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El príncipe cascanueces

El príncipe cascanueces

Аннотация

    Meg Roberts no había dejado de querer al padre de su hija, a pesar de no haberlo visto durante casi siete años. Aquel apuesto ex agente del KGB la sedujo por razones políticas… y la dejó embarazada.
    Por amor a ella y a una hija que no conocía, Konstantino Rudenko desertó y se marchó a Estados Unidos, donde vivía bajo una nueva identidad. Pero aún era el mismo hombre que, siete años atrás, se había enamorado de una joven maestra de visita en Rusia: la mujer a la que llamaba Meggie…


Rebecca Winters El príncipe cascanueces

    El príncipe cascanueces (2001)
    Título original: The nutcracker Prince (1994)
    Serie Multiautor: 9º Niños y besos

Capítulo 1

    – ¡Chist, Anna, cariño! Recuerda que aquí no podemos tararear la música como en casa -Meg Roberts regañó en voz baja a su hija de seis años que, sentada sobre sus rodillas, canturreaba alegremente el «Vals de las Flores», desafinando un poco.
    La función de Cascanueces del sábado por la tarde, interpretada por la compañía de ballet de San Luís, estaba dedicada a familias con niños pequeños, pero Meg notó que entre el público había también gran cantidad de adultos.
    – Lo siento, mami. ¿Cuándo sale el Príncipe? -susurró Anna en voz tan alta que una señora sentada delante de ellas la miró con enfado.
    Antes de que Meg volviera a regañarla, Anna se puso un dedo sobre los labios y miró a su madre con una sonrisa traviesa que llenó a esta de orgullo y ternura. La personalidad chispeante de Anna brillaba en sus ojos, que volvieron a mirar con avidez a los bailarines.
    Meg estudió a su hija en la semioscuridad. Tenía los carrillos encendidos por la emoción de asistir a su primer ballet. Aunque solo faltaban ocho días para Navidad, Anna no había hablado más que del ballet durante el último mes. Abrazado contra el corpiño del vestido de terciopelo rojo que Meg le había hecho, tenía el libro ilustrado de El cascanueces y el rey de los ratones.
    Aquel viejo tesoro traído de Rusia acompañaba a su hija a todas partes. Anna no podía entender las palabras escritas en ruso, pero las ilustraciones la embelesaban… sobre todo aquellas en las que el apuesto príncipe Marzipán luchaba contra el rey Ratón. Desde el mismo instante en que vio al príncipe con su uniforme, Anna se fijó en que su pelo oscuro y sus ojos azules se parecían a los de ella. Pero para Meg era todavía más sorprendente que su hija atribuyera al príncipe Marzipán todas las cualidades que imaginaba en su padre, al que no conocía.
    El hecho de que el Príncipe se pareciera, de manera sorprendente, al padre de Anna, impedía a Meg deshacerse de sus recuerdos agridulces, sobre todo porque era él quien le había regalado el libro. Éste le recordaba constantemente al hombre que con tanta facilidad le había hecho el amor a una Meg inocente, vulnerable y obnubilada. El hombre que la dejó embarazada. Pero, aun sin el libro, Meg no habría podido olvidar a Konstantino Rudenko, pues Anna era su vivo retrato.
    Cada día que pasaba, descubría un nuevo parecido en sus rasgos. Todos los días la acosaban aquellos perturbadores recuerdos que se resistían a morir. Ciertas expresiones faciales, el modo en que Anna ladeaba la cabeza para escuchar algo que la interesaba… cualquier cosa evocaba recuerdos enterrados hacía mucho tiempo, a los que seguían oleadas de vergüenza y humillación, pues Meg sabía que había sido escogida, engañada y utilizada…
    – ¡Mira, mami!
    Los bailarines cosacos aparecieron para ejecutar su danza gimnástica y Anna, olvidando otra vez dónde estaba, empezó a tararear la música de las balalaicas y a dar golpecitos con los pies.
    – ¡Silencio! -saltó la señora de delante, al tiempo que otras personas también se giraban.
    Avergonzada, Meg abrazó a su hija más fuerte.
    – No puedes ni hablar ni cantar -susurró entre los rizos morenos de Anna-. Estás molestando a los demás. Si vuelves a hacer ruido, tendremos que marcharnos.
    – No, mami -rogó la niña con lágrimas en los ojos-. Todavía no ha salido el Príncipe. Te prometo que seré buena.
    – Siempre dices eso, y luego se te olvida.
    – No, de verdad -aseguró Anna con tanta seriedad que hizo sonreír a Meg.
    Pero ella sabía que era casi imposible que su hija se estuviera callada hasta el final de la función.
    – Tienes que estarte quieta.
    – Está bien…
    Anna le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla. Por un momento, su comportamiento modélico dio a Meg una falsa sensación de seguridad y ambas contemplaron maravilladas la historia que se desarrollaba ante sus ojos.
    La sección de viento de la orquesta anunció la llegada de los soldados de juguete. Sin previo aviso, Anna se deslizó del regazo de Meg.
    – ¡Ahí está el príncipe Marzipán, mami! ¿Lo ves? -gritó, extasiada, señalando al bailarín que dirigía la marcha. Absorta con el Príncipe, se olvidó de todo lo que la rodeaba, pero Meg vio la mirada furiosa de la mujer sentada delante de ellas.
    Por fortuna, otros niños también se pusieron en pie, contribuyendo al bullicio creciente. Sus gritos y palmadas sofocaron la exclamación de Anna. Por el brillo de sus ojos, Meg se dio cuenta de lo que ese momento significaba para su hija, que se quedó de pie, embelesada, hasta que el Príncipe salió de escena tras vencer al rey Ratón.
    En cuanto desapareció, Anna volvió a trepar a las rodillas de Meg.
    – Mami -susurró-. Tengo que hacer ya sabes qué.
    A Meg no la sorprendió. La emoción había sido excesiva y sabía que Anna no podría aguantarse hasta el final de la función.
    – Está bien. No olvides tu libro -agarrando con una mano los abrigos y con otra a Anna, recorrió la fila hasta salir al pasillo central-. Despacio, cariño -advirtió mientras trataba de sujetar a Anna, que atravesó prácticamente corriendo el vestíbulo casi vacío hasta el servicio de señoras. Todavía iba hablando del Príncipe cuando salieron, unos minutos después.
    – ¿Puedo ir a verlo cuando acabe la función, mami? -preguntó mientras hacían cola junto a la fuente antes de volver a entrar en la sala de conciertos.
    – No creo que esté permitido.
    – La señorita Beezley me dijo que sí.
    – Ya veremos -murmuró Meg, deseando que la maestra no le hubiera metido aquella idea en la cabeza. A veces, las opiniones de la señorita Beezley contaban más que las suyas.
    – Parece que nuestra preciosa hija se lo está pasando bien -mientras esperaba a que Anna acabara de beber, Meg oyó una voz masculina detrás de ella. Pensó que pertenecía a un hombre que hablaba con su mujer y no le dio importancia-. ¿Te acuerdas de aquella humilde cabaña de leñadores a las afueras de San Petersburgo, mayah labof?
    De pronto, el mundo pareció detenerse.
    ¡Konstantino! No. No era posible.
    Pero aquella pregunta, susurrada con la serena e inconfundible sensualidad que ella recordaba tan bien, le llegó al fondo del alma. Aquella voz no era producto de su imaginación.
    Cerró los ojos, aturdida, mientras el cuerpo se le empapaba de un sudor frío.
    Se suponía que él vivía al otro lado del mundo, llevando una vida que ella nunca había querido ni comprendido. Pero él no estaba en San Petersburgo. Estaba allí, en aquel teatro, y acababa de llamarla «querida mía». Si se daba la vuelta, podría tocarlo.
    ¡Dios santo!
    En cuanto comprendió que su presencia era real, Meg se puso a temblar de miedo y de rabia. Se sintió furiosa consigo misma por sucumbir a sus recuerdos. Los recuerdos sensuales de su forma de hacerle el amor, siete años antes, cuando Meg solo había sido, para él, parte de su trabajo.
    Su razón siempre le había dicho que él era el enemigo, pero, durante un tiempo, lo había amado tanto que su corazón se negó a comprender y, sobre todo, a creer.
    Al parecer, conocía la existencia de Anna.
    A Meg no debía sorprenderla. Claro que la conocía: él sabía cosas de la gente que nadie tenía derecho a saber. Ese era su trabajo. Su única dedicación.
    Lo cual significaba que las había seguido, acechando el momento perfecto para apoderarse de lo que era suyo, para apoderarse de su hija…
    ¿Y qué mejor lugar que un sitio público, donde sabía que Meg no haría una escena para no alarmar a Anna? Paralizada por el miedo, Meg sintió que su corazón se desbocaba.
    Recordó con asombrosa claridad las horas aterradoras que había pasado sola en aquella húmeda celda le Moscú, custodiada por guardias que no conocían la compasión.
    – ¿Meg? -la voz interrumpió sus pensamientos.
    No sabía cuánto tiempo había pasado. Solo unos segundos, supuso, pero habían bastado para revivir sus años de sufrimiento. Él comenzó a hablar, pero ella no se giró.
    – No sé lo que le has contado sobre su padre, pero, ahora que estoy aquí, juntos le diremos la verdad. No pienses en huir, o haré una escena. Como sé que odias asustar a Anna, confío en que cooperarás.
    Su inglés, preciso y formal, era perfecto. La formación que había recibido en el KGB no había dejado nada al azar. Cualquiera que lo escuchara pensaría que era estadounidense, quizá de la costa este.
    Meg dejó escapar un gemido que llamó la atención de Anna. Esta dejó su puesto en la fuente al siguiente niño.
    – ¿Mami? ¿Qué te pasa?
    Atenazada por el miedo, Meg no podía moverse, ni respirar, ni hacer la docena de cosas que su instinto de supervivencia la impulsaba a hacer.
    – Na… nada, cariño. Deprisa, vamos dentro.
    Agarró a Anna de la mano y casi la arrastró hacia la puerta de la sala. Sabía que no tenía escapatoria, pero no quería quedarse allí, como un animal paralizado, mientras él obtenía otra victoria fácil.
    – Mami, vas muy rápido -protestó Anna, pero Meg, cuyo miedo crecía por segundos, apretó el paso.
    No importaba que hubiera habido cambios drásticos en Rusia. Quizás él ya no pertenecía al KGB, pero podía seguir trabajando para el nuevo gobierno. Todavía existía la policía secreta en la antigua Unión Soviética.
    Para Meg, era un hombre peligroso al que no quería volver a ver. Un hombre que podía hacerse pasar por estadounidense sin que nadie lo advirtiera. Un hombre que caminaba tras ella y que, evidentemente, había vigilado sus movimientos durante años.
    Un hombre al que nada detendría hasta obtener su objetivo. Y Meg sabía que su objetivo era Anna.
    Pero Meg ya no era la ingenua jovencita de veintitrés años que lo había creído lleno de valores parecidos a los suyos. El tiempo y la experiencia habían hecho su trabajo, y esa vulnerable criatura ya no existía. Todo lo que quedaba de sus pasadas noches de pasión eran su amargura… y su hija.
    Si lograran entrar en la sala antes de que él las alcanzara, Meg ganaría un poco de tiempo para pensar qué hacer. Llevó a Anna casi a rastras, mientras su corazón martilleaba cada vez más fuerte.
    – ¿Meg? ¿Anna?
    Al oír su nombre, Anna se desasió de su madre y se giró.
    – ¿Tú quién eres? -preguntó, curiosa.
    Vencida por aquella artimaña, Meg tuvo que pararse y dar la cara al hombre al que una vez, brevemente, había amado. El padre de Anna. No quería mirarlo, ni reconocerlo. Pero Anna los miraba a los dos con ojos ávidos y Meg tuvo miedo de alarmarla o de provocarlo a él.
    Cuando por fin se atrevió a mirarlo, el azul intenso de sus ojos de largas pestañas casi la hizo tambalearse. Era aún el hombre más atractivo que había visto nunca, aunque, de alguna manera, parecía distinto a como lo recordaba.
    La primera vez lo que lo vio, el pelo castaño oscuro le llegaba al cuello del traje gris parduzco y del abrigo, la indumentaria típica del KGB. Ahora lo llevaba más corto e iba vestido como un hombre de negocios, con un traje azul marino y una camisa azul pálido que realzaban su más de metro ochenta y su figura fuerte y atlética. Pero el cambio que Meg percibía era más sutil que todo eso.
    A diferencia de los hombres casados de mediana edad del concesionario de coches donde Meg trabajaba como secretaria y cajera, él se había vuelto todavía más guapo, si tal cosa era posible, en los últimos siete años. Estaba al final de la treintena y poseía un atractivo viril al que el cuerpo de Meg respondió sin quererlo ella.
    – Soy alguien que os quiere mucho a ti y a tu madre -dijo él, en respuesta a su hija. Se parecía tanto a ella que Meg temió que la niña se diera cuenta enseguida de quién era.
    – ¿Ah, sí? -Anna pareció sorprendida o, peor aún, intrigada.
    Meg cerró los ojos con rabia. Maldito fuera por su inigualable habilidad para cautivar a sus víctimas. Como siempre, recurría a métodos que nada tenían que ver con la fuerza bruta.
    Desesperada, Meg esperó la respuesta de la niña. En parte, todavía se negaba a admitir que él hubiera aparecido de pronto, de la nada, como uno de esos sueños perturbadores que te asaltan durante años.
    – ¿Cómo te llamas? -preguntó Anna suavemente.
    – Konstantino Rudenko.
    – Kon… Konsta… ¿Qué has dicho?
    Él sonrió.
    – Tu mamá me llama Kon -su audacia, su crueldad y su calculada arrogancia llenaron a Meg de rabia-. Es un nombre ruso, como el tuyo.
    – ¿Mi nombre también es ruso?
    – Sí -él lo pronunció con su acento nativo, con voz tierna. Luego buscó a Meg con la mirada, como diciendo «nunca me has olvidado».
    «¡No!», gritó Meg para sus adentros contra la amenaza que significaba él, para su independencia duramente ganada. Pero era demasiado tarde.
    La inquisitiva Anna asimiló la información e imitó con cuidado la pronunciación de su nombre.
    – Mi madre me ha dicho que mi padre vive en Rusia y que por eso no puede venir a verme -susurró, recordando demasiado tarde que era un secreto. Su madre le había dicho muchas veces que nadie debía enterarse de aquello.
    – Anna -exclamo Meg.
    – Pues tu mamá se equivoca, Anochka -respondió él, usando el diminutivo.
    Anna se desasió de su madre y se acercó a él para observarlo.
    – ¡Te pareces al príncipe Marzipán! -rápidamente, se giró para mirar a Meg, que se quedó aturdida por el brillo que vio en los ojos de su hija-. ¡Mami! ¡Es como el Príncipe! -inmediatamente abrió el libro por una página que tenía los bordes gastados por el uso-. ¿Lo ves? -señaló.
    Él se puso en cuclillas para que Anna le enseñara el libro. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su cara y, con un dedo, acarició uno de los rizos que caían sobre la frente de la niña.
    – ¿Sabes que yo le di a tu madre este libro cuando se marchó de Rusia después de su primer viaje, hace más de doce años?
    Por segunda vez en un par de minutos, Meg dejó escapar un gemido.
    Anna abrió mucho los ojos.
    – ¿De verdad?
    – Sí. También es mi libro favorito. Tú y yo somos padre e hija. Por eso pensamos igual -le lanzó a Meg otra mirada significativa-. Tu mamá estaba triste porque tu abuelo murió mientras ella estaba de viaje. Así que, cuando volvió a casa, yo puse el libro en su maleta para reconfortarla, porque sabía que a ella le gustaba. Esperaba que eso la hiciera sentirse mejor y la llevaría de nuevo a Rusia algún día.
    Los ojos de Meg se llenaron de lágrimas. «¡Farsante!», gritó su corazón. Pero no podía negar que aquel bello y costoso libro, que ella había admirado en la Casa del Libro de Moscú, pero que no había podido comprar, apareció en su equipaje. Había sido gracias al atractivo agente del KGB, asignado a la vigilancia de los estudiantes extranjeros, que la había llevado de la cárcel al aeropuerto.
    Meg y otros estudiantes de diecisiete años de su autobús, habían sido detenidos por regalar vaqueros, camisetas y otras prendas personales a sus amigos rusos. Ingenuamente, Meg le había dado sus gafas de sol a una chica y había acabado en prisión. Todavía sentía escalofríos cuando recordaba aquel incidente de pesadilla.
    Durante su confinamiento, uno de los guardias le dijo que el director del viaje acababa de saber que su padre había muerto en Estados Unidos. Por su insensata decisión de quebrantar la ley, le informó el guardia, Meg no podría volver a casa para el funeral, y quizá no volvería nunca.
    A Meg, aquel hombre le pareció inhumano, incapaz de sentir emociones. Cuando la dejó sola para que «reflexionara» sobre lo que había hecho, Meg se derrumbó, desesperada, sobre el suelo de la celda. Lloró durante horas la muerte de su querido padre y la de su madre, acaecida un año antes. William Roberts había muerto a miles de kilómetros de distancia y ella nunca volvería a verlo.
    Pero, antes de que amaneciera, Kon llegó para llevársela de allí y la escoltó a través de largos pasillos hasta una puerta trasera, donde esperaba un coche que la llevó al aeropuerto. Meg no volvió a ver a sus compañeros de viaje y regresó a Estados Unidos a tiempo rara enterrar a su padre, con el libro como único recuerdo.
    Tras recibir un trato cruel, la intervención de Kon había sido la única razón de que se le permitiera volver a Estados Unidos sin mayores consecuencias. El regalo del libro, completamente inesperado, le hizo reconsiderar su opinión de que todos los agentes del KGB eran monstruos.
    Seis años después, cuando se le presentó la oportunidad de viajar otra vez a Rusia como profesora en un intercambio de estudiantes, se sintió emocionada con la idea de localizarlo y agradecerle en persona su amabilidad.
    Lo había visto de nuevo, por supuesto. Ingenuamente, pensó que su encuentro había sido casual, sin darse cuenta de que Kon le había seguido la pista tras su regreso a Estados Unidos. El pensar en ello le resultaba insoportable, pues significaba que los sentimientos de Kon nunca habían sido verdaderos y que, durante el segundo viaje que ella hizo a la Unión Soviética, después de la muerte de la tía inválida con la que vivía, Meg había sido su objetivo. Ella lo había sabido a su regreso, a través de la CÍA. Cada acción de Kon había sido calculada para hacer que se enamorara de él, por razones que solo conocía el KGB. Lo mismo les había ocurrido en muchas ocasiones a otros jóvenes estadounidenses, a turistas y a empleados diplomáticos. Lo sucedido entre Meg y Kon no era, pues, tan raro. El «amor» de Kon había sido motivado por razones políticas.
    Y ahora él había vuelto a buscar a Anna.
    – ¿De verdad eres mi papá?
    Anna rompió el silencio con su sencilla pregunta.
    La esperanza que había en su vocecilla casi hizo llorar a Meg. Había llegado el momento de la verdad y Kon no mostraría piedad.
    – Sí, soy tu papá. Y tú eres mi hijita. Tenemos los mismos ojos azules, el mismo pelo castaño oscuro y la misma nariz recta -le pellizcó suavemente la nariz y Anna se rió-. Pero sonríes igual que tu madre. ¿Lo ves? -sacó unas fotografías del bolsillo de la chaqueta-. Aquí estamos tu mamá y yo tomando helado y champán. Yo acababa de decirle que la quería. Mira su boca: sonríe igual que tú -tocó el labio inferior de Anna-. Exactamente igual que tú.
    Anna volvió a reírse y dejó el libro en el suelo, para mirar las instantáneas en blanco y negro. Por una vez, se quedó muda. Igual que Meg, que recordó cómo él le tocaba la boca de la misma manera y luego la besaba y ella deseaba que no parara nunca…
    Pero entonces no sabía que alguien les estaba haciendo fotos.
    Debía de haber muchas más fotografías como aquellas. Meg pensó que seguramente una cámara había registrado sus días y sus noches juntos y sintió un agudo dolor al pensar que, la experiencia más maravillosa de su vida, había acabado en los archivos micro-filmados del KGB.
    – ¡Mami, mira! ¡Eres tú!
    – Sí -murmuró él-. Y aquí hay otras fotos de tu madre y de mí delante de su hotel y en un museo cercano.
    Kon no podía haber urdido un plan mejor, para ganarse a su hija, que ofrecerle pruebas irrefutables de la relación entre ellos.
    Las dos veces que Meg había viajado a Rusia, estaba terminantemente prohibido sacar fotografías, excepto en la Plaza Roja. Por eso no tenía ni una sola imagen de Kon como recuerdo.
    – Y aquí -dijo él, cuando Anna acabó de mirar las rotos-, estamos tu madre y yo en el aeropuerto. Yo le pedí que se quedara en Rusia y que se casara conmigo, pero ella se subió al avión -su voz desolada le pareció a Meg una amarga prueba de su consumada habilidad para el fingimiento.
    Él rodeó a Anna por la cintura y la niña se apoyó contra su pecho sin darse cuenta. Mirando a su hija, Meg sintió su corazón partirse en mil pedazos.
    Anna miró a su madre con preocupación.
    – ¿Por qué hiciste eso, mami? ¿Por qué dejaste solo a mi papá?
    Meg trató de calmarse, despreciando a Kon por hacerle aquello.
    – Porque no habría podido volver a Estados Unidos me hubiera quedado más tiempo y tenía responsabilidades aquí. Daba clases, tenía un compromiso con mis alumnos.
    – ¿Eres maestra?
    Tras un breve silencio, Meg contestó:
    – Ya no, cariño. Pero lo fui… una vez.
    – ¿Como la señorita Beezley? -Anna se quedó completamente atónita por la confesión de su madre.
    – Sí. Enseñaba en un instituto.
    Cuando supo la verdad sobre lo que había ocurrido cuando estuvo en Rusia, abandonó la enseñanza del ruso y no quiso volver a saber nada más del país, ni del idioma ni de sus recuerdos. Anna era demasiado pequeña para entenderlo, por eso Meg nunca le había hablado de esa época de su vida.
    Desafortunadamente, Anna había encontrado el libro de El cascanueces en el trastero donde Meg lo tenía escondido. La niña se prendó del libro nada más verlo y quiso quedárselo. Meg nunca había tenido valor para quitárselo, ni tampoco para explicarle de dónde procedía.
    – ¿Eso es verdad, papá?
    Con esa única pregunta, Meg comprendió que todo estaba perdido. Anna no solo había aceptado a su padre sin reservas, sino que incluso cuestionaba la palabra de Meg.
    Qué ironía que una madre lo hubiera dado todo por su hija durante seis años y que, luego, llegara un hombre cuya única contribución había sido biológica y, en un abrir y cerrar de ojos, se ganara la adoración de la niña.
    – Sí, es verdad. Tu madre habla muy bien ruso y, cuando no estaba dando clases de inglés a estudiantes rusos, pasamos juntos cada momento de los cuatro meses que estuvo en San Petersburgo.
    – Anna… ¿por qué no le preguntas a tu padre por qué no vino a Estados Unidos conmigo? -preguntó Meg, con la voz quebrada.
    – Pero si sí que he venido -contestó él, rápidamente-. ¿Sabes?, antes de dejar mi país tuve que resolver muchas cosas. Pero siempre he sabido de ti, Anochka. Siempre te he querido, hasta cuando estaba lejos. Y ahora por fin estoy aquí y voy a quedarme.
    «Lo que tarde en ganarse a Anna, luego desaparecerá con ella». Meg estaba segura. Se preguntó cuándo se había despertado en él aquel instinto paternal que lo había empujado a atravesar medio mundo para buscar a su hija.
    – Puedes dormir en mi habitación -dijo Anna, atando los cabos sueltos con su sencillo e ingenuo razonamiento.
    – Me encantaría -murmuró él suavemente-. Por eso he venido. Para vivir con tu mamá y contigo. Quiero que seamos una familia. ¿Puedo ir a casa en vuestro coche? Yo no he traído el mío al ballet.
    – Tenemos un Toy… yoda rojo. Puedes sentarte atrás conmigo y leer mi libro mientras mamá conduce.
    – Leeremos por turnos. ¿Te gusta el sitio donde vives?
    – Sí. Pero me gustaría tener un perro. El casero no nos deja tener uno.
    – Entonces te gustarán Gandy y Thor -mientras charlaban, él le puso su abriguito de invierno.
    – ¿Gandy y To… qué?
    – Thor. Son mis pastores alemanes y les he hablado mucho de ti. Están deseando conocerte. Jugarán contigo y serán tus mejores amigos para siempre.
    Anna chilló de alegría.
    Una rabia impotente se apoderó de Meg. Nada lo detenía, ni siquiera manipular a una niña inocente. Meg se sintió a punto de gritar, pero el vestíbulo se iba llenando de gente, pues la función había terminado. Por el bien de Anna, trató de mantener el control sobre sus emociones, hasta que estuviera a solas con él y la niña no pudiera escucharlos.
    Konstantino Rudenko estaba acostumbrado a ejercer una autoridad absoluta e incuestionable en su país, pero ella no le permitiría que hiciera nada allí, en su hogar. Se acercó a su hija y la agarró del hombro para mantenerla apartada de él.
    – Vamos, Anna.
    Pero Anna no la escuchaba. Se había acercado a él para observar su cara de rasgos duros. Durante un instante, Meg revivió la sensación de suave aspereza de sus mejillas contra las suyas después de pasar la noche en sus brazos, después de hacer el amor…
    – ¿Me dejas que te lleve al coche, Anochka? Hace mucho, mucho tiempo que sueño con abrazar a mi hijita.
    Anna, a la que hasta ese momento nunca le había gustado ningún hombre que se acercaba a Meg, parecía hechizada por la voz honda y la mirada amorosa de Kon. Le rodeó el cuello con los brazos y permitió que la levantara, con una expresión de sublime alegría.
    – ¿Qué significa esa palabra, «noska»?
    – Mi pequeña Anna. Así es como los papas llaman a sus hijas pequeñas en Rusia.
    – Yo no soy pequeña. Qué gracioso eres, papi -le dio el primer beso en la mejilla.
    – Y tú eres adorable, igual que tu madre -él la estrechó en sus brazos, como si hubiera esperado ese momento toda su vida.
    Meg apartó la mirada, asqueada al ver que, por conseguir lo que quería, era capaz de manipular las emociones más profundas y tiernas de una niña.
    Nunca le perdonaría eso. Nunca.

Capítulo 2

    – ¿Dónde está tu coche, mayah labof? -preguntó Kon, repitiendo calculadamente aquella expresión cariñosa que todavía tenía el poder de emocionar a Meg, aunque esta luchara por evitarlo-. Anna y yo estamos listos.
    Meg estuvo a punto de gritarle que, ya que las había seguido hasta el teatro, sin duda sabía perfectamente dónde tenía aparcado el coche. Pero cuando vio lo felices que parecían padre e hija, se sintió incapaz de decir nada.
    Anna deseaba un padre desde que vio a su mejor amiga, Melanie, con el suyo. Eso siempre la hacía sentirse abandonada. Pero en los últimos minutos había forjado unos vínculos que ningún poder en la Tierra podría romper.
    Cualquiera de las personas que salían del teatro podría ver que eran padre e hija. La gente podría cuestionarse, en todo caso, qué relación tenía ella con aquella niña morena. El pelo rubio ceniza de Meg, que le llegaba a los hombros, y sus ojos grises, sugerían un origen distinto. Otra ironía que Meg se vio forzada a admitir. Se puso el abrigo para protegerse de la tarde helada de invierno y se encaminó al coche, que estaba aparcado en una calle cercana, a la vuelta de la esquina.
    Caminó a unos pasos de Kon para evitar cualquier contacto con él. Se sintió aliviada cuando él se sentó en el asiento trasero junto a Anna.
    Quizás Kon pensara que tenía el control de la situación, sobre todo porque Anna, agarrada a él, no dejaba de hacerle preguntas. Pero, en cuanto llegaran a casa, estarían en territorio de Meg y ella impondría las normas. Cenarían enseguida, decidió, y, tan pronto como Anna acabara de comer, la mandaría a la cama.
    Con la niña acostada, podría enfrentarse a Kon y echarlo, antes de que Anna se levantara. En cuanto tuviera oportunidad, llamaría al abogado que la había ayudado a arreglar los asuntos de su padre y de su tía y conseguiría una orden judicial para mantener a Kon alejado de Anna.
    No estando casados y no siendo él ciudadano estadounidense, Meg se preguntó qué derechos tendría sobre su hija. Seguramente, cuando su abogado supiera la verdad sobre el pasado de Kon en el KGB, haría todo lo posible por evitar que Anna estuviera a solas con él y, por supuesto, para impedir que se la llevara del país. Meg deseó que su tío Lloyd viviera aún. Trabajaba en los servicios de inteligencia naval y habría podido aconsejarla sobre la mejor forma de proceder.
    Meg no tenía ni idea de hasta dónde había llegado Kon en el KGB, pero no podía creer que hubiera renunciado a un sistema que había dirigido toda su vida.
    Evidentemente, cuando sus tácticas no consiguieron hacer que se casara con él, Kon había trazado otro plan. Había decidido ir tras Anna. Pero había esperado hasta que la niña fuera lo bastante mayor para dejarse engatusar por sus maquinaciones y encantos.
    Tal vez quería de verdad tener una relación con su hija, pero Meg sabía cuánto amaba él a su país y cuan profundamente estaba comprometido con la administración rusa. Naturalmente, querría que Anna sintiera de la misma forma, y eso significaba que se la llevaría a Rusia con él.
    – ¿Dónde están los perros, papá?
    – En la casa que os he comprado a tu madre y a ti.
    – ¡Eh, mami! -gritó Anna alegremente, dando palmas-. ¡Papá tiene una casa para nosotras! ¿Dónde está, papi? ¿Podemos ir a verla ahora mismo?
    – Creo que tu madre tiene otros planes para esta noche -contestó él.
    Meg se mordió la lengua para no decir nada y casi chocó contra una furgoneta aparcada junto a la rampa del garaje de su bloque de apartamentos. Deliberadamente, Kon sacaba temas que encantaban a una niña deseosa del amor y la atención de un padre. Si se enfrentaba a él delante de Anna, solo conseguiría herirla y ponerla de parte de Kon.
    Pero, cuando Anna se levantara a la mañana siguiente, descubriría que su padre había desaparecido para siempre de sus vidas. Meg no descansaría hasta tener una orden judicial contra él. Una vez en el apartamento, inventaría cualquier excusa para ir a casa de alguno de los vecinos y telefonear a Ben Avery en privado. ¡No le importaba si Avery y el juez tenían que estar despiertos toda la noche!
    En cuanto Meg aparcó en su plaza de garaje y apagó el motor, Anna saltó del coche, sin mirar siquiera a su madre.
    – Ven, papi. Quiero que veas mi acuaro -no podía pronunciar la i-. Puedes darles de comer a mis peces, si quieres.
    – Me encantaría, pero primero tenemos que ayudar a mamá.
    Meg le oyó decir eso en voz baja, antes de que él le abriera la puerta del coche. No le sorprendió su solicitud. Kon no hacía nada sin un motivo y Meg sospechaba que no quería perderla de vista ni un momento.
    Evitando mirarlo, salió del coche y se desasió de la mano que le había agarrado el codo. Caminó delante de ellos con las piernas temblorosas, dirigiéndose a la puerta del moderno bloque de apartamentos de tres plantas.
    Anna sujetaba con una mano su libro y con la otra iba agarrada de su padre. Estaba impaciente por enseñarle su mundo.
    – ¡Melanie vive aquí! -exclamó cuando pasaron junto a una puerta en el segundo piso.
    – ¿Es tu amiga?
    – Sí, mi mejor amiga. Pero a veces nos peleamos. Ya sabes… -Anna se acercó a él, en actitud confidencial-, dice que yo no tengo padre.
    – Entonces tendrás que presentarnos y le demostraremos que se equivoca.
    Anna caminaba dando saltitos junto a su padre, con la cara iluminada por la alegría.
    – Dice que mi madre es una gofa -aquello era nuevo para Meg, que sintió que su vida se hacía añicos, tan rápidamente que no sabía por dónde empezar a reunir las piezas-. ¿Qué es una gofa, papá?
    Él aminoró el paso y volvió a tomar a Anna en sus brazos.
    – Voy a decirte algo muy importante. Cuando un hombre y una mujer están enamorados, se casan y se aman. Por eso naciste tú, y los dos te queremos más que a nuestras vidas.
    – Pero mamá y tú no estáis casados.
    – Porque vivíamos en países distintos y eso lo complicaba todo. Pero ahora que yo estoy aquí, nos casaremos y viviremos felices para siempre.
    Meg se quedó sin aliento.
    – ¿Podéis casaros mañana?
    Kon se rio por lo bajo.
    – ¿Qué tal la semana que viene, en mi casa? Primero tendremos que ayudar a tu mamá a empaquetarlo todo y a vaciar el apartamento.
    Angustiada por hacer una escena que podía traumatizar a Anna y despertar aún más la curiosidad de los vecinos, muchos de los cuales volvían a casa tras las compras de Navidad y ya se habían fijado en que Kon llevaba en brazos a Anna, Meg atravesó prácticamente corriendo el descansillo hacia el apartamento. De la puerta colgaba una guirnalda de Navidad atada con cinta roja, pero apenas reparó en ello.
    Le temblaban las manos cuando metió la llave en la cerradura. El hechizo que Kon ejercía sobre su hija la llenaba de miedo e indignación. Él había aprendido sus técnicas de seducción en sus años de servicio en el KGB. Había aprendido a considerar los sentimientos humanos como algo de usar y tirar.
    – Llévame a mi habitación, papá. Mi acuaro está allí -dijo Anna, señalando el camino, mientras él la llevaba en brazos por el pequeño y humilde saloncito que Meg había limpiado esa misma mañana.
    En un rincón había un árbol de Navidad con las lujes apagadas. Era un pino escocés ligeramente ladeado, pero Meg no podía permitirse nada mejor. Sin embargo, las bolas plateadas y doradas entre las bombillas de colores suaves hicieron un efecto alegre cuando Anna apretó el interruptor para que Kon lo viera.
    Meg cerró la puerta de entrada e hizo caso omiso de la mirada de triunfo que él le lanzó. Tan pronto como desaparecieron por el pasillo, se desabotonó el abrigo y lo dejó sobre una silla, dándose cuenta de que ese sería el único momento en que estaría libre para hablar con el abogado.
    La señora Rosen, una viuda que vivía al otro lado del descansillo, era una violinista jubilada. A esa hora estaba en casa, dando clases de violín. Anna, que era su alumna más pequeña, había progresado mucho durante el año anterior. Pero el talento musical de Anna era lo último que Meg tenía en mente cuando salió del apartamento, rezando para que la anciana estuviera en casa. Mientras usaba el teléfono, le pediría que vigilara la puerta, por si acaso Kon aprovechaba ese momento para escapar…
    – ¿Señora Roberts?
    Meg se sobresaltó al encontrarse en el descansillo a una mujer y un hombre vestidos con ropa deportiva y parcas. Estaban de pie frente a ella, impidiéndole el paso.
    Recordó la furgoneta aparcada junto a la entrada del garaje y sintió una punzada de impotencia.
    Naturalmente, Kon no había actuado sin cómplices. ¿Más agentes del KGB? Desde la caída del comunismo, se los llamaba oficialmente MB y Meg sabía que, a pesar del caos que reinaba en Rusia, todavía eran peligrosos. Tal vez algunas de sus redes seguían operando en Estados Unidos en misiones de contraespionaje.
    Como si le hubieran leído el pensamiento, ambos sacaron sus identificaciones del bolsillo.
    CIA. Meg se tambaleó y la mujer, morena y corpulenta, la sujetó del brazo.
    – Sabemos que la aparición del señor Rudenko ha sido un choque para usted, señora Roberts. Queremos hablarle de ello. En su casa.
    Furiosa, Meg apartó el brazo.
    – ¿Creen que voy a tragarme que son de la CIA? -siseó-. Sé cómo trabaja el MB. ¡Igual que el KGB! Pueden hacerse pasar por lo que quieran y vender a su familia si es necesario.
    El hombre, que llevaba gafas de concha y aparentaba unos cincuenta años, mostró una sonrisa paternal.
    – Por favor, colabore, señora Roberts. Lo que tenemos que decirle despejará todas sus dudas -dijo con una sinceridad exagerada que asqueó a Meg.
    – Y, por supuesto, si me niego, me harán entrar a punta de pistola. Pero como saben que nunca haría nada que asustara a mi hija, confían en que haré lo que me piden -se dio la vuelta y volvió a entrar en el apartamento, con los agentes tras ella.
    Justo en ese momento se abrió una puerta al fondo del corto pasillo y apareció la cara de Kon, sin duda para asegurarse de que Meg cooperaba. Como en los viejos tiempos.
    Meg oyó de fondo sonido de agua corriente y supuso que Kon se había ofrecido a bañar a Anna para mantenerla distraída. Lo miró directamente a los ojos azules.
    – Me pones enferma -siseó-. ¡Todos vosotros! Y -señaló a Kon-, por lo que a mí respecta, si has abandonado tu país, es que no eres más que un traidor. ¿Por qué no dejáis en paz a las personas inocentes? Idos a algún lugar deshabitado del mundo donde jugar vuestros absurdos juegos de guerra. Si lucháis los unos contra los otros, con un poco de suerte no quedará ninguno vivo.
    Con una indiferencia que la dejó perpleja, Kon se quitó la corbata y la chaqueta y, sin dejar de mirarla, las dejó encima de su abrigo, mostrando al hacerlo sus musculosos brazos y sus anchos hombros. Se comportaba como si aquella fuera una situación normal, un día cualquiera en su propia casa.
    – Anna saldrá del baño dentro de unos minutos y luego quiere que cenemos juntos. Se asustará si te oye gritar como una verdulera, en lugar de mostrarte cordial con Walt y Lacey Bowman, tus compañeros de trabajo del concesionario. ¿Es eso lo que quieres? ¿O prefieres que le diga que tienes que irte a la oficina por una emergencia? Tengo la llave de un apartamento vacío del piso de abajo. Tú decides dónde quieres que tenga lugar esta conversación.
    – ¿Mami? ¿Papi? -Anna irrumpió en la habitación inesperadamente, en pijama y con los rizos revueltos. Cuando vio a los desconocidos, se borró su sonrisa y se fue corriendo hacia su madre, para alivio de Meg, que la tomó en brazos y la apretó contra sí. Si estaba en su mano, no volvería a dejar a Anna sola.
    – Cariño -Meg intentó que no le temblara la voz-, estos son los Bowman. Trabajan en el departamento de ventas de Strong Motors por las tardes -improvisó, ya que no le dejaban otra opción-. Nunca los habías visto antes.
    La mujer sonrió.
    – Es verdad, Anna. Pero Walt y yo hemos oído hablar mucho de ti.
    – Eres una niña muy guapa -terció el hombre-. Te pareces mucho a tu papá y a tu mamá.
    – Papá se parece al príncipe Marzipán.
    La mujer asintió.
    – Me han dicho que hoy has ido a ver Cascanueces. Es mi ballet favorito. ¿Te ha gustado?
    – Sí. Sobre todo, el Príncipe.
    A Kon pareció humedecérsele la mirada al contemplar a su hija. Meg apartó la vista, asombrada otra vez por su increíble talento para la actuación.
    – Tenemos que hablar con tu madre un momento -añadió el hombre-. ¿Va todo bien?
    – Sí. Papá y yo vamos a preparar la cena. Vamos a hacer macarrones. Papá dice que en Rusia no hay macarrones.
    – Sí, Anochka -rio Kon-. Me muero de ganas por probarlos. Ven conmigo.
    En un abrir y cerrar de ojos, quitó a Anna de los brazos de Meg y se la llevó a la cocina, donde no podría oírlos, dejando a Meg a solas con los dos agentes. Probablemente, ella nunca llegaría a saber quiénes eran o para quién trabajaban realmente.
    La mujer aventuró una sonrisa.
    – ¿Le importa que nos sentemos?
    Meg apretó los puños.
    – Sí, me importa. Digan lo que tengan que decir y márchense.
    Su voz sonó chillona. Estaba exteriorizando el miedo y la frustración que había sentido cuando Kon las abordó en el teatro. Se encontraba al borde de la histeria, a punto de gritar, a pesar de Anna.
    Los tres permanecieron en pie. El hombre habló primero.
    – El señor Rudenko desertó hace más de cinco años, señora Roberts.
    Meg sacudió la cabeza y lanzó una risa sarcástica.
    – Los agentes del KGB no desertan.
    – Él lo hizo.
    – ¡Aunque así fuera, solo sería un pretexto para raptar a Anna y llevársela consigo a Rusia!
    – No -intervino la mujer-. En octubre se convirtió en ciudadano estadounidense. Después de revelarnos ciertos secretos para conseguir el asilo político, nunca podrá volver.
    – ¿Por qué tengo que creerlos? -estalló Meg, sin poder dominarse-. Nuestro gobierno ya no necesita hacer tratos con desertores rusos para obtener información. Y ahora, quiero que salgan de aquí. ¡Que salgan de mi vida y de la de Anna!
    – Hacemos tratos cuando se trata de un oficial de alto rango del KGB -insistió el hombre-. El señor Rudenko pertenecía a una pequeña élite y podía aclararnos algunos temas muy importantes, proporcionarnos información valiosa sobre los secuestros de ciudadanos estadounidenses dentro y fuera de la Unión Soviética.
    La mujer asintió.
    – Él nunca aprobó esas tácticas del viejo régimen ni su crueldad con los rusos y los no rusos. Esa es una de las razonas por las que desertó.
    A regañadientes, Meg tuvo que admitir que tenían razón en una cosa: si Kon no hubiera intervenido, quizás ella todavía estaría en aquella prisión moscovita.
    – La información que nos ha dado ha solucionado cuestiones que nuestro gobierno pensaba que no podrían aclararse -prosiguió la mujer-. En algunos casos, los datos que poseía el señor Rudenko han aliviado el sufrimiento de familias que no sabían dónde estaban sus seres queridos.
    – El señor Rudenko le ha hecho un gran servicio a nuestro país y ha causado un grave perjuicio al suyo -añadió el hombre con voz firme-. ¿Recuerda esa noticia, hace unos años, sobre un piloto de las fuerzas aéreas desaparecido, el hijo de una anciana de Nebraska? Su avión desapareció en Rusia hace más de quince años.
    Meg recordaba aquella terrible historia, que había centrado la atención de los medios en su momento. Todavía oía los sollozos de alivio y sufrimiento de la mujer: alivio porque el Pentágono había conseguido por fin una prueba concluyente de que su hijo estaba muerto. Recordaba que la anciana había dicho que ya podía descansar en paz.
    – Eso fue gracias al señor Rudenko, que nos proporcionó información detallada sobre el encarcelamiento del piloto en una prisión de Lubliana y sobre su fallecimiento posterior.
    Meg los miró con los ojos entornados. Sencillamente, no confiaba en nada que tuviera que ver con Kon, quien nunca hacía las cosas sin un motivo. Sabía que todas sus acciones, aparentemente generosas, como comprar el libro de El cascanueces y meterlo en su maleta, tenían un propósito oculto.
    – Aunque eso sea verdad -dijo-, no cambia nada. Es un poco raro que haya desertado hace cinco años y haya esperado hasta hoy para presentarse y decir que quiere a su hija -su cara se crispó de dolor-. Por lo que a mí respecta -continuó, elevando la voz-, todo esto es una mentira de la que ustedes forman parte. Me importa un bledo para quién trabajen. Eso no tiene nada que ver conmigo. Ahora, ¡salgan de mi casa y no vuelvan nunca!
    – Debido a su deserción, el señor Rudenko tuvo que ocultarse y asumir una nueva identidad -explicó la mujer con calma, sin dar importancia al estallido de Meg-. Por miedo a ponerlas en peligro a su hija y a usted, ha tenido que vivir oculto los últimos cinco años, evitando cualquier contacto hasta…
    – Hasta que nos ha atrapado en un lugar público donde yo no podía asustar a mi hija, que es lo bastante mayor para dejarse engatusar por las atenciones de un padre al que ha echado mucho en falta -replicó Meg con amargura.
    El hombre negó con la cabeza.
    – Hasta que pasara el peligro y él se hubiera adaptado del todo a su nueva vida -el hombre hizo una pausa-. Eso es exactamente lo que ha hecho el señor Rudenko. Ha escrito varios libros sobre Rusia, incluyendo uno sobre el KGB y sus métodos, que saldrá esta primavera y que se espera que sea un éxito. Así que le va bien económicamente y podrá mantenerlas a Anna y a usted.
    – No quiero oír nada más. Márchense. ¡Ahora!
    – Cuando se calme y empiece a hacerse preguntas, telefonee a la oficina del senador Strickland y él le contará todo lo que quiera saber.
    ¿El senador Strickland? Meg recordó la cara del anciano senador de Missouri, un político cuya integridad nunca había sido puesta en duda, al menos que ella supiera. Lo que no significaba gran cosa. Probablemente, también él estaría comprado.
    – Quizá usted no sepa que forma parte del Comité de Relaciones Exteriores del Senado y que colabora con nosotros desde 1988. Conoce su historia y la de su hija. Podemos asegurarle que es su amigo y que simpatiza con su situación. Espera tener noticias suyas muy pronto.
    Meg palideció. Si por la más remota casualidad, estaban diciendo la verdad, no solo el KGB y la CIA, sino también un senador conocía los detalles más íntimos de su vida privada. La idea le pareció tan espantosa que se quedó muda.
    La mujer se quedó mirándola.
    – Señora Roberts, su miedo y su desconfianza son absolutamente comprensibles. Por eso el señor Rudenko nos pidió que habláramos con usted. Para convencerla de que es ciudadano de Estados Unidos y desea tener una relación con su hija.
    – Ya han hablado conmigo -masculló Meg-. Consideren cumplida su misión.
    Se acercó a la puerta en un par de zancadas y la abrió, ansiosa por librarse de la pareja y desesperada por acostar a Anna antes de que Kon influyera más en ella. Pero la jovial charla de Anna y la risa de su padre, que llegaban desde la cocina, frustraron su determinación de poner fin cuanto antes a aquella situación.
    Esperó hasta que dejó de oír a los agentes y luego abrió despacio la puerta y cruzó el descansillo para llamar al timbre de la señora Rosen. Rezaba para que Kon no eligiera precisamente ese momento para echar un vistazo.
    No obtuvo respuesta y se asustó. Pensó en llamar a casa de los Garrett, al fondo del pasillo, pero no se atrevía a perder de vista su apartamento. Además, el llanto de su hija la dejó paralizada.
    A través de la puerta cerrada, oyó que Anna preguntaba a Kon si «esa gente» se había llevado a su mamá al trabajo. Sin esperar a oír la respuesta, entró en el apartamento con la única idea de consolar a su hija.
    – ¡Mami! -gritó Anna cuando la vio. Corrió hacia ella y su enfado pareció desvanecerse-. ¿Dónde estabas? ¡La cena está preparada!
    – Creo que tu madre estaba despidiendo a los Bowman en el ascensor. ¿No es así? -Kon le proporcionó una excusa plausible, antes de que Meg tuviera tiempo para pensar.
    La expresión triunfante de sus profundos ojos azules parecía decir que sabía exactamente qué intentaba, pero que nunca se libraría de él y que era mejor que aceptara cuanto antes su destino.
    – Vamos, mami. Tenemos hambre.
    Anna tiró de la mano de Meg, obligándola a apartar la vista de Kon. Él las siguió hasta la cocina. Meg tendría que posponer su plan de llamar a su abogado hasta después de la cena.
    Con intención o sin ella, Kon le tocó el hombro cuando le ofreció una silla para que se sentara. Ella renegó del escalofrío que le sacudió el cuerpo cuando sintió su contacto, temerosa de que él lo notara. Pero vio con alivio que Kon estaba pendiente de Anna. La ayudó a sentarse en la pequeña mesa de la cocina, sobre la cual había un plato de macarrones con queso y brécol y un vaso de leche para cada uno.
    – Hay que bendecir la mesa -dijo Anna, cuando su padre se sentó a su lado-. ¿Lo haces tú, papá? Por favor…
    – Será un placer -murmuró él con voz profunda, agarrando la pequeña mano de su hija.
    Meg olvidó cerrar los ojos y contempló sus cabezas morenas agachadas mientras Kon pronunciaba una oración en ruso. Una bonita oración en la que le agradecía a Dios que hubiera protegido las vidas de la mujer y la hija a las que amaba, y le daba las gracias por haberlos reunido al fin y por proveer comida cuando tanta gente en Rusia y el resto del mundo pasaba hambre. Y, finalmente, por que fueran a pasar su primera Navidad juntos. Amén.
    – ¿Qué has dicho, papi? -preguntó Anna, pinchando unos macarrones con su tenedor.
    Él levantó la cabeza y miró a su hija.
    – Le he dicho a Dios lo feliz que soy por estar por fin con tu madre y contigo.
    Con la boca llena de macarrones, Anna dijo:
    – Melanie dice que es estúpido creer en Dios. Ya verás cuando le diga que Dios te ha dejado venir a América para estar con mamá y conmigo… Te quiero, papi.
    Las palabras de Anna, su dulce sonrisa manchada de salsa de queso y la emoción elocuente que empañaba la mirada de Kon eran demasiado para Meg. Le resultaba difícil mantener la rabia que había sentido cuando se sentaron a comer.
    La inesperada devoción de Kon había sonado sorprendentemente sincera. Por un instante, Meg estuvo a punto de olvidarse de que todo lo que él hacía formaba parte de una farsa. Una farsa que, con el transcurso de los años, había llegado a ser como su segunda naturaleza.
    ¿Era posible que tuviera convicciones religiosas que se había visto obligado a ocultar hasta ese momento? ¿O eso también era fingido? Meg no lo sabía.
    Él la miró.
    – ¿Están buenos los macarrones? -preguntó, tranquilamente-. Anna me ha ayudado a hacerlos. Nuestra pequeña es una buena cocinera.
    – Y está muy cansada -replicó Meg sin contestar a su pregunta. Evitó su mirada y apartó un rizo de las mejillas encendidas de su hija-. Creo que vamos a saltarnos el postre y que nos iremos directamente a la cama. Hoy has tenido un gran día, cariño.
    Para sorpresa de Meg, que esperaba una discusión, Anna asintió.
    – Papá me ha dicho que tengo que irme pronto a la cama y dormir bien para estar lista para el viaje de mañana.
    ¿Viaje? ¿Qué viaje? ¡Oh, cielos!
    El corazón de Meg comenzó a bombear oleadas de adrenalina. Lanzó una mirada salvaje a Kon. Él, que acababa de beberse la leche, la miró por encima del borde del vaso y registró su miedo con una tranquilidad que enfureció a Meg hasta ponerla al borde de la violencia.
    – Como mañana es domingo, será una oportunidad perfecta para que Anna y tú veáis dónde vivo. Está a dos horas en coche de aquí.
    Meg respiró hondo y se levantó de la mesa como una autómata. No estaba dispuesta a permitir que siguiera hostigándola. Se volvió hacia Anna y dijo:
    – Si has terminado, corre a cepillarte los dientes.
    – Pero quiero que papá me ayude. Me ha prometido llevarme a la cama. Me va a enseñar a leer en ruso mi libro de El cascanueces y yo voy a leerle mis cuentos.
    – Entonces, yo fregaré los platos -dijo Meg, intentando mantener un tono de voz normal. No quería darle a Kon la satisfacción de saber que, su inesperada aparición, la había sacado de sus casillas.
    Sin hacer caso de la mirada curiosa de Kon, besó a Anna en la frente y empezó a recoger la mesa. Como si nada la preocupara, se puso a cargar el lavaplatos mientras ellos se levantaban de la mesa y se marchaban de la cocina.
    Para cuando Meg acabó de limpiar la encimera y de regar la flor de pascua que su jefe le había regalado, el apartamento se había quedado en silencio. Se quitó los zapatos de tacón, apagó la luz de la cocina y cruzó sigilosamente el vestíbulo y el saloncito.
    Le llegó la voz entrecortada de Anna, que leía uno de sus cuentos. A veces, Kon la interrumpía para enseñarle el equivalente ruso de alguna palabra. Parecía divertirlo el acento de la niña y le enseñaba más palabras, riéndose a carcajadas por los esfuerzos que hacía Anna. Pero, sobre todo, la elogiaba y la llamaba «mi querida Anochka». Por fin, las voces dejaron de oírse.
    Meg se estremeció al recordar el tiempo en que, tumbada entre sus brazos, no se cansaba de su amor ni quería que dejara de llamarla «amor mío». Todo aquello había sido una mentira, pero el dolor de su traición era más real que nunca.
    Entró de puntillas en la habitación de Anna y, pasando junto al acuario, se acercó a la cama. Kon estaba tumbado sobre el edredón, con los ojos cerrados. Había pasado un brazo alrededor de Anna. La niña se había dormido apoyada en su hombro, abrazada a su osito Winnie. Sobre la cama había varios libros dispersos, entre ellos El cascanueces.
    La luz de la lámpara de lectura sujeta al cabecero blanco subrayaba los rasgos de Kon, que, en reposo, parecían labrados a cincel. Tenía algunas arrugas en torno a los ojos y a la boca. Meg se aproximó para observarlo más de cerca.
    Parecía cansado, pensó, y luego se reprendió a sí misma por sentir compasión y por notar los más pequeños cambios físicos que se habían producido en él desde la última vez que estuvieron juntos. Cambios que lo hacían más atractivo que nunca. No podía permitirse a sí misma responder a su atractivo, ni flaquear en ningún sentido.
    Porque él planeaba robarle a Anna.
    No podía olvidarlo ni por un instante. Como estaba dormido, era el momento perfecto para alertar a Ben Avery. El abogado podría empezar los procedimientos legales para echarlo del apartamento. Aunque Anna se enfadara, Meg necesitaba hacerlo y necesitaba hacerlo inmediatamente. Bajo ningún concepto le permitiría dar un paso fuera de casa con su hija.
    Volvió con sigilo a la cocina y levantó el teléfono para llamar al abogado.
    De pronto, oyó que algo se movía tras ella y se asustó. Al girarse, vio a Kon frente a ella, de pie entre la cocina y el salón, muy cerca.
    ¡No se había dormido!
    Estuvo a punto de estallar, cuando se dio cuenta de que él la había estado observando todo el tiempo en la habitación de Anna. Sin duda, habría percibido las emociones contradictorias de Meg cuando se acercó a la cama para estudiarlo más de cerca. La idea la puso furiosa.
    Tal vez para Anna fuera el príncipe Marzipán, pero para Meg era el mismo demonio, aunque un demonio terriblemente guapo y melancólico. El leve resplandor del árbol de Navidad enfatizaba sus rasgos.
    – Quienquiera que sea a quien estás llamando para que me eche de aquí, tendrá que matarme primero. He venido para estar con mi hija. Pero tú eres la madre y tienes la última palabra -su voz pareció apagarse.
    Como en un trance, Meg colgó el aparato y lo miró, llena de miedo y tristeza.
    – Te has presentado delante de Anna esta tarde como un hecho consumado -dijo con voz entrecortada y lágrimas en los ojos-. ¿Cómo has podido ser tan… imprudente, tan insensible? Lo que le has dicho a Anna ha cambiado nuestras vidas para siempre.
    – Eso espero -murmuró él.
    Meg apretó los puños.
    – ¡No dejaré que te la lleves a Rusia! -gritó-. Haré lo que sea para impedirlo. Lo que sea -advirtió por segunda vez.
    – Era previsible que pensaras eso, pero no tengo intención de secuestrarla. Nuestra hija me despreciaría para siempre si la apartara de ti. Y eso no es lo que quiero que sienta por mí mi única hija. Además, mucho me temo que Konstantino Rudenko es persona non grata en la antigua Unión Soviética. Si pudiera ver los bosques de Rusia una vez más… -murmuró con voz tenue-, sería mi última voluntad como hombre libre -esbozó una sonrisa amarga-. No tengo intención de privar a mi hija de su padre. No cuando he pasado solo los últimos seis años, haciendo preparativos para que podamos vivir juntos el resto de nuestras vidas, Meggie.

Capítulo 3

    Meggie. Así la llamó él la primera vez que la besó… De pronto, Meg volvió a ser aquella ingenua muchacha de veintitrés años sentada en el asiento delantero del Mercedes negro en el que Kon la llevó, del aeropuerto de Moscú al hotel de San Petersburgo, donde habría de vivir durante los siguientes cuatro meses.
    Amaba a Konstantino Rudenko desde mucho antes de viajar a Rusia por segunda vez. Lo comprendió en cuanto volvió a verlo. Aquel sobrio y atractivo agente del KGB debía vigilarla y acompañarla en sus desplazamientos a la escuela. Sus sentimientos hacía él habían ido creciendo desde que la rescató de la prisión en su primer viaje y le regaló aquel precioso libro.
    Al igual que entonces, su palabra era ley y todo el mundo saltaba a su más mínima orden. Habló con todos los agentes y le facilitó el caminó a Meg, haciéndola sentirse segura y protegida más que vigilada. Para alegría suya, Meg se enteró de que parte de la labor de Kon era telefonearla a su habitación cada noche, entre las tres y las cuatro de la madrugada, para asegurarse de que no había escapado del hotel.
    Meg se moría de impaciencia por que empezaran aquellas llamadas nocturnas. Pero pronto descubrió que tenía una compañera de cuarto, la señora Procter, una mujer de mediana edad que había hecho un master en Lengua Rusa en la Universidad de Illinois. A Meg le fastidió, porque su compañera podría escuchar sus conversaciones telefónicas con el señor Rudenko.
    Éste, al igual que el agente asignado a la vigilancia de la señora Procter, la llamaría, le preguntaría muy educadamente si todo iba bien y luego colgaría. Pero Meg no podía permitir que las llamadas acabaran ahí y, las primeras noches, trató de entablar conversación preguntándole sobre la documentación de sus alumnos o sobre cualquier cosa que se le ocurría para prolongar la charla.
    Al cabo de unos pocos días, consiguió mantenerlo al teléfono unos quince o veinte minutos, a veces deslizando la conversación hacia lo personal. Así supo que se llamaba Konstantino. Sin embargo, Meg quería mucho más de Kon, como secretamente comenzó a llamarlo, más que una llamada nocturna. Pero para eso necesitaba una intimidad que la presencia de la señora Procter hacía imposible.
    Ésta, escandalizada por la conducta de Meg, le expresó su desaprobación sobre lo que llamó su «carácter promiscuo». Meg se dio cuenta muy pronto de que no podía esperar nada más de aquella desabrida mujer.
    Sobre todo, Meg no podía soportar que Kon se marchara cada tarde después de dejarla en el hotel, sin quedarse nunca a charlar unos minutos.
    Al final de la segunda semana, ansiaba su compañía hasta el punto de que empezó a trazar planes para pasar más tiempo con él. Ese viernes, cuando Kon aparcó delante del hotel, Meg no salió inmediatamente del coche.
    Con un nudo en la garganta, se volvió hacia él y miró su pelo ligeramente largo y sus ojos de un azul celeste, unos ojos que nunca revelaban sus pensamientos o sus emociones íntimas.
    – Si no le importa, ha… hay algo que necesito discutir con usted. Como los del hotel se enfadan si llego tarde a cenar, esperaba que me acompañara. O, mejor aún -añadió con voz apenas audible-, confiaba en que pudiera llevarme a un restaurante donde podamos hablar en privado. Solo he comido en el hotel y tengo ganas de ver algo más de la ciudad.
    Él frunció el ceño.
    – ¿Cuál es el problema? -preguntó con tono preocupado, lo que a ella le infundió ánimos.
    – Es… es sobre mi habitación.
    – ¿No es lo bastante buena?
    – No, no es eso. Tal vez sea porque nunca he tenido que compartir mi cuarto, pero me temo que la señora Procter y yo no nos llevamos muy bien. Tenemos edades diferentes y… me preguntaba si puedo tener una habitación para mí sola. No me importa si es pequeña y estaré encantada de pagar más. Solo quiero un poco de intimidad.
    «Y la oportunidad de hablar contigo toda la noche, si me dejas», pensó.
    Él levantó la cabeza y la observó con expresión seria. Meg habría dado cualquier cosa por saber qué pensaba.
    – Venga -dijo él, inesperadamente-. Vamos dentro. Mientras cena, veré qué puedo hacer.
    A Meg le dio un vuelco el corazón. Al menos, no había dicho que no. Encantada con semejante progreso, se apresuró a salir del coche y entró en el hotel delante de Kon. Mientras él se acercaba a hablar con el recepcionista, ella subió corriendo a su habitación en el segundo piso para arreglarse.
    Estaba tan nerviosa que temblaba. Se pintó los labios y se roció ligeramente con un perfume francés. Luego se puso un vestido de seda de color café, elegante y sobrio. Se cepilló el pelo rubio ceniza, que le caía sobre los hombros, y rezó para que él la encontrara lo bastante guapa como para acompañarla a cenar. Su primera cita…
    Pero se le cayó el alma a los pies cuando bajó al vestíbulo y se encontró con el recepcionista, que la informó de que tenía una nueva habitación en el tercer piso y de que podía trasladar sus efectos personales después de la cena.
    Aunque agradecida por la ayuda de Kon, no pudo ocultar su decepción. Él se había marchado sin siquiera decirle adiós. Perdió el interés por la cena y volvió a subir las escaleras, dando la espalda a la señora Procter, que estaba sentada en una de las mesas del comedor hablando con otra profesora inglesa. Sin duda, la estaban criticando.
    Aliviada por verse libre de aquella mujer, Meg mudó todas sus cosas antes de que la señora Procter se enterara de lo que había pasado y le hiciera un montón de preguntas incómodas.
    El interior del moderno y desaseado hotel era gris y anodino, pero su nueva habitación era considerablemente más amplia que la anterior. Tenía un escritorio grande con una lámpara, donde Meg podría trabajar. Una vez más, se sintió conmovida por la consideración de Kon. Apenas podía esperar a que él la llamara esa noche para agradecérselo.
    Entonces alguien llamó a la puerta y Meg pensó que sería algún empleado del hotel. Pero, antes de que pudiera alcanzar la puerta, ésta se abrió.
    Meg dio un respingo cuando vio a Kon frente a ella. Él nunca había subido antes a su habitación. Se le aceleró el corazón. Sus miradas se encontraron y Meg percibió una vacilación en los ojos de Kon, que la miraba de arriba abajo, haciéndola estremecerse.
    Se dio cuenta de que ella no le era indiferente. Pudo verlo, sentirlo.
    – ¿Servirá la habitación? -preguntó él, con voz grave.
    Meg tuvo dificultad para encontrar las palabras.
    – Sí -logró decir-. Es perfecta. Gracias.
    Él la miró con los párpados entrecerrados.
    – Hay una discoteca no lejos de aquí donde podernos tomar una copa. Así podrá ver algo de la vida nocturna. Puedo concederle una hora, si quiere.
    A ella casi no le salieron las palabras.
    – Sí.
    – Las noches son muy frías. Lleve algo de abrigo.
    Casi sin aliento, por las emociones que campaban en su interior, Meg se fue hacia el armario para sacar una gabardina.
    – La espero en el coche.
    Ella se giró a tiempo para verlo desaparecer bajo la luz desvaída del pasillo. Una discoteca significaba que habría baile. El deseo de tocarlo, de que él la abrazara, creció hasta hacerse casi doloroso.
    Meg bajó casi volando los dos tramos de escaleras y atravesó a toda prisa el vestíbulo, no queriendo perder ni un solo minuto. Cuando salió, sus ojos lo buscaron ansiosamente.
    Él estaba de pie junto al coche, con las manos meadas en los bolsillos del abrigo. Era evidente que había estado vigilando la entrada, pues, tan pronto como la vio, abrió la puerta del automóvil.
    Sin decir una palabra, puso en marcha el motor y se metieron en el tranquilo tráfico nocturno, flanqueados por bicicletas y tranvías. A Meg le encantaba San Petersburgo, llamada «la Venecia del Norte» por sus canales y puentes. Quizá la ciudad le pareció tan hermosa aquella noche porque había estado soñando con el hombre sentado a su lado. Casi no podía creerse que fueran a salir juntos. Si por ella fuera, estarían juntos más de una hora. Mucho más…
    Él conocía muy bien la ciudad. Condujo por varias callejuelas, estrechas y tortuosas, antes de detenerse junto a algunos coches caros aparcados al lado de unos edificios antiguos. Rodeó el coche para abrirle la puerta a Meg, algo que siempre hacía. Pero esa vez hubo una sutil diferencia. Esa vez, Meg sintió su mano en la parte de atrás de su cintura mientras entraban en el local. Del edificio salía música de los años sesenta.
    Él esbozó una media sonrisa que transformó su austero rostro de agente del KGB en el del hombre increíblemente atractivo con el que ella soñaba.
    – ¿Sorprendida?
    – Usted sabía que me sorprendería -ella le devolvió la sonrisa, tan enamorada que se sintió tonta.
    – No somos tan pesados como la propaganda pretende hacerles creer.
    La ayudó a quitarse la gabardina, que le entregó a un empleado, y luego la llevó a través de un bar, muy recargado, hasta otra sala donde había algunas parejas bailando y una orquesta. A Meg, la música la hizo sentirse como si entrara en un club de Nueva York.
    Por el rabillo del ojo vio a Kon hacerle una seña al camarero. Éste se acercó y los condujo enseguida a una mesa libre. Kon le dijo algo en voz baja y el hombre se marchó.
    Kon le ofreció a Meg una silla y se sentó frente a ella. La contempló con mirada inquisitiva.
    – ¿Confía en mí lo bastante como para dejarme que pida algo que creo que le gustará?
    Ella lo miró con intensidad.
    – Gracias a usted pude salir de aquella horrible celda y volver a mi hogar a tiempo para enterrar a mi padre. Yo le confiaría a usted mi vida -dijo, con total sinceridad.
    Por una vez, las palabras de Meg parecieron traspasar el caparazón exterior del agente del KGB y penetrar en el verdadero hombre. Kon guardó silencio, con la mirada sombría.
    La banda comenzó a tocar una vieja canción de los Beatles.
    – Vamos a bailar -murmuró él.
    Meg estaba esperando que lo dijera. Lo siguió por la pista de baile con las piernas temblorosas. Deseaba tanto estar entre sus brazos que casi temía el momento en que él la tocaría y se daría cuenta del efecto que surtía sobre ella.
    Tal vez él sabía lo que sentía, porque la mantuvo a una distancia prudencial, sin aprovecharse en ningún momento de su proximidad, ni permitir que ella pensara que su cercanía lo turbaba.
    Al igual que muchos de sus compatriotas en la sala, era un magnífico bailarín. Después de tres bailes volvieron a la mesa, sobre la que Meg descubrió unos cócteles de champán y dos copas de sorbete de lima.
    – Qué combinación tan deliciosa -dijo, consciente de que la noche le parecía hechizada porque estaba enamorada de él.
    Estaba sedienta por el baile y se bebió rápidamente el cóctel. Luego lo miró, preguntándose por qué tenía una expresión tan seria. Ansiosa por animarlo, se acercó a él.
    – ¿Bailamos otra vez? -preguntó, confiando en que la pregunta no sonara a súplica.
    – No hay tiempo -contestó él con frialdad-. Le traeré el abrigo mientras acaba su helado.
    Meg no quería que la noche se terminara, pero no podía hacer nada. Él estaba de servicio. Suponía que era casi un milagro que se hubiera tomado una hora libre solo para complacer sus deseos.
    – ¿Nos vamos?
    Ella asintió y se levantó. Volvieron a pasar entre la multitud hasta alcanzar la salida. Esa vez, él no la tocó mientras caminaban hacia el coche. En realidad, había algo diferente en el modo en que la trataba. Parecía molesto. ¿Era porque había revelado algo del hombre que se ocultaba tras el disfraz de agente del KGB? Tal vez quisiera mostrarle a Meg que aquello solo había sido una debilidad momentánea y que no podía esperar que volviera a suceder.
    En el coche, de camino al hotel, Meg permaneció en silencio. Se limitó a mirar por la ventanilla, temiendo el momento en que él le diría buenas noches y se marcharía.
    Casi habían llegado cuando, de pronto, él tomó bruscamente un desvío que salía de la ciudad. Se alejaron de las calles iluminadas para adentrarse en la oscuridad.
    – Kon, ¿adonde vamos? Este no es el camino del hotel.
    Él no contestó y aceleró hasta que se internaron entre los árboles. Ella empezó a inquietarse.
    – Pensaba que tenías que volver a… lo que quiera que hagas.
    Él no le prestó atención y siguió conduciendo hasta que llegaron a un apartadero desierto. Salió de la carretera y detuvo el motor. El único sonido que llegaba a oídos de Meg era el fiero martilleo de su propio corazón.
    Miró afuera y vio los árboles que bordeaban la carretera y las estrellas que titilaban en el cielo. La belleza de la noche no le pasó desapercibida, pero no pudo concentrarse en ella. El hombre que iba a su lado se había convertido en un extraño enigmático y ella estaba a su merced.
    Cuando no pudo soportar más el silencio, se volvió a mirarlo. La luz tenue del tablero de mandos revelaba la mirada de sus ojos, en los que Meg vio un deseo inconfundible que le aceleró el corazón.
    – ¿Tienes miedo de mí?
    – No -respondió ella con voz trémula. Y era verdad.
    Él dejó escapar una suave queja.
    – Pues deberías. En los últimos seis años, te has convertido en una mujer excitante. Mis camaradas me envidian porque me reservé tu vigilancia.
    Ella se humedeció los labios.
    – Me alegro de que lo hicieras. Eso me evitó tener que buscarte.
    – Explícate.
    Meg bajó la cabeza y se miró las manos.
    – Nunca he olvidado lo amable que fuiste conmigo. Quería buscarte y agradecértelo. Y conocerte mejor.
    Él respiró hondo.
    – Tu sinceridad sigue siendo tan sorprendente como hace seis años.
    Ella lo miró.
    – Lo dices como si te molestara.
    – Al contrario. Me parece maravilloso. ¿Te sorprenderías si te digo cuánto deseo hacerte el amor? ¿Cuánto deseo besar cada milímetro de tu cara y de tu cuerpo, todo tu cuerpo?
    Ella se estremeció.
    – No -murmuró, mirándolo a los ojos-, porque yo he deseado lo mismo desde que tomé aquel avión en Moscú.
    Suspirando, él dijo:
    – Ven aquí -se acercó para tomarla en sus brazos-. Meggie.
    Susurró su nombre antes de besarla en la boca, con un ansia que disipó todas las dudas de Meg. Ella se abandonó, permitiendo que sus sensaciones la llevaran a dimensiones inexploradas de su deseo. Había anhelado tanto su cercanía, que temía estar soñando. Y no quería despertar.
    No supo cuánto tiempo pasó, ni se dio cuenta de que unos faros se aproximaban de frente, hasta que su luz iluminó el interior del coche.
    Rápidamente, Kon la apartó de sí. A Meg se le había borrado el carmín de los labios. Tenía la cara ardiendo y su cuerpo palpitaba.
    Cuando el otro coche pasó de largo, Kon puso en marcha el motor y volvió a la carretera, maniobrando con la misma precisión con que lo hacía todo.
    – Kon… yo… no quiero volver. No quiero que se acabe la noche. Por favor, no me lleves al hotel.
    – Tengo que hacerlo, Meggie.
    – ¿Por tu trabajo?
    – Sí.
    – ¿Cuándo podremos estar juntos otra vez? Juntos de verdad, más de una hora.
    – Lo arreglaré.
    – Por favor, que sea pronto.
    – No digas nada más, Meggie, y no vuelvas a tocarme esta noche.
    Por una vez, a Meg no le importó que la llevara de vuelta al hotel, ya que sabía que su pasión era tan profunda como la de ella. Su extraño silencio probaba que no habían vuelto a su relación anterior.
    Cuando llegaron al hotel, él se quedó al volante y dejó que Meg entrara sola. Luego se marchó bruscamente, como si saliera en persecución de otro coche.
    Meg cruzó a toda prisa el vestíbulo y las escaleras, aliviada por encontrar una habitación vacía. Al menos, podría saborear en soledad los acontecimientos de aquella noche.
    Pero, mucho después de haberse metido en la cama, seguía despierta. No podía dormir. Tenía el teléfono junto a la cama y, tumbada de lado, esperaba a que sonara.
    Cuando por fin lo hizo, levantó el auricular antes del segundo timbrazo.
    – ¿Kon? -gritó alegremente.
    – Nunca vuelvas a contestar así al teléfono.
    Avergonzada, ella susurró:
    – Lo siento. Lo he hecho sin pensar.
    – Ya es sábado. A las diez pasaré a recogerte. Prepara algunas prendas de abrigo para el fin de semana.
    Y colgó.
    Meg dejó el teléfono y se abrazó a la almohada, pero no pudo dormirse.
    Para dejar de mirar el reloj, se puso a preparar las lecciones de la semana siguiente y, cuando acabó, corrigió los ejercicios de sus alumnos.
    El trabajo fue una bendición. La mantuvo ocupada hasta las nueve, cuando lo dejó todo y preparó las cosas que necesitaba para el viaje. A las nueve y media bajó a desayunar, saludando desde lejos a las pocas profesoras que conocía. Se alegró de que la señora Procter no estuviera entre ellas.
    A las diez en punto, Kon apareció en el vestíbulo. Meg sintió su presencia antes de verlo, como una especie de onda gravitatoria. Corrió a su encuentro, con una pequeña maleta en una mano y el bolso en la otra.
    Para cualquiera que pasara por allí, él habría parecido el mismo agente del KGB que la llevaba de un lado a otro desde su llegada a San Petersburgo. La diferencia solo era visible para Meg. Cuando Kon la miró, sintió una excitación física y emocional que no pudo ocultar. Tuvo la impresión de precipitarse irremediablemente hacia él, sin poder detenerse.
    Tampoco él había dormido mucho, pero las ojeras le daban un aire ligeramente disipado que aumentaba su atractivo. Meg lo siguió dócilmente hasta el coche y entró en él mientras Kon guardaba las cosas en el maletero.
    Salieron de la ciudad por el mismo camino que habían tomado la noche anterior. Apenas había tráfico y enseguida llegaron a la carretera del bosque.
    Meg iba sentada de lado, mirando el perfil de Kon y su cuerpo tenso y musculoso. Él iba vestido con la misma sobriedad de siempre. En realidad, ella solo lo había visto con la camisa blanca y el traje oscuro que, suponía, eran su uniforme de trabajo. Le sentaban bien. Demasiado bien. Meg no podía apartar los ojos de él.
    – Nunca antes me había escapado con un hombre -confesó-, ¿Y tú? Con una mujer, quiero decir.
    Él le lanzó una mirada penetrante.
    – Yo sí.
    – No he debido preguntártelo, pero todo esto es nuevo para mí.
    Por supuesto, él había tenido otras relaciones. Meg sabía, por sus conversaciones nocturnas, que tenía poco más de treinta años. A un hombre soltero y atractivo como él, no le faltaría la compañía femenina.
    – No ha habido tantas mujeres como te imaginas -bromeó él-. Con mi trabajo, me resulta casi imposible mantener una relación duradera. Las pocas mujeres que he conocido también trabajaban para el Partido. Para serte sincero, Meggie, hasta ahora nunca me había sentido atraído por una extranjera. Lo que me sorprende es la fuerza de mis sentimientos por ti, lo mucho que he deseado estar a solas contigo.
    Ella se estremeció.
    – Gra… gracias por ser tan sincero conmigo. Eso es lo único que te pido.
    – Nunca has hecho el amor, ¿verdad?
    Parecía una afirmación, no una pregunta.
    – No. ¿Te importa?
    – Sí.
    Meg intentó reprimir el repentino aguijoneo de las lagrimas.
    – Ya veo.
    Él masculló algo en ruso que ella no entendió.
    – Hemos llegado, Meggie.
    Había estado tan concentrada en la conversación que no se había enterado de nada más. Cuando miró hacia afuera, vio que estaban parados en medio de un tupido bosque, junto a una humilde cabaña de leñador.
    Entonces se le presentó la realidad de la situación en toda su crudeza. Había pensado que su inocencia compensaría su falta de experiencia, pero, de pronto, lo vio todo distinto. Kon era un hombre mundano, experto y sofisticado… y seguramente estaba decidido a dar la vuelta y llevarla de nuevo a la ciudad.
    Y ella no podría soportarlo. Salió precipitadamente del coche y se internó entre los árboles.
    – ¿Meggie? ¿Adonde crees que vas? -gritó él, irritado.
    – A… ahora mismo vuelvo.
    – No te alejes. Es muy fácil perderse.
    – No lo haré.
    «Dame solo un momento para prepararme», suplicó para sus adentros, y siguió corriendo hasta que se quedó sin aliento.
    Se apoyó en el tronco de un árbol para descansar. Sintió una punzada de vergüenza por comportarse como una niña. No lo culparía si perdía todo interés por ella.
    Entonces oyó que él la llamaba. Por sus gritos, supo que se estaba acercando. Su voz parecía llena de angustia. ¿Estaría realmente preocupado por ella? ¿Era posible que sus sentimientos fueran tan profundos y verdaderos como los de ella?
    Meg supo la respuesta cuando se encontró con él, mientras corría de nuevo hacia la casa.
    – Siento haberte preocupado -dijo, al oírle pronunciar un torrente de ininteligibles palabras en ruso.
    Kon la estrechó contra su pecho. Sus ojos eran una abrasadora llamarada azul.
    – Meggie…
    Su inesperada pasión le reveló a Meg lo que quería saber. Él todavía quería estar con ella. Nada había cambiado.
    Buscó ciegamente su boca y se perdió. Kon la levantó en brazos y la llevó a la cabaña, abriendo la puerta de un puntapié.
    Lo que ocurrió después fue natural e inevitable. Ebrios de deseo, fueron solo un hombre y una mujer ansiosos por saborear y sentir al otro.
    Desde ese instante, se rompieron las barreras impuestas por sus papeles de visitante extranjera y agente del KGB. Solo la necesidad absoluta que sentían el uno por el otro gobernó su relación. Una necesidad que fue satisfecha y que marcó el inicio del resto de sus días y sus noches juntos. Solo querían amarse hasta perder el sentido.
    Y pensar que todo aquello había sido parte de un plan…
    Meg apartó aquellos recuerdos. Creía que había dejado atrás el dolor para siempre, pero la aparición de Kon había vuelto a abrir heridas que ya nunca sanarían. Le lanzó una mirada acusadora.
    – Dime una cosa -dijo, sin intentar ocultar su reacción a aquellos recuerdos agridulces-, ¿cómo conseguiste parecer sincero cuando me pediste que me casara contigo?
    – ¿Cuándo, Meggie? -replicó él-. Que yo recuerde, te pedía que te casaras conmigo cada vez que hacíamos el amor. Debería ser yo quien te preguntara a ti una cosa: ¿qué crees que me impulsaba a seguir pidiéndotelo, si sabía cuál sería tu respuesta? -intentó parecer tan desolado como cuando le contó a Anna su despedida en el aeropuerto.
    ¡Qué buen actor era! Tan bueno que a Meg le daba miedo.
    – ¡Ahórrate la farsa, Kon! -dijo, desdeñosa, para enmascarar su incertidumbre-. Estabas trabajando para tu país. Seguro que, a lo largo de tu carrera, has engañado a otras mujeres ingenuas como yo. Puede que en nombre del deber, te hayas convertido en padre de otros niños… -de pronto se detuvo, sin aliento por la rabia-. ¿Por qué has venido a buscar a Anna cuando hay miles de mujeres en Rusia que estarían encantadas de casarse y tener hijos contigo? Según creo, allí hay muchas más mujeres que hombres. Podrías elegir a la que quisieras y fundar una familia si…
    Él la interrumpió con calma.
    – La mujer que he elegido está justo delante de mí y la única hija que tengo acaba de dormirse en mis trazos.
    Ella apretó los dientes.
    – Tú me elegiste, lo admito. Mi tío estaba en los servicios de inteligencia de la Marina, ¿te acuerdas? Después de su muerte, mi tía me contó algunas cosas sobre cómo el KGB trataba de captar a visitantes extranjeros especialmente seleccionados. Como yo… la sobrina de un militar estadounidense. Sobre todo porque, obviamente, a mí me interesaba Rusia y hasta volví por segunda vez. Intentaste que renegara de mi país, mostrándote primero como un amigo y, luego, seduciéndome. Pero, al final, no funcionó. Yo volví a Estados Unidos y a ti seguramente te reprocharon tu fracaso. Así que me hiciste vigilar y, cuando descubriste que estaba embarazada, esperaste hasta que llegara el momento idóneo para reclamar a tu hija y volver a Rusia -se dio cuenta de que estaba casi gritando, pero hacía rato que había perdido el control-. ¡Pues no voy a permitirlo! No estamos casados y, si intentas llevártela a algún sitio, te acusaré de secuestro…
    – ¡Mamá! -el grito asustado de Anna, hizo callar a Meg. Aturdida, vio a su hija junto al árbol de Navidad, abrazada a su muñeca preferida. El rastro de lágrimas que había en sus mejillas destrozó a Meg-. ¿Por qué regañas a mi papá?
    Kon se movió tan rápido que Meg no tuvo tiempo de reaccionar. En un instante, tomó a Anna en brazos y la besó en la nariz.
    – No me está regañando, Anochka -dijo, meciéndola-. Tu madre está enfadada con razón. Yo antes vivía en Rusia y ella teme que algún día quiera volver y te lleve conmigo.
    – ¿Sin mami? -preguntó Anna, como si aquello fuera impensable.
    A Meg le dieron ganas de llorar.
    – No vamos a ir a ninguna parte sin mamá -afirmó él, con autoridad incuestionable, sin dejar de mirar a Meg. Esta se preguntó cómo podía seguir fingiendo todavía y parecer tan convincente. Kon besó a Anna en la frente-. Ahora tienes que volver a la cama, porque mañana tenemos muchas cosas que hacer y tu madre y yo todavía no hemos terminado de hablar. Sabes que hemos estado separados mucho tiempo. Hay cosas que debo contarle. ¿Lo entiendes? ¿Eres lo bastante mayor para correr a tu habitación y meterte en la cama sólita?
    – Sí -asintió Anna, sacudiendo sus rizos morenos. Luego miró a Meg con expresión suplicante-. Papá te quiere, mami. ¿Podemos ir a ver nuestra casa mañana? Los perros me están esperando.
    Meg miró maravillada a su hija. Qué sencillo resultaba todo para ella. Qué pura era su fe. Anna no conocía el verdadero significado del miedo ni de la traición. Esas emociones no formaban parte de su experiencia, ¿cómo iba a comprenderlas? Su querido príncipe, su papá, se había materializado, y su mundo infantil estaba colmado.
    – Vivo en Hannibal -declaró él, con toda naturalidad-, en el estado de Missouri -añadió-. La ciudad es famosa porque allí nació Mark Twain.
    – Y ahora me dirás que Mark Twain vive todavía y que recibe a sus amigos en su casa de Hill Street… -replicó Meg.
    Él volvió a abrazar a Anna.
    – Es interesante que menciones Hill Street, porque yo vivo un poco más arriba, en la colina, en el mismo lado de la calle.
    Parecía que aquel cuento de hadas no se acabaría nunca. Un agente del KGB en el país de Huckleberry Finn.
    Meg dejó escapar una risa sarcástica y cruzó los brazos para no darle una bofetada.
    – Anna, es hora de acostarse.
    – Tiene razón -agregó Kon-. Dame un beso de buenas noches, Anochka.
    Meg se dio la vuelta para no ver su despliegue de ternura y se fue a la habitación de Anna. No podía creerlo. Apenas ocho horas antes, su hija ni siquiera sabía el nombre de su padre, ni mucho menos podía imaginar que lo vería en carne y hueso.
    Se quedó de pie junto a la cama hasta que Anna se metió bajo las mantas. La mirada de la niña le llegó al alma.
    – Dios nos ha mandado a papá. ¿No eres feliz, mami? Por favor, sé feliz.
    Meg se inclinó sobre la cama y escondió su cara entre los rizos de Anna.
    – Oh, cariño… -comenzó a sollozar despacio-, si fuera todo tan fácil…
    Las caricias de Anna la hicieron sentirse aún más débil.
    – Es fácil -dijo una voz masculina desde la puerta-. Y todos vamos a ser felices.

Capítulo 4

    Kon deslizó la mano entre el pelo de Meg y la acarició. Ella se quedó paralizada de asombro. Dejó de llorar y soltó a Anna. Le sorprendió tanto la caricia que se levantó y huyó asustada de la habitación.
    Kon la siguió despacio.
    – Estás cansada, Meggie. Vete a la cama. Yo dormiré en el sofá. Si Anna se despierta durante la noche, me ocuparé de ella.
    Meg se dio la vuelta, dispuesta a liberar sus emociones. Pero su deseo de sacarlo todo a la luz disminuyó cuando vio a Kon frente a ella. A su lado, descalza como estaba, se sentía pequeña, débil y emocionalmente desbordada. Él parecía más alto, más sombrío y mucho más inquietante que nunca.
    – ¿Por qué, Kon? -exclamó, luchando contra la atracción insidiosa que todavía sentía por él-. ¿Por qué has venido? Y no me digas que porque estás enamorado de mí. Tú y yo sabemos que eso es mentira. ¡Me utilizaste! -lo acusó-. Yo… yo admito que tomé la iniciativa. Te lo puse muy fácil. Pagaré mi ingenuidad el resto de mi vida. Pero, ¿por qué te inventas historias que pueden destrozar a una niña? Si realmente has desertado, entonces la única razón que puedo imaginar para todo esto es que esperas conseguir la custodia compartida, tener a Anna seis meses al año. Pero yo no podría soportarlo. ¿Me oyes?
    La pregunta quedó en el aire. Kon no respondió de inmediato. Se sentó en el sofá y se pasó las manos por el pelo, en un gesto que ella le había visto hacer muchas veces en el pasado. El recordarlo la hizo fijarse en su cuerpo ágil y atlético, que una vez había conocido íntimamente.
    Meg sacudió la cabeza, furiosa por entretenerse con esos pensamientos elementales cuando, en realidad, él era su enemigo.
    Apenas se dio cuenta de que Kon había sacado una pequeña grabadora del bolsillo de la chaqueta. La puso en la mesa redonda de mármol, uno de los pocos objetos que Meg conservó tras la muerte de su padre y uno de los pocos muebles buenos que poseía. El salario de maestro de su padre solo alcanzaba para cubrir las necesidades básicas. Sin las becas escolares, Meg nunca habría podido viajar al extranjero.
    De pronto, un sollozo histérico llenó el cuarto de estar. Meg se sobresaltó al reconocer su propia voz. Buscó a Kon con la mirada, pero él tenía la cabeza agachada sobre la grabadora y estaba escuchando. De inmediato, Meg se sintió transportada a aquella húmeda celda moscovita. Se vio a sí misma, golpeando el suelo de piedra con los puños, desesperada. La agonía de aquel momento terrible la asaltó de nuevo y su intensidad la desbordó. No pudo detener el llanto que empezó a derramarse por sus mejillas.
    «Oh, papá. Te has ido… Mi padre se ha ido… ¡Tengo que volver a casa contigo! ¡Tienen que dejarme salir de aquí! ¡Déjenme salir, monstruos…! ¡Papá…!».
    Enfrentarse a sus propios gritos, a su propio dolor, le resultaba insoportable. Sin pensarlo, se lanzó sobre Kon, pero él paró la cinta.
    – ¿Por qué tienes esa cinta? -ella lo agarró del brazo y lo sacudió, obligándolo a mirarla-. ¿Qué intentas hacer conmigo? ¿Cómo puedes ser tan cruel? -estalló.
    Él la atrajo hacia sí, haciéndola sentarse sobre sus rodillas. Tomó la cara de Meg entre sus manos y le impidió que se levantara sujetándole las piernas entre las suyas. Con los pulgares, le limpió las pestañas húmedas.
    – Cuando le dije a aquel guardia que me pusiera la cinta y escuché tus sollozos, aquello liberó en mí un recuerdo enterrado, tan profundamente en mi psique, que no supe que estaba ahí hasta ese instante.
    Meg sintió el cálido aliento de Kon, pero estaba demasiado trastornada para darse cuenta de lo peligroso que era tenerlo tan cerca otra vez.
    – ¿Qué recuerdo?
    Kon se puso rígido.
    – El recuerdo de una mañana helada en Siberia, en la que dos hombres llegaron a mi escuela y me dijeron que tenía que ir con ellos, que mi madre me necesitaba en casa. Yo tenía ocho años. Lo recuerdo muy bien porque mi padre, que era un artesano, me había fabricado un trineo para mi cumpleaños. Yo quería mucho a mi padre y estaba orgulloso de aquel trineo. Me lo llevé al colegio para jugar con él por el camino y enseñárselo a mis amigos. Cuando les dije a aquellos hombres que tenía que ir a buscar el trineo, ya que la maestra me había dicho que lo dejara en la parte de atrás de la escuela, me contestaron que no había tiempo, que lo recogería al día siguiente. Yo me enfadé, pero me preocupaba más que le hubiera ocurrido algo malo a mi madre. Me metieron en un trineo tirado por caballos y partimos en dirección opuesta a la de mi casa. Cuando les dije que íbamos por un camino equivocado, uno de aquellos hombres me dio una bofetada y me mandó callar. Me dijo que el Estado sería mi familia a partir de entonces. Que no volviera a hablar de mi familia o matarían a mi hermana y a mis padres -Meg soltó un grito involuntario, pero Kon no se dio cuenta. Siguió hablando con el mismo tono de voz, bajo y monótono-: Pero que, si era bueno, les dirían que había salido a patinar con mi trineo sobre el lago helado y me había caído al agua sin que nadie pudiera hacer nada para salvarme.
    Ella sacudió la cabeza, incrédula.
    – Te lo estás inventando. Tienes que estar inventándotelo -murmuró, incapaz de concebir algo tan espantoso. Sin embargo, cuando se atrevió a mirarlo a los ojos, vio en ellos una desolación inexpresable, una pena que hizo que le diera un vuelco el corazón.
    – Eso me decía yo mientras me llevaban cada vez más lejos de mi familia. Se hizo de noche y debieron de meterme en un establo, porque recuerdo que me arrojaron sobre un montón de paja y me dijeron que, si gritaba, me matarían, pero que, si me comportaba como un hombre, demostraría que era digno del gran honor que se me hacía: el honor de servir al Estado.
    – ¡Oh, Kon! -ella se derrumbó, sobrepasada por la enormidad de lo que acababa de oír. Por un instante, la hostilidad que había entre ellos desapareció. Meg se convirtió en su hermana, en su madre, en su amante. Solo deseó reconfortar a aquel niño al que ya nadie podía consolar. Espontáneamente, apoyó la cabeza sobre el hombro de Kon y le murmuró palabras cariñosas e incoherentes, igual que hacía cuando Anna necesitaba consuelo.
    – Había oído que esas cosas sucedían -musitó-, pero nunca quise creerlo.
    – Yo lo había olvidado por completo -dijo él, apartando los mechones de pelo rubio de la cara de Meg y acunándola en sus brazos-, hasta que tú fuiste detenida. Entonces tu tristeza se convirtió en mi tristeza y no pude distinguir entre ellas, no pude establecer la diferencia. Estaba en mi mano mantenerte en la cárcel tanto como quisiera. Habías quebrantado la ley y merecías el castigo. Eso era lo que yo creía. Era parte de las tácticas brutales del KGB -dio un hondo suspiro-. Pero cuando oí que llamabas a tu padre, algo dentro de mí se liberó. Y tuve que dejarte marchar -dejó de mecerla y sus ojos la buscaron, ansiosos-. Ningún niño debería sufrir la angustia que yo pase aquella noche en el establo, sabiendo que nunca más volvería a ver a mi familia. Que mi madre nunca volvería a contarme un cuento. Que ya no tendría el trineo que me había hecho mi padre… Que ni siquiera se me permitiría tener el más leve recuerdo de mi hogar.
    Meg comprendió que le estaba diciendo la verdad. Dejó escapar un gemido. Kon había querido consolarla aquella noche, en la prisión. Pero no podía hacer nada más que poner secretamente el libro en su maleta. Durante su segundo viaje, Meg le había preguntado por ello y él se mostró evasivo. Solo fue un regalo, dijo. En ese instante Meg lo comprendió todo.
    – Por eso pusiste el libro en mi equipaje: porque sabías lo triste que me sentía, lo sola que estaba -dijo.
    – Sí. Quería que te llevaras algo hermoso, un buen recuerdo de mi país. Y de mí…
    Meg bajó la cabeza.
    – Cuando el agente de aduanas abrió mi maleta en Nueva York, lo vi sobre mi ropa. No podía creerlo. Sabía que tenías que haberlo puesto tú, pero no entendía el porqué y no podía imaginarme cómo sabías que quería precisamente ese libro.
    – Todo el personal de tu hotel era del KGB, Meggie. Por eso se os alojaba allí a los estudiantes y profesores estadounidenses. A tu guía le resultaba fácil vigilar las actividades de tu grupo e informarme. Tenía mucho cuidado de anotar las cosas que os interesaban en las tiendas, especialmente si eran libros. Era parte del trabajo de un agente detectar qué visitantes podían simpatizar con el comunismo soviético.
    Meg se estremeció al pensar que, desde su llegada a Moscú hasta el momento en que Kon la llevó al avión, sus amigos y ella habían sido observados como insectos en un microscopio.
    – Debió sentirse decepcionado cuando me fijé en el libro de El cascanueces, en lugar de en la propaganda. El libro me gustaba mucho, pero no podía pagarlo.
    – Sí, eso lo sorprendió. Normalmente, los estudiantes estadounidenses echaban mano de todo lo que encontraban, podían derrochar el dinero de sus padres. Pero tú eras diferente.
    Ella dio un profundo suspiro y volvió a llorar.
    – ¿Por qué era diferente?
    – Eras una chica alegre, independiente y malcriada, como todos los demás, pero también muy valiente frente a los guardias. Muy libre de espíritu. A pesar de tu juventud, en ningún momento te acobardaste. En parte, yo estaba intrigado por esa rara cualidad tuya.
    Ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron durante un minuto. Pero, enseguida, Meg se agitó intranquila en sus brazos. Estaba asombrada por la confesión de Kon, pero también más preocupada y confusa que nunca. Sin duda, él había padecido una pesadilla de niño. Pero el KGB había sido su familia desde los ocho años.
    Había algo de verdad en lo que le había contado. Pero, ¿qué parte era mentira? ¿Y qué estaba haciendo ella sentada en sus rodillas, con el cuerpo pegado al de él, con su boca separada de la de Kon solo por unos milímetros?
    Se sintió alarmada al pensar que su perspectiva había quedado nublada por la compasión y se levantó.
    Necesitaba separarse de él, sustraerse de la atracción sexual que todavía ejercía sobre ella.
    Estaba loca si bajaba la guardia tan fácilmente. Y todo porque él le había provocado sentimientos que estaban en directa contradicción con sus temores.
    – Tu nueva familia hizo un magnífico trabajo de adiestramiento -dijo con frialdad, intentando poner distancia entre los dos-. Abordarnos, a Anna y a mí en el teatro, de la forma en que lo hiciste es un ejemplo perfecto de los métodos del KGB. Para ti es tan natural como respirar, ¿no es verdad, Kon? Pero si intentas apartarme de Anna, te llevaré a los tribunales. La niña solo me ha tenido a mí desde que nació. Sería cruel apararnos. ¡No lo permitiré!
    – Ya te he dicho que esa no es mi intención. Quiero que vivamos los tres juntos -esbozó una sonrisa complaciente-. En cualquier caso, es muy tarde para ultimátums, ¿no, Meggie? Le he prometido a Anna que estaré aquí cuando despierte mañana. Seguramente, después de pasar cuatro meses conmigo, sabes que nunca rompo una promesa.
    – Rompiste una -replicó ella con frialdad-. Me prometiste que no me quedaría embarazada. Y yo fui tan estúpida que te creí.
    Él entornó los ojos.
    – Los dos sabemos que tuve cuidado. Todas las veces. Pero parece que subestimamos la determinación de nacer de nuestra hija.
    – No, Kon. Yo subestimé lo que serías capaz de hacer para que pareciera un accidente.
    Kon le lanzó una mirada terrible.
    – Dejemos una cosa clara. La segunda vez que fuiste a Rusia, no quería dejarte embarazada. Si ese hubiera sido mi plan, te habría llevado a la cama el mismo día que pisaste suelo ruso.
    No necesitó añadir que ella habría aceptado. Meg se sonrojó, humillada.
    – Para tu información -continuó él-, yo entonces tenía muchas responsabilidades, entre las que tú eras solo una más; y bastante insignificante, por cierto. Debía haberte asignado un agente de nivel inferior. De hecho, era un trabajo tan rutinario que uno de mis compañeros me preguntó por qué me ocupaba de algo tan trivial como vigilar a una maestra estadounidense sin importancia. No insultaré tu inteligencia negando que algunos de los agentes se acostaban con las mujeres a las que tenían que vigilar para obtener información. Una de las razones por las que me encargué de tu vigilancia, fue para protegerte de algo así.
    – ¿Por qué lo hiciste?
    Kon se reclinó en los cojines.
    – Porque había en ti una inocencia refrescante cuando te marchaste de Rusia la primera vez. Una especie de honestidad. Seis años después, cuando vi tu nombre en una lista de profesores extranjeros que iban a pasar una temporada, quise saber si todavía conservabas esa cualidad -hizo una breve pausa-. El único cambio que vi fue que aquella muchacha se había convertido en una hermosa mujer. Y, más que nunca, quise asegurarme de que ningún hombre se aprovechara de ti mientras estuvieras en mi país.
    – No te creo, Kon.
    Él inclinó la cabeza y la observó un momento.
    – ¿Te obligué a hacer algo alguna vez, Meggie? ¿Has olvidado que fuiste tú quien me rechazó?
    De alguna forma, él se las arreglaba para que sus discusiones siempre acabaran haciéndola parecer culpable. Hasta que conoció a Kon, Meg nunca se había enamorado. No había tenido novios formales, ni experiencias físicas importantes que la prepararan para el tumulto de emociones y deseos sexuales que había sentido por el padre de Anna.
    Meg era hija única. Su madre tenía más de cuarenta años cuando ella nació y su padre más de cincuenta. Los dos estaban encantados por tener por fin una hija. Era devotos cristianos que vivían modestamente. La protegieron, la animaron para que fuera una buena estudiante, insistiendo en que aprovechara todas las oportunidades académicas que se le presentaran.
    Sus padres eran pacifistas que creían firmemente en el entendimiento como clave de la paz mundial. Conforme a sus creencias, la matricularon en un programa especial de ruso que siguió desde el colegio hasta la universidad. Ninguno de los dos vivió lo suficiente para saber que, su bienintencionada idea, había llevado a Meg por el camino de una pasión prohibida hasta la situación de vida o muerte que afrontaba en ese instante, en su propio apartamento.
    – ¡No podía renunciar a mi nacionalidad y dejar atrás toda mi vida!
    – Desde luego, no por mí -murmuró él para sí, pero ella lo oyó y se sintió furiosa otra vez por la capacidad de Kon para hacer que se sintiera culpable-. Así que tomé todo lo que estabas dispuesta a darme: todos los días y las noches que pudimos conseguir. Soy un hombre, Meggie. Sabes lo que pasó entre nosotros.
    – Querrás decir que creía saber lo que pasó entre nosotros -dijo ella con acritud-. Evidentemente, todo era mentira. Tú te las arreglaste para manipularme y… seducirme. Y lo lograste.
    Él la miró de arriba abajo. Extrañamente, a Meg le recordó el modo en que la miró cuando fue detenida en el aeropuerto.
    – Tienes razón. Hice todo lo posible por conseguirse. Pero ya te lo he dicho… mi éxito no fue completo -Meg, que no estaba preparada para una confesión a sangre fría, sintió como si él le hubiera dado una bofetada-. Antes de la caída del comunismo, parte de mi trabajo era seguir la pista a visitantes extranjeros, en su mayoría turistas. La información de tu tío era correcta. Si alguno de ellos hacía una segunda visita, se lo vigilaba como a un posible simpatizante o un posible subversivo. Se le asignaba un agente especial para observar su comportamiento. Si el mismo visitante iba una tercera vez, era detenido de inmediato -la miró fijamente- Era obvio que tu mala experiencia en aquella prisión no te impidió volver, y eso me confirmó lo que pensaba de ti: que tenías una voluntad indomable. Intrigado, me aseguré de que me asignaran tu vigilancia.
    Meg echó hacia atrás la cabeza.
    – Y yo fui tan ingenua que creí que nuestro encuentro había sido pura coincidencia -dijo, furiosa-. No podía creerme la suerte que había tenido. Pensaba que sería imposible encontrarte para agradecerte que me hubieras dejado volver a casa para el funeral y que me hubieras dado el libro. Y, en lugar de eso, allí estabas, ¡en el aeropuerto de Moscú! -trató de mantener la voz firme-. Y, lo que era todavía más sorprendente, asignado a mi vigilancia. Cuando estaba metida entre todos aquellos agentes que me hacían preguntas sin fin, de nuevo me sacaste de allí y me llevaste a San Petersburgo. Me sentí como una princesa rescatada por un caballero de brillante armadura. Te puse en un pedestal. ¡Imagínate, poner en un pedestal a un agente del KGB…! -exclamó.
    Él dio un hondo suspiro.
    – ¿Puede esperar todo esto hasta mañana? Estoy cansado. Buenas noches, Meggie.
    Antes de que ella pudiera decir nada, Kon se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá, dándole la espalda. Meg se puso rabiosa.
    – ¿Qué crees que estás haciendo?
    – ¡Chist! Vas a despertar a Anna. Creí que estaba claro: voy a dormir.
    Horrorizada, ella gritó:
    – ¡No puedes dormir aquí!
    Él se dio media vuelta y la miró por encima del sombro, con el pelo revuelto.
    – Si me estás invitando a dormir en tu cama, no me negaré.
    Meg se negó a responder a aquella insinuación.
    – Voy a llamar a mi abogado, Kon.
    – Es un poco tarde, ¿no? Pero inténtalo -dijo, aburrido. Luego se volvió y ahuecó los cojines un par de veces, buscando una postura más cómoda.
    Meg se fue a la cocina.
    El teléfono había desaparecido. Kon debía de haberlo escondido mientras ella acostaba a Anna.
    – Relájate. Estás perfectamente segura conmigo. Si por la mañana todavía quieres llamar a tu abogado, adelante. Eso solo hará que te encuentres con el senador Strickland más pronto que tarde. Que descanses, Meggie.
    Ella dejó escapar un sonido que era mitad sollozo mitad gruñido. Se quedó mirando con impotencia la espalda de Kon. Pasados unos segundos, notó que cambiaba el ritmo de su respiración. ¡Se había dormido!
    ¿Qué podía hacer ella? ¿Secuestrar a su hija y llevársela de su propio apartamento?
    Se le escapó una risa amarga. Además, Anna no soportaría verse privada de Kon. ¿Y adonde podría llevarla Meg sin que él la siguiera?
    Se sintió física y emocionalmente agotada y recordó un comentario de una de sus amigas divorciadas del trabajo. Cheryl le había hablado de lo duro que era tratar con un ex marido que todavía actuaba como si fuera parte de la familia. Le había descrito su sensación de opresión y claustrofobia y, a veces, también de miedo.
    Por vez primera, Meg entendió lo que Cheryl quería decir. Pero sabía que, si le hablaba de su pasada relación con Konstantino o de lo que les había ocurrido a Anna y a ella en el ballet, Cheryl no la creería. La propia Meg apenas podía creerlo.
    Y, sin embargo, uno de sus mayores miedos se había hecho realidad. Kon le había arrebatado el corazón de Anna. Respecto al otro miedo de Meg, que él quisiera vivir con Anna parte del año, solo el tiempo revelaría sus verdaderas intenciones.
    En vez de aliviarla, la historia que Kon le había contado sobre su reclutamiento forzoso en el KGB, no había hecho más que aumentar su ansiedad. Él había sido brutalmente arrancado de su familia. Más tarde, se había enterado de la existencia de Anna. ¿Y qué podía ser más natural que reclamar a su propia hija para llenar ese vacío?
    Lo sucedido en el ballet era una prueba irrefutable de que, de allí en adelante, dondequiera que Kon fuera, hiciera lo que hiciera, se aseguraría de llevar consigo a su querida hija. Y no permitiría que nadie se interpusiera en su camino, y menos Meg.
    Kon era un experto en la intriga y la manipulación. ¿Cuál era el punto de contacto entre el abogado de Meg, el senador Strickland y la CIA? Ninguno de ellos podía ofrecerle a Meg la seguridad que necesitaba.
    Estaba ante una situación, sin precedentes, que tendría que afrontar sola. Primero, Kon intentaría darle una falsa sensación de seguridad y, entonces, golpearía. Tal vez tendrían que resolverlo fuera de los tribunales. Por el momento quizá lo mejor fuera seguirle el juego hasta ver con claridad la forma de enfrentarse a él. Sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Apagó las luces del árbol de Navidad y perdió de vista a Kon. Pero, de alguna forma, la oscuridad pareció magnificar su presencia.
    La ironía de la situación no le pasaba inadvertida. En un tiempo, Meg lo habría dado todo por tener a Kon tumbado en su sofá. Después de saber que estaba embarazada, su fantasía preferida era verlo entrar por la puerta y arrojarse en sus brazos.
    «Entonces yo estaba trastornada», se reprendió a sí misma, deseando con toda su alma haber escuchado las advertencias de su tía.
    Después de perder a sus padres, Meg había ido a vivir con su tía Margaret, que estaba inválida por la artritis y sufría del corazón. Margaret se horrorizó cuando Meg se atrevió por fin a contarle que había sido detenida y encarcelada en Moscú.
    Su tía era la viuda de Lloyd, el hermano del padre de Meg, quien había hecho una notable carrera en la inteligencia naval y había muerto cuando Meg tenía poco más de veinte años. El tío Lloyd se había opuesto de manera tajante a los estudios de ruso de Meg y a su viaje a Rusia. Margaret también compartía aquella opinión.
    Los hermanos tenían ideas contrarias sobre la amenaza que Rusia significaba para el mundo. El padre de Meg no solo era pacifista, sino también un humanista que creía que el idioma era la base de la comunicación entre los pueblos. Decía que llegaría un día en que las dos naciones coexistirían en paz. Los Estados Unidos necesitarían maestros y embajadores que comprendieran y hablaran ruso, gente como Meg. El tío Lloyd, por su parte, decía que las ideas de su hermano eran puras quimeras y utilizaba todos los datos que tenía a su disposición para apoyar sus puntos de vista. Cuando Meg le contó lo ocurrido a su tía, ésta repitió aquellos datos y le dijo que, si su marido viviera aún, habría convertido el encarcelamiento de su sobrina en un incidente diplomático.
    Meg no comprendió por qué su tía se enfadaba tanto. Después de todo, le había contado la intervención de aquel apuesto agente del KGB que la había llevado al aeropuerto y le había dado un regalo de despedida.
    Pero, cuanto más lo defendía Meg, más se enfadaba su tía. Por fin, esta le confió la información que conocía por su marido respecto a las misiones del KGB.
    Cuando Meg echaba la vista atrás, sentía remordimientos por haber desdeñado las advertencias de su tía. Pero, al fin y al cabo, Meg era la hija de su padre, y había hecho caso omiso de los consejos de su tía sin imaginar que, algún día, sus advertencias se harían realidad.
    Cuando Anna nació, la tía Margaret ya había muerto. Justo después se produjo la caída de la Unión Soviética. Entonces comenzó el goteo de historias acerca de las misiones secretas del KGB. Para consternación de Meg, al parecer todo lo que su tía le había contado era cierto.
    Y, en esos momentos, Kon se había convertido en la peor amenaza para su paz mental.
    De pronto, se sintió agotada. Se fue a su habitación y se puso una camiseta amplia y unos pantalones cortos. Agarró la almohada de su cama y se marchó al cuarto de Anna.
    Se deslizó bajo el edredón y abrazó a la niña. Descubrió que el pelo y las mejillas de su hija estaban impregnados del insidioso olor del jabón que usaba Kon. Dando un suspiro, se dio media vuelta y hundió la cara en la almohada.
    Aquella límpida fragancia le trajo el recuerdo de la última noche que habían pasado juntos. Recordó la llama azul de los ojos de Kon mientras le hacía el amor, su insaciable deseo por ella y las palabras cariñosas que desgranaba en ruso. Una vez más, le pidió que fuera su esposa, que se quedara con él para siempre.
    Meg, que no se cansaba de oír esas palabras, le dijo que lo haría si podían apañárselas para pasar la mitad del año en Rusia y la mitad en Estados Unidos. A través de los contactos de su tío en el Pentágono y de la posición de Kon en su propio país, seguramente podrían arreglarlo. Parecía la única solución si querían vivir juntos.
    Él sacudió la cabeza.
    – Lo que quieres es imposible, Meggie. La única forma de que podamos estar juntos es que tú renuncies a tu nacionalidad y vivas aquí conmigo. Ahora ya no tienes familia. Si me quieres lo bastante, te quedarás.
    – Creo que sabes cuánto te quiero, Kon. Pero, ¿qué pasará si te cansas de mí? No podría soportarlo -susurró Meg, abrazada a él-. ¿Qué ocurrirá si un día te das cuenta de que ya no me quieres y me pides el divorcio? Estaría sola y no podría volver a mi país.
    Kon reaccionó con una cólera que pareció aún más terrible por ser serena y controlada. Se levantó bruscamente de la cama para vestirse. Destrozada, ella se cubrió con la sábana hasta la barbilla y se sentó.
    Él le lanzó una mirada acusadora.
    – No conoces el significado del amor si puedes estar en mis brazos y hablar de matrimonio y de divorcio al mismo tiempo. Uno de los problemas de tu país…
    – No solo de mi país, Kon -lo interrumpió ella. Luego, se calló. Su última noche juntos comenzó a desintegrarse.
    Kon salió de la habitación, mientras ella se refrescaba y se vestía para marcharse al aeropuerto. Él llevó las maletas y le abrió a Meg la puerta del coche, pero no respondió a sus preguntas ni a sus intentos de hablar. A Meg, aquel silencio helado le partía el corazón.
    Kon se había convertido de nuevo en el remoto e inaccesible agente del KGB. La llevó al aeropuerto en un tiempo récord, ordenó a un guardia que se hiciera cargo del equipaje y la condujo al avión. La forma en que la ayudó a buscar su asiento le recordó a Meg la primera vez que se había marchado de Rusia.
    Era la misma situación, pero había una diferencia. Kon y ella estaban solos dentro de la enorme cabina del avión. Todavía no se había permitido embarcar a ningún pasajero. Meg se sentía rota y se preguntaba si podría sobrevivir a aquel sufrimiento.
    – Meggie…
    Recordaba el sonido torturado de su voz. Sus ojos parecían refulgir en la penumbra del interior del avión.
    – No te vayas. Quédate conmigo. Te quiero, mayah labof. Nos casaremos enseguida. Tengo dinero: tendrás el mejor apartamento, viviremos bien. Siempre cuidaré de ti -prometió Kon, con voz casi salvaje antes de estrecharla entre sus brazos.
    Meg habría querido decir que sí, más que nada en el mundo. Se apretó contra él y lo besó con toda su alma. Pero había recibido una educación occidental. El temor a lo que pudiera pasar en el futuro, le impedía aceptar su proposición.
    Deshecha en lágrimas y destrozada porque su tiempo se acababa, gritó:
    – ¿Crees que quiero dejarte? ¡Mi vida nunca volverá a ser la misma sin ti! -al decir esto, una máscara inexpresiva cubrió el rostro de Kon-. ¡No me mires así! No puedo soportarlo. Yo… ahorraré y trataré de volver el año que viene.
    – No -dijo él con una intensidad que ella no comprendió-, no vuelvas. ¿Me oyes? -la sacudió con fuerza- ¡No vuelvas nunca!
    – Pero…
    – Es ahora o nunca.
    Derrotada, Meg se derrumbó sollozando sobre él.
    – Contigo, no tengo miedo. Pero si algo te ocurriera, no tendría adonde volver.
    Él dio un hondo suspiro.
    – Adiós, Meggie.
    Se alejó por el pasillo. Un segundo después, desaparecería para siempre de su vida. Meg gritó su nombre, presa del pánico, pero fue gritar al viento.
    Kon se había ido.

Capítulo 5

    – ¡Mami! ¡Mami! ¿Por qué lloras?
    Meg salió de su duermevela y, desorientada, miró a su hija con los ojos entrecerrados. Ya era de día.
    – Creo que he tenido un mal sueño.
    – ¿Por eso has dormido conmigo?
    Meg dudó un momento y luego contestó:
    – Sí.
    – Deberías haber dormido con papá. Así no habrías tenido miedo. Melanie dice que su mamá y su papá duermen juntos, menos cuando se pelean. Entonces, él duerme en casa de su abuela. ¿Te has peleado con papá?
    ¿Había algún tema del que Melanie y Anna no hubieran hablado?
    Meg dejó escapar un suspiro y, sin contestar, salió de la cama.
    Anna debía de llevar algún tiempo levantada, porque llevaba puesta su camisa de terciopelo preferida, de color azul con corazones rosas, y unos pantalones a juego.
    Ansiosa, Meg sujetó a su hija y la abrazó, pero Anna luchó por liberarse.
    – Tenemos tortitas para desayunar, pero yo le he dicho a papá que a ti te gustan más las tostadas, así que te ha preparado una y me ha dicho que viniera a despertarte.
    Meg se dio cuenta de que olía a café. Como Anna no sabía poner la cafetera, supuso que lo había preparado Kon. Como siempre, se había enseñoreado de su apartamento, de su hija, de toda su vida…
    Pero ¿cabía esperar que actuara de otro modo?, ¿que conociera otra forma de hacer las cosas un hombre que, a los ocho años, había sido secuestrado por el Estado y adiestrado para convertirse en una figura autoritaria?
    Furiosa consigo misma por disculparlo, Meg descargó su rabia contra la cama que había empezado a hacer. Quería retrasar el momento de enfrentarse a él.
    – Date prisa, mami. Quiero ir a ver nuestra casa y los perros.
    – Pero te perderás tu clase en la escuela dominical -le recordó Meg, aunque sabía cómo iba a reaccionar Anna.
    – Papá me ha dicho que hay una iglesia cerca de nuestra casa. Puedo ir allí a la escuela dominical la semana que viene. Dice que hay seis niños en mi clase.
    Los movimientos de Meg se hicieron tan bruscos que rasgó la sábana de arriba.
    Anna abrió mucho los ojos.
    – Oh, oh, mami. Se ha roto.
    – Sí -gruñó Meg mientras estiraba el edredón. Luego, se metió en el cuarto de baño.
    – Le diré a papá que ya te has levantado.
    Cuando Anna se marchó, Meg se miró en el espejo, que le devolvió su cara pálida y ojerosa. Se recogió el pelo hacia atrás con una goma y decidió no maquillarse ni perfumarse. Aquella alegre jovencita, que haría todo lo posible por estar guapa para Kon, había muerto.
    – ¡Mami! ¡Teléfono!
    Meg ni siquiera había oído el timbre. Kon debía haber colocado otra vez el aparato en su sitio por la mañana temprano.
    – ¡Voy!
    En cuanto vio a Kon de pie junto a la pared, con el teléfono en una mano y una taza de café en la otra, se le aceleró el corazón. Evitó su mirada inquietante y agarró el auricular, dándole la espalda. Debería ser pecado que un hombre fuera tan atractivo.
    – ¿Diga? -contestó, tratando de parecer serena.
    – ¿Hablo con la señora Meg Roberts?
    Meg parpadeó al oír una voz femenina muy formal.
    – Sí.
    – Por favor, no se retire. El senador Strickland quiere hablarle.
    Ella tuvo que apoyarse contra la jamba de la puerta.
    – ¿Señora Roberts? Soy el senador Strickland.
    Meg reconoció enseguida la voz ronca y pausada del anciano.
    – Hola, senador.
    – La llamo para ofrecerle todo mi apoyo y decirle lo mucho que me alegro de que usted y ese magnífico joven se hayan reunido por fin. Yo diría que un hombre que se expone a tantos riesgos y penalidades debe de estar realmente enamorado. ¿Se da usted cuenta de que ese joven era uno de los principales agentes soviéticos? Y ha tenido que pasar seis años de semi aislamiento, esperando el momento de reunirse con usted y su hija… Entiendo que la situación le resulte difícil, señora Roberts, pero el señor Rudenko merece una oportunidad y, ¡maldita sea!, espero que usted se la dé -Meg comprendió que los agentes de la CIA le habían contado su encuentro de la noche anterior al senador y que este no estaba muy contento-. Para mi mujer y para mí será un honor invitarlos a cenar muy pronto. Haré que mi secretaria lo arregle con usted después de las fiestas. Ustedes necesitan estar algún tiempo solos para retomar su relación y hacer planes. Los envidio -rió amablemente el senador.
    Meg sintió que iba a desmayarse.
    – Gra… gracias, senador -balbució.
    – Si hay algo que pueda hacer por usted, llame a mi secretaria y ella me lo hará saber. Estoy seguro de que éstas van a ser unas navidades muy felices para ustedes.
    Colgó. En cuanto Meg dejó el teléfono, este sonó je nuevo. Kon le lanzó una mirada inquisitiva cuando ella volvió a descolgar. Aclarándose la garganta, contestó:
    – ¿Diga?
    – ¡Hola!
    Meg cerró los ojos.
    – Hola, Ted.
    – ¡Eh! ¿Qué te pasa? Estás rara.
    Meg se acarició la nuca con la mano que tenía libre y se metió en el cuarto de estar, tanto como le permitía el cable del teléfono, para escapar a miradas y oídos indiscretos.
    – Creo que algo me ha sentado mal.
    Aunque Kon no hubiera puesto su vida del revés, se habría inventado cualquier excusa para no salir con Ted. No le importaba comer con él de vez en cuando, pero eso era todo. Ted no le interesaba. En realidad, ningún hombre le interesaba.
    – Lo siento. Iba a preguntarte si Anna y tú queréis venir a patinar conmigo al parque esta tarde. Luego, podríamos cenar en algún sitio.
    Trataba de ganársela incluyendo a Anna en el plan.
    – Quizás en otra ocasión, cuando me encuentre mejor -mintió ella.
    – De acuerdo -contestó él, contrariado-. Entonces, nos vemos en la oficina.
    – Sí. Allí estaré mañana. Creo que lo único que necesito es un poco de descanso. Gracias por llamar.
    Consciente de que parecía nerviosa, se despidió y colgó el teléfono.
    – Ted Jenkins, vendedor del año en Strong Motors -dijo Kon, azuzándola-. Treinta años. Divorciado. Frustrado porque no tiene una relación contigo, ni nunca la tendrá. ¿Por qué no te tomas el desayuno mientras yo ayudo a Anna a ponerse la ropa de nieve? Después nos iremos.
    – ¿Cómo es que lo conoces?
    – Como cualquier hombre enamorado, quise saber si tenía algún rival serio. Walter Bowman fue a Strong Motors con el pretexto de comprar un coche deportivo. Ted Jenkins acabó llevándolo a probar el coche y, al final del paseo, Walter sabía lo suficiente para darme la información que necesitaba.
    En circunstancias normales, Meg se habría sentido halagada. Pero nada en su relación era normal.
    Sin embargo, en parte aquello le gustó. Y eso significaba que estaba volviendo a ocurrir… Olvidándose de la tostada fría que había sobre la mesa de la cocina, se fue a la habitación. Tenía que apartarse de la mirada escrutadora de Kon. Temía que él descubriera el poder que todavía ejercía sobre ella. Lo más sensato sería fingir que le seguía el juego, por el bien de Anna.
    La niña estaba empeñada en ir a ver dónde vivía su padre. Una vez que hubiera satisfecho su curiosidad, Meg le diría a Kon que tendría que hablar con su abogado si quería seguir viendo a Anna después de aquel día. Cualquier visita posterior tendría que ser en presencia de Meg.
    No importaba que, de alguna forma, él se hubiera ganado la confianza del senador Strickland. Kon no estaba por encima de la ley.
    Meg sintió tanta rabia que rompió un cordón de su zapato. Gruñó de frustración. Tendría que ponerse mocasines, en lugar de deportivas.
    – Aquí tienes tu abrigo, mami. Papá está fuera, calentando el coche.
    – Oh, qué considerado de su parte -murmuró con sarcasmo. Se indignó al pensar que había tomado las llaves del coche sin pedirle permiso.
    – Papá dice que necesitas descansar. Así que conducirá él. Dice que trabajas demasiado y que ahora él cuidará de ti.
    Meg no podía permitir que aquello continuara por más tiempo. Se abrochó el abrigo y se agachó para hablar con su hija, que llevaba abrazada a su muñeca.
    – Cariño -acarició los rizos morenos que le caían sobre la frente-, sé que estás muy contenta por haber conocido a tu papá, pero eso no significa que vayamos a vivir todos juntos.
    – Sí -afirmó Anna con total seguridad-. Le he dicho a papá que quiero una hermanita como la de Melanie. Y, ¿sabes qué? -abrió mucho los ojos-, me ha dicho que me dará una hermanita en cuanto os caséis la semana que viene. Quiere una familia muy grande.
    Meg gimió y abrazó a su hija.
    – Anna, no me voy a casar con tu padre.
    – Sí -dijo la niña en tono confidencial-. Papá me lo sa dicho. Me ha prometido que se va a quedar para siempre con nosotras. No tengas miedo, mamá.
    Meg la abrazó más fuerte.
    – Algunas veces los mayores no pueden cumplir sus promesas, Anna.
    – Papá sí, porque es mi padre y me quiere -replicó la niña, casi llorando-. Date prisa, mami. Nos está esperando.
    Anna se desasió del abrazo y salió corriendo, antes de que Meg pudiera impedírselo. Asustada, Meg agarró su bolso, cerró la puerta y corrió tras ella.
    Por fortuna, las mañanas de domingo eran muy tranquilas en los alrededores de la urbanización, sobre todo en invierno. Meg se libraría de responder a preguntas incómodas como «¿por qué estás tan pálida, Meg?», «¿quién era ese hombre tan atractivo que estaba anoche en tu apartamento?» o «¿por qué está sentado en tu coche con Anna?».
    Al verla, Kon salió del coche y la miró con los ojos entornados. Meg se alegró de no haberse molestado en arreglarse. Parecía que él estaba comparando a la cansada y angustiada madre con la apasionada y vivaz jovencita que había sido.
    – Si prefieres conducir, yo me sentaré detrás -dijo él.
    Parecía tan sensato que a Meg le flaqueó el ánimo.
    – ¿Es que vas a dejarme decidir ahora, para variar? -Meg dio la vuelta al coche y se montó detrás.
    Él le lanzó una mirada penetrante y se sentó al volante. Pocos segundos después, se pusieron en marcha.
    Kon puso la radio. Estaban emitiendo villancicos y Anna se puso a cantar, para deleite de Kon. Meg podía ver su cara por el retrovisor. No pudo evitar emocionarse al ver la expresión de amor con la que, de vez en cuando, Kon miraba a Anna.
    Mientras avanzaban, a Meg se le ocurrió que nunca antes había ido de pasajera en su propio coche. Era nuevo para ella estar sentada en el asiento trasero y dejar que Kon hiciera el trabajo. De mala gana, admitió que era un cambio agradable no tener que conducir, sobre todo teniendo en cuenta que las carreteras estaban heladas y que el viento sacudía el coche.
    Pero, por supuesto, ella sola no habría salido con Anna en el coche en un día como aquel. Su rutina normal era dar un paseo hasta la iglesia, luego volver a casa y comer. Después, Meg solía animar a Anna a practicar con el violín. Más tarde, su hija se iba al apartamento de Melanie, o viceversa, mientras Meg tejía o cosía.
    Últimamente, Anna pasaba mucho tiempo en casa de Melanie porque le fascinaba el nuevo bebé. Por eso estaba obsesionada con la idea de tener un hermanito: una hermanita y le había contado su deseo a Kon. Él parecía poder cumplir todos sus sueños. No era de extrañar que Anna lo adorara. ¿No lo había adorado la propia Meg?
    Sin poder evitarlo, miró la cabeza morena de Kon, sus hombros anchos, su atractivo perfil. Apartó la mirada bruscamente para dirigirla a la ventanilla, pero sus ojos se encontraron un instante con los de él. Su mirada llameante le cortó la respiración.
    La turbación que sintió, la puso tan furiosa que no se dio cuenta de que se habían detenido en un área de descanso.
    – Aún no tengo que ir al servicio, papá.
    Kon se echó a reír, pero Meg se sintió inquieta, preguntándose por qué habían parado. Él se dio la vuelta para mirarlas a las dos.
    – Casi estamos en Hannibal. Pero, antes de que lleguemos, tengo que contaros un secreto -su voz grave aumentó las aprensiones de Meg-. Sé que tu madre puede guardarlo, pero, ¿y tú, Anochka? Si te digo algo muy, muy importante, ¿te acordarás de que es el secreto de nuestra familia?
    Nuestra familia. Meg se quedó sin aliento. Anna abrió mucho los ojos y asintió solemnemente.
    – Cuando me fui de Rusia, tuve que cambiar de nombre.
    – ¿Por qué, papá?
    Meg sintió una rara tensión que irradiaba de él, como si hubiera una corriente de oscuras emociones que le costaba expresar.
    – Alguna gente se enfadó mucho cuando dejé mi país -dijo él-, y alguna gente de Estados Unidos se enfadó mucho porque me vine aquí. No les gustaba mi nombre ruso. No les gustaba yo.
    Algo en su tono de voz le hizo pensar a Meg que había sufrido mucho.
    – A nosotros nos gustas, papá -dijo Anna en defensa de su padre, dispuesta a perdonarle todo-. Te queremos, ¿verdad, mami?
    – Y yo os quiero a vosotras -dijo él con voz profunda, impidiendo que Meg contestara-. Así que, para manteneros a salvo, tuve que cambiar de nombre.
    Con una noticia tan importante que considerar, Anna se olvidó del villancico que empezaba a sonar en la radio.
    – ¿Cómo te llamas ahora?
    – Gary Johnson.
    ¿Gary Johnson? Meg tuvo que reprimir una carcajada. Ningún hombre en el mundo se parecía menos a un Gary Johnson que el agente del KGB Konstantino Rudenko. Era ridículo.
    – ¡Así se llama un niño de mi clase! -gritó Anna, excitada-. Tiene el pelo rubio y una cacatúa. La señorita Beezley nos dejó llevar nuestras mascotas a clase y mami me ayudó a llevar mis peces.
    Kon asintió, complacido por la respuesta de su hija.
    – Hay miles de niños y hombres en Estados Unidos que se llaman Gary Johnson. Por eso lo escogí.
    – ¿Y ya nadie quiere hacerte daño?
    – Eso es. Tengo montones de nuevos amigos y vecinos y todos me llaman Gary o señor Johnson.
    – ¿Yo puedo seguir llamándote papá?
    Kon desabrochó el cinturón de seguridad de Anna y la sentó sobre sus rodillas para darle un beso.
    – Tú eres la única persona en el mundo que puede llamarme papá, Anochka.
    – Menos cuando tenga una hermanita.
    – Eso es -murmuró él, abrazándola con fuerza.
    Anna miró a Meg por encima del asiento. Sus ojos azules brillaban como gemas.
    – Mamá, tienes que llamar a papá Gary a partir de ahora. No lo olvides -dijo, muy seria.
    Sus palabras sonaron tan tiernas que a Meg le dio un vuelco el corazón y tuvo que apartar la mirada.
    Siendo Kon como era, le sería imposible llamarlo Gary. En realidad, toda la situación era grotesca. Simplemente, no podría hacerlo. Pero realmente no importaba, porque solo lo vería en los días de visita y, entonces, no habría nadie a su alrededor.
    Sintió sobre ella la mirada de Kon.
    – Tu mamá siempre me llamaba «cariño», así que no creo que haya ningún problema.
    Meg no podía soportar más aquella farsa. Se sentía como si hubiera envejecido cien años desde el ballet.
    – Creo que va a estallar otra tormenta de nieve, Gary -bromeó-. Si vamos a ver tu casa, sugiero que nos movamos.
    La sonrisa deslumbrante que le lanzó él, la hizo estremecerse.
    – Parece que estás tan nerviosa como yo.
    Puso a Anna en su asiento, le abrochó el cinturón de seguridad y volvió a poner el coche en marcha. Hannibal quedaba solo a siete kilómetros.
    – Tengo muchas ganas de llegar a casa -le dijo Kon a Anna, acariciando sus rizos con la mano libre-. He estado muy solo sin mi niñita.
    – Ahora estoy aquí, papá, y nunca volverás a estar solo, ¿verdad, Clara? -le preguntó Anna a su muñeca, a la que le había puesto el nombre de la niña de El cascanueces-. Clara también te quiere, papá.
    – Me alegra saberlo.
    Aunque lo intentó con todas sus fuerzas, Meg no pudo sustraerse al sonido de su voz profunda y a las miradas cariñosas que Kon intercambiaba con su hija. La generosidad de Anna hizo que a Meg se le pusiera un nudo en la garganta y pareció afectar a Kon de la misma forma, porque comenzó a murmurar en ruso palabras de cariño y agarró a Anna de la mano.
    Había cumplido su objetivo. Anna nunca volvería ser solo de Meg. Ésta se llevó una mano al pecho, como si quisiera detener el dolor. ¿Qué iba a hacer?
    Salieron de la autopista y entraron en la pequeña ciudad de Hannibal.
    Meg no sabía cuáles eran los planes de Kon, pero imaginaba que las llevaría al centro de la ciudad, donde estaba la Casa Museo de Mark Twain.
    Pero, en lugar de hacerlo, tomó un camino que pasaba por las casonas históricas, decoradas para la Navidad, hasta llegar a la famosa mansión Rockcliffe. Pasaron otra calle, giraron y entraron en una rampa de aparcamiento cubierta por la nevada nocturna.
    Dieron la vuelta a la parte trasera de una bonita casa de color blanco de dos pisos.
    – Hemos llegado, Anochka -Kon aparcó frente a un garaje para dos coches y le desabrochó el cinturón de seguridad a Anna.
    Esta no podía estarse quieta. Sus ojos brillantes no se perdían detalle.
    – ¿Dónde están los perros, papi?
    – En el porche de atrás, esperándonos.
    Meg contempló la casa con incredulidad y luego miró a Kon, que estaba ayudando a Anna a salir del coche. No reconocía, en aquel atento hombre de familia, al todopoderoso agente del KGB que, en el pasado, inspiraba temor.
    Meg salió del coche, boquiabierta. Kon les dijo que esperaran allí, mientras abría la puerta.
    Anna dio un grito de alegría cuando un bonito pastor alemán salió corriendo escaleras abajo y se puso a corretear a su alrededor sobre la nieve, husmeándole las manos y moviendo el rabo. Sin duda, Kon tenía experiencia en el adiestramiento de perros. El animal estaba tan bien amaestrado que no enseñó los dientes, ni gruñó, ni saltó sobre la niña, para alivio de Meg. A una orden de Kon, se quedó quieto y se dejó acariciar por Anna.
    – Meggie, acércate a saludar a Thor -la animó Kon.
    Su tono jovial y acogedor, le trajo a Meg recuerdos de otro lugar, de otro tiempo, en el que solo vivía para él y. siempre que estaban separados, contaba las horas que faltaban para que volvieran a verse.
    Durante unos minutos, Meg olvidó sus temores y se acercó al perro. Thor parecía tan contento como Anna. Mostraba su alegría con saltos, gemidos y ladridos que hicieron reír a Anna y a su padre.
    Meg nunca había visto tan feliz a Kon. Sin darse cuenta, sonrió y de pronto descubrió que él la estaba mirando como antaño, con sus ojos de un azul rabioso llenos de pasión. Estremecida, se dio la vuelta.
    – ¿Dónde está el otro perro? -quiso saber Anna.
    – Gandy está muy ocupada dentro de la casa -fue la misteriosa respuesta-. ¿Entramos a ver qué hace?
    – ¡Sígueme, Thor! -gritó Anna, alegremente, subiendo las escaleras detrás de su padre.
    Antes de alcanzar la puerta, Meg oyó los gritos excitados de Anna. Intrigada, se apresuró a entrar en el cálido porche cerrado, donde vio a una perra pastora tumbada en un rincón, sobre una cama improvisada, con tres cachorrillos mamando. La perra levantó la cabeza cuando se acercaron.
    Thor se echó junto a Kon. Este se puso de cuclillas y rodeó a Anna con el brazo para mirar aquella bonita estampa.
    – Este es el regalo anticipado de Navidad del que te hablé, Anochka -murmuró.
    – ¡Oh, papá! -exclamó, entusiasmada-. Mira a la más pequeña. Podría caber en mis manos.
    – Es un macho -dijo él, suavemente.
    Anna asimiló la información y dijo:
    – ¿Puedo tocarlo? Por favor…
    – Dentro de un rato, cuando acabe de comer. No debemos molestarlos ahora.
    – ¿Cómo se llama? -murmuró Anna.
    – Creo que es mejor que tú elijas el nombre, porque va a ser tu perro. A los otros dos les buscaremos un hogar, en cuanto estén listos para dejar a su mamá. Pero ese cachorro es para ti.
    Anna se volvió a mirar a Meg, con los ojos brillantes.
    – Mami, voy a llamarlo «Príncipe Marzipán Johnson».
    Meg se echó a reír, sin poder evitarlo, y Kon la imitó.
    – ¿Qué tal si lo dejamos en «Príncipe»? -logró decir Kon, poniéndose en pie-. Creo que ya hemos abusado de la paciencia de Gandy. ¿Por qué no entras con Thor y empiezas a explorar? -abrió otra puerta que daba entrada a la casa-. A ver si encuentras tu habitación.
    – ¿Mi habitación? ¡Vamos, Thor! -Anna agarró al perro por el collar y ambos entraron por la puerta abierta.
    En cuanto desaparecieron, Meg volvió a ser consciente de la realidad de la situación.
    – Kon…
    – Después, Meggie. A menos que quieras ducharte conmigo…
    Ella se metió las manos en los bolsillos del abrigo y volvió a mirar a Gandy.
    Mucho después de que Kon entrara en la casa, Meg seguía allí, de pie, deseando olvidar la imagen de ese cuerpo curtido y atlético que una vez había conocido y deseado el suyo.
    El tormento agridulce de esos recuerdos la mantuvo paralizada y, aunque Anna la llamó, no pudo entrar en la casa. Una casa que Kon había comprado con dinero obtenido de la venta de secretos.

Capítulo 6

    Meg tenía miedo. Miedo de que le gustara demasiado aquella casa. Miedo de que Kon resquebrajara su resistencia un poco más. Miedo de que los contornos de la realidad se desdibujaran, hasta el punto de que ya no supiera qué era ficticio y qué real. Miedo de ser tan vulnerable e ingenua como Anna y… ¿y de qué más? No lo sabía.
    Aunque de verdad Kon hubiera desertado, todavía era un hijo de Rusia, un hombre que amaba a su país. Meg no podría culparlo si deseaba visitar la remota aldea de Siberia donde había nacido; donde, siendo un niño, había jugado con su trineo; donde había sido feliz en el seno de su familia.
    Tenía dinero y podía viajar con pasaporte estadounidense. Y tal vez se llevara a Anna con él. ¿No sería natural que quisiera recobrar su infancia truncada a través de la mirada de su hija?, ¿que quisiera inculcarle a Anna su amor por Rusia? Si conseguía la custodia compartida, podría llevarse a Anna adonde quisiera, sin que Meg pudiera hacer nada.
    Años atrás, Meg había rechazado su proposición de matrimonio porque no quería establecerse de manera permanente en Rusia. Eso no cambiaría y Kon lo sabía. Estaba segura de que no habría forma legal de impedirle que se llevara a Anna temporalmente. Era hora de hablar seriamente con él.
    Un impulso de energía nerviosa la empujó por fin a entrar en la casa. Pero se detuvo en medio de la cocina, admirada por los armarios de madera blanca de estilo tradicional inglés. La pátina brillante de la tarima de cerezo del suelo, las molduras blancas y las paredes pintadas de amarillo pálido creaban un ambiente de calidez y belleza. El resto del piso bajo estaba decorado en el mismo estilo tradicional.
    La casa era de tamaño medio y tenía ventanas antiguas de un sobrio clasicismo. En el salón y el comedor, la combinación de piezas de anticuario y de cómodos y mullidos sofás tapizados de damasco verde, daba al interior un aire intemporal.
    Meg observó la curva elegante de la escalera, con su pasamanos de madera labrada. Entró despacio en un estudio cerrado por puertas acristaladas. A ambos lados de la chimenea de ladrillo, había dos librerías adosadas a la pared que contenían una impresionante biblioteca de literatura clásica, con libros en varios idiomas, incluido, por supuesto, el ruso. El único toque moderno eran unos armarios archivadores y un escritorio sobre el cual había una lámpara y un ordenador.
    ¿Reflejaba aquella decoración el gusto de Kon o había comprado la casa tal y como estaba?
    ¿Cómo podía Meg conocer al hombre real que se ocultaba tras el agente del KGB cuando su único contacto había tenido lugar en un coche de policía, en una cárcel o en un restaurante regentado por el KGB? O en una cabaña de leñadores…
    Meg se estremeció al considerar lo que había hecho. Anna había sido concebida en una cama extraña, con un extraño, en un país extraño…
    Seguramente, en aquellos tiempos Kon no podía llevar a su amante a su casa, si es que tenía algo parecido a una casa. Su experiencia no había tenido nada que ver con la forma normal en que un hombre y una mujer se conocen y llegan a quererse.
    Según Walt y Lacey Bowman, Kon vivía en Hannibal desde hacía cinco años. ¿Le había dado el gobierno americano aquella casa, junto con su nueva identidad, a fin de ocultar que era un desertor ruso?
    ¿Quién era Kon realmente?
    ¿Era Konstantino Rudenko el nombre que le dieron sus padres al nacer, o el que le había dado el gobierno ruso?
    Meg pensó que se volvería loca si intentaba responder a todas aquellas preguntas y escondió la cara entre las manos.
    De pronto, sintió otras manos sobre sus hombros. Unas manos fuertes, masculinas y cálidas que le resultaron dolorosamente familiares. Podría haberse apartado, pero una fuerza más poderosa que su voluntad gobernaba su cuerpo. Una voz baja y profunda susurró:
    – No intentes resolver todos los problemas del mundo ahora mismo.
    Era como si le hubiera leído el pensamiento.
    Se quedó sin aliento cuando él comenzó a acariciarle la nuca, dándole un suave masaje sobre los músculos tensos.
    – Tú y yo no hemos estado solos ni un momento hasta ahora -murmuró Kon, rozando con su boca el lóbulo de la oreja de Meg-. Adoro a Anna, pero creí que iba a volverme loco si no encontraba una forma de que se entretuviera ella sola, para poder besar a su madre. Dios mío, han sido seis años interminables, mayah labof.
    Meg sintió el calor de su cuerpo y sus antiguos deseos reaparecieron, atrapándola pese a su resistencia. Kon la besó en las mejillas. Ella percibió el olor a jabón de su cara fresca y recién afeitada.
    – No ha habido nadie para mí desde que me dejaste y tengo la impresión de que para ti tampoco. Lo que compartimos no podría repetirse con nadie más. Ayúdame -gimió Kon antes de besarla y estrecharla entre sus brazos.
    Meg intentó no responder al beso, pero se sentía como si una droga le hubiera nublado el entendimiento. El beso comenzó a obrar su magia y Meg abrió la boca, casi sin darse cuenta de lo que hacía. Había perdido el control. Igual que en el pasado…
    Estaba sucediendo otra vez, como había temido. Aquel frenesí irracional, aquella explosión de sensualidad que la debilitaba, dejándola a merced de Kon. Hacía tanto tiempo que no sentía aquellas sensaciones, que su deseo pareció despertar de nuevo a la vida.
    De alguna forma, sin que ella lo notara, Kon le desabrochó el abrigo y la apretó contra su cuerpo. Sus manos recorrieron la espalda de Meg y sus dedos se introdujeron por debajo de la cinturilla de su falda para tocarle la piel.
    Con un gemido desesperado, ella deslizó sus brazos alrededor del cuello de Kon y arqueó el cuerpo para sentir su calor. Sabía adonde los llevaba aquello, pero lo deseaba tanto que apenas se dio cuenta de que se escuchaban pasos y una vocecilla en la escalera.
    Anna.
    Meg no podía permitir que su hija los viera así. Intentó apartar a Kon, pero él, que no había oído a Anna, la besó con más fuerza, sofocando su grito de pánico. La besó con un deseo insaciable. Y, para vergüenza suya, Meg se abandonó, aunque Anna había entrado en el estudio, seguida del alegre Thor.
    Mortificada por haber sido sorprendida, Meg trató de separarse de Kon y esperó el inevitable comentario de su hija. Pero, por una vez, Anna no dijo nada en absoluto.
    El silencio debió alertar a Kon, que, con un suave gruñido, separó a regañadientes su boca de la de Meg. Sus ojos brillaron cuando observó los labios temblorosos de ella.
    Como Kon parecía tan incapaz de hablar como su hija, Meg se dio cuenta de que le tocaba a ella distraer la atención de Anna.
    Aprovechó la momentánea debilidad de Kon para separarse de él. Pero no estaba preparada para la sensación de pérdida que sintió en cuanto se desasió de su abrazo. Ni estaba preparada para la mirada curiosa de Anna, que le recordó a la de Kon. La misma mirada penetrante.
    La presencia de Anna la hizo sentirse como una jovencita enamorada, a la que sus padres hubieran sorprendido en una situación embarazosa con su novio. Antes de que se le ocurriera qué decir, Anna tomó la iniciativa.
    – ¿Estáis haciendo un niño?
    Meg debía haber esperado algo así. Se le cortó la respiración cuando sintió las manos de Kon sobre sus hombros.
    – Todavía no, Anochka -respondió él, tranquilamente-. Primero, tu madre tiene que aceptar casarse conmigo. ¿Quieres que se lo pida ahora?
    – ¡No! Por favor… -rogó Meg, pero Anna asintió solemnemente.
    Meg pensó que se habría desmayado si Kon no hubiera estado tras ella, sujetándola firmemente.
    – Meggie -él desatendió su súplica y murmuró algo, acariciándole el pelo con la barbilla-. Con la ayuda del senador Strickland, he hecho los preparativos para que nos casemos en privado aquí, en casa, el miércoles. Un amigo mío que es juez del Tribunal Supremo del estado nos casará, y Lacey y Walt serán los testigos. Solo falta que tú digas sí -le había puesto a Meg la soga al cuello y estaba apretando el nudo-. Quiero que seamos una familia. Anna no debería haber crecido sin su padre y no quiero que otro hombre la eduque. Es evidente que tú tampoco, o ya te habrías casado -era cierto, pero Meg moriría antes que admitió-. Puedes dejar tu trabajo en Strong Motors y descarte a Anna. Esta casa necesita una mujer, una esposa. Ni siquiera he querido poner un árbol de Navidad hasta que pudiéramos hacerlo juntos.
    Hubo un largo silencio mientras Meg trataba de asimilar lo que él había dicho.
    – Anna -dijo por fin con voz trémula-, necesito hablar con tu padre a solas. ¿Por qué no os vais Thor y tú al porche a ver a los cachorros? Pero no los toques.
    – ¿Te vas a casar con papá? -insistió la niña con obstinación.
    – Anna -dijo Meg con firmeza-, haz lo que te digo, por favor.
    Pero la niña no le hizo caso y sus ojos se llenaron de lágrimas.
    – Yo quiero vivir con papá. Tengo una habitación pintada de rosa y una cama con una tienda encima, y un espejo y una mesita y… ¡y todo!
    – Anochka… -la reprendió su padre suavemente.
    Fue suficiente para que la niña agarrara a Thor por el collar y saliera de la habitación.
    ¿Cómo lo lograba Kon?
    Meg se dio la vuelta, exasperada, notando al mismo tiempo lo increíblemente guapo que estaba él, vestido con unos vaqueros y un jersey negro de cuello vuelto. Pero estaba decidida a ignorar lo que sentía por él.
    – No tengo intención de casarme contigo. No hace falta que nos casemos para que veas a Anna -su pecho oscilaba como si le faltara el aliento-. Si me dices qué días quieres estar con ella, la traeré aquí en coche y dejaré que paséis un rato juntos antes de volver a llevarla a casa.
    – Esta es tu casa ahora -fue su respuesta implacable-. Quiero que estéis las dos aquí, de día y de noche, el resto de nuestras vidas.
    – Eso no es posible, Kon, pero estoy dispuesta a aceptar un régimen de visitas.
    – Yo no.
    ¡Kon era intratable!
    – Es eso o nada, me temo. Ya te has reunido con tu hija. Ahora me la llevo a casa. Por favor, dame las llaves de mi coche.
    Meg se sorprendió cuando él sacó las llaves del bolsillo y se las entregó sin decir una palabra, con una extraña sonrisa en su atractivo rostro moreno.
    Pero aún más le sorprendió que no hiciera nada para impedirles salir de la casa. Se quedó de pie en las escaleras, sujetando a Thor, mientras Meg arrastraba a una Anna histérica hasta el coche.
    – ¡Papá! ¡Papá! -gritó la niña con todas sus fuerzas, cuando Kon entró en la casa y cerró la puerta.
    Los gritos de su hija le recordaron a Meg la cinta que había escuchado la noche anterior. Aquellos gritos debían estar destrozando a Kon, quien, sin embargo, no movió un dedo para ayudarla. Aquello era, precisamente, lo que Meg había querido, pero el dolor de la situación resultaba casi insoportable.
    – ¡No dejes que me lleve, papá! -el grito de Anna podía escucharse desde kilómetros a la redonda. La niña no dejó de llorar ni siquiera cuando se marcharon.
    Por más que Meg se esforzó en razonar con su hija, por más que trató de explicarle que podría ver a su padre muy pronto, la niña siguió llorando, histérica, durante todo el trayecto.
    – Te odio -le dijo con voz ahogada cuando entraron a: el garaje-. Clara también te odia y nunca volveremos a quererte.
    Anna tenía la cara colorada y parecía enfebrecida. Meg se sintió tan culpable que a punto estuvo de regresar a Hannibal. Pero tenía que mantenerse firme, o le perdería todo.
    «Maldito seas, Kon», pensó, luchando por contener las lágrimas. Hasta ese momento, nunca había discutido con su hija.
    Oh, Kon era muy bueno en su trabajo. ¡Bueno para sembrar la confusión y el caos!
    No pudo contener el llanto por más tiempo.
    «Maldito seas por hacer que te quiera, Kon… ¡Maldito, maldito seas!».

    – ¿Meg? Te llaman del colegio de Anna. Por la línea dos.
    Meg cerró los ojos. Probablemente, Anna se había puesto enferma. Se había negado a comer cuando llegaron a casa el día anterior y tampoco había tocado el desayuno esa mañana.
    – Gracias, Cheryl.
    Con mano temblorosa, descolgó el teléfono y apretó el botón. Le dolía tanto la cabeza que no sabía si iba a ser capaz de resistir el resto de la jornada. Las cuatro aspirinas que se había tomado no le habían hecho efecto y empezaba a sentir náuseas. Si seguía así, tendría que irse a casa.
    – ¿Sí? Soy Meg Roberts.
    – Hola. Me llamo Carla Morley. Estoy sustituyendo a la señora Hixon, que está en casa con gripe. Solo quería comprobar si es correcto que el padre de Anna la lleve a casa. Anna no se encontraba bien cuando llegó al colegio esta mañana. Como no pudimos contactar con usted a la hora del almuerzo, Anna me pidió que llamara a Hannibal. Su padre ha venido tan rápido como ha podido. El problema es que usted no puso el nombre del señor Johnson en la tarjeta de emergencia, pero él me ha dicho que se debe a que ha estado fuera del país hasta hace poco. Yo le he explicado que no puedo permitirle llevarse a Anna de la escuela a menos que usted me dé su consentimiento.
    Dios mío.
    – Retenga a Anna ahí. Yo llegaré enseguida. Y gracias por ser tan precavida.
    Sin la intervención de Carla Morley, probablemente Kon estaría ya de camino a Hannibal con Anna. Ésta estaba tan enfadada con Meg, que lo habría acompañado a cualquier parte.
    Cheryl la miró con preocupación cuando Meg colgó el teléfono.
    – ¿Le pasa algo a Anna? Estás blanca como una sábana.
    – Está… está mala -no podía hablarle a nadie de Kon, ni siquiera a Cheryl-. Voy a tener que llevarla a casa. ¿Te importa sustituirme?
    – Claro que no. De todas formas, no debías haber venido a trabajar esta mañana. Vete a casa y quédate allí hasta que las dos os recuperéis.
    – Gracias, Cheryl.
    Cuando atravesó la sala de exposición, Ted intentó trabar conversación, pero Meg le dijo que Anna estaba enferma y que no podía pararse a hablar. Él la acompañó al aparcamiento y le abrió la puerta del coche, diciendo que la llamaría más tarde para ver si podía hacer algo.
    Meg le agradeció su preocupación, pero le dijo que no era necesario. No volvió a pensar en Ted mientras conducía hacia el colegio de Anna. Por fortuna, la tormenta prevista no se había producido. Las calles estaban relativamente despejadas de nieve y Meg se saltó el límite de velocidad para llegar cuanto antes a su destino. Aparcó en la zona reservada al autobús escolar para ganar tiempo y salió precipitadamente del coche.
    Con el corazón en un puño, entró en la oficina de dirección y vio a Anna sentada sobre las rodillas de Kon, con la cabeza apoyada en su pecho. Verlos juntos siempre la perturbaba. Se parecían tanto…
    El alivio que sintió al encontrar a su hija a salvo, se convirtió en consternación al ver su cara congestionada.
    – Cariño, la señorita Morley dice que estás malita.
    – No me encuentro bien -dijo Anna, con una voz débil que sorprendió a Meg.
    Atrapada en un torbellino de emociones, Meg se fue directa a Anna, que no opuso resistencia cuando la tomó en brazos. No hubo ningún «te odio, mamá» que hiciera a Meg sentirse peor de lo que ya se sentía.
    La señorita Morley le ofreció una sonrisa de conmiseración.
    – Hay un brote de gripe. Esta mañana han faltado muchos alumnos.
    – Seguramente será eso -murmuró Meg, aturdida. Sintió clavada en ella la mirada de Kon, que se había levantado. Parecía desafiarla a hacer una escena delante de aquella mujer.
    – Afortunadamente, hoy es el último día antes de las vacaciones de Navidad -dijo la maestra amablemente-. Anna tendrá todas las vacaciones para recuperarse.
    Meg no veía el momento de salir de allí.
    – Gracias, señorita Morley.
    – No se preocupe. El señor Johnson calmó a Anna en cuanto llegó. ¿Verdad que sí, Anna? -la mujer sonrió primero a la niña y luego a Kon, obviamente encantada con él-. Feliz Navidad.
    Meg agradeció que la mujer no sacara a relucir el tema de la autorización. Sin duda, la señorita Morley estaba acostumbrada a tratar con padres divorciados y sabía ser discreta.
    – Feliz Navidad -respondió Anna, con una voz que sonó mucho más alegre que antes.
    – ¿Cómo sabías el teléfono de tu padre? -le preguntó Meg en cuando salieron de la oficina.
    – Le dije a la señorita Morley que papá vive en Hannibal y que se llama Gary Johnson, como él nos dijo. Y ella lo llamó.
    Para consternación de Meg, Kon la miró con sorna.
    – Nuestra hija es muy lista y tiene muchos recursos -comenzó a decir en ruso-. Si no tienes más cuidado, tu paranoia va a trastornarla.
    El reproche hizo que Meg se sintiera pequeña y mezquina. Y, por supuesto, culpable por pensar siempre lo peor de él. Se dio cuenta de que, irónicamente, el incidente verificaba al menos en parte su historia, lo que le daba a Kon una ventaja moral. La llamada probaba que estaba en el listín telefónico y que llevaba establecido algún tiempo en Hannibal.
    – ¿Podemos irnos a casa? Príncipe me echa de menos.
    – Yo cuidaré de él, Anochka -respondió Kon, antes de que Meg pudiera decir nada. De nuevo, sintió que su mundo se desintegraba… Anna ya no consideraba su apartamento como su hogar.
    Al parecer, Kon había notado lo pálida que estaba Meg. Cuando abrió la puerta del coche para que entrara Anna, dijo:
    – Ahora mismo, tu madre y tú os vais a meter en la cama.
    Anna miró a Meg con pena.
    – ¿Estás enferma, mamá?
    – No -contestó ella, mientras le abrochaba el cinturón de seguridad-. Solo un poco cansada.
    – ¿Papá viene con nosotras?
    – Eso depende de tu madre -dijo Kon suavemente, dejando la responsabilidad a Meg, que seguía siendo la mala de la película.
    – ¡No te vayas, papá! -Anna comenzó a llorar otra vez.
    De pronto, Meg se sintió completamente desesperada. Se apoyó en la puerta del coche, sin fuerzas para luchar. No podía enfrentarse a Kon y a su hija al mismo tiempo. Con voz lánguida, dijo:
    – Tu padre puede seguirnos en su coche, si quiere.
    Anna dejó de llorar al instante.
    Meg esperaba ver una expresión triunfante en el rostro de Kon, pero, cuando él le abrió la puerta del conductor, un fugaz destello de tristeza oscureció sus ojos azules. Eso confundió aún más a Meg, que se preguntó si fingía.
    – Estaré justo detrás de vosotras, Anochka.
    – ¿Me lo prometes? -preguntó Anna, hipando.
    Meg se aferró con fuerza al volante. No reconocía a su hija, De repente, se había convertido en una niña ansiosa, temerosa de que su padre desapareciera de su vida. Su carácter vivo y confiado había cambiado por completo.
    Al parecer, Kon no era inmune a la fragilidad de Anna, porque, inesperadamente, abrió la puerta trasera y subió al coche.
    – Iré con vosotras y recogeré mi coche más tarde.
    Antes de que Meg pudiera impedirlo, Anna se quitó el cinturón de seguridad y saltó al asiento trasero para abrazarse a Kon. Meg los miró por el retrovisor y su corazón se llenó de algo parecido a la tristeza al ver la ternura con que Kon consolaba a su hija, la acunaba en sus brazos y le decía palabras cariñosas.
    Y así fue como Meg lo supo. Kon quería a Anna. Una emoción así no podía ser fingida. Un sexto sentido le dijo que Kon quería a su pequeña Anochka tanto como ella misma. Y Anna lo quería a él. Si Meg había tenido la vana esperanza de que aquello solo fuera una ilusión pasajera, de la que Anna se olvidaría en cuanto perdiera de vista a Kon, era mejor que se desengañara.
    Hicieron el camino a casa en silencio. Cuando Meg aparcó y salió del coche, vio que Anna se había quedado dormida, con la cara todavía humedecida por las lágrimas, en brazos de Kon. La noche anterior había estado llorando durante horas antes de caer rendida.
    Kon salió del coche con mucho cuidado para no despertarla y siguió a Meg.
    Ella agradeció que casi no hubiera gente por allí a esa hora del día. Abrió la puerta del apartamento y Kon llevó a Anna a su habitación. Meg los siguió y se quedó en la puerta, observando cómo él le quitaba sigilosamente la chaqueta y los zapatos a Anna y la metía en la cama. Le acarició suavemente en la mejilla y, luego, bruscamente, se irguió y miró a Meg con expresión inquietante.
    Asustada por la tensión que se había instalado entre los dos, Meg se fue apresuradamente al cuarto de estar. Se preguntaba si estaba al borde de una crisis nerviosa.
    – Podemos casarnos pasado mañana y no tener que pasar por esto otra vez. Pero, si eres demasiado egoísta para pensar en lo mejor para Anna, te advierto que haré todo lo que pueda para tener una relación con ella.
    – ¿Y qué hay de lo mejor para mí? -saltó Meg.
    Él observó el color febril de sus mejillas, el fulgor de sus ojos grises, las curvas que se adivinaban bajo su blusa de seda blanca.
    – Tú no quieres a otro hombre.
    – Esa no es la cuestión -replicó Meg.
    – Esa es, precisamente, la cuestión, Meggie. Si te hubieras quedado en Rusia, hoy estaríamos casados y Anna tendría un hermanito o una hermanita.
    – Hablas de un tiempo que ya pasó. Entonces yo era otra completamente distinta. Lo nuestro no habría funcionado, porque tú ya estabas casado… con tu país. Y yo… yo tenía miedo -se sintió sacudida por un torbellino de emociones.
    – Deserté -respondió él-. Eso quiere decir algo.
    – ¿Por qué? -gritó ella-. ¿Por qué desertaste? No tenía sentido en un hombre de tu posición. Y, por favor, no insultes mi inteligencia diciéndome que fue porque estabas locamente enamorado de mí.
    Kon frunció el ceño.
    – Puede que yo haya sido un agente del gobierno, Meggie, pero también soy un hombre. Un hombre que se enamoró hasta el punto de tomar decisiones muy peligrosas, de asumir muchos riesgos, solo para pasar más tiempo contigo. Cuando te fuiste… caí enfermo.

Capítulo 7

    – ¿Enfermo?
    Meg le dirigió una mirada ansiosa.
    – ¿Caíste… enfermo? -murmuró, llevándose la mano a la garganta.
    – Es una expresión que usan los agentes cuando están quemados. Yo no había estado enfermo en toda mi vida y, de pronto, caí en una depresión que me dejó emocionalmente roto durante meses. Perdí peso, no podía dormir y tenía una angustia que no había sentido nunca. Como te dije una vez, había habido unas pocas mujeres en mi pasado, sobre todo agentes a mis órdenes. Una relación duró un poco más que las otras, pero siempre pude dejarlas sin involucrarme demasiado.
    Meg no sabía nada de esa relación que había durado un poco más. ¿Cuánto más? ¿Le habría pedido a esa mujer que se casara con él? Sintió una punzada de celos.
    – Por alguna razón, no me fue tan fácil olvidarme de ti -continuó él-. Un camarada me sugirió que pidiera un permiso y me fuera de vacaciones. Así que me marché a los Urales a pescar. Pero, al final, las vacaciones que iban a durar dos semanas, se quedaron en dos días. Volví al trabajo porque la inquietud que sentía me estaba devorando vivo. Me obsesioné tanto con el trabajo que hasta mis compañeros se apartaron de mí. Entonces me fue diagnosticada una depresión severa. El único placer que encontraba en la vida era seguir tus pasos a través de otro agente que vivía en Estados Unidos -Meg cruzó los brazos, repentinamente helada de frío, aunque hacía buena temperatura en el apartamento-. Un día especialmente negro, el agente me llamó para decirme que estabas embarazada -hizo una larga pausa, perdido en sus recuerdos. Luego volvió a hablar, con voz queda-. Nadie se sorprendió más que yo, porque sabía que había tomado precauciones. Como no te di oportunidad de estar con otro hombre en Rusia, y como estaba seguro de que no habías estado con nadie desde que dejaste mi país, supe que estabas embarazada de mí -ella bajó la cabeza para evitar su mirada posesiva-. Saber que tenías un hijo mío en tus entrañas me llenó de alegría. Me sentí como si estuviera aquí, contigo, compartiendo esa experiencia milagrosa. Y eso fue lo que me sacó de aquel pozo de tinieblas en el que me había hundido. Cuando el agente me mandó una fotografía de Anna en el nido del hospital, casi perdí la razón por no poder estar allí, abrazaría, ver sus piececitos y sus manitas, besarla… Entonces fue cuando decidí desertar.
    – Kon…
    – En aquellos momentos, el gobierno estaba en crisis y la distensión parecía cercana. Los acontecimientos que estaban cambiando mi país, me hicieron reconsiderar mi vida pasada y mi futuro. Todos esos años de servicio en el KGB, que eran la única vida que había conocido… El nacimiento de Anna me forzó a preguntarme qué quería para mí. No me desprecies por lo que te cuento, Meggie. Rusia siempre ocupará un lugar en mi corazón. Me dieron la mejor educación, los mejores alojamientos, la mejor paga, diversión cuando la necesitaba… Y, sobre todo, Rusia es mi patria. Pero, de pronto, deseé pertenecer a alguien y que alguien me perteneciera a mí -tomó unas fotografías familiares que Meg tenía sobre la mesita junto al sofá y las miró un momento-. No sé si mis padres y mi hermana siguen vivos. Hace treinta años les dijeron que yo había muerto. Eso ya no tiene remedio -dejó las fotografías y lanzó a Meg una mirada indescifrable-. Necesito a mi hija. Estar con ella estos dos días ha llenado en parte ese vacío.
    Meg dio un hondo suspiro.
    – Si te sentías así, ¿por qué no me buscaste en cuanto llegaste a Estados Unidos?
    Cuando pensaba en los años que habían pasado…
    – Cuando salí de Rusia, le proporcioné a tu gobierno información clasificada. Lo normal era que me ocultara. Por eso adopté una nueva identidad. Desde entonces, la situación internacional ha cambiado y ya no existe el mismo peligro. Pero sé cómo piensan algunas facciones de la vieja guardia y cómo trabaja todavía el Partido. Quería estar completamente seguro de que Anna y tú estabais a salvo, por eso he esperado hasta ahora -la miró fijamente-. Era un riesgo mantenerme oculto tanto tiempo, sabiendo que, en cualquier momento, podías conocer a otro hombre y casarte. Pero acepté el riesgo porque sabía que, un día u otro, tendría una relación con Anna y, esperaba, también contigo. Ese día ha llegado -dijo, con calma-, pero depende de ti. ¿Fijamos un régimen de visitas, aunque eso traumatice a Anna, o nos casamos y le damos un verdadero hogar? Podemos darle la estabilidad que se les niega a millones de niños. La estabilidad que me fue negada a mí -añadió con amargura.
    Quizá fuera una completa idiota, pero Meg estaba segura de que le estaba diciendo la verdad. Tal vez porque le había dicho abiertamente que sus lazos con Rusia nunca se romperían.
    – Sabes que no lo haré -murmuró él, respondiendo en voz alta al miedo de Meg a que se llevara a Anna-. Tal vez casarte conmigo sea la única forma de quitarte esa idea absurda de la cabeza.
    – Pero tú amas a Rusia. ¡Lo sé!
    – Sí, pero no puedo volver, Meggie. Mi vida está aquí, contigo. Trabajo en casa y llevo una vida discreta. Si te casas conmigo, no tendrás que trabajar, a menos que quieras. Estaremos juntos veinticuatro horas al día. Eso era lo que queríamos antes de que te marcharas de Rusia -en voz baja, añadió-: Si duermes conmigo o no, es elección tuya. ¿Qué te parece?
    ¿Que qué le parecía?
    Aterrador, gritó su corazón. ¿Cómo podría vivir en la misma casa con él, año tras año, queriéndolo en todos los sentidos, pero sintiendo siempre el temor de que echara de menos su país, su antigua vida? En ese momento decía que no podía volver, que todo se había acabado, pero ¿qué pasaría si cambiaba de opinión? Era fácil ver que eso podía ocurrir.
    – Es una cuestión de confianza, Meggie. Una rara cualidad que nuestra hija parece tener en abundancia. Al parecer, no la ha heredado de ti.
    Meg vaciló. Sin decir nada más, Kon se marchó a la cocina y descolgó el teléfono.
    – ¿A quién llamas? -preguntó ella, confusa.
    Con tono indiferente, él respondió:
    – A un taxi. Tengo que ir a recoger mi coche. Me llamaron del colegio antes de darles de comer a los perros. Debo regresar.
    – Pero si no estás aquí cuando Anna…
    – Como te decía -replicó Kon con esa soberbia aprendida en el KGB-, el régimen de visitas tiene sus inconvenientes cuando se vive en casas distintas -comenzó a marcar un número.
    Al pensar en el estado en que se pondría Anna cuando viera que Kon se había ido, Meg se dio cuenta de que no podría soportarlo otra vez. Asustada, gritó:
    – ¡Espera!
    Hubo un tenso silencio. Kon todavía tenía el auricular en la mano.
    – Si te vas a ofrecer a llevarme al colegio, no es necesario. Anna necesita dormir y no hay quien pueda quedarse con ella -acabó de marcar los dos últimos números.
    Ella echó la cabeza hacia atrás.
    – ¡Maldito seas! Sabes que no es eso lo que quiero decir -él colgó el teléfono. Meg vio un destello de satisfacción en su cara y lo despreció por ello-. Desde el momento en que nos abordaste en el ballet, sabías que vencerías. Solo era cuestión de tiempo. Un agente no acepta perder.
    Él frunció el ceño.
    – Esto no tiene nada que ver con agentes o ideologías. Esto no es un juego, Meggie. Estoy luchando por mi vida, por ti y por Anna. Sin vosotras, no tengo futuro -su voz se quebró de emoción.
    Habló con innegable convicción, prescindiendo de la lógica para dirigirse directamente al alma de Meg y destruyendo, así, la última frágil barrera que ella había levantado entre los dos.

    – Por el poder que me ha sido conferido, os declaro marido y mujer, legalmente casados desde este momento. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia.
    ¿De verdad habían pasado solo dos días desde que aceptó casarse con él?
    Kon deslizó la alianza con un diamante solitario en el dedo de Meg y le mantuvo agarrada la mano. Cuando el juez pronunció las últimas palabras de la oración, la apretó más fuerte.
    A Meg le favorecía su vaporoso vestido de novia rosa pálido. Estaba segura de que Kon percibía el más leve latido de su corazón bajo el fino tejido. Intentaba no mirarlo, por miedo a descubrir en él una mirada triunfal.
    De hecho, desde que, a la caída de la tarde, Meg había entrado en el salón acompañada de Anna y había saludado al juez Lunduist y a los Bowman, había intentado no mirar a Kon. En ese instante cerró los ojos para el beso ritual.
    Pero cuando, inesperadamente, sintió el beso de Kon sobre su mano en vez de en sus labios, abrió los oíos, asombrada. Nunca había oído que el novio besara la mano de la novia y se preguntó si sería una costumbre rusa. Pero, de pronto, Kon levantó la vista y sus llameantes ojos azules sorprendieron la mirada confusa de Meg.
    – ¡Por fin! -su susurro la convenció de que había notado que evitaba mirarlo.
    Antes de que ella pudiera reaccionar, Kon la besó en los labios, exigiendo una respuesta que a Meg le erizó los sentidos, pese a sus esfuerzos por permanecer indiferente.
    – Ahora me toca a mí, papá -dijo Anna, tirándole de la manga.
    Los demás se echaron a reír.
    Meg volvió bruscamente a la realidad cuando Kon dejó de besarla. Él levantó a Anna del suelo y las abrazó a las dos, besando primero en la mejilla a su hija y luego, en la boca, a la sorprendida Meg, con tanta pasión, que ella estuvo a punto de olvidarse de que había más gente en la habitación. Además, al parecer Walter Bowman había grabado la ceremonia con una cámara de vídeo, lo que hizo a Meg ruborizarse de vergüenza cuando lo supo.
    El timbre del teléfono, seguido del anuncio de Lacey Bowman de que llamaba el senador Strickland para felicitarlos, hizo que Meg recuperara en apariencia el control sobre sus sentidos. Se apartó de Kon con las piernas temblorosas y se agachó un momento como para arreglar el ramillete chafado de Anna, pero, en realidad, lo hizo para tomarse un respiro. Luego enderezó el lazo del vestido de tafetán de su hija y, por fin, siguió a Kon al estudio para hablar con el senador. El anciano habló casi todo el tiempo, lo que fue un alivio para Meg, que estaba tan aturdida por haberse convertido en la esposa de Kon, que apenas podía hablar con coherencia. Sobre todo, teniendo en cuenta que Kon le había pasado un brazo por la cintura y la apretaba con fuerza.
    La voz de Anna, que la llamaba, le dio la excusa para desasirse del abrazo de Kon mientras él se despedía del senador. Kon se mostró reacio a soltarla y Meg sintió su mirada clavada en ella cuando se alejó.
    – ¿Qué pasa, cariño? -preguntó Meg, cuando entró en el salón, casi sin aliento.
    – ¡Mira! -exclamó Anna alegremente-. ¡El príncipe Marzipán!
    Al principio, Meg pensó que hablaba del cachorro, pero luego reparó en el gran cascanueces, de casi medio metro de alto, que su hija había sacado de una caja colocada sobre la mesa.
    – Un regalo adelantado de Navidad de Walt y mío -le dijo, a Meg, Lacey Bowman-. Como le gustó tanto el ballet, pensamos que le gustaría tener uno como recuerdo.
    – ¿Ves, mami? -Anna corrió a enseñárselo, con la cara radiante de alegría-. ¡Se parece a papá! Y su boca se abre y se cierra. ¡Mira!
    Anna lo agarró por el asa y accionó la boca del bonito cascanueces artesanal. Meg supuso que había sido fabricado en Rusia. El detalle del uniforme de cosaco era inconfundible.
    Kon entró en el salón y se quedó de pie junto a su hija, agarrándola por los hombros. Cuando Meg sintió su presencia, levantó la cabeza y se sorprendió por el parecido entre el pelo oscuro y los ojos azules del soldadito de juguete y los de Kon. El contraste de la piel morena de Kon, su traje azul oscuro y su camisa blanca era casi deslumbrante. Realmente, parecía la encarnación de un príncipe ruso, moreno y altivo.
    Meg se lo imaginó con un uniforme de cosaco y un sombrero de piel y se le aceleró el corazón. Un jinete apuesto y romántico, a horcajadas sobre su caballo…
    Y era su marido.
    Respiró hondo y, ruborizada, se volvió hacia el juez, quien propuso un brindis por la feliz familia. Meg se bebió el champán que les sirvió Lacey, pero Kon declinó la copa, tomó a Anna en brazos con el cascanueces, el ramillete y todo, y le dio una copa de champán llena de zumo de arándanos para que ella también participara en la celebración.
    A pesar de los esfuerzos que hacía Meg por endurecer su corazón, la devoción de Kon por su hija traspasaba cualquier coraza. No podía negarlo: aunque Anna siempre había sido una niña feliz, la aparición de Kon la había hecho conocer otra dimensión del cariño. Había pasado muy poco tiempo, pero la presencia de su padre había aumentando la confianza y la seguridad de Anna.
    El lunes por la noche, cuando Anna se despertó después de un sueño reparador y se enteró de que Meg había decidido casarse con su padre, su anterior hostilidad hacia su madre desapareció por completo. Desde entonces, la niña parecía irradiar luz y había vuelto a sentirse tranquila. Meg se daba cuenta de que su boda había surtido un efecto tranquilizador sobre Anna, cuyo comportamiento había cambiado como de la noche al día.
    Todo el mundo en la boda vio lo contenta que estaba con su padre. Walt la grabó en vídeo mientras Kon y ella discutían los méritos del nuevo cascanueces, sobreactuando un poco para la cámara. Por fin, Lacey le dijo a Walt que dejara de grabar y se uniera a ellos en un brindis final. Meg estaba demasiado nerviosa para tomar más de dos sorbos de champán.
    Antes de la ceremonia, había temido la llegada de Walt y Lacey, quienes habían ayudado a Kon desde el principio. Pero cuando empezaron a hablar de marcharse, se dio cuenta de que le gustaba su discreta compañía y su amabilidad con Anna. No quería que se marcharan, porque, una vez lo hicieran, estaría a solas con Kon, su marido… que era, más que nunca, una amenaza para su tranquilidad de espíritu.
    Anna abrazó a Lacey y le agradeció el cascanueces, antes de que Walt y ella se marcharan entre una lluvia de adioses y felicitaciones navideñas.
    Kon cerró la puerta tras ellos y se volvió para mirar a Meg. Ella recordó aquellas veces, en Rusia, en que su mirada le decía que apenas podía esperar a que estuvieran a solas. Esa mirada siempre la hacía estremecerse y temblar. Pero, para alivio suyo, Kon se volvió hacia su hija.
    – Como ya somos oficialmente una familia, he pensado que podemos celebrarlo en algún sitio divertido.
    Anna lo miró con adoración.
    – ¿Adonde vamos, papá?
    – Con el permiso de tu madre, me gustaría que fuéramos a cenar al Molly Brown Theater para ver el espectáculo de Navidad. Habrá canciones y bailes y en todos tus personajes favoritos de Mark Twain.,Qué te parece?
    Anna esperó la respuesta de Meg con mirada suplicante. En la función estarían rodeados de mucha gente, así que a Meg no se le ocurrió otra forma mejor de pasar las horas siguientes.
    – Me… me parece muy bien.
    Kon, encantado, echó un vistazo a su reloj.
    – Debemos irnos ya, si queremos llegar a tiempo.
    – Voy a buscar mi abrigo -Anna salió de la habitación y Meg la siguió.
    No podía soportar estar a solas con él en el mismo cuarto. Todavía intentaba olvidar el sabor de su boca, la pasión que despertaba en ella cada vez que la rozaba.
    En los días anteriores, Meg había logrado evitar su presencia, no solo porque había estado muy ocupada de los preparativos de la boda y la mudanza, sino también porque Anna y Melanie habían estado siempre a su alrededor, como dos carabinas oficiosas.
    Por supuesto, Anna le había hablado de la boda a todo el mundo en el bloque de apartamentos. Muchos de ellos, incluyendo a los padres de Melanie, a los Garrea y a la señora Rosen, se pasaron a felicitar a Meg y llevarle dulces y pasteles.
    Kon, que siempre miraba a su hija con orgullo cuando tocaba el violín para él, enseguida le tomó afecto a la señora Rosen y le aseguró que llevaría a Anna todas las semanas a San Luís para que no se perdiera las clases de música. Además, le prometió a Anna que irían lo bastante temprano para que Melanie y ella pudieran jugar un rato. Por supuesto, aquello le ganó la aprobación de Melanie.
    De hecho, ésta se había pasado todo el martes mirando a Kon, siguiéndolo a todas partes, bombardeándolo con preguntas. El contestaba con infinita paciencia y buen humor, mientras desmontaba el acuario, con cuidado de poner los peces en jarras que Anna había llenado de agua para llevarlos a Hannibal.
    Meg sabía que Anna echaría de menos a su amiga, pero sabía también que la separación sería mucho más dura para Melanie. Los de la mudanza pasarían después de Navidad para hacer el porte. En Año Nuevo, Meg y Anna habrían dejado para siempre el apartamento.
    Para suavizar la separación, Meg invitó a Melanie a pasar el fin de semana siguiente en su nueva casa. Ello inició una nueva ronda de negociaciones y planes que hicieron la mudanza más llevadera.
    Persuadida por Kon y Anna, Meg había dejado su trabajo sin avisar con quince días de antelación.
    Ted, que había oído comentarios acerca de su boda con el padre de Anna, la llamó para averiguar qué pasaba. Por desgracia, fue Kon quien descolgó el teléfono. Le dijo a Ted que Meg estaba muy ocupada y que lo llamaría cuando regresaran de la luna de miel.
    Meg, que no tenía intención de marcharse de luna de miel, se imaginó la reacción de Ted ante aquellas noticias. Decidió que, pasados unos días, le escribiría una nota explicándole la situación. Era un hombre agradable y Kon no tenía derecho a ofenderlo deliberadamente.
    – ¿Tienes frío? -murmuró Kon junto a su oído, sacándola de su ensimismamiento. No se había dado cuenta de que la había seguido hasta el vestíbulo-. Esto te abrigará.
    Temblorosa, Meg se volvió y vio que Kon sujetaba un elegante abrigo negro de cachemira, forrado de satén.
    – Pruébatelo, Meggie.
    Como en un trance, ella pasó los brazos por las mangas y se ató el cinturón.
    – Mami, estás muy guapa.
    – ¿Verdad que sí, Anochka? -musitó Kon, mientras se ponía un sobrio abrigo azul oscuro.
    El pelo rubio de Meg parecía brillar como el oro sobre el abrigo negro. Miró a Kon, intrigada, y él le sonrió.
    – Considéralo un regalo anticipado de Navidad.
    – Gracias -murmuró ella, desviando la mirada, con una extraña punzada de dolor.
    Kon había desertado por los problemas de su trabajo en el KGB, pero, sobre todo, por Anna. Y, para tener a su hija, tenía que cargar también con Meg.
    Ésta no se hacía ilusiones. Después de tantos años, no podía estar todavía enamorado de ella. Habían estado separados demasiado tiempo. Estaba segura de que él le había dicho que no había habido ninguna otra mujer solo para halagar sus sentimientos.
    Si la cubría de regalos y se hacía el enamorado, era solo porque era la madre de su hija. Anna era la clave. Sin ella, Kon nunca habría ido a Estados Unidos.
    Dado lo que habían sentido el uno por el otro, era muy fácil para Kon decir que su amor por ella no había muerto, que era demasiado intenso para morir.
    Pero la verdad irrefutable era que Kon habría sido generoso con cualquier mujer que fuera la madre de su hija. Había esperado seis años para presentarse. Incluso le había confesado que había aceptado el riesgo de que ella se casara. Eso no sonaba como si estuviera profunda y apasionadamente enamorado.
    Meg volvió a recordar lo que le había contado sobre las otras mujeres de su pasado. Al parecer, ninguna de ellas se había quedado embarazada. Supuso que por eso él no se había casado.
    Qué poco sospechaba ella la primera vez que se acostó con él en aquella cabaña, siete años atrás, que su vida daría un giro irrevocable, que ya nunca podría enamorarse de otro hombre.
    – Haz como que te diviertes, por el bien de Anna, ¿de acuerdo? Al fin y al cabo, es el día de nuestra boda -dijo Kon en voz baja y brusca, cuando salieron por la puerta trasera.
    Meg se sorprendió por su cambio de actitud. Era evidente que había adivinado sus pensamientos. Por el bien de Anna, debía evitar enfurecerlo aún más.
    Se percató de que él todavía intentaba reprimir su enfado cuando abrió la puerta del coche, un Buick, la clase de automóvil que tendría un tipo llamado Gary Johnson. Meg se preguntó qué coche habría elegido Kon si no se hubiera visto obligado a vivir bajo una identidad falsa.
    La charla animada de Anna, que iba sentada en el asiento trasero, hizo más evidente el incómodo silencio que reinaba entre ellos dos. Afortunadamente, la niña no pareció darse cuenta de lo que ocurría. Atravesaron calles despejadas de nieve y llegaron al teatro, situado junto al embarcadero del río. Kon las dejó en la puerta mientras buscaba aparcamiento y luego se reunió con ellas.
    En contraste con el frío penetrante del exterior, el interior del teatro era cálido y acogedor. Estaba lleno de gente, pero la encargada, vestida con un traje de mediados del siglo XIX, los condujo a la mesa que Kon había reservado. Estaba en la primera fila y Anna podría ver sin problemas el espectáculo.
    Las horas siguientes pasaron volando. Tomaron una cena deliciosa y se divirtieron con la función, un musical con canciones antiguas que acababa con algunas versiones de temas del Mississippi. A Anna le encantó.
    Y a Meg también le habría encantado si hubiera estado con otra persona y no con su marido, cualquier día y no el día de su boda. Kon, cómodamente sentado junto a ella, parecía disfrutar de la función. Solo, cuando las luces de la sala se apagaron para el mismo acto, Meg se atrevió a mirarlo y vio en sus ojos la mirada sombría y ausente que endurecía sus rasgos. Parecía estar recordando algo, pensando en otro tiempo, en otro lugar.
    Por vez primera desde el ballet, Meg comprendió, realmente, cuánto debía de añorar Kon su país, a cuántas cosas había renunciado por su hija. Seis años debían de ser una eternidad para un hombre privado de su lengua y su cultura maternas. ¿Cómo podía soportar vivir allí, siendo hijo de un país que había contribuido tanto a la cultura del mundo, a la literatura, a la música, al ballet y al teatro?
    Meg se había enamorado de Rusia. Sabía mejor que nadie cuánto debía de anhelar él los bosques y montañas de su patria. Siete años atrás, habían pasado muchas horas recorriendo aldeas y caminos de montañas. A menos que Meg le pidiera, expresamente, que la llevara a un café o a un museo, Kon siempre prefería marcharse al campo.
    Era lógico, ya que sus primeros recuerdos de la infancia eran de Siberia, de la tundra helada en invierno y las praderas de flores silvestres en verano. Seguramente, su hogar habría sido una choza en la montaña, donde la vida sería dura, quizás incluso primitiva, pero donde había amor…
    – ¿Lloras, Meggie? -se burló Kon, cuando volvió repentinamente la cabeza para mirarla-. ¿Te has dado cuenta de que, ahora que estamos casados, eres mi prisionera? ¿Estás pensando que las paredes de tu nueva casa no son diferentes de aquella celda de Moscú?
    Meg se quedó asombrada de lo lejos que estaba de la verdad. Buscó en el bolso un pañuelo de papel con el que limpiarse las lágrimas antes de que Anna las viera.
    – ¡Gary! -llamó una vibrante voz femenina, cuando volvieron a encenderse las luces de la sala. Anna y Meg se giraron y vieron que una mujer morena y curvilínea, vestida de época, abrazaba a Kon-. Sabía que eras tú. En esta sala no se ha sentado nunca un hombre tan guapo como tú.
    – Sammi…
    A Meg la sorprendió que Kon recordara tan fácilmente el nombre de aquella hermosa mujer. Había tanta familiaridad entre ellos que Kon la besó suavemente en la mejilla antes de ponerse en pie. Rodeando por la cintura a la actriz, bajó la vista hacia Meg. Ésta se sintió tan celosa que apenas pudo moverse. ¡Y Kon lo sabía! Meg se dio cuenta por el brillo de sus ojos.
    – Sammi Raynes, te presento a mi mujer, Meg, y a nuestra hija, Anna.
    La mujer las miró detenidamente, intentado imaginarse cómo podía tener Kon una hija de esa edad.
    – ¿Quieres decir que te has casado mientras yo estaba de gira? -exclamó, extendiendo amablemente su mano-. ¡Rompecorazones! -volvió a mirar a Meg-. ¿Qué le parece? Este personaje me dijo que me estaría esperando cuando volviera. Su boda ha sido muy repentina, ¿no?
    – Bueno, K… Gary y yo nos conocíamos desde hace mucho tiempo, en realidad.
    La mujer volvió a mirar a Kon.
    – Eres un embustero, ¿lo sabías?
    Tenía casi la misma edad que Kon y era evidente que sentía hacia él algo más que un interés casual. Aunque mantenía una actitud heroica, Meg se dio cuenta de que, debajo del maquillaje, se había puesto pálida.
    ¿Habrían dormido juntos? ¿Cuántas veces?
    Meg había estado tan concentrada en sus problemas y temores, que no había pensado en las mujeres a las que Kon habría conocido después de desertar. Como suponía, su afirmación de que no había habido otras mujeres después de Meg había sido una más de sus mentiras, una parte de su estrategia. Kon no era el tipo de hombre casto, ni nunca había pretendido serlo. Y pocas mujeres podían resistirse a su encanto, Meg lo sabía mejor que nadie.
    Dios mío. Todavía estaba enamorada de él. Siempre lo estaría.
    Aquella mujer llamada Sammi se acercó a Anna.
    – ¿Te ha gustado la función, cariño?
    Anna asintió.
    – Hemos venido porque mi papá y mi mamá se han casado hoy.
    – ¿Hoy? ¿Por eso llevas ese vestido tan bonito?
    Anna volvió a asentir y la mujer miró a Kon, inquisitiva.
    – Es cierto.
    – Bueno, felicidades. Si lo hubiera sabido, le habría dicho al director que lo anunciara. Mira. Una piruleta -sacó una del bolsillo y se la dio a Anna, que miró a sus padres para saber si podía aceptarla.
    La cara de Kon se iluminó con una sonrisa cálida y espontánea, y Meg se sintió incómoda. A ella, Kon nunca le había sonreído de esa forma, ni siquiera en sus días felices en San Petersburgo, cuando estaban solos y a salvo de miradas.
    – Gracias, Sammi. Me alegro de verte -murmuró él.
    – Lo mismo digo -la mujer apartó la mirada de Kon y la fijó en Meg-. Es usted una mujer muy afortunada. Cuide bien a este hombre maravilloso, no hay otro igual.
    Tenía razón, reconoció Meg, y su tristeza se hizo más honda. ¿Por qué sabía Sammi tanto de él? Parecía como si Kon le hubiera revelado a aquella mujer una parte de sí mismo que nunca le había mostrado a ella.
    Kon le dio a Sammi un abrazo de despedida.
    – Uno de estos días te invitaremos a cenar.
    – Tengo un nuevo cachorro que te dejaré acariciar -dijo Anna, con la piruleta en la boca.
    – ¿También un nuevo cachorro? Hay tanto ajetreo en tu casa que apuesto a que no podéis dormir.
    Anna se echó a reír y Meg sonrió a la mujer, a pesar de su angustia.
    – Me ha gustado mucho la función, señorita Raynes.
    La actriz sonrió agradecida y se marchó. Kon la acompañó unos metros para hablar con ella en privado. Cuando Meg los vio juntos, una terrible envidia se apoderó de ella. Para darle salida a su energía nerviosa, se levantó y ayudó a Anna a ponerse el abrigo antes de ponerse ella el suyo. Habían echado a andar entre la multitud cuando Kon les salió al paso.
    Meg sintió sus ojos clavados en ella, pero no pudo mirarlo. Kon tomó a Anna en brazos y Meg los siguió hasta el coche. Se aseguró de no caminar cerca de él para que no la tocara.
    – ¿Ahora vamos a comprar nuestro árbol de Navidad? -preguntó Anna alegremente.
    – Creo que ya hemos hecho suficientes cosas por hoy, Anochka. ¿Qué tal si vamos mañana por la mañana, después del desayuno?
    – De acuerdo. ¿Quién era esa señora, papá? Le has dado un beso.
    – Es una buena amiga.
    – ¿También la quieres a ella?
    Inconscientemente, Meg retuvo el aliento, esperando la respuesta.
    – Si te refieres a si la quiero como a mamá y a ti, no.
    – ¿Ella te quiere?
    Kon la abrazó más fuerte.
    – Hay muchas clases de cariño, Anna. La conocí hace unos años, cuando su hijo se perdió durante una comida en el campo. Toda la ciudad acabó buscándolo. Y, finalmente, lo encontré yo, dormido bajo unos arbustos.
    A Meg se le aceleró el corazón.
    – ¿Cómo se llama su hijo? -insistió Anna.
    – Brad.
    – ¿Cuántos años tiene?
    – Ocho.
    – ¿No tiene papá?
    – Sí, pero no vive con ellos.
    – ¿Y cómo lo encontraste?
    – Tuve suerte.
    Anna lo abrazó fuerte.
    – Estoy muy contenta de que seas mi papá.
    – Yo también -murmuró él.
    «Y yo también», repitió Meg para sus adentros.

Capítulo 8

    Cuando llegaron a casa, Anna abrazó a su cachorro y subió a acostarse. Kon dijo que subiría a darle un beso de buenas noches en cuanto se ocupara de los perros y apagara las luces.
    Pero Anna se quedó dormida tan pronto puso la cabeza sobre la almohada, abrazada a su cascanueces.
    Meg colgó el bonito vestido de fiesta en el armario, le quitó suavemente el cascanueces a Anna y lo puso sobre la cómoda blanca de estilo provenzal, a juego con la cama de dosel y la mesilla de noche. La habitación era un primor de rosa y blanco, todo lo que una niña podía desear.
    Después de Navidad, cuando acabaran la mudanza, la habitación se llenaría con las cosas de Anna, incluyendo el resto de sus muñecas. Mientras tanto, lo único que se habían llevado era el acuario, que Kon instaló enseguida bajo la supervisión de su hija.
    Meg se quedó mirando la pecera y recordó el día en que la compró sin imaginar dónde acabaría finalmente. Como Anna quería una mascota y no se permitía tener animales en el bloque de apartamentos, los peces le parecieron la única solución.
    Anna tenía ya tres perros y un padre que le devolvía todo el amor que ella le daba, aunque era firme cuando la ocasión lo requería. Al principio, Meg había temido que Kon la malcriara, pero el tiempo estaba probando su error. Kon se sentía muy responsable de la niña.
    ¿Era todo una farsa? ¿O podía atreverse a pensar que Kon nunca la habría apartado de su hija, aunque no se hubieran casado?
    – ¿Meggie?
    Meg se estremeció. Levantó la cabeza y vio la silueta de Kon en la puerta.
    – ¿.Sí?
    – Ahora que Anna se ha dormido, me gustaría que me prestaras algo de atención.
    Ella se agarró al borde de la pecera.
    – Ya… ya voy.
    Cerró la puerta y lo siguió por el pasillo. Notó, alarmada, que se había despojado de la ropa y se había puesto un albornoz de terciopelo de rayas azules y negras. Se preguntó, un poco avergonzada, si llevaría algo debajo.
    No importaba que aquel hombre le hubiera hecho el amor siete años antes. Kon era, más que nunca, un enigma para ella. Un perfecto extraño. Quería confiar en él, pero le resultaba tan difícil…
    – Antes de la boda, te dije que podías elegir si querías dormir conmigo o no.
    Meg apretó los puños.
    – Pero ahora que estamos casados, has decidido olvidar tu promesa.
    – En cierta forma, sí. Te quiero en mi cama, Meggie. No haremos el amor, si no quieres, pero necesito tenerte junto a mí. No me niegues eso, mayah labof.
    – Yo no soy tu «cariño» -balbució ella, sin aliento.
    – Sí lo eres. Siempre lo serás.
    – No más mentiras, Kon. Por favor, no más mentiras -suplicó Meg, con los ojos llenos de lágrimas-. Dijiste que querías tener una relación con Anna, y ya la tienes. ¿No es suficiente?
    – Me gustaría decir que sí. Pero no, no es suficiente.
    – ¿Y si me niego?
    – No lo hagas. He esperado demasiado tiempo.
    – Así que ahora que me tienes donde querías, te vas a quitar la máscara. ¿No es eso?
    – Nunca ha habido máscara -dijo él tranquilamente, con las manos en los bolsillos-. Te rogué que te casaras conmigo antes de que dejaras Rusia. Te pedí que te casaras conmigo en cuanto te vi en el ballet. Ahora eres mi mujer. Ya no hay nada que nos separe.
    – Nada, salvo el hecho de que ni siquiera sé quién eres -sollozó ella-. No sé nada de ti. Nunca conocí a tu familia. En Rusia, eras un respetado agente del KGB. Nunca sabré si nuestro amor fue parte de un plan secreto o no. Dijiste que tu nombre era Konstantin Rudenko. ¿Ese es el nombre que te dieron tus padres o el que te dio el KGB? -su histeria había alcanzado un punto en que ya no podía detenerse-. Aquí pretendes pasar por un ciudadano corriente llamado Gary Johnson. Vives en una casa de ensueño, conduces un Buick y te comportas como el vecino perfecto. ¿Cómo puedo saber quién eres realmente? ¿Te he conocido alguna vez? ¿Dónde están el niño, el muchacho, el joven que fuiste? ¿O nunca existieron? ¿Quién eres? -su voz histérica se quebró.
    Kon sacudió la cabeza con expresión sombría.
    – No lo sé, Meggie. Por eso he venido a buscarte, para averiguarlo.
    Aquellas palabras, que parecieron brotar del fondo de su alma, eran lo último que Meg esperaba escuchar. Se quedó tan confundida que no supo cómo reaccionar. Kon la llevó a la habitación de invitados, donde ella había pasado la noche anterior dando vueltas en la cama por los nervios de la boda y las emociones contradictorias de ilusión y temor que sentía.
    Kon se quedó en la puerta.
    – ¿Podemos intentar encontrar la respuesta en la cama? Así era como nos comunicábamos antes sin problemas. ¿Podemos intentarlo? -preguntó, agarrándose al marco de la puerta como si buscara apoyo-. Juro que no te tocaré, Meggie, si así tiene que ser, pero duerme conmigo esta noche -su voz palpitaba de puro deseo-. Después de todos estos años de separación… -pasó al ruso tan fácilmente que Meg apenas se dio cuenta de ello-, dame al menos la satisfacción de mirarte mientras duermes, de oler el perfume de tu pelo, de saber que estás a mi lado. Te lo suplico, Meggie.
    Aquellas palabras pronunciadas en su lengua materna, con ese tono particular de voz, rompieron la última y patética defensa de Meg, despertando en ella recuerdos de sofocante dulzura.
    Tomó un camisón de la cómoda y se metió en el cuarto de baño para cambiarse. Su corazón latía tan fuerte que pensó que iba a estallar. Kon, al mostrar su lado vulnerable y desvalido, la había dejado completamente indefensa.
    Cuando volvió a la habitación, él seguía de pie junto a la puerta. La siguió con la mirada mientras colgaba su vestido de novia en el armario.
    El corto trayecto hacia la cama le pareció a Meg eterno. Cuando se metió bajo el edredón, Kon apagó la luz y caminó hacia la cama.
    – Meggie… -murmuró.
    – Yo… yo no creo…
    – Si me quedo contigo esta noche -la interrumpió él-, no tendrás que temer que me lleve a Anna. ¿No es eso lo que tanto te asusta?
    «No», gritó el corazón de Meg, «me asusta algo mucho peor. Me asusta que nunca me quieras como yo a ti.
    El colchón se hundió cuando Kon se deslizó bajo las sábanas. Aunque sus cuerpos no se tocaron, Meg sintió su calor y percibió el perfume a jabón de su piel. No sabía si se había desvestido y no quiso imaginarse lo que ocultaba la oscuridad.
    – Háblame, mayah labof -su voz aterciopelada llegó hasta Meg como una suave brisa nocturna-. Dime si te costó olvidarme cuando te marchaste de Rusia. ¿Se ha enamorado algún hombre de ti desde tu regreso?
    Ella sofocó un gemido contra la almohada.
    – Me quedé mirando tu avión hasta que desapareció entre las nubes -continuó él-, y luego volví a la cabaña y bebí vodka hasta perder el sentido. Pero las sábanas conservaban el olor de tu cuerpo. Dios mío, Meggie, aquel vacío después de lo que habíamos compartido… No me importaba vivir o morir.
    – ¿Crees que yo no me sentía igual? -balbució ella. Aunque él estuviera mintiendo, sus palabras despertaron los recuerdos de Meg con tal intensidad que le pareció revivir una pesadilla-. Pensaba que si el avión se estrellaba, no me importaría, lo que demuestra el estado mental en que me encontraba, si se tiene en cuenta que había cientos de personas en aquel vuelo. No había nadie esperándome en casa y mi corazón se había quedado contigo. En un momento, durante el viaje, incluso deseé estar muerta, porque no podía soportar imaginarte con otra mujer, sobre todo con alguna de aquellas bellas rusas de pelo negro que siempre te miraban con ojos ávidos.
    – ¡Meggie!
    – Sí, Kon, te miraban y tú lo sabes, no intentes negarlo. Yo no sabía que era tan celosa -suspiró.
    – Piensa lo que quieras, pero yo solo tenía ojos para la exquisita rubia que salió de aquel vuelo en Moscú, causando estragos entre mis camaradas cuando pasó el control. Cada uno de aquellos agentes habría dado el sueldo de seis meses por el privilegio de vigilarte. Cuando se enteraron de que estabas bajo mi supervisión, me gané unos cuantos enemigos.
    Si otro hombre le hubiera dicho algo así, Meg se habría reído. Pero, en lugar de eso, se estremeció. Seguramente Kon había exagerado, pero, ¿cómo saberlo?
    – Gracias a Dios, tu vuelo no se estrelló -murmuró él-. Dime qué pasó exactamente cuando llegaste a Estados Unidos. ¿Qué hiciste? ¿Cómo te sentías?
    ¿Por qué le hacía todas aquellas preguntas, si ya sabía las respuestas?
    Ella cerró los ojos como si quisiera apartar el dolor.
    Cuando la CIA la dejó marchar, caminó sin rumbo sintiéndose como si la hubieran desollado viva y arrancado el corazón.
    – Cuando el avión aterrizó en Nueva York, fui separada del resto de los pasajeros y me interrogaron durante dos días interminables y agotadores.
    Kon dio un hondo suspiro.
    – Por mi culpa -dijo-. Porque conocían nuestra relación.
    – Sí.
    – Y entonces te advirtieron contra mí.
    – Sí -dijo ella, llorando-. Hasta que me dijeron que yo solo había sido tu objetivo, tenía la intención de ahorrar para volver a Moscú el verano siguiente.
    – Ahora ya sabes por qué te dije que no volvieras nunca -musitó él.
    – Cuando me soltaron, me hizo bien tener muchas cosas que hacer. Si no, me habría vuelto loca. Pero tena problemas para dormir y perdí peso. Supongo que lo que me salvó fue la necesidad de encontrar un apartamento, de comprar lo que necesitaba y, sobre todo, de buscar un empleo.
    – No volviste a la enseñanza.
    – No. No quería que nada me recordara a ti. Así que, acepté el primer trabajo con un sueldo decente.
    – ¿En Strong Motors?
    – Sí.
    – Háblame del embarazo. ¿Cuándo descubriste que estabas embarazada?
    Tomando aire, ella contestó:
    – Como te he dicho, no tenía apetito y dormía poco. Al cabo de un mes, mi salud pareció empeorar. Siempre estaba cansada. Mi compañera de trabajo insistió en que fuera al médico. Al principio, me resistí a seguir su consejo, pero luego comencé a tener náuseas por las mañanas y me di cuenta de que algo no iba bien. Así que le consulté a mi médico de cabecera por teléfono. Cuando le conté los síntomas, me mandó a un ginecólogo. Me puse furiosa cuando sugirió que podía estar embarazada, porque sabía que habías tomado precauciones. Entonces, el médico me dijo que ningún método anticonceptivo era fiable al ciento por ciento. Después de examinarme, el ginecólogo me confirmó que estaba embarazada. No quise creerlo.
    Hubo un silencio.
    – ¿Pensaste en…?
    – No, Kon, nunca pensé en abortar, si eso es lo que quieres saber. De hecho, sentí una milagrosa sensación de responsabilidad cuando supe que esperaba un hijo. Encontré una razón para seguir viviendo.
    – Gracias por contármelo -murmuró Kon-. ¿Sabes que habría dado mi vida por estar contigo en esos momentos?
    ¿Podía parecer tan sincero y, sin embargo, estar mintiendo? Meg no lo sabía.
    – Cuando vi la fotografía de Anna -continuó él-, empecé a pensar en un plan para desertar que no pusiera en peligro a mucha gente. Esa fue mi primera prioridad. Necesariamente, tenía que ser un plan muy elaborado y estar calculado al milímetro.
    – ¿Cómo lograste huir?
    – No puedo contártelo.
    Meg se puso tensa y se retiró el pelo de los ojos con rabia.
    – ¿Y así esperas que confíe en ti?
    Kon se apoyó en el codo con tranquilidad.
    – ¿No crees que me gustaría poder contarte cómo conseguí reunirme con vosotras?
    – No entiendo por qué no puedes. Pensaba que un marido lo compartía todo con su mujer.
    – Yo también -dijo él con sarcasmo-. Pero el tema de mi deserción entra en otra categoría. Debo guardar silencio para proteger a quienes arriesgaron su vida por ayudarme.
    – ¿Crees que todavía te vigilan?
    – De forma activa, no. Pero estoy en una lista.
    A Meg le costaba creerlo.
    – ¿Significa eso que todavía estás amenazado?
    – ¿Por parte de qué gobierno?
    La respuesta la desanimó.
    – No bromees, Kon.
    – Será mejor que dejemos el asunto.
    – ¿Por qué ibas a estar amenazado por el gobierno estadounidense? -insistió ella.
    – Tal vez se fían de mí tan poco como tú.
    Kon agarró la almohada y se la puso sobre la cara. La vulnerabilidad que mostraba ese gesto hizo que Meg apartara la mirada.
    – ¿A pesar de que les diste información?
    Él apartó la almohada y levantó la cabeza.
    – Tú misma lo dijiste: un hombre que vuelve la espalda a su país es un traidor.
    Ella le había escupido esas palabras crueles. Si nadie confiaba en él, qué triste debía de haber sido su vida esos seis últimos años. Qué solitario sería el resto de sus días.
    Kon se deslizó de la cama, todavía con el albornoz puesto. Se le había aflojado un poco el cinturón y Meg pudo distinguir su pecho, suavemente cubierto de vello negro.
    – Sabía que era demasiado esperar que volviéramos a empezar de nuevo, pero tenía que intentarlo. Qué estúpido he sido. Buenas noches, Meggie -se dirigió a la puerta, pero se volvió un momento-. Te haré otro regalo anticipado de Navidad: te prometo que nunca volveré a pedirte que duermas conmigo.

    – ¿Dónde ponemos el árbol, papá?
    – Donde diga tu madre.
    Habían salido de compras esa mañana. Meg dejó que Anna, acompañada por su padre, se divirtiera yendo de tienda en tienda para comprar los adornos del árbol. Los del pinito escocés del apartamento de Meg solo cubrían parte del abeto de casi dos metros que habían comprado.
    Pero, cuando llegaron a casa, no pudo seguir evitando a Kon. Anna escuchaba cada palabra y cada matiz de sus voces y observaba todo lo que pasaba entre sus padres.
    Meg decidió que lo mejor sería poner el árbol junto al ventanal del cuarto de estar. Así, cualquiera que pasara podría verlo desde la calle.
    Su sugerencia fue aprobada por unanimidad y Kon, vestido con vaqueros y una sudadera, colocó el abeto perfectamente derecho en cuestión de minutos.
    Meg desenrolló una tira de luces y Anna, con Thor a sus pies, se las acercó a su padre, que las colocó sobre el árbol. Los tres trabajaron en perfecta armonía. Si alguien hubiera mirado desde la ventana, habría visto a la familia ideal.
    Sin embargo, nadie podría imaginar la tristeza que acumulaba Kon, ni que, la noche anterior, después de que él se marchara de su cama, Meg no había podido dormir. Angustiada, una parte de ella deseaba dolorosamente ir a su habitación y arrojarse en sus brazos.
    Pero algo intangible había sucedido durante su conversación. El hombre que la había destrozado al prometerle que nunca volvería a pedirle que durmiera con él, no era el mismo que, poco antes, le había suplicado que se tumbara a su lado solo para notar su cercanía.
    Meg no tuvo valor para afrontar una negativa de reconciliación y se quedó en la cama, sola. Pasó el resto de la noche tratando de ordenar sus confusos sentimientos.
    Siempre que intentaba ponerse en el lugar de Kon, se ponía físicamente enferma. Podía imaginarse la soledad, la nostalgia y la tristeza que debía de haber sentido cuando dejó Rusia para establecerse en un país extraño y hostil. Unos años antes, Meg había leído unos artículos sobre los desertores. En ellos, un tema predominaba sobre el resto. Los desertores sufrían las consecuencias de su desarraigo el resto de sus vidas.
    Tal vez eso explicaba por qué Kon se había convertido en un padre ejemplar. Quizás así podría olvidar durante algún tiempo lo que había dejado atrás.
    Eso explicaría también por qué le había pedido a Meg que durmiera con él: para olvidar durante un rato su sufrimiento.
    Para ser completamente sincera, Meg tenía que admitir que no podía culparlo por sentir aquellas necesidades tan humanas. Si sus papeles estuvieran cambiados y fuera ella la que no pudiera volver a Estados Unidos, aquello sería una experiencia horrible que tendría que sublimar de algún modo, igual que hacía él.
    – Mamá, te has olvidado de abrir la última caja.
    Absorta en sus pensamientos, Meg rasgó el papel celofán y le alargó las luces a Anna. Su mirada se posó en Kon, que parecía mirar a través de ella, como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí. En sus ojos había tanta desdicha y resignación que Meg se sintió paralizada de temor y, con la excusa de la cena, salió de la habitación.
    Durante los días siguientes hubo un ambiente de tranquilidad doméstica, al menos en la superficie. Pero Kon se había alejado emocionalmente de Meg y ella estaba pagando un precio muy alto por ello. Él se había convertido en un extraño que la trataba con indiferencia y Meg, dolida y confusa, necesitaba hacer algo, cualquier cosa, para romper la tensión entre los dos.
    En uno de sus viajes con Anna al apartamento para acabar de recoger sus cosas, Meg abrió un montón de tarjetas de Navidad que había recibido. Entre ellas encontró una de Tatiana Smirnov, su antigua profesora de ruso. Aquella tarjeta le dio una idea para hacerle a Kon un regalo especial de Navidad, un regalo con el que pretendía decirle que comprendía la soledad de su exilio voluntario y que deseaba aliviarlo modestamente.
    Cuando Kon fue a buscarlas, Meg le dijo que, aprovechando que estaban en San Luís, Anna y ella tenían que comprar algunos regalos más. Kon las dejó en un centro comercial y dijo que debía ocuparse de un asunto y que volvería a buscarlas dentro de un par de horas.
    En cuanto se marchó, Meg le explicó a Anna su plan. Llamó a un taxi y le dio al conductor la dirección de una galería de arte que Tatiana mencionaba en su tarjeta. Había un lote de antigüedades rusas a la venta. Meg y Anna pasaron más de una hora mirando cuadros, iconos, muñecas, sombreros, pañuelos, huevos de Pascua… Toda clase de recuerdos de tiempos pasados.
    Los ojos de Meg se iban una y otra vez hacia una pintura al óleo que mostraba un paisaje de montaña con una pradera de flores silvestres en primer plano.
    El título del cuadro, escrito en ruso, la convenció: Los Urales en primavera.
    A Anna le gustaron los iconos, pero sobre todo uno que representaba a la Virgen con el Niño. La combinación de colores le llamaba la atención. Meg le dijo a la encargada que se llevaba el icono y el cuadro. Sin que Anna lo oyera, le dijo también que purera una muñeca que había sobre el mostrador. La figura de la campesina rusa, en rosa y negro, escondía siete versiones idénticas de la misma muñeca. A Anna le encantaría descubrir la sorpresa. La vendedora la envolvió y, cuando Anna no miraba, Meg se la guardó en el bolso. Los regalos costaron más de mil colares y se llevaron la mayor parte de los magros ahorros de Meg. Pero la situación entre Kon y ella se había vuelto tan precaria que Meg habría hecho cualquier cosa por hacer las paces.
    Tomaron otro taxi de vuelta al centro comercial, donde se pararon para meter los regalos en cajas y envolverlos con papel de colores. Luego se entretuvieron mirando escaparates hasta que Kon fue a buscarlas.
    Anna se moría de ganas por decirle a su padre lo que habían hecho y quería darle los regalos allí mismo, pero logró contenerse. Sin embargo, sus ojos brillaban como topacios azules. Kon miró varias veces a Meg con expresión inquisitiva. Su mirada divertida hizo que a ella le diera un vuelco el corazón. Su enemistad pareció desvanecerse, momentáneamente, ante la cara de felicidad de su hija.
    El día de Nochebuena, otra tormenta cubrió de nieve el vecindario, para alegría de Anna. Kon y ella salieron con los perros al jardín. Bajo la atenta mirada de Anna, Kon despejó la entrada y luego comenzó a hacer un muñeco de nieve. Meg los observó, desde la ventana del comedor, mientras ponía la mesa. Un par de chicos de la edad de Anna se unieron a ellos. Los niños gritaban y los perros correteaban a su alrededor.
    Viéndolos así, Meg se preguntó otra vez si Kon no sería exactamente lo que aparentaba: un hombre que había hecho una elección. Un padre cariñoso. Un nuevo ciudadano estadounidense que había abrazado su país de adopción. Un hombre que todavía la amaba, aunque hubieran pasado siete años. ¿Y si no había motivos ocultos y todo lo que le había dicho era cierto? Los ojos se le llenaron de lágrimas.
    Aquella noche no pudo conciliar el sueño. De madrugada bajó al piso inferior para poner los regalos bajo el árbol y luego se quedó en la cama, completamente despierta, llorando en la oscuridad.
    El día de Navidad por la mañana temprano, Anna entró corriendo en su habitación con los perros tras ella, balbuciendo de excitación. Papá estaba preparando el desayuno, dijo, y había dicho que Papá Noel había llegado y que, en cuanto desayunaran, podrían mirar en el salón y ver los regalos.
    Meg sintió una especie de mareo cuando salió de la cama y se metió en el cuarto de baño. Después de pasar toda la noche llorando, estaba convencida de que ver a Kon, especialmente el día de Navidad, sería superior a sus fuerzas. Pero tenía que hacerlo, por el bien de Anna.
    La ducha la reanimó un poco. Se cepilló el pelo y se lo sujetó con horquillas a ambos lados, se aplicó un poco de colorete, se pintó los labios y se puso un vestido de punto de color cereza que tenía desde hacía un par de años. Sus mocasines bajos de color negro eran cómodos para estar en casa y, al mismo tiempo, parecer arreglada.
    – Sigue andando hacia mí -musitó Kon, cámara en mano, cuando Meg comenzó a bajar las escaleras-. Feliz Navidad, Meggie.
    – Feliz Navidad -dijo ella, cuando recuperó el habla.
    Se había quedado muda al verlo. Llevaba unos pantalones negros y un jersey ajustado de color verde. Sus movimientos eran tan ágiles y su rostro moreno tan atractivo…
    Anna estaba de pie junto a él, con un vestido nuevo de cuadros escoceses rojos y azules y una mirada brillante de ansiedad en los ojos.
    – Mamá, tienes que besar a papá, porque papá dice que es una tradición.
    – Solo si ella quiere, Anochka.
    Meg no necesitó que nadie la animara para acercarse a él y, poniéndose de puntillas, besarlo en la boca. Kon no podía adivinar cuánto lo deseaba, ni el control férreo que necesitó para no devorarlo delante de su hija. A Meg no le servían de nada sus esfuerzos por olvidar los meses que habían pasado juntos.
    La pasión de Kon le había mostrado una felicidad completa que nunca creyó posible.
    Que el cielo la ayudara. Quería saborear de nuevo aquella felicidad.

Capítulo 9

    – ¿Podemos entrar, papá? Ya me he comido los huevos y me he bebido la leche.
    – ¿Qué dices tú, Meggie? ¿Estamos listos?
    Ella levantó los ojos y sorprendió una mirada sombría en los de Kon. Solo fue un instante, pero esa mirada hizo que se sintiera aún peor.
    Asintió y dejó su taza de café sobre el platillo.
    – ¿Por qué no os grabo primero?
    Sin esperar la respuesta, se levantó de la mesa y agarro la cámara, precediéndolos de espaldas de camino al salón.
    La siguiente hora pasó volando. Los perros se echaron junto a Anna, que miraba encandilada su nueva casa de muñecas y el juego de té que Kon le había regalado. Meg había escondido la muñeca rusa en el calcetín de la niña, junto con unos caramelos. Anna lo sacó todo y examinó aquel extraño juguete.
    – ¿Qué es esto, mami? ¿Una viejecita?
    Meg se echó a reír al ver que su hija no sabía qué hacer con aquello. Kon también rió alegremente y le lanzó a Meg una mirada curiosa, como preguntándose de dónde había sacado aquel pequeño tesoro. La relajada alegría con que le hablaba a su hija le recordó a Meg vivamente otro tiempo y otro lugar. Un tiempo, siete años atrás, en que ella estaba locamente enamorada de él y era libre para expresar su amor. Una noche. en su hotel de San Petersburgo, con Constantin sentado en el suelo junto a ella, como en ese momento… Solo que ahora era la cara de Anna la que acariciaba y sus gruesos rizos los que despeinaba.
    – Mira esto, Anochka.
    Con gran habilidad, Kon separó las dos mitades de la muñeca. Anna vio dentro una muñeca idéntica pero más pequeña y gritó de alegría.
    – Ábrela -dijo Kon.
    En un momento, hubo catorce mitades diseminadas por la alfombra. Anna se sentó con el ceño fruncido por la concentración e intentó volver a unirlas.
    Meg pensó que era el momento de darle a Kon su regalo.
    – Espero que te guste -dijo, nerviosa, preguntándose demasiado tarde si no sería un error regalarle aquello. Tal vez no querría nada que le recordara lo que había dejado atrás.
    Él tomó el paquete y se sentó para desenvolverlo. Anna estaba demasiado ocupada con las muñecas para darse cuenta de lo silenciosa que se había quedado la habitación, pero Meg se sintió incómoda por el silencio. Retuvo el aliento mientras Kon observaba el cuadro. ¿Qué estaba pensando?
    – Es… un paisaje de los Urales. Debes de añorar Rusia y, como me dijiste que te gustaba escaparte allí, pensé que…
    – Meggie… -él apretó con fuerza el marco del cuadro.
    – Yo también tengo un regalo para ti, papá.
    Anna dejó las mitades de las muñecas que no lograba encajar y se escurrió detrás del árbol para sacar su regalo. Cuando se lo dio a Kon, él lo sacudió junto a su oreja, haciéndola reír.
    – Me pregunto qué me habrá regalado mi pequeña Anochka.
    Anna no pudo esperar más.
    – Es un… un icono, ¿no, mamá?
    La sonrisa de Kon se convirtió en una expresión respetuosa cuando sacó con mucho cuidado la placa de madera y siguió reverentemente con un dedo el halo dorado de la figura.
    Anna saltó por encima de los perros y se arrodilló junto a su padre.
    – Es el Niño Jesús con su mamá -dijo-. Mamá me dijo que era de Rusia. ¿Te gusta, papá?
    Él tomó a Anna en sus brazos y hundió la cara entre sus rizos.
    – Me gusta mucho -respondió-. Me gusta casi tanto como tú.
    En voz baja, dijo algunas palabras en ruso que hicieron que a Meg se le llenaran los ojos de lágrimas. Para ocultar su turbación, se puso a abrir una caja de dulces que le había enviado su jefe y otra de Ted.
    – ¿Dónde está el regalo de mamá? -preguntó Anna.
    – Tu padre ya me lo ha dado -dijo Meg, antes de que él respondiera-. ¿Te acuerdas de ese bonito abrigo negro que llevé al teatro la otra noche?
    Anna asintió.
    – En realidad, tengo otro regalo para tu madre, pero no ha llegado a tiempo.
    – No, por favor -Meg agarró una cesta de fruta, regalo de la señora Rosen, y se fue a la cocina a vigilar el pavo, evitando la intensa mirada de Kon-. No quiero nada más. Ya has hecho bastante por nosotras.
    Meg agradeció que él no la siguiera a la cocina, donde se puso a hacer los preparativos para la cena. Anna llevó allí su casa de muñecas y puso una muñequita rusa en cada habitación, hablando sin parar. Les dio instrucciones exactas a las muñecas para que se portaran bien. Si no, dijo, el cascanueces, que hacía guardia en una de las sillas de la cocina, las castigaría.
    Sus nuevos amigos del otro lado de la calle pasaron por la casa para ver los regalos de Anna y jugar con los cachorros, todavía confinados en el porche. Se quedaron fascinados con las muñecas rusas, hasta el punto de que Kon tuvo que intervenir para que todos encajaran las piezas por turnos.
    Por fin, los niños se cansaron también de ese juego y Kon les sugirió que salieran a jugar a la nieve y dejaran tranquila a Meg.
    Cuando acabó de preparar la cena, Meg fue a recoger el salón, pero se encontró con que Kon ya lo había hecho. La habitación estaba perfectamente ordenada. Kon había puesto el icono y el cuadro sobre la repisa de la chimenea y había encendido el fuego. Meg se sintió impulsada a buscarlo para darle las gracias.
    Al no encontrarlo en su estudio, lo llamó desde el pie de la escalera, pero no obtuvo respuesta. Tampoco había rastro de Príncipe, ni de Thor. Meg corrió hacia la parte de atrás de la casa, pero allí tampoco había nadie. Los dos coches estaban aún en el garaje.
    Tal vez todos estaban en el jardín delantero. Bajó corriendo hacia allí y comenzó a llamar a Anna a gritos. No se veía a nadie en ninguna dirección. Solo había nieve. Meg contempló el solitario muñeco de nieve, que tenía una corbata de Kon alrededor del cuello. ¿Habría sido el testigo silencioso de un secuestro?
    Cada vez más asustada, cruzó la calle sin reparar en que no llevaba botas ni abrigo. Deseó con todas sus fuerzas equivocarse y que Anna estuviera en casa de los vecinos. Pero los niños de enfrente le dijeron que Anna se había con su padre y los perros.
    Cuando regresó a casa para buscar las llaves del coche, estaba histérica. Salió despacio del garaje y recorrió arriba y abajo las calles heladas. Preguntó a la gente que había en el parque si habían visto a un hombre y a una niña con un pastor alemán y un cachorro. Nadie los había visto.
    Meg regresó a casa tan deprisa como pudo, con la única idea de llamar a la policía para evitar que Kon saliera del país con su hija. Podría estar en cualquier parte, quizá siguiendo un elaborado plan de huida. Llorando, descolgó el teléfono y marcó el número de la policía. Cuando explicó que su hija había desaparecido, la telefonista le preguntó su dirección y dijo que un par de agentes llegarían enseguida.
    Los minutos siguientes le parecieron siglos. Aunque sabía que era inútil, algo la empujó a salir otra vez a la calle para llamar a Anna con todas sus fuerzas. Los vecinos de enfrente y sus dos niños se unieron a ella y se ofrecieron a buscar casa por casa. Meg se lo agradeció, pero no les dijo que sospechaba que Kon estaba detrás de la desaparición de su hija. Eso era asunto de la policía. Un coche patrulla aparcó finalmente frente a la casa y dos policías la siguieron por el pasillo para hacerle unas preguntas.
    – Cálmese, señora, y díganos por qué cree que su familia ha desaparecido. ¿Cuánto tiempo hace que se fueron?
    – No lo sé. Una hora o así. Yo estaba en la cocina y, de pronto, me di cuenta de que no se oían voces. También han desaparecido los perros.
    – Quizás hayan ido a dar un paseo.
    – Ya lo he pensado, claro, pero he dado una vuelta con el coche por el vecindario y no hay ni rastro de ellos. Nadie los ha visto. Nuestro coche está aún en el garaje.
    – Tal vez se hayan parado en casa de algún vecino. Es Navidad, ¿sabe?
    – Ustedes no lo entienden. Mi marido…
    – Está aquí -una fría voz masculina que solo podía ser la de Kon la interrumpió bruscamente.
    – Hemos estado en casa de Fred, enseñándole el cachorro, mamá. Tiene una botella con un barco dentro y un gato de angora tan gordo que no puede moverse -Anna entró corriendo en el vestíbulo para abrazar a su madre con los perros gimiendo a su alrededor.
    Meg se quedó muda. Solo pudo abrazar a su hija.
    Uno de los agentes se dirigió a Kon.
    – Su mujer se ha puesto un poco nerviosa porque su hija y usted tardaban.
    Meg había visto otras veces el dolor en los ojos de Kon, pero nada podía compararse con la mirada de pura angustia que vio en ellos en ese momento. Su luz interior había desaparecido completamente, como si algo acabara de morir dentro de él.
    Otra clase de temor se apoderó de Meg. ¿Qué había hecho?
    Kon miró al agente.
    – Ya sabe lo que ocurre cuando uno solo lleva cinco días casado. No nos gusta estar separados.
    Kon, sacando a relucir de nuevo su soberbio talento para la actuación, manejó con maestría la embarazosa situación. Pero Meg se dio cuenta de que nada volvería a ser igual entre ellos dos.
    Él la rodeó los hombros, la atrajo hacia sí y le dio un beso ferviente en la sien.
    – Fred Dykstra estaba en su porche y nos llamó. Su casa está dos puertas más abajo. Es un viudo jubilado y vive solo. Cuando vio a Anna, la invitó a entrar para darle un Papá Noel de chocolate.
    – Lo siento -balbució Meg, angustiada-. No me di cuenta…
    Él le apretó el brazo.
    – Cuando me mudé aquí, Fred tuvo que aguantar que le hablara continuamente de Anna y de ti, y quiere conocerte. Así que volvía para preguntarte si podemos invitarlo a cenar. Entonces vimos el coche de la policía y la señora Dunlop nos dijo que nos estabas buscando. Siento haberte asustado.
    Esta vez, Kon le dio un beso en la boca que los agentes interpretaron como un gesto de amor. Pero, en realidad, el beso fue duro y frío, un burdo remedo de la pasión que una vez habían compartido.
    – Le prometo solemnemente que no volveré a ser tan imprudente, señora Johnson.
    Meg sabía que decía una cosa pero pensaba otra. No podía parar de temblar. Ninguna prueba de arrepentimiento los devolvería al estado en que estaban esa misma mañana, antes de que ella llamara a la policía.
    – Nosotros nos vamos -sonrió el policía-. Feliz Navidad.
    – Sentimos haberlos molestado. Feliz Navidad -Kon acompañó a los agentes hasta la puerta.
    – Anna, corre al porche y quítate las botas, cariño. Estás empapando el suelo.
    – De acuerdo, mami. Vamos, Thor. Vamos, Príncipe.
    Meg estaba subiendo las escaleras cuando oyó tras ella los pasos de Kon. No tenía escapatoria. Él la siguió al dormitorio y cerró despacio la puerta. No dijo nada. Solo la miró con los ojos entornados.
    – Yo… lo siento -farfulló ella-. Sé que suena estúpido, pero…
    – Solo dime una cosa -exigió él fríamente-. ¿Me has delatado?
    Ella sacudió la cabeza, mirando al suelo.
    – No.
    – Quiero la verdad, Meggie. Si has insinuado siquiera que podía haberla secuestrado, tendremos que mudarnos y me veré forzado a adoptar una nueva identidad. Si es así, tendré… que informar del incidente a ciertas personas. La decisión puede que ya no dependa de mí.
    Aquellas palabras la asustaron más que nunca.
    – No, Kon. Cuando llamé a la policía, solo les dije que Anna había desaparecido. Lo mismo les dije a los Dunlop.
    – Pero, cuando llegué, estabas a punto de contarles todo sobre mí. No lo niegues.
    Ella intentó desesperadamente encontrar las palabras que pudieran aplacarlo. No encontró ninguna.
    – No lo niego -murmuró finalmente.
    – Qué gran agente se ha perdido, Meggie -ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas y se estremeció al ver su expresión dura y helada-. Ninguna Mata Hari que yo conozca hubiera hecho una representación tan convincente como la que hiciste tú esta mañana, cuando trataste de devolverme un pedacito de Rusia. Incluir a la inocente Anna en esa farsa fue realmente genial. Mis felicitaciones, querida -dijo esto último en un tono tan cruel que hizo gemir a Meg-. Me convenciste de que tenía alguna esperanza.
    Una mezcla indescriptible de ira y algo más que Meg no supo definir tensaba cada fibra del cuerpo de Kon, que salió rápidamente de la habitación.
    Al pensar en lo que había hecho y en sus posibles consecuencias para la seguridad de Kon, después de los años que le había costado asumir una nueva identidad, Meg se derrumbó llorando sobre la cama.
    – ¿Mamá?
    Meg oyó los pasos de Anna en la escalera. Saltó de la cama y se metió corriendo en el cuarto de baño para lavarse la cara.
    – ¿Puede venir Fred a cenar con nosotros?
    Para Meg, tener un invitado sería una forma de soportar el resto del día. Puesto que la invitación había partido de Kon, éste tendría que mostrar su mejor talante.
    – Claro, cariño. ¿Por qué no sacas a los perros y vas a su casa a decírselo? Puede pasar el día con nosotros y sentarse junto al fuego. Y puedes enseñarle rus juguetes.
    – ¿Puedo ir ahora mismo?
    – Sí. No olvides ponerte las botas y el gorro.
    – De acuerdo.
    Meg la siguió abajo y se atareó en la cocina hasta que oyó que Anna salía con los perros.
    Luego corrió al estudio de Kon para decirle lo de Fred. Pero la mirada glacial que él le lanzó al abrir la puerta, la dejó paralizada.
    – ¿Dónde está Anna?
    Meg tragó saliva.
    – La he mandado a casa del señor Dykstra para que lo invite a cenar. Eso es lo que venía a decirte.
    Él se reclinó en su sillón y la miró con los ojos entrecerrados.
    – Me alegro de que Anna haya salido unos minutos. Lo que tengo que decirte no llevará mucho tiempo, pero no quiero que lo oiga.
    – ¿Has… has llamado…?
    – No voy a contestar a ninguna pregunta -la cortó él bruscamente-. Limítate a escucharme.
    – ¡Soy tu mujer! -gritó ella, angustiada-. No tienes derecho a hablarme así, no importa lo que haya ocurrido antes.
    – Lo olvidaba -sonrió él con helado desdén-. Sí, eres mi mujer. Hace cinco días, en esta misma casa, juraste ante Dios amarme y respetarme, ser mi consuelo y mi refugio…
    – ¡Basta! -gritó Meg-. No puedo soportarlo.
    Él respiró hondo y se levantó.
    – No tendrás que nacerlo. Me marcho.
    – ¿Qué?
    – Mi cuenta corriente está a tu nombre. Puedes sacar dinero cuando quieras. Hay suficiente para manteneros indefinidamente. También la casa está a tu nombre.
    – ¿Qué quieres decir? -preguntó Meg, aterrada-. ¿De qué estás hablando? ¿A dónde vas?
    Él apretó los labios.
    – Si te lo dijera, no me creerías, así que no importa.
    – ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
    – Tú preferirías que no volviera nunca, así que eso tampoco importa.
    Ella dejó escapar un gemido.
    – No digas eso. Sí que importa. No le puedes hacer esto a Anna.
    – Se recuperará. Yo fui arrancado de mi familia cuando era un niño y crecí bien. Además, ella te tiene a ti.
    – Kon… no lo hagas -repentinamente, Meg sintió miedo por él-. ¿Te he puesto en peligro? -como Kon no respondió, ella preguntó-. ¿Es que me odias tanto que ya no puedes soportar mi presencia? ¿Es eso?
    – Me marcharé esta noche cuando Anna se duerma. Dile que me he ido a Nueva York por negocios.
    – ¿Qué negocios?
    – ¿Por fin te has decidido a mostrar un poco de interés por mi carrera de escritor? -el despreció de su pregunta destrozó a Meg-. ¿Pensabas que eso también era mentira? ¿Que deserté para llevar una vida de lujo con el dinero que conseguí por la información que le proporcioné a tu gobierno?
    Antes de que se casaran, eso era exactamente lo que había creído Meg. Pero se había dado cuenta, demasiado tarde, de que no era cierto.
    Con voz trémula, preguntó:
    – ¿Qué es lo que escribes? Walt Bowman, o quienquiera que sea, dijo algo sobre el KGB y… -su voz se quebró.
    Kon levantó una ceja.
    – Cuando me haya ido, podrás mirar a tus anchas en mi estudio y enterarte por ti misma. Al menos, cuando me marche esta vez, Anna tendrá algunos vídeos para recordar a su padre. Es más de lo que tuve yo.
    Meg sintió que lo estaba perdiendo, pero no sabía cómo retenerlo a su lado. Desesperada, dijo:
    – Pensaba que querías a Anna. Pensaba que habías desertado por ella.
    – ¿Importa realmente lo que cada uno de nosotros pensara? Está claro que he llegado seis años tarde -la miró fijamente-. Si no me equivoco, oigo a los perros, lo que significa que Anna y Fred están casi en la puerta. ¿Salimos a recibir juntos a nuestro invitado, mayah labof?

    – ¿ Señora Johnson? Soy el senador Strickland.
    Gracias a Dios. Meg, sentada sobre la cama, se aferró al teléfono, rezando porque Anna no lo hubiera oído sonar. Ese día, el día después de Navidad, había sido una pesadilla por la que Meg no querría volver a pasar nunca más.
    – Gracias por devolverme la llamada. Gracias -murmuró-. Temía que no recibiera mi mensaje hasta que volviera a su oficina la semana próxima.
    – Mi secretaria controla mis llamadas en caso de urgencia. Me llamó a casa en cuanto oyó su nombre.
    – Por favor, discúlpeme por molestarlo tan tarde, pero estoy desesperada -se le quebró la voz, a pesar suyo-. Necesito su ayuda.
    – Eso suena serio. Precisamente, mi mujer y yo hemos hablado de ustedes esta noche. Intentábamos decidir una fecha para esa cena que le prometí.
    – Senador…, mi marido me dejó anoche.
    Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.
    – ¿Una discusión doméstica?
    – No. Es algo mucho más serio. No sé por dónde empezar. Estoy destrozada y mi hija no para de llorar. Tengo que encontrarlo y decirle que lo quiero -se echó a llorar-. Tiene que volver con nosotras. Tiene que volver.
    – Cuénteme qué ha pasado.
    – Mi paranoia lo hizo marcharse. Lo acusé de planear secuestrar a Anna para llevársela a Rusia -en pocas palabras, le explicó por qué había llamado a la policía- Todo este tiempo me he negado a creer lo que veía. Tengo que encontrarlo y rogarle que me perdone.
    – ¿Se marchó en su coche?
    – Sí.
    – Me ocuparé de ello inmediatamente y, cuando sepa algo, me pondré en contacto con usted, pero me temo que no será hasta mañana.
    – Gracias. Estoy en deuda con usted -dijo Meg, agradecida.
    – Procure no derrumbarse.
    – No lo haré -prometió ella-. Me enamoré de él cuando tenía diecisiete años. Siempre lo querré.
    – Ese es el amor más doloroso: el primer amor -dijo el senador amablemente-. Su marido me contó que le ocurrió algo parecido cuando la conoció.
    Meg parpadeó.
    – ¿Kon le dijo eso?
    – Sí. Dígame, ¿conoce la historia bíblica de Jacob y Raquel?
    A Meg le dio un vuelco el corazón.
    – Sí.
    – Cuando su marido y yo hablamos, le dije que su historia me recordaba mucho a la de Jacob. Este amaba a Raquel a distancia y trabajó para ella durante siete años. Y, aunque las leyes de su pueblo lo obligaron a casarse con Leah, Jacob amaba tanto a Raquel que trabajó otros siete años para ella. Pocas mujeres tienen la fortuna de despertar ese amor en un hombre -se detuvo un momento-. Su marido ha trabajado siete años para usted, exponiéndose a un grave peligro. Por eso sería absurdo que lo perdiera ahora, aunque las cosas parezcan muy negras por el momento.
    – Gracias -murmuró Meg, sollozando-. Necesitara oír eso. Buenas noches, senador.
    En cuanto colgó, Meg saltó de la cama y corrió al estudio de Kon en busca de una Biblia. Si su memoria no la engañaba, había visto una entre los libros cuando, ese mismo día, había echado un vistazo a los repeles de Kon. Sus obras estaban guardadas en disquetes pero, por la correspondencia que encontró en los archivadores, averiguó que Kon no solo escribía sobre el KGB, sino también sobre la historia y la cultura de Rusia.
    Cuando encontró la Biblia, se sentó junto al escritorio y la abrió por el Génesis, capítulo veintinueve. El versículo veinte estaba subrayado con tinta negra.

    Y Jacob sirvió siete años a Raquel. Y le parecieron solo unos pocos días, por el amor que le tenía.

    De pronto, las letras se emborronaron. Meg apoyó la cabeza sobre el escritorio y lloró.

Capítulo 10

    – No quiero ir al colegio nuevo, mamá. Príncipe llorará y, ¿qué pasará si papá vuelve a casa y no me encuentra?
    Habían pasado tres semanas desde las vacaciones de Navidad. Cada uno de esos días, Meg había tenido que oír las protestas que Anna repetía una y otra vez como una letanía.
    Anna no habría ido a la escuela si Meg no se hubiera quedado todos los días en el colegio, ayudando como voluntaria, de forma que la niña supiera que estaba cerca.
    Tampoco Meg la habría dejado ir si no hubiera podido pasar casi todo el día con ella en el colegio. La ausencia de Kon había afectado a todo y a todos, hasta a los perros, que iban a buscarlo al estudio y gemían con un sonido casi humano cuando no lo encontraban.
    Desde la primera noche de su desaparición, Anna se había refugiado en la cama de Meg, abrazada al cascanueces, y dormía con ella desde entonces. Aunque Meg sabía que eso podía crear problemas más adelante, la reconfortaba tener el cuerpecito cálido de Anna junto a ella y no la obligó a marcharse a su cama. No habría servido de nada, de todas formas. Anna no podía soportar separarse ni un momento de su madre. Kon había sido demasiado maravilloso como marido y padre durante la semana escasa que habían pasado juntos.
    Meg no dudaba de que el senador Strickland había hecho todo lo posible por descubrir el paradero de Kon. Lacey Bowman la había telefoneado al día siguiente de la llamada del senador. La única información que la CIA podía darle era que Kon ya no estaba en el país.
    Por Anna, Meg no se entregó al sufrimiento que le produjo aquella noticia. Debía seguir fingiendo que Kon estaba en un largo viaje de negocios con su editor y que volvería a casa en cuando pudiera.
    Cada vez que sonaba el teléfono, Anna corría a contestar y gritaba: «¿Papá?». Aquello pasó tantas veces que Meg pensó que se le iba a romper el corazón. Tuvo que advertirle a su hija que dijera primero «hola» o no le permitiría contestar al teléfono.
    Melanie había dormido dos noches con ellas. Estaba tan prendada de Príncipe que no quería marcharse a su casa. Pero Anna ya no era la niña vivaracha de antes y se negó a compartir su cachorro con Melanie, lo que provocó peleas y enfados. Cuando Melanie se marchó, Anna le dijo a Meg que no quería que volviera nunca más. Jason y Abby, los niños de enfrente, eran sus nuevos amigos. Meg decidió dejarlo correr por el momento. Arreglaría las cosas con Melanie cuando pasaran unos meses.
    Las lecciones de violín se habían acabado, porque Anna lloraba sin parar por tener que dejar la casa para ir hasta San Luís. Estaba demasiado lejos y su papá podía volver a casa.
    A fines de enero, seguía sin haber noticias de Kon, y Meg tuvo que asumir la aterradora idea de que, tal vez, nunca regresara. Cuanto más pensaba sobre ello, más se convencía de que no había vuelto a Rusia y de que estaba buscando otro lugar donde vivir.
    Kon hablaba varios idiomas y podía fácilmente establecerse en Alemania o en Austria, o incluso en Francia. El gobierno estadounidense colaboraría con el país que eligiera y le proporcionaría la documentación y las credenciales necesarias para empezar de nuevo.
    Y era por culpa de ella. Meg se sentía como si se le hubiera muerto el corazón.
    Como Anna parecía incapaz de aceptar la pérdida de su padre, el médico de cabecera de Meg le aconsejó que consultara a un buen psicólogo infantil y le recomendó a un colega que ejercía en Hannibal. Habían fijado la primera cita para el sábado siguiente, a las doce. Meg sabía que ella también necesitaba ayuda y decidió que aquello les podía venir bien a ambas. Confiaba en que los consejos del psicólogo las ayudaran. No se le ocurría otra alternativa.
    El viernes por la noche, después de cenar, Meg se lo planteó a Anna, a quien no le gustó nada la idea de ver al doctor. Pero no tenía más remedio que ir, pues no quería apartarse de su madre. Meg estaba explicándole por qué tenían que ver al médico cuando sonó el timbre.
    – ¡Papá! -gritó Anna, tirando la silla en sus prisas por llegar a la puerta. Los perros se le adelantaron, ladrando más fuerte de lo habitual.
    A Meg se le disparó la adrenalina, como siempre. Porque, en realidad, una parte de ella no había perdido la esperanza, pero sabía que, si el padre de Anna volvía a casa, entraría por la puerta de atrás, desde el garaje. No llamaría al timbre de la puerta principal.
    Con toda probabilidad, serían Jason y Abby. O quizá fuera Fred, que se había convertido en un visible habitual, el único que tenía influencia sobre Asna en esos momentos.
    Meg estaba a medio camino del vestíbulo cuando oyó la voz de una mujer que hablaba en ruso. Mayah malyenkyah muishka, repetía. «Mi querido ratoncito», decía una y otra vez.
    ¿Qué demonios…?
    Cuando salió del comedor, vio que una mujer anciana y corpulenta, vestida de negro, tenía a Anna en brazos. Llevaba el pelo largo y blanco recogido en un moño y joyas de ámbar en el cuello y las muñecas. Las lágrimas resbalaban por su cara rojiza. Abrazaba a Anna como si no quisiera dejarla escapar.
    – Anochka -una voz familiar llegó desde el porche-. Esta es tu abuela Anyah.
    – ¡Tenemos el mismo nombre!
    – Es verdad, Anochka. Debe de ser el destino. Ha venido desde Siberia para vivir con nosotros.
    Kon.
    Al tiempo que Meg musitaba su nombre, él entró en el vestíbulo. La visión de su cuerpo artético y de su atractivo rostro fue tan maravillosa que Meg se quedó paralizada mirándolo. Sus resplandecientes ojos azules se clavaron en ella y Meg distinguió en ellos una mirada humilde que nunca antes había visto.
    – Meggie, te presento a mi madre -dijo con voz trémula. Su madre-. Ella es mi regalo de Navidad para ti. No habla inglés, pero nosotros la enseñaremos, ¿verdad?
    Meg no respondió a la mirada suplicante de Kon. El amor le dio alas a sus pies. Se arrojó en sus brazos con tanta fuerza que lo habría derribado de no ser él tan fuerte. Como una cascada, comenzó a desgranar sobre él tal cantidad de palabras de amor y súplicas de perdón que Kon no podría dudar de que Meg le pertenecía en cuerpo y alma.
    Se había restablecido la confianza entre los dos. Kon suspiró satisfecho y, delante de su madre y de Anna, besó a Meg con la misma desenfrenada pasión de sus días felices en Rusia. Por fin volvían a ser libres para entregarse a sus deseos. Meg se olvidó de todo, sintiendo solo sus brazos y su boca, el calor de su cuerpo tenso contra el suyo.
    – ¿Estáis haciendo un bebé?
    ¡Anna!
    Kon dejó de besar a Meg, pero no la soltó. La retuvo entre sus brazos y apoyó la barbilla en su hombro mientras hablaba con su hija.
    – Mañana, tu madre y yo nos vamos a sentar contigo para explicarte algunas cosas sobre los bebés. Pero ahora quiero que conozca a mi madre -hizo girar a Meg y la rodeó por la cintura desde atrás, apretándola fuerte contra sí-. Mamá, esta es Meggie, mi mujer -dijo en ruso.
    Su madre, que todavía tenía abrazada a Anna, levantó la cabeza.
    Meg vio que sus brillantes ojos azules, iguales a los de Kon, la observaban con cariño y curiosidad.
    Pero no solo eran los ojos. Su figura era parecida a la de Kon, y Meg vio que todavía tenía mechones negros que atestiguaban de dónde procedía el cabello castaño oscuro de Kon.
    La anciana dejó a Anna despacio en el suelo y tomó la cara de Meg entre sus manos.
    – Mayah Doch -dijo, como una bendición.
    Hija mía.
    Meg asintió antes de devolver el saludo.
    – Mayah Matz.
    Entonces, se abrazaron. Meg la besó respetuosamente en las mejillas, cariñosa y feliz. Aquella mujer maravillosa había dado a luz a Kon y había creído todos esos años que su hijo estaba muerto.
    ¿Quién sabía las privaciones, las penalidades por las que había pasado? ¡Cómo le hubiera gustado a Meg estar presente cuando madre e hijo se reunieron!
    Meg tenía demasiadas preguntas, pero ese no era el momento de hacerlas, pues las emociones se estaban desbordando. Los perros restregaban la cabeza contra las piernas de Kon como signo de bienvenida.
    – Me alegro de que estés en casa, papá.
    – Yo también, Anochka, yo también.
    Kon tomó a Anna en brazos y le susurró las palabras cariñosas que reservaba para ella.
    Meg sintió que el deseo de Kon llegaba hasta ella y leyó el mensaje de sus ojos ardientes. Al igual que ella, apenas podía esperar a que estuvieran solos.
    Pero debían pensar en su madre y en Anna. Tácitamente, decidieron ocuparse de ellas antes que nada. Tendrían tiempo de estar solos después. Como Jacob y Raquel, habían esperado mucho tiempo y podían esperar un poquito más. Pero solo un poquito.
    – Pondremos a tu madre en la habitación que usaba yo antes de que te marcharas. Está todo preparado. Le gustará tener su propia habitación y su cuarto de baño y Anna querrá tener a su abuela en la puerta de al lado.
    Kon dejó a Anna en el suelo.
    – ¿Y dónde están tus cosas? -le preguntó a su mujer.
    Meg apenas podía hablar.
    – ¿Tú qué crees?
    – En tu habitación -rio Anna-. Eres tonto, papá.
    Él le despeinó los rizos castaños y murmuró en ruso:
    – Nuestra pequeña se entera de todo.
    – Sale a su padre -replicó Meg.
    – Y mi Dimitri sale a su padre -añadió Anyah.
    Kon sonrió al ver la cara de asombro de Meg.
    – ¿Ese es tu verdadero nombre? ¿Dimitri?
    – Da -respondió su madre por él-. Dimitri Leudojovitch.
    – ¿Qué te parece, mayah labof?
    – Me parece que se lo pondremos a nuestro hijo cuando nazca -lo miró con ardiente deseo y sonrió-. Creía que te habías ido para siempre, así que será mejor que pienses en recuperar el tiempo perdido.
    Anyah agarró a Meg del brazo.
    – Tú eres buena para mi Dimitri. Él necesita una mujer como tú, que sepa responder a su pasión.
    Meg se sonrojó. Para ocultar su turbación, dijo:
    – ¿Supo que era su hijo cuando lo vio?
    – Da -asintió ella, mirando a Kon con orgullo de madre- Ningún otro niño en Shuryshkary tenía una cara y unos ojos como los de mi pequeño Dima. Y ese remolino en el pelo, y la forma de sus orejas… -con su curtida mano acarició la sien izquierda de Kon-. ¿Ves esa pequeña cicatriz cubierta por el pelo? Se hizo esa herida y la del hombro izquierdo al caerse de un árbol. Creo que tenía cuatro años. Le gustaban mucho los árboles y siempre le pedía a su padre que lo llevara al monte.
    A Kon todavía le gustaban los árboles y las montañas, pensó Meg. Ella conocía aquellas cicatrices. Sobre todo, la del hombro, que había besado una y otra vez, porque adoraba cada centímetro de su magnífico cuerpo.
    Entonces Kon atrapó su mirada. Meg se dio cuenta por sus ojos, que parecían brasas azules, de que estaba recordando lo mismo que ella.
    En inglés, Meg dijo:
    – ¿Dónde está Shuryshkary?
    – En el norte de Siberia, al pie de los Urales.
    – Eso explica muchas cosas -murmuró ella.
    Kon asintió y se comprendieron en silencio. Pero Anna metió la cabeza entre los dos.
    – ¿Qué significa eso de «suricari»?
    Kon se echó a reír.
    – Es el pueblo donde nací, Anochka.
    Incapaz de reprimir su curiosidad, Meg exclamó:
    – ¿Cómo encontraste a tu madre?
    – Cuando decidí desertar, conseguí, con ayuda de otro agente que me debía algunos favores, acceder a mi expediente. Entonces supe que mi madre vivía aún y negocié su salida de Rusia con el gobierno estadounidense. Pero, al igual que con Anna y contigo, he tenido que esperar todo este tiempo para traerla aquí. Por desgracia, hubo problemas que impidieron que llegara el día de Navidad, como yo había planeado.
    – Oh, Kon… -exclamó Meg. De pronto, su comportamiento el día de Navidad y su desaparición cobraron sentido-. ¿Podrás perdonar…?
    – Todo eso está olvidado, Meggie -la interrumpió-. Hoy es el primer día del resto de nuestras vidas.
    – Sí -musitó ella y, tomando a su suegra por el brazo, le dijo en ruso-. ¿Está cansada? ¿Quiere subir a su habitación para refrescarse un poco antes de la cena y luego ver la casa de su hijo?
    – Hemos comido en el avión que nos ha traído desde San Francisco. Prefiero quedarme con mi nietecita un rato y luego acostarme.
    Cuando empezaban a subir las escaleras, con Anna y los perros correteando delante de ellos, la anciana dijo:
    – Anna se parece mucho a la hermana de Dima, Nadia. Alegre, curiosa y llena de vida.
    – Nadia murió de una enfermedad pulmonar antes de cumplir catorce años -murmuró Kon en inglés.
    A Meg se le encogió el corazón.
    – ¿Y tu padre?
    – Un día salió a cortar madera y le falló el corazón. Fue hace cinco años.
    – ¿Cómo ha sobrevivido todos estos años sola?
    – Limpiando suelos y cuartos de baño en edificios públicos.
    – ¿Cuántos años tiene?
    – Sesenta y cinco.
    – Es maravillosa, Kon.
    – Sí. Y tú también.
    Esa noche, mucho más tarde, cuando por fin la casa se quedó en silencio y las luces se apagaron, Kon entró en su habitación, donde Meg lo esperaba impaciente.
    – La última vez que eché un vistazo, mi madre le estaba leyendo a Anna El cascanueces. Anna ya ha aprendido algunas palabras en ruso.
    – Es natural, cariño -murmuró Meg. Se acercó a él cuando Kon se quitó el albornoz y se deslizó bajo las sábanas-. La señorita Beezley me dijo que era una niña muy inteligente para su edad. La señora Rosen dijo lo mismo de su talento para el violín. Esas cualidades las ha heredado de su padre.
    – Y de su madre. De ti ha heredado su dulzura -musitó él, antes de besarla-. Cuando las dejé, se estaban comunicando con increíble facilidad.
    Meg apenas podía reprimir sus emociones.
    – Ese libro ha sido como un lazo mágico entre todos nosotros, amor mío.
    Kon le apartó el pelo de la frente y la miró fijamente.
    – Eso es porque El cascanueces es mágico. Cuando mi madre empezó a contarme historias del pasado, de pronto recordé muchas cosas. Uno de mis recuerdos más intensos era verla leerme El cascanueces cuando yo era niño. Por eso me impactó tanto ese libro, y por eso quise dártelo cuando te marchaste de Rusia. Para mí, ese libro simbolizaba la esperanza y el amor, Meggie. Nuestro amor. Ahora todo tiene sentido -se le quebró la voz y volvió a besarla, estrechándola contra sí-. Te deseo, Meggie. Te quiero tanto que me asusta.
    – Yo temía haberte perdido otra vez.
    – No quiero mentirte, Meggie. Cuando me marché en Navidad, había perdido la esperanza de que pudiéramos estar juntos. Pero tenía que intentarlo otra vez.
    – ¡Menos mal! ¡Te quiero tanto! Kon… -gimió al sentir la primera caricia sobre su piel. El placer era casi insoportable-, no puedo creer que esto esté pasando. ¿Estoy soñando?
    – ¿Eso importa? -preguntó él en voz baja-. Por fin estamos juntos. Las preguntas y las explicaciones tendrán que esperar. Ahora solo importa que estás aquí, conmigo. Ámame, Meggie -suplicó.
    Ella se entregó al único hombre que lo sería todo para ella: guardián, amigo, amante, marido y padre de su hija.
    Pocas mujeres habían hecho un camino tan largo y extraño para alcanzar su destino final, su felicidad.
    Pero Meg lo había hecho por el amor de Konstantin Rudenko, su príncipe azul.

REBECCA WINTERS


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