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Lyon's Gate

Lyon's Gate

Аннотация

    Jason Sherbooke, el otro gemelo, nada como un pez, y adora tanto a los caballos que quiere dedicarse a su cría. Vive al momento, arriesgándose en mil y una aventura, libre como el viento y sin que nadie le ponga límites.
    Aunque vive amargado por los acontecimientos que tuvieron lugar cinco años atrás, no puede perdonarse haber puesto en peligro a su propio padre y a su gemelo por su ceguera. Tras esos sucesos abandonó Inglaterra, incapaz de hacer frente a su familia. Se ha pasado los últimos cinco años en el exilio, intentado volver a empezar de cero, y fracasando en su empeño. Decidido a volver a Inglaterra, retoma su viejo sueño, e intenta comprar Lyon's Gate, una granja cerca de Northcliffe, aunque topará con una complicación llamada Hallie Carrick, una joven impetuosa que podría ser quien le devuelva la felicidad.


Catherine Coulter Lyon's Gate

    9° de la Serie Sherbrooke / Novias
    Lyon's Gate (2005)

CAPÍTULO 01

    Baltimore, Maryland – Abril, 1835.

    Jason Sherbrooke supo que era hora de ir a casa cuando se apartó rodando de Lucinda Frothingale, se quedó mirando la fea y gorda cara de su perro faldero, Horace, que le gruñía, y de pronto, sin ninguna advertencia, vio a su gemelo, con los ojos brillantes de lágrimas mientras le decía adiós a desde el muelle en el puerto de Eastbourne. Saludó hasta que el barco estuvo demasiado lejos como para que Jason lo viera. Jason sintió las lágrimas obstruyendo su garganta y un dolor tan profundo que supo que su corazón estaba partiéndose claramente en dos.
    Jason echó un vistazo al perro acurrucado contra el costado de su ama y luego se recostó sobre su abdomen, escuchando las respiraciones de Lucinda y Horace. Era verdad, sólo momentos antes se había sentido saciado de la cabeza a los pies, y entonces repentinamente se había visto inundado con ese recuerdo en particular, y el dolor del mismo. Ahora, sólo momentos más tarde, estaba impaciente, tan agitado que apenas podía quedarse quieto. Quería, bastante sencillamente, saltar fuera de la cálida cama de Lucinda y empezar a nadar a través del Atlántico.
    Después de casi cinco años, Jason Sherbrooke quería ir a casa.

    A las ocho en punto esa mañana, Jason estaba sentado en la enorme mesa de desayuno en el comedor Wyndham. Miró a las dos personas que lo habían acogido en su hogar tantos años atrás, y a sus dos niños y dos niñas que se habían vuelto muy queridos para él. Se aclaró la garganta para llamar la atención de todos. Rogó que pensamientos encantadores, fluidos, salieran de su boca impecablemente, lo cual, naturalmente, no sucedió.
    Simplemente dijo, con un nudo en su garganta del tamaño del hipódromo de Crack County:
    – Es hora.
    Jason no se dio cuenta de que se veía como un hombre ciego que de pronto había recobrado la vista. Estaba preguntándose por qué no había más palabras, sólo esas dos que habían saltado fuera de su boca, flotando allí en el comedor Wyndham.
    James Wyndham, viendo la expresión en el rostro de Jason, pero sin comprenderla, levantó una ceja rubia oscura.
    – ¿Hora para qué? ¿Quieres correr contra Jessie otra vez? ¿No has tenido suficiente castigo en sus manos, Jase? Ni siquiera montar a Dodger te da mucha ventaja.
    Jason saltó ante la conocida provocación.
    – Como siempre has dicho, James, ella es flacucha, no pesa más que Constance aquí presente, y por eso es que generalmente nos derrota. No tiene nada que ver con las habilidades.
    – Já já -dijo Jessie Wyndham. -Ustedes dos son patéticos, siempre saliendo con las mismas viejas y agotadas excusas. Ahora, los dos me han visto montar a Dodger, el propio caballo de Jason, como si fuésemos viento, tan rápido que les sopla el cabello en la cara. Lo único que Jason puede hacer cuando monta a Dodger es levantar una ligera brisa.
    Esa era una excelente bofetada en la cabeza, pensó Jason, y sonrió a Jessie.
    – Papá tiene razón -dijo Constance, de siete años. -Aunque -añadió, mirando a su madre pensativamente, -quizás mamá sí pesa un poquito más que yo. Pero tío Jason, eres igual que papá, eres demasiado grande como para correr, casi agobias al caballo por completo. Los jinetes tienen que ser pequeños. Aunque la abuela dice que es una vergüenza, que mamá esté allí afuera imitando a los hombres y no se quede aquí en el salón zurciendo, igualmente comenta lo delgada que es mamá, aunque ha tenido cuatro hijos, y que eso no es muy justo.
    Jonathan Wyndham, el mayor de los niños Wyndham con casi once años, asintió.
    – Fue un poquito grosero de tu parte decirlo tan crudamente, Connie, y la abuela no debería hablar tan mal de madre, pero el hecho sigue siendo que madre es una mujer y se supone que las mujeres no compiten contra hombres. -Jessie arrojó su rodaja de tostada a su hijo mayor. Jonathan se rió y la esquivó. -Mamá, sabes que los caballeros no soportan cuando les ganas. Una vez vi a papá casi llorando cuando lo superé en el último momento.
    – Por otro lado -dijo Jason, -todos los que conozco parecen pensar que naciste sobre el lomo de un caballo de tan buena que eres, ¿y a quién le importa si el mejor jinete en Baltimore tiene sen…? Eh, no importa.
    – Eso es exactamente lo que estaba pensando, mamá.
    – Dios querido, espero que no -dijo Jason.
    – Yo también espero que no -dijo Jessie. -No, no preguntes, ya es suficiente.
    Jonathan comenzó a quitar migajas de tostada de la manga de su chaqueta, y sólo su hermanita Alice vio el brillo travieso en sus ojos bajos.
    – Como estaba diciendo, madre, eres una jinete magulladora, mala como una serpiente cuando debes serlo pero, igualmente, ¿no es una sábana bien remendada mucho más satisfactoria para ti, tan…?
    – No tengo nada más para arrojarte, Jon. Ah, mira, este lindo y pesado tenedor acaba de caer en mi mano. -Jessie apuntó el tenedor a su hijo. -Sugiero que te retires de la refriega o enfrentes muy malas consecuencias.
    – He terminado -dijo Jonathan, separando sus palmas en abierta rendición, con una enorme sonrisa en su rostro. -Retirado, ese soy yo.
    – ¿Ez hora para qué, tío Jazon? -preguntó Alice de cuatro años, ceceando encantadoramente.
    Estaba inclinada hacia él, y Jason sabía que si no estuvieran en la mesa del desayuno, ya hubiese trepado a su regazo y se hubiera acurrucado contra él del modo en que lo había hecho desde que tenía seis semanas. Cuando él no habló inmediatamente, su cerebro vacío de palabras, gigantescas lágrimas brillando en los bellos ojos de ella.
    – Paza algo malo, ¿zierto? Ya no te agradamoz. ¿Quierez dizpararle a mamá porque te derrotó?
    Jason miró esa preciosa carita y buscó las palabras correctas, pero lo que salió de su boca fue:
    – Los quiero muchísimo a todos. No tiene nada que ver con eso. Es… -Y entonces la verdad salió de repente. -Quiero ir a casa. Es hora. Me marcho el viernes, en el Audaz Aventura, uno de los barcos de Genny y Alec Carrick.
    Un instantáneo y absoluto silencio cayó sobre la mesa de desayuno. Todos se quedaron mirándolo, incluyendo al cocinero Wyndham, Joshua, que estaba pasando a Jessie una nueva tostada. En cuanto a Lucy, su criada, estaba tan distraída por las palabras del increíblemente hermoso y joven amo Jason que estaba en peligro de derramar café en el regazo del señor Wyndham. James le agarró la mano justo a tiempo.
    – ¿A caza? -dijo Alice. -Pero eztáz en caza, tío Jazon.
    Él sonrió al hadita, la viva imagen de su madre, que había nacido después de que él llegara a Baltimore.
    – No, cariño, esta no es mi casa, aunque he estado aquí más tiempo que tú. Inglaterra es mi hogar, en una hermosa casa llamada Northcliffe Hall. Allí es donde vive mi familia, donde pasé veinticinco años de mi vida.
    – Pero eres nuestro, tío Jason -dijo Benjamin Wyndham, de nueve años, mientras pasaba una crujiente tajada de tocino a Old Corker, el sabueso de la familia, que había nacido una semana después que Benjamin. -Ya no perteneces a ellos en ese país extranjero. ¿A quién le importa Northcliffe Hall de todos modos? Podríamos nombrar nuestra casa, hacerla sonar totalmente grandiosa, si deseas que lo hagamos.
    – Ya tenemos nombre, cerebro de tocino -le dijo Jon a su hermano. -Somos la Hacienda Wyndham.
    – Ustedes tienen unos cuantos primos en Inglaterra -dijo James Wyndham a su hijo, pero sus ojos estaban escudriñando el rostro de Jason. Entonces sonrió. -Saben, es hora de que nosotros también hagamos una visita a Inglaterra. Los meses y años corren, ¿verdad? El tiempo simplemente sigue adelante, y tan rápido. Casi cinco años. Es asombroso, Jase. Parece ayer que te conocí en el muelle en el puerto interno y Jessie no podía quitarte los ojos de encima, dijo que eras aun más hermoso que Alec Carrick, seguramente el hombre más hermoso que Dios jamás había creado. Dijo que tenías un gemelo idéntico, y que eso significaba que había otro como tú. Te lo digo, agradecí que no se desvaneciera.
    – ¿Recuerdas que dije todo eso? -dijo Jessie, con una ceja rojo oscura levantada.
    – Desde luego. Recuerdo cada palabra que hayas pronunciado, dulzura.
    Jessie hizo un sonido ahogado que hizo soltar risitas a sus cuatro hijos.
    James sentía una inmensa tristeza y alegría en ese momento. Evidentemente, Jason finalmente había llegado a aceptar el pasado.
    – Tío Jason es más bonito que tía Glenda -dijo Constance y sonrió, mostrando un diente delantero faltante. -Cuando no se queda mirándolo, está mirándose en el espejo, intentando descubrir cómo parecerse más a él. Una vez le dije que se diera por vencida. Me arrojó su cepillo.
    James se aclaró la garganta.
    – Harás sonrojar a tu tío Jason, Connie, así que sigamos adelante. Marcus y la duquesa estuvieron aquí el año pasado, y North y Caroline Nightingale el año previo. Sí, es nuestro turno de ir a Inglaterra y visitar a todos, tu familia incluida, Jase. Quiero ver si mi esposa se desvanece cuando conozca a tu gemelo, y le has contado tantas historias a los niños acerca de Hollis que sé que están esperando que les entregue tablillas de piedra. Ah, y tus padres, por supuesto.
    – Pero hablan raro allí -dijo Benjamin. -Como el tío Jason. No quiero ir a ese lugar.
    – Piensa en esto como una aventura -dijo su madre.
    – Sí, es exactamente eso, Ben -dijo Jason. Estaba pensando que también sería una aventura para él, mientras se recostaba en su silla y entrelazaba los dedos sobre su delgado abdomen. -Toda mi familia les dará la bienvenida como ustedes me recibieron a mí. -Se quedó callado, miró a James y Jessie, y se encogió de hombros. -Quiero ir a casa. Cumpliré treinta años el próximo enero.
    – Todavía son veintinueve, así que no eres tan viejo, tío Jason -dijo Benjamin. -Cuando seas tan viejo como papá, entonces puedes regresar allí.
    – Tu padre tiene sólo treinta y nueve, para nada mayor -dijo Jessie, se quedó callada y parpadeó. -Yo tengo casi treinta y uno, más de un año mayor que tú, Jason. Cielo santo, cómo salta el tiempo de uno.
    Jason dijo:
    – ¿Saben que tengo un par de sobrinos gemelos de casi tres años ya, y que nunca los he visto?
    – Sí -dijo Jessie. -Se parecen a su padre, lo que significa que se parecen a ti.
    Jason asintió.
    – Mi hermano escribió que eso significaba que otra generación se parecía a mi tía Melissande.
    James había escrito tan divertidamente sobre cómo eso volvía loco a su padre, que Jason imaginaba fácilmente la sonrisa de su hermano y el rostro de su padre también. Tantas cartas a través de los años, y había comenzado a responder realmente recién tres años atrás. Los primeros dos años que había estado aquí, había acusado recibo, nada importante, nada que realmente significara algo, si es que algo significaba algo en aquel entonces. Pero las cosas habían comenzado a cambiar lentamente. Había empezado a ver detrás de las palabras en las cartas que llegaban semanalmente de su familia, había empezado a sentir nuevamente lo que significaban para él, y sus cartas se habían vuelto más largas y, quizá, más vivas, porque ahora él mismo estaba en ellas.
    – Sí -dijo Jessie. -Lo sabemos. Siento que conocemos muy bien a toda tu familia. Será como ver a queridos amigos.
    Jason no se había dado cuenta de que había hablado tanto sobre su familia.
    Alice dijo:
    – Pero nadie de tu familia ha venido aquí jamáz, tío Jazon. ¿Por qué no han venido? ¿No les agradaz? ¿Te enviaron lejoz?
    – No, Alice, todos querían venir a visitarme. La verdad es que les pedí que no vinieran. Y no, nadie me envió lejos. -Se quedó callado un momento. -La verdad es que yo mismo me marché.
    – Pero, ¿por qué? -preguntó Jonathan, sentándose hacia delante, con las manos sobre la mesa ya que no tenía más tocino para pasar a Old Corker.
    Jason dijo lentamente:
    – Algunas cosas muy malas sucedieron cinco años atrás, Jon, y yo fui responsable de ellas. Sólo yo.
    – ¿Mataste a un hombre en un duelo, tío Jason? -preguntó Ben, sus ojos brillando, ya casi listo para saltar de su silla.
    – Lo siento, Ben, no. Lo que hice fue peor. Llevé el mal a mi familia, y esa maldad casi los destruyó.
    – ¿Llevazte el Diablo a caza, tío Jazon?
    – Eso es bastante cerca, Alice. El hecho es que no podía quedarme, no podía encontrar nada bueno en mi vida allí. No podía enfrentar a todas las personas a las que había puesto en peligro, así que le pedí a tus padres si podía venir aquí y aprender todo acerca de operar una caballeriza.
    Jessie sabía que los niños no entendían -no porque ella comprendiera mucho más- y, sabiendo que tenían una docena de preguntas para dispararle, dijo rápidamente:
    – Nos has ayudado más de lo que te hemos enseñado. Y aunque James y yo hemos hecho nuestro mejor intento por llenar esta condenada casa -se detuvo un momento, moviendo la mano para abarcar sus cuatro hijos, -había espacio más que suficiente para ti.
    – Oh, no -dijo Jason. -Me han enseñado infinitamente.
    – No seas estúpido -dijo James, y levantó su mano cuando vio que sus cuatro hijos querían hablar a la vez. -No, no, niños, hagan silencio. No más argumentos para intentar hacer que su tío Jason se sienta culpable por dejarlos. Evidentemente se ha decidido, y todos respetaremos su decisión. No le harán más preguntas. No, Jon, veo ese atareado cerebro tuyo trabajando duro. Déjenme repetirlo, no harán preguntas y no lo harán sentir culpable por marcharse. -Se quedó callado un momento y sonrió a Jason. -Además, lo visitaremos en Inglaterra. ¿Y quieren saber algo más? Regresará a visitarnos. No podrá evitarlo… tiene que intentar nuevamente derrotar a su madre en una carrera.
    – Pero, ¿por qué no queríaz que tu familia viniera a verte, tío Jazon? -preguntó Alice.
    Estaba sentada en una pila de seis libros para poder llegar a la mesa, el de arriba era un enorme tomo que tenía un artículo del hermano de Jason, James, lord Hammersmith, acerca de una enorme bola de gases anaranjada que había brillado intensamente en el acre hemisferio norte de Venus durante tres noches seguidas en abril pasado.
    El padre de Alice abrió su boca para reprenderla, pero Jason dijo rápidamente:
    – No, está bien, James. Es una buena pregunta, Alice, y quiero responderla. Quiero que todos ustedes comprendan que mi familia no quería que me marchara. No me culpaban por lo que sucedió. Deberían haberlo hecho, pero no fue así.
    – ¿Qué sucedió? -preguntó Jonathan, y James Wyndham puso los ojos en blanco.
    – Sólo debes saber que fue algo malo, Jon, que mi padre, Hollis y mi gemelo podrían haber sido asesinados, y que fue todo mi culpa. Bien, todos querían venir pero, verás… -Se detuvo un momento, intentando encontrar las palabras correctas. -La cosa es que yo no estaba preparado para verlos. Mirarlos a ellos era ver mi propia ceguera, supongo.
    Mal dicho, pero bastante bien. James dijo:
    – No más, niños. No más.
    Jessie se levantó de su silla y palmeó las manos.
    – Así es, ahora cerrarán el pico, aunque sé que es imposible. Tío Jason ha tomado una decisión. Déjenlo tranquilo con eso. Todos ustedes saben lo que se supone que hagan después del desayuno, así que vayan a hacerlo y sin quejas, por favor. James, Jason, ¿podrían los dos caballeros venir conmigo al salón? -Jessie Wyndham enfrentó a su esposo y al joven al que había llegado a querer como un hermano. -Bueno, Jason, todo estará bien. Dudo que los niños te dejen en paz, pero siéntete libre para decirles que cierren sus bocotas. Eso depende de ti. Ahora, es cuatro de abril. Te llevará dos semanas llegar a casa. Iremos a visitarte a Inglaterra en agosto. ¿Qué piensas de eso, James? ¿Podremos irnos entonces?
    James asintió.
    – Agosto será. Qué gracioso que tu gemelo y yo compartimos el mismo nombre.
    Jason asintió.
    – Durante seis meses me hizo sentir bastante extraño decir el nombre de mi hermano a la cara de otro hombre. -Estudió ambos rostros entonces, rostros que se habían vuelto tan queridos para él a través de los años. -No sé si realmente les he dicho cuánto significan para mí, ustedes y los niños. No tengo parentesco por sangre con ustedes, pero no dudaron en hacerme parte de su familia, en enseñarme. Y tú, Jessie, por ganarme en las carreras, riendo alegremente mientras tanto, sin preocuparte para nada por la continua golpiza a mi frágil masculinidad.
    – Eso es porque James tiene la masculinidad más grande y frágil en todo Baltimore, y la tuya es mísera en comparación.
    James dijo:
    – No hablaremos de enormes femineidades. Bien, Jason, te convertiste en parte de la familia rápidamente, pero el resto de eso son tonterías. Todo lo que teníamos para enseñarte lo aprendiste en el primer año. Eres mágico con los caballos, responden a ti a un nivel casi humano. Es como si supieran que estás allí para ellos, que harás cualquier cosa que necesiten. -James se encogió de hombros. -Es difícil ponerlo en palabras, pero sé que cualquier carrera o cría de caballos que hagas en Inglaterra será un éxito.
    Jason se quedó mirándolo, desconcertado.
    – Eso es cierto, Jason -dijo Jessie. -Ahora, cuando regreses, ¿dónde planeas establecerte?
    – Cerca de Eastbourne, cerca del hogar de mi padre, Northcliffe Hall. Como mi padre obligó a mi abuela a mudarse a la casa de campo cinco años atrás, James, Corrie y sus gemelos se quedaron en Northcliffe. -Se quedó callado un momento y ofreció una sonrisa torcida a James. -Para que comprendan porqué la ausencia de mi abuela de la casa grande hizo semejante diferencia, déjame decir que conocer a tu madre, James, me ha hecho sentir que nunca dejé a mi abuela. Indudablemente la mudanza de mi abuela fue una auténtica bendición. Era muy desagradable con mi madre y con Corrie.
    – Oh, cielos -dijo Jessie con un poco de intimidación. -¿Tu abuela es como mi suegra?
    – Sí, pero ella nunca intentaba ser sutil como Wilhelmina. Siempre era un martillo, iba tras sus víctimas con una buena cantidad de entusiasmo.
    Jessie dijo con naturalidad:
    – Estamos muy agradecidos de tener que verla sólo una vez por semana. Siempre me ha odiado, como si no hubieses adivinado eso inmediatamente, Jason. Dice estas cosas horribles, todas ligeramente disfrazadas para sonar inocuas. A veces simplemente deseo que lo disparara todo, como evidentemente hace tu abuela.
    James se rió.
    – En realidad, tendrías que ser una bruta para no entender que estás siendo insultada hasta la punta de los pies.
    Jason dijo:
    – Al igual que Wilhelmina, mi abuela odia a todas las mujeres en la familia. La única mujer con quien no es grosera es con mi tía Melissande. -Se quedó callado un momento. -Quiero desesperadamente ver a mis padres otra vez. Quiero ver a mi hermano y a Corrie, y a mis sobrinos. Y lo gracioso es que recién se me ocurrió temprano esta mañana…
    La ceja derecha de Jessie se elevó.
    – ¿Antes o después de dejar la casa de Lucinda?
    – Antes, en realidad -dijo Jason, su voz y expresión repentinamente tranquilas y austeras. -Se sorprendió bastante cuando salté fuera de la cama como si Satanás me estuviera siguiendo.
    – Te extrañaremos, Jason -dijo Jessie mientras tomaba la mano de su esposo. -Pero estaremos todos juntos otra vez en agosto. No falta nada.
    – Le sonrió a su esposo, parpadeó para alejar las lágrimas y luego fue hacia los brazos de Jason. -Siempre deseé tener un hermano, y Dios finalmente me dio uno.
    – También me dio un hermano a mí -dijo James Wyndham. -Uno con honor, inmensa buena voluntad, y cerebro. Lo que sea que haya sucedido todos esos años atrás, Jase, es hora de dejarlo ir. -Jason no dijo una palabra. James agregó rápidamente, dándose cuenta de que Jason todavía no estaba preparado para dejar ir nada: -Sólo deseo que no fueras tan condenadamente apuesto.
    Jessie se recostó en los brazos de Jason, riendo.
    – Es verdad, todas las mujeres entre las edades de quince y cien te persiguen, Jason. Ni siquiera intentes negarlo. No creerías cuántas damas me han arrinconado, cada palabra fuera de sus bocas sobre ti. Oh, sí, todas quieren ser mis mejores amigas y visitarme. -Se volvió hacia su esposo. -Como dije en el desayuno, Jason es el primero, luego Alec Carrick. Hmm, me pregunto qué piensa Alec de eso.
    Jason dijo en un suspiro:
    – Desearía que creyeras que Alec, al igual que yo, pensamos que es una maldita molestia. ¿A quién le importa un rostro, de todos modos? -Eso era tan estúpido que Jessie no dijo nada. Jason se quedó callado y abrazó a Jessie nuevamente. -La cosa es que siempre quise una hermana. ¿Y sabes qué? Tienes el cabello tan rojo como mi madre, y aunque tus ojos son verdes y los de ella azules, hay un gran parecido entre ustedes dos. Es la mujer más hermosa que conozco. -Jason tocó con su mano el cabello rojo encendido, una gruesa cuerda trenzada que caía por su espalda. -Eso es, si los rostros hermosos hacen alguna diferencia. -Se interrumpió un instante y sus ojos oscurecieron. -Gracias. Muchísimas gracias a ambos por traerme de regreso a la vida.

CAPÍTULO 02

    Northcliffe Hall – Cerca de Eastbourne, sur de Inglaterra.

    Jason guió a Dodger hacia la casa de campo al final del sendero. Quedaba a unos buenos cien metros de Northcliffe Hall, lo suficientemente lejos, había escrito Corrie, para que su abuela no pudiera entrar enfadada, provocar estragos, y salir indignada, sonriendo con los pocos dientes que le quedaban. Su abuela tenía la asombrosa edad de ochenta años, incluso más vieja que Hollis. Quería verla, abrazarla, agradecer al Señor que siguiera aquí para ser desagradable. Tal vez grandes cantidades de vinagre mantenían sana a una persona.
    Su padre había escrito justo antes de la partida de Jason de Baltimore que Hollis aún tenía una plétora de dientes y cabello. Jason estaba simplemente agradecido de que Hollis, al igual que su abuela, siguiera vivo.
    Jason ató a Dodger, que estaba tan feliz de estar en casa que no podía dejar de agitar la cabeza y olisquear el aire. Jason se abrazó a su cogote y el caballo relinchó. Había resistido bien el viaje de dos semanas.
    – Tú, viejo, tienes más corazón y fortaleza que cualquier otro caballo en el mundo.
    Miró la casa estilo Reina Ana cubierta de hiedras y el hermoso jardín que la rodeaba, que sabía que probablemente era cuidado por su madre. Las ventanas destellaban con el sol de media tarde, y había un aire de satisfacción en el lugar. Se preguntaba si su abuela habría pronunciado jamás una palabra de gracias. Lo dudaba.
    Sonrió al golpear la aldaba de latón contra la gruesa puerta de roble.
    No pudo creer cuando Hollis abrió la puerta principal. El viejo se quedó mirándolo, se agarró el pecho y susurró:
    – Oh, cielos, ¿es realmente usted, amo Jason? Después de todos estos años, ¿es usted realmente? Oh, mi querido muchacho, oh, mi precioso muchacho, finalmente está en casa.
    Hollis se arrojó a los brazos de Jason.
    Jason se dio cuenta con sorpresa de que Hollis estaba mucho más bajo, abrazando al anciano tan suavemente como podía. Había conocido a Hollis toda su vida; de hecho, su padre también lo había conocido durante casi toda su vida. Hollis tenía fuerza en esos viejos y delgados brazos suyos, gracias a Dios.
    Aspiró el aroma del viejo, el mismo aroma que había tenido sus veintinueve años en esta tierra, una mezcla de limones y cera de miel, y dijo:
    – Ah, Hollis, te he extrañado. Recibí tus cartas semanales, al igual que las de mi hermano y mis padres. Corrie también. Lamento que me haya llevado tanto tiempo comenzar a responderlas realmente, pero…
    El anciano tomó el rostro de Jason entre sus manos.
    – Está bien. No se sentirá culpable por eso, no se disculpará. Ha estado respondiendo mis cartas durante tres años ya. Eso fue suficiente.
    Jason sintió que la culpa desgarraba su garganta, pero veía tanto amor y comprensión en los viejos ojos sabios de Hollis que asintió en vez de tirarse a sus pies.
    – ¿Sabías que Corrie ha estado escribiendo cartas de mis sobrinos? -Respiró hondo y volvió a abrazar al viejo. -Estoy en casa, Hollis, estoy en casa ahora, para siempre.
    – ¡Hollis! ¿Qué es esto? ¿Quién está aquí? Te permito que me traigas bollos de nuez cuando tomas tu descanso de la tarde, pero mira lo que has hecho… has dejado que alguien te siga. Estás dándole mis bollos de nuez a alguna gentuza, ¿verdad, Hollis? Qué absoluto descaro.
    Jason reconocía esa vieja voz amargada.
    – Algunas cosas nunca cambian.
    Jason sonrió mientras Hollis se apartaba, ponía los ojos en blanco con infinita aceptación y una gran cantidad de diversión, y decía:
    – Madame, su nieto está aquí, no para robar sus bollos de nuez, me asegura, sino para visitarla.
    – ¿James está aquí? ¿Por qué diablos está James aquí? Esa esposa suya intenta mantenerlo alejado, sé que lo hace. Es una vergüenza, esa tonta muchacha, como su suegra, esa libertina que está casada con mi Douglas y que se rehúsa a verse vieja cuando se supone que lo haga.
    Jason levantó la mirada para ver a su abuela caminando lenta y cuidadosamente hacia la puerta principal, usando un bastón bien pulido con un encantador puño de colibrí. Podía ver su cuero cabelludo rosado a través de su cabello blanco como la nieve, todo arreglado en ricitos apretados.
    – No es James, abuela. Soy yo.
    Jason caminó hacia la anciana cuyos ojos aún brillaban intensamente con inteligencia y malicia.
    Ella se detuvo de golpe y se quedó mirándolo fijamente.
    – Jason… No eres James simulando ser Jason, ¿verdad? No he perdido mi agudeza final, ¿cierto? ¿Realmente eres tú?
    – Sí, así es.
    Él fue rápidamente hacia ella porque parecía estar tambaleándose un poquito por la sorpresa. La tomó muy suavemente en sus brazos y se dio cuenta de que era aun más frágil que Hollis. Sus viejos huesos se sentían como si pudieran fácilmente partirse con viento fuerte. Sintió su boca seca besarle el cuello y se apartó, miró el rostro de su abuela, arrugas marcadas alrededor de su boca, hacia abajo, naturalmente, porque siempre estaba reprendiendo a todos a su alrededor, nunca sonriendo. Para su inmenso placer, esa vieja boca cosida se abrió en una sonrisa. Ella siguió sonriendo mientras le palmeaba el rostro.
    – Mi hermoso Jason -dijo, y volvió a besarle el cuello. Su mirada era de pronto penetrante, mientras decía con la voz más suave que él jamás le hubiera oído en su vida: -¿Te has perdonado, muchacho?
    Él miró ese irritable y viejo rostro, y en vez de vinagre lo único que vio fue una abundancia de preocupación y amor, y era por él. No podía asimilarlo, no más de lo que podía empezar a explicar porqué se había detenido allí primero, para verla a ella. Había recibido dos cartas de ella por año, una cerca de su cumpleaños y una cerca de Navidad.
    – Le dijiste a tu padre y a tu hermano que no fueran a verte -dijo, todavía palmeándole la mejilla. -Y luego escribiste sólo miserables excusas de cartas durante mucho tiempo.
    – No estaba preparado.
    – Respóndeme, Jason. ¿Te has perdonado?
    – ¿Perdonado?
    – Sí, eso es exactamente. Por alguna razón que nadie puede entender, excepto James, que afirmaba comprenderte aunque sabía que estabas totalmente equivocado, te culpaste por lo que sucedió. Son tonterías, por supuesto. Probablemente es una excusa para una inmensa autocompasión porque eres hombre, y el buen Señor sabe que los hombres adoran revolcarse en la autocompasión, beberla a lengüetazos como los gatos hacen con la leche. Lo hacen para que las mujeres que tienen la desgracia de amarlos gasten cantidades interminables de tiempo tranquilizándolos y acariciando sus frentes…
    – … y echar té por sus gargantas y pasar por alto sus indiscreciones -dijo Hollis. -Creo que he aprendido la letanía.
    – ¡Já! Eres demasiado inteligente, Hollis -dijo la anciana, e intentó golpearlo con su bastón.
    Esto era más parecido a la abuela que Jason recordaba. Le ofreció una enorme sonrisa.
    – ¿Tienes algo de brandy para echar por mi garganta, abuela?
    – Sí, pero me atrevo a decir que preferirías tomar uno de mis bollos de nuez. Estabas pasando, verdad, y los oliste saliendo por la ventana, aunque se supone que las ventanas estén bien cerradas para mantener afuera los vapores nocivos.
    – En realidad -dijo Jason, -no olí los bollos de nuez. No he olido un bollo de nuez en cinco años. Vine porque quería verte. Eh, ¿puedo tomar un bollo ahora que estoy aquí y que ellos también están aquí?
    Ella se tomó varios momento para sopesar eso… él podía verlo en sus brillantes ojos viejos. Su abuela gritó:
    – ¡Hollis, viejo bastón, lleva los bollos de nuez a la salita! Sí, mi muchacho, he decidido que si hay al menos media docena, entonces sí, puedes tomar uno también. Hollis, tu huesuda persona estaba aquí recién. ¿Adónde has ido ahora? ¿Estás dando vueltas por ahí? ¿Intentando meter un bollo de nuez por tu garganta? Apostaré que sí, ya que crees que no diré nada porque mi precioso niño está finalmente en casa. -Su sonrisa brillaba con maldad mientras hablaba. La sonrisa desapareció al mirar otra vez a Jason. -Entonces no deseas responderme, ¿verdad? Está bien por ahora. Quizás es demasiado pronto para que te des cuenta de qué hay en tu corazón.
    A Hollis, que acababa de entrar en el salón trayendo el brandy, le costaba creer lo que veía. Su ama estaba tratando a Jason con más afecto del que había tratado a nadie en toda su vida. Había oído lo que ella había dicho, y estaba indignado.
    – ¿Permitirá que el amo Jason coma uno de sus bollos de nuez, madame? Nunca antes me ha ofrecido un bollo a mí.
    La condesa viuda lo miró de arriba abajo.
    – Siempre he contado los bollos de nuez que me traes, sabiendo que siempre se supone que haya media docena, pero rara vez lo es. Sé que muchas veces birlas uno para ti. No intentes negarlo, Hollis. -La vieja dama finalmente asintió, un rizo de cabello plateado cayendo sobre su frente. -Muy bien, Hollis, no te reprenderé hoy. Mira tu rostro… está empezando a parecer el de un monje famélico, más que la semana pasada cuando te dignaste a visitarme con un bollo de nuez faltante en esa encantadora bandeja cubierta. Hmm. También puedes tomar un bollo, pero búscalos ahora o anularé mi ofrecimiento.
    La anciana soltó a Jason, golpeteó su bastón un par de veces, un preludio, pensó Jason, a su marcha tambaleante hacia la salita.
    Jason observó a Hollis, alto y majestuoso, esos viejos hombros tan rectos como eran cuando Jason se había marchado, caminar por el pasillo a las partes bajas de la casa a buscar los bollos de nuez. Lo oyó murmurando cómo sucedían milagros, que parecía que tendría uno de los bollos de nuez de la condesa viuda antes de morir. Jason se preguntó si Hollis se daba cuenta de que dos doncellas estaban merodeando justo sobre la escalera, preparadas para cualquier ayuda que él pudiera requerir, solicitada o no.
    Jason dijo majestuosamente:
    – Abuela, ¿puedo ofrecerte mi brazo?
    – Desde luego, mi niño. Tiene que ser mejor que sostenerse de Hollis. Ese anciano es tan enclenque como un lirón.

CAPÍTULO 03

    Northcliffe Hall.

    El silencio pendía pesadamente en la salita esa noche. La tensión se arremolinaba en el aire, cargado con profunda inquietud, preocupaciones no expresadas y preguntas sin hacer. Entonces Corrie apareció en la puerta cargando un gemelo recién fregado bajo cada brazo, con sus hermosas caritas encendidas de emoción y sorpresa porque era tan tarde y no estaban en sus camas, con Nanny roncando a menos de un metro de ellos.
    – ¡Tío Jason, somos nosotros otra vez!
    Douglas Simon Sherbrooke, mayor que su gemelo por exactamente once minutos, se libró de su madre y corrió tan rápido como sus piernas podían llevarlo hasta Jason, quien atrapó al pequeñito cuando saltó en el aire en su dirección.
    – Ya lo veo -dijo Jason, hocicando el cuello de Douglas.
    Olía igual a Alice Wyndham, después de su baño nocturno. Sintió las lágrimas brotar. Bajó la mirada para ver a Everett Plessante Sherbrooke tirando de la pierna de su pantalón, listo para gritar o estallar en lágrimas, Jason no podía definir cuál. Levantó al niñito y los abrazó fuerte, dejando que le palmearan el rostro, le dieran besos mojados y que hablaran sin parar, palabras que no eran realmente palabras sino mas bien charla de gemelos saliendo rápidamente de esas boquitas, igual que el incomprensible idioma que él y James habían compartido.
    Douglas se apartó y dijo:
    – Todos decían que eres igual a papá y la tía Melissande, pero no es así, tío Jason.
    – Eso es cierto, Douglas. No me soy exactamente igual a tu papá, pero bastante parecido, ¿no lo crees, Everett?
    La otra carita imposiblemente hermosa se arrugó pensando. Everett entonces anunció:
    – No, tío Jason, te pareces a ti mismo, y a mí también. No a Douglas… él se parece a papá. Sí, eso es, te pareces a mí.
    Y esa carita tenía la misma expresión traviesa que Jason había visto en el rostro de su madre, Corrie.
    Douglas dijo, después de otro beso mojado en el lado derecho del cuello de su tío Jason:
    – El abuelito no soporta que me parezca a papá y la tía Melissande. Ella siempre nos trae a Everett y a mí galletitas de almendra cuando nos visita. Abuelito dice “bendito infierno”, nunca estará libre de El rostro. ¿Qué es El rostro, tío Jason?
    Jason oyó a su padre gruñir, a su madre reír. Se volvió hacia su padre, con una ceja levantada.
    – ¿Maldiciendo, frente a este diablillo?
    – Tiene oídos tan agudos como tú y James cuando tenían su edad -dijo Douglas Sherbrooke, el conde de Northcliffe, y clavó un dedo en las costillas de su esposa. -Calla, Alex. No creo que un muchacho pueda ser demasiado joven para aprender sobre la maldición Sherbrooke.
    – Estoy de acuerdo -dijo Corrie. -No, no te atrevas a discrepar conmigo, James Sherbrooke. “Bendito infierno” es siempre tu preludio cuando estás listo para desatarte. -Sonrió a Jason. -Se enoja conmigo, posiblemente sólo el buen Señor podría entender porqué, y sé que quiere arrojarme por una ventana, pero tiene que conformarse con “bendito infierno” y salir pisoteando de la habitación.
    – Una monstruosa mentira -dijo James, luego se aclaró ruidosamente la garganta cuando sus pequeñitos lo miraron con los ojos muy abiertos. -Jason, ¿quieres que te libere al menos de uno de esos diablillos?
    Ambos diablillos envolvieron sus brazos más fuertes alrededor del cuello de Jason, casi ahorcándolo. Jason sacudió la cabeza.
    – Todavía no. Muy bien, muchachos, ¿podemos tranquilizarnos un momento o quieren que baile con ustedes alrededor de la habitación? Su abuelita puede tocar un vals en el piano, si quieren.
    – ¡Bailemos! -gritó Douglas, sus pies pateando.
    – Yo también quiero vals -gritó Everett en la otra oreja de Jason. -¿Qué es vals?
    Hubo risas en el aire entonces, el horrible y ensordecedor estrés y preocupación barridos bajo la alfombra, al menos por el momento. Jason se sentía maravillosamente. Empezó a valsear lentamente por la salita, agarrando más fuerte los cuerpecitos que se retorcían, besándoles las orejas y los mentones, y vio a su madre levantar sus faldas e ir rápidamente hacia el piano, donde pronto estuvo tocando un vals que él había oído en un baile en Baltimore dos meses atrás.
    James Sherbrooke, lord Hammersmith, veintiocho minutos mayor que su gemelo, se recostó, consciente del cálido cuerpo de su sonriente esposa ahora apretado contra su costado derecho, y miró a su hermano. No estaba sorprendido de ver que Jason se veía tan natural como podía valseando con dos niñitos en sus brazos, ya que James Wyndham había escrito con frecuencia sobre lo bien que manejaba Jason a sus propios cuatro hijos. Se preguntaba si James Wyndham alguna vez le habría contado a su hermano sobre todas las cartas que él mismo había escrito a Northcliffe Hall, al principio para tranquilizar a todos, y más tarde detallando los éxitos de Jason en el hipódromo, las yeguas que había seleccionado para el programa de cría de James, el maravilloso semental que había encontrado para su anfitrión, que le había costado una condenada fortuna en gastos de la caballeriza.
    Pero todas las cartas no compensaban los años perdidos. Sintió que su corazón se llenaba hasta explotar. Al menos su gemelo finalmente había empezado a responder a todos ellos luego de dos años de cartas superficiales, sin emociones.
    El pequeño Douglas tenía razón; ya no eran idénticos. Bueno, lo eran, objetivamente, pero cualquiera que los conociera a ambos no los confundiría más. Jason era más… ¿cuál era la palabra? Más enjuto, tal vez era eso, aunque seguían siendo de la misma altura. Los grandes cambios estaban dentro. James podía ver el sufrimiento en lo profundo de los ojos de su gemelo, y le dolía, aunque lo comprendiera.
    Nunca habían sido idénticos por dentro, pero habían estado conectados, habían sabido qué preocupaba al otro, qué estaba sintiendo el otro en cualquier momento. Sus experiencias los habían convertido en hombres enormemente diferentes, la avanzada edad de treinta años no estaba para nada distante. Miró a su padre sonriente, con casi sesenta, su cabello negro y plata aún espeso, como siempre estaba señalando a su esposa.
    James vio que Hollis estaba ubicado cerca de la puerta de la salita, su pie golpeteando al ritmo del vals. Sonreía, y había tanto amor y alivio en esa sonrisa que James se sintió conmovido hasta el alma. Sabía cómo se sentía Hollis.
    Ahora James tenía que descubrir qué había en la mente de su gemelo. Pero no esa noche. Sus preciosos, ruidosos y exigentes niñitos habían salvado la noche de ser una silenciosa tortura, todos temerosos de decir cualquier cosa que pudiera ser tomada a mal modo, todos andando con pie de plomo cerca de Jason. Le dijo a Corrie:
    – ¿Te he dicho recientemente que eres efectivamente muy inteligente?
    – No desde mayo pasado, creo que fue entonces.
    Él le rozó la mejilla con los nudillos.
    – Trajiste a Douglas y Everett a un tenso silencio y mira lo que sucedió. Jason está bailando el vals con ellos.
    – Parecía que era lo que había que hacer -dijo ella.
    James tomó la mano de Corrie con la suya. Se recostó y permitió que la calidez de las risas fluyera dentro suyo.
    Jason estaba en casa. Finalmente estaba en casa, y eso era lo único que importaba.

CAPÍTULO 04

    Ambos hermanos se encontraban parados lado a lado en el precipicio que daba al valle Poe.
    El silencio entre ellos era incómodo. Finalmente, James dijo:
    – Pasamos tantas horas aquí cuando éramos niños. ¿Recuerdas la ocasión en que arrojaste mi libro de Huygens por el precipicio, de tan enojado que estabas conmigo?
    – Recuerdo haber arrojado el libro por ahí, riendo cuando el viento lo atrapó y lo envió aún más lejos, pero no recuerdo porqué estaba enojado.
    James se rió.
    – Yo tampoco.
    – Sí los recuerdo a ti y a Corrie recostados de espaldas en esta colina en las noches claras, mirando las estrellas.
    – Todavía lo hacemos. Los niños me han oído hablar sobre la Sociedad Astrológica, me han escuchado quejar por cómo mi telescopio no magnifica lo suficiente. Desafortunadamente, ahora están exigiendo venir conmigo y su madre. ¿Puedes imaginarlo? ¿Dos niños de tres años quedándose quietos durante más de treinta segundos?
    Jason dijo, sonriendo:
    – No, no pasará. Alice Wyndham, la hija de cuatro años de James y Jessie, se quedaba mirando las estrellas mientras se chupaba el pulgar, ruidosamente, y exigía que le dieran una tartaleta de manzana al siguiente suspiro. Pero no pasará mucho tiempo antes de que ustedes cuatro estén estirados como troncos en la chimenea mirando los cielos.
    Se quedaron callados. Entonces James no pudo soportarlo más. Agarró a su hermano, lo abrazó con fuerza.
    – Por Dios, te he extrañado. Es como si una parte de mí mismo simplemente hubiera desaparecido. No podía soportarlo, Jason.
    Jason se quedó quieto, totalmente rígido… por aproximadamente tres segundos. Entonces vio el absoluto alivio de James de que él, que casi le había costado la vida, estuviera de regreso. Su generosidad dejó atónito a Jason. No pudo evitarlo; se apartó. Se sentía cohibido, torpe y tan arrepentido que deseó por milésima vez que lo que había sucedido pudiera ser deshecho, pero claro que no podía. Nada podía ser cambiado jamás una vez que sucedía.
    Dijo, con voz densa:
    – Perdóname, James, aún es difícil para mí. Estoy tan arrepentido por lo que sucedió. Tu modo de aceptarme ahora es tan tú.
    – ¿No lo entiendes? Yo nunca no te acepté. Nunca te culpé, ni nadie más.
    Jason descartó eso.
    – La verdad es la verdad. Sabías que no podía quedarme aquí, no después de lo que hice.
    James aceptó el rechazo aunque le dolía hasta el alma.
    – Sabía cómo te sentías y sí lo entendía, pero igualmente no podía soportarlo. Tampoco madre ni padre. Ha sido difícil sin ti, Jase. -Se detuvo un momento, se recompuso y miró hacia el verde valle Poe. -¿Te quedarás en casa ahora?
    – Sí. Buscaré mi propia propiedad. Quiero poseer y manejar mi propia caballeriza.
    James sintió una oleada de orgullo. Quería contarle a Jason que James Wyndham había escrito que él era mágico con los caballos, que pronto sería uno de los principales criadores en Inglaterra.
    Preguntó, haciendo su mejor intento por sonar despreocupado:
    – ¿Dónde estás interesado en comprar?
    – Bien, cerca de aquí, por supuesto.
    James casi gritó de alegría. Se permitió respirar otra vez. Ofreció a su hermano una sonrisa gorda.
    – No creerás esto, Jase, pero el viejo señor Hoverton… ¿recuerdas que lo llamábamos el Viejo Calamar, porque siempre tenía una mano para atraparte sin importar cuántas pequeñas alimañas ladronas hubiese en su huerto de manzanas? Bueno, él murió. Recuerdas a su hijo, Thomas, ¿verdad? ¿Qué él y su padre estaban discutiendo constantemente por el dinero que el señor gastaba?
    – Sí, lo recuerdo. También recuerdo querer arrojar a Thomas en una zanja. Qué tonto era.
    – Sigue siendo un tonto. Ha querido vender desde el instante en que terminó el funeral de su padre. No ha habido compradores porque Thomas está pidiendo demasiado, probablemente porque debe una inmensa cantidad a sus acreedores. He oído que apuesta en cada casa de juegos en Londres.
    Jason asintió.
    – Afortunadamente, el señor Hoverton gastó mucho dinero para modernizar los establos, los corrales y los compartimientos.
    James dijo:
    – La casa probablemente está llena de moho en sus cimientos pero, ¿a quién le importa?
    – Bueno, a una esposa podría importarle, pero como no estás casado, no importa. En lo que estás interesado es en la condición de los establos y los compartimientos, la salud de la tierra en sí, y los bosques de haya y pino. No estoy seguro del número de hectáreas, pero se me ocurre que son cuatrocientas. Preguntaremos.
    Jason no podía contener su entusiasmo.
    – Qué buena suerte, sí. Bendito el buen Señor por permitir que semejantes sinvergüenzas como Thomas aparezcan ocasionalmente. Vamos ahora, James, vayamos a verlo.

    Treinta minutos más tarde, los gemelos llevaron a Bad Boy y Dodger por el sendero que conducía a Lyon’s gate, alguna vez una de las principales caballerizas en el sur de Inglaterra.
    Jason dijo:
    – Recuerdo que Thomas era un matón, y eso siempre ha sido un disfraz para la debilidad.
    – Concuerdo. Thomas debe estar desesperadamente necesitado de dinero a esta altura. Apuesto a que podrás comprar la propiedad a un excelente precio. El abogado de padre puede ocuparse de eso por ti si decides que lo quieres.
    – ¿El astuto William Bibber?
    – Sí, el viejo astuto Willy sigue haciendo su magia. Padre dice que es como Hollis, probablemente llevará muerto seis meses antes de dejar de trabajar. Ahora, Thomas inmediatamente vendió todos los caballos. No me sorprendería que haya vendido todos los muebles de la casa, y todos los aperos también. Sus acreedores probablemente lo hicieron vender la platería. Pero mira los establos, Jason, se ven sólidos aun desde aquí… un poco de pintura, algunos caballos, equipo nuevo, unos excelentes mozos de cuadra, buen cuidado y administración, y…
    James se calló. No quería exagerar. Su sangre estaba corriendo por sus venas. Rezaba con fuerzas.
    Jason dijo, mirando alrededor:
    – No se ve nada mal, ¿verdad? Tomando en cuenta que ha estado aquí abandonado durante, ¿cuánto? ¿Más de un año, dijiste?
    – Casi dos años ya.
    – Thomas es efectivamente perezoso y estoy agradecido por eso -dijo Jason con una voz tan llena de emoción que James quería cantar.
    Jason detuvo a Dodger frente a la sencilla casa Georgiana de ladrillos rojos, con hiedra colgando en grupos, arbustos muertos rodeándola, el vidrio de las ventanas rotas desparramado sobre el suelo estéril.
    – Puedo ver a madre frotándose las manos, imaginando cómo se verá todo cuando haya terminado, dando órdenes a una docena de jardineros, todos ellos tambaleándose por ahí con cubos de plantas.
    – Piensa en las flores -dijo James. -Pondrá más color cayendo en cascadas de los parterres de lo que puedas imaginar.
    Jason frotó sus propias manos.
    – Espero que haya un criado aquí para mostrarnos todo.
    – Probablemente no. Apuesto a que la puerta del frente ni siquiera está cerrada. Nosotros mismos nos mostraremos todo.
    La casa estaba sin dudas llena de moho en los cimientos. Jason dudaba que hubiera sido tocada luego de que la esposa del señor Hoverton hubiese muerto intentando dar a luz a su sexto hijo en algún momento cerca de la primera parte del siglo. Era una pena que sólo Thomas hubiese sobrevivido. La casa estaba llena de sombras y olía a humedad. Cortinas hechas jirones colgaban torcidas sobre largas ventanas sucias o rotas.
    – Los pisos se ven sólidos -dijo James.
    – Veamos qué tan mal está arriba -dijo Jason. -Después podemos visitar los establos.
    Estaba mal, más penumbras frías y húmedas, y suciedad.
    – Montones de pintura blanca deberían solucionar las cosas, Jason, ¿no lo crees?
    – Oh, aye, al menos media docena de botes de pintura blanca. Salgamos de aquí, James, es deprimente.
    James le zarandeó el hombro.
    – El precio acaba de bajar bastante.
    Había cuatro corrales diferentes, cada uno vallado con sólidas tablas de roble, algunos necesitaban reparación, todos necesitaban pintura. Pero el tamaño de los corrales era perfecto y el corral de contención daba directamente al enorme establo principal. Había un total de tres establos, todos necesitaban desesperadamente pintura también, pero hasta dos años atrás habían sido excelentes, y Jason podía ver que eran todos bastante modernos. La sala de aperos vacía era agradablemente proporcionada, con un área de buen tamaño reservada para que un jefe de mozos de cuadra trabajara cerca de los caballos. Había media docena de pequeñas habitaciones para los mozos de cuadra.
    – Me recuerda al establo principal de James Wyndham -dijo Jason.
    Había veinte compartimientos, diez a cada lado, en el gran establo principal lleno de luz, con un amplio pasillo en medio. Bellamente construido. Heno mohoso y partes de equipo estaban desparramados en el suelo. Jason se quedó allí parado, justo en el medio, aspirando grandes bocanadas de aire.
    – Si cierro los ojos puedo ver las cabezas de los caballos inclinados sobre las puertas de los compartimientos, oírlos relinchando cuando saben que está llegando la avena. Montones de casillas de cría y alumbramiento. Es perfecto.
    Jason saltó y golpeó los talones.
    En ese momento, tanto Bad Boy como Dodger soltaron fuertes relinchos.
    – ¿Qué es esto? -dijo James, y fue a zancadas hacia la entrada de puertas dobles del establo.
    Un semental grande, castaño y huesudo estaba piafando, mirando a Bad Boy y Dodger, con la cabeza echada atrás, las fosas nasales acampanadas, listo para enfrentarse a ambos.
    La voz de una muchacha exclamó:
    – ¿Quiénes son ustedes y qué diablos están haciendo aquí?

CAPÍTULO 05

    James y Jason Sherbrooke se quedaron mirando al enorme semental zaino, que parecía que masticaba clavos para el desayuno, a la muchacha sentada a horcajadas en él, vestida con pantalones, un polvoriento chaleco de cuero, una camisa blanca de mangas largas y un viejo sombrero bajo sobre su cabeza.
    – Bendito infierno -dijo James. -Es Corrie cinco años atrás, hasta la gorda trenza colgando en su espalda.
    Jason dijo lentamente, sin apartar jamás la mirada del rostro de ella:
    – Parece familiar. ¿La conozco?
    – Por supuesto que me conoce, estúpido.
    La ceja de Jason se arqueó todo un centímetro.
    Ella se quitó el sombrero. Zarcillos de cabello dorado se habían soltado de la trenza y colgaban en perezosos rizos a los lados de su rostro.
    – Sí parece conocida -dijo él nuevamente. -Oh, sí, quienquiera que sea, disculpe mis malos modales. Este es mi hermano, James Sherbrooke, lord Hammersmith.
    – Milord. -Hallie volvió a ponerse el sombrero en la cabeza pero no le dio su nombre. -Había oído que eran gemelos, idénticos en todo sentido. Pero eso no es cierto. Permítame decir, milord, que usted ciertamente parece el gemelo más aceptable. Realmente no se parece en nada a este otro. ¿Sabía que él se pavoneaba por las calles en Baltimore, sabiendo que cada mujer entre las edades de ocho y noventa y dos se detenía y se quedaba mirándolo, dejando caer abanicos, parasoles, paraguas, aun en la lluvia, para obtener su atención?
    James, disfrutando de esta inusual muchacha que estaba haciendo sentir un tonto a su gemelo, dijo sencillamente:
    – Señora, un placer. No, no sabía eso sobre mi gemelo. Hasta donde recuerdo, nunca lo he visto pavonearse. Le pediré una demostración.
    Hallie dijo:
    – Las damas se escondían en los umbrales, esperando que él pasara. Arrojaban un pañuelo, su ridículo o a su hermanita menor en su camino para obtener su atención. ¿No lo ha visto pavonearse? No me extraña, desde que huyó de casa cinco años atrás, no ha tenido la oportunidad de presenciar el pavoneo en toda su gloria. Zoquete engreído. -Cuando Jason no respondió a ese insulto, ella continuó: -Entiendo que cumplirán treinta años el año próximo. Por lo tanto le lleva más tiempo a su cerebro funcionar adecuadamente. ¿O es que su visión ya es defectuosa?
    Jason estaba más divertido que no. Estaba acostumbrado a los insultos después de vivir con Jessie Wyndham durante cinco años, así que no saltaría sobre ella. Sabía que debería reconocerla, pero simplemente no podía. Evidentemente eso era un insulto de graves proporciones para ella, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Sacudió la cabeza, todavía mirando el caballo de ella, que parecía bastante preparado para dar un mordisco a la ijada de Bad Boy.
    – Será mejor que aleje a esa bestia antes de que mi Dodger le quiebre el cogote.
    – Já, me gustaría ver eso.
    Sin embargo, ella obligó a Carlomagno a retroceder, un reacio paso por vez. Hacía falta habilidad para hacer obedecer al caballo. Jason le dio crédito en silencio por eso. ¿Quién diablos era ella? Ese cabello dorado suyo era espectacular, ciertamente debería recordar a una muchacha con cabello de ese color.
    – Pero admiro a Dodger. Es un buen corredor. ¿Alguna vez logró derrotar a Jessie Wyndham montándolo?
    Así que lo había visto correr, ¿verdad? Aunque sonaba inglesa, evidentemente había vivido en Baltimore.
    – Ningún caballo tiene posibilidad contra Dodger. En cuanto a Jessie, ese es otro asunto. Si fuese más familiar con las carreras de caballo de Baltimore, sabría que Dodger era el mejor, la mayoría de las veces.
    La boca de Hallie estaba abriéndose cuando James dijo:
    – ¿Es usted norteamericana? Pero suena como una inglesa. ¿Por qué?
    – En realidad soy inglesa. Mi familia vive aquí mitad del año y la otra mitad en Baltimore. Sin embargo, cuatro años atrás mis padres me enviaron de regreso aquí para vivir todo el año y perfeccionarme.
    – ¿Cuándo comenzará el perfeccionamiento? -dijo Jason, mirándola de la cabeza a los pies.
    – He oído decir que la inteligencia depende de quién la mire, y debo decir que no estoy viendo mucho de nada.
    – Entonces, ¿cómo podría verme pavoneándome si su vista es tan mala?
    Ella sacudió la cabeza y casi perdió su sombrero.
    – Otro patético intento de un comentario inteligente. Vivo con mis tíos en la abadía de Ravensworth. Ellos me proporcionan un maravilloso hogar cuando mis padres no están aquí.
    James dijo:
    – ¿Burke y Arielle Drummond, el conde y la condesa de Ravensworth? ¿Es usted su sobrina?
    – Sí. Mi madre era la hermana de la condesa. Murió cuando yo nací.
    Jason dijo:
    – Lo lamento.
    – Pero, ¿qué está haciendo aquí? -dijo James. -¿Aquí, en la propiedad Hoverton?
    El mentón se elevó, como si ella esperara sarcasmo, discusión, incluso una pelea. Jason no podía esperar a ver qué saldría de su boca. Ella dijo:
    – Cumpliré veintiuno en diciembre. Soy una adulta. Amo los caballos.
    Jason dijo lentamente:
    – Ahora la recuerdo. Fue mucho tiempo atrás, justo después de haber llegado a Baltimore. Era esa muchachita flacucha que siempre estaba dando vueltas por las pistas de carreras. Siempre había alguien intentando encontrarla. Jessie la trajo a casa un par de veces, pero usted se quedaba con los niños. Después no la vi más. Ah, sí, recuerdo a Jessie diciendo que usted había venido a vivir a Inglaterra. Es Hallie Carrick. Vine a casa en uno de los barcos de vapor de su padre, el Audaz Aventura. Sí, lo recuerdo. Su padre fue a Norteamérica unos quince años atrás a comprar un astillero y terminó casándose con la hija del dueño.
    – Sí, eso fue lo que sucedió. Estuve en Baltimore tres años atrás, pero creo que usted y James Wyndham estaban en Nueva York, comprando caballos.
    James pensó que ella tenía una asombrosa memoria para el paradero de su hermano, mirándola fijamente. ¿Por qué?
    – Permítame corregirlo. Mi padre y Genny, mi madrastra, dirigen la Naviera Carrick juntos ahora. Creo que Genny construyó el Audaz Aventura.
    James arqueó una ceja ante eso.
    – ¿De veras? Eso es muy admirable. Muy bien, entonces, señorita Carrick, ¿qué está haciendo aquí? Y con aquí me refiero a Lyon’s gate.
    – Eso es fácil de responder. Pretendo comprar Lyon’s gate. Prácticamente se encuentran en mi propiedad. ¿Qué están haciendo ustedes dos aquí?
    Jason recobró la atención instantáneamente. Se quedó horrorizado, incrédulo, mirando atentamente a esta absurda muchacha que tenía el cabello dorado de una princesa y de pronto se había convertido en el enemigo.
    – ¿Qué quiere decir con que pretende comprar Lyon’s gate?
    Ella echó un vistazo a James, que estaba parado con la espalda apoyada contra la puerta del establo, los brazos cruzados sobre el pecho.
    – ¿Su hermano es duro de oído?
    – No -dijo James. -Está simplemente estupefacto. Usted es una muchacha. Ni siquiera debería estar aquí sola, mucho menos vestida con ropas que muchos mozos de cuadra despreciarían.
    – Eso no tiene nada que ver con nada, y lo sabe. A diferencia de mi madrastra y mi padre, no tengo interés en la construcción naval ni llevar barcos a través del Atlántico o por el Caribe. -Se volvió hacia Jason. -Si hubiese prestado alguna atención en absoluto a esa niñita flacucha, a mí, se hubiera dado cuenta de que yo era más loca por los caballos que usted, Jason Sherbrooke. Claro, aun cinco años atrás usted era un hombre crecido con cada mujer en Baltimore detrás suyo. ¿Qué era yo, aparte de una niña quinceañera flaca como una soga que no le prestaba absolutamente ninguna atención?
    De pronto ella sonrió, mostrando unos encantadores dientes blancos y una sonrisa tan hermosa que debería haber hecho estallar el sol a través de las nubes arriba.
    – Sí, era tímida, y más delgada que un cristal. Dígame, ¿logró Lucinda Frothingale, que nunca ha sido ninguna de esas cosas en toda su vida, meterlo en su cama? ¿Horace intentó morderlo?
    – ¿Le molestaría decirme qué sabe de Lucinda Frothingale?
    – Recibo cartas de mis hermanos y mis padres. De vez en cuando Genny me cuenta qué damas lograron engancharlo, aunque sea por un rato, ya que usted es inconstante. ¿Bien? ¿Logró Lucinda finalmente ponerle un gancho en la boca?
    Ella le arrojó otra sonrisa insolente, y con esa sonrisa, de pronto él vio el rostro de su padre. Descartó sus palabras. Era difícil saber si ella tenía la asombrosa belleza masculina de Alec, pero pásenle un vestido por la cabeza, lávenle la cara, y apostaba a que sería despampanante, una dama que detendría a la población masculina de Londres en sus pasos colectivos.
    Hallie dijo, con abundante decepción en su voz:
    – Supongo que no hablará de Lucinda. No sería caballeroso, aunque…
    – Será mejor que no complete ese pensamiento, señorita Carrick. Creo que puedo ver a su padre en usted ahora.
    – Gloria a Dios -dijo ella y puso los ojos en blanco. -Pero usted también podría ser sincero, señor Sherbrooke. Mi padre es el hombre más hermoso que jamás haya nacido, en mi opinión más hermoso que ustedes dos. En cuanto a mí, me di por vencida años atrás.
    James dijo, fascinado:
    – ¿Se dio por vencida con qué?
    – Con pensar que alguna vez tendría siquiera un poquito de la belleza que él tiene.
    Jason dijo:
    – Supongo que podría quitarse ese ridículo sombrero nuevamente, y entonces podríamos ver. -Ella no dijo una palabra, pero su caballo bufó. La realidad era, pensó Jason, que ella podría haber parecido una vieja bruja y no hubiese importado. Le dijo: -Yo compraré Lyon’s gate, señorita Carrick, no usted. Me parece que estaría mejor si comprara algo más cerca de su hogar. ¿Dónde está la hacienda de su padre?
    – Carrick Grange está en Northumberland. No es particularmente un buen campo para caballos.
    – Bien, entonces compre algo más cercano a Ravensworth. ¿Qué tal una propiedad en Norteamérica, cerca de Baltimore? Podría correr con Jessie Wyndham.
    – No, Lyon’s gate es para mí. Acostúmbrese a la idea, señor Sherbrooke. Es mío.
    James sintió a su hermano ponerse tenso a su lado, y como conocía a Jason tan bien como se conocía a sí mismo, y sabía que el derramamiento de sangre estaba cerca, dijo antes de que Jason pudiera saltarle encima:
    – ¿Tiene hermanastros, señorita Carrick?
    Ella asintió y bajó tanto su viejo sombrero sobre la cabeza que casi le cubría los ojos.
    – Sí, tengo tres hermanastros y una hermanastra, la más pequeña. Somos una gran familia, como el estúpido aquí podría decirle si alguna vez usara su cerebro para algo más que meter mujeres en su cama y los caballos de carrera.
    James pensó que Jason se veía listo para saltar, seguido por arrojarla a ella en el parterre muerto. Dijo en voz bastante alta:
    – ¿Entonces hay hermanastros que continuarán la tradición Carrick de naviera?
    – Usted es ciertamente entrometido, milord.
    – Está intentando evitar que yo la quite del lomo de esa bestia y que la arroje en ese bebedero, señorita Carrick.
    – Está vacía.
    – Sí, lo sé.
    – Sólo inténtelo, Jason Sherbrooke. Carlomagno aporrearía los cascos en su abdomen.
    James se aclaró la garganta.
    – Creo que iba a contarme acerca de sus hermanastros, señorita Carrick.
    – Muy bien. Adelante, protéjalo. Probablemente lo necesite. Es un poco enclenque, ¿cierto? -Ambos hombres la miraron como si fuera imbécil, lo cual tal vez era en esta instancia en particular, y Hallie cedió. -Muy bien, mi padre y madre están construyendo muy pocos navíos a vela ahora. Son todos barcos de vapor, y esa es efectivamente una cosa muy diferente. ¿Puede imaginar que lleva sólo dos semanas viajar de Baltimore a Portsmouth en un buque a vapor? Era más cerca de seis semanas cuando yo era pequeña.
    – El progreso está en todas partes -dijo James a su gemelo. -Hay luces de gas en casi todos los edificios públicos en Londres ahora.
    – Londres está atrasado. Las luces de gas están simplemente en todas partes en Baltimore, me cuenta mi padre -dijo Hallie. Como lo único que obtuvo por ese comentario fue una ceja levantada de James, continuó. -Si debe saberlo, milord, tengo un hermanastro, Dev, de sólo trece años, pero sé que será un experto constructor de barcos para cuando tenga veinte. Mi hermanastro mayor, Carson, dirigirá la compañía algún día, y mi hermanastro menor, Eric, sólo tiene diez años, pero igualmente está loco por la navegación. Mi hermana, Louisa, quiere escribir novelas. Sin embargo, tiene sólo nueve años, un poco pronto para saber si sus historias mejorarán.
    Jason dijo:
    – Conozco a sus hermanastros. Sin amigos de los niños Wyndham. Cada vez que andaba cerca, Louisa me relataba una historia. Siempre me decía que quería ser la heroína de todas sus novelas, y que habría al menos cien, ya que planeaba escribir hasta que muriera sobre su pluma a final del siglo. Me tendrá realizando actos de proezas y rescatando damas de los villanos, empezando por ella, espera, cuando crezca.
    Hallie puso los ojos en blanco.
    – Louisa no conoce a ningún villano. El pensar que mi padre permitiría que un villano se acerque a ella es tan probable como pasar una semana en Inglaterra sin lluvia.
    – Una novelista, me ha dado a entender Louisa, puede tejer villanos de hilo rojo si lo desea.
    Ella lo miró de arriba abajo.
    – Debo escribir a Louisa acerca de perder su perspectiva por una cara bonita, hombros anchos y un abdomen chato.

CAPÍTULO 06

    – Pensé que era un estúpido.
    No pasó siquiera un segundo antes de que ella dijera:
    – Eso es cierto, pero Louisa es pequeña para su edad y simplemente aún no lo reconoce.
    Jason se rió por ese rápido y limpio disparo, pensando en Jessie Wyndham.
    Hallie sintió un ardor en su propio abdomen por esa carcajada y sonrisa.
    – Soy la única en la familia que prefiere transporte de cuatro patas antes que timones y madera. Navegué toda mi vida hasta que vine a vivir el año entero a Inglaterra. Déjeme decirle, he dirigido los establos de mi tío por dos años. Es hora de que lo haga por mi cuenta, eso es lo que finalmente me dijo mi tío, ya que yo estaba cansada de bailar el vals con jóvenes sin personalidad y viejos libidinosos que querían mirar dentro de mi vestido.
    Jason dijo:
    – Já. ¿Emborrachó a su tío?
    – No hubo necesidad. Hice que sus hijos le dijeran que era el momento. No soy estúpida. Los puse de mi lado dos años atrás.
    – Debería haberlo sabido. Dado que son jóvenes e impresionables, fueron blancos fáciles. -Jason se volvió hacia su hermano. -Este es el típico comportamiento de una mujer norteamericana, James. Sí, sí, sé que usted es inglesa, pero fue criada en América la mayor parte del tiempo, y eso es lo que cuenta.
    – Eso no es cierto. Pasé mis primeros cinco años viajando por el mundo con mi padre.
    Jason la ignoró.
    – James, las muchachas norteamericanas traman, conspiran, sonríen tontamente y persuaden, todo con igual facilidad. Son un grupo que da miedo, especialmente aquellas con un mínimo de intelecto y un bolsillo lleno de monedas. En el caso de la señorita Carrick, evidentemente su padre le ha permitido meter la mano profundo en sus bolsillos. ¿Olvidé mencionar malcriadas? Otro rasgo de las mujeres norteamericanas. Con un poco de suerte, ella no estará enseñando a nuestras muchachas inglesas cómo…
    Se paralizó, el rostro de Judith tan claro en su mente que quiso golpearse la cabeza con una roca para sacarla.
    – Créame, señor Sherbrooke, sus muchachas inglesas no necesitan ninguna ayuda de mí. El modo en que pueden paralizarte en tu sitio con sólo una ceja levantada… -Se estremeció. -Tienen mucho el control, sus muchachas inglesas.
    James, que había visto la repentina palidez en el rostro de su gemelo, quería decirle que no pensara en la muchacha que lo había traicionado, que los había traicionado a todos ellos, pero sabía que no podía.
    Dijo, todo suave y tranquilo:
    – Entonces, ¿todos los caballeros en Londres la aburrieron, señorita Carrick?
    – Sí, me aburrieron terriblemente, milord. Le dije a mi tío que no tenía intención de casarme, ninguna intención de regresar a Norteamérica o de mudarme permanentemente a Carrick Grange, y ese anuncio ayudó a incitarlo a estar de acuerdo con que comprara mi propia propiedad. Naturalmente, se metiera en su estudio a escribir a mi padre, pero mi padre no interferirá.
    – Puedo ver porqué su tío se resignó -dijo Jason. -Como usted no ha logrado encontrarse un esposo y está envejeciendo, no quiere que usted se quede en Ravensworth. ¿Cuántas temporadas ha tenido? ¿Cinco? ¿Seis? Claro que si su padre está proporcionando una gran dote, no importaría si tuviera sesenta años y sin un diente en su boca. Algún tonto estaría de rodillas rogándole que lo haga el hombre más feliz del mundo.
    – No soy tan vieja como usted, señor Sherbrooke. ¿Puedo preguntarle por qué se molestó en venir a casa? Escuché que estaba contento de vivir con James y Jessie Wyndham y criar a sus hijos.
    – ¿No dijo usted que yo sólo pensaba en acostarme con mujeres y las carreras?
    – Eso también.
    Ella frunció el ceño mientras palmeaba el cogote de su caballo, manteniéndolo en calma. Carlomagno adoraba pelear o galopar con el viento, no le importaba cuál. Sabía que miraba esperanzado a los dos caballos Sherbrooke, esperando que ella lo dejara ir a patearlos dentro del cubo de forraje. Le permitió levantarse sobre en sus patas traseras, echó su enorme cabeza de lado a lado y hacer un muy buen espectáculo.
    – Ocúpese de su caballo, señorita Carrick -dijo Jason, -o los caballeros tendrán que rescatarla.
    – Como si pudiera esperar que uno de su clase me rescatara.
    Ella hizo una mueca de desdén.
    James sintió como si hubiese sido llevado de regreso en el tiempo. Estalló en risas, no pudo evitarlo. Era una mueca Corrie, una que había perfeccionado más de siete años atrás y que usaba con impecable coordinación para hacerlo enojar tanto que se ponía bizco. Se preguntó si su hermano se lo tragaría, se pondría púrpura, la bajaría de un tirón de su caballo y le daría una zurra en el trasero.
    Pero Jason simplemente le devolvió la mueca, una más potente que la de ella. ¿Había aprendido eso en Norteamérica?
    – Escúcheme, señorita Carrick -le dijo lentamente, como si hablara con el idiota de la aldea, -planeo comprar Lyon’s gate. Será mío. Márchese.
    – Eso lo veremos, ¿verdad?
    Hallie Carrick hizo dar vuelta a Carlomagno, lo dejó encabritarse y patear al aire una vez más. Sonrió mientras él planteaba un claro desafío a Bad Boy y Dodger, cuyos ojos estaban en blanco, a punto de librarse de sus ataduras.
    Jason habló con una voz grave y tranquila y ambos caballos se calmaron.
    – Espere -dijo James. -¿Dónde está quedándose? Sin dudas Ravensworth está demasiado lejos hoy para usted.
    – Estoy quedándome en la vicaría en Glenclose-on-Rowan con el reverendo Tysen Sherbrooke y su esposa. -Hizo una pose. -Bien, creo que son sus tíos.
    Jason se quedó allí parado, sacudiendo la cabeza adelante y atrás.
    – No, eso no es posible. ¿Por qué la tendrían allí? Rory me escribió desde Oxford, no más de un mes atrás, así que aunque él ya no está en casa, y no hay solteras de su edad…
    – Leo Sherbrooke se casará con una querida amiga mía, la señorita Melissa Breckenridge. La acompañaré al altar el sábado, y por eso es que estoy visitando la vicaría.
    – Hace sonar como si fuera a tener que cargarla.
    – No, en realidad Melissa es una completa idiota en lo que concierne a Leo. Probablemente estará corriendo, con las faldas en alto, para llegar a él lo más rápido que pueda. Yo la precederé, esparciendo pétalos de rosa del jardín de Mary Rose, rogando todo el tiempo que Melissa no galope encima mío para llegar a su novio. Mientras los derramo, me maravillaré por la estupidez de las muchachas que entregan toda su libertad, sin mencionar su dinero, a un hombre.
    – El dinero de sus padres -dijo Jason.
    – Jessie Wyndham seguramente le dispararía si dijera eso frente a ella. Igual que mi madrastra.
    – Eso es cierto -dijo Jason, sorprendiéndola. -Hay excepciones, aunque muy pocas.
    La ceja de James se arqueó.
    – ¿Asumo que a usted no le agrada Leo?
    Jason dijo:
    – Creo que a la señorita Carrick le gustaría servir a todos los hombres en la misma sopa, cortados en trocitos.
    Ella le ofreció una mofa considerable.
    – Trozos muy pequeñitos. Sin embargo, para ser hombre, Leo no está nada mal. No me importaría tratar con él cada día de mi vida, pero no soy yo quien tiene que casarse con él. Si sigue los pasos de su padre, al menos no se pondrá gordo o perderá los dientes, y eso es algo. Quizás hasta se ríe tanto como su padre. En general, supongo que debo admitir que si uno tuviera que ser atado con grilletes, Leo podría ser uno de los mejores del montón.
    James dijo:
    – Leo es más obstinado que su sabueso Greybeard. ¿Sabe eso su amiga?
    – No lo sé, pero imagino que es demasiado tarde ahora para decírselo. No me creería. O, si lo hiciera, sin dudas le parecería encantador.
    – Greybeard también duerme con Leo.
    – Oh, cielos, Greybeard es bastante grande.
    – Así es -dijo James. -Veo conflicto en el horizonte cercano.
    – Seguramente Leo preferirá dormir con su nueva esposa que con su viejo perro.
    – Por un tiempo, al menos -dijo Jason, el cinismo goteando de su boca.
    James dijo:
    – Entonces Leo está bien, igual que mi tío Tysen. ¿Asumo que usted también admira a su padre y a su tío?
    – Bueno, sí, supongo que debo.
    James dijo:
    – Bien, entonces, me parece que difícilmente usted pueda decir que somos una mala especie.
    – Tiene un buen punto, milord, pero el hecho es que usted podría ser un canalla y yo simplemente aún no lo sé. Pero la experiencia con su gemelo aquí sugiere que una muchacha, soltera, mejor anda con cuidado cerca de él o sufrirá las consecuencias.
    – ¿Qué consecuencias? -preguntó Jason.
    La había confundido, tanto James como Jason vieron que la había dejado sin una palabra para contraatacar. Ella abrió la boca, la cerró. Miraba a Jason como si quisiera pasarle a la bestia por encima. Finalmente logró pronunciar:
    – Según mi opinión, llamar especie a los hombres les da demasiada importancia.
    – Eso fue miserable, señorita Carrick -dijo Jason, con una potente sonrisa sarcástica en su boca. -Permítame preguntarle, ¿qué hombre la lastimó tanto que nos ha pintado a cada uno con su pincel cubierto de estiércol?
    Hallie se quedó helada sobre la montura. Jason la vio forzándose a calmarse, forzándose a recuperar el control. Era asombroso lo rápido que se había controlado otra vez. Lo que él había dicho había estado muy cerca de la verdad. Entonces, había habido un hombre que la había lastimado. ¿Le chillaría como una pescadera?
    Lo que salió de la boca de ella fue:
    – Me enteré sobre esta propiedad por su tío Tysen. Estaba contándonos acerca del Señor Calamar y cómo gastaba tanto dinero en los establos y corrales. Y Leo se metió para hablar sobre el hijo, Thomas, que era un derrochador y un matón, y cómo quería vender para cancelar a todos sus acreedores. Leo me trajo aquí ayer y supe en el momento en que vi los establos que lo quería. Él también acordó escoltarme aquí hoy, pero como es hombre, y como logró arrastrar a Melissa hoy, claramente tenía otras cosas en mente. Como Melissa intentaría bajar la luna del cielo si Leo lo deseara, pueden estar seguros de que la ha llevado a rastras a algún lugar privado en el bosque para retozar.
    – ¿Retozar? -Las cejas de Jason estaban levantadas, la mueca astuta. -Qué palabra borrosa, aguada como la sopa es esa, únicamente adecuada para mujeres a las que no les gusta hablar claro e ir al grano. -Una pausa infinitesimal, y entonces: -O que no pueden ser más claras porque no saben de qué están hablando.
    James miró de reojo a su gemelo. ¿Qué estaba pasando aquí? Bueno, habían pasado cinco años, y Jason había estado viviendo en un país extranjero. ¿Quizás los hombres en Norteamérica insultaban a las mujeres de ese modo?
    James se aclaró la garganta y llevó ambos pares de ojos hacia él.
    – La casa es un desastre. Seguramente no desea molestarse con semejante ruina llena de moho.
    – ¿A quién le importa? Son los establos, los corrales, esta hermosa sala de casillas de cría y alumbramiento lo que es importante. ¿Vio la sala de aperos? Podré trabajar allí con mi jefe de mozos de cuadra.
    Jason quería decirle que le dispararía entre los ojos antes de permitirle que comprara Lyon’s gate, pero en cambio se volvió hacia su hermano.
    – Vamos. Pretendo comprar esta propiedad inmediatamente. Usted, señorita Carrick, no tiene suerte. Buen día, señora.
    – Ya lo veremos, señor Sherbrooke -le dijo ella por encima del hombro mientras salía galopando por el camino de entrada.
    – ¿Leo se casará? No puedo imaginar a Leo casado -dijo Jason, riendo.
    – Supongo que nadie te lo mencionó en las cartas. No lo has visto en cinco años, Jase. Es tan loco por los caballos como tú, ha pasado los últimos tres años en la caballeriza Rothermere con los Hawksbury.
    – ¿Has conocido a la muchacha con quien se casará? ¿Esta Melissa que está loca por él?
    – Es bastante encantadora, de veras. Muy diferente a las muchachas habituales, podrías decir. Pero no había conocido a su amiga.
    – Aunque sea inglesa de nacimiento, actúa como una norteamericana, qué pena. Eso significa que lo que dije antes, que es descarada, presumida, que no sabe cuándo echarse atrás… Bueno, eso no tiene nada que ver.
    – Es muy hermosa.
    Jason se encogió de hombros.
    – ¿Por qué Leo no está intentando comprar esta propiedad? ¿Cuántos años tiene Leo ahora?
    – Más o menos nuestra edad, quizás un poquito más joven. En realidad, Leo tiene el ojo puesto en una caballeriza cerca de Yorkshire, cerca de Rothermere y la familia de su futura esposa. Oh, sí, todos iremos a la vicaría el sábado para la boda, pasaremos la noche allí, lo que debería ser toda una experiencia, dado que tío Ryder traerá a todos los Queridos. Estaremos apilados hasta las vigas. Oh, sí, tío Tysen casará a Leo y Melissa.
    Jason se había dado vuelta para ver a Hallie Carrick alejándose, con esa gruesa trenza suya saltando arriba y abajo contra su espalda. Montaba bien, maldita fuera. Podía ser que montara tan bien como Jessie Wyndham.
    – Me marcho a Londres en una hora. Tendré esta propiedad. Yo mismo veré a Thomas Hoverton. Estará hecho antes de que esa muchacha pueda empezar a ordenar un plan de acción.
    James se dobló de risa.
    – Esto es simplemente demasiado gracioso. Corrie no va a creerlo.
    Seguía riendo cuando los dos entraron a Northcliffe Hall, las botas de Jason aporreando al subir la escalera principal para ir a empacar y partir hacia Londres.
    Veinte minutos más tarde, cuando Jason se alejaba por el ancho camino de entrada de Northcliffe, James gritó:
    – No olvides estar en la vicaría el sábado.

CAPÍTULO 07

    Al principio Jason no la reconoció. Oyó una risa suave, adorable, y su cabeza automáticamente se volvió en su dirección. ¿Era esta la novia? No. Era Hallie Carrick.
    Habían desaparecido los viejos pantalones a la rodilla, el sombrero andrajoso, la gruesa y sucia trenza, las botas tan polvorientas como su rostro. En su lugar había un vestido lavanda pálido, con grandes mangas infladas, un escote que podría ser más modesto, y una cintura del tamaño de un picaporte. Ballenas muy bien tensadas, imaginó, pero lo que estaba mirándole ahora era el cabello. Era dorado, ningún otro modo de describir el color, el mismo color exacto que el de su padre, tan brillante como el vestido de satén que llevaba su tía Mary Rose, tejido en una trenza gruesa e intrincada en la coronilla de su cabeza con mechoncitos y rizos colgando artísticamente alrededor de sus orejas. Pequeños aretes de diamantes chispeaban entre esa miríada de mechones, chispeaban igual que su risa.
    Jason hizo una sonrisa fácil, muy masculina. Era una muchacha, pese a sus alardeos y presunción. ¿Por qué no admirarla, ya que Lyon’s gate ahora era suyo? Podía permitirse ser gentil. Había ganado. Su posesión jamás había estado en duda, aunque Thomas Hoverton no había estado en Londres cuando Jason había llegado allí. Le había llevado sólo una hora localizar al abogado Hoverton, Arlo Clark de la calle Burksted 29, que casi había estallado en lágrimas y caído de cabeza cuando se había dado cuenta de que Jason estaba allí para hacer realmente una oferta por la propiedad Hoverton. El señor Clark tenía los papeles allí mismo en un cajón, donde se habían llenado de moho durante casi dos años. La oferta era más que generosa, aunque Jason se dio cuenta de que el abogado nunca admitiría eso. Uno tenía que jugar el juego. El juego había terminado enseguida, y Jason había firmado su nombre con un floreo y una sensación de profundo placer. El señor Clark había firmado luego en el lugar de Thomas Hoverton, ya que era su representante legal.
    Sí, el señor Clark conocía al astuto Willy Bibber, el abogado de Sherbrooke, y ellos se ocuparían de la transferencia de los fondos. Todo estaba perfectamente. Jason podía tomar posesión de Lyon’s gate en cuanto quisiera.
    Sí, Jason podía ser cortés con este paquete norteamericano con su acento inglés y su sangre inglesa. Ahora incluso podía apreciar sus vírgenes ojos azules, su cabello dorado que seguramente pertenecía a una princesa de cuento de hadas -una imagen que no encajaba con la personalidad de ella para nada- y una figura para hacer gimotear a cualquier hombre. Y esa risa suya, demasiado libre, demasiado fácil, demasiado norteamericana, sonaba como si no tuviera una preocupación en el mundo. Bueno, la tendría en breve cuando se diera cuenta de que había perdido ante él.
    Jason había llegado no más de diez minutos antes de la ceremonia y se había visto instantáneamente rodeado por su enorme familia. Por hoy al menos, no habría tensión girando en el aire porque él no era el foco de la atención de todos, gracias a Dios. Nadie le preguntaría cómo se estaba sintiendo o si ya había superado la traición que casi había destruido a su familia. Su tío Ryder, con un niño sentado en cada pierna y otro a cada lado, hizo que todos se apretaran para que Jason pudiera entrar en el mismo banco. Su tía Sophie estaba sentada entre dos niños mayores, Grayson a continuación, con dos pequeños en sus piernas. Grayson, un narrador nato, era el único hijo biológico de tío Ryder y tía Sophie, alto y con la apariencia Sherbrooke, y ojos tan azules como un claro cielo de verano.
    Los padres de Jason, Hollis, James, Corrie y los gemelos, moviéndose nerviosos, bostezando y farfullando en charla de gemelos, estaban en el banco frente a él. Jason vio que cada adulto era responsable de un niño, incluyendo a su abuela, que no miraba con ceño al pequeño ser humano sentado silenciosamente a su lado, seguramente un regalo especial de Dios. Vio a su tía Melissande, de cincuenta años ahora, sentada dos filas más adelante. Seguía siendo tan hermosa que hacía parar en seco a hombres jóvenes. Parecía más hermana suya y de James que la hermana mayor de su madre. Tío Tony, su esposo, estaba sentado a su lado, con un brazo apoyado en el banco detrás de ella y sus dedos jugando con un mechón de su hermoso cabello negro.
    La iglesia estaba llena hasta desbordar porque todos los parientes del novio habían venido a Glenclose-on-Rowan para la boda. Los únicos parientes que faltaban eran tía Sinjun y tío Colin de Escocia, y Meggie y Thomas de Irlanda. Jason se ubicó en el banco junto a un niño de cuatro años que, tío Ryder le susurró por encima de la cabeza del niño, se llamaba Harvey. Se veía demasiado viejo para su edad, y se veía asustado, pero eso cambiaría ahora que estaba con Ryder. Era un pequeñito muy afortunado. Con el tiempo olvidaría todas las cosas malas que le habían sucedido. Harvey tenía ojos grandes y muy oscuros, casi tan negros como los de Douglas Sherbrooke, y cabello castaño oscuro, lacio y brillante. Sus pómulos aún eran demasiado marcados, su cuerpo demasiado delgado, pero eso también cambiaría.
    Cuando la señorita Hallie Carrick se deslizó por el pasillo para apoyar a la señorita Breckenridge, esparciendo pétalos de rosa del jardín de Mary Rose, él atrapó su mirada y le ofreció un alegre saludito. ¿Había una sonrisa sarcástica de triunfo en su boca? No, seguramente era demasiado educada como para permitir que cualquier tipo de regodeo apareciera.
    Evidentemente ella no consideró su saludo y la sonrisa de regocijo porque lo gracioso fue que se vio momentáneamente sorprendida, y casi dejó caer el adorable ramo de flores que llevaba. Jason hubiese jurado que ella hizo una risita cuando tuvo que hacer un pasito rápido para agarrar las pequeñas rosas atadas con cintas. Entonces le devolvió la sonrisa y el saludito.
    Harvey lo codeó en las costillas.
    – ¿Quién es ese ángel que ‘stá deslizándose pod el pasillo, adojando pétalos de dosa y midándolo?
    – Esa es la señorita Carrick, la dama de honor de la señorita Breckenridge, la novia -dijo Jason. -Está arrojando los pétalos de rosa, en vez de esparcirlos con elegancia, ¿cierto?
    – Señod -dijo Harvey, su voz fuerte y más clara que el agua por encima de la música del órgano, -podía adojadlas de un balde sobe mi cabeza. ¿No es más bunita que’l sol billando en un chadco de agua limpia en el callejón de Watt? Quiedo casadme con el ángel cuando quezca.
    – No, no querrás, Harvey. Créeme. Ella no es ningún ángel. Te comería las orejas en el desayuno. -Tomó la mano del niñito y lo acercó más. Hubo sonrisas y algunas carcajadas siguiendo el anuncio de Harvey. Harvey abrió su boca pero Jason, bien entrenado con los niños Wyndham, dijo rápidamente: -Quiero que cuenten los pelos que puedes en mi brazo hasta que los tengas todos.
    – No se ven muchos -dijo Harvey, -y eso es bueno podque sólo puedo contad hasta cuato.
    Eso estaba mal, pensó Jason. Alice Wyndham, de cuatro años, podía contar hasta cincuenta y uno. Al menos Harvey contaba con gran precisión. Eso lo mantuvo en silencio durante aproximadamente veinte segundos. Jason miró por el banco a su tío Ryder, que acababa de besar la cabeza de un niño. Estaba asintiendo hacia Jason, sonriendo. Desde que su tío Ryder había sido un hombre muy joven de veinte años, había estado acogiendo niños abandonados o rescatándolos de padres borrachos o amos sádicos. Había sido su tía Sinjun quien había comenzado a llamarlos los Queridos.
    Jason levantó al inquieto Harvey sobre su pierna izquierda, y por suerte pronto sintió el pequeño cuerpo caer contra su pecho. Jason se las arregló en su mayor parte para mantener la mirada sobre su primo Leo Sherbrooke, mientras estaba alto y orgulloso frente a una muchacha con un pesado velo que era, evidentemente, Melissa Breckenridge. Ella no saltó encima de Leo, al menos hasta que su nuevo suegro, el reverendo Tysen Sherbrooke, le dijo con una maravillosa sonrisa en su rostro que la novia podía besar al novio.
    En la recepción que siguió a la ceremonia, los invitados desbordaban la vicaría hasta los encantadores jardines de la vicaría. Se oyó que el reverendo Sherbrooke bendecía a Dios por otorgar este magnífico día soleado una buena docena de veces. Después de tres brindis del excelente champagne provisto por el conde de Northcliffe, Tysen se aclaró la garganta para atraer la atención de todos. Desafortunadamente, en ese momento en particular, uno de los niños gritó “¡Tengo que ir detrás de ese arbusto!”, lo que hizo que todos se disolvieran en risas. Tysen lo intentó otra vez.
    – Mi esposa me ha informado que para evitar que todos estemos como una cuba, hace falta comer y bailar. La condesa de Northcliffe ha consentido a tocar si todos los jóvenes ayudan a abrir espacio en la salita.
    En cuatro minutos, Alexandra había comenzado a tocar un vals cadencioso con Leo llevando a su novia al centro de la pista. Jason se dio vuelta al escuchar un suspiro. Vio a su tío Tysen mirando fijamente a Leo, sacudiendo la cabeza con perplejidad, probablemente porque su hijo ahora estaba realmente casado. Tenía un brazo alrededor de los hombros de Rory, ya de diecinueve años, estudiante en Oxford, un hombre casi adulto. Tantos cambios, pensó Jason, todos los primos casándose, produciendo la siguiente generación.
    Vio a su hermano conducir a Corrie hacia la pista, los gemelos en brazos de su abuelo, saludando como loco a sus padres. Su primo Max, el hijo mayor de tío Tysen, ofreció su mano a una joven que Jason no había visto antes. Bajó la mirada para ver a Harvey tirando de la pierna de su pantalón.
    – Quiedo bailad con el ángel.
    – No puedes. El ángel está bailando con mi primo Grayson, que probablemente está contándole una historia de fantasmas. ¿Por qué no le mostramos tú y yo cómo bailar bien el vals a este grupo?
    Jason levantó a Harvey en sus brazos y empezó a valsear con él alrededor del perímetro de la sala con grandes pasos abiertos. Uno de los gemelos gritó:
    – ¡Tío Jason, quiero bailar el vals contigo!
    Jason se rió y le respondió:
    – Baila con tu abuelo.
    Por el rabillo del ojo vio a su padre, con un gemelo en cada brazo, balanceándose con el vals, moviéndose alrededor de la habitación, a menos de un metro detrás de Jason y Harvey. La risa fluía tan libremente como el champagne. Los adultos y los niños valseaban. En general, era una buena tarde, la familia de Melissa mezclándose bien con todos los Sherbrooke.

    Una hora más tarde, Jason estaba sentado en una hamaca en los jardines de la vicaría, su pie derecho empujando perezosamente de vez en cuando para mantener la hamaca en movimiento en un agradable desliz fluido. Harvey, totalmente satisfecho, exhausto por todo el baile, estaba repantigado en su regazo, con la cabeza contra el pecho de Jason. Una voz femenina le dijo en voz baja desde atrás:
    – No espero que me felicite, pero supongo que como tenía la delantera en nuestra competición, debería decirle que probablemente usted corrió una buena carrera. Sin embargo, a decir verdad, no sé qué hizo. Podría haberse simplemente sentado en una zanja y darse por vencido, por lo que sé. Además, no me pidió bailar el vals. Creo que cada uno de los hombres en la boda me pidió bailar el vals. Todos excepto usted. Seguramente eso no definiría a un gentil perdedor, y tenía grandes expectativas de usted luego de esa sonrisa y el saludito en la ceremonia.
    Jason, que no quería molestar a Harvey, no se dio vuelta, y dijo hacia el cementerio más allá de la pared del fondo del jardín:
    – Siempre hago una buena carrera, señorita Carrick. Generalmente gano, excepto cuando es contra Jessie Wyndham. No dejaba de alentarla a comer para que ganara peso, pero nunca sucedió. Ella se reía de mí.
    La propia Hallie se rió, caminó alrededor de la hamaca y se quedó allí parada, mirando al hermoso hombre que sostenía a un niñito derretido con la boca manchada de chocolate.
    Le dijo:
    – Vi a Jessie correr desde que tengo memoria. Es una asesina, Jessie. -Se quedó callada, frunció el ceño al mirar a Harvey dormido. -Es demasiado delgado.
    – Sí, un poquito. Eso cambiará. Mi tío Ryder lo compró dos meses atrás al dueño de una fábrica en Manchester. Estaba trabajando catorce horas por día, arreglando máquinas que anudaban hilo.
    – Oí a los padres de Melissa hablar sobre su tío Ryder y todos los niños que ha acogido a través de los años. No podían terminar de comprenderlo.
    – ¿Y usted, señorita Carrick? ¿Qué piensa usted de los Queridos?
    – Ese es un encantador nombre para ellos. En realidad, nunca he visto una magia tal como la que su tío tiene con los niños, excepto quizás por usted. Todos quieren arrastrarse encima de él. Es asombroso. ¿Vio a todos los parientes de Melissa valseando con los niños? No creo que el padre de Mellie haya bailado en treinta años, sin embargo estaba cargando a una niñita de no más de siete. Tantas risas hoy. Bastante asombroso, en realidad. Uno no vería eso en Londres, quizás ni siquiera en Baltimore. Serían todos adultos intentando actuar altivos y observando las joyas de los demás. ¿A cuántos niños ha acogido?
    – No lo sé. Tendrá que preguntarle a él o a mi tía Sophie. Generalmente hay más o menos quince niños en la residencia en cualquier momento.
    – Creo que es un hombre muy bueno. Él ve y actúa. No mucha gente lo hace.
    – No, no muchos hacen. Entonces, tenemos otro hombre al cual debe aprobar. La lista está creciendo, señorita Carrick.
    Ella luchó un momento, se quedó callada y estiró la mano para dar un empujón a la hamaca. Harvey roncó en su sueño.
    – Nuevamente la he dejado muda.
    – ¿No va a felicitarme, señor Sherbrooke?
    – ¿Por acompañar a su amiga al altar? Harvey aquí estaba ciertamente impresionado con usted.
    – Casi dejé caer el ramo. -Ella se inclinó, sacó un pañuelo de un bolsillo en su vestido que él no podría haber encontrado aunque hubiese estado buscándolo, y, al igual que Jessie, escupió el pañuelo y limpió eficientemente el rostro de Harvey. Lo vio mirándola fijamente y sólo dijo: -Yo misma crié a cuatro niños. ¿Vio a Melissa agarrar a Leo al final del oficio? Pensé que el reverendo Sherbrooke se reiría en voz alta.
    Los jardines de la vicaría olían a madreselva y rosas a finales de la tarde, o quizás era el olor único de ella, Jason no estaba seguro. Le dijo:
    – Recuerdo cuando era muy pequeño, tío Tysen rara vez reía, especialmente cuando daba un sermón. Su vida estaba dedicada a Dios, un Dios que evidentemente sólo estaba interesado en oír sobre interminables pecados y evitar transgresiones, siempre imposible. Este Dios de tío Tysen no creía en las risas o en los placeres diarios. Luego él conoció a Mary Rose. Ella trajo el amor y el perdón de Dios a su vida y a su iglesia. Trajo risas, paz y una infinita alegría. -Se quedó callado un momento, sintió su voz profundizarse al decir: -No me di cuenta de cuánto había extrañado a mi familia hasta hoy, cuando estaban todos a mi alrededor. Y mi tía Melissande, que siempre me palmeaba el rostro y me llamaba su espejo. Esta vez no lo hizo, me abrazó hasta que mi tío Tony finalmente la apartó. Había lágrimas en sus ojos.
    ¿Por qué le había dicho todo eso a ella? Después de todo, la había derrotado. En breve Hallie querría meterle un cuchillo entre las costillas. Harvey roncó nuevamente, dormido. Jason automáticamente lo agarró más fuerte, lo meció.
    – Lo que dijo sobre su tío Tysen… fue bastante elocuente.
    Él ignoró eso, sintiéndose un poco tonto por hablarle sobre eso a ella.
    – ¿Por qué debería felicitarla, señorita Carrick?
    Ella había olvidado su victoria, su absoluto triunfo, pero sólo por un momento. Le sonrió.
    – Porque, naturalmente, soy la nueva dueña de Lyon’s gate.
    Jason dejó de hamacarse. Levantó la mirada hacia un rostro que podría haber dado una terrible competencia a Helena de Troya.
    – No -dijo él con calma, preguntándose cuál era su juego, -yo soy dueño de Lyon’s gate. Si quisiera verlo, para asegurarse de que no estoy mintiendo, puedo mostrarle la escritura. La tengo en mi bolsillo.
    Eso la detuvo en seco.
    – ¿Por qué está diciendo eso? No es posible, señor Sherbrooke. Tengo la escritura en mi ridículo, que está arriba, en mi dormitorio. Su broma no es graciosa, señor.
    – No, yo no hago bromas sobre algo tan importante para mí como Lyon’s gate, señorita Carrick. Fui a Londres, me encontré con el abogado de Thomas Hoverton, y compré la propiedad.
    – Ah, eso está aclarado entonces. -Ella se veía lista para bailar y arrojar más pétalos de rosa, la luz de victoria nuevamente en sus ojos. -No porque alguna vez hubiera estado en duda.
    Su sonrisa creció. Jason la miró con el ceño fruncido.
    – ¿De qué está hablando? ¿Qué ha hecho?
    – Sabía dónde se encontraba Thomas… está quedándose con su tía Mildred en Upper Dallenby, a sólo treinta kilómetros de aquí. Fui allá, y él y yo logramos un acuerdo. Lyon’s gate es mío.
    Ahora, ¿no era eso una patada en el trasero?, era lo único que Jason podía pensar.

CAPÍTULO 08

    Era pasada la medianoche. Hacía rato que Leo y Melissa se habían ido de luna de miel, pasarían su primera noche de dicha matrimonial en Eastbourne, y luego se marchaban a Calais con la marea de la mañana en el paquebote de Alec Carrick, HiHo Columbus, nombrado así por Dev cuando había tenido cinco años.
    Los Sherbrooke y la señorita Hallie Carrick estaban sentados en la salita. Jason sabía que cada uno de ellos golpearía a Hallie Carrick en la cabeza con gusto, tal vez enterrarla en el jardín, para que él, su amado pródigo devuelto, tuviera Lyon’s gate. Quedaba cerca de Northcliffe Hall, lo que significaba que él estaría cerca. Serían una familia otra vez, en cuanto se deshicieran de esta advenediza inglesa-americana que había tenido el descaro de interferir con su dinero para robar lo que su adorado hijo quería para él. Pero todos eran amables, solícitos, su madre incluso llegando a servir leche, no arsénico, en el té de la señorita Carrick, lo cual sin dudas hubiese preferido.
    De pronto Hallie dijo, rompiendo el espeso silencio:
    – Escuchen, todos ustedes. Compré la propiedad al mismo Thomas Hoverton, no a su abogado. Me parece muy claro que soy la nueva dueña de Lyon’s gate.
    Jason dijo:
    – El señor Clark es el representante legal de Thomas Hoverton. El señor Clark me mostró el documento que le daba el poder para realizar cualquier negocio de Thomas Hoverton, con la firma de ambos en él. Es su derecho actuar en nombre de Thomas Hoverton, y lo hizo. Compré la propiedad antes que usted, señorita Carrick. La escritura está, no sólo debidamente firmada, está fechada, hasta la hora del día en que nuestras firmas fueron fijadas al boleto de venta.
    Hallie miraba todos esos rostros perfectamente simpáticos, sabiendo muy bien que les gustaría que ella desapareciera, quizás mediante violencia, dado el rojo llameante del cabello de la madre de Jason.
    – Thomas es el dueño -dijo ella. -Nadie más. Un abogado, a final de cuentas, sigue siendo sólo un abogado.
    Douglas se puso de pie y sonrió al grupo.
    – Esto no nos llevará a ninguna parte. Sugiero que viajemos a Londres mañana. Señorita Carrick, puede quedarse con nosotros en Putnam Square, ya que no sería adecuado que usted abriera las casas de la ciudad de su padre o de sus tíos.
    – Me quedaré con los padres de Melissa -dijo ella.
    James dijo:
    – Están viajando directamente de regreso a Yorkshire mañana.
    Douglas continuó:
    – Nos reuniremos todos en lo del abogado, y las mentes legales nos ayudarán a solucionar esto. Ahora, es hora de acostarse. Yo, para empezar, sigo nadando en demasiado champagne.
    Como era el patriarca quien había hablado, todos se pusieron obedientemente de pie.

    Como James había dicho, la vicaría estaba llena hasta las vigas del tercer piso. Jason y otros seis jóvenes, incluyendo al dueño del dormitorio, Max, el hijo mayor de tío Tysen, dormían alineados como troncos sobre gruesas pilas de mantas, recolectadas de los feligreses de tío Tysen.
    Excepto Jason. Él no podía dormir. Todos sus planes, toda la magnífica ejecución de sus planes, ¿qué pasaría ahora? Odiaba la incertidumbre. Escuchando los ronquidos, los gruñidos y quejidos de todos sus primos, se preguntó cómo las esposas podían dormir alguna vez, con todo el ruido que hacían los hombres; se puso una bata que su primo Grayson le había prestado y salió de la vicaría. Caminó por los jardines empapados en luz de luna, deteniéndose junto a una densa parra de madreselva retorcida para aspirar su aroma nocturno.
    – ¿Sabía que las mujeres roncan?
    Jason casi saltó con sus pies descalzos. Se dio vuelta rápidamente, pisó una ramita puntiaguda, y empezó a bailar sobre un pie.
    La bruja se rió.
    – Los ronquidos de las mujeres no son tan ensordecedores como los de los hombres -dijo él, frotándose el pie. -Sólo pequeños sonidos maullantes, delicados ronquiditos y silbidos.
    – Supongo que usted lo sabría, con todas las mujeres con quienes ha puesto a dormir a través de los años.
    Él levantó una ceja ante eso.
    – ¿Es por eso que está levantada, señorita Carrick? ¿No podía dormir con todos los gruñiditos y quejidos?
    – Era casi como si estuviera allí acostada escuchando alguna especie de extraño cuarteto de cuerdas. Un resuello aquí, un fuerte suspiro al otro lado de la habitación, un estruendo más profundo al lado de mi codo izquierdo.
    – ¿Y no podía unirse a la orquesta?
    – Estaba allí acostada, preguntándome qué vamos a hacer con todo este lío. No porque tenga alguna duda del resultado correcto, naturalmente, sino cómo llegar ahí, el abrirme camino a través de su familia muy rica y poderosa, a quienes les gustaría enviarme a China. En un barril. Lleno de arenque.
    – ¿Abrirse camino? ¿Cree que mi familia sería deshonesta? Le aseguro, señorita Carrick, que no hay razones para serlo ya que yo tengo el derecho. Thomas Hoverton es un derrochador, un derrochador de miras estrechas, mujeriego y jugador, y por eso es que su abogado tiene el poder para tomar decisiones financieras por él. El propio Thomas lo promovió para mantenerse apartado de sus acreedores, a quienes probablemente les gustaría sacarle las entrañas por la nariz. Además, usted no es una pobrecita abandonada. Hablando de una familia poderosa; su tío, Burke Drummond, el conde de Ravensworth, sí que es un hombre muy poderoso. En cuanto a su padre, es el barón Sherard. Contáctelos, señorita Carrick. Hasta que su padre llegue, su tío puede representar sus intereses, él y su abogado. Deje de lloriquear. En realidad, mis padres evaluarían seriamente China o quizás Rusia. Algún lugar remoto.
    Hallie suspiró.
    – Sí, todo eso es verdad. Pero llevará días que tío Burke llegue a Londres. ¿Realmente estaba lloriqueando?
    – Sí.
    – Bueno, eso no es muy atractivo, ¿cierto? No, no se atreva a decir que es lo que todas las muchachas norteamericanas hacen o lo empujaré contra esos rosales.
    – Muy bien, no lo diré. El hecho es que estoy encantado con la imagen de usted saliendo de un barril de arenque después de seis semanas o más en el mar, en un camino surcado que la llevará a Moscú en seis meses.
    – ¿Arenque inglés o norteamericano?
    Jason quiso reír, pero no lo hizo.
    – El arenque inglés es más salado en mi experiencia. No porque no me agrade un olorcillo a sal, naturalmente.
    – Está inventando eso. -Ella se quedó callada un momento y luego dijo: -El hecho es que me gusta más ser norteamericana que inglesa. Tengo una perspectiva diferente en muchas cosas. Ya sabe, la forma en que veo a las personas, el modo en que respondo a las situaciones.
    – Eso debe significar que todavía no es una esnob insufrible aún.
    – ¿Es así como ve a las muchachas inglesas, señor Sherbrooke? ¿Cómo esnobs?
    – No, para nada. Usted tiene razón acerca de las muchachas americanas… es más probable que pateen a un hombre en la espinilla si él las ofende en vez de gimotear tras una palmera en maceta en un rincón.
    – ¿Está hablando por experiencia?
    – Sí, por supuesto. He visto ambas. En cuanto a mí, preferiría intentar con la espinilla.
    – Nada de intentos. Yo lo haría, rápido y duro.
    – Supongo que podría intentarlo. Un caballero está en desventaja, por supuesto, porque no puede devolver la patada. Tiene una boca mordaz, señorita Carrick. También tiene un costado cruel, si no estoy errado… sobre las féminas de la especie, rara vez estoy equivocado.
    Excepto una vez, pensó él, sintiendo ese detestable dolor familiar atravesándolo. Una vez había sido tan condenadamente ciego… No, no pensaría en eso. Había pasado mucho tiempo atrás. Estaba en casa otra vez, y sabía, sabía totalmente que nadie lo culpaba. Nunca dejaba de asombrarlo y humillarlo. Se preguntó si alguna vez dejaría de culparse a sí mismo y supo que no.
    Volvió a mirar a Hallie, preguntándose cómo se vería con ese maravilloso cabello suyo suelto alrededor de los hombros, en vez de en una gruesa trenza. Si no estaba errado, y creía que no, pensaba que se veía herida. ¿Herida por qué? ¿Por lo que él había dicho? No, imposible, no esta tigresa, este paquete cuya boca tendría que ser tapada para mantenerla callada.
    – Tal vez la haría sentir mejor conmigo si supiera que nunca tuve a una muchacha intentando patearme en la espinilla o sollozar detrás de una palmera en maceta.
    – Eso es porque todas las mujeres en los alrededores están flotando encima tuyo -dijo ella bastante calmada. -Basta de elogios, o se volverá aun más vanidoso de lo que ya es. Escúcheme. Estoy preocupada, lo admito. Quiero decir, sé que como Thomas Hoverton me vendió su propiedad soy la verdadera dueña, pero este asunto del abogado, bueno…
    – Como dije, señorita Carrick, hay muchas propiedades para que usted compre. Esta es la única cerca de mi hogar. -Él odiaba dar vueltas a los problemas cuando podía ver que cada lado tenía algo de derecho a intentarlo. En cambio dijo: -¿Sabía que su nombre casi rima con el de mi cuñada?
    – Corrie. Hallie. Sí, es parecido, viendo los nombres. Ella es muy inteligente.
    – ¿Por qué cree que Corrie es muy inteligente?
    – Es evidente. Oh, ya veo, como hombre usted no notaría un cerebro femenino aunque le guiñara un ojo desde su sopa. Ella se lleva bien con su esposo.
    – Sí, ella mataría por James.
    – Como Melissa mataría por Leo.
    – Evidentemente.
    – Sus pies están descalzos, señor Sherbrooke. Y esa bata que lleva es muy vieja y estropeada.
    – Pertenece a mi primo Grayson. Olvidé empacar. Llegué a casa justo a tiempo para cambiar de ropa y venir galopando aquí. Usted se ve como un postre batido, señorita Carrick, toda suave, esponjosa y aterciopelada.
    – Sí, bueno, fue un regalo de mi tía Arielle cuando pensó que iba a casarme…
    Ella golpeó las manos sobre su boca, se veía horrorizada de que esas palabras hubiesen salido directo de su boca. Dio un paso atrás, se aferró a la bata larga y suelta de seda durazno y la cerró con tanta fuerza sobre sus pechos que bajo esa encantadora luz de luna, Jason pudo ver a través su adorable piel blanca.
    Hallie supo que él iba a arruinarla: acababa de escapársele una poderosa munición, pero “hmm,” fue lo único que él dijo, nada más. Ella retrocedió tres pasos más hasta que su espalda golpeó contra un rosal trepador. Una espina debía haberla pinchado, porque dio un salto y se apartó.
    Entonces Jason vio que ella simplemente no podía soportarlo.
    – Oh, adelante, búrlese de mí, sé que quiere hacerlo.
    – En realidad, no. Mi padre hablará con los padres de Melissa, ya que ellos están a cargo de usted.
    – No están a cargo de mí, maldito sea.
    – Muy bien, pero usted es su invitada, ¿o no?
    – Sí, supongo. Iba a partir a Ravensworth mañana en cualquier caso. Pero ahora no.
    – No, ahora no. Tendrá que regresar a Northcliffe Hall con nosotros mañana -dijo él. -Luego iremos a Londres todos juntos. Mi padre enviará un mensajero a su tío.
    – Sí, está bien. Quiero que esto se resuelva rápidamente. Quiero mudarme a mi nueva propiedad.
    – ¿Supongo que no planea vivir en Lyon’s gate sola? Es una joven dama… bueno, supongo que es bastante joven.
    – En realidad no lo había pensado -dijo ella lentamente. -Todo esto ha sucedido tan rápidamente. Debe haber algún pariente de sobra por ahí que pueda venir a Lyon’s gate a vivir conmigo. Seguramente mi tía Arielle conoce a alguien.
    – ¿Qué hay de mi abuela?
    – No la he conocido, ¿pero no es terriblemente vieja?
    – No tiene más de ochenta. Se negaría, en cualquier caso. No le gustan las damas, excepto mi tía Melissande. Estaba bromeando con usted. Sin embargo, encontrar una chaperona no será un problema, ya que no se mudará a Lyon’s gate.
    – Desearía que se diera por vencido, señor Sherbrooke. Compré la propiedad al verdadero dueño. Está hecho.
    – Tengo la sensación de que Thomas preferirá la venta realizada por su abogado.
    – ¿Por qué?
    – Porque el dinero que va al señor Clark podría estar un poco más seguramente oculto de los acreedores que si fuera directamente a Thomas Hoverton. Hmm, me pregunto qué tendrá para decir Thomas si eso es cierto.
    – No, eso no puede ser. Usted inventó eso. El dinero va a Thomas en cualquier caso.
    – Lo veremos, ¿verdad? Vaya a la cama, señorita Carrick. -Se impuso sobre ella. -Jessie Wyndham es más alta que usted.
    – Esas cosas suceden. Tal vez James Wyndham es más alto que usted. Crecemos mucho en Norteamérica.
    Jason le sonrió.
    – Es mejor de este modo, señorita Carrick. Lyon’s gate es una magnífica propiedad, su potencial puede ser alcanzado sólo por un hombre fuerte que tenga una visión. Yo soy ese hombre, señorita Carrick.
    – Su pie está sangrando, señor Sherbrooke. Derribado por una ramita. Sí que es un hombre fuerte.
    Jason estiró la mano y tocó apenas su mentón con la punta de los dedos. Un mentón firme, muy obstinado.
    – Dese por vencida, señorita Carrick. Regrese a Ravensworth. Compre algo allí.
    – Buenas noches, señor Sherbrooke. Si soy encontrada muerta bajo una de las parras de madreselva de Mary Rose, puede estar seguro de que usted o uno de los miembros de su familia será culpado por eso.
    – Oh, si alguno de nosotros fuera a recurrir a eso, usted simplemente desaparecería, señorita Carrick. No olvide ese barril de arenque.
    Jason le hizo un pequeño saludo y caminó de regreso a la vicaría, intentando no cojear aun mientras pisaba otra ramita puntiaguda.

CAPÍTULO 09

    Jason no regresó a Northcliffe Hall. Montó directo a Londres con ropas que tomó prestadas de su hermano.
    Cuando todos llegaron a la casa de ciudad Sherbrooke a finales de la tarde del día siguiente, él estaba esperándolos en la salita.
    No se sorprendió para nada cuando Hallie Carrick entró corriendo en la salita delante de todos, con la mano derecha hecha un puño y sangre en sus ojos.
    Él se las arregló para atraparle el puño antes de que aterrizara.
    – Miserable estúpido.
    Ella logró liberar su mano y golpearlo duro en el abdomen. Jason gruñó mientras le agarraba ambas muñecas.
    Ella se puso en puntas de pie, justo en el rostro de él, retorciéndose y tironeando, pero Jason no pensaba soltarla otra vez.
    – Miserable cretino, comadreja quejosa… ¡suélteme para que pueda aplastarle las costillas!
    – Podré ser miserable y quejoso, pero no soy estúpido. No pienso dejarla suelta nuevamente, señorita Carrick.
    – Déjeme alcanzarlo, déjeme tener más palanca y meteré mi puño en su hígado.
    Corrie dijo:
    – Ha estado mascullando todo el camino a Londres sobre los modos más satisfactorios de matarte, Jason. Ni siquiera mis mejores esfuerzos conversacionales la disuadieron de planes de asesinato bastante innovadores, incluyendo meterte en un barril de arenque y hacerte navegar a algún sitio al otro lado del planeta. -Corrie se detuvo un momento, golpeteó sus dedos contra su mentón y suspiró. -Pero, sabe, Hallie, al final me ha decepcionado.
    Hallie se dio vuelta rápidamente ante eso.
    – ¿Qué quiere decir con que la decepcioné?
    – Obviamente no está familiarizada con la ciencia del boxeo. A fin de cuentas, lo golpeó como una muchacha… un golpe directo, nada sutil, para nada sorprendente.
    James dijo:
    – Dudo de meterme en medio de este campo de batalla, pero, ¿cómo diablos sabes algo acerca de la ciencia del boxeo, Corrie?
    – Los seguí a ti y a Jason a un combate de boxeo cerca de Chelmsley cuando tenía doce años. Tú, Jason y media docena de jóvenes salvajes de Oxford fueron a ser corrompidos y perder sus monedas con algún idiota sudoroso que intentaba matar a otro idiota sudoroso.
    Douglas dijo:
    – ¿Nunca la viste, James? ¿Nunca supiste de esto hasta ahora?
    – Siempre fue taimada -dijo su hijo. Levantó los ojos al techo. -Gracias, Dios, por no dejar que todos los caballeros presentes se dieran cuenta de que era una muchacha. Llevabas tus pantalones, ¿verdad?
    – Sí, naturalmente. Incluso gané una apuesta de una libra por el hombre muy sudado… ¿cuál era su nombre? Crutcher, creo. Aposté por él porque tenía brazos más largos. Imaginé que eso le daba la ventaja.
    – Tienes razón -dijo Jason, -su nombre era Crutcher. No, señorita Carrick, no intente golpearme contra la chimenea otra vez. Eso está mejor, quédese quieta. Sus muñecas se quedarán donde están. Yo también aposté por él, Corrie. Gané cien libras a Quin Parker. Nunca había visto cien libras antes de ese día. James intentó obtener una parte mediante amenazas, pero escondí mi botín.
    James dijo:
    – Revisé tu habitación al menos en tres ocasiones diferentes buscando ese dinero. ¿Dónde lo ocultaste?
    – En los jardines, a menos de un metro de la estatua favorita de Corrie.
    – Oh, cielos, ¿cómo sabes cuál es mi estatua favorita, Jason?
    – Es la estatua favorita de todas las mujeres -dijo su cuñado.
    La madre de los gemelos, Alex, dijo amablemente a Hallie aun mientras su esposo la miraba atónito:
    – Son unas estatuas muy grandes, bellamente talladas, de hombres y mujeres en un estado desvestido, muy artísticas, naturalmente, y supongo que uno podría decir que su temática es explícita. Fueron traídas por uno de los ancestros de mi esposo el siglo pasado.
    – ¿Explícito en qué? -preguntó Hallie.
    – Yo se las mostraré, Hallie -dijo Corrie. -Son infinitamente educativas.
    – Pero, ¿cómo?
    – Bueno, te muestran todas las maneras en que un hombre y una mujer pueden tener intimidad…
    – ¿Intimidad? -preguntó Hallie, su voz más baja, vibrando de interés. -¿Qué quiere decir con “intimidad”?
    – Bueno… oh, cielos, quizás sea mejor que no discutamos eso aquí.
    Jason puso los ojos en blanco.
    – Amén -dijo el esposo de Corrie. -Olviden las estatuas.
    Hallie dijo:
    – ¿Dice que están desnudas? ¿Las estatuas masculinas?
    – Bueno, sí -dijo Alex.
    – Hmm. ¿Puede mostrarme esas estatuas, Corrie? Supongo que la comadreja aquí presente no se compara favorablemente con ellas.
    – En realidad, a decir verdad, las estatuas no se comparan favorablemente con la comadreja. O con James.
    – ¡Suficiente! -rugió Jason.
    Hallie se agitó, descubrió que él no había aflojado en nada su agarre y dijo:
    – Apuesto a que usted desenterró las cien libras en cuanto pudo y las perdió todas en veinte minutos en una casa de apuestas.
    Douglas dijo:
    – Mis hijos visitaron una casa de apuestas una sola vez, señorita Carrick, y fue conmigo, su padre, cuando tenían diecisiete años.
    Alex dijo:
    – Válgame, Douglas, nunca me contaste eso. Cómo me gustaría haberlo visto. Podría haberme puesto un par de los pantalones de Corrie, quizás podría haber usado una máscara, bebido brandy…
    – Fue bastante malo, madre -dijo James. -Estábamos ebrios como cubas, apostando enormes cantidades de dinero como si no tuviésemos una preocupación en el mundo. El lugar olía, para decirlo con franqueza. En cuanto al hombre dueño de la casa de apuestas, se veía como si fuera a clavar con gusto un cuchillo en tu abdomen si no pagabas tus pérdidas.
    Corrie dijo a su suegro:
    – Eso fue bastante brillante, señor. Lo hizo como una lección.
    Douglas asintió.
    – Lo desconocido es un poderoso cebo. Quita el misterio y verás la podredumbre debajo. Según recuerdo, mi propio padre me llevó a una casa de juegos de mala fama cuando tenía aproximadamente esa edad.
    Alex dijo en un suspiro:
    – Creo que a mi padre nunca se le ocurrió llevarnos a Melissande o a mí a una experiencia instructiva como esa. Apuesto a que había casas de apuestas en York, ¿no lo crees, Douglas?
    – Señor, dame fuerzas -dijo Douglas, con los ojos dirigidos al cielo.
    Hallie tiró una vez más de sus muñecas, pero el agarre de Jason seguía siendo irrompible.
    – Todo esto está muy bien, todas estas lecciones instructivas, milord, ¿pero podríamos volver a los negocios?
    – ¿Qué negocios? -preguntó James. -Oh, lo siento, lo olvidé. Usted quiere matar a mi hermano.
    – No -aulló ella, -¡quiero mi caballeriza! Es mía, me pertenece, pagué buen dinero por ella en las manos ahuecadas del propio dueño, no de su abogado adulador.
    – Antes de que regresemos a ese tema -dijo el conde, -tengo curiosidad por saber qué hiciste con el dinero, Jason.
    – Sabes -dijo Jason lentamente, -lo olvidé. Creo que todavía debe estar allí enterrado.
    – ¿Olvidó cien libras? -dijo Hallie. -Eso es imposible. Un joven nunca olvida su dinero, incluso uno como usted, con más apariencia que cerebro.
    – Excelente -dijo Corrie. -Hallie, ha recuperado su sentido del humor.
    Hallie quería saltar sobre Corrie, pero Jason la mantuvo bien agarrada de las muñecas. Sí le dio libertad suficiente como para que pudiera sacudir un puño en dirección a Corrie.
    – ¿Tiene el absoluto descaro de burlarse de mí?
    Corrie dijo, serena como una gallina dormida:
    – Para nada. ¿Todavía quiere aplastar a Jason? Le enseñaré a boxear, señorita Carrick. ¿Qué dice de eso?
    Los ojos de James, como los de su padre, fueron hacia el cielo.
    – ¿Vio un combate de boxeo cuando tenía doce años y ahora dará lecciones?
    – Bueno -dijo Douglas. -Yo le di lecciones. Y a tu madre también.
    Ofreció una sonrisa de pirata a sus hijos boquiabiertos.
    Jason tensó aún más su agarre y disparó una mirada consternada a su padre.
    – Bien, señorita Carrick, basta de rememorar, aunque ha traído revelaciones que han conmovido a mi pobre hermano hasta la punta de los pies. Usted nunca vio a Corrie en pantalones. Bueno, Corrie tiene razón. Los golpes simples en el estómago no muestran nada de conocimiento de la ciencia del boxeo.
    Hallie dijo:
    – Simplemente quería llamar su atención. El asesinato viene más tarde.
    El conde, que ahora se encontraba con los hombros contra la repisa de la chimenea y los brazos cruzados sobre el pecho, dijo:
    – Me pregunto dónde está Willicombe. Debería estar aquí, echando té por nuestras gargantas y…
    – ¡Milord! Ah, el amo Jason también está en casa. Qué placer, qué excelente nuevo día es. Sólo vean cómo entra el sol por la enorme ventana para brillar sobre su rostro vuelto. Digo, amo Jason, ¿por qué tiene a esa jovencita agarrada de las muñecas?
    – Willicombe, esta muchacha quiere acabar conmigo. Su nombre es señorita Hallie Carrick.
    – ¿Debería buscar a Remie para que se ocupe de ella, amo Jason?
    – Todavía no, Willicombe, en este momento estoy defendiéndome.
    Willicombe se volvió hacia Alex.
    – ¿Refrescos, milady?
    – Cualquier cosa que la cocinera pueda hacer estaría bien, Willicombe. ¿Cómo está Remie?
    – Él languidece, milady, languidece hasta volverse tan delgado como una pata de pollo. Trilby es una doncella y conoce todos los trucos de su ama sobre cómo hacer sudar a un joven.
    Sacudió la cabeza mientras se marchaba de la salita.
    – Remie enamorado -dijo Corrie. -¿Trilby? Me pregunto quién es su ama. ¿Willicombe dijo que aprendió trucos de su ama? Hmm, me pregunto…
    – Corrie, yo te enseñaré todos los trucos que necesitas para complacerme.
    Douglas dijo:
    – ¿Por qué no nos sentamos? No más provocaciones, Jason, no más violencia, señorita Carrick. Bien, Jason, intenté explicar a Hallie que esto no era una especie de truco solapado, que simplemente estabas intentando poner las cosas en marcha. Tu madre intentó asegurarle que eras honorable y también que simplemente querías poner las cosas en movimiento. Tu hermano intentó asegurarle que proponer las cosas directamente era uno de tus dones especiales…
    Para absoluta estupefacción de Douglas, la tonta jovencita tuvo el descaro de interrumpirlo.
    – Ah, sí, todos hablaban sobre hacer avanzar las cosas. Qué cosas, pregunté, pero naturalmente nadie tenía una respuesta a eso. -Se sacudió una vez más y luego miró a Jason. -En cuanto a su condenado gemelo, él me despreció por atreverme a acusarlo a usted de ser una vil criatura, únicamente adecuada para que le metan las entrañas en los oídos. ¡Suélteme!
    – Muy bien. -Jason la soltó y fue paseándose a sentarse en un sillón de orejas de respaldo alto. Unió los dedos, estiró sus largas piernas y cruzó los tobillos. -Señorita Carrick, ¿qué dijo Corrie? Después de todo, estaba diciéndome lo inteligente que ella es.
    – ¿Qué es esto? ¿Usted cree que soy inteligente?
    – Calla, Corrie -dijo Jason. -¿Señorita Carrick?
    Hallie seguía demasiado enojada con él como para pensar con claridad, y ahora él estaba sentado cómodamente en una condenada silla. ¿Qué había dicho Corrie? Logró recuperar el control. Se dio cuenta de que todos los Sherbrooke estaban desparramados en la enorme sala de estar, observando, evidentemente divirtiéndose a sus expensas.
    – Corrie dijo que usted era uno de los hombres más decentes que conocía y que yo debía dejar de criticarlo constantemente.
    Hubo un encantador momento de silencio.
    – ¿Realmente dijiste eso sobre mí, Corrie? -preguntó Jason.
    – Es la verdad -dijo ella.
    James dijo:
    – Bueno, quizás sí es bastante inteligente después de todo. Sólo mira los gemelos que tuvo. Bailaste el vals con ellos, Jason, viste lo elegantes y entusiastas que son. Fue Corrie quien les enseñó a bailar.
    Corrie se rió.
    – Sí, casi flotan de tan ligeros de pies que son.
    Hallie sintió que era aporreada sobre la alfombra. Todos reían, tan felices como perdices, y su rol, que estaba jugando magníficamente bien, era el de una arpía sin educación.
    Jason miró a Hallie un largo rato.
    – ¿Está preparada para oírme ahora, señorita Carrick?
    – Sí, estoy lista.
    – No son buenas noticias.
    – No las esperaba -dijo ella.
    A Douglas no le gustaba la expresión decidida en el rostro de su hijo. Algo estaba muy mal. Era difícil no meterse y protegerlo, pero se forzó a no decir nada. Fue hasta su sillón de orejas favorito y se sentó frente a su hijo. Alex fue a pararse a su lado, con la mano sobre su hombro. Douglas la observó, sonrió y la hizo bajar sobre su regazo.
    En cuanto a James, él estudiaba el rostro de su gemelo. Al igual que su padre, no le gustaba lo que veía. No quería que su hermano fuera infeliz, maldición, quería que tuviera Lyon’s gate. Quería que tuviera lo que merecía, y eso era cualquier cosa que quisiera. James no quería que su gemelo volviera a marcharse. La emoción en los ojos de Jason cuando había entrado en los establos de Lyon’s gate había hecho que quisiera bailar.
    Oyó el miedo en su propia voz al decir:
    – ¿Qué sucede, Jase? ¿Cuál es la mala noticia?
    Jason suspiró y se frotó la nuca.
    – Resulta que Thomas Hoverton ya había vendido Lyon’s gate a un señor Benjamin Chartley de Manchester por una modesta suma de dinero. No se había molestado en notificar al señor Clark, su abogado aquí en Londres. Cuando la señorita Carrick apareció en la puerta de Thomas, él vio su oportunidad y la tomó. Cuando se enteró por su abogado al día siguiente que había vendido Lyon’s gate a otro comprador más, Thomas decidió que sería mejor para su salud marcharse al continente esa misma noche. Por supuesto, lo que es realmente importante aquí es que el señor Chartley es ahora el dueño de Lyon’s gate.
    El silencio en la sala era absoluto.
    – Bueno -dijo su padre finalmente, -no creía que Thomas Hoverton tuviera las agallas para hacer este tipo de cosa.
    Alex dijo:
    – Debe haber estado muy desesperado. Y abandonar Inglaterra, eso sí que es una sorpresa.
    Hallie no dijo nada; caminó hasta la chimenea, miró la chimenea vacía y pateó un tronco.
    Jason le dijo a su espalda:
    – Lo siento, señorita Carrick. Sé que esto resulta bastante chocante. Para mí también lo fue.
    Ella se dio vuelta para enfrentarlo.
    – Me marcharé mañana por la mañana a buscar a ese gusano y dispararle. Recuperaré mi dinero y el suyo también, señor Sherbrooke, ya que fue usted quien descubrió lo que él hizo tan rápidamente.
    Levantó sus faldas y salió directamente de la salita.
    Alex dijo:
    – Esa fue una excelente salida, pero ella no sabe dónde está su dormitorio.
    Abandonó con pesar el regazo de su esposo y salió corriendo detrás de Hallie.
    – ¿Qué vas a hacer, Jase?
    – Ya he contactado al señor Chartley. Está dispuesto a venderme Lyon’s gate, pero el precio ahora se ha duplicado. Es dueño de tres prósperas fábricas en Manchester. Reconoce la desesperación cuando la ve.
    Douglas dijo, con una oscura ceja levantada:
    – ¿El tipo sabe quién eres?
    – Bueno, sabe que soy Jason Sherbrooke. ¿Si sabe que soy tu hijo? Si no lo sabía, probablemente ahora sí. Pero, ¿qué diferencia haría eso, en cualquier caso?
    Douglas sonrió a su inocente muchacho.
    – Lo primero que necesitamos saber es porqué el señor Benjamin Chartley, dueño de fábricas, está en Londres. Estoy pensando que es muy probable que tenga esperanzas de ingresar en la sociedad londinense. Es mucho más probable que tenga una hija en edad casadera. Si es así, lo tenemos.
    – Pero yo no…
    – Jason, te venderá Lyon’s gate al precio que pagó por él o encontrará cada puerta en Londres cerrada. Entonces evaluaré arruinarlo.
    Jason se rió.
    – Bien, si no soy un imbécil por no pensar en eso.
    Douglas dijo:
    – Lo hubieses hecho, en un par de horas más. Has estado en Norteamérica demasiado tiempo. ¿Realmente crees que la señorita Carrick irá a Francia a hacer pedazos a Thomas Hoverton?
    – No lo dudaría. No dejo de decirle que es más americana que inglesa, y esto ciertamente lo comprueba. Es exactamente lo que haría Jessie Wyndham. Dale el rastro de un villano y estaría en marcha. Llevaría al menos dos armas consigo, el látigo que usa con los jinetes que no juegan limpio en el hipódromo, y un cuchillo en su bota, atado a su tobillo. -Se rió, no pudo evitarlo, y sacudió la cabeza. -Qué debacle.
    Corrie dijo:
    – Es algo que nunca consideramos. Me agrada Hallie, pero déjenme ser terriblemente sincera. Yo estaba perfectamente preparada para hacer que la secuestraran y la llevaran a las islas Shetland. Imagino que ella podría arreglar una de esas antiguas chozas vikingas y estar perfectamente satisfecha criando los ponis locales.
    La niñera de los gemelos apareció de pronto en el umbral, viéndose acosada, nerviosa y resuelta. James y Corrie se levantaron.
    – ¿Sí, señora Macklin? ¿Pasa algo malo?
    La señora Macklin dijo:
    – No, no, no se preocupe, milord. Es sólo que el amo Everett quiere bailar el vals.
    – ¿El vals?
    – Sí, milord. Con su tío. -En ese momento, oyeron un fuerte grito. -Es bastante insistente -dijo la señora Macklin por encima de otro grito que hizo aparecer un tic en el ojo izquierdo de James.
    Corrie dijo:
    – Usted baila muy bien el vals, Eliza. ¿Por qué no lo hace girar un poco en la habitación de los niños?
    – El amo Everett dice que no soy lo bastante hombre como para hacerlo bien -dijo la señora Macklin.
    – Oh, cielos -dijo Corrie. -¿Ya ha empezado?
    – El amo Everett dice que mis pies no cubren suficiente espacio.
    Jason estaba riendo.
    – Bueno, ¿quién puede tocar el piano mientras bailo con Everett?
    Su madre apareció en la puerta, Willicombe detrás de ella, con una enorme bandeja en las manos.
    Alex dijo:
    – Yo lo haré. Válgame, Everett ha crecido más en el último día y medio.
    – Entonces vamos a la sala de música. Señora Macklin, ¿qué hay de su hermano?
    – El amo Douglas está en este momento masticando el hueso de Wilson y el cachorro está intentando quitárselo.
    Corrie dijo:
    – Tiene sólo siete semanas, un terrier Dandie Dinmont, tan feo y precioso que lo único que quieres es abrazarlo hasta que cruja. Wilson y Douglas son buenos amigos.
    – Más feo que precioso -dijo James. -Pero encaja bastante bien contra mi cuello por las noches.
    La señora Macklin dijo:
    – Lo siento, milord, pero Wilson durmió contra mi cuello la noche pasada.
    – Bien, Wilson está en una casa nueva -dijo Corrie. -Veremos qué cuello busca esta noche.
    – Desafortunadamente -dijo el conde, -parecería que a Douglas también le gusta comer del tazón del cachorro.
    – Oh, cielos -dijo la señora Macklin, -y yo que escondí el tazón de Wilson debajo de la cama de Everett.
    Abofeteado al mismo tiempo por lo absurdo y lo ridículo, pensó Jason mientras arrastraba a Everett hacia la sala de música, con el niñito pateando, moviendo los brazos y cantando a viva voz en la oreja derecha de Jason. James y Corrie fueron con la señora Macklin a sacar el hueso de la boca de Douglas mientras le daban uno nuevo al cachorrito. Ninguno de ellos dudaba de que Douglas estaría valseando con su tío en menos de cinco minutos.
    En cuanto a Hallie Carrick, estaba arriba en un encantador dormitorio, poniéndose sus ropas más viejas.

CAPÍTULO 10

    Cuando Hallie apareció treinta minutos más tarde, con una sola valija firmemente agarrada en su mano y una encantadora capa azul oscuro sobre los hombros, Willicombe, el mayordomo Sherbrooke, envió a su sobrino enfermo de amor, Remie, a informar a Jason, quien pasó a Everett y Douglas a su abuelo para el siguiente vals. Jason llegó al vestíbulo donde Hallie estaba dando instrucciones a Remie, que estaba paralizado con horror.
    – Sólo un momento, señorita Carrick -dijo Jason. -Tendré que cambiarme antes de que podamos partir.
    Ella se dio vuelta rápidamente.
    – ¿Cree que vendrá conmigo, señor Sherbrooke? ¿Cree que pisoteará el hígado de ese sinvergüenza antes que yo? No, usted quédese aquí, ruegue y suplique a este señor Chartley mientras yo voy a buscar nuestro dinero de Thomas Hoverton. Cuando regrese me ocuparé del señor Chartley. Mientras tanto, no se atreva a dejar que este hombre lo engañe, ¿me oye?
    – Está pensando como americana -dijo él, quitándose una pelusita de la manga, reprimiendo una sonrisa.
    – ¿Qué quiere decir con ese comentario insidioso?
    Jason vio que la mano derecha de ella se apretaba en un adorable puño.
    – Oh, no lo sé. ¿Qué tal que está exhibiendo una marcada falta de sutileza? ¿O que simplemente está siguiendo adelante sin detenerse siquiera un momento a pensar mejor las cosas? No hay necesidad de hervir de rabia.
    Una encantadora ceja arqueada se elevó. Remie dio dos veloces pasos atrás, esperando escapar.
    Jason dijo:
    – No hay razón para ir corriendo tras Thomas Hoverton ahora mismo. Si aún desea ir tras él una vez que yo le haya contado algunas cosas, bien, me veré forzado a acompañarla.
    – Usted no se verá forzado a hacer nada por el estilo. ¿Qué tipo de cosas?
    – Londres es muy diferente a Baltimore, señorita Carrick, seguramente aprendió eso. Es una muchacha brillante. Como debe saber, la sociedad de Londres no permite que cualquiera atraviese sus augustos portales. El dinero no importa. Por ejemplo, el ahora fallecido esposo de Lucinda Frothingale nunca hubiese sido admitido dentro de la sociedad de Londres por la simple razón de que era dueño y operaba molinos. El hecho de que hubiese sido más rico que muchos de los aclamados pares de Inglaterra no hubiese importado. Los molinos constituyen comercio, señorita Carrick, y a los tipos en el comercio, que no tienen linajes antiguos, ninguna familia poderosa tras ellos, no se les permite entrar al club. ¿Comprende?
    – Sí, por supuesto, pero no veo qué… -Jason vio el instante en que ella se dio cuenta de lo que estaba hablando. Se negó a reconocer que Hallie lo había captado más rápido que él. Ella dijo lentamente: -Creo que iré a ver al abogado de mi tío. Él puede descubrir quién es exactamente este señor Chartley.
    Jason se dio cuenta, por supuesto, de que debería haberla alentado para que fuera tras Thomas Hoverton, pese al hecho de que era una joven dama, bastante sola. ¿Tenía algún dinero después de haber pagado a Thomas Hoverton por Lyon’s gate? Y si no tenía mucho dinero, ¿llegaría a Calais para darse cuenta de que no podía comprar siquiera una baguette, mucho menos un alojamiento respetable?
    Jason dijo:
    – No hay necesidad de que haga nada, señorita Carrick. Mi padre ya se ha ocupado de eso. Sabremos todo sobre el señor Benjamin Chartley muy pronto.
    – Pero yo…
    – Estoy empezando a creer que usted tiene más cabello que cerebro. Y estoy pensando que probablemente su cabello sea más encantador que su cerebro también.
    Para su sorpresa, ella no se arrojó sobre él. No se movió en absoluto. Se quedó mirando sus zapatos, el par más viejo que tenía, que era efectivamente muy bueno.
    – Sí, supongo que tiene razón. Mi padre siempre me decía que debería tener la costumbre de sentarme en un rincón durante tres minutos y pensar antes de actuar. Decía que cada vez que actuaba con demasiada rapidez, él tenía que ordenar los líos más abominables. -Lo miró, con el resquicio de una sonrisa iluminando sus ojos. -Le agradezco por detenerme antes de que pudiera hacer un lío. Espero que mi cabello se vea mejor que mi cerebro. Es un pensamiento horroroso, aunque nunca he visto cómo son los cerebros. Ahora que lo pienso, tampoco tengo mucho dinero.
    – Eso me preguntaba.
    – No creo que los banqueros de mi padre fueran a poner más dinero en mis manos extendidas, especialmente luego de que descubrieran lo fácilmente que fui estafada. Creerían que soy ingenua e incompetente, en pocas palabras, una mujer. Pero el dinero no es lo importante aquí. Tengo mi pistola, una pequeña fusta y un cuchillo, atado a mi tobillo. Thomas Hoverton jamás hubiese imaginado que yo iba tras él. Probablemente lo encontraría en Calais, brindando por su buena fortuna. Entonces podría cortarle la garganta.
    – O los villanos la encontrarían primero. Quizás dispararía a un villano, señorita Carrick, ¿pero al segundo y el tercero acechando en el callejón? Con esas faldas sería difícil sacar el cuchillo lo suficientemente rápido.
    Ella levantó la mano y la cerró en un puño. Él se rió.
    Jason se dio cuenta de que ella lo miraba con atención, la cabeza inclinada a un lado.
    – ¿Qué sucede?
    – Sé que no le gusto, señor Sherbrooke. No lo comprendo. Podría simplemente haberme dejado ir. Habría partido y usted podría hacer lo que deseara. Ahora habrá interminables complicaciones.
    – No quiero que la lastimen y muy probablemente sucedería eso. Nunca he confiado en los franceses, especialmente luego de negocios que tuve con mademoiselle Benoit en Baltimore, quien… Bueno, eso no importa.
    – Oí a mi padre decir que los franceses creían que Dios no había destinado los Diez Mandamientos a ellos, ya que no los había escrito en francés, y por eso era que la sífilis estaba tan extendida.
    Fascinado, Jason dijo:
    – ¿Le habló acerca de la sífilis?
    – No, yo escuchaba a hurtadillas. Cuando logré deslizar el tema de la sífilis muy habilidosamente en una conversación, pensé que él explotaría, de tan roja que se puso su cara. ¿Quién es esta mademoiselle Benoit?
    Jason quería reír desesperadamente, pero se las arregló para contenerse. No quería que ella sacara su pistola, su látigo o su cuchillo de la bota y lo despachara. Se aclaró la garganta.
    – Mademoiselle Benoit no es asunto suyo. Bueno, deje de preocuparse. Resolveremos esto.
    – ¿Cómo? -Hallie se golpeó la frente con la palma de la mano. -Qué estúpida soy. No habrá ninguna complicación. Si su padre amenaza al señor Chartley con el ostracismo social, entonces él le venderá la propiedad a usted. No tendré ninguna oportunidad de obtenerla. -Jason se encogió de hombros, ya que era la verdad, después de todo. -Estará hecho antes de que pueda traer aquí a mi tío para hacerle lo mismo.
    – Sí, eso es bastante cierto.
    – Así que ha ganado, señor Sherbrooke.
    – Es muy agradable de su parte decirlo, señorita Carrick, pero un poco prematuro. Sugiero que posponga las felicitaciones hasta luego de haber descubierto cuáles son las esperanzas y aspiraciones del señor Chartley en nuestra bella ciudad.
    – Apuesto a que tiene una hija de dieciocho años a la que quiere casar con algún barón en bancarrota, cuyos bolsillos llenará hasta rebosar.
    – Eso espero.
    – Bien podría ir tras Thomas Hoverton, o mis hermanos me lo recordarán el resto de mi vida. Ya puedo oírlos. “Hallie, ¿dices que compraste una propiedad y que el dueño la vendió a alguien más primero, y luego huyó a otro país?” “¿Sabías que era un canalla y ni siquiera tomaste alguna precaución?” “¿Qué tan grande dijiste que era tu cerebro, Hallie?” Y así seguirá interminablemente hasta que me estaquee a mí misma.
    Nuevamente, Jason quiso reír, pero no lo hizo.
    – Sólo esperemos y veamos qué sucede con el señor Chartley. Sin importar que me quede o no con Lyon’s gate, la ayudaré a encontrar a Thomas.
    Jason no podía creer que había dicho eso. Se quedó en silencio, observándola.
    – No está tan furioso como debería con Thomas Hoverton -le dijo ella lentamente, observándolo. -¿Por qué?
    Jason sonrió.
    – La realidad es que él no se quedó con mi dinero. No porque yo sea un excelente hombre de negocios, créame. Fue el abogado Sherbrooke, el astuto Willy Bibber, quien se rehusó a pagar al abogado una sola moneda hasta que yo tuviera real posesión de Lyon’s gate.
    Hallie se sentía como una completa y absoluta tonta. Giró sobre sus talones y volvió a subir la amplia escalera. A mitad de camino, se detuvo y se dio vuelta para ver a Jason parado en el vestíbulo, mirándola atentamente.
    Ella dijo, sin emoción en su voz:
    – Ahora comprendo por qué lord Renfrew tomó a la señora Matcham como amante ni dos semanas antes de que fuésemos a casarnos. Creyó que yo era demasiado estúpida y que estaba demasiado enamorada de él como para descubrirlo. ¿Sabe qué? No me enteré acerca de la señora Matcham hasta después de haber roto nuestro compromiso. Lo que descubrí fue que a su sastre, un tal señor Huff, no le había pagado durante seis meses. Él vino a mí, verá, esperando que yo le pagara. Me dijo que no estaría sorprendido si más proveedores llegaban a mi puerta, ya que todos los acreedores de su señoría sabían que él había encontrado una encantadora paloma regordeta, tan verde que probablemente comenzaría a florecer antes de la primavera.
    – Esa es una dosis de humillación considerable -dijo Jason. -¿Está hablando de William Sloane?
    – No, William Sloane perdió casi todo el dinero en juegos antes de morir convenientemente, y su hermano, Elgin Sloane, se convirtió en lord Renfrew.
    – Pero, ¿su tío no lo conocía? Para asegurarse de que él no estaba casándose con usted por su dinero, o…
    – Sí, lo hizo. Era William quien tenía la mala reputación, no Elgin. Después de todo, Elgin Sloane había estado en la escena de Londres sólo siete meses antes de conocerme. Nadie conocía el verdadero estado de sus finanzas.
    – Así que sólo los proveedores sabían la verdad sobre él.
    – Evidentemente.
    – Al menos lo descubrió antes de casarse.
    – Si lo hubiese descubierto después de la boda, le hubiese disparado.
    – Esa es una cosa americana. -Pero Jason se rió. -Hubiese sido colgada aquí. ¿Fue entonces que decidió que quería tener una caballeriza?
    – Sí. Me volveré independiente, y nunca me casaré.
    – Como he dicho, señorita Carrick, probablemente hay muchas propiedades en venta, así como muchos hombres allí afuera que no son canallas como Elgin Sloane.
    Ella descartó sus palabras.
    – O, supongo, podría convertirme en monja.
    – No puedo imaginar a ninguna madre superiora que se precie aceptándola. Dudo mucho que sea lo suficientemente dócil como para aceptar órdenes.
    Hallie se encogió de hombros.
    – De cualquier modo, nunca me casaré, no a menos que pierda el juicio por completo y tire mi dinero en las manos de otro sinvergüenza. Creo que contrataré a alguien para que me cuide. Si estoy en peligro de volver a caer en esa despreciable trampa nuevamente, esa persona simplemente me meterá dentro del barril de arenque.
    – Como dije, no todos los hombres son sinvergüenzas, señorita Carrick.
    Ella volvió a encogerse de hombros, sin mirarlo. Jason sintió su dolor y odiaba sentirlo. Ella se dio vuelta para subir por las escaleras cuando él dijo:
    – Al igual que usted, señorita Carrick, también he decidido que jamás me casaré. Soy afortunado de que no sea mi responsabilidad proporcionar un heredero para el linaje Sherbrooke, así que no importará.
    Ella no dijo nada, pero Jason sabía que su atención estaba concentrada en él. Sin embargo, no quería decir nada más, y se horrorizó por haber dicho tanto. Nunca hablaría de eso, jamás…
    – A mí me sucedió casi cinco años atrás.
    Cerró la boca. Era un tonto, un idiota. Nada de esto era asunto de ella, asunto de nadie.
    – ¿Iba a casarse con una muchacha que lo quería sólo por su dinero?
    Él rió, esa vez fue una risa grave y atroz desde su interior, y las palabras salieron desordenadamente.
    – Oh, no, yo superé por mucho su miserable traición, señorita Carrick. Escogí a una muchacha que hubiese matado a mi padre si Corrie no le hubiera disparado y asesinado.
    Jason no podía soportarse. Había revelado todo eso sólo para hacer sentir mejor a esta escandalosa joven. Gracias a Dios no había nada más para escapar de su condenada boca. Era una pena que uno no pudiera recuperar palabras precipitadas y meterlas nuevamente en su garganta. Giró sobre sus talones y abandonó la casa de ciudad.
    Hallie Carrick se quedó parada en las escaleras un largo rato. Había oído todo tipo de chismes acerca de por qué Jason Sherbrooke había abandonado abruptamente Inglaterra y se había ido a vivir con los Wyndham, pero nada parecido a esto. Él tenía razón. Ella estaba herida y humillada porque un hombre deshonroso había intentado meter las manos en su dinero. Lo que le había sucedido era común, pero lo que le había pasado a él… el modo en que había sido usado, le pudría el alma. Había escapado a Norteamérica; había intentado huir de sí mismo. Hallie no creía que lo hubiese logrado.
    Se dio vuelta para subir a su dormitorio. Él nunca confiaría en otra mujer. Apostaría su considerable dote en eso. No podía culparlo.

CAPÍTULO 11

    En el almuerzo al día siguiente, Douglas dijo:
    – Lo siento mucho, señorita Carrick, pero el señor Chartley venderá Lyon’s gate a Jason por la suma que él mismo pagó.
    – Y fue una cantidad mísera. Sí, es lo que imaginé que sucedería -dijo Hallie. -¿No es interesante que después de todo esto usted, señor Sherbrooke, haya obtenido lo que quería y sólo pagado una miseria por eso? -Ella se puso de pie lentamente. -Me gustaría agradecerles por su hospitalidad, milord, milady. Me marcharé a Ravensworth por la mañana. Ahora debo empacar.
    Asintió a cada uno de los Sherbrooke por vez y salió de la salita para ver a Willicombe parado al pie de las escaleras, claramente bloqueándola.
    – ¿Sí, Willicombe?
    – Sólo quería decirle, señorita Carrick, si perdona mi impertinencia, que tengo un primo que trabajaba para lord Renfrew. Mi primo dijo que Su Señoría era un hombre adulador, malo, del tipo que seduciría a una criada y se felicitaría a sí mismo por su virilidad. Nunca dijo un gracias a ninguno de sus sirvientes. Fue mi primo Quincy quien dijo al sastre de lord Renfrew, el señor Huff, que sus posibilidades de obtener el dinero que le debía no eran buenas. Quincy no tenía idea, por supuesto, de que el señor Huff iría a usted con la mano extendida. Sin embargo, resultó del mejor modo, ¿verdad?
    – Sí, así fue, sin dudas. Qué mundo tan pequeño. -Willicombe le hizo una pequeña reverencia y ella subió las escaleras, deteniéndose nuevamente a mitad de camino. -¿Sabe qué sucedió con lord Renfrew, Willicombe?
    – Su Señoría se casó con una tal señorita Ann Brainerd de York. El padre de ella es dueño de muchos canales que entrecruzan la campiña del norte, e hizo su fortuna transportando mercancías arriba y abajo por esos canales. Ahora los trenes están volviendo obsoletos los canales porque las mercancías son transportadas mucho más económicamente y rápido de ese modo. Se rumorea que lord Renfrew no ha obtenido tanto del matrimonio como esperaba. Evidentemente, el padre de su esposa se dio cuenta bastante rápido de que lord Renfrew no era un hombre de excelente carácter.
    – Bueno, eso es algo de justicia, ¿verdad?
    – Excepto por la pobre mujer.
    – Siempre debe haber alguien que pierda, Willicombe.
    – Sí, señorita, ¿no es eso cierto?
    – Su primo, ¿qué hacía para lord Renfrew?
    – Era el cochero principal de Su Señoría, tanto aquí en Londres como en su finca en el campo.
    – ¿Qué está haciendo su primo ahora, Willicombe?
    – Es un cochero menor para lady Pauley, señorita Carrick, en Bigger Lane. Ella es bastante gorda, lady Pauley, sin dudas hace gruñir a los caballos cuando dos lacayos la suben a empujones al carruaje, dice Quincy. Es una pena.
    – ¿Quincy es un hombre fuerte?
    – Casi tan fuerte como Remie, mi sobrino.
    – Gracias, Willicombe. Debo pensar en esto.
    Dejó a Willicombe mirándola. La joven dama había perdido, justamente, probando lo que había dicho… siempre alguien tenía que perder. Así era la vida. Se preguntó qué pasaría con ella ahora. Se preguntó porqué estaba interesada en Quincy.

    En la cena esa noche, Douglas observó a una silenciosa Hallie un momento y luego dijo:
    – Déjenme contarles más acerca del señor Chartley. Como sospechábamos, hay una señorita Chartley. La conocimos cuando visitamos al señor Chartley en el 25 de Park Lane, una encantadora mansión esquinera que los herederos de lady Bellingham le rentaron por la temporada. La señorita Chartley acaba de cumplir dieciocho. Ella es, ah, no terriblemente atractiva, más bien rellenita y sus dientes son un poquito largos y saltones, y su risa, bueno, me hizo poner los nervios de punta.
    Jason miró a Hallie, cuya cabeza había estado inclinada sobre su plato hasta que su padre había comenzado a hablar. Vio que se quedaba boquiabierta. Él estalló en carcajadas. Para su sorpresa, Hallie se sumó a él, los primeros sonidos de cualquiera de ambos desde que la familia se había sentado para tomar una excelente cena de estofado de carne y papas con cebollas, dos de las especialidades de la cocinera.
    El conde asintió, complacido.
    – Bien, la verdad del asunto es que la señorita Chartley es bastante adorable. Ha sido bien criada, tiene modales encantadores, y le irá bien ahora que la aceptarán en la sociedad.
    Alex dijo a sus hijos:
    – Su padre no ha tenido la oportunidad de ser encantadoramente despiadado durante un buen tiempo. Todos están intimidados por él; algunos realmente tiemblan en sus botas, y se ha vuelto demasiado sencillo para él salirse con la suya fuera de los portales de Northcliffe. Dentro de esos portales, sin embargo, es un asunto totalmente diferente.
    Douglas levantó su copa de Bordeaux y brindó a lo largo de la mesa.
    – Contempla lo que sucede a un hombre cuando ha estado casado casi desde siempre.
    – Se ve bastante espléndido, señor -dijo Corrie. -Se me ocurre que tal vez debería tomar lecciones de mi suegra. James se sale con la suya con demasiada frecuencia, para mi gusto. Si continúa así, será un tirano doméstico dentro de un año, quizás dos.
    – Te daré lecciones, Corrie -dijo Alex. -Quizás es más necesario porque James es tan hermoso. Dado cómo su tía Melissande aún es tan gloriosa, me temo que James y Jason seguirán envejeciendo bien, y esa podría ser la ruina de una mujer. Sí, debes tener lecciones, querida.
    Hallie dijo:
    – Cuando mi madrastra está enojada con mi padre, su rostro se pone rojo, le dice nombres maravillosamente ingeniosos, y le dice que puede dormir en los establos. Recuerdo una mañana que entré en el establo para verlos dormidos juntos en un compartimiento. Hmm. Quizá, milady, pueda pasar las lecciones a Genny.
    Pero se marcharía por la mañana, pensó Jason.

    La mañana siguiente, exactamente a las diez en punto, el señor Chartley se levantó para enfrentar a una encantadora joven que se encontraba en el umbral de la salita.
    – Mi mayordomo dice que usted es hija del barón Sherard y sobrina del conde de Ravensworth.
    – Sí, señor Chartley, lo soy. Estoy aquí para comprarle Lyon’s gate.
    – Esto es bastante sorprendente, señorita Carrick. Pase, ¿sí? ¿Un poco de té, quizá?
    – No, señor, pero es amable de su parte ofrecerlo. Le ofrezco un diez por ciento más de lo que Jason Sherbrooke está ofreciéndole. Claramente, estoy ofreciéndole más de lo que usted pagó a Thomas Hoverton por Lyon’s gate. Vendiéndomelo, obtendrá una ganancia.
    – Sabe, señorita Carrick, que ya he acordado vender Lyon’s gate a Jason Sherbrooke.
    – Sí, señor, pero todavía no le ha firmado la escritura. Aún no es legal.
    – No sé qué decir. -El señor Chartley pasó sus dedos por su espeso cabello negro. -Esto es bastante sorprendente -volvió a decir. -Jovencita, ¿cuánto tiempo cree que podría conservar mi reputación si no cumpliera con el acuerdo que hice? No, no necesita decir nada, eso es algo que no le concierne ni una pizca. -El señor Chartley suspiró. -Si no le vendo Lyon’s gate, su tío evitará que mi preciosa hija ingrese a la sociedad. Por otro lado, si no vendo Lyon’s gate a Jason Sherbrooke, su padre evitará que mi preciosa hija ingrese a la sociedad. Creo que estoy entre la espada y la pared.
    – Eso es correcto, señor. Yo soy la espada. Le sugiero que acepte mi oferta, ya que la pared no está a la vista. De ese modo, obtendrá una ganancia. -Le ofreció una ancha sonrisa. -Ah, mi tío, el conde de Ravensworth, me considera una hija. Era un hombre militar, ya sabe. No querría contrariarlo, si fuera usted. En cuanto a mi padre…
    – Sé todo sobre su padre -dijo el señor Chartley. -Así como sé sobre el conde de Northcliffe. Es más, lo veo claramente ahora. Si toma asiento, señorita Carrick…
    La puerta de la salita se abrió de golpe y Jason entró a zancadas, con el mayordomo detrás suyo, agitando las manos.
    El señor Chartley dijo:
    – Creo que la pared acaba de entrar, señorita Carrick.
    Hallie se puso de pie de un salto.
    – Fui tan silenciosa, no le dije a nadie… ¿qué está haciendo aquí?
    Jason hizo una breve reverencia al señor Chartley.
    – Perdóneme, señor, por irrumpir de este modo, pero seguí a la señorita Carrick aquí.
    Se quedó allí parado, con las manos en las caderas, viéndose como si quisiera arrojarla por las amplias ventanas de la sala.
    – Puede marcharse, Jason. Nadie le pidió que viniera. El señor Chartley y yo estamos haciendo negocios.
    – Él ya ha acordado venderme Lyon’s gate. Dese por vencida, señorita Carrick, dese por vencida.
    – No, nunca. Dos pueden jugar el mismo juego, señor Sherbrooke. Usted tiene sólo a su padre para poner clavos en el ataúd social del señor Chartley, mientras que yo tengo a mi padre y mi tío para usar como, eh, palanca…
    – Señor Sherbrooke, señorita Carrick, veo que debo tomar una decisión. Si me disculpan.
    Salió por la puerta, cerrándola silenciosamente detrás suyo.
    Jason y Hallie se miraron fijamente a cada lado de la sala.
    – ¿Cómo lo supo?
    – Le pedí a Remie que la mantuviera vigilada. Si uno confía en una mujer, debería saltar inmediatamente al Támesis y ahogarse.
    – ¡Yo vi Lyon’s gate primero!
    – Eso no amerita una respuesta, señorita Carrick. Márchese ahora. Ha perdido. Lo admitió anoche. Váyase a casa.
    – Mis amenazas son tan potentes como las suyas, señor Sherbrooke. ¿Por qué no…?
    – Podía oírlos desde el vestíbulo. -El señor Chartley se quedó un momento en la puerta de la sala de estar y luego entró, sonriendo ecuánime a ambos, y ofreció un sobre a cada uno. -Bueno, esto es lo mejor que puedo hacer para asegurar el éxito social de mi hija. Confío en que ninguno de ustedes se sentirá compelido a buscar mi destrucción.
    – ¿Qué ha hecho, señor? -preguntó Jason, tomando el sobre. -Ya ha aceptado mi oferta.
    – Lo hice, señor Sherbrooke. Pero ahora tengo una nueva comprensión de la situación. Supongo que usted y la señorita Carrick podrían pujar por Lyon’s gate hasta que yo estuviera cerca de hacer una fortuna, pero no soy un hombre estúpido. -Sonrió imparcialmente a los dos. -Llámenme Salomón.
    – ¿Qué es esto, señor? -quiso saber Jason.
    – Señor, seguramente podemos llegar a un arreglo que evite que el conde lo arruine. ¿Qué hay en este sobre? -preguntó Hallie.
    – Ah, miren la hora. Debo encontrarme con mi preciosa hija en Bond Street. Tiene una prueba hoy en lo de Madame Jordan. Su padre me la recomendó tan bondadosamente, señor Sherbrooke. ¿Quieren que envíe un poco de té?
    – No -dijo Hallie, aferrando el sobre contra su pecho. -Debo partir.
    Pero el señor Chartley fue más rápido. Jason y Hallie se enfrentaban nuevamente, ambos sosteniendo un sobre lacrado.
    – ¿El señor Chartley dice que es Salomón? -dijo Jason.
    – Esto no me gusta. No me gusta en absoluto.
    Hallie levantó sus faldas y dejó a Jason solo en la salita del señor Chartley, con el sobre aún sin abrir en su mano.

    Treinta minutos más tarde, Douglas dobló el papel y volvió a meterlo dentro del sobre.
    – Bueno, creo que deseo compartir una botella de vino con el señor Chartley. Lo hizo bastante bien.
    Hallie iba y venía por el ancho del estudio, una habitación pequeña y perfectamente masculina de rico cuero marrón, con un escritorio de caoba y biblioteca a juego. Tanto Douglas como Jason la observaban. Ella se detuvo junto a la ventana y sacudió un puño en dirección a la casa rentada del señor Chartley.
    – Es un sinvergüenza, no mejor que Thomas Hoverton. Le ha vendido la propiedad a dos personas.
    – No -dijo Douglas. -Vendió una mitad de la propiedad a cada uno.
    – Bueno, sí, lo hizo, pero…
    – Fue muy astuto de su parte. Usted, señorita Carrick, lo puso en una posición absolutamente insostenible.
    – No, fue usted quien hizo eso, señor. Yo simplemente jugué las mismas cartas. Usted amenazó con exterminar al pobre hombre y su pobre hija si no rodaba como un perro muerto y hacía exactamente lo que usted decía. Yo meramente seguí su ejemplo, y mire lo que hemos obtenido.
    Ella agitó la escritura y el cheque del Banco de Inglaterra frente al rostro de Douglas. Él puso mala cara entonces, y Hallie se sentó con fuerza en una de los grandes sillones de cuero del conde, y se cubrió el rostro con las manos.
    Jason dijo a su padre:
    – Estoy satisfecho. No sacó un elegante estilete de su manga y lo clavó en tu brazo.
    Hallie levantó la cabeza de golpe.
    – No pensé en eso. Si me disculpan, buscaré mi cuchillo. Pero hay un problema. Estas mangas son tan condenadamente grandes que no puedo ocultar nada en ellas. Un cuchillo caería al suelo.
    – No se mueva, señorita Carrick -dijo Douglas. Era su turno de ir y venir por la habitación, con los ojos sobre sus botas. Se detuvo y se dio vuelta para enfrentar a los dos jóvenes. -Sugiero que pensemos en el señor Chartley como un agente del destino. El hecho es que ahora ambos son dueños de Lyon’s gate. Por lo tanto sugiero que los dos se sienten como los adultos que son, y deduzcan cómo harán funcionar esto. Dudo de destruir al señor Chartley, dada su ingeniosa solución. -Douglas fue hacia la puerta y se volvió para enfrentarlos. -Señorita Carrick, usar mis tácticas con el señor Chartley fue una excelente estrategia. Es usted una mujer de temple. Debo admitir que Jason y yo estábamos regodeándonos anoche, no descaradamente, por supuesto, porque hubiese sido descortés.
    – Sabía que estaban regodeándose.
    Pero el conde había desaparecido.
    – Regodeándonos en silencio -dijo Jason, frunciendo el ceño al umbral vacío. Oía las pisadas de su padre alejándose por el corredor, hacia el frente de la casa de ciudad. Su padre era un hombre inteligente. Jason miró de reojo a Hallie Carrick. -¿Qué diablos vamos a hacer?
    – Cédame su mitad. Le pagaré por ella, naturalmente. Incluso le daré una ganancia.
    – ¿Logró obtener más dinero de sus banqueros?
    – Oh, sí. Fui a casa del señor Billingsley en Berkeley Square. El señor Billingsley intentó negarse, pero su esposa me ha conocido desde que nací. Ella le dijo que se metiera en su estudio y que me diera un cheque de caja. Ella dijo que fui astuta, ¿y no decía siempre mi padre a su esposo lo astuta que yo era?
    – En ocasiones no me gusta el destino -dijo Jason. -Iré a montar al parque. Espero obtener algo de inspiración de los cisnes en el Serpentine.

    Era la hora de la cena en esa noche de mayo que lloviznaba cuando Jason abrió la puerta de su dormitorio para encontrar a Hallie Carrick allí parada, su puño levantado para golpear, con una expresión decidida en su rostro.
    – Señor Sherbrooke, tengo una solución. Usted dormirá en los establos. Podemos crear unas encantadoras habitaciones allí para usted, en la sala de aperos. No será problema. Puede tomar sus comidas conmigo en la casa.
    Él no se movió, no apartó la mirada de ella.
    – No.
    – No podemos compartir la misma maldita casa, lo sabe.
    – Entonces usted puede quedarse con los establos. Puede tomar sus comidas conmigo en la casa grande.
    – Si usted fuera a habitar la casa grande, no haría nada para volver a hacerla hermosa. Yo me desharé del moho, pondré nuevas cortinas en las ventanas y alfombras nuevas en los pisos. Puliré esos pisos y reemplazaré lo que sea necesario reemplazar.
    – ¿De dónde obtuvo esa malograda noción de que a los hombres no les importan su entorno?
    – Mi madrastra me dijo que los hombres estarían perfectamente satisfechos de vivir en una cueva. Arrójales un hueso jugoso y dales… Bueno, eso no importa. Los establos son perfectos para usted. -Ante la ceja levantada de Jason, ella dijo: -Muy bien. Retroceda. -Ella casi lo pasó por encima, con la mano estirada, presionada contra el pecho de él. Jason retrocedió a su paso. Hallie se detuvo en medio de su dormitorio y movió las manos. -Sólo mire. Un monje podría estar viviendo aquí. La única razón por la que esta encantadora habitación no está cubierta de polvo y huellas de bota embarradas es debido a la diligencia de los sirvientes. Esto es patético, señor Sherbrooke. Así es como seguiría viéndose Lyon’s gate si usted viviera en la casa grande.
    – ¿Puedo recordarle que no he estado aquí durante cinco años, señorita Carrick?
    Jason debería decirle que había seleccionado la mayoría de los muebles para los Wyndham, que había escogido las telas para las nuevas cortinas de la sala de estar, y que había arreglado cada uno de los objetos interiores.
    Ella pensó que él estaba derrotado, y se rió.
    – Tengo razón, admítalo. Estará perfectamente bien en los establos, señor Sherbrooke.
    Hallie casi salió danzando de su dormitorio. Jason se quedó allí parado en el medio, con los brazos cruzados sobre su pecho, preguntándose qué sucedería a continuación.

CAPÍTULO 12

    Northcliffe Hall – Fines de mayo.

    – Deberíamos haber traído mantas -dijo Jason, y se frotó enérgicamente los brazos con sus manos.
    Además de tener frío, estaba empezando a pensar que el suelo era un cementerio de rocas. ¿James consideraba esto cálido?
    – Te has vuelto blando con los años lejos -dijo James. -Esta es la primera noche perfectamente clara que hemos tenido desde que llegaste a casa. Mira el Cinturón de Orión, Jase… parecen diamantes destellando.
    Estaban recostados en la cima del precipicio sobre el valle Poe, el lugar favorito de James para mirar las estrellas.
    Jason dijo:
    – Has estado mostrándome el Cinturón de Orión desde que teníamos seis años. Recuerdo que usaste la palabra destellante todas y cada una de las veces.
    – Y recuerdo que casi te até para que te quedaras quieto el tiempo suficiente. Al menos ahora estás bien callado, excepto por las quejas.
    – Si no me muevo, quizá no me congele hasta morir.
    James se rió, se sentó y se dio vuelta para mirar a su hermano, que yacía de espaldas, con la cabeza apoyada en sus brazos cruzados.
    – Jase, ¿estás seguro de que realmente quieres compartir tu casa y tus establos con esta muchacha? Apenas la conoces. Podría ser una arpía.
    – Lo es.
    El rostro de Jason estaba calmo, y no parecía más que somnoliento.
    – ¿Estás diciéndome que compartirás a sabiendas una casa con una mujer desagradable que hará tu vida miserable?
    – Eso es. Piénsalo como un matrimonio arreglado. -Jason se levantó para cerrar sus brazos alrededor de sus piernas. -¿Qué otra opción tengo?
    – ¿Intentaste comprar su parte?
    – Oh, sí. Ella casi me degolló. -De pronto Jason se golpeó el costado de la cabeza. -Pensándolo bien, podría haber hecho que la secuestraran y que la llevaran a las Antillas. ¿Qué piensas?
    – Madre quería enviarla aún más lejos. Lo haría ahora, en un instante. Recuerdo que padre salió de la habitación, diciéndole por encima del hombro que creía que había un barco en puerto destinado a Charlotte Amalie.
    Jason se rió.
    – Ella lo haría. Él lo haría. -Volvió a frotarse los brazos. -Pero, pensándolo bien, Hallie probablemente estaría gobernando la isla en cinco años. Maldición, James, no puedo creer que pienses que esto es cálido. ¿Mi sangre se ha diluido tanto al estar en Norteamérica?
    – Así parece. Sin embargo, fuiste engendrado en una resistente estirpe inglesa, volverás a acostumbrarte. Me pregunto qué pensarán los tíos de la señorita Carrick, por no mencionar a su padre, de este arreglo, compartir una casa con un hombre que no es su esposo.
    – Si hay algo que la señorita Carrick hace bien, es discutir. Es interesante que hayas mencionado al conde de Ravensworth. No creo que ella planee contar nada a sus tíos hasta que realmente hayamos dividido la casa por la mitad, su distanciada prima lejana, la señora Tewksbury, esté instalada, y los tres nos hayamos mudado. A fait accompli, por así decir.
    – No cumplirá veintiuno hasta finales del año. Supongo que sus tíos podrían ordenarle que regrese a la abadía de Ravensworth.
    Jason arqueó su ceja izquierda.
    – Esa es posiblemente la cosa más estúpida que hayas dicho desde que llegué a casa, James. ¿Puedes, sinceramente, imaginar a alguien dando órdenes a la señorita Carrick para que haga algo que no quiere?
    – Bueno, ¿dónde piensan sus tíos que está?
    – Creo que está permitiendo que asuman que sigue con los padres de Melissa en Londres. No creo que ellos se hayan dado cuenta de que los padres de Melissa ya han regresado al norte. Y ahora tendremos a la señorita Carrick como invitada hasta que Lyon’s gate esté listo para nosotros. Ella llegará mañana.
    James meditó sobre eso un rato y después dijo:
    – Hablando de Melissa y Leo, ¿me veía tan enamorado como Leo cuando me casé con Corrie?
    – No, para nada.
    James gimió.
    – Nunca digas eso para que Corrie pueda escucharlo. Me encerraría en un cuartito con los gemelos.
    – Te veías como si quisieras arrancar ese encantador vestido de novia que llevaba y tomarla allí mismo, en el pasillo central de la iglesia.
    James giró rápidamente la cabeza para enfrentar a su hermano, con una ceja bien arqueada.
    – Bien, entonces. Puedes decirle eso. -Se quedó callado un momento, se arriesgó. -Qué momento, ¿verdad? -Jason no dijo nada, siguió frotándose los brazos. James sintió que su hermano se retraía, aunque no movió ni un músculo. Desistió. -Muy bien, muchachito enclenque, vamos a casa. No quiero que te quejes con madre de que intenté congelarte hasta morir.
    Luego de que los gemelos se levantaron y se sacudieron el polvo, James dio una prolongada mirada final a los cielos. Jason sintió la atracción que tenía sobre en su hermano, algo que no podía comprender. Por otro lado, ofrezcan a James una caballeriza para administrar y probablemente se quedaría mirándote fijamente, perplejo.
    James dijo mientras montaba a Bad Boy:
    – Corrie es maravillosa, Jason. Es un ladrillo, siempre puedes contar con ella, y el buen Señor sabe que me hace reír. Se lleva de maravilla con madre, padre la adora, sólo la abuela la maltrata, pero eso no la trastorna demasiado. ¿Sabías que ella y yo estábamos recostados en el acantilado observando Andrómeda y me descubrí bendiciendo a las estrellas porque las circunstancias nos unieron por casualidad?
    – Los oí gritándose esta mañana.
    – Tiene la habilidad de hacerme enojar tanto que quiero encerrarla en su armario. Al instante siguiente, la tengo aplastada contra la pared, con sus piernas alrededor de mi cintura y… Bueno, los detalles no importan. Hmm. Nunca olvidaré que durante una cena de nalgas de carne agradeció a padre por educarme tan espléndidamente.
    – No me digas que él sabía qué quería decir.
    – Simuló que no lo sabía.
    Jason golpeó sus tacones contra los musculosos ijares de Dodger.
    – Tal como tú enseñarás a los gemelos.
    – Eso me aturde el cerebro. Allí estaban esta tarde, solos únicamente un instante. Cuando Corrie regresó a la habitación, se habían metido tres tartas de manzana en la boca. La miraron, inocentes como ángeles, mientras el relleno goteaba por sus mentones.
    – Desearía haber visto eso. Imagino que hacíamos lo mismo a su edad. ¿Tú y Corrie están pensando en más niños? -James palideció, lo que hizo que Jason estirara la mano para agarrar el brazo de su hermano. -¿Qué sucede?
    James respiró profundo para calmarse.
    – Corrie la pasó muy mal con los gemelos. No quiero que vuelva a embarazarse. Eso podría matarla. Me apretó la mano tan fuerte que me quebró un hueso.
    – ¿Te quedaste con ella?
    – Oh, sí. Dijo que como yo la había metido en ese lío, bien podía acompañarla a atravesarlo. Luego me maldijo, pero no sabía tantas palabrotas, así que tenía que repetirse. Entre las contracciones, le enseñé unas nuevas, sustanciosas. Hoy las utiliza… generalmente conmigo. Fue aterrador, Jason. No creerías la cantidad de buenas acciones que prometí si ella sobrevivía, y he cumplido cada una de ellas.
    – No lo sabía. Parece tan resistente, resplandece de buena salud.
    – Sí, pero los gemelos eran grandes. Fue… fue aterrador, Jason. Tan aterrador como cuando pensé que ibas a morir y no había nada que pudiera hacer más que rezar. Si no hubieses sobrevivido, probablemente me hubiera acurrucado a tu lado. Fue igual con Corrie.
    Jason nunca se volvió sobre la montura para acusar recibo de las palabras de su hermano, aunque lo conmovieron profundamente. Sintió el viejo dolor rancio llenando su garganta, la amargura haciendo revolver su estómago. Le empezó a doler la cabeza, porque su cerebro no quería pensar en el pasado, simplemente no podía.
    Dijo:
    – Maldición, se ha levantado viento… un viento frío. No te atrevas a decir que sigues tan caliente como el revés de las rodillas de padre cuando Eleanor Tercera está metida allí por las noches.
    James forzó una carcajada, pero fue difícil. Tenía que dar más tiempo a su gemelo. Al menos estaba en casa, y eso era lo más importante.
    – Sólo un poco de aire frío, nada más. Eleanor Tercera ahora tiene un hermano, William Cuarto, un enorme macho negro que mantiene caliente el revés de las rodillas de madre.
    – Los vi a ambos trotando dentro del dormitorio de nuestros padres, con las colas en alto, listos para las rodillas. ¿Hay algún gato de carreras cerca?
    – Madre tenía esperanzas por William, pero la verdad es que lo único que le gusta hacer es comer, dormir y dejar que Eleanor lo lave, lo cual ella hace, sin fin.
    – Me gustaría tener un gato de carreras. Recuerdo todos los triunfos de la prima Meggie.
    James se rió.
    – ¿Recuerdas a Ellis Peepers, que ahora es nuestro jardinero principal? ¿Que es todo barba áspera, larga, roja y llena, tan brillante que parece que tiene el rostro en llamas? -Cuando su hermano asintió, James continuó: -Fue instruido por los hermanos Harker en técnicas de entrenamiento y cómo seleccionar buenos dueños de gatos de carreras. Quizás te juzgue digno.
    – Ellis pensará que soy el más responsable de los dueños de gatos de carreras. Pero supongo que tendrá que esperar. Ahora mismo, con mi socia llegando mañana, simplemente hay demasiado para hacer.
    – Así que tú y la señorita Carrick pasarán sus días en Lyon’s gate, reparando la casa y los establos.
    – Sí -dijo Jason, su voz ahora sombría. Se dio vuelta para enfrentar a su hermano mientras llevaban a los caballos al establo. -¿Puedes imaginar las peleas que tendremos? Y a diferencia de ti, no podré besarla hasta que olvide su propio nombre.
    – O hasta que tenga una sonrisa tonta y olvide porqué quería cortarte el cuello.
    – Esa es una buena idea. -Jason se rió y golpeó a su hermano en el brazo. -Sería mucho más fácil si fuera un hombre.

    A finales de la tarde siguiente, Jason estaba agradablemente cansado luego de trabajar todo el día en Lyon’s gate. Los establos estaban casi listos para sus inquilinos. Quizás podría enumerar a la señorita Carrick la dicha de estar cerca de sus caballos, de día y de noche. O tal vez no. Acababa de poner su bota en el primer escalón de la escalera de diez amplios, profundamente asentados en el frente de Northcliffe Hall cuando oyó un carruaje subiendo por el largo camino de entrada. Retrocedió, sabiendo que era la señorita Carrick.
    Pese al hecho de que era una espina en su piel, y que el destino la había plantado justo frente a él sin pies ni cabeza, Jason se dio cuenta de que se sentía bien. Cruzó los brazos sobre su pecho y observó a la señorita Carrick estirarse por la ventana, saludándolo. Esperaba que no saltara antes de que el cochero hubiese detenido el carruaje. Jason vio al cochero deteniéndose rápidamente justo a su lado. Vio que era un carruaje rentado, un costoso carruaje rentado. Había dos escoltas.
    Se adelantó cuando la puerta se abrió de golpe y la señorita Carrick bajó de un salto antes de que él o el cochero pudieran ayudarla. Jason no estaba para nada sorprendido.
    – ¡Señor Sherbrooke! Aquí estoy. Qué agradable de su parte estar esperando aquí afuera que llegara.

CAPÍTULO 13

    Ella estaba a la última moda con un vestido verde militar oscuro, con mangas amplias que se achicaban para ajustarse bien en sus muñecas y una cintura con cinturón que se veía del tamaño de los puños unidos de un hombre. Su cabello estaba levantado bajo un sombrero del mismo verde oscuro, varios rizos flotaban perezosamente frente a sus orejas. Y en sus encantadoras orejitas había chispeantes pendientes de diamante.
    – Eso veo, señorita Carrick. Tanto usted como su equipaje se ven bastante grandiosos.
    – Sí, el carruaje me costó casi todo el dinero que el banquero de mi padre me dio, el estúpido. Debo escribir a mi padre y pedirle que envíe instrucciones.
    – ¿Fondos ilimitados para usted, señorita Carrick?
    – No sea obtuso. Oh, gracias por el elogio a mi persona y a mi carruaje. El vestido es de Madame Jordan, que dice que su padre selecciona todas las ropas de su madre, y que su hermano elige todas las de Corrie. Nunca he oído sobre caballeros vistiendo mujeres. ¿No es bastante extraño? ¿Es alguna especie de tradición en su familia?
    – Para ser sincero, nunca lo pensé, aunque los hombres de esta familia tienen un gusto excelente… Hmm, ahora que lo pienso, no creo que hubiera seleccionado un verde tan oscuro para usted, señorita Carrick. Podría, por supuesto, estar equivocado… quizás el sol de finales de la tarde brilla demasiado fuerte en mis ojos… ¿pero es biliosa la palabra correcta?
    Ella dejó el señuelo colgar frente a su nariz por un momento, luego se rió en voz alta con un sonido alegre, bastante encantador.
    – Bien hecho. -Se volvió hacia el carruaje. -Ven, Martha. Estamos aquí en Northcliffe Hall. ¿No es hermoso? Mira todos los colores.
    Su doncella saltó fuera del carruaje, aterrizando suavemente sobre unos pies muy pequeños. No podía tener más de diecisiete años, pensó Jason. Era muy pequeña, su mentón puntiagudo temblaba de emoción.
    – Oh, sí, es glorioso, más que glorioso. Tantos árboles densos, como en el parque. No sabía que usted conocía gente tan magnífica, señorita Hallie.
    – Sólo la gente más magnífica para mí, Martha.
    Jason se rió mientras Hallie ponía los ojos en blanco.
    – Deje que me ocupe de su cochero y sus escoltas. -Jason se volvió hacia el cochero. -¿Algún problema?
    El cochero hizo un rápido saludo a Jason.
    – Ninguno, milord. Benji y Neally, nuestras escoltas provistas por el banquero de la señorita Carrick, bueno, querían un salteador de caminos o dos para romper la monotonía, pero ni siquiera apareció un pillo.
    – Es veintiocho minutos demasiado joven para ser un lord, John -dijo Hallie. Ante la ceja levantada de Jason, añadió: -Oí por casualidad a Melissa contando a su madre lo cercanos en tiempo que nacieron usted y James. -Hallie se dio vuelta cuando Martha tiró suavemente de su manga. -¿Sí, Martha?
    Martha susurró:
    – ¿Quién es ese Dios, señora?
    – ¿Dios? ¿Qué dios?
    – El joven caballero, señora. Oh, Señorcito, es una belleza. Nunca antes he visto un caballero tan glorioso, quizás más que sólo glor…
    – Sí, sí, comprendo, Martha. Investigaremos para conseguirte gafas.
    – Pero tengo ojos que pueden ver alpiste, señorita Hallie.
    ¿Así que tanto él como la casa solariega eran gloriosos? Jason vio a Hallie abrir y luego cerrar la boca. Derrotada por su doncella. Le dijo al cochero:
    – Aquel es Hollis, parado en la puerta principal. Se ocupará de que ustedes tres tomen la cena y tengan camas por la noche. Gracias por cuidar tan bien de la señorita Carrick.
    Los tres hombres estaban parados mirando Northcliffe Hall, y Jason sabía lo que estaban viendo. Una de las grandiosas casas de Inglaterra, de tres pisos, con tres alas saliendo de la parte trasera de la casa, haciéndola parecer una E. El primer conde de Northcliffe había construido la casa solariega, extrayendo la encantadora piedra gris en Hillsley Dale aproximadamente tres siglos atrás, atenuada ahora a un suave color crema con la luz de finales de la tarde. Northcliffe se vería absolutamente austera y fríamente formal como tantas otras grandes casas de Inglaterra si no fuese por la actual condesa, que había plantado robles, limas, alerces y arces a lo largo del camino de entrada y por los jardines más de veinticinco años atrás. En cuanto a la miríada de arbustos y plantas en flor, trepaban cerca de las paredes de piedra, suavizando aun más las líneas de la casa, y presentaban tantos colores y flores en el verano que los jardineros de Northcliffe encontraban pequeños grupos de extraños en los jardines, observando el increíble follaje de verano. Se veía como una enorme casa sacada de un cuento de hadas.
    – Gracias, milord -dijo el cochero, y se dio vuelta cuando Hollis exclamó, su vieja voz firme y seria:
    – Adelante, muchachos, Bobby aquí los llevará a los establos para ocuparse de sus caballos y el carruaje, luego irán a la cocina.
    Los tres hombres, conduciendo los caballos, con Bobby tres pasos delante de ellos, desaparecieron alrededor del costado de la casa.
    Hollis dijo, mientras descendía los profundos y amplios escalones para detenerse junto a Jason:
    – ¿Usted es la señorita Carrick?
    – Sí -dijo Hallie, mirando con atención al viejo con agudos ojos azules, y cabello blanco largo y espeso. -Vi una pintura de Moisés una vez. Aceptaría sus Diez Mandamientos antes de aceptar los de él, Hollis.
    Hollis le ofreció una encantadora sonrisa, mostrando una boca todavía llena de dientes suficientes como para masticar su cordero.
    Jason, serio como un juez, dijo:
    – James y yo creíamos que era Dios. Nunca nos corregiste, Hollis.
    – Usted y Su Señoría nunca me desobedecían cuando creían que podía golpear a ambos con un giro de mi dedo.
    – James y yo temíamos más que los golpes, Hollis. Temíamos que nos dieras pústulas por todo el cuerpo.
    Hollis se veía pensativo.
    – Pústulas. Hmm. Eso nunca se me ocurrió. ¿Supongo que ahora es demasiado tarde?
    – Es perfecto para los gemelos. Ah, ¿podrías, por favor, ocuparte de la doncella de la señorita Carrick, Martha? Yo me ocuparé de la disposición de la señorita Carrick.
    Hollis, que había estado estudiando a Hallie, dijo en una voz tan baja que Hallie pudo escuchar perfectamente bien:
    – No le causará daño físico, ¿verdad, amo Jason?
    – ¿Quieres decir arrojarla dentro del lago Reever? No, estoy demasiado cansado como para asesinarla hoy. -Oyó un jadeo de la joven Martha y le sonrió. -No estrangularé a tu ama. No te preocupes.
    Hallie dijo:
    – Te diré cuándo preocuparte, Martha. Ve con Hollis ahora.
    Vio a la pequeña Martha subir muy lentamente los escalones junto al anciano mayordomo, su mano preparada para sujetarlo si él flaqueaba. Tanto Hallie como Jason vieron a Martha levantar la mirada hacia él, y la oyeron susurrar:
    – Usted es glorioso, señor Hollis, tal vez aun más que glorioso.
    Hallie se rió, no pudo evitarlo. Seguía estando muy nerviosa.
    – Y yo que me preguntaba si Martha y yo encajaríamos.
    – Como te hace reír, se adaptará muy bien a ti.
    – No conocí a Hollis cuando estuve aquí después de la boda de Melissa y Leo.
    – Creo que estaba en cama, atendiendo un resfrío. Está bastante bien ahora, gracias a Dios.
    Cuando Hollis y Martha habían superado los escalones y desaparecido dentro de la casa, ella miró a Jason.
    – No sé si glorioso, pero es una belleza. Es una pena que usted lo sepa tan bien.
    Una ceja se elevó.
    – Usted también es una belleza, señorita Carrick. Sin embargo, a diferencia de usted, no soy vanidoso. No me acicalo de modo de atraer atención hacia mis atributos.
    – ¿Y qué haría si deseara atraer la atención? -Ella lo tenía, y lo sabía. Le sonrió desvergonzadamente. -En realidad no podría sacar pecho, ¿verdad? Hmm. En cuanto al polvo de arroz en su rostro, me atrevo a decir que lo pierden sudando en medio de su primer vals.
    Él tomó rápidamente la oportunidad que ella le daba.
    – ¿Y las damas no sudan su polvo de arroz?
    – Desde luego que no. Las damas están hechas de fina porcelana, no de barro poroso.
    Como así se sentía exactamente en ese momento, Jason echó la cabeza atrás y se rió. En ese momento se dio cuenta de que había extrañado esa rápida mente suya, sin mencionar su lengua.
    – La abadía de Ravensworth es tan espléndida como Northcliffe Hall, pero es muy diferente. Usted tiene un hermoso hogar.
    – Lyon’s gate es mi hogar ahora.
    – Nuestro hogar, señor Sherbrooke. Nuestro hogar. -Ella palmeó suavemente la manga blanca de él. -Veintiocho minutos. Ni siquiera media hora y su destino fue decidido.
    – Por favor, créame, señorita Carrick, preferiría compartir una casa con usted que ser algún día el amo aquí.
    Ella notó entonces que él no estaba vestido como el hijo de la casa. Qué extraño que no hubiese notado lo sudoroso y sucio que estaba, sus viejas botas raspadas, su camisa blanca abierta en el cuello y un poco en el pecho, y no iba a quedarse mirándolo, no cuando toda esa encantadora suciedad significaba que había estado en Lyon’s gate y ella no.
    – Ha estado pasando los últimos tres días en Lyon’s gate, ¿verdad? -Su voz se elevó una octava. -¿Qué ha hecho?
    Jason tendría que haber estado muerto para no oír la cólera, y se vio tentado a tomarle el pelo. No, mejor no, cuando los ojos de ella ya estaban sobresaliendo de su cabeza. Además, su preciosa madre podría escucharla gritándole y vendría a dispararle.
    – Nada que usted pudiera desaprobar -le dijo suavemente. -Contraté a tres hombres de la aldea para que me ayudaran a limpiar los establos. Casi terminamos hoy. Ya he hablado con el hombre que decidirá qué es necesario para reparar la casa, y él y sus trabajadores comenzarán mañana. Puede hablar con ellos entonces. Oh, sí, mi madre envió allí a media docena de jardineros, que están quitando la hiedra de la casa y deshaciéndose de las malezas. Empieza a verse mucho mejor.
    Hallie rumió eso un momento, y asintió.
    – Muy bien. Tiene suerte de no haber pintado ninguna habitación, señor Sherbrooke.
    – ¿Pintar, dice? Estaba imaginando un encantador carmesí brillante para la sala de estar, quizá una pared azul pálido. ¿Qué piensa?
    Ella miró esos increíbles ojos lavanda suyos y dijo:
    – Me sorprende, señor. Una excelente elección. Y encantadoras cortinas carmesí, ¿no lo cree? ¿O quizás azul pálido?
    – Carmesí, con gruesas borlas doradas trenzadas enlazándolas. El terciopelo sería totalmente encantador. Qué agradable. No deberíamos discutir en nada. -Le ofreció su brazo. -Déjeme llevarla dentro para saludar a todos. Imagino que ya deberían estar reunidos.
    Ella se rió mientras subía los escalones junto a él.
    – ¿Podríamos partir mañana temprano para ir a Lyon’s gate? Quiero ver todo.
    Hallie estaba tan emocionada como él. Odiaba que deseaba Lyon’s gate tanto como él.
    Exclamó:
    – Hola, madre. Mira quién ha llegado.
    Alex se encontraba justo dentro de la imponente puerta principal, observando a la joven que había tenido el descaro de arruinar el sueño de su hijo. Conocía su deber; tragó con dificultad una vez y le ofreció una sonrisa. A veces ser bien educada era el mismo infierno.
    – Señorita Carrick. Qué bueno verla nuevamente.
    Hallie hizo una reverencia.
    – Gracias, señora, por recibirme. Es muy generoso de su parte.
    ¿Qué decir cuando realmente no había tenido opción en el asunto? Era mejor mantener la boca cerrada.
    Hallie le ofreció una sonrisa descarada.
    – Espero que no tenga un arma tras su espalda.
    Alex sintió un tirón de agrado no deseado.
    – Hmm. Sea muy respetuosa conmigo, señorita Carrick, asienta con modesto acuerdo a todo lo que yo diga, y podría sobrevivir.
    – Lo siento, madre. Aunque lo intentara, no veo que eso suceda -dijo Jason.
    – En ese caso, debe venir a la salita, señorita Carrick. Mi querida suegra, lady Lydia, la condesa viuda de Northcliffe, está aquí para su visita semanal. Puede conocerla y tomar una agradable taza de té.
    Jason gruñó.
    Hallie se veía repentinamente cautelosa.
    Jason intentó captar la mirada de su madre, pero ella había tomado el brazo de Hallie y la conducía en línea recta hacia la sala de estar. Él hubiese preferido ser arrojado en el lomo de un caballo de dos años, sin riendas, quizás hasta hubiera preferido ser hervido en aceite. Un pelotón de fusilamiento era una buena opción.
    Su abuela odiaba a todas las mujeres en el universo conocido, excepto a su tía Melissande, incluyendo a su madre y a Corrie, y por eso era que su padre finalmente la había mudado a la casa de campo al final del sendero cinco años atrás.
    Dijo detrás de ellas:
    – Madre, quizá podrías reevaluar este curso de acción en particular. Es un corderito yendo al carnicero.
    – Tonterías. Estás un poquito sucio, querido, pero a tu abuela no le importará. Y la señorita Carrick seguramente es una muchacha lo suficientemente bien educada como para salir de esto sin problemas, ¿no lo crees?
    – No. Señorita Carrick, ¿conoce a Wilhelmina Wyndham?
    – Oh, cielos.

CAPÍTULO 14

    Jason hubiese preferido vaciar orinales antes que entrar a esa salita con la cabra atada, pero simplemente no podía dejar sola y desarmada a la señorita Carrick con su abuela. Sería demasiado cruel. No porque su presencia fuese a hacer mucha diferencia. Ella sería aplastada por esa maliciosa lengua envejecida; su abuela miraría a Hallie y vería carne fresca. Qué raro que nunca volviese su cañón hacia él, James o su padre. Sólo a aquellas lo bastante desafortunadas como para ser mujeres.
    Jason vio a Corrie sentada en un sillón de orejas, James parado a su lado, con la mano apenas apoyada en su hombro, sin dudas para evitar que saltara y pateara la silla de su abuela cuando ella empezara a disparar insultos.
    Los ojos de su abuela se encendieron al verlo.
    – Querido Jason, qué visión eres, muchacho mío, pero ciertamente eso no es importante, ¿verdad? ¿Qué es un poquito de suciedad en el flujo del tiempo? Ven y dame un gran beso. -Jason sonrió a la anciana, se agachó y besó su mejilla apergaminada. Ella le tocó suavemente el cabello y susurró: -Tengo algunos bollos de nuez que Hollis me trajo esta mañana. Ven más tarde y los compartiré contigo.
    Jason aferró sus viejas manos venosas y le respondió en un susurro que sin dudas iría.
    Cuando se apartó, la condesa viuda levantó la mirada para ver a su nuera, la libertina pelirroja, tomando del brazo a una jovencita que nunca antes había visto.
    Jason lo vio en sus ojos con tanta claridad como si hubiera hablado en voz alta: presa nueva, tráiganme la presa nueva.
    – ¿Quién eres tú?
    Alex soltó el brazo de Hallie.
    – Esta es la jovencita que se mudará al vecindario, suegra. Me temo… -se aclaró la garganta, -quiero decir, parece que se quedara con nosotros por un tiempo. ¿No es encantadora? ¿No cree que está hermosamente vestida? Y observe lo elegante que se mueve. Señorita Carrick, esta es lady Lydia, la madre del conde.
    – Bien, ven aquí, muchacha, y déjame verte.
    Hubo un momento de crudo silencio en la salita. Hallie vio que todos miraban con atención de ella a la anciana, sin respirar.
    Miró a la vieja y pequeña dama, con su brillante cuero cabelludo rosado que se veía a través de su cabello blanco, y no pudo imaginar que fuera parecida en nada a Wilhelmina Wyndham. Seguramente no; Jason estaba bromeando con ella. Lady Lydia no era frágil en absoluto, ni tenía la apariencia de una vieja dama apacible a quien le palmeaban la mano y con almohadones tras su vieja espalda. Se veía tan sólida y maciza como la yegua de Hallie, Piccola, y seguramente eso no era algo malo. Por otro lado, Piccola podía morderla y azotarla con su cola al mismo tiempo.
    Los viejos ojos de la condesa viuda chispearon, su boca se abrió, y de pronto de la boca de Hallie salió:
    – ¿Recuerda la Revolución Francesa, milady?
    Lady Lydia se quedó helada.
    – ¿La qué, muchacha?
    – ¿Cuando los franceses se levantaron contra el rey y la reina y les cortaron la cabeza?
    Mientras hablaba, Hallie se sentó en el almohadón a los pies de lady Lydia.
    – Desde luego, un hombre inteligente es Arthur Wellesley. Cuando regresó a Londres en el verano de 1815, era celebrado cada noche; las damas se arrojaban encima suyo, los caballeros querían el honor de ser vistos con él. Tanta alegría, y tanto alivio de que el monstruo estuviera finalmente derrotado.
    Hallie se inclinó.
    – Debe ser tan maravilloso haber vivido tanto como usted, a través de tantos increíbles acontecimientos, y conoce al duque de Wellington. ¿También conoció a Jorge III antes de que se volviera loco?
    – Oh, sí. Había rumores, por supuesto, pero en 1788, finalmente fue anunciado que la razón del rey había volado de la cabeza real. Jorge mejoró, pero claro, su enfermedad atacó nuevamente hasta que al final nunca lo abandonó. Pobre hombre, engañado por su hijo y heredero, pero su reina, Charlotte, ah, tenía tanta fortaleza. Una pena, una pena.
    – No puedo imaginar ser tan mayor como usted. Es tan afortunada.
    A Lady Lydia le hubiese gustado arquear una ceja, pero no le quedaban.
    – Nunca nadie me ha dicho algo así antes. Hmm. Nunca he observado todas mis décadas precisamente bajo esa luz. Mi nuera tiene razón. Tu vestido es encantador, aun con esas ridículas mangas grandes que te hacen parecer de un metro de ancho.
    – Al menos ahora se ajustan en la muñeca. Usted vestía esos encantadores trajes de la Regencia que se ajustaban arriba y caían rectos hasta el suelo.
    – Aye, eran encantadores, toda esa ligera muselina, nada de corsés o enaguas sobrecargándote, pero tantas damas pescaban espantosos resfríos porque vestían tan poco. Al menos hoy no pescarás una inflamación del pulmón. Hmm. Me resulta inusual que sepas cómo vestir, ya que no pareces tener un esposo que escoja los vestidos por ti, como estas dos.
    – Tengo un excelente sentido del estilo, señora. Gracias por comentarlo.
    Alex estaba absolutamente perpleja, como el resto de las personas en la habitación. Había un total silencio, excepto por las voces bajas de Hallie y la condesa viuda. La puerta se abrió y Douglas entró a grandes pasos, evidentemente en una misión para salvar a la señorita Carrick. Alex lo agarró de la manga.
    – No te muevas -susurró. -No puedo creerlo, pero no eres necesario.
    Douglas miró a la señorita Carrick, y vio la mano de su madre acariciando suavemente su manga verde. Se quedó paralizado como todos los demás en la sala, su mandíbula cayó.
    Lady Lydia miró y sonrió a su hijo mayor.
    – Mi querido muchacho, haz que la muchacha pelirroja sirva el té. Al menos ha aprendido cómo lo tomo ahora.
    – Y aprecias eso, ¿verdad, madre?
    Hallie se preguntaba qué estaba sucediendo aquí. La boca de lady Lydia era una tensa costura. Ante el silencio continuado del conde, ella asintió.
    – Sí, lo aprecio mucho. -Se volvió hacia Hallie. -¿Estás aquí para casarte con Jason? Mi pobre y precioso niño necesita una buena muchacha segura, una muchacha fuerte con nervios de acero. Sí, probablemente ese es el requisito más importante de su esposa.
    – ¿Por qué, señora? ¿Él tiene un temperamento tan delicado?
    – Oh, no, es algo totalmente diferente. Bueno, ¿son tus nervios fuertes como la rueda de un carruaje?
    – Sí, señora. Pero, ¿por qué?
    – Mis dos hermosos nietos son caballeros hasta la punta de sus bien formados pies, qué pena. La esposa de Jason debe ser capaz de protegerlo de todas las pícaras que continuamente lo persiguen con el intento de aprovecharse de él. -La anciana disparó una mirada a Corrie, que la miraba fijamente, con la boca abierta. -¿Qué problema tienes, Coriander? Te ves como una trucha en tierra. No es atractivo. Le dará asco a tu esposo. -Corrie cerró la boca. Lady Lydia dijo a Hallie: -La esposa de mi James es muchas cosas, señorita Carrick, pero diré esto de ella, es fuerte como la más robusta rama de roble. James rara vez sale sin ella. Sabe que ella lo protegerá. Ha aprendido a arrojarse enfrente de él cuando las damas se arrojan en su camino para llamar su atención. Coriander le dice que su atención es lo único que él otorgará jamás, y eso sólo si la mujer en cuestión ha llegado a su quincuagésimo verano.
    Jason dijo:
    – Abuela, la señorita Carrick no está aquí para casarse conmigo. Apenas nos conocemos.
    – Creo que los mejores matrimonios empiezan con el intercambio de nombres, nada más -dijo la condesa viuda. -Mírate, mi querido muchacho, ninguna mujer con ojos en la cabeza no intentaría perseguirte. El pobre James, en cambio… -El conde se aclaró la garganta ruidosamente. -Hum -dijo la condesa viuda.
    Jason no comprendía por qué su abuela todavía no había atacado a Hallie, pero como nadie había tomado té, aún había tiempo para que cambiara de opinión y decidiera que Hallie era una libertina usurpadora, como su madre.
    – Entonces, ¿por qué estás tan sucio, muchachito, si no estabas persiguiéndola por los parques?
    – ¿Y ella me atrapó varias veces y me ensució?
    – Sí, así es.
    – Lo siento, abuela. Sabes que compré Lyon’s gate. Estuve trabajando allí hoy. No tuve tiempo para cambiar de atuendo. Perdóname.
    – ¿Estabas trabajando como un peón ordinario?
    – Sí, señora.
    Lady Lydia aceptó una taza de té de su nuera. Douglas vio que lo hacía girar en la taza un momento, vio que deseaba desesperadamente quejarse, pero ella sabía que si lo hacía no sería invitada nuevamente hasta que la propia libertina volviera a invitarla, y podía estar muerta para ese momento. Hollis pasó una encantadora bandeja enorme llena de scones, tartaletas de limón, diminutas tortitas de semilla, y pequeños sándwiches de pepino y jamón, cortados en una miríada de formas.
    Jason vio que la señorita Carrick dejaba su té y el plato que contenía dos tartaletas de limón en el suelo, a su lado. Se veía perfectamente satisfecha de permanecer a los pies de su abuela. Sólo espera, quería decirle, espera y verás que ella decide que tu cabello es color latón, o que esos encantadores ojos tuyos son taimados, o Dios sabrá qué más.
    La condesa viuda bebió su té, hizo apenas una mueca, y luego anunció:
    – Sin importar los defectos de Coriander, y son multitudinosos, ha obsequiado a James con dos adorables niños, la misma imagen de su hermosa tía Melissande, quien debería haberse casado con…
    Douglas se aclaró la garganta, vio a su madre meterse la tartaleta en la boca y masticarla enérgicamente, y dijo:
    – Jason, tienes el aspecto de un hombre satisfecho. Dime cómo está yendo todo en Lyon’s gate.
    Jason se adelantó en su silla, cerró las manos entre sus rodillas, olvidó que estaba sucio y olía a sudor seco, olvidó que Hallie estaría viviendo con él y que era dueña de la mitad de Lyon’s gate, y dijo:
    – Oh, sí. Quiero que vengas pronto, abuela, y me digas qué piensas de mi hogar. Los establos son del tamaño perfecto, y una vez que los tengamos ordenados y limpios, podremos ver el excelente trabajo.
    Él siguió hablando, y todos le sonreían, asentían, hacían preguntas. Era como si nadie más en la habitación existiera excepto Jason, pensó Hallie, mirándolo de reojo. Ni una palabra sobre ella, pero se dio cuenta rápidamente de que nadie quería escandalizar a la condesa viuda. Y, por supuesto, Jason acababa de llegar a casa después de mucho tiempo. ¿Tenían miedo todos de que volviera a irse? ¿Esta vez para siempre? ¿Entonces nadie decía nada para herir sus sensibles sentimientos?
    Cuando Jason se relajó, con una tonta sonrisa en su rostro, Hallie dijo en voz baja a la condesa viuda:
    – Quizá usted y yo podríamos visitar Lyon’s gate juntas.
    La vieja masticó lentamente su sándwich de jamón, que había sido formado por la cocinera para parecerse a uno de los grandes robles fuera de la ventana de la salita. Lentamente, ella asintió.
    – Sí -dijo, palmeando la manga de Hallie, -eso me gustaría mucho.
    Hallie terminó una tartaleta de limón.
    – Lo visitaremos a principios de la próxima semana. -Sonrió. -¿Sabía que cuando vi por primera vez a Hollis, sólo un rato antes, le pregunté si era Moisés?
    – ¿Moisés? ¿Ese viejo chirriante? Hmm. Sí se parece a algún antiguo profeta, ¿verdad? Puedo recordar los días que él perseguía a James y Jason, los metía bajo sus brazos y los entregaba a su tutor, así de fuerte era. Ellos tenían diez años, recuerdo. ¿Qué te dijo Hollis?
    El labio de Hallie tembló.
    – Dijo que no, que no era Moisés, era Dios.
    La anciana rió, un cacareo en realidad, pero era pleno, aunque sonaba como clavos oxidados rechinando.
    – ¿De veras lo hizo, viejo?
    Hollis, que estaba sirviendo un poco de crema en el scone de Corrie, terminó lo que estaba haciendo, levantó la cabeza y sonrió a la condesa viuda.
    – Ciertamente, madame.

CAPÍTULO 15

    Cinco mañanas más tarde, en la mesa del desayuno, Alex dijo:
    – El mensajero que enviaste a la señora Tewksbury regresó hoy con su respuesta.
    Entregó a Hallie un prístino sobre blanco, ya que el mensajero había envuelto cuidadosamente la carta en una tela blanca. Quería decir a la señorita Carrick que era su responsabilidad pagar al mensajero, pero eso podía ser un poquito torpe.
    – Jason, escuche. ¡Angela llegará el fin de semana!
    Douglas dijo:
    – Sabes, Jason, no pueden mudarse a Lyon’s gate hasta que esté lo suficientemente habitable para las damas.
    – Concuerdo. Sin embargo, yo puedo.
    Hallie dijo sin vacilar:
    – No se acercará a Lyon’s gate con una almohada y una cama a menos que yo esté con usted. -Douglas se ahogó con su café. -Milord, ¿se encuentra bien?
    Hallie estaba de pie en un instante y poniendo el borde de su mano contra la espalda de Douglas.
    – Estoy bien, señorita Carrick -dijo el conde finalmente.
    Miró a Jason, que puso los ojos en blanco. Hallie volvió a sentarse.
    – Planeo que todos nos mudemos juntos a Lyon’s gate.
    Jason dijo a sus parientes:
    – Ella no confía en mí. Es un insulto a mi madre, señorita Carrick, y seguramente deseará replantearse eso.
    – Ruego que me disculpe, señora. En mi experiencia, sin embargo, a veces la fruta cae a alguna distancia del árbol, no por culpa del excelente árbol.
    – ¿Es esto una referencia a las manzanas podridas, Hallie? -dijo Corrie.
    – Oh, no, seguro que no -dijo Hallie, y sonrió como una pecadora.
    – En cuanto al árbol en cuestión, señorita Carrick, la disculpo -dijo Alex. -Sin embargo, no aprecio que insulte a mi fruta. Debe darse cuenta de que un árbol hará cualquier cosa para proteger a su fruta, sin importar qué tan lejos caiga. Un árbol puede echar una sombra muy larga.
    Los gemelos y su padre miraban impresionados a la condesa.
    Jason dijo:
    – Ah, hablando de la querida fruta, te lo agradezco, madre. Bien, señorita Carrick, ¿le gustaría pedir gentilmente a mis padres si permitirían que la señora Tewksbury pase algún tiempo aquí?
    Hallie sonrió a la condesa de Northcliffe, quien, estaba segura, preferiría que ella se mudara a Rusia.
    – Milady, estaría muy agradecida si permitiera que tanto mi prima como yo nos quedásemos aquí un poco más de tiempo. No será mucho más que un par de días luego de que ella llegue. Hemos visitado el almacén de muebles del señor Millsom en Eastbourne. Hemos seleccionado varias telas y estilos. Sinceramente, bueno, quizás tres días más después del viernes.
    Alex pensó que era una muchacha tan brillante y encantadora, deseando poder estrangularla y arrojar su cuerpo en el pozo de Cowper. Pero no podía ser.
    – Desde luego, señorita Carrick. Será un placer para nosotros.
    Corrie dijo:
    – ¿Puedo visitar Lyon’s gate hoy, Jason? ¿Ver cómo está saliendo todo?
    Él asintió.
    – No lleves a los gemelos aún. Hay demasiado peligro de que se lastimen. Sabe, señorita Carrick, podrían ser tres días. Quizás cuatro. No todo estará terminado, pero sí lo suficiente.
    – ¡Oh, eso sería maravilloso! ¡Realmente sucederá!
    Ella saltó de su silla, tomó a Jason de la mano, lo hizo levantar y comenzó a bailar el vals con él alrededor del desayunador. Hallie reía y saltaba, y casi golpeó el respaldo de una silla. De pronto se detuvo. Estaba jadeando un poquito.
    – Oh, cielos, no sé porqué hice eso. Perdóneme por ponerlo en ridículo.
    Él reía por su entusiasmo.
    – No me importó. No he bailado con tanto placer desde justo después del amanecer con mis sobrinos.
    – ¿Cómo es eso? -dijo su padre.
    – Me sacaron de la cama a las cinco y media esta mañana. En realidad, saltaron encima mío y comenzaron a bailar sobre la cama. -Jason se encogió de hombros y sonrió. -La pasamos muy bien. Afortunadamente, los diablitos se desplomaron luego de diez minutos y los tres volvimos a dormir.
    James dijo:
    – Su niñera estaba desesperada cuando descubrió que los niños habían desaparecido. Sin embargo, Corrie y yo no entramos en pánico. Ella se quedó en el oscuro pasillo y me dijo “Escucha”, y efectivamente había un canto apagado que provenía de atrás de la puerta del dormitorio de Jason. Abrimos la puerta muy silenciosamente, y ahí estaba él, bailando con los gemelos. Nos marchamos. La siguiente vez que lo vimos era una hora más tarde, con un niño metido bajo cada brazo, sus cabezas sobre los hombros de él, y profundamente dormidos, los tres.
    La sonrisa de Jason desapareció de su rostro.
    – Corrie, eh, realmente no miraste dentro del dormitorio la primera vez, ¿cierto? Quiero decir, no me viste realmente bailando, ¿verdad?
    – Oh, sí.
    Ella tuvo el descaro de reír.
    Él sintió que el rubor subía hasta sus cejas. Había estado desnudo. Los camisones de los gemelos les habían dejado los pies descubiertos, y esos deditos habían estado fríos.
    Corrie dijo a la mesa entera:
    – Ni James ni Jason usan camisón.
    – Gracias por informar a todos de eso, Corrie -dijo su esposo, ahora tan sonrojado como su gemelo.
    Hallie dijo:
    – No puede ser tan vergonzoso, Jason. Usted es el gemelo de su hermano, y Corrie ha estado casada con él un largo tiempo. Ninguna sorpresa, seguramente.
    La ceja de Jason se elevó.
    – ¿No es eso un poquito indiscreto para el desayuno, Hallie?
    – No más indiscreto que lo que su cuñada dijo.
    – Pero ella vive aquí, ha vivido aquí desde que tenía casi tres años.
    – Oh, cielos, tiene razón. Lo siento mucho. A veces hablo antes de pensar.
    – Creo que a todos nos gustaría un poco más de té -dijo Alex.
    Douglas preguntó:
    – ¿Bailabas con los hijos de James y Jessie Wyndham?
    – Oh, sí. Teníamos competencias. Creo que Alice y yo ganamos la última, sólo tres días antes de marcharme.
    – ¿Alice? -dijo Douglas. -Oh, sí, ella es la menor, ¿verdad?
    Jason asintió.
    – Tiene cuatro años, una mata de rizos rojos y un precioso ceceo. Cantaba el himno norteamericano a viva voz, mientras bailábamos, exigiendo que yo cantara con ella. Todos reían tanto cuando terminamos que Alice reclamó el premio mientras todos estaban demasiado débiles como para discutir.
    Cuando todos dejaron de reír, Hallie dijo:
    – ¿Y cuál era el premio?
    Él abrió la boca y luego la cerró.
    – Nada en especial, realmente. Bien, ¿cuándo fue la última vez que vio a la señora Tewksbury?
    – Yo tenía diecisiete años. Mi padre y Genny le pidieron que visitara Carrick Grange para la época de Navidad. Ella está enamorada de mi padre, pero todas las mujeres lo están, ya que es el hombre más hermoso del mundo. A Genny no le importó, ya que Angela tiene edad para ser su madre. Es bastante original.
    – ¿Sinceramente crees que tu padre es más hermoso que James y Jason? -preguntó Corrie, su cuchillo detenido a quince centímetros de su boca.
    – Por supuesto. Si los tres estuvieran caminando por la calle, todas las damas intentarían atrapar a mi padre. Si mi padre fuese demasiado veloz como para ser atrapado, sólo entonces se volverían hacia James y Jason.
    James dijo rápidamente, antes de que Corrie arrojara un tenedor lleno de huevos a la señorita Carrick:
    – No importa. Ansío conocer a la original señora Tewksbury.
    Alex dijo:
    – En cuanto a mí, quiero conocer al padre de Hallie.
    Douglas dijo, con una ceja bien levantada:
    – Tú, mi querida esposa, puedes observar a Alec Carrick a la distancia si él alguna vez aparece. ¿Está claro?
    – Siempre me das órdenes tan bellamente, Douglas.
    Antes de que Corrie pudiera acusar a Hallie de ser una ciega imbécil, James dijo:
    – Bien, Jason, has tenido a diez hombres martillando, pintando, cargando madera, sin incluirnos a nosotros tres, y diez mujeres fregando, con Hallie supervisándonos a todos. Se han puesto de acuerdo con los muebles, ¿verdad?
    Jason dijo:
    – Aunque parezca sorprendente, logramos llegar a un acuerdo, en su mayor parte, y eso incluye cortinados y los colores de pintura también. Apenas recuerdo lo mal que se veía la casa la primera vez que la vi. Y los corrales, todos recién pintados, la sala de aperos…
    Y siguió con una y otra cosa, su familia tan contenta que sonreían, asentían y hacían preguntas aunque habían oído prácticamente este mismo recital cada noche. Cuando finalmente nadie pudo pensar en otra pregunta que hacerle, James se volvió hacia Hallie.
    – ¿Cuándo llevará a su yegua a Lyon’s gate?
    Ella dijo:
    – El establo de Piccola está listo para ella, pero permanecerá aquí hasta que Jason y yo nos mudemos realmente a Lyon’s gate. ¿Le conté…?
    Desafortunadamente, Hallie no era el hijo largamente ausente de la casa, y fue interrumpida por Corrie.
    – Oh, sí, nos contaste todo sobre ella, Hallie. Válgame, Jason, otra semana e incluso los muebles estarán allí. Esto es maravilloso. Y a menos de una hora de viaje de Northcliffe. Estamos todos tan felices, especialmente mi esposo. -Le sonrió abiertamente sólo para ver que ahora Hallie y Jason discutían en voz baja. Era tan común verlos atacándose, que dijo algo que seguramente enganchó la atención de Hallie. -Hallie, eres casi tan hermosa como mujer como es Jason siendo hombre.
    Hallie se dio vuelta en su silla tan rápido que derribó su taza de té. Se quedó mirando a la cuñada de Jason y descubrió que no podía decir ni una palabra. En cuanto a Jason, estaba riendo.
    Hallie dijo:
    – Bien, gracias, Corrie. Sin embargo, a decir verdad, soy sólo una muy vaga copia de mi padre.
    Corrie dijo:
    – Vamos, Hallie, es tu padre, por eso lo ves con menos objetividad que a cualquier otro hombre. Vamos, admítelo.
    Pero Hallie negó con la cabeza.
    – Espera y verás.
    Mientras todos salían del desayunador, Alex apoyó una mano sobre el hombro de su esposo.
    – Sabes, todo ha cambiado tanto desde que Jason volvió a casa. Estoy pasándola bastante bien.
    Douglas miró adelante hacia Hallie y Jason, aún discutiendo por Dios sabe qué, y dijo pensativamente:
    – Me pregunto algo.
    Alex dijo:
    – No te preguntes, te lo ruego. ¿Puedes creer que Hallie y tu madre la pasaron bien visitando Lyon’s gate? Hallie me contó más tarde que cuando confesó a lady Lydia su sociedad con Jason, tu madre le dijo que tomara el control lo antes posible, porque sus dos preciosos nietos eran tercos como mulas. Pero bueno, le dijo a Hallie que todos los caballeros eran obstinados y acostumbrados a salirse con la suya. Porque, dijo, había vivido ocho décadas y presenciado eso en muchas ocasiones, y Hallie sería inteligente en tomar nota de eso.
    Douglas se rió.
    – Si se lo hubieras dicho tú, ella te hubiese acusado de promover la inmoralidad y Dios sabe qué más.
    – Bueno, debo decir que me alivia que Hallie fuera quien se lo dijo. Pensé que finalmente la atacaría.
    – No suenes tan desilusionada.
    – No puedo evitarlo. ¿sabías que Hallie llevó a lady Lydia y a Hollis a Lyon’s gate ayer en el carruaje? Incluso pensó en llevar un picnic de almuerzo.
    – Sí, lo sabía. Hollis estaba sonriendo de oreja a oreja, me contó todo lo que estaba pasando, tal como hace Jason cada noche.
    Alex suspiró.
    – ¿Por qué a lady Lydia le agrada tanto Hallie Carrick y a mí me detesta?
    – He pensado en eso. Creo que es porque Hallie la montó antes de que pudiera ponerse el freno en la boca y masticarlo. Creo que es necesario que tanto Corrie como tú aprendan una lección de esto. Podría ser demasiado tarde, pero, ¿quién sabe?
    – Hmm. ¿Vas a trabajar en Lyon’s gate hoy?
    Douglas negó con la cabeza.
    – Con James lejos todo el tiempo, debo ocuparme de los negocios aquí.
    Ella se puso en puntas de pie, lo hizo bajar la cabeza y le susurró al oído:
    – No me ha molestado frotar sus músculos doloridos, milord.
    – Me casé con un paquete, gracias a Dios.

CAPÍTULO 16

    Lyon’s gate – Cinco días después.

    – ¡Everett! ¡No comas ese clavo!
    Tres adultos y Martha corrieron hacia el niñito, pero su madre fue la más veloz. Corrie lo levantó en sus brazos, sacó el clavo de su boca, escupió en su pañuelo y le secó la boca.
    – ¡No, no, no! -le gritó a la cara, y lo sacudió por si acaso.
    Everett se quedó mirando a su madre, arrugó el rostro, echó atrás la cabeza y aulló.
    Su gemelo, Douglas, agarró la falda de su madre y tiró fuerte. Corrie, con ambas manos intentando tener quieto a Everett, canturreó a Douglas:
    – Sólo un momento, bebé, sólo un momento más y mamá te alzará también.
    La voz de Everett subió otra octava. Douglas arrugó su rostro, abrió la boca e igualó el volumen de su gemelo. Martha palmeó con las manos.
    – Santo cielo, milady, mi propio hermanito nunca, jamás, hizo tanto barullo como estas pequeñas liendres.
    Jason exclamó:
    – ¿Quién quiere bailar el vals conmigo?
    Hubo un instante de completo silencio, y luego:
    – ¡Yo quiero!
    – ¡Yo quiero!
    – ¡Yo primero, tío Jason!
    Everett estaba intentando apartarse de su madre y Douglas saltaba, ahora tirando de la sucia pierna del pantalón de Jason.
    Jason, riendo, levantó a Douglas y acomodó a Everett del otro lado, y exclamó:
    – Necesito un poco de música, por favor.
    Hallie, que había salido corriendo de la casa ante los gritos de Everett, no dudó. Comenzó a cantar una de las cancioncitas de la duquesa Wyndham, escrita unos veinte años atrás y todavía una favorita en la marina del rey. La cantó en ritmo de tres cuartos con la melodía de un popular vals para que las palabras encajaran con el ritmo de un vals, en su mayoría, haciendo que todos los que escuchaban rieran a carcajadas.
    Jason giraba, bajaba y se deslizaba. Los gemelos reían y chillaban. Todo adulto a treinta metros dejó de trabajar para mirar, y escuchar.
    “Él no es de los hombres que gritan: ¡Por favor, querida!
    Es sólo un patán que grita: ¡Tráeme una cerveza!
    Es un hombre bonito con una moza bonita
    Que le pone licor justo en el trasero.
    Y a tirar y jalar vamos, mis muchachos,
    ¡Gritaremos como queramos hasta que haya un barco a la vista!”
    Tres de los trabajadores conocían la canción y empezaron a cantar junto con Hallie. Todos estaban balanceándose, y entonces Mackie, un albañil, gritó a una de las mujeres:
    – ¡Meg, venga a bailar conmigo!
    Pronto había al menos tres parejas valseando, la propia Martha haciéndolo muy bien con el joven Thomas, el hijo del herrero, que acababa de celebrar su décimo cumpleaños.
    Alex la oyó decir:
    – Ella es mi ama, lo es. Sólo escucha esa he’mosa voz dentro de su bonita persona.
    La condesa viuda, lady Lydia, tarareaba y se mecía en su silla, bajo una bendita sombra junto a la puerta principal, con Angela Tewksbury a su lado, riendo, intentando aplaudir con el ritmo de vals de tres cuartos.
    Hollis se encontraba en el umbral sonriendo benévolamente, dando golpecitos con el pie. Atrapó la mirada de Jason, señaló la bandeja y formó las palabras limonada, bizcochos. Jason susurró al oído de Everett, luego a Douglas. Para su estupefacción, ambos niñitos lo agarraron del cuello y gritaron:
    – ¡Baila!
    – ¡Baila!
    Hizo falta otra interpretación entera de la canción de marineros antes de que los gemelos decidieran que querían limonada, todo porque Hollis estaba bebiendo un enorme vaso, dejando que una gota corriera por su mentón, a menos de un metro de ellos.
    Pronto estaban sentados sobre una manta a la sombra, junto a lady Lydia y la señora Tewksbury, con un plato de tortas y bizcochos en la manta en medio de ellos. Estaban farfullando en conversación de gemelos, cada uno intentando agarrar la mayor cantidad de tortas.
    – Dame agua, Hollis -dijo Jason, respirando con dificultad. -Cielos misericordiosos, esos dos tienen más energía que Eliza Dickers. Creo que ni siquiera ella me agotó tanto como esos dos.
    Una de las cejas de su padre se elevó.
    – ¿Una belleza de Baltimore?
    Hallie hizo una mueca de desdén, su expresión condenadora como la de una monja.
    – Ah, sí, milord. Tengo entendido que la belleza de Jason, Eliza Dickers, quizás podría ser considerada algo así como una viuda virtuosa, algún tiempo atrás, antes de la llegada de su hijo a Baltimore.
    Jason se puso tenso como los nuevos postes de vallado que había clavado en el suelo sólo una hora atrás. Le ofreció una mirada que cortaría leche y una voz que podría helar los alrededores del Infierno.
    – Eliza Dickers es una dama, una de las mejores amigas de Jessie Wyndham. Ella, a diferencia de usted, señorita Carrick, es una adulta. No hiere a nadie, ni con sus acciones ni con sus palabras.
    Giró sobre sus talones y fue de regreso con su hermano.
    Hallie se quedó mirándolo.
    – Oh, cielos.
    Douglas dijo:
    – ¿Por qué le desagrada tanto mi hijo, señorita Carrick?
    – Oh, cielos -repitió Hallie. -No quería… sinceramente no quería, es sólo que yo…
    – ¿Sigue furiosa con él porque es dueño de la mitad de Lyon’s gate?
    – No -dijo ella, mirando con atención a Jason mientras él hablaba con su madre ahora, con su mano sobre la manga de ella.
    – Ah -dijo el padre de Jason, y le sonrió.
    Hallie se quedó dura.
    – No me agrada lo que está pensando, señor, aunque no sé que es y jamás quiero saberlo.
    Vio a Jason tomar un vaso de agua y vaciarlo entero, su fuerte garganta moviéndose. Su camisa, abierta hasta la mitad de su pecho, estaba transpirada y se pegaba a él. El vello en su pecho estaba sucio y brillante también por el sudor, y Hallie no iba a pensar en eso.
    Si Douglas no estaba equivocado, y nunca lo estaba respecto a cosas como esta, Hallie Carrick miraba a su hijo con una expresión bastante alarmada en el rostro. Apostaría un montón de monedas a que se había puesto celosa. Sí, había dado una demostración de lindos y crudos celos, tan bajos y humanos como era posible. Era difícil ver otro lado de ella, pensó Douglas, un lado encantadoramente humano, ya que había querido estrangularla durante tanto tiempo.
    Vio a Jason arrojar su vaso a uno de los trabajadores parados cerca de Hollis.
    Douglas dijo a Hallie:
    – Su voz es buena y fuerte. ¿Sabía que la duquesa Wyndham es la prima política de James Wyndham?
    – Oh, sí, ella es muy famosa en Baltimore. Creo que Wilhelmina Wyndham la odia bastante, aunque odia a un número de personas considerable, así que no es una distinción particular.
    – No puedo creer que haya hecho encajar esa canción con el ritmo del vals, algo así. Bien hecho.
    – Gracias, señor. Supongo que es hora de volver a colgar las nuevas cortinas del dormitorio.
    Douglas la vio entrar en la casa, con la mirada en sus pies y, si no estaba equivocado, sus hombros un poquito caídos.

    James apareció detrás de su hermano, con los brazos cruzados sobre su propia camisa sudada.
    – Hallie no ha vestido pantalones desde esa primera vez que la conocimos.
    Jason, sin dudar para nada, se rió.
    – No diré nada. Se quitaría el vestido y se pondría pantalones sólo para fastidiarme. Bendito infierno, hace más calor ahora que un minuto atrás.
    James tomó un vaso de agua de uno de los trabajadores, tomó un trago y luego arrojó el resto del agua sobre la cabeza de su gemelo.
    – ¿Mejor?
    Jason gritó y luego gruñó con placer.
    – Mucho mejor. ¿Por qué no nadamos más tarde?
    – Se congelarán sus partes -dijo su padre.
    – No puedo esperar -dijo Jason.
    Oyó un viejo cacareo y miró a su abuela, sentada junto a la señora Tewksbury, una dama mayor también, pero de ningún modo una octogenaria. No podía tener más de setenta. Tenía cabello blanco hilado con mechones marrón suave, un dulce rostro redondo con pocas arrugas. Parecía totalmente imperturbable, y la mayor sorpresa de todas… parecía agradarle inmensamente a su abuela. Ni cinco minutos después de haberse conocido, Jason las había oído gritándose en la salita. Nunca antes había escuchado que otra persona devolviera los gritos a su abuela. Se quedó clavado en su sitio.
    Su abuela zarpó de la salita algunos minutos más tarde, lo vio allí parado y le ofreció una dulce sonrisa. Él la abrazó.
    – ¿No te agrada la señora Tewksbury, abuela?
    Ella se apartó de él y le palmeó la mejilla.
    – ¿Angela? Creo que tiene buen ingenio, muchachito. Puedes llamar a Horace. Deseo ir a casa ahora y hablar con la cocinera. Angela irá a cenar.
    La voz de James lo trajo de regreso.
    – Me agrada Angela. Nunca sabes lo que va a salir de su boca. Creó que fascina a la abuela, y viceversa.
    – Es un milagro -dijo su madre, abrazando a ambos aunque Jason estaba mojado y sucio, y James sólo sucio.
    Dio un paso atrás y levantó el rostro hacia el cielo, con los ojos cerrados y los labios moviéndose.
    – Madre, ¿qué estás haciendo?
    – Ah, James, estoy rogando que este milagro no desaparezca al llegar la noche.
    Douglas dijo:
    – Si el milagro se esfuma, haré mi mejor intento por alegrarte esta noche.
    Sus muchachos se miraron uno al otro y luego sus botas, sin una palabra que saliera de sus bocas.

    Esa noche, después de la cena, el clima continuaba cálido, con una media luna colgando en lo alto del cielo. Jason entró en el jardín del este, donde todas las estatuas de hombres y mujeres retozaban en un placer eterno. Aunque parezca mentira, estaba pensando en la última carrera que había corrido contra Jessie Wyndham. Había montado a Dodger, ella al hijo de Rialto, Balthazar.
    La cabeza de Dodger estaba baja, él estaba mortalmente serio, concentrado en la línea de llegada a la distancia. Sin más de seis metros que correr, Jason se había dado vuelta para mirar sobre su hombro exactamente dónde estaba Balthazar. Se le cayó el corazón a los pies. Jessie no estaba sobre su lomo. Oh, Dios, se había caído. Jason, aterrado de que estuviera herida o incluso muerta, hizo dar vuelta inmediatamente a Dodger, sólo para oír a Jessie riendo. ¿Riendo? Vio paralizado cómo ella se levantaba y enderezaba en la montura, clavaba sus talones en los lustrosos costados de Balthazar y pasaba galopando a su lado, sobre la línea de llegada un momento más tarde.
    Ella fustigó a un Balthazar encabritado y exclamó entre gritos de risas:
    – Jason, lamento haberte hecho eso, pero Balthazar no soporta perder una carrera. Deja de comer. Una vez casi murió de tan afligido que estaba por una derrota en el hipódromo McFarly. Tenía que hacer algo.
    Y Jason dijo suavemente:
    – No hay ningún problema, Jessie. Fue un truco excelente.
    – He estado haciéndolo desde que tenía doce años. Nunca había tenido que arrojarme de costado contigo antes. Me sorprende que James no te lo haya advertido.
    – No, James nunca dijo nada.
    – Me pregunto por qué los niños mantuvieron la boca cerrada.
    – No había razones para que nadie me advirtiera, ya que nunca antes te había ganado en una carrera.
    Ella le había ofrecido una sonrisa ancha y asentido, reconocimiento de que si no hubiese jugado sucio, él habría ganado. Cuando desmontó, alabando a Balthazar, Jason se acercó a ella, sonriendo, y dejó que Dodger atacara. Él mordió la ijada de Balthazar, duro. Dodger no había sido tan filosófico respecto al truco sucio.
    Sonreía distraído al observar la estatua favorita de Corrie, un hombre arrodillado congelado por toda la eternidad entre las piernas de una mujer.
    Se dio vuelta rápidamente al oír un grito ahogado.
    – Hallie. Descubriste cómo llegar aquí. -Ella no lo miró, sólo observaba atentamente las variadas estatuas. Jason dijo: -Hay quince estatuas. Cada una, supongo que podrías decir, con un enfoque diferente al tema. Creo que fue mi bisabuelo quien las trajo de Grecia. -Ella no dijo una sola palabra. Sus ojos no vacilaron. Él señaló la estatua. -La mayoría de las mujeres prefieren esta, una vez que están casadas, pero sólo si sus maridos no son patanes.
    Ella miró con más atención y palideció.
    – Oh, cielos, ¿qué está haciendo?
    Su voz tembló, pero no apartó la mirada de las estatuas.
    Jason le dijo, con la mano sobre su brazo:
    – Vamos.
    Cuando ella siguió sin moverse, la agarró de la mano y la apartó. Abandonó los jardines del este, todavía tirando de Hallie hacia las puertas de cristal que daban al estudio de su padre… no, el de James.
    – No, no, por favor, Jason, por favor, no entremos todavía.
    – No deberías estar mirando esas estatuas. Eres demasiado joven y demasiado ignorante.
    Él no dijo nada más, sólo la miró, con los brazos cruzados sobre el pecho. Vio cómo la lengua de ella pasaba por su labio inferior.
    – No soy joven y ni particularmente ignorante, pero seré sincera. Fue difícil desprenderme.
    – Todavía estarías allí, mirando fijamente, con la boca abierta, si no te hubiera alejado a la rastra.
    – Probablemente sea cierto. Por favor, no entres aún. Quería hablarte, y no es acerca de las estatuas.
    Una elegante ceja se elevó. Ella estaba raspando su zapatilla contra una pequeña roca. Finalmente, después de que el silencio se prolongara, Jason suspiró.
    – Lárguelo, señorita Carrick.
    Ella levantó la cabeza y dijo, toda tensa y fría:
    – Por favor, no me llames señorita Carrick con esa espantosa voz formal otra vez. Me has llamado Hallie durante toda una semana.
    – Ah, la princesa da una orden directa.
    Ella retorció las manos.
    – No, no quise decir eso, de veras, sólo quería decir que cuando hablas en ese tono me haces sentir más baja que una babosa. Detesto cuando utilizas mi apellido como si me despreciaras tanto que ni siquiera quieres reconocerme como Hallie.
    Jason se apoyó contra un roble sésil más viejo que su abuela, con los brazos cruzados sobre el pecho, y esperó.
    – Quería hablarte… Muy bien, en realidad quería disculparme. Estuve mal al hablar de ese modo acerca de la señora Dickers. Fue semejante sorpresa saber que tú y ella…
    – Está arruinándolo, señorita Carrick.
    Hallie tomó aire bruscamente.
    – Podrías congelar a alguien con esa voz.
    – Sí. Lo aprendí de mi padre. James también.
    – ¿No lo ves? Ella es mucho mayor que yo, y simplemente no podía imaginar que tú y ella fuesen, bueno…
    – Esto se pone cada vez mejor. ¿Cuánto tiempo planeas justificarte?
    Ella dio un paso hacia él, estiró su mano y luego la dejó caer a su costado.
    – Tendremos que vivir juntos, Jason. No puedo vivir contigo helándome de este modo, como si siguieras enojado, quizás todavía indignado conmigo. Oh, muy bien, lo diré, como deseas. No más excusas. Lo que dije fue malo, fue mezquino, soy una persona horrible. ¿Estás satisfecho ahora?
    – Hmm -dijo él, giró sobre sus talones, abrió la puerta del estudio y desapareció dentro.
    Hallie se quedó mirándolo, furiosa de que se hubiera alejado y deseando caer de rodillas y rogarle que la perdonara.
    Jason se dio vuelta para verla aún parada donde la había dejado, su rostro pálido a la luz de la luna.
    Le dijo:
    – Si fuese un hombre que deseara casarse, algo que jamás volveré a desear hacer en esta vida, estaría totalmente inclinado hacia Eliza Dickers. Ella es cariñosa, bondadosa y muy divertida.
    No volvió a mirar atrás.
    Y ella no lo era.
    Bueno, muy bien, entonces tal vez ella no era cariñosa, bondadosa y divertida todo el tiempo. Dudaba mucho que Eliza Dickers tampoco lo fuera. ¿Cómo podía uno ser todas esas cosas buenas todo el tiempo? Seguramente incluso la señora Dickers tenía momentos de mezquindad. Una pena que su esposo estuviera muerto, o podría ser consultado. Seguramente de vez en cuando ella lo llamaba estúpido o bobo.
    Hallie se dio vuelta y regresó a los jardines del este. Le llevó un rato encontrar la entrada, aunque ya había estado allí. Suponía que tenía sentido mantener esas impresionantes estatuas bien escondidas. Se preguntó a qué edad las habrían encontrado James y Jason. Se quedó parada frente a la estatua favorita de las mujeres casadas -si el marido no era un patán… sea lo que sea que quisiera decir eso.
    El hecho era que ella era una celosa arpía. Sacudió la cabeza. No, no estaba celosa, eso era ridículo, era simplemente una arpía, nada de celos involucrados. Había imaginado que él se había acostado con cada mujer que había deseado en Baltimore, que Eliza Dickers había sido una de muchas. Pero quizás no había habido una larga línea de mujeres, y que él, como un sultán, simplemente tenía que doblar un dedo a la que deseaba para esa noche. Quizás había estado equivocada respecto a Jason, y él sólo se había relacionado con Eliza Dickers. Ciertamente le tenía afecto.
    Pero el hecho es que él era tan hermoso, tan bien parecido, que Hallie no podía imaginar que no tomara lo que se le ofrecía. Después de todo, era un hombre, y su madrastra, Genny, le había dicho llanamente que todos los hombres que Hallie conociera pensarían en poco más que en acostarse con ella, que así simplemente era su especie, y que no podían evitarlo. Pero Jason nunca había mostrado ninguna tendencia libidinosa junto a ella, ¿y cómo podía ser? Seguramente ella era lo suficientemente bonita como para garantizar al menos una mirada interesada, ¿verdad? Tal vez simplemente él era muy bueno en ocultar lo que aparentemente todos los hombres deseaban.
    – Eres una tonta, niña mía -dijo, mirando a la mujer que yacía de espaldas, con la boca abierta en alguna especie de grito.
    ¿Por qué estaba gritando? ¿El hombre estaba lastimándola? ¿Una mujer permitiría voluntariamente que su esposo la avergonzara y la hiriera?
    Continuó estudiando la estatua. La boca del hombre estaba donde ella no podía imaginar que estuviera la boca de un hombre, especialmente para nada ubicado como él parecía estar.
    Bueno, no importaba. Jason Sherbrooke no quería casarse jamás. Eso era bueno. Eso estaba bien para ella, porque tampoco quería casarse, nunca.
    Corrió de regreso a la casa solariega, consciente de que se estaba sintiendo caliente, pero no en todas partes. No, para nada en todas partes.
    Encontró a Martha acurrucada en su sillón, profundamente dormida. Le había dicho que fuera a acostarse, pero naturalmente no lo había hecho. Hallie llevó a Martha a la salita donde dormía, le quitó los zapatos y la tapó. Había trabajado tan duro como cualquiera de las mujeres, saltando de un lado a otro, exclamando por esto y aquello, feliz como una perdiz.
    Hallie se preguntó, mientras yacía en su cama esa noche, exactamente qué le habría sucedido a Jason cinco años atrás.

CAPÍTULO 17

    Dos mañanas después, todos los trabajadores llevaron los muebles de los muy limpios establos a la casa. Gruñían y se quejaban, se estiraban y sudaban, pero fueron estoicos y amablemente silenciosos cuando Hallie les pedía que movieran una pieza más de una vez. Hallie parecía estar pasándola bien, así que Jason no dijo una palabra hasta haber entrado en la habitación mientras ella daba indicaciones a los hombres de que movieran el sofá frente a las ventanas. Jason se quedó mirando.
    Hallie exclamó, toda alegre:
    – Sí, eso es perfecto, simplemente perfecto. Gracias. Ahora, estoy pensando que una silla debería estar frente al hogar, quizás ese encantador sillón de orejas de brocado que tanto le gusta al amo Jason. No hay razón para pasar frío, ¿cierto? Claro que hace mucho calor ahora, porque es verano. Oh, hola, Jason. ¿Qué piensas, la silla debería estar frente al hogar para que los visitantes sepan que estarán calientes cuando llegue el frío?
    Él estaba asombrado e incrédulo por lo que ella había realizado, pero dijo con voz franca:
    – Hay que admitir la importancia de confortar a los visitantes, pero estoy pensando que el sofá y la silla deberían estar juntos, ¿no lo crees?
    – Pero no hay lugar suficiente frente a las ventanas para ambos.
    – Bien, entonces porqué no probamos el sofá y la silla en algún otro lugar. Quizás al lado izquierdo del hogar.
    Hallie oyó a uno de los hombres decir a otro:
    – Ya era hora de que el amo se involucrara. Lo próximo que ella querría que hiciéramos sería bloquear la entrada con una otomana.
    – Claro que no querría una otomana en la entrada. Una otomana no puede estar separada de su silla. Todos saben eso.
    Los hombres arrastraron los pies. No notaron el brillo en sus ojos.
    – No quisieron decir nada, Hallie -dijo Jason. -Sin embargo, sí tienes ideas bastante curiosas acerca de la ubicación de los muebles.
    Hallie suspiró profundamente.
    – La verdad es que mi padre y Genny se desesperaron bastante conmigo seis años atrás cuando intenté re-decorar mi propio dormitorio. Seleccioné unos encantadores colores y muebles, pero cuando llegué a la ubicación, puse mi cama de espaldas a una enorme ventana. Al menos a veces reconozco cuando los muebles están correctamente ubicados.
    Hallie suspiró y se paró en el umbral.
    Una vez que Jason hubo terminado con los muebles abajo, con los hombres sonrientes, dijo a Hallie:
    – ¿Deberíamos permitir que la prima Angela tome decisiones respecto a su propio dormitorio y salita?
    – Después de haber visto lo que has hecho, probablemente te rogará que lo hagas por ella.
    – Muy bien, acomodaré sus muebles. Si no le gusta, yo mismo lo cambiaré. Bien, no te quejes y actúes patética. Todos tienen cosas que pueden y cosas que no pueden hacer.
    – Oh, ¿sí? ¿Qué no puedes hacer tú?
    Él se pasó los dedos por el mentón. Después de una muy larga marcha de momentos, dijo:
    – ¿Sabes?, tendré que seguir pensando en eso. -Ella dijo algo en voz baja y se alejó pisoteando. -¿Qué dijiste?
    Hallie murmuró algo más, algo bastante desagradable, supuso, acerca de sus antecedentes. Ella se dio vuelta en la puerta principal para verlo sonriendo, una encantadora sonrisa de dientes blancos que hizo que quisiera golpearlo en la cabeza y arrojarlo al piso. ¿Y eso de dónde había venido? Entonces lo arrojaría al suelo… ¿y qué haría luego? Lo besaría hasta que él se derritiera, eso era lo que haría. ¿Cuánto tiempo, se preguntó con los ojos vidriosos, llevaría hacerlo derretir? Oh, cielos. Hallie siguió andando.
    Una vez que el dormitorio y la salita de la prima Angela estuvieron adorablemente organizada, Jason regresó abajo para ver a Hallie parada en la puerta abierta observando algo a la distancia.
    Le dijo:
    – Regresa adentro, Hallie. Echemos un vistazo final.
    – Se aproxima una tormenta. ¿Sabes cuándo llegará?
    Cuando él se paró a su lado, ella señaló.
    – En cualquier momento. Esas nubes son rápidas y negras como el carbón. Ven, veamos nuestro trabajo.
    Jason había hecho un trabajo perfecto en el dormitorio de ella. Hallie iba a suspirar, pero se negó a darle esa satisfacción. Pasaron por cada una de las demás habitaciones, Jason diciéndole que había hecho un trabajo excelente seleccionando las telas y el diseño de las cortinas. No pasó mucho rato hasta que ella estuvo sonriendo y asintiendo.
    – ¿No escogiste la alfombra del pasillo?
    Ella sonrió abiertamente.
    – ¿No es encantadora? No se ensucia mucho.
    – No, efectivamente.
    Si alguien hubiese dicho a Jason que le gustaría una alfombra amarillo oscuro con parras verde oscuro, hubiese vomitado pero, extrañamente, se veía muy bien por toda la distancia del corredor.
    Cuando observaron el dormitorio de Jason, en el lado opuesto de la casa al de ella, Hallie dijo:
    – Y esta alfombra que escogiste es muy particular. Muy masculina.
    – Para ser breves, muy varonil.
    En realidad, era una encantadora Aubusson que su padre había escogido para él.
    Los pisos estaban pulidos con mucho brillo, los muebles y las telas claros, haciendo que todas las habitaciones se vieran más espaciosas y grandes.
    Cuando finalmente entraron en la sala de estar, Hallie descubrió que tenía la garganta cerrada.
    – ¿Qué pasa? ¿Aún quieres la silla frente al hogar?
    – Oh, no, es sólo que este es mi primer hogar. -Lo miró parpadeando. -Mi verdadero primer hogar.
    Ella dio un grito de alegría, agarró a Jason, y pronto estaban valseando alrededor de la habitación y hacia la entrada. Reían, y de pronto Jason se detuvo en seco. Hallie, levantando la mirada hacia él, vio algo cercano al pánico en su rostro, y lo más rápido que pudo cerró sus brazos alrededor del cuello de él. Seguía bailando el vals en el lugar cuando se puso en puntas de pie y lo besó.
    Por un instante, él le devolvió el beso. Entonces repentinamente le tomó las manos y las apartó de su cuello.
    – No, no, Hallie, no te deshonraré ni te… No importa, eres una dama.
    Jason palideció, algo similar al terror dilató sus hermosos ojos, giró sobre sus talones y abandonó la casa, casi corriendo a ciegas.
    Empezó a llover, fuerte.

    Después de la cena, su última noche en Northcliffe Hall, Hallie encontró a Corrie en la habitación de los niños, cantando suavemente una canción de cuna a los gemelos, que estaban acostados como dos cucharitas, al revés. Hallie la vio agacharse y besar a ambos, y luego cubrirlos con una manta liviana. Se enderezó para encontrar a Hallie a su lado.
    – Cielos, no te oí. ¿Qué estás haciendo aquí, Hallie? Ah, ¿no son absolutamente amorosos?
    Hallie dijo:
    – He estado observándolos. Sus dedos cayeron de sus bocas cuando se quedaron dormidos.
    – Sí, esa es siempre los delata. Han intentado engañarme para que pensara que estaban dormidos, pero son los dedos los que los traicionan. James estará aquí en un momento. ¿Qué sucede? No pasa nada malo, ¿verdad?
    – Oh, no. Bueno, tal vez. ¿Podría hablar un momento contigo, Corrie?
    Esto sí que era interesante, pensó Corrie, mientras conducía a Hallie a una pequeña salita al otro lado del corredor que daba a los espectaculares jardines traseros. Oyeron los pasos de un hombre en el pasillo.
    – Ese es James. Probablemente levantará a los niños y los mecerá. Siempre sonríen dormidos cuando él los acuna. Ahora, dime de qué se trata todo esto.
    Hallie se adelantó en su silla, se dio cuenta de que no estaba segura de cómo presentar el tema de Jason y lo que le había sucedido exactamente cinco años atrás.
    Lo que salió de su boca fue:
    – Jason dijo que la estatua en la que el hombre está arrodillado entre las piernas de la mujer es tu favorita. También dijo que era la favorita de toda mujer casada, siempre y cuando su esposo no fuera un patán.
    La ceja izquierda de Corrie se levantó. Se rió, no pudo evitarlo.
    – Bueno, es la verdad. Oh, ya veo, perdóname. No comprendes. Pero, ¿no miraste de cerca?
    – Bueno, no, no realmente. Me pareció que la mujer estaba gritando. Me pareció que esa cosa de casados era dolorosa para la mujer.
    Corrie se quedó mirando a una joven que era sólo dos años menor que ella. Bien, ella hubiese sido totalmente ignorante si no se hubiese casado con James. Y gracias al buen Señor, James no era un patán. Sonrió.
    – No, no hay dolor involucrado. Cuando decidas casarte, prometo que haré que James se asegure de que el hombre al que escojas sepa lo que está haciendo. Eso es todo lo que diré al respecto.
    Hallie tomó aire profundamente.
    – Eso en realidad no es lo que quería preguntarte. La cosa es, bueno, ¿crees que podrías contarme exactamente qué sucedió cinco años atrás? ¿Por qué Jason jura que nunca se casará?
    El rostro de Corrie se puso tenso, se puso toda tensa. Odiaba pensar en ese espantoso momento, y los recuerdos siempre estaban allí. Vio que Hallie no preguntaba sólo por simple curiosidad, que había algo más en marcha. ¿Pero qué?
    Corrie dijo:
    – ¿Se hablaba de eso en Baltimore? ¿Qué sabes?
    – En Baltimore había rumores de que Jason y James se habían enamorado de la misma mujer y que ella había escogido a James. -Hallie se encogió de hombros. -Que apostaba demasiado, que había enfurecido a su padre, cualquier cosa que se te ocurra. La gente habla y cuenta chismes porque deben hacerlo, supongo. Lo único que Jason me dijo fue que la muchacha a la que amaba lo traicionó y que él era responsable de casi hacer que mataran a su padre y a su hermano.
    – Ya veo. -Corrie se quedó callada. -Me sorprende que Jason te haya dicho tanto.
    – En esa ocasión, le dije que mi prometido estuvo con otra mujer. Supongo que Jason me dijo eso para hacerme sentir mejor.
    Corrie estaba atónita.
    – Estás bromeando, seguramente. ¿Ese hombre idiota era tu futuro esposo y te traicionó?
    – Debe haber creído que yo era muy estúpida. En realidad, tenía razón. Descubrí que se casaba conmigo por mi dinero. Cuando lo enfrenté, admitió haber estado con esa otra mujer, aunque sólo una vez, me juró el mentiroso gusano, y luego procedió a prometer que nunca volvería a suceder. No soy tan tonta. Fue entonces que le dije que sabía que él era un caza-fortunas.
    – ¿Le disparaste?
    Hallie suspiró.
    – Hubiese disfrutado hacerlo, quizás justo a través de la oreja, pero en cambio me encerré en mi dormitorio y lamí mis heridas.
    – ¿Qué pasó con él?
    – Se casó con la hija de un rico comerciante el año pasado. Pobre muchacha. -Se quedó callada un momento. -Y por eso es que no deseo casarme nunca.
    Corrie se levantó y alisó sus faldas.
    – Bueno, eso es bastante malo. Lamento que hayas sentido cariño por un hombre de esa clase. ¿Nunca sospechaste?
    Hallie sacudió la cabeza, diciendo mientras lo hacía:
    – Ni por un instante. Válgame, era ingenua. Sin embargo, la experiencia de Jason debe haber sido mucho peor que la mía. Pero la cosa es que no puedo imaginar a ninguna mujer traicionando a James o a Jason. Los dos son tan hermosos y, bueno, parecen bastante honorables.
    – Sí, lo son. La cuestión es que amé a James desde el momento en que lo vi por primera vez, a la avanzada edad de tres años. ¿Sabías que la mayoría de la gente no puede distinguir a James y a Jason?
    Hallie negó con la cabeza.
    – No, no es posible. Son muy diferentes el uno del otro. Por favor, Corrie, cuéntame qué sucedió.
    – Fue una época muy mala, Hallie, para todos nosotros. -Corrie le palmeó el hombro. -No creo que corresponda que diga nada. Debes preguntar a Jason. ¿Quieres ir abajo y jugar al whist? O quizás podemos bailar el vals.

CAPÍTULO 18

    La mudanza a Lyon’s gate ocupó unas tres horas, dos adicionales para instalar tanto a Martha como a Petrie, quien había rogado a Jason que le permitiera ser tanto su ayuda de cámara permanente como el mayordomo de Lyon’s gate, ya que Hollis le había enseñado todo en los últimos cinco años. Jason tenía que admitir que en ocasiones había extrañado los servicios de Petrie en Norteamérica. Estuvo de acuerdo con que Petrie siguiera siendo su ayuda de cámara y Hallie estuvo de acuerdo en que Petrie fuera su mayordomo. Jason sabía que lo estaba aceptando con toda buena voluntad e inocencia. Bueno, pronto descubriría lo misógino que era.
    No habían estado en Lyon’s gate más de una hora antes de que Petrie dijera a Martha que era una niña respondona sin respeto por su oficio y habilidad. Jason había visto a Martha, de diecisiete años, con las manos en las caderas, el mentón levantado, diciéndole que era un insufrible y viejo garrapata cara de pasa, y que ni siquiera era tan viejo aún.
    Viejo garrapata o no, era agradable tener alguien que se ocupara de él nuevamente. Jason siempre podía dar una bofetada a Petrie si se pasaba de la raya con cualquiera de las mujeres en la casa.
    Buen Dios, se había mudado a una casa con una mujer a la que hacía menos de dos meses que conocía, y la prima Angela, a quien había conocido durante una semana. Su mundo se había vuelto de lado.
    En cuanto a Martha, estaba tan emocionada que entraba y salía bailando de cada habitación, diciendo una y otra vez:
    – Nuestra primera caza, eh, casa. Santo cielo, ¿no è, no es, simplemente espléndido, señorita Hallie?
    – Es lo más espléndido -acordó Hallie, y se dio cuenta de que estaba mudándose a una casa con un hombre que se veía como un dios.
    En las altas horas de la noche, supo que estaría bastante satisfecha con arrojarlo al piso, sujetarlo y besarlo, para siempre.

    La casa estaba en silencio. Jason yacía en su cama, la primera vez que él y su nueva cama habían estado juntos. Se estiró, apoyó la cabeza sobre sus brazos y se quedó mirando el oscuro techo. No había mucha luna esa noche, así que poca luz entraba por las ventanas. Algunos minutos más tarde, desde abajo, llegaron doce suaves campanadas del encantador reloj Ledenbrun, un regalo de su abuela.
    Su primer hogar. El primer hogar de Hallie. Oh, sí, había oído la emocionada voz de Martha, todos los que habían estado en la casa en ese momento la había oído, para estricta desaprobación de Petrie. Sí, la casa era simplemente magnífica. Sonrió, pero pronto esa sonrisa desapareció. Ella había querido besarlo. Se había aferrado hasta que él le había quitado los brazos de alrededor de su cuello.
    Su cocinera, la señora Millsom, de senos tan grandes que probablemente podría hacer equilibrio con un vegetal o dos bastante bien, les había preparado una cena excelente; un poco de pescado y cordero, si recordaba bien, pero había estado tan concentrado en sentarse en la silla del amo a su propia mesa de su propio comedor, que realmente no recordaba qué había comido. Quizás también había habido algunos guisantes. Había estado consciente de que la cocinera lo estaba observando, así que la había elogiado con extravagancia. La señora Millsom sacudió sus dedos y se dirigió de regreso a la cocina, cantando, si Jason no lo había imaginado, y Hallie había dicho: “Oh, no, no la señora Millsom,” pero él no le había preguntado qué había querido decir con eso.
    Frunció el ceño ante un recuerdo. Mientras compartían una copa de oporto tras la cena, Hallie había dicho:
    – Estoy tan emocionada que apenas puedo evitar ponerme a dar saltos… mi primer hogar, mi primera cena en mi propio hogar.
    Y Angela, viendo que él estaba listo para abrir la boca, dijo rápidamente mientras levantaba su copa:
    – Propongo un brindis: para tu primer hogar y el de Jason, y nuestro primer hogar juntos.
    También era el hogar de ella, maldición. La mesa de ella en el comedor de ella. No sólo suyos. La había visto mirando alrededor, con entusiasmo, y había sabido que Hallie quería pedirle que volviera a bailar el vals con ella por toda la casa. Pero no lo había hecho, probablemente por su evidente rechazo… y eso trajo justo frente a sus ojos a Judith McCrae, de esa parte oculta de su cerebro, la muchacha que había sido un monstruo, la muchacha que casi lo había matado. Sí, cada vez que sacaba a la luz a Judith, su mente regresaba a su camino correcto.
    Cuando se quedó dormido, soñó otra vez con esa tarde, se vio saltando frente a su padre, sintió la bala desgarrando su hombro, y el interminable dolor que lo había arrastrado profundo dentro suyo, casi matándolo.
    Despertó de golpe, respirando con dificultad y rapidez, el sudor cubriéndolo. No había tenido ese sueño en muchos meses. Ahora, esa noche, en su nueva cama, había venido y traído todo de regreso. No quería volver a dormir. No quería volver a caer en esa pesadilla.
    Cuando volvió a quedarse dormido, durmió profundamente, absolutamente nada entrando en su mente para perturbarlo.

    La mañana siguiente, mientras Jason bajaba las escaleras, con los eventos de ese lejano día metidos nuevamente en la envuelta oscuridad, oyó a Petrie diciendo:
    – Tu paso es totalmente demasiado ligero. Muestra falta de respeto por tus superiores. Estás casi danzando, Martha, y la doncella de una dama no debería danzar. Su paso debería ser lento y majestuoso. Sus ojos deberían mirar sus pies. No aceptaré tu entusiasmo en mi casa.
    ¿La casa de Petrie? Bueno, ¿por qué no? Era prácticamente la condenada casa de todos. Jason iba a hablar cuando vio a la joven Martha parada frente a Petrie, con las manos en las caderas, dando golpecitos con un pie y con una encantadora mueca de desdén en su delgado y joven rostro.
    – Bueno, irritante y viejo tonto, usted ni siquiera es gordo y arrugado aún, y aquí… aquí está, actuando como un abuelo severo sin siquiera un poquito de risas dentro suyo. El querido señor Hollis debe tener diez veces su edad, sin embargo nunca es severo y desaprobador, y lo que es más, le agradan bastante las mujeres, a diferencia de usted, que le gustaría cocinarnos a todas en el maravilloso horno nuevo que la ama compró. Escúcheme, señor Petrie. Por supuesto que tengo el paso ligero, tengo sólo diecisiete años. Márchese ahora, escuché a su amo despertando hace mucho rato. Usted se ocupa de él, ¿verdad?
    Petrie la miraba fijamente, boquiabierto.
    – No soy un viejo e irritante tonto.
    – Mi má siempre decía que un viejo es amargo, rígido y desagradable, sin importar que aún tenga todos los dientes.
    Jason se dio cuenta en ese momento de que Martha no había dicho ni una sola palabra mal, que había hablado fluida y rápidamente, su dicción y gramática perfectas. La furia hacía cosas extrañas a las personas. No tenía nada que hacer. Martha se había ocupado de Petrie bastante bien. Se preguntó si Petrie estaría listo para cometer asesinato.
    Deseaba poder simplemente pasar junto a ellos. No quería ver a su ayuda de cámara-mayordomo mortificado. Pero Lyon’s gate no era ni cerca del tamaño de Northcliffe Hall, así que Petrie tendría que verlo, sentirse culpable y sufrir.
    – Buenos días, Martha, Petrie. No, Petrie, no necesitaba tus servicios. Desayunaré ahora. Martha, ¿está levantada tu ama?
    – Oh, sí, señor. Es madrugadora, lo es, sin dudas me hará cambiar mis horarios.
    – Fresca y descarada -dijo Petrie en voz baja, pero claro, no lo suficientemente baja.
    Martha se volvió hacia él, recordó que el amo estaba a un metro de distancia, y le hizo una encantadora reverencia antes de sellar los labios.
    – Muy bien hecho, Martha.
    – Gracias, señor. La señorita Carrick me lo enseñó. Ella es siempre tan elegante cuando hace reverencias.
    – Posiblemente -dijo Jason y entró en el desayunador. Cuando se sentó, con el plato apilado con huevos, tocino y riñones, dijo a Hallie, que estaba bebiendo una taza de té en la otra punta de la mesa: -Necesitamos un ama de llaves, o Petrie será asesinado en su lecho por todo el personal femenino.
    – La prima Angela quería ser el ama de llaves, pero es mi chaperona y es noble.
    – Le pediré a Hollis que nos recomiende a alguien.
    Jason comió mientras Hallie continuaba bebiendo su té, con los dedos tamborileando suavemente sobre el mantel.
    Jason extrañaba el periódico de Londres que normalmente tendría en Northcliffe Hall.
    – ¿Qué te sucede esta mañana? ¿No dormiste bien?
    – Oh, sí. En realidad, me gustaría mucho que me dieras permiso para que Dodger sirva a Piccola, eh, sin cargo por sus servicios de semental.
    Una ceja se elevó.
    – ¿Sin cargo por los servicios de Dodger?
    – Como somos socios, merezco un poquito de consideración, ¿no lo crees?
    Jason se había ocupado de Piccola varias veces desde que había llegado. Era una pura sangre, una lustrosa zaina con cuatro calcetines blancos y una línea blanca en la cara, un cuello largo y elegante, un pecho amplio.
    – Sí -dijo. -Si su primera cría es una potranca, es tuya; si es un potro, es mío. ¿Está bien?
    – Hmm. Si es un potro, ¿puedo quedarme con el potro siguiente?
    – Muy bien.
    Ella le ofreció una enorme sonrisa.
    – Muy bien, iré a hablar con Henry. Creo que ella estará en celo muy pronto. Como ya sabes, el verano es la mejor época para el apareamiento, así que tenemos que apresurarnos. Pedí a tu tío Tysen que comentara por ahí que nuestro negocio está en marcha. A mi tío Burke también. Dodger estará muy ocupado.
    – Tenemos suerte de tener a Henry nuevamente con nosotros. Me contó sobre los últimos años de vida del señor Hoverton, cómo Thomas siempre estaba…
    La voz de Jason se apagó cuando Hallie de pronto se puso de pie, y él casi se cayó de su silla. No podía creerlo. Ella llevaba pantalones negros, una camisa blanca suelta cubierta con un chaleco negro, y brillantes botas negras. Se había atado el pelo con una cinta negra de terciopelo. Era bastante evidente que todo lo que vestía era nuevo y bien confeccionado. Jason recordó la primera vez que él y James la habían visto en Lyon’s gate. Había estado vestida con viejas ropas sucias de muchachito. Ahora que lo pensaba, tampoco la había visto bajo el lomo de Carlomagno.
    Encontró su voz al levantarse rugiendo de su silla.
    – ¡No se mueva, señorita Carrick!
    Por un instante no pudo pensar. Sus largas piernas estaban bastante bien expuestas, dejando poco a la imaginación de un hombre. Su trasero…
    Gracias a Dios Hallie se dio vuelta lentamente para enfrentarlo, y él pudo obligarse a mirarla a la cara. Se inclinó, apoyando sus palmas sobre la mesa. Golpeó su tenedor y voló al otro lado de la sala, pero no le prestó atención.
    Ella dijo, con una ceja levantada:
    – ¿Qué desea, señor Sherbrooke?
    Jason intentó controlarse. No era su padre, maldición, ni su esposo. Pero la indignación salió; simplemente no pudo contenerla.
    – Irás arriba en este instante y harás que Martha te ponga un traje adecuado. No saldrás hasta que estés adecuadamente vestida, más o menos como una dama. No volverás a usar ropas de hombre nunca más. ¿Te queda perfectamente claro?
    – Como casi estás gritando, sí, por supuesto, está claro. Discúlpeme ahora, señor Sherbrooke, tengo trabajo que hacer en los establos.
    – ¡No se mueva, señorita Carrick! -El rostro de él estaba rojo, su pulso palpitando en el cuello. Afortunadamente su cerebro se mantenía entero y le dijo que se controlara. -Maldita seas… -No, no, inténtalo nuevamente. Calma, necesitaba calma y control con ella. Su voz se hizo más lenta, se profundizó, seguramente la voz de un amo, la voz de un hombre serio. -¿No te das cuenta de que todos en la región se enterarán de tu farsa de hombre? ¿No te das cuenta de que serás tachada de libertina?
    – Eso es absurdo. Ya tengo una interesante reputación en la región simplemente porque estoy viviendo con un hombre que no es mi esposo. Pero déjame asegurártelo, nadie me cree para nada libertina.
    Ella había empezado toda ligera y desdeñosa, incluso divertida, pero para el momento en que había terminado, su voz se había elevado una octava y su rostro estaba rojo. Bien, pensó Jason, era una mujer descontrolada, ¿qué podía esperar uno? Mientras que él era tranquilo, su razón sensata, ella era una obstinada tonta desenfrenada. Sacudió una pelusita de la manga de su chaqueta.
    – No puede verse desde atrás, señorita Carrick, mientras que yo puedo ver cada curva… tu trasero en particular está muy bien perfilado, y tus largas piernas son bien formadas. Confía en mí respecto a esto. Cada hombre que logre captar hasta el más mínimo vistazo de tu sombra estará sin duda encantado. Verá sus manos acunando tu trasero inmediatamente.
    En realidad, él mismo se veía haciendo eso, y juraría que le hormigueaban las manos.
    Ella sacudió la cabeza.
    – Miré mi parte trasera en el espejo. Mis pantalones son sueltos. No hay nada ceñido, nada perfilado. Estás siendo ridículo. Bien, buenos días, señor Sherbrooke.
    Él espació sus palabras para máximo efecto.
    – Si intentas salir de la casa vestida de ese modo, te cargaré de regreso arriba y yo mismo te pondré un vestido. -Entonces se estremeció. -¿Te das cuenta de cómo te ves desde el frente?
    Volvió a temblar.
    – Me veo igual que tú, como todos los hombres. No hay absolutamente nada dife…
    – ¿Le gustaría que me apriete contra usted, señorita Carrick, para que pueda sentir la diferencia entre nosotros? ¿Le gustaría simplemente mirarme en este preciso instante para ver las diferencias? -Jason salió de atrás de la mesa y caminó hacia ella. -Mire, señorita Carrick.
    Ella miró.
    – Oh, cielos. -Llevó sus ojos sorprendidos y excitados de regreso al rostro de él y dio un paso atrás. -¿Entonces eso es lo que sucede cuando miras mi parte de adelante?
    – O la de atrás o, imagino, tu costado, quizás incluso a quince metros. -Se detuvo a menos de un centímetro de ella, la tomó de los brazos con sus grandes manos y la sacudió. -Eres mi maldita socia y eres una imbécil.
    Ella se apartó de un tirón.
    Jason simplemente debería llevarla arriba a rastras, arrancarle la ropa, quemar todos los pantalones que hubiese cosido sin que él lo supiera. No, no era posible. Bueno, lo era -Angela probablemente estaría de su lado, -pero no. Era mejor probar con una táctica diferente. La vergüenza, eso era. Jason respiró hondo.
    – Préstame atención, Hallie -la vio aflojar inmediatamente ante el uso de su nombre, -los hombres trabajando aquí le contarán a sus esposas y sus amigos cómo la ama de Lyon’s gate anda brincando por ahí vestida como un hombre. Las esposas estarán horrorizadas, no querrán que sus maridos trabajen para nosotros. En cuanto a los hombres que queden, te mirarán con desprecio, serán insolentes, te observarán cada vez que puedan e intercambiarán bromas con los demás sobre tus dotaciones y muy probablemente tu falta de carácter. ¿Es eso lo que quieres?
    – Los salarios que estamos pagando son demasiado buenos como para que cualquiera de los hombres renuncie. Además, puedo ocuparme de cualquier hombre insolente en el mundo.
    Él asintió.
    – Posiblemente puedas. Pero esta es la verdad del asunto, Hallie. Tu reputación sufrirá un daño irreparable… -Habló más despacio, su voz se profundizó. -Igual que la mía. Seré conocido como el flagrantemente depravado hijo del conde que vive abiertamente con una mujer que no es más que su fulana. Y cada hombre y mujer de la región creerá que estoy restregándoselo en la cara con mi abierto galanteo. Eso caerá sobre mis padres, mi gemelo y Corrie. ¿Empiezas a comprender las consecuencias de tus pantalones?
    Hallie se quedó muy callada. Simplemente no había evaluado eso.
    – ¿Tus padres?
    – Oh, sí. En cuanto a Angela, será desairada. Será considerada no como una respetable chaperona, sino una proxeneta, no mejor que una madama dueña de un burdel en Londres.
    – Seguramente no. Eso no tiene sentido. Sólo quiero ocuparme de mis caballos, nada más que eso. Es mucho más fácil con pantalones. Podría caer y quebrarme el cuello vistiendo un maldito vestido, y lo sabes. Todos lo saben.
    – Comprendo tu aprieto, pero no hay remedio. Así son las cosas. Dado nuestro muy irregular arreglo de vivienda, ninguno de los dos ni nuestras familias pueden permitirse ninguna acción cuestionable más. Los pantalones son más que cuestionables. ¿Me crees ahora?
    Hallie se quebró; se veía lista para estallar en lágrimas.
    – Las tres camisas tiene hermosas costuras, y los pantalones… son del mejor tricot. Oh, cielos, ¿y podrías mirar las botas? Puedes ver tu rostro en ellas. -Levantó sus ojos ahora brillantes de lágrimas. Se veía pateada y deshecha. -Tres atuendos, Jason, dos pares de botas. Me costó mucho dinero mandar a hacer todo. No es justo, sabes que no.
    – Sí, lo sé. Lo siento. Todo se ve bastante bien, y digo eso como hombre, no como juez de moda.
    Ella inclinó la cabeza a un lado.
    – ¿Verme en estos pantalones realmente te vuelve loco de lujuria?
    Jason se rió, no pensaba recordarle que había visto la prueba de su lujuria.
    – Quizás había un poquito de lujuria mezclada con la cólera. ¿Eso te hace feliz?
    Ella estudió su rostro un largo momento.
    – ¿Verdaderamente sientes que nos arruinaré a todos si salgo afuera vistiendo pantalones?
    – Cuando viste a Petrie esta mañana, ¿qué hizo él?
    – Él no es el indicado para preguntar, Jason. Detesta bastante a las mujeres. -Hallie sonrió. -En realidad, cerró los ojos con fuerza, se apretó el corazón y se veía listo para desvanecerse.
    Jason también podía imaginar a Petrie poniendo los ojos en blanco. Ella era afortunada de que Petrie no hubiese olvidado quien era y la hubiese atacado.
    – Déjame hacerte otra pregunta. Cuando te vi por primera vez en Lyon’s gate llevabas viejas y sucias ropas de muchacho. ¿Te vieron mi tía Mary Rose o mi tío Tysen?
    Los ojos de ella cayeron a sus brillantes botas. Había usado su propia receta, una con la que había experimentado interminablemente para hacerlo absolutamente bien. Había querido verse perfecta.
    – Ya me parecía. ¿Qué hiciste, te cambiaste en los bosques antes de venir aquí?
    – Quizá detrás de un encantador arce. -Hallie levantó la mirada y sonrió. -Y pude montar como ustedes, firme en la silla de montar y no colgándome para salvar mi vida en esas idiotas sillas de amazona, y cabalgué como el viento. Fue maravilloso.
    Jason se quedó callado. Era verdad, todo lo que había dicho.
    – Jessie Wyndham siempre afirmó que las sillas de amazona eran invento del diablo.
    – Ella siempre usa pantalones.
    – Jessie no es realmente Jessie a menos que esté vistiendo pantalones y corriendo, lo ha hecho toda su vida. La gente está acostumbrada a eso. No esperan nada más. Lo siento, Hallie. Quizás cuando estemos solos…
    Hubo un chillido en el umbral.
    – ¡Santo cielo, quemen una pluma bajo mi nariz! -Angela aplastó sus manos sobre el pecho. -Mi queridísima muchacha, nunca antes he visto las, eh, partes posteriores de una jovencita con tanto detalle.

CAPÍTULO 19

    Angela finalmente dejó de palmear su pecho cubierto de encaje.
    – Oh, cielos, Hallie. No es que no te veas encantadora con esos exquisitos pantalones; me atrevo a decir que los caballeros seguramente pensarían lo mismo, así como también esos hombres que no son para nada caballeros. Y eso no incluye a todos los hombres en Lyon’s gate, a excepción del querido Jason aquí presente, y vi que incluso él estaba mirando… bueno, no importa. Lo siento, querida, pero los pantalones de hombre no son posibles. Sin embargo, tengo una idea. Se ha hecho antes, al menos eso he oído. Ve a cambiarte con un vestido viejo, y veré qué puedo hacer. Sí, querida, debes hacerlo. Confía en mí.
    Jason, cuyos ojos estaban firmemente fijos en el rostro de Angela, y no en los pantalones de Hallie, dijo:
    – ¿No le gustaría desayunar algo antes de ir a ver qué puede hacer?
    – Oh, sí, querido muchacho. Eso sería muy agradable. Haré que mi Glenda lleve una bandeja a mi habitación. Jason, me gusta mucho el arreglo de los muebles. Es tan acogedor que siento como si hubiera vivido en esas habitaciones durante unos veinte años.
    Y salió deslizándose sobre sus pies de hada, tarareando.
    – Lo que sea que tenga en mente -dijo Jason, -imagino que será algo muy inteligente. Recoge tu labio inferior del piso, Hallie. Ten fe.
    Hallie no estaba tan segura. Lo único que sabía era que tenía que renunciar a sus maravillosos pantalones. Suspiró profundamente.
    – No sé qué cosa inteligente puede hacer con esto. Oh, muy bien, iré a cambiarme con uno de mis antiguos vestidos.
    Volvió a suspirar y salió a zancadas como un jovencito del desayunador, con los ojos bajos, los hombros caídos, lo cual Jason suponía que significaba que su labio inferior seguía rozando el piso.
    Oyó a Petrie jadear y ahogarse, un sonido gorgoteante de lo profundo de su garganta, y eso significaba que estaba extremadamente angustiado.
    Jason levantó la mirada. Gracias a Dios por Angela. ¿Qué iba a hacer la mujer? Fuera lo que fuera, no podía imaginar que fuese a hacer feliz a Hallie. Pero bueno, ¿no era Angela ahora la cohorte de su abuela? Seguramente ni el buen Señor podría haber pronosticado ese milagro. Es más, se visitaban al menos tres veces por semana.
    Vio nuevamente los pantalones de Hallie en su mente y casi gruñó. ¿No se daba cuenta de que tendría suficientes problemas para obtener aceptación sin añadir su encantador trasero a la mezcla?

    Lord Brinkley de Trowbridge Manor en Inchbury, Sussex, llevó a su yegua Delilah la mañana siguiente.
    Petrie, elegante en ropajes totalmente negros, lo acompañó con ceremonia a la salita, anunciándolo con una voz grave y meliflua que Hallie nunca antes había oído. Suponía que era porque tenía más control de sus cuerdas vocales cuando Martha no estaba cerca.
    – Señorita Carrick, ¿verdad? Encantado de conocerla.
    Lord Brinkley, un hombre de la edad de su padre, que podría haber pasado por padre de su padre, hizo una reverencia, bastante elegante para un hombre tan corpulento.
    – Hola, lord Brinkley. Bienvenido a Lyon’s gate.
    Él le sonrió, pensando que ella se veía bastante elegante con su falda larga, blusa y un encantador chaleco. Bastante exótica, en realidad. Apartó sus ojos del chaleco.
    – Conocí al viejo Hoverton antes de que falleciera. Excelentes establos, un poquito de corrupción escuché en la pista de carreras, pero mientras no le suceda a mi Delilah, viviré y dejaré vivir.
    Hallie, que dudaba que alguna vez las carreras de caballo estuvieran libres de corrupción, dijo:
    – Delilah es una yegua maravillosa. La vi la primavera pasada en una carrera cerca de Spalding, una que, debo agregar, todos los dueños acordaron realizar limpiamente.
    – ¿Sabía? Delilah no ganó esa, perdió con la yegua más hermosa que jamás haya visto, a decir verdad. No recuerdo su nombre.
    Hallie sonrió de oreja a oreja, mostrando unos hermosos dientes blancos que lord Brinkley envidió totalmente.
    – Su nombre es Piccola y me pertenece. Por eso es que yo estaba en la carrera.
    – Bueno, ¿es eso cierto? No recuerdo haberla visto votando por una carrera honesta.
    – Voté in absentia.
    – Ah, probablemente es bueno tener a un hombre que se ocupe de cosas semejantes, ya que es usted mujer. ¿Está el señor Sherbrooke aquí?
    – Eso creo. Probablemente esté en los establos, atendiendo a Delilah. ¿Le gustaría un poco de té, lord Brinkley, o le gustaría conocer a Dodger?
    – ¿Sabía que fue lord Ravensworth, su tío, creo, quien me dijo que no podría conseguir un potrillo mejor que Dodger? Dijo que el señor Sherbrooke corrió con él en Baltimore durante cinco años y rara vez perdía.
    Hallie asintió. No pensaba decirle que Dodger, con Jason sobre su lomo, no podría derrotar jamás a Jessie Wyndham.
    – Venga conmigo, milord.
    – Eh, ¿usted irá conmigo, señorita Carrick?
    – Por supuesto. Soy la socia del señor Sherbrooke, sabe. ¿No le contó eso mi tío?
    – Bueno, sí, pero pensé que era todo orgullo de tío, no lo tomé realmente en serio, sabe.
    – Fue bastante serio, igual que yo. Venga, lord Brinkley.
    Ella realmente lo oyó debatiendo consigo mismo mientras la seguía.
    – … cosa sorprendente, una muchacha, nada más que una jovencita… sí, ocuparía los sueños de un hombre, y realmente se ve atractiva, un chaleco encantador… pero, ¿piensa que sabe acerca de criar caballos de carrera? Bueno, esa Piccola suya ganó, ¿cierto? Quizás lo único que hizo la señorita Carrick fue ondear sus cintas alrededor de la yegua para alentarla. No está bien que una jovencita vea los caballos aparearse. Es todo tan evidente, tan inmensamente íntimo, tan desagradable en realidad. Oh, cielos.
    Hallie no sabía si reír o gritar mientras escuchaba, paseándose fieramente delante de lord Brinkley, forzando a Su Señoría a dar algunos pasos dobles.

    Jason levantó la mirada y dejó de tranquilizar a Delilah para ver a lord Brinkley siguiendo a Hallie, sacudiendo la cabeza, aparentemente hablando consigo mismo. ¿Ella ya habría discutido con él? Jason había estado esperando esto.
    Entregó rápidamente las riendas de Delilah a Henry, su mozo de cuadra principal, antiguo jefe de mozos de cuadra del señor Hoverton. Henry se apartó con Delilah, le dijo que era una muchacha muy bonita, su voz tan suave como la seda, y finalmente le acarició apenas la base del cuello, rascándola suavemente aquí y allá, siempre hablándole en voz baja. Le dio una linda zanahoria fresca, donación de la cocinera.
    – Aye, mire esto, tengo una amiga de por vida, así es. Señor Sherbrooke, ¿no es encantadora? Sólo mire sus orejas, todas vueltas hacia delante.
    Jason se dio vuelta y sonrió.
    – Sí, está alerta e interesada.
    Jason estaba agradecido por Henry. Él y Hallie lo habían encontrado viviendo con su hermana viuda en Eastbourne, bebiendo demasiada cerveza porque sufría de melancolía. Jason no podía recordar a nadie tan emocionado ante una oferta de trabajo. Se había frotado las manos, sonriendo como un lunático. Henry sin dudas tenía manos mágicas y una suave voz de campo que hacía que cada caballo en el establo relinchara y fuera trotando hacia él. Había descubierto cuatro mozos de cuadra adicionales para Lyon’s gate.
    Hizo una fugaz reverencia a lord Brinkley, le dijo que no se preocupara, y regresó con Delilah.
    – Aquí tienes, muchacha hermosa, sólo ven con Henry, él te alimentará como corresponde, te dejará mascar otra zanahoria o dos. Eres una muchacha buena, muy buena. Te gustará el viejo Dodger, él será un buen pá para tu bebé.
    – Lord Brinkley -dijo Jason, mientras iba rápidamente hacia el hombre mayor. -Soy Jason Sherbrooke. -Mientras estrechaba la mano de lord Brinkley, continuó: -Veo que ha conocido a la señorita Hallie Carrick. Henry instalará a Delilah. Continuaremos con Dodger mañana por la mañana.
    – Ah, ¿podría ver los establos, y a Dodger?
    – Seguro. En un momento Henry la soltará en este pequeño corral, y usted podrá ver cuánto le gusta su hogar temporal.
    Hallie dejó que Jason diera el paseo por los establos a lord Brinkley. Bueno, prácticamente había pasado por su primer trato con un caballero con el pellejo entero, o casi. No había sido tan malo. Al menos no aún. Se vio obligada a reír entonces, recordando el monólogo de él. Se preguntaba qué parte habría ganado la discusión. Probablemente la indignada. Se preguntó si lord Brinkley se quedaría para el apareamiento mañana si le parecía tan desagradable. Sabía que si lo hacía, estaría totalmente avergonzado si ella también estaba presente.
    Cuando los dos hombres salieron, Henry acababa de soltar a Delilah, una encantadora pura sangre castaña de perfecto tamaño y proporciones, de sólo quince palmos. Tenía una cabeza fina, un largo cuello arqueado, hombros y un pecho profundo. Lo único que no tenía eran patas duras. Eran más bien delgadas, y por eso era que Piccola la había derrotado. No tenía resistencia en esas patas demasiado delgadas. Naturalmente, Hallie no iba a decir eso a lord Brinkley.
    Entonces, para su sorpresa, Jason dijo:
    – Vio que Dodger es inmensamente fuerte. Su ascendencia se remonta al Byerley Turk. La resistencia de Dodger es legendaria en Norteamérica. Tiene características dominantes que aparecen en todos sus potrillos; la más importante para el potrillo de Delilah son sus gruesos cuartos musculosos y sus patas duras. Dodger es audaz y brioso, su voluntad de ganar no tiene igual.
    – Bueno, él no ha ganado aquí en Inglaterra -dijo lord Brinkley. -Hmm, eso hace más barato su gasto en la caballeriza, y eso es algo bueno.
    Hallie asintió.
    – Es verdad. Tiene suerte, señor, porque en cuanto Dodger comience a ganar carreras aquí en Inglaterra, su precio en la caballeriza aumentará rápidamente.
    Después de un momento, lord Brinkley anunció:
    – Sus patas se ven bastante fuertes para mí. -Ni Jason ni Hallie dijeron nada a eso, y luego de un lamentoso suspiro, el hombre admitió: -Oí a alguien decir que sus patas eran demasiado delgadas, pero lo ignoré, lo rebajé a rencor e ignorancia. Su madre fue cruzada con Sultan, pero sus hermosas patas no salieron iguales. Sin embargo, siempre he pensado que sus patas son bastante elegantes.
    Jason dijo:
    – Sí, son elegantes, pero también demasiado delgadas. Pero ella es resistente; mire ese fuerte lomo. Con Dodger, parirá un potrillo con la resistencia adicional de él. Sólo mírela. Está preparada.
    Delilah brincaba, como si fuera para Dodger, adelante y atrás en el corral, con la cabeza en alto, las orejas vueltas hacia delante, la cola alzada, relinchando. Lord Brinkley se hinchó de satisfacción.
    Hallie dijo:
    – Vea el orgullo en ella, milord, y la elegante línea de su cuello. La inteligencia en sus ojos… sí, sin dudas saldrá idéntica.
    Lord Brinkley continuó inflando su pecho hasta que casualmente bajó la mirada.
    – Dios mío, jovencita, ¡está vistiendo botas de hombre!
    Hallie inmediatamente quitó sus botas de la última barra del corral.
    Dijo suavemente:
    – Las zapatillas realmente no son adecuadas para los corrales del establo, milord. Todo el barro, estiércol y guijarros dispersos por todas partes. Estas botas fueron hechas por G. Bateson, un viejo aprendiz del gran Hoby.
    – Hmm. Me ofendí cuando Hoby tuvo el descaro de morir, caer sobre una bota que estaba creando, aterrizó de cara en una pila de cuero. Aye, siempre di mis encargos a Hoby hasta ese fatídico día. Mire esas botas suyas. Puedo ver mi rostro en el resplandor. No me diga que su doncella sabe cómo lustrar unas botas de hombre.
    Jason puso los ojos en blanco, pero Hallie dijo, con los ojos brillando casi tanto como sus botas:
    – En realidad, milord, me enorgullezco mucho de la apariencia de mis botas, así que soy yo quien las lustra. Me lleva una media hora entera, sabe, a veces más, hasta que puedo verme claramente en el resplandor.
    – Debo pedir su receta, querida. Se la daré a mi hombre.
    – Está todo en el tamaño de la mano que mide el vinagre, y mi muy especial ingrediente, semilla de anís. ¿Su hombre tiene manos grandes?
    – Oh, aye, el viejo Fudds tiene manos más grandes que las de mi suegra, que descansa en paz desde hace dos meses, amén. Solía lucirse en el cuadrilátero, sabe, el viejo Fudds, no mi suegra. Oh, cielos, ¿qué debo hacer? Es un brillo realmente maravilloso. Semilla de anís… ¿quién hubiera pensado que era importante para algo además de hacer que el aliento huela extraño y ácido? Puedo ver mi ojo devolviéndome el guiño, tan claro como el día en ese brillo. Mi ojo… ha estado guiñando de este modo durante doce años ya, distrae bastante a mi esposa, especialmente en compañía. Ella cree que estoy guiñando el ojo a las demás damas.
    – ¿Qué piensan todas las demás damas, milord?
    Él sonrió a Hallie.
    – También creen que estoy guiñando. Las marea bastante.
    – Entonces es un buen guiño, ¿no lo cree?
    Jason dijo:
    – Eh, lord Brinkley, ¿le importaría ver a Dodger saliendo de su compartimiento ahora?
    – ¿Qué? Oh, sí, seguro.
    Lord Brinkley echó una mirada nostálgica a las botas de Hallie y luego se dio vuelta para seguir a Jason.
    Hallie exclamó:
    – Le proveeré de una medida exacta, milord, para el viejo Fudds.
    Lord Brinkley paró en seco y le ofreció una encantadora reverencia. Si no estaba equivocada, le guiñó el ojo. Hallie no creía ni por un segundo que fuese un tic.
    Lo oyó decir en una linda voz arrastrada:
    – Qué muchacha agradable, señor Sherbrooke. ¿Sabe algo sobre caballos o sólo es buena lustrando botas?
    – Ella entrenó a Piccola, milord.
    – Hmm. Eso podría elevar la seguridad de un hombre, ¿cierto? O darle un miedo de muerte. Ah, pero sigue siendo difícil… no me gustan los libros que no encajan con sus portadas.
    – A veces los libros en cuestión resultan ser inesperadamente interesantes, ¿no lo cree?

CAPÍTULO 20

    La mañana siguiente llovió lo suficiente como para hacer que todos, caballos incluidos, se resguardaran para mantenerse calientes y secos. Lord Brinkley les envió un mensajero que se veía casi ahogado cuando golpeó a la puerta de la cocina.
    Jason leyó la breve nota y luego miró a Hallie.
    – Lord Brinkley se marcha a Inchbury, no quiere esperar hasta que pare la lluvia. Te envía su dirección para que puedas enviarle la receta para su betún de botas. Menciona que no debes olvidar la cantidad exacta de semillas de anís para el viejo Fudds. -Sonrió a Hallie. -Lo hiciste muy bien, Hallie.
    – Si él me acepta debido a mi excelente brillo para botas, entonces lo aceptaré de buena gana. Jason, ¿supongo que Delilah ni Dodger tienen ningún interés de comenzar hoy con el asunto?
    – Ni un poquito, al menos no cuando los vi más temprano. Henry vino a la puerta trasera unos minutos atrás, dijo que Dodger estaba durmiendo una siesta, y que la siesta parecía que iba a ser larga. La realidad es que Dodger no tiene interés en las hembras cuando llueve, a diferencia de los caballeros, que están interesados en las mujeres aun cuando la nieve llega apilada hasta sus narices… no importa. Ah, ¿dónde estaba? Oh, sí, Henry cubrió a Dodger con una manta que había calentado en su propio fogón y le besó la frente.
    – Lo que dijiste, Jason… no, ni siquiera voy a pensar en la nieve que llega hasta la nariz de los caballeros y porqué… no, no lo haré. -Entonces se rió. -Oh, cielos, puedo imaginar a Henry posando amorosamente esa manta sobre el lomo de Dodger, y besándolo. ¿Qué hay de Delilah?
    – Cuando visité a Delilah antes del desayuno, estaba comiendo. Henry dijo que le permitiría comer tanto como ella quisiera hoy. Dijo que ella estaba frustrada, y comer la ayudaba, a todas las mujeres en realidad, a pasar los períodos de sequía.
    – ¿Henry dijo que ella estaba comiendo porque Dodger no estaba interesado en aparearse con ella?
    – Oh, sí. También me dijo que es por eso que las damas que no tienen buenos hombres o que están en lo que uno podría llamar un desierto de necesidad, tienden a ser regordetas.
    – Yo nunca he estado en ninguna especie de desierto de necesidad… es más, no tengo idea de qué estás hablando. Ni tengo un buen hombre, si tal cosa es posible… y no soy regordeta.
    – Eres joven e ignorante, así que no cuentas. Angela es rellenita.
    – No mucho, y su esposo hace años que murió… eso es, no, esto es absurdo. Estás inventándolo todo.
    – Ni un poquito. En cuanto a Piccola, de acuerdo con James Wyndham, está preñada… está frotando su panza contra la puerta del compartimiento, una señal segura. No porque jamás haya observado una yegua frotando su panza, créeme. ¿Y tú?
    – No, ni siquiera una vez. ¿Qué dice Jessie?
    – Ella dijo que siempre se frotaba el abdomen contra las puertas cuando estaba recién embarazada. James solía decir que era tan agradable de ver, pero que no era realmente bueno para nada excepto más juegos, eso es… no importa.
    Ella le pegó en el brazo.
    – Estás inventando todo esto, sé que sí. -Se miró su abdomen chato. -Imagina frotar tu panza contra algo cuando…
    Hallie se dio cuenta de lo que había dicho y se puso colorada hasta el nacimiento del cabello.
    – Sin dudas estarás frotándote en un futuro no demasiado distante.
    Ella levantó la mirada hacia Jason, no dijo una sola palabra y le miró la boca. Parpadeó.
    – Ah, no te vi cuando entraste.
    – Fui directo a mi dormitorio.
    – ¿Así que te mojaste yendo a los establos esta mañana?
    Él se encogió de hombros y dio un paso atrás.
    – Por supuesto. Pero sólo uno de nosotros necesitaba empaparse los huesos, y yo saqué la aguja de tejer más corta de Angela. Si alguien muere de una inflamación en el pulmón, seré yo. Estás a salvo.
    – Bueno, ahora estás seco, y tu ingenio está rebosando. Te divertiste más que yo, sentada aquí con un maldito vestido y delicadísimas zapatillas verdes de satén.
    – ¿Delicadas? ¿Realmente lo cree, señorita Carrick? Creo que sus pies son casi del tamaño de los míos.
    Ella le arrojó su taza de té vacía y sonrió mientras él la apartaba en el aire apenas a un centímetro de su oreja izquierda.
    – Tienes reflejos muy veloces. ¿Qué haremos hoy?
    – Perfeccionaremos nuestra contabilidad. He hablado detalladamente con James y su administrador, McCuddy. Incorporaremos algunas de sus prácticas, cambiaremos otras que se adapten mejor a nuestra operación. Ven, te lo mostraré.

    Trabajaron, con las cabezas unidas, hasta finales de la tarde, cuando Angela golpeó a la puerta del estudio. Oyó algunas discusiones, risas, un sólido silencio, y frunció el ceño mientras golpeaba. No abrió la puerta hasta escuchar a Jason decir “adelante.”
    – Niños -les dijo, bastante a propósito.
    Estaban sentados demasiado juntos, pero por otro lado, ninguno de los dos se veía para nada culpable o avergonzado, un enorme alivio.
    – ¿Sí, prima Angela?
    – Bien, muchacho, puedes llamarme simplemente Angela. Estoy aquí para buscarlos a ambos, para que puedan embellecerse para la cena. Creo que Petrie estaba gimiendo por el estado de tus ropas, Jason. Martha le dijo que se controlara, que sus lloriqueos no daban un buen ejemplo al personal. Y dijo, ¿qué tendría para decir sobre eso nuestra nueva ama de llaves, la señora Gray?
    Hallie dijo:
    – ¿Qué respondió Petrie ante eso?
    – No escuché, pero apostaría a que su boca se cerró y sus hombros se enderezaron enseguida. Has conocido a la señora Gray. Haría cuadrar los hombros a Dios.
    Por un momento, Jason observó su pluma repiqueteando con el ceño fruncido. Miró hacia la pared más lejana, con su enorme ventana ahora luciendo lindas cortinas nuevas dorado pálido. Oyó la lluvia golpeando en ráfagas ventosas contra los limpios cristales.
    Se levantó rápidamente, sonrió a Angela, y dijo:
    – Son casi las cinco. No tenía idea. Hemos logrado casi todo lo que nos propusimos lograr. Gracias por buscarnos, Angela. No estaré aquí para la cena esta noche. Hallie, guardemos nuestros nuevos libros de registro. Hemos trabajado bastante duro.
    Hallie se recostó en su silla, con los brazos cruzados sobre el pecho.
    – Eso es verdad. Eres muy bueno con las matemáticas, Jason, excelente en realidad. Siempre me ha ido mucho mejor con las notas musicales.
    – Tus anotaciones son mucho más prolijas que las de Jason, querida -dijo Angela. -También podrías fijar tus anotaciones a una melodía alegre si lo desearas. Jason no podría.
    Hallie se rió.
    – Mi institutriz golpeaba mis nudillos si cada línea y rizo no eran perfectos. Sin embargo, le tomaré la mano. Jason, ¿adónde vas esta noche? ¿A Northcliffe Hall?
    – No -dijo él, sin mirarla. -Tengo una cita en… Bueno, eso no es importante. Damas, las veré por la mañana.
    – Pero mira, Jason, sigue lloviendo fuerte.
    Él asintió y se marchó del estudio.
    – Qué extraño -le dijo Hallie a Angela. -De pronto parecía muy distraído. Me pregunto por qué. También me pregunto quién aceptaría una cita en esta noche perfectamente espantosa, y dónde será.
    – Supongo que podrías seguirlo -dijo Angela.
    – Hmm -dijo Hallie. -Podría, pero creo que esta vez no lo haré. Con mi suerte, él me vería…
    – … y te arrojaría en una zanja para que te ahogaras.
    – Estaba pensando en otra cosa, pero no importa. Estoy famélica, Angela. ¿Qué preparó la cocinera para la cena?
    – Un lindo lenguado al horno, creo, y habichuelas frescas. Es una pena que Jason no esté aquí. Creo que la cocinera se luce cuando él está presente.
    – Él la adula.
    – No -dijo Angela. -Es amable y le sonríe. Eso es lo único que hace falta. Ella me dijo que mirarlo hace que sus recetas cobren vuelo.
    Hallie dijo lentamente, asintiendo:
    – Oí que cada cocinera en Baltimore quería alimentarlo; era una especie de competición para ganar su atención. Absolutamente ridículo. Lo mismo hacían con mi padre. Genny siempre decía que no podía creer que él nunca se pusiera tan gordo como un cerdo. Él no gana peso, sabes. Espero ser como él.
    – Eres su imagen en mujer. Ah, dos hombres tan gloriosos, esa es la verdad. -Hallie gruñó. Angela agregó: -Es mejor que no hable con la cocinera. Quizá no se enterará de que Jason no está aquí, y disfrutaremos de los frutos de su bonita persona. También debo contarte que Petrie estaba diciéndole a Martha que su inglés no es como debería ser el de la doncella de una dama, y que por lo tanto debería mantener la boca cerrada hasta que mejore.
    Hallie se rió.
    – ¿Martha lo abofeteó?
    – Estuvo cerca, pero le dijo inteligentemente que sólo podía seguir mejorando si practicaba todo el tiempo, ¿y por qué no era él lo bastante inteligente como para llegar a esa conclusión? Y que si él pensaba seguir como un viejo dientes de trucha, ella podría olvidar sus lecciones a propósito. Entonces se marchó enfadada con Petrie soplando y resoplando detrás suyo, sin una palabra que decir. Pobre Petrie, un misógino todos estos años… aunque no es para nada viejo, ¿verdad?
    – No, Petrie no es para nada viejo, sólo un dientes de trucha, Martha tiene razón en eso.
    Mientras subía las escaleras hacia su dormitorio para cambiarse -¿y por qué debería molestarse, de cualquier modo?, -se preguntó una vez más adónde habría llevado Jason su bonita persona. Debía haber sido terriblemente importante para él, para salir con este clima. Quizá debería preguntar a Petrie. Ella se destacaba en la sutileza. Él no tenía ni una oportunidad.
    Vio a su presa justo antes de entrar en el comedor, saliendo de la salita, tarareando, ignorante de su inminente rendición.
    – Petrie -dijo ella, toda suave e ingenua, -deseaba preguntar al señor Sherbrooke por un asunto de importancia. ¿Sabe cuándo regresará a casa?
    El canturreo murió en la boca de Petrie, su rostro se volvió de piedra. Su mentón se elevó un poquito apenas, y dijo:
    – No me lo confío, señorita Carrick.
    Pero sabía, maldito fuera. Petrie no dejaría salir a Jason de la casa si no sabía adónde iba y con quién se encontraría. ¿Qué estaba ocultando? ¿Cómo sacarle esa información?
    – Concierne a la yegua Dauntry que llegará mañana, un asunto urgente que debemos discutir lo antes posible. Seguramente él dijo algo.
    – Mi amo sólo habló de la condenada lluvia, señorita Carrick. Ah, sí mencionó que podría pedirle que usted lustrara sus botas mañana.
    – Seguramente no estuviste de acuerdo con eso, ¿cierto, Petrie? ¿Una mujer lustrando las botas de tu amo?
    Petrie dijo lentamente:
    – Nunca antes había considerado las semillas de anís. Veremos. Oh, sí, la señora Gray envió un mensaje diciendo que no estaría con nosotros mañana. Parece que su hermano tiene una pierna quebrada y que ella debe atenderlo. Cree que a principios de la próxima semana estará bien para ella y su hermano.
    Hallie se dio cuenta de que estaba perpleja. ¿Qué más podía preguntar? Mejor abandonar el campo con un poco de dignidad.
    – Ah, bien, no importa. Gracias, Petrie.
    – Por supuesto, señorita Carrick. Estoy a su servicio, naturalmente, en cualquier momento.
    La astucia de él le dio en la nuca. Nunca le daría la medida exacta de semillas de anís.
    – No me ofreciste absolutamente ningún servicio -le dijo por encima del hombro mientras marchaba, sin mucha dignidad, hacia el comedor.
    La cocinera quemó el lenguado, aplastó las habichuelas frescas, y puso lindos pancitos calientes en la mesa con centros pastosos. El manjar blanco prometido para el postre nunca apareció, probablemente era mejor.
    Angela comentó que había oído a la cocinera cantando una elegía fúnebre, ¿y quién sabía elegías fúnebres, por el amor de Dios? ¿Quién le había avisado sobre la deserción de Jason? Hallie decidió que debería haber intentado con un poco de adulación. Quizás hubiese funcionado tan bien como la belleza masculina y la sonrisa de Jason.
    O quizá no.

CAPÍTULO 21

    La mañana siguiente fue soleada y cálida. Nadie hubiese adivinado que había llovido lo suficiente como para llenar el barril de agua a menos que se metieran en un aislado charco de barro de un metro.
    Habían hecho falta Hallie y tres mozos de cuadra para mantener quieta y en calma a Delilah mientras Henry y Jason controlaban a Dodger, que estaba bufando, enloquecido, las fosas nasales acampanadas. Estaba tan descansado y excitado que la saliva goteaba de su boca, pero no lastimó a la yegua, lo cual fue un alivio.
    Luego de que Dodger hubiese realizado su tarea con Delilah, Hallie se preguntó cómo Delilah podía haberla pasado bien en absoluto. Era un asunto desprolijo, a veces peligroso. El asunto era, le había dicho Henry a Hallie, que Delilah ya no estaba interesada en su comida. Dodger era especial, cierto, había rescatado a Delilah de un desierto de necesidad. Hallie no tenía respuesta para eso.
    Todos estaban exhaustos, cansados y sudorosos cuando terminó. Los hombres no habían parecido notar que ella no era uno de ellos hacia el final del asunto, con el sudor corriendo por su frente.
    Mientras Hallie secaba el lustroso cuello de Delilah, dijo:
    – Eres una muchacha valiente, Delilah, una princesa estoica enfrentada con un sapo, no un príncipe. Sí, fuiste capaz de soportar a ese caballo patán con esa asquerosa saliva colgando fuera de su boca.
    Estaba buscando una esponja húmeda cuando vio a Jason parado en la entrada del compartimiento, con los brazos cruzados sobre su pecho y una elegante ceja arqueada sobre sus ojos pícaros, sonriéndole.
    Ella levantó el mentón, su voz defensiva aun cuando deseaba que no lo fuera.
    – Bueno, es la verdad. Dodger no fue para nada, eh, cortés y considerado, como fue con Piccola.
    – Según recuerdo, Piccola casi pasó todo dormida.
    – Bueno, Delilah quería matar a Dodger. Estaba temblando, con los ojos en blanco, y se veía realmente enojada. Mientras más molesta se ponía ella, más bruto era Dodger.
    – Algunos hombres también lo son -dijo Jason, se dio cuenta de lo que había salido de su boca y se mordió la lengua.
    ¿Qué problema tenía? Eso hizo que ella lo mirara con el ceño fruncido. Empezó a cepillar a Delilah con demasiado vigor y casi fue mordida.
    Hallie saltó a un costado mientras decía con una encantadora mueca de desdén frente a la cara sonriente y adorable de él:
    – Bueno, ¿acaso no has estado en un estado de ánimo delirantemente feliz desde el momento en que Petrie te arrastró fuera de la cama esta mañana? Muy tarde, ¿verdad? Creo que Angela y yo hacía rato que habíamos terminado de comer. Si no fuese por tu condenado rostro, te hubieses quedado con hambre.
    – Bueno, no fue así, ya que nuestra cocinera es excelente y muy flexible. Me sirvió bollos de nuez frescos, huevos revueltos y, creo, tocino crujiente tal como me gusta. Somos muy afortunados de tenerla.
    – Adelante, comercia con tu maldita apariencia. No significa nada.
    – Cuidado, Hallie, no eres precisamente una fea flacucha, sabes. La hipocresía no es atractiva. Además, ¿qué quieres decir con eso? Yo no comercio con nada, mucho menos mi maldito rostro, es absurdo.
    – Nada de eso tiene que ver con el punto.
    – ¿Y el punto es?
    – Mira esa sonrisa en tu lamentable rostro… toda frívola y tonta, como si estuvieras tan ufano. ¿A qué tipo de cita fuiste? ¿Qué te hizo tan feliz? No, ya veo, bebiste mucho, ¿verdad? ¿Perdiste nuestras ganancias en el juego?
    – Quizás un poquito de brandy. No pude apostar porque todavía no tenemos ninguna ganancia. -Se rascó el abdomen y se apoyó contra la pared del compartimiento. -Delilah intentará morderte otra vez si no dejas de frotarla tan fuerte. Usa la esponja. No pienso decir nada más sobre eso.
    – ¿Qué quieres decir con que los hombres son patanes?
    Él cerró sus labios, sacudió la cabeza. Ella podía arrancarle las uñas, pero no iba a explicar nada, especialmente porque nunca había pretendido decírselo en primer lugar a una jovencita que estaba tan intacta como una potranca recién nacida.
    – El sexo -salió de su boca, seguido por: -es un arte delicado. Algunos hombres son demasiado egoístas o simplemente ignorantes, bueno, no importa. Maldito sea otra vez por abrir la boca. Cuando termines con Delilah, Henry dijo que Angela quería que supiéramos que la cocinera se ha superado para el almuerzo, aunque no tengo idea de por qué haría eso, ya que cada comida que nos ha preparado ha sido bastante excelente.
    Hallie se quedó mirándolo, tragó con fuerza y logró recomponerse y decir:
    – Ella cocina para ti.
    – ¿Qué significa eso? No, ni siquiera pienses algo tan absolutamente ridículo. Siempre ha cocinado para los tres.
    – No importa. Ya eres bastante engreído. Vete. Estoy famélica. ¿Qué está preparando?
    Jason se veía desconcertado.
    – No lo sé, nunca pregunto. Normalmente ella se queda allí parada, sin decir nada cuando le hablo.
    Hallie resopló.

    El jamón rebanado estaba encantador, cortado tan delgado como el de la cocinera en Northcliffe Hall, y eso le dijo Jason después del almuerzo, sólo que la señora Millsom no le agradeció, simplemente continuó callada, mirándolo fijamente. Él volvió a agradecerle y salió de la cocina, sacudiendo la cabeza. La mujer podía ser lerda, pero era mágica con las ollas.

    Angela se sorprendió cuando Petrie, con voz sonora y formal, anunció a un caballero que estaba allí para ver a la señorita Hallie.
    Ella dijo:
    – Esto es raro. No puede ser ningún amigo o pariente, o sabrían que lo más probable es que esté en los establos. Hmm. Haz pasar a este caballero, Petrie.
    Un hombre muy apuesto, ciertamente, pensó Angela mientras el caballero en cuestión entraba con un tranquilo paso de caballero en la salita. Se detuvo un momento y miró alrededor antes de concentrar su atención en la única ocupante, a saber Angela.
    Él le dibujó una elegante reverencia.
    – Señora, soy lord Renfrew. Soy un amigo especial de la señorita Carrick.
    Angela, que no sabía nada sobre los viles planes maritales de lord Renfrew para Hallie, se puso de pie, su sonrisa acogedora, y le ofreció la mano.
    Lord Renfrew la tomó y la llevó hasta sus labios. Ah, un gesto muy elegante, pensó Angela, sintiendo que su corazón tropezaba por un momento. Debe haber conocido a Hallie durante su temporada. Qué hombre encantador, sin dudas. ¿Por qué Hallie nunca lo mencionó?
    – ¿Quiere sentarse, milord? Hallie está montando, creo.
    Lord Renfrew relajó su elegante persona en una silla de respaldo alto con lindos almohadones con estampados de brocado.
    – He estado fuera de la ciudad, señora, y por lo tanto no me enteré hasta regresar a Londres poco tiempo atrás que la señorita Carrick se había mudado aquí para dirigir una caballeriza con un caballero a quien conoció menos de dos meses atrás. No puedo imaginarla haciendo una cosa semejante. La señorita Carrick es una dama. Como usted dice que está montando, eso pone algo de fin a ese ridículo rumor, ¿verdad? Una dama monta, después de todo.
    – Bueno, sí, por supuesto que una dama monta. Pero en realidad, milord, hay mucho más que una cabalgata involucrada. ¿Conoce usted a la familia Sherbrooke?
    Lord Renfrew asintió, apoyó una elegante mano sobre el brazo de la silla.
    – Desde luego, todos en la sociedad conocen a los Sherbrooke, señora. Sin embargo, este hijo, Jason Sherbrooke… Tengo entendido que no ha estado en Inglaterra por muchos años.
    – Está en casa ahora. Está aquí, para ser más específica. Él y Hallie son socios. Yo soy su chaperona.
    – ¿Chaperona? ¿Qué es esto? No comprendo. Esto no tiene sentido.
    Angela dijo:
    – La razón por la que están aquí juntos es porque ambos querían Lyon’s gate. Ninguno quería vendérselo al otro. Es un poquito más complicado que eso, naturalmente, pero esa es la esencia. -Se quedó callada un momento y luego añadió: -Cualquiera en Londres podría haberle dicho eso.
    – Como dije, no lo creí. -Miró alrededor de la salita. -Esta es una encantadora habitación, y los jardines y corrales se ven prósperos, pero igualmente, ¿por qué la señorita Carrick desearía poseer esta propiedad en particular? No es tan grandiosa como ella está acostumbrada. Sabe que vivió en la abadía de Ravensworth durante muchos años. Seguramente no estaría satisfecha de haber llegado tan bajo…
    En ese momento, Petrie, conociendo el valor del caballero, llevó un excelente y viejo carrito de té donado por lady Lydia. La entrada de Petrie fue algo bueno, y lord Renfrew lo notó. Había sido desmedido en su crítica de esta mediocre propiedad que olía a establos. Agachó la cabeza y no dijo nada más.
    Angela se preguntó de qué se trataba todo esto, mientras le daba una taza de té con tres terrones de azúcar y dos tortitas.
    Dijo, mientras bebía su propio té:
    – Durante las mañanas, Hallie y Jason siempre están trabajando en los establos o ejercitando a los caballos.
    – ¿Sabe cuándo regresará Hallie a la casa, señora?
    Ambos oyeron la puerta del frente abrirse y cerrarse, y la voz de Hallie exclamando:
    – ¡Martha! ¡Ven rápido, he tenido un horrible accidente!
    – Oh, cielos.
    Angela estaba de pie y corriendo. Lord Renfrew se levantó más lentamente. Sus instintos eran excelentes. Esperó, sin decir nada.
    Oyó a una jovencita decir:
    – Santo cielo, señorita Hallie… mire ese rasgón. Petrie dijo que la yegua Dauntry llegaba esta mañana. ¿La bestia enganchó su falda?
    – Su nombre es Penelope y es rápida.
    – Yo puedo arreglarlo. Venga, señorita Hallie.
    Petrie dijo:
    – Es un rasgón grande, más adecuado a las habilidades de una costurera, no de una joven doncella pobremente educada que debería, como mucho, ser ayudante de cocina.
    – Bien, vea, señor Aliento a Sudor, puedo hacer casi cualquier cosa en absoluto, yo…
    Hallie reía. Lord Renfrew oía esa dulce risa con bastante claridad. Siempre le había gustado su risa. Hacia el final, sin embargo, ella no había reído mucho. Él esperó.
    – Está bien, Martha. Petrie pronto verá lo talentosa que eres. Vayamos arriba. No te preocupes, Angela, la yegua atrapó la falda, no a mí. Debería haber estado prestando más atención. Dejé a Jason revolcándose, muriéndose de risa, el imbécil.
    – Un momento, Hallie. Tienes una visita en la salita.
    Petrie se insertó en medio de Angela y Martha.
    – Yo iba a informárselo, señora Tewksbury. De hecho, estoy aquí parado, preparándome para informarle sobre su visitante en la sala de estar. Usted no me dio la posibilidad, y Martha aquí… pero todo está bien, de veras. -Infló los pulmones. -Señorita Hallie, tiene una visita en la sala de estar.
    – ¿Una visita? -preguntó Hallie. -Oh, ¿quieres decir que Corrie vino de visita? Sí, lo recuerdo. Dale un poco de té, Angela, y me uniré a ella en un momento. No estoy preparada para ser vista.
    – Pero, Hallie…
    – Regresaré enseguida, Angela.
    Lord Renfrew oyó sus pasos rápidos subiendo las escaleras. O quizás eran los de su doncella pobremente educada y demasiado joven. La mujer mayor con encaje que iba desde su cintura hasta su cuello no había dicho a Hallie su nombre, ni el mayordomo de voz agradable. Pero probablemente ella se enteraría antes de bajar. No sabía si eso sería bueno o malo, aunque siempre prefería la sorpresa. Siempre tenía ventaja cuando era él quien sorprendía. Caminó hasta el hogar, se miró al espejo y supo que se veía elegante, hermosamente vestido y tan apuesto como un dios menor. Volvió a sentarse, bebió su té y esperó.
    Para su sorpresa, no habían pasado diez minutos cuando Hallie apareció en el umbral de la salita, un poquito sofocada. Lo vio y se paró en seco.
    – Usted no es Corrie.
    Él le ofreció una sonrisa que una vez la había hecho arder hasta la punta de los pies. Se veía extraña. Era esa falda larga, esa camisa de apariencia rara y el chaleco que llevaba. ¿Por qué estaba vestida como una gitana romaní?
    Ella dijo:
    – Me apresuré porque pensaba que Corrie estaba de visita. Angela y Petrie están en la cocina intentando arreglar la nueva estufa de la cocinera. Si hubiera sabido que era usted, me hubiese tomado mi tiempo.
    – Está bien, Hallie. Te ves encantadora.
    No lo había dicho para nada en serio, el engreído bufón.
    – Lord Renfrew. ¿Qué diablos está haciendo aquí, señor?
    No era un comienzo prometedor. Por otro lado, hubiese sido un tonto en esperar otra cosa.
    – Es maravilloso verte otra vez, Hallie. ¿No me llamarías Elgin nuevamente, querida?
    Fue hacia ella, obligándola a levantar la mirada porque era alto. Le tomó la mano antes de que ella se diera cuenta en qué andaba, y besó el interior de su muñeca, lamiendo donde había besado. Hallie apartó su mano de un tirón. Antes, tanto tiempo antes, se hubiese puesto pálida y caliente de emoción.
    – ¿Qué está haciendo aquí, señor?
    Él quería abofetearla.
    – Estoy aquí para verte, naturalmente. He venido a rogar tu perdón por mi errante estupidez.
    Ella asintió.
    – Sí, fue excesivamente estúpido. Supongo que significa algo que pueda admitir su perfidia ahora, y disculparse por ella. Sin embargo, no tengo intención de perdonarlo durante la duración completa de mi vida, así que retírese.
    – No, aún no. Dame otro momento, Hallie. Siempre fuiste una muchacha bondadosa, dulce…
    – No olvide ingenua.
    Él suspiró profundamente, caminó de regreso al hogar, sabiendo que presentaba una excelente impresión, sabiendo que ella estaría ciega si no lo admiraba, y se dio vuelta lentamente para apoyarse contra la repisa, con los brazos cruzados sobre el pecho.
    – Lamenté mucho su pérdida de confianza en mí. Fue todo un error, un fatal error que sucedió porque fui engañado por una mujer que era más experimentada que yo, un simple hombre del campo. Fui débil, lo admito. Eso no es excusa, ruego que no crea que lo es. El hecho es que fui débil y llevado por el mal camino. Esa mujer ya no está en mi corazón ni en mi mente.
    – Eso fue sin dudas afortunado, porque entonces se casó con esa pobre muchacha en York. ¿No es así?
    – Ah, mi pobrecita Anne. Murió casi un año atrás, sabes, tan inesperadamente, dejándonos a mí y a su padre desamparados.
    – Lo siento. Había escuchado que había fallecido el otoño pasado.
    – El tiempo ha pasado tan lentamente, mi desesperación es tan profunda que podrían ser diez años -dijo él. -Después de su trágica muerte no podía mirar adelante ni atrás. Sólo recientemente he sentido los momentos de la vida destellar nuevamente dentro mío.
    – Había olvidado lo encantadoramente que habla. Tanta elocuencia, tanta gracia.
    – No es amable burlarse de un hombre que ha conocido tanto dolor. Lo que dije es verdad.
    – ¿Ella era tan joven como yo cuando se casaron?
    – Tenía dieciocho años, una mujer que sabía lo que pensaba, una mujer adulta.
    Hallie sacudió la cabeza. Tomó la tetera de la mesa auxiliar y se sirvió una taza. La bebió mientras miraba a Elgin Sloane, lord Renfrew.
    – He estado pensando que a tales mujeres no debería permitírseles entrar en la sociedad o en la compañía de hombres hasta los veinticinco años.
    Él se rió, una ceja oscura subiendo hacia lo que ella siempre había considerado una frente muy inteligente.
    – Una maravillosa broma, mi querida. Sabes muy bien que ningún caballero desearía casarse con una mujer tan vieja.
    – ¿Cuántos años tiene usted?
    – Treinta y uno.
    Hallie se sentó y tamborileó sus dedos sobre el brazo de la silla.
    – Mi tío siempre decía que los hombres necesitaban más años para madurar que las mujeres. Uno podría pensar que usted ya estaría bastante maduro ahora.
    – Se me considera un hombre joven.
    – ¿Y veinticinco es vieja para una mujer?
    Él tenía que recuperar el control, no porque tuviera algún tipo de firme control sobre ella aún, a decir verdad.
    Ella ofreció un brindis con su taza de té.
    – Válgame, usted era demasiado viejo para mí antes, pero yo era una joven tan tonta y encaprichada que nunca noté siquiera esas arrugas alrededor de sus ojos. O quizás no estaban allí un año y medio atrás.
    La mano de él voló a su rostro y entonces, sin apartar la mirada de ella, bajó lentamente la mano a su costado.
    – Siempre me ha encantado el modo en que bromeas. Me mantendrás humilde, Hallie, algo bueno para un hombre.
    – Esto realmente es demasiado, señor, ya que…
    Hubo un horrible estrépito en la parte trasera de la casa. Hallie se levantó de su silla y salió por la puerta de la salita en un instante.
    La cocina, pensó lord Renfrew, ese espantoso ruido había venido de la cocina. Un hombre no parecía tener la mejor ventaja en medio del lío en una cocina. era mejor permanecer allí, encima de todo el caos, tranquilo y lúcido.
    – Cielo santo, ¿quién es usted? ¿Qué está pasando?

CAPÍTULO 22

    – Yo, señor, estoy aquí para visitar a la señorita Carrick. Creo que acaba de ir corriendo a la cocina, alguna especie de desastre femenino.
    ¿Desastre femenino? Jason se quedó mirando atentamente la elegante visión parada con lánguida calma frente a él, pensando que no le importaba especialmente el último estilo de los caballeros. La cintura se veía demasiado recortada, el frac demasiado largo, totalmente poco práctico, al menos si uno estuviera limpiando compartimientos.
    Jason oyó un chillido. Cuando entró corriendo en la cocina, fue para ver a la cocinera, Petrie, Martha, Angela y Hallie inclinados tosiendo, cubiertos con el humo depositado que seguía saliendo de la nueva estufa Macklin. Como a él y Hallie les habían asegurado que esta maravilla moderna estaría en uso hasta finales del siglo, Jason no creía que este fuera un comienzo propicio. Vio que no había fuego, sólo humo. Abrió la puerta de la cocina y las tres ventanas, y agitó las manos.
    – ¿Están todos bien?
    Lágrimas negras corrían por el rostro de Petrie. Estaba retorciendo sus manos sucias.
    – Oh, amo Jason, vea lo que ha hecho ese monstruo humeante a mi mantelería, todo impecable sólo tres horas atrás, y mire ahora.
    Martha golpeó a Petrie en el hombro.
    – Vamos, señor Petrie, no llore o yo misma se lo diré al señor Hollis. Cálmese… sea un mayordomo.
    Jason esperaba que Petrie no arrojara a Martha sobre la estufa aún humeante.
    – Me temo que las semillas de anís no ayudarán a limpiarnos -dijo Hallie, pasando una mano sobre su rostro. -No te preocupes, Petrie, Martha es buena con todo tipo de manchas. Angela, tu rostro está un poquito negro.
    – También el tuyo, querida. ¿Sabías que este encantador vestido alguna vez fue verde?
    Hallie sonrió y negó con la cabeza.
    – Jason, creo que fuimos engañados por ese agradable hombre que nos convenció de comprar esta maravilla moderna.
    Angela dijo:
    – Quizás simplemente está domesticándose, acostumbrándose a nuestra casa.
    Jason dijo:
    – Haré que Davie el Manco le eche un vistazo una vez que se haya enfriado. La madera es brasas ahora; no pasará mucho rato.
    Angela dijo:
    – Me asombra lo que ese hombre puede hacer con sólo cinco dedos y sus dientes. Cocinera, ¿está bien? No está herida, ¿verdad?
    La señora Millsom había olvidado su mano que ardía. Miraba atentamente, con los ojos fijos, a Jason, que estaba parado en su cocina, a menos de un metro.
    – El señor Sherbrooke nos salvó -susurró.
    – Oh, cielos -dijo Angela.
    – Bueno, en realidad no, señora Millsom -comenzó a decir Hallie, pero la señora Millsom pareció no haber oído.
    Seguía mirando atentamente a Jason, quien continuaba viéndose espléndidamente masculino, con el cabello soplado por el viento, la camisa blanca abierta, dejando su cuello tostado desnudo, sus pantalones encantadores y ajustados, sus botas cubiertas de polvo, y Hallie sólo pudo poner los ojos en blanco.
    – En realidad, lo único que hizo fue abrir la puerta.
    – Y las ventanas -dijo la señora Millsom, aún en un susurro.
    Jason estiró su encantadora mano tostada y se acercó a un metro frente a ella.
    – ¿Cocinera? ¿Señora Millsom? ¿Se encuentra bien? Ah, se ha quemado la mano.
    La cocinera se quedó mirándolo, sacudió la cabeza mientras estiraba la mano, que él tomó suavemente entre las suyas.
    – No está mal. Angela, pásame un poco de manteca, la enfriaremos. Petrie, busca algunos vendajes.
    Para su asombro, la cocinera se miró la mano sostenida por las dos de él y cayó contra él, casi derribándolo. Jason la atrapó aun mientras Hallie lo tomaba del brazo y lo enderezaba.
    Angela exclamó:
    – Ah, Jason, ten cuidado con el…
    Jason cayó sobre una enorme cuchara cubierta con alguna especie de masa, llevando a Hallie consigo, y la cocinera encima suyo.
    – Oh, cielos -dijo Angela.
    Jason se sentía aplastado. Tan suavemente como podía, hizo rodar a la cocinera sobre sus espaldas mientras Hallie se ponía de rodillas encima de él.
    Jason dijo:
    – ¿Por qué se desvaneció? ¿Está dolorida?
    Hallie sólo pudo reír ante su absoluto desconcierto.
    – Jason, eres tan idiota. La tocaste, eso fue todo lo que hizo falta.
    Él palmeó el rostro de la cocinera mientras sacudía la cabeza, y todos empezaron a reír. Los ojos de la mujer revolotearon. Se quedó mirando el rostro preocupado del delicioso y joven amo. Preocupado por ella. Soltó el aire con un silbido.
    – Oh, señor Sherbrooke, oh, señor, sólo quería hacerle una linda torta de jengibre.
    – Torta de jengibre.
    Angela cayó contra la mesa de la cocina de tanto que se reía. En cuanto a Petrie, se encontró palmeando a Martha en su delgado hombro, diciéndole que su rostro estaba tan negro como una Víspera del Día de los Santos en particular, que recordaba de cuando era un niño.
    – Yo digo -dijo una voz pasmada desde el umbral, -que no hay más té en la tetera.
    Hallie miró al elegante hombre que una vez había creído que amaba, que alguna vez había creído que era un hombre casi tan perfecto como su padre.
    Dijo a la cocina en general:
    – Santo cielo, ¿estaba loca y ciega, o era simplemente estúpida?
    – Oh, cielos -dijo Petrie, intentando secarse el rostro y limpiar su ropa todo al mismo tiempo. -Quizá debería ser colgado, pero no descuartizado. Milord, le ruego que disculpe mi imperdonable negligencia de mis deberes. Le buscaré té inmediatamente, señor, bueno, quizá no exactamente de inmediato, si observa y comprende este constante obstáculo que me enfrenta.
    – Por supuesto, mi buen hombre. -Lord Renfrew inclinó la cabeza con cortesía. -Buen Dios, ¿Hallie? ¿Eres tú de rodillas? Lo único que queda blanco en ti son tus dientes. ¿Qué estás haciendo aquí? Seguramente…
    – Señor -dijo Hallie, sin moverse. -Por favor, márchese, o si debe, al menos vaya de regreso a la sala de estar.
    Angela dijo:
    – Ella tiene razón, milord. Nunca me perdonaría si usted tuviera una sola manchita negra en su hermoso frac gris perla.
    – Es verdad que un caballero no debería correr riesgos imprudentes con su apariencia -dijo lord Renfrew y se retiró rápidamente de la cocina.
    – Desearía poder meter su cabeza en el horno -dijo Hallie, frotándose los brazos, veteando el hollín.
    Jason envolvió la mano de la señora Millsom en un suave trapo, la ayudó a ponerse de pie y acomodar su amplia persona en una silla.
    – Martha cuidará de usted, cocinera. Descanse un momento.
    La señora Millsom se veía lista para desvanecerse otra vez. Martha se acercó rápidamente, apuntalándola.
    Jason comenzó a salir de la cocina.
    – Me encargaré del dandi en la sala de estar.
    – ¿Elgin es un dandi? -dijo Hallie, con una ceja recién manchada arqueada. -Seguro que no.
    Jason se quedó muy quieto.
    – ¿Dijiste Elgin? ¿No fue él el tipo que trajo los mármoles de regreso de Grecia?
    – Bueno, sí, pero Elgin es el nombre de pila de lord Renfrew.
    Para su sorpresa, la expresión de Jason se volvió sombría como la Muerte.
    – Es él, ¿verdad, Hallie?
    – Bueno, sí.
    – ¿Qué diablos quiere? ¿Por qué demonios está aquí?
    – Deja de atacarme. No sé porqué está aquí.
    – ¿No lo invitaste? -Hallie arrojó la cuchara con la que él se había tropezado. Jason la atrapó a menos de quince centímetros de su frente. -Casi me clavaste esa cuchara -dijo, y desapareció de la cocina.
    – No lo mates, Jason -gritó ella detrás suyo. -Australia no te gustaría.
    Angela la agarró del brazo antes de que pudiera dar un paso.
    – ¿Quién es lord Renfrew? ¿Por qué está enojado Jason?
    – Él era el sinvergüenza con quien iba a casarme cuando tenía dieciocho años.
    – Pero, querida, no comprendo por qué el hombre está aquí…
    Hallie se marchó. Se detuvo en la puerta abierta de la salita, y vio perpleja cómo Jason, que ya no se veía como si quisiera arrojar a lord Renfrew por una de las destellantes ventanas del frente hacia las prímulas recién plantadas, era jovial y acogedor, estrechando la encantadora mano de apariencia fuerte de Elgin, la mano que alguna vez había rozado sus senos, algo por lo cual se había disculpado efusivamente. Ella no lo había comprendido en ese momento, pero ahora sí. Cruzó los brazos sobre su pecho, se apoyó contra la puerta abierta y golpeó con su pie. ¿Qué se traía Jason entre manos?
    – Qué agradable conocerlo finalmente… ¿dijo Hallie que su nombre era Eggbert?
    – Elgin.
    – Un nombre distinguido.
    – Sí, sí, ciertamente lo es.
    Lord Renfrew se preguntaba por la afabilidad del señor Sherbrooke. Pero, bueno, ¿por qué no? Jason Sherbrooke era un segundo hijo, gemelo o no, y probablemente no tenía mucho dinero, dado lo mísera que era esta propiedad comparada con la vasta finca de su padre. El hombre sin dudas veía a lord Renfrew como la personificación de lo que él no era. Sí, eso era, y quería lamerle las botas. Lord Renfrew lo permitiría.
    Por otro lado, el señor Sherbrooke estaba compartiendo la propiedad con Hallie, y ella era rica… su abogado lo había confirmado. Hmm, no le gustaba cómo sonaba eso. Compartiendo. Lord Renfrew se aclaró la garganta.
    – Es una situación inusual en la que están la señorita Carrick y usted, señor Sherbrooke.
    Jason le ofreció una sonrisa de dientes blancos, una especie de sonrisa de hombre a hombre, si lord Renfrew no estaba equivocado, y ningún hombre se equivocaba en eso jamás.
    – En realidad no -dijo Jason. -La señorita Carrick es, ah, una muchacha muy complaciente, ya sabe.
    La mandíbula de Hallie cayó cinco centímetros mientras la de lord Renfrew se tensaba.
    Jason, alegre como un octogenario con una nueva novia de dieciocho, dijo:
    – ¿No quiere sentarse, milord? Nuestros sirvientes aún no están muy bien entrenados… en realidad fue un pequeño problema en la cocina, pero imagino que traerán más té en breve.
    ¿Pequeño problema? Estaban todos tan negros como botas recién lustradas y la cocinera se había desvanecido encima suyo, derribándolo. ¿Eso era pequeño? ¿Petrie no bien entrenado? Había sido entrenado por el propio Hollis. ¿Qué estaba pasando aquí?
    Lord Renfrew se sentó y se aseguró de que sus faldones estaban pulcramente alisados debajo suyo.
    – ¿Qué quiere decir con “complaciente”?
    – Bien, la señorita Carrick siempre está ansiosa por complacer, por hacer cualquier cosa que uno desee que haga.
    ¿Qué quería decir con “ansiosa por complacer”? Ella podía ser malhumorada por las mañanas. Quizás estaba ansiosa por complacer cuando quería mucho algo, pensó Hallie mientras levantaba la mirada para ver a Petrie cargando la encantadora bandeja de plata que la madre de Jason les había dado, su rostro aún negro como la noche. Oh, cielos. Corrió para mirarse al espejo sobre la mesita y casi chilló. Había sabido lo que debía haber en el espejo, pero el hecho de ver su rostro negro… se levantó las faldas para correr a su dormitorio y entonces paró en seco. Le sonrió a Petrie.
    – Nosotros -le dijo, palmeándole el brazo, -haremos una entrada. Ah, ¿me veo tan atractiva como tú, Petrie?
    – Seguramente debería consultar el diccionario, señorita Hallie. Los dos nos vemos como bichos que escaparon del lodo. No tuve tiempo para arreglarme, ya que uno no puede dejar a un caballero esperando por su té. Oh, cielos, oh, cielos, su rostro, señorita Hallie, mi rostro… Esto es desastroso. ¿Qué pensará el caballero?
    – Yo, al menos, no puedo esperar a enterarme. -Entró en la salita, su zancada tan larga como la de un muchacho, todo posible porque su falda larga estaba cortada como pantalones muy amplios, ofreciendo a Jason una sonrisa lo suficientemente tenebrosa como para hacerle fruncir los dedos de los pies. -Hice que Petrie trajera el té. Ah, ¿te complace eso, Jason?

CAPÍTULO 23

    Jason casi se cayó. La voz de una sirena saliendo de un rostro mugriento. Lord Renfrew se puso rápidamente de pie, casi en pointe.
    Dijo en voz alta:
    – Me complace mucho, querida mía, mucho realmente. Siempre creí que eras deliciosamente complaciente.
    – ¿De veras, milord? Qué cortés de su parte decirlo. ¿Puedo preguntar por qué?
    Lord Renfrew gorgoteó profundamente. Ella se pavoneó, con la cara negra y todo.
    Así que había oído eso, ¿cierto? Jason fue hacia ella, se detuvo a menos de un centímetro de su nariz y estiró la mano. Comenzó a enroscar una larga y enredada madeja de cabello que caía casi hasta sus senos. Se inclinó más cerca, su respiración cálida sobre la mejilla de Hallie, con lujuria en sus ojos.
    – Hueles a humo.
    Ella batió las pestañas pero no se movió, sentía los dedos de él envolviéndose alrededor de su cabello.
    Le dijo:
    – ¿Te desagrada, Jason, el humo? Siempre quiero complacerte.
    – Lo pensaré. -Le tiró del cabello y dio un paso atrás. -Por favor, no te sientes con ese vestido sucio, Hallie. Nuestros muebles son nuevos y sería una pena ensuciarlos tan pronto.
    Lord Renfrew latía con preguntas, ninguna de las cuales haría en presencia de Hallie, maldición. Se aclaró la garganta. Ella lo miró. Una bruja, se veía como una bruja. ¿Qué si quería tocarlo? Tal vez debería apartarse para que no pudiera llegar a él fácilmente.
    – Tal vez, señorita Carrick, Hallie, sería mejor que fuera a su dormitorio y se preparara.
    – ¿Prepararme para qué, exactamente? Oh, ¿quiere decir del modo en que lo hago para Jason?
    Jason sacudió la cabeza y un dedo hacia ella.
    – Hey, paquete, ¿dónde están tus modales? Horrorizarás al pobre lord Renfrew. ¿Quién dijo que era usted, lord Renfrew? ¿Un viejo amigo de la señorita Carrick? ¿Tal vez un amigo de su padre? No tienes un abuelo vivo, ¿verdad, Hallie?
    – No, el padre de mi padre falleció muchos años atrás, mucho antes de que yo naciera. Mi padre se convirtió en el barón Sherard cuando tenía sólo diecisiete años. El padre de Genny murió cuando yo tenía cinco.
    Lord Renfrew dijo:
    – Yo heredé mi título dos años atrás. Soy el vizconde Renfrew, sabe.
    – No lo sabía -dijo Jason, -pero suena bien.
    – Me gustaría tomar mi té.
    – Ciertamente -dijo Hallie, sirviendo una taza y casi derramándola sobre el regazo de él cuando lord Renfrew dijo a Jason:
    – Soy un amigo muy íntimo de la señorita Carrick. Es más, sería más exacto decir que éramos más que íntimos. Nunca conocí a su padre, aunque hubiese conocido a ambos si las cosas hubieran progresado en el modo fluido en que se suponía que lo hicieran.
    Hallie dijo a Jason:
    – Es difícil ser suave cuando uno está recogiendo flores en otro jardín, ¿no lo cree?
    El aire latía con un caliente silencio, hasta que Jason dijo, con la voz mustia como una azucena marchita:
    – ¿Entonces usted se destaca en cultivar flores, milord? Tal vez nos dé consejos sobre qué hacer con nuestros jardines. Mi madre plantó las prímulas bajo las ventanas del frente. Desgraciadamente, ni Hallie ni yo tenemos buen ojo para las flores.
    – Yo tampoco -dijo lord Renfrew, y añadió una cuarta cucharada de azúcar a su té.
    – Entonces, ¿por qué estaría recogiendo flores? Oh, ya veo, usted es un romántico, un entendido.
    Lord Renfrew revolvió una cucharada de azúcar más en su té. Era casi doloroso verlo bebiéndolo, pero Jason asintió y siguió sonriendo.
    – Mire -dijo lord Renfrew, moviendo su taza de té, tan llena de azúcar que Hallie estaba sorprendida de que pudiera levantarla, -nada de esto tiene que ver con la cuestión.
    – ¿Cuál es la cuestión? -preguntó Jason amablemente.
    – Es muy extraño tener a una dama parada mientras nosotros dos estamos sentados.
    – Posiblemente -dijo Jason. -Sin embargo, a diferencia de usted, yo no estoy sorbiendo té en presencia de una dama. Creo que Hallie debe darse cuenta de lo considerado y amable que soy, haciéndola por lo tanto más complaciente.
    Ofreció una sonrisa a Hallie que hubiera hecho desvanecer nuevamente a la señora Millsom.
    Lord Renfrew vio esa sonrisa, supo que había poder en esa maldita sonrisa, y eso lo enfureció. Bastardo, maldito sapo y bastardo segundo hijo. Siempre había reconocido que los gemelos Sherbrooke eran considerados hombres muy apuestos, pero como él mismo no era una desgracia para la mirada femenina y siempre había sido admirado tanto por hombres como por mujeres… quizás un poquito más por las mujeres que los hombres, como le habían dicho muchas veces, no les había envidiado su porción adicional de belleza física. Ahora sí. Vio la influencia de ese hermoso rostro dirigido a Hallie, y odió al hombre hasta la punta de los pies.
    Él quería seducirla, quería su dinero. No lo soportaría.
    – Señorita Carrick, soy invitado de lord Grimsby, el vizconde Merlin Grimsby de Abbott Grange. He venido a pedirle que asiste a un baile el jueves por la noche, un baile en mi honor, y usted sería mi invitada especial.
    Jason se puso de pie de un salto.
    – ¿Un baile? ¿Dijo un baile? No he sido invitado a un baile desde mi regreso a Inglaterra. Me encantaría asistir, milord. Llevaré a Hallie conmigo. ¿Tienes un vestido adecuado, Hallie?
    – ¿Será un baile de disfraces, señor?
    – No. Será un baile regular. En realidad, señor Sherbrooke, yo sólo…
    – Creo que empaqué un encantador vestido de doncella medieval en uno de mis baúles. Una pena que no sea un baile de disfraces.
    – Estoy seguro de que el vestido es encantador, señorita Carrick, Hallie, pero es, como dije, un baile común. Señor Sherbrooke, acerca del baile, sólo puedo invitar…
    – Sé lo que está pensando, milord -dijo Jason, -y tiene razón en estar preocupado de que haya estado fuera de la civilizada Inglaterra demasiado tiempo, como para tener algo elegante que ponerme. Le pediré a mi hermano. Él es el vizconde, sabe, y es un tipo siempre bien vestido. En ocasiones me da sus pantalones del año anterior, a veces incluso sus chaquetas. Muy pocas manchas, ya que su ayuda de cámara es un tipo magnífico. En cuanto a Hallie, creo que la esposa de mi hermano podría prestarle algo. No se preocupe, milord, los dos, creo, nos veremos bastante elegantes.
    – La señorita Carrick es rica; tiene muchos vestidos, todos encantadores. Además, como es rica, seguramente no se rebajaría a tomar prestado nada de su condenada cuñada.
    Hallie dijo:
    – Debo decir que siempre es predecible que usted recuerde las monedas en mis bolsillos, aunque no estoy sorprendida. Creo que un baile sería encantador. Gracias por invitarnos. Jason, ¿conoces a lord Grimsby?
    – Oh, sí, aunque no lo he visto en mucho tiempo, desde que James y yo estábamos en Oxford y lo vimos con una preciosa joven quien, creo, no era pariente suya.
    – Bueno, verá, señor Sherbrooke, lord Grimsby no era tan viejo entonces.
    Hallie dijo:
    – ¿Lord Grimsby no está casado?
    – Fui indiscreto -dijo Jason. -Cuando James y yo éramos bastante pequeños, lord Grimsby nos permitía montar en sus cerdos premiados, grandes cerdos, comprendes, tan gordos que apenas podían caminar y por lo tanto no eran peligrosos para la salud de dos niños de tres años.
    – ¿Su padre les permitía montar cerdos?
    Jason asintió.
    – Decía que si podíamos mantenernos sobre los lomos de Ronnie y Donnie por tres minutos sin resbalarnos, estaríamos listos para nuestros propios ponis.
    Lord Renfrew dijo, con el desdén irradiando de su encantadora y alta persona:
    – Nunca he montado un cerdo en mi vida.
    – Bueno, yo tampoco desde que tenía tres años y mi padre me puso sobre mi primer pony. ¿Y tú, Hallie?
    – Desearía tener el recuerdo de un gordo cerdo en mi infancia, pero desgraciadamente, sabes que mi padre y yo navegábamos por todas partes cuando era pequeña, y la cubierta se mecía demasiado como para que el ganado deambulara por ahí. -Se volvió hacia lord Renfrew. -Tal vez usted era demasiado pequeño como para recordar haber montado en cerdo.
    – Por supuesto que lo recordaría. No lo hago.
    Él cerró la boca. Estaba en Bedlam. Esto era absurdo, ridículo. Tanto su anfitrión como su anfitriona estaban sonriéndole, preparados para ofrecerle más té, listos para malinterpretar lo que él decía. Se puso de pie, hizo una reverencia en dirección a Hallie, suspiró y supo que no había esperanzas. O eran ambos o ninguno.
    – Los veré el jueves por la noche. Señor Sherbrooke, ha sido agradablemente molesto conocerlo.
    Volvió a hacer una reverencia y casi salió corriendo de la salita. Oyeron las veloces pisadas de Petrie yendo hacia la puerta principal.
    – Oh, milord, deme sólo un momento. La puerta es pesada, debe ser bien abierta. Estoy preparado ahora, y a su continuo servicio.
    No oyeron una palabra de lord Renfrew. La puerta principal se cerró, un poquito fuerte. Un momento más tarde, Petrie apareció en el umbral de la sala de estar.
    – Qué extraño, amo Jason, el caballero no se llevó su sombrero ni su bastón, y puede estar seguro de que le ofrecí ambos.

CAPÍTULO 24

    La yegua Dauntry, Penelope, fue acomodada en el compartimiento al lado de Delilah, donde pronto se volvió evidente que no se gustaban. Jason y Hallie vieron a Henry tirar a Delilah atrás antes de que pudiera hundir sus sanos dientes amarillos en el encantador cuello castaño de Penelope.
    – Es por Dodger -dijo Jason a Hallie. -Delilah y Penelope lo desean. Saben que son hermosas, están acostumbradas a ganar y tienen dientes afilados. ¿Qué haremos?
    – Deja que se arranquen las crines -dijo Hallie.
    Jason se rió.
    – Qué desastre sería eso. No, es algo que nunca quiero volver a ver en mi vida. Ponla en la última casilla, Henry.
    Henry enlazó las riendas de Penelope en su mano. Su nuevo alojamiento probablemente estaba demasiado cerca del compartimiento de Dodger, porque Delilah relinchaba, revoleaba la cabeza y pateaba, haciendo temblar la madera. En cuanto a Piccola, ella seguía masticando su heno, con los párpados pesados. Dodger levantó la mirada para ver porqué era el alboroto, vio a Penelope balanceándose hacia él y asintió con su enorme cabeza.
    – Juro que sus orejas se pararon -dijo Jason, -cuando Penelope apareció en su vista.
    Henry dijo por encima del hombro:
    – Llevaré al sultán a un corral para que no tengamos más conmociones entre las damas.
    Hallie dijo lentamente:
    – No creo haber reído tanto en mucho tiempo.
    – Con Elgin cerca, puedo creerlo. Tienes suerte de haberte deshecho de él.
    Ella se estremeció.
    – Una vez pensé que era muy divertido. -Se dio vuelta para salir de los establos, se detuvo un momento y se volvió nuevamente hacia él. -Pero ahora no. Intentaré hacer el balance de nuestros gastos con nuestras ganancias. ¿Controlarías mis cifras más tarde?
    Jason asintió, la vio caminar de regreso hacia la casa. Recordó a los Wyndham, las risas, los gritos, las discusiones, naturales en una casa con cuatro niños. Extrañaba mucho eso.

    Jason y Hallie se encontraron en la cima de las escaleras a las ocho y media en la noche del baile Grimsby. Se miraron atentamente uno al otro.
    Jason, como era mayor, más experimentado, más acostumbrado a tratar con damas que Hallie a tratar con caballeros, dijo con calma mientras la tomaba del brazo:
    – No lo sé, Hallie. Corrie tiene un encantador vestido gris pálido que es del tono perfecto para ti. Pero, ¿este azul? No me malentiendas, es encantador, y estoy seguro de que el estilo del vestido está a la moda, pero, ¿la verdad? Ese tono particular de azul te hace un poquitito amarillenta.
    Ella lo golpeó en el estómago con el puño izquierdo.
    Él le sonrió. Estaba tan hermoso con su atuendo formal de noche que haría que cualquier mujer viva se mareara tanto de emoción que pudiera caerse o vomitar.
    – Muy bien, no puedo ver ni una mancha amarillenta en ti. Te ves bastante bien. Me alegra que Martha mantuviera tu cabello sencillo, las trenzas se ven muy bien en ti.
    – Me dijo que es la mejor trenzadora a este lado de Londres, que la abundancia de rizos la frustra. Me acarició el cabello cuando hubo terminado conmigo, dijo que las trenzas eran mejor para mí que pequeñas salchichas. En cuanto a ti, Jason…
    Hallie respiró hondo. No sería inteligente decirle la verdad; que se veía como un dios, tan absolutamente perfecto que cada artista en el mundo hubiese querido esculpirlo, o pintarlo, o asesinarlo cuando sus esposas lo miraran.
    Por suerte, antes de que ella pudiera decir algo estúpido Petrie exclamó desde el pie de las escaleras:
    – Ah, amo Jason, cada dama entre las edades de quince y ciento cinco creerán que usted tiene el mejor ayuda de cámara en el mundo entero. Usted es un regalo para los sentidos, señor, un regalo. Perdóneme, señorita Hallie, se ve tan encantadora como uno podría esperar que se viera una mujer. Ah, ¿no es emocionante? Nuestro primer baile en el vecindario.
    – ¿Y en cuanto a mí qué, Hallie? -preguntó Jason.
    – Tuve una aflicción transitoria del cerebro -dijo ella. -Olvídalo, Jason.
    Él sonreía cuando Angela salió de la sala de estar viéndose como una reina de las hadas, toda encaje rosado y blanco.
    – Oh, queridos míos, ambos se ven espléndidos. Oh, cielos.
    – ¿Qué sucede, Angela? -le preguntó Jason, dando un rápido paso hacia ella.
    Como no había soltado el brazo de Hallie, la llevó con él.
    – Es la cocinera.
    – ¿Qué pasa con ella?
    – Está respirando con dificultad. Temo lo peor.
    Jason giró rápidamente para ver a la señora Millsom parada a menos de medio metro de él, mirándolo fijamente. La atrapó antes de que cayera al suelo.

    Jason, Hallie y Angela no llegaron a la encantadora y vieja mansión de lord Grimsby, Abbott Grange, construida durante los años de reinado de la Reina Ana, hasta las nueve en punto. La noche era cálida, pequeñas ráfagas de viento agitaban las ramas de los robles, y la luna estaba casi llena.
    – Qué noche perfecta para salir -dijo Angela, y palmeó las rodillas de Hallie. -O estar dentro, para el caso. Y tú tendrás una encantadora visita con tu familia, Jason. Qué agradable de parte de tu padre prestarnos uno de sus carruajes. Escuché que tu padre ha conocido a lord Grimsby desde siempre.
    Hallie dijo:
    – ¿Tu abuela también vendrá, Jason?
    – Sí, eso creo. Sabes, nunca la he visto bailar. Mi padre me contó una vez que cuando ella era joven, bailaba hasta el amanecer. Sin embargo, como Angela estará allí, ¿quién sabe?
    Angela dijo:
    – Lydia me dijo ayer que vendría. Le dije que bailarías con ella, Jason. James también.
    – Si puede deambular por la pista de baile con su bastón, no debería haber problema -dijo Jason.
    Hallie comentó:
    – Planeo preguntar a James si tiene tiernos recuerdos de los cerdos.
    – Los tendrá -dijo Jason.
    Ofreció una sonrisa a Angela para hacerla morir.
    – Pobre cocinera -dijo la mujer mayor.
    – No lo alientes, Angela. Ya tiene la cabeza tan grande, no mucha importancia allí arriba de qué hablar, sólo aire… está listo para flotar.
    Abbott Grange se extendía sobre más de una hectárea, cada ventana llena de luz, probablemente unas quinientas velas encendidas, pensó Hallie, preguntándose el costo y el número total de dedos requeridos para encender tantas candelas. Había más carruajes de los que Hallie podía contar alineados a lo largo de todo el perímetro del extenso camino de entrada. Después de que Angela y Hallie fueron asistidas por dos sirvientes con librea que miraban a Jason como si hubiesen venido directo de un combate de boxeo, él agradeció a John el Cochero, cuyo verdadero nombre era Benjie, y le pasó una botella de la mejor cerveza del señor McFardle de su taberna en Blaystock.
    – Esto podría ser en Londres -dijo Hallie tras su mano mientras los tres se unían a otra docena de invitados que retomaban el camino por los amplios y profundos escalones junto a sirvientes con librea que sostenían antorchas bien por encima de sus cabezas.
    En cuanto fueron anunciados a los aproximadamente sesenta invitados en el salón de baile Grimsby, la voz de un joven hombre dijo:
    – Por todo lo perverso, ¿no es Jason?
    Una voz de dama dijo:
    – Creo que debe ser, porque la muchacha que está con él no es la esposa de James.
    – Jason, ¿realmente eres tú? ¿Finalmente estás en casa?
    – Esta es la joven dama que…
    – Jason, te ves bronceado como en el verano cuando éramos niños. ¿Recuerdas esa vez en el estanque de Punter?
    – Ella es demasiado bonita para ser una socia. Miren ese vestido.
    – Mi Dios, hombre, ha pasado demasiado tiempo. Bienvenido a casa.
    Jason reía, estrechaba manos, palmeaba espaldas, con una enorme sonrisa en su rostro, y no soltaba la mano de Hallie. Las presentó a ella y Angela a todas las damas y caballeros que se amontonaban a su alrededor. Hallie hacía reverencias, asentía, presentaba su mano derecha para ser besada una docena de veces, y sonreía. Las damas eran un poco frías, pero como Jason había dicho cuando apenas habían entrado, “Son mis amigos. Te aceptarán bastante rápido.”
    – Válgame -dijo Angela al lado de Hallie, abanicándose el rostro. -Por supuesto que nuestro Jason conoce a todos. Es muy popular, Hallie. ¿Este baile realmente es en honor a lord Renfrew?
    Hallie dijo:
    – Difícil de creer. Puedo creer que sea una agradable reunión para sus conocidos. Él está allí, Angela, hablando con esa jovencita de cabello negro. Maldición, viene hacia aquí.
    Lord Renfrew avanzó hacia ella, ignoró a Jason y le tomó la mano. Ella dio un pequeño tirón, pero él no pensaba soltarla. Le ofreció una mirada de hombre que ella reconoció bastante rápido, y le pidió bailar el vals.
    Hallie alcanzó a ver a media docena de damas, ninguna mayor que ella, yendo directo hacia Jason en forma de cuña, la que iba a la delantera era una encantadora rubia, de no más de dieciocho años, con un pecho impresionante que estaba destacadamente expuesto. Jason intercambiaba bromas con un hombre que parecía conocerlo desde que había nacido, inconsciente de la banda que se aproximaba. Hallie sonrió a lord Renfrew.
    – Lo siento, milord, pero ya he aceptado bailar con el señor Sherbrooke. Necesitaré mi mano. ¿Podría, por favor, acompañar a la señora Tewksbury hasta lady Lydia?
    La cuña estaba casi encima de él. Ella oyó a un caballero decir, su voz casi un chillido:
    – Recuerdo todo esto demasiado bien. Que se lo lleve el diablo. Bien, yo…
    Hallie agarró el brazo de Jason.
    – Yo lo salvaré, señor. Jason, ven rápido o serás arrebatado.
    Jason conocía la determinación femenina cuando la veía, tomó el brazo de Hallie y se rió mientras le permitía llevarlo a tirones entre la multitud hacia la pista de baile. Los músicos acababan de empezar un entusiasta vals.
    – He visto su destreza en la pista de baile, señor; estoy preparada para ser impresionada.
    Jason le sonrió, la sujetó firmemente y la hizo girar en amplios círculos durante casi cinco minutos. Hallie estaba jadeando cuando él finalmente disminuyó el paso.
    – Eso fue bastante maravilloso, Jason.
    – Mi padre nos enseñó a James y a mí que una dama siempre perdonaba a un caballero hasta por el más estúpido comentario si él bailaba bien.
    La hizo dar vueltas, evitando hábilmente a los demás bailarines hasta que ella estuvo riendo.

CAPÍTULO 25

    Cuando Hallie recobró el aliento, dijo:
    – Tu padre debe tener razón. No te he llamado idiota ni una vez desde que nuestros pies comenzaron a moverse. Oh, cielos, creo que las damas están rodeando a James también. ¿Ustedes dos nunca estarán a salvo?
    – James dijo que verdaderamente agradece estar casado con Corrie. Dijo que ella lo protegía, como te contó la abuela.
    – Me pregunto si Corrie alguna vez teme que le disparen. Oh, cielos, no creo que lord Renfrew esté feliz de que estés aquí, Jason. Quería bailar conmigo, sabes. Te está ofreciendo una mirada notablemente desagradable. Ah, bien, ha pedido bailar el vals a esa muchacha de cabello negro. Qué alivio.
    – Ella le está batiendo las pestañas -dijo Jason. -No lo hace bien, pero aún es joven. Aprenderá.
    – Yo creo que lo hace bastante bien. Ah, tú eres muy cortés. Eso tendría sentido si un caballero quisiera tener éxito con las damas. Sin embargo, tú podrías bailar como un patán y no haría ninguna diferencia.
    – Estaba pensando lo mismo de usted, señorita Carrick. -Jason le ofreció una sonrisa de dientes blancos y la hizo girar hasta que Hallie hubiese declarado bajo juramento que volaba a cinco centímetros del suelo. Cuando volvieron a disminuir el paso un poco, él dijo: -No puedo imaginar porqué lord Grimsby, es el caballero mayor parado junto a la dama con la enorme pluma de avestruz, haría un baile especialmente para lord Renfrew.
    – No tiene sentido para mí. Conocí a lord y lady Grimsby; simplemente no te percataste. Me dijeron cómo lord Renfrew sólo podía hablar de mi gracia y encanto. Las náuseas casi me ahogaron. Tú, desafortunadamente, no estabas disponible para impedirlo. Estabas rodeado por demasiadas admiradoras. Parece que todos te extrañaron, Jason.
    – Es bueno ver a viejos amigos.
    – Sabes, lord Grimsby me estaba observando, no con una mirada de flirteo, créeme, sino una mirada calculadora… tal vez para evaluar si yo serviría o no.
    Jason dijo lentamente:
    – Me pregunto si tu lord Renfrew tiene algún tipo de control sobre lord Grimsby. Tendré que preguntarle a mi padre. Él sabe todo, lo cual es extraño, porque se rehúsa a oír chismes, pero igualmente la información encuentra el camino hasta sus oídos.
    Hallie sólo podía mirarlo atónita.
    – Te diré, Jason, estoy acostumbrada a ser inundada de elogios, pero no al punto de las damas que intentan arrinconarte. Es, naturalmente, igual con mi padre. Quizás aun más.
    – No has notado a todos los caballeros salivando, Hallie. Por eso es que intenté mantenerte cerca, para protegerte.
    Ella se rió, no pudo evitarlo. Él la hizo dar más y más vueltas.
    Cuando el vals finalmente llegó a su fin, una vez que ella pudo tomar aire suficiente, dijo:
    – Otro baile, por favor, señor. Lo haces muy bien.
    – Muy bien, pero no un tercer vals hasta mucho más tarde, Hallie. No quiero que tu reputación sufra.
    A ella no le importaba, pero consintió. Después del segundo vals, Jason la dejó al lado de Angela. Se volvió hacia su abuela, hizo una reverencia formal.
    – Milady, ¿se dignaría a bailar un vals con un nieto que, en tres ocasiones diferentes, robó sus bollos?
    La vieja dama le golpeó el brazo con su abanico y le regaló una enorme sonrisa.
    – Ah, lo sabía, siempre lo supe. Llévame a la pista, muchacho.

    Alex Sherbrooke no podía creer lo que veía. Se aferró a la manga de su esposo.
    – Douglas, cielos, no creí que la vieja bruja pudiera moverse tan vivamente.
    – Una palmera enmacetada se movería vivamente si bailara con uno de mis hijos -dijo Douglas.
    En realidad, lady Lydia estaba balanceándose en su lugar, con Jason sonriéndole, sosteniéndola tan dulcemente como haría con uno de sus sobrinos, diciéndole que ese tono particular de amarillo pálido era perfecto para su tez. La vieja dama se pavoneó.
    – Siempre quiso más a Jason. -Alex suspiró. -Por muchas veces que aún quiera patearla, se ve encantadora, y tan feliz. ¿Por qué no puede ser feliz todo el tiempo? ¿Por qué nunca puede sonreírme así?
    – Ríndete, querida -dijo Douglas, y la llevó a la pista de baile. -No dudo que cuando finalmente muera el próximo siglo, seguirá insultándote de la cabeza a los pies, sea Cielo o Infierno. Con todos los seis dientes que le quedan bien a la vista. ¿Crees que aún tendremos algunos dientes cuando tengamos su edad?
    – Oh, cielos, Douglas, no deseo contemplar ese pensamiento en este momento. Milord, baila usted con tanta gracia como siempre.
    – Más de tres décadas de inspiración mantienen la elasticidad en mis pasos -dijo Douglas.

    Una hora más tarde, toda la familia Sherbrooke estaba sentada en tres mesas en el encantador comedor lejos del salón de baile, comiendo bocaditos de camarón, bebiendo champagne, y deleitándose con el increíble pan de olivas de la cocinera de Grimsby, una receta que ella afirmaba que había venido de Sicilia, de su abuela, la vieja Maria Teresa. Se oyó decir a lady Grimsby que toda oliva en un radio de treinta kilómetros estaría residiendo en las barrigas de sus invitados antes de que la noche hubiese terminado.
    – Padre -dijo Jason, -dime porqué lord Grimsby está dando un baile en honor a lord Renfrew.
    – Hmm. Lord Renfrew parece un hombre bastante agradable, pese a su necesidad de ser disparado -dijo Douglas, casi suspirando por otro mordisco del pan de olivas. -Pero el hecho es que lord Grimsby y el tío de Elgin, Bartholomew Sloane, eran primos hermanos por parte de madre. Crecieron juntos. Uno de los hijos de Barty murió en Grecia aproximadamente diez años atrás. Grim me dijo que el muchacha viajaba con lord Byron.
    Hallie dijo:
    – Milord, quizá una gran fiesta de cena con whist más tarde sería más apropiado que un baile. ¿Por qué lord Grimsby pasaría por este tipo de gasto por el hijo de su primo?
    – Ah, esa es una pregunta excelente -dijo Douglas. -¿No escuché que luego de que usted echara a lord Renfrew, Hallie, él se casó con una muchacha en el norte? ¿El padre de ella era un comerciante rico o algo así? ¿Y ella murió?
    – ¿Cómo sabía eso, señor? Juro que jamás se lo dije a nadie.
    Douglas se encogió de hombros mientras manoteaba la última rodaja de pan de oliva del plato de su esposa.
    – Y ahora él no tiene dinero. Todo tiene mucho sentido, ¿no lo creen?
    – ¡Pero estoy viviendo con Jason!
    Hubo sólo un momento vacío de silencio horrorizado.
    – Eres su socia, Hallie -dijo Corrie. -No eres su amante.
    – Por supuesto que no soy su amante -dijo Hallie. -Soy demasiado rica como para ser la amante de cualquier hombre.
    – Sea como fuere -dijo Douglas, -parecería que Elgin Sloane desea ver si puede volver a engancharte, querida.
    – Pero descubrí que se casaba conmigo por mi dinero, milord. ¿Sabe qué más estaba haciendo? Se estaba acostando con otra mujer.
    – No tan alto, Hallie -dijo Alex, palmeándole la mano.
    Corrie dijo:
    – Eso no tiene mucho sentido, ¿verdad? ¿Estaba haciendo ambas? ¿No tiene un cerebro en funcionamiento?
    Hallie dijo:
    – Debe haber pensado que podía salirse con la suya.
    – Todas las muchachas excepto Corrie son estúpidas a los dieciocho años -dijo la suegra de Corrie. -¿Sabías que salvó la vida de James?
    – Tiene más agallas que cerebro -dijo James.
    Hallie comentó:
    – Bueno, no, y me gustaría oírlo todo sobre eso. ¿Acaso lord Renfrew no vio bien a Jason, señor? ¿El hombre es ciego?
    Jason descartó sus palabras.
    – Cree que soy pobre, celoso de mi hermano y un poco bufón. -Jason sonrió. -Fue una visita bastante agradable la que tuve con él, en realidad.
    – Eres travieso, muchacho mío -dijo lady Lydia, mirando fijamente el bocadito de camarón que yacía en el centro del plato de su nuera.
    Quería ese bocadito de camarón. Alex lo sabía. Clavó todo el bocadito en su tenedor y lo llevó a su boca. Entonces, maldiciéndose a sí misma, lo cortó a la mitad y dejó un pedazo en el plato de su suegra.
    Lady Lydia miró de reojo el medio bocadito de camarón.
    – Apuesto a que lo lamiste, ¿cierto? Lo hiciste muy rápido para que yo pudiera ver sólo la sombra de movimiento, para que yo supiera lo que hiciste, pero no pudiera comprobarlo. Y por eso es que me lo diste. Quieres que Douglas crea que eres desinteresada, pero lo lamiste.
    – Sí -dijo Alex. -Lo lamí.
    Se quedó mirando a la vieja hasta que ella se comió el bocadito.
    – Sabía raro -dijo lady Lydia mientras dejaba su tenedor. -No conozco tu sabor particular como lo conoce mi pobre hijo, pero…
    – Madre -dijo Douglas, su voz lo suficientemente helada como para congelar el champagne, -si Alex lamió el bocadito de camarón, te traerá suerte.
    – Con todo este baile, debo mantener mis fuerzas -dijo la condesa viuda.
    Su querido hijo dijo:
    – Tienes más fuerza que dos toros premiados, madre. Eres bastante excepcional.
    Angela puso los ojos en blanco.
    – Lydia, ve a visitar Lyon’s gate mañana. Tú y yo podemos supervisar a la cocinera haciendo bollos de nuez. Dijiste que aún no lo hace bien.
    – Son apenas comestibles -dijo lady Lydia.
    – Mantendremos a Jason fuera de la cocina, para que no se distraiga.
    – Uno no puede esperar todo -dijo Hallie. -Su nalga de ternera en estofado es extraordinaria, al menos cuando Jason está sentado a la mesa en la cena. Eso me hace pensar que simplemente hay que parar a Jason en medio de la cocina mientras ella hace los bollos de nuez. Serán celestiales.
    – Hmm -dijo Angela. -Hallie tiene un buen punto. El único problema es que ella probablemente se desvanecerá.
    Jason se ahogó con su champagne.
    – Tienes razón -dijo Hallie. -Simplemente debes decirle que los bollos de nuez son la delicia favorita del amo Jason. Serán ambrosía. Estoy dispuesta a apostar por eso.
    Lady Lydia dijo:
    – ¿Su cocinera se desvanece? Qué extraño de su parte.
    – ¿Por qué diablos se desvanece esa mujer? -preguntó Douglas.
    – Es su condenado hijo, señor -respondió Hallie.
    Corrie dijo:
    – ¿Cuánto te gustaría apostar, Hallie?
    – Usa tu cabeza, Corrie. Jason es la viva imagen de James.
    – Oh. Soy una estúpida. Olvida la apuesta. Tenemos un cocinero hombre y, déjame decirte, ni una sola vez se ha desvanecido cuando nos ha visto a mi suegra ni a mí.
    Hubo risas entonces.
    – Qué agradable encontrarlos a todos juntos -dijo lord Grimsby desde el costado de Douglas. -He traído otra hogaza de pan de oliva para ser bienvenido a unirme a ustedes, y mi querido Elgin también.

CAPÍTULO 26

    – Encantado -dijo Douglas, y vio a los sirvientes mover tiernamente y con cuidado dos sillas a la mesa.
    Se preguntó mientras los observaba porqué un hombre no podría llevar su propia silla a la mesa. Sabía bastante bien que así es como eran las cosas, pero eso no le gustaba mucho. Nunca más, decidió, permitiría que otra persona le alcanzara una maldita silla.
    – Mi esposa dijo que era la última hogaza. Dijo que la usara sabiamente.
    Lord Grimsby hizo una reverencia y presentó la hogaza a Douglas.
    Hallie quería escupir. Lord Renfrew le sonrió mientras decía:
    – Aquí, acerca más la silla -y se apretujó al lado de ella, al otro lado de Jason.
    Un hombre astuto, pensó Douglas, conociendo bien la expresión en el rostro de su hijo; Jason podía sonreír mientras daba una buena paliza al hombre.
    – Pásame el pan, Grim -dijo Douglas a lord Grimsby, que estaba sentado junto a Alex… demasiado cerca, estaba pensando Douglas. Mientras tomaba la hogaza miró alrededor de la mesa esperanzado. -¿Supongo que están todos satisfechos?
    Cada pariente ofreció su plato.
    Douglas pidió un cuchillo a un sirviente. Los siguientes tres minutos pasaron con cada ojo concentrado en el ancho de cada rodaja que Douglas cortaba.
    Cuando todos, incluyendo a lord Renfrew, tuvieron un trozo, Douglas dijo:
    – Un baile encantador, Grim.
    Lord Grimsby rió y sacudió su rodaja de pan de oliva a medio comer hacia James y Jason.
    – Mi esposa me dijo que todas las damas de la región estarían enamoradas, y tiene razón. Invitas a estos dos, y todos los demás hombres en la sala se sienten como estiércol de burro.
    – La cruz que un padre debe llevar -dijo Douglas.
    – Mi padre también tenía una cruz que llevar -dijo lord Renfrew en voz muy alta.
    Hallie arqueó una ceja.
    – No lo dudo.
    – Sí, por supuesto, eres un muchacho apuesto, Elgin -dijo lord Grimsby. -Bien, señorita Carrick, es un placer conocerla. He oído todo tipo de cuentos respecto a su sociedad con Jason.
    – ¿Qué tipo de cuentos? -preguntó lady Lydia, sus ojos viejos más afilados que los dientes de un vampiro.
    Lord Grimsby movió una mano despreocupada.
    – Oh, nada en realidad, sólo una historia que pareció muy contundente a lady Grimsby. Escuchó que un sirviente de visita que vio a la señorita Carrick patear un balde dijo que había una costura en medio de su falda, y que en realidad no estaba vistiendo una falda. Yo nunca oí una cosa semejante. Le dije a mi esposa que el hombre debía estar equivocado.
    – Me deja atónito lo que un hombre ve cuando se enfrenta a una dama pateando un balde -dijo Jason. -¿Una costura? ¿Como si sus faldas estuvieran divididas en dos partes, dos partes diferentes? No puedo imaginar una cosa semejante. ¿Tú puedes, Angela?
    – No, muchacho mío, nunca.
    – Risas -dijo lord Renfrew. -Oí demasiadas risas, no provenientes de los establos, sino desde dentro de la casa.
    Lady Lydia dijo:
    – Angela me ha dicho que todas las risas son de Petrie, el mayordomo, lord Renfrew, nadie más. La doncella de Hallie siempre está contando chistes a Petrie.
    Como distracción, pensó Jason, estaba bien.
    Corrie, con la cabeza inclinada a un lado, dijo:
    – ¿Petrie riendo por algo que dice una mujer? Eso no suena como el Petrie que conozco. Petrie es un misógino. Abuela, ¿por qué está poniendo los ojos en blanco? Bien, Petrie incluso afirmaba que yo no te había salvado realmente, James, que como mujer sólo era capaz de encogerme de miedo tras un fardo de heno. Dijo que eras tú, James, quien había salvado el día, eso debido a tu extraordinaria valentía, que habías olvidado las milagrosas acciones que habías realizado.
    – Nada de esto viene al caso -dijo lord Renfrew. -Por supuesto que usted no realizó ningún tipo de rescate, milady, una cosa semejante sería de muy mal gusto. Ahora, este tipo Petrie, me sirvió el té, pero su rostro estaba negro como una chimenea y me robó el sombrero y el bastón.
    – No, eso es imposible -dijo Jason. -Petrie me dijo que le disgustaba el nuevo estilo en sombreros de hombre, aunque el bastón estaba bien, excepto por la ridícula cabeza de águila.
    – ¡Mi padre escogió esa cabeza de águila!
    – Quizás Petrie vendió el sombrero y el bastón -dijo Alex.
    – Hollis siempre decía que Petrie tenía un ojo excelente para los artículos, que si fuese un criminal, estaríamos en problemas.
    Lord Renfrew arrojó su servilleta sobre el plato.
    – Todos están bromeando. No me agrada. Milord, desearía visitar a la señorita Carrick, pero lo único que hace esta gente es interferir.
    Lord Grimsby se inclinó para palmear la mano de lord Renfrew.
    – Sólo sonríe y asiente, y pasarás este momento.
    Lord Renfrew dijo:
    – También vi a mi antiguo jefe de mozos de cuadra, Quincy. No puedo imaginar cómo llegó a trabajar con ustedes. Era un tipo perezoso…
    Hallie dijo, con el sarcasmo goteando en sus palabras:
    – Tal vez uno debería pagar a sus sirvientes, lord Renfrew. Probablemente esa sea la mejor solución a cualquier problema.
    – ¿Cómo está Quincy con ustedes?
    – Informé a Willicombe, el mayordomo Sherbrooke en Londres, que necesitábamos un asistente principal de mozos de cuadra. Quincy estuvo en nuestra puerta en un día, sonriendo de oreja a oreja. Es bastante bueno, ¿sabe?
    – Sí, lo sé. El tipo era bueno, pero no tenía lealtad…
    El conde dijo:
    – Si un hombre no paga a sus dependientes, debería ser deportado a Francia.
    – Entonces ella debería ser deportada, no yo -dijo lord Renfrew, asintiendo hacia Hallie. -Es su culpa que no se pagara al pobre Quincy. Su paga podría haber sido el regalo de bodas de ella para mí.
    Hallie estaba lista para saltar por encima de la mesa y degollar a lord Renfrew con su propio tenedor, cuando Douglas le apoyó suavemente la mano en la manga.
    – Creo que es hora de que le cuente a todos acerca de mis nietos. Sus nombres son Douglas y Everett. Deberían ver a Jason bailando el vals con ellos…
    Lord Renfrew sonrió.
    – Oh, ya lo veo. Bien hecho, milord. Está esforzándose para mostrar a Hallie las glorias de tener niños en la casa. Escucha, Hallie. Yo sería un padre espectacular. Sólo imagina esta encantadora imagen doméstica: un montón de niños bailando el vals con su orgulloso papá. Ah, sí, me entibia el corazón.
    Hubo una nube de horrorizado silencio sobre la mesa hasta que lord Grimsby dijo:
    – Dime, Douglas, ¿cuánto tiempo más crees que durará el Rey William?
    – Es lo que sigue a William lo que da qué pensar, Grim. Oh, ¿quién viene a nuestra mesa? ¿Otro amigo tuyo, Jason?
    Jason observó al distinguido caballero que hizo una reverencia, enganchó la mano de Hallie y le besó los dedos. Sonrió como un bandido y se mojó los labios.
    – Pan de oliva. Es bastante bueno, ¿verdad?
    Hallie levantó los dedos de su otra mano hasta su boca y les pasó la lengua.
    – Sí, bastante bueno.
    – Soy Grandison, ¿sabe?
    James dijo:
    – Charles, ¿qué diablos estás haciendo aquí en las remotas tierras de Sussex? Lo último que supe fue que estabas zarpando de la costa de Portugal.
    – No, Portugal no. Ah, James, qué imagen representas. ¿Por qué no engordas? ¿Quizá podrías perder tus dientes, un poco de cabello? ¿Y Jason? Ha pasado demasiado tiempo.
    Los gemelos se levantaron, estrecharon la mano del caballero.
    Charles Grandison miró con atención a Jason.
    – Te ves satisfecho.
    Jason se rió.
    – Estaré satisfecho una vez que Dodger deje a tu viejo jamelgo rendido, Ganymede, roncando y sudando en el barro.
    – De eso están hechos los sueños, muchacho. Elgin dice que tú y la señorita Carrick son dueños de Lyon’s gate. Juntos. Me gustaría oír cómo sucedió eso.
    – Una historia bastante simple, señor -dijo Hallie. -Los dos queríamos la misma propiedad.
    – No debería haber sucedido -dijo lord Renfrew. -Hallie debería estar casada conmigo, todo establecido en una encantadora casa en Londres, planeando nuestra próxima velada.
    – Eso podría ser posible, supongo, si usted fuese completamente otro hombre -dijo Hallie.
    Charles Grandison se rió.
    – Ah, tiene un espléndido ingenio, señorita Carrick. -Se volvió hacia el conde de Northcliffe, hizo una reverencia. -Milord, perdone mi interrupción. Soy Charles Grandison. Mi padre lo admiraba enormemente.
    – Recuerdo a su padre y sus travesuras -dijo Douglas.
    No agregó que había creído que Conyon Grandison había sido más incompetente que maligno, y que esa era la única razón por la cual no había sido ahorcado.
    Charles dijo:
    – Con cuidado, señor. Hasta el día en que muera me alegraré de que mi padre no haya logrado meter esa bala dentro de la cabeza de Miles Sinifer. -Se dio vuelta, hizo una reverencia a Alex. -Pasé muchas horas convenciendo a mi hermana de que ella no quería arrojarse del lomo de su yegua, por si acaso James aquí la atrapara antes de que aterrizara sobre un arbusto de tejo. Está esperando su tercer hijo ahora. Gritones, así son los dos primeros.
    Hallie pensó que él era demasiado encantador, viéndolo bromear con Angela y la condesa. Bebió a sorbos el ponche de champagne de lady Grimsby, lo bastante potente como para arrojar a una muchacha sobre su trasero y que no le importara. Vio a Charles Grandison, lord Carlisle, inclinarse sobre la vieja muñeca venosa de lady Lydia y regalarle una íntima sonrisa que hizo que los dientes que le quedaban tiritaran.
    – ¿Quién es Miles Sinifer? -preguntó Hallie.
    – Ah, un caballero que intentó seducir a mi madre. Mi padre tomó su arma y disparó a menos de un metro de la cabeza de Miles. Como dije, gracias a Dios que falló.
    Dónde diablos había estado Charles, se preguntaba James, mirando al hombre que él y Jason siempre habían admirado abriéndose paso encantadoramente de dama a dama en su mesa. Hasta que llegó a Corrie. Se quedó quieto. James sabía cuándo un hombre miraba a una mujer con lujuria en sus ojos.
    James se puso rígido en su silla, pero dijo con bastante simpatía:
    – Mantente alejado de ella, Charles. Soy más joven, más fuerte y más malo que tú. A diferencia de tu padre, yo no fallaría.
    – ¿Es esta tu vizcondesa, James? ¿La inocente jovencita que te salvó de los secuestradores y a sí misma de Devlin Monroe?
    – Oh, válgame -dijo Corrie. -No he visto a Devlin en muchísimo tiempo. ¿Se encuentra bien? ¿Está casado? ¿Sigue evitando el sol?
    Charles Grandison se rió y tomó la silla de Corrie cuando ella se deslizó sobre la falda de su marido para darle lugar.
    – A Devlin le agradan bastante todos esos susurros acerca de que es un vampiro, todo naturalmente tras corteses manos. Creo que fue usted quien comenzó…
    – Tal vez fui la primera en decir “vampiro” en voz alta -dijo Corrie, -pero Devlin siempre admiró su palidez. Bien, usted, señor, y mi esposo se han conocido durante mucho tiempo, ¿verdad?
    – Desde que él intentó derrotar a mi castrado, Horatio, en una carrera improvisada. James montaba su pony, con Jason alentándolo. Tenían cinco años según recuerdo, y yo era un anciano de once o doce.
    – En ese caso, por favor, llámeme Corrie. Extraño a Devlin y su pálido rostro. Era bastante entretenido.
    Ella suspiró y James quiso abofetearla. En cambio, se movió con cuidado bajo su vestido y deslizó su mano hacia arriba por la pierna de ella.
    Siempre el encantador, pensó Jason, satisfecho con quedarse sentado observando cómo Charles hechizaba a su familia, pero, ¿qué estaba haciendo aquí? Parecía conocer a lord Renfrew, y seguramente eso no estaba a su favor. Charles había estado corriendo como loco cuando era un muchacho, y ahora era dueño de uno de los más grandes establos de carreras en el norte de Inglaterra. Se decía que se encerraba en su dormitorio durante tres días y noches si perdía una carrera, lo cual no era frecuente. Nadie intentaba engañar a Charles o envenenar sus caballos, o lisiar a sus jinetes… el precio que Charles hacía pagar al bellaco era demasiado alto.
    Y esa, decidió Jason en ese momento, era la reputación que él mismo iba a cultivar. Quizá la suya incluso sería más aterradora.

    Jason, Hallie y Angela no llegaron a casa hasta casi las tres de la mañana. Tanto Martha como Petrie estaban en la sala de estar; Petrie, con la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá, roncando; Martha acurrucada en una silla, con un dedo cubierto de medias asomando debajo de su vestido.
    Cuando entraron en la salita, Martha se levantó bruscamente y exclamó:
    – ¡Cuéntennos todo!
    Las fosas nasales de Petrie se apretaron al despertar, y casi tropezó sobre sus pies al levantarse tan rápido de un salto. Fue veloz para sacudir su dedo de abuelita a la muchacha.
    – Martha, la doncella de una dama no exige chismes a su ama. Agacharás la cabeza y preguntarás si la señorita Hallie desea que le quites las medias.
    Angela dijo:
    – Válgame, Petrie, ¿no es eso un poco falto de tacto de tu parte? Martha, luego de que hayas ayudado a Hallie, ven a mi dormitorio. Parece que tengo más botones que dedos para realizar la tarea.
    – Lo haré, señorita Angela. -Martha se volvió hacia Petrie, con las manos en sus caderas. -En cuanto a usted, señor Gruñón, no me diga qué hacer con las medias de la señorita Hallie. Al amo Jason le apena oír que se hable de semejantes asuntos privados en su sala de estar.
    – En realidad, creo que Jason está parado en mi mitad de la sala -dijo Hallie.
    – Pero…
    Jason levantó la mano.
    – Callado, Petrie, basta. No, no más de ninguno de los dos. No, Martha, retrocede. -Jason se volvió hacia Hallie y Angela. -¿Ven? Puse fin a la hilaridad, tal como pidieron.
    – ¿Hilaridad? -dijo Petrie. -Hilaridad no es en absoluto lo correcto en el hogar de un caballero.
    – Lo único que necesitamos -dijo Angela, -es a la cocinera para completar el panorama.
    – Pero, amo Jason -comenzó a decir Petrie, sabiendo que tenía un punto importante si tan sólo podía encontrar los oídos que lo escucharan.
    – No, Petrie. Les contaremos todo por la mañana. Ahora todos a la cama. Petrie, ven conmigo.
    – Martha -dijo Hallie, -te contaré todo sobre el señor Charles Grandison, quien probablemente nos visitará en menos de siete horas.
    – Qué nombre encantador -dijo Martha. -¿Es un caballero que se ve como su nombre, al igual que el amo Jason?
    – Efectivamente. El amo Jason dijo que Charles Grandison era implacable en lo que concernía a todos los canallas y la corrupción en el mundo de las carreras. Hay tanto dinero involucrado, verás.
    – Nosotros seremos más implacables, incluso más temidos que Charles Grandison -dijo Jason. -Haremos que cualquiera que intente lastimar a nuestros caballos, engañarnos o amenazarnos pague un precio tan grande que nunca vuelva a intentarlo.
    – Y nuestra reputación se difundirá. -Hallie se frotó las manos. -Mi padre me enseñó cómo dejar a un hombre en el suelo con muy poco esfuerzo.
    – ¿Muy poco esfuerzo? ¿Deseo saber de qué estás hablando?
    – Bien, involucra mi rodilla, Jason. Mi padre dijo que un hombre no podía soportar ese tipo de dolor, sea lo que sea que eso signifique.
    Jason y Petrie se veían horrorizados.
    Martha dijo:
    – Bueno, más poder a la rodilla de una dama, digo yo. Bien, señorita Hallie, es muy tarde. Es hora de que me ocupe de usted y la señorita Angela.
    Jason dijo:
    – Yo también aprendí mucho con los Wyndham en Baltimore. Los norteamericanos pueden aguantar más dolor, y descubrí que no se quejan tanto. Jessie me pidió ejercer medidas desesperadas en tres ocasiones, según recuerdo.
    Hallie preguntó:
    – ¿Qué tipo de medidas desesperadas?
    – Un competidor sobornó a un mozo de cuadra para que envenenara a uno de los caballos Wyndham. Lo hice atravesar el centro de Baltimore, no llovía, según recuerdo, cargando la cuba de granos envenenados con los que hubiese alimentado a Rialto. Cada tres pasos tenía que anunciar lo que había intentado hacer.
    Hallie asintió con aprobación.
    – Oí a mi padre decir que una vez cortaste la cara de un jinete con tu látigo cuando iba a clavar un cuchillo en el cogote de tu caballo.
    – Casi hasta el hueso.
    – Mi padre también dijo que pescaste a otro jinete cuando salía de la taberna de la señora O’Toole y lo moliste a golpes por intentar bajarte de un disparo de tu caballo en una carrera la semana anterior.
    Jason sonrió ante el recuerdo, flexionó los dedos sin pensarlo conscientemente.
    – Debería haber esperado hasta que se le quitara la borrachera. Hubiera sido más divertido.
    – Así es -dijo Hallie. -Nadie irá en nuestra contra más de una vez.

    – Santo cielo, señorita Hallie -se oyó que Martha susurraba mientras caminaba entre su ama y la señorita Angela al subir las escaleras, -esto es tan emocionante. ¿Usted… usted cree que tendrá que recurrir a alguna de esas medidas desesperadas de las que el amo Jason estaba hablando?
    – Es posible -dijo Hallie, tan seria como una monja blandiendo un látigo de tres puntas.
    – Y su… su rodilla, señorita Hallie. Quiero saber todo sobre su rodilla.
    – Ese pensamiento haría que la sangre de un hombre se moviera velozmente en el corazón de un hombre, ¿cierto? -dijo Angela, mientras palmeaba suavemente el muy femenino encaje blanco sobre su busto.

CAPÍTULO 27

    Charles Grandison dijo:
    – Quiero comprar a Piccola. Es magnífica. Te pagaré bien por ella, Jason.
    – No es mi yegua, no puedo venderla.
    – Ah, así que la señorita Carrick es su dueña. Una dama disfruta de tener cosas agradables…
    – He notado que los caballeros también disfrutan de las cosas agradables -dijo Hallie, apareciendo por la esquina.
    Jason pensó que ella caminaba como un muchacho con más arrogancia que cerebro. ¿Qué pensaría Charles de eso? ¿Qué diría si se daba cuenta de que su vestido realmente era un par de pantalones de piernas anchas? Ah, y el brillo en sus botas.
    Hallie palmeó la frente de Piccola mientras ella le hocicaba una zanahoria en la palma de la mano.
    – Ganará muchas carreras más para mí antes de retirarse, milord. Desafortunadamente, no tenemos caballos para vender en este momento. No hemos estado tanto tiempo en el negocio.
    Jason dijo:
    – James y Jessie Wyndham vendrán de visita en agosto. Nos traerán animales que ellos mismos han seleccionado.
    – Sí -dijo Hallie. -Venga a vernos en septiembre.
    – Lo haré -dijo Charles. -Me interesará ver qué considera buena cría y linaje de carreras un norteamericano. Ah, señorita Carrick, lord Brinkley me contó sobre el brillo en sus botas. Dijo que su hombre, el viejo Fudds, todavía no lograba hacerlo bien.
    – Práctica -dijo Hallie.
    – He descubierto que esa es la verdad de la mayoría de las cosas -dijo Charles, y se volvió hacia Jason. -Has comenzado bien, Jason.
    – Gracias -dijo Hallie.
    Charles Grandison se rió.
    – Me gustaría conocer a este mayordomo misógino que robó el sombrero y el bastón de Elgin.

    Fue más tarde, con el agradable té y el pan de jengibre de la cocinera, que Hallie preguntó:
    – Lord Carlisle…
    – Llámeme Charles, por favor.
    Ella sonrió e inclinó la cabeza.
    – ¿Usted y lord Renfrew se conocen hace mucho tiempo?
    – Elgin es loco por los caballos -dijo Charles. -Me ha pedido que lo ayude a comprar caballos de calidad.
    – Es una empresa costosa -dijo Jason, y masticó una pasa que la cocinera había puesto en el pan de jengibre.
    – Oh, ¿crees que Elgin no tiene suficientes libras en sus bolsillos?
    – Realmente no lo sé -dijo Jason. -Ni realmente me importa.
    – Supongo que le contó a Jason, señorita Carrick, que a lord Renfrew le gustaría mucho casarse con usted.
    – No, no le dije eso. ¿Por qué lo haría?
    – Él es su socio, señora. Si fuese a casarse con lord Renfrew, bueno, entonces sería él quien trataría con Jason y sus caballos.
    – No me había dado cuenta de que el matrimonio iba de la mano con la incompetencia. ¿El matrimonio me volvería estúpida, entonces?
    – Una dama tan encantadora como usted podría ser tan estúpida como un orinal y no importaría.
    Jason, en medio de un trago, escupió el té fuera de su boca y comenzó a toser. Hallie fue hasta él y lo golpeó fuerte en la espalda. Él finalmente recobró el aliento. Y le sonrió.
    – Ah, gracias por el bruto auxilio.
    – Tengo cuatro hermanos menores. Uno siempre está preparado para hacer cualquier cosa, incluyendo cauterizar una herida. Ahora, lord Carlisle, acerca de lord Renfrew.
    – Charles, por favor.
    Hallie tomó su taza de té y lo saludó, y una vez más inclinó su cabeza.
    – Supongo que lord Renfrew no le pidió que venga a Lyon’s gate para, eh, ablandarme un poquito.
    – Apenas conozco al caballero.
    – Usted y él tienen la misma edad -dijo Hallie.
    – Seguramente él es mayor.
    – No lo creo, a menos que me haya mentido. Creo que lord Renfrew tiene treinta y un años.
    – Hmm. Sí, Elgin mintió. Es una cosa desagradable, la mentira, pero algunos se sienten obligados a hacerlo, especialmente cuando la joven dama está en sus años tiernos.
    – Ya no soy tierna, señor.
    Una muy apuesta ceja oscura se elevó. Charles miró hacia Jason y de regreso a ella.
    – Debe cuidarse, señorita Carrick, este joven caballero aquí es conocido por sus proezas con el bello sexo. Tierna o no, nunca ha importado. Bien, las historias son legendarias sobre…
    – He estado lejos durante cinco años, Charles. Las leyendas están bien muertas.
    – Pero algunas nuevas han comenzado en Baltimore -dijo Hallie. -Tantas mujeres corriendo hacia él bajo la lluvia, chocando paraguas.
    Charles estalló en carcajadas.
    – Buen Dios, puedo imaginarlo.
    Hallie dijo:
    – Yo misma, señor, salvé a Jason de un grupo de entusiastas damas en el baile anoche. Su estrategia, una encantadora cuña estrecha liderada por una muy decidida damita, era excelente, pero yo fui más rápida.
    Jason se puso de pie.
    – Todo esto debe ser muy divertido para ustedes dos. Yo, sin embargo, tengo trabajo que hacer, trabajo que me pondrá sudoroso, sucio y completamente poco apetecible para el bello sexo.
    – No para la cocinera.
    La encantadora ceja de lord Carlisle volvió a subir.
    – ¿La cocinera? ¿Qué es esto?
    Hallie dijo:
    – La cocinera se desvanece cada vez que ve a Jason. Él la ha atrapado dos veces ya, una vez ella lo llevó al piso. Cuando él está a la mesa, comemos muy bien, sin dudas. Si no, bien, tanto la señora Tewksbury como yo perdemos peso. -Jason levantó las manos en señal de frustración y se marchó. Hallie, sin pausa, dijo: -Me llevó bastante tiempo exaltarlo. Gracias por su ayuda, señor. Ahora, me dirá qué está pasando con lord Renfrew. No hay razón para que Jason tenga que sufrir otro recital de los defectos mentales y morales de ese hombre. ¿Asumo que él le contó nuestra historia?
    Charles asintió lentamente.
    – Me dijo que fue tonto, que no se dio cuenta del valor de la preciosa joya en su propia mano.
    – Seguramente está usted inventando eso. ¿Elgin realmente dijo algo tan idiota?
    – Bueno, quizá no. Es difícil saberlo, señorita Carrick, si es mejor elogiar, ablandar o escupir directamente las cosas a la luz.
    – Escupa, por favor, señor.
    – Sólo si me llama Charles.
    – No, aún no lo conozco lo suficientemente bien. Por favor, no me pida eso hasta algún momento en la semana próxima, si es que continúa en el vecindario.
    – Me hiere, señorita Carrick.
    – Lo dudo. Al igual que Jason, tengo mucho trabajo que hacer.
    Charles terminó su té, suspiró y se recostó en su silla, con las piernas estiradas frente a él.
    – El padre de Elgin bebía, su madre tenía amantes… tuvo una familia muy difícil…
    – Usted no lo justificará. Elgin Sloane es un hombre, debe ser responsabilizado por sus acciones. Que evidentemente haya creído que yo tenía menos aptitud mental que una vaca… bueno, ese es un desagradable tónico que tragar. Sin embargo, cuando descubrí la verdad, hubiese disparado una flecha a través de su garganta si hubiera tenido mi arco conmigo.
    – Como dije, señorita Carrick -dijo Charles, -Elgin tomó algunas malas decisiones, decisiones que lamenta tremendamente. Ha cambiado. Ha madurado, aunque le ha llevado más tiempo crecer, ya que mintió sobre su edad.
    – ¿Cuántos años tiene lord Renfrew?
    – Sé con certeza que tiene treinta y tres.
    Ella se rió, simplemente no pudo evitarlo.
    – Veinticuatro meses, mintió sobre veinticuatro meses. ¿Creyó que para una muchacha de dieciocho años totalmente enamorada veinticuatro meses harían diferencia?
    – Uno nunca sabe con las mujeres. Mi propia esposa fue un misterio para mí hasta el día que murió. Veo que aún siente el dolor del golpe que él le asestó.
    – ¿Qué golpe fue ese?
    – Lo que él hizo no fue tan deshonroso, señorita Carrick. Elgin necesitaba desesperadamente dinero para restaurar las fincas de su tío. El viejo era un derrochador, indigno de sus tierras y su título. Elgin sabía que tendría que hacer el máximo sacrificio.
    – El máximo sacrificio -repitió Hallie lentamente, saboreando las palabras. -No tenía idea de que había alcanzado semejante prestigio. ¿Ese es el único golpe sobre el que le contó?
    – Cielo santo, ¿hay otro?
    – Así es. La cosa es que lord Renfrew estaba acostándose con otra mujer al mismo tiempo de nuestro compromiso.
    Charles hizo una mueca de dolor.
    – Puedo ver porqué no querría admitir eso ante mí. Eso lo hace aparecer bajo una luz bastante estúpida, ¿cierto?
    – Oh, sí. Bien, no puede comprar mi yegua y no puede presionar la proposición de lord Renfrew. Ha tomado su té. ¿Le gustaría marcharse ahora, señor? ¿Quizás llevar a lord Renfrew su sombrero y su bastón?
    Charles se puso de pie lentamente.
    – Sabía que los mensajeros siempre eran pateados, y sin embargo vine. Ese segundo golpe, no me lo contó. La próxima vez estaré mejor informado.
    – Lord Renfrew debe tener algún control sobre usted, para realmente convencerlo de que viniera aquí. Ser su emisario, eso ciertamente es caer muy bajo.
    – Oh, sí, sin dudas tiene un agradable control sobre mí. Si no fuera así, ¿es posible que pueda imaginar que yo estaría aquí para presionarla con la proposición del imbécil?
    Ella se rió, sintió un tirón de simpatía.
    – ¿Cuál es el control que tiene?
    – Creo que no se lo diré, señorita Carrick. ¿Puedo llamarla Hallie?
    – No. Tal vez la próxima semana. Si hay una próxima semana, lo cual, dada la compañía que usted tiene, es muy improbable. Jason y yo estamos muy ocupados. No me gusta tener que pasar tiempo bebiendo té cuando hay casillas que limpiar.
    – Un encantador pensamiento, se -dijo él. Fue hacia ella, sus pasos fuertes y gráciles, haciendo preguntar a Hallie exactamente quién era Charles Grandison. Él le tomó la mano, la dio vuelta y le besó la muñeca. -Una piel tan suave -dijo.
    – Si me lame, lo sacaré a patadas por la puerta del frente.
    Él se rió.
    – Oh, no, yo no lamería la piel de una dama, al menos no en la sala de estar, señorita Carrick. Eso no tiene tacto, sólo el valor del escándalo. Me disgusta tal artificio.
    Ella se preguntó qué estaría pensando cuando montó el encantador castrado gris andaluz sujetado por Crispin, su mozo de cuadra más joven, de trece años, y lo vio aceptar el sombrero y el bastón de lord Renfrew de Petrie. Lo vio llevar al andaluz a través de los portales abiertos y por el camino. Un excelente caballo de montar; orgulloso, ágil, calmo. Se preguntaba cuál sería su nombre. Se preguntaba qué control tenía lord Renfrew sobre Charles Grandison.
    Hallie quería trabajar con sus caballos, quería sudar, tal vez incluso cantar una canción. No quería que jamás un hombre volviera a convertirla en una tonta.

    Diez minutos más tarde, caminaba rápidamente hacia los establos. Aún podía oír a Petrie y Martha discutiendo, oía a la cocinera cantando mientras preparaba una tortilla española al amo Jason, y a Angela tarareando mientras cosía otra falda dividida para Hallie.
    Silbó hasta que estuvo a no más de cinco metros de los corrales y oyó un grito.
    Era Delilah, y estaba suelta. También Penelope, y ambas estaban en el corral corriendo tras Dodger, quien, con un tremendo salto, pasó la valla del corral para huir en la distancia.
    – ¿Qué diablos sucedió, Henry?
    Jason apareció corriendo por la esquina, con un limpia-cascos todavía en su mano derecha. Dedujo qué sucedía.
    – Tráeme a Carlomagno. Es el único lo suficientemente veloz para atrapar a Dodger.
    Pero Hallie fue más rápida.
    – Es mi caballo -dijo, puso la brida en su sitio, lo agarró de la crin y subió. -Traeré a Dodger a casa, señor. Tú tranquiliza a las yeguas.
    Jason la vio montar a ese bruto suyo a pelo, al galope. Vio a Carlomagno pasar una valla a toda velocidad. Sacudió la cabeza y fue al corral.
    – La señorita sí que puede montar -dijo Henry. -Nunca vi a una mujer montar como ella.
    – Es una pena que las líneas de descendencia de Carlomagno no valgan nada, o podríamos sacar un montón de dinero de él.
    – El viejo es un accidente de sangre, amo Jason, y eso a veces pasa. Nunca debía haber sido tan malo ni tan veloz.
    Menos de cinco minutos más tarde, Corrie y James aparecieron en el establo.
    – Vimos a Hallie montando como el viento. ¿Qué está pasando?
    – Las damas de Dodger estaban peleando por él. Él escapó y Hallie fue en su busca.
    James entregó a su hermano las riendas de Bad Boy.
    – Será mejor que te asegures de que no se rompe el cuello.

CAPÍTULO 28

    Fue culpa de la vaca del Mayor Philly, que estaba deambulando libre en su pastura, mascando plácidamente la fresca hierba de verano mientras miraba atentamente a Dodger, que seguía corriendo más rápido que el viento. La vaca estaba inconsciente de que Carlomagno iba directo hacia ella, toda su concentración puesta sobre Dodger, que seguía a unos treinta metros delante suyo.
    Cuando la vaca vio a Carlomagno, con los ojos salvajes y la cabeza gacha, mugió muy fuerte, alarmada.
    Carlomagno oyó el mugido aunque no vio la vaca, pero Hallie sí. En un desesperado esfuerzo de evitar el desastre, se arrojó contra su cogote, tomó las riendas cerca de la boca y tiró tan fuerte como podía hacia su derecha.
    Carlomagno le arrancó las riendas de las manos, saltó en el aire, azotó a la vaca con sus cascos, falló y mandó volando a Hallie por encima de su cabeza.
    Jason lo vio todo. Estaba tan asustado que maldijo hasta haberse quedado sin partes del cuerpo humanas y animales. Saltó sobre el lomo de Bad Boy, esquivó la cabeza de la vaca que topetaba y cayó de rodillas al lado de Hallie.
    Ella estaba pálida, excepto por dos rasguños con sangre en su mejilla. Jason buscó el pulso en su garganta y no pudo encontrarlo.
    – No te atrevas a estar muerta, maldita seas. Quiero Lyon’s gate, pero no sobre tu cadáver. Abre los ojos, maldita mujer, ahora. No quieres ser la primera persona enterrada aquí en esta pastura de vacas, ¿verdad? Ahí está, encontré tu pulso. Estás viva, así que deja de simular que no lo estás. Despierta, mujer.
    – Me pregunto dónde están enterrados todos los dueños anteriores de Lyon’s gate.
    Sus palabras eran arrastradas, pero Jason las entendió.
    – Bien, estás aquí. Mantén los ojos abiertos. ¿Cuántos dedos estoy moviendo frente a tu nariz?
    – Un puño borroso. Estás sacudiéndome el puño. Qué descaro.
    – Quédate quieta. -Comenzó con sus brazos y luego pasó sus manos suavemente por toda ella, terminó apretándole los dedos de los pies dentro de las botas de montar. -¿Sientes dolor en algún otro lugar aparte de la cabeza? No te quedes allí tirada con una expresión ausente en el rostro, respóndeme. No gimas, ¿es sólo tu cabeza?
    – Sí, es sólo mi cabeza. Quita ese puño de mi cara.
    – Mi puño son dos dedos. Mantén los ojos abiertos, Hallie. Vi lo que sucedió. Ah, allí está Dodger, que regresa para ver qué problemas causó. Intenté gritarte que Dodger siempre volvía a casa solo, pero te habías ido a salvar el día en vez de detenerte un instante para ver siquiera si era necesaria tu ayuda.
    – ¿Él vuelve a casa solo?
    – Mira al pobre Carlomagno. Está resoplando tras esa aventura que le hiciste pasar. Carlomagno podría haber lastimado a esa vaca, y no tienes idea de cuánto ama sus vacas el Mayor Philly.
    – ¿Dodger realmente hubiese regresado a casa cuando Delilah y Penelope iban tras él?
    – Hmm.
    – No lo sabes, porque esta es la primera vez que dos yeguas lo querían. Estaba frenético, Jason. Sólo quería escapar. Carlomagno no regresa. ¿Puedes enseñarle a volver a casa?
    – Quizás. Ahora mismo, los tres caballos están parados a menos de dos metros de mí, preguntándose por qué estás aquí tirada en el suelo.
    Jason buscó en su bolsillo y dio un cubo de azúcar a cada caballo.
    – ¿Quieres uno también?
    Hallie lo miró y luego a los caballos, los tres mirándola con atención, masticando sus cubos de azúcar. Le alegraba no saber lo que estaban pensando. La vaca mugió. Jason también le dio un cubo de azúcar.
    – Esto es humillante -dijo Hallie, y cerró los ojos.
    – ¡Abre tus malditos ojos!
    – No -susurró ella, y volvió su rostro contra la mano de Jason. Él sintió la sangre caliente contra su palma. -¿Puedes darme un cubo de azúcar?
    Él quería reír, pero no lo hizo. Sintió su respiración cálida, y entonces se dio cuenta de que estaba dormida o inconsciente, no sabía cuál. Sintió que el bulto tras su oreja izquierda crecía. No iba a gustarle cómo se sentiría cuando despertara. Jason se sentó en cuclillas y metió un cubo de azúcar en su boca. Dodger, viéndolo hacer eso, relinchó.
    – Bien, mis buenos señores, ¿qué diablos hago ahora? -Levantó la mirada al oír al Mayor Philly decir desde atrás de su hombro derecho: -Digo, señor Sherbrooke, ¿qué está haciendo con mi dulce Georgiana? ¿Por qué está la señorita Carrick…? Es la señorita Carrick, ¿verdad?
    Jason asintió.
    – Fue arrojada.
    Se volvió hacia Hallie para ver a la Georgiana del Mayor Philly topetándolo con la cabeza, lamiéndole el cabello y el rostro.
    – Quita ese puño de mi rostro.
    – Es Georgiana, no mi puño -dijo el mayor. -¿Está bien la señorita Carrick, Jason? No se ve para nada bien, sabes. Hay sangre corriendo por su rostro.
    Hallie gimió y no respiró. No se movió.
    – Toma un cubo de azúcar -dijo Jason y se lo metió en la boca. -Chupa eso y te llevaré a casa.
    – Digo, señor Sherbrooke, la pobre Georgiana está trastornada. Se le están poniendo los ojos en blanco.
    – Dele otro cubo de azúcar, señor, y estará bien.

    Cuando Jason cargó a Hallie dentro de la casa, Martha gritó:
    – ¡Santo cielo! Hay sangre goteando de su rostro. ¡Está muerta!
    Petrie, para sorpresa de Jason, dijo tan apacible como un vicario que ha bebido el vino sacramental:
    – Tranquilízate, Martha. El amo Jason nos hubiese dicho si estaba muerta. Aunque se ve mal. ¿Busco a un doctor, o es demasiado tarde?
    – Supongo que sería mejor hacer revisar su cabeza. Envía a Crispin. Él sabe dónde vive el doctor Blood.
    – Sí -dijo Corrie, entrando en la sala de estar, -puede llevar a Petunia, mi yegua. El doctor Blood es un médico tan bueno, pero con un nombre tan desafortunado.
    – Hola, Corrie -dijo Jason. -¿James y tú vinieron de visita? Todo está bien en casa, ¿cierto?
    – Oh, sí, pero Hallie…
    Antes de que Petrie se retirara, dijo a Corrie:
    – Puedo ver que su pecho se mueve, milady. Bien, como es mujer, no es muy correcto decir pecho, pero usted sabe a qué me refiero…
    – Todos saben exactamente a qué te refieres, Petrie. Ve. -Jason se sentó a su lado, le tomó la mano y le dijo que aunque el Mayor Philly no estaba contento porque ella había dado un susto de muerte a su vaca, él lo había tranquilizado. -Mantén esos ojos abiertos y escúchame. Veinte años atrás, James y yo ayudamos a arrear sus vacas a otra pastura cuando su perro, Oliver, estaba enfermo y no podía hacerlo. Siempre nos llamaba “señor Sherbrooke.”
    – Porque no podía distinguirnos -dijo James.
    – Probablemente no, pero era un lindo detalle, nos hacía sentir muy importantes. La cuestión es que Georgiana es un bovino muy sensible. Es posible que su leche haya sido afectada negativamente.
    – Muy bien, si no es culpa de ella, entonces es culpa de Dodger.
    Jason cubrió a Hallie con la linda colcha de ganchillo que su abuela había tejido.
    – ¿Recuerdo sermoneos acerca de responsabilizarse?
    – Escuchaste lo que dije a lord Carlisle acerca de Elgin Sloane, ¿cierto? -preguntó Hallie.
    – Tenía que quitarme una piedrita de la bota. Mis oídos no dejaron de funcionar. Cuando estás molesta, Hallie, eres ruidosa.

    Cuando el doctor Blood, un escocés de John O’Groats, tan lejos al norte que arrojar gente al mar helado era el método de asesinato preferido, llegó y revisó a Hallie, se acarició el mentón. Ella aún olía a vaca, cubos de azúcar y zanahorias, y tenía un dolor de cabeza cegador, pero el doctor Blood estaba satisfecho de que estuviera despierta y alerta. Hallie lo miró con los ojos entrecerrados.
    – No quiero a ningún hombre llamado Blood cerca mío.
    – Demasiado tarde, jovencita -dijo Jonathan Blood. Finalmente tuvo que empujar a Jason para que se apartara. -¿Quiere vomitar?
    Petrie dijo:
    – Vea, ella no puede vomitar, no en la sala de estar, donde no hay orinal a la vista.
    – No, Petrie, no tengo náuseas, gracias a Dios.
    El doctor Blood tocó el bulto tras su oreja, le miró los ojos, le revisó el cuello, tocó sus tobillos después de haberle quitado las botas, miró con un ceño sus medias rotas, y pidió té caliente sin azúcar.
    – Estará bien -dijo. -Nada como una mujer para tener la cabeza dura. Quédese allí acostada, señorita Carrick, toda débil y femenina, y deje que Jason aquí la atienda. Jason, puedes darle un poco de láudano ahora. El dolor de cabeza debería haber desaparecido cuando ella despierte.
    – El amo no hace eso -dijo Martha desde la puerta. -Yo lo hago.
    – No, soy yo quien distribuye el láudano -dijo Petrie. -Soy yo el responsable en última instancia de curar el dolor de cabeza de la señorita Carrick. Soy el mayordomo. -Hallie gimió. -Oh, cielos -dijo Petrie.
    – No vomitará -dijo Corrie. -¿Verdad, Hallie?
    – No.
    James dijo, mirándola detenidamente:
    – Ahora que sabemos que estás bien, Hallie, mi esposa y yo nos marcharemos. Has tenido suficiente de qué ocuparte sin la familia dando vueltas, aunque Bad Boy salvó el día, y todavía no he oído ni un solo “gracias”. -Jason arrojó un trapo mojado a su gemelo, quien lo atrapó en el aire y dijo: -Huele a vaca. Nada bueno.
    Corrie se rió, tomó la mano de su esposo y lo sacó a rastras de la salita.
    – Descansa, Hallie. Regresaré en un par de días para ver cómo estás. Angela, no te preocupes, tu pollita caída estará bien.

    Para las ocho en punto de esa noche, Hallie estaba tan aburrida que estaba lista para hacer todo pedazos. Ni un minuto más tarde, Jason entró solícitamente en su dormitorio, silbando y llevando una bandeja.
    Ella echó un vistazo a la tetera.
    – Espero que la cocinera haya hecho el té para ti. Si no, sabrá tan fuerte como agua caliente con corteza de roble.
    Jason dejó la bandeja, sirvió una taza y lo probó.
    – No, nada de corteza de roble. Hmm. Corteza de olmo, si no estoy errado.
    Ella se rió, tomó un poco de delicioso té y miró de reojo el único scone que él le daba.
    – Le mentiste. Bien hecho.
    – Le dije a la cocinera que necesitaba alimento para ocuparme de tu cuidado. Ella se condolió; no verbalmente, por supuesto. No se desvaneció.
    – Esta es la primera vez que veo tu rostro desde que me cargaste arriba.
    – Alguien tiene que trabajar aquí -dijo él, y le entregó el scone. -No lo metas en tu boca. No quiero que se te revuelva el estómago.
    – Petrie vino aquí tres veces, y cada vez me señaló el orinal. Todos los demás fueron lo bastante agradables como para no mencionarlo.
    – Angela me dijo que no te veías tan mal. Los rasguños en tu mejilla, no creo que sean lo bastante profundos como para hacer cicatriz.
    – Mi padre siempre me decía que era como él. Que podía ser golpeada, incluso ser pisoteada, y que nunca tendría una marca. Me gusta Bad Boy. ¿Crees que James podría vendérmelo?
    – No en esta vida. Pero está hablando de hacerlo reproducir. Llegaré a un acuerdo con él. ¿Cómo te sientes?
    – ¿Conoces esa iglesia normanda en Easterly? Siento como si las campanas estuvieran sonando dentro de mi cabeza.
    – Bien. Son encantadoras esas campanas. ¿Te gustaría un poco más de láudano?
    Ella sacudió la cabeza.
    – ¿Los caballos están bien?
    – Dodger parece bastante satisfecho con relinchar por encima de la puerta de su compartimiento a Delilah y Penelope. En cuanto a Carlomagno, obtuvo avena extra y un buen cepillado. Henry le dijo que aunque tenía una mala línea de descendencia, era un muchacho firme, con el que uno podía contar.
    – Quiero correr con él la próxima semana en Hallum Heath.
    – Yo montaré a Dodger en esa carrera.
    – Eres demasiado grande. Perderás.
    – Lo sé, simplemente suena agradable decirlo. Tenemos un jinete que llegará a principios de la semana que viene, a tiempo para esa carrera. Ha montado para los establos de carrera Rothermere durante siete años, desde que tenía quince. Se casará con una muchacha local, se mudará aquí y seremos nosotros los beneficiados con la pérdida de Rothermere. Su nombre es Lorry Dale. Phillip Hawksbury, el conde de Rothermere, dijo que Lorry se pegaba al lomo de un caballo como una garrapata. Pesa sólo cincuenta y tres kilos.
    – Hmm.
    – Los dos podemos asistir, asegurarnos de que no está ocurriendo nada malo, quedarnos roncos de tanto gritar y divertirnos un poco. Dodger ganará con Lorry sobre su lomo.
    – Yo peso cincuenta kilos.
    – Esto no es Baltimore y tú no eres Jessie Wyndham. No correrás aquí, Hallie. Para la gente es lo suficientemente difícil aceptar que vives conmigo, y sólo lo hacen debido a mi familia. Que montes en una carrera de caballos no sería tolerado. Tendrías que matarte de un tiro para que te perdonaran esa transgresión. El premio es de cien libras. Dinero que bien podemos usar.
    – Pero…
    Él apoyó suavemente sus dedos sobre la boca de ella. Hallie se quedó helada. Jason también. Ninguno de ellos se movió. De pronto, Jason dio tres pasos atrás para alejarse de su cama y metió las manos tras su espalda. Miró hacia la puerta.
    – Saldré.
    Hallie sentía como si la hubiesen golpeado en el abdomen. Lo vio caminar hacia atrás, mirándola como si quisiera… ¿qué? Ella no lo sabía. Jason estaba sonrojado, sus ojos se veían raros. ¿Quería marcharse? ¿Le había tocado la boca y no podía esperar a alejarse de ella?
    – ¿Qué quieres decir con que saldrás? No dijiste nada antes. Son casi las nueve de la noche. Jason, espera, ¿adónde vas?
    – Saldré ahora.
    Y desapareció en los siguientes treinta segundos. No era la primera vez que se ausentaba abruptamente por las noches, por ninguna razón en particular que ella supiera. ¿Cuatro veces ya, cinco? ¿Y cuándo llegaba a casa? Esa era una buena pregunta.

    Hallie lo oyó pasar junto a su dormitorio cerca del amanecer. Saltó fuera de la cama, casi se cayó por el dolor repiqueteando en su cabeza, pero logró salir tambaleando al corredor. Lo vio con la mano estirada para tomar el picaporte de la puerta de su dormitorio.
    – Acabas de llegar a casa. ¿Estás silbando? ¡Es casi de día!
    Él se dio vuelta como si le hubieran disparado. Vio que era ella, vio que estaba tambaleándose en su umbral y comenzó a caminar de regreso hacia Hallie.
    – Sí, estoy en casa. Vamos a llevarte de nuevo a la cama, Hallie. ¿Qué estabas haciendo despierta?
    – Estaba casi despierta cuando pasaste. Oh, cielos, ¿dónde está el orinal?

CAPÍTULO 29

    Jason la sostuvo mientras ella hacía arcadas, temblaba y sentía su barriga apretarse ya que no había nada para salir.
    La culpa de él era profunda; nunca debería haberla dejado. Era todo su culpa. Sólo se había preocupado por sí mismo.
    Así que le apartó el cabello y gritó a su cabeza gacha:
    – ¿Por qué diablos no pediste ayuda si te sentías mal? ¿Por qué saltaste fuera de tu cama cuando me oíste afuera? ¿No tienes nada de cerebro?
    Ella finalmente se quedó quieta. Él la atrajo contra sí. El peso de sus senos sobre los brazos cruzados de Jason se sentía muy bien, pero podía soportarlo ahora. Había trabajado casi hasta la muerte la noche pasada para ser capaz de soportarlo ahora.
    La respiración de Hallie era más tranquila, estaba relajándose más contra él. Su cabello estaba alborotado y olía a jazmines, porque Martha había quitado el olor de Georgiana.
    – ¿Cómo te sientes?
    Era lo más extraño. Jason podía sentirla pensando.
    Finalmente ella dijo, su respiración cálida contra el brazo de él:
    – Por el momento no quiero morir, y eso es bueno. Pero mi barriga se siente como en carne viva.
    – Eres demasiado obstinada para morir en cualquier momento de los próximos cincuenta años. Muy bien, voy a arrojarte de regreso en la cama.
    Cuando hubo subido las mantas hasta la cintura de Hallie, le dio un poco del té que había macerado desde la noche anterior. Ella lo bebió y casi se levantó directo de la cama.
    – Oh, válgame, ese té tiene dientes de vampiro.
    – Sí, pensé que podría resolver el problema. Te aclaró la cabeza, ¿cierto?
    Ella respiró por la nariz mientras el mundo se inclinaba, y luego sintió que su barriga se calmaba. Jason le hizo apoyar la cabeza sobre la almohada.
    – Estoy bien ahora. No sé qué sucedió…
    Él dijo:
    – Ahora pienso que no te sentías mal. Saliste de la cama para ir a espiarme, ¿cierto?
    – Bueno, sí, no suena muy noble, pero así es. Te lo diré ahora, Jason, no lo hubiese hecho si hubiera sabido lo que pasaría.
    – Considéralo el precio del pecado.
    Él se paró a su lado, le subió las mantas hasta el mentón y se dio cuenta de que sus brazos seguían tibios por los senos de Hallie. Frunció el ceño. Había aprendido que todo era transitorio en la vida, y a veces, como ahora, era una maldita molestia.
    Estaba alejándose de la cama nuevamente.
    – ¿Qué problema tienes, Jason? ¿Saldrás otra vez?
    – ¿Qué? Oh, no, iré a la cama. Agregué un poquito de láudano al té. Deberías estar dormida en dos minutos. No te preocupes por nada.
    Y desapareció de su dormitorio, cerrando la puerta silenciosamente detrás suyo. Ella oyó sus botas en el pasillo.
    Se quedó dormida, con la panza y la cabeza tranquilas, al minuto siguiente.

    Era una cálida mañana de julio. Jason podía oler la hierba recién segada por la ventana abierta del desayunador. Lo llenaba de satisfacción, eso y el hecho de que ahora había seis yeguas en los establos, con suerte todas ellas preñadas, todas ellas enviadas por amigos, o amigos de amigos, o amigos de parientes.
    – ¿No es agradable tener familias tan grandes y encantadoras? -dijo Angela en la mesa del desayuno. -Esta es una nota de tu tía Arielle, Hallie. Escribe que el duque de Portsmouth se contactará contigo y con Jason para que dos yeguas sean cubiertas por Dodger. También quiere cruzar su semental favorito con Piccola el año próximo.
    Angela levantó la cabeza. Jason parecía distraído.
    – Sí, Angela, es agradable.
    Hallie lamió un poco de mermelada de grosella de su tostada, lo miró y puso cara de desdén.
    – ¿Qué es esto? ¿Deseas huir por la mañana?
    Jason golpeó su tenedor contra el plato, tomó un trozo de tocino y lo comió. Se puso de pie.
    – Tengo trabajo que hacer -dijo, y se marchó.
    – El joven amo parece tener mucho en su cabeza -dijo Angela. -Quizá Petrie sepa qué está pasando.
    – Petrie es una ostra en lo que se refiere a Jason. Por astuta y sutil que sea, ni siquiera yo he podido sacarle una palabra.
    – Tal vez Petrie necesita una mano más madura, una que forme un lindo puño.
    – Hmm. Nunca pensé en amenazarlo -dijo Hallie.
    – Comenzaré llevando un suave guante sobre el puño.
    Angela abandonó el desayunador canturreando.
    Hallie miró la breve extensión de la mesa y vio que Jason había dejado la mayoría de su comida en el plato. ¿Qué diablos le sucedía? Parecía nervioso últimamente, como si, de algún modo, estuviese bajo algún tipo de angustia. Esto no era bueno. Tenía que descubrir qué le estaba pasando. Una vez que Angela hubiese terminado con Petrie, Hallie pondría su propio puño enguantado contra su rostro.
    Pero Petrie no estaba en ninguna parte. En cuanto a Jason, Lorry, su nuevo jinete, le dijo que se había marchado en el viejo carruaje.

    Una hora más tarde, casi cerca del mediodía, Hallie se vistió con una de sus faldas divididas, sonrió a su reflejo en las brillantes botas y fue hacia los establos. Siempre había tanto que hacer.
    Había sólo dos yeguas en los corrales, ambas dormidas en su sitio, sus colas moviéndose suavemente. Era más tarde de lo que había pensado. Todos los mozos estaban afuera ejercitando los caballos. Rodeó la esquina del establo y se detuvo de golpe. Jason estaba arrojando heno con la horca a la parte trasera de un carro abierto, sus movimientos rítmicos y elegantes.
    No llevaba camisa. De hecho, estaba desnudo de la cima de la cabeza hasta la cintura, bueno, quizás incluso un poquito más bajo que eso. Había una línea de vello que seguía bajo la cintura de sus pantalones. Vio una ligera línea de sudor. Él se detuvo un momento, y se estiró.
    Ella casi expiró allí mismo.
    Jason caminó de regreso al establo. Ella fue rápidamente detrás suyo, sin siquiera darse cuenta de que sus pies se estaban moviendo. Se detuvo en la puerta abierta, oyó a las yeguas relinchar, lo vio acariciar cada nariz mientras daba un cubo de azúcar a cada una.
    Cuando se secó las palmas sobre los pantalones y se dio vuelta, silbando, se quedó helado. No la había escuchado, no había sabido que ella estaba cerca. Hallie estaba parada a menos de dos metros de él, sus brazos a los costados, mirándolo fijo como una boba.
    – ¿Cómo está tu cabeza?
    – ¿Mi cabeza? Oh, bien. -Ella tragó saliva, intentando llevar sus ojos al rostro de él, lo cual siempre era un lujo, pero fue incapaz esta vez. -Muy bien. Lorry dijo que te habías marchado en el carruaje.
    – Tenía que entregar dos sillas de montar al herrero en Hawley.
    – Qué bien. La mermelada de grosella que la cocinera hizo para ti en el desayuno era maravillosa.
    – Bueno, sí, así es. Hallie…
    Jason se rascó el pecho… su pecho desnudo. No se había dado cuenta de que se había quitado la camisa. La brillante luz del sol entraba por las puertas abiertas del establo, y la vio sobre un tocón a seis metros. Miró hacia la camisa, y de nuevo al rostro de ella.
    – Hallie -dijo otra vez. -Mi camisa… déjame buscarla.
    – No tienes que hacerlo. He visto hombres sin camisa antes.
    – ¿Por qué no regresas a la casa? O yo puedo ir a la casa y tomar mi camisa en el camino.
    – En realidad, el único hombre al que vi sin camisa fue a mi padre. Él la tomó muy rápido, así que no vi tanto, lo cual es una pena, porque es tan hermoso y una muchacha necesita saber cómo son las cosas. Tengo hermanos menores… los he bañado, he ido a nadar con ellos… pero para ser sincera, eso realmente no es lo mismo.
    – No, no lo es. Sería mejor si te dieras vuelta ahora.
    – Eso no es necesario, Jason. Eres muy agradable de observar.
    – ¿Crees que podrías mirarme a la cara cuando dices eso?
    Hallie comenzó a caminar hacia él. Las yeguas relincharon. Jason se quedó clavado en su sitio. Cuando estuvo a menos de un metro de él, Hallie se arrojó encima suyo, con los brazos alrededor de su cuello, y se apretó fuerte contra él.
    Casi lo derribó hacia atrás. Él la agarró de los brazos, intentó quitársela de encima, pero no sirvió de nada, ella era fuerte y estaba decidida. Jason no podía creer que estaba jadeando, pero así era.
    – Hallie, por el amor de Dios, tienes que detenerte, tienes que controlarte… -La sintió entera, dura contra él. -No -le dijo contra la boca.
    Oh, Dios, su boca era tan suave, y su aliento sabía dulce. Era lo más difícil que había tenido que hacer en su vida, pero Jason mantuvo los brazos rígidos contra su costado. Una de las manos de ella le acarició el pecho. La respiración de Jason salió en un silbido cuando un dedo se deslizó bajo la cinturilla de sus pantalones. Ella no sabía lo que estaba haciendo, no podía saber. No, no la seduciría, no, no iba a suceder, se negaba a…
    – ¿Qué diablos está pasando aquí?
    La voz de un hombre, brusca, consternada, una voz vagamente familiar, una voz que él había oído antes, pero no aquí, no en Inglaterra. Oh, Dios, esa voz era de Baltimore. Era la voz de un padre, una voz lista para el asesinato.
    La voz del padre de Hallie. El barón Sherard. Maldito infierno y más.
    – Hallie, aléjate del hombre.
    Ella se convirtió en la esposa de Lot. Su respiración era dificultosa y acelerada, pero no se movió, si acaso, se apretó más cerca, cálida, suave, toda ella apretada tan cerca, demasiado cerca, y su padre estaba acortando la distancia.
    – Eh, ¿padre?
    Sonaba sofocada, como si estuviera caminando sobre una cuerda y fuese a caer en cualquier momento, como si quisiera caer y…
    – Sí. Hallie, soy tu padre y estoy aquí, a menos de dos metros detrás tuyo. Quiero que me escuches ahora. Quita tus brazos de alrededor del cuello de Jason. Hazlo ahora. Apártate.
    – Es difícil -susurró ella, aspirando el olor de la piel de él. -Es muy difícil, papá. No lleva camisa.
    – Puedo verlo. Apártate, Hallie. Puedes hacerlo, sé que puedes.
    Ella sintió la mano de su padre sobre su brazo, tirando de ella, pero igualmente era tan difícil. Lentamente, logró poner un centímetro entre ella y Jason, luego dos. Quería llorar por la distancia.
    Su padre estaba aquí, a menos de siete centímetros detrás suyo, con la mano sobre su brazo. La cordura regresó con un sólido golpe. Hallie se dio vuelta.
    – ¿Papá? ¿Estás aquí, en Lyon’s gate? Quiero decir, estás aquí en este específico momento, lo cual es realmente muy desafortunado para mí. ¿Te gustaría ir a la casa por una taza de té?
    Su pequeñita, podía verla con cinco años, sentada con las piernas cruzadas y descalza en el alcázar de su bergantín, practicando sus nudos, vestida con overol de mezclilla, con un sombrero de paja y lona cubriendo su cabeza. Dios querido, aquí estaba, con casi veintiún años y sus ojos vidriosos de lujuria. Era duro para un padre aceptarlo, pero no importaba, dependía de él permanecer frío y sereno, permanecer bajo control, para salvar a su hija de sí misma.
    Se aclaró la garganta. Al menos ya no estaba apretada contra Jason Sherbrooke como una segunda camisa. Volvió a aclararse la garganta, esa vez por sí mismo.
    – Primero, me dirás porqué estás aplastada contra Jason Sherbrooke.
    Hallie se mojó el labio inferior. Su padre vio esa lengua y supo con certeza que si hubiese llegado cinco minutos más tarde, Jason la hubiera tenido desnuda debajo suyo sobre el suelo del establo. O que ella hubiese tenido a Jason desnudo y de espaldas sobre el suelo del establo. Su pequeñita había hecho los mejores nudos a bordo de su barco, pero ya no era esa niñita.
    – Jason -dijo él, sin quitar los ojos del rostro de su hija, -ve a ponerte la camisa y la chaqueta. -Jason asintió. Alec Carrick tomó los brazos de su hija y la atrajo lentamente hacia él. -Hola, cariño. ¿Puedo decir que siempre estás sorprendiéndome?
    – Lo siento. No pude evitarlo.
    – No, pude ver que estabas totalmente involucrada en lo que estabas haciendo. ¿Podrías decirme exactamente qué estabas haciendo, Hallie? ¿Qué planeabas hacer?
    Ella lo miró parpadeando.
    – No estoy realmente segura. Es sólo que vi a Jason sin su camisa y caí por el precipicio. -Alec Carrick no necesitaba preguntar qué precipicio. -Oh, cielos. Ni siquiera había pensado hacer algo así antes. Estaba acostumbrándome a su rostro, y eso ha llevado bastante trabajo, puedo decírtelo, pero entonces lo veo de la cabeza a la cintura… fue como un golpe en la panza.
    Alec Carrick cerró sus ojos un momento. Había aprendido todo sobre los golpes en la panza a los trece años.
    – Barón Sherard -dijo Jason, con la camisa abotonada hasta la garganta, la chaqueta también abotonada, viéndose ridículo bajo el calor. -Bienvenido a Lyon’s gate. No lo esperábamos.
    – No, planeé una sorpresa -dijo Alec lentamente, mirando de reojo al joven que había dejado montones de corazones femeninos rotos cuando se había marchado rápidamente de Baltimore para regresar a casa.
    – Me disculpo, señor, por esta sorpresa en particular. Le juro que esto no ha sucedido antes, y no volverá a suceder.
    Un caballero, pensó Alec, era un caballero, quitando la culpa de la cabeza de su hija. En cuanto a Hallie, miraba a Jason como la idiota de la aldea, con la lujuria aún floreciendo brillante en sus mejillas, todavía vidriando sus ojos.
    – Hallie -dijo su padre, -me gustaría un poco de té. Ve a la casa, busca a Angela, y Jason y yo iremos enseguida.
    Ambos hombres vieron a Hallie caminar lentamente de regreso a la casa, con la cabeza gacha. Pronto fue evidente que estaba hablando consigo misma. Movió la mano derecha, lo cual significaba que tenía un buen punto y la otra parte de su cerebro tenía que aceptarlo.
    – Perderá esa discusión.
    Eso hizo detener a Alec de golpe.
    – ¿Sabes lo que está haciendo?
    Jason se encogió de hombros.
    – Estaba discutiendo consigo misma sobre mí una vez. Me alivió que el lado de ella que había tomado mi parte ese día hubiera ganado. No me golpeó en la cabeza. Señor, respecto a lo que vio…
    – ¿Sí?
    – Como dije, eso nunca antes había sucedido. Me pasó esta vez porque estaba arrojando ese maldito heno, y está realmente cálido esta mañana. Simplemente no pensé. Me quité la camisa. Lo siento.
    Alec Carrick se encontraba a menos de un metro de Jason, con los brazos cruzados sobre el pecho, con las piernas abiertas. Se veía perfectamente capaz de sacar una pistola y disparar a Jason en medio de los ojos.
    – ¿Te gustaría decirme por qué una de las manos de mi hija estaba descendiendo por tu abdomen?
    Jason casi se estremeció, sintió claramente otra vez esos dedos largos de ella sobre su piel, enredándose en su cabello. Había querido agitarse y temblar.
    – No, señor, ambas manos estaban alrededor de mi cuello excepto por el más breve de los momentos. Le juro que apenas noté su mano. O sus dedos.
    Esa era una mentira de primer orden, pero Alec no lo atrapó.
    – Gracias a Dios que no fue así, o imagino que mi hija… ¿qué es esto? Oh, sí, los mozos de cuadra han regresado de ejercitar los caballos. No había nadie cerca. Eso es afortunado. Detesto preguntarme qué hubiese hecho mi hija si los mozos de cuadra hubieran estado en los establos. ¿Se hubiese controlado? Como padre, ruego que así fuera. ¿Deberíamos continuar con esto en la casa?
    – Por supuesto. -De pronto, Jason sonrió. -Me pregunto qué hará la cocinera cuando lo vea.
    Una ceja se elevó mientras el barón caminaba a su lado.
    – ¿Por qué diablos debería hacer algo tu cocinera?
    – Si se desvanece al verlo, milord, atrápela, o no comeremos bien en la cena.

    La cocinera vio a ambos caballeros, parados lado a lado, y estalló en una imprecisa aria italiana, ambas manos cerradas sobre su pecho. Nunca dejó de cantar mientras regresaba dando brincos a la cocina, una asombrosa imagen, dado su volumen.
    – Santo cielo, señorita Hallie, y mis pobres ojos dando vueltas, esta es demasiada recompensa para una simple mujer. Dos perfectos caballeros, ambos parados aquí mismo en nuestra casa, uno al lado del otro. ¿Quizás es usted el hermano mayor del amo Jason, señor?
    – Oh, cielos, ¿se desvaneció la cocinera?
    – La cocinera cantó -dijo Hallie. -En realidad, sigue cantando. Este es mi padre, Martha, el barón Sherard.
    – Cielos, señor, usted… usted no puede ser padre. Es usted un dios.

CAPÍTULO 30

    Esa noche, luego de una deliciosa cena de rodaballo de langosta con guisantes y espárragos, y un sabroso lomo de cordero asado, la cocinera creó una crema de chocolate para el postre que hacía cantar a los ángeles.
    Aún estaba claro afuera, así que las cortinas en la sala de estar no estaban bajas, y varias ventanas se encontraban abiertas al dulce aire nocturno.
    Hallie sirvió té a su padre, añadió una cucharada de crema, justo como a él le gustaba, y se lo entregó. Aún podía oler a Jason sobre su piel. ¿Cómo era posible, si se había bañado antes de la cena? Su mano tembló. No podía pensar en Jason, al menos no ahora. Su padre estaba contando una historia divertida, tenía que prestar atención.
    Dijo:
    – Entonces, ¿qué hizo Genny a este señor Pauley?
    Alec se rió.
    – Creo que le preguntó si tocaba el piano, lo cual él hacía, por supuesto… ella se había enterado de eso antes de hacer la pregunta. Entonces le palmeó la mano y le dijo que aunque tocar el piano, así como pintar con acuarelas o coser muestras, era una actividad característicamente femenino, igualmente creía que él se veía bastante masculino, bueno, quizás no tan masculino como podría si evitara las teclas del piano por, digamos, billar y cigarros. Él me miró, se estudió por un momento en el espejo, tosió, y luego le pidió muy amablemente que diseñara su yate.
    Jason, que conocía a Genny Carrick, lady Sherard, asintió cuando Hallie dijo:
    – Nunca la vi echarse atrás en una pelea. Y es tan tranquila. Todavía me enojo tanto que quiero escupir clavos al rostro de un hombre cuando me dice que soy demasiado bonita para estar afuera en el barro.
    Alec dijo:
    – Genny era igual que tú en una época. Sin embargo, desde que se casó conmigo, ha aprendido a tratar con los empresarios con mucho más tacto.
    – Eso es porque si podía tratar contigo, podía tratar con el mismísimo diablo.
    Alec se rió e hizo un brindis con su taza de té.
    Angela dijo a Jason:
    – La baronesa Sherard enseñó a Hallie a mantenerse firme cuando el suelo era lo bastante firme como para pararse sobre él; de otro modo, debía retroceder rápidamente.
    Alec Carrick miró su reloj, miró a su hija y se levantó.
    – Creo que Jason y yo tendremos una breve conversación. Si las damas nos disculpan.
    Hallie se puso de pie de un salto.
    – Oh, no, papá, no te atrevas a llevarlo afuera y dispararle o romperle la cabeza. Él no hizo nada. Fui todo yo. Yo lo ataqué. Casi lo derribé de tan rápido que quería llegar a él. No puedes culparlo, no es justo.
    – No puedo llamar bruta a mi hija y golpearla en la mandíbula, ¿verdad?
    – Me has llamado bruta muchas veces.
    Alec Carrick suspiró.
    – Lo olvidé.
    – Escucha, papá, él estaba indefenso, fue correcto, no había nada que pudiera hacer, excepto tal vez apartarme de una patada. Además, todos los mozos de cuadra estaban fuera con los caballos. Angela no le contará a nadie, ¿cierto?
    – Claro que no, querida mía, pero sabes que estas cosas tienen una manera de rezumar de las grietas en las paredes.
    – No -dijo Hallie. -No, no es posible.
    – Hallie, ve a acostarte -dijo Jason. -Señor, es una noche bastante agradable. ¿Le gustaría ver a Piccola haciendo cabriolas por el corral? Es uno de sus pasatiempos favoritos.
    – ¿Haciendo cabriolas en una noche de luna?
    Hallie dijo:
    – Se niega a hacerlas si el cielo no está claro. No quiero ir a la cama. Quiero hablar con mi padre, poner su mente en el camino correcto, asegurarle que si alguien vio algo por casualidad, lo enterraré bajo el sauce.
    Alec Carrick caminó hasta su hija, le puso la mano sobre la boca y le dijo en voz baja al oído:
    – No habrá cuerpos enterrados en ninguna parte. No volverás a abrir tu boca. Irás arriba y allí te quedarás.
    Angela tomó el brazo de Hallie.
    – Es una de esas ocasiones en las que el suelo no es lo bastante firme para pararse sobre él, querida. Vamos.

    Cinco minutos más tarde, Alec Carrick estaba fumando un cigarrillo y pensando en ese día muy extraño.
    Mientras veía el humo arremolinarse en el claro cielo nocturno, dijo:
    – Mi hija es uno de los individuos más independientes que jamás he conocido. Aun cuando era pequeña, observaba a aquellos a su alrededor con una mirada desapasionada. Sin embargo, no fue para nada desapasionada hoy en los establos.
    Jason nunca la había visto desapasionada; es más, no reconocía a esa mujer de la que su padre hablaba. ¿Hallie, desapasionada? Nunca.
    Él dijo:
    – Es verdad, señor, lo que le dije. Nunca antes había sucedido algo así. Yo no deshonraría a su hija.
    – No, la sorpresa en tu rostro, la desesperación, era tan cruda como la blanca luna. Las primeras cartas que mi hija escribió a su madre y a mí luego de que ambos quisieran Lyon’s Gate… estaba preparada para arrancarte la cabeza del cuerpo. Cuando escribió sobre tu belleza masculina, pude imaginar la mueca de desdén en su rostro. ¿Qué piensas de mi hija, Jason?
    – Tiene más agallas que cerebro. -El barón Sherard asintió y permaneció en silencio. -Esto es algo que no debería haber pasado, milord. No deseo casarme jamás, verá.
    Alec dijo lentamente:
    – Oí rumores de ese estilo, rumores de que te habías exiliado de Inglaterra, que habías pasado casi cinco años de tu vida viviendo con los Wyndham. ¿Lo hiciste debido a una mujer? -Jason sacudió la cabeza. -Había oído que te dispararon, que casi moriste. Lo admito, me pregunté qué habría sucedido.
    – No morí. -Alec Carrick esperó. Jason dijo: -Ha pasado mucho tiempo; sin embargo, cuando cierro los ojos parece que fuera sólo un momento atrás. Fui responsable del intento de asesinato de mi padre y mi hermano.
    – ¿Cómo puede ser?
    Jason se encogió de hombros.
    – Fue una mala época. Sepa que fui yo el responsable de eso.
    Alec lo dejó ahí.
    – Repito, Jason, ¿qué piensas de mi hija?
    Jason miró hacia el corral, escuchó la voz suave y baja de Henry mientras hablaba a Piccola, que estaba golpeando un casco contra el suelo. La luz de la luna los bañaba a ambos, hacía que la valla blanca del corral pareciera un cuadro.
    – Este es mi hogar. La primera vez que vi Lyon’s gate, supe que sería mío, que viviría mi vida aquí, que correría y criaría caballos.
    – Mi hija sintió lo mismo.
    – Sí, he llegado a darme cuenta de eso. Le diré que mi familia, porque me ama, intentó deshacerse de ella, pero Hallie nunca vaciló. Así que tenemos esta especie de sociedad. Ha sido difícil, no le mentiré, milord. Su hija es encantadora, es brillante, trabaja hasta quedarse bizca, y puede entrar en una habitación llena de gente y llevar risas o crear caos. Nos hemos gritado, casi hemos llegado a golpearnos, todo en los últimos dos meses, incluyendo el día que la vi por primera vez. Los dos hemos aprendido a ceder un poquito. ¿Sabía usted que lord Renfrew está en el vecindario?
    – ¿Ese imbécil? ¿Hallie lo lastimó?
    – Estuvo cerca, pero decidió reírse en cambio, por lo estúpida que había sido. ¿Sabe qué la enfureció en realidad? Evidentemente, además de haberse acostado con otra mujer durante su compromiso, el bufón le mintió acerca de su edad.
    Alec Carrick echó atrás la cabeza y rió a la luna. Piccola levantó la cabeza y relinchó. Se desprendió de Henry y comenzó a danzar por el corral, acercándose más y más a donde Jason y el padre de Hallie se encontraban, con los pies con botas sobre la barandilla de madera. Sus ojos nunca abandonaron el rostro del barón.
    Jason dijo:
    – No me había dado cuenta de que Piccola le gustaba tanto la risa.
    Alec dijo lentamente, sonriendo hacia la yegua:
    – Luego de descubrir lo de Renfrew, mi hija me dijo que no quería casarse nunca. Dijo que no tenía buen juicio para seleccionar caballeros. Le recordé que sólo tenía dieciocho años, ¿y qué podía esperar en cuanto a ver tras las máscaras que usan las personas?
    – Nunca eres tan inteligente en tu vida como cuando tienes dieciocho -dijo Jason.
    – Asumo que tienes razón. Ha pasado demasiado tiempo como para que lo recuerde. Bien, para que sepas cuán en serio hablaba, Hallie quiso hacer un juramento de sangre con uno de sus hermanos, de que nunca se casaría. Su hermano tenía once años y hacía cualquier cosa que ella dijera. Le puse fin antes de que pudiera cortarse la palma con un cuchillo. Después de rechazar a media docena de caballeros, cuatro de los seis bastante satisfactorios, le creí.
    – Hallie y yo sufrimos del mismo mal juicio en potenciales parejas.
    – Ya veo. Creo que es hora de que me cuentes un poco de lo que sucedió, Jason.
    Jason vio que no podía evitarlo.
    Dijo lentamente:
    – A diferencia de lord Renfrew, esta muy inteligente y hermosa jovencita no hizo nada tan malo como mentir acerca de su edad. Era un monstruo y yo nunca lo vi. Como resultado de mi mal juicio, casi mató a mi padre, y su hermano casi asesinó a mi gemelo. El hecho es que no tengo madera de esposo, milord, porque no puedo imaginarme confiando nuevamente en una mujer jamás en mi vida. No podría dar a una esposa lo que ella merecería. No podría hacerla feliz.
    – A causa de esta carencia que ves en ti mismo.
    Jason asintió.
    – Está allí y es profunda, una parte mía ahora, y una esposa llegaría a tenerme resentimiento, incluso odiarme.
    El barón Sherard no dijo nada más. Acarició el hocico de Piccola, recordando cómo había luchado ella para ponerse de pie luego de que su madre finalmente la hubiera dado a luz, seis años atrás en Carrick Grange. La vio brincando en el corral bajo la luz de la luna. Sonrió. La juventud, pensó, siempre era un asunto tan serio. Había mucho en que pensar. Se preguntaba qué pensarían el conde y la condesa de Northcliffe de su hija. ¿Habían sabido lo que muy probablemente sucedería si dos personas jóvenes y sanas eran unidas de este modo?

    Jason yacía de espaldas, con la cabeza apoyada en los brazos, mirando el techo en sombras. La luz de la luna entraba por la ventana abierta. El aire estaba quieto y dulce. El sueño estaba a millones de kilómetros.
    Vio girar lentamente el pomo de la puerta. En un instante, su cuerpo estuvo listo para luchar. La puerta se abrió silenciosamente.
    Un halo de luz de vela apareció.
    – ¿Jason? ¿Estás dormido?
    – Es pasada la medianoche. Por supuesto que estoy dormido, tonta. ¿Qué quieres, Hallie? No des otro paso. No entrarás aquí, no con tu padre durmiendo a cinco metros por el corredor. Vete.
    Ella se escabulló y cerró la puerta silenciosamente.
    – Cuando era pequeña, practicaba caminar como un gato, porque me destacaba en escuchar a hurtadillas. La única persona que podía oírme era mi madrastra. Me decía que era una buena habilidad que desarrollar, pero que debía prometer no usarla con ella. Nunca lo hice.
    – Yo te escuché. Vete.
    – Jason, no voy a saltar nuevamente sobre ti -dijo ella, y sonaba tanto mortificada como excitada.
    Se echó el cabello atrás, su espeso y largo cabello, sobre el que él no tenía intenciones de pensar, sobre cómo se sentiría frotarlo contra su mejilla, como una cortina sobre su abdomen.
    – Quédate ahí, Hallie. No llevo camisa de dormir.
    – ¿De veras? ¿No duermes con camisa? Sí, recuerdo que Corrie dijo algo acerca de eso. ¿Sabías que la luna está entrando a través de esa ventana, Jason? Si me acerco sólo cinco pasos más, podré…
    – Si te acercas un paso más, te arrojaré personalmente por esa ventana. Es una linda caída hasta el suelo.
    – Muy bien, muy bien, no me moveré de aquí. Dime, ¿intentó mi padre quebrarte el brazo?
    – No, no lo hizo.
    – ¿Sabes qué está pensando mi padre? No quiso decirme nada, me palmeó la mejilla, me deseó buenas noches y se marchó. Y yo que lo he conocido toda mi vida.
    – Te vi deslizar el pie hacia delante. Retrocede, Hallie.
    Ella dio un muy pequeño paso atrás. Jason vio que estaba descalza.
    – Si mi padre no te golpeó, entonces sé qué es lo que quiere, Jason, pero créeme, no tienes que aceptar. Lo que sucedió fue mi culpa, se lo he dicho más de una docena de veces. Él no dice nada, sólo mira con paciencia. Desearía que creyera que no es posible que nadie lo sepa. Simplemente es como si no hubiera pasado. Puf, desapareció.
    Jason suspiró.
    – Nada desapareció. Él es tu padre. Es hace toda la diferencia del mundo. No creo que vaya a haber ninguna elección aquí, Hallie. -Jason rió brevemente. -Al menos nuestra cuestionable sociedad habrá terminado.
    – No, no lo digas. Quería disculparme contigo por lo que hice, aunque no recuerdo haber pensado absolutamente nada mientras lo hacía.
    – Generalmente son los caballeros quienes pierden el juicio y sólo pueden pensar en dejar a la mujer tumbada de espaldas.
    – Yo no llegué tan lejos -dijo ella. -Quiero decir, no tenías camisa y eso me dio mucho en qué pensar. Cuando mi mano hizo esa muy breve incursión por tu pecho, bueno, quizás sí pensé que sería muy agradable quitarte los pantalones. -Hallie se quedó callada, dio un paso al costado. -Ahora no tienes pantalones.
    Él se sentó.
    Ella se quedó mirándolo atentamente.
    Jason subió la sábana a su alrededor, luego una manta sobre sus hombros, uniéndola sobre su pecho, como un chal.
    Alec Carrick dijo desde el umbral:
    – Hallie, no puedo creer que estés aquí. ¿No tienes absolutamente nada de sensatez?
    – ¿Eres tú, papá? Oh, cielos, creo que sí. No estoy tocándolo. Ves, estoy al menos a dos metros de su cama.
    – ¿Contaste los malditos metros?
    – Bueno, sí, quizá lo hice, y qué tan rápido podría cubrir esos metros si corriera. Papá, sólo estoy aquí para hacer que Jason me diga qué le dijiste. Ves, él está todo tapado. Está a salvo.
    Alec Carrick se rió, no pudo evitarlo.
    – Vas a hacerlo huir de su propia casa si no tienes cuidado, Hallie.
    – Él ha estado escapando últimamente -le dijo a su padre. -Estábamos hablando y entonces él se marchaba y no regresaba hasta el amanecer. La otra noche supe que era el amanecer porque estaba casi despierta, y se lo dije.
    – Ya veo -dijo Alec Carrick. -¿Con cuánta frecuencia se marcha así simplemente Jason?
    – Se ha ido una media docena de veces. Nunca una advertencia, se levanta y se va.
    Jason quería arrojarla en el bebedero.
    – Milord, aquí nunca hubiese sucedido nada, absolutamente nada.
    – Te creo. Así que te marchabas, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo crees que hubieras podido seguir haciendo eso, Jason?
    Jason se sentía como un tonto. Estaba desnudo en la cama -su cama- ocupándose de sus asuntos, y ella lo perseguía, y ahora su padre lo miraba con una buena cantidad de entendimiento y resolución.
    Dijo lentamente:
    – ¿Tal vez podríamos hablar en la mañana, señor? Tomar decisiones, hacer arreglos, ese tipo de cosas.
    – Sí -dijo Alec. -Eso estaría bien.
    Tomó la mano de su hija y la arrastró fuera del dormitorio de Jason.
    – ¡Esperen! ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué quieres decir con “decisiones”? Escucha, ¿sólo porque Jason abandona la casa muchas veces quieres hablar de acuerdos? No, no lo haré. No deseo casarme, te lo he dicho una y otra vez, papá. Mira a lord Renfrew. Me estremezco al pensar en él. ¿Puedes empezar a imaginar cómo hubiesen sido sus hijos? Papá, ¡no lo haré! ¿No te dijo Jason que él tampoco quiere casarse? Lo hirieron realmente, papá, muchísimo, no apenas como a mí. Esto no puede suceder.
    Alec Carrick cerró silenciosamente la puerta de la habitación.
    Jason, totalmente despierto, sabiendo que se enfrentaba a su condena y sin ver esperanzas, saltó fuera de la cama, se vistió rápidamente y en cinco minutos estaba montando a Dodger lejos de Lyon’s Gate.
    Hallie estaba sentada en su ventana y volvió a preguntarse adónde iba.

CAPÍTULO 31

    Corrie estaba soñando con el día en que finalmente diera a su abuela política su merecido, y era un escarmiento enérgico, perfectamente satisfactorio. En su sueño estaba allí parada, con las manos en las caderas, mirando fijamente a la vieja bruja quien, por primera vez en su vida, no tenía nada para decir. Algo se movió en el fondo de su mente. El sueño se plegó en un instante. Algo volvió a moverse.
    Los ojos de Corrie se abrieron de golpe. Había oído algo que no pertenecía a su dormitorio. ¿Qué era? Vio una sombra en la ventana. Oh, Dios, alguien estaba intentando meterse. James gruñó en su sueño mientras ella salía de la cama. Corrie vio otro movimiento. Tomó el atizador de la chimenea y gritó mientras corría hacia la ventana:
    – ¡Maldito infierno! Una mujer baja la guardia, incluso tiene un sueño agradable, y miren lo que sucede… un maldito hombre está trepando a su dormitorio, sin invitación. ¡Entre y sea rápido, o le daré un tortazo en la cabeza!
    James despertó bruscamente.
    – Corrie, ¿qué diablos sucede?
    – Calla, Corrie, soy sólo yo, Jason. No me abras la cabeza con esa condenada cosa.
    Corrie bajó el atizador, con el corazón aún palpitando frenéticamente.
    – ¿Jason? ¿Eres tú? Tenemos puertas. ¿Qué haces entrando por nuestra ventana?
    – Quiero hablar con James. No quería despertar a todo el mundo.
    Corrie ayudó a Jason a entrar al dormitorio, y arrojó la bata a su esposo. Retrocedió, mirando a su cuñado.
    – ¿Qué ha sucedido, Jason?
    Él se pasó los dedos por el cabello.
    – Escucha, Corrie, no quiero ser grosero, pero realmente necesito hablar con James.
    – Pero no me has dicho nada…
    James estudió el rostro en sombras de su hermano, su expresión de desesperación. Sintió una horrible alarma.
    – Cariño, Jason y yo iremos al estudio. Vuelve a la cama.
    Con James llevando una vela encendida, los gemelos descendieron por la amplia escalera, por el extenso corredor, hacia el lado este de la casa y dentro del estudio. James sirvió un brandy para cada uno.
    Jason tomó un trago y dejó su copa.
    – El padre de Hallie está en Lyon’s gate.
    James dijo:
    – Sí, nos visitó aquí primero, dijo que quería sorprender a Hallie. Es muy encantador, y un hombre que apuesto que tiene pocos que se le opongan.
    – Sin dudas sorprendió a su hija. Y a mí. Entró en el establo y vio a su hija encima mío. Yo me había quitado la camisa para trabajar.
    – Ah, bueno, eso es, ¿verdad? ¿Cuándo se realizará la boda?
    – Probablemente tan pronto como el barón pueda arreglarla. No hicimos nada, James. Yo, en particular…
    – ¿Estás diciendo que Hallie te atacó? ¿Sólo porque no llevabas camisa? Pensé que apenas le gustabas…
    – Maldición, James, no tiene idea sobre el sexo y lo desea. Me desea.
    – ¿Y tú? ¿Te gusta?
    – La mayor parte del tiempo. Si me agrada demasiado, simplemente me voy, y visito a tres encantadoras damas que conozco en Eastbourne.
    – Eso podría agotar los recursos de un hombre, todas esas noches pasadas lejos del hogar.
    – Sabes que no es así. Hallie es tan brillante, James, y obstinada.
    James dijo:
    – Padre piensa que ella tiene agallas y temple, dijo que es el retrato de su padre, que es indudablemente muy apuesto.
    – ¿Qué tiene que ver la apariencia de uno? Lo que es importante es lo que tienes dentro. Bueno, sí, a veces la miro y anhelo. Deseo tocar su cabello, quizás revolcarme en él, tiene tanto y con esa maravillosa mezcla de tonos, desde el rubio más claro a un rico color trigo.
    James miró atónito a su hermano. No parecía darse cuenta de lo que estaba saliendo de su boca. Bebió su brandy, apoyó la cadera contra el escritorio de caoba.
    – Ella me hace reír, James. Me hace sentir importante… no, es más que eso. Me hace sentir que lo que hago es importante. -Jason se quedó callado, tomó un sorbo de brandy. -Me hace sentir que tengo valor.
    – Así es. Siempre ha sido.
    Jason sacudió la cabeza, comenzó a pasearse de un lado a otro del estudio.
    – Un hombre que es un ciego idiota no puede tener mucho valor -dijo por encima del hombro.
    – Hallie te hace sentir que eres importante para ella.
    – Sí. Y entonces ese tonto lord Renfrew regresa y realmente quería matarlo por ella, pero entonces, James, fue todo tan divertido, especialmente el modo en que lo mira ahora, que apenas puedo evitar reírme. ¿Sabías que el idiota le mintió sobre su edad?
    – No, no lo sabía. ¿Hallie también se ríe de él ahora?
    – En mayor parte. Aunque he decidido mantenerla alejada de todas las armas cuando él esté cerca. Entonces Charles Grandison fue a defender la causa de Renfrew. No dejaba de pedirle que lo llamara Charles, y ella no dejaba de decir que no.
    – Ah, Jason, suena como si fueras un hombre feliz.
    – No, desde luego que no, al menos no del modo que estás pensando. Es sólo que estoy donde se supone que esté y haciendo lo que quiero hacer. No deseo casarme, James, y tampoco Hallie. Renfrew la pisoteó en el barro.
    – Bien, Judith te hirió hasta el alma. Me parece que a los dos les irá bien juntos.
    – No, yo no sería bueno para una mujer, para nada bueno. No hay nada profundo dentro de mí. Estoy vacío allí. La lujuria es algo que un hombre debe soportar. Pero el tipo de relación que tú y Corrie tienen es imposible para mí, James.
    – Bien entonces, quizás sea imposible para Hallie también.
    Jason dejó de andar. Ofreció una mirada cortante a su gemelo.
    – No, no es imposible para ella. Lord Renfrew fue un estúpido, un hombre codicioso, pero no hay maldad en él, no como la había en Judith.
    – Judith ha estado muerta durante cinco años, Jason. No puedes seguir permitiendo que controle tu vida. No le des ese tipo de poder.
    – Si ella hubiese asesinado a papá, si su maldito hermano te hubiese matado a ti, entonces, ¿qué esperarías que pensara?
    – Fuiste tú quien salvó la vida de papá, tú quien casi murió, y yo sobreviví. Hace tiempo que es pasado. Se ha terminado.
    – No quiero casarme con ella. Hallie merece a un hombre que pueda darle más que yo. Maldición, pero dice las cosas más divertidas, las palabras simplemente caen de su boca y quieres agarrarte la barriga de tanto reír. Deberías haber visto cómo estaba acomodando nuestros muebles… el sofá enfrentando la ventana. ¿Qué demonios debo hacer?
    Jason salió del estudio con un portazo a través de las puertas acristaladas que daban al jardín, dejando a su hermano mirándolo con atención, golpeteando sus dedos pensativamente sobre el escritorio.
    Su padre dijo tranquilamente desde el umbral:
    – Ya veremos, James. Lo hiciste bien.
    – Está tan herido, como si tuviera esta profunda herida que no sana.
    – Él no permite que sane -dijo Douglas. -Creo que está tan acostumbrado al dolor, a la culpa infernal, que se sentiría desamparado sin ella. -James dio a su padre una copa de brandy. El conde dijo pensativamente, mientras hacía girar la bebida: -Creo que el día que tú y Jason conocieron a Hallie Carrick en Lyon’s gate fue el día que podría devolverte a tu hermano, y a mí a mi hijo.

    Tarde la mañana siguiente, Hallie se detuvo fuera de la puerta de la sala de estar al oír una conocida voz femenina diciendo:
    – Me enteré por mi propia doncella, Angela, y una doncella siempre sabe exactamente qué es verdad y qué no. Ella lo oyó de su primo, que es un mozo de cuadra aquí. Es verdad, y puedo notar por la expresión de tu rostro que es cierto. Oh, vaya, vaya.
    – Tonterías. ¿Quieres un poco de té?
    Lady Grimsby dijo:
    – No, quiero saber qué vas a hacer con esto, Angela. Eres su chaperona. Esto tiene que parar.
    Angela dijo:
    – Toma una linda taza de oolong.
    Hallie quedó clavada en su sitio. Angela había tenido razón, las cosas como esta rezumaban de las grietas en la pared. Oyó el tintineo de las tazas de té.
    Luego silencio, y después a lady Grimsby diciendo, su voz ahora más fuerte:
    – Tengo una solución que debería complacer a todos. Se dice que Jason Sherbrooke nunca se casará. Y eso deja a Hallie con una reputación en ruinas. -Respiró hondo. -Mi querido Elgin. Él es la respuesta.
    – ¿Lord Renfrew? No querrás decir el deshonroso tipo que…
    – No, no, no lo digas, Angela. Elgin ha cambiado, tanto lord Grimsby como yo estamos de acuerdo con eso. Charles también insiste en que ha cambiado. Elgin ama a Hallie. Sería un excelente esposo para ella.
    – ¿Lord Renfrew no asume que Jason Sherbrooke se ha acostado con Hallie?
    – ¡Seguramente la señorita Carrick no ha llegado tan lejos! Fue sólo ese único abrazo.
    – ¿Cómo puede lord Renfrew saber eso con certeza?
    – Como dije, mi querido Elgin la ama. Está dispuesto a pasar por alto ciertos asuntos. Está dispuesto a reparar su reputación, a darle la protección de su nombre.
    Silencio muerto, y entonces Hallie oyó el frufrú de faldas. Caminó rápidamente hacia la parte trasera de la casa.
    Oyó a Angela decir:
    – Hablaré con Hallie acerca de esto, lady Grimsby. Pero ella estuvo muy perturbada cuando se enteró de que lord Renfrew había mentido sobre su edad.
    – ¿Mentir sobre su edad? ¿Por qué haría eso un caballero? Es absurdo, sólo las damas mienten sobre su edad. Se supone que un hombre sea mayor que una muchacha por varios años, y que se enorgullezca de eso, ya que es él quien debe proporcionar a su joven esposa con orientación adecuada, una mano firme, sabio consejo…
    – ¿Entonces debo asegurar a Hallie que lord Renfrew planea instalarse frente a su propia chimenea, que no se aprovechará del dinero de ella y que comenzará a celebrar cumpleaños nuevamente?
    – Estás tratando esto como una broma, Angela. Sabes que el dinero de una mujer se convierte en el de su esposo al casarse. Las cosas siempre se hacen de ese modo. Debes saber que en cuanto esta noticia se filtre, la señorita Carrick no será invitada a ningún sitio. Jason Sherbrooke no se casará con ella. Lord Grimsby me asegura que no lo hará. Si ella tiene cerebro, agradecerá al Señor por enviar a Elgin aquí para que salve el día. En cuanto a su ridícula sociedad aquí en Lyon’s gate, todos saben que es Jason Sherbrooke quien dirige las cosas, es…
    Hallie dijo:
    – Buenos días, lady Grimsby. Qué encantador de su parte visitarnos. Ah, ¿sería tan amable de decir a lord Renfrew que estaré exactamente a medianoche con mi escalera? Treparé hasta su dormitorio y golpearé fuerte en su ventana. Lo llevaré a Gretna Green. ¿Qué piensa de eso?
    Lady Grimsby la miró de arriba abajo.
    – No me importa si sus botas son brillantes, señorita Carrick, no puede seguir viviendo en esta casa con un hombre que no es su esposo.
    – Entonces, si me casara con lord Renfrew, ¿él también se mudaría aquí?
    – Bien, en cuanto a eso, no lo sé. Tal vez simplemente haría que Jason Sherbrooke se marche y asumiría el manejo de la caballeriza.
    – Jason no venderá, lady Grimsby. Si yo fuera lord Renfrew, pensaría seriamente en sentarme frente al hermoso rostro de Jason Sherbrooke cada mañana en la mesa del desayuno.
    – Elgin se ocupará de que eso no suceda. Es mayor que Jason Sherbrooke, se ocupará de él, ya verá.
    – ¿Elgin y quién más?
    – No me parece divertido. Buenos días, señorita Carrick. Buenos días, Angela. Diré a Elgin que usted está preparada para oír su proposición ahora.
    – Un momento, lady Grimsby -dijo Hallie. -¿Sabía que mi padre, el barón Sherard, está aquí con nosotros? Si Elgin lo desea, claro que puede hablar con mi padre.
    – ¿Su padre está aquí? ¿Cuánto tiempo ha estado aquí su padre, señorita Carrick?
    – ¿Por qué no le pregunta a su doncella? Ella puede preguntar a su primo. Si él no está seguro, bien, puede venir a la casa y yo le diré cómo son las cosas. Buenos días, lady Grimsby. Oh, válgame, ¿cuál es el dormitorio de lord Renfrew? Odiaría golpear en su ventana por error.
    Lady Grimsby se dio vuelta mientras el lacayo se preparaba para ayudarla a subir al carruaje.
    – Usted terminará mal, señorita Carrick. Esta ligereza no presagia nada bueno para el futuro de una dama.
    Lady Grimsby subió a su carruaje. El cochero miró afligido a Hallie mientras cerraba suavemente la puerta de su ama.
    Hallie oyó el silbido de Jason llegando desde los establos y oyó la voz de su padre.
    Exclamó:
    – Jason, ¿tenemos una linda y alta escalera?

CAPÍTULO 32

    Jason atrapó a Hallie escuchando a hurtadillas, con la oreja presionada contra la puerta de la salita.
    Ella no actuó avergonzada por ser atrapada, más bien sonrió, le hizo señas para que se acercara y susurró:
    – No puedo creer que realmente haya tenido tanto descaro al punto de venir aquí a enfrentar a mi padre. -Miró a Jason de reojo. -Hmm. Tal vez juzgado mal al pobre Elgin.
    – ¿Regresó? -dijo Jason. -Lord Renfrew debe necesitar muchísimo el dinero.
    – Ah, ¿entonces no crees que su valentía se deba a que se ha enamorado perdidamente de mí?
    – No.
    Ella suspiró.
    – Al menos en su caso la verdad no duele.
    Siete minutos más tarde, Hallie se apartó de un salto de la puerta. Tres segundos más tarde, lord Renfrew, viéndose tan pálido como filosófico, precedió al barón Sherard fuera de la sala de estar. Vio a Hallie parada al lado de Jason Sherbrooke, el bastardo con su rostro de ángel que no merecía, y una figura masculina que tampoco merecía. Elgin sabía que él utilizaba ambos despiadadamente para su ventaja, porque sería lo razonable. En cuanto a Hallie, esta muchacha a la que había intentado una vez más conseguir como esposa… casi se estremeció. Vestía esas ridículas botas que eran tan brillantes que él podía ver el sudor en su propia frente. Su cabello estaba azotado por el viento, y había una mancha de suciedad al costado de su nariz. Se veía desarreglada.
    Le dijo:
    – No sé por qué estás allí parada sosteniendo una brida.
    – Está rota. Voy a arreglarla.
    – Eres una mujer pese a esas brillantes botas tuyas. Puedes preparar una taza de té, pero no puedes hacer nada importante, ciertamente no una brida.
    – ¿El té no es importante? -dijo Alec Carrick, con una ceja elevándose. -Nada me resulta tan inspirador como una preparar taza de té. Una cucharada de leche, nada más.
    – Oh, no. Uno debe añadir limón para que el té obtenga la más selecta profundidad de sabor, no leche. Muy bien, el té es importante, pero ¿que ella arregle una brida? No, las muchachas no hacen ese tipo de cosas.
    Hallie dijo:
    – Puede tener razón. Claro que no pude arreglarlo a usted, ¿verdad?
    – Nunca lo intentaste. Nunca me pediste que te explicara, nunca me mostraste ni un momento de compasión, simplemente me echaste por la puerta. Y ahora entiendo, según tu padre, que te casarás con este hombre que no te quiere, este hombre que te comprometió sólo porque estás aquí y estás dispuesta, y eso lo hace peor que yo.
    Jason preguntó:
    – ¿Cómo podría ser peor que usted?
    – Nunca intenté seducirla para que quedara comprometida.
    Hallie deseó poder hacer girar esa brida en sus manos y apuntar a la cabeza de lord Renfrew.
    – No tuviste que comprometerme. Yo nadé justo dentro de tu red.
    – Bueno, sí lo hiciste, pero eso no es lo importante aquí. Lo que es importante aquí es la hombría y el uso de la misma. Yo te hubiese hecho todas esas cosas que probablemente él te hizo, pero sólo después de que te convirtieras en mi esposa, cuando sería decente hacerlo. Podrías haberme tenido, Hallie, y toda mi devoción y mis habilidades como amante de renombre.
    – Jason no me comprometió -dijo Hallie.
    – Já. Es un hombre, ¿cierto? Es evidente que quería disfrutar de tu bella persona sin tener que sentarse frente a ti en la cena durante el resto de su vida.
    – Como somos socios, mi presencia en su mesa es frecuente. Nada cambiaría allí.
    – Yo hubiese querido sentarme frente a ti, Hallie, quizás alimentarte con trozos de mi panecillo. Él no lo desea. Está atrapado sólo porque tu padre está aquí y lo mataría si no se casara contigo.
    – La mutilación podría haber sido una alternativa -dijo Alec.
    Pero lord Renfrew lo ignoró.
    – No puedo imaginar ser tu socio; no aguanto pensarlo. Tener que soportar tu impertinencia sin disfrutar de los beneficios de tu femenina persona por las noches… quizás, si fuera yo él, huiría de regreso a Baltimore. En cuanto a casarse contigo, es para obtener tu dinero, todos lo saben. No eres sabia, Hallie. Podrías haberme tenido con el corazón en la mano.
    – Ese es un pensamiento que agita los pelos en mi nuca. Adiós, lord Renfrew. Cada vez que piense en lo que podría haber tenido, indudablemente estaré entristecida por el resto de mi vida.
    – Tu padre tiene razón. No me hubieses hecho feliz.
    – No dije exactamente eso -dijo el barón Sherard.
    – No, papá, probablemente no -dijo ella. -Considérese un hombre afortunado, lord Renfrew. Buen día para usted.
    Él sacudió la cabeza y se dijo a sí mismo mientras se ponía el sombrero sobre la cabeza, “No puedo creer que permití que Charles me convenciera de desperdiciar mi tiempo aquí”, y se marchó.
    Jason se quedó mirando a lord Renfrew con el ceño fruncido. ¿Charles Grandison quería que ese estúpido se casara con Hallie? Charles nunca hacía nada sin una razón. Jason quería saber cuál era esa razón.
    Alec Carrick dijo:
    – Allí va un hombre que tendrá una rica esposa a final del año, quizás incluso en el otoño. Es realmente bastante creíble cuando se lo propone. Puedo ver cómo fuiste engañada, querida mía.
    – Ya no. Sí me pregunto por qué vino. -Vio a lord Renfrew montar su caballo y alejarse, sin mirar atrás. Montaba bien, alto y elegante en la silla de montar. -¿Pensó que lo perdonaría por lo que hizo? ¿Fue eso lo que pensó Charles Grandison?
    – Sí -dijo Angela. -Lo que no comprendo es porqué Charles Grandison quería tanto que él se casara contigo.
    Jason se aclaró la garganta.
    – Hola, Angela. Te mueves muy silenciosamente. ¿Estabas escuchando a escondidas por la ventana de la sala de estar? No, no me lo digas. Lord Renfrew se ha marchado y eso es lo único que importa ahora. En cuanto a Charles y su parte en esto, le sacaré su razón a la fuerza la próxima vez que lo vea. Hallie, creo que tú y yo deberíamos dar un paseo ahora.
    – ¿Por qué? ¿Hay algo mal con una de las yeguas? Padre, ¿por qué estás sacudiendo la cabeza de ese modo?
    – Cariño, no seas obtusa. Enfrenta los hechos. Ve con Jason. Habrá mucho que hacer. Oh, sí, tus tíos se quedarán en Northcliffe Hall.
    – Padre, toda esa charla acerca de Jason teniendo que casarse conmigo, pensé que estabas bromeando, que estabas torturando a lord Renfrew, y admito que pensé que estaba muy bien de tu parte. ¿Realmente crees que debería casarme con Jason? Eso es ridículo. -Se dio vuelta rápidamente para enfrentar a Jason. -Escúchame, no me casaré contigo. No quieres una esposa. No confiarías en una esposa.
    – Vamos, Hallie.
    – No. Dijiste que nunca querías casarte. Yo tampoco quiero casarme. Somos dos. Tenemos mayoría de opinión aquí.
    Alec Carrick rugió:
    – ¡Tenías tu mano en sus malditos pantalones, Hallie! Lo hubieras tenido en el piso del establo en cuestión de momentos si no te hubiese quitado de encima suyo.
    – ¿Me quitaste de encima?
    – No, señor -dijo Jason, con el corazón palpitando, el espectro de la condena sentado sobre su hombro. -Yo la hubiese detenido. Bueno, tal vez no.
    – Exacto -dijo Alec. -Esto se llama consecuencias, Hallie. Contrólate. -Y dijo a Jason: -Una vez Hallie negó un diluvio porque quería un picnic. Negar la necesidad de un esposo no sería nada para ella.
    – Pero…
    – Calla, Hallie. -Jason la tomó de la mano y la llevó a tirones hacia la puerta principal. -Hablemos sobre un picnic bajo la lluvia.
    Ella dijo:
    – Ese picnic en particular fue bastante espantoso, a decir verdad…
    Jason la arrastró fuera de la casa.
    Angela dijo a Alec:
    – Estoy preocupada por esto, milord. Ella siempre ha sido obstinada.
    – Tengo confianza en el joven señor Sherbrooke. Lo vi rodeado de niños varias veces en Baltimore. Lo adoraban. Lo obedecían. Él controlará a Hallie. ¿Sabías que descubrió quién es el mozo de cuadra que le contó a su prima, que es doncella de lady Grimsby, acerca de Jason y ella en los establos?
    – Oh, cielos, ¿está el tipo colgando de una viga en el establo? ¿Tendremos que esconder el cadáver?
    – Nada tan definitivo. Me dijo que iba a encerrarlo en el placard bajo las escaleras, mantenerlo en una dieta de pan y agua hasta que se arrepintiera de su lengua suelta. -Pese a saber que no sería, Angela miró sobre su hombro hacia las escaleras. Alec Carrick se rió y le zarandeó el hombro. -La vida nunca es lo que uno espera, ¿cierto, Angela?
    – Sus hijos serán hermosos -dijo la mujer.
    Alec Carrick se veía como si ella lo hubiera abofeteado. Seguía sacudiendo la cabeza mientras caminaba hacia los establos. Vio a Jason y su hija caminando hacia el grupo de arces al este y se detuvo. No, no se lo necesitaba. Si Jason no tenía los medios para hacerla entrar en razones, haría falta el mismísimo Diablo. Qué extraño era que Hallie fuese tan parecida a su madrastra -no era muy incorrecto decir obstinada- y para nada como la mujer que la había dado a luz. Se preguntó qué le diría Jason.

    Jason no dijo una palabra. La detuvo bajo una encantadora rama de arce con hojas de verano y hundió los dedos en el cabello de Hallie. Ella cerró los ojos. ¿Cómo podía un masaje en el cuero cabelludo hacer que quisiera arrancarse las medias y las botas?
    – Seguramente eso es pecaminoso. Se siente demasiado bien como para que no sea malo.
    – Lo que viene después de que te frote la cabeza es lo malo.
    Hallie se inclinó hacia él para que pudiera frotarle mejor la cabeza, no porque quisiera arrojarse encima de él. Estaba firme respecto a eso, estaba en control de sí misma. Llevaría esto a cabo, no cedería a la presión paternal. Cuando él la soltó, ella arrancó una hoja de arce y comenzó a hacerla girar con los dedos.
    Le dijo:
    – No me casaré contigo, Jason. Hablaré nuevamente con mi padre, le diré que…
    Jason gruñó gravemente, la agarró y la besó con fuerza.
    Le dijo contra la boca:
    – Calla. Está hecho. Nos tenemos el uno al otro. Haré todo lo que pueda para ser un buen esposo para ti, Hallie, te lo juro. Ahora deja de ser una mula.
    Él levantó la cabeza y ella se vio obligada a mirar esos increíbles ojos, la perdición de una mujer, esos ojos suyos, y su boca… bien, no iba a mirar su boca, o sus ojos, no era tan tonta. Quería embestirlo contra el árbol. No, tenía un fuerte control sobre sí misma, sabía lo que estaba bien. Obligarlo a casarse con ella no lo estaba. Aunque su corazón palpitaba tan fuerte y rápido que casi le dolía. Quería que él presionara los dedos contra su acelerado corazón. Sintió los dedos de Jason acariciándole el cabello nuevamente, esta vez quitando las horquillas. Sintió otra vez la boca de él sobre la suya y, finalmente, gracias al Señor en los cielos, sintió que esos dedos le acunaban suavemente los senos. Su juicio cayó fuera de su cabeza. Vio las cosas con mucha claridad en ese momento, mirándolo, viendo la resolución de él y, sí, también lujuria. Quizás también había cariño, tal vez un poquito de ternura. Era suficiente. Era más que suficiente.
    Sin pensar nada más, saltó por el precipicio.
    – Muy bien -dijo. -Sí, quizás casarme contigo sería algo muy maravilloso.

    Durante la cena esa noche, Jason invitó a todo el personal al comedor para una copa de champagne.
    – ¿Qué es esto, amo Jason? ¿Tenemos una nueva yegua para ser cubierta por nuestro viril Dodger?
    – No, Petrie. La señorita Carrick y yo nos casaremos. Muy pronto. No me digas que no has oído los rumores. Los rumores cesarán una vez que mi tío Tysen pronuncie las palabras santificadas sobre nuestras cabezas.
    Martha aceptó su copa de champagne, sonriendo abiertamente.
    – ¡Oh, señorita Hallie, qué emocionante, realmente tener al amo Jason todo para usted! Pero casi lo tuvo en el establo, ¿verdad? Bueno, quizás sea mejor no hablar de eso.
    – Por la unión de socios -dijo muy fuerte el barón Sherard, y todos aclamaron y bebieron el champagne bastante decente, todos excepto Petrie, que se veía como si fuera a estallar en lágrimas.
    – Entrégate, Petrie -dijo Jason. -Bebe tu champagne. Te hará sentir más resignado a lo inevitable.
    – ¿Es en eso en lo que usted se ha convertido, mi pobre amo? ¿Un bebedor?
    – Ya está bien, Petrie -dijo Angela. -Confía en mí.
    Petrie no era estúpido. Vio la advertencia en los ojos de su amo, supo que era mortalmente serio, y tragó el champagne.
    – No permita que ella reacomode los muebles en su dormitorio, amo Jason.
    Hallie dijo:
    – Oh, válgame, no había pensado en eso.
    – Por favor, no lo haga, señorita -dijo Petrie.
    – No los muebles, estúpido, no había pensado en compartir su dormitorio. Me gusta más el mío. ¿Por qué no puede él mudarse al mío? ¿Por qué no podemos mantener cada uno nuestras habitaciones?
    Jason le palmeó la mano.
    – No te preocupes por eso ahora. Resolveremos todo.
    Mientras aceptaba otra copa de champagne de lord Sherard, Angela dijo cómodamente:
    – Quizás puedo mudarme a tu dormitorio, Hallie, y podemos derribar la pared entre el dormitorio de Jason y el mío. Los dos tendrán espacio suficiente y Jason puede acomodar los muebles. ¿Qué piensas?
    Hallie se veía como si fuese a salir disparada.
    El propio Jason quería escapar, pero dijo:
    – Lo evaluaremos. Sin embargo, en este preciso momento, creo que deberíamos atenernos a los buenos deseos y los brindis.
    Petrie volvió a gemir, y no fue para nada discreto. Martha se volvió contra él, le movió su copa frente al rostro.
    – No me divierte, señor Petrie. Mire a mi ama… es una hermosa dama, una dama casi tan hermosa como el amo Jason como caballero. Cerca. Quizás no realmente cerca… Sí, usted ha herido sus sentimientos con sus pequeñas y amargas calumnias femeninas que huelen a que una mujer le arruinó el corazón, algo que probablemente sucedió años atrás.
    – No tantos años atrás -dijo Angela. -Petrie no es tan viejo.
    Hallie dijo en voz baja a su padre:
    – Me pregunto si eso puede ser cierto. ¿La aversión de Petrie por las mujeres se debe a que le rompieron el corazón?
    – No -dijo Jason. -Petrie vino a este mundo despreciando al bello sexo. Su madre nunca lo reprendió, nunca lo maltrató. Lo adora. Aún lo hace.
    – No me ama en lo profundo, donde importa -dijo Petrie, y todos lo miraron.
    – ¡Eso es lo más tonto que jamás haya oído, señor Petrie! ¿Le ha dicho eso a su mamá?
    – Por supuesto que no. La disgustaría y una mujer disgustada hace cosas groseras.
    Jason puso los ojos en blanco.
    – Le contaré a tu madre que te sientes de este modo, Petrie, para que cualquier maldición que ella tenga sea apilada sobre mi cabeza, no la tuya.
    Martha le dijo directo a la cara:
    – Usted es un inaguantable petulante.
    Petrie abrió la boca para aplastarla.
    Angela dijo:
    – Válgame, toda está emoción me da hambre. Cocinera, ¿por qué no trae su manjar blanco?
    Petrie dijo:
    – Pero yo…
    Martha se volvió contra él otra vez, en esta ocasión su voz negra de advertencia:
    – Diga otra palabra y meteré el manjar blanco por su nariz.
    – Martha, debes mostrarme el respeto adecuado, tú…
    Angela dijo:
    – No querrás desperdiciar el manjar blanco en la nariz de Petrie.
    En cuanto a la cocinera, había parecido perfectamente satisfecha de permanecer en silencio y mirar de Jason a Alec Carrick, sin que una sola aria escapara de su boca.
    – ¿La nariz de Petrie? ¿Mi manjar blanco, señorita Angela? Oh, cielos, eso es una especie de comida, ¿verdad? ¿Cómo pude olvidarlo? Ah, dos caballeros tan encantadores. Debo aliviar mi garganta reseca. -Bebió su copa de champagne, dejando cuidadosamente la copa sobre el aparador, y fue a la cocina, diciendo una y otra vez: -¿Cómo puedo hacer que ambos encantadores caballeros se queden aquí mismo para que pueda alimentarlos hasta que se desvanezcan en el suelo de mi cocina?
    – Brindaré por eso -dijo Hallie. -Padre, nunca te he visto desvanecerte.
    Los ojos de Alec se encontraron con los de su futuro yerno.
    – Sucede -dijo. -Créeme, sucede.
    Petrie gimió.

CAPÍTULO 33

    Jason y Hallie Sherbrooke pasaron su noche de bodas bajo los distintivos aleros curvados del dormitorio principal de Dunsmore House, de atmósfera Georgiana si no de estilo, ubicada elegantemente en un ancho promontorio cubierto de árboles justo afuera de Ventnor, en la costa del sureste de la Isla de Wight, la residencia de verano del duque de Portsmouth. Luego de un viaje de dos horas en barco de vapor desde el continente, habían llegado a Dunsmore House, azotados por el viento y bronceados, sonriendo de oreja a oreja al ama de llaves, la señora Spooner, y listos para arrancarse mutuamente la ropa.
    En alguna época, la señora Spooner había sido íntima con la lujuria, teniendo cinco hijos adultos para comprobarlo, y sin mencionar que estaba a sólo tres meses de media docena de nietos. Sin dudas la reconocía cuando se encontraba frente a ella, aunque no estaba segura de cuál de los dos sentía más lujuria por el otro. La simple belleza de esta pareja podría entibiar el más frío corazón, que no era el suyo.
    – Bien, Su Gracia me dijo que ustedes eran dos jóvenes muy especiales, y así parecen ser. Adelante, adelante. Tendrán el gran dormitorio que da al puerto y todos los barcos pesqueros. Es el dormitorio favorito de Su Gracia y las sábanas están limpias para ustedes. Qué día excelente para comenzar su vida de casados.
    Como quería que comieran, la señora Spooner los arreó al desayunador, más pequeño y más íntimo que el grandioso comedor, y les sirvió rápidamente pollo frío y pan caliente para cenar, y guisantes frescos de su propio jardín en Ventnor.
    Dijo con facilidad mientras pasaba al señor Sherbrooke la bandeja de pollo:
    – Sólo yo estaré aquí para atenderlos. -Pasó a Hallie otra pequeña hogaza de pan caliente y le susurró al oído: -Coma, querida. Necesitará fuerzas con ese.
    Hallie le ofreció una sonrisa cegadora.
    – Sí, eso espero.
    La señora Spooner le palmeó el brazo.
    – Al duque y su familia siempre les agrada su privacidad, y ustedes también la tendrán. Las doncellas vendrán durante el día, pero no los molestarán.
    – Gracias, señora Spooner. Nunca antes he tenido privacidad. Tengo tres hermanos y una hermana, y… -Hallie parpadeó y se encogió de hombros. Había mirado a Jason. -Olvidé lo que iba a decir.
    – Bueno, esta es su luna de miel, ¿verdad, señora Sherbrooke? No es momento para tener cerebro.
    – Señora Sherbrooke -repitió Hallie lentamente, mirando fijamente a la señora Spooner. -¿No es esto lo más extraño…? De un día a otro perdí mi nombre.
    – El nuevo nombre, Sherbrooke, es encantador, aunque estoy segura de que su padre prefiere Carrick, así como el señor Spooner prefiere su nombre antes que el mío, que era igualmente único.
    – ¿Cuál era su nombre de soltera, señora Spooner?
    – Bien, yo era Adelaide Bleak, sin dudas una veta pesimista, ese nombre. Bueno, creo que lo último que usted y el señor Sherbrooke querrán es que les sirvan el té en la sala de estar, así que les deseo buenas noches.
    Hallie y Jason se miraron uno al otro.
    Mientras masticaba un pedazo de pan fresco con manteca, con los ojos casi cerrados de dicha, ella dijo:
    – Hemos estado casados durante siete horas ya.
    – Sí.
    – La señora Spooner es muy agradable.
    – Sí. ¿Has terminado tu cena, Hallie?
    Ella tragó el pan.
    – Sí. Oh, sí, Jason. ¿Sabías que mi tía Arielle me dijo que te permitiera tomar la iniciativa, que intentara dominarme? Me aconsejó que no te arrojara al suelo. Me aseguro que los hombres disfrutaban eso, pero no al principio. Se sonrojó mientras decía eso… te diré que eso me sorprendió. Dijo que a los hombres les gustaba tener el control durante el primer encuentro romántico, lo cual es algo bueno porque ellos saben más sobre el asunto… y volvió a sonrojarse. Le conté a mi padre sobre su consejo, y él se rió y se rió, me dijo que dudaba que fuera a importarte ser asaltado en cualquier momento, en el barco o en tierra firme, o sobre la mesa de un comedor. Hmm. Esta mesa es muy linda, larga, y…
    Jason casi estaba temblando como loco, sus manos abriéndose y cerrándose. Le dolía decirlo, pero finalmente lo logró.
    – Nada de mesas esta noche. Tu padre tiene razón. Tienes mi permiso para saltar encima mío cuando tengas ganas. No me importará. -Respiró hondo y Hallie hubiese jurado que él temblaba un poquito. -Estará cerca.
    Ella no era tonta. Sabía lo que significaba esa mirada. Era deliciosa, esa mirada; le aceleraba el corazón, le hacía cosquillear la piel. Corrió fuera del pequeño desayunador, subió las amplias escaleras principales, por el corredor, hacia el enorme dormitorio esquinero. Era luminoso y espacioso, no porque le importara un poquito, y sabía que los muebles estaban perfectamente arreglados… bueno, quizás esas dos sillas grandes estarían mejor unidas y ubicadas a los pies de la cama, en caso de que uno estuviera tan cansado que no pudiera llegar del todo. Iba a preguntar a Jason qué pensaba de las sillas, pero se paró en seco.
    Jason entró en el dormitorio en ese momento, cerró la puerta, la trabó y se apoyó contra ella.
    – Me marché de la casa todas esas veces porque te deseaba tanto.
    – ¿Qué?
    – Visité a otras damas, ellas se ocupaban de mí, me enviaban a casa exhausto y nuevamente en control de mí mismo, por algunos días al menos.
    – Eso es lo más extraño que haya oído jamás. No me hubiese importado que me besaras, Jason, con o sin tu camisa. ¿Estás diciéndome que ibas con otras mujeres porque pensabas que no me gustaría?
    – No, no es eso en absoluto. Eres una joven dama, Hallie, una virgen, y un caballero no seduce a una joven dama que es también una virgen. Pero eso ahora ha terminado. Nunca pienses que soy otro lord Renfrew. Ahora soy tu esposo. Seré fiel.
    – ¿Esas otras damas eran entusiastas? ¿Como fui yo en el establo?
    – Bueno, sí, ¿por qué no iban a serlo? Las he conocido a todas durante años.
    – No tienes tantos años de adultez, Jason.
    – Un hombre comienza en cuanto puede, Hallie. Todas las damas son mayores que yo, no porque eso importe.
    – Yo aún tengo que empezar.
    – Lo sé.
    Él se apartó de la puerta cerrada, quitándose el chaleco y la corbata mientras caminaba hacia ella, y luego los arrojó sobre el brazo de una silla. Así que ese era el propósito de que las sillas estuvieran camino a la cama. Jason se detuvo un momento, se quitó las botas y las medias. Nunca quitó los ojos de encima de Hallie.
    – Puedo ver que estás insegura sobre esto ahora que hemos llegado al punto límite. Está bien. Confía en mí. Me ocuparé de todo.
    Él se desabotonó la camisa, se la quitó con un movimiento de hombros, dejó que cayera sobre la alfombra. Estaba desnudo hasta la cintura, tal como había estado esa mañana cuando el padre de ella había hecho una visita sorpresa a los establos.
    – Oh, cielos. -Hallie se aclaró la garganta y volvió a intentarlo. -Sabes, me gustabas bastante todo sudoroso.
    – Es una noche cálida. Quizás sude por ti antes de haber terminado. Tal vez tú también sudarás. -Abrió bien los brazos. -Derríbame, Hallie.
    Fue el salto más largo que jamás había tenido que hacer en su vida, cierto, pero él dio un paso adelante para atraparla, puso las piernas de ella alrededor de su cintura. Ella le tomó el rostro entre las palmas y lo besó por toda la cara hasta que, riendo, él la apretó contra una pared y levantó la mano para tomarla de la mandíbula.
    – Quédate quieta -le dijo, y la besó, realmente la besó, no tomando pequeños mordiscos, perdiendo el tiempo con pequeños lametones, sino un beso profundo, uno que desdibujó el mundo e hizo que las piernas de Hallie resbalaran. Él la tomó del trasero antes de que se cayera de encima suyo y la cargó hasta la cama. Le sonrió. -No te muevas. Déjame quitar el resto de la ropa y luego empezaré con la tuya.
    – No, déjame hacerlo.
    Hallie se puso de pie de un salto y cayó de rodillas frente a él, sus ojos sobre esos botones. La respiración de Jason salió de sus pulmones en un silbido. Su esposa desde hacía casi un tercio de día estaba arrodillada frente a él, con las manos en los botones de sus pantalones, y le estaba besando el abdomen.
    – Hallie, los malditos botones. Es importante desprender los malditos botones.
    Ella no dijo absolutamente nada, lo miró entre el velo de su cabello, con los ojos tan llenos de emoción, miedo y lujuria que Jason quiso reír, pero no lo hizo porque ella desabotonó los tres botones en un instante y estuvo besándole la panza, y más abajo. Sus dedos lo tocaron, lo acariciaron, lo sostuvieron y él sintió su cálida respiración sobre la piel.
    – Oh, Dios -dijo, y supo que iba a estar muy cerca. -Tienes que soltarme, Hallie. No, no me beses, no ahora, no puedo soportarlo. Aparta tus manos. -No quería, el buen Señor sabía que no quería, pero la agarró por debajo de los brazos y la levantó, agradecido de que ella lo hubiera liberado en ese último momento. -Eso es muy agradable, no me malentiendas, al hombre le encanta que la mujer lo toque con sus manos y su boca, que frote su mejilla sobre su abdomen, con el cabello todo enredado, su respiración caliente, pero no puedo soportarlo en este momento en particular, Hallie. Hay otras cosas ahora. -Se estremeció, tragó un poco de aire. -Es tu turno.
    – ¿Quieres decir que hay un cierto orden en este asunto?
    – En realidad no, pero un hombre no quiere herir, bueno, no te preocupes por eso. Confía en mí.
    – Pero quiero volver a tocarte, y tu sabor, Jason, hace que quiera…
    – Calla. Tus palabras me hacen ver cosas y empiezo a temblar. Cierra la boca. Yo sé lo que debe hacerse. -Aun mientras le quitaba la ropa, ella lo tocaba, intentaba besarlo. -Ponte de pie.
    Cuando ella finalmente estuvo desnuda, él dio un veloz paso atrás. Sabía que sería hermosa, no lo había dudado ni un instante, pero la realidad de Hallie, el hecho de que estuviesen allí juntos, casados, por el amor de Dios, y que ella le perteneciera ahora y para siempre, hacía que la viera de un modo totalmente diferente.
    – Intentaré hacerte feliz, Hallie -le dijo, y entonces no hubo más palabras.
    Jason se quitó los pantalones, levantó a Hallie y la recostó de espaldas, descendiendo sobre ella, con la boca sobre la suya, todo él encima de su suave piel.
    – No te preocupes por nada de esto -le dijo contra la boca. -Sólo haz lo que te diga.
    – ¿Qué quieres que haga primero?
    Él se estremeció como un hombre paralítico.
    – Abre tus piernas para mí. -Ella separó las piernas, sólo un poquito. -Eso está bien, es exactamente lo que quiero que hagas. Tal vez un poquito más. Así es.
    Jason se preguntó cómo podía un hombre soportar esto. El placer, pensó, un placer que drogaba, pero ella era virgen, no comprendía cómo se sentiría todo esto, aun si sabía lo que pasaba entre Dodger y las yeguas. Él sabía que no podía simplemente tomarla, tenía que hacer bien las cosas. Su gemelo le había confiado que había arruinado su propia noche de bodas, y que cuando había despertado, había temido que Corrie lo hubiese dejado. “Fue una sensación espantosa,” había dicho James, temblando por el recuerdo. “Si hubiera tenido una espada me hubiese atravesado con ella. Oblígate a retroceder. No caigas sobre ella y grites como un salvaje.”
    Jason retrocedió, se puso de rodillas entre las piernas de ella. Le sostuvo los talones, lentamente le separó más las piernas. Esas piernas temblaron.
    – Eres tan condenadamente bella.
    Él estaba mirándola, entre sus piernas abiertas, y ella estaba tan avergonzada y excitada, al mismo tiempo, que se quedó allí acostada, mirándolo fijamente.
    – Dime qué hacer, Jason.
    Él jamás levantó la mirada, simplemente sacudió despacio la cabeza.
    – Absolutamente nada, sólo déjame hacer lo que quiera.
    – ¿Qué quieres?
    – Primero quiero poner mi boca en ti. Si no sabes lo que quiero decir, no te preocupes, sólo debes saber que voy a hacerte gritar. Sí, puedo hacerlo sin caer temblando de la cama.
    Pero no tuvo oportunidad. Hallie se levantó tambaleando, lo derribó y subió encima suyo, cubriéndolo todo lo que podía. Jason reía tanto que eso le dio un poco de control, gracias a Dios.
    – Oh, cielos -dijo ella contra su boca, -dime qué hacer, Jason, pero hazlo rápido.
    Jason la hizo sentar a horcajadas sobre su abdomen y le dijo que no se moviera, para observar sus propias manos acariciando cada hermoso centímetro de ella.
    – Debes saber que estas son mis manos, Hallie. Estarán encima tuyo el resto de nuestras vidas. Ah, sentirte, la suavidad de tu piel. Soy un hombre muy fuerte. -Sonrió y la hizo descender nuevamente. Cuando su lengua estuvo en la boca de ella, le susurró: -Así es como estaré dentro tuyo, como mi lengua, pero primero…
    Hallie estaba desesperada cuando él finalmente la acarició con su boca. Le había dicho que iba a hacerlo, pero ella no había podido captar esa realidad, lo que la hacía sentir, y Jason lo sabía, y no se detenía. Cuando sintió que se ponía rígida, sintió que su espalda se arqueaba, la sintió tirándole el cabello, se sintió un rey. El grito y los temblores de Hallie, sus manos cerradas sobre los brazos de él, la caliente respiración contra su cuello, convirtieron el cerebro del rey en papilla. Se condujo dentro de ella al instante siguiente, sintió que el himen de ella cedía, sintió su sacudida de dolor. Apoyó su frente contra la de Hallie cuando llegó hasta su útero.
    – Sé que duele. Lo siento. Quédate quieta, permite acostumbrarte a mí.
    – Es duro.
    Esa era ciertamente la verdad.
    – Lo sé, pero intenta. Se pondrá mejor.
    Ella seguía manteniéndose rígida, pero cuando Jason no se movió, su cuerpo comenzó a relajarse alrededor de él. Sentía que estaba profundo dentro de ella. Pronto estaba moviéndose, lentamente.
    Ella se tambaleó y se quedó mirándolo, con ojos ciegos.
    – Ohdiosmío, ohdiosmío, ohdiosmío, está sucediendo otra vez, Jason. Esto es demasiado, simplemente demasiado, y seguramente ambos moriremos por esto. Por favor, no te detengas.
    Cuando el propio Jason gritó encima suyo, sintiendo ese delicioso y suave cuerpo de ella retorciéndose y empujando debajo suyo, estuvo feliz de no haber arruinado las cosas. Le había dado placer dos veces, bien por él. Y ambos sudaban. Muy bien por él.

    Hallie yacía en la oscuridad que finalmente había tragado el día de mediados de verano no más de diez minutos atrás, y escuchaba la respiración profunda y pareja de Jason. Él había caído encima suyo, le había ofrecido una tonta sonrisa y se había dormido. Recordaba siendo pequeña cómo había dormido con su padre, y ahora se daba cuenta de lo cuidadoso que había sido de envolverla en sus mantas primero.
    Dormir con un hombre, yacer desnuda con un hombre, sentirlo contra ella, con la piel de él enfriándose, con su calor interior que no disminuía, la maravillaba. Se preguntó si Jason estaba soñando, y si así era, qué estaría soñando ahora mismo. ¿Con ella?
    Probablemente no. Recordó a lady Lydia, ahora su abuela política, con su vieja mano venosa palmeando ligeramente la suya mientras se acercaba, oliendo a encaje planchado y la limpia cera de limón que frotaba en la cabeza de águila de su bastón, y susurraba:
    – Jason es un excelente joven. Dale lo que necesita, Hallie.
    – ¿Qué cree que necesita, abuela?
    – Necesita que le reavive el corazón.
    ¿Necesitaba que le reavivaran el corazón? ¿Qué significaba eso? ¿Que necesitaba que ella lo amara?
    Lo que sentía por él, ¿era lo mismo que había sentido inicialmente por lord Renfrew? No lo creía. Esto era más profundo, más intenso, más urgente.
    ¿Amaba a Jason? Bueno, si era amor lo que sentía que saltando fuera de ella, no pensaba decírselo. No, se dio cuenta, apoyando apenas la mano sobre el abdomen de él, sintiendo que los músculos se tensaban inconscientemente, lo que él realmente necesitaba era confiar otra vez. Confiar en ella. Y quizás eso reavivaría su corazón.
    Su nuevo suegro la aprobaba, sabía eso, y le había dicho mientras le tocaba la mejilla con los dedos en su desayuno de bodas:
    – La confianza es una mercancía preciosa, frágil pero vinculante una vez que es aceptada por el corazón tanto como por el intelecto, y cuando ha cavado en lo profundo. Sé tú misma, Hallie. Todo estará bien. Mi hijo no es un estúpido.
    – No -había estado de acuerdo ella. -No lo es.
    Lo que era la confianza, pensaba ahora, era una mercancía esquiva.
    Era una meta sustanciosa, este asunto de la confianza y el reavivar, después de lo que esa mujer Judith le había hecho cinco años atrás. Se acurrucó junto a Jason, preguntándose si estaría bien despertarlo. ¿Por qué no? él le había dicho que podía saltar encima suyo en cualquier momento. Hallie descendió con cuidado por el cuerpo de él, besando cada centímetro en su camino. Cuando lo tomó en su boca, él casi cayó de la cama, le tomó el cabello entre las manos y gimió como si estuviera sintiendo un dolor mortal.
    Cuando entró en ella, todavía sin despertar del todo, ella lo abrazó, lo sintió entero profundo dentro suyo, cerró los ojos, sintió la barba de él contra su mejilla y agradeció a Dios por enviarla a Lyon’s gate ese día particular dos meses atrás.

    Una vez mañana, temprano a la mañana siguiente, Hallie yacía de espaldas, jadeando en busca de aire luego del cataclismo, con los ojos casi bizcos. Sentía que podía hundirse en la cama, tal vez hundirse también hasta el suelo. ¿Qué habitación había debajo del dormitorio? No quería moverse. Abrió los ojos de golpe ante la voz horrorizada de Jason.
    – ¡Dios mío, parece que te maté!
    – ¿Qu… qué?
    – Oh, Dios, ¿cuántas veces te tomé?
    – Qué cosa extraña que dices. Tomarme… como si yo no tuviera opinión en eso.
    – Hallie, no significa nada. Despierta.
    – No quiero despertar ahora mismo, Jason. Mi cerebro no está funcionando bien, sólo mi boca. Por supuesto que recuerdo la última vez que tú, eh, me tomaste… sólo cinco minutos atrás. ¿Cómo puedes hablar siquiera?
    – Hallie, ¿estás bien?
    Él se sentó a su lado, la tomó de los hombros y la sacudió. La cabeza de ella cayó contra la almohada, y gimió.
    – Siento como si me hubieran desaparecido los huesos. Déjame yacer aquí en interminable dicha, Jason. Estoy bien, debo estarlo ya que te respondí.
    – Sí, pero te veías toda ridícula mientras hablabas, sonriendo como una lunática sin sentido.
    Ella rió tontamente. Jason se veía agobiado. Lo vio pasarse los dedos por el cabello, acariciar su mentón barbudo. Se dio cuenta de que él ahora estaba mirándole la panza, quizás aún más abajo, y de algún modo las mantas desaparecieron. Hallie aulló, intentando subir las mantas encima suyo. Jason detuvo su mano.
    – Ah, maldito sea y maldita mi cachonda persona. Perdóname, cariño, no tenía idea, quiero decir, sé que las vírgenes sangran la primera vez, pero… oh, Dios, parpadea al menos tres veces si estás realmente despierta y no sólo sonriendo de ese modo porque has vuelto a dormirte y estás soñando.
    – Estoy despierta ahora, Jason. ¿Qué estás haciendo? No me mires. Por favor, es muy vergonzoso. ¿Qué quieres decir con “sangrar”?
    – Tonterías, soy tu esposo. No te muevas. Voy a limpiarte. Es sólo un poquito de sangre, nada de qué preocuparse. Lamento haberte despertado esa tercera vez, Hallie.
    – Fue la cuarta.
    – Tienes razón, tú me despertaste la tercera vez. Soy inocente de esa. Hmm. De la segunda vez también, si recuerdo correctamente. ¿Cuatro veces? Bueno, eso es agradable, ¿cierto?
    Jason se veía inmensamente ufano, pero vio nuevamente la sangre manchando los muslos de ella y palideció.
    – Oh, sí -dijo Hallie. -Lo hice. No te preocupes, estoy bien. Lo estoy, ¿verdad?
    – Sí -dijo él, y rogó estar en lo cierto.
    Nunca había oído que una novia muriera desangrada en su noche de bodas.
    Cuando fue a buscar un trapo y el cuenco de agua sobre la cómoda, ella se levantó de golpe, levantó la sábana y dijo:
    – Realmente no necesitas hacer esto. Estoy bien, al menos creo estarlo. -Hizo una carpa con la sábana blanca sobre su cabeza y se miró. -Oh, cielos, quizás estoy un poquito desastrosa. Pero no creo estar muriendo. Me siento maravillosa. ¿Dijiste que se suponía que sangrara?
    – Sí.
    – Bien, entonces, muy bien. Dame ese trapo.
    Jason vio que su mano se deslizaba debajo de la sábana y puso el trapo húmedo en su palma. Oyó a Hallie hablando consigo misma, probablemente discutiendo ambas partes de este problema, aunque no podía imaginar cómo podía haber una segunda parte. Deseaba poder descifrar sus palabras. Tenía la sensación de que si pudiera, estaría aullando de risa.
    – No volverás a marcharte de la casa, ¿verdad, Jason?
    – Oh, no -dijo él. -Oh, no.
    Y como estaba preocupado, le quitó la sábana y él mismo se aseguró de que Hallie estaba bien.

CAPÍTULO 34

    Northcliffe Hall – 10 de agosto.

    Hallie ofreció una sonrisa cegadora a toda la mesa mientras decía a su suegro:
    – ¿Desea saber sobre la Isla de Wight, señor? Hmm. Bueno, sí, creo que… Ventnor es bastante pintoresco. Se encuentra en la costa sudeste, creo. He enviado al duque y la duquesa de Portsmouth una acuarela de Dunsmore House para agradecerles.
    Corrie dijo:
    – No sabía que hacías acuarelas, Hallie.
    – Bueno, así es, en realidad, pero no hice esta. Simplemente no hubo tiempo suficiente. La encargué a un joven que encontramos pintando en la playa.
    – ¿Qué quieres decir con que no tuvieron tiempo? -preguntó el padre de Hallie, con el tenedor aún sobre su plato y una ceja levantada. -Pienso que dos semanas fueron tiempo más que suficiente para hacer todo lo que deseaba en Londres.
    – Lo olvidas, Alec -dijo Douglas. Chasqueó los dedos. -En ciertas ocasiones en la vida, el tiempo pasa así de rápido.
    El barón Sherard dijo, más sombrío que la muerte:
    – No cuando hablamos de mi hija, no lo es. Cada vez que pienso en ella con tu condenado hijo, sabiendo cómo son los condenados hijos, ya que una vez fui uno, se me retuerce el estómago.
    Alec pasó una mirada de profunda antipatía a su nuevo yerno.
    Lady Lydia anunció:
    – Nunca he tenido una luna de miel de la que valga la pena hablar.
    – Yo tampoco hablo de la mía -dijo Angela.
    – Cuando finalmente tuvimos una luna de miel -dijo Alex, sonriendo abiertamente a su esposo, -creo que hablamos francés todo el tiempo.
    El conde puso los ojos en blanco.
    Lady Lydia bufó.
    – Estabas siempre tras mi muchacho, aún lo estás, no creas que no sé lo que estaban haciendo cuando los visité el miércoles, riendo tras la puerta del estudio. Es una desgracia.
    Hallie se adelantó en su silla, toda seria, con los ojos sobre el rostro de su padre.
    – Dos semanas en la Isla de Wight no es nada como dos semanas en Londres, papá. Había tanto para hacer…
    – ¿Cómo qué? -preguntó su padre.
    – Bueno, comer y dormir de vez en cuando, y ver el sol salir, sin mencionar los atardeceres.
    Douglas atrapó la mirada de su esposa y luego sonrió a su nueva nuera. Se veía gloriosa, resplandecía, sus ojos estaban brillantes, ella chispeaba, estaba satisfecha consigo misma. Y parecía no poder dejar de reír. Lo que era, pensó Douglas, era una mujer satisfecha. En cuanto a su hijo, se dio cuenta de que Jason se veía contento, quizás incluso parecía en paz. Se preguntaba si Hallie ya estaría embarazada. No le sorprendería.
    Corrie, mucho más inocente de lo que jamás creería, dijo:
    – Visité la Isla de Wight sólo una vez, cuando era niña. Tío Simon se puso horriblemente mareado, así que juró que jamás volvería a dejar su cena en el Solent. Recuerdas, Hallie, el Solent es como llaman al estrecho en el Canal Inglés, entre Southampton y la Isla de Wight.
    – Por supuesto que lo recuerdo. Hmm. No partimos desde Southampton, ¿verdad, Jason?
    – No, partimos desde Worthing.
    Corrie dijo:
    – ¿La casa de ladrillos rojos sigue sobre la colina, que da al puerto?
    – ¿Casa roja, dices? Jason, ¿recuerdas una casa roja? ¿Sobre una colina, que da al puerto?
    Jason se veía perfectamente desconcertado.
    Su gemelo dijo:
    – Está bien, Jase. ¿Qué es una casa roja en el gran orden de las cosas? ¿Qué hicieron además de visitar Ventnor?
    Jason continuaba viéndose perfectamente confundido.
    – Bajamos a la playa -dijo Hallie, y pasó su cuchillo por el mantel, como si estuviera rastrillando arena.
    Se detuvo y su mano tembló. Jason sabía exactamente qué estaba pensando. Se aclaró la garganta, no pudo pensar en una sola cosa que decir.
    Su madre dijo solícita:
    – Oh, ¿te refieres a la playa al costado derecho del promontorio, a menos de cuarenta y cinco metros de Dunsmore House? ¿Nadaron?
    – Sí -dijo Hallie. -Estuvimos allí la mayoría de las noches, excepto cuando estaba lloviendo.
    – ¿Noches? -preguntó lady Lydia. -Mi querida niña, ¿tú y tu precioso esposo iban a nadar por las noches?
    – Oh, sí -dijo Hallie, sonriendo abiertamente. -No había nadie cerca una vez que el sol caía, así que nosotros… oh, cielos, no importa. El hecho es que sí planeamos nadar un día después de haber comido un agradable almuerzo de picnic en la playa bajo un encantador árbol, pero entonces… -En un destello de inspiración, Hallie dijo, sonriendo a su suegra: -Fuimos invitados a la casa de lord y lady Lindley dos veces. Personas muy encantadoras. ¿Cierto, Jason?
    – Creo que sí. Sí, por supuesto que sí. Lord Lindley te admiró, tal vez excesivamente, según recuerdo.
    – ¿Qué hay de lady Lindley? Creo que ella intentaba morderte el cuello de tanto que se te acercaba. Si mencionar a esas tres niñas que intentaron una estratagema muy vieja, de probada calidad…
    – La cuña -dijo Corrie.
    – Sí, intentaron una muy linda cuña para quedar con el camino libre hasta ti.
    – ¿Qué hiciste? -preguntó Corrie.
    – Ejecuté lo que ahora llamo mi contraofensiva. Jason, ¿recuerdas cuando te pedí que observaras ese cuadro en particular en la pared de la sala de dibujo?
    – Sí, casi me hiciste retroceder unos dos metros según recuerdo.
    Hallie asintió.
    – Eso es todo. Las desconcerté bastante. Su cuña desapareció, cayeron en desorden. -Ella frunció el ceño. -Sin embargo, esta joven dama estaba decidida, pero yo me llevé de repente a Jason a bailar un vals.
    – Me gusta esa contraofensiva -dijo Corrie. -La probaré cuando James y yo asistamos a nuestra próxima fiesta.
    Alex dijo:
    – Hallie, además de Lucille admirando el cuello de mi hijo, ¿no te pareció que tiene un gusto exquisito?
    – Bueno, el interior de su armario… olía bastante fragante, pero eso no es importante, ¿cierto?
    Alec Carrick se ahogó.
    La suegra de Hallie se inclinó y lo golpeó entre los omóplatos.
    James dijo:
    – Madre, ¿por qué Hallie debería haber comentado sobre el gusto de lady Lindley en particular?
    – Ella canta bellamente, su voz tiene casi el mismo tono sonoro que la de Hallie. Pero es más fuerte, mucho más volumen.
    – Pero, ¿qué tiene que ver su voz con su gusto? -preguntó Angela.
    Douglas dijo, con una oscura ceja levantada:
    – Logra hacer pedazos una copa de cristal en cada uno de sus conciertos, eso me han dicho.
    Alex dijo:
    – La copa que rompió cuando estuvimos allí la última vez fue hecho específicamente para ella por los artesanos de Waterford.
    Jason dijo:
    – Lady Lindley cantó para el grupo, eso me enteré más tarde. Resulta que Hallie y yo no estábamos en la sala de dibujo en ese momento en particular, para presenciar el estallido de la copa. Abuela, ¿por qué pelean tú y Angela esta noche?
    Angela dijo:
    – Ella es más egoísta que mi único esposo, que estiraba la mano en busca de su plato de comida sin apartar jamás la mirada de sus malditos textos griegos.
    – Era un hombre muy erudito -dijo Alec Carrick. -También era un exigente tirano.
    – Bien dicho -dijo Angela. -En ocasiones me pregunto dónde reside ahora. -Mientras hablaba, golpeteaba suavemente su zapatilla contra el piso. -No hablaré más de mi esposo, su espíritu sigue estando demasiado cerca. No creerás esto, querida -continuó hacia Hallie, -pero esta marchita vieja bruja -movió una mano hacia lady Lydia, -admite que bajo ciertas luces, ella podría verse más joven que yo, y aquí estoy, soy lo suficientemente joven como para ser su hija, casi.
    – ¡Já! -dijo lady Lydia. -A diferencia de ella, todavía tengo manos hermosas, manos elegantes, mira mis manos, con encantadoras venas azules, tan cerca de la superficie. Son de notable belleza, ¿no concuerdas, querido muchacho? ¿Mi dulcísima Hallie?
    – Estaba comentando a mi esposa que tienes una venas extraordinarias, abuela.
    Alex se maravilló con los jugosos insultos, todos dados y aceptados con muy buen humor. Se preguntó qué diría su suegra si ella la llamara vieja bruja encogida.
    – Ambas son asombrosas -dijo Hallie, mirando de una a otra.
    – Mi querida muchacha -dijo lady Lydia, -dile a esta mujer que no la quieres en Lyon’s gate ahora que estás casada y compartiendo tantas actividades encantadoras, sobre las que recuerdo poco o nada. Dile que debe venir a vivir conmigo. Le daré una cama en el ático.
    – No tienes ático en la casa de campo, Lydia. Tu memoria es como esta chuleta de cordero, casi toda mordida. Si fuese a considerar mudarme contigo, querría esa encantadora habitación amarilla que enfrenta la parte trasera de la casa, que da al jardín que Hollis supervisa. Y también querría apoderarme de los jardines, plantar eneldo y tomillo.
    – No me gusta el eneldo -dijo lady Lydia, y entonces se inclinó hacia Angela.
    Nadie pudo distinguir lo que susurraba.
    Corrie dijo a su suegra:
    – Unos insultos tan maravillosos, y son todos para actuar. Si ella los dijera a usted o a mí, diría en serio todos y cada uno. En cuanto a esta -Corrie se volvió hacia Hallie, con una ceja arqueada, -entra en la casa, le dice algo absolutamente ridículo, y ella queda encantada. Tú no haces nada mal, Hallie, y eso me irrita. Nuestra suegra y yo estamos obligados a escucharla cantando interminables alabanzas sobre ti, sobre cómo Jason es tan afortunado de tenerte como esposa. Es bastante irritante.
    – ¿Soy afortunado de tenerte, Hallie? -dijo Jason. -Hmm, ¿realmente lo crees, abuela?
    Lady Lydia levantó la mirada y parpadeó.
    – Oh, mi querida y pequeña Hallie. Ella es sin dudas un ángel, a diferencia de Corrie aquí, que se comporta como una bulliciosa… imagina, la vi deslizarse por el pasamanos para caer en brazos del pobre James. Ambos cayeron al piso, jugando y riendo, ciertamente no es algo que deba suceder en el vestíbulo de la finca de un noble. Pero la verdad es que Hallie y Corrie son las afortunadas.
    Hallie dijo:
    – Gracias, abuela. Tengo ingenio. Eso me gusta. Y como soy nueva, ¿no cree que soy digna de Jason, señora?
    Lady Lydia miró a Hallie, desde su encantador cabello trenzado en la cima de su cabeza, hasta la adorable nariz fina y su vestido de noche escotado que enmarcaba senos que lady Lydia no podía recordar haber tenido jamás tan alto en su pecho.
    – Sí -dijo, -eres digna. Por el momento. Mi cumpleaños es el próximo mes.
    Corrie dijo:
    – Le di una encantadora mesa de marquetería en su último cumpleaños, pero nunca dijo una palabra sobre que yo fuera digna de James.
    – Todavía estoy pensándolo -dijo lady Lydia.
    Corrie quería decirle que no lo pensara demasiado o finalmente podría morir.
    En cambio, dijo:
    – A propósito, Hallie, ¿tú y Jason vieron algo interesante en la Isla de Wight durante esas dos extensas semanas que estuvieron allí?
    Hubo silencio a lo largo de la mesa, luego quizás una risita de una de las mujeres. ¿Era lady Lydia?
    James dijo:
    – Mira quién habla, Corrie. Pasamos casi un mes en Edimburgo y todavía ni siquiera recuerdas el castillo. Hiciste ruiditos confusos cuando los gemelos te preguntaron por él.
    – Eso -dijo Corrie, -fue diferente. Llovió todo el tiempo. No pudimos salir mucho. ¿No lo recuerdas? Me torcí el tobillo…
    Jason preguntó:
    – ¿Cómo fue que te torciste el tobillo, Corrie?
    James dijo rápidamente:
    – Ninguno de nosotros lo recuerda. No es importante. Le dije que no se arrojara… bien, no importa.
    – Escucha, James, sí recuerdo el castillo. Recuerdo muy claramente cómo me cargaste dentro de ese túnel que conducía a los calabozos… -Los ojos de James se dilataron. -Oh, válgame, James, deja que me abanique.
    James movió su servilleta contra el rostro de ella.
    – Bueno, el túnel era agradable y privado, ni un alma cerca.
    – Oh, sí -dijo Corrie y le ofreció una sonrisa para hacerle fruncir los dedos de los pies. Se volvió hacia su cuñada. -Aún no has respondido a mi pregunta. ¿Vieron algo de interés durante sus muy largos catorce días en la Isla de Wight?
    Hallie jamás levantó la mirada de las lindas lanzas de espárragos en medio de su plato.
    – Bueno, ahora que verdaderamente lo pienso, Corrie, debo decir que no. Jason, ¿puedes recordar que hayamos visto algo interesante durante, digamos, más de ocho minutos?
    – ¿Más de ocho minutos? No, no lo creo. En su mayor parte, admiramos la arquitectura de Dunsmore House.

CAPÍTULO 35

    La carrera Beckshire – Una semana más tarde.

    Dodger ganará; Dodger ganará; sí, Dodger ganará. Era su letanía, pensó Jason, mientras miraba la pista de la carrera Beckshire.
    La prestigiosa carrera Beckshire, de un kilómetro, cuatro vueltas alrededor de la pista forma apenas ovalada, abierta a la primera docena de dueños que pagaran la cuota de inscripción de cincuenta libras y que entregara discretamente un soborno considerable, se corría el 17 de agosto bajo un cielo nublado, en un día frío que requería que las damas usaran ligeros chales.
    El máximo de doce caballos había entrado hoy en la carrera, nada sorprendente, ya que los miembros del Jockey Club no sólo ofrecían un próspero premio de quinientas libras, sino también la oportunidad de que los dueños compitieran nuevamente contra muchos de las grandes caballerizas que habían presentado sus caballos premiados en las carreras Ascot en junio y los ganadores de Hallum Heath a fines de julio. Desafortunadamente, Dodger no había corrido en Hallum Heath porque su dueño había estado de luna de miel.
    No se habían molestado en ensanchar el ancho del tramo, para que pudiera ser una carrera peligrosa. Pero no importaba. Todos los que eran alguien luchaban por obtener una entrada a esta carrera. Dodger corría allí no sólo por el soborno, sino porque Jason era muy buen amigo del hijo de uno de los miembros del Jockey Club.
    Lorry Dale, jockey principal de la Caballeriza Lyon’s gate -en realidad el único jockey de la Caballeriza Lyon’s gate- vestía orgullosamente una brillante y nueva librea dorada y blanca, cosida por Angela, sus botas negras lustradas por la mismísima señora Sherbrooke usando su propia receta especial. Estaba parado, hablando en voz baja a Dodger, que pisoteaba y revoleaba la cabeza, sin dudas de acuerdo con lo que Lorry decía, evidentemente preparado para correr con todo su corazón. Dodger, decía Jason, estaba en su mejor momento cuando estaba corriendo o apareándose. O uno seguido del otro. Una combinación poco común, admitía Jason, pero bueno, Dodger no era un caballo común. Jason asintió hacia Charles Grandison, que corría su castrado zaino árabe, Ganymede, y luego frunció el ceño a Elgin Sloane, que se encontraba a su lado, con una joven dama tomada del brazo, el padre de la joven parado a su lado, obviamente satisfecho con Elgin.
    – ¿Su heredera? -dijo Hallie tras la mano a Jason.
    – Así parece. Su padre, el señor Blaystock, es dueño de una gran caballeriza cerca de Maidenstone. ¿Ves a ese bruto caballo intentando matar a su jinete? Es adecuado que su nombre sea Brutus. Brutus pertenece al señor Blaystock. Parece que tu padre tenía razón. Dijo que Elgin era un hombre que aprendía de sus errores, dijo que probablemente serías su primera y última grande. Es verdad que su ida a Lyon’s gate para intentar recuperar tu afecto fue sin dudas un error de cálculo, pero no le costó nada más que su tiempo.
    – Me pregunto si la pobre muchacha sabe que su primera esposa murió ni un año después de que se casó con ella -dijo Hallie. -No crees que haya matado a su primera esposa, ¿verdad, Jason?
    – No, no lo creo.
    – Ese Brutus sí que se ve fiero. Es la forma y el tamaño de su cabeza, el modo en que sus ojos se ponen en blanco. No querría estar cerca de él.
    – Sería un problema. Aunque es una belleza, ¿verdad? Esa estrella blanca es perfectamente formada. Elgin está observando al semental con una buena cantidad de posesividad, si no adivino mal.
    Hallie dijo algo grosero en voz baja, luego señaló a lord y lady Grimsby, que acababan de moverse para ir junto a lord Renfrew.
    – Todos parecen estar aquí juntos.
    Charles Grandison saludó a Jason, pero no hizo ningún movimiento para acercarse. Lord Renfrew los miró y se rió demasiado alto. En cuanto a lord y lady Grimsby, sonrieron a Jason y Hallie porque vivían en el vecindario, se mezclaban socialmente, y el padre de Jason era el conde de Northcliffe.
    Incluida en las ciento y algo de personas en la carrera Beckshire había una docena de Sherbrooke, todos allí para gritar como locos por Dodger.
    – Debemos tener mucho cuidado con Dodger -había dicho Jason a Henry.
    – Como usted, amo Jason -dijo Henry, -he anunciado que cualquier intento de dañar a Dodger o a nuestro jinete llevará a consecuencias desagradables.
    – Como mínimo.
    Henry sonrió.
    – Oí que usted fue más específico que eso cuando anunció la advertencia, amo Jason.
    – Sí, un poquito más. Veremos si alguien es lo suficientemente tonto como para probarme. Mantén los ojos afilados, Henry.
    Jason miró la docena de caballos que se acercaban a la línea de partida, la mayoría de ellos corcoveando y encabritándose.
    Ganymede de Charles Grandison pateó con su casco frontal derecho una y otra vez. Ganymede era favorito para ganar la carrera, lo cual complacía tanto a Hallie como a Jason, mientras esperaban para hacer una buena cantidad de dinero con una victoria, con las probabilidades cuatro a uno que los corredores de apuestas habían establecido. Y todo porque Dodger era desconocido. Se había hecho de un nombre en Baltimore, no aquí en Inglaterra.
    Ganymede, dos caballos más allá de Dodger, continuaba con sus patadas. Jason vio las orejas de Dodger moverse adelante y atrás. No parecía ponerlo incómodo, a diferencia del enorme castrado entre Dodger y Ganymede, que ponía los ojos en blanco, su jinete intentando calmarlo y fracasando. Eso era todo, pensó Jason, el pisoteo era para intimidar.
    Lamplighter, el enorme zaino pura sangre de lord Grimsby, estaba bufando tan fuerte que el caballo a su lado intentaba retroceder.
    Al fin, el momento de la verdad. Lorry envió a Hallie y Jason un saludo con su fusta, se abrazó al cogote de Dodger, lo mantuvo firme y calmo, acariciándole el cuello, hablándole en voz baja, hasta que el señor Wesley gritó: “¡Ve!”
    Entonces se estiró, pateó suavemente a Dodger en las costillas, tocó su fusta contra las orejas del caballo. La docena de caballos pateó, corcoveó y empujó hacia delante. Las fustas cayeron, los animales chocaron unos contra otros, intentando adueñarse del espacio, los jinetes empujaban y pateaban a los otros jinetes. El suelo estaba seco y el polvo volaba denso en el aire. Lorry, preparado, colocó un pañuelo sobre su nariz.
    Dodger, como era su costumbre, mantuvo la cabeza gacha, toda su atención puesta en cubrir esa pista. Lorry, preparado por Jason durante horas, continuó aferrándose bajo sobre el cuello de Dodger, “comiendo su sudor”, e ignoró a los demás caballos.
    – Mantén su cabeza gacha, Lorry -dijo Jason una y otra vez. -Sí, eso es.
    Apretaba con fuerza la mano de Hallie. De pronto Jason vio un destello de plata con el rabillo del ojo, a menos de seis metros, a su izquierda, desde el grupo de robles junto a la pista. Lo había visto antes en el hipódromo Hinckley fuera de Baltimore… era la plata del cañón de un arma destellando con el sol cuando el hombre la levantó para disparar. Jason gritó a Henry, pero él no lo escuchó, con los ojos puestos en Dodger. Jason tomó una roca de buen tamaño, rezó y la arrojó. No oyó nada por encima de la ruidosa multitud, de hecho, ninguna de las personas paradas cerca suyo siquiera notó lo que había hecho, pero el cañón del arma de pronto desapareció.
    – Ese fue un tiro excelente -dijo Hallie, tomando su brazo con fuerza. -Me pregunto a qué jockey iba a disparar el cobarde.
    Horace, uno de los mozos de cuadra, de sesenta años, vetusto, arrugado y ágil como una cabra montesa, gritó:
    – ¡Le dio! ¡Me ocuparé del sinvergüenza, amo Jason!
    – Dodger está acercándose a Lamplighter -gritó Hallie. -Va a alcanzarlo, lo sé. Lamplighter es rápido, malditos sean sus ojos. ¡Corre, Dodger, corre!
    Lamplighter, el gran zaino pura sangre musculoso del establo de lord Grimsby, había tomado la delantera desde el principio.
    Hallie tomó la mano de Jason, gritando: “Dodger, vamos, Dodger,” una y otra vez.
    – Es la cuarta vuelta. Dodger tomará su oportunidad en cualquier instante -dijo Jason, y contuvo la respiración.
    El campo estaba cerca, los caballos casi uno encima del otro porque la pista era tan estrecha en este punto. Nada más que gritos, más y más fuertes, pero Jason no los oía. Estaba concentrado en Dodger y en Lorry Dale montando tan bajo sobre su cogote que casi parecían uno solo. Era hora. Adelántate, Dodger, adelántate ahora. Fue como si Lorry partiera un resorte. Dodger saltó hacia adelante -exactamente como un gato de carrera, diría Tysen Sherbrooke a todos más tarde, -y en el espacio de tres segundos no había más que siete centímetros entre él y Lamplighter. Estaba ganando, ganando, casi estaba. Pronto Dodger y Lamplighter estaban cabeza a cabeza.
    Ganymede de Charles Grandison estaba remontando al costado izquierdo de Dodger. A menos que Dodger pudiera superar a Lamplighter, estaría atrapado entre los dos caballos, una treta favorita.
    – Tienes que avanzar, Dodger. Corre.
    – Está cabeza a cabeza con Lamplighter -dijo Jason, -Dodger tiene que adelantarlo.
    Pero Dodger no había pasado a Lamplighter cuando el jinete de Ganymede logró ponerse a la par de Dodger y comenzó a presionar hacia adentro. Jason creyó que nunca volvería a respirar. De pronto Brutus, del señor Blaystock, estuvo directamente detrás de Dodger, con el sudor burbujeando de su cogote. Se veía malo, fiero y tan fuerte como el Diablo. Lord Renfrew y la jovencita gritaban como locos, el padre también, viéndose casi apopléjico. Charles Grandison se mantenía quieto, con las manos cerradas a los costados, sus ojos sobre Ganymede. Sus labios se movían.
    Jason oyó gritar claramente al padre de la muchacha:
    – ¡Muérdelo, Brutus, muérdelo ahora!
    Elgin gritó:
    – ¡No, usa tu fusta! ¡La fusta!
    ¿Morder? ¿Qué era esto? El caballo no podía pasar el apretón de tres, todos tan juntos, manteniendo al resto del grupo detrás de ellos, hasta que uno tomara la delantera o el caballo del medio se saliera con dificultad. El jinete de Brutus se inclinó hacia delante, y azotó con su fusta los flancos de los tres caballos. Casi perdió el equilibrio cuando golpeó a Lamplighter, pero se aferró y siguió azotando.
    Lorry Dale, a diferencia de los otros dos jockeys, no miró atrás, mantuvo la cabeza gacha, siguió hablando a Dodger. Al instante siguiente, Lamplighter movió a su derecha para escapar de la fusta del jinete. Le dio a Dodger un precioso segundo y él pasó rápidamente delante de Lamplighter y Ganymede, medio cuerpo ahora. Brutus apareció entre Lamplighter y Ganymede, corriendo fuerte, más fuerte, adelantándose a ellos, con sólo Dodger en su camino ahora.
    – ¡MUÉRDELO, BRUTUS!
    Brutus estiró su cuello y mordió a Dodger en el flanco.
    Las orejas de Dodger se achataron, su cola azotó la cara de Brutus, agachó la cabeza y corrió duro.
    El jinete de Ganymede pateó al jockey de Lamplighter, su bota conectando con la pierna. Si un jinete no practicaba esto, saldría volando del lomo de su caballo con una buena patada dura, pero el jinete de lord Grimsby se aferró fuerte. Entonces el jockey de Ganymede levantó su fusta y la descendió con fuerza en las ancas de Brutus. Brutus, enfurecido, ignoró a su jinete, pateó con las patas traseras, deteniéndolo, pero erró a Ganymede, que ahora estaba a su lado, avanzando.
    Dodger, corre, corre, corre.
    Una vez más, Lamplighter y Ganymede aparecieron a cada lado de Dodger e intentaron volver a presionarlo hacia adentro, abalanzándose sobre él. El jinete de Lamplighter arremetió con su fusta a Lorry y luego a Dodger. Dodger gritó y se encabritó, y Jason vio a Ganymede adelantarse. Lorry parecía nervioso. Jason sabía que el golpe de la fusta debía doler. Había enseñado a Lorry qué hacer y se quedó allí, sin poder hacer nada, rogando que Lorry recordara, que actuara antes que Ganymede. Lorry Dale se paró recto en la silla de montar, pateó con la pierna izquierda y conectó con el jockey de Ganymede. El hombre salió volando. Ganymede giró frente a dos caballos y los tres se enmarañaron ante los gritos de sus jinetes al otro lado del hipódromo.
    Lamplighter de lord Grimsby estaba pisando nuevamente los talones de Dodger, pero la línea de llegada estaba cerca ahora. Casi ahí, casi.
    Hubo un sonido de estallido.
    Era un disparo de arma, pensó Jason inexpresivamente, y vio incrédulo cómo Lorry se agarraba el brazo derecho. Pero no cayó. Se apretó más cerca del cuello de Dodger. Para sorpresa de Jason, muy pocos de los espectadores parecieron saber que uno de los jinetes había sido disparado.
    Las manos de Jason estaban cerradas a sus costados mientras veía a Dodger correr cabeza a cabeza con Lamplighter. El tiempo se hizo más lento, pareció detenerse del todo. Entonces Jason sonrió cuando Dodger estiró su poderoso cuello y salió disparado hacia adelante. Pasó volando sobre la línea de llegada medio cuerpo entero frente a Lamplighter. Brutus llegó tercero, para lo cual no había absolutamente ningún premio.
    Oyó una fuerte maldición de lord Grimsby, un grito de furia del señor Blaystock, y absolutamente nada de Charles Grandison. ¿Eran sollozos lo que oía de Lord Renfrew?

CAPÍTULO 36

    Hubo un momento de aturdido silencio. No pasaba todos los días que un pura sangre desconocido ganara la carrera Beckshire, o cualquier otra carrera importante si vamos al caso. Muchos de los espectadores habían perdido una buena cantidad de monedas. Luego, con todos los Sherbrooke delante, el aire empezó a llenarse de ovaciones, más y más fuertes cada vez. Aquellos que se habían arriesgado con las bajas probabilidades y el desconocido Dodger pronto superaron en gritos a los Sherbrooke. Jason oyó a su gemelo, pudo ver la sonrisa dividiendo el rostro de su padre. Hallie estaba en sus brazos, abrazándolo, apretándole el brazo, riendo, y entonces se puso en puntas de pie y lo besó con fuerza frente a todos. Se rió contra su boca y lo besó una, dos veces más.
    Jason se quedó allí parado mirando a Lorry hacer detener Dodger. Lo vio palmearle el cuello continuamente, como Jason le había enseñado, sosteniéndolo firme con sus rodillas, agarrándose el brazo derecho, la sangre rezumando entre sus dedos.
    – Oh, Dios, le han disparado -dijo Hallie con la mirada vacía. -No lo vi. Oh, bendito infierno. Jason, ¿quién podría haber disparado a Dodger?
    Fue entonces que el resto de los espectadores se dio cuenta de que el jockey de Dodger tenía una bala atravesándole el brazo. Hubo un coro de cólera y de maldiciones.
    Jason dijo:
    – Alguien que quería muchísimo ganar. Todos están molestos por esto ahora, pero a decir verdad, no cambiará nada. Sabes qué, Hallie, estoy pensando que el dueño que contrató al primer hombre para disparar también contrató al segundo. Y lo atrapamos. Veremos si Henry, Quincy y nuestros demás hombres pueden encontrar al hombre que disparó a Lorry.
    La emoción palpitaba dentro suyo. Dodger había ganado y Lorry parecía estar bien.
    Resultó que la bala apenas lo había rasguñado, pero Jason sabía que debía doler mucho. Él y Hallie se quedaron junto a Lorry mientras el médico lo vendaba. Luego de agradecer al doctor, Jason y Hallie se dieron vuelta, para encontrarse rodeados por una docena de emocionados Sherbrooke, todos riendo y golpeando tanto a Hallie como a Jason en la espalda. Jason se dio cuenta, mientras miraba todos esos amados rostros, que todos estaban tan felices de que él hubiera ganado porque aún lo veían como el hombre herido que podía volver a escapar. La realidad era, pensó Jason, abrazando fuerte a su tía Mary Rose, que no había pensado en ese horrible día durante algún tiempo, quizás casi un mes. Miró a Hallie, que reía con su tío Tysen. Estaba pasándola inmensamente bien, pero la veía mirando alrededor cada vez que creía que podía hacerlo.
    Estaba buscándolo. De pronto Jason se sintió lleno de una calidez y una suave especie de placer que hizo que su pecho se ensanchara unos centímetros. Jason se dio vuelta, sonriendo, ante un tirón en su manga. Era Henry.
    – Amo Jason, tenemos al tipo allí, junto al carro de Dodger. El segundo tipo, el que disparó a Lorry, lamento decir que escapó.
    – Descubriremos todo lo que necesitamos saber con el primero, Henry. -Se acercó y tomó a su esposa. -Tenemos asuntos que atender, tío Tysen. Discúlpanos un momento.
    – Bueno, al menos Henry atrapó al primer villano -dijo Hallie. -Yo misma quiero interrogar al tipo, quiero molerlo a golpes. ¿Cómo pudo hacer eso? En cuanto al otro tipo… disparar a un jinete, es vergonzoso. ¿Jason?
    – ¿Sí?
    – Me dijiste que nadie lo intentaba con Charles Grandison debido a las consecuencias. Lorry bajó al jockey de Ganymede de su lomo de una patada.
    – No creo que Charles vaya a decir nada, ya que su jinete intentó derribar a Lorry primero. Charles debería haberse dado cuenta de que yo enseñaría a Lorry a pelear tan sucio como fuera necesario.
    – Si Charles intenta hacer cualquier cosa, tendré algo para decirle. Ahora, Jason, quiero superar las consecuencias de Charles.
    Jason la abrazó, sintió el corazón de ella contra su propio pecho.
    – Sí, lo haremos. Ah, bien, James está presumiendo de Dodger como el orgulloso papá. Mantendrá todo bajo control mientras nosotros tratamos con este idiota.
    El idiota era joven, ese fue el primer pensamiento de Hallie; tenía la ropa sucia, como si hubiese dormido en este campo durante dos días antes de la carrera. Probablemente buscando el mejor sitio desde donde disparar, pensó, con la mano cerrada a su costado. Él estaba sentado sobre el suelo, con la pared contra la rueda derecha trasera del carro de viaje de Dodger. Henry estaba parado a un lado de él, Quincy y Horace al otro.
    Hallie se paró encima suyo, con las manos en las caderas.
    – Tus botas son una vergüenza -le dijo, y le pateó el pie derecho.
    Él levantó la mirada hacia ella, con los ojos muy abiertos.
    – Qué cosa bonita é usté, señorita, todo ese encantadó cabello en su cabeza, su aliento dulce flotando encima mío, cada palabra que usté dice como campanas repicando una hermosa música. Yo aprecio la belleza, así que la belleza debería apreciarme, ¿no lo cree?
    – No.
    – ¿Ahora etá diciendo que no le gustan mi’ botas? -Le ofreció una presumida sonrisa de jovencito. -¿Quiere lustrarla’ pa’ mí?
    – No, haré que te quiten las botas y tendrás que caminar sobre un lecho de clavos. Clavos calientes. ¿Qué piensas de eso?
    – Usté é una dama joven, la he vi’to con aquel tipo allá. Pero yo, señorita, podría mo’trale un poco de verdadera diversión aunque usté…
    – ¿Estás loco, imbécil? Mira a ese tipo allá.
    Él miró.
    – Bueno, tal vé no -admitió. -No sé po’qué estoy aquí. Estos matone’ me agarraron donde estaba tomando una sie’ta y…
    Jason dijo:
    – ¿Cuál es tu nombre?
    – Lo olvidé -dijo, y escupió. -Exijo que ustés me dejen ir. No hice ná, sólo e’toy aquí pa’ ver a tós lo’ mejores.
    – Una linda arma tienes ahí -dijo Hallie. -¿Eres totalmente estúpido? Mira cómo has dejado que se ensucie. Apuesto a que el señor Blaystock te la dio toda limpia y cuidada, y sin embargo…
    – No, no fue así pa’ ná. Yo…
    – ¿El señor Blaystock te dio un arma sucia? ¿Esperaba que dispararas a un caballo o a un jinete con un arma sucia?
    – No, él… bueno, metí la pata. No sé de qué etá hablando. Tiene una boca a’tuta, señorita, bastante como para hacer que un hombre corra pa’ e’conder sus partes privada’. E’cúcheme, niñita, no conozco a ningún señor Blaystock. ¿Quién é este tipo elegante?
    – Ibas a disparar a uno de los caballos -dijo Jason. -¿Estabas apuntando a alguno en particular?
    – No sé ná de eso.
    Hallie se puso de rodillas junto al joven y tomó el sucio cuello de su camisa con las manos.
    – Escúchame, miserable alimaña, mi esposo va a enviarte a Botany Bay. ¿Sabes qué es eso? Es un sitio al otro lado del mundo, lleno de extraños bichos que cavan dentro de tu oreja cuando estás dormido y te chupan la sangre de la cabeza… si sobrevives el viaje hasta allí. ¿Sabías que el sol es tan caliente allí que explotas después de un rato? Eso es, si los bichos no te drenan primero.
    El joven claramente había oído sobre Botany Bay, y se mordió los labios frenéticamente.
    – No ten’o mucha sangre en la cabeza para empezá. No, no, señorita, no pué mandarme ahí, no pué.
    Jason chasqueó los dedos.
    – Habrás partido el viernes.
    – Piensa en el sol quemando sobre tu cabeza sin sangre. Simplemente se marchitará.
    – Pensé que había dicho que iba a explota’.
    – Uno o lo otro. Depende de los bichos. Ahora, ¿a qué caballo quería el señor Blaylock que dispararas?
    – Sólo al jinete, no el corredor. Ustés sólo tienen un jockey, los dejaría afuera del negocio.
    – ¿Cuál es tu nombre? -Él miró amargamente a Hallie, negó con la cabeza. Ella dijo: -Botany Bay. Viernes.
    – Soy William Donald Kindred, la fruta orgullosa de la’ entrañas de mi pá, ahora llena de gin, no de semilla’. Nunca hice algo así, pero verán, mi má etá muy enferma, mi hermanito tam’ién, y…
    – Te quedarás con nosotros hasta que hayamos verificado que eres quien dices que eres, señor Kindred -dijo Jason.
    – ¡No quiero ir a Botany Bay! No pongan mi nombre en ningún billete de viaje. ¡No me manden con lo’ bichos!
    Hallie dijo:
    – Entonces será mejor que seas un prisionero muy cooperativo de ahora en adelante, ¿no lo crees? Por el amor de Dios, lustra esas sucias botas.
    Jason le tomó la mano, le besó los dedos, vio cómo Hallie miraba su boca y le sonrió.
    – Bien hecho, Hallie. Una excelente técnica de interrogatorio. ¿El señor Blaystock, eh?
    – Vi a mi padre hacer eso una vez, funcionó de maravillas. Hmm.
    Ella frunció el ceño, golpeteando con un encantador pie con zapato.
    Jason dijo:
    – ¿Qué pasa? Lo adivinaste.
    – Lo conozco -dijo Hallie finalmente, mirando atrás al hombre que ahora estaba de pie, con las manos atadas a su espalda y la enorme mano de Horace rodeándole el brazo. -Sí, ahora estoy segura. -Jason esperó, no dijo nada. -Lo vi sostener el caballo de lord Grimsby una vez cuando estuve en Eastbourne, frente al establo de Mountbank en High Street.
    – Lord Grimsby -repitió Jason. -¿Estás segura?
    – Sí, lord Grimsby acababa de hablar unas palabras con su esposa, y se marchaba a una taberna, una vez que ella estuvo fuera de vista. Lo oí gritar algo a este hombre. Estoy segura de que era nuestro señor Kindred.
    – Entonces -dijo Jason, mirando al hombre que ahora caminaba entre Henry, Quincy y Horace. -No es estúpido, nuestro sucio joven con sus botas desaseadas. Se dio cuenta rápidamente de que podía pasar la culpa al señor Blaystock. Fue bastante claro. Interesante.
    – Sí, así es. ¿Qué vamos a hacer, Jason?
    Jason le sonrió, vio la lengua de Hallie deslizarse por su labio inferior, suspiró profundamente, la besó con fuerza y se alejó de ella.
    – Lo que voy a hacer es intentar mantener mis manos lejos de ti hasta que estemos en casa. Eh, Hallie, quería preguntarte, ¿realmente quieres que esa silla esté a los pies de la cama?
    – Tienes razón. Mis vestidos nunca aterrizan sobre la silla. Lo sé, moveré la silla frente al armario. Enfrenta la ventana y una vista tan agradable, ¿no lo crees? -Jason se quedó mirándola, fascinado y consternado. -Estoy bromeando, Jason. Estoy bromeando.

CAPÍTULO 37

    – Esta estuvo demasiado cerca.
    Hallie besó la larga y delgada cicatriz en el interior del muslo izquierdo de Jason.
    – Sí, demasiado cerca -dijo él, e intentó no pensar en la boca de ella acariciando esa cicatriz que él siempre notaba al bañarse, porque había sido demasiado cerca, en la palma de ella ahora apoyada sobre su abdomen, con los dedos abiertos.
    Jason estaba haciendo su mejor intento por no estremecerse como un hombre paralítico. Sólo dijo, “Hallie.” Qué extraño que susurrar su nombre en momentos como este fluyera tan tranquilamente dentro suyo ahora, cálido y fuerte. Dijo su nombre otra vez, porque se sentía tan bien hacerlo, porque el aliento de ella era tibio contra su piel.
    Hallie fue subiendo la mirada desde su cuerpo hasta su hermoso rostro, se estiró para besarle el abdomen y volvió a mirarlo a la cara.
    – No mucho tiempo atrás me hubiese alarmado estar provocándote aflicción. Pero ahora no. -Volvió a bajar la cabeza, besó nuevamente la cicatriz, su toque tan suave que él quería llorar. -¿Cómo sucedió?
    – ¿Qué? Oh, el corte en mi pierna. James logró meterse bajo mi guardia, clavó su espada de madera contra mi panza y yo caí hacia atrás sobre un tronco. Una rama pequeña y desafortunadamente muy afilada estaba levantada, desgarró los pantalones y me dio.
    – ¿Eras lo suficientemente grande como para estar mortificado cuando tu madre quiso ocuparse de ti?
    – Oh, sí, pero mi padre me salvó, bendito sea por siempre, él mismo me limpió. -Y dijo su nombre otra vez. -Hallie.
    Ella trazó la delgada cicatriz sobre el hueso de la cadera derecho, resultado de haber sido arrojado de su poni cuando tenía seis años, le contó. Jason creyó que todo había terminado para él cuando ella lamió esa cicatriz, sus dedos rodeándolo ahora, y él, simplemente, quiso clavar los talones contra el colchón y morir. Gracias a Dios que no tenía dieciocho años y aún poseía una pizca de control sobre sí mismo. Hallie, sin embargo, era metódica. No pensaba ser apresurada. Después de una eternidad, llegó al pecho de Jason. Estaba de rodillas inclinada sobre él, con el cabello suelto, cubriendo su rostro, sus dedos moviéndose hacia la cicatriz en el hombro de él. La trazó suavemente.
    – Esta es la herida de bala.
    – Sí.
    – De cinco años atrás.
    – Sí.
    – Dime, Jason. Cuéntame lo que sucedió. Creo que es hora, ¿verdad? -Cuando él permaneció en silencio, ella se agachó y le besó la cicatriz arrugada. -El dolor que debes haber soportado. Lo siento tanto.
    Él sintió que se quedaba sin aire, sintió un disparo de dolor tan negro, tan real, que por un momento no pudo respirar. Hacía tanto tiempo de ese dolor, pero todavía lo sentía, sentía la absoluta impotencia, y sabía que era el pago debido por su pésimo juicio. Hallie debía haber visto el dolor en sus ojos porque lo besó, siguió tocándolo, mordisqueando aquí y allá hasta que el dolor se desvaneció. Jason se preguntó cómo podía tranquilizarlo tan rápida, tan absolutamente.
    Le dijo:
    – Ella iba a matar a mi padre. No podía permitir que hiciera eso.
    – No -dijo ella, besándolo una y otra vez, su garganta, su mentón, su boca, -por supuesto que no podías, no más de lo que yo podría permitir que alguien matara a mi padre, no si pudiera evitarlo.
    – Ella apuntó a su corazón. Mi padre es más o menos dos centímetros más alto que yo. Hubiese muerto instantáneamente. Esos benditos centímetros me salvaron la vida.
    Los ojos de ella se cerraron, aunque igualmente podía verlo arrojándose frente a su padre, la bala desgarrando su carne. Sintió un odio tan intenso, tan atroz por esa mujer muerta mucho tiempo atrás, que por un instante supo lo que era desear la muerte a otro. Era una pena que esa mujer ya estuviera muerta y lejos de ella.
    – No entiendo. ¿Por qué quería matar a tu padre?
    Jason levantó la mano y le apartó el cabello. Vio furia en los ojos de ella, volviéndolos casi negros, y se preguntó a qué se debía. ¿Cómo podía sentir tan profundamente algo que había sucedido tanto tiempo atrás, mucho antes de que ella lo hubiera conocido? Estaba bien y era justo que él recordara, que se aferrara al filtrante dolor como lo haría con una conocida camisa vieja. Tal vez no debería recordarlo con tan cruda claridad, pero así era.
    – Su nombre era Judith y yo fui su marioneta. Era hermosa, pero no fue su belleza lo que me atrapó, fue su ingenio, su habilidad para sorprenderme, para hacerme reír y sacudir la cabeza al mismo tiempo. Quería casarme con ella. Nunca vi su traición hasta que fue demasiado tarde. Fui un maldito tonto.
    – Cuéntame -dijo ella, y se sentó sobre sus caderas, blancas y desnudas, su largo cabello suelto, cayendo sobre sus hombros para velar sus senos, las manos abiertas sobre sus muslos. -Cuéntame -dijo otra vez.
    Jason no quería evocar el recuerdo que seguía siendo tan caliente y duro como una piedra dentro suyo. No quería que ella conociera los malditos detalles de lo que había hecho, no quería que se diera cuenta de lo tonto que había sido, que viera al patético joven que casi había destruido a su propia familia, pero las palabras salieron de su boca aun mientras sacudía la cabeza.
    – Fue todo por la codicia de tres personas malas, tres personas con absolutamente nada de conciencia. Mi padre quedó atrapado en el ojo de esa tormenta. -Le contó sobre Annabelle Trelawny, una mujer que los había engañado a todos, incluyendo a Hollis, sobre cómo James casi también había muerto. -Él logró matar al hermano de Judith, Louis, pero estuvo tan cerca, Hallie. -Se frotó el hombro, sintiendo otra vez el instante en que la bala lo había golpeado, arrojándolo contra su padre. -Corrie mató a ambas mujeres -dijo. -Diciéndolo ahora, no parece posible, pero lo hizo; primero disparó a Judith, luego a Annabelle Trelawny, para salvar a Hollis. Puedo recordar los sonidos de las balas, y pensé lo ruidosas que eran, y supe que una de ellas me había dado, y pensé que era muy extraño, porque me sentía entumecido. Aparte de eso, realmente. Recuerdo a mi padre presionando la palma de su mano contra la herida en mi hombro, lo recuerdo gritándome, y me sentía tan aliviado de que él estuviera bien. Luego recuerdo pensar que con mi suerte la bala fácilmente podría haberme atravesado e igualmente matarlo, pero eso no sucedió. Quería decirle que lamentaba toda la devastación que había causado, pero no podía, las palabras no salían, y entonces, bueno, no pude hacer nada.
    – Casi moriste -dijo Hallie.
    Le estaba pasando los dedos por el hombro, tocando apenas la cicatriz.
    – Pero no lo hice. Mi familia estuvo allí, siempre estuvieron allí, y cuando finalmente abrí los ojos, estaban tan contentos y aliviados, me decían una y otra vez que estaría bien, que iba a vivir. Yo no estaba seguro de quererlo. Todos esos rostros comprensivos, amados, la preocupación y el amor por mí profundamente grabados, el temor a que muriera.
    – No podías soportarlo porque la culpa era tuya.
    – Sí, era mía, de nadie más.
    – Cuéntame otra vez cómo era todo culpa tuya.
    – Si no hubiese sido tan tonto, tan ciego y lleno de mi propia vanidad e invencibilidad, Judith no hubiera podido atraerme, convertirme en su ingenuo. No hubiese ganado.
    – ¿Dices que ella ganó? ¿Cómo puede haber ganado, Jason? Está muerta. Tú no estás muerto, tu padre no está muerto, James no está muerto.
    – No gracias a mí. Querían nuestras muertes, Hallie. Realmente querían hacerlo. Lo peor de todo es que querían beneficiarse de eso. Eran monstruos malignos. El hermano de Judith había dejado inconsciente y atado a James. Gracias a Dios James es tan fuerte y tan inteligente, pero igualmente, estuvo demasiado cerca. Podría haber muerto fácilmente.
    – No lo hizo. Se salvó a sí mismo, tal como salvaste a tu padre. -Antes de que pudiera hablar nuevamente, ella se agachó y lo besó suavemente en la boca, con la palma de su mano sobre el corazón de él. El latido era sólido, constante, ahora no estaba acelerado por la necesidad. -Tu padre -le dijo pensativamente, con el ceño fruncido, -debe haber odiado que tú, su hijo, lo hayas salvado.
    – Sí, así fue. Me dijo que él era el padre, que era él quien debería proteger a su hijo. Estaba furioso porque yo había saltado frente a él.
    – ¿Eso te sorprende?
    – No. Es mi padre. Intentó excusar lo que yo había permitido que Judith me hiciera, dijo que si tanto quería adjudicar la culpa, que entonces le diera a todos su parte. -Jason se quedó en silencio, consciente de la palma de ella ahora cubriendo la cicatriz de bala, pero bajo esa palma el maldito dolor seguía allí, pulsando fuerte y caliente. -Dijo lo que yo hubiese dicho si hubiera sido el padre.
    – Por supuesto. Y tenía razón.
    – No estabas ahí, Hallie. No sabes qué sucedió realmente.
    – ¿Tu padre alguna vez te ha mentido?
    – Claro que no, pero esto es muy diferente. Él no quería ver esto como una mentira, lo veía como…
    – ¿Como qué?
    – Como algo que se resistía a creer, porque yo era su hijo y me amaba.
    – ¿Amas a tu padre, Jason?
    Él la tomó de la muñeca e hizo bajar a Hallie a un centímetro de su rostro.
    – ¿Por qué preguntarías algo tan estúpido como eso?
    Ella le besó suavemente la boca y luego se alejó un poquito.
    – Porque evidentemente no le creíste cuando te dijo que no tenías la culpa. ¿Cómo puedes amar a alguien cuando crees que te está mintiendo?
    – No fue así. Él intentó justificarlo, intentó excusar lo que yo hice…
    – Esto es bastante sorprendente.
    – ¿Qué es, maldita seas?
    – Te has revolcado en la culpa durante casi cinco largos años. Has logrado mantener esa herida en carne viva y sangrando, siempre allí, al borde de tu mente, para no olvidar odiarte. Has nutrido esta constante compañía tuya, la has mantenido fuerte y bajo control durante tanto tiempo. Es una gran dedicación de tu parte, Jason. Imagino que probablemente te sentirías incompleto sin ella ahí, golpeándote, recordándote la abominable excusa de hombre que eres. Tu padre debe sentir que te falló. En realidad, supongo que sí te decepcionó. Como dije, es evidente que no le creíste, ¿cierto? ¿No creíste su palabra de que no tenías la culpa? Hmm, toda esta agitación acerca del mal tiempo atrás y la interminable y maldita culpa me ha dado bastante sed. ¿Te gustaría un poco de leche caliente? Entiendo que es el antídoto de madre para los ánimos deprimidos. Mi padre siempre pone los ojos en blanco y dice que el brandy es la única bebida para reordenar los humores. ¿O preferirías que tus ánimos permanezcan deprimidos?
    – Fuiste tú quien sacó el tema, Hallie, tú quien exigió saber qué había sucedido. Mis ánimos no están deprimidos, maldita sea.
    – Bueno, has deprimido los míos sin dudas.
    Hallie se alejó de él, se levantó, bellamente desnuda, sólo que él no lo notó, porque sus ojos estaban enfocados en el cuello de ella, en cómo sus manos encajarían perfectamente alrededor de ese cuello, y apretarían. Sintió el pesado ardor de la furia en su garganta.
    – Te dije que una parte de mí estaba muerta, que no estaba entero, que me habían quitado la capacidad de confiar y que por eso era que no quería casarme, que…
    – Oh, sí, me lo dijiste -dijo ella, mientras se ponía la bata. -Es todo muy triste. Sólo imagina… estar en parte muerto. Sí, eso es sin dudas triste. -Hallie suspiró. -Mira la culpa que ahora tendré que llevar conmigo.
    – ¿Culpa? ¿Tú? No tienes ninguna culpa, eras una niña en el momento que esto sucedió.
    – Oh, sí, la tengo. ¿No lo recuerdas? Salté sobre tu pobre, inocente y muerta persona. Estaba lista para hundir mis dedos en el frente de tus pantalones… mi padre tenía razón en eso. Atacándote como lo hice, sellé tu condena. Pobre Jason. Además de todo ese dolor que parte el alma que te atormenta, fuiste forzado a tomar una esposa, a saber yo, precisamente lo último que deseabas. Tener una esposa debe parecerte el instrumento final de tortura, la doncella de hierro; lo siento, sólo una bromita. Pobre Jason, atrapado ahora entre el recuerdo del fracaso y la culpa… y una esposa. ¿Crees que la maligna Judith, muerta mucho tiempo atrás, está dando vueltas como un espíritu, frotándose las manos de gusto porque sabe que todavía controla tu vida? Eso complacería a la maldita perra, ¿no lo crees? Hmm. Me pregunto si su espíritu aún cree que ganó. ¿Te gustaría un poco de leche caliente?
    Jason saltó fuera de la cama, tan enojado que casi estaba rabioso, tan furioso que quería ese cuello suyo entre sus grandes manos, ahora.
    Sacudió el puño hacia ella, le gritó con todas sus fuerzas:
    – No intentes actuar toda superior e inteligente conmigo, Hallie. No menciones el adulador espíritu de Judith para hacerme sentir ridículo. Maldita seas, ¡no te atrevas a intentar sacarme alegremente de esto!
    Ella vio el pulso palpitando en su garganta y luego se quedó mirando fijamente su ingle.
    – No, por supuesto que no. A veces las palabras caen de mi boca, lo sabes. Sé que no hay manera de hacerte enfrentar lo que sucedió cinco años atrás. Sería como arrancar las tejas de un techo con las uñas. ¿No tienes frío, Jason? ¿Quieres que te dé tu bata? Creo que está por aquí en el suelo, donde la arrojaste aproximadamente quince minutos atrás. Ah, pero disfruto mucho observándote, quizás…
    Él levantó su propia bata y se la puso con un movimiento de hombros.
    – Maldita seas, deja de mirarme.

CAPÍTULO 38

    – ¿Por qué? Tienes increíbles extensiones que me deleitan bastante. Cada vez que me quitas la ropa estás mirando mis senos o mi panza o mis piernas, o hablando sobre besar el revés de mis rodillas. Es como si no pudieras decidirte. No porque sea más sencillo contigo. Bueno, siempre sé por dónde empezar, pero está tu pecho, no puedo olvidar tu pecho, pero bueno, tus piernas… cielos, también amo tus piernas. Supongo que la verdad del asunto es que cada vez que miro cualquier parte tuya, incluso las partes muertas, siento todo tipo de deliciosos y pequeños hormigueos. ¿Querrías un poco de leche caliente ahora?
    – No quiero la maldita leche. Quiero un brandy.
    – Hmm. Mi padre estaría encantado. Quizás a mí también me gustaría un brandy. ¿Jason?
    – ¿Qué, maldición?
    – ¿Realmente no te gusta la silla al final de la cama? Tal vez con suficiente práctica, nuestras ropas terminarían en la silla en vez del suelo.
    Ella era insensible y para nada atenta con él, pese a todo su balido de lo contrario. Él pateó la silla, maldijo porque sintió que se había quebrado uno de los dedos del pie, y salió del dormitorio con un portazo. Deseó que en ese momento Angela siguiera allí. Le llevaría una copa de brandy, apartaría una silla junto a su cama y le contaría todo sobre cómo iba a estrangular a su esposa. Luego iría a ocuparse de lord Grimsby, pero lord Grimsby era un distante segundo junto a su barbárica e insensible esposa. Pero Angela se había mudado a la casa de campo tres días atrás, con Hollis supervisando a los cuatro lacayos. Él y Hallie estaban solos en esta enorme casa. Nunca antes había creído que fuera grande, pero ahora sí. Si la estrangulaba, parecería aun más grande. La casa entera sería suya. Podría hacer lo que deseara cada vez que quisiera. Maldición.
    Tal vez despertaría a Petrie, le contaría sobre esta maldita esposa indiferente suya, lo escucharía añadir su propia lista de defectos femeninos a la lista de Jason. ¿Cuánto podría durar? Conociendo a Petrie, posiblemente una semana. Además, con su suerte, Martha oiría por casualidad, entraría corriendo y los golpearía a ambos en la cabeza.
    – ¡Iuju, Jason! La casa está muy fría, ¿no lo crees? ¿Se puede calentar el brandy?
    Se dio vuelta para enfrentar a mi esposa, toda sonrisas, trotando hacia él por el corredor. Hallie le sonrió y lo tomó del brazo.
    – La casa parece tan vacía sin Angela. ¿Qué crees que estará pasando en la casa de campo?
    – Espero que estén durmiendo -dijo él con voz remilgada.
    – Oh, cielos, esto es todo culpa mía. Si tan sólo no te hubiese hecho todas esas preguntas desgarradoras que terminaron contigo dejándome, bien, ahora mismo estaríamos acostados en medio de la cama, con una tonta sonrisa en mi rostro, contigo sudando a mi lado, quizás cantando un dueto.
    – Calla, Hallie. -Ella comenzó a silbar. Jason deseó poder silbar tan bien como ella. -Silba esa canción sobre los marineros ebrios.
    Hallie lo hizo. Tomó la mano de él y comenzó a balancear el brazo a paso de marcha.
    Cuando llegó al final de la cancioncita, dijo:
    – Supongo que no querrás hacerme el amor sobre la mesa de la cocina, ¿verdad? Podría arreglármelas, tal vez incluso levantar el borde de mi camisón para enfocar tus encantadores ojos en…
    – Cierra la boca. Tienes los sentimientos de una maldito mosquito.
    Ese insulto era sustancioso. Ella se puso en puntas de pie y le besó la mejilla. Jason sintió que su mano descendía por su abdomen, a través del terciopelo de la bata, apretando, tocándolo. Su respiración se dificultó por el rápido puñetazo de lujuria.
    – ¿De veras? ¿Un maldito mosquito?
    – Quítame la mano de encima, Hallie. No estoy de humor.
    Los dedos de ella se quedaron quietos, pero no movió la mano.
    – Durante nuestra muy agradable estadía en la Isla de Wight me llamó la atención que los hombres siempre estuvieran de humor. Eh, ¿Jason?
    – ¿Qué?
    – ¿Por qué estás tan enojado conmigo?
    Él se dio cuenta de que habían estado parados en la cima de las escaleras durante los últimos tres minutos. Estaba oscuro, pero había un poco de luz de luna entrando por las ventanas del frente.
    Abrió la boca, la cerró y dijo:
    – Te niegas a reconocer el terrible desastre que hice, te rehúsas a comprender la devastadora sombra que arrojé sobre tantas vidas.
    – Ciertamente parece ser una sombra muy duradera.
    – ¡Maldita sea, Hallie, por mi culpa, mi familia casi murió! Deja de burlarte de mí, no estás tratando lo que sucedió con la seriedad que merece.
    – No, supongo que no. Si hubiese estado allí, si hubiera sido tu esposa, es posible que te hubiera mimado y calmado durante seis meses enteros. Luego me hubiese cansado de tu ridícula estupidez de la culpa. Y me hubiera preguntado por qué no podías ver que sobreviviste y todas esas personas malas no. Sí, hubiese llegado al final de mi atadura de tu apego a un pasado que hubiese sido olvidado si no fuera por tu aburrido juramento de sufrir por el resto de tu vida. Hmm. He oído sobre el cilicio, se menciona en la Biblia. Me pregunto si uno todavía puede comprar cilicio. Las cenizas, bueno, eso no sería problema. ¿No te verías delicioso con cilicio, todo sucio?
    Jason le gruñó, realmente gruñó de lo furioso que estaba. La dejó en la cima de las escaleras y se dirigió abajo. Casi tropezó ante la sorpresa de la voz lúgubre que llegó desde las profundas sombras cerca de la salita.
    – ¿Amo Jason? ¿Es usted, señor? Oh, cielos, ¿qué sucede? Escuché voces, voces discutiendo, principalmente la de su nueva esposa. Ah, sabía que era un error, usted es un hombre tan hermoso y ella se aprovechó totalmente de usted. Tuvo que casarse con ella y ahora ella está obligándolo a discutir.
    Otra voz, esta mucho más alta y sonora, bramó desde las sombras cerca de la cocina.
    – ¡Miserable baboso bocón y descerebrado! No se atreva a hablar de ese modo sobre mi preciosa ama. Mi ama es lo mejor que jamás le haya pasado al amo Jason. Ella lo hace reír y sonreír y, bueno… todos lo hemos oído gemir.
    Petrie, con una bata tan negra como las ropas de un sacerdote, se infló instantáneamente.
    – ¿Y qué hay de ella, Martha? La he oído gemir tan alto que temí por el candelabro recién colgado. Es indigno que una supuesta dama disfrute de, bueno…
    Martha se arrojó sobre él, su camisón blanco arremolinándose alrededor de sus tobillos. Saltó encima de Petrie, lo derribó al piso, un enredo de blanco y negro. Agarró mechones enteros de cabello y comenzó a golpearle la cabeza contra las baldosas.
    – ¡Maldito cerebro de trucha orinado! Como todos los demás hombres en el universo, en lo único que puede pensar es en este asunto de los gritos. Claro que ella grita, imbécil, debería gritar. ¿Cree que el amo no tiene ninguna habilidad en absoluto? ¿Cree que es un patán como amante? ¿Cree que él tampoco debería gritar? ¿Cree que mi ama es una idiota? Eso no importa, los hombres no necesitan que se les apliquen destrezas para hacerlos gritar. ¿No tiene ninguna parte mental que funcione? ¿Ningún sentimiento en su corazón?
    Bang, bang, bang. Petrie gimió.
    Jason dijo mientras la quitaba de encima del hombre:
    – No, Martha, no mates al pobre Petrie. Esta cosa acerca de los corazones de los hombres, me temo que en muchos es más baja, mucho más baja.
    Se dio cuenta en ese instante de que Petrie miraba atentamente a Martha, con una expresión muy extraña en su rostro, casi como si estuviera sintiendo mucho dolor, lo cual debería.
    – Amo Jason, puede dejarla caer sobre mí nuevamente, si lo desea, señor. No me molesta, el dolor en mi cabeza rota no es nada. Su aliento es muy dulce, me ha dejado preguntándome qué sucedió. Estoy a la deriva, esperando aclaración.
    Martha chilló e intentó patearlo.
    Hallie dijo:
    – Martha, te agradezco por defenderme. Ahora, tanto tú como Petrie regresen a la cama. -Se detuvo un momento, mirando a Petrie, que no se había movido y se veía tan perplejo y consternado, su cabello oscuro levantado en partes en su cabeza, donde los fuertes dedos de Martha casi los habían arrancado. -Regresarás a tu propia cama, Petrie. No pensarás en ninguna cama más que la tuya. No pensarás en el dulce aliento de Martha. Todo está bien. Ya no estamos discutiendo. El amo Jason simplemente quería un poco de brandy. Quizás tú lo sabes. ¿Se puede calentar brandy?
    Petrie dijo:
    – Bueno, en 1769, se dice que el viejo lord Brandon sufría de malaria. Su ayuda de cámara, un ancestro mío, le calentó una copa de brandy sobre un pequeño hornillo en el hogar. Mi madre me contó que el brandy caliente lo hizo sentir bien en media hora.
    – Dormiré con Henry en el establo -dijo Jason, y marchó hacia la puerta del frente.
    – No estarás feliz caminando allí afuera descalzo -dijo Hallie tras él. -Petrie, ¿por qué no buscas las botas de tu amo, te pones las tuyas también, y los dos pueden acurrucarse juntos en la cálida paja a cada lado del pobre Henry? -Hallie sonrió ecuánime a ambos y caminó hacia la cocina. -¿Jason? En caso de que tu humor cambie, observaré con cuidado la mesa de la cocina.
    Jason estaba vestido y sobre el lomo desnudo de Dodger en diez minutos.

CAPÍTULO 39

    Corrie frotaba el calambre en su pierna. Nunca debería haber permitido que James la acomodara en semejante posición, ah, pero había sido tan divertido. Frotó un poco más. Juraría que nunca en su vida había utilizado ese músculo en particular. Tal vez debería frotar con un poco de la crema caliente especial de su suegra, que se filtraba hasta los huesos.
    Oyó algo. Se quedó helada, el calambre olvidado, instantáneamente tan quieta como James, que yacía de espaldas, respirando profundamente dormido, casi muerto, le había dicho antes de caer sobre su espalda, con una sonrisa de ángel en el rostro.
    Volvió a oírlo. Un ruido que venía de la ventana. Cielo santo, era la segunda vez. Cuando Corrie se arrastró hacia la ventana, con el atizador en una mano, vio que comenzaba a levantarse lentamente.
    Vio a su cuñado abrir la ventana fácilmente, lo suficiente para poder balancear la pierna por encima del alféizar y entrar.
    – Esperaba un villano esta vez -dijo ella, y le ofreció una mano. -Estaba armada y lista.
    – Gracias por bajar el atizador, Corrie. Lamento entrar por tu ventana nuevamente, sé que es tarde.
    – No tan tarde. Agoté al pobre James. Ese es él, el ronquido que proviene de la cama.
    Sonaba bastante orgullosa de sí misma. Jason le tocó la mejilla con la punta de los dedos.
    – Despertaré al holgazán. No merece dormir. -Jason sacudió el hombro de su hermano. -Despierta, patética excusa de hombre.
    James, como era su costumbre, abrió los ojos sin dudar, y se concentró instantánea y claramente en el rostro enojado de su hermano encima de él.
    – Me siento muy bien -dijo, y sonrió.
    – No lo mereces, maldito seas. Levántate, mi mundo ha terminado y tú estás aquí acostado, pensando en lo maravillosa que es la vida. Maldición, no lo mereces.
    James, todavía ligero en la cabeza y el corazón, dijo:
    – ¿Todo eso?
    – ¿Qué pasa, Jason? ¿Qué sucedió?
    Jason miró con una gran cantidad de afecto a su cuñada, cuya mano blanca se aferraba a su manga, su preocupación por él brillando en sus ojos, aunque en la débil luz era difícil saberlo con certeza.
    – Siempre te ves tan hermosa con el cabello todo salvaje alrededor de tu rostro, Corrie.
    James se levantó de golpe.
    – No la admires, perro. Maldito seas, tienes una esposa propia. Apártate de ella antes de que te aplaste.
    – ¿Qué sucede, Jason?
    – He abandonado Lyon’s gate -dijo Jason, y se apartó de su cuñada porque sabía cuándo su hermano hablaba en serio.
    Se deslizó hacia el piso, apoyó la cabeza contra la pared, cerró los ojos y envolvió sus brazos alrededor de sus mejillas dobladas.
    James se puso la bata, miró de reojo el revelador camisón de su esposa y dijo:
    – Vuelve a la cama, Corrie. No quiero que Jason tenga ninguna idea.
    – ¿Idea? ¿Cómo podría posiblemente pensar en mí con este encantador camisón durazno cuando ha abandonado su hogar? -Corrie encendió algunas velas y luego se metió en la cama, respiró hondo. -¿Has abandonado a Hallie?
    Sin levantar la mirada, Jason dijo:
    – El camisón es encantador, Corrie, pero no estoy pensando en ti debajo. Mi vida está hecha pedazos. Quería ir a dormir a los establos, pero en cambio vine aquí. No sé qué hacer.
    James palmeó la mejilla de su esposa, colocó más mantas encima de ella y ayudó a poner de pie a su gemelo.
    – Vayamos abajo y tomemos un brandy. Puedes contarme qué ha pasado.
    – ¿Sabes si el brandy caliente es bueno, James?
    Cuando los hermanos entraron en el estudio de James, fue para ver a su padre sirviendo una copa de brandy para cada uno. Llevaba una bata azul oscura cuyos codos estaban casi totalmente gastados.
    – Entonces -dijo Douglas, intentando sonar tranquilo cuando, en realidad, su corazón estaba acelerado y se sentía aterrado, -¿por qué, Jason, abandonaste tu hogar en medio de la noche, y a tu esposa de menos de un mes?
    James dijo:
    – En realidad, no es tan tarde, ni siquiera medianoche aún.
    – No hagas que te dispare, James -dijo su padre.
    Jason tragó el brandy y casi se puso a toser. Cuando finalmente recuperó el aire, su padre le sirvió más.
    – Despacio esta vez. Contrólate. Cuéntanos qué sucedió.
    – No creo que el brandy necesite ser calentado. Mi estómago está en llamas. Es Hallie. -Tanto Douglas como James permanecieron en silencio. Jason bebió a sorbos su brandy. -Lamento mucho haber aparecido de este modo, pero no sabía adónde más ir. Bueno, como dije, iba a dormir en el establo, pero temía que Petrie viniera conmigo.
    Douglas dijo:
    – ¿Qué hizo Hallie? -Jason bebió el brandy. -¿Qué hizo?
    – Se rió de mí.
    – No entiendo -dijo James lentamente. -¿Por qué se rió de ti?
    – Quería que le contara lo que sucedió cinco años atrás, y eso hice. ¡Lo minimizó! Maldición, nosotros tres seguimos viviendo con ese horroroso momento.
    James dijo:
    – Qué descaro. Y yo que estaba comenzando a encariñarme con ella. Pensé que era agradable, llena de bondad.
    – Lo es, generalmente.
    – No, evidentemente es cruel -dijo James, y sacudió la cabeza. -Dura, eso es lo que es, e insensible.
    Douglas asintió.
    – Así es. Confío en que le hayas puesto los puntos, Jason. Estoy muy decepcionado de ella. Creo que iré a Lyon’s gate ahora mismo y le haré saber lo que pienso.
    – Iré contigo, papá -dijo James. -Me gustaría sacudirla, decirle que no comprende lo que realmente sucedió, cómo golpeó hasta el alma a Jason, lo profundamente que lo sientes, y tu parte en todo eso.
    – Tuvo el descaro de decir que cualquier parte que yo hubiera tenido debería haberse agotado ya.
    – Qué criatura fría -dijo Douglas. -Lamento mucho que hayas tenido que casarte con ella, Jason. Me he preguntado si tal vez ella se aprovechó de ti porque sabía que su padre estaba allí, quizás incluso sabía que su padre iba camino al establo.
    Jason bebió más brandy.
    – No, no sabía que su padre se encontraba allí. Simplemente no pudo contenerse.
    – Bueno, no importa. Sí, iré ahora mismo y le aclararé las cosas. No permitiré que te lastime cuando ya estás tan herido.
    – Le conté que fui un tonto, cómo Judith me atrajo tan sin esfuerzo, que ella había ganado. ¿Saben qué dijo Hallie? Dijo que Judith no ganó, ¿cómo podía si estaba muerta?
    James dijo, bebiendo su brandy:
    – Nunca lo miré exactamente bajo esa luz. La realidad es, Jase, que ella te engañó, nos engañó a todos si vamos al caso, y seguramente eso nos convierte a todos en idiotas… pero por supuesto que entiendo porqué te sientes más tonto, más como un fracasado y un perdedor, que el resto de nosotros. Quiero ir contigo, padre. Hallie necesita ser azotada.
    – ¿Más brandy, Jason?
    Jason frunció el ceño mientras adelantaba la copa hacia su padre.
    – Ella no me dijo fracasado ni perdedor. Intenté explicárselo, pero conocen a Hallie, es capaz de entrar y salir serpenteando de una conversación. Estaba hablando de que el espíritu de Judith está rondando, sobre cómo su espíritu debe estar tan encantado de seguir controlando mi vida. ¡Eso no es cierto, maldición!
    – Por supuesto que no -dijo Douglas. -Imagina, una mujer muerta durante cinco años todavía controlando los pensamientos y acciones de alguien. Es absurdo.
    – Bueno, sí, lo es. Es sólo que yo… Oh, diablos, padre, podrías haber muerto. ¿Me oyes? ¡Podrías haber muerto! ¿Cómo puedo perdonar alguna vez mi rol en eso?
    – Pero no lo hice, Jason, fuiste tú quien pudo haber muerto.
    – Bueno, tampoco lo hice, pero eso no tiene nada que ver. ¿Sabías que preguntó si alguna vez me habías mentido?
    – No creo haberlo hecho -dijo Douglas. -Hmm. Bueno, tal vez lo hice cuando eras pequeño y te preguntabas porqué tu madre había gritado en el cenador…
    James se cortaría el cerebro antes de pensar en eso. Asintió.
    – Sí, yo también mentiría a Douglas y Everett.
    – El punto es que jamás me has mentido en nada importante, y eso le dije. Entonces ella tuvo el descaro de decirme que yo creía que me habías mentido… mi propio padre.
    – ¿Por qué?
    – Dijo que era evidente que no te había creído cuando me dijiste que no era mi culpa, y por lo tanto creía que me habías mentido.
    – Hmm -dijo Douglas. -La realidad es, Jason, que ella tiene razón. No me creíste. Detesto decirlo, pero Hallie sí acertó en eso.
    – No es que no te creyera, papá, es sólo que podrías haber muerto tan fácilmente, y tú también, James, y fue todo mi culpa, de nadie más. Me sorprendió de tan claro que era. ¿Cómo podría negar algo tan evidente? Me quieres, maldito seas, y por eso es que… bueno, muy bien, no acepté tus palabras, no podía porque sabía que las decías porque me amabas.
    Douglas dijo:
    – Aunque me gustaría influenciar a Hallie, déjame ser sincero. El hecho es, Jason, que tú mismo lo admitiste… no me creíste. Tal vez simplemente no podías, pero me heriste, Jason, profundamente, lo admito.
    – Sin embargo -dijo James, -ella no debería haber dicho algo tan cruel sobre un hijo incrédulo de su padre, un padre que admite que nunca le mintió. Espero que le pongas los puntos, Jase.
    – Sí, desde luego. ¿Sobre qué exactamente?
    Douglas dijo:
    – Está bien. No te fastidies más por eso. La verdad es que he vivido cada día de los últimos cinco años preocupándome por ti. Aún puedo sentir la humedad de tu sangre contra la palma de mi mano. Había tanta sangre, Jason, y eras tú quien estaba sangrando… mi hijo, que era un maldito héroe. Recuerdo exactamente cómo me sentía, como todos nos sentíamos, cuando estabas tan enfermo, cuando escuchábamos cada respiración tuya, rogando que no fuera la última. Ese tipo de miedo es corrosivo, te quema las entrañas y el corazón. -Douglas se detuvo un momento, y luego dijo con calma: -No fuiste el único que sufrió, Jason. Corrie mató a dos personas. Es una tremenda carga que debe llevar el resto de su vida, aunque nunca se arrepentiría de lo que hizo. Aún tiene pesadillas esporádicas. Nosotros, todos nosotros, vivimos con el pasado, Jason, tú más que nadie. Tal vez es hora de que todos releguemos esa espantosa época al éter. Es hora de que todos lo dejemos ir.
    – No puedo -dijo Jason, e hizo una pausa. -Hallie dijo una vez que lo único bueno que veía en recordar un evento doloroso era que podría evitar que volvieras a cometer la misma estupidez. Pero es mucho más que eso. Maldición… ¿pesadillas? Lo siento mucho. Pobre Corrie, además de ser tonto soy egoísta. No tomé en consideración a nadie más que a mí mismo. Oh, diablos.
    James dijo:
    – Agradezco a Dios por el paso del tiempo. Desdibuja las cosas, y comienzas a darte cuenta de lo afortunados que somos todos, lo muy bendecidos que somos. Todos sobrevivimos. Estamos aquí bebiendo brandy ahora, ¿verdad?
    – Pero era mi culpa, yo…
    Douglas dijo:
    – Mañana iré a Lyon’s gate e informaré a Hallie que no volverá a tratarte tan mal otra vez, que debe consolarte, ayudarte a soportar tu miseria de toda la vida. Que debe dejar de ser insensible.
    Jason dijo:
    – No es que sea insensible. Es lo que sucedió… está tan condenadamente dentro mío que nunca me libraré de eso. Lo acepto. Ella también debe aceptarlo, debe hacerlo.
    – Yo le pondré los puntos -dijo Douglas. -Confía en mí, Jason.
    – No, por favor, padre, no le digas nada. Debo irme ahora, los he retenido demasiado tiempo.
    – Una cosa más, Jason -dijo su padre. Jason se dio vuelta lentamente. -Nunca olvides que te amo, que te he amado desde que estabas en el vientre de tu madre y yo ponía mi palma sobre su panza y los sentía a ambos intentando apartar mi mano a patadas. Cuando llegaste gritando como loco al mundo, creí que no podía haber nada más dulce en la vida. Sin embargo, a decir verdad, en este momento, Jason, me gustaría patearte al otro lado de la habitación.
    Jason casi se cayó.
    – No comprendo.
    – ¿No? -James sacudió la cabeza a su hermano. -Dijiste que te marchaste de Lyon’s gate porque Hallie estaba burlándose de ti. ¿Quieres decir que no puede entender porqué, después de cinco años, sigues queriendo ahogarte en la culpa?
    – Del modo que lo dices no suena razonable, James. Seguramente tú debes comprender que… -se quedó callado porque no podía encontrar palabras que decir.
    – Sí, lo comprendemos -dijo su padre. -Creo que después de lo que sucedió cinco años atrás, quisiste desesperadamente librarnos a todos de tu dolor. Creíste que abandonar Inglaterra era la respuesta. ¿Pensaste que te olvidaríamos, quizá? ¿Que cuando hablábamos de tus triunfos en Baltimore, no te recordaríamos también yaciendo en la cama con el médico sacando esa maldita bala fuera de tu hombro, que no recordaríamos que casi moriste? Eres un bruto, Jason.
    – Pero fui yo quien…
    Douglas lo interrumpió:
    – Siempre me ha asombrado lo ansiosamente que te diste todo el crédito por ocasionar esa tragedia en particular. No eras nada más que un joven que valoraba muchísimo el honor, que amaba a su familia, que enfrentó el mal y no lo reconoció. ¿Y por qué deberías? Nunca antes ninguno de nosotros había sido enfrentado al mal como el que esos tres ofrecían. Huiste, Jason. Desearía que no lo hubieras hecho, eso casi destruyó a tu hermano, dejándolo para ocuparse de una nueva esposa que había tenido que matar a dos personas, y enfrentar cada día a una madre y un padre que felizmente hubiesen dado sus vidas por la tuya. Y sobreviviste, Jason. Creo que has sobrevivido bastante bien. Y ahora tienes una esposa que, si no estoy errado, también daría su vida por ti. Ve a casa, Jason. Enfréntate, y a tu pasado, y piensa en tu presente y tu futuro. Ambos se ven increíblemente bien para mí. Oh, sí, recibí una carta de James Wyndham. Él y su familia estarán aquí en tres semanas y te traerán un pura sangre que tú mismo entrenaste, como regalo de bodas.
    – ¿Cuál?
    – Creo que James Wyndham dijo que su nombre era Eclipse, nombrado así por nuestro propio y muy famoso Eclipse.
    Jason dijo distraídamente:
    – Eclipse nunca perdió una carrera. Era asombroso. Stubbs lo pintó.
    – Sí -dijo Douglas. -Muy bien. James Wyndham dijo que su niñita Alice lo bautizó.
    – Sí -dijo Jason, -así fue. -Fue hasta su hermano y lo abrazó fuerte. Luego se detuvo un momento, mirando a su padre a una distancia de dos metros. Sintió que las lágrimas subían en su garganta-.Papá, yo…
    – ¡Tío Jason!
    – ¡Tío Jason!
    Dos pequeñitos, con sus camisones blancos ondeando alrededor de sus tobillos, entraron de golpe en la habitación, con los brazos levantados.
    Jason se quedó mirando a los dos queridos niñitos. La vida siempre seguía adelante. Cuando los levantaba y los apretaba con fuerza contra él, las lágrimas se secaron en sus ojos y en su corazón.
    – ¿Qué están haciendo, diablitos, despiertos tan tarde?
    Everett le dio un beso húmedo en el cuello. Douglas estaba apretándole el cuello tan fuerte que casi lo quebraba.
    – Escuchamos a mamá discutiendo sola.
    Jason asintió.
    – Eso también despertaría mi curiosidad. Ah, madre, ¿también estás despierta?
    Alex fue a arrancar a uno de los niños del hombro de Jason.
    – Estoy aquí para rescatarte. No, Everett, nada de vals esta noche. Es hora de que los dos regresen a la cama.
    Luego de no más de dos minutos de quejas, James llegó al punto de decir:
    – Suficiente. Los dos se callarán. Den a su tío un beso de buenas noches. Volverán a verlo pronto. Iré enseguida a arroparlos.
    Douglas sacudió la cabeza a su esposa.
    – Creo que le decía lo mismo a él y a Jason.
    – Muy probablemente. Innumerables veces. ¿Estás bien, Jason?
    Jason abrazó a su madre y se apartó.
    – No te preocupes por mí, mamá. Me voy. -Se detuvo un momento y entonces dijo: -Los extrañé mucho a todos cuando estuve en Baltimore, por favor, nunca duden de eso.
    Mientras oía las pisadas de bota de Jason alejándose en el piso de baldosas, James dijo:
    – Daré a Hallie cualquier cosa que desee.
    Su padre sonrió.

CAPÍTULO 40

    En el desayuno la mañana siguiente, Hallie dijo alegremente:
    – Ha pasado casi una semana desde la carrera Beckshire. ¿Qué haremos con lord Grimsby?
    Mientras untaba miel en su tostada, Jason respondió:
    – Esas son las primeras palabras que salen de tu boca desde que me marché de la casa anoche y te dejé sola con Petrie y Martha.
    – Te vi regresar y supe que estabas bien.
    Por supuesto que iba a esperarlo levantada.
    – Dormí en la habitación de Angela.
    – Sí, lo sé. Espero que hayas dormido bien.
    – No mucho, pero no importa. -Jason se volvió repentinamente muy rígido y formal. -Deseo disculparme por mi melodrama de anoche, Hallie.
    – Lo tuyo no fue un melodrama.
    Aunque él levantó una ceja en interrogación, ella simplemente negó con la cabeza y no dijo nada más.
    – Ya veo, vas a ser misteriosa respecto a esto. Esperaba que ayer fuera el día para ir a ver a lord Grimsby, pero no fue. Tengo esperanzas, de cualquier modo, de que sea hoy.
    Sacó su reloj del bolsillo de su chaleco y lo consultó.
    – Ahora tú estás siendo misterioso.
    – Así es, ¿verdad? Bueno, veremos. Imagino que está preguntándose por qué diablos estoy esperando tanto, especialmente porque sabe que tenemos a Kindred.
    Hallie dijo:
    – Tal vez piensa que lo has perdonado, ya que parece estar bien visto. ¿Cuándo estarás listo? ¿De qué depende que vayas a verlo? -Jason simplemente le sonrió. -Muy bien, un cerebro de trucha callado, como diría Martha.
    – Tan misterioso como mi esposa.
    – Eso es diferente, pero no importa. Ahora, tengo una maravillosa sorpresa para ti, Jason -y le sonrió abiertamente.
    Una ceja se levantó.
    – ¿Estás embarazada?
    Ella dejó caer su tostada.
    – Oh, cielos, no lo sé. No lo creo.
    – No has tenido tu flujo femenino mensual desde que nos casamos.
    – Oh, bendito infierno, ¿es eso cierto? Pero no siempre soy… Jason, eso es muy privado. No deseo hablarlo.
    – Soy tu esposo. Debes hablar conmigo de todo.
    – No, seguramente no.
    – Mi padre siempre dijo que era muy importante que una esposa contara todo a su esposo. Cuéntame tu sorpresa.
    ¿Embarazada? Su flujo era irregular pero no pensaba discutir eso con él. Hallie no podía imaginar una cosa semejante. La dejó helada que él sacara el tema tan tranquilamente.
    Dio un mordisco a su tostada, se aclaró la garganta y dijo:
    – En la carrera, ¿recuerdas al otro hombre, el que realmente disparó a Lorry, al que no atrapamos…?
    – Sí, por supuesto, no puedo descubrir quién es, maldición. Kindred no me dice una maldita cosa. Ni siquiera admite nada.
    Ella miró el reloj junto al aparador y le ofreció una enorme sonrisa.
    – Como soy una esposa y socia excelente, estoy sirviéndotelo en bandeja. Henry y Quincy deberían llegar a la puerta principal con él en breve.
    – ¿El hombre que disparó a Lorry? ¿Qué es esto, Hallie? ¿De qué estás hablando?
    – Temprano esta mañana, tuve un encuentro informativo con Kindred. Me dijo el nombre del otro hombre. Es Potter. También es mozo de cuadra de lord Grimsby. Culpó a Potter por todo, por supuesto.
    Jason se quedó mirando a su esposa.
    – ¿Estás diciéndome que Kindred soltó todo simplemente porque le preguntaste? No puedo creerlo, Hallie. Amenacé a Kindred varias veces con un largo viaje a Botany Bay, pero seguía sin decirme nada, afirmó una y otra vez que estaba fumando su pipa de plata cuando una roca llegó volando por el aire y lo golpeó en la cabeza. No puedo creer que te lo haya dicho.
    – Las grandes amenazas no funcionaban con él, así que hice una amenaza creíble. Kindred dijo que “el pequeño maldito debe haber creído que está a salvo”, y Kindred escupió entonces, así que no creo que lamente haberme dado el nombre de Potter.
    No podía más que mirarla, esta joven mujer que esta misma mañana había roto el silencio de casi una semana de un hombre. No sabía si estar feliz o aullar porque ella lo había logrado y él no.
    – Hallie, ¿qué amenazaste? No cortar su masculinidad, espero.
    – Oh, no, eso no es creíble.
    – Dime.
    Hallie se adelantó en su silla y apoyó el mentón sobre los dedos unidos.
    – Dije a Kindred que lo dejaría desnudo y haría que caminara tras mi caballo, con las manos atadas frente a él, atado a una soga. Le dije que montaría por todas partes… que visitaría cada alma en la aldea, que vería a todos sus parientes, sus amigos, sus enemigos, que visitaría a lord Grimsby y los establos, y que le diría a todos lo que había hecho, y que ese sería el castigo para cualquiera que intentar dañar a nuestros caballos o a nuestros jinetes. Escogió no creerme. Se rió, me dijo que era una niñita bonita, y que seguramente no podía ser una muchachita audaz.
    Jason no se había dado cuenta de lo excelente narradora que ella era.
    Esperó un instante y entonces:
    – ¿Y?
    – Hice que lo dejaran desnudo hasta su sucia piel, con las manos atadas y enlazado al final de una soga. Monté a Carlomagno, sosteniendo la otra punta. Él maldijo, gritó que yo no era una niñita bonita para nada, y me llamó anormal, entre otros nombres encantadores. Cuando no habíamos llegado a más de treinta metros pasando Lyon’s gate, recién comenzábamos a ir hacia la aldea, se dio por vencido. Gritó el nombre de Potter, juró que lord Grimsby había dicho a Potter que visitara a su hermano en Cranston hasta que todos olvidaran la carrera. Volvió a maldecir y dijo que no era justo que Dodger igualmente hubiera ganado, que apostaba que lord Grimsby no estaba feliz con eso.
    Jason no quería imaginar a Kindred desnudo en su mente, pero lo hizo. No era una visión apetitosa. Kindred era alto, pero tenía piernas delgadas y un pecho que se hundía hacia adentro. Tenía pelo en todas partes. ¿Incluso en la espalda? No pensaba preguntar a su esposa.
    – Así que Henry y Quincy fueron tras este tipo Potter.
    – Sí. La clave es llevar a cabo la amenaza. Uno incluso debe estar preparado para subir las apuestas por repetir la mala conducta. Mientras lo tenía desnudo en medio del camino, le dije que si personalmente intentaba lastimar a alguno de nuestros caballos o jockeys otra vez, haría que su suegra lo llevara por todas partes. El idiota dijo que a ella no le gustaban los caballos, a lo que repliqué que podía montar en mi encantador carruaje en un encantador día soleado, con él trotando detrás suyo. Me creyó. Le dije que difundiera esto, ya que sería el castigo oficial de Lyon’s gate para cualquier problema en la pista de carreras.
    – ¿Kindred te dijo que lord Grimsby lo había amenazado si alguna vez abría la boca?
    – Oh, sí. Simplemente dije que una amenaza en la mano valía cualquier número de amenazas invisibles en un arbusto, y si no creía lo mismo. Entonces lo miré de arriba abajo y le dije que los juanetes en los dedos de sus pies eran muy poco atractivos.
    Hallie echó atrás la cabeza y rió, y rió, tan satisfecha estaba consigo misma.
    Jason se unió a ella, no pudo evitarlo. Lo que ella había hecho era digno de Jessie Wyndham.
    Cuando ella estuvo hipando y tomando agua, le dijo:
    – Por supuesto que te creyó, estaba totalmente desnudo. Bueno, eso es todo. Te has ocupado de todo.
    ¿Había envidia en su voz? Jason estaba horrorizado de sí mismo.
    Su esposa le sonreía, sacudiendo la cabeza.
    – Oh, no, simplemente recogí los peones. Tú vas a arrasar con el rey negro.
    – Llamarlo rey negro es darle demasiada importancia.
    – Es sólo el primero en una serie de reyes negros que conocerán tu furia. -Jason se dio cuenta de que ella hablaba totalmente en serio. Sintió que algo se expandía profundo dentro suyo, algo que lo hacía sentir magnífico, lleno de energía y satisfacción. Se dio cuenta de que era presunción. -Aún no he ido a enfrentar a lord Grimsby porque quería saber exactamente por qué Elgin Sloane, Charles Grandison y él eran tan condenadamente íntimos. Puse investigaciones en movimiento seis días atrás.
    – Pero no me lo dijiste.
    – Tú no me dijiste lo que ibas a hacer con Kindred tampoco. No lloriquees. El hecho es que preferiría dejar desnudo a lord Grimsby como tú hiciste con Kindred. Desafortunadamente no creo que pudiera salirme con la mía.
    – Hablando de una imagen atroz… Oh, bien, creo que fue muy inteligente de tu parte, Jason.
    Él oyó admiración en su voz y eso hizo que una calidez lo recorriera.
    Petrie apareció en el umbral.
    – Amo Jason, hay un hombre pequeño aquí para verlo. Muy pequeño de estatura, espero que no de carácter. Dice que es urgente.
    Jason arrojó su servilleta sobre el plato y se levantó.
    – Suena como el señor Clooney. Tal vez visite a lord Grimsby esta mañana después de todo.
    Ella quería desesperadamente ir con él; era su socia, después de todo, pero sabía en lo profundo de ese pozo de sabiduría con el que estaba convencida que nacían las mujeres, que esto era algo que Jason tenía que manejar solo. Sabía que era, simplemente, hombres tratando con hombres, dibujando límites, infligiendo retribución por romper las reglas.
    – ¿Qué hay de Elgin y Charles Grandison?
    – Enviaré un mensaje a lord Grimsby, pidiéndole que estén allí cuando yo llegue, sí, eso es, el señor Clooney tiene respuestas para mí.
    Hallie dijo:
    – Me pregunto si los tres pagaron para que Kindred y Potter dispararan a Lorry.
    Él sonrió.
    – Elgin no tiene nada de dinero. ¿Charles haría eso? No lo hubiera pensado.
    Hallie nunca apartó la mirada de su rostro severo, tan hermoso con la luz de la mañana que entraba a través de la ventana que quería llorar. O desvanecerse, como la cocinera, y cantar arias.
    Le dijo:
    – ¿Llevarás a Potter y Kindred contigo para confrontar a lord Grimsby?
    – No -dijo Jason, -no es necesario. -Fue hacia ella, se inclinó para besarla en la boca y le ofreció una sonrisa cegadora. -Voy a clavar su trasero a la puerta del establo.
    – ¿El de quién?
    Jason se rió y le palmeó la mejilla.
    – Amo Jason.
    – ¿Sí, Petrie? ¿Sigues allí, observando todo?
    – Desde luego, es mi deber. Quería decir que sus botas brillan mucho más esta mañana que las del ama.
    Jason observó su propio rostro en sus brillantes botas entregadas esa mañana por Petrie.
    – Es mi opinión, señor, que su uso de las semillas de anís es sobrevalorado.
    Jason dijo a Hallie:
    – Le dije a Petrie que escribiera al viejo Fudds y descubriera la medida exacta, ya que dudaba que se lo dijeras.
    – Eso es cierto -dijo Hallie. -Sin embargo, lo hiciste bien, Petrie.
    Petrie se pavoneó.
    – Ah, escuche. Oigo a la cocinera cantando, y eso significa que está mezclando sus huevos mientras hablamos, con sólo una pizca de tomillo, del modo en que le gustan. ¿Regresará a comerlos?
    – Hallie -dijo él. -¿Sabías que anoche me di cuenta de cómo simplemente diciendo tu nombre… Oh, Petrie, ¿sigues dando vueltas? Ve a ocuparte de la comodidad del señor Clooney. Estaré allí en un momento. Ve. Como decía… simplemente mencionar tu nombre, aun de pasada, me hace sentir caliente de la cabeza a los pies.
    – Eso me alegra mucho. Oh, diablos. Te lo diré, ¿por qué no? Te amo, Jason Sherbrooke, aunque la cocinera nunca mezcla huevos especialmente para mí como hace contigo.
    ¿Ella lo amaba? Eso lo maravillaban, casi lo hizo poner de rodillas, casi sacó un grito de placer de su boca.
    Jason dijo:
    – No lo merezco.
    – Posiblemente no pero, ¿qué puedo hacer yo? Está ahí, profundo dentro mío, este amor por ti, y sé que no desaparecerá jamás. No tienes que decir nada, Jason. Dile a la cocinera que legarás tus lindos huevos revueltos a mí esta mañana.
    – Hecho.
    Él le dio otro beso fugaz y fuerte en la boca, y se marchó.
    Cuando la cocinera entró en el comedor algunos minutos más tarde, Hallie dijo:
    – El amo Jason dijo que yo podía comer sus huevos.
    La señora Millsom asintió tristemente.
    – Sí, el hermoso y joven amo se disculpó conmigo, me dijo que no podría ser.
    Se veía lista para estallar en lágrimas.
    – Está reunido con un hombre en este mismo instante, señora Millsom, o sé que estaría aquí.
    Pero la cocinera no escuchaba. Cargó el plato de huevos revueltos en sus brazos como un bebé, fue hacia la ventana y miró afuera.
    Cuando vio al amo yendo a zancadas hacia los establos, gritó con todas sus fuerzas:
    – ¡Amo Jason, regrese antes de que sus huevos desaparezcan por la garganta del ama! ¡Traiga al escuálido hombrecito con usted!
    Hallie oyó a su marido devolver el grito:
    – Señora Millsom, por favor, deje que el ama coma mis huevos esta mañana. Posiblemente está en la espera y quiero que mi heredero crezca grande y fuerte.
    La señora Millsom se dio vuelta rápidamente para mirarla.
    Hallie se encogió de hombros.
    – Uno nunca sabe. Deme los huevos, señora Millsom. Lo último que queremos es un heredero raquítico.
    – Cómalos todos, ama. Pronto estará devolviendo sus entrañas por las mañanas.
    – Ese no es un pensamiento feliz, señora Millsom.

CAPÍTULO 41

    Dos horas más tarde, Jason hizo subir a Dodger por el camino de entrada curvado y rodeado de robles hacia la mansión de lord Grimsby, Abbott Grange. Imaginó prolongar el camino a Lyon’s gate, tal vez añadir un par de curvas para añadir interés y plantar robles como estos. En veinte años aproximadamente habría un palio de densas hojas verdes sobre sus cabezas también. Su padre tenía razón. El futuro se veía increíblemente bien para él también. Se preguntó si Hallie realmente esperaba su hijo. Era muy posible, pensó, sin dudas muy posible. Sonrió como un tonto y silbó una de las cancioncitas de la duquesa.
    Era un día cálido, el sol brillante y fuerte sobre su cabeza, rosas silvestres florecían sobre cercos de piedra, y el sudor hacía que la camisa se pegara a su espalda. Vio un solo pavo real paseándose majestuosamente por el césped del frente, con las plumas de la cola abiertas, y se preguntó dónde estaba ocultándose la destinataria de toda esta gloria. Sabía que las hembras de pavo real eran notoriamente veleidosas.
    Dejó a Dodger al cuidado de un mozo de cuadra que había visto en la carrera Beckshire. El muchacho se veía nervioso, comprensiblemente, dado que tenía que saber que Jason tenía a Kindred. Jason se acercó a él.
    – Debes estar bastante falto de ayudantes, ya que tengo a Kindred y a Potter. Cuidarás bien a Dodger, ¿cierto, muchacho?
    – Oh, sí, señor, lo haré. Es un muchacho encantador, tiene dientes fuertes y los ojos del Diablo.
    – ¿Quieres decir que tiene ojos malvados?
    – Oh, no, señor, tiene ojos que ven cada pecado que un hombre jamás haya cometido.
    – Confío que no te verá cometiendo ningún pecado.
    Jason palmeó el cuello de Dodger. Vio al muchacho dar una zanahoria a Dodger mientras le canturreaba con una agradable voz profunda.
    El mayordomo de lord Grimsby, un anciano de ojos caídos que se veía preparado para caer al suelo en un estupor, miró a Jason de arriba abajo y dijo con una retumbante voz joven:
    – No veo porqué mi amo tiene tanto miedo de usted, joven. Imagino que usted sonríe y los ángeles cantan, pero, ¿a quién le importa? Desde la carrera Beckshire, lo ha hecho farfullar como ese idiota pavo real.
    – Tal vez usted también farfullará pronto -dijo Jason, y le ofreció una sonrisa destinada a intimidar, que sólo hizo que el viejo dijera:
    – Es realmente apuesto, señor, demasiado apuesto, dice mi amo. Lady Grimsby dice que sus celos son patéticos. -Se quedó callado e inclinó la cabeza un momento. -Sí, escucho ángeles cantando en este mismo momento. Sígame, joven señor, y veamos si Su Señoría lo verá.
    Jason sonrió a la parte trasera de la cabeza calva del mayordomo mientras lo seguía a la sala de estar. Tocó apenas el brazo del viejo con su mano.
    – No necesita anunciarme. Permítame el placer.
    Jason golpeó una vez la puerta cerrada y entró.
    Tarareó con placer al ver a Charles Grandison y Elgin Sloane, ambos repantigados en sillones, escuchando a lord Grimsby. Los tres estaban allí y al tanto. Como habían llegado rápidamente, eso significaba que estaban preocupados. Cuando se volvieron hacia él, sus expresiones eran idénticas… niños atrapados robando el vino sacramental del vicario.
    – Buenos días, caballeros. Me complace que lord Grimsby los haya traído aquí tan rápido.
    – Sí -dijo lord Grimsby, sin levantarse de su silla.
    Se veía desconfiado y malhumorado. Bueno, para ser justos le habían faltado dos mozos de cuadra durante casi una semana.
    – Primero que nada permítame decir, milord, que Kindred está bien, al menos por el momento.
    – ¿Kindred, dices? Despedí a Kindred algunos meses atrás. No sé para quién trabaja ahora. Pero no para mí. Verás, Jason…
    Jason sonrió.
    – Hola, Charles. Elgin. Puedo ver que los tres están muy concentrados en algún proyecto.
    Charles dijo:
    – ¿Puedo preguntar qué está haciendo tu esposa al pobre Kindred?
    – ¿Preparándolo para un largo viaje a Botany Bay?
    – ¡Botany Bay! Eso es condenadamente absurdo.
    – A quién le importa -dijo Elgin. -El tonto sinvergüenza dejó que lo atraparan.
    Charles Grandison dijo:
    – ¿No crees que Botany Bay es un poquito extremo, Jason?
    Jason simplemente sonrió.
    – ¿Vienes aquí a amenazar a mi antiguo mozo de cuadra con la deportación a Botany Bay? Deshágase de él. Kindred siempre fue problemático, por eso es que lo despedí. No hay nada más para decir. Puedes dejarnos ahora.
    – Oh, no.
    Lord Grimsby lo miró un momento y luego recuperó el control.
    – ¿Qué quieres, Jason? ¿Por qué querías vernos a todos? Es una maldita impertinencia, muchacho. Oliphant no debería haberte dejado entrar, maldito cabeza hueca.
    – Lo intimidé, milord.
    – Eso no es posible. Esa vieja reliquia ya no ve lo suficientemente bien como para ser intimidado.
    Mientras quitaba perezosamente una pelusa de su manga, Charles dijo:
    – Seguramente, Jason, uno no despacha un hombre a Botany Bay porque uno crea que puede haber planeado disparar un arma en el hipódromo. Todos lo han discutido, y todos concuerdan en que el tipo que disparó a tu jinete es el que necesitas encontrar, no a este pobre tipo Kindred.
    – En realidad, me complace decirles que tengo al hombre que realmente disparó a mi jinete. -Sonrió a lord Grimsby. -Potter envía sus saludos, milord. No está muy contento a esta altura, porque Kindred le dijo cuál sería su castigo. De acuerdo con mi esposa, harán falta unas cuatro horas para completarlo.
    – ¿Potter? ¿Ese imbécil? Él no sabe nada, Jason, absolutamente nada.
    – Mis hombres lo encontraron donde Kindred dijo que estaría… en la casa de campo de su hermano en Cranston, muerto de miedo. Él y Kindred me han contado sobre sus instrucciones, milord. Al menos no les ordenó que matara a ningún caballo o jockey, sino que simplemente inutilizara al caballo que pareciera que iba a ganar, sí, eso era, cualquier caballo estaba delante de Lamplighter.
    Charles se puso de pie rugiendo y avanzó sobre lord Grimsby.
    – ¿Hubiese hecho que alguno de sus villanos disparara a mi Ganymede?
    – No seas absurdo, Charles. Siéntate. Jason está intentando ponernos en contra.
    Jason dijo:
    – Sí, Charles, si Ganymede hubiese sido el líder evidente, bien, entonces imagino que él o tu jinete hubiesen recibido una bala de plomo.
    – No, eso es una mentira. Elgin, dile que es mentira.
    – Es una mentira, Charles. Si yo la creyera, bien, entonces eso significaría que Brutus también estaba en peligro. Mi tío jamás buscaría hacer daño a un caballo que pertenecía a mi heredera.
    Jason dijo:
    – Creo que lord Grimsby dispararía a quien fuese necesario para que Lamplighter ganara. Pero, Charles, siéntete libre de creer lo que desees.
    Lord Grimsby explotó:
    – Ahora escúchame, Jason. ¡Esto son carreras! Todo tipo de cosas se hacen en las carreras, un poco de travesuras, un poco de dolor, es simplemente parte del deporte, no alarma a nadie, añade excitación y sorpresa.
    Charles dijo:
    – En realidad, me pone bastante rabioso. Usted conoce mi reputación, milord. Seguramente no sería tan tonto como para ignorar los castigos que yo inflijo si cualquiera, permítame repetirlo, cualquiera intenta dañar mis caballos.
    – Por supuesto. No soy tonto. Por eso es que todo esto son tonterías. Además, tú eres diferente, Charles, te lo tomas todo demasiado en serio.
    Elgin dijo:
    – ¿Castigarás a Jason, Charles? Después de todo, su jockey pateó al tuyo del lomo de Ganymede.
    – Eso es cierto, Charles, ¿debo esperar una visita tuya?
    – No -dijo Charles.
    – Bien, ya que tu jinete comenzó todo el asunto en primer lugar -dijo Jason. Se volvió hacia lord Grimsby. -Milord, ¿qué si uno de los otros dueños hubiese disparado a Lamplighter?
    – Mataría al tipejo.
    – Tal cual -dijo Charles y tomó un sorbo de su té.
    – Maldición, muchacho, nada de esto hace ninguna diferencia. Escúchame ahora. Fue sólo una herida superficial, nada de importancia en absoluto. Dodger igualmente logró ganar la carrera, entonces, ¿qué hay para decir?
    – ¿Desea que le diga a mi jinete que esa herida de bala en su brazo no hizo más que añadir un poco de agradable color a su librea de carreras?
    – Un desgarro en la piel, nada más -dijo Elgin Sloane.
    – Ah, Elgin, ¿cómo sabías que era sólo una herida en la piel?
    – Todos desde aquí a Londres lo saben. El señor Blaystock estaba bastante enfadado. Deseaba que la bala hubiese sido más certera, que al menos hubiera derribado a tu jockey de ese maldito Dodger, para que su Brutus pudiera haber ganado entonces.
    Charles chasqueó la lengua.
    – Ganymede hubiese ganado si el jinete de Jason no lo hubiera derribado al mío de su lomo. No, Elgin, Brutus no hubiera ganado sin importar cuántas ancas de caballo hubiese logrado morder, una treta interesante, lo admito, pero, ¿eso no le parece un poco impredecible al señor Blaystock? -Se volvió hacia lord Grimsby. -Me encuentro preguntándome, señor, si su Lamplighter derrotaría a Ganymede corriendo en una pista recta. Tiendo a dudarlo, aunque Lamplighter es un excelente animal. Si hubiera habido una carrera recta entre Ganymede y Dodger, en mi mente estoy seguro de que Ganymede se hubiese llevado el premio.
    Jason dijo:
    – Dodger hizo una carrera tan recta como pudo. Le llevó tiempo a Lorry derribar a tu jockey, Charles. Desearía que no hubiese sido necesario, pero sabes que lo fue. Escúchenme, todos ustedes. Como mínimo, todas estas artimañas distraen a los caballos y a los jockeys. Siempre he creído que sería mejor dejar correr a los caballos sin interferencias.
    – Eso nunca sucederá -dijo lord Grimsby. -Ni en un millón de años. A los jinetes les gusta usar sus fustas, les gusta patear a sus oponentes, les gusta apretar a un caballo hasta que retrocede. En cuanto a los caballos, son taimados, está en sus genes. El señor Blaystock me contó que Brutus nació para morder. Los caballos estarían tan aburridos si no pelearan que no correrían lo mejor posible. Necesitan distracciones para seguir adelante.
    Jason dijo:
    – Dodger no necesita distracciones, no le gustan, y a mí tampoco. -No dijo que Eclipse, sin embargo, pateaba con las patas traseras cuando sentía que un caballo se acercaba demasiado, algo que había hecho naturalmente la primera vez que había corrido. -Sin embargo, ¿no cree que debe trazarse un límite?
    Lord Grimsby se encogió de hombros.
    – Sucede. Siempre sucederá. Si eres serio respecto a correr, Jason, te acostumbrarás al modo en que se hace.
    Charles dijo, sacudiendo la cabeza:
    – Quinientas libras, es una bolsa bastante llena la que se llevó Dodger, Jason. Imagino que también apostaste una buena cantidad a que Dodger ganaría. Yo mismo aposté algunas libras en él, las probabilidades eran tan bajas. ¿Te importa si pregunto qué ganaste?
    – Diez mil libras aproximadamente. A todos mis parientes también les fue bien. También he recibido notas de agradecimiento de otros que apostaron que Dodger ganaría.
    – Eso no es justo -dijo Elgin Sloane amargamente. -Nadie me dijo lo rápido que era Dodger, lo bien entrenado. Maldición, tienes una mujer como socia. ¿Quién creería que sabías lo que estabas haciendo? Simplemente no es justo. Al menos no habrá bajas probabilidades otra vez. ¿Por qué no me lo dijiste, Charles?
    – Yo mismo no me di cuenta de lo veloz que era, Elgin. Sólo gané un par de cientas de libras, nada en realidad.
    Jason dijo:
    – ¿Te deseo lo mejor, Elgin? ¿Te casarás con el ama de Brutus?
    – Sí. Gracias a Dios no es como Hallie. No sabe nada de caballos y le daría asco tener que presenciar un apareamiento. Sabe cuándo gritar como loca en las carreras y eso es suficiente para cualquier mujer. Su padre no sabe mucho más, excepto morder. Disfruta viendo a sus caballos morder a la competencia.
    – Entonces tendrás carta blanca -dijo Jason. Caminó hasta el hogar para apoyarse contra la repisa, con los brazos cruzados sobre el pecho. -Charles, ¿recuerdas haberme dicho que nadie intentaba disparar a tus jinetes ni tus caballos debido a que las consecuencias eran tan dolorosas? -Charles Grandison asintió. -Hallie y yo acordamos que te superaríamos si alguien tenía el valor de intentar hacernos daño. Estoy aquí para contar a lord Grimsby sobre su castigo.
    – Bueno, veamos…
    – Milord -dijo Charles con un suspiro, estirando sus largas piernas frente a él, -¿no le dije que no intentara su deshonestidad con Jason? ¿No le dije que era un hombre serio? Vea lo que hizo a mi jinete por un poco de empujones durante la carrera.
    – Sí, pero él no sabe nada de carreras, ¡absolutamente nada! Corrió en Norteamérica, las antiguas Colonias, por el amor de Dios. No hay nada allí, nada notable, incluyendo caballos o jockeys.
    – En realidad, los norteamericanos han convertido la deshonestidad en un fino arte. Allí también lo odiaba.
    – Ganaste la maldita carrera, Jason. ¿Dijiste que anunciarías mi castigo? Cachorro, tu padre no permitirá que me hagas nada, lo he conocido y a tu madre desde antes que tu gemelo y tú nacieran.
    – Es mucho tiempo, milord -dijo Jason, y sacudió la cabeza. -Por eso estoy sorprendido de que sea tan estúpido. ¿Puede imaginar a mi padre permitiendo que cualquiera dañe a alguien cercano a él?
    – Tu padre comprende las carreras, entiende los riesgos, los desafíos, las pequeñas excentricidades. Otra cosa, no eres tu padre. Todos saben que nunca deben contrariarme, o deberán pagar con el infierno.
    – Tiene razón, no soy mi padre. En realidad, tanto James como yo somos mucho peores. Ahora, he sopesado la culpa tanto de Kindred como de Potter en este asunto. No los enviaré a Botany Bay. Mi esposa ha concebido un castigo mucho más efectivo. Verá a dos hombres muy escarmentados cuando regresen aquí. Imagino que se difundirá la noticia de su castigo. Todos se enterarán. Será más y más difícil que los dueños encuentren secuaces para hacer sus travesuras. En cuanto a usted, señor, como he dicho, he decidido su castigo.
    – ¡Cachorro insolente!
    – No correrá un año entero, es más, no hasta la siguiente carrera Beckshire en agosto próximo.
    Lord Grimsby se puso de pie de un salto, con el rostro carmesí, sacudiendo su puño frente al rostro de Jason.
    – ¡No puedes darme órdenes de ese modo, pequeño bastardo! No lo soportaré. ¡Fuera de mi casa!

CAPÍTULO 42

    Charles dijo:
    – Jason, no me malentiendas, creo que es una excelente retribución. Pero dime cómo evitarás que lord Grimsby corra durante un año.
    – Has usado golpizas contra los verdaderos bellacos, Charles, y heriste a dos dueños en duelos cuando dispararon a uno de tus jockeys y uno de tus caballos. No me gustan los duelos, son demasiado peligrosos, el resultado es demasiado impredecible. Y van contra la ley. No tengo ganas de tener que arrastrar a mi esposa fuera del continente o de regreso a Baltimore porque fui atrapado después de disparar a algún tonto dueño de caballos de carrera. No, prefiero algo menos sangriento, pero infinitamente más doloroso.
    Lord Grimsby se veía débilmente alarmado ahora.
    – ¡Correré, maldito seas! ¿Qué es sin derramamiento de sangre?
    Jason dijo en voz muy grave a lord Grimsby:
    – No correrá durante un año, señor, o si no Elgin Sloane, este precioso pariente suyo, no podrá estar cerca de Elsie Blaystock. Es más, el padre de ella podría dispararle. También me ocuparé de que cualquier heredera que él desee se marche volando. Y, le pregunto, ¿qué sucederá con la familia de Elgin si él no puede mantenerlos?
    – No puedes hacer eso -dijo Elgin, alarmantemente pálido ahora, adelantándose en su silla. -Yo no hice nada a tu maldito jinete… él fue. No tengo la culpa.
    – Entonces será mejor que convenzas a lord Grimsby de que acepte mis términos. Tal como lo convenciste de que presionara con tu proposición a Hallie Carrick.
    Lord Grimsby movió su puño frente a la nariz de Elgin.
    – ¡Intenta convencerme de algo y romperé tu maldita cara, miserable excusa de hombre! Además, no hay modo de que Jason pueda evitar que te cases con Elsie Blaystock o cualquier otra heredera que elijas. Tengo algo de poder aquí. Puedo impedir cualquier cosa que él intente hacer. Sé que debes tener dinero. Me ocuparé de que te cases. -Se volvió rápidamente hacia Jason. -Por supuesto que debe tener dinero para su familia.
    Jason dijo gratamente:
    – Esa es la gran preocupación, ¿verdad, señor?
    – Claro que lo es -dijo lord Grimsby mientras comenzaba a pasearse.
    Se detuvo para sacudir su puño en dirección a Jason, luego ofreció a Elgin una mirada de puro odio.
    Charles dijo:
    – Imagino, querido Jason, que tu padre te ayudará.
    Jason sonrió.
    – Lo haría si se lo pidiera, pero no veo la necesidad, al menos en el caso de lord Grimsby. Hará lo que pido, sólo con mi bota bajada sobre su cuello. En cuanto a Elgin aquí, creo que mi padre disfrutaría bastante hablando con el señor Blaystock sobre quién se casa con su hija.
    Elgin Sloane levantó la cabeza.
    – Se lo ruego, señor, acuerde no correr durante un año. Debo casarme, debo hacerlo, o todo estará perdido. Una palabra de lord Northcliffe, y el padre de Elsie cerraría la puerta en mi cara. La necesito, señor, mucho. La necesito ahora.
    – Eso es bastante cierto, Elgin -dijo Charles, -pero son los caballos lo que realmente deseas. Puedes verte, el orgulloso yerno, dueño de una enorme caballeriza.
    – Tal vez eso sea en parte, Charles, ¿y por qué no?
    Jason dijo en voz baja a Elgin:
    – Recuerda a lord Grimsby sobre Elaine.
    Elgin quedó boquiabierto.
    – ¿Sabes acerca de Elaine? Pero, ¿cómo?
    – En realidad -Jason se encogió de hombros, -sé todo.
    Lord Grimsby dijo, mirando fijamente a Jason:
    – ¿De veras?
    Elgin dijo:
    – Él tiene razón, señor. Debe hacer lo que él dice, o no me casaré con Elsie y mi dulce hermana morirá de hambre en una zanja. Ya no tiene institutriz, no puedo pagarla. Ella está sola, y no tendré un techo para poner sobre su cabeza a menos que me case muy pronto.
    Jason dijo:
    – ¿Lo escuchó, milord? Elgin está preocupado porque Elaine morirá de hambre. ¿Qué piensa, señor?
    Lord Grimsby se volvió contra Elgin, ignorando a Jason.
    – ¡Maldito idiota, tontísimo imbécil! Podrías haberte casado con Hallie Carrick, hermosa y rica como era, pero no, ¡tenías que acostarte con una matrona dientuda durante su compromiso! ¡Naturalmente, ella lo descubrió y lo rompió! Luego te casaste con Anne Cavendish. Sólo ve cómo arruinaste eso. Su padre inmovilizó su dote y ella tuvo el descaro de morir. Ya, es suficiente. Traerás a tu hermana aquí conmigo, más bien tu media hermana, y eso es todo.
    Lord Grimsby movió su puño hacia el rostro de Elgin.
    – Oh, no, señor.
    – Maldito seas, ella pertenece conmigo. Mi esposa la quiere aquí. ¡Tráemela!
    Elgin dijo:
    – Jamás renunciaré a mi apalancamiento. Soy el tutor de Elaine y seguiré siéndolo. Usted hará lo que le digo, señor. No correrá durante un año.
    – ¡Te mataré!
    Jason dijo:
    – No, señor, no lo vale. He descubierto que siempre hay razones para el comportamiento de un hombre. Uno debe descubrir cuáles son. No me llevó mucho tiempo descubrir por qué usted ha sufrido a este idiota en su hogar, ha dado un baile en su honor, ha intentado encontrarle una esposa rica. ¿Cuánto hace que sabe que Elaine es su hija, lord Grimsby? Como le dije, lo sé todo, señor, ya no hay razones para seguir mintiendo.
    Él se volvió hacia Jason.
    – Le contaría al mundo sobre ella, si no fuese por este bastardo haciendo sus malditas amenazas. Lo he sabido desde antes de que ella naciera, y también el padre de Elgin. Él amenazó con convertirla en una sirvienta en su propia casa a menos que yo le pagara bien. Y ahora su hijo hace lo mismo. Canallas, ambos. Mi esposa quiere que ella esté con nosotros. No tenemos hijos, y Elaine tiene apenas diez años. Es nuestra, no debería estar bajo el control de este idiota.
    Jason dijo:
    – ¿Y tú, Charles? No estoy muy seguro de cómo encajas en este rompecabezas.
    – No soy un gran misterio, Jason. Sólo intentaba ayudar a lord Grimsby. Siempre he sabido sobre la pequeña y pobre Elaine, cómo Elgin la ha utilizado como moneda de negociación, que lo aprendió de su padre. Pobre niñita, lo siento por ella. Debo decir que estoy impresionado por lo rápido que has obtenido tu información. Eres talentoso, Jason.
    – Simplemente nunca intentes lastimar a mis caballos -dijo Jason. Se volvió hacia lord Grimsby. -Usted acordará no correr durante un año entero, milord. Todos sabrán que está siendo castigado por sus fechorías, y todos sabrán que corren un enorme riesgo si intentan algo contra mis jinetes o mis caballos en el futuro. ¿Está de acuerdo, señor? ¿Un año sin correr? Estoy perfectamente preparado para ayudarlo a obtener lo que desea.
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    Jason movió la cabeza hacia la puerta abierta. Lord Grimsby levantó la mirada para ver a su esposa allí parada. Había oído todo, lo sabía. La mujer tenía oídos como Elgin.
    Lord Grimsby dijo lentamente:
    – Acordaré no correr durante un año si haces que Elgin me entregue a mi hija. Quiero decir, que me la entregue legalmente. Mi esposa y yo deseamos adoptarla. Entonces nunca más tendré que hablar con este imbécil. ¿Puedes hacerlo?
    – Por supuesto, señor. ¿Elgin? -La voz de Jason era muy suave, la voz que siempre usaba para ganar la atención instantánea y la obediencia de todos los niños que conocía. -Traerás a Elaine aquí en los próximos tres días. El abogado de Lord Grimsby se ocupará de la adopción. Luego te casarás con tu heredera.
    – No, no renunciaré a mi palanca. Mi padre me dijo que podría alimentarme de esto hasta que lord Grimsby muriera. ¡Oh, maldición! No es justo. -Se quedó callado, con las manos cerradas entre las rodillas. Se veía listo para echarse a llorar. Finalmente dijo: -Quiero esa caballeriza. Blaystock es un tonto, no sabe nada de nada. ¿Escucharon al idiota gritando a Brutus para que mordiera a los caballos que tenía enfrente? No tiene tacto, nada de imaginación. -Se volvió hacia Charles. -¿Me aseguras que Blaystock es muy rico?
    – Tan rico como Creso hasta que los persas le plantaron sus talones en la nuca.
    Lentamente, Elgin asintió.
    – Sin dudas preferiría casarme con Elsie Blaystock que con Hallie Carrick. Ella no muestra el respeto adecuado por un hombre, no lo perdona por errores pequeños, realmente insignificantes. No cierra la boca y es demasiado lista. Estoy en deuda con su padre por convencerme de que no sería una buena esposa para mí.
    Jason sonrió.
    – Ella perdona mis errores.
    – Eso es sólo porque eres tan condenadamente bonito -dijo Elgin, y movió un puño hacia Jason.
    – Por fuera como por dentro -dijo Charles Grandison, y se levantó. -Qué mañana ha sido esta. Creo que ya no me necesitan aquí. Milord, milady, les deseo la mayor felicidad con Elaine. Es encantadora. Elgin, dudo que asista a tus nupcias. Me gustaría mantener a Jason como amigo en el futuro, verás. Jason, te veré en las carreras Grantham el mes próximo.
    – Correré con dos caballos -dijo Jason mientras estrechaba la mano de Charles. -James Wyndham está trayéndome a Eclipse. Es nacido y criado en Baltimore.
    – ¿Eclipse? -dijo Elgin. -Ha estado muerto hace años. No fue criado en Norteamérica.
    – El mismo nombre y, espero, un futuro similar. Creo que mi Eclipse será tan rápido como Dodger.
    – Un caballo norteamericano llamado Eclipse, justo lo que necesitamos -dijo Charles. -¿Qué dices si intentamos hacer de esta una carrera recta?
    – Sé que Kindred y Potter harán correr el rumor.
    – ¿Cuál es tu castigo?
    – Te enterarás bastante pronto -dijo Jason.
    Cuando se marchó momentos más tarde, lady Grimsby lo detuvo en la puerta principal.
    – Gracias, Jason. Cómo he odiado toda esta decepción, he odiado tener que complacer a este miserable jovencito. He querido a Elaine desde que nació, verás. Qué agradecida estoy con mi esposo por convertirte en su víctima. Gracias a ti por lo que has logrado. Da mis saludos a tu encantadora esposa.

    La encantadora esposa de Jason estaba sentada en el suelo, cubierta de polvo, gritando a Carlomagno con todas sus fuerzas, porque la había arrojado intentando llegar a la yegua que había sido entregada a Dodger.
    Jason la levantó, le sacudió el polvo y le dio un beso en la nariz.
    – He estado pensando. ¿Por qué no cruzar una yegua con Carlomagno? Es un tipo de gran corazón, arrogante como su tocayo. Quién sabe, con la yegua adecuada podría producir una leyenda.
    – Carlomagno, una leyenda -dijo Hallie, y se rió.

CAPÍTULO 43

    Lyon’s gate – Diez meses más tarde.

    Más tarde, Jason juraría que el grito había sacudido la casa. Luego de todas esas interminables horas, no podía imaginar que ella tuviese el aire, mucho menos la fuerza para gritar, pero lo hizo. Pensó que los huesos de su mano se quebrarían de lo fuerte que lo apretaba.
    – Está llegando -exclamó el doctor Blood por encima de ese grito. -Ya no falta mucho. Un poquito más de nueve horas, para nada mucho tiempo.
    Hallie miró con los ojos entrecerrados a Theodore Blood, quien estaba totalmente loco y nada le gustaba más que ser invitado a Lyon’s gate para ver a Dodger y Eclipse entrenar, y jadeó:
    – ¿Nueve horas no es demasiado tiempo, bufón? ¿Por qué no cambiamos de lugar?
    Él palideció… Jason podía jurar que Theo había palidecido. No lo culpaba. Él mismo estaba exhausto, loco de preocupación, pero comparado con el dolor que ella estaba soportando, no era nada. Se inclinó más cerca, la besó.
    – Theo se disculparía por ese estúpido comentario, pero está demasiado cerca de parlotear de miedo. Ahora, cariño, ese fue un grito realmente sustancioso. Hazlo otra vez, eso, eso. Ya no falta mucho.
    Ella gritó, inconsciente por un momento prolongado.
    Jason maldijo y le secó la frente sudorosa con un paño fresco y mojado.
    – Lo siento tanto, maldíceme un poco más, eso lo hará mejor. Tu padre dijo que Genny te alentó a aprender algunas palabrotas nuevas este último mes.
    – No le creí -dijo Hallie. -Soy tan estúpida como Theo. No le creí. -Su agarre de la mano de Jason se intensificó. -Oh, maldito seas, Jason. Espero que te pudras en el foso más profundo del Infierno, tú y todos los hombres, miserable sapo con aliento a caballo…
    Se interrumpió, jadeando, y entonces se perdió, gimiendo. Luego volvió a gritar, arqueando la espalda y levantándose de la cama. Jason sintió que la contracción la desgarró. Theo la superó en gritos.
    – ¡Lo hiciste, Hallie! Casi estamos. Puja, Hallie. ¡Puja! Ahora, eso es.
    – Maldito seas hasta el foso más oscuro con el resto de los hombres idiotas… oh, Dios, oh, Dios…
    – ¡Puja!
    Ella apretó los dientes y pujó.
    Jason dijo:
    – Eso es, cariño. Eso es, mi hermosa muchacha valiente.
    Hallie le gritó entre jadeos:
    – ¡Maldito Satanás, eso es lo que le dijiste a Piccola cuando estaba pariendo su potrillo! -y volvió a gritar con los dientes apretados.
    Ante un asentimiento de Theo, Jason dijo:
    – ¡De nuevo, Hallie, de nuevo!
    – Estoy pujando, maldita sea tu negra alma y tus sonrisas pecaminosas que me metieron en este lío en primer lugar.
    – ¡Ah, lo tengo! Ah, sí, es un niño y es perfecto. Oh, cielos, deberían escuchar esos pulmones, fuertes como los de su madre… pero esperen, ¿qué es esto?, oh, cielos, otro… es otro bebé, oh, Dios mío, esto es una sorpresa, pero no debería serlo, ¿cierto? Oh, cielos, no pensé, no supuse, y debería haberlo hecho. Sí, Hallie, puja, pero no mucho. ¡No tengo manos suficientes! ¡Jason, ven aquí ahora!
    Jason atrapó a su hija con las manos estiradas. Ella abrió una boca diminuta y gritó tan fuerte como su hermano. Se quedó mirando al diminuto ser en sus manos, los dedos no más grandes que las astillas que Jason había quitado del pulgar de Henry ayer. Theo y la comadrona, la señora Hanks, ambos riendo por esta inesperada sorpresa, se controlaron rápidamente.
    La señora Hanks quitó el bebé a Jason, diciendo una y otra vez:
    – ¿No es esto grandioso? Dos de ellos a la vez, otro par de mellizos en la familia. Oh, ¿no es hermosa? Igualita a su papá.
    – Y su hermano.
    Jason miró a Theo Blood, que tenía a su hijo, cantándole aun mientras lo lavaba. Ninguno de ellos dejaba de gritar. Lavó y secó rápidamente sus manos, se acercó a Hallie y le secó el sudor de la frente.
    – Son perfectos -le dijo, y la besó. -Son increíbles, Hallie, tú eres increíble. Me has dado dos bebés, un niño y una niña. Oh, Dios, esto es demasiado que asimilar para un hombre.
    – Si te desmayas, Jason -dijo Theo, -lo anunciaré en la London Gazette. Mantén la calma.
    Jason se rió.
    – No te decepcionaré ahora, cariño, aunque sí me siento un poco mareado. ¿Cómo te sientes?
    Hallie estaba más allá de las palabras. El interminable dolor había desaparecido, verdaderamente desaparecido. Había terminado. Estaba viva y ella, al igual que Jason, miraban hacia la chimenea, viendo a Theo y la señora Hanks bañar y envolver a los bebés en una suave lana blanca.
    Sus bebés. Había dado a luz a dos bebés. Quería abrazarlos, sentir sus pequeños cuerpecitos, que le gritaran justo en la cara.
    – Son perfectos los dos, Hallie -le dijo Theo. -Pequeños, pero perfectos. Dame otro momento y me aseguraré de que tú también estás perfecta. Ah, qué notable exhibición de poder pulmonar. ¿Alguno de ustedes oyó lo que dije por encima de los gritos?
    Jason asintió. No podía asimilarlo. Se puso de pie de un salto, salió corriendo del dormitorio, corrió por el corredor para agarrar la barandilla en la cima de las escaleras y evitar caer volando.
    – ¡Tenemos mellizos! Corrie, James, ayuda, necesitamos sus manos. ¡Todos los demás, no se muevan! Todo está bien.
    Corrie y James llegaron corriendo. Theo pasó el pequeñito a Corrie y la señora Hanks entregó la niñita a James. James había querido preguntarle qué debía hacer con esa diminuta criatura que gritaba, pero no pudo hacer más que quedarse mirándola.
    Susurró:
    – Douglas y Everett eran así de pequeños, ¿cierto? Es asombroso. Oh, Dios, Jase, los dos somos padres.
    Mientras Theo atendía a Hallie, Jason, para distraerla, seguía secándole el rostro con paños fríos y húmedos, y besándola… la boca, la nariz, la oreja.
    – Lo hiciste, me diste dos perfectos bebés, un niño y una niña esta vez. -Jason se rió y quiso llorar. -Te los traeré en un instante. James y Corrie están ocupándose de ellos. No te preocupes, me aseguraré de que no intentan robarlos, no después de todo el trabajo que hiciste. Son tan pequeños, James podría meterlos en los bolsillos de su chaqueta. Ahora, ¿qué quieres que haga con este patético doctor tuyo a quien creía tan inteligente? Este tipo descerebrado que no creía que fueran dos bebés. Decía que sólo estabas enorme. Estabas bastante equivocado, ¿cierto, Theo?
    – Soy un estúpido.
    – Más fuerte, por favor -dijo Jason.
    – SOY UN ESTÚPIDO.
    – Bien. Ahora, mi dulce y sudada muchacha, necesito que descanses. Más tarde decidiremos qué deberíamos hacer con este doctor cabeza de calabaza.
    Hallie estaba tan cansada que quería dormir al menos durante un año. Se sentía maltratada y aplastada, y bastante maravillosa dado que había estado maldiciendo a Jason sólo cinco minutos antes. Sentía el cuerpo sorprendentemente ligero. Movió la mano hasta su panza.
    – También le dijiste eso a Piccola. -Él le sonrió. -Mi panza se ha achatado otra