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Una vida despreocupada

Una vida despreocupada

Аннотация

    A Jane le producía una gran satisfacción ser la directora más joven de una sucursal del banco Kells y trabajaba mucho… hasta que Gil Wakeman le pidió: primero, un préstamo, y segundo, que compartiese con él una vida despreocupada. Y a Jane la tentaron ambas cosas…
    Pero la vida de Gil resultó ser menos romántica de lo que Jane había esperado. Tenía que convivir en la caravana con un hombre endemoniadamente atractivo y su adorable perro de caza, Perry. Uno, le robaba los bocadillos, el otro estaba a punto de robarle el corazón…


Lucy Gordon Una vida despreocupada

    Una vida despreocupada (1997)
    Título Original: Rebel in disguise

Capítulo 1

    Aún Después de seis meses, Jane seguía sintiendo placer cuando entraba en el banco y veía la placa en la puerta de su despacho: Jane Landers, Directora.
    Claro que se trataba de la sucursal más pequeña de las dos de Kells Back que había en Wellhampton, una ciudad pequeña, aunque próspera. Pero a los veintiséis años, era la directora más joven del banco Kells y con un futuro brillante.
    Entró, una delgada y recta figura con cabello rubio corto, enfundada en un elegante traje de chaqueta y falda gris oscuro con solapas blancas. Se había vestido con más formalidad que de costumbre debido a que al medio día iba a tener una reunión con miembros más antiguos del banco, y uno o dos querían pillarla en un renuncio. Ella no había sido su candidato preferido para el puesto y tenían la tendencia a menospreciar a una mujer; además, había cometido otro crimen, ser hermosa en un estilo clásico y ligeramente austero.
    Durante las primeras semanas, Jane había tenido que imponer su voluntad con fría firmeza, lo que no había dejado de sorprender a algunos. Ahora tenía menos problemas, pero debía andarse con mucho cuidado. Su arma secreta eran un par de gafas de montura negra y sobria. Su visión era perfecta y los cristales de las gafas no estaban graduados, pero se las ponía cuando quería impresionar.
    Mientras cruzaba el suelo de mármol camino de su despacho, miró al grupo de personas que esperaban para verla. El primero de la cola era un joven completamente fuera de lugar en aquel ambiente, Jane no pudo evitar quedárselo mirando. Llevaba pantalones de cuero negros con remaches metálicos a lo largo de los bolsillos, y una camiseta negra ceñida que revelaba todas y cada una de las líneas de su esbelto y musculoso cuerpo. Tenía el cabello oscuro, ondulado y revuelto, y barba incipiente que le ensombrecía, sobre todo, la barbilla y el bigote, confiriendo relieve a unos labios firmes. Tenía aspecto de bandido o de pirata.
    Jane sacudió la cabeza mientras se preguntaba por qué se le había ocurrido pensar semejante tontería. De todos modos, había algo en aquel joven que cambió el ambiente. Con un esfuerzo, volvió a la realidad.
    Al lado del joven estaba John Bridge, un hombre de mediana edad que no dejaba de mirarse el reloj. Después, para horror de Jane, estaba la señora Callam, una anciana viuda que vivía de una paga que cada día valía menos. La señora Callam era una mujer de otra época que no sabía nada de dinero, pero que tenía una fe ciega en que Jane le solucionaría todos los problemas.
    La situación debía haber empeorado porque, al ver a Jane, la señora Callam la tomó del brazo y comenzó a hablarle de sus problemas. Al momento, el señor Bridge se interpuso.
    – Por si no lo sabe, hay un orden de turno.
    – Oh, Dios mío, lo siento -jadeó la señora Callam-. Lo siento, pero es que…
    – No soporto a la gente que se cuela -anunció el señor Bridge en voz alta y desagradable.
    – No veo a nadie que se haya colado -observó el pirata en tono ligero.
    – Tonterías, Usted ha visto igual que yo a esta señora saltarse el orden de turno.
    – No se ha saltado nada -respondió el joven-. Yo soy el primero y le he ofrecido cambiar de sitio con ella, ¿lo ve? -el joven se levantó y se sentó al otro lado de John Bridge, ocupando el asiento que la señora Callam acababa de dejar vacío-. Ahora, ella tiene mi sitio y yo el suyo, y usted sigue siendo el segundo, igual que antes. No hay necesidad de armar un escándalo por una tontería.
    Al momento, sonrió a la señora Callam.
    – No se preocupe, todo está bien.
    – Oh, gracias, gracias -dijo la anciana con todo su corazón.
    Después, volvió a colgarse del brazo de Jane y comenzó a hablar.
    – Lo siento, no quería entrar en números rojos, y cuando vi el recargo… -la anciana casi lloraba,
    – Cuando se entra en número rojos tenemos que cobrar recargo -explicó Jane amablemente-; sin embargo, tratándose de una dienta de tantos años como usted… Harry, ¿podrías venir un momento, por favor?
    Un joven de rostro agradable salió de detrás del mostrador.
    – La señora Callam ha entrado en números rojos sin darse cuenta -le dijo Jane-. Le retiraremos el recargo. Señora Callam, Harry va a solucionarlo todo ahora mismo.
    – Oh, muchas gracias -la anciana se fue con Harry.
    Jane se volvió y descubrió al pirata mirándola con una leve sonrisa que le llegaba a los ojos del azul más oscuro que Jane había visto en su vida. Sintió un sobrecogedor impulso de devolverle la sonrisa.
    – ¿Voy a tener que esperar mucho más? -preguntó John Bridge en tono exigente.
    – -Ya puede entrar, señor Bridge -le dijo Jane, impasible-. Aunque, como ya le he explicado en la carta que le envié, la verdad es que no puedo hacer nada en su caso.
    Siguieron quince minutos durante los cuales John Bridge intentó forzarla a aumentarle el crédito que se había incrementado ya hasta pasado el límite, y por culpa de él. Su fracaso le puso aún de peor humor.
    – Voy a escribir a la central para quejarme de usted -amenazó el hombre mientras Jane le acompañaba a la puerta.
    – Creo que será lo mejor, hágalo -respondió ella fríamente-. Buenos días, señor Bridge.
    Jane sonrió al pirata.
    – Enseguida le atiendo.
    – No se preocupe, no tengo prisa, estoy muy bien donde estoy -le dijo él en tono amistoso.
    El pirata indicó a la señora Callam, que había vuelto y se había sentado a su lado; ahora, la anciana tenía una expresión mucho más viva y alegre.
    Jane cerró la puerta de su despacho, pero aún oyó a John Bridge decir:
    – No crea, no conseguirá nada con la Dama de Hierro.
    – Puede que no -contestó el joven- pero la naturaleza no me ha favorecido con la simpatía y el encanto que a usted.
    Jane sonrió. Aunque no sabía qué le había llevado al banco, era innegable que había animado aquel lugar.
    Antes de hacerle entrar en el despacho, hizo una llamada en respuesta a una nota que su secretaria le había dejado encima del escritorio.
    – El señor Grant, por favor… ¿Kenneth? He recibido tu mensaje.
    Kenneth Grant era un hombre de negocios de allí con quien salía últimamente. Era recto, respetable, una fuerza viva de la comunidad y perfecto para la directora más joven de Kells, Su voz se tomó cálida al oír la de ella.
    – Sólo quería ver si lo de esta noche sigue en pie -dijo él-. He reservado una mesa en tu restaurante preferido.
    – Mmmm. Estoy deseando que llegue la hora.
    – Me pasaré a recogerte a las siete.
    – Estaré lista.
    – Ya lo sé. Ésa es una de tus mejores cualidades, querida, nunca me haces esperar.
    Jane lanzó una queda carcajada.
    – Espero que sea una broma.
    – No, claro que no lo es. Siempre eres puntual.
    – Sí, pero… lo que he querido decir es…
    Jane se dio por vendida. Le tenía cariño a Kenneth, pero a veces era un poco torpe. No se le había pasado por la cabeza que alabar la puntualidad de una mujer no era el camino más directo a su corazón. Sonriendo secamente, Jane colgó el auricular.
    Abrió la puerta y sonrió al joven.
    – Ya puede entrar.
    La señora Callam le puso una mano en el brazo.
    – Ha sido usted muy amable.
    – Ha sido un placer, querida -le dijo el joven sonriendo y poniéndole una mano a la anciana encima de la suya.
    Tenía una sonrisa radiante, cálida y encantadora, que iluminó la estancia.
    El joven se puso en pie, un hombre alto y esbelto. En el despacho de Jane, se sentó en una silla frente al escritorio y estiró las piernas hasta encontrarse cómodo. Era una figura incongruente con la severidad de la oficina, más por el brillo de sus ojos que por la ropa que vestía. Fue ese brillo lo que cautivó a Jane y le hizo decir en tono de reprimenda:
    – No debería haber dicho semejante cosa.
    – ¿Qué? ¿Qué es lo que he dicho? -parecía la inocencia personificada.
    – Llamar a la señora Callam «querida». Podría ser su abuela y se merece respeto.
    – ¿Le parece que la he ofendido? A mí no me ha parecido que se sintiera ofendida.
    – Esa no es la cuestión…
    – ¿Cree que se ha sentido ofendida?
    Jane estaba punto de responder con severidad, pero su sentido de la justicia intervino. La señora Callam se había mostrado realmente encantada.
    – No hay que sacar las cosas de contexto -continuó él-. Por ejemplo, si el otro tipo la hubiera llamado «querida»… eso sí que habría sido un insulto.
    A pesar suyo, Jane se dio cuenta de que tenía razón.
    – No me ha gustado ese avinagrado amigo suyo -observó él.
    – No es amigo mío; es más, creo que es una de las personas más desagradables con que he tratado.
    El sonrió y fue como si el despacho brillara de repente. Tenía un rostro fascinante, pensó Jane. De haber tenido unos rasgos más armoniosos, habría sido más guapo, pero menos interesante. La frente despejada y la nariz aguileña eran propias de un profesor de universidad, los ojos sonrientes y la boca recordaban a un payaso, pero la prominente mandíbula indicaba la terquedad de una mula. Era un hombre de contrastes, y Jane, cuya vida gobernaba con la precisión de los números, se alarmó al descubrir algo extraño, como si la compañía de aquel hombre fuese un placer.
    – Apuesto a que ese hombre no ha conseguido asustarle.
    No, así no conseguiría nada, tenía que volver a controlar la conversación.
    – No, los hombres como él no me asustan. Pero tampoco me dejo engatusar por el encanto de alguien.
    – ¿Encanto? -el se la quedó mirando como si fuese la primera vez que oía esa palabra-. Bueno, si se refiere a mí, le aseguro que me siento muy halagado, por supuesto, pero…
    – Lo que creo es que ya es hora de que me diga a qué ha venido -le interrumpió Jane con la poca dignidad que la quedaba.
    – Dos mil libras, por favor.
    Ella sonrió.
    – ¿No queremos todos eso? Vamos, por favor, hablemos en serio. ¿Para qué ha venido a verme?
    – Se lo acabo de decir, quiero un préstamo de dos mil libras. ¿Por qué le sorprende tanto? No creo ser la primera persona que ha venido aquí para pedir un préstamo.
    – Sí, pero la mayoría…
    – La mayoría no parecen Angeles del Infierno -concluyó él, sonriente.
    – Bueno, usted mismo lo ha dicho.
    – ¿No le parece peligroso juzgar… por las apariencias?
    – No estoy haciendo eso precisamente.
    – Eso es precisamente lo que está haciendo. Nada más mencionar un préstamo, usted ha supuesto que se trataba de una broma. ¿Por qué? Por mi apariencia.
    Jane se acercó un papel que tenía encima de la mesa.
    – ¿Por qué no empezamos por el principio? ¿Me puede dar su nombre, por favor?
    – Gil Wakeman.
    – ¿Gil es el diminutivo de Gilbert?
    El hizo una mueca.
    – No me gusta Gilbert, es un nombre muy pretencioso. Un nombre apropiado para uno que lleve una camisa con cuello almidonado.
    – Me sorprendería saber que Gil tiene una camisa -comentó ella irónicamente.
    – Tenía una… hace tiempo.
    – ¿Qué le pasó? -Jane no pudo evitar hacer la pregunta.
    – Que la metí en la lavadora con la ropa de color y salió con los colores del arco iris.
    – No me extraña.
    – Desde entonces, sólo uso negro, es más seguro. Pero podría comprarme otra camisa, si eso la hace feliz.
    – No creo que cambiara en nada la situación.
    – Oh… También tenía una corbata hace tiempo.
    Jane trató de controlarse, pero la falsa inocencia de los ojos de él pudo con ella. Su boca insistió en sonreír y, al cabo de unos segundos, acabó echándose a reír.
    Él rió con ella.
    – Así está mejor. He ganado.
    – ¿Qué es lo que ha ganado?
    – Había apostado conmigo mismo a que la hacía reír en menos de cinco minutos. Debería reír más a menudo, le sienta muy bien. Es su yo verdadero.
    – Usted no sabe nada de mí -declaró Jane imponiendo orden por fin-. Y si espera que le demos un préstamo, será mejor que empiece a comportarse como un cliente respetable… si es que sabe cómo hacerlo.
    – No sé -respondió él inmediatamente-, pero podría enseñarme. ¿Cómo cree que debo comportarme, como ese tipo que ha entrado antes que yo?
    – Como un hombre responsable y con sentido común -le aconsejó ella.
    – ¿Así le gustan los hombres, responsables y con sentido común?
    – Es la clase de hombre que consigue préstamos. Él se la quedó mirando con la cabeza ladeada.
    – No es eso lo que le he preguntado. ¿Qué clase de hombre le gusta?
    Jane dejó el bolígrafo encima del escritorio.
    – Señor Wakeman, aunque a usted le dé igual, soy la directora de un banco. Y la clase de hombre que me gusta ver en este despacho es responsable y no me hace perder el tiempo.
    – ¿Y qué clase de hombre le gusta ver sentado a su lado en un restaurante?
    – Con corbata -respondió ella con la severidad de que fue capaz.
    – Supongo que su novio lleva corbata, ¿no?
    – Me niego a hablar de ello con usted.
    – Apuesto a que tiene más de una corbata, al contrario.
    – Creo que no conozco a nadie como usted -dijo ella con exasperación.
    – Y estoy seguro de que es tieso, estirado y serio; y lo que más le gusta de usted son sus cualidades medidas en esterlinas.
    Tan poco tiempo después de que Kenneth la hubiera halagado por su puntualidad, aquel hombre le tocó un punto débil. La conversación había ido demasiado lejos. Con firmeza, Jane sacó sus gafas y se las puso.
    – Quizá pueda darme algunos detalles más -dijo Jane con voz fría-. Su nombre es Gilbert Wakeman. ¿Qué edad tiene?
    El contestó, revelando que tenía treinta y cinco años. Jane lo miró fugazmente.
    – Sí, no soy un jovencito alocado como usted pensaba -declaró él interpretando correctamente la expresión de Jane.
    – Parece más joven de lo que es.
    Pero ahora que lo observó fijándose más, vio que su rostro indicaba la edad que tenía. Lo que la había confundido era su forma de vestir y su actitud informal.
    – ¿Dirección? -le preguntó ella.
    – Vivo en una caravana.
    Jane volvió a dejar el bolígrafo en la mesa y suspiró.
    – ¿En serio ha pensado que puedo darle un préstamo a alguien que no tiene dirección fija?
    – Sí, lo creía…, antes de ponerse las gafas.
    – Señor Wakeman, tengo muchos clientes.
    – Aún no le he hablado de mi negocio. Tome, mire.
    Gil sacó un álbum de fotos y lo abrió encima del escritorio. Estaba lleno de fotografías ampliadas de fuegos artificiales estallando en brillantes colores: rosas, azules, rojos, verdes, amarillos y blancos.
    – Este es mi trabajo -dijo él-. Me contratan de todas partes de país. Una caravana es la forma más eficiente de vivir y trabajar en este negocio.
    – ¿Para qué necesita el préstamo?
    – Para expandir el negocio. Quiero comprar mejores fuegos artificiales y realizar exhibiciones mayores y más complejas. Tengo muchas ideas respecto a cómo mejorar el espectáculo, pero me falta el dinero necesario. Con dos mil libras, podría comprar un ordenador que me ayudaría enormemente en mi trabajo.
    – ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esto, señor Wakeman?
    – Seis meses.
    – Entonces, ¿aún no tiene un libro de contabilidad?
    Gil hizo una mueca.
    – Le enseño la gloria del cielo y usted me pregunta por el libro de contabilidad.
    – Tengo que justificar mis decisiones en la oficina central; lo siento, pero no sé cómo representar la gloria del cielo en mi informe.
    – ¡La oficina central! ¡Un informe! Mire esa lluvia rosa y azul cayendo del cielo. ¿Quiere que le hable de las maravillas de los fuegos artificiales? Tiene que levantar los ojos para verlos. La mayoría de la gente nunca levanta la cabeza de la tierra. El mundo, para ellos, es blanco y negro, hasta que alguien les enseña los colores que han ignorado hasta entonces. Está bien, si quiere números, aquí están los números.
    Con un cambio de actitud casi cómico, Gil puso unos papeles delante de ella. Con sorpresa, Jane vio que las cuentas estaban presentadas con ordenada y eficientemente. Era una pena que la contabilidad sólo fuera de seis meses, pero revelaban un aspecto muy diferente del Gil Wakeman con el que había tratado hasta el momento.
    – Cuénteme algo más de usted, señor Wakeman. Antes de dedicarse a los fuegos artificiales, ¿en qué ha trabajado?
    Jane tuvo la impresión de que la pregunta le había desconcertado cuando le vio encogerse de hombros con expresión incómoda.
    – ¿Que qué he hecho? El préstamo que he venido a pedir se basa en mi capacidad para el trabajo que desempeño en este momento.
    – Permítame que le recuerde que no tiene muchas probabilidades de que le concedamos el préstamo.
    – Está bien. Nací en Londres y he hecho un poco de esto y de lo otro. He trabajado con números, esas cuentas son correctas.
    – Sí, se ven que lo son. ¿Tiene usted alguien que pueda avalarle?
    – Nadie a quien quiera pedírselo. Quiero hacer esto independientemente.
    – Me lo está poniendo muy difícil, señor Wakeman. Tengo que meter los datos en un ordenador; con lo que tengo de usted hasta ahora, el ordenador se echaría a reír.
    – Los ordenadores no ríen -dijo él serio-, eso es lo malo que tienen. La gente ríe, canta, llora y exclama en mis espectáculos; y después, se van felices. ¿Qué saben de eso los ordenadores?
    – Me parece muy bien y tiene razón, pero necesito algo más sólido que su imaginación.
    – Oh, sí, la imaginación… ¡Qué pecado!
    – Me está haciendo perder el tiempo, señor Wakeman. Esto es un banco, no somos los Reyes Magos. En fin, si no tiene alguien que le avale, dígame, ¿a qué valor asciende lo que tiene en material?
    – Tengo unas doscientas libras en fuegos artificiales en este momento; pero como esta noche voy a utilizar la mayoría, no me quedará mucho.
    – ¿Qué hay de su caravana? ¿Cuánto podría valer?
    – Nada, la compré de tercera mano. No hace más que estropearse y me paso la mitad del tiempo arreglándola.
    Jane, desesperada, tiró el bolígrafo encima de la mesa.
    – Me resulta difícil creer que haya tenido el valor de presentarse aquí para pedir un préstamo.
    – No está contando mi talento y mi trabajo, ¿es que eso no vale nada?
    – Desgraciadamente, no se puede representar con cifras y números.
    – Y si no se puede representar con cifras y números es como si no existiese, ¿verdad? Señorita Landers, me da pena.
    – Además de ser un irresponsable, es usted un impertinente.
    – Me da pena porque no puede levantar la cabeza de los números.
    – Es uno de los requisitos de mi trabajo -respondió ella en tono gélido.
    – Es usted demasiado joven y hermosa para que consumirse entre estas cuatro paredes con su escritorio y su ordenador.
    – Son eficientes.
    – Eficiencia. ¡Qué Dios nos ayude! ¿Eso es todo lo que le importa en la vida?
    – Mi vida no es asunto suyo, pero le diré una cosa: se basa en valores morales y estabilidad, cosas de las que usted no parece haber oído hablar.
    – Todo lo contrario, he oído hablar demasiado de ello…, como si fuese lo único importante en este mundo. ¿Ya qué se reduce todo? A la infinita búsqueda de dinero.
    – Permítame recordarle, señor Wakeman, que usted mismo ha venido aquí en busca de dinero.
    – Sí, cierto, pero sólo para transformarlo en algo hermoso.
    – En fuegos artificiales -dijo ella con desdén-. ¡Por favor, señor Wakeman!
    – Una exhibición de fuegos artificiales puede ser una obra de arte.
    – ¿Cómo tiene el atrevimiento de compararse con un artista?
    – Soy más artista que el que ha pintado esos cuadros que tiene colgados en la pared. ¿Sabía que los han elegido porque dan paz mental? En otras palabras, su valor está en su neutralidad. El arte debería hacer gritar y llorar a la gente. El arte debería iluminar el cielo y, en ese sentido, sí soy un artista.
    – Bueno, creo que eso es todo lo que… -Jane empleó un tono de voz que indicaba que daba por terminada la entrevista.
    – Puedo hacerla ver el universo como jamás lo ha visto -continuó él interrumpiéndola-. Puedo mostrarle todos los colores del arco iris lloviendo en miles de formas. Apuesto a que no hay color en su vida.
    – Soy una empleada de un banco, no me pagan por poner color en mi vida -contestó Jane seriamente.
    – ¿Qué me dice de su corazón? -de repente, él la miró con ojos penetrantes.
    – No ha venido aquí para hablar de mi corazón.
    – ¿A quién le pertenece?
    – Ya es suficiente. Por favor, le ruego que se marche.
    – Si me marcho, habré fracasado.
    – Ha fracasado. El banco Kells no puede concederle un préstamo.
    – No estoy hablando del préstamo, sino de usted, de una mujer encerrada en una cueva. Si pudiera sacarla de esa cueva, podría enseñarle maravillas.
    Jane tuvo la ocurrencia de mirarlo a los ojos, fue una equivocación. La expresión de él le indicó que ya no estaba hablando de los fuegos artificiales.
    – Maravillas -repitió él con una voz que, misteriosamente, se había suavizado-. Magia. ¿Sabe algo de magia?
    – Yo… no.
    – No, claro. Para usted, sólo hay una vida, el aquí y ahora. ¿Pero qué me dice del otro mundo donde pasan cosas maravillosas? Si jamás entra en contacto con ese mundo, no sabrá nunca lo que es vivir realmente. Su novio, el serio, el que lleva corbata, ¿le ha enseñado lo que es la magia?
    – Ya es suficiente -dijo Jane con firmeza-. Lo siento, señor Wakeman, no puedo concederle un préstamo.
    – No lo decida todavía -dijo él, sin prestar atención a las palabras de Jane-. Venga a ver mi espectáculo. Es esta noche, como cierre de las fiestas de aquí. Veamos si la gloria de los fuegos artificiales no le hacen cambiar de idea.
    – Nada va a hacerme cambiar de idea -dijo ella con algo de desesperación.
    – Bueno, entonces… hasta esta noche.
    Junto a la puerta, se despidieron con un apretón de manos. Al instante, Jane se sintió como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
    – Adiós, señor Wakeman.
    Cuando se hubo marchado, Jane respiró profundamente. Jane miró a su alrededor y, de repente, aquel despacho que siempre le había parecido maravilloso le resultó vacío, sin encanto… como una cárcel.
    Jane cerró los ojos y sacudió la cabeza para aclararse las ideas.
    La puerta volvió a abrirse y la señora Callam entró.
    – Sólo he venido para darle las gracias -dijo la anciana-, no quería molestarla mientras estaba con ese joven tan guapo y agradable.
    – A mí no me parece particularmente guapo -respondió Jane en tono áspero.
    La señora Callam la miró con compasión.
    – No sé qué les pasa a las jóvenes de hoy día -dijo la anciana-. Ya no tienen ideales ni valores.

Capítulo 2

    La cena estaba perfectamente organizada y presentada, como siempre era con Kenneth. A las siete en punto, la recogió en su pequeño apartamento y la llevó en su inmaculado coche al restaurante más caro de Wellhampton. Allí, el jefe de camareros les saludó como correspondía a los buenos clientes y a Jane le sirvieron inmediatamente su aperitivo preferido.
    En aquella atmósfera familiar y junto a Kenneth podía relajarse. El tenía treinta años, aunque parecía y hablaba como si tuviera más edad. Tanto su cuerpo corno su actitud habían adquirido cierto aplomo, a pesar de ser un hombre joven. Imágenes prohibidas de un cuerpo esbelto comenzaron y atlético pasaron por la cabeza de Jane. Gil Wakeman era cinco años mayor que Kenneth; sin embargo, su encanto le hacía parecer…
    Jane recuperó la compostura.
    – Me gusta mucho salir contigo, Kenneth -declaró Jane con firmeza-, te lo digo en serio.
    – Querida, me encanta oírte decir eso, pero… ¿es necesaria tanta vehemencia? -preguntó Kenneth, mostrando ligera sorpresa.
    – ¿Lo he dicho así?
    – Lo has dicho como si estuvieras anunciando una medida política a la prensa.
    – Simplemente, se me ha ocurrido que quizá no te diga con frecuencia lo mucho que te aprecio.
    – Te lo recordaré la próxima vez que necesite un préstamo.
    – No hablemos de préstamos esta noche, por favor.
    – Sólo era una broma, pero te pido disculpas. Se me estaba olvidando.
    – ¿Qué se te estaba olvidando?
    – Que no sólo eres la directora de una sucursal bancaria, sino también una mujer muy hermosa.
    Las palabras eran adecuadas, pero no su tono. Sus galanterías sonaban automáticas. Jane se preguntó por qué no lo había notado antes.
    – ¿Qué tal van los preparativos de la celebración de las bodas de oro de tus abuelos? -le preguntó Kenneth.
    – Bien. Aunque la verdad es que quien está haciéndolo casi todo es la mujer de mi hermano James. Como tienen una casa muy grande, la elegimos para la fiesta.
    – ¿Vais a estar todos?
    – Sí, todos, incluso mi tío Brian, el que vive en Australia. El problema es que se mantenga en secreto. Sarah y Andrew creen que se trata sólo de una cena familiar, pero cuando entren se van a encontrar con casi cien personas en la casa.
    – Nunca he comprendido por qué dos personas tan tradicionales y dignas permiten a sus nietos que los llamen por el nombre de pila.
    – De todos modos, mi abuelo no ha pasado por que le llamen Andy; a mi hermano Tony se le ocurrió llamarle Andy un día y le pusieron en su sitio.
    – Gracias a Dios. Tus abuelos deben estar muy orgullosos de su familia. Cinco hijos, dieciocho nietos y ni un sólo garbanzo negro en la familia.
    – Es un comentario algo extraño.
    – Lo que es extraño es que, entre tantos, no haya salido alguno que haya dado problemas. Más aún, la banca y la abogacía son las dos profesiones que mantienen este país, y todos vosotros os habéis dedicado a una u otra de las dos.
    – Se te olvida Tony, que intentó ser actor.
    – Sí, pero recobró el sentido común a tiempo.
    – Sí, supongo que sí. Pero me parece que no ha vuelto a ser feliz desde que se metió a trabajar en el banco.
    – Bueno, no ha llegado tan lejos como tú, y dudo que lo haga, pero tiene una posición social y económica sólida.
    Kenneth bebió un sorbo del excelente vino que había pedido y se recostó en el respaldo de su asiento con expresión pensativa.
    – Casados cincuenta años -dijo con incredulidad-. Felizmente casados. Jamás olvidaré el primer día que me llevaste a cenar con ellos. Tu abuelo contó una anécdota muy divertida sobre un conejo, y tu abuela lo escuchaba y lo miraba completamente absorta.
    – Sí, lo sé -Jane se echó a reír-. Uno no imaginaria que ha oído esa anécdota más de mil veces. Mi abuelo siempre la cuenta cuando tiene invitados, y la abuela se ríe como si fuese la primera vez que la oyera.
    – ¿Lo ves? Devoción de esposa. Apoyo mutuo, tanto para lo bueno como para lo malo. Seguridad y dependencia. Esas cosas son lo que importan.
    – ¿Y el amor, no importa?
    – Por supuesto. La gente se casa para que el matrimonio les ayude a aguantar juntos en los momentos de crisis. Es fundamental elegir a tu pareja en base a los valores que importan, y éstos son los valores duraderos.
    – Sí, pero hay cosas que no duran y que también son importantes.
    – ¿Como qué?
    – Como…, los fuegos artificiales. Duran sólo segundos, pero te dejan con el recuerdo de su belleza.
    – Mmm. En mi opinión, la belleza se encuentra en el arte verdadero, no en un espectáculo momentáneo y efímero. Nunca he subestimado la importancia del arte para el espíritu. Una gran pintura puede inspirarte enormemente.
    – Pero mirar a una pintura es algo pasajero, ¿no? Uno no puede pasarse la vida mirándola.
    – No, pero se puede comprar una litografía.
    – Sí, una litografía de mucho gusto -comentó Jane recordando…
    – Si la eligiera yo, querida, no te quepa duda de que sería de mucho gusto.
    Por cambiar de tema de conversación, Jane le preguntó qué tal le iba el negocio. Kenneth era el propietario de una constructora muy próspera que se encargaba, sobre todo, de proyectos de rehabilitación.
    – Estar en una caseta en la feria de muestras ha sido una buena idea -declaró él cuando llegó el plato principal-. Derek, que es quien está en al caseta, dice que ha ido mucha gente.
    – Eso es estupendo -contestó Jane educadamente.
    – Lo que me ha parecido una equivocación es que hayan puesto atracciones.
    – A la gente le gusta ir a las ferias a pasar el día con la familia.
    – Sí, pero eso es precisamente lo que no puede ser. En las ferias de muestras se firman muchos contratos y el dinero cambia de manos, ¿qué tiene que ver una feria de carruseles con eso? ¡Y fuegos artificiales!
    Kenneth continuó con comentarios semejantes durante el resto de la cena. Jane lo escuchó a medias. Mientras tomaban el café, Kenneth se miró el reloj y sacó su teléfono móvil.
    – Bueno, la feria está a punto de terminar. Permíteme que llame a Derek un momento para ver qué tal ha ido todo hoy.
    – ¿Por qué no vamos allí? -sugirió Jane impulsivamente.
    – Es muy amable de tu parte, querida. No me vendría nada mal charlar un momento con Derek; además, nos gustaría discutir algunos asuntos financieros contigo.
    Ya era de noche cuando salieron del restaurante. El trayecto a la feria en coche sólo les llevó unos minutos. Cuando Kenneth condujo hacia el estacionamiento, Jane se fijó en una caravana que había bajo unos árboles. A un lado de la caravana, se leía: Los Maravillosos Fuegos Artificiales de Wakeman pero no había rastro de su dueño.
    Salieron del coche y se dirigieron al recinto de las casetas, pronto llegaron a la de Kenneth. Derek estaba hablando con un cliente, la conversación finalizó a los pocos minutos, después de hacer una cita con el cliente para la semana siguiente. Los dos hombres empezaron a hablar y. ocasionalmente, se dirigieron a Jane en busca de confirmación de algún detalle financiero. Ella respondió mecánicamente, sin prestar demasiada atención. No podía dejar de pensar que los fuegos artificiales iban a empezar al cabo de diez minutos.
    Aquella noche, una extraña inquietud se había apoderado de ella, empujándola a darse una vuelta por el recinto ferial. Intentó atraer la atención de Kenneth, pero él estaba haciendo negocios. Por fin, Jane se alejó de allí.
    – Damas y caballeros, los fuegos artificiales van a comenzar en los campos adyacentes al recinto… -la voz procedía de unos altavoces.
    Jane llegó cuando los primero cohetes estallaron dejando rastros de luces doradas. La multitud miraba hacia el cielo y exclamaba.
    Jane vio a Gil subido a una plataforma, lanzando los cohetes. Las luces y las sombras le conferían el aspecto de un mago. Jane lo observó con fascinación. Podía encender el fuego. Era mágico. Y, hasta ese momento, en la vida de Jane no había habido magia.
    Gil lanzó tres cohetes, uno después del otro; al llegar a lo más alto, estallaron en nubes de lluvia dorada. La gente jadeó encantada cuando, por separado cada uno volvió a estallar en luces multicolores que cayeron como paraguas.
    Más cohetes estallando como flores en el negro firmamento. Colores increíbles. No sólo colores, sino tonos de luces. Luz. Belleza. Había arte, pero también inteligencia.
    Jane miró a su alrededor. Como Gil había dicho, todos miraban hacia arriba con ojos brillantes y una sonrisa en los labios. Los rostros de los niños estaban maravillados.
    Y entonces acabó. La última luz se extinguió en el cielo y la multitud exclamó un suspiro conjunto. Con desgana, todos bajaron los ojos hacia la tierra, de vuelta a los problemas cotidianos que, brevemente, habían olvidado.
    Gil saltó de la plataforma y aterrizó casi delante de ella. Sonreía.
    – Has venido. Sabía que vendrías,
    – Señor Wakeman, ha sido pura casualidad que…
    – Por supuesto. ¡Y gracias al cielo por las casualidades! ¿Qué sería la vida sin estas sorpresas?
    – No lo sé -respondió ella devolviéndole la sonrisa-. Quizá hayas descubierto el secreto.
    Un chico de unos dieciocho años se acercó.
    – Gil, deja que yo recoja, por favor -dijo en tono de urgencia.
    – De acuerdo, Tommy. Ya sabes dónde está el cubo, hazlo bien.
    – ¿Puedo venir mañana a ayudarte?
    – No -respondió Gil con firmeza-. Mañana, ve a la agencia de empleo a buscar un trabajo de verdad.
    – A mí me gusta esto -protestó Tommy.
    – Vamos, ponte a trabajar -le dijo Gil, sin quitar los ojos de Jane en ningún momento.
    Tommy hizo una mueca, pero se marchó.
    Como respuesta a la expresión interrogante de Jane, Gil dijo:
    – Tommy es un joven de por aquí que no deja de intentar pegarse a mí. No puedo contratarle, pero le dejo que me haga algún trabajo que otro. Ahora, se ha ido a recoger los cohetes que no han estallado, los metemos en agua para evitar problemas. Ven, vamos.
    Gil le tomó la mano y comenzó a caminar.
    – ¿Adónde vamos?
    – A tomar una taza de té, tengo la garganta seca.
    Se detuvo delante de una furgoneta que vendía té y lo servía en vasos de plástico. A Jane le supo mejor que el vino que había bebido en el restaurante.
    Jane sentía algo muy extraño que, al principio, no reconoció. Era como un placer inmenso y radiante que empezaba en el corazón y luego se extendía por las extremidades. Se sentía viva. No había sentido nunca nada parecido. Por fin, con sorpresa, se dio cuenta de que era pura y simple felicidad.
    Y era por estar con él, con aquella extraordinaria criatura que creaba maravillas, magia.
    Entonces, se maravilló de sí misma. ¿Qué le había pasado a la Jane Landers de siempre? Gil Wakeman sólo era un hombre que había realizado unos inteligentes trucos con pólvora y ella no era una niña fácil de entusiasmar. Sin embargo, siguió sintiéndose feliz.
    – ¡Gil, vaya, aquí estás! -exclamó un hombre de mediana edad entrado en carnes que se acercó a ellos.
    Gil hizo las presentaciones. El hombre en cuestión era el señor Morton, organizador de la feria.
    – Los fuegos han sido muy buenos -declaró el señor Morton-. Los mejores que te he visto. Quedas contratado para el año que viene.
    – Si aún sigo en este negocio -respondió Gil.
    – Claro que si, vas a tener mucho trabajo. Bueno, toma tu cheque y firma aquí.
    Cuando el señor Morton se marchó, Gil sorprendió a Jane mirándolo con expresión sospechosa.
    – Te juro que no había planeado que se presentara aquí delante de ti -le dijo Gil con la mano en el corazón.
    – Mmmm. No me sorprendería. Pero no me digas que eso de «si aún sigo en el negocio» no iba dirigido a mí.
    Bueno, puedo que eso sí, pero mira -Gil le enseñó el cheque, por trescientas libras-. No está mal, ¿eh?
    – De esas trescientas libras, ¿cuánto es beneficio y cuánto va en materiales para el próximo espectáculo?
    – Por favor, deja de ser tan práctica -le rogó él.
    – ¡Que deje de ser práctica! ¡Y quiere que el banco le preste dinero! -comentó Jane a nadie en particular.
    – Bueno, ahora que lo has visto, ¿qué te ha parecido?
    – Maravilloso. Y eres un artista, pero…
    Gil le rozó los labios para hacerla callar, lo que provocó en Jane un dulce temblor.
    – Ahora no, deja los «peros» para luego. ¿Cuánto hace que no estabas en una feria?
    – Oh… años.
    – En ese caso, vamos.
    Sin darle tiempo para protestar, la tomó de la mano y la llevó a «La Serpiente». Al momento, Jane se vio sentada en un carrito mientras alguien colocaba una barra de metal delante de ellos.
    – Estás loco -dijo Jane, riendo-. Jamás he hecho este tipo de cosas.
    – Razón de más para hacerlo ahora -Gil le tomó las manos-. Olvida que eres la directora de una sucursal bancaria por esta noche. Conviértete en una niña y disfruta como disfrutan los niños.
    De repente, a Jane le resultó obvio que así era como debía vivirse la vida. No podía imaginar cómo había podido vivir tanto tiempo sin comprender una verdad tan vital. Apretó las manos de Gil y lanzó un quedo gemido cuando el coche se puso en marcha.
    El recorrido era circular, con dos subidas seguidas de dos bajadas vertiginosas; después de la primera, Jane se aferró a las manos de Gil. Después, recuperada de la sorpresa, se sujetó a la barra de seguridad. Pero no dejaba de escurrirse hacia abajo.
    – No te preocupes, yo te sujetaré en el sitio -Gil la rodeó con un brazo mientras, con la otra mano, agarraba la barra.
    Jane debería haberse sentido segura, pero era lo último que se sentía. Del mago emanaba un poder cargado de electricidad que sentía en ella misma. Debía estar loca para haber accedido a sentarse allí con él. Una mujer con sentido común saldría corriendo de esa situación.
    Pero ya no era una mujer con sentido común. Al instante siguiente y bruscamente, cubrieron la serpiente con una lona, dejándoles en la oscuridad.
    ¡Idiota! Pensó Jane. Ahora estaba encerrada allí con aquel loco que no tenía sentido de la propiedad y, probablemente, aprovecharía la ocasión para besarla. Pero pasaron segundos y segundos, y no ocurrió nada. Jane sintió su cálido aliento en la nuca, pero Gil no se movió. Unos momentos más y descorrieron la lona. Por fin, el coche fue aminorando la marcha y se detuvo.
    – Vamos -dijo él-, van a cerrar la feria dentro de una hora y todavía nos queda mucho.
    – Pero…
    – Date prisa, el tiempo vuela. ¿Es que no te das cuenta?
    Jane se dio por vencida y se dejó llevar. Gil compró unas golosinas y se pasearon por el recinto masticando azúcar. Se montaron en el Tren Fantasma y se abrazaron fingiendo terror, gritaron y rieron. Después, compitieron en dar con el aro en una botella, Jane ganó triunfalmente.
    – Has hecho trampa -se quejó Gil-. El último aro no ha llegado abajo, pero el del puesto lo ha dado por bueno porque le has sonreído.
    – Tienes muy mal perder -dijo ella burlonamente.
    – Está bien. Ahora dime qué vas a hacer con un globo de tres metros de alto en forma de martillo.
    – Esto -Jane le dio un martillazo en la cabeza.
    Gil sonrió maliciosamente y se apoderó del trofeo para dárselo a un niño que pasaba por su lado.
    – Ahora me encuentro más seguro. Venga, vamos a comprarnos unos perritos calientes.
    – Esta vez invito yo.
    – No te queda otro remedio. Lo único que me queda es el cheque, pero no puedo cambiarlo ahora… a menos que lo hagas tú por mí.
    – En este momento, imposible.
    – ¡Y eres directora de banco! No te estaría mal empleado quedarte sin un cliente más.
    Jane se echó a reír hasta que llegaron al puesto de los perritos calientes. Pidieron dos y dos refrescos de cereza, acompañados con patatas fritas y, de postre, dos polos.
    – No vas vestida para una feria -observó él, contemplando la elegante indumentaria de Jane.
    – No pensaba venir. Me había vestido para ir a cenar con Kenneth.
    – ¿Y dónde está?
    – Lo he perdido… en alguna parte -respondió ella vagamente.
    – Bien hecho. ¿Quieres encontrarlo?
    – No. Quiero subirme a la noria.
    Jane comenzó a andar, pero él la detuvo,
    – Eh, espera. No sé si deberías subirte a la noria así vestida. Vas a tener frío.
    – ¿Qué significa esto? ¿No eras tú el hombre que creía en los placeres inesperados de la vida?
    – Sí, pero…
    – Pero nada. He venido aquí sin que se me pasara por la cabeza subirme a la noria, así que eso es precisamente lo que voy a hacer. Es tu filosofía, ¿no?
    – Una versión de mi filosofía, pero…
    – No soporto a los hombres que no practican lo que pregonan, y me voy a subir a la noria.
    – ¿Con ese vestido? No es de mucho sentido común. -Jane lo miró fijamente.
    – He tenido sentido común toda mi vida, esta noche estoy descansando. ¿Entendido?
    Al momento, Gil se tocó un tacón con el otro y la saludó al estilo militar.
    – Sí, señora. Lo que usted diga, señora.
    – ¡ldiota!
    Jane pagó las dos entradas y ocuparon sus asientos. Cuando la noria se puso en marcha, Jane comprendió las dudas de Gil respecto a su vestimenta. Arriba, hacía más frío. Llegaron a lo más alto y volvieron a bajar; cerca del suelo, Gil se quitó la chaqueta y se la echó a ella por los hombros.
    – Gracias. Tenías razón -dijo Jane.
    El sonrió maliciosamente.
    – Los magos siempre tienen razón.
    Arriba de nuevo, se quedaron parados un tiempo. Jane sintió el brazo de Gil sobre sus hombros. De repente, tenía una mano de él bajo la barbilla, obligándole suavemente a ladear el rostro. El roce de sus labios fue ligero, pero suficientemente poderoso como para hacerla sentirse suspendida en el aire. Volaba, estaba en otro mundo donde estrellas de muchos colores estallaban a la vez cantando música celestial.
    Sin saber cómo, se encontró con la cabeza en el hombro de Gil, besándolo. Abrazándolo. Lejos, en otra vida, se vio a sí misma atrapada y asustada. Pero allí, al calor de los brazos de él, en ese hermoso lugar, no cabía el miedo, sólo la felicidad.
    Los labios de Gil eran firmes y la acariciaron con gusto, incitándola, pero no exigiendo. Ese era el Gil que había visto en el banco, un espíritu libre, pero también tierno y sólido. Jane se relajó, sabía que él la mantendría a salvo de todo.
    Pero incluso en ese momento, sintió algo más en su beso: una poderosa y peligrosa virilidad que la excitó. Gil no sólo era un espíritu libre vagabundo, era un hombre de instinto y misterio.
    Gil la abrazó con más fuerza. Jane jadeó tras la sensación que la boca de él despertó en ella al intensificar el beso, hablando así con más elocuencia que con mil palabras. Gil le había contado las maravillas de los fuegos artificiales, pero la verdadera maravilla eran sus brazos. La deslumbraron, la abrieron nuevos horizontes jamás soñados, invitándola…
    Risas y aplausos la devolvieron a la realidad. Atónita, miró a su alrededor y se dio cuenta de que habían llegado a abajo y un sonriente grupo de personas los miraba.
    – ¿Cómo hemos bajado? -preguntó Jane sin comprender.
    – Como todo el mundo, cuando la noria se ha movido en esta dirección -dijo él con una sonrisa.
    Gil la ayudó a bajar. A Jane le temblaban las piernas aunque sospechaba que se debía al beso de Gil. Casi no podía creer que había perdido la noción del tiempo y el espacio en sus brazos no se había dado cuenta de lo que ocurría a su alrededor.
    De repente, Jane tuvo una sensación de peligro.
    – Gracias por dejarme la chaqueta -dijo ella devolviéndosela.
    – Dámela luego…
    – No, no, tengo que marcharme ya. Ya es muy tarde. Adiós.
    – Jane, espera… por favor.
    – Tengo que irme, lo siento -respondió ella apresuradamente.
    Jane se dio media vuelta y salió de allí a toda prisa. Era demasiado honesta para no admitir que estaba huyendo, escapando de aquella magia para refugiarse en su bien ordenado mundo.
    Cuando llegó a la caseta de Kenneth vio que estaba vacía. Al parecer, se había cansado de esperarla y se había marchado a casa. Jane no podía culparlo.
    Fue a buscar un taxi. A su alrededor, todos los puestos estaban cerrando y las luces se apagaban.

Capítulo 3

    Jane se despertó sintiendo que se había puesto en ridículo completamente, no tenía excusa. Ella, que se preciaba de mujer responsable, había sucumbido al encanto de un buscavidas inteligente.
    Lanzó un gruñido al recordar la facilidad con que se había echado en sus brazos en la noria. Desgraciadamente, el recuerdo le hizo revivir el beso. Durante unos momentos, le había pertenecido por completo, al igual que una adolescente con su primer beso. Ese hombre representaba todo lo que ella desdeñaba y reprobaba. Sin embargo, sus brazos y su beso habían tenido un efecto único, algo que jamás había sentido.
    Pero ahora se daba cuenta claramente de la estrategia de él. Estaba segura de que, por la mañana, se presentaría en la oficina del banco para canjear el cheque, seguro de que ella le concedería además el préstamo. Y ella había estado a punto de caer en la trampa.
    Tomó un virtuoso desayuno consistente en café y pomelo. Después, llamó a Kenneth para disculparse.
    – Me tropecé con un hombre que quería un préstamo -le dijo Jane-, lo siento. Espero que no estuvieras demasiado preocupado.
    – Admito que fue un poco extraño -contestó él-. Nos han hecho muchos pedidos y vamos a tener que ampliar el negocio, no nos habría venido mal algunas opiniones tuyas.
    – No creo que tengas ningún problema para conseguir un crédito.
    – Si pudiéramos revisar unos números…
    – En ese caso, será mejor que hablemos en el banco -le dijo Jane, incapaz de hablar de eso en aquellos momentos-. Mi secretaria te llamará para arreglar una cita.
    Mientras conducía al trabajo, tomó varias decisiones. Aquello no podía continuar. Iba a dar instrucciones a los empleados para que, cuando Gil se presentara en el banco, no la molestasen.
    Tan pronto como entró en el banco, llamó a Harry a su despacho.
    – Quiero que tomes nota de esto -le dijo con su voz más profesional-. Si un tal Gilbert Wakeman se presentase hoy por la mañana para canjear un cheque del ayuntamiento, por favor, asegúrate de que…
    Jane se interrumpió y respiró profundamente. Imágenes de luces de colores en el firmamento, gente riendo y exclamando…
    – ¿Sí? -preguntó Harry, que la miraba fijamente.
    – Por favor, asegúrate de que… de que me llamen para que yo hable con él.
    – ¿Es una suma importante?
    – Doscientas cincuenta libras.
    Harry frunció el ceño.
    – Por una cantidad así no sueles…
    – Por favor, haz lo que te he pedido, Harry. Y que todos lo sepan.
    – Sí, de acuerdo.
    Jane trató de concentrarse en el trabajo. Llegó el mediodía, pero no Gil no había dado señales de vida. Jane decidió tomar un bocadillo en su despacho en vez de salir a comer. El tiempo siguió transcurriendo y el banco cerró a las tres.
    Jane trabajó una hora más antes de decirle a su secretaria:
    – Tengo que marcharme ya. Deja esos papeles encima de mi mesa, los miraré mañana.
    Casi corrió hasta su coche y, a los pocos minutos, iba de camino al recinto ferial. Cuando llegó, encontró un lugar desolado. Las casetas habían desaparecido y estaban derribando las marquesinas. Estaban desmontando la feria.
    Jane llevó el coche hasta donde había estado aparcada la caravana de Gil.
    No estaba.
    Paró el coche, sintiéndose como si la hubieran golpeado en el estómago. El mago se había esfumado y, de repente, se vio presa del pánico, tenía miedo de no volverlo a ver.
    – ¿Estás buscando a Gil?
    Jane se sobresaltó. Volvió la cabeza y vio a la mujer de avanzada edad dueña de la camioneta del té.
    – Si. Me dijo adónde iba, pero se me olvidó anotarlo y… -la respuesta parecía la típica de una colegiala.
    – Hawley -respondió la anciana, nombrando la ciudad más cercana-. Hay un tipo que va a dar una fiesta de cumpleaños a su hija.
    – No sabe dónde exactamente en Hawley, ¿verdad?
    La mujer frunció el ceño mientras Jane contenía la respiración.
    – La calle Chadwick.
    Hawley estaba a cincuenta kilómetros, pero a Jane se le hicieron como trescientos.
    Llegó justo cuando las tiendas acababan de cerrar, por lo que le fue imposible comprar un mapa. Un transeúnte le dio indicaciones.
    Por fin, se encontró en una calle amplia y con muchos árboles. Las casas eran lujosas y todas tenían jardines delanteros. Recorrió la calle despacio, mirando a un lado y a otro; a pesar de lo cual, estuvo a punto de no ver la camioneta de Gil, que estaba aparcada a un lado del garaje de la casa.

    Jane pisó el pedal del freno y dio marcha atrás. El frenazo provocó que Gil asomara la cabeza por la parte de atrás de la furgoneta. Al momento siguiente, Jane saltó del coche y corrió hacia él. Una felicidad irracional se había apoderado de ella, pero las palabras que salieron de su boca…
    – Eres el hombre más irresponsable y más desconsiderado que he conocido en mi vida -le soltó Jane-. ¿Te das cuenta de lo que me ha costado encontrarte? ¿Cómo te has atrevido a marcharte sin decirme nada?
    Gil parpadeó.
    – ¿Qué?
    – ¿Siempre haces negocios así? ¿Cómo voy a concederle un préstamo a un hombre que desaparece sin avisar?
    – Que yo sepa no ibas a concederme ningún préstamo -le recordó él-. Lo has dicho tú misma.
    Jane respiró profundamente.
    – Eso no tiene nada que ver.
    – Pues a mí me parece que tiene que ver todo -contestó Gil, atónito.
    – Tonterías. Si así es como intentas convencerme de que vale la pena correr el riesgo de…
    – Creí que ese asunto estaba zanjado -dijo Gil en tono inocente.
    Sin argumentos, Jane se limitó a mirarlo enfadada, contenta e inmensamente aliviada.
    – Ven, entra -dijo él, retirándose al interior de la caravana.
    Dentro, encontró un espacio habitable pequeño, lleno de cajas que contenían cohetes, cables, ganchos, un destornillador y todas las herramientas de la profesión. A pesar de todo, estaba mucho más ordenado de lo que había esperado.
    – Deja que te mire -Gil le puso las manos en los hombros-. ¿Te encuentras bien?
    – Claro que sí, ¿por qué no iba a estar bien?
    – Por la forma como saliste corriendo anoche… me dejaste muy preocupado. Intenté seguirte, pero te perdí entre la gente. ¿Llegaste bien a casa?
    Tras la falta de preocupación de Kenneth, aquello le pareció un bálsamo para el corazón. Intentó que no le afectase, pero la calidez de la mirada de Gil le llegó al alma. Se había afeitado, pero no le daba un aspecto más respetable.
    – Sí, gracias. No tuve problemas para encontrar un taxi.
    – ¿Un taxi? ¿Quieres decir que tu novio no te llevó a casa?
    – Se había cansado de esperarme.
    Gil abrió la boca como si fuera a decir algo, pero cambió de idea y se encogió de hombros. Sin embargo, su gesto fue muy elocuente.
    – Estaba preocupada por ti -dijo ella-. Sabía que no tenías dinero, excepto el del cheque, y creí que ibas a venir al banco a canjearlo.
    – He encontrado unas monedas en el asiento del coche -respondió él-. Dinero suficiente para pagar a Tommy y llenar el tanque de gasolina. Esta noche, el dueño de la casa me va a dar de cenar, así que pensaba ir mañana a verte.
    Bien. Gil no había decidido marcharse y abandonarla. Jane apartó los ojos de él, no quería que notase el placer que sentía.
    – Espero que entiendas lo que estoy diciendo -continuó Gil-. La idea es impresionarte para que te des cuenta de que puedo hacer dinero. Y ahora, ¿qué tal una taza de té antes de que empiece a trabajar?
    Gil puso agua a hervir e hizo espacio en el sofá para que Jane se sentara. La atmósfera era acogedora y doméstica, y muy diferente a la extravagancia de la noche anterior.
    Gil estaba a punto de servir el té cuando llamaron a la puerta de la caravana. Al momento, se abrió y un hombre asomó la cabeza.
    – Me alegro de ver que ya ha llegado.
    – Buenas tardes, señor Walters -dijo Gil.
    Dan Walters tenía mirada dura, que se clavó en Jane.
    – No había dicho que iba a traer una ayudante -comentó el hombre en tono de sospecha-. Ya habíamos arreglado el precio, no voy a pagar más.
    – Y yo no voy a pedírselo, señor Walters -dijo Gil con cierta ironía.
    – Me alegro de que esté claro. Venga, voy a enseñarles dónde puede poner sus cosas.
    Jane iba a aclararle que no era la ayudante de Gil, pero Dan Walters se había dado la vuelta y estaba llamando a su esposa.
    – Brenda, el de los fuegos artificiales y su chica han llegado. Abre la puerta de la verja.
    – ¡Su chica! -exclamó Jane en un susurro mientras Gil reía-. No tiene gracia.
    – Sí la tiene. Además, ahora ya no vale de nada que le demos explicaciones. Una vez que se le ha metido algo en la cabeza a ese hombre, nada le va a hacerle cambiar de opinión.
    Muy pronto, Jane descubrió la verdad de aquellas palabras. Walters volvió la cabeza y la miró con expresión de reproche.
    – No está vestida apropiadamente, ¿no le parece?
    – Señor Walters, yo no soy…
    – Le he explicado a Gil claramente que yo no voy a ayudarle, no tengo tiempo. No he contratado un perro para acabar ladrando yo.
    – Lo sé, pero yo no soy…
    – Tengo un hijo al que le vuelven loco los motores, es más o menos de su tamaño Bren, ¿tienes un mono a mano? Tráelo aquí.
    A Jane le costó un momento encontrar la voz, pero para entonces el señor Walters ya le había dado un mono de trabajo. Miró a Gil furiosa, pero él también se había quedado sin habla.
    Jane se cambió de ropa en el interior de la caravana y siguió a Gil al jardín posterior de la casa. Cuando se le acercó, Gil estaba formando una estructura con barras metálicas; al verla, le dio un destornillador y le dijo que se pusiera a trabajar. Al cabo de unos minutos, Jane había descubierto otro aspecto de la personalidad de Gil Wakeman. Había conocido al mago, el loco y el romántico… ahora acababa de conocer al tirano.
    Una vez puesto a trabajar, nada le importaba excepto conseguir los resultados que quería. La hizo sujetar la estructura, que había levantado en forma de pirámide, mientras él ajustaba los tornillos. Cuando a Jane se le cayó una arandela, Gil dijo con voz seca:
    – Vamos, no tenemos toda la noche.
    – ¡Vaya! -exclamó ella, indignada.
    Pero Gil le dedicó una maravillosa sonrisa.
    – Lo siento, se me había olvidado.
    Al instante siguiente, estaba dándole órdenes de nuevo.
    Cuando la pirámide estuvo construida, Gil conectó un cable eléctrico en el que colocó cohetes, distanciándolos a intervalos de uno metro. Esta vez, cuando Jane intentó ayudar, él sacudió la cabeza.
    – No, con esto no se juega, es peligroso.
    Dentro de la casa, la fiesta había comenzado; fuera, estaba oscureciendo. Gil sacó una linterna grande, se la dio a Jane y le pidió que la sujetase.
    Jane se lo quedó mirando. Gil estaba agachado, con la cabeza baja, concentrado e ignorando su presencia, y ella se dio cuenta, con sorpresa, de que se estaba divirtiendo.
    Pronto, los adolescentes comenzaron a salir al jardín. Tenían entre diecisiete y veinte años, y todos mostraban una agresiva confianza en sí mismos. Uno de ellos llamó a Jane.
    – Eh, oye, chico…
    Ella se lo quedó mirando.
    – Eh, te estoy llamando.
    – No le distraigas -respondió Gil en voz alta-. Es un chaval muy tonto, no voy a volver a contratarle para que me ayude.
    – No vas a tener la oportunidad -murmuró Jane-. ¡Cómo te atreves!
    – Puedes marcharte si quieres.
    – Ni hablar.
    – Bueno, ya estamos todos listos -anunció Dan Walters.
    La noche anterior, cuando Jane vio el espectáculo de Gil, se había quedado encantada, pero esta vez la experiencia fue diferente, corrió de aquí a allí mientras él le ladraba órdenes. Gil no estaba siendo desagradable a propósito, simplemente era un artista. Probablemente, pensó Jane, Miguel Angel también había sido algo brusco mientras pintaba la Capilla Sixtina.
    – Sujeta esto -gritó Gil-. Ahora, ve atrás y dale a ese interruptor cuando yo te diga. Maldita sea, necesito más cohetes. Hay una caja encima de la cama, tráela.
    – ¿Qué?
    – Que la traigas, y date prisa.
    – Sí, señor.
    Jane corrió a la furgoneta, encontró la caja y volvió con ella corriendo como si su vida dependiera de eso. Durante un segundo, se preguntó qué demonios estaba haciendo. Lo único que sabía era que nunca en la vida lo había pasado mejor.
    El final fue un montón de cohetes, Jane se tapó los oídos. Bajo la luz parpadeante, Gil le dedicó una sonrisa mientras apretaba interruptores aquí y allá haciendo que el cielo estallara en un ruido ensordecedor.
    De repente, silencio. El último cohete se había apagado. Los espectadores se frotaron los ojos. Hubo aplausos y murmullos, pero Jane sintió menos respuesta que en el público de la noche anterior. Aquellas personas eran demasiado superficiales para disfrutar realmente.
    Oyó decir al señor Walters
    – Le dije que quería lo mejor y lo he conseguido. Siempre consigo que lo que pago lo valga.
    Jane sintió que Gil desperdiciase su talento trabajando para alguien tan vulgar. ¿Acaso esa gente no se daba cuenta de que…?
    – Eh, vamos -le dijo Gil-. Es hora de recoger.
    Jane le ayudó a recoger el equipo y a meterlo en la furgoneta. Mientras él buscaba cohetes sin estallar, ella colocó las cajas. Por fin, Gil regresó. En ese momento, una mujer muy corpulenta se acercó.
    – Me han dicho que les traiga esto -dijo la mujer entregándoles una bolsa de papel.
    Dentro de la bolsa había salchichas en hojaldre, bocadillos y unos pasteles, los restos de la fiesta.
    – No es mucho para dos, pero él me ha dicho que sólo esperaba que viniera una persona.
    – Y el señor Walters es un hombre que no da un céntimo más de lo que se ha acordado -concluyó Gil seriamente.
    – Así es. Si yo fuera ustedes, me lo comería todo antes de que venga a por los restos -la mujer se marchó cabizbaja.
    – Bueno, ya has oído, a comer -dijo Gil.
    En la caravana, pusieron la comida encima de la mesa.
    – Vaya una cena gratis -comentó Jane-. No puedo quitarte la comida, no hay casi ni para uno.
    – No digas tonterías. Siempre comparto lo que tengo con mis ayudantes.
    – Bueno, ¿cuándo vas a pagarme?
    – ¿Pagarte? ¡Qué impertinencia! Te dejo dormir debajo de la caravana y te doy las migajas que deja el perro, ¿no?
    Los dos se echaron a reír.
    – Deja que prepare un té -dijo ella.
    – Siéntate, soy muy particular con mi té. Empieza a repartir la comida en dos partes, pero no olvides que los pasteles de limón son míos. Puedes quedarte con el bocadillo de jamón.
    Mientras cenaba, Jane comentó:
    – ¿No tiene que pagarte?
    Gil sonrió maliciosamente.
    – Hice que me pagara en dinero antes de empezar. Puede que Walters no tontee con el dinero, pero yo tampoco. Ya he conocido a algunos como él.
    – ¡Quieres decir que no te pagan?
    – Si pueden evitarlo, pero ya no lo permito -respondió Gil con expresión reflexiva.
    Se oyó un golpe en la puerta y Dan Walters apareció.
    – ¡Aquí está! -exclamó en tono triunfal señalando a Jane-. Vamos, quítatelo.
    – El mono de trabajo de Jerry, devuélvalo. Creía que se me había olvidado, ¿eh?
    – Señor Walters, le aseguro que se me había olvidado que aún llevaba puesto el mono de su hijo y…
    – Claro que se le había olvidado, muy conveniente. Pero es nuevo y ha costado bastante dinero. Conozco a los de su clase. Un día aquí, mañana en otro lado.
    Gil se tapó el rostro con las manos.
    – Si tiene la amabilidad de marcharse, me quitaré el mono y me pondré mi ropa -declaró Jane con voz gélida.
    Gil enderezó los hombros, salió de la caravana y cerró la puerta.
    Cuando se hubo cambiado, se sentía más normal. Devolvió el mono al señor Walters, que comentó:
    – Será mejor que se vayan ya, están tapando la entrada al garaje -y se marchó sin una palabra más.
    Gil entró de nuevo y la miró fijamente.
    – Vuelves a parecer la directora de un banco.
    – Sí, eso me temo.
    – En fin, supongo que es aquí donde nos despedimos.
    – ¿Es que no vas a venir mañana al banco? -preguntó ella, apesadumbrada.
    – No tiene sentido. Puedo canjear el cheque en cualquier parte, y estoy seguro de que no quieres que siga molestándote con lo del crédito.
    – ¿Y si quisiera?
    – Tengo trabajo todo el verano, no quiero que creas que me estoy muriendo de hambre. Sólo necesitaba el crédito para mejorar el espectáculo.
    – Con un ordenador.
    – Y altavoces para acompañar los fuegos artificiales con la música adecuada. ¡Te imaginas el efecto!
    Jane acababa de llegar a una encrucijada. Podía dejar que el mago se marchase en una dirección y ella hacerlo en la opuesta, y no volvería a verlo jamás. O…
    Agarró el bolso, metió la mano en él y se sentó a la mesa.
    – ¿Qué estás haciendo? -le preguntó Gil.
    – Darte un préstamo. Es lo que querías, ¿no?
    – Si, pero… -Gil se quedó mirando el papel que ella le había dado-. Jane, este cheque es tuyo. No puedes…
    – Sí que puedo. Gil, no es posible que el banco te dé un crédito, pero yo sí puedo prestarte el dinero.
    – Y yo no puedo permitir que lo hagas, es demasiado arriesgado.
    – Según lo que dijiste ayer, es negocio seguro.
    – Ayer estaba hablando con la directora de un banco. Ahora…
    – ¿Sí?
    De repente, Jane se quedó sin respiración, llena de esperanza.
    – Ahora eres una amiga. No puedo aceptar dinero de una amiga.
    Pero Jane tuvo un momento de inspiración. Volvió a meter la mano en el bolso, sacó sus impresionantes gafas y se las puso.
    – ¿Mejor así? -preguntó ella.
    Gil lanzó una temblorosa carcajada.
    – Bendita seas por la fe que tienes en mí -dijo él-. No puedes imaginar lo que significa tener una oportunidad real de que mi sueño…
    – Nada de sentimentalismos, vas a pagar intereses -dijo Jane con firmeza.
    – Por supuesto, señorita Landers.
    – Mañana te enviaré los papeles. ¿Dónde vas a estar?
    – Tengo que ir a comprar algunas cosas por la mañana, pero estaré de vuelta en Wellhampton al mediodía. En el mismo sitio de antes -Gil se la quedó mirando un momento-. Jane… perdón, señorita Landers, ¿le importaría quitarse esas gafas? Hay cosas que no puedo hacer con una directora de un banco.
    – ¿Qué? -preguntó ella mientras se las quitaba.
    – Esto -contestó Gil al tiempo que la estrechaba en sus brazos.
    Jane lo había esperado, pero, a pesar de ello, la tomó por sorpresa. No fue como la noche anterior, en una situación inhibida. No había nada que pudiera inhibirle en ese momento. Fue un beso que sacudió la tierra a sus pies, que le habló de deseo y pasión por una mujer. Aquél era un Gil acostumbrado a dar órdenes, obligándola en silencio a responder. Jane se regocijó en el placer que le produjo.
    Nunca antes había experimentado lo que era la pasión ni sabía nada sobre ese loco deseo por un hombre que la encantaba y la hipnotizaba. Se creía una persona tranquila y paciente, una mujer que se dejaba guiar por la razón, no por el corazón. Pero sus sentidos no reconocieron esa regla, perdieron el control con cada caricia de las manos y los labios de Gil, pidiendo más, exigiendo más.
    ¿Cómo podía mostrarse paciente cuando su cuerpo entero quería devorarlo? Le dio casi miedo descubrir a esa desconocida.
    Jane lo miró a los ojos y se dio cuenta de que la pasión de él había escalado tan rápidamente como la suya.
    – Gil… -susurró ella.
    La voz de Jane pareció recordarle el mundo real. Poco a poco, fue soltándola y ella descubrió que volvía a respirar.
    – Creo que… creo que… -dijo Gil con voz quebrantada.
    – ¿Qué? -murmuró ella.
    – Creo que será mejor que vuelvas a ponerte las gafas, los dos estaremos más seguros.
    Con desgana, Jane se apartó, a pesar de las protestas de su corazón. No quería comportarse con sentido común, sino volar hacia las estrellas. Al mismo tiempo, sabía que no estaba preparada para dar el siguiente paso. Y Gil, el loco, había sido más prudente que ella.
    – Oh, Dios mío -Jane susurró.
    – Lo sé, cielo. Pero hay cosas que no podemos hacer aquí, delante del garaje de Walters.
    Eso la devolvió a la tierra.
    – No -Jane lanzó una temblorosa carcajada.
    – Cuando el mundo sea nuestro, en algún lugar solitario junto a un río…
    – No, por favor, no sigas. Es demasiado hermoso -rogó ella.
    Gil la acompañó hasta el coche. Para entonces, Jane había recuperado algo la compostura. Antes de meterse en su coche, dijo:
    – Gil, prométeme una cosa.
    – Lo que quieras.
    – Abre una cuenta en cualquier otro banco, no lleves el cheque que te he dado a Kells Jamás podría volver a mirar a la cara a mis compañeros.
    Gil se echó a reír y la dio un beso.
    – Te lo prometo.
    Durante el trayecto a casa, Jane pensó en su abuela, la matriarca que, con su esposo, había sido el centro de la familia durante décadas. ¿Qué diría de su nieta preferida si se enterase de lo que estaba haciendo?
    No, Sarah, con sus ideas sobre la responsabilidad, jamás lo entendería.
    Por fin, Jane llegó al edificio donde estaba su apartamento y subió en el ascensor hasta el tercer piso. Tan pronto como salió al descansillo, se dio cuenta de que algo pasaba. A través de la rendija de la puerta, vio luz en su casa, pero estaba segura de que había dejado todas las luces apagadas al salir.
    Introdujo la llave en la cerradura muy despacio.
    – Vaya, por fin estás aquí.
    – ¡Sarah!
    Su abuela se levantó del sofá y fue a recibirla con los brazos abiertos.
    – Perdona por venir a tu piso así, sin avisar, querida, pero no sabía cuándo ibas a venir. Tu vecina tenía una llave tuya y me ha dejado entrar.
    – Está bien, no te preocupes. Ya sabes que siempre eres bien recibida aquí, aunque me habría gustado saber que ibas a venir. Podría haber preparado cena.
    – Nada, no te preocupes. Lo único que te pido es un techo y una cama.
    Jane reprimió una sonrisa por el tono teatral de su abuela. Esperaba que Sarah no se hubiera enterado de la fiesta sorpresa.
    Fue entonces cuando vio las maletas y, de repente, se alarmó.
    – Sarah, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué ha ocurrido?
    La diminuta mujer enderezó los hombros y alzó la barbilla.
    – He dejado a tu abuelo.

Capítulo 4

    – ¿Que qué?
    – Que le he dejado, llevo años diciendo que lo haría y ahora lo he hecho.
    – Pero…, no puedes dejarle.
    – ¿Por qué no?
    – Pues porque… porque, para empezar, tienes más de setenta años. Además, llevas casada con el cincuenta.
    – Eso no tienes que decírmelo, lo sé muy bien. Llevo cincuenta años oyendo a ese idiota contar los mismos chistes una y otra vez. No comprendo cómo he podido aguantar tanto tiempo.
    – ¿Qué es lo que ha pasado para que así, de repente, hayas decidido dejarle?
    – Anoche tuvimos invitados y volvió a contar la anécdota del conejo, y de repente me di cuenta de que, si volvía a oírla una vez más, acabaría en el manicomio. Así que hoy he hecho las maletas y me he marchado de casa, que es lo que debería haber hecho hace años. Aún puedo vivir mi vida como quiera.
    Jane se tranquilizó un poco. Al menos, no parecían haber peleado.
    – Vamos a cenar algo -dijo ella-. Mientras la comida se hace, te prepararé la habitación y así hablamos.
    – No te importa que me haya presentado así en tu casa, ¿verdad? -preguntó Sarah.
    – Sabes que, por mi, te puedes quedar toda la vida. Lo que pasa es que casi no puedo creerlo. ¿Sabe Andrew que estás aquí?
    – No es asunto suyo dónde estoy -declaró su abuela con rebeldía-. Y no vayas a llamarlo. Me he escapado y no quiero que nadie me estropee la fiesta.
    – ¿Que te has escapado? -Jane no salía de su asombro-. No hablas en serio, ¿verdad?
    – Sí, hablo muy en serio. He dicho que me he escapado y me he escapado. Vive con el mismo hombre durante cincuenta años y luego me dices si no te parece una sentencia a cadena perpetua.
    – Pero tú quieres a Andrew, ¿no?
    – Yo no he dicho que no lo quiera -explicó con paciencia-, lo que pasa es que no soporto verlo.
    Jane abrió la boca y volvió a cerrarla. Era demasiado. Se sentía como si el mundo entero hubiera dado la vuelta.
    Mientras comían algo ligero, Jane trató de averiguar algo más sobre la situación.
    – ¿Qué ha dicho Andrew cuando te has marchado?
    – Nada porque no estaba en casa. Le he dejado una nota.
    – ¿Y le has dicho adónde ibas en la nota?
    – No. Y tú no vas a llamarlo.
    – Pero Sarah…
    – Deja que se caliente el cerebro -había un brillo peleón en los ojos de Sarah.
    – No pareces la misma -comentó Jane, intranquila.
    – Quieres decir que no parezco la que creías que era -respondió Sarah inmediatamente-, que es muy distinto.
    – Sí, supongo que es eso.
    Con gran alivio para Jane, Sarah se marchó a la cama temprano tras declarar que había tenido un día agotador…
    – Pero muy divertido, querida.
    – ¿Divertido? -repitió Jane con el corazón encogido-. ¿Por darle un susto de muerte al pobre Andrew?
    – ¡De pobre Andrew nada! No le vendrá mal a ese idiota una sorpresa.
    Cuando Sarah estaba durmiendo, Jane recibió la primer llamada. Era el hermano mayor de Jane, George.
    – Sarah ha desaparecido -dijo preocupado.
    – Está bien, está conmigo -Jane le puso al corriente rápidamente.
    – ¿Y no has llamado a Andrew? -le preguntó George, escandalizado.
    – Me ha dicho que no lo haga.
    – Jane, tienes que darte cuenta de que Sarah no está precisamente en su sano juicio.
    Jane había pensado lo mismo, pero oírlo decir la disgustó.
    – George, si estás sugiriendo que Sarah está senil sólo porque se ha cansado de oír la historia del conejo, no me queda más remedio que decirte que el que no está en su sano juicio eres tú.
    George decidió ignorar el comentario.
    – Voy a llamarlo.
    – Hazlo, pero dile que no venga aquí. Sarah necesita tiempo para ella.
    Jane colgó mientras se preguntaba por qué nunca había notado lo pedante que era su hermano George.
    Pronto descubrió que ir corriendo a ver a su esposa era lo último en lo que Andrew estaba pensando. Llamó diez minutos más tarde para preguntar:
    – ¿Cómo está?
    – Está perfectamente bien.
    – Estupendo -y colgó.
    Jane esperó. Tras un minuto exacto, el teléfono volvió a sonar.
    – No me hablo con ella -declaró Andrew sin preámbulos.
    – Estupendo, porque ella tampoco te habla -dijo Jane, exasperada.
    – Pues bien, no me hablo con ella y puedes decírselo de mi parte.
    – No le puedo decir nada porque está dormida.
    – ¡Dormida! ¿Cómo puede dormir cuando nuestro matrimonio acaba de derrumbarse? Siempre he dicho que esa mujer no tenía corazón.
    – Cuando se despierte, ¿quieres que le dé el mensaje?
    – Sí. Dije que no me hablo con ella.
    La línea se cortó.
    Dudando de si echarse a reír o a llorar, o de golpearse la cabeza contra la pared, Jane se quedó mirando el teléfono con indignación. Al momento, volvió a sonar. Era su hermana Kate.
    – George me ha dicho que…
    Después de aquella llamada, el teléfono no dejó de sonar. La noticia de que Sarah se había ido a casa de Jane había corrido por toda la familia, y todos llamaron para expresar su horror y ofrecer consejos. Con diferentes palabras, todos dijeron lo mismo: su mundo ordenado se había derrumbado, dejándolos atónitos y escandalizados.
    Eran casi las dos de la mañana cuando Jane, por fin, se acostó. Aunque cansada, permaneció despierta mucho tiempo y deseó poder hablar con Gil. Estaba segura de que un espíritu libre ofrecería un punto de vista diferente sobre la situación.
    Se despertó más tarde que de costumbre y encontró a Sarah, muy bien arreglada, dejando una taza de té encima de la mesilla de noche. De la cocina salía un olor delicioso.
    – Anoche llamó Andrew.
    – No me hablo con él -dijo Sarah al instante.
    – No te preocupes, él tampoco se habla contigo -Jane se preguntó si no estaría en un jardín de infancia sin saberlo.
    Mientras desayunaban, Sarah dijo:
    – Hoy me voy a Londres, necesito ropa nueva.
    – Londres es una ciudad que cansa mucho -objetó Jane-. ¿No seria mejor que…?
    – No, no sería mejor -interrumpió Sarah con firmeza-. Tengo setenta años, no ciento setenta.

    – Pero hay unas tiendas muy buenas en Wellhampton.
    – Jane, querida, llevo cincuenta años con una astilla clavada en la carne, no me digas que me la he sacado para meterme otra.
    – ¿Una astilla en la carne? -repitió Jane muy ofendida-. ¿Yo?
    – Si no tienes cuidado, te vas a hacer muy seria demasiado joven.
    Un comentario que se parecía mucho a lo que Gil le había dicho.
    – La seriedad es algo propio de nuestra familia -le recordó a Sarah con gesto defensivo-. ¿Y de quién es la culpa?
    – De tu abuelo, no intentes echármela a mí.
    Jane se quedó sin habla.
    Llevó a su abuela a la estación de ferrocarril.
    – Volveré a casa a tiempo para preparar una buena y sólida cena -le prometió su abuela.
    Y desapareció antes de que Jane tuviera tiempo de explicarle que no tomaba cenas sólidas.
    A media mañana, llamó a Andrew a su cómodo bungalow junto al río donde él y Sarah habían vivido durante los últimos diez años. Su abuelo parecía animado y contento.
    – Acabo de comprarme un barco -anunció su abuelo-. Una pequeña lancha, siempre he querido tener una.
    – No lo sabía.
    – Hay muchas cosas que siempre he querido tener y, ahora que estoy libre, voy a tenerlas.
    – ¿No te parece que un barco es demasiado ejercicio para ti?
    Andrew se echó a reír.
    – No me voy a lanzar a un viaje en vela. Lo quiero para recibir visitas de mujeres jóvenes.
    Jane respiró profundamente. La situación era peor de lo que había imaginado.
    – No sé qué va a decir Sarah de eso -dijo Jane, tratando de hacer una broma.
    – No tiene nada que decir, ha sido ella quien ha puesto fin a nuestro matrimonio, no yo. Y lo mejor que ha hecho en su vida. Ahora voy a empezar a disfrutar de verdad. Vino, mujeres, música y nadie que me diga: «no hagas eso, te sienta mal». Dile que me las estoy arreglando estupendamente sin ella. ¿Está bien?
    – Sí, está bien. También ella quiere pasárselo bien.
    – No me interesa. Y no pronuncies su nombre delante de mí.
    – De acuerdo, no lo haré.
    – Ya verás que pronto viene corriendo a casa, apuesto a que está sentada al lado del teléfono esperando a que la llame,
    – No, se ha ido a Londres a comprarse ropa.
    – Te lo he dicho, no me interesa lo que haga. Si es todo lo que tienes que decirme, voy a colgar. Estoy esperando la visita de una amiga.
    – ¡Dios mío, dame paciencia! -murmuró Jane, mientras colgaba el auricular.
    Tenía miedo de que Gil no estuviera cuando aquella tarde fue a buscarlo. Pero, con alivio, vio su caravana bajo los árboles.
    Tan pronto como llamó a la puerta, Gil sacó la mano, la agarró y la metió dentro. Al instante siguiente, Jane se encontró en sus brazos.
    – Tenía miedo de que no vinieras -murmuró él junto a sus labios.
    – Y yo tenía miedo de que no estuvieras aquí.
    Con la respiración entrecortada, Gil la soltó.
    – Mira, he pasado parte de la tarde arreglándolo todo -anunció él, señalando la mesa.
    Jane lanzó un gemido de placer al ver la elegante mesa que Gil había preparado para dos.
    – Oh, Gil, lo siento, pero no puedo.
    – Claro que puedes.
    – No en serio. Mi abuela me está esperando para cenar, ha preparado una cena especial. Verás, anoche, cuando llegué a casa, ella estaba allí. Ha dejado a mi abuelo y toda la familia anda loca porque habían estado preparando una fiesta sorpresa para celebrar sus bodas de oro. Se ha ido a Londres a comprar ropa nueva y mi abuelo se ha comprado un barco para recibir en él a mujeres jóvenes.
    – ¡Eh espera un momento! Tranquilízate. No entiendo nada.
    – Ni yo tampoco -dijo ella, enfadada-. Se están comportando como dos niños. Mi abuelo dice que no se habla con ella y ella dice que no se habla con él. Los dos tienen más de setenta años y lo único que dicen es: «jQué asco! Qué horror!»
    Gil sonrió maliciosamente.
    – Si llevan juntos tantos años, deben estar ya listos para decir: «¡Qué asco! ¡Qué horror!» -observó él-Probablemente se han dicho todo lo demás docenas de veces.
    – No docenas de veces, miles de veces. Sarah dice que si vuelve a oír la anécdota preferida de mi abuelo acabará en un manicomio.
    – Me parece lógico.
    – Es un encanto. Me temo que tengo que darle prioridad en estos momentos.
    – ¿Quieres decir que no vamos a estar juntos esta noche? -preguntó él, desilusionado.
    Jane estaba a punto de decirle que no cuando, de repente, se le ocurrió una idea brillante. Si Sarah conocía a Gil, inmediatamente le produciría una mala impresión y ello la haría volver en sí.
    – No, creo que deberías venir conmigo a cenar a casa. Sarah siempre cocina para un regimiento.
    – Me pilla un poco de sorpresa -Gil sonrió burlonamente y a Jane le dio un vuelco el corazón-. No querrás utilizarme para algo, ¿verdad?
    – Claro que no. Es sólo que… -Jane vaciló, no sabía cómo decirlo con palabras.
    – Es sólo que, al verme, se horrorizará y se dará cuenta de que no está pisando tierra firme, ¿no?
    – Bueno, no es exactamente… eso.
    – Cielo, podría divertirme mucho dejándote explicar qué es exactamente -dijo él con una ronca carcajada-, pero no es necesario. Además, no me importa que me utilices como una terrible muestra del problema en el que podría estarse metiendo. ¿Estoy vestido suficientemente horrible para tu abuela?
    – Es pena que te hayas afeitado -declaró Jane mientras le examinaba con ojos críticos.
    – Lo había hecho por ti -se quejó Gil-. No hay forma de complacer a una mujer. ¿Cómo quieres que me comporte, como un borracho sin modales?
    – No, claro que no. Sé tú mismo.
    – ¿Le asustaré lo suficiente siendo yo mismo? Sí, no me cabe duda. Lo comprendo perfectamente.
    – Me rindo -dijo Jane.
    – En ese caso, ¿nos vamos ya?
    Gil tomó la botella de vino que había encima de la mesa y salieron de la caravana. Jane llamó por teléfono desde una cabina para decirle a su abuela que iban de camino.
    – ¿Cómo ha reaccionado? -le preguntó Gil cuando Jane colgó.
    – Terriblemente animada. No me atrevo a llegar a casa, no sé qué sorpresa me tendrá preparada ahora.
    – Hablas como si no estuvieras de acuerdo con ella -le dijo Gil-. Es mayorcita para saber lo que quiere.
    – Eso es lo que ella dice -respondió Jane.
    – La cuestión es que no debería necesitar decirlo.
    A medio camino de la casa. Gil se bajó del coche para comprar unas flores.
    – Para mi anfitriona -le dijo a Jane.
    – Zalamero -le acusó ella.
    – Por supuesto, es mi primera regla para la supervivencia. Cuando te enfrentes a las fuerzas de la naturaleza, arrástrate. Además, ofrecer flores a tu anfitriona es lo que se debe hacer.
    – Lo sé. Pero si haces lo que se debe hacer, vas a estropearme el plan de asustarla.
    – En absoluto. Le diré que se las he robado al vecino.
    – ¿Es que nunca hablas en serio? -le preguntó ella exasperada.
    – No lo sé. Siglos atrás, conocía miles de razones para ser serio, pero ya no me acuerdo.
    – Estupendo, estamos progresando.
    Mientras subían en el ascensor, Jane examinó el aspecto de Gil. Iba vestido como el día que lo conoció, con pantalones de cuero negro y una camiseta negra sin mangas ceñida al cuerpo.
    – ¿Estoy bien? -preguntó Gil, interpretando correctamente la mirada de Jane.
    Jane tembló de placer tras la indirecta.
    – Estás demasiado bien peinado.
    Al instante, Gil se revolvió el cabello con los dedos. Desgraciadamente, el nuevo peinado le hacía aún más atractivo. Pero a Sarah no le gustaría, pensó Jane con alivio.
    Con cierto esfuerzo, abrió la puerta del apartamento. Inmediatamente, un maravilloso olor salió de la cocina.
    – ¡Salchichas con puré de patatas! ¡Maravilloso! -exclamó Gil.
    – No te hagas ilusiones, Sarah prepara siempre cocina francesa por lo menos. Las salchichas con puré de patatas no están a su altura.
    – Es una verdadera pena.
    – Aquí estamos -anunció Jane en voz alta.
    Una desconocida salió de la cocina. Jane estaba a punto de preguntarle quién era y qué estaba haciendo allí cuando tragó saliva y se dio cuenta de que era su abuela.
    El cabello cano de Sarah se había transformado en un pelo color miel con un corte exquisito. En vez de sus ropas sencillas y formales, Sarah llevaba un elegante vestido azul marino y blanco, bien conjuntado con unos discretos pendientes de plata.
    – ¡Sarah! -exclamó Jane-. Al principio, no te conocía.
    – Oh, querida, gracias por el piropo. ¿En serio te gusta?
    Dio una vuelta completa para enseñar el vestido desde todos los ángulos. Por extraño que pareciese, Sarah había conseguido perder muchos kilos en un sólo día. También llevaba un maquillaje profesional. Y una nueva elegancia que no la hacía parecer la abuela que Jane había conocido toda su vida. Mientras Jane se preguntaba qué iba a decir, Gil resolvió el problema con un prolongado y ferviente silbido.
    Sarah se volvió a él con expresión radiante.
    – Tú debes ser Gil. Me alegro de que Jane te haya traído para que me conozcas.
    – Yo también me alegro -dijo Gil, mirándola con apreciación.
    Para asombro de Jane, Gil hizo una reverencia a Sarah y le entregó el ramo de flores.
    – Para usted.
    – Oh, qué detalle. No te puedes imaginar el tiempo que hace que un hombre no me regala flores.
    Sarah se marchó a ponerlas en agua y Jane murmuró a Gil:
    – ¿Qué demonios estás haciendo? Así no vas a escandalizarla.
    – Creía que mi aspecto físico seria suficiente.
    – Creo que ni siquiera lo ha notado.
    – Vamos, sentaos a la mesa -dijo Sarah desde la cocina-. Estoy muerta de hambre y no me cabe duda de que vosotros también lo estáis.
    – Le he dicho a Gil que siempre preparas comida de chef -dijo Jane.
    – Lo siento, pero hoy no he tenido tiempo para eso -contestó Sarah-. Os tendréis que conformar con salchichas y puré de patatas. Siempre ha sido mi comida preferida, pero a tu abuelo no le gusta y por eso nunca lo comíamos.
    – A mí me encanta -declaró Gil.
    – Me alegro, porque hay un montón -Sarah volvió a la cocina.
    – Haz el favor de representar tu papel como es debido -se quejó Jane a Gil.
    – Lo siento, cielo, pero ni siquiera por ti voy a decir que no me gustan las salchichas con puré de patatas -contestó Gil enérgicamente.
    Jane fue a la cocina inmediatamente a ayudar a servir.
    – Abuela, ¿cómo has perdido tanto peso tan rápidamente? No estás haciendo aeróbic, ¿verdad?
    – Oh, deja de hablar como una vieja. Me he comprado una faja.
    – Jamás te habías molestado en eso… por Andrew.
    – A Andrew no le gustaba que me pusiera guapa, sino que me pusiera ropa sencilla y funcional. Le daría un ataque si me viera esto…
    Sarah se levantó el bajo del vestido para enseñar unas ligas de encaje.
    – Guau! ¡Vaya chica! -exclamó Gil desde la puerta. Ya estaba, pensó Jane, Gil había conseguido horrorizar a su abuela. Pero en vez de horrorizada, Sarah se ruborizó.
    – Gil, querido, ¿te importaría llevar estos platos a la mesa?
    Cuando Gil se marchó de la cocina con los platos, Jane hizo otro intento desesperado.
    – Te pido disculpas por la forma como Gil va vestido, no sabía que íbamos a venir aquí.
    – ¿Qué tiene de malo cómo va vestido? -preguntó Sarah.
    – Bueno, no es muy convencional, ¿no te parece?
    – Querida, cuando un hombre es tan encantador como él, puede ponerse lo que le venga en gana. Vamos, llévate la cesta del pan y vamos a cenar.
    La cena consistía en salchichas fritas y puré de patatas con crema y mantequilla. Estaba delicioso y el vino de Gil lo hacía perfecto.
    – ¿Cómo os habéis conocido? -preguntó Sarah, mientras Gil le servía el vino.
    – Fui al banco para pedir un préstamo -contestó Gil-. Por supuesto, Jane me lo negó.
    – ¿Por qué?
    – ¿Que por qué? -dijo Jane-. Fíjate en él.
    – Lo siento, pero no tengo tiempo para preocuparme por la ropa -declaró Gil, haciendo un esfuerzo por representar su papel-. La vida es demasiado corta.
    – Sí, desde luego que lo es -dijo Sarah con un suspiro.
    – Pero, a veces, la ropa es importante -declaró Jane.
    – No tanto como tú crees -dijo Sarah-. Aunque supongo que vivir en el banco te vuelve conservadora.
    – No vivo en el banco -observó Jane.
    Sarah le lanzó una mirada que la dejó desconcertada.
    – ¿No, querida? -después de silenciar a su nieta, Sarah se dirigió a Gil-. Me gustaría que me hablaras de ti. ¿Cómo te ganas la vida? Y te aseguro que me he dado cuenta de que no es aburrida.
    – Con fuegos artificiales -respondió él-. Voy de un sitio a otro montando espectáculos de fuegos artificiales.
    – ¡Qué maravilla!
    – Por supuesto, no es una vida muy normal -dijo Gil, consciente de la gélida mirada de Jane-. No tengo una casa como todo el mundo, vivo en una caravana.
    – ¿Que vives en una caravana? -preguntó Sarah, agrandando los ojos-. ¡Eso es extraordinario! Vives en un sitio diferente cada día, el horizonte siempre cambiante…, gente nueva…
    – Exacto. No soporto estar en el mismo sitio mucho tiempo.
    De nuevo, Sarah debería haber sacudido la cabeza y palabras como «inmaduro» deberían haber salido de sus labios. Pero parecía encantada con Gil.
    – Pues no me parece una vida sólida -dijo Jane-. Sin raíces, sin familia…
    – La mejor forma de vivir -declaró Gil alegremente-. La familia ata. Yo necesito libertad, espacios abiertos.
    – Y yo necesito responsabilidad -dijo Jane.
    – Jane, querida, no seas así. Estoy segura de que Gil tiene sentido de la responsabilidad.
    – No, no lo tengo -contestó él inmediatamente-. La vida debería ser diversión, eso es lo que yo pienso.
    – Y yo -anunció Sarah.
    Desconcertado, Gil vaciló, pero al cabo de unos segundos volvió a intentarlo.
    – La familia está muy bien, pero te confina. Siempre te dice lo que es bueno para ti o qué hacer y cómo hacerlo. No lo aguanto.
    – Yo tampoco -dijo Sarah con vehemencia-. Te lo digo en serio, eso no lo aguanta nadie. Bueno, supongo que no estás casado, ¿verdad?
    Gil guiñó un ojo.
    – No.
    – Estoy segura de que no faltan mujeres que te persigan -dijo Sarah.
    – Demasiadas -le aseguró Gil-. A mí me gusta así. Sarah se inclinó hacia él y dijo en tono de conspiración:
    – Pero Jane es la primera, ¿verdad? Gil se quedó pensativo.
    – En estos momentos, sí. Pero, como ya he dicho, ¿quién sabe lo que el mañana traerá?
    – Te va a traer una patada en la espinilla y antes de mañana -dijo Jane, indignada.
    Sarah y Gil se miraron y se echaron a reír.
    – Lo siento, querida -dijo Sarah, dándole una palmadita en la mano a su nieta-. No creerías que ibais a engañarme, ¿verdad?
    – Ella sí, yo no -contestó Gil con expresión de niño pequeño sorprendido en una travesura.
    – Jane es un encanto, pero demasiado inocente -le confió Sarah Gil.
    – Me gustaría que terminaseis ya -protestó Jane.
    – Me temo que no lo he hecho muy bien -admitió Gil.
    – Te has excedido -le informó Sarah-. Es evidente que no servirías para actor.
    – Pero es verdad que vivo en una caravana y que me dedico a los fuegos artificiales.
    – ¿Y qué tiene eso de malo?
    – Que no tengo seguridad ni nada. Sólo deudas; si no me cree, pregúnteselo a Jane.
    Sarah miró a su nieta con gran cariño.
    – No le preguntaría a mi niña nada. Ella sabe mucho de números, pero muy poco sobre las personas.
    – ¿Eso crees? -preguntó Jane.
    – Sí, hija. En vez de utilizar a Gil para asustarme, deberías haberme dicho lo guapo y lo encantador que es.
    Gil suspiró.
    – Por fin una mujer que me aprecia -dijo mirando traviesamente a Jane.
    Jane intentó poner una expresión seria, pero no lo consiguió. Los tres estallaron en carcajadas.
    – Sois imposibles -dijo Jane, dándose por vencida.
    – Los hombres más atractivos son imposibles -dijo Sarah-. Si hubiera conocido a Gil hace cuarenta años, habría dejado a tu abuelo por él sin pensarlo ni un segundo.
    – Y yo me habría asegurado de que lo hiciera -dijo él galantemente.
    Gil volvió a llenar los vasos y brindaron.
    – Y ahora, el postre -anunció Sarah-. Chocolate con trufas y crema.
    Durante el resto de la cena, Jane se relajó y disfrutó viendo a Gil y a Sarah coqueteando. Tomaron café y, cuando les apeteció más, Gil insistió en prepararlo él. Mientras estaba en la cocina, Sarah terminó el vino que tenía en el vaso y murmuró:
    – Es un hombre realmente misterioso.
    – ¿Misterioso?
    – Este vino es un reserva especial. Puede que parezca un rebelde, pero tiene un gusto muy sofisticado. Me gustaría saber cómo lo ha adquirido.
    Gil regresó antes de que Jane pudiera preguntar al respecto, y sirvió el café como un experto.
    – Bueno, es hora de que me vaya -dijo Gil por fin-. Señora Landers…
    – Sarah y, por favor, tutéame.
    – Está bien, Sarah, hacía años que no disfrutaba tanto una cena.
    – Vuelve cuando quieras -le dijo Sarah, y Jane se dio cuenta de que lo decía de verdad.
    – Voy a acompañar a Gil a la caravana -dijo Jane-, no tardaré en volver.
    Durante el trayecto, Gil no dejó de hablar de Sarah.
    – ¡Qué encanto! ¡Qué suerte tienes de tener una abuela así!
    – A ella también le has gustado -dijo Jane con una carcajada.
    – Siento no haber representado bien mi papel. No he estado muy convincente, ¿verdad?
    – Da igual, ha sido una cena estupenda.
    Por fin, llegaron a la caravana. Gil la miró con ojos brillantes.
    – Es hora de decir buenas noches.
    – Sí -Jane suspiró.
    – Y me marcho mañana muy temprano.
    – ¡Oh, no!
    – Volveré lo antes que pueda; lo más seguro, dentro de una semana.
    – O puede que no vuelvas nunca -dijo Jane con un súbito temor.
    Gil le puso los dedos debajo de la barbilla y la obligó a alzar el rostro.
    – Volveré -respondió con voz queda-. No voy a poder olvidarte.
    Gil acercó los labios a los de ella.
    – Por muy lejos que vaya, siempre volveré a ti, siempre.
    Jane no podía hablar, pero su respuesta la dieron sus labios. Estaba enamorándose de Gil, a pesar de que era una locura. Pero no podía evitarlo. Los besos de él la volvían loca, y la idea de separarse de él era insoportable. Cuando Gil profundizó el beso, ella se aferró a él con todas sus fuerzas.
    Por fin, con desgana, Gil se apartó de ella.
    – Será mejor que te vayas a casa ahora mismo, esto se está poniendo peligroso.
    – Me encanta el peligro -respondió Jane instintivamente.
    – Lo sé, cielo -dijo Gil acariciándole el rostro-, pero aún no estás acostumbrada. Ahora, que aún puedo, voy a salir del coche. Pero volveré pronto.
    Jane le vio alejarse hasta desaparecer en el interior de la caravana. Después, ella también se marchó triste por la separación.
    Entró en su casa sin hacer ruido por si su abuela estaba durmiendo, pero Sarah estaba sentada en la cama con expresión radiante.
    – Es un joven maravilloso -dijo tan pronto como Jane entró-. ¡Tan lleno de vida!
    – Es muy divertido -concedió Jane con precaución.
    – ¡Vamos, no seas tan estirada! Y no finjas que no estás enamorada de él porque lo estás, no podías quitarle los ojos de encima.
    – Sólo estaba preocupada por si te agotaba. No es la clase de hombre a la que estás acostumbrada.
    – ¡Para desgracia mía! -exclamó Sarah-. Hay algo regio en él.
    – ¿Regio?
    – Sí, regio. ¡Y qué cuerpo!
    – Creo que has bebido demasiado -dijo Jane severamente-. Te sentirás mejor por la mañana.
    – Deja de hablar como Andrew. En realidad, eres peor que Andrew, hablas como mis padres. Ellos sí que habrían echado a tu Gil de la casa a patadas.
    – No es mi Gil, y eres tú quien debería haberle echado.
    – Por nada de este mundo -declaró Sarah-. Hay muy pocos hombres como él.
    – Hablas como la señora Callam. Es tina viuda que ha tenido dos maridos. El primero, por lo que he oído, era un bastión de la comunidad; el segundo, se gastó casi todo el dinero que el primero le dejó. Sin embargo, el retrato que lleva consigo a todas partes es el del segundo.
    – Lo que demuestra lo que te digo.
    – ¿El qué? He perdido el hilo.
    – Sí, Gil le hace a una perder el hilo, ¿verdad?
    – Me voy a la cama -dijo Jane con firmeza.

Capítulo 5

    A Jane se le hizo interminable la semana que Gil estuvo ausente.
    Sarah fue asentándose en su nuevo hogar y disfrutaba la vida. Andrew llamaba por teléfono cada dos días para preguntar por su esposa.
    – Está bien -le decía Jane-. ¿No quieres hablar con ella?
    – ¿Para qué? Sé lo que está haciendo, derrochar el dinero. Acaban de enviarme el balance de la cuenta corriente.
    – Cuando te arruines, no podrá gastar más.
    – Puede que sea una desagradecida y una irresponsable, pero sé cuál es mi deber hacia mi esposa, aunque ella no sepa cuál es su deber respecto a mí. Dile que he metido mil libras más en la cuenta, aunque no dudo de que se las gastará en un abrir y cerrar de ojos
    – ¿Por qué no se lo dices tú?
    – Porque no quiero hablar con ella -Andrew colgó el teléfono.
    – Ya habéis salido de los números rojos, Andrew ha metido otras mil libras -le dijo Jane a Sarah.
    – ¡Estupendo! Ahora podré comprarme un abrigo nuevo.
    Sarah había llamado por teléfono a todos sus amigos y había recibido toda clase de invitaciones. El correo de Jane era menos interesante.
    – ¿Qué pasa, hija? -le preguntó Sarah una mañana mientras desayunaban.
    – Nada, es sobre mis vacaciones -contestó Jane-. Me han escrito de la oficina central para decirme que aún me quedan dos semanas de vacaciones del año pasado, pero si no las tomo antes de finales de junio, las perderé.
    – Pues tómate unas vacaciones inmediatamente.
    – No me queda casi tiempo, Ya he reservado otras dos semanas este año, pero estaba pensando en dejarlas pasar también.
    – No empieces a dejar de tomar tus vacaciones -le advirtió su abuela-, sé a lo que eso conduce. Tómate las cuatro semanas juntas y diviértete.
    – Soy nueva en este puesto, cuatro semanas es demasiado tiempo para estar fuera de la oficina.
    – ¡Cuántas veces he oído lo mismo! -exclamó Sarah-. No quiero verte acabar siendo víctima de esa trampa.
    Fue un mal día en el banco Jane consideró el trabajo que tenía y se preguntó si siquiera podría tomarse dos semanas de vacaciones. Volvió a casa a las ocho y el piso estaba vacío; en la mesa de la cocina, encontró una nota de su abuela:
    Si tu abuelo llamase, dile que he salido Con un jovencito.
    Jane no perdió el tiempo preguntándose quién sería el jovencito. Gil debía haber vuelto. El corazón le dio un vuelco, pero luego se le encogió. Podía haber vuelto, pero no estaba allí con ella, sino divirtiéndose con Sarah.
    Ligeramente enfadada, Jane decidió disfrutar los placeres de comer una tortilla en solitario acompañada de agua mineral. Después, escribió un informe para la oficina central, aunque no dejaba de pensar en los dos «locos» que habían salido juntos a divertirse.
    Era más de medianoche cuando volvieron.
    – ¿Aún levantada, cariño? -preguntó Sarah-. Deberías estar durmiendo.
    – Y tú -respondió Jane, indignada-. ¿Qué horas son éstas?
    – Las doce y media -dijo Gil inmediatamente-. ¿Qué hora te parece a ti que es, Sal?
    – Yo diría que son las doce y media.
    Los dos se echaron a reír y se estrecharon la mano. Jane los miró con desesperación. Era imposible hablar con sentido común a dos personas tan ensimismadas la una con la otra.
    – Lo he pasado maravillosamente bien -anunció Sarah-. Gil me ha enseñado su encantadora casa…
    – Y Sal me ha preparado la mejor cena de mi vida -dijo Gil.
    – ¿Y quién es Sal? Si puedo preguntarlo, por supuesto -dijo Jane mirando a Gil fríamente.
    – Yo, querida -dijo Sarah-. Hemos decidido que le sienta bien a mi nueva personalidad.
    – La chica más animada de la ciudad -declaró Gil con un brazo sobre los hombros de Sarah.
    – Debería daros vergüenza -dijo Jane, tratando de adoptar un tono severo.
    Pero Sarah parecía más feliz de lo que Jane la había visto nunca. Sus ojos brillaban y sujetaba un ramo de rosas rojas.
    – Mira lo que me ha comprado Gil. Voy a ir a ponerlas en agua.
    Sarah se alejó, dejando a Gil y a Jane mirándose.
    – ¿Me has echado de menos? -preguntó Gil.
    – No, en absoluto.
    – Pues es una pena, yo te he estado echando de menos todo el tiempo. De noche y de día. Sobre todo, por las noches -Gil suspiró profundamente-. Pero, si no es mutuo…
    – Gil, esto no es justo.
    – ¿Qué tiene que ver la justicia con esto?
    – Me niego a contestar. Estás tendiéndome una trampa.

    El no dijo nada, se limitó a sonreír mientras el corazón de Jane saltaba de un sitio a otro.
    Sarah volvió con las rosas en un jarrón. Cuando lo colocó, bostezó exageradamente.
    – Dios mío, qué cansada estoy. Creo que me voy a la cama ahora mismo. Buenas noches.
    Le dieron las buenas noches sin dejar de mirarse; en el momento en que Sarah desapareció, el uno se arrojó a los brazos del otro. El beso de Jane conllevaba toda la añoranza de una semana, y la presión de los labios de Gil la hizo saber que él sentía lo mismo. La magia estaba allí de nuevo, las paredes se desvanecieron y el cielo volvía a llenarse de luz y color. Su mago había regresado y volvía a haber magia en el mundo.
    Sin embargo, misteriosamente, mientras el hechizo seguía allí, los poderosos brazos que la estrechaban la hicieron sentirse totalmente a salvo, y eso no lo comprendía. Era como volver al lugar al que pertenecía, a su hogar, aunque no se parecía en nada a lo que había imaginado que sería.
    A pesar suyo, Jane apartó los labios de los de él.
    – Está bien, admito que te he echado de menos estos días.
    – ¿Mucho?
    – Sí, mucho.
    – Yo a ti también. Y va a ser peor, porque voy a estar fuera unas semanas. Tengo un montón de trabajo. Voy a ir hacia el norte y no me va a dar tiempo para volver entre espectáculo y espectáculo.
    Gil la abrazó con fuerza y añadió:
    – Jane, ven conmigo.
    – Pero… ¿cómo?
    – Tienes varias semanas de vacaciones, Sarah me lo ha dicho. Podríamos pasarlas juntos, los dos solos viajando y montando fuegos artificiales.
    – No digas eso, por favor, es demasiado maravilloso. No puedo dejar a Sarah sola.
    – Ha sido idea suya.
    – ¿Qué? Bueno, es cierto que me ha dicho que me vaya de vacaciones, pero estoy segura de que no quería decir que me convirtiera en una gitana durante un mes. ¿Estás seguro de que la has entendido bien?
    – No soy yo quien no la ha entendido, sino su familia durante años. Y puede que no me lo haya dicho pensando en ti, sino en ella misma. Puede que quiera divertirse sola.
    – ¿Pero qué va a hacer mientras yo estoy fuera?
    – Jane, cielo, eso no es asunto tuyo. Puede que tenga setenta años, pero también tiene buena salud. Deja de ser la representante de la familia y deja que se divierta.
    – Es que tengo la sensación de que debería hacer que volviera con Andrew.
    – Eso es decisión suya -dijo Gil con firmeza-. Quizá nunca vuelva con él, ¿se te ha ocurrido pensar en ello?
    – No, no, es imposible. A pesar de todo, quiere a Andrew.
    – ¿Sí? ¿Qué me dices del otro tipo?
    – ¿Qué otro tipo? -Jane se lo quedó mirando-. ¿Estás insinuando que Sarah ha sido infiel?
    – No lo sé. Puede que ocurriese antes de casarse pero sé que ha habido otro.
    – Gil, ¿qué es lo que te ha contado Sarah?
    – Directamente, no mucho. Me ha hablado de su correcto matrimonio, pero he notado que había algo más. No me ha dicho claramente que había estado enamorada de otro, pero estoy convencido de que así es. Quizá me equivoco, puede que me esté dejando llevar por la imaginación.
    Pero Jane ya no estaba segura de nada. Había empezado a darse cuenta de que no conocía a su abuela; quizá Gil, sin los prejuicios de la familia, veía las cosas con más claridad.
    – Bueno, será mejor que me vaya ya -dijo él-. Me marcho la semana que viene, haz lo posible por venir conmigo.
    – Seria maravilloso. Si pudiera…
    Gil la besó en los labios y se marchó.
    Jane entró a la habitación de su abuela y la encontró despierta.
    – No podía dormir, lo he pasado maravillosamente bien. ¡Tienes mucha suerte, hija! Gil es un hombre encantador, me ha tratado con la misma galantería como a una jovencita. ¿Cuántos hombres son tan atentos con una anciana y no se les ve aburridos?
    – Sí, es una persona encantadora -dijo Jane.
    – Aunque, por supuesto, no lo ha hecho sólo por mí, soy realista. Lo que quería era hablar de ti; pero, de todos modos, ha sido muy atento. ¡Y tan atractivo!
    Jane arqueó las cejas y su abuela se apresuró a añadir:
    – Hay cosas que incluso a una vieja como yo no le pasan desapercibidas.
    – ¿En serio? Cuenta, cuenta.
    – Ya sabes de qué estoy hablando. Si un hombre tiene gancho, siempre lo tendrá. Por supuesto, hay hombres que no lo tienen y jamás lo tendrán. Desgraciadamente, es con esos con los que una mujer suele acabar condenada a pasar el resto de la vida, pero… -Sarah tomó la mano de su nieta-. Oh, hija, no lo desprecies.
    – No sé, Sarah -dijo Jane despacio-. Estoy muy confusa desde que lo conozco.
    Jane miró a su abuela a los ojos.
    – Gil dice que estuviste enamorada de otro.
    – Sí, claro que lo ha notado. Me parece que Gil lo nota todo.
    – Entonces, ¿es verdad?
    – Sí, sí que lo es. Hubo un hombre antes de que me casara con Andrew. Era actor. Yo también quise ser actriz.
    – No lo sabía -dijo Jane.
    – Fue en los cuarenta -aclaró Sarah-, cuando la carrera de actriz no era suficientemente respetable para una mujer. Mis padres me dejaron entrar en una compañía de teatro amateur, en la creencia de que así se me pasaría pronto el capricho. Y entonces, lo conocí -los ojos de Sarah brillaron con el glorioso recuerdo-. Íbamos a escaparnos juntos y a hacernos actores profesionales. Pero luego…
    Sarah suspiró y volvió a la realidad.
    – Mis padres me obligaron a romper con él. Los padres podían hacer ese tipo de cosas en aquellos tiempos. Dijeron que no era el hombre «adecuado». El se marchó y jamás volví a tener noticias suyas. Por fin, me casé con Andrew. El trabajaba en un banco y era «adecuado».
    – Oh, Sarah… ¿Lo querías mucho?
    – Sí, mucho. Pero tuve que dejarlo y casarme con un sosaina.
    – No deberías llamar a Andrew sosaina.
    – Un sosaina -repitió Sarah firmemente-. Ha sido un buen marido, según sus valores. Ha trabajado mucho, ha sido fiel y, a su manera, es cariñoso. Pero jamás he olvidado al actor. Solía regalarme rosas rojas.
    – ¿Como Gil?
    – Exactamente. El sí que entiende que una mujer debería tener rosas rojas cuando es joven -Sarah le dio una palmada en la mano a su nieta-. Vete con Gil.
    – Si pudiera…
    – Claro que puedes. Tienes que creer que puedes. Mañana, cuando llegues al trabajo, diles que quieres tus cuatro semanas de vacaciones. Pásalas con Gil. No desaproveches esta oportunidad, no te pases el resto de la vida preguntándote lo que podría haber sido.
    Al día siguiente, tan pronto como llegó al trabajo, Jane llamó a la oficina central para reservar sus vacaciones. Habló con la secretaria de Henry Morgan, un hombre pedante y estirado que se había opuesto a que le concediesen a ella el puesto de directora. La posibilidad de que accediese a darle cuatro semanas consecutivas era remota, y la secretaria lo dejó muy claro cuando, con voz gélida, le dijo que lo llamaría con la respuesta.
    Después de una hora aún no la habían llamado, y Jane lo tomó como mala señal. El teléfono sonó.
    – ¿Sí? -dijo ella con voz tensa.
    – El señor Grant está aquí -le dijo a Jane su secretaria-. ¿Puede verte?
    – Si, dile que pase.
    Kenneth apareció sonriente.
    – No estoy citado, pero seré breve -dijo Kenneth-. Mi madre quiere que pases tus vacaciones con nosotros.
    – Es muy amable de su parte, pero…
    – Sabe cómo están las cosas entre los dos y espera que ultimemos los detalles cuanto antes.
    – Espera un momento, no sé de qué estás hablando -protestó Jane-. ¿Podrías decirme cómo están las cosas entre los dos?
    – Estoy hablando de nuestro matrimonio.
    – ¿De nuestro qué? Es la primera noticia que tengo de que vamos a casarnos.
    – Bueno, ya sé que no me he arrodillado para pedírtelo, pero…
    – Ni siquiera lo habías mencionado.
    – Creí que se daba por entendido. Estamos hechos el uno para el otro…
    – Kenneth, no voy a casarme contigo. Siento mucho que creyeras lo contrario.
    La sonrisa de Kenneth siguió ahí.
    – No es mi intención presionarte, no tomes ninguna decisión todavía. Pasa unos días en mi casa y cuando te des cuenta de lo bien que encajamos…
    – No puedo casarme contigo porque encaje en tu casa.
    – Creo que me he expresado mal…
    – Da igual, no te molestes. Me voy con… un amigo.
    Kenneth apretó los labios.
    – ¿Con un hombre?
    – Sí, claro que con un hombre -un súbito espíritu de rebeldía se apoderó de ella-. Se dedica a viajar por todo el país montando fuegos artificiales. Me voy con él a pasar un mes.
    Kenneth se la quedó mirando.
    – ¿Has perdido el juicio?
    – Sí, exactamente, lo he perdido. Eso es exactamente lo que he hecho, he perdido el juicio y estoy encantada.
    – Pero… esto no es propio de ti.
    De repente, Jane comprendió cómo se sentía Sarah.
    – Es lo mismo, Kenneth. No voy a casarme contigo.
    El la miró con expresión paternalista.
    – Adiós, querida. No hagas una tontería como pedir a la oficina central cuatro semanas seguidas de vacaciones, tu reputación jamás se recuperaría.
    Kenneth se marchó antes de que ella pudiera expresar su indignación.
    Recuperando la compostura, Jane llamó a su secretaria por el teléfono interno.
    – ¿Podrías traerme un café, por favor?
    – Ahora mismo -respondió su secretaria-. A propósito, han llamado de la oficina central y han dicho que no hay problema, que puedes tomarte cuatro semanas de vacaciones.
    Una semana más tarde, Jane estaba en el vestíbulo de su casa rodeada de bolsas de viaje lista para embarcarse en una verdadera aventura. Quizá sólo fuesen cuatro semanas viajando en una caravana, pero a ella le parecía el viaje de su vida.
    Gil apareció y bajó las bolsas. Jane, algo nerviosa, miró a su alrededor.
    – No te preocupes, no se te ha olvidado nada -le dijo Sarah, interpretando su expresión correctamente-. Vamos, vete y disfruta.
    Jane abrazó a su abuela, pero una voz desde la puerta interrumpió el momento.
    – Oh, menos mal que he llegado a tiempo.
    – ¡Kenneth! -exclamó Jane-. ¿Qué estás haciendo aquí?
    – He venido como amigo -dijo él en tono grave-. He venido porque estoy preocupado por ti. Buenos días, señora Landers.
    – Es un placer verte, Kenneth -dijo Sarah educadamente, pero con falsedad.
    – Por favor, permítame que le diga que siento mucho los recientes y desgraciados acontecimientos en su vida, espero que todo acabe bien.
    – ¡Desgraciados acontecimientos! ¿De qué estás hablando? -preguntó Sarah-. Lo estoy pasando de maravilla.
    Kenneth sonrió como si comprendiese perfectamente.
    – Tiene usted mucho valor. Me alegra saber que Jane cuenta con usted. De todos modos, me sorprende que no la haya disuadido de hacer este viaje, pero…
    – No sólo no la he disuadido, sino que la he animado a que lo hiciera -dijo Sarah con vehemencia-. Me gusta mucho Gil.
    – Bueno, por supuesto, si usted lo conoce y le parece bien…
    – Es un hombre excelente -declaró Sarah.
    Gil apareció en ese momento. Se dio cuenta de la escena y en sus ojos apareció un brillo burlón y travieso. Al momento, se apoyó en la puerta con aire de chulo.
    – Eh, Jane, ¿qué pasa? ¿Vienes o no, colega?
    Jane hizo un verdadero esfuerzo por no echarse a reír.
    – Kenneth, éste es Gil. Gil, te presento a Kenneth.
    Gil se examinó las manos ostensiblemente; después, se las limpió en los pantalones y luego extendió una para estrechar la de Kenneth, quien respondió con desgana.
    – ¿Ese carro que hay ahí abajo es suyo? -preguntó Gil-. Hablo del azul.
    – Tengo un Mercedes azul -confirmó Kenneth.
    – No está mal el cacharro. No es birlado, ¿verdad?
    – Si se refiere a si no es robado, la respuesta es no.
    – Le doy mil libras por él.
    Kenneth se volvió a Jane.
    – Creí que tenías mejor gusto -murmuró Kenneht-. Adiós, buenos días.
    La puerta se cerró tras él.
    – Gil, querido, no ha estado bien lo que has hecho -le reprochó Sarah con cariño.
    – Lo sé, pero no he podido resistirlo. Estaba claro que esperaba encontrarse lo peor, y cuando tú le has dicho que yo era un hombre encantador… no he podido evitarlo.
    – Bueno, marchaos ahora mismo de aquí -les ordenó Sarah.
    – Jane, ¿estás lista?
    – Sí -respondió ella-. Sarah, ¿en serio vas a estar bien?
    – Perfectamente cariño. Vamos, marchad ya.
    – Está bien, está bien. Ah, un momento, no te olvides de…
    – Gil, llévatela de aquí ahora mismo.
    Sonriendo, Gil agarró a Jane del brazo.
    – Eh, ¿qué es eso? -preguntó Gil al notarle un bulto en el bolsillo.
    – Mi teléfono móvil.
    – Déjalo en casa.
    – Es muy útil si…
    – Sí, muy útil para mantenerte en contacto con el banco. Déjalo. No necesitas hablar con nadie que quiera hablar contigo. Toma, Sal, atrápalo.
    Con gran indignación, Jane vio a Gil tirar el teléfono para que Sarah lo pillara al vuelo, y ella lo agarró.
    – Llévatela, Gil -repitió Sarah.
    Gil le echó un beso al vuelo también y sacó a Jane de la casa; después, cerró la puerta.
    – ¡Qué atrevimiento!
    – Sí, de acuerdo.
    – Gil, espera un momento, tengo que ver si he…
    – Olvídalo.
    Gil tiró de ella hacia el ascensor.
    – ¡Eh! -protestó Jane.
    – Si no tomo medidas drásticas, aún estaremos aquí esta noche.
    Tan pronto como entraron en el ascensor, Gil la estrechó en sus brazos.
    – Aquí no nos podemos besar bien, pero haremos lo que podamos -le murmuró él junto a los labios.
    – Sí, sí…
    Perdida en aquel placer, no notaron que habían llegado abajo y que las puertas se abrieron, ni oyeron un jadeó de reproche. Por fin, algo en el tenso silencio, se hizo notar.
    – Hola, Kenneth -dijo Gil en tono amistoso mientras salía del ascensor con Jane.
    Kenneth la sujetó por el brazo.
    – He venido aquí a hacerte entrar en razón, a decirte que aún no es demasiado tarde si…
    – No, es demasiado tarde desde hace mucho tiempo -le dijo ella-. Esto es lo que intentaba explicarte el otro día. Adiós, Kenneth. Olvídame y búscate a una mujer digna de ti.
    Aún en una nube de felicidad, dejó que Gil la llevase hasta el vehículo. Al cabo de unos minutos, estaban de camino.
    – Es extraño -dijo Jane-. Debería avergonzarme de mí misma, pero no lo estoy. Oh, esto va a ser maravilloso.
    – Cariño, tengo que confesarte algo -dijo Gil tímidamente.
    – ¿Qué?
    – Mira en la parte de atrás.
    Jane se volvió y se encontró con los ojos fijos en los de un perro de caza.
    – Se llama Perry -dijo Gil.
    – No me habías hablado de la ganadería.
    – No sabía cómo ibas a reaccionar. No eres alérgica a los perros, ¿verdad?
    – ¡Y ahora me lo preguntas! No, no soy alérgica a los perros, la verdad es que me gustan.
    – Perry tiene muy buen carácter -le aseguró Gil.
    Al examinar la cabeza marrón, cerca de la suya, Jane vio que los ojos de Perry eran inteligentes y cariñosos. Cuando extendió la mano con gesto vacilante; al momento, el perro le puso la cabeza encima.
    – No sabía que tenías un perro -dijo ella-. ¿Cómo es que no lo había visto antes?
    – Bueno… la verdad es que no es realmente mío, aunque… En fin, supongo que ahora sí es mío.
    – ¿Puedes explicarte un poco mejor?
    – No, me temo que no. Digamos que es mío.
    – ¿Y de dónde ha sacado ese nombre?
    – Es el diminutivo de Pendes.
    Jane lanzó una carcajada.
    – ¿Pericles? ¿Que le llamas a un perro Pendes?
    – He conseguido abreviarlo y dejarlo en Perry, pero el perro no está dispuesto a hacerme más concesiones.
    Una de las bolsas de Gil que habían dejado en el asiento trasero tenía bocadillos para el almuerzo, y Perry pronto mostró su interés en la bolsa. Jane trató de resolver el problema poniéndose la bolsa encima, pero sólo consiguió que la situación empeorase. Al final, sacó los bocadillos y se los dio a Perry; tras ese gesto, la paz volvió a reinar.

Capítulo 6

    El cielo estaba encapotado cuando comenzaron el viaje; pero al dejar Wellhampton atrás, salió el sol, iluminando el paisaje con una luz dorada. Era como una promesa de felicidad futura, pensó Jane contenta.
    – Hoy tenemos que hacer unos trescientos kilómetros -le dijo Gil-. Hay fiestas en una ciudad, duran tres días y tenemos que montar fuegos artificiales las tres noches para cerrar la fiesta. Hoy sólo vamos a reconocer el terreno y a planear el montaje. Luego te enseñaré las tablas donde lo planifico todo.
    – ¿Te refieres a lo que haces con el ordenador? A propósito, no me has dicho nada del ordenador.
    De repente, Gil pareció incómodo.
    – Bueno, la verdad es que…
    – ¿Qué?
    – Cuando fui a comprar los cohetes, en la tienda tenían nuevo material, lo último. Ya verás el tamaño de los cohetes y los colores, increíbles. Voy a ser el primero en utilizar este material nuevo y, con ellos, me pondré a la cabeza la gente en este negocio.»El ordenador me habría hecho más fácil organizarlo todo, pero no habría mejorado los fuegos propiamente dichos. Con estos nuevos cohetes, el espectáculo será mejor. La verdad es que no tenía alternativa. Jane, no te he engañado, en serio quería comprarme un ordenador; pero cuando terminé de comprar los nuevos cohetes ya no me quedaba dinero para nada más.
    – No te disculpes -dijo ella, riendo-; al fin y al cabo, querías dinero para mejorar el espectáculo. En qué lo gastas es cosa tuya. Además, como tú has dicho, si tienes que elegir, es más lógico que elijas cohetes mejores y mayores.
    – Eres un ángel. Lo que pasa es que…
    – ¿Qué?
    – Que con estos nuevos cohetes tengo que trabajar el doble que con los otros… tenemos que trabajar el doble. No sabes cuánto me alegro de que hayas decidido venir conmigo.
    – Ya. Quieres decir que nada de escenas románticas a la luz de la luna y nada de… «qué maravilla estar a solas contigo, cariño». ¿No es eso?
    – Claro que no -respondió él con expresión horrorizada-. Tú estás aquí porque eres útil, ¿es que no te lo había dicho?
    – No, se te había olvidado mencionar ese pequeño detalle.
    Se echaron a reír. Después, Jane guardó silencio y volvió la cabeza para contemplarlo.
    Quería hacer el amor con Gil, descubrir si era verdad lo que prometían sus besos. Y pronto. Aquel hombre era todo suyo; al menos, durante unos días.
    – Vamos a tener que pensar en comer algo pronto -dijo él.
    – ¿Tienes idea de dónde?
    – No.
    – Estupendo.
    Pararon en un pub de la carretera. Era una construcción con estructura de madera de roble y cestas de flores adornando la fachada. Perry salió de la camioneta y miró a su alrededor; rápidamente, Gil le puso el collar y la cadena.
    – Invito yo -anunció Jane.
    – De acuerdo. Mientras tú pides la comida, yo voy a llevar a Perry allí -dijo Gil señalando unos árboles-. Pídeme lo que tengan de menú del día y un zumo de naranja. Vamos, Perry.
    Jane entró en el pub y pidió pastel de carne y zumo de naranja para los dos. Cuando salió del pub con la comida, los dos volvían de los árboles. Gil iba delante y Perry, que era todo músculos, iba detrás y parecía negarse a avanzar. Gil se paraba de vez en cuando y regañaba a su compañero. Jane no pudo oír lo que decía, pero se daba cuenta de que las dos partes eran obstinadas. Perry movió la nariz; evidentemente, había olido la comida.
    Gil la vio mirándolos y se paró para con un gesto, mostrar su desesperación con el perro. Fue una equivocación. Perry aprovechó la ocasión para echarse a correr con todas sus fuerzas en la dirección que él quería y casi le arrancó el brazo a Gil.
    Fue Jane quien salvó la situación. De repente, inspirada corrió hacia ellos con los pasteles de carne, y la reacción de Perry fue la esperada: frenó volvió la cabeza hacia Jane, esta se dirigió a la caravana: cuando llegó, Perry le dio alcance, se tragó un pastel de carne entero y tuvieron que sujetarle para que no se comiera el plato de cartón.
    – ¿De quién era ese plato? -preguntó Gil, frotándose el hombro.
    – Mío -le aseguró ella-. Este es el tuyo… ¡Perry! Bueno, era el tuyo. Espera, voy a por más.
    – No, iré yo -dijo Gil-. Tú quédate con este perro del infierno.
    – Me habías dicho que tenía muy buen carácter.
    – Tiene muy buen carácter, y también tiene la fuerza de un buey, la mentalidad de un niño y ningún sentido de la responsabilidad -Gil le dio a Jane la correa del collar-. Toma, es todo tuyo. Me voy a por la comida.
    – Será mejor que pidas para tres -le sugirió ella.
    – Sí, tienes razón.
    – Pobrecito -le dijo Jane al perro cuando Gil se hubo alejado-. ¡Mira que llamarte perro del infierno! Sólo estabas siguiendo tus instintos, ¿verdad?
    El perro, lloroso, reposó la cabeza en las piernas de Jane y la miró con expresión de depositar su confianza en ella. Jane le rascó la cabeza hasta que Gil volvió con más comida.
    – Lo más seguro es que Perry tenga sed dijo Jane-. ¿Dónde tiene el cacharro del agua?
    – No tiene -contestó Gil.
    – ¿Cómo es que no…?
    – Sólo lleva conmigo unas horas. Con las prisas no he…
    – De acuerdo, voy a solucionarlo.
    Jane se marchó. El dueño del pub le dio el bol que tenía para el agua de su perro y ella lo llenó. Perry bebió hasta vaciar el bol. Después, comió lo que Gil le había llevado, les pidió a los dos más comida y, por fin, satisfecho, se tumbó a descansar.
    Cuando terminaron de comer, Jane volvió la cabeza a su alrededor, examinando el interior de la caravana. Estaba muy limpia, pero no sabía dónde iban a dormir casi no había espacio.
    – Por la noche, el tablero de la mesa se pega a la pared -dijo Gil a sus espaldas-. Así, los dos sofás se convierten en dos camas. No hay mucho espacio entre ellos, pero lo suficiente para entrar y salir. ¿Te parece bien?
    – Sí bien -dijo ella tratando de mostrar algo de entusiasmo.
    Sin embargo, Jane no había esperado las dos camas.
    – Creo que deberíamos ponernos en marcha ya -dijo Gil.
    – ¿Dónde está Perry?
    – Lo he dejado durmiendo ahí fuera.
    – Pues no está.
    Encontraron a Perry en el jardín posterior del pub, comiendo helado que unos niños le estaban dando. Cerca, un hombre de mediana edad le dijo a su esposa:
    – Pobre animal, el dueño no debe darle de comer.
    – Si, desde luego -dijo Gil-. Tres porciones de pastel de carne es demasiado poco. Ven aquí, animal desagradecido.
    A los pocos minutos, estaban de nuevo en la carretera. Perry roncaba sonoramente en la parte trasera. Su destino era Dellbrough, una ciudad del interior de Inglaterra rodeada de granjas agrícolas. Cuando llegaron al recinto donde se iban a celebrar las fiestas, descubrieron que ya habían montado muchas tiendas. Un hombre les condujo hacia la parte de atrás del recinto y les mostró un espacio abierto donde podían quedarse.
    – Me llamo Hastings -dijo cuando salieron del coche-. El ayuntamiento me ha enviado aquí para ayudarles en lo que necesiten. ¿Les parece bien este lugar para acampar? Hemos seguido las instrucciones que nos envió por correo.
    – Perfecto -contestó Gil mirando a su alrededor-. Apartado de los árboles y los edificios. ¿Han colocado los andamios como les dije?
    – Mañana vendrán unos chicos con los andamios. ¿Tenía un plan exacto?
    Gil sacó un papel lleno de líneas, puntos y cruces.
    – Verá, es así…
    Jane le puso a Perry el collar y los dos se marcharon a dar una vuelta. Encontraron una pequeña hilera de tiendas y allí Jane compró cuencos para la comida y el agua del perro, también unos botes de comida de perro, galletas y una pelota de goma; después, se fue a comprar algo de comer para ella y Gil. Se había dado cuenta de que en la caravana no había muchos alimentos, por lo que compró filetes, verduras para ensalada, vino, café, leche, más té, bacón y huevos.
    Volvió media hora más tarde y, al contrario de lo que había creído, Jack Hastings aún seguía allí enzarzado en una charla técnica. Jane observó con fascinación el cambio de Gil. Sabía que podía comportarse como un dictador mientras trabajaba, pero ahora se portaba de una manera distinta. Tenía autoridad y, aunque daba instrucciones con voz queda, parecía un hombre acostumbrado a que se obedecieran sus órdenes. Ofrecía un gran contraste con la apariencia desenfadada y despreocupada que ofrecía a la gente y a ella en particular. De nuevo, Jane pensó en lo misterioso que era.
    Cuando Jack Hastings se marchó por fin, Jane dijo:
    – Ahora, a cenar.
    – Todavía no -respondió Gil mirando sus papeles-. Antes quiero enseñarte unas cosas.
    Jane y Perry intercambiaron unas miradas y se acercaron el uno al otro.
    – Tenemos hambre -dijo ella con firmeza.
    Gil reconsideró sus fuerzas.
    – En ese caso, me rindo. Pero no tenemos casi nada de comida, tenemos que ir a comprar algo antes.
    – Hay un montón de comida. ¿Dónde crees que he estado este rato?
    El pareció sorprendido.
    – ¿Es que te habías ido?
    Jane apretó los dientes.
    – Ni siquiera ha notado que nos hemos ido -le informó a Perry-. ¿Qué te parece?
    Perro bostezó.
    – Estoy totalmente de acuerdo contigo -le dijo ella.
    – Lo siento -Gil se disculpó con una sonrisa maliciosa; después, la siguió a la caravana-, ¿Qué puedo hacer para expiar mis pecados?
    – Toma -le dijo Jane, dándole las cosas que había comprado para Perry-. Tú le das de comer a él y yo preparo la comida para nosotros.
    Mientras Jane cocinaba, Gil sacó unos papeles llenos de símbolos y garabatos y le explicó que se trataba de los planos del espectáculo. Cuando ella le dijo que el filete estaba listo, Gil apartó los papeles, pero no muy lejos.
    Las cosas no iban a ser como había esperado, reflexionó Jane apesadumbrada. Cierto era que Gil sonreía tiernamente y le alabó cómo había preparado el filete, pero la conversación se centró en fuegos artificiales y a Gil no dejaban de ocurrírsele nuevas ideas que tenía que anotar en un papel antes de que se le olvidase.
    Pronto, Jane se encontró realmente fascinada sin embargo, no pudo evitar sentir cierta desilusión. No había ido allí porque le gustaran los fuegos artificiales, sino por Gil. Pero él parecía distante, en otro lugar.
    Después de la cena, Gil se portó muy bien; le ayudó a fregar y a recoger. Le enseñó dónde estaban las ropas de cama y dijo con estudiada ligereza.
    – Le voy a dar un paseo a Perry mientras tú… Bueno, venga, vamos, perro.
    Los dos se marcharon dejando a Jane indignada. En vez de quitarle la ropa prenda por prenda en medio de una romántica seducción, se había marchado para dejarla desnudarse a solas hasta meterse a salvo en la cama.
    Jane hizo las dos camas con innecesaria violencia, para soltar su frustración, golpeó las almohadas.
    Cuando Gil volvió, ella ya estaba acostada y con los ojos cerrados. Los habría abierto si él hubiera mostrado algún interés en ella, pero parecía más preocupado por instalar a Perry; al perro parecía desagradarle la falta de espacio y no hacía más que intentar salir de allí. Por fin, perro y amo se marcharon y, tras unos minutos, Gil volvió solo. Se había puesto un pijama detrás de una cortina, se metió en la cama y apagó la luz.
    – ¿Qué has hecho con Perry? -preguntó ella tras unos momentos.
    – He puesto una manta en el suelo, debajo de la caravana, y a él encima. Le gusta dormir al aire libre.
    – ¿Y si se marcha?
    – No puede, le he atado a la caravana. ¿Estás cómoda?
    – Sí, mucho, gracias.
    – ¿No te resulta demasiado corta la cama?
    – No, en absoluto.
    «Sólo solitaria», pensó ella con tristeza.
    – ¿Tienes suficientes mantas?
    – Sí.
    – Estupendo.
    – Sí.
    – Buenas noches.
    – Buenas noches.
    A pesar de su indignación, Jane estaba cansada y pronto se durmió con la cabeza llena de Gil… de cómo se sentiría en sus brazos, de cómo le vibraría el cuerpo con la pasión.
    Asustada, abrió los ojos y se dio cuenta de que la vibración era real. La caravana entera se sacudía.
    – ¿Qué pasa? -preguntó ella.
    Oyó la risa de Gil en la oscuridad.
    – Perry. No hay mucho espacio debajo de la caravana, así que me temo que nos vamos a enterar cada vez que se mueva.
    – ¿Qué está haciendo?
    – Se estará rascando.
    Jane murmuró una maldición. ¡Vaya un romance!
    – Bueno, ya se ha quedado quieto -dijo Gil-. Buenas noches.
    – ¡Buenas noches!
    A la mañana siguiente, Jane se levantó, se puso una bata de algodón encima del camisón y salió afuera. Aun era temprano, el sol se había levantado hacía poco y el aire era fresco y limpio. Y allí, con los pantalones del pijama solo y bailando sobre la hierba, estaba su amado. Jane lo contempló con cariño mientras él alzaba los brazos hacia el cielo como si quisiera abrazar el mundo entero.
    Perry saltaba a su alrededor ladrando, y hombre y perro continuaron girando el uno alrededor del otro, gritando al unísono. Cuando Gil vio a Jane, corrió hacia la caravana.
    – Mira -dijo él excitado señalando el campo entero-. ¿No es maravilloso?
    – Es sólo un campo de pastos -contestó ella, riendo.
    – ¿Sólo un campo de pastos? ¿Dónde tienes los ojos? Eso es como decir que el lienzo de un pintor es sólo un trozo de tela dura. Este es mi lienzo, aquí voy a pintar.
    Gil le tomó una mano y tiró de ella.
    – No, Gil, estoy descalza -protestó Jane.
    Al instante, la alzó en sus brazos y dio vueltas con ella hasta marearla.
    – Allí van a estar los espectadores, detrás de una cuerda de protección -dijo Gil después de pararse, de cara a unas tiendas de campaña-. Hasta la cuerda siguiente, habrá unos treinta metros, es la zona de seguridad. Y a otros treinta metros, justo donde estamos ahora, es el sitio desde donde voy a lanzar los cohetes. Y luego, a nuestra espalda, habrá otro espacio vacío que es donde caen los cohetes que se lanzan.
    Gil la besó vigorosamente.
    – ¿Estás preparada para un día de trabajo de verdad?
    – Me parece que no me va a quedar más remedio. ¿Te importa si desayunamos primero?
    – Te doy cinco minutos.
    – Qué amable.
    Mientras Jane preparaba el desayuno, Gil examinó sus planos y no dejó de hacer comentarios. Desayunaron con hambre. De vez en cuando, Gil hacía alguna anotación tras un momento de inspiración. Para cuando terminaron de desayunar, había rellenado otra media hoja de papel.
    Aquella mañana fue algo terrible. Llegaron tres empleados del ayuntamiento y comenzaron a levantar un andamio según las instrucciones que Gil les iba dando. Al igual que el día anterior, su autoridad natural se impuso mientras insistía en que se le obedeciera hasta en el mínimo detalle, y aquellos que intentaron saltarse alguno sin importancia, tuvieron que volver a hacer el trabajo.
    – No se le escapa nada. ¿verdad? -observó uno de los empleados con cierto resentimiento-. Lo siento por usted, señora. ¿Con usted es también así de autoritario?
    – ¿Conmigo? -Jane lanzó un suspiro-. Se le ha olvidado que existo.
    Jane se arrepintió de sus palabras cuando Gil la mandó al campo a cavar pequeños hoyos desde donde se iban a lanzar los cohetes.
    – De quince centímetros de profundidad por lo menos y de nueve de ancho. Y ladeados, hacia el lado opuesto a los espectadores.
    Jane hizo lo que pudo, pero cuando Gil fue a inspeccionar lo que había hecho, dijo críticamente:
    – Demasiados anchos.
    – Son nueve centímetros.
    – Son, por lo menos, once o doce.
    – Nueve u once, qué más da.
    – No, no vale. Demasiado ancho es tan malo como demasiado estrecho. El tubo tiene que entrar ajustado, no puede quedar holgura porque el casquillo podría ir en dirección contraria. Vuelve a llenar los agujeros y haz nuevos a unos centímetros de los que ha cavado.
    – ¡Sí, señor!
    – Ah, otra cosa, esta hierba está bastante alta, será mejor que la cortes donde vayas a cavar el agujero.
    – ¿Algo más?
    Gil sonrió y le besó la punta de la nariz.
    – Si se me ocurre algo más, te lo diré -contestó Gil en tono provocativo.
    Al instante, se dio media vuelta y se olvidó de ella.
    Jane pidió prestadas unas cizallas para cortar la hierba a uno de los empleados del ayuntamiento y se puso a trabajar de nuevo, pensando que no había emprendido aquel viaje para eso. Para mayor frustración, Perry insistió en unirse a ella en la tarea, con lo que, de vez en cuando, Jane tenía que pararse para no correr el riesgo de cortarle una oreja.
    – Vamos, vete, tontaina -le dijo por fin con enfado.
    Perry se marchó, la imagen viva del pesar, pero volvió en cuestión de segundos. Jane cayó hasta asegurarse de que, esta vez, el agujero era perfecto; después, llamó a Gil para recibir su aprobación.
    – Anchura perfecta y ángulo perfecto -declaró él.
    – ¿Pero? -preguntó ella.
    – No la profundidad suficiente.
    – No la profundidad suficiente -repitió ella con rebeldía mientras Gil se alejaba-. No la profundidad suficiente. Perry, ¿qué te parece si cavamos un agujero lo suficientemente grande para enterrarle? A ver qué dice entonces. Aunque, probablemente, diría: «no es el ángulo correcto». ¿Para qué me he molestado en venir? ¡Vaya un romance a la luz de la luna! ¡Pua¡ ¡Y Sarah creía que iba a ser un viaje memorable! ¡Sí, menudo! De lo único que me voy a acordar es del dolor de riñones y de un hombre que se transformó en Genghis Khan delante de mis propios ojos. Sí, Gil; como tú quieras, Gil… ¡Vete, perro!
    Después de cavar venía el relleno. Dentro de cada agujero iba una bolsa de plástico, y dentro se metía la cubierta de cartón del cohete que contenía el casquillo. El plástico era para evitar que el cartón se humedeciera con la tierra mojada.
    Cuando Jane terminó veinte agujeros, volvió a sentirse rebelde.
    Sin embargo, al mismo tiempo, no le quedaba más remedio que admirar en Gil su obsesión por la seguridad mientras le enseñaba cómo encenderlos.
    – Que no se te ocurra nunca inclinarte sobre el cohete mientras lo estás encendiendo -le dijo una y otra vez-, hazlo con los brazos estirados. Y si no prende al momento, échate para atrás. No te asomes para ver lo que pasa porque es justo entonces cuando se dispara. ¿Está claro?
    – Por supuesto que está claro -dijo ella mareada-. Cuando alguien me repite algo diez veces seguidas, me queda claro. Soy tonta, pero no tanto.
    Gil sonrió maliciosamente.
    – Estoy un poco insoportable hoy, ¿verdad?
    – Sí -pero su sentido de la justicia no le permitió dejarlo así-, pero te comprendo.
    – La seguridad es importante -declaró Gil-, no quiero que arriesgues tu vida ni tu vista. Y ahora, sigamos con el trabajo.
    La besó brevemente, pero Jane tuvo la sensación de que estaba pensando en otras cosas. Mientras se alejaba, Jane se preguntó cómo se le había ocurrido pensar que ese hombre era irresponsable.
    Por fin, Gil se declaró satisfecho.
    – Y ahora, a cenar. Y creo que deberíamos cenar como es debido, tenemos que estar fuertes para el trabajo que nos espera.
    – En ese caso, ¿qué te parece si vamos al restaurante que vimos anoche al pasar? -sugirió Jane con imágenes de una romántica cena para dos.
    Pero Gil sacudió la cabeza.
    – No quiero dejar todo esto así -Gil indicó a su alrededor-. Nunca se sabe si a alguien no se le ocurrirá la idea de jugar con esto. Lo mejor es que vaya a comprar unos filetes. Podemos comer fuera, así no perderé de vista esto. ¿No te parece una buena idea?
    – Maravillosa -contestó Jane sin entusiasmo.
    Pero no le quedó más remedio que admitir que Gil tenía razón cuando vio que algunos chiquillos de la localidad habían traspasado la cuerda de seguridad y se estaban subiendo al andamio. Gil se deshizo de ellos con firmeza y acabó el resto de la comida sin quitarle los ojos al campo. No quiso el vino que Jane le ofreció, se conformó con agua mineral.
    – Nunca bebo antes de los fuegos -explicó él; pero, al instante siguiente, le dedicó a Jane una sonrisa que la dejó sin habla-. Perdona, he hablado como un pedante, ¿verdad? Lo que pasa es que esto es muy importante para mí.
    – Y yo que creía que eras un vivalavirgen -dijo ella burlándose de sí misma.
    – Lo soy para muchas cosas, pero no para esto. Esto es terriblemente serio. Tengo que salir adelante. Tengo que…
    Jane vio que su mirada estaba perdida y que parecía haberse olvidado de ella.
    – Gil…
    Él volvió a la tierra.
    – Bueno, voy a echar una última mirada a todo -dijo Gil.
    Agarró la linterna, porque ya había oscurecido, y se marchó. Jane se lo quedó mirando mientras se alejaba, sorprendida por lo que acababa de ver. Sabía que Gil tenía un temperamento artístico y la habilidad de un artesano, pero había visto otra cosa en sus ojos: una determinación de increíble intensidad.
    Llegó el momento del espectáculo. Jane estaba nerviosa, quena hacerlo bien. No era su primer espectáculo juntos, pero si el primero en el que había contribuido. No podía soportar la idea de desilusionarle.
    Gil se colocó en la parte de atrás, dejando a Jane a cargo del equipo de música. En la oscuridad, lo único que ella veía era la linterna de Gil. Por fin, Gil encendió y apagó dos veces, la señal para que Jane pusiera en marcha la música.
    En el momento en que sonaron los primeros acordes de Handel, Gil se acercó a un interruptor. Jane corrió a colocarse en su sitio, lista para encender el siguiente grupo de cohetes cuando los primeros casi se habían apagado. Calculó el tiempo perfectamente, enviando lluvias de colores al cielo en el momento justo, y fue premiada con un «bien hecho» de Gil mientras pasaba corriendo por su lado.
    Más cohetes, más explosiones. En una ocasión, Jane no encontró el sitio y miró confusa a su alrededor, pero Gil le agarró el brazo y le señaló un punto.
    – ¡Allí!
    Y Jane volvió a estar donde tenía que estar.
    Diez minutos más. Cinco. Jane estaba entusiasmada. Quería que aquello durase toda la vida. La cacofonía del final fue ensordecedora y las explosiones interminables.
    El último cohete se apagó. La multitud exclamó un largo «Ahhhhh!» de satisfacción, seguido de aplausos. El espectáculo había concluido y la gente comenzó a marcharse.
    – ¡Lo hemos conseguido! -gritó Gil-. Nuestro primer espectáculo juntos.
    – ¿Ha salido todo bien? -preguntó ella.
    – Todo un éxito. Eres maravillosa.
    Gil la estrechó en sus brazos y la besó. A Jane le dio vueltas la cabeza cuando se dio cuenta de que «su» momento había llegado. Los labios de Gil eran cálidos y firmes, y la llenaron de placer. A pesar del cansancio su cuerpo respondió ansioso. Lo amaba y lo deseaba con locura.
    Gil se apartó de ella y lanzó un suspiro.
    – Bueno, creo que tenemos que ponernos a trabajar. El hermoso sueño se desvaneció Jane abrió los ojos.
    – ¿A trabajar? ¿Es que hemos hecho otra cosa en todo el día?
    – Tenemos que ir a recoger los cohetes que no han estallado, siempre hay alguno que otro.
    – ¿Y tenemos que hacerlo ahora? -gritó ella.
    – Sí, me temo que sí.
    – Pero si es de noche…
    – Lo haremos con linternas.
    Gil se subió a la caravana y, al momento, salió con dos cubos llenos de agua.
    – Si encuentras algo, agárralo con cuidado y mételo en el cubo. Toma, tu linterna.
    Pasó media hora antes de que Gil dijese:
    – Está bien, creo que ya los hemos recogido todos. Vamos a dejarlo.
    Sacó a Perry de la caravana, donde lo había dejado por motivos de seguridad, y se lo llevó a dar un paseo mientras Jane preparaba algo de comer. Mientras cocinaba, Jane preparó un discurso que creía que debía dar lo antes posible. Era necesario dejar algunas cosas claras.
    – Gil, creo que es hora de que aclaremos qué estoy haciendo aquí… -no, así no-. No he venido a este viaje para ser tu ayudante. He venido porque te quiero, pero podría haberme quedado en casa.
    Esos eran sus verdaderos sentimientos, pero a Jane le pareció que el enfoque era algo agresivo. Además, no sabía si era conveniente confesarle su amor debido a que ya no estaba segura de lo que Gil sentía por ella.
    Se preguntó si Gil se arrepentía de haberla invitado, pero se sentía incapaz de echarse atrás. ¿Le parecería excesiva aquella intimidad?
    Gil regresó bastante tarde y casi sin respiración.
    – Es culpa de éste -dijo señalando a Perry-. Tiene un año de edad y acaba de descubrir que la vida no se reduce a intentar darles caza a los gatos. Ha visto a una bonita perra, pero ella no estaba interesada en él.
    Después, miró a Perry que tenía expresión inocente.
    – Sinvergüenza. Cuando una chica te dice que no, es que no. ¿Está la comida lista?
    – Sí -respondió Jane.
    A Jane se le ocurrió que hablar del amor, en cualquiera de sus formas y con independencia de la especie, podía ofrecerle la oportunidad que necesitaba. Así pues, decidió preguntar sobre la actitud amorosa de Perry. Gil rió mientras le contaba la anécdota.
    – El muy tonto ha intentado ligar, pero no le ha servido de nada el esfuerzo. La dama en cuestión se llama Fifi la Luna, según su dueña.
    – ¿Os habéis puesto a hablar?
    – Sí, me he puesto a hablar con ella para evitar que me denunciara por daños, aunque te aseguro que Fifi no necesita que la protejan mucho. Es la mitad que Perry, pero le ha dado un mordisco de muerte. La próxima vez que vayas detrás de una chica tendrás más cuidado, ¿verdad, hijo?
    – Si se enamora, no creo que tenga más cuidado -comentó Jane, llenando el vaso de Gil de vino-. ¿Quién se preocupa cuando se trata del amor?
    Gil sonrió maliciosamente.
    – En este caso, no ha habido nada de amor, sino un bofetón. Y ha sido Perry el que ha recibido el bofetón.
    Era inútil. Gil había adoptado su tono burlón y bromista. Jane estaba segura de que utilizaba el humor para mantener una distancia emocional entre ambos.
    Jane se obligó a reír, aunque no le apetecía. Fregaron y recogieron entre los dos, y ella hizo las camas mientras Gil preparaba a Perry para pasar la noche. Cuando Gil regresó, Jane había decidido que, si no le hablaba esa noche, no lo haría nunca. Así que esperó a que él se metiera en la cama y la luz estuviera apagada.
    – Gil…
    – Mmmm.
    – ¿No te parece que…? Verás, quería decirte que… Antes de que empezáramos el viaje… Bueno, ya sé que no nos conocíamos muy bien, pero… me parece que… ¿Gil? ¿Gil?
    Gil se había quedado dormido.

Capitulo 7

    Dos noches después, el espectáculo final fue un triunfo. Para entonces, Jane ya no tenía problemas para colocar los cohetes y se subía por el andamio como un chimpancé. Todo salió a la perfección, y cuando la última luz se apagó en el cielo, el público gritó y aplaudió.
    El trabajo de recogerlo todo fue pesado; principalmente, por el tiempo. El cielo estaba encapotado y había mucha humedad en el ambiente. Jane llevaba pantalones cortos y una camiseta muy pequeña y escotada; tanto, que el sentido de la decencia no le permitía moverse más. Gil tenía más suerte, llevaba también pantalones cortos, pero él podía quedarse con el pecho desnudo sin problemas.
    – Se está preparando una tormenta de las buenas -anunció Gil-, hemos tenido suerte de que no se haya puesto a llover aún. En fin, creo que ya hemos recogido todo.
    – Estoy agotada -declaró Jane-. ¿No podríamos quedarnos aquí esta noche hasta que pase la tormenta?
    – Me parece que no. Tenemos que salir de este campo antes de media noche, tiene que ver con el seguro del ayuntamiento. En fin; después de esto, tenemos un descanso. El espectáculo siguiente es en la costa, pero empezará el sábado, así que contamos con dos días de playa y mar.
    – Maravilloso -dijo ella.
    Ya estaba, pensó Jane. La luna, el mar, románticos paseos por la playa y nada de trabajo que pudiera distraer a Gil. La situación perfecta.
    Cuando estaban casi listos para marcharse, volvieron a encontrarse con que Perry había desaparecido.
    – Sabes lo que está haciendo, ¿verdad? -dijo Gil con un gruñido-. Está zampando los restos del puesto de salchichas mientras todo el mundo dice: «pobre perro, su dueño no debe darle de comer».
    Gil se dirigió a los puestos a buscar a Perry Jane bostezó y cerró los ojos imaginando los días románticos y maravillosos que estaban por llegar.
    – Perdone…
    Jane abrió los ojos y se encontró con un hombre delgado de mediana edad y expresión angustiada.
    – Me llamo David Shaw -dijo él-. Me ha gustado mucho su espectáculo, es uno de los mejores que he visto.
    – Gracias. Se lo diré al señor Wakeman.
    – ¿Es… muy caro?
    – No. En el negocio de los fuegos artificiales, es un precio medio. ¿Quería una exhibición grande?
    – Oh, no, nada de eso. Se trata del cumpleaños de mi hija, cumple diez años. Iba a venir un payaso, pero nos ha dejado en el último momento y la cría está muy desilusionada. Sin embargo, le encantan los fuegos artificiales y he pensado que quizás…
    Sonriendo, Jane agarró la tarifa de los precios de Gil y se la enseñó al hombre. El rostro de él se iluminó,
    – Esto sí que puedo permitírmelo -dijo él, señalando los más baratos-. Es estupendo.
    Gil apareció con Perry en ese momento. El señor volvió a felicitarle y Jane le explicó lo que quería. Gil le explicó cómo eran los más baratos y el señor Shaw asintió encantado.
    – Es justo lo que quería -declaró el hombre-. El único problema es que es mañana por la noche y no sé si ustedes podrán… Significa mucho para mi hija.
    – Claro que podemos -le aseguró Gil-. Estamos libres hasta el sábado. ¿Dónde es?
    El señor Shaw le dio su dirección.
    – Es una granja a unos treinta kilómetros de aquí -al momento, le dibujó un mapa-. Pueden ir esta noche y aparcar junto a la casa. Iría con ustedes a enseñarles el camino, pero tengo que quedarme para ver a una persona.
    El señor Shaw alzó la cabeza cuando le cayeron unas gotas de agua.
    – Será mejor que se marchen pronto, parece que va a haber tormenta.
    Cuando el hombre les dejó, Gil lanzó un grito de júbilo.
    – Más trabajo. ¿No te parece maravilloso?
    – Estupendo -dijo Jane mientras su visión de unos días perfectos en la playa se desvanecía.
    – No pareces muy convencida.
    – Claro que estoy contenta por ti, es sólo que tenía ganas de estar en la playa.
    – Ya tendremos tiempo después. ¿Sabes qué es lo mejor de todo?
    – No, dime qué es lo mejor de todo -contestó ella, tratando de parecer animada.
    – El dinero. Aún debo dinero a mis proveedores y tengo que enviarles casi todo lo que he ganado esta noche; el resto, para gasolina. Pero con este trabajito extra, puedo pagarte parte del préstamo. ¿No es maravilloso?
    – La verdad es que no me preocupa -declaró ella con una sonrisa plástica.
    Por dentro, estaba diciendo: «¡Al demonio con el dinero! Dime que es una pena no poder estar a solas conmigo. Pero no te importa, ¿verdad?»
    – Eres un encanto -dijo Gil-. Pero estaba preocupado por el dinero que te debo.
    – Gil -dijo ella con una nota de desesperación-; en la vida, hay cosas más importantes que el dinero.
    – ¡Eso lo dice la directora de una sucursal bancaria! -Jane se lo quedó mirando, se le había olvidado que era la directora de una sucursal bancaria.
    – Lo que quiero decir es que… estaba tratando de decirte que… tenía ganas de que pasáramos unos días… juntos.
    – Y yo. Y seguiremos teniendo esos días, menos uno.
    – Sí, a menos que aparezca otro cliente -dijo ella enfadada.
    – Cuantos más clientes, antes te devolveré el préstamo. Consigo mi trabajo así, cuando la gente ve lo que hago y me contrata en el sitio. Creí que lo habías entendido.
    – Sí, claro que lo entiendo. Estoy empezando a entender muchas cosas.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Nada, olvídalo.
    – ¿Cómo voy a olvidar un comentario así, que no entiendo?
    – No es nada -dijo ella con más calma-. Ha sido un día de mucho trabajo y los dos estamos cansados. Venga, vámonos ya. Cuanto antes lleguemos, antes comeremos algo.
    – Es que no te comprendo.
    – No, no me comprendes, ¿verdad? -dijo Jane, volviendo a irritarse.
    – No. ¿Qué es lo que te pasa?
    – Nada.
    – ¿Qué he hecho?
    – No has hecho nada -respondió ella con toda honestidad.
    – Entonces, ¿por qué estás enfadada conmigo?
    – Gil, ¿vamos a marcharnos o vamos a quedarnos aquí toda la noche discutiendo?
    – Estoy dispuesto a quedarme aquí toda la noche discutiendo si hace falta.
    – ¿Y lo del seguro del ayuntamiento?
    – ¡Al demonio con el seguro del ayuntamiento! ¿Qué es lo que te he hecho?
    – Oiga, ¿se van a marchar pronto? -un hombre se les acercó agitando unos papeles- Todos tienen que marcharse antes de la media noche.
    – Sí, ahora mismo nos vamos -dijo Gil.
    A continuación, lanzó una furibunda mirada a Jane y se metió en el coche. Unos minutos más tarde, estaban de camino.
    – ¿Tienes el mapa que ha dibujado el señor Shaw? -preguntó Gil.
    Jane miró el papel.
    – Sí, pero sólo puedo ver lo que pone cuando pasamos por una farola.
    – Pues lo siento -dijo él en tono irritado.
    – No lo sientas.
    – No es culpa mía que haya tanta distancia entre las farolas.
    – Yo no he dicho que lo sea. Lo que estoy diciendo es que tengo problemas para ver lo que pone.
    – Puedes decirme qué hago ahora, ¿por favor? ¿Para dónde giro?
    – Si ésa es la calle Clayborn, tuerce a la izquierda.
    – ¿Y sino es la calle Clayborn?
    – No lo sé -respondió Jane, enfadada.
    – Bueno, pues ya no me queda más remedio que tirar a la izquierda, así que esperemos que sea esa calle.
    La situación fue deteriorándose rápidamente. Desde fuera, podía parecer que estaban discutiendo por una tontería, pero Jane sabía que tenía motivos para protestar. Estaba cansada, desilusionada, tenía hambre y todos los motivos del mundo para estar enfadada. También era claro que Gil se encontraba de un humor de perros.
    – No sabia que podías comportarte así.
    El no perdió el tiempo en preguntarle qué quería decir.
    – Todo el mundo se comporta así -dijo Gil en tono razonable-. Todo el mundo lo hace de vez en cuando. Lo que pasa es que no nos habíamos encontrado en una situación semejante todavía. Pero ahora ya he visto este lado tuyo y tú el mío.
    – ¿Que has visto este lado mío? Soy la razón personificada.
    – ¡Ja, ja!
    – ¡Nada de ja, ja! -exclamó ella encendida.
    – ¿Dónde giro ahora?
    – Y yo que sé.
    – Está bien, sigo adelante.
    – Lo siento.
    – Podía haber sido el cruce que teníamos que tomar.
    – He dicho que lo siento -le espetó ella.
    La lluvia se había convertido casi en diluvio. Gil se esforzó por ver algo de la carretera mientras Jane intentaba leer el mapa.
    – Deberíamos encontrarnos pronto con un cruce, en Corydale -dijo Gil-. A menos, por supuesto, que lo hayamos pasado.
    – Ahí delante hay una señal, no vayas de prisa.
    – No voy de prisa. ¿Cómo voy a ir de prisa con esta lluvia?
    – No he dicho que fueras de prisa-respondió Jane con la paciencia de un santo-, lo único que digo es que no pases la señal de prisa para que podamos verla. Ya casi hemos llegado a la señal.
    Gil se paró.
    – ¿Puedes verla bien así? -preguntó apretando los dientes.
    – Muy bien, muchas gracias -respondió ella secamente pero la lluvia oscureció las letras y Jane tuvo que salir del coche para poder leer la señal. Cuando volvió a subirse, estaba empapada.
    – Hay que torcer a la derecha para ir a Corydale. Lo ves, no habíamos pasado el cruce.
    – ¡Una chica muy lista! -dijo Gil desacertadamente.
    – Como sigas así te juro que me salgo del coche y me vuelvo a Wellhampton.
    – ¡Por el amor de Dios! ¿Es que no tienes sentido del humor?
    – Este viaje me está desgastando la salud.
    – Sí, ya lo he notado. No sé por qué, pero pareces otra persona de repente.
    – Lo mismo digo.
    – ¿Te refieres a mí? -dijo Gil en tono inocente-. Te aseguro que no he hecho más que esforzarme para aguantar tus malos humores, y permíteme que te diga que no ha sido nada fácil.
    La injusticia de aquellas palabras la dejó muda momentáneamente.
    – He sido todo dulzura -contestó ella en tono peligroso-. Lo he aguantado todo: los cohetes, cortar la hierba, los agujeros… «así no, más grande. No, no, así no, más profundo»… He aguantado a ese perro rascándose cada vez que iba a quedarme dormida. Incluso he aguantado que por poco nos arrastrase la caravana cuando anoche pasó un gato por su lado.
    – Eso te lo has inventado.
    – No me lo he inventado, fue anoche.
    – Entonces, ¿por qué no me acuerdo?
    – Porque ni un terremoto habría conseguido que dejaras de roncar.
    – Yo no ronco -aquello le dolió.
    – ¡Vaya que no! He oído truenos menos ruidosos.
    – ¡No ronco!
    – ¡Ja!
    – ¿Qué quieres decir con eso de «ja»?
    – Quiero decir «ja».
    Se hizo un volátil silencio que duró unos cuantos kilómetros. La lluvia caía con más fuerza si eso era posible y Gil estaba concentrado en la carretera.
    – No hay luces por ninguna parte.
    – Eso es porque estamos en medio del campo. La granja tiene que estar ya cerca.
    – Será mejor que vaya más despacio, esta carretera no es nada buena.
    – Allí está la granja -dijo Jane al cabo de unos minutos al ver una señal que los faros iluminaron anunciando la granja-. Vamos, gira rápido.
    Gil giró y, en la distancia, vieron las luces de la casa.
    – ¿Ahora, adónde? -preguntó él-. La carretera ha desaparecido.
    – Espera que salga a buscarla -le informó Jane en tono gélido mientras abría la puerta del coche.
    Metió el pie en un charco, pero decidió tomárselo con filosofía; además, ya estaba completamente mojada y se iba a mojar más. Volvió a meterse en otro charco y en otro. Vio rastro de lo que podía ser un camino de tierra. Hizo un gesto con las manos para que Gil la siguiera despacio, la caravana se balanceaba.
    De repente, Jane se paró al darse cuenta de que ya no se veían las luces de la casa. En ese momento, un relámpago iluminó el cielo, mostrando que estaban en medio de un campo.
    – ,Qué pasa? -gritó Gil saliendo del coche-. ¿Por qué te has parado?
    Los truenos ahogaron la respuesta de ella. Cuando acabaron, Jane gritó.
    – No sé dónde estamos.
    – Has dicho que por aquí llegaríamos a la granja.
    – Y creo que hemos llegado, pero la carretera se ha acabado. Estamos en mitad de… no sé dónde estamos.
    Gil sacó una linterna e iluminó el suelo.
    – Estamos en medio de un campo de labranza -gruñó él-, y la lluvia lo ha transformado en un barrizal. Vamos, tenemos que salir rápidamente de aquí antes de que sea demasiado tarde.
    Se subieron al coche corriendo y Gil pisó el acelerador, pero era demasiado tarde. La caravana se había hundido en el barro y las ruedas no conseguían más que patinar.
    – ¡Maldita sea! Ven aquí, conduce tú mientras yo empujo.
    – No puedes empujar tú solo, es mucho peso -protestó Jane.
    – Gracias por insinuar que soy un escuchimizado.
    – Yo no he…
    – Jane, ponte al volante.
    – Pero…
    – Haz lo que te digo.
    Gil salió y se fue a la parte de atrás de la caravana. Jane se colocó al volante e intentó avanzar, pero nada se movió. Después de diez minutos de frustración, Jane salió y se unió a él.
    – Vamos a empujar los dos -gritó ella para que se la oyera por encima del ruido de la lluvia.
    – ¿Y quién va a conducir el coche, Perry?
    – Nadie -le informó ella con peligrosa paciencia-, porque no es necesario. El coche no se mueve. Venga, vamos a empujar.
    Después de grandes esfuerzos y de que Perry brincase a su alrededor, acabaron en el barro, agotados y sin haber conseguido nada.
    – Bueno, ¿y ahora qué hacemos? -preguntó Jane, jadeando.
    Estaba empapada, cubierta de barro y le dolía todo el cuerpo.
    – No lo sé -contestó Gil después de ponerse en pie y ofrecerle la mano para ayudarla a levantarse-. No podemos ir ni hacia delante ni para atrás. Has hecho que acabemos en medio de un campo.
    – ¿Que yo qué?
    – Eras tú la que daba las direcciones, yo me he limitado a seguirte. Escucha, déjalo, da igual.
    – Oh, estupendo. Primero me echas la culpa y luego dices que da igual.
    – Yo no te he echado la culpa de nada. Los dos estamos cansados y…
    – Pero he sido yo quien ha hecho que nos metamos aquí, ¿verdad? -preguntó ella furiosa.
    – Pues ya que lo preguntas, sí -contestó él razonablemente.
    – Pero no he sido yo quien ha aceptado un trabajo estúpido en el último momento que suponía tener que encontrar una granja en mitad de la noche y en medio de una tormenta de mil demonios.
    Otros relámpagos le permitieron ver a Gil allí de pie con el pecho desnudo, mirándola con incredulidad.
    – Así que ahora es culpa mía por aceptar un trabajo, ¿verdad?
    – Lo que yo quería era que tuviéramos unos días libres…, para pasarlos juntos. Creí que tú también lo querías. No sabía que me habías invitado a hacer este viaje contigo para que hiciera de mula de carga.
    – ¿Mula de carga?
    – Me tienes trabajando como una esclava todo el día. Creía que querías estar conmigo…
    – Y quiero…
    – No, no quieres. Lo único que quieres es darme órdenes y mangonearme todo el tiempo. Para eso, te habría valido cualquiera.
    Gil se retiró un mechón de pelo de la frente.
    – Eso no es verdad, te quería a ti.
    – ¡Sí, ya! le prestas más atención al perro que a mí. Con un par de besos paternalistas, se supone que tengo que darme por satisfecha.
    – ¿Qué quieres decir con eso de paternalistas?
    – Sabes perfectamente lo que quiero decir.
    Gil apretó los dientes.
    – Mis besos no son paternalistas.
    – Lo son porque son lo único que me das. He venido a este viaje porque estoy enamorada de ti y creía que iba a ser un viaje romántico. Y creía que yo también te gustaba. Pero si hubiera sabido que ibas a mantener las distancias, me habría quedado en casa.
    – ¿Así que soy un sinvergüenza por tratarte como a una dama? -preguntó Gil, indignado-. Sólo porque no me he echado encima de ti la primera noche…
    – Ni la segunda, ni la tercera…
    – ¡Sólo porque no me he tirado a ti como un adolescente en celo! En mi opinión, te merecías algo mejor que eso. Te estaba dando tiempo para que todo fuese gradual, y por respeto a ti. He estado esperando a que me insinuases algo, pero lo único que he recibido de ti son tus ácidas críticas.
    – ¿Y de quién es la culpa?
    – Supongo que mía -Gil se tiró de los pelos-. Qué mujer más tonta. Yo también estoy enamorado de ti, desde el principio.
    – Sí, cuéntame otro chiste.
    Al instante, Gil la tomó en sus brazos y le dio el beso más ardiente que le había dado hasta el momento.
    – Llevo toda la semana esperando esto -le dijo Gil junto a los labios-, pero estabas tan distante…
    – Creía que ibas a darme una señal…
    – Y yo creía que no me deseabas…
    – Pues ahora ya has salido de dudas.
    Gil la estrechó contra sí y ella, echándole los brazos al cuello, lo besó con todo su corazón. No era así como lo había planeado, pero ahora que era más sabia, sabía que el amor surgía cuando surgía. A pesar del barro y de la lluvia, ardía de deseo. Le recorrió el pecho con las manos y sus mojados cuerpos se tocaron con pasión.
    – ¿Me crees ahora? -preguntó él con voz ahogada.
    – Sí… sí… bésame…
    Gil así lo hizo. Mientras la besaba, la acarició con las manos. Se olvidaron de los elementos naturales, sólo eran conscientes de la tormenta en sus corazones.
    De repente, una luz hizo estallar el mundo. A pesar del ruido de la lluvia, oyeron una voz.
    – ¡Eh, hola!
    A pesar suyo, Jane abandonó el paraíso y se dio cuenta de que un coche se les había acercado y los faros les iluminaban. Una mujer salió del coche y se acercó a ellos.
    – Soy Celia Shaw -gritó la mujer-. Mi marido me ha llamado para decirme que venían, y se me ha ocurrido que podrían necesitar ayuda. ¡Dios mío, desde luego que la necesitan!
    La mujer observó la caravana hundida en el barro.
    – Recojan algo de ropa, voy a llevarles a casa. Mañana mandaremos un tractor aquí para que saquen el vehículo.
    Gil y Jane buscaron ropa limpia y se metieron en el coche de Celia. Tras recorrer una breve distancia, volvieron a ver las luces de la casa de Celia.
    – Dejé de ver la luz de repente -dijo Jane-, por eso nos perdimos.
    – Son esos árboles los que tapan la luz -explicó Celia-. Pobrecillos, deben estar helados.
    Deberían haberlo estado, pero Jane no lo sentía. Cuando lo miró a los ojos, el brillo que vio la calentó por dentro. Lo deseaba con todo su corazón y pronto sería suyo.
    Al cabo de unos minutos llegaron a la casa, una construcción grande. Celia Shaw les llevó por la parte de atrás y entraron en una cocina grande y tradicional llena de alfombras por el suelo. Un delicioso calor les recibió, y Perry no perdió el tiempo en echar al perro pastor de la casa y acomodarse él.
    – Hay dos cuartos de baño, uno en el piso de arriba y otro aquí, en el de abajo -dijo Celia-. Pueden meterse cada uno en uno mientras yo sirvo la cena.
    Jane tampoco perdió el tiempo en meterse en la ducha. Cuando terminó, se miró en el espejo. Tenía los ojos brillantes de felicidad.
    Encontró a Gil en la cocina ya cenando, y también a Perry. Celia le ofreció una silla y comenzó a servirle comida en el plato. Era un guiso maravilloso y Jane comió con satisfacción. Cuando terminaron, David Shaw llegó a la casa y ofreció disculpas profusamente.
    – Todo está perfecto -le dijo Gil a David, pero mirando a Jane.
    – No puedo comer nada más -declaró Jane por fin.
    – ¡No va a terminarse lo que tiene en el plato? -preguntó Celia-. Bueno, no importa, ya sé quien se lo va a comer. A propósito, espero que no les moleste lo que voy a preguntar, pero… ¿le dan de comer lo suficiente a este animal?
    Celia les condujo a una habitación en el piso superior al final de un largo pasillo. Tenía los techos bajos y vigas de madera vista, y una enorme cama de matrimonio.
    – Bueno, buenas noches -dijo Celia.
    – Buenas noches -repitió David detrás de su esposa.
    Celia cerró la puerta, y ella y su marido se alejaron.
    – Eh -dijo David a su esposa-. Sólo hay una cama en esa habitación. Supón que quieran dos camas…
    – No.
    – ¿Cómo lo sabes?
    Celia lanzó una queda carcajada.
    – Porque cuando he ido a recogerlos, los vi antes de que ellos me vieran a mí.
    – Sí, pero… ¿estás segura de que…?
    – Sí, completamente segura.

Capítulo 7

    Jane se tumbó en la cama y esperó a que ocurriera el milagro. Se realizó lentamente. Gil estaba acostado a su lado, apoyado en un codo, mirándola con ojos de adoración.
    La había desnudado con pausada ternura, como ella había soñado que sería la primera noche. Pero fue mucho mejor, porque se habían peleado y habían hecho las paces, y se conocían mil veces mejor que antes.
    Gil le acarició el rostro y la garganta, bajando hasta descansar la mano en sus pechos.
    – Te quiero -dijo él con voz queda.
    – Te quiero -susurré ella al tiempo que extendía los brazos para recibirle.
    Gil se arrojó a ellos instantáneamente, estrechándola contra su corazón durante unos momentos.
    Al principio, el placer que las manos de Gil le produjeron al acariciarle todo el cuerpo fue ligero y suave. Los ojos de él estaban llenos de ternura y amor. Sus manos la tocaron con reverencia. Su beso fue un acto de adoración.
    En lo más profundo de la conciencia de Jane los fuegos artificiales comenzaron, llamas luminosas que la deslumbraron con su belleza, ruedas que giraban más y más violentamente lanzando dardos de luz. Los cohetes iluminaron el cielo, dejando atrás una lluvia de color antes de volver a explotar. Entonces, todo se tornó rojo, azul, verde…, más y más rápido. Y cuando Gil se apoderó completamente de ella, los colores su fundieron y una luz blanca cegadora la poseyó.

    Después, todo se apagó. El cielo volvía a la oscuridad y ella a tierra. Pero unos adorables brazos la sujetaron y la abrazaron, y una amada voz le susurró al oído:
    – Mi amor… mi amor…
    Permanecieron el uno en los brazos del otro. Jane estaba a punto de quedarse dormida cuando sintió que la risa sacudía el cuerpo de Gil.
    – ¿Qué pasa? -pregunté ella.
    – Creía que estaba siendo todo un caballero esperando al momento adecuado. Quería demostrarte que sé comportarme como un caballero.
    Ella se echó a reír también.
    – Y yo te estaba maldiciendo mientras tanto. Creí que no te gustaba como mujer.
    – ¿Cómo has podido pensar eso?
    – Creía que la primera noche iba a ser una cena romántica a la luz de las velas y que me ibas a dar rosas rojas -respondió Jane con algo de indignación-. A Sarah le has dado rosas rojas.
    Gil rió con ternura.
    – Un día te daré una rosa roja, sólo una. Será una rosa perfecta y la recibirás de forma inesperada.
    – Mmmm, me encantan los misterios. Cuéntame más.
    – Si te contase más no sería un misterio -respondió él.
    – Quiero saberlo.
    Gil le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
    – No.
    – Pero Gil… Si sigues haciendo eso…
    – ¿Sí? -murmuró él-. ¿Si sigo haciendo esto, qué?
    – Pues que… que…
    Jane lo abrazó y no hubo más palabras.

    A la mañana siguiente, David mandó un tractor para que sacase la caravana del barro. El sol había salido y, cuando llegó la hora de la fiesta, la tormenta no era más que un recuerdo.
    Los fuegos fueron un éxito. Los niños gritaron, aplaudieron y se divirtieron con locura. La hija de David declaró que aquello era mucho mejor que un payaso. Gil y Jane pasaron otra noche en casa de la familia Shaw y se marcharon a la mañana siguiente.
    En la costa, un amable agricultor les dejó aparcar la caravana en sus tierras, junto a un arroyo. Había una feria en la playa y fueron para conmemorar su primera noche juntos. Compraron manzanas cubiertas con caramelo y dos sombreros de feria, ganaron unos muñecos y se rieron. Gil insistió en acercarse a un puesto que tenía unos patos de plástico que flotaban en el agua describiendo un círculo. Consiguió dar a tres que tenían el mismo número y el dueño de la caseta le dijo que había ganado un premio, pero de los más baratos.
    – Otro juguete no -le rogó Jane-. Ya tenemos un conejo, un gorila, un cordero, una serpiente y otra cosa que no sé lo que es.
    – De acuerdo, déme eso -Gil señaló un cartón pequeño con un anillo de plástico pegado al cartón.
    Con gesto solemne, agarró el anillo y se lo puso a Jane en el dedo anular de la mano derecha.
    – Y pensar que llegaste a dudar de mis intenciones… -dijo él.
    Entonces, antes de que Jane pudiera ver en su rostro lo que había querido decir, Gil añadió:
    – Y ahora, vamos a probar ese líquido verde diabólico que todos los niños de aquí parecen estar bebiendo.
    Y bebieron el líquido verde diabólico y comieron palomitas de maíz. Por fin, fueron a la caravana e hicieron el amor felices mientras Perry destrozaba los juguetes que estaban esparcidos por el suelo.
    Al día siguiente, se quedaron donde estaban y comieron junto al río. Gil apoyó la espalda en el tronco de un árbol y dejó que el sol le calentase el pecho desnudo.
    Jane estaba tumbada con la cabeza apoyada en los muslos de él.
    – Y pensar que esto podría no haber ocurrido… -murmuró ella.
    – Tenía que ocurrir, ya nos habíamos puesto de acuerdo para el espectáculo.
    – No me refiero a eso, sino a nosotros. A encontrarnos.
    – ¿Te refieres a cuando fui al banco?
    – No. Normalmente, no eres tan lento. Me refiero a la discusión y luego a acabar entendiéndonos.
    – Habríamos acabado entendiéndonos de cualquier forma.
    – Pues no sé cuándo, puede que después de que nos hubiéramos tirado los platos a la cabeza. No, fue David Shaw quien lo ha hecho posible.
    – Pero si él no se hubiera presentado, habríamos discutido por cualquier otra cosa y habríamos acabado estando donde estamos ahora -dijo él con toda lógica.
    – No lo estropees -le rogó Jane-. Eres tú quien se supone que cree en la felicidad de lo inesperado.
    – Y tú la que se supone que debe creer en el sentido común.
    – ¡Al demonio con el sentido común! ¿Quién necesita sentido común cuando la vida así es tan maravillosa?
    – ¿En serio te gusta este estilo de vida, Jane?
    Ella bostezó y se estiró.
    – Es la única manera de vivir la vida. Ojalá durase siempre.
    – ¿Vivir al día sin saber si mañana vas a tener trabajo o no?
    – Siempre conseguirás trabajo porque eres maravilloso -declaró ella, satisfecha.
    – Que Dios te bendiga.
    Se quedaron en silencio, satisfechos, durante un rato. Por fin, Jane murmuró:
    – No me reconozco. Normalmente, tengo que estar haciendo algo; sin embargo ahora, lo único que me apetece es estar sin hacer nada. Es como si me estuviera transformando en otra persona completamente distinta.
    – No eres distinta, sino la misma, pero mostrando otro aspecto de tu personalidad -dijo él-. Lo único que pasaba era que necesitabas que se te presentara la ocasión.
    – Pero estoy tan diferente… es como si compartiese mi cuerpo con una desconocida.
    – Eso es lo bueno -murmuró él-. Empezar de nuevo y hacerse uno a uno mismo otra vez, convertirse en otro…
    Jane alzó la cabeza y se lo quedó mirando, la voz de Gil había adquirido un tono serio y distante.
    – Parece como si hablases en serio -comentó ella.
    Gil la miró con repentina intensidad.
    – ¿Me querrías fuera quien fuese?
    – Te quiero porque eres tú -respondió ella sin comprender.
    – ¿Y quién soy yo?
    – Gil Wakeman.
    – No, eso es sólo un nombre que no significa nada. Podría llamarme, por ejemplo, Horace Sproggins… pero lo importante es quién soy por dentro.
    – Eso es, al hombre que quiero es al hombre que eres de verdad -dijo Jane.
    Gil pareció relajarse.
    – Algún día te recordaré lo que has dicho.
    Ella le lanzó una sonrisa maliciosa.
    – Perdona, pero podría tener problemas si realmente te llamaras Horace Sproggins.
    Gil se echó a reír y el momento pasó. Jane bostezó, se estiró y, de nuevo, se tumbó con la cabeza encima de la pierna de él.
    – Gil, ¿por qué no te compras un teléfono móvil? Como estás viajando todo el tiempo, te sería útil.
    Inesperadamente, la expresión de Gil adquirió un tono sombrío.
    – Ni hablar. Si la gente se puede poner en contacto contigo estés donde estés, no hay forma de escapar.
    – ¿Y por qué ibas a querer escapar? Lo que quieres es que te llamen de todos los sitios para ofrecerte trabajo.
    – No.
    – Pero los fuegos artificiales…
    Durante los minutos siguientes, el beso de Gil hizo que Jane se olvidase de todo lo demás. Pero luego, volvió a ser la misma y práctica Jane de siempre.
    – ¿Y qué hace la gente para ponerse en contacto contigo cuando estás fuera? -le preguntó ella pensativa.
    – Dejan un mensaje en mi contestador automático.
    – ¿Contestador automático? ¿Tienes una casa de verdad?
    – Tengo un lugar donde uno se puede poner en contacto conmigo. Esta es mi casa -dijo Gil, señalando la caravana-. Y también tú eres mi casa.
    – Mmmm, gracias. ¿Pero no crees que…?
    – No -dijo él con firmeza bajando los labios y acercándolos a los de ella-. No lo creo.
    A pesar de haber salvado sus diferencias, no todo era una balsa de aceite. Cuando dejaron la costa, Gil aceptó otro trabajo de última hora, que le habría proporcionado algunos cientos de libras de haber conseguido que le pagasen. El hombre que le había contratado se escapó después del espectáculo. Como no había tiempo para buscarle y no había nada escrito en papel, se vieron obligados a echarlo en el saco de la experiencia.
    Después del primer estallido de indignación, Jane se encogió de hombros y decidió olvidarlo, pero pronto se dio cuenta de que el suceso tenía repercusiones.
    – Se nos está acabando el dinero y tengo que comprar más material para reemplazar el que he usado con ese ladrón -le dijo Gil.
    – Deja que te ayude.
    – No, ya me has ayudado bastante. Has comprado casi toda la comida y también has pagado alguna vez la gasolina, no quiero que me des más.
    Pero cuando Gil llamó a su proveedor para pedirle un envío urgente para el siguiente espectáculo, querían que pagara con una tarjeta de crédito, y Gil no tenía ninguna. Jane salvó la situación y Gil lo aceptó, pero ella se dio cuenta de que no le hacía feliz.
    – No te preocupes, ya saldrá algo -le dijo ella en un esfuerzo por animarlo.
    – Eso espero. Quiero pagarte la deuda lo antes posible.
    – En ese caso, tocaremos madera y a esperar a que ocurra el milagro.
    Esa noche, mientras Gil dormía, Jane tocó madera con las dos manos y rezó con todo su corazón porque ninguna desgracia estropeara el tiempo que estaban pasando juntos.
    – Quiero que ocurra un milagro de verdad -susurró en la oscuridad de la noche.
    Pero cuando ocurrió el milagro, se presentó bajo un disfraz y sólo se reveló como milagro en el último momento.
    De la costa fueron a Delford Manor, una casa palaciega en medio de una propiedad de suaves colinas donde iba a celebrarse una boda de alcurnia.
    – La señorita Patricia Delford va a unirse en santo matrimonio a Antony Ralph Hamilton-Smythe -explicó Gil.
    – ¿Smythe con y griega? -preguntó Jane.
    – Naturalmente. Una boda por todo lo alto, con banquete real, champán de cosecha, baile y fuegos artificiales. A la mañana siguiente, la feliz pareja se va de viaje a las Bermudas, cortesía del padre del novio, el general Delford.
    Las puertas de hierro forjado de la verja de entrada de la propiedad se abrieron y un individuo, que los miró con recelo, les indicó dónde aparcar, alejados de la mansión. Después de media hora, una mujer de mediana edad, elegante, apareció y se presentó como la señora Delford.
    – La novia es mi hija -explicó, pronunciando las palabras de forma afectada-. Quería fuegos artificiales en su boda, y su padre no sabe negarle nada. Yo, personalmente, no veía… En fin, aquí están. Bueno, supongo que tienen todo lo que necesitan. Estupendo.
    – No -dijo Gil.
    – ¿Perdone?
    – Que no tenemos todo lo que necesitamos. Primero, me gustaría que alguien me enseñara el sitio donde quieren que se hagan los fuegos. Después, necesitaré agua.
    – Creía que estas cosas tienen ese tipo de comodidades -dijo la señora Delford, indicando la caravana.
    – Tiene una goma que se conecta a un grifo de agua, pero no veo ningún grifo por aquí -contestó Gil-. Necesito llenar dos garrafas de agua. ¿Tendría la amabilidad de decirme dónde?
    Su anfitriona parecía contrariada.
    – Puede ir a la parte posterior de la casa, hay un grifo fuera que lo utilizamos para una goma.
    – ¿Es agua potable? -preguntó Gil.
    – ¿Qué?
    – ¿Que si es agua potable? Necesitamos beber.
    – Oh, bueno… En fin, entren en la cocina y díganle a Cook que yo les he dado permiso.
    – Gracias -respondió Gil, conteniéndose para no darle una mala contestación.
    – Enviaré a alguien para que… ¡Aaaah! -la señora Delford se quedó aterrorizada cuando, por la ventana de la caravana, vio a Perry que miraba con curiosidad-. ¿Qué es eso?
    – Es un perro y es mío -contestó Gil.
    – No tenía derecho a traerle aquí.
    – Es completamente inofensivo -dijo Jane, indignada.
    – Yo soy criadora de perros basset, un tipo especial de perro de caza.
    – Perry es un basset -anunció Gil.
    – Puede, pero hay bassets y bassets, los míos son de pedigrí.
    – ¿Y cómo sabe que Perry no tiene pedigrí? -preguntó Jane, cada vez más irritada.
    La señora Delford sonrió con desdén.
    – No creo que su situación se lo permita, ¿no le parece? No deben permitir que ese animal se acerque a mis perros, ¿está claro?
    – Perfectamente claro -contestó Gil fríamente-. Yo también prefiero que mi perro no se ponga en contacto con quienes no debe.
    – Enviaré a alguien ahora.
    La mujer se volvió dispuesta para marcharse; en el último momento, se detuvo y se volvió.
    – Casi se me olvidaba. Ayer llamó una joven preguntando por usted y dijo que, cuando llegara, que la llamase enseguida. No debería haber dado a nadie este número de teléfono.
    – No lo hice -respondió Gil-. Le había dejado una lista con mis compromisos y ella debió localizar el número.
    – Entonces, sabe quién es, ¿no? Estupendo, porque no me acuerdo de su nombre. Puede utilizar el teléfono de la cocina.
    Y la señora Delford se marchó.
    – ¿Por qué no nos vamos ahora mismo? -preguntó Jane apenas conteniendo la ira.
    – Porque he dado mi palabra de que estaría aquí-dijo Gil-, y no rompo mi palabra. Una directora de un banco debería apreciarlo.
    – No me siento como una banquera, sino como una campesina -dijo Jane, enfadada.
    – Eso es porque tienes pinta de campesina -le dijo Gil con una traviesa sonrisa.
    Jane se miró la ropa y se dio cuenta de que Gil tenía razón. Llevaba unos pantalones cortos, una camiseta y sandalias. El cabello revuelto y la piel bronceada.
    – Es curioso cómo la gente te juzga por la ropa -dijo Gil-. Si te vistes como un vagabundo, te tratarán como a un vagabundo. Pero si te vistes con corbata y traje, la cosa cambia.
    Ella se lo quedó mirando.
    – ¿Con corbata y traje tú? -preguntó ella riendo.
    Gil lanzó una nerviosa carcajada.
    – Nunca se sabe…
    Gil desapareció en el interior de la caravana, dejando a Jane reflexiva e intranquila.
    Cuando volvió a salir, Jane había desenganchado el coche de la caravana y también había metido las garrafas de agua.
    – Bueno, vamos a por el agua.
    – No es necesario que vayamos los dos -le dijo Gil rápidamente-. ¿Por qué no empiezas a preparar la cena?
    – ¿Sin agua? Iré contigo y traeré el agua mientras tú llamas por teléfono.
    Por fin encontraron la cocina. Jane llenó las garrafas y regresó sola a la caravana. Al cabo de unos minutos, el jardinero apareció y llevó a Jane a ver la zona que se les había designado para lanzar los fuegos. Ella le dijo que estaba bien y, rápidamente, volvió a la caravana para recoger a Gil y llevarle a que viera el lugar.
    Pero Gil aún no había llegado. Al parecer, la llamada le estaba llevando bastante tiempo. Regresó a los veinte minutos y Jane notó una expresión sombría en su rostro.
    – ¿Qué pasa? -preguntó ella con cierta angustia.
    – Nada -respondió él al momento-. Ha sido un malentendido, pero lo he solucionado. A propósito, al volver me he cruzado con el jardinero y me ha dicho que te había enseñado el sitio para los fuegos.
    – Sí, está ahí cerca. ¿Qué clase de malentendido?
    – Ya te he dicho que lo he solucionado -respondió Gil con cierto mal humor.
    – Está bien, no tienes por qué enfadarte conmigo. Pero si tienes problemas, me gustaría compartirlos contigo.
    Gil le puso un brazo sobre los hombros y la abrazó.
    – Perdona. Ya sabes cómo me pongo antes de unos fuegos. Vamos, enséñame dónde van a ser.
    Declaró que el sitio era excelente y la alabó por haber juzgado tan bien el lugar. En otro momento, Jane se habría mostrado encantada, pero tenía la sensación de que Gil quería distraerla para que no pensase en la llamada. Pero pronto, Jane decidió que era una tontería preocuparse por algo que no debía tener importancia.
    Cuando regresaron a la caravana, una joven muy bonita les esperaba coqueteando con Perry por la ventana.
    – Soy Patricia -dijo la joven sonriendo.
    A los dos les gustó al momento. Su expresión era abierta y franca, en contraste con la de su madre.
    – He venido para invitarles a cenar -dijo Patricia-. Mamá se ha quedado muy preocupada al darse cuenta de que se le había olvidado invitarles.
    – ¿Y Perry? -preguntó Gil, indicando la cabeza del perro que se veía por la ventana.
    – No, me temo que Perry tendrá que quedarse aquí.
    – En ese caso, creo que nos quedaremos con él -dijo Gil, para alivio de Jane-. Verá, los tres formamos un equipo y no nos separamos. Además, mi socia y yo tenemos que hacer planes para mañana. Pero, por favor, de las gracias a su madre por la invitación.
    Patricia se despidió de ellos y volvió a la casa. Sin embargo, media hora después, volvió a la caravana.
    – Es Champers -dijo Patricia con dos botellas de champán en la mano-. Son de la fiesta. No le digan nada a mi madre.
    Y desapareció antes de que pudieran darle las gracias.
    Jane y Gil pasaron el resto de la tarde haciendo planes para el día siguiente y se acostaron pronto. A Jane le pareció notar algo diferente en la forma como Gil le hizo el amor aquella noche. Se mostró tan tierno y apasionado como siempre, pero un sexto sentido le dijo que estaba preocupado y pensando en otras cosas.
    Más tarde, cuando estaban tumbados abrazados, Gil dijo:
    – Me quieres, ¿verdad?
    – Sí -respondió ella.
    – ¿Y confías en mí?
    – Claro que confío en ti -contestó Jane instantáneamente.
    Pero pronto se dio cuenta de que había contestado demasiado a prisa. Al cabo de una hora, se despertó inquieta. Se levantó de la cama sigilosamente y salió de la caravana.
    Hacía una noche maravillosa y Jane se paseó por los jardines disfrutando la plateada belleza que les confería la luna. Por fin, dobló una esquina y se encontró, inesperadamente, delante de una pequeña construcción; en su interior, había luz. Estaba a punto de darse la vuelta cuando oyó:
    – ¿Quién anda ahí?
    Jane se quedó helada al reconocer la voz de la señora Delford; pero antes de darle tiempo a desaparecer en la oscuridad, la mujer salió a la puerta y la vio.
    – ¿No está ese perro con usted? -preguntó la señora Delford al instante.
    – No. Sólo había salido un momento a tomar el aire.
    – En ese caso, entre. Estoy tomando una taza de té.
    Jane entró y se encontró en lo que parecía una perrera extraordinariamente lujosa. Sólo había un perro, una hermosa basset de ojos cristalinos que, inmediatamente, trató de llamar la atención de Jane.
    – Entre -dijo la señora Delford al tiempo que abría la puerta de la perrera.
    Era evidente que la señora Delford estaba sentada ahí dentro con la perra.
    – La tengo apartada -explicó la mujer-. Iban a cubrirla hoy, pero ha habido un retraso y no será hasta mañana. Va a ser un día muy ajetreado, pero no se puede hacer nada.
    – ¿Cómo se llama? -preguntó Jane, acariciando las orejas del animal.
    – Lady Tillingforth de Westrock -respondió la señora Delford-. Pero, para mi, es Tilly.
    La mujer tomó un termo sacó dos vasos y sirvió té para las dos, Jane se sentó en el suelo y, rápidamente, Tilly buscó su atención. La señora Delford sonrió.
    – No suelen gustarle los desconocidos -dijo la mujer-. Es muy joven, sólo tiene un año. Esta va a ser la primera vez.
    – Así que también vas a ser una novia mañana, ¿eh? -le dijo Jane a Tilly-. ¿Quién es el novio?
    – Es Lord Bertram Hannenmere de Marshall Denby -contestó la señora Delford con orgullo-, aunque creo que le llaman Bert. Por lo menos, podían llamarle Bertie.
    – ¿Qué tiene Bert de malo? -preguntó Jane. La señora Delford parpadeó.
    – Es un diminutivo muy plebeyo.
    – ¿Y él es un perro distinguido?
    – Sí, lo es.
    La señora Delford comenzó a hablar de pedigríes y Jane escuchó tranquilamente. Al parecer, el servicio que iban a prestarle a Tilly costaba quinientas libras.
    – Por ese dinero, debe ser el mejor -comentó Jane mientras bebía su té.
    – La verdad es que los mejores son los basset Moxworth -concedió la señora Delford a pesar suyo-. Por cruzarla con uno de ellos se pagaría mil libras, pero sólo les cruzan con sangre que tenga linaje de campeones.
    – Esnobs -dijo Jane al momento.
    – Es para proteger la reputación Moxworth. Su objetivo es que cada carnada produzca al menos un campeón, y es más fácil si la madre tiene genes de campeona.
    – Pobre Tilly, rechazada por no ser suficientemente buena -dijo Jane, dando unas palmadas a la perra.
    La señora Delford la miró con curiosidad.
    – Habla usted como una mujer con educación. ¿Cómo es que va por ahí con ese hombre de reputación dudosa?
    – Estoy de vacaciones -dijo Jane-. En realidad, soy directora de una sucursal bancaria.
    La otra mujer no contestó, pero arqueó las cejas con expresión incrédula. Evidentemente, no la había creído.
    La señora Delford dejó su vaso de té.
    – Bueno, creo que será mejor que me vaya a la cama para tranquilizarme, la boda me tiene muy nerviosa.
    Se despidieron y Jane volvió a la caravana sigilosamente. Gil acababa de despertarse.
    – ¿Adónde has ido? -murmuró él cuando ella se metió en la cama.
    – He ido a dar un paseo y me encontrado con la señora Delford, que me ha presentado a una de sus bassets, una perrita encantadora que se llama Tilly. Mañana también va a ser el gran día para ella, va a recibir a su novio, Perry, márchate de aquí. ¿Qué te pasa esta noche?
    – ¿Has estado acariciando a Tilly? -le preguntó Gil a Jane con una carcajada.
    – Sí. ¡Oh, Dios mío! Vete, Perry. Y mañana pórtate bien. Esta dama es una aristócrata, no se junta con los de tu ralea.
    Al cabo de un rato, Jane consiguió convencerle para que se bajara de la cama y el perro se tumbó en el suelo lanzando un suspiro de tristeza.

Capítulo 9

    Era un día perfecto para una boda. El sol caía de plano sobre la lujosa carpa en la que iba a celebrarse la boda. Llegaron furgonetas con flores y comida, y los camareros colocaron las mesas y las cubrieron con manteles blancos.
    Jane, ignorando las protestas de Perry, lo encerró en la caravana y comenzó a llevar cajas con cohetes y fuegos artificiales al lugar donde iban a lanzarlos. Durante las horas siguientes, trabajó cavando agujeros y rellenándolos. Gil estaba levantando el andamio, un jardinero le ayudaba.
    A las tres de la tarde, la comitiva nupcial salió para la iglesia. Dos horas más tarde, el primer coche volvió. Los camareros se detuvieron. El coche se detuvo, y Patricia era como una visión blanca con luz propia.
    – Vamos a parar para comer algo y para descansar -dijo Gil.
    Comieron beicon y huevos. Desde la carpa se oían voces, brindis y risas. Jane pensó que aquella era la clase de boda que habría tenido de haberse casado con Kenneth. Pero con Gil… ¿cómo sería su boda? ¿Se casarían? Se tocó el anillo de plástico. Gil no le había mencionado el matrimonio, pero le había puesto el anillo en el dedo adecuado y también le había dicho que sus intenciones eran honorables.
    Cuando empezó a oscurecer, la banda de música entró en acción y la gente bailó en los jardines. Había lámparas de colores colgadas de los árboles y algunas parejas se paseaban agarradas del brazo.
    – ¿Me concedes este baile? -le preguntó Gil, haciendo una reverencia-. No tenemos que ponernos en marcha hasta un poco más tarde.
    Bailaron y Jane se sintió feliz. En la distancia, vio llegar un coche, y vio a la señora Delford salir a recibirle. Un hombre salió del coche con un magnífico basset.
    – Me parece que ya ha llegado el novio -murmuró Jane.
    – ¿Qué? Oh, ese novio. El que le ha chafado los planes a Perry. A propósito de Perry, creo que será mejor que le saquemos a dar un paseo antes de la función.
    – Sí, creo que deberíamos hacerlo.
    Con desgana, Jane se soltó de Gil y fue a la caravana. Al llegar a la puerta, se quedó helada.
    – Gil, la puerta está abierta.
    – No puede ser, la he cerrado.
    – ¿Con cerrojo?
    – No, pero… -guardó silencio al ver los arañazos junto a la puerta-. No te asustes, ya sabes cómo es. Lo más seguro es que esté quitándoles la comida a los invitados. A estas horas ya debe haberse comido la mitad de la tarta nupcial y por ahí deben estarnos llamando monstruos por tenerlo muerto de hambre.
    – Esperemos que sólo sea eso. Venga, vamos a buscarle.
    Fueron rápidamente a la carpa tratando de pasar desapercibidos. A simple vista, no consiguieron localizar a Perry.
    – Allí -dijo Jane-. Mira a esa pareja que están tirando comida a algo en el suelo.
    Pero el algo resultó ser un caniche, que se ofendió mucho cuando Jane le interrumpió en medio de la cena. Jane y Gil se miraron, y la gente comenzó a mirarlos a ellos también.
    – No se puede evitar, tú ve por ese lado, yo iré por éste -murmuró Gil.
    Al instante, se agacharon y comenzaron a caminar a cuatro patas por debajo de las mesas mientras llamaban a Perry con voz baja. Se acababan de reunir cuando estalló la tormenta.
    La señora Delford gritó con horror en la distancia y no dejó de gritar hasta que llegó a la carpa.
    – Mamá, ¿qué te ocurre? -dijo Patricia.
    – Tilly no está. Hay un agujero debajo de la pared de la perrera y Tilly no está.
    – Lo más seguro es que se haya aburrido de estar sola y haya ido a casa -contestó Patricia, tratando de calmar a su madre.
    – He ido a la caravana, señora -dijo la voz de un hombre-. Pero no hay rastro de la pareja.
    – ¡Lo sabía! ¡Han raptado a Tilly!
    Gil se llevó las manos a la cabeza.
    – ¿No podríamos quedarnos aquí escondidos hasta que todo haya pasado, Dios mío? -rogó él.
    – Vamos, tenemos que dar la cara.
    Jane lo agarró de la mano y, como dos niños traviesos, salieron de debajo de una mesa.
    – ¿Qué han hecho con mi Tilly? -preguntó la señora Delford con voz estridente.
    – Nada -respondió Jane-. No sabemos dónde está su Tilly.
    – ¿Es simplemente una coincidencia que estuvieran escondidos debajo de una mesa?
    – No estábamos escondidos, estábamos buscando a Perry -contestó Gil, tras lo que se hizo un horrible silencio antes de que él lo interrumpiera-. Tampoco nosotros encontramos a Perry, por desgracia. Pero eso no significa necesariamente que…
    – ¡Tonterías! Claro que significa algo -gritó la señora Delford-. ¡Oh, mi pobre Tilly! ¿Dónde estarán?
    – Allí -dijo uno de los invitados.
    Todas las cabezas se volvieron. A unos metros, bajo unos árboles con lámparas, los amantes jugueteaban felices. Perry acariciaba románticamente a Tilly con la nariz.
    – Me temo que sea demasiado tarde -dijo Gil en tono ligero.
    La señora Delford se volvió hacia Jane y Gil.
    – Va a pagar esto muy caro. ¿Cómo se ha atrevido a dejar suelto a ese perro callejero?
    Aquello fue la gota que colmó el vaso. Gil enderezó los hombros y, de repente, se convirtió en la vida imagen de la dignidad ofendida.
    – Señora, tengo que comunicarle que el nombre completo de ese callejero como usted dice es Prince Pendes Heyroth Talleyrand de Moxworth… IV.
    – ¡Sí, claro! -exclamó la señora Delford, alzando la barbilla-. Supongo que eso lo habrá soñado anoche después de que su compañera le contase lo que yo le dije.
    – Yo no le dije nada de lo que me contó -dijo Jane rápidamente.
    – No la creo, joven. ¡Y si ese animal es un Moxworth, yo soy la reina de Saba!
    – En ese caso, majestad, le ruego que espere un momento -dijo Gil-. Ahora mismo vuelvo con los papeles de Perry.
    Gil se dirigió a la caravana con paso marcial, dejando a Jane con los invitados. Patricia se apiadó de ella y le puso una copa de champán en la mano; a pesar de lo cual, fueron los minutos más embarazosos de la vida de Jane.
    No obstante, cuando Gil regresó con los papeles y se los dio a la señora Delford, el cambio de expresión de la mujer mientras los leía fue realmente cómico. Jane contuvo la respiración. Pero la señora Delford, más obstinada de lo que parecía, no dio su brazo a torcer tan fácilmente.
    – No es este perro -declaró ella-. No puede serlo.
    – Lea la descripción de las marcas y compárelas con Perry -dijo Gil.
    Perry se aproximó cuando Gil lo llamó y la señora Delford lo examinó minuciosamente.
    – Es este perro, mamá -dijo Patricia por fin-. No hay duda, es éste.
    La señora Delford miró a Gil sin comprender.
    – ¿Pero cómo…?
    – Eso no tiene importancia -interrumpió Jane-. La cuestión es que ha conseguido lo que soñaba para su perra. Ahora, lo único que tenemos que discutir es el precio.
    – Creo que dijo mil libras, si no recuerdo mal -continuó Jane-. Eso es lo que se paga por un cruce con un Moxworth. Además, piense en lo que ganará con los cachorros.
    – Sí, ¿pero y yo? -el dueño de Bert interfirió-. Habíamos acordado un precio por los servicios de Bert.
    – Pero no se lo ha ganado -señaló la señora Delford.
    – Eso no es culpa suya, él estaba dispuesto.
    – El ha llegado tarde.
    – Eso tampoco ha sido culpa suya. Y estaba dispuesto.
    – Y estaba dispuesto -murmuró Gil al oído de Jane en tono burlón.
    – ¡Sssss! -dijo ella conteniendo una carcajada.
    – Lo siento, señora banquera.
    – Bert tiene derecho a recibir su dinero -declaró Jane-. Debido a las circunstancias tan especiales que se han dado, el señor Wakeman está dispuesto a hacerle un cincuenta por ciento de descuento.
    – ¿Es eso cierto? -le preguntó la señora Delford a Gil con expresión poco convencida.
    – La señorita es quien se encarga de mis transacciones económicas -dijo Gil indicando a Jane-. Yo sólo hago lo que ella me dice.
    – Y como gesto de buena voluntad -añadió Jane-, permitiremos que nuestro valioso perro esté con Tilly hasta que nos vayamos mañana por la mañana.
    La señora Delford se deshizo en sonrisas. Hubo gritos y aplausos. Patricia dio a los tres perros tarta nupcial.
    Luego, alguien recordó que aún quedaban los fuegos artificiales. La señora Delford dio un abrazo a Tilly; pero antes, miró a Jane a los ojos.
    – Es realmente la directora de una sucursal bancaria, ¿verdad?
    – Sí, lo soy -respondió Jane con una sonrisa.
    La función de aquella noche fue la mejor que habían dado. Cuando se acabó, la fiesta se disolvió y aquellos que iban a pasar la noche en la casa se retiraron a sus habitaciones. Agarrados del brazo, después de recoger y limpiar, Jane y Gil fueron a la caravana llenos de paz y de comprensión mutua.
    – Eres maravillosa -dijo él-. Todos nuestros problemas solucionados en un momento.
    – Podría haberlo conseguido antes de haber sabido que Perry es de sangre azul. Ya no es necesario que pases apuros; cuando el negocio ande flojo, alquílalo. Estoy segura de que a él no le importará en absoluto.
    – A él no, pero a mí sí. Quiero tener éxito con los fuegos artificiales y sólo con los fuegos. Os estoy muy agradecido a los dos por lo de esta noche, pero ha sido una excepción.
    – ¿Por qué sólo con los fuegos artificiales?
    – Porque así es como quiero que sea.
    Más tarde, aquella misma noche, cuando estaban abrazados en la cama y listos para dormir, Gil rió.
    – Sabes, lo que más me molesta es que ese perro gana más dinero en diez minutos y pasándoselo bien que tú y yo juntos trabajando una semana.
    Durante todo el viaje, Jane se mantuvo en contacto con Sarah. A veces, su abuela estaba en casa; otras veces, Jane se encontró hablando con el contestador automático. Estaba claro que Sarah tenía una vida social muy activa.
    En la siguiente parada, se detuvieron en un teléfono público y Jane volvió a llamar. Sarah respondió inmediatamente y parecía enfadada.
    – ¿Qué te ocurre? -preguntó Jane.
    – Lo que me ocurre es que ese Kenneth es insufrible.
    – ¿Qué ha hecho?
    – Ha venido a verme, me ha aburrido durante horas diciéndome que tenía que salvarte de ti misma. No sé cómo he podido aguantarlo.
    – Lo siento. Hablaré con él.
    – Sí, quiere que lo llames porque tiene «algo urgente» que decirte.
    – Lo más seguro es que no sea nada urgente. Sarah contestó en tono raro.
    – Bueno, la verdad, querida, es que puede que yo haya sido un poco indiscreta.
    – ¿Qué le has dicho? -preguntó Jane con cierta aprensión.
    – Le he contado que le habías prestado dinero a Gil.
    – Oh, Sarah, ¿cómo le has dicho eso? En fin, no importa, ya no se puede hacer nada.
    Tras cierta vacilación, Jane llamó a Kenneth.
    – ¡Gracias a Dios! -exclamó él-. Me tenías muy preocupado pensando en que estás sola con ese hombre.
    – Kenneth, si vas a insultar a Gil, te aseguro que…
    – Es más serio que todo eso. He estado haciendo ciertas investigaciones sobre él.
    – No tienes ningún derecho a hacer eso.
    – Alguien tenía que actuar con responsabilidad y ya he visto que no ibas a ser tú. ¿Sabías que, oficialmente, Gil Wakeman no existe? No está en ningún ordenador…
    – Porque habrás mirado en los ordenadores equivocados. Va de un sitio a otro y…
    – Escucha, he conseguido descubrir quiénes son sus proveedores y me he puesto en contacto con ellos, y tampoco saben nada de él. Siempre paga al contado, ni siquiera tiene una tarjeta de crédito. Ni una sola.
    – Lo dices como si eso fuera un crimen.

    – Como directora de una sucursal bancaria, deberías saber que cualquier hombre respetable tiene papeles, una cuenta corriente y una dirección… ¡Por el amor de Dios! Enfréntate a los hechos, está utilizando un nombre falso. Lo más seguro es que haya salido de la cárcel.
    – Eso no me lo creo -dijo Jane violentamente.
    – Jane, es un delincuente. Así es como esos hombres actúan. Vas a tener problemas con el banco cuando se enteren de que le has prestado dinero.
    – En el banco no se van a enterar -dijo Jane-. Le he prestado mi dinero.
    – ¿Lo ves? -dijo Kenneth en tono arrogante-. Consigue engatusar a las mujeres sin sentido para que le den dinero. Y después de sacarte todo lo que pueda, te dejará y se irá a engañar a otra.
    Durante un momento, Jane estuvo a punto de perder los nervios, pero consiguió controlarse. Kenneth no tenía mala intención, lo que ocurría era que no sabía nada de los fuegos artificiales que estallaban dentro de ella cuando estaba en los brazos de Gil, ni tampoco sabía nada de la belleza que había en que a ella le resultara imposible pensar nada malo de su amante.
    – Por favor, no te preocupes por mí -le dijo Jane-. Conozco a Gil mejor que tú y tengo plena confianza en él.
    – ¿Y qué sabes de él?
    – Sé lo que realmente importa -respondió ella con decisión.
    – ¿Cómo de dónde viene y qué familia tiene? Creo que de eso no sabes nada. ¿Está casado?
    – ¡Claro que no!
    – ¿Te ha dicho que no está casado?
    – No se lo he preguntado.
    – ¡Dios mío, dame paciencia! Y, naturalmente, como utiliza un nombre falso, no puedes averiguarlo. ¿Y qué me dices de esa bestia salvaje que vi en el asiento de atrás de su coche? ¿También te fías de ese animal?
    Jane se echó a reír.
    – Perry no es una bestia salvaje, sino un perro de caza, un basset, con pedigrí y, además, de muy buen carácter.
    – ¡Sí, ya, pedigrí!
    – Es verdad, pedigrí. Su nombre completo es Prince Pendes Heyroth Talleyrand de Moxworth, IV.
    Kenneth lanzó un gruñido.
    – ¿Y qué hace un tipo como Gil Wakeman con un perro de pedigrí? Lo más seguro es que lo haya robado.
    – No lo ha robado, Gil tiene los papeles del perro.
    – ¿Y a nombre de quién está la propiedad del perro?
    – No lo sé, supongo que a su nombre.
    – ¿Has visto los papeles?
    – No los he mirado…
    – ¿Lo ves?
    – Adiós, Kenneth -dijo Jane con firmeza y colgó. Cuando regresó a la caravana encontró a Gil preparando la cena.
    – ¿Está todo bien? Has estado mucho tiempo fuera.
    – Sí, todo bien. He tenido que llamar a Kenneth y aguantar sus advertencias contra ti.
    Gil sonrió maliciosamente.
    – ¿Qué ha dicho?
    – Cree que acabas de salir de la cárcel y que Perry es robado.
    Gil estalló en carcajadas y casi se le cayó la sartén.
    – ¿Y lo crees?
    – Por supuesto que no -respondió Jane inmediatamente, aunque reconsideró sus palabras-. Supongo que puedes haberte escapado de la cárcel.
    Gil sacudió la cabeza.
    – Eso es una tontería.
    – Cierto, pero es verdad que eres muy misterioso. Jamás hablas de tu familia ni de nada de esas cosas.
    Gil la besó.
    – Sabes sobre mí lo que realmente importa.
    – Sí, lo sé.
    Pero sus palabras carecieron de convicción.
    Al día siguiente, ocurrió algo que a Jane le hizo volver a pensar en lo poco que sabía realmente a cerca de Gil. Mientras buscaba un destornillador en un cajón, se encontró con un cuaderno en el que Gil anotaba los detalles de sus transacciones financieras, incluyendo el préstamo que ella le había dado. Sin ninguna intención en particular, Jane pasó las hojas, fijándose en la claridad y profesionalidad de las anotaciones, que no concordaba con el carácter despreocupado de Gil.
    Estaba a punto de dejar el cuaderno cuando descubrió algo que llamó su atención. Hacía un año, Gil había tomado otro préstamo por tres mil libras; lo había devuelto ya, aunque los pagos no habían sido realizados a intervalos regulares. La cifra final incluía el pago de un interés por el dinero que la hizo silbar.
    El silbido atrajo la atención de Gil, que entró en la caravana.
    – No era mi intención cotillear, pero supongo que eso era lo que estaba haciendo -dijo Jane, incómoda.
    – No tiene importancia. ¿Qué te parece?
    – Me parece que el que te prestó dinero te robó descaradamente. ¿Cómo pudiste ser tan inocente para ir a pedirle dinero a él?
    – Es el único que se dignó a hacerme caso.
    – Es un ladrón -dijo Jane directamente.
    Gil rió al ver su expresión indignada.
    – En realidad, es un respetable agente de bolsa, y muy conocido en los medios financieros.
    – Has escrito Dane arriba, en la hoja. He oído hablar de una compañía de agentes de bolsa que se llama Dane & Son.
    – Es el hijo.
    Ella se lo quedó mirando.
    – ¿Tú conoces aun agente de bolsa? ¿Eres amigo suyo? Gil vaciló unos momentos.
    – Lo conozco. Amigos es una palabra algo fuerte. No me gusta ese hombre.
    – No me extraña. Es un ladrón -repitió Jane obstinadamente.
    – No es un ladrón, es un hombre que en todo ve una oportunidad de ganar dinero.
    – ¿Y no se conforma con la bolsa? Al margen, presta dinero a un interés vergonzoso.
    – Bueno, la verdad es que yo soy la única persona a la que ha prestado dinero, y él ni siquiera quería hacerlo por mí, me costó mucho convencerlo. Yo no le gusto, no nos ponemos de acuerdo en lo que es importante y lo que no lo es. Es un depredador. Se crió en la jungla financiera, y me temo que eso tiene sus desventajas en lo que respecta al carácter. En fin, ahora ya me he librado de él.
    – Eso espero. ¿Cómo es que le conociste?
    – Ibamos al mismo colegio -respondió Gil brevemente.
    Jane se sintió como si acabaran de darle una clave más que enfatizaba las contradicciones de Gil. Sarah decía que tenía un gusto muy sofisticado. Al parecer, sus padres habían tenido dinero suficiente para enviarle a un colegio caro, pero debían haber sufrido un revés económico posteriormente. Eso explicaría muchas cosas. Jane miró a su alrededor con intención de hacerle más preguntas, pero Gil se había ido ya a trabajar.
    La función ahora era más elaborada. Gil le había prometido que el espectáculo que iban a dar esa noche causaría sensación. No le había dicho cómo iba a ser, y Jane no podía imaginar cómo seria.
    Con el nuevo espectáculo había trabajo doble y, una vez que empezó a trabajar, Jane no pudo parar ni un momento. Ahora no dudaba de que la decisión de Gil de invertir dinero en mejor material en vez de en un ordenador había sido la adecuada, pero correr de un lado para otro la dejó sin respiración.
    Por fin, llegó el momento.
    – Vete ahí delante y dime cómo se ven.
    – ¿No necesitas que te ayude con esto?
    – Es más importante que lo veas.
    Jane se colocó delante justo en el momento en que Gil lanzó su figura principal. Al principio, la gente no sabia lo que era; luego, cuando se hizo claro, todos comenzaron a gritar y a aplaudir. Jane se quedó con la boca abierta.
    Era la figura de una mujer tumbada y desnuda. Era una figura encantadora que despertó la ira de Jane al darse cuenta de que era como un dibujo que le había hecho Gil una mañana cuando ella estaba dormida.
    – Deberían pegarte un tiro, Gil Wakeman -le dijo tan pronto como estuvieron a solas.
    – ¿Por pagarte un tributo? -preguntó él con inocencia.
    – ¡Ya, menudo tributo!
    – Eso es lo que ha sido. Estabas tan bonita dormida… quería que el mundo entero viera lo hermosa que eres.
    Jane intentó seguir enfadada, pero no pudo resistir el brillo de los ojos de Gil.
    – ¿Por qué no puedo enfadarme contigo? -preguntó ella dándose por vencida.
    – Porque me adoras -bromeó él.
    – ¿Ah, sí? Estás muy seguro de ti mismo, ¿no?
    – No me queda más remedio, ¿no te parece? -Gil le rodeó la cintura con un brazo.
    Ella se abrazó a él, pero en ese momento alguien llamó su atención.
    – ¿Hay alguien ahí?
    Volvieron la cabeza y encontraron a un hombre de mediana edad en la puerta de la caravana.
    – Joe Stebbins -dijo mientras ofrecía a Gil su tarjeta. La tarjeta le identificaba como organizador de espectáculos.
    – Han sido unos fuegos artificiales francamente buenos -declaró el hombre-. Estoy montando unos espectáculos a los que no les vendría mal algo así. Nunca he presentado fuegos artificiales, pero me parece el broche final perfecto para un espectáculo.
    – ¿Quiere decir que tiene trabajo para mí? -preguntó Gil, encantado.
    – Sí, y a montones. Tiene usted talento, me ha gustado mucho el último lanzamiento, el de la mujer. Realmente original. Escuche, necesito volver a verlo antes de hacer un contrato, y ahora voy a estar dos semanas fuera. Escríbame a esta dirección y dígame dónde va a estar. Si la próxima función que vea suya es tan buena como la de hoy, haremos grandes negocios. Y pago bien; pregunte por ahí si quiere, cualquier se lo podrá decir. Buenas noches.
    El hombre desapareció dejándoles con los ojos fijos en la tarjeta.
    – ¡Lo he conseguido! -gritó Gil-. La oportunidad que estaba esperando. Si consigo un contrato, lo habré conseguido. Y luego…
    Gil miró a Jane como si tratara de decidir si decirle algo o no.
    – ¿Y luego?
    – Y luego… ocurrirán muchas cosas. Haremos que ocurran. Vamos a crear la mejor función hasta ahora, y la vamos a preparar juntos.
    – Juntos -susurró ella, sonriendo.

Capítulo 10

    Era por la noche, un jueves, cuando por fin llegaron delante de la casa de Jane.
    – No puedo creer que se haya acabado -dijo ella tristemente-. Ha sido tan maravilloso.
    – Sí, lo ha sido. No volveré hasta dentro de una semana, pero te llamaré.
    – Sube para saludar a Sarah.
    – No, dale un beso de mi parte. Tengo que marcharme.
    – ¿Adónde?
    – Te lo diré en otro momento.
    Perry le lamió una oreja e, inmediatamente, Jane le abrazó.
    – Adiós, amor de mi vida -murmuró junto a su cabeza.
    – Creía que el amor de tu vida era yo -protestó Gil.
    – Perry primero, luego tú.
    – Bueno, tendremos que cambiar eso.
    Con firmeza, Gil apartó a Perry y estrechó a Jane en sus brazos. El beso que siguió la hizo olvidarse del mundo.
    Gil le llevó las bolsas hasta el ascensor, la dio otro beso y se marchó. Jane se quedó allí, viendo como se alejaba, con un peso en el corazón.
    Su abuela la estaba esperando.
    – No tengo que preguntarte cómo te ha ido, lo veo en tus ojos -declaró Sarah cuando vio a Jane.
    Durante la cena, Jane no dejó de hablar. Sarah rió con las anécdotas de Perry y escuchó atentamente los comentarios sobre Gil.
    – ¿Qué llevas en el dedo? -preguntó Sarah.
    Jane le enseñó el anillo de plástico y Sarah sonrió.
    – Es perfecto. Y ahora, ¿qué?
    – No lo sé. El futuro está lleno de problemas; pero cuando estoy con Gil, se me olvidan inmediatamente -confesó Jane.
    – No pienses en ello. Confía en Gil y todo saldrá bien.
    Le costó un enorme esfuerzo volver al trabajo y a aquella atmósfera que, en otro tiempo, le gustaba tanto.
    Una mañana, a la semana de su regreso, Jane llegó al trabajo y encontró una nota encima del escritorio que su secretaria le había dejado:
    El señor Morgan viene a verte a las once.
    Jane respiró profundamente. Henry Morgan era el jefe de la oficina central que siempre conseguía ponerla nerviosa. A las once en punto, se presentó en su despacho. Era un hombre de unos cincuenta años de rostro enjuto que, con frecuencia, mostraba un aire de superioridad. Sin embargo, aquel día, para sorpresa de Jane, era todo sonrisas.
    – Bienvenida de nuevo, señorita Landers. ¿O debería decir felicidades?
    – ¿Felicidades?
    – Desde luego, sus métodos puede que sean poco convencionales, pero incluso un banco tan tradicional como éste debe cambiar con los tiempos. Su forma de pescar un pez gordo ha sido vista con gran admiración por la oficina central.
    – Señor Morgan, realmente no sé de qué está hablando. ¿Qué pez gordo?
    – Estoy hablando de Dane & Son. Y no me diga que no ha oído hablar de ellos.
    – Claro que no se lo voy a decir. Es una de las compañía de agentes de bolsa más importantes de Londres, pero… ¿qué tiene eso que ver conmigo?
    – ¿Y me lo pregunta a mí después de haber pasado un mes entero con el hijo?
    – ¿Qué?
    – Gilbert Dane, el «hijo» de Dane & Son.
    – Yo no conozco a Gilbert Dane. He pasado un mes con Gil Wakeman…
    – Wakeman es el nombre de soltera de la madre de Gilbert Dane. ¿Ha estado utilizando ese nombre? Curioso. Tengo entendido que es bastante excéntrico.
    – Debe tratarse de un error -dijo Jane con firmeza-. No hay motivos para suponer que se trate de la misma persona.
    Pero a pesar de sus propias palabras, ciertas dudas le asaltaron: lo reacio que era Gil a hablar de su familia o su pasado, sus conocimientos sobre finanzas, que Kenneth insistiera en que Gil Wakeman no existía, y el préstamo que le había concedido el agente de bolsa llamado Dane. ¡Oh, no, podía ser verdad! ¿Lo era?
    – ¿Va a decirme que no conocía su verdadera identidad? -preguntó el señor Morgan-. Vamos, eso es difícil de creer.
    – Hay muchas cosas que son difíciles de creer -dijo ella, apesadumbrada.
    – Ya sé qué pasa, le ha pedido que guarde en secreto su identidad. Digamos que usted no ha admitido nada; de todos modos, el secreto no puede mantenerse indefinidamente. Esta noche, Dane & Son van a dar una gran recepción. Quiero que venga conmigo. Si están pensando en hacer negocios con Kells, podría sernos útil que se hiciera público.
    El señor Morgan rebuscó en su portafolios.
    – Le he traído este informe sobre él que teníamos en la biblioteca de la oficina central. Estúdielo antes de la fiesta de esta noche. Iré a recogerla a las siete.
    El señor Morgan se marchó dejando a Jane incapaz de pronunciar palabra. Después, le pidió a su secretaria que no le pasara ninguna llamada y abrió el informe.
    Entre los papeles, había una foto de Gil de un recorte de un periódico financiero. En la foto, se le vía unos años más joven, tenía el cabello más corto y sus ropas eran formales, pero era Gil.
    Jane leyó el artículo, cada vez más furiosa. Gil venía de una familia de banqueros y abogados. Tras la máscara de vagabundo, payaso y anarquista, se escondía un hombre serio y respetable, uno de los agentes de bolsa más sagaces del país.
    – ¡Eres un fraude! ¡Fraude, fraude, fraude! Incluso eres economista.
    Siguió leyendo sobre sus actividades financieras. Pero lo peor fue cuando, al pasar una hoja, Jane encontró otra fotografía de él; esta vez, estaba con un esmoquin riendo con unos amigos y una copa de champán en la mano. A su lado, había una joven con vestido largo agarrada de su brazo con expresión posesiva y un anillo de compromiso. El pie de foto leía:
    Gilbert Dane y su hermosa prometida, Constance Allbright, hija del millonario Brian Allbright. Se espera que la boda tenga lugar en cualquier momento, uniendo dos de las familias de más influencia del país.
    Jane dejó el informe y sintió una náusea. Gil la había traicionado. Gil estaba prometido; quizás, incluso casado. Se había estado riendo de ella todo el tiempo.
    «¿Por qué?», gritó Jane por dentro. «¿Por qué?» Pero no importaba el porqué. Había sido víctima de un juego cruel y, tras el primer choque, siguió la furia. Y Jane comenzó a pensar en la recepción de aquella noche con ganas.
    A las siete de la tarde, Jane estaba lista. Tenía un aspecto elegante y sofisticado.
    Henry Morgan la miró con satisfacción y le dijo que era un orgullo para el banco mientras la acompañaba a su RolIs con chófer. Durante la hora que duraba el trayecto, él habló de las ventajas para el banco de una asociación con Dane & Son, y Jane trató de concentrarse en lo que decía.
    La recepción era en un lujoso hotel en el corazón de Londres. El enorme salón estaba lleno de gente cuando llegaron. Había cientos de personas elegantemente vestidas, riendo, charlando y bebiendo. A Jane le resultó extraño estar allí cuando su corazón sangraba; sin embargo, alzó el rostro, sonrió y respondió a los saludos y las presentaciones como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.
    Y entonces, de repente, vio a Gil. No al Gil del último mes que había reído, que la había amado y que había hecho que su corazón cantase de alegría, sino al Gil de la fotografía. Un Gil con traje de gala y cabellos bien peinados que estaba hablando con un anciano y sonreía educadamente.
    A su lado, estaba Constance Allbright. La joven tenía una voz estridente y, al hablar, movía las manos de una forma que a la gente le hacía apretarse las copas contra el pecho.
    Jane esperó sin moverse, con los ojos fijos en Gil. Por fin, Gil pareció sentir una mirada penetrante fija en él y volvió la cabeza. Y la vio. Durante unos momentos, se miraron y el rostro de Gil empalideció visiblemente. Ella le vio cerrar los ojos como horrorizado.
    – Buenas noches, señor Dane -dijo Jane fríamente-. Es una recepción encantadora, ¿verdad? Un gran éxito. Aunque es comprensible, tengo entendido que todo lo que Dane & Son tocan se convierte en un éxito.
    – Jane, por favor -dijo él en tono bajo y apresurado-, no me juzgues sin escucharme primero.
    – Pero, señor Dane, si no he hecho más que escucharle durante un mes entero.
    – No me llames así, por favor -le rogó él.
    – ¿No es su nombre? Me han dicho que lo era, aunque no usted.
    – Para ti, soy Gil, Gil Wakeman. Escucha, vamos a un sitio tranquilo donde podamos hablar. No quería que te enterases así.
    – No querías que me enterase en absoluto -dijo ella amargamente.
    – Eso no es verdad. Tenía intención de decírtelo. Quería que fuéramos completamente honestos el uno con el otro, pero…
    – Me sorprende, señor Dane -le interrumpió ella-. Su forma de comportarse durante el último mes no ha sugerido que quisiera ser honesto.
    – Lo sé y lo siento. No era mi intención engañarte. La situación se escapó de mi controlo y… Por favor, deja que te lo explique.
    – No puedes explicarme lo que no tiene explicación -dijo Jane, enfadada-. Y me estás insultando al pensar que puedes engañarme por segunda vez.
    En ese momento, Jane vio a Constance acercándose a ellos y dijo con voz animada y ligera:
    – Debe presentarme a su encantadora prometida… ¿o ya es su esposa? Me temo no saberlo.
    – No, no estamos casados todavía -respondió Constance con una risita.
    – Pero no me cabe duda de que pronto lo estarán -dijo Jane-. Un hombre que regala un anillo de compromiso así debe estar muy enamorado.
    – Sí, ¿verdad que es precioso? -dijo Constance con más risitas-. El querido Gilbert dijo que nada era suficientemente bueno para mí. Soy Connie Allbright. ¿Y usted quién es?
    – Me llamo Jane Landers. Soy la directora de una pequeña sucursal del banco Kells.
    – Ah, sí, ya sé que ahora también hay mujeres directoras en los bancos, ¿verdad? -dijo Connie como si Jane fuera un bicho raro-. Gil me ha dicho que ha conocido a algunas muy curiosas, ¿verdad, cariño?
    – No, no te he dicho nada -dijo Gil con firmeza-, debes haber malinterpretado mis palabras.
    – Tonterías. Tú y yo nos entendemos perfectamente, siempre lo hemos dicho.
    – Connie…
    – Por favor, deje que la señorita Allbright diga lo que quiera decir -dijo Jane- encuentro su conversación muy interesante…, e instructiva.
    Jane le oyó respirar profundamente, pero antes de que pudiera decir nada, un hombre muy alto apareció y le dijo:
    – Gil, chico…
    Se parecían mucho y a Jane no le sorprendió cuando Gil hizo las presentaciones y resultó ser su padre. Hablaron de nada en particular durante unos minutos y luego, el Dane padre se llevó a su hijo para hablar con alguien, Jane se quedó con Connie.
    – Estoy encantada de conocerla, señorita Allbright -dijo Jane-. He visto su fotografía en una revista.
    – ¿Cuál? Oh, bueno, da lo mismo. Todas las revistas quieren enterarse de lo mismo, ¿verdad? El querido Gil odia que le fotografíen, pero yo le digo que es un deber social, ¿no le parece?
    – Sin duda alguna -respondió Jane-. Y yo me atrevería a pensar que él la escucha.
    – Oh, bueno…, la verdad es que nos criamos juntos. Probablemente, lo conozco mejor que nadie en el mundo, así que le puedo decir cosas que nadie más se atreve a decirle.
    – Sí, seguro que puede.
    – Por ejemplo, no hace mucho, le dije que había nacido con una cuchara de plata en la boca. Gil tiene gustos muy caros, pero jamás le ha faltado dinero para permitirse cualquier lujo que quiera. Le pregunté que si conseguiría sobrevivir si tenía que defenderse por sí mismo.
    Constance sonrió y añadió:
    – ¿Qué cree que hizo? Se marchó por ahí para demostrar que podía triunfar en un negocio por sí mismo, sin echar mano del dinero de su familia. ¿No le parece encantador? Es como un caballero dispuesto a ponerse a prueba para ganarse los favores de su dama.
    – Sí, encantador -dijo Jane con voz neutral.
    – Ha estado por todo el país en una vieja caravana montando fuegos artificiales. ¿No le parece divertido?
    – Para morirse de risa-dijo Jane-. Debe estar encantada de que se haya esforzado tanto por usted.
    – Sí, claro, por supuesto. Aunque no lo parece, Gil es un romántico.
    Jane asintió.
    – Sí, creo que puede ser muy distinto a lo que parece.
    – Por supuesto, yo lo he llamado por teléfono de vez en cuando para animarlo.
    – Sí, es de suponer -murmuró Jane.
    – A él le encantaba. Me dijo que significaba todo para él que yo lo llamara. ¿No le parece encantador?
    – Sí, adorable -contestó Jane.
    Pero por dentro, Jane estaba rabiosa. Sin embargo, ya no había quién parase a Connie.
    – Es un sentimental. Incluso insistió en llevarse a mi perro.
    – ¿Su perro?
    – Pendes. Gil me lo dio como regalo de compromiso. Lo elegimos juntos cuando era un cachorro; pero cuando Gil se marchó para probarse a sí mismo, le dejé que se llevara a Pendes…, para que tuviera algo mío todo el tiempo.
    Jane creyó que iba a volverse loca si oía una palabra más. Fue un alivio cuando Henry Morgan la llamó para presentarle a alguien.
    Durante el trayecto de regreso, el señor Morgan le dijo:
    – Bien hecho, señorita Landers.
    – ¿Perdone?
    – Dane & Son van a trabajar con nosotros. Hay unas industrias de la localidad que han llamado su atención, y va a haber importantes inversiones.
    – Excelente, pero estoy segura de que no es necesario que yo participe en ello.
    – Habla como si no quisiera participar.
    – Hay una sucursal de Kells mucho más grande que la mía en Wellhampton; sin duda, Dane & Son preferirán hacer negocios con ellos.
    – Normalmente, sí; pero en este caso, lo dudo. Si quieren hacer negocios con usted, eso es lo que haremos. Además, quiero que se le reconozca el buen trabajo que ha hecho. No voy a negar que tenía mis dudas cuando le ofrecieron el puesto, pero usted ha demostrado que yo estaba equivocado. Bien hecho. Después de esta noche, yo diría que está en el sendero que lleva a la cima. Si, tiene un futuro brillante por delante.

Capítulo 11

    El teléfono sonó y Jane volvió a contestar.
    – ¿Sí? -preguntó en tono crispado.
    – Es él otra vez -contestó su secretaria.
    – Creí que había dejado muy claro que no voy a contestar ninguna llamada del señor Dane.
    – Le he dicho que no puede hablar con usted, pero no se da por vencido.
    – Ya me he dado cuenta -contestó Jane.
    – Lleva llamando cada media hora desde hace dos días. Ojalá un hombre así de guapo estuviera interesado en mí.
    – No sabes lo que dices, el señor Dane no es guapo. ¡Es un fraude!
    – Tiene un mensaje para ti.
    – No quiero saberlo.
    – Dice que Perry se acuerda mucho de ti.
    Jane contuvo la respiración.
    – ¡Eso es lo más insultante que he oído en mi vida! ¿Es que no tiene escrúpulos?
    – ¿Quieres que se lo diga?
    – Dile que no quiero hablar con él.
    – ¿Y qué hay de Perry?
    – Perry es tan fraude como su amo -contestó Jane antes de colgar el auricular enérgicamente.
    Aquel día, Gil no volvió a llamar.
    Jane había decidido apartarlo de su vida para siempre. Lo que había habido entre los dos era una aberración.
    Sarah, por supuesto, estaba en desacuerdo con ella.
    – Deberías dejar que el pobre Gil se explicase -le dijo cuando Jane le contó lo que había ocurrido.
    – No es «pobre Gil». Me ha engañado.
    – Tiene que haber una explicación. No lo sabrás, si no le dejas hablar contigo.
    – Sarah. ¿Qué demonios te ha pasado?
    Transcurrieron dos días y no hubo más llamadas. Jane se dijo a sí misma que se alegraba de que Gil, por fin, la hubiera dejado en paz. Se negaba a reconocer el dolor que sentía en lo más profundo de su ser.
    Entonces, Henry Morgan volvió a llamarla por teléfono.
    – Acabo de tener una larga conversación con Alex Dane, el padre. Quiere tener una reunión inmediatamente con usted. Le he dicho que estaría libre hoy a las tres de la tarde.
    – Sí, desde luego. ¿Quiere que vaya a la oficina central?
    – No, ha dicho que le parece que Wellhampton es el lugar apropiado para la reunión y estoy de acuerdo con él. Tenía pensado asistir a la reunión, pero estoy seguro de que podrá arreglárselas sin mí. En la central están encantados con usted, señorita Landers.
    Jane colgó el teléfono sin saber qué pensar. Había hecho lo posible por mantener las distancias con Gil, pero ahora parecía ser que tendría que vérselas con su padre.
    A las tres menos cinco, el escritorio de Jane estaba despejado y ella estaba lista cuando su secretaria anunció la llegada del señor Dane.
    Jane miró a la puerta y sonrió para recibirle. Pero la sonrisa se desvaneció cuando el señor Dane apareció en el umbral de la puerta.
    – ¡Tú! -exclamó ella-. ¿Cómo te atreves a venir aquí?
    – Tengo una cita para las tres de la tarde -contestó Gil.
    – La cita era con Alex Dane -dijo ella, furiosa.
    – Mi padre me deja a mí esta clase de cosas; bueno, la mayoría.
    – Quiero que salgas de aquí inmediatamente.
    – No puedo, tenemos que hablar de unos negocios. Soy el representante oficial de Dane & Son. ¿Qué dirían tus jefes si me echaras?
    – Mis jefes se pueden ir… al demonio.
    – No hablas en serio. Tienes que pensar en tu brillante carrera -le recordó él.
    Jane se lo quedó mirando. Gil llevaba un traje formal, una camisa blanca y una corbata seria. Tenía aspecto de agente de bolsa. Sin embargo, el brillo de sus ojos la hizo temblar. Entonces, recordó cómo la había engañado y, de repente, recuperó de nuevo el sentido común.
    – Muy bien, señor Dane; en ese caso, hablemos de negocios -dijo ella fríamente-. ¿Le apetece un café?
    – Jane, por favor, no me hables así. Tienes que dejarme que te explique…
    – ¿Explicar? ¿Crees que hay explicación posible para mentirme como has hecho y para traicionar a tu prometida?
    – Connie no es mi prometida -dijo Gil sin más-. Y no tenía derecho a hacerte creer lo contrario.
    – ¡Vamos, por favor! ¿Acaso ese enorme anillo ha sido un producto de mi imaginación?
    – No, pero…
    – ¿Y se lo compraste a ella?
    – ¿Vas a dejar que hable sin interrumpirme? La familia de Connie y la mía son amigas desde hace años, y nuestros padres querían que nos casáramos. Yo me negué porque no estaba enamorado de ella; pero en un momento de debilidad, me rendí. Mi madre estaba muy enferma y pensó que eso la haría feliz. Llevé a Connie a comprar el anillo y ella eligió el más caro de la tienda. A Connie le gusta lo más grande y lo más caro.
    Gil suspiró y continuó.
    – No sé lo que habría pasado si me hubiera casado con ella, pero sí sé que no habríamos sido felices. Por fortuna, mi madre se curó, se dio cuenta de lo que yo sentía y me aconsejó que no siguiera adelante con la boda.
    Gil la miró y se encogió de hombros antes de seguir hablando.
    – Connie lo comprendió y, le estaba tan agradecido por habérselo tomado tan bien, que la dejé quedarse con el anillo. Por eso es por lo que lo tiene. Y no creas que le he destrozado el corazón porque esto ocurrió hace un año y, desde entonces, ha estado prometida a otro. Sin embargo, rompió el compromiso con el otro y entonces volvió a ponerse el anillo que yo le regalé, y empezó a lanzarme indirectas. No está más enamorada de mí que yo de ella, pero supongo que ha decidido que yo soy mejor que nada. No me gusta lo que está haciendo, pero después de tanto tiempo no puedo pedirle que me devuelva el anillo.
    – ¿Y Perry? ¿No era suyo también?
    – Sí, lo era -contestó Gil, dejando caer los hombros-. Perry. A Connie se le antojó un cachorro. Yo le advertí que los cachorros crecían y se convertían en perros adultos que necesitaban hacer ejercicio, pero ella no me hizo caso. Al final, cuando descubrió que yo tenía razón, quiso que le pusieran una inyección y lo matasen. Yo no se lo permití y por eso ahora es mío otra vez.
    – ¿Y el resto? -preguntó Jane, mirándolo a los ojos-. Ella me dijo que querías demostrarle que podías ganarte la vida por ti mismo y que te ha estado telefoneando durante todo el viaje.
    – Es verdad que Connie me decía que yo lo había tenido todo muy fácil, pero yo aproveché la idea que me dio porque quería demostrarme a mí mismo que podía salir adelante sin la ayuda de mi familia, no porque quisiera demostrárselo a ella.
    Gil miró a Jane, consciente de que no había conseguid convencerla.
    – De acuerdo, los miembros de mi familia son profesionales: banqueros, abogados y agentes de bolsa. Y sí, me crié sabiendo que tenía un puesto en la compañía de mi padre y que lo único que tenía que hacer era aprobar los exámenes. Todo era demasiado fácil. Entonces, hace unos meses, Connie me dijo: «un hombre de verdad se abre camino en el mundo por sí mismo». Sabía que ella lo único que quería era ponerme celoso porque, en ese momento, estaba saliendo con un hombre así. Pero algo dentro de mí dijo: ¡Sí, eso es!
    Gil guardó un momento de silencio antes de continuar.
    – Fue entonces cuando decidí tomarme unos meses sabáticos y rompí con mi medio tanto como me fue posible. Y me hice llamar Wakeman porque no quería aprovecharme de mi apellido. Me compré una vieja caravana y empecé desde abajo. La única concesión al pasado fue convencer a Gil Wakeman de que le pidiera a Gilbert Dane un préstamo.
    La vieja sonrisa apareció vagamente en el rostro de Gil cuando intentó animar a Jane con una broma.
    – Gil Wakeman no quería hacerlo y, la verdad, es que Gilbert Dane tampoco. La opinión que éste tiene de Gil es como la tuya cuando me viste el primer día. Sin embargo, Gil consiguió convencerle.
    – Sí, ya me lo dijiste el día que vi el cuaderno.
    – Exacto. El señor Dane le hizo un préstamo a Gil, pero a cambio de un interés exagerado. Ningún favor. Y Gil devolvió el préstamo.
    Gil concluyó sombríamente al ver que no había logrado conmover a Jane.
    – Jane, cariño, te quiero. Todo lo que te he dicho es la pura verdad. Jamás ha sido mi intención engañarte. Al principio, eras sólo la directora de una sucursal bancaria, pero me enamoré de ti inmediatamente y creía que tú también estabas enamorada de mí… o de Gil Wakeman para ser exactos. Pero ya era demasiado tarde para confesarte la verdad. Quería hacerlo, pero me acobardé porque tenía miedo de perderte.
    Gil suspiró.
    – La otra noche, la de la recepción, cuando llevé a Connie a su casa, la obligué a que me contara todo lo que te había dicho. Me quedé horrorizado. Ya sé lo que debió parecerte, pero te juro que no hay nada entre Connie y yo. Y le dejé muy claro que no volviera a pensar en un posible matrimonio conmigo porque estaba enamorado de ti.
    – No lo entiendes, ¿verdad? -preguntó ella con voz queda-. Crees que estoy enfadada sólo por lo de Connie, no te das cuenta de lo que has hecho. Me has engañado.
    – Pero acabo de explicarte que Connie y yo…
    – No me refiero a ella -le interrumpió Jane-. Me refiero a todo lo demás. Me refiero a la carretera y a no saber nunca lo que traerá el mañana, me refiero a eso de ser un espíritu libre al que sólo le importa la belleza del cielo y jamás se interesa por las cosas materiales. Todo eso era mentira. La verdad es que eres un hombre rico que se puede permitir el lujo de tener todo lo que se le antoje. La carretera está muy bien para un rato porque sabes que puedes volver a tu casa cuando te apetezca. ¡Eres un agente de bolsa! -Jane pronunció las tres últimas palabras con odio.
    Gil empalideció.
    – Hace sólo unas semanas un agente de bolsa te habría sonado a música celestial.
    – Pero tú me enseñaste otro lado de la vida -gritó ella-; y sin embargo, para ti, sólo era un juego.
    – No más que…
    – ¡Vamos, por favor! Para ti, no ha sido más que representar un papel. Y cuando te canses de ello, volverás a tu vida normal. ¿Verdad, señor Dane?
    – Preferiría que no me llamases así. Soy Gil Wakeman.
    – Gil Wakeman no existe -gritó ella-, es un hombre falso que vive una vida falsa. Pues bien, ya me he cansado de tu teatro. Se acabó.
    Gil se la quedó mirando.
    – ¿Qué quieres decir con eso de que se acabó?
    – Que se ha acabado la broma. Te presté dos mil libras porque creí que las necesitabas.
    – Y las necesito para…
    – ¡Tonterías! Ve a pedírselas a Gilbert Dane.
    – No puedo, no quiere tener nada que ver conmigo.
    – Deja de hablar como si fueras dos personas distintas.
    – Es que así es. Somos distintos. Hay algo que aún no te he dicho, y es lo más difícil. No estaba probando sólo mi capacidad para abrirme camino por mí mismo. La verdad es que, antes de eso, me examiné a mí mismo y no me gustó nada lo que vi. Gilbert Dane era una máquina de hacer dinero y nada más. No tenía tiempo para la gente porque no podía levantar la cabeza de los números que representaban ese dinero. Ya no podía soportar estar con él. Sabia que había otro yo en alguna parte, pero no le había dado la oportunidad de existir.
    Gil la miró fijamente.
    – Ese Otro yo es Gil Wakeman. Al principio, me resultó difícil ser él: pero al poco tiempo, se apoderó de mí y comenzó a ser lo más natural del mundo. Gil Wakeman es como es, natural. Es quien quiero ser. Y después… te conocí y me enamoré de ti. Y tú también te enamoraste de mí; al menos, de Gil Wakeman. Y quiero seguir siendo el hombre del que te enamoraste, pero necesito tu ayuda. Sin ti, puede que vuelva a ser Gilbert Dane y no quiero hacerlo. Por favor, Jane, te lo ruego, no me obligues a ser él otra vez.
    Pero Jane se había obligado a dejar de escuchar.
    – Eres muy hábil con las palabras, pero deberías haberme confesado la verdad hace tiempo.
    – Tenía miedo de estropear lo que había entre los dos cuando era tan perfecto.
    – Es demasiado tarde…
    – No es demasiado tarde -dijo Gil apasionadamente-. Ayúdame, Jane. No me pidas que te pague ahora porque, si tengo que echar mano del dinero de Dane, significará que habré fracasado. Tengo que lograr el contrato con Joe Stebbins.
    – En ese caso, espero que lo consigas -dijo Jane con voz fría.
    – ¿Cómo voy a conseguirlo sin tu ayuda? Van a ser los mayores que he hecho hasta ahora, contaba contigo.
    – Que te ayude Tommy, le encantará.
    – Tommy se ha ido a hacer un curso de formación profesional. Además, quiero que me ayudes tú. Los dos trabajamos bien juntos. Por favor, Jane, significa mucho para mí. La semana que viene voy a tener otra función aquí, en Willhampton, y el señor Stebbins va a venir a verla. Dame un poco de tiempo, el suficiente para que Stebbins vea el trabajo. Después, le pediré que me dé algo de dinero avanzado con el contrato y te devolveré el préstamo.
    – Muy bien, tienes dos semanas -contestó ella por fin.
    – ¿Y me ayudarás a montarlo?
    – No, de eso nada. Ya me he retirado del mundo de los fuegos artificiales.
    – Al menos, ven a ver la función. Habrá un mensaje para ti.
    – ¿Es que no comprendes que eso ya ha pasado? -gritó ella-. Me has engañado una vez, pero no lo harás dos veces.
    Gil se la quedó mirando fijamente. La expresión de él le rompió el corazón, pero se negó a dar su brazo a torcer. Después de unos momentos, recuperó la compostura.
    – ¿Estás ya listo para hablar de negocios? -preguntó ella.
    Gil pareció salir de un trance.
    – Está bien -dijo Gil con voz queda-. He traído unos papeles que tenemos que revisar. Contienen nuestra propuesta de…
    Jane se obligó a concentrarse en el trato y pronto vio que Gil era un experto con las cifras. En el pasado, le habría considerado el hombre apropiado para ella, pero ya no.
    Cuando acabaron, Gil levantó la cabeza de los papeles, la miró preocupado y dijo con voz tierna.
    – No pareces encontrarte bien. Cariño, perdóname. No quería…
    – Mi salud es perfecta, muchas gracias. Me pondré en contacto contigo para hablar de esto dentro de un par de días.
    Tras unos momentos, Gil dijo:
    – Gracias, señorita Landers. Le diré a mi padre que ha sido un acierto decidir hacer negocios con este banco. Y también me aseguraré de que lo sepan los de la oficina central.
    – No me hagas ningún favor -le contestó Jane.
    – No es un favor. Eres una excelente directora de un banco, Jane. Te deseo mucha suerte con tu carrera.
    Entonces, Gil se marchó y Jane ya no tuvo que seguir conteniendo las lágrimas.
    Tres días después, por la tarde, cuando Jane entró en su casa oyó voces. Rápidamente, sonrió encantada.
    – Tony -gritó al ver a su hermano preferido.
    El se puso en pie de un salto y la dio un vigoroso abrazo. Tony tenía veintiocho años, cara de niño y ojos sonrientes…, aunque no habían sonreído mucho desde que Tony «sentó la cabeza» y dejó el teatro.
    Después de saludarse y echarse piropos el uno al otro, Sarah llevó el té y Jane preguntó.
    – ¿Cómo está Delia?
    Delia era la hija del jefe del banco donde trabajaba Tony, y la familia entera esperaba que cualquier día anunciasen su compromiso matrimonial.
    – Está bien -respondió Tony con cautela.
    – ¿Pero?
    – Bueno, íbamos a hacerlo oficial cuando Jim, mi agente, me llamó; bueno, ya no es mi agente, desde que he dejado el teatro. Pero me llamó para decirme que hay un trabajo para el que, al parecer, soy perfecto.
    – ¿Quieres decir un trabajo de actor? -le preguntó Jane.
    – Sí, eso es. Se trata de una serie policíaca de televisión. Quieren a alguien para el papel de compañero del protagonista. Jim dice que la cara que tengo es perfecta. Me he presentado a las pruebas y me han dicho que el papel es mío si lo acepto. Pero eso significa que tengo que dejar el banco, y la serie son sólo doce episodios. Y después…
    Tony se encogió de hombros con gesto elocuente.
    – Es tu oportunidad -le dijo Jane-. Llevas mucho tiempo esperando algo así.
    – Sí, pero ojalá se me hubiera presentado antes -Tony suspiró-. Soñaba con ser un gran actor y representar a Shakespeare, pero eso ya no va a ocurrir; con esta cara que tengo, es imposible. Pero Jim piensa que si hago la serie me empezarán a conocer y me seguirá entrando trabajo.
    – ¿Y qué dice Delia de todo esto?
    Tony volvió a suspirar.
    – Delia se subió por las paredes cuando se enteró de que había ido a las pruebas. Dice que voy a desilusionar a su padre con mi falta de responsabilidad. No sé qué hacer.
    – Sí, claro que lo sabes -dijo Sarah enérgicamente-. Sabes perfectamente lo que debes hacer. Acepta ese trabajo y dile al padre de Delia que se vaya a freír espárragos, y a ella también si no te apoya. Si no te quiere lo suficiente para ponerse de tu parte, estarás mejor sin ella.
    Tony se quedó mirando a su abuela con la boca abierta.
    – ¿Que es lo que estoy oyendo?
    – Sarah ha cambiado -le dijo Jane-, ¿no te habías enterado todavía?
    – Algo había oído, pero…
    – Decidas lo que decidas, no te pases la vida preguntándote qué habría ocurrido si no lo hubieras hecho -continuó Sarah-, Sigue tu instinto, haz lo que tu instinto te dice que hagas. Y no hagas caso a nadie que te diga lo contrario.
    – Lo haré -dijo Tony con repentina decisión.
    – Llama ahora mismo a Jim -le dijo Sarah.
    Tony hizo la llamada al instante y las dos mujeres lo miraron entusiasmadas. Era maravilloso volverle a ver feliz, pensó Jane.
    Por fin, Tony colgó el teléfono y lanzó un grito de alegría.
    – Jim dice que tengo que ir a verlo inmediatamente. Gracias a las dos. Dentro de cinco años, cuando todas las revistas quieran hacerme entrevistas, le diré al mundo entero que os lo debo a las dos. ¡Yupiiii!
    Tony besó a su abuela y a su hermana y desapareció. Jane y Sarah se miraron y sonrieron.
    Mientras Jane preparaba la cena, preguntó:
    – ¿as salido hoy?
    Aunque esperaba una respuesta negativa, le parecía que, últimamente, Sarah estaba saliendo menos.
    – Sí, sí he salido -contestó Sarah-. He almorzado con un joven encantador y hemos tenido una charla muy interesante.
    Jane la miró y se quedó en silencio un momento.
    – ¿Gil, verdad? ¿Cómo has podido ir con él?
    – Porque me gusta y porque creo que estás siendo muy dura con él. Puede que debiera haberte dicho antes la verdad, pero ahora veo por qué le resultó tan difícil. ¿Te acuerdas de la primera vez que le trajiste aquí y que representó su papel tan mal? Dije que no estaba acostumbrado a actuar y es verdad. No estaba actuando en lo que a ti respecta, estaba intentando ser diferente.
    Sarah respiró profundamente y continuó.
    – Creo que es una de las personas más honestas que he conocido en mi vida, y también muy valiente. Hay que ser muy valiente para hacer lo que él ha hecho y para mirarse a sí mismo y decidir que no se gustaba y que quería cambiar…
    Sarah se interrumpió y miró a su nieta con preocupación.
    – Jane, cariño, ¿no te pasó a ti lo mismo? ¿No cambiaste tú también cuando estabas con él y te transformaste en una persona mucho más feliz? ¿Es que vas a echarlo todo por la borda?
    – No puedo evitarlo -contestó Jane con voz ronca-. Hay algo dentro de mí que no me deja perdonarle. Por favor, Sarah, no sigas hablando. No…
    – Cariño, perdona que te haya disgustado. Es sólo que quiero verte feliz y… Vamos, hija, no llores. Vamos, ven con la abuela. No llores…, no llores…

Capitulo 12

    Faltaban cuatro días para los fuegos artificiales de Gil… tres… dos… uno.
    Jane intentó no prestar atención al paso del tiempo, pero el cerebro insistía en recordárselo. Cada vez le costaba más trabajar, dormir o no llorar. Pero como le había dicho a Sarah, algo dentro de ella no le permitía perdonarle.
    La única alegría fue una llamada de Tony para decir que había firmado el contrato.
    – Delia se ha portado de maravilla. Nos vamos a casar inmediatamente para así poder irnos de luna de miel antes de que empiece a rodar.
    Sarah parecía más cansada que de costumbre. No salía mucho y, a veces, Jane la sorprendía sentada con expresión triste.
    El día de la función por la tarde Sarah no dejaba de mirar el reloj.
    – Sé qué día es -declaró Jane-, no se me ha olvidado.
    – En ese caso, ¿no deberías estar allí? -le preguntó Sarah con cariño.
    – No, es en el último sitio en el que quiero estar.
    – Significa mucho para él -le imploró Sarah-. Necesita que le ayudes en le lanzamiento de los fuegos y necesita ese contrato.
    – Se te está olvidando que es un agente de bolsa. Hablas como si el negocio de los fuegos fuera de vital importancia para él.
    – ¡Claro que lo es! -respondió Sarah casi enfadada-. Está poniéndose a prueba como hombre y te ha pedido ayuda. No la de Connie, sino la tuya. Y en mi opinión eso es un verdadero halago. Tuvo el valor de cortar sus ataduras y de mostrarse tal y como era. ¿Vas a echárselo en cara y a decirle que no es suficientemente bueno para ti?
    – Somos demasiado diferentes.
    – Yo diría que demasiado parecidos. Me ha dicho que, sin ti, tiene miedo a convertirse otra vez en Gilbert Dane. Y sin él, lo más seguro es que tú vuelvas a ser la señorita Landers, la directora de una sucursal bancaria, y nada más.
    Dieron las nueve de la noche y pasaron. Jane sabía que Gil estaría con los últimos preparativos, nervioso antes de la función.
    Se negó a pensar en el sin embargo, las palabras de su abuela no dejaban de martillearle la cabeza: «la señorita Landers, la directora de una sucursal bancaria, y nada más».
    Sarah se acostó temprano y dejó a Jane trabajando en un informe. Jane se preparó un té y se dio cuenta de que se les había acabado la leche. Aún tenía tiempo para llegar a la tienda de la esquina, que cerraba tarde. Tomó el bolso y abrió la puerta.
    Se quedó de piedra al encontrarse con lo que se encontró delante.
    – ¡Andrew! ¿Qué estás haciendo aquí?
    Su abuelo la miró detrás del ramo de rosas rojas más grande que había visto en su vida. Por primera vez también en su vida, le vio con expresión bobalicona.
    – Llevo aquí media hora -confesó su abuelo-. Quería llamar no me atrevía.
    – Entra. Sarah se ha ido a la cama, pero voy a llamarla.
    – No, no lo hagas. No sé si estoy preparado todavía. ¿Podríamos hablar un momento primero?
    Jane le hizo sentarse en el sofá y dejaron las rosas a un lado. El ramo hablaba con más elocuencia que cualquier explicación que pidiera dar.
    – ¿Cómo está? -preguntó Andrew con angustia.
    – Va tirando -respondió Jane-. Pero últimamente, no la veo muy bien.
    – Cuando hemos hablado por teléfono me ha dado la impresión de que estaba estupendamente.
    – Al principio, sí. Pero creo que ya no tanto. Pero, por favor, no le digas que te lo he dicho -añadió Jane, sintiéndose culpable.
    – No, no se lo diré. Tu abuela es una mujer muy difícil.
    – ¿Sólo ella?
    Andrew sonrió como un niño travieso, pero no contestó.
    – ¿Y tú, cómo estás? -le preguntó Jane-. ¿Muchas jóvenes últimamente?
    – ¡Jóvenes! ¿Qué saben ellas de nada? Bueno, las dos primeras semanas hice un poco el tono, también hice el ridículo y luego me harté enseguida. La echo mucho de menos, ¿sabes, Jane? La echo horriblemente de menos.
    – Deberías haber venido antes -contestó Jane con ternura.
    – ¿Cómo? ¿A pesar de lo claro que había dejado que no quería verme? -Andrew lanzó un profundo suspiro-. Siempre ha sido así.
    – ¿Qué?
    – La verdad es que tu abuela nunca ha estado enamorada de mí, sino de otro, de un actor.
    Jane se lo quedó mirando.
    – Creía que no sabías nada de eso.
    – Claro que lo sabía. Cuando le estaba haciendo la corte, un día fui a verla a casa de sus padres. Tu abuela había salido, pero volvió pronto a casa. Iba con él, los vi cruzando la puerta del jardín juntos. Era un hombre guapo y seguro de sí mismo, todo lo que yo no era. Llegaron a la puerta, pero no entraron. Se hizo un largo silencio y me di cuenta de que se estaban besando. Siempre había creído que eso de que a uno se le rompe él corazón era una tontería, pero te aseguro que aquel día se me rompió cuando supe que estaba besándolo a él. Andrew volvió a suspirar y continuó.
    – Entonces, tu abuela entró en la casa con una rosa en la mano. Tu abuela estaba enamorada de él, no de mí. Me di cuenta de que debía marcharme y dejarla, pero no podía. La quería mucho. Era una chica preciosa, diminuta, y con unos ojos azules enormes… Habría hecho cualquier cosa por ella.
    Andrew miró a Jane, que le sonreía con comprensión.
    – En fin, se casó conmigo, pero sólo porque no pudo casarse con el otro. Yo intenté convencerme a mí mismo de que acabaría enamorada de mí, pero un día…
    Andrew se interrumpió, el recuerdo era demasiado doloroso.
    – ¿Un día qué? -Jane le instó a que continuase.
    Por el rabillo del ojo, vio que la puerta de la habitación de Sarah se había abierto un poco.
    – Era su cumpleaños -dijo Andrew perdido en el recuerdo-, y yo le había preparado una fiesta. Al final de la tarde, iba a darle el ramo de rosas rojas más grande que te puedas imaginar. Fue una tarde maravillosa y yo creí que, por fin, todo se iba a solucionar. Pero entonces, de repente, alguien mencionó el nombre del otro por casualidad y tu abuela puso una cara que… fue cuando me di cuenta de que todavía seguía enamorada de él. Me marché y tiré las rosas en la calle.
    – ¿Y no has vuelto a darle rosas en todos estos años? -preguntó Jane, sufriendo por aquel hombre al que, durante años, le había creído aburrido y falto de imaginación.
    – ¿Para qué? No tenía sentido hacerlo -contestó Andrew-. Sabía que nunca sería más que un segundo plato como quien dice.
    Se oyó algo a sus espaldas, mitad gemido y mitad sollozo. Andrew se volvió rápidamente y vio a Sarah con las mejillas llenas de lágrimas. Sin mediar palabra, abrió los brazos a su esposo y éste corrió hacia ella.
    – Andrew, cariño, no eres un segundo plato -le dijo Sarah con voz ahogada-. No lo eres, no lo eres.
    – He pasado la vida esperando que vinieras a mí… todos estos años…
    – No sabía que lo sabías… Oh, qué idiota he sido.
    Sarah abrazó a su esposo como si su vida dependiera de ello.
    Jane salió sigilosamente de la habitación, ahora no la necesitaban. Bajó un momento a comprar leche y, cuando volvió, encontró a sus abuelos sentados en el sofá agarrados de la mano.
    – ¿Todo bien? -preguntó Jane, sonriendo.
    – Todo maravilloso -respondió Sarah con una radiante sonrisa-. Tan maravilloso como puede ser.
    Acarició el rostro de su esposo antes de decir:
    – Ahora sé que tomé la decisión acertada hace años. Cariño, tus rosas significan más para mí que las que nadie pueda darme -después, miró a Jane-. Una necesita a un hombre que te pueda dar las dos cosas: la libertad, pero también la seguridad. Y podrías tenerlas, si no estuvieras empeñada en ponerte cabezota. Vamos, vete antes de que sea demasiado tarde.
    De repente, Jane se vio presa del pánico. Fue como si le hubieran retirado una venda de los ojos. Gil le había rogado que le comprendiese y le ayudase a lograr su sueño, pero ella se había negado.
    Se miró el reloj. Eran las nueve y media. No tenía mucho tiempo para…
    – Conduce con cuidado -gritó Sarah cuando Jane echó a correr hacia la puerta.
    En el momento que se cerró tras ella, los dos ancianos volvieron a abrazarse.
    Cuando aparcó el coche en el descampado destinado a estacionamiento, oyó anunciar por los altavoces que los fuegos artificiales iban a comenzar Jane comenzó a correr.
    En su carrera, se chocó con Joe Stebbins.
    – Creí que no iba a venir -dijo él-. Es una pena que no haya llegado antes, Gil ha tenido muchos problemas para montarlo todo él solo.
    – ¿Dónde está? -preguntó ella con frenesí.
    – Allí, preparándose para lanzar los fuegos.
    Jane siguió la dirección que Joe Stebbins le dio y vio a Gil subiéndose al andamio.
    – ¡Gil! -gritó Jane- ¡Gil, te quiero!
    El volvió la cabeza. Al verla, el rostro se le iluminó de felicidad e, instintivamente, extendió un brazo hacia ella.
    Fue entonces cuando ocurrió la desgracia. No se había sujetado bien con el otro brazo, perdió el equilibrio y cayó al suelo con un ruido horrible.
    Jane lanzó un grito de terror y corrió hasta él. Gil tenía el rostro contorsionado por el dolor y jadeaba. Ella extendió las manos para tocarlo, pero las volvió atrás al darse cuenta de que podía hacerle más daño.
    – Cariño, mi vida -dijo Jane-. Lo siento, lo siento, debería haber venido antes.
    Gil consiguió sonreír a pesar del dolor.
    – No importa, ahora ya estás aquí. Dame un beso.
    Ella se inclinó sobre él y lo envolvió en sus brazos con gentileza.
    – Ha sido una mala caída -dijo Joe Stebbins acercándose-. Se ha oído el golpe aun kilómetro de distancia. Me da la impresión de que se ha debido romper algún hueso.
    – Sí, creo que me he roto la clavícula -contestó Gil jadeando.
    – Voy a ir a buscar al equipo médico -dijo Joe.
    – ¡No! -gritó Gil-. Todavía no. Después, cuando termine la función.
    – No puede hacerlo en este estado -protestó Joe.
    – ¿Me va a hacer el contrato sin ver la función? -preguntó Gil.
    – Bueno, no. Necesito ver una función mayor que la del otro día, pero quizás el año que viene…
    – El año que viene será demasiado tarde -contestó Gil-. Es ahora o nunca.
    – Cariño, no importa-le rogó Jane.
    – Sí importa -insistió Gil-. ¿Es que no comprendes por qué importa?
    De repente, Jane sintió como si un estallido de luz le hubiera revelado todo claramente. El orgullo y el sueño de Gil estaban en juego, y la única que podía ayudarle era ella.
    – Está bien, lo haremos juntos -dijo Jane-. Tú me das las órdenes y yo los lanzo.
    Jane sintió que él se relajaba en sus brazos. Después, Gil alzó la cabeza y la miró con adoración.
    – Ayúdame a incorporarme.
    Gil le enseñó dónde estaban los interruptores.
    – Ese va primero, es el de las estrellas. Los siguientes son cohetes; después van las velas silbantes…
    Jane se concentró en todo lo que decía y, rápidamente empezó a trabajar con naturalidad para preparar el comienzo.
    Se besaron una última vez antes de empezar la función. Gil puso en marcha la música y Jane apretó el primer interruptor.
    Continuó apretando interruptores mientras el cielo se iluminaba de belleza. Y lo estaban haciendo juntos. Gil había encendido una linterna de mucha potencia y, mientras Jane iba y venía, lo vio mirándola de vez en cuando, animándola con su sonrisa. Y Jane sabia lo que estaba pensando, que formaban un equipo fantástico y que siempre sería así.
    Ya no faltaba mucho, sólo la pieza final.
    – ¿Dónde está el interruptor? -gritó ella-. Ilumínalo con la linterna.
    Sin embargo, vio a Gil levantarse con gesto dolorido.
    – Yo lo haré, quiero que te vayas ahí delante a verlo.
    Jane reprimió su protesta instintiva. Vio en él una determinación que le indicó que aquello le importaba más que el dolor que pudiera causarle. Jane comenzó a retroceder, sin dejarle de mirar angustiada, viéndole avanzar dolorosamente hacia los interruptores.
    Gil lanzó los últimos. Eran de color rojo y formaban pétalos. Un pétalo y otro y otro… hasta que la figura apareció perfecta en el cielo oscuro.
    Era una rosa roja, tal y como Gil le había prometido. Jane la contempló con reverencia y deleite, y su corazón rebosaba felicidad.
    Cuando el público rompió en aplausos, Jane corrió hacia él. La frente de Gil estaba bañada en sudor tras el esfuerzo, pero había un brillo de triunfo en sus ojos.
    – Te lo había prometido -jadeó él-. Ese era el mensaje que quería que vieras. Significa…
    – Sé lo que significa. Oh, cariño, te quiero tanto…
    – ¿Listo para irnos, señor? -un enfermero señaló la ambulancia.
    – Todavía no -contestó Gil-. ¿Dónde está Joe?
    Joe Stebbins apareció.
    – ¡Maravillosos! -declaró Joe-. Tan pronto como se recupere, firmaremos el contrato.
    Las puertas de la ambulancia se cerraron con Gil y Jane dentro. Al instante, él la besó.
    – Tenía tanto miedo de que no vinieras… Pero luego me dije que lo que había entre los dos era demasiado especial para perderlo. Siento haber cometido tantas equivocaciones, y siento que te enterases de esa manera…
    – No te preocupes -dijo ella apasionadamente-. Debería haberlo comprendido. Tienes razón, lo nuestro es algo muy especial. Oh, Gil, he estado a punto de dejarlo escapar.
    – No te habría dejado -contestó él-. Te habría seguido hasta…
    – Pero si no hubiera venido esta noche, ¿habría sido lo mismo?
    El sacudió la cabeza.
    – No -respondió Gil-. Te habría querido igual porque siempre te querré, pero no habría sido lo mismo. De todos modos, has venido, tenias que hacerlo. Queriéndonos como nos queremos, no podría haber sido de otra manera. Y a partir de ahora, no volveré a dejar que te me escapes.
    – Así que… ¿de vuelta a la carretera los dos? -preguntó ella.
    – No. Tengo que volver a la compañía. Ahora ya puedo hacerlo. Los fuegos artificiales de Wakeman han sido un éxito y eso es algo que siempre tendré. Y tú necesitas ser directora de un banco y seguir con tu trabajo.
    – ¿,Quieres decir que los fuegos artificiales se han terminado? gritó ella-. Oh, no, no es posible que hables en serio.
    – Claro que no se han terminado. Cuando Tommy vuelva, voy a prepararle para que ocupe mi puesto. El se encargará de las cuestiones prácticas, pero tú y yo planearemos las funciones y tú, además, llevarás el aspecto financiero de la empresa. Y, de vez en cuando, durante las vacaciones y los fines de semana, volveremos a la carretera.
    – Y en nuestra luna de miel -dijo ella animada.
    – ¿No quieres ir a una playa tropical?
    Jane negó con la cabeza.
    – Tú, yo y Perry -contestó Jane-. Esa es mi luna de miel perfecta.
    – Y la mía -declaró él satisfecho-. La verdad es que es mi idea de perfección… siempre.
    Jane bajó el rostro y, con suavidad, le cubrió los labios con los suyos. Dentro de ella, los fuegos artificiales comenzaron a estallar. No un cohete, sino algo lento y brillante que ardería toda la vida.

Lucy Gordon


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