del fondo-. Es hora de ir…
    La cabeza de Sam estaba sobre la rodilla de Peter, y el chico le acariciaba la garganta. Su expresión, literalmente, era de infinito placer.
    Puede ser. Si lo desea con suficiente fuerza.
    Sintió una oleada de felicidad por Peter. Parecía que lo había deseado suficientemente.
    Quiero tener razón.
    Su sonrisa desapareció al recordar las palabras de Tanek. La voluntad de éste era mucho más fuerte que la de Peter, y tenía la intención de centrarla sobre ella.
    Bien, pues ella no era Sam. Y le haría fracasar.
    – Vamos, Peter -dijo bruscamente-. Es hora de irse a la cama. Puedes jugar con Sam mañana.

* * *

    Muerta. Aquella mujer estaba muerta.
    Maritz volvió a dejar el auricular con un gesto de satis-facción. No había fallado. Le llevó un poco más de tiempo, pero la mujer de Calder ya había muerto. Le diría a Gardeaux que el trabajo estaba hecho.
    Quizás.
    Una chispa de intranquilidad torpedeó su satisfacción. Gardeaux había dicho que había fracasado y que la mujer se recuperaría. Y el muy bastardo no solía equivocarse.
    Maritz quedaría como un tonto si resultaba ser que el parte de defunción había sido falsificado y que aquella mujer se había evaporado. A Gardeaux no le gustaban los tontos.
    No estaría de más asegurarse.
    Bajó la mirada hacia las anotaciones de su bloc. ¿El hos-pital?
    Demasiada gente.
    La empresa funeraria John Birnbaum.
    Sonrió y se guardó el bloc en el bolsillo.

* * *

    – Toma. -Tanek le lanzó un caja alargada a Nell, que estaba sentada en el sofá-. Un regalo.
    Nell le miró confundida.
    – Creía que ibas al rancho para ver a tu capataz.
    – Y eso he hecho. Me he acercado a la ciudad, de vuelta hacia aquí. Ábrelo.
    Ella luchaba con el adhesivo del envoltorio.
    – Peter no ha regresado del rancho aún.
    – No regresará. Jean le ha tomado cariño y le ha dado permiso para quedarse unos días. Si funciona, puede que Jean se lo lleve a los pastos cuando haya que traer el ganado.
    – ¿Estará seguro?
    – Sano y salvo. Estaba loco por ir. Perros y ovejas… ima-gínate.
    Sí, podía imaginar perfectamente lo irresistible que era todo aquello para él. Nell empezó a arrancar el envoltorio marrón. Telas, caballete, bloc de dibujo, lápices y una caja de pinturas.
    – ¿Qué es esto?
    – Dijiste que querías hacer un retrato de Michaela.
    – Eso no fue lo que dije.
    – Pero sí quieres hacerlo.
    – Además, estaré demasiado ocupada.
    Tanek chasqueó los dedos.
    – Ah, sí, olvidaba las clases de criminalidad. Bien, pues he decidido cobrarte las lecciones. Necesito algunas pintu-ras para decorar mis paredes.
    Ella preguntó sarcástica:
    – ¿Para colgarlas al lado del Delacroix?
    – Arte local. Mi gente, mis montañas.
    Igual de posesivo que cuando llegaron. Dejó las telas en el suelo.
    – Contrata a cualquier otro para hacerlo.
    – Te quiero a ti. Una hora de violencia y criminalidad por cada dos horas que le dediques a mis pinturas. ¿Cerra-mos el trato?
    Se volvió para mirarlo.
    – ¿Qué es esto? ¿Se supone que sufriré una milagrosa metamorfosis con esta especie de terapia de tres al cuarto?
    – Quizá. Pero no te hará ningún daño.
    – Puede que pierda el tiempo.
    – En este preciso momento de tu vida, yo no lo vería como una pérdida de tiempo. -Se encontró con su mirada- Yo mantendré mi promesa. Recibirás una hora de entrenamiento cada día, tanto si pintas como si no. Pero la única manera de conseguir más es darme lo que quiero.
    – Esto no te beneficiará para nada.
    – Ni me perjudicará. -Tanek sonrió-. Y a ti tampoco, ¿verdad? -Lentamente, Nell negó con la cabeza-. ¿Trato hecho, pues?
    ¿Por qué no? Sería una manera de controlar el ritmo de su entrenamiento sin tener que rogarle. Miró las telas y sin-tió una sutil excitación. Su mirada fue en dirección a la cocina, donde podía oír a Michaela preparando la comida. Aquel maravilloso rostro…
    – Sí, si consigues persuadir a Michaela para que pose para el retrato.
    – Nunca intento persuadirla para que haga nada. Si la quieres, ve tras ella.
    – ¿Más terapia?
    Tanek sonrió.
    – Simplemente, terror. Ella me da pánico.

* * *

    La empresa funeraria de John Birnbaum resplandecía en la oscuridad como si fuera un pequeño invernadero. Sus tres columnas estaban iluminadas por un reflector oculto en unos arbustos de hoja perenne en la gran extensión de cés-ped de la entrada.
    Qué derroche, pensó Maritz. Mansiones para los muer-tos. Bueno, no sólo para los muertos. Los enterradores sa-can buenos beneficios de cuidar cadáveres y restos. Malditas sanguijuelas. Con el entierro de su padre, le habían dejado sin blanca.
    Pero Maxwell e Hijo no había tenido nunca un lugar como aquél. Su funeraria estaba en una concurrida calle de un barrio popular de Detroit, y Maritz era demasiado pobre e insignificante para merecer atención. Le habían enviado a Daniel Maxwell, el hijo. Maritz se había sentido invadido Por la furia de la impotencia ante aquel niñato lleno de gra-nos y acné que estaba sentado frente él y que intentaba ro-barle todos los dólares que podía.
    Habría querido exprimirle la garganta a aquel bastardo hasta que los ojos le salieran disparados.
    Pero eso fue antes de que encontrara el cuchillo.
    La puerta principal de la funeraria estaba abierta y un grupo de personas iba fluyendo hacia el exterior. Ojos hin-chados, comentarios en voz baja, furtivos signos de alivio al dejar la muerte y volver otra vez con los vivos.
    Miró su reloj. Las nueve en punto. Hora de cerrar. Les concedería a los rezagados otros quince minutos.
    Les estuvo observando mientras subían a sus coches y se marchaban. También él estuvo en un duelo. Quería a su pa-dre. Debía haber sido su madre la que muriera. La puta viciosa. No había deseado que pasara aquello. Sólo le había dado a su padre un pequeño empujón, pero lo precipitó es-caleras abajo. Debería haber sido ella.
    Un joven con traje oscuro venía de la funeraria y atajó por el césped hacia el aparcamiento de empleados. ¿Un aprendiz de vampiro? O quizá Birnbaum también tenía un hijo. El chico silbaba, y entraba en un Oldsmobile azul aparcado justo al lado de un lustroso Cadillac fúnebre.
    Un coche fúnebre nuevo, que había sido pagado en efectivo una semana después de la supuesta cremación de la señora Calder.
    Maritz había encontrado la factura de aquella compra muy interesante.
    Las luces de la entrada se apagaron.
    Maritz esperó hasta que el Oldsmobile hubo desapare-cido por la esquina para salir de su coche y cruzar la calle. Pulsó el timbre.
    Sin respuesta.
    Volvió a pulsar.
    Esperó un minuto y lo hizo sonar de nuevo.
    Las luces de la entrada volvieron a encenderse, la puerta se abrió. Aire frío y una pesada fragancia de flores rodearon a Maritz.
    John Birnbaum estaba de pie en el vestíbulo. Cabello liso, canoso, un poco rechoncho, vestido con un sobrio traje gris
    – ¿Deseaba ver el cuerpo? Lo siento, pero hemos cerrado.
    Maritz sacudió la cabeza.
    – Necesito hacerle unas preguntas. Sé que es tarde, pero ¿puedo pasar?
    Birnbaum vaciló. Maritz casi podía ver que en el inte-rior de su cabeza se ponía en marcha en engranaje que fabri-caba signos de dólar sin parar. Birnbaum se hizo a un lado.
    – ¿Ha sufrido una pérdida?
    Maritz entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Sonrió.
    – Sí, he sufrido una pérdida. Tenemos que hablar de ello.

* * *

    Nell, de pie en el umbral de la puerta de la cocina, contem-plaba a Michaela trabajar una porción de masa con el rodi-llo. Los brazos de aquella mujer estaban manchados de harina y cada uno de sus movimientos era ágil, preciso y lleno de gracia.
    – ¿Quieres algo? -le preguntó Michaela sin levantar la mirada.
    Nell se sobresaltó y dijo la primera cosa que le vino a la cabeza.
    – ¿Qué está haciendo?
    – Galletas.
    – Las del desayuno eran maravillosas.
    – Lo sé.
    No iba a ser fácil.
    – Está muy ocupada. -Michaela asintió-. Son muy ama-bles, usted y su marido, por dejar que Peter se quede en el rancho durante un tiempo.
    – No es ninguna molestia. -Dejó a un lado el rodillo y empezó a cortar la masa de las galletas-. Si hubiera sido un problema, no lo habríamos hecho. Jean no tiene tiempo para tonterías. Ese chico tiene la mentalidad de un niño, pero no es tonto. A los niños se les puede enseñar. -Aque-llas palabras fueron pronunciadas con tanta fuerza como la que le aplicaba al cuchillo sobre la masa-. Y ahora, ¿qué es lo que quiere?
    – Su rostro.
    Michaela levantó la mirada.
    – Diría que el tuyo está bastante bien ya.
    – Quiero decir… Me gustaría dibujarla.
    Michaela empezó a colocar las galletas en una fuente.
    – No tengo tiempo para posar.
    – Podría hacer un boceto mientras trabaja. No la moles-taría mucho al principio.
    Michaela no dijo nada durante un instante.
    – ¿Eres artista?
    – La verdad es que no. No tengo tiempo. Lo hago sólo cuando no estoy… -Se contuvo al darse cuenta de que esta-ba dando automáticamente la misma respuesta que hubiera dado a cualquiera antes de lo de Medas. Pero ahora ya no es-taban ni Jill ni Richard para ocupar su tiempo. Contuvo una punzada de dolor-. Sí, soy artista. -Aquellas palabras sona-ron extrañas y remotas en sus oídos.
    Michaela la estudió un instante y después asintió breve-mente.
    – Dibújame pero de lejos. Simplemente, no te pongas por en medio.
    Nell no le dio ocasión para cambiar de idea.
    – Voy a buscar mi bloc de dibujo.
    – No me voy a quedar quieta.
    – Trabajaré a su alrededor…
    Era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Se dio cuenta después de una hora intentando capturar las facciones de Michaela. Aquella mujer nunca se estaba quieta. Para ser una persona cuya cara adoptaba la serenidad de una Nefertiti, Michaela era una dinamo de energía. Después de tirar varias hojas enteras, desesperada, Nell decidió concentrarse en un sólo rasgo cada vez. Empezó con aquellos profundos ojos.
    Así estaba mejor. Lo estaba consiguiendo. Quizá podría combinar las facciones más tarde…
    – ¿Para qué has venido?
    Nell levantó su mirada. Era la primera vez que Michae-la había hablado en más de una hora.
    – Estoy de visita.
    Michaela sacudió la cabeza.
    – Nicholas dijo que te quedarías todo el invierno. Eso no es una visita.
    – Intentaré no ser una molestia para usted.
    – Si Nicholas te quiere aquí, yo sobrellevaré cualquier pequeña molestia.
    – Nicholas dijo que usted y Jean pertenecían a este lugar mucho antes que él.
    – Sí, es cierto, pero él también se está haciendo al lugar. Sólo necesita un poco más de entrenamiento.
    – ¿ Entrenamiento?
    Michaela se encogió de hombros.
    – Creo que es duro para él ser de algún sitio, pero, al mismo tiempo, lo desea mucho. Ya veremos.
    – ¿Quiere que se quede aquí?
    Michaela asintió.
    – Nos entiende y nos deja ser a nuestra manera. El pró-ximo propietario podría ser un estúpido y nada apto para recibir instrucción.
    Nell sonrió.
    – ¿Y ustedes están instruyendo a Nicholas?
    – Por supuesto. Él no es difícil. Tiene una gran fortaleza mental y voluntad. Se fusionará con este lugar, si le damos tiempo.
    – Yo pensaba que su fuerza de voluntad sería un gran obstáculo para esa unión.
    – Esta tierra es fuerte. Y no le gustan las personas débi-les. -Miró a Nell-. Los mastica y después los escupe.
    Su lápiz se quedó quieto a mitad de un trazo.
    – ¿Cree que yo soy débil?
    – No lo sé. ¿Lo eres?
    – No.
    – Entonces, no tienes nada por qué preocuparte.
    – Usted no me quiere aquí, ¿verdad?
    – Me da igual que te quedes o te vayas. -Sacó las galletas del horno-, mientras no intentes llevarte a Nicholas. Habla con él. Sonríele. Duerme con él. -Dejó la fuente al lado del rodillo-. Pero, cuando te vayas, déjalo aquí.
    Nell protestó:
    – No tengo la intención de dormir con él. No es para eso para lo que he venido.
    Michaela se encogió de hombros.
    – Sucederá. Él es un hombre y tú estás más disponible que las mujeres de la ciudad. -Cogió una espátula y con cui-dado extrajo las galletas de la fuente-. Y tú eres el tipo de mujer que inspiraría a un hombre.
    – El no lo ve así.
    – Todos los hombres ven a las mujeres así. Es su reacción instintiva. Solamente después nos ven como personas, con cerebros además de cuerpos.
    – ¿Y él es el único que tiene algo que decir al respecto?
    – A ti también te gusta mirarlo. Lo contemplas.
    ¿Lo hacía? Maldita sea, por supuesto que lo miraba. Era un hombre que merecía atención. Había destacado como un faro en la oscuridad dentro de aquel salón tan concurrido…
    – Esto no significa nada. No hay nada entre nosotros.
    – Si tú lo dices. -Se alejó-. Se acabó la charla. Casi es hora de comer. Tengo que llevar la comida a la mesa.
    Nell respiró, un tanto aliviada. Michaela estaba total-mente equivocada y aquella conversación había sido dema-siado desconcertante.
    – ¿Puedo ayudarla? Podría poner la mesa.
    – No. -Abrió un armario y bajó unos platos-, Pero po-drías ir al establo y avisar a Nicholas.
    Nell dejó su bloc de dibujo y se bajó del taburete.
    – Ahora mismo.
    Cuando entró en el establo, Nicholas estaba acicalando un semental bayo. Se detuvo justo en la entrada.
    – La comida está lista.
    – Estaré listo en un minuto.
    Lo miró mientras cepillaba aquel semental con movi-mientos largos y elegantes. Lo hacía todo con aquella fuer-za y simplicidad, pensó. Llevaba unos téjanos y una camiseta, y, realizando aquellos trabajos domésticos, parecía estar totalmente en casa. Si no lo conociera, habría pensado que había nacido allí. Era difícil relacionar al Tanek de Medas con aquel hombre.
    Nicholas no levantó la mirada.
    – Estás muy quieta. ¿En qué estás pensando?
    – En que lo haces muy bien. ¿Sabes mucho de caballos?
    – Estoy aprendiendo. Nunca había visto un caballo antes de venir aquí excepto unos mongoles británicos en el club de polo.
    – ¿Fuiste socio de un club de polo?
    – No exactamente. De pequeño lavaba platos en la cocina.
    – No te imagino lavando platos.
    – ¿No? Pues lo consideré como un progreso. Mi trabajo anterior era fregar suelos en el burdel donde trabajaba mi madre.
    – Oh…
    La miró por encima del hombro.
    – Qué exclamación más fina. ¿Te he hecho sentir incó-moda?
    – No, pero yo… -se dio cuenta, molesta, de que estaba tartamudeando-. No es de mi incumbencia. No he preten-dido entrometerme.
    – Y no lo haces. Yo conocí a mi madre muy poco. Me sentía más cercano a las otras prostitutas que a ella. Era una norteamericana hippy que llegó a China buscando la luz verdadera. Lamentablemente, la única luz que encontró era la que veía bajo los efectos de la droga. Así que siempre iba drogada. Murió de sobredosis cuando yo tenía seis años.
    – ¿Cuántos años tenías cuando te fuiste de allí?
    Tanek pensó un instante.
    – Creo que tenía ocho cuando empecé en el club de polo. Fui despedido de ese trabajo a los doce.
    – ¿Por qué?
    – El cocinero dijo que yo había robado tres cajas de ca-viar y que las había vendido en el mercado negro.
    – ¿Era verdad?
    – No, lo hizo él mismo, pero yo era una cabeza de turco conveniente. Realmente, fue bastante listo escogiéndome. -Su tono era fríamente objetivo-. Yo era el más vulnerable. No tenía a nadie que me protegiera y tampoco era capaz de protegerme yo solo.
    – No parece que te moleste.
    – Ya pasó. Y me sirvió de lección. Nunca volví a ser tan vulnerable, y aprendí a conservar lo que era mío.
    – ¿Qué sucedió después de que te fueras? ¿Tenías algún sitio a donde ir?
    – Las calles. -Dejó el cepillo y dio una palmada cariñosa en el hocico del caballo-. Las lecciones que aprendí allí fue-ron incluso más valiosas pero creo que no te gustaría dema-siado escucharlas. -Salió del establo y cerró la portezuela in-ferior-. O quizá sí. Unas cuantas tienen que ver con trucos sucios y actividades delictivas.
    No podía ni imaginarse lo que debía significar sobrevi-vir en aquellas calles… y, además, por aquel entonces, Tanek era tan sólo un niño.
    Miró a Nell y movió la cabeza.
    – Me estás mirando igual que a Peter. Eres blanda como la mantequilla a punto de derretirse.
    Rápidamente, Nell desvió la mirada.
    – Detestar los abusos infantiles no significa ser blando. Tú también los detestas.
    – Pero yo no me derrito.
    – Yo tampoco.
    – Tú sí, bastante. Mira, no todos los niños son como Jill. Yo era pendenciero, egoísta, un pequeño bastardo de zarpas afiladas. -Sus miradas se cruzaron-. Crees que he cambiado, pero aún eres demasiado blanda. Blando significa maleable y maleable significa muerte.
    – Entonces, cambiaré. -Empezó a ir hacia la puerta-. Michaela se enfadará si la comida se enfría.
    – Y no queremos que eso suceda. -La siguió-. ¿Cómo lo llevas con ella?
    – Bastante bien. Me ha dado permiso para que la dibuje… -Hizo una mueca-. Mientras no me ponga por en medio.
    – ¿Y cómo te sientes, dibujando de nuevo?
    – Bien. -Le miró brevemente-. Pero no conseguirás que me busque una pequeña y cómoda esquina y me olvide de todo.
    – Quizás ayude. Forma parte de una imagen global.
    – Hoy he estado tres horas haciendo bocetos. Y eso sig-nifica que me debes algo.
    La comisura de sus labios se elevó en una sonrisa iróni-ca mientras le abría la puerta principal.
    – Así es como funcionan las cosas.
    Nell sacudió la cabeza. Tanek formaba una extraña mezcla de frialdad, dureza… pero su código incluía, a la vez, un sentido de la responsabilidad y de la justicia. Y eso era notable en un hombre con su pasado.
    Pero es que Tanek era un hombre notable.
    Lo contemplas.
    Las palabras de Michaela acudieron a su mente y, otra vez, sintió una extraña sensación ante la idea de intimar con Tanek. Era una reacción estúpida. Admitir que Tanek era extraordinario no significaba que quisiera meterse en la cama con él. Ahora no había sitio en su vida para el sexo con nin-gún hombre y, si no pretendía llegar a ser amiga de Tanek, ciertamente tampoco lo quería en su cama. Él tan sólo era una vía para atrapar a Maritz, y eso iba a ser todo. Ni si-quiera sabía por qué le había interrogado sobre su pasado. Cuanto menos supiera sobre él, mucho mejor.
    No, no era cierto. Le había interrogado porque tenía cu-riosidad por saber qué tipo de circunstancias habían confor-mado una personalidad como la suya. La curiosidad era un rasgo normal y aceptable. Descubrió que aún tenía curiosi-dad cuando, de repente, se le ocurrió preguntar:
    – Aquel cocinero que consiguió que te despidieran… ¿Te volviste a encontrar con él?
    – Oh, sí, lo vi otra vez.
    Tanek sonrió.

Capítulo 11

    Nadie la estaba siguiendo.
    Sólo era su imaginación, se dijo a sí misma. Se estaba comportando como una idiota.
    Pero sintió un gran alivio al llegar a la rampa de la en-trada.
    Hogar. Seguridad.
    Se quedó sentada un momento con la mirada fija en el espejo retrovisor. El único vehículo que circulaba era de transporte escolar, e iba lleno de niños.
    En fin, se estaba comportando como una paranoica. Esta-ba en Minneapolis, no en Sarajevo. Bajó del coche, abrió rápi-damente el maletero y sacó la primera bolsa de comestibles.
    – Deja que la lleve yo.
    Tania dio un respingo y se volvió.
    Phil bajaba por la rampa de entrada.
    – Lo siento. ¿Te he asustado?
    – No te esperaba.
    Phil le cogió la bolsa de las manos, agarró otras dos del maletero y cerró la portezuela con el codo.
    – Deberías haberme llamado.
    – Pensé que podría sola. -Tania le sonrió mientras su-bían la rampa de entrada hacia la casa-. Y, además, éste no es tu trabajo.
    – Mantenme ocupado. Ahora que ha pasado el verano, no tengo suficiente trabajo sólo con el jardín. -Hizo una mueca-. No sé por qué estoy aquí, ahora que Nell está en Idaho con Nicholas.
    – Nos eres de gran ayuda. -No le miraba mientras abría la puerta-. ¿Te… dijo Nicholas que nos protegieras?
    Phil frunció el ceño.
    – ¿Qué quieres decir? Me dijo que esperara aquí hasta que volviera a contactar conmigo para que le ayudara con alguna otra cosa.
    – Pero ¿no que me siguieras y me vigilaras?
    – No. -Su mirada se concentró en el rostro de Tania-. ¿Algún baboso te ha estado siguiendo?
    – No. -Entró en el recibidor y se dirigió hacia la cocina-. Probablemente haya sido mi imaginación. Realmente, no he visto a nadie. Solamente era un presentimiento. ¿Por qué querría alguien vigilarme?
    El gesticuló y le dedicó un silbido suave.
    – ¿Quién no lo haría? Además, hay un montón de tíos raros vagando por ahí. Nunca se es lo suficientemente pre-cavido hoy en día. ¿Quieres que te acompañe la próxima vez que tengas que salir a hacer algún recado?
    Tania negó con la cabeza.
    – Debo de estar atontada. Es sólo mi imaginación.
    – ¿Y por qué no? -Dejó las bolsas sobre el mostrador-. Así tendré algo que hacer.
    – Ya veremos. -Empezó a sacar las cosas-. Pero gracias de todos modos por tu oferta.
    El vaciló, mirándola, antes de dirigirse hacia la puerta.
    – Tú y el doctor Lieber habéis sido muy amables conmi-go. No me gusta la idea de que estés preocupada. Si quieres compañía, sólo tienes que decirlo.
    Tania sonrió afectuosamente mientras la puerta se ce-rraba tras él. Phil se había convertido en parte de sus vidas en aquellas pocas semanas. Circulaba felizmente por allí, cortando madera, lavando los coches y arreglando el jardín. Le producía un sentimiento agradable ver cómo levantaba la mirada y la saludaba mientras no dejaba de trabajar.
    Su sonrisa desapareció al arrojar una bolsa vacía en el re-cipiente para reciclar. No había pensado hasta ahora que Nicholas podía haberle pedido a Phil que los protegiera. De todos modos, ¿por qué iba a hacerlo? Nell era la única que corría peligro y ya no estaba allí. Aquello era América. No había francotiradores escondidos esperando entre las ruinas para perpetrar una carnicería contra cualquier incauto.
    Pero su instinto se había perfeccionado en agudeza durante aquellos años llenos de recelos. América tampoco era aquel asilo tan seguro que siempre había pensado. También se cometían asesinatos y explotaban bombas.
    Y aún notaba aquellos ojos sobre ella.
    Quizá debía dejar que Phil la acompañara cuando fuera a salir.
    Sí, claro, pensó disgustada con ella misma. Iba a empezar las clases en la universidad la próxima semana. ¿Acaso podía pedirle al pobre Phil que se sentara fuera, y la esperara, en-treteniéndose en hacer girar los pulgares, sólo porque sus instintos se habían disparado? Puede que sólo fuera un re-cuerdo de Sarajevo. Se supone que las experiencias y los recuerdos se guardan profundamente en la mente. Podía ser que ella…
    Negó con la cabeza y lo descartó con firmeza. Actuaría como creía que lo debía hacer, como siempre lo había he-cho. Cuando fuera el momento de salir, tomaría la decisión respecto a pedirle a Phil que la acompañara. Ahora no tenía por qué preocuparse. Estaba segura dentro de esta casa, donde se había creado su propio refugio.

* * *

    Creía que ya estaba segura, pensó Maritz. La señora Vlados estaba en el interior de la casa de Lieber, tranquila y sin sen-tirse amenazada.
    Se acomodó en el asiento de su coche y cogió un BigMac que había comprado de camino hacia la casa. Estaba bien te-nerla bajo control y, a la vez, seguir su propio camino. No necesitaba vigilarla cada minuto. Además, tampoco Nell Calder se encontraba en la casa en aquellos momentos.
    Pero había estado allí. Lo supo cuando interrogó a los vecinos de Lieber y la habían visto por allí.
    Bueno, pensó que debía de ser ella. Nell Calder nunca había sido tan atractiva como se la describieron, pero Lieber era un brillante cirujano y constaba en los archivos del hospital como el médico que había atendido a Nell Calder. ¿Para qué un cirujano plástico si no para cambiar de cara?
    Mordió el bocadillo y lo masticó con placer.
    Pronto resolvería el asunto Calder. Además, no estaba realmente preocupado por ello. Si había estado allí, era más que probable que el doctor o su amita de casa supieran dón-de se encontraba en aquellos momentos. Lo que pudieran saber, se lo dirían. De hecho, él ya habría actuado, pero Lie-ber no era como el director de la funeraria. No sería tan fá-cil eliminar las huellas si los borraba a ambos de la escena. No era mala idea concederse una semana más y ver si la se-ñora Calder aparecía por aquella casa.
    Además, estaba disfrutando mientras vigilaba a Tania Vlados. El segundo día había descubierto, para su satisfac-ción y sorpresa, que ella se había dado cuenta de su presencia. No había cometido ningún error pero sabía que él esta-ba allí. Lo podía leer en la tensión de su espalda, en aquella mirada rápida por encima del hombro, en el súbito cambio de ritmo de sus pasos.
    Hacía tiempo que no acechaba una pieza. Gardeaux siempre insistía en matar rápida y eficientemente. Entrar y salir. No entendía el placer de la caza, el miedo de la víctima que casi era más excitante que el asesinato en sí.
    Acabó su BigMac y metió el envoltorio en la bolsa. Es-peraría otra media hora antes de conducir hasta la casa e ins-peccionarla. Seguro que Tania Vlados ya no tenía que salir.
    Se sentía segura allí dentro.

* * *

    Nell cayó al suelo. El golpe fue tremendo.
    – Levántate -le dijo Nicholas-. Rápido. No te quedes ja-más en el suelo. Si no te levantas, eres vulnerable al ciento por ciento.
    ¿Rápido? No podía ni respirar y mucho menos mover-se. El gimnasio entero le daba vueltas.
    – Levántate.
    Se levantó… lentamente.
    – Te habrían matado un segundo después de caer en la colchoneta -dijo Nicholas. Le hizo un gesto para que lo em-bistiera otra vez-. Vamos.
    Nell frunció el ceño.
    – ¿No crees que primero deberías enseñarme a defen-derme?
    – No. Te estoy enseñando qué es lo que hay que hacer si te derriban. A veces, lo consiguen, aunque pelees bien. Tie-nes que aprender a relajarte totalmente y convencerte de que no tienes huesos. Así no te harás daño cuando golpees contra el suelo. Después, debes aprender a rodar para evitar nuevos golpes y ponerte de pie de un salto.
    – Pero lo que quiero es aprender a devolver los golpes. ¿Ésta es la manera habitual?
    – Quizá no. Pero es mi manera. Ataca.
    Ella le atacó.
    Tanek la lanzó contra la colchoneta y se sentó encima.
    – Si yo fuera Maritz te golpearía la nariz de abajo a arri-ba y te metería las astillas del tabique nasal en el cerebro.
    Nell levantó la mirada. Estaba intentando hacerla sentir tan desvalida e incompetente como fuera posible.
    – No, no lo harías.
    – ¿Crees que se apiadaría? Olvídalo.
    – No, dijiste que a Maritz le gusta usar el cuchillo. Si me hubiera derribado, ¿por qué desperdiciaría la oportunidad?
    El rostro de Tanek reflejó sorpresa antes de acusar aquella puntualización poniéndose muy serio.
    – En cualquier caso, ya estarías muerta.
    – Hoy. Mañana lo haré mejor. Y pasado mañana mucho mejor aún.
    Tanek la miró durante un rato, con una expresión que reflejaba una mezcla de emociones que Nell no pudo definir.
    – Sé que lo harás. -Sus nudillos fueron sorprendente-mente dulces al rozar la línea de sus mejillas-. Condenada.
    De repente, Nell se dio cuenta de la postura dominante de Tanek, del control muscular de sus piernas, del poder de aquellas manos, que no dejaban que ella pudiera levantar las muñecas de la colchoneta. Tanek olía a sudor y a jabón, y el aroma la envolvió. Era… desconcertante. Desvió su mirada de él.
    – Deja que me levante, y volvamos a empezar.
    Por un momento, Nell sintió la tensión de los músculos de sus muslos contra su cadera. Después, Tanek se apartó de ella y se puso de pie. Le ofreció una mano y la ayudó a levantarse.
    – No.
    Nell abrió los ojos, sorprendida.
    – ¿Qué quieres decir? Apenas hemos empezado.
    – Hemos hecho un montón de progresos, más de los que había planeado. -Empezó a ir hacia la puerta-. No más por hoy.
    – Tú me lo prometiste. Me lo debes.
    La miró por encima del hombro.
    – Entonces, apúntalo en la columna de débitos. Estoy se-guro de que llevas las cuentas. Ahora, ve a tomar un baño bien caliente para aliviar los golpes. Mañana a la misma hora.
    Nell cerró los puños, frustrada, mientras la puerta se ce-rraba de golpe tras él. Primero, la hacía sentir indefensa, y después se iba, sin dejar que ella pudiera recuperar siquiera la conciencia de su propia fuerza. Puede que aquélla fuera su estrategia. Quizá pensaba que, si la desanimaba y la socava-ba constantemente, acabaría dándose por vencida.
    De todos modos, su marcha había sido demasiado brus-ca. Sospechó incluso que él no quería realmente dar la se-sión por finalizada.
    Aunque, de hecho, lo que importaba era que se había ido, y que ella no recuperaría esa mañana. No podía permi-tírselo. Iría tras él y…
    ¿Qué? ¿Lo traería a rastras de vuelta? Discutir con Ta-nek no le serviría de nada. Tendría que hacer sencillamente lo que él le había dicho, y considerar aquel día como perdi-do. Y esperar que él mantuviera su promesa al día siguiente.
    Una hora más tarde, se preguntaba si, para ese entonces, ella estaría en condiciones de enfrentarse a él. Poco a poco, se metió en el agua caliente y se apoyó contra la parte curvada de la bañera. Los músculos de sus hombros y espalda esta-ban más rígidos y doloridos a cada minuto que pasaba. Tenía un terrible cardenal en la cadera, otro en el muslo izquierdo, y cinco marcas rosadas en su antebrazo derecho, justo por donde Tanek la había agarrado.
    Nadie podría decir que Tanek era un hombre que no dejaba huella, pensó lamentándose. Cada vez que la había tocado hoy, le había hecho daño.
    Excepto cuando le rozó la mejilla con los nudillos. En-tonces no le había causado dolor alguno.
    Pero incluso aquel momento de suavidad había sido in-quietante.
    Tenía que olvidarlo. Cerró los ojos y dejó que el calor del agua invadiera su cuerpo. Sí, había que olvidarlo todo, excepto prepararse para la mañana siguiente.

* * *

    – ¿Lista para empezar? -Tanek le hizo un gesto para que se le acercara-. Vamos.
    Nell se quedó mirándolo. El rostro de Tanek no expre-saba nada.
    – ¿No irás a acabar la clase antes de tiempo otra vez?
    – De ninguna manera. Pero acabarás deseando que lo haga.
    Ella lo embistió.
    Con un movimiento rápido, Tanek la levantó y la tiró contra la colchoneta.
    – No te pongas rígida. Haz como si no tuvieras huesos. Cuando caigas, rueda y ponte de pie.
    «No te pongas rígida -se dijo Nell a sí misma mientras intentaba ponerse en pie-. No te pongas rígida.»
    Decirlo era muy fácil. Pero, cuando estás volando por los aires, tensar los músculos es tan natural como respirar.
    Después de una hora, estaba tan agotada que ya no po-nía tensión en ninguna parte de su cuerpo.
    – ¿Lo dejamos ya? -le ofreció Tanek, de pie, mientras ella, tambaleándose, se esforzaba por levantarse.
    – No. -Le costaba hablar-. Sigamos.
    Después de otros treinta minutos de entrenamiento, Ta-nek la levantó, la cargó en brazos hasta su habitación y la dejó sobre la cama. Y añadió, bruscamente:
    – Recuérdame que, la próxima vez, sea yo el que diga cuándo es suficiente. Tú continuarías hasta que te matara.
    Salió de la habitación.
    Descansaría un momento, decidió Nell, pero después se obligaría a meterse en la bañera. Por Dios, cómo le dolía todo. Cerró los ojos. Mañana se acordaría de no ponerse rí-gida al caer. Mañana rodaría y se pondría de pie…
    Algo frío y húmedo le rozaba la mano, que colgaba a un lado de la cama.
    Abrió los ojos.
    Sam. Seguramente, había seguido a Tanek hasta allí y se había quedado encerrado.
    – ¿Quieres salir? -preguntó-. Tendrás que esperar un minuto, hasta que pueda moverme. No estoy en muy buena forma.
    El pastor alemán la miró un momento y después se echó en el suelo, junto a la cama.
    Sam se mostraba comprensivo. Sabía lo que era el dolor y quería consolarla. Nell, muy despacito, extendió la mano y le acarició la cabeza.

* * *

    Al día siguiente, no puso tensión en la caída, pero no fue ca-paz de ponerse en pie de un salto.
    El día después, rodó por el suelo durante las primeras caídas pero en un momento dado, el cansancio pudo más que ella.
    Al tercer día, consiguió relajarse, rodar y ponerse en pie. Se sintió como si hubiera pintado una obra maestra. ¡Estaba casi a punto!
    – Bien -dijo Tanek-. Hazlo de nuevo.
    No lo consiguió en los dos días siguientes. Tanek hacía que las caídas fueran más duras y los descansos más cortos.
    Sólo estaba dos horas en el gimnasio cada día, pero po-drían haber sido veinticuatro. Cuando no se encontraba allí, pensaba en ello, preparándose mental y físicamente para el próximo encuentro con Tanek. Continuaba con sus esbo-zos, hablaba con Michaela, comía, dormía… pero todo era irreal. Se sentía como si estuviera dentro de un capullo, como si en el mundo no existiera nada más que la figura do-minante de Tanek, el gimnasio y las caídas.
    Pero se estaba haciendo más fuerte, más ágil y rápida. Muy pronto, a Tanek no le sería posible dominarla del todo.

* * *

    Tanek oyó el sonido de unos pasos suaves en el corredor.
    Nell había salido de su habitación. Una pesadilla. Otra vez.
    Se dio la vuelta en la cama, con los ojos abiertos, fijos en la oscuridad.
    Tania le había explicado cosas sobre las pesadillas, pero no era lo mismo saber de qué iban, que ver cómo Nell in-tentaba sobrellevarlas. La había seguido varias veces, pero no había dejado que ella se diera cuenta de su presencia. So-bre todo, después de haberle visto la cara cubierta de lágri-mas. Seguro que no quería que él la sorprendiera mostrando su parte débil.
    Nell iba a la sala de estar, se enroscaba sobre el sofá y contemplaba el Delacroix, o miraba por la ventana, a las montañas. Se quedaba allí una hora, a veces dos, antes de volver a su habitación.
    ¿Conseguía dormir, al meterse en la cama de nuevo?
    Tanek pensaba que realmente poco. Nunca parecía descansada del todo, sino inestable, a punto de perder el dominio.
    Aun así, ello no interfería en su fuerza de voluntad y su constancia. Por muchas veces que él la golpeara, Nell siem-pre volvía por más. Fortaleza de espíritu y coraje indomable envueltos en un frágil y bello envoltorio. Cuando cometía errores, aprendía de ellos. No importaba lo cansada o dolo-rida que estuviera, Nell aguantaba. Lo soportaba todo.
    Soportaba la dureza de Tanek, su brutalidad, su indife-rencia frente al dolor que ella sentía.
    Dios, cómo deseaba Tanek que volviera a la cama.

* * *

    Lo que Nell tanto anhelaba sucedió, finalmente, el martes. Descubrió que las caídas ya no le dolían, y que podía rodar por el suelo para alejarse de un atacante y ponerse en pie de un salto, lista y rauda para defenderse.
    – Caramba…, creo que ya lo tienes -dijo Tanek-. Hazlo otra vez. -Y la tiró al suelo, con más fuerza.
    Pero Nell se puso de pie segundos después de haber gol-peado la colchoneta.
    – Bien. Ahora ya podemos empezar. Mañana comenza-remos ataque y defensa.
    – ¿De verdad? -Sonrió ella, encantada.
    – A no ser que prefieras que continúe lanzándote por todo el gimnasio.
    – Me imagino que lo harás igualmente -repuso secamente.
    – Pero ya podrás concentrarte en lo que te enseñe, sin distraerte en si te hago daño o no. -Le lanzó una toalla y la contempló mientras se secaba el sudor de la cara y añadió-: Lo has hecho bien.
    Aquéllas eran las primeras palabras de alabanza que le dedicaba, y el rubor cruzó por su cara.
    – Pero he ido muy lenta. No creí que llegaría a aprender-lo nunca.
    – Has ido más rápida que yo. -Se secó la cara y el cue-llo-. Tenía catorce años y un marcado sentido de la supervi-vencia. Resistí cada etapa del entrenamiento, y no había col-chonetas en el almacén donde Terence me enseñó. Casi me rompió el cuello una docena de veces, hasta que aprendí.
    – ¿Terence?
    – Terence O'Malley.
    Otra vez, casi podía ver cómo Tanek volvía a cerrarse en sí mismo.
    – ¿Y quién era Terence O'Malley?
    – Un amigo.
    Una respuesta corta, concisa. Quería zanjar el tema pero esta vez Nell ignoró el hecho. Él lo sabía todo sobre ella. Ya era el momento de conocerle mejor.
    – ¿El amigo que Gardeaux asesinó?
    – Sí. -Cambió de tema-: Te mereces un premio. ¿Qué te gustaría?
    – ¿Un premio? -repitió Nell, sorprendida-. Nada.
    – Dímelo. Creo en el sistema pedagógico de premios y castigos. -Añadió secamente-: Y últimamente ya has tenido suficientes castigos.
    – No hay nada que… -se le ocurrió algo-. Excepto, quizás…
    – ¿Qué es?
    – Aquello que dijiste sobre Maritz… Cuando me tenías en el suelo. Algo sobre golpearme bajo la nariz para matar-me. ¿Podría aprenderlo? ¿Ahora?
    La miró un momento y empezó a reír.
    – Ni bombones, ni flores ni joyas. Sólo una nueva lec-ción. Debería haberlo sospechado. -Su sonrisa desapareció-. Muy mal. Esperaba que estarías harta de tanta violencia. Ya te he servido una ración más que suficiente.
    ¿Violencia? Dolor y frustración sí, pero Tanek nunca había sido violento. Nell siempre había sido consciente de que la fuerza que él ejercía era medida y sin malicia.
    – No creo que hayas estado especialmente violento.
    – ¿No? Pues a mí me lo ha parecido. -Se encogió de hom-bros-. Debe ser que no estoy demasiado acostumbrado a lan-zar contra el suelo a mujeres que no pesan ni la mitad que yo.
    Estaba claro que a Tanek no le gustaba aquello. Detrás de su máscara fría, detestaba haber tenido que hacerle daño.
    – Yo te pedí que lo hicieras.
    – Exacto. -Se acercó y le cogió la mano-. Y, ya que me lo pediste… No pude negarme. -Acercó la mano de Nell a sus labios-. Como no puedo negarme a obsequiarte matando a Maritz de un soplido. -Le dio la vuelta a la mano y le dejó un beso en la palma-. Con mis propias manos.
    La cogió desprevenida. Le miró, sin poder apartar la mi-rada de sus ojos. Tenía los pelos de punta, se sentía sin alien-to, como antes de aprender a caer adecuadamente en la colchoneta.
    – ¿No te satisface más pintar que asesinar a un hombre, Nell? -le preguntó tranquilamente.
    Le soltó la mano y salió del gimnasio.

* * *

    Al día siguiente, Michaela trajo consigo grandes cajas de cartón del Barra X.
    Nell estaba sentada en su taburete habitual, tomando apuntes, cuando las descubrió en un rincón. Las tapas esta-ban abiertas y parecían estar llenas de tejidos.
    – ¿Qué es eso?
    Michaela miró un momento las cajas.
    – Unas ropas viejas que tengo que llevar a Lasiter esta tarde. La Sociedad Vasca de Ayuda organiza una subasta de caridad este sábado. Tengo que meterlas en la furgoneta. Iba a repasarlas esta mañana para ver si necesitan algún remien-do. -Se encogió de hombros-. Los niños son muy brutos con la ropa.
    – ¿Los niños?
    – Tengo dos nietos. ¿No te lo había dicho?
    ¿Michaela era abuela? Era difícil creerlo. No podía ima-ginársela con un nieto sobre las rodillas.
    – Un niño y una niña de mi hija Sara -explicó Michaela-. Seis y ocho años. Ven, deja ese bloc a un lado y ayúdame a llevar las cajas a la furgoneta.
    Nell, obediente, dejó el bloc de dibujo sobre la barra de la cocina y la siguió.
    – Tú coge ésa. -Michaela le dio una de las cajas-. La fur-goneta está en el patio. -Cargó con la otra caja y la sacó de la cocina.
    Nell esbozó una mueca mientras la seguía. Michaela ha-cía mejor de general que de abuela. Se la imaginaba perfec-tamente reuniendo sus tropas y…
    Algo había caído de la caja. Se detuvo para recogerlo.
    Era una zapatilla de tenis, una zapatilla de tenis roja, muy pequeña.
    Una zapatilla de niño. ¿Cuántas veces había recogido zapatillas como ésta y, después de haber metido a Jill en la cama, las había tenido que colocar en el armario?
    No podía recoger aquella zapatilla.
    Sólo podía mirarla.
    Jill
    – Apresúrate, tengo que vigilar el horno. -Michaela la llamaba, impaciente.
    Nell se obligó a arrodillarse y recoger la zapatilla. Se quedó allí, agachada, con la zapatilla en la mano. El tacto era tan agradable, tan… familiar.
    – Dios mío -susurró. Y empezó a mecerse, con aquella diminuta zapatilla contra su pecho, adelante y atrás-. No… no… no…
    – ¿Qué es lo que te…? -Michaela apareció en el umbral. Vaciló un instante y fue hacia ella-. Ah, se te ha caído una zapatilla. -La cogió y la metió en la caja-. Ya la cojo yo. Ve a lavarte la cara. Te has tiznado de carboncillo mientras dibu-jabas. -Salió de la habitación a zancadas, con la última caja.
    Lentamente, Nell se puso en pie y se dirigió hacia el baño. No tenía la cara sucia. Sus mejillas estaban surcadas por las lágrimas. Estúpida. Desesperarse por una zapatilla. Cuando soñaba, perdía el control de sus sueños, pero creía que podía mantenerlo mientras estaba despierta, que se esta-ba haciendo más impermeable, que incluso empezaba a cu-rarse. ¿Acaso sería siempre así, durante el resto de su vida?
    – No te quedes todo el día ahí-la apremió Michaela, al otro lado de la puerta-. Necesito que me ayudes a pelar patatas.
    Michaela nunca le había pedido ayuda para hacer la comi-da. Consideraba que la cocina era de su dominio exclusivo. Había fingido no darse cuenta de aquel momento de debilidad de Nell, y ahora intentaba mantenerla ocupada. La amabili-dad se presenta, a veces, bajo las formas más insospechadas.
    – Voy. -Abrió la puerta-. Lo siento, yo…
    – ¿Por qué? No has ido con cuidado y se te ha caído una zapatilla. -Michaela se dirigió hacia la cocina-. No me inte-resa tanta charla. Ven y ayúdame.

* * *

    – Está muy bien. -Nicholas inclinó el boceto hacia la luz de la lámpara-. La has captado.
    Nell negó con la cabeza.
    – No del todo. Es terriblemente frustrante intentar dibu-jar a una persona que revolotea tanto.
    – Michaela no revolotea. Como definición, le falta la idea de pisar fuerte.
    – Pues lo que sea. -Cogió el boceto y lo metió en su por-tafolio-. Pero creo que mañana estaré lista para montar el caballete y usar los óleos. -Lo miró desde detrás de sus pestañas-. ¿Tengo derecho a un premio extra?
    – No. -Se arrodilló cerca del fuego y removió los leños-. Ya te doy suficiente tiempo de gimnasio. Más, sería una sobredosis.
    Nell ya esperaba aquella respuesta, pero no se perdía nada por intentarlo. Probablemente, Tanek tenía razón. Estaba satisfecha con sus progresos desde que Nicholas había empeza-do a enseñarle los rudimentos del ataque y la defensa. Pero tardaría mucho aún en conseguir que aquellos movimientos se automatizaran y los practicara sin esfuerzo, casi instintivos.
    – No aprendí demasiado sobre armas en Obanako -in-sistió.
    – No soy experto en ese área. Pero a Jamie sí le gustan las armas. Si nos visita, quizá puedas persuadirlo para que te enseñe.
    – O cuchillos.
    La miró a los ojos.
    – Te enseñaré a defenderte de un ataque con cuchillo, pero no a usarlo. De cualquier forma, no tendrías ninguna posibilidad contra Maritz. No puedes aprender en tres me-ses lo que a él le ha costado años. -Se puso en pie y fue a ser-virse otra taza de café-. Sería mejor que tuvieras otra arma, o un plan perfecto o, sencillamente, buena suerte.
    – ¿Y qué pasa con Gardeaux? ¿Qué debería hacer con Gardeaux?
    – Deja a Gardeaux para mí.
    – No puedo. Él dio la orden. -Levantó su taza-. Cuénta-me más cosas acerca de él.
    Se sentó en el suelo frente a la chimenea y rodeó sus piernas con los brazos.
    – Me dijiste que lo habías investigado tú misma.
    – Sé lo que publica el Time. Pero quiero saber lo que tú sabes.
    – Gardeaux es listo. Es precavido. Y desea ascender en la jerarquía del mundo de las drogas.
    – Creía que ya era alguien importante.
    – Tiene cierto rango, y va subiendo. Quiere reinar junto a Sandéquez, Juárez y Paloma. Con los realmente podero-sos. Tiene sed de poder, le encanta. También le gusta el di-nero y las mujeres bonitas, y es un apasionado de las espa-das antiguas y piezas únicas.
    Se acordó de aquella mención en la prensa sobre su co-lección de espadas.
    – ¿Un apasionado?
    Tanek se encogió de hombros.
    – Total y absolutamente apasionado. Quizá sea una ex-tensión de su deseo de poder.
    – ¿Una especie de manifestación fálica?
    – En cierto modo, sí. -Rió Tanek-. Aunque creo que tu retrato es un poco exagerado.
    – ¿Tiene esposa?
    – Lleva casado más de veinte años, y parece tener una to-tal devoción por ella y por sus dos hijos -añadió-, aunque eso no le priva de tener una amante fija en París.
    – ¿Sabes quién es?
    – Simone Ledeau, una modelo. Pero no podrás cazarle a través de ella, si es lo que estás pensando. Gardeaux siempre les deja muy claro a sus amiguitas lo que les pasaría si le trai-cionaran.
    – ¿Cómo?
    – Seguramente, las invita a asistir a uno de sus torneos privados de esgrima en el auditorio que se hizo construir junto a su mansión. Cuando quiere dar un castigo que sirva de ejemplo, tiene a un joven espadachín que se encarga de eliminar a quien representa una amenaza. No se puede ne-gar que tiene estilo.
    – ¿Asesinato?
    – Asesinato. Aunque le ofrece al otro contrincante una espada para que se defienda.
    – ¿Qué sucede si el otro vence?
    – Tiene la promesa de Gardeaux de dejarlo libre. Pero no ha tenido que reemplazar a su espadachín preferido, Pietro, durante más de dos años. La esgrima no es exactamente una disciplina que se enseñe en el gimnasio del barrio.
    – Pero, según dices, Pietro reemplazó a otro, ¿no? Así que, a veces, el contrincante vence. -De repente, se le ocu-rrió-: ¿Fuiste tú?
    – No, no fui yo. -Se miró las manos entrelazadas en su regazo-. Y aquel vencedor, de todos modos, no sobrevivió.
    – ¿Gardeaux no deja libre a nadie?
    – Los deja libres. -Bruscamente, se puso en pie-: Me voy a la ciudad.
    – ¿Ahora? ¿Por qué? -le preguntó Nell, sobresaltada.
    – Estoy cansado de preguntas, y de vivir pensando en Gardeaux y Maritz a cada segundo. -Se dirigió hacia la puerta-. Me ahoga.
    A Nell no le había parecido que le importaran sus pre-guntas, antes de tocar el tema de los combates de esgrima. Así que le dijo:
    – Siento haberte incomodado.
    Él se fue dando un portazo, y de repente ella se sintió totalmente desanimada.
    Un momento después, oyó el rugido del jeep en el patio. Se puso en pie y fue hasta la ventana. Las luces de posición desaparecían en la distancia, y eso le produjo un sentimien-to súbito de soledad. Tanek se había desplazado hasta el Ba-rra X muchas tardes, en las pasadas semanas, pero era la pri-mera vez que se iba a la ciudad de noche. Nell se sintió extrañamente abandonada.
    Idiota. Tanek había roto la rutina. Ella se había acos-tumbrado y se sentía cómoda pasando las veladas con él, frente a la chimenea.
    Él es un hombre, y tú estás más disponible que las muje-res de la ciudad.
    Sintió un escalofrío al recordar las palabras de Michaela.
    Las mujeres de la ciudad. Claro, Tanek no podría vivir en aquel solitario lugar sin alguien que le desahogara sexualmente. Era sorprendente que no hubiera necesitado mucho antes a una mujer.
    ¿Una mujer en particular?
    No era de su incumbencia. Tanek tenía su vida y ella la suya. El abandono era, pues, imposible en su relación.
    Algo rozó suavemente su pierna. Bajó la mirada y des-cubrió a Sam, que, a su vez, la contemplaba.
    – Hola, chico -le acarició cariñosamente la cabeza-. Se ha ido. ¿Quieres dormir en mi habitación esta noche?
    Podrían hacerse compañía el uno al otro.
    El también había sido abandonado.

* * *

    – Más -jadeó Melissa, mientras le acometía desde abajo para sentirlo más adentro-. Así, así. Ayúdame.
    El penetró más. Hasta el final.
    Y su orgasmo llegó demasiado pronto. Se derrumbó so-bre ella, temblando.
    Sintió las contracciones de Melissa, también en el climax.
    Tanek se dejó caer a un lado para tenderse boca arriba y le puso un brazo como almohada. Sabía que debía abrazar-la. La cercanía después del acto era importante para la ma-yoría de las mujeres.
    Pero no quería.
    No quería estar allí.
    – Ha estado bien -murmuró Melissa mientras se acurru-caba más cerca-. Me alegra que te hayas dejado caer por aquí, Nicholas.
    El le acarició el cabello. El sexo siempre era satisfactorio para Melissa. Melissa Rawlins era directa, sin complicaciones, pedía poco y daba con generosidad. Tenía treinta y cuatro años, estaba divorciada, regentaba un negocio inmobiliario propio en Lasiter y no buscaba marido. Era perfecta para él.
    Pero ya no quería estar allí.
    Ella le dio un beso en el hombro.
    – Tenía miedo de no volverte a ver. Oí que había una mujer contigo en el rancho. ¿Aún está allí?
    Tampoco quería pensar en Nell ahora.
    – Sí.
    Melissa soltó una risita.
    – Pues no debe de ser demasiado buena. -Se incorporó y lo abrazó-. Casi me violas antes de que me pudiera desvestir.
    – Violación implica falta de consentimiento. -Tanek la besó en la frente-. No es la palabra adecuada.
    – Bueno, no he querido ofrecer mucha resistencia. Te echaba de menos. -Lo despeinó, riendo-. Y tú también a mí.
    – Claro. -No podía marcharse aún. Melissa no era una puta. No la podía tomar y largarse sin más. Eso no sería ju-gar limpio. Así que dale algo, bastardo. Se obligó a abrazar-la.-. Siento haberte parecido brusco.
    – Me ha gustado. -Bostezó Melissa-. Me encanta cual-quier cosa que me hagas. Aunque, sí, parecías un tanto dis-tinto. -Se acurrucó contra él-. ¿Te importa si duermo un poco? He tenido un día de perros.
    – ¿Quieres que me vaya?
    – No, solamente quiero echar una cabezadita. -Frotó su mejilla felina contra el hombro de Nicholas-. Sé que pronto querrás más.
    – Lo que importa es lo que quieras tú.
    – Entonces, pasarás la noche aquí. No te voy a dejar ir ahora que finalmente te has decidido a hacerme una visita.
    Nicholas contuvo un brote de impaciencia. Tenía claro lo que Melissa esperaba, ya que, normalmente, Tanek se quedaba toda la noche-. Duérmete. Me quedaré.
    – Vale -repuso, medio dormida. Hubo un silencio más o menos largo y, de repente, preguntó-: ¿Quién es ella?
    – Una amiga.
    – No quiero ser una cotilla -susurró-, simplemente es que… tenía curiosidad. Me has hecho el amor con tantas ganas.
    – Hacía mucho tiempo. -Le acarició los labios con su dedo índice-. Calla y duerme.
    – No quieres hablar de ella.
    – No hay nada de qué hablar.
    No quería hablar de Nell y tampoco quería pensar en ella. Debería haber sido capaz de olvidarla con el sexo. Siempre lo había usado para relajarse y huir de la inquietud y, sin embargo, se sentía aún más inquieto, caminando al borde de un precipicio.
    No, aquello no funcionaba. No quería estar allí. Quería volver al rancho con ella, contemplar la expresión reconcen-trada de su rostro cuando dibujaba, o ver cómo se sentaba junto a Sam y lo mimaba.
    Había que admitirlo.
    Quería llevarla a la cama, quería hacerle el amor como nunca antes a nadie.
    Pero Nell no estaba preparada. Y quizá no lo estuviera nunca, quizá no pudiera aceptarle durante mucho tiempo… Probablemente, sería mucho mejor si no lo hacía. A Tanek le había costado mucho esfuerzo tener una vida como la que llevaba, y ella se la cambiaría. Ya lo había hecho. Nell no era una mujer a la que se pudiera relegar a un segundo plano y visitarla sólo cuando le fuera conveniente. Aun en los momentos más plácidos, se descubría contemplándola, preocu-pado por sus silencios.
    Obviamente, la solución era poner distancia, pero aque-llo no era una opción factible. Continuarían viviendo uno junto al otro, relacionados íntimamente cada día.
    Dios santo.

* * *

    – ¿Aún no ha vuelto Nicholas de la ciudad? -preguntó Michaela.
    – Aún no -repuso Nell, sin levantar la vista del bloc de dibujo.
    – Casi es de noche. Normalmente no está tanto rato con ella.
    Nell resistió el impulso de preguntarle por la identidad de «ella».
    – ¿Por qué has dejado que se marchara? -preguntó Michaela.
    – Él hace lo que quiere.
    – Podías haberlo retenido. A ella tan sólo la utiliza. La próxima vez, dale lo que busca y no se marchará.
    Nell levantó la cabeza como un rayo, y la miró:
    – ¿Qué?
    – Ya me has oído.
    – No estoy muy segura. Creía que usted quería que me fuera lo antes posible.
    – He cambiado de opinión. He decidido que puedo acostumbrarme a ti.
    – Gracias -contestó Nell con sequedad.
    – Y también tú te acostumbrarías a esta tierra. Podrías ayudar a que Nicholas echara raíces aquí, con nosotros.
    – Estoy contenta de que piense que le podría ser útil en algo.
    – Te has molestado por mis palabras. Yo sólo deseo lo mejor para todos.
    – Según su punto de vista, y con sus condiciones.
    Michaela sonrió.
    – Por supuesto. Pero estoy deseosa de acceder, también, a algo que te haga más feliz. Incluso te regalaré cada día quince minutos de completa inmovilidad para que puedas dibujarme mejor.
    – Su generosidad me deslumbra.
    – No es para menos. -Fue hacia la puerta-. No me gusta estarme quieta. Me gusta que los demás noten mi presencia.
    – Eso está clarísimo -dijo Nell después de que la puerta se cerrara tras Michaela. Apartó el bloc a un lado.
    Aquella mujer era asombrosa, totalmente sorda a cual-quier otro propósito que no fuera el suyo propio.
    Pero ¿no era exactamente igual que ella? «Apártate de mí, que tiznas», le dijo la sartén al puchero…
    Se puso en pie y fue, inquieta hasta la ventana. El cielo se iba haciendo más oscuro a medida que la noche llegaba. Había echado de menos el reto de las horas de gimnasio. Se había acostumbrado a la rutina, al ritmo de los días.
    Se había acostumbrado a Tanek.
    Era perfectamente natural y no significaba nada. Se ha-bía ido acostumbrando a Michaela y a Sam también.
    ¿Dónde estaba Nicholas?
    Un súbito escalofrío la recorrió. Quizá no estaba con una mujer. Según Michaela, nunca tardaba tanto en volver. Un hombre que se rodeaba de cercas constantemente sin duda se ponía en peligro cuando las dejaba atrás.
    Sam ladró chillonamente y descendió los escalones del porche.
    ¡El jeep!
    Nell se descubrió de repente en el porche, esperando.
    Sam corría peligrosamente hacia las ruedas del jeep mientras éste se acercaba a la casa. Nell sonrió al oír que Ta-nek maldecía al perro mientras pisaba a fondo los frenos.
    – Llegas tarde. -Bajó los escalones-. Michaela tiene casi lista la sopa. Se hubiera enfadado si tú… -Se detuvo, sor-prendida al ver a Jamie Reardon saliendo del jeep también-. Hola.
    Tanek estaba con una rodilla en el suelo, calmando a Sam.
    – He ido a recoger a Jamie al aeropuerto. Hace sólo una hora que ha llegado.
    Jamie sonrió mientras se acercaba a ella.
    – Nick me ha llamado esta mañana, temprano, y me ha dicho que necesitas de mis servicios. Aunque no me guste ver a una dama encantadora empuñando un arma letal, me he visto en la obligación de volar a vuestro lado, natural-mente. -Miró hacia las montañas, el horizonte, y fingió un exagerado temblor-: No puedes imaginarte el sacrificio que significa. Ningún hombre civilizado se aventuraría a aden-trarse en estas tierras salvajes.
    Armas. Estaba hablando de armas. Nell cayó en la cuen-ta: le había mencionado a Tanek su carencia de conocimien-tos al respecto, justo la noche anterior. Y él se había referi-do a Jamie, pero de modo tan casual que a ella no le había parecido que fuera a prosperar.
    – Gracias por venir.
    Tanek se puso en pie y fue hacia el porche.
    – Entra y ven a ver mi hogar, Jamie. No es exactamente la cabaña que pensabas.
    – Si nuestra Nell ha sobrevivido todas estas semanas -dijo Jamie-, es un signo excelente de que me será posible tolerarlo.
    Nell los siguió lentamente mientras entraban en la casa.
    Jamie se dio la vuelta y la sonrió.
    – No era mi intención aparecer de sopetón. ¿Quieres que me marche?
    – No, por supuesto que no. Sólo que me ha sorprendido -dijo rápidamente-. No lo esperaba.
    – Ni yo tampoco. -Hizo una mueca-. Pero Nick puede ser muy persuasivo. Te prometo que no molestaré.
    Pero todo sería distinto. Con la presencia de Jamie, la si-tuación cambiaba, desaparecía la intimidad.
    Que era lo que, obviamente, Nicholas pretendía, o no habría traído a Jamie. Entonces, se estaba aburriendo, esta-ba cansado de malgastar su tiempo exclusivamente con ella.
    Ignoró la punzada que le provocó tal pensamiento. De acuerdo, aceptaría el cambio, y lo haría productivo para ella. Estaba aprovechando el tiempo para aprender y Jamie tenia algo que enseñarle.
    – No molestas. Estoy contenta de que estés aquí.

* * *

    Estaba perdiendo el tiempo, comprendió Maritz decepcio-nado. La mujer de Calder no iba a venir. Pronto tendría que acabar con esto. Lástima. Se sentía muy cercano a Tania Vlados.
    Casi atraído.
    La había vigilado, conociendo su miedo, saboreándolo. Después de los primeros días, Tania tuvo el presentimiento de que él estaba ahí, aunque rehusaba reconocerlo. Se había concentrado en sus cosas, y eso había hecho que él empeza-ra a sentir tentadora su resistencia. El placer de la caza se volvía cien veces más intenso.
    Normalmente, no tenía ningún interés sexual por sus víctimas, pero, esta vez, Maritz jugaba con la idea de poseer-la antes del final. Como una especie de cumplido, para marcar la diferencia entre ella y los otros. Para hacerle ese honor, tendría que actuar por la tarde, cuando Lieber no estuviera en casa y no pudiera molestar. Durante el día, solamente rondaba por allí aquel joven chapuzas, del que podría librar-se en el jardín. Cualquier forcejeo provocaría errores, y Ma-ritz necesitaba información antes de matarla. Preferiría obte-nerla de Tania, si es que ella sabía algo.
    Podía ser que tardara mucho en conseguir que Tania Vlados le diera esa información, pensó con orgullo. Se había enfrentado a su vigilancia con una valentía poco común.
    Sí, ella se merecía un trato diferente a todos los demás.

Capítulo 12

    Nell salió del gimnasio.
    – Es buena -dijo, admirado, Jamie.
    – Lo está consiguiendo. -Tanek se secó la cara con la toalla.
    Jamie hizo una mueca.
    – Es endiabladamente agresiva. Casi te ha tumbado, una vez.
    – Ya te lo he dicho: lo está consiguiendo.
    – Ha sido interesante observarte. Normalmente, cuando estás encima de una mujer, tus propósitos son distint…
    – ¿Has descubierto algo más?
    Jamie negó con la cabeza.
    – Tengo alguna pista, pero él ha bloqueado la mayoría de los caminos. Tomará tiempo. -Hizo una pausa-. Encontré una pequeña noticia que podría interesarte. Le hice una llamada a Phil para ver cómo le iba y me mencionó un artícu-lo que descubrió en las últimas páginas del periódico de la semana pasada. John Birnbaum ha desaparecido.
    Birnbaum. Tanek tardó un minuto en establecer la rela-ción. Era el gerente de la empresa funeraria, al que había so-bornado para falsificar la muerte de Nell.
    – ¿Alguna conexión?
    – Aparentemente, no. Ni un solo signo de juego sucio. Una bonita suma de dinero también desapareció de su caja fuerte, pero quien la hubiera abierto conocía la combinación. Y el coche de Birnbaum ha desaparecido con él. Pare-ce ser que Birnbaum tiene pendiente un proceso de divorcio bastante movidito, así que existe la posibilidad de que haya volado para evitar pagar la pensión. -Sopesó aquella idea por un segundo-, Pero su hijo dijo que le parecía que faltaba uno de los ataúdes de pino que se usan para las cremaciones.
    – Cremación. Gardeaux siempre ha insistido en la lim-pieza.
    – Y en Minnesota hay un montón de lagos donde hundir un coche. -Jamie se encogió de hombros-. Por supuesto, todo son suposiciones, y la teoría de que Birnbaum ha vola-do podría ser cierta.
    – Y podría estar equivocada. Por razones de seguridad, tenemos que suponer que ha sido Gardeaux, o Maritz, y que han descubierto lo que buscaban de Birnbaum. ¿Le dijiste a Phil que mantuviera una atenta vigilancia sobre Tania y Joel?
    – No tuve que decírselo. Me lo soltó él mismo. Es muy eficiente. Dice que no ha notado ninguna actividad, pero que Tania le mencionó hace unas semanas que le parecía que la habían seguido. Nada desde entonces.
    – No me gusta.
    – No estoy de acuerdo. «Sin novedades» significa, en este caso, «buena noticia».
    – ¿No se ha visto a nadie merodeando cerca de la casa?
    Jamie negó con la cabeza.
    – Y tienen un sistema de seguridad A-1.
    – Sigue sin gustarme.
    – No puedes rodearlos de guardias armados sólo porque existe la remota posibilidad de que les suceda algo.
    – Le prometí a Joel que le protegería si me ayudaba. Co-metí un error en Medas. No me va a pasar de nuevo. -Medi-tó un segundo-. ¿Por qué no llamas a Phil y le dices que contacte contigo si hay cualquier cosa…?
    – Ya lo he hecho.
    – Por supuesto, ya lo has hecho. -Intentó sonreír-. Lo siento.
    – Y volveré allí en cuanto me permitas abandonar este desierto y sumar mi considerable intelecto a la búsqueda de la verdad sobre lo que se está cociendo.
    En definitiva: Nicholas iba a quedarse de nuevo a solas con Nell. Bueno, al menos, lo había intentado. Debía de ser el destino. Estúpido, se dijo, disgustado. Jamie tan sólo buscaba una excusa y ya la había encontrado.
    – Tres días. Enséñale todo lo que puedas en este tiempo No quiero que se dé cuenta de que algo va mal y se suba de un brinco al primer avión a Minneapolis.
    Jamie asintió.
    – Puedo enseñarle lo básico en ese tiempo. De cualquier manera, el resto es práctica y más práctica. -Lanzó un sus-piro de alivio-: Admito que me alegrará dejar este lugar. Es demasiado espacioso, y el silencio es insoportable.
    – ¿Cómo lo sabes? No te he visto quieto y callado en mi vida.
    – Tu ingratitud fustiga mi corazón. -Fue hacia la puer-ta-. Voy a buscar a Nell. Ella sabrá apreciarme.

* * *

    Nell hizo una mueca.
    – He fallado otra vez.
    – Pero sigues dándole muy cerca -la animó Jamie-. Todo llegará.
    – ¿ Cuándo?
    – Eres demasiado impaciente. No puedes esperar darle a la diana con sólo un día de entrenamiento. -Se alejó para ajustar el blanco sobre la valla del corral-. Tienes buen ojo y pulso firme. Úsalos. Concéntrate.
    Nell frunció el ceño.
    – Estoy concentrada.
    Él esbozó una mueca de disgusto.
    – Pues no te concentres tanto. Quizás es que lo deseas demasiado.
    Eso era posible. Lo quería. Su mano se tensó sobre el modelo Colt de mujer que Jamie le había dado.
    – Ya debería saber hacerlo.
    – No todo el mundo nace tirador, y un hombre es un ob-jetivo mucho mayor que una diana. Si puedes aprender a disparar rápidamente hacia el objetivo desde cualquier posición, entonces estarás preparada.
    – No quiero estar preparada. Quiero ser buena.
    – No, tú quieres ser perfecta.
    Nell sonrió y asintió:
    – Quiero ser perfecta.
    – Y practicarás hasta serlo. -Suspiró-. Dios me libre de los obsesivos. -Le quitó el arma-. Vamos. Nos tomaremos un descanso y una taza de café.
    – No estoy cansada.
    – Yo sí. -La agarró del brazo y la guió a través del patio-. Y todo este aire fresco me desconcierta. No me sorprende que Dios inventara los pubs.
    – Creía que los había inventado el hombre.
    – Eso es una idea errónea bastante común. No, definiti-vamente, son la casa de Dios -agitó la mano hacia las mon-tañas y la planicie, como despidiéndose de ellas-, desde que Él decidió salir de este desierto.
    – Si echas tanto de menos tu pub, ¿por qué estás todavía aquí?
    – Nick me llamó. -Se encogió de hombros-. Y también tengo mis obsesiones: Terence y yo queríamos volver aquí.
    – ¿Terence O'Malley?
    – ¿Nick te ha hablado de él?
    – Me dijo que Gardeaux lo mató. ¿Eran buenos amigos?
    – Era lo más parecido a un padre para Nick. Terence lo sacó del arroyo. Nick era un pequeño salvaje ignorante que intentaba sobrevivir, pero a Terence le gustó. Lo protegió, lo alimentó y le enseñó. Y no le costó mucho tiempo. Nick estaba hambriento. Quería aprender todo lo de este mundo. Superó a Terence en muy poco tiempo, y se fue para conse-guir más. Empezó a subir y se llevó a Terence con él. -Incli-nó la cabeza-. Así como a mi humilde persona.
    – ¿Subir adonde?
    – Fuera del arroyo, y de la única manera que pudo.
    – ¿Delinquiendo?
    – Era lo único que sabíamos hacer. Terence y yo éramos unos auténticos desastres: contrabandistas de tres al cuarto y ladrones ocasionales. Pero Nick… Ah, Nick era un artista. Siempre sabía lo que quería y cómo hacer para conseguirlo.
    – ¿Qué era lo que quería?
    – Irse. Con suficiente dinero para asegurarse que nunca volvería atrás.
    – Evidentemente, triunfó.
    Jamie asintió.
    – E intentó darnos también lo que queríamos. Yo lo cogí al vuelo, pero Terence no quería quedarse quieto. Había estado metido en ello demasiado tiempo. Le gustaba aquella vida, la emoción de la partida. Cuando Nick compró este rancho, Terence se caló el sombrero y se alejó.
    – Tropezó con Gardeaux. -Sus labios se pusieron en tensión-. Volvió con Nick para morir.
    – ¿Qué sucedió?
    – Gardeaux lo utilizó como muestra de un castigo ejem-plar. -Le abrió la puerta principal-Una pequeña cantidad de un veneno llamado «coloño» en la punta de una espada. Noventa y siete por ciento fatal y una muerte inimaginable-mente cruel. Nick no pudo hacer más que estar junto a él y presenciar cómo moría.
    – ¿Coloño? Nunca he oído hablar de él.
    – Procede del Amazonas. Están apareciendo toda clase de enfermedades a medida que se deforesta la selva. El colo-ño únicamente se transmite por contacto con la sangre. La enfermedad no es contagiosa, pero es prima hermana del Ébola. Seguro que has oído hablar de la muy asquerosa.
    Nell sintió un escalofrío. Había leído en la prensa sobre este virus que literalmente arrasa los órganos de sus víctimas.
    – Sí, algo.
    – El cártel guarda a mano una cantidad de veneno para usarlo con la gente que no les gusta. Esta amenaza surtió efec-to. Y a Gardeaux lo mantienen bien surtido de ese material.
    – Diabólico.
    – Sí. Haz caso de la advertencia. -Buscó su mirada-. ¿Crees que Nick actuaría con tanta precaución si Gardeaux fuera un blanco fácil?
    No. Contemplar cómo su amigo moría lenta y dolorosamente debió de sumirlo en una agonía a él también.
    – Estoy aquí, ¿no? Estoy siendo paciente.
    – Excepto cuando no le aciertas a la diana.
    Sonrió.
    – Excepto entonces.

* * *

    – Pensé que se iba a quedar más tiempo. -Nell observaba de-cepcionada, cómo Michaela maniobraba el jeep, con Jamie en el asiento del copiloto, en dirección a la carretera-. No he aprendido suficiente.
    – Tiene algunas cosas que hacer. Según él lo estás hacien-do suficientemente bien para que continúes practicando tú sola -dijo Nicholas-. Además, mi casa es demasiado bárbara para su gusto.
    – No es bárbara. -Contempló las montañas-. Es sencilla.
    – Eso es. -Se volvió a mirar al jeep, que estaba llegando al primer portón antes de preguntar-: ¿Te gusta esto?
    Nell no había pensado en ello. Aquel espacio era tan sólo el escenario del trabajo que estaba realizando. Ahora se daba cuenta de que, gradualmente, se había acostumbra-do a aquella paz y el ambiente de aquel lugar, Se sentía en casa.
    – Sí, me gusta. Tiene… raíces.
    – Por eso lo compré. -Estuvo silencioso un momento y de repente giró sobre sus talones-. Ponte unos téjanos y una chaqueta que abrigue, te espero en el establo.
    Nell lo miró desconcertada.
    – ¿Por qué?
    – ¿Montas?
    – He montado alguna vez, pero no soy ninguna vaquera.
    – No hace falta que lo seas. No vamos a lacear novillos. Sencillamente, subiremos hasta las colinas para encontrar-nos con Jean y Peter. Ya deben de haber llegado a los pastos bajos con el rebaño.
    – Pero ¿para qué vamos?
    – Porque yo quiero ir. -Su sonrisa se volvió temeraria-. Y he decidido dejar de ser tan aburridamente responsable y hacer lo que deseo hacer. ¿No quieres ver cómo le va a Peter en su nueva vida de pastor?
    – Sí, pero yo… ¿Cuánto tiempo tardaremos?
    – Llegaremos a la meseta donde acampan hacia el ano-checer. Pasaremos la noche con el rebaño y regresaremos por la mañana. -Sonrió burlón-. Tendrás mucho tiempo para jugar con tu nuevo juguete.
    – Puedo llevar al pistola conmigo.
    – No. Aún no eres lo suficientemente buena con ella. Podrías herir a una de las ovejas, o a un perro.
    – Entonces quizá debería quedarme y…
    – ¿Quieres venir o no? -le preguntó, agotado.
    Quería ir, lo comprendió de repente. Quería conocer a Jean Etchbarras y volver a ver a Peter. No le haría ningún daño tomarse un pequeño descanso. Trabajaría el doble al volver. Se dirigió rápidamente hacia el porche.
    – Te veré en el establo.

* * *

    Jean Etchbarras no superaba el uno setenta de altura, re-choncho, musculoso y con una sonrisa que iluminaba su re-donda cara. Nell nunca lo hubiera relacionado con la majestuosa Michaela, lo más parecido a Cleopatra.
    – Estoy encantado de conocerte -le dijo el radiante pas-tor-. Mi Michaela dice que eres una buena chica.
    Nell parpadeó.
    – ¿Eso dice?
    É1 asintió y se volvió hacia Tanek.
    – Perdimos una oveja, se la comió un lobo. Pero es tan sólo una pequeña calamidad.
    Tanek sonrió.
    – Sí, es pequeña. Nell ha venido a ver a Peter. ¿Dónde está?
    Jean señaló hacia el final del rebaño.
    – Allí. Lo está haciendo bien.
    Peter ya la había visto y estaba moviendo las manos apa-sionadamente, pero sin acercarse hacia ellos.
    – ¿Lo ves? Continúa ahí y vigila las ovejas. A veces se ol-vida de cosas, pero nunca de vigilar el rebaño. -La sonrisa orgullosa de Jean hizo que sus arrugas alrededor de los ojos se hicieran más profundas-. Ha aprendido rápido.
    – ¿Puedo acercarme? -preguntó Nell.
    Jean asintió.
    – De todas formas ya es hora de plantar el campamento. Dile que ponga los perros a vigilar y que venga a cenar.
    Nell le entregó las riendas de su caballo a Tanek y empezó a dirigirse hacia el enorme rebaño. Arrugó la nariz mientras iba acercándose a él. Todas aquellas ovejas juntas no desprendían un olor demasiado agradable. Su piel era de una lana beige sucia, no blanca. No se parecían en nada a los corderitos de los cuentos infantiles.
    – ¿A que son preciosas? -le preguntó Peter en cuanto es-tuvo al alcance de su voz-. ¿No te gustan?
    – Bueno, a ti parece que te encantan. -Le dio un rápido abrazo y se retiró un poco para contemplarlo mejor.
    No estaba tan moreno como Jean, pero sí más broncea-do que la última vez que lo había visto. Llevaba un poncho de lana medio roto, botas y unos guantes de piel. Sus ojos brillaban y su expresión era resplandeciente.
    – No tengo que preguntarte si estás bien.
    Señaló a un perro blanco y negro que estaba guiando a un cordero perdido.
    – Éste es Jonti. Es pastor, como yo. Por la noche, cuan-do no estamos de guardia, dormimos juntos.
    – ¡Qué bien!
    No le extrañaba en absoluto que Peter oliera a una com-binación de oveja y perro. Pero no había cambiado. Nada había sucedido, excepto que ahora estaba feliz y orgulloso de sí mismo.
    – Y Jean dice que cuando la compañera de Jonti tenga ca-chorros, podré tener uno y enseñarle a guiar un rebaño.
    Aquello empezaba a parecer peligrosamente un proyec-to para siempre.
    – ¿No te llevará demasiado tiempo?
    La sonrisa de Peter desapareció.
    – Estás pensando que quizá tenga que irme. -Sacudió la cabeza-. Nunca me iré. Jean no quiere que lo deje. Dice que soy un buen pastor -añadió simplemente- y que podría pertenecer a este lugar.
    Nell sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
    – Eso es maravilloso, Peter. -Se aclaró la garganta-. Jean ha dicho que mandes los perros a vigilar y que vengas a cenar.
    Peter asintió y gritó con firmeza.
    – Vigila, Bess. Vigila, Jonti. -Se volvió y dio un paso hacía ella-. ¿No te parece precioso todo esto? Deberías ver las tierras altas. Todo es verde y, en cuanto miras arriba y ves las montañas justo por encima de ti, te entra como un mie-do que no es real y…

* * *

    – Es feliz. -Nell bebió un sorbo de café y escruto con la mi-rada a través de las llamas a Peter y a Jean al otro lado del campamento. Jean le estaba enseñando a Peter a afilar un cuchillo y la frente de Peter mostraba toda su concentra-ción-. Está como flotando.
    – Sí. -Su mirada buscó la de ella-. Precioso.
    – Quiere quedarse.
    – Entonces, se quedará.
    – Gracias.
    – ¿Por qué? Se está ganando la plaza. No es fácil ser pas-tor. Aislamiento, trabajo duro, sol, nieve. Lo intenté una temporada, justo cuando llegué aquí.
    – ¿Por qué?
    – Pensé que me haría sentir más mío este lugar.
    – ¿Y fue así?
    – Ayudó.
    – El sentimiento de propiedad es importante para ti.
    Tanek asintió.
    – Cuando era un crío, no tenía nada más que la ropa que llevaba puesta, y decidí salir al mundo, agarrar todo lo que pudiera y no soltarlo. Supongo que aún conservo ese instinto.
    Nell sonrió.
    – Sin ninguna duda.
    – Al menos, he cambiado mis deseos. -Removió el fuego con una madera-. Y hoy día pago por lo que quiero.
    Nell miró hacia las montañas.
    – Te encanta este lugar.
    – Desde la primera vez que lo vi. A veces sucede de esta manera.
    – Como a Peter. Me ha dicho que pertenece a este lugar. -Miró al muchacho-. Y le creo. Peter parece… completo.
    – ¿Completo?
    – Completo. -Tanek la contemplaba con curiosidad mientras buscaba las palabras-. Ya no será un patito feo nunca más.
    – Parece un poco más curtido, pero soy incapaz de ver ninguna otra sorprendente mejora en su aspecto.
    – Eso no es lo que yo quería decir. Cuando era una niña pequeña, mi abuela solía hablarme de los patitos feos del mundo y sobre cómo todos ellos se convirtieron en cisnes. -Se encogió de hombros-. Después, descubrí que eso no era necesariamente cierto.
    – Para ti, sí.
    – Pero ha sido un milagro. El milagro de Joel. Aunque, últimamente, he estado pensando que puede que todos ten-gamos la oportunidad de convertirnos en un cisne. Porque, en parte, está en nuestro interior. Si buscas quién eres y consigues la paz contigo mismo, quizá eso sea un tipo de milagro también. Quizá nos sucede a medida que vamos superando nuestros miedos, dudas e inmadurez. Quizás es lo que… -Se detuvo y gesticuló-. Suena tan profundo… ¿Por qué no te ríes de mí?
    – Porque aplaudo cualquier signo de que piensas en algo más que en lo de Medas. ¿Así que Peter está completo?
    – Te estás riendo de mí. -Él no replicó, y Nell conti-nuó-. Puede ser que no esté completo, pero ha dado un gran paso adelante.
    – ¿Un paso de ganso? -Levantó la mano-. Lo siento, pero no lo he podido resistir. Todas estas alegorías de pája-ros me alteran. Realmente, creo que tiene sentido. ¿Así que Joel creó un cisne en más de un aspecto?
    Negó con la cabeza.
    – No, si te refieres a mí. Yo no estoy completa. Estoy… rota en pedacitos. Pero creo que tú sí sabes quién eres. Como Tania. -Tanek ya no sonreía, pero su mirada era arrolladoramente intensa. Rápidamente, Nell desvió la suya y bromeó-: Puede que Tania sea un cisne, pero estoy segu-ra de que tú eres un halcón.
    – Posiblemente. -Su tono era ausente, y ella aún notaba aquella mirada fija en su cara.
    Nell tiritó al sentir un soplo de aire helado que taladró la cálida protección del círculo del fuego.
    – Abróchate la chaqueta -le aconsejó Tanek.
    Nell no se movió.
    – Abróchatela, hace mucho frío en las colinas.
    Pensó en desobedecerlo, pero ¿por qué congelarse la na-riz sólo para enojarlo? Se abotonó la chaqueta.
    – No necesito que me digas cómo debo cuidar de mí misma. Llevo haciéndolo hace bastante tiempo.
    – No demasiado bien -repuso Tanek con una súbita as-pereza-. Dejas que todos los que se te acercan te conviertan en un felpudo. Abandonaste la carrera que te gustaba, dejas-te que tus padres te casaran a toda prisa con un hombre al que no le importabas un comino, y después…
    – Te equivocas. -Aquella repentina brusquedad la había sorprendido con la guardia baja-. Richard se preocupaba por mí. Soy yo quien le engañó.
    – No puedo creerte. Incluso ahora intentas manipular tus emociones, ahora que…
    – Richard está muerto. Deja de hablar de él.
    – Hablaré cuanto me plazca. -Se volvió y buscó su mira-da-. ¿Por qué no admites que aquel bastardo te utilizó? Consiguió una pequeña, dulce y educadita esposa a la que podía dominar para satisfacer su felicidad personal, una es-posa que nunca le diría que no porque estaba henchida de gratitud hacia él, porque él se había rebajado a…
    – Cierra la boca. -Respiró profundamente-. De todas maneras, ¿a ti qué te importa?
    – Me importa. Porque quiero irme a la cama contigo, maldita sea.
    Nell se quedó con la boca abierta.
    – ¿Qué?
    – Ya me has oído. -Sus palabras la martilleaban-. ¿O de-bería usar unos términos más finos? ¿O lo quieres escuchar en chino? ¿En griego?
    – No quiero oírlo. De ninguna manera -dijo, casi tem-blorosa.
    – Lo sé. No he dicho que intentaría arrastrarte a la cama. Sé que no estás preparada para ello.
    – Entonces, ¿por qué razón lo has dicho?
    – Porque quiero -repuso simplemente-. Además, estoy cansado de luchar contra ello. Y porque no te hará ningún daño saberlo. Pensar en ello. Y quizá la suerte me sonría.
    Ella se humedeció los labios.
    – Preferiría que no hubieras dicho nada. Hará que las co-sas sean más incómodas.
    – Bienvenida al club. He estado incómodo durante algún tiempo. Ahora estoy incómodo del todo.
    Su mirada se deslizó hacia la parte inferior del cuerpo de Tanek y, rápidamente, se desvió en otra dirección.
    – Lo siento. Yo nunca… Espero que tú…
    – ¿Por qué no pones la cabeza bajo la almohada y lo ig-noras? ¿No es lo que has hecho durante las pasadas se-manas?
    – No he estado ignorándolo. No lo sabía.
    – Lo sabías. Es difícil ignorarlo.
    – Tú disimulas muy bien.
    Sonrió sesgadamente.
    – No tan bien. Es una condición que no es fácil de dis-frazar.
    ¿Lo había sabido y había enterrado la cabeza en el agu-jero? Quizás. Era posible que hubiera rechazado las pala-bras que le dijo Michaela simplemente porque no se las quería creer.
    – No quería que esto sucediera.
    – No, el sexo sería un estorbo, ¿verdad? Aunque proba-blemente lo podríamos ubicar entre el asesinato y las activi-dades criminales.
    – No es necesario que seas sarcástico.
    – Sí, para mí es necesario. El sarcasmo puede ser muy satisfactorio. La única satisfacción que puede que obtenga de ti.
    – Dile a alguna otra que sea tu saco de boxeo verbal. -Hizo una pausa y, de repente, la asaltó una idea-: ¿Esto significa que ya no me enseñarás nada más?
    Tanek la miró fijamente.
    – Eres increíble.
    – Contéstame. ¿Se acabaron las clases?
    – No. Yo gobierno mi cuerpo, no él a mí -y susurró-: la mayoría de las veces.
    – Bien. -Puso su olvidada taza de té sobre el suelo y se echó sobre las mantas-. Entonces, no interferirá.
    – Tampoco interferiría si decidieras irte a la cama conmi-go. Te estoy pidiendo sexo, no un compromiso de por vida.
    – No te entiendo. Yo no soy como tú. -Se mordió el la-bio inferior-. Yo sólo puedo… Sólo he practicado el sexo con dos hombres en toda mi vida.
    – ¿Y te gustó?
    – Claro que sí.
    – Entonces, quizá deberías probar un tercero. Dices que Nell Calder está muerta. ¿Por qué te aferras a su sentido de la moralidad? -Sonrió temerariamente-. Deja que Eve Billings se vaya a la cama conmigo. Ella está viva, funciona… y yo no soy homosexual.
    Frunció el ceño.
    – No seas ridículo. Ojalá no me hubieras dicho nada, porque es un ejercicio del todo inútil.
    – No del todo. Ha hecho que te plantees que poseo algo más, aparte de talento por las artes marciales. -Extendió su manta-. Pensarás sobre ello y te preguntarás qué tal estaría-mos juntos. -Se tumbó y cerró los ojos-. Estaría muy bien, Nell. Te lo aseguro: no en vano me crié en un burdel.
    Nell se sintió inundada de un calor que, instintivamente frenó.
    – Del que te marchaste cuando tenías ocho años -repli-có, entre cínica y burlona.
    Tanek abrió un ojo.
    – Fui muy precoz.
    Nell se tapó con la manta.
    – Bruto.
    – Nunca lo sabrás, si no me pruebas.
    Nell oyó como Nicholas se acomodaba y, finalmente, se dormía. Sería mejor que ella también se durmiera, se dijo a sí misma. Tanek le había hecho proposiciones y ella las ha-bía rehusado. Ya estaba. No había razón alguna para sentir-se intranquila. Él era un hombre civilizado que aceptaría un no por respuesta.
    Pero también era un hombre que había luchado desde la infancia por todo lo que deseaba, y siempre había ganado.
    No se rendiría fácilmente. No la obligaría, pero intentaría convencerla. Y era un hombre terriblemente persuasivo.
    Aunque ella podía negarse a dejarse persuadir; uno pue-de rehusar cualquier cosa que no le guste. No deseaba nin-guna distracción, ni instintos irracionales sujetos a la conveniencia del sexo. Quería continuar fría y concentrada, distante, ajena.
    Abrió los ojos. Tanek estaba ahí, echado, con los ojos cerrados, con una mano, muy relajada, medio iluminada por el fuego. Una mano fuerte, bien formada, capaz, con las uñas muy cortas. Nell conocía muy bien aquella mano. Conocía su poder y su fuerza letal. Una mano peligrosa. Aunque ahora no parecía peligrosa. Sólo fuerte y… masculina. Siem-pre le había encantado dibujar manos. Había algo mágico en ellas. Las manos levantan ciudades y crean grandes obras de arte, pueden ser brutales o amables, traer dolor o placer.
    Como Tanek.
    Sintió que se fundía, mirando aquella condenada mano masculina. ¿Qué demonio había maquinado que todo esto sucediera? Y que le sucediera a ella, deseosa de que su sexualidad continuara profundamente dormida.
    Demasiado tarde. Pero no demasiado para controlarse. Quizá sería pasajero.
    Volvió a cerrar los ojos. Le llegaba el aroma a roble ar-diendo, el olor de las hojas perennes, y la fría caricia del aire. Ser consciente de la intuición. De repente, se había vuelto extraordinariamente sensible a los sonidos y a los olores, a la aspereza de la manta bajo su brazo desnudo. Nada había cambiado. Jill estaba muerta. Y su cuerpo no tenía ningún derecho a volver a la vida.
    Maldito Tanek.

* * *

    – Más fuerte -dijo Tanek-. Estás floja. Ya podría haberte tumbado dos veces esta mañana.
    Nell se volvió rápidamente y le golpeó en el estómago.
    Él retrocedió, pero se recuperó instantáneamente y, en cuanto ella se acercó para rematarlo, la agarró del brazo, la giró y se sentó encima de ella.
    – Muy floja.
    – Deja que me levante -gritó Nell, casi sin aliento.
    – Maritz no te lo permitiría.
    – Estaba distraída. No lo hubiera estado con él.
    Se levantó y la ayudó a ponerse en pie.
    – ¿Por qué estás tan distraída?
    – No he dormido demasiado bien.
    – Nunca duermes bien. Te paseas por la casa como un fantasma.
    No se había dado cuenta de que Tanek lo supiera.
    – Lo siento si te molesta.
    – Sí, me molesta. -Le dio la espalda-. Ve a darte un baño y a echar una cabezada. Mañana te quiero alerta, y tan pre-cisa como una navaja afilada.
    Como él. Desde que habían vuelto de la meseta hacía dos días, Tanek había estado tan afilado como una navaja, en todos los sentidos. No sabía exactamente qué esperaba, aunque no que la tratara con aquella brusca indiferencia.
    No, indiferencia, no. Sabía que él estaba pendiente de ella, y esto era parte del problema. Tanek hervía de ganas de acercarse, bajo aquella fría e incisiva apariencia.
    Y ella también.
    Por Dios, ella también.

* * *

    – Vete a la cama. -Tanek cerró el libro y se levantó-. Es tarde.
    – Un minuto. Quiero acabar este boceto -dijo sin levan-tar la vista del papel-. Buenas noches.
    – Pensaba que ya habías acabado los bocetos de Michaela.
    – Unos cuantos más no me irán mal antes de ponerme a pintar.
    Podía sentir sus ojos sobre ella, pero no levantó la mirada.
    – Que no se te haga tarde. Esta mañana has estado tan in-segura que no la has aprovechado para nada. Me has hecho perder el tiempo.
    Nell se puso tensa.
    – Intentaré no defraudarte más.
    – Si lo haces, no te daré clases en una semana. Ya te dije que creía en los castigos y las recompensas.
    Nell dijo tranquilamente:
    – ¿Estás seguro que no estás buscando una excusa?
    – Quizá. No me des ninguna.
    Lanzó un suspiro de alivio cuando él salió de la habita-ción. Cuando estaban juntos, sus sentimientos pugnaban por no mirarle. No quería ver su cuerpo fibroso relajado sobre una silla, o su mano pasando las páginas de un libro. No quería oler su aroma, mezcla de jabón y de loción para después del afeitado, rodeándolo.
    Hizo los últimos trazos de las líneas del pelo. Le tem-blaba la mano. Odiaba sentirse tan débil. Nell no quería res-ponder como un animal en celo mientras contemplaba como él se movía por la habitación. No había sido así ni con Richard. Ni con Bill. ¿Qué demonios le estaba pasando?
    Dejó el lápiz y estudió el esbozo de Tanek. Había pen-sado que si pintaba, su imagen actuaría como una especie de catarsis. Había conseguido capturar el parecido muy bien. Su tranquila inteligencia, su fuerza, aquella intensidad que descansaba bajo su apariencia, aquella desmayada insinua-ción de sensualidad en la curva de su labio inferior…
    Sensualidad. ¿La había copiado de la realidad, o se había permitido dibujarla, fruto de su obsesión? No lo sabía. Úni-camente sabía que estaba allí, llana y con crudeza, ante ella.
    Se puso en pie de un salto y metió el bloc de dibujo en el interior del portafolios. Tenía calor, notaba las mejillas ru-borizadas y febriles. Estúpida. Estúpida. Estúpida. Nunca hubiera debido dibujarlo. No la había ayudado para nada. ¿Dónde estaba ese control que había estado ejercitando? Ya no era una jovencita con las hormonas jadeantes por un pri-mer encuentro.
    Pero se sentía tan insegura y vulnerable como si lo fue-ra. Había pensado que podría cruzar por aquel mar de du-das. Pero ¿qué utilidad tenía poder confiar en otros aspectos de su vida si se permitía vacilar por…?
    «Olvídalo. Vete a la cama. Mañana empezarás de nuevo.»
    Si pudiera dormir. Había estado dando vueltas en la cama durante horas la pasada noche, frustrada, queriendo…
    Sí, debía dormir.

* * *

    Nell estaba soñando otra vez.
    Tanek se quedó quieto en el salón al oír los suaves ru-mores que provenían de detrás de su puerta.
    Pesadillas. Sufrimiento.
    Debía irse a su habitación y olvidarlo. No era nada nue-vo. No podía ayudarla. No quería ayudarla.
    Penetrar en aquellos sueños significaría acercarse aún más, y ya estaba suficientemente cerca de ella.
    Lo que deseaba era poseer aquel cuerpo fuerte y adora-ble, no aliviar aquel alma atormentada.
    Demonios, se iría a la cama y se olvidaría de ella.

* * *

    … abajo, abajo,
    A tocar la rosa…
    Nell luchó por escapar de las pesadas capas del sueño y salir de la pesadilla.
    Estaba acostada, temblorosa, intentando controlar los sollozos.
    Lo siento, cariño. Lo siento, Jill.
    Se incorporó y, a ciegas, se calzó las zapatillas.
    Alejarse de la cama, de la habitación, del sueño…
    El salón. El espacio, el fuego, las ventanas…
    Bajó rápidamente y atravesó el pasillo a oscuras. Vio el resplandor del fuego sobre las paredes del salón ante ella. Todo iba a salir bien. Estaría allí hasta que se calmara y entonces volvería a la cama y…
    Se detuvo bruscamente en la puerta del salón.
    – Entra. -Tanek estaba sentado en el sofá de piel frente al fuego, envuelto en una bata de felpa-. Te estaba esperando.
    Ella susurró.
    – No, yo no… -Dio un paso atrás-. Quiero decir… Me voy.
    – ¿Y me dejarás aquí, sentado, preocupado por ti? ¿Por qué? ¿Te sientes mejor si le das vueltas a la cabeza sola?
    – No le estaba dando vueltas.
    – Le dabas vuel… -contuvo lo que iba a decir y añadió con cansancio-. Lo siento. Ya sé que no. Soy yo el que esta dándole vueltas. Tú simplemente estás intentando sobrevi-vir. Entra, ven aquí e intentaremos hacerlo juntos.
    Nell vaciló. Sus sentimientos hacia él ya eran suficiente-mente confusos, y no quería exponerse a Tanek cuando es-taba así de vulnerable.
    Él levantó su mirada y le sonrió desmayadamente.
    – Ven aquí. No muerdo.
    Sin aristas. Sin aspereza. Lentamente, Nell se acercó.
    – Bien. -Tanek se volvió a mirar hacia el fuego, ignorán-dola.
    Nell se dejó caer en un taburete al lado de las llamas.
    – No tienes por qué estar tan tensa. No voy a saltar so-bre ti. Ni física ni verbalmente. Cuando hay heridas abier-tas, no juego sucio.
    – Nunca juegas sucio.
    – Sí que lo hago. Sólo que no me has visto en el momen-to adecuado. -Metió la mano en su bolsillo, sacó un pañue-lo y se lo alcanzó-. Límpiate la cara.
    Nell se secó las mejillas.
    – Gracias.
    Silencio. Sólo se oía el sonido del crepitar de la madera y el de sus respiraciones. Empezó a relajarse. Su presencia si-lenciosa era extrañamente reconfortante. Era mucho mejor que estar sola frente a sus demonios. Él no podía compartir sus pesadillas pero sí mantenerlas a raya.
    – No puedes seguir así y lo sabes -susurró Tanek, al fi-nal, pausadamente.
    Nell no le respondió. No había respuesta.
    – Tania me explicó lo de los sueños. A veces ayuda ha-blar de ello. ¿Por qué no me explicas de qué tratan?
    – No. -Se cruzó con su mirada y se encogió de hom-bros-. Medas.
    – Ya sé que van sobre lo de Medas. ¿Qué más?
    – Jill -dijo secamente-. ¿Qué otra cosa podría ser?
    – Puedo entender el dolor. Pero no puedo entender que te atormentes.
    – Jill está muerta y Maritz aún deambula por ahí fuera.
    – Ira, no angustia.
    Nell se sintió arrinconada. No estaba en condiciones de que la examinaran.
    – Ya te he dicho que no quiero hablar de eso.
    – Creo que sí. Por esta razón no te has ido cuando me has visto aquí sentado. ¿Qué sucede en tu sueño, Nell?
    Ella abría y cerraba las manos con nerviosismo.
    – ¿Qué crees que sucede?
    – ¿Estás forcejeando con Maritz?
    – Sí.
    – ¿Dónde está Jill?
    Ella no contestó.
    – ¿En el dormitorio?
    – No quiero hablar de ello.
    – ¿Tú estás en el balcón?
    – No.
    – ¿Puedes oír los disparos en la planta baja?
    – No, nunca. Todo lo que oigo es la caja de música.
    Allá vamos, abajo, abajo,
    a tocar la rosa roja…
    ¿Por qué no paraba? La estaba enviando de vuelta al centro de aquel mundo nebuloso y oscuro.
    – ¿Dónde está Jill?
    «Maldito seas, ¿por qué no lo dejas ya?»
    – ¿Dónde está Jill, Nell?
    – En la puerta. -Nell, de repente, empezó a hablar-. Está de pie en la puerta, llorando y mirándome. ¿Es eso lo que querías saber?
    – Sí, es lo que quería saber. ¿Por qué no querías decír-melo?
    Sus uñas se clavaron en la palma al cerrar con fuerza los puños.
    – Porque no te incumbe.
    – ¿Porqué?
    Aquí bajamos abajo, abajo, abajo.
    – ¿Por qué, Nell?
    – Porque yo grité.-Las lágrimas surcaban sus mejillas-Yo no pensé…, siempre me habían dicho que hay que gritar para asustar a un atacante. Yo grité y ella salió del dormito-rio. Fue por mi culpa. Si yo no hubiera gritado, ella se hu-biera quedado en la cama. Y él podía no haber sabido que estaba allí. Podría haberse salvado.
    – Nell…
    Nell se estaba balanceando adelante y atrás sobre el ta-burete.
    – Fue por mi culpa. Ella salió, y él la vio.
    – No fue por tu culpa.
    – No me digas eso -replicó con fiereza-. ¿Me has oído? Yo fui la que grité.
    – Un pecado terrible mientras alguien te está apuñalando para matarte.
    – Fue un pecado. Era mi hija. Debería haber pensado. Debería haberla protegido.
    Tanek la cogió por los hombros y la zarandeó.
    – Hiciste lo que pensaste que era mejor. De todos mo-dos, Maritz la hubiera encontrado. Él nunca deja cabos sin atar.
    – Podía no haberse dado cuenta que estaba allí.
    – Lo habría descubierto.
    – No, yo grité y él…
    – Para. La caja de música. -La rodeó con sus brazos y le puso la cabeza en su hombro-. Has dicho que la caja de mú-sica seguía sonando. Maritz habría sospechado que había alguien en la otra habitación. Y lo habría comprobado. -Ella levantó los ojos y miró directamente a los de Tanek-. ¿No habías pensado en eso? -Nell sacudió la cabeza-. No me sorprende. -Apartó unos mechones de pelo oscuro de su cara-. Me preguntaba por qué no me culpabas por lo suce-dido. Estabas demasiado ocupada culpándote a ti misma.
    – Y aún me culpo. ¿Crees que acordarme de la caja de música va a arreglarlo todo?
    – No, no hasta que te perdones por continuar viviendo mientras Jill está muerta.
    – Cuando muera Maritz, me perdonaré a mí misma.
    – ¿Lo harás?
    – No lo sé -susurró-. Espero.
    – Yo también. -La atrajo entre sus brazos y la meció-. Yo también, Nell.
    Ella sentía su olor, la aspereza de su ropa contra sus me-jillas. Sin pasión, sin calentura. Simplemente, una paz plena. Nell se quedó así mucho tiempo, dejando que aquella paz la envolviera y la curara.
    Finalmente, levantó la cabeza.
    – Debería volver a la habitación e intentar dormir. De lo contrario, mañana me dirás que estoy torpe.
    – Probablemente. -Tanek la obligó a sentarse de nuevo en el sofá, y a recostar la cabeza sobre su hombro-. Preocú-pate mañana por eso.
    Nell se relajó, apoyada en él, y dejó que aquella paz flo-tara a su alrededor. Era extraño que él, un ser nada pacífico, pudiera aportarle tanta serenidad. Se quedaría un ratito más allí, y después se iría…

* * *

    Nell estaba acurrucada entre sus brazos, tan confiadamente como si él fuera su madre, pensó Tanek con tristeza.
    No era precisamente lo que él tenía en mente.
    Quería sexo casual y distancia emocional.
    No había conseguido sexo, sino más intimidad de la que nunca antes había experimentado con ninguna mujer.
    Era por su culpa. No tenía por qué hacer el rol de madre sustituta.
    Excepto porque Nell lo necesitaba.
    Le dolía el brazo, le daba calambres, pero no lo retiró. Miró la mano de Nell, que yacía relajadamente sobre su muslo. Marcas diminutas en forma de media luna sangraban sobre su palma, donde se había clavado las uñas. Dulcemen-te, le acarició una de aquellas medias lunas rojas. Cicatrices. Aquellas marcas desaparecerían, pero las invisibles perma-necerían. Las de Nell eran tan feas como las suyas propias, y aquellas heridas los unían más.
    Ella se acurrucó contra él y murmuró algo inaudible.
    – Shh. -La abrazó más fuerte.
    Eso es lo que haría una madre, ¿no? Ofrecer tranquili-dad y ayudar a ahuyentar las pesadillas.
    Suspiró resignado. Definitivamente, sin duda alguna, aquello no era lo que había tenido en mente.

Capítulo 13

    Nell entreabrió los ojos cuando Nicholas la dejó sobre la cama.
    – Tranquila. Sólo te estoy metiendo en la cama. -La cu-brió con la colcha-. Vuélvete a dormir.
    Se encontró con sus ojos, unos bonitos ojos claros que brillaban en la penumbra de la habitación.
    – Buenas noches.
    – Llámame si me necesitas.
    – No te necesitaré. Gracias por…
    Ya se había ido. No, no del todo. Aún podía sentir su presencia… reconfortante, sensual. Qué extraño que ambas cosas aparecieran juntas. Por ahora, el consuelo era una par-te más importante en su relación que el sexo, pero Nell sa-bía que esto cambiaría. Y la perspectiva había dejado de dis-gustarla. Se sorprendió. Algo había cambiado esa noche.
    Que estúpida había sido por resistirse, pensó adormila-da. El hombre que la había abrazado mientras dormía no era una amenaza. El sexo no era una amenaza. Podía ser con-trolado, como cualquier otra cosa, y le proporcionaría una relajación muy positiva. Ella y Tanek tenían que convivir aún durante varias semanas, y no tenía ningún sentido po-nérselo difícil a ambos. La noche siguiente, se iría con él.
    La recorrió un pequeño escalofrío, un súbito deseo, pero lo reprimió con rapidez. No debía pensar en ello ni darle más importancia de la que tenía.
    Era sólo sexo.

* * *

    – ¿Aún no la has encontrado? -preguntó Gardeaux con sua-vidad-. ¿Qué demonios has estado haciendo?
    La mano de Maritz estrujaba el auricular del telé-fono.
    – Tengo una pista. Ella se hizo muy amiga de la compa-ñera del doctor. Quizás ésta sepa dónde está o si regresará aquí. He estado vigilando la casa del doctor.
    – ¿Sólo vigilando?
    – La cogeré.
    – Con vida. Ahora la necesitamos viva. Las cosas han cambiado. Puede que ella sea la clave.
    – Lo sé. Lo sé. Ya me lo dijo usted.
    – Pero ¿me escuchaste?
    Bastardo. Maritz apretó los dientes.
    – He dicho que la cogeré.
    – Parece que tienes dificultades con este pequeño pro-blema. ¿Quizá debería enviar a alguien más?
    – No -repuso Maritz rápidamente-. Ahora, debo irme. Seguiré en contacto.
    Colgó el auricular. ¿Enviar a alguien más?, pensó, ultra-jado. ¿Arruinarle el final de la caza, a la que había dedicado tanto tiempo y esfuerzo?
    Ni hablar.

* * *

    Tanek levantó la mirada de su libro cuando Nell abrió la puerta.
    – ¿Sí?
    Nell estaba ahí, en el umbral. La luz de la lámpara caía sobre los hombros desnudos de Tanek y sobre el triángulo de pelo oscuro que recubría su pecho. Obviamente, estaba desnudo bajo las sábanas. Nell respiró profundamente.
    – ¿Puedo entrar?
    Él cerró el libro.
    – ¿Necesitas hablar?
    – No. -Se humedeció los labios-. Gracias.
    – No hay de qué.
    – Me preguntaba si… si tú aún… -Lo soltó de golpe-: Me gustaría irme a la cama contigo, si no te importa.
    Él se quedó helado.
    – Oh, no me importa. ¿Puedo preguntarte por qué?
    – Creo… Que hay demasiada tensión entre nosotros. Todo irá mejor cuando…
    – Ah, ¿es una terapia?
    – Sí. No. -Otra respiración profunda-. Lo deseo -dijo llanamente.
    Él sonrió y le ofreció su mano.
    – Aleluya.
    Nell se quitó el camisón, atravesó volando la habitación y se sumergió bajo las sábanas, entre sus brazos.
    – No sé qué hacer -dijo con fiereza-. Odio esto. Pensa-ba que nunca más volvería a sentirme tan insegura. Todo parecía tan claro.
    – Todo está claro. -Le acarició el pelo-. ¿Cuál es el pro-blema?
    – ¿Cuál es el problema? Uno, no sé si estoy haciendo lo correcto. Dos, he intentado autoconvencerme de que tomar lo que uno quiere es signo de fortaleza, pero podría ser tam-bién signo de debilidad. Y tres, yo sólo he estado con dos hombres y probablemente tú has tenido a dos millones de mujeres.
    Tanek sonrió.
    – No tantas.
    – Bueno, ya sabes qué quiero decir.
    – Sí, ya lo sé. -La besó en la sien-. Si estás nerviosa, po-demos estar durante un rato echados y juntos.
    Nell apoyó la cabeza contra el pecho de Tanek y se re-lajó. Podía oír el latido constante de su corazón bajo su oído. Como la noche anterior. De repente, se sintió segura.
    – Quizá sí, un ratito.
    – Y, si eso te tranquiliza, nunca me he ido a la cama con Helena de Troya.
    – ¿Qué?
    – ¿No te dijo Joel que se inspiró en el memorable rostro de Helena de Troya cuando rehizo el tuyo?
    – No. -Estuvo callada durante un instante-. ¿Es por eso que tienes ganas de…?
    – «Ganas» no es la palabra adecuada. Ansia. Frenesí.
    – Deja de intentar distraerme. Me deseas por el rostro que Joel me dio.
    – Te deseo porque eres Nell Calder, con todo lo que eso implica.
    – Pero nunca te hubieras ido a la cama con la antigua Nell Calder. Ni siquiera te habrías fijado en mí.
    – Yo me fijé en ti. Me fijé en tu sonrisa, en tus ojos y en…
    – Pero no hubieras querido irte a la cama conmigo.
    Levantó su barbilla y la miró a los ojos.
    – ¿Qué quieres que diga? ¿Que me atrae la belleza? Sí, pero no es lo único que busco en una mujer. Si de repente, volvieras a ser aquella mujer de Medas, ¿te seguiría deseando? Sí, porque ahora te conozco. Conozco tu potencial, tu terquedad, tu fuerza…
    Nell hizo una mueca.
    – Muy erótico.
    – La fuerza es erotismo. La inteligencia es erotismo. Siempre tuviste estas cualidades bajo aquella apariencia so-segada. -Una sonrisa asomó entre sus labios-. Y ahora, ¿dejarás de hacer comparaciones? Me siento como un polígamo intentando seduciros a las dos.
    – Lo siento, sólo preguntaba. Tan sólo… se me ha ocu-rrido. -Volvió a enterrar la cara en su pecho-. Algunas veces, siento como si fuera dos personas. No me pasa con frecuencia, ya que aquella otra mujer se va alejando cada vez más.
    – No, no lo hace. Se está fusionando con la otra persona que ahora eres tú. -Le acarició el labio inferior con el dedo-. Cómo me muero por hacerlo. ¿Has tenido suficiente tiem-po ya? Te prometo que iré despacio.
    De repente, notó que el corazón de Tanek latía más fuerte contra su oído, y que sus músculos estaban tensos, listos. Para él, había sido duro esperar, pero le había dado el tiempo que necesitaba, las palabras que necesitaba.
    Levantó la cabeza, le besó y susurró:
    – No tienes por qué ir despacio.

* * *

    – Ve a lavarte -le ordenó Tania a Joel tan pronto éste entró en casa.
    Le colocó un sombrerito de fiesta, de color fucsia, y le deslizó la banda elástica bajo la barbilla. Joel parecía cansa-do. No era una buena señal.
    – Hoy tenemos una celebración.
    – Parezco un tonto con estos sombreritos de fiesta.
    Tania no dejó que se lo quitara.
    – No es cierto. Estás fantástico. Y ese color te sienta per-fecto. A juego con tu pelo.
    – Mi pelo no es fucsia. -Contempló el vestido de Tania, de seda color melocotón-. Es bonito. Me gustan todas estas flores. Pareces un jardín. ¿Qué estamos celebrando?
    – He sacado un excelente en mi examen de inglés. Está muy bien, si piensas en lo horrible que es el inglés como len-guaje. -Lo besó en la mejilla y le dio un cariñoso empujón hacia las escaleras. Después se puso a su vez un sombrero de fiesta verde-. Soy lista, ¿verdad?
    Joel sonrió.
    – Muy lista.
    – He hecho un asado con patatas y un postre nuevo con salsa de limón. Bajo en calorías, para tu corazón. Sano. Como te consideras tan viejo, he pensado que podría hacerte feliz.
    – Nunca he dicho que sea viejo -dijo, algo enojado-. Sólo que tú eres… joven.
    Tania se encogió de hombros y se dirigió hacia la cocina.
    – Apresúrate. -Inspeccionó el arreglo floral de la mesa, encendió las velas y continuó hacia la cocina. Dejó la fuente del asado sobre la mesa justo cuando Joel entraba en el co-medor de nuevo. Seguía llevando el sombrero de fiesta, se-gún observó con aprobación-. Siéntate y come.
    Tania mantuvo una conversación ligera durante la cena y el posterior café, en el salón.
    – Ha estado bien. Maravillosamente, ¿no?
    – Maravillosamente -sonrió Joel.
    A Tania siempre le sedujo aquella sonrisa. Desde el pri-mer momento, cuando Joel entró en su habitación en aquel hospital, hacía bastantes años.
    – Incluso te he hecho café con cafeína. Y, claro, debes sospechar que todo esto es por algo.
    – Lo sospechaba. ¿No celebramos tu excelente en el examen?
    – Sí. Pero sabía que lo iba a conseguir. No ha sido nin-gún triunfo.
    – Entonces, ¿por qué llevo puesto este estúpido sombrerito?
    Tania hizo una mueca.
    – Porque es bueno para ti. -Su sonrisa desapareció, cru-zó la habitación y miró por la ventana-. Y si fueras lo sufi-cientemente sensible, encontrarías un motivo para hacer una fiesta.
    Inmediatamente se puso de pie.
    – He tenido un día terrible. No puedo empezar a discu-tir contigo, Tania.
    – Tú no discutes. Podría ganarte en una discusión. Sim-plemente dices: No.
    – Y lo estoy diciendo de nuevo. ¿Qué te ha hecho pensar que esta noche sería diferente?
    Tania se volvió hacia él con rapidez.
    – Pues eres tonto -dijo insegura-. Te comportas como si fueras de piedra. ¿Por qué no eres como cualquier otro hombre, lo aceptas y eres feliz?
    – Autodefensa. Mi felicidad se acabaría de golpe cuando tú decidieras que soy demasia… ¿Qué pasa? -La miró a la cara-. Estás realmente enfadada.
    – Claro que lo estoy. ¿Acaso esperabas que me riera de esto? Cada minuto de mi vida es precioso, y tú permites que se nos escapen. -Cruzó los brazos delante del pecho para disimular sus temblores-. ¿Cómo sabes que…? -Se alejó de él-. Vete. No entiendes nada. Eres un estúpido, un hombre muy estúpido.
    – Hago lo que creo que es mejor, Tania -repuso con amabilidad-. La vida es preciosa y no quiero arruinártela.
    – Lárgate. -Tania miraba fijamente por la ventana mien-tras evitaba derramar las lágrimas.
    – Tania…
    No contestó y, un instante después, le oyó salir de la habitación. De hecho, no había creído realmente que lo convencería. Aquella noche había sido un completo error. Había elegido un mal momento: él estaba agotado y, pro-bablemente, acusando el peso de cada uno de sus años.
    Debería haberse frenado nada más verlo aparecer por la puerta.
    Pero no había podido. Tenía que intentarlo. Últimamente, tenía la sensación de que el tiempo se le escapaba…
    Seguía mirando en la oscuridad. Estaba loca. No era po-sible que él estuviera ahí fuera. De otro modo, habría visto algún indicio de su presencia durante esas últimas semanas.
    Tú, bastardo, ¿por qué no te largas?
    Estaba hablando únicamente con un fantasma de su pa-sado. No había nadie allí fuera.

* * *

    Estaba muy mona con aquel ridículo sombrerito, pensó Maritz. Pero su rostro reflejaba la tensión y la angustia que él ya conocía tan bien: las que le provocaba él mismo.
    «Gracias por invitarme a la fiesta, Tania. Sí, sigo estando contigo.»
    Ella se alejó de la ventana y él bajó sus prismáticos rusos.
    Sí, definitivamente, tenía que ser en la casa.
    Tania se sentía tan segura, allí…

* * *

    Nell evitó el ataque de Nicholas y, desde el suelo, le golpeó las piernas y le atacó por sorpresa. En un segundo, estuvo sentada a horcajadas sobre él.
    – Lo conseguí -dijo recuperando el aliento, con el rostro resplandeciente de satisfacción-. Te he derribado.
    – Deja de jactarte. -Pero su propia sonrisa le contrade-cía-. Has tardado bastante tiempo en poder hacerlo.
    – Pero lo he hecho. -Adoptó un gesto de ferocidad, bur-lándose-: Te tengo a mi merced.
    – Absolutamente.
    – Deja de ser condescendiente conmigo.
    – Nunca estás satisfecha. Sólo te estaba dando lo que te has ganado.
    – Admítelo. Estás orgulloso de mí.
    – Muchísimo.
    Estaba tan pomposa por su victoria, pensó Tanek im-pulsivamente.
    – Castigo y recompensa. ¿Qué puedo pedir?
    Su sonrisa desprendía indulgencia.
    – ¿Qué quieres?
    – Esta casa. Sam. El mundo.
    – ¿Por haberme derribado?
    – Ha sido un espléndido derribo.
    – Cierto. Pero no te puedo dar la casa, o a Sam. Otra cosa.
    – De acuerdo. -Le levantó la camiseta hasta desnudar su torso y poderle acariciar aquel pelo oscuro de su pecho-. A ti. Aquí. Ahora.
    – Caramba, te has vuelto muy agresiva.
    Delicadamente, Nell le lamió un pezón y vio, en res-puesta, cómo se desbocaba su pulso.
    – Ahora.
    Nicholas no se movió.
    – No es una buena costumbre interrumpir el entrena-miento.
    – Quiero mi recompensa. Lo justo es lo justo.
    – Bien, si me lo pones así. -Se sentó, se sacó la camiseta y la lanzó a un lado-. ¿Qué puedo hacer sino rendirme man-samente?
    Nell resopló. Nada de lo que Nicholas le hacía era así, mansamente. Algunas veces era suave, otras salvaje, pero siempre decisivo y audaz… y lleno de alegría. No había esperado nunca aquella casi pagana sensualidad en él.
    O en ella misma. Era como si se hubieran abierto unas compuertas y la liberaran hacia el placer. Con Richard siem-pre se había sentido obligada a asegurarse de que él se lo estaba pasando bien y, por contra, se sentía culpable cuando le pedía algo a su marido. El sexo con Nicholas era entre dos iguales, rebosantes de ganas, anhelantes de nuevas experi-mentaciones eróticas.
    – Me encanta ver que no te queda otra elección.
    Se sacó el jersey y el sujetador. Se dejó caer hacia delan-te y se frotó contra él. Un temblor la recorrió al sentir el suave vello de su pecho rozando contra sus pezones.
    – No tengo ninguna elección. Me tienes a tu merced.
    Al instante, inclinó su cabeza y le cogió un pecho con la boca, chupándoselo con fuerza.
    Nell inspiró profundamente mientras intentaba a ciegas agarrarle el cabello. Pero Tanek se había movido para, a su vez, terminar de quitarse la ropa.
    – Date prisa -le dijo.
    No hacía falta. También se estaba quitando la suya, lan-zándola en todas direcciones.
    Nicholas volvió a la colchoneta, y le separó las piernas. La penetró dentro, muy adentro. Las uñas de Nell se clava-ron en sus hombros en cuanto empezó a moverse, rápida-mente, con fuerza.
    De repente, rodó y se dejó caer a un lado, colocándola encima.
    Lo miró desde arriba.
    – ¿Qué es lo…?
    Sus ojos centellearon.
    – Pensé que hoy preferirías una posición dominante. -Empujó hacia arriba y sonrió al ver que a ella se le cortaba la respiración-. Así estoy totalmente a tu merced.
    La mantenía absolutamente unida a él, tanto, que Nell sentía introducirse cada milímetro con el movimiento de sus ingles.
    – Pues no me siento muy dueña de la situación -murmu-ró sofocada.
    – ¿Cómo te sientes?
    – Como si fuera a… -Se sofocó otra vez con una embes-tida.
    – Muévete -susurró-. Móntame. Haz que te sienta.
    Nell se movió, fuerte, salvaje y gozosamente.
    Cuando llegó el climax, se colapso sobre él, totalmente exhausta. Estaba temblando, empapada en sudor, abrazan-do a Nicholas casi con desespero. Este se reía, descubrió estupefacta.
    – ¿Qué te resulta tan divertido?
    – No sé si podré volver a mirar las colchonetas como an-tes. Cada vez que te derribe, desearé arrancarte la ropa. -La besó-. Te dije que era una mala costumbre. -Intentó ayudarla a ponerse de pie.
    – Ven, vamos a enfrentarnos a la ducha.
    – No puedo moverme.
    Se echó sobre él, con los brazos alrededor de su cintura. Nicholas se sintió a gusto consigo mismo. Ágil, fuerte y ma-ravilloso.
    – Ser recompensada me hace perder toda la fuerza. Creo que me voy a fundir.
    – No puede ser. Michaela nunca aceptaría tener que pa-sar la fregona sobre ti.
    La levantó, la llevó del gimnasio al baño y después le ajustó la temperatura de la ducha. La colocó bajo el agua ca-liente, justo delante de él, y le frotó dulcemente el vientre. Aquellas maravillosas manos… Nell nunca se cansaba de mirarlas o de sentirlas sobre su cuerpo. Había descubierto que Nicholas era una persona muy táctil. Incluso cuando no se trataba de sexo, le encantaba tocarla, acariciarla.
    Estar así era maravillosamente reconfortante, pensó, so-ñadora. Se sentía mimada, consolada, segura.
    – Te oí ayer noche -le susurró en el oído-. ¿Otra vez pe-sadillas?
    Un pequeño escalofrío perturbó aquella serenidad que estaba experimentando.
    – Sí.
    – Hacía tiempo que no te sucedía. -Le estiró el lóbulo de su oreja con los dientes-. Tenía la esperanza de que se hu-bieran acabado. -Nell negó con la cabeza-. Quiero que te instales en mi habitación.
    – ¿Qué?
    Cogió el jabón y le empezó a frotar los hombros.
    – Quiero que duermas en mi cama. Quiero despertarte por la noche, poder abrazarte y acariciarte.
    Lo había entendido a la primera.
    – Quieres tener la posibilidad de despertarme cuando tenga una pesadilla.
    – Además de otras cosas. -Le enjabonó los pechos-. ¿Te molesta? De todas formas, pasas gran parte de la noche con-migo.
    No sabía por qué aquella idea la intranquilizaba. Aun-que tenerlo junto a ella para que la sacara de aquel horror podía significar un alivio increíble.
    Demasiado alivio, comprendió. Nicholas la estaba envolviendo en una tela de placer y serenidad con momentos como éste. Estaba convirtiéndose en algo demasiado cómo-do. Las pesadillas eran una agonía, pero también un recor-datorio de lo que aún debía hacer.
    – No.
    Seguía a su lado, su mano reanudó el tierno recorrido por el cuerpo de Nell.
    – Como quieras. Estaré aquí si cambias de opinión.
    Sin discutir. Sin presionar. Todo era fácil y sin esfuerzo. ¿Acaso no entendía que con su condescendencia la sumergía más y más en aquella telaraña? Probablemente, sí. Era muy listo.
    – Aún estás intentando convencerme de que no persiga a Maritz, ¿verdad?
    – Claro -se rió-. Incluso he sacrificado mi cuerpo a tu lujuria. ¿Crees que disfruto?
    Nell se recostó contra él. Honestidad. Era tan agradable tener humor, sexo y honestidad en un solo paquete. Y nin-guna necesidad de ser cauta con él.
    – Sospecho que sí.
    Sus manos fueron subiendo hasta frotarle la nuca. Nell podría incluso haber empezado a ronronear, de tan relajada como se sentía en ese momento.
    – Tienes toda la razón -dijo Nicholas alegremente-. Me alegra que, a pesar de lo que hemos abusado últimamente, tu cerebro no haya quedado lesionado del todo.

* * *

    – Ni rastro de Maritz -dijo Jamie-. Me he convertido en la sombra de Tania y ni siquiera he podido intuirle.
    – Pero esto no significa que no vaya tras ella -dijo Nicholas.
    – Demonios, no. Es bueno y le encanta su trabajo. Con-tinúo vigilando de cerca. Incluso le he pedido a Phil que in-troduzca la clave del número de alarma de seguridad de Lieber en mi busca. Eso es todo lo que podemos hacer por ahora. -Hizo una pausa-. Pero he recibido una llamada de Conner desde Atenas. Bingo.
    Nicholas se puso alerta.
    – ¿Lo has conseguido?
    – Confirmado y muy detallado. Te mando por fax un in-forme completo.
    – Bien.
    – ¿Todavía no se lo has contado a Nell? Te estás metien-do en un serio problema.
    – Mantenme informado. Estaré esperando tu fax. -Nicholas colgó el teléfono.

* * *

    – Viene un hombre. Está esperando en el tercer portón. ¿Quieres que lo deje pasar? -Michaela estaba en la puerta del gimnasio, mirando desaprobadoramente a Nell, boca abajo sobre una colchoneta, y a Tanek, encima de ella-. No me gustan estos juegos tan brutos. Deberíais tener cosas mejores que hacer que andar rodando por el suelo.
    – ¿Qué hombre? -Tanek dejó a Nell y se puso de pie.
    – Es ese Kabler. Aquel que vino antes.
    Nell se puso en tensión, con la mirada fija en Tanek.
    – ¿Viene solo? -preguntó.
    – Eso ha dicho -contestó Michaela-. Decídete. Tengo trabajo que hacer.
    – Déjale pasar. -Tanek se dirigió hacia la puerta-. Se ha acabado la sesión, Nell. Ve a darte una ducha mientras ave-riguo qué quiere.
    – No.
    La miró por encima del hombro.
    – No quiero estar al margen de esto. Te dije cuando vine aquí que no te permitiría tener secretos conmigo.
    – Difícilmente te puedo estar escondiendo algo si aún no sé por qué ha venido aquí -respondió con sequedad.
    Nell se fue a su habitación, se lavó la cara, se quitó el jer-sey sudado y se puso una blusa limpia.
    Kabler ya estaba entrando en el patio cuando ella llegó junto a Tanek, en el porche.
    El aire era terriblemente gélido, y pesados copos de nie-ve empezaban a amontonarse poco a poco sobre el suelo.
    – No te has puesto el abrigo -le dijo Tanek sin mirarla-¿Me considerarías maquiavélico si te sugiero que esperes dentro?
    – Estoy bien.
    Kabler estaba saliendo del coche.
    – Devolverte una visita aquí es como meterse en Fort Knox. -Se quejó. Su mirada se dirigió hacia Nell-. Hola, se-ñora Calder. ¿Es usted el diamante que el señor Tanek está intentando salvaguardar para él solo?
    Hizo una inclinación de cabeza.
    – Señor Kabler.
    – Entre, señor Kabler. Vamos a acabar con esto. -Tanek entró en la casa.
    – ¿Cómo está usted? -preguntó Kabler en voz baja al cruzarse con ella.
    – Bien. ¿No tengo buen aspecto?
    – Tiene un aspecto inmejorable.
    Nell sintió una pequeña conmoción. Desde que había llegado a Idaho, casi había olvidado su cambio de físico.
    – Estoy bien: más sana y fuerte. Ya ve que Nicholas no me tiene encerrada en una mazmorra. ¿Es por eso por lo que está usted aquí?
    – En parte.
    – Kabler -dijo Tanek.
    – Es un bastardo impaciente, ¿verdad? -murmuró Ka-bler mientras entraba en la casa.
    Nell lo siguió y cerró la puerta al frío exterior.
    – Bonita casa -dijo Kabler mientras deambulaba por la habitación-. Lujosa pero confortable. Me gusta. -Se detuvo frente al Delacroix-. ¿Es nuevo?
    – No, ya lo vio la última vez que estuvo aquí. -Hizo una pausa-. También comentó algo al respecto.
    – ¿Lo hice? -Sonrió de soslayo-. Para ser exactos, des-pués de irme, me cercioré de que lo había obtenido legalmente.
    – ¿Por qué? El arte no entra dentro de sus atribuciones.
    – Tenía la esperanza de conseguir alguna prueba delictiva contra ti. Aunque no sabía cuándo podría necesitarla. -Movió la cabeza, resignado-. Por desgracia, descubrí que tenías las manos limpias. Y no es fácil echarte el guante, Tanek.
    – ¿Para qué ha venido?
    – La señora Calder desapareció después de salir del hospital. Como dudaba que se la hubiera tragado la tierra, pen-sé que quizá te la habías llevado tú. -Sus miradas se cruzaron-. ¿Por qué está aquí? ¿La estás preparando para que te sirva de cebo?
    – Usted dijo que me atacaron por equivocación -intervi-no Nell con rapidez-. Si fue así, entonces no habría ningún motivo para que Tanek crea que soy un buen cebo.
    – ¡Qué rápido sale en tu defensa! -dijo Kabler-. Siempre fuiste muy bueno ganándote la confianza de la gente. ¿Ha olvidado, señora Calder, que Tanek sí cree que había una razón por la que la atacaron? Dígame, ¿le ha contado lo de Nigel Simpson? -Sonrió-. No, ya veo que no.
    – Dígaselo usted mismo -intervino Tanek impasible-. Obviamente, tiene unas ganas terribles de hacerlo.
    – Muy perceptivo por tu parte. Nigel Simpson era uno de los contables de Gardeaux, al que obligaba a proveer-me de cierta información, señora Calder. Pero ha desapare-cido -movió la cabeza-. Más o menos en los días en que el señor Tanek hizo una visita a Londres. Qué coincidencia.
    Londres. Nell recordaba perfectamente aquella llamada de Londres y el vuelo de Tanek al día siguiente.
    – ¿Cree que lo tengo escondido aquí también? -le pre-guntó Tanek.
    – No. Creo que ese pobre bastardo lo más probable es que esté escondido en el fondo del océano.
    – ¿Y lo hice yo?
    – Quizá.-Se encogió de hombros-. O puede que te acer-caras a mi fuente, lo comprometieras demasiado y Gar-deaux decidiera hacerlo picadillo. ¿Qué te dijo, Tanek?
    – Nada. Ni lo conocía.
    – Podría detenerte para interrogarte.
    – No tiene pruebas. La única cosa que sabe es que los dos estábamos en la misma ciudad.
    – Eso bastaría en tu caso. -Vaciló por un instante-. De acuerdo. No puedo presionarte. ¿Ya has compartido tus ha-llazgos con la señora?
    – Pero si todavía no hemos establecido si descubrí algo o no.
    – Entonces, ¿por qué está Reardon husmeando por ahí?
    Tanek le miró con cara de póquer.
    – ¿Husmeando por dónde?
    – Atenas.
    Nell se puso alerta.
    Tanek sonrió.
    – Grecia es un precioso lugar. Quizá necesitaba unas va-caciones. ¿Es eso lo que ha venido a preguntarme?
    – No, creo que ya sé la respuesta. -Su expresión se tor-nó dura-. Sólo he venido a decirte que no vuelvas a meter-te en mi camino o tomaré medidas. Sabes que necesitaba a Simpson.
    – Y yo. -Tanek dio un paso hacia la puerta y la abrió-. Adiós, Kabler.
    Kabler arrugó la frente.
    – ¿Me arrojas al frío? Qué poco hospitalario. ¿Éste es el famoso código del Oeste? -Pasó por delante de él-. Aún eres, en esencia, el mismo matón, Tanek.
    – Nunca lo he negado. Somos lo que somos… o fuimos.
    Kabler dio un último vistazo a la habitación, hasta que su mirada se posó en un florero chino que había en una esquina.
    – Y fuiste bien recompensado. Sólo con este florero po-dría enviar a mis hijos a la universidad. -Su tono, de repen-te, se hizo más amargo-. Vives bien, ¿verdad? Tú y ese as-queroso de Gardeaux. Siempre te ha molestado que…
    – Adiós, Kabler.
    Kabler abrió la boca para añadir algo pero se contuvo al ver la mirada de Tanek. Se volvió hacia Nell.
    – ¿Me acompañará hasta el coche? Me gustaría tener unas palabras con usted a solas. Contando con que Tanek le permita dejar su tutela.
    – Ciertamente -dijo él sin expresión-. Ponte una cha-queta, Nell.
    Ella la descolgó del perchero, cerca de la puerta, y siguió a Kabler.
    La nieve caída velozmente y con más fuerza. El parabri-sas del coche de Kabler estaba ahora totalmente cubierto.
    – Tendré suerte si consigo volver a la ciudad antes de que esto se convierta en una tormenta -musitó él mientras abría la puerta de su coche.
    – Podría quedarse a pasar la noche.
    – ¿Después de que Tanek me haya echado? Prefiero co-rrer el riesgo de la ventisca.
    – No es ningún ogro. Si hubiera peligro realmente, le ha-bría permitido quedarse.
    – No es un ogro, pero tampoco me parece el rey de la amabilidad en persona. -Añadió, cansado-: Además, no po-dría quedarme. Tengo que volver a Washington. Tengo un hijo enfermo. Y mi esposa me necesita para que la ayude.
    Por primera vez, percibió que parecía mayor y más can-sado que en la última vez que lo había visto.
    – Lo siento. -Impulsivamente le puso la mano sobre el hombro-. Sé que eso es mucho peor que estar enfermo uno mismo. ¿Qué tiene?
    Se encogió de hombros.
    – Gripe, quizá. Pero no parece que se la pueda sacar de encima.
    – Espero que todo vaya bien.
    – Irá. -Sonrió con esfuerzo-. Ya lo pasamos antes con los otros dos. Los crios se recobran con facilidad.
    Nell asintió.
    – Una vez, Jill tuvo neumonía, y en dos semanas ya esta-ba corriendo por el parque. Fue como si… -se detuvo-. Se pondrá bien.
    – Claro. Gracias por su comprensión. Creo que necesi-taba que alguien me lo recordara. -Dirigió su mirada hacia la casa-. No confíe en él. Si has sido un criminal, siempre lo eres.
    – Se equivoca. La gente cambia.
    – No es como nosotros, ningún criminal lo es. ¿Podría imaginárselo sufriendo por un hijo que está enfermo? Son gente que camina por el barro y el barro los endurece, y nada traspasa la coraza.
    – Eso no es cierto.
    Kabler sacudió la cabeza:
    – Lo he visto durante veinticuatro años. No son como nosotros. -Su mano se convirtió en un puño-. Son los reyes de la tierra. El dinero llega en abundancia y no tienen reglas. Sólo tomarlo, tomarlo y tomarlo.
    – ¿Era esto lo que me quería decir?
    – Tanek la ha engatusado. Ya he podido verlo. No quie-ro que salga herida.
    – Nadie me va a herir ni nadie ha intentado engatusarme. Ya no.
    – Entonces, ¿por qué no le ha contado lo de Nigel Simpson?
    – No tengo ni idea. Pero lo hará cuando se lo pida.
    Los labios de Kabler se tensaron.
    – Realmente, la tiene en el bote, ¿verdad? ¿Está usted lia-da con él?
    – Eso no le incumbe -repuso con frialdad.
    – Lo siento. Tiene razón. Tan sólo quería ayudarla. ¿To-davía conserva mi tarjeta?
    – Sí.
    – Estaré cerca. -Arrancó el coche-. No espere a usarla cuando sea demasiado tarde.
    Nell lo miró mientras conducía hacia la salida.
    Realmente, la tiene en el bote.
    Kabler estaba equivocado. Tanek no tenía control sobre ella. Estaba equivocado del todo. Excepto, quizá, en lo de Nigel Simpson.
    Caminó lentamente de vuelta hacia la casa.
    Nicholas estaba de pie junto al fuego con las manos ex-tendidas.
    – Ven y caliéntate. Has estado fuera mucho rato.
    Se despojó de la chaqueta y fue directamente al fuego.
    – Está nevando con fuerza. Le he pedido que se quedara a pasar la noche.
    – Pero ha preferido no arriesgarse.
    – Le he dicho que no te importaría.
    – ¿Y tú piensas que lo he arrojado a la nevada para que se lo cómanlos lobos?
    – No seas ridículo.
    – No lo haría -sonrió-. No si tú le hubieras rogado que se quedara.
    Nell se dio cuenta de que eso implicaba que, sin su invitación, sí lo echaría.
    – Me cae bien -explicó Nell.
    – Lo sé. ¿Por qué no? Es un hombre de familia, honra-do…
    – Pero a ti no.
    – Demasiado virtuoso para mi gusto. Estoy acostumbra-do a que me lapiden y, por lo tanto, no confío en los hom-bres cuya tendencia natural es lanzar la primera piedra.
    – ¿Qué le ha pasado a Nigel Simpson?
    – Probablemente, lo que ha intuido Kabler. -Sus ojos se hicieron más pequeños-. Pero si lo que me estás preguntan-do es, si lo hice yo, entonces…
    – No te estaba preguntando eso -le interrumpió.
    – ¿Porque crees que soy demasiado inocente e incapaz de cometer tal barbaridad? -le preguntó burlón.
    – No lo sé. Probablemente seas muy capaz, pero no creo… No lo harías sin… -Se frenó para, finalmente, añadir-: Sencillamente, no creo que tú lo mataras.
    – Bien, está claro.
    – Pero me gustaría saber qué sacaste de él.
    Estuvo callado un instante:
    – Me dio unos libros de contabilidad de Gardeaux y el nombre de otro contable en París con el que podría com-pletar el significado de aquellos libros.
    – ¿Será de algún valor?
    – Posiblemente.
    – ¿Cómo?
    – La información siempre es útil. Negocié mucho con ella cuando estaba en Hong Kong. Alguna la vendí, y otra la mantuve en reserva. Cuando lo dejé, las he usado como una póliza de seguro.
    – ¿Póliza de seguro? -preguntó, deslumbrada.
    – Hice un montón de enemigos durante aquellos años. No podía estar seguro de que no me convertiría en un blan-co después de dejar la red. Así que dejé en lugar seguro unas informaciones de alto voltaje sobre Ramón Sandé-quez, en vanas cajas de seguridad de depósito alrededor del mundo, con las instrucciones de filtrar su contenido a los grupos apropiados si yo desaparecía o me encontraban muerto.
    Aquel nombre le sonaba familiar.
    – ¿Quién es Ramón Sandéquez?
    – Uno de los tres capos del cártel de drogas de Medellín.
    Es cierto, Paloma, Juárez y Sandéquez, recordó Nell. Los jefes de Gardeaux, la jerarquía.
    – Sandéquez no es un hombre al que uno se pueda opo-ner. Él dejó muy claro que, si me tocaban, no le haría nin-guna gracia.
    Nell sintió un profundo alivio.
    – Entonces, estás seguro.
    – Hasta que Sandéquez crea haber encontrado mis cajas de seguridad. Ya ha localizado dos. O hasta que Sandéquez mismo sea asesinado. O hasta que alguien tan loco como Maritz decida que no le importa correr el riesgo.
    – Pero si te quedaras aquí, ¿estarías seguro?
    – ¿Limitando mi mente y mis esperanzas? -Movió la cabeza-. Prefiero tomar precauciones. No quiero renun-ciar a una vida plena. No es ésta la razón por la que vine aquí.
    Había venido a echar raíces. Unas raíces muy poco pro-fundas.
    – No seas loco -le dijo con fiereza-. Deberías continuar escondido aquí. No hay razón para que tengas que ir a nin-guna parte.
    – Hay una razón.
    – No valoras el riesgo que…
    Gardeaux. Maritz. Por supuesto que había una razón. ¿En qué estaba pensando, se riñó Nell?
    Había estado pensando solamente en mantenerlo se-guro.
    Un sentimiento de culpabilidad la invadió. La cercanía y la intimidad habían ido avanzando y, ahora, amenazaban con interferir en aquello que debía hacer. Rápidamente se alejó de él.
    – Tengo que darme una ducha.
    – ¿Huyes? -le preguntó con tranquilidad.
    – No, sólo… Sí. -No le mentiría-. Creo que debería irme. Las cosas se están complicando demasiado.
    – Ya pensé que pasaría esto -dijo-. Maldito Kabler.
    – No es culpa suya. Es sólo…
    – Complicado -acabó la frase con sarcasmo-. Con Kabler como catalizador. -Fue hacia ella y la agarró por los hombros-. Escúchame. Nada ha cambiado. No tienes por qué huir.
    Algo había cambiado. Por un momento había olvidado lo que era importante para ella, por culpa de su preocupa-ción por él.
    Y Tanek lo sabía. Lo veía en su expresión.
    – Muy bien. No volveré a tocarte -dijo-. Será como antes.
    No podía ser. Se había acostumbrado totalmente a él, fí-sica y emocionalmente.
    – No estás preparada. -Tomó la cara de Nell entre sus manos y susurró-: Quédate. -Tanek la besó ligeramente, con amabilidad. Levantó la cabeza-. ¿Lo ves? Nada se-xual, como si fuera tu hermano. ¿Qué te resulta tan compli-cado?
    Se recostó contra él. Cómo ansiaba quedarse. Le necesi-taba tanto. Tenía razón: no estaba preparada para dejarlo. Quizá todo iría bien ahora que había comprendido lo que pasaba.
    – De acuerdo. Durante una temporada.
    Pudo sentir cómo se relajaba.
    – Inteligente decisión.
    No estaba demasiado segura de que aquello fuera muy inteligente. No estaba segura de nada en ese momento, pero sus brazos eran fuertes y protectores, y quería estar allí, abrazada por ellos.
    – Déjame ir.
    – En un minuto. Ahora necesitas un poco de esto.
    Lo necesitaba. La conocía tan bien. La había estudiado y sabía lo que necesitaba, lo que quería. Cuando necesitaba comodidad, él le ofrecía comodidad. Cuando quería sexo, el le daba todo el que podía recibir. Era él, el inteligente. Esto debería asustarla en lugar de producirle aquella sensación de seguridad tan sólida. Finalmente, lo apartó y se dirigió hacia la puerta.
    – Te veré en la cena.
    – De acuerdo.
    Se detuvo en la puerta cuando, de repente, la asaltó un pensamiento.
    – No me has dicho qué ha ido a hacer Jamie a Grecia.
    – Estaba investigando un par de pistas sobre el atentado de Medas.
    – ¿Has sacado algo en claro?
    – Aún es demasiado pronto para decirlo. -Lo dijo con indiferencia y su expresión así lo denotaba.
    Demasiada indiferencia, quizá. Hubiera tenido que pre-guntarle inmediatamente por Jamie, pero él pasó de Simpson a Ramón Sandéquez y, de alguna manera, ella había perdido el hilo. ¿Había intentado a propósito detener su particular cacería?
    – ¿Me estás diciendo la verdad?
    – Por supuesto.
    Nell añadió, titubeante:
    – Esto es muy importante para mí, y necesito confiar en ti.
    – Has dejado las cosas muy claras. ¿He hecho algo que te haya podido hacer desconfiar de mí?
    Nell negó con la cabeza.
    La sonrisa le iluminó la cara.
    – Entonces, dame un descanso, pequeña. -Sonrió.
    Una sonrisa preciosa, llena de calidez. Se descubrió de-volviéndole la sonrisa, como había hecho durante los días anteriores.
    – Lo siento. -Se volvió para marcharse, pero vaciló al ver el exterior a través de la ventana-. Está nevando con más fuerza.
    Tanek suspiró.
    – Estás preocupada por Kabler. ¿Quieres que vaya tras sus huellas y me asegure de que consigue volver a la ciudad?
    – ¿Lo harías? -preguntó, sorprendida por su ofreci-miento.
    – Si es lo que quieres.
    Sintió una ola de calidez.
    – No, entonces me preocuparía por ti.
    – Es bonito saber que me valoras por encima del virtuo-so Kabler.
    – Quizá deje de nevar.
    – Lo dudo. El hombre del tiempo ha dicho que nevará durante toda la semana a lo largo de toda la frontera con Ca-nadá. -Contempló cómo los campos de nieve asaltaban la ventana-. En pocos días incluso les afectará a Joel y Tania, en Minneapolis.

Capítulo 14

    – ¿Necesitas algo del supermercado? -Phil estaba junto a la puerta de la cocina. Olisqueó al aire-. Huele muy bien. ¿Qué es?
    – Goulash. -Tania le sonrió por encima del hombro-. Te guardaré un poco para la cena.
    – Estupendo. -Phil se acercó a los fogones-. ¿Puedo probarlo?
    No era más que un niño grande, pensó Tania, indulgen-te, al tiempo que sumergía el cucharón en la cazuela y se lo ofrecía. El probó el goulash, cerró los ojos y suspiró:
    – Delicioso.
    – Es una antigua receta de la familia. Me la enseñó mi abuela. -Bajó la potencia del fuego-. Estará aún más bueno después de unas horas a fuego lento.
    – Parece imposible. -Phil echó un vistazo por la venta-na-. Está nevando con fuerza. Puede que, dentro de unas horas, no podamos salir. Me preguntaba si podías necesitar leche, o pan, o cualquier cosa.
    – Leche. La he terminado para preparar el desayuno. -Ella también miró hacia fuera-. Pero no hace falta que sal-gas, si sólo es para traer provisiones. Las calles deben de es-tar tan resbaladizas como el hielo.
    – Iba a salir de todos modos. Le pasa algo a mi coche. Tengo que llevarlo al taller.
    – ¿Qué le pasa?
    – Ni idea. Hace dos días funcionaba perfectamente, pero ayer empezó a traquetear. -Se encogió de hombros-. Puede que me haya equivocado de gasolina al llenar el depósito
    – Se dirigió hacia la puerta-. Volveré dentro de un par de horas. Acompáñame hasta la puerta principal y conecta el sistema de segundad. ¿De qué sirve tenerlo si no lo conectas? Yo acabo de entrar en casa como si nada.
    – Pues yo siempre lo conecto. Joel debe de haberse olvi-dado de hacerlo cuando se ha ido esta mañana. -Le siguió hasta el recibidor y accionó el interruptor después de que él abriera la puerta. Observó la nieve, que caía con fuerza y le-vantaba remolinos tan espesos que prácticamente no se veía nada a dos pasos de distancia-. Vaya día tan desagradable. ¿De veras tiene que salir?
    – No puedo estar sin coche -sonrió-. Estoy acostumbra-do a conducir en condiciones como éstas. -Hizo un ademán de despedida con las manos y bajó con mucho cuidado los escalones cubiertos de una fina capa de hielo-. Me acordaré de traerte la leche.
    Y desapareció tras la cortina de nieve.
    Tania cerró la puerta y volvió a dirigirse hacia la cocina. Tan sólo había dado unos pasos cuando se paró en seco y frunció el ceño. Había agua sobre el suelo de madera del vestíbulo. Phil solía tener mucho cuidado y siempre usaba la alfombrilla de la entrada antes de pasar a la casa. Tenía que estar realmente preocupado por el hecho de haber podido cruzar la puerta como si nada. Bueno, no había más remedio que ir por una bayeta y secarla antes de que pudiera estro-pear la madera.

* * *

    No notaba su presencia. Maritz se sintió un tanto desen-cantado.
    La observó mientras se agachaba a secar cuidadosamen-te el rastro de agua que habían dejado sus zapatos cuando se había colado en la casa, detrás del muchacho que rondaba siempre por allí. Lo habría hecho él mismo, pero no sabía de cuánto tiempo disponía antes de que el chico saliera otra vez. Así que optó por ir a lo seguro: se descalzó y subió rá-pidamente las escaleras que llevaban al piso de arriba.
    «Estoy aquí mismo, preciosa Tania. Si levantas la mirada, me verás.»
    Ella no levantó la vista. Acabó de secar el suelo y se metió de nuevo en la cocina.
    Maritz pensó que no debía desanimarse tanto. No era la primera vez que se topaba con este tipo de ceguera. La ca-pacidad de intuir merma cuando uno cree estar en un sitio seguro.
    Pero, de todos modos, él pensaba que Tania era distinta.
    Quizá daba lo mismo. La sorpresa sería mayor, y el miedo mucho más intenso.
    ¿Dónde lo haría?
    La oyó tarareando en la cocina. Estaba contenta, aquella mañana.
    La cocina, el centro de la casa, la base de la vida en fa-milia.
    ¿Por qué no?
    Empezó a bajar los escalones.

* * *

    Phil arrancó suavemente y giró el volante, intentando no derrapar. Le gustaba la sensación de control que sentía al conducir. Era casi como navegar por Internet, entrar y salir de los programas, investigar y rastrear hasta dar con algo que le interesara.
    Si supiera tanto de motores como de ordenadores, otro gallo cantaría, se lamentó. Probablemente, la reparación iba a costarle un ojo de la cara.
    O quizá no. Había ido a hacer el cambio de aceite al Ta-ller Acmé, y los mecánicos parecían ser bastante eficientes. Rondaría por allí mientras trabajaban, y charlaría un rato con Irving Jessup, el propietario, y éste…
    Taller Acmé.
    El rótulo apareció ante él de repente. Entró con cui-dado.
    Había un coche delante, incluso con mal tiempo. Así que tendría que esperar. No le importaba. Si hay cola, quie-re decir que hacen bien su trabajo. Ningún problema.
    No tenía prisa.

* * *

    El goulash necesitaba un poco más de pimienta, decidió Tania. Dejó la cuchara a un lado y cogió el molinillo pimentero de cristal del estante. Phil le había dicho que estaba per-fecto, pero él no había probado el goulash de la abuela. Tania siempre se sentía feliz cuando cocinaba alguna de las recetas de su familia. Le traían recuerdos que habían perma-necido intactos a pesar de aquellos últimos años. La abuela, sentada junto a la mesa, pelando patatas y contándole histo-rias de sus viajes por el país cuando era joven. Mamá y papá llegando de la oficina, riendo, explicando…
    – Ha llegado la hora, Tania.
    Ella se volvió hacia la puerta.
    Allí había un hombre con un cuchillo en la mano. Son-riendo.
    El corazón le dio un vuelco y después se le heló.
    Él. Seguro que era él.
    El hombre asintió, como si ella hubiera pronunciado esas palabras.
    – Sabías que vendría. Me estabas esperando, ¿verdad?
    – No -murmuró ella.
    Su aspecto era tan normal como el de cualquier hombre. Cabello y ojos castaños, un poco por encima de la estatura media. Hubiera podido ser el dependiente del supermerca-do o el agente de seguros que la había visitado la semana pa-sada. No era la amenaza sin rostro que la había estado per-siguiendo.
    Pero llevaba un cuchillo.
    – Tú no quieres hacer esto -dijo Tania, humedeciéndose los labios-. Ni siquiera me conoces. Todavía estás a tiempo. Vete de aquí.
    – Sí te conozco. Nadie te conoce mejor que yo. -Dio un paso hacia ella-. Y sí quiero hacer esto. Hace mucho tiempo que quiero.
    – ¿Por qué?
    – Porque eres especial. Lo supe la primera vez que te seguí.
    ¿La puerta?
    No, él le impedía el paso mientras se acercaba.
    Tania tenía que continuar hablándole y tratar de pensar en algo.
    – ¿Por qué me seguías?
    – Por el asunto de la señora Calder. Esperaba que vol-viera o se pusiera en contacto contigo. -Un paso más-. Pero me di cuenta de lo especial que eres y empecé a disfrutar contigo.
    – Yo no sé dónde está Nell.
    – Esperaba que dijeras eso. Ya averiguaré si es cierto o no. -Sonrió-. De hecho, espero que no me lo digas ensegui-da. Me dará mucha pena que esto se acabe.
    ¿El cajón de los cuchillos de cocina?
    No: antes de que pudiera abrirlo, ese hombre ya se ha-bría abalanzado sobre ella.
    – ¿Quién eres?
    – Había olvidado que no hemos sido presentados. Sien-to que te conozco tanto, Tania. Soy Paul Maritz.
    Oh, Dios santo. El monstruo de Nell era, ahora, el monstruo de Tania, y cada vez estaba más cerca. ¿Qué po-día hacer?
    – Te he mentido. Sé dónde está Nell, pero nunca lo sa-brás, si me matas.
    – Ya te lo he dicho: prefiero que sea un poco más ade-lante, y no enseguida. -Estaba a tan sólo a dos metros de ella-. Pero podemos hablar de eso cuando…
    Tania rompió el pimentero contra el borde del estante, y le echó la pimienta y los pedazos de cristal a los ojos.
    El masculló algo y, cegado, blandió el cuchillo.
    Tania cogió la cazuela del goulash y le lanzó el conteni-do a la cara.
    Maritz gritó, con las mejillas rojas, escaldadas.
    Ella pudo salir de la cocina hacia el recibidor.
    El la perseguía, soltando improperios.
    Tania alcanzó la puerta principal e intentó abrir el ce-rrojo.
    Maritz la agarró por el hombro y la empujó lejos de la puerta.
    Ella se tambaleó hacia la pared, tropezó con la mesilla del recibidor y cayó al suelo.
    – Estúpida zorra. -Le lloraban los ojos, y las lágrimas cubrían su rostro enrojecido y dolorido-. ¿Creías que iba a dejar que…?
    Tania le lanzó el jarrón de bronce que había sobre la me-silla y corrió de nuevo hacia la puerta.
    Pudo abrirla, y pulsó la alarma antes de salir a toda prisa.
    Resbaló y bajó rodando los escalones.
    Había olvidado que la entrada estaba cubierta de hielo.
    Maritz se acercaba otra vez, despacio, para no cometer el mismo error que ella.
    La alarma de segundad aullaba mientras Tania intenta-ba desesperadamente ponerse en pie. Alguien la oiría. Al-guien aparecería. Cojeaba, se había torcido el tobillo iz-quierdo. El dolor le impedía avanzar, pero ella intentaba cruzar el jardín hasta la calle.
    – ¿Adonde vas, Tania? -le gritó él, ya cerca-. ¿A pedir ayuda a los vecinos? No vas a poder llegar, cojeando así. Y nadie va a verte, con esta tormenta. Y, en cuanto a la alarma, la compañía de seguridad no llegará a tiempo.
    Tania seguía avanzando.
    – Estoy justo detrás de ti.
    Cállate, bastardo.
    – Ríndete. De todos modos, va a ser lo mismo.
    Ella se tambaleó al resbalar de nuevo sobre el hielo.
    Casi podía sentir la agitada respiración de Maritz justo en la nuca.
    – Sabes lo que va a pasar. Hace semanas que lo sabes.
    El tobillo cedió, y Tania cayó al suelo.
    Se volvió hacia él y lo miró a los ojos.
    – Preciosa Tania. -Maritz se arrodilló junto a ella y le acarició el pelo-. No era esto lo que había planeado para ti. Quería algo más agradable que verte arrastrándote sobre la nieve. Pero has disparado la alarma y, ahora, tengo que dar-me prisa.
    – Pero no te he dicho dónde está Nell -arguyó ella, de-sesperada.
    – Entonces, dímelo.
    – En Florida. Déjame ir y le diré que…
    Maritz movió la cabeza:
    – Me parece que mientes. Siempre lo adivino. No creo que me lo digas. Tendré que preguntárselo al doctorcito.
    – ¡No!
    – No me dejas otra opción. -Tiró con fuerza de los cabe-llos de Tania mientras levantaba el cuchillo-. No voy a ha-certe el daño que tú me has hecho. Un solo corte y todo ha-brá acabado.
    Iba a morir. Tenía que ocurrírsele algo, rápido. Seguro que debía de haber una salida. No había sobrevivido al in-fierno de Sarajevo para morir de aquel modo.
    No había nada que hacer, pensó horrorizada.
    El cuchillo se acercaba a su garganta.
    No. No podía hacer nada para salvarse…

* * *

    Jamie Reardon estaba en el hotel cuando su busca recibió la señal de alarma de la casa de Lieber.
    Tardó veinte minutos en llegar allí. Vio un coche patru-lla aparcado en la esquina, sin ocupantes. La alarma aún es-taba conectada, aullando desde la puerta principal. ¿Por qué no la habían parado?
    Salió del coche y se dirigió hacia la casa.
    Vio una pisada sangrienta nada más cruzar la verja del jardín. Aquel oscuro líquido, con pequeñas incrustaciones de hielo cristalizado, resaltaba sobre el blanco de la nieve.
    Dos guardias de seguridad, uniformados, estaban allí, de espaldas delante de él, observando algo en el suelo.
    Jamie sabía qué miraban.
    Llegaba demasiado tarde.

* * *

    – Necesito hablar con Nick. Ahora mismo.
    – Ha ido al Barra X esta tarde, Jamie -contestó Nell, mi-rando su reloj-, pero dudo que todavía le encuentres allí. Seguramente, ya debe de estar de vuelta, aunque es difícil decir cuánto va a tardar, con esta tormenta. ¿Quieres que le diga que te llame?
    – Sí. Tan pronto como llegue.
    – ¿Estás en el hotel?
    – No. Te doy el número.
    Nell lo anotó en el bloc de notas del teléfono.
    – ¿Qué pasa? ¿Quieres dejarme el mensaje?
    Hubo un silencio al otro lado de la línea.
    – No, no hay mensaje.
    Nell se puso tensa. Se sentía tan dejada de lado como la vez que Jamie le había dado a Nicholas aquel mensaje críp-tico sobre Nigel Simpson. Pero eso había sido antes de que Nicholas le prometiera que no habría secretos entre ellos.
    – Quiero saber qué pasa, Jamie.
    – Pues pregúntaselo a Nick -repuso Jamie, cansado-. Si te lo digo, seguro que pide mi cabeza.
    Y colgó.
    Lentamente, Nell se sentó en la silla, junto al teléfono. No se sentía bien. Estaba muy claro. Y era decepcionante. Nicholas le había dicho a Jamie que no le revelara… algo. ¿Cuántas cosas seguía ocultándole aún?
    Echó un vistazo al número que había anotado. Le resul-taba vagamente familiar. ¿A qué ciudad pertenecía el prefijo?
    Minneapolis.
    Y ella había llamado a ese número antes, y sabía de quién era.
    Le temblaba la mano mientras lo marcaba.
    – Diga.
    – ¿Qué estás haciendo en casa de Joel Lieber, Jamie?
    – Mierda. Debería haberte dado el número de mi busca.
    – ¿Qué estás haciendo ahí? -Y al ver que no contestaba exigió-: Quiero hablar con Tania. -No puedes hablar con ella.
    El miedo la invadió.
    – ¿Qué quieres decir con que no puedo…?
    – Mira, tengo que colgar. Dile a Nick que me llame.
    Nell colgó el teléfono con furia al oír que Jamie cortaba. Se puso en pie de un salto y corrió hacia el dormitorio
    – Michaela.

* * *

    No llegó a la casa de Lieber hasta casi ocho horas más tarde. Precinto amarillo. Estaba cercada con precinto amarillo. Siempre hacían eso después de un crimen, recordó, muy al-terada, mientras bajaba del taxi. ¿Cuántas veces había visto ese mismo precinto en las noticias? Pero siempre en casa de desconocidos, no en la casa que Tania le había hecho sentir como suya.
    Había un corpulento policía delante de la barricada. Pa-recía muy frío. Casi tanto como el frío que ella sentía.
    – Nell. -Jamie salía de un coche aparcado en la esquina-. No deberías haber venido -le dijo con suavidad-. Esto es lo que Nick intentaba evitar.
    – ¿Qué ha pasado?
    – Maritz. Ha estado siguiendo a Tania mientras esperaba que tú volvieras.
    Nell se sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Era culpa suya. Era por su culpa todo lo que le había sucedido a Tania. Ella y Joel sólo habían intentado ayudarla, y Nell había llevado aquel monstruo a sus vidas.
    – ¿Está muerta?
    El negó con la cabeza.
    – En el hospital, con un tobillo roto.
    El alivio que sintió casi la hizo desvanecerse.
    – Gracias a Dios. -Miró de nuevo el precinto amarillo y la recorrió un escalofrío de miedo-. ¿Joel?
    – No estaba aquí. -Jamie respiró profundamente antes de continuar-: Pero Phil sí. Maritz había estado manipulan-do el motor de su coche, y Phil lo llevó al taller. El mecáni-co le dijo que alguien había estado hurgando los cables y el carburador. Llegó a tiempo para salvar a Tania. -Apretó los labios-. Pero él no ha podido salvarse. Maritz le ha matado. La lucha ha durado lo suficiente para dar tiempo a que los de seguridad llegaran aquí. Maritz ha huido, y no ha podido terminar con Tania.
    Phil. El dulce, el luminoso Phil. Nell sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al recordar lo amable y cariñoso que había sido con ella en el hospital. Murmuró:
    – Le quería mucho.
    – Yo también. -Jamie se aclaró la garganta, pero tenía los ojos sospechosamente húmedos-. Era un muchacho formi-dable.
    – Quiero ver a Tania. ¿Me acompañas?
    – Por eso he estado esperando. -La cogió del codo y la llevó hasta el coche-. Nick me ha dicho que no te pierda de vista hasta que llegue él.
    – ¿Has hablado con él?
    – Tres horas después de que tú te marcharas al aeropuer-to. Tenía unas ganas enormes de estrangularme. Y a ti tam-bién.
    – ¿Y tú ya estabas aquí? Entonces, sabías que Tania esta-ba en el punto de mira.
    Jamie se encogió de hombros.
    – El director de la funeraria había desaparecido. Que-ríamos estar seguros de que ella y Joel no corrían ningún peligro.
    – Pero corrían. -Se sentó en el asiento del copiloto-. Y Phil también.
    – ¿Crees que no me siento lo suficientemente mal? -re-plicó Jamie con rudeza-. Phil era amigo mío.
    – No me importa lo mal que te sientas. Maritz ha mata-do a Phil y también ha intentado matar a Tania porque quie-re cogerme a mí. Y Nicholas ni siquiera se ha dignado a decirme nada.
    – Porque sabíamos que vendrías. Nick quiere que te mantengas a salvo.
    – ¿Qué derecho tiene a…? -Se desmoronó. No tenía nin-gún sentido discutir con Jamie, cuando el culpable era Ni-cholas-. No tengo ganas de hablar. Llévame a ver a Tania.

* * *

    – Está en la planta quinta -dijo Jamie mientras paraba el co-che frente al hospital-. ¿Quieres que entre contigo?
    – No.
    Nell salió del coche dando un portazo.
    Joel estaba en el corredor, delante de la habitación de Tania.
    – Tienes mal aspecto -le dijo Nell-. ¿Cómo está Tania?
    – Tiene un tobillo roto, magulladuras, los nervios de pun-ta… -enumeró Joel-. Ha visto cómo Phil moría acuchillado. -Sonrió amargamente-. Aparte de eso, está perfectamente.
    – Es culpa mía.
    – Soy yo el que ha olvidado conectar la alarma cuando he salido, esta mañana. Aquel bastardo ha entrado en la casa sin problema alguno. -Sacudió la cabeza-. Así de sencillo. -Lo siento, Joel.
    – Casi la mata. -Le dirigió una dura mirada-: Mantente alejada de ella. No quiero que te le acerques.
    Nell se sintió herida. No podía culpar a Joel por estar resentido pero, aun así, dolía.
    – Te prometo que, después de hoy, no la veré hasta que todo haya terminado. Tan sólo quiero decirle… ¿Puedo verla?
    Joel se encogió de hombros.
    – En cuanto Kabler haya terminado de hablar con ella.
    Nell miró hacia la puerta de la habitación.
    – ¿Kabler está aquí?
    – Ha llegado hace unos minutos. Ha dicho que tenía que hacerle unas preguntas sobre Maritz.
    – ¿Creen que podrán cogerle?
    – Kabler dice que tal vez ya esté dentro de un avión, sa-liendo del país.
    – ¿Y qué hay de aplicar la extradición?
    – La extradición sólo sirve si le encuentran.
    – Acudirá a Gardeaux en busca de protección.
    – No lo sé. -Movió la cabeza-. Tan sólo quiero que se mantenga lejos de Tania.
    – Y yo. -Rozó su brazo-. Seguro que no se atreve a vol-ver, ahora que ha sido identificado.
    – ¿Ah, no? Ese bastardo está loco. Es capaz de cualquier cosa. La ha estado vigilando, la ha estado siguiendo, y ha en-trado en casa y… -Se desmoronó-. Dile a Tania lo que tengas que decirle y aléjate de ella. Ya ha tenido bastante con…
    – La esperaba, señora Calder. -Kabler salió de la habita-ción, cerrando la puerta tras él-. ¿Dónde está Tanek?
    – He venido sola. -Se dirigió a Joel-: ¿Puedo entrar ya?
    – En cuanto yo me haya asegurado de que Kabler no ha causado ningún daño. -Entró en la habitación.
    – Pobre Phil, qué pena. Tan buen chico, tan joven… -dijo Kabler-. ¿Le conocía usted bien?
    – Sí. No, creo que no. ¿Qué está haciendo aquí, señor Kabler?
    – Encargué a uno de mis hombres que controlara la si-tuación, desde que supimos que Birnbaum había desapare-cido. ¿Recuerda que le dije que sospechaba que estuviera involucrado?
    Nell apoyó la cabeza contra la pared.
    – Es evidente que su hombre no ha sido capaz de con-trolar la situación de manera satisfactoria.
    – ¿Sabía usted que Maritz estaba siguiendo a la señorita Vlados?
    – Por supuesto que no -repuso ella, impaciente-. ¿Me cree capaz de dejar que corriera el riesgo de…?
    – Cálmese. -Kabler levantó una mano-. Tan sólo pre-guntaba. Ya que Reardon estaba por aquí, es lógico pensar que Tanek lo sabía. -Meneó la cabeza-. Ya le dije que no era de fiar. Si ha utilizado a la señorita Vlados como cebo, ¿cree que no hará lo mismo con usted?
    – El no la ha utilizado como cebo.
    – Entonces, ¿por qué la mantuvo a usted al margen? -Nell no contestó, y él movió la cabeza de nuevo-. Todavía cree en él.
    – Tanek jamás pondría en peligro a Tania.
    – ¿Le ha contado lo que averiguó gracias a Nigel Simpson?
    – Sí.
    – No, no se lo ha contado. No estaría usted tan calmada. -Ella le dio la espalda, y Kabler apretó los labios-. No voy a dejar que nada parecido vuelva a pasar. Reúnase conmigo en el vestíbulo cuando termine de hablar con la señorita Vlados.
    – ¿Por qué?
    – Voy a enseñarle algo que le demostrará que no se pue-de confiar en Tanek. En absoluto.
    Nell lo siguió con la mirada mientras se iba por el pasi-llo. Estaba furiosa con Nicholas pero, instintivamente, le había defendido. Qué estúpida era empeñándose en confiar en él, como si eso fuera un estilo de vida.
    Jamás se había sentido tan sola.
    – Ya puedes entrar -le dijo Joel, junto a la puerta-. Pero sólo unos minutos. Necesita reposo.
    Tania tenía mal aspecto: pálida, terriblemente frágil, apoyada contra unos enormes cojines inmaculados.
    De todos modos, hablaba con la misma alegría y brus-quedad de siempre:
    – Deja ya de mirarme de esta manera. No tengo nada grave. Recuperaré el tobillo.
    – Supongo que sabes cuánto lo siento. -Nell se acercó a la cama-. No me imaginaba que esto pudiera suceder. Ten-dría que haberme pasado a mí. Es a mí a quien quiere Maritz.
    – Bueno, bueno, no presumas tanto. Quizás al principio sí, pero después ha pensado que soy una víctima muy atrac-tiva. -Sonrió tristemente-. Cree que soy especial. ¿A que es un bonito piropo?
    – ¿Cómo puedes bromear…?
    La sonrisa de Tania se desvaneció.
    – Es la única manera de soportar todo esto. Avanzaba hacia mí. Seguía avanzando. No podía detenerle. Contigo también fue así, ¿verdad? -Nell asintió. Los ojos de Tania se llenaron de lágrimas-. Ha matado a Phil.
    – Lo sé.
    – Phil me ha salvado, y Maritz lo ha matado. Una vez, vi una de esas películas de terror. El asesino parecía una especie de espantapájaros, y su absoluta maldad era lo que le mante-nía vivo. -Tania asió la mano de Nell, tan fuerte que casi le hizo daño-. Seguía y seguía, simplemente. Matando. No era así, en Sarajevo. Allí, los asesinos no tenían rostro. Pero Ma-ritz sí lo tiene. Y parece tan normal como cualquiera.
    – Te estás poniendo nerviosa. Será mejor que me vaya, o Joel pedirá mi cabeza.
    Tania intentó sonreír, pero fue en vano.
    – Sí, se está comportando de un modo muy protector, ¿verdad? Quizá será mejor que te vayas. No soy una com-pañía demasiado agradable en estos momentos. Mantente en contacto.
    – Lo haré, te lo prometo. -Se inclinó y besó a Tania en la mejilla-. Ponte bien enseguida.
    Tania asintió.
    – Nell. -Ella se detuvo junto a la puerta-: Ve con cuida-do -susurró-. Es el espantapájaros.

* * *

    Tanek la esperaba fuera.
    – ¿Cómo se encuentra?
    – No muy bien -repuso Nell fríamente-. ¿ Cómo espera-bas que estuviera? Casi la matan, y ha visto cómo apuñala-ban a Phil delante de sus ojos. -Empezó a caminar.
    – ¿Adonde vas?
    – ¿Ahora mismo? Necesito una taza de café. Ver a Tania en ese estado no ha sido nada agradable. -Necesitaba algo más que una taza de café. Temblaba, y no quería que él lo viera. Sabía lo bien que atacaba Tanek cualquier muestra de debilidad. Entró en la sala de espera y buscó cambio en su bolso para la máquina-. Además, no creo que todo esto sea de tu incumbencia.
    – Pues lo es, maldita sea. -Tanek echó unas monedas en la cafetera y observó el líquido negro que caía en una taza de papel-. ¿Por qué no has esperado a que yo llegara? Podría haberte traído yo mismo.
    Nell le arrebató la taza.
    – No podía estar del todo segura de eso, ¿no es cierto? Ni siquiera me dijiste que Maritz la estaba siguiendo.
    – No lo sabíamos. No con absoluta certeza.
    – Pero sí la suficiente para pedirle a Jamie que permane-ciera por aquí.
    – Era tan sólo una medida de seguridad. No quería que sucediera otro asunto como el de Medas.
    Nell tomó un sorbito.
    – Bien, pues ya lo tienes. Phil está muerto.
    – ¿Y cómo crees que me siento? Soy yo quien lo tra-jo aquí.
    – Francamente, no me importa cómo te sientes.
    Tanek apretó los labios.
    – De acuerdo, no te lo dije todo. Quería evitar que te presentaras a toda prisa.
    – Eso no tenías que decidirlo tú.
    – Pero tomé una decisión. No quería que te mataran, maldita sea.
    – Si yo hubiera estado aquí, Maritz habría ido por mí, en lugar de seguir a Tania.
    – Exactamente.
    – ¿Y quién te ha dicho que eres Dios, Nicholas? ¿Qué derecho tienes a tomar decisiones de ese calibre?
    – Hice lo que debía.
    Nell se bebió su café de un trago y lanzó la taza a la pa-pelera.
    – Y yo voy a hacer lo que debo. -Salió de la sala de espe-ra y se dirigió al ascensor.
    Tanek la siguió.
    – ¿Adonde vas? -No obtuvo respuesta-. Mira, ya sé que estás muy enfadada, y lo entiendo, pero lo que ha pasado no afecta a la situación principal. Maritz ya debe de estar es-condido bajo el ala de Gardeaux, en estos momentos. Debe-mos ceñirnos al plan establecido.
    Ella pulsó el botón del ascensor.
    – No creo que ese plan sirva ya. Se requiere gozar de cierta confianza.
    Él la miró a los ojos.
    – Puede que ahora no me creas, pero volverás a confiar en mí.
    – Espero no ser tan estúpida. -Entró en el ascensor e im-pidió que Tanek la siguiera-: No, no quiero que vengas conmigo.
    Él asintió y retrocedió un paso.
    – De acuerdo. Ya veo que necesitas tu espacio.
    Nell se sorprendió. No había creído que él se rindiera tan fácilmente. La puerta se cerró entre ambos, y ella apoyó la cabeza contra el espejo. Se sentía tan dolorida y agotada como si hubiera participado en una guerra. Y todavía tenía que enfrentarse a Kabler.
    Kabler salía del pequeño quiosco de regalos del vestíbu-lo cuando vio a Nell bajando del ascensor.
    – Mighty Morphin, el Ranger rojo -le explicó, viendo que ella miraba con curiosidad la bolsa en la que llevaba su reciente compra-. Para mi hijo. Estos muñecos son difíciles de encontrar en las tiendas de mi barrio.
    – No creo que sea esto lo que quería enseñarme, ¿ver-dad? -contestó Nell.
    – He visto a Tanek cuando subía. ¿Qué es lo que…?
    – Ha dicho usted que quería enseñarme algo.
    – No está aquí. -La agarró del brazo y salieron juntos del hospital, hacia el aparcamiento-Parece muy cansada. Relájese y confíe en mí.
    ¿Por qué no? Confiaría en Kabler. Tenía que confiar en alguien. Se metió en el coche, se acomodó en el asiento y ce-rró los ojos.
    – Está bien. Voy a relajarme, pero le aconsejo que usted no lo haga. Nicholas ha dejado que me vaya sin ponerme trabas: seguro que Jamie Reardon no debe de andar muy le-jos. Lleva un coche de alquiler, un Taurus gris.
    – Está cinco coches por detrás de nosotros. No importa. Que nos siga.

* * *

    – ¿Está con Kabler? -Nicholas masculló algo entre dientes-. Sigue pegado a ellos. ¿Qué demonios pretende este tipo?
    – No puedo seguir pegado a ellos. Te estoy llamando desde el aeropuerto. Acaban de subir a un jet privado que ya está corriendo por la pista.
    – ¿Puedes averiguar qué destino lleva?
    – ¿Un jet de la DEA? Si me das un poco de tiempo, qui-zá sí. Ahora mismo, ni hablar.
    Nicholas ya sabía que la respuesta iba a ser ésa, pero es-taba agotando todas las posibilidades. Además, tenía una muy bien fundada sospecha de hacia dónde se dirigían. No había creído que Kabler fuera capaz de llegar tan lejos.
    – Voy para allá. Intenta conseguir pasajes y estar a pun-to y preparado para todo en cuanto yo llegue.
    – ¿Se supone que sé de sobra para qué vuelo tengo que hacer la reserva?
    – A Bakersfield, California.

* * *

    La enorme casa de estilo Victoriano estaba alejada de la calle principal, y rodeada de un frondoso jardín de altos robles. Aunque no cuadraba con la época, parecía llena de magia, iluminada por la luz del atardecer.
    – Vamos, entre -le dijo Kabler.
    – No le creo -susurró Nell-. No es cierto.
    Kabler dio la vuelta al coche y la ayudó a bajar.
    – Compruébelo usted misma.
    Lentamente, Nell subió los peldaños del enorme porche y llamó al timbre.
    A través de las flores grabadas en el cristal de la puerta principal, atisbo a duras penas a una mujer que bajaba des-de el piso superior.
    De repente, la luz del porche, un farolillo antiguo, se en-cendió, y la mujer también miró a través del cristal trans-lúcido.
    La puerta se abrió de golpe.
    – ¿En qué puedo servirle?
    Nell se quedó helada. No podía articular palabra.
    La mujer frunció levemente el entrecejo, y su despejada frente se llenó de arruguitas.
    – ¿Vende usted algo?
    – ¿Qué pasa, María? -Un hombre bajaba por las escaleras.
    Nell sintió que iba a desmayarse de un momento a otro. No, sintió que iba a vomitar.
    Oh, Dios santo. Dios santo.
    El hombre pasó afectuosamente un brazo por los hom-bros de la mujer. Sonrió:
    – ¿Qué podemos hacer por usted?
    – Richard. -Nell apenas pudo pronunciar ese nombre.
    La sonrisa del hombre se desvaneció.
    – Se equivoca. Deben haberle dado una dirección erró-nea. Me llamo Noel Tillinger, y ésta es mi esposa, María.
    Nell sacudió la cabeza, tanto para aclarar sus ideas como para negar las palabras de aquel nombre.
    – No. -Y dirigió su atónita mirada a la mujer-: ¿Por qué, Nadine?
    Nadine se fijó realmente en aquel rostro desconocido:
    – ¿Pero quién,…?
    – No te metas en esto, María. Ya me encargo yo de que se vaya.
    – Creo que ya te encargaste lo suficiente -intervino Ka-bler, detrás de Nell-. Y no con excesiva delicadeza, por cierto.
    Richard abrió los ojos como platos.
    – ¿Kabler? ¿Qué demonios hace usted aquí?
    Kabler le ignoró. Miraba a Nell fijamente.
    – ¿Se encuentra usted bien, señora Calder?
    No se encontraba bien. No estaba segura de que se vol-viera a encontrar bien nunca más.
    – Yo no le creía, Kabler.
    Richard no podía apartar los ojos de aquel rostro:
    – ¿Nell?
    – Creo que es mejor que entremos -repuso Kabler.
    Richard se hizo a un lado, sin dejar de mirarla.
    – Kabler me dijo que te habían hecho cirugía estética, pero… Es increíble… Estás espléndida.
    Nell casi suelta una risotada histérica. ¿Es que a Richard sólo se le ocurría pensar en cómo había cambiado su apa-riencia?
    Kabler dio un leve empujoncito a Nell y la hizo pasar.
    – Es mejor que no nos quedemos en el porche. La pri-mera norma del programa de protección de testigos es no atraer la atención.
    Nadine sonrió forzadamente:
    – Pasemos al salón. -Les condujo desde el recibidor has-ta una sala, a la cual se accedía cruzando una arcada, y que parecía sacada de una novela de Edith Wharton, llena de plantas, mimbre y madera oscura. Hizo un gesto con la mano, señalando el sofá, cubierto de cojines tapizados-: Siéntate, Nell.
    Nadine estaba en casa, y tan bonita y segura de sí misma como Nell la recordaba.
    – ¿Por qué, Nadine? -repitió.
    – Le quiero. Cuando me llamó, vine a su lado -repuso Nadine, simplemente-. Yo no quería que ocurriera. Tú me gustabas, me caías bien. Nadie quería hacerte daño.
    Nell se humedeció los labios, completamente secos.
    – ¿Desde cuándo…?
    – Hemos sido amantes durante más de dos años.
    Dos años. Richard se había estado acostando con Nadi-ne durante tanto tiempo, y ella no lo había sospechado nunca. Qué listo había sido. O, quizá, qué estúpida había sido ella.
    – ¿Por qué la ha traído aquí, Kabler? -preguntó Richard-. Dijo que ella nunca lo sabría. Dijo que nadie lo sa-bría jamás.
    – Tenía que darle una prueba definitiva. Estaba a punto de meterse en graves problemas. Y pensé que ya había teni-do bastantes.
    – ¿Y qué hay de mí? -insistió Richard-. ¿Qué pasará si ella se lo cuenta a alguien?
    – Tengo serias dudas de que Nell quiera confiarles nada a los que mataron a su hija… ¿Tú qué crees?
    Richard se puso rojo.
    – No, creo que no -murmuró-. Pero no debería haberla traído.
    – No entiendo nada de nada -espetó bruscamente Nell-. Cuénteme de qué va todo esto, Kabler.
    – El ataque de Medas estaba dirigido contra su marido -aclaró Kabler-. Él estuvo blanqueando dinero de Gardeaux a través de su banco durante algún tiempo. Cuando le surgió la oportunidad de asociarse con Kavinski, le dijo a Gardeaux que ya no quería tener más tratos con él. No fue muy inteligente por su parte. Nadie cesa los tratos con Gar-deaux hasta que él mismo así lo dispone. Gardeaux le nece-sitaba, y decidió hacerle llegar una advertencia.
    – ¿Qué advertencia?
    – La muerte de su esposa. Usted, Nell, era el principal objetivo.
    – ¿Iban a matarme a mí para castigarle a él?
    – Es una práctica bastante común en esos círculos.
    – ¿Y Jill? -preguntó Nell con rabia-, ¿Querían matar también a Jill?
    – No lo sabemos. Creemos que no. Es posible que Maritz tomara esa decisión por sí mismo. Es un psicópata.
    Es un psicópata. Sigue y sigue. No puedes detenerle. El espantapájaros.
    – Si el objetivo era yo, ¿por qué dispararon contra Ri-chard…? -De repente, lo vio claro- No le dispararon, ¿ver-dad? Fue un montaje.
    Kabler asintió.
    – Unas horas antes de la fiesta, pudimos verificar la infor-mación que habíamos recibido: el objetivo era Nell Calder.-Hizo una pausa-. Pero también se añadía, al final, que Richard Calder también debía caer. Parece ser que Gardeaux ha-bía descubierto por qué Richard les ofrecía un tanto por cien-to de interés muy elevado por el dinero que blanqueaba. Se quedaba una parte y lo enviaba a una cuenta suiza. No pude hacer mucho más que enviar unos cuantos hombres a la isla.
    – Entonces, ¿por qué no estaban allí para salvar a Jill? -le espetó Nell, toda resentimiento-. ¿Por qué no estaba usted mismo allí?
    Richard sonrió, burlón.
    – Sí, dígaselo. Que sepa cuáles eran sus prioridades. -Se volvió hacia Nell-. Ésa es la razón por la cual estás aquí. Ése es el motivo por el que Kabler parece estar tan preocupado por ti. Tenían órdenes de ponerse en contacto conmigo an-tes que nada. De ofrecerme un trato. Salvar el pellejo y tener una nueva vida, a cambio de testificar contra Gardeaux cuando llegara el momento.
    – Pensé que teníamos tiempo -le explicó Kabler a Nell-. Pensé que usted estaría en el salón, con todos los demás. Le asigné a un hombre que la protegiera.
    – Pero su principal prioridad era cazar a Gardeaux -pun-tualizó Richard-. Incluso tenía un plan. Había enviado a un médico con sus hombres, como si fuera un invitado más. Se suponía que yo debía sufrir un ataque al corazón y ser tras-ladado rápidamente fuera de la isla. -Richard esbozó una agria mueca-. Pero le salió el tiro por la culata, ¿verdad?
    – Pudimos sacarte de allí -replicó Kabler.
    – Y enviarme a este pueblucho. Yo quería irme a Nueva York.
    – No era un lugar seguro.
    – Me prometió un rostro nuevo. Eso habría garantizado mi segundad.
    – Todo a su tiempo.
    – Ya han pasado casi seis meses, maldita sea.
    – Cállate, Calder. -Kabler se dirigió a Nell-: ¿Ya ha oído bastante?
    Demasiado. Mentiras. Engaños. Traición.
    Hizo el ademán de marcharse.
    – Nell -Richard la agarró del brazo, deteniéndola-, ya sé que todo esto te ha desorientado, pero es de vital importan-cia que nadie sepa que estoy aquí.
    El le sonreía. Esa misma sonrisa encantadora y juvenil que le había abierto tantas puertas a lo largo de su vida.
    – Suéltame.
    – Yo también quería a Jill -dijo Richard suavemente-. Sabes que jamás habría hecho nada que pudiera lastimarla. O a ti.
    – Suéltame.
    – Antes, prométeme que guardarás silencio. Sabes que tengo razón. Es sólo que…
    – Por el amor de Dios, suéltala y deja que se vaya, Ri-chard -explotó Nadine.
    – Cállate -repuso Richard sin apartar los ojos de Nell-. Este asunto es entre nosotros dos. No es culpa mía que ma-taran a Jill. Yo estaba abajo, en el salón. No estaba allí para protegerla. Pero tú sí, Nell.
    Nell se puso tensa, y le miró, incrédula. Estaba inten-tando utilizar el sentimiento de culpabilidad para manipu-larla. ¿Y por qué no?, pensó amargamente. Lo había hecho siempre, desde que se casaron.
    – Hijo de puta.
    Richard enrojeció, pero no le soltó el brazo.
    – Tan sólo quería salir adelante. Quería más. Siempre cuidé de ti y de Jill.
    – Suéltame -repitió Nell entre dientes.
    – Tú sabes que yo…
    Le dio un puñetazo en el estómago y, mientras Richard se doblaba en dos, le golpeó en la nuca. Él cayó de bruces al suelo, y ella se le echó encima. Todo había empezado por su culpa. Él había sido el primer eslabón de la cadena que ha-bía llevado a Jill a la muerte. Un golpe con el puño cerrado, uno sólo, pero muy certero, y Richard estaría muerto. Nell levantó el brazo. Un solo golpe y…
    – No. -Kabler la detuvo y la obligó a ponerse en pie-. Usted no quiere hacer eso, Nell.
    – Desde luego que quiero -repuso ella, intentando sol-tarse.
    – De acuerdo, pero yo no puedo permitirlo. Necesito a mi testigo. -Kabler esbozó una amarga sonrisa-: Aunque confieso que yo haría lo mismo.
    La sujetaba firmemente, pero Nicholas le había enseña-do el modo de librarse de la mayoría de inmovilizaciones. Conocía distintas técnicas, pero ponerlas en práctica signifi-caba herir a Kabler, y Kabler no se lo merecía. No; él inten-taba ayudarla. Nell respiró profundamente.
    – Ya puede soltarme. No voy a hacerle nada… al menos, por ahora.
    Kabler la soltó de inmediato.
    Richard se incorporó, aturdido, con las manos sobre su dolorido abdomen.
    – ¿Qué demonios te ha pasado, Nell?
    – Lo que me ha pasado eres tú. Tú y Maritz y… -Giró sobre sus talones-. Si lo quiere sano y salvo, Kabler, será mejor que me saque de aquí.
    – No es precisamente lo que quiero, pero sí lo que debo hacer. Si dependiera de mí, le atropellaría con un camión. -La cogió del brazo e intentó llevarla hacia la salida.
    Nell se soltó y volvió a girarse hacia Richard.
    – Sólo quiero saber una cosa más. ¿Por qué te casaste conmigo?
    Richard sonrió desagradablemente.
    – ¿Por qué crees tú que lo hice? ¿Crees que me hubiera casado con una insignificante y vulgar personita que había sido suficientemente estúpida para dejar que la preñaran? Tu padre me ofreció una bonita suma y una inmejorable carta de presentación dirigida a Martin Brenden.
    Richard estaba convencido de que había encontrado la manera de herirla. No se daba cuenta de que sus palabras, en realidad, tan sólo estaban cortando el frágil hilo que todavía los unía. Nell ya era libre.
    – No hay ninguna necesidad de que le digas eso -intervi-no Nadine, mientras lo ayudaba a ponerse en pie-. A veces, eres un auténtico cabrón, Richard.
    Kabler guió a Nell, con delicadeza, hasta la entrada.
    – Siento haber tenido que enfrentarla a esto -le dijo, mientras abría la puerta y le cedía el paso-, pero no veía otro modo de demostrarle que Tanek le estaba mintiendo.
    – ¿Él estaba al corriente de todo esto?
    – Nigel Simpson le facilitó la información.
    – ¿Cómo puede usted estar tan seguro?
    – Reardon estuvo en Atenas, haciendo preguntas al mé-dico que había certificado la defunción de Richard, en Medas. Y ha seguido investigando, intentando descubrir dónde escondemos a Calder.
    – ¿Nicholas sabía que estaba vivo y me lo ocultó?
    – Ya le dije, Nell, que cuando se entra en este círculo, to-dos son iguales. -Miró hacia la casa mientras llegaban al co-che-. Ha estado usted realmente impresionante, ¿sabe? ¿Se lo ha enseñado Tanek?
    Nell a duras penas oyó la pregunta.
    – ¿Por qué no me lo dijo?
    – Supongo que los planes que tenía para usted no in-cluían que una minucia como un difunto marido que vuelve a la vida la distrajeran.
    Volvía a insistir en que Tanek pensaba utilizarla como señuelo. Por primera vez, Nell se preguntó si no tendría ra-zón. Nicholas era muy listo. ¿Sería posible que la estuviera manipulando, haciéndole creer que, en realidad, era ella la que controlaba la situación? Nell no se consideraba tan es-túpida, pero…
    Luego. Estaba demasiado conmocionada e influida por la rabia para pensar con claridad.
    – ¿Puedo confiar en que guardará usted silencio? -le pre-guntó Kabler-. Me estoy jugando el puesto trayéndola aquí. No le enviará un anónimo a Gardeaux diciéndole dónde puede encontrar a Calder, ¿verdad?
    – ¿Qué es lo que le hace pensar que Gardeaux sabe que Richard está vivo?
    – Reardon no es el único que ha estado haciendo pre-guntas por ahí, y Simpson no consiguió la información a través de nosotros.
    Nell sintió otra oleada de rabia intensa.
    – No le prometo que no vaya a matar a ese bastardo yo misma.
    – Me lo temía. -Suspiró Kabler-. Y eso significa que voy a tener que trasladar a Calder a otro…
    – ¿Estás lista para irnos?
    Nell se volvió, y vio a Nicholas, avanzando hacia ella.
    – Quería una prueba definitiva de que Tanek sabía lo de Richard, ¿no? Pues ahí la tiene -murmuró Kabler-. Dema-siado tarde, Tanek. No creo que ella quiera irse de aquí si no es conmigo.
    – Lo sabías -susurró Nell. Y fue en aquel preciso instan-te que ella se dio cuenta de cómo había deseado creer que Tanek no le hubiera mentido en esto también-. Lo sabías todo, y no me lo contaste.
    – Pensaba contártelo, tarde o temprano.
    – ¿Cuándo? ¿El año que viene? ¿O tal vez dentro de cin-co años?
    – Cuando fuera seguro. -Se volvió hacia Kabler-. No había más remedio que traerla hasta aquí, ¿verdad? Aunque Richard Calder todavía sea un objetivo, ha tenido que ha-cerlo. Usted sabe que para cualquiera, y aún más para Nell, acercarse a Calder es un peligro.
    – Richard está muy bien escondido aquí, en Bakersfíeld. Eres tú el que debería mantenerse alejado de la señora. Aho-ra, ella también lo sabe. No podrás utilizar…
    Nell cayó de bruces al suelo, como si un puño gigante hubiera descargado sobre ella, con todas sus fuerzas, un tre-mendo golpe.
    Nicholas también había sido derribado, pero ya se había incorporado, veloz como un rayo, y la estaba protegiendo con su cuerpo de los escombros que volaban sobre ellos.
    ¿De dónde salían?, se preguntó Nell, completamente aturdida. ¿Qué había pasado?
    Entonces, por encima del hombro de Nicholas, vio la casa.
    Lo que quedaba de ella. Sin ventanas. Sin porche. La fa-chada que daba al sur había volado por los aires, y la casa era ya, solamente, un montón de ruinas en llamas. Llamas enor-mes, devoradoras.
    – ¿Qué ha pasado? -preguntó, incapaz de reaccionar ni de pensar en nada.
    – Una bomba. -Kabler estaba de rodillas, tenía cortes en la cara. Sangraba. Cerró los puños con rabia mientras miraba, furioso e impotente, la casa-. Mierda. Lo han encontrado.
    Hablaba de Richard. Richard estaba en aquella casa. Y ahora, estaba muerto. Y Nadine también.
    Hacía tan sólo un momento que Nell había estado ha-blando con ellos, y ahora ambos habían muerto.
    Casi no se dio cuenta de que Nicholas se había puesto en pie y la estaba ayudando a levantarse:
    – Vamos. Hemos de salir de aquí.
    Kabler también se levantó, despacio, con dificultad, con la mirada fija en aquel montón de ruinas.
    – Malditos sean. Malditos sean.
    Nicholas agarró a Nell del brazo y empezó a tirar de ella, calle abajo, hacia su coche.
    – ¿Adonde demonios crees que vas? -le gritó Kabler.
    – Lejos de aquí. ¿O es que tenemos que esperar a que vengan por ella también?
    – Quizá no haya sido Gardeaux. Tanek, has aparecido en el momento oportuno. Quizás hayas sido tú mismo.
    – Eso sería una buena solución, ¿verdad, Kabler? Así, nadie podría acusar a nadie de haber guiado a Gardeaux hasta el escondite de Richard Calder. -Sus miradas se cruzaron-. Pero no. No he sido yo, eso está claro. Ha sido un error traer a Nell hasta aquí. Probablemente, la vi-gilaban desde el momento en que apareció por casa de Lieber. No han tenido que hacer nada más que seguirla y colocar la bomba junto al suministro del gas mientras ahí dentro se mantenía una interesantísima conversación con Calder.
    – No pueden habernos seguido hasta aquí. He dado or-den de discreción total sobre los destinos de todos los vue-los de la DEA.
    – Querían a Calder. Si le ofreces a alguien suficiente di-nero, los secretos más confidenciales pueden hacerse públi-cos. ¿Estoy o no en lo cierto, Kabler?
    Kabler abrió la boca para protestar, pero enseguida la cerró.
    – Sí, estás en lo cierto. -De repente, parecía un hombre vencido, un anciano.
    – Y ahora, ¿puedo irme ya, y llevarme a Nell del campo de batalla antes de que también la maten?
    Kabler permaneció en silencio durante un largo minuto y después asintió:
    – Llévatela. -Se volvió hacia Nell-. Tengo que hacer un control de los daños, pero ya me pondré en contacto con usted más adelante. Si es usted inteligente, no olvidará lo que ha visto hoy, y no dejará que él la utilice. -Echó una úl-tima mirada a la casa, totalmente envuelta en llamas-. O aca-bará como Richard.
    – Yo la he mantenido con vida durante cinco meses -sentenció Nicholas, zanjando el tema. Luego, se llevó a Nell casi a rastras hacia el coche.
    Empezaba a llegar gente de las otras casas de la vecin-dad, pudo constatar Nell, todavía aturdida. Una sirena au-llaba en la distancia.
    Nicholas abrió la puerta del coche.
    – Entra.
    Ella dudó un instante y se volvió hacia Kabler.
    Pero él ya no estaba mirando hacia ellos. Ni hacia la casa. Se encontraba junto a la puerta abierta de su coche, in-clinado sobre el volante y hablando enérgicamente por la radio.
    Control de los daños, había dicho.
    ¿Qué se podía controlar, en aquel infierno? Richard y Nadine estaban muertos.
    Entró en el coche, y Nicholas cerró la puerta de golpe.

Capítulo 15

    – ¿Estás bien? -le preguntó Nicholas, en tono suave, mien-tras maniobraba el coche por aquella calle residencial. Nell no contestó directamente.
    – ¿Tendrá problemas Kabler por esto?
    – Quizás. Ha cometido un gran error. Pero tiene mucho poder dentro de la agencia. Y no lo echarán.
    – No es culpa suya. No sabía que nos seguían.
    – No quiero hablar de Kabler. No me importa en abso-luto. ¿Cómo estás?
    – Estoy bien. -Sus manos se agarraban con fuerza a la correa de cuero de su bolso. Tenía que agarrarse a algo, a cualquier cosa. Todo parecía escurrírsele-, ¿Dónde está Jamie? ¿Ha venido contigo?
    – Está esperando en el aeropuerto. Que es adonde nos dirigimos.
    – No voy a subir a ningún avión contigo.
    – Por Dios, ¿crees que voy a secuestrarte?
    – No sé lo que piensas hacer.
    – Tan sólo quiero sacarte de aquí.
    – ¿Y por qué tengo que creerte? ¿Cómo puedo saber que lo que dices es cierto?
    Tanek masculló algo y de repente aminoró la velocidad, frenó delante de una farola y apagó el motor.
    – De acuerdo. Vamos a hablar.
    – No quiero hablar. -Mierda, se sentía como si la estu-vieran rompiendo en trocitos.
    – Mírame.
    Nell miraba al frente.
    Tanek le cogió la barbilla suavemente y la obligó a volver la cabeza hacia él.
    – Escúchame con atención: no voy a forzarte a hacer nada que no quieras hacer.
    – No podrías.
    – Es cierto, me metería en problemas. Te he enseñado demasiado bien. -Resiguió el contorno de la barbilla de Nell con el dedo-. Pero no puedo enseñarte a sobrellevar esto. Solamente tienes que respirar profundamente y esperar has-ta que la conmoción pase.
    – ¿Por qué debería estar conmocionada? ¿Porque he vis-to a dos personas volar por los aires? Debería haber pren-dido la mecha yo misma. Fue Richard quien empezó to-do esto.
    – Demasiado rencor.
    – Cierra la boca. -Nell estaba empezando a temblar-. Pon el motor en marcha. Ya te he dicho que no quiero hablar.
    Nicholas intentó rodearla con los brazos.
    Nell se puso tensa.
    – No me toques. Déjame.
    – Cuando pares de temblar. -Nell retrocedió hacia el ex-tremo de su asiento-. De acuerdo. Soy un embustero y no confías en mí. Entonces, utilízame. Úsame. Todo irá bien.
    – Quítame las manos de encima.
    Tanek se retiró:
    – De acuerdo. Habla. Algunas veces ayuda.
    – No quiero hablar.
    – Cuéntame cosas sobre Richard. -Nell negó con la ca-beza-. Nunca hubiera imaginado que la muerte de ese bas-tardo te afectaría tanto.
    – Lo odiaba -repuso Nell, resentida-. Jill no habría muerto si él no hubiera tenido negocios con Gardeaux. Si Kabler no me hubiera detenido, lo habría matado con mis propias manos. Quería que muriera.
    – ¿Y también querías que muriera aquella mujer?
    – ¿Nadine? No. No lo sé. No creo que pretendiera hacer daño a… No lo sé.
    – Pero te han arrebatado la oportunidad, por decirlo de algún modo.
    – Sí.
    – Y eso te asusta, porque hace que te sientas impotente. Te volverá a suceder. No puedes controlarlo siempre todo. Algunas veces, sólo puedes reaccionar.
    – Pon el coche en marcha.
    – ¿Adonde vamos?
    – Me vas a llevar al aeropuerto.
    – ¿Dejarás que vuelva a llevarte al rancho?
    – Debes de estar bromeando.
    – No es mi intención. ¿Qué vas a hacer?
    – Mis planes no han cambiado.
    – Pero yo ya no formo parte de ellos, ¿verdad?
    – No puedo confiar en ti.
    – Pero me necesitas. Eso no ha cambiado. Estás dejando que tus emociones interfieran en tus decisiones. -La miró-. De acuerdo, te mentí. Principalmente, por omisión, pero eso es sólo una mala excusa. Mentí. ¿Crees a Kabler cuando dice que estoy intentando utilizarte como cebo?
    – Creo que eres capaz de cualquier cosa.
    – No me has contestado.
    – No -dijo Nell secamente.
    – ¿He hecho algo que te pusiera en peligro?
    – No.
    – Entonces, ¿qué he hecho de atroz?
    – Me robaste el derecho a decidir. Me mantuviste al mar-gen -dijo con fiereza-. Es mi vida. Tenía derecho a saber lo de Richard. Tenía derecho a estar con Tania cuando estaba en peligro.
    – Sí, te robé todos esos derechos, y volvería a hacerlo.
    – ¿Y esperas que yo siga adelante como si nada hubiera pasado?
    – No, espero que comprendas que te mentiré y te enga-ñaré siempre, si eso ayuda a mantenerte a salvo. Y espero que aprendas a adaptarte a ello. Aunque espero también que te servirás de mí de la manera en que planeaste hacerlo al principio. ¿Por qué no? Piensa con calma y lógica. ¿No ten-go razón?
    Quería gritarle e increparle. No se sentía con ganas de ser lógica. Se sentía sola y traicionada, y quería que Tanek sufriera por ello.
    – Estás en mi terreno. Yo conozco el camino. ¿No has aprendido nada con la muerte de Richard?
    Se estremeció al recordar su última mirada hacia aquel infierno en llamas. Aquella explosión había salido de ningu-na parte. Nunca hubiera soñado que… Pero Nicholas ense-guida supo lo que había pasado. De acuerdo, tenía que dejar a un lado el dolor y la rabia. Le necesitaba. Todo lo demás podía haber cambiado, pero eso no.
    – No volveré al rancho.
    – Dalo por hecho.
    – Y no quiero esperar hasta final de año. Me voy a París.
    – Vale -concedió. Nell lo miró fijamente, desconfiada ante tanta conformidad-. Haré las reservas tan pronto lle-guemos al aeropuerto. ¿Te importa que Jamie venga con nosotros? Puede sernos muy útil.
    – No, no me importa -respondió ella lentamente.
    – Bien. Entonces, ponte cómoda y déjalo todo en mis manos.
    – Ésa es la última cosa que haría. No cometeré la misma equivocación otra vez. -Sus miradas se encontraron-. Hay muchos errores que no quiero repetir. No pienses ni por un momento que todo va a ser igual, Nicholas.
    – No hace falta que lo digas. -Puso el coche en marcha-. Como tú, aprenderé a adaptarme.

* * *

    – ¿Dónde vamos a vivir? -preguntó Nell en cuanto subió al Volkswagen azul oscuro que Jamie acababa de alquilar en el aeropuerto Charles de Gaulle.
    – Hace tiempo que tengo un apartamento alquilado en las afueras de la ciudad. Pasaremos la noche allí. Es muy tranquilo, pero no esperes nada lujoso: es más bien discreto.
    – ¿Qué quieres decir con «discreto»? -bromeó Jamie-. En París desconocen lo que significa la palabra discreción. -Se sentó en el asiento trasero-. No puedes contar con que Gardeaux no sepa de la existencia de ese apartamento.
    – No doy nada por hecho. -Nicholas dirigió el coche ha-cia la salida del aparcamiento-. Por eso quiero que mañana busques y encuentres algo en el campo. No quiero arriesgarme a que alguno de los hombres de Gardeaux vea a Nell. Saben que está viva, pero no tienen ni idea del aspecto que tiene. Y eso puede jugar en nuestro favor… -Nell lo miró, inquisitiva- si realmente decido enviarte a la jaula de los ti-gres -añadió-: Puede que haga lo que Kabler dijo que haría, y te utilice como señuelo.
    Nell meneó la cabeza.
    – No, no lo harías.
    – ¿Por qué molestarme, si estás tan ansiosa por hacerlo tú misma? ¿No? -Se encogió de hombros-. Pero, a pesar de la preocupación de Kabler, tu valor como cebo se ha reducido. Ya no deberías ser un objetivo principal.
    – ¿Por qué no?
    – La primera vez, te habías convertido en objetivo como castigo para Richard. Maritz te persiguió una segunda vez para intentar sacarte información sobre el paradero de Calder.
    – Está perfectamente claro que yo no sabía nada de nada, ¿verdad? -dijo Nell, agriamente.
    – Pero ellos no lo sabían. Era lógico que la viuda supiera dónde estaba su marido.
    – Entonces, ¿crees que está a salvo? -preguntó Jamie.
    – Puede ser. Ya no debería figurar en la lista de Gar-deaux. -Le dirigió una rápida mirada a Nell-. Pero puede que aún estés en la de Maritz. Tiende a ser bastante obsesivo.
    Es el espantapájaros.
    – Lo sé -Nell alejó el escalofrío que aquel pensamiento le produjo-. Pero también esto puede ir a nuestro favor.
    – Por otro lado, quizá te vea tan sólo como un trabajo más y te deje tranquila.
    – Podría empezar a buscar otro sitio hoy mismo -dijo Jamie-. Cuando lleguemos al apartamento, os dejaré allí, y daré una vuelta con el coche, a ver qué encuentro.

* * *

    Nicholas abrió la puerta del apartamento y se hizo a un lado para que Nell entrara.
    – Muy bonito. -Nell echó una ojeada a la sala de estar. Confortable, elegante, espaciosa. Tenía que haber imaginado este último adjetivo. A Nicholas siempre le gustaba tener mucho espacio-. ¿Cuál es mi habitación?
    Nicholas señaló una puerta a la izquierda.
    – Hay un albornoz en el armario. Mañana compraremos cualquier otra cosa que necesites.
    – De acuerdo. -Y se dirigió hacia la puerta que le había indicado.
    – Ven a la cocina cuando hayas acabado de refrescarte. El casero siempre mantiene la nevera surtida con lo básico. Haré una tortilla. No has comido nada en el avión.
    – No tengo… -Se detuvo. Tenía hambre, y era una solem-ne tontería quedarse con las ganas de comer tan sólo para evitar a Nicholas-. Gracias.
    – Sí, tienes que estar fuerte -murmuró-. Después de todo, el partido ha dado comienzo.
    Nell ignoró el toque de ironía y llevó su bolsa al dormi-torio. Dios sabe que no le quedaba demasiada energía en aquellos instantes. El esfuerzo por mantener el control le es-taba pasando factura.
    Entró en el baño y se lavó la cara. Se sentía absolutamente horrible, pero su aspecto no lo era tanto. La cara que le miraba desde el espejo estaba pálida y un poco ojerosa, pero despren-día la misma belleza que Joel le había dado hacía unos meses.
    Joel. Sintió una aguda punzada de remordimiento al recordar lo desagradable que se había mostrado con ella la última vez que se habían visto, en el hospital donde Tania estaba ingresada. No podía culparlo por ello. Estaba preo-cupado por Tania, y Nell casi había conseguido que la ma-taran. Pero, si Nicholas estaba en lo cierto y ahora Nell ya no era un objetivo, entonces Tania también debía de estar a salvo. Lo único que podía hacer era esperar.
    Se secó la cara y fue a la cocina.
    – Sirve el café y siéntate a la barra. -Nicholas estaba sa-cando unos platos del armario-. La comida estará lista en un minuto.
    Nell sirvió café de la máquina que había encima del mostrador y llevó dos tazas a la barra de la cocina.
    El puso las tortillas en la barra y se sentó en un tabure-te, frente a ella.
    – Bon appétit.
    Nell cogió el tenedor. La tortilla estaba rellena de cham-piñones y queso, y era sorprendentemente sabrosa.
    – Está deliciosa. ¿Aprendiste a cocinar en Hong Kong, en aquella cocina?
    – Aprendí lo que pude. Las tortillas son fáciles de hacer. -Empezó a comer la suya-. ¿Qué piensas hacer?
    – Cazar a Maritz.
    – Debes tener un plan, maldita sea.
    – Lo sé. Pensaré en uno. Aún no he tenido tiempo.
    – ¿Quieres escuchar el mío?
    – No, si significa esperar más.
    Las manos de Tanek se tensaron alrededor de su tenedor.
    – Será sólo poco más de un mes, joder.
    Nell no dijo nada.
    – Mira, Gardeaux es un hombre muy cauto, pero siente verdadera pasión por las espadas. ¿Qué crees que haría si tu-viera la oportunidad de conseguir la espada de Carlomagno?
    – ¿Carlomagno? -Recordó vagamente haber visto aque-lla espada en la vitrina de un museo-. ¿Vas a robarla?
    Nicholas negó con la cabeza.
    – Pero voy a decirle a Gardeaux que lo hice y que he reemplazado la buena por una falsificación.
    – No te creerá.
    – ¿Por qué no? -sonrió-. Sabe que ya lo he hecho ante-riormente.
    Nell lo miró fijamente.
    – ¿Lo dices en serio?
    – Bueno, una espada no. -Bebió un sorbo de café-. Pero para el caso es lo mismo. Desde abril, tengo a un espadero de Toledo trabajando en tallar y reproducir la espada de Carlomagno. Le enviaré a Gardeaux unas fotografías y le ofreceré la posibilidad de que uno de sus expertos la examine antes. Sin pruebas químicas, no le será posible notar la di-ferencia. Si le pido a Gardeaux una cita a solas para enseñar-le la espada, dudo que pueda resistirse.
    – ¿No sabrá que intentas matarle?
    – Sí.
    – Entonces, sería un loco si te recibiera.
    – No si lo hace en su territorio, en su mansión repleta de invitados y rodeado de su gente.
    – Pero entonces serías tú la víctima.
    – No si Gardeaux puede evitarlo. Sus socios podrían dis-gustarse mucho.
    Estaba hablando sobre Sandéquez, comprendió Nell. Su póliza de seguro.
    – Aun así, es peligroso.
    – Pero puede que resulte… si estás de acuerdo en esperar.
    – Y qué pasa con Maritz?
    Nicholas vaciló.
    – Existe la posibilidad de que no esté en Bellevigne. Gar-deaux puede que piense, después del ataque a Tania, que se-guir protegiéndolo es demasiado arriesgado.
    La mirada de Nell se clavó en la cara de Nicholas.
    – Entonces, ¿adonde le puede haber enviado?
    – Jamie contactará con alguna gente e intentará descu-brirlo.
    – Tú sabías perfectamente que yo suponía que Maritz iba a estar allí.
    – Y quizá lo esté. Simplemente, no lo sé. -Terminó su café-. Y fuiste tú quién me dijo que debíamos alejarnos de París.
    – No quiero a Gardeaux si no tengo a Maritz.
    – En ese caso, intentaremos localizarle para ti.
    – No quiero retrasarlo más, Nicholas. Lo quiero ahora mismo.
    – Yo no intentaría algo tan tosco como ponerte trabas. -Se inclinó hacia ella-. ¿Debo entender que rehúsas esperar más tiempo?
    – No me has dado ninguna razón.
    – Te he dado una, e importante: es más seguro.
    – Acabas de decirme que Gardeaux haría lo que fuera para evitar que te maten.
    – Salvo, claro está, dejar que le maten a él. Y la protec-ción de Sandéquez no llega hasta ti.
    Nell apartó su taburete y se puso en pie.
    – He esperado demasiado ya. Encuéntrame a Maritz o lo encontraré yo misma.
    Salió de la cocina y fue directamente hacia su dormito-rio. No quería discutir más con él. Sus argumentaciones po-dían ser muy buenas, pero aquel asunto tenía que terminar de una vez. Todo estaba cambiando, rompiéndose en astillas a su alrededor. Lo negro era blanco. Lo blanco era negro. Nada era igual. Y duraba demasiado.
    Necesitaba acabarlo.
    Se dio una larga ducha caliente y después puso una con-ferencia a Tania, al hospital. Supo que le habían dado el alta aquella misma mañana. Así que llamó a su casa.
    – ¿Cómo te encuentras? -preguntó tan pronto como se puso al teléfono-. ¿Cómo está tu tobillo?
    – Molesta un poco. Sólo puedo caminar con la muleta. ¿Dónde estás?
    – En París.
    Hubo un silencio al otro lado de la línea antes que Tania preguntara:
    – ¿Maritz?
    – Sí, si podemos localizarlo. Nicholas dice que quizá no esté en Bellevigne, ya que el atentar contra ti podría haberlo convertido en persona non grata para Gardeaux. Tengo que encontrar la manera de que venga a mí. -Hizo una mueca-. Una tarea ardua. Nicholas dice que puede que yo haya sido simplemente un trabajo más para él, y que mi estatus de ob-jetivo ya no sea tal.
    – Gracias a Dios. -Hubo una pausa, hasta que Tania pre-guntó, curiosa-: ¿Por qué razón?
    Las manos de Nell se tensaron alrededor del auricular mientras le venía a la mente la imagen de una casa victoriana ardiendo.
    – Te lo contaré en otro momento. Mañana nos traslada-mos, pero te llamaré en cuanto nos hayamos instalado, para ver cómo te encuentras.
    – Mañana no. -La voz de Tania se ensombreció de re-pente-. Asistiremos al funeral de Phil. Lo incinerarán en la ciudad natal de sus padres, en Indiana, y no volveremos has-ta la noche, tarde.
    – ¿Estás bien para ir? Phil lo entendería.
    – Él me salvó. Dio su vida por mí. Por supuesto que iré.
    Había sido una pregunta estúpida, pensó Nell. Tania hubiera ido arrastrándose si hubiera sido necesario.
    – Cuídate. Dale recuerdos a Joel.
    – Nell-dijo Tania, vacilante-, no le reproches su enfado. Lo superará. Se enfada con todo el mundo porque se culpa de lo que pasó.
    – Yo no le reprocho nada. Tiene razón: la víctima debería haber sido yo, y no tú -y añadió-: Nos fuimos tan rápido que no tuve ocasión de enviar flores para Phil. ¿Lo harás por mí?
    – En cuanto cuelgues.
    – Lo haré ahora mismo. Que descanses. Adiós, Tania.

* * *

    Tania dejó el teléfono en su lugar y se volvió hacia Joel.
    – Nell está en París.
    – Bien. ¿Puedo enviarle un billete a Tombuctú?
    – No estás siendo justo. Ella no es la culpable.
    – No tengo ganas de ser justo. Estoy muy, pero que muy furioso.
    – Contigo mismo, por no dejar conectado el sistema de alarma. Yo no te culpo.
    – Deberías hacerlo -contestó bruscamente-. Cometí una imprudencia.
    – Desconocías que hubiera algún peligro. Ni yo misma lo sabía. Tan sólo era un presentimiento.
    – Que no compartiste conmigo.
    – Tú eres un hombre muy ocupado. ¿Iba a hacerte per-der el tiempo por lo que podría haber sido una tontería?
    – Sí.
    Tania negó con la cabeza.
    – Maldita sea, casi te matan.
    – Y has estado revoloteando sobre mí desde entonces. Has cancelado todas tus visitas, y ahora ni tan sólo puedo ir al baño sin que me acompañes. -Tania sonrió amargamen-te-. Es muy embarazoso.
    – Pues no debería serlo. Soy médico. -Se puso de pie y cruzó la habitación-. Y, como tu médico, te ordeno que de-jes descansar tu tobillo por hoy y te metas en la cama. -La tomó en brazos y fue hacia las escaleras-. Y no me discutas.
    – No discutiré. Estoy cansada. -Recostó la cabeza en el hombro de Joel y empezaron a subir las escaleras-. Es cu-rioso cómo una opresión en el corazón hace que el cuerpo se canse. Aquel pobre chico era…
    – No pienses en ello.
    – No he pensado en nada más que desde que sucedió. Tanta maldad…
    Joel la dejó con cuidado sobre la cama y la cubrió con una colcha de ganchillo.
    – Nunca volverá a tocarte -dijo con fiereza.
    El fantasma de una sonrisa rozó los labios de Tania.
    – ¿Vas a mantenerlo a raya cancelando todas tus citas y llevándome al baño?
    Joel se sentó en la cama, a su lado, y le cogió una mano.
    – Ya sé que yo no soy Tanek. -Sus palabras brotaban ti-tubeantes-. Soy Paul Henreid, no Humphrey Bogart, pero juro que no permitiré que te vuelvan a hacer daño.
    – No sé de lo que estás hablando. ¿Quién es Paul Henreid?
    – Casablanca. La película. No importa. -Le retiró el ca-bello hacia atrás para despejarle la cara-. Lo que sí importa es que ahora sabes que me aseguraré de que estés a salvo el resto de tu vida.
    Tania se quedó muy quieta y dijo en voz baja:
    – Creo que estás diciendo algo trascendental, pero de manera bastante torpe. ¿Debo entender que ya no pretendes alejarme noblemente de tu vida?
    – Debería hacerlo. Probablemente, me estoy compor-tando como un auténtico bastardo al no…
    – Cállate… -Sus dedos le taparon la boca-. No lo eches a perder. Dime las palabras que quiero escuchar.
    – Te quiero -dijo Joel, simplemente.
    – Oh, lo sabía. Ahora el resto.
    – Quiero que vivas conmigo. No quiero que me dejes. Nunca.
    – Bien. ¿Y?
    – ¿Te casarás conmigo?
    Una gozosa sonrisa iluminó el rostro de Tania.
    – Estaré encantada. -Lo atrajo entre sus brazos-. Y tú también. Te lo prometo, Joel. Te voy a hacer tan feliz…
    – Ya lo haces. -La abrazó con más fuerza y musitó-: No entiendo por qué me quieres, pero aquí estoy.
    Tania lo besó exultante de alegría.
    – Debes seguir con esta humildad. Creo que todo irá bien. -Desapareció su sonrisa-. Pero escoges un momento nada oportuno para hacer estas declaraciones. He intentado de mil maneras conseguir que me llevaras a la cama, y ahora no es…
    – Ya sé que no te encuentras bien. Yo no querría…
    – No es por mi tobillo, es por… la circunstancia. Llora-mos la muerte de un amigo.
    Joel asintió con la cabeza y la besó suavemente en la mejilla.
    – Te dejo descansar. Voy a preparar la cena.
    Tania sacudió la cabeza.
    – No harás tal cosa. Es un momento especial para no-sotros. Te quedarás aquí conmigo, y nos cogeremos las ma-nos, y nos contaremos el uno al otro nuestros pensamien-tos. -Se hizo a un lado en la cama y tiró de él para que se echara junto a ella. Se abrazó muy estrechamente a Joel-. ¿Lo ves? ¿A que se está bien?
    A Joel le temblaba la voz.
    – Sí, se está bien.
    – Y cuando se nos acaben las palabras, podemos encen-der el televisor.
    – ¿El televisor? -repitió, sorprendido-. ¿Quieres ver la televisión?
    – Y el vídeo. -Le besó en el cuello-. Y me pondrás la cin-ta de Casablanca. Tengo que conocer a ese Paul Henreid.

* * *

    – Quiero que te vayas, Maritz -dijo Gardeaux-. No has he-cho nada más que disparates desde lo de Medas. -Se acerco al aparador y se sirvió una copa de vino-. Y ahora aumentas tu error viniendo aquí cuando yo te lo he prohibido expresamente.
    Maritz se sonrojó.
    – Tenía que verle. No ha contestado mis llamadas telefónicas.
    – Eso debería haberte dado una pista.
    – Necesito protección. La policía me persigue. Tania Vlados me vio. Sabe quién soy.
    – Porque eres torpe. Yo no trabajo con torpes.
    – Aún puedo serle útil. Si no me hubiera ordenado salir del país, me hubiera encargado de Richard Calder por us-ted. No tenía por qué llamar a alguien de fuera para ocupar-se de él.
    – Sí, lo hice. Tenía que asegurarme. Ya no confío en ti, Maritz.
    – Todo lo que tengo que hacer es regresar y acabar con Tania Vlados. Entonces, no habrá ningún testigo.
    – No te acercarás a ella. No puedo arriesgarme a que te detengan. Sabes demasiado. Te quedarás en Francia. Ahora, piérdete.
    – ¿Y, más adelante, me llamará? ¿Cuando sea seguro?
    – Dentro de un tiempo. Estaremos en contacto.
    Estaba mintiendo, pensó Maritz. ¿Acaso el muy bastar-do pensaba que era un estúpido? Permanecería oculto y en-tonces, un día, alguien aparecería para asegurarse de que nunca más sería arrestado ni podría convertirse en una ame-naza para Gardeaux.
    – Necesitaré dinero. -Gardeaux solamente lo miró-. No se lo estoy pidiendo. Usted me lo debe.
    – Yo pago por éxitos, no por fracasos.
    – He trabajado para usted durante seis años. Ha sido mala suerte que esta vez no haya tenido éxito.
    – Y no tengo ningún otro trabajo para ti.
    – La mujer de Calder.
    – Ya no es importante.
    Ansiosamente, buscó otro blanco.
    – Tanek. Rivil me dijo que el nombre de Tanek figura en la lista de pasajeros de un vuelo que ha llegado hoy a París. Iré por Tanek.
    – Te dije que él es intocable.
    – Usted lo odia. No tiene sentido. Permítame ir tras él.
    – Tiene perfecto sentido… ahora. Está protegido. -Sonrió-. Pero su protección puede desaparecer mientras ha-blamos.
    – Puedo esperar. Pero deje que yo me haga responsable de este trabajo.
    – Lo consideraré. -Gardeaux fue hasta la puerta y la abrió-: Dale tu dirección a Braceau y espera a que yo te llame.
    O a que aparezca un visitante con vocación de verdugo, pensó Maritz, resentido.
    – Lo haré.
    Salió y cerró la puerta con decisión.
    Gardeaux no quería saber nada de él, así que era hombre muerto. No podía ser más claro. Pero no se sentaría a espe-rar que lo mataran. Aún podía solucionarlo y conseguir de nuevo la bendición de Gardeaux.
    Se escondería, pero no haría ninguna llamada a Braceau.
    Estaría demasiado ocupado tratando de salvar el pellejo.

* * *

    – Una llamada en la línea privada, monsieur Gardeaux. -Henri Braceau sonreía mientras le ofrecía el teléfono-. Medellín.
    Gardeaux agarró el auricular.
    – ¿Ya está?
    – Hace diez minutos.
    – ¿Algún problema?
    – Suave como la seda.
    Gardeaux colgó.
    Braceau lo miraba inquisitivamente.
    – Llama a Rivil. Dile que se ocupe del asunto que discu-tí con él. De inmediato.

* * *

    – Ha sido un funeral muy bonito. -Joel abrió la puerta y encendió las luces del recibidor-. Me han gustado los padres de Phil.
    – Ningún funeral es bonito. -Tania cojeaba y entró lo más rápido que pudo en la casa, evitando mirar el césped cu-bierto de nieve. La barricada amarilla ya no estaba allí, pero sí el recuerdo de la sangre sobre la nieve-. Todos los funera-les son horribles.
    – Ya sabes lo que quiero decir -dijo Joel.
    – Lo siento. No he querido ser brusca contigo. -Cojeó hasta la ventana-. Hoy ha sido un día difícil.
    – También para mí. Siéntate y descansa. Haré un poco de café. Los dos lo necesitamos.
    Tania no se sentó. Se quedó de pie, mirando fijamente hacia la nieve, hacia el lugar en donde tuvo que arrastrarse para intentar escapar del cuchillo de Maritz, el lugar en el que Phil murió…
    – Toma.
    Joel se encontraba allí de nuevo, con una taza para ella. Debía haber estado mirando por la ventana más tiempo del que había pensado. Cogió la taza.
    – Estás pálida como una lápida -dijo Joel-. No deberías haber venido. Ha sido demasiado para ti.
    – El está libre -susurró.
    – Ya no puede hacerte daño. Ni siquiera creen que siga en el país.
    – Nell no está segura de dónde está. Dice que quizá ten-ga que atraerlo hacia ella.
    – Debería dejárselo a la policía.
    – La policía no puede detener a gente como ésa. Ellos sólo piensan en seguir matando y matando…
    – No es ninguna clase de demonio sobrenatural, Tania. Es un hombre.
    A ella le había parecido un demonio. Joel no lo entendía. Pero Nell sí. Ella se había enfrentado al monstruo y conocía su poder.
    Se volvió de nuevo hacia la ventana.
    – Le odio.
    La mano de Joel apretó cariñosamente su hombro.
    – Phil era un buen chico.
    – No sólo porque mató a Phil. Me hizo tener miedo. Pensaba que yo ya había sentido terror antes, pero nunca como con él -se estremeció-. Todavía ahora estoy asustada.
    – ¿Quieres que nos vayamos de aquí? Venderemos esto Y nos iremos.
    – ¿Y permaneceremos escondidos durante el resto de nuestras vidas? Eso le encantaría. Sería una victoria para él.
    – Entonces, ¿qué quieres hacer?
    Parecía como si el invierno que rugía fuera, de repente hubiera invadido la habitación. Cruzó los brazos para pro-tegerse del frío.
    – No lo sé. -Permaneció un momento en silencio-. Nell no está segura de si podrá conseguir que Maritz vaya tras ella.
    Joel se puso tenso.
    – No me gusta el camino que está tomando esta conversación.
    – Pero seguro que vendría por mí.
    – No -contestó Joel cansado.
    – Con Nell fue sólo un trabajo, pero, mientras me ace-chaba, se fue involucrando conmigo. Deberías haber visto su cara cuando comprendió que no tenía tiempo suficiente para matarme antes de que los guardias de seguridad llega-sen. Nunca he visto una expresión de frustración tal. -Son-rió amargamente-: Oh, sí, vendría por mí.
    Joel sacudió a Tania para que lo mirase.
    – He dicho que no.
    – No me gusta estar asustada. Desde que le tengo miedo, siempre está presente, vive conmigo.
    – ¿Me has oído? No vas a ir. No voy a dejar que te alejes de mi vista.
    – ¿Qué ocurrirá si desaparece? Me pasaré el resto de mi vida mirando por encima de mi hombro. -Su expresión se tornó dura-. No va a ganar, Joel. No dejaré que gane.
    – Por Dios, esto no es un juego.
    – Lo era para él.
    Joel la atrajo hacia sí de un tirón.
    – Cállate, no quiero perderte. ¿Me oyes? No vas a ir a ninguna parte.
    Tania se recostó contra Joel.
    «Eso es, Joel, quiéreme contigo. Protégeme del frío. Mantenme a salvo. No me dejes ir.»

* * *

    La vivienda que encontró Jamie para ellos era una pequeña casita en la costa. Estaba situada encima de un gran acantila-do, mirando al Atlántico y la escarpada costa.
    – ¿Te molesta? -le preguntó Nicholas a Nell-. Jamie probablemente no lo pensó.
    Jamie masculló una exclamación de sorpresa.
    – No me molesta.
    Era verdad; estar allí, de pie, en lo alto de aquel acantila-do barrido por el viento no la incomodaba. Era completa-mente diferente al balcón adosado de Medas. Quizá ya había pasado suficiente tiempo y su dolor se había apaciguado. Nell se volvió y fue en dirección a la casita. Limpia, acoge-dora, y decorada sin pretensiones.
    Jamie la siguió.
    – Soy un estúpido. ¿Me perdonas?
    – No hay nada que perdonar. El lugar es agradable.
    – Muy bien. Tendrás que disfrutar de la brisa del mar tú sola durante unos días. Nick y yo tenemos que volver a París.
    Se volvió rápidamente para encararse a él.
    – ¿Para qué?
    – Pardeau, el contable de Gardeaux. Nick quiere ver qué puede averiguar por ese flanco.
    Nunca se tiene una póliza de seguro que lo cubra todo, le había dicho Nicholas.
    – ¿Qué pasará con Maritz?
    – Mientras estemos allí, consultaremos unas cuantas fuentes -dijo Nicholas desde la puerta-. Aquí estarás a sal-vo. Nadie puede reconocerte y Jamie fue muy cuidadoso en asegurarse de que este sitio fuera seguro. Te he dejado ano-tado el número de teléfono del coche en el bloc que está en-cima de la barra.
    – ¿Por qué no puedo ir con vosotros?
    – Por la misma razón que nos hemos trasladado aquí. No quiero que te reconozcan. Una vez empecemos a inves-tigar, Gardeaux sabrá que estoy en París. Si te vieran conmi-go, sacarían conclusiones y nuestra ventaja desaparecería. ¿Lo encuentras razonable?
    – Sí -dijo Nell lentamente-. ¿Cuándo volveréis?
    – Dentro de uno o dos días. ¿Puedo confiar en que te quedarás aquí?
    – ¿Por qué me iba a ir si todavía no sé dónde está Maritz?
    – Prométemelo.
    – Me quedaré aquí. ¿Satisfecho?
    Nicholas sonrió como un truhán.
    – Demonios, no. He olvidado lo que es estar satisfecho. -Se volvió-: Vamos, Jamie.
    – Id con cuidado -dijo Nell impulsivamente.
    Nicholas arqueó una ceja.
    – ¿Preocupada? ¿Significa eso que estoy perdonado?
    – No, pero nunca he dicho que deseara que te hirieran.
    – Entonces, tendré que mostrarme agradecido por los pequeños dones.
    Nell fue hasta la puerta para contemplar cómo se iban. El Volkswagen aceleró por la tortuosa carretera de dos ca-rriles y, en unos minutos, estuvo fuera de su vista.
    Se había quedado sola.
    La soledad le sentaría bien, se dijo. Le permitiría pensar, hacer un plan. No había estado realmente sola desde hacía meses. Nicholas siempre estaba a su lado, hablándole, enseñándole cosas, haciéndole el amor… No, amor, no. Sexo. Nunca habían hablado de amor entre ellos.
    Pero, a veces, se había parecido al amor.
    Por esa razón, era bueno que hubiera terminado aquella relación. Ella y Nicholas eran tan diferentes como la noche al día. Él había dejado bien claro lo que quería de ella, y no era precisamente un compromiso. No había futuro con un hombre como él.
    ¿Futuro?
    Por primera vez se dio cuenta de que estaba pensando más allá de Maritz. ¿Era un signo de que estaba empezando a curarse?
    Posiblemente. Era demasiado pronto para decirlo, pero, si se había curado, se lo debía tanto a Nicholas como al paso del tiempo.
    Nicholas le había mentido, le había hecho daño y la ha-bía curado.
    Estaba pensando demasiado en Nicholas. Quizá fuera más seguro no pensar en él en absoluto.

Capítulo 16

    – Pardeau está muerto de miedo -dijo Jamie en cuanto vol-vió a subir al coche estacionado frente al 412 de la calle San Germain-. No será fácil.
    – ¿Dinero? -preguntó Nicholas, mientras ponía el coche en marcha y se dirigía hacia el Sena.
    – Le tienta, pero ha oído lo que le pasó a Simpson. Dice que Gardeaux sabe que he estado en contacto con él y que no quiere que vuelva nunca más por aquí. -Meneó la cabe-za-. Creí que podría conseguirlo la última vez que hablé con él, pero algo ha cambiado. Está muy, muy nervioso.
    – ¿Por qué?
    Jamie se encogió de hombros.
    – Bueno, en realidad, no estoy seguro. Todo lo que dice es que ahora no puede, de ninguna manera, entregarnos los archivos. Y que no importa dónde le escondamos, porque Gardeaux nunca dejaría de buscarlo.
    – Entonces, ¿qué ha pasado? -Nicholas respondió él mismo a la pregunta-: Pardeau ha estado recibiendo una in-formación que podría causar mucho más daño a Gardeaux que mostrar simplemente sus transacciones habituales.
    – Es lo que sospechaba. -Jamie sonrió-. Pero nos ha procurado una pequeña información que quizá te interese. A Pardeau, hace dos días, le ordenaron que suprimiera la cuenta de Maritz. Gardeaux dijo que ya no lo tenía en nó-mina.
    Gardeaux había enviado a su principal demonio hacia la oscuridad exterior. O quizás lo había borrado en un sentido más allá del numérico. No, Maritz no era un gran intelecto, pero tenía instinto y astucia. Nicholas estaba seguro de que se había escondido.
    – Quiero saber dónde…
    – Nos están siguiendo -le interrumpió Jamie-. Dos co-ches más atrás.
    Nicholas se enderezó mientras miraba por el retrovisor. Localizó dos faros delanteros, pero con aquella oscuridad no pudo determinar la marca o el color del coche.
    – ¿Cuánto hace?
    – Desde que hemos salido del apartamento de Pardeau. Un Mercedes verde oscuro. Estaba aparcado media calle atrás.
    – ¿Seguían a Pardeau?
    – Puede ser. Pero entonces, ¿por qué dejan de vigilarlo para seguirnos a nosotros?
    No tenía sentido. A no ser que Pardeau estuviera en lo cierto y Gardeaux esperara que volvieran a contactar con él. Nicholas no se preocupó. A Gardeaux le gustaba saber lo que hacía y en otras ocasiones ya lo había hecho seguir. Normalmente, no le importaba demasiado, pero ahora que ya había descubierto lo que había venido a buscar, sólo deseaba volver con Nell.
    – ¿No deberíamos intentar despistarlos? -preguntó Ja-mie.
    Nicholas asintió.
    – Conocen la ciudad mucho mejor que nosotros, pero hay muchas carreteras secundarias en las colmas de las afue-ras de la ciudad. -Pisó el acelerador-. Vamos a ver si damos
    con una.
    Se habían alejado unos ocho o diez kilómetros por las colinas cuando Nicholas se dio cuenta de que el Mercedes les seguía.
    Les estaba persiguiendo.
    Prácticamente estaba encima de ellos, y casi iban a la máxima velocidad.
    Les embistió, golpeando su parachoques trasero.
    – Mierda.
    – No es un buen sitio -dijo Jamie preocupado mientras miraba a su alrededor lo abrupto del terreno-. Si nos sali-mos de la carretera en cualquiera de los puntos de por aquí, acabaremos estrellados en el terraplén, unos sesenta metros más abajo. ¿Dónde están esas carreteras secundarias cuando las necesitas?
    El Mercedes los golpeó de nuevo.
    Nicholas hundió el pie en el acelerador y el Volkswagen salió zumbando hacia delante.
    – No podemos dejarlos atrás -advirtió Jamie-. El Mer-cedes tiene más potencia. Y además es como si fuera un tanque.
    – Lo sé.
    Aquel ataque directo y letal no entraba en las previsio-nes, maldita sea.
    El Mercedes se les estaba echando encima. No había es-capatoria. Nicholas podría repelerlos unas cuantas veces más pero, al final, acabaría echándolos de la carretera.
    De acuerdo. Si iban a hacerlo, mejor sería escoger un lu-gar que les ofreciera alguna opción.
    – Desabróchate el cinturón de segundad.
    Jamie hizo saltar el enganche del cinturón.
    El parachoques delantero del Mercedes les golpeó en el lado izquierdo.
    El Volkswagen derrapó y Nicholas casi no pudo impe-dir salirse de la carretera. Jamie soltó un exabrupto al gol-pearse la cabeza con la ventanilla. Se frotó la frente.
    – Si vas a repetirlo otra vez, me vuelvo a poner el cintu-rón de seguridad.
    – No si quieres sobrevivir a esta aventura. Vamos a salirnos de la carretera.
    – Ya lo había deducido. ¿Dónde?
    – En la próxima curva. La inclinación no parece tan pro-nunciada. Dirigiré el coche hacia el borde de la carretera y saltaremos. Pon la mano en el tirador de tu puerta. Intentaré reducir todo lo que pueda, pero ellos estarán justo detrás de nosotros y no quiero que adviertan que no estamos dentro.
    La curva estaba justo frente a ellos. Nicholas pisó de nuevo el acelerador y el coche salió disparado hacia delante. El Mercedes quedó un poco rezagado.
    – No estoy del todo seguro de que sea una idea tan bue-na -murmuró Jamie.
    Nicholas se quitó el cinturón de seguridad.
    – Ni yo.
    Se estaban acercando a la curva. Clavó los frenos y el co-che dio un bandazo.
    – Ahora sí estoy seguro de que no es una buena idea -ja-deó Jamie.
    Nicholas giró el volante hacia el borde de la carretera y se abalanzó para abrir la puerta.
    – ¡Salta!
    El Volkswagen se salió de la carretera y se precipitó ha-cia abajo.
    Con la primera sacudida, Nicholas salió despedido por la puerta abierta.
    Vaya salto…
    No podía respirar. La caída le había cortado el aliento. Estaba rodando hacia abajo.
    ¿Dónde estaba Jamie?
    Pudo ver los faros del Volkswagen, que caía por la lade-ra hacia el valle.
    Se asió a un arbusto y se mantuvo agarrado firmemente. Rápidamente dirigió su mirada hacia arriba, hacia la carre-tera.
    Ahí estaban las luces del Mercedes, aparcado justo al borde de la carretera.
    Tres hombres estaban mirando hacia abajo.
    ¿Hacia el coche o hacia él?
    Estaba demasiado oscuro para que le vieran. Seguro que miraban el Volkswagen.
    El coche descansaba al final de la ladera. ¿Bajarían y lo comprobarían?
    Captó el destello del cañón de un arma automática.
    El sonido de las balas fue ahogado por la explosión del Volkswagen. En un segundo, el coche quedó envuelto en llamas.
    Muy limpio. Misión cumplida.
    ¿Lo comprobarían?
    No, volvían al Mercedes.
    Un trabajo poco limpio. Perezosos.
    Gracias a Dios.
    Unos minutos más tarde, Nicholas ya no pudo ver la luz de los faros.
    ¿Dónde demonios estaba Jamie?
    – ¿Nick?
    Aliviado, oyó el susurro cauteloso de Jamie, que estaba en la pendiente un poco por encima de él.
    – Aquí. -Se soltó del arbusto y empezó a arrastrarse co-lina arriba-. ¿Estás bien?
    – Tengo un dolor de mil demonios en el costado dere-cho. ¿Y tú?
    – Estoy vivo. Y hace tan sólo diez minutos, no hubiera apostado nada por nuestra suerte.
    – Dímelo a mí.
    Jamie estaba echado sobre una formación rocosa que sobresalía a tan sólo tres metros por debajo de la carretera. Nicholas llegó hasta él.
    – No me gustaría desanimarte. ¿Has podido ver quiénes eran?
    – Sólo he reconocido al de la automática. Rivil.
    Uno de los hombres de asalto de Gardeaux, del grupo de élite, que nunca habría sido relegado a una labor tan ser-vil como la de vigilar a un vulgar contable. Lo habían enviado para realizar un trabajo concreto.
    – Creo que tienes un problema -dijo Jamie.

* * *

    Nell se despertó en la oscuridad, alertada y muy asustada.
    Había alguien en la casa.
    Los sonidos en la sala de estar eran leves y suaves indu-dablemente, eran pasos.
    ¿Maritz?
    ¿Cómo podía saber que ella estaba allí?
    A Tania no le habría sorprendido.
    Es el espantapájaros.
    Nell alargó la mano hacia la mesita de noche y empuñó su Colt.
    Se puso en pie y se deslizó hacia la puerta. Él continuaba moviéndose. ¿Se dirigía hacia el dormi-torio?
    No podía esperar a saberlo.
    Su mano se aferró al Colt mientras abría la puerta y en-cendía la luz.
    Nicholas estaba ahí, de pie, junto al fregadero. Su rostro y su cabeza estaban cubiertas de sangre.
    – ¿Te importaría apuntar hacia otro lado? Aún no confío demasiado en tus habilidades con esa arma. -Abrió el gri-fo-. Intentaba no despertarte, pero supongo que…
    – ¿Qué te ha pasado?
    – Nos hemos salido de la carretera. -Estaba rociándose la cara con agua-. Me temo que Hertz va a tener que com-prar un Volkswagen nuevo.
    – ¿Y Jamie?
    – Creo que está bien. Se ha dado un golpe en las costillas. He parado un coche en la carretera y lo hemos dejado en el hospital más próximo para que le hagan una radiografía.
    – ¿Por qué demonios no te han atendido a ti también? Pareces necesitar una cabeza nueva.
    – Quería volver aquí. Ha sido un disparate que debería haber evitado. Quería asegurarme de que no habían descu-bierto adonde te habíamos trasladado.
    – ¿Quiénes? -susurró-. ¿Los hombres de Gardeaux?
    – Jamie reconoció a uno de ellos, Rivil. No sé quién más iba en aquel coche.
    – Siéntate y déjame ver la cabeza.
    – No tienes por qué preocuparte. Estoy acostumbrado a remendarme a mí mismo.
    – Oh, entonces si necesitas puntos, sencillamente te de-jaré mi caja de costura.
    – ¿Crees que es adecuado este sarcasmo cuando he veni-do corriendo a…?
    – Siéntate. -Cruzó la habitación y le empujó hasta una silla cerca de la mesa-. Deja que te limpie adecuadamente. -Llenó un recipiente con agua y cogió un trapo limpio de la cocina-. Si el coche está destrozado, ¿cómo has llegado has-ta aquí?
    – Me ha traído un granjero desde el hospital. -Cuando Nell empezó a limpiarle la sangre de la cara, añadió-: Todo esto no es necesario, ¿sabes? No estoy malherido.
    – Tienes razón. No es nada -dijo cuando, finalmente, lo-calizó el corte en su cuero cabelludo. Caramba, las manos le temblaban-. Debes sangrar con facilidad.
    – De hecho, no es sangre. He comprado una botella de jugo de tomate durante el camino de regreso. Terence solía decirme que la mejor manera de conseguir la simpatía de una mujer era sangrar un poco.
    – Se equivocaba. No siento en absoluto ninguna por ti.
    – Seguro que sí. Estás más pálida que yo. -Se sonrió-. Siempre funciona.
    Estaba empezando a sentirse enferma, mareada.
    – Obviamente, ya no necesitas mi ayuda. -Tiró el trapo al suelo-. Y yo necesito algo de aire.
    Nell dio un portazo al salir y después se detuvo para ha-cer una larga inspiración. El aire era frío pero bienvenido.
    – Has escogido el lugar equivocado si la sangre te pone enferma. -Nicholas se estaba acercando a ella.
    Nell retrocedió un paso.
    – Tan sólo necesitaba tomar el aire. La sangre no me pone enferma.
    – Pues lo disimulas bastante bien.
    – Creí que habías dicho que estabas a salvo de Gardeaux.
    – Pues parece que estaba en un error.
    – ¿Por qué fuisteis atacados? ¿Qué ha pasado con aque-lla fantástica póliza de seguro?
    – Quizás alguien la ha cancelado.
    – Quieres decir que Sandéquez está muerto.
    – Es la conclusión más lógica.
    – ¿Por qué estás tan relajado? Gardeaux ha intentado matarte esta noche. -Nell empezó a caminar rápidamente-. Y volverá a intentarlo, ¿verdad?
    – Siempre que tenga oportunidad.
    – Ya nunca más estarás seguro.
    – Eso no es del todo correcto. Tan sólo significa que ten-dré que ser más precavido hasta que consolide mi posición.
    – Si vives lo suficiente.
    – Puntualización aceptada. Es un requisito necesario.
    – Deja ya de sonreír -dijo Nell con fiereza-. No veo qué tiene de gracioso todo esto.
    – Ni yo. Pero te has puesto suficientemente seria por los dos.
    Nell quería golpearle.
    – Es cierto. Tú crees en divertirte a cada momento y has-ta el final. Maldita sea, ¿no comprendes que tus condenadas vallas de protección acaban de volar en pedazos, y que ellos van a abalanzarse directamente sobre ti?
    Nicholas la escrutaba con la mirada.
    – Comprendo que muy estás trastornada con la idea de mi muerte. Y me gusta.
    A Nell no le gustaba. No quería sentir aquel pánico que había experimentado al ver así a Nicholas esa noche.
    – ¿Qué vas a hacer?
    – Lo mismo que antes. Pero con mucho más cuidado.
    – Pero ni siquiera deberías estar en el mismo país que Gardeaux. -Apartó su mirada de Nicholas-. No es que… No me importa… si no continúas en esto.
    La sonrisa de Tanek desapareció.
    – ¿Has olvidado que no empecé en esto sólo por ayudar-te? No tengo ninguna intención de dejarlo.
    No sabía si estaba más asustada o aliviada.
    – Solamente quería saberlo. -Hizo una pausa-. Por su-puesto, que si no quisieras…
    – Nell -dijo tranquilamente-. Todo va a salir bien. Sólo tengo que evaluar los daños.
    Evaluar los daños. Esto fue lo que Kabler dijo mientras veía arder la casa. Muerte y destrucción, y el siempre popu-lar control de daños.
    – Lo que tú digas. -Se humedeció los labios-. Pero bajo estas circunstancias no creo que podamos movernos tan rá-pidamente como a mí me gustaría. Será mejor esperar a Año
    Nuevo.
    Lentamente, una sonrisa iluminó la cara de Tanek.
    – Si es lo que quieres.
    – No es eso lo que quiero. -Le dio la espalda y se dirigió hacia la casita-. Pero es lo que debemos hacer para evitar que te maten.

* * *

    Jamie apareció la mañana siguiente con cruasanes recién he-chos y un periódico. Le entregó los cruasanes a Nell y ex-tendió el periódico sobre la mesa frente a Nicholas.
    – Te dije que estábamos en un lío.
    – ¿Sandéquez?
    – Muerto. Fue asesinado en su hacienda de las colinas por las fuerzas de la lucha antidroga colombianas. Toda la casa fue destruida.
    – ¿Cuándo?
    – Unas tres horas antes de dejar a Pardeau. Como no hubo ninguna noticia ni declaración pública durante más de ocho horas, diría que Gardeaux obtuvo información anticipadamente.
    – O proporcionada por las autoridades. Sandéquez esta-ba bien protegido. La policía llevaba intentando cogerle hace muchos años.
    Jamie soltó un silbido.
    – Quieres decir que Gardeaux les sirvió en bandeja a Sandéquez. ¡Dios, Dios, qué cabrón!
    – ¿Por qué lo haría? -preguntó Nell-. ¿No dijiste que Sandéquez era uno de los hombres para los que trabajaba Gardeaux?
    – Pero yo he sido una espina para Gardeaux durante mu-cho tiempo y la destitución de Sandéquez podía serle útil en más de un sentido.
    Jamie asintió.
    – Podría subir en el escalafón corporativo, por así decir-lo, y el gobierno colombiano ofrecía una recompensa de cinco millones de dólares por Sandéquez. Los cuales serían de gran utilidad en una de sus cuentas suizas. ¿Crees que fue él quien le facilitó la información a las autoridades colom-bianas?
    – Probablemente. -Nicholas se encogió de hombros-. Sea como fuere, es un hecho. Sandéquez está muerto. Lo cual significa que tendré que esconderme con Nell hasta que estemos listos para actuar.
    Nell sintió una oleada de alivio que rápidamente inten-tó disimular.
    – Extraordinariamente razonable en tu caso. -Llevó los cruasanes al microondas-. Pero yo no tengo la menor inten-ción de esconderme. Como ya me indicaste, nadie puede reconocerme.
    Podía sentir la mirada de Nicholas a su espalda.
    – ¿Puedo preguntarte adonde pretendes ir?
    – A París.
    – ¿Y qué vas a hacer allí?
    – Trabajar.
    – ¿Dónde?
    – No estoy segura. Tendrás que ayudarme. -Se encaró con él-. ¿Para qué agencia de modelos trabaja la querida de Gardeaux?
    – Chez Molambre. -Nicholas estaba estudiando su cara-. ¿Qué tienes en mente?
    – Necesito meterme en esa fiesta renacentista. Dudo que Gardeaux vaya a enviarme una invitación y para vosotros sería muy peligroso robarlas o falsificarlas. El reportaje del Sport Illustrated explicaba que hay un pase de moda cada año como parte de la fiesta. Jacques Dumoit realiza una co-lección especial y es casi seguro que Gardeaux le pedirá que utilice la agencia de su querida para proveer las modelos.
    – Sí, es verdad.
    – Y quieres ofrecerte a trabajar en esa agencia. -Jamie sonrió-, Ah, una chica brillante. Podríamos haberla utiliza-do en los viejos tiempos, Nick.
    – No tienes experiencia -dijo Nicholas.
    – He estado en docenas de pases de moda. Les engañaré. -Se volvió hacia Jamie-. Si me pudieras falsificar unas referen-cias y arreglar una sesión fotográfica para hacerme un book.
    – Conozco a un fotógrafo en Niza del que me puedo fiar -dijo Jamie-. Dame tres días.
    – No me gusta -espetó Nicholas.
    – No esperaba que te gustase. -Nell se encontró con su mirada-. Pero ¿me contratarán?
    – Lo sabes perfectamente. -Su sonrisa era desagradable-. ¿Quién no iba a contratar a Helena de Troya?
    – Bien. Sospechaba que podría funcionar. Y la idea me gusta. Hay una cierta clase de… justicia en ella.
    – ¿Justicia? -preguntó Jamie.
    – Quiere decir que obtuvo este excepcional rostro por cortesía de Maritz y Gardeaux, y precisamente, es de justi-cia que lo use para acabar con ellos.
    Nicholas sabía exactamente lo que quería decir. La co-nocía muy bien. Demasiado bien. Sacó los cruasanes del mi-croondas y los puso sobre la mesa.
    – No soy ni tan alta ni tan delgada como la mayoría de las modelos de pasarela. Tendrás que hacerme unas referen-cias impecables, Jamie.
    – Confía en mí. Además, se enamorarán tanto de tu cara que apuesto a que no se darán ni cuenta.
    Nell no estaba tan segura.
    – Ya veremos.
    – Debes de llevar mucho tiempo pensando en ello -dijo reposadamente Nicholas.
    – Me dejasteis sola dos días. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Cruzarme de brazos y perder el tiempo esperando?
    – Por Dios. -Se puso de pie y fue hacia la puerta-. Re-cuérdame que no te dejemos sola otra vez.

* * *

    Al día siguiente, la espada de Carlomagno fue entregada personalmente por un joven de pelo oscuro que parecía un poco más mayor que Peter. Llevaba una chaqueta de piel negra, conducía una motocicleta y su sonrisa era de confianza.
    Presentó a Nicholas, con mucho ceremonial, un paque-te envuelto en piel.
    – Aquí tiene, señor. La más fina pieza de trabajo jamás realizada por mi padre.
    – Gracias, Tomás. -Y como que se quedó de pie mirando a Nell, Nicholas añadió-: Tomás Armendáriz, Eve Billings.
    Tomás la miraba encandilado.
    – Yo también soy un gran artesano. Algún día seré muy famoso.
    – Eso está bien -le contestó Nell, ausente, mientras se-guía a Nicholas hacia la casita. El chico le seguía a ella.
    – Yo mismo he hecho gran parte del trabajo en esta es-pada.
    Nicholas estaba sacando la espada de su vaina de piel.
    – Como recompensa a mi trabajo, mi padre me dijo que podría pasar unos días de vacaciones en París. -Tomás son-rió seductor a Nell-. Me pregunto si a usted le gustaría ve-nir con…
    – Adiós, Tomás -dijo Nicholas, con la mirada puesta en la espada.
    Tomás no parecía haberlo oído.
    – Fui a la escuela en la Sorbona y conozco muchos cafés que…
    Nicholas apuntó al chico con la espada.
    – Adiós.
    Tomás parpadeó y empezó a retroceder hacia la puerta.
    Nell no le culpó por ello. No había vuelto a ver a este Tanek desde aquel día en Florida cuando asestó aquel golpe al sargento Wilkins.
    – Sólo era una broma, señor Tanek -dijo Tomás.
    – Ya me parecía -le contestó Nicholas educadamente-. Dile a tu padre que estoy muy satisfecho con la espada. Y ahora, tienes que ponerte en camino hacia París, ¿verdad?
    – Sí, sí. De inmediato. -Salió precipitadamente de la casita.
    – No tenías por qué asustarlo -dijo Nell-. Todo lo que yo tenía que hacer era decirle que no.
    – Es un engreído. -Estaba observando la empuñadura de la espada otra vez-. Y me ha molestado.
    Nell miró la espada. Sólo había visto una vez la original, y aquella falsificación se le parecía muchísimo.
    – ¿Se le parece lo suficiente?
    Él asintió:
    – Es una obra de arte.
    – ¿Aún vas a usarla como anzuelo, siguiendo el mismo plan?
    – Con Sandéquez muerto, es de hecho mi única opción.
    – Te estás metiendo en la boca del lobo. -Nell vaciló-. He estado pensando. Si puedo penetrar en Bellevigne sin ser detectada, ¿por qué no te quedas aquí y dejas todo en mis manos
    La miró fijamente, esperando. Nell continuó, lanzada:
    – Es de sentido común. Olvídate de la espada. Te reco-nocerán y no habrá forma de que salgas vivo de allí.
    – ¿Se te ha ocurrido pensar que me estás intentando de-jar fuera? -Nicholas preguntó tranquilamente-. Que me es-tás robando mi derecho a decidir.
    Aquellas palabras le eran familiares, ella misma las había usado con él.
    – Esto es distinto.
    – Siempre es distinto cuando se aplica a uno mismo. -Nicholas sonrió-. Lo entiendo perfectamente. Pero ¿ya has dejado de preguntarte por qué te retuve en el rancho y te protegí?
    – Porque eres un hombre arrogante y piensas que eres el único en el mundo que…
    – Creo que sabes que ésa no es la razón. -Sus miradas se cruzaron-. Aunque quizá no estés preparada para sacar la cabeza del agujero todavía.
    Las manos de Nell se cerraron con fuerza.
    – No me gusta esto.
    – Lo sé. Pero tendrás que acostumbrarte -Y volvió al tema de la espada-. Y sólo tendré que sacarme unos pocos juegos de la manga para mantener esta situación nivelada.
    – ¿Evaluación de daños?
    – Exactamente. -Cogió un montón de fotografías de un cajón de la cocina y empezó a compararlas con aquella espa-da y murmuró-: Un trabajo fantástico.
    Era evidente que había dado por acabada la conversa-ción, así que ella se volvió para salir.
    – Maritz no estará en Bellevigne.
    Se giró rápidamente para mirarle.
    – ¿Estás seguro?
    Nicholas asintió.
    – Gardeaux le ha dado la carta de despido. Tendremos que enfrentarnos con ellos por separado. Nos concentrare-mos primero en Gardeaux y después en Maritz.
    La desilusión acrecentó sus recelos y frustración.
    – Pero ¿podremos encontrarle?
    – Lo encontraremos. -Colocó una fotografía de la em-puñadura al lado de la espada que aguantaba en la mano-. Después de que te vayas a París, no quiero que vuelvas aquí hasta que estemos listos para actuar.
    – ¿Por qué no?
    – Es demasiado peligroso. Si vas a ser Eve Billings, sé Eve Billings. Haz amistad con las otras modelos. Y nada de desapariciones misteriosas durante los fines de semana. Pásalos en París.
    – Ya veo. -Nell se sintió extrañamente desconsolada. Estaba en lo cierto, por supuesto. Ella había decidido irse a París y ahora aguantaría hasta el final-. Pero necesitaremos un plan.
    – No, hasta que contacte con Gardeaux y descubra cómo está la situación sobre el tablero. Me presentaré en tu apartamento la noche antes de tu partida hacia Bellevigne. Hasta entonces, no contactaremos a no ser que haya una emergencia.
    Nell intentó sonreír:
    – Eso suena razonable.
    – Saldrás mañana hacia Niza, con Jamie, para una sesión de fotos. Él ya ha arreglado el subarriendo de un pequeño apartamento en el área de la Sorbona. Nada caprichoso. Algo que una estudiante o una modelo luchadora podría permitirse.
    – Jamie es muy eficiente.
    – Más de lo que crees.
    Tenía razón. Realmente, ella no formaba parte de sus vi-das y menos de su pasado. La proximidad que había sentido hacia ellos desaparecería tan pronto los abandonase.
    – ¿Tendrás cuidado? -Nell no quería hacerle aquella pregunta, pero le salió sin pensar.
    Nicholas levantó la mirada y sonrió.
    – ¿De qué? ¿De las gaviotas? ¿Quieres enviarme de vuel-ta al rancho?
    Sí, lo haría y lanzaría la llave de aquellos portones detrás de él.
    Y Nicholas lo sabía.
    – Con toda la polución que tenemos hoy día, nunca se sabe qué gérmenes pueden llevar esas gaviotas -dijo disimu-lando-. Voy a hacer las maletas.

* * *

    La espada era tan atractiva como el canto de una sirena.
    Gardeaux estudiaba las fotografías en color con una lupa.
    Si se trataba de una falsificación, era muy brillante.
    Y si fuera real, Tanek tenía un gran talento en el área de las adquisiciones.
    La excitación que le recorría hizo que sus manos tem-blaran. La espada de un conquistador. Quizá del más gran-de conquistador que había existido.
    Aquel sentimiento era el que Tanek tenía planeado. Es-taba siendo manipulado.
    La espada de Carlomagno.
    ¿Le desafiaría Tanek ofreciéndole una falsificación?
    Era una artimaña para llevarlo hasta la muerte.
    Durante su vida, Carlomagno también sufrió algunos atentados, pero su fuerza y su inteligencia le hicieron en-cumbrarse por encima de aquellos que estuvieran lo suficientemente locos como para intentar asesinarlo.
    Como él, Gardeaux, se encumbraría sobre Tanek.
    Su índice acarició suavemente la empuñadura de aquella espada fotografiada. Increíble. Soberbia.
    Su espada.

* * *

    – Lo lamento, mademoiselle, pero no nos sirve. -Molambre cerró el book, que estaba abierto frente a ella-. Estas fotos son muy buenas y expresivas, pero nosotros sólo llevamos modelos de pasarela y usted no encaja dentro de nuestro perfil.
    – ¿No soy suficientemente alta?
    – ¿Uno setenta y tres? Carece de fuerza y presencia. Hay que tener presencia para pasar modelos. Quizá lo consegui-ría en las pasarelas de Nueva York, pero aquí… nuestros diseñadores son muy especiales. -Se encogió de hombros-. Dedíquese a la publicidad, a posar en estudio. Preveo un gran futuro en ello.
    – Hay tan pocas revistas. Necesito hacer las dos cosas.
    Molambre cerró el portafolio y se lo entregó.
    – Lo lamento.
    Su tono era definitivo. Nell se puso de pie y cogió el book.
    – Buenos días, monsieur Molambre.
    Un muro de ladrillos.
    De acuerdo, tendría que esquivarlo.

* * *

    – ¿Qué puedo hacer por usted, mademoiselle Billings? -pre-guntó Celine Dumoit con indiferencia.
    Bueno, Nell no podía esperar nada más que indiferen-cia. Jacques Dumoit era uno de los principales diseñadores del mundo. Esa gente negocia con la belleza, la utiliza y la descarta cuando se marchita.
    – Necesitaría hablar con su marido, madame.
    La mujer se encrespó.
    – Eso no es posible. Soy yo la que lleva este salón. Tiene que hablar conmigo. Todo el mundo desea hablar con Jac-ques. Él es un hombre muy ocupado. Mi marido está reuniendo una colección especial.
    – Para la fiesta del Renacimiento. -Nell inclinó la cabe-za-. Quiero que me utilice como modelo en la fiesta.
    – La agencia Chez Molambre se encarga de esto. Solicí-tele trabajo a ellos.
    – Ya lo he hecho. Pero me han rechazado porque según ellos carezco de presencia.
    Madame Dumoit la estudió.
    – No estoy de acuerdo. Realmente, usted tiene una cier-ta presencia, pero tampoco es nada del otro mundo.
    – Necesito este trabajo.
    – ¿Y se supone que eso va a influir en mí?
    Nell dudaba que ninguna necesidad humana pudiera afectar a aquel iceberg.
    – Estoy intentando entrar como modelo en Europa. La fiesta del Renacimiento sería un aparador perfecto para mí.
    – Y para otras miles de modelos aquí en París.
    – Su marido siempre realiza una colección especial de corte renacentista para la fiesta. Yo soy perfecta para ella.
    – ¿Qué le hace pensar en ello?
    – Póngame un vestido y dejemos que él lo juzgue.
    – Tenemos a todas las modelos que necesitamos. -Va-ciló y después asintió-. Pero su rostro tiene una calidad inusual y Jacques desea agradar a monsieur Gardeaux. Ve-remos qué tal le sienta el número ocho.
    El número ocho resultó ser un magnífico vestido color borgoña con unas largas y ceñidas mangas y un cuello cua-drado.
    Pero era una muy ajustada talla seis, y la cintura le apre-taba demasiado. Casi no podía respirar.
    – Tiene algo de sobrepeso -dijo Celine Dumoit. Colocó un sombrerito adornado con perlas sobre la cabeza de Nell, dio un paso atrás y asintió con la cabeza-, Pero definitiva-mente hay… -Se volvió hacia un hombre alto que entraba en la habitación-, Ah, aquí estás, Jacques.
    – ¿Por qué me has mandado llamar? -El tono de Jacques Dumoit era malhumorado-. Estoy muy ocupado, Celine.
    – Lo sé, querido. -Le señaló a Nell-. ¿Qué opinas?
    – Gorda. Debe perder cuatro kilos y medio antes del pase.
    – Entonces, ¿crees que podría hacerlo? -preguntó Celine.
    – Por supuesto que sí. Despampanante. Una cortesana renacentista. Este rostro parece pintado por Da Vinci. ¿Me puedo ir ya?
    – Claro, querido. No te molestaré de nuevo.
    – Asígnale también el vestido verde -dijo el hombre, mientras a grandes zancadas iba saliendo de la habitación-. Y asegúrate de que se libra de ese exceso de peso.
    – Sí, Jacques. -Se volvió hacia Nell-. Déjele a la recepcionista su número de teléfono. Vendrá a probar siempre que se la convoque. Si falta una sola vez, quedará fuera del pase.
    – Sí, madame.
    – Y tiene dos semanas para perder peso.
    – Sí, madame.
    – Debería de estar agradecida. Le estamos dando una gran oportunidad.
    – Estoy muy agradecida, madame Dumoit.
    – Naturalmente, en esta ocasión no le pagaremos por sus servicios. Debería ser usted quien nos pagara.
    ¡La muy avara!
    – Estoy muy agradecida -repitió Nell.
    Celine Dumoit asintió, satisfecha, y salió del vestidor.
    Mientras la modista desabotonaba el vestido, Nell se volvió hacia el espejo y contempló aquella cara con la que había conseguido un billete para Bellevigne. El título de cortesana renacentista era tan bueno como el de Helena de Troya. Le había dicho la verdad a aquella mujer.
    Estaba agradecida.
    Gracias, Joel.

* * *

    – Tanek, es fantástico saber de ti -dijo Gardeaux.
    – Sí, Rivil ya me transmitió su entusiasmo. ¿Recibió las fotografías?
    – Un señuelo exquisito, pero, por supuesto, no estoy tan loco para creer que la espada es auténtica.
    – No lo sabrá hasta que la vea con sus propios ojos. Iba a permitir que un experto suyo la examinara, pero ahora creo que cualquier contacto sería demasiado arriesgado para mi salud.
    – ¿Sabes lo de Sandéquez? Una gran pérdida.
    – Depende de la posición de cada uno.
    – La mía es muy sólida. La tuya, muy precaria. -Hizo una pausa-. No te quiero en mitad de mi fiesta, Tanek. Es-coge otro lugar y otro momento.
    – Podía haber tenido usted la oportunidad de conven-cerme si no hubiera convertido mi posición en tan precaria. Esperaré hasta que pueda entrar en su patio, junto a una multitud de sus muy prestigiosos invitados. Quiero mucha gente alrededor, eso se lo pondría muy difícil si decidiera deshacerse de mí.
    – Pero tú pretendes hacer lo mismo conmigo. -Tras un silencio prosiguió-: Vas a crearte un montón de problemas y molestias por lo que pasó con O'Malley. Y, realmente, no vale la pena.
    – Sí lo vale.
    – Discrepo. Ese hombre no fue ni tan sólo interesante. Pero espero que tú me ofrezcas un espectáculo mejor. Pietro te encontrará fascinante.
    – No le daré ocasión. No jugaré a su juego.
    – Sí, sí lo harás.
    – ¿Quiere la espada?
    – Te llamaré. Dame tu número.
    – Lo haré yo. -Tanek colgó y se volvió hacia Jamie-. La quiere. Está ansioso o ni siquiera estaría negociando.
    Jamie miró la espada.
    – Es verdaderamente un arma preciosa. Pero no merece tanto riesgo.
    – Gardeaux piensa que sí -dijo Tanek-. Gracias a Dios.
    Estaba llegando al final. En un poco más de un mes, to-das las esperas, toda la frustración se acabaría.
    – ¿Qué quieres que haga ahora? -preguntó Jamie.
    – Quédate aquí, en casita, por si Nell llama. Mantente alejado de ella a no ser que haya problemas. Tu cara es tan reconocible como la mía. Intentaré llamarte y dejarte un número donde puedas localizarme.
    – ¿No estarás por aquí?
    Negó con la cabeza.
    – Mañana por la mañana tomaré el primer vuelo que sal-ga de París.

Capítulo 17

    8 DE DICIEMBRE, PARÍS

    – No, no voy a permitirlo, Tania. -La mano de Nell apretó con fuerza el auricular-. Quédate en casa, ahí no corres peligro.
    – Maritz me dejó muy claro que no estaría segura, aun-que no saliera de aquí -repuso Tania-. Acabó con todas mis opciones de estar tranquila.
    – No voy a utilizarte como cebo. ¿Qué es lo que crees que soy?
    – No te lo estoy pidiendo, sólo te informo de mi deci-sión. Puedes ayudarme o no… Tú eliges.
    – Sabes perfectamente que no te dejaría sola ante… Ta-nia, no lo hagas. Si volvieran a hacerte daño, nunca me lo perdonaría.
    – No lo hago por ti. Lo hago por mí.
    – ¿Y qué dice Joel al respecto?
    – Que estoy loca, que no va a dejar que lo haga, que ca-zará a Maritz él mismo. Va a ser un problema.
    – Tiene razón, estás loca.
    – No. Maritz está loco. Pero yo estoy en mis cabales. Y no voy a dejar que controle mi vida. -Tania hizo una pau-sa-. Debo nacerlo, Nell. No tengo muchas más opciones que tú. Y no quiero discutir más. Voy a colgar.
    – Espera. ¿Cuándo vendrás?
    – Oh, lo sabrás en cuanto llegue.

* * *

    23 DE DICIEMBRE, MARSELLA

    Ella había acudido a él. Y parecía tan feliz… Maritz estudió la fotografía de la portada de la sección de sociedad del periódico. Tania llevaba un conjunto blanco y miraba a Joel Lieber con una radiante sonrisa.
    Pero, claro, todas las novias estaban siempre radiantes.
    Leyó atentamente el texto que acompañaba la fotografía.

    Joel Lieber, el cirujano de renombre mundial, y Tania Vlados, en su llegada al aeropuerto Charles de Gaulle, primera escala de su larga luna de piel. La pareja viajará hasta Cannes y se alojará en el hotel Carleton hasta después de Año Nuevo.

    Maritz había creído que la suerte ya no le sonreía. Sin embargo, la preciosa Tania volvía a aparecer en su vida. Si lograba eliminarla, como testigo que era, Gardeaux volvería a aceptarlo en el grupo.
    Pero no era eso lo que le provocaba tanta excitación. La caza estaba a punto de empezar de nuevo.

* * *

    Jamie soltó un largo silbido al ver el artículo.
    A Nick no iba a gustarle aquello. Deseó más que nada en el mundo poder ponerse en contacto con él. Lo había in-tentado dos días antes, pero Nick se había mudado y ya no tenía el mismo número de teléfono. Decidió llamar a Nell.
    – ¿Has visto el periódico?
    – Sí, me alegro mucho por ellos. Tania está muy guapa ¿verdad?
    – ¿Qué hace aquí, en París?
    – Pasando la luna de miel. Eso dice la noticia.
    – ¿Y tú no sabías nada?
    – La última vez que hablé con ella, ni siquiera mencionó la boda.
    – No puedes contactar con ellos. Joel ahora mismo está siendo objeto de demasiada atención. Los dos están en el candelero.
    – Ya lo sé. No tengo ninguna intención de verla. -Hizo una pausa-. ¿Cómo está Nicholas?
    – Bien. -Jamie cambió de tema-. ¿Qué tal te va con tu nueva vocación?
    – Me aburro.
    – Bueno, pasado mañana es Navidad. Esto no va a durar mucho más. Pero no me gusta que Tania esté aquí.
    – A mí tampoco. Adiós, Jamie.

* * *

    Bueno, ¿qué podía decirse de eso? Estaban a la espera. Nueve días más.
    Nell sacudió la cabeza mientras colgaba el auricular. No ha-bía mentido pero, como Nicholas había dicho, la omisión era una mala excusa.
    La foto del periódico le había causado un temor indes-criptible. Nunca había imaginado que Tania ofreciera una invitación tan clara. Incluso le había dado a ese bastardo su dirección.
    El teléfono sonó de nuevo.
    – ¿A que estoy guapísima en la foto? -preguntó Tania-. El conjunto es de Armani. Joel decidió parar en Nueva York y comprarme un guardarropa completo.
    – Es precioso. No me dijiste que ibais a casaros.
    – Joel insistió en que nos casáramos antes de venir aquí. Al parecer cree que eso hará que me controle. -Nell oyó un gru-ñido burlón de fondo-. Sí, Joel, es exactamente como digo.
    – ¿Dónde estáis?
    – En el Carleton. Es muy elegante. ¿Sabes que durante el festival de cine todas las estrellas se alojan aquí?
    – Se te nota en la voz que eres feliz.
    – Extasiada. Pero no tanto como Joel. Lo cual es lógico: yo me he casado con un médico quisquilloso y madurito; él se ha casado conmigo. -Tania reía-. Tengo que colgar. Creo que viene por mí. Me mantendré en contacto.
    Eso significaba que la llamaría en cuanto Maritz asoma-ra la cabeza. Nell no tenía la menor duda de que la última frase de la conversación era la única que tenía valor.
    Pero la voz de Tania le había sonado muy feliz, pensó Nell, soñadora. Inmensamente feliz; tanto, que la nube que amena-zaba con empañar tanta dicha no parecía importarle en absolu-to. Tania sabía disfrutar del presente, momento a momento.
    Y Nicholas también.
    No había sabido nada de él en las tres semanas que lle-vaba en París, y era obvio que él no había considerado im-portante hablar con ella cuando Jamie la había llamado.
    Bueno, ¿qué podía decirse de eso?
    Estaba en espera.
    Nueve días más.

* * *

    – ¿Salimos a cenar y a lucir uno de mis vestidos nuevos? -preguntó Tania a Joel mientras dejaba el auricular, después de su conversación con Nell-. El rosa, eso es. Estaré tan espectacular que los camareros me tomarán por una estrella de cine.
    – Como quieras. -Joel la siguió con la mirada mientras ella abría las puertas del balcón de par en par-. ¿Cómo está Nell?
    – No le he dejado opción a decírmelo. Me encanta mi vestido rosa. Me encanta este hotel. -Inspiró profundamen-te-. Adoro el mar… -Miró por encima del hombro-. Y te adoro, Joel Lieber.
    – Perfecto. Soy el último de la lista. -Salió con ella al bal-cón y la rodeó con sus brazos-. Me parece que, al menos, yo debería ir antes que el vestido rosa.
    – Pero entonces no tendrías nada por lo que esmerarte. -Tania se acurrucó contra él-. No quisiera dejarte sin ob-jetivo.
    – Ya tengo un objetivo -repuso Joel, hundiendo la cara entre los cabellos de ella-: Evitar que puedan matarte.
    Tania lo abrazó con más fuerza. Él la quería. Eso era una auténtica bendición. Pero debía mantenerle al margen de todo aquel asunto, y no iba a ser nada fácil.
    – No hablemos de eso. Quizás ese hombre no aparezca nunca más. -Le besó en la mejilla-. Y, ahora mismo, creo que debes hacerme el amor salvajemente y convencerme de que me gustas más que el vestido rosa.

    27 DE DICIEMBRE

    – Te dejaré asistir a la fiesta, Tanek -dijo Gardeaux-. Y, des-de luego, vendrás con la espada.
    – La llevaré conmigo.
    – Estupendo. Porque no se te va a permitir que cruces la puerta principal hasta que yo la haya visto.
    – ¿Va a ponerse a examinar una espada a la entrada de la fiesta? Eso es más propio del sheriff de un pueblucho de mala muerte.
    – Sólo tu espada.
    – Ya la verá, y con todo detalle, delante de sus invitados. No acepto sus condiciones.
    – ¿Esperas que alardee de una pieza robada tan valiosa delante de cuatrocientas personas?
    – Dígales que es una excelente imitación. Nadie sospe-chará que es auténtica. Tiene usted una reputación inmacu-lada, ¿no?
    – ¿Y cómo piensas impedir que me la lleve?
    – Poniéndole en un apuro delante del primer ministro y del resto de la gente a la que intenta impresionar con su res-petabilidad. -Entrecerró los ojos-. Diciéndoles, simplemente, lo que es usted en realidad.
    Hubo un silencio.
    – No vas a salirte con la tuya, Tanek, ya lo sabes. Te has superado a ti mismo, y mereces un castigo. He decidido que debes acabar como tu amigo O'Malley. ¿Recuerdas cuánto sufrió?
    No podía olvidarlo.
    – Nos veremos dentro de pocos días, Gardeaux. A las once en punto.
    Colgó el teléfono y se volvió hacia Jamie.
    – Todo arreglado.
    – Espero que sepas lo que estás haciendo.
    – Yo también.

* * *

    Gardeaux se había quedado sentado, mirando el teléfono. No había ningún motivo por el que preocuparse; tenía todas las cartas en la mano.
    Pero Tanek era un hombre obsesivo y, si no encontraba un modo de destruirle por completo, al menos haría todo el daño del que fuera capaz. La amenaza de ponerlo en una si-tuación embarazosa ante sus invitados le había causado cierta intranquilidad. Se había construido una imagen de hom-bre poderoso y de prestigio en Bellevigne. Si Tanek decidía atacarle y desenmascararlo, la situación corría el peligro de hacerse insostenible para él.
    Tonterías. Si su plan funcionaba, se libraría de Tanek antes de que pudiera abrir la boca. E incluso si no funciona-ba, Gardeaux podía negar las acusaciones, tomárselas a bro-ma, decir que Tanek estaba borracho o loco.
    Pero Tanek era un hombre muy convincente y, además, el más ligero asomo de problema podía contrariar a aquellos bastardos paranoicos de Medellín. Dirían que se había be-neficiado a costa de ellos. Como cabeza visible, como jefe, su imagen debía ser inmaculada.
    Tenía que protegerse. Seguro que había un modo de neu-tralizar el daño que Tanek pudiera causar a su reputación.
    Descolgó el auricular y marcó un número a toda prisa.

    28 DE DICIEMBRE

    – Mira, Joel. ¿A que es un echarpe precioso? -dijo Tania. El echarpe, de seda, estampado con motivos egipcios, estaba expuesto en el escaparate de una pequeña tienda-. Me gustan las cosas egipcias. Tienen una especie de encanto eterno.
    – Ya. Pero nuestra reserva en el restaurante no dura toda la eternidad. Sólo van a esperarnos cinco minutos más. -Joel sonrió con indulgencia-. Te has parado en todas y cada una de las tiendas por las que hemos pasado, y no has dejado que te compre nada.
    – A mí no me hace falta «tener». «Mirar» también me contenta. -Se agarró del brazo de Joel-. Creo que habrías quedado perfecto en el antiguo Egipto. Tenían muchos conocimientos de cirugía, ¿sabes?
    – Prefiero el instrumental y los medicamentos mo-dernos.
    – Bueno, claro que no me gustaría que me operaran el cerebro sin una anestesia potente, pero hay algo que…
    Tania cortó la frase y Joel la miró inquisitivamente:
    – ¿Qué?
    Ella sonrió.
    – Creo que debo quedarme ese echarpe. ¿Entras tú y me lo compras, por favor? Quiero mirar los bolsos que tienen en la tienda de al lado.
    Joel meneó la cabeza con resignación.
    – No vamos a llegar a tiempo.
    – Sí llegaremos. Te prometo que no me pararé delante de ningún otro escaparate de aquí al restaurante.
    – Promesas, promesas.
    Joel entró en la tienda.
    La sonrisa de Tania se desvaneció.
    Él estaba allí, observándola.
    Sin duda. Su instinto se lo decía a gritos, y no iba a co-meter el error de desconfiar de ello. Esta vez no.
    Se permitió echar una mirada por encima del hombro.
    No esperaba verle. Maritz era muy bueno haciéndose invisible.
    Pero Tania sabía que a él le gustaba comprobar que su presencia no pasaba inadvertida. Le gustaba verla sudar, sa-ber que tenía miedo.
    Tania debía encontrar el equilibrio: dejar que Maritz disfrutara e impedir que Joel supiera que aquel hombre ha-bía vuelto a aparecer.
    Fue hacia la tienda de bolsos y miró el escaparate.
    Echó otra rápida mirada por encima del hombro.
    «¿Te gusta, bastardo? Prepárate. Esta vez será dis-tinto.»

* * *

    – Me estás asustando -dijo Nell.
    – Todavía no hay nada que temer. Voy con mucho cui-dado, y él no tiene prisa. Quiere saborearlo -repuso Tania-. ¿Ya tienes el lugar?
    – La casita junto al mar que alquiló Nicholas. Está bas-tante aislada y será muy tentadora para Maritz. Jamie y Ni-cholas todavía están allí, pero eso va a cambiar pronto. -Le dio a Tania la dirección y le indicó la manera de llegar has-ta allí-. ¿Estás segura de que Maritz ya está cerca? No le has visto.
    – Estoy segura. No necesito verle. Está tan cerca que pa-recemos siameses. Te llamaré cuando esté listo para caer en la trampa.
    – Pasado mañana me voy a Bellevigne.
    – Es verdad, casi es Nochevieja. Feliz Año Nuevo, Nell.

    30 DE DICIEMBRE, PARÍS

    – Estás más delgada -le dijo Nicholas tan pronto como ella le abrió la puerta-, ¿Has estado enferma?
    Ella sacudió la cabeza:
    – Al parecer, «tenía sobrepeso» y tuve que perder unos kilos. Madame Dumoit debería haberme visto antes de lo de Medas. -El aspecto de Tanek no había cambiado: fuerte, ágil, en forma.
    Él levantó una ceja:
    – ¿Puedo pasar?
    – Oh, claro que sí. -Rápidamente, Nell se hizo a un lado. Se había quedado plantada ante él, mirándole como si fuera la primera vez que veía a un hombre-. No estaba segura de que vinieras esta noche.
    Él se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre una silla.
    – Te dije que vendría.
    – Eso fue hace un mes.
    – Ambos hemos estado ocupados. Pero no iba a dejar que te fueras sin un plan. ¿Hay café?
    – Recién hecho. -Nell se acercó a la barra de la cocina y sirvió un par de tazas-. ¿Tienes noticias del rancho?
    – Llamé a Michael la semana pasada. Peter está bien. Se ha mudado al Barra X definitivamente. Le dije a Michaela que le diera muchos recuerdos de tu parte.
    – ¿Cómo está Jamie?
    – Bien.
    – ¿Todavía sigue en la casita?
    – No. Ha venido a París conmigo. Se aloja en el Inter-continental.
    Ella le alcanzó una taza.
    – ¿Irá contigo a Bellevigne?
    Tanek sacudió la cabeza.
    – No pude llegar a ese acuerdo con Gardeaux. Iré a Bellevigne solo. -Se inclinó hacia Nell-. Exceptuando su com-pañía, madame.
    Cogió la cafetera y se la llevó a la sala. Fue hasta la chi-menea y echó un vistazo al hogar.
    – ¿Gas? -Ella asintió y él se agachó para encender el fal-so montón de troncos-. Así está mejor. Odio las noches frías y húmedas.
    Nell asintió de nuevo. ¿Por qué se sentía tan extraña?
    No podía apartar los ojos de Nicholas.
    – Siéntate -la invitó.
    Nell tomó su taza y le siguió hasta el sofá, frente al sí-mil de hoguera. Ahora ya sabía qué le pasaba. Le había echado de menos.
    – Jamie me informó de que Tania está aquí.
    Nell se puso tensa.
    – No me digas que está en París.
    – ¿No os habéis visto?
    – No es fácil. Está pasando su luna de miel.
    El la miró fijamente y ella se sintió aún más tensa. Algu-nas veces, había notado que Tanek podía leerle el pensa-miento. Y no debía permitir que lo hiciera ahora. Él cambió de tema:
    – ¿Cuándo es el desfile de moda de Dumoit?
    Nell intentó disimular la sensación de alivio.
    – A la una del mediodía. Nos van a llevar a Bellevigne mañana por la mañana, a primera hora. Después del desfile, tenemos que mezclarnos con los invitados y lucir los mode-los de Dumoit.
    – ¿Durante el resto del día?
    Ella asintió.
    – Y nos cambiaremos de vestido para la fiesta, al atar-decer.
    – Bien.
    Tanek se arrodilló junto a la chimenea, sacó un papel do-blado del bolsillo de su abrigo y lo desplegó sobre el suelo.
    – Esto es un plano de Bellevigne. -Señaló con el dedo el centro del detallado esquema-: Éste es el edificio principal, donde se va a desarrollar la mayor parte de la fiesta. Yo llegaré a las once de la noche. Y se supone que será el momen-to de mayor apogeo. -Indicó entonces, con unos golpecitos, el rectángulo dibujado al lado-: Y esto es el auditorio priva-do donde se celebran torneos y campeonatos de esgrima. La última es a las tres de la tarde, y los premios se entregan a las seis, así que, al atardecer, estará vacío.
    El auditorio. Nell sintió un escalofrío de intenso miedo al recordar la historia que Jamie había contado sobre el vi-rus mortal con el que untaban las puntas de las espadas, como parte de la macabra recompensa de Gardeaux. Miró a Tanek directamente a los ojos.
    – ¿Por qué me hablas del auditorio?
    – Porque es allí donde Gardeaux me llevará.
    Nell casi derramó el café.
    – No.
    – Sí -repuso tranquilamente él-. Es el único sitio donde mi plan tendrá buen resultado. Si muerde el anzuelo que le he lanzado, me llevará a algún lugar donde no haya gente.
    – Pero tendrá a sus hombres allí. Te meterás en la boca del lobo.
    – Creo que podré escapar de ella. Gardeaux se asegura-rá de que no voy armado, así que, en algún momento de la tarde, quiero que te cueles en el auditorio y pegues con cin-ta adhesiva esta Magnum 44 bajo el asiento A14. -Sacó el arma del bolsillo y se la entregó-. En la primera fila del pa-sillo central.
    – ¿Y crees que podrás escapar de la trampa? ¿Qué pien-sas hacer?
    – Manipular a Gardeaux y llevarlo hasta una posición que me permita ganarle.
    – ¿Cómo?
    – Después de conseguir que me lleve al auditorio tendrá que improvisar. No será la primera vez que lo haga.
    – Te matará.
    Tanek sonrió.
    – Siempre hemos sabido que existe esa posibilidad, ¿no? Pero no creo que suceda, esta vez. No si tú me ayudas.
    – Sucedió con tu amigo O'Malley.
    – Nell, es el único modo de hacerlo. Ayúdame.
    Lo tenía absolutamente decidido.
    – ¿Eso es todo lo que quieres que haga? -preguntó ella, seca.
    Tanek dio unos golpecitos con el dedo sobre otro pun-to del plano.
    – El puente levadizo. Estará vigilado, pero dudo que esté levantado, ya que los invitados irán llegando y marchándo-se. Tendrás que librarte de los guardias antes de las once cuarenta y cinco. Porque a esa hora, exactamente, tienes que estar junto a la caja de fusibles, a cuatro metros y medio a la izquierda de esta puerta. -Indicó hacia el lado sur del audi-torio en el plano de la planta-. Quiero que cortes la corrien-te del auditorio y que luego corras como una posesa hacia el puente levadizo. Jamie estará esperando en el bosque, al otro lado del foso, con el coche. Y yo llegaré justo después de ti.
    – Quizás.
    Tanek ignoró el comentario.
    – Seguro que Gardeaux apostará un guardián en la puer-ta del auditorio cuando entremos. Quizá tengas que ocu-parte de él antes de entrar por la puerta sur. Intenta hacerlo silenciosamente, o puede que me maten. ¿Te parece una buena dosis de responsabilidad?
    – Más de la que creía que me darías. -Más de la que que-ría siquiera imaginar. No quería ni pensar en ello, ahora-. Esperaba que fueras más egoísta.
    – Lo soy. Me reservo a Gardeaux para mí. Y me sor-prende que no discutas conmigo por un privilegio tal.
    Ella sacudió la cabeza.
    – Tiene que morir, y yo tengo que participar en ello, pero estoy contenta de que lo hagas tú. Gardeaux… me re-sulta muy lejano. No le he visto nunca, jamás he escuchado su voz. Sé que es tan culpable como Maritz, quizá más, pero para mí no está vivo. Y para ti, sí. -Apretó los labios-. Sin embargo, no intentes desviarme de Maritz.
    – Primero uno y después el otro.
    – ¿Eso suena a evasiva?
    – Tienes toda la razón, maldita sea. No quiero pensar en Maritz ahora. Bastante pánico me da que te involucres en todo este jaleo.
    – ¿De veras? ¿No me crees capaz de cumplir con mi mi-sión?
    – Si no te creyera capaz, te habría echado un somnífero en el café y te dejaría encerrada hasta que todo hubiera ter-minado. -Sonrió-. Eres inteligente y hábil, y Jamie tiene ra-zón. Ojalá hubiéramos podido contar contigo en los viejos tiempos. -La sonrisa se desvaneció-. Y eso no significa que me guste en absoluto la idea de tenerte ni siquiera a cien mi-llas de Bellevigne.
    – Tengo derecho a estar allí.
    – Tienes derecho. -Le lanzó un guiño-. Pero no pierdas de vista la cafetera.
    Nell se sintió más relajada y también le sonrió.
    – No me separaré de ella ni medio minuto.
    – Quizá no sea necesario que la vigiles tan de cerca… -Tanek tomó la taza de café de entre las manos de ella y la dejó junto a la chimenea-. Podría ser molesto que entorpeciera la acción. -Lentamente, atrajo a Nell hacia sus brazos. Susurró-: ¿De acuerdo?
    Totalmente de acuerdo. Pasión. Bienestar. Sensación de estar en casa. Nell le devolvió el abrazo.
    – De acuerdo.
    – Está resultando muy fácil. Quizá debería irme más a menudo. -La besó-. ¿O es tan sólo que le ofreces consuelo y cariño a un pobre guerrero antes de la batalla?
    – Cállate -susurró ella-. Yo también voy al campo de batalla. -Nell necesitaba aquello. Le necesitaba a él. Se echó hacia atrás y empezó a desabrocharse los botones de su blu-sa-. Creo que eres tú el que debería proporcionar consuelo.
    – Pero aquí no. -La ayudó a ponerse en pie-. ¿Dónde está tu habitación? Me niego a ser seducido junto a un cam-ping-gas. No hacemos acampada.

    Tanek se estaba vistiendo. Parecía tan sólo una sombra bo-rrosa y pálida, a la luz grisácea de antes del amanecer que llenaba la habitación.
    – Ve con cuidado -susurró Nell.
    – No quería despertarte. -Se sentó en la cama. Hubo un silencio-. ¿Por qué, Nell?
    Ella le cogió la mano.
    – Ya te lo dije, necesitaba consuelo y cariño.
    – Anoche diste más de lo que recibiste. ¿Dónde está toda aquella rabia?
    – No lo sé. Sólo sé que te he echado de menos. Ahora mismo no puedo pensar con demasiada claridad.
    – Bueno, todavía tienes la cabeza llena de arena. -Le aca-rició suavemente los cabellos-. Pero quizás estés pensando con más claridad de la que crees. A veces, es mejor fiarse del instinto. -Sonrió-. En este caso, concretamente, fue incom-parablemente mejor.
    Nell asió con fuerza la mano de Tanek.
    – No es un buen plan, Nicholas. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal.
    – Jamás tendremos un plan o una ocasión mejor. -Y aña-dió, en tono cansado-: Estoy harto, hastiado de todo este asunto. Me pone enfermo que esa escoria de Gardeaux viva tan tranquilo y como un gato gordo y mimado en su casti-llo. Estoy harto de pensar en Terence y en lo inútil que fue su muerte. Estoy harto de preocuparme por ti. Quiero acabar el trabajo e irme a mi casa. -La besó en la frente-. Por última vez, Nell, ¿merece la pena todo esto?
    – Vaya momento para preguntármelo. Ya sabes la res-puesta.
    – De todos modos, te lo pregunto.
    – Me estás ofreciendo una salida. No la quiero. -Buscó su mirada-. Mataron a mi hija, deliberadamente, con cruel-dad. Le quitaron la vida como si no tuviera ningún valor y su muerte ha quedado impune. Y seguirán haciendo daño a gente inocente mientras… -Se detuvo-. No, no lo hago para evitar que hagan sufrir a otra gente. No soy tan altruista. Lo hago por Jill. Todo lo hago por Jill.
    – Bien. Esa era la respuesta que esperaba oír. Pero si ves que algo empieza a fallar, déjalo todo y corre. ¿Me oyes?
    – Sí.
    – Pero no te convence. Te lo diré en otras palabras: si te matan en Bellevigne, Gardeaux y Maritz seguirán vivos y nadie pagará jamás por la muerte de Jill.
    Nell sintió una sacudida de dolor.
    – Sabía que esto sí haría mella en ti. -Se levantó y se diri-gió hacia la puerta-. A las once cuarenta y cinco. No llegues tarde.

Capítulo 18

    NOCHEVIEJA, 22.35 HORAS

    Gardeaux parecía un afable político, educado, maduro, muy elegante con aquel traje renacentista verde y dorado. Son-reía cortésmente a su esposa, ignorando la horda de perso-nalidades influyentes que los rodeaba. Encantador.
    Por su aspecto, Nell no podría haber adivinado jamás que su querida estaba justo al otro lado del salón… o que era un asesino de niños.
    – ¿Qué estás mirando? -susurró madame Dumoit al pa-sar junto a ella-. No te hemos traído aquí para que te que-des en un rincón con cara de susto. Paséate. Luce el vestido de Jacques.
    – Lo siento, madame.
    Nell dejó la copa de vino sobre la bandeja del primer ca-marero que vio y se dirigió hacia la multitud. Con aquel ves-tido renacentista, quedaba perfectamente camuflada entre toda aquella gente disfrazada. Y había tanta, que podía desa-parecer en segundos y volver a ocultarse entre las sombras. Veinticinco minutos más, y Nicholas haría acto de presencia.
    Hacía demasiado calor en aquel salón, y la música era ensordecedora.
    Ahí seguía Gardeaux. Ahí seguía el asesino de niños. ¿Cómo era capaz de sonreír de aquella manera si tenía la in-tención de matar a Nicholas dentro de una hora?
    Cielos, estaba asustada.
    Gardeaux se volvió, con la mano extendida y una amplia sonrisa de bienvenida iluminándole la cara.
    Un hombre se le acercaba. Un hombre bajito, que pare-cía estar un tanto incómodo metido en un esmoquin.
    Nell se quedó helada.
    ¿Kabler?
    Kabler también sonreía. Encajó la mano de Gardeaux, saludándolo. Le dijo algo en tono alegre antes de darle unos amistosos golpecitos en la espalda.
    No podía ser Kabler. Kabler le odiaba. Kabler jamás es-taría allí.
    Sí estaba allí, y trataba a Gardeaux como si fuera su me-jor amigo.
    Pero era policía. Debía de estar allí bajo otra identidad… o por alguna razón.
    Nell se acercó disimuladamente al grupo, con la mirada fija en aquellos dos hombres.
    Gardeaux le presentó a su esposa. Su buen amigo, Joe Kabler, jefe del Departamento Antidroga, en Norteamérica.
    Sabía quién era Kabler. Kabler, su buen amigo.
    El dinero podía comprar a casi todo el mundo, le había dicho Nicholas.
    Nell no hubiera imaginado nunca que también pudiera comprar a Kabler.
    A continuación, sonrió a la esposa de Gardeaux y co-mentó algo sobre una fiesta tan exquisita y lo amables que habían sido al invitarle. Su mirada se paseó por el salón. Sin duda, era uno de ellos.
    ¡Y podía reconocerla!
    El corazón le dio un vuelco. ¿Qué es lo que estaba ha-ciendo, allí, paralizada? Rápidamente, se alejó de ellos y se dirigió hacia la salida.
    ¿La habría visto Kabler?
    Tenía miedo de mirar por encima de su hombro y averi-guarlo. En todo caso, sólo habría podido verle el perfil, casi de espaldas.
    ¿Sólo? Eso sería suficiente. Habían estado juntos duran-te horas.
    Cruzó precipitadamente la puerta que llevaba al vestí-bulo.
    «Por favor. Que no me haya visto.»
    Bajó a toda prisa los cuatro escalones hasta el jardín. Se arriesgó, por fin, a echar una rápida ojeada hacia atrás.
    Kabler, con el ceño fruncido, se abría paso entre la gen-te que ocupaba el vestíbulo.
    La alcanzó justo al pie de aquellos escalones y, tras asir-la del brazo, la obligó a volverse hacia él.
    – Déjeme. -Le miró a los ojos-. Hay gente a menos de veinte pasos de nosotros. Gritaré.
    – No lo harás. No quieres estropear lo que te ha traído hasta aquí, sea lo que sea. Te dije que te alejaras de Tanek. Mira lo que te ha hecho. -Hablaba en un tono casi herido-. No quiero hacerte daño. Déjalo. Todavía puedo salvarte.
    – ¿Intercediendo por mí ante su amigo Gardeaux? -re-plicó ella, duramente.
    – Esa basura no es mi amigo, y tampoco atendería a nin-guna explicación si supiera que estás aquí.
    – ¿No se lo ha dicho?
    – Le he dicho que me parecía que había visto a un cono-cido mío. No quiero que mueras, Nell. Deja que coja a Ta-nek. También es escoria, como los demás.
    – ¿Y usted, qué es?
    Kabler pareció desmoronarse.
    – Ya no podía luchar contra ellos. Llevaba demasiado tiempo haciéndolo. Llegué a mi casa desde Idaho, aquel día, y uno de los hombres de Gardeaux me estaba esperando. El médico de mi hijo también. Mi hijo tiene leucemia. Se me-rece la mejor atención, y ahora puedo dársela. No puedes vencerles. Tienen demasiado dinero y poder. Nadie pue-de vencerles.
    – Así que decidió unirse al grupo. ¿Cuánto le paga, Kabler?
    – Lo suficiente. Mi esposa puede al fin tener algunas de las cosas que desde hace tanto tiempo se merece. Mis hijos irán a buenas escuelas y tendrán un futuro mejor. Podré darles todo lo que necesiten o quieran.
    – Me alegro por usted. Yo ya no tengo a mi hija. Gar-deaux la asesinó.
    – Pero tú estás viva. Y quiero que sigas viviendo. Tú no eres como ellos.
    – ¿Y soy como usted?
    Él sacudió la cabeza.
    – No me importa lo que pueda sucederles. No me im-portó Richard, ni aquella mujer. Estaban tan podridos como Gardeaux.
    Nell le miró sin dar crédito a lo que oía. De repente, todo cuadraba.
    – Fue usted. Usted los mató.
    Él asintió.
    – Sólo tuve que decirle a Gardeaux dónde podía encon-trarlos. Y quería que, antes, te llevara a ti hasta allí, para que resultara creíble que me habían seguido. -Sonrió amargamente-. Ocupo una posición muy valiosa, y Gardeaux no quería perderla.
    – Usted me utilizó. Hizo lo mismo que tanto critica en Nicholas.
    – Tenías derecho a saber lo de Richard.
    – ¿Y cómo piensa explicar usted su presencia en esta fies-ta? Sus hombres saben perfectamente quién es Gardeaux.
    – Sólo he venido para conseguir información. Cumplo con mi trabajo. -Miró un momento por encima del hombro-. Hace demasiado rato que estamos aquí fuera. Tanek debe es-tar a punto de llegar y no quiero que te metas en medio.
    – Va a ayudarle a matar a Nicholas.
    – No necesita mi ayuda. No es ése el motivo por el que he venido. Gardeaux quería que yo asistiera a la fiesta, le diera unas palmaditas en la espalda y neutralizara así cual-quier daño que Nicholas pudiera ocasionar a su imagen. -Asió el brazo de Nell-. Voy a llevarte a mi habitación y me quedaré allí contigo. Cuando todo haya terminado, dejaré que te vayas.
    Cuando todo hubiera terminado. Cuando Nicholas es-tuviera muerto.
    – ¿Y qué pasa si le digo que no voy a subir con usted?
    – Entonces tendré que decirle a Gardeaux quién eres. Y también te matará. -Añadió suavemente-: Pero no quiero hacerlo, Nell. Quiero que salgas de aquí sana y salva. ¿Vie-nes conmigo?
    No era un farol. La delataría. Quería salvarla, sí, pero preferiría dejarla morir que romper su afiliación con Gar-deaux.
    – Le acompaño.
    Inmediatamente, Kabler la asió por el codo, y cruzaron el vestíbulo.
    – Llevo un arma bajo esta ridícula chaqueta. Creo que es mejor que lo sepas. -La condujo hacia las escaleras para su-bir al piso superior-. Sonríe -murmuró.
    La mirada de Nell se fijó durante un instante en el anti-guo reloj de pared que había junto a las puertas del salón. Su mano se agarró con fuerza a la barandilla.
    Las diez cincuenta y cinco.

* * *

    23.10 HORAS

    Cuatro personas bajaron de la limusina en cuanto se detuvo, nada más llegar al patio. Dos mujeres, con elegantísimos vestidos renacentistas bajo sendas capas de terciopelo, y sus acompañantes, de esmoquin. Charla. Risas.
    Era la oportunidad perfecta para que Nicholas se uniera al grupo y se colara en la casa. Salió de entre las sombras de los árboles del jardín y cruzó el foso a toda prisa.
    Alcanzó a los cuatro invitados mientras cruzaban el patio.
    – Ah, Tanek, por fin. -Gardeaux estaba de pie junto a los escalones de la puerta principal. No miraba a los cuatro re-cién llegados, sino a Tanek-. Te estaba esperando.
    Nicholas se detuvo en seco y luego se acercó aún más al grupo.
    – Nunca puedo resistirme a una fiesta.
    – Me temo que tendrás que perderte ésta. -Hizo un ges-to, y los cuatro invitados se separaron como el mar Rojo-. Parece que te has quedado sin escolta.
    Nicholas los observó mientras se apresuraban a subir de nuevo a la limusina.
    – ¿Son de los tuyos?
    – Efectivamente. ¿Acaso creías que no esperaría que in-tentaras una treta tan simple? Tú mismo me dijiste a que hora pensabas llegar, y yo sólo he tenido que tenderte la trampa. No puedo permitir que entres en el salón. Quizá me pondrías en un compromiso. -Miró por encima de su hombro-. Rivil, vamos a acompañar al señor Tanek al auditorio. ¿Te acuerdas de Rivil, Tanek?
    – ¿Cómo podría olvidarle? -Lo observó mientras bajaba las escaleras-. Me causó un gran impacto.
    A Rivil le seguía un hombre más bajo al que Nicholas reconoció enseguida: Marple, un ser abominable, un exper-to con el garrote, y de excelentes reflejos. Gardeaux había convocado a los mejores.
    – Hábil juego de palabras -dijo Gardeaux-. Pero me ale-gra comprobar que no estás demasiado desconcertado. Todo será más interesante si no te desmoronas. -Fijó la mirada en la espada enfundada en cuero que sostenía Nicholas, y su cara se iluminó-. ¿Es eso?
    El asintió.
    Gardeaux bajó los escalones sin perder tiempo y cogió la espada.
    – Te has tomado todas estas molestias para nada. Estás fuera de juego, Tanek. -Empezó a desenvolver la espada, pero se detuvo-. Llevémonos a nuestro invitado de aquí.
    – ¿Y qué pasa si me niego? -dijo Tanek.
    – Rivil te noqueará y te llevaremos a rastras. -Gardeaux se encaminó hacia el auditorio-. Sencillo, ¿no?
    No cabía protestar más. Gardeaux le conocía bien y sa-bía que no iniciaría una discusión inútil.
    Tanek dejó que Rivil y Marple le condujeran hasta el auditorio.

    23.20 HORAS

    Nada más entrar en el recinto, Gardeaux, impaciente, se deshizo del envoltorio de cuero de la espada. La alzó, de-jando que brillara bajo la luz de los focos.
    – Espléndida -murmuró-. Magnífica. Noto su poder.
    La acarició como si se tratara de su ser más querido y, luego, empezó a bajar por el largo pasillo central, hacia la pista.
    – Traedle. No habías estado nunca en mi auditorio, ¿ver-dad? Tan sólo hace unas horas, los más grandes espadachines, los campeones de esgrima de toda Europa, han estado compitiendo aquí. Excepto Pietro. Aunque es muy probable que, de haberlo hecho, los hubiera vencido a todos. -Gar-deaux se detuvo ante la pista y señaló con un vago ademán al alto y delgado floretista que les esperaba allí-. Quiero pre-sentarte a Pietro Daniel. -No se podía distinguir ni un solo rasgo de aquel hombre bajo su equipo completo de esgrima, blanco, y su careta de malla-. Hace mucho tiempo que de-seaba que os conocierais. -Le ofreció la espada de Carlomagno a Nicholas-. Incluso te presto la espada del empera-dor para que luches contra él. Seguro que te trae suerte.
    Nicholas ignoró el arma.
    – No voy a luchar. No tengo intención de proporcionar-te ningún espectáculo.
    – Pietro, ven.
    El espadachín abandonó la pista de un salto y se acercó a ellos, blandiendo ligeramente la espada. Rivil y Marple se apartaron.
    – Enséñale a Tanek tu espada. Últimamente está intere-sado en este tipo de armas.
    Pietro extendió el brazo hasta colocar la espada a sólo una pulgada del pecho de Nicholas.
    – Fíjate en la punta, Tanek.
    La punta afilada estaba húmeda, y brillaba bajo la luz de los potentes focos.
    – Colono -siguió Gardeaux-. Me hice traer un pequeño cargamento fresco desde Medellín en cuanto supe que ve-nías. Todo lo que Pietro tiene que hacer es rasgarte la piel. ¿Recuerdas qué minúscula era la herida de O'Malley? Pero no duró mucho, ¿verdad? Casi al instante se formó una di-minuta ampolla alrededor del rasguño. Cuando O'Malley murió, no era más que una masa llena de ampollas y llagas. El virus devoró sus entrañas.
    Nicholas no podía apartar los ojos de la punta de la es-pada. Es un arma. Eres un hombre inteligente. Aprovecha la oportunidad al máximo.
    – Y si gano, Rivil y Marple me apuntarán con una pistola y tú mismo te encargarás de darme la estocada igualmente.
    – Yo no he dicho que sea una oportunidad de oro.
    – Mientras tú, como si fueras Dios, ves tus deseos hechos realidad.
    – No hay nada tan emocionante -dijo Gardeaux. Le ofreció la espada a Tanek una vez más-. Vamos, toma.
    Pietro acercó la punta aún más, casi hasta rozarle la camisa.
    – Tómala -ordenó en un susurro Gardeaux.
    Todo iba demasiado rápido, pensó Nicholas. Todavía faltaban veinte minutos para que Nell cortara la luz.
    – No querrás morir así, ¿verdad? -añadió Gardeaux.
    La imagen de Terence retorciéndose de dolor acudió a su mente. Se retiró un paso de la espada de Pietro.
    – No, no quiero. -Extendió el brazo y asió la empuña-dura del arma que Gardeaux le ofrecía. Se volvió y, de un salto, se plantó en la pista-. Adelante.

    23.35 HORAS

    Nell apartó de un tirón las cortinas de terciopelo que cu-brían la ventana.
    Había luz en el auditorio.
    Su mano se cerró con fuerza, retorciendo el terciopelo. Nicholas ya estaba allí. Gardeaux le había llevado al recinto para matarle.
    – Apártate de la ventana -le ordenó Kabler desde el otro extremo de la habitación.
    Ella se volvió y le miró fijamente.
    – No puede hacer esto. Tanek está ahí. ¿Está enterado de lo que van a hacerle?
    – No he querido saber los detalles. -La estudió durante unos instantes-. Lo siento, pero pareces estar un tanto de-sesperada. Tendré que tomar precauciones. -Desenfundó el arma de nuevo y la apuntó-. Ven, siéntate. Yo no soy como Richard…, sé que eres inteligente y capaz. No quiero que me cojas por sorpresa.
    – ¿Sería capaz de matarme?
    – No quiero hacerlo.
    – Pero lo haría. ¿Y eso no le convierte en la misma basu-ra que es Gardeaux?
    Kabler apretó los labios.
    – Nunca seré como él.
    – Lo será si me mata. -Empezó a avanzar hacia la puerta, desafiadora-. Pero no creo que lo haga.
    – Apártate de la puerta.
    – Usted quizá dejaría que Gardeaux me matara, pero es incapaz de hacerlo con sus propias manos. Nosotros nos parecemos, y somos muy diferentes a ellos. -Nell estaba apostando fuerte, apelando a la razón, haciéndole dudar-. No hay nada que pueda justificar que usted me mate.
    – No te muevas. No puedo dejarte ir.
    Pero ella no podía detenerse. El pánico la invadía. Su mano agarró el tirador de la puerta.
    Kabler masculló algo y se lanzó a la carrera hacia ella.
    Nell se volvió como un rayo y le lanzó un puñetazo en el abdomen. Él soltó un grito ahogado y se dobló en dos.
    Una patada en la ingle. Y un certero golpe en la nuca, con el filo de la mano. Kabler casi no se movía, pero aún estaba consciente. Nell tenía que dejarlo fuera de combate. Cogió el arma, que él había soltado al recibir la primera embestida, y lo golpeó con la culata en la cabeza.
    Se desplomó.
    Ella abrió la puerta y voló escaleras abajo, cruzó el pasi-llo como una exhalación y bajó las escaleras casi de un salto. Su mirada buscó el reloj de pared. Las once cincuenta.
    No tenía tiempo de despistar al guarda apostado junto al auditorio.
    No tenía tiempo de cortar la luz y proporcionar a Ni-cholas la penumbra que necesitaba.
    Llegaba demasiado tarde.

    23.51 HORAS

    ¿Dónde demonios estaba Nell?
    Pietro avanzó hacia él, casi tocándole con la punta de la espada, y luego retrocediendo con un ágil y elegante movi-miento.
    Tan sólo se dedicaba a jugar con él. Estaba dando un buen espectáculo para satisfacer a Gardeaux. Había tenido ocasión de herirle una docena de veces en los últimos diez minutos. Nicholas se movía de manera tan torpe y ridícula como un oso, blandiendo la espada, esquivando estocadas, apartándose del camino de su contrincante.
    Echó una rápida ojeada al reloj del auditorio.
    Las once cincuenta y dos.
    – ¿Estás cansado, Tanek? -le preguntó Gardeaux desde la primera fila-. Pietro puede aguantar horas.
    Las once cincuenta y tres.
    Ya no podía esperar más.
    Bajó la espada.
    – ¿Te rindes? Estoy decepcionado. Creía que…
    Nicholas enarboló la espada y la lanzó, como si de una jabalina se tratara, hacia Pietro. Éste aulló de dolor al recibir el golpe en un muslo, y se desplomó.
    Nicholas abandonó la pista y corrió a toda prisa hacia el asiento donde Nell había escondido el arma.
    Una bala pasó silbando junto a su cabeza.
    – Detenedlo. No le disparéis, idiotas.
    No, Gardeaux no quería de ningún modo perder el con-trol de la situación.
    Nicholas buscó bajo el asiento y logró asir la pistola.
    Pero le alcanzaron antes de que pudiera siquiera empu-ñarla. Rivil forcejeó con él y logró quitársela. Gardeaux es-taba de nuevo ahí, frente a Tanek. Sonriendo.
    Probablemente, era la misma sonrisa que Terence había visto, impotente, pensó Nicholas. Sintió una oleada de rabia en todo el cuerpo.
    – Hijo de puta.
    Se abalanzó hacia Gardeaux y le soltó un puñetazo en plena cara.
    Rivil le dio una patada en el estómago. Marple lo golpeó en la sien con la culata de la pistola. Tanek cayó al suelo, lu-chando por no desvanecerse.
    Gardeaux se acercó y se inclinó sobre él, mirándole a los ojos, muy cerca. Tenía un corte en el labio. Sangraba y aquella estúpida sonrisa había desaparecido.
    – Vosotros, traedme la espada de Pietro.
    Rivil fue a buscarla.
    Nicholas intentó levantarse, pero Gardeaux le puso un pie en el pecho y se lo impidió.
    – ¿Te sientes impotente, Tanek? ¿Estás tan asustado que tienes ganas de vomitar? -Rivil le entregó la espada de Pietro-. Pues no es nada, comparado con cómo te vas a sentir dentro de uno o dos días. -Le apuntó con la espada en el hombro izquierdo-. No será una herida profunda. Quiero que tengas una muerte muy lenta.
    Nicholas no podía apartar los ojos del líquido que hu-medecía la afilada punta mientras se le acercaba.
    Gardeaux le clavó la espada en el hombro.
    Nicholas rechinó los dientes para no gritar de dolor.
    Gardeaux retiró la espada.
    Nicholas cerró los ojos mientras notaba un tibio chorro de sangre bajando hacia su pecho.
    – ¡Feliz Año Nuevo!
    Gardeaux se volvió hacia la puerta al otro lado del audi-torio.
    Entraba gente. Gardeaux se quedó paralizado, mientras la orquesta empezaba a tocar Auld Lang Syne y recorría el pasillo hacia la pista.
    – ¿Qué demonios está pasando?
    Todo el mundo lanzaba confeti y hacía sonar las trom-petillas del cotillón.
    – ¡Feliz Año Nuevo!
    – Dios mío, ahí está el primer ministro. -Gardeaux miró a Nicholas-. ¡Rivil, saca a Tanek de aquí inmediatamente! Por la otra puerta. Todavía no le han visto. -Con mucho cuidado, limpió la espada de Pietro y la escondió bajo los asientos. Sacó un pañuelo del bolsillo y se enjugó la sangre del labio-. Marple, la espada de Carlomagno está en la pista. Dile a Pietro que la coja antes de que la encuentre alguno de esos idiotas. -Forzó una sonrisa y se dirigió hacia el gentío de invitados que estaba literalmente invadiendo el auditorio.
    Rivil agarró a Nicholas, lo puso en pie y lo arrastró ha-cia la salida.
    De repente, Nell apareció frente a ellos:
    – Ya me lo llevo yo. -Rivil intentó apartarla-. He dicho que ya me lo llevo yo. -Sacó una pistola de entre los plie-gues del vestido. Le temblaba la voz-: Suéltalo, bastardo.
    Rivil se encogió de hombros y soltó a Nicholas.
    – Llévatelo. Gardeaux sólo ha dicho que quiere que sal-ga de aquí. Ya ha terminado con él. No le importará con quién se vaya. -Y se alejó para reunirse con la gente que ro-deaba a Gardeaux.
    Nell sujetó a Nicholas por la cintura y le hizo pasar un brazo sobre sus hombros.
    – Apóyate en mí.
    – No tengo más remedio. No me encuentro muy bien.
    – Lo siento -murmuró ella. Las lágrimas le corrían por las mejillas. -He intentado… Kabler… No he podido…
    – Estoy demasiado aturdido para entender lo que dices. Mejor cuéntamelo luego. -Echó una mirada por encima de su hombro-. Pero ¿qué demonios hace toda esa gente aquí?
    Nell abrió la puerta de salida.
    – Llegaba demasiado tarde -respondió, nerviosa-. No se me ocurría una manera de librarme del guardia y de poder hacer lo que me dijiste a tiempo. Así que he ido al salón, he subido al escenario de la orquesta y he anunciado que Gar-deaux quería dar la bienvenida al Año Nuevo en el mismo escenario donde los atletas consiguen sus más grandes triunfos. Y el guarda no ha podido impedirnos el paso. La gente lo ha arrastrado hacia dentro. Es todo lo que se me ha ocurrido hacer…
    – Bien hecho.
    – No, de bien hecho, nada -repuso ella, enfadada-. He lle-gado demasiado tarde. Te han hecho daño. ¿Cómo te sientes?
    – Me retumba la cabeza. Me ha clavado una espada en el hombro.
    Ella intentó coger aire:
    – ¿Una espada? ¿La espada de quién?
    – De un upo muy desagradable. Pietro. Creo que es me-jor que me lleves a un hospital.
    – Dios mío.
    Tanek se debilitaba por momentos:
    – Bien pensado: llévame hasta Jamie. ¿De acuerdo?
    Ella asintió y le ayudó a cruzar el patio. Los guardas del puente levadizo ni siquiera les preguntaron nada cuando lo cruzaron.
    – Me dijiste que tendría que librarme de ellos -le recor-dó Nell, con una leve y triste sonrisa-. Pero no parece que les importe en absoluto.
    – A Gardeaux tampoco.
    Nell lo sujetó con más fuerza:
    – Que se vaya al infierno.
    Se sentía desconsolada, y Tanek quería confortarla. Pero ahora no podía. Más adelante. Lo haría más adelante.

* * *

    La sala de urgencias del hospital Nuestra Señora de la Mer-ced estaba llena a rebosar, y el doctor Minot, médico de guardia, no estaba de humor para atender la petición de Nicholas.
    – La herida es superficial, monsieur. La trataremos con antibióticos y con una antitetánica. No hay necesidad de ha-cer un análisis de sangre.
    – De todos modos, le agradecería que lo hiciera -insistió Tanek-. Ya sabe cómo somos los hipocondríacos.
    – No podemos perder tiempo discutiendo por tonterías. Si quiere, enviaremos una muestra al laboratorio. Tendrá los resultados mañana mismo.
    – Necesito saberlo ahora.
    – Eso es imposible. No puedo…
    Nell se acercó hasta a estar a tan sólo unos centímetros del doctor:
    – Lo hará. -Sus ojos sacaban chispas-. Hará ese análisis y nos dará los resultados ahora. No mañana. Ahora.
    El joven médico dio un involuntario paso hacia atrás y forzó una sonrisa.
    – De todos modos, haremos cualquier cosa para compla-cer a tan encantadora dama.
    – ¿Cuánto tardará?
    – Cinco minutos. Ni uno más. -Y se batió en retirada, con rapidez.
    Nicholas le dedicó una sonrisa cansada.
    – ¿Qué le habrías hecho?
    – Cualquier cosa. Desde noquearlo hasta acostarme con él. -Se sentó en la camilla-. ¿Cómo te encuentras?
    – Me siento protegido.
    – No te he protegido demasiado en Bellevigne.
    – Las cosas van como van. No esperabas encontrarte con Kabler. Y yo tampoco. ¿Dónde está Jamie?
    – En la sala de espera. Sólo permiten un acompañante. ¿Podrá evaluar el doctor Minot la gravedad de la infección?
    El asintió.
    – Los virus no son nada anodinos. No pueden pasarse por alto en un microscopio.
    – ¿Y qué vamos a hacer si está muy extendida?
    Tanek esquivó la pregunta.
    – No alardeemos de la cantidad de microbios antes de…
    – Cállate -la voz le temblaba-. No te atrevas a bromear en estas circunstancias.
    – De acuerdo -sonrió-, nos limitaremos a esperar.
    El médico no volvió al cabo de cinco minutos. Les hizo esperar un cuarto de hora y, al entrar en la habitación, frun-ció el ceño.
    – Ya está. Todo normal. Una total pérdida de tiempo. Espero que estén satisfechos.
    Nell le miró fijamente, sin dar crédito.
    – ¿Completamente normal? -preguntó Nicholas.
    – Completamente normal.
    Tanek se reclinó en la almohada.
    – Gracias a Dios.
    – Ahora le recetaré un antibiótico y un sedante suave para las posibles…
    – Necesito un teléfono -le espetó Nicholas, volviendo a incorporarse-. En esta habitación no hay ninguno.
    – Podrá llamar después de… -miró a Nell y concluyó-: Le diré a la enfermera que le traiga uno. -Y salió de la habi-tación.
    – ¿Cómo es posible? -murmuró Nell-. ¿Qué ha pasado? Es un milagro.
    – No, no es un milagro. -La enfermera entró con un te-léfono y lo conectó. Inmediatamente, Tanek descolgó y marcó el número de Gardeaux-. Es mucho más sencillo.

* * *

    Cuando Gardeaux contestó la llamada, todavía seguía en el auditorio. La fiesta aún continuaba, cuatro horas después, y no parecía que fuera a terminarse todavía.
    – ¿Me perdonan un momento? -se disculpó Gardeaux mientras le alcanzaban el teléfono inalámbrico-. Alguien que llama a estas horas de la noche puede necesitar ayuda.
    – O quizás otra copa -bromeó el primer ministro-. Dí-gale que se sume a la fiesta. Estamos degustando el mejor vino de Francia.
    Gardeaux sonrió y se alejó unos pasos, a una zona más tranquila. Podría haberse negado a contestar la llamada de Tanek, pero quería disfrutar de ese placer.
    – ¿Qué hay, Tanek? -le preguntó-. ¿Ya te ha entrado el pánico? No te servirá de nada pedirme ayuda. Sabes perfec-tamente que no hay antídoto.
    – Sólo quería decirte que la espada de Carlomagno es falsa.
    La rabia invadió a Gardeaux:
    – Dirías eso aunque fuera auténtica.
    – La fabricó Hernando Armendáriz en Toledo. Puedes comprobarlo.
    Gardeaux inspiró profundamente, intentando controlar su enfado.
    – En el fondo, eso no tiene importancia. He ganado, sea como sea. Eres hombre muerto. Y ahora, si me disculpas, tengo que volver con mis invitados.
    – No te voy a retener mucho más. Sólo quiero añadir que mañana recibirás un informe del Hospital Nuestra Se-ñora de la Merced. -Hizo una pausa-. Y te aconsejo que te eches una miradita en el espejo.
    Y colgó.
    Gardeaux miraba el teléfono con el ceño fruncido. Ta-nek era demasiado rebuscado. Desde luego que no iba a mi-rarse al espejo. ¿Acaso se suponía que debía verse como un monstruo por lo que había hecho? Había salido triunfante. No había motivo para…
    En el espejo del baño, la imagen reflejada era lo que debía ser: la de un hombre poderoso, de éxito, un conquistador. Se volvió y empezó a alejarse. De repente, giró sobre sus talones.
    Los pequeños focos del espejo iluminaban el corte que Nicholas le había hecho de un puñetazo en el labio.
    Alrededor de la minúscula herida, aparecían los prime-ros signos de una ampolla.
    Gardeaux gritó.

* * *

    – ¿Coloño? -Nell sacudió la cabeza, incrédula, mientras ayudaba a Nicholas a entrar en el coche, después de aban-donar el hospital-, ¿Gardeaux ha sido infectado con colo-ño? Eso es imposible. No lo entiendo.
    – ¿Ha ido todo según lo previsto? -Jamie los miraba des-de el asiento del conductor, con una amplia sonrisa de satis-facción-. ¿Le has dado a ese bastardo su merecido?
    – No podría asegurarlo del todo -repuso Nicholas, aco-modándose en el asiento de atrás-. Lo averiguaremos maña-na, pero apuesto lo que sea a que en estos momentos se di-rige al hospital más cercano.
    – Pero ¿cómo…? -inquirió Nell.
    Nicholas sacó un pañuelo del bolsillo y, con mucho cui-dado, se quitó el anillo de sello que llevaba en el dedo.
    – Una versión moderna de los anillos envenenados del Renacimiento. Pensé que sería lo indicado, ya que Gardeaux está tan interesado en todo lo que concierne a esa época. -Envolvió el anillo con el pañuelo y ató las cuatro puntas antes de depositar el hatillo en el cenicero del coche-. Cuan-do recibe un impacto, la inicial grabada en el centro se hun-de ligeramente y permite que el veneno fluya.
    Nell sintió un escalofrío ante la idea de que Nicholas había llevado el anillo puesto durante toda la pelea contra los hombres de Gardeaux.
    – He ido con mucho cuidado. -Nicholas la miraba; le es-taba leyendo el pensamiento.
    – Has tenido mucha suerte -repuso ella-. ¿Y dónde con-seguiste el colono?
    – Donde Gardeaux consiguió el suyo. Medellín. A través de Paloma y Juárez.
    Paloma y Juárez. Los socios de Sandéquez en el tráfico de drogas.
    – ¿Te proporcionaron veneno para matar a uno de los suyos?
    – No fue así de fácil. Pasé dos semanas en Medellín, im-paciente, esperando que tomaran una decisión. Pero, de he-cho, el asunto podría haber tenido un final totalmente dis-tinto. Y he tenido que esperar hasta el último momento para saber el desenlace. -Se reclinó, cansado, apoyando la cabeza contra el respaldo del asiento-. Todas las cartas estaban des-cubiertas y yo tenía que hacer una jugada maestra. Pensé que la muerte de Sandéquez podría ser la clave. Así que fui a París y presioné a Pardeau. Él tenía un documento regis-trado del dinero de la recompensa que había pasado del De-partamento Antidrogas de Colombia a manos de Gardeaux. Le dije que me iba a Medellín y que podía escoger entre preocuparse por Gardeaux o por los traficantes de drogas de todo el país. Dejó que me llevara los libros.
    – Y tú se los pasaste a Paloma y Juárez para probarles que Gardeaux había asesinado a Sandéquez.
    – Y no les gustó. Para ellos, la fidelidad lo es todo. Es su garantía de supervivencia. Si Gardeaux había matado a San-déquez, ¿quién podía asegurar que no pondría en peligro toda la estructura de la organización quitando de en medio a alguno más? Por otro lado, no es una buena política ad-mitir que hay una fractura entre jefes, y Gardeaux les era muy útil. Podrían haber considerado que valía la pena co-rrer el riesgo que representaba seguir manteniéndole en su puesto.
    – Pero ¿decidieron que era mejor no correrlo?
    – Les dije que me encargaría de todo, que ellos no ten-drían que hacer nada. Si alguien de fuera mataba a Gardeaux, eso solucionaría su primer problema. Dos semanas después, me dijeron que habían decidido contar conmigo. Gardeaux les había encargado una nueva provisión de coloño y ellos iban a encargarse de sustituir el veneno por otro líquido inofensivo. Me dieron el anillo envenenado, me desearon suerte y me mandaron de vuelta.
    – ¿Y por qué no me lo dijiste? -preguntó Nell, resentida.
    – Porque podía no ser verdad. Existía la posibilidad de que me hubieran enviado a Bellevigne con una sentencia de muerte, de que no hubieran cambiado el veneno por sue-ro. De que no hubiera colono en el anillo. O de que sí lo hu-biera, pero también en la espada de Pietro. Con eso, se ha-brían librado de ambos. Había demasiadas variantes.
    – ¿Y por qué me mandaste esconder la pistola si tenías el anillo?
    – Era un seguro de vida. Sabía que sus hombres no deja-rían que me acercase a Gardeaux. Por eso quería que corta-ras la luz. Pensaba actuar justo entonces.
    Pero ella no pudo darle esa oportunidad.
    – No llegué a tiempo.
    – Aun así, me hice con la pistola. Me sirvió para que Gardeaux se me acercara. -Sacudió la cabeza-. Casi no lo consigo.
    – Sólo casi -intervino Jamie-. Y ahora, ¿qué? ¿Gardeaux irá por ti?
    – Dentro de las próximas veinticuatro horas dejará de preocuparle otra cosa que no sea él mismo.
    – ¿Hacia dónde vamos? ¿A la casita?
    – No -se apresuró a decir Nell-. No quiero ir allí. Pre-fiero que me llevéis a París.
    Nicholas asintió.
    – Sí, Jamie. Además, quiero que te lleves a Pardeau de París un par de días, hasta que estemos seguros de que nos hemos librado de Gardeaux. Prometí protegerle.
    – ¡Cómo no! Por supuesto: protejamos a todos los ani-males e idiotas que nos rodean -exclamó Nell.
    Jamie le dirigió una mirada de advertencia y puso el mo-tor en marcha.
    – ¿Deduzco que tengo un problema grave? -inquirió Nicholas, con voz profunda.
    Nell no contestó.
    É1 cerró los ojos.
    – En este caso, supongo que es mejor que descanse y re-ponga energías. Despertadme cuando lleguemos a París.

* * *

    Nell cerró la puerta de golpe cuando entraron en el aparta-mento.
    – Métete en la cama. Iré a la farmacia y te traeré lo que te han recetado.
    – No es necesario.
    – Sí lo es. ¿O es que no me crees capaz de eso, tampoco?
    – Ya empezamos -suspiró Nicholas.
    – Deberías haber dejado que te ayudara.
    – Dejé que me ayudaras.
    – Podrías haberme dicho lo del coloño. Podrías haberme contado todo el asunto.
    – Sí, podría haberlo hecho.
    – Pero dejaste que yo creyera que las cosas eran de una manera, mientras tú… -Se detuvo y, con voz cansada, aña-dió-: Quizá tenías razón. Ni siquiera he sido capaz de hacer lo que me habías pedido. Casi te matan por mi culpa.
    – Has hecho todo lo posible.
    – No es suficiente. Debería haberme librado de Kabler más rápidamente. Debería haber estado donde tenía que es-tar y cortar la luz. -Las lágrimas inundaban sus mejillas-. Te he fallado, maldita sea.
    – Tú nunca me has fallado. Pero no eres superwoman. Las cosas van como van -le espetó él. Cruzó la habitación y la agarró por los hombros-. Y la razón por la que no te pedí que me ayudaras con lo del coloño fue porque no que-ría que tuvieras nada que ver con toda esa porquería. Vi lo que le hizo a Terence. No podía soportar la sola idea de que te acercaras a un peligro de ese calibre.
    – Y preferiste correr el nesgo tú sólito. ¿Cómo te crees que me he sentido cuando me has dicho que tu herida era…?
    – ¿Cómo te has sentido, Nell?
    – Lo sabes perfectamente.
    – Quiero que me lo digas tú. Por una vez, dímelo, Nell.
    – Me he sentido culpable, asustada y…
    – No querías perderme.
    – De acuerdo, no quería perderte.
    – ¿Por qué?
    – Porque me he acostumbrado a ti, porque eres…
    – ¿Por qué?
    – Porque te quiero, maldita sea. -Hundió la cara en el pecho de Tanek-. Y duele. No quería que esto sucediera. Y no debería haber pasado. He luchado con todas mis fuerzas. Eres la última persona que… Tú y tu maldita testarudez. Morirás. Como murió Jill. Y no puedo soportar la idea de volver a pasar por lo mismo.
    – Todos morimos. No puedo prometerte que viviré eter-namente. -La abrazó con fuerza-. Pero sí te prometo que te querré mientras viva.
    – Eso no basta. No quiero. ¿Me oyes? -Lo rechazó-. Vamos, vete a la cama, no quiero seguir mirándote. Voy a buscar la receta. -Cogió su bolso de encima de la mesa y se dirigió hacia la puerta-. Y todo eso no significa absoluta-mente nada. No voy a permitir que… Ya se me pasará.
    – No lo creas. -Tanek sonrió-. Lo mejor que podemos hacer es aceptarlo y asumir las consecuencias.
    Ella se fue dando un portazo y, una vez fuera, se detuvo para enjugarse las lágrimas con el dorso de la mano. ¿Acep-tarlo? No podía. Había creído morir ante la visión de la herida de Nicholas, ante la posibilidad de que muriese. El do-lor que casi la había destruido al saber que Jill estaba muerta había vuelto a devorarla, a aniquilarla. No podía pasar por aquello otra vez.
    Jamás lo aceptaría.

Capítulo 19

    2 DE ENERO, PARÍS

    – Gardeaux ingresó en el hospital ayer por la mañana -infor-mó Jamie mientras entraba en el apartamento blandiendo el periódico-. Padece una enfermedad desconocida y su estado es crítico. -Sonrió-. Es una lástima, después del éxito de su brillante fiesta renacentista.
    – ¿Y se sabe algo de Kabler?
    Jamie se encogió de hombros.
    – Ni una palabra sobre él. Apuesto a que ya está de ca-mino a Washington, intentando inventarse una buena histo-ria para salvar el pellejo.
    – Debe de saber lo de Gardeaux. ¿Podrá utilizarlo contra ti? -le preguntó Nell a Nicholas.
    – Sería una tontería por su parte ahora que tengo los libros de Pardeau en mi poder. Su nombre figura de forma ostensi-ble en ellos.
    – ¿Una nueva póliza de seguro?
    – Combinada con los libros de Simpson, una póliza de oro.
    – Entonces, ¿Kabler seguirá en la DEA como si nada?
    – Es un hombre muy astuto. Dudo que nadie llegue a sa-ber nunca que se dejó comprar. Incluso acabará jubilándose con una medalla al mérito por su trabajo.
    Nell sacudió la cabeza.
    – No se puede tener todo -añadió Nicholas, tranquila-mente-. No puedo descubrirle. Necesitamos su silencio.
    – Pero podemos cazar a Maritz -dijo Jamie-. He oído decir que puede que esté en el sur de Francia. Le vieron en Montecarlo.
    Nell se volvió a mirarle.
    – ¿Cuándo?
    – Hace pocos días. Estoy haciendo averiguaciones.
    – ¿Me mantendrás informada?
    La mirada de Nicholas se fijó en su expresión.
    – No pareces estar muy entusiasmada.
    – No tengo demasiada energía para estarlo -repuso Nell, con sequedad-. Demasiadas emociones fuertes en los últi-mos días. -Se levantó y se dirigió al armario-. Lo que me re-cuerda que debo devolver el vestido de Dumoit. Celine me ha dejado tres mensajes en el contestador. Está a punto de llamar a los gendarmes. -Sacó el vestido, arrugado y man-chado de sangre, e hizo una mueca-. Puede que lo haga igualmente cuando vea en qué estado lamentable se lo de-vuelvo. -Se lo colgó del brazo, cogió su bolso y se encami-nó hacia la puerta-. Volveré dentro de un par de horas.

* * *

    – No está en Montecarlo, sino aquí -dijo Tania llanamente cuando Nell la localizó por teléfono desde una cabina cer-cana al apartamento-. No estamos lejos de Montecarlo. Joel y yo fuimos a pasar el día.
    – Y él os siguió.
    – Nos sigue a todas partes. Se está impacientando… y ya no va con tanto cuidado. Ayer le vi.
    – ¿Dónde?
    – En la zona del puerto. Tan sólo un instante, reflejado en un escaparate.
    – ¿Sabes lo de Gardeaux?
    – Sí. ¿Está realmente enfermo? No es lo que yo esperaba.
    – Tampoco yo. Una sorpresa de Nicholas. -Nell hizo una pausa-, ¿Será pronto?
    – Muy pronto. Quiero estar segura de que va a pasar a la acción. Ya te llamaré. Mantente cerca del apartamento.

* * *

    – No has tardado mucho -le dijo Nicholas, al verla cruzar la puerta.
    – No.
    Lo suficiente para llamar a Tania. Lo suficiente para al-quilar un coche y aparcarlo cerca de allí. Pronto. Sería pronto.
    – ¿Se ha enfadado mucho?
    – ¿Quién? ¿Oh, madame Dumoit?
    – ¿Quién, sino?
    La pregunta no parecía encerrar ninguna sospecha, pero Nell se maldijo a sí misma por no haber estado más alerta. A Nicholas nunca se le pasaba nada por alto.
    – Sí, mucho -repuso Nell con una sonrisa-. Dice que acabará con mi carrera. Que nunca más podré dedicarme a ser modelo.
    – Una lástima. Supongo que tendrás que dedicarte a cui-dar ovejas. -La sonrisa de Nell se esfumó-. Bueno, bueno, no te pongas nerviosa -se disculpó-. No voy a hacer más comentarios por ahora. -Se puso en pie-. ¿Qué te parece si te invito a comer fuera? Nunca hemos comido juntos en un sitio público. Será toda una experiencia.
    Mantente cerca.
    Nell sacudió la cabeza.
    – Estoy cansada. Prefiero comer aquí. Hay un colmado en esta misma calle, un poco más abajo. ¿Puedes ir a com-prar algo para la comida, por favor? -Tanek enarcó las cejas.
    – Como quieras.
    Pronto.

* * *

    Maritz había estado en su habitación.
    Tania se fijó en el joyero. Ella lo había dejado sobre el tocador. Y ahora estaba sobre el mármol del cuarto de baño.
    El conjunto blanco de Armani con el que había apareci-do en las fotos del periódico ya no estaba en el armario. Al-guien lo había dejado, con todo esmero, sobre una silla.
    Maritz había estado allí, y quería que ella lo supiera.
    Estaba a punto.

* * *

    4 DE ENERO, 7.IO HORAS

    Sonó el teléfono, y a Nell le bastaron unos segundos para saltar de la cama y correr hacia la sala.
    – Hoy -dijo Tania-. Saldré hacia la casita a las seis de la tarde. Estaré allí hacia las ocho. No llegues tarde.
    – No lo haré. -Había llegado tarde en Bellevigne, y casi ha-bía perdido a Nicholas. Esta vez, nada iba a detenerla-. Pero, en cuanto hayas conseguido llevarle hasta allí, Maritz es mío.
    – Ya veremos.
    – No. No puedes discutirme eso. Es mío. Tú ya has cumplido tu parte. Ahora debes mantenerte al margen.
    – No me gusta que…
    – Mató a mi hija.
    Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
    – De acuerdo, me mantendré al margen -aceptó Tania. Y colgó.
    Nell volvió a la cama y se deslizó bajo la colcha.
    – ¿Quién era? -preguntó Nicholas.
    Ella no respondió. Ya le había mentido antes. No quería volver a hacerlo.
    – ¿Alguien que ha marcado un número equivocado?
    Nell asintió y se abrazó a él. Nicholas no creía en abso-luto que fuera una llamada sin importancia, pero le estaba proporcionando una buena evasiva. Sospechaba algo, pero nunca intentaría forzarla a dar una explicación. No era su estilo. Se limitaría a observar y esperar.
    – Me gustaría hacer el amor, Nicholas -susurró Nell-. Si te parece bien.
    – Dijiste eso mismo la primera vez que te me acercaste. -Se volvió hacia ella y también la abrazó-. Me parece bien, me parece muy bien. Ahora mismo. -La besó-. Durante los próximos cincuenta años. Siempre a su plena disposición, señora. -Los brazos de Nell lo estrecharon con más fuerza-. Mientras no me rompas las costillas.
    – Te quiero, Nicholas.
    – Shh, ya lo sé. -Apartó la colcha y se inclinó sobre Nell-. Lo sé. Lo sé…

    18.35 HORAS

    – Nell se dirige hacia el sur -dijo Jamie.
    – No la pierdas de vista. Ahora mismo voy. Te seguiré.
    Nicholas colgó el teléfono y salió del apartamento. Sabía perfectamente que la excusa que Nell le había dado para salir era totalmente falsa, y le había costado bastante reprimir sus ganas de no dejarla marchar.
    Hacia el sur. ¿Montecarlo?
    Subió al coche y pisó al acelerador a fondo.
    ¿Quién demonios podía saber hacia dónde se dirigía?
    Donde quiera que fuese, seguro que Maritz era el obje-tivo.
    Y eso le aterrorizaba.

    18.50 HORAS

    La preciosa Tania había decidido acabar con todo aquel asunto.
    Su melena castaña ondeaba al viento mientras el desca-potable rojo rugía por la autopista.
    Estaba sola.
    El coche de Maritz la seguía a buen ritmo, pero no in-tentaba alcanzarla.
    Ella sabía perfectamente que lo tenía justo detrás.
    Sabía que no podía escapar de él.
    Sabía que había llegado la hora.
    Maritz se sintió invadido por una ola de placer al recor-dar la resistencia que ella le había ofrecido en la primera ocasión. Esta vez sería mucho más interesante, porque ella era plenamente consciente del peligro.
    Detente pronto, preciosa Tania.

    – Se dirige a la casita -informó Jamie cuando Nicholas des-colgó el teléfono del coche-. Quizá no sea nada.
    Pero seguro que pasaba algo.
    Si Nell se dirigía a la casita, era porque Maritz debía es-tar allí.
    O llegaría pronto.
    Mierda.
    – ¿Quieres que vaya directamente hacia allí? -preguntó Jamie.
    «Sí. Ve, rápido, detenla, sálvala.»
    – ¿Nick?
    Nicholas respiró profundamente.
    – No, aparca en la falda de la colina y espérame.

* * *

    19.55 HORAS

    Todo estaba oscuro cuando Nell condujo el coche hasta la parte de atrás de la casita.
    Ni una sola luz. Ni otro coche.
    Esta vez, no llegaba tarde.
    Salió del auto y se dirigió a toda prisa hacia la puerta principal. La abrió, dejó su pistola en el suelo, junto a la en-trada y encendió la luz del porche. Había luna llena, pero Nell quería jugar con todas las ventajas. Se acercó hasta el borde del acantilado y miró hacia abajo, a las olas que rom-pían contra las rocas. Respiró profundamente varias veces y sacudió los hombros para relajar los músculos.
    Había imaginado que estaría nerviosa, asustada o furio-sa. En lugar de eso, tenía una sensación de inevitabilidad, de total decisión y calma.
    Maritz estaba al llegar. Aquello era para lo que ella se había preparado, en cuerpo y mente.
    Se tensó al ver el haz de luz de los faros de un coche que se acercaba por la carretera.
    No supo con toda certeza que se trataba de Tania hasta que estuvo tan sólo a unos cien metros.
    El pequeño descapotable rojo se detuvo frente a la puer-ta principal, y Tania se bajó de él.
    – ¿Te ha seguido? -preguntó Nell.
    Tania echó una mirada por encima del hombro.
    – Ahí le tienes.
    Un coche se acercaba lentamente, casi con pereza.
    – Entra en la casita. La puerta está abierta.
    Tania dudó un momento:
    – No quiero dejarte sola. ¿Llevas pistola?
    – Está en la entrada.
    – ¿Y se puede saber de qué va a servirte ahí?
    – Si no puedo detenerle, irá por ti.
    – Por el amor de Dios, coge la pistola.
    Nell sacudió la cabeza.
    – Dispararle sería demasiado rápido. Él hizo sufrir mucho a Jill. Quiero hacerle daño. Quiero que sepa que va a morir.
    Tania se dirigió a la puerta, cogió la pistola y se la ofre-ció a Nell:
    – Cógela. O no entro.
    Nell asió el arma. No había tiempo para discusiones. Los faros del coche estaban ya a sólo unos metros.
    – Date prisa, Tania.
    Tania corrió hacia la casa.
    Casi al instante, una potente luz bañó a Nell.
    El coche se detuvo justo delante de ella. Un hombre bajó de él y preguntó desde la portezuela, aún abierta:
    – ¿Dónde está Tania?
    Maritz. Las sombras protegían su rostro, pero Nell no había olvidado aquella voz. La misma que resonaba en sus pesadillas.
    – Tania está dentro. Y no vas a hacerle nada.
    Maritz se acercó a ella, recorriéndola con los ojos, desde las zapatillas de deporte blancas y los pantalones téjanos, hasta la pistola.
    – ¿Ha llamado a la policía? Me decepciona.
    – No soy policía. Ya me conoces, Maritz.
    Él observó aquel rostro detenidamente.
    – No sé quién… ¿Calder? ¿La señora Calder?
    – Sabía que sólo hacía falta aguijonear un poco tu curio-sidad.
    – Lieber hizo un trabajo espléndido. Debería usted dar-me las gracias.
    La invadió una fuerte oleada de rabia.
    – ¿Darte las gracias? ¿Por asesinar a mi hija?
    – Había olvidado lo de la cría.
    No mentía. Había significado tan poco para él, que ya no recordaba haber matado a Jill.
    Maritz dio otro paso hacia ella.
    – Pero ahora lo recuerdo. Lloraba, gritaba, intentaba ir hacia el balcón.
    – Cállate.
    – Me había visto en las grutas. Le dije a Gardeaux que te-mía que me pudiera reconocer. Pero no era cierto. Matar a un niña es algo muy especial. Son suaves, y su miedo es tan auténtico… Casi puedes tocarlo.
    A Nell le temblaba la mano con que sujetaba la pistola. Sabía que era lo que él quería, pero Maritz estaba realmente destruyendo su serenidad, matándola con palabras.
    – Le clavé el cuchillo una vez, pero no fue suficiente. Era tan…
    Se abalanzó hacia ella, hizo saltar el arma por los aires y la golpeó en la mejilla con el dorso de la mano.
    Nell cayó al suelo.
    Él ya estaba sobre ella, mirándola maliciosamente.
    – ¿No quieres saber cómo gritaba mientras yo…?
    Ella le soltó un puñetazo en la boca. Luego, rodó hacia un lado, librándose de él.
    Un rayo de luna se reflejó en el filo del cuchillo que Ma-ritz llevaba ya en la mano.
    El cuchillo. Nell se puso en pie de un salto y lo esquivó. Los recuerdos se agolpaban en su mente.
    Medas. Nadie puede ayudarme. No me hagas daño. No le hagas daño a Jill. ¿Por qué no se detiene?
    – No puedes detenerme. -Maritz avanzaba hacia ella-. No pudiste hacerlo entonces. No podrás hacerlo ahora.
    Es el espantapájaros.
    Sigue y sigue. No puedes detenerle.
    – Vamos -murmuró Maritz-, ¿no quieres que te expli-que más detalles sobre cómo la acuchillé? ¿Cuántas cuchi-lladas necesité?
    – No -repuso ella, con un hilo de voz.
    – No tienes valor. Eres la misma mujercita llorona. Con otro aspecto, pero eres la misma. No tardaré nada en acabar contigo y encargarme de Tania.
    Aquellas palabras fueron como un cubo de agua helada para ella. Ahora, la víctima sería Tania. No Jill. Ya no esta-ban en Medas, y ella ya no era la misma mujer.
    – No harás nada de eso.
    Giró sobre sí misma y le lanzó una patada en el estómago. Maritz soltó un gemido y se dobló en dos. Pero antes de que ella pudiera atacarle de nuevo, se repuso y se alejó de un salto.
    Nell avanzó hacia él.
    – No vas a matar a Tania. Nunca más volverás a matar a nadie.
    – Adelante -sonrió él-. Luchemos.
    Otra patada, esta vez en el brazo, y el cuchillo voló por los aires.
    Maritz masculló algo y se agachó para recuperarlo.
    Ella corrió hacia él.
    Él ya estaba de nuevo en pie, blandiendo el arma con una precisión aterradora.
    Nell sintió un dolor insoportable en el hombro…
    Ahí estaba Maritz, acorralándola, sonriente.
    Ella lo esquivó, intentando sobreponerse al intenso dolor.
    Nell estaba junto al borde del acantilado, y Maritz se-guía avanzando hacia ella. Las olas del mar rompían con fuerza contra las rocas, justo allí abajo.
    Medas.
    No, nunca más.
    Le esperó.
    – ¿Estás preparada? -susurró él-. Ya llega, ya está aquí. ¿Oyes cómo te llama?
    La muerte. Hablaba de la muerte.
    – Desde luego. Estoy preparada.
    Maritz se abalanzó sobre ella. Nell se hizo a un lado y le retorció el brazo, obligándole a soltar el cuchillo.
    Con todas sus fuerzas, le asestó un golpe directo en la nariz, rompiéndole los huesos, cuyos fragmentos salieron disparados hacia el cerebro.
    Maritz se tambaleó y se desplomó de espaldas, precipi-cio abajo.
    Ella se acercó al borde y miró las olas pasando por enci-ma de aquel cuerpo destrozado.
    Abajo, abajo, abajo vamos…

* * *

    Se dejó caer de rodillas sobre el suelo.
    Ya acabó todo, Jill. Ya está, cariño.
    – Nell.
    Era Nicholas. Lo reconoció al instante, aún aturdida.
    – Está muerto, Nicholas.
    Él la abrazó.
    – Lo sé. Lo he visto todo.
    – Por un momento he pensado que no podría… -le miró a los ojos-. ¿Lo has visto?
    A Nicholas le temblaba la voz.
    – Y no quiero volver a pasar por algo igual nunca más.
    – ¿Has estado observando lo que pasaba sin intervenir?
    – Habías tomado muchas precauciones para estar segura de que no te detendría. Y sabía que no me lo perdonarías ja-más si decidía actuar. -Hizo una pausa-. Aun así, he estado a punto de hacerlo.
    – Tenía que librarme de él yo sola, Nicholas.
    – Lo sé. -Se separó un poco de ella y observó la herida del hombro-. Ya no sangra, pero es mejor que entremos en la casa y la vendemos.
    Tania se acercaba a ellos.
    – ¿Lo hemos conseguido? -preguntó en un susurro.
    Nell echó una última mirada hacia el acantilado antes de dirigirse a la casa.
    – Lo hemos conseguido.

* * *

    Al salir de la sala de urgencias, el rostro de Joel reflejaba una expresión indescriptible.
    Tania suspiró. Ya sabía que se pondría furioso.
    – La herida no es grave, ¿verdad? -le preguntó.
    – No. Ha perdido sangre, y va a pasar la noche aquí, bajo vigilancia.
    – ¿Quieres divorciarte de mí?
    – Me lo estoy pensando.
    – No lo hagas. Gracias a tu ex esposa, lo sé todo sobre pensiones de divorcio. Y estoy segura de que conseguiría una cantidad superior. Te arruinarías.
    – No estoy de humor para bromitas.
    – Tenía que hacerlo, Joel. -Se abrazó a él, se acurrucó contra su pecho y le susurró-: Sé que querías protegerme, pero no podía permitirlo. Me importas demasiado. Pero te prometo que dejaré que seas tú quien elimine al próximo tipo que se me acerque. Incluso buscaré uno. He oído decir que en Central Park los tienen expuestos para que puedas escoger. Sólo tenemos que hacer escala en Nueva York y… -Joel casi no podía disimular su risa, y ella le miró. Bien. La tormenta había pasado-. ¿No crees que es una buena idea?
    – Serías capaz de hacerlo, ¿a que sí? -Él también la mira-ba-. No sé cómo tomarme todo esto, Tania. No volverá a suceder nada parecido.
    – Te lo prometo. Pero no he estado realmente en peligro. -Joel soltó un bufido burlón-. En serio. -Tania le sonrió-. Yo era Paul Henreid. Nell era Humphrey Bogart.

* * *

    Nicholas se sentó en una silla junto a la cama de Nell y le cogió la mano.
    – ¿Cómo te encuentras?
    Enseguida supo que la pregunta no se refería solamente a su estado físico.
    – No lo sé. -Sacudió la cabeza-. Muy relajada. Descon-certada. Vacía.
    – Joel ha hecho un buen trabajo dándote los puntos en el brazo. No te quedará cicatriz.
    – Fantástico.
    – He reservado dos plazas en el vuelo de mañana. Te lle-vo de vuelta al rancho.
    Nell volvió a sacudir la cabeza.
    – ¿Prefieres que nos quedemos aquí unos días?
    Dios santo, qué difícil le resultaba a Nell decir aquello:
    – Quiero que tú vuelvas al rancho.
    Él se quedó callado durante unos instantes.
    – ¿Sin ti?
    Nell asintió bruscamente.
    – Necesito estar sola durante un tiempo.
    – ¿Cuánto tiempo?
    – No lo sé. No estoy segura. Ya no estoy segura de nada.
    – Yo sí estoy seguro. Estoy seguro de que me quieres.
    – Tengo miedo, Nicholas -susurró Nell.
    – ¿De qué yo no viva eternamente? No puedo darte una solución a eso. -La acarició en la mejilla-. Tendrás que de-cidir si el tiempo que nos queda para estar juntos es sufi-ciente.
    – Es muy fácil decir eso. ¿Qué pasará si tomamos la de-cisión equivocada? -Se detuvo un instante, antes de conti-nuar-. ¿Recuerdas lo que dije sobre los pasos que tiene que dar la gente para convertirse en alguien completo? Te dije que yo estaba descentrada, hecha un lío. Y ahora no estoy mejor que entonces.
    – Yo puedo ayudarte.
    – Tú puedes consolarme. Pero no puedes ayudarme. Tengo que hacerlo sola.
    Él esbozó media sonrisa.
    – ¿Así que te vas para convertirte en un cisne?
    – Me voy para curarme del todo y para crecer y para to-mar las riendas de mi vida.
    – ¿Qué piensas hacer?
    – Pintar, buscar trabajo, hablar con la gente. Lo que haga falta.
    – Y yo no entro en tus planes, ¿verdad?
    – Aún no.
    – Pero ¿volverás al rancho cuando te sientas preparada?
    – Si todavía quieres que lo haga.
    – Maldita sea, claro que querré. -Se levantó y la miró fi-jamente a lo ojos-. Voy a darte tiempo, a dejarte espacio, pero no puedo asegurarte que no vaya por ti. -Le dio un beso rápido e intenso-. Date prisa, maldita sea.
    Y se fue.
    Los ojos de Nell se llenaron de lágrimas. Quería llamar-le, decirle que tomaría ese avión con él y que jamás miraría hacia atrás.
    Pero no iba a hacerlo. No iba a engañarle. Quería pre-sentarse como una persona completa.
    Y tampoco se engañaría a sí misma.

Epílogo

    – Hay alguien junto a la verja -anunció Michaela.
    Nicholas levantó la vista del libro que estaba leyendo:
    – ¿Quién es? ¿Peter? Jean tenía que traerlo para que me enseñara la cría de Jonti.
    – No. -Dio media vuelta-. Sal y averígualo tú mismo.
    – ¿Por qué tengo que salir? ¿Por qué no me lo dices tú, sin más? -De repente, advirtió que Michaela parecía estar demasiado contenta; casi esbozaba una sonrisa en su siem-pre impasible rostro. Nicholas se puso en pie muy lenta-mente-. ¿Quién es? -No esperó la respuesta. Al instante, ya estaba en el porche, protegiéndose los ojos del potente sol de otoño con la palma de la mano.
    Ahí estaba ella, de pie junto a la verja, enfundada en unos pantalones téjanos y una camisa de cuadros. Los rayos del sol resaltaban los reflejos dorados de sus cabellos.
    Nicholas avanzó hacia ella. Le pareció que tardaba de-masiado.
    Se detuvo y la miró fijamente. Cielos, su aspecto era in-mejorable: hermosa, fuerte y libre.
    – Te has tomado tu tiempo, desde luego. Más de un año.
    – Soy bastante lenta. Me ha costado un poco conseguirlo.
    – ¿La señora Cisne, supongo?
    – Supones bien. -Una radiante sonrisa iluminó la cara de Nell-. Abre de una vez y déjame entrar, Tanek.

    Iris Johansen

***

Top.Mail.Ru