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Enamorada del jefe

Enamorada del jefe

Аннотация

    En opinión de esta secretaria de Allman, el nuevo pez gordo de la empresa era un traidor.
    La rivalidad entre los McLaughlin y los Allman había dividido Chivaree, Texas, desde hacía más de un siglo. ¿Por qué entonces Kurt McLaughlin habría decidido cambiar de bando y trabajar para la empresa de la familia de Jodie Allman… y ser su jefe? Aunque Jodie se sentía secretamente atraída por el guapísimo ejecutivo, lo cierto era que no se fiaba de él. Pero el destino iba a obligarlos a pasar mucho tiempo juntos… y Jodie tendría la oportunidad de ver cuánto adoraba Kurt a su angelical hija. ¿Cómo podría seguir adelante con su vida después de probar la vida familiar junto a él?


Raye Morgan Enamorada del jefe

    Enamorada del jefe (2005)
    Título Original: The boss, the baby and me
    Serie: 1º Amor y rivalidad

Capítulo 1

    En algún momento aquel hombre tendría que marcharse. Jodie Allman le dedicó su mirada más desagradable a Kurt McLaughlin, director del departamento de marketing de Industrias Allman mientras él seguía hablando tranquilamente con Mabel Norton. Hacía tiempo que había pasado la hora de salida de la oficina y Mabel, con el bolso al hombro, se disponía a regresar a casa. Kurt no miró ni una vez hacia donde estaba Jodie mientras hablaba con la directora del Servicio de Atención al Cliente, pero ella sabía que él sabía que lo estaba mirando, esperando instrucciones.
    – Uno… dos… tres -susurraba para sí misma mientras daba golpecitos impacientes con el pie en el suelo. Contar hasta diez era una forma muy primitiva pero también efectiva para controlar su temperamento. Probablemente fuera el momento de buscar un sistema algo más sofisticado, como encontrar el modo de conseguir al hombre de su vida.-No es tan complicado -se dijo por millonésima vez aquella semana, colocándose un mechón de pelo rubio detrás de la oreja en un gesto de impaciencia-. Mi padre es el dueño de esta empresa. ¿Por qué no puedo hacer que lo despida?
    Pero, claro estaba, ni lo había intentado. La idea de ver a Kurt recibir un tirón de orejas era muy reconfortante, pero sabía que verlo salir de la oficina cargando con una caja de efectos personales, implicaría las miradas asesinas hacia ella y llorosas hacia él de un montón de mujeres de la oficina, y eso era otra cosa muy distinta. Jodie no era tan dura e independiente como le gustaba demostrar.
    Lo más frustrante era que ella parecía ser la única en darse cuenta de cómo era realmente Kurt McLaughlin. Ni siquiera su familia se tomaba en serio la amenaza que suponía. Todos los trabajadores de la empresa lo adoraban. Medía casi dos metros de estatura, tenía un cuerpo hecho a medida de las fantasías de cualquier mujer y era tan atractivo que todas las mujeres se volvían para mirarlo cuando se cruzaban con él. Su pelo castaño siempre parecía un poco revuelto por el viento y aquellos ojos verdes parecían mirar a una mujer más allá de su cuerpo y penetrar hasta su alma, y esos encantos bastaban para que las mujeres se derritieran ante él sin pararse a pensar en lo que estaría tramando.
    Ella había vuelto a la ciudad hacía unas pocas semanas, pero desde que empezó a trabajar para él, se dio cuenta de cuál era su juego. Estaba claro.
    De repente, se dio cuenta de que la estaba mirando, aunque seguía hablando con Mabel, y para su asombro, empezó a llamarla con el dedo. ¡Con el dedo!
    Era la gota que colmaba el vaso. Ella no iba a ir corriendo hacia él como si fuera un perrito faldero, ni pensaba esperarlo mucho más. Hacía rato que había pasado la hora de salida del trabajo y ellos tres debían de ser las únicas personas en el edificio. Tras lanzarle una última mirada heladora, se giró y echó a andar hacia el ascensor para ir a su despacho a recoger sus cosas.
    – ¡Espera!
    Tardó un momento en darse cuenta de que iba tras ella. Apretó una y otra vez el botón de cierre automático de puertas y estas empezaron a moverse, pero él fue más rápido: se coló en el ascensor y apretó el botón de parada. Ella, terca, volvió a apretar el de cierre de puertas, y él le dedicó una amplia sonrisa cuando las puertas comenzaron a abrirse, pero después se cerraron, se abrieron y por fin se cerraron con un desagradable chirrido. Su sonrisa se esfumó.
    – Oh, oh -dijo él, mirándola.
    El ascensor subió unos cuatro metros y después se paró quejándose ruidosamente.
    – Oh, oh -repitió ella, de acuerdo con él por primera vez.
    El silencio hizo presa del ascensor mientras los dos miraban al panel de control esperando alguna señal de vida. Después, Kurt empezó a apretar un botón tras otro sin que hubiera ningún cambio en su situación. Alarmada, Jodie dio un paso adelante y lo imitó, pero los botones parecían estar desconectados.
    – Mira lo que has hecho -dijo Kurt con expresión sombría-. Nos hemos quedado atrapados.
    – ¿Lo que he hecho? -respondió ella, lanzándole una mirada de odio-. Fuiste tú el que se coló en el ascensor y lo paró.
    – Tenía que hacerlo. Intentabas escaparte.
    – ¿Escaparme? -respiró profundamente para contener la respuesta que deseaba darle.
    «Calma. Tienes que permanecer tranquila. Al fin y al cabo, es tu jefe».
    – Llevaba siglos esperándote mientras hablabas con Mabel Norton como si estuvieseis tratando el asunto más importante del día.
    – Lo era. Era lo más importante del mundo en mi escala de valores -su expresión se dulcificó-. Buscaba consejo para encontrar una guardería para Katy.
    – Oh -ella hizo una mueca, sabiendo lo mucho que quería a su hijita.
    – Me está costando encontrar a alguien que la cuide durante el día. ¿No conocerás a nadie que esté buscando un trabajo como canguro?
    Ella dio un paso atrás, levantando las manos.
    – Lo siento. No sé nada de bebés y de nadie que quiera cuidarlos.
    – Sí, ya me di cuenta de que no te gustaban mucho los niños desde el principio -dijo él con aspereza.
    Eso la sorprendió. No sabía qué había hecho para darle esa impresión, y algo en el modo en que la miraba hizo que se sintiera incómoda. Pero era cierto, se sentía incómoda con los bebés.
    Pero ése no era el mayor de sus problemas en aquel momento. Estaban atrapados en un viejo ascensor de un edificio que debía haber sido demolido hacía años, pero que había sido catalogado como edificio histórico de la ciudad de Chivaree, en un condado ganadero del estado de Texas. Algo así no debía ocurrirle a nadie.
    Pero esas cosas ocurrían. Todo había sido un poco chocante desde que había vuelto a su ciudad después de diez años, y había encontrado a un McLaughlin en un puesto imposible para alguien de su apellido en Industrias Allman. Y después se había enterado de que tendría que trabajar para él. Aquello había sido demasiado.
    Había crecido considerando a los McLaughlin como el enemigo, los ricachones elitistas que vivían en lo alto de la colina y miraban desde arriba a los Allman y a los de su «clase», como solían decir. Ciertos hechos ocurridos en el pasado habían envenenado las relaciones entre los dos clanes y probablemente permanecieran así para siempre.
    Durante su niñez, los Allman habían mirado hasta el último penique que gastaban mientras los McLaughlin compraban toda la ciudad. Su familia había tenido que apurar los límites de la ley en ocasiones, lo que había provocado rumores de que eran amigos del dinero rápido, y eso había hecho crecer su resentimiento.
    Y ahora, como por arte de magia, las tornas habían cambiado. El padre de Jodie, Jesse Allman, había conseguido sacar adelante uno de sus negocios, para sorpresa incluso de sus propios hijos. De hecho, su bodega de vinos había crecido tanto que era la empresa con más empleados de la ciudad. La gente ya no lo insultaba a la cara, pero los prejuicios no desaparecían tan rápidamente. Ella tenía muy claro lo que pensaba la gente de Chivaree de su familia. Y creía tener claro cuáles eran los planes de Kurt McLaughlin desde que lo había encontrado ocupando cómodamente un puesto de gestión en la empresa de su padre. ¿No había nadie más que él para ese puesto? Se giró y lo vio intentando hablar por el comunicador del ascensor, buscando ayuda.
    – ¿Hola? Estamos atrapados en el ascensor.
    Ambos escucharon un rato en silencio, pero nadie respondió. Él se volvió para mirarla.
    – No hay nadie en la sala de control -dijo con el ceño fruncido.
    – Está claro -respondió Jodie, intentando no pensar en que tal vez ellos dos fueran las dos únicas personas en el edificio. Mabel Norton ya debía de haber salido al aparcamiento y el resto de trabajadores se habían marchado hacía tiempo. Su única esperanza era comunicarse con el mundo exterior.
    – ¿Hay alguna alarma?
    – ¿Una alarma? Claro -alargó la mano y tiró de la manivela. No ocurrió nada.
    – Tal vez no hayas tirado lo suficientemente fuerte -dijo ella, empezando a estar realmente asustada-. Vuelve a intentarlo y dale un buen tirón.
    El volvió a intentarlo con más fuerza y se giró hacia ella con el tirador en la mano.
    – Vaya -dijo.
    Jodie se mordió el labio y contuvo un comentario muy justificado, teniendo en cuenta la situación.
    – Muy bien -dijo, esquivando su mirada-. Puesto que ninguno de los dos tiene el móvil a mano, supongo que tendremos que esperar.
    – ¿Esperar? -repitió Kurt, pasándose una mano por el pelo castaño y mirándola como si ella supiera la respuesta-. ¿Esperar a qué?
    – A que alguien se dé cuenta de que hemos desaparecido.
    Él se volvió, impaciente, y después la miró a los ojos.
    – Todo el mundo se ha ido a casa -dijo con un gruñido, como si se acabara de dar cuenta de ello. Ella tragó saliva. Tenía razón. Tal vez tuvieran que pasar allí mucho tiempo, y eso no le gustaba nada-. Estaremos atrapados hasta que alguien intente usar el ascensor y vea que no funciona -dedujo él acertadamente-. Estamos solos tú y yo, pequeña.
    Aquella situación no se le había pasado nunca por la cabeza. Alargó la mano para sujetarse en la barandilla lateral y mantener el equilibrio. El aire empezaba a parecerle más escaso, y los hombros de Kurt cada vez más anchos, llenando la cabina del ascensor. Además, con aquellas botas de cowboy, él parecía aún más alto de lo habitual.
    – Ésta es tu peor pesadilla, ¿verdad? -preguntó él casi divertido, como si le hubiera leído el pensamiento, otro más de sus talentos ocultos.
    – No sé de qué me estás hablando -contestó Jodie, concentrándose en leer la placa de inspección del ascensor. El documento, que parecía oficial, decía que el ascensor estaba en perfectas condiciones. Mentira.
    – ¿No? -se echó a reír.
    Ella lo miró y se arrepintió casi al instante.
    – ¿Acaso te estás divirtiendo con esta situación? -preguntó.
    Kurt consideró la cuestión un segundo, con una ceja levantada.
    – La respuesta no es tan fácil como crees -dijo él-. Las circunstancias pueden ser un factor decisivo. Si me hubiera quedado encerrado con Willy en el cuarto del material, él habría sacado una baraja de cartas del bolsillo y habríamos jugado hasta perder la noción del tiempo. Si hubiera sido con Bob, de contabilidad, me habría contado una de esas fascinantes historias de cuando estaba en el ejército y Tiana, de marketing, me habría hecho una demostración de danza del vientre. Está yendo a clases.
    Jodie hizo un ruido de impaciencia, deseando que no siguiera por ese camino.
    – Ya, pero no estás con ninguna de esas maravillosas e interesantes personas, sino conmigo.
    – Sí. Contigo -sus dientes brillaron en una amplia e impúdica sonrisa mientras la recorría de arriba abajo con la mirada, lo que le hizo desear no llevar aquel ajustado jersey azul y la falda de ante bien ceñida. Él la retó-. ¿Y a ti qué se te da bien?
    Jodie deseó largarse de allí; imposible, teniendo en cuenta la situación. En su lugar, decidió aparentar estar aburrida con la situación.
    – Nada, supongo -dijo ella, con cierto tono sarcástico.
    Cuando él apoyó su cuerpo musculoso contra la pared, Jodie no pudo evitar que su mirada se posara en los muslos bien torneados que dejaban adivinar sus pantalones.
    – Vamos, Jodie -dijo él-. No te infravalores. A mí me parece que tienes algo muy divertido.
    Aquello la dejó helada y lo miró, dispuesta a rebatir cualquier cosa que él dijera.
    – ¿De qué estás hablando?
    – Vamos, es como si fuera 1904 y acabara de robar la yegua favorita de tu padre. Parece que llevas el peso de la rivalidad McLaughlin-Allman sobre tus hombros.
    Ella se estiró. Estaba entrando en su territorio.
    – La rivalidad McLaughlin-Allman es un hecho -lo corrigió con frialdad-. Y no sé por qué dices que es importante para mí.
    – Porque lo es -dijo él, moviéndose incómodo y mirándola con dureza-. Pero la mayoría de la gente ya ha olvidado todo eso.
    – Eso es lo que tú crees -el problema era que sabía que él podía estar en lo cierto. Ella parecía ser la única en recordar aquella disputa. ¿Qué había pasado? Antes aquello era el punto central de la vida de la ciudad.
    – Ya veo -dijo él-. Por eso me tratas como si tuvieras que vigilar la cubertería de plata cuando ando cerca. No puedes superar esas viejas peleas.
    Ella dejó de fingir.
    – Ninguno de nosotros puede -contestó, testaruda.
    – Eso no es cierto. Mírame a mí.
    No quería mirarlo. Sabía que si lo miraba se podría meter en líos, pero al final acabó haciéndolo.
    Y por primera vez lo vio del mismo modo que los otros, no como un oponente de una antigua batalla, sino como un hombre con una sonrisa verdaderamente atractiva y una presencia radiante de masculinidad. Su cuerpo reaccionó de un modo tan intenso que su corazón se lanzó a la carrera y un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Cuando sus ojos se encontraron, tuvo la inquietante sensación de que él podía ver el fondo de su corazón y de su alma.
    – ¿Así que crees que tú lo has cambiado todo? -dijo ella, deseando que no se notara el temblor de su voz.
    – No -él sacudió la cabeza-. Yo no he cambiado nada. En realidad, ha sido tu padre.
    – Al contratarte, quieres decir.
    – Claro. Supongo que te imaginas que la gente no lo alababa precisamente entonces.
    Y dijo aquellas palabras como si admirase realmente a Jesse Allman por haber cruzado la línea.
    Jodie lo miró consternada. ¿Acaso pensaba que su padre lo había contratado por la bondad de su viejo corazón? ¿Podía estar tan despistado?
    No, no era eso. Él no era estúpido, pero ella tampoco. Sabía desde el principio que Kurt tenía sus propios planes, y si no, ¿por qué iba a estar trabajando en Industrias Allman, robándole el corazón a todo aquél con el que se cruzaba? Él podía hacer como si no recordara el pasado, pero ella lo tenía muy claro. Conocía a los McLaughlin: había sido un McLaughlin el que estuvo a punto de arruinarle la vida, pero eso era otra historia.
    En cualquier caso, sabiendo cómo eran los hombres McLaughlin, tenía muy claro que tenía que alejarse de la influencia de Kurt. Dio un paso hasta el centro del ascensor, puso los brazos en jarras y miró a su alrededor.
    – Ya está bien. Lo que tenemos que hacer es concentrarnos en ver qué haremos para salir de aquí.
    Él la miró con pereza.
    – ¿Salir de aquí? Muy bien. ¿Tienes alguna idea?
    – A ver… -miró las paredes y el techo y vio algo interesante-. ¿Eso de ahí arriba no es una trampilla? Tal vez podamos abrirla. ¿Por qué no subes y echas un vistazo?
    Ella lo miró, expectante y él le devolvió una mirada sorprendida, aún apoyado contra la pared del ascensor, como si no tuviera intención de cambiar de postura.
    – ¿Yo?
    – ¿Y por qué no? -preguntó ella con impaciencia-. ¿No lo hacen los hombres en las películas?
    Él levantó la mirada hacia la supuesta salida, que estaba casi un metro por encima de su cabeza, y asintió.
    – Claro. En las películas -la miró fríamente-. ¿Y cómo supones que voy a llegar hasta ahí? ¿Crees que tengo alas o zapatos con ventosas en los bolsillos para subir por la pared?
    Jodie se pasó la lengua por los labios y frunció el ceño.
    – No lo sé. ¿Qué hacen los hombres de las películas?
    – Podría probar a subirme a tus hombros -sugirió él, encogiéndose de hombros-. No veo otra solución.
    Ella no se molestó en sacudir la cabeza, aunque se sintió tentada.
    – Tiene que haber una manera -masculló.
    Él volvió a mirar la pequeña trampilla.
    – Y una vez ahí arriba, quién sabe si habrá un complicado cableado listo para freír en el sitio al aventurero confiado -se volvió y la miró divertido-. ¿Y si pruebo a subirte a ti hasta la trampilla? Tal vez tú puedas subirte y ver qué se puede hacer.
    – ¿Te has vuelto loco?
    Él se encogió de hombros como si su respuesta lo hubiera decepcionado.
    – Le das a una mujer una oportunidad para convertirse en heroína, y mira lo que hace.
    – Lo que necesitamos aquí no es un héroe, sino un poco de eficacia.
    – ¡Ay! Supongo que consideras eso como un golpe bajo.
    – No. Tal vez una indirecta -se encogió de hombros. Las peleas verbales no les iban a sacar de esa situación-. Ya sé que subir ahí arriba probablemente no sea factible, pero es muy frustrante verse aquí atrapado. ¿No se te ocurre nada?
    Sus ojos verdes brillaban de un modo que ella no pudo interpretar, pero habló calmado.
    – Creo que lo mejor es sacar la parte buena de cada situación -dijo-. Así que me parece que esta es una buena oportunidad para conocernos más.
    – ¡Conocernos más! -exclamó ella-. No necesito conocerte más. Te conozco de toda la vida.
    – No es cierto -repuso él, sacudiendo la cabeza-. Sabías de mi existencia, pero no me conocías, ni yo a ti -le sonrió-. Hemos sido como dos barcos cruzándose en la noche, que saben de la existencia del otro pero no prestan atención a su presencia. Tenemos que conocernos un poco más íntimamente.
    Algo en el modo en que pronunció esas palabras hizo que ella diera un rápido paso atrás. Una vez segura en la esquina del ascensor, lo miró preguntándose si eso sería parte de su plan, el intentar subyugarla del modo en que lo había hecho con el resto de trabajadores.
    – No creo que necesitemos conocernos más. Tenemos una buena y fría relación profesional. Y lo mejor será dejarlo ahí.
    – ¿Eso es lo que crees que tenemos? -preguntó él inocentemente-. A mí me parecía que lo nuestro se resumía en que yo era el jefe y tú la subordinada recalcitrante que siempre dudaba de sus decisiones.
    La definición era bastante acertada, pensó ella, pero levantó la barbilla, como retándolo.
    – ¿Y te supone algún problema?
    – No -rió él-. No es ningún problema. Tal vez una distracción, pero no un problema -su expresión cambió-. Y supongo que eso te da la ilusión de que mantienes candente la llama de la reyerta de nuestras familias, ¿no? -ella no respondería a eso, y él lo sabía, así que cambió de tema-. Así que, dime Jodie, ¿Por qué volviste?
    Cuando alguien volvía a Chivaree, siempre acababa escuchando esa pregunta. La gente se sorprendía de que después de haber salido de aquella polvorienta ciudad, alguien volviese a ella. Decidió ser franca.
    – Volví porque Matt apareció un día en mi casa y me dijo que tenía que hacerlo.
    Matt era su hermano mayor, unos pocos años mayor que Kurt.
    – ¿Que tenías que hacerlo? -repitió él sorprendido-. ¿E hiciste lo que te pedía sin protestar? -sacudió la cabeza-. Tendré que preguntarle cuál es su secreto.
    – Primero me planteó la situación -dijo ella, levantando la barbilla.
    – Ya entiendo -asintió él-. Volviste a Chivaree, y cuando entraste en la empresa te enteraste de que trabajarías para mí, al menos durante un tiempo.
    – Sí.
    – Ese debió ser uno de tus peores días.
    Jodie lo miró con frialdad, molesta por el modo en que se reía de ella a cada instante.
    – ¿Por qué no me dejas tranquila? No es algo permanente. Dentro de aproximadamente un mes me trasladarán de departamento -su padre había tenido la brillante idea de que probara cada área de negocio para conocer a fondo toda la empresa-. Puedo soportarlo.
    – ¿En serio? -parecía escéptico-. Todos los indicios muestran que odias cada precioso segundo que pasamos juntos.
    – Pues no es así -dijo, mordiéndose la lengua. Si no tenía cuidado, aquella discusión podía subir de tono. Tomó aliento y decidió cambiar de tema-. Pero tú te marchaste de la ciudad antes que yo. ¿Por qué volviste?
    Ella ya había escuchado su coartada: cuando su esposa murió y él se tuvo que hacer cargo de su hija, volvió al lugar donde su extensa familia podía ayudarlo a sacarla adelante. Pero ella tenía sus dudas, sobre todo al ver que estaba buscando canguro.
    No, McLaughlin tenía un plan y ella creía saber cuál era. También estaba convencida de que éste implicaba arruinar el negocio de los Allman, según el modelo establecido hacía años por sus abuelos. Se suponía que los McLaughlin eran los ganadores y los Allman mordían el polvo de la derrota.
    – De acuerdo, te diré por qué volví -dijo él, lentamente, volviéndose hacia la pared-. Aunque no te lo creas, volví porque me gusta esta vieja ciudad.
    – ¿Qué?
    Chivaree no era una de esas ciudades pequeñas y adorables que describen las canciones; aunque las cosas habían mejorado últimamente, seguía siendo un sitio ventoso y polvoriento olvidado por todos. La gente se marchaba de allí tan pronto como conseguía reunir suficiente dinero para emprender la marcha.
    Jodie había oído que él había pasado bastantes años en Nueva York, pero aún conservaba parte del dulce acento texano. Muy sutil, pero demostraba que la ciudad no lo había conquistado por completo.
    – Es cierto -continuó él con voz grave-. Y cuando mi mundo empezó a derrumbarse bajo mis pies, la única solución que me vino a la cabeza fue volver a Chivaree, volver a casa.
    «Volver a casa a curarme», parecía decir su voz.
    Por un momento, ella lo creyó. Parecía realmente sincero, y su rostro parecía emocionado, con un cierto tono de un dolor muy profundo. Por un segundo… pero era muy listo. Estaba dándole la historia que más la emocionaría. Estaba jugando con su fibra sensible de un modo muy inquietante. Tenía que salir de allí antes de empezar a creerse todo aquello.
    Él se había girado de nuevo hacia ella, y se estaba quitando la corbata y desabrochando los botones de la camisa. Jodie, horrorizada, pudo ver unos centímetros de piel morena y algo de vello.
    – ¿Soy yo? -dijo con voz grave y dejando caer los párpados- ¿O empieza a hacer calor aquí.
    Ella sintió que su pulso se aceleraba. Primero le había puesto una trampa emocional, y después, la física, lista para verla caer en ella. Y su cuerpo traidor se comportaba como un cachorro hambriento de caricias, a pesar de que ella era consciente del modo en que la estaba abordando.
    Se apartó todo lo que pudo de él y cambió de tema.
    – No tengo calor -dijo con un énfasis que a él no pudo pasarle desapercibido-. Pero estoy hambrienta. Quiero comer -añadió. Sus ojos la miraban maliciosos-. En serio. Estaba muy ocupada y no he comido a mediodía.
    – Veamos… -dijo él, hundiendo la mano en el bolsillo de sus pantalones de sastre-. Mira lo que he encontrado. Una cajita de caramelos de menta.
    – Oh -ella miró los caramelos deseosa. Realmente tenía hambre, y también la boca seca.
    – Ten -dijo él, después de haber tomado uno. Ella dudó, pero el hambre le hizo superar sus inhibiciones.
    – Gracias -dijo, tomando un caramelo y esperando a que el azúcar hiciera efecto.
    – ¿Ves? -casi susurró él-. Estoy dispuesto incluso a compartir mi última cena contigo.
    Ella empezó a decir algo que estaba destinado a hacerle caer de espaldas, pero en su lugar, al tomar aire, se atragantó con el caramelo. En lugar de ponerlo en su sitio, no podía dejar de toser.
    – Espera -el hombre de acción le dio un par de golpes en la espalda, pero al ver que no funcionaba del todo, la rodeó con sus brazos para presionarle en la boca del estómago.
    – ¡No! -protestó tosiendo antes de que él procediese-. ¡Espera, estoy bien!
    Él se detuvo, pero por alguna razón, sus brazos no se movieron de la cintura de Jodie.
    – ¿Estás segura? -dijo en voz baja y tan cerca de su cara que pudo sentir el calor de su aliento.
    – Sí, estoy segura -contestó, intentando apartarse sin que él la soltara-. ¡Kurt, suéltame!
    Ella giró la cabeza y sus miradas se encontraron. Entonces ocurrió algo mágico. No fue sólo el que ella viera las manchas doradas que salpicaban sus ojos verdes, ni la electricidad que sentía allí donde él la tocaba. De repente se vio inundada por un sentimiento de deseo tan profundo y desgarrador que la dejó sin aliento. Deseaba que la besaran. Deseaba que Kurt McLaughlin la besara.
    – Oh -dijo ella como hipnotizada, con los ojos fijos en su boca. Inclinó la cabeza y separó los labios, invadida por el deseo. Por un momento estuvo segura de que ocurriría.
    Y entonces él se apartó, dejándola casi sin equilibrio, como si le hubieran vaciado un jarro de agua fría sobre la cabeza. Se sentía como una idiota.
    Al menos él no se rió de ella. Se retiró el puño de la camisa y miró la hora.
    – ¡Maldición! Se está haciendo muy tarde. Llego tarde a recoger a Katy. Será mejor que busque ayuda para salir de aquí.
    Ella intentó mantenerse en pie apoyándose en la barandilla. ¿De qué estaba hablando?
    – ¿Ayuda? -preguntó, aún sin aliento y avergonzada-. ¿Qué estás diciendo?
    Él se llevó la mano al cinturón y, con la boca abierta, Jodie vio que tenía un teléfono móvil.
    Sacudió la cabeza antes de dejar escapar un sonido de ultraje.
    – ¿Quieres decir que has tenido eso todo el tiempo ahí? -gritó-. ¿Por qué no lo dijiste cuando te lo pregunté?
    – No me preguntaste si lo tenía. Simplemente asumiste que no lo llevaba conmigo -murmuró él, empezando a marcar-. ¿Jasper? Perdona por la molestia, pero hemos tenido un problema en la oficina y tengo que pedirte que vuelvas por aquí y me ayudes a salir del ascensor.
    Asesinato. Ésa era la palabra que le venía una y otra vez a la cabeza. Algo rápido e indoloro, y no habría ningún jurado en el mundo que fuera a condenarla por algo tan justificado. Con un gruñido, apretó los puños. Si al principio había desconfiado de él, ahora tenía aún más razones para hacerlo.
    Estaba claro que ése era su plan. Cuando abrió los ojos se encontró con una enorme sonrisa complacida en su cara. ¡Había que darle su merecido a aquel hombre!

Capítulo 2

    Jodie se sentó y miró a su familia reunida alrededor de la vieja mesa de la cocina, tal y como venían haciéndolo desde hacía décadas. Aquello le resultaba familiar y extraño a la vez. La ausencia más pronunciada era la de su madre, que había muerto de cáncer cuando Jodie tenía dieciséis años. Su hermano pequeño, Jed, tampoco estaba; era el único al que Matt y Rita, los mayores, no habían conseguido convencer para que volviera.
    Rita había preparado un menú excelente, como de costumbre. Jodie la miró mientras ella se apartaba un mechón de la cara; cuando sus miradas se cruzaron, le sonrió. Al menos algo bueno había salido de todo aquello: Rita estaba contenta de tener a la mayor parte de la familia reunida de nuevo. Ella se ocupaba de la casa del modo en que lo habría hecho su madre si no hubiera muerto hacía doce años. Merecía tener su propia familia, pero sus salidas de casa se reducían casi al supermercado, y las oportunidades de encontrar allí un hombre maravilloso no eran muchas.
    Matt, el mayor, no parecía tan contento. Había sido él quien había acudido al piso de Jodie en Dallas para darle un largo discurso sobre la necesidad de estar todos juntos ahora que su padre estaba enfermo. Aquellos días parecía tan preocupado por ello como Rita.
    Matt había sido el modelo a seguir por Jodie. Él fue el primero en desafiar a su padre y marcharse a Atlanta a estudiar Medicina. Había trabajado muchos años en un hospital en la ciudad, hasta que decidió volver a aquella ciudad polvorienta. Jodie se preguntaba el por qué de la expresión de preocupación que ensombrecía su cara. Algo lo molestaba, pero no sabía qué podía ser.
    Con David, su otro hermano y al que más se parecía, no tenía que preocuparse de esas cosas. Ambos eran rubios, tenían los ojos castaños y la pequeña nariz salpicada de pecas. David estaba sentado junto a Matt y comía con juvenil entusiasmo todo lo que caía en su plato. Él nunca se había marchado de Chivaree, aunque habría estado perfecto sobre una tabla de surf en Malibú. Aunque a los demás siempre les dijera que era demasiado perezoso para marcharse, ella sabía cuál era la razón por la que se quedaba en la ciudad. El amor lograba que la gente hiciera cosas extrañas.
    Y después estaba Rafe, el de los ojos negros y mirada penetrante, que tenía la misma edad que Kurt y parecía estar diciéndole: «Jodie, a mí no me engañas con esta brillante actuación. Puedo leer tu mente».
    Ella le devolvió la mirada, esperando que interpretara bien el mensaje: «Métete en tus asuntos».
    – Hola, papá -saludó David a su padre cuando éste entró en la cocina-. ¿Vas a intentar comer algo hoy?
    Apoyándose en el bastón, sacudió la cabeza en respuesta mientras Rita le ofrecía una silla.
    – No. No puedo comer nada. Sólo quería sentarme con vosotros y ver vuestras caras -se sentó con dificultad y recorrió la mesa con la mirada-. Mi orgullo y mi alegría -susurró en un tono que podría ser cariñoso, pero que sonó sarcástico.
    Jodie apartó la mirada de él y sintió una punzada de emociones en conflicto: amor, resentimiento, ira, pena. ¿Qué se ha de hacer cuando uno quiere a sus padres tanto casi como le desagradan?
    – ¿Así que habéis vuelto para salvar la granja del viejo, eh? -rió suavemente-. Supongo que os eduqué bien, después de todo.
    – Papá -interrumpió Rafe-, he estado hablando con un distribuidor de Dallas. Parece que tenemos una oportunidad para firmar un contrato con la cadena de tiendas Wintergreen. Podría suponer un buen negocio para nosotros.
    Jesse Allman asintió, pero no estaba mirando a Rafe. Su mirada había discurrido hasta Matt, su hijo mayor, al que había tratado de inculcar la motivación para ser su sucesor durante años, sin mucho éxito. Aunque Matt había ayudado a su padre en los duros principios de las Bodegas Allman, cuando su padre desarrolló el plan para convertirse en el distribuidor de las pequeñas bodegas del condado, él estaba en la universidad. Aquello desencadenó el éxito y no era ningún secreto que Jesse pensaba que Matt debía involucrarse en él.
    – ¿Tú qué dices, Matt?
    – ¿Sobre qué? -preguntó, sorprendido.
    – Sobre lo de Wintergreen.
    – Tú decides, papá -dijo, encogiéndose de hombros-. Ya sabes que yo no me involucro en las negociaciones de la empresa.
    – Pues deberías -repuso Jesse, con los ojos entrecerrados.
    Matt y Rafe cruzaron una mirada.
    – Habla con Rafe -dijo Matt con calma-. Él es el que sabe de qué va ese asunto.
    Jodie suspiró. Era la misma historia de siempre. El negocio de los Allman había crecido y se había convertido en Industrias Allman; la familia se había enriquecido y se había convertido en una familia respetable y respetada que daba trabajo a parte de la población local, pero las viejas emociones sólo esperaban la oportunidad para salir a la superficie. Empezaba a plantearse si habría sido un error volver a casa.
    – ¿Y tú, señorita? -dijo su padre, mirándola de forma acusadora-. ¿Aún sigues pretendiendo que me libre de McLaughlin?
    – Yo nunca he dicho que te tuvieras que librar de él -protestó-. Sólo quiero que seas consciente del peligro que entraña.
    – ¿Peligro? -rió David-. ¿Kurt McLaughlin? Pero si es un gatito…
    – Me fío de los McLaughlin tan poco como tú, pero hay que admitir que Kurt está haciendo un trabajo excelente en el departamento de marketing. Tenemos suerte de que esté con nosotros -añadió Matt.
    Ella echó un vistazo a sus hermanos, sorprendida de no ver a nadie de su parte. Nadie comprendía lo peligroso que podía ser un hombre como Kurt en la estructura de poder de la empresa familiar.
    – Yo te entiendo, señorita -sonrió Jesse a su hija-. Eres como yo. Ni olvidas ni perdonas -dio un golpe en la mesa-. Pero no lo voy a echar. Es bueno en su trabajo y no me importa cómo se apellide. De hecho, me encanta que sea un McLaughlin. Ahora puedo mirarlos a la cara en las reuniones de la cámara de comercio, sonreír y decirles que su chico trabaja ahora para mí. Yo soy el que se lleva el gato al agua en esta ciudad ahora, y ellos están acabados.
    Entonces ella recordó las razones por las que huyó de allí en plena rebelión de los dieciocho años. Había decidido no volver nunca, y así lo habría hecho de no ser por la visita de Matt.
    – Está viejo, Jodie. Viejo y enfermo, y nos necesita -le había dicho.
    Se dio cuenta de que a su padre le temblaban las manos y, al mirarlo a la cara, el corazón se le aceleró de miedo. Matt tenía razón. Era viejo y estaba enfermo. Tal vez aún no le hubiera perdonado cosas que había hecho en el pasado, pero seguía siendo su padre y, en lo más profundo de su corazón, lo quería. Entonces era bueno haber vuelto y, a pesar de todo, se quedaría, al menos una temporada.
    Y eso significaba que tendría que vérselas con Kurt McLaughlin. Su mente voló al momento en que la había rodeado con sus brazos en el ascensor. Tendría que protegerse contra sus encantos; tendría que seguir trabajando con él y tal vez eso fuera lo mejor: alguien tenía que velar por los intereses de su familia.
    Una hora más tarde, decidió escaparse de las tensiones dando un paseo hacia el centro de la ciudad. Era una noche cálida iluminada por la luna y olía a heno recién cortado.
    Caminó por las mismas calles de su juventud intentando decidir lo que haría. A la vuelta de la esquina estaba el parque en el que ella y Jeremy conspiraban sobre el modo de huir de Chivaree juntos. Parecía que había pasado un siglo desde entonces.
    Jeremy… ¿Lo había amado de veras? Cuando lo pensaba desde la distancia, veía más excitación que amor. Se necesitaban el uno al otro, pero al final resultó que ella lo necesitaba a él y que él no la necesitaba. ¿No era lo lógico, siendo un McLaughlin?
    Sus pasos se ralentizaron al llegar a la calle principal. Con todos aquellos edificios nuevos, la zona no le resultaba tan familiar, pero el Café de Millie seguía en su sitio, igual que lo había dejado. Tal vez entrase a tomar un café y saludar a Millie, la madre de Shelley, su mejor amiga del colegio. Pero al doblar la esquina vio que el local estaba lleno y que había gente de pie, esperando una mesa libre. Por un momento creyó ver a Kurt y el corazón le dio un brinco. Como no quería encontrarse con él, siguió caminando.
    ¡Maldición! ¿Iba a pasarse toda la vida reaccionando de ese modo ante su presencia? No podía vivir así. Se detuvo en medio de la carretera y miró al otro lado de la calle, hacia el café, para comprobar si realmente era él.
    Un chirrido de frenos la sacó de su ensoñación. El miedo la dejó paralizada un par de segundos antes de saltar a un lado para apartarse, pero al mismo tiempo, su mente procesó que Kurt no podía estar en el Café de Millie, porque la cara de Kurt estaba en ese coche.
    Después de esquivarla, Kurt intentó recuperar el control de su vehículo, pero ella vio horrorizada que no pudo evitar a un coche que venía de frente. Chocaron y el ruido metálico del impacto lo llenó todo.
    Realmente, los daños se redujeron a unas abolladuras en el parachoques, pero Jodie corrió hacia los coches con el corazón en la garganta. El conductor del otro coche salió enfurecido, pero Kurt no se movió. Jodie, muerta de miedo, abrió la puerta y vio la extraña postura en que había quedado su cuerpo. Ella dejó escapar un gritito y él abrió los ojos verdes.
    – Hola -dijo él, antes de que torciera el gesto por el dolor-. ¿Puedes llamar a un médico? Creo que me he hecho daño en la pierna.
    Tenía que ser un embrujo. Cada vez que se giraba, se encontraba a Kurt McLaughlin rompiéndole el equilibrio mental. Tenía ganas de gritar, o al menos protestar, pero no podía quejarse de él cuando acababa de dejarlo cojo.
    Al verlo tumbado con aspecto desvalido en la habitación de la acogedora casita que compartía con su hija Katy, Jodie deseó estar en cualquier otro lugar. Su hermano Matt estaba comprobando que la escayola que le había puesto en la clínica, hacía una hora, estaba perfecta y David, que había ayudado a llevar a Kurt a casa, parecía muy divertido con la situación.
    Ella estaba en una esquina, deseando que la tierra se la tragase.
    – Sabía que Jodie quería llamar mi atención -dijo Kurt, en broma, pero a punto de hacer que ella perdiera los nervios-, pero no me había dado cuenta de lo lejos que estaba dispuesta a llegar.
    Ella emitió un quejido y su hermano David continuó con la broma.
    – Hermanita, ése no es el mejor modo de conseguir que un hombre te pida salir.
    Ella lo ignoró. Llevaba muchos años soportando las bromas pesadas de sus hermanos mayores y sabía que lo mejor era no hacerles caso. Por otro lado, se sentía fatal por lo que había pasado y quería que Kurt lo supiera.
    – No sé cómo he podido ser tan estúpida -dijo, por millonésima vez.
    Kurt miró al techo y gimió.
    – Jodie, si vuelves a decirme lo mucho que lo sientes, le pediré a tu hermano que te ponga uno de esos esparadrapos en la boca.
    Todos se echaron a reír y Jodie se puso colorada. Estaba claro que a sus hermanos les caía bien Kurt; no entendía cómo podían estar tan ciegos.
    Pero lo que más le sorprendía era lo bien que Kurt se lo había tomado todo. Ella habría esperado algún grito y muchos juramentos, pero apenas los escuchó. Tal vez si él hubiera estado más gruñón, ella lo habría llevado mejor: podría estar enfadada en lugar de sentirse culpable.
    Cuando el equipo de emergencias de los bomberos vieron que Kurt tenía la pierna rota, ella decidió llamar a su hermano, el mejor médico de la ciudad, y éste había acudido enseguida trayendo a David consigo. Entre los dos habían llevado a Kurt al hospital para que le hicieran una radiografía. Tenía una fisura en la rótula, lo cual podía ser muy doloroso, y Matt le había dicho que lo tendría escayolado un par de semanas, hasta que pudiera pasar a un vendaje que le permitiera más libertad de movimientos.
    Todo había ido bastante bien y, una vez en casa, Matt le había dado unos analgésicos. Tal vez por eso estuviera Kurt tan tranquilo… anestesiado por las medicinas.
    Ella quería marchase a casa y olvidarse de todo, pero no podía porque el accidente había sido culpa suya.
    – Jodie es fisioterapeuta -le estaba diciendo Matt-. Podrá ayudarte en la rehabilitación.
    – Lo había olvidado -dijo Kurt, y le sonrió, consciente de que eso le molestaría-. Me vendrá bien.
    Jodie se quedó helada. De un modo u otro, siempre acababa atada a aquel hombre. Debía de ser un maleficio.
    Para sorpresa de Jodie, la mirada de Matt se detuvo sobre una fotografía enmarcada que descansaba sobre la cómoda.
    – ¿Es tu hija? -preguntó.
    – Sí -asintió Kurt, orgulloso-. Es Katy. Esta noche está en casa de mi madre.
    Matt observaba la fotografía de un modo que Jodie encontró extraño. No sabía en qué momento habían empezado a gustarle los niños a su hermano mayor. Como ninguno de los seis hermanos tenían esposos o hijos, Jodie pensaba que él sería de su misma opinión: a ella no le desagradaban los niños, pero estaba más cómoda cuando se mantenían a distancia. Tal vez Matt no lo viera así.
    – Menos mal que no estaba contigo en el momento del accidente.
    – Desde luego -dijo Kurt.
    Jodie estaba de acuerdo, aunque no dijo nada. No quería ni pensar lo mal que se hubiera sentido si en lugar de hacerle daño sólo a Kurt, se lo hubiera hecho también al bebé.
    – Es una niña preciosa -siguió Matt-. ¿Cuánto tiempo tiene?
    – Dieciséis meses.
    – Poco más de un año.
    – Sí.
    Jodie enarcó las cejas, pensando qué le estaría pasando por la cabeza a su hermano. Aquello no coincidía con la imagen que tenía de él. Después vio que Kurt se había tumbado en la cama y dejó de pensar en su hermano inmediatamente. Su cuerpo volvió a reaccionar de aquel modo tan incómodo.
    Kurt se había puesto unos vaqueros cortados que dejaban al aire su pierna escayolada… y la otra. Ella había intentado evitar no notar lo bien definida que estaba y, además, él se acababa de quitar la camisa. Ahora no podía evitar ver aquella demostración tan sexy de su musculatura, toda ella bien envuelta en la piel más suave y bronceada que había visto nunca.
    ¡Aquel hombre parecía un dios griego! Al mirarlo sentía un peligroso calor por todo el cuerpo.
    Entonces se dio cuenta de que llevaba demasiado rato mirándole el impresionante pecho y levantó la vista hasta sus ojos para descubrir que él la había estado mirando todo el tiempo. Con las mejillas ardientes, se dio la vuelta y pretendió sumirse en la lectura de los títulos de la estantería más cercana.
    Matt y Kurt siguieron hablando, pero ella no escuchó ni una palabra de lo que decían por el zumbido que retumbaba en su cabeza. Él se había dado cuenta de que lo estaba mirando y le había devuelto la mirada con tanta intensidad que casi daba miedo. Parecía que supiera lo que estaba sintiendo y lo que estaba pensando también. ¿Se habría dado cuenta de lo atraída que se sentía físicamente hacia él? ¿Lo mucho que había deseado que la besara en el ascensor? Era tan humillante…
    Intentó respirar con normalidad, controlar la rojez de sus mejillas y evitar volver a mirar a Kurt a los ojos. Después salió del cuarto y fue a la sala a tomar un poco de aire fresco.
    La casa estaba amueblada con sencillez, pero había juguetes por todas partes. Ella torció el gesto y apartó la mirada. Habían pasado casi diez años, pero cada vez que veía cosas de niños, sentía náuseas. Sabía que era estúpido y autodestructivo dejar que aquella sensación gobernase su vida, pero no podía evitarlo. Siempre era duro perder un hijo, aunque no hubiera llegado a nacer.
    Intentó pensar en otra cosa. No dejaba de preguntarse por qué Kurt no vivía en la mansión victoriana de la colina, con el resto de su familia. Si había vuelto para que lo ayudaran con la niña, allí era donde debía haberse quedado. Se suponía que era una casa maravillosa.
    Ella nunca había estado allí; nunca la habían invitado a las fiestas de los domingos por la tarde a las que acudía el resto de chicas de la ciudad. Entonces ningún Allman era bienvenido a nada organizado por los McLaughlin.
    – Jodie -llamó David, apareciendo de repente.
    – ¿Qué? -se sobresaltó de haber sido arrancada tan de repente de su ensoñación.
    – Matt ha acabado.
    – Menos mal.
    – Pero Kurt quiere decirte algo.
    – ¿A mí? -se llevó las manos instintivamente al cuello-. ¿Por qué? ¿Qué quiere decirme?
    – Ni idea -David se encogió de hombros-. Algo de trabajo, supongo. Bueno, te esperamos en el coche.
    – De acuerdo -dijo ella, viendo a su hermano salir por la puerta.
    Volvió a la habitación y sus remordimientos regresaron en cuanto vio a Kurt tendido sobre la cama.
    – Oh, de verdad que lo…
    – No lo digas -ordenó él-. Ya sé lo mucho que lo sientes. Yo también. Pero ya está hecho, así que olvidemos el tema.
    Ella arqueó las cejas al notar el cambio de tono. Se había puesto más ropa y ya no era el mismo que intercambiaba bromas con sus hermanos. Bueno, tenía que estar cansado y dolorido, así que decidió darle cierto margen.
    – Tenemos que ver cómo vamos a llevar mi baja laboral. Matt dice que no puedo volver al trabajo hasta dentro de dos semanas.
    Una baja laboral. Eso lo iba a poner en clara desventaja y tal vez retrasara sus planes, y le permitiría a ella vigilarlo con más facilidad.
    – Oh, qué pena -ya podía imaginar trabajar sin él a la vista distrayéndola. Se animó inmediatamente. Tal vez las cosas estuvieran mejorando, después de todo.
    – Pero tengo un par de proyectos a medias que no admiten retraso, así que voy a tener que trabajar desde casa.
    – ¿Desde casa? -repitió ella, presintiendo que la continuación no le iba a gustar nada.
    – Sí. Tengo ordenador y fax, pero como no podré moverme mucho, ahí es donde entras tú.
    – ¿Yo?
    – Sí. Puedes venir a trabajar aquí conmigo. De ese modo avanzaré en el trabajo mucho más.
    – Oh, pero…
    – Lo he estado pensando. Puedes ir a la oficina a la hora de siempre, resolver los asuntos que tengas allí pendientes, traerme el trabajo que tenga que hacer yo y trabajar aquí hasta la hora de comer. Seguro que eso no te supone un problema, ¿verdad?
    ¿Qué podía decir? Aquello era culpa suya y tenía que ayudarlo en todo lo que pudiera. Jodie sintió que le empezaba a doler la cabeza y se mordió el labio. Pudo imaginar las mañanas con Kurt, los dos solos, trabajando codo con codo sobre algún asunto complicado, aumentando la confianza entre ellos… ¡No! ¡Imposible!
    – Tal vez -intentó ella- lo mejor fuera que enviase a Paula para que te ayudase -Paula era su secretaria-. Yo también tengo unas cuantas cosas a medias, así que me quedaré en la oficina para asegurarme de que todo vaya bien, y Paula puede hacer de enlace entre nosotros.
    – Eso no va a funcionar.
    – ¿Por qué no? -preguntó ella, asombrada.
    – Porque quiero que seas tú la que esté aquí.
    Eso era justo lo que estaba temiendo. Se había puesto en su papel de jefe y estaba dando órdenes. El problema era que ella no llevaba bien lo de recibir órdenes. Lo miró fijamente.
    – ¿Por qué yo?
    – ¿Eres o no mi asistente? -dijo él, frunciendo el ceño.
    – Es algo temporal.
    – Por lo que a mí concierne, vivamos al día. Ésa es mi respuesta.
    Jodie deseó decir algo impertinente e insubordinado, pero sabía que sería interpretado como una falta de madurez. El problema era que le costaba mucho doblegarse sin más.
    Se quedaron mirándose el uno al otro y Jodie se notó enfurecer, aunque consiguió contener el ataque de ira en el último momento. Para él estaba claro que lo estaba pasando mal, y para sorpresa de Jodie, eso parecía divertirlo.
    – ¿Acaso todas tus disculpas no significan nada? -preguntó él con dulzura.
    ¡Cómo podía…!
    – Y el que tú las rechazaras, veo que tampoco significaba mucho.
    Kurt rió.
    – Jodie, tranquilízate. Esto es lo que quiero y vas a tener que aceptarlo.
    – ¿O qué? ¿O me despedirás?
    – ¿Despedirte de la empresa de tu padre? Nunca haría algo así -su sonrisa resultaba de lo más irritante-. Sin embargo, podría darle los mejores trabajos a Paula y darte más tiempo para hacer fotocopias y traerme café.
    Estuvo tentada de salir por la puerta, furiosa. Al final tendría que hacer lo que él quería, pero no se lo iba a poner fácil. Por otro lado, se sentía radiante: habría deseado que sus hermanos vieran a Kurt ponerse autoritario con ella. Eso le daba más motivos para pensar que Kurt planeaba algún tipo de sabotaje.
    Pensándolo bien, tal vez no fuera tan mal idea estar cerca de Kurt mientras trabajaba, puesto que ella era la única que sospechaba de él y alguien tenía que vigilarlo.
    Se volvió y lo miró.
    – De acuerdo -gruñó-. Aquí me tendrás -para su sorpresa, él pareció más aliviado que triunfante, pero antes de que dijera nada, le advirtió-: Pero a cambio de venir a tu casa y trabajar lo mejor que pueda, quiero que… que no hagas nada que perjudique a mi familia.
    – ¿Perjudicar a tu familia? -otra vez se hacía el inocente-. ¿Por qué iba yo a hacer eso?
    – No lo sé… ¿Por qué huelen las flores? -dijo ella, mirando al techo.
    – Otra vez esa estúpida disputa familiar, ¿verdad?
    – Justo. El caballero ha ganado el premio.
    – Jodie, yo no quiero ningún premio. Lo único que quiero es que estés aquí… conmigo.
    ¿Qué estaba diciendo? Lo cierto era que no quería saberlo.
    – Pues ya lo has conseguido -dijo ella, sin salir de su asombro y dirigiéndose hacia la puerta-. Recuerda que tienes que tener cuidado con lo que pides. Las cosas pueden acabar de una forma que no esperas.
    – Eso puede no ser malo -murmuró él.
    Ella dudó del significado de sus palabras. Decía cosas que sonaban a la vez extrañas y sugerentes, pero tenía la sensación de que no quería decir lo que ella estaba interpretando. ¿Hacía eso sólo para desestabilizarla? Lo mejor sería asegurarse.
    – Y no tendremos ninguna… relación romántica -dijo ella con firmeza.
    El la miró un segundo y después echó a reír.
    – Escucha, Jodie. Cualquier romance que mantenga de ahora en adelante será sólo por diversión. Las relaciones para mí son cosa del pasado.
    Ella no pudo obviar la amargura de su tono de voz, pero no iba a dejar que lo notara. Todo el mundo tenía sus problemas, pero él, al menos, había tenido un matrimonio feliz, cosa que no podía decir mucha gente.
    – A eso me refiero. Yo no pierdo el tiempo con diversiones.
    – Entonces nos entenderemos a la perfección.
    Si creyese sus propias palabras… Jodie salió de la casa después de mirarlo por última vez como si acabara de sortear una trampa mortal. ¿Pero qué trampas le pondría en el futuro?

Capítulo 3

    Jodie lo tenía todo planeado cuando aparcó frente a la casa de Kurt a la mañana siguiente. Se mostraría fría, tranquila y profesional; toda eficiencia y competencia, pero manteniendo las distancias.
    Mientras caminaba hacia la puerta conjuraba sus emociones para que permaneciesen dormidas. Su amiga Shelley, que también trabajaba en Industrias Allman, la tendría al corriente del trabajo de la oficina, así que se recogió el pelo rubio en un moño, se vistió con unos pantalones y una camisa blanca y ocultó sus ojos oscuros tras unas gafas de sol. Impersonal y profesional.
    La puerta verde se abrió antes de que pudiera llamar y en ella apareció Kurt, con una enorme sonrisa y casi desnudo. Llevaba el pecho al descubierto y tenía los bíceps hinchados por el esfuerzo de usar las muletas. Los pantalones cortos del pijama se ajustaban a sus caderas perfectamente esculpidas, y ante la visión de tanta carne masculina, ella no pudo más que dar un paso atrás y quedarse sin aliento.
    – ¿Estás bien? -preguntó él, con la luz de la mañana reflejada en sus ojos verdes.
    – Claro que sí -replicó ella, recuperando rápidamente el equilibrio emocional-. Pero me preocupa que puedas pillar un catarro así, llevando tan poca ropa.
    – No te preocupes, estoy fuerte como una roca -le aseguró Kurt.
    Aquello estaba clarísimo.
    – ¿Te has dejado la bata en algún lado?
    – Me estorba con las muletas -levantó una ceja-. ¿Quieres decir que te molesta que no esté completamente vestido?
    Ella arrugó el ceño.
    – He sido fisioterapeuta durante los últimos cinco años; estoy acostumbrada a ver el cuerpo humano.
    La flagrante mentira casi hizo que enrojeciera, pero logró contenerse. Los cuerpos normales no la afectaban, pero aquél la ponía algo nerviosa… Esperaba que él no se diera cuenta.
    – Puesto que no parece que estés listo para trabajar, creo que volveré a la oficina y vendré más tarde -se giró e intentó que la amenaza surtiera efecto. Una imprecación la detuvo.
    – Deja de hacer teatro, Jodie -dijo él con impaciencia-. Tenemos mucho que hacer y no podemos perder el tiempo.
    – ¿De verdad? -al mirarlo no pudo evitar el apreciar como el sol brillaba sobre su bronceada piel.
    – Entra y empecemos de una vez.
    – ¿Qué te ronda por la cabeza? -preguntó ella, sin fiarse.
    – Jodie, Jodie -dijo, con una sonrisa capaz de fundir el hielo de los polos-. Tienes que aprender a confiar en mí.
    – La confianza es algo que se gana -le recordó.
    – Muy bien, señorita rayo de sol. Hoy quería ir a los viñedos, pero puesto que yo no puedo conducir, tendrás que hacerlo tú por mí.
    – ¿A los viñedos? -se sorprendió ella-. ¿Para qué?
    – Estoy trabajando en los conceptos de la nueva campaña publicitaria. Quiero ver qué podemos hacer. Hacer fotos y buscar ideas.
    Ella se quitó las gafas, lo miró y volvió a preguntarse en qué estaría pensando.
    – ¿Mi padre sabe que pensabas ir? -preguntó.
    Su expresión se tornó extraña y luego volvió a la normalidad.
    – ¿Por qué? ¿Crees que debería pedirle permiso? -respondió.
    Ella dudó, pensando justamente eso, pero consciente por su tono de que no le gustaría la respuesta. Ir y volver hasta allí les llevaría todo el día. En realidad no tenía ningún asunto pendiente que no pudiera retrasar un día más, así que, pensando que si él iba, ella no debía dejarlo solo, accedió.
    – De acuerdo, pero… ¿y tu hija? -dijo, al fijarse en los juguetes que estaban por el suelo.
    – Aún está con mi madre. La ha traído antes para que pudiera verla y darle un par de besos -sonrió-. Y, por supuesto, mi madre también tenía que darme su sermón de cada día -añadió, más para sí mismo, y su sonrisa desapareció.
    – A tu familia le gusta tan poco como a mí que trabajes en Industrias Allman, ¿verdad?
    Sus ojos verdes se tornaron opacos y ella no pudo interpretar ninguna reacción, pero no necesitaba confirmación. Los McLaughlin seguían despreciando a los Allman, y Jodie no necesitaba saber más.
    Ella lo miró: con aquel pijama y barba de un día nadie podía negar que era un hombre de lo más atractivo. Tan atractivo que el corazón se le aceleró al verlo y empezó a pensar en sábanas de seda, besos interminables y caricias masculinas sobre la piel desnuda.
    Oh, oh… mejor no seguir por ese camino. Tendría que borrar esos pensamientos de su cabeza cuanto antes.
    Después se dio cuenta de algo que le hizo pensar en otra cosa. Él sentía dolor. Podía verlo en sus muecas al tratar de moverse y eso le hizo compadecerse de él. Pobre… tal vez pudiera hacer algo para que se sintiera más cómodo y aliviado…
    – Hay otro asunto para el que necesito tu ayuda -pidió él-. Quiero ducharme.
    Suficiente. Jodie apretó los labios y miró a través de él, intentando contener el aluvión de protestas que se le venían a la mente. Intentó mantener la cabeza fría.
    – En serio, lo necesito -dijo con un buen humor que casi parecía forzado-. Me pica la cabeza. También me vendría bien un buen enjabonado -levantó las cejas y la miró-. Podrías hacer eso por mí.
    ¿Y por qué no una pedicura y una limpieza de cutis? No tenía sentido compadecerse de él. Apretando los dientes, Jodie lo miró a los ojos.
    – No me importa ayudarte a meterte en la ducha -le dijo con cuidado-, mientras no te quites la ropa.
    – Creía que no te asustaba la desnudez -dijo él, con tono de broma.
    – No me asusta la desnudez, pero no toleraré esas familiaridades. Y tu idea de compartir ducha es una familiaridad de las intolerables.
    – ¿Así que sigues sin fiarte de mí? -preguntó él, divertido.
    – ¿En qué momento te has dado cuenta de eso?
    – Espera. No es eso. Lo que pasa que no te fías de ti misma, ¿verdad?
    Ella deseó echar a reír o lanzarle algo a su bella cabeza, pero en su lugar, su cara se encendió.
    – Lo sabía -siguió él, bajando los párpados-. Sabes que eres tan apasionada que tu instinto te traicionaría y acabarías…
    – Saliendo por la puerta -dijo ella, con la cabeza bien alta-. Mira cómo me marcho.
    – Espera, Jodie -dijo él, riendo al agarrarla del brazo para evitar que cumpliera su amenaza-. Estaba bromeando. Te prometo que seré bueno. No te marches. Te necesito de verdad.
    Esa frase le gustó. Podía soltar una carcajada y marcharse; desde luego se lo tenía bien merecido. Estuvo tentada de dejarlo allí y marcharse en serio. Pero como Kurt casi esperaba eso de ella, decidió sorprenderlo y apelar a su experiencia en ese tipo de cosas para que todo fuera bien mientras lo ayudaba.
    – De acuerdo -dijo, entrando en la casa-. Te ayudaré a ducharte. La limpieza es una virtud.
    – Genial -respondió él, girando con dificultad sobre las muletas-. Te lo agradezco.
    Ella observó su pijama. El tejido era tan fino que dejaba poco a la imaginación. A pesar de su experiencia, su pulso se aceleró un punto.
    – Con una condición -declaró con firmeza-. No te quitarás el pijama.
    – Eso me va a complicar la tarea de lavarme -dijo él, disgustado.
    Jodie se arriesgó a mirarlo a la cara.
    – Creía que eras de los que se reían ante la adversidad -sonrió-. Sólo hay que hacer unos arreglos.
    – ¿Arreglos?
    Ella no se detuvo a discutir el tema. Salió al patio trasero a buscar un par de sillas de plástico y las metió en casa.
    – ¿Dónde está el baño? -preguntó animada.
    El seguía donde lo había dejado con una expresión indescifrable.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – Los arreglos -le dijo-. ¿El baño?
    Él señaló el camino y la siguió, para mirar cómo ponía una silla dentro de la ducha y la otra fuera.
    – Ya está -exclamó, triunfante-. Ahora veamos tu pierna.
    No tardó mucho en envolver toda la pierna en plástico. Después enrolló las perneras del pijama y las sujetó muy arriba. Aquello era lo duro; sus dedos trabajaban en contacto con su piel, muy cerca de las zonas prohibidas y deseadas, que parecían arder. Le costó una barbaridad mantener sus emociones a raya.
    Kurt no decía nada, y como ella no le veía la cara, no podía adivinar lo que estaba pensando. Por su parte, ella intentaba no pensar en nada en absoluto. La práctica como fisioterapeuta vino en su ayuda y pronto lo tuvo sentado en la silla de la ducha, con la pierna escayolada descansando sobre la otra silla. Después probó el agua y le pasó el jabón.
    – Ya está -dijo ella, con el típico tono animado e impersonal-. Llámame cuando estés listo para que te saque de ahí.
    Cuando hubo salido del baño, se derrumbó contra una pared. Qué mañana.
    Su alivio desapareció cuando se dio cuenta de que Kurt no había abierto la boca en todo el proceso. ¿Qué estaría pensando? Frunció el ceño. A pesar de mantener la mirada impenetrable, a veces dejaba ver un resquicio de emoción en sus ojos. Tendría que estar atenta, ya que no se fiaba de él.
    La primera vez que Jodie recordaba haberse fijado en Kurt McLaughlin fue a los catorce años, en un rodeo. Ya entonces había sentido emociones contradictorias con él. Se suponía que tenía que odiarlo, porque era un McLaughlin y había ganado a sus hermanos, que eran los favoritos, en el rodeo.
    Había montado aquel enorme toro rojo como si hubiera nacido sobre él. Ella recordaba haberse sentido ultrajada y a la vez culpable por la admiración que había sentido al verlo tan calmado, controlando la situación. Sus hormonas juveniles se habían alborotado al apreciar su sonrisa despreocupada y lo bien que le sentaban los vaqueros.
    Entonces le había parecido demasiado mayor para ella y, además, era un McLaughlin, pero la imagen de él como el vencedor sobre el toro había permanecido en su memoria mucho tiempo.
    Y ahora aquel hombre estaba sentado a su lado en el coche, mientras ella conducía por la desierta carretera hacia el viñedo. No había sido fácil meter la pierna enyesada en el coche, pero por fin lo consiguieron y después ella vio como él tomaba unos analgésicos. La expresión de sus labios le decía que las pastillas aún no habían hecho efecto y ella deseó poder hacer algo para aliviar su dolor.
    – ¿Estás bien?
    Él no levantó la vista, pero asintió, lo que demostraba que no estaba nada bien.
    Su mente voló de nuevo al día del rodeo. Ella y su amiga Shelley estaban en las gradas, conscientes de que los hombres se fijaban en ellas por primera vez, lo cual las tenía un poco asustadas y muy nerviosas. Ella recordaba incluso que llevaba unos pantalones muy cortos blancos y un top rojo que la hacían sentir mujer por primera vez. Y ver ganar a Kurt había acrecentado ese sentimiento. Cuando bajó del toro vencedor y se giró para saludar a la multitud, ella habría jurado que la había mirado. Había esbozado una media sonrisa y ella había pensado que se la estaba dedicando a ella.
    Pero aquello sólo duró unos segundos. Tal vez incluso lo soñara. Un instante después, los primos de Kurt corrieron a su lado y la gente se preparó para la pelea que estallaría entre los McLaughlin y los Allman, como de costumbre, en cuestión de segundos. Aquellas peleas siempre se resolvían del mismo modo, porque los chicos McLaughlin doblaban en número a los Allman, y Jodie solía ver a sus hermanos volver a casa con los ojos morados y los labios partidos.
    – ¿Hacia dónde vamos exactamente? -preguntó ella, mirándolo de reojo-. ¿Hacia los campos Allman?
    – Sí. Los que posee la compañía.
    – ¿Qué tal van los viñedos?
    – No tan bien como nos gustaría -admitió él-. Seguimos dependiendo de la producción de otros viticultores en un ochenta por ciento.
    El negocio había empezado desde abajo, con Jesse cultivando el pequeño trozo de tierra que los Allman poseían desde los años veinte. Pero con mucho trabajo, su padre había conseguido crear una gran empresa. Ahora tenían contratos con viñedos de todo el condado y embotellaban varias marcas de vino.
    Kurt continuó hablando de los negocios de la empresa y ella se alegró al ver que estaba mejor, pero al ver que conocía tantos datos, no pudo evitar pensar que para ser del departamento de marketing, le interesaban demasiado los números.
    – Toma la carretera que sale del próximo desvío -le indicó él-. Nos llevará hasta Casa Azul.
    – ¿El viñedo de mi padre? -preguntó ella sonriendo.
    – Sí -dijo él, estudiando su rostro con detenimiento-. Supongo que pasarías mucho tiempo allí de niña.
    – Demasiado -dijo, recordando las tardes de vendimia en otoño, cuando Industrias Allman era sólo un sueño en la cabeza de su padre-. ¿Vive alguien en la casa del guarda?
    – Sí, el capataz. Creo que es un viejo amigo tuyo: Manny Cruz.
    – ¡Manny! -rió suavemente. Manny había sido un buen amigo de Rafe y uno de los pocos chicos del pueblo siempre dispuesto a ayudar a los Allman en las peleas contra los McLaughlin-. Qué buen tipo. Me alegrará volver a verlo.
    – Se casó con Pam Kramer. Creo que ahora tienen dos hijos.
    – Manny y Pam -dijo, casi para sí-. El tiempo vuela.
    Sus pensamientos se ensombrecieron. Lo cierto era que la mayoría de sus viejos amigos estaban ya casados o tenían hijos. Una parte de ella odiaba que las cosas cambiaran.
    – Esto me encanta -dijo Kurt, sorprendiéndola-. Mira ese cielo. ¿Hay algún cielo así en algún otro sitio? ¿Llega la vista tan lejos? -se volvió para sonreírle, colocándose bien el sombrero sobre la cabeza-. Por eso volví. Texas es mi hogar.
    Ella sentía lo mismo, aunque no hubiera vivido en ningún otro sitio. En Texas había sitio para respirar, lo cual no le venía mal en aquel momento, al ver la sonrisa que le dedicaba él.
    Por fin, tras una colina surgieron los viñedos, verdes sobre el fondo dorado.
    – Estos pertenecen a los Newcomb -le explicó Kurt-. La propiedad Allman empieza tras ese campo de algodón.
    Fascinante. La propiedad había crecido mucho desde el tiempo en que ella y sus hermanos tenían que trabajar en la recogida de la uva. Una vez más se preguntó por qué Kurt se tomaba tanto interés por aquellas cosas.
    – Ve despacio -dijo él, sacando su cámara-. Quiero hacer algunas fotos.
    – ¿Quieres que pare?
    – Aún no. Ya te avisaré.
    Él se inclinó sobre la ventanilla abierta haciendo fotos cuando ella iba más despacio.
    – ¿Dijiste que estabas trabajando en una campaña?
    – Sí -respondió Kurt.
    Esperó a que él continuase, pero no le dio más información. Frunció el ceño y lo miró tomar fotos a las filas de viñas, preguntándose qué tendría en la cabeza. Fuera lo que fuera, no parecía dispuesto a compartirlo.
    – Entra por ese camino de tierra y aparca cuando puedas. Quiero ver esas viñas de cerca.
    Ella hizo lo que le pedía, apagó el motor y lo miró.
    – ¿En serio quieres hacer esto? -preguntó, pensando en lo que les había costado hacerlo entrar en el coche-. Te cansarás pronto de arrastrar la pierna por este pedregal.
    – Estoy bien -le dijo-. Tengo que ver una cosa.
    Ella lo ayudó a salir y esa vez le costó menos. Parecía que empezaba a saber cómo moverse, o tal vez estuviera pensando en otras cosas y sintiera menos el dolor.
    Las muletas se hundían en la tierra, pero a él no parecía importarle. Ella lo siguió, con cuidado para que no se le metiera tierra en los zapatos.
    – ¿No te parece una vista impresionante? -preguntó Kurt.
    Ella lo miró y volvió a preguntarse qué estaría pensando y cómo averiguarlo.
    Después la guió hasta una viña que no parecía tan sana como las demás, se apoyó en la muleta para agacharse y cortó unas hojas para estudiarlas.
    – ¿Qué les pasa? -preguntó ella.
    – Hay algo que no va bien -respondió, sacudiendo la cabeza-. Las viñas no prosperan del modo en que deberían. Tenemos que averiguar qué está pasando.
    – ¿Por qué no dejas que los agricultores o Manny se ocupen de esto? Pensaba que habíamos venido a hacer fotos.
    – Y eso vamos a hacer pero, si no te importa, recoge algunas hojas al azar y guárdalas por separado. Quiero que las estudien.
    – ¿Cómo las voy a separar? -preguntó ella.
    – ¿No tienes bolsillos?
    – Claro -dijo, y empezó a llenarlos de hojas hasta que el ruido de un coche acercándose la distrajo-. Parece que viene alguien.
    Un todoterreno rojo se acercaba por el camino y los dos se quedaron mirándolo. Jodie frunció el ceño; algo en el modo en que avanzaba la hizo sentirse insegura y se acercó más a Kurt, buscando su protección de forma instintiva.
    De repente, el ruido inconfundible de un disparo estalló en el aire.

Capítulo 4

    – ¿Qué demonios…? -Kurt agarró a Jodie y la arrastró al suelo antes de tumbarse sobre ella.
    – ¡No te muevas! -le gritó-. Ese idiota…
    – ¿Quién? -intentó decir ella, aunque bajo el peso de su cuerpo sentía que se ahogaba-. ¿Qué ocurre?
    El todoterreno se detuvo muy cerca de ellos. Ella oyó cómo se abría la puerta del coche, pero no podía ver nada de lo que pasaba. La boca le sabía a tierra.
    – ¡McLaughlin! -el grito venía del coche-. ¡Márchate de aquí!
    Kurt juró en voz baja y se incorporó un poco.
    – Manny, ¿estás loco? -gritó-. ¿Pretendes matar a alguien?
    – ¡Ojalá! No te preocupes, McLaughlin. Esta vez no he apuntado hacia ti, pero tal vez la siguiente sí lo haga. Ya te he dicho que saques tu culo de McLaughlin de esta propiedad Allman.
    – Manny Cruz.
    Kurt se había apartado lo suficiente como para dejar que Jodie se arrastrara por debajo de él.
    – Manny -dijo, aún sentada en el suelo-. ¿Te parece que esto son maneras de recibirme? Sigues tan loco como siempre.
    – ¿Jodie? -Manny la miró un instante muy sorprendido, y después una enorme sonrisa se dibujó en su cara-. Jodie, ¡hacía siglos que no te veía!
    – Eso es cierto -dijo ella, levantándose del suelo aún temblorosa-. ¿Qué tal te va todo?
    – Genial -parecía encantado de verla-. ¿Sabes que Pam Kramer y yo nos casamos? Tenemos dos hijos.
    – Eso me han contado.
    – Tienes que venir a la casa a conocerlos.
    Jodie tragó saliva y esbozó una sonrisa.
    – Me encantaría, pero tienes que prometer que no nos dispararás.
    Manny pareció sorprendido. Bajó la mirada hacia el rifle que aún tenía en las manos y después lo dejó junto al coche como si no tuviera intención de usarlo.
    – Oh, claro que no. Lo de antes ha sido sólo una advertencia para este McLaughlin -su expresión cambió en ese momento-. ¡Oye! ¿Qué haces tú con este tipo?
    – Eso mismo me he preguntado yo a mí misma unas cuantas veces -dijo, echándole una mirada a Kurt-. Papá lo ha contratado, así que supongo que será mejor que no le dispares.
    – Eso había oído -dijo Manny, sacudiendo la cabeza, evidentemente disgustado-, pero no podía creerlo. No es normal que un McLaughlin trabaje para un Allman, o al revés.
    – Te voy a decir yo lo que es normal y lo que no -replicó Kurt iracundo, dirigiéndose hacia él-. Lo que no es normal ni legal es disparar a la gente. Si tienes un problema conmigo, vamos a solucionarlo ahora mismo.
    Los dos hombres estaban en actitud beligerante, pero a Manny le cambió la expresión cuando se fijó en la escayola de Kurt, que parecía haberse olvidado de ella y se dirigía a toda velocidad hacia el otro. Había perdido las muletas y avanzaba a saltos, pero la rabia le daba fuerzas. Manny parecía confuso… no podía pelearse con un hombre con la pierna rota.
    Entonces Jodie se echó a reír.
    – Esto no es divertido -dijo Kurt, deteniéndose para mirarla.
    – Claro que sí -contestó ella-. Es lo más cómico que me ha pasado nunca. Nosotros tirados en el suelo, Manny sacando su arma y tú pretendiendo pelearte con él con escayola y todo -se dejó caer en el suelo y se rió con ganas.
    Los dos hombres la miraron con los puños bien cerrados, pero el ambiente de pelea parecía haber desaparecido, al menos por el momento, cosa que ella agradeció.
    La vieja granja de color azul cielo ya no estaba como Jodie la recordaba de cuando ella y su familia solían ir allí. Delante del porche había una pequeña adelfa de flores rosas, en las ventanas había jardineras de petunias y el tejado parecía nuevo. Jodie aparcó y rodeó el coche para ayudar a salir a Kurt. Manny les había dicho que fueran por delante mientras él llevaba a unos trabajadores a otro campo.
    Por el camino, Kurt le había contado que en la última visita que había hecho a los viñedos hacía unas pocas semanas, no había visto a Manny, pero unos trabajadores lo habían seguido por todas partes mientras hablaban con su jefe por walkie talkies para tenerlo al corriente de todos sus movimientos.
    Mientras le sacaba la pierna del coche, ella se quedó pensativa y le preguntó.
    – ¿Qué viniste a hacer?
    – Vine a ver unas cuantas cosas.
    – Ya veo -dijo, mirándolo fijamente, sin ocultar que no se fiaba de él.
    – Al día siguiente -continuó él sin hacer caso de sus miradas-, había una nota sobre mi mesa diciendo que los McLaughlin debía mantenerse alejados de los campos Allman. Además indicaban unas cuantas desagradables posibilidades de lo que me podía pasar si no hacía caso de la advertencia, pero no quiero aburrirte con los detalles.
    – ¿Así que decidiste volver para ver si iba en serio, eh?
    – Claro -dijo él, divertido-. No tenían ningún derecho a hacer esas amenazas.
    – Ya -dijo ella, sacudiendo la cabeza.
    Mientras caminaban hacia la puerta, un niño pequeño salió de ella a toda velocidad. Una voz lo llamó desde el interior de la casa.
    – ¡Lenny, vuelve aquí! ¡Ni se te ocurra acercarte al estanque!
    Kurt le pasó a Jodie una de las muletas para interceptar al pequeño fugitivo y levantarlo en brazos.
    – ¡Hola! -le dijo al niño, que tenía la boca abierta de asombro-. ¿Dónde vas con tanta prisa?
    El niño intentó zafarse de sus manos al principio, pero la sonrisa de Kurt pareció hipnotizarlo.
    – Oh, menos mal. ¿Cómo ha conseguido pillarlo? -una guapa mujer pelirroja apareció en la puerta con un bebé apoyado en la cadera-. Muchas gracias. Le encanta meterse en el estanque y luego tengo que bañarlo de arriba abajo.
    – Yo también tengo una niña de esta edad y sé lo que son -dijo Kurt, sonriendo y llevando al pequeño hacia la puerta.
    Jodie se había quedado impresionada por la habilidad que había adquirido con las muletas, pero pronto su atención quedó centrada en los niños. Normalmente evitaba estar con niños tan pequeños, porque, a pesar de los años, aún sentía dolor. Apartando la vista de los niños como otros lo hacían de la sangre, decidió concentrarse en su antigua amiga.
    – ¿Pam? -le dijo, mirándola.
    – ¡No puede ser! -exclamó ella-. ¡Jodie! ¡Jodie Allman! Había oído que habías vuelto, pero ha pasado tanto tiempo…
    Se abrazaron y después Pam los guió hacia el interior de la casa, como si hubiera estado esperándolos.
    – Llegáis a tiempo para comer. Pasad. Pondré otros dos platos en la mesa.
    – Oh, no es necesario. No queremos molestar…
    – ¿Estás de broma? Siempre hago mucha comida, así que no hay problema. Podéis sentaros, todo estará listo en un segundo. ¿Dónde está Manny? ¿Ya lo habéis visto? Estará emocionado de veros. Su tema de conversación favorito es lo divertidas que eran las peleas con los McLaughlin -echó una mirada a Kurt-. Tú eres uno de ellos, ¿verdad? Creo que me acuerdo de ti.
    Jodie sonrió ante la broma. ¿Acordarse de Kurt? Era imposible olvidarse de él.
    – Jodie y yo estábamos en clase con tu hermana Tracy -siguió Pam-. Hasta que se fue a aquella escuela interna. ¡Qué revuelo causó! No sabíamos si nos daba más rabia o envidia.
    – Mucha gente va a colegios internos -dijo Kurt.
    – No por esta zona.
    Jodie le explicó que habían visto a Manny en el viñedo. Pam, sin dejar de hablar, puso la mesa, sirvió la comida, sentó a Lenny en su trona y a la niña en su sillita. Jodie estaba asombrada.
    – Pam, aún me acuerdo del día que no hiciste los deberes de latín porque tenías que pintarte las uñas de los pies ¡y ahora veo que te has vuelto multitarea!
    – He madurado. Jodie -dijo Pam, después de reírse-. Seguro que a ti te ha pasado lo mismo -Jodie no lo tenía tan claro-. Tener hijos te cambia, desde que te quedas embarazada. Te conviertes en alguien distinto porque piensas en la vida que estás a punto de traer al mundo. Pero tal vez ya sepas todo eso -dijo, mirándola a los ojos-. Por lo que sé, estás casada y has tenido doce hijos -sonrió a su amiga-. O al menos uno. Lo dice tu mirada…
    Jodie tenía la boca seca y el corazón latiéndole a mil por hora. Era una tontería. Pam no sabía nada, sólo estaba siendo amable. No podía tener ni idea del hijo que Jodie había perdido hacía años. Esperaba que nadie de Chivaree lo supiera.
    Por suerte, no tuvo que responder, ya que la niña pequeña empezó a protestar y Kurt la tomó en brazos de un modo muy natural. Jodie envidió la facilidad que tenía con los niños. Si pudiera controlarse, tal vez empezara a sentirse cómoda con ese tema. Además, ya era hora de que lo hiciera. Sus amigos parecían no dejar de mostrarle a sus hijos y ella actuaba como un vampiro ante la luz. Era ridículo. Pero se levantó y empezó a ayudar a Pam, sólo para que Kurt no le ofreciera que tomara al bebé en brazos.
    Manny apareció entonces en la puerta, quitándose en sombrero y frunciendo el ceño como lo había hecho en el viñedo, al ver a Kurt con su hija en brazos.
    – Ven con papá -dijo, tomándola de los brazos de Kurt.
    Pam notó la tensión al instante y empezó a parlotear de nuevo mientras llevaba a la niña a su cuna, en la habitación. Desde allí llamó a Kurt para que viera el nuevo trenecito que le había comprado a Lenny, pensando en que tal vez a él le gustase para su niña.
    Cuando Kurt salió del comedor, Manny miró a Jodie a los ojos sacudiendo la cabeza.
    – ¿Puedes explicarme por qué tu padre ha contratado a ese tipo? -dijo en voz baja, con los ojos echando chispas-. Está claro que tiene malas intenciones.
    Jodie sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.
    – ¿Tú también lo crees?
    – Está claro -dijo él, encogiéndose de hombros-. Es un McLaughlin.
    Ella frunció el ceño. Era más que eso. Pero, ¿no serían imaginaciones suyas? Como lo de su atracción por él…
    – Bueno, mis hermanos creen que está haciendo un buen trabajo -comentó ella, queriendo ser justa.
    – Eso tiene que demostrarlo primero -dijo Manny con un gruñido.
    Pam y Kurt volvieron y todos se sentaron a la mesa. Manny sacó una botella de Chardonnay de Bodegas Allman.
    – Os gustará -aseguró-. Tiene un toque afrutado y es ligero.
    Jodie sonrió mientras observaba a Manny servir las copas. Antes Manny trabajaba como mecánico y ahora se había hecho un entendido en vinos. Kurt puso la mano sobre la copa.
    – Yo no quiero, gracias.
    La expresión de Manny se ensombreció. Estaba claro que se lo había tomado como un insulto personal. Jodie se dio cuenta de que Kurt había rechazado el vino por la medicación que estaba tomando, pero era demasiado tarde para explicárselo a Manny.
    Jodie y Pam llevaron las riendas de la conversación durante toda la comida, recordando viejas historias y riéndose como años atrás. Manny y Kurt permanecieron en silencio y Jodie miraba a Kurt de reojo de vez en cuando, deseando que se uniese a la charla, hasta que se dio cuenta de que estaba pensando en otra cosa y no los estaba escuchando.
    Estaba claro lo que estaba pensando Manny, porque lo tenía escrito en la cara: lo mucho que detestaba a Kurt. Sin embargo, ella estaba casi segura de que éste estaba pensando en otra cosa, pero no tenía ni idea de qué podía ser.
    Cuando acabaron, Jodie ayudó a Pam a recoger la mesa y a servir una tarta de limón, pero Kurt, sin hacer caso de la tarta, sacó las hojas de las viñas que había cortado y las colocó sobre la mesa.
    – ¿Qué haces? -preguntó Manny.
    – He estado pensando en el problema de las viñas -dijo Kurt, que pareció sorprendido por ver que había gente a su alrededor.
    – Han venido tres veces a verlas del Ministerio de Agricultura -dijo Manny, queriendo cortar el tema-. Si ellos no saben qué pasa, no sé cómo lo vas a saber tú.
    – Bueno, no soy un experto, pero…
    – Eso está claro -interrumpió Manny-. Eres un McLaughlin… ¿Has hecho algo bien alguna vez en la vida?
    Jodie echó una mirada a Kurt. Años atrás, aquello habría sido el principio de la pelea, y casi creyó que las cosas no cambiarían, pero los ojos de Kurt, en vez de lanzar destellos de rabia, parecieron impacientarse por aquella chiquillada.
    – Escucha, esto es importante. Estas hojas me recuerdan a algo que estudie en la facultad de Botánica. Aún guardo relación con algunos de mis profesores de entonces, así que voy a mandarles estas muestras para ver si pueden averiguar de qué se trata.
    A Manny no le cambió la cara, pero no continuó con los habituales insultos.
    – Supongo que no encontrarán nada nuevo -dijo, mirando a Kurt a la cara.
    – Eso no podemos saberlo. Los métodos de diagnóstico han avanzado mucho, y si alguien está al tanto de ellos, ése es mi profesor Willard Charlton. Es un investigador del más alto nivel de su campo.
    Manny aún lo miraba desconfiado, pero lo que le contaba había despertado su interés.
    – ¿Qué crees que es? -preguntó.
    – No lo sé, pero si te fijas en el envés de las hojas, se ven unos agujeritos diminutos -le pasó la hoja a Manny para que pudiera verla bien-. Hay que mirarlo desde muy cerca para apreciarlos. Tal vez sea algún hongo o parásito, pero tan pequeño que no se detecte fácilmente.
    – Ya hemos probado con los funguicidas -dijo Manny, mirando una hoja-. Si es un parásito…
    – Si fuera algo que ya conocemos, ya lo habríamos diagnosticado.
    Y continuó hablando, mostrándole a Manny las hojas de Jodie. Pronto la desconfianza del capataz dejó paso al respeto y acabaron hablando como conocidos e incluso como amigos. Al ver cómo Kurt se ganaba a Manny, Jodie sacudió la cabeza. ¡Era increíble lo que pasaba con aquel hombre!
    – ¿Cómo consigues encantar a todo el mundo excepto a mí? -preguntó Jodie a Kurt mientras volvían a casa.
    – ¿Excepto a ti? -preguntó él, obviamente sorprendido por el comentario-. Ya sé que eres mucho más inteligente que yo, así que contigo ni siquiera lo intentaré.
    – De algún modo consigues que todo el mundo se ponga de tu parte. Es como si supieras lo que quieren exactamente. Pero lo único que consigues conmigo es pincharme -lo miró y pensó si estaría quejándose en voz alta-. Dime por qué.
    Él suspiró y se reclinó en el asiento. Se quedó callado un rato y ella empezó a pensar que acabaría ignorando su pregunta, pero por fin respondió.
    – No puedo responderte a eso, señorita Jodie Allman -dijo, con su mejor acento texano-. Contigo me comporto de forma natural, supongo.
    – Entonces será que eres naturalmente antagónico para mí -aventuró ella.
    – Podría ser.
    ¡Oh, ni siquiera se estaba esforzando! Sintió una oleada de rabia.
    – O eso, o que tu estado natural es el de un Neandertal.
    – No digas eso. Me considero todo un caballero.
    – Sí, todo un caballero del medioevo.
    Él se echó a reír. Por su postura, Jodie podía deducir que estaba completamente relajado. Por lo menos no la odiaba tanto como para ponerlo nervioso.
    Había tomado unos analgésicos antes de salir de casa de Pam y Manny, justo después de intercambiar direcciones de correo electrónico con Manny y prometerle a Pam que quedarían para que Katy y Lenny jugaran juntos.
    Era frustrante ver cómo conseguía tener siempre el control de la situación. Ella tendría que trabajar a conciencia para llegar al fondo de su pensamiento y disfrutaría cuando por fin lo viera superado por las circunstancias.
    – Estaba acordándome de la primera vez que te vi -dijo él, sin venir a cuento.
    – ¿En el rodeo de Chivaree? -preguntó ella sin darse cuenta. Volvió a recordar el momento en que él se bajó triunfante del toro y sus miradas parecieron encontrarse, pero pronto se arrepintió de haber dicho nada y se mordió la lengua.
    – ¿El rodeo? -dijo él, frunciendo el ceño. Sacudió la cabeza-. No, fue antes de eso, cuando ambos éramos más pequeños.
    Aunque no lo estaba mirando, podía ver su perfil por el rabillo del ojo. Empezó a notar que se le encendían las mejillas y maldijo para sus adentros. ¿Por qué le pasaba aquello cada vez que Kurt le prestaba un poco de atención?
    – ¿Te acuerdas -dijo él, casi en un susurro-, de cuando mi hermana celebró su cumpleaños en el parque? Tú estabas mirando desde la distancia -parecía divertirse-. Creo que yo tenía doce años, así que tú tendrías siete u ocho -vaya, eso sí que eran recuerdos infantiles. Hizo un esfuerzo por recordar-. Nos mirabas como un niño frente al escaparate de una pastelería. Me pareció que eras muy guapa, así que te invité a unirte a la fiesta, pero tú me rechazaste sacudiendo la cabeza. Aún pones la misma cara a veces.
    Se echó a reír y ella apretó los labios, porque no se le ocurría qué decir.
    – Después te llevé un helado de cucurucho y te miré mientras te acercabas lentamente a mi mano. La verdad es que, de pequeños, los Allman parecíais animalitos a veces.
    – ¿Qué estás diciendo? -aquello había sido demasiado-. Los McLaughlin os dedicabais a decir todas esas tonterías de nosotros.
    – Seguí ofreciéndote el cono -continuó él, ignorándola-, y tú te acercabas poco a poco. Deseabas mucho ese helado. Por fin, cuando lo tomaste de mi mano, casi sonreíste.
    – ¿Casi?
    – Casi -afirmó él.
    Ella esperó a que continuase con el relato mientras empezaba a recordar cómo solía rondar aquellas fiestas, deseando haber sido invitada y sintiéndose como una marginada.
    – Estabas a punto de probar el helado cuando me miraste, me gritaste un insulto y tiraste el helado al suelo. Después te diste la vuelta y saliste corriendo -la miró como si aquella reacción aún lo confundiera-. ¿Te acuerdas de eso?
    Ella lo intentaba. Recordaba parte de ello, pero vagamente, aunque no recordaba haber tirado el helado. De hecho, le costaba creerlo, por lo mucho que le gustaba el helado cuando era pequeña. Pero, tras su relato, sí creyó recordar a un chico con un helado. ¿Era Kurt? Recordaba haberse sentido agradecida y avergonzada a la vez, y recordó un sentimiento de culpa. ¿Por qué?
    – Mi joven ego masculino sufrió una grave herida en aquel momento -dijo él-. Supongo que por eso lo sigo recordando.
    – ¿Sabías quién era yo? -dijo, tras pensarlo un momento.
    – Sabía que eras una Allman, y le pregunté tu nombre a mi hermana.
    – ¿Tracy lo presenció todo?
    – Estaba por allí. Era su fiesta de cumpleaños.
    Empezaba a recordar el helado en el suelo. ¿Por qué lo tiraría?
    – Casi hemos llegado -dijo Kurt-. ¿Por qué no me dejas en casa y sigues hasta la oficina? Si hay algo allí de lo que me tenga que ocupar, puedes llamarme por teléfono.
    – De acuerdo -dijo, con la voz algo afectada, mientras aparcaba frente a su casa.
    Cuando fue a bajarse para ayudarlo a salir, él la detuvo diciendo que podía salir solo.
    – Llámame sólo si es algo importante. Es casi la hora de salir del trabajo.
    – De acuerdo -dijo ella-. Supongo que nos veremos mañana.
    – Ese es el plan -dijo él, empezando a abrir la puerta.
    – Kurt, espera -estaba loca. Él podría ver que estaba desesperada buscando una razón para que no se fuera aún del coche. ¿Por qué lo hacía? Ah, cierto… porque estaba loca-. ¿Qué tal tienes la pierna?
    – No demasiado mal.
    – Hoy has forzado demasiado -dijo ella-. Espero que no se retrase tu recuperación.
    – ¿Ahora te preocupas por mi salud? -dijo él, levantando una ceja.
    – Claro que sí.
    – Ah, un gesto de humanidad, supongo.
    – No -estaba siendo una idiota, pero no podía pararse-. Kurt, yo… -apartó la mirada y se mordió un labio-. Sí que me importas. De hecho, casi me gustas, cuando consigo olvidarme de que eres un McLaughlin -añadió.
    Él rió y le acarició la mejilla, dejando tras de sí una dulce sensación.
    – Estoy tan tentado de besarte ahora mismo… -dijo él suavemente y con los ojos brillantes-. Si no fueras una Allman, probablemente lo haría.
    Aquello iba mal, y era lo que ella había intentado evitar. Entonces ¿por qué le sonreía y se sentía tímida? ¿Por qué parecía que se le hubiese vuelto loco el corazón en el pecho? Se estaba inclinando hacia él como atraída por una fuerza irresistible.
    Y él se estaba inclinando sobre ella.
    Ella cerró los ojos y él la rozó con sus labios. Muy levemente, como si hubiera sido un gesto informal, más de amigo que de amante, pero dejó huella. Una oleada de cálido placer barrió sus sentidos empapándolos de la esencia masculina: sus anchos hombros, su cálido olor, su piel suave y bronceada. Todo aquello hizo que se sintiera vacía y llena de deseo cuando él se apartó.
    Abrió los ojos horrorizada. ¿Se había dado cuenta él de que había suspirado? Vio que parecía sorprendido y que estaba sonriendo antes de volver hacia ella. Esa vez la suave caricia desapareció, dejando paso al crudo deseo de varón que hizo que su corazón se detuviera.
    Pero de nuevo se retiró tan rápidamente que ella casi perdió el equilibrio. Kurt dudo y volvió a acariciarle los labios con la mirada antes de salir del coche. Al principio le costó un poco y ella tuvo que contener el impulso de ayudarlo, pero pronto se hizo con la situación. Jodie lo observó caminar hasta la puerta sin que él mirara atrás ni una vez.
    Ella, sin saber por qué, habría deseado que lo hubiera hecho, que la hubiera mirado, que la hubiera sonreído y guiñado un ojo… algo que le hubiese indicado que la echaría de menos, que lo había pasado muy bien con ella aquel día y que estaba deseando que llegase el día siguiente para verla cuanto antes. Tal vez incluso que no se arrepentía de haberla besado.
    Porque en realidad, aquello era lo que ella sentía. Era definitivo: estaba loca.

Capítulo 5

    – No pienso volver a ayudarte a ducharte.
    Jodie estaba frente a la puerta de Kurt, y él llevaba más o menos lo mismo que el día anterior, pero tenía el pelo mojado y una toalla sobre los hombros.
    – Ya me he ocupado de eso -dijo, y ella se sintió muy aliviada.
    Jodie pensó que habría salido a la puerta con tan poca ropa para provocarla, pero aquel día se había propuesto ser firme y no dejar que eso pasara.
    Se había pasado toda la noche sin dormir, preocupada por el beso, pero en el desayuno se dio cuenta de que esa angustia no tenía sentido. Como beso, había sido bastante rápido y sin nada remarcable, así que no tenía nada a lo que darle vueltas. Casi llegó a convencerse de ello hasta que recordó el suspiro que había dejado escapar cuando sus labios se separaron. Tuvo el terrible convencimiento de que si él la hubiera tomado entre sus brazos, se habría dejado llevar por el momento.
    Bueno, qué le iba a hacer. Al menos había sabido reconocer las señales de peligro, y eso debería hacer que se mantuviera alerta en lo sucesivo. Lo miró fríamente y se alegró de que él no pareciera querer sacar el asunto del beso.
    – Bien -dijo ella, dejando un montón de carpetas sobre la mesa después de cruzar el umbral-. Ahora lo que tenemos que hacer es vestirte decentemente.
    Él se giró sobre las muletas mientras la observaba moverse por la casa.
    – ¿Qué clase de obsesión tienes con ocultar el cuerpo humano? -bromeó.
    – Es «mi» obsesión, y estoy muy a gusto con ella -replicó.
    No iba a dejarse acorralar fácilmente. Echó un vistazo hacia el dormitorio. El día anterior ya había estado allí buscando ropa para ir a los viñedos, así que no se sentiría extraña por entrar allí de nuevo. El problema era que él estaba bloqueando la puerta.
    Jodie lo miró desafiante.
    – Abre paso. Voy a buscar ropa para vestirte.
    La única parte de su cuerpo que se movió fue una ceja.
    – ¿No pensarás en aprovecharte de un hombre con muletas?
    – No, por Dios -dijo sonriéndole-. Primero se las quitaría.
    – Oh, no me cabe duda alguna -asintió él, pero se apartó y ella pasó a la habitación para salir poco después con unos pantalones de hacer deporte y un polo.
    – Tienes que tener más cuidado por mantener una apariencia más profesional -le dijo ella-, o la gente podría hacerse una idea equivocada de lo que está pasando aquí.
    – ¿Qué está pasando aquí? -preguntó Kurt, que soltó una muleta y empezó a forcejear para ponerse el polo hasta que ella, con un suspiró, decidió ayudarlo-. ¿Hay alguna posibilidad de que se transforme en algo interesante?
    – Eso depende de tu definición de interesante -dijo ella, mientras le pasaba el polo sobre la cabeza, demorándose al rozar su piel y contenta de que tuviera la cara cubierta y no pudiera ver que había cerrado los ojos para perderse en su masculinidad-. Dudo mucho que nuestras definiciones de esa palabra fueran la misma.
    – Tal vez tengas razón -dijo, sacando por fin la cabeza por la abertura del polo. Sin darse cuenta, sus miradas se encontraron y entonces él le pasó la mano que tenía libre por detrás de la cabeza y la atrajo hacia sí de modo que su cuerpo quedó pegado al suyo-. Por ahora, ésta es la mía -dijo con una voz grave que la sacudió por dentro.
    Jodie lo miró con el corazón en un puño. Si él supiera lo mucho que le gustaba estar así, se metería en un buen lío. Lo mejor sería pretender que aquello no tenía importancia, tarea complicada cuando lo único que deseaba era que la abrazara aún más fuerte. Pero tenía que hacerlo, así que reunió todas sus fuerzas y se apartó de él.
    Él echó a reír, como si aquello no tuviera ninguna importancia.
    Jodie se mordió el labio, deseando no sentirse tan atraída hacia él. Si las cosas seguían así no podría evitar fundirse en otro beso con él.
    – No te pongas triste -bromeó Kurt-. Si quieres puedo volver a quitarme la camisa.
    Jodie reaccionó sin pensarlo y quiso darle un golpe en el hombro, pero él le atrapó la mano en el aire y volvió a tirar de ella hacia él.
    – Esto podría ser considerado acoso sexual -dijo con firmeza, decidida a no pensar en lo bien que olía.
    – ¿Vas a contárselo al jefe? -preguntó Kurt, con las cejas levantadas en gesto de sorpresa.
    – ¿Por qué no? Te lo mereces -se pasó la lengua por los labios resecos-. Y da la casualidad de que es mi padre, así que hará lo que yo le pida, ¿no te parece?
    – Lo cierto es que no -dijo riendo, pero la soltó.
    – Ése es el problema -repuso ella, alisándose la blusa e intentando controlar sus nervios desbocados-. Tengo que ser muy dura para que tomes mis amenazas en serio.
    Kurt vio que ella aún tenía los pantalones en la mano, así que los tomó diciéndole:
    – No te preocupes. Me sentaré y me los pondré yo solo.
    Jodie quiso darle las gracias por ello, pero pensó que sería muy patético.
    Las cosas habían cambiado mucho entre ellos en los dos últimos días. Ella seguía sin confiar en él, pero tenía que admitir que había empezado a disfrutar estando a su lado. ¡Oh, peligro! Tendría que reforzar sus defensas. ¿No había estado en una situación similar con otro McLaughlin?
    Y aquello fue lo que hizo que sacara fuerzas de flaqueza. Lo único que tenía que hacer era recordar cómo su primo Jeremy la había abandonado cuando más lo necesitaba. Aquello la prevendría antes de dejar que otro McLaughlin entrara en su corazón.
    Los juguetes la estaban volviendo loca, aunque no dejaba de decirse a sí misma que tenía que ignorarlos y concentrarse en el trabajo.
    Pero aquello no funcionaba. Siempre podía ver algún muñeco o algún peluche por el rabillo del ojo, porque estaban por todas partes, con el aroma del bebé.
    Kurt y ella pasaron dos horas planeando la nueva campaña publicitaria. Cuando tuvieran un proyecto en firme, lo llevarían a la agencia de publicidad que trabajaba para Industrias Allman y ellos aportarían nuevas ideas.
    A decir verdad, formaban un buen equipo. Kurt llevaba la voz cantante, pero la escuchaba con atención y atendía a sus consejos. Ella se sentía un miembro respetado del equipo y no un ayudante contratado.
    El teléfono sonó y Kurt fue al salón a responder. Jodie vio su oportunidad y se levantó de la mesa para recoger los juguetes del suelo y dejarlos todos en un montón sobre el sofá. Después echó un vistazo a su alrededor buscando algo con que cubrirlos, y lo mejor que encontró fue un cojín del sillón. Kurt volvió justo en el momento en que ella acababa la tarea, y enrojeció cuando se dio cuenta de que la había visto. En su cara se dibujó una expresión de culpabilidad y él pareció sorprendido, aunque no preguntó nada.
    – Era Pam -dijo-. Va a traer a Lenny para que juegue con Katy el sábado, cuando vengan a la ciudad de compras.
    – ¿El sábado? Genial -no pudo evitar que se notase el alivio que sentía-. No estaré aquí.
    Él la miró y después miró a los juguetes cubiertos por el cojín del sofá.
    – ¿Por qué odias a los niños? -le preguntó.
    La palabra «odiar» hizo que se estremeciera.
    – Yo no odio a los niños -protestó ella.
    – Me fijé en ti ayer en casa de Pam. Parecías creer que los niños tuvieran algo contagioso -entonces se había dado cuenta.
    – Oh, por favor -dijo ella, sentándose de nuevo a la mesa-. Nunca he estado con niños y no me siento cómoda interactuando con ellos -se arriesgó a mirarlo a la cara y vio que él seguía con el ceño fruncido-. No están en mi vida, eso es todo.
    – Qué terrible.
    – En absoluto -dijo ella, poniéndose a la defensiva-. Estoy perfectamente.
    Kurt se sentó frente a ella y la miró, preocupado.
    – ¿No quieres tener hijos en algún momento?
    – Eso -dijo ella, sacudiendo la cabeza-, está bien para algunas personas.
    Sabía que era estúpido ponerse nerviosa por el tema de los niños, pero no podía evitarlo. ¿Por qué no podía la gente respetarlo y dejarla tranquila? Cuando la gente tenía hijos, parecían querer que a todo el mundo les encantasen también. Hasta aquel momento había tenido la suerte de evitar a la hija de Kurt, pero sabía que su suerte no duraría eternamente, así que ya había planeado excusas para evitar hacer nada con la niña. No era que no pudiese estar con un niño, sino que no quería.
    Kurt parecía haber abandonado y volvía a estar centrado en sus problemas.
    – Me temo que voy a tener algún problema con Katy -dijo como ausente, mientras jugueteaba con un lápiz-. Mi hermana y mi madre han estado cuidándola todo este tiempo, pero Tracy dice que se va a marchar muy pronto.
    – ¡Oh!
    – Dice que ha encontrado al amor de su vida -dijo él con amargura.
    – Tal vez así sea.
    – Tal vez. Pero como es el novio perfecto número… ya he perdido la cuenta, no apostaría mucho por ello -sonrió casi con tristeza-. Ella nunca deja de luchar por lo que quiere. Ya se ha divorciado dos veces y parece que va en busca del tercero.
    – Creo que estás siendo demasiado cínico -contestó Jodie, casi sin creer estar defendiendo a su hermana, después de lo cruel que había sido con ella cuando ambas eran más jóvenes. Tal vez lo que defendiera era el gesto tan femenino de cambiar de idea-. Tal vez éste sí sea por fin el amor de su vida.
    En su sexy boca se dibujó una sonrisa.
    – Me conformaría con que buscara novio en un lugar donde haya buenos tipos, en lugar de en los sitios donde sólo van inútiles.
    – ¿Quieres decir en los bares?
    – En el bufete de abogados donde trabaja.
    – ¡Kurt!
    – Lo digo en serio. Todos los hombres a los que trae a casa quieren ser mi asesor legal y financiero, y poco después, dejan caer que tienen una idea estupenda para un negocio y que sólo les hace falta un préstamo.
    – Vaya -dijo ella, haciendo una mueca-. ¿Aprovechados?
    – De un modo u otro. Y soñadores. Son tan optimistas como ella.
    Ella lo miró y vio que se sentía frustrado por la falta de buen criterio de su hermana, pero también que se preocupaba por ella. Aquello era evidente. Por lo que Jodie recordaba de Tracy, preocuparse por ella estaba muy justificado.
    – No es malo soñar -dijo ella.
    – No, mientras mantengas los pies en la tierra. Los sueños no sirven de nada sin algo sólido a lo que agarrarse.
    Él continuó hablando, pero Jodie sólo lo escuchaba a medias. Estaba recordando que aquella noche, pensando en la escena del helado, había encontrado el motivo por el que había despreciado el generoso gesto de Kurt. Los Allman eran muy pobres en aquella época y no tomaban helado todos los días, así que cuando tuvo el helado en la mano, levantó la mirada para agradecérselo, como le habían enseñado en casa y, detrás de Kurt, vio a Tracy y a sus amigas haciéndole muecas. Eso lo cambió todo. Se dio cuenta de que ella estaba en la posición de la niñita pobre y que se burlaban de ella por eso. A sus siete añitos, Jodie sabía que el orgullo era a veces más importante para la mente que la vergüenza, aunque tuviera que renunciar a muchas cosas por ello. Así eran los Allman. Así que tiró el helado y echó a correr llorando, pero Tracy y sus amigas no vieron sus lágrimas. ¿Debía contárselo a Kurt? Tal vez algún día, pero no entonces. Pensándolo con calma, se daba cuenta de que él no era mala persona, algo raro siendo un McLaughlin.
    Aún así, trabajar con él para los Allman no era una situación fácil de asimilar. No podía reconciliarse con los fantasmas del pasado, y se preguntaba cómo lo habría hecho él.
    En ese momento, Kurt empezó a hablar de las cifras de productividad y eso le dio a Jodie la oportunidad de investigar.
    – ¿Por qué te interesa tanto todo lo relacionado con Industrias Allman? -preguntó, inclinándose sobre la mesa para estudiar su reacción.
    El la miró, consciente de lo que le estaba preguntando.
    – Trabajo aquí -dijo, simplemente.
    – No te tomas tu trabajo como un trabajador normal. Te involucras demasiado. ¿Qué ocultas? -dijo ella, intentando acorralarlo.
    – ¿Que qué oculto? -repitió, burlándose de ella-. ¿Tu olfato de sabueso ha detectado algún complot?
    – Lo único que sé es que encajas con el perfil de alguien que intenta hacerse con el control de la compañía -dijo, apuntándolo con el dedo.
    – ¿Ah, sí? -dijo con una sonrisa.
    ¡Ni siquiera lo negaba! ¿Qué significaba aquello? ¡Qué arrogancia!
    – ¿Es ése tu plan? -ella empezaba a creérselo realmente y siguió, mirándolo fijamente-. ¿Por qué si no trabajas para mi padre? Te han educado para odiarnos -sacudió la cabeza-. Es la única explicación lógica.
    Él la miró entre divertido y sorprendido.
    – Una vez que empiezas, te cuesta echar el freno, ¿no?
    – Kurt…
    – Me toca, Jodie -interrumpió, levantando una mano-. Te voy a contar por qué firmé un contrato con Industrias Allman.
    – De acuerdo -dijo ella, tomando aliento-. Empieza.
    – Fue el mejor trabajo que encontré.
    Ella esperó, pero él no dio más información.
    – ¿Eso es todo? -preguntó ella, incrédula.
    – Eso es todo -parecía disfrutar con su cara expectante, pero por fin se decidió a contarle algo más-. Yo trabajaba para una gran multinacional en Nueva York y era consciente de que al venir a Chivaree, mi sueldo se reduciría drásticamente. Pero cuando vi que mis únicas opciones eran el taller de Pete y un puesto de camarero en el café de Millie, decidí ir a hablar con tu padre, porque Industrias Allman eran el único negocio grande y próspero de la ciudad.
    Muy a pesar suyo, había quedado impresionada. ¿Podía creer lo que él le decía? La única alternativa era seguir pensando que estaba maquinando algo para destruir el negocio de su padre, pero aquello empezaba a parecerle una tontería hasta a ella. No tenía motivos… Empezaba a pensar que sus razones resultaban convincentes y, además, todo el mundo creía en él.
    – Creo que estoy haciendo un buen trabajo, Jodie -le dijo con sinceridad-. Estoy comprometido del todo con Industrias Allman. Ya te he dicho que me gusta esta ciudad, y tu padre la está mejorando, así que todos salimos ganando.
    Tal vez tuviera razón.
    Pero después recordó algunas cosas que él había dicho sobre su familia.
    – Ya sé que a tu madre no le gusta que trabajes para nosotros. ¿Y al resto de tu familia?
    – Mi padre no tiene opinión. No lo han visto desde hace seis meses. Está de gira por Europa.
    – Algo había oído -también había oído que él y su padre no se llevaban bien, pero eso no era extraño.
    – Tracy piensa igual que mi madre. Mi tío quiere que vaya al rancho a trabajar con él -sacudió la cabeza-. No podría hacerlo. Ese trabajo no es para mí, especialmente lo de trabajar con mi primo Josh.
    Ella hizo una mueca. Era extraño oírlo hablar así de su familia.
    – Siempre había creído que los McLaughlin eran como una roca -dijo ella-. No pensaba que tuvieseis esas desavenencias. Suponía que habríais gastado las ganas de lucha en las peleas con nosotros.
    – Tú y tus hermanos -asintió él con la cabeza.
    – Sí. Y tú con todos tus primos -la imagen de Jeremy se le vino a la cabeza, pero la apartó enseguida-. Erais el doble que nosotros.
    – Tal vez -dijo él, con una sonrisa burlona-. Pero éramos amables y magnánimos mientras que vosotros erais falsos como serpientes.
    – Cuidado, McLaughlin -dijo ella levantando el puño-. Yo también sé pelear.
    Su mirada pareció brillar y dio un paso atrás.
    – Oh, te creo, Jodie.
    Ella se vio sonriendo reflejada en sus ojos. Después apartó la mirada, avergonzada.
    Pero le costaría apartar del pensamiento ese tema. Su mente estaba llena de McLaughlins y de Allmans, de su romance secreto con Jeremy… de su padre y cómo había trabajado para levantar el negocio y demostrarles quién era a los McLaughlin… de su madre, que había muerto cuando era muy joven. La versión oficial era que había muerto de cáncer, pero Jodie sospechaba que no había podido soportar aquella rivalidad. La lucha entre las dos familias había ocupado sus vidas durante un siglo, y allí estaba Kurt, decidido a enterrarla. ¿Eso lo convertía en un héroe? ¿O en un loco?
    Acabaron el trabajo por la tarde. Kurt había empaquetado las muestras de las hojas de las viñas y Jodie iba a llevarlas a correos antes de volver a pasar por la oficina. Él la acompañó hasta la puerta con las muletas.
    – Me he fijado en que hoy no has tomando analgésicos -mencionó ella, con voz dudosa-. ¿Sientes menos dolor?
    – Sí -asintió él, como sorprendido-. Se me había olvidado por completo. He tomado unas pastillas esta mañana, pero no he vuelto a necesitarlas.
    – Bien -se sentía fatal por haberlo puesto en aquella situación, pero no iba a dejar que se tomase ventajas en otros terrenos-. Escucha, cuando llegue mañana, quiero que estés completamente vestido. ¿De acuerdo?
    – De acuerdo -dijo él, que pareció pensárselo-; yo me vestiré como tú quieres si tú te vistes como yo quiero.
    Ella no pudo contener una carcajada.
    – No sé por qué me molesto en preguntar. Bueno, ¿cómo quieres que me vista?
    – Tengo una idea genial -dijo él, con los ojos brillantes-. ¿Te acuerdas de ese top rojo que tenías? ¿Lo conservas?
    Ella lo miró asombrada. La recordaba con aquella camiseta. Se puso tan roja como el top. La había mirado. Sintió la realidad difuminarse a su alrededor, pero el ruido de un coche aparcando frente a la casa la devolvió a la tierra.

Capítulo 6

    – Oh -dijo Kurt sorprendido-. Es más tarde de lo que creía. Debe de ser mi madre con Katy. Oh, oh…
    Jodie tragó saliva. Tenía que salir de allí.
    – De acuerdo -dijo, moviéndose con rapidez-. Te veré mañana.
    – Jodie -llamó él, pero no se detuvo.
    Tenía que llegar al coche antes de que le presentaran a Katy. Con el corazón en el puño se dio cuenta de que tendría que cruzarse con la madre de Kurt. Bueno, si tenía que ser así, mejor que fuera rápido.
    – Señora McLaughlin -dijo con falsa educación a la mujer alta y guapa que la había expulsado del Grupo Infantil de Colaboración y se había asegurado de que no fuese invitada nunca a las fiestas de su mansión.
    Jodie pensaba que nunca podría sentir aprecio por aquella mujer, especialmente después de haberla escuchado llamar «basura» a los Allman.
    – ¿Cómo está? -añadió, sin detenerse en su camino hacia su coche.
    – ¿Eres Jodie Allman, verdad? -preguntó la mujer fríamente, levantándose las gafas de sol para verla mejor-. Estoy bien, cariño. Gracias por preguntar.
    Cuando Jodie llegó a la altura del coche, vio a la mujer sacar a Katy del asiento trasero. Pudo ver un mechón de pelo rubio y una manita gordezuela saludándola. La imagen no desapareció de su retina mientras se sentaba al volante y arrancaba el coche.
    Era la niña de Kurt, una niña McLaughlin. Eso le provocó un dolor en el centro de su ser. Aquello era demasiado.
    Aquella noche en casa de los Allman tuvieron una cena alegre y ruidosa, que era lo que necesitaba para sacarse de la cabeza a Kurt y a su niña. Era una de esas noches en las que su hermana parecía más cariñosa que nunca y sus hermanos tan graciosos que apenas podía comer entre risas y carcajadas.
    Y después su padre bajó para unirse a ellos. Las risas se apagaron y todo el mundo se concentró en acabar cuanto antes para marcharse de la mesa enseguida.
    Jesse Allman hizo la ronda de sus hijos, dedicándoles sus mejores comentarios, que provocaron suspiros y miradas cruzadas entre ellos. Por fin llegó a Jodie.
    – Bueno, señorita -le dijo-. Cuando te dije que trabajaras con el chico de los McLaughlin, no quería decir que te mudaras a su casa.
    – No me he mudado a su casa -dijo ella, poniéndose rígida-. Estamos trabajando juntos. Sólo voy a su casa unas horas cada día.
    Jesse frunció el ceño.
    – No me gusta. Deberías estar en la oficina.
    Al principio ella había pensado lo mismo que su padre, pero las cosas habían cambiado y ya no pensaba igual.
    – Papá, puedo apañármelas sola. Soy adulta.
    Él la miró y ella le mantuvo la mirada, hasta que el viejo empezó a reír.
    Rafe se levantó, la miró y llevó su plato al fregadero.
    – Papá, ¿quieres que discutamos las cifras de la propuesta de Houston?
    – Sí. Nos ocuparemos de eso en cuanto hayamos acabado aquí. Matt, quiero que te involucres en esto.
    – Lo siento, papá -se disculpó Matt, levantándose e imitando a Rafe-. Tengo que ir a casa de los Simpson. Su hijo tiene fiebre y me han pedido que vaya a verlo.
    Jesse hizo una mueca de disgusto y Jodie sonrió. Por más que quisiese verlo de otro modo, Matt era médico y nunca le interesaría tanto el negocio como la salud de sus pacientes. «Qué pena, papá», pensó ella.
    Y entonces sonó el teléfono; Jodie aprovechó la oportunidad para salir corriendo hacia el viejo teléfono del pasillo.
    – ¿Jodie? -saludó la voz de Kurt, haciendo que su corazón diera un brinco. Él era la última persona a la que esperaba oír en aquel momento.
    – Escucha… si no estás muy ocupada… Me estoy volviendo loco de estar aquí quieto. ¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta o algo así?
    – ¿Una vuelta? -le costaba procesar la extraña propuesta-. Oh, ¿en mi coche?
    – Bueno, a no ser que tengas un caballo a mano… yo no puedo conducir.
    – Pero… ¿Y tu hija?
    – Tracy se la ha llevado a casa de una amiga suya que también tiene niños, así que estoy solo esta noche.
    Podía notar en su voz que necesitaba de verdad salir de la casa. Y lo entendía.
    – Estaré allí en veinte minutos -dijo, notando el extraño sentimiento de arrepentimiento y miedo a la vez. ¿Estaría cayendo por segunda vez en la misma trampa? Tenía los ojos muy abiertos, la mente llena de dudas y el corazón lleno de deseo.
    El paseo en coche no duró mucho. A los pocos minutos decidieron detenerse a tomar algo en el Café de Millie.
    – ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? -preguntó ella, mientras se disponían a entrar-. La gente hablará.
    – Me da igual -contestó Kurt.
    A ella no, pero se tragó los prejuicios y sujetó la puerta para que él pasara mejor con las muletas. Estaba casi más guapo a la luz del atardecer. El jersey verde de cazador que llevaba resaltaba su musculatura y tenía el pelo revuelto por el viento que soplaba. Tenía un cuerpo de escándalo y la costumbre no hacía que se fijara menos en él. Cada vez que sus miradas se cruzaban, se le aceleraba el ritmo cardíaco.
    – Además -dijo, mirando el restaurante medio vacío-, hay tanta gente nueva en la ciudad que probablemente nadie recuerde que los Allman y los McLaughlin no se llevan bien.
    – Tal vez tengas razón -dijo ella, pero tenía sus dudas.
    La decoración del local había cambiado y se había hecho más sofisticada, pero Millie seguía siendo la misma, y se le iluminó la cara al ver a Jodie.
    – ¡Jodie! -gritó, corriendo hacia ella para abrazarla-. Ya era hora de que pasaras a saludar.
    Tras la muerte de la madre de Jodie, cuando ésta tenía veintiséis años, Millie había ocupado su lugar en los momentos difíciles. Charlaron animadamente unos minutos y después llegó el momento de la gran decisión.
    – ¿En qué lado queréis sentaros? -preguntó Millie, mirándolos.
    Kurt y Jodie se miraron. El lado de la ventana siempre había sido territorio McLaughlin y la parte trasera era ocupada por los partidarios de los chicos Allman. La ciudad estaba dividida por el centro, al igual que el restaurante. Millie siempre tuvo cuidado de que cada banda se mantuviera en su territorio y no estallara una batalla campal en medio del restaurante.
    Jodie echó a reír y miró a Millie.
    – Pero la gente ya no sigue esas viejas tradiciones, ¿verdad?
    – Algunos sí -dijo Millie, guiñándole un ojo-. ¿Y vosotros?
    – Nos quedaremos con la mesa del centro -decidió Kurt-. Nuestra relación es puro compromiso, ¿no es así?
    – Desde luego.
    Millie les mostró la mesa con la mano y fue a buscar sus cafés. Jodie echó una mirada a su alrededor; solían ir allí después de los partidos del equipo de fútbol de la escuela. Dos adolescentes pasaron entonces junto a Kurt y su reacción fue casi cómica. Las dos estallaron en una risa nerviosa mientras se alejaban hacia el baño.
    Jodie escondió la sonrisa tras una servilleta.
    – No sabía que tuvieras tantas fans -le dijo.
    – Es una novedad y no me gusta airearlo mucho -le sonrió él.
    – Yo tendría cuidado; no es bueno depender de las atenciones de las jovencitas -dijo ella, sacudiendo la cabeza.
    – Tampoco es mucho mejor depender de las atenciones de las mujeres -repuso él.
    Jodie se preguntó por el motivo del cinismo de su tono de voz, pero Millie acababa de llegar con el café y ya no quiso preguntárselo.
    Un par de personas se acercaron a saludar y las adolescentes volvieron a pasar frente a ellos con su risa nerviosa. Jodie empezaba a sentirse de vuelta a casa, aunque fuera raro tener esa sensación estando con un McLaughlin en el Café de Millie.
    – Me habría gustado que te quedaras un poco más esta tarde -dijo él, tomando un sorbo de café-. Quería presentarte a Katy.
    – Bueno… pensé que lo mejor sería marcharme cuanto antes.
    – Ya. Mi madre y tú nunca os habéis llevado bien.
    – Eso es un eufemismo -dijo ella, rodeando la taza con las manos-. Tu madre me odia.
    – ¿Que te odia? -reaccionó él ante la palabra, como si lo fuera a negar, pero después se lo pensó-. Bueno, pero sólo porque eres una Allman.
    – Exacto.
    Se miraron a los ojos y después rompieron a reír. Él intentó tomarle la mano, pero ella se apartó con rapidez.
    – Será mejor que no lo hagas -dijo, mirando a su alrededor-. Nosotros dos juntos tomando café ya es suficiente para dar que hablar a la ciudad durante semanas. Si me tomas la mano…
    – Pero no iba a tomarte la mano -dijo él, como avergonzado.
    – ¿No? -por un momento no lo creyó-. ¿Y qué ibas a hacer con mi mano entonces?
    – No sé -dijo encogiéndose de hombros-. Tal vez mordisquearte un poco los dedos.
    Ella lo miró con frialdad.
    – Será mejor que pidas un trozo de tarta si tienes hambre.
    Pero el flirteo la estaba halagando y volvió a pensar que él se había fijado en el top rojo y lo había recordado todos aquellos años. Nunca olvidaría aquel verano: venir al café de Millie con sus amigas e intercambiar miraditas con los chicos que al año siguiente irían a la universidad, buscando a Kurt y perder la respiración cada vez que lo veía. ¿Acaso él también la miraba? Sólo con pensarlo, se emocionó como cuando era adolescente.
    Al final del verano él se había marchado a la universidad y no había vuelto a verlo hasta que se lo encontró en Industrias Allman para anunciarle que iba a trabajar para él. Para entonces, habían pasado muchas cosas.
    Kurt había empezado a hablar de nuevo de su madre y de los problemas que estaba teniendo para encontrar una canguro.
    – He aquí mi gran dilema -le dijo en voz baja, pero decidido a confiarle sus problemas-. ¿Cómo encuentro una madre para Katy sin tener que contratar una esposa para mí?
    – ¿Contratar? -preguntó ella, levantando una ceja, inexplicablemente ofendida por el modo en que él estaba planteando la situación.
    – No veo de qué otro modo hacerlo -dijo Kurt.
    Ella lo miró y luego pensó que no podía decirlo en serio. Decía eso porque se sentía frustrado.
    – Conocerás a alguien y te enamorarás.
    – Ya -dijo, mirándola con evidente disgusto-. Creo que ya he visto esa película, pero las segundas partes nunca fueron buenas.
    Ella no dijo nada. Esperaba ver en su cara una expresión de dolor por su esposa muerta, pero en su lugar tenía una expresión neutra. Había en ella más amargura que cualquier otra cosa. Qué extraño.
    Todo el mundo sabía que él y Grace habían sido la pareja perfecta. Decían que había quedado destrozado cuando la avioneta en la que viajaba se estrelló, y dudaban que fuera capaz de volver a enamorarse.
    Ahora Jodie empezaba a preguntarse si la gente tenía razón en sus habladurías.
    – Conociste a Grace en la universidad, ¿verdad? -preguntó, sabiendo que se metía en terreno pantanoso, lista para salir de allí corriendo si él no quería hablar de ello.
    – Nos conocimos en una clase de hongos -dijo, asintiendo-. Había una salida de campo cada dos fines de semana, así que pudimos conocernos bien -sus ojos adoptaron una expresión soñadora-. Era preciosa, rubia con los ojos de color azul muy claro, como una princesa de hielo -sacudió la cabeza, como si hablase más para sí mismo que para ella-. Nunca me cansaba de mirarla.
    Jodie apartó la mirada, algo avergonzada por la sinceridad de su declaración.
    – Nos casamos en cuanto acabé la carrera y nos mudamos a Nueva York. Después Grace se quedó embarazada y todo cambió.
    Sus ojos parecían ensombrecidos por un nubarrón, una emoción que Jodie no pudo identificar. Esperó a que él continuase con su relato, pero Kart levantó la vista y pareció darse cuenta de que ella estaba allí. Sus ojos se aclararon y le sonrió.
    – Pero basta ya de mí. Háblame de cómo decidiste hacerte fisioterapeuta.
    Ella empezó lentamente, pero después tomó velocidad y le contó que tenía dos trabajos e iba a clases por las noches, hasta que consiguió una beca y sólo necesitó uno de los dos trabajos. Siguieron hablando media hora más hasta que se hizo la hora de devolver a Kurt a casa para que estuviera allí cuando Tracy llegara con Katy.
    – Estará dormida -se dijo a sí mismo cuando estaban en el coche-. Cuando Tracy la traiga a casa parecerá un angelito.
    Jodie pensó que era muy bonito que quisiera tanto a su hijita, pero le provocaba náuseas. Nunca tendría una relación con un hombre que tuviera hijos. No era su destino y no debía olvidarlo.
    Aparcó frente a la casa y él se giró hacia ella, sonriendo en la oscuridad.
    – Gracias por venir a rescatarme, Jodie. No creía poder aguantar otra noche cojeando solo en mi habitación. Me has dado un respiro.
    – Cuando quieras -susurró ella, aunque su atención estaba concentrada en su boca lujuriosa y en si volvería a besarla o no.
    Se decía a sí misma que no debía ser estúpida y esperarlo. Aquello no había sido una cita y no había motivo para que la besara. El beso había sido producto de un momento de enajenación mental transitoria y probablemente nunca volviera a ocurrir.
    Pero no podía convencerse de ello. Probablemente porque deseaba que él volviera a besarla. Lo deseaba más de lo que había deseado nunca ninguna otra cosa.
    Ya era noche cerrada. Había luna nueva, así que las estrellas refulgían en su máximo esplendor: un cielo texano lleno de magia. Tal vez si le pidiera un deseo a esas estrellas…
    Su cara estaba muy cerca y él empezó a juguetear con su pelo. Su mirada era tan suave como el terciopelo.
    – ¿Sabes, Jodie? Tengo muchas ganas de besarte…
    – Oh -exclamó ella con el corazón encogido.
    – Pero no lo voy a hacer -dijo, torciendo el gesto. Ella lo miró horrorizada mientras le daba una explicación estúpida-. Eso iría contra mis planes y mis principios. Me he propuesto seriamente…
    Ya estaba bien. ¡Al cuerno con los principios! No iba a dejar que él se saliera con la suya en esa ocasión, así que lo agarró firmemente por la cabeza, poniéndole las manos sobre las mejillas, le bajó la cara y lo besó.
    – Ya está -dijo casi sin aliento cuando acabó-. ¿Tan duro ha sido?
    Él la miró fijamente unos segundos y después se echó a reír. Después alargó los brazos, la atrajo hacia sí y la besó con fuerza.
    Campanas, fuegos artificiales, estrellas fugaces, música de violines… y su cuerpo respondiendo al calor de su boca y derritiéndose completamente.
    Cuando él se apartó, Jodie emitió un leve quejido sin querer, pero estaba tan sobrecogida que no podía sentir vergüenza por nada. Kurt sabía cómo besar y ella quería repetirlo. Una y otra vez…
    – Buenas noches -dijo él suavemente mientras salía del coche.
    – Buenas noches -respondió ella.
    Y se marchó. Pero su recuerdo perduraría.
    Por supuesto, Jodie sabía que aquello no podía continuar, pero no se lo estaba tomando en serio. Aquello era una forma de recordar un amor de adolescencia que pronto olvidaría. Estaba segura de ello.
    Pero no podía evitar estar algo preocupada mientras se dirigía a casa de Kurt a la mañana siguiente. ¿Qué ocurriría durante todas las horas que estaban obligados a pasar juntos? ¿Podrían ignorar la atracción creciente que había entre los dos?
    Tenían que hacerlo. No podían dejar que eso se mezclase con el trabajo, que era el motivo por el que él no había querido besarla la noche anterior. Jodie lo entendía y sabía que, de algún modo, lamentaría haber forzado la situación.
    Pero no podía. Aunque nunca volvieran a besarse, no podría olvidar lo bien que se había sentido en sus brazos.
    Cuando llegó a casa de Kurt se dio cuenta de que no tenía que haberse preocupado por nada. Parecía que la casa fuera a convertirse en un núcleo de actividad, como un anexo a Industrias Allman. Aquel día no paró de entrar y salir gente.
    Rafe ya estaba allí cuando ella llegó.
    – Hola, hermanita -dijo, sin apenas despegar la vista del trabajo-. Tengo que revisar unas cuantas cifras con Kurt. Trae una silla y échales un vistazo.
    Paula, la secretaria, se pasó a recoger unas cintas con dictados. Después llegó Matt a ver cómo iba la pierna de Kurt y David apareció al rato en la puerta con una pizza enorme de pepperoni.
    – Sólo nos falta Rita para tener a la familia al completo -dijo Kurt.
    – Rita no está. Ha llevado a mi padre a ver al oncólogo a San Antonio -aclaró Jodie.
    – ¿Qué tal está llevando tu padre la quimioterapia? -preguntó Kurt, mirando primero a Matt y después a Jodie.
    – Es un luchador -dijo ella, sacudiendo la cabeza-. Está muy cansado, pero a veces saca fuerzas de flaqueza.
    – Eso es bueno -contestó, mirándola a los ojos, y ella supo que ya había dejado de pensar en su padre-. ¿Y el top rojo? -le susurró cuando ambos fueron solos a la cocina a beber agua.
    Ella se echó a reír, apoyándose contra la encimera.
    – Supongo que este aburrido traje es toda una decepción.
    Él la besó desde atrás suavemente en la nuca.
    – Nada de ti me decepciona -murmuró, y salió de la cocina.
    Jodie tardó unos segundos en tranquilizarse y volver a su ser. Cuando Kurt volvió a la cocina por algo que había olvidado, ella lo agarró del brazo.
    – Escucha -dijo, deseando no desear besarlo-. Ya sé que es culpa mía, pero tenemos que parar esto -él sabía perfectamente de qué estaba hablando, pero la dejó hablar-. Tenemos que mantener una relación profesional. Tenías razón y no debí… obligarte a besarme.
    Él sonrió y le acarició la mejilla.
    – Eres una bruja -dijo-. Soy como un muñeco de trapo en tus manos.
    Jodie empezó a protestar, pero él la interrumpió.
    – No te preocupes, Jodie. Lo entiendo, y aunque me cueste, estoy de acuerdo contigo. Será mejor dejar las actividades clandestinas -sacudió la cabeza-. Pero no puedes evitar que siga soñando.
    Ella tomó una enorme bocanada de aire mientras él salía de la cocina; cerró los ojos y se apoyó en la encimera. Necesitaba un apoyo. Tenía que salir de aquel lío y lo sabía, pero su fibra rebelde estaba saliendo de nuevo a la luz. Iba a disfrutarlo mientras durara. ¿Por qué no iba a hacerlo?
    De vez en cuando sus hermanos le lanzaban miradas interrogantes y alguna advertencia.
    – ¿Habéis venido a trabajar de verdad o a hacer de carabinas? -le preguntó a Rafe en un momento en que Kurt salió de la sala.
    – ¿Qué te parece las dos cosas? -le dijo, con una sonrisa. Después la sonrisa desapareció-. De hecho, tenemos ciertos problemas económicos que tengo que resolver con ayuda de Kurt, ya que papá no está disponible por el momento.
    – No tenía ni idea…
    – No te preocupes. Estoy trabajando en ello -volvió a sonreír-. Disfruta de este pequeño oasis de paz, porque antes de que te des cuenta, Kurt y tú volveréis a estar en la oficina.
    Ella le hizo una mueca, pero no olvidó sus palabras. Había pensado que desde que el negocio empezó a levantar el vuelo, las cosas sólo habían ido a mejor. Se trataba de una convicción inocente, pues un negocio no se mantiene si no se trabaja.
    Cuando Kurt volvió al salón, Rafe levantó la mirada del ordenador.
    – Por cierto, vi a Manny ayer. Estaba muy enfadado porque alguien había entrado en los viñedos. Quería que te preguntara por ellos.
    – ¿A mí? -dijo Kurt sorprendido.
    – Sí. Cree que tú puedes saber quiénes son. Están rondando por los viñedos, pero no sabe nada de ellos -se encogió de hombros-. Ya conoces a Manny; se pone nervioso muy pronto. Al principio dijo que era un expediente X y que se trataba de gente del gobierno en busca de extraterrestres.
    – Espero que no les dispare -dijo Jodie-. Podría complicarse mucho la vida.
    – Y se la complicaría mucho más a la persona a quien dispare.
    – También.
    Jodie y Kurt se miraron y se sonrieron, pensado en el día que habían visitado el viñedo juntos. Era como si un vínculo especial los uniese. Ella apartó la mirada, pero su corazón ya se había lanzado a la carrera. Así era como se sentía uno cuando tenía una pareja. Jodie deseó tener el coraje suficiente para hacerlo realidad.
    – Últimamente no pasas mucho tiempo en la oficina -dijo Shelley al ver que Jodie se preparaba para llevarse trabajo de nuevo.
    Había pasado una semana desde que fueron juntos a los viñedos, y Kurt y ella habían desarrollado una especie de rutina. Ella iba por la mañana a la oficina, recopilaba el trabajo y lo llevaba a casa de Kurt, se sentaban en la mesa del comedor y se ocupaban de todo lo necesario. Hacían un descanso a mediodía, ataban cabos sueltos de trabajo y ella volvía a pasar el resto de la jornada en Industrias Allman.
    Aquello, que hubiera podido crear un vínculo muy íntimo, no había funcionado de ese modo. Por suerte. Pero no por su decisión de mantener una relación únicamente profesional, sino porque no paraban de recibir visitas de otras personas que interrumpían lo que habría podido ser un agradable momento de intimidad.
    Y después, el fin de semana. Ella nunca había creído que pudiera sentirse tan sola. Se había pasado el rato pensando en él. Le gustaba. No podía evitarlo, le gustaba de verdad. Y aquello era muy peligroso, por lo que no se entendía que no saliera corriendo de esa situación.
    Después de todo, era mucho más que resistir la tentación de tocarlo. Incluso si él hubiera intentado ir más allá, ya le había dejado claro que no quería una relación a largo plazo. Si alguien le hubiera preguntado a ella si quería eso hacía una semana, habría dicho que no, pero ahora era lo único en lo que podía pensar.
    – ¿Vas a casa de Kurt McLaughlin otra vez? -preguntó Shelley.
    – Claro -respondió Jodie. Después añadió con una sonrisa-. No puede apañárselas sin mí.
    Shelley se echó a reír, pero pronto dejó de hacerlo y su expresión de tornó preocupada.
    – ¿No estarás enamorándote de ese hombre, verdad?
    – Shelley, ¿acaso te parezco una mujer enamorada? -preguntó Jodie, actuando.
    – No lo sé -dijo, mirándola a los ojos-. Creo que veo un punto de locura ahí dentro.
    – Oh, me la van a operar dentro de nada. No es importante.
    – Bien -dijo Shelley sonriendo y después poniéndose seria de nuevo-. Pero recuerda tener cuidado. Los McLaughlin son conocidos por ser de los de tener mujeres de usar y tirar. Parece que va en sus genes. No quiero que te hagan daño, tú te mereces algo mejor.
    – Tranquila, no me pasará nada. Conozco a esa familia lo suficiente para que no puedan jugar conmigo.
    Sabía que se estaba poniendo a la defensiva, pero así era como se sentía. Al ver a su amiga alejarse pensó si se había dado cuenta de algo. ¿Tan obvio era?
    Se dejó caer en su silla y suspiró profundamente. Kurt era de lo más atractivo en ocasiones, y lo cierto era que empezaba a perder un poco la cabeza por él. Un poco sólo, así que nadie se enteraría nunca de ello, y probablemente tenía que ver con el hecho de que hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre.
    Pero estaría bien que la cambiaran de departamento para no tener que pasarse todo el día con Kurt. Empezaba a pensar que eso sería lo único que la salvaría de hacer una idiotez incorregible.
    Hasta entonces, no había pasado nada, ni tenía por qué pasar.
    Ella iba a su casa todos los días y él le tomaba el pelo y se burlaba de ella hasta hacerla enfurecer. Después, sus miradas se cruzaban y algo cambiaba en su cuerpo que hacía que respirase con dificultad y empezara a pensar en besos y estrellas fugaces. ¡Qué injusto!
    Al menos había conseguido evitar cruzarse con la hija de Kurt. La niña ya se había ido a casa de su abuela cuando ella llegaba, y se marchaba antes de que la trajeran de vuelta. Jodie estaba en guardia por si le pedía que lo ayudase con la niña: no estaba preparada para hacerlo y sólo pensarlo la ponía nerviosa.
    Pero no quería que Kurt lo supiera. Era una tontería estar tan paranoica por la niña de Kurt, pero no podía evitarlo. Si dependiera de ella, no conocería nunca a la niña.
    Echó un vistazo a su reloj y decidió pasarse por una cafetería a comprar un par de tazas de café y unos bollos para llevar a casa de Kurt. Había notado que le encantaba que le llevasen comida.
    Cuando Jodie llegó a casa de Kurt, lo primero que vio frente a ella fue un coche carísimo y enorme. No lo pudo reconocer, pero se hacía una idea de cómo sería el propietario. A la hermana de Kurt le pegaría muy bien.
    Tendrían que compartir el desayuno. Hacía mucho que no veía a Tracy, así que no le importaría volver a ver a una vieja amiga.
    Pero, ¿a quién intentaba engañar? Tracy y ella se conocían desde la guardería y nunca habían sido amigas. Rivales y enemigas serían palabras más acertadas para definir su relación. Tracy siempre intentaba que el resto de chicas la dejara de lado y, cuando encontraba una serpiente en su cajonera, desaparecían sus cuadernos o no la invitaban a un cumpleaños, Jodie sabía quién estaba detrás de aquello.
    Pero había pasado mucho tiempo desde entonces y la rivalidad estaba desapareciendo, en teoría. Mientras se acercaba a la casa, pudo oír voces en su interior, pero hasta que estuvo frente a la puerta, no pudo entender lo que decían.
    – Kurt, no puedes esperar que mamá se pase el día cuidando de la niña cuando tú no haces lo que ella cree que deberías hacer en el negocio de los Allman.
    Jodie se quedó helada. La puerta estaba abierta y aquella voz sólo podía ser la de la hermana de Kurt.
    – Tracy, no lo entiendes -dijo la voz de Kurt.
    – Lo entiendo a la perfección.
    – Cuando haya acabado todo verás como…
    – Cuando haya acabado todo, espero estar viviendo en Dallas y tener contacto con esta ciudad sólo por correo electrónico.
    – Éste siempre será tu hogar y no puedes cambiarlo. Créeme.
    – No. Este sitio me importaba cuando era nuestro territorio, pero ahora que los Allman han puesto todo patas arriba, espero que todo se vaya al infierno. Estoy segura de que los Allman se ocuparán de eso.
    – Tracy, cálmate. Vas a despertar a Katy.
    Jodie no sabía si volver al coche o no. Aquello era una conversación privada, pero habían mencionado el nombre de su familia y no acababa de decidirse.
    – Mira -dijo Tracy, intentando controlarse-, sé que has estado intentando convencer a mamá de que estás haciendo algo que le devolverá la gloria al nombre de la familia, pero no entiendo por qué te preocupas por eso. Si crees que vas a mejorar las cosas pasando el rato con esos rastreros que son los Allman, haz lo que quieras. Yo me marcho de aquí y no pienso volver.
    En ese momento Kurt la vio detrás de su hermana.
    – Jodie.
    Ella se había quedado helada. Lo que Tracy había dicho no conseguía ser asimilado por su cerebro, así que dio un paso adelante e hizo como si acabara de llegar.
    – Buenos días -dijo Jodie con alegría fingida-. He traído café y bollos -entró y dejó la bolsa sobre la mesa. Después se volvió con una sonrisa para saludar a Tracy-. Me alegro de volver a verte, Tracy.
    – Jodie Allman. Estás igual que en el instituto.
    Jodie no podía decir lo mismo de Tracy. Había sido una chica muy guapa, pero ahora tenía un aspecto envejecido y llevaba demasiado maquillaje y demasiada bisutería. Era consciente de que el comentario de Tracy no era un cumplido, pero le puso su mejor sonrisa.
    – Y tú estás preciosa, pero siempre fuiste la chica más guapa de la ciudad…
    – No sé, Jodie -Tracy sonrió con poca naturalidad-. ¿No fuiste tú quien me ganó en el concurso de reina del baile?
    – Bueno -dijo Jodie-, seguro que hubo un recuento erróneo de votos.
    – Oh, no -Tracy sacudió la cabeza-. Te mereces todos los premios que te dieron entonces.
    – Por lo que recuerdo, tú hiciste todo lo que estaba en tu mano para amañar todas las votaciones que se celebraban en el instituto -Jodie sonreía como una muñeca mecánica. Ella y Tracy habían peleado por cada competición; unas veces ganaba una y otras, la otra, pero desde la distancia, aquello no parecía tener ningún sentido.
    Notó que Kurt las miraba, pensado seguramente que las mujeres pueden odiarse y actuar a la vez como si fueran las mejores amigas del mundo. Aquello le hizo sonreír mientras Tracy se preparaba para marcharse. Todo lo que se habían dicho eran pequeños cortes y puñaladas que ambas entendían perfectamente.
    Justo antes de salir por la puerta, Tracy dejó caer el último bombazo.
    – Oh, casi lo olvidaba. Mamá ha contratado a una persona para que se ocupe de cocinar, limpiar y cuidar de Katy. Yo ya no puedo seguir haciéndolo y tampoco dejaré que mamá se involucre más. Además, la he convencido para que se venga a Dallas conmigo, así que estarás solo.

Capítulo 7

    – ¿Que ha contratado a una persona? -preguntó Kurt, apoyándose en el quicio de la puerta.
    – Es muy buena. Tiene referencias y es sueca -dijo Tracy, como si eso lo explicara todo.
    – ¿Sueca?
    Tracy lo miró irritada.
    – Tengo que tomar un avión. Debería estar aquí a mediodía -le dedicó a Jodie una sonrisa gélida y añadió-: Encantada de haberte visto, pero probablemente no se repetirá. Me voy a Dallas, espero que para siempre -se despidió de ellos con la mano y se alejó con el rítmico taconeo de sus caros zapatos italianos.
    Kurt y Jodie se quedaron mirándola hasta que él cerró la puerta.
    – Sueca… -dijo en voz baja-. Será interesante.
    – O no -dijo Jodie, que se estaba poniendo tan nerviosa como Tracy.
    – Bueno, ya has oído lo que Tracy ha dicho -se unió a ella en la mesa, frente a las tazas de café-. Han contratado a una mujer sueca para que me haga las cosas.
    Ella vio que le centelleaban los ojos. Estaba bromeando con ella, esperando su reacción. Se lo estaba pasando en grande.
    – ¿Qué esperas exactamente que haga la sueca por ti?
    – ¿Quién sabe? Ya sabes lo que dicen de los suecos. Tal vez sea el tipo de mujer que se ocupa de un hombre en el sentido global -suspiró feliz al pensarlo-. Tal vez ella esté ansiosa por atender todos mis deseos y necesidades.
    Jodie no quiso repetir los gestos de cansancio de Tracy, así que decidió seguir la broma.
    – Pensaba que para eso estaba yo aquí.
    – ¿Tú? -eso lo sorprendió.
    – ¿Por qué no yo?
    Por un momento, ella habría jurado que él había estado a punto de tomarle la palabra. Pero sólo por un momento. Después pareció recordar que la suya tenía que ser una relación laboral, con algunos flirteos ocasionales, pero sin arriesgarse a un contacto real. Ella lo miró y Kurt optó por la seguridad de la taza de café.
    – ¿Sabes decir algo en sueco? -preguntó mientras masticaba un bollo, volviendo al tema anterior.
    – Estoy segura de que habla inglés.
    – Sí, pero podría darle la bienvenida con unas palabras en su idioma.
    Ella deseó estrangularlo. No sabía por qué, pero estaba empezando a molestarla.
    – Si quisiera hablar en sueco, se habría quedado en Suecia.
    – Eso es cierto -señaló él.
    A pesar de todo, Jodie echó a reír. Aquello era ridículo.
    – Estás muy guapa cuando te ríes -le dijo él, agarrándole la mano.
    Dejó de reírse al instante. Sus ojos la miraban con seriedad y ella miraba sus manos entrelazadas. Él tenía unos dedos largos y bonitos. Pensó en cómo acariciarían su cuerpo y se echó a temblar.
    – Sé que has oído lo que Tracy ha dicho sobre tu familia -siguió-. Lo siento mucho. No quería decir eso, es sólo que…
    Irritada, ella retiró la mano.
    – ¿Cómo puedes decir que no quería decir eso? Claro que sí. El único que vive apartado de la realidad eres tú. La rivalidad entre nuestras dos familias está bien viva y nosotros somos parte de ella. Asúmelo.
    Él sacudía la cabeza con expresión pesimista.
    – El único motivo por el que estas rivalidades siguen vivas es porque la gente se dice cosas así a la cara. Cuando la gente vive en una competición constante con el contrario, nadie acaba ganando.
    Ella sacudió la cabeza.
    – No sé cómo puedes decir eso. Después de todo, los malos sentimientos se tienen después de las malas acciones, no sólo por las palabras.
    – ¿En serio? Dame un ejemplo.
    Ella lo miró seriamente. Aquella pelea tenía una base muy real.
    – No me digas que no has oído hablar de cuando tu tatarabuelo, Theodore McLaughlin, raptó a la esposa del mío y la encerró durante semanas, y no la dejó salir hasta que su marido reunió los suficientes hombres y armas para asaltar el rancho donde la tenía.
    Él parecía aburrido.
    – De acuerdo, la prehistoria de Chivaree tiene algunos episodios muy románticos, pero nuestras dos familias eran casi las únicas que vivían en el valle. ¿Con quién más se iban a pelear?
    – Después -continuó ella-, está la historia de cuando tu abuelo se adueñó de la propiedad del mío.
    – Historia antigua, como poco -gruñó el-. ¿No podemos pasar página?
    – ¿Qué? ¡Claro!, ¿por qué no? Avancemos hasta el momento en que tu padre y tu tío se arrojaron contra mi padre y lo ataron a un poste en ropa interior para que todo el mundo lo viera y se riera.
    – Eran adolescentes -dijo él, más aburrido que nunca-. ¿Has acabado ya?
    – Por ahora sí -dijo, al advertir algo distinto en su tono de voz.
    – Bien -le dedicó una preciosa sonrisa-. ¿Qué te parece si compartimos el último bollo?
    Ella suspiró. Kurt creía que todo aquello no eran más que anécdotas que se podían guardar en la vitrina de un museo. Para él era fácil, puesto que había sido su familia fue la que había perpetrado las mayores barbaridades, mientras que los Allman habían sido las víctimas.
    ¿No estaría siendo demasiado inocente? ¿Había algo más encubierto? Después de todo, había enterrado sus sospechas, pero nada había probado que fueran falsas. ¿Era aquello un disfraz para sus verdaderos planes?
    Ella lo miró con frialdad, pero sus malos pensamientos se desvanecieron nada más verlo. No era sólo por ser guapo; también tenía unos ojos preciosos y una sonrisa… O se le daba muy bien esconder sus sentimientos verdaderos o tendría que admitir que estaba frente a un buen hombre. Pero ella estaba loca, ¿qué juicio iba a tener?
    – No te muevas. Tienes un poco de azúcar en la cara.
    Ella se quedó quieta mientras él le quitaba los granos de azúcar. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, y sintió la imperiosa necesidad de hundir la cabeza en su pecho. Se miraron y ella supo que él había descubierto sus pensamientos.
    Sus ojos se nublaron. Iba a besarla. Jodie tomó aliento, consciente de que debería apartarse, pero se quedó helada en el sitio, con el corazón acelerado y como flotando en una nube.
    La rodeó con los brazos, atrayéndola al cómodo refugio de su pecho, y fue como si la encerrase en un lugar mágico en el que no existían el tiempo ni los problemas. A pesar de su conciencia, ella se dejó llevar al principio, y después levantó los brazos, le rodeó el cuello y lo atrajo hacia ella, deseosa de sentir el calor de su cuerpo contra el suyo. Su boca estaba caliente y dura, y ella la abría ansiosa, temblando al sentir el deseo con que él la besaba.
    Jodie sabía que estaba loca, pero ya no le importaba. La sensación era maravillosa y se sentía a gusto con aquel hombre. ¿Acaso se estaba enamorando? ¿Sería lo suficientemente valiente para dejarse llevar de ese modo?
    Cuando por fin se apartó, él la miró y ella intentó interpretar lo que le decían sus ojos. Habría jurado que él parecía sorprendido y desconcertado. Tal vez hubiera sido por su reacción, pero no le importaba. Si volvía a besarla, respondería del mismo modo.
    Pero no volvió a besarla; en su lugar le preguntó:
    – ¿Quieres ver a Katy?
    – ¿Qué? -sintió voces de alarma en su interior. Había olvidado que la niña estaba allí-. No… ¿no deberíamos dejarla dormir?
    – Ven -dijo, agarrándola por la muñeca mientras caminaba con una muleta-. Quiero mostrarte mi motivo de orgullo y alegría.
    No había modo de evitar aquello, así que, rindiéndose ante las circunstancias, Jodie sonrió y lo acompañó a la habitación del fondo del pasillo con el corazón latiéndole con todas sus fuerzas. Entraron en silencio y Jodie siguió a Kurt hasta llegar a la cuna.
    Unos ricitos dorados enmarcaban la cara redonda como una manzana. Tenía la boquita ligeramente abierta y el puño cerrado sobre la almohada. Una nariz diminuta y las cejas rubias. Era una niña preciosa.
    Algo parecido a un sollozo hizo que Jodie se atragantara. Aquella niña se parecía mucho a la imagen que se había hecho del bebé que llevó en su interior durante cuatro meses y medio. Volvió a recordar aquellos días terribles, las noches de llanto por el abandono de Jeremy, el cambio emocional que experimentó al notar la presencia del niño que llevaba dentro, lo mucho que había querido a aquel bebé antes de nacer y su firme determinación de darle una infancia más feliz de la que ella tuvo.
    Poco después, el sueño también murió y el dolor fue demasiado grande.
    Se agarró a la cuna para intentar contener la emoción, pero sabía que era imposible. Iba a romper a llorar, aunque no fuera de las que lloraban por cualquier nimiedad. Sólo esperaba que él no se diera cuenta.
    Demasiado tarde. Kurt había notado cómo le temblaban los hombros y las lágrimas que le caían por las mejillas. Ella se giró, pero él la obligó a mirarlo.
    – Jodie, ¿qué pasa?
    Podría contarle una mentira, pero no funcionaría. Sacudiendo la cabeza, se apartó de él y corrió al salón.
    Él la siguió, cojeando sobre la muleta, y cuando llegó, ella había tenido tiempo de tomar aire y secarse las lágrimas.
    – Creo que debería volver a la oficina -dijo Jodie animadamente cuando él llegó-. Se me ha olvidado traer las fotos que me pediste, así que si puedes apañártelas sin mí…
    – Siéntate -dijo él, señalando el sillón-. Tenemos que hablar.
    – Oh, estoy bien. Es sólo que…
    – Siéntate.
    Empleó un tono muy autoritario que, como mujer moderna, sabía que no tenía que aceptar, pero obedeció de todas maneras.
    Kurt se sentó a su lado, gesticulando para colocar recta la pierna escayolada. Después la miró a los ojos y dijo:
    – Jodie, dime qué le ocurrió a tu hijo.
    – Yo no he tenido… -balbuceó ella.
    – Pero estuviste embarazada…
    Ella apartó la mirada. No podía negarlo. Se sentía una idiota.
    – Cuéntamelo.
    – ¿Por qué? -preguntó ella, sacudiendo la cabeza-. Muchas mujeres pierden a sus hijos. No es nada grave.
    Él se acercó más y le puso las manos sobre los hombros, girándola para que lo mirara.
    – ¿Te acuerdas de cuando me dijiste que yo te gustaba? -preguntó él.
    Ella asintió, sintiéndose como una niña pequeña. Él le acarició la mejilla.
    – Tú también me gustas. Me importas y quiero ayudarte si estás mal, al igual que tú me has ayudado con lo de la pierna.
    Ella buscó sinceridad en sus ojos verdes. ¿Lo decía en serio? ¿Podía confiar en él? ¿O era sólo que lo deseaba tanto que era incapaz de ver más allá?
    No le había contado a nadie la historia completa de lo que había pasado hacía diez años y ahora se lo iba a contar al que debía ser su peor enemigo. La vida era extraña a veces.
    – Kurt, no sé…
    – Cuéntamelo -seguía sin quitarle las manos de los hombros, como protegiéndola.
    – Me marché después de acabar el instituto -empezó ella-. Mi madre murió cuando yo tenía dieciséis años y eso me dejó destrozada. Los dos años siguientes me dediqué a pelearme con mi padre. Estaba fatal en casa y pensé que en cualquier otro sitio estaría mejor, así que me marché a Dallas.
    – No eres la primera que lo hace -dijo él, rodeándola con los brazos. Ella se dejó abrazar, porque se sentía muy a gusto, como si fuera lo más normal.
    – No. Y la historia no suele tener un final feliz.
    – ¿Qué ocurrió?
    – Bueno, había un chico…
    – Siempre lo hay.
    – Claro -casi sonrió por un momento-. Yo pensaba que lo quería. O mejor, que él me quería a mí.
    Él la abrazó con más fuerza.
    – Éramos novios en el instituto y se reunió conmigo en Dallas. Lo pasamos genial varias semanas, pero cuando le dije… -le costaba pronunciar la palabra-…que estaba embarazada, me dijo que no quería dejar de vivir la vida que acababa de probar. Le pareció muy divertido que yo creyera que se casaría conmigo y me dejó muy claro que la gente como él no se casaba con la gente como yo.
    Su voz tembló. Dudaba si decirle a Kurt las palabras exactas que empleó Jeremy. ¿Podría repetirlas? No, pero resonaban como un eco en sus oídos:
    «¿Estás loca, Jodie? Es un hecho histórico que los McLaughlin se acuestan con las Allman, pero no se casan con ellas».
    – Fue como si me tragara la tierra. No sabía qué iba a hacer ni dónde iba a ir. Perdí mi trabajo y sobreviví gracias a la comida que me daban en los centros de beneficencia durante un tiempo.
    – Jodie…
    – Y perdí el niño -ella tembló-. Fue bastante desagradable. Estaba en el quinto mes y fue muy grave -levantó la vista y lo miró a los ojos, porque él había sido muy comprensivo. Entonces le dijo algo que nunca le había dicho a nadie-. Tal vez no pueda volver a tener hijos.
    – Dios mío -él la abrazó fuerte y enterró la cara entre su pelo-. Oh, Jodie.
    Se sentía bien en sus brazos, pero aquello entrañaba otros peligros y trató de separarse.
    – Si sigues abrazándome así, empezaré a llorar de nuevo -le advirtió.
    – De acuerdo -dijo él, acariciándole el pelo con suavidad-. Llora todo lo que quieras.
    No quería llorar, pero sus abrazos habían destruido todas sus defensas y no pudo evitarlo, pero paró pronto. Después de todo, era una tontería. ¿Por qué era tan débil? Otras mujeres continuaban con sus vidas después de un aborto espontáneo, sin desarrollar fobias por los niños. ¿Qué le pasaba a ella?
    Lo que estaba claro era que no podía dejar que un niño indefenso cargara con el peso de sus propios traumas. Era el momento de superar, como fuera, todo aquello.
    Se oyó un ruido en la habitación y después un grito.
    – ¡Katy! -gritó Kurt, que intentó levantarse de un salto y cayó al suelo al olvidar la escayola.
    Jodie se levantó también, y por unos segundos dudó entre levantar a Kurt y desear que no se hubiese roto nada más, o ir a buscar a la niña ella misma. Las décimas de segundo parecían eternidades, y al final se decidió. Corrió a la habitación.
    Katy estaba en el suelo, llorando y frotándose la cabeza con la mano, pero al verla aparecer se calló y la miró como fascinada.
    – ¿Estás bien, preciosa? -dijo, inclinándose hacia ella y dudando si tocarla-. ¿Te has hecho daño?
    – Pa-pa-pa -balbuceó la niña, estudiando a Jodie. Después se decidió y estiró los bracitos hacia ella, pidiéndole que la tomara en brazos.
    Jodie se pasó la lengua por los labios y miró hacia la puerta, deseando ver llegar a Kurt.
    – ¿Quieres ir con tu papá? Estará aquí en un segundo, ya verás.
    – Pa-pa-pa -y movió los brazos con más fuerza aún.
    – De acuerdo -y se inclinó para levantarla, sin saber cómo acabaría aquello.
    Katy ayudó mucho y en un segundo estaba tranquilamente acomodada en los brazos de Jodie sin que ésta tuviera náuseas. Y no iba a desmayarse, porque no era difícil en absoluto.
    Se dio la vuelta cuando Kurt entró en la habitación. No podía creer lo a gusto que estaba con aquella princesita en sus brazos.
    – Mira -dijo radiante al verlo-. Creo que está bien.
    Kurt se detuvo y las miró con una medio sonrisa.
    – Supongo que ha aprendido a escalar los barrotes de la cuna. Otro problema más.
    Pero Jodie no quería oír hablar de más problemas. Le pasó la niña a Kurt, pero no se movió, sino que se quedó a su lado, peinándole los rizos a la pequeña y diciéndole lo bonita que era.
    Después de tantos años evitando el tema, por fin se había enfrentado a su gran miedo y eso la llenaba de orgullo. La cobardía no traía nada bueno, ésa era la moraleja del cuento.
    Paso la hora siguiente con Katy. A pesar de que sentía una punzada de dolor por el hijo que había perdido, estaba aprendiendo a disfrutar de ver a Kurt con la niña.
    ¿Y quién podía resistirse a Katy? Era una burbuja de alegría, curiosa y atenta a todo lo que le mostraban. Jodie no podía sentirse triste al tener a una niña tan bonita como centro de atención.
    Todo eso le hizo pensar en otra cosa, y por fin reunió las fuerzas para preguntárselo a Kurt.
    – Cuando miras a Katy, ¿te recuerda a Grace? -preguntó Jodie suavemente-. ¿La echas mucho de menos?
    – No -dijo, y la miró con los ojos muy claros-. No echo de menos a Grace en absoluto.
    Jodie pensó que aquello era un indicio de que no tuvieron un matrimonio muy feliz, pero esa falta de interés la dejó sorprendida.
    – Lo cierto es que, si Grace no hubiera muerto, a estas alturas ya estaríamos divorciados.
    – Oh, Kurt -dijo ella, sintiéndose culpable, porque si le hubiera confesado un amor eterno por su mujer, la hubiera torturado enormemente.
    – Lo único que me retenía a su lado -dijo Kurt-, era que estaba intentando ver cómo podría dejarla sin perder a Katy.
    Jodie sacudió la cabeza.
    – Kurt, lo siento mucho. No tenía que haber dicho nada. No es asunto mío.
    Sus ojos parecieron incendiarse por un momento.
    – Claro que lo es, Jodie -dijo con voz suave.

Capítulo 8

    Antes de poder explicar aquella sorprendente declaración, lo interrumpió el timbre de la puerta.
    Jodie y Kurt se miraron, y exclamaron al mismo tiempo:
    – ¡La sueca!
    Kurt se puso en pie con la ayuda de una muleta y fue hacia la puerta. Justo antes de abrir le echó una mirada a Jodie y ésta le sonrió, sabiendo lo que él esperaba encontrar al otro lado de la puerta. Por fin abrió, e inmediatamente dio un paso atrás. La mujer que estaba en el umbral medía casi dos metros y parecía dedicarse al fútbol americano como hobby.
    Tenía los ojos de un azul acerado y llevaba una pequeña bolsa.
    – Soy Olga -dijo la mujer, con un fuerte acento-. Yo me ocupo del bebé.
    – ¿Qué? -su sueño de la valkiria sueca se había desvanecido-. ¿Está segura?
    – ¿Dónde es el bebé? -dijo, dando un paso hacia la puerta y haciendo recular a Kurt, que miró a Jodie en busca de auxilio.
    – Escuche, no hemos decidido nada -dijo él, como hablándole a la pared-. Si nos deja su número, ya la llamaremos.
    Pero Olga no era de las que esperaban a ser invitadas, así que apartó bruscamente a Kurt de la puerta y pasó a grandes zancadas a la casa.
    – Yo conozco niños, señor -dijo ella, petrificándolo con la mirada-. Me deja el bebé y yo lo cuido.
    De otras dos zancadas llegó junto a Katy, que estaba jugando en el suelo, y la levantó hasta la altura de su gélida mirada.
    – Ella está bien.
    Katy pareció sorprendida al principio. Después miró a su padre y luego a la mujer que parecía una montaña. Empezó a abrir la boca, pero no emitió ningún sonido.
    – ¿Dónde es la habitación de niña? -preguntó Olga-. Necesita pañal.
    Jodie le señaló el camino con el dedo y la mujer se encaminó hacia allí.
    Kurt empezó a seguirla y después se volvió hacia Jodie.
    – ¡Ayuda! -dijo en un susurro.
    Jodie rió y le tomó las manos.
    – Deja que haga su trabajo -le dijo-. Tracy ha dicho que tenía unas referencias excelentes, y tu madre no contrataría a cualquiera. Relájate.
    Pero seguía inquieto.
    – ¿Tú crees que Katy estará bien?
    – Claro. Dale una oportunidad.
    Él siguió con el gesto torcido, lo que le hizo mucha gracia a Jodie, hasta que Olga apareció por el pasillo con la niña en brazos.
    – Iré a ver cocina -dijo, pasándole la niña a su padre.
    – Este… Olga -dijo Jodie-, nos preguntábamos bajo qué condiciones la ha contratado la madre de Kurt. Suponemos que se ocupará de la niña y la cocina.
    – Sí. Algo limpieza también. Y hago masaje.
    – ¡Masaje!
    Olga se echó a reír y le hizo un gesto a Kurt.
    – Ven aquí y te doy uno.
    Jodie vio la mirada de horror en la cara de Kurt y decidió conservar aquella imagen en la memoria para alegrarse en los días grises.
    – No, gracias -declinó Kurt-. Creo que con Katy y el cuidado de la casa tendrá bastante.
    Jodie acompañó a Olga a la cocina y le explicó lo que contenían los armarios y los electrodomésticos. De un modo extraño, casi se sentía propietaria de todo aquello, aunque sólo llevaba yendo a esa casa una semana.
    Olga le cayó bien. Tal vez fuera algo autoritaria y ruidosa, pero era competente y buena persona. Muy fiable. Así que recogió sus cosas y se dispuso a volver a la oficina.
    – ¿No pensarás marcharte, verdad? -dijo Kurt, alarmado.
    Se tuvo que reír. Aquel hombre al que había visto pelear con tipos que le doblaban en estatura, parecia realmente asustado por la empleada del hogar sueca.
    – Tengo que marcharme -dijo simplemente.
    Kurt la siguió hasta la puerta.
    – No puedes dejarme solo con ella -susurró, mirando por encima del hombro.
    Jodie se mordió el labio y sacudió la cabeza.
    – Oh, claro que puedo. Y es lo que voy a hacer.
    No lo hacía por sadismo, sino que tenía que marcharse. Necesitaba algo de tiempo para procesar todos los cambios por los que había pasado su vida aquel día.
    – Jodie -dijo él, agarrándola de un brazo y mirándola a los ojos-. Vuelve pronto.
    Algo en la intensidad de su voz permaneció con ella hasta que llegó a la oficina. ¡Maldición! Se estaba enamorando de él, y en serio.
    – Genial -murmuró para sí con sorna.
    – He oído que Tracy McLaughlin va a casarse de nuevo.
    Las cenas en casa de los Allman eran un hervidero de rumores aquellos días. Jodie miró a su hermana y se dio cuenta de que esa declaración se la había lanzado a ella. Claro.
    – Eso parece -dijo ella, sin darle importancia, esperando pasar a una discusión mayor sobre ese asunto.
    – ¿Cuántos lleva? -preguntó Matt-. ¿Es el tercero, verdad?
    Rita asintió.
    – Espero que tenga más suerte esta vez.
    – ¡Ja! -exclamó Rafe-. Los McLaughlin no se comprometen con nadie. Mira a los padres. Tampoco son modélicos que se diga.
    Rita señaló a su hermano.
    – Si no recuerdo mal, a ti te gustaba Tracy.
    – ¿A mí? -su atractivo rostro se tornó en un gesto de disgusto-. Nunca he tenido esa clase de sentimientos por un McLaughlin. No soy un traidor.
    Jodie se quedó boquiabierta.
    – Estáis aquí hablando mal de los McLaughlin, pero tenéis a Kurt en el negocio. ¿Alguien me explica cómo se digiere eso?
    David se encogió de hombros, como si no mereciera la pena explicarlo.
    – Bueno, para mí Kurt no es como los demás.
    – No, nunca lo ha sido -añadió Rafe-. Estuvimos juntos en las clases prácticas de química en el instituto, y después de los insultos de rigor, nos llevamos muy bien. Siempre supe que era de los buenos.
    – No se puede decir lo mismo de sus primos, que son todos basura -dijo David.
    – No le daría la espalda a ninguno de ellos -añadió Matt.
    – Kurt es un buen chico -afirmó también Rita-. Ya me lo pareció cuando volvió a Chivaree a criar a la niña. Después de cómo lo trató su mujer… -y miró a Jodie según decía esas palabras.
    – Continúa -pidió ella-. ¿De qué modo lo trató su mujer?
    – ¿No lo sabes? -preguntó Rita.
    – Si lo supiera, no te lo preguntaría, ¿no crees? -Jodie miró a su alrededor y vio que todos parecían saberlo menos ella-. Por lo que sé, murió en un accidente de avión. ¿Hay algo más?
    Los demás se miraron como si decidieran quién se lo tenía que contar. Rita continuó con la historia.
    – Bueno, por lo que dicen, ella se había marchado de casa. Había abandonado a su marido y a su hijita.
    – Oh -su corazón se llenó de pena por Kurt.
    – Iba a encontrarse con su amante cuando la avioneta se estrelló en las montañas.
    Jodie no tenía ni idea. Nadie, y mucho menos Kurt, le había dicho nada de todo aquello. Aún así, él le había dado pistas de que su matrimonio no había sido muy feliz, así que aquello no la sorprendía del todo. Aquello también explicaba por qué se le nublaba la vista a veces, y su auto imposición de no volver a enamorarse jamás.
    Bueno, él no había llegado a decir eso, pero estaba implícito en su decisión de no volver a casarse. Debía de haber sido una agonía para él tener el bebé que quería y adoraba, y que la madre lo traicionara cuando más la necesitaba. Sintió pena por él.
    No pudo comer ni un bocado más después de oír la historia. Sus hermanos pasaron a otro tema, pero ella se quedó en silencio. Quería ir con Kurt y consolarle como pudiese, aunque sabía que estaba jugando con fuego, pero, ¿qué más podía hacer?
    Apenas habían acabado de comer cuando sonó el teléfono. Era Kurt.
    – Jodie, menos mal que estás ahí. Tienes que venir inmediatamente.
    – ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
    – Te lo explicaré cuando llegues.
    Ella frunció el ceño y apretó el auricular. Por su tono se deducía que había ocurrido algo terrible.
    – Kurt, ¿dónde está Olga?
    Hubo una pausa, hasta que Kurt dijo por fin:
    – Jodie, tienes que venir y despedirla.
    – ¿Dónde está? -repitió Jodie con los ojos muy abiertos.
    – La tengo… la tengo en un lugar seguro.
    – ¡Kurt! ¿Dónde está?
    Ella notó que él respiraba pesadamente y que tomaba aire antes de hablar.
    – La he encerrado en el cuarto de la plancha.
    – ¡Kurt!
    – He tenido que hacerlo. Se había vuelto loca.
    – ¿Qué estaba haciendo?
    – Te lo explicaré cuando vengas. No tardes.
    Ella no podía imaginarse qué habría hecho Olga. ¡Pobre Katy! ¿Cómo podía un adulto meterse con un niño tan pequeño como ella? Olga tenía que haber hecho algo muy malo para que Kurt la hubiera encerrado en el cuarto de la plancha. Llegó a casa de Kurt con el corazón en un puño.
    – Bien, cuéntamelo -ordenó mientras se precipitaba al interior de la casa-. ¿Cómo está Katy? ¿Qué le ha hecho Olga?
    – Mira -dijo él, señalando a la trona, que estaba cubierta de una cosa rosada-. Estaba haciéndole comer remolacha -lo decía como si se tratara de ponerle cañas de bambú bajo las uñas o algún tipo de tortura similar.
    – ¿Remolacha? -se aseguró Jodie, pensando que no lo había oído bien. Tal vez, como no sabía nada de bebés, no supiera qué significaba eso.
    Él asintió, ultrajado, con la mirada llena de rabia.
    – Katy odia la remolacha y empieza a llorar en cuanto la ve. ¡Y esa mujer la estaba obligando a comerla!
    Jodie parpadeó.
    – ¿Obligándola?
    – Dijo que hay que enseñar a los niños que no pueden librarse de ciertas comidas. La pobre Katy estaba llorando como si el corazón se le fuese a partir en dos y esa mujer… aprovechaba para meterle la remolacha.
    Jodie se giró. No sabía qué decir, pero lo cierto era que Olga y Kurt no se estaban llevando bien.
    – De acuerdo. Hablaré con ella, pero Kurt, ¿qué vas a hacer sin nadie que se ocupe de Katy?
    – Lo tengo todo pensado -dijo con sencillez-. Tú puedes quedarte aquí y ayudarme.
    ¡Qué cara se podía llegar a tener!
    La frase no dejaba de rondar la mente de Jodie. Lo raro era que le había parecido más gracioso que otra cosa, aunque era muy pretencioso por su parte creer que ella iba a dejarlo todo para correr a ocuparse de su problema. Pero como Kurt lo había hecho con toda la inocencia del mundo, no podía tomárselo a mal y ofenderse.
    Aparte, él no habría estado en aquella situación si ella no hubiera provocado el accidente, por lo que le debía algo. De todos modos, asumir sin más que estaría allí siempre que él se lo pidiese… la dejaba sin respiración.
    Y ése era el punto importante: que la necesitaba. Katy la necesitaba, y eso era una novedad. Y le encantaba sentirse necesitada.
    Se ocupó del despido de Olga con tacto y sensibilidad. Le explicó a la mujer que Kurt estaba atravesando un periodo de estrés emocional en aquel momento, que había algunos asuntos y tenía algunas fobias que necesitaban tratamiento. De eso se ocuparía ella como terapeuta. Lo que Olga no tenía por qué saber era que ella era terapeuta física, no psicológica. Por fin acabó diciéndole a la mujer que Kurt no estaba preparado para dejar el cuidado de su hija en manos de una profesional, aún.
    – Ya -dijo Olga-. Está loco. Yo lo veo. Y va a mimar a niña. Vigile.
    – Oh, lo haré -le respondió mientras acompañaba a la mujer a la puerta principal, sin que Kurt apareciera por ningún lado-. Lo vigilaré como un halcón. Por favor, envíe la factura por sus servicios.
    – Oh, no preocupar. La señora McLaughlin ya me da buen cheque. Puede llamar cuando el señor va mejor, ¿de acuerdo? Va necesitar una mujer como yo para retomar vida.
    – Desde luego. Seguro que pensará en usted cuando esté listo para dar el paso -le dijo, despidiéndose de ella con la mano-. Ya está -le dijo a Kurt, que había aparecido por una esquina con Katy en brazos-. ¿Tienes otro dragón por ahí del que quieras que me ocupe?
    – Mi héroe -dijo, obviamente aliviado-. No me importó empujarla hasta el cuarto de la plancha. No escuchaba ni una palabra de lo que le decía.
    – No te preocupes -le dijo Jodie-. Volverá para ocuparse de tu vida en cuanto estés lo suficientemente recuperado para aceptar sus servicios.
    Kurt le habló a Katy directamente.
    – Nena, ¿qué te parece si nos mudamos y no dejamos la dirección a nadie?
    – Pa-pa -dijo ella.
    Él la miró de nuevo.
    – Pero nos llevamos a Jodie, ¿verdad?
    – Da-da-da -Katy casi saltaba en sus brazos.
    – ¿Puedes quedarte? Odio tener que pedírtelo, pero dadas las circunstancias, no me queda otra.
    Ella lo miró a los ojos, que parecían preocupados, y supo que tenía tanto miedo a estar cerca de ella, como ella a estar cerca de él. Se mordió el labio. Sabía lo que tenía que hacer, pero también lo que quería… El deseo se impuso al pensamiento maduro y coherente.
    – Claro que me quedaré -dijo-. Pero sólo esta noche.

Capítulo 9

    Tres días más tarde, ella seguía allí y se preguntaba si algún día reuniría las fuerzas necesarias para marcharse. No sólo estaba locamente enamorada de Kurt, sino que la pequeña también le había conquistado el corazón, y no podía imaginarse dejar que otra persona se ocupara de ella. Pero eso tenía que ocurrir tarde o temprano. Cuando le quitaran la escayola a Kurt y le pusieran sólo el vendaje, las cosas volverían a la normalidad: ellos dos volverían a trabajar a la oficina y tendrían que buscar a alguien que se quedara con Katy.
    Lo cierto era que no quería pensar en ello. Formaban una pequeña familia feliz y le gustaba como iban las cosas. Por las mañanas, lo primero que hacía era ir desde su cuarto al de Katy, que ya estaba despierta jugando con sus muñecos y solía emitir ruiditos de placer al verla. Después de cambiarla, la llevaba a la habitación de Kurt. Él, medio dormido, se quedaba con ella mientras Jodie iba a la cocina a preparar el desayuno y a intentar olvidar lo sexy que estaba Kurt adormilado. Cuando el desayuno estaba listo, Kurt ya había puesto a Katy en su trona y le daba de comer. Después se sentaban a la mesa durante casi una hora riendo y jugando con la niña, que era simplemente irresistible.
    Después de desayunar Kurt bañaba a Katy mientras Jodie recogía la cocina y preparaba las cosas para trabajar en la mesa del comedor. Kurt acostaba a Katy y así disponían de una hora seguida de trabajo antes de que la niña se despertase de nuevo y requiriese su atención.
    El resto del día lo planificaban sobre la marcha. Intercalaban el trabajo con cuidar a Katy. Tenían visitas, sólo para saludar o para hablar de trabajo. Por la tarde iban a dar una vuelta en coche o al parque para que Katy pudiera correr sobre la hierba y jugar con otros niños. Por la noche solían pedir comida a domicilio, mientras que Katy cenaba un puré y un biberón.
    Cuando la habían acostado, Kurt y Jodie podían estar tranquilos.
    A veces empezaban a ver una película en DVD, jugaban a algún juego de mesa o hacían crucigramas, pero daba igual cómo empezase, siempre acababan en la misma posición: uno en brazos del otro.
    Ella era consciente de que tenían que dejarlo. Aquello no iba a ninguna parte y sólo les traería problemas, pero estaba tan bien en sus brazos, mientras él le susurraba cosas al oído… Kurt era todo lo que ella quería de un hombre; de hecho, había superado sus expectativas en varias ocasiones. Si en algún momento él deseara una relación de verdad…
    ¿A quién intentaba engañar? Había demasiados obstáculos entre ellos para que aquello llegara a funcionar. Él no quería volver a casarse: ya había sido traicionado por una mujer una vez y ella era consciente de que no querría volver a arriesgarse.
    Pero a él le gustaba. Se daba cuenta de cuándo le gustaba a un hombre. A Kurt le gustaba el modo en que trataba a Katy y, de hecho, el día anterior le había dicho que se alegraba de tenerla como ayudante. Pero para casarse con ella… eso era otro asunto.
    Ella se preguntaba a veces si la vieja rencilla familiar formaba parte de sus motivos para no estar con ella. Siempre decía que no se preocupaba por eso, pero ¿cómo podía uno deshacerse de algo que le han inculcado desde la cuna? Ella lo sabía y aún la atormentaba a veces. De vez en cuando se hacía preguntas sobre Kurt y sus motivos para trabajar para los Allman. Su explicación de que era el mejor trabajo que había encontrado era plausible, pero…
    Aquella noche, con Katy en la cama, comentaban en el sofá la tarde del sábado, cuando Lenny, el hijo de Manny, había venido a jugar con Katy. Kurt, tumbado, tenía la cabeza sobre el regazo de Jodie y comentaba la pelea que habían tenido los niños.
    – Supongo que las habilidades sociales no son algo innato -dijo él, riéndose al recordar la escena-. No puedo creer que Katy agarrara ese cubo de plástico y se lo tirara a la cabeza al pobre Lenny.
    – ¿Y no has pensado que está un poco consentida? -dijo Jodie-. Supongo que no te has dado cuenta de los gritos que da cuando ve que no se va a salir con la suya.
    – ¿No estarás intentando decir que mi angelito es una niña mimada, verdad?
    – No, pero tampoco es una flor delicada. Es una niña normal y saludable -le sonrió-. Va a darte muchas preocupaciones cuando crezca, ya verás.
    – Empiezo a sentirme en inferioridad numérica.
    Eso sólo sería así si ella se quedara más tiempo con ellos, cosa que no iba a ocurrir. Tomando una bocanada de aire, cambió de tema.
    – ¿Hablaste con Manny sobre los extraños que entraron en el viñedo? -preguntó, pasándole los dedos por el pelo.
    – No hay ningún problema -dijo él, levantando la mano para colocarle un mechón de pelo rubio tras la oreja-. Ya sé quiénes eran.
    Jodie consiguió contener una exclamación al sentir sus caricias, pero su voz sonó algo temblorosa.
    – ¿En serio? ¿Quiénes eran?
    – Eran de la universidad, del departamento de Botánica -dijo, incorporándose para sentarse a su lado. Le pasó un brazo sobre los hombros y su aliento le hizo cosquillas en la oreja. Después empezó a mordisquearle el lóbulo-. Sólo querían tomar más muestras.
    – Oh -dijo ella con su último aliento-. Muy bien.
    Tragó saliva. Aquél era el momento en el que debía apartarse y decirle que tenían que dejar de besarse, pero sus músculos la tenían aprisionada y su mente dejaba de pensar con claridad.
    – Mmm -Kurt empezaba a darle pequeños besos por el cuello-. Muy bien no es suficiente para describir esto. Magnífico es un adjetivo más apropiado.
    Ella se estaba derritiendo. Siempre se derretía cuando empezaba a tocarla. Volvió la cabeza para protestar…
    – Kurt…
    Su boca le congeló las palabras en la garganta, así que cerró los ojos y se dejó inundar por su calor, como un trago de coñac en una fría noche de invierno. Los besos de aquel hombre eran los mejores que había conocido, eran como una droga: adictivos. Jodie dejó que la sensación llegase a todos los rincones de su cuerpo, deseando estirarse y sentir su cuerpo sobre el suyo.
    Pero aquello no era lo que ella había planeado. Lentamente, consiguió salir de su hechizo. Tenía que parar cuanto antes o estaría atrapada en su tela de seda para siempre.
    – Kurt, para.
    Él le puso una mano sobre la mejilla.
    – No quiero parar.
    – Yo tampoco, pero… Kurt, tienes que parar. No podemos seguir así.
    – Claro que podemos, Jodie. Y cuando me quiten esta escayola, podemos ir más allá.
    Con sólo pensar en lo que él había mencionado implícitamente, se sintió más fuerte para hacer lo que sabía que era necesario.
    – No. Para.
    Él se apartó y la miró con una expresión imposible de descifrar.
    – ¿Qué ocurre?
    Ella se levantó del sofá y lo miró como si hubiera perdido toda esperanza.
    – Kurt, esto es una locura. Empezamos siendo muy sinceros el uno con el otro: ninguno de los dos buscaba una relación. No sé muy bien cómo hemos llegado a este punto…
    – Te voy a explicar cómo ha ocurrido -dijo él, tomándole una mano en las suyas-. Se trata de un cuento muy antiguo lleno de hormonas y luz de luna. Empezamos a pasar tiempo juntos y nos dimos cuenta de que nos atraíamos el uno al otro. Fin de la historia.
    Ella cerró los ojos y sacudió la cabeza antes de abrirlos y mirarlo.
    – ¿Ves? Ése es el problema. El «fin de la historia» que acabas de mencionar. Esto no debería ser el final, sino el principio. Y puesto que no lo es, el resto no tiene importancia.
    Él la miró confuso.
    – ¿A qué te refieres con «el resto»?
    Ella suspiró, entristecida.
    – A lo de la atracción física.
    – Ah, la urgencia de la unión.
    – ¡Kurt! -levantó los ojos y las palmas de las manos hacia arriba-. ¿Ves? No tiene ningún sentido. Ni siquiera podemos hablar con sinceridad sobre estas cosas sin comentarios jocosos. No tenemos futuro juntos, ¿verdad?
    Ella esperó, hecha un manojo de nervios, su respuesta. Si cambiaba de idea, si ahora tenía un nuevo criterio, aquél era el momento de decirlo. Sentía que el corazón le latía en la garganta mientras esperaba. Siguió esperando. Pero cuando Kurt por fin respondió, no pronunció las palabras que ella había deseado y su corazón se sumió en tinieblas.
    – Lo siento -dijo él con serenidad-. De verdad que no me he dado cuenta de que te estabas tomando esto tan en serio.
    Ella se quedó mirándolo. ¿Así que aquello no había sido más que un juego para él?
    – ¡Oh! -exclamó Jodie. Sin decir más, se dio la vuelta y salió corriendo.
    – Pasado mañana Rafe me va a llevar a San Antonio para que me hagan unas radiografías -le dijo Kurt poco después, cuando ambos tomaban una última taza de té en la cocina-. Parece que me van a quitar la escayola.
    Entonces, pronto acabaría todo. Ella se volvió para mirarlo. Aún sentía la punzada de dolor que le había provocado su respuesta, y las palabras seguían resonando en su cabeza. Él tenía razón, estaba claro. Jodie sabía desde el principio que aquello no se convertiría en una relación a largo plazo.
    – Entonces será mejor que planifiquemos algunas cosas -dijo ella, manteniendo una apariencia externa fría-. Tendremos que encontrar una guardería o a alguien que se ocupe de Katy.
    Hasta que vio que él levantaba una ceja, no se dio cuenta de que había dicho «tendremos». Se puso colorada. Bueno, aquello venía a decir que la farsa había terminado. Ella pensaba en ellos tres como un «nosotros», ojalá lo hiciese él también.
    – Ni menciones a Olga -dijo-. Prefiero mandar a Katy a una academia militar.
    – Pobre Olga. Es una incomprendida -dijo Jodie, sacudiendo la cabeza-. Bien, y si no es Olga, ¿quién?
    Él frunció el ceño.
    – ¿No conoces a ninguna mujer mayor? -preguntó.
    Jodie sacudió la cabeza.
    – La verdad es que no.
    – ¿Qué me dices de tu hermana?
    – ¿Rita? No, ya está muy ocupada con papá -intentaba pensar con rapidez-. Se me había ocurrido… Kurt, ¿qué relación tienes actualmente con tus primos?
    – ¿Mis primos? -la miró como si no se acordase de que tenía primos, como si los hubiera olvidado por completo-. Con algunos me llevo genial, con otros bien y con otros, no merece la pena.
    Ella lo miró, pero no siguió por ese camino. Estaba pensado en alguien que fuera familia de Katy, mejor que dejarla con un extraño, así que si alguno de sus primos hubiera estado libre, habría podido ser una buena opción.
    – ¿Qué pasó con todos esos primos? ¿Queda alguno por la zona?
    – Claro. Josh se encarga del rancho e intenta sacarlo del agujero en que lo sumieron mi padre y mi tío. Jason está en San Antonio, al frente de las Gestorías McLaughlin. Kanny y Jake están en Oriente Medio, en el cuerpo de las Fuerzas Especiales. Jimmy y Bobby están en la universidad. Y Jeremy…
    Se detuvo. Ella esperó con el corazón en un puño. ¿Qué pasaba con Jeremy?
    – Supongo que Jeremy no viene mucho por aquí últimamente -lo que ella quería escuchar es que estaba de safari en África o perdido en medio de la Polinesia.
    – No. No creo que se atreviera a volver -dijo Kurt, con un inesperado tono de amargura.
    Ella lo miró preguntándose si sabría algo. Kurt tenía la mirada perdida, como si él también tuviese malos recuerdos con Jeremy. Bueno, no le costaba creerlo.
    De repente, él se giró, se inclinó sobre la mesa y le tomó la mano mientras la miraba fijamente a los ojos.
    – El hombre que te dejó cuando estabas embarazada era mi primo Jeremy, ¿verdad?
    El había dicho las palabras con dulzura, pero en ellas había una amenaza mortal que hizo que Jodie se estremeciera.
    – ¿Cómo lo sabes? -preguntó, sintiéndose muy sola. Era algo que no le había contado a nadie y que esperaba poder olvidar en algún momento.
    – Jeremy me lo dijo. No me dijo tu nombre ni los detalles, pero me dijo lo suficiente para que yo adivinara que eras tú.
    Qué idiota. Ni siquiera pudo tener la boca cerrada. Ella asintió.
    – Sí, era yo.
    – Lo siento, Jodie. Jeremy es el clásico bastardo. Ojalá pudiera compensarte de algún modo -dudó un segundo y después continuó, sin mirarla a los ojos-. ¿Aún estás enamorada de él?
    – ¿Enamorada? ¿De Jeremy? No, por Dios.
    Él la miró fijamente.
    – ¿Estás segura?
    – Hace diez años que no lo veo. Y tampoco he querido verlo.
    – ¿Se ha puesto en contacto contigo alguna vez?
    Ella lo miró y levantó la cabeza.
    – No desde la noche en que me dijo que los McLaughlin no se casaban con las Allman.
    Kurt se quedó petrificado.
    – ¿En serio te dijo eso?
    Ella asintió.
    – No te preocupes por ello. Ya casi lo tengo olvidado, y no te lo reprocho, en absoluto.
    Kurt tiró de ella y la sentó en su regazo.
    – Jodie, Jodie. Ojalá pudiera borrar todo lo malo que te ha pasado.
    Ella suspiró, deseando lo mismo. Pero el hecho de abrazarla ya mejoraba mucho las cosas.
    Él la besó y eso fue aún mejor. Jodie se abrió a él para saborear la sensación de sus labios mientras le hacía cosquillas con la lengua. Después empezaron a sentir calor y la pasión hizo presa de los besos. Su boca estaba en todas partes, marcándola con sus labios, y ella tembló con una sensación que no había tenido hasta aquel momento. Cuando él deslizó la mano bajo su blusa y llegó al sujetador, ella se estiró para facilitarle el paso, y gimió cuando Kurt encontró el pezón y empezó a juguetear con él. Era como si hubieran encendido una hoguera en su cuerpo, una hoguera que la consumiría hasta que lo tuviera dentro de ella para aferrarse a él. El palpitar en sus profundidades había empezado y ella sabía que tenía que parar aquello o…
    – Ya es suficiente -susurró él contra su cuello-. Por ahora.
    Se separaron y ella lo miró, confusa y sin aliento.
    – Vaya… -dijo, incapaz de pensar en algo más inteligente.
    Él echó a reír y la abrazó.
    – Jodie Allman, eres tremenda.
    Pero sus ojos decían que ella era mucho más que eso, y Jodie no pudo evitar sentirse feliz durante las horas siguientes.
    Al día siguiente llevaron a Katy al parque y una persona creyó que eran los tres miembros de una familia. Ellos no se molestaron en corregir el error, y eso aumentó el vínculo que se estaba desarrollando entre los dos. Jodie sentó a Katy en su sillita y Kurt la detuvo antes de que entrara en el coche para llevarlos a casa. La besó en los labios y dijo:
    – ¿Recuerdas que una vez te dije que sólo conseguiría una madre para Katy contratándola?
    – Claro.
    – Pues el trabajo es tuyo. ¿Cuánto cobras?
    Ella lo miró sorprendida. Sabía que estaba bromeando, pero aquello no le parecía gracioso. ¿Hablaba en serio de pagarle por hacer de madre para su hija?
    – Lo digo en serio -dijo él al tiempo que la sonrisa desaparecía de sus labios, como si hubiera pensado mejor la broma y se hubiera dado cuenta de que tenía sentido-. Sé que nunca tendré otra oportunidad de contratar a alguien que se ajuste más al perfil que tú.
    Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
    – ¿Te das cuenta de lo insultante que es eso?
    Él pareció sorprendido.
    – ¿Por qué? ¿Porque te he hecho una oferta directa? Supongo que habrías preferido que te pidiera que te casaras conmigo.
    – Puedes pedirme lo que quieras, McLaughlin. No me voy a casar con nadie, ni por amor ni por dinero, así que guárdate tus estúpidas ideas para ti mismo -y entró al coche.
    – Yo tampoco me voy a casar con nadie -gruñó él, entrando al asiento del pasajero.
    – Entonces estamos empatados.
    – Eso parece.
    Todo el viaje de vuelta se lo pasaron lanzándose miradas gélidas.
    A la mañana siguiente, Jodie vio a Kurt marcharse hacia San Antonio con Rafe al volante. Ella los despidió con la mano y después entró en la casa y empezó a recoger cosas del salón. El mal humor que había empezado el día anterior aún no la había dejado. Probablemente aquél fuera su último día en la casa. Una vez que Kurt y ella volvieran a la oficina… ¿volvería su relación a la normalidad? Tal vez fuera lo mejor.
    Apenas había empezado a recoger cuando sonó el teléfono. Era Manny Cruz.
    – Hola, Jodie. ¿Tienes el nuevo número de Rafe? Quiero hablar con él de un asunto.
    Rafe acababa de mudarse a un apartamento. Sus hermanos se metían con él por querer más privacidad para las citas. A decir verdad, él no lo negaba.
    Le dio el nuevo número de Rafe a Manny y añadió:
    – Pero hoy no lo encontrarás en casa. Ha ido a llevar a Kurt al médico a San Antonio.
    – Oh -Manny suspiró-. Entonces lo mejor será que te lo cuente a ti.
    – Claro. Ayudaré en lo que me sea posible.
    – Bien -dijo, aunque no parecía tener muchas ganas de contarlo-. Allá va. Tengo un amigo que siempre está pensando en conspiraciones, y él ha hecho que me ponga a pensar. Y una vez que he empezado a pensar… bueno, no puedo sacármelo de la cabeza.
    – ¿Qué pasa, Manny?
    – Imagina… Imagina… Una empresa de éxito, pero que está pasando por un bache. El jefe tiene problemas de salud y no está en la posición fuerte donde debería estar. ¿Sabes a qué me refiero?
    – Eso me suena mucho a Industrias Allman -dijo Jodie.
    – Sí. Bueno… Ahora, llega un hombre que quiere comprar la empresa, pero el propietario no la quiere vender, así que empieza a trabajar desde dentro, minándola, buscando los puntos débiles y haciendo que la gente confíe en él. Entonces tiene una idea brillante. Cree que puede forzar al propietario a vender si hace la empresa más débil.
    Ella se quedó muy quieta.
    – ¿Y cómo podría ser eso?
    – Introduciendo algún tipo de enfermedad rara en los viñedos para que nadie sepa cómo tratarla.
    – Manny…
    – Tiene que ser algo que él pueda controlar más adelante, una vez que se haga cargo de la empresa, algo que sólo él pueda manejar.
    – ¡Manny!
    – El dueño, ante la posibilidad de ruina, tendría que vender, y a buen precio, y mientras, el traidor está sentado en una silla cerca de él.
    Sus dedos rodearon con fuerza el auricular.
    – Manny, ¿qué es lo que intentas decirme?
    – ¿Lo quieres en pocas palabras? Te estoy diciendo que un McLaughlin no deja de ser un McLaughlin. Y eso es todo lo que tengo que decir al respecto. Díselo a Rafe, ¿de acuerdo?
    – Pero, Manny, espera. Ya sé que estás hablando de Kurt. ¿Qué te hace pensar que quiere comprar la empresa?
    – Que ya ha intentado hacerlo.
    Otra vez empezaba a sentir aquel pinchazo en el estómago.
    – ¿Cuándo?
    – Cuando volvió a la ciudad. Así fue como encontró trabajo; él quiso comprar la empresa y tu padre le dijo: «no, pero ¿por qué no trabajas para mí?
    Jodie frunció el ceño.
    – ¿Estás seguro de eso?
    – Desde luego. Rafe me lo dijo en su momento.
    Después de colgar el teléfono, volvió a quedarse paralizada. Todo aquello concordaba con sus sospechas iniciales sobre Kurt, pero las había superado, ¿o no?
    No, aquello era una locura. Manny veía espejismos, pero tendría que contárselo a Rafe cuando volvieran.
    Bañó y dio de comer a Katy, y después la acostó un rato. Al mirarla desde el umbral de la puerta recordó su propio embarazo, y las esperanzas y sueños que había tenido sobre su bebé. Lo cierto era que después de haber conocido a Katy, el dolor de aquellos recuerdos se había suavizado. Odiaba pensar que el amor por otro bebé le haría olvidar el que perdió.
    Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas y supo que aquellos sentimientos nunca desaparecerían por completo. Siempre habría un huequecito en su corazón para el bebé que le arrebataron, pero había que vivir la vida según venía.
    El teléfono volvió a sonar. Se quedó mirándolo un momento antes de contestar. Aquel día parecía estar lleno de malas noticias y tenía el presentimiento de que aquella llamada no le iba a gustar.
    Una voz masculina preguntó por Kurt y no pareció gustarle la idea de que no fuera a estar disponible en todo el día.
    – ¿Eres su secretaria? Bien. Entonces déjale este mensaje: han aprobado el préstamo a falta del cara a cara. Son una empresa a la antigua y el papeleo está en orden, pero con un préstamo cuantioso como éste, querrán comprobarlo personalmente antes de firmar. Quieren conocer al hombre y ya sabes a qué me refiero. Si puede llamar y concertar una cita, será la entrada.
    – Le daré el mensaje.
    Jodie apuntó el número de teléfono del hombre y colgó. Después se sentó, con un terrible dolor de estómago. Kurt había pedido un préstamo muy cuantioso. ¿Eso podía encajar de algún modo en la descabellada historia de Manny?
    Las ideas volvieron a su mente, aunque ya las había apartado de allí y había decidido ignorarlas. Se acordó de lo que había dicho Tracy el día que Jodie escuchó su discusión con Kurt. Había dicho algo sobre que Kurt devolvería a la familia a su posición natural en la ciudad. ¿Por qué no se había ocupado de eso antes?
    Porque había querido hacer como si no lo hubiera escuchado.
    Era una idiota. ¿Cómo podía haber caído en la trampa de un McLaughlin, otra vez?

Capítulo 10

    Hacia última hora de la tarde, Rafe dejó a Kurt en su casa. Jodie lo estaba esperando. Le habían quitado la escayola y su paso era casi normal. Al verlo, sintió una oleada de emoción. Amaba a aquel hombre, pero ¿qué debía hacer? ¿Enfrentarle a sus sospechas? ¿Contárselo a Matt y Rafe primero? De un modo u otro, era una traición, o al hombre que amaba o a su familia.
    Cuando él abrió la puerta, ya tenía sus cosas recogidas y las llaves del coche en la mano. Tenía que encontrar un lugar en el que pensar en todo aquello. Después de todo, ya no la necesitaría. A pesar de que eso le rompía el corazón, sabía que tenía que alejarse de su influencia para poder meditar con calma.
    Había estado en lo cierto desde el principio. Tenía que haber sido más lista y no involucrarse tanto con él y con su hija. Pero eso era algo que siempre había sabido, y había intentado apartarse, sin éxito. Ella era consciente en su fuero interno de que aquello sólo la llevaría a una ruptura y un desengaño amoroso. Y eso justamente era lo que había pasado.
    Kurt miró a Jodie salir a toda prisa hacia su coche. No tenía ni idea de qué la había enfurecido tanto.
    La expresión de su rostro mientras se marchaba no era la de una traición. Esa mirada ya la conocía, pues la había visto a menudo en los ojos de Grace y la tenía grabada a fuego en la memoria.
    No, la mirada de Jodie reflejaba la pérdida. Era una mirada de despedida.
    Pero no el adiós de Grace, furtivo y traidor, «me voy con otro», sino más bien el de «me he enterado de algo sobre ti que no me gusta». ¿Qué sería?
    Katy estaba llorando. Kurt fue rápidamente por ella y la levantó, susurrándole para calmarla. Ella era todo lo que tenía en el mundo y él, todo lo que ella tenía, pero los dos necesitaban algo más. La niña no paraba de llorar como si se le hubiese partido el corazón. No solía llorar de ese modo. Ya debía de estar echando de menos a Jodie, y tal vez sintiera la tensión. La paseó hacia delante y hacia atrás, pero tenía la mente fija en Jodie y en la expresión de sus ojos.
    Jodie siempre parecía tener alguna razón oculta para hacer las cosas. Desde el día del parque, cuando era una niñita y despreció el helado que él le había ofrecido, se había colado en su pensamiento como un zumbido. Ella era todo misterio e intriga. Después la había visto en el rodeo, con el top rojo, y la atracción sexual se había sumado al cuadro, aumentando su fascinación por ella. Pero entonces era muy joven, y la había dejado sola. Siempre había pensado que más tarde, cuando fuera mayor…
    Pero ella desapareció de Chivaree y él conoció a Grace, y la vida siguió su curso. A pesar de todo, cuando Jodie entró en su despacho un mes atrás, todos aquellos sentimientos habían vuelto como una ola. Siempre había tenido algo que había atrapado su atención, y aquello aún estaba vivo y fuerte.
    Ahora, por supuesto, era una persona diferente. Había experimentado el amor, la muerte y la traición. Siempre pensó que aquello lo había ayudado a crear una barrera protectora alrededor de su corazón y que nunca volvería a permitir que otra persona rigiese sus emociones. Ni siquiera Jodie.
    Pero cuando vio su mirada al pasar a su lado aquella tarde, se le había hecho un nudo en el estómago. ¿Qué habría pasado? ¿Qué había hecho que se marchara? Echó un vistazo a la sala, pero lo único que pudo ver fue una nota en el bloque de papeles al lado del teléfono. Jodie debía de haber respondido a una llamada y haber apuntado el mensaje. Era Gerhard Briggs diciéndole que el préstamo había sido aprobado. Genial, pero aquélla era la menor de sus preocupaciones en aquel momento.
    Se quedó mirando la nota y observó la letra de Jodie. Le encantaba. Ella era tan perfecta… Tan perfecta para él. Algo hizo que le diera un vuelco el corazón.
    ¿La había perdido?
    No, aquello era inaceptable. No la dejaría salir así de su vida.
    Las últimas semanas habían sido las más felices de su vida. Katy lo había llenado de felicidad, pero Jodie, y entonces lo supo, podría darle la paz interior. No había otra como ella.
    ¿Pero qué podía ofrecerle?
    En el pasado también había amado a Grace, y eso era lo que le hacía poco partidario de enamorarse. Echando la vista atrás, se dio cuenta de que habían sido como dos extraños hasta que Katy había irrumpido en escena y entonces, la brecha que había entre ellos se había transformado en un cañón infranqueable y las diferencias se habían hecho irreconciliables.
    Un antiguo amigo de Grace había aparecido un día en su puerta, pocos meses antes de que Katy naciera. Acababa de llegar a Nueva York y necesitaba un lugar para quedarse unos pocos días, así que Kurt le ofreció una cama en su casa. Así, los días se transformaron en semanas. Estaba buscando trabajo, decía, y empezó a salir con una pandilla que a Kurt no le gustaba. Kurt le dijo que se marchara.
    Grace se había enfadado mucho con él por ello, pero estaba a punto de dar a luz y con los nervios del momento, él apenas se había dado cuenta. Demonios. Lo cierto era que ya no le prestaba atención a Grace. Estaba contento por el nacimiento del bebé, pero Grace y sus cambios de humor pronto se le hicieron bastante molestos, así que los ignoraba.
    Tenía mucho por lo que lamentarse en aquel matrimonio. Desde luego, no había sido el marido perfecto, y se sentía culpable por ello. Podía haberse esforzado más en tener contenta a Grace o, al menos, en intentar entender lo que deseaba. De algún modo, el amor que había entre ellos se había convertido en veneno.
    ¿Amaba a Jodie? Y si así era, ¿duraría más de lo que le había durando el amor por Grace?
    Dejó a Katy dormida en su cuna y empezó a caminar por la casa de arriba abajo sin descanso. Se hacía tarde, pero tenía que salir. Pero estaba Katy. Tenía que encontrar a alguien que se quedara con ella. Tal vez un vecino.
    Entonces sonó el timbre. Jodie había vuelto, pensó Kurt. El corazón le dio un brinco en el pecho y dio un salto hasta la puerta, sin hacer caso del pinchazo de dolor de la rodilla. Abrió la puerta de par en par y vio a Manny Cruz en el umbral.
    – Escucha -dijo Manny sin más preámbulos señalándolo con el dedo-. Tengo que hablar contigo.
    La desilusión que había sentido Kurt al principio se desvaneció rápidamente.
    – Pasa, Manny -dijo, y empezó a buscar su cartera por todas partes-. Menos mal que has aparecido. Te necesito -Manny podía cuidar a Katy, y además era un experto en bebés.
    – ¿Para qué? -dijo Manny, pillado por sorpresa-. Oye, vuelve aquí. He venido para pelearme contigo.
    Kurt apenas levantó la vista.
    – ¿De qué estás hablando?
    – No voy a dejarte robar el negocio de los Allman, ¿te ha quedado claro? -le espetó con tono amenazador-. No voy a dejar que arruines a una buena familia. Por fin he descubierto tu juego, pero yo te voy a detener.
    Kurt se sintió más irritado que nunca y se detuvo para mirar al hombre a la cara.
    – Manny, escucha. No tengo ninguna intención de arruinar a la familia Allman o de quitarles su negocio.
    – ¿Cómo que no? -Manny levantó la barbilla en actitud beligerante.
    – Como que no.
    – ¿Y qué hacen todos esos tíos paseándose por los viñedos?
    – Son científicos. Botánicos. Están recogiendo muestras para solucionar el problema de los viñedos.
    A Manny le cambió la cara.
    – Oh.
    – Hablé con mi antiguo profesor -dijo Kurt, encontrando por fin su cartera y colocándosela en el bolsillo trasero de los vaqueros-. Cree que tal vez pueda encontrar un diagnóstico y entonces podremos empezar a curar la plaga. Parece bastante optimista.
    – Entonces ¿no estás intentando arruinar el cultivo?
    Kurt miró a Manny como si no creyera lo que estaba oyendo.
    – ¿Por qué iba a querer hacer eso?
    – Para poder comprar la compañía más barata.
    Kurt parpadeó y soltó un juramento en voz baja.
    – Manny, no intento comprar la empresa de los Allman y echarlos de ella.
    Manny frunció el ceño.
    – Pero lo intentaste hacer al principio.
    – No. Lo que hice fue invertir una buena cantidad de dinero en la empresa. Eso es cierto. Y ahora he pedido un préstamo para ayudar a pagar un par de nuevas máquinas embotelladoras. Estoy comprometido hasta el final con esta compañía y creo que va a ayudar a que esta ciudad se convierta en un lugar próspero. Pero siempre pertenecerá a los Allman.
    Manny arrugó los labios mientras intentaba digerir las novedades.
    – Entonces creo que te había juzgado mal -dijo, poniéndose como un tomate-. Lo siento.
    – No pasa nada -contestó Kurt.
    Manny carraspeó ligeramente.
    – ¿Entonces crees haber encontrado la cura para mis viñas?
    – Es posible. Un día de estos el profesor vendrá a hablar contigo -estaba deseando salir a buscar a Jodie lo antes posible. Tomó las llaves del coche y echó un vistazo a su alrededor por si se dejaba algo-. Pero ahora mismo, tengo otro problema que resolver.
    Se detuvo en el acto, levantó una ceja y miró a Manny. Un sentimiento desagradable lo invadía.
    – Manny, ¿le has contado todo esto a alguien más?
    – Hablé con Jodie, y como estaba tan enfadado se lo conté todo. Oye, tendrás que explicarle que estaba equivocado.
    La cara de Kurt se quedó petrificada y su corazón se detuvo por un instante. Así que había sido eso el desencadenante del mal humor de Jodie.
    – Claro que se lo diré -pero dejó a un lado las llaves del coche y cambió de idea en lo de pedirle a Manny que se quedara con Katy.
    Hablaron unos minutos y después Manny se marchó. Kurt se quedó donde estaba, con la mirada perdida en la oscuridad. ¿Por tan poca cosa había desconfiado Jodie de él? Unas palabras de Manny y cambiaba de idea con respecto a él. Él era un McLaughlin, y no se le concedía el beneficio de la duda, pero le costaba creer que no le hubiera dejado explicar su punto de vista. Era casi como si hubiera aprovechado la excusa para marcharse. Tal vez se pareciera más a Grace de lo que él creía.
    Se había marchado. Cerró los ojos y se enfrentó a la realidad. Sí, se había marchado. No iba a salir corriendo tras ella ni a suplicarla que volviera. Sabía por experiencia que esas cosas no duraban mucho tiempo. Sólo retrasaría la agonía.
    Pero le dolía. Aunque había tratado de protegerse a sí mismo de sentir ese tipo de dolor de nuevo, allí estaba. Y junto con el dolor llegó una ira ardiente que llegaba desde muy adentro. ¿Cómo había pensado tan rápidamente que era un tramposo y un mentiroso?
    Tal vez fuera lo mejor. Y desde luego, mejor entonces que después de haberse comprometido a algo. Pero entonces pensó que no volvería a besarla de nuevo, o a verla sonreír de felicidad, y eso le dolía como un puñal clavado en el corazón.
    Maldiciendo en voz baja, miró por la ventana. Tal vez ella había tenido razón desde el principio y su relación estaba maldita por esa estúpida rivalidad.
    Jodie levantó la vista y vio a Kurt salir del ascensor con un pequeño grupo de gente. Rápidamente bajó la vista a sus papeles, pero no pudo contener los latidos desbocados de su corazón, como siempre que lo veía. Él y el resto del grupo pasaron a su lado, pero Jodie pretendió estar sumida en su trabajo.
    Había pasado casi una semana desde que se marchó de su casa, y no habían hablado en serio desde entonces. Trabajaban juntos todos los días, pero sólo en la oficina, y todo lo que se decían era por motivos de trabajo. Ella había estado a punto de preguntarle por Katy, pero había oído que le contaba a Shelley que uno de sus primos se estaba ocupando de ella, así que su pregunta ya estaba respondida.
    Odiaba aquello. Sabía que él estaba enfadado por el modo en que se había marchado. Él sabía que ella pensaba que era culpable de algo, y ella sabía que las sospechas de Manny eran infundadas. Matt y Rafe habían aclarado ese punto, así que lamentaba mucho haber caído en un error tan estúpido.
    Pero ya era demasiado tarde para intentar arreglar las cosas. Según su punto de vista, Kurt había aprovechado la oportunidad para librarse de ella cuando ya no la necesitaba. Se lo había anunciado cuando le había dicho que se lo estaba tomando demasiado en serio. Después de todo, él ya le había dicho que no estaba disponible para relaciones a largo plazo. Ella se había metido en aquel lío siendo plenamente consciente de a lo que se arriesgaba, así que había conseguido lo que se merecía, suponía.
    Pero eso no evitaba que llorase por las noches. Estaba enamorada de él, ¿qué podía hacer?
    Y además, estaba Katy. La pequeña y dulce Katy. Echaba de menos tenerla en sus brazos y había pasado de no querer tener nada que ver con los niños a adorar a Katy en unos pocos días. ¿Era posible un cambio tan radical?
    Sí, siempre que se olvidara uno del miedo. Hmm. Tal vez fuera bueno recordar eso.
    Había pasado sólo media hora cuando Shelley pasó por su mesa.
    – Tu jefe quiere verte en la sala de juntas.
    – ¿Quieres decir Kurt?
    Shelley le hizo una mueca.
    – ¿Acaso no es él tu jefe?
    Claro que lo era, por mucho que hubiera intentado cambiarlo desde el principio. Dejó escapar un suspiro, se levantó y se dirigió a la sala de juntas. Supuso que querría hacerle algún comentario sobre las propuestas publicitarias que le había entregado aquella mañana. Habían trabajado codo con codo durante un tiempo y estaban en tan buen sintonía, que ahora se le hacía raro volver a ser la empleada del montón de nuevo. Bueno, alguien tenía que hacerlo, así que ella intentaría llevarlo lo mejor posible.
    – Buenos días -dijo ella mientras empujaba la pesada puerta de la sala y entraba.
    Kurt estaba sentado en el extremo contrario de la mesa; tenía el pelo castaño algo más largo de lo habitual, como si no hubiera tenido tiempo para cortárselo últimamente. Sus ojos verdes la miraban de un modo que ella interpretó como expectante. Entonces se dio cuenta de que algo se movía en su regazo y sólo tardó un par de segundos en darse cuenta de que era la niña.
    – ¡Katy! -gritó sin poder evitarlo.
    La pequeña la miró y empezó a gritar nerviosa y contenta a la vez.
    – Ma-ma -gritó, levantando los brazos regordetes hacia Jodie-. Ma-pa-ma-pa.
    Jodie ignoró a Kurt, las balbuceantes palabras de la niña y fue corriendo por ella. Cuando tuvo a la niña en brazos, rió y la abrazó con fuerza.
    – ¿Has oído eso? -preguntó Kurt como si nada-. Te ha llamado «mamá». ¿Te molesta?
    Ella se volvió para mirar el rostro que tanto le gustaba. No podía leer la expresión de su cara, pero algo en el ambiente hizo que se pusiera muy nerviosa.
    – Kurt, ¿qué intentas hacer conmigo? -preguntó ella.
    Él se encogió de hombros y sonrió.
    – Sólo estoy explorando la idea de que seas su madre. ¿Qué te parece? ¿Hay alguna posibilidad de que te guste ese papel?
    Ella lo miró, sin aliento.
    – ¿Qué? ¿Estás intentando contratarme de nuevo?
    Antes de que pudiera responder, Shelley entró con unos papeles y Kurt se levantó. Tomó a Katy de los brazos de Jodie y se la pasó a Shelley.
    – ¿Puedes llevarla al comedor y darle un helado o algo así? -preguntó.
    – Claro -Shelley los miró con una sonrisa-. Vamos a pasarlo genial, ¿verdad, Katy?
    Jodie no había dejado de mirar a Kurt ni un solo segundo.
    – Siéntate -pidió él cuando Shelley hubo cerrado la puerta.
    Ella se sentó muy despacio a su lado y esperó a que él comenzara.
    Tardó un momento en empezar a hablar. Parecía estar ordenando sus pensamientos. Y después la miró.
    – He estado pensando mucho estos últimos días -dijo él.
    Ella asintió.
    – Yo también -admitió en voz baja.
    – He sido un imbécil.
    Ella lo miró e intentó comprender sus palabras. ¿Acaso lamentaba su relación? Era difícil de decir, pero ella estaba segura de una cosa:
    – Aún estás enfadado conmigo.
    El dudó y frunció el ceño.
    – Un poco -admitió.
    Ella se pasó la lengua por los labios.
    – ¿Por qué exactamente?
    Un rayo de dolor le cruzó la cara.
    – Porque no confiaste en mí. Creía que me conocías bastante bien, pero seguías sin creer en mí.
    Ella entristeció, pero no podía dejar que se quedara con esa impresión, porque se acababa de dar cuenta de que no era verdad.
    – No -dijo ella con sinceridad-. No fue eso. Yo no creía en mí misma. Tenía miedo y necesitaba tiempo y espacio para pensar las cosas. Cuando todo pareció indicar que estabas traicionando a la empresa, yo… bueno, me enfadé, y lo usé como excusa para huir.
    El asintió en silencio.
    – Pero eso no responde a mi cuestión principal. Caíste en la trampa con demasiada facilidad, Jodie. ¿Fue por mí o por esa estúpida rivalidad?
    Ella se miró las manos y las entrelazó sobre el regazo. Después levantó la mirada.
    – La rivalidad existe, aún es parte de mí. Voy a tener que trabajar mucho para olvidarla, pero, Kurt… -se mordió el labio y después continuó-. Conseguiré olvidarlo y lo borraré de mi mente. Puedo hacerlo.
    Él le tomó una mano entre las suyas.
    – Entonces, ¿no crees que quiera engañar a tu familia?
    Ella cerró los ojos por un instante.
    – Oh, Kurt.
    – Porque no voy a hacerlo, ya lo sabes.
    – Lo sé -hizo un gesto, sintiéndose culpable-. Rafe me explicó que has estado trabajando mucho por papá estos meses y que si no hubiera sido por ti, la compañía ya se habría hundido.
    – Bueno, eso no podemos saberlo.
    – Sólo tengo que decir una cosa -dijo ella, decidida a sacarlo todo mientras tuviera fuerzas-. Quiero que sepas que te quiero, Kurt McLaughlin.
    Ya estaba. Lo dijo y se rodeó el cuerpo con los brazos, sin saber qué esperar. ¿Pondría él cara de extrañeza y se apartaría, o volvería a decirle que se lo había tomado muy en serio? Jodie contuvo el aliento, esperando.
    Él pareció sorprendido y después, lentamente, empezó a sonreír. Se inclinó hacia ella, le pasó la mano libre por el pelo y la acercó hacia sí.
    – ¿Sabes cuánto he echado de menos tus besos? -dijo en voz baja.
    – Oh -ella se puso una mano sobre el pecho-. No podemos besarnos aquí. Estamos en la sala de juntas.
    – ¿Acaso te olvidas de quién es el jefe? Puedo llevar esta reunión como quiera -le sonrió-. Y digo que cuando hay amor de por medio, los besos son obligatorios.
    Ella se retiró ligeramente.
    – ¿Acaso significa eso que…?
    – ¿Quieres que diga todas las palabras?
    Ella asintió.
    – De acuerdo. Allá va. Te quiero, Jodie Allman, aunque estoy pensando en cambiarte el apellido lo antes posible.
    Jodie se echó a reír, hasta que él la besó y ella se fundió en el beso, empapándose de su ternura y devolviéndosela a manos llenas. Estaba radiante. Apenas podía creer que sus sueños se hubieran hecho realidad. Ella se apartó y le sonrió con labios aún temblorosos.
    – Kurt, siento haberte hecho pasar por todo esto. No te merecías mi desconfianza.
    – No, eso es cierto -sonrió, le acarició la mejilla y el amor inundó sus ojos verdes-. Se acabaron las rivalidades, ¿trato hecho?
    Ella le ofreció la mano.
    – Lo juro.
    Se miraron a los ojos y sonrieron.
    – Jodie, escúchame -le dijo Kurt con súbita urgencia-. ¿Vas a casarte conmigo y a ser la madre de mis hijos o no?
    – No lo sé. Esto es muy repentino.
    – Al infierno. Llevo mirándote desde que me afeité por primera vez. Ya es hora de que zanjemos este asunto.
    Ella inclinó la cabeza, sonrió y preguntó:
    – ¿Lo dices en serio?
    – En serio.
    Ella suspiró.
    – Oh, ¡te quiero!
    – Y yo a ti, Jodie.
    – Oh -sus ojos se llenaron de lágrimas.
    – ¿Entonces? ¿Sí o no? Di que sí.
    Ella le sonrió y dijo:
    – Si. ¡Sí!
    – Bien.
    Y se volvieron a besar, para cerrar el trato.

Morgan Raye


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