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Una pasión prohibida

Una pasión prohibida

Аннотация

    A pesar de su amnesia parcial, Tracey no pudo olvidar la trágica confesión que la obligó a abandonar a Julian Chappelle sólo cuatro días después de su boda, y la única forma en que podía conseguir el divorcio era conviviendo con él durante treinta días y treinta noches.
    La residencia de los Chappelle estaba llena de sorpresas: la mayor de todas, una habitación con tres bebés, que eran la viva imagen de Tracey y de su marido…


Rebecca Winters Una pasión prohibida

    Una pasión prohibida (1997)
    Título Original: Three little miracles (1996)
    Multiserie: 4º Baby boom / 19º Niños y besos

Capítulo 1

    – Buenos días, Tracey. ¿Qué tal está hoy nuestra paciente milagrosa?
    – Buenos días, Louise -saludó Tracey dejando de escribir.
    – Me alegra que me llames simplemente por mi nombre.
    – ¿No te molesta? -preguntó Tracey con una leve sonrisa.
    – En absoluto -respondió. Luego la examinó superficialmente-. Parece que estás bien.
    – Y me siento bien. Tan bien que, en realidad, me gustaría salir fuera a pasear.
    – Todo a su tiempo -comentó Louise mientras echaba un vistazo a las últimas anotaciones del diario de Tracey-. Perfecto: tu escritura es perfectamente lógica y coherente. Te voy a dar una sorpresa. Te lo mereces.
    – ¡Me encantan las sorpresas!
    – Muy bien. Entonces, la tendrás; pero, antes, me gustaría que me hicieras otro dibujo.
    – Preferiría que echáramos una partida a las cartas o a las damas -propuso Tracey.
    – Esto es como un juego.
    – ¿Qué tengo que dibujar?
    – Todavía sigues soñando con cierto animal que te tiene aterrorizada. Siento curiosidad por saber qué aspecto tiene -dijo Louise mirándola con compasión-. Vamos, Tracey. Puedes hacerlo -insistió al ver que su paciente denegaba con la cabeza-. Es importante. Si te enseño algunas fotos, quizá puedas decirme si alguna te recuerda al animal del que hablas en tus sueños.
    Louise abrió un libró y pasó sus hojas lentamente. Tracey, a pesar de estar asustada, parecía fascinada por aquellas fotos de animales; por los enormes rinocerontes y las ágiles gacelas de África.
    – Ninguno se parece -dijo Tracey cuando terminó de ver las fotos.
    – Lo suponía. Por eso quiero que me lo dibujes. Recuerda que sólo sería un trozo de papel: no podría hacerte daño -la animó Louise mientras le ofrecía una hoja y un lápiz.
    – Si lo hago, ¿me dejarás pasear un rato por los alrededores? -preguntó Tracey después de vacilar unos segundos.
    – Tracey, estoy haciendo lo posible para darte de alta y que lleves una vida totalmente normal. Pero, ¿cómo quieres que te deje salir fuera, donde hay todo tipo de animales, si le tienes tanto miedo a uno de ellos?
    – Tienes razón. No puedes -admitió suspirando-. Está bien… Lo haré; pero conste que no me agrada en absoluto.
    Le temblaban las manos, pero, aun así, empezó a dibujar aquella criatura terrible que la amenazaba constantemente cada vez que cerraba los ojos y se dormía; sólo podía librarse de ella despertándose y, entonces, se sorprendía gritando y con un río de sudor corriéndole por todo el cuerpo.
    – ¡Ya está! -exclamó entregándole el dibujo a Louise. Ésta lo recogió sin mirarlo. Luego sacó una chocolatina y se la ofreció a Tracey-. La Maison Chappelle. Fabrique en Suisse -leyó el envoltorio en voz alta.
    – Chocolates «Chapelle House» -explicó Louise-. ¿Te suena haber probado esta marca antes?
    – Sí -contestó convencida. Frunció el ceño-. Ese nombre, Chapelle…
    – Tu padre fue el representante de Chapelle House en los Estados Unidos hasta que se murió.
    – Es la segunda vez que nombras a mi padre. El otro día…
    – ¿Te acuerdas de él? -la interrumpió Louise.
    – No. Pero el nombre Chapelle me resulta familiar.
    – Puede que sea porque se trata de los chocolates más ricos y famosos de todo el mundo. Chapelle House tiene más de cien años. Es una compañía de mucho prestigio. Vamos, prueba.
    Tracey se metió uno de los cuadraditos en la boca y tuvo la sensación de haber vivido esa situación con anterioridad.
    – ¡Qué rico! Es de avellana; el que más me gusta. ¿Cómo lo sabías?
    – Tengo poderes.
    – ¿Ah, sí? -sonrió Tracey-. Pues adivina qué otro chocolate me encanta.
    – Pues… espera un momento… Chocolate blanco con nueces.
    – ¿De verdad tienes poderes? -preguntó Tracey asombrada.
    – No. Cuestión de suerte. Simplemente, a mí me gustan las nueces, eso es todo. Te traeré una tableta la próxima vez -Louise se levantó y la miró unos segundos-. Y ahora tengo otra sorpresa para ti. Fuera hay una mujer que tiene muchas ganas de verte. Claro que si no te sientes preparada para ver a nadie, basta con que lo digas.
    – ¿La conozco? -preguntó Tracey con curiosidad.
    – Sí. No ha dejado de preguntar por ti y te quiere mucho. Mira: una foto suya -dijo Louise.
    Al principio, Tracey no reconocía a aquella elegante mujer; pero, después de mirarla con detenimiento, sus rasgos faciales parecieron despertar algún tipo de recuerdo en ella.
    – ¡Es mi tía Rose! -exclamó cuando por fin la identificó.
    – Exacto -corroboró la doctora con satisfacción-. Pronto recuperarás toda la memoria. Sí, esa mujer es tu tía Rose Harris. Estabas viviendo con ella cuando sufriste el accidente. ¿No te acuerdas?
    – No. No me acuerdo de nada. Pero la cara sí me suena vagamente -respondió. Luego empezó a acariciar la foto de su tía, cuya expresión se parecía muchísimo a la de su propia madre. De pronto, la imagen de su padre se le vino también a la cabeza-. ¡Papá! -exclamó sin poder evitar que se le saltaran las lágrimas: acababa de recuperar un sinfín de recuerdos de su juventud, de su hermana y de sus padres, de un verano feliz en el campo…
    Algunos recuerdos eran tan dolorosos, llevaban tanto tiempo reprimidos, que Tracey no podía asimilarlos, de modo que, de repente, se sumió en una tristeza profunda e inconsolable, que no podía expresar con palabras.
    – Quiero ver a mi tía. Tengo que verla -afirmó finalmente-. Déjame salir contigo -le suplicó Tracey, ansiosa por reencontrarse con Rose Harris, que la había acogido, al igual que a su hermana Isabelle, después del accidente aéreo en el que habían muerto sus padres.
    – Está en la sala de espera -le dijo Louise mientras le abría la puerta.
    – ¡Rose! -exclamó Tracey cuando la vio al salir al pasillo.
    – ¡Tracey, cariño! -replicó su tía mientras se daban un caluroso abrazo entre sollozos emocionados-. ¡Por fin! ¡Recuerdas como me llamo!
    – Louise me acaba de enseñar una foto tuya y te he reconocido en seguida -dijo Tracey. Luego se separaron para secarse las lágrimas.
    – Hace cuatro meses los médicos decían que no había esperanzas; pero estás aquí, viva, más sana y guapa que nunca. Es un milagro.
    – Al paso que está recuperando la memoria, podrá volver a casa dentro de nada -terció Louise-. Y ahora, os dejo a solas para que habléis con tranquilidad.
    – Gracias -dijo Rose mientras Tracey miraba a su tía: tenía sesenta años, pelo moreno y se parecía mucho a su madre y a su hermana; sin embargo, mientras que las dos mujeres mayores tenían ojos marrones, los de Isabelle eran azules. Los de Tracey eran verdes y, bajo unas cejas muy negras, armonizaban con su cara ovalada de rasgos clásicos y con su rubio cabello-. Vamos a tu habitación. Allí podremos hablar en privado. Tenemos que recuperar cuatro meses de silencios.
    – ¿Qué tal está Isabelle? ¿Cómo están Bruce y Alex? Acabo de recordar que tengo una hermana casada y un sobrino.
    – ¿Qué quieres que conteste antes? -preguntó Rose no bien hubo cerrado la puerta de su habitación.
    – Las dos cosas. Ven, siéntate a mi lado -dijo eufórica mientras reforzaba su invitación con un gesto de la mano hacia el sofá. Parecía que estaban en un lujoso hotel en vez de un hospital-. Venga, cuéntamelo todo.
    – Bueno… -vaciló Rose jugueteando con su pelo-. A tu hermana le gustaría estar aquí, pero no se encuentra muy bien ahora mismo.
    – ¿Está grave?
    – No, ¡qué va! -dijo con cautela.
    – Tía Rose, conozco esa mirada. Sé que me ocultas algo. Por favor, no tengas miedo de decírmelo. Estoy bien y cada día me encuentro más fuerte.
    – Ya lo veo, cariño. Y doy gracias a Dios por tu increíble recuperación. La verdad es que… -miró a Tracey intranquila- está esperando otro bebé y se marea mucho y vomita por las mañanas.
    – ¡Ay, pobre! Le pasó lo mismo con Alex. Pero, ¡qué bonito tiene que ser estar embarazada!, ¡ser una mamá! -exclamó con ilusión y tristeza a la vez. Tenía la sensación de que ella jamás llegaría a formar una familia-. ¿Está Bruce nervioso?
    – Me temo que está demasiado ocupado pensando como malgastar dinero y arruinar a toda la familia como para darse cuenta de lo que está pasando. Espero que reaccione antes de que sea demasiado tarde.
    – Yo también -Tracey se puso de pie de golpe-. ¿Qué te parece si vamos a Sausalito en cuanto me dejen salir y les damos una sorpresa? ¡Me muero de ganas por ver a Alex! He tenido que pasar en coma su segundo cumpleaños… De verdad, estoy deseando salir de aquí. No quiero parecer desagradecida: todo el mundo me dice que soy un milagro viviente y los creo. Y todos se han portado de maravilla conmigo… Pero tengo la sensación de que llevo toda mi vida encerrada entre estas cuatro paredes. Estoy empezando a tener claustrofobia.
    – ¡Natural! Yo también me sentiría así -comentó Rose mientras pasaba un brazo por encima de los hombros de Tracey-. Los médicos sólo quieren que sigas aquí un poco más de tiempo.
    – ¡Ojalá pudiera marcharme contigo ahora mismo! ¡Estar tan cerca del mar y no poder verlo ni olerlo…! Me muero de ganas por navegar y volver a sentir el aire azotándome contra la cara -comentó Tracey, que se dio cuenta de que su tía estaba inquieta-. ¿Pasa algo? Pareces diferente, estás rara… ¿Es que me he vuelto loca? ¿Te han dicho los médicos que he perdido el juicio o algo así? -preguntó angustiada, con lágrimas en los ojos.
    – No, no, cariño. Nada de eso -la tranquilizó Rose. De pronto, Tracey rompió a llorar y se apoyó sobre el hombro de su tía-. Creía que sabías que estamos en Suiza, no en San Francisco.
    – ¿Que no estamos en San Francisco? -preguntó Tracey asombrada, preocupada por no haberse dado cuenta por sí sola-. Sí, seguro que estoy loca.
    – ¡Que no, cariño! ¡De verdad!
    – No me extraña que Louise no me deje salir de aquí todavía. Soy como un bebé recién nacido que no sabe nada -afirmó llorando-. Quizá nunca me recupere y no pueda marcharme de este hospital.
    – Calla, no hables así. Estabas muy grave y has sobrevivido, cosa que muchos no habrían logrado. Has trabajado muy duro por recuperar tu memoria y lo has hecho tan rápidamente que has sorprendido a todo el personal médico del hospital. ¡Es normal que estés un poco desorientada aún! Todavía tienes que readaptarte al mundo exterior. Pero, cariño, eso no importa.
    – Claro que importa. Tenía que haberme dado cuenta de inmediato. Mira los muebles de la habitación. No son que se diga del más puro estilo californiano… ¿Dónde estoy exactamente?
    – En Lausana.
    – ¿Lausana?
    – Sí.
    – La ciudad a la que van los dementes con las enfermedades irreversibles. La ciudad cuyas clínicas son tan caras que tienes que ser una estrella de cine o un magnate empresarial para empezar a pagarlas… ¿Es ahí donde estoy, tía Rose? ¿En uno de esos maravillosos hospitales que han acabado con tu pensión y con la herencia que papá nos dejó a Isabelle y a mí?
    – Estás en un hospital que te va a ayudar a recobrarte por completo. Eso es lo único que importa -le dijo acariciándole una mejilla.
    – No es lo único si por mi culpa te has quedado sin dinero. No podría soportarlo; no después del sacrificio que hiciste: de no haber sido por nosotras, podrías haberte vuelto a casar.
    – Eso no es cierto, Tracey. Yo no quería casarme con Lawrence. Simplemente éramos buenos amigos.
    – No me lo creo -denegó con la cabeza-. Y no quiero ni ver la monstruosa factura de lo que está costando mi estancia aquí. Ahora mismo hago las maletas y me marcho en avión a San Francisco. Alquilaré un apartamento, buscaré un trabajo y así podré empezar a devolverte el dinero.
    – Eso es precisamente lo que no vas a hacer -replicó Rose con firmeza.
    – Sé que harías cualquier cosa para protegerme, tía Rose. Pero ya soy una mujer. La doctora me ha dicho que no puedo marcharme de aquí hasta que no esté preparada para el mundo real otra vez -se detuvo para tomar aliento-. Pues pagar lo que una debe forma parte de la vida real. Después de cuatro meses de gastar tu dinero y mantenerte alejada de Lawrence, ya va siendo hora de que empiece a justificar mi existencia.
    – Tracey… Jamás podría casarme con Lawrence; no después de todo lo que compartí con tu tío. Además, Lawrence murió hace tres meses de un ataque al corazón.
    – ¡Tía Rose! -exclamó Tracey apenada. Le dio un abrazo-. Lo siento. Lo siento mucho.
    – No lo hagas. Ahora estará reunido con su mujer. Tú eres la única persona que importa en estos momentos -sentenció con nerviosismo.
    – Pareces alterada. ¿Algo va mal?
    – Nada. Por eso me molesta tanto que te sofoques sin necesidad por el dinero. Ha sido… otra persona la que ha estado pagando tu estancia aquí todo este tiempo; así que no tienes que preocuparte por mí.
    «¿Otra persona?», se preguntó muy extrañada.
    – Tía Rose, ¿a quién conoces que tenga tanto dinero y que, además, esté dispuesto a pagar tanto dinero por mí?
    – Yo puedo responderte a eso -contestó en tono aterciopelado una voz masculina.
    Tracey empezó a sentir un sudor helado por todo el cuerpo; estaba angustiada y era incapaz de darse la vuelta, porque aquélla era la voz que la atormentaba en sus pesadillas.
    – ¡Julien! -exclamó tía Rose, haciéndole gestos para que saliera de la habitación.
    El mero hecho de oír aquel nombre descompuso a Tracey. No tenía que ver a aquel hombre para recordarlo. Sabía que sería moreno, de ojos negros, alto y delgado, arrebatadoramente varonil. A su lado, cualquier hombre parecería insignificante. Tracey lo amaba más que a su propia vida… Pero era un amor prohibido.
    De pronto, Tracey sintió un dolor indescriptible; un dolor que le había hecho sufrir mucho los meses anteriores al accidente; un dolor que sólo el estado de coma había podido anestesiar… temporalmente.
    – ¡Dios mío! -exclamó con agonía. Entonces le entró una terrible arcada y apenas logró llegar al baño.
    – Tracey -murmuró Julien con ansiedad en ese tono ronco que la volvía loca. Luego la siguió al baño.
    «No me toques», quiso gritar Tracey cuando Julien le acarició por la cintura, en un gesto que tantas veces había repetido durante su luna de miel. Por aquel entonces no eran capaces de estar separados ni un sólo segundo.
    Cada vez que él la tocaba era como la primera vez. Pero en ese momento tenía demasiadas ganas de vomitar y estaba demasiado impresionada como para decir nada.
    – Si no le importa, señor Chappelle, yo me encargaré de ella -dijo Gerard, uno de los enfermeros, con autoridad.
    – Por supuesto que me importa -exclamó Julien-. ¡Es mi mujer!
    – ¡Julien, por favor! -intervino Rose-. Es mejor que esperemos en la sala de estar.
    Tracey notó que a Julien le costaba despegar las manos de su cintura; pero finalmente se resignó a soltarla y se marchó.
    – En seguida vuelvo, preciosa -susurró con dulzura.
    Una vez se hubieron marchado, se apoyó en Gerard para llegar hasta la cama.
    – No le dejes que vuelva, Gerard -le imploró mientras éste la ayudaba a recostarla y le tomaba las constantes vitales-. Ya no es mi marido. Manténlo alejado de mí. Por favor, no quiero verlo.
    – Mientras la doctora Louise no diga lo contrario, nadie podrá entrar aquí salvo el personal del hospital -la tranquilizó-. Vamos, métete en la cama, Louise viene en seguida.
    – Sí, tengo que ver a Louise. Necesito verla -dijo nerviosa.
    Cuando Gerard la dejó a solas, Tracey fue al armario y se puso un camisón. Luego volvió a meterse en la cama. Se sentía sin fuerzas. Sólo quería descansar y olvidar.
    Nada más cubrirse con las sábanas, Louise entró en la habitación con su bata blanca. Las dos mujeres se miraron a la cara mientras la doctora colocaba una silla frente a la cama de Tracey para sentarse cerca de ésta.
    – Has tenido un día muy intenso y creo que tenemos que hablar de como te sientes después de lo que has averiguado.
    – No voy a poder pegar ojo mientras sepa que él va a estar fuera esperándome; que puede venir y entrar en cualquier momento -comentó Tracey aterrorizada, tapándose la boca con el embozo de la sábana.
    – Tranquila, ya se ha marchado del hospital con tu tía. Les pedí que se fueran y vi como se iban en el coche.
    – ¡Gracias a Dios!
    – Cuando se dio cuenta de que había sido su presencia la que te había indispuesto, no necesitó que nadie le dijera que se fuese. Tienes que entender que ha pasado todas las noches a tu lado durante los últimos meses, intentando calmarte cuando tenías pesadillas. Se ha portado de maravilla.
    «Perdóname por hacerte esto, Julien. Pero tendremos que separarnos cuando salga de aquí», pensó Tracey sumamente afligida.
    – Cuéntame algo sobre tu marido.
    – No es mi marido.
    – ¿Por que no quieres que lo sea?
    – No, porque estamos divorciados -explicó.
    – Pues está pagando las facturas del hospital.
    – Lo sé. Ya me lo ha dicho mi tía. La culpa es suya -dijo saltándosele las lágrimas mejilla abajo.
    – ¿Ella tiene la culpa de que pague las facturas?
    – No, de que haya averiguado donde estoy. Él insistió y acabó sonsacándole la respuesta porque ella siempre ha pensado que Julien era el hombre más maravilloso del mundo… Lo que, sin duda, es cierto -añadió.
    – Entiendo. O sea, que no se lo reveló para que se encargara él de los gastos, ¿no?
    – No, no. Mi mari… Julien no habría parado hasta pagarlo él todo. Siempre ha sido así.
    – ¿Siempre? ¿Cuánto tiempo llevabais casados?
    – Dos meses; pero nuestras familias se conocen hace muchos años. El hecho es que él es el hombre más honrado que hay sobre la capa de la tierra. A nadie se le escapa su bondad y lo bien que se porta con todo el mundo. Es excepcional… ése es el problema: aunque estamos divorciados, me temo que siempre se va a sentir responsable de mí. Sería inútil decirle que quiero pagarme yo mi tratamiento ahora que he recuperado la consciencia. No lo permitiría.
    – A ver si te estoy entendiendo bien: me estás diciendo que es el hombre más maravilloso del mundo, pero que, simplemente, no quieres seguir viviendo con él.
    – ¡Exacto! -exclamó.
    – Él sigue locamente enamorado de ti.
    – Lo sé -Tracey bajó la cabeza-. Si no te importa, preferiría no seguir hablando de este tema. No quiero seguir en el hospital más tiempo. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí. Si no fuera por lo mucho que me has ayudado, lo más seguro es que no siguiera viva. Pero ya estoy bien. Tú misma me lo has dicho esta mañana.
    – Eso es verdad. Físicamente estás en perfectas condiciones.
    – Quiero volver a mi casa, Louise. Quiero irme esta misma noche.
    – ¿Dónde está «tu casa»? -preguntó la doctora recostándose sobre el respaldo de la silla.
    – En San Francisco.
    – ¿Y cómo vas a ir allí?
    – Tengo suficiente dinero en el monedero para ir en taxi hasta el aeropuerto de Ginebra. Puedo telefonear a mi hermana para que me tenga reservado un billete para el avión. Ella me recogerá en el aeropuerto y me llevará a su casa. Dentro de unos pocos días habré alquilado un apartamento, estaré trabajando y empezaré a vivir mi vida.
    – En teoría, parece un buen plan. Pero no puedes salir del hospital así como así.
    – ¿Cómo que no puedo? ¿Qué quieres decir? -dijo enfadada.
    – Fue tu marido el que te ingresó aquí y él es el único que puede decir cuando puedes marcharte.
    – Pero si te lo acabo de explicar ¡ya no es mi marido!, ¡estamos divorciados!
    – Puede que para ti lo estéis; pero él nunca llegó a firmar los papeles del divorcio. Legalmente sigues siendo su mujer.

Capítulo 2

    – ¡No es verdad! -exclamó Tracey.
    – Sí. Yo nunca te he mentido. Y nunca lo haré. Cuando tu abogado le entregó los papeles del divorcio al abogado de tu marido, ya te habían atropellado y estabas en coma. Según tu tía Rose, Julien no quiso tomar ninguna decisión entonces, porque estaba demasiado confuso y preocupado por tu accidente.
    – ¿Entonces sigo siendo Tracey Chapelle?
    – Sí.
    – No… no es posible.
    – Lamento que esta noticia te afecte tanto.
    – ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
    – Porque, en los casos de pérdida de memoria, es mejor que el paciente la vaya recuperando por su cuenta, sin forzar el proceso, cuando el cerebro esté preparado para recibir nueva información. Así estás evolucionando tú y por eso has mejorado tanto. Pero esta noche tu marido se saltó las reglas del juego al insistir en que lo vieras. Corrimos un riesgo al dejarle entrar en tu habitación y ahora he tenido que contarte algunas cosas para las que aún no estabas preparada. Lo siento, Tracey. No era mi intención. Yo quería que recuperaras la memoria a tu ritmo, pero tu marido lleva mucho tiempo sufriendo. Cuando vio que habías reconocido a tu tía Rose, no pudo seguir aguantando.
    – ¿Qué más debo saber que no recuerde? -preguntó Tracey luchando por no llorar.
    – No voy a mentirte: todavía hay más; pero no creo que sea el momento de decirte nada. Bastantes emociones has tenido ya esta noche…
    – ¡Así que me estás diciendo que voy a tener que quedarme aquí hasta que recupere toda mi memoria y que, incluso entonces, no podré marcharme hasta que Julien considere que estoy en condiciones de dejar el hospital! -exclamó desesperada.
    – No. No estoy diciendo eso. Ya has recuperado la mayoría de tu memoria. Pero no hay manera de predecir si podrás recuperarla del todo o no. Sólo el tiempo tiene la respuesta -respondió Louise-. Tracey, eres mi paciente y, por lo que a mí respecta, podrías marcharte de aquí mañana mismo, aunque, por supuesto, me gustaría despedirme de ti sabiendo que has resuelto los miedos que generan tus pesadillas. En cualquier caso, no puedo darte de alta mientras tu marido no quiera.
    – ¿Y si contrato a un abogado?
    – Podrías hacerlo -contestó Louise dubitativamente-. Pero, ¿tienes dinero para procurarte un abogado que sea tan bueno como el de tu marido?
    – Necesito estar a solas -comentó Tracey, consciente de que no podía competir con Julien.
    – Está bien. Vendré a verte mañana y seguiremos hablando.
    – Dame… algo… para dormir… -suplicó Tracey entre lastimeros gemidos.
    – Ya no te hace falta. El monstruo que te atormentaba por las noches ya ha salido a la superficie. Hazle frente y dejará de molestarte mientras duermas. Buenas noches.
    Tracey se sintió furiosa con Louise y empezó a llamarla a gritos para que volviera y la ayudara.
    – ¿Tracey? -la interrumpió una voz minutos después. Se incorporó sobresaltada, por unos segundos, pensó que aquella voz masculina había sido la de su marido. Por suerte, se trataba de Gerard-. ¿Te apetece cenar algo?
    – ¡No! -respondió malhumorada.
    – ¿Y un zumo de frutas fresquito?
    – No. Lo que necesito es una pastilla para dormir.
    – La doctora Louise no cree que la necesites. Quizá un poco de leche caliente…
    – No gracias. No me gusta la leche caliente.
    – Entonces, buenas noches. Si quieres cualquier cosa, basta con que aprietes el botón.
    – ¡Pero no podré dormirme en toda la noche!
    – ¿Por qué no ves un poco la televisión?
    – Odio la televisión. ¿Puedo salir fuera? Para pasear y cansarme. Quizá así logre conciliar el sueño. Aquí dentro me siento atrapada.
    – El doctor Simoness estará de servicio mañana por la mañana. Cuéntale como te sientes cuando venga a visitarte.
    – ¡No puedo esperar hasta mañana! ¿Se… se ha ido ya la doctora Louise?
    – No lo sé.
    – ¿Te importa comprobarlo, por favor? Dile que necesito hablar con ella otra vez -dijo Tracey desesperada.
    – Gerard me ha dicho que nunca te había visto tan nerviosa -dijo la doctora Louise unos minutos más tarde, después de entrar en la habitación de Tracey-. Y las dos sabemos a qué se debe, ¿verdad?
    – Louise, tengo que salir de aquí, de Suiza. ¿Qué puedo hacer?
    – Yo sé lo que haría en tu caso.
    – ¿El qué?
    – Ser fuerte.
    – ¿Fuerte?
    – Ser suficientemente fuerte como para decirle a tu marido que ya no quieres vivir con él -afirmó Louise-. En realidad, está esperando a que se lo digas a la cara. ¿No me has dicho que era un hombre maravilloso?
    – Sí, lo es.
    – Entonces se merece una explicación. Tal como tú misma me has confesado, él nunca ha querido separarse de ti. Eres tú la que se marchó un buen día sin decirle adonde ibas. Y eres tú la que has tomado la iniciativa de divorciaros.
    – Lo sé -dijo con un hilillo de voz, apesadumbrada por el daño que le estaba haciendo a Julien.
    – Tengo la impresión de que Julien es tan maravilloso como me cuentas. Y creo que, si le hablas con sinceridad, no se opondrá a que abandones el hospital y acabará firmando los papeles del divorcio… aunque le pese. Está loco por ti. Y precisamente por eso, por ser su amor tan desinteresado, hará cualquier cosa porque seas feliz, y te podrás marchar sin que nadie descubra tu secreto.
    – ¿Qué secreto? -preguntó Tracey extrañada.
    – Tracey, llevo demasiado tiempo trabajando contigo como para darme cuenta de que me ocultas algo. Me parece perfecto. Todos tenemos derecho a tener nuestros secretos. Pero, sea como sea, recuerda que tienes que ser fuerte y hablar con Julien.
    – ¿Te importa llamarlo y decirle que venga esta misma noche? -le pidió Tracey.
    – No me importa. Pero si de veras estás dispuesta a dar este paso, deberías ser tú quien lo llamara. Si se encuentra con una mujer capaz de controlar sus sentimientos y de comportarse como una persona normal, le resultarás el doble de convincente -le aconsejó-. Tracey, te lo digo por tu bien.
    – Lo sé. Y nunca podré agradecértelo lo suficiente -le dijo dándole un abrazo.
    – Has luchado mucho por sobrevivir y ya no te queda casi nada para volver a tu casa. Rezaré por ti -le dio una palmada en la espalda-. Voy a decirle a Gerard que te traiga un teléfono a la habitación para que puedas hablar totalmente en privado.
    – Gracias, Louise.
    – Buena suerte.
    Tracey iba a necesitar mucho más que buena suerte para enfrentarse con su marido. Después de que Gerard le trajera el teléfono, Tracey pasó varios minutos intentando reunir valor para descolgar el auricular.
    Sabía bien que tenía que hablar con Julien para salir del hospital; así que, finalmente, empezó a marcar su número de teléfono, el cual se sabía todavía de memoria.
    Solange descolgó. ¡La buena de Solange! Llevaba muchísimos años como asistenta de los Chapelle.
    – ¡Tracey, cariño! -exclamó Solange al reconocerle la voz. Luego le dijo que Julien, después de dejar en casa a Rose, se había marchado disparado en el coche, y le preguntó si quería hablar con su tía.
    Tracey no se sentía con ganas de hablar con ella en esos momentos y le dijo a Solange que volvería a llamar más tarde. Colgó y marcó el teléfono del trabajo de Julien. Solía ir allí cuando algo lo inquietaba. Eran las 22:45. De estar en la oficina, estaría solo.
    – ¿Sí? -respondió una voz después de seis pitidos.
    De pronto, Tracey no sabía qué decir, hasta que, después de tragar saliva, preguntó por Julien.
    – ¿Eres tú, Tracey? -preguntó su marido.
    – Sí. Soy yo.
    – No imaginas cuanto tiempo llevo esperando este momento -dijo en un tono en el que se mezclaba el amor, la tensión y otros muchos sentimientos-. ¿De veras eres tú, preciosa mía? ¿No estoy alucinando?
    – No, soy yo. De verdad. Siento haberme puesto enferma delante de ti esta tarde. Louise dice que, a veces, algunos recuerdos…
    – ¿Quieres decir que…? -la interrumpió.
    – Julien -dijo Tracey sin dejarle acabar la frase-. Tenemos que hablar.
    – Voy en seguida.
    – ¡No! -exclamó presa de un súbito pánico-. Esta noche no.
    «No puedo verte esta noche. Pensaba que podía, pero no. Necesito descansar para estar preparada», pensó Tracey.
    – Después de todos estos meses, todo el tiempo rezando por oírte decir mi nombre, deseando que no me hubieras olvidado… ¿me pides que siga esperando? -preguntó con tono de desesperación.
    – Lo siento. Es que estoy muy cansada. Preferiría que vinieses mañana por la mañana.
    – Imposible, he estado a tu lado durante meses, viéndote tumbada, esperando… Voy ahora mismo, pero te juro que no te despertaré si estás dormida. Sólo quiero estar contigo en tu habitación. ¿Es eso mucho pedir, amor mío?
    «Sí, es mucho; pero, ¿cómo puedo negarme?», se preguntó Tracey.
    – No, está bien -respondió finalmente.
    – Hasta luego, pequeña.
    Tracey colgó el auricular. Sabía que ya sí que no conseguiría dormirse; no mientras él estuviera observándola en su habitación. No podía estar segura de que Julien no fuera a intentar abrazarla y besarla; no, si estaba tan emocionado como parecía.
    Le gustara o no, tendría que hacerle frente en breves instantes, así que tenía que vestirse para poder recibirlo en la sala de espera. Prefería verlo allí, para que Julien no gozara de la intimidad que desearía.
    Se fue al baño inmediatamente para darse una ducha. No había tiempo que perder. A esas horas de la noche apenas habría tráfico. Julien no tardaría en llegar al hospital con su Ferrari.
    Como a él siempre le había gustado que se dejara el cabello suelto, Tracey se lo recogió en un moño como el de su tía y se puso una blusa y una falda muy funcionales para que casi pareciera un encuentro de negocios.
    Prescindió de colonias y maquillajes. Quería tener buen aspecto para que Julien se convenciera de que se encontraba bien; pero no deseaba estar atractiva.
    – ¿Gerard? -preguntó cuando salió a la sala de espera.
    – ¿Qué haces aquí a estas horas? -preguntó sorprendido.
    – Estoy esperando a mi marido.
    – ¿Te apetece una taza de té?
    – Mejor cuando venga, ¿no te importa?
    – Lo que tú quieras.
    Tracey tomó asiento en una de las sillas y empezó a hojear una de las revistas que había en la mesa de enfrente, sin apenas ver las fotos ni las palabras de nerviosa que estaba.
    Cada vez que oía una pisada en los pasillos de su planta, el corazón le daba un vuelco.
    – ¿Preciosa? -la llamó finalmente su marido. Había llegado hasta ella con mucho sigilo y la había sorprendido.
    Tracey sabía que tenía que mirarlo y, cuando lo hizo, notó algunos cambios en su aspecto: empezaba a tener arrugas en la frente, llevaba el pelo más largo y estaba más delgado, aunque, de algún modo, parecía más fuerte. Sea como fuere, resultaba más atractivo y perturbador que nunca.
    Sabía que él estaba esperando a que se levantase para darle un fuerte abrazo, como solía hacer tiempo atrás. La presencia de Julien despertaba en Tracey tal amor y pasión que ésta no podía disimular sus sentimientos, a pesar de que no estaban a solas.
    – Me alegro de verte -lo saludó con tanta serenidad como pudo-. Siéntate. Gerard me ha dicho que nos prepararía un té en cuanto llegaras.
    – ¿Eso es todo lo que tienes que decirme después de doces meses infernales? -le preguntó Julien aún de pie.
    – No quiero precipitarme con muchas efusiones. Hoy ha sido un día lleno de sorpresas. No sólo he descubierto que fuiste tú quien me ingresó en este hospital y quien ha pagado todo, sino que, además, me he enterado de que no hemos llegado a divorciarnos; de que nunca firmaste los papeles que te mandé… Por eso te he llamado: porque quiero el divorcio. No te pido nada más que mi libertad.
    – Pero, ¿por qué? -preguntó decepcionado por la determinación de Tracey.
    – No te mentiré, Julien. Los dos sabemos que no hay ningún motivo.
    Julien echó la cabeza hacia atrás, como si hubiera recibido un puñetazo de sinceridad. Luego Tracey se levantó, se acercó a su marido y lo miró a los ojos.
    – Te quiero, Julien -prosiguió Tracey-. Y jamás querré a otro hombre. No te quepa la menor duda de eso. Pero me he dado cuenta de que no puedo estar casada. Quiero regresar a San Francisco y seguir adelante con mi vida.
    – ¿Por qué? -volvió a preguntar estrechándola contra su cuerpo. Estaba desesperado.
    – Me gustaría poder explicarlo, pero no puedo. Cuando volvimos de nuestra luna de miel, comprendí que quería volver a ser libre; elegí el camino más cobarde al escaparme sin decir nada -admitió. Sentía la presión de sus dedos sobre los brazos-. Sé que me equivoqué y siempre lamentaré haberte hecho tanto daño. Y también sé que tú nunca serías tan cruel conmigo, lo que quizá te explique un poco como soy de verdad: yo no soy la mujer con la que deseas pasar el resto de tu vida.
    Julien la miró dolido a la cara e intentó en vano hallar algún síntoma de debilidad.
    – Si me marché así -prosiguió Tracey- es porque sabía que me preguntarías que por qué quería divorciarme, y yo no podría ofrecerte ningún motivo que te resultara convincente.
    – Tienes razón -exclamó furioso-. Después de lo que compartimos durante la luna de miel, nada de lo que me dices o haces tiene sentido.
    – Ahí tienes la respuesta, Julien. En Tahití vivimos una experiencia indescriptible, fuera de lo común. Nadie podrá quitarnos nunca ese recuerdo; pero es imposible que aquellos mágicos días se repitan: la vida no es así. Ahora hemos vuelto a la cruda realidad y quiero ir por mi camino. Sola.
    – No te creo -dijo con incredulidad. Entonces la besó para intentar renovar la pasión que sus besos solían despertar en ella.
    Pero antes del accidente que la había enviado al estado de coma, Tracey había descubierto algo que la obligaba a resistirse; de modo que, aunque estuvo a punto de sucumbir al deseo de la carne, sabía que aquello no estaba bien y no cedió a sus instintos.
    Cuando Julien separó sus labios de los de ella, Tracey se sintió mortificada al ver el dolor, la ira y la confusión que expresaban los negros y preciosos ojos de su marido, quien, intentando encontrar algún punto vulnerable, le acarició los brazos con suavidad.
    – Tengo entendido que de ti depende el que pueda marcharme del hospital. Bien, me gustaría irme mañana mismo -dijo Tracey con firmeza.
    – Todavía no has recuperado toda tu memoria -comentó.
    – Lo sé. Louise me ha dicho que tal vez no llegue nunca a recuperarla del todo, pero que ya me encuentro lo suficientemente bien como para irme. Parece que mi destino está… en tus manos -dijo, temblando por primera vez desde el inicio de aquella conversación-. Con todo el daño que te he hecho marchándome furtivamente, tienes la oportunidad de vengarte, de negarte a concederme el divorcio y de obligarme a quedarme aquí hasta que recuerde todo, lo cual puede o no suceder.
    – ¿Piensas que soy tan despiadado como para encerrarte aquí? -preguntó estremecido.
    – No -respondió angustiada-. Pero alguien que no fuera tan bueno como tú tal vez sí lo haría. Te he hecho daño, Julien, y no era ésa mi intención. No te lo merecías y jamás me atrevería a pedirte que me perdonaras, porque sé que eso es imposible.
    Julien se quedó callado y la miró hasta que Tracey empezó a ponerse nerviosa.
    – Si esto tiene algo que ver con Jacques -arrancó Julien finalmente-, puedes estar segura de que nunca podrá acercarse a ti.
    – Jacques no tiene nada que ver.
    Jacques, el hermano pequeño de Julien, se había enamorado de Tracey mucho antes de que ésta conociera a su hermano, que por aquel entonces se encontraba en Cambridge estudiando. Cuando Julien volvió a Lausana, Jacques notó el interés que aquél despertó en Tracey y una noche intentó aprovecharse de ésta a la fuerza. Por suerte, Julien intervino a tiempo y expulsó a su hermano de sus vidas para siempre.
    Después de aquella noche, Julien, diez años mayor que ella, se había ocupado constantemente de Tracey: la había ido a recoger a la salida del instituto y le había dado un puesto de trabajo en su empresa. Tracey, que siempre había sentido curiosidad por el enigmático carácter de Julien, acabó perdidamente enamorada de él. Un amor eterno. Un amor prohibido.
    – Firmaré los papeles del divorcio con una condición -suspiró Julien tras un largo silencio-. Que antes vivas conmigo en nuestra casa durante un mes entero. Si al final del mes crees que nuestro matrimonio no funciona y aún quieres divorciarte, firmaré.
    «¡No, por favor! ¿Cómo puedes pedirme eso?», pensó Tracey.
    – ¡Qué barbaridad! Te has quedado blanca. Tranquila, no te pediré que te acuestes conmigo.
    – No podría.
    – ¿Crees que no lo sé?
    – Entonces, ¿por qué…?
    – Quiero tener pruebas de que realmente quieres vivir sola -la interrumpió-. Llevábamos muy poco tiempo casados cuando te marchaste. Digo yo que después de tenerme un año horrible esperándote, podrías darme, darnos, un mes de esperanza.
    – Pero no sería justo para ti, Julien.
    – No estás en situación de juzgar qué es justo para mí. El amor no es lo único que importa en un matrimonio.
    – Pero si no hay amor, todo lo demás se viene abajo -dijo sin fuerzas, sabedora de que perdería la batalla.
    – Como tú misma has dicho, los dos meses que pasamos en Tahití hablan a las claras de la pasión que compartimos. Sea cual sea tu problema, éste no tiene nada que ver con como nos entendemos en la cama. Se trata de algo más importante y creo que me debes un mes para que pueda descubrirlo. Quizá podría ayudarte.
    Tal como le había dicho Louise, Tracey iba a tener que ser fuerte. Julien no estaba dispuesto a renunciar a ella sin luchar.
    – De acuerdo. Puedes venir a recogerme por la mañana, después de la visita del doctor Simoness. Tengo que hacer la maleta y despedirme. Todos se han portado de maravilla conmigo.
    – Entonces, hasta las nueve -respondió.
    – Julien… me gustaría pagar parte de mi estancia con el dinero que mi padre me dejó.
    – De momento, todavía soy tu marido -le recordó-. Y mientras estemos casados, soy responsable de ti. Juré amarte, honrarte y protegerte en la salud y en la enfermedad y ofrecerte mis bienes materiales. Me gustaría cumplir con mi juramento, Tracey.
    «Lo sé, cariño, lo sé», se dijo Tracey mientras Julien se daba la vuelta y echaba a andar hasta desaparecer al final del pasillo. «Pero no es posible».

Capítulo 3

    Tracey aspiró el olor del Lago de Ginebra mientras Julien maniobraba, dispuesto a salir del hospital: arrancó, fue cambiando de marchas y, poco a poco, fue acelerando por la carretera. Iba muy rápido, pues tenía muchas ganas de dejar atrás para siempre aquellos últimos doce meses. Desde su llegada al hospital a las nueve de la mañana, se había comportado con una alegría que revelaba su confianza en que, después de un mes de convivencia, recuperaría a Tracey. Pero ésta sabía que nada podría disuadirla de su idea de abandonarlo, lo cual tampoco le resultaba un motivo de satisfacción a ella misma.
    Se sentó de forma que su vista esquivara a Julien y sus ojos hambrientos devoraron el paisaje de las elegantes y tranquilas calles residenciales. Escuchaba un tropel de campanas repicando por toda la ciudad. Lausana siempre había sido un paraíso para Tracey; un paraíso civilizado en el que tiempo atrás se le había aparecido por primera vez el atractivo hombre de sus sueños de adolescencia; el hombre que estaba a su lado en ese instante conduciendo un Ferrari. Sintió deseos de rozar sus brazos y su cálida piel, pero no debía caer en aquella tentación. Nunca más.
    Cuando llegaron a la altura de una catedral gótica, cambió inesperadamente de dirección, hacia el norte, desviándose del centro.
    – No vamos en dirección a la residencia -comentó Tracey intranquila.
    – Primero quiero que desayunemos.
    – Por favor, no te molestes. No tengo hambre.
    – Por primera vez desde hace un año, soy yo el que sí la tiene -respondió con autoridad-. He reservado mesa para desayunar en el Chalet Des Enfants. Antes te encantaban las vistas que tenía. Y su comida.
    Eso era cierto. Antes de casarse, solían concluir sus paseos en barca en aquel paradisíaco comedor, desde el cual observaban las cumbres de los Alpes franceses reflejándose en el lago Leman.
    Julien la cortejaba con unos deliciosos croissants con miel y hablaban horas y horas de todo y de nada. Con él al lado, siempre era demasiado pronto para despedirse…
    Ésos recuerdos le resultaban tan dolorosos que a punto estuvo de decirle que fuera solo a desayunar mientras ella lo esperaba en el coche; pero entonces se acordó del consejo de Louise: tenía que ser fuerte, física y psicológicamente, si quería convencerlo de que estaba totalmente recuperada.
    Tracey cerró los ojos. Ese era sólo el primero de treinta días eternos y ya le parecía una tortura insoportable. Despertó de aquella pesadilla diurna cuando Julien empezó a frenar para estacionar el coche en el aparcamiento privado del restaurante. La ayudó a bajar del Ferrari y Tracey observó en sus ojos un dolor y una frustración inaguantables.
    Se sintió culpable porque ella y sólo ella tenía el poder de satisfacer la curiosidad de su marido, revelándole la verdad. Pero, en tal caso, el dolor sería mucho mayor y Julien no sería capaz de levantar cabeza nunca jamás.
    Había tenido muchos meses para meditar su decisión y había llegado a la conclusión de que debía permanecer callada. Por mucho que le doliera que lo rechazara en ese momento, era lo mejor para él, pues, si no salía definitivamente de su vida, Julien acabaría aceptando la tragedia que había sucedido y que los separaba y acabaría amándola de nuevo. Pero eso sería inadmisible. No: tenía que desaparecer para siempre; de ese modo, Julien conocería a otras mujeres que estarían deseosas de convertirse en su esposa; otras mujeres con derecho a casarse con él y a darle los hijos que tanto deseaba. Si no llegaba a enterarse del secreto que Tracey guardaba, Julien superaría su pérdida y estaría libre para rehacer su vida.
    Por su parte, era imposible que Tracey volviera a casarse. Julien había borrado a cualquier otro posible pretendiente. Sólo le quedaba una solución: encontrar un trabajo que la obligara a viajar por todo el mundo y que la mantuviera tan ocupada que no le dejara tiempo para pensar en el pasado.
    Salió del coche rápidamente para no dar lugar a que Julien la ayudara y entró a paso ligero en el restaurante, experimentando una sensación de déjà vu al abrir la puerta. Sólo había otra pareja sentada aquella mañana de domingo. Mejor: no le gustaba ver abarrotado aquel local.
    Se sentó en una mesa sin dar tiempo a que Julien le corriera la silla, lo cual lo contrarió, a juzgar por el fruncimiento de su ceño. Aun así, seguía irresistiblemente atractivo.
    En aquel sombrío interior, la piel y el cabello parecían oscurecérsele, y los ojos reflejaban el crepitar de una cálida hoguera que, desde el otro lado del comedor, iluminaba el ancho contorno de sus hombros.
    Como Julien estaba sentado frente a ella, su cuerpo le tapaba parte de la vista que se podía apreciar desde la ventana. Esquivó su seductora mirada, pues entre ellos siempre había existido una química fogosa e incontrolable que podía resultar peligrosa. Aquel año de separación no había hecho sino aumentar la atracción entre ambos.
    Pero ya no podía pensar en Julien como en otros tiempos. A partir de entonces, cada vez que su mirada encontrara los ojos de Julien, tendría que observarlo con la imparcialidad que podría sentir por un simple buen amigo.
    Nada más sentarse, el dueño del local se acercó y saludó a Julien como si fueran viejos amigos. Este pidió por los dos sin consultar a Tracey: ciertos hábitos no eran fáciles de romper y Julien siempre se había ocupado de Tracey, pues conocía sus gustos y adivinaba sus deseos antes de que ella tuviera tiempo de formularlos.
    Tracey se dio cuenta de que aquella armonía que siempre había reinado en su relación seguía presente. Juntó las manos y las apretó para intentar calmarse.
    El dueño del restaurante se alejó y Julien, en vez de dirigirse a Tracey, se recostó con indiferencia en el respaldo de la silla.
    – No creo que puedas imaginarte lo larga y solitaria que se me ha hecho mi estancia en el hospital -arrancó Tracey, que se había pasado la noche preparando aquel discurso.
    – No habrá sido más larga y solitaria que mi vida durante este último año -respondió mostrándole su sufrimiento.
    – Por favor, no me entiendas mal: todos se han portado muy bien conmigo y les estoy muy agradecida… y a ti también. De no ser por ti, nunca me habría recuperado del todo.
    – Gracias a Dios, lo conseguiste.
    – Pero el caso es que no estoy acostumbrada a la inactividad, y la idea de vivir en la residencia sin tener nada que hacer durante horas me resulta inconcebible. Si quieres que sobreviva a este mes que vamos a compartir, tienes que conseguirme un trabajo en tu empresa. Sé que puedo serte útil.
    Julien respiró profundamente y la miró con gran intensidad.
    – Nadie discute lo valiosa que sería tu aportación a la empresa; pero has de saber que he decidido tomarme el mes de vacaciones para estar contigo todo el tiempo posible. Vamos a estar constantemente juntos y te puedo asegurar que no te vas a aburrir.
    Aquellas palabras dejaban bien a las claras que Julien no tenía intención de perderla de vista ni un segundo.
    – ¡Me niego! -exclamó aterrada llamando la atención de los demás clientes. Se dio cuenta de que había cometido un error dejándole ver el miedo que le producía la idea de tener que pasar con él cada minuto de aquel mes.
    Julien llevaba toda la mañana esperando descubrir algún signo de debilidad y por fin lo había encontrado.
    – Louise me ha dicho -prosiguió Tracey- que te has pasado todo el año visitándome y cuidándome. Julien, no sabes lo culpable que me siento. Por favor, tienes que dejarme que te lo recompense colaborando contigo en tu empresa. Por mi culpa habrás dejado de prestar atención a muchos asuntos importantes. Te lo ruego, dame la oportunidad de premiar tu dedicación de algún modo. Después de licenciarme en filología en California, sólo trabajé unos días antes de…
    – Antes de que nos casáramos -la interrumpió con decisión-. Un matrimonio que los dos deseábamos desde el día en que nos conocimos; pero yo tuve que esperar a que fueras mayor. Y no lo niegues, porque me estarías llamando tonto y no lo soy.
    «Claro que no, cariño; claro que no», se decía Tracey.
    – Lo único que te pido es que me dejes demostrarte que no te equivocaste al contratarme aquella primera vez -comentó Tracey realizando grandes esfuerzos por no perder el control.
    – Aunque no volviera a poner un pie en mi despacho, la empresa lograría sobrevivir -le dijo mirándola a la cara-. Lo único que me importa es mi matrimonio y voy a hacer lo imposible porque salga adelante.
    – Pero ya te he dicho que…
    – Sé de sobra lo que me has dicho -la interrumpió con frialdad-. Treinta días es todo lo que tengo para convencerte de que quieres compartir tu vida conmigo y ser mi esposa. Me diste tu palabra de que aceptarías esta condición.
    – Cierto. Pero no imaginaba que fueras a poner en peligro tu empresa por mí cuando no es necesario. Podemos trabajar juntos. Sería como en los viejos tiempos -dijo intentando hablar con aire desenfadado.
    – No, cariño -sentenció con candor-. Hasta que Rose me puso al corriente de tu accidente, las cosas se hacían siempre a tu manera. Ahora soy yo quien dicta las reglas. Y si no te gustan, volverás al hospital. Tú eliges -concluyó.
    Tracey se quedó temblando. Todo iba a ser más complicado de lo que había esperado.
    – No puedo volver al hospital -respondió angustiada.
    – Bien -dijo con satisfacción-. Entonces, disfrutemos de la comida, ¿de acuerdo?
    Tracey agradeció que el dueño regresara en ese momento con la comida, para no tener que contestar, y decidió forzarse a comer el copioso desayuno que tenía frente a sí.
    Julien sabía que Tracey tenía algún motivo para no querer continuar con su matrimonio, pero se negaba a aceptarlo, cualquiera que éste fuera. Creía que el tiempo lo arreglaría todo y que acabaría recuperando a su mujer.
    Y si no, de algún modo, de alguna manera, ella tendría que convencerlo de que existía una razón de peso para que no siguieran casados.
    Tracey había rezado la noche anterior para no sucumbir a Julien y, una vez juntos, se dio cuenta de que tendría que rezar mucho más si quería ser fuerte y superar aquella prueba.
    A juzgar por la amabilidad con la que pidió otros dos croissants, era evidente que Julien estaba contento con como estaba discurriendo el encuentro.
    – Sea cual sea el motivo que te decidió a salir de mi vida -empezó a preguntar después de apurar una segunda taza de café-, ¿cómo lograste salir adelante tanto tiempo antes de ponerte en contacto con tu tía Rose?
    Tracey esperaba esa pregunta. Si se hubieran intercambiado los papeles y hubiera sido él quien se hubiera marchado, Tracey lo habría ametrallado con cientos de preguntas hasta obtener una respuesta que la satisficiera. Sinceramente, no podía sino admirar la calma y la consideración de Julien, a quien, sin duda, debía una explicación.
    – Tenía dinero suficiente para llegar a Londres. Quería encontrar un buen trabajo allí, pero, como no iba recomendada ni tenía referencias, nadie me contrató, salvo una pareja que, estando su niñera enferma, necesitaba temporalmente a alguien que cuidara a sus hijos. Cuando la niñera salió del hospital, no tuve más remedio que ponerme en contacto con tía Rose.
    Julien encajó aquella confesión sin mover un solo músculo de la cara, totalmente inexpresiva.
    – Dado que no volviste a trabajar en Chapelle House, en San Francisco -dijo mientras colocaba la taza de café sobre su plato-, ¿qué hiciste para llenar las horas, aparte de contratar a un abogado para acabar con nuestro matrimonio?
    – No… no lo recuerdo, de verdad -contestó. Aquella pregunta le había dolido profundamente-. Lo último que recuerdo es que me monté en un avión que iba al aeropuerto de Gatwick. Supongo que tía Rose me buscó un lugar donde nadie podría encontrarme.
    – Quieres decir donde yo no podría encontrarte -interrumpió-. Ni siquiera tu hermana sabía donde estabas.
    Cada cosa que decía la hacía sentir culpable. Tracey se llevó las manos a la cabeza, la cual empezaba a dolerle.
    – Sólo sé que Rose me dijo que un coche me atropelló mientras estaba cruzando la calle; pero no recuerdo nada del accidente. Y hasta ayer, cuando Louise me puso al día, no sabía que seguía casada; que no nos habíamos divorciado.
    – Si de verdad pensabas que iba a consentir en divorciarme de ti tal como escapaste -comentó mientras la miraba inclemente a los ojos a la vez que se ponía de pie-, entonces no me conoces en absoluto. Pero eso va a cambiar. ¿Estás preparada para ir a casa? -preguntó dictatorialmente lanzando su servilleta contra la mesa.
    «Tu residencia jamás podrá ser mi casa», pensó Tracey. Sin embargo, estaba obligada a decir que sí.
    Se levantó de la mesa sin esperar su ayuda, dejó que se encargara de la cuenta y salió apresurada a tomar aire; un aire puro y otoñal.
    Llevaba un vestido de abrigo con una chaqueta que se había comprado en San Francisco años atrás. Se subió el cuello de la chaqueta hasta esconder las mejillas para protegerse del frío mientras Julien volvía para abrir la puerta del coche.
    Desde el accidente, toda la ropa le quedaba grande; pero el doctor Simoness le había asegurado que en menos de tres meses habría recuperado su peso normal, siempre y cuando comiera adecuadamente e hiciera ejercicio con frecuencia.
    En ese momento, sentía enormes ganas de hacer ejercicio, de correr por el bosque en medio de aquel aire fresco hasta caer agotada de cansancio. Pero no podía complacer ese impulso estando Julien presente.
    – ¿Te apetece dar un paseo? -le preguntó Julien con dulzura a la vez que le acariciaba los hombros de ese modo tan familiar, preludio seguro de caricias más íntimas en tiempos pasados.
    – Yo también creía que me apetecía -respondió sin apartar los hombros y esforzándose por no perder el control-. Pero me siento muy cansada; supongo que es porque anoche no dormí casi nada. El doctor Simoness me recomendó que, durante los primeros días, no hiciera mucho ejercicio si no me apetecía. Si no te importa, Julien, me gustaría volver a la residencia y descansar un rato.
    Se quedó callado y en silencio. Tracey creía que Julien insistiría en dar el paseo; pero éste retiró la mano de su hombro con un gesto de desencanto.
    Era obvio que Julien estaba realizando un gran esfuerzo de autocontrol para no levantarla en brazos y besarla hasta hacerla olvidar su empeño en divorciarse.
    Durante el desayuno, Tracey había visto esa mirada suya de deseo que solía derretirla. Pero de eso hacía mucho tiempo, cuando aún era inocente y no había escuchado cierta confesión. Todo había cambiado desde entonces y aquella mirada, en vez de derretirla, la martirizaba.
    Fueron hacia el coche sin mediar palabra. Tracey hizo lo posible por andar con elegancia y dignidad, con la esperanza de que el crujir de las hojas al caminar ensordeciera los latidos de su corazón. No se atrevió a respirar hasta estar sentada y oír el ruido del motor.
    – ¡Santo cielo! -exclamó Julien antes de entrar en la carretera de la montaña-. Te has quedado blanca. ¿Por qué no me has dicho que no te encontrabas bien? -preguntó en un tono que indicaba autoridad y ansiedad al mismo tiempo. Julien siempre se había mostrado muy solícito con ella, constantemente atento a cualquier cosa que pudiera necesitar.
    Tracey no entendía como podía seguir preocupándose tanto por ella; pero, por increíble que pareciera, no dejaba de interesarse por su bienestar. De pronto pensó que no podían seguir así. Treinta días más al lado de Julien los destruiría a los dos. Habían bastado dos horas para desgarrarse a tiras los corazones.
    Como Julien no debía enterarse de la verdad, Tracey sólo podía hacer una cosa: antes de que terminase la semana, tendría que encontrar la manera de escaparse y refugiarse en un convento temporalmente. Sabía que había uno en Jura, un cantón de Suiza, cuyas monjas solían acoger a las personas en dificultades que llamaban a su puerta pidiéndoles un techo para pensar y ordenar sus vidas.
    A Julien nunca se le ocurriría buscarla allí. Sólo tenía que esperar el momento de escapar. Tenía que alejarse de la residencia, de Julien. Con una diferencia fundamental: esa vez desaparecería para siempre.
    – Olvida lo que estés pensando, Tracey -le dijo Julien, que le había leído el pensamiento con increíble acierto-. Hicimos un trato y vas a cumplirlo, por mucho que te moleste acompañarme veinticuatro horas al día. Olvida cualquier plan de fuga que estés maquinando. No volverás a huir de mí de esa manera.
    – Necesito cierta intimidad, Julien -protestó Tracey.
    – Ya te he prometido que no dormiremos en la misma cama -dijo agarrando el volante con más fuerza-. Pero te advierto que mi magnanimidad no es infinita.
    Tracey se dio cuenta entonces de que había cometido un error abandonando el hospital. Había sido una tonta pensando que tenía fuerzas para pasar siquiera un sólo día junto a Julien, existiendo un secreto tan devastador que los separaba.
    Habían estado muy unidos y habían compartido demasiadas emociones. Acabaría haciéndola hablar y, una vez supiese la verdad, no sólo Julien, sino las familias de ambos, quedarían destrozadas eternamente.
    Sólo había una solución: ayunar hasta que estuviera tan débil que Julien se viera obligado a devolverla al hospital. Había oído como el doctor Simoness le explicaba a Julien lo importante que era que ganase peso. Julien sería capaz de cualquier cosa con tal de retenerla en la residencia; pero nunca llegaría a negarle ayuda médica si la necesitaba.
    Y una vez que estuviera en el hospital, permanecería allí hasta que encontrara una forma de escapar. La mayoría del personal médico le había tomado mucho cariño. Trataría de convencer a alguien para que la ayudara.
    Decidida a seguir ese plan, Tracey se sintió algo más relajada durante el resto del viaje y, cuando entraron en la residencia de Julien, hasta hizo algún comentario sobre lo bonita que era y afirmó que seguía tal como la recordaba.
    Pero no estaba emocionalmente preparada para volver a su antigua casa. Por un momento sus recuerdos la llevaron a la juventud, a aquella intensa época en la que descubrió aquella residencia salida de un cuento de hadas. Cuento que incluía a un apuesto príncipe, le había confesado a su hermana Isabelle cuando ésta tenía diez años.
    Tracey e Isabelle, que también creía en los cuentos de hadas, pues sólo era un año mayor que su hermana, entraron en aquel majestuoso castillo, tan encantador como el de la Bella Durmiente, aunque, por supuesto, a pequeña escala. Las dos observaron con admiración los maravillosos cuadros y muebles con que la residencia estaba decorada…
    Mientras Henri Chapelle, un hombre alto, rubio y atractivo, les daba la bienvenida a Lausana y les presentaba a su esposa Celeste, Tracey había mirado unas fotografías sobre un pupitre y, en seguida, nada más verlo en una de ellas, se enamoró de Julien.
    Rescatando retazos furtivos de distintas conversaciones, se había ido enterando de que era el hermano mayor de Jacques y Angelique y que estaba viviendo su primer año de universitario en París. Para Tracey, Julien Chapelle era la encarnación perfecta del príncipe de sus cuentos.
    Isabelle reparó en la misma fotografía que Tracey al mismo tiempo que ésta, y se quedó tan embelesada como su hermana. Y así, durante muchos años y con miles de kilómetros de distancia, cada vez que su familia regresaba a los Estados Unidos después de su estancia mensual en Lausana, las dos niñas tejían una red de sueños y fantasías sobre Julien, deseando que llegara el siguiente verano para volver a verlo.
    Un día, cuando Tracey acababa de cumplir diecisiete años, su príncipe se presentó en la residencia en carne y hueso…
    Tracey no pudo evitar suspirar al revivir aquellos momentos. Tuvo miedo de que Julien la hubiera oído; pero, si fue así, prefirió no hacer ningún comentario. Luego, cuando la ayudó a bajar del coche, pareció incluso distante. Tracey tuvo la impresión de que, de repente, le daba igual si desaparecía o no de su vida.
    Esta vez no tembló cuando la guió por el hombro mientras subía las escaleras de la entrada. Estaba tan nerviosa que, en realidad, agradeció el gesto.
    – ¿Te parece bien que me quede en la habitación de invitados en la que dormía de pequeña?
    – Me temo que no está libre -respondió sin dar más detalles.
    Tal vez la ocupaba Rose, o tal vez algún socio de la empresa. Tracey prefería divagar sobre los inquilinos o sobre cualquier otra cosa antes que centrar su atención en Julien.
    Puede que, al igual que a su padre, a Julien le gustara negociar los contratos más importantes en casa, en un ambiente acogedor en el que podría agasajar a sus invitados con buena comida y exquisitos licores.
    – De momento -prosiguió Julien-, dormirás en la tercera planta, en la habitación que está junto a la mía.
    Tuvo ganas de negarse a gritos ante tal propuesta, pero tenía la impresión de que no surtiría ningún efecto en Julien, a quien no parecía importarle que el servicio se enterara de la inestable relación que tenían. De hecho, Julien se alegraría de una reacción semejante, pues demostraría que Tracey no tenía el control de la situación.
    Nada más entrar en la residencia, Solange, la asistenta pelirroja de Julien, apareció en el recibidor y abrazó a Tracey calurosamente. Luego la miró a los ojos y, sin duda, comparó su aspecto con el que tenía hacía un año.
    – Gracias a Dios que has vuelto -exclamó emocionada-. Me alegro mucho, aunque lamento verte tan delicada. Pero no pasa nada: ya verás como entre el cocinero y yo nos encargamos de que engordes un poco sin que te des cuenta. De momento, ya te están esperando unos pastelillos deliciosos que sé que te encantan.
    Tracey se sintió conmovida por aquel afectuoso encuentro y tuvo remordimientos por haber ingeniado un plan que heriría los sentimientos del servicio: no podía hacerles el feo de no comer unos platos que con tanto esmero y cariño le prepararían.
    Se dio media vuelta para decirle a Julien que quería ir a su habitación, pero éste, anticipando su deseo una vez más, la levantó en brazos antes de que abriera la boca y empezó a subir las escaleras de piedra que conducían al piso superior.
    – ¡Suéltame! -le pidió en voz baja para no llamar la atención de Solange, esforzándose por mantener la cara alejada de la de él.
    – Tengo la impresión de que estás tan cansada que tus piernas no resistirían las escaleras, preciosa mía. Estás en tu casa y te voy a cuidar como a una reina; así que no intentes resistirte más o acabarás gastando las pocas energías que tienes.
    Tenía razón. Estaba agotada.
    Tracey no quería recordar la última vez que Julien la había subido por esas escaleras, fundidos en un beso apasionado, después de volver de Tahití; así que decidió recostarse contra el pecho de su marido y fingió quedarse profundamente dormida, lo cual no le resultó difícil, pues había experimentado tantas emociones tan intensas desde la noche anterior que realmente estaba muerta de sueño.
    Después de entrar en su habitación, la acomodó sobre las suaves y sedosas sábanas de la cama.
    – Sólo quiero que duermas bien, pequeña -susurró mientras sus labios le rozaron la frente con tanta ternura que casi la desarmaron.
    Aparte del tacto de sus manos mientras le quitaba la chaqueta y los zapatos, Tracey sólo fue consciente del frescor de la almohada contra su acalorada mejilla y de la reconfortante manta con la que Julien la tapó.

Capítulo 4

    Cuando Tracey despertó a la mañana siguiente, los rayos del sol que se colaban entre las cortinas de la ventana le indicaban que había dormido muchas horas. Miró el reloj: ¡las cuatro y media de la tarde!
    Sorprendida por la hora que era y todavía más extrañada por no encontrarse a Julien vigilándola, saltó de la cama y se dio cuenta de que habían metido su equipaje en la habitación mientras descansaba.
    Fue de puntillas hacia el baño, se dio una ducha rápida y se puso unos vaqueros y una blusa, la indumentaria que se había acostumbrado a llevar desde que había recobrado la consciencia en el hospital.
    Se ató con una cinta el pelo, que le llegaba hasta los hombros, se puso unas zapatillas y salió en busca de Rose. Probablemente ocuparía una de las habitaciones del segundo piso, pues el tercero estaba reservado para los familiares directos.
    Tracey tenía un montón de preguntas para las que sólo su tía tenía respuesta. Sobre todo, quería saber porqué se había mostrado tan fiel a Julien, es decir, tan fiel como para pasar por encima de los deseos de Tracey y revelarle a su marido su paradero.
    Aunque hacía un año que no pisaba la residencia, la recordaba a la perfección, pues la había recorrido con gran atención durante muchos años, explorando sus secretos arquitectónicos una y otra vez con el hermano y la hermana de Julien. Los pasillos de las distintas plantas daban a una escalera central que comunicaba con las estancias del piso de abajo.
    Bajó a toda velocidad para hablar con Rose, que probablemente estaría tomando una taza de té en su habitación, tal como tenía por costumbre a esas horas de la tarde.
    Sus pasos se detuvieron cuando Tracey escuchó el llanto de un bebé. Miró en derredor preguntándose de qué dormitorio habría salido aquel llanto, e intentó imaginar qué amigo de Julien podría encontrarse en la residencia con un niño.
    No había sonado como si se tratase de un recién nacido, pero, desde luego, no era el llanto de su sobrino Alex. Además, Julien le habría dicho que Isabelle y Bruce estaban allí.
    Tracey no tenía conocimiento de que Angelique, la hermana de Julien, tuviera ningún niño, de modo que no podía tratarse de su hijo salvo que en el último año hubiera habido alguna novedad al respecto.
    Poco a poco fue avanzando en dirección a la puerta de la que provenía aquel misterioso llanto, cada vez más potente. Entonces oyó la voz de una mujer que intentaba en vano apaciguar el desconsuelo del bebé.
    Impulsada por un instinto que no comprendía, pero que tampoco puso en duda, Tracey llamó a la puerta en la que antes solía dormir Isabelle y aquella voz desconocida la invitó a pasar.
    Tracey empujó la puerta y se quedó asombrada al ver que aquélla ya no era una habitación para invitados, sino más bien una especie de guardería decorada con muchos colores.
    ¿A qué venía eso? ¿Qué niño podía importarle tanto a Julien como para convertir una habitación de la residencia en una guardería?
    La mujer que la había instado a entrar debía de tener unos cuarenta años, vestía como las enfermeras del hospital y estaba sujetando una niña de cinco o seis meses, apoyándola contra su hombro. Saludó a Tracey con cordialidad, pero estaba demasiado ocupada con el bebé como para darle conversación.
    Tracey se fijó en las trencitas negras que bordeaban la ovalada cara del bebé. Tenía los mofletes rojos y humedecidos por las lágrimas. Era la criatura más adorable que Tracey había visto en toda su vida.
    Llevaba una camisetita blanca y un pañal del que salían dos robustas piernecitas. Tracey tuvo ganas de comerse a pequeños bocados el cuerpo de esa preciosa niña.
    No sabía si lloraba porque acababa de despertarse de una siesta o porque querían obligarla a que se durmiera; pero, en cualquier caso, daba la impresión de que su llanto era inconsolable.
    Tracey se acercó para mirarla más de cerca y, entonces, sintió un profundo latigazo en el corazón: la forma de fruncir el ceño y la pequeña y firme barbilla le resultaban cada vez más familiares.
    Después de estudiar la complexión de la niña, sus largos dedos, que acababan en uñas de media luna, Tracey no pudo evitar relacionarla con el hombre al que amaba más que a nada en el mundo: Julien.
    Como si se tratara de una revelación, comprendió que aquella niña era hija de Julien. Los genes no mienten y, además, nadie que no fuera de su misma sangre recibiría tantos honores y atenciones…
    De modo que, si esa niñita era de Julien, éste habría encontrado a otra mujer después de que Tracey desapareciera. ¿A quién? ¿La conocía Tracey?
    Sintió unos celos lacerantes, un sentimiento que no había experimentado jamás hasta ese momento.
    ¿Por qué no quería el divorcio si había otra mujer que lo amaba tanto como para darle una hija? Se agarró a la cuna para no desplomarse, preguntándose por qué había insistido en que compartieran ese mes juntos, cuando era totalmente evidente que había otra mujer esperándolo.
    En realidad, ya sabía la respuesta a esa pregunta. Julien era un hombre íntegro y honrado y, después de enterarse de que Tracey había despertado del coma, querría darle una última oportunidad a su matrimonio.
    Incapaz de mirar a esa niña, dio media vuelta y salió de la guardería a todo correr.
    Dado que su amor por Julien era un amor prohibido, tal vez, con el tiempo, sería capaz de alegrarse de que Julien hubiera conocido a otra mujer a la que amar.
    Pero en ese preciso instante se sentía desgarrada.
    De pronto, se encontró en el pasillo con Julien, que la estaba mirando con una expresión enigmática.
    La rozó con las manos para que se detuviera, pero Tracey no soportaba el tacto de su piel y retrocedió inmediatamente.
    – Parece que has estado ocupado mientras yo estaba fuera -comentó. No quería acusarlo de nada, no tenía derecho; pero estaba segura de que su comentario era el de cualquier mujer normal enloquecida por los celos al descubrir la perfidia de su marido.
    – Eso parece -respondió sin aparentar culpabilidad o embarazo. Luego le pidió a Clair, la niñera, que le acercara el bebé.
    Ésta pareció aliviada al desprenderse de la niña, que seguía llorando sin parar. Pero no bien la hubo estrechado Julien entre sus brazos, se tranquilizó, como si el hombro de su padre fuera la almohada que hubiera estado esperando todo el rato.
    No cabía duda de que Julien amaba con locura a su pequeña niñita: los ojos le brillaban emocionados, no dejaba de acariciarle la espalda con gran mimo, jugueteaba con las trenzas del pelo y colmaba su cuello de múltiples besos y carantoñas.
    – ¿Quién es, Julien? -preguntó Tracey, que no podía seguir conteniendo su curiosidad.
    – Se llama Valentine -respondió-. Y nació el catorce de febrero.
    – No digo la niña -exclamó Tracey-. Me refiero a la madre.
    – ¿Tú quién crees que es? -preguntó tras un tenso silencio.
    – No tengo ni idea -respondió temblorosa.
    – Es la mujer más bella del mundo. La única mujer a la que jamás podré amar -dijo con una veta de dolor en la voz.
    Tracey bajó la cabeza, degollada por tanta crueldad. ¿Por qué quería seguir junto a ella si acababa de confesar el rabioso amor que sentía por la mujer que le había dado a esa niñita?
    Empezó a pensar en todas las mujeres que Julien conocía, muchas de las cuales eran consideradas verdaderas bellezas. ¿Cuál habría sido la elegida?
    – Si la miras de cerca, reconocerás a su madre. Fíjate sobre todo en sus ojos verdes.
    Tracey se quedó sin aliento. ¿Ojos verdes? Julien no paraba de hablar de los preciosos ojos verdes de Tracey. Lo miró a la cara sin comprender.
    – Cuando Louise te enseñó una foto de Rose, reconociste a tu tía. Tenía la esperanza de que al ver a Valentine, te dieras cuenta de que es nuestra hija, Tracey. Tuya y mía -explicó con temor.
    – ¿Nuestra? -preguntó aturdida. Las piernas le temblaban tanto que Julien tuvo que conducirla a la habitación de la niña para que se sentara en una silla.
    – Sí, preciosa. Nuestra y sólo nuestra.
    – ¡Pero eso es imposible! -exclamó alterada.
    – Parece que, por una vez, ha sucedido un imposible. Puedes llamar si quieres al hospital Hillview de San Francisco. Te atendió el doctor Benjamin. Mírala con detenimiento y verás que tiene tu sonrisa y tus preciosos ojos verdes.
    Julien se puso de cuclillas y le entregó la niña a Tracey, aunque siguió sujetándole un dedito para que Valentine no rompiera a llorar de nuevo.
    Tracey no se podía creer lo que Julien le decía, pero se sintió obligada a abrazar a aquella dulce criaturita y la miró mientras la sujetaba en su regazo: un milagro de la naturaleza.
    Entonces, después de reconocer ciertos rasgos que sin duda sólo podían pertenecer a su familia y a la de los Chapelle, empezó a sollozar: Valentine era su niña. Y la de Julien…
    – ¡No! -exclamó al ser consciente de las consecuencias de ese increíble descubrimiento. No podía seguir en aquella habitación.
    Tracey transmitió su nerviosismo a Valentine, que rompió a llorar de nuevo echando los bracitos hacia el cuello de su padre.
    – Tracey, por favor, ¡vuelve! -exclamó Julien angustiado.
    Pero ella ya estaba subiendo las escaleras para encerrarse en el cuarto de baño de su dormitorio y mirarse en el espejo. El accidente que la había dejado en coma le había producido muchos cortes y heridas en las piernas y los brazos, de modo que no se había parado a preguntarse por las cicatrices que tenía bajo el ombligo.
    – ¡Santo cielo! -exclamó al ver las líneas rosáceas de su vientre, trazadas por el escalpelo de algún médico. ¿Cómo era posible que fuera la madre de Valentine y no lo recordara?
    Cuando, en el hospital, Louise le había dicho que le quedaban más cosas por recordar, que debía acordarse de ellas por su cuenta, Tracey no podía imaginarse que…
    – ¿Tracey? -la llamó Julien desde el otro lado de la puerta-. Tracey, ya sé que tienes que estar muy impresionada… Déjame entrar. Tenemos que hablar.
    Ahora entendía por qué había insistido tanto Julien en que fuera a vivir con él: Julien sabía que el bebé estaba esperando a su madre en la residencia. Un bebé que jamás debía haber nacido. Un bebé que probablemente tendría problemas y deficiencias…
    Las lágrimas arrasaron las mejillas de Tracey, que enterró la cara en una toalla para sofocar su llanto.
    – Márchate, Julien -le rogó histérica.
    – No puedo, amor mío. Ahora que sabes quién es Valentine, tienes que enterarte de todo para que no haya nuevas sorpresas.
    – ¿Qué… qué quieres decir? ¿Cómo va a haber más sorpresas? -preguntó alarmada.
    – Abre la puerta y lo descubrirás.
    Estaba traumatizada por haber traído a una niña al mundo con Julien y no lograba reunir fuerzas para girar el pestillo. Pero entonces oyó el balbuceo de Valentine… y el de otro bebé, o al menos eso le pareció. Tal vez estaba alucinando. Escuchó con atención a través de la puerta mientras Julien la hablaba con una dulzura y una suavidad que le partían el corazón.
    – No nos vamos a ir hasta que salgas, Tracey. Abre la puerta. Raoul y Jules quieren decirle hola a su mamá desde hace mucho tiempo.
    ¿Raoul?, ¿Jules? Los nombres rebullían en su cabeza y, de pronto, estalló un último relámpago de recuerdos: el llanto de sus bebés; tres bebés, nacidos un mes antes del accidente, a los que había bautizado sin consultar a Julien, pues pensaba que nunca se enteraría de su existencia. Bebés que nunca podrían ser normales.
    – ¡Tracey!
    En circunstancias normales, la angustia que revelaba el tono de voz de Julien habría bastado para que Tracey abriera la puerta; pero en ese momento no podía moverse. Había recuperado toda la memoria: el vuelo a Inglaterra, la impresión de saber que estaba embarazada de trillizos, los meses que pasó encerrada en California en la casa de un amigo de Rose, las complicaciones del parto, los días y las noches que pasó con los bebés en los brazos, alimentándolos, grabando en la memoria cada rasgo de su fisonomía y su carácter… toda la memoria.
    Recordaba aquellas largas noches de vigilia cuidando, alimentando y amando a sus hijitos, cambiándoles los pañales, pensando como los educaría sin la ayuda de Julien.
    «Mis bebés», pensó azotada por una ola de amor maternal. Llevaba un año separada de sus preciosos niños; cinco meses en los que otra mujer habría tenido que ocupar el lugar de la madre.
    Pero no les habría faltado amor. Julien habría estado junto a ellos desde el principio, dedicándoles tanto cariño como sólo él, su maravilloso padre, podía ofrecer; mientras que ella…
    «¡El taxi!», recordó el golpe. Recordaba el enfado que había tenido con Rose antes de salir del coche, porque su tía estaba del lado de Julien y pensaba que era inmoral que le pidiera el divorcio sin comunicarle que era el padre de sus tres hijos.
    Recordó el portazo que dio al bajar del coche. Había salido a toda prisa y, entonces, se dio cuenta de que un taxi se le venía encima. Luego todo se volvió oscuro… tan oscuro como en ese mismo momento.
    – ¡Louise!
    – Buenos días, Tracey.
    Cuando Tracey se percató de que no hablaba con Julien, se incorporó, apoyándose sobre la almohada.
    Tracey se había negado a hablar o a ver a Julien la noche anterior y, por eso, su marido le habría pedido a Louise que hablara con ella, sabedor de la gran estima en que Tracey tenía a su doctora.
    Louise entró en la habitación, cerró la puerta y, sin pedirle permiso a Tracey, arrimó una silla a su cama y se sentó.
    – ¿Qué… qué haces aquí? -preguntó, aunque sabía muy bien la respuesta.
    – Le diste un buen susto a tu marido cuando te encerraste en el cuarto de baño -contestó la doctora-. Según tengo entendido, tuvo que romper la puerta para rescatarte; pensaba que al desmayarte te habías vuelto a quedar en coma.
    Tracey sintió un escalofrío de arrepentimiento que le recorrió toda la espalda.
    – Según el doctor Simoness -prosiguió Louise-, cuando llegó a la residencia después de que Julien lo telefoneara, tu marido estaba en un estado de nervios preocupante.
    – ¿Se encuentra bien ya? -preguntó con ansiedad.
    – ¿Tú qué crees?
    – ¡No puedo seguir aquí, Louise! -exclamó después de un terrible silencio-. Julien me sacó del hospital bajo la condición de que pasara con él treinta días; me dijo que si al final de ese plazo seguía queriendo el divorcio, entonces me lo concedería. Pensé que podría soportar los treinta días, pero…
    – Pero tú nunca quisiste tener hijos, porque no eres de las que se casan; y ahora que has descubierto que eres madre de trillizos, la idea te resulta insoportable.
    – ¡No! -exclamó Tracey, apenada por lo mal que estaba pensando de ella Louise, la cual en vez de sorprenderse por aquel grito, parecía incluso complacida. Sólo le había hecho esa acusación para averiguar sus verdaderos sentimientos.
    – Pues eso es lo que tu marido empieza a pensar, ¿sabes? Me ha dicho que te has negado a mirar a tus hijos, que ni siquiera reconoces que son tuyos.
    Louise sabía perfectamente qué fibras tocar para sensibilizar a Tracey, que decidió salir de la cama para mirar por la ventana. La vista era bonita, pero sólo podía «ver» la expresión atormentada de Julien al recuperarse de su desmayo. Se secó las mejillas, humedecidas por unas lágrimas irreprimibles, y se giró para mirar a Louise.
    – Me da… miedo mirarlos -le confesó temblorosa al recordar lo mucho que Valentine se parecía a los Chapelle.
    – ¿Porque se parecen mucho a tu marido y ya no quieres seguir viviendo con él?
    – ¡No! -denegó con vigor. Louise no dijo nada, pero la invitó en silencio a que se sincerara. Después de un largo y tenso silencio, Tracey prosiguió-. No soporto mirarlos porque… me da miedo reconocer en ellos al padre de Julien.
    – Pero es normal que se parezcan a su abuelo, ¿no crees?
    – ¡No! No me entiendes: Henri Chapelle también es mi padre.
    – Ah…
    Louise no sabía qué decir y permaneció mirando a Tracey mientras intentaba asimilar el secreto que con tanto celo había guardado su paciente milagrosa.
    – Dime una cosa, Tracey. ¿Henri Chapelle era un hombre alto y moreno de mirada penetrante?
    – Sí, exactamente así. ¿Cómo lo sabes? ¿Has visto alguna foto de él?, ¿tanto se le parecen mis hijos? -preguntó desesperada.
    – Nunca he visto a tus hijos, pero sí tengo un retrato suyo. El que tú me dibujaste anteayer -dijo con calma.
    – ¿Qué?
    – No era un animal lo que tú estabas dibujando. Era un hombre con forma de un ave de rapiña, de un águila, para ser exactos. Acabas de darme la pieza del puzzle que me faltaba: él, y no Julien como te dije, era la causa de las pesadillas que tanto te atormentaban -explicó mientras Tracey lloraba desconsolada-. Me extrañó que aquel retrato fuera el de tu marido, y estaba claro que no era el de tu padre, porque tu tía ya me había enseñado fotos suyas.
    – Sólo que mi padre no es mi padre -susurró Tracey con tono patético.
    – Supongo que fue el propio Henri Chapelle el que te reveló ese terrible secreto después de que volvieses con tu marido de vuestra luna de miel -comentó Louise.
    – Sí.
    – Eso explica el que te marcharas tan precipitadamente.
    – Sí -repitió sollozando.
    – ¿Se arrepintió en el lecho de muerte?
    – Me confesó su aventura con mi madre justo antes de que monseñor Louvel procediera con los últimos sacramentos -respondió.
    – Querida, no sabes cuanto lo siento. Ojalá supiera unas palabras mágicas para hacer desaparecer tu dolor…
    – Ojalá estuviera muerta.
    – Entiendo que te sientas así -dijo Louise-. Después de vivir como marido y mujer, pedirte que trates a tu amado Julien como si fuera un hermano es pedirte demasiado. Ahora ya está claro porqué tu memoria borró todo lo referente a tu embarazo y a tu parto durante tanto tiempo. Es completamente lógico. Y también comprendo que te sientas culpable, porque sólo puedes ver a Julien como tu amante.
    – Sí -afirmó Tracey que no podía parar de llorar, aunque agradecía el abrazo de Louise. Era tan comprensiva…
    – Pero por mucho que te duela, tienes dos hijos monísimos y una niña preciosa. Debes pensar en ellos, porque necesitan a su madre. Debes vivir por ellos, Tracey.
    – Lo sé -respondió después de un largo silencio durante el cual permaneció quieta, abrazada a Louise.
    – Es lógico que tengas miedo a que tus hijos, siendo Julien y tú medio hermanos, padezcan algún tipo de deficiencia, lo cual puede suceder, pero tal vez no. Debes ir al pediatra cuanto antes.
    – Ya había pensado en eso esta mañana.
    – Muy bien. Pero, por favor, recuerda una cosa: te diga lo que te diga, nada puede ser peor que el infierno que has pasado después de tu luna de miel. Eso tiene que darte fuerzas -la animó.
    – Eso mismo pensé anoche -susurró con voz lastimera.
    – Y una cosa más: no puedes seguir manteniéndolo en secreto; tienes que contárselo a Julien.

Capítulo 5

    – ¡No puedo! ¡Imposible! -exclamó Tracey denegando con la cabeza.
    – Cada día es como una pesadilla para él -razonó la doctora-. No se merece algo así.
    – Pero la verdad lo destrozará. Hará que cambie radicalmente su forma de ver la vida. Nada volverá a ser lo mismo para él -respondió desesperada.
    – Todo cambió para él cuando desapareciste. ¿Es que no sabes que tú y tus hijos sois lo único que le importa en esta vida?
    – Por favor, no digas eso. Las personas se divorcian todos los días y sobreviven…
    – No las personas que se han amado y se aman tan profundamente como vosotros dos.
    – En algún momento encontrará a otra mujer -se resistió Tracey.
    – Tiene derecho a saberlo, Tracey. Y tú no tienes derecho a ocultárselo. Mira el daño que os ha hecho el silencio que guardaron tu madre y Henri Chapelle durante tantos años.
    – Es lógico que me pidiera volver a la residencia -pensó Tracey en voz alta, sumida de pronto en una especie de trance.
    – Cuéntame algo sobre esa parte de tu vida. Antes no podíamos hablar de eso porque no recordabas nada.
    Tracey no necesitó que se lo pidiera dos veces. Ya que Louise sabía la verdad, sería sencillo aclararle cualquier detalle que le interesara.
    – No sé, supongo que cuando mi madre y Henri Chapelle descubrieron lo que estaba ocurriendo entre nosotros, intentaron separarnos y ya no hubo nunca más visitas familiares. Sólo a Isabelle la dejaban quedarse allí con Angelique unas pocas semanas al año. A mí, en cambio, nunca me volvieron a invitar. Me pregunto si papá lo sabría -dijo con gran tristeza.
    – De ser así, está claro que eso nunca cambió sus sentimientos hacia ti. Es más: tiene que haber amado muchísimo a tu madre para haberla perdonado -comentó Louise-. Si no, no tiene sentido que siguiera siendo su marido hasta el día de su muerte.
    – Seguro que tienes razón -afirmó Tracey mientras se pasaba una mano por los ojos-. Cuando pienso en ello, la verdad es que nunca me creí que el motivo por el que nos empezamos a quedar en San Francisco fuera que la salud de Celeste había empeorado. Ella siempre había estado muy delicada, de modo que no me parecía lógico que, de repente, no pudiera atender a las visitas. Además, Henri siempre tuvo a muchas personas a su servicio para que la cuidaran.
    Tracey hizo una pausa recordando lo extrañada que se había quedado con el corte repentino de relación con los Chapelle.
    – Nunca le pregunté nada al respecto a Julien -prosiguió Tracey-, pero estoy segura de que tampoco él se creía la excusa de la salud de Celeste. Lo más probable es que pensara que aquel distanciamiento definitivo se había debido a algún problema entre Jacques y yo. Por eso debió de insistir en que nos casásemos en secreto, sin que ningún familiar se enterase. No creo que les dijera nada sobre nuestra intención de casarnos cuando se marchó de Suiza en un viaje de negocios.
    – Pues ha llegado la hora de que la verdad salga a la luz -intervino Louise-. Si le ocultas esto a tu marido, no sólo le harás un daño irreparable, sino que serás partícipe del pecado de tus padres, lo cual podría llegar a tener consecuencias directas sobre tus hijos.
    – Louise -dijo Tracey aterrorizada por las últimas palabras de la doctora-, esto no nos afecta sólo a Julien y a mí. También hay que tener en cuenta a nuestros hermanos y hermanas. Una noticia tan escandalosa separaría nuestras familias por completo… De momento, sólo yo sé la verdad, aparte de ti. No puedo correr ese riesgo. Julien sufrirá durante un tiempo, pero logrará superarlo y seguirá adelante con su vida -concluyó mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que se hizo sangre.
    – Sabes que eso no es verdad -se opuso Louise-. No lo superará, Tracey. Lo he visto al lado de tu cama idolatrándote durante meses todas las noches, intentando consolarte cuando tenías pesadillas, deseando tu recuperación con toda su alma. El amor que siente por ti supera todas las barreras imaginables. Si de verdad lo amas, debes contárselo. Tanto tus padres como los suyos están muertos ya, así que no hay riesgo de hacerles daño. Y los escándalos no duran toda la vida. Sabes que decirle la verdad es el único modo de liberar a tu marido. Una vez la sepa, pero nunca antes, será capaz de encontrar a otra mujer a la que amar, si es que ésa fuera su decisión. ¿No te das cuenta de que si te callas, lo estarás condenando a una prisión que no se merece?
    – Si Henri hubiera pensado que Julien lo soportaría, él mismo le habría contado la verdad a él en vez de a mí -argumentó Tracey.
    – Tonterías -replicó Louise convencida-. Por lo que me has contado de Henri Chapelle, creo que se comportó egoístamente y que se alegró de irse a la tumba sabiendo que su hijo mayor lo adoraba en su ignorancia. Para él era muy sencillo descargar la conciencia contigo, ya que tu madre también había muerto y no tenía que pedir permiso a nadie para desvelarte su secreto. Además, te conocía bien y sabía que le serías fiel; que preferirías guardar el secreto antes que poner en riesgo la armonía de la familia. ¡Piénsalo! Desapareciste en cuanto Henri murió. ¿No ves que te manipuló y que sigue manipulándote?
    – No puedo decírselo, Louise -murmuró Tracey juntando las manos-. Julien estaba muy unido a su padre. No soportaría acabar con el cariño que le tenía. Tienes que prometerme que nunca se lo contarás a nadie.
    – Esa promesa la hice cuando decidí ser doctora, Tracey. Cualquier cosa que me digas tendrá siempre carácter confidencial; pero te lo advierto: si guardas este secreto, será a costa de tu paz interior -suspiró-. Tengo que marcharme. Ya sabes donde encontrarme si quieres que sigamos hablando. Simplemente, recuerda que estoy de tu lado. Siempre lo estaré.
    – Gracias, Louise.
    Después de despedirla, Tracey se dio una ducha para relajarse. Tal vez pudiera ver al pediatra ese mismo día. Necesitaba estar vestida por si éste le pedía en algún momento que fuera a visitarlo.
    Tenía que someter a sus hijos a una serie de pruebas para determinar si habían sufrido algún tipo de deficiencia genética. A Julien no le extrañaría que quisiera ver al pediatra; era lo mínimo que podía hacer, después de tanto tiempo de separación, si realmente quería a sus hijos. De hecho, le agradaría comprobar su interés por ellos. Sin duda, Julien lo interpretaría positivamente, como un síntoma de que se estaba haciendo a la idea de convertirse en una verdadera madre. Y en su esposa.
    Se puso el mismo modelo que había usado para ir a la residencia desde el hospital y salió rápidamente de la habitación. Nada más cerrar la puerta, se encontró frente a Julien.
    Desvió los ojos para no cruzarlos con los suyos, pero no pudo evitar registrar en la retina aquellos rasgos tan atractivos y masculinos. Vestía un polo y unos vaqueros como los que llevaba durante la luna de miel.
    Julien no había metido en su equipaje ropa formal. Los dos se habían comportado como niños, jugando y amándose allá donde les apeteciera, con frecuencia despreocupados del paradero de su ropa olvidada…
    También en aquella ocasión en la que fueron a cenar a un pueblo cercano iban los dos vestidos informalmente. Tracey no podía borrar esos recuerdos de su cabeza. Era imposible.
    – Parece que la visita de Louise te ha hecho bien. Has recuperado el color de la cara -dijo con voz aterciopelada rompiendo la tensión de aquel encuentro inesperado.
    – Sí. Hemos estado hablando de los bebés.
    – Tracey, tenía que haberte puesto al corriente sobre los bebés anoche, cuando estábamos en el hospital. Pero, como a mí no me reconociste hasta que me oíste hablar, supuse que tendrías que verlos u oírlos llorar para que el milagro se repitiese.
    – Se repitió. Tu plan funcionó como esperabas. Ya no tengo ninguna laguna en la memoria. Lo recuerdo todo, hasta el color del taxi que me atropelló.
    – Sí, funcionó; pero, ¿a qué precio? -preguntó Julien, que había palidecido al recordar el accidente.
    – Tranquilo, Julien. Tus instintos no suelen traicionarte. Me alegra saber por fin toda la verdad. Por eso había salido a buscarte: para decirte que ya me encuentro bien. No debes temer ningún tipo de recaída por mi parte.
    Julien estaba quieto con sus robustas piernas clavadas en el suelo, mirándola con el ceño fruncido escépticamente y rascándose la nuca, un gesto que mostraba desconfianza por lo que estaba oyendo.
    – De hecho, me siento con fuerzas para ir a ver al pediatra -prosiguió Tracey-. Hoy mismo, si es posible.
    – ¿Por qué? ¿Estás preocupada por los niños? No hay ningún motivo para estarlo -respondió sorprendido-. Te prometo que se encuentran perfectamente.
    Aquel comentario la tranquilizaba, pero quería estar plenamente convencida del estado de salud de los bebés.
    – Preciosa -continuó hablando Julien-, si estás preocupada por Raoul, deja de hacerlo. Es cierto que antes del accidente tenía dificultades para respirar; pero ese problema se solucionó por sí solo un par de semanas más tarde.
    – ¡Gracias a Dios! -exclamó con verdadero agradecimiento-. Julien, sabes que te creo; pero me he perdido tanto en estos últimos meses que quiero enterarme de todo lo que pueda saber sobre su historial médico antes de que vuelva a acostumbrarme a mis preciosos bebés. Quiero ver las gráficas que muestran como han ido creciendo; quiero saber qué han comido con gusto y a disgusto… Ese sinfín de pequeños detalles que cualquier madre sabe -concluyó saltándosele las lágrimas.
    Julien no esperaba aquella reacción de su mujer y, a juzgar por la relajación de los músculos del cuerpo, parecía complacido.
    – Habiendo estado separada de ellos tanto tiempo, es natural que quieras responder a todas esas preguntas -reforzó Julien con exquisita dulzura-. En seguida llamo al doctor Chappuis, preciosa.
    «Deja de llamarme así», gritaba el corazón de Tracey. Iba a tener que aprender a convivir con esos tratamientos tan cariñosos.
    – Imagino que estará muy ocupado, así que…
    – Si no está en el hospital -la interrumpió Julien-, me aseguraré de que venga a vernos mañana por la mañana.
    «A vemos», se dijo Tracey. Julien hablaba en serio cuando decía que iban a estar juntos todo el tiempo durante el mes entero.
    – ¿Dónde están los niños ahora?
    – Dando un paseo en sus cochecitos. Hace un día maravilloso -dijo Julien. Era el tipo de día que habían compartido y disfrutado juntos muchas veces en el pasado.
    – Bueno, si no te importa ir llamando al doctor, voy a la cocina a desayunar algo.
    Fue hacia las escaleras sin esperar respuesta alguna, rezando para que Julien no la siguiera.
    Se sintió muy aliviada cuando entró en la cocina y comprobó que su marido no estaba detrás de ella. Tracey saludó a Solange, que se mostró encantada de verla y le ofreció un riquísimo chocolate caliente con unas no menos exquisitas pastitas.
    Dadas las circunstancias, la idea de ayunar para alejarse de Julien no sólo resultaba absurda, sino también negligente. Sus niños la necesitaban sana. Lo último que deseaba era tener que separarse de ellos otra vez debido a una debilidad premeditada.
    Antes bien, sintió que tenía que ganar el peso que había perdido lo más rápidamente posible, para así poder alimentar a los bebés sin ayuda.
    Lógicamente, Julien no había tenido más remedio que recurrir a niñeras internas, pero habiendo vuelto ella a casa, las cosas tenían que cambiar. No quería que ninguna otra persona interfiriera en la educación de sus hijos. Si Julien le pedía que se quedara en la residencia durante un mes, ella también podía imponer ciertas condiciones.
    La primera sería que las niñeras se marcharan. Los niños, según Julien, se encontraban perfectamente; de modo que, salvo que estuviera demasiado ocupada, y en tal caso siempre podía echar mano de Solange, no hacía falta que se quedaran.
    Tracey quería estar junto a sus hijos y permanecer ocupada para que Julien no lograra intimar con ella durante los treinta días. Cuando el mes terminara, ya se vería qué sucedería con los niños. Julien nunca la dejaría marcharse con ellos, así que tal vez podría alquilar un apartamento cerca de la residencia para poder educarlos a medias con su padre.
    Tracey podría cuidarlos durante el día y Julien se ocuparía de ellos después de salir de trabajar, si le parecía bien. Sería una especie de tutela compartida que le permitiría a su marido empezar una nueva vida con otra mujer.
    Sus planes de estudiar una carrera y viajar habían quedado atrás. Se había convertido en una madre, algo que siempre había querido ser. Y estaba segura de que Julien haría cuanto ella le pidiera para que sus hijos pudieran disfrutar del amor de su madre.
    Se había propuesto educarlos, bañarlos y mimarlos, jugar con ellos y contarles sus cuentos favoritos; enseñarles a hablar, a cantar y a rezar, a amar y a ser dignos de amor, a comportarse como caballeros y señoritas educadas, para que su padre estuviera orgulloso de ellos.
    Les dedicaría toda su atención, pues eso era lo mejor que podía hacer para canalizar todo el amor frustrado que sentía hacia Julien.
    – ¿Tracey? -preguntó Julien al entrar en la cocina-. La enfermera del doctor Chappuis dice que aún no ha acabado con las visitas del hospital, pero que terminará dentro de poco. Que vayamos lo antes posible y ella nos hará un hueco para que lo veamos.
    – Gracias por encargarte de todo, Julien -respondió con una mezcla de miedo y alivio, pues ya pronto sabría si sus temores en relación con los niños eran justificados-. Subo un segundo a por el bolso y en seguida estoy lista.
    – Ya te lo he traído, para que te ahorraras el viaje.
    Julien pensaba siempre en todo y se anticipaba a cualquier idea o deseo que pudiera ocurrírsele a Tracey. Y, además, era capaz de lograr algún que otro milagro, la mayoría de las consultas de los pediatras estaban atestadas de niños enfermos, y Julien había conseguido que el médico los atendiera sin tener cita previa.
    Cuando le entregó el bolso de cuero, sus dedos se cruzaron en un roce de fuego que atravesó su cuerpo como una flecha. Evitó el contacto.
    – ¿Nos vamos? -preguntó Julien.
    Tracey se despidió de Solange y siguió a Julien hasta el Ferrari. Nada más salir a la calle y ver aquel bello sol de otoño, se acordó de unas mañanas soleadas y lejanas en las que ambos se escapaban de casa para disfrutar de unas horas juntos, ya fuera remando en barca para visitar un castillo o de picnic por las montañas repletas de narcisos.
    A diferencia de lo que ahora ocurría, antes reinaba una absoluta armonía entre ambos y ella se alegraba de poder tenerlo a solas el máximo tiempo posible.
    Una vez solos, Tracey se insinuaría para que la besara, pero Julien siempre mantendría el control de sus emociones, sin dar rienda suelta a unos deseos ardientes que sin duda sentía.
    Julien nunca le mostró su lado sensual hasta que un día, por sorpresa, acudió a su fiesta de graduación del instituto. Aquella noche la besó por primera vez. Un beso que se alargó hasta distorsionar la realidad; un beso que le hizo ver el mundo a través de los ojos de una mujer enamorada. Cuando separó sus labios, le anunció que se casarían la próxima vez que volviera a San Francisco y le pidió que no le contara a nadie sus intenciones.
    – ¿Tracey?
    – ¿Sí? -respondió desconcertada despertando de su mundo de recuerdos.
    – ¿Te has fijado en Valentine? Tiene el mismo perfil que tú. Es una delicia, ¿sabes lo increíble que resulta mirarla y verte a ti cada vez que abre los ojos y sonríe?
    «No sigas», pensó Tracey con sentimiento de culpabilidad.
    – Ha sacado tus uñas y el color de tu pelo, Julien -comentó Tracey.
    Le lanzó una mirada que le hizo darse cuenta del error que acababa de cometer: el hecho de que se hubiera parado a buscar parecidos entre Valentine y él indicaba a las claras que no era indiferente hacia Julien, por mucho que se esforzara en fingir lo contrario.
    – Tiene una cara preciosa -añadió Julien-. Clair siempre me regaña porque dice que la mimo más que a los dos niños. Pobre Clair. Imagino que nunca habrá sentido un amor como el nuestro; por eso es incapaz de entenderlo.
    – Julien -intervino Tracey, que sentía que empezaban a meterse en aguas resbaladizas-. Soy consciente de que no podías ocuparte de ellos tú solo; pero ahora que el doctor Simoness me ha dado el alta definitiva, quiero ser yo la que los cuide.
    Apretó sus largos dedos sobre el volante hasta que los nudillos se le marcaron. Estaba emocionado.
    – Deseaba oír eso. Esta noche reuniremos a las niñeras durante la cena y les diremos que ya no necesitamos que sigan viniendo.
    Julien arrancó el coche y salió a la carretera principal mientras Tracey miraba por la ventana intentando divisar a sus hijos.
    – Fueron camino del lago -comentó Julien adivinándole el pensamiento una vez más-. Si mañana hace igual de bueno, le pediremos al cocinero que nos prepare una cesta con comida para ir de picnic y daremos un paseo en barca con los niños.
    – ¡Qué buena idea! -exclamó entusiasmada para arrepentirse un segundo después.
    – Lo tengo todo preparado. ¡Hace tanto que esperaba este día…! -comentó animado-. Después de ver al doctor Chappuis, comeremos en La Fermiére. Siempre te gustó comer allí.
    La Fermiére, uno de sus restaurantes favoritos, en el que servían unas patatas con una deliciosa fondue de queso… Nunca había probado comida tan exquisita, aunque probablemente influyera que siempre había ido allí con Julien. Él convertía cada segundo en un mágico recuerdo.
    Resultaba inútil intentar persuadirlo de que no quería comer con él, pues, aparte de preocuparse por su pérdida de peso, estaba decidido a comportarse como si formaran una auténtica familia. Tracey tenía que aceptar que su marido haría todo lo posible por reavivar la pasión anterior y reconstruir su matrimonio.
    No le quedaba más remedio que acompañarlo y tratarlo como a un buen amigo. Eso era todo lo que podía ofrecerle.
    – De acuerdo -respondió finalmente intentando mantener un tono de voz neutro.
    Julien no dijo nada, pero Tracey sintió su mirada penetrante en lo más hondo de su cuerpo; una mirada que la asustó, pues indicaba que la acosaría hasta seducirla. No pondría freno a sus deseos…
    Tracey confiaba en que, al terminar el mes, su marido se diera cuenta de que su pasión se había enfriado y entonces, sólo entonces, la dejaría marchar.

    – El doctor Chappuis quiere verlos -anunció la enfermera.
    – Julien, si no te importa -le dijo Tracey agitada y con cierto sentimiento de incomodidad-, me gustaría entrar sola. Hasta ahora, no me has dejado hacer nada por mí misma, como si estuviera inválida o algo así. Quiero demostrarme que vuelvo a ser una persona autónoma, independiente. Entiendes lo que digo, ¿verdad?
    Los ojos de Julien se apagaron doloridos. Lo había herido. Y tendría que seguir hiriéndolo durante los restantes veintiocho días.
    Julien asintió con un imperceptible movimiento de cabeza y se quedó inmóvil mientras Tracey seguía los pasos de la enfermera. Se sintió aliviada cuando por fin dejó de sentir la mirada de Julien en el cogote, y entró apresuradamente en el despacho privado del pediatra.
    El doctor Chappuis parecía rondar los sesenta y era un hombre bajito, sonriente y amable. Se alegró de ver tan recuperada a la madre de los famosos trillizos de la familia Chapelle.
    Antes de que pudiera hacerle ninguna pregunta, la invitó a que tomara asiento y, a continuación, le aseguró que los tres bebés se encontraban en perfecto estado.
    A Tracey no le sorprendió la opinión del doctor, pues venía a confirmar lo que Julien ya le había adelantado. Aun así, le gustó escuchar una noticia tan buena.
    Cuando hubo terminado de enseñarle el historial médico de los tres, el doctor Chappuis supuso que ya estaría satisfecha, así que se puso de pie, dando por sentado que la consulta había finalizado.
    Fue en ese momento cuando Tracey logró reunir el valor para mirarlo a la cara y contarle toda la verdad. Después de hacerle jurar que guardaría el secreto, le fue explicando por qué había escapado, a qué se debía su amnesia temporal y por qué estaba allí hablando con él: porque necesitaba tener un diagnóstico médico de sus trillizos, para así prepararse de cara a futuros problemas médicos posibles.
    La radiante expresión del doctor Chappuis trocó inmediatamente en una de sorpresa y pesar. Se volvió a sentar mirándola con compasión.
    – En un caso como el tuyo -comentó el doctor después de aclararse la voz-, no podemos hacer ningún tipo de pruebas para revelar posibles lesiones genéticas. Sólo se puede esperar e intentar observar algún tipo de deficiencia mental, la cual, de producirse, sólo se manifestaría dentro de varios años. Si te sirve de consuelo, tus hijos se han desarrollado normalmente de momento.
    Bueno, al menos eso era algo de agradecer. Tracey cerró los ojos. A partir de ese día, dedicaría todo su tiempo a cuidar a sus pequeños y a rogar a Dios porque no hubiera complicaciones.
    Se levantó de la silla de un salto, impulsada por un repentino deseo de estrecharlos entre sus brazos. Agradeció al doctor su amabilidad por recibirla y abandonó la consulta.
    Nada más salir se encontró frente a Julien y necesitó de todas sus fuerzas para reprimir sus ganas de abrazarlo.
    – ¿Qué pasa, preciosa? -preguntó al detectar cierta preocupación en la expresión de Tracey-. Pareces acelerada.
    – Es que después de hablar con el doctor, tengo tantas ganas de volver a ver a mis niños que no quiero perder ni un solo segundo -respondió con sinceridad, aunque le ocultó que su nerviosismo se debía en parte a él-. ¿Te importa si dejamos lo de La Fermiére para otro día?
    Julien la miró algo sorprendido. A Tracey no paraban de temblarle las piernas, pues era consciente de lo perspicaz que su marido era y no sabía cuanto tiempo sería capaz de engañarlo.
    – Sólo lo propuse por si no te encontrabas con fuerzas para empezar a criar de golpe a los tres bebés. Es una tarea muy fatigosa -murmuró Julien.
    – Estoy más que lista.
    – En tal caso, iremos a casa directamente.
    Durante el viaje de vuelta hacia la residencia, Tracey centró la conversación en los niños, lo cual no le resultó complicado después de toda la información que había obtenido sobre ellos en el transcurso de la consulta al pediatra. Cualquiera que los hubiera escuchado, habría pensado que formaban una pareja ideal.
    Pero, a pesar de intentar no prestarle atención, no podía evitar lanzar alguna mirada furtiva a Julien. Tracey sabía que distaban mucho de ser una pareja ideal y se sintió morir, pues cada uno de sus poros respiraba amor por el hombre que tenía a su lado.
    Presa del pánico que le producía comprobar que sus sentimientos hacia Julien no sólo no se enfriaban, sino que cada vez eran más apasionados, se alejó de él a toda velocidad nada más llegar a la residencia. Ni siquiera esperó a que Julien quitara la llave del contacto.
    Una de las criadas la saludó mientras subía la escalera y Tracey le devolvió el saludo, aunque no se dio la vuelta ni detuvo su marcha decidida hacia el cuarto de los niños.
    Abrió la puerta de la habitación guardería y se encontró a una niñera cambiándole los pañales a uno de los bebés, que estaba tumbado sobre una cunita. Era rubio como su abuelo, Henri Chapelle; pero no era momento de atormentarse con eso.
    – ¿Quién de los dos es? -preguntó en voz baja.
    – Raoul -respondió su marido, que acababa de unirse a ella-. Buenas tardes, Jeannette.
    – Es el más tranquilo de sus dos hijos, señora -respondió la niñera con tono amable-. Salvo cuando tiene hambre. Creo que de mayor va a ser muy serio; me recuerda mucho a su marido.
    Aquellas palabras pillaron a Tracey desprevenida. Jeannette había sido la madre de su hijo Raoul mientras ella había estado en coma. ¡Cuanto la envidiaba!
    – ¡Raoul! -exclamó mientras se acercaba a levantarlo.

Capítulo 6

    Apenas terminó de decir su nombre y ya lo tenía entre los brazos. No podía creerse que fuera ese niño tan robusto y mofletudo el que había tenido tantos problemas al principio para respirar.
    La enfermedad había hecho que Tracey se sintiera especialmente unida a él. Recordaba las horas que había pasado rezando para que lograra respirar con normalidad.
    – Ratita mía -exclamó mientras le daba un sonoro beso en su rosada mejilla.
    Durante los siguientes minutos, Tracey no paró de darle besos y pellizquitos, examinando el cuerpecito de Raoul centímetro a centímetro.
    Por sorprendente que pareciera, el bebé no extrañó a Tracey, a pesar de los meses de ausencia. Tenía unos ojos idénticos a los de Julien; eran igual de negros y expresaban la misma amabilidad.
    Tracey empezó a sollozar; procuró calmarse sofocando su llanto contra el pijamita de Raoul, que en ese momento rompió a llorar, sin duda asustado al percibir la agonía de su madre.
    – Perdona, Raoul -le dijo mientras lo mecía entre los brazos-. Mamá siente haberte asustado. Es que te quiero mucho -le repetía una y otra vez, sin lograr apaciguar su llanto.
    – Antes de que usted llegara, lloraba porque tenía hambre -intervino Jeannette-. Me da la impresión de que es como muchos hombres, que se ponen gruñones si no tienen el estómago lleno.
    Tracey no quería seguir dejando a Raoul en manos de la niñera, aunque no tenía nada en realidad en contra de ésta.
    – Mientras tú intentas calmar tu insaciable apetito -dijo Julien dándole un beso a Raoul en la cabeza-, tu madre y yo vamos a ver qué tal se encuentra tu hermano mayor.
    Aunque no había estado durante el parto, Julien parecía saber todo acerca de sus hijos, de las precarias circunstancias en que nacieron y hasta del orden en que lo habían hecho: Jules, Valentine y Raoul.
    El doctor Learned le había explicado a Tracey que, como Raoul había salido el último, tal vez había tenido poco espacio en el útero, motivo al cual podía deberse el que hubiera nacido con los pulmones poco desarrollados.
    Pero, a juzgar por sus gemidos, era evidente que se había recuperado. El pobre, después de haber sido el centro de atención, tal vez se sentiría un poco abandonado.
    A Tracey no le importó que Jeannette alimentara una vez más a Raoul, pues estaba ansiosa por tener cuanto antes en sus brazos a sus otros dos bebés.
    Salió de la habitación en la que estaba la niñera y, evitando el contacto visual con Julien para que éste no notara su emoción, fue hacia el dormitorio contiguo.
    Cuando entró, una segunda niñera, a la que Julien saludó como Lise, pareció sorprendida. Pero Tracey sólo tenía ojos para su otro hijo: aunque él también era rubio, si bien no tanto como Raoul, se parecía una barbaridad a Julien. Sin duda, con sus largas piernas y delgado cuerpo, él sería quien más se asemejaría a su padre cuando fuera mayor.
    Tracey se acercó a Jules y se arrodilló delante de él para ver el color de sus ojos, marrones y con grandes pestañas, muy parecidos a los de ella misma. Tenía restos de su última papilla en el labio superior.
    – ¡Jules! ¡Eres adorable! -exclamó al tiempo que abarcaba su carita con las manos y la llenaba de besos.
    De pronto, Jules rompió a llorar y echó los brazos hacia su padre, que nada más levantarlo lo tranquilizó. Se quedó allí, escondiéndose tras el cuello de su padre. Tracey rodeó a Julien e intentó captar la atención del niño, pero éste giró la cabeza, como si le asustara que ella fuera a separarlo de Julien.
    Tracey comprendía la reacción del bebé, pero la lógica no tenía nada que ver con el sentimiento de frustración que experimentó al saberse rechazada por su propio hijo.
    – ¿Por qué no te acercas a ver a Valentine mientras calmo del todo a Jules? -le sugirió Julien, que había intuido el calvario que estaba pasando Tracey.
    No quería, pero, ¿qué iba a hacer si no? Mientras siguiera con ellos, Jules no se atrevería a levantar la cabeza ni terminaría de comer. A Tracey le habría gustado que ese primer encuentro hubiese sido más satisfactorio.
    Después de aceptar la propuesta de su marido con un gesto de la cabeza, se fue en busca de Valentine, agradeciendo que Raoul no hubiera tenido la misma reacción que su hermano. No lo habría podido soportar.
    Cuando entró en la habitación de Valentine, Clair le estaba poniendo un pijamita y unos zapatos. En esta ocasión, después de la experiencia con Jules, se aproximó a Valentine con cuidado.
    – ¿Ha comido ya? -le preguntó a Clair en voz baja. Valentine, nada más escuchar la voz de su madre, giró la cabeza en dirección a ella.
    – Sí, ha comido muy bien. Iba a darle un pequeño biberón y a acostarla. ¿Quieres dárselo tú? -le preguntó Clair.
    – Si me deja…
    – Vamos a ver. Venga, siéntate.
    Una vez se hubo sentado, la niñera le acercó el bebé. Al principio, Valentine se resistió un poco e hizo algunos gestos de protesta. Pero se calmó y empezó a beber en cuanto Tracey le colocó la tetilla del biberón en la boca.
    – Valentine, amor mío.
    No dejaba de chupar y de hacer sonidos con la nariz mientras respiraba y miraba a los ojos de Tracey, igual de verdes que los de ella.
    ¿Era posible que Valentine recordara la voz y el olor de su madre? Durante el mes que había estado con ellos en el hospital, los había tenido siempre en sus brazos en esa posición. ¿Se debía a eso que Valentine estuviera tan relajada en el regazo de su madre?
    Tracey no cabía en sí de gozo y no dejaba de hacer arrumacos a Valentine, que la miraba con absoluta confianza.
    De repente, Tracey sintió la necesidad de estar con los tres bebés al mismo tiempo y, respondiendo a un instinto maternal, se levantó de la silla y salió de la habitación meciendo a Valentine en los brazos. Fue hacia la habitación de Raoul y se alegró de que aún no se hubiera dormido.
    – ¿Jeannette? ¿Te importaría pedirle a una de las doncellas que traiga un edredón grande?
    – En absoluto -respondió algo sorprendida por tal petición. Salió de la habitación y, entonces, Tracey acarició la cara de Raoul con la mano que tenía libre.
    Raoul estiró la mano izquierda, agarró un dedo de Tracey e intentó metérselo en la boca.
    – Aquí está -dijo Jeannette cuando regresó.
    – ¿Te importa colocarlo sobre la silla? Luego, Clair y tú podéis tomaros el resto del día libre -dijo Tracey, que, al ver el gesto de sorpresa de la niñera, se vio obligada a dar una explicación-. Necesito tiempo para estar con mis hijos.
    – Muy bien. Pero no nos alejaremos mucho, no vaya a necesitarnos.
    Tracey no estaba segura de si Jeannette no quería separarse de Raoul debido al apego que sentía por él o a que estuviera preocupada por su salud. Sería una suma de ambas cosas.
    Sin duda, si ella hubiera estado con Raoul tanto tiempo como Jeannette, sería incapaz de renunciar a él llegado el momento. No podía permitir que las niñeras siguieran encariñándose con los bebés. Tenía que pedirles que abandonaran su trabajo y que intentaran contratarse en otra familia. Tracey sintió algo de lástima por ellas, pues sabía que en ningún sitio las tratarían tan bien como las habría tratado Julien. Cuando se quedó a solas con los dos bebés, colocó a Valentine dentro de la cuna en la que ya estaba Raoul y, durante unos minutos, no dejó de mirarlos, mientras éstos sujetaban con sus manitas los biberones y terminaban de bebérselos.
    Aprovechando que estaba sola, extendió el edredón junto a la cuna sobre la moqueta. Luego se quitó la chaqueta y los zapatos, todo lo cual colocó sobre una silla, sacó a Raoul de la cuna y empezó a jugar con él poniéndolo boca abajo. Después le tocó el turno a Valentine y así estuvo jugando durante varios minutos con uno y otro alternativamente.
    Tracey estaba disfrutando muchísimo, se sentía exultante, inmensamente feliz y no dejaba de besar a sus hijos, de acariciarles la espalda y contarles los planes que tenía para ellos.
    – Vaya, vaya, Jules -dijo una voz familiar que aceleró los latidos de Tracey-. Parece que mi familia está de reunión. ¿Nos unimos a ver de qué están hablando?
    Acto seguido, Julien colocó a Jules entre sus dos hermanos y luego se tumbó tan cerca de Tracey que habría podido tocarla con sólo mover ligeramente la mano.
    Tracey se sentía muy alterada por la proximidad de su marido. En cuanto a Jules, tampoco él parecía muy contento, aunque, en su caso, su desdicha se debía a que lo alejaran de su padre.
    Movida por un deseo de calmar a su niño, Tracey fue acercándose centímetro a centímetro hacia Jules y empezó a jugar con sus deditos. Al principio no hizo caso de su madre, pero ésta siguió hablándole y jugando con él y, finalmente, dejó de protestar.
    Tracey tenía la cabeza tan cerca de los otros dos bebés que empezó a acariciarlos con su rubia melena. De todos modos, no lograba dejar de notar el calor que le producía estar junto a su marido, que seguía pegado a ella. Casi perdió el conocimiento al oler la fragancia varonil de su cuerpo mezclada con el olor de su jabón.
    Se tumbó boca arriba y siguió jugando con Jules, a quien fue levantando y bajando con los brazos alternativamente, a la vez que le daba besitos en la tripa. Los otros dos bebés se entretenían con el pelo de su madre, sin que los molestara el que Jules estuviera acaparando la atención de Tracey.
    De pronto, se dio cuenta de que Julien la estaba mirando. Estaba quieto y sus ojos refulgían como llamas ardientes. Aunque no hizo ningún movimiento concreto, nada de lo que pudiera acusarlo, el deseo de su marido era casi palpable, o al menos ella se sentía rozada por aquella mirada tan penetrante y peligrosa.
    Tracey se vio obligada a cambiar de posición para darle la espalda y vencer cualquier posible tentación. Empezó a mecer a Jules entre sus temblorosas manos y decidió cantarle una nana. Tal vez fuera la música lo que más lo serenara, porque Jules dejó que su madre lo besara y lo mimara sin oponer resistencia.
    Estaba viviendo un momento agridulce y las lágrimas, de alegría y dolor, se le agolpaban en las esquinas de los ojos. Alegría, porque se sentía realizada y rebosante como madre; pero estaba pagando un precio que le destrozaba el corazón. A su lado yacía el hombre al que amaría toda su vida; el hombre que no le estaba destinado.
    Con todo, parte de ella se rebelaba contra aquel descubrimiento que había destruido su mundo de felicidad; parte de ella quería olvidar que eran hermanos y seguir amando a Julien como antes de que Henri Chapelle hiciera su confesión.
    Pero Dios sabía ese terrible secreto, y Tracey no podía fingir que lo ignoraba. No podían ocultarse en ningún sitio; no existía ningún limbo perdido donde Julien y ella pudieran vivir felices el resto de sus días.
    Dio un beso a Jules en un intento de disimular su dolor e intentó aceptar la idea de que, a partir de entonces, sólo sus hijos serían su razón de ser.
    – ¿Preciosa?
    «No, por favor. No digas nada», pensó Tracey.
    Pero era demasiado tarde. Ya había hablado. Su voz, dulce y aterciopelada, tampoco escondía el ferviente deseo que sentía hacia ella.
    – Estos meses atrás -prosiguió Julien-, cuando estabas sumida en la oscuridad, soñaba con momentos como éste, en casa, rodeado por mis hijos y mi mujer… ¿Cómo es posible que no sientas la misma dicha que yo?, ¿que no quieras que este estado de felicidad se prolongue eternamente? Respóndeme si puedes, amor mío. Convénceme de que no perteneces a mis brazos, de que no echas de menos aquella pasión arrebatada que compartimos hasta que desapareciste de mi vida.
    Tracey no podía escuchar ese cortejo desesperado. Se sintió cruel y miserable por no poder contestar a sus preguntas y deseó quedarse dormida junto a sus bebés. ¡Cuanto le gustaría ser uno de ellos, felices y carentes de preocupaciones!
    Sabía que Julien esperaba algún tipo de respuesta, de reacción a sus palabras, sabía que Julien quería escuchar que su amor era correspondido.
    Empezó a rezar para seguir firme, sin perder la compostura, y, por suerte, poco a poco consiguió relajarse hasta cerrar los ojos y quedarse dormida.
    Cuando empezó a recobrar la consciencia, sintió un peso sobre el vientre. En el estado de somnolencia en el que se hallaba, supuso que, de algún modo, Jules se las habría ingeniado para trepar hasta allí y, sin pensarlo dos veces, estiró la mano para rozar su pelo sedoso con la palma de la mano.
    Pero se dio cuenta de que algo no iba bien nada más tocar la cabeza que reposaba sobre su vientre. Era demasiado grande para ser la cabeza de Jules. Abrió los ojos de golpe y tuvo que morderse los labios para no gritar.
    Al parecer, durante la siesta, había soltado a Jules, que se habría ido a dormir con sus hermanos, y había girado el cuerpo en dirección a Julien, que también se había quedado traspuesto.
    Lo que había logrado evitar estando despierta, había sucedido mientras ambos dormían instintivamente, Julien la había rodeado por la cintura y Tracey había dejado reposar un brazo sobre la cabeza de su marido.
    Cuando Tracey estaba intentando recuperarse de la impresión y librarse del abrazo de Julien, Clair entró en la habitación, aunque se marchó inmediatamente, consciente de que estaba interrumpiendo una escena muy íntima entre dos amantes.
    Tracey se dio cuenta de que tenía la blusa arrugada y de que la llevaba por fuera de la falda. Además, el brazo de Julien había ido remontando las piernas de su esposa hasta dejarle las pantorrillas al descubierto.
    Se sintió azorada y culpable al mismo tiempo y sus mejillas se arrebolaron. No podía permitir que algo así volviera a suceder.
    Todavía quedaban veintisiete días y ya habían «dormido» juntos. Se apartó de Julien presa del pánico, con la esperanza de no despertarlo; pero había olvidado a Jules, al que no le agradó el ligero golpe que su madre le propinó con el cuerpo al retirarse. Empezó a llorar y a gritar hasta que todos despertaron y, un segundo más tarde, sus hermanos lo acompañaron en el llanto.
    Tracey se levantó a toda velocidad, pero no la suficiente para que Julien no la viera, pues había abierto los ojos nada más notar la ausencia de su «vientre almohada», unos ojos que indicaban que Julien era consciente de lo que había sucedido mientras ambos dormían…
    Tracey sabía que, una vez expuesto ese síntoma de debilidad y querencia, Julien no cesaría en su acoso hasta destruir todas las barreras que cercaban el corazón de su mujer.
    Levantó a Raoul con un movimiento nervioso. Curiosamente, era él el que lloraba con más fuerza, el que más gritaba, así que lo llevó a la cuna para cambiarle el pañal. Le puso el chupete en la boca con suavidad y, afortunadamente, las lágrimas se estancaron. Por su parte, Julien había logrado calmar a los otros dos bebés.
    – Vamos a dejar que mamá esté un rato a solas con tu hermano -le oyó decir Tracey a su marido mientras éste salía de la habitación-. En seguida te tocará a ti. Ha vuelto a casa para quedarse y vamos a tener el resto de nuestras vidas para estar juntos.

    – Pasear en el cochecito les gusta -dijo Julien refiriéndose a los bebés-. Pero creo que están disfrutando más con este paseo en barca. ¿Tú qué piensas?
    Julien prefirió centrar la conversación en los niños y no mencionar en ningún momento lo que había ocurrido el día anterior en la habitación de Raoul.
    – Todo esto es nuevo para mí; así que no sé qué decirte. Pero sí parece que están contentos -respondió Tracey.
    Los tres niños estaban sentados en una gran cuna junto a Julien, que era quien dirigía el rumbo de la barca. Tracey, para no mirar a Julien, se fijaba en los tres bebés, que jugaban con sus manitas y mordían unos sonajeros que su padre les había comprado.
    Llevaban unos jerséis para no enfriarse y tenían la cabeza cubierta con una capucha que sólo dejaba al aire libre sus caritas, iluminadas por el sol otoñal.
    Les dio de comer y les cambió los pañales. Luego estuvo acunándolos de uno en uno y, a medida que avanzaban por el lago, miraba aquellos parajes tan preciosos.
    En la Château de Clarens, un antiguo castillo cercano a la orilla, Julien apagó el motor de la barca para sacar algo de comer de una pequeña nevera. El cocinero había preparado unas deliciosas tartaletas de frambuesa que a Tracey le encantaba tomar con Grapillon, su zumo de uvas preferido.
    Mientras Tracey miraba con detenimiento los viñedos, repletos de uvas y listos para la recolección, Julien sirvió un plato para cada uno y comieron compartiendo un agradable silencio. Pero, por dentro, Tracey sólo quería gritar de nerviosa que estaba.
    – Anoche les diste una «propina» muy generosa a las niñeras cuando les dijiste que ya no necesitábamos sus servicios. Seguro que te están muy agradecidas, Julien -comentó Tracey para romper la tensión.
    – No hay suficiente dinero en todo el mundo para recompensarlas por criar a los niños mientras tú no estabas. Pero, por ellas, me alegro de que se marchen, estaban tomándoles demasiado cariño. Sobre todo, Jeannette sentía devoción por Raoul.
    – Lo noté. Es tan dulce… -dijo con orgullo de madre-. Son todos tan dulces…
    – Son perfectos y hoy me siento el hombre más afortunado del mundo -comentó con sincera emoción.
    – Julien -intervino Tracey para que la conversación no se desviara a terrenos peligrosos-. Espero que no te haya molestado que llamase esta mañana a Isabelle y que…
    – ¿Y por qué habría de importarme? -la interrumpió Julien algo frustrado por ese nuevo giro de la conversación-. Ésta es tu casa ahora y, al fin y al cabo, Isabelle es tu hermana.
    – No me has dejado terminar. Hace medio año que no veo a mi hermana ni a Alex y tengo miedo de que mi sobrino me olvide; así que… los he invitado a venir a la residencia unos días.
    Julien no movió un sólo músculo de la cara; pero mordió con rabia un trozo de su pastelillo de frambuesa.
    – ¿Crees que es adecuado después de lo que Rose dijo anoche? -preguntó.
    – Te refieres a Bruce -dijo conteniendo la respiración.
    – Tracey, tu cuñado no sabe lo que significa trabajar. Venir aquí de invitado para no hacer nada sólo contribuirá a distanciarlo más de tu hermana.
    – Lo sé -susurró-. Por eso no lo he invitado a él. Rose y yo estuvimos charlando después de acostar a los niños y está de acuerdo en que, quizá, es Bruce, y no los mareos del embarazo, el causante de su malestar general. Puede que le venga bien pasar unos días con nosotros, jugando con los niños y olvidándose de su marido. Yo creo que nos necesita -expuso Tracey con sinceridad, si bien se había movido a invitarla para que se interpusiera entre Julien y ella.
    – ¿Cuándo quieres que venga?
    – Tan pronto como sea posible.
    – Entonces intentaré reservar los billetes de avión en cuanto volvamos a casa.
    – No, Julien -Tracey rechazó el ofrecimiento de su marido-. Creo que ella se iba a ocupar de eso.
    – ¿Cómo?
    – Creo que todavía le quedan algunos ahorros.
    – No debería echar mano de ellos para esto -comentó Julien.
    – Papá le dejó ese dinero para que lo usase cuando lo necesitara y ahora es el momento. Tiene que darle un aviso a Bruce, o su matrimonio acabará viniéndose abajo.
    Nada más decirlo, se dio cuenta de que no debía haberlo hecho. Se sintió morir al ver la palidez del rostro de Julien, totalmente inexpresivo.
    – ¿Crees que podría dirigir la motora en el viaje de vuelta? -preguntó Tracey para cambiar de tema-. Sé que hace tiempo que no llevo los mandos, pero, como no hay viento, no creo que me resulte difícil.
    – Seguro que lo harás perfectamente, preciosa -respondió Julien-. Pero los niños y yo no queremos volver todavía a casa. ¿Por qué no nos llevas a Évian? -preguntó con aparente inocencia, aunque, implícitamente, se trataba de una orden.
    Tracey estaba desolada. Sabía que no podía negarse y Évian estaba a muchos kilómetros de distancia; kilómetros en los que tendría que seguir inventando nuevos pretextos para mantener a Julien a distancia.
    Después del incidente del día anterior, no quería parecer vulnerable y, por eso, tenía que obedecer sus deseos, aunque ello implicara permanecer a solas junto a él. Las piernas le temblaron cuando se incorporó para arrancar el motor.
    – Usa mejor el otro depósito -propuso Julien-. Volveremos a echar gasolina cuando lleguemos a la otra orilla.
    Salvo el ruido del motor, nada rompía el silencio mientras navegaban sobre las aguas azules. Parecía que estaban solos en el lago. Ni siquiera se oían otras motoras en la distancia.
    Pensando en los últimos años, Tracey recordó algunos días lejanos, antes de la confesión de Henri Chapelle, en los que ella y Julien habían disfrutado de su mutua compañía en el lago.
    Tuvo que luchar con todas sus fuerzas para que las lágrimas no se le saltaran, pues sabía que, lo más seguro, también Julien estaría pensando en aquellos días de ignorante inocencia. Pero aquellos tiempos no podrían repetirse jamás. La cruel realidad se opondría siempre a su amor.
    Julien había insistido en que pasara un mes junto a él, para convencerlo de que no quería seguir siendo su esposa. Pero Tracey empezaba a pensar que no sería capaz de aguantar tanto tiempo a su lado. Si la visita de Isabelle no producía los efectos disuasorios esperados, no sabría qué hacer.
    Decirle la verdad sin rodeos trastornaría a Julien profundamente. Sabía que tendría suficiente personalidad como para sobrevivir al dolor y la desilusión de tamaña noticia; pero algo dentro de él se moriría. Nunca más volvería a ser el Julien al que admiraba y amaba.
    Por más vueltas que le diera, siempre llegaba a la misma conclusión: Julien no debía enterarse de la verdad. Le resultaría mucho menos desgarrador recuperarse de un desengaño amoroso.
    Estaba tan sumida en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que Julien había estado haciéndole gestos con las manos hasta que, finalmente, optó por agarrarla de un brazo. Le entró un escalofrío al sentir el roce de sus dedos, y se dirigió hacia los bebés a paso ligero.
    – Si paramos allí -dijo Julien apuntando hacia un muelle que había a cierta distancia-, nos llenarán el depósito mientras tomamos algo en el restaurante. Han cambiado de dueño y ahora sirven un pescado excepcional.
    – Pero los niños… -se opuso Tracey, intentando encontrar alguna excusa para regresar a casa cuanto antes.
    – Estarán bien -insistió.
    – Julien…
    – Por favor, preciosa. No imaginas cuanto tiempo he deseado que llegara un día en que pudiera salir a cenar con toda mi familia -comentó en aquel tono aterciopelado que siempre ablandaba el corazón de Tracey-. El día ha llegado y quiero que lo celebremos.

Capítulo 7

    Cuando se ponía así, Julien era irresistible. Tracey no tuvo más opción que complacer sus deseos.
    Una vez hubieron atracado en el muelle, ordenó que llenaran el depósito de gasolina.
    – Lleva tú a Valentine y yo llevaré a los dos niños -le dijo a Tracey mientras la ayudaba a salir de la barca. Luego le acercó a la niña y a continuación salió él con un niño en cada brazo. Juntos pasearon por el muelle hasta llegar al restaurante.
    Pronto anochecería. La terraza, cuyas mesas estaban dispuestas en hileras y tenían velas encendidas, parecía especialmente agradable.
    Tracey miró al resto de los clientes que estaban cenando y se sintió fuera de lugar, pues todos vestían con ropa elegante mientras que ella llevaba unos simples vaqueros y unas zapatillas de hacer deporte. Por su parte, Julien siempre estaba deslumbrante vistiera lo que vistiera. Allá donde fueran, siempre llamaba la atención de todos, sobre todo, de las mujeres.
    Al verlos con tres bebés, que sin duda eran trillizos, todos se giraron para aplaudirlos.
    El encargado, al ver a los niños, los acompañó a una mesa en el interior para que no se resfriaran.
    Chasqueó los dedos para llamar a los camareros, los cuales fueron en seguida hacia su jefe con tres sillitas para los bebés. Antes de que a Tracey le diera tiempo a sentarse, decenas de personas se la acercaron para felicitarla por aquellas criaturas tan adorables.
    De haber sabido que Julien tenía planeado ir allí a cenar, Tracey se habría ocupado de arreglarse el pelo, en vez de tenerlo recogido de cualquier forma en la nuca.
    Lanzó una mirada furtiva a Julien y sintió una mezcla de miedo y admiración al ver el brillo de sus ojos y la sonrisa de orgullo y satisfacción que le cruzaba la cara de lado a lado. Se le notaba feliz, ansioso por presumir de familia delante de todas esas personas que no dejaban de acercarse a los niños y de hacer preguntas.
    La familia Chapelle era una institución en toda Europa y Julien estaba al frente de ella. Pero, para él, salir de excursión con su familia tenía mucho más valor que cualquier premio que pudiera otorgarle la más prestigiosa de las empresas.
    ¡Por eso no podía decirle la verdad sobre su padre! El padre de ambos. El brillo de sus ojos desaparecería para siempre y su sonrisa se desvanecería por completo. De pronto, las miradas de ambos se enlazaron.
    – Sé que preferirías no estar casada conmigo -le dijo Julien-. Pero, pequeña, intenta disfrutar de esta velada. ¿Lo harás por nuestros hijos? -preguntó con una veta de dolor, rabia y frustración.
    Durante el resto de la velada no sucedió nada memorable. Tracey mantuvo la compostura lo mejor que pudo y se comió todo cuanto le sirvieron, a pesar de que no tenía hambre. Pero, cuando llegó la hora de los postres, los niños empezaron a lloriquear. Después de mecerlos unos minutos en los brazos, resultó evidente que querían dormirse. Bastante buenos habían sido ya durante mucho tiempo.
    – Creo que tendremos que dejar los postres para otra ocasión -comentó Julien, que había llegado a la misma conclusión que Tracey-. ¿Nos vamos?
    Por primera vez desde hacía una hora, sintió un ligero alivio, después de haber sentido tantas miradas clavadas en ellos dos. Aunque volver a la motora significaba quedarse a solas con Julien, era de noche y él tendría que ocuparse de los mandos, así que Tracey podría cuidar a los niños sin sentirse vigilada.
    El sol se había puesto minutos antes y el aire de la noche soplaba frío. De vuelta a la barca, a lo largo del muelle, ninguno dijo nada. Luego, una vez hubieron colocado a los niños, Julien fue a la parte delantera y, sin mediar palabra, Tracey le ayudó a soltar amarras para emprender el viaje de regreso a la residencia.
    – ¿Estás lista? -le preguntó Julien, que quería salir lo antes posible, pues había oído decir a unos trabajadores del muelle que tal vez llovería.
    – Un segundo -respondió. Había decidido llevar a Jules en brazos, ya que tenía comprobado que si lo soltaba, automáticamente, se ponía a llorar-. Ya estoy. Cuando quieras.
    Julien cambió de marcha y la motora surcó el mar, un poco encrespado por un ligero viento que no se sabía de donde llegaba. Tracey no se preocupaba teniendo a Julien de timonel y, de hecho, daba la impresión de que el rítmico azote de las olas estaba ayudando a que los niños se durmieran.
    Pero cinco minutos después, notó que estaban perdiendo velocidad y que Julien cambiaba de dirección.
    – ¿Qué pasa? -le preguntó alarmada.
    – El viento ha cubierto todo el cielo de nubes. Si sigue así, para cuando estemos en medio del lago, romperá a llover con intensidad. Si no estuvieran los niños, seguiría adelante. Pero me niego a ponerlos en peligro. Es mejor que volvamos a la costa y esperemos a que pase la tormenta.
    Tracey conocía a Julien desde hacía muchos años y sabía que, una vez hubiera decidido algo, era imposible hacerle cambiar de opinión. Además, él había vivido toda su vida en el lago y seguro que tenía toda la razón del mundo en desconfiar de la tormenta. Si Julien pensaba que los niños podían correr el más mínimo riesgo, no sería ella quien le llevara la contraria. La seguridad de los niños era lo único importante en esos momentos.
    Acercó los labios a la cabeza de Jules mientras escuchaba los aullidos del viento, que agitaban el mar de tal manera que Julien estaba teniendo que emplearse a fondo por mantener el rumbo en dirección al muelle.
    Pero no había en el mundo hombre con el pulso más firme ni la cabeza más fría. Tracey sabía que siempre podría contar con él, sobre todo, en un momento crítico. A cualquier otro le habría entrado un ataque de nervios; pero a Julien no. Nadie se le podía comparar. Lo amaba tanto…
    – En seguida estaremos a salvo -le susurró a Jules, que seguía despierto y escuchaba con atención el sonido del viento.
    Mientras lo acunaba en su regazo, Tracey buscó con la mirada las siluetas de Raoul y Valentine, que estaban plácidamente dormidos en medio de tanta oscuridad. Envidió lo tranquilos que estaban, inconscientes del peligro que estaban corriendo y del sufrimiento que sus padres padecían.
    Un río de lágrimas recorrió las mejillas de Tracey. Se preguntó por enésima vez por qué no se habría muerto Henri antes de que Julien y ella regresar de su luna de miel. Unos pocos días menos de vida para él, habrían cambiado el resto de las suyas. Ella y Julien podrían haber disfrutado de su matrimonio sin llegar a saber jamás las circunstancias que los obligaban a separarse.
    ¿Cómo había sido Henri capaz de hacerles algo así?, ¿por qué su madre no le había dicho nunca nada? ¿Por qué nunca la había advertido del peligro que corría cuando notó que se estaba enamorando de Julien?
    – No tiene sentido -pensó en voz alta.
    – ¿Qué dices? -preguntó Julien con verdadera ansiedad.
    – ¿Perdona? -respondió ofuscada, limpiándose las lágrimas con la bocamanga.
    – ¿Te encuentras bien, Tracey?
    – Sí… no pasa nada -vaciló-. ¿Tú estás bien?
    Tardó en responder, lo cual la puso nerviosa. La tensión que había entre ellos era mucho peor que la que descargaban los rayos de la tormenta.
    – ¿Te das cuenta de que ésta es la primera pregunta personal que me haces desde que has despertado del coma? -le preguntó por fin.
    Tracey notaba su dolor, pero no podía responderle, temerosa de rendirse y contarle la verdad. Entonces todo se vendría abajo y la vida sería un tormento para Julien.
    De pronto, el barco chocó contra un banco de arena que había en la orilla de la playa. Tracey estuvo a punto de caerse del asiento, pero logró sujetarse a tiempo. Sin embargo, aquel brusco movimiento provocó el llanto de Jules, que despertó a sus hermanos, los cuales, a su vez, rompieron a llorar.
    Mientras Julien empujaba la barca para subirla del todo a la arena de la playa, Tracey intentó calmar a los niños, dándoles besos en sus mejillas encendidas y enseñándoles los biberones que acababa de sacar de una pequeña nevera de excursión que habían llevado.
    Cuando Julien hubo terminado de asegurar la motora con unas cuerdas, los tres bebés estaban bebiendo ruidosamente. Tracey se había sentado en el medio y les dejaba que le agarraran las manos con sus deditos, para que no se sintieran abandonados.
    – ¿Crees que, con el golpe, se habrá roto el casco? -preguntó Tracey mientras improvisaba unas camas para los bebés.
    – No, no creo que vaya a necesitar ninguna reparación.
    – ¿Dónde estamos?
    – A unos quinientos metros del restaurante, en un apartadero privado de la playa. Aquí estaremos a salvo hasta que escampe -aseguró Julien-. ¡Santo cielo! Te prometo que no era éste el final que había imaginado para esta velada -se disculpó.
    – No puedes hacer que la naturaleza te obedezca como cualquiera de tus empleados -dijo Tracey en broma, para que no se sintiera culpable.
    – Eso es evidente -respondió con sequedad-. Tracey, déjame que me ocupe yo un rato de los niños. Después de esta odisea, tienes que estar muy cansada. Deberías intentar dormir un poco.
    – No, Julien. Eres tú el que necesita descansar. Te has pasado muchos meses cargando con la responsabilidad de sacarlos a todos adelante. Te mereces una noche de vacaciones. Déjame que los cuide mientras tú duermes. Quiero estar junto a ellos para que no echen de menos a las niñeras. Quiero que empiecen a quererme -dijo con voz quebrada.
    – Estuviste con ellos durante su primer mes de vida, el más importante de todos. No les faltó de nada cuando nacieron. Y lo de quererte, ¿cómo pueden quedarte dudas después de como se abrazaban a ti en el restaurante?
    Era cierto. Como había estado pensando en su relación con Julien, no se había parado a analizar el comportamiento de sus hijos; pero la habían abrazado con total confianza y habían echado sus bracitos hacia ella tanto como hacia Julien cuando algún desconocido se había acercado demasiado para mirarlos.
    – Gracias por decir eso. Eres maravilloso -se sorprendió diciendo.
    – ¿Dices eso a pesar de que te voy a tener secuestrada treinta días?
    La tensión que había entre ambos era una barrera infranqueable. Tracey lamentaba hacerle daño, pero lamentaba aún más percibir la sensación de que Julien se consumía de rabia y desesperación. No podía soportar ver lo que le estaba ocurriendo.
    – Julien…
    – Creía que me habías dicho que me tomara la noche libre -la interrumpió con hostilidad-. Pues he decidido tomarte la palabra -concluyó dándose media vuelta y dando por zanjada la conversación.
    Tracey debería haberse sentido aliviada. Se sentía, de hecho, reconfortada por poder ocuparse de los niños y dejar que Julien durmiera un rato; pero sabía que aquel silencio constante sobre sus motivos para pedir el divorcio estaban destrozando a su querido marido.
    ¿Qué era peor? ¿El infierno que estaban viviendo entonces, o el que vivirían si le contaba la verdad? ¿Tenía razón Louise? ¿Cometería Julien alguna locura si no le decía la verdad?
    Durante el resto de la noche, después de que la tormenta terminase y todo volviera a la normalidad, Tracey estuvo sentada rodeando a sus bebés con los brazos, pensando qué debía hacer. Al llegar la mañana, seguía sin resolver sus dudas, sin llegar a ninguna decisión.
    Cuando despertó, Julien miró a Tracey a los ojos y, al ver las ojeras que tenía, comprendió que la noche se le habría hecho eterna. Anunció con gravedad que regresarían a la residencia cuanto antes y le recomendó que, una vez allí, se acostara.
    Tracey decidió no discutir con él en ese momento. Ya tendría tiempo de hacerlo después de darse una ducha y ponerse ropa limpia.
    Tracey había pasado parte de la noche pensando en remodelar un poco la residencia. Quería que sus hijos estuvieran juntos. Recordaba lo bien que se lo había pasado de niña, cuando compartía habitación con Isabelle, y pensó que sus hijos deberían disfrutar también de su mutua compañía.
    Colocaría las tres cunas en un mismo dormitorio y guardaría todos los juguetes en otra. Alex podría dormir en la tercera mientras durara la visita de Isabelle. Había un pequeño sofá que podría hacer las veces de cama durante unos días.
    Y Tracey ocuparía la habitación de invitados que había vacía en esa misma planta, para poder oír a sus bebés constantemente.
    Isabelle necesitaba descansar y estar tranquila, así que lo más adecuado era que durmiera en el dormitorio que había frente al de tía Rose, en la tercera planta. Julien la había alojado en la habitación más lejana a las de los niños, para que no se despertara si éstos se ponían a llorar en mitad de la noche.
    Ojalá no le importara a Julien hacer esos cambios. Además, tal vez lo tomara como un deseo de permanencia, de seguir junto a sus hijos más allá de los treinta días pactados.
    Embelesada en esos pensamientos que la ayudaban a olvidar su sufrimiento, llegó a la residencia y se fue directamente hacia su habitación. No le llevó la contraria a Julien cuando éste se ofreció a bañar él a los niños y darles el desayuno.
    Si no lo contrariaba, Julien no tardaría en marcharse a su despacho para trabajar un poco mientras los niños se echaban la siesta. Entonces tendría la oportunidad de llevar a cabo sus planes.
    Le comunicaría a Solange sus intenciones, a la que todo le parecería muy conveniente. Ella convocaría al resto de las criadas y todas juntas empezarían con la mudanza de muebles de unas habitaciones a otras. Si se daban prisa y actuaban con sigilo, podrían terminar antes de que Julien regresara a comprobar si los niños seguían bien.
    Julien le había dicho que ésa era su casa. Le había dado permiso para que obrara en ella a sus anchas y, probablemente, convendría en que era una buena idea juntar a los tres bebés.
    Pero, por supuesto, insistiría en que Tracey siguiera durmiendo en la habitación contigua a la suya. En fin, no perdía nada por intentarlo. Además, ¿había mejor manera de recuperar el tiempo perdido que durmiendo con los bebés?
    La nueva organización de las habitaciones le permitiría tener reunidos a los trillizos y dormir lejos de su marido, todo lo cual le haría la vida más llevadera a la espera de que se consumaran los treinta días y, por ende, el divorcio.
    Dos horas después, tras una ducha tonificante y un copioso desayuno, Tracey salió de la cocina y fue a buscar a Solange, que estaba quitando el polvo a la casa. Le contó sus planes, los cuales aprobó con efusión al tiempo que afirmaba que ya iba siendo hora de convertir esa casa en un verdadero hogar. Luego le confesó, era incapaz de callarse lo que pensaba, que se alegraba de que las niñeras se hubieran marchado.
    Hizo un gesto algo despectivo con las manos, como indicando que no acababa de confiar en ellas, aunque reconocía que habían cuidado «adecuadamente» a los pequeños.
    Pero nadie podría nunca sustituir a Tracey, su querida mamá, y una vez de vuelta, la casa podría volver a la normalidad y todo el mundo podría ser feliz de nuevo.
    Todo esto dijo Solange, cuyas intenciones eran tan loables como patentes. Nadie había puesto nunca en duda su lealtad hacia Henri y Celeste, pero, sin duda, era por Julien por quien más debilidad tenía. Por supuesto, le resultaría inconcebible que no durmieran en la misma habitación, razón por la cual Tracey decidió no comentarle nada de su propio cambio de dormitorio. Claro que se enteraría, pero, para entonces, la mudanza ya se habría realizado y Solange no podría hacer nada por cambiar las cosas.
    Mandaron a una criada a que se enterara de qué estaba haciendo Julien y, cuando regresó, les dijo que, después de acostar a los bebés, se había ido a su muelle privado para calcular los daños de la motora.
    Tracey y Solange se pusieron manos a la obra con un espíritu de colaboración forjado a lo largo de muchos años de admiración compartida hacia Julien.
    Tracey intentaba imaginarse la impresión que le produciría a Solange enterarse, si algún día lo hacía, de la verdad. De algún modo, no creía que fuera a ser capaz de verlos como a hermanos y acabaría dejando la residencia.
    Solange era una buena católica y descubrir que Henri había tenido una aventura con la madre de Tracey constituiría una traición imperdonable.
    La verdad sería demasiado dolorosa para todo el mundo. Tracey no quería ser quien se encargara de destapar el frasco de las tristezas.

    – Buenas noches, pequeños -se despidió Tracey horas más tarde-. Dormid bien. Mamá os quiere mucho -concluyó. Les había estado dando el biberón y ya estaban preparados para dormir.
    Los bebés la observaban mientras Tracey los cubría con una manta ligera. Cada sonrisa, cada balbuceo de sus hijitos le llegaba a lo más hondo del corazón. Todavía le parecía increíble que hubiera dado a luz a los tres al mismo tiempo.
    ¡Eran perfectos! Claro, al fin y al cabo, tenían un maravilloso padre al que parecerse.
    – Hicimos un buen trabajo, ¿verdad que sí? -preguntó de súbito Julien, que se había acercado a ella sin que ésta se percatara. No sabía cuanto tiempo llevaría allí, pero, a juzgar por su comentario, estaba pensando lo mismo que ella.
    Siempre había sido así entre ellos. Siempre habían sido capaces de comunicarse sin decir una sola palabra. Y la magia no había desaparecido.
    – ¿Te importa que los pongamos en una misma habitación? -preguntó Tracey después de armarse de valor-. Sólo para probar. Si no nos convence, mañana les digo a las criadas que me ayuden a dejarlo todo como estaba y…
    – Puede que si mis padres me hubieran puesto junto a Jacques y a Angelique -la interrumpió con calma-, los tres hubiéramos estado más unidos. La residencia es muy grande y los niños están muy solos cada uno en una habitación.
    – Eso pensaba -reforzó. Animada por aquellas palabras, le explicó lo que había pensado en relación con las dos habitaciones que quedaban libres tras la mudanza.
    La miraba con los ojos bien abiertos, concentrándose sobre todo en el movimiento de sus labios. Tracey tenía la impresión de que había dejado de escucharla y empezó a sentir el azote de sus latidos contra el pecho.
    – El caso es que ahora que las niñeras ya no están -prosiguió Tracey con el corazón en un puño-, tengo que estar más cerca de los niños; así que…
    – Tienes razón: es mejor que los dos nos cambiemos a la segunda planta. Elige cual de las dos habitaciones quieres y yo me quedaré con la otra.
    – Pero, Julien -protestó nerviosa. Eso no era lo que había pensado. Se suponía que, con el cambio, iban a estar más separados y, en cambio, de esa forma, acabarían más unidos si cabe.
    – Nuestros hijos son responsabilidad de los dos, preciosa. Pretendo ayudarte tanto como pueda, así que nos turnaremos por la noche cuando los niños se despierten -fue hacia el interruptor y apagó la luz-. Y ahora que los niños están durmiendo, ¿por qué no empezamos a hacer nuestra mudanza particular? Podemos ayudarnos.
    – En realidad, yo ya he puesto mis cosas en una de las habitaciones -dijo avergonzada.
    Los ojos de Julien se velaron de dolor. Había vuelto a atravesarle el corazón; una nueva herida que no cicatrizaría nunca.
    – Entonces, recogeré unas pocas cosas y me instalaré en la de al lado. Acompáñame para ver adonde vamos mañana de excursión. He pensado que te podría apetecer dar una vuelta por unos campos de narcisos que hay cerca de aquí -hizo una pausa-. Isabelle llegará dentro de dos días. Como ella no es tan amante de la naturaleza como tú, tenemos que aprovechar estos días lo máximo posible. Seguro que a los niños les gusta comer sentados entre las flores.
    «Para, Julien. No sigas hablando. No seas tan tierno, tan considerado. Sé lo que intentas hacer, pero es inútil», pensó Tracey apenada.
    Se metió las manos en los bolsillos, para que Julien no notara que le temblaban, y dio unos pasos para no estar tan cerca de su marido.
    – ¿Por qué no esperamos a mañana antes de decidir nada definitivamente? Si no te importa, me encuentro bastante cansada y me gustaría irme a la cama.
    – No es de extrañar -comentó-. Anoche no pegaste ojo mientras yo dormía a pierna suelta. Hoy seré yo el que se levante para atender a los niños. Duerme bien, amor mío -le dijo mientras le abría la puerta de su nueva habitación.
    Al entrar, el brazo derecho de Tracey rozó con el pecho de su marido; roce que bastó para encender la pasión con la que se habían devorado durante la luna de miel. Aterrada ante la idea de que Julien notara lo mucho que la alteraba el más leve contacto, fue hacia el teléfono de la mesilla y descolgó el auricular.
    Fingió no ver a Julien mientras llamaba a su hermana. Si eran las diez en Suiza, en San Francisco debían ser las siete de la mañana.
    Cuando Isabelle contestó, Tracey la saludó con exagerado entusiasmo y empezó a hablar sin parar sobre los niños y sobre los cambios que había hecho en las habitaciones.
    Pasó mucho tiempo hasta que Tracey escuchó cerrarse la puerta de la habitación. Julien se había ido. Ella lo había echado. Se preguntaba cuanto más aguantaría su marido antes de intentar vengarse de ella. No podría soportar algo así. Definitivamente, no debía acompañarlo al día siguiente a aquella excursión al campo. Estaba demasiado asustada.
    Con o sin niños, cualquier cosa podría sucederles mientras tomaban el sol entre las flores. Estar con él a solas, dondequiera que fuese, era tentar a la suerte.

Capítulo 8

    Tracey se metió en la cama y se cubrió con la manta. No podía dormir después de haber notado el deseo con que la había mirado Julien; así que pasó casi toda la noche pensando qué podría hacer para enfriar aquel ardor. Cuanto antes llegara Isabelle, menos oportunidades habría de que se quedaran a solas.
    Nada más despertar, se puso una falda y una blusa y fue a ver a los niños. Para su sorpresa, se encontró a Julien en bata, sensualmente despeinado; llevaba a Raoul en brazos, quien, al parecer, tenía un poco de fiebre. Había estado muy llorón durante la excursión en la motora y ahora sabían a qué se debía.
    – Déjame que te releve -le dijo Tracey quitándole al bebé de los brazos. El hecho de que Julien no se resistiera, demostraba lo rendido que estaba. Con todo, a pesar de las bolsas de fatiga en los ojos y del vello de la barba sin afeitar, mantenía su increíble atractivo. Miró hacia otra parte para que no descubriera que lo había estado mirando.
    – Hace una media hora le di una aspirina para bajarle la fiebre; pero no estoy seguro de que le esté haciendo efecto -dijo Julien-. Si le sigue subiendo la temperatura, llamaré a la consulta del doctor Chappuis.
    – ¿Por qué no te vas a la cama? Te prometo que te llamaré si no mejora.
    – Valentine y Jules se despertarán dentro de nada -dijo negando con la cabeza.
    – Julien, hay millones de mujeres con familias más numerosas que la nuestra y saben como arreglárselas. Yo también sabré.
    – Acabas de salir del hospital y necesitas reposar -replicó.
    – Estoy más fuerte de lo que parezco y, según el peso del cuarto de baño, ya he engordado tres kilos. De verdad -añadió al ver su mirada escéptica-. Estar en el hospital me producía una sensación de claustrofobia que me quitaba el apetito, pero ahora que estoy fuera, he recuperado el gusto por la comida.
    No podía oponerse a ella, sobre todo, porque era cierto que no dejaba nada que le sirvieran en el plato.
    Mientras le daba unas palmaditas a Raoul en la espalda, notó que Julien no sabía como actuar: sin duda le alegraba el que hubiera ganado algo de peso, pero no acababa de seducirle la idea de que se ocupara sola de los tres bebés.
    – Si no te cuidas -prosiguió Tracey-, Raoul te contagiará su resfriado; así que…
    – Si está resfriado, ya tendré los virus -la interrumpió con brusquedad-. Así que eso no importa -concluyó. Luego fue a darle un beso a Raoul y, al inclinarse, sus labios rozaron ligeramente la comisura de los de Tracey.
    Tracey se quedó paralizada. ¿Cómo había sido tan poco precavida? No debía permitir que tales roces casuales se produjeran. El único objetivo de Julien era encontrarle algún punto débil y atacar. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Pero al mirar la carita fíebrosa de Raoul, comprendió que estaba preocupada por su hijito y que eso la había hecho descuidarse.
    A partir de entonces se aseguraría de que no existiera posibilidad alguna de nuevos roces «casuales».
    Aunque no le agradaba que Raoul se hubiera puesto enfermo, su resfriado había arruinado los planes de su padre, esto es, no irían de excursión. Si no se equivocaba, Valentine y Jules no tardarían en mostrar los mismos síntomas de su hermano, de modo que no habría salidas durante uno o dos días, después de los cuales llegaría Isabelle con Alex, lo que contribuiría asimismo a resistir al acoso de Julien.
    Nunca se enteraría del verdadero motivo por el que quería el divorcio. ¿Acaso sería capaz de cambiar su modo de sentir hacia ella?, ¿de verla como una hermana? ¿Pasaría a tratarla con amabilidad en vez de con pasión?
    En realidad, Tracey ya sabía la respuesta, pues ella misma seguía amándolo como antes y hacía meses que conocía la terrible verdad.
    Nada había cambiado. Incluso se sentía más atraída hacia él. Tracey no podría nunca pensar en Julien sin desearlo. A Julien le sucedería lo mismo. Por eso no tenía sentido revelarle la aventura de sus padres.
    Había regresado a la residencia para demostrarle que no quería seguir siendo su mujer. Y haría cualquier cosa por lograrlo, aunque tuviera que ser cruel.

    – ¿Estás cansada, Isa? -preguntó Tracey a su hermana-. Ahí cerca hay un banco, si te apetece sentarte.
    – Sólo será un minuto… y eso que no sé cuando se cansará Alex de jugar.
    Tracey miró a su sobrino, quien, por alguna razón, había hecho muy buenas migas con Valentine y quería jugar con ella. Tenía dos años y era un niño muy activo. En cuanto su madre se paraba un segundo a cualquier cosa, él empezaba a correr y a saltar por los alrededores. No parecía comprender que Valentine era demasiado pequeña para correr detrás de él.
    – Si dentro de un rato no se ha cansado todavía, le diré que me acompañe al coche y volveremos a buscarte. Tú mientras tanto te quedas cuidando a los bebés. ¿Te parece bien? -propuso Tracey.
    – Muy bien -respondió Isabelle agotada. Sólo estaba de cuatro meses, pero parecía que ya llevaba seis embarazada-. ¿Quién nos iba a decir, cuando veníamos a pasear por aquí hace unos años, que algún día vendríamos con nuestros hijos?
    – Cierto -respondió Tracey-. ¿Te acuerdas del arbolito que había ahí?, ¿el que tronchó Joe porque no sabía frenar con el patinete?
    – Es verdad -dijo Isabelle riéndose-. A Jacques le dio mucha pena cuando se enteró. Era su árbol favorito. Por cierto, ¿dónde está? Vine hace dos semanas y todavía no le he visto el pelo.
    – Yo tampoco lo he visto. Creo que está fuera del país, en un viaje de negocios.
    – Y supongo que fue Julien el que le ordenó realizar el viaje, ¿verdad? Desde que Jacques se interesó por ti, están muy distantes. Angelique dice que cada vez se llevan peor.
    – Eso pasó hace muchos años, Isa -comentó Tracey, que no podía evitar sentirse culpable por ser la causante de tales desavenencias. ¿Sería cierto que Julien lo había mandado de viaje para mantenerlo alejado de ella?, ¿pensaría que su deseo de divorciarse tenía algo que ver con su hermano?
    – Tracey, ya que hablamos de Julien, ¿por qué no me explicas qué te pasa con él? Ya sé que pretendes divorciarte cuando termine el mes, pero, de veras, por más que lo intento, no comprendo por qué.
    – Ya te lo he dicho. No quiero estar casada.
    – ¿Estás loca? -preguntó Isabelle asombrada-. Julien adora el suelo que tú pisas. Nunca se fijó en nadie más que en ti. Y lo sé porque hice todo cuanto pude por llamar su atención y, sin embargo, parecía invisible estando a tu lado. Me resulta un poco vergonzoso reconocer que hubo un tiempo en que llegué a odiarte por la influencia que ejercías sobre él.
    – ¿No lo dirás en serio? -preguntó sorprendida.
    – Me temo que sí. Llegué a tener muchos celos de ti. Tanto que es probable que me casara con Bruce porque, cuando nos conoció a las dos en aquella fiesta de San Francisco, fue en mí en quien se fijó, en vez de en ti.
    – Isa… No lo sabía.
    – Tranquila, eso ya es historia -le aseguró con una amplia sonrisa-. Y a pesar de sus defectos, quiero a mi marido. Separarme de él me ha servido para darme cuenta de lo mucho que lo echo de menos. Mira, Tracey, lo único por lo que saco el tema es porque estás destrozando a Julien. Me da una pena terrible verlo sufrir tanto. Adoro a Julien. Por Dios, ¿cómo puedes castigarlo con tanta indiferencia? ¿Por qué dormís en habitaciones distintas?
    – Ya sabes por qué: nuestro matrimonio se ha terminado. Quiero volver a ser libre -respondió nerviosa.
    – ¿Por qué? Angelique piensa que quizá te dé miedo volver a quedarte embarazada. Pero si pones los medios adecuados, no tendrías por qué preocuparte por eso.
    – Mira, no quiero ser cruel, pero no creo que nadie tenga derecho a meterse en mis asuntos. Julien y yo hemos terminado.
    – Eso cuéntaselo a otra, pero no a mí. Que yo recuerde, todo el tiempo era poco si se trataba de estar a su lado. Y casi te da un ataque de nervios cuando te dijeron que no volveríamos a Suiza a pasar las vacaciones.
    – Es que entonces sí estaba enamorada de él. Pero las cosas han cambiado, Isa.
    – No me lo creo. En absoluto. Me estás mintiendo y, aunque él no lo diga, Julien también sabe que mientes.
    Milagrosamente, Alex escogió ese momento para ir a cruzar la calle y Tracey tuvo que salir corriendo para sujetarlo.
    – Creo que tu pequeño ya ha hecho suficiente deporte por hoy -le dijo a Isabelle después de darle un beso a Alex-. Y yo tengo que cambiarles los paneles a los niños y darles de cenar. Vamos al coche -dijo Tracey.
    – Todavía no hemos acabado esta conversación, Tracey.
    – Sí, la hemos acabado -respondió enérgicamente-. ¿Está claro?
    – Me da igual que te enfades. Sé de sobra que amas a Julien y no pienso dejar que os separéis sin motivo.
    – ¿Acaso me meto yo en tus asuntos?, ¿meto las narices en tus problemas con Bruce? -preguntó malhumorada.
    – No. Y bien que los tengo, por cierto. Creo que por eso he estado tan mal estos días atrás. Por suerte, Julien me ha dado un par de buenos consejos -dijo Isabelle, que pareció dar tregua a su ataque. Tracey no se sorprendió: él siempre había sabido ayudarla cuando los demás se sentían impotentes para hacerlo-. Pienso ponerlos en práctica en cuanto vuelva a casa mañana.
    – Me parece bien, aunque debo confesarte que todavía no estoy preparada para dejar que te vayas -suplicó Tracey.
    – Yo tampoco quiero marcharme, pero anoche hablé con Bruce y me dio la impresión de que me echaba mucho de menos.
    – Seguro que sí. Perdona por ser tan egoísta. Está loco por ti y yo lo quiero precisamente por eso.
    – Y si, de pronto, le pidiera a Bruce el divorcio, ¿me vas a decir que no te gustaría saber por qué?, ¿que no me darías la lata para saber la verdad? -atacó por sorpresa.
    – Eso mismo -dijo con tanta firmeza como pudo, aunque sabía que estaba perdiendo las riendas de la conversación-. Tu matrimonio es asunto tuyo. Pensaría que tendrías tus motivos para querer divorciarte. Yo nunca me atrevería a decirte como debes organizar tu vida.
    – No intento organizar tu vida, Tracey. Sólo quiero que seas un poco sincera. Mamá y papá están muertos. Ya que no quieres confiar en tía Rose, utilízame a mí. Déjame que te ayude, por favor -le rogó conmovida.
    Tracey estuvo a punto de echarse a llorar ante aquella muestra de sinceridad. De alguna manera, estaban más unidas que nunca; probablemente, porque las dos tenían hijos y compartían los mismos intereses. Le iba a costar mucho separarse de ella. Y lo que era peor: volvería a quedarse a solas con Julien.
    – Ya te he dicho la verdad, pero, igual que Julien, te niegas a aceptarla. Por eso me escapé la primera vez: porque sabía que no lo entendería. Al parecer, tampoco tú me entiendes. Es una lástima.
    – Más lástima me da a mí. No está bien lo que le estás haciendo a Julien. Algún día te darás cuenta del error que vas a cometer.
    Al parecer, su hermana pensaba igual que la doctora Louis. Tracey no podía seguir aguantando, así que fue a paso ligero hacia el coche, dando por terminada la conversación.
    Jules y Raoul habían estado dormidos en su cochecito, pero despertaron con el veloz arranque de su madre y empezaron a llorar. No era el momento de calmarlos, no podía permitir que Isabelle la alcanzara y siguiera con la discusión.
    No quería enfrentarse a su hermana; era mejor no hablar con ella de su divorcio.
    Empezó a pensar qué haría durante la semana que le quedaba para terminar el mes, cuando Isabelle se hubiera marchado.
    Como si los hados estuvieran en su contra, nada más llegar a la residencia, Alex se agarró un terrible enfado porque tenía que separarse de Valentine.
    Julien, al oír aquellos berridos, salió a recibirlos inmediatamente y, mientras Isabelle se llevaba a su hijo a rastras a su habitación y Tracey sacaba a Valentine de su cochecito, Julien agarró a Jules y a Raoul y les dio un beso a cada uno.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Julien mirando a Tracey fijamente a los ojos.
    – Creo que mi sobrino se ha obsesionado con Valentine -respondió Tracey, que, de pronto, se sintió hundida en el más oscuro de los abismos: ¿acaso se repetiría la historia?, ¿acababa de empezar una relación sin futuro entre Alex y Valentine?
    – No me extraña nada -respondió Julien-. Pareciéndose a su madre…
    No. No podía volver a suceder. Si dejaba que los primos crecieran juntos, ¿tendrían una nueva aventura secreta?, ¿otra aventura de consecuencias irreparables?
    Aterrada, Tracey apretó el brazo de Valentine inconscientemente hasta que ésta empezó a quejarse. Le dio un beso en seguida para consolarla y se juró que se mantendría siempre alerta para que la llama de la pasión no quemara nunca las vidas de Alex y de su hija.
    Isabelle no tardaría en dar a luz a un nuevo bebé. Y, con el tiempo, tanto Angelique como Jacques tendrían también algún hijo. La familia acabaría reuniéndose en las vacaciones y…
    Tracey tenía que empezar de inmediato a distanciar a sus hijos del resto de la familia. No era la primera vez que oía que dos primos se enamoraban perdidamente.
    De pronto, se alegró de que Isabelle fuera a marcharse. Por mucho que quisiera a Alex, no debía permitir que se acercara a Valentine.
    La cabeza no dejaba de darle vueltas. Rezó para que el nuevo bebé de su hermana no fuera una niña que tuviera por cruel destino enamorarse de un hombre apellidado Chapelle.
    – ¿Preciosa? -la llamó Julien-. Estás blanca, ¿te pasa algo?
    – Nada que no pueda solucionar una buena cena -se apresuró a contestar para que no sospechara nada.
    – No sé por qué, pero no te creo -insistió Julien-. ¿Es porque mañana se va Isabelle? Puede que lo que he planeado te anime un poco.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Esta noche vamos a dar una fiesta en honor de Isabelle -anunció con una amplia sonrisa-. Solange ha preparado el comedor principal para la ocasión.
    – ¿Quién va a venir?
    – Angelique me ha ayudado con la lista de invitados. Hace mucho tiempo que no te diviertes en condiciones. Espero que eso cambie esta noche, aunque sólo sea durante unas horas.
    Tracey apenas podía tragar saliva del nudo que se le había formado en la garganta. Julien era encantador y siempre pensaba en los demás antes que en sí mismo. Seguro que Isabelle se alegraría mucho.
    Pero aparte de la felicidad de ser madre, la alegría no tenía cabida en la vida de Tracey. Julien ya no tardaría mucho en aceptar que su matrimonio era una causa perdida y dejaría de luchar por un imposible. De todos modos, por desgracia, los dos tendrían que aparentar durante la cena de esa noche.
    – ¿A qué hora llegaran los invitados? -preguntó.
    – Tienes una hora para arreglarte. Y avisa también a Isabelle. Ya le he dicho al servicio que se ocupe de los niños y que los acueste.
    – Entonces, será mejor que me dé prisa -concluyó.
    Por mucho que le pesara, no sólo no se distanciaba de Julien, sino que, encima, se iba a ver obligada a mantener las formas delante de los invitados.
    Le había dicho que sólo tendría que hacer de anfitriona y disfrutar de la compañía de Angelique y de otras viejas amigas de la infancia. La cena tendría lugar en el comedor reservado para las grandes reuniones de negocios.
    Tracey sabía mejor que nadie lo que Julien pretendía. La había puesto adrede, delante de mucha gente, en una situación de la que no podría escabullirse sin herir los sentimientos de Isabelle.
    La siguiente hora transcurrió como en una nebulosa y, luego, Tracey no tuvo más remedio que mostrarse cordial y alegre con los invitados.
    Para todos los allí reunidos, Tracey debió de parecerles una perfecta anfitriona, vestida en un vestido negro de raso.
    Al principio charlaron sobre los tiempos en que estaban juntas en el colegio y en el instituto, pero, poco a poco, la conversación fue derivando hacia los adorables trillizos de Tracey y Julien.
    Resultó que todas las mujeres que había reunidas, así lo admitieron, habían estado enamoradas de Julien en algún momento de sus vidas. Aparte, cada una tenía una historia que contar sobre lo enamorada que Tracey había estado de Julien desde el principio o sobre la foto de Julien que siempre llevaba en el monedero para tenerlo cerca. Pero la guinda la puso Isabelle, que reveló el mayor secreto de Tracey.
    – ¿Sabéis lo que me dijo Tracey nada más soplar las velas de la tarta cuando cumplió dieciocho años? -hizo una pausa para intensificar el golpe de efecto y miró a Julien-. Me dijo que se casaría contigo y que viviría aquí toda la vida. Si no me equivoco, creo que dijo algo así como que quería tener seis preciosos hijos que se parecieran a ti.
    – Pues has empezado bien -dijo Angelique a modo de chanza, lo que provocó las risas de todos los comensales.
    Nadie podía imaginar lo mucho que la estaban haciendo sufrir. Evitó mirar a Julien, que sin duda debía de estar disfrutando de lo lindo.
    Permaneció callado todo el rato y permitió tácitamente que las invitadas siguieran desvelando secretos relacionados con el amor de Tracey hacia él. Aunque estuviera en silencio, Tracey podía intuir lo que su marido estaba pensando:
    «Todo el mundo sabe que siempre me has amado y que siempre me amarás. Es inútil que intentes negar tus sentimientos, amor mío».
    Tracey no podía seguir aguantando aquella reunión. El dolor había perforado su corazón y se vio obligada a excusarse, diciendo que tenía que ir un momento al dormitorio. Luego salió del comedor a toda prisa.
    Cuando llegó al piso de arriba, oyó que Valentine estaba llorando, a pesar de los vanos esfuerzos por calmarla de una criada. Le bastó una mirada a la colorada cara de la niña para comprender que el turno de la fiebre le había llegado a Valentine.
    Aunque no deseaba ningún mal a nadie, y mucho menos a uno de sus adorables bebés, Tracey se sintió aliviada, pues tenía una excusa para no volver a la cena.
    Julien no tardó demasiado en ir en su busca. Se le acercó a grandes pasos.
    – ¿Se puede saber qué te pasa, Tracey? -preguntó realmente enfadado. Hasta Valentine, que se agarró al cuello de su madre con más fuerza, notó su irritación.
    – Como ves, Valentine no se encuentra bien. Antes de la cena tuve la impresión de que estaba un poco sofocada, así que vine para comprobar…
    – ¡Dios! ¡Está ardiendo! -exclamó Julien preocupado después de ponerle la mano en la frente.
    Tracey podía leer sus pensamientos: había organizado la cena de esa noche para acorralarla, pero no había contado con la repentina fiebre de Valentine.
    – Tengo que conseguir que le baje la fiebre -dijo Tracey-. Vuelve con los invitados y atiéndelos tú durante el resto de la velada. Por favor, diles que lo siento, que tengo que cuidar a Valentine.
    – Es verdad que está enferma -comentó Julien después de una tensa pausa-. Pero ése no es el motivo por el que has salido corriendo del comedor -sentenció en voz alta.
    – Por favor, Julien, estás asustándola.
    – No siempre podrás escudarte en los niños para evitarme. Todavía queda mucha noche -la advirtió con determinación, dejándola sin aliento.
    Nada más marcharse Julien, Tracey abrazó el cuerpecito de Valentine para descargar la tensión acumulada. Luego le dio una aspirina disuelta en un poco de agua y se llevó a la niña a su propia habitación.
    La cama era suficientemente grande para las dos y, de ese modo, Valentine no molestaría a sus hermanos y Tracey podría cuidarla sin tener que cambiar de habitación cada dos por tres.
    Tracey necesitaba sentir el reconfortante calor del cuerpecito de Valentine, una dulce criatura a la que podía amar sin que nada ni nadie se lo prohibiera.
    La niña, que debía de sentirse segura, protegida entre los brazos de su madre, se tomó medio biberón de zumo de manzana y, luego, se durmió al mismo tiempo que Tracey.
    Cuando despertó al día siguiente, Tracey descubrió que estaba sola. Dado que ninguna de las criadas se habría atrevido a entrar, estaba claro que, en algún momento de la noche, Julien se habría colado en su dormitorio.
    Tracey sabía de sobra a qué había ido: durante las tres anteriores semanas, había cumplido con su palabra y no había intentado nunca hacerle el amor. Pero la cena de la noche anterior había precipitado sus emociones, las cuales apenas podía controlar. Julien estaba a punto de estallar.
    A pesar de que se habían sentado en extremos opuestos de la mesa, la fogosidad de las miradas que le había lanzado le habían derretido el corazón. Ella también había sentido la llama de la pasión, lo cual no había pasado inadvertido para Julien.
    Tracey escondió la cara entre las manos. Estaba convencida de que Julien había ido a visitarla a media noche, porque ya no podía seguir reprimiendo sus deseos.
    Gracias a Dios, la había encontrado dormida con Valentine entre los brazos; pero, ¿qué pasaría la siguiente vez, cuando los tres niños estuvieran durmiendo tranquilamente en su habitación?, ¿cuándo Julien supiera con certeza que estaba sola?
    Se levantó de la cama como un resorte. No podía haber una próxima vez.
    Como Isabelle se marchaba en el avión de la tarde, Tracey usaría a Valentine como excusa para despedirse de su hermana en la residencia. Y mientras Julien la llevara al aeropuerto, Tracey se escaparía a un hotel del centro.
    Ya daba igual no poder cumplir con su promesa de permanecer todo un mes junto a Julien. Tenía que marcharse ese mismo día.

Capítulo 9

    Los tres niños se durmieron por fin. Valentine había dado más guerra que sus hermanos debido al resfriado, pero también acabó rindiéndose.
    Tracey miró la hora: la cuatro y diez. Julien y Rose estarían a punto de llegar a Ginebra, adonde habían ido para despedir a Isabelle y a Alex. Era el momento perfecto para escaparse.
    En cuanto Solange se despistara, Tracey agarraría un monedero que había escondido en un cajón y desaparecería para siempre. Cuando alguien descubriera su nueva fuga, ya estaría alojada en algún hotel, desde el que telefonearía a la residencia para pedirle a Solange que se ocupara de los niños hasta que Julien volviese.
    Después de mirar una vez más a sus hijos, Tracey se dispuso a salir de la habitación con gran sigilo. Pero no lo logró, pues se topó de frente contra algo rocoso que le impedía seguir avanzando.
    – ¡Julien! -exclamó aturdida. Éste la estrechó contra su viril cuerpo-. ¿Qué… qué haces aquí?
    – Decidí que Rose fuera sola a despedir a tu hermana al aeropuerto. Así podremos pasar el resto de la tarde juntos sin que nadie nos interrumpa -explicó Julien sonriente.
    – Pero Valentine…
    – Está dormida y las criadas estarán atentas si llora.
    – No creo que debamos dejarla sola, Julien -logró decir. Tenía la garganta seca.
    – ¿Ah sí? Y, entonces, ¿cómo explicas esto? -preguntó enfadado señalando el monedero-. Te vi esconderlo esta mañana, cuando pensabas que estaba en el despacho. Sé muy bien lo que estabas planeando, pequeña… Y ahora que has roto la promesa que me hiciste en el hospital, ya no hay ningún pacto entre nosotros. Después de un año de abstinencia, tengo intención de hacer el amor con mi mujer y no vas a poder hacer nada por evitarlo.
    – ¡No! -gritó desesperada.
    Pero Julien no la escuchó: la levantó en brazos y la besó con fiereza hasta desarmarla. Luego se dirigió hacia las escaleras y empezó a subirlas, aún sin soltarla.
    Julien era un hombre muy fuerte y siempre sabía mantener sus emociones bajo control. La única vez que le había visto perder su sangre fría fue la noche en que discutió con Jacques y le prohibió que volviera a mirar a Tracey. Desde entonces, Jacques nunca había vuelto a acercarse a ella.
    Pero Julien había sufrido mucho durante el último año y, al final, había acabado saliendo a la superficie el salvaje que llevaba dentro.
    Cuando llegaron al dormitorio de Julien, Tracey ya no tenía fuerzas para resistirse. No fue capaz de oponerse a Julien cuando éste la colocó sobre la cama. Luego, terminada la lucha, se tumbó encima de ella y empezó a hacerle el amor con una pasión desbordante que había estado reprimiendo demasiado tiempo.
    – ¡Para, Julien! -gritó Tracey cuando éste dejó de besarle los labios para descender hacia el cuello. Ya no había marcha atrás-. ¡Lo que estamos haciendo es pecado!
    – Estamos casados, amor mío -desdramatizó Julien mientras aspiraba la fragancia de su piel-. Me siento tan feliz que me parece estar pecando. Pero no. ¿Por eso te escapaste? Dime la verdad, preciosa. No más mentiras. Tu padre era bastante puritano; ¿fue él quien te dijo que el amor físico entre un hombre y una mujer era pecado? ¿Es eso?
    – No… -denegó con la cabeza al tiempo que rompía a llorar-. Él no era mi padre, Julien.
    – ¿Qué quieres decir? -preguntó atónito.
    – Mi verdadero padre era Henri Chapelle -respondió sacando fuerzas de flaqueza-. Tu padre.
    Julien estaba tan enamorado que no comprendía lo que oía. Estaba tan ofuscado que no se daba cuenta de la fuerza con la que la estaba sujetando.
    – Eres mi hermano, cariño -dijo torturada-. Tu padre me lo confesó antes de que monseñor Louvel le diera los últimos sacramentos.
    Julien la miró de tal forma que parecía un salvaje depredador de la selva. La expresión de su cara resultaba mucho más temible que todas las pesadillas que había tenido en el hospital.
    – ¡Mientes! -exclamó indignado.
    – No -denegó Tracey mientras acariciaba el mentón de Julien, tratando de que se tranquilizara-. Él y mi madre tuvieron una aventura después de que Jacques e Isabelle nacieran. Siempre me había preguntado de donde venía mi pelo rubio.
    Julien estaba de piedra. Había estado escuchándola con la esperanza de que todo fuera una invención; pero sabía que Tracey no era tan cruel como para engañarlo de esa forma.
    – ¿Me juras por Dios que me estás diciendo la verdad? -preguntó con muestras de inmensa agonía.
    – Sí, cariño. Sabes que te amo más que a mi propia vida. Nunca te mentiría. ¿Por qué crees que me escapé? No podía soportarlo -dijo entre sollozos.
    – ¿Lo jurarías ante un sacerdote? -preguntó con incredulidad.
    – Sí.
    – ¡Dios! -exclamó. Parecía la última palabra de un hombre al que acababan de dar muerte.
    La miró durante varios minutos intentando descubrir en los ojos de Tracey una explicación a aquella tragedia.
    – Quería ahorrarte este dolor -se justificó a lágrima viva-. Al principio, intenté esconderme en algún sitio donde nadie pudiera encontrarme nunca. Así acabarías odiándome y, al menos, podrías amar a otra mujer. Pero cuando me enteré de que estaba embarazada, tuve que acudir a Rose a pedirle ayuda. El resto ya lo sabes… Louise me dijo que tardé tanto en recuperar la memoria porque era una forma de olvidar mi dolor.
    Julien la estrechó contra su cuerpo con fuerza y así estuvieron, abrazados y desesperados, durante varios minutos. No tenía sentido seguir hablando.
    Tracey trató de calmar a Julien, que no dejaba de temblar. Todavía no era capaz de asimilar aquel brutal revés del destino.
    – Sé que no mientes, preciosa; pero me niego a aceptar lo que dices hasta que no hablemos con monseñor Louvel. Él fue el sacerdote con el que se confesó en el lecho de muerte.
    – Eso fue lo primero que pensé; pero luego me acordé del voto de confidencialidad de los sacerdotes. Él nunca traicionaría a tu pa… a Henri.
    – ¡Por supuesto que hablará con nosotros! -exclamó colérico-. Cuando sepa como nos afecta la confesión que te hizo, se verá obligado a contar todo lo que sabe. Le recordaré que su deber es velar por los vivos y no por los muertos.
    Deslizó las manos inconscientemente hasta los hombros de Tracey y la apretó con tanta fuerza que ésta puso una mueca de dolor.
    – No quiero esperar a mañana para hablar con él -prosiguió Julien impaciente-. Iremos a la iglesia ahora mismo.
    Cuando estaba de ese humor, de nada servía llevarle la contraria o intentar persuadirlo para que llamara primero, no fuera a estar el sacerdote ocupado.
    – Puede que los niños…
    – A los niños no les pasará nada -la interrumpió Julien con incuestionable autoridad-. Solange vela por ellos como si fueran sus propios hijos. Nunca permitiría que les pasara nada.
    Tracey asintió con la cabeza. Se habría levantado de la cama de no ser porque Julien seguía sujetándola con las manos. Sus caras estaban a muy pocos centímetros; sus labios, a un suspiro de distancia. Sabía que él deseaba hacerle el amor hasta el fin de sus días y por Dios que ella lo amaba con la misma fogosidad. Nada había cambiado en ese sentido. Ni cambiaría jamás.
    Pero estaban obligados a compartir el fardo de su desgracia. Sus valores morales y religiosos les impedían pasar por alto la confesión de Henri.
    Julien sintió un nuevo escalofrío al separarse de su querida mujer. Se mesó el pelo con las manos por no agarrar a Tracey y regresar con ella a la cama.
    Tracey prefirió esquivar su mirada y salió escapada de la habitación. Sin embargo, Julien la rodeó por la cintura mientras bajaban las escaleras. Estuvo a punto de perder el sentido al sentir el amparo del potente brazo de su marido.
    – Dime que nada de esto es verdad, amor mío -imploró Julien con lágrimas en los ojos-. Dime que esta noche volveremos a casa y podremos hacer el amor como en Tahití.
    – Julien -dijo Tracey atormentada por el dolor de su marido-, nunca amaré a ningún otro hombre en toda mi vida. Si no fuera por los niños, no estoy segura de si podría seguir viviendo.
    – No digas eso nunca, amor mío -tronó la voz de Julien-. Tengo que creer que se trata de una equivocación. Es posible que no entendieras lo que mi padre te dijo. Apenas estaba en sus cabales los últimos días de su vida. El cura lo aclarará todo y terminará con esta tortura. Vamos -la animó mientras la guiaba escalera abajo.
    «No te dejes cegar por tus esperanzas, cariño», pensó Tracey, que, sin embargo, sabía que Julien no se rendiría hasta el último segundo. Julien era un luchador. Si, por alguna remota circunstancia, no había interpretado bien las palabras de Henri, Julien no pararía hasta averiguar la verdad.
    Se despidieron brevemente de Solange y fueron hacia el Ferrari por la puerta trasera de la residencia.
    Se había hecho de noche. Puso las luces largas y se encaminó a la carretera principal. Estaba demasiado nervioso como para conducir; tanto que a punto estuvo de estrellarse contra el Mercedes de Rose, que regresaba en esos momentos del aeropuerto.
    Bajó la ventanilla para disculparse y siguió adelante sin esperar respuesta por parte de la tía de Tracey.
    Tracey sintió lástima por Rose, que se habría quedado alarmada al ver la velocidad a la que se había marchado Julien. Además, seguro que se estaría preguntando qué hacía ella en el coche, cuando se suponía que estaba cuidando a Valentine.
    Julien estaba tan aturullado que fue incapaz de articular una palabra durante el viaje. Cuando llegaron a la catedral, Tracey ya no podía soportar aquel estado de ansiedad. El convencimiento que su marido tenía de que se trataba de un error había empezado a hacerla dudar.
    Empezó a rezar porque Julien estuviera en lo cierto, porque la verdad del cura los liberara de su prisión y les permitiera seguir viviendo como marido y mujer.
    – Lo lamento, señor Chapelle -dijo un encargado de la iglesia-. Monseñor Louvel se encuentra en Neuchátel. Si al final decide pasar allí la noche, llamará por teléfono. Lo más que puedo hacer es decirle que ha venido a verlo y que se encuentra ansioso por hablar con él.
    La frustración de Julien era inmensa. Apretó la mano de Tracey hasta estrujarla, pero ésta no gritó. De hecho, agradeció aquel dolor físico, mucho más llevadero que el que mortificaba su alma.
    Las llantas del coche chirriaron sobre la acera cuando Julien arrancó como llevado por el diablo.
    – Julien -se atrevió a decir Tracey-, creo que, después de asegurarme de que los niños están bien, lo mejor que puedo hacer es registrarme en un hotel para pasar la noche.
    – Tú no vas a ninguna parte -sentenció-. Dejando de lado lo que el cura tenga que decir, nos haremos la prueba de paternidad para comprobar si la sangre que corre por nuestras venas es o no la misma. Pero hasta que no tenga la certeza absoluta de que hemos nacido del mismo padre, compartirás mi cama.
    – No puedo hacer eso, Julien -protestó-. Tú no estabas allí para escuchar a tu padre.
    – ¡Exacto! -exclamó hecho un basilisco-. Cada vez me resulta más inconcebible que guardara ese maldito secreto hasta el último segundo y que, al final, sólo te lo dijera a ti. No comprendo como es posible que tus padres nunca hicieran la más mínima alusión a aquella aventura.
    Tracey escuchaba con atención aquellas palabras que tantas veces se había repetido ella misma, intentando agarrarse a una última esperanza.
    – Mi padre era un hombre frío y no solía expresar sus sentimientos -prosiguió Julien-. Pero nunca imaginé que pudiera ser cruel intencionadamente. La noche en que casi me pegué con Jacques, le conté a mi padre lo que sentía por ti y le comuniqué mi intención de casarme contigo. Ese día tuvo la ocasión de decirme la verdad. Pero no dijo nada.
    – ¡Oh, Julien…! -exclamó Tracey, que empezaba a ilusionarse un poco. Tal vez Henri ya hubiera perdido el juicio cuando realizó aquella confesión.
    – Supongo que es posible que le fuera infiel a mi madre -comentó Julien alterado-. Estuvo muchos años enferma, aunque siempre tuve la impresión de que era feliz en su matrimonio. Nunca hizo mención a ninguna posible aventura de mi padre con otras mujeres; mucho menos, con tu madre. No, estoy convencido de que tantos sedantes le hicieron perder el juicio; seguro que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.
    – ¡Eso es lo que quieres creer! -exclamó Tracey. Estaba preparada para lo peor y no quería esperanzarse para sufrir luego un mazazo del que jamás podría recuperarse.
    – ¿Y no es eso lo que tú quieres, vida mía?
    – Nada me haría más feliz -respondió sin atreverse a mirarlo a la cara.
    – Entonces no hay nada que discutir. Dios. Es un milagro que sigas viva y te encuentres bien. Esta noche vamos a celebrar tu regreso a la vida, a mí. ¿Puedes imaginar lo mucho que necesito tenerte entre mis brazos, sentirte a mi lado toda la noche?
    Llegaron a la carreterita privada de la residencia y, sin poder controlarse más, echó el coche a un lado y paró el motor.
    – Tracey, no puedo esperar más -dijo con voz temblorosa. Tracey tampoco podía seguir reprimiendo sus impulsos, así que se abandonó a los brazos de Julien y se dejó besar por la única persona a la que jamás amaría.
    Perdida la noción del tiempo, Tracey buscó las manos y la boca de su marido, preludiando la intimidad que compartirían en cuanto llegaran a su casa. Pero estaban tan enardecidos que ninguno podía separarse para salir del coche. Llevaban un año sin probar el dulce sabor del amor y querían seguir bebiendo del néctar de sus labios.
    Sólo se despegaron cuando los faros de otro coche iluminaron el Ferrari. Julien maldijo a la persona que había roto aquel momento de intimidad.
    Tracey tomó aliento y pudo ver una limusina negra con una cruz religiosa pintada en cada lateral.
    – ¡Caramba! -exclamó Julien sorprendido-. ¡Si es monseñor Louvel!
    Julien bajó del coche y ambos hombres mantuvieron una breve conversación. Antes de que Tracey pudiera reaccionar, Julien había vuelto a ella.
    – Vamos a seguirlo a la rectoría -informó Julien dirigiéndose a su mujer-. Dadas las circunstancias, es mejor que nadie de la residencia se entere de esta conversación.
    – Cierto. ¿Le… le has dicho de qué queremos hablar con él?
    – No.
    Tuvo que darse por satisfecha con aquel monosílabo, pues Julien no parecía dispuesto a hablar más.
    Por suerte, aunque el viaje fue breve, Tracey tuvo tiempo para peinarse y ponerse algo de maquillaje. Pero nada de eso podía rebajar el éxtasis que había sentido antes de la llegada del sacerdote.
    Después de llegar a la iglesia, entraron en una especie de salón. Tracey estaba aterrorizada por lo que monseñor Louvel pudiera decir. Se sintió culpable por haber sucumbido a sus instintos, aunque sólo hubiera sido un fugaz escarceo. Julien le dijo con la mirada que dejara de torturarse; que no tenían nada que temer.
    Monseñor les preguntó cual era el motivo de su visita y Julien abordó la cuestión sin rodeos. Luego le pidió a Tracey que le contara al cura exactamente lo que Henri le había dicho en su lecho de muerte.
    – ¿Le hizo Henri la misma confesión, Padre? -preguntó Julien cuando Tracey hubo terminado de hablar-. Estamos viviendo un auténtico infierno. El resto de nuestras vidas está en sus manos.
    – Lamento vuestro padecimiento -respondió el cura mirándolos fijamente, con las manos apoyadas sobra las rodillas-. Y ruego a Dios que se apiade de vosotros. Pero no puedo desvelar el contenido de ninguna confesión.
    – ¿Ni siquiera por algo tan sagrado como nuestro matrimonio? -exclamó Julien angustiado.
    – Es verdad que es sagrado. Y por eso, voy a deciros algo. Pero tened cuidado, no vayáis a malinterpretar mis palabras -hizo una pausa y miró a Tracey con gran compasión-. Una vez, hace años, una mujer muy parecida a ti vino a la iglesia a rezar. Parecía muy triste. Cuando le pregunté si podía ayudarla, respondió que no era católica y que, si no me importaba, quería estar un rato rezando porque necesitaba desesperadamente aliviar su conciencia. Le pregunté si quería hablar con alguien y dijo que no serviría de nada en tanto no la perdonara su marido. Luego se marchó. No volví a verla hasta que, años más tarde, apareció en misa acompañando a la familia Chapelle el día de la primera comunión de Angelique… Eso es todo lo que sé -finalizó. Luego hizo la señal de la cruz y los dejó a solas para que hablaran.
    Después de un mortificante silencio, Tracey se levantó, traumatizada por las palabras del sacerdote. No necesitaba mirar a Julien para saber que también a él se le habría helado la sangre. Lo que monseñor acababa de contar no hacía sino ratificar la confesión de Henri.
    Todo empezó a darle vueltas y, por suerte, Julien llegó a tiempo para sujetarla antes de que se desvaneciera. La rodeó con un brazo por la cintura y la guió hasta el coche. Antes de cerrar la puerta del copiloto, la agarró por la barbilla y la obligó a que lo mirara.
    – Recuerda lo que nos ha dicho el cura; nos advirtió que no malinterpretáramos sus palabras.
    – ¡Basta, Julien! -gritó angustiada-. No podemos cambiar el pasado.
    – Cierto. Pero creo que, de alguna manera, estaba intentando ayudarnos sin romper sus votos.
    – Dices eso porque te niegas a aceptar la verdad. A mí me pasaba lo mismo al principio. Pero al final no me ha quedado más remedio que resignarme.
    – Tú nunca te has resignado, amor mío. Si no, no me habrías dejado que te besara esta noche.
    – Nos equivocamos. ¡Ojalá no nos hubiéramos besado!
    – No hablas en serio y lo sabes.
    – Por favor, vamos a casa. Valentine está enferma -rogó con lágrimas en los ojos.
    Julien la soltó y fue al asiento del conductor. Por segunda vez aquella noche, arrancó el Ferrari frenéticamente en dirección a la residencia.
    – Mañana pediremos cita para que nos hagan las pruebas de paternidad.
    – Es inútil, Julien.
    – Eso fue lo que los médicos de San Francisco me dijeron cuando les anuncié que te iba a llevar a un hospital de Lausana especializado en traumatismos craneales.
    – No lo sabía -respondió conmovida por su indómita voluntad-. Te has portado tan bien conmigo…
    – ¿Acaso no habrías hecho tú todo lo posible por sacarme del coma si hubiera sido yo quien hubiese tenido el accidente? -le preguntó mientras le acariciaba el muslo con dulzura.
    – Sabes de sobra la respuesta.
    – Entonces no hay más que hablar.
    – Eso espero.
    – ¿Qué quieres decir con eso?
    – Que me mudaré a un apartamento hasta que nos hagamos las pruebas.
    – No es necesario: te juro que no te tocaré.
    – Eso mismo me prometí yo cuando convine en pasar este mes contigo. Pero esta noche he roto mi promesa y podría pasar otra vez, sólo que, en esta ocasión, ya sabríamos casi con absoluta certeza que somos hermanos. Sólo de pensarlo me entran escalofríos, Julien. Por favor, no me hagas sentir más despreciable de lo que ya me siento.
    Siguieron en silencio hasta llegar a casa. Tracey intentó salir del coche cuando Julien apagó el motor, pero el seguro de su puerta estaba echado.
    – ¿Me estás diciendo que te irás de casa si las pruebas demuestran que somos hermanos?
    – Julien, tendremos que divorciarnos. ¡No quedará otra solución! Encontraré algún sitio en Chamblandes. Sólo estaremos a dos minutos de distancia. Podremos educar a nuestros hijos juntos; así nos verán a los dos todos los días. Yo los cuidaré mientras estés trabajando y tú podrás venir a buscarlos cuando quieras. Con el tiempo, conocerás a otras mujeres y…
    – ¡Por Dios! ¡No puedo creer lo que estoy oyendo!
    – Porque todavía no has asimilado esta terrible desgracia. Necesitas dormir.
    – Después de hoy, jamás podré dormir.
    – No… -le rogó atormentada.
    – Te lo advierto, Tracey: pienses lo que pienses, no me he pasado un año de mi vida luchando por recuperarte para dejarte marchar de nuevo.
    – Seremos amigos, Julien.
    – ¡Amigos! -exclamó con una espantosa risa sarcástica.
    – Sí, cariño. Por nuestros hijos. Dicen que el tiempo lo cura todo. Tal vez algún día quieras volver a casarte.
    – Si eres capaz de decirme eso, es que nunca has llegado a conocerme -la acusó.
    – Yo pude ir haciéndome a la idea antes de que me atropellaran.
    – Y fuiste a buscar a otro hombre, quieres decir. ¿Por eso quieres divorciarte de mí a toda costa?, ¿porque hay otro hombre esperando, calentándote la cama?
    Tracey nunca había visto a Julien tan fuera de sí.
    Había temido que reaccionara mal, pero nunca había imaginado que fuera a desquiciarse tanto.
    – Los niños son mi única prioridad -respondió con calma-. Sólo quiero, sólo necesito, que me ayudes a sacarlos adelante.
    Tracey levantó el seguro del coche y fue corriendo hacia la residencia. La expresión de Julien a la luz de luna la aterrorizaba.
    ¡Qué cruel ironía! Estaban condenados desde su nacimiento a privarse de su mutuo amor, lo único que deseaban en la vida.

Capítulo 10

    – ¿Tracey? Creo que he encontrado el papel que andamos buscando. Ven al salón a ver si te gusta -dijo Rose refiriéndose al papel para empapelar su nueva casa.
    – En seguida, tía. Ahora vamos -dijo Tracey después de dar un beso a Jules en la tripa. Antes tenía que limpiar al niño, ponerle un pañal limpio y cambiarle de ropa.
    Por fin, los tres bebés estaban listos para que su padre se los llevara para pasar el fin de semana. Desde aquella terrible noche tres semanas atrás, en la que el sacerdote había confirmado lo que tanto habían temido, Tracey había estado viviendo en una especie de limbo nebuloso. Julien le dejaba a los niños durante el día y luego los recogía a la salida del trabajo.
    Habían decidido turnárselos dos fines de semana al mes. Tracey tenía miedo de quedarse a solas en su nuevo apartamento cuando los niños se iban con su padre. Sobrevivir de viernes a lunes sin sus hijos se había convertido en el mayor logro de su vida.
    Rose sabía lo mal que lo estaba pasando y había decidido acompañarla para que no estuviera sola esa noche. Ella era quien le había recomendado redecorar el piso de tres habitaciones que Julien le había encontrado. Tracey tenía que imprimir su huella personal en él para que se sintiera más en casa.
    Sólo estaba a tres minutos de la residencia de Julien, pero era suficiente para sentirse segura y evitar caer en tentaciones imperdonables. Tracey no estaba muy convencida de que hiciera falta empapelar las habitaciones, pero agradecía los esfuerzos de Rose por intentar mantenerla entretenida.
    Todavía no se sabía nada de los resultados de las pruebas de paternidad. El médico le había dicho que todavía pasarían un par de semanas antes de tener los resultados. Tracey prefería no pensar en ellos, pues no harían sino confirmar lo que ya sabían.
    Por mucho que les hubiera dolido, Tracey se alegraba de que Julien no hubiera insistido en que siguieran juntos en la residencia. Como habían decidido repartirse el cuidado de los niños, éstos acabarían sintiéndose en su casa estuvieran con su madre o con su padre.
    Ninguno de los dos quería que nadie de la familia, ni siquiera Rose, se enterara del motivo que les había llevado a separarse. Ya habían sufrido ellos demasiado: una palabra de más podría herir los sentimientos de muchas personas innecesariamente.
    Cuando Tracey y Julien estaban juntos, sólo hablaban de los niños. Nunca comentaban qué hacían cuando estaban a solas con los bebés o como llenaban las horas vacías del día.
    Tracey no se atrevía siquiera a mirar a Julien a los ojos. Si un desconocido los viera, probablemente pensaría que sólo eran dos personas que se trataban con educación y respeto.
    No podía soportar lo ausente que Julien se mostraba. Se había convertido en la sombra inanimada del hombre vital que solía ser. Sólo al hablar de los niños parecía reaccionar y le recordaba un poco al hombre al que tanto amaba.
    No quería ni pensar qué sería de sus vidas si no estuvieran unidos por sus preciosos bebés, que cada vez estaban más grandes y se estaban transformando en pequeñas personitas con personalidades diferentes.
    Julien no tardaría en llegar. Estaría ansioso por jugar con ellos. Tracey soñaba con participar de aquellos juegos como si fueran una familia unida; pero luego, cuando se sorprendía deseando lo imposible, se entristecía y hacía todo lo posible por centrar su atención en alguna actividad. Pero era inútil: estaba perdidamente enamorada de Julien.
    – ¿Quién era? -preguntó Tracey mientras se acercaba al salón con Jules en brazos. Había oído el teléfono y sabía que Rose había contestado.
    – Julien -respondió-. Dice que se va a retrasar.
    Tracey sintió una mezcla de alivio y tristeza. Por un lado, podría estar con sus hijitos un rato más; por otro, ansiaba la llegada de Julien, por breves que fueran sus visitas.
    – ¿Te ha dicho por qué?
    – Creo que una cena de negocios.
    – ¿En la residencia?
    – No, en casa de los D'Ouchy.
    – Ya veo -dijo Tracey con tono de fingida indiferencia. Si Julien salía por la noche a alguna reunión, se reuniría con hombres, pero también con mujeres.
    Nunca se había considerado celosa, pero eso era antes de que Julien fuera un horizonte prohibido. A partir de entonces, cualquier mujer podría intentar seducirlo y tal vez él…
    – ¿Cariño? -la llamó Rose al ver la expresión de dolor de Tracey-. ¿Te pasa algo?
    – No, nada -le aseguró-. Estaba pensando que los niños van a tener calor con esos jerséis. Se los voy a quitar hasta que venga Julien.
    Después de quitarles a cada uno sus respectivas prendas, puso a los tres niños en el parquecito y se arrodilló para jugar con ellos.
    Las risas de los niños eran tan contagiosas que Rose tuvo que secarse unas lágrimas que empezaban a caerle por las mejillas.
    – Tracey, eres una madre maravillosa. Tus hijos te adoran.
    – Eso espero, porque son lo único que me importa en esta vida.
    – ¿Por qué no incluyes a Julien en esa afirmación? -preguntó con seriedad.
    La mera mención de su nombre apagó la alegría de los juegos con los niños.
    – Ya hemos hablado de eso muchas veces, Rose. ¿Por qué no dejas ese tema tranquilo? Por cierto, ¿sabes algo de Isabelle?
    – No, no he vuelto a tener noticias suyas desde que se marchó. Julien le sugirió que acudiera a un consejero matrimonial y creo que ha convencido a Bruce para hacerlo. Es un paso adelante. Si sigue así, tal vez llegue a sacar a flote su matrimonio y a ser tan buena madre como tú.
    – Pues yo creo que se las arreglaba bien con Alex; sobre todo, teniendo en cuenta que está embarazada de cuatro meses -la defendió Tracey.
    – Pero no le salía espontáneamente. Se fijaba en ti y luego te imitaba.
    – ¿De verdad hablas en serio?
    – Totalmente. Trata a Alex como si fuera un juguete caro que tiene que manejar con cuidado. Lo levanta y lo pone en el suelo, pero no juega con él como tú con tus hijos. Tu padre jugaba contigo mucho. Seguramente lo hayas heredado de él.
    – ¿Papá?
    – Claro que sí. Nada más llegar del trabajo iba directo hacia ti. Luego os poníais a jugar en el suelo hasta que tu madre lo llamaba para cenar.
    – ¿Y no jugaba con Isabelle?
    – Me temo que de Isa se ocupaba más tu madre.
    – Pero eso es horrible, los padres nunca deberían hacer ese tipo de distinciones. Todos los niños deberían recibir todo el afecto de su padre y de su madre.
    – ¿Lo ves, cariño? Tú sí que tienes auténticos instintos maternales; pero hay padres que no son tan afortunados -comentó Rose, que, de repente, pareció entristecer-. Y, a veces, las circunstancias cambian el proceder natural de las personas.
    Lo había expresado en un tono tan grave que Tracey se dio cuenta de que su tía intentaba decirle algo. ¿Acaso sabía Rose la verdad?
    – No estás hablando en general, ¿verdad? -preguntó Tracey.
    – No. Estoy hablando de tus padres, porque ellos no están aquí para defenderse y tengo la impresión de que has malinterpretado lo que acabo de decir sobre vuestra infancia.
    – ¿Te refieres a lo de las preferencias de mis padres por Isabelle y por mí?
    – Exacto.
    Tracey sintió un sudor frío al pensar en aquel hombre que tanto se había esforzado por querer a una hija que no era suya. Por otro lado, era lógico que su madre sintiera más cariño por Isabelle, nacida de una unión sin pecado.
    – Sé a qué se debió -dijo Tracey impulsivamente.
    – ¿Hace cuánto? -preguntó Rose estupefacta.
    – Un año.
    – ¿Quién te lo dijo?
    – Mi padre.
    – Pero aseguró que no lo contaría hasta después del matrimonio.
    – Eso fue precisamente lo que hizo.
    – Tracey, lo que dices no tiene sentido. El accidente de avión en el que tus padres se mataron sucedió mucho antes de que te casaras con Julien -dijo Rose, dejando a su sobrina confundida.
    – ¡Eres tú la que habla sin sentido! Las dos sabemos que mi verdadero padre fue Henri Chapelle.
    – ¡Oh, no, Tracey! ¡No! -exclamó Rose agitada-. ¿Cómo se te ha ocurrido algo así?
    – Horas antes de que Henri muriera, estuve un rato charlando con él -explicó Tracey, que cada vez estaba más nerviosa-. Él me contó lo de la aventura que había tenido con mi madre. Decidieron que el futuro bebé se educara junto a papá para que nadie descubriera nunca la verdad. Henri me rogó que no se lo contara a Julien, porque sabía que lo destrozaría. Entonces empezó a llorar, acarició mi mano y me dijo que me quería como a una hija. Creo que le oí decir algo así como que lo perdonara; pero no lo recuerdo con claridad. Estaba hecha un manojo de nervios cuando me despedí de él.
    – ¡No! -gritó Rose-. ¡Tú pensabas que ese bebe eras tú! ¡Por eso huiste y querías acabar con vuestro matrimonio! ¡No! ¿Es que no sabes que el bebé al que se refería era Isabelle?
    – ¿Isabelle? -preguntó pálida.
    – Sí, Tracey. Henri es el padre de Isabelle, pero no el tuyo. Si lo piensas, tu hermana tiene sus ojos y su complexión física. Me sorprende que nunca hayas reparado en ello. Tu hermana fue concebida en una época en la que tus padres estaban distanciados.
    – ¿Qué? -Tracey no comprendía nada.
    – Poco después de casarse, tu madre tuvo un aborto. A tu padre le afectó tanto que no quería volver a intentarlo para evitar que la historia se repitiese. Tu madre, en cambio, lo interpretó como una señal de que ya no la amaba -empezó Rose a narrar-. En uno de sus viajes a Lausana, intimó con Henri, cuyo matrimonio con Celeste pasaba a su vez por dificultades… Tu madre me dijo que sólo estuvieron juntos una vez. Pero fue suficiente para quedar embarazada de Isabelle.
    – ¡No es posible! -exclamó Tracey.
    – Fue muy triste. Tu madre se sinceró con tu padre y éste la perdonó porque era consciente de que no había estado a su lado cuando ella lo había necesitado. Pero insistió en educar a Isabelle bajo su techo para evitar escándalos. Convino en que se lo dirían algún día, después de que se casara. Luego, aunque lo intentó, nunca logró quererla como a ti.
    – ¿Lo sabía Celeste?
    – Sí, y en parte se sentía culpable, pues ella había sido la que había ido expulsando a Henri de su vida. Nada de esto habría ocurrido si no hubiera dejado de quererlo.
    – ¡Qué horrible para todos!
    – Sí -respondió Rose pensativa-. Por eso tu padre te dedicaba a ti la mayor parte de su tiempo y, para compensar, tu madre atendía a Isabelle. Luego, el día en que Jacques intentó propasarse contigo, tu padre se enojó tanto que decidió no volver a Lausana de vacaciones. Sólo dejó que Isabelle fuera unas semanas al año porque sentía pena por Henri.
    – ¡Así que fue por eso! Ahora lo entiendo. ¿Isabelle sabe la verdad?
    – No, todavía no. Algún día se lo contaré todo, cuando lo considere adecuado.
    – Pero entonces no entiendo la confesión de Henri.
    – Supondría que tus padres ya te habrían contado lo de Isabelle. Henri te pediría perdón porque sabía lo mucho que amabas a Julien y que, por su culpa, tuviste que dejar de reunirte con él a pasar las vacaciones. Tendría miedo de que le echaras la culpa de vuestra separación.
    – ¡Tía! -exclamó temblorosa-. Me acabas de hacer la mujer más feliz del mundo. Según eso, ¡Julien y yo no somos familia! -exclamó emocionada mientras abrazaba a los niños. Tracey no sabía si romper a reír o a llorar.
    «Mis niños no tendrán problemas. Podrán vivir normalmente. Mis niños. Julien…», pensó Tracey, que no cabía en sí de gozo.
    – Bueno, sí sois familia -sonrió Rose-. Que yo sepa, estáis casados, ¿no? De verdad, Tracey, nunca en mi vida he visto a un hombre más enamorado de su mujer que Julien.
    – ¡Tengo que ir a verlo! -exclamó eufórica-. Tengo que verlo en seguida. Tengo que contárselo. Tía…
    – ¿Qué te parece si me ocupo yo de los niños este fin de semana? -se anticipó Rose-. Ponte ese precioso vestido violeta que te regaló porque le gustaba como combinaba con el color de tu pelo. Y venga, vete: ya ha sufrido demasiado como para hacerle esperar un sólo segundo más… Tracey, no sabes como me gustaría ver lo contento que se pondrá cuando le aclares este terrible malentendido y termines con su tortura.
    Tracey se duchó y se cambió de ropa en un tiempo récord, mientras Rose llamaba a la residencia de los D'Ouchy para asegurarse de que Julien seguía allí.
    Se puso unos pendientes elegantes, unos tacones y se dispuso a salir al encuentro de su marido. Después de darles un beso a sus bebés y un gran abrazo a su tía, fue corriendo hacia un taxi que Rose había llamado y que ya estaba esperándola.
    Estaba tan nerviosa que no podía conducir. Le dio al taxista la dirección a la que debía dirigirse y le pidió, por favor, que fuera lo más rápido posible.
    Al llegar, preguntó a un sirviente por Julien Chapelle. Estaba sofocada y radiante de felicidad. Sin prestar atención a las cabezas que se giraban para mirarla, fue con decisión hacia el salón principal.
    Se sentía como si tuviera de nuevo diecisiete años, locamente enamorada del apuesto hombre que estaba viendo sentado frente a ella en una de las mesas del salón.
    Julien estaba maravilloso con cualquier cosa, pero su presencia resultaba más irresistible si cabe cuando iba de traje. Incluso con diecisiete años se había sentido fuertemente atraída hacia él; seis años más tarde, no había desaparecido aquella química apasionada. Nunca desaparecería.
    Se detuvo un momento para saborear la feliz antesala del reencuentro. Después de doce meses de dolor, los dos podrían saciar su apetito sin sentirse culpables por ello. Eran totalmente libres para amarse sin barreras.
    Julien no la había visto aún. Paul Loti, el interventor de la residencia de los Chapelle, acaparaba la atención de su marido. Los dos estaban hablando de algo que parecía sumamente importante, a juzgar por lo concentrados que estaban. Tracey dio unos pasos hacia Julien.
    De pronto, el salón se fue quedando en silencio. Todos los empleados de Julien y las mujeres de éstos la reconocieron y la saludaron con amabilidad. Julien debió de notar que algo estaba sucediendo, pues levantó la cabeza y se dio media vuelta.
    Nada más verla se puso de pie con tanta decisión que estuvo a punto de tirar su silla al suelo, lo cual no podría haberle importado menos a Julien, que avanzaba en dirección a su mujer.
    Tracey notó que estaba sorprendido, contento y alarmado al mismo tiempo. Desde que despertó del coma, nunca había tenido la iniciativa de ir a buscarlo.
    Cuando estaban a pocos metros de distancia, intuyó cierto miedo: después de haberse mostrado tan firme respecto a la separación, debió de temer que algo grave le habría pasado a alguno de los niños para que ella se presentase allí de repente.
    Con todo, más allá de su sorpresa y de su ansiedad, tenía aspecto de incredulidad. Tracey sabía que él estaba viendo a la mujer de antes, a su esposa, a la amada que se había entregado a él en cuerpo y alma durante la luna de miel en Tahití.
    – Tracey… -pronunció su nombre con cuidado, como temeroso de romper la magia y la incertidumbre del momento.
    Por primera vez desde que lo conocía, parecía inseguro. El temor a que aquello sólo fuera un sueño maravilloso del que acabaría despertando parecía restarle parte de su carácter decidido.
    Tracey no podía seguir resistiendo, así que se acercó a él alegre y resuelta. Julien entendió en ese gesto que por fin habían terminado los días de sufrimiento. Las palabras y las explicaciones llegarían más adelante.
    De pronto, las facciones de su cara se relajaron. El dolor y la rabia que Julien había acumulado desaparecieron y, a cambio, renació el brillo de sus ojos negros.
    Tracey sonrió con toda su alma y los ojos se le iluminaron en una llamarada de fuego verde. Ambos se miraron para disfrutar de esos segundos inolvidables que prometían una vida de futura felicidad.
    Entonces, con la confianza de una mujer que se sabe amada, consciente de que ella y sólo ella tenía el derecho y el privilegio de reclamar a ese maravilloso hombre como su marido, se dio la vuelta y se dirigió a los allí presentes.
    – Queridos amigos, os ruego que me perdonéis, pero tengo que hablar con mi marido en privado -empezó a hablar-. A mí se debe que haya estado tan tenso y preocupado este último año. Sé que habéis sido muy comprensivos y pacientes con él y os agradezco que lo hayáis ayudado a superar los malos momentos… A cambio, quiero prometeros que, de ahora en adelante, todo será diferente. Si nos dais unos pocos días para que disfrutemos de una segunda luna de miel, cuando vuelva, os encontraréis con un hombre completamente nuevo.
    Al principio sólo se escuchó un enorme silencio, pero Paul empezó a aplaudir y, poco a poco, todas las personas que llenaban el salón estaban de pie aplaudiendo también.
    – Quien dice unos días -corrigió Julien con picardía-, dice unas semanas, ¿de acuerdo? -Julien agarró a Tracey por la mano y la guió hacia la salida. Todos los allí presentes sonrieron con complicidad y se alegraron de que, sin duda, Julien no pensaría en ese tiempo en nada relacionado con asuntos de negocios.
    Tracey suponía que Julien se dirigía hacia el aparcamiento y por eso no entendió que se parara en el recibidor de la residencia, que en verdad era también un lujoso hotel.
    – Queríamos una habitación, por favor. A ser posible, la suite nupcial.
    – Por supuesto, señor Chapelle. ¡Enhorabuena! -los felicitó el recepcionista.
    – Sólo estamos a unos pocos minutos de casa -susurró Tracey al oído de su marido-. No hace falta que…
    – Ya lo creo que hace falta -la interrumpió. Luego besó sus seductores labios-. Llevo tantos meses esperando este momento que no soy capaz de esperar un sólo segundo más. ¿Me entiendes, amor mío?
    – Su ascensor es el que está justo a su derecha -indicó el recepcionista para que no perdieran más tiempo-. ¿Necesita algo, señor Chapelle?
    – Solamente a mi mujer -bromeó Julien, que seguía abrazándola conmovido. Atravesaron el pasillo hasta llegar a su ascensor privado y, una vez dentro, nada más se cerraron las puertas de éste, Julien empezó a cubrir de besos el pelo, los ojos, la nariz, las mejillas y el cuello de Tracey, su legítima y adorable mujer-. Es como si estuviera soñando. Dime, preciosa, ¿te llamó el doctor dándote los resultados de las pruebas?
    – No. Me he enterado por una fuente infalible.
    – ¿Quieres decir que monseñor Louvel acabó diciéndote lo que mi padre le confesó? -preguntó entre beso y beso.
    – No, cariño. Tía Rose: ella me confirmó que tu padre y mi madre tuvieron una aventura. Pero es Isabelle la que es tu hermana.
    – ¿Isabelle? -preguntó mientras se abrían las puertas del ascensor.
    – Sí, cariño. Ahora que sé la verdad, entiendo por que siempre has sido capaz de ayudar a Isabelle cuando nadie podía.
    Julien estaba aturdido. Entraron lentamente en la suite y se sentó en un sofá con Tracey sobre las piernas. Se abrazaron como antaño, escondiendo Julián la cabeza en el cabello de su querida mujer. Era como ver la luz después de años y años de oscuridad y confusión.
    – Monseñor Louvel nos advirtió que podía haber otra explicación -recordó Julien.
    – Sí -afirmó Tracey con lágrimas en los ojos-. Tenías razón. A su manera, intentó darnos esperanzas.
    – Cuéntamelo todo, amor mío. No te saltes ningún detalle -le pidió mientras la estrechaba con fuerza contra el pecho.
    Tracey no necesitó que insistiera. Deseaba compartir el secreto de sus padres, así que no tuvo ningún problema en relatarle las tristes circunstancias del embarazo de Isabelle.
    – Cuando pienso en lo duro que he sido con Jacques… -murmuró Julien en tono atormentado, que de pronto sintió un gran deseó de recuperar el afecto de su hermano.
    – No más que yo con tu padre. Antes de que tía Rose dijera nada, siempre tuve la sensación de que yo no le gustaba. Me dolió muchísimo que sólo permitiera a Isabelle visitaros en Lausana.
    – Ninguno de nosotros sabíamos que tu padre era el único responsable -dijo Julien acariciándole el pelo-. Siempre pareció distante conmigo. Por eso nunca me atrevía a entablar relaciones sexuales contigo.
    – ¿Me estás diciendo que no querías besarme para no disgustar a mi padre? -preguntó divertida.
    – Eso es, pequeña. Quería casarme contigo y me negaba a hacer nada que pudiera poner en peligro mis planes. Cuando me preguntó por qué iba a recogerte todos los días a la salida del instituto y por qué te contraté en mi empresa, le dije que era para protegerte de Jacques, lo que era verdad, aunque no toda la verdad. Le di mi palabra de que podía confiar en mí y de que te trataría como a una hermana.
    – Julien…
    – ¿Te sorprende? No creo que ningún hombre haya tenido nunca que aguantar tanto.
    – Cariño, cuando pienso en como me entregué a ti…
    – Lo recuerdo -le besó el cuello-. Eras inocente y yo te adoraba. Y a medida que tu amor crecía y tus ojos verdes me miraban y me hacían comprender que sólo por verlos merecía la pena vivir, juré que tendría paciencia hasta que tu padre me concediera tu mano. Por desgracia, murió antes de que pudiera hablar con él; pero ahora que sé la verdad, no sé si, siendo yo hijo de Henri, me habría dado su bendición.
    – Sí lo habría hecho -replicó Tracey-. Él era consciente de que eras, de que eres, mi razón de ser. Sabía lo maravilloso que eras; si no, no te habría dejado que me cuidaras. Papá y yo estábamos muy unidos. Sé que nunca habría supuesto un obstáculo a mi felicidad.
    – Supongo que tendrás razón -la abrazó con más fuerza-, aunque imagino que le costaría fiarse de mí, después de que mi padre lo traicionara. Esa noche de debilidad debió de martirizar a mi padre durante el resto de su vida.
    – Seguro que a mi madre también. Pero todo eso ya se ha acabado.
    – No del todo. Isabelle aún no lo sabe.
    – Rose se lo contará cuando lo considere oportuno. Creo que ella es la indicada para decírselo. Ella estaba muy unida a mi madre y conseguirá que comprenda y acepte la verdad -Tracey paseó un dedo por los labios de Julien-. Cuando descubra que eres su hermano, te querrá todavía más. Siempre has sido su favorito.
    – En cuanto lleguemos a la residencia -le dijo a la vez que le besaba la palma de la mano-, telefonearé a Jacques a Bruselas y le diré que vuelva a casa. También invitaré a Angelique y les diré que por fin todo se ha solucionado entre tú yo. Quiero que estén cerca de nosotros y que seamos una gran familia unida.
    – Me haría muy feliz que estuviéramos todos juntos. El dolor que hemos sufrido por culpa de la aventura que tuvieron nuestros padres debería haberse ido a la tumba con ellos. Gracias a Dios, al final podemos seguir viviendo juntos, como un auténtico matrimonio.
    – Y gracias a Dios también, sobreviviste a tu terrible accidente -dijo Julien con voz temblorosa-. Cuando pienso lo cerca que estuve de perderte…
    – Eso era imposible -afirmó Tracey mientras secaba las lágrimas de Julien beso a beso-, estando tú para cuidar de mí y de los bebés. Soy la mujer más afortunada del mundo, Julien Chapelle. Gracias por no darte nunca por vencido. Gracias por ser como eres, por hacer de padre y de madre durante un periodo de nuestras vidas tan traumático. Ahora me toca a mí cuidar de ti. A partir de ahora, y durante el resto de nuestras vidas, pienso pasar cada minuto, cada segundo a tu lado, para demostrarte lo mucho que significas para mí. Te quiero tanto que no puedo expresarlo con palabras.
    Julien le dio un beso profundo que se alargó durante varios deliciosos minutos.
    – Julien -prosiguió Tracey-, ¿tú crees que alguien podría morirse por sentir demasiado amor?
    – Sólo hay una manera de averiguarlo -respondió con aparente serenidad mientras la colocaba sobre la cama-. Pero si esta noche nos abrasamos en nuestra pasión, vida mía, al menos arderemos juntos eternamente. Una cosa te puedo prometer, nos lleven donde nos lleven los pasos de nuestro amor, nuestro camino no ha hecho más que comenzar.

REBECCA WINTERS


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