Скачать fb2
Un amor secreto

Un amor secreto

Аннотация

    Cuando Joanne conoció a Nico, el hijo de tres años de su difunta prima, el corazón se le derritió. También le dio un vuelco al volver a ver al padre del pequeño; la atracción entre Franco y ella seguía siendo tan fuerte como siempre.
    Cuando Franco se casó con su prima, Joanne se apartó discretamente y mantuvo su amor por él en secreto. Pero Franco en ese momento le pedía que se quedara, aunque sólo fuera por el bienestar de Nico. Sin embargo, necesitaba creer que el deseo que sentía por ella no se debía a que se pareciera a su prima, sino porque la quería por sí misma…


Lucy Gordon Un amor secreto

    Un amor secreto (1999)
    Título Original: Farelli’s wife (1999)
    Serie Multiautor: 27° Niños y besos

Prólogo

    La lápida se alzaba a la sombra de los árboles. Un pequeño arroyo corría cerca y las flores llegaban hasta el pie del mármol blanco. El grabado ponía que allí yacía Rosemary Farelli, amada esposa de Franco Farelli, y madre de Nico. Indicaba que había muerto un año atrás, a la edad de treinta y dos años, y con ella, su hijo nonato.
    Había otras lápidas en la parcela mortuoria de los Farelli, pero sólo ésa tenía la hierba muy hollada, como si alguien se viera atraído a esa tumba una y otra vez, alguien que aún no se había reconciliado con el demoledor final que indicaba esa piedra.
    Tres figuras aparecieron por el pequeño bosque que rodeaba la parcela. La primera era una mujer de mediana edad con expresión sombría y porte erguido. Detrás de ella iba un hombre que había pasado los treinta años, cuyos ojos oscuros exhibían una desolación terrible. Apoyaba levemente una mano sobre el hombro de un niño pequeño que caminaba a su lado, con las manos llenas de flores silvestres.
    La mujer se acerco a la tumba y la contempló un momento. El rostro era duro e impasible. Un desconocido que hubiera pasado por allí podría haberse preguntado si sentía algún afecto por la mujer muerta. Al final se hizo a un lado y el hombre se adelantó.
    – Deja que me lleve a Nico a casa -dijo ella-. Éste no es lugar para un niño.
    – Es el hijo de Rosemary -el rostro del hombre estaba ceñudo-. Es su derecho… y el de su madre.
    – Franco, está muerta.
    – Aquí no -musitó al tiempo que se llevaba la mano al pecho-. Nunca -bajó la vista al niño-. ¿Estás listo, piccino?
    El pequeño, que era tan rubio como su padre moreno, alzó los ojos y asintió.
    – Son para ti, mamá -dijo.
    Cuando dio un paso atrás, la mano de su padre reposó de nuevo en su hombro.
    – Bien hecho -le susurró a su hijo-. Estoy orgulloso de ti. Ahora ve a casa con la abuela.
    – ¿Puedo quedarme contigo, papá?
    – Ahora no -el rostro de Franco Farelli se mostró amable-. Debo permanecer a solas con tu madre -no se movió hasta que se fueron. Cuando sus pisadas se perdieron en el silencio, avanzó hacia la lápida y se arrodilló ante ella, musitando-: Te he traído a nuestro hijo, mi amore. Mira cuánto ha crecido, lo fuerte y hermoso que es. Pronto cumplirá los siete años. No te ha olvidado. Todos los días hablamos de «mamá». Lo estoy criando como tú querías, para que recuerde que es tanto inglés como italiano. Habla la lengua de su madre y de su padre -los ojos se le nublaron por el dolor-. Cada día se parece más a ti. ¿Cómo puedo soportarlo? Esta mañana me miró con aquella sonrisa tuya, y fue como si tú te hallaras presente. Pero al siguiente instante volviste a morir, y el corazón se me partió. Ha pasado justo un año desde que falleciste, y el mundo sigue oscuro para mí. Al partir te llevaste el júbilo. Intento ser un buen padre para nuestro hijo, pero mi corazón está contigo y mi vida es un desierto -alargó una mano para tocar el frío mármol-. ¿Estás ahí, amada? ¿A dónde has ido? ¿Por qué no logro encontrarte? -de pronto perdió el control y con dedos nerviosos se aferró al mármol, cerró los ojos y emitió un grito de aguda angustia-. ¡Vuelve a mí! Ya no puedo soportarlo más. ¡Por el amor de Dios, vuelve a mí!

Capítulo Uno

    Si Joanne se concentraba mucho, podía bajar el pincel hasta el punto exacto y girarlo en el último instante. Requería una gran precisión, pero había ensayado el movimiento a menudo y, en cada ocasión, ya conseguía hacerlo bien.
    El resultado era perfecto, del mismo modo que todo el cuadro era perfecto… una copia perfecta. El original era una pequeña obra maestra. A su lado se alzaba su propia versión, idéntica en cada pincelada. Salvo que sólo podía afanarse lentamente allí donde el genio había mostrado el camino.
    La asombrosa luz de la tarde que penetraba por las ventanas de la Villa Antonini le mostró lo bien que había ejecutado la tarea encomendada, y lo mediocre que era ésta.
    – ¿Está terminado? -el Signor Vito Antonini había entrado en silencio para situarse a su lado. Era un hombre rechoncho, de mediana edad, que había ganado una fortuna inmensa con la ingeniería y que en ese momento disfrutaba gastándola. No paraba de hacerle regalos a su pequeña y sencilla esposa, a quien adoraba, y a quien había comprado esa lujosa villa en las afueras de Turín.
    Luego adquirió algunas grandes pinturas para adornarla. Pero como eran valiosas, el seguro había insistido en que debería guardarlas en una caja de seguridad en el banco, algo que él no deseaba. De modo que contrató a Joanne Merton, quien con apenas veintisiete años tenía una gran reputación como copista especializada en pintura italiana.
    – Tus copias son tan perfectas que nadie distinguirá la diferencia, signorina -comentó con alegría.
    – Me alegro de que te satisfaga mi trabajo -repuso con una sonrisa. El hombrecito y su esposa le caían bien; la habían recibido en su casa como a una huésped de honor.
    – ¿Crees que podríamos guardar sus copias en el banco y mantener los originales en mis paredes? -preguntó con añoranza.
    – No -se apresuró a contestar-. Vito, yo hago copias, no falsificaciones. Sabes que la condición de mi trabajo es que jamás ha pasado por un original.
    Vito suspiró, ya que era un hombre acostumbrado a correr riesgos, pero en ese instante su mujer entró en la sala y Joanne apeló a ella.
    – Cretino -recriminó a su marido-. ¿Quieres que esta amable joven vaya a la cárcel? Olvida esa tonta idea y ven a comer.
    – ¿Más comida? -protestó Joanne, riendo-. ¿Intentas que engorde, María?
    – Intento que no te desvanezcas -repuso la otra-. Ninguna joven debería ser tan flaca como tú.
    En realidad no era flaca, sino esbelta. Su intención era mantenerse así, aunque María lo dificultaba.
    La mesa rebosaba con los esfuerzos de su afán: pan de ajo con tomate, crema de aceitunas negras y sopa de pescado, seguido de arroz con guisantes.
    A pesar de la preocupación por su silueta, Joanne no pudo resistir esos manjares. Le encantaba la comida del Piamonte desde los dieciocho años y había ganado una beca para estudiar Arte en Italia. Era feliz saboreando las comidas con especias o vagando por Turín para empaparse de grandes pinturas y soñar con que algún día contribuiría con una obra suya. Y se había enamorado loca y apasionadamente de Franco Farelli.
    Lo conoció por su hermana, Renata, una estudiante de Arte de su misma clase. Se habían hecho buenas amigas, y Renata la había llevado a su casa a conocer a su familia, viticultores con enormes viñedos al norte de la pequeña ciudad medieval de Asti. Joanne había quedado cautivada con Isola Magia, el hogar de los Farelli, sintiéndose cómoda desde el primer momento con toda la familia; Giorgio, el padre grande y atronador que se reía, bebía y fanfarroneaba mucho; Sofía, su esposa, una mujer de rostro y temperamento vivos que recibió a Joanne de forma reservada aunque dándole la bienvenida.
    Pero desde el instante en que conoció a Franco supo que era el hombre de su vida. Entonces él tenía veinticuatro años, alto y de huesos largos, con un porte orgulloso que lo diferenciaba del resto de los hombres. De su padre, un italiano del norte, había heredado la estatura, y de su madre, procedente de Nápoles, en el sur, la piel cetrina, los oscuros ojos de color chocolate y el pelo negro.
    También en otros sentidos era una amalgama del norte y el sur. Poseía el encanto natural de Giorgio, pero también el carácter volcánico de Sofía, con sus furias rápidas y demoledoras. Joanne había sido testigo de su ira sólo en una ocasión, cuando encontró a un joven que castigaba con saña a un perro. De un puñetazo lo tiró al suelo y durante unos segundos sus ojos irradiaron cólera asesina.
    Se había llevado al animal a casa para cuidarlo con la misma gentileza que una mujer, ayudado por Renata y Joanne. Aquella noche el dueño del perro, acompañado de sus dos hermanos, había ido en claro estado de ebriedad y beligerancia a reclamar la devolución de su «propiedad». Joanne jamás olvidaría lo que sucedió a continuación.
    Con calma, Franco, había sacado un estilete de aspecto peligroso y clavado algo de dinero en su hoja para estirarlo en dirección a los otros.
    – Esto pagará por el perro -había dicho con frialdad-.Tomadlo y no volváis a molestarme.
    Pero los hermanos no tocaron el dinero. Algo que vieron en los ojos de Franco los había hecho huir en la noche, presos del miedo. El perro recibió el nombre de Ruffo, y se convirtió en su inseparable compañero.
    Pero esos incidentes habían sido raros. A Franco le preocupaba más disfrutar de la vida que pelearse. Siempre había tenido un chiste que contar, una canción que cantar o una muchacha a la que conquistar, y quizá algo más si ella estaba dispuesta. Al sonreír sus dientes blancos habían centelleado en su piel cetrina, pareciendo un joven dios sobre la Tierra.
    Hasta ese momento Joanne no había creído en el amor a primera vista, pero en el acto supo que pertenecía a Franco en cuerpo y alma. Con sólo mirarlo la temperatura de su cuerpo había subido. Su sonrisa le había hecho sentir que se derretía, y gustosa lo habría aceptado si con ello se hubiera convertido en parte de él.
    Su sonrisa. Era como si el mundo fuera suyo y se preguntara con quién compartirlo. Y por instinto ella supo que sería un mundo de deseo y satisfacción, de hincar los dientes en los deleites de la vida, siguiendo los ritmos de la tierra que recibía la simiente para crecer, recoger y volver a crecer. Supo todo eso la primera vez que lo vio al entrar en la cocina y plantarse cerca de la puerta.
    – Eh, mamá… -comenzó con voz rica.
    ¿Cómo podía alguien resistirse a esa voz? Irradiaba toda la pasión del mundo, como si hubiera hecho el amor con todas las mujeres que había conocido. Y Joanne, una joven procedente de un país frío y lluvioso, había sabido en un cegador instante que su destino era él.
    Con pesar, no albergó ilusiones de ser ella su destino. Sus propiedades estaban llenas de mujeres exuberantes y jóvenes que suspiraban por él. Sabía, gracias a que Renata se lo había confesado entre risas, que Franco se entregaba con libertad a sus placeres allí donde los obtenía, para indignación de su madre y secreta envidia de su padre.
    Pero nunca había coqueteado con Joanne, a quien trataba como si fuera su hermana. El corazón de ella había estado listo para estallar de júbilo por su presencia y de desesperación por su indiferencia.

    – No puedo comer más -comentó Joanne, mirando su plato vacío.
    – Pero debes probar un poco de queso cremoso y pudín de ron -indicó María-. La haces trabajar mucho -reprendió a su marido.
    – No es culpa mía -protestó él-. Le muestro los cuadros y digo: «Trabaja como te apetezca», y en una semana ha finalizado la copia de la Madonna de Carracci.
    – Porque trabaja mucho -insistió María, sirviendo queso cremoso en el plato de Joanne-. ¿Cuántos quedan por hacer todavía?
    – Cuatro -repuso Joanne-. Dos más de Carracci, un Giotto y un Veronese. Reservo éste para el final porque es muy grande.
    – No puedo creer que una joven inglesa entienda tan bien los cuadros italianos -musitó Vito-. Al principio me dieron los nombres de varios italianos que realizan este tipo de obras, pero todo el mundo me dijo: «No, debes ponerte en contacto con la Signorina Merton, que es inglesa, pero con alma italiana».
    – Estudié en Italia un año -le recordó ella.
    – ¿Sólo un año? Uno pensaría que llevas aquí toda la vida. Debió ser un año maravilloso, pues creo que Italia penetró en tu corazón.
    – Sí -contestó despacio-. Sí, lo hizo…

    Renata comenzó a invitarla cada fin de semana y Joanne sólo vivía para esas visitas. Franco siempre se hallaba presente, pues los viñedos eran su pasión. A pesar de su juventud, ya había empezado a tomar las riendas y dirigía el lugar mejor de lo que nunca lo había hecho Giorgio.
    En una ocasión consiguió encontrarse a solas con él entre las vides. Comprobaba un racimo tras otro, sus dedos largos y fuertes los apretaban con la ternura de un amante. Joanne le sonrió. Medía un metro y setenta y dos centímetros, y Franco era uno de los pocos hombres lo bastante altos como para obligarla a alzar la vista para mirarlo.
    – He salido en busca aire fresco -comentó ella, tratando de sonar casual.
    – Elegiste el mejor momento -le sonrió-. Me encanta estar aquí al anochecer, cuando el aire es suave y amable.
    – Pero no es ese tipo de país, ¿verdad?
    – Lo puede ser. Italia muestra cambios violentos, pero puede ser dulce y tierno.
    Qué profunda y resonante era su voz. Pareció vibrar a través de su cuerpo, transformando sus huesos en agua.
    – Qué hermoso crepúsculo -logró decir al fin-. Me encantaría pintarlo.
    – ¿Vas a ser una gran artista, piccina? -preguntó con cierta burla.
    Joanne deseó que no la llamara piccina. Significaba «pequeña» y se usaba para hablar con los niños. Aunque también se empleaba como término afectuoso y lo atesoró como una migaja procedente de su mesa.
    – Creo que sí -repuso, como si lo pensara con seriedad-. Pero aún intento hallar mi propio estilo -aún no había descubierto que carecía de estilo; que sólo tenía un don para la imitación.
    Sin contestar él arrancó un pequeño racimo de uvas y aplastó algunas contra su boca. El zumo púrpura cayó de forma exuberante por su barbilla, «como el vino de la vida», pensó Joanne. Con ansiedad alargó las manos y Franco le ofreció un ramillete. Imitó su movimiento y al comprobar su sabor tuvo una arcada.
    – Están agrias -protestó, indignada.
    – Verdes -corrigió él-. El sol aún no las ha madurado. Sucederá en su momento, como pasa con todo.
    – Pero ¿cómo puedes comerlas con ese sabor?
    – Amargas o dulces, son como son. Sigue siendo la mejor fruta de toda Italia -fue una afirmación sencilla, directa en su arrogancia.
    – Hay otros sitios con buenas vides -indicó ella-. ¿Qué me dices del valle del Po?
    Franco sólo se dignó a alzar un poco los hombros, como si los otros viñedos no merecieran ni siquiera su consideración.
    – Qué pena que no vayas a estar aquí para probarlas cuando maduren -comentó-. No será hasta agosto, y tú ya habrás regresado a Inglaterra.
    Las palabras le recordaron lo cerca que estaba su despedida. Su tiempo en Italia ya casi había acabado, y luego no volvería a verlo más. Era el amor de su vida, pero no lo sabía, nunca lo sabría.
    Se encontraba desesperada por algo que hiciera que se fijara en ella, pero mientras se devanaba el cerebro vio un movimiento entre las vides. Era Virginia, una mujer voluptuosa de nombre poco apropiado que últimamente había ocupado mucha de la atención de Franco.
    Él la había visto y miró a Joanne con expresión divertida, nada incómodo.
    – Y ahora debes irte, piccina, he de ocuparme de algunas cosas.
    – Lamento si estorbo -la terrible decepción la impulsó a adoptar un tono arrogante.
    – Así es -corroboró él con descaro-. Y ahora vete como una buena chica.
    Se mordió el labio al ser tratada como una niña y giró con toda la dignidad que pudo acopiar. No miró atrás, pero no logró evitar oír la risa provocativa y ronca de la muchacha.
    Aquella noche permaneció despierta, atenta al regreso de Franco. No volvió hasta las tres de la mañana. Oyó que canturreaba en voz baja al pasar delante de su puerta; entonces enterró la cara en la almohada y lloró.
    El tiempo comenzó a avanzar de forma inexorable, acercando el fin de su curso. Joanne recibió una carta de su prima Rosemary, que quería ir de vacaciones a Italia. Ponía:

    Pensaba ir a Turín antes de que terminaras para luego regresar juntas a casa.

    Joanne y Rosemary habían crecido juntas, y al verlas la mayoría de la gente las había tomado por hermanas. En realidad vivieron como hermanas después de que los padres de Joanne murieran, ya que Rosemary instó a su madre a incorporarla a su familia.
    Por ese entonces su prima tenía doce años y ella seis. Cuando la madre de Rosemary murió seis años después, ésta había asumido el papel de madre. Joanne había adorado a la prima que le había dado un hogar y seguridad, además de todo el amor de su corazón grande y generoso.
    A medida que Joanne creció fueron pareciéndose cada vez más. Ambas eran mujeres inusualmente altas, con el pelo rubio, ojos azules y piel rosada. Compartían los mismos rasgos, aunque los de Joanne aún exhibían las marcas de la juventud.
    Pero la verdadera diferencia, la que siempre había atormentado a Joanne, había radicado en la acritud y el encanto de Rosemary. Irradiaba una seguridad suprema en su propia belleza y deslumbraba a toda persona que conocía, ganándose su corazón con facilidad.
    Joanne siempre se sorprendía por la tranquilidad con que su prima reclamaba la vida como algo propio y personal. Había querido ser como ella. De hecho, había querido ser ella, y le resultó frustrante estar atrapada en su propia personalidad corriente, por un lado tan parecida a Rosemary y, por otro, tan distinta en todo lo que importaba.
    Aún podía recordar la noche de la fiesta que había dado una compañera de estudios. Joanne y Renata iban a ir juntas, escoltadas por Franco, pero en el último instante Renata se había torcido el tobillo y se quedó en casa. Joanne sintió un éxtasis profundo al pensar que iba a disponer de Franco para ella sola.
    Había comprado un vestido nuevo y dedicado horas a arreglarse el pelo y a perfeccionar el maquillaje. Seguro que esa noche se fijaría en ella, ¿llegaría incluso a pedirle que se quedara en Italia? El corazón rebosaba felicidad al bajar a la terraza donde la aguardaba.
    Él vestía para la ocasión. Nunca antes lo había visto ataviado de manera formal, y le impresionó lo atractivo del contraste de la camisa blanca con su piel cetrina. Franco alzó la vista, sonrió y enarcó una ceja apreciando su aspecto.
    – ¿Así, piccina, que esta noche has decidido conquistar el mundo? -bromeó.
    – Sólo me he arreglado un poco -comentó con indiferencia, pero con la horrible sensación de que sonaba tan torpe como se sentía.
    – Romperás todos los corazones -prometió él.
    – No me importan todos los corazones -se encogió de hombros.
    – Sólo el que tú quieres, ¿eh?
    Con súbito entusiasmo se preguntó si sospecharía algo. ¿Era ése su modo de indicarle que al fin había notado su presencia?
    – Tal vez aún no he decidido cuál es el que quiero -coqueteó, mirándolo.
    – Quizá deba ayudarte a decidirlo -alargó la mano para tomarle la barbilla, y ella se llenó de feliz expectación.
    ¡Al fin! Aquello por lo que había rezado, llorado, anhelado, sucedería. Iba a besarla. Al levantarle el mentón y acercar su boca a la suya, Joanne se sintió en el cielo. Alzó las manos y con gesto tentativo le tocó los brazos.
    Y de pronto el momento le fue arrebatado. Se oyó una pisada en el vestíbulo y la voz de una mujer flotó hasta ellos.
    – Lamento llegar sin avisar…
    Franco se detuvo, su boca a dos centímetros de Joanne, alertado por la voz. Ella notó que una sacudida le recorría el cuerpo. Franco sólo había oído la voz de Rosemary, pero ya un timbre especial en ella pareció aventurarle lo que iba a pasar. Se apartó de Joanne y avanzó hacia la puerta.
    Al siguiente instante apareció Rosemary. Joanne supo que él se había quedado sin aliento, como un hombre paralizado entre dos vidas. Más adelante ella comprendió que eso era literalmente cierto. Franco había visto su destino aparecer por la puerta, y al momento reconoció a Rosemary como la mujer de su vida. Dejó de ser el mismo hombre.
    Atontada, casi sin poder comprender lo que había pasado, Joanne se volvió para ver a Rosemary mirar a Franco con la misma expresión. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, y no había nada que se pudiera hacer al respecto.
    Se produjeron las presentaciones y Rosemary abrazó a Joanne sin apartar la vista de Franco. Él parecía un hombre sumido en un trance. Fue idea suya que Rosemary los acompañara a la fiesta. Joanne quiso llorar después de haber llegado tan cerca de su deseo. Pero no tenía sentido. Incluso ella podía comprender que lo que pasaba siempre había estado escrito.
    En la fiesta Franco monopolizó a su prima. Sus buenos modales hicieron que cuidara de que Joanne estuviera a gusto y no se sintiera sola. Aunque eso era imposible, ya que era muy popular. Bailó todos los temas, decidida a no mostrar que su corazón se estaba rompiendo, y cuando Franco comprobó que no le faltaban parejas, se olvidó de ella y dedicó cada momento a Rosemary.
    Muchas veces se preguntó que habría pasado si Rosemary la hubiera visto en brazos de Franco. ¿Lo habría tomado, sabiendo cuánto lo amaba Joanne? Se trataba de una pregunta académica. Franco no se apartó de ella en los días siguientes. Hasta llegar al puerto seguro de su amor, había sido como un hombre impulsado por demonios.
    Aún le producía dolor recordar cómo se había apartado de la pista para encontrarlos abrazados en la oscuridad. Retrocedió, pero no antes de oírlo murmurar: «Mi amore…, te amaré hasta que muera», y ver la pasión con que la besaba. Fue tan distinto del beso inocente que casi le había dado a ella; huyó anegada en lágrimas.
    Aparte de sí misma, la única persona insatisfecha con la boda fue Sofía. Joanne captó la escena familiar en que su madre le suplicaba que se casara con una chica de allí y no con «esta extranjera que desconoce nuestras costumbres». Franco se negó a pelearse con su madre, pero insistió en su derecho a casarse con la mujer de su elección. También exigió, con calma pero con firmeza, que trataran a su prometida con respeto. Sofía prorrumpió en un llanto furioso.
    – Pobre mamá -observó Renata-. Franco siempre ha sido su preferido, y ahora está celosa porque quiere más a Rosemary.
    Todos los vecinos fueron invitados a la boda. Joanne deseó no estar presente, pero Rosemary les pidió a Renata y a ella que fueran sus damas de honor. Temió que si se negaba todo el mundo descubriría la causa.
    Cuando llegó el día, se puso el vestido rosa de satén, sonrió a pesar de tener el corazón roto y caminó detrás de Rosemary hasta el altar, donde se convertiría en la esposa de Franco. Joanne observó la expresión en el rostro de él al contemplar acercarse a la novia. Era una expresión de adoración ciega y total.
    Un año más tarde alegó trabajo como excusa para no asistir al bautizo de su hijo, Nico. Rosemary le escribió una carta afectuosa en la que decía que lamentaba no verla y le adjuntaba algunas fotos. Las estudió con celos, y notó la misma expresión en la cara de Franco al mirar a su esposa. Se podía ver a un hombre muy feliz cuyo matrimonio le había aportado amor y realización. Las escondió.
    Después recibió más fotos que mostraban a Nico creciendo con rapidez hasta convertirse en un pequeño que aprendía a caminar con la segura ayuda de su padre. El rostro de Franco se hizo menos infantil. Y siempre exhibía la misma expresión, la de un hombre que había encontrado todo lo que quería de la vida.
    Rosemary se mantuvo en contacto mediante esporádicas llamadas telefónicas y largas cartas. Joanne sabía todo lo que pasaba en la casa Farelli, casi tan bien como si viviera allí. Renata se casó con un marchante de arte y se fue a vivir a Milán. El padre de Franco murió. Dos años más tarde su madre fue a visitar a su hermana a Nápoles, donde conoció a un viudo con dos hijos con quien se casó. Franco, Rosemary y el pequeño Nico se quedaron solos en la villa. Su prima a menudo insistía en sus cariñosas invitaciones. Escribía:

    Parece que ha pasado tanto tiempo desde la última vez que te vi. No deberías ser una extraña, cariño, en especial después de lo mucho que hemos compartido.

    Joanne contestaba disculpándose por no poder ir debido al trabajo, ya que su destreza para copiar cuadros le había deparado una carrera de éxito. Pero jamás explicaba el verdadero motivo, que era su desconfianza de mirar al marido de Rosemary sin amarlo. Y eso estaba prohibido, no sólo porque a él no le importaba nada Joanne, sino porque ésta también quería a Rosemary.
    No tenía más familia que su prima, que también era hermana y madre, y a quien quería más que a nadie en el mundo, a excepción de Franco. Le debía a Rosemary más de lo que podía pagarle, y su acentuado sentido de la lealtad la obligaba a mantener las distancias.
    Se sentía sola, y en ocasiones la tentación de ir a visitarlos resultaba abrumadora. A veces pensaba que conocer a Nico no podría causar ningún daño. Pero entonces Rosemary escribía y finalizaba la carta con un inocente: «Franco te envía todo su amor». Y las palabras aún dolían, y le advertían de que jamás debía realizar esa visita.
    El aspecto exterior que daba Joanne era el de una mujer de éxito, con una larga fila de admiradores. La indefinición de sus años adolescentes había desaparecido, dejando una figura esbelta y un rostro delicado. Siempre había hombres ansiosos de seguir su belleza. Dejaba que la invitaran a cenar, y algunos de ellos, ciegos a las remotas señales que ella enviaba sin saberlo, se engañaban pensando que realizaban progresos. Al comprender su error, la llamaban fría, algo que hasta cierto punto era verdad. Joanne no tenía corazón para ellos. Hacía tiempo que se lo había robado un hombre que no lo quería.
    Entonces Rosemary fue a Inglaterra de visita, llevando consigo a su hijo de cinco años. Se quedaron con Joanne durante una semana, y ellas recuperaron parte de su vieja intimidad. Por la noche charlaban horas enteras. Joanne quedó encantada con el pequeño. Parecía inglés, pero exhibía el carácter abierto de su padre italiano, y se acomodaba en su regazo tan contento como en el de su madre.
    Rosemary los contemplaba con afecto, mientras hablaba de su vida en Italia con el marido al que adoraba. El único inconveniente era la continua hostilidad de Sofía.
    – No sé qué habría hecho si no se hubiera vuelto a casar -confesó-. Me odia.
    – Pero si siempre le insistía a Franco para que se casara -recordó Joanne.
    – Sí, pero quería elegirle esposa. Habría escogido a una chica de la zona que no habría podido competir con ella por su corazón, y que le habría dado montones de nietos. Franco quiere a los niños. Sofía nunca me permite olvidar que sólo he logrado darle uno. Mira que no he dejado de intentar hacerme su amiga, pero es inútil. Me odia porque Franco me ama mucho, y eso no puedo cambiarlo… aunque lo deseara.
    Esas palabras hicieron que Joanne rememorara el cambio que Sofía tuvo con ella sin advertencia previa. Hasta entonces se había mostrado bastante amigable, a su manera seca, hasta que un día la descubrió mirando a Franco con ojos anhelantes. A partir de ese momento se mostró fría, como si sólo ella pudiera quererlo.
    El rostro de Rosemary se mostraba radiante al hablar de su marido.
    – Jamás pensé que pudiera existir tanta felicidad -se maravilló-. Cariño, ojala te suceda también a ti.
    – Soy una mujer entregada a mi carrera -protestó Joanne, ocultando la cara en el pelo de Nico para no revelar nada inconsciente-. Lo más probable es que nunca me case.
    Fue la primera en enterarse del excitante secreto de Rosemary.
    – Aún ni siquiera se lo he dicho a Franco, porque no quiero despertar falsas esperanzas -reconoció-. Pero anhela tanto otro hijo, y yo quiero dárselo.
    Una semana después de su regreso a Italia llamó para comunicarle que al fin lo sabía con certeza; Franco estaba por las nubes. Pero el bebé jamás nació. En el quinto mes del embarazo Rosemary sufrió un ataque al corazón y murió.
    En ese momento Joanne se hallaba en Australia con el tiempo justo para acabar la obra encargada. Habría sido poco práctico ir al funeral, aunque la verdad es que agradeció la excusa para no asistir. El amor que sentía por el marido de Rosemary la atormentaba a la muerte de su prima.
    El año que siguió fue el más desgraciado de su vida. A pesar de la prolongada separación que tuvieron, Rosemary había mantenido el contacto de forma tan decidida que había seguido siendo una parte vital de su vida. Al comprender que su ausencia sería permanente, el vacío en ella creció.
    Tuvo varias ofertas para trabajar en Italia, pero las rechazó todas con uno u otro pretexto. Sin embargo, una gripe resistente la dejó postrada un tiempo, y su cuenta bancaria descendió de forma peligrosa. Cuando le llegó la oferta de Vito Antonini, recibió de buen grado la oportunidad de ganar algo de dinero.
    Vivía apenas a cien kilómetros de Franco. Pero Joanne podía encerrarse en el trabajo sin aventurarse al mundo exterior. No había necesidad de verlo si no lo deseaba. Por lo tanto, y a pesar de sus recelos, aceptó el trabajo y voló a Italia, diciéndose que no corría peligro, y esforzándose por creerlo.

Capítulo Dos

    – ¿Por qué nunca te llevas el coche? -demandó un día María-. No necesitamos el segundo. Pero jamás lo sacas. No es muy amable.
    – No te ofendas, María, por favor -suplicó Joanne-. Es que he estado muy ocupada.
    – ¿No tienes amigos de tu anterior estancia en Italia?
    – Bueno… la familia de mi prima vive cerca de Asti…
    – ¿Y no los has visitado? -exclamó horrorizada, ya que todos los italianos tienen en alta estima a la familia-.Ve ahora mismo -Vito apoyó a su esposa, y los dos la echaron prácticamente de la casa-. No vuelvas esta noche -ordenó María-. No tendrás tiempo para hacerlo.
    – Me sobrará el tiempo -insistió Joanne-. Sólo iré un par de horas.
    Discutieron sobre ello hasta el último minuto, y María exigió que se llevara un bolso con algo de ropa, mientras que ella se negó. Pretendía que la visita fuera lo más breve posible, sólo para demostrarse que podía enfrentarse al hecho de ver a Franco. Entonces se marcharía y nunca regresaría.
    Iba vestida para el campo, con pantalones y un jersey. Pero ambos los había comprado en una de las tiendas más exclusivas de Turín; añadió una cadena dorada a la cintura y unos pendientes de oro. No sabía que pretendía recalcar algo, pero la costosa elegancia de su ropa indicaba que era una persona diferente de la joven desmañada de ocho años atrás.
    En cuanto salió al camino y notó la belleza del día y el sol por la ventanilla, se sintió contenta. Necesitaba respirar aire fresco. Atravesó la pequeña ciudad medieval de Asti. Ya había carteles que anunciaban el palio, la carrera a lomos de caballo que se celebraba cada año en torno a la piazza. Los jinetes eran jóvenes de la localidad, y Joanne recordó la época en la que Franco había participado.
    Después de la primera vuelta, había quedado claro que la carrera era entre Franco y otro jinete.
    – Es Leo -anunció entusiasmada Renata-. Franco y él son buenos amigos… menos hoy.
    En el último tramo iban cuello con cuello. Entonces Leo se adelantó. Franco realizó un intento desesperado de alcanzarlo. Los vítores de la multitud se convirtieron en gritos cuando los caballos chocaron y los dos fueron lanzados al suelo. Milagrosamente los jinetes que los seguían pudieron saltar por encima y ninguno resultó herido. Pero Joanne tenía el corazón en un puño cuando luego corrieron al lado de Franco.
    Sofía lo abrazó y pareció que iba ahogarlo, hasta que con gentileza Giorgio la apartó. Leo tiró la fusta al suelo, quejándose.
    – Ganaba yo. Tenía la carrera en la mano. Y él me la robó.
    Franco le ofreció la mano. Leo la miró hasta que todo el mundo pensó que se negaría a estrecharla. Al final extendió la suya y se obligó a decir con sonrisa forzada:
    – El próximo año te la devolveré, Farelli. Ya lo verás.
    Pero Franco jamás volvió a competir. A la siguiente carrera se había casado con Rosemary y anhelaba formar su propia familia.
    Joanne aparcó y dedicó una hora a vagar por las calles que otrora había conocido tan bien. Decidió que bien podía comer en la ciudad, por lo que disfrutó de una estupenda pizza. Habría negado que postergara adrede la reunión con Franco, pero no se dio prisa.
    Pero al reanudar el viaje se vio demorada por un atasco. Durante dos horas avanzó a ritmo de tortuga detrás de una hilera de camiones, y al acercarse a los viñedos Farelli la tarde estaba avanzada. Aparcó junto a una valla y bajó para contemplar los cultivos. Por todas partes veía el brillo del verano. Le recordó el año pasado en Italia cuando se enamoró de Franco.
    ¿Cómo estaría en ese momento? La última foto que tenía de él fue sacada dieciocho meses atrás, y se lo veía mayor, más serio, como le correspondía a un hombre de responsabilidades. Pero aún brillaba en sus ojos ese diablillo malicioso. Aunque debía haber cambiado desde la muerte de su amada esposa. De pronto temió verlo. Sería un desconocido.
    Pero no podía echarse atrás en ese instante. Emprendió otra vez la marcha y llegó a la rotonda que llevaba a la casa. De inmediato lo recordó todo. El camino de tierra seguía siendo el mismo que cuando Renata la llevó allí por primera vez.
    La casa grande y extensa también seguía siendo del mismo amarillo ocre bajo el sol. Los pollos iban de un lado a otro en el patio. La familia Farelli era rica, pero la casa era la de un granjero próspero, donde la comodidad prevalecía por encima del lujo. Ahí radicaba su encanto.
    ¿Nada cambiaba en Isola Magia? Había una mesa larga bajo los árboles con bancos a cada lado. Sobre ella se veía un techo enrejado con flores que colgaban de él. ¿Cuántas veces se había sentado allí, como si estuviera en el paraíso, oyendo la conversación de la familia durante una comida? Era un paraíso perdido.
    La puerta delantera estaba abierta y pasó. Rosemary la había convertido en su casa, aunque aún le resultaba familiar. El escaso mobiliario nuevo se fundía con el cálido suelo de barro. La enorme chimenea, donde la familia se había cobijado durante las noches frías, permanecía igual. El viejo sofá había sido tapizado de nuevo, pero era el mismo, el más grande que jamás había visto Joanne.
    La escalera salía del salón principal. Una mujer mayor, a la que nunca había visto, bajó limpiándose las manos en un delantal. Vestía de negro, salvo por un pañuelo de color que le cubría el pelo. Se detuvo al ver a Joanne.
    – Lamento haber pasado sin ser invitada -se apresuró a disculparse-. No soy una intrusa. Mi prima era la esposa del Signor Farelli. ¿Está él?
    – Se encuentra en los viñedos de la pendiente sur -repuso despacio la mujer-. Enviaré a buscarlo.
    – No hace falta. Sé cómo ir. Grazie.
    No lo había olvidado. Siguió el sendero hasta la corriente y con cuidado atravesó las aguas rápidas yendo de una piedra a otra. En una ocasión había fingido ponerse nerviosa en mitad del arroyo para que Franco la ayudara a cruzarlo con sus fuertes manos.
    Después el sendero serpenteaba entre los árboles hasta desembocar en la primera pendiente, cubierta de vides que florecían bajo el sol. Aquí y allá vio a hombres entre ellas, inspeccionándolas, probándolas. Se volvieron para mirarla e incluso desde la distancia captó una cierta inquietud entre ellos. Uno la observó con expresión alarmada y salió corriendo.
    Cuando al fin llegó a la ladera sur también la invadieron los recuerdos; se detuvo para echar un vistazo. Hasta allí había paseado una noche con Franco, y su breve interludio a solas se había visto interrumpido por uno de sus muchos amores.
    Ensimismada, al principio no vio al niño que comenzó a caminar hacia ella con expresión incrédula en la cara. De pronto se puso a correr. Sonrió al reconocer a Nico.
    – ¡Mamá! -gritó él antes de que Joanne pudiera hablar, y se arrojó a sus brazos, abrazándole con fuerza el cuello.
    – Nico… no… no soy… -se sintió consternada.
    – ¡Mamá! ¡Mamá!
    No pudo hacer otra cosa que devolverle el abrazo. Habría sido cruel negarse, pero se sentía agitada. Apenas había pensado en su parecido con Rosemary, y Nico ya la conocía. Pero eso había tenido lugar un año y medio antes, una eternidad para un niño. Y el parecido debió acentuarse para confundirlo tanto. Nunca tendría que haber ido. Todo había sido un terrible error.
    – Nico.
    Él se había acercado sin que Joanne se diera cuenta y los observaba. Alzó la vista y el corazón pareció parársele. Era Franco, pero como nunca lo había visto.
    El muchacho animado había desaparecido para siempre, sustituido por un hombre de rostro sombrío que parecía haber sobrevivido a las llamas del infierno, aunque ya las llevaba en su interior.
    Había ganado masa muscular. En el pasado había sido delgado, pero en ese momento exhibía poder en cada línea de su cuerpo, desde las piernas desarrolladas hasta los hombros marcados. Sólo llevaba unos pantalones cortos y el sol centelleaba sobre el sudor de su pecho. La vida al aire libre lo había bronceado, enfatizando sus rasgos marcados y su cabello negro.
    – Nico -repitió con aspereza-.Ven aquí.
    – Papá -llamó el pequeño-, es mamá… creo…
    – Ven aquí -no alzó la voz, pero el pequeño obedeció al instante, yendo a su lado para aferrar la mano grande con confianza.
    – ¿Quién eres? -susurró Franco-. ¿Quién eres que vienes a mí en respuesta a…? -se contuvo con respiración entrecortada.
    – Franco, ¿no me conoces? Soy Joanne, la prima de Rosemary.
    – ¿Prima? -repitió él.
    Ella se acercó y los ojos de Franco la impactaron. Parecían mirarla sin verla. Tembló al pensar que veía algo que no estaba allí, y experimentó un escalofrío al adivinar qué era.
    – Nos conocimos hace años -le recordó-. Lamento venir así de repente… -dio un paso hacia él.
    – Detente ahí -ordenó él-. No te acerques más -ella obedeció con el corazón latiéndole con fuerza. Al final Franco dejó escapar un suspiro-. Lo siento. Ahora veo que eres Joanne.
    – No debí venir de esta manera. ¿Quieres que me marche?
    – Claro que no -con un esfuerzo pareció recuperarse-. Perdona mis modales.
    – Nico, ¿no me recuerdas? -preguntó Joanne, alargando los brazos hacia el pequeño. Una luz había muerto en su cara, y ella vio que Nico recordaba su primer encuentro.
    – Pensé que eras mi madre -avanzó y le regaló una sonrisa tentativa-. Pero no lo eres, ¿verdad?
    – No, me temo que no -le tomó la mano.
    – Te pareces tanto a ella -musitó el pequeño con nostalgia.
    – Sí -corroboró Franco con voz tensa-. Es verdad. Cuando mis hombres vinieron corriendo a decirme que mi esposa había regresado de entre los muertos, pensé que no eran más que necios supersticiosos. Pero ahora no puedo culparlos. Te pareces más a ella con el paso de los años.
    – No lo sabía.
    – No, ¿cómo ibas a saberlo? Nunca te molestaste en venir a visitarnos, como haría una prima. Pero ahora… -la observó con el ceño fruncido-… después de tantos años, regresas.
    – Quizá no debería haber venido.
    – Ahora estás aquí -miró la hora-. Se hace tarde. Iremos a casa a cenar. Eres bienvenida para acompañarnos.
    Los trabajadores de Franco se agruparon para verlos pasar. Entonces ella supo por qué despertaba tanto interés, aunque eso no le impidió sentirse extraña al oír los murmullos: «La padrona viva». Por el rabillo del ojo vio que algunos se persignaban.
    – Son personas supersticiosas -indicó Franco-. Creen en fantasmas.
    Al llegar al arroyo, Nico saltó de piedra en piedra, con el cabello dorado bajo la última luz del sol. Era del mismo color que el de Rosemary y ella.
    Un hombre llamó a Franco, quien se apartó para hablar con él. Nico saltaba con gesto impaciente.
    – Ven -le dijo a Joanne, alargando una mano.
    Sintió que sus dedos infantiles se cerraban en torno a los de ella.
    – Eh, quédate quieto -protestó riendo, ya que él seguía dando saltos.
    – ¡Vamos, vamos, vamos!
    – ¡Cuidado! -gritó Joanne al sentir que le resbalaba un pie. Al siguiente instante los dos se encontraron en la corriente.
    Sólo tenía una profundidad de unos sesenta centímetros. Nico fue el primero en incorporarse e intentó ayudarla.
    – Perdona me -suplicó.
    – Desde luego -dijo, quitándose el pelo mojado de la cara-. ¡Santo cielo! ¡Mírame!
    El suave jersey blanco se había vuelto transparente y se pegaba a su torso de un modo revelador. Hombres y mujeres se alinearon en las orillas, conteniendo risitas. Durante un instante la luz la cegó, y cuando pudo volver a ver captó de un vistazo la cara de Franco, y su expresión atontada la desconcertó. Alargó una mano hacia él para que la ayudara, pero daba la impresión de que era incapaz de moverse.
    – ¿Quiere alguien ayudarme? -pidió, y algunos de los hombres se adelantaron.
    – ¡Basta! -esa palabra de labios de Franco los paralizó. Todos retrocedieron, alarmados por algo que percibieron en su voz.
    Él aferró la mano de Joanne y la sacó del agua para depositarla en la orilla. Tal como había temido, los pantalones también se le ceñían de forma provocativa. Para su alivio los hombres habían girado la cabeza. Tras la explosión de Franco nadie era lo bastante valiente como para contemplar su semidesnudez.
    – Lo siento, papá -se disculpó Nico.
    – No te enfades con él -pidió Joanne.
    – Jamás me enfado con Nico -la miró fijamente-. Y ahora vayamos a casa para que puedas secarte.
    – Pasé primero por la casa -explicó mientras adecuaba su ritmo a las zancadas de Franco-, y la mujer que encontré allí me indicó dónde podía encontrarte.
    – Es Celia, mi casera -ésta salió de la casa cuando se acercaron y los esperó, con los ojos clavados en Joanne-. Celia te llevará arriba para que puedas cambiarte.
    – Pero no he traído nada -expuso, consternada.
    – ¿No trajiste nada para pasar la noche?
    – No pensaba quedarme. Quiero decir… no quería imponer mi presencia.
    – ¿Cómo vas a imponerla? Eres parte de la familia -Franco habló con una frialdad que le quitó a las palabras cualquier insinuación de bienvenida-. Aunque olvidaba que tú no te consideras de la familia. Muy bien, Celia te dará algo de ella para que te pongas mientras se seca tu ropa.
    La mujer habló en el robusto dialecto piamontés que Joanne jamás había llegado a dominar. Pareció formular una pregunta, a la que Franco respondió con una seca negativa.
    – Tu ropa no tardará en secarse -se dirigió a Joanne-. Mientras tanto, Celia te prestará algo. Te indicará el camino hasta el cuarto de los invitados. Nico, ve a secarte.
    Fue el pequeño quien la llevó arriba de la mano. Celia le proporcionó una enorme toalla de baño y algunas ropas. Se llevó las prendas mojadas con la promesa de que se secarían en seguida.
    Unos recuerdos incómodos se aposentaron en la cabeza de Joanne. Era la misma habitación que había compartido con Renata la primera vez que fue allí. Seguía teniendo las dos camas grandes y los muebles antiguos. Como en el resto de la casa, el suelo era de terrazo, el barato sustituto del mármol que los italianos empleaban para mantener frescos los interiores.
    Se probó el vestido. Era oscuro, de alguna tela vaporosa, y le colgó suelto de su esbelta figura, evidentemente de una talla mayor y para alguien más bajo. «Es una pena», pensó, «que Franco no haya guardado algunas prendas de Rosemary… aunque ya había pasado más de un año».
    Entonces, con un ligero hormigueo, recordó las palabras que había intercambiado con Celia. De pronto comprendió que sí tenía ropa de Rosemary, que la casera había querido darle, pero que Franco prohibió.
    Bajó y encontró a Nico al pie de las escaleras. Tras la confusión inicial parecía menos perturbado que nadie al ver la imagen de su madre; Joanne bendijo el instinto que había impulsado a Rosemary a llevarlo a Inglaterra. Estaba claro que la recordaba de aquella visita. Lo demostró al enseñarle un libro para colorear que ella le había regalado.
    – Lo he terminado todo -dijo-.Ven a ver.
    La llevó hasta una mesa pequeña en un rincón. Joanne recorrió las páginas, notando que había completado los dibujos con una habilidad inusual en un niño de su edad. Tenía una mano firme, que en ningún momento permitía que los colores sobrepasaran la línea, lo que indicaba un buen control.
    Cuando terminaron ese cuaderno Nico le mostró con timidez algunas páginas con dibujos toscos e infantiles, y ella exhibió su deleite. En ellos también pudo ver la temprana evidencia de una futura maestría. Sus alabanzas sinceras encantaron a Nico, y juntos sonrieron.
    Entonces Joanne alzó la vista y vio a Franco que los observaba con expresión extraña.
    – Nico, es hora de lavarse las manos para la cena -dijo. Indicó los dibujos-. Guárdalo todo.
    – Si, papá -repuso con demasiada docilidad para un niño. Ordenó todo y fue arriba.
    – Resulta extraño encontrar la casa tan silenciosa -comentó ella con nostalgia-. La primera vez que vine tus padres y Renata gritaban y reían al mismo tiempo.
    – Sí, había mucha risa -coincidió él-. Renata nos visitó hace poco, con su marido y sus dos hijos. Hicieron mucho ruido, y fue como en los viejos tiempos. Pero tienes razón, es demasiado silenciosa ahora.
    – Nico debe ser un niño solitario -aventuró Joanne.
    – Me temo que sí. Depende mucho de Ruffo para gozar de compañía.
    – ¿Ruffo sigue vivo? -preguntó, encantada.
    Franco soltó un silbido por una ventana. Y ahí llegó Ruffo, lleno de años y con un aspecto de gran sabiduría, ya que el pelaje negro de la cara era casi blanco. Al ver a Joanne ladró de placer y corrió a su lado.
    – Después de todo este tiempo, me recuerda.
    – Jamás olvida a un amigo.
    Acarició al viejo perro con verdadero cariño, aunque también sabía que lo usaba para cubrir el silencio que reinaba entre Franco y ella. Empezó a sentirse desesperada. Sabía que él habría cambiado, pero ese hombre grave, renuente a hablar, era una sorpresa.
    – Cuéntame qué fue de ti -pidió él al final-. ¿Te convertiste en una gran artista?
    – No, me convertí en una gran imitadora. Descubrí que no tenía una visión propia, pero puedo copiar la visión de otros.
    – Es triste -comentó Franco de forma inesperada-. Recuerdo lo mucho que deseabas ser una artista. No parabas de hablar de ello.
    Era una sorpresa descubrir que recordaba algo de lo que ella había dicho en aquellos tiempos.
    – Tengo una buena carrera. Mis copias son tan perfectas que no puedes notar la diferencia. Claro que la diferencia siempre está ahí -añadió con un suspiro.
    – ¿Y eso te molesta mucho?
    – Me costó comprender que no poseía originalidad -intentó continuar con ligereza-. Condenada a seguir para siempre los pasos de otros, siempre juzgada por lo mucho que logras imitarlos. Me gano la vida, y a veces muy bien. Lo que pasa es que no es lo que soñé.
    – ¿Y por qué te encuentras ahora en Italia?
    – Estoy copiando unas obras para un hombre que vive en Turín.
    – Y nos has dedicado un día. Qué amable.
    Se ruborizó ante su tono irónico. Era evidente que Franco no la tenía en alta estima por haberse mantenido distante, pero ¿cómo podía contarle sus motivos?
    – Debí llamarte primero.
    – ¿Por qué? La prima de mi esposa es libre de venir cuando quiera.
    También se dio cuenta de que su voz era diferente. Una vez había sido rica, sonora y musical. En ese momento era plana, como si toda la música de la vida hubiera muerto en él.
    Una joven con aspecto agobiado salió de la cocina con unos platos. Se dirigió al exterior y comenzó a poner la mesa.
    – A pesar de la sorpresa, Celia está preparando un banquete en tu honor -informó Franco-. Por eso se encuentra un poco tensa. Esta noche cenarán con nosotros mi capataz y su familia.
    – Me encanta recordar las comidas que disfrutamos bajo los árboles.
    – Siempre estabas nerviosa por las flores que colgaban del enrejado. Decías que te soltaban insectos.
    – Eras tú quien lo hacía. En una ocasión deslizaste una araña por la espalda de mi vestido.
    – Es verdad -reconoció con una leve sonrisa-. Fue para castigarte por decirle a mi madre que me habías visto con una mujer a la que ella no aprobaba.
    – No pretendía traicionarte -protestó Joanne-. Se me escapó por accidente.
    – Te pagué por el accidente. Mi madre me dio una bofetada y me gritó. Yo tenía veinticuatro años, pero eso no la detuvo.
    Compartieron una sonrisa, y durante un fugaz instante se pudo vislumbrar al antiguo y humorista Franco. Luego se desvaneció.
    – ¿Por qué no echas un vistazo mientras me lavo? Verás que la casa está casi igual.
    – Ya lo he notado. Me alegro. Éste era un lugar feliz.
    En cuanto soltó las palabras tuvo ganas de morderse la lengua. Fue como si Franco se hubiera convertido en piedra. Su rostro era el de un hombre muerto.
    – Sí, fue feliz -corroboró sin inflexión alguna en la voz.
    Se marchó, dejándola para culparse por su propia torpeza. La visita empezaba a resultar un desastre. Le había indicado que los iban a acompañar a cenar su capataz y su familia «esta noche», lo que sugería una invitación especial. Era evidente que su presencia representaba una tensión para él, y necesitaba algo que la aliviara.
    Había sido una locura visitarlo.

Capítulo Tres

    Joanne salió al exterior. El intenso calor del día se había mitigado y soplaba una suave brisa. En el pasado esos eran los momentos de mayor relajación y satisfacción en Isola Magia, pero en ese momento podía sentir la creciente tensión. Aun así, la belleza de la tierra seguía siendo la misma.
    Allí estaba la terraza y el lugar exacto donde Franco estuvo a punto de besarla aquella aciaga noche. Aún crecían los geranios. Bajo la ventana del cuarto de invitados se alzaba el manzano. Joanne había visto a Franco allí la noche anterior a su boda, mirando hacia la ventana de Rosemary. Su prometida había salido y lo había contemplado con el corazón en los ojos, y ninguno se movió en mucho rato. Ella se había ido en silencio, pensando que era un sacrilegio espiar.
    Intentó no prestarle atención a las miradas que recibía. Fue un alivio cuando Nico y Franco salieron de la casa y le indicaron a todo el mundo que se agrupara en torno a la mesa.
    El pequeño tomó la mano de ella.
    – ¿Puedo llamarte Zia? -preguntó con timidez, empleando el vocablo italiano para «Tía».
    – Me encantaría. ¿Dónde me siento?
    La llevó a la mesa y la presentó a todos como «Zia Joanne». Umberto, el capataz, estaba allí con su esposa y sus tres hijos. La familia la saludó con cortesía, pero con la expresión asombrada que ya empezaba a reconocer. Franco ocupó la cabecera, y Nico la situó entre su padre y él. Franco le sirvió una copa de vino con actitud atenta, aunque sin mirarla.
    Como había dicho, Celia había preparado un banquete en un tiempo sorprendentemente corto. Crema de aceitunas negras, espinacas y ñoquis, y un plato delicioso preparado con trufas blancas, una especialidad local. Acompañaron todo con el vino de la zona.
    Elise, la esposa de Umberto, trabajaba en los viñedos cuando Joanne estuvo allí ocho años atrás, y la recordaba. Le formuló unas preguntas educadas, y Joanne habló de su carrera y su trabajo en la casa de Vito. Franco le habló con cortesía, aunque le dio la impresión de que con esfuerzo. Nico intervino poco, pero cuando lo miraba lo veía sonriendo.
    Fue como flotar en un sueño. Todo lo que sucedía era irreal. Conocía cada centímetro de ese lugar, pero resultaba como si nunca hubiera estado allí. Conocía a Franco, pero era un desconocido que no la miraba a los ojos.
    Pero en un momento que alzó la vista descubrió que la había estado observando sin que ella se percatara. Había algo en sus ojos que no era frío ni desolador. Había desesperación y tristeza; reproche y miedo; pero también ira. Durante un momento él había perdido el férreo control y Joanne vio que estaba poseído por una furia amarga.
    ¿Furia contra qué? ¿El destino que se había llevado a la mujer que amaba? ¿Contra ella, por presentarse para agitar sus recuerdos?
    De pronto se sintió embriagada. Sintió calor y se vio transportada a la última vez que se había sentado a esa mesa, tratando de ocultar los sentimientos que le inspiraba un hombre que no la amaba. Notó como si el mundo diera vueltas.
    De repente todo se detuvo y volvió a su sitio correcto. Franco hablaba con otra persona. Quizá nunca hubiera pasado. Pero los latidos de su corazón le indicaron que él ya no era el fiero desconocido que quería aparentar, sino un hombre al borde de su resistencia.
    Cuando al fin Umberto y su familia se marcharon, el sol se había hundido en el horizonte, dejando una tenue línea carmesí sobre las nubes.
    Celia apareció con una bandeja pequeña en la que había una botella de prosecco, un vino blanco muy ligero y seco. Los italianos lo bebían de manera constante, y Joanne incluso recordó cuando le ofrecieron una copa mientras esperaba en una carnicería.
    La casera plantó la botella y las copas en la mesa y añadió una bandeja pequeña con pastas, que dejó cerca de Joanne con aire de contenido triunfo. Mientras Franco servía el vino, ella probó una y la dejó.
    – ¿Sucede algo? -inquirió él.
    – Lo siento, pero no puedo comerlas. Soy alérgica a las almendras.
    Franco probó una pasta y frunció el ceño al estudiar la capa de azúcar. Para sorpresa de Joanne su rostro se enturbió.
    – ¡Celia!
    La mujer mayor apareció a toda velocidad. Franco le formuló una pregunta en piamontés y Celia respondió con expresión de desconcertada inocencia. Al siguiente instante retrocedió, alejándose de su descarga de furia y se llevó las pastas de la mesa.
    – ¿Qué ha pasado? -preguntó Joanne.
    – No es nada -fue la seca respuesta.
    – Pero no debes enfadarte con la pobre Celia porque yo no pueda comer las pastas.
    – No ha sido por eso. Déjalo.
    De momento ambos habían olvidado a Nico, que los miraba con ojos que veían demasiado para un niño. Se acercó a Joanne y susurró:
    – Eran las favoritas de mamá.
    – Sí -Franco hizo una mueca-. No sé en qué pensaba Celia. No se han servido en esta casa… en más de un año.
    – Debió pensar que como soy la prima de Rosemary, tal vez me gustarían las mismas cosas -indicó con calma Joanne, aunque distaba mucho de sentirse relajada. Sospechaba lo que había imaginado Celia, y eso resultaba mucho más sobrecogedor.
    – Sin duda ha sido eso -Franco se recuperó-. Nico, es hora de irse a la cama.
    Pero en el acto el pequeño se arrimó más a Joanne con una sonrisa en los labios. De forma instintiva le abrió los brazos para dejar que se subiera a su regazo.
    – Deja que se quede -le suplicó a Franco-. Solíamos acurrucamos así cuando Rosemary lo llevó a visitarme.
    – Entonces era un bebé -indicó con el ceño fruncido.
    – Ahora no es mucho mayor. Es demasiado joven para que no lo abracen.
    – Tienes razón -suspiró él.
    Nico se había quedado dormido en cuanto se acomodó sobre ella. Joanne pensó con tristeza en Rosemary, quien ya nunca vería crecer a su hijo.
    – Ya se ha quedado dormido -musitó.
    – Confía en ti, lo cual es notable. Desde que murió su madre no confía en nadie, excepto en mí.
    – Pobrecito. ¿No hay nadie por aquí que pueda ser como una madre para él?
    – Los criados lo miman, pero nadie podrá ocupar el sitio de su madre. Jamás.
    Joanne acercó la mejilla a su pelo y lo abrazó con más fuerza. Nada salía tal como ella había esperado. No había contado con el modo en que el pequeño se introduciría en su corazón.
    – Es hora de que esté en la cama -indicó Franco.
    – Sí -aceptó en voz baja, incorporándose con Nico en brazos. La cabeza del niño se apoyó en su hombro mientras se dirigía hacia las escaleras.
    Celia se hallaba arriba, y se acercó en cuanto vio que abría la puerta del dormitorio de Nico. Juntas lo desvistieron y lo metieron entre las sábanas. El pequeño volvió a rodear el cuello de Joanne y ella lo abrazó.
    – ¿Me cantas? -susurró él.
    – ¿Qué quieres?
    – La canción del conejo.
    Por un momento tuvo la mente en blanco. Luego recordó que Rosemary había escrito un verso ligero que le había cantado a su hijo. Poco a poco recordó las palabras y comenzó a cantar con voz ronca.

    Mira al conejo que corre a casa.
    Mira cómo mueve, mueve, mueve el rabo al correr.
    Es tarde y quiere cenar.
    Luego se acurrucará y se dormirá.
    Y. por supuesto, roncará y roncará.

    – Cántala otra vez -suplicó Nico con una risita.
    Joanne obedeció y entonó el verso una segunda vez, luego una tercera.
    – De nuevo -musitó él.
    Por el rabillo del ojo Joanne pudo ver a Franco de pie en la puerta, sin moverse para no perturbar su sueño. Fue un alivio que no pudiera ver su expresión. Era la de un hombre sumido en un dolor inimaginable.
    Cantó el verso otras dos veces. Nico no volvió a pedírselo, aunque se acurrucó contra ella con un suspiro de satisfacción. Pensando sólo en su bien, le susurró: «Buona notte, caro Nicolo», tal como había hecho Rosemary.
    – Buona notte, Mama -contestó sin abrir los ojos.
    – No, yo… -empezó ella, pero guardó silencio, confusa-. Buona notte, piccino -añadió tras un momento.
    No recibió respuesta. Con mucha suavidad lo depositó de nuevo sobre la almohada y le besó la frente.
    Luego se volvió hacia Franco. Pero éste se había marchado. No supo cuánto tiempo habría permanecido allí de pie antes de irse.
    Cerró la puerta con cuidado y bajó. No vio señal de él, y salió a la terraza.
    El aire estaba impregnado con la fragancia de las flores, como aquel verano tan distante. Franco apareció en la terraza y la observó unos momentos junto a los geranios.
    – ¿En qué piensas? -preguntó.
    – Recordaba estas flores de la noche del baile. Renata no pudo venir, así que nosotros fuimos juntos. Tú me esperabas justo aquí, y cuando bajé… hablamos -terminó. A él le brillaban los ojos y los labios esbozaban una sonrisa gentil.
    – Lo recuerdo -dijo en voz baja-.Y mientras estábamos allí llegó Rosemary. Salió por esa puerta y yo la vi por primera vez.
    Había olvidado la parte de Joanne en aquella noche. Todos sus recuerdos eran de su amada.
    – Debería disculparme por la inconveniencia después de la cena -continuó él-. Celia sirvió esas pastas porque eran las preferidas de mi mujer, aunque llevaba un año sin hacerlo. Me enfadé con ella porque parecía creer que eras el fantasma de Rosemary. Pero me excedí en mi reacción y lo siento.
    – No es conmigo con quien deberías disculparte -reprochó con suavidad.
    – No te preocupes. He hecho las paces con Celia. Perdona mis estados de ánimo.
    – Imagino que no te gusta hablar de Rosemary.
    – Todo lo contrario. Me encanta hablar de ella, porque eso la mantiene viva. A veces Nico y yo lo hacemos, pero es un niño y no puedo sobrecargar sus hombros. Sin embargo, tú, Joanne… tú estuviste presente cuando la conocí, en el momento en que me enamoré de ella.
    – Lo sé. Os observé a los dos miraros y fue como si el mundo se hubiera detenido.
    – Es lo mismo que sentimos nosotros -repuso de inmediato-. Ella me lo comentó después… o quizá yo se lo dijera a ella, no recuerdo. Éramos un corazón, un alma… al menos es lo que yo creía -pronunció esas palabras con aliento contenido, luego alzó la vista rápidamente y vio la expresión desconcertada de ella. Antes de que pudiera interrogarlo, continuó-: Lo supimos todo desde el primer minuto. Y tú estuviste presente. Tú también lo supiste.
    – Sí. Todo -coincidió con un toque de melancolía que supo que él no iba a captar. Estaba perdido en su propio mundo, que sólo habitaban su amada esposa y él. Carecía de realidad, y también sus sentimientos-. Vino con nosotros a la fiesta. Y los dos compartisteis todos los bailes. Otros hombres no dejaban de invitarla, pero tú los echabas.
    – Sí -repuso con una sonrisa-. Ella me instó a cumplir con mi deber y a bailar con otras chicas, pero yo le dije que sólo lo haría con ella, y ella sólo conmigo, siempre.
    – ¿Esa noche le pediste que se casara contigo? -inquirió Joanne.
    – Nunca se lo pedí, y ella jamás dijo sí. Sencillamente sabíamos que iba a suceder. Algunas cosas son inevitables desde el principio. Mi madre no pudo entenderlo. Me pidió que esperara, que me casara con una chica como yo, una buena chica italiana. Pero Rosemary y yo compartíamos la misma alma y el mismo corazón. ¿Qué puede ser más afín que eso? -le sonrió con gesto reminiscente-. Tú lo viste. Es como si hubieras sido parte de nuestro amor.
    Joanne reconoció que era una locura continuar con eso. Después de todos esos años aún le dolía saber que sólo la veía a través del filtro de Rosemary. Pero era dulce estar sentada, hablando con Franco, sintiendo que recurría a ella, aunque fuera por otros motivos.
    – ¿Por qué volviste ahora? -preguntó él de repente.
    – Yo… yo trabajaba cerca -tartamudeó, sorprendida-. No podía marcharme sin visitaros.
    – Nos evitas ocho años y luego nos haces una breve visita. ¿Por qué, Joanne? ¿Qué hicimos para ofenderte?
    – Nada, es que mi vida ha estado muy ocupada. Mi carrera…
    – Sí, sí -cortó, y ella supo lo insignificante y deshonesta que había sido su justificación.
    – Debería irme ya -indicó.
    – Es demasiado tarde para que te vayas ahora.
    – Sólo son cien kilómetros.
    – ¿No puedes quedarte una noche? Nico cree que mañana estarás aquí.
    – Pero no he traído ninguna muda, nada. No puedo… -bajó la vista al vestido inapropiado que llevaba.
    – Ha sido una desconsideración por mi parte -afirmó Franco-. Celia quería que te prestara algo de Rosemary. Debí hacerlo, pero seguía confuso por verte.
    – ¿Aún guardas su ropa?
    – Ven conmigo.
    Joanne lo siguió en el silencio de la casa hasta el cuarto que recordaba que habían ocupado los padres de él. Había cambiado poco. Aún tenía la cama enorme, con su cabecero de nogal barnizado. A ambos lados del ventanal se alzaban dos armarios.
    Franco abrió la puerta de uno de ellos y en el interior Joanne vio una hilera de ropa protegida con plástico. Parte del armario tenía cajones que él abrió para que viera su contenido. Era la ropa interior de Rosemary, sus camisones, pañuelos, guantes.
    – He regalado casi toda su ropa a la caridad. Quizá también debiera deshacerme de esto. Es lo que quiero, pero nunca parece ser el momento adecuado. Elige lo que quieras para ponerte esta noche.
    Se marchó y la dejó para que escogiera. Todos los camisones eran tenues, delicados y escotados, lo que le dio una impresión del matrimonio que había tenido su prima. La mujer que había comprado esos artículos seductores sabía que su marido adoraba su cuerpo, y había querido presentárselo para complacerlo, tal como Joanne habría deseado hacer si…
    Cortó ese pensamiento. Puede que Rosemary estuviera muerta, pero aún seguía presente.
    Debería elegir algo sencillo y recatado, pero no había nada así. Al final se quedó con un camisón de seda blanco con una bata a juego. Se lo apoyó contra el cuerpo y se miró en el espejo. Ante sus ojos su cara parecía pálida y sosa, casi corriente. No tuvo dudas de que Rosemary había estado más hermosa con sus facciones iluminadas por la felicidad.
    Se hallaba tan sumida en sus pensamientos que no oyó la puerta abrirse y a Franco entrar, ni tampoco cuando se quedó mirándola. Sólo al acercarse cobró conciencia de él.
    – Me has sobresaltado -musitó.
    – Lo siento. ¿Has elegido algo? Bien. ¿Por qué no te llevas esto también? -del armario sacó unos pantalones y una chaqueta de montar-. Quiero que te quedes mañana. Saldremos a pasear en caballo y te mostraré cómo está el lugar.
    – Debería irme -repuso, indecisa entre la sensación de añoranza y de peligro-. Dije que regresaría esta noche.
    – Llama a tus clientes y comunícales que te vas a quedar unos días -fue una orden, no una petición. Ella lo miró desvalida-. Por favor, Joanne -pidió con más gentileza-. Esta noche no has visto al verdadero Franco. Me sorprendiste y me mostré hosco. Deja que mañana sea un buen anfitrión. Y a Nico le encanta tu presencia.
    Decidió quedarse por el pequeño. Era estupendo tener una causa con la que pudiera justificarse.
    – De acuerdo -aceptó-. Me quedaré mañana.
    – Gracias con todo mi corazón. Permite que te escolte a tu habitación -ante su puerta dijo con voz grave-: Buenas noches. Joanne. Hasta mañana.
    Había un teléfono junto a la cama. Llamó a María y le explicó que no iba a regresar esa noche. Al colgar la quitó la ropa y se puso el hermoso camisón. Se situó delante del espejo y Rosemary la miró.
    ¿Cómo había pasado por alto que los años habían recalcado su parecido?
    No tendría que haber vuelto. Ese lugar era demasiado hermoso y triste. Casi deseó no haber visto otra vez a Franco. En su corazón sólo quedaba dolor. También sabía que si era inteligente debería abandonar la casa lo antes posible.

    Franco tardó en irse a la cama. Vagó por la casa silenciosa y se detuvo ante la puerta del dormitorio de su hijo para escuchar su respiración.
    Cuando al fin se acostó, el sueño lo eludió. Su cabeza era un torbellino por los acontecimientos del día. Las imágenes iban y venían. Un rostro en particular lo torturaba. Intentó desterrarlo, pero no lo consiguió.
    Al final se levantó con un gemido, se puso unos vaqueros y, descalzo, bajó por la escalera y salió al patio. Había luna llena y sus rayos brillantes caían directamente sobre la ventana de la habitación de invitados. Vio que estaba abierta, y por un instante pensó que percibía la silueta de una mujer con un largo camisón blanco. Pero se dio cuenta de que sólo se trataba de la cortina agitada por la brisa.
    Se quedó mirando largo rato, pero no captó ningún movimiento. Se acercó a la fuente y se sentó sobre la piedra, para meter los brazos en el agua fría y salpicarse la cara con ella. Temblaba.
    – ¡Qué Dios me perdone estos pensamientos! -musitó-. Dios misericordioso, perdóname.

Capítulo Cuatro

    Joanne despertó con el canto de un gallo. Miró al reloj. Eran las tres de la mañana. Pensó que debía ser el mismo gallo de siempre. No podía haber dos con ese extraño sentido del tiempo.
    Ocho años atrás, a menudo, la había despertado a la misma hora, hasta que se acostumbró a ello. En ese momento, igual que en el pasado, volvió a quedarse dormida con el cacareo en los oídos.
    Dos horas después volvió a despertar. El gallo había concluido por aquel día y reinaba el silencio cuando apartó las persianas y contempló los viñedos.
    Todo era mágico. Una leve niebla se alzaba desde la tierra. En la distancia sonaba una campana. Poco a poco las formas adquirieron más precisión y vio a un hombre que de pie, bajo un árbol, miraba hacia el valle. No logró percibir su rostro, aunque no fue necesario. La altura, el ancho de los hombros, la cabeza erguida… todo proclamaba que se trataba de Franco.
    Estaba tan inmóvil como una estatua. Recordó que incluso de joven había poseído el don de la inmovilidad. Se preguntó qué pensamientos pasarían por su cabeza.
    Al rato volvió a meterse en la cama. Fue Celia quien la despertó la próxima vez al entrar con una bandeja con café para indicarle que il padrone quería empezar pronto el día. Joanne se duchó y se vistió. Se sentía un poco nerviosa ante la idea de montar, porque hacía años que no se subía a un caballo.
    Franco bebía café cuando bajó. Alzó la vista con una sonrisa en la cara, y ella experimentó sorpresa. Parecía fresco y relajado, y sus ojos exhibían calidez. También él llevaba puestos unos pantalones de montar, con una camisa blanca que recalcaba su piel bronceada.
    – Toma un poco de café -ofreció, sirviéndole una taza-. Luego nos marcharemos. Por el camino podemos parar a comer algo.
    – ¿A dónde iremos?
    – Quiero mostrarte cómo ha crecido la propiedad. He comprado algo más de tierra.
    Los caballos los esperaban en la entrada. La montura de ella era una yegua zaina llamada Birba. Era hermosa y parecía bastante dócil; no se movió mientras ella la montaba. Pero en cuanto estuvo encima sintió que un temblor recorría al animal, y recordó que birba significaba «pilluelo».
    Pero la yegua parecía encontrarse de buen humor. Joanne se sintió entusiasmada al avanzar junto a Franco hacia la hermosa campiña. El sol aún subía por el cielo y el día tenía una temperatura placentera. A lo ancho del valle pudo ver cipreses y álamos blancos, los techos de tejas rojas de las cabañas y acres y más acres de viñedos.
    – Franco, antes de que vayamos a ninguna parte -comentó-, ¿podrías mostrarme dónde está enterrada Rosemary? ¿Se encuentra en el cementerio de la iglesia?
    – No, tenemos nuestro propio cementerio. Ven, te lo mostraré.
    Condujo su caballo por la pequeña huerta que salía por el jardín que había en la parte trasera de la casa, para descender por un sendero bajo los árboles. De lejos Joanne pudo oír el borbotear de la corriente y de pronto emergieron a un pequeño claro.
    Se veían varias tumbas, pero una era más reciente que las otras. Se encontraba cerca de los árboles y exhibía una sencilla lápida de mármol rodeada de flores. Los sauces colgaban sobre el agua. Era un lugar hermoso, sosegado, sereno, donde resultaba posible creer que Rosemary descansaba en paz.
    Desmontaron y Franco se apartó con los caballos mientras ella se acercaba a la tumba y se apoyaba en una rodilla para tocar el frío mármol. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Hasta ese momento casi había sido como si Rosemary se hubiera ido a alguna parte para no tardar en regresar. Pero había algo definitivo en su lugar de descanso que de inmediato le hizo comprender la realidad. Olvidando a Franco, se llevó los dedos a los labios y los depositó en el mármol al tiempo que murmuraba:
    – Adiós, cariño. Gracias por todo.
    Cuando dio la vuelta vio a Franco a unos metros de distancia, junto a la corriente. Alzó la vista al oír que se acercaba.
    – ¿Quieres que te espere? -preguntó ella.
    – Ella lo entenderá -meneó la cabeza-. Sabe que volveré en otra ocasión. Vamos.
    La ayudó a montar y dirigió su caballo al norte. El aire estaba despejado y en la lejanía Joanne vio las montañas coronadas de nieve. Se deleitó con la belleza de la mañana y la proximidad del hombre que aún tenía su corazón. Era una sensación distinta del júbilo que una vez le había inspirado. Pero resultaba muy real.
    Había ampliado mucho sus tierras y diversificado las cosechas. Isola Magia siempre había cultivado las uvas Barbera, que se empleaban para fabricar un delicioso vino tinto seco. Pero ya había incorporado la cepa Barela, más oscura, y la vivaz Brachetto.
    – Fue gracias a ella -explicó Franco-. Rosemary tenía un don especial para los negocios. Se empapó con los detalles del comercio de la uva y me convenció para que nos expandiéramos -sonrió-. Mi madre se mostró muy irritada. Dijo que Rosemary debería quedarse en casa para cocinar, aunque no sé cómo podría haberlo hecho cuando mamá jamás salía de la cocina. No sé. Entonces mamá dijo que era un insulto para papá, porque aún era oficialmente el jefe del negocio.
    – Recuerdo a tu padre -comentó Joanne-. Era el hombre más campechano que jamás he conocido.
    – Tienes razón. Claro que no se sintió insultado. Mientras pudiera comer y beber con sus amigos, no le importaba nada de lo que sucediera. Además, su salud empezaba a fallarle. Se había ganado jubilarse.
    – ¿Y a ti no te importó que Rosemary realizara cambios en el negocio?
    – Éramos como una persona -repuso con sencillez-. ¿Dónde terminaba ella y empezaba yo? Nunca lo supe.
    Se detuvieron en una pequeña taberna y bebieron unos vinos que el posadero les aseguro que estaban hechos con uvas de Isola Magia. Comieron un antipasto piamontese, un plato de carne cruda macerada en zumo de limón con trufas asadas, trucha con espliego y albóndigas.
    – No puedo más -protestó Joanne.
    – Pero si sólo han sido unos aperitivos.
    – Para mí ha sido una comida completa.
    – De acuerdo, pararemos aquí luego -Franco jugó un momento con su comida antes de añadir-: La querías de verdad, ¿no? Creo que no lo supe hasta hoy.
    – Sí, mucho. Durante largo tiempo estuvimos muy unidas.
    – Rosemary hablaba de ti como una hermana, a veces como una hija.
    – Lo mismo me parecía a mí -corroboró, despacio-. Yo tenía seis años cuando mis padres murieron. Ella le pidió a su madre que me dejara vivir con ellos. No creo que la tía Elsie se mostrara muy entusiasmada. Era viuda. Pero Rosemary no cejó, y me fui a vivir con ellas. Cuando la tía Elsie murió, Rosemary sólo tenía dieciocho años, pero se convirtió en mi madre. Y fue una madre maravillosa. Tendría que haber estado saliendo por ahí, teniendo citas, divirtiéndose, pero lo hizo todo a un lado para cuidar de mí. Perdió un montón de novios por ello.
    – Entonces estoy en deuda contigo -alzó la copa-. Tú la mantuviste libre para mí. ¿Qué pasa? -sus ojos intensos habían captado el cambio en el rostro de ella-. Has pensado en algo. Dímelo.
    – De pronto recordé el don que tenía para escribir pequeños versos… ella los llamaba coplas burlescas. Había una junto a mi plato del desayuno la mañana que me esperaba un examen importante. Me hizo reír, pero también ayudó a que me sintiera segura y querida. Quizá por eso aprobé. Rosemary podía conseguir eso y más para los demás.
    – Sí -musitó él-. Podía.
    – ¿Te escribió a ti esos versos?
    – Solían caerse de mis calcetines -sonrió-, por lo general cuando tenía prisa. No siempre los aprecié como debería. Solía decirle: «Cara, por favor», pero ahora ya no están. Si supieras lo que daría porque un trozo de papel apareciera en el cajón de los calcetines. Nico los echa de menos incluso más. Ella solía cantarle canciones al acostarlo. Me alegro de que supieras una anoche. Significó tanto para él.
    – ¿Te habló alguna vez de que algún día anhelaba escribir un «poema de verdad»?
    – Sí. Lo ambicionaba, pero al final no lo consiguió. «Un poema que signifique algo de verdad», solía decir ella.
    – Todo lo que hacía Rosemary significaba algo -dijo Joanne-. De no ser por ella, me habrían llevado a un orfanato, y probablemente habría terminado yendo de un hogar adoptivo a otro. Me salvó de eso, y siempre me prometí que algún día haría algo por ella para darle las gracias por todo.
    – ¿Lo hiciste? -preguntó Franco al percibir una extraña nota en su voz.
    – Sí -repuso, pensando en los años que se había mantenido lejos de él por miedo a nublar la felicidad de Rosemary-. Lo hice.
    – ¿Vas a contarme qué fue? -inquirió, pasado un momento.
    – No, no puedo. Era entre Rosemary y yo, y ni siquiera ella lo supo.
    – Lo próximas que debíais estar a pesar de la distancia. Tú guardas los secretos de ella, y ella guardó los tuyos.
    – ¿A qué te refieres?
    – Cuando volvió de visitarte en Inglaterra, comentó algo muy extraño. Dijo que al fin había entendido por qué nunca venías a vernos.
    – ¿Te dijo a qué se refería? -se quedó muy quieta, sin mirarlo.
    – No. Pero por primera vez pareció feliz por ti. Le había entristecido mucho que no vinieras, pero a partir de ese momento dejó de sentirse así. Dijo que lo mejor que había pensado sobre ti era verdad. ¿Por qué? ¿Qué sucedió entre vosotras?
    – Nada especial. Fue maravilloso tener a Nico y a ella conmigo. Charlamos y fuimos de compras, vimos la televisión. Cosas corrientes.
    – Debiste decirle por qué nunca viniste a vernos.
    – No. Jamás se mencionó. Ni una sola vez.
    – Entonces, ¿qué comprendió? ¿Y cómo?
    ¿Era posible que, de algún modo, su prima hubiera adivinado la verdad? La idea cortaba el aliento.
    – ¿Qué fue? -demandó Franco, observándola-. Lo has recordado, ¿verdad?
    – Franco, por favor, no puedo hablar de ello. Puede que me equivoque…
    – No lo creo. Ambas os comprendíais.
    – Sí. Empiezo a darme cuenta de la profundidad de esa comprensión.
    Él hizo una mueca y se encogió de hombros al ver que Joanne lo miraba con curiosidad.
    – No es nada -dijo con brusquedad-. Es que… estoy celoso. Es una estupidez, pero estoy celoso. No me gusta pensar que se siente próxima a otra persona que no sea yo. Salvo Nico.
    – ¿Sabes que hablas de ella en tiempo presente?
    – ¿Sí? Tal vez. Aún es muy real para mí.
    – ¿Estabas celoso mientras vivía?
    – Soy un hombre celoso. Lo que es mío, es mío. Lo que pasa es que nunca me dio motivos. Ni yo a ella. Jamás me sentí tentado -vació la copa-. Si estás lista, vámonos.
    Birba se movió un poco al montarla de nuevo. Joanne casi había olvidado que la yegua la ponía nerviosa, pero en ese momento el animal comenzó a mover la cabeza, en ningún instante fuera de control, pero tampoco lo bastante tranquila como para que ella se sintiera cómoda.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó Franco.
    – Sí -repuso con valentía.
    Pusieron rumbo a casa y cabalgaron durante una hora antes de que él se detuviera junto a una corriente.
    – Descansemos aquí un rato. Los caballos agradecerán poder refrescarse un poco.
    Mientras hablaba, desmontó. Joanne estaba a punto de hacer lo mismo cuando oyó un zumbido. Una avispa daba vueltas alrededor de su cabeza. Agitó la mano para espantarla, pero con ello consiguió que se trasladara a la cabeza de Birba; de pronto la yegua se alzó sobre las patas traseras con un relincho. Al siguiente instante salió al galope, con Joanne aferrada a ella.
    Oyó a Franco gritar. Birba parecía ir cada vez más deprisa, saltando sobre setos y zanjas como si no fueran nada. Joanne estaba aterrada, y sabía que caería en cualquier momento.
    A su espalda oyó el sonido de cascos y giró la cabeza lo suficiente como para ver a un hombre joven en un caballo negro que poco a poco le daba alcance. Cuando llegó a su lado, estiró el brazo para asirla por la cintura y levantarla para acomodarla en su propia montura. Joanne se aferró a él y sintió que el animal reducía la velocidad mientras Birba continuaba su galope.
    – Muy bien -comentó el otro con tono despreocupado-.Ya estás a salvo -tiró de las riendas y frenó.
    – Gracias -dijo jadeante, mirándolo.
    – ¡Rosemary! -exclamó, desvanecida la sonrisa de su rostro.
    – No soy ella -gritó Joanne.
    El hombre saltó a tierra y la ayudó a bajar. La sostuvo un momento, estudiando su cara. Parecía que aún no había cumplido los treinta años; era muy atractivo, con un rostro expresivo y alegre.
    – No, claro que no eres Rosemary -comentó al fin-. Ella era una amazona intrépida, y jamás habría perdido el control de su caballo.
    Por ese entonces Franco los había alcanzado. Saltó de su caballo y aferró el brazo de Joanne.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó con voz ronca.
    – Estoy bien, gracias a…
    – Me llamo Leo Moretto -indicó el joven-. Ciao, Franco.
    – Vi lo que sucedió y te lo agradezco -Franco estrechó su mano-. Me alegro verte de vuelta, Leo. ¿Puedes esperar junto a Joanne mientras voy a buscar a Birba?
    – Por supuesto.
    – ¿La conocías bien? -preguntó ella cuando Franco se marchó.
    – Vivo por aquí. La tierra de mi padre está colindante con la de Franco. Somos viejos amigos. Pero dime quién eres. ¿Veo fantasmas? ¿He bebido demasiado?
    – No, desde luego que no -su forma cómica de hablar hizo que sonriera-. Soy Joanne Merton. Rosemary era mi prima. Sé que somos muy parecidas.
    – Pero sólo por fuera. ¿En qué pensaba Franco cuando te dejó montar el caballo de Rosemary?
    – ¿Era el caballo de ella? -Joanne sintió un escalofrío.
    – Claro. Era su montura preferida. La montaba a menudo cuando recorría los viñedos con Franco.
    – Comprendo -dijo casi sin voz.
    Franco regresaba con Birba, otra vez dócil. Leo se dirigió a él.
    – Me preguntaba en qué pensabas al darle a Joanne ese caballo. Sólo es una amazona moderada. Perdona, Joanne.
    – No, es verdad -corroboró ella.
    – Sí. Debí tener más cuidado -dijo Franco-. He olvidado… muchas cosas.
    – Estamos cerca de mi casa -indicó Leo-. Venid a tomar algo; además, así podré ponerme al día de lo sucedido durante mi ausencia.
    – No me apetece volver sobre Birba -comentó Joanne.
    – Claro que no, montarás conmigo -anunció Leo-. No te preocupes, estarás a salvo.
    Saltó con facilidad sobre el lomo del animal y acomodó a Joanne delante de él. Al principio ella se mostró nerviosa, pero el brazo de Leo en torno a su cintura la mantuvo a resguardo.
    El hogar de los Moretto era una granja antigua, amplia y cómoda. Leo los condujo a un sitio agradable bajo los árboles, donde había una mesa, un par de sillas y una hamaca. Dejó a Joanne sobre los cojines de la hamaca y ocupó el asiento a su lado, dejando para Franco la otra silla. La casera les llevó una bandeja con vino y pastas y se marchó.
    – ¡Claro! -exclamó Joanne de repente-. Ahora me acuerdo de ti. En el palio. Franco y tú chocasteis.
    – Él chocó conmigo y me negó la victoria -gruñó Leo-. Hay una diferencia.
    – Tú me impediste que te pasara -corrigió Franco con una sonrisa-. Pero eso ya es historia. Ahora somos buenos amigos.
    – Por supuesto -Leo sonrió-. Y este año voy a ganar.
    – Si no pierdes la cabeza -observó Franco con ironía. Luego se dirigió a Joanne-: Es un demente cuando se sube a un caballo.
    – Me alegro de que lo sea -repuso ella-. Jamás vi galopar a alguien como él cuando fue a mi rescate.
    – Rescatar a las damas hermosas es mi especialidad -al hablar le besó el dorso de la mano con un gesto que fue tan galante pero, al mismo tiempo, tan histriónico que ella tuvo que sonreír.
    Los dos hombres, que resultaba evidente que se conocían muy bien, se dedicaron a hablar de cosechas, caballos y vino. Cuando al fin Franco se levantó para marcharse, la luz menguaba con celeridad.
    Leo trajo tres caballos de los establos.
    – No debes volver a montar en Birba -le dijo a ella-, así que he puesto tu silla en uno de mis animales.
    – No hacía falta -indicó Franco con cierta irritación-.Yo iba a montar a Birba. Joanne estará perfectamente a salvo en mi caballo.
    – Lo estará aún más en el mío -repuso Leo.
    Partieron, con Franco sobre Birba y ella montada en el tranquilo animal de Leo.
    – Lo siento -se disculpó él con incomodidad-. Te di a Birba sin pensarlo. Olvidé que no eras una amazona experta.
    – No te preocupes. Después de tanto tiempo, ¿cómo podías recordarlo? Y la llevé bastante bien hasta que se asustó, ¿no? Aunque no tan bien como… -contuvo las palabras y lamentó haberlas pronunciado. Como si hubiera entendido sus pensamientos, Franco asintió.
    Mientras regresaban a casa bajo el crepúsculo, se pusieron a hablar de nuevo de Rosemary. Joanne recordó historias que ya creía olvidadas, y, extrañamente, encontró cierto grado de felicidad al contarlas. Franco habló poco; en un momento ella guardó silencio, preguntándose si le prestaba atención.
    – No pares, te escucho -instó él.
    – Ya casi hemos llegado. Nico nos estará esperando.
    – Celia lo habrá acostado. Mira qué hora es.
    Celia se hallaba en la cocina cuando entraron.
    – Nico ha sido un santo -comentó la casera.
    – Subiré a ver si está despierto.
    Franco se desvaneció y Celia indicó unos platos con aceitunas, carne, queso y vino en la mesa.
    – Es la cena -declaró-. He de ir a encontrarme con mi amante -se marchó con paso digno.
    Franco bajó en silencio y con una sonrisa.
    – Duerme como un tronco.
    – Franco, Celia acaba de decir que iba a encontrarse con su amante. ¿A su edad?
    – No tengas prejuicios -comentó sin perder la sonrisa-. En este país sabemos que desde la mayoría de edad no existe límite para el amor. El caballero amigo de Celia es un hombre respetable con una esposa gruñona que no sabe cocinar. Dos veces por semana ella va a prepararle una comida decente y a ser «amistosa».
    – Pero ¿dónde está su esposa mientras Celia hace todo eso?
    – Se va a ver a su amante, desde luego. Todo es muy romántico.
    Rieron juntos.

Capítulo Cinco

    – Cenemos en el salón -dijo Franco.
    Hacía un poco de fresco al oscurecer, por lo que encendió la chimenea. Joanne llevó los platos y los depositó en la mesita baja. Se sentaron en el enorme sofá.
    – Qué bien se está -alabó ella, tomando un poco de queso y aceitunas.
    – ¿Mejor que con una calefacción moderna? -bromeó él, recordándole su sorpresa la primera vez que vio el anticuado sistema de la casa.
    – No lo cambiaría por nada -afirmó Joanne-. En aquella época yo no sabía nada.
    Franco alargó el brazo y sacó un álbum de fotografías de una estantería; lo hojeó hasta dar con una foto grande de la boda. Se la pasó.
    – ¿Te reconoces?
    – ¿Ésa soy yo? -preguntó, horrorizada al contemplar a la dama de honor-. No recuerdo haber estado tan gorda.
    – No eras gorda, sólo tenías unas curvas bonitas.
    – Y no tendría que haberme puesto un vestido de satén. Rosemary intentó convencerme para que no lo hiciera, pero las demás iban a llevar satén y no quise ser diferente -«¿qué importaba lo que me pusiera cuando el corazón se me partía?», pensó. Franco sólo tenía ojos para ella, y la pobre Rosemary no podía entender por qué no le importaba el aspecto que tuviera-. Por ese entonces no era tan parecida a ella, ¿verdad?
    – Con los años te has ido pareciendo más -coincidió él.
    – No me extraña que te mostraras asombrado al verme ayer. No debí aparecer de esa manera, sin avisar.
    – Nos sorprendiste a todos -reconoció-. ¿Has visto éstas? Sé que ella te envió algunas.
    Joanne aceptó el cambio de tema y se puso a repasar las fotos. Sonrió mientras pasaba las páginas, pero en la última se detuvo.
    La fotografía mostraba a Rosemary con una amplia sonrisa, las manos apoyadas en su ancha cintura. Irradiaba salud, aunque la fecha anotada abajo indicaba que la foto se había tomado tres días antes de su muerte.
    – ¿Cómo podía tener ese aspecto para luego…?
    – Su corazón no era fuerte -explicó Franco-. El nacimiento de Nico lo debilitó. Nunca tendría que haberse quedado embarazada por segunda vez. Que Dios me asista, pero yo no lo sabía. Si no, jamás habría permitido que volviera a quedarse embarazada -añadió en voz tan baja que Joanne apenas lo oyó-. Pero ella sí lo sabía.
    – ¿Rosemary sabía que su corazón era débil? ¿Y no te lo dijo?
    – Guardó el secreto hasta que sufrió un ataque el día después de que se sacara esa foto. Fue uno leve, pero los médicos nos dijeron que podía seguirlo otro, y que ése sería fatal. En su lecho de muerte me suplicó que la perdonara por engañarme… -la voz se le quebró-. Como si hubiera algo que yo tuviera que perdonar. Anhelé expresarle mi gratitud por los años de perfecta felicidad, pero no pude emitir ninguna palabra.
    – Estoy convencida de que no las necesitaba -indicó Joanne-. Cuando las personas se encuentran tan ligadas como vosotros, lo saben, ¿verdad?
    – Me gustaría creer que ella lo sabía. Es algo que me ha atormentado desde entonces.
    – Franco, Rosemary te amaba con todo su corazón. Y sabía que tenía tu amor. Si hubieras oído cómo hablaba de ti en Inglaterra, si hubieras podido ver lo que yo vi en sus ojos… Pero no me creo que jamás vieras esa expresión. Debiste verla todos los días.
    – No lo entiendes -dijo él-. Pensé que sabía todo eso, hasta que descubrí que me había guardado un secreto así… lo sé, por motivos generosos. Pero pensaba que todo su corazón y su mente estaban abiertos a mí.
    – ¿Se consigue eso alguna vez, sin importar lo mucho que ambos se amen? Franco, la gente debe guardar un pequeño núcleo de sí misma para sí misma. A veces ni siquiera el amor puede contar con eso.
    – Qué concepto extraño -la miró.
    – Sé que te amaba más que a nada en el mundo, pero era Rosemary, una persona completa. No sólo una mitad de Rosemary y Franco. Y así es como debe ser. Es lo que la hacía especial, la mujer que tú amabas.
    – Tienes razón, desde luego -pareció relajarse.
    Resultaba raro estar allí sentada, explicándole a él cómo era Rosemary, pero nada importaba en ese momento salvo aliviarlo un poco. Su tristeza parecía la suya propia, y si podía encontrar un modo para mitigarla, lo haría, sin importar lo que le costara a ella.
    Terminaron la botella y Franco trajo otra de la cocina. Tenía los ojos un poco salvajes.
    – ¿Repites mucho esto? -preguntó ella con suavidad.
    – Quizá demasiado, por las noches, cuando nadie me ve. Puedo soportar los días, pero las noches resultan muy solitarias. Al principio pensé que iba a enloquecer. Un mundo sin ella era imposible, pero ya no estaba, de modo que el mundo se había vuelto loco. O yo. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero no lo hizo. El dolor se transformó, eso fue todo. Durante meses pensé que la vería en cualquier esquina, y al no ser así, volvió a morir otra vez para mí.
    »Volvía a casa por la noche y prestaba atención para captar su voz en el silencio, su sonrisa, y sabía que nunca más la vería. Me preguntaba por qué no podía ser como los demás hombres que dejan atrás un amor muerto. ¿Por qué no podía dejarla ir? ¿Cuál era mi debilidad que me aferraba a ella?
    – No es una debilidad amar con lealtad -protestó Joanne-. Era una persona especial. Merecía un amor especial.
    Él guardó silencio. Parecía debatirse con una decisión importante.
    – Quiero contarte algo terrible -habló al fin-, algo que no reconocería ante ningún otro ser vivo. Llegué a culparla por ser mejor que otras mujeres, por darme semejante felicidad para luego dejarme lamentándolo el resto de mi vida -bajó la voz-. Casi la odié por abandonarme. ¿Te lo puedes imaginar?
    – Sí, he oído hablar de estos casos. Es natural…
    – ¿Natural? ¿Odiar a una mujer porque la amabas?
    – Cuanto mayor es el amor, mayor la pérdida. Sientes como si te hubiera abandonado, ¿no?
    – Sí. Mientras yacía moribunda le supliqué que no me dejara. Sabía que no era su culpa, pero… -cerró las manos con fuerza-. La culpo, y me culpo a mí mismo por culparla. En mi mente todo está enmarañado, y ya no soy capaz de ver con claridad mi camino. Acababa de descifrar el modo de sobrevivir. Y entonces apareciste tú…
    – No pretendía hacerlo más difícil -musitó.
    – No sé si lo haces más difícil o fácil. No entiendo nada de lo que sucede -estudió su cara-. ¿De dónde has venido? -inquirió con suavidad.
    – Ya te dije…
    – No me refería a eso. Quería… -respiró hondo-. ¿Puedes imaginar lo que fue darme la vuelta y encontrarte con su cara? Como un fantasma. Ni siquiera ahora sé si eres real.
    – Soy real -al fin lo entendía-. Mira, siénteme -alargó la mano hacia él, pero Franco retrocedió y meneó la cabeza, sin quitarle los ojos ardientes de encima. En un impulso ella aferró la suya y la sostuvo con firmeza-. Siénteme -repitió-. Mira mi mano. La suya jamás fue como ésta. Tenía dedos largos y delicados, como una artista, solía decir la gente. Pero los artistas tienen manos poderosas. Mira lo grande y fuerte que es la mía. Ésta soy yo, Franco, Joanne. Mírame. Destierra a los fantasmas.
    El bajó la vista a la mano que sostenía con fuerza la suya. Joanne pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. La afectaba del mismo modo que lo hizo años atrás, y en ese momento lo deseó con el mismo anhelo que en el pasado.
    – Joanne -susurró-. Sí, Joanne.
    Lo dijo como un hombre que despertara de un sueño brillante. En ese momento habría realizado cualquier sacrificio para darle felicidad. Con ello en mente, lo soltó y lo abrazó como habría hecho con Nico. Y como si fuera su hijo, él se agarró a ella para recibir consuelo.
    – Lleva muerta más de un año -dijo él con voz ronca-, y cada mañana despierto preguntándome cómo podré soportar el día. Sólo Nico me mantiene cuerdo -Joanne le acarició el pelo-. Le supliqué que volviera a mí, y cuando te vi, pensé… -tuvo un escalofrío-. Me da vergüenza decirte lo que pensé.
    – Pensaste que era ella. Y sólo era yo. Lo siento, Franco.
    – No lo sientas. Tú me diste ese momento, y era más de lo que había esperado -se mesó el pelo-. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo olvidarla?
    – ¿De verdad quieres hacerlo?
    – Nunca -sacudió la cabeza-. Si el recuerdo de ella me atormenta hasta el fin de mis días, al menos estará presente. Si la olvido, ¿qué haré? -horrorizada, ella estudió su rostro mientras intentaba hallar palabras para mitigar su agonía. Pero no las encontró. De pronto él estalló-. ¿Por qué no lo dices? Piensas que estoy loco.
    – No, yo…
    – Los demás sí lo piensan. Creen que mi alma está enferma, como si un hombre hubiera de estar loco por dolerse por el amor de su vida. Pero no saben… no entienden… -volvió a temblar y se controló con un esfuerzo-. Lo siento. No es justo que te cargue con mis problemas.
    – ¿Por qué no? Estoy aquí, y sólo quiero ayudarte.
    Atontado, él meneó la cabeza. Olvidando todo menos la necesidad de Franco, ella lo abrazó con fuerza. Él la rodeó con los brazos, buscando alivio a ciegas.
    No era el modo en que ella había soñado que la abrazaría, pero fue muy tierno. Le acarició el pelo y murmuró palabras incoherentes en las que se mezclaron el amor y el consuelo. Los años se desvanecieron.
    – Abrázame -murmuró-. Franco… Franco…
    Franco alzó la mano con gesto dubitativo, y con gentileza le acarició el rostro hasta bajar a su boca amplia y plena. Joanne tembló ante el contacto que tanto había anhelado y que nunca pensó que llegaría a conocer. Lo miró y vio algo que hizo que contuviera el aliento. El corazón le latía con fuerza. Toda la agridulce emoción volvió a brotar en su interior y le pareció estar otra vez bajo las flores, añorando su beso.
    Tembló bajo la dulzura de su contacto. Al siguiente instante él la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Había una expresión en sus ojos que no pudo descifrar, una expresión casi de desesperación al bajar la cabeza y posar sus labios en su boca.
    Joanne se aferró a él palpitante de deseo y anhelo. Después de tantos años su sueño se había hecho realidad, y era tan perfecto como sabía que sería.
    Notó que Franco cerraba más los brazos en torno a ella, que su boca se volvía más urgente. Su desesperada ansia se comunicaba a través de sus labios, de su piel, del calor de su cuerpo. Después de eso nada podría haberla detenido. La percepción de la necesidad de Franco fue como una cerilla arrojada sobre paja seca. Se pegó a él, alzando los brazos para rodearle el cuello, ansiosa y vulnerable, dándolo todo, sin reservarse nada.
    – Franco -susurró-. Oh, sí… sí…
    Él volvió a cubrirle la boca, silenciándola. Aunque ella no quería decir nada más. Sólo existía esa gloriosa sensación, y ese hombre maravilloso por quien tanto había esperado.
    Los labios de Franco se movieron hambrientos por los suyos, como un hombre que hubiera encontrado su sueño después de una larga búsqueda. Extasiada, Joanne respondió a su urgencia. La pasión contenida durante años brotaba en su interior, haciendo que se fundiera con él.
    Franco la deseaba. Pudo sentirlo en sus movimientos. Sin importar lo que sucediera después, en ese momento él la deseaba tanto como ella a él.
    Entonces se apartó un poco, respirando con dificultad. Ella sintió cómo temblaba y pensó que lo comprendía. Pero al mirar en sus ojos, los vio torturados. Sus manos fueron como acero que se tensaron contra ella y la alejaron.
    – Franco… Franco… bésame otra vez…
    – No… no debo… no puedo hacerlo… perdóname…
    – No hay nada que perdonar. Bésame…
    – No lo entiendes -indicó él con voz ronca-. No tengo derecho… -se apartó y la miró con expresión ardiente-. Perdóname -repitió-. Me he comportado como un miserable. No valgo nada.
    – Franco, ¿de qué estás hablando? -suplicó ella, sin ser capaz de comprender lo que tenía lugar.
    – Hablo de mi esposa -se levantó de repente y se alejó. Un miedo terrible comenzó a nacer en ella-. ¿No lo entiendes? Todo lo sucedido hoy ha sido falso. He estado contigo, pero la he visto a ella. Es su voz la que he oído, su sonrisa la que he visto.
    – Quieres decir que te recuerdo a Rosemary, pero eso ya lo sé -se incorporó y se acercó a él.
    – Es peor. He estado fingiendo que eras ella. Pensé que había aprendido a soportar la vida sin su presencia, pero al verte cedí a una tentación tan despreciable que me muero de vergüenza.
    – ¿Cómo has fingido que yo era Rosemary? Hablamos de ella. Yo dije cosas que ella no podría haber dicho.
    – Es una locura, ¿verdad? Pero mientras hablabas de ella, ella aún seguía con nosotros. Podía mirar tu cara y ver la suya. Esta noche quise besarte, sentir que me besabas…
    – Para -gritó, desesperada-. No quiero oírlo.
    – Pero debes hacerlo, para que aprendas a no confiar jamás en mí. Es el único modo en que puedo pagarte. ¿Quieres saber cuan bajo puede caer un hombre dominado por un dolor que lo ha llevado a la desesperación? Entonces mírame, y despréciame como yo mismo me desprecio.
    – ¿Yo no… estuve presente en ningún momento? -susurró.
    – Sí -contestó tras una pausa-. Cuando estuviste en mis brazos fuiste tú, y comprendí lo terrible que había hecho. Dejar que pensaras que me importabas cuando no puedo… no debo…, por el amor del cielo, vete antes de que haga algo que será una traición para los tres.
    – Hablas en acertijos. ¿Cómo podrías traicionarnos a los tres?
    – Te traicionaría a ti con engaños. A ella si me gustara otra mujer. A mí por dejar que mi corazón fuera falso.
    – Pero ¿por qué no puede gustarte otra mujer? -exclamó con ardor-. Rosemary ahora no necesita tu amor. Yo… -contuvo las palabras fatales, rezando para que él no lo hubiera notado.
    – Sólo nos pertenecíamos a nosotros, en la vida o en la muerte. Ella necesita mi amor ahora más que nunca, cuando el mundo olvida y yo soy el único que queda que recuerda. Soy suyo como lo fui en vida, y lo seré hasta el día en que yazca a su lado.
    Joanne no pudo escuchar más. Se tapó los oídos con las manos y huyó de él. En su habitación cerró la puerta y se arrojó sobre la cama, llorando con amargura.
    Había pensado que Franco estaba perdido para ella desde el día en que Rosemary entró en su vida. Pero a su muerte estaba más perdido que nunca.
    Lo oyó subir y se obligó a guardar silencio. No debía saber que lloraba por él. Las pisadas se detuvieron largo rato ante su puerta, pero luego prosiguieron su marcha y no las oyó más.
    Se quedó en la cama, desolada por la desesperación. El día que pasaron juntos había sido tan feliz que le había hecho perder la cordura.
    Pero entonces apareció Rosemary, como antes, para arrebatárselo. Rosemary era su verdadero amor y ninguna otra mujer existía para él. Para atormentarla sólo le quedaba el recuerdo de sus labios.
    Se sumió en un sueño inquieto y despertó con sed. Salió de la cama, se puso la bata y abandonó el cuarto en silencio. Al bajar vio que la primera luz del día atravesaba las persianas. Era como avanzar por una casa fantasma.
    Se sirvió un vaso de leche. Estaba helada y deliciosa. Lavó el vaso y se volvió para irse, pero soltó un leve grito de alarma.
    Franco se hallaba en el umbral. En la semioscuridad apenas percibía su silueta, pero supo que era él.
    – Me has asustado. Tenía sed. Vine a beber un poco de leche -no respondió. Se quedó mirándola con una terrible inmovilidad-. Franco -insistió con cierto recelo-. Eres tú, ¿verdad?
    – Sí -contestó con voz extraña-. Sono io. E te?
    Joanne respiró hondo. Había hablado en italiano. ¿Por qué de pronto recurría a su idioma, a menos que…? Le había dicho que quería que fuera Rosemary; y entonces comprendió lo que él veía, a una mujer con el aspecto de Rosemary, con el camisón de su esposa. Sintió un ligero temblor.
    Dio un paso hacia ella y quedó bajo una tenue luz. Sólo llevaba unos pantalones cortos. Joanne vio su pecho desnudo subiendo y bajando bajo la fuerza de alguna emoción tremenda; sus ojos ardían con un fuego fiero e intenso.
    – Perché? -preguntó con voz áspera-. Perché adesso? -¿por qué ahora?
    – Franco… escucha…
    La silenció al llevarse un dedo a los labios. Sus ojos la devoraron. Ella trató de hablar, pero la mirada hipnótica de esos ojos la abrumó.
    Su mente protestó, diciendo que debía ponerle fin a esa ilusión. Pero la mirada la mantenía hechizada. En un trance, avanzó hacia él y sintió las manos de Franco en sus brazos, atrayéndola hasta pegarla a su cuerpo.
    – Mi amore… -susurró él.
    – No -musitó Joanne, aunque se dio cuenta de que no había emitido ningún sonido. Su corazón era incapaz de decir que no. Sabía que era algo peligroso. Él se lo había advertido, pero no podía estar con Franco sin desear hallarse en sus brazos, sin importar cuál fuera el riesgo.
    – Mi amore -susurró ella en respuesta-. Corazón de mi corazón… -el resto se perdió contra los labios de él.
    La besó con fuerza y ella respondió con desvalido deleite. Olvidó la soledad y la tristeza. Puede que luego regresaran multiplicadas por mil, pero aprovecharía ese instante y lo recordaría siempre. Si era lo único que iba a tener alguna vez, de algún modo conseguiría soportarlo.
    Franco ya había pronunciado sus propias palabras de amor, no destinadas a ella, sino a un espectro que, para él, seguía siendo la única realidad.
    Le llenó la cara de besos como un hombre poseído. Sus brazos parecían mantenerla prisionera mientras con la boca le abría un sendero de fuego por el cuello. Cuando sus caricias se tornaron más íntimas, el corazón le palpitó con fuerza y se arqueó contra él, invitando al avance de sus labios. Ya no tenía fuerzas para negarse. Si pagaba por ello el resto de sus días, recordaría el momento y diría que había valido la pena.
    Él hizo a un lado la bata y sólo dejó que el camisón le cubriera la desnudez. Bajo la tenue tela ella ardía. Olvidó por qué debía mostrarse cauta con él. Sólo conocía las sensaciones excitantes que la recorrían y hacían que se sintiera viva por primera vez.
    El tiempo se desvaneció. Volvió a ser la joven vibrante con el primer amor apasionado, jubilosa porque el hombre al que amaba al fin la había tomado en sus brazos. No hubo nada más en el mundo.
    – Mi amor -susurró-. Mi amore
    Las palabras parecieron atravesar el delirio de Franco. Asió sus brazos con fuerza y la apartó; Joanne vio sus ojos, llenos de horror.
    – Joanne -musitó-. Joanne… Santo Dios, ¿qué estoy haciendo?
    El brutal retorno a la realidad la paralizó. No era su amada, sino una mujer no deseada que invadía su dolor. No tenía derecho a su amor, a su deseo, a ninguna parte de él.
    Franco temblaba con el rostro pálido.
    – Por el amor de Dios, vete -dijo con aspereza-. Vete mientras puedas. ¿Me oyes? ¡Vete! No vuelvas nunca.

Capítulo Seis

    Joanne dejó el pincel con alivio. Le dolía el brazo por tantas horas de trabajo.
    – Pasa -le dijo a Vito-. Acabo de terminar éste.
    El caballete exhibía un cuadro del Giotto, tan perfecto que sólo las técnicas más refinadas podrían haber revelado las diferencias. Vito soltó un silbido de admiración.
    – María me ha enviado para llevarte a cenar -anunció-. Ahora vamos a celebrarlo en grande.
    – Vito, por favor -pidió con voz cansada-, ¿te importaría si no voy? Me encuentro exhausta. Me gustaría irme directamente a la cama.
    – Dices lo mismo todas las noches -comentó él, escandalizado-. Desde que volviste, no haces otra cosa que trabajar y dormir. María te prepara platos maravillosos, y tú ni los pruebas.
    Joanne esbozó una sonrisa tenue. Se desvivían por cuidarla, pero lo único que deseaba era estar a solas. Se obligó a bajar a cenar. Sin embargo, en cuanto pudo aducir que le dolía la cabeza se fue a su habitación.
    Hacía dos semanas que había vuelto, y sin importar lo mucho que intentaba recuperarse, seguía tan devastada como el primer día.
    Después de la escena traumática con Franco, había regresado a su cuarto para vestirse a toda velocidad. A pesar de la oscuridad, corrió al coche. Franco, sentado en la planta baja con la cabeza en las manos, se había incorporado para correr tras ella.
    – Joanne… por favor… así no…
    – No me toques -había espetado ella, quitándose su brazo de encima-. Sal de mi camino.
    Él no volvió a intentar detenerla, y se quedó mirándola con expresión abatida mientras se marchaba de la casa. Había conducido hasta tener la certeza de que Isola Magia quedaba muy atrás. Luego se detuvo a un costado del camino, apoyó la cabeza en los brazos y lloró sin contención.
    Todo había sido por su culpa. Había ido a donde no tenía derecho a ir, y robado un amor destinado a otra mujer. Había recibido una respuesta adecuada a su desvergüenza.
    Lloró hasta que los ojos se le secaron. Al final regresó lentamente a la Villa Antonini. Llegó a primera hora de la mañana, antes de que sus clientes se hubieran levantado, y logró escapar a su habitación sin tener que responder a ninguna de sus preguntas. No obstante, cuando se encontraron unas horas más tarde, se quedaron atónitos al ver sus ojos angustiados.
    Joanne se entregó al trabajo, tratando de acallar los pensamientos e imágenes que la torturaban. Pero se sentía acosada por el rostro atormentado de Franco, y no parecía haber escapatoria a la humillación que había provocado para sí misma.
    Sabía que el cumpleaños de Nico estaba próximo, por lo que compró un libro para colorear y se lo envió por correo. Se preguntó si Franco la llamaría para darle las gracias, o al menos para decir algo que la ayudara a desterrar los últimos momentos que vivieron juntos. Pero fue Nico quien le escribió para agradecerle con educación el regalo. De Franco sólo obtuvo silencio. Intentó mostrarse sensata, a pesar del dolor que se había apoderado de su corazón.
    Terminado el Giotto, comenzó a prepararse para el Veronese. Mientras ajustaba el lienzo, apareció María.
    – Tienes visita.
    – ¿Qué…?
    – Un joven muy atractivo. Date prisa.
    Joanne dejó el pincel y se quitó el mandil, tratando de que sus esperanzas no se desbocaran. Pero no pudo evitar que el corazón le latiera con frenesí al bajar las escaleras. Franco había ido a buscarla. De algún modo, todo saldría bien. Sonreía al abrir la puerta. Entonces se paró en seco.
    La visita era Leo.
    – Pasaba por Turín y esperaba que no te importara que viniera a verte -dijo con su atractiva sonrisa. Se recuperó y lo saludó con calidez-. ¿Te molesta que haya venido?
    – Claro que no, Leo. Me alegro de verte.
    Aceptó su invitación para cenar aquella noche, y se sorprendió al descubrir que disfrutaba de la velada. La sincera admiración que le profesaba Leo le devolvió parte de su perspectiva, y aunque el corazón aún anhelaba a Franco, comenzó a sentirse más preparada para soportar la situación. La llevó a casa a medianoche, hora que a María le pareció ridículamente temprana.
    – Tendrías que haber disfrutado más -indicó, indignada.
    – María, sólo es un amigo -rió Joanne-. Se marcha mañana de Turín.
    – Regresará -declaró la otra-. He visto cómo te mira.
    Leo volvió una semana más tarde, invitándola a salir de forma tan casual que a ella le pareció una tontería negarse. Pero cuando apareció dos días después comenzó a darse cuenta de que María había tenido razón. Había una calidez creciente en los ojos de Leo, y al final, durante una cena a la luz de las velas, dijo:
    – Creo que me resultaría muy fácil enamorarme de ti… con un poco de ayuda.
    Acompañó las palabras con una expresión graciosa, y de pronto ella supo a quién se parecía. Era como una vez había sido Franco, un muchacho que se tomaba sus placeres con ligereza.
    – ¿No podrías animarme un poco? -preguntó.
    – No creo que deba -contestó ella-. Lo más probable es que tú estés enamorado de Rosemary.
    – ¿Por qué habría de ser así? -inquirió con auténtica sorpresa-. No estuve enamorado de ella mientras vivía. Además, os parecéis poco.
    – Al principio me confundiste con ella.
    – Sí, es verdad que tenéis el mismo molde de cara. Pero tú eres una persona muy distinta. Nunca me atrajo como lo haces tú -casi podría haberlo amado por verla como ella misma. Al instante siguiente la desconcertó preguntando-: ¿Ése es el problema con Franco?
    – ¿A qué te refieres?
    – ¿No puede liberarse del fantasma de Rosemary? El primer día que vine esperabas ver a otro hombre, uno que te hizo sonreír. Pero la sonrisa se desvaneció cuando viste que era yo. Es fácil adivinar a quién esperabas.
    – No lo esperaba -corrigió-. De hecho, no creo que vuelva a verlo.
    – ¿Sabe que estás enamorada de él?
    – No… es decir… no se lo comenté -tartamudeó.
    – ¿Crees que tenías que hacerlo?
    – Da igual -repuso con abatimiento-. Tienes razón. Aún ama a Rosemary. Y siempre la querrá.
    – ¿No tiene ojos para ver?
    – No para verme a mí.
    – Entonces yo aún tengo esperanzas -sonrió-. No puedes amar siempre a un hombre ciego y estúpido. Algún día recurrirás al que te adora.
    Su actitud era despreocupada y a Joanne no le costó nada adaptarse a la atmósfera. Sería agradable coquetear con ese encantador joven que conocía la situación y no esperaría mucho de ella. Y quizá él tuviera la respuesta para su tristeza. Olvidar a Franco y amar a Leo, quien la admiraba por quien era. Con la botella de vino y la luz de la vela se convirtió en una perspectiva tentadora.
    La llevó de vuelta a la villa en su deportivo y, tomados de la mano, subieron los escalones y entraron en la casa. En el vestíbulo a oscuras Leo susurró:
    – ¿No me merezco un beso de despedida?
    – Creo que sí -musitó ella.
    Dejó que la tomara en sus brazos con la vana esperanza de que la chispa vital surgiera entre ellos y así poder liberar su corazón de Franco. Pegó los labios a los suyos y al principio la besó con suavidad, luego con creciente calidez. Pero ella no sintió nada.
    – Joanne, carissima -susurró él-. Te adoro… y tú sientes algo por mí, ¿no? Siento que sí…
    Pero Leo se engañaba. El cuerpo de ella, tan ansioso y apasionado con un hombre, era frío y estaba apagado para los demás. Se puso tensa, lista para apartarse y decirle que no tenía nada que dar. Pero antes de que pudiera hacerlo la luz del vestíbulo se encendió.
    Franco los observaba con una sonrisa sombría e irónica en la cara.
    Joanne se soltó con un jadeo. Leo sonrió, impasible.
    – Ciao, Franco -saludó con afabilidad-. Qué extraño que tú estés aquí. Empezábamos a conocernos.
    – Leo -dijo Joanne indignada.
    – Lo siento, carissima. Ha sido una vulgaridad. Pero ¿quién sabe dónde podría haber terminado la noche…?
    – No me interesa dónde podría haber terminado tu noche -indicó Franco con frialdad-. Joanne, necesito hablar contigo con urgencia.
    Se apartó y con un gesto le señaló que pasara. Entonces apareció María, quien se llevó a Leo. Cuando tuvo a Joanne a su lado, le susurró al oído: «Vino hace dos horas y dijo que esperaría sin importar el tiempo. Ha estado sentado aquí con expresión tormentosa».
    Era un misterio por qué estaba enfadado, pero contempló su vestido corto y su seductor maquillaje con ojos duros. Ella estaba decidida a no amilanarse ante su desaprobación; entró en el salón y dejó a un lado el chal que llevaba, revelando sus hombros desnudos.
    – ¿Qué querías decirme? -preguntó, y para su alivio la voz sonó templada y bajo control.
    – Mucho -repuso él, mirándola de arriba abajo-. Pero casi todo ha desaparecido de mi cabeza. Es una sorpresa encontrarte en brazos de Leo.
    – Pues sí que tienes descaro -soltó con vehemencia-. No es asunto tuyo a quién beso.
    – Por supuesto, tienes razón. Pero pensaba que tenías mejor gusto.
    – Leo es amigo tuyo.
    – Eso no lo convierte en un amigo adecuado para ti. Es un playboy.
    – Es divertido. Lo hemos pasado bien juntos.
    – No me cabe la menor duda -espetó.
    – Franco, no sé para qué has venido, pero si sólo ha sido para criticar, puedes marcharte otra vez.
    – Vine para llevarte de nuevo a Isola Magia. Nico está empeñado en tenerte mañana para su cumpleaños. Lo he arreglado con tus clientes.
    Respiró hondo al rememorar las últimas y desgraciadas semanas. La había despreciado, y luego consideraba que con chasquear los dedos la podía recuperar. Joanne rara vez perdía los estribos, pero lo hizo en ese momento.
    – Lamento que hayas venido en vano, Franco -repuso con firmeza-, pero estoy muy ocupada los próximos días…
    – Te he dicho que lo he arreglado con tus clientes…
    – Pero olvidaste hacerlo conmigo. Tengo algunos sentimientos.
    – Y es evidente que los tienes todos comprometidos con Leo Moretto -afirmó con tono despectivo-. Qué pena que no tengas la visión clara de tu prima. Rosemary siempre dijo que era tan superficial que podías ver a través de él.
    – Rosemary te amaba a ti -desafió-. Pero yo no soy ella. Soy Joanne, y mis gustos son míos.
    – No lo pido por mí -dijo al fin con expresión extraña-, sino por mi hijo. Te ganaste el corazón de Nico. ¿He de indicarte lo preciado que es semejante don? ¿Acaso lo cautivaste para divertirte y dejarlo a un lado cuando te apeteciera?
    – Claro que no. Eso es una maldad.
    – Entonces vuelve ahora conmigo. Para él lo significará todo… y para mí.
    – ¿Para ti? -repitió con inseguridad.
    – Nico es lo único que me queda para querer. El año pasado su cumpleaños fue triste, ya que estaba muy reciente la muerte de su madre. Este año quiero que disfrute como debe hacerlo un niño, y tú puedes darle eso -al verla titubear, estalló-: ¿Crees que a mí me resultó fácil venir a verte de nuevo?
    – No, no lo creo. No más de lo que es para mí.
    – Sí, es duro para los dos, pero ¿no podemos dejar nuestras diferencias a un lado por el bien del pequeño?
    – Debemos -aceptó al rato-. Iré contigo a primera hora de la mañana.
    – Me temo que no podemos esperar hasta mañana. Le prometí que estaríamos allí cuando despertara.
    – ¿Tú le prometiste…?
    – Sabía que podía contar con tu amabilidad.
    – No sabías nada de eso -soltó, indignada-. Contaste con que podrías avasallarme. Es evidente que Rosemary dejaba que te impusieras…
    – Rosemary jamás habría discutido en lo referente a la felicidad de Nico -explicó él. Eso la calló-. Nico se sintió dolido cuando despertó y no te encontró aquella mañana. No paró de preguntarme por qué te habías marchado sin despedirte.
    – Me pregunto qué le habrás dicho -vio que se ponía colorado.
    – Por favor, Joanne, olvidemos aquello. Lo que sucedió fue por mi culpa, y tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo. Pero te prometo que no volverá a pasar… por favor, por el bien de Nico.
    Sabía que sus palabras eran para tranquilizarla. Menos mal que desconocía el dolor que le provocaba. ¿Cómo pudo imaginar algo entre Leo y ella cuando Franco era capaz de afectarla de esa manera?
    Pensó en Nico, en el niño de cara luminosa que con tanta confianza se había arrojado a sus brazos. ¿Cómo podía decepcionar al hijo de Rosemary?
    – De acuerdo, iré.
    – Gracias -repuso con ardor-. Nos marcharemos en cuanto te hayas cambiado. ¿Puedes darte prisa, por favor?
    – Necesitaré tiempo para poner algo de ropa en un bolso.
    – No sé cómo contártelo -pareció incómodo-, pero la Signora Antonini, en cuanto le revelé el motivo, te preparó la maleta.
    – ¿De verdad? -casi se quedó sin habla-. Es evidente que no me has dejado nada que hacer.
    María se encontró con Joanne en el rellano.
    – Dos amantes -expuso con tono triunfal-. ¡Qué estimulante!
    – No es mi amante -protestó ella.
    – Tonterías, claro que lo es. Al ver que tardabas tanto en llegar se mostró muy inquieto. Quédate con él. Vale diez veces más que el otro.
    Era una necedad discutir. Se quitó el vestido de noche y bajó. Franco la esperaba con impaciencia en la entrada. Leo se hallaba en el vestíbulo, observando a Franco con ironía.
    – Qué pena que nuestra velada terminara con tanta brusquedad -le dijo a Joanne-. Pero mañana volveré a casa, así que me atrevo a decir que volveremos a vernos.
    – No me quedaré mucho tiempo -explicó Joanne con presteza-. María, no tardaré en regresar al trabajo.
    – Quédate todo el tiempo que desees -indicó María-. Una joven bonita como tú debe disfrutar con todos sus amantes.
    – ¿Nos vamos? -preguntó Franco.
    Colocó el bolso de Joanne en la parte de atrás del coche y lo puso en marcha.
    – No puedo evitar que María hable así -comentó tras ir un rato en silencio-. Le dije que no éramos amantes, pero ella es como es.
    – No tienes que explicarme a mí cómo es María. Tengo varias tías como ella.
    – No quería que pensaras que le había dado la impresión de que nosotros…
    – Probablemente fui yo. Me sentí molesto al no encontrarte, y me temo que lo exterioricé, en especial al ver que llegabas tan tarde.
    – No era tan tarde.
    – Llegaste casi a las dos de la mañana.
    – Santo cielo, ni me había dado cuenta.
    – No, entiendo que Leo puede ser una compañía encantadora. No deberemos encontrar mucho tráfico a estas horas. Llegaremos pronto y podrás dormir algo.
    Ella no reaccionó a su brusco cambio de tema. Percibió que bajo su capa de cortesía estaba furioso. Pero no tenía derecho a ello.
    El mundo parecía dar vueltas a su alrededor. Poco tiempo atrás había pensado que no volvería a verlo. Y ahí estaba, sentada junto a él.
    Empezó a irritarse otra vez. Se había esforzado tanto por quitárselo de la cabeza. Pero todos sus afanes habían sido en vano. Lo amaba tanto como siempre. Y él la ignoraba.
    – Lamento que tuvieras que esperar tanto -indicó con frialdad-. Si me hubieras llamado primero…
    – No pude. Nico pidió tu presencia esta noche, cuando iba a meterse en la cama. No sabía dónde estabas. No dejaste ninguna dirección. Sólo mencionaste el nombre de tu cliente, y que había ganado su fortuna con la ingeniería. Tuve que realizar un rápido trabajo detectivesco.
    – ¿Y mañana no habría servido?
    – Así es.
    – Franco, ¿estás seguro de que es una buena idea? Sabes por qué me quiere Nico, para fantasear con que su madre ha vuelto. ¿Es inteligente consentírselo? Más adelante podría sufrir…
    – Te equivocas -interrumpió-. A quien quiere es a la «tía Joanne». Puedes hablar con él de Rosemary. Le entusiasma tu relación con su madre, pero sabe quién eres. Nico se siente menos confuso sobre ti que… todos los demás -dejó de hablar de golpe, como si temiera lo que pudiera revelar con sus palabras.
    Al acercarse a Isola Magia redujo la velocidad. Una vez atravesada la cancela, paró el motor.
    – Me temo que tendremos que caminar desde aquí -indicó-. Si me acerco más, Nico nos oirá. Le dije que cuando despertara por la mañana te encontraría allí, como por arte de magia. Si sabe a la hora que llegas, se le estropeará la diversión.
    – Pero ¿no sabe por qué saliste?
    – Me fui cuando se quedó dormido. Con algo de suerte puede que nunca sepa que me marché. Le prometí que aparecerías por «arte de magia», y eso es lo que quiero que suceda. Quiero complacerlo.
    A la luz de la luna Joanne pudo ver la casa, una masa oscura a unos cientos de metros entre los árboles. Apenas podía discernir el sendero bajo sus pies.
    – Ten cuidado, el terreno es irregular -advirtió él.
    Avanzó con cautela; de pronto la luna se ocultó detrás de una nube y quedó sumida en la oscuridad. Tropezó con un surco y estuvo a punto de caerse. Pero en la negrura sintió unas manos fuertes que la sostenían. Se agarró a él y se apoyó con firmeza en su pecho.
    – Tranquila -musitó Franco-. ¿Te encuentras bien?
    – Sí… sí, estoy bien.
    El silencio reinó entre ellos. No la soltó, y de repente ella supo que no podría soltarla. El temblaba, y bajo la tenue tela de su camisa Joanne sintió los rápidos latidos de su corazón.
    Alzó la cara. No logró vislumbrar su rostro, pero vio el extraño brillo en sus ojos y sintió su respiración entrecortada. Quería besarla, lo anhelaba con desesperación. Lo supo porque era lo que ella deseaba. Apretó las manos sobre sus brazos y la acercó. Un momento más y bajaría la cabeza.
    – La luna ha vuelto a aparecer -dijo él a duras penas-. Ahora caminarás mejor.
    Todo cambió. Fue como si hubiera corrido un telón y Joanne pudiera ver la verdad detrás de su calma exterior. La deseaba, pero estaba decidido a no hacerlo. Se había jurado que mantendría una distancia entre los dos, y cumpliría ese juramento, sin importar cuánto lo atormentara. Sólo la veía como la reencarnación de su esposa muerta, y ambos sufrirían si se permitían caer en ese engaño.
    Lo entendió mientras seguía contra su pecho, y su enfado con él aumentó por el modo en que era capaz de provocar sus sentimientos sin devolvérselos.
    – Puedo caminar, gracias -repuso con frialdad.
    Por suerte pudo aproximarse a la casa sin recibir ayuda; al acercarse vio una luz en la ventana de Nico.
    – Rápido, métete entre los árboles -susurró Franco-. No debe vernos -se metieron entre las sombras, observando la luz que aún seguía encendida-. Debe haberse despertado. Espero que no haya descubierto mi ausencia. Celia prometió no irse a la cama antes de que yo volviera -se quedaron quietos, casi sin respirar-. Intenta no odiarme, Joanne -continuó él con tono sombrío-. Tienes derecho a ello, después de cómo me he comportado. Pero no dejes que eso hiera a Nico, te lo suplico.
    El odio y la ira eran caras distintas del amor. Estar con él se lo había enseñado, pero no podía contárselo.
    – Jamás haría algo que lastimara al pequeño -dijo-. Por eso he venido.
    – Es todo lo que te pido. La luz se ha apagado. Entremos sin demora.
    Subieron en silencio por las escaleras a oscuras. Una tabla crujió y se quedaron petrificados. Luego oyeron pisadas en la habitación de Nico. En el acto Franco avanzó y abrió la puerta. Joanne oyó el grito jubiloso de «Papá».
    – Deberías estar en la cama -le llegó la voz de Franco.
    – Iba a ir a verte. ¿Aún no ha llegado la tía Joanne?
    – Estará aquí cuando despiertes por la mañana. ¡Tienes mi palabra!
    – ¿Por qué no ahora, ahora?
    – ¿Es tan importante que venga? -habló con voz extrañamente contenida.
    – Pero a ti también te gusta, ¿no, papá?
    – Ve a dormir, hijo -pidió tras un momento-. Espera hasta la mañana.
    – ¿Será pronto mi cumpleaños?
    – Nunca llegará si no te vas a dormir -indicó él con firmeza.
    – Ya estoy dormido -insistió Nico.
    Para su sorpresa, Franco rió en voz baja, y el sonido le agitó los sentidos. Manteniéndose en el otro extremo del pasillo, pasó por delante de la puerta hasta que pudo ver el interior de la habitación. Franco había alzado a Nico en brazos y lo ponía en la cama.
    – Y ahora cierra los ojos -su voz sonó gentil, llena de amor. Nico se acomodó y Franco lo arropó.
    – ¿No estás enfadado porque me desperté? -preguntó el pequeño con tono somnoliento.
    – No, hijo. No estoy enfadado contigo -se agachó y le dio un beso.
    Joanne se apartó despacio, atenta a no hacer ningún ruido. Cuando llegó al cuarto que había sido suyo la última vez, se deslizó a su interior. Justo antes de cerrar la puerta, vio que Franco salía al pasillo y quedaba iluminado por un rayo de luna. Bajó la cabeza y se tapó los ojos con una mano. Parecía un hombre al borde de sus fuerzas.
    Si tan sólo pudiera acercarse a él en ese momento, abrazarlo, decirle que lo amaba y que anhelaba consolarlo. Pero sabía que Franco no podría soportar eso.
    Alzó la cabeza y por un momento ella pensó que captaba el destello de unas lágrimas en su rostro. Retrocedió en silencio y cerró la puerta. Unos momentos más tarde oyó una suave llamada y la voz de Franco.
    – ¿Puedo pasar?
    – No. Me he metido en la cama.
    – ¿No quieres nada? ¿Algún refrigerio?
    – Nada -intentó mantener la voz firme-. Por favor, vete, Franco. Por favor.

Capítulo Siete

    Estaba levantada y vestida antes de que Franco fuera a buscarla.
    – Gracias -dijo él-. Me impresionas después de lo tarde que te acostaste.
    – Sé cómo son los niños en su cumpleaños -sonrió.
    Franco vestía unos vaqueros y un chaleco verde oliva. Los brazos bronceados brillaban como si ya hubiera iniciado su jornada laboral. Ante una mirada casual daría la impresión de que nada en el mundo le preocupaba. Sólo una leve tensión en las comisuras de los labios insinuaba la verdad.
    Llegaron justo a tiempo. En el pasillo oyeron la puerta de Nico abrirse seguida de su voz.
    – ¿Papá?
    – ¡Aquí! -indicó Franco con alegría.
    En cuanto el pequeño vio a Joanne se le iluminó el rostro. Aún con el pijama, corrió a su encuentro a toda velocidad y casi la deja sin aire cuando chocaron.
    – Zia, zia! -aulló-. ¡Has venido!
    – Claro que sí -confirmó, riendo-. ¡Ay! No me estrangules -Nico había saltado a sus brazos y le abrazaba el cuello. Ella le devolvió el beso y frotó la mejilla contra su pelo lustroso-. Feliz cumpleaños, pequeño.
    – ¿No estabas aquí cuando me fui a dormir? -preguntó.
    – Llegué por la noche, cuando dormías -declaró con tono dramático.
    – ¿Qué te hizo venir? -la sorprendió.
    Joanne pensó a toda velocidad, apoyándose sobre una rodilla para estar a la misma altura de sus ojos.
    – Sabía que querías verme -dijo-. Eso era lo único que necesitaba saber.
    – Pero ¿cómo…?
    – Shh -apoyó un dedo en sus labios-. Es magia, y no debemos hablar de ello.
    – Éste va a ser el mejor cumpleaños de todos -afirmó con expresión radiante.
    – ¿Y a mí no me das un beso? -pidió Franco, riendo.
    – Tengo siete años, tengo siete años -Nico abrazó a su padre.
    – Ya casi eres un hombre -bromeó él.
    – ¿Seré un hombre el año próximo, papá?
    – Muy pronto -prometió Franco.
    – Zia, ven a ver a mis cachorros -suplicó, tomándola de la mano para tirar de ella hacia las escaleras.
    – ¿Y si te vistes primero? -indicó su padre.
    – Primero debo ver a mis cachorros, papá.
    – ¿Hace cuánto que los tienes? -preguntó Joanne, siguiéndolo sin aliento.
    – Celia me los dio ayer.
    Los cachorritos de perro eran más grandes de lo que Joanne había esperado, ya que tenían unos cuatro meses. Eran dos hembras. Una estaba cubierta por un largo pelaje. Nico la había bautizado Zazzera, mata de pelo. Aunque se había quedado con Zaza. La otra tenía el pelo corto y suave con un temperamento excitable, de modo que Nico le puso Peperone. Pepe.
    – El hermano de Celia tiene una pequeña granja cerca de aquí -explicó Franco al alcanzarlos-. Como algo adicional crían perros para vender en los mercados. Pero los machos se venden mejor que las hembras. Estas dos han ido al mercado siete veces ya, y nadie iba a darles una octava oportunidad.
    – Iban a matarlas -anunció Nico-. Así que se lo pedí a papá y dijo que podía quedarme con una. Pero no podía elegir una y dejar que la otra se muriera, ¿verdad, zia?
    – No, no podías hacerlo -acordó ella, mirándolo con ternura. Sin advertencia previa, sus ojos se llenaron de lágrimas. Se incorporó con premura y salió a la terraza. Nico abrazaba otra vez a los cachorros y no se dio cuenta, pero pasados unos momentos Franco la siguió.
    – ¿Qué sucede? -preguntó con inquietud.
    – Nada, es que… de pronto recordé a Rosemary. Era tan feliz, y dijo que le encantaba que Nico pudiera tener una hermanito o una hermanita antes de cumplir los siete años. Hoy estaría orgullosa de él -se secó los ojos-. Lo siento.
    – No lamentes quererla. Yo sólo espero que pueda educar a su hijo para que esté a la altura de su madre.
    – Haces un trabajo maravilloso. Es un niño espléndido.
    – Sí, lo es, ¿verdad? -los ojos de Franco brillaron con amor y orgullo.
    Joanne apartó la vista y comprendió que iba a ser un día más duro de lo que había imaginado.
    Pero a pesar de sus temores, el desayuno bajo los árboles fue alegre, con Pepe, Zaza y Ruffo echados bajo la mesa a la espera de los bocados que les daban. Celia lo sirvió con prisas, pues ya había iniciado los preparativos para la fiesta de aquella noche. Incluso Franco, que se atrevió a asomarse a la cocina, había sido expulsado por una casera indignada.
    Nico desayunó en un estado de contenido entusiasmo, mirando a su padre cada dos por tres.
    – ¿He olvidado algo? -preguntó al rato Franco con expresión inocente.
    – ¡Papá! -protestó el pequeño.
    – Oh, tu regalo. Bueno, veamos, es un poco tarde para pensar en algo… -los ojos le brillaban con picardía.
    – ¡Papá!
    – Veamos qué se oculta detrás del granero -Franco rió y alzó la voz-. De acuerdo, podéis traerlo.
    Un joven sonriente apareció conduciendo a un pony pequeño y gordo. El grito deleitado de Nico hizo que todos se taparan los oídos. Abandonó el resto del desayuno y corrió a rodear el cuello del animal sumido en un éxtasis de amor.
    – Es tan parecido a su madre -musitó Franco-. Ella también era ansiosa.
    – A ti te recuerdo de la misma forma -dijo Joanne-. La primera vez que te vi, parecías considerar que la vida era sólo para tu disfrute.
    – Entonces era un muchacho atolondrado, que absorbía todo porque pensaba que sus placeres importaban. Ella me abrió los ojos.
    Los gritos de Nico lo devolvieron al presente. Con una sonrisa en los labios lo ayudó a montar y condujo el pony por el patio. Nico sostenía las riendas con la confianza de un niño que ya había aprendido a montar. Pepe y Zaza le pisaban los talones, pero no les hizo caso.
    – Papá ha dicho que hoy podíamos salir todos a dar una vuelta a caballo -dijo Nico, regresando hacia ella.
    – Prometo que te daré un caballo más tranquilo -indicó Franco al instante.
    – Eso espero.
    – ¿Podemos ir ahora? -suplicó Nico.
    – En cuanto nos hayamos cambiado -prometió Franco.
    – Voy a cambiarme -gritó el pequeño, yendo a la carrera a la casa.
    – No te importa, ¿verdad? -inquirió él.
    – Estoy aquí para hacer lo que complazca a Nico.
    Al bajar unos momentos más tarde, con la ropa de amazona de Rosemary, se alegró al ver que ese día sí disponía de un caballo más sosegado. Nico ya había montado y se mostraba ansioso por partir. Agitó las riendas e instó al animal a avanzar, pero el pony marchó a un ritmo relajado.
    – Papá, no quiere ir más deprisa cuando se lo digo -se quejó Nico, indignado.
    – ¡Menos mal! -exclamó Franco con ironía. En voz baja le dijo a Joanne-: El hombre que lo adiestró me lo había prometido.
    Ambos compartieron una sonrisa. Franco parecía relajarse más y estar satisfecho cada vez que sus ojos se posaban en su hijo.
    Bajaron al valle y comenzaron a ascender por el otro lado, pasando por pequeños poblados. En uno encontraron una posada y se sentaron al aire libre a una mesa junto a una valla de madera para contemplar el espectáculo del paisaje; desde allí podían divisar Isola Magia bajo el sol.
    El posadero le llevó a Nico un batido de chocolate. Ellos bebieron prosecco con unas pastas dulces.
    – ¿Qué pasa, Nico? -el pequeño tiraba de su manga. El niño susurró algo que hizo que Franco frunciera el ceño y meneara la cabeza-. No, piccino. Este año no.
    – Pero el año pasado tampoco fuimos -suplicó Nico-.Y zia también puede venir…
    – No -repuso con brusquedad. Suavizó el efecto apretando con afecto el hombro de su hijo, pero Nico aún parecía inquieto.
    – ¿De qué se trata? -preguntó Joanne.
    – Nico quiere ir al lago Garda -explicó Franco-. Allí tengo una pequeña villa y siempre hemos ido en verano, salvo el año pasado. Todavía no ha llegado el momento, Nico.
    – Lo siento, papá -repuso el niño, con una suavidad que hizo que pareciera mucho mayor de siete años. Apretó la mano de Franco entre las suyas pequeñas-. Todo irá bien, papá. De verdad -por un momento fue él quien ofreció consuelo.
    Al rato Joanne notó un contacto en su hombro.
    – Lamento haberte impuesto esto -dijo Franco-. Por favor, no pienses que lo he planeado. Ya he arreglado todo tu día, pero no podía pedirte una semana entera.
    – No me importa si ello hace feliz a Nico.
    – Si pudiera convencerlo de que elija otro lugar…
    – Pero quiere ir allí -interrumpió ella-. Allí fue feliz, con vosotros dos. Tienes razón. No es una buena idea. Deberías llevarlo en algún momento del futuro, pero sin mí.
    Él guardó silencio tanto rato que Joanne se volvió para mirarlo, y algo que vio en sus ojos hizo que el corazón le latiera deprisa.
    – ¿Sin ti? -repitió despacio.
    – ¿Qué crees que soy? -demandó ella-. ¿Una muñeca con la cara de Rosemary? Soy Joanne. Quieres que sea una copia de mi prima, como los cuadros que pinto. En la superficie todo parece igual, pero es falso. Al menos Leo…
    – ¿Debemos hablar de él? -preguntó Franco.
    – Leo me ve como soy yo. Me gusta por eso.
    – Creo que ya deberíamos regresar -indicó Franco con los labios apretados.
    El retorno fue lento, con Nico entre los dos. No paró de hablar, aliviándolos de la tarea de aparentar que entre ellos reinaba la normalidad. Ambos se sintieron gratificados cuando la casa apareció a la vista.
    Todo estaba listo para la fiesta, y los invitados con sus padres no tardaron en hacer acto de presencia. Joanne se vio inmersa en la celebración. Ayudó a servir los refrescos, tomó parte en los juegos y conoció a muchos de los vecinos; se esforzó por no ver las extrañas miradas que les lanzaban a Franco y a ella.
    Pero, y a pesar de que aparentaba lo contrario, fue consciente de él en todo momento. También Franco participó en los juegos y se unió a cantar con los demás. Joanne adivinó lo que debería estar costándole fingir alegría cuando debía recordar otras fiestas con su esposa. Sin embargo, no permitió que su tristeza se reflejara en su exterior.
    A medida que la luz se desvanecía se fueron encendiendo bombillas de colores en los árboles.
    Cuando alguien pidió que Nico cantara, el pequeño se negó avergonzado.
    – Debe cantar -le confió Celia a Joanne-. Tiene una voz hermosa.
    Las peticiones continuaron y Nico siguió sacudiendo la cabeza, hasta que escondió la cara en el cuerpo de su padre.
    – Es tu cumpleaños, hijo -le dijo Franco con amabilidad-. Tus invitados te han traído regalos. Ahora debes hacer algo para complacerlos.
    – No sé cantar solo, papá -rogó Nico. Para sorpresa de Joanne, añadió con rapidez-: Sólo cantaré si tú me ayudas.
    – De acuerdo. Cantaremos juntos. ¿Qué canción?
    – Las dos escobas -dijo Nico.
    Franco se sentó en un banco mientras el pequeño permanecía de pie entre sus rodillas. El acordeonista se puso a tocar y Franco comenzó con su agradable voz de barítono. Después de una estrofa breve, Nico se unió a él. La canción trataba sobre dos escobas que tenían una discusión.
    – La señora la escribió para ellos -susurró Celia.
    – Sí, lo supuse -sonrió Joanne-. Es su estilo.
    La canción terminó con un grito, y los dos cantantes se abrazaron con fuerza y afecto.
    «Dos contra el mundo», pensó Joanne con añoranza. «Realmente no me necesitan».
    A continuación se improvisó un baile. Franco bailó con algunas mujeres antes de acercarse a ella.
    – ¿Quieres bailar conmigo? -preguntó.
    – Creo que debería ayudar a Celia a recoger -repuso.
    En respuesta él alargó la mano. Tenía la vista clavada en su rostro, exigiendo que cediera. Joanne se vio dominada por la tentación. Sería tan agradable bailar con él, sentirlo cerca. ¿No podía permitírselo?
    Pero había algunos placeres que no eran para ella. Se marcharía al día siguiente y olvidaría ese encantado interludio. Se apartó de él con una sonrisa firme en la cara.
    – Será mejor que no -dijo.
    – ¿Estás enfadada conmigo, Joanne?
    – No. Pero éste no es mi sitio.
    – ¿Cómo puedes decir eso? ¿Quién más que tú pertenece a este lugar?
    – No lo creo. Cuanto antes me marche, mejor.
    – ¿Crees que te dejaré desaparecer? -apoyó la mano en su brazo y el contacto pareció quemarla.
    No fue capaz de contestar. Había intentado resistirse, pero Franco no lo permitía. Le tomó la mano y la llevó a las sombras.
    – Durante un rato no nos echarán de menos -musitó.
    La condujo entre los árboles hasta llegar al claro del otro lado. El valle se extendía ante ellos casi en total oscuridad, ya que la luna se hallaba oculta detrás de las nubes. Pero en ese momento éstas se separaron y la escena se vio inundada de luz. La contemplaron un rato, pasmados ante su espectral belleza.
    – La luz aparece así -comentó Franco al fin-. De repente, cuando menos la esperas, desterrando la oscuridad. Y entonces comprendes que por eso aguantabas cuando toda esperanza parecía ausente. Porque un día iba a llegar este momento -ella no pudo hablar; sus palabras parecían prometer tanto… si se atreviera a creer en ellas-. Baila conmigo -pidió él otra vez.
    Ya no pudo resistir lo que anhelaba su corazón. Aceptó entrar en sus brazos y sintió que él la acercaba. La fiesta se encontraba tan lejos que incluso las luces quedaban escondidas por los árboles, aunque aún podían oír la dulce tonada del acordeón.
    La condujo con suavidad, moviéndose al son de la música. Ella sintió el calor de su cuerpo, el ritmo de sus extremidades. Bailaron como una sola persona, perdidos en el mismo sueño, o eso creyó Joanne. Era como si estuvieran solos en un planeta lejano, el primer hombre y la primera mujer, existiendo antes del inicio del tiempo, bailando a la música de las esferas. Deseó que durara para siempre.
    Pero sabía que algo tan dulce jamás duraba. Debía atesorar ese instante precioso, porque quizá fuera lo único que tuviera.
    – Joanne -habló en voz baja-, mírame.
    Ella alzó la vista y encontró su boca muy cerca. Sus ojos la inmovilizaron un momento, antes de apretar más los brazos y tocarle los labios con los suyos.
    Ella se sintió florecer a la vida bajo ese beso tan ansiado. Era el hombre al que amaba, sin importar lo mucho que se esforzara para lo contrario. Él era su destino, y Joanne se hallaba en sus brazos, sintiendo sus labios.
    Fue un beso como el que podría haber dado un joven, inseguro de ser bien recibido, temeroso de ofender. Pero a medida que adquiría seguridad los labios se tornaron ardientes, decididos. Ella se pegó a Franco, buscando con pasión caricias más profundas, y él respondió abriéndole los labios.
    En ese momento estuvo lista para entregarse toda, en corazón, cuerpo y alma. Lo daría todo por una noche de felicidad sin pensar jamás en el precio. Pero en ese instante un demonio habló en su cabeza. Tenía la voz de Franco y le dijo: «Debes oír, para que aprendas que jamás debes confiar en mí».
    Su advertencia había proyectado una sombra sobre cada beso, cada palabra amable. Arruinó ese momento que podría haber sido tan hermoso. El hechizo se rompió y, a pesar de sus deseos, no hubo forma de recuperarlo.
    Pudo sentir cómo crecía la pasión de Franco. El ardor de sus besos le dificultó pensar, pero sabía que no debía sucumbir. Acopió todas sus fuerzas y se apartó.
    – Joanne…
    – Por favor -suplicó ella-. Déjame. Hemos de frenar esto.
    – ¿Por qué? -demandó con urgencia.
    – Debemos volver. Se darán cuenta de que nos hemos ido.
    – ¿Es el único motivo? -dejó caer los brazos, pero ella aún podía sentir su temblor.
    – Des… desde luego -tartamudeó.
    – ¿Estás segura de que no tiene nada que ver con Leo Moretto? -inquirió él con voz súbitamente áspera.
    Durante un momento ella no supo de quién hablaba. Se hallaba tan inmersa en el encantamiento con él que ningún otro hombre existía.
    – ¿A qué te refieres?
    Con un esfuerzo Franco se apartó de ella. Vio que se mesaba el pelo con ambas manos. Todo su cuerpo irradiaba tensión. Al fin dio la impresión de que le parecía seguro hablar.
    – Anoche os vi juntos, vi la pasión con la que lo besaste. Oí cuando él te dijo: «Carissima, te adoro». Adora, pero no sabe cómo amar. Amar a una mujer es cuando ella se mete tan dentro de tu piel que no ruedes olvidarla, sin importar lo mucho que lo intentes. Significa observar su rostro para saber qué la complace, qué le duele. Significa estar despierto, pensando en ella en brazos de otro hombre, queriendo…-calló y respiró hondo.
    – Franco, ¿qué es? -preguntó, sin atreverse a creer que hablaba de ella.
    – ¡Nada! Sólo quería… tú diste a entender que yo te había empujado a sus brazos -dijo, incómodo-. Y no quería eso en mi conciencia.
    Joanne deseó preguntar: «¿Sólo es eso?» Pero era demasiado esperar que estuviera celoso. Las cosas iban muy deprisa, y la dejaban en un torbellino.
    Franco alzó la vista para mirarla y ella observó en sus ojos algo próximo al deseo de su corazón. Pero una vez más podía estar engañándose a sí misma. Sus próximas palabras se lo aclararían.
    – ¡Papá! ¡Papá!
    El sonido de la voz de Nico pareció plantarse entre los dos. Fuera lo que fuere que pensara decir Franco, ya no lo haría. Percibió el aturdimiento en su cara al volver al mundo real, y supuso que reflejaba el suyo propio. Se obligó a girar hacia la dirección por la que Nico corría entre los árboles.
    – Papá, la gente se prepara para irse -gritó-. Todo el mundo quiere saber dónde estás -los miró con expresión inocente.
    – Tu padre me enseñaba la panorámica del valle -Joanne fue la primera en recuperarse-. Es hermosa.
    Franco habló antes de que Nico pudiera formular una pregunta.
    – Pero debemos regresar ya -comunicó deprisa-. Jamás debí descuidar a nuestros invitados.
    – Zia? -Nico alargó una mano hacia ella.
    – Me quedaré aquí un rato más -regresar con Franco sería demasiado obvio.
    Les dio ventaja, luego los siguió. Logró entrar en la cocina sin que la vieran. Celia estaba lavando los platos; Joanne recogió un trapo y se puso a secar. Para su alivio la casera no le hizo preguntas.
    Desde el exterior le llegó la voz de Franco al despedirse, el sonido de las puertas de los coches al cerrarse. Al rato reinó la tranquilidad. Nico entró corriendo, seguido de Franco, y le plantó a Celia un beso sonoro.
    – Gracias por mi fiesta -dijo. También besó a Joanne-. ¿Subes conmigo?
    – Creo que esta noche sólo será tu papá.
    – Vamos, Nico -llamó Franco-. ¡Uff! No me estrangules. ¡Y ahora a dormir!
    – Vaya con ellos -instó Celia.
    – No -insistió Joanne-. Me quedaré aquí a ayudarte.
    Celia guardó silencio. No tenía sentido insistir ante la expresión que había puesto. Al acabar, la casera miró en derredor.
    – ¿Dónde están esos cachorros?
    – Salieron al jardín hace unos minutos. Vete a la cama. Yo los buscaré -Celia se marchó y ella salió al exterior. Las bombillas de colores seguían encendidas, proyectando un destello mágico sobre la casa y el jardín-. Pepe -llamó en voz baja-. Zaza -oyó un leve crujido entre los matorrales y fue a investigar-. Zaza, ahí estás. Vamos, es hora de irse a dormir -alzó en brazos la bola peluda y continuó la búsqueda-. Pepe, ¿dónde estás?
    – La tengo aquí -llegó la voz de Franco.
    Joanne se dirigió al sitio donde se encontraba con Pepe bajo el brazo. Le quitó a Zaza, depositó ambos cachorros en el suelo y los encarriló a la casa.
    – No huyas -pidió él-. Tengo cosas que decir. Prometo no tocarte -se metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia los árboles. Joanne lo siguió a unos pasos de distancia, sin llegar a su lado, cuando se detuvo y se apoyó en un tronco. Parecía tener problemas para encontrar palabras-. Estás molesta conmigo -comenzó al fin-. Y no puedo culparte. No tenía derecho a besarte. No sé qué me sucedió. Me disculpo.
    – No necesitas hacerlo -repuso ella, intentando ocultar su decepción.
    – Te equivocas. Mi única excusa, después de tanto tiempo, es que aún estoy un poco loco -Joanne se aproximó un poco, conmovida por la desolación que captó en su voz-. Camino y hablo como un hombre normal -continuó Franco-, pero dentro… -se tocó el pecho-… todavía reina la confusión, palabras que no puedo pronunciar, pensamientos que temo.
    – No hace falta que me hables de esos pensamientos -musitó; alargó la mano y él se la estrechó con fuerza-. Ya me advertiste sobre ellos. Puedo arreglármelas.
    – Eres muy generosa con mi egoísmo -comentó con un deje de amargura.
    – Franco, yo… -calló, sorprendida por la idea que se le había ocurrido, y por la fuerza del impulso de plasmarla en palabras. No parecían ser suyas. No sabía de dónde salían, pero la necesidad de expresarlas fue abrumadora-. Creo que debe haber un sitio para ti donde la tristeza termine y la vida merezca la pena vivirse otra vez -empezó con titubeos-.Y quizá yo pueda ser el puente hacia ese sitio. Te perturba mirarme porque la mitad de mí es Rosemary y la otra mitad no lo es. Si la mitad que es ella puede serte de ayuda, entonces… entonces aprovéchala. Y cuando llegues al otro lado del puente, estarás a salvo.
    – ¿Y tú? -preguntó, mirándola con curiosidad-. ¿Qué será de ti cuando te haya usado de esa manera?
    – Bueno, para eso están los puentes. Los dejas atrás. No te sugiero algo que no pueda superar.
    – ¿Y qué parte desempeña Leo Moretto en todo esto?
    Iba a decir que ninguna, cuando se le ocurrió que si Franco pensaba que tenía otro hombre a quien recurrir al final, le resultaría más fácil aceptar su ofrecimiento.
    – Leo es asunto mío -afirmó-. Sabe qué lugar ocupa conmigo, y yo el que tengo con él.
    – ¿Y cuál es exactamente?
    – No importa.
    – ¿Quieres decir que me ocupe de mis propios asuntos? En ese caso, podría preguntarte por qué me devolviste el beso, aunque conozco la respuesta. Siempre fuiste una persona muy amable -antes de que ella pudiera hablar, oyeron el ruido de un coche al acercarse-. ¿Quién será a esta hora? -musitó Franco-. ¡Maldita sea! ¡Hablando del diablo!
    Leo frenó de golpe y bajó del vehículo.
    – Ciao, Franco -agitó una mano con alegría-. Ciao, Joanne.
    – Qué sorpresa -comentó Franco con voz tensa-. ¿Te esperaba?
    – Deberías haber sabido que no iba a perderme el cumpleaños de Nico. He venido para traerle su regalo -sostenía un paquete envuelto en papel marrón.
    – Eres muy amable -agradeció Franco-. Me temo que mi hijo se ha ido a la cama.
    – No, todavía no -sonó la voz de Nico desde arriba-. Hola, tío Leo.
    – Muy bien, puedes bajar -indicó Franco con tono resignado en el que Joanne pudo detectar una corriente de ira, dirigida hacia Leo, y no a su hijo.
    La cabeza de Nico desapareció de la ventana y unos momentos después hizo acto de presencia con el pijama puesto.
    El regalo de Leo era un rompecabezas. Ayudó a Nico a abrirlo y a depositarlo sobre la mesa bajo los árboles.
    – Y ahora esperará que lo invite a cenar -gruñó Franco en su oído.
    – ¿Y por qué no? Es un viejo amigo. Deja de fruncir el ceño.
    En respuesta, le lanzó una mirada hosca.
    Leo y Nico tenían las cabezas pegadas sobre el rompecabezas, riendo. Celia colocaba comida en la mesa.
    – Al ver llegar al Signor Leo supe que querría comer -explicó.
    – Allá a donde voy me siento como en casa -expuso Leo con alegría, como ajeno a la atmósfera reinante-. ¿Has tenido un buen día? -se dirigió a Joanne, a quien lanzó un beso por el aire.
    – Sí, gracias. Todos nos hemos divertido mucho con el cumpleaños de Nico.
    – Bien. Si quieres, mañana te llevaré a Turín.
    – Eres muy amable -intervino Franco con educación-, pero puedo llevarla yo mismo, cuando esté lista para marcharse.
    – De todos modos, yo tendré que ir mañana.
    – ¿Por qué no venir conmigo?
    – Los clientes de Joanne le han dado permiso para que se ausentase el tiempo que deseara -dijo Franco-.Tú los oíste.
    Riendo, Leo se levantó de la mesa y asió la mano de ella.
    – Espera oír lo que he planeado -bromeó-. Conozco un pequeño restaurante en Asti, muy íntimo…
    – El sitio donde llevas a todas tus conquistas -cortó Franco con frialdad.
    – Ah, pero Joanne no es una conquista. Está haciendo que me esfuerce para ganarla, ¿no es verdad, mi amore? Mañana te invitaré a la mejor comida y vino del Piamonte, y luego conozco un sitio donde…
    – Me temo que tus planes tendrán que esperar -interrumpió Franco-. Nico y yo vamos a ir al lago Garda una semana… y Joanne vendrá con nosotros.

Capítulo Ocho

    Durante dos días después del sorpresivo anuncio de Franco, Isola Magia estuvo ocupada con los preparativos.
    Franco ocupó su tiempo en darle instrucciones al capataz. Joanne dedicó unas horas a comprar ropa en Asti. El bolso que le había preparado María sólo contenía lo básico. No llevaba suficientes prendas para unas vacaciones, y estaba decidida a no usar nada de Rosemary.
    Se mostró indecisa con el bañador, incapaz de elegir entre un biquini o un esbelto traje de una pieza. La invitación era por Nico, lo que significaba el traje. Pero luego recordó cómo se había producido. Habría jurado que Franco lo decidió para espantar a Leo. Al pensar en el destello que creyó vislumbrar en sus ojos, el biquini parecía la elección adecuada.
    Regresó a Isola Magia cargada de paquetes, pero con el ánimo vivo ante la perspectiva de pasar una semana en el lago Garda, cerca de él.
    Al entrar en la casa oyó que el teléfono sonaba. No se veía a nadie, así que contestó ella.
    – Así que estás ahí -dijo una voz áspera.
    – ¿Sofía?
    – Aún tengo amigos allí, y ellos me cuentan lo que está sucediendo -espetó la madre de Franco-. Me enteré de que habías vuelto.
    El tono que empleaba era desagradable, pero Joanne se mantuvo cortés.
    – Ahora trabajo en Italia, muy cerca de aquí. Vine a visitar al marido y al hijo de Rosemary.
    – ¿Para ver si podías continuar desde donde lo dejó ella?
    – Si eso es lo que te cuentan, se equivocan -afirmó con decisión-. Estoy aquí principalmente por Nico. Ayer fue su cumpleaños…
    – No me digas cuándo cumple años mi nieto.
    – Sólo intentaba explicar que Franco consideró… como Nico me conoce…
    – Sólo porque te pareces a ella. Oh, sí, estoy al corriente de todo eso. «Rosemary ha vuelto a la vida». Eso es lo que dicen. Franco te está usando. ¿Es que no tienes orgullo?
    Joanne eligió las palabras con mucho cuidado.
    – No creo que mi orgullo importe. Me necesitan. Ayudaré en todo lo que pueda.
    – ¿Y por eso vas al lago Garda con ellos? -se burló-. ¿Para ayudar?
    – Así es.
    – Bueno, querida, te admiro mucho -el tono sedoso le provocó una aprensión que no consiguió con su rudeza-. ¿Sabes, por supuesto, que la villa es donde pasaron su luna de miel?
    – No… veo qué diferencia hay -afirmó con resolución. La noticia hizo que se le hundiera el corazón.
    – Claro que no. Al principio la alquilaron, pero su luna de miel fue tan feliz que Franco la compró para ella. Regresaron cada año para volver a descubrir esa felicidad. ¿De verdad no te lo contó?
    – ¿Y por qué tenía que hacerlo? No es asunto mío -con alivio vio que Franco entraba-. Franco acaba de entrar. Adiós -le pasó el auricular y huyó.
    ¡La villa donde habían pasado la luna de miel! ¿Por qué iba a contárselo? Se había asegurado que nada de eso importaba mientras pudiera darles lo que necesitaban. Pero sí le importaba.
    Celia había llegado de comprar comida. Fue a ayudarla a guardar las cosas en la cocina. Apenas le llegaba la voz de Franco, que hablaba con tono conciliador.
    – ¿La Signora? -preguntó Celia con un susurro.
    – Contesté yo -asintió-. No se mostró complacida de encontrarme aquí, ni de que fuera al lago.
    – Nunca está complacida -bufó la casera-. Cuando la señora murió vino aquí para ocuparse de todo. Me ordenó que saliera de la cocina. Todo debía hacerse a su manera, hasta que el Signor Franco intervino para decirle que debería dejarme continuar con mi trabajo. Entonces armó una escena. Trató de cambiar la vida de Nico. Decía que todo lo que había hecho su madre estaba mal. Si es sólo un niño. Ha perdido a su mamá. Su padre está como atontado, y de repente esa mujer intenta volverlo contra su mamá.
    – Es inexcusable -dijo Joanne.
    – Sí. Es una infamia. De modo que el Signor Franco dijo que no, que no debía hacerlo. Otra escena. Todos esperábamos que volviera a su propia casa, pero se queda, se queda y se queda. Pensé que se quedaría para siempre, pero entonces su marido vino a buscarla y le dijo que debía volver con él a Nápoles. El Signor Franco intentó mantener la paz. Respeta a su madre. También la quiere, pero ella se niega a creer eso. Piensa que si la quieres debes hacer todo lo que ella diga. Si no, no la quieres.
    – Las personas como ella asustan, porque tienen una mente cerrada.
    – ¡Sí! De modo que ahora que se ha enterado de que usted está aquí, se ha puesto como loca, porque piensa que el Signor Franco se casará con usted, y eso no le gusta. Aunque a todos los demás les gusta.
    – Celia, por favor, no hables así -pidió-. Sólo estoy aquí para ayudar a Nico.
    – ¡Sí, claro! -exclamó la otra.
    Joanne salió de la casa concentrada en sus pensamientos. Recordó que Rosemary le había dicho que Sofía la odiaba, y no tuvo dudas de ello. Franco era su ojito derecho, y jamás perdonó a la mujer que había conquistado su corazón. En ese momento el resentimiento había sido transferido a ella.
    Encontró a Nico y se puso a jugar con él y Pepe y Zaza, aunque siguió distraída. No dejó de pensar cuándo iba a parar de hablar Franco por teléfono.
    Cuando apareció un buen rato después, exhibía una expresión de desagrado que revelaba lo sucedido.
    – Ve a bañar a los cachorros -ordenó, revolviendo el pelo de Nico-. De lo contrario, no nos los llevaremos con nosotros.
    – ¡Papá, lo prometiste!
    – Entonces, ve a lavarlos -cuando Nico se marchó a la carrera seguido de los cachorros, Franco continuó-: ¿A qué te referías cuando le dijiste a mi madre que no era asunto tuyo?
    – Me preguntó si me habías hablado de tu luna de miel en el lago Garda -repuso con ligereza-. ¿Por qué habrías de hacerlo?
    – Por eso en un principio me negué a ir -se pasó la mano por el pelo-.Tendría que haberte dicho…
    – ¿Por qué? -preguntó, encogiéndose de hombros-. Hacemos esto por Nico. ¿En qué pueden importar los detalles?
    Franco frunció el ceño, sin saber cómo interpretar su tono.
    – Mi madre… -comenzó él-… tiene buenas intenciones, y sólo quiere lo mejor para mí.
    – No me cabe la menor duda, como todas las madres. Creo que debería ir a ayudar a Nico.
    No se habló más del tema, y los preparativos continuaron. Con cuidado Joanne sacó su ropa nueva y la guardó en la maleta. Eso ayudó a que se sintiera mejor.
    Se preguntó qué se habrían dicho Franco y su madre, pero él jamás lo mencionó, y a la mañana siguiente estuvieron listos para marcharse. Nico y los cachorros se subieron al coche, Franco guardó el resto del equipaje en el maletero y partieron.
    – Son unos trescientos kilómetros -anunció él-. Deberíamos llegar a última hora de la tarde.
    Fue un viaje mágico por el paisaje más hermoso que Joanne había visto. Dejaron atrás olivares plateados, palmeras y cipreses. En la distancia podía ver las montañas cubiertas por una nieve que parecía azul, aunque abajo el calor del verano era intenso.
    La primera parte del trayecto la pasó sentada al lado de Franco, mientras atrás Nico le explicaba todo a Pepe y a Zaza. Pararon a tomar un café, y cuando reanudaron el viaje Joanne se sentó atrás y charló con Nico. El niño se mostró ansioso por contarle adonde iban.
    – Está en un pequeño poblado pesquero llamado Peschino, y la villa se encuentra justo al lado del lago, de modo que podemos correr a la playa y meternos en el agua. Y todos los pescadores son amigos nuestros, en especial los Terrini, que viven cerca. Hay un montón. Y la casa se llama Villa Felicita. Solía tener otro nombre, pero mamá y papá fueron tan felices allí que la rebautizaron -continuó Nico con inocencia, inconsciente de que le clavaba a Joanne un cuchillo en el pecho.
    Oyó el jadeo de Franco y se apresuró a hablar.
    – Esas colinas son tan hermosas, como si estuvieran cubiertas de oro.
    – Se trata de naranjales y limonares -dijo Nico-. Y allí… mira, zia
    El pequeño prosiguió su cháchara alegre y el momento peligroso pasó.
    La primera impresión que tuvo Joanne del lago Garda fue de flores. Para llegar a Peschino tuvieron que rodear la orilla oeste, de modo que la última parte del viaje la hicieron con el lago a la vista. Se empapó de su belleza, de sus aguas de un azul imposible, de las villas con tejados rojos en las laderas de las colinas, flanqueadas por árboles frutales y olivos.
    – Ya casi hemos llegado -anunció Franco al entrar en el pequeño pueblo de Bardolino-. ¿Paramos para tomar un café? -Joanne iba a decir que le encantaría cuando vio que Nico tenía los dedos cruzados-. ¿Quieres uno? -le preguntó a ella con cortesía.
    – Creo que deberíamos continuar -le revolvió el pelo al pequeño.
    – Sí, por favor -gritó él aliviado, y Franco estalló en una carcajada.
    Media hora más tarde llegaron a Peschino, un lugar diminuto sacado de un libro de fotos que Joanne amó a primera vista; las calles bajaban directamente a la playa, los botes pesqueros se mecían en las aguas, las cafeterías con sus mesas y sillas en las terrazas, la pequeña población donde todos parecían conocerse. Franco le informó de que eso era literal.
    – Aquí no viven más de ochocientas personas, y con el paso de los años se han casado entre sí. De algún modo todo el mundo está emparentado con todo el mundo. Las bodas, los funerales y los bautizos son celebraciones importantes.
    La villa era un lugar encantado, con frescos suelos de terrazo y ventanas enormes. Gina Terrini, que la cuidaba en ausencia de Franco, salió sonriente a recibirlos. Era una mujer regordeta de mediana edad, que abrazó a Nico y saludó a Franco como a un viejo amigo. Posó levemente su mirada en Joanne, pero no mostró ninguna sorpresa. Los distribuyó en habitaciones separadas, y Joanne supuso que Franco ya la había puesto al corriente de la situación.
    El cuarto de Joanne tenía un ventanal alto que daba al jardín y más allá al lago. Estaba a oscuras por las persianas cerradas, pero las abrió y aspiró el aire fresco. Después de deshacer la maleta salió en busca de los otros, a quienes encontró en la cocina. Nico bebía un vaso con leche y comía unas galletitas. Franco y Gina bebían prosecco; ésta de inmediato depositó un vaso delante de Joanne.
    – Me marcho -declaró la mujer-. Pero esta noche vendréis a cenar con nosotros.
    – Gina procede de la familia de la que antes te habló Nico -explicó Franco-. Son muchos, incluyendo cinco hijos.
    – Seis -corrigió en el acto Gina-. Desde el año pasado. Y la mujer de mi hermano está embarazada.
    – ¿Qué hermano? -preguntó Nico.
    – Uno de ellos -se encogió de hombros.
    – Esa casa pequeña va a estallar con todos vosotros -protestó Franco.
    – Oh, no, hemos anexado la de al lado, de modo que podemos estar juntos.
    Nico pidió que lo dejaran ir con Gina para volver a ver a sus amigos.
    – Primero saca la ropa de tu maleta -indicó Franco-.Y guarda todo en orden. No se lo dejes a Joanne.
    – Por favor -Nico tomó la mano de ella y puso todo su corazón en esas dos palabras.
    – Nico, ¿qué te he dicho? -preguntó su padre con firmeza.
    – Yo me ocuparé de él -comentó Gina.
    – Deja que vaya -suplicó Joanne-. Deja que disfrute.
    – De acuerdo, me superáis en votos -se resignó él con humor.
    El grito de alegría que lanzó Nico hizo que todos se taparan los oídos. Al siguiente instante salió por la puerta y corrió por la playa seguido de los cachorros y de Gina, que intentaba alcanzarlo.
    – Gracias -dijo Franco-. Ahora él es feliz. ¿Crees que tú podrás ser feliz aquí durante una semana?
    – Creo que es el sitio más hermoso que jamás he visto. ¿Y tú? ¿Cómo te lo pasarás tú?
    – Es hora de que deje a mis fantasmas. Además, me encuentro en buena compañía -ella no estuvo muy segura de lo que quiso decir con eso, y él no se explicó-. Debería contarte algo de la familia Terrini, porque lo más probable es que te abrumen un poco. Están Papá y Mamá Terrini, sus dos hijos, y Gina, su hija, los hijos de sus esposas y un par de adolescentes, además de muchos niños.
    – Imagino que necesitaban la casa contigua -indicó ella-. ¿Por qué han de estar todos juntos?
    – Los italianos creen que las familias han de estar unidas. Además, los hombres son pescadores. Es un negocio familiar, y resulta mucho más conveniente vivir cerca de los botes.
    Él subió las maletas y Joanne se ocupó de deshacer la de Nico. Al salir pasó por delante de la puerta abierta de la habitación de Franco. Rió entre dientes al ver cómo se esforzaba por mantener todo en orden.
    – Deja que lo haga yo -dijo al entrar-. Siempre fuiste el hombre más desordenado del mundo.
    – Sólo para algunas cosas -se defendió-. Mantengo los libros de los viñedos en perfecto orden.
    – Sí, pero cuando entras en una casa las cosas parecen desordenarse por sí solas -sacó la ropa y la colgó-. Recuerdo que eso era lo que te decía tu madre.
    – Y yo recuerdo que una vez me dijo que arreglara mi habitación en media hora, y tú lo hiciste por mí. En agradecimiento te invité a comer, ¿no?
    – No, ibas a hacerlo, pero lo olvidaste -corrigió ella-. ¿Dónde quieres esta camisa?
    – En cualquier parte.
    – Ésa es la actitud que te pierde -lo amonestó. Franco sonrió con picardía, como en los viejos tiempos. Y el corazón a Joanne le dio un vuelco.
    Al terminar la llevó a mostrarle el poblado. Peschino apenas tenía cinco calles que confluían en un mercado bullicioso. Había algunas tiendas y cafeterías para turistas, pero en su mayor parte era un poblado pesquero.
    La gente recordaba a Franco. Allí por donde iban eran saludados desde las puertas y las ventanas; todos salían a estrecharle la mano.
    Hubo un momento incómodo en que un hombre gritó: «Y la Signora Rosemary. Nos llegó el rumor de que había muerto. Cuánto me alegro de verla tan bien».
    Consternado, Franco dio las pertinentes explicaciones y el hombre se disculpó como pudo y desapareció. Ambos se miraron.
    – Lo siento, Joanne.
    – ¿Me invitas a una taza de café? -pidió ella-. Deberíamos hablar.
    Se sentaron a una mesa en la terraza de Luigi's, una pequeña cafetería donde el propietario los saludó con efusividad. Después de que les sirvieran el café, Joanne dijo:
    – Hemos de enfrentarnos a ese fantasma y dejar de huir de él.
    – No tenía ningún derecho a imponerte semejante carga -musitó él.
    – Deja que yo me ocupe de eso -aseveró ella-. Sabía lo que hacía al aceptar esto, y no me voy a desmoronar cada vez que alguien me llame Rosemary. Además, ya nadie lo hará. Después de lo sucedido, todo el mundo lo sabrá.
    – Es cierto.
    – Nico lo tiene muy claro. Y yo ya lo he aceptado -era mentira. Faltaba el fantasma de su luna de miel. Pero estaba decidida a desterrarlo también-. Tú eres el único al que aún molesta -añadió-. Me temo que a ti te costará más que a nadie.
    – Al principio, te miré y la vi a ella -indicó él al rato-, y hubo un momento doloroso en que volví a enfrentarme otra vez a la verdad. Ya no. Ahora te veo a ti. Tu voz es distinta, y dices cosas que ella jamás habría dicho. Y me alegro de estar aquí contigo.
    Sus palabras hicieron que a Joanne el sol le pareciera más brillante. Pero no lo demostró.
    – A eso me refería al decir que podía ser tu puente. Y ahora vayamos a divertirnos.
    Regresaron a la casa para ducharse y vestirse. Ella se puso un vestido azul de algodón y se cepilló el pelo, dejando que cayera sobre sus hombros. Franco lucía unos vaqueros y una camisa blanca. Volvía a parecer joven, con un aspecto menos severo, y diez veces más atractivo.
    Al llegar la hora de la cena avanzaron unos metros por la playa y se vieron devorados por la familia. Franco la presentó a todo el mundo, pero Joanne no tardó en perder el hilo de los maridos, esposas e hijos.
    Pero entonces descubrió un inconveniente. Ese lado del lago pertenecía a la región del Véneto, y Joanne, cuyos oídos empezaban a acostumbrarse al piamontés, se encontró entre gente que no lo empleaba. La madre lingua, como se conocía el italiano, era útil para ver la televisión y tratar con los funcionarios, pero en casa la gente civilizada hablaba en veneciano.
    Al principio tuvo la certeza de que no iba a encajar, pero con esas personas alegres no era una opción ser un adorno. Entre dos idiomas, un dialecto y muchas risas, todos encontraron un modo de comunicarse.
    La cena consistía de sopa de mejillones seguida de filetes al brandy y Marsala. Luego se servirían naranjas al caramelo y asiago, un queso de la región.
    En el exterior se habían juntado dos mesas para conformar una grande, con el fin de que todo el mundo se pudiera ver las caras. Papá Terrini trajo botellas de un suministro en apariencia inagotable de Raboso y Soave, le dio una palmada a Franco en el hombro, besó la mano de Joanne y gritó: «¡Comed! ¡Comed!».
    Italia era un país de abundancia, y eso nunca se demostraba mejor que al recibir a invitados. Los Terrini eran pobres, pero comían y bebían con ganas, reían y amaban con vigor y no pensaban en el mañana. Joanne, que dedicaba mucho tiempo a preocuparse por el mañana, descubrió que sus tribulaciones se desvanecían en un caos de color, vino y placer.
    Y lo mejor era que Franco parecía verse afectado de la misma manera. Desde el otro lado de la mesa alzó su copa hacia ella. Joanne le devolvió el gesto, vació su copa y de inmediato Tonio, Plinio, Marco o quien fuera se la volvió a llenar.
    Regresaron a casa a la luz de la luna, con Nico entre ellos, demasiado cansado para hablar. Después de acostarlo, ella bostezó.
    – No estoy acostumbrada a una existencia tan agitada -murmuró-. Apenas soy capaz de mantener los ojos abiertos.
    – Fue un viaje largo. Y el vino bastante potente.
    – Y abundante -añadió ella con una risita-. He bebido más de lo que debía.
    – Se te ve un poco acalorada -acordó Franco con una sonrisa-. Cuanto antes te acuestes, mejor -la escoltó hasta su habitación y le abrió la puerta-. Si lo deseas, mañana duerme hasta tarde. Buenas noches, Joanne.
    Tenía intención de aprovechar el ofrecimiento, pero el aire del lago era estimulante y despertó temprano, sintiéndose descansada y lista para disfrutar. Durante el desayuno los otros se mostraron deseosos de realizar un recorrido en el bote que uno de los hermanos de Gina les había ofrecido. Joanne declinó de inmediato.
    – No me siento bien en las embarcaciones. Me mareo pronto. Id vosotros dos.
    – Tú debes venir -Nico protestó.
    – No si de verdad te vas a sentir mal -intervino Franco-. Pero no podemos irnos y dejarte.
    – Tonterías. Me divertiré explorando. Hay algunas ruinas cerca de aquí. Alguien me habló de ellas anoche…
    – Pero no recuerdas quién -se burló Franco.
    – No, aunque sí recuerdo lo de las ruinas. Me llevaré el cuaderno de dibujo y lo pasaré muy bien.
    Resistió todos los intentos de convencerla. Consideraba que padre e hijo debían pasar algún tiempo juntos sin ella, aparte de que se mareaba de verdad en un bote. Cuando Franco comprendió que hablaba en serio, le dio las llaves del coche, le deseó que se divirtiera y siguió a Nico a la playa.
    Disfrutó recorriendo las pintorescas ruinas y haciendo un boceto tras otro; regresó a la villa a última hora de la tarde.
    Se detuvo en el poblado para comprar crema protectora para el sol y miró algunas tiendas. De pronto la ropa fina que había adquirido para el viaje le pareció una pérdida de dinero. Quería algo colorido y loco; cuanto más loco mejor. Encontró una tienda donde compró una falda de colores vivos y un pañuelo a juego. Luego, en un impulso, eligió un biquini. Era más bien decoroso, pero comprarlo le pareció un acto de liberación.
    Al salir distraída de la tienda tropezó con alguien que entraba.
    – Lo siento -dijo una voz juvenil-. Estaba a punto de llamar tu atención.
    – ¡Leo!

Capítulo Nueve

    – ¡Leo! -repitió-. ¿Qué haces aquí?
    – No pareces muy encantada de verme -repuso él con tristeza-. Sobresaltada, sí. Pero no encantada. Deja que te invite a un café -fueron a sentarse a la terraza de Luigi's-. Iba a llamar a tu puerta. Qué suerte encontrarte sin la mirada asesina de Franco.
    – ¿Qué haces aquí, Leo? -preguntó otra vez. Empezaba a mostrarse suspicaz.
    – ¿Qué crees que estoy haciendo?
    – Creo que has venido para alguna maldad.
    – Bueno… -sonrió-, reconozco que eso me gusta. Vamos, ¿no estás un poco contenta de ver a un hombre que te adora?
    Las palabras hicieron que se enfrentara al hecho de que no le gustaba nada. Se sentía más bien irritada con él por amenazar con estropear esos días mágicos.
    – Claro que sí -insistió él-. Quizá no muy contenta, ya que te aferras como una tonta a Franco. Pero sí un poco -su actitud era bromista pero confiada, como un niño que supiera que podía librarse de todo.
    – Ni siquiera un poco -informó.
    – Podrías ser deprimente para un hombre que no tuviera mucha seguridad en sí mismo -se quejó.
    – ¿Qué sabes tú sobre la falta de seguridad? -inquirió ella con una sonrisa renuente.
    – Pongámoslo de esta manera. Si dijeras que no te gustaba nada, no te creería. Porque aún recuerdo el beso que me diste aquella noche en casa de los Antonini. Si Franco no hubiera aparecido… ¿quién sabe?
    – Me gustabas un poco -expresó-. Me recordabas mucho a alguien, aunque no se me ocurría a quién. Desde entonces lo he descubierto.
    – ¡Aja! ¡Eso está mejor! ¿A quién te recordaba? ¿A Mel Gibson? ¿A Warren Beatty?
    – A Franco, tal como era hace unos años.
    Por una vez Leo se quedó atónito. Abrió y cerró la boca, y soltó el aire.
    – Bueno, supongo que ha vuelto a hacerlo -indicó.
    – ¿Hacer qué?
    – Hace años me frenó en el palio. Y ahora se repite la misma historia. No puedo ganarle.
    – Depende de lo que intentes ganar. En realidad a mí no me quieres. Sólo estás jugando.
    – ¿Y tú no quieres jugar conmigo?
    – No.
    – Entonces, ¿no me acompañarás esta noche a cenar?
    – No, pero te invitaré a cenar a casa con Franco, Nico y yo.
    – Gracias -hizo una mueca-, pero declino una invitación tan encantadora. Apenas dispongo de tiempo para volver a casa. No hay nada que me retenga aquí, ¿verdad?
    – No -contestó con firmeza-. No lo hay. Adiós, Leo.
    De regreso a casa debatió si contarle a Franco la visita de Leo, pero decidió en contra. Puede que pensara algo equivocado.
    Los dos ya habían llegado. Era evidente que había sido un día agotador, ya que no tuvieron mucho que decir sobre lo que habían hecho. Franco parecía un poco distraído, y rechazó la invitación de Gina de ir a cenar con ellos.
    – Gracias, pero esta noche no -esbozó una sonrisa fugaz-. Cenaremos fuera.
    Encontraron una pequeña trattoria y pidieron pasta y sopa de pescado. Joanne estaba desconcertada. Sobre ellos parecía haber caído un extraño silencio. Todos se alegraron cuando la velada terminó.
    La noche anterior había dormido como un tronco. Esa noche se sintió inquieta y no paró de moverse hasta las dos de la mañana. Al final se levantó y se puso una bata con la intención de bajar.
    Pero en el pasillo oyó su nombre y se detuvo. El sonido procedía del cuarto de Nico. Por la puerta abierta Joanne pudo ver a Franco sentado en la cama, escuchando a su hijo.
    – Pero ¿por qué la tía Joanne no nos contó que quería ver al tío Leo, papá? ¿Por qué fingió que no le gustaban los botes?
    – Quizá pensó que no nos gustaría que lo viera.
    – ¿A la tía Joanne le gusta más el tío Leo que tú?
    – Tal vez. Nosotros le gustamos de forma diferente. Sabes que no somos sus dueños.
    – Pero ¿no vas a casarte con la tía Joanne?
    Había estado a punto de empujar la puerta, decirles que los había oído y aclarar el malentendido. Pero ante esa pregunta se quedó quieta. El silencio pareció prolongarse una eternidad hasta que Franco habló.
    – No lo sé.
    – ¿No sería estupendo si lo hicieras? -comentó Nico con añoranza.
    – Sí, lo sería -coincidió él en lo que Joanne consideró una voz extraña.
    – ¿No puedes hacer que el tío Leo se vaya?
    – ¿Y si no se va?
    – Lo hará si le dices que a la tía Joanne tú le gustas más.
    Silencio.
    – Ya ha sido suficiente por esta noche, hijo -dijo él con tono atribulado.
    Joanne retrocedió. Había oído demasiado y demasiado poco. Suficiente para saber que Franco estaba al tanto de su encuentro con Leo y que pensaba que ella lo había arreglado. Suficiente para saber que le importaba. Pero no lo bastante como para saber por qué o qué sentía realmente por ella. Quiso reír y llorar.
    Franco arropó a su hijo, le dio un beso y se dirigió hacia la puerta. Se quedó allí largo rato contemplando al niño dormido. Al salir al pasillo se detuvo y se preguntó si había oído un ruido. Pero el corredor estaba vacío y la casa silenciosa.
    – A propósito -comentó de forma casual a la mañana siguiente durante el desayuno-, ayer me encontré con Leo en el poblado; tomamos un café.
    – ¿Y por qué tuvo que venir? -preguntó Nico con tono rebelde-. No lo queremos.
    – Nico, no seas descortés -amonestó Franco. Pero habló sin énfasis, como si en secreto estuviera de acuerdo con su hijo.
    – Bueno, pues ya se ha marchado, así que no volveremos a verlo -indicó Joanne con alegría-. Sólo venía de paso.
    – ¿Seguro que no volverá? -demandó Nico.
    – Si lo hace, le diré que no lo queremos -prometió ella.
    Nico pareció más feliz y Joanne se sintió aliviada. Lo peor habría sido que el pequeño pensara que los había engañado para ver a Leo en secreto. Franco le sonrió, como si también él se hubiera librado de un peso.
    – ¿Podemos ir a la playa? -inquirió Nico.
    – Podemos hacer lo que te apetezca -señaló su padre con cariño-. A la playa pues.
    En su habitación Joanne no se decidía por el traje de baño o el biquini. Al final respiró hondo y se puso el biquini, cubriéndose con la falda de colores vivos.
    Los dos la esperaban impacientes al pie de las escaleras.
    – Nico dice que si no te das prisa el agua se habrá ido -comentó Franco. Salieron de buen humor.
    En el acto los vio la familia Terrini, que se unió a ellos con algarabía. Nico se fue a jugar con los otros niños, mientras dos de los jóvenes Terrini, adolescentes, se sentaron a admirar a Joanne.
    El día anterior la habían tratado con distante respeto, como correspondía a la esposa de un hombre mayor que ellos. Pero era evidente que habían descubierto que Franco y ella no estaban casados, aparte de que Gina les habría contado que tenían habitaciones separadas. Se sintieron libres para arrojarse a sus pies.
    Al quitarse la falda para ir a nadar silbaron con admiración y se pelearon para ver quién se mantenía más cerca de ella en el agua. Luego, mientras todos disfrutaban de un refrigerio, los jóvenes se desvivieron por anticipar cualquiera de sus deseos. Pero la situación se volvió un poco caótica cuando anunciaron su intención de salir en el bote con ella.
    – Imposible -Joanne trató de descartar el asunto con una sonrisa-. Me pongo nerviosa en los botes.
    – Pero te mantendremos a salvo -protestaron ellos-.Vendrás con nosotros.
    Durante unos minutos hubo un tira y afloja, hasta que por último la agarraron de las manos y comenzaron a empujarla por la arena hasta el borde del agua.
    – ¡No! -gritó, algo alarmada.
    – Está bien. Cuidaremos de ti.
    – ¡Basta! -la voz de Franco fue como el restallar de un látigo-. Soltadla.
    Los jóvenes se lo quedaron mirando, asombrados por la transformación de alegre compañero a hombre con una encendida ira en los ojos. Para recalcar su orden rodeó la cintura de Joanne y la apoyó con firmeza contra él, soltando un comentario seco en veneciano. Ella no entendió el significado, pero los chicos la soltaron y se apartaron con expresión avergonzada.
    – ¿Te encuentras bien? -preguntó Franco sin soltarla.
    – Sí… estoy bien -esperó no sonar tan jadeante como se sentía. El biquini ya no parecía tan decoroso al notar la piel de él.
    – Sólo son niños. No pretendían asustarte, pero no saben cuándo poner fin a una broma.
    – Sí, desde luego.
    – ¿Estás segura de que te encuentras bien? -le tocó levemente la cara-. Aún pareces inquieta.
    No estaba inquieta, sino agitada por su proximidad. ¿Cómo podía sostenerla de esa manera, medio desnuda, delante de todo el mundo y mantenerse tan tranquilo?
    Entonces vio palpitar la vena de su cuello y comprendió que no se sentía nada tranquilo. Sin previo aviso apretó más el brazo en torno a su cintura y le plantó un beso. Fue algo breve, y de inmediato él se apartó riendo un poco nervioso.
    – Ya no volverán a molestarte -musitó-. He dejado bien clara la situación.
    – ¿Y está clara para ti? -susurró ella.
    – No, en absoluto -respiró entrecortadamente-. Se torna más confusa por momentos.
    La soltó y se volvió con rapidez. Joanne sintió que se le ruborizaba todo el cuerpo mientras el clan de los Terrini miraba e intercambiaba unos gestos de asentimiento y sonrisas de comprensión.
    Después de aquello no tuvo ninguna posibilidad de disfrutar de un momento de privacidad. Las madres de los jóvenes se acercaron para disculparse por la conducta de sus hijos. Para que se sintieran mejor las acompañó a la casa a tomar un café y a charlar; todos rieron ante las dificultades idiomáticas y lo pasaron bien. Pero Joanne sabía que pensaban en la escena de la playa y la miraban con curiosidad.
    Después de la cena se sintió aliviada al poder dejar de ser el centro, salvo durante un incómodo momento en que los jóvenes se disculparon, con los ojos nerviosos posados en Franco. Les dijo que lo olvidaran y ellos salieron alegres.
    Al ver el cansancio de Nico, Joanne se despidió de todos. Franco la observó con mirada tierna mientras llevaba a su hijo en brazos. Al rato se dio cuenta de que Papá Terrini le hablaba.
    – Perdón -se disculpó en el acto.
    – Preguntaba si querías un poco más de vino.
    – No… sí… gracias.
    – ¿Es un sí o un no? -preguntó Papá con paciencia.
    – Hmm… un no, supongo.
    – Amigo mío, estás en mala forma.
    – Sí, creo que sí -musitó Franco. Se obligó a sonar alegre-. Quiero decir, sí, gracias, tomaré otro vaso.

    Joanne depositó al pequeño en la cama y comenzó a quitarle la camisa y los vaqueros. Él la ayudó un poco moviéndose en su sueño, y cuando lo cubrió con el edredón aún no había abierto los ojos.
    Pero una parte de su mente aún seguía con ella, ya que se aferró a su mano. Joanne se sentó en la cama y esperó. Cuando la respiración regular le indicó que dormía, se soltó con gentileza. Se agachó, le besó la frente y salió de la habitación.
    Gina se encontraba en la cocina después de seguirla. Joanne le sonrió y salió de la casa. Necesitaba un paseo bajo la fresca brisa.
    En la playa se quitó los zapatos y paseó hasta el borde del agua, dejando que la paz del lago la invadiera. En la atmósfera flotaba el dulce sonido de un acordeón.
    – ¿Se ha quedado dormido?
    Sobresaltada, giró y vio a Franco sentado en un bote invertido en la playa. No había notado su presencia.
    – ¿Nico? Sí, ni siquiera despertó cuando lo desvestí.
    – Confía en ti. Me alegro -sus ojos la invitaron y ella fue a sentarse a su lado en el bote, reclinándose un poco para observar las estrellas-. Ten cuidado, no te eches demasiado atrás -le sostuvo los hombros con el brazo.
    Joanne no se movió y disfrutó de la sensación de su cercanía. En ese momento no pensaba en la pasión, sólo en la dulzura de estar juntos en silencio.
    Franco quitó con gentileza el brazo y juntó las manos con la vista clavada en el agua. Al rato habló sin mirarla.
    – ¿Qué me dices de Leo, Joanne?
    – Ya lo sabes. Pasaba por aquí.
    – Esa historia es apropiada para Nico, no para mí. Condujo hasta aquí con un objetivo claro. ¿Intercambiasteis las palabras de los amantes? Sé que no tengo derecho a preguntártelo. Pero, de todos modos, lo hago -su voz y su actitud no revelaron nada, pero ella percibió su tensión y se preguntó si el corazón le latía con tanta fuerza como el suyo-. No me respondes -añadió él al fin-. Tal vez esa sea mi respuesta. ¿Te marcharás pronto con él?
    – Desde luego que no. ¡Como si pudiera abandonar a Nico de esa manera!
    – ¿Y a mí, Joanne? -preguntó en voz baja.
    – No, tampoco te abandonaría a ti.
    – ¿Le dijiste a Leo que se fuera y que volviera más tarde?
    – No, le dije que se fuera.
    – ¿Sólo eso? -se volvió para mirarla.
    – Sólo eso. Nunca hubo nada -sonrió-. Aún sigue furioso contigo por provocar que cayera en el palio.
    – Lo sé. Siempre lo estará. Somos cordiales en nuestro trato, pero no para de buscar formas de molestarme. Y en esta ocasión lo ha conseguido -le tomó la mano-. Me importa. Puede que no tenga derecho, pero me importa.
    – No hay nada de qué preocuparse, Franco. De verdad.
    No respondió directamente, sino que se quedó sentado contemplando la mano de ella en la suya.
    – He empezado a recordar cosas de ti de hace ocho años. El modo en que cuidaste de Ruffo para mí aquella vez que tuve que marcharme y tú te quedaste con él toda la noche. Le salvaste la vida.
    – Tú lo salvaste al rescatarlo de aquellos brutos.
    – Ese sólo fue el comienzo. Tú le diste amor. Vi cómo te recibió después de todos estos años. Te recuerda. Igual que yo te recuerdo.
    Guardó silencio. Joanne tuvo la impresión de que se hallaba sumido a medias en un sueño. ¿Cuánto de lo que decía era recuerdo y cuánto proyección desde el presente? Sea cual fuere la respuesta, era muy dulce estar sentada allí sosteniendo su mano.
    – ¿Qué recuerdas, Franco?
    – ¿De ti? Muchas cosas. La forma en que siempre tenías prisa, tu vitalidad, tu deseo de hacerlo todo en el acto. Eras tan joven y abierta. En ti parecían anidar todas las posibilidades del mundo. Pero a veces captaba una expresión extraña en tu cara, como si tuvieras un secreto que te entristeciera. ¿Por qué?
    – No lo recuerdo -repuso-. Todo parecía tan importante a esa edad.
    – ¿Y luego creciste y las mismas cosas ya no son importantes?
    – Bueno… algunas lo son. Otras incluso lo son más.
    Él enarcó una ceja con curiosidad, pero ella se cerró. Se había acercado a la verdad lo más que se atrevía, pero ya no pensaba avanzar más.
    – Solíamos poder hablar como amigos, ¿no? -inquirió Franco.
    – Casi todas nuestras conversaciones se reducían a la promesa que me pedías de no contarle a tu madre algo que habías hecho -rió.
    – Es verdad -también él sonrió.
    – Pero si ahora necesitas una amiga, aquí estoy para ti.
    – ¿Y es lo único que serás para mí Joanne?
    – No lo sé -musitó-. El tiempo lo dirá.
    – Qué sabia eres. Al principio me mostraba renuente a traerte aquí, donde fui tan feliz con ella. Pensé que no sería justo para ti, y me daban miedo los recuerdos. Pero ahora los recuerdos son todos amables. Esta noche me siento en paz por primera vez en un año, como si el mundo volviera a ser un lugar bueno, un lugar donde puedo encontrar un hogar. Y eso es gracias a ti.
    Sin soltarle la mano, se levantó y la condujo de vuelta a la casa. Se despidieron de Gina, y mientras él echaba los cerrojos, Joanne se deslizó arriba para comprobar el sueño de Nico. Dormía en la misma postura que lo dejó. Franco se acercó por detrás y los dos se quedaron mirando un rato antes de retroceder en silencio.
    – Joanne -susurró ante la puerta de ella-. Joanne…
    La besó con gentileza, sujetándole la cara con una mano mientras exploraba su boca con movimientos lentos y tentativos. Cuando sintió que se apoyaba en él dejó caer el brazo y la pegó a su cuerpo.
    No se pareció en nada a la última vez, cuando Franco la besó con fiera urgencia. En ese momento ella pudo sentir su incertidumbre, como si cada paso fuera un campo de minas. Ambos estaban inseguros, sin saber qué les aguardaba delante, pero queriendo hallar el camino hacia el otro.
    – ¿Estoy loco? -murmuró Franco contra su boca.
    – Si lo estás, entonces yo también.
    – Llevo todo el día deseando besarte… y ayer… cuando te vi con Leo podría…
    – Shh, ya te lo he explicado.
    – Te lo advertí, soy un hombre celoso. Y ahora dime que no tengo derecho a estar celoso. Dime que lo que haces no es asunto mío… si puedes.
    Resultaba difícil buscar palabras mientras su boca abría un surco ardiente a lo largo de su mandíbula. Sus palabras la tentaron, pero su boca la tentó aún más. Respiró agitadamente.
    – No tienes necesidad de estar celoso -musitó con dificultad.
    – Tengo celos de todos los hombres que te miran. No me faltaron ganas de juntar con fuerza las cabezas de esos muchachos.
    – Si son sólo niños -le recordó sus propias palabras.
    – Te miraban con ojos de hombres, y quise apartarte de su vista. Ahora lo único que me importa eres tú, y la sensación tan grata que es tenerte en mis brazos. Dime que tú sientes lo mismo.
    Le respondió, pero no con palabras, sino con la boca y el movimiento de sus manos. Se encontraba donde quería estar, y no había nada más salvo ese hombre y el amor que sentía por él. Sin palabras ni discusiones, sólo la maravillosa sensación de su proximidad, que la anhelaba con todo su ser. Y la gloriosa certeza de que podía darle lo que él necesitaba.
    En silencio abrió la puerta y de la mano lo condujo al interior de la habitación. El cuarto se hallaba a oscuras, salvo por la luz de la luna que penetraba por el ventanal. Fuera el lago estaba en calma, centelleante, como una escena sacada de un mundo hermoso y nuevo. Ése era todo el mundo que Joanne anhelaría alguna vez.
    Franco la aprisionó con los dos brazos al tiempo que apoyaba la mejilla en su cabello.
    – ¿Estás segura? -susurró.
    – Estoy muy segura. Shh, no hagas preguntas.
    Le enmarcó el rostro entre las manos y la observó con intensidad. La besó, no en la boca, sino en la frente, luego en los ojos, casi sin tocarla. Al fin depositó los labios en los suyos y la besó como si reclamara su posesión. Ella se entregó sin ninguna reserva. Si la deseaba, era suya para que la reclamara.
    Aún llevaba la falda amplia sobre el biquini. Franco hizo a un lado las tiras y luego soltó la presilla a su espalda. Joanne tenía los pechos llenos por la potencia de su deseo, con los pezones como dos cumbres orgullosas. Supo que al verlos y tocarlos comprendería la pasión que sentía por él. Respiró hondo cuando bajó las manos para cubrirlos en su totalidad.
    La delicadeza de él fue una revelación. La acarició como si pudiera romperse, o quizá lo que temía quebrar era el hechizo que había entre ellos. Se quitó la camisa por la cabeza y la atrajo hacia su pecho. La sensación fue tan grata que ella jadeó.
    Perdida en esa experiencia, apenas notó cuando él soltó la hebilla de la falda y ésta cayó. Con gentileza le quitó el resto de la ropa, luego se desprendió de la suya para conducirla hasta la cama y tumbarla con él. Se apartó un poco para mirar su cuerpo esbelto y elegante, la diminuta cintura, los pechos firmes y generosos. Se alegró por él, porque quería darle un regalo perfecto.
    El cuerpo desnudo de Franco fue un deleite para Joanne. Lo había visto en pantalones cortos y conocía el ancho torso y los muslos musculosos. Pero la promesa de sus caderas estrechas y poderosas hizo que la sangre le hirviera. Quiso que le hiciera el amor en ese momento, pero qué dulce era yacer allí, dejando que él la preparara despacio y con ternura para el gozo que iban a sentir.
    Allí donde él posaba la mano Joanne era consciente de unas sensaciones sobre las que sólo había soñado; se entregó a ellas con ansiedad. Franco pegó la cara entre sus pechos, amándola con suavidad con los labios y la lengua. Ella plantó las manos detrás de su cabeza y se arqueó, buscando un placer más hondo de sus hábiles manos y boca. Con cada movimiento sentía que un torrente de fuego corría por su cuerpo, hasta que sólo fue un centro de placer palpitante.
    Ella había temido su inexperiencia, pero la fuerza de su amor desterró todas las dudas e hizo que todo surgiera de forma natural. Supo cuándo estuvo listo para colocarse encima de ella, y con fervor le dio la bienvenida. En el momento de su unión percibió su sorpresa al descubrir que era virgen, aunque en ese instante todo se perdió en la fusión de las sensaciones y emociones.
    Joanne se movía con facilidad y naturalidad a su ritmo, dejando que él la guiara. Gimió de placer en voz baja, deseando más al tiempo que confiaba en él para lo que iban a experimentar. Al mirar su cara, vio su sonrisa de reafirmación y le respondió con una propia. En esa sonrisa estaba su corazón. Si después de aquello su vida se convertía en un desierto, aún tendría ese momento de júbilo.
    Movió los labios sin pronunciar palabra. El placer subía en una espiral, transportándola en él. Su respiración se aceleró al sentirse atrapada en una fuerza que se hallaba más allá de su control. Cuando tuvo lugar la explosión de placer, sintió los brazos fuertes de él a su alrededor, protegiéndola mientras alcanzaban la cima y caían en un remolineante abismo.
    Pero Franco seguía allí, abrazándola mientras temblaba. Cerró los ojos y se aferró a él, sintiendo que el éxtasis se convertía en satisfacción. Al fin había llegado a casa, y era un lugar maravilloso, como siempre había sabido que sería.

Capítulo Diez

    Cuando Joanne despertó, se quedó un rato con los ojos cerrados. Tenía la seguridad de que cuando los abriera se encontraría sola.
    Pero al mirar vio a Franco sentado junto al ventanal, enfundado en un albornoz sin apartar la vista del lago. Reposaba una mano sobre la rodilla alzada y tenía la cabeza apoyada en la pared.
    Aunque ella no se movió, algo pareció indicarle que estaba despierta; giró la cabeza y le sonrió. Esa sonrisa alivió el corazón de Joanne. No exhibía tensión, casi era de felicidad.
    – Buenos días -dijo él.
    – Buenos días -le sonrió.
    Se acercó a la cama con las manos extendidas. Ella tomó una mientras Franco se sentaba a su lado. Aún sentía la piel viva por lo experimentado la noche anterior.
    – Tendrías que habérmelo dicho -comentó con suavidad-. Jamás soñé que pudiera ser posible. Eres tan hermosa, tan cálida. ¿Cómo puedo ser el primer hombre en descubrirlo?
    – He viajado tanto -repuso con rapidez-. No he tenido tiempo de conocer a gente. Siempre había otro cuadro que copiar en el siguiente horizonte.
    – Sí, tu vida ha estado llena de imitaciones. Pero lo sucedido anoche… no fue una imitación.
    – ¿No? -lo miró fijamente.
    – Sólo estabas tú en mis brazos, y en mi corazón. Créelo, Joanne. ¿Acaso tu corazón no lo sabía antes de que te lo dijera?
    – Creo que sí. Pero quizá…-apoyó una mano en sus labios-… quizá no importe ahora mismo.
    – Tienes razón -se inclinó para besarla-. Algunas cosas son demasiado frágiles para hablar de ellas. Pero debemos hablar… en algún momento.
    – Sí, en algún momento -coincidió-. Pero todavía no.
    Durante el desayuno Nico insistió en ir a nadar otra vez. Franco aceptó, pero añadió:
    – Aquí no, ya que nos veremos invadidos por los Terrini.
    Partieron en coche hasta Bordolino. Allí la playa estaba más preparada para los turistas. Nadie los conocía, y pudieron pensar sólo en ellos.
    Franco y Nico fueron a comprar unos helados mientras Joanne se estiraba en la arena. Necesitaba tiempo para pensar, para reconciliarse con la nueva persona que era aquella mañana.
    Comprendió que si Franco había estado congelado en el tiempo, lo mismo le había pasado a ella; había estado congelada para su amor de tantos años atrás. Desde su nueva perspectiva parecía más un enamoramiento adolescente por el énfasis puesto en ser la elegida y amada. Pero en ese momento lo amaba como una mujer y quería dar más que recibir. No había nada que no hiciera por él, sin importar el precio.
    Cuando regresaron aceptó el helado que le ofrecieron y un poco distraída se unió a la conversación.
    – Por favor, papá, ¿podemos ir al agua ahora? -rogó Nico.
    – ¿Vienes con nosotros? -Franco se levantó.
    – No, tomaré el sol un rato más.
    Los observó con ternura al verlos correr al agua. Franco arrojaba a su hijo al aire para dejarlo caer en el agua, pero siempre bajo la protección de sus brazos.
    Entonces algo le sucedió a Joanne que hizo que su sonrisa se desvaneciera, sustituida por una expresión de concentración. Acercó el bolso y sacó el cuaderno de dibujo. Comenzó a trazar líneas con la intención de capturar la esencia de esas figuras en movimiento.
    Se olvidó de su entorno, ajena a todo menos a la excitación que la invadía. Supo que lo que dibujaba era bueno. Rebosaba vida y convicción, instigado por el amor que sentía por el hombre y el niño. Llenó una página tras otra, llevada por un impulso creativo que no conocía desde sus tiempos de estudiante, cuando aún se consideraba una artista.
    Al ver que Nico y Franco se acercaban a la carrera, un instinto profundo hizo que guardara el cuaderno.
    – ¿Vamos a comer algo? -preguntó él al llegar a su lado.
    – No, creo que voy a ir a meterme en el agua -se levantó-. No hace falta que vengáis conmigo.
    Quería estar a solas para pensar, así que se adentró en el agua y luego se volvió hacia la playa. Padre e hijo jugaban con una pelota. Su cerebro actuó como una cámara y registró muchas instantáneas de ellos. Una imagen tras otra se grabó en su cerebro, mareándola por lo que le estaba sucediendo.
    Almorzaron en una pequeña trattoria. Ella comió y bebió lo que le pusieron delante, y sólo participó de forma mecánica en la conversación. Sus dos hombres la contemplaron consternados. Estaban acostumbrados a disfrutar de toda su atención.
    – ¿Sucede algo? -inquirió Franco.
    – No, todo es maravilloso -repuso-. He hecho algunos dibujos, y me siento complacida con el resultado -pero no les contó más. Era demasiado pronto, y aún no se sentía segura.
    Pero eso despertó el interés de Nico, y antes de regresar a la playa se metió en una librería y le pidió a Franco que le comprara un cuaderno de dibujo.
    – Como el de la zia.
    – Yo lo compraré -indicó, encantada.
    Pasaron la tarde dibujando juntos. Como ella había pensado, los trazos de Nico mostraban signos de verdadera destreza.
    – ¿Qué es eso? -preguntó él al ver cómo le daba vida a una cara.
    – Es mi abuelo, y tu bisabuelo -contestó-. Era un artista de talento, y ambos recibimos el nuestro de él.
    – Te pareces a él -afirmó Nico.
    – Sí, también heredé su aspecto. Lo mismo que tu madre.
    – ¿Tú y mamá vivíais juntas cuando erais pequeñas?
    – No hasta que yo cumplí los seis años -le contó la historia de la muerte de su madre y cómo Rosemary prácticamente la había adoptado; él escuchó con atención.
    En ese momento llegó Franco, alargó un brazo y Nico se acomodó en él para pegarse al cuerpo de su padre. Joanne los observó con satisfacción. Algo había pasado esa tarde, algo para lo que no había palabras, pero que hacía que todo fuera mejor.
    Regresaron despacio a casa y llegaron cuando oscurecía. En esa ocasión Franco declinó la hospitalidad de los Terrini y decidió preparar él la cena.
    Aquella noche Joanne se quedó largo rato despierta, esperando la aparición de Franco, pero no fue y a ella se le hundió el corazón. Se quedó dormida con la sensación de ser abandonada.
    Despertó muy pronto. Inmóvil, observó cautivada el juego de la primera luz sobre el lago, hasta que ya no pudo seguir quieta. Se vistió, recogió el cuaderno y salió.
    En la playa se entregó a una orgía de bocetos. Los pescadores empezaron a salir de sus casas, listos para aprestar los botes. Unos pocos trazos captaron el alcance de sus poderosos movimientos. Luego añadiría los detalles; en ese momento sólo necesitaba la esencia. Una vez satisfecha con lo creado, regresó a la casa, se metió en la cama y volvió a dormirse.
    Despertó con los labios de Franco en los suyos.
    – Buenos días -susurró él.
    La habitación estaba llena de una luz cálida, como si fuera bien entrada la mañana.
    – Franco…
    – Shh, ahora no -apartó la sábana, que era lo único que la cubría, y pegó su cuerpo desnudo al suyo.
    – Pero Nico…-insistió.
    – Nico se ha ido a pescar. Estará fuera todo el día. Debía disfrutar de un día a solas contigo. ¿He hecho bien?
    – Hmm, sí. Has hecho lo adecuado.
    Le costó hablar, ya que, él había empezado a acariciarla, a excitarla con sus movimientos sutiles. Ya comprendía el mensaje de esos movimientos, conocía el placer que crearían, y respondió con ansiosa anticipación. Él lo entendió y rió.
    – No tan rápido -bromeó-. Disponemos de todo el tiempo del mundo.
    – No estamos seguros -insistió ella-. Quizá sólo exista el ahora.
    – Tienes razón. Debemos encarar cada momento como si fuera el último. Ven, mi amor.
    Mi amor. Su corazón atesoró esas palabras. Era su amor, como él el suyo. Se entregó con júbilo, ofreciéndole todo el amor de su corazón, para ese instante y para siempre. Y él respondió con generosidad.
    Saciada la pasión, yacieron desnudos en los brazos del otro.
    – ¿Me echaste de menos anoche? -preguntó él, como al descuido.
    – No -repuso ella con dignidad.
    – ¡Mentirosa! Al menos espero que estés mintiendo. Quise venir a tu lado, pero Nico estaba inquieto y tuve que quedarme con él. Esta mañana casi le supliqué a los Terrini que se lo llevaran.
    – Me alegro tanto de que lo hicieras -murmuró, arrebujándose a su lado para quedarse dormida de inmediato.
    Joanne despertó primero y con suavidad se escabulló de su brazo. Franco estaba estirado en la cama, su cuerpo grande y relajado hablaba con elocuencia del amor ahíto. Experimentó el impulso apasionado de capturar ese momento en el papel y se puso a dibujar con movimientos rápidos.
    De nuevo sintió la excitación de ser la dueña de su propia creación. Se quedó tan absorta que no notó que Franco había despertado y que la miraba con interés.
    – ¿Puedo verlo? -inquirió.
    – ¡Te has movido! -exclamó ella, angustiada.
    – Lo siento -volvió a tumbarse.
    – No, más a tu izquierda -frunció el ceño-. Un poco más… un poco más. ¡Eso es!
    – ¿Se me permite hablar? -preguntó él al rato.
    – Mientras no te muevas.
    – Te vi ir a la playa esta mañana. No paraba de pensar que alzarías la vista y me verías, pero no fue así.
    – Hmm -no dejaba de dibujar.
    – ¿Has oído lo que acabo de decir? -preguntó. Su voz reflejó cierta impaciencia y ella lo observó de inmediato-. Lo siento -se disculpó-. No pretendía ladrar. Es que… -sonrió-… no estoy acostumbrado a encontrarme con una mujer que no me hace caso.
    – Pero no se trata de eso -protestó ella-. Llevo siglos dibujándote. Quiero decir…
    – Lo sé. Me has dibujado, pero como hombre no he existido. Luz y sombras, sí. Pero no como un hombre.
    – Oh, santo cielo -musitó, consternada-. No me di cuenta. Me dejé llevar por…
    – Olvídalo. Probablemente es bueno para mi vanidad -ironizó-. ¿Puedo ver? -ella le entregó el cuaderno-. ¿Quién eres en esta ocasión? -preguntó al rato-. ¿Leonardo, Miguel Ángel…?
    – Esta vez soy yo -indicó Joanne.
    Él se puso alerta y ella supo que Franco había entendido el verdadero sentido de sus palabras. Volvió a repasar los dibujos con ojos nuevos, asintiendo cuando comprendió lo que había sucedido. Al mirarla lo hizo con la misma sensación de triunfo que experimentaba ella.
    – E miracolo -dijo.
    Ésa era la definición exacta. Se trataba de un milagro. Algo que había pasado sin motivo aparente, en un momento fortuito, más allá de toda comprensión lógica. El sueño que había albergado durante todos esos años al fin se había cumplido. Y lo mejor de todo era compartirlo con él, saber que entendía todo el significado que tenía para ella.
    – ¿Por qué ahora? -quiso saber él.
    Podría haberle dicho que hacer el amor la había completado como mujer y, por ende, como artista. Pero guardó silencio. Había secretos que debían aguardar otra ocasión, y secretos que jamás se podían revelar. Aún no sabía a qué categoría pertenecía ése.
    Franco preparó el almuerzo. Luego se fueron a la cama y permanecieron abrazados, sin hacer el amor, sino hablando en voz baja y satisfecha.
    – Me has devuelto a la vida -comentó él-. Me encontraba en un lugar muerto, y contento, porque la persona a la que amaba estaba allí. Pero ahora, otra persona a la que amo me ha mostrado el camino de regreso, y el mundo vuelve a ser hermoso.
    – ¿Otra persona a la que amas? -susurró Joanne.
    – ¿Me creerás si te digo que te amo? A ti, no a una sombra. No hay explicaciones, sólo el sentimiento. Y lo que siento es que te amo más que a mi propia vida.
    – No sabes cuánto deseo creerte.
    – Cuando te fuiste, cuando yo te eché, me maldije por mi propia estupidez. Habías llenado la casa de alegría y traído una paz a mi corazón que nunca más pensé que podría experimentar.
    – Pero se debió a que te recordaba a ella.
    – Eso creí al principio. Pero al pasar el tiempo descubrí que todos mis recuerdos eran de ti, cosas que tú habías dicho y hecho que no se parecían en nada a ella. No podía dejar de pensar en ti, preguntándome si me odiabas, si había tirado todas las esperanzas para nosotros. Todo venía de muchos años atrás. Eras una niña. Pero encantadora y te quería mucho.
    – Nunca notaste mi presencia.
    – Nunca intenté seducirte -corrigió él-. Eso es diferente. Eras demasiado especial para ser una de mis aventuras. Y no hace falta que me digas que tuve demasiadas…
    – Demasiadas -rieron juntos.
    – Sí, pero yo ya empezaba a crecer, a buscar una mujer a la que pudiera amar de verdad. Si no hubiera conocido a Rosemary, creo que, algún día, habrías sido tú. Pero no entonces. Eras demasiado joven, y no estábamos listos el uno para el otro como sucede ahora. Pero la conocí y la amé, y no pensé en nadie más mientras ella vivió. Ni siquiera en ti.
    – Me alegro. No habría querido quitarle nada a Rosemary.
    – No lo hiciste. Pero ahora… -una sombra atravesó su cara.
    – ¿Qué es, Franco?
    – Dicen que el hombre que ama más de una vez termina por elegir siempre a la misma mujer. Te amo por las cosas que compartiste con Rosemary; no tu cara, que se parece menos a ella a medida que te voy conociendo, sino tu dulzura y compasión, el modo en que recibes a la vida con los brazos abiertos, la forma en que amas sin pensar en ti misma. Pero también amo las cosas que en ti son diferentes, incluso tu «otro mundo», el lugar al que vas cuando tomas el lápiz y olvidas que existo.
    – ¿Y no te importa? No me lo creo.
    – Me importa -reconoció con una sonrisa-. No digo que me guste, pero puedo amarlo, porque eres tú. Pero eso es reciente. Durante tu ausencia comencé a darme cuenta del error fatal que había cometido. Pero todavía no podía ir a buscarte porque mis pensamientos seguían confusos y no sabía qué decir.
    »Era verdad que Nico te quería para su cumpleaños, pero… -esbozó una sonrisa burlona hacia sí mismo-… si no hubiera sido eso, yo habría encontrado otra cosa. Debía recuperarte y volver a empezar. Mientras conducía a Turín iba demasiado seguro de mí mismo. Y te encontré en brazos de Leo.
    – Ya te expliqué…
    – Lo sé, pero en ese momento me produjo un impacto desagradable. Y él no dejaba de aparecer.
    – No volverá a hacerlo. Además, no creo que me quiera de verdad.
    – ¡Al demonio con lo que él quiera! Repíteme que él no significa nada para ti.
    – ¿Cómo quieres que te lo diga? -le rodeó el cuello con los brazos.
    – Como creas que será más convincente.
    – Podrías escuchar mientras lo llamo por teléfono.
    – Pensaba en algo todavía más convincente. Ven y deja que te lo enseñe…
    Ella respondió con ardor, contenta de estar en sus brazos. Hecho realidad su sueño, quería saborearlo cada momento y redescubrir el gozo con cada caricia dulce. La amó con suavidad y paciencia al principio, luego con vigor y determinación, y por último con una ternura que estuvo a punto de conseguir que llorara.
    Fue mucho más tarde cuando escuchó el eco atormentador e incómodo en su propia cabeza. Procedía de la sombra que había cruzado por el rostro de Franco, y le advertía de que en medio de su felicidad había algo muy equivocado.

    Unos días después metieron todo en el coche y regresaron a casa. En el último trayecto del viaje el sol se ponía y proyectaba un resplandor coral sobre la tierra. Nico y sus dos compañeros caninos dormían en la parte de atrás. Joanne se volvió un poco en su asiento, para empaparse de la imagen de su amante.
    La amaba. Resultaba increíble, pero la amaba. No como un pálido eco de otro amor, sino a ella, a Joanne. Eso había dicho, y era un hombre de palabra.
    Sin apartar la vista del camino, Franco estiró el brazo, le tomó la mano y se la llevó a los labios.
    – ¿Te casarás pronto conmigo? -preguntó.
    – En cuanto tú lo quieras, cariño. Debo acabar mi trabajo, pero no me llevará mucho tiempo.
    – Anhelo tenerte como esposa.
    – Yo casi me siento asustada. A nadie se le permite ser tan feliz. Algo lo estropeará.
    – No lo creo -afirmó él-. Juntos crearemos un mundo que nada podrá destruir.
    Joanne recordó que estaba acostumbrada a ver cómo le arrebataban la felicidad en un momento, y decidió no decir nada más.
    Al acercarse a la casa iluminada pudieron oír el sonido de dos voces femeninas que discutían. Una pertenecía a Celia, La otra Joanne la reconoció al instante.
    Intentó hacer caso omiso del nudo frío que experimentó en el estómago. Sus temores habían vuelto y supo que estaba a punto de suceder algo terrible.
    Lo entendió en cuanto entraron en la casa y la madre de Franco se incorporó para recibirlos.

Capítulo Once

    – Buenas noches, hijo -dijo Sofía con sonrisa gélida.
    Se la veía mayor, más delgada y dura. Su rostro estaba un poco más arrugado y mucho más agrio. Cuando Franco fue a su lado, ella lo abrazó con gesto posesivo.
    Él la saludó con afecto, y Sofía dio la impresión de devolver el cariño, pero los ojos que tenía clavados en Joanne eran fríos como piedras. A ella la abrazó con formalidad.
    – Es agradable verte de nuevo, después de tanto tiempo -dijo-.Y al pequeño y querido Nico. Deja en el suelo a ese perro sucio y dale un abrazo a tu abuela.
    Pegó a su pecho al niño renuente. Nico la abrazó con obediencia, pero sin entusiasmo, y cuando lo soltó se escabulló, recogiendo al cachorro mientras se iba.
    – Me encargaré de deshacer la maleta de Nico -le dijo Joanne a Franco.
    – No hace falta -Sofía la frenó con una mano imperiosa en el brazo-. No es tarea de una invitada ocuparse de las cosas de mi nieto.
    – Joanne quiere mostrarse amable -intervino Franco-. Sabe que tú y yo deseamos estar solos. ¿Cómo te encuentras, mamá?
    Él le abrió otra vez los brazos, pero Sofía esquivó su abrazo.
    – Un momento -llegó junto a Nico antes de que pudiera subir las escaleras y le quitó a los cachorros-. No permitimos que haya perros arriba. De hecho, han de quedarse fuera -llevó a Pepe y a Zaza a la puerta y los empujó al exterior.
    – Papá me deja tenerlos dentro -se quejó Nico, indignado.
    – Ahora no, Nico -dijo Franco-.Ve arriba.
    El pequeño sacó el labio inferior en gesto rebelde, pero Joanne lo calmó apoyando la mano en su hombro. A Sofía no le pasó desapercibida la sonrisa que le dedicó, y sus ojos, si ello era posible, se endurecieron más.
    – No me gusta -musitó Nico mientras abrían su maleta.
    – Shhh, Nico, no deberías decir cosas así.
    – Pero a ella no le gustaba mamá. No le gusta nadie.
    Joanne no tardó en descubrir que Sofía había llegado dos horas antes para revolucionar la casa. La cena que Celia había preparado con todo su cariño para su regreso había sido declarada inapropiada y sustituida por un nuevo menú.
    – ¿Por qué ha venido ahora? -preguntó ella.
    – Telefoneó ayer, y al enterarse de que el Signor Franco se había ido al lago con usted, dijo: «Comprendo», de un modo especial que indicaba que estaba furiosa.
    – Recuerdo cómo solía decirlo -musitó Joanne con inquietud-. Hacía que todo el mundo temblara.
    – Sí, temblores -acordó Celia, aunque entonces se alegró-. Pero, después de todo, si el Signor Franco y usted… bueno, ¿qué puede hacer ella?
    – Ojala lo supiera -su incomodidad aumentaba por momentos.
    La cena fue tensa. Celia se había esforzado al máximo para cambiar todo según las órdenes de Sofía, pero había sido una modificación de última hora. Sofía alabó cada plato con voz metálica, siempre con una insinuación de mejora que convertía el halago en culpa.
    Franco intentó que los pensamientos de su madre se tornaran más alegres, y le preguntó por su marido y sus hijos políticos.
    – Todos están bien, hijo mío. Por eso me pareció el momento adecuado para visitar a mi verdadera familia.
    – Eso es muy cariñoso de tu parte, mamá, pero no hace falta que te preocupes por Nico o por mí.
    – Eso, quizá, sea una cuestión de opinión. Pero podemos hablar del tema más tarde. Signorina, ¿disfrutaste de tu estancia en el lago Garda?
    – Mamá -protestó Franco-, no puedes llamar de repente a Joanne signorina. La conoces desde hace años, y forma parte de la familia.
    – Oh, claro, desde luego. Perdóname, signorina, pero hace tanto que no nos vemos que había olvidado que, de forma lejana, estás emparentada con nosotros. De hecho, llevas tanto tiempo ausente que me pregunto para qué has vuelto ahora.
    – En ocasiones mi profesión me ha llevado a la otra punta del mundo -repuso Joanne con diplomacia.
    – Ah, sí, tu profesión. Recuerdo lo decidida que estabas a convertirte en una gran artista. En estos tiempos una mujer ha de decidir qué es más importante para ella, su carrera o una familia.
    – No siempre ha de realizar una elección -indicó Joanne, negándose a caer en su provocación.
    – ¿En serio? Estaba segura de que siempre había que elegir, de un modo u otro. Nadie consigue todo en este mundo, ¿verdad?
    – No, signora, así es -contestó ella con cierta impaciencia. Las palabras quizá no significaran nada, pero la mirada que le lanzó a Sofía contenía un desafío, y el destello en los ojos de la mujer mayor le indicó que ésta lo había entendido. Había sido un día largo, y a Nico empezaban a cerrársele los ojos. En cuanto concluyó la cena, Joanne dijo-: Ven, querido. A la cama.
    – No se puede permitir que una invitada se tome tantas molestias -Sofía se levantó al instante.
    – Deja que lo haga Joanne, mamá -dijo Franco-. Ha estado cuidando de Nico en el lago.
    – Pero ahora su abuela está aquí -indicó Sofía con una sonrisa que era como si trazara las líneas de combate. Su mano parecida a una garra se clavó en el hombro de Nico.
    – Deja que lo lleve Joanne -dijo Franco con firmeza-. Nos vemos tan poco, mamá, que no quiero perder un momento contigo -le tomó la mano en un gesto de afecto que, no obstante, impidió que interfiriera con ellos.
    Después de acostar a Nico, Joanne regresó abajo el tiempo suficiente para despedirse.
    – Creo que iré a acostarme. Deseáis estar a solas. Buenas noches.
    Se marchó antes de que Franco tuviera la oportunidad de besarla, sabiendo que eso sólo empeoraría las cosas con Sofía. Pero le dedicó una sonrisa en la que expresaba que comprendía su situación, y supo que también Sofía lo había visto.
    Aunque fue una noche inquieta, intentó convencerse de que se preocupaba por nada. Sofía podía tener todas las pataletas que quisiera, que Franco ya se había enfrentado a ellas con anterioridad y sabía cómo capear el temporal.
    Pero en esa ocasión había algo distinto, y empezaba a temer que sabía qué era.
    A primeras horas de la mañana salió en silencio, atravesó el jardín y avanzó por el sendero entre los árboles. Arrancó algunas flores silvestres hasta tener un ramo bonito en la mano.
    A esa hora la tumba de Rosemary parecía apacible. Se apoyó en una rodilla, apartó algo de hierba con la mano y depositó las flores. Habló con Rosemary desde su corazón, en silencio.
    «Lo amo, cariño. Él me ama, y sé que puedo hacerlo feliz. Lo que pasa… no te importa, ¿verdad?».
    Oyó unos pasos a su espalda y se volvió para ver a Sofía que la observaba con frialdad.
    – Te seguí hasta aquí -indicó la mujer mayor-, para averiguar lo tonta que eres. Quería ver cómo le ofrecías flores a la mujer que te lo quitó… oh, sí, sabía que lo amabas.
    – Ella no me lo quitó. Franco siempre fue de ella, desde el momento en que se conocieron.
    – Y todavía lo es -afirmó Sofía con amargura-. Lo será siempre. Jamás hubo algo tan fuerte como la forma en que apresó su corazón. Incluso lo volvió contra su madre.
    – Rosemary jamás haría eso.
    – ¿No? Te diré que me echó de su casa para complacerla a ella. ¡A su propia madre! -se acercó con ojos brillantes-. No quieras engañarte pensando que te ama. Para él sólo eres una imitación, nada más. Su corazón aún sigue ahí -señaló la tumba-. Ella lo hechizó, y Franco jamás será libre.
    – No te creo -musitó Joanne-.Yo conocía a Rosemary. Era una mujer maravillosa y generosa que se entregó por completo.
    – Era una mujer que lo tomó todo, porque era imposible satisfacerla. Y aún lo quiere todo. No puedes luchar contra ella. Nunca te lo entregará -con labios apretados, Joanne se volvió para irse-. Eso es, huye de la verdad -se burló Sofía.
    – No huyo, pero no me quedaré para discutir contigo, Sofía. Franco me ama, y yo lo amo a él. Y no pienso convertirme en la víctima de tu odio -se marchó sin mirar atrás. Erguía la cabeza con orgullo, pero por dentro temblaba.

    – No me lo creo -le dijo a Franco aquel mismo día-.Tu madre me reveló que Rosemary hizo que la echaras, pero eso no puede ser verdad.
    – Claro que no es verdad -repuso Franco con hastío-. Mamá era la única persona a quien no le gustaba Rosemary. Creo que estaba celosa porque la amaba mucho. Y entonces… dos mujeres en la misma cocina… la misma historia de siempre.
    »Rosemary se esforzó al máximo, pero mamá no dejó de oponer resistencia, tratando de intimidarla, de pincharla. En una ocasión armó un gran escándalo por algo sin importancia. Intenté calmarla, pero demandó que me pusiera de su lado. No podía hacerlo. Rosemary era mi esposa y, además, tenía razón.
    »Cuando no dije las palabras que mamá quería oír, declaró que como no había sitio para ella en el hogar de su hijo, lo cual no era verdad, iría a «buscar refugio» con su hermana en Nápoles.
    – Puedo imaginarme el drama que debió poner en su representación -comentó Joanne con ironía.
    – Le contesté que la visita a Nápoles podía ser una buena idea. Pensé que se quedaría algunas semanas hasta que se despejara la atmósfera, para luego volver y empezar de nuevo. Pero jamás regresó. En Nápoles conoció a Tonio y se casó con él. Ahora lo dirige a él, su casa, a sus hijos y a sus criados, ya que se trata de un hombre rico. Tonio se lo consiente y le da todo lo que pide. Pero siempre que busca un palo con el que golpearme, me convierto en el hijo desalmado que la echó de su propia casa.
    – Supuse que podía ser algo parecido.
    – Pero… me gustaría saber cómo funciona la mente de las mujeres. ¿Por qué te cuenta todo lo que amé a Rosemary, cuando a ella intentó convencerla de que no era así?
    – Porque la usa para separarnos. Dirá cualquier cosa que considere que pueda funcionar, lo crea o no.
    – No te preocupes -le rodeó la cintura con el brazo-, no se quedará mucho tiempo. Pero mientras esté aquí, será mejor dejar que haga lo que le apetezca. Luego tú y yo seremos libres para empezar nuestra vida juntos.
    – ¿Le has dicho algo a Nico?
    – No, quiero esperar hasta que esto termine. Aunque creo que lo ha adivinado y está encantado.
    – Intentaré hacerlo feliz, Franco.
    – ¿Y qué me dices de hacerme feliz a mí? -preguntó con una sonrisa-. No lo hago por Nico. Lo hago por mí.
    – ¿Seguro?
    – Si dudas de mí, tendré que pasarme la vida dejándotelo bien claro. Ven aquí, mi amor -la abrazó, y en la ternura de los besos ella logró desterrar sus miedos.
    La tormenta no estalló hasta el día siguiente. Joanne salió a pasear en caballo con Nico y se quedó fuera con él todo lo posible, renuente a enfrentarse a la atmósfera que Sofía parecía llevar consigo. Cuando regresaron el pequeño salió corriendo a jugar con sus amigos. En el momento en que Joanne entró, oyó la voz enfadada de la anciana.
    – Lo que te propones hacer es un escándalo. Todo el mundo está asombrado.
    – No lo creo -Franco hablaba con la mesura que solía emplear para aplacarla-. Todo el mundo aquí está contento con la situación.
    – ¿Le alegra que te comportes como un tonto con una chica que por casualidad se parece a tu esposa?
    – No es su cara -repuso en el acto él-. Joanne es ella misma, y es a Joanne a quien amo. No intentes convencerla de lo contrario. Ella me conoce muy bien.
    – ¿Y por qué se parece tanto a Rosemary? -espetó Sofía-. Porque es su prima. ¿Has pensado en lo que haces al casarte con otra de esa familia? ¿Supón que también ella tiene el corazón débil? Esas cosas pueden ser hereditarias.
    – Es verdad -dijo Joanne, entrando en la sala-. Rosemary heredó su debilidad de su madre. Pero ella y yo estábamos emparentadas por nuestros padres, que eran hermanos. No tengo nada que ver con la rama de su madre. Y soy fuerte.
    – Lo bastante fuerte como para ponerte los zapatos de una mujer muerta, para lo que no tienes ningún derecho -se mofó Sofía.
    – Eso debe decidirlo Franco.
    – Exhibes mucha seguridad. Puede que no te mostraras tan segura si lo hubieras visto cuando ella murió. Por dentro él también quedó muerto. Me dijo que todo había acabado para él. Juró que nunca más volvería a amar, que no tenía derecho a amar otra vez. Sigue sin tenerlo. Y él sabe por qué -se volvió hacia Franco-. ¿Cómo puedes olvidar tan pronto a tu esposa, cuando fuiste tú quien la mató?
    – Yo no la maté -repuso con la cara pálida.
    – Como si lo hubieras hecho. Eras tú quien quería más hijos, eras tú a quien ella trataba de complacer.
    – Pongo a Dios por testigo -juró con aspereza- de que si hubiera sabido que tenía el corazón débil jamás habría pedido otro hijo. Ella lo era todo para mí. ¿De haberlo sabido habría puesto en peligro su vida?
    – ¿Y por qué no lo sabías? ¿Por qué ella ocultó la verdad? Porque sabía que tú no querías oírla -aguardó su respuesta, pero Franco la miró con ojos que habían visto el infierno. Joanne contuvo un sollozo. Anheló ayudarlo, pero ni siquiera su amor era capaz de conquistar sus demonios por él-. Dio su vida para satisfacerte -continuó Sofía con voz triunfal-. ¿Cómo puedes hacer que su sacrificio no valga nada? Si hubieras muerto tú, ¿ella habría vuelto a amar en un año? ¿En diez? ¿Alguna vez? Sabes que no.
    – ¡Por el amor de Dios! -susurró Franco-. ¿Qué intentas hacer?
    – Que veas la verdad de tus actos, antes de que sea demasiado tarde.
    – No -dijo él con voz más firme-. Quieres crear problemas entre nosotros, igual que lo intentaste durante mi matrimonio. Entiéndeme, mamá, no lo permitiré. No sé por qué crees que debes destrozarlo todo, pero no te dejaré hacerlo.
    – ¿Crees que puedes ahogar la verdad de esa manera? -Sofía lo miró con pena.
    – Quiero que te marches, madre -pidió con voz inamovible.
    – Muy bien, hijo. Me iré de inmediato -repuso con una leve sonrisa, sin dejar de mirarlo.
    Joanne quedó sorprendida por esa fácil capitulación, pero sólo durante un instante. Había vislumbrado el triunfo en la actitud de la anciana, y eso le reveló lo peor.
    Sofía se marchaba porque ya no tenía más necesidad de quedarse.

    Cuando Franco regresó de acompañar a su madre al aeropuerto, fue a buscar a Joanne, a quien encontró en su habitación. Lo que vio hizo que se detuviera en el umbral.
    – ¿Qué diablos estás haciendo? -demandó, mirando las maletas abiertas.
    – Me preparo para irme.
    – Sí, claro -repuso tras un momento-. Debes volver a la casa de los Antonini para acabar tu obra antes de casarnos.
    – No, me marcho para siempre -lo miró con el rostro desolado-. No podemos casarnos, Franco. Ahora no, ni tampoco durante largo tiempo. Quizá nunca.
    – ¡Tonterías! -exclamó con vehemencia-. Por supuesto que vamos a casarnos. Pensé que tenías más cordura para no creer lo que dijo mi madre.
    – Eres tú quien lo cree. Ella logró lo que pretendía. Te sientes culpable, tal como lo desea Sofía.
    Él titubeó unos momentos, y cuando habló lo hizo con voz forzada.
    – Eso es absurdo. Me oíste decirle que perdía el tiempo tratando de estropear nuestra relación.
    – Sí, te oí decírselo. Y tienes razón. No puede estropear lo nuestro, porque yo siempre te amaré, y creo que tú siempre me amarás. Pero no podemos casarnos, porque sin importar lo que digas, sin importar lo que intentes creer, tu mente está atribulada por Rosemary. Lo he visto, en esos momentos en que tú pensabas que no me daba cuenta. Éramos felices, y de repente tú recordabas que su felicidad se había terminado para siempre. Entonces te decías que era por tu culpa, y te preguntabas qué derecho tenías a ser feliz.
    – ¿Por qué hablas así? -la miró con desesperación-. ¿Por qué no me ayudas a combatirlo?
    – Porque no estoy segura de que se pueda combatir. Tú no tienes la culpa de la muerte de Rosemary, pero el resto es verdad. Compartisteis un amor extraordinario. Os sentíais como dos mitades de una persona, lo que significa que si ella está muerta, tú también deberías estarlo. Pero no es así. Has regresado a la vida y te encuentras preparado para seguir adelante, salvo por esa parte de ti que no cree que tengas derecho a hacerlo. Sofía explotó eso. Pero el verdadero problema radica aquí -se llevó una mano al pecho.
    Él giró, apoyó el brazo en la ventana y bajó la frente. Joanne se sintió desgarrada por el deseo de ayudarlo. Sería tan fácil ceder y casarse con él de inmediato. Pero jamás disfrutarían de un momento de paz.
    – Es sólo un estado de ánimo -repuso él al fin-. Tarde o temprano aparecería, pero pasará. ¿Dudas de que te amo?
    – No, sé que me amas. En cierto sentido, puede que ése sea el problema…
    – Sí -corroboró, captando en el acto lo que pretendía decir Joanne-. Si te amara menos, tendría menos causa para sentirme culpable. Pero como mi amor por ti es tan total, tan abrumador, parece una traición -tuvo un escalofrío-. Es verdad que yo la maté -afirmó con agonía.
    – No, no lo es.
    – Murió intentando complacerme. No sabía que su salud era tan precaria, pero tendría que haberlo sabido. Muchas veces le pregunté cuándo íbamos a tener otro hijo.
    – Y ella guardó su secreto. Ésa fue su decisión.
    – Porque sólo pensaba en mí, en mis deseos. Quizá si no la hubiera presionado, habría podido decirme que era imposible. ¿Por qué consideró que no podía hacerlo? ¿En qué le fallé? La amaba tanto, pero le fallé. Y por ello está muerta. Tienes razón. Muchas veces me he preguntado cómo podía dejar atrás su sacrificio y encontrar una nueva vida. He yacido contigo a mi lado, escuchando tu respiración, y te he besado mientras dormías, anhelando que se me mostrara el camino, porque separarme de ti me partiría el corazón -pareció sacudirse de los brazos de un sueño desdichado-. Pero pasará -añadió con presteza.
    – No lo creo. Creo que la amaste demasiado para que pase. Pero, mi amor, hay algo más. No es que tú sólo te sientas culpable, yo también. Te contaré una cosa que he guardado en secreto hasta ahora. Me enamoré de ti hace años, pero tú amabas a Rosemary y te casaste con ella. Cuando murió aún te amaba, pero entonces no fui capaz de venir. ¿No comprendes por qué?
    – Creo que sí… -repuso, despacio.
    – Me habría parecido mal venir corriendo aquí para intentar tomar lo que era de ella. Así pensaba en ti… como de ella. En cierto sentido, aún lo hago. Todos estos años he envidiado a Rosemary porque te tenía, y cuando yo pude tener… bueno, no pude. E incluso ahora… -suspiró-… me parece un robo. Sé que es una locura…
    – Entonces ambos estamos locos -musitó él.
    – Quizá cuando alguien recibe un don tan preciado, se trata de algo que sólo puede tener lugar una vez, y no debe pedirse más… -calló porque sintió que la voz se le ahogaba.
    – ¿Y qué me dices de Nico? -demandó él de pronto-. ¿Cómo vamos a explicarle que te va a perder? Te dije que no me casaba por él, y era cierto. Pero ahora te pediré que te cases conmigo por el bien de Nico. Olvida todo lo que hemos hablado hoy y piensa en él.
    – No sirve, mi amor -repuso, desesperada-. El problema seguiría presente, y terminaríamos por separarnos. Nico lo vería, y sufriría más que si me fuera ahora -no pudo soportar el dolor en el rostro de Franco; abrió los brazos y él se arrojó a ellos ciegamente. Durante unos momentos se quedaron abrazados, en silencio y quietos.
    – No puedo dejar que te vayas -dijo él al fin-. No me pidas eso.
    – Puede que no sea para siempre. Algún día…
    – No recuperas un milagro cuando lo has dejado ir. Si nos separamos ahora, será para siempre. Lo siento así.
    – Pero no hay salida. Lo que realmente pedimos es la bendición de Rosemary. Y ni siquiera ella puede hacer eso. Abrázame, mi amor. Abrázame y ámame… sólo una vez más.
    Se amaron con una ternura superior a la pasión, guardando recuerdos para los largos años de separación. Cuando fueron uno, ella se dijo que siempre sería una con él, que siempre le pertenecería en cuerpo y alma, aunque no volviera a verlo más.
    – Mi amor -susurró Franco-. Siempre… siempre…
    Siempre, respondió el corazón de Joanne.
    Nico se tomó su partida con calma, dando por hecho que volvería pronto, como había sucedido con anterioridad. En algún momento Franco tendría que revelarle que no regresaría jamás, aunque por ese entonces quizá el vínculo que tenía con ella se hubiera debilitado un poco.
    Cuando se despedían, Nico le dio un dibujo que había hecho en el que se veía a un hombre, una mujer y un niño.
    – Somos nosotros -explicó-. Para que no nos olvides.
    – Nunca te olvidaré, cariño -prometió, intentando no desmoronarse.
    Franco la llevó a la estación y esperó hasta que subió al tren. Joanne sentía como si se estuviera muriendo. Cuando el tren emprendió la marcha, la abrumó la sensación de que la despedida era para siempre.
    – Franco… -alargó la mano con gesto desesperado.
    – ¡Por el amor de Dios, vete! -pidió él con voz temblorosa-. Déjame solo con mis muertos.

Capítulo Doce

    – Otra semana -suplicó María-. Por favor, queremos que te quedes.
    – Pero ya he terminado todos los cuadros -indicó Joanne-. Y me habéis pagado. No tengo excusa para quedarme.
    – Salvo que nosotros queremos que lo hagas. La próxima semana daré una fiesta para exhibir los cuadros, y debes estar presente para explicarlos -indicó María con gesto triunfal.
    – De acuerdo. Me quedaré hasta entonces.
    – Bene. Y en ese momento, ¿quién sabe? Puede que él haya llamado.
    – No va a llamar, María. Se ha terminado. Y fue decisión de los dos. Quizá más mía.
    – Si dejaste a un hombre así, es que eres stupida -declaró María, saliendo de la estancia indignada.
    – Sí -murmuró ella-. Soy stupida. Pero no puedo evitarlo. Jamás habría funcionado. No sin la bendición de Rosemary. Y ya no puede dárnosla.
    Había regresado a Turín tres semanas atrás, y muchas veces desde entonces había imaginado que volvía junto a Franco y se casaban, olvidándolo todo por el amor. Serían felices un tiempo. Pero entonces la sombra que pendía sobre ellos se haría más grande y los destruiría. Rosemary le había dado todo a su marido, luego había sacrificado su vida. Él no podía descartar semejante sacrificio con un encogimiento de hombros. Era un hombre de honor, con una marcada conciencia. Cuanto más amara a Joanne, más culpable se sentiría.
    Acabados los cuadros de los Antonini, sólo disponía de sus propios cuadros para pasar el tiempo. Completó los de Nico y él. Luego, con algo de temor, comenzó a trabajar en el poblado pesquero, y descubrió que la magia seguía siendo poderosa aunque Franco no fuera el tema. Las imágenes cobraron forma bajo sus diestros dedos. Al fin era una artista de verdad.
    Un experto en arte llegó a la villa para inspeccionar sus reproducciones. Resultó ser su viejo tutor de la academia de Turín. Declaró que eran unas copias excelentes y luego, ante la insistencia de María, examinó las pinturas de Joanne. Tras un prolongado silencio, la miró con una sonrisa curiosa en el rostro.
    – ¡Vaya! ¿Al fin has encontrado ese «algo» que te faltaba?
    – Sí -coincidió.
    – Y ahora ya nunca te dejará.
    Le pidió que se pusiera en contacto con él cuando tuviera más obras que enseñar, prometiendo que hablaría con un amigo en Roma propietario de una galería. Joanne puso a buen resguardo la tarjeta que le dio.
    Tal como prometió, se quedó para la fiesta de María, y cada vez que sonaba el teléfono sufría un sobresalto.
    En la fiesta enorgulleció a sus anfitriones. Recibió otro encargo por esa zona, pero lo rechazó.
    A la tarde siguiente terminó de hacer sus maletas. Vito y María iban a llevarla al aeropuerto para tomar el avión de la noche rumbo a Inglaterra.
    En alguna parte de la casa oyó el sonido del teléfono, aunque por ese entonces se había entrenado para no reaccionar. Vito apareció para ayudarla con el equipaje; bajaron y se dirigieron al coche.
    – ¿Dónde está María? -inquirió con exasperación marital-. ¿No viene con nosotros?
    – Creo que está hablando por teléfono… no, ahí está.
    María apareció corriendo con el rostro iluminado por una sonrisa.
    – Es él -gritó, entusiasmada.
    – María… ¿quién?
    – El Signor Farelli. Debe hablar contigo, es muy urgente. Date prisa.
    Joanne entró a toda velocidad en la casa. Cuando dijo «Hola» contuvo el aliento. Por el tono de Franco sabría si eran buenas o malas noticias.
    Pero él sonó extraño, no parecía el mismo.
    – Lamento molestarte -comenzó con voz rígida-, pero debo pedirte que vuelvas aquí.
    – Franco, ¿qué sucede?
    – No puedo decírtelo por teléfono. ¿Puedes venir de inmediato?
    – Claro que sí.
    – Gracias -colgó.
    – ¿Y bien? -demandó María con impaciencia.
    – Quiere verme, pero no me ha indicado por qué.
    La vieja pareja se mostró tan jubilosa como si fuera su propia hija. Casi la empujaron al coche; Vito le entregó las llaves y le dijo que se marchara.
    – Invítanos a la boda -pidió María.
    A pesar de lo mucho que lo intentó, no pudo extraer ningún mensaje de esperanza de la voz de Franco. Resistió la tentación de conducir a mucha velocidad. Al rodear el último recodo que daba al valle, vio una figura de pie en la cumbre que vigilaba el camino por el que Joanne debía aparecer. Aunque no podía distinguirlo, su corazón le dijo que se trataba de Franco. En cuanto él vio el coche, montó en el caballo y se marchó al galope en dirección a la casa.
    La esperaba en la puerta delantera cuando entró en el patio, con el rostro sombrío y lleno de tensión. No abrió los brazos, ni intentó besarla ni darle algún tipo de bienvenida. Podrían haber parecido conocidos lejanos, salvo por su aspecto pálido y enfermo, como si las semanas de separación hubieran sido una tortura también para él.
    – Perdona por exigir tu presencia de improviso, pero ha sucedido algo y te necesito.
    – Nico…
    – Nico está bien. Hoy se queda en casa de unos amigos. Tenía que hablar contigo a solas.
    – Franco, no me mantengas en suspense. ¿De qué se trata?
    – Ven conmigo -la llevó arriba, a su habitación. En medio del suelo había una caja grande. Estaba abierta, y su contenido diseminado por el suelo-. Eran sus cosas -explicó él-. Cuando murió las guardé. No podía soportar mirarlas. Pero hoy Nico me preguntó por ellas y abrí la caja. Encontré esto -extendió un sobre cerrado de color crema. Al aceptarlo, Joanne se dio cuenta de que contenía varias hojas de papel. Su nombre estaba escrito con la letra de Rosemary-. Lo escribió antes de morir -indicó Franco.
    – ¿Lo has leído?
    – Claro que no. Está cerrado. Pero el papel es el del hospital. Aparece el nombre del hospital en el sobre. Lo escribió ingresada allí -Joanne sintió que los ojos le ardían-. ¿No ves lo que significa? Sabía que se moría. Debió querer que la carta se te entregara después de su muerte. Por el amor de Dios, léela. Y si puedes, dime qué pone.
    Con manos temblorosas ella abrió el sobre y leyó en voz alta las últimas palabras que le había dirigido Rosemary.

    Mí querida Joanne:
    Si alguna vez lees esto, será porque no estaré presente para poder hablar contigo, y hay cosas que anhelo que sepas.
    Corrí un riesgo con este embarazo, y todos los días he temido que no saliera adelante. Ayer mi corazón empezó a ceder y me trajeron a este hospital. Sé que piensan que voy a sufrir otro ataque.
    Soñé con envejecer con Franco y ver a nuestros hijos crecer y hacerse sabios. Ahora creo que nunca sucederá, y debo cuidar de él del único modo que sé.
    Quiero que vengas a Italia y cuides de Franco y de Nico. Verás, cariño, conozco tu secreto. Sé que lo amas y que ésa es la causa por la que te has mantenido alejada de nosotros. Lo he sabido desde que te visité en Inglaterra. Nunca me lo contaste con palabras, pero irradiabas la verdad cada vez que pronunciaba su nombre. Lo amas, y eres la única persona a la que puedo confiárselo.
    También Nico estará bien contigo. Veta cómo se acurrucaba en tus brazos y sé que te ocuparás de él con amor.
    Espero que Franco llegue a amarte y que os caséis. Él se resistirá, porque es un hombre de honor, y sentirá que me está traicionando. Pero no es así. Me dio todo su amor mientras yo lo necesitaba, y cuando no lo requiera más deseo liberarlo para que pueda volver a amar. Quizá tú puedas enseñarle a entender. Espero que sí.
    Pensé en escribirle esto a él, pero no serviría. Necesita tiempo para arribar a esta idea, cuando se sienta preparado. Lo dejo en tus manos. Tú sabrás escoger el momento.
    Adiós, querida mía. Te confío mis dos tesoros más preciados. Sé feliz y enséñale a mi pobre Franco que no es malo que él encuentre una vida nueva contigo. Sé que siempre tendré mi propio rincón en su corazón, y tú eres demasiado generosa como para llegar a echármelo en cara. Con felicidad te doy el resto a ti.

    A Joanne se le cortó la voz y por un momento los ojos se le nublaron por las lágrimas al pensar en el enorme corazón de Rosemary, cuya generosidad jamás había titubeado, ni siquiera hasta el final.
    Cuando pudo ver otra vez, miró a Franco. Estaba sentado con el rostro hundido entre las manos. Quiso ir a su lado, pero debía esperar. Aún quedaba una última cosa.
    Rosemary había escrito:

    En este sobre encontrarás los pensamientos que le he escrito a Franco. Cuando creas que está listo para oírlos, quiero que tú misma se los leas.

    – ¿Qué me ha escrito? -preguntó él con voz ronca.
    Empezaba a oscurecer. Joanne se levantó y se sentó junto a la ventana para recibir toda la luz. Pensó que en ese momento debía parecerle la silueta de Rosemary. Una vez más debía «ser» Rosemary para él, para leerle el último mensaje de la esposa a la que había amado, y cuyo amor por él salía de la misma tumba.
    – Es un verso breve -indicó mirando el papel-. Parece que al fin logró escribir su poema. Se llama… se llama Adiós.
    – Léemelo -pidió con un temblor.
    Joanne comenzó a leer en voz baja. Y al hacerlo sintió como si Rosemary estuviera en la habitación con ellos, una presencia fuerte y tierna, para brindar su último y mayor regalo a los que amaba.

    Recuérdame un poco,
    Detente en el huerto por el que a menudo paseábamos,
    Cuando los días eran más largos y el mundo nuestro. Di, «Cara, por favor» una última vez y sonríe.
    Junto al manzano
    Alza la vista al lugar desde el que una vez te miré,
    Y exhibe, una vez más,
    La expresión que afirmaba que yo era tu amor,
    Y tú el mío hasta el final. Yo lo supe en todo momento.
    Échame de menos, pero no mucho tiempo.
    Fui tu gozo,
    No dejes que sea tu pesar,
    Así que recuérdame y sonríe.
    Luego déjame partir.

    Al terminar reinó el silencio. Joanne agachó la cabeza y las lágrimas bajaron por sus mejillas. Todo estaba ahí, todo lo que había hecho de Rosemary la persona que era: comprensiva y compasiva, y, por encima de todo, el amor, más fuerte que el ego, más fuerte que la muerte.
    Al rato Franco se incorporó y se acercó a ella. Se puso de rodillas a su lado y la abrazó, apoyando la cabeza en ella. Lloraba, y sus lágrimas se unieron. En ese instante no tenían pensamientos para ellos. Ese momento pertenecía a Rosemary, y se lo darían en su máxima plenitud.
    – Te amaba tanto -susurró Joanne.
    – Nos amaba a los dos -murmuró él-. Todo este tiempo… podría haberte enviado la carta a su muerte.
    – No habría sido el momento adecuado, cariño. Entonces ninguno de los dos se encontraba preparado para ello.
    – Siento como si me hubieran quitado un peso enorme del corazón -la miró.
    – Era lo que ella pretendía. Fue su regalo. Queríamos su bendición y ya nos la ha dado.
    – Ningún hombre tiene el derecho de que se le concedan dos milagros en una vida -indicó Franco.
    – Tú tienes derecho a lo mejor que pueda ofrecerte el mundo. Y pienso dártelo.
    – Lo mejor eres tú. Si te tengo, lo tengo todo.
    – Y me tendrás siempre. Nunca volveré a dejarte.
    – Prométeme que tu vida es mía, y la mía tuya -él se levantó y la alzó hasta sus brazos.
    – Lo prometo -afirmó Joanne-. Tuya. Para siempre. Y Rosemary tenía razón. No le niego un sitio en tu corazón. Ese es el lugar que le corresponde, igual que a mí. Haz que las dos estemos a salvo en él, mi amor. Ahora y siempre.

Epílogo

    Los árboles floridos penden sobre la lápida de mármol. El invierno ha llegado y se ha ido, y la tierra rebosa de vida nueva y esperanza.
    Hay flores frescas ese día. Lado a lado hay dos ramos de rosas, uno rojo y el otro blanco. Entre ellos reposa una tarjeta. No lleva nombre y sólo contiene una palabra sentida.
    Gracias.

Lucy Gordon


***

Top.Mail.Ru