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La Fuga De La Novia

La Fuga De La Novia

Аннотация

    Mientras caminaba por el pasillo central de la iglesia, Ashley Carrington supo que estaba cometiendo la mayor equivocación de su vida. Y antes de que concluyera la marcha nupcial se convirtió en una fugitiva, ocultándose de su familia, amigos y prometido, en una casa de la playa que creía desierta.
    Su inesperado y poco dispuesto anfitrión, un tipo serio llamado Kam Caine, pensó que estaba loca, pero al menos no la arrojó a la oscuridad de la noche con su arrugado vestido de novia. Y de alguna forma, sin proponérselo, le estaba mostrando toda la pasión que Ashley había echado en falta en su noviazgo.


Raye Morgan La Fuga De La Novia

Capítulo Uno

    Asaltar una casa deshabitada era algo que nunca había hecho.
    Ashley rió en alto, se tapó la boca con la mano y miró a su alrededor. Su risa había adquirido un tono fantasmagórico en la oscuridad de la habitación.
    No le procupaba que la oyeran puesto que los vecinos más proximos, tal y como había constatado tras una semana de detenida observación, vivían lejos y la casa siempre estaba vacía. Todo ello era una ventaja puesto que de otra manera tendría que buscar refugio en una cueva y la idea no la seducía en absoluto.
    – Con lo frías que son las cuevas -se dijo a media voz, a la vez que se adentraba en la casa-. Además siempre son húmedas.
    También el vestido de novia que llevaba puesto estaba frío y húmedo. Se le había mojado en su carrera por las proximidades de la bahía, y se le había rasgado al engancharse cuando trepaba a la ventana por la que entró en la casa. Tenía que cambiarse de ropa.
    Entró en la alcoba y se puso a buscar.
    – Tan solo necesito tomar algo prestado -susurró, a la vez que rebuscaba en los cajones-. Prometo devolverlo todo limpio y planchado.
    Desgraciadamente, el vestuario que encontró correspondía a un hombre soltero y de buen gusto, y no hubo manera de encontrar unos sencillos vaqueros y una camiseta. Al fin decidió ponerse una camisa de manga larga que le llegaba hasta las rodillas, y dejó el traje de novia tirado en el suelo.
    Satisfecha con el cambio de ropa, se disponía a inspeccionar la casa cuando el reflejo de una luz intensa y el sonido violento de un trueno la paralizaron. Por fin estallaba la tormenta que había amenazado durante todo el día. Un escalofrío le recorrió la espalda.
    Menos mal que no soy supersticiosa. Si no, me tomaría la lluvia como un mal presagio, pensó.
    La verdad era que las cosas ya le habían ido suficientemente mal aquel día. Una risa histérica se agolpó en su garganta, pero Ashley consiguió controlarla y continuar explorando su escondite.
    La exploración no le llevó mucho tiempo. Se traba de una típica casa de playa, abierta y aireada. Había dos dormitorios al fondo y un salón que se abría a una terraza con vistas a la bahía. A pesar de que estaba a poca distancia del lugar donde aún la estarían esperando para celebrar su boda con Wesley, Ashley estaba segura de que nunca la encontrarían en aquella casa. Nadie pensaría en buscarla allí.
    ¿Sería una imprudencia encender la luz? Corría el riesgo de que algún vecino se diera cuenta, pero no podía pasarse el resto de la noche sentada en el suelo esperando en la oscuridad a que se hiciera de día. Decidió encender la luz del pasillo y se sintió mejor de inmediato. Sin embargo su bienestar duró poco, ya que un nuevo rayo seguido de su correspondiente trueno se llevaron consigo la luz que había encendido con tanto cuidado.
    Ashley reprimió un gemido. De nuevo se veían luces en el exterior, pero esta vez no provenían de un rayo, si no que pertenecían a un coche que se aproximaba a la casa.
    Ashley no podía creerlo. Había observado aquella casa a lo largo de la última semana en cada uno de sus solitarios paseos por la playa y estaba segura de que allí no vivía nadie. ¿Por qué tenía la mala suerte de que su dueño decidiera volver precisamente el día en que ella la necesitaba tan desesperadamente?
    Una sombra pasó por la ventana y a continuación se oyó el ruido de llaves en la cerradura. No había tiempo que perder. Ashley giró sobre sí misma buscando un lugar en el que esconderse. Se dirigió corriendo a uno de los dormitorios y se metió en el armario, escondiéndose entre la ropa colgada y cerrando tras de sí la puerta corredera. Dejó una ranura por la que observar lo que ocurría y se pegó a la pared. El corazón le latía con fuerza.
    El sonido de las pisadas hizo pensar a Ashley que se trataba de un hombre, tal como le confirmó una imprecación de aquél al descubrir que la luz no funcionaba. Ashley oyó el ruido de la maleta al ser depositada en el suelo. A continuación las pisadas se alejaron hacia la cocina.
    No sabía si debía aprovechar aquella oportunidad para salir del armario y huir. La idea de pasar la noche que debía haber sido su noche de bodas en la cárcel, la horrorizaba. Pero tampoco la seducía la idea de salir vestida con una camisa y tener que buscar un refugio para protegerse de la lluvia.
    ¿Qué demonios podía hacer? Debía haber organizado el plan mejor. Pero su vida parecía estar gobernada por la falta de planes. A veces se preguntaba si la gente tendría razón cuando le decía que era demasiado audaz.
    Tuvieran o no razón, Ashley tenía que tratar de resolver la situación en la que se encontraba. Comenzó a abrir la puerta del armario cuando una luz vacilante la paró en seco. El hombre había encendido una vela y se dirigía de nuevo a la habitación.
    Tal vez si se quedaba muy quieta y no respiraba…, pensó Ashley. Pero en ese preciso momento sus ojos se fijaron en el traje de novia tirado en el suelo. Estaba segura de que él también lo vería.
    – Qué hace esto aquí -exclamó él en ese preciso instante.
    Lo había visto. Ashley se pegó aun más contra la pared, mordiéndose el labio y tratando de no respirar. Por la ranura de la puerta veía también la ventana por la que había entrado y que había dejado abierta. El se dirigió hacia allí, levantó la vela y se asomó al exterior.
    Ashley aprovechó la oportunidad para abrir la puerta con sumo cuidado y salir del armario. Tenía que salir lo antes posible. Sentía llevarse la camisa pero, al fin y al cabo, ella le dejaba un traje de novia a cambio.
    Llegó a la puerta a toda velocidad, asió el picaporte y lo giró, pero la puerta no se abrió. Dándose la vuelta, se apoyó contra la puerta y trató de ver la habitación en la oscuridad. Respiraba con dificultad. El hombre seguía en la habitación. La única salida que le quedaba era la puerta de la cocina, y hacia ella se encaminó, rezando por que él no decidiera salir al pasillo justo cuando ella pasaba junto a la habitación.
    Kam Caine estaba pasando un mal día, o, mejor dicho, había tenido un mal mes, una año deplorable y una vida más bien regular. Al menos así lo sentía en aquel momento. Estaba agotado. Había ido a la casa de la playa para pasar el fin de semana, en busca de un poco de paz y tranquilidad, con la esperanza de recuperar parte de su equilibrio emocional, y, con un poco de suerte, también su sonrisa.
    Necesitaba dormir cuarenta y ocho horas, levantarse para darse un baño en la bahía y tomar una copa echado en la arena. Lo último que necesitaba era una tormenta tropical y un intruso en su casa.
    El que la ventana siguiera abierta le pareció una mala señal. Fuera quien fuera quien había dejado aquella pila de ropa en el suelo, aún se encontraba en la casa.
    Creyó oír un ruido y se volvió con gesto enfadado, pero el sonido de la lluvia sobre el tejado le impidió estar seguro.
    Se aproximó a la ropa del suelo y le acercó la vela. Entre el tacto y lo que consiguió ver se dio cuenta de que se trataba de un traje de novia.
    De pronto se dio cuenta de que, cuando había entrado en la habitación, la puerta del armario estaba medio abierta. Obviamente, había alguien en la casa, y ese alguien se había quitado el traje de novia o tenía pensado ponérselo.
    En ese momento Kam creyó adivinar lo que ocurría.
    – ¡Maldito Michael! -masculló entre dientes-. Esto no tiene ninguna gracia.
    Estaba seguro de que éste era un plan de su hermano. Mitchell se pasaba la vida tratando de conseguirle una mujer. Ahora Kam se arrepentía de haberle dicho que vendría a la casa de la playa en Big Island a pasar el fin de semana y descansar tras un caso particularmente difícil que acababa de resolver en Honolulu. Le había dicho a Mitchell que necesitaba unos días de paz y tranquilidad, pero era obvio que Mitch había decidido proporcionar compañía femenina a su hermano mayor. Ahora Kam tenía que librarse de aquella mujer para poder quedarse tranquilo. El problema era descubrir dónde estaba, y Kam no estaba de humor para jugar al ratón y al gato.
    Comenzó la búsqueda por el salón. El parpadeo de la vela proyectaba sombras en todos los rincones y Kam creía ver figuras por todas partes. Se detuvo para tratar de escuchar, pero el sonido de la lluvia hubiera ahogado cualquier ruido. Retornó al vestíbulo y echó una ojeada en la cocina. Un impulso repentino le llevó de nuevo a la habitación donde estaba el traje de novia y donde la ventana aún seguía abierta. En el momento en que estraba en el dormitorio vio una sombra entrar precipitadamente en el armario. Kam levantó la vela para ver mejor.
    – ¡Quieta ahí! Te he visto.
    La sombra no se movió. Kam, irritado, metió la mano en el armario y asió con fuerza lo que obviamente era e4 brazo de una mujer, tirando de ella hacia fuera.
    A primera vista le pareció una raterilla, con el cabello rubio encrespado enmarcando un rostro de ojos azules y mirada desafiante. Por un instante, le hizo pensar a Kam en esos personajes de las novelas victorianas que se desarrollan en Londres, a los que caballeros de alta alcurnia se ocupan de lavar y educar.
    – Tócame otra vez y llamo a la policía -dijo Ashley, a la vez que se soltaba de la mano de Kam.
    Kam la miró, sorprendido por su actitud impertinente.
    Que tú vas a llamar a la policía? ¿De quién te crees que es esta casa?
    – Tu sabrás -respondió ella, elevando la barbilla on gesto desafiante-. ¿Cómo voy yo a saber si la Gasa te pertenece o no? Podrías haber entrado en ella para protegerte de la tormenta.
    Kam frunció el ceño. Aquella mujer tenía carácter y lo demostraba tratando de ponerle a él a la defensiva.
    – Al menos admitirás que no te pertenece a ti.
    – No pienso admitir nada -respondió Ashley.
    – Por supuesto que no. Los ladrones nunca admiten nada.
    Ashley sintió un escalofrío que trató de ocultar. Sabía perfectamente que iba a ser difícil salir de aquella situación. Él tenía todas las de ganar.
    – No soy una ladrona.
    – ¿Ah, no? -respondió Kam, sin poder evitar una leve sonrisa-. ¿Cómo te describirías?
    – Como una… visita -balbuceó Ashley, satisfecha de haber dado con esa palabra.
    – Estoy de acuerdo contigo -dijo él-. Aunque reconocerás que no has sido invitada.
    Al ver que aquel hombre no iba a hacerle daño, Ashley fue perdiendo parte de su arrogancia.
    – No voy a entrar en una discusión sobre ese punto -dijo, evasiva-. ¿Es o no es ésta tu casa?
    – Sí, es mi casa -respondió él.
    Por tanto, cabía la posibilidad de que llamara a la policía, pensó Ashley.
    – En pequeña y confortable -dijo, para ganar tiempo.
    Kam elevó una ceja y respondió, sarcástico.
    – A mí me gusta. Tal vez tú estés acostumbrada a sitios más lujosos.
    Ashley le dirigió una rápida mirada, preguntándose qué le habría hecho adivinarlo, y asintió con la cabeza.
    – Así es -dijo-. Pero es cierto que es muy agradable.
    Kam sintió deseos de reír pero se contuvo. Le costaba creer que aquella intrusa tuviera el valor de mostrarse tan displicente con la casa. Ello confirmaba el hecho de que no era una ladrona, si no un regalo de su hermano, que Kam pensaba devolver en aquel mismo instante.
    – Escucha -dijo, bruscamente-. ¿Cuánto te paga? Ashley le miró, sorprendida.
    – ¿Qué?
    – Sea lo que sea, yo te pagaré el doble para que te vayas.
    Ashley le miraba sin salir de su asombro. Aquello la libraba de la policía, de las esposas y los grilletes.
    – Te aseguro que no tienes que pagarme para librarte de mí. Me iré encantada -dijo.
    – De acuerdo. Puedes irte en seguida -dijo él, apoyándose contra la pared con los brazos cruzados.
    – Ahora mismo me voy -dijo Ashley, dirigiéndose hacia la puerta.
    De pronto, recordó que fuera diluviaba y que no tenía dónde ir, y su paso se hizo menos decidido. -Espera un segundo.
    Ashley se volvió con gesto inquisitivo. En la penumbra, el hombre parecía ser alto, su gesto era severo y su mirada penetrante y profunda. -¿No es esa mi camisa? -continuó Kam. Ashley miró hacia abajo.
    – Así es -dijo, retirándose el pelo de la cara y mirándole de soslayo-. ¿Te importa dejármela? Kam frunció el ceño.
    – ¿Acaso no tienes otra cosa que ponerte? -preguntó.
    Ashley se encogió de hombros y sonrió por primera vez. Su rostro se iluminó.
    – Tan sólo un traje de novia muy estropeado -dijo, sacudiendo la cabeza en un gesto de desamparo.
    Su sonrisa no pasó desapercibida a Kam, pero estaba acostumbrado a resistirse.
    – ¿Viniste vestida así desde el aeropuerto? -preguntó, a la vez que daba un leve puntapié al traje.
    Ashley lo observó, con la cabeza inclinada hacia un lado. El parecía creer saber quién era Ashley y por qué estaba allí, pero ella no tenía ni idea de qué le estaba diciendo.
    – No exactamente -respondió, esperando a ver qué pasaba.
    Kam suspiró y la miró con gesto sorprendido.
    – ¡Vestida de novia! ¡Mitch y tú tenéis ideas extrañas sobre mis gustos!
    ¿Quién era Mitch? Estaba claro que aquel hombre creía saber quién era Ashley y, sin embargo, estaba completamente equivocado. Ashley frunció el ceño.
    – No sé quien crees que soy -dijo.
    – No te preocupes -interrumpió Kam-. Supongo que eres una actriz en paro y que aceptaste porque necesitabas algo de dinero.
    La situación empezaba a ser ridícula y Ashley tenía que aclararla.
    – No soy actriz -protestó.
    Kam sonrió.
    – Por eso has interpretado el papel tan mal -dijo.
    – Me han acusado de ser una comediante -dijo Ashley, con aspereza-. Pero jamás me han acusado de ser actriz.
    – Una comediante o una actriz son la misma cosa.
    Ashley le miró atónita, preguntándose si siempre entendería las cosas de una forma tan literal.
    – Mitch siempre me ha dicho que no tengo sentido del humor. Tal vez esté en lo cierto -dijo Kam.
    Ashley lo seguía observando, tratando de adivinar por qué se tomaba las cosas tan en serio. Por otro lado, debía estar agradecida de que no fuera a llamar a la policía. Pero era difícil demostrar agradecimiento cuando la echaba en una noche oscura y lluviosa sin un lugar en el que refugiarse.
    Miró por la ventana. Tal vez debía pensar en volver. Podía imaginarse la mirada triunfante de Wesley al verla entrar. Podía escucharle reprenderla por haber causado aquel escándalo y sermonearla sobre la necesidad que tenía de casarse y de que alguien se ocupara de ella, pues no estaba capacitada para desenvolverse sola.
    Tal vez Wesley tenía razón, pensó Ashley, sintiendo un escalofrío y mirando al hombre que estaba a su lado sujetando la vela.
    – Será mejor que me vaya -dijo, resignada, dejando escapar un hondo suspiro-. No te preocupes, te devolveré la camisa.
    Al fin iba a marcharse y dejarle tranquilo, permitiendo que las cosas volvieron a la normalidad, tal y como Kam quería. Sin embargo al mirarla y observar sus piernas desnudas y aquella ridícula camisa, supo que no podía dejarla marchar así.
    – Espera -dijo, siguiéndola hasta el vestíbulo-. ¿No tienes un abrigo?
    Ashley sacudió la cabeza de lado a lado. -¿Dónde piensas ir? -siguió Kam. Ashley le miró con curiosidad. -¿Acaso te importa? -preguntó. Kam reflexionó antes de continuar.
    – Podría dejarte un abrigo y llevarte al aeropuerto.
    – No voy al aeropuerto -dijo ella.
    Un rayo los iluminó unos segundos. Kam envuelto en la luz plateada hizo pensar a Ashley en una aparición fantasmagórica. Ella, pensó Kam, parecía una niña abandonada a punto de perderse en la tormenta.
    Kam quería mantenerse firme. Se suponía que no tenía corazón. Al menos eso le decían. Pero en ese instante supo que tendría que ser un verdadero monstruo para dejarla marchar en una noche como aquella.
    Mascullando, se interpuso entre Ashley y la puerta de salida.
    – No creo que la tormenta vaya a parar -dijo, dejando paso a sus mejores sentimientos-. Será meor que pases aquí la noche. Puedes irte por la mañana y contarle a Mitch que tuvimos una orgía. Le hará sentirse mejor.
    Ashley se quedó paralizada. No comprendía el sentido de lo que decía y pensó que tal vez estaría más segura enfrentándose a la tormenta.
    – ¿Qué quieres decir? -preguntó.
    Kam sonrió, disfrutando de la idea que se le había ocurrido.
    – Dile que el deseo me consumió en cuanto te vi y que te eché sobre la mesa de la cocina -dijo, acompañando sus palabras con un gesto, como vaciando con una mano la superficie de la mesa-. Dile que te hice el amor incluso antes de que me dijeras quién eras, y que continuamos haciéndolo durante toda la noche. Dile que tuviste que marcharte a primera hora porque ya no podías más -rió y dejó la vela sobre un mueble-. Eso le dejará contento.
    Ashley se apoyó en el fogón, mirándo con ojos asombrados hacia la puerta y calculando cuánto tardaría en llegar a ella. Estaba horrorizada con el tono que la conversación había adquirido.
    – Tal vez sea mejor que me marche -lijo, temerosa.
    – ¿Qué? -Kam la miró enfadado. ¿Acaso aquella pequeña broma podía desagradarla?¿Acaso no estaba ella allí para tratar de seducirlo? Y, sin embargo, reaccionaba como una delicada flor. Con un gesto brusco se alejó de ella, sintiéndose molesto y un poco avergonzado-. No seas ridícula, por supuesto que te quedas. De hecho, estoy seguro de que asumías desde un principio que te dejaría quedarte. ¿No es así?
    Ashley titubeó. Kam se volvió hacia ella y continuó, señalándola amenazador.
    – Pero eso es todo. Será mejor que sepas que Mitchell fue el playboy de la familia, pero a mí no me van las relaciones de una noche.
    Eso tranquilizó a Ashley.
    – A mí tampoco -dijo, cambiando el gesto de preocupación por uno de alivio.
    Kam la miró burlón. ¿Acaso no estaba allí precisamente para eso? ¿A quién trataba de engañar?
    – De acuerdo -dijo, escéptico-. Puedes quedarte, pero tan sólo por una noche.
    Ashley estornudó.
    – No podría dejarte salir en una noche como esta -dijo Kam-. Siéntate. Haré un té para los dos.
    Ashley se sentó, pensando que un hombre dispuesto a hacerle té no podía ser tan terrible como aparentaba. Si tuviera otras intenciones, le habría ofrecido un coñac. Entrecruzó las manos sobre la mesa y observó a Kam encender el fuego, preparar las bolsas de té y verter el agua hirviendo.
    – Gracias -dijo, cuando Kam se sentó frente a ella y le pasó la taza. Dio un pequeño sorbo y sintió el bienestar de la bebida caliente actuando sobre su sistema nervioso-. ¿Cuándo crees que volverá la luz?
    – No lo sé. En esta parte de la isla las cosas se mueven con lentitud. Las autoridades se han olvidado de nosotros. Por eso me gusta este sitio.
    También eso le había gustado a ella, hasta que se había encontrado atrapada en una casa a oscuras, junto a un extraño.
    – Cómo te llamas? -preguntó Kam.
    Ashley vaciló. Tal vez había aparecido alguna referencia a ella en las noticias.
    – Ashley Carrington -respondió-. ¿Y tú?
    – Kam Caine -dijo él, arqueando una ceja-. Supongo que ya lo sabías.
    Ashley volvió a preguntarse qué le hacía suponer que así fuera, pero no dijo nada. Miró a su alrededor.
    – ¿Es ésta tu casa de vacaciones? -preguntó.
    Kam asintió con la cabeza.
    – Ejerzo de abogado en Honolulu -dijo-. Acabo de terminar un caso difícil que ha durado varios meses. Vine en busca de descanso y tranquilidad -hizo una mueca-. Cometí el error de avisar a Mitch de que vendría.
    – Entiendo.
    Kam vaciló.
    – No quiero ser grosero, no te lo tomes a mal, pero no necesito que Mitchell me prepare citas. Soy capaz de elegir la compañía femenina que me apetezca -dijo, y sonrió-. Sus gustos son diferentes a los míos.
    Ashley le miró indignada. ¿Cómo era posible ser tan grosero?, pensó.
    – ¿Quieres decir que no te gusto? -dijo, conteniendo la risa y pensando lo poco que le importaba. Kam se encogió de hombros.
    – No quiero ofenderte, pero eres un poco baja para mi gusto -la miró, indiferente-. Me gustan las mujeres altas, con clase y mucho estilo.
    Ashley se atragantó.
    Quieres decir que no tengo clase?
    Kam hizo un gesto de rechazo y sacudió la cabeza.
    – No he querido decir eso.
    Ella le miró, burlona.
    – ¿Niegas haberlo pensado?
    Kam palideció y la miró con ojos llenos de frialdad.
    – No tengo por qué negar nada. Ashley sonrió.
    – Hablas con la arrogancia de un abogado. La mirada de Kam se endureció. -Ahora eres tú quien ofende.
    – Así es -dijo Ashley, dejando escapar un suspiro. Aquel hombre era imposible y no había razón para tratar de llevarse bien con él. Ni siquiera sería capaz de comprenderla. Aun así, lo intentó.
    – ¿Cómo crees que me siento yo -dijo-. Me rechazas, crees que soy una mema que intenta seducirte y me dices que no te excito. Estoy destrozada -añadió, sarcástica.
    Kam la miró como si observara a una extraterrestre. Ashley no se comportaba como el tipo de mujer que él creía que era.
    – Lo siento, pero es así -dijo, con una risa seca-.Tampoco tú pareces muy entusiasmada conmigo. No nos gustamos y será mejor que lo dejemos claro. Ashley titubeó. Debería decirle la verdad, se dijo.
    La farsa estaba llegando demasiado lejos. Pero a la v r. que bebía otro sorbo de té, se dio cuenta de que estaba demasiado cansada para arreglar el malenten(¡¡(lo. Había sido un día largo. Los preparativos para la ceremonia, la decisión de escapar, la huida, la entrada en la casa y, por último, el susto de encont rarse con el dueño. Necesitaba descansar, y cuanto antes, mejor.
    Siento ser una molestia -dijo, adormilada.- Si me dices dónde puedo dormir me retiraré y mañana me marcharé lo antes posible.
    Tal vez sólo se lo imaginó, pero por un instante Ashley pensó que Kam estaba desilusionado de que su charla no durara más.
    – Por supuesto. Sígueme al salón. Te daré una manta y una almohada. Puedes instalarte en el sofá. No hay otra cama.
    Ashley le siguió en la luz vacilante de la vela. En unos instantes estaba echada en el sofá, tapada por una manta.
    – Buenas noches -dijo. Los párpados se le cerraron pesadamente.
    – Buenas noches -respondió él.
    Mitchell había elegido una mujer peculiar, pensó. Pero al menos se libraría de ella a primera hora de la mañana.

Capítulo Dos

    No estaba segura, pero un rayo debió despertarla. Fuera lo que fuera, temblaba de miedo. Las sombras de la habitación la rodeaban, amenazadoras.
    Se dijo que era ridículo sentirse así. Sabía que no había nada que temer. Sin embargo, cayó un nuevo rayo y en la breve iluminación que le siguió, Ashley vió el rostro de un hombre contra la ventana.
    Tenía que ser Wesley. Había venido a por ella. Ashley no podía respirar.
    Pronto se dio cuenta de que estaba equivocada. Lo que había creído que era un hombre no era más que una planta del exterior. No había razón para preocuparse.
    Aunque lo intentó, no logró calmarse. Todo lo que la rodeaba resultaba amenazador: el viento, los destellos de luz repentinos, la lluvia. Odiaba sentirse como una chiquilla, pero estaba atemorizada.
    Se levantó del sofá y se envolvió en la manta, acercándose al otro dormitorio, calladamente. El corazón le latía con fuerza. Temía que en cualquier momento alguna de aquellas sombras se convirtiera en un ser temible, pero consiguió entrar en la habitación de Kam sin hacer ruido.
    Se acercó hasta la silla que estaba al lado de la cama, se sentó y se arrebujó en la manta. Sólo entonces miró a Kam.
    Descansaba inmóvil bajo la manta, con un brazo abrazando la almohada. Parecía muy alto.
    El pulso de Ashley se normalizó. No tenía de qué preocuparse. Dejando escapar un suspiro se acomook, cn la silla. Sólo deseaba volver a dormirse.
    Sin embargo, no conseguid conciliar el sueño. Cada terminación nerviosa de su cuerpo estaba despierta y su mente funcionaba a doble velocidad. No dejaba de pensar en todo lo que había hecho mal, en todo lo que no debía haber hecho, todo lo que podría pasarle si no tenía cuidado.
    Tenía motivos para no dejar de pensar. No todos kos días se escapa uno de su boda. En aquel momento de la noche, Ashley pensó que tal vez se había comportado estúpidamente.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Kam, levantando la cabeza al ver a Ashley-. ¿Qué haces aquí?
    Ella se revolvió en el asiento.
    – Lo siento, no quería despertarte -dijo.
    Kam frunció el ceño. Apenas podía vislumbrar la cara de Ashley en la oscuridad..
    – Te pasa algo? -preguntó.
    – No quiero molestarte. Sigue durmiendo.
    Kam se incorporó, apoyándose en el codo.
    – ¿Acaso crees que puedo dormirme contigo contemplándome desde ahí? -preguntó.
    – Prometo no mirarte -dijo Ashley, buscando las palabras para expresar lo que ella misma no entendía-. Necesito estar cerca de un ser humano en este momento. No puedo evitarlo.
    Kam la observó, preguntándose si era tan inocente como parecía, o si tenía alguna intención oculta. Se sentó con los pies fuera de la cama y la sábana alrededor de las caderas.
    – ¿Tienes frío? -preguntó, sorprendido al verla temblar. A pesar de la lluvia, la temperatura era agradable.
    – No -negó ella, vehemente-. Te aseguro que estaré bien si dejas que me quede. Te prometo no hacer ruido. Tú duermete.
    Sus ojos estaban llenos de lágrimas. Kam podía verlas en la penumbra. Se preguntó si la había herido sin pretenderlo. Siempre le pasaba lo mismo con las mujeres. No las entendía. Se sentía incómodo e inútil, como si un cachorro le hubiera despertado en mitad de la noche reclamando su atención. Él tan solo quería volver a dormirse. Pero aquel cachorro tenía una expresión enternecedora.
    – Por qué lloras? -le preguntó, bruscamente.
    Ashley volvió la cara.
    – No estoy llorando -respondió, poniéndose a la defensiva.
    – ¿Por qué tienes mojada la cara? -insistió él. Ashley se secó la cara con el dorso de la mano. -No me pasa nada. Preferiría que me ignoraras y te durmieras.
    – Cierra los ojos -ordenó él.
    Ella le miró con los ojos abiertos de par en par. -Por qué?
    – Porque voy a levantarme -dijo él-. Y no llevo nada puesto.
    Ashley reprimió con dificultad una carcajda. -No puedo ver nada en la oscuridad -dijo. -Me da lo mismo. Cierra los ojos.
    Ashley obedeció, tapándose los ojos con un brazo, riéndose para sus adentros del pudor que Kam mostraba.
    Kam se levantó y fue al vestidor. Buscó en el cajón de la cómoda hasta que encontró unos pantalones de pijama y se los puso apresuradamente.
    – Espera un momento -dijo, malhumorado-. Te voy a traer un vaso de leche. Te ayudará a dormir.
    – No quiero nada -protestó Ashley, a la vez que Kam desaparecía en dirección a la cocina. Dejó caer el brazo y suspiró. Odiaba la leche, pero era una idea enternecedora.
    Kam volvió rapidamente con un vaso de leche para cada uno.
    – Toma -dijo, pasándole uno de los vasos-. Ha vuelto la luz.
    Ashley sonrió en la oscuridad.
    – No vas a encenderla? -preguntó.
    – No -respondió Kam, sentándose en el borde de la cama-. Hacerlo sería aceptar que no vamos a volver a dormir, y no estoy dispuesto a rendirme.
    – Lo siento -dijo Ashley, en un susurro, tomando el vaso entre las dos manos pero sin beber-. Te estoy causando muchas molestias. Sentí tanto miedo que tuve que venir.
    Volvió a temblar. Kam frunció el ceño, preguntándose cuál sería su problema.
    – Necesitas otra manta? -preguntó.
    Ashley sacudió la cabeza.
    – No, gracias. Estoy bien -dijo, dejando el vaso lleno sobre la mesilla-. Ha sido un día difícil.
    – Entiendo -dijo Kam, relajándose al suponer que no tendría nada que ver con él-. También lo ha sido para mí.
    Recordó la expresión de Jerry aquella tarde en el juzgado, y la ira del abogado defensor, gritándole indignado.
    – Que le estás haciendo a mi cliente? -le había gritado-. ¿Acaso no tienes compasión, no tienes corazón? ¿Te queda algo de sangre en esas venas de hielo, o eres un androide programado para destruir a los seres humanos?
    Jerry había agarrado a Kam por las solapas.
    Eres un desgraciado y estás acabando conmigo! Y lo peor es que no te importa.
    Su voz sonaba como un eco en la mente de Kam. Jerry tenía razón. Ya no tenía corazón. El tiempo le había demostrado que no valía la pena tenerlo.
    A pesar de todo, la invectiva de Jerry le había afectado y había decidido ir a descansar a la isla. Hacía tiempo que necesitaba un descanso y había decidido tomárselo aquel fin de semana. Había ansiado llegar al silencio de la casa. No se le había ocurrido que tendría compañía desde el principio.
    – Hay algo que sigo sin entender -dijo, entrecerrando los ojos-. ¿Qué os hizo pensar a Mitch y a tí que una mujer en traje de novia pudiera excitarme?
    Ashley suspiró, volviendo el rostro hacia él. Había llegado la hora de decirle la verdad.
    – Tengo que decirte una cosa -dijo, quedamente-. No conozco a nadie que se llame Mitchell.
    Kam tardó un rato en darse cuenta de lo que aquello significaba. Pestañeó, preguntándose si había entendido correctamente.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Debía habértelo dicho desde el principio, pero no me diste la oportunidad. Nadie me ha hecho venir -Ashley se sintió mejor al decir la verdad, a pesar de que sabía que a Kam no le gustaría-. Entré por la ventana de atrás porque necesitaba un lugar en el que pasar la noche.
    Kam la miró fijamente. Al fin entendía. Ashley no había cobrado para destrozarle la vida, sino que lo hacía gratis.
    – Puesto que no eres más que una vulgar delincuente, no me siento responsable por ti -dijo.
    Ashley asintió con la cabeza y se encogió de hombros, sintiéndose culpable pero aliviada.
    – Así es.
    Kam juró entre dientes. Se sentía estúpido. Debía haber hecho lo que pensó en un principio y echarla inmediatamente. Sin embargo, ya era demasiado tarde.
    – Debería llamar a la policía -dijo, fríamente, sus ojos llameantes de ira-. Ellos te darán un sitio seco y cálido donde dormir.
    Ashley se estremeció.
    – Si eso es lo que quieres, hazlo, pero…
    – ¿Pero qué? -refunfuñó él.
    La voz de Ashley sonaba dulce y afligida.
    – Preferiría que no lo hicieras.
    Kam no pensaba llamar a la policía, pero no estaba dispuesto a dejarselo saber, al menos por el momento.
    – Está bien -dijo, malhumorado-. ¿Por qué estás en mi casa?.
    Ashley vaciló, dirigiendo una mirada perdida a su alrededor.
    – Se supone que esta noche celebraba mi boda -dijo, suavemente.
    Eso explicaba el traje de novia. Kam asintió en la oscuridad.
    ¿Qué ocurrió?
    – Huí antes de la ceremonia.
    – ¿Cómo dices? -estaba claro que estaba loca. Nadie en su sano juicio haría una cosa así, pensó Kam-. No me lo creo. Esas cosas no pasan.
    Ashley sonrió entristecida.
    – Yo lo he hecho.
    Kam se indignó, sin saber con precisión cuál era la causa de su enfado.
    – ¿Por qué? -preguntó, esperando encontrar una explicación.
    Esa era la cuestión. Ashley no estaba segura de haber encontrado la respuesta a esa pregunta. No llegaba a estar segura.
    – De pronto me di cuenta de que se trataba de un tremendo error -dijo.
    Kam se alejó de ella. En su rostro se dibujaba una sonrisa cínica. Estaba claro que era una mujer superficial, del tipo que él odiaba. Aquéllas cuyo comportamiento era irracional, capaces de pasar de una cosa a otra sin una causa aparente, sin motivo alguno. Al menos él era capaz de entender los impulsos de los que se ocupaba en el juzgado, pero los que dominaban a las mujeres eran un auténtico misterio. En conjunto, eran unos seres inescrutables.
    – ¿Dejaste a tu prometido plantado, esperándote? -dijo, acusador.
    Ashley asintió con la cabeza. Sabía que sería difícil hacerle comprender.
    – Traté de decírselo. Lo intenté a lo largo de la semana, pero no me escuchaba.
    Kam la miró, escéptico.
    – Tal vez debieras haber sido más directa, haberle devuelto el anillo de compromiso y decírselo a la cara.
    Ashley se volvió hacia él, tratando de vislumbrar sus ojos, pero sólo pudo apreciar la silueta de su cuerpo sentada en la cama.
    – Eso hice -protestó-. Pero todo el mundo se rió de mí, pensando que bromeaba.
    – Entiendo -dijo Kam, creyendo confirmada su teoría de que se trataba de una mujer caprichosa-. Supongo que eres famosa por tu sentido del humor.
    – Así es -respondió ella, sin añadir que hubo un tiempo, hacía ya mucho, en el que se la consideraba la sal de todas las fiestas.
    Kam dejó el vaso con un gesto brusco. Así que ll.Ibía cambiado de opinión y había dejado plantado al novio, pensó.
    No entendía cuál era el problema de las mujeres. Tal vez disfrutaba del poder que ejercían sobre los liotiibres. Él no pensaba dejarse dominar por ninguna de ellas. Ya había tenido la oportunidad de comprobar lo doloroso que podía ser.
    – ¿Con quién pensabas casarte? -preguntó, indiferente. A pesar de haber crecido en aquella zona de la isla, no esperaba conocer a la persona que Ashley mencionara.
    – Se llama Wesley.
    – ¿Wesley Butler? -cortó Kam-. ¡Bromeas!
    Ashley le miró sorprendida.
    – ¿Lo conoces?
    – Si -respondió Kam, a la vez que encendía la luz para observarla con detenimiento. Ella le miraba desde la silla, envuelta en la ropa de cama. Kam frunció el ceño. Parecía más indefensa que nunca. Sus ojos azules le contemplaban ansiosos y su cabello rubio le enmarcaba el rostro dándole un aspecto etéreo. Pensó que no era el tipo de Wesley.
    – ¿Por qué querías casarte con un cretino como ese? -preguntó, sin rodeos.
    Ashley, sorprendida, rió abiertamente.
    – Esa es la cuestión -dijo, animada-. Cuando llegué aquí y pasé varios días enteros con él, me di cuenta de que no quería casarme.
    Kam reprimió una sonrisa de complicidad. Quería mantenerse distante. Algo le decía que sería lo mejor.
    – ¿De qué conoces a Wesley -preguntó, contenta de que la luz estuviera encendida y así poder ver los ojos de Kam-. ¿Fuiste con él al colegio?
    – ¿A1 colegio -Kam hizo una mueca-. No. Wesley fue a los colegios más caros y yo a uno público, junto con los demás mortales.
    Ashley se mordió el labio. También ella había ido a los mejores colegios, pero no quería que Kam lo supiera por el momento. Parecía estar resentido con la gente rica.
    – Estuvimos en el mismo equipo de natación -continuó Kam-. Teníamos trece o catorce años. Siempre competíamos por el record de espalda.
    – ¿Quién ganaba?
    – Normalmente yo -su expresión se iba oscureciendo a medida que recordaba el pasado-. Cuando la cosa va en serio, no suelo dejar que me ganen -murmuró.
    Ashley lo observó con un escalofrío. Había algo en él frío como el acero, que era imposible ignorar.
    – ¿Cómo os conocistéis -preguntó Kam, secamente.
    – Nuestras familias han sido siempre amigas. Algunas veces pasaba con nosotros las vacaciones en La Jolla.
    Ashley sabía que esa era suficiente pista para que Kam descubriera su origen. Le miró fijamente, tratando de observar algún cambio en su actitud. Kam no se inmutó. Sus ojos mantenían una expresión dura.
    – Luego coincidimos en la universidad de East Coast -continuó Ashley-. Él era unos años mayor y se convirtió en mi protector.
    – ¿Has ido a la universidad? -preguntó Kam, sorprendido.
    Ashley le miró también sorprendida, más divertida que ofendida.
    – No sólo a una, sino a varias -respondió.
    – ¿No sabías con cuál quedarte?
    – No. Me echaron.
    – ¿Te llevaste un novio al dormitorio? Ashley rió.
    – Eso ya no se castiga -dijo, con un suspiro-. I'rrtenecía a un grupo de defensa de los animales y decidirnos liberar a las ratas y los conejos del laboratorio de ciencias. Fue un desastre. La mayoría de los Onejos no habían vivido nunca en libertad y fueron atropellados. Las ratas invadieron el vecindario.
    – Y os descubrieron.
    – Así es. Y nos echaron. Ahora estoy de acuerdo con que lo hicieran. Cuando trabajé como voluntaria en un hospital de niños en estado terminal, descubrí la importancia de la experimentación en medicamentos. Si hay que elegir entre los niños y las ratas, prefiero estar del lado de los que quieren salvar a los niños.
    Kam empezaba a pensar que estaba frente a una mujer extraña. Frunció el ceño. Al saber que estaba prometida a Wesley había asumido que pertencía a una familia tan rica como la de él. Sin embargo, había trepado a una modesta casa en la playa para huir de los suyos.
    Wesley y ella habían crecido juntos, habían ido a la misma universidad. Hacía tiempo que no veía a Wesley, pero por lo que había oído, seguía siendo el mismo cretino de siempre.
    – Si fuisteis juntos al colegio, debéis conoceros desde hace mucho tiempo -comentó Kam, pensativamente.
    Ashley echó la cabeza hacia atrás y rió. Aquel hombre no se andaba con rodeos. Era una característica que a la larga podía llegar a desagradarle, pero no habría oportunidad de comprobarlo. Por el momento, le hacía reír.
    – Veo que me has descubierto -bromeó-. Yo pensaba que me creerías una jovencita de veinte años.
    – No te comportas como la típica veinteañera distraída que ríe por cualquier cosa.
    – No todas son así.
    – Casi todas las que yo he conocido, sí. -Debe ser un estilo que odias. -Así es.
    – Podría incluso aventurar que odias a todas las mujeres.
    Kam hizo una mueca de rechazo pero a la vez esbozó una sonrisa.
    – Yo no diría tanto como eso -dijo, lentamente-. Pero tengo que admitir que no me gustan los juegos de las mujeres.
    – Juegos -repitió Ashley. Ojalá sólo fueran juegos, pensó. Pero era difícil considerarlos tan sólo eso cuando alteraban toda una vida.
    – De todas formas, estoy haciendo trampa -dijo Kam-. Sé los años que tienes porque sé los que tiene Wesley. No te lo tomes a mal.
    Ashley empezaba a tener la impresión de que a Kam no le gustaba que nada se tomara personalmente. Parecía distanciado de todo compromiso emocional, incapacitado para tener sentimientos extremos de cualquier signo.
    – Cuéntame qué pasó -inquirió Kam-. ¿Qué te hizo pensar que Wesley no era el hombre con quien querías casarte?
    Ashley se arrebujó en la manta. No quería hablar de ello, pero sabía que debía una explicación al hombre que la había ayudado en un momento tan desesperado.
    – Todo empezó muy bien -dijo, distraídamente, tratando de recordar la última semana-. Los Wesley t enen una casa maravillosa, con una impresionante vista al océano.
    – Es maravillosa si te gustan las cosas ostentosas -interrumpió Kam.
    Ashley le miró. Otra vez asomaba el resentimiento hacia la gente rica, y se preguntó qué razones ocultas lo habían provocado.
    – Todo fue bien hasta que llegó mi familia -continuó Ashley, ignorándole.
    – Vinieron a la boda?
    Ashley asintió con la cabeza.
    – Mi madre vino con su último no vio y mi padre con su novia. Nadie me prestaba atención.
    Kam comenzaba a entender el problema. Ella deseaba ser el centro de atención durante su boda y al no conseguirlo, tuvo una rabieta y decidió escapar.
    – Eres una niña rica y mimada, ¿verdad? -dijo, sarcástico-. Como no eras el centro de atención, decidiste escapar para volver a serlo. Como una niña pequeña deja de respirar y amenaza con ahogarse o un niño con comerse unos gusanos.
    – No estoy mimada -replicó Ashley, indignada. ¿Cómo podía estarlo si nadie se había ocupado de ella en toda su vida?-. No lo hice para intentar reclamar su atención.
    – Entonces ¿por qué lo hiciste?
    Esa era una buena pregunta que Ashley no sabía cómo contestar.
    – Te dio una pataleta -continuó Kam, con frialdad-. Te escapaste y acabaste aquí. ¿Qué vas a hacer ahora?
    – No estoy segura -balbuceó Ashley
    Una mujer a la escapada y sin un plan por delante, reflexionó Kam. Lo mejor sería que volviera a su casa y se enfrentara a la situación. Cualquier persona en su sano juicio haría eso. No tenía que esconderse para no casarse con Wesley. Debía tener la valentía de decir a los que amaba exactamente lo que sentía.
    – Mientras tanto, tu familia debe estar preocupada -le recordó-. Probablemente están rastreando la zona en tu busca.
    Ashley sacudió la cabeza.
    – Me extrañaría. Llamé y dejé un mensaje diciendo que estaba bien. Además, estarán todavía en la fiesta.
    Kam la miró, sorprendido.
    – ¿Cómo van a tener una fiesta si la boda se ha cancelado?
    Ashley soltó una carcajada.
    – Los gastos estaban ya pagados y mi madre no desperdiciaría nunca una buena fiesta.
    Kam notó que tras la risa se ocultaba un sentimiento doloroso. Por primera vez pensó que Ashley debía tener más razones de las que él había asumido. A pesar de todo, no quería sentirse involucrado en la situación. Ya habían hablado demasiado. Ahora que parecía más tranquila, le dejaría dormir. Probablemente por la mañana vería las cosas de otra manera. Apagó la luz.
    – Buenas noches -dijo Ashley.
    Kam se volvió hacia ella en la oscuridad.
    – ¿Qué harás mañana? -preguntó.
    – No lo sé -respondió Ashley, tras una pausa prolongada.
    – No puedes quedarte aquí -dijo Kam, severo, deseando acabar con cualquier malentendido-. Tendrás que buscarte otro escondite.
    – Lo sé -respondió Ashley, arrebujándose en suuento-. No te preocupes, desapareceré de tu vista lo antes posible.
    Satisfecho de haber aclarado las cosas, Kain se quedó dormido, respirando acompasadamente.
    Ashley, no pudiendo conciliar el sueño, lo observaba en la oscuridad. Aún estaba alterada, pero observar el cuerpo en reposo de Kam la hacía sentirse mejor. Ansió tocarlo, con la esperanza de absorber parte de su calma.
    El cielo había quedado despejado, iluminado por la luna llena. El viento mecía los árboles tras las ventanas, proyectando sombras amenazadoras contra las paredes de la habitación. El mundo exterior era un reflejo de la inquietud que dominaba el corazón de Ashley.
    Tenía que librarse de aquella dolorosa ansiedad, pero no sabía cómo hacerlo. Había estropeado todo, sus propios sueños, los planes de su madre, las maquinaciones de su padre. Tampoco podía volver con Wesley, ahora que lo había humillado frente a todos sus amigos.
    En realidad, no deseaba volver, de eso estaba segura, pero se sentía culpable por haber acabado con las expectativas de todos ellos y por haber herido a Wesley.
    Un sentimiento de desolación que no había sentido antes en su vida la invadió. Miró con envidia a Kam y tomó una decisión.
    Sabía que a él no le gustaría. Debía intentar hacerlo en absoluto silencio para no despertarlo. Despacio, y tan quedamente como pudo, se levantó de la silla y se echó sobre la cama. Kam se movió. Ashley contuvo la respiración, pero al ver que no se despertaba, comenzó a relajarse.
    Se aproximó tanto como pudo para sentir el calor de su cuerpo. Era todo lo que deseaba. Podía sentir su aliento y su calidez, pero no osó tocarlo. Ashley empezó a relajarse. Por primera vez desde que huyera de la iglesia, se sentía segura. Dejando escapar un suspiró, se estiró.
    De pronto, Kam se movió. Ashley trató de esquivarlo, pero antes de que lo consiguiera él ya le había pasado un brazo por encima y comenzaba a acariciarle el hombro. Al ver que seguía dormido, Ashley no se preocupó. Su caricia tuvo un efecto mágico.
    Ashley se preguntó qué tendría Kam para hacerla sentir tan cómoda. Tal vez estaba relacionado con la solidez de su personalidad. Era obvio que no era alguien que se dejara llevar por los acontecimientos. El tipo de persona que ella necesitaba ahora que su vida parecía inmersa en una agitación constante.
    Sonriendo, cerró los ojos. En unos instantes, estaba dormida.

Capítulo Tres

    Kam pensó que estaba soñando. Soñaba con algo suave y de delicado aroma que deseaba coger. Entonnces se despertó y miró a su alrededor.
    Asombrado, observó su mano apoyada en el hombro de Ashley. ¿Qué hacía ella en su cama si la había dejado durmiendo en la silla?
    El sol entraba a raudales en la habitación. Kam no se explicaba cómo él, que siempre se despertaba con el amanecer, había seguido durmiendo incluso con Ashley metida en su cama.
    A la luz del día parecía aún más pequeña. Con el pelo esparcido sobre la almohada y sus largas pestañas haciendo sombra sobre sus mejillas, parecía vulnerable, y Kam no quería saber nada de ello.
    Retiró la mano tan suavemente como pudo, suspirando tranquilo al ver que ella no se despertaba. Lentamente, salió de la cama.
    Un sonido lo detuvo en seco. Horrorizado, oyó que le llamaban desde el salón.
    – Kam, no me digas que todavía no te has levantado.
    Kam dejó escapar una palabrota. ¿Acaso la racha de mala suerte no tenía fin?, pensó.
    Tanbién Ashley había oído la llamada y le observaba ahora desde la cama con expresión de pavor.
    – ¿Quién…? -comenzó, pero Kam la detuvo.
    – Es mi hermana Shawnee -dijo, quedamente-. Me temo que tiene una llave de la casa. Quédate aquí. Voy a ver qué quiere.
    Kam sentía no tener tiempo de ponerse unos vaqueros, pero no podía perder tiempo. Cuanto más tardara, más se arriesgaba a que Shawnee fuera hasta el dormitorio. Salió en pantalón de pijama. Se sentía estúpido. En su precipitación, se dió un golpe contra el marco de la puerta. Maldiciendo,se dirigió hacia el salón dando saltos de dolor.
    – Cuida tu lenguaje -lijo su hermana-. Traigo compañía.
    Kam contempló a la hermosa joven que venía con Shawnee. Parecía tímida y dulce, y claramente avergonzada de encontrarse con un hombre en pijama.
    Shawnee se echó en brazos de su hermano, lo besó ruidosamente y se retiró para contemplarlo con mirada amorosa.
    – Tienes un aspecto espantoso -dijo, maternal-. Menos mal que has venido a casa. Te pondremos en forma en un periquete.
    Se volvió y atrajo a su amiga hacia ellos.
    – Kam, esta es Melissa Kim. Es la nueva encargada del restaurante. Pasábamos por aquí y le dije que debíamos acercarnos para que conociera a mi hermano pequeño -dijo, a la vez que le guiñaba un ojo a Kam.
    Kam miró los ojos verdes y risueños de su adorada hermana y calculó las posibilidades de cometer un asesinato. Desde que él había cumplido los treinta años, Shawnee aparecía con chicas que pudieran interesarle. Estaba decidida a casarlo. Se estaba convirtiendo en un verdadero problema.
    – Encantado, Melissa -farfulló, dedicándole una leve sonrisa-. Shawnee, es un placer veros pero…
    Shawnee se volvió hacia la habitación. Su larga trenza se balanceaba siguiendo sus movimientos. Todos sus gestos indicaban a Kam que Shawnee tenía algún plan, y que no se marcharía hasta que lo llevara a cabo.
    – Estoy tan contenta de que estés de vuelta en Big Island -dijo-. Mitchell me dijo que venías a pasar unas cortas vacaciones y me puse a hacer planes de inmnediato. Lo primero era venir a saludarte.
    – Gracias por venir -rspondió él cortesmente, respondiendo a la sonrisa de Shawnee.
    Titubeó pero tomó una decisión que se dispuso a poner en práctica. No estaba interesado en conocer a Melissa ni en ningún otro plan que Shawnee le hubiera preparado. Mucho menos quería que cualquiera de las dos se encontrara con la mujer que se escondía en su habitación.
    Se pasó la mano por el despeinado cabello y les sonrió tímidamente.
    – Llegué ayer tardísimo -comenzó-. Tuve problemas con la luz por culpa de la tormenta y lo cierto es que estoy casi dormido.
    Shawnee elevó la barbilla, amenazadora.
    – No te preocupes por nada -dijo-. Mira lo que hemos traído.
    Levantó la mano para enseñarle dos paquetes.
    – Café y donuts -añadió-. Tal y como te gustan. Vamos a desayunar a la cocina.
    Shawnee se dirigió hacia la cocina, pero Kam la tomó del brazo, atrayéndola hacia sí.
    – Espera -dijo, susurrándole al oído-. No estoy vestido.
    Shawnee hizo una mueca, indicando que aquello no tenía la menor importancia, y cogiéndole de la mano, lo llevó hacia la cocina.
    – Ven y siéntate -dijo-. Quiero que comas y be bas y que luego nos acompañes a hacer unas compras.
    Kam protestó, pero se dejó llevar. Shawnee le hizo sentarse a la mesa.
    – No te procupes por Melissa dijo, mirando su torso desnudo-. A ella no le importa que no lleves camisa, ¿verdad? -añadió, haciendo un gesto a la joven.
    Melissa se ruborizó. Kam miró intensamente a su hermana, pero ésta decidió ignorarle.
    Mientras Shawnee preparaba las tazas y ponía la mesa, Kam se preguntó porqué siempre acababa haciendo lo que ella quería. Era ya un adulto independiente, pero en cuanto ella llegaba se convertía en un niño. Había crecido con ella, era como su madre. Pero la situación llegaba a ser ridícula.
    Era difícil romper con los hábitos de toda una vida, pero tal vez aquella era la ocasión de hacerlo. Debía intentarlo, se dijo. Miró a Shawnee con ojos entrecerrados y espero a que le diera una oportunidad de hablar.
    – Tienes que ver el nuevo teatro del hotel Shangri-la -estaba diciendo, sonriendo inocentemente-.Se me olvidaba decirte que Melissa no ha visto nunca una película policiaca. Deberías llevarla.
    Kam dejó la taza sobre la mesa y la miró fijamente.
    – No -dijo, con voz clara y firme. Shawnee le miró perpleja.
    – ¿No? -repitió.
    – No. Estoy harto de películas policiacas -añadió, sonriendo, pero mirándola con ojos enfadados-. Ahora me gustan más las películas de asesinatos en cadena. Cuanto más sangrientas mejor.
    Shawnee le miró unos instantes inquisitva, luego su expresión se relajó y sonrió.
    – Mientes -dijo, moviendo una mano en el aire-. Te conozco -miró a Melissa, quien parecía no enterarse de lo que pasaba, y añadió-. Da lo mismo.
    – Vamos a hacer un picnic el domingo, ¿vendrás?
    Era obvio que Shawnee tenía la intención de invitar a Melissa.
    – No puedo -respondió Kam, secamente. Shawnee entrecerró los ojos para mirarlo.
    – El lunes por la noche vienen a cenar Mack y Shelley.
    Estoy ocupado -dijo Kam, no dejándole acabar la frase.
    Shawnee levantó la barbilla, retadora. -¿Qué vas a hacer? -preguntó. Descansar.
    Se miraron fijamente durante unos instantes. Shawnee se llevó las manos a la cabeza en un gesto de desesperación.
    – Veo que hoy estás insoportable, así que lo dejaremos para otra ocasión.
    Kam dejó escapar un suspiro de satisfacción. Era la primera batalla que ganaba con Shawnee.
    – De acuerdo -dijo.
    Los ojos de su hermana relampagueaban. No estaba acostumbrada a que su hermano se insubordinara.
    – Se acaba de levantar -explicó a Melissa-. Te aseguro que mejora a medida que avanza el día.
    – A mí me parece bien tal y como es -dijo Melissa, tal vez demasiado fervientemente.
    Kam y Shawnee se miraron y tuvieron que reprimir una carcajada.
    – Está bien -dijo Shawnee, dándose por vencida, pero decidida a hacer un último intento-. Tengo que ir al baño. Vosotros, mientras, hablad un rato.
    Kam supo cuáles eran sus intenciones al instante. El problema era que tenía que ir a la parte de la casa donde estaba Ashley.
    – ¡No! -exclamó, levantándose de su asiento.
    Ella se volvió, haciendo una mueca.
    – ¿Qué ocurre, Kam? Acaso crees que puede asustarme el estado en que esté tu baño -rió-. He criado a tres hermanos y a un hijo y sé bien de lo que sois capaces. No te preocupes.
    Kam volvió a sentarse. No iba a poder detenerla. La única esperanza era que Ashley se hubiera quedado en la habitación. Si Shawnee la encontraba, se enteraría al oír el grito de sorpresa.
    Melissa se removió en su asiento.
    – Si no te gustan las películas policiacas, ¿qué tipo de palículas te gusta? -preguntó-. A mí las románticas.
    Kam le sonrió pacientemente, a la vez que se prometía matar a Shawnee, convencido de que ningún jurado lo declararía culpable.
    Shawnee se dirigió al baño con el ceño fruncido. Era imposible preparle citas al cabezota de su hermano. Sin embargo, de pequeño había sido muy dócil. Era con el único con el que se podía razonar, dispuesto a modificar su comportamiento. No era temperamental ni rebelde, como Mack, o impertinente como Mitchell. Era tranquilo y reflexivo, y sabía lo que quería.
    – Es una pena que esté equivocado en lo que quiere -murmuró-. Cree querer estar solo, pero no es eso lo que necesita.
    Estaba a punto de entrar en el cuarto de baño, cuando un ruido procedente de la habitación de Kam la detuvo. Se volvió y avanzó unos pasos, empujando la puerta del dormitorio.
    En la cama estaba sentada una mujer menuda. Su (abello rubio enmarcaba su rostro. Tenía las piernas morenas estiradas frente a sí, dejando ver unos pies diminutos. Miraba a Shawnee con ojos sorprendih n, y ésta observó que sólo llevaba puesta una camisa de hombre.
    – Hola -saludó, mirando inquisitivamente a Ashley.
    – Hola -respondió aquélla, dirigiéndole una amplia sonrisa-. Debes ser la hermana de Kam.
    Shawnee, atónita, asintió con la cabeza. Le costaba creer que hubiera una mujer en la cama de su hermano, pero aquel día parecía estar lleno de sorpresas.
    Ashley adivinó lo que pensaba y se removió, incómoda.
    – No es lo que piensas -dijo, bruscamente.
    – ¿No? -dijo Shawnee, sonriendo-. ¡Qué lástima!
    – De verdad -continuó Ashley con la mayor seriedad-. Apenas nos conocemos. No hemos… -dejó la frase inacabada, señalando la cama con la mano.
    – Como tu quieras -dijo Shawnee, aún sonriendo.
    Ashley trató de dar más explicaciones, ansiosa por evitar malentendidos.
    – Comenzó la tormenta y se hizo tarde. Yo sólo estaba de paso.
    Shawnee asintió, tranquilizadora.
    – Decidiste entrar para protegerte de la lluvia -dijo.
    Ashley suspiró hondo y se encogió de hombros.
    – Eso es. Necesitaba un sitio para pasar la noche y Kam me dejó quedarme.
    Shawnee arqueó las cejas.
    – Veo que te olvidaste de traer un camisón -comentó.
    Ashley miró la camisa que llevaba puesta y suspiró.
    – Es lo unico que encontré. No tengo ropa que ponerme.
    Shawnee sonreía cada vez más divertida.
    – ¿No tienes ropa? -bromeó-. Eso sí que es interesante.
    Ashley suspiró. Para ella era más bien un inconveniente. Pero era imposible dar más explicaciones sin entrar en detalles sobre la boda, y no quería que todo el mundo se enterara de que estaba allí. Así que Shawnee tendría que adivinar por sí sola.
    – Es un verdadero problema -añadió, refiriéndose a la ropa-. La ropa de Kam no me sirve. ¿Conoces alguna tienda donde pudiera comprarme algo?
    Shawnee se cruzó de brazos e inclinando la cabeza hacia un lado observó a la mujer que había pasado la noche con su hermano. Era muy hermosa, pero no parecía el tipo de Kam. Todas aquellas que le habían gustado había sido altas, elegantes, calladas y muy sofisticadas. Todas menos Ellen, pero ella había sido distinta en todo.
    Ésta era muy bonita, pero había un contraste inexplicable entre la mirada inteligente de sus ojos azules y la torpeza de las explicaciones que se esforzaba en darle.
    – A ver si me entero -dijo Shawnee, lentamente-. Estabas de paso y mi hermano te invitó a pasar la noche -frunció el ceño pensativa-. ¿Os conocéis hace tiempo?
    Ashley sacudió la cabeza.
    – No precisamente -dijo, sin dar más explicaciones.
    Shawnee la seguía mirando inquisitiva. Ashley titubeó.
    – No somos precisamente amigos.
    – Ni amigos, ni amantes -murmuró Shawnee, moviendo la cabeza.
    – Acabamos de conocernos -Ashley abrió las manos, con las palmas hacia arriba. Su mirada pedía comprensión-. De verdad que no tenemos una relación.
    Shawnee asintió, a la vez que dirigía una mirada a las sábanas desordenadas. Por primera vez vio la manta sobre la silla.
    – ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? -preguntó. -Me voy ahora mismo. -Supongo que necesitas algo de ropa.
    – Así es -respondió Ashley, moviendo la cabeza con tal vehemencia que su cabello flotó alrededor de su rostro.
    – ¿Dónde vas a ir? -preguntó Shawnee.
    Ashley abrió la boca y la cerró sin contestar, encogiéndose de hombros.
    Necesitas trabajo? -preguntó Shawnee, sonriendo de pronto animada-. Necesito una camarera para las mañanas. Soy dueña del Café Puako -explicó-. Si te decides, pásate por allí.
    Ashley la miró intrigada. Nunca había pensado trabajar como camarera, pero tal vez fuera divertido. Al menos, sería un cambio en su vida.
    – Tal vez lo haga -respondió.
    – Cuando hayas conseguido algo de ropa -comentó Shawnee.
    – Así es. Shawnee sonrió.
    – Hasta luego -se despidió.
    – Adiós -respondió Ashley, devolviéndole la sonrisa.
    Shawnee se marchó y de camino a la cocina se mordió el labio en un gesto de concentración. Al llegar junto a los otros sus ojos brillaban.
    – Melissa, hay cambio de planes -dijo, a la vez que cogía algunos de los donuts y los metía en una bolsa-. Tenemos que marcharnos de inmediato.
    – ¿Ahora? -preguntó Melissa, mirando a Kam y a Shawnee alternativamente. Ahora que empezaba a conocer a Kam, se resistía a marcharse.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Kam, suspicaz. Conocía a su hermana y la expresión de sus ojos le decía que tramaba algo.
    – Melissa y yo tenemos que marcharnos -dijo, deteniéndose en su camino hacia el vestíbulo-. Tenemos que hacer cosas, ir a algunos sitios y visitar a gente.
    Kam la siguió, preguntándose qué le habría hecho cambiar de opinión y practicamente seguro de que podía adivinarlo.
    Shawnee se volvió y le dio un beso.
    – Te quiero, hermano. Me alegro de que hayas vuelto. Hasta luego -dijo.
    – Adiós -se despidió Melissa, siguiéndola contra su voluntad-. Espero verte en otra ocasión.
    – Encantado de haberte conocido -respondió Kam, educadamente, despidiéndose desde la puerta…
    Melissa sonrió con tristeza y salió. Kam se volvió hacia el interior pero Shawnee le detuvo. Acarreaba un montón de ropa.
    – Esto es para tu amiga -dijo, sonriendo maliciosamente-. Quiero decir, para tu conocida. Llevaba un montón de ropa a una tienda de caridad. Tal vez estas prendas le sirvan -se volvió para marcharse definitivamente-. Adiós.
    – Espera un segundo -la detuvo Kam-. ¿De qué amiga hablas?
    – Ya sabes a quién me refiero. La chica que está en tu cama, sinvergüenza -dijo Shawnee, no pudiendo reprimir una sonrisa satisfecha.
    Kam palideció. Le costaba creer que Ashley se hubiera quedado esperando en la cama. Decidó negar la evidencia.
    – No hay ninguna mujer en mi cama -masculló.
    Shawnee soltó una carcajada.
    – No mientas, Kammie. Resérvate para cuando estás en los juicios. Sabes que yo leo en tus ojos -apretó el brazó de Kam cariñosamente y partió corriendo hacia el coche.
    Kam se volvió lentamente. Shawnee se había marchado, pero aún le quedaba un problema mayor que resolver.

    Ashley seguía en la cama, tal y como Shawnee la había dejado, tratando de buscar una solución. Cuanto más analizaba lo ocurrido, más pensaba que había hecho algo estúpido.
    Se preguntaba por qué no había hablado con Wesley para romper el compromiso y devolverle su anillo. De esa manera, ahora sería libre y todo se habría solucionado.
    Pero tal vez las cosas hubiesen ido aún peor, pensó, sintiendo un escalofrío. Wesley hubiera podido enfadarse y gritarle, su madre se habría puesto a llorar y su padre le habría dedicado uno de sus interminables sermones. Entre todos, habrían conseguido que aceptara casarse. Esa era la razón por la que había decidido huir.
    Ahora se encontraba en una situación peculiar.
    Estaba sola, no tenía dónde vivir, ni siquiera ropa para vestirse. Le había preguntado a Shawnee dónde podría comprar algo y, sin embargo, se dio cuenta de que no tenía dinero.
    Era la primera vez en su vida que tenía que pensar en dinero. Siempre había estado a su disposición,bien en forma de billetes o de tarjeta de crédito. Pero al salir huyendo se había dejado la cartera. ¿Tendría que aceptar el trabajo de camarera?
    – Se han ido -dijo Kam, apoyado en el marco de la puerta-. Puedes salir.
    Era la primera vez que Ashley le veía a la luz del día y se quedó sorprendida. Se había dado cuenta de que era guapo, pero no había apreciado la dureza de sus rasgos. Sus ojos estaban llenos de misterio y su boca era suave y sensual. Su torso de anchos hombros revelaba una musculatura fuerte. Ashley lo miró sobrecogida y retiró la vista rápidamente, enrojeciendo.
    – De acuerdo -dijo, torpemente.
    – Shawnee te ha dejado esto -dijo Kam, dejando la ropa sobre la cama.
    Ashley se alegró de poder fijar su atención en otra cosa.
    – Un vestido de verano -dijo, cogiendo una tela de colores brillantes. No era ni su estilo ni su talla, pero por el momento, le valdría-. Voy a vestirme.
    – Espera un momento -dijo él, sentándose en la cama, evitando tocarla. La mirada de Ashley al ver su torso desnudo no le había pasado desapercibida, y estaba decidido a evitar cualquier situación comprometida.
    La atracción física entre dos personas de sexos opuestos era natural, se dijo. Lo importante era no dejarse llevar por ella.
    La miró y observó sus piernas morenas. Parecía pequeña y vulnerable. Había algo profundo y primitivo en aquellos ojos azules. Kam se preguntó si tan sólo sería un efecto de la luz y optó por aceptar esa explicación.
    – Así que has conocido a mi hermana -dijo.
    Ashley asintió.
    – ¿Qué te dijo?
    Ashley reflexionó unos instantes.
    – Casi nada. Escuchó mientras yo balbuceaba una explicación que justificase mi presencia -lo miró y sonrió. Se sentía más animada-. Me ofreció un traajo en su bar.
    – ¿Cómo dices? -exclamó él, mirándola con espanto-. Espero que no lo hayas aceptado.
    Ashley dudó antes de contestar. Kam parecía especialmente ansioso por que ella no estableciera ningun contacto con su familia.
    – Le dije que lo pensaría -respondió, contemplando en los ojos de Kam la expresión de fastidio que había esperado ver.
    Kam comenzó a decir algo, pero se detuvo. Se levantó y fue hasta el armario, de donde sacó una camisa y un par de vaqueros.
    – ¿Por qué no te vas a vestir? -preguntó, mirándola inexpresivo-. En la cocina hay donuts.
    Salió de la habitación. Ashley hizo una mueca a su espalda.
    – Hay donuts -repitió, mofándose-. Tal vez te dé uno si eres una buena chica.
    Era un hombre muy irritante. No la quería en su casa y ella iba a satisfacerle, marchándose lo antes posible.
    El único problema era dónde ir. Cuando planeó escaparse había pensado que tendría un par días para tranquilizarse y hacer planes. Luego pensaba haber ido al hotel donde se hospedaba su madre para recoger sus cosas y marcharse. También había planeado enfrentarse a Wesley. Pero todos esos planes habían partido de la idea de que podría pasar unos días sola en aquella casa. Una vez más las cosas le salían mal.
    ¿Qué podía hacer?

Capítulo Cuatro

    El vestido le quedaba un poco corto y demasiado ancho en la cintura, pero al menos cubría lo imprescindible. Ashley se pasó una mano por el cabello y desistió de peinarlo. Se dirigió a la cocina.
    Kam estaba sentado a la mesa. Parecía malhumorado. Llevaba puestos los vaqueros y un polo blanco que resaltaba su moreno. Ashley pensó una vez más que era extremadamente atractivo.
    Ese era un detalle sin importancia, se dijo, puesto que ella no estaba buscando novio, sino un puerto para refugiarse de la tempestad. Se sentó frente a él y le dedicó la mejor de sus sonrisas.
    – ¿Dónde están los donuts que has mencionado? -preguntó, observando las migas que llenaban la mesa vacía.
    Kam la miró con expresión culpable.
    – Lo siento. Me los he comido -dijo.
    – Te has dado prisa.
    Kam tragó y carraspeó.
    – Shawnee, mi hermana, se ha llevado casi todos. Sólo quedaba uno y lo he comido sin pensarlo.
    Ashley sonrió de nuevo.
    – ¿Ha sido un reflejo nervioso? -preguntó, maliciosa.
    Kam frunció el ceño.
    – Yo no tengo reflejos nerviosos.
    Ashley abrió los ojos de par en par.
    – Por supuesto que no -dijo, sarcástica.
    Kam la observaba, suspicaz. Ashley se preguntó qué estaría pensando, convencida de que en parte lo sabía. Seguía sin explicarse qué hacia ella en su cama por la mañana. Probablemente pensaba que trataba de seducirlo y que en cualquier momento lo intentaría de nuevo. Ashley comprendía que un hombre tan atractivo como él pensara de esa manera, pero eso hacía las cosas aún más difíciles para ella.
    – Quiero aclarar lo que ha pasado -comenzó a decir, tan indiferente como pudo-. Cuando me metí en tu cama por la noche, no estaba intentando seducirte.
    Kam la miró sorprendido. Era obvio que no se esperaba una explicación tan directa. Siendo abogado, tendía a abordar los temas de una manera más indirecta.
    – No he dicho que esa fuera tu intención -dijo, a la defensiva, mirándola y retirando la vista rápidamente.
    Ashley sonrió.
    – No, pero lo pensaste.
    La mirada de Kam se oscureció. Echó la cabeza hacia atrás.
    – ¿Acaso puedes leer mis pensamientos? -preguntó, irónico. Era obvio que la idea de que así fuera no le agradaba.
    – Así es -dijo Ashley, sonriendo al saber que si adoptaba una actitud segura le irritaría-. Por eso sé que no me crees, porque no eres capaz de entender que una mujer necesite algo más que sexo de un hombre.
    La ira nubló los ojos de Kam.
    – Escucha, Ashley -dijo, frío y cortante-. Yo no te estoy acusado de nada, y me gustaría que tú me respetaras.
    Ashley asintió lentamente.
    – Tienes razón -dijo-. Lo siento -se echó hacia atrás en el asiento y suspiró-. Como disculpa, te daré una explicación.
    Kam se encogió de hombros.
    – No tienes que explicarme nada.
    – Sí. Tengo que explicarte lo que pasó anoche y por qué esta mañana me has encontrado en tu cama.
    Kam hizo un gesto de impaciencia, pero habló con suavidad.
    – Está bien. Explicámelo todo -dijo, mirándola fijamente como si exigiera que la historia valiera la pena.
    Ashley se pasó la lengua por los labios, a la vez que buscaba las palabras precisas con las que hacer entender a Kam algo que era más visceral que racional.
    – Necesitaba estar junto a un ser humano -dijo, al fin, tratando de dar la explicación más sencilla posible-. ¿No te ha pasado nunca? Era una noche muy extraña para mí después de todo lo que había pasado. De pronto, en la oscuridad, sentí miedo y quise sentir el calor de otro ser humano.
    Ashley sentía que a la luz del día sus palabras resultaban absurdas. Por la noche había sido como un clamor de su espíritu, pero esa era una sensación inexpresable.
    – ¿Lo entiendes? -preguntó. Sus ojos azules reclamaban la aprobación de Kam.
    Kam titubeó. Percibía que Ashley ansiaba una respuesta afirmativa, pero no estaba dispuesto a mentir por satisfacerla.
    – No estoy seguro de entender -dijo, lentamente-. Sigo sin saber qué querías.
    Ashley se echó hacia atrás en su asiento y le miró fijamente. Al menos tenía el suficiente interés como para no asentir sólo para acabar con la conversación. Siendo así, ella debía crresponderle tratando de expresarse con mayor claridad.
    Cerró los ojos y pensó unos instantes.
    – ¿Te acuerdas de la canción que canta Elza Doolittle en My fair lady, sobre las ganas que tiene de tener un lugar para sí misma?
    Kam la recordaba, pero seguía sin comprender a Ashley.
    – ¡Vamos hombre! -exclamó, cuando empezó a ver una conexión. Prefería cambiar de tema. Ashley estaba entrando en un terreno demasiado personal sobre el que Kam no quería saber nada. No estaba dispuesto a ayudarla y prefería no saber más.
    – Pobre niña rica -comentó, despectivo-. Tú has tenido siempre lo que has querido, un sitio acogedor en el que refugiarte, con un número indefinido de sillones enormes para descansar.
    Ashley sacudió la cabeza, haciendo una mueca de dolor.
    – Esa no es la cuestión. La canción no se refiere a la necesidad de cosas materiales. Trata sobre el deseo de tener algo propio. Como… como, una familia.
    – ¿Una familia?
    Su expresión asustada no pasó desapercibida a Ashley. Era obvio que pensaba que su intención era encontrar un marido y que temía ser él el elegido. Era tan paranoico que Ashley sintió ganas de reír a carcajadas.
    – Nunca entendí así la letra de esa canción -dijo Kam, esquivando la mirada de Ashley.
    – Por supuesto -dijo ella-. Porque eres un hombre y además, misógino.
    – ¿Misógino? -repitió él.
    Mantuvieron la mirada un instante y de pronto se encontraron al borde de la risa. La situación comenzaba a ser absurda. Kam retiró la vista para evitar la risa cómplice.
    – Me pregunto por qué crees que sabes tanto sobre mí -comentó, secamente.
    – Intuición femenina -dijo Ashley, haciendo un gesto con la mano-. No le des importancia-. También ella quería acabar la conversación. Si él seguía sin entenderla, ella no estaba en condiciones de hacer más esfuerzos.
    Se levantó y fue hacia la nevera.
    – Ya que te has tomado todos los donuts, tendré que buscar algo para desayunar.
    – Hay un mango maduro en el frutero.
    Ashley cogió la fruta anaranjada y la hizo girar en la mano.
    – ¿Son buenos? ¿Cómo se comen?
    – Saca un cuchillo del cajón -dijo Kam-. Pélalo y córtalo en rebanadas o muérdelo. Pero cómelo sobre el fregadero. Suelta mucho jugo.
    Kam tenía razón. En poco tiempo el jugo corría por la barbilla y las manos de Ashley. Kam sacó una toalla limpia y la ayudó a limpiarse. Ambos rompieron a reír, pero él se apartó de inmediato. Se negaba a pasarlo bien con ella. Volvió a su asiento y miró cómo terminaba de limpiar el fregadero. Por primera vez le prestó verdadera atención. Era bonita y tenía cierta picardía. Parecía la versión crecida de una de esas niñas con hoyuelos y pecas. Tenía ojos soñadores y una melena salvaje enmarcaba su rostro. Algunos rasgos, como la línea firme del mentón y la expresión aristocrática de su mirada en algunas ocasiones, revelaban que provenía de una familia rica. Eso ya lo sabía Kam desde que había sabido que era la prometida de Wesley. Este no se hubiera casado con nadie que no perteneciera a su misma clase social.
    No cabía duda de que se trataba de una niña rica y mimada que había decidido dar una lección a su prometido cometiendo una locura. Estaba jugando al escondite y lo más seguro era que tan sólo esperara a que Wesley fuera a buscarla. Kam la imaginaba viviendo siempre situaciones melodramáticas. Estaba decidido a que se fuera de su casa cuanto antes. Los melodramas no eran bien recibidos en su vida.
    – ¿Qué planes tienes? -preguntó, bruscamente.
    Ashley le miró con expresión vacía.
    – Sí, planes -repitió Kam-. Esas cosas que se hacen para organizar la vida: primero esto, luego lo otro -añadió, sarcástico.
    Ashley se sentó frente a él.
    – Sé perfectamente qué es un plan -dijo. Kam arqueó una ceja.
    – Pensaba que tal vez no lo supieras. Ashley se encogió de hombros.
    – No he hecho ninguno -dijo.
    Los labios de Kam se tensaron en un gesto intransigente.
    – Algo tendrías pensado cuando decidiste huir de la iglesia para venir aquí.
    Hablaba como si pensara que era una estúpida, pero Ashley pensó que no era eso lo que realmente pensaba. Tal vez sólo lo hacía para mantener las distancias. Al fin y al cabo, se dijo Ashley, eso era lo que había intentado desde el principio.
    – Sí -dijo al fin, lentamente, buscando en los ojos de Kam la respuesta a sus reflexiones-. Tenía un plan. Pensaba quedarme aquí hasta que tuviera el valor de marcharme.
    – ¿Por qué aquí?
    – Porque en mis paseos por la playa había visto lue la casa estaba vacía. Parece un sitio maravilloso, con los geranios en flor y el musgo creciendo en los troncos de los árboles. Me di cuenta de que la ventana de atrás no estaba bien cerrada y que sería fácil abrirla. Eso es lo que hice.
    ¿Así que elegiste mi casa premeditadamente?
    Ashley sonrió.
    – Después tuve la mala suerte de que el dueño decidiera venir el mismo día. No podía ni predecirlo ni evitarlo.
    – ¿Si no hubiera venido te habrías instalado aquí?
    – Probablemente -dijo Ashley, dirigiendo una mirada aprobadora a la cocina-. Pero la habría cuidado bien.
    – Eso no lo sabemos -dijo él, dulcemente.
    Ashley le dirigió una rápida mirada, sorprendida por la ternura de su tono, pero Kam se levantó, impidiendo que sus ojos se encontraran.
    – Ya que estás aquí -dijo él, dándole la espalda-, puedes quedarte hasta que estés dispuesta a volver.
    Cuando Kam salió de la habitación, Ashley lo siguió con la mirada. Le ofrecía lo que quería, un lugar en el que refugiarse, y sin embargo no estaba contenta.
    Kam había dicho «hasta que estés dispuesta a volver» y eso la desconcertaba. ¿Qué quería decir con eso?.
    Levantándose despacio, le siguió hasta el dormitorio.
    Kam estaba acabando de hacer la cama cuando Ashley entró. Era demasiado tarde para ayudarle, pero fue directa a la silla y comenzó a doblar la manta que había usado la noche anterior.
    – No quiero molestarte -dijo, queriendo parecer animada-. Sé que has venido a relajarte y no quiero que dejes de hacerlo por mí. Si me dices qué piensas hacer durante el día, haré lo posible por no coincidir contigo.
    – No te preocupes -dijo él, indiferente-. Si te veo venir, echaré a correr.
    El tono irónico que usó puso a Ashley en guardia. Estaba tratando de ser amable y no le gustaba que él la insultara. Se volvió con rapidez a la vez que él se incorporaba tras ajustar la sábana y chocaron. A punto de caer, Ashley se agarró de su camisa, a la vez que él la asía con firmeza, rozándole los senos.
    Ashley se removió pero no se apartó, mirándolo sorprendida por la sensación que aquel contacto le había producido.
    Kam la miró enfadado.
    – ¡No hagas eso! -exclamó, maldiciendo entre dientes. Le irritaba lo que había pasado y que Ashley le mirara con aquella expresión de asombro.
    – ¿Qué no haga qué? -preguntó ella, parpadeando sorprendida-. Te recuerdo que eres tú quien me ha tocado.
    Kam sabía que tenía razón. Pero era ella la que le estaba dando más importancia de la que tenía. Él debía haberse separado de ella, pero Ashley parecía mantenerlo atrapado en un campo magnético.
    – No lo he hecho a propósito -dijo, mirándola a los ojos.
    – ¿No? -preguntó ella, levantando la barbilla hacia él, retadora. Sabía bien que no lo había hecho intencionadamente, pero en ese momento eso daba lo mismo.
    – No -respondió él. Sus ojos verdes brillaban. Mantenía los puños cerrados con fuerza-. Cuando quiero tocar a una mujer, no me ando con rodeos.
    Ashley miró su boca sensual y sintió un estremecimiento.
    – Estás muy seguro de ti mismo -dijo, provocativa.
    – Así es -dijo él, dulcemente.
    Una corriente recorrió la espalda de Ashley, activando todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo. No quería analizar lo que le estaba ocurriendo porque sabía que si lo hacía tendría que interrumpirlo, y no quería dejar de sentirlo. Al menos mientras la tensión entre ambos fuera tan exquisita.
    Ningún otro hombre le había hecho sentir aquel vértigo.
    – No estoy de acuerdo -dijo, enfrentándose a la arrogancia de Kam con una mirada inquisitiva-. Creo que es tan sólo una fachada.
    Kam la miró sorprendido.
    – ¿Qué quieres decir? -preguntó.
    Ashley pensó que debía separarse de él, pero en lugar de hacerlo, se aproximó aún más, quedando a pocos milímetros de él.
    – Pienso que no tocas a las mujeres -dijo, provocadora. Sabía que jugaba con fuego, pero no podía evitarlo-. Ni siquiera creo que las mujeres te interesen.
    Kam la miró con ojos llameantes. Sabía que Ashley trataba de provocarle y que irritarse no sería sino morder el anzuelo. Pensó que debía reír y apartarse de ella, pero una fuerza irresistible le impedía hacer lo que más le convenía.
    – Me encantan las mujeres -dijo, entre dientes.
    La tomó por los hombros y hundió sus ojos en los de ella. Estaba seguro de que iba a besarla-. Lo que no me gustan son las niñas ricas -continuó, haciendo un último esfuerzo por contenerse.
    – ¿Por qué? dijo ella, sarcástica-. ¿Porque no puedes competir? -se echó levemente hacia delante, levantando el rostro hacia él-. ¿O acaso crees que no puedes estar a mi nivel?
    Kam la tomó con fuerza por los hombros y la atrajo hacia sí. Su boca era decidida y cálida, y Ashley se abrió a ella como una flor a un rayo de sol. Su calor la invadió, fundiéndose con cada rincón de su cuerpo. Nadie la había besado antes de aquella manera, ni le había hecho sentir la sangre en ebullición.
    Estaba acostumbrada a besos corteses, faltos de pasión, carentes de deseo. En éste había algo primitivo que la aturdió hasta darle miedo, atravesándola con la certeza de que desearía más y más.
    Entonces Kam se separó de ella, se pasó el dorso de la mano por la boca y contempló a Ashley.
    – No puedo creer que me haya dejado llevar -murmuró.
    Ashley sonrió. Un deliciosa sensación de letargo ralentizaba sus movimientos.
    – Ni yo haberlo provocado -susurró, a su vez.
    Kam fue a decir algo pero se detuvo. Había pasado justo lo que quería haber evitado. Ya era bastante problema tener una mujer en casa como para además empezar a hacer aquellas estupideces. Estaba decidido a no volver a intimar con una mujer. No debía olvidarlo.
    Ashley observó la mirada preocupada de Kam. Era obvio que estaba disgustado y ella no podía explicarse la causa. Deseó decirle que no se preocupara, que el beso no tenía mayor importancia. Al fin y al cabo esa era la verdad. Había sido uno de esos maravillosos momentos imposibles de evitar. Aunque su corazón seguía latiendo con fuerza, Ashley se reafirmó en la idea de que no había tenido importancia.
    – Te tomas la vida demasiado en serio -comentó, dulcemente-. No te preocupes, no ha sido nada.
    – ¿Nada? -sus ojos se ensombrecieron al percibir un tono compasivo en Ashley-. Supongo que tampoco fue nada tu compromiso de boda -añadió, hablando lentamente-. Un día estás a punto de casarte y al siguiente estás dispuesta a seducir a otro. ¿Por eso me dices que me tomo la vida demasiado en serio?
    Ashley enrojeció de rabia, separándose de él dolida y en actitud defensiva.
    – No he tratado de seducirte. Tan sólo nos hemos dado un beso. No hace falta que vayamos a juicio por ello.
    Kam echó la cabeza hacia atrás, mirándola con severidad.
    – No lo vuelvas a hacer.
    Ashley no cabía en sí de sorpresa e indignación.
    – Lo haré siempre que quiera y con quien quiera -la mirada recriminadora de Kam consiguió aumentar su enfado-. Ocúpate de la virtud de otra persona. De la mía ya me ocupo yo, gracias.
    Kam se encogió de hombros.
    – De eso estoy seguro -dijo, secamente.
    Al volverse tropezó con el vestido de novia que seguía tirado en el suelo. Se agachó a recogerlo.
    – Será mejor que lo cuelgues -dijo, sujetándolo en alto-. Estoy seguro de que querrás usarlo pronto.
    – ¿Pronto? -Ashley frunció el ceño-. No lo creo. No quiero saber nada de los hombres.
    Tal y como le ocurría siempre, el enfado se le había pasado con rapidez. Se encogió de hombros y trató de sonreír.
    – Como te ha pasado a ti con la mujeres. Tal vez pudieras darme un cursillo sobre cómo eliminar al sexo opuesto de tu vida.
    Kam, manteniendo una expresión fría y cínica, dejó el vestido en el respaldo de una silla.
    – No es más que cuestión de tiempo -dijo-. Volverás.
    Ashley se quedó desconcertada. No daba crédito a lo que oía.
    – ¿Qué has dicho? -exigió, mirando a Kam a los ojos, con los suyos abiertos de par en par.
    – Sabes perfectamente que volverás. Es el hombre perfecto para ti: rico, elegante…
    – Arrogante, mandón, indiscreto. Tienes razón.
    – Me encantan los hombres así -interrumpió Ashley. -¿Acaso no sabías todo eso cuando le aceptaste? Ashley se sentó en la cama.
    – Si quieres que sea sincera, no lo sabía. Siempre que le había visto había sido un perfecto caballero. Cuando nos visitó en La Jolla lo pasamos en grande -el recuerdo la hizo sonreír-. Nadamos, jugamos al billar, bailamos hasta el amanecer. Era una persona distinta a la que me encontré cuando vine a Hawaii.
    Kam, con los brazos cruzados, se apoyó en la jamba de la puerta.
    – Lo que quieres decir es que no le amas.
    Lo dijo como si hubiera encontrado un fallo en la explicación que Ashley le daba.
    – Nunca le amé -dijo Ashley con un tono firme y seguro.
    Kam la miró sorprendido.
    – ¿Por qué ibas a casarte con él?
    A Ashley le asombró su falta de imaginación. -Porque seguía soltera a los treinta años.
    La expresión de Kam se relajó. Al fin creía entender los hechos.
    – Veo que eres una astuta embaucadora.
    Era obvio para Ashley que seguía sin entender. Suspiró hondo.
    – Te equivocas. Intenta pensar en términos emocionales, no de lógica. No tengo nada de embaucadora.
    – ¿Qué querías, su dinero?
    – Te equivocas -respondió Ashley, soltando una breve carcajada. Tener más dinero era lo último que deseaba-. Sigues sin entender.
    Ashley empezaba a pensar que no valía la pena tratar de explicarse si Kam iba a seguir creyendo lo que quisiera. Aun así, decidió hacer un último esfuerzo para hacerle comprender.
    – Pensé que había llegado el momento. Deseaba formar una familia, las circunstancias eran adecuadas… -su voz se hizo apenas audible y se encogió de hombros.
    Kam la contempló sin saber qué creer. Para él todo resultaba demasiado ilógico. No entendía cómo Ashley podía haber pensado en casarse con un hombre al que no amaba. Supuestamente las mujeres eran seres románticos y sin embargo, ésta hablaba del deseo de formar una familia dado que las circunstancias eran apropiadas. Kam sentía que le faltaban las claves para comprenderla.
    – ¿No has estado nunca enamorada? -preguntó.
    Ashley, sorprendida por la pregunta, titubeó. Sacudió la cabeza.
    – No -dijo, dulcemente, a la vez que buscaba la mirada de Kam-. Creo que no. ¿Tú?
    La expresión de Kam se nubló una vez más. -No estamos hablando de mí, si no de ti -dijo, mirándola fijamente-. ¿Dices en serio que nunca has estado enamorada?
    Ashley asintió en silencio. Nunca lo había admitido antes. Llegado un momento había asumido que era incapaz de amar. De no ser así, pensaba que ya habría estado enamorada.
    Le gustaba la gente y siempre había tenido numerosos amigos de ambos sexos. Pero nunca había sentido ese algo especial sobre el que leía en los libros o veía en las películas.
    Sin embargo, y aunque hubiera deseado sentirlo, nunca le había dedicado demasiado tiempo a ese pensamiento. Era difícil echar de menos algo que no conocía, y se había convencido de que la vida era más tranquila sin mezclarse en asuntos amorosos.
    – Nunca he estado enamorada -admitió-. Por eso me decidí por alguien que fuera compatible. Sinceramente pensé que Wesley y yo eramos perfectos el uno para el otro. Fuimos a los mismos colegios, teníamos amigos comunes, nuestras familias se conocían de siempre. Pensé que encajábamos a la perfección.
    Kam la miraba impasible.
    – Parece razonable -dijo.
    – Pero no tenía suficiente información -continuó ella-. Debía haber sabido entonces lo que sé ahora. Kam emitió un sonido indefinido, a la vez que se separaba de la puerta.
    – Déjate de historias, Ashley -dijo-. Estás jugando un juego desde el momento que te escapaste de la iglesia. Todo el mundo estará desconcertado, incluido Wesley. ¿No crees que ya es hora de volver y recoger tu recompensa?
    Ashley le miró fijamente. No estaba segura de entender.
    – ¿Recompensa? -repitió.
    – El escándolo que planeaste -Kam sonreía con arrogancia-. Ahora eres el centro de atención. Hasta Wesley hará lo que sea por contentarte.
    Ashley no podía creer que alguien pudiera pensar algo así de ella. Kam había sido antipático y poco cordial, pero además estaba decidido a pensar mal de ella, dijera lo que dijera.
    En aquellas condiciones, no podía quedarse en la casa. Hubiera deseado pasar allí un par de días, pero era imposible después de aquello. Su autoestima le exigía marcharse.
    – Se acabó -dijo, levantándose de la cama y retirándose el cabello hacia atrás-. Me marcho -pasó unto a él y se dirigió hacia la puerta de salida. -Espera -dijo él, sin creer que fuera a marcharse.
    – Me voy -insistió Ashley, volviéndose hacia él desde la puerta-. No pongas esa expresión de suficiencia. Pertenece a otro siglo, querido. Adiós.
    Abrió la puerta y salió al porche. Kam la siguió, sonriendo aún, convencido de que Ashley no cumpliría su amenaza.
    – ¿Qué vas a hacer? -preguntó, arqueando una ceja-. ¿Tienes dinero? Ashley volvió la cabeza.
    – No lo necesito -dijo, mintiendo con decisión.
    La risa suficiente de Kam la indignó.
    – No tienes ni dinero ni un sitio al que ir -dijo Kam.
    Ashley lo miró con ojos furiosos. Nunca había estado tan enfadada.
    – No se preocupe usted de mí. Tengo recursos-dijo.
    – ¿Qué recursos?
    – Están todos aquí -dijo ella, señalándose la cabeza.
    – Estoy seguro -dijo él, sonriendo.
    – No necesito que tú me ayudes.
    Kam sacudió la cabeza, tratando de reprimir una sonrisa.
    – Ashley, será mejor que te quedes hasta que decidas volver. Una mujer como tú…
    – ¿Una mujer como yo? interrumpió ella. Todo lo que Kam decía empeoraba las cosas. Levantó los brazos hacia él en un ademán retador-. ¿Qué sabes tú de mi? Presupones cosas que llegas a creer. Debes ser un gran abogado.
    Se volvió y continuó su marcha. Kam la contempló alejarse hacia la playa. El sol iluminaba su rubio cabello. Parecía tener una aureola.
    Kam quiso seguirla y convencerla de que volviera. ¿Cómo iba a arreglárselas sin dinero? ¿Dormiría en la playa? O tal vez, pensó, alguno de sus amigos ricos la ayudaría. Era mejor así. Mejor para él.
    – De buena te has librado -dijo, en voz audible.
    Se sentía libre. Podía hacerse una limonada y echarse en la playa a beberla. Tomar el sol y relajarse. A eso había ido y por fin podía hacerlo.
    Entró en la casa silbando. Recordó que no tenía limones y optó por una cerveza. Al ir a cogerla, se le cayó en el mismo pie que se había golpeado la noche anterior en la oscuridad. Maldiciendo, recogió la lata y al abrirla la espuma saltó y lo empapó.
    – Este no es mi día -se dijo, sacudiéndose la espuma de la cerveza. De hecho, pensó, hacía tiempo que no tenía un buen día. Pero al menos estaba sólo, que era lo que realmente deseaba.

Capítulo Cinco

    Ashley se alejó por el camino pensando en los insultos que podría dedicar a Kam. Estaba furiosa con él.
    El tono de superioridad que había empleado y la falta de respeto que le había mostrado la habían dejado atónita. La habían acusado siempre de ser superficial, pero nunca de ser un pequeño monstruo manipulador.
    A medida que reflexionaba, sin embargo, comenzaba a encontrarle una explicación. Al fin y al cabo, pensó, lo único que Kam sabía de ella era que había entrado en su casa, se había puesto a llorar por la noche y se había metido en su cama sin haber sido invitada. También sabía que había huído de su boda. No era de extrañar que Kam pensara que no era más que una tonta impulsiva.
    – Pero yo no soy así -exclamó, y la ira volvió a recorrer sus venas. Kam no tenía derecho a hablarle ni a pensar de aquella manera. No estaba dispuesta a soportarlo.
    El problema era qué hacer a continuación. A pesar de lo que le había dicho a Kam, lo cierto era que no tenía ni idea de cómo actuar en aquella situación.
    Al menos tenía la satisfacción de haber parecido decidida. No pudo sino sonreír al recordar la expresión de Kam al darse cuenta de que realmente se marchaba.
    Se alejó de la costa y subió una loma que conducía a la zona que conocía mejor. Desde la cima arrancaban dos caminos. Uno de ellos llevaba a la entrada privada del club de campo King's Way, donde se alojaban sus padres, cada uno con su respectivo amante. Había cenado allí con Wesley y con ellos hacía tres noches.
    Si se decidía a ir al club volvería a territorio familiar. El portero la dejaría entrar y usar el teléfono para llamar a su madre, a su padre o a Wesley, y su escapada habría terminado. Volvería al lujo y a la buena vida a la que estaba acostumbrada.
    Miró los parterres de cesped limpiamente cortado y las canchas de tenis y se sintió tentada. Tan sólo hacía falta que se decidiera a llamar.
    Pero esa decisión convertiría su fuga en la rabieta de la niña caprichosa que Kam creía que era. No estaba dispuesta a comportarse como un niño que, echándose un atillo al hombro, se escapa de casa para volver en cuanto siente los primeros síntomas de hambre.
    Se volvió hacia el otro camino. Conducía a la carretera que llevaba hacia el oceano y al pequeño pueblo de la costa, con sus tiendas de recuerdos y restaurantes de comida rápida. Ashley no había ido nunca allí. No era el tipo de sitio que frecuentaban Wesley y su familia. Ellos hacían sus compras en un gran centro comercial en el interior. El pueblo era para los que viajaban con ofertas de agencias de viajes. Ashley se preguntó que encontraría allí y decidió ir a comprobarlo.
    El día de Kam no había mejorado con la llegada de la tarde. La playa había estado repleta de niños ruidosos que le habían impedido descansar. El libro que leía era aburrido y la radio no tenía pilas. La cañería del baño y del fregadero se habían atascado. El descanso de Kam se estaba convirtiendo en un constante trabajo.
    Estaba haciendo esas reflexiones, cuando oyó la puerta de la entrada y se volvió, convencido de que se encontraría con Ashley. En su lugar apareció Shawnee, avanzando como si fuera la dueña de la casa.
    – ¿No llamas nunca antes de entrar? -preguntó Kam.
    – Soy de la familia -dijo ella, sorprendida-. Si quieres llamaré antes de entrar.
    – Podías llamar avisando que venías -masculló Kam. Sin embargo, se alegraba de verla. Empezaba a sentirse solo.
    – ¿Dónde está? -preguntó Shawnee, mirando de un lado a otro como si pensara que Ashley podía estar escondida en alguna parte.
    – ¿Quién? -preguntó Kam, aun sabiendo a quién se refería.
    Shawnee le fulminó con la mirada.
    – La joven que entretenías esta mañana en tu cama.
    Kam hizo una mueca. No iba a entrar a dar explicaciones.
    – Se ha marchado -dijo, malhumorado.
    – ¿Se ha ido?
    Kam asintió con la cabeza, dejándose caer en un sillón.
    Shawnee se sentó en una silla frente a él.
    – ¿Por qué la dejaste marchar? -preguntó.
    Kam la miró fijamente. Estaba decidido a no discutir el asunto.
    – No la quería aquí.
    Shawnee le miró con incredulidad, pero evitó hacer ningún comentario.
    – ¿De dónde había salido? -preguntó, a cambio.
    Kam sonrió forzadamente y echó la cabeza hacia atrás, no sabiendo por dónde empezar. Al final se decidió por el principio. La verdad no haría daño a nadie.
    – Asaltó mi casa anoche -dijo, pausadamente-. Entró por la ventana de atrás.
    – ¿Qué? -exclamó Shawnee, irguiéndose en el asiento-. ¿Intentaba robar?
    – No. Sólo quería un sitio en el que pasar la noche -miró a Shawnee-. Se había fugado de su boda.
    Shawnee reflexionó un instante, mordiéndose el labio infeior.
    – ¿Antes o después de decir «sí quiero»? Kam sonrió.
    – Ella dice que antes -se detuvo antes de continuar-. Iba a casarse con Wesley Butler.
    Shawnee se dió una palmada en el muslo y soltó una carcajada.
    – Yo habría hecho lo mismo -bromeó.
    Los dos rieron, imaginándose al Wesley que habían conocido hacía años. De pronto Shawnee miró a su hermano con ojos inquisitivos.
    – ¿Dónde ha ido? -preguntó.
    Kam se encogió de hombros, evitando la mirada de su hermana. Lo cierto era que también él deseaba saberlo, aunque sólo fuera por quedarse tranquilo.
    – No tengo ni idea.
    Shawnee no se quedó satisfecha.
    – ¿Qué opciones tenía? ¿Conoce a alguien en la isla? Me dijo que no tenía dinero. Supongo que le diste algo.
    Kam tragó saliva y miró en otra dirección.
    Shawnee le miró con gesto de espanto.
    – ¿Qué va a poder hacer sin dinero en un pueblo turístico como éste?
    Kam se pasó la mano por el cabello bruscamente.
    – No seas ingenua, Shawnee -masculló-. Habrá vuelto con Wesley. Sólo intentaba ganar tiempo.
    Shawnee guardó silencio unos instantes. Después sacudió la cabeza lentamenente.
    – No dijo-. La mujer que he visto esta mañana no ha vuelto con Wesley.
    Kam la miró sorprendido. Conocía bien a Shawnee y desde su infancia había aprendido a fiarse de sus intuiciones, pues siempre se cumplían. En aquella ocasión, Kam creía que se equivocaba.
    – ¿Por qué crees eso?
    Shawnee se encogió de hombros. Su mirada de jos verdes destellaba sabiduría.
    – Estoy segura. Tratará de salir adelante, aun sin dinero y sin amigos que la ayuden.
    Miró a Kam fijamente. A veces le preocupaba la falta de sentimientos que demostraba. Sabía que hacer de él un hombre sensible era prácticamente imposible, pero al menos confiaba en que llegaría a pensar más en los sentimientos y las ideas de los demás.
    – ¿Cómo la dejaste marchar de esa manera?
    Kam la miró irritado.
    – Shawnee, apenas la conozco. Asaltó mi casa. ¿Debía haberle dejado mi coche?
    – Por ejemplo -se mordió el labio y fruncio el ceño-. Míralo de esta manera: la dejaste en la nieve y sin dinero. ¿Qué otra cosa podía hacer si no volver con Wesley? Tú la echaste en sus brazos -sus ojos se llenaron de tristeza-. ¿Cómo has podido hacerlo? Es una chica encantadora. Debías haberla ayudado.
    Kam empezó a defenderse pero calló. No tenía sentido seguir discutiendo sobre algo de lo que no estaban seguros. Se levantó bruscamente y fijó sus ojos en los de Shawnee.
    – Se ha marchado, así que harás mejor olvidando este asunto.
    Shawnee se inclinó hacia delante, mirando a Kam, acusadora.
    – ¿No te importa?.
    Kam levanto los brazos en un gesto de impaciencia.
    – ¿Por qué habría de preocuparme? No significa nada para mí.
    – Yo pensé que había algo entre vosotros.
    Kam dio varios pasos por la habitación. Una vena latía en su sien.
    – Te has equivocado.
    Shawnee suspiró, sacudiendo la cabeza. -Kammie, Kammie, te voy a dar por perdido -dijo, desesperanzada.
    Echándose hacia atrás, Kam elevó el rostro al cielo.
    – ¡Aleluya! -exclamó.
    – Dices eso -se quejó Shawnee, compungida-. Pero si no tienes cuidado vas a acabar como el primo Reggie, sentado en un acantilado frente al mar, esperando a que llegue la sirena de tus sueños y te coja en sus brazos.
    Kam se irguió. Aquel asunto le interesaba. -¿Aún sigue haciéndolo?
    Ella asintió.
    – Todos los días. Ha enloquecido. No habla con nadie. Apenas come. El único tema que le interesa es su amor perdido. No sabemos qué hacer con él.
    – Dejadle en paz -musitó, mirando a un punto indefinido.
    Shawnee lo contempló, sacudiendo la cabeza.
    – Primero el primo Reggie y ahora tú -murmuró, a la vez que recogía sus cosas para marcharse-. Tal vez haya una tendencia a la locura en la familia.
    Kam se despidió de ella sin apenas prestarle atención. Estaba sumido en sus popios pensamientos.
    La visita de Shawnee le había puesto de mal humor. Había conseguido empeorarle el día. Estaba medio nublado, la cerveza estaba caliente, el mar no era lo bastante azul. Nada de lo que le rodeaba le satisfacía. Intentó leer, pero no pudo concentrarse. Se paseó por la casa, deteniéndose frente a un espeo que lo reflejó al pasar.
    Se miró sin apenas reconocerse. ¿Cuándo había perdido su aspecto juvenil? ¿De dónde salían todas aquellas arrugas? Recordó un tiempo en el que junto a él había una mujer y los dos reían. En aquellos momentos era mucho más joven. La muerte de Ellen le había envejecido como nada podría hacerlo el resto de su vida.
    – Vas a tener que ir a buscarla ¿verdad? -dijo a la imagen del espejo.
    Conocía la respuesta: no iba a descansar hasta encontrar a Ashley. Tenía que averiguar si había vuelto con Wesley, en cuyo caso podía lavarse las manos, o si deambulaba por ahí en busca de cobijo.
    Si así era, Kam le daría dinero. Sólo entonces podría olvidarse de todo aquel asunto.
    Convencido de que Ashley habría ido hacia allí, fue directamente al club King's Way. Al fin y al cabo, ese era el tipo de sitios que ella frecuentaba y donde probablemente habría encontrado a algún amigo que pudiera ayudarla. Compró un pase de visitante y entró.
    Ashley no estaba en el bar ni en el restaurante. Tampoco en las pistas de tenis. Ni estaba en ninguna parte ni la habían visto los dependientes a los que Kam preguntó.
    Aun así, pensó Kam, no había motivo de preocupación, pues lo más seguro era que estuviera ya con Wesley, tal y como él había predicho desde el principio. Estaba haciendo el ridículo buscándola por las calles. Seguro que estaban ya juntos y ella lloraba falsas lágrimas prometiendo no volver a preocuparle nunca más.
    Aquella imagen le convenció de la inutilidad de buscarla y le decidió a volver a casa. Estaba seguro de que Ashley sabía cuidar de sí misma.
    Sin embargo, al montarse en el coche se acordó del pueblo y pensó en dar una vuelta por él. Lo atravesó lentamente, observando a los turistas pasear de la mano. Aparcó y se acercó hasta la zona de tiendas del paseo marítimo. Había muchas rubias, pero ninguna era Ashley.
    Regresaba al coche cuando un silbido le detuvo. Era un joven asomado a la puerta del bar, tratando de llamar la atención de otro.
    – Lennie -gritó-. Ven a ver esto. Hay una rubia jugando al billar como una profesional.
    Kam se quedó congelado, no dando crédito a la idea que se le pasó por la mente. Ashley había mencionado el billar. Además, era rubia. Pero ambas circunstancias podían ser meras coincidencias. ¿0 tal vez no? Kam no podía imaginarla en un lugar como aquél, jugando con los hombres del pueblo.
    Miró a su alrededor y decidió marcharse. El sol del atardecer le cegó. Le dió pereza volver a casa y optó por dar un paseo. Tal vez no fuera una mala idea entrar en el bar y ver al fenómeno rubio jugar al billar.
    Entró lentamente, tratando de acostumbrarse a la penumbra y al aire enviciado de tabaco. Olía a asado. La habitación estaba repleta de gente ruidosa y había demasiado humo. Se respiraba una tensión especial en el ambiente.
    La mayoría de los clientes eran hombres. Las pocas mujeres que había estaban sentadas en mesas alejadas. Los hombres estaban reunidos alrededor de la mesa de billar, en medio del local. Kam se abrió camino entre los espectadores.
    La atracción era, por supuesto, la rubia jugando al billar. Allí estaba, metiendo una bola tras otra, segura y certera, ignorando los comentarios provocativos de los hombres, concentrada cien por cien en el juego.
    Kam tragó saliva. Era exactamente lo que temía encontrar. Le sorprendió ver a Ashley sujetando el taco y anunciando el agujero en el que metería la bola, para luego echarse hacía delante y cumplir el recorrido anunciado sin titubeos.
    Parecía una persona distinta a la que había estado con él en la casa. Seguía siendo rubia, menuda y vestía el traje que Shawnee le había dado, pero había en ella una determinación nueva.
    Ashley se irguió y sonrió a los espectadores que aplaudían.
    – Partida acabada -anunció con gesto triunfante, a la vez que cogía el dinero que estaba en la esquina de la mesa y su contrincante se alejaba sacudiendo la cabeza.
    – ¿Quién le sigue? -preguntó, animada, mirando a su alrededor.
    Estaba acalorada y sus ojos brillaban. Parecía una mujer en la cima del éxito, llena de entusiamo, dispuesta a todo. Kam no pudo evitar sonreír y pensar que estaba muy atractiva.
    Su sonrisa se congeló al fijarse en los demás hombres que también la miraban. La mayoría eran inofensivos, pero la mirada de algunos no era sólo de admiración. Kam podía oler el peligro en el aire.
    – Yo soy el siguiente -dijo con voz firme, abriéndose paso hasta la mesa.
    Ashley se volvió bruscamente y le miró sorpren dida. Se serenó y sonrió cortésmente.
    – Encantada -dijo-. ¿Quieres comenzar?
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -susurró Kam al pa sar junto a ella.
    – Ocuparme de mí misma -susurró ella. Luego, en voz alta-. Caballero, elige usted. ¿A qué jugamos?
    – A la ruleta rusa -masculló él, ocupando su puesto junto a ella en la mesa y mirándola con expresión retadora-. Debes estar de suerte -murmuró-. Pero hasta las mejores rachas se acaban.
    Ashley ignoró el comentario. Le miró indiferente, analizándolo como contrincante. Kam se sintió incómodo. Su plan era ganarle y sacarla de aquel local. Vencer era imprescindible.
    Él era bueno jugando al billar. Tenía un estilo natural y elegante, que había desarrollado a lo largo del tiempo. Mientras ponía tiza al taco, contempló la superficie verde de la mesa y miró a Ashley.
    Miraba la mesa, relajada, ignorando los silbidos de los espectadores. Estaba concentrada en el juego. Algo en su mirada hizo saber a Kam que podía ganar. Lo llevaba marcado en el rostro.
    Aquel juicio se fue confirmando a medida que avanzaba el juego. Adoptaba la postura perfecta para adaptarse a los distintos ángulos de la mesa, sus tiros eran firmes y precisos, y siempre colocaba la bola exactamente donde quería, como un robot bien programado.
    Estaba hermosa. Verla jugar era una delicia. Se comportaba como si hubiera nacido para ganar a ese juego, y Kam supo que no tenía posibilidad alguna (le vencer.
    – Déjame ganar -le susurró una de de las veces que pasó junto a ella.
    Ashley le miró retadora.
    – Ni lo sueñes -dijo, con sorna.
    Kam la agarró por el brazo y miró fijamente sus enormes ojos azules.
    – Ashley, este sitio está lleno de hombres.
    Los ojos de Ashley brillaban.
    – Lo sé. Los tengo a todos en la palma de la mano -se zafó de Kam y salvó un tiro particularmente difícil.
    Kam la siguió, tratando de hacerle comprender la situación.
    – Ahora los tienes controlados, pero en cuanto vean un síntoma de debilidad caerán sobre ti.
    Ashley rió, apartándolo de sí para hacer el siguiente tiro.
    – Vamos, Kam -dijo-. No te pongas melodramático.
    – Déjela jugar -gritó alguien de entre el público.
    Por primera vez, Kam pensó que podían enfrentarse con él. Volvió a concentrarse en el juego y consiguió jugar mejor que nunca, pero Ashley estaba siempre un paso por delante de él.
    – ¿No cometes nunca un error? -le susurró una de las veces que pasaron uno junto a otro.
    – Nunca -contestó ella, sonriendo maliciosamente-. ¿Por qué no abandonas y le dejas probar suerte a otro?
    Se ofrecieron varios voluntarios, pero Kam sacudió la cabeza.
    – Todavía no me has ganado -dijo, a la vez que se disponía a realizar otro tiro-. Apártate.
    Kam siguió jugando con tenacidad, mientras pensaba distintos planes que pudieran sacarle de aquella situación.
    Tal y como había ido el día, no podía contar con que la suerte le sonriera, y, sin embargo, lo hizo. Justo cuando Ashley daba a una bola se cayó una bandeja llena de vasos al fondo del bar.
    Ashley ni se inmutó. Su tiro fue certero, pero el público se volvió al oír el ruido para ver qué había ocurrido y Kam aprovechó la oportunidad para tapar el agujero con su mano e impedir que la bola entrara.
    – ¡Has hecho trampa! -exclamó Ashley, indignada.
    – Has fallado -respondió él, sonriendo con ojos brillantes.
    La gente volvía a restar atención.
    – ¿Has visto? Ha fallado -exclamó desilusionado un hombre fuerte de brazos tatuados.
    – Pero…, pero… -balbuceó Ashley, buscando con la mirada el apoyo del público. Se volvió hacia Kam-. Díselo, Kam -ordenó-. Diles por qué he fallado.
    – Porque el ruido de los vasos te distrajo -dijo él, aparentando ser tan sincero como pudo-. He ganado.
    Se volvió y dejó el taco con cuidado, luego miró a Ashley. Sus ojos azules brillaban llenos de indignación. Kam le sonrió y se volvió hacia el grupo de espectadores.
    – No he jugado por dinero -dijo, elevando la voz para alcanzar a todos ellos.
    Ashley le contemplaba frunciendo el ceño y fue incapaz de reaccionar cuando Kam se agachó para cogerla en brazos.
    Ashley gritó e intentó soltarse.
    – Será mejor que hagas lo que te digo -ordenó Kam-. Te voy a sacar de aquí de una u otra manera. Intentemos hacerlo con cierta dignidad.
    – ¡Dignidad! -exclamó ella, entre dientes-. Yo nie siento como un saco de patatas.
    Un murmullo se elevó entre el público. Nadie se movió al aproximarse Kam. No estaban de buen Rumor. Si no le abrían paso, tendría que abrírselo él mismo, y hacerlo no sería fácil llevando a Ashley en brazos.
    Siguió acercándose, pero nadie se movió.
    – ¿Le importa dejarme pasar? -preguntó, dirigiéndose a un hombre fornido, con cola de caballo-. Pesa más de lo que parece.
    Hubo un instante de tensión. De pronto, el hombre soltó una carcajada y con él, todos los demás ejaron paso.
    – Tráela mañana -bromeó un hombre-. No he tenido la oportunidad de mostrarle mi juego.
    – Ya veremos -respondió Kam, sobre un fondo de risa generalizada. Hizo un saludo final y salió.
    En cuanto alcanzaron la calle, dejó a Ashley en el suelo y la cogió por la muñeca, obligándola a seguirle.
    – Vamos -dijo-. Marchémonos antes de que cambien de idea.
    Ashley liberó su mano, pero le siguió, protestando.
    – Me cuesta creer que te hayan dejado sacarme así del bar -se quejó, mirándole enfadada a la vez que andaban-. ¿Acaso se creen que soy de tu propiedad y puedes llevarme a tu antojo?
    Kam le dirigió una sonrisa triunfante.
    – Te gané justamente -dijo, sabiendo que sus palabras la enfurecerían.
    Ashley se volvió hacia él, indignada.
    – No es cierto. Hiciste trampa.
    Habían llegado al coche. Kam abrió la puerta y la empujó suavemente para que entrara. Luego fue hacia su lado y entró a su vez, poniendo el motor en marcha.
    – ¿Dónde vamos? -preguntó ella. Tenía un gesto enfurruñado, pero Kam adivinó que se le pasaría pronto. Lo mantenía más por principio que por estar realmente enfadada.
    – A lo alto de la colina, a charlar un rato -dijo, mientras arrancaba-. Estaremos allí en tres minutos.
    La vista desde la colina era espectacular. El oceano se perdía en el infinito, gris, azul y verde, levemente perturbado por la brisa que levantaba olas de espuma. La blancura de la playa y el verde de la jungla marcaban un contraste espectacular de colores y texturas. Hacia la derecha quedaban los prados del club King's Way. A la derecha, el pueblo.
    Kam salió del camino y detuvo el coche, volviéndose hacia Ashley con un movimiento decidido.
    – ¿Cómo has sobrevivido estos treinta años? -preguntó, mirándola de arriba abajo.
    Kam tenía que admitir que era hermosa. La excitación de la victoria había coloreado sus mejillas y le había puesto un brillo en los ojos que no había tenido antes.
    – ¿Qué quieres decir? -preguntó ella, indignada.
    Se sentía extremadamente orgullosa de lo que acahaba de hacer-. Caí enmedio de un terreno descoiiocido y conseguí sobrevivir. Deberías estar orgulloso de mí.
    Kam pensaba que lo que quería era retorcerle el pescuezo, aunque ahora que estaba más tranquilo tenía que reconocer que Ashley había hecho algo digno de admiración. Para ser una niña rica que él hubiera considerado incapaz de usar un teléfono público, se había comportado con valentía. Era una mujer capaz de actuar cuando era preciso.
    Lo que preocupaba a Kam era la ausencia absoluta de temor que su comportamiento revelaba. ¿Acaso no era consciente de lo que arriesgaba?
    – ¿No te has fijado en cómo te miraban algunos de esos hombres?
    Ashley parpadeó.
    – Las miradas no hacen daño.
    Kam sacudió la cabeza, impaciente.
    – Las miradas pueden conducir a otras cosas.
    – No es tan terrible que les guste lo que ven -dijo ella, encogiéndose de hombros. Buscó la mirada-. ¿Estás atacando a todos los hombres en general? -preguntó con sorna-. Suenas como una de esas feministas universitarias que dicen que los hombres son incapaces de controlarse. ¿Tú también crees que son bestias insaciables capaces de atacar a cualquier ujer que se les acerque?
    Kam dejó escapar un gruñido, a la vez que se echaba hacia atrás en el asiento.
    – Yo no he dicho eso.
    – Entonces ¿a qué te refieres?
    Kam hizo una mueca.
    – Dentro de un grupo de hombres, una gran mayoría pueden ser estupendos, pero siempre hay alguno que cree que debe responder a la llamada de la selva.
    Ashley sabía a qué se refería, pero no estaba dispuesta a rendirse. Apretó los labios en un gesto impertinente.
    – Veo que tienes una gran fe en las personas.
    – Así es -dijo él, queriendo que ella le entendiera-. Pienso que la gente es buena por naturaleza. Y la mejor manera de que lo sigan siendo, es no dejar de observarlos en ningún momento.
    Ashley le miró.
    – ¡Menuda filosofía de la vida! -exclamó.
    Kam tuvo que contenerse para no estrangularla. -Sólo te pido que tengas más cuidado la próxima vez que te metas en una situación como ésta, ¿de acuerdo?
    Ashley titubeó antes de sonreír. Su sonrisa iluminó su rostro como un amanecer a cámara rápida despejaría la oscuridad de la noche.
    – A sus órdenes, señor -bromeó, a la vez que saludaba al estilo militar.
    – ¿Dónde aprendiste a jugar así al billar? -preguntó él.
    – En el colegio -dijo ella, con un suspiro-. Era la campeona. Practicaba los ratos que me escapaba de clase de química. Eso fue antes de que el Arte se convirtiera en mi verdadera vocación.
    Kam sacudió la cabeza.
    – Eres un buen elemento, ¿verdad? -dijo, dulcemente
    Ashley no estaba segura de si debía tomar aquello como un cumplido.
    – Depende de lo que quieras decir con eso -dijo ella, dirigiéndole una sonrisa gatuna que se evaporó repentinamente-. ¿Ahora qué?
    El cambio de un tono a otro cogió a Kam por sorpresa. Aquella sonrisa había atravesado las distintas capas de su coraza, llegándole muy hondo, y necesitó unos instantes para recuperar su aplomo característico.
    – No lo sé -dijo, al fin, retirando la mirada y dirigiéndola al mar-. ¿Qué quieres hacer?
    – No lo sé -dijo ella, en tono de broma-. Escalar el Everest, decubrir una cura de adelagazamiento, establecer la paz en el mundo -inclinó la cabeza hacia un lado y sonrió-. ¿Qué quieres hacer tú?
    Kam sonrió a su vez.
    – Mantenerte fuera de peligro -murmuró.
    – ¿A mí? -preguntó ella, sorprendida-. Yo nunca estoy en peligro.
    Kam dejó escapar un suspiro y, cerrando los ojos, echó la cabeza hacia atrás.
    – Tal vez no recuerdas los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas -dijo, fracasando en su intento de ocultar su impaciencia-. O tal vez tus días discurren siempre así.
    – Ahora que lo mencionas -dijo ella, dándole un golpecito con el pie-, han sido unas horas un poco agitadas. Pero me estoy acostumbrando.
    Kam abrió los ojos y la contempló de soslayo.
    Cuándo vas a volver? -preguntó, quedamente.
    Ashley se puso tensa.
    – ¿Volver a dónde?
    Kam se volvió para mirarla de frente.
    – Sabes a dónde. Alguna vez tendrás que volver.
    Ashley hizo el ademán de taparse los oídos con las manos.
    – ¿No te enteras? -preguntó fríamente-. No pienso volver con Wesley.
    Kam desvió la mirada.
    – ¿Volverás conmigo? -dijo, tan quedamente que Ashley apenas pudo oírlo.
    – ¿Contigo? -repitió ella, mirándolo fijamente. Kam se removió incómodo en el asiento. La miró y desvió la mirada.
    – Me siento culpable por algunas de las cosas que te dije esta mañana. ¿Por qué no vuelves? Puedes quedarte hasta que tomes una decisión.
    Ashley tardó en hablar. Kam se volvió para mirarla. Estaba seria.
    – ¿Por qué habría de volver? -preguntó ella, al fin-.Ahora tengo dinero y puedo ir adonde quiera -sus ojos buscaron los de él para ver cómo reaccionaba.
    Kam no hizo el menor gesto. -Tienes razón -dijo.
    – Así es -confirmó Ashley. Quería dejar claro que era una persona autónoma y que no necesitaba depender de él.
    Kam se encogió de hombros. -Entonces, vete.
    – ¿A dónde? -preguntó ella.
    – Esa es la cuestión. Tan sólo me conoces a mí-dijo, con una mueca que pretendía ser una sonrisa. Ashley suspiró y sacudió la cabeza.
    – Si voy contigo, tienes que prometerme no tratarme como a un chucho.
    Kam frunció el ceño.
    – Nunca te he tratado de esa manera Sus ojos se encontraron.
    – Esta mañana -dijo ella-. Me hablaste como si fuera una inútil cabeza de chorlito, incapaz de cuidarse de sí misma.
    Kam tragó saliva y fijó la mirada en sus manos, que agarraban el volante.
    – Siento haberte hecho sentir así. Fue injusto.
    – No lo fue -dijo ella, sonriendo-. Ahora te he demostrado que estabas equivocado.
    Él hizo un esfuerzo por sonreír.
    – Así es -accedió, no sin dificultad-. Al menos hasta cierto punto. No se qué habría pasado si esos hombres…
    – Estás obsesionado con ellos -interrumpió Ashley, divertida-. ¿Acaso estás celoso?
    – ¿Celoso? -Kam se removió en el asiento-. ¿Cómo podría estar celoso? Tú no eres mi novia, sino la de Wesley.
    El buen humor abandonó a Ashley.
    – No soy la novia de Wesley, a ver si te enteras -suspiró hondo y miró a la distancia-. Todo ha terminado.
    – No terminará hasta que no vayas a verlo. Tienes que decírselo en persona.
    Ashley calló, aceptando en su interior la verdad de lo que Kam decía.
    – Todavía no estoy preparada -dijo, dulcemente, esquivando la mirada de Kam-. Necesito un poco más de tiempo.
    – Por eso creo que deberías venir a mi casa -dijo Kam.
    Se volvió hacia ella y al contemplar su rostro abatido tuvo que reprimir el impulso de cogerla por la barbilla y obligarla a levantarlo. Por un instante le invadió el pánico y fue consciente del riesgo que suponía llevarla a su casa. Se había preocupado tanto de evitar que ella corriera peligro, que se había olvidado de sí mismo.
    Era demasiado atractiva. Lo sabía y sin embargo le había pedido que fuera con él. Ese no era su comportamiento habitual.
    – Culpable a pesar del atenuante de enajenación mental -masculló.
    – ¿Qué? -preguntó ella, mirándole.
    – Nada -respondió, aferrándose con fuerza al volante-. ¿Cuál es el veredicto, vienes conmigo? Porque si no -añadió, precipitadamente- conozco unpequeño motel donde podrías quedarte.
    Esperó. El corazón le latía aceleradamente.
    Ashley se aproximó y le tocó el brazo.
    – Gracias Kam -lijo-. Me gustaría ir contigo.
    El cosquilleo que Kam sintió en su interior, fue la confirmación de que había cometido un error. Ashley no iba a pasar tan sólo unos días con él. Iba a cambiar su vida.

Capítulo Seis

    Desde que entraron en la casa la cuestión de dónde iban a dormir aquella noche flotó en el ambiente como el invitado a una fiesta que monopoliza la conversación.
    Ashley se bañó en cuanto llegaron. Se puso el mismo vestido y salió al porche para contemplar el atardecer con Kam. Se sentaron uno junto a otro en un banco de hierro, bajo una pérgola cubierta de madreselva. El olor de las flores llenaba el aire de un olor dulzón. Se oía volar a los insectos.
    Ashley se sentía relajada y lánguida, casi tranquila. Kam había preparado una jarra de margarita, que bebían lentamente y en silencio.
    El gato negro del vecino apareció, se dirigió directamente a Kam, saltó sobre su regazo y se acurrucó feliz, agradeciendo las caricias de Kam. Ashley los observó, sorprendida ante la delicadeza con la que Kam acariciaba y hablaba con el animal. Parecía increíble viniendo de un hombre tan brusco como aparentaba ser.
    – ¿Por qué no te gustan las mujeres? -perguntó, de pronto, sintiéndose relajada y abierta-. ¿Quién te rompió el corazón.
    Kam la miró como si hubiera hablado en un lenguaje ininteligible para él.
    – ¿Quién dice que no me gustan?
    Ashley puso los ojos en blanco.
    – No hace falta que lo diga nadie. Se nota en tu forma de actuar.
    Kam siguió acariciando al gato.
    – No tengo ningún problema con las mujeres-dijo, bruscamente-. Te equivocas de persona. Ashley sonrió para sus adentros. -No vas a contármelo -preguntó.
    – ¿Qué quieres que te cuente? -dijo él, con pretendida inocencia.
    – Quién te rompió el corazón y por qué.
    Kam la miró con ojos resplandecientes. Ashley temió haberle enfadado, pero antes de que se disculpara, él habló.
    – Se llamaba Ellen. Y no me rompió el corazón. Se murió.
    Ashley se sintió avergonzada. Se movió incómoda y miró a Kam con total sinceridad. -¡Qué espantoso!
    – Fue hace mucho tiempo -el gato saltó de su regazo y Kam lo contempló mientras se alejaba-. ¿Te gustan los perros o los gatos? -preguntó quedamente.
    – ¿Qué? -preguntó Ashely, desconcertada por el cambio de tema de conversación. Estaba imaginándose cómo la muerte de Ellen habría determinado el caracter aislado y retraído de Kam. Ansiaba saber más, pero Kam tenía derecho a callar.
    – Creo que los gatos. Siempre he tenido alguno -miró a Kam-. ¿Y a ti?
    – Ni unos ni otros -dijo, lentamente-. No me gusta ser responsable de la vida de otro ser.
    Ashley rió alegremente. Subió los pies al banco y se sentó cómodamente.
    – ¡Qué forma tan complicada de decir que no te gusta tener animales -dijo-. Eso es lo que pasa cuando se estudia Derecho. ¿Os hacen practicar ese tipo de discurso?
    Kam sonrió levemente.
    – No. Me sale naturalmente.
    Ashley soltó una carcajada.
    – ¿Hablabas así de pequeño? -preguntó, y adoptando un tono engolado, continuó-. Profesora, como parte de la primera parte considero invalidada su petición de deberes. Mi documento resultó destruído por la masticación excesiva debida a mi compañía cánica.
    Kam no pudo evitar sonreír.
    – ¡Ojala hubiera sido tan listo de pequeño -dijo-. Sin embargo, pasé mi juventud en la playa haciendo surf y en el cine, entreteniéndome con las vidas de otros, que parecían mucho más entretenidas que las mías.
    Ashley encontró en aquel comentario nuevas pistas para explicar el comportamiento de Kam.
    – Yo también pasé tiempo en la playa -dijo, pasando la yema del dedo por el borde de su vaso-. Algunos veranos apenas entraba en casa para ducharme.
    – Sí, pero tú eras rica y no tenías que trabajar para vivir.
    – ¿Quién lo dice? -dijo ella, irguiéndose molesta-. Me gradué con un título de Arte y desde entonces he trabajado como ilustradora de cuentos infantiles.
    Kam se sorprendió.
    – Admito mi equivocación.
    Ashley le saludó con el vaso, aceptando la disculpa.
    – Las cosas no son siempre lo que parecen, o tal y como uno asume que son -dijo.
    Kam ocultó una sonrisa tras el vaso.
    – Tienes razón. Tendré más cuidado a partir de ahora.
    Ashley sonrió.
    – Eso espero. Puedes empezar por quitarte de la cabeza la idea de que voy a volver con Wesley.
    Kam dejó su vaso sobre la mesita que estaba frente a él. Quedaban aún muchas cuestiones sin resolver respecto al tema mencionado por Ashley. Ya no estaba seguro de que se hubiera comportado de forma caprichosa. Ashley no dejaba de sorprenderle. Cuanto más la conocía, más profunda le parecía ser. Tal vez si llegara a entender por qué había huido de su boda, la entendería mejor. Y por alguna extraña razón, sentía la necesidad de conseguirlo.
    – ¿Qué ocurrió? -preguntó, al fin-. ¿Qué pasó para que dejara de gustarte?
    Ashley se echó hacia delante y contempló las estrellas que empezabana a destacar en el cielo.
    – Lo vi en su propio terreno, por así decirlo. Y resultó ser una persona muy distinta.
    Kam la miró con escepticismo.
    – ¿Quieres decir que antes había sido encantador? -preguntó, sarcástico.
    Ashley reflexionó unos instantes.
    – No exactamente. Yo no diría que fuera un hombre sensible -dijo, y con una rápida sonrisa añadió-. Pero tampoco tú lo eres.
    Kam pasó el comentario por alto.
    – Aun así, querías casarte con él.
    – Claro.
    – ¿Por qué?
    Ashley rió por lo bajo y miró a Kam para ver cómo reaccionba a su respuesta.
    – Porque me lo pidió.
    Kam alzó las cejas, soprendido.
    – ¿Quieres decir que nadie te lo había pedido antes?
    – Había tenido otras ofertas -dijo, dando un sorbo a su bebida-. Pero no en los últimos tiempos.
    Kam la contempló espantado. No podía comprender a las mujeres.
    – Pensaste que mejor te agarrabas a Wesley, por si no se presentaban más ofertas.
    Ashley sonrió forzadamente.
    – Esa es la idea.
    Kam hizo una mueca de disgusto.
    – Resulta de lo más premeditado. ¿Qué tipo de esposa pensabas ser?
    Ashley titubeó, perguntándose hasta qué punto podía hablar con Kam sobre aquel asunto. Le costaba hacer confidencias, pero había algo en aquel hombre temperamental y callado que despertaba su confianza. Al menos reaccionaba espontáneamente. No fingía estar de acuerdo con lo que oía. Llamaba a las cosas por su nombre y, al mismo tiempo, escuchaba respetuoso lo que ella pudiera decir, aunque estuviera en contra de sus opiniones.
    Para ella era una novedad. Estaba acostumbrada a gente que ocultaba la verdad todo lo posible, pretendiendo hacerla más dulce y facilmente digerible. Gente inacapaz de aceptar que se les llevara la contraria.
    Kam era distinto, y eso le hacía sentir que la valoraba como persona. Por eso decidió seguir adelante.
    – Como te dije, me gustaba bastante. Lo conocía desde hacía años y creía conocerlo bien. Así que pensaba ser una buena esposa -volvió el rostro hacia el mar. Un brillo plateado iluminaba la espuma.
    – No esperaba que fuera un cuento de hadas, pero sí pensé que nos llevaríamos bien. Supuse que tendríamos niños y yo me ocuparía de ellos. Jugaríamos al golf, viajaríamos.
    Miró a Kam con gesto inocente.
    – ¿Te das cuenta? -continuó-. Realmente quería que saliera bien. Cuando una mujer llega a los treinta, sabe que está en el comienzo de la cuenta atrás. No es que estuviera desesperada, pero como no había estado nunca enamorada, decidí aceptar lo más próximo a estarlo.
    Kam guardó silencio. El sol se había puesto hacía tiempo y Ashley apenas vislumbraba su rostro en la oscuridad. Algo la impulsó a tocarle y apoyó la mano en su brazo.
    – ¿Entiendes? -preguntó, necesitando su aprobación.
    – Cuéntame por qué cambiaste de opinión -dijo él, pausadamente.
    Ashley se echó para atrás.
    – Al principio todo fue bien -dijo-. Vine hace un par de semanas. Me enamoré de la isla de inmediato. Desde el avión contemplé extasiada el colorido. La gente es encantadora. Durante unos días viví como en un sueño.
    Kam asintió con la cabeza. Pensaba lo distintos que ambos eran. Mientras a él le gustaba la tranquilidad, a ella le gustaba pasar de una cosa a otra. Era capaz de bajar a la profundidad y alzarse al firmamento en un sólo movimiento. En eso se parecía a Ellen. Kam sintió un escalofrío recorrerle la espalda y por un instante se arrepintió de haberla echo volver.
    – Pero pronto observé que el Wesley que yo conocía era distinto del que encontré aquí. Me sentí prometida a un auténtico cretino -reflexionó un momento-. Se comporta de forma arrogante y despótica.
    Kam rió calladamente.
    – Así es el Wesley que los demás conocemos.
    – Al principio no le amaba, pero al verle comportarse así dejo incluso de caerme bien. ¿Cómo iba a aceptar a un hombre así para decirle «hasta que la muerte nos separe»?
    Kam se fijó en los rasgos de Ashley, que apenas vislumbraba. No quería encender la luz porque sabía que si lo hacía rompería el ambiente íntimo que se estaba creando. La oscuridad daba pie a confidencias y deseaba llegar a entender a Ashley.
    – Si lo tenías todo tan claro. ¿Por qué esperaste hasta el último momento para huir? -preguntó.
    – Pensé que tenía que aguantarme -suspiró y estiró las piernas frente a sí-. Entonces llegó mi familia.
    – Tu familia -repitió él.
    – Sí. Mi madre con su nuevo novio. Perdona, pero me dan ganas de devolver. No soporto que tenga novios, y aún menos, maridos.
    Kam sonrió, compasivo.
    – ¿Los tiene a menudo?
    Ashley asintió.
    – Está a la caza del cuarto.
    Kam sacudió la cabeza, levemente divertido a pesar de que apreciaba el tono de dolor en la voz de Ashley.
    – También llegó mi padre con su nueva novia -continuó Ashley-. No creo que haya acabado el colegio. Debería haber una edad mínima para formar pareja. Debe tener unos doce años.
    – ¡Ashley! -rió Kam.
    – Te lo digo en serio -dijo ella, riendo a su vez-. Es una chiquilla.
    – Vamos, Ashley, estás hablando de tu padre -dijo Kam, poniéndose serio.
    – De acuerdo. Olvidé que hay que tomarse las cosas más en serio. Christina tiene veinticuatro años. Pero actúa como si tuviera doce.
    Kam sacudió la cabeza.
    – Así que la llegada de tu familia no fue una buena noticia.
    – Tener a mi familia alrededor fue una verdadera lata. Además me hizo pensar en la inutilidad de lo que iba a hacer.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Fíjate en mis padres. Nunca han sido capaces de comprometerse por más de seis meses. No tienen ni idea de cómo mantener una relación íntegra. Yo soy el resultado de su desastroso matrimonio. ¿Por qué habría de ser capaz de hacer las cosas mejor?
    Kam esperó a que continuara, pero no lo hizo.
    – ¿Es eso lo que te hizo cambiar de idea? -dijo, al fin.
    Ashley suspiró, preguntándose si debía seguir adelante.
    – No exactamente, aunque sí fue el comienzo. Lo que acabó por decidirme fue la aparición de Wesley cli mi habitación cuando me estaba poniendo el traje de novia.
    Kam se volvió para mirarla atentamente.
    – ¿Quieres decir que huiste de tu boda porque el novio te vio antes de la ceremonia? No puedo creerlo.
    – Claro que no -Ashley, aturdida, frunció el ceño-. ¿Cómo se te ocurre una idea así?¿Cómo iba a dejarme llevar por una convencionalidad como esa?
    – ¿Qué ocurrió?
    – Me besó -dijo Ashley, balbuceante.
    Kam volvió a mirarla con sorpresa.
    – Imagino que ya te había besado antes.
    – Sí -dijo ella, haciendo una mueca-. Pero esta vez trató de mostrarse apasionado.
    Kam no la comprendía, y lo que decía le daba ganas de reír.
    – Ashley -dijo-. Iba a convertirse en tu marido. No creo que pensara mantener una relación platónica contigo.
    – Lo sé -dijo ella, sacudiendo la cabeza vehementemente-. Y creí estar preparada para soportarlo. Ya sabes. Las mujeres somos capaces de apretar la mandíbula, cerrar los ojos y aguantar lo que sea.
    Kam se apoyó en el respaldo y soltó una carcajada.
    – ¡Qué filosofía del matrimonio tan victoriana! ¡Pobre Wesley!
    – Ese no era mi plan. Sólo iba a adoptarlo si las cosas iban realmente mal.
    – Entiendo. Veo que estabas preparada para cualquier eventualidad.
    – Para cualquiera menos la que al fin se presentó -dijo Ashley, quedamente.
    Kam sonrió en la oscuridad y deseo cogerla entre sus brazos. Apartó ese pensamiento de su cabeza de inmediato y se dijo que no había cabida para aquellos sentimientos.
    – ¿Y qué fue lo que pasó?
    Ashley titubeó.
    – ¿Recuerdas cuando me besaste esta mañana? -preguntó, dulcemente.
    Kam no sólo lo recordaba, si no que no había logrado quitárselo de la cabeza.
    – ¿Te refieres a cuando me provocaste para que te besara? -bromeó.
    Ashley abrió los ojos.
    – ¿Me culpas a mi?
    – ¿Por qué no?
    – Tú fuiste tan culpable como yo.
    Kam pensó que si la dejaba, Ashley se pasaría el resto de la noche hablando de aquel beso.
    – De acuerdo -dijo, impaciente-. Acepto toda la responsabilidad. Continúa.
    Ahora venía lo más difícil. Ashley tomó aire. -Cuando me besaste sentí algo -se detuvo, avergonzada.
    Kam se movió, incómodo.
    – Ashley, tienes treinta años. ¿Tengo que explicarte la naturaleza de la atracción heterosexual?
    – Esa es la cuestión. Cuando Wesley me besó no sentí absolutamente nada. Fue como besar una almohada.
    – Has dicho que estabas mentalizada en caso de que eso pasara.
    – Eso creía. Pero cuando pasó, me entró el pánico. Me di cuenta de que no podía casarme con Wesley. Incluso pensé que el problema era mío. Pero cuando me besaste esta mañana…
    – ¿SÍ? -la animó él.
    – Creo que deberías besarme de nuevo -dijo ella, quedamente.
    Kam iba a encontrar difícil rechazar esa proposición.
    – ¿Por qué? -preguntó.
    – Para que pueda comprobar…
    Kam rió. Si Ashley quería confirmar si se excitaba besándole, él, por su parte, ya sabía la respuesta.
    – ¿Quieres que te bese para estudiar la respuesta de tu líbido? -dijo, socarrón.
    – Así es -dijo ella, dubitativa.
    – Ashley…
    – Sólo una vez -dijo ella, señalándose los labios-. Aquí. Para que pueda comprobarlo.
    Aunque no había dicho qué quería comprobar, Kam lo intuía. Era una situación absurda que debía concluir en aquel mismo momento. Sin embargo, no consiguió moverse y se encontró volviéndose hacia ella, con el corazón latiéndole aceleradamente.
    Sus labios tocaron los de ella levemente, en una rápida caricia. Su intención era detener el beso ahí, pero en cuanto sus bocas se encontraron, Ashley sintió la aceleración y la fuerza que había sentido por la mañana, y, abrazándose a él, le exigió más.
    Kam no pudo evitar responder. Con una mano le cogió por la barbilla y la atrajó hacia sí. La otra la hundió en su cabello, sujetando su cabeza con firmeza.
    Era una sensación maravillosa. Ashley creyó navegar en un sueño, volar. Kam la sujetaba protector.
    Ashley sintió que podía abrirse a la inconsciencia y dejar que él se ocupara de ella. Con su lengua trató de alcanzar el fondo de la boca de Kam, y él respondió saliendo a su encuentro. Ashley nunca pensó que aquel calor húmedo pudiera resultarle tan imprescindible.
    Kam se movía con una lentitud casi dolorosa. Ashley se apretaba contra él, ansiando cada vez más. Sentía un fuego abrasarla, bajándole desde el cuello hasta el pecho. Sólo deseaba seguir así un poco más.
    Kam se apartó de ella y la contempló, a la vez que ella le acariciaba la mejilla.
    – Gracias -dijo Ashley, con la respiración entrecortada.
    Kam no necesitó preguntarle si había sentido algo porque ya lo sabía. El había percibido su inmediata reacción y supo que Ashley no tenía ningún problema. Todo estaba dicho.
    – Será mejor que entremos a cenar -dijo, bruscamente, a la vez que se sentaba lo más lejos posible de ella-. Está haciéndose tarde
    – De acuerdo -respondió ella, esforzándose por reprimir la risa que se agolpaba en su garganta. Kam era un ser especial y, lo supiera o no, aquel beso marcaría para siempre un hito en la vida de Ashley. Era la primera vez que deseaba a un hombre.
    Había tenido varias relaciones íntimas, pero ninguna había sido particularmente satisfactoria. Nunca había estado enamorada. Eran tan sólo compañeros de una aventura que para ella no tenía mayor interés. Nunca antes había sentido la aceleración del deseo.
    Miró a Kam y sonrió. Se alegraba de haber entrado en su casa y haberlo conocido. Ahora sabía que rn a un mago.
    Entraron en la cocina y prepararon una gran ens,ilada que apenas probaron. Kam le contó anécdolas (le casos divertidos del pasado y ella le habló de cuentos de niños. Ambos pusieron especial cuidado ru no tocarse.
    Mientras, Ashley no dejaba de pensar en el beso, tratando de convencerse a sí misma de que no tenía ninguna importancia, excepto la de haberle demos¡ nado que era una mujer normal. Sin embargo, algo Ir decía que era mucho más relevante que eso.
    – Esta noche tú duermes en la cama -dijo Kam al acabar de fregar.
    – No -dijo ella, sacudiendo la cabeza-. El sofá es inuy cómodo. La cama es tuya.
    Kam la miró, receloso.
    – Si es tan cómodo ¿Por qué no te quedaste en él?
    – ¿Tienes miedo de que vaya a hacerte una visita esta noche? -bromeó ella.
    Kam nunca lo hubiera admitido, pero así era.
    Después de veinte minutos de discusión, acordaron dormir tal y como Kam había sugerido.
    Ashley se arrebujó en el sofá mucho más tranquila que la noche anterior. Se sentía una mujer distinta a la atemorizada y temblorosa criatura de la noche anterior, y estaba segura de que dormiría de un tirón, sin verse asaltada por terrores nocturnos.
    Al cabo de cuatro horas, sin embargo, se encontró con los ojos abiertos. La noche era silenciosa. La luna estaba en lo alto e iluminaba todo con un resplandor plateado. Ashley se quedó inmóvil, contemplando las sombras que se proyectaban contra la pared.
    Estaba segura de que no volvería a dormirse. Estaba demasiado tensa y alerta. Por dentro comenzaba a invadirla la misma sensación que la noche anterior. No era ni miedo ni angustia, sino más bien una ansiedad que se resistía a abandonarla. La necesidad de ser confortada era tan intensa que la sentía como un dolor físico.
    – Juro no ir a molestarle -dijo, en voz alta.
    Sintió un dolor en el pecho. Recordó el beso de Kam, cómo había acariciado al gato, lo atractivo que estaba cuando un mechón de pelo negro le caía sobre los ojos verdes, y un gemido anhelante se escapó de su garganta.
    No lo haré, no lo haré, se repitió insistentemente.
    Cerró los ojos con fuerza, tratando de conciliar el sueño. Contó ovejas. Intentó relajar una por una todas las partes de su cuerpo. Se levantó e hizo flexiones hasta casi perder la respiración. Volvió a la cama y siguió contemplando la noche con los ojos abiertos de par en par.
    – No lo haré -gimió, dándose por vencida.
    Se sentía estúpida, pero sabía que no podía resistirlo más. Lo único que podía hacer era tratar de que él no se enterara nunca. Al fin y al cabo, la noche anterior había conseguido meterse en su cama sin despertarlo. Ahora tendría que hacer lo mismo y marcharse en cuanto amaneciera.
    Se levantó y se dirigió hacia el vestíbulo sigilosamente. Su corazón latía con fuerza. La puerta de Kam estaba abierta. Ashley se escabulló dentro como una sombra y lo contempló. Dormía profundamente. Estaba echado de costado, con un brazo colgando fuera de la cama y el cabello revuelto.
    Miraba hacía afuera, ocupando sólo la mitad de la cuna.
    La situación era idónea. Ashley tan sólo debía Icncr cuidado. Contuvo la respiración y se metió en la cama, quedándose totalmente inmóvil. Su corazón latía aceleradamente.
    Kam siguió durmiendo. Poco a poco Ashley se I'iie relajando. Sus labios esbozaron una sonrisa. Los párpados se le cerraron y el sueño comenzó a invadirla. Estaba a punto de caer profundamente dormida cuando estiró una pierna y un calambre la despertó. Se incorporó rápidamente y se agarró los (lodos del pie, a la vez que reprimía un grito de dolor. Se masajeó la pantorrilla con fuerza, pero no consiguió librarse del calambre.
    A pesar de todo, siguió sin hacer un sólo ruido. Se retorcía de dolor y se movía, pero no gritaba.
    Aun así, despertó a Kam. Éste se incorporó repentinamente, tratando de ver en la oscuridad. Se levantó de la cama y miró atónito a Ashley.
    – ¿Qué demonios…?
    – Mi pierna -gritó Ashley, golpeándosela al mismo tiempo.
    Kam se dio cuenta de inmediato de lo que ocurría.
    – Relájate -dijo, cogiéndole la pierna y masajeandola.
    – Lo estoy intentando -gimió ella.
    Kam trabajó el músculo con sus fuertes dedos y poco a poco el dolor fue disminuyendo, hasta pasársele por completo.
    – Necesitas potasio -dijo Kam, con la frialdad de un médico-. Come plátanos.
    – De acuerdo -dijo ella, suavemente-. Lo que tu digas, doctor.
    Movió la pierna para comprobar que estaba curada.
    – Ya está bien -{lijo-. Gracias.
    – De nada -respondió él, sarcástico-. Supongo que ya puedes volver al sofá.
    Ashley titubeó, volviéndose hacia él con dignidad.
    – ¿Tengo que volver?
    Kam dudó. No deseaba otra cosa que tener a Ashley aquella noche, pero no quería tentara la suerte. Adoptando una actitud fría, respondió.
    – Es lo mejor.
    Ashley sonrió seductoramente y no se movió. -Prometo ser buena -dijo.
    Kam alargó la mano y le acarició el cabello.
    – Pero yo no puedo prometer lo mismo -dijo, bruscamente. Una sombra nubló su mirada. Ashley sacudió la cabeza.
    – No necesito promesas -dijo, dulcemente-. La vida es puro azar -entrelazó sus dedos con los de él-. Kam, déjame quedarme. No puedo dormir sola.
    Kam, el hombre de hierro, se estaba derritiendo, pero aún hizo un último esfuerzo por resistirse.
    – Ashley, no puedo darte lo que tú deseas -dijo, tenso-. No se me dan bien los abrazos y las caricias. Nunca he sido bueno consolando a otros.
    – No necesito nada de eso. Sólo necesito estar cerca de alguien. Prometo no molestarte.
    – Si es así, quédate en ese lado de la cama -dijo, dándose por vencido, y odiándose por ello. Desenlazó su mano de la de Ashley y volvió a la posición en que dormía.
    – Gracias -dijo ella, suspirando aliviada-. Ahora podré dormir. No te preoupes por mí.
    – De acuerdo -masculló él, sarcástico.
    – No haré ni un ruido. No necesito mimos. Sólo quiero que estés a mi lado.
    Kam no contestó. Ashley sólo veía su espalda, así quc no sabía si dormía ya o si la estaba escuchando.
    A pesar de lo que decía, Ashley quería más que su mera compañía. Se preguntó si siempre sería igual con las mujeres. De ser así, se dijo, debía tener una vida amorosa muy solitaria. De pronto recordó el nombre de la única mujer de la que le había hablado.
    – ¿Nunca consolaste a Ellen? -en cuanto las palabras salieron de su boca, Ashley se arrepintió de haberlas pronunciado. Sintió a Kam ponerse tenso a su lado. Ella misma se ruborizó, recriminándose su falta de tacto.
    – Lo siento, no debía haber dicho eso -se disculpó.
    – Duérmete -susurró él.
    El hecho de que no pareciera enfadado animó a Ashley. Se quedó quieta y disfrutó de estar junto a Kam. Pasó el timepo y se le cerraron los ojos. Estaba a punto de quedarse dormida cuando Kam se giró. Ashley abrió los ojos y le miró.
    – No estás dormido -dijo, acusadora.
    Kam se volvió para mirarla en la oscuridad.
    – Ya lo sé.
    Ashley se incorporó sobre un codo.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó.
    – No lo sé. Algo me impide relajarme.
    – ¿Qué?
    Kam rió brevemente.
    – Tú.
    Ashley rió a su vez.
    – No seas mentiroso. Lo úico que te pasa es que estás tenso. Te voy a dar un masaje de espalda.
    Kam iba a discutir, pero antes de que pudiera hacerlo, Ashley le estaba masajeando con sus pequeñas manos, provocándole un bienestar inmediato. Tenía unas manos maravillosas.
    Kam cerró los ojos y le dejó continuar. Ashley conseguía relajar cada uno de sus músculos y él no quería que aquel masaje acabara nunca.
    Al cabo de un rato notó que Ashley se cansaba y se dio la vuelta, de manera que su pecho quedó donde antes estaba su espalda.
    – Gracias -susurró, a la vez que la atraía hacia sí para besarla.
    Ashley le besó y en unos instantes se aferraba a él, para girar juntos en un único movimiento. Kam tenía la mente en blanco. La atrajo con fuerza hacia sí y la acarició por debajo de la camisa, maravillándose de su piel de terciopelo. Ashley se arqueó y la camisa quedó abierta. Kam se agachó y tomó entre sus labios el pezón que había quedado descubierto. Un temblor recorrió el cuerpo de Ashley, y Kam sintió el suyo tensarse, como la lava convirtiéndose en roca.
    Ashley gimió, con un sonido casi animal. Entrelazó sus piernas alrededor del cuerpo de Kam y se pegó aún más a él. Ansiaba sentir la magia que sólo él era capaz de conjurar en ella.
    De pronto, Kam se apartó. Ashley le contempló atónita.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó soñolienta, ansiando sentir sus cuerpos en contacto-. ¿Dónde vas?
    Kam miró hacia atrás y sacudió la cabeza. Se re‹ i imninaba haberse comportado como un hombre de las cavernas, dispuesto a aprovecharse de ella. Pero al mirarla, se dio cuenta de que esa no era la situación. No quería aprovecharse de ella, sino hacer el amor con ella, y eso era todavía más peligroso.
    – Me voy a dar una ducha fría -dijo, levantándose para ir al baño-. Una ducha muy fría. Si fuera posible, me metería en un baño de hielo.
    El agua fría no sólo apaciguó su libido, sino que le trajo pensamientos que no quería olvidar.
    Ellen había muerto hacía cinco años. Años en los que se había dedicado a trabajar y a resolver un caso tras otro. Estaba ansioso por cambiar de actitud y librarse de parte de esa responsabilidad.
    Su secretaria le insistía en que se tomara los viernes libres. Le decía que jugara al golf, o a lo que fuera, pero que de seguir así, acabaría matándose. Pero Kam se sentía inacapaz. Siempre se había sumergido en los temas que le interesaban. Esa era su personalidad y durante los últimos quince años, su obsesión había sido el Derecho. Amaba la ley. No necesariamente lo que decía o cómo podía en ocasiones ser manipulada en manos de abogados sin escrúpulos, sino la filosofía sobre la que se sustentaba. La ley era lo más parecido a la perfección: objetiva, clara y lógica.
    Ellen era lo opuesto a todo eso. Era caótica, impulsiva y descuidada. Nunca había sabido por qué se había sentido atraído por ella, pero había llegado a creer el dicho de que los opuestos se atraen.
    El día en que ella salió sola en bote, habían tenido su peor pelea. Iban a ir juntos a navegar, pero Kam había tenido que cancelar el plan al surgirle una complicación en el caso que le ocupaba. Ellen se había puesto furiosa y había dicho cosas terribles, marchándose sola en el barco. Nunca regresó, y Kam nunca pudo perdonarse a sí mismo.
    Se había jurado no hacerse responsable nunca más de nadie. Temía demasiado las consecuencias. Si la gente estaba dispuesta a hacer locuras y ponerse en peligro, él no quería ser quien lo impidiera.
    Entonces apareció Ashley. Había entrado en su vida sin ser llamada y se había instalado en ella. O tal vez era él quien no quería que se marchara. Todo era muy confuso.
    Kam decidió salir de la ducha, preguntándose si habría sido suficiente para calmarlo, y cómo debía actuar a continuación.
    Era obvio que Ashley le deseaba, y él a ella aún más. Sin embargo, Kam temía que si hacían el amor, Ashley se asentaría en él de una forma que le daba miedo y que no estaba seguro de poder soportar.
    Se puso los pantalones del pijama y volvió a la habitación.
    Ashley seguía allí, dormida, tumbada en diagonal en la cama. Tenía abrazada la almohada.
    Kam la contempló unos minutos en silencio. Era tan menuda y vulnerable, y al mismo tiempo tan decidida, que no pudo si no aceptar que le gustaba.
    Se dio la vuelta y se dirigió hacia el sofá. Había llegado el momento de intentar descansar.

Capítulo Siete

    La mañana era el momento del día preferido por Ashley. El aire olía dulce y los pájaros cantaban. Todo parecía dispuesto para que pasaran cosas buenas.
    Se despertó y alargó el brazo, pero no encontró más que la cama. Se dio la vuelta y comprobó que estaba sola. Rió quedamente.
    – Gallina -murmuró-. ¿Acaso no te atrevías a quedarte?
    Se quedó quieta, reflexionando sobre lo ocurrido la noche anterior. Kam era un hombre extraño, pero cada vez le respetaba más y se sentía más atraída por él.
    Ten cuidado, se dijo, también creíste que Wesley te gustaba.
    Lo cierto era que Wesley nunca le había gustado como le gustaba Kam, ni le había excitado de la misma manera.
    Afortunadamente, con Kam no iba a tener que cuestionarse si debía casarse con él o no. No era de los que se casan. Ashley rió por lo bajo. Era una manera sencilla de evitarse ese problema.
    Se bajó de la cama y fue a la cómoda donde guardaba la ropa que Shawnee le había dado. Se puso un biquini azul, se estiró y fue al salón.
    Kam dormía en el sofá. Ashley se agachó y le besó en los labios suavemente.
    – Buenos días, dormilón -musitó, riendo.
    Sin esperar respuesta, salió de la casa, corrió hasta la orilla del mar y entró en el agua.
    El agua se arremolinó a su alrededor. Ashley se sumergió y nado con ímpetu. Se detuvo e hizo la plancha, contemplando el profundo cielo azul. Girándose, buceó entre pececillos turquesas y dorados, que despedían destellos desde el fondo. Ashley recordó una vieja canción sobre una mujer entre cuyos dedos se escapaban peces morados, y sonrió feliz.
    El recuerdo de la realidad borró su sonrisa. Si se hubiera casado con Wesley, pensó, estaría ya en Bora Bora, que era donde habían planeado ir de viaje de novios. Estaría junto a un hombre al que pronto comenzaría a detestar. Habría empezado a sentirse desgraciada y habría intentado, sin éxito, escapar de esa situación.
    Cerrando los ojos, dio gracias por haber reaccionado a tiempo. Todavía quedaban muchas cosas por resolver, como ir a ver a su familia, o disculparse con Wesley, pero al menos no se arrepentía de haber hecho lo que hizo.
    No sabía cuál debía ser su siguiente paso, y se planteó la posibilidad de volver a casa.
    Dio un par de brazadas, disfrutando de la sensación del agua rozando su cuerpo, y se dio cuenta de que no quería regresar. Volver suponía retornar al tipo de vida del que había tratado de huir al decidirse a casarse con Wesley. No es que fuera una vida mala, pero no le satisfacía. Su carrera como ilustradora iba bien. Además, era un trabajo que no le exigía permanecer en San Diego. Tal vez debía considerar la posibilidad de quedarse en la isla.
    Suspiró y empezó a nadar de vuelta a la orilla. Tenía hambre. Era hora de desayunar.
    Estaba apenas a unos metros de la orilla cuando vio) a un hombre aproximarse. Ashley lo reconoció de inmediato y sintió un escalofrío.
    – Dios mío -exclamó en un susurro-. ¡Eric!
    Tenía dos opciones: nadar de vuelta al interior, o salir y correr hasta la casa, con la esperanza de que rl último novio de su madre no la reconociera a aquella distancia.
    Titubeó, pero al fin corrió hacia la casa a la mayor velocidad que pudo.

    El beso de Ashley había despertado completamente a Kam, pero no la había seguido hasta la)laya. Se quedó tumbado, sintiendo la caricia de sus labios. Iba a tener que conseguir que se fuera o no podría resistirse. La casa estaba llena de su aroma y Kam no podía dejar de pensar en su cuerpo y en el sonido de su voz cantarina.
    El teléfono sonó, recordándole su vida en Honolulu. El contestador estaba puesto y Kam decidió no contestar.
    – ¿Kam estás ahí? -era la voz de su socio-. Llámame inmediatamente, necesito ayuda con el caso Duncan.
    Kam desconectó el aparato.
    – ¡Al diablo con el caso Duncan! -exclamó en voz alta.
    Amaba el Derecho, pero en aquel momento sólo quería pensar en Ashley. Esa era la razón por la que debía pensar en marcharse lo antes posible. Si pasaba un día más con ella no podría escapar. Tenía que huir mientras sus sentimientos permanecieran intactos.
    Se vistió lentamente. Tuvo la sensación de que aquél era un día de reflexión. El día anterior había sido caótico y divertido, pero ahora, había que volver a pensar en el futuro.
    Se volvió al oír entrar en la casa a Ashley como un tornado. Kam la contempló, adivinando que traía malas noticias.
    – Es Eric -dijo Ashley, sofocada-. Tengo que esconderme. No le digas que estoy aquí. Dile que soy tu hermana, que ha visto visiones, lo que sea, pero no que estoy aquí -y salió de la habitación apresuradamente hacia la cocina.
    Kam suspiró y decidió salir al encuentro del visitante.
    – Eric -dijo en alto, sacudiendo la cabeza-. ¿Quién es Eric?
    Salió por la puerta principal y se sentó en los peldaños del porche. Vio a un hombre alto, delgado y rubio que se acercaba corriendo. Le hizo pensar en alguien que pasaba mucho tiempo delante del espejo. Se paró frente a Kam y lo observó antes de hablar.
    Has visto correr a una chica en biquini azul -preguntó, con la respiración entrecortada.
    Kam miró a izquierda y derecha y negó con la cabeza.
    – ¿Qué tipo de chica? -preguntó.
    – Menuda y bonita. Con una gran melena rubia -dijo Eric, fijándose en Kam con detenimiento-. Llevaba un biquini azul.
    – Si la hubiera visto, me habría fijado -dijo Kam, secamente.
    – Eso te lo aseguro -Eric se puso una mano en el corazón. Todavía respiraba con dificultad-. ¿Te importa que me siente para recuperarme? Llevo corriendo desde que la vi. Es imposible dar con ella.
    Se sentó en uno de los peldaños y extendió una mano a Kam.
    – Soy Eric Camden -dijo-. Me alojo en el club King's Way.
    Kam le estrechó la mano con solemnidad.
    – Kam Caine -se presentó-. ¿Cómo pudiste reconocerla a esta distancia? -preguntó, curioso.
    – La reconocería en cualquier parte -respondió Fric-. Llevamos dos días buscándola. Se iba a casar rl otro día, pero se escapó.
    La mirada de Kam se endureció.
    – ¿Se escapó?
    – Sí. Tenías que ver lo enfadado que estaba el novio -Eric se dio una palmada en el muslo-. Días atras me había dicho que no quería casarse y yo le dije que no lo hiciera, que iría a hablar con Geralditie, su madre, y me ocuparía de todo. Yo se lo sugerí y ella lo llevó a cabo. Ahora no hay forma de encont rola. ¿Seguro que no la has visto?
    – Estaré atento -respondió Kam.
    Eric le miró con sus inexpresivos ojos claros
    – ¿Tienes un cigarrillo? Me han entrado ganas de fumar.
    – Lo siento -Kam arqueó una ceja-. El ejercicio y el tabaco no son una buena combinación.
    – Apenas fumo, y cuando lo hago, no inhalo. En cambio el ejercicio me lo tomo muy en serio. Si falto un día al gimnasio me siento fatal.
    Kam se imaginó una conversación sobre biceps y pectorales y decidió evitarla. Volvió al tema que les ocupaba.
    – ¿Cuál es tu interés en este asunto? ¿Quieres ocupar el lugar del novio? ¿Quieres casarse con Ashley?
    – ¿Con Ashley? -rió Eric-. En absoluto. Yo salgo con su madre.
    Kam se quedó sin habla y Eric sonrió con orgullo al notar su sorpresa.
    – Así son las cosas en estos tiempos -explicó-. Cada vez hay rnás jóvenes con mujeres mayores. ¿Por qué no? Lo saben todo, tienen claro lo que quieren, te tratan de maravilla y tienen dinero. Si trabajara en el supermercado del barrio, como hace mi hermano, nunca hubiera llegado a conocer las islas, ni me habría podido permitir estar en el King's Way.
    – Interesante -murmuró Kam, asombrado por la franqueza con la que Eric se expresaba y convencido que eso mismo le salvaba de resultar repulsivo.
    – Piénsalo de esta forma -continuó Eric-. Uno sale con una chica por distintas razones: porque te gustan sus ojos, su risa, su forma de bailar, su voz ronca. ¿Por qué no habría de ser el dinero un factor a tener en cuenta?
    – Supongo que tienes razón -dijo, Kam, inexpresivo.
    – No me malinterpretes -aclaró Eric-. Geraldine es una mujer muy especial. De hecho, tal vez nos casemos.
    Kam se atragantó y empezó a toser. Eric le dio unas palmadas en la espalda.
    – Será mejor que me marche -dijo Eric, cuando se le había pasado el ataque de tos a Kam-. Si la ves, ¿me llamarás al King's Way? Te lo agradecería. Dile que necesito hablar con ella.
    Se puso de pie y echó una ojeada a la casa, sonrió a Kam y se puso a correr en la misma dirección en la que había aparecido.
    Kam le observó marchar, pensando que tal vez no era tan inocente como pretendía ser. Se volvió y entró lentamente en la casa.
    – Se ha marchado -anunció, al encontrar a Ashley en su cama, apoyada contra la cabecera. Llevaba puesto el biquini, pero se había cubierto con una toalla.
    – No puedo creer que haya venido hasta esta parte de la playa -dijo, con tristeza.
    Kam la observó y analizó su reacción. ¿Acaso pensaba que los demás iban a olvidarla sin tan siquiera tratar de encontrarla?
    – ¿Por qué no iba a venir? -dijo, al fin-. Tú misma solías venir aquí todas las mañanas. ¿Por qué no pueden hacer lo mismo los demás?
    Ashley ignoró aquel razonamiento. Quería solidaridad, no lógica.
    – ¿Crees que volverá? -preguntó, abriendo los ojos desmesuradamente.
    El abogado que Kam llevaba en sí emergía a la superficie cuando se trataba de analizar situaciones.
    – Así es -dijo, fríamente-. Sabe que estás aquí
    Ashley saltó.
    – ¿Qué dices? -casi gritó.
    – Lo supo todo el rato.
    Ashley entrelazó las manos con fuerza y miró a su alrededor.
    – ¿Dijo algo?
    – No -Kam sacudió la cabeza-. Pero me di cuenta.
    Ashley se cubrió el rostro con las manos.
    – ¡Oh, no! Si es así, volverá.
    – Sí -Kam estaba seguro de que lo haría-. Volverá y traerá a tu madre con él.
    Ashley soltó un último gemido y reaccionó.
    – Esta bien -anunció, pasando a la acción-. Será mejor que me vaya. ¿Puedo llevarme el vestido conmigo? No creo que a Shawnee le importe. ¿Dónde dejé los zapatos? Al menos esta vez no necesito que me dejes dinero. Tengo el que gané ayer.
    Kam la tomó por el brazo y la obligó a mirarle
    – No vas a marcharte -dijo, con firmeza-. Vas a quedarte y a enfrentarte a ellos.
    Ashley abrió los ojos horrorizada.
    – No puedo, Kam. No tienes idea de lo que es. Me arrastrarán consigo. No puedo quedarme.
    Kam asentía con la cabeza mientras seguía sujetándola con fuerza.
    – Claro que puedes. Yo estaré a tu lado. No pueden obligarte a volver. Tienes treinta años y puedes hacer lo que desees.
    Ashley sacudía la cabeza sin apenas escucharle.
    – No te imaginas lo que me ocurre cuando están cerca. Me convierto en una niña pequeña y ya no puedo romper con ellos. Kam, no me obligues a hacerlo. No soy suficientemente fuerte.
    Kam no quería forzarla. Al fin y al cabo, si no era capaz de enfrentarse a ellos, sería él quien la perdería. Ya no podían hacer nada por impedir que el mundo exterior los invadiera.
    Durante un instante se le pasó por la cabeza la idea de tomarla y huir juntos. Podrían alquilar un apartamento en San Francisco, o ir a Australia. Pero el sueño duró poco. Era imposible. Él debía volver al despacho y ella tenía que aprender a resolver sus problemas y defender sus decisiones frente a su familia. Por otro lado, aquel pensamiento los convertía en amantes, y todavía no lo eran. Tal vez nunca llegaran a serlo y esa fuera la mejor solución para todos.
    Al mirar en los límpidos ojos de Ashley, supo que no era eso lo que quería y supo que podría perderse en ellos para siempre. Un arranque de deseo lo poseyó y deseó besarla con urgencia. Temía estar a punto de perderla. El día anterior no le hubiera importado, pero ahora no podía soportar la idea. Atin así, estrechar el lazo que los unía sólo contribuiría a aumentar su dolor. Apartándose de ella, miró en otra dirección.
    – Voy a preparar algo para desayunar -dijo. Su voz sonó ronca-. ¿Por qué no te cambias y vienes a la cocina?
    Ashley no respondió. Se quedó en mitad de la habitación, observándole marchar y sintiendo que algo en su interior se rompía y la paralizaba.
    Sabía mejor que Kam que en cuanto Eric volviera con su madre, el tiempo que habían habitado juntos desaparecería y sería ocupado por la realidad. Ashley tendría que volver a su vida o marcharse a otra parte. La posibilidad de quedarse con Kam era muy remota.
    La idea de dejarlo le produjo una espantosa congoja. Nunca había conocido a un hombre como él y estaba segura de que nunca conocería otro igual. No debía dejarlo escapar sin pelear por él, se dijo, y por primera vez se sintió con fuerzas para enfrentarse a los demás.
    Lentamente se dirigió a la cocina, parándose al llegar a la puerta. Kam se volvió a mirarla. En cuanto sus ojos se encontraron, adivinó el cambio que se había experimentado en ella.
    – Ashley -dijo, ladeando la cabeza-. No lo hagas.
    Pero no se movió. No se sentía capaz de salir por la puerta y huir de ella.
    Ashley, sin hablar, se aproximó a él con la cabeza levantada y los ojos entrecerrados.
    – Ashley -musitó él.
    Ella llegó frente a él, apoyó la mano en su torso y le miró fijamente. Ya no le cabía ninguna duda y quería que él lo supiera. Su mirada estaba ensombrecida. Parecía estar poseída por otro ser.
    – Ashley -repitió él.
    Pero Ashley sintió un leve temblor bajo la mano y sonrió.
    – Dime que no me deseas -susurró, acompañada por los latidos de su corazón-. Dime que no me deseas, y te dejaré solo.
    Kam no podía decírselo. Aunque lo hubiera intentado, la naturaleza le dominaba y ya no podía dar marcha atrás. Lo que Ashley había comenzado, le correspondía acabarlo a él, y una vez que supo que así tenía que ser dio rienda suelta a la pasión que había reprimido hasta aquel momento.
    Quiso ser delicado y acariciarla lentamente, pero llevaba demasiado tiempo esperando y sus emociones se desbordaron sin control. Tenía que poseerla inmediatamente, allí mismo, o padecería una prolongada agonía.
    Besó la boca que Ashley le ofrecía como si tuviera que pelear por ella. La devoró, llenándola de un calor que alcanzó todas las partes de su cuerpo. Ashley tomó su cara entre las manos, y abrió su boca para que él llegara tan hondo como pudiera.
    Kam jadeaba. Le arrancó la parte de arriba del biquini y asió sus senos aún húmedos, acariciándolos y jugueteando con los pezones. Ashley se arqueó, ansiosa por sentir la boca cálida de Kam en su piel. El la rozó con los labios y con la lengua, y ella dejó escapar un gemido de gozo, a la vez que hincaba sus manos en sus hombros, atrayéndolo con fuerza hacia sí. Kam deslizó la manos y le quitó la parte de abajo del biquini, mientras ella le desabrochaba el pantalón.
    – ¿Dónde? -preguntó él, con voz entrecortada.
    – Aquí -respondió ella, arrastrándolo consigo hacia la mesa.
    No había tiempo para ir a ninguna parte. Se deReaban con voraz urgencia, la sangre fluía en su interior precipitadamente y sólo pensaban en la unión final que haría de los dos, uno.
    Ashley nunca había estado con un hombre que la deseara con tal violencia. Nunca ella había deseado así a nadie. Ansiaba ser poseída por él, como necesitaba el aire para respirar. Creía que moriría si no conseguía hacerlo suyo en aquel mismo instante.
    – Ahora -le instó, atrayéndolo con fuerza hacia sí-. Por favor, Kam, de prisa.
    Se echó sobre la mesa y Kam la penetró con un gemido prolongado. Ashley se sintió poseída por una fuerza que palpitaba por todo su ser. Gritó y se aferró a él, clavándole los dedos en la espalda y entrelazando las piernas por detrás de sus caderas. Se arqueó, buscando el mayor contacto de sus vientres y una penetración más profunda, a la vez que lo sujetaba por las caderas con fuerza, como si temiera perderlo.
    No podía respirar. Tampoco lo necesitaba. Tan sólo quería que Kam la condujera una y otra vez, con cada una de sus sacudidas, hacia la espiral de éxtasis que le estaba proporcionando. De pronto llegó la explosión y Ashley pudo ver fuegos artificiales cayendo a su alrededor. Sintió un temblor y Kam se unió con su estallido al de ella, abrazándola con fuerza, protegiéndola y conduciéndola a una mayor intensidad.
    Juntos acabaron la cabalgada, con los brazos entrelazados y los cuerpos unidos en una sudorosa fusión.
    La mesa no era cómoda y pronto reaccionaron. Kam se incorporó y dejó que Ashley se levantara.
    – La habitación -dijo ésta-. Esta a tan sólo diez pasos.
    Kam sonrió y la abrazó.
    – Tienes razón. La cocina es para cocinar. No debemos olvidarlo.
    – Y la habitación para hacer el amor -susurró ella, a la vez que Kam la levantaba en brazos y la llevaba hasta el dormitorio, dejándola sobre la cama y tumbándose junto a ella.
    Kam contempló su piel nacarada, los oscuros pezones, las piernas delgadas y se sintió invadido una vez más por el deseo. Ashley se dio cuenta y rió con una risa profunda que Kam no había oído antes.
    – ¿Otra vez? -dijo ella, acariciándole.
    – Otra vez -afirmó él, hundiendo el rostro en su melena.
    Esta vez la acarició con delicadeza. Lentamente excitó sus pezones y masajeó su vientre, deslizó la mano suavemente entre sus piernas y ella balanceó sus caderas con un gemido de placer.
    Kam no quiso precipitarse. Quería hacerlo tal y como ella merecía, pero no contaba con la impaciencia de Ashley. Ella no necesitaba ser excitada porque ya lo estaba. Kam entró en ella, arrancándole un grito de placer tras otro con cada uno de sus empujes.
    Los dos se dejaron caer relajados, aún entrelazados. Poco a poco recuperaron el ritmo de la respiración. Ashley cerró los ojos y se preguntó por qué nadie le había contado antes el maravilloso secreto que acababa de descubrir.
    Había tenido que aparecer Kam para darle la llave del misterio. Al mirarlo, se sintió invadida por un sentimiento tierno y amoroso desconocido para ella. ¿Sería amor?
    Si no lo era debía ser el sentimiento más parecido. Y Ashley pensó que era maravilloso.
    – ¡Ojalá no vinieran nunca! -susurró-. Espero que venga un huracán y que un rayo los haga olvidarse de mí.
    Se incorporó sobre un codo y contempló el rostro de Kam amorosamente.
    – ¿Me dejarías quedarme? -preguntó, provocativamente-. Si se olvidaran de mí ¿Me dejarías quedarme, nadar todos los días y dibujar en el porche? -sonrió, retirándose el cabello de la cara-. Tú te irías a Honolulu todos los lunes y volverías cada fin de semana, para pasarnos el día en la cama -le besó la sien-. Sería el paraíso. Al menos hasta que te cansaras de mí.
    Kam la atrajo hacia sí.
    – ¿Quién dice que me cansaría de ti? -masculló-. Algo me dice que es imposible aburrirse estando contigo, Ashley.
    Ashley suspiró hondo. Nunca se había sentido tan a gusto. La vida debería ser siempre así, pensó. Toda mujer debería tener junto a sí un hombre como aquél. El único problema era tener que casarse con ellos para retenerlos. Y Ashley no se sentía capacitada para el matrimonio.
    A medida que la realidad iba invadiéndola, parte de la alegría sentida la abandonaba. Apenas hacía dos días se iba a casar con un hombre, y ahora estaba haciendo el amor con otro. No consideraba que ese fuera un comportamiento digno de admirar.
    Se despreciaba a sí misma, pero al menos sentía que lo que había pasado con Kam era una oportunidad única, y se alegraba de haberse aferrado a esos instantes de felicidad.
    Tal vez ello no la convertía en un modelo a seguir, pero sí la hacía más humana.

Capítulo Ocho

    Después de ducharse y vestirse fueron a la cocina a esperar, tensos, la llegada de sus visitantes. Los dos guardaban un silencio expectante, seguros de que Eric y Geraldine no tardarían en aparecer.
    Sonó la puerta de entrada. Era Shawnee, que les llevaba la comida.
    – He traído sushi -dijo, dejando el paquete con bolitas de arroz envuelto en algas sobre la mesa. Sonrió a Ashley y guiñó un ojo a su hermano.
    – ¿Siempre traes comida? -preguntó Ashley, riendo.
    – Siempre -asintió Shawnee-. Así soy bienvenida -sonrió-. Es un experimento conductista, como el del perro de Paulov.
    – Sí -dijo Kam, fríamente-. Cada vez que alguien la oye llegar, se le hace la boca agua. -Kam!
    – No te procupes, Ashley -la tranquilizó Shawnee-. Estoy acostumbrada a que me tome el pelo -miró a Ashley de arriba a abajo-. Como mi ropa no te quedaba bien, te he comprado algunas cosas.
    – Gracias -exclamó Ashley, sorprendida-. ¿Cómo sabías que aún estaba aquí?
    – Las noticias vuelan -sonrió Shawnee-. Varias personas me han contado tu hazaña en el bar. Todos ellos me dijeron que Kam te rescató. El pueblo entero está hablando de vosotros.
    – Sobre todo teniendo en cuenta que tú diriges el nitro de cotilleo desde el restaurante -comentó Kain-. Si no hay un buen cotilleo, ella se encarga de inventárselo -añadió, dirigiéndose a Ashley.
    – Eso es mentira -dijo Shawnee, sin inmutarse -se sentó a la mesa y sonrió a Ashley-. ¿Nos tomamos el sushi?
    – Vosotras comed -dijo Kam, a la vez que se levantaba-. Yo voy a dar un paseo.
    Shawnee dirigió una mirada inquisitiva a Ashley.
    – Estamos los dos un poco nerviosos -explicó ésta-. Esperamos a que llegue mi familia para intentar llevarme con ellos.
    Shawnee asintió aún sin entender muy bien lo que Ashley le contaba. Ella estaba más interesada por otras cuestiones.
    – ¿Así que a pesar de haberlo negado, estáis liados?
    Ashley sonrió recatadamente, a la vez que centraha su atención en el sushi.
    – Algo por el estilo.
    – ¿Cómo que algo por el estilo? -exclamó Shawnee, radiante. Pasó un brazo por el hombro de Ashley y la abrazó-. Gracias por haber venido a rescatarme. Pensé que nunca encontraría una mujer para el insoportable de mi hermano.
    – No nos vamos a casar ni nada por el estilo -dijo Ashley, rápidamente, con gesto preocupado. Después de lo ocurrido con Wesley no quería desilusionar a nadie más.
    – No, claro -Shawnee sacudió la cabeza vehementemente-. No soñaría con algo así -pero sonrió para sus adentros.
    – Mejor así -dijo Ashley, cogiendo los palillos-. Porque ninguno de los dos somos de los que se casan.
    – De acuerdo -asintió Shawnee, mirándola con escepticismo. Escogió el tipo de sushi que más le gustaba y le dió un mordisco, mirando a Ashley con curiosidad.
    – ¿Te gustaría saber qué tipo de niño era? -preguntó al fin-. ¿Cómo fue su primer día en el colegio? -la miró casi con superioridad-.Tengo fotos.
    Ashley dejó los palillos sobre el plato.
    – ¿Dónde? -preguntó ansiosa-. ¿Era una monada? ¿Tienes alguna en la que esté en pañales?
    Shawnee sonrió, alargó el brazo y sacó un album de fotos de su bolso.
    – Tranquila. Tengo aquí mismo todo lo que deseas -dijo.
    Pasaron un gran rato mirando las fotos y hablando de la infancia de Kam. Cuando acabaron, Ashley tenía la sensación de haberlo conocido toda la vida.
    – ¡Qué niño tan serio parece haber sido! -comentó, a la vez que guardaban las últimas fotos.
    – También es un hombre serio -dijo Shawnee-. Pero eso es en parte por lo que pasó con Ellen. ¿Sabes algo al respecto?
    Ashley asintió.
    – Solo un poco. Sé que murió.
    Shawnee la miró en silencio y decidió a contárselo.
    – Murió en un accidente de navegación. Él se siente culpable. Desde entonces no ha tenido una relación seria con ninguna mujer -sonrió-. Al menos hasta ahora.
    Se levantó precipitadamente y cogió el album.
    – Tengo que marcharme. Voy a llevarle sushi al tío Reggie. Sigue sentado en el acantilado, esperando a su sirena.
    Ashley frunció el ceño.
    – ¿Qué? -preguntó.
    Con un gesto de la mano, Shawnee indicó que no tenía importancia.
    – Ya te lo explicaré. Por el momento, acuérdate de que te he hecho una oferta de trabajo. Llámame siempre que lo desees.
    Ashley la acompañó hasta la puerta.
    – Lo recordaré, Shawnee -le echó los brazos alrededor del cuello y la abrazó-. Gracias por todo. Especialmente, por ser mi amiga.
    Shawnee la abrazó a su vez, emocionada.
    – Cuenta siempre conmigo -dijo, separándose de ella y dándole una palmada en la espalda. Se volvió y se dirigió al coche, silbando una alegre melodía.
    Kam volvió al poco tiempo de marcharse su hermana, con expresión circunspecta. Encontró a Ashley fregando los paltos, y se apoyó contra un mueble, junto a ella, decidido a hacerla partícipe de sus preocupaciones.
    – Tenemos que hablar seriamente -dijo, solemne.
    Ashley le miró y volvió a concentrarse en el fregado.
    – ¿Sobre qué?
    – Sobre el hecho de que hicimos el amor sin protección.
    Ashley le miró fijamente y trató de sonreír.
    – Yo me sentí muy protegida.
    – Sabes a qué me refiero: no usamos nada.
    Ashley no estaba segura de querer mantener aquella conversación. Había sido todo tan maravilloso que en aquel momento no quería pensar en la necesidad de usar un método anticonceptivo, preferentemente un preservativo. Quería aferrarse a la calidez de la mañana que habían compartido, y guardarla para siempre.
    – Yo creía que los jóvenes conquistadores como tú siempre tenían esas cosas a mano -bromeó, ocultando sus sentimientos reales.
    – Mis días de conquista se acabaron hace tiempo. Ashley le miró a los ojos.
    – ¿Antes de Ellen? -dijo.
    – Así es -asintió él.
    Ashley le tomó la mano y lo miró fijamente.
    – ¿La amabas mucho? -preguntó, temiendo la respuesta pero sintiendo la necesidad de oírla.
    Al mirar a Ashley, Kam se preguntó si realmente había amado a Ellen. En su momento pensó que así era, pero Ashley le estaba descubriendo sentimientos para él desconocidos hasta entonces.
    – Creímos estar enamorados -dijo, esquivando la respuesta.
    – Shawnee dice que tú te sientes culpable.
    Kam asintió. No le gustaba la idea de que Shawnee hubiera estado comentando su vida con Ashley.
    – Tal vez tenga razón -dijo-. Lo cierto es que yo tuve la culpa.
    Ashley le miró, compasiva.
    – Pero si murió en un accidente de navegación ¿Cómo puedes ser tú culpable?
    Kam parecía torturado por el recuerdo. -Porque la dejé marchar.
    – Pero…
    – Estaba enfadado con ella. Le había prometido llevarla a navegar, pero, llegado el momento, decidí quedarme a trabajar. Era muy temperamental y se enfadaba con rapidez. Nos peleamos y se marchó sola. Yo sabía que era peligroso, pero la dejé ir.
    Ashley estaba de frente a él, sujetándole las manos. No sabía qué decir.
    – ¿Estaríais casados si no hubiera tenido el accidente? -preguntó.
    Kam reflexionó un instante.
    – No lo sé. Lo dudo -sacudió la cabeza y la miró-. Eres una curiosa. ¿Por qué quieres saber todo eso?
    Ashley sacudió los hombros.
    – Quiero saberlo todo sobre ti -dijo-. Desde el aspecto que tenías de bebé hasta cuál es tu cena favorita.
    Kam la besó.
    – Has esquivado el tema -se quejó.
    – ¿Qué tema?
    – El riesgo que hemos corrido hoy. Tenemos que hablar del hecho de que no usáramos protección.
    – Ah, sí -Ashley se encogió de hombros-. No te preocupes.
    Kam estaba desconcertado.
    – Pero voy a preocuparme. Si pasa cualquier cosa, quiero que me llames de inmediato. Te ayudaré. Es mi responsabilidad.
    Ashley le miró y apartó la mirada.
    «Responsabilidad» era la única cuestión en la que Kam parecía interesado. Ella no quería ser una carga o un deber para él. Quería ser diversión: un día en el parque, globos de colores y algodón de azucar. Todo lo que él quería saber era el precio de la entrada y si había facilidades de aparcamiento.
    Algo de lo que había dicho Kam la preocupaba más en aquel momento.
    – Has dicho que te llamara -dijo-. ¿Dónde piensas estar?
    Kam la miró, sorprendido de que Ashley preguntara lo que era obvio.
    – En Honolulu. Es donde vivo.
    – Lo sé -dijo Ashley, pensando que prefería olvidarlo-. ¿Cuándo vas a irte?
    Kam apretó las manos de Ashley. -Tengo que volver mañana.
    Un cuchillo atravesó el corazón de Ashley, pero sonrió valientemente.
    – ¿Dónde iré yo?
    Se lo perguntaba a sí misma, no a él, pero fue él quien respondió.
    – ¿Por qué no te quedas aquí?
    Ashley miró a su alrededor, como si no hubiera pensado en esa posibilidad en ningún momento.
    – ¿Aquí?
    – Puedes quedarte tanto tiempo como quieras. Yo apenas vengo una vez al mes. Una asistenta viene a limpiar y a comprar comida, y un jardinero se ocupa del jardín.
    Aquello era muy parecido al sueño que había imaginado Ashley hacía un rato, pero faltaba la presencia de Kam los fines de semana. Tal vez no era una idea tan buena.
    – No lo sé -dijo, lentamente-. Tendré que pensar en otra solución.
    Quizá ni tan siquiera hiciera falta, pensó Ashley. Probablemente al día siguiente para esas horas estaría de vuelta con su familia. La vida era así.
    Kam adivinó sus pensamientos.
    – No vas a volver, Ashley -dijo, con firmeza-. Vas a enfrentarte a ellos.
    Ashley forzó una sonrisa.
    – Es más fácil decirlo que hacerlo -susurró-. Ya veremos.
    A los pocos minutos, Ashley los oyó llegar. La tensión la dominó y su corazón comenzó a latir con violencia. Corrió a la ventana para observarlos. Eric se aproximaba a la casa y su madre le seguía a unos pasos de distancia, cansada por el esfuerzo. Ashley sintió la misma mezcla de odio y amor que siempre sentía al verla.
    Ansió poder huir y no volver nunca más. Pero Kam tenía razón al insistir en que se enfrentara a la situación con dignidad.
    – 4. Reuniendo el valor necesario, salió al porche.
    – ¡Hola! -saludó, animada.
    Eric estaba ya junto a la casa. Geraldine algo más atrás.
    – ¡Al fin te encontramos! -exclamó Eric al verla-. Tenías que estar aquí -se detuvo y la contempló, poniendo las manos en las caderas.
    – ¿Te importa decirle a tu madre por qué huiste? Está volviéndome loco con sus acusaciones. Cree que soy el culpable. Dile que yo no te ayudé.
    Ashley observó a su madre aproximándose con dificultad hacia la casa. Siempre le pasaba lo mismo. O se sentía como una niña, o como si ella misma fuera una madre impaciente. Pero se sintiera como se sintiera, siempre amaba a su madre. Era imposible no hacerlo.
    – Eric no tiene nada que ver con esto, madre -gritó-. Lo hice yo sola.
    Geraldine se detuvó y se secó el sudor de la frente. Era una mujer madura y atractiva.
    Kam salió al porche en ese momento y pensó que si era cierto el dicho de que las hijas se asemejaban a las madres, a Ashley le quedaban años de belleza por delante.
    – No me lo creo -respondió Geraldine-. No puedo creer que seas capaz de hacer esto a tu madre.
    – No es a ti a quien se lo hice -le recordó Ashley, obligándose a rechazar el pánico que la invadía siempre que pensaba haber defraudado a sus padres-. Se lo hice a Wesley y a sus padres, y siento decírtelo, pero si la boda fuera hoy, haría lo mismo.
    Su madre miró hacia arriba, poniendo los ojos en blanco.
    – Ha sido espantoso -continuó, como si Ashley no hubiera dicho nada-. No pueden entender cómo nos has podido hacer esto.
    Ashley hubiera deseado taparse los oídos, encogerse en una bola y ahuyentar toda crítica. Era doloroso. Le recordaba una infancia que prefería no revivir. Se volvió y miró a Kam en busca de apoyo. Éste se aproximó a ella y la tomó por el brazo.
    – Señora Carrington, soy Kam Caine y ésta es mi casa -dijo, pausadamente-. ¿Por qué no pasan y se sientan?
    Geraldine le miró.
    – ¿Por qué no? -dijo, aceptando la invitación, a la vez que le miraba preguntándose qué papel jugaba él en todo aquello.
    Entraron. Geraldine y Eric se sentaron en el sofá. Kam y Ashley, en sillas separadas, frente a ellos. Geraldine continuó como si no hubiera habido interrupción alguna.
    – Ha sido espantoso, Ashley. No sé qué decir a Jane Butler. Siempre hemos sido grandes amigas, pero cuando una hija deja plantada al hijo de su amiga, la amistad se resiente. Me da vergüenza mirarle a la cara. Había organizado una fiesta ayer para presentarme a todos sus amigos y todos me miraron como si fuera un bicho raro. Nadie se atrevió a preguntarme por qué mi hija había hecho una cosa así, pero todos lo pensaban.
    Ashley sonrió nerviosa y se echó el cabello para atrás.
    – ¿Por qué no cancelasteis la fiesta? -preguntó.
    Geraldine parpadeó sorprendida.
    – ¡Pero si estaba organizada desde hace semanas! -exclamó-. Todo el mundo estaba invitado. ¿Cómo Íbamos a cancelarla?
    Ashley miró a Kam con complicidad.
    – Madre -dijo-. Cuando ocurre una catástrofe natural, o si alguien huye de su boda, las cosas se pueden cancelar en el último momento.
    Geraldine desechó esa idea con un gesto de la mano.
    – Nadie haría eso -insistió-. Además, todo salió muy bien. Lo único molesto fueron esas insistentes miradas.
    Ashley tuvo que reprimir una carcajada. A Eric le dió un ataque de tos y Kam lo condujo a la cocina para darle un vaso de agua. Geraldine se echó hacia delante para hacer una confidencia a Ashley.
    – Las cosas no van nada bien -susurró.
    – ¿De verdad? -respondió Ashley, indiferente, todavía reprimiendo la risa-. Me extraña.
    – Pensé que era perfecto, pero tal vez pido demasiado -se apoyó en el respaldo y se abanicó con una revista, aún acalorada por el esfuerzo de llegar hasta la casa-. Es una pena. Al principio era muy cariñoso.
    Ashley dejó escapar un suspiro y miró a su madre con compasión.
    – Tal vez deberías elegir un hombre mayor -comenzó.
    – Ashley, querida -interrumpió su madre, como si hablara con alguien incapaz de comprender-. ¿No te has dado cuenta de que casi todos los hombres maduros prefieren mujeres jóvenes? ¿Acaso crees que si conociera a un hombre maduro, con el que pudiera hablar y que me comprendiera, lo dejaría escapar? Lo que ocurre es que todos quieren muñecas. Fíjate en tu padre -sus ojos azules brillaban llenos de indignación-. Si los hombres mayores consiguen mujeres jóvenes por dinero, y yo lo tengo, ¿por qué no he de tener hombres jóvenes?
    Ashley se inclinó hacia ella y le cogió las manos.
    – Porque no estás a gusto -dijo Ashley con dulzura.
    Geraldine echó la cabeza hacia atrás.
    – Eso no es del todo cierto. A veces me divierte que la gente gire la cabeza al vernos -estrechó la mano de Ashley, aceptando el apoyo que ésta le prestaba-. Además, hay actos sociales en los que hay que llevar acompañante y Eric es muy apropiado para eso.
    De pronto la abandonó su actitud segura y sus ojos se llenaron de la vulnerabilidad que realmente sentía.
    – Por eso quiero verte casada y feliz, querida, para que no tengas que pasar por lo que yo paso.
    Ashley sintió un nudo en la garganta y miró a su madre con ojos amorosos.
    – Madre, eres una mujer hermosa. Además eres lista y tienes una curiosidad intelectual y una calidez que apenas has potenciado. Me gustaría que te valoraras más. Lo mereces -respiró hondo-. No necesitas a Eric.
    Geraldine la sorprendió no enfadándose, si no suspirando y asintiendo.
    – Sé que tienes razón. Tengo que tomar una determinación -sonrió temblorosa y atrajo a Ashley para que se sentara junto a ella-. ¡Oh, Ashley! -musitó, abrazándola-. Siempre me siento mucho mejor después de hablar contigo.

    Kam las observaba desde la puerta. Había escuchado gran parte de la conversación y estaba sorprendido. Había esperado ver a Ashley convertida en una niña acobardada frente a su madre, pero lo que había presenciado no tenía nada que ver con eso. Era obvio que las relaciones familiares eran más complejas de lo que había asumido.
    Eric lo apartó para entrar en el salón.
    – ¿Habéis aclarado las cosas? -preguntó. Ellas seguían abrazadas-. Veo que sí. ¿Vas a volver con nosotros, Ashley? ¿Recojo tus cosas?
    – Vete, Eric -ordenó Geraldine-. Apenas hemos empezado la conversación.
    – Pero yo tengo una cita para jugar al tenis a las dos -protestó él-. No quiero llegar tarde. ¿No podéis daros prisa?
    Geraldine le cogió la mano como se la habría cogido a un hijo.
    – Esto requiere su tiempo, Eric. Tendrás que tener paciencia.
    Se oyó un ruido en el exterior, seguido de la entrada de un hombre maduro. Detrás iba una joven mujer voluptuosa y sexy. El hombre vestía pantalones cortos blancos y polo negro. Era elegante y atractivo.
    – Así que estáis aquí -dijo, al ver a Geraldine y a Eric.
    – Calla, Henry -dijo Geraldine-. Pareces como un personaje de una novela del siglo diecinueve.
    – Y tú te comportas como si lo fueras -respondió Henry, sarcástico-. ¡Pobrecita, siempre con una tragedia en el pasado y un plan descabellado para el futuro -miró a Eric con desaprobación-. ¿Qué vas a hacer ahora, vivir en una choza en la playa y pescar en los arrecifes de coral?
    Geraldine le miró furibunda.
    – Si Eric y yo deciciéramos vivir así, tú no tendrías derecho a opinar.
    De pronto, Henry vio a Ashley. Se precipitó hacia ella y la estrechó con fuerza entre sus brazos.
    – Aquí está mi niña, mi pequeño ángel -sujetándola aún, echó la cabeza hacia atrás y la contempló con expresión triste-. ¿Qué has hecho, mi pequeña?
    – Papá -empezó Ashley, a la vez que trataba de librarse de su abrazo.
    – ¿Cómo has podido hacerlo? -continuó su padre, adoptando tono de conferenciante-. ¡Pobre Wesley, está destrozado! ¡Es un alma en pena!
    – ¿De verdad? -preguntó Ashley incrédula, pues no podía imaginarse a Wesley en aquel estado.
    – Bueno…-intervino Christina, que acostumbraba a llevar la contraria a Henry-. Tu padre exagera. Wesley actúa de forma peculiar, pero yo no diría que esté sufriendo.
    Probablemente Christina era incapaz de concebir que un hombre sufriera por una mujer que no fuera ella.
    – Hubo una gran excitación al principio. Cuando se dio cuenta de que realmente te habías marchado recorrió la casa rompiendo tus fotografías, después tiró tu ropa por la ventana. Despidió al guardés por no haberte detenido y estuvo a punto de despedir a la criada, pero su madre no le dejó -al reír le entró hipo-. Fue muy divertido, de verdad.
    Ashley frunció el ceño.
    – Por lo que dices, estaba más furioso que triste.
    – Sí -intervino Eric, riendo a su vez-. Parecía más un chico con un bate de béisbol que un novio con el corazón destrozado.
    – Eric -le reprendió Geraldine-. Eso no es verdad.

    – Déjale hablar -dijo Ashley, sonriendo con tristeza-. Es sincero y esta familia necesita un poco más de honestidad -los miró de uno en uno-. ¿No estáis de acuerdo?
    Todos guardaron silencio. Su madre le cogió la mano y le sonrió con ternura.
    – Ahora todo ha acabado. Estoy segura de que has tomado la decisión correcta y estás preparada para volver y hacer lo que más te conviene, ¿verdad?
    Ashley liberó su mano y miró a Kam con expresión desesperada.
    – Todavía no lo hemos hablado -dijo, débilmente.
    – Ya tendremos tiempo de hablar cuando volvamos al hotel. ¿No quieres tomar un té en la piscina?
    Luego podemos llamar a los Butler y reconciliarnos. Ashley se miró las manos y guardó silencio.
    – Primero iremos a nuestro hotel. Tienes que lavarte y ponerte algo más presentable -miró el vestido con cara de espanto-. Luego, llamaremos a los Butler -continuó Geraldine.
    – No -dlijo Ashley, suavemente. Todos se volvieron a mirarla, sin dar crédito a lo que oían.
    – Y les diremos que quieres disculparte -siguió Geraldine.
    – No -repitió Ashley, con más determinación.
    Su madre se quedó callada un instante. Luego continuó, señalando a Ashley con un dedo amonestador.
    – Claro que vas a volver. Pasarás el resto de tu vida con Wesley y todo irá bien.
    Ashley siguió con la atención fija en sus propias manos, sacudiendo la cabeza. Los demás se miraron entre sí. Por fin, intervino su padre.
    – Los demás id a daros una vuelta -dijo con firmeza-. Yo me ocuparé de esto.
    Geraldine se levantó.
    – Es milagroso. Me alegro de que a estas alturas hayas decidido asumir tu responsabilidad como padre -cogió a Eric del brazo y salieron.
    – Yo no me voy -anunció Christina-. Pero necesito beber agua. No habléis de nada importante hasta que vuelva-añadió, saliendo de la habitación.
    Henry se sentó junto a Ashley y le pasó un brazo por los hombros.
    – Quiero hablar contigo sobre Wesley, pero tengo que librarme de Christina -dijo.
    Kam se dio por aludido y salió para entretener a Christina un rato.
    – Lo siento, papá, pero ¿no crees que es demasiado joven? -dijo Ashley.
    Henry comenzó a decirle que no cambiara de tema, pero al mirar en los ojos de Ashley, calló. -Tienes razón -admitió, con tristeza-. La verdad es que se pasa el día hablando de que quiere ser modelo y de cosas que no me interesan nada. Ashley sonrió, dándole una palmada en la mano. -Eso tiene solución -dijo, quedamente.
    Henry, inmerso en sus propios pensamientos, pareció no haberla oído.
    – El otro día le dije que cuando era pequeño no teníamos televisión en casa -comentó Henry-. Y me dijo que sería porque la electricidad no se habría inventado todavía -se reclinó sobre los almohadones como si estuviera agotado de tratar de entenderse con su novia-. ¿Cómo se puede ser tan ignorante?
    Ashley rió.
    – Lo sé, lo sé. Es una monada, pero tengo que dejarla -añadió su padre.
    Ashley le miró sorprendida.
    – ¿Es así de sencillo? -preguntó?
    – No. Se pega como una lapa.
    Ashley recapacitó.
    – Tengo una idea -dijo-. Consíguele un tabajo de modelo en Los Angeles. Estará encantada, y una vez esté situada, ella misma te dejará.
    Henry frunció el ceño.
    – ¿Crees que funcionará?
    Ashley sonrió desmayadamente, deseando que todos los problemas pudieran solucionarse tan fácilmente.
    – Te lo garantizo -dijo.
    Henry se animó, la atrajo hacia sí y soltó una carcajada.
    – Eres un genio. Voy a seguir tu consejo.
    Kam había sido testigo de gran parte de la conversación desde la puerta, y una vez más comprobaba que Ashley no era una marioneta manejada por su familia. Nada parecía ser lo que aparentaba.
    Christina volvió de la cocina.
    – Me dijiste que volverías para enseñarme a comer semillas de papaya -dijo, dirigiéndose a Kam-. A mí me saben fatal.
    – Lo siento -sonrió Kam-. Tal vez era una papaya macho. Hay que fijarse.
    Christina le miró suspicaz, pero cuando estaba a punto de decir algo, aparecieron Eric y Geraldine.
    – ¿Cómo van las cosas? -preguntó Geraldine.
    – ¿Qué? -preguntó Henry, con gesto culpable, dándose cuenta de que no le había dicho una palabra a su hija sobre Wesley-. No nos habéis dado suficiente tiempo -se excusó.
    Geraldine le ignoró.
    – Seguro que te pusiste a hablar de otra cosa, como siempre. No tenemos todo el día -se sentó junto a Ashley y le cogió la mano, exgiéndole que le prestara atención.
    – Cariño, tienes que volver con Wesley, eso es todo. Sabes que tu padre tiene negocios con la familia Butler y tu actuación no va a ser beneficiosa. Él ya no es joven y no podría volver a empezar. No puedes hacerle esto. Al fin y al cabo, es el único padre que tienes.
    Ashley la miró, soprendida de que hiciera aquella defensa de su padre. Henry también la miraba sin comprender.
    – Geraldine, no sabía que eso te preocupara -dijo él, dulcemente.
    – Claro que sí -dijo ella, cortante-. Me preocupa lo que te pase. Al fin y al cabo, hubo un tiempo en que estuve enamorada de ti.
    – Pero llevamos veinte años divorciados -comentó Henry, con ojos brillantes.
    Geraldine continuó, acentuando los aspectos prácticos de la situación.
    – Tu padre siempre te ha ayudado y ahora necesita tu apoyo.
    Todos miraron a Ashley, expectantes.
    – No -susurró ella.
    – ¿Qué dices? -exclamó su madre, indignada.Ashley levantó la barbilla.
    – No -repitió más alto-. No, no y no. No volveré, no puedo.
    – ¿Qué es lo que no puedes hacer?
    – Volver con Wesley. No le amo, ni tan siquiera me gusta y no puedo casarme con él. -Eso es imposible.
    – Lo siento, no puedo.
    Hubo una conmoción general. Kam decidió que era el momento de intervenir.
    – Ya habéis oído -dijo, cruzando los brazos sobre (I pecho-. Se queda aquí.
    Geraldine le miró de arriba abajo, como si le viera por primera vez.
    – ¿Tú qué tienes que ver en esto? -preguntó, arrogante.
    – Te voy a decir una cosa -respondió Kam, mirándola fijamente-. Os he observado desde que haréis llegado y creo que a ninguno os importa Ashley de verdad. Sólo os preocupáis de vosotros mismos y de vuestros intereses.
    Kam calló un instante, mirándolos detenidamente.
    – Ese es mi papel aquí -continuó-. Ocuparme de Ashley.
    – ¿La dejarías marchar si quisiera? -preguntó llenry.
    Kam le miró fijamente.
    – Por supuesto. Esa es decisión suya.
    Después de varios comentarios entrecortados y cierta indecisión, los visitantes se fueron. Kam y Ashley se quedaron a solas.
    – Ahora qué -preguntó Kam, mirándola con ternura.
    Ashley le miró con ojos brillantes.
    – :Ahora qué? -interrogó a su vez-. No tengo ni idea -se aproximó a él, sintiéndose vulnerable-. Abrázame, por favor, Kam -suplicó.

    Ashley y Kam bajaron al pueblo y comieron en un restaurante italiano donde conocían a Kam desde pequeño. El dueño tocó el acordeón para ellos y las camareras cantaron melodías románticas y arias de ópera. Bebieron vino blanco y comieron en mesas con manteles de cuadros y velas. Ashley no recordaba haber pasado un rato tan delicioso en toda su vida. Nunca había visto reír a Kam tanto. Contaba chistes y se divertía con las locuras que ella le contaba.
    – ¿Sabes cómo me siento? -preguntó Ashley, cuando volvían hacia la casa bajo una luna tropical-. Como si estuviéramos en una película sobre la Segunda Guerra Mundial, tú tuvieras que partir al frente en una misión peligrosa y ésta fuera nuestra última noche juntos.
    Kam la atrajo hacia sí y la miró intensamente.
    – Ashley, nunca he conocido a nadie como tú -dijo. El corazón le latía con fuerza-. Eres muy especial para mí.
    – Lo mismo digo -dijo ella, besándole y preguntándose si aquel sentimiento era el estar enamorada.
    Llevaba un vestido de gasa blanco con los hombros descubiertos. Ashley lo había encontrado entre las cosas que Shawnee le había comprado. Cuando se lo había probado para enseñárselo a Kam, éste la había mirado aprobadoramente y no había podido resistirse a besarla. De vuelta a casa, se detuvieron en una tienda abierta para comprar provisiones.
    – No vamos a hacer el amor más sin protección -había dicho Kam.
    Pero hicieron otra vez el amor. Y otra. Y lo siguieron haciendo cuando el día despuntaba. Al fin y al cabo, tal vez era su última noche juntos.

    Volver a la mansión de los Butler no fue fácil, pero Ashley entró en ella con la cabeza alta, saludó a los mayores y fue directa al despacho de Wesley.
    Éste estaba sentado en su escritorio. La miró con hostilidad.
    – Wesley -dijo Ashley, con firmeza-. He venido a decirte que lo siento.
    Wesley la miró fijamente. Su rostro no reflejaba emoción alguna.

Capítulo Nueve

    – Tengo que ir a ver a Wesley.
    Kam la miró desde el otro lado de la mesa y guardó silencio.
    Ashley sonrió tímidamente.
    – Sabes que tengo que hacerlo.
    Kam asintió con la cabeza. Estaba contento de que Ashley hubiese tomado esa decisión. Cuanto más la conocía más se daba cuenta de lo lejos de la realidad que estaba la primera impresión que tuvo de ella como una mujer superficial e irresponsable.
    – Te acompañaré -dijo-. Te esperaré fuera por si acaso.
    Ella sonrió, agradecida.
    – Gracias -extendió el brazo y le cogió la mano-. Me alegro de haber asaltado tu casa.
    – Yo también -dijo él.
    – Pedir perdón no es suficiente -dijo, lentamente.
    – Ya lo sé. Hice algo espantoso de lo que me arrepentiré siempre, y no sé como compensarte.
    Wesley se acomodó en el asiento y la miró con los ojos entrecerrados.
    – Cásate conmigo -dijo, fríamente. Ashley le miró soprendida.
    – Wesley, no puedo casarme contigo. Es tan imposible como el día que me escapé.
    Wesley se echó hacia delante y entrecruzó las manos sobre el escritorio.
    – Eso es lo que me molesta. ¿Por qué no puedes concebir casarte conmigo?.
    Ashley se humedeció los labios. -Esa no es la cuestión -dijo.
    – Entonces ¿Cuál lo es? -exigió él-. ¿Tienes idea de lo que me has hecho? No puedo dormir. No hago más que preguntarme qué te repugna tanto de mí.
    – Wesley -protestó Ashley, sintiéndose culpable-. No sé que decir.
    – Ya lo sé -la miró enfadado-. Al fin y al cabo, tampoco yo quería casarme contigo, per al menos no huí en el último minuto dejándote plantada ante el altar, con todo el mundo mirándote.
    Ashley frunció el ceño. Dudaba haber entendido correctamente.
    – ¿Qué? -preguntó, pidiendo una explicación.
    – No finjas, Ashley. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo. Mis padres me forzaron a aceptar el compromiso en la misma medida que los tuyos a ti. Nunca nos amamos y los dos lo sabíamos.
    Ashley tragó saliva. Quería reír. Nunca se le había ocurrido pensar que Wesley no la quisiera. Oyendo lo que acababa de oír, se sentía tremendamente ingenua.
    – Los dos sabiámos que aceptábamos un matrimonio por interés. Yo estaba dispuesto a cumplir mi parte, pero tú tuviste miedo en el último momento y lo estropeaste todo.
    – ¿Todo?
    – Los acuerdos entre las compañías de tu padre y el mío. ¿No te lo han dicho?
    Ashley negó con la cabeza, atónita.
    – Debían habértelo contado. Tal vez así habrías pensado en otra manera de librarte de mí.
    – Estoy segura -exclamó Ashley, sin salir de su sopresa.
    Wesley sacudió la cabeza, mirando a Ashley como si le diera pena.
    – Sé que en las dos últimas semanas pensaste que te trataba mal -dijo, suavizando su tono-, pero yo tampoco estaba contento. Sin embargo, era demasiado tarde para echarme atrás. En cambio tú tenías otros planes.
    – No tenía ningún plan -dijo ella-. Sólo supe que no podía hacerlo.
    Wesley la miró y suspiró.
    – Tal vez sea lo mejor. Al fin y al cabo, el negocio de tu padre no ha ido bien en los últimos tiempos. Dedica demasiado tiempo a perseguir mujeres. Deberías hacer algo al respecto.
    Ashley asintió.
    – Y respecto a Kam Caine…
    Ashley levantó la cabeza y abrió los ojos.
    – Sí, Ashley, sé que es el nuevo hombre de tu vida. Te has quedado con un antiguo rival mío y eso duele aún más -sonrió, pero su expresión era seria-. Dile que sigue siendo un mal nadador y que le ganaré siempre que quiera, aunque no en lo que se refiere a ti -se encogió de hombros-. Márchate, Ashley. Vuelve con tu nuevo novio y que tengas suerte. Ashley se levantó. Tenía ganas de llorar de alegría.
    – ¿Qué harás tú? -preguntó.
    – Me voy a ocupar de la sucursal de Dallas. Necesito cambiar de sitio.
    Ashley asintió y extendió la mano.
    – Suerte -dijo él, estrechándole la mano-. Y gracias por hacerlo que yo no tuve la valentía de hacer. ¿Te das cuenta de que ahora estaríamos casados? -hizo una mueca-. Nos hemos librado de milagro.
    – Cuesta creerlo -comentó Kam al recibir las noticias de Ashley-. Tal vez Wesley madure con el tiempo.
    – Lo dudo -bromeó ella, mirando el perfil de Kam mientras éste conducía el coche hasta la casa-. Y ahora tenemos el resto del día para nosotros antes de que te vayas. ¿Tienes algún plan? -preguntó.
    – Si -dijo él, parando el coche-. Voy a estar muy ocupado.
    – ¡Oh! -exclamó Ashley, desilusionada. Kam la atrajo hacia sí.
    – Voy a estar muy ocupado contigo, Ashley -le besó la mejilla ruidosamente-. ¿Qué quieres que hagamos?.
    Nadaron juntos como un par de delfines, riendo y salpicándose. Luego se ducharon, gozaron del placer de enjabonarse el uno al otro y acabaron haciendo el amor.
    Comieron tarde en un pequeño restaurante con vistas al mar. Ashley cantó una canción francesa que hizo reír a Kam.
    Pasaron a ver a Shawnee y Kam le pidió prestado el viejo coche de su hijo Jimmy.
    – Pero si no es seguro que me quede -protestó Ashley.
    – Al menos tendrás un vehículo hasta que te decidas -dijo él-. Quiero que tengas un medio de locomoción.
    Echaron una siesta uno en brazos del otro, musitándose dulces secretos al oído.
    – Mañana a esta hora no estarás aquí dijo Ashley con tristeza, apoyando la cabeza sobre el pecho de Kam.
    Kam guardó silencio
    – Estaré trabajando -dijo, al fin, con cierta brusquedad-. ¿Vas a quedarte?
    Ashley se giró para mirarle.
    – Creo que sí -dijo, dulcemente-. Al menos por ahora -sonrió y jugueteó con el cabello de Kam-. Tal vez trabaje con Shawnee en el restaurante hasta que me llegue el próximo libro para ilustrar.
    – Bien -dijo él, besándola en la mejilla-. Así Shawnee cuidará de ti.
    Ashley no entendía por qué eso parecía hacerle tan feliz, cuando le había dicho claramente que iba a estar demasiado ocupado para ir a verla.
    Ashley no quería hacerle preguntas. Era libre y no quería atarlo con promesas. Tampoco ella quería atarse. Al menos eso creía, aunque sus sentimientos eran cada vez más confusos.
    – Me alegro de que fueras a ver a Wesley -dijo Kam, cuando preparaban la cena en la cocina-. Ahora puedes olvidarlo todo.
    – Eso será relativamente fácil -dijo ella, a la vez que cortaba el apio-. Lo malo es ver confirmada la teoría de que en mi familia nadie es capaz de conservar una relación. ¿Qué impresión te produjo ver a mis padres con sus respectivas parejas?
    – Pensé que estaban todos un poco locos -admi. tió él-. ¿Sabes una cosa? Creo que tus padres sigurcc enamorados, pero no son capaces de admitirlo.
    Ashley sacudió la cabeza vehementemente.
    – Esa relación está muerta hace tiempo. Los dos padecen una enfermedad innata: no son capaces de establecer compromisos. Es una pena que yo la haya heredado.
    Kam se volvió y cogió el rostro de Ashley entre sus manos, mirándola a los ojos intensamente.
    – No te creo, Ashley -dijo, solemnemente-. Sobre todo después de lo que vi ayer.
    Ashley pestañeó y fijó la mirada en aquellos ojos que tal vez estaba empezando a amar. -¿Qué viste?
    – Te vi tal y como eres y no como crees ser. Creí que eras una niña mimada y caprichosa, acostumbrada a conseguirlo todo de tus padres mientras hicieras lo que ellos querían.
    Ashley le escuchaba con la cabeza ladeada. -Hubo un tiempo en que esa descripción hubiera sido acertada -dijo.
    – Yo he visto algo completamente distinto. Eres tú quien siempre está disponible para ellos, sirviéndoles de apoyo.
    Ashley reflexionó un instante.
    – Tal vez tengas razón -admitió.
    – Por eso no has podido enamorarte ni tener una relación propia, y no porque no seas capaz de comprometerte -la besó con ternura-. Eres la pieza central de tu familia, pero no tienes por qué serlo. Ellos deben aprender y tú debes pensar en formar tu propia familia. Sólo tienes que evitar cometer los mismos errores que ellos y todo irá bien.
    Ashley imaginó la situación que Kam le planteaba y se dio cuenta de que sólo le parecía perfecta si incluía al propio Kam. El saber que él ni siquiera lo consideraría le produjo dolor.
    – Lo pensaré -dijo alegremente, ocultando la trisi(-/a que sentía.
    Cuando acabaron de cenar, Kam se puso a hacer las maletas, ayudado por Ashley. Los dos estaban serios. Su sentido del humor se había esfumado y parecían incapaces de bromear.
    – Quedan cuarenta y cinco minutos para el vuelo. Será mejor que te vayas -dijo, llegado el momento, Ashley.
    – Tienes razón -respondió Kam, indeciso.
    Le dió un un beso de despedida. Ella se volvió para ocultar las lagrimas que se agolpaban en sus ojos al verlo partir. Escuchó el sonido del coche alejarse y fue al cuarto de baño a lavarse la cara y inirarse en el espejo.
    El romance se había acabado. Aquellos instantes idílicos, tal vez los mejores de su vida, habían pasado. Así debía pensarlo y debía actuar en consecuencia.
    De pronto oyó la puerta de entrada. El corazón le dió un vuelco y salió corriendo. Kam entraba en el salón. Corrió hacia él y se echó en sus brazos.
    – Puedo coger el primer avión de la mañana -dijo
    Kam con la respiración entrecortada.
    Ashley no necesitó más explicaciones.
    Kam la besó haciéndola temblar con la anticipación del deseo. Ashley buscó la piel de Kam por debajo de la camisa. Su vestido pareció caer al suelo por sí mismo, dejando paso a las caricias de Kam, que se afanaba en descifrar cada curva de su cuerpo.
    Ashley ya no tenía nada que ocultar. No guardaba secretos para él, y su cuerpo tampoco. Él era el único hombre que la había poseído desvelándole los placeres ocultos que sólo él provocaba en ella. Ashley le necesitaba a él y no a otro, porque sólo él la había guiado hasta la plenitud.
    Kam la deseaba tan ardientemente que parecía querer poseerla con cada una de sus caricias, y Ashley ansiaba responder con su propio deseo.
    Cayeron sobre el sofá, entrelazando sus cuerpos en un nudo imposible. Ashley temblaba esperando el momento en que él la penatrara. Él la tomó triunfante, victorioso. Ella creyó convertirse en una fuerza de la naturaleza. Ambos entraron en un mundo de sensaciones, de vértigo, donde se aferraban el uno al otro como único contacto con la realidad.
    Cuando acabaron, Ashley dejó escapar un suspiro mezcla de placer e incredulidad. Kam sonrió y la besó.
    – Juramos no volver a hacerlo fuera de la habitación -recordó Ashley.
    – Mentimos -dijo él-. Podemos hacerlo donde nos dé la gana.
    Ashley rió. Kam tenía razón, pero hubiera tenido aún más si hubiera añadido «cuando nos de la gana».
    A pesar de lo feliz que se sentía al haber tenido a Kam aquellas horas de más, Ashley sabía que solo la reclamaba temporalmente. Pronto se iría y la dejaría atrás.

Capítulo Diez

    Era ridículo. Hacía tan sólo una semana que lo conocía y Ashley se sentía incapaz de vivir sin Kam. Si el movimiento de liberación de la mujer se enteraba, pensaba ella, la colgarían de los pulgares. Era obvio, se decía a sí misma, que tenía una personalidad dependiente. Tenía que aprender a cuidarse por sí sóla, particularmente teniendo en cuenta su incapacidad para establecer una buena relación. La soledad era su destino, se decía, y debía acostumbrarse a ella.
    Pero no era eso lo que deseaba. Quería a Kam. Sin él la vida no merecía la pena, y Ashley estaba dispuesta a andar sobre brasas ardiendo con tal de tenerlo para sí.
    – No puedes vivir con ellos,pero tampoco sin ellos -se decía, a la vez que empezaba a pensar que el segundo caso era más cierto que el primero.
    Por primera vez estaba dispuesta a considerar tener una relación. La idea de formar pareja con Kam le hacía ver las cosas de otra manera. Incluso la palabra maldita, «matrimonio», empezaba a sonarle de otra manera.
    Los días trancurrían plácidamente a pesar de su soledad. Shawnee y ella se hicieron pronto buenas amigas y compañeras de trabajo. Se habían caído bien desde el primer momento, y Ashley pasaba más tiempo en el restaurante del que le correspondía.
    A lo largo de las semanas que siguieron, fue conociendo a toda la familia Caine. Shawnee ocupaba el lugar del cabeza de familia y todos pasaban a saludarla.
    Al primero que conoció fue al marido de Shawnee, Ken. Era abogado. Había abandonado su despacho en la gran ciudad para abrir uno pequeño en la isla y ocuparse de las pequeñas disputas locales.
    – Nunca me haré rico -solía decir cuando le preguntaban-. Pero no me moriré de un ataque al corazón a los cuarenta y cinco años.
    El hermano de Kam, Mack, y su mujer, Taylor, solían ir a cenar una vez a la semana. El le recordaba a Kam. La pareja estaba muy enamorada y las miradas amorosas que se dirigían despertaban en Ashley un deseo acuciante de ver a Kam.
    Al último que conoció fue a Mitchell. Era totalmente distinto a los otros dos, muy bromista y divertido. Su mujer, Britt, era dulce y callada. Habían adoptado unos gemelos de un año,muy revoltosos.
    Viéndolos, Ashley pensaba lo maravillosos que eran los niños y se preguntaba cuándo sabía una mujer si estaba embarazada. Ella nunca lo había estado, pero tenía una extraña sensación física que le hacía preguntarse cuáles serían los síntomas. A veces le entraba la duda, pero pronto ahuyentaba esos pensamientos, diciéndose que cosas así no pasaban en la realidad.
    Los días pasaban y Kam no la llamaba. Telefoneó a Shawnee en un par de ocasiones, siempre preguntando por Ashley, pero nunca la llamó directamente. Shawnee trató de sonsacarle por qué se comportaba de una manera tan cruel, pero él la ignoraba.
    – Tiene miedo -comentó Shawnee a Ashley-.Eso es lo que le pasa.
    Ashley rió. La idea le parecía absurda.
    – ¿Por qué iba a tener miedo? -preguntó.
    Shawnee reflexionó antes de contestar.
    – Sabes que durante años he querido que Kam se casara -dijo al fin.
    – ¿Y si él no quiere casarse? -preguntó Ashley, concentrando su atención en sus uñas.
    – Ese es el problema -dijo Shawnee-, que no quiere casarse. Pero ahora que yo he comprobado lo maravilloso que es estar casada, no pienso parar hasta conseguirlo.
    Ashley no quería participar en los planes de Shawnee, pero hubiese querido que Kam supiera que ella no tenía deseos de atraparlo.
    Si el no quería aceptar un compromiso matrimonial, ella estaba dispuesta a aceptarlo. Sólo quería estar con él, y le dolía que él no la necesitara de la misma manera. Ashley ansiaba hablar con él y aclarar las cosas.
    Mientras, debía tranquilizarse. Se sentía en medio de una tormenta a punto de estallar, y lo único que podía hacer era esperar.
    – Como te dije ayer, llevo años busacando la mujer apropiada para Kam -comentó Shawnee al día siguiente mientras hacían la caja-, pero he desistido.
    – ¿Es una causa perdida? -dijo Ashley, secamente.
    – No -respondió Shawnee dirigiéndole una rápida mirada-. Creo que él mismo la ha encontrado. -¿Quién es? -preguntó Ashley, tratando de aparentar indiferencia.
    – Tú.
    – ¿Yo? -sacudió la cabeza, riendo-. No creo. -¿Por qué no?
    Ashley suspiró.
    – No se me dan bien las relaciones. Es un problema innato. Nunca he mantenido una relación estable, y no creo que lo consiga en el futuro.
    Ashley hablaba tal y como le dictaba el pasado, pues ya no sentía lo mismo. El conocer a Kam le había hecho cambiar de opinión, pero mientras él no coincidiera con ella, prefería seguir apegada a sus viejas creencias.
    – No digas tonterías -dijo Shawnee-. No se te darán bien las malas relaciones, pero ya verás lo bien que se te da una buena relación.
    Shawnee era más optimista que Ashley.
    Esta trabajaba en el restaurante y por las tardes se dedicaba a pensar en lo que Kam estaría haciendo y a preguntarse por qué no llamaba. Tenía tanto tiempo para pensar que a veces le costaba seguir la línea de sus propios pensamientos. Se sentía algo aturdida y no dejaba de preguntarse qué haría Kam y por qué estaba tan hambrienta por las mañanas.
    – Tengo que llevar el dinero al banco. ¿Te importaría llevarle la comida al tío Reggie? -preguntó Shawnee uno de aquellos días.
    Ashley cogió las llaves de debajo de la barra y pensó en el tío de Kam y en su misteriosa espera. Desde que trabajaba en el restaurante había oído hablar mucho de él, pero todavía no lo había conocido.
    – Por supuesto. Se la llevaré de camino a casa. ¿Dónde vive? -preguntó.
    – En una cabaña que ha contruído él mismo en lo alto del acantilado -dijo Shawnee-. Tiene un apartamento en el pueblo, pero ha decidido vivir como un mendigo y esperar a su sirena.
    – ¿Cuándo empezó a creer en la sirena? Shawnee suspiró.
    – Todo empezó con un documental sobre las sirenas de Hamakua Point.
    Había sirenas de verdad -preguntó Ashley, sorprendida.
    – Por supuesto que no -dijo Shawnee, poniendo los ojos en blanco.
    – ¿Entonces…?
    – Es una historia demasiado complicada para contártela ahora.
    – Shawnee -dijo Ashley-. ¿Habéis considerado la posibilidad de llevarlo a un psiquiatra?
    – He hecho que le vieran distintos médicos, y todos dicen que está más cuerdo que todos nosotros. He llegado a pensar que son ellos los que necesitan terapia.
    Ashley se sintió un poco inquieta teniendo que llevar las hamburguesa a aquel extraño hombre, pero éste la hizo sentir cómoda de inmediato. Era alto y guapo, de cabello cano. A pesar de las condiciones en las que vivía, tenía un excelente aspecto.
    – Adelante -la invitó, abriendo la puerta de su guarida.
    La habitación estaba ordenada y limpia. En las paredes había numerosos dibujos de sirenas.
    – Son muy hermosos -dijo Ashley, contemplándolos-. ¿Quién los ha hecho?
    – Yo -respondió Reggie.
    – Me encantan -comentó Ashley-. ¿Ha pensado alguna vez en hacer ilustraciones para cuentos?
    – Sólo hago sirenas -respondió él, con solemnidad.
    Ashley no supo qué decir.
    – Tengo que volver al trabajo -dijo él, bruscamente.
    – ¿Cuál es su trabajo? preguntó Ashley, divertida.
    – Otear el horizonte -dijo él, mostrando unos prismáticos-. ¿No lo sabías?
    – Como ves, hay una conexión mal hecha en nuestra información genética -masculló Shawnee cuando Ashley le contó a la mañana siguiente su visita a Reggie-. Es espantoso que la gente te pare en la calle y te pregunte qué le ha pasado a tu tío, siendo un hombre tan cuerdo como solía ser.
    – Era un tipo estupendo -intervino Jimmy, el hijo de Shawnee, que las había ido a ver al restaurante-. Trabajamos juntos en un documental. Entonces no estaba así.
    Shawnee sacudió la cabeza.
    – No te preocupes -dijo Jimmy-. Sabes que estos periodos de locura se le acaban pasando.
    – No lo sé -dijo Shawnee, con tristeza.
    Pero su melancolía se pasó en cuanto Jimmy y ella se sentaron a discutir el futuro viaje del chico a Asia.
    – Jimmy va a dejar el colegio por un año -explicó a Ashley, cuando ésta les trajo una taza de café-. Acaba de romper con su novia y tiene que cambiar de aires. Yo le pago la mitad del viaje y su padre le dará algo de dinero para que no le falte. Atravesará Japón en tren y tal vez vaya a Australia. Va a ser una gran experiencia.
    Más tarde, cuando Ashley vio lo triste que Shawnee se ponía al marcharse Jimmy, pensó en lo difícil que iba a ser para ella pasar doce meses sin su hijo, y revivió su propia tristeza al decir adiós a Kam. Sólo entonces había descubierto lo traumático que podía ser despedirse de un ser amado. Había pasado ya un mes.
    – ¿Por qué no viene? -preguntó a Shawnee, no pudiendo reprimirse por más tiempo-. Ha pasado ya un mes. ¿Por qué no ha venido ni siquiera un fin de semana.
    – Siempre tarda en venir -dijo Shawnee, esquivando la mirada de Ashley.
    – Pero podía haber venido a verme -protestó Ashley.
    – Tienes razón -dijo Shawnee, frunciendo el ceño-. Ha llegado el momento de hacer algo. Shawnee llamó a Kam al día siguiente.
    – ¿Por qué sigues en Honolulu? -le preguntó, en cuanto Kam se puso al teléfono.
    – ¿No sabes que aquí es donde trabajo? -¿No te importa Ashley? Kam guardó silencio unos segundos.
    – Por supuesto que me importa Ashley -admitió, al fin-. Pero puede cuidar de sí misma.
    – Tal vez.
    – ¿Qué quieres decir? ¿Pasa algo? -dijo, preocupado.
    – No pasa nada, pero te echa de menos. Kam se tranquilizó. -Shawnee, no te metas en esto -dijo. -No quieres volver a enamorarte. ¿Es eso? -No es asunto tuyo.
    Shawnee apretó el auricular como si fuera un bate de béisbol.
    – Tratas de ocultarte en el mundo ordenado de la ley, donde todo es lógico y no hay cabida para los sentimientos.
    Hubo un silencio. Cuando Kam respondió, lo hizo en tono irritado.
    – Iré cuando pueda. Ahora vete a la cama y deja de intentar arreglar la vida de los demás.
    Las palabras de Shawnee sonaron en sus oídos hasta mucho después de colgar el teléfono. Por supuesto que Ashley le importaba. Tanto, que le daba miedo volver tan pronto. Creía que con el tiempo sus sentimientos se atenuarían, pero no había sido así.
    Ashley ocupaba su mente día y noche. La echaba tanto de menos que pasaba las noches en vela, y se preguntaba si no sería todo un espejismo elaborado por su mente.
    Trató de convencerse de que era así, pero no dejaba de echar de menos a la mujer de carne y hueso que había abrazado.
    En un principio había creído que se parecía mucho a Ellen, pero al irla conociendo, se había dado cuenta de su error. A Ellen le gustaba el peligro, era irresponsable. Ashley era distinta. Era impulsiva y arriesgada, pero no buscaba el riesgo como Ellen lo hacía.
    Viéndola así, se daba cuenta de que, al contrario que Ellen, Ashley podía cuidar de sí misma y no necesitaba a alguien que se ocupara de sacarla de situaciones difíciles.
    ¿Por qué, se decía Kam, no se permitía amarla? ¿Cuál era su problema? Kam no podía explicarselo, pero lo cierto era que tenía miedo.
    – Necesito más tiempo -se dijo-. Pronto sabré la verdad.

    Los padres de Ashley pasaron a despedirse de ella al abandonar la isla. Aparecieron juntos, sin Eric ni Christina. Ashley se sorprendió al ver que iban como pareja. La sorpresa fue sustituida por irritacion, sin que Ashley supiera bien el motivo.
    – ¿No es maravilloso? -exclamó su madre, mostrándole el anillo de diamantes que lucía en el anular-. Vamos a casarnos.
    Ashley la miraba con expresión seria. Cruzó los brazos sobre el pecho y se irguió.
    – No -dijo, con firmeza-. No lo consentiré.
    Ambos la miraron atónitos.
    – Ashley, querida, deberías estar encantada -murmuró su madre, desconcertada.
    Ashley sacudió la cabeza.
    – Ni hablar -añadió.
    – Pero Ashley -suplicó su padre-. Nos amamos. ¿No nos vas a dar tu bendición?
    Ashley titubeó unos instantes.
    – Os diré lo que haremos. Quiero un periodo de prueba de seis meses. Esas son mis condiciones. Os habéis pasado la vida tomando decisiones irresponsables con las que herís a otras personas. Por una vez quiero que penséis las cosas. Si en seis meses todavía queréis hacerlo, os casáis. Y si lo hacéis, os prometo organizar una boda espectacular.
    Sus padres reaccionaron como niños castigados, pero aceptaron las condiciones.
    – Seis meses -comentaron al dejar la casa-. Volveremos y pasaremos la luna de miel en Hawaii.
    Ashley lo dudaba. Seis meses era mucho tiempo para que siguieran enamorados. Quería creerlo, pero la habían desilusionado demasiadas veces como para confiar en ellos.
    – Yo no soy como ellos -se dijo, sentándose bajo una palmera y contemplando el mar, melancólica.
    Cruzó las manos sobre su vientre y se quedó pensativa.

    – Es el acontecimiento de la temporada anunció Shawnee a la mañana siguiente-. Reggie ha pescado a su sirena.
    – ¿De qué hablas? -preguntó Ashley.
    – Hablo de sueños que se hacen realidad y de un mundo que se está volviendo loco -dijo Shawnee. -Cuéntamelo todo -exigió Ashley. Shawnee respiró hondo y se apoyó en la barra.
    Echó una ojeada para comprobar que todos los clientes estaban atendidos.
    – Es una locura. Parece ser que esta madrugada Reggie observó algo extraño entre las rocas. Él dice que supo de inmediato que se trataba de ella, que podía sentirlo -Shawnee se encogió de hombros-. Y a estas alturas yo ya no dudo nada.
    Ashley frunció el ceño, confusa.
    – ¿De qué estás hablando?
    – Era una mujer. Había naufragado.
    – Entonces, no era una sirena de verdad -dijo
    Ashley, desilusionada, pero aceptando la realidad. Shawnee soltó una carcajada.
    – Cuéntaselo a Reggie -levantó las manos en un gesto de desesperación-. Lo cierto es que si no fuera por él, ahora estaría muerta.
    Ashley entrecerró los ojos, y miró a un punto perdido.
    – Ella le debe la vida -comentó-. Es maravilloso.
    – Lo que no me explico -siguió Shawnee, bajando el tono de voz-, es cómo sabía él que algún día aparecería.
    Ashley la miró fijamente y sacudió la cabeza lentamente.
    – No lo sabía. Fue tan solo una coincidencia. -Tal vez si y tal vez no. Lo cierto es que esperó y, al final, ella apareció.
    Guardaron silencio.
    – ¿Cree amarla? -preguntó Ashley.
    – Así es, y parece ser que ella a él también.
    – Es normal. Estará agradecida. Shawnee negó con la cabeza.
    – El médico dice que es algo más que eso, que hay algo espiritual en todo ello, como si ambos se conocieran de una vida pasada.
    Ashley se mordió el labio inferior, pensativa.
    – Es una locura -musitó.
    – Reggie siempre ha estado un poco loco. Tal vez su sirena también lo esté.
    Siguieron juntas un rato, en silencio, reflexionando sobre los misterios del destino. Después, cada una siguió con sus ocupaciones.
    La lección a extraer de todo ello, pensó Ashley, era que Reggie había esperado y había encontrado lo que quería. Ella se preguntaba si su propia espera sería en vano.
    Esperó y esperó, pero Kam no aparecía. Decía que lo haría, pero siempre se lo impedía algo. La primera semana de Noviembre su cliente se intentó suicidar y Kam se quedó para hacerle compañía. La semana siguiente se puso enfermo.
    – No son más que excusas-protestó Ashley-. No viene porque no quiere verme.
    – No es posible -dijo Shawnee.
    – Estoy segura.
    – Siempre pregunta por ti. Le preocupa que hagas algo peligroso o arriesgado. Ashley asintió.
    – Es por Ellen -dijo Ashley, con tristeza. Shawnee titubeó.
    – Probablemente, Pero estoy segura de que le importas.
    Ashley la miró, desesperada.
    – Si realmente le importara, vendría. Shawnee suspiró.
    – ¿Qué vas a hacer -preguntó.
    Ashley sacudió la cabeza.
    – Estoy a punto de darme por vencida -dijo-. No puedo obligarle a quereme. Quizá deba volver a San Diego.
    Shawnee protestó debilmente. Si Kam iba a portarse tan mezquinamente, ella no podía hacer nada.
    Ashley estaba en casa de Shawnee cuando Kam llamó al día siguiente con otra excusa: su apartamento se había inundado y tenía que quedarse.
    Ashley se sentó en el sofá. Sentía naúseas. Kam no iría nunca. Iba a dejarla marcharse sin volver a verla, y la idea era insoportable.
    De pronto se le ocurrió una cosa. Se volvió hacia Shawnee.
    – Dile que voy a tirarme en ala delta -dijo, quedamente.
    Shawnee tapó el auricular.
    – ¡No lo dirás en serio!
    – Por supuesto que no -dijo Ashley, tranquilamente-, pero dile que lo voy a hacer -estiró la piernas frente a sí y entrecerró los ojos-. Dile que si no viene mañana, me tiraré desde el acantilado más alto.
    Shawnee frunció el ceño. No entendía el plan de Ashley, pero hizo lo que indicaba. Cuando colgó, lo hizo muy despacio.
    – ¿Qué ha dicho? -preguntó Ashley.
    – Nada -dijo Shawnee, mirandola con curiosidad-. Dijo una palabrota y colgó.
    Ashley se alegró. Sabía que Kam podía estar enfadado y tomar la decisión de ignorarla, o llamar a la agencia de viajes y reservar un billete. Sólo tenía que esperar para conocer la respuesta.
    Kam se dirigía al aeropuerto. Iba a ver a Ashley, y la perspectiva le atemorizaba.
    No pensaba dejarla tirarse en ala delta. ¿Acaso se había vuelto loca?
    Mientras subía al avión recordaba las cosas que la había visto hacer: huir de su boda, retar al pueblo al billar, enfrentarse a sus padres y a Wesley. Todo le hacía pensar que era capaz de cumplir su última amenaza.
    – Tendrá que pasar sobre mi cadaver -murmuró, ante la mirada procupada de su compañero de viaje.
    Empezaba a culparse por no haber aceptado antes que la necesitaba, por haber tratado de engañarse en lugar de aceptar que la quería a su lado.
    Al fin estaba dispuesto a admitir la verdad que había ocultado todos aquellos años. Su problema no era lo ocurrido con Ellen, sino su incapacidad para relacionarse con las mujeres, tal y como Shawnee le había dicho. Se había ocultado tras la ley, sus reglas y regulaciones, para evitar enfrentarse al misterio que representaban las mujeres.
    Siempre le habían gustado pero le aturdían. No entendía por qué pensaban como pensaban y hacían lo que hacían. Cuando estaba con una mujer nunca sabía qué debía hacer, ni era capaz de predecir qué nueva sorpresa le tendría preparada. Era como andar sobre arenas movedizas.
    Ellen era el estereotipo de ese comportamiento.
    Siempre dispuesta a tirarse desde un acantilado, asumiendo que él estaría allí para recojerla. La única vez que falló, la perdió para siempre. Y en ese momento se había jurado no volver a correr ese riesgo. Solo quería ser responsable de aquellas cosas que podía controlar, es decir, él mismo.
    Ashley era distinta. Había sido sincera con él, le había contado cada detalle de su vida y de lo que pensaba. Aun así, él la había abandonado.
    Ahora ya no pensaba seguir huyendo. Corría hacia ella. Tan sólo esperaba no llegar demasiado tarde.
    Ashley estaba a punto de meterse en la cama cuando Kam apareció. Salió de la habitación y se quedó mirándolo. Estaba seria.
    – Hola -saludó él, con las manos en los bolsillos.
    Ashley pensó que estaba más guapo que nunca, pero no estaba dispuesta a dejárselo saber. Levantó la barbilla, retadora.
    – Parece ser que no quieres que haga ala delta. Kam asintió. Sus ojos verdes centelleaban.
    – No solo no quiero que lo hagas, si no que te lo prohíbo.
    – Me lo prohíbes -repitió Ashley-. Esa es una palabra extraña y poco apropiada.
    Kam se aproximó hasta colocarse frente a ella, mirando fijamente sus ojos desafiantes. -¿Te has vuelto una feminista radical? Ashley mantuvo la mirada.
    – No, pero soy una persona independiente y no creo que nadie pueda prohibirme nada.
    – Pues yo te lo prohíbo -dijo él, mirándola arrogante-. Y reclamo mi derecho en virtud a esto.
    La cogió entre sus brazos con brusquedad, pero la beso con ternura.
    Ashley trató de resistirse. Al fin y al cabo, Kam la había ignorado durante semanas, y no estaba dispuesta a aceptar que volviera asumiendo que iba a caer rendida a sus pies.
    – Suéltame -protestó.
    Kam aflojó el abrazo, pero sólo para dejarla respirar.
    – Nunca más te dejaré ir -dijo, mirándola apasionadamente.
    – ¿Qué? -preguntó ella, dudando haber oído correctamente. Dejó de forcejear y le miró fijamente, buscando en sus ojos la respuesta que tanto ansiaba-. ¿Qué has dicho?
    Kam le acarició la mejilla.
    – Te amo, Ashley -dijo.
    Él mismo se sorprendió. Era la primera vez que decía aquellas palabras. Ni tan siquiera las había pensado con anterioridad. Ashley soltó una carcajada al observar su reacción. Rió también de felicidad, no sabiendo si vivía la realidad o un sueño maravilloso.
    – Yo también te amo -dijo, al fin, alto y claro-. Te amo desde hace semanas-. Apoyó las manos contra el pecho de Kam y sintió su corazón palpitar con fuerza. Era la prueba de que no soñaba-. Y te odio por haber perdido tanto tiempo.
    Kam rió a su vez y la miró amorosamente. Era suya. El miedo le abandonaba. Parecía absurdo, pero era el temor a perderla y no a amarla lo que le había paralizado hasta entonces.
    Hicieron el amor en el salón una vez más. Lo hicieron despacio, como si nadaran en un mar de nubes, hasta llegar al éxtasis en una galopada hasta la luna. Cuando Kam explotó en el interior de Ashley, ésta sintió el mundo estallar a su alrededor. Al recuperar la consciencia, se sorprendió de que todo siguiera en su lugar.
    – Eres el mejor amante del mundo -susurró.
    – Supongo que lo dices por tu amplia experiencia -bromeó él, a la vez que le mordía el lóbulo de la oreja, con suavidad.
    Ella rió.
    – No necesito experiencia para saberlo, mi amor. Sólo necesito saber lo que siento cuando me tocas.
    Kam titubeó. Aún le quedaba algo por decir, y no estaba seguro de cuál sería la reacción de Ashley.
    – Ashley -dijo, con expresión seria-. Sé que no quieres ni oír hablar de matrimonio.
    Ashley asintió con la cabeza, lentamente, y miró a Kam con curiosidad.
    – Si necesitas tiempo, esperaremos -siguió él-. Pero quiero que lo consideres como inevitable. Ashley parpadeó.
    – ¿Qué es inevitable? -preguntó, sin llegar a entender.
    Kam titubeó.
    – Que nos casemos-dijo, de un tirón.
    – ¿Qué? -exclamó ella, incorporándose-. No lo puedo creer.
    Kam la atrajo hacia sí.
    – Sé que es difícil para ti -dijo-. Pero quiero que nos unamos tanto legalmente como sentimentalmente. ¿Lo entiendes? Además, quiero tener hijos.
    Quieres tener hijos? -exclamó Ashley, no dando crédito a lo que oía.
    – ¿Tú no? Tenemos que tenerlos. Si realmente te opones…
    – ¿Oponerme? -rió ella, echándose sobre el cos tado, próxima a la histeria-. Estás loco, Kam. Creo que ya estoy embarazada.
    – Dios mío -Kam la miró y acarició su vientre con ternura.
    Ashley sonrió. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos.
    – Pensé que te enfadarías -susurró, con voz entrecortada.
    – ¿Enfadarme? -la tomó entre sus brazos y la acunó-. Ashley, te amo.
    – Yo también a ti -musitó ella-. No sabes cuánto.
    Kam sonrió, y ocultó su rostro en el cabello de Ashley. Por fin la vida adquiría sentido. Conociéndose como se conocía, estaba seguro de que su siguiente obsesión sería hacer feliz a Ashley.
    Así quería que fuera. Era lo que necesitaba. Ashley representaba su salvación. Era la mitad que le faltaba para volver a ser uno. Nunca más se sentiría solo porque, desde entonces y para siempre, juntos o separados, ella estaría en su corazón.

Morgan Raye


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