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La magia del deseo

La magia del deseo

Аннотация

    En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
    Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?


Lisa Jackson La magia del deseo

Prólogo

    Rancho Beaumont de cría caballar. Verano.
    Savannah puso su yegua, Mattie, al paso y le dio unas palmaditas en el cuello, chorreante de sudor. Tenía la respiración tan acelerada como el animal: la carrera por las praderas había sido muy estimulante. Una suave brisa agitaba las ramas de los árboles que bordeaban la valla, haciendo tolerable aquella tarde de julio. Se echó la melena negra hacia atrás y miró con los ojos entrecerrados el ardiente sol de la Alta California.
    – Supongo que ya es hora de volver a casa -murmuró, reacia, mientras enfilaba su montura hacia la puerta del extremo más alejado del potrero.
    Desviando la mirada hacia el este, descubrió una figura alta de hombros anchos al lado de la puerta. Estaba reparando la valla. Pensó distraídamente que sería un peón contratado. Uno más.
    Detuvo la yegua a varios metros del hombre y esperó a la sombra del manzano. Como no podía atravesar la puerta hasta que el peón no terminara de arreglar la cerca, se dedicó a observarlo sin desmontar.
    Sólo llevaba unos téjanos polvorientos. La camisa la había colgado de un poste y los músculos de su espalda, bronceada y brillante de sudor, se tensaban como el cable de acero que estaba reparando.
    Mientras admiraba el juego de sus músculos y tendones, Savannah se preguntó dónde lo habría encontrado su padre. Tenía el pelo oscuro y húmedo de sudor. La tela gastada de sus téjanos ceñía unas caderas estrechas y unas piernas musculosas.
    De repente se volvió, como si hubiera percibido su mirada. Protegiéndose los ojos del sol, miró en dirección a ella… y se puso visiblemente tenso.
    – ¿Savannah?
    A ella le dio un vuelco en el estómago. Era Travis. Obligó a su montura a avanzar y se detuvo a un par de pasos.
    – No… no sabía que habías vuelto al rancho -dijo ruborizándose.
    Una sonrisa iluminó el rostro de Travis. Enjugándose el sudor de la frente, estiró los doloridos músculos de la espalda.
    – El hijo pródigo ha vuelto, por así decirlo.
    – Por así decirlo -murmuró ella con un nudo en la garganta, mientras contemplaba sus ojos gris acero. Los mismos ojos que había visto durante la mayor parte de su vida. Sólo que ahora parecían increíblemente eróticos, a la vez que aquellos músculos duros y nervudos añadían a su intensa masculinidad una especie de sensualidad viril que no había advertido antes. Para ella siempre había sido Travis, prácticamente un hermano.
    – Creía que tenías trabajo en Los Ángeles.
    – Y lo tengo -él se apoyó en el poste, sonriendo con expresión cínica-. Pero me entraron ganas de pasar el resto del verano en el rancho antes de volver a ese mundo de traje y corbata y martinis a mediodía.
    – Así que… ¿te quedas? -ella se preguntó por qué el corazón la latía tan rápido.
    – Hasta septiembre -él se volvió hacia el rancho y paseó la mirada por los edificios encalados que salpicaban las hectáreas de pasto, con las oscuras colinas como telón de fondo-. Pero creo que echaré de menos este lugar.
    – Y nosotros te echaremos de menos a ti -repuso Savannah con voz ronca.
    Travis alzó la cabeza y se quedó mirándola.
    – Lo dudo. Al fin y al cabo, tampoco he pasado tanto tiempo aquí.
    – Normal. Tenías que irte para estudiar para político.
    – Abogado -la corrigió él.
    Savannah se encogió de hombros.
    – No es eso lo que yo he oído. Papá ya te está planificando un futuro en el mundo de la política -ladeó la cabeza, sonriendo-. ¿Sabes? No me sorprendería que llegaras a senador o algo parecido.
    – ¡Eso ni lo sueñes! -Travis soltó una hueca, amarga carcajada. La mirada de sus ojos grises se tornó fría-. Tu viejo siempre está planeando cosas para mí, Savannah. Pero esta vez ha ido demasiado lejos -se agachó para recoger una botella de cerveza escondida entre la hierba.
    – Pero tu padre…
    – Era senador por Colorado y ahora resulta que, según la prensa, el viejo no era tan inocente como creían sus votantes -frunció el ceño, maldijo entre dientes y golpeó el poste con la punta de la bota-. Pero eso tú ya lo sabías -alzó la botella y bebió un largo trago antes de dejarla en su sitio. Maldiciendo entre dientes, se pasó una mano por el pelo con gesto frustrado-. Últimamente, eso de desenterrar cadáveres de políticos se ha convertido en un pasatiempo muy popular, ¿no te parece?
    Savannah no supo qué decir, así que desvió la vista e intentó no fijarse en los reflejos que el sol de la tarde arrancaba al pelo castaño de Travis. Ni en la tensión de los abdominales de éste mientras se inclinaba para echar otra palada de tierra alrededor del poste.
    – De cualquier forma, no tengo por qué preocuparme por eso. Lo hecho, hecho está y no tiene arreglo, ¿verdad?
    – Verdad.
    Travis volvió a alzar la mirada hacia ella y Savannah, a su vez, no pudo evitar fijarla en su boca. Vio que sus labios se curvaban ligeramente al advertir la intensidad de su expresión.
    – ¿Todavía sigues con ese chico, David no sé qué?
    – David Crandall. Ya no.
    – ¿Por qué?
    Savannah se encogió de hombros, y se movió incómoda en la silla de montar. Por primera vez desde que tenía memoria, no le gustó que Travis curioseara en su vida privada.
    – No lo sé. No funcionó y ya está.
    Vio que él apretaba la mandíbula.
    – ¿Quieres hablar de ello?
    – La verdad es que no.
    – Antes solías contarme todo lo que te pasaba por la cabeza.
    – Sí, pero entonces era una cría.
    – ¿Y ahora? -la miró de arriba abajo.
    – Ahora tengo diecisiete años -se echó hacia atrás la melena negra y se irguió en su silla, sacando pecho.
    – Oh, ya veo -Travis frunció el ceño-. Ya eres muy mayor…
    – Igual de mayor que tú cuando tenías mi edad -arqueó una ceja con gesto desdeñoso, con la intención de presentar un aspecto más… sofisticado. La camiseta y los téjanos cortos, la melena revuelta y el rostro limpio de maquillaje no la ayudaban demasiado. Probablemente, a él le parecería casi la misma cría de nueve años atrás.
    – Diecisiete. Hace tanto tiempo que casi ni me acuerdo.
    – Yo sí. Era la edad que tenías cuando llegaste al rancho.
    – ¿Te acuerdas de todo eso?
    – Es normal. Ya tenía nueve años y tengo buena memoria. Me acuerdo de que pensé que eras un… Creo que hoy lo llamarían un «joven desorientado».
    Travis sacudió la cabeza.
    – Un gamberro rebelde.
    – Y recuerdo también que me impresionó tu absoluta falta de respeto por todo.
    – Reginald era una excepción.
    – Papá tenía, y sigue teniendo, un carácter de lo más autoritario. Por eso te consideraba yo tan… valiente -se echó a reír, con lo que parte de la tensión se disolvió de pronto-. Y ahora eres un adulto de veinticinco años.
    – Supongo que sí -apoyado en el poste, se cruzó de brazos. Ya no sonreía-. Y supongo también que ya va siendo hora de dejar de aprovecharme de tu padre y emanciparme de una vez.
    – ¡Tú nunca te has aprovechado de mi padre! -la indignación coloreó las mejillas de Savannah-. Quizá haya quien no lo sepa, pero yo sí.
    – Él me acogió en su casa y…
    – Y tú trabajaste duro, en este rancho. Gratis. ¡Como estás haciendo ahora mismo! En cuanto a tu educación, tenías un fondo de tus padres. ¡No viniste aquí precisamente como un pobre huérfano!
    Travis se echó a reír.
    – Vaya carácter…
    – No me estoy inventando nada -ella sonrió y volvió a ruborizarse bajo su insistente mirada. La cálida familiaridad que había existido entre ellos unos segundos antes se había evaporado.
    – Nunca dejarás de sorprenderme, Savvy -le dijo Travis, usando el diminutivo con que antaño solía llamarla. Su voz era apenas un murmullo mientras sus ojos se enlazaban íntimamente con los de ella.
    Un semental relinchó a lo lejos y Mattie resopló, quebrando así el silencio. Travis sacudió enérgicamente la cabeza, como ahuyentando un indeseable pensamiento.
    – Recuérdame que te contrate cuando tenga problemas para convencer al jurado en cualquier juicio difícil -bromeó. Recogió su camisa y su pala y las llevó al todo terreno aparcado al otro lado de la puerta.
    – Dudo que pueda impresionar a nadie.
    – No estaría tan seguro.
    Se rascó la mandíbula sombreada por la barba, pensativo. Deslizó su mirada por las bronceadas piernas antes de detenerse en la cintura y los senos, para finalmente alcanzar los ojos. Savannah se sintió como si acabara de desnudarla, y se ruborizó todavía más.
    – Sinceramente, no lo sé -repitió él.
    De alguna manera, ella comprendió que no se estaba refiriendo a aquel hipotético jurado, y el corazón le dio un vuelco en el pecho. Con el fin de evitar una situación aún más embarazosa, espoleó a Mattie. Inclinada sobre su silla, partió al galope para huir de Travis y de los extraños sentimientos que había suscitado en ella.

    Las siguientes cinco semanas fueron una tortura. Veía a Travis todas las noches a la hora de la cena. Todas las noches, por supuesto, que él no estaba con Melinda, su prometida. Ignoraba por qué la afectaba tanto su compromiso con Melinda Reeves. Era una chica buena y simpática, una mujer, mejor dicho, y llevaba años saliendo con Travis. Era natural que algún día terminaran casándose. Pero entonces… ¿por qué se sentía literalmente enferma cada vez que se los imaginaba viviendo juntos?
    Durante el día, Savannah solía encontrarlo trabajando en el rancho. En los potreros, en las cuadras, en el estanque, en el granero, por todas partes. No parecía existir ningún lugar donde pudiera esconderse sin experimentar la sensación de que la estaba observando. Incluso en más de una ocasión lo había sorprendido mirándola, aunque siempre se las arreglaba para desviar rápidamente la vista.
    Aunque intentaba ser discreta, estaba fascinada por Travis. Deslumbrada. Desde que lo había visto trabajar en el cercado, su imaginación no dejaba de fantasear con él.
    – Déjate de fantasías -se advirtió más de una vez, cuando se sorprendía arreglándose con más esmero del que tenía por costumbre-. Es en Travis en quien estás pensando. ¡En Travis!
    Muy a menudo se sorprendía asimismo imaginándose aquellas grandes y morenas manos recorriendo su cuerpo, o el contacto de los sensuales labios de Travis en los suyos… Imaginándose, en suma, lo que se sentiría al ser su amante. La imagen de su cuerpo duro y musculoso la hacía sudar y le aceleraba violentamente el pulso.

    – ¿Qué te pasa, Savannah? -le preguntó David Crandall un día, mientras volvían al rancho en su coche.
    Esa cita con David había sido un desastre desde el principio. Y en aquel momento se arrepentía terriblemente de haber aceptado salir con él. Aunque había intentado no pensar en Travis, no había podido saborear la comida ni prestar atención a la película que habían ido a ver.
    – No, nada -«sólo que, si acepté esta cita, fue porque Travis salía hoy con Melinda». Se sentía incómoda, y parte de aquella incomodidad procedía de un cierto sentimiento de culpa. Había utilizado a David para vengarse de Travis. Y eso no era justo. David era un buen amigo. Y además Travis ni siquiera se había dado cuenta.
    – Llevas rumiando algo toda la noche. ¿De qué se trata?
    – Nada.
    – Si es algo que he dicho o hecho yo, dímelo.
    Savannah sonrió, negando con la cabeza.
    – No, claro que no.
    David suspiró aliviado y aparcó el coche detrás de la casa, cerca del porche trasero. Apagó el motor y las luces. La brisa que entraba por las ventanillas abiertas poco hacía para refrescarlos del sofocante calor. Savannah ya se disponía a bajar cuando él la detuvo.
    – ¡Espera! -le puso una mano en el hombro y ella se detuvo. Sus ojos castaños buscaron los de ella-. Hay alguien más, ¿verdad?
    – No -mintió. Sus sentimientos hacia Travis sólo eran fantasías de adolescente que reconocía como tales.
    – Entonces ¿qué pasa, Savannah? ¿Es que no sabes que yo te quiero?
    – David, eres un buen amigo y me caes muy bien…
    – Sospecho que ahora va a seguir un «pero» -se quejó él.
    – ¿No podemos ser simplemente amigos?
    – ¿«Amigos»? -repitió-. Amigos… Savannah, por el amor de Dios, ¿es que no me escuchas? -le puso un dedo bajo la barbilla y la obligó a mirarlo-. Yo «te quiero».
    – David…
    Pero no pudo evitar que la abrazara y besara con vehemente pasión, casi con violencia. Cuando se apartó, tenía los labios doloridos.
    – David, por favor, no -susurró, intentando alejarse.
    – Antes te gustaba que te besara.
    – Ya te lo he dicho… Quiero que seamos amigos, nada más.
    – Ni hablar -y volvió a atraerla hacia sí.
    Esa vez, cuando la besó, Savannah sintió el empuje de su lengua en los dientes y sus sudorosas manos abriéndose paso bajo el suéter, hacia los senos. «¡No puedo!», pensó, desesperada. «¡No puedo dejar que me toque!». Reuniendo todas sus fuerzas, liberó un brazo y lo abofeteó en una mejilla. Aquello tuvo el efecto de un cubo de agua fría. Él la soltó inmediatamente, pálido.
    – No lo entiendo… ¿Por qué has salido conmigo?
    – Porque me gustabas. Porque creía que eras mi amigo.
    – Otra vez la palabrita -él se frotó la mejilla-. Nunca imaginé que alguna vez odiaría que me llamaras eso -apoyó las manos en el volante e inclinó la cabeza hacia delante-. Hay alguien más, ¿verdad?
    Savannah entendía su desesperación. ¿Acaso no estaba ella en la misma situación respecto a Travis?
    – No lo sé, David -la ternura suavizaba su voz-. Es que… estoy interesada en otro hombre -esbozó una mueca-, pero, créeme, él no me presta la menor atención. Yo… Será mejor que me vaya.
    – Te acompañaré hasta la puerta.
    – ¡No! No hace falta.
    Esa vez sí que consiguió abrir la puerta.
    – Savannah…
    – ¿Sí?
    – Lo siento.
    – Lo sé, David -los ojos se le llenaron de lágrimas. No se quedó a escuchar más confesiones. Bajó del coche y cerró la puerta.
    «Parece que soy incapaz de hacer nada bien», pensó mientras subía los escalones del porche. Oyó que David arrancaba y se quedó escuchando el ruido del motor que se perdía en la distancia. De repente se dio cuenta de que estaba llorando.
    Se había puesto a buscar las llaves en su bolso cuando oyó un sonido: el tacón de una bota rozando el suelo de baldosa. Tragó un nudo de pánico, se volvió y descubrió a Travis sentado en la mecedora, en las sombras del porche.
    – Deberías llevar más cuidado con los tipos con los que sales -comentó él con voz fría.
    – Y tú no deberías sentarte ahí, a oscuras. Me has dado un susto de muerte.
    – Creía que me habías dicho que ya no salías con David.
    – Es que no salgo con él.
    Silencio. Savannah podía escuchar el latido de su propio corazón.
    – Pues le estás dando alas -le advirtió.
    Ella detectó un leve matiz de irritación en su voz. Desgraciadamente no podía verle el rostro.
    – Deberías ocuparte de tus propios asuntos.
    – Quizá la próxima vez tomes la precaución de subir las ventanillas…
    Deprimida y avergonzada, se dio cuenta de que había escuchado toda su conversación con David. Se concentró en buscar la llave en su bolso. No la encontraba.
    – Quizá la próxima vez tú tengas la decencia de ocuparte de tus propios asuntos y no escuchar a escondidas.
    – No estaba escuchando a escondidas.
    – Entonces ¿qué estabas haciendo ahí solo? ¿Dónde está Melinda?
    – En casa.
    – Ah.
    Cuando encontró por fin la llave, ya era demasiado tarde. Travis se había levantado y se dirigía hacia ella. El pulso empezó a latirle a toda velocidad. Él se detuvo sólo a unos centímetros de distancia, lo suficientemente cerca como para que pudiera sentir el calor que irradiaba su cuerpo, ver el dolor y la preocupación que dominaba sus rasgos.
    – Hablaba en serio. No deberías dar alas a ese chico. Y ese consejo vale para cualquier otro hombre.
    – Ya te lo he dicho: no le estaba dando alas.
    – Él te quiere, y cuando un chico, un joven, quiere a una mujer, a veces pierde los papeles. Deja de usar el cerebro y empieza a pensar con… Vaya, creo que me estoy haciendo un lío…
    – Parece como si hablaras por experiencia.
    – Quizá.
    Savannah pensó en Melinda y le entraron ganas de llorar.
    – Simplemente quería decirte que tuvieras cuidado -repitió él, acariciándole la barbilla con un dedo-. No te metas en ninguna situación que luego no puedas controlar. Porque yo no estaré siempre aquí para protegerte.
    El contacto de los dedos de Travis en la piel le aceleró aún más el pulso. El calor de su caricia hacía que el corazón le ardiera.
    – Ya sé que no era asunto mío -continuó él-, pero… si David no hubiera entrado en razón cuando le pegaste esa bofetada, lo habría sacado del coche para darle una paliza -añadió.
    – David no quería hacerme daño.
    – Eso yo no lo sabía.
    La idea de que Travis estuviera dispuesto a batirse con alguien para protegerla resultaba ciertamente agradable. No pudo reprimir una sonrisa.
    – Esto es serio, Savannah.
    El dedo se desplazó lentamente de la barbilla al cuello, haciéndola derretirse por dentro. Se quedó sin aliento.
    – Yo… ya lo sé.
    – No vayas a cometer el mismo error que Charmaine.
    Se ruborizó. Su hermana Charmaine se había quedado embarazada el año anterior y ahora estaba casada con Wade Benson, el padre de Josh.
    – No necesito que me den lecciones de educación sexual -le espetó.
    – Me alegro -él dejó caer la mano-. Porque desde luego no soy yo quien debería dártelas.
    – ¿Qué se supone que quiere decir eso?
    Travis cerró los ojos.
    – Savannah, ¿es que no te das cuenta de lo que puedes despertar en un hombre? -abriéndolos de nuevo, le lanzó por un instante una mirada de adoración-. No subestimes el efecto que ejerces sobre los hombres. Ni sobrestimes tampoco su capacidad de autocontrol.
    A ella se le había secado la garganta, pero tenía que hacerle la pregunta.
    – ¿Te refieres a «todos» los hombres?
    – Todos.
    – ¿Tú incluido? -susurró.
    – Todos -repitió él abriéndole la puerta de la cocina-. Y ahora sube a acostarte antes de que me olvide de que soy una especie de hermano para ti… y que debería estar mirando por tus intereses y no por los míos propios.
    – Yo no necesito un tutor, Travis -le dijo, poniéndole una mano en el brazo.
    En esa ocasión, la mirada que él le lanzó no pudo ser más fría.
    – Quizá yo sí -agarrándola de la muñeca, la obligó a retirar la mano-. ¿No conoces el dicho? «Quien juega con fuego, se quema» -apretó la mandíbula-. Piensa en ello.
    Y se marchó, desapareció en la oscuridad.
    Durante cinco días Savannah no volvió a verlo. A lo largo de ese tiempo descubrió que le resultaba todavía más difícil trabajar en el rancho cuando él estaba ausente. No dejaba de preguntarse si habría escuchado toda su conversación con David. ¿Se habría dado cuenta de que él era el hombre que le interesaba?
    Aunque, en realidad, sus sentimientos eran mucho más profundos: lo amaba. Fue un descubrimiento tan indeseable como doloroso, porque hacía aún más intolerable su situación.

    «Sólo dos semanas más», se decía Savannah mientras yacía en la cama, mirando al techo, preguntándose dónde estaría Travis a la una de la madrugada. «Sólo dos semanas más y se habrá ido». Ante la perspectiva de su marcha y de su matrimonio con Melinda Reeves, el corazón se le desgarraba de dolor. Desvió la mirada hacia el reloj, tal y como venía haciendo cada dos minutos durante la última media hora.
    – Esto es una locura -masculló.
    Desde que tenía memoria, Travis había formado parte del rancho Beaumont. Cuado sus padres fallecieron en un accidente de avión, los de ella lo acogieron como si fuera un hijo. Siempre había sido como el hermano mayor que nunca tuvo. Jamás se le había pasado por la cabeza que algún día terminaría enamorándose de él.
    Travis, por el contrario, seguía pensando en ella como en una hermana pequeña y, probablemente, era mejor así. Si pudiera soportar las dos semanas que quedaban sin dejar traslucir sus sentimientos, todo se arreglaría al final. Travis se casaría con Melinda y ella se marcharía a la universidad.
    Sólo que la idea le resultaba sencillamente insoportable. Cerró un puño y golpeó la almohada.
    Su inquietud se impuso finalmente. Se levantó, agarró la bata, se calzó las zapatillas y salió al pasillo. Los únicos sonidos de la casa eran el tictac del reloj de pared y el zumbido de la nevera. Una de las tablas del suelo crujió bajo sus pies y se quedó paralizada. No había despertado a nadie. Respirando profundamente, terminó de bajar las escaleras con sigilo, abrió la puerta principal y salió de la casa.
    El cielo estaba iluminado por la luna, en cuarto creciente, y por las escasas estrellas que asomaban entre las negras nubes. Un aroma a madreselva y lilas llenaba el aire y el croar de las ranas era interrumpido por el ocasional relincho de una yegua llamando a su potrillo.
    Casi por instinto, Savannah enfiló por el sendero que llevaba hasta el estanque. Saltó la cerca en vez de abrirla y arriesgarse a despertar a alguien. Cuando el bosque de robles y pinos dio paso a un claro y al pequeño lago de forma irregular, sonrió, se despojó de la bata y se metió en el agua. Disfrutando de su frescor, buceó hasta el fondo antes de volver a emerger.
    Llevaba nadando cerca de quince minutos cuando se dio cuenta de que no estaba sola. El corazón casi dejó de latirle y se preparó para soportar una de las reprimendas de su padre.
    – ¿Papá? -dijo con voz temblorosa, dirigiéndose a la oscura figura apoyada en el tronco de un roble-. Papá, ¿eres tú?

    Por primera vez en muchos años, Travis había bebido más de la cuenta. Había salido a dar un paseo con la esperanza de despejarse. La discusión que había tenido aquella tarde con Melinda seguía resonando en sus oídos. Melinda lo había acusado de tener un comportamiento distante, de no interesarse en ella, y quizá tenía razón. Porque durante aquellas malditas semanas, solamente había podido pensar en Savannah Beaumont. «¡En la hija de Reginald, por el amor de Dios!», exclamó para sus adentros. Unos pensamientos que no tenían nada de fraternales…
    Desde que la había visto el primer día con sus senos firmes y erguidos tensándose contra la tela de la camiseta, sus esbeltas y bien torneadas piernas apretadas con fuerza a los flancos de la yegua…, la había deseado. Un deseo abrasador lo atormentaba con fantasías eróticas que le quitaban el sueño.
    Incluso había tenido que dejar el rancho por unos días para aclarar las ideas. Lo último que necesitaba en aquel momento era enredarse con una chica de diecisiete años, la hija del hombre que lo había criado. No culpaba a Melinda por su reacción. Desde que había vuelto a ver a Savannah, no era capaz de concentrarse para nada en ella…, hasta el punto de que se le habían quitado las ganas de hacerle el amor.
    Se dejó la camisa abierta con la esperanza de que el aire fresco lo despejara. Estaba apoyado en un tronco de roble cuando escuchó el chapuzón. La cabeza le daba vueltas, pero incluso en la oscuridad reconoció a Savannah, nadando desnuda en las negras aguas. Tuvo que apoyarse en el árbol para no caerse. «Ay, Dios mío», rezó. «Dame fuerzas para soportarlo».
    Entonces la oyó:
    – ¿Papá?
    Silencio. El corazón le atronaba en el pecho.
    – Papá, ¿eres tú?
    – ¿Qué diablos estás haciendo aquí? -le preguntó Travis, apenas confiando en su voz.
    «¡No puede ser Travis!», pensó Savannah horrorizada. El pulso se le aceleró insoportablemente. Era imposible.
    – Ocúpate de tus propios asuntos -consiguió espetarle.
    Un rayo de luz plateada rieló en el agua y se derramó por un instante sobre sus senos aterciopelados y sus oscuros pezones. Se había echado la melena negra hacia atrás y mantenía la cabeza bien alta, desafiante.
    – No deberías estar aquí -le dijo él, con un nudo en la garganta-. Alguien podría verte.
    – «Alguien» me ha visto ya.
    – Sabes lo que quiero decir -Travis se esforzó por despejar su mente mientras luchaba contra el deseo que lo devoraba. «Márchate ahora mismo», se ordenó. «Márchate antes de que cometas alguna locura».
    – ¿Dónde está Melinda? -preguntó Savannah, que se acercaba nadando.
    Travis escuchó el temblor de su voz y vio el sordo sufrimiento de su mirada. «Vete, Savannah, no me mires así».
    – No lo sé -cerró los ojos para no mirarla-. Y no creo que volvamos a vernos.
    – Pero si estáis prometidos…
    – Ya no -él hundió una mano en un bolsillo de los tejanos y sacó el anillo de diamantes. Al levantarlo a la luz de la luna, un destello pareció burlarse de él. Maldiciendo, no se lo pensó dos veces y lo lanzó al agua.
    – No has debido hacer eso -le reprochó Savannah, mientras se acercaba a la orilla. Pero no consiguió disimular la alegría de su voz.
    – Debí haberlo hecho hace mucho tiempo.
    – Has bebido…
    – No lo suficiente.
    – Ay, Travis… -sacudió la cabeza-. Si no llevas cuidado, te autodestruirás.
    Sus palabras de consuelo hicieron saltar un profundo resorte en Travis. De repente éste supo que estaba a punto de perder la batalla. Vio su bata y se acercó para recogerla. Con ella en la mano, se dirigió hacia la orilla, tambaleándose un poco.
    – Será mejor que te vayas. Es noche cerrada.
    Pero Savannah se echó a reír y se sumergió bajo el agua. Saber que Travis ya no estaba comprometido con Melinda le hacía sentirse ligera, como aliviada de un enorme peso.
    – Savannah…
    – No te preocupes por mí -le dijo cuando emergió, apartándose el pelo de la cara.
    – ¿Sabe alguien que estás aquí?
    – Sólo tú.
    – Estupendo -mascullo, irónico. Deslizó la mirada por su cuello hasta detenerla en el pulso que latía en su base. Con la visión de su cuerpo húmedo y desnudo, estaba experimentando justamente la reacción que Melinda no había sido capaz de despertar.
    – Bueno, de acuerdo -cedió ella.
    Nadó hasta que hizo pie y empezó a salir del agua. Travis, pese a saber que debía alejarse una vez cumplido su deber, se quedó donde estaba.
    Savannah sabía que no tenía manera de esconder su cuerpo. Lo mejor que podía hacer era rescatar su bata y cubrirse con la mayor rapidez posible. Pero podía sentir los ojos de Travis recorriendo su piel, embebiéndose de cada detalle.
    Él la contemplaba con la respiración contenida. Su piel blanca destacaba en la oscuridad. Gotas de agua resbalaban seductoramente por sus senos. No le pasó desapercibido su leve balanceo mientras caminaba hacia él. Tenía la cintura muy fina. El ombligo apenas era un provocativo hoyuelo en su vientre.
    – Ponte algo antes de que agarres un resfriado -se obligó a apartarse. Acababa de dar el primer paso cuando vio que Savannah, ocupada en ponerse la bata, tropezaba con una raíz y caía al suelo-. ¡Cuidado!
    En seguida acudió a su lado.
    – Estoy bien -dijo ella frotándose la espinilla que se había golpeado.
    – ¿Seguro?
    – Sí, sí -sacudiendo la cabeza, se cubrió con la bata-. Es vergüenza, más que dolor, lo que tengo…
    Él le sujetaba los brazos y sus dedos se demoraban en la piel sedosa. Cuando la sintió temblar bajo su contacto, le dio un cariñoso beso en una sien. Savannah suspiró, sin apartarse.
    – No sé lo que me ha pasado… -murmuró ella, como intentando disculpar su anterior comportamiento. Se había atrevido a salir del agua completamente desnuda, delante de Travis. Ni siquiera había tenido el pudor de pedirle que se diera la vuelta. Se sentía como una completa estúpida.
    Travis quería consolarla, abrazarla…, hacerle el amor. «Dime que me vaya», suplicó él en silencio, pero Savannah seguía mirándolo con aquellos enormes ojos ingenuos, bañada por la luz de la luna. Él sentía que su resolución se debilitaba por momentos mientras intentaba evitar que la bata resbalara por sus hombros. Aunque ella seguía esforzándose por atarse el cinturón, el pronunciado escote seguía sin cerrarse.
    – ¿Qué…? -él se aclaró la garganta al tiempo que evitaba mirar el oscuro valle que se abría entre sus senos-. ¿Qué estabas haciendo aquí?
    – No podía dormir.
    – ¿Por qué?
    Ella sacudió la cabeza y las gotas de agua de su pelo brillaron como diamantes a la luz de la luna.
    – No lo sé.
    Estaban tan cerca… Savannah podía oler su aliento a brandy, leer el deseo en sus pupilas. La idea de que la deseaba consiguió acelerarle aún más el pulso.
    – A mí también me ha costado mucho dormir últimamente.
    – ¿Por… problemas con Melinda?
    – No. Por problemas… contigo.
    – Ah.
    Él alzó una mano y recorrió el perfil de sus labios con el dedo.
    – En estos días, apenas he pensado en nadie que no fueras tú. Y eso me ha estado volviendo loco -le acariciaba el rostro con la mirada. Deslizó los dedos todo a lo largo de su cuello, hacia el escote de la bata.
    – Travis…
    – Dime que me vaya, Savannah.
    – Yo no… no puedo.
    – Dime que no te toque, que te suelte… -le rogó, pero ella negó con la cabeza-. Haz algo, lo que sea. Abofetéame como hiciste con ese chico la otra noche.
    – No puedo, Travis -gimió mientras los dedos descendían hasta perderse bajo las solapas de su bata.
    La besó. Tiernamente al principio; después con una avidez que la abrasó por dentro. Tenía los labios fríos por el agua, pero correspondió a su vez con un beso tan exigente como el de él. El fuego que había empezado como una obstinada brasa en el alma de Travis se convirtió en pavoroso incendio que acabó con todo pensamiento racional.
    – Esto es una locura -gimió-. ¿Es que no te has cansado ya?
    – No sé si alguna vez me cansaré de ti.
    – No me hagas esto, Savannah. ¡No soy de piedra! ¡Yo sólo quería hacerte entrar en razón! -pero el sordo dolor que le atravesaba la entrepierna le decía que estaba mintiendo.
    Cuando Savannah le echó los brazos al cuello, Travis la besó con toda la pasión que dominaba su mente y su cuerpo. Y ella respondió de la misma manera.
    En el instante en que Travis se tumbó encima, atrayéndola al mismo tiempo hacia sí, Savannah pudo sentir la dura prueba de su excitación. Sujetándola de la cintura con una mano, él deslizó la otra bajo la solapa de la bata para descubrir la aterciopelada suavidad de un seno.
    «Detenme, Savannah», pensó mientras cubría su cuerpo de besos, descendiendo cada vez más, deteniéndose en el pulso que latía en su cuello antes de abrirle la bata y apoderarse de un pezón. Se lo acarició meticulosamente con la lengua y Savannah gimió su nombre. Luego, lentamente, con la paciencia de un devoto amante, se dedicó a lamerle y chuparle el seno hasta que sintió los dedos de ella clavándose en su espalda.
    – Ay, Dios mío. Deberían fusilarme por esto -musitó, intentando aferrarse a algún resto de sentido común. Pero incluso mientras lo hacía, se abrió el cinturón y se desabrochó los téjanos.
    – Ámame -le suplicó ella, temblando bajo su cuerpo.
    – Sí, Savannah, sí…
    Se quedó tan desnudo con ella, con su cuerpo esbelto brillante de sudor.
    Savannah lo recibió eufórica y, cuando la penetró, sintió una leve punzada de dolor antes de perderse en un mar de felicidad. Le acariciaba los duros músculos de la espalda y le besaba la cara y el pecho mientras se oía a sí misma gemir, gritar… Chillar incluso cuando los crecientes embates de Travis la arrastraron a un clímax que durante varios minutos la dejó estremecida, convulsa.
    Poco a poco fue descendiendo a tierra y suspiró, maravillada. Envuelta en sus brazos, escuchaba los sonidos de la noche: la irregular respiración de Travis, el tronar de su propio corazón, el salto de un pez en el estanque, el sonido de una rama al romperse…
    Sintió que él se tensaba de repente. La besó con ternura antes de volver a cerrarle la bata.
    – Vuelve a casa -le susurró al oído. Acalló sus protestas poniéndole un dedo sobre los labios.
    – Pero…
    – Chist -escrutó la oscuridad-, he oído algo. Creo que no estamos solos. Iré a buscarte… pronto -le prometió.
    Sigilosamente, empezó a vestirse. Lejos de discutir con él, Savannah siguió sus instrucciones al pie de la letra. Con una mano en el cinturón de la bata y sosteniendo las zapatillas con la otra, corrió descalza por el sendero.
    Entró jadeando en la casa a oscuras y subió por la escalera trasera hasta su habitación. Una vez acostada en la cama, esperó con el corazón acelerado a que llegara Travis, atenta al menor sonido. Estaba segura de que cumpliría su promesa y volvería con ella. Sólo era cuestión de tiempo.
    Con las primeras luces del alba, se dio cuenta de que alguien debía habérselo impedido: quizá la misma persona que había oído acercarse al estanque. Intentó no darle demasiada importancia. Ya lo vería por la mañana.
    Enfrentarse con su padre, o con quienquiera que lo hubiera sorprendido, no iba a ser fácil, pero estaba convencida de que Travis podría soportarlo. Cayó en un profundo sueño y se despertó mucho más tarde, pasadas las diez. Se duchó, se vistió y bajó las escaleras. Encontró a su padre sentado a la mesa de la cocina, tomando café y leyendo el periódico.
    – Buenos días -saludó Savannah.
    Todo parecía normal. Evidentemente, Reginald había salido a hacer su revisión rutinaria de las cuadras al amanecer, como tenía por costumbre. Estaba recién afeitado, sus botas estaban colocadas al lado de la puerta trasera y ya había terminado de desayunar.
    Alzó rápidamente la mirada, frunciendo el ceño.
    – Buenos días.
    – Buenos días, cariño -dijo su madre, Virginia, entrando en la cocina procedente del comedor. Iba perfectamente peinada y parecía que acabara de maquillarse-. Te has levantado muy tarde, hija. No estabas aquí para despedirte de Travis.
    – ¿Despedirme? -repitió, consternada.
    – Sí -Virginia se sirvió una taza de café mientras se sentaba frente a Reginald-. Parece que Melinda y él han decidido casarse lo antes posible. Ya era hora, por cierto. Llevan juntos toda la vida. La boda será probablemente la semana que viene, así que se ha marchado a Los Ángeles para alquilar su apartamento.
    Savannah se apoyó en el mostrador, a punto de dejar caer al suelo la taza de café.
    – Supongo que se habrá cansado de trabajar en el rancho -dijo Reginald-. No lo culpo. Desde que aprobó el examen de prácticas, no hay razón para que siga perdiendo el tiempo aquí cuando ya podría estar ejerciendo de abogado.
    – ¡Reginald! -lo recriminó Virginia, pero su marido se limitó a reírse entre dientes.
    A Virginia le brillaban los ojos de emoción ante la perspectiva de la boda. A Savannah, en cambio, le ardían por las lágrimas.
    – ¿Y por qué nadie me ha despertado para que pudiera decirle adiós?
    – No había razón para hacerlo -repuso su padre, encogiéndose de hombros-. Travis volverá. Es un bala perdida. Tiene la costumbre de dejarse caer de repente sin avisar.
    – ¡Reginald! -volvió a reñirlo su esposa.
    – ¿No quería Travis… hablar conmigo? -balbuceó Savannah.
    – No creo. No me dijo nada. ¿A ti te dijo algo, cariño?
    – No -respondió Virginia. Al ver la expresión dolida de su hija, esbozó una sonrisa amable-. Es normal, estaría pensando en los planes de la boda y todo eso. Ya lo verás entonces.
    Savannah se sintió traicionada, pero decidió no creerse nada… No hasta que lo hubiera escuchado de labios del propio Travis.
    El problema fue que Travis no volvió a llamar ni regresó al rancho. Y se casó con Melinda Reeves dos semanas después de haber hecho el amor con ella en el estanque.
    «Nunca volveré a dirigirle la palabra», se prometió, furiosa, la mañana de la boda. Para decepción de su madre, se negó a asistir a la ceremonia.
    – No puedo, mamá -admitió cuando Virginia le pidió una explicación-. Simplemente, no puedo.
    – ¿Por qué no? -le preguntó su madre, sentada en el borde de la cama, mirando a su hija pequeña con expresión preocupada.
    Savannah se había acercado a la ventana y fingía contemplar el paisaje.
    – Travis… Travis y yo hemos tenido un… desacuerdo.
    – Eso es normal entre hermanos…
    – ¡No es mi hermano!
    – Ah, entiendo… -Virginia arqueó una ceja.
    – Pues no sé cómo puedes entenderlo -repuso Savannah. Se sentía desgarrada por dentro. Nadie podía comprenderla, y mucho menos su madre. ¿Por qué no la dejaba en paz todo el mundo de una vez?
    Pero las siguientes palabras de Virginia la dejaron paralizada de estupor:
    – Siempre es duro enamorarse del hombre equivocado.
    – ¿Qué? ¿Cómo…?
    – ¿Que cómo lo sé? Lo sé y basta -esbozó una sonrisa triste-. Yo también he sido joven y…, bueno, he cometido unos cuantos errores.
    – ¿Con papá?
    Virginia evitó la mirada de su hija.
    – Sí, cariño. Con tu padre.
    Había algo enigmático en su voz, pero Savannah no podía pensar en ello. Ni en nada más, por cierto… ¡Melinda Reeves iba a convertirse en la mujer de Travis McCord! Tenía la sensación de que todo su mundo se estaba desmoronando.
    – Pero es que lo quiero tanto… -admitió.
    – Y él está a punto de casarse. No puedes hacer nada para evitarlo. Ya no.
    – Claro que sí -replicó, llorando-. Pienso olvidarme de él. Jamás volveré a dirigirle la palabra. Y… jamás volveré a enamorarme de ningún hombre.
    Virginia también se había emocionado. Le sonrió a través de un velo de lágrimas.
    – No seas tan dura, ya encontrarás alguno que merezca la pena. David Crandall te quiere.
    – Mamá… -Savannah puso los ojos en blanco-. David sólo es un… amigo.
    – ¿Y Travis era algo más?
    – Sí.
    – Ah -la respuesta pareció sorprenderla. Y preocuparla también.
    – No te avergüences de mí, por favor.
    – ¿Todavía lo quieres? -preguntó su madre, suspirando.
    – Ya no -cerró los puños, decidida-. Ya no, y nunca más.
    Travis pronto se convertiría en el marido de Melinda, así que ya no podía importarle menos.
    Lo que no se imaginaba era que nueve años después todavía estaría intentando convencerse de que no le importaba en absoluto.

Uno

    Rancho Beaumont. Invierno. Nueve años más tarde.
    Savannah no se arrepentía de haber regresado al rancho. No se había dado cuenta hasta entonces de lo mucho que echaba de menos aquellas neblinosas y rojizas colinas, aquellas praderas verdes salpicadas de caballos.
    El bullicio de la ciudad había resultado una experiencia excitante mientras estudiaba en la universidad, y también durante algunos años después, cuando trabajaba para una empresa de inversiones de San Francisco. Pero se alegraba de volver al rancho de ganado aunque eso significara tener que soportar a su cuñado, Wade Benson.
    Durante los últimos años, Wade había ido renunciando a buena parte del trabajo de su gestoría para administrar el rancho. En realidad, se estaba preparando para ocupar el puesto de Reginald cuando éste decidiera retirarse. Lo cual podría ocurrir más temprano que tarde, pensó Savannah, entristecida, teniendo en cuenta la pésima salud de Virginia.
    «Lástima que Travis no se quedara en el rancho para seguir los pasos de papá», pensó distraída, pero se reprochó de inmediato aquella ocurrencia. Aunque habían transcurrido nueve años desde que abandonó el rancho para casarse con Melinda, Savannah nunca lo había olvidado realmente… pese a que había logrado evitarlo la mayor parte de las veces. Últimamente corrían rumores de que iba a presentarse a las próximas elecciones para gobernador del Estado de California. Algo ciertamente difícil de creer.
    – Eh, tía Savvy, ¿te apetece salir a montar? -gritó Joshua, el único hijo de Charmaine y Wade, corriendo hacia ella.
    El niño la miraba con sus ojos oscuros brillantes de entusiasmo. Tenía nueve años. Su pelo, de color castaño, necesitaba un buen corte.
    – Me encantaría -respondió, y el crío sonrió de oreja a oreja.
    – ¿Puedo montar a Mystic?
    – ¡Ni lo sueñes, amiguito! -rió Savannah-. ¡Es el potro estrella de mi padre!
    – Pero yo le caigo bien.
    – Yo creo más bien que a Mystic no le cae bien nadie.
    – ¡Tonterías! -dio una patada a un guijarro del suelo, frustrado-. Yo sé que puedo montarlo.
    – ¿Ah, sí? -sonrió al ver su gesto decidido-. Bueno, quizá algún día. Si el abuelo y Lester no ponen ningún impedimento, de acuerdo. Pero hoy no -alzó la mirada al cielo, que se estaba nublando por momentos-. Venga, vamos a ensillar a Mattie y a Jones. Tendremos tiempo de dar un par de vueltas por el potrero antes de que empiece a llover.
    – Pero si son unos jacos viejos… ¡No son purasangres!
    – Vergüenza debería darte. Incluso un jaco, como tú dices, necesita hacer ejercicio. ¡Al igual que los niños tercos como tú! ¡Vamos, te echo una carrera hasta las cuadras!
    – ¡Vale! -Joshua salió disparado y Savannah le dejó ganar la carrera-. Tú también eres vieja… -le comentó con una sonrisa cuando llegó a la puerta.
    – Y tú, muy precoz.
    – ¿Qué quiere decir eso?
    Un brillo de amor asomó a los ojos de Savannah.
    – Que nadie te quiere más que tu tía.
    Joshua se puso repentinamente serio y Savannah se dio cuenta de que no había sido muy afortunada con su frase.
    – Bueno, aparte de los abuelos, mamá, papá y…
    – Papá no me quiere.
    – Por supuesto que sí -se apresuró a asegurar, viendo la tristeza que traslucía su mirada. Maldijo para sus adentros a su cuñado.
    – Nunca quiere hacer nada conmigo.
    – Tu padre está muy ocupado… -detestaba inventar excusas para Wade.
    – ¿Siempre?
    – Dirigir este rancho es una responsabilidad muy grande.
    – Pero tú sí que tienes tiempo de jugar conmigo.
    – ¡Porque yo soy una completa irresponsable! -rió Savannah-. Y ahora deja de compadecerte a ti mismo y ve a buscar las mantas de los caballos…
    Joshua las encontró rápidamente y Savannah se dedicó a embridar las dos monturas. Una vez más maldijo en silencio a su cuñado.
    – Espérame aquí un momento -dijo a Joshua después de apretar la cincha de Jones-. Voy a ver si hay algo de beber en la oficina. ¿No te gustaría llevarte una lata de refresco?
    – ¡Sí!
    – Ahora vuelvo.
    Salió de las cuadras, siguió por el camino de cemento que corría paralelo al edificio de madera y subió las escaleras que llevaban a la oficina, situada justo encima de la zona de los establos reservada a los potrillos. La puerta estaba entornada y escuchó unas voces. Su padre y Wade estaban discutiendo acaloradamente.
    – No creo que puedas contar con él -estaba diciendo Wade.
    Savannah dio un paso adelante con la intención de anunciar su presencia, pero las siguientes palabras de su cuñado la hicieron vacilar.
    – McCord es un hombre acabado y Willis está muy preocupado por él.
    «¿Travis? ¿Qué le pasa a Travis?», se preguntó. El corazón se le aceleró de temor.
    – Willis Henderson siempre se preocupa demasiado por todo.
    – Y tiene buenas razones para hacerlo. Tiene a McCord de socio, por el amor de Dios. Lo ve todos los días.
    – Y él piensa que Travis se está…
    – Hundiendo -Wade completó la frase por él.
    Savannah se quedó sin respiración.
    – Absurdo -replicó Reginald-. Ese chico es muy duro.
    – Willis dice que desde que falleció su mujer ya no es el mismo.
    – Mira, Wade, yo te digo que Willis Henderson está exagerando. Es una costumbre que tienen los abogados. Travis McCord terminará siendo el nuevo gobernador de este Estado, ya lo verás.
    – No sé. Yo, desde luego, no cuento con ello para nada.
    – Claro que no -Reginald parecía frustrado, contrariado-. Dios mío, los contables sois siempre tan conservadores…
    – No hay nada malo en ser conservador. Si tú hubieras sido un poquito más conservador durante estos cinco últimos años, ahora mismo no estaríamos tan mal.
    – ¡Es que no estamos tan mal! -rugió Reginald.
    – Yo diría que tener cero dólares en efectivo es estar bastante mal.
    Savannah, sintiéndose culpable por haber estado escuchando a escondidas, entró por fin en la habitación. Reginald y Wade, ambos sentados ante la mesa, levantaron los ojos de sus tazones de café.
    – ¿De qué estáis hablando? -preguntó directamente a su padre.
    Reginald volvió a bajar la vista antes de lanzar una mirada de advertencia a Wade.
    – Bueno, de nada. Wade, que está un poco preocupado por nuestra falta de liquidez.
    – ¿Tan mala es la situación? -miró a su cuñado.
    – Sí -respondió éste incómodo, acariciándose el bigote rubio.
    – No -Reginald sacudió la cabeza-. Lo que pasa es que Wade es demasiado… precavido.
    – En eso consiste mi trabajo, ¿no? -replicó él.
    – ¿Qué estabais diciendo sobre Travis? -inquirió Savannah mientras se acercaba a la nevera. Aunque aparentaba indiferencia, le sudaban las palmas de las manos.
    – Ah, nada serio -repuso Reginald, apretando la mandíbula-. Ese socio suyo, Henderson, anda algo preocupado por él. Dice que Travis está… deprimido. Probablemente esté un poco alicaído después de aquel último caso que ganó. Consiguió un montón de publicidad con el caso Eldridge y todos sabemos lo difícil que resulta retomar la rutina diaria después de un éxito semejante. Será una pequeña resaca después de un gran éxito. Como nos pasó a nosotros después de que Mystic ganara el Gran Premio.
    – ¿Así que crees que seguirá optando al cargo de gobernador?
    – Yo creo y confío en que sí -contestó Reginald, lanzando una elocuente mirada a su yerno.
    Savannah sacó un par de latas de la nevera y cerró la puerta.
    – ¿Os llamó Willis Henderson? ¿Fue así como os enterasteis de la «depresión» de Travis?
    – No -su padre evitó mirarla.
    – Yo me lo encontré en el hipódromo -se apresuró a explicarle Wade-. Ayer mismo, en el Hollywood Park.
    Savannah arqueó una ceja, escéptica. Percibía claramente que Wade y su padre le estaban ocultando algo, pero no podía ocuparse de ello en aquel momento. Joshua la estaba esperando en las cuadras y no quería decepcionarlo.
    – Desde que has llegado al rancho -esa vez se dirigió a Wade-, ¿te has molestado en hablar con Joshua?
    – ¿Eh? Bueno, no. Llegué ayer por la noche y esta mañana se levantó temprano para ir al colegio. No he tenido mucho tiempo para hacerlo -se removió incómodo en su silla.
    – Quizá necesite que su padre le haga un poco más de caso.
    – Yo… eh… hablaré con él esta noche, cuando no esté tan ocupado.
    – A mí me parece que sería una buena idea -repuso Savannah antes de salir de la oficina con un nudo de preocupación en el estómago. Conocía los problemas económicos del rancho, por supuesto, siempre los habían tenido, pero el tono de la conversación de su padre con Wade la había alarmado. Sobre todo por las referencias a Travis.
    – ¿Qué te pasa, tía Savvy? -le preguntó Joshua poco después.
    Mientras sacaba los caballos de las cuadras, Savannah intentaba pensar en todo menos en Travis.
    – ¿Qué? Ah, nada, Josh -dijo montando a Mattie. No pudo evitar recordar aquel lejano verano en que Travis la había visto montada en aquella misma yegua-. ¿Te parece que hoy llevemos los caballos al estanque?
    – Pero si a ti nunca te gusta ir al estanque… -señaló el niño después de montar a Jones.
    – Ya lo sé -ella sonrió, triste-. Pero hoy es diferente, vamos.
    Puso la yegua al trote y Joshua la siguió a lomos del jaco. El sendero flanqueado de árboles se había llenado de maleza. El estanque, habitualmente liso y tranquilo, parecía haber absorbido el color plomizo del cielo.
    – ¿Por qué querías venir aquí? -inquirió Joshua mientras saboreaba su refresco.
    – No lo sé -admitió ella con la mirada fija en el pequeño lago-. Antes me gustaba mucho este lugar.
    Joshua contempló los árboles yermos y secos, las rocas desnudas y las orillas llenas de lodo.
    – Pues si quieres saber mi opinión, a mí me da un poco… de miedo.
    – Sí, tal vez tengas razón -susurró, repentinamente estremecida-. Venga, vamos a volver a los potreros -«y así quizá deje de una vez por todas de pensar en Travis», añadió para sus adentros.

    Todo había empezado hacía poco más de un mes, reflexionó Travis con gesto adusto, tras su encuentro con Reginald Beaumont y Wade Benson en el hipódromo. El encuentro en sí no tenía nada de raro. Al fin y al cabo, el mejor potro de Reginald, Mystic, corría ese día. Y Wade era quien dirigía el rancho bajo la guía de su suegro.
    Lo extraño era que Reginald estuviera en el hipódromo también con Willis Henderson, su socio del bufete. Henderson jamás le había mencionado que le interesaran las carreras de caballos y no parecía normal que Reginald y Willis se conocieran, a no ser por medio de él. Cuando había preguntado después a su socio, Willis evitó hablarle de aquel día.
    Algo más tarde, cuando se enteró de que Savannah había vuelto al rancho con su padre y con Wade, Travis había empezado a pensar en ella. Y ahora tenía la impresión de que no podía pensar en nada ni nadie más.
    Parecía que no estaba dispuesta a dejarlo en paz, ni siquiera después de aquellos nueve largos años. En los momentos más inoportunos, la imagen de Savannah regresaba a su mente con absoluta nitidez, tal y como la había encontrado nadando desnuda en el estanque…
    – ¡Señor McCord! -la voz chillona de Eleanor Phillips lo devolvió a la realidad y la imagen de Savannah se desvaneció rápidamente. Travis se concentró en la mujer de aspecto sofisticado que se hallaba sentada al otro lado del escritorio-. ¡No ha escuchado una sola palabra de lo que le he dicho!
    – Eh, claro que sí -esbozó una sonrisa de disculpa-. Me estaba hablando de la mujer que su marido conoció en Mazatlán.
    – La niña, querrá decir. ¡Si apenas tiene veinte años! -exclamó Eleanor Phillips, indignada-. Usted sabe que lo único que persigue esa cría es el dinero de Robert… Es decir, mi dinero.
    Travis siguió escuchando, impaciente, sus quejas sobre las numerosas aventuras de su marido. Mientras la mujer continuaba explayándose sobre las indiscreciones de Robert Phillips, él desvió la mirada hacia la ventana y advirtió que estaba oscureciendo. Miró su reloj: las cinco y media. ¿Dónde estaría Henderson, su socio? ¿Y por qué no estaba encargándose en aquel momento de Eleanor Phillips?
    Demasiadas cosas que no encajaban habían sucedido últimamente en el bufete, y Travis estaba ansioso de comentarlas con Henderson.
    – Como usted comprenderá, señor McCord, el divorcio es inevitable. Quiero que contrate al mejor detective privado de Los Ángeles y…
    – Yo no me dedico a divorcios, señora Phillips. Intenté decírselo por teléfono. Y hace un momento también, nada más verla entrar por esa puerta. Usted me mintió: me dijo que quería verme por una maniobra de una empresa competidora.
    La mujer se ruborizó ligeramente y Travis comprendió que la había ofendido. El caso era que no podían importarle menos ni Eleanor Phillips, ni la vida sexual de su marido ni Industrias Phillips. Tal y como Henderson le había reprochado numerosas veces, sufría de un grave caso de «falta de estímulo». Y el hecho de pensar continuamente en Savannah sólo empeoraba las cosas.
    – Pero yo siempre he trabajado con su bufete -se quejó Eleanor, acariciándose nerviosa el collar de perlas.
    – En asuntos financieros -precisó Travis, intentando mantener la calma. Esa mujer sólo quería divorciarse de su marido, tampoco era ningún crimen.
    – Ah, entiendo -dijo muy digna, recogiendo su bolso-. Desde el caso Eldridge, parece que su bufete es demasiado importante para hacerse cargo de un asunto tan sencillo como mi divorcio…
    – Eso no tiene nada que ver.
    – Ya.
    – Estoy seguro de nuestros socios, o quizá el mismo señor Henderson pueda ayudarla. «Si llego a encontrar a ese canalla», añadió para sus adentros-. Yo hablaré con él.
    – ¡Lo quiero a usted, señor McCord! Y creo que, de alguna manera, está obligado a encargarse personalmente de este asunto. Después de todo, necesito una discreción absoluta. Y usted posee una reputación intachable.
    Travis esbozó una mueca al escuchar aquel ridículo cumplido. Y en lugar de sentirse halagado, sufrió un repentino ataque de buena conciencia.
    – Ya le he dicho que yo no trabajo divorcios.
    – Pero yo sé que usted me hará ese favor.
    Le entraron ganas de hacer entrar un poco de razón en la caja registradora que aquella mujer tenía por cabeza. Había conocido a demasiadas millonarias en su vida. Estaba harto. Se aflojó el nudo de la corbata. Se estaba ahogando en aquella oficina.
    – No se olvide de que ya he contribuido económicamente a su campaña…
    – ¿Qué?
    – Mi donación…
    – ¿De qué diablos está hablando? -un peligroso brillo asomó a sus ojos.
    – Bueno, se trata de una donación bastante importante -prosiguió, complacida-. El señor Henderson se ocupó de todo lo necesario y me aseguró que usted se haría cargo personalmente de mi divorcio. También me dijo que me garantizaba que mi marido no me quitaría un céntimo de mi fortuna: al contrario, incluso que perdería buena parte de la suya…
    Travis apretó la mandíbula y sus labios se curvaron en una sonrisa sombría.
    – ¿Cuándo habló usted con el señor Henderson?
    – La semana pasada… No, fue hace dos, cuando llamé para concertar una cita con usted.
    «Hace dos semanas. Justo cuando descubrí las irregularidades de los libros de contabilidad», dijo Travis para sus adentros.
    Eleanor Phillips se levantó de la silla y lo miró fríamente.
    – Será franca con usted, señor McCord. Quiero divorciarme lo antes posible de mi marido y espero que usted lo deje sin blanca.
    – Señora Phillips -él se levantó también, inclinándose hacia ella con gesto amenazador. Tenía la voz muy tranquila, como si estuviera hablando con un niño-. Ya le he dicho que yo no llevo divorcios. No sé lo que le dijo exactamente el señor Henderson, pero yo todavía no he decidido presentarme a gobernador del Estado.
    – Bueno, ya sé que no es oficial…
    – Y tampoco sé nada de su donación. Porque si ése hubiera sido el caso, no la habría aceptado. De todas formas, puede usted estar segura de que el señor Henderson se la devolverá -«aunque para ello tenga que romperle todos los huesos», añadió en silencio.
    – Entonces quizá sea mejor que hable con él. Porque le firmé un cheque de cinco mil dólares. Buena suerte, gobernador.
    En el instante en que Eleanor Phillips abandonó el despacho, Travis marcó la extensión del despacho de Henderson. No hubo respuesta.
    – Maldito miserable… -masculló, y colgó de golpe. Recogió su chaqueta y se la puso a toda prisa-. ¿Se puede saber a qué diablos estás jugando conmigo?
    Antes de salir, barrió la habitación con la mirada y frunció el ceño al ver la carísima caja de música que había en un estante, acumulando polvo: era un regalo de Melinda. El escritorio era de caoba labrada y cientos de tomos de leyes encuadernados en piel llenaban la estantería de oscura madera de castaño. El armario de bebidas reunía los licores más selectos. La alfombra la había adquirido en Italia el decorador personal de Henderson.
    – Hoy, amigo mío, has ido demasiado lejos -sacudió la cabeza-. Hemos terminado. Punto. ¡Finito! -salió al área de recepción-. ¿Dónde está Henderson? -preguntó a la secretaria.
    – No lo sé -la joven revisó rápidamente su agenda-. Hoy tenía una cita fuera.
    – ¿Con quién?
    – Lo ignoro -respondió, obviamente avergonzada-. No me lo dijo.
    – ¿Se lo preguntó usted?
    – Oh, desde luego.
    – ¿Y?
    – Me dijo que era un asunto personal -se encogió de hombros.
    – Estupendo. Fantástico -se frotó los doloridos músculos del cuello-. Ya sé que es tarde y que está a punto de marcharse. Pero si Henderson llega antes de que usted se vaya, dígale que me llame.
    – Descuide.
    – Y quiero hablar con nuestro contable. Llame a Jack y asegúrese de que pueda pasarse por la oficina esta semana.
    – ¿Jack Conrad? -inquirió, confundida.
    – Sí, el contable de la empresa.
    – Pero si él ya no lleva nuestra contabilidad…
    Travis ya se dirigía hacia la puerta cuando se detuvo en seco. Aquel día estaba empeorando por momentos.
    – ¿Qué quiere decir?
    – Yo… eh… creí que ya lo sabía. Es Wade Benson quien la lleva ahora.
    – ¡Benson! -exclamó cerrando los puños.
    – ¿Es que no se lo ha dicho el señor Henderson?
    – ¿Está segura?
    – Sí -miró extrañada a Travis antes de sacar algo de un cajón-. Aquí guardo una copia de la carta de ofrecimiento del señor Benson y la respuesta del señor Henderson. Los honorarios del señor Benson eran mucho más bajos que los del señor Conrad.
    – Pero si el señor Benson no tiene clientes… Trabaja para Reginald Beaumont como administrador del rancho -«con Savannah», pensó con tristeza. ¿Acaso no había estado buscando una excusa para volver a verla? Parecía que Willis Henderson acababa de ofrecérsela en bandeja de plata.
    La joven rubia se encogió de hombros.
    – Quizá haya aceptado el puesto para hacerle un favor. Usted conoce al señor Benson desde hace mucho, ¿verdad?
    – Sí -pero entonces ¿por qué Henderson no le había contado nada de todo aquello?
    Travis abrió las puertas de cristal y bajó los tres tramos de escaleras hasta el vestíbulo del edificio. Abismado en sus reflexiones, se dirigió hacia su coche. En aquel instante nada le habría gustado más que retorcerle el cuello a aquel estirado de Willis Henderson. Aceptar un donativo, legal o no, de Eleanor Phillips no era el primer intento de su socio de arrancarle una decisión a la fuerza, pero desde luego iba a ser la última. En cuanto a aquel asunto de los contables…
    ¡Wade Benson, por el amor de Dios! No confiaba en absoluto en él. Ya era bastante malo que se hubiera casado con la hija mayor de Reginald, Charmaine, la hermana de Savannah, convirtiéndose además en administrador del rancho Beaumont. Ahora, para colmo, se infiltraba en sus dominios. «Pero no por mucho tiempo», prometió para sus adentros.
    Travis no quería tener nada que ver ni con Wade, ni con Reginald Beaumont ni con su bella hija. Savannah otra vez. ¿Sería capaz alguna vez de quitársela de la cabeza? Sonrió, sombrío. «La culpa es tuya», se recordó antes de volver a concentrarse en el problema que tenía entre manos. Ya había decidido lo que iba a hacer durante el resto de tu vida y lo de aspirar a gobernador de California no entraba en absoluto en sus planes. Y si a Willis Henderson, a Eleanor Phillips y a todos los que querían contribuir económicamente a su campaña electoral no les gustaba su decisión… ¡tendrían que aguantarse!
    La casa de Henderson estaba al otro lado de la ciudad, en la playa de Malibú. Tardaría cerca de una hora en llegar allí, pero no le importaba. Si su socio no estaba en casa, esperaría. ¿Por qué querría Willis que aspirara al cargo de gobernador? ¿Por el prestigio del bufete Henderson y McCord? Quizá, pero no podía evitar la sospecha de que había algo más.
    Por fin llegó a casa de Henderson. Su socio estaba en el sendero de entrada, hablando con alguien. Travis aparcó en la calle y se dedicó a observar. Era demasiado tarde para distinguir con claridad al interlocutor de Willis, pero aun así lo reconoció. Era Wade Benson.
    Maldijo entre dientes. Su primer impulso fue encararse con ellos allí mismo, y se dispuso a bajar del coche; pero decidió quedarse cuando percibió algo ligeramente siniestro en aquella reunión casi clandestina. Todo aquello le resultaba tan extraño como inquietante. Wade era el contable del rancho Beaumont, pero era él, y no Henderson, quien llevaba la asesoría jurídica de la empresa de Reginald, al menos en teoría…
    Bajó el cristal de la ventanilla. Desgraciadamente estaba demasiado lejos para poder escuchar la conversación. Vio que Wade encendía un cigarrillo y se reía de algún comentario de Henderson. Parecían llevarse muy bien. La furia que corría por sus venas se trocó en fría sospecha. Wade no tardó en regresar a su coche. Antes de abrir la puerta, aplastó la colilla en el suelo.
    Así que Wade estaba conchabado con Willis… ¿Qué pintaría en todo aquello el padre de Savannah?, ¿sabría algo de aquella reunión? Probablemente. Travis había visto a Reginald y a Wade en Alexander Park con Willis Henderson cuando el potro de Reginald, Mystic, el favorito, ganó su última carrera. ¿Qué diablos estaba sucediendo?
    Todo lo que había visto u oído hasta el momento podía considerarse una extraña aunque perfectamente casual cadena de acontecimientos. Henderson tenía derecho a despedir a su contable. Y, ciertamente, también a asistir a las carreras de caballos que quisiera… ¡pero no a aceptar un donativo para una campaña electoral que ni siquiera existía! A no ser, por supuesto, que Eleanor Phillips le hubiera mentido…
    Se le encogía el corazón cada vez que pensaba en el rancho Beaumont y en que Savannah estaba allí, trabajando con Wade.
    – Al diablo con todo -masculló mientras bajaba del coche y se dirigía hacia la casa.

    Savannah estaba sentada ante el escritorio de su padre, revisando la correspondencia, cuando sonó el teléfono.
    – Rancho Beaumont -respondió de manera mecánica.
    – Querría hablar con Wade Benson. Soy Willis Henderson -dijo una voz autoritaria.
    Savannah se irguió en su sillón. Willis Henderson era el socio de bufete de Travis, el hombre que había estado hablando con Wade en el hipódromo. «Quizá algo le haya sucedido a Travis. Un accidente», fue lo primero que pensó. Sintió una punzada de pánico, pero se las arregló para conservar un tono de voz tranquilo.
    – Lo siento. El señor Benson ha salido.
    – Entonces tal vez pueda hablar con Reginald.
    – También se encuentra fuera. ¿Hay algo que pueda hacer por usted, señor Henderson? -Savannah percibió su renuencia, así que añadió-: ¿O prefiere que Wade le devuelva la llamada cuando regrese la semana que viene? -miró el calendario-. Wade debería estar de vuelta el veintitrés.
    – Páseme con… con la persona encargada del rancho.
    – Está hablando con ella. Yo me ocupo del negocio en ausencia de Wade y de mi padre.
    – ¿Su padre?
    – Sí, soy Savannah Beaumont -recostándose en su sillón, abandonadas las gafas de lectura, se preparó para lo peor. Seguro que se trataba de una mala noticia- Y ahora… ¿quiere decirme en qué puedo ayudarlo?
    – Eh, bueno -vaciló-. Se trata de un asunto relacionado con Travis McCord.
    – ¿Qué le pasa? -inquirió, tensa.
    – Ha surgido un pequeño problema.
    El pulso le latía aceleradamente. Gotas de sudor empezaron a perlarle la frente. Un problema. Era la segunda vez que escuchaba esa palabra en relación con Travis.
    – ¿Qué tipo de problema?
    Henderson eludió la pregunta.
    – Bueno, precisamente por eso quería hablar con Wade.
    Savannah frunció el ceño. Travis y Wade nunca se habían llevado bien. Y Henderson se había encontrado con Wade en Hollywood Park…
    – Como le he dicho, el señor Benson se encuentra ausente y no volverá hasta la semana que viene, dos días antes de Navidad. Sin embargo, si a Travis le ocurre algo, me gustaría saber de qué se trata.
    – Mire, señorita Beaumont…
    – Savannah.
    – Sí, bueno, Savannah entonces. No quiero preocuparla, pero Travis… Travis, bueno, no se encuentra bien.
    – ¿Qué quiere decir? -el corazón por poco dejó de latirle-. ¿Es que ha sufrido un accidente?
    – No. No…
    «¡Gracias a Dios!», exclamó ella para sus adentros.
    – … pero, bueno, para ser franco, Travis está deprimido. Ha perdido todo interés por el trabajo, no se pasa por el bufete, se niega a reunirse conmigo… Y los planes de presentarse a gobernador de aquí a un par de años… los ha tirado por la borda. Ya no está interesado. Ni en eso ni en nada -una vez que se hubo soltado, Henderson hablaba de corrido, sin titubeos-. Probablemente sabrá que no es el mismo desde la muerte de su esposa, pero yo confiaba en que se recuperaría. Cuando Melinda falleció, se sumergió en su trabajo, sobre todo con el caso Eldridge. Pero ahora que el caso está cerrado, parece que ha perdido también todo deseo de vivir. Yo diría que es un hombre… acabado.
    Savannah intentaba pensar con claridad, pero sus preocupaciones estaban centradas en Travis, el hombre al que debería odiar, y sin embargo…
    – No lo entiendo. Han pasado más de seis meses desde el fallecimiento de Melinda…
    – Lo sé, lo sé -suspiró-. Al principio pareció superarlo, obsesionándose con el caso Eldridge. Pero una vez que ganó el caso y consiguió toda esa publicidad… Bueno, también se habló de sus aspiraciones a convertirse en gobernador, pero sospecho que todo eso ha quedado en nada. Ha llegado a un punto en que ya ni se molesta en aparecer por el bufete. Hasta ahora yo le he estado cubriendo las espaldas, pero no sé durante cuánto tiempo más podré hacerlo. Y con todos esos rumores que corren sobre sus aspiraciones a gobernador… No creo que nosotros podamos seguir escondiendo la situación.
    – ¿Nosotros? -repitió ella.
    – Wade y yo.
    – ¿Qué tiene que ver Wade con todo esto?
    – Wade y su padre quieren que Travis se presente a gobernador… ¿No lo sabía?
    – Algo había oído -admitió, sarcástica.
    – Bueno, pues ése era precisamente el motivo de mi llamada. Travis vino a verme la otra noche, me dijo que disolvía nuestra sociedad, que me vendería su parte del negocio y que se marchaba hoy mismo para San Francisco, a mediodía. Al principio creí que estaba bromeando, pero cuando durante los dos últimos días no ha aparecido por el bufete ni respondido a mis llamadas así que, bueno… ¡debo suponer hablaba en serio!
    – ¿Le dijo por qué quería hacer todo eso?
    – No, la verdad es que no. Sólo me comentó que iba a subir al rancho Beaumont. Que quería hablar con Wade y con Reginald. Me pidió que le dijera a Wade que fuera a recogerlo al aeropuerto.
    Savannah miró el reloj de pared del despacho. Eran más de las once.
    – ¿A qué hora llega?
    – Creo que a la una y media. Sí. El vuelo número sesenta y siete de United. ¿Podrá encargarse usted de que alguien vaya a recogerlo?
    – Por supuesto.
    – ¿Y se pondrá en contacto con Wade?
    – Se lo diré a su esposa, mi hermana Charmaine. Se supone que esta noche tenía que llamar. Charmaine le transmitirá el recado de que usted necesita hablar con él.
    Oyó un suspiro al otro lado de la línea.
    – Gracias, señorita Beaumont -dijo Henderson antes de colgar.
    Savannah se quedó pensativa por un momento. Muchos de los trabajadores y mozos de cuadra se hallaban fuera, y con Reginald y Wade ausentes, prácticamente no había nadie en el rancho. No podía permitirse enviar a alguien al aeropuerto.
    – Le sentaría bien venir andando -masculló. Parte de su antigua amargura hacia Travis parecía haber aflorado a la superficie-, pero supongo que tendré que ir a buscarlo yo.
    Recogió su bolso, salió del despacho y atravesó el vestíbulo, donde descolgó su abrigo del perchero. Así que Travis había vuelto a casa. Pero ¿por qué y por cuánto tiempo? Y ¿hasta qué punto la versión de Willis Henderson sería cierta?
    Abandonó el edificio de estilo colonial. Caía una lluvia fría y tuvo que subirse el cuello del abrigo. Casi corriendo, bajó por el sendero que llevaba al garaje y subió luego al apartamento situado justo encima, que su hermana había convertido en taller de cerámica.
    Tuvo que sobreponerse al nudo que le cerraba el estómago cada vez que subía allí: le traía demasiados recuerdos. Llamó a la puerta antes de entrar. Charmaine estaba torneando una cerámica. Alzó la mirada de su obra y empezó a frenar el torno manual. La forma ondulante fue perdiendo velocidad para terminar convertida en una informe masa de barro gris.
    – Perdona -se disculpó Savannah, señalando nerviosa el trabajo de Charmaine. Detestaba subir a aquel apartamento.
    – No importa. No me estaba saliendo nada especial. Dios mío, ¡estás empapada!
    – Sólo un poco -se enjugó las gotas de lluvia de la cara, intentando olvidar que aquel apartamento había pertenecido antaño a Travis.
    – ¿«Un poco» empapada?
    – Mira, salgo ahora mismo para el aeropuerto. ¿Puedes echarle un vistazo a mamá?
    Charmaine esbozó una mueca mientras contemplaba su pieza inacabada.
    – Supongo que sí -se limpió las manos con un trapo y se levantó del banco del torno-. De todas firmas tenía que salir para esperar el autobús de Josh. ¿Qué pasa? ¿Para qué tienes que ir al aeropuerto?
    – Para recoger a Travis.
    – ¿Qué? ¿Travis va a venir?
    – Eso parece. Al menos es lo que su socio, Henderson, acaba de decirme hace unos minutos. El avión llega a San Francisco a la una y media, así que debo darme prisa. Si Wade llama, dile que telefonee a Henderson o, mejor todavía, dile que le devuelva la llamada esta noche, una vez que haya llegado Travis.
    Charmaine miró a su hermana con expresión pensativa.
    – ¿Por qué volverá Travis al rancho? ¿Por qué ahora?
    – No lo sé. Pero creo que deberíamos contarle lo de mamá, avisarle. Se enfadará cuando descubra que durante todo este tiempo ha estado enferma y no le hemos dicho nada.
    Su hermana no pudo menos que mostrarse de acuerdo con ella.
    – Buena suerte. La vas a necesitar. ¿Crees que a lo mejor se ha enterado de lo de mamá y ha vuelto por eso?
    Savannah tenía demasiada prisa para quedarse a charlar y hacer conjeturas. Y Travis siempre despertaba en ella una serie de sentimientos que no tenía ninguna gana de analizar. Aunque su hostilidad hacia él había menguado con el paso del tiempo, seguía de alguna forma latente, bullendo bajo la superficie. Por mucho que detestara admitirlo.
    – No creo. Henderson me dijo que Travis necesitaba un descanso. Que había pasado un año muy duro.
    – No me extraña -repuso Charmaine-. La muerte de Melinda fue un golpe tremendo, la quería mucho.
    Savannah se limitó a asentir con la cabeza.
    – Y ahora, esos rumores sobre sus aspiraciones a gobernador, justo después del caso Eldridge -continuó su hermana-. Probablemente necesite un descanso, aunque no creo que descanse mucho aquí -volvió a sentarse en el banco del torno- Vete tranquila. Yo me encargo de mamá.
    – Gracias -Savannah abandonó el estudio y bajó rápidamente las escaleras.
    Mientras se alejaba del rancho a bordo del coche de su padre, sus pensamientos seguían centrados en Travis. No podía recordar una sola época de su vida en que no lo hubiera querido: primero como hermano y después como hombre. Plena, absolutamente.
    Luego fue cuando la utilizó y la traicionó.
    – Bueno, ha pasado mucho tiempo de eso -dijo, decidida-. Y yo fui una estúpida ingenua. No cometeré el mismo error dos veces, Travis McCord. Demasiado bien aprendí la lección. No me importa lo que te pase: te odiaré antes que enamorarme de ti otra vez.

Dos

    El tráfico se hacía más denso en las cercanías del aeropuerto y Savannah tardó cerca de veinte minutos en acceder a la terminal. Hundidas las manos heladas en los bolsillos del abrigo, se abrió paso entre la multitud hasta que llegó a la puerta de salida del avión de Travis. Los asientos cercanos al mostrador de recepción estaban ocupados por gente que esperaba. Una música de villancicos resonaba en todas las salas.
    «Paz en la tierra a los hombres y mujeres de buena voluntad», pensó Savannah, irónica, mientras esperaba de pie. No podía evitar una punzada de ansiedad. Pese a tener las manos frías, le sudaban las palmas. Intentó tranquilizarse y olvidar que Travis la había abandonado nueve años atrás sin la menor explicación. Que se había casado con otra mujer y desaparecido de su vida sin molestarse siquiera en despedirse. Que la había manipulado completamente. Pero aquella antigua amargura seguía presente en su alma.
    «Olvídate de una vez de todo aquello. Ahora eres una mujer adulta», dijo para sus adentros. Sin embargo, aquélla era la primera vez en nueve largos años que iba a estar a solas con Travis. Siempre que habían coincidido en alguna ocasión habían estado rodeados de gente y, además, Melinda no se apartaba de su lado. Savannah se había alegrado de ello, por supuesto. Hasta el punto de que en aquel momento se estaba cuestionando si lo de haber ido a buscarlo sola había sido una buena idea, después de todo.
    Miró a través de la ventana y vio que el avión se acercaba al túnel. «Domínate», se ordenó. Travis fue uno de los primeros en salir. Para disgusto y consternación suyos, el pulso se le aceleró insoportablemente nada más verlo. Parecía mayor de los treinta y cuatro años que tenía. Más cínico. Profundos pliegues flanqueaban las comisuras de sus labios. Llevaba la camisa arrugada, la corbata torcida, una sombra de barba.
    Sólo habían transcurrido dos años desde la última vez que Savannah lo había visto, pero tenía la sensación de que habían sido diez; algo que probablemente tenía que ver con la muerte de Melinda. Habían sido inseparables. No cabía ninguna duda de que el mortal accidente de barco había destruido asimismo una buena parte de la vida de Travis.
    Savannah se obligó a sonreír y avanzó hacia él. Travis se detuvo en seco, paralizado.
    – Hola -lo saludó.
    – Eres la última persona a la que esperaba ver -murmuró con frialdad, pero incapaz de disimular su sorpresa.
    – Ya, bueno. Yo también me alegro de verte -repuso, irónica. Vio que un fugaz brillo atravesaba su mirada.
    – Siempre has sido muy susceptible.
    – Sí, quizá demasiado. Henderson llamó al rancho esta tarde. Quería hablar con Wade o con papá.
    La expresión de Travis se endureció aún más.
    – Continúa.
    – Estarán ausentes toda la semana. Así que, te guste o no… -lo miró, desafiante- tendrás que soportarme a mí.
    – Estupendo.
    Negándose a mostrarse aún más susceptible, Savannah lo informó de que tenía el coche en el aparcamiento.
    – ¿Tienes que recoger equipaje?
    – No.
    Allí acabó la conversación y se incorporaron al caudal de gente que atravesaba la terminal. Mirándolo de reojo de cuando en cuando, a Savannah le resultaba difícil creer que el hombre que caminaba a su lado fuera el mismo del que se había enamorado tan desesperadamente nueve años atrás.
    Una vez fuera del edificio, se estremeció. No sabía si por el frío reinante o por la helada mirada de Travis. No pudo menos que darle parcialmente la razón a Henderson. Travis parecía como cansado del mundo, de la vida.
    Cuando llegaron ante el deportivo de color plateado, Travis le preguntó, frunciendo el ceño:
    – ¿Es tuyo?
    – De mi padre.
    – Me lo figuraba -dejó su bolsa de viaje en el asiento trasero y subió al coche.
    Mientras Savannah arrancaba y salía del aparcamiento, Travis se recostó en su asiento y cerró los ojos. Su respiración se volvió profunda, regular, así que ella decidió no molestarlo. «Que duerma», se dijo, furiosa. «Quizá se despierte de mejor humor».
    Empezó a llover de nuevo y activó los limpia parabrisas. Cuando volvió a mirar a Travis, descubrió sobresaltada que la estaba mirando a su vez. Tenía una expresión pensativa.
    – ¿Por qué has venido al aeropuerto?
    – Para recogerte. Henderson me dijo…
    – No me importa lo que te dijo. ¿Por qué no enviaste a uno de los trabajadores?
    – Andábamos cortos de personal.
    Travis desvió la vista hacia la ventanilla, aparentemente disgustado.
    – Ésa no es precisamente una respuesta muy halagadora.
    – ¿Qué se supone que quiere decir eso? -inquirió, irritada.
    – Pensé que quizá querías volver a verme.
    «¿Después de nueve años? ¡El muy arrogante…!», exclamó Savannah para sus adentros.
    – Aunque, por otra parte, lo dudo seriamente -añadió en un murmullo-. Simplemente me pareció extraño que, después de haberme evitado durante nueve años, vinieras a buscarme al aeropuerto. Sola.
    – Yo no te he evitado.
    Travis volvió hacia ella sus fríos, acusadores ojos grises.
    – Cada vez que venías a casa… -se interrumpió, nerviosa. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el volante-, había siempre mucha gente alrededor.
    – Que era precisamente lo que tú querías. No dejabas que me acercara a ti.
    – Estabas casado.
    Una sonrisa de satisfacción asomó a los labios de Travis, despertando una vez más la furia de Savannah.
    – Yo sólo quería hablar contigo.
    – Un poco tarde, ¿no te parece? -replicó, apretando los dientes-. Mira, Travis, mejor no discutamos.
    – Yo no estoy discutiendo.
    – No, claro. Pero te estás poniendo muy irritante.
    – Simplemente pensé que, dado que por fin estamos solos, podría explicarte unas cuantas cosas.
    – No me interesan ni las excusas ni las disculpas. No hay razón para volver sobre el pasado.
    La mirada de Travis se tornó sombría y sacudió la cabeza.
    – Muy bien. Si es eso lo que quieres… Yo solamente quería que supieras una cosa: que jamás tuve intención alguna de dejarte.
    – Ya, claro. Pero no pudiste evitarlo, ¿verdad?
    Apretaba el volante con todas sus fuerzas. De repente la camioneta que circulaba delante viró y dio un frenazo. Savannah frenó justo a tiempo de evitar una colisión.
    – Dios mío -susurró con el pulso acelerado.
    – ¿Quieres que conduzca yo? -se ofreció Travis cuando los vehículos retomaron la marcha.
    – ¡No!
    – De acuerdo. Entonces déjame explicarte lo que sucedió en el lago.
    Savannah tenía los nervios destrozados.
    – Mira, preferiría no hablar de eso. Sobre todo ahora. Ha pasado demasiado tiempo.
    – De acuerdo, ahora no. Entonces ¿cuándo?
    – Por mí, nunca.
    Travis arqueó una ceja, desdeñoso, y frunció el ceño.
    – Estoy cansado de discutir. Así que será como tú digas… por ahora. Pero tendremos que aclarar esto. Estoy harto de que me manipulen y me obliguen a vivir mentiras…
    – Yo nunca… -se dispuso a protestar, pero decidió callarse. No estaba preparada para mantener una conversación sobre el pasado. Todavía no. Necesitaba tiempo para analizar y revisar sus sentimientos Travis-. Así que es por eso por lo que has vuelto al rancho.
    – Ésa es una razón -admitió, mirando al frente. Bajo la lluvia, una borrosa e interminable hilera de luces se desplegaba ante ellos-. Creo que ya va siendo hora de que aclare de una vez las cosas contigo y con tu familia. Por cierto, ¿dónde está Wade?
    – Con papá, en Florida. Están pensando en trasladar allí algunos potros para la primavera. Cuando Mystic ganó el Gran Premio, papá decidió que había llegado el momento de llevar a los más fuertes a la Costa Este.
    – ¿Y tú estás en desacuerdo con esa decisión?
    – El Gran Premio sólo es una carrera, un momento de gloria. Después de ganar en Pimlico, papá se encontraba en el quinto cielo y realmente esperaba que Mystic ganara el Belmont -movió la cabeza con expresión entristecida-. Y el resultado fue que Supreme Court, el ganador del Derby, repitió hazaña. Mystic terminó sexto. No ha ganado nada desde entonces. Ahora está de vuelta en el rancho y papá tiene que decidir entre ponerlo a correr el año que viene, venderlo o dejarlo como semental.
    Travis no hizo ningún comentario. En lugar de ello se dedicó a mirarla de arriba abajo, reparando en sus botas de montaña, sus viejos tejanos, su suéter azul y su abrigo de ante. Sus ojos grises parecían desnudarla.
    – Eso sigue sin explicar por qué has venido al aeropuerto.
    – Cuando Henderson llamó, no me quedaba mucho tiempo.
    – Bien -volvió a recostarse en su asiento-. Quizá sea mejor que no vea a tu cuñado por ahora. En cuanto a ti… -le puso una mano en un hombro-, ya puedes ir haciéndote a la idea de que, al final, tendremos que hablar de lo sucedido. Tanto si quieres como si no.
    – No quiero.
    – Ya, por eso fuiste al aeropuerto sola, ¿verdad? -soltó una carcajada antes de retirar la mano-. Mientes, Savannah. Sabes perfectamente que nunca has mentido bien.
    – Yo creía que venías al rancho para hablar con Wade.
    – Sí, con él también. Y no va a gustarle nada lo que tengo que decirle.
    – ¿De qué se trata?
    – Será mejor que se lo diga en persona.
    Savannah frunció el ceño mientras salía de la autopista y tomó la carretera que atravesaba las colinas que rodeaban el rancho. El agua de lluvia corría en torrentes por las cunetas.
    – ¿Sinceramente crees que pensaba sonsacártelo para después avisar a Wade? -la idea se le antojaba tan absurda que estuvo a punto de soltar una carcajada.
    – ¿No te llevas bien con tu cuñado?
    – No es ningún secreto que no. Y la antipatía es mutua. Pero no hay nada que hacer al respecto. Es el marido de Charmaine y me tengo que aguantar.
    – Y la mano derecha de tu padre -le recordó Travis.
    – Eso parece -repuso, irónica. En su opinión, Wade Benson era un canalla de primera clase. Desgraciadamente nadie en el rancho compartía esa opinión, excepto quizá Virginia, que jamás diría nada en contra de su yerno.
    – ¿Qué me dices de ti? -preguntó él con tono suave.
    – Yo… ¿qué?
    – Creía que ibas a casarte con ese tal Donald…
    – David -lo corrigió.
    – Eso. ¿Qué sucedió?
    Savannah se encogió de hombros.
    – Cambié de idea.
    – Y te asustaste, ¿verdad?
    Por un momento estuvo a punto de estallar. Pero cuando lo miró, descubrió un brillo de diversión en sus ojos que le recordó al Travis de antes. Al hombre que había amado.
    – Sí, me asusté. David no buscaba una esposa a la que le gustara trabajar con caballos. Me dijo que no le gustaba el olor a caballo y que se ponía a estornudar cada vez que se acercaba a una cuadra.
    Travis se sonrió.
    – Entonces ¿qué diablos estaba haciendo contigo?
    – Creía que podía cambiarme.
    – Me acuerdo -repuso Travis, evocando la noche que había querido estrangular a David Crandall, cuando se atrevió a propasarse con ella-. Crandall no te conocía muy bien, ¿verdad?
    Savannah podía sentir la mirada de Travis clavada en su rostro, pero mantuvo la vista al frente.
    – Supongo que no.
    – ¿Todavía lo ves?
    – De cuando en cuando. Está casado y tiene dos hijos -se sonrió-. Con una respetable y digna esposa que renunció a su carrera como intérprete de música de cámara.
    – Vaya.
    Todavía sonriendo, Savannah sacudió la cabeza.
    – No sufrí nada. Bueno, quizá mi orgullo sí, un poco. Se casó con Brenda sólo tres meses después de que rompiéramos. Pero al final todo fue para mejor.
    – ¿Estás segura? -la miró pensativo.
    – Sí. ¿Puedes imaginarme de esposa de un arquitecto viviendo en San Francisco?
    – No.
    – Yo tampoco.
    – Así que regresaste al rancho.
    Después de pasarse cuatro años en la universidad y tres trabajando para una empresa de inversiones de San Francisco, nada había añorado más que volver con su familia y su rancho de caballos.
    – Me cansé de la gran ciudad.
    Abandonó la carretera principal para tomar el desvío del rancho Beaumont. Campos de algodón salpicados de robles flanqueaban la pista de asfalto que terminaba en la casa principal. Una vez aparcado el deportivo en el garaje, Travis sacó su equipaje y se quedó mirando el edificio de dos pisos.
    – Hay cosas que no cambian nunca.
    Pensando en su madre, Savannah no pudo menos que disentir. Le tocó ligeramente un brazo, como si quiera contarle algo importante.
    – Quizá más de lo que parece.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Creo que deberías saber que… -se aclaró la garganta- que mamá no está bien. Ha sufrido varios ataques cardiovasculares seguidos. Pequeños, pero varios. El caso es que no está bien.
    – ¡Ataques cardiovasculares! -exclamó, incrédulo-. ¿Por qué nadie me dijo nada?
    – Porque así lo quiso mamá.
    – ¿Por qué? -la miraba furioso.
    – Mamá no quería molestarte. Tú ya tenías suficientes problemas, ya sabes -como todavía no parecía muy convencido, se lo dijo a las claras-: Sufrió el primer ataque una semana después del accidente de Melinda. Mamá no quería preocuparte más de lo que ya estabas.
    – Eso fue hace seis meses.
    – Y los siguientes ataques, todos muy seguidos, se produjeron cuando estabas en pleno caso Eldridge.
    – De todas formas alguien debería habérmelo dicho. Tú, por ejemplo.
    – ¿Yo? ¡Pero si no podía!
    Travis se apoyó tranquilamente en el coche.
    – ¿Y por qué no, Savannah?
    – Mamá insistió en ello y papá…
    – Tu padre quería mantenerme en la ignorancia, ¿verdad?
    Savannah sacudió la cabeza.
    – Él sabía lo importante que era ese caso para tu carrera, sabía que estabas muy afectado por la muerte de Melinda. Sólo pensaba en tu bien.
    – ¡Al diablo con mi bien! -tronó, agarrándola por los hombros, frustrado-. Tengo treinta y cuatro años, Savannah. ¡No necesito que nadie se erija en mi protector y, menos que nadie, tu padre!
    – Pero mamá…
    – ¿Dónde está?
    – En casa, seguramente en su habitación.
    La soltó, procurando dominarse.
    – Cuéntamelo todo. ¿Es grave?
    Savannah apretó los dientes. A pesar de la petición que Virginia le había hecho, no podía mentirle.
    – No está bien, Travis. Muchos días ni siquiera es capaz de bajar de la habitación.
    – ¿Por qué no está hospitalizada?
    – Porque en el hospital no pueden hacer nada más por ella. Una enfermera particular viene todos los días.
    – Estupendo -comentó con un suspiro-. Maravilloso. Y nadie se molestó en decirme nada -se frotó los músculos del cuello-. Voy a verla.
    – Desde luego.
    Entraron en la casa. Nada más quitarse el abrigo, Travis se dirigió hacia las escaleras con gesto decidido.
    Savannah hizo amago de seguirlo, pero se detuvo. Virginia querría estar a solas con Travis. Había sido como una segunda madre para él y no deseaba en absoluto entrometerse en una conversación privada. Así que bajó de nuevo las escaleras y se metió en el despacho de su padre.
    Desgraciadamente, no fue capaz de concentrarse en la montaña de facturas que tenía que examinar. Todos sus pensamientos volvían de continuo a Travis y al verano que habían compartido nueve años atrás.
    – Eres una estúpida -masculló, exasperada. Levantándose, se puso a pasear por la habitación.
    Al cabo de unos minutos decidió salir a echar un vistazo a las cuadras. Hablaría con Lester Adams, el preparador de caballos, para preguntarle cómo se estaba desarrollando el entrenamiento. Hablar directamente con Lester era habitualmente responsabilidad de su padre, pero dado que se hallaba en Florida, Savannah no iba a tener más remedio que enfrentarse a aquel oso gruñón. Y escuchar tanto sus quejas como sus alabanzas sobre los caballos…

    – Reginald debería haberlo vendido -le dijo Lester por segunda vez, apoyado en la cerca-. Parece bueno, pero es muy indómito. Se trabaja mal con él.
    – A Mystic le pasaba lo mismo -le recordó Savannah con una sonrisa, mientras observaba a Vagabond correr con la fluida gracia de un verdadero campeón. Era un precioso potro zaino, de ojos oscuros y paso ágil, fluido.
    – Es distinto.
    – Pero tiene el mismo carácter. Además, yo creía que te gustaban los potros «con fuego», como dices tú.
    – ¡Fuego sí, pero éste es un infierno! -Lester sacudió la cabeza y frunció sus espesas cejas grises, frustrado-. Es diabólico.
    – Podría ser un campeón.
    – Si no se autodestruye antes -el anciano apoyó la bota en un listón de la cerca mientras seguía estudiando al animal-. Tiene velocidad, es cierto.
    – Y corazón.
    Lester se echó a reír.
    – ¡Corazón! Yo lo llamo maldita obstinación. No hay más.
    – Sé que acabarás convirtiéndolo en un ganador -le aseguró Savannah-. Como hiciste con Mystic.
    El preparador rehuyó su mirada.
    – Será todo un desafío.
    – De los que te gustan a ti.
    – Mmm -se sonrió-. Ya basta, Jake -ordenó al mozo que estaba montando al potro.
    – De acuerdo -el pequeño jinete desmontó ágilmente-. Voy a cepillarlo un poco.
    Lester asintió con la cabeza. Después de bajarse la visera de la gorra, sacó un arrugado paquete de cigarrillos de un bolsillo de la camisa.
    – Así que Travis ha vuelto hoy -dijo mientras encendía uno. Apoyado en la cerca, miró a Savannah a través de una nube de humo azul.
    – Ahora mismo está en casa.
    – ¿Piensa quedarse mucho tiempo?
    – No lo sé, pero lo dudo. Sólo ha traído una bolsa de viaje. Quiere hablar con Wade.
    – ¿Acerca de lo de aspirar a presentarse a gobernador?
    – No lo sé -admitió-. No se lo he preguntado.
    – No lo entiendo.
    – ¿El qué?
    – Todo me parece muy raro. A Travis siempre se le dieron bien los caballos. Sé que le gustaba trabajar con ello, eso fue obvio desde el principio. Yo tenía una intuición con ese chico, la sensación de que… bueno, de que se quedaría aquí, en el rancho. Pero me equivoqué. En lugar de quedarse, fue a la universidad y se convirtió en abogado… y apenas volvió a poner el pie en este lugar. Nunca lo entendí -tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota-. Y para colmo, tu hermana va y se casa con Wade Benson…, aunque supongo que tendría sus razones. Pero Benson, por el amor de Dios, un hombre incapaz de diferenciar un jaco de un purasangre, renuncia a su vez a su trabajo como contable para ponerse a trabajar con caballos…
    – Wade lleva la contabilidad del rancho.
    – Sí, pero no sólo eso. También lo dirige.
    – Lo sé. Papá está pensando en retirarse a causa del estado de mamá.
    – Una lástima lo de tu madre -repuso Lester en voz baja. Un brillo de tristeza asomó a sus ojos oscuros.
    – Sí.
    – Una verdadera lástima -masculló, aclarándose la garganta-. Bueno, supongo que será mejor que vaya a echar un vistazo a los chicos… para asegurarme de que se ganan bien el pan -y se dirigió hacia el establo de los potrillos.
    Savannah regresó a la casa, pensando todavía en Travis. Minutos después se quitaba sus botas en el porche trasero, se agachaba para acariciar a Arquímedes, el gran perro ovejero de su padre, y entraba en la cocina. Sadie Stinson, la cocinera y ama de llaves, estaba ocupada preparando la comida.
    – Huele maravillosamente bien -comentó, asomándose al horno-. Me muero de hambre. Me he perdido la comida.
    Sadie Stinson chasqueó los labios con expresión reprobadora.
    – ¡Qué vergüenza!
    – Oh, no te creas. A juzgar por el aspecto que tiene esto, la espera habrá merecido la pena.
    – No conseguirás nada con tus zalamerías -gruñó, aunque resultaba evidente que le había gustado el elogio-. Anda, sube a arreglarte un poco. Serviré la cena dentro de media hora.
    – No puedo esperar tanto -replicó. Su estómago suscribió sonoramente la frase.
    – Tendrás que hacerlo.
    – Qué dura eres -rió Savannah-. Por cierto, ¿has visto a Travis?
    De repente cambió de humor. La sonrisa desapareció rápidamente de su rostro.
    – Que si lo he visto… Está en el despacho de tu padre, emborrachándose -se puso a partir la verdura con verdadera rabia-. Probablemente ni siquiera apreciará el trabajo que me he tomado.
    – Lo dudo -replicó Savannah, saliendo de la cocina.
    Recorrió el pequeño pasillo que llevaba al despacho. Travis estaba dentro, apoyado en el alféizar de la ventana con una copa en la mano. Se había quitado el traje y en aquel momento llevaba unos viejos pantalones de pana y una camisa de franela que no se había molestado en abrocharse. Un fuego ardía en la chimenea de piedra.
    Él se volvió y la descubrió en el umbral. Allí estaba: mirándolo con sus penetrantes ojos azules, el rostro enmarcado en su melena de rizos negros. Se le hizo un nudo en el estómago. Casi se había olvidado de lo hermosa que era.
    – Vamos, bebe conmigo -la invitó, alzando su copa.
    – No.
    Encogiéndose de hombros, Travis se volvió de nuevo hacia la ventana.
    – Como quieras.
    Savannah entró y cerró la puerta a su espalda. Arrodillándose frente a la chimenea, acercó las manos al fuego para calentárselas.
    – ¿Has visto a mamá?
    Él apuró su copa y se acercó a la bandeja de las bebidas para servirse otro whisky.
    – Debiste habérmelo dicho.
    – No podía.
    – ¡Claro que podías!
    – Mamá pensaba…
    – Se está muriendo, maldita sea -la acusó con sus fríos ojos grises-. Creí que podía confiar en ti, Savannah.
    – ¿Qué? -repitió, incrédula-. ¿Que «tú» creías que podías confiar en mí? -«¿qué pasa con la confianza que yo deposité en ti hace años?», le preguntó en silencio, sin atreverse a expresarlo en voz alta.
    – Sabes lo que quiero decir. Cuando éramos niños teníamos secretos, pero siempre fuimos sinceros el uno con el otro.
    «Excepto una vez», pensó indignada. «Excepto aquella única noche que me dijiste que me amabas y yo me lo creí con todo mi corazón».
    – Ya no somos niños y mamá me pidió que no te dijera nada. Yo siempre cumplo mi palabra, y además me dijo que papá te lo contaría en el momento adecuado.
    – Ya, ¿y cuándo se suponía que iba a llegar ese momento?
    – ¿Cómo voy a saberlo yo? -lo fulminó con la mirada antes de dirigirse hacia la puerta-. Tengo que arreglarme para la cena. Si para entonces no te has emborrachado hasta perder el sentido, nos veremos en la mesa.
    – Savannah…
    Ya tenía una mano en el picaporte cuando se volvió para mirarlo. Por un fugaz instante descubrió un sincero arrepentimiento en sus ojos antes de que su expresión se endureciera de nuevo.
    – Eso. Nos veremos en la cena.
    – Bien -y abandonó la habitación.

    La cena resultó tolerable. Apenas. Virginia se encontraba cansada y cenó en su habitación. Charmaine estaba disgustada porque Wade no había llamado y Travis no mostró ningún interés especial por el festín que había preparado Sadie Stinson.
    «Maravilloso», pensó, Savannah, irónica. La única persona que parecía estar disfrutando de verdad era Josh, que no cesaba de hablar.
    – Entonces ¿cuánto tiempo piensas quedarte? -preguntó a Travis.
    – No lo sé.
    – ¡Oí que papá decía que ibas a ser presidente, o algo así!
    – Gobernador, Josh -lo corrigió Charmaine, y Travis esbozó una mueca antes de recostarse en su silla y sonreír a Josh.
    Era la primera vez que sonreía desde que había bajado del avión. Una sonrisa que tuvo un efecto desastroso sobre Savannah.
    – ¿De veras dijo eso? -le preguntó Travis al niño.
    – Sí -Josh hizo a un lado su plato-. Papá dice que tú tienes que estar en… el sitio ése donde está el gobernador.
    – Sacramento.
    – Eso. Y también que deberías estar en cualquier parte menos aquí, en el rancho.
    – ¿Ah, sí? -murmuró Travis, ampliando su sonrisa.
    – ¡Joshua! -lo regañó su madre, levemente ruborizada-. ¡Si ya has terminado de cenar sube a hacer tus deberes!
    – ¿He dicho algo que no debía?
    – Por supuesto que no, Josh -intervino Savannah, lanzando a Travis una mirada de advertencia y levantándose de la silla-. Vamos, te acompaño. Te echaré una mano.
    – Son de matemáticas.
    – Bueno, no son mi fuerte, pero intentaré ayudarte. Vamos -juntos subieron las escaleras. Una vez en el rellano ella vaciló y cambió de idea-. ¿Por qué no te adelantas y vas empezando tú? -sugirió-. Yo voy a ver cómo está la abuela, ¿de acuerdo?
    – Bien -aceptó el crío, y desapareció por el pasillo.
    Tras llamar suavemente a la puerta, Savannah entró en el dormitorio de su madre. Virginia sonrió nada más verla.
    – Has tardado. Me estaba preguntando cuándo aparecerías.
    – No podía escaparme -se acercó a la cama para retirar la bandeja.
    – ¿Qué tal con Travis?
    Savannah soltó un suspiro de disgusto mientras se apoyaba en uno de los postes de la cama.
    – Bien, teniendo en cuenta lo terriblemente resentido que está.
    – Este último año ha sido muy duro para él. Dale una oportunidad.
    – ¿Una oportunidad? ¿De qué?
    – De curar sus heridas.
    – ¿Te contó a ti a qué había venido?
    – No. De hecho, se mostró bastante ambiguo al respecto. Le sentará bien quedarse por aquí una temporada. A Travis siempre le gustó trabajar en el rancho, con los caballos. Podría ocupar de nuevo el apartamento del garaje y… -su voz se fue apagando.
    – Tengo que irme, mamá -dijo Savannah-. Le prometí a Josh que lo ayudaría con sus deberes de matemáticas.
    Virginia rió entre dientes.
    – Un ciego guiando a otro ciego.
    – Qué poca fe tienes en tu propia hija… -soltó una carcajada-. Bueno, hasta luego.
    Salió de la habitación y se dirigió al dormitorio de Josh. Lo encontró jugando en el suelo con sus muñecos.
    – ¿No se suponía que tenías que estar haciendo los deberes?
    – Pero tía Savvy… -la miró suplicante.
    – Ahora mismo. Venga -recogió algunos muñecos y los guardó en un cajón de la cómoda, atiborrada de juguetes.
    – Podrías jugar conmigo…
    Savannah se sentó en el borde de la cama y negó con la cabeza.
    – Después quizá. Ahora tenemos que ponernos con las matemáticas -se descalzó y se sentó sobre los tobillos-. Vamos.
    – Odio las matemáticas -refunfuñó el crío.
    – Yo también, pero, aunque detesto admitirlo, la aritmética, la geometría, el álgebra…, todo eso es muy importante. Algún día te darás cuenta.
    Diez minutos después, una ligera tos llamó su atención y se volvió y descubrió a Travis en el umbral. Apoyado en el marco de la puerta, tenía las manos hundidas en los bolsillos de los tejanos. ¿Cuánto tiempo llevaría allí, observándolos?
    – ¿Cómo va todo?
    – No va -admitió ella.
    – ¡Fatal! -reconoció Josh.
    – ¿Necesitáis ayuda?
    – ¡Sí! -exclamó el niño, entusiasmado.
    Savannah se quedó conmovida. Se notaba que Josh echaba en falta un poco de cariño paternal. El que le negaba su propio padre.
    – Claro. ¿Por qué no? Adelante, Travis. De todas maneras yo tenía que bajar esta bandeja -señaló la que había recogido de la habitación de su madre.
    – No te estaré ahuyentando… -dijo él mientras entraba, mirándola en todo momento a los ojos.
    – Por supuesto que no.
    – Estás mintiendo de nuevo -la acusó-. Una fea costumbre, Savannah. Te convendría dejarla.
    – Supongo que tú tienes la virtud de sacar lo peor de mí misma -siseó en voz baja para que no la oyera Josh.
    – O lo mejor -recorrió su cuerpo con la mirada, deteniéndose significativamente en la forma de sus senos bajo su suéter.
    Bajo aquella abrasadora mirada, se puso colorada de furia, pero mantuvo cerrada la boca porque Josh acababa de volverse hacia ella.
    – ¿Te pasa algo, tía Savvy?
    – No, no. Yo… Te veré luego -logró forzar una sonrisa y abandonó la habitación, diciéndose a sí misma que sólo tendría que soportar las impertinencias de Travis durante unos días más.
    Hasta que Wade y Reginald volvieran al rancho. Pero… ¿qué sucedería entonces? La perspectiva de aquel encuentro la llenaba de temor.

Tres

    Wade no llamó aquella noche y Savannah no sabía si alegrarse o preocuparse. Al día siguiente intentó evitar a Travis para no tener otro enfrentamiento con él. No le resultó muy difícil. Él se pasó el día encerrado en el despacho, hablando por teléfono, o en el apartamento, que Charmaine había desocupado parcialmente. Ella, por su parte, fue a comprar comida y estuvo luego con Lester y los caballos. Por la tarde subió a su habitación para ducharse antes de la cena. Se puso un suéter rojo y unos pantalones negros. Mientras se cepillaba el pelo, intentó convencerse de que no se estaba arreglando para Travis…
    Por fin entró en el comedor y se sorprendió al ver a su madre sentada a la mesa. Instalada a la cabecera, vestida con una túnica de color rosa, Virginia ofrecía un aspecto excelente. Travis se hallaba a su derecha, al lado de Charmaine. Siguió con la mirada a Savannah mientras ésta atravesaba el comedor y se sentaba en la silla vacía, justo frente a él.
    Llevaba una camisa de cuello abierto y parecía estar charlando relajadamente con Virginia. «Como un hijo pródigo de vuelta a casa», pensó Savannah.
    – Qué bien que hayas bajado, mamá -comentó a Virginia con tono alegre mientras Travis le servía una copa de vino.
    – No todos los días tenemos a Travis sentado con nosotros -explicó su madre sonriendo-. Ojalá nos hubiera avisado antes. Ayer habríamos podido prepararle una bienvenida como es debido.
    Savannah se dijo que por una bienvenida «como es debido» Virginia entendía la mejor cubertería, mantel y servilletas de hilo, candelabros con velas y la cristalería de la familia. Una mesa, en suma, igual que la que estaba dispuesta en aquel momento.
    – No era necesario… -protestó discretamente Travis.
    – Claro que sí -rió Virginia-. ¡Hacía casi dos años que no pisabas esta casa!
    Charlaron de temas insustanciales. Savannah estuvo bastante entretenida, aunque en todo momento podía sentir la mirada de Travis fija en ella. Recostado en su silla, la observaba con una expresión entre cínica y divertida.
    Joshua se hallaba sentado al lado de Savannah y parecía preocupado. Tenía el ceño fruncido y apenas había probado la comida. Todos los intentos por incluirlo en la conversación fueron acogidos con monosílabos.
    A pesar de la esplendorosa decoración y de la suculenta cena, Savannah podía sentir la tensión latente. «Como la calma que precede a la tormenta», pensó incómoda mientras rehuía la intensa mirada de Travis.
    – Wade llamó esta tarde -anunció Charmaine mientras dejaba el tenedor sobre su plato, acabado el postre.
    – ¿Qué? -Travis se volvió para mirarla furioso-. ¿Por qué no me avisaste?
    – Estabas en las cuadras con Lester. No quería molestarte -alzó la barbilla-. Mamá estaba descansando y Savannah en Sacramento, haciendo compras. Así que le dije que estabas aquí, esperando a hablar con él.
    – Quizá debería telefonearlo yo -frunció el ceño, impaciente.
    – No. Me dijo que vendrá mañana. El avión llegará a las seis, de modo que Reginald y él estarán aquí como muy tarde a las siete y media -colocó cuidadosamente la servilleta sobre la mesa y empujó su silla hacia atrás, aunque no se levantó-. Si te sirve de consuelo, tiene tantas ganas de hablar contigo como tú.
    – No me extraña -se burló Travis.
    Charmaine dejó pasar el comentario y se volvió hacia su hijo. Seguía muy tensa, pero se esforzaba por mantener la calma.
    – Lo que quiere decir que papá estará aquí a tiempo de pasar las vacaciones con nosotros, ¿no es estupendo?
    El niño estaba jugueteando con los restos del postre de manzana. Miró rápidamente a su madre y se encogió de hombros.
    – ¿Joshua?
    – Yo no quiero que vuelva a casa -rezongó, mirando de reojo a Savannah antes de concentrarse nuevamente en su plato.
    Charmaine, obviamente avergonzada, se aclaró la garganta.
    – Joshua, entiendo que no estás hablando en serio y que…
    – Claro que estoy hablando en serio, mamá -se le habían llenado los ojos de lágrimas-. Papá me odia.
    – Pero cariño… -susurró Virginia, emocionada.
    – Sabes que eso no es verdad, Josh -lo reprendió su madre.
    – Es verdad. Y al fin lo he descubierto -le espetó el niño-. Hoy algunos niños del colegio estaban diciendo cosas…
    – ¿Cosas? ¿Sobre qué? -inquirió Charmaine, cada vez más tensa.
    – ¡Sé que la única razón por la que te casaste con papá fue por mí!
    – Yo me casé con tu padre porque lo quería.
    – ¡No, tuviste que casarte con él a la fuerza! -estalló, levantándose prácticamente de la silla-. Eso es lo que decían los niños del colegio.
    – Josh -intervino Savannah, pero su hermana la interrumpió con un gesto.
    – Tranquila, Savannah. Éste es mi problema -y, volviéndose hacia su hijo, declaró con tono firme-. Nadie «tenía» que casarse con nadie.
    – ¿Te habrías casado con él si no te hubieras quedado embarazada de mí? -parpadeó varias veces para contener las lágrimas.
    Virginia, muy pálida, levantó su copa de agua con dedos temblorosos.
    – Por supuesto -susurró Charmaine.
    – ¡No! -chilló Josh, que tenía el rostro congestionado.
    – Joshua, creo que deberías subir a tu habitación. Allí podremos hablar tranquilamente de todo esto.
    Le temblaba ya la voz. Savannah fue a tocar a su sobrino en el hombro, y el gesto de rechazo del niño le partió el corazón.
    – Josh…
    – No quiero hablar -replicó furioso, cerrando los puños-. Es verdad… ¡Todo eso que decían es verdad y yo no quiero que papá vuelva a casa! ¡Ojalá… ojalá no tuviera padre!
    Travis miraba sucesivamente a Savannah y al niño, tensa la mandíbula, con una expresión mezcla de piedad y comprensión.
    – No puedes estar hablando en serio… -insistió Charmaine.
    – ¡Claro que sí! ¡Estoy hablando en serio! -Josh derribó la silla y salió corriendo del comedor.
    – Ay, no… -murmuró Charmaine.
    – Lo siento -musitó Savannah, sintiéndose terriblemente impotente. Sabía que no había forma alguna de consolar a su hermana mayor.
    – No te preocupes -Charmaine forzó un tono ligero-. Tenía que ocurrir tarde o temprano. Wade y Josh nunca se han llevado bien. Antes o después Josh tenía que descubrir que su padre no lo quiere, que le guarda… rencor. Yo… yo no quería reconocerlo, supongo.
    – Yo iré con él -se ofreció Savannah, conteniendo también las lágrimas.
    – No. Ya te he dicho que éste es mi problema, un error que cometí hace diez años y que debo resolver yo -decidida, se levantó de la silla y abandonó el comedor-. ¡Joshua! -llamó a su hijo-. ¡Joshua, no te encierres en tu habitación!
    Savannah cerró los ojos por un instante.
    Cuando volvió a abrirlos, Travis seguía mirándola fijamente. Apretaba la mandíbula y su mirada era fría como el hielo.
    – Supongo que todo esto era de esperar, como ha dicho Charmaine -comentó Virginia, lanzando disgustada su servilleta sobre la mesa-. Sólo esperaba no llegar a verlo yo -se levantó temblorosa de la silla y Travis se dispuso a ayudarla-. No, no, estoy bien. Puedo subir sola a mi habitación, gracias.
    – ¿Estás segura? -preguntó Savannah.
    – Llevo treinta años subiendo esas escaleras -sonrió, triste-. No hay razón para que no pueda hacerlo ahora.
    Irguiéndose con gesto orgulloso, abandonó la habitación y empezó a subir lentamente las escaleras.
    – Cuando le ponga las manos encima a Wade Benson… -masculló Travis, colérico, una vez que se quedaron a solas-. Espero que tenga el buen sentido de quedarse en Florida o donde diablos quiera que esté.
    Dejó su copa a medio beber en la mesa y se levantó para marcharse. Un par de segundos después, Savannah escuchó el portazo que dio al salir. Todavía preocupada por Joshua, ayudó a Sadie a recoger la mesa y se puso a limpiar la cocina para no pensar ni en el niño ni en Travis.
    Al poco rato se dirigió a las cuadras con la secreta intención de buscarlo. No lo encontró allí. Revisó los caballos y rellenó luego algunos informes en la oficina. Travis no aparecía por ninguna parte. Decepcionada, decidió regresar a la casa.
    – Eres una estúpida -murmuró, frunciendo el ceño-. Lo que tienes que hacer es mantenerte lo más alejada posible de él.
    Una vez en la cocina, abrió la nevera y se sirvió un vaso de leche. Se lo bebió lentamente mientras contemplaba por la ventana el potrero y las cuadras a oscuras. No podía dejar de pensar en Travis. Ni de preguntarse dónde estaría en aquel momento y por qué había vuelto al rancho…
    Tras dejar el vaso en el fregadero, se pasó una mano por los ojos y se dirigió al despacho para revisar la correspondencia. El despacho estaba en penumbra, iluminado únicamente por las mortecinas brasas. Nada más entrar descubrió a Travis recostado en la alfombra, con un vaso en la mano, de espaldas a la chimenea.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó.
    – Esperándote.
    – Muy bien -susurró-. Pues ya me tienes aquí -apoyándose en el escritorio, fue a encender la lámpara.
    – No. Déjala apagada. La habitación parece más sosegada así…, menos hostil.
    Savannah soltó una amarga carcajada.
    – Bueno, eres un experto en eso. Fuiste tú quien escribió el manual de la hostilidad.
    – De la hostilidad hacia ti no, desde luego -bebió un sorbo de whisky-. ¿Por qué te entrometiste en la discusión de Josh con su madre? -inquirió de pronto.
    – Yo no me entrometí.
    Una sesgada sonrisa asomó a sus labios.
    – Llámalo como quieras, pero es la segunda vez que lo haces.
    Savannah se encogió de hombros y frunció el ceño.
    – Yo no creo estar entrometiéndome en nada. A veces tengo la sensación de que nadie le hace el caso suficiente a ese niño. Todo el mundo le reprocha sus fallos, pero nadie lo estimula.
    – ¿Excepto tú?
    – Y su abuelo. Pese a lo que puedas pensar de él, Reginald siempre ha sido un abuelo modelo. Como fue un padrastro modelo para ti. En caso de que lo hayas olvidado.
    Travis tensó la mandíbula.
    – ¿Qué me dices de Charmaine? ¿Cómo se lleva ella con su hijo?
    – Josh es un niño un poco difícil y Charmaine tiene que criarlo y educarlo sola. Evidentemente, Wade no le dedica mucho tiempo.
    – Evidentemente -repuso él con tono seco.
    – En cuanto a Charmaine… Lo intenta, pero a veces tiene graves problemas para comprender a Josh. Ya sabes, espera que sea perfecto y no lo ve como lo que es en realidad: un niño.
    – Y es ahí donde tú metes baza.
    – Sólo cuando creo que Josh necesita un estímulo suplementario. No es fácil ser el único niño en una casa llena de adultos -cruzó los brazos sobre el pecho.
    – Lo quieres mucho.
    – ¿Y quién no? -preguntó a su vez, sonriéndose.
    – ¿Quizá Wade?
    – Ignoro si Wade es capaz de querer a alguien, ni siquiera a sí mismo -rezongó, repentinamente furiosa-. Y Josh tiene razón en una cosa: Wade nunca se habría convertido en padre voluntariamente -no deseaba seguir por ese camino y prefirió cambiar de tema-. ¿Sabes que Josh sueña con montar a Mystic?
    – ¿Y con qué sueñas tú?
    – Yo no sueño -replicó, incómoda.
    – ¿No sueñas, Savvy? -preguntó, utilizando el diminutivo por que la había llamado desde que llegó por primera vez al rancho, cuando ella apenas contaba nueve años.
    – Ya no.
    – Entiendo -bajó la mirada a su vaso-. Por lo que sucedió entre nosotros.
    – En parte sí -admitió ella, y volvió a sentir en el pecho aquella antigua amargura.
    Travis bebió un largo trago de whisky antes de alzar nuevamente la mirada hacia ella.
    – Dime una cosa. Si tan encariñada estás con Josh y te gustan tanto los niños… ¿por qué no has tenido ninguno?
    – Muy sencillo. Falta de padre.
    – ¿Ves? Eso es algo que no deja de sorprenderme.
    – Yo creía que ya te lo había explicado. David y yo…
    – Pero hay otros hombres -la interrumpió-. Ha tenido que haber otros. Fuiste a la universidad en Berkeley, trabajaste en San Francisco. No esperarás que me crea que has llevado una vida de monja…
    Savannah se turbó visiblemente, tan cerca había estado Travis de adivinar la verdad…
    – No, claro. Pero supongo que nunca encontré al hombre… adecuado.
    – Eso, probablemente, también fue culpa mía.
    – ¿Tan importante te crees?
    Él hizo caso omiso del comentario, cruzó los tobillos y apuró su copa.
    – Yo creo que habrías sido una madre maravillosa.
    – Supongo que debería tomarme eso como un cumplido.
    – No era otra mi intención.
    Savannah sintió un incómodo nudo de emoción en la garganta.
    – ¿Por qué no me dices lo que has venido a hacer aquí? ¿Por qué Henderson, tu socio, está tan preocupado?
    – Te lo diré cuando…
    – Ya lo sé. Cuando vuelvan Wade y papá. Mañana. En cierto sentido, es una suerte.
    – ¿Por qué? ¿Tan pronto te has cansado de mí?
    – No. Pero tampoco puedes quedarte eternamente. Al paso que vas, en dos días habrás acabado con nuestra reserva de whisky. Dime de una vez a lo que has venido, Travis -insistió-. Ya sé que estás pensando en separarte de Henderson y disolver la empresa, y sé también que probablemente has renunciado a tus planes de convertirte en gobernador, pese a los rumores que corren por ahí.
    – Henderson habla demasiado -él recorrió lentamente el cuerpo de Savannah con la mirada, deteniéndose en sus senos-. Y tú eres demasiado curiosa para tu propio bien. Siempre lo has sido.
    – ¿Por qué has vuelto? -insistió Savannah una vez más, con un nudo en la garganta.
    – No quiero hablar de ello.
    – ¿Por qué no?
    Travis hizo una mueca y se concentró en su copa vacía.
    – Porque primero quiero hablar con Reginald. Algo no va bien.
    – ¿Qué?
    Él se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos.
    – Pues todo. El bufete, la campaña… Hay varias cosas que no encajan y… -se interrumpió de pronto-. Confía en mí, ¿quieres? Todo se arreglará una vez que haya hablado con tu padre.
    – ¿Qué tiene que ver Wade con todo esto?
    – Sospecho que está implicado.
    – ¿En qué?
    – Todavía no lo sé -admitió, disgustado-. Y, francamente, tampoco estoy muy seguro de querer saberlo.
    – Tienes miedo.
    Travis sonrió con expresión triste, moviendo la cabeza.
    – Algo te reconcome por dentro -insistió ella.
    – No me gusta ser un peón en una partida de ajedrez que no controlo, eso es todo -se levantó y se puso a pasear por la habitación-. ¿Te has preguntando alguna vez por qué tu padre tiene tanto interés en que me presente a las elecciones?
    – La verdad es que no.
    – Bueno, pues tiene un «gran» interés, Savannah. Está presionando mucho. Y la única razón que se me ocurre es que busque algún beneficio personal.
    – Realmente te has convertido en un cínico, ¿lo sabías? -le espetó, indignada.
    – Piensa en ello. ¿Por qué, si no, le importaría tanto? Sospecho que espera algo de mí.
    – ¿El qué?
    – No lo sé… -alzó una mano y volvió a dejarla caer, impotente-. Quizá tú puedas decírmelo:
    – Mira, yo no tengo ni la menor idea de de qué estás hablando.
    – ¿De veras? -la miró con expresión desconfiada-. Tú podrías estar conchabada con ellos.
    – ¡Estás loco! -exclamó, furiosa.
    Travis soltó una carcajada. Apoyado en la repisa de la chimenea, se pasó una mano por el pelo.
    – Ojalá lo estuviera.
    – No puedes volver aquí, con el hombre que te educó como a un hijo, y empezar a acusarlo de Dios sabe qué estupideces. ¡Tú, precisamente!
    – Todavía no he acusado a nadie de nada.
    – ¡Todavía! Pero lo harás.
    – De acuerdo, usemos la lógica. Un gobernador tiene mucho poder, en eso estarás de acuerdo conmigo. Por ejemplo: es la máxima autoridad del Consejo de Carreras de Caballos de California. Elige a sus miembros y los destituye si consigue demostrar su negligencia o ineptitud para el cargo. Por no hablar de su influencia en cualquier tema relacionado con propiedades, contratas, etcétera. El gobernador acumula mucho poder. El tipo de poder del que cualquiera podría sentirse tentado de abusar.
    – ¿Te refieres a mi padre?
    – Tal vez. Wade y Willis Henderson no estarían muy lejos de él.
    Savannah abrió mucho los ojos. Travis creía realmente lo que le estaba diciendo.
    – Ten cuidado, Travis. Estás hablando de mi padre. Un hombre que siempre ha hecho lo mejor para ti.
    – Quizá no siempre.
    – Eso es una simple especulación…
    – No lo creo. Cuatro de los miembros del Consejo serán sustituidos durante la próxima legislatura del gobernador. Cuatro. Cuatro de siete.
    – ¿Y crees que eso le importa a mi padre? -Savannah estaba hirviendo de furia.
    – ¡Claro que le importa! ¡A cualquiera que posea un solo caballo de carreras en California le importa! -se plantó ante ella-. Reginald podría querer entrar en esa junta o intentar convencerme de que eligiera a la gente más adecuada, amigos suyos sobre los que pudiera influir.
    – Pero ¿por qué?
    – Por una cuestión de poder, Savannah.
    – Esto es una locura…
    – Poder y dinero. Los dos principales móviles de la humanidad.
    – No te olvides de la venganza -le recordó.
    – Oh, por supuesto que no la he olvidado -una amarga sonrisa asomó a sus labios-. La otra noche estuve visitando a mi socio, Henderson.
    – ¿La noche que le dijiste que querías disolver la sociedad?
    – Exacto. La misma en la que él se reunió con Wade.
    – No entiendo…
    – Parece que Wade y Willis andan trabajando juntos en ciertos temas.
    – ¿Como cuáles?
    Tras reflexionar por un momento, Travis decidió contárselo.
    – Como por ejemplo que Wade Benson ha estado llevando los libros de contabilidad del bufete… sin mi conocimiento.
    Savannah no pudo disimular su sorpresa. Por lo que sabía, Wade solamente llevaba los libros del rancho.
    – Pero ¿qué tiene eso que ver con nada?
    – En sí mismo, no mucho. Pero el hecho de que Henderson admitiera que Wade y él habían estado recabando donaciones para mi campaña -sacudió la cabeza-, resulta bastante significativo. Y además Henderson me dijo que tu padre lo sabía. Que estaba implicado.
    – Pero si tú todavía no has anunciado tu candidatura…
    – Ni pienso hacerlo -apuró su copa-. Espero que ahora entiendas mi situación.
    – Si todo lo que estás diciendo es cierto…
    – ¿Por qué habría de mentirte? -replicó Travis con la mirada clavada en el fuego.
    – No lo sé. En realidad, ya no te conozco.
    – Claro que me conoces -repuso con ternura. La misma ternura que había exhibido años atrás, antes de que la amargura y el dolor se instalaran en su mirada.
    – Has cambiado.
    – No para mejor, supongo.
    – ¿Qué es lo que te amargó tanto?, ¿la muerte de Melinda?
    – Ojalá todo fuera tan sencillo -musitó-. A ella no le habría gustado nada esto, ya lo sabes. Esperaba que me metiera en política, deseaba respaldar mis ambiciones. Ella… y Reginald -frunció el ceño, mirando el vaso vacío-. Hasta que surgió el caso Eldridge -añadió, triste.
    – Pero yo creía que lo habías ganado -Savannah conocía los detalles por los medios informativos. Travis había conseguido llevar a un poderoso grupo farmacéutico ante los tribunales, en defensa de los intereses de la familia de Eric Eldridge, fallecido por culpa de un medicamento contaminado.
    – Y gané.
    – ¿Qué es lo que te hizo cambiar de opinión sobre lo de entrar en política?
    – Todo -murmuró disgustado mientras se servía otra copa de whisky-. Nuestro bufete ganó mucho dinero. Los Eldridge recibieron una indemnización millonada. Nos enviaron una caja del mejor champán para brindar por su éxito. Se compraron dos coches nuevos y un yate.
    – Lo que hicieran con el dinero no importa.
    – Pero eso no les devolvió a su hijo, ¿verdad? -sacudió la cabeza-. Grace Eldridge lloró inconsolablemente la muerte de su hijo. Pero un mes después de dictada sentencia, apareció en el bufete con un abrigo de pieles y un bronceado caribeño preguntándome si existía alguna posibilidad de que presentáramos otro pleito contra la compañía farmacéutica. Aquello me dejó muy mal sabor de boca. A esto es a lo que me refería al decirte que lo único importante eran el poder y el dinero.
    – Y la venganza -volvió a recordarle Savannah.
    Travis se plantó de nuevo frente a ella. Parecía taladrarla con sus ojos brillantes.
    – Exacto. La venganza.
    Cuando ella vio que iba a tomarla por los hombros, no se movió. El calor de sus manos penetró en su piel a través de la lana del suéter. Estaba temblando por dentro, tanto por el contacto con Travis como por las sospechas de éste sobre su padre.
    – Así que eso es lo que has venido a averiguar -susurró-. El grado de implicación de mi padre en tu inexistente campaña para gobernador.
    – En parte, sí -admitió él con voz ronca.
    – ¿Y qué más? -el corazón le latía a toda velocidad.
    – Sólo eso -inclinando la cabeza, rozó apenas sus labios con los de ella.
    – No, no quiero… -musitó Savannah-. Otra vez no… -liberándose bruscamente, retrocedió un paso-. Dime… dime lo que crees que puede estar tramando mi padre -le espetó, negándose a pensar en la pasión que latía detrás del beso de Travis o en su propia e inmediata reacción.
    – No estoy seguro. Necesito tu ayuda para averiguarlo.
    – No, Travis. Supongo que no esperarás que vaya contra mi propio padre…
    – Yo no te he pedido eso.
    Estaba tan cerca que ella apenas podía pensar en nada que no fuera la atracción que el cuerpo de Travis ejercía sobre el suyo.
    – Pero tú lo que quieres es…
    – Descubrir la verdad. Nada más.
    – ¡Pues entonces habla con papá! -replicó, desesperada.
    – Lo haré. Cuando vuelva. Pero hasta entonces, puede que necesite tu colaboración.
    – ¡Yo no puedo ayudarte, Travis!
    – Si lo que voy a decirte sirve para que te sientas mejor, espero sinceramente que todo esto no sea más que un enorme malentendido. Me gustaría pensar que las motivaciones de Reginald son tan puras como tú pareces pensar.
    – Pero no lo crees así.
    – Soy demasiado realista.
    – Malpensado, querrás decir.
    – Demuéstrame entonces que me equivoco -la desafió.
    – No lo sé, yo…
    – ¡Que me demuestres que estoy equivocado, maldita sea! -estalló-. Fuiste tú la que me tiró de la lengua. Yo no quería decirte nada, pero tú has insistido.
    – Pero tú me estás pidiendo que te demuestre que mi padre, un respetable empresario y criador de purasangres, está… ¿qué? ¿Intentando conseguir que te elijan gobernador para poder defraudar al fisco o enriquecerse de manera ilegítima? ¿Es eso lo que estás sugiriendo?
    – Quizá puedas defender tu opinión de alguna manera, ¿no?
    – ¡Por supuesto que puedo! En el caso de que papá quisiera servirse de tu influencia como gobernador, eso sólo le serviría aquí, en California… ¿Qué sentido tendría entonces el traslado de los caballos a Florida? Trasladarlos allí no tendría ningún sentido… ¡no cuando aquí, en suelo californiano, podría manipular a esa junta de carreras de caballos según su capricho!
    – Déjate de sarcasmos.
    – ¡Es que estás diciendo tonterías! -gritó, furiosa consigo misma por haberle hecho caso. Aquella conversación no tenía ningún sentido.
    – Demuéstramelo -insistió él.
    – Lo haré -replicó Savannah, echando chispas por los ojos.
    – Muy bien -apoyándose en la repisa de la chimenea, Travis esbozó una irónica sonrisa. Ya se había cansado. Iba a decírselo-. Tu padre te lo cuenta todo, ¿verdad? Pero supongo que nunca te dijo quién estaba aquella noche en el estanque, hace nueve años -extendió una mano para alzarle la barbilla con un dedo.
    Savannah se apartó bruscamente.
    – ¿Qué? ¿Papá lo sabía?
    – Por supuesto que sí.
    – ¡No me lo creo! Me habría dicho algo al respecto…
    – ¿Por qué habría de hacerlo?
    – Pero… ¿cómo pudo enterarse?
    – Porque Melinda se lo dijo.
    – ¿Y cómo lo sabía Melinda? ¿Se lo dijiste tú? -inquirió. Apenas se atrevía a respirar mientras evocaba aquella lejana noche.
    – Ella nos vio.
    – Dios mío… -el recuerdo se volvió claro como un cristal. El sonido de una ramita al romperse, Travis saliendo a investigar… ¡Melinda era la intrusa del estanque! Avergonzada y humillada, se dirigió hacia la puerta, pero él la agarró delicadamente de un brazo-. No, no quiero escuchar nada -susurró Savannah-. Todo eso ya es pasado y…
    – ¿De veras? -en la penumbra de la habitación, la mirada de Travis parecía traspasarle el alma-. Yo nunca he dejado de desearte -admitió con una sonrisa cínica.
    – No hay razón para mentir.
    – Maldita sea, Savannah -la sacudió levemente. Una cruda emoción tensaba sus rasgos-. No te estoy mintiendo. Me pesa y me cuesta admitirlo, pero ni un solo día he dejado de pensar de ti. Nunca debí haberme separado de ti.
    – Pero entonces ¿por qué no volviste? -susurró con el corazón acelerado.
    – ¡Porque estaba casado! ¡Y porque tú eras la hija de Reginald!
    Savannah no quería escuchar más excusas, ni pensar en las mentiras de esos nueve largos años.
    – Mira, no tiene ningún sentido que hablemos de esto -murmuró. Intentó liberarse, pero Travis se lo impidió.
    – Yo no quería -confesó con voz ronca-. De hecho, intenté mentirme a mí mismo, convencerme de que no significabas nada para mí, pero no funcionó. Durante todo el tiempo en que estuve casado con Melinda… jamás pude olvidarte. Aquella noche en el estanque me quemaba el corazón y el alma como ningún otro recuerdo… -suspiró profundamente-. Por las noches… por las noches me quedaba despierto recordándote y no podía dejar de desearte, maldita sea. Melinda estaba a mi lado, en la cama… ¡y yo sólo podía pensaren ti!
    – ¿Qué sentido tiene todo esto? -inquirió Savannah con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas. Aquellas palabras de amor que tanto había ansiado oír se le antojaban en aquel momento absurdas, fuera de lugar.
    – Sólo uno: que me he acostumbrado a vivir una mentira. Pero una mentira que ya no tengo por qué seguir soportando.
    – ¿Por qué? ¿Porque Melinda ha muerto?
    – Sí.
    Savannah cerró los ojos para contener las lágrimas y alzó la barbilla.
    – No me gusta ser segundo plato de nadie, Travis. Nunca me ha gustado.
    – ¿Ni siquiera quieres saber por qué me casé con ella?
    – ¡No! Eso no importa. Ya no… -se le quebró la voz con aquella mentira.
    Él la atrajo hacia sí. Savannah podía sentir la furia reverberando en su cuerpo, oler su aliento a whisky, ver la rabia que fulguraba en sus ojos.
    – Claro que importa. ¿Es que no te das cuenta? He venido aquí a acabar con todas las mentiras del pasado…, todas y cada una. Incluyendo la mentira de haberme casado con la mujer que no debía. Yo te amaba a ti, Savannah, y por ello me condené. Porque tú eras la hija del hombre que me crió y me educó… y hasta aquel momento yo siempre había pensado en ti como en una hermana pequeña.
    En el denso silencio que siguió a sus palabras, Savannah lo miró fijamente a los ojos y vio la abrasadora pasión que ardía en ellos. El corazón se le aceleró al pensar que, nueve años atrás, Travis la había amado realmente. Y que en aquel momento, nueve años después, seguía deseándola.
    – Y tú también me amabas -añadió él finalmente.
    Savannah sentía que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negaba a derramarlas.
    – El hombre al que amaba jamás me habría abandonado -pronunció con voz temblorosa-. Jamás se habría marchado sin despedirse siquiera.
    – Reconozco que cometí muchos errores. Dios sabe que no soy ningún santo y que debí haber intentado verte antes de aceptar casarme con Melinda. Pero todo el mundo, incluido tu padre, juzgó que lo mejor era que me marchara sin más.
    Savannah se estremeció visiblemente.
    – ¿Cómo se enteró papá de lo nuestro?
    – Melinda fue a Reginald con la historia de que se había quedado embarazada. O eso, o urdieron la mentira juntos.
    – No entiendo… -sintió que le flaqueaban las rodillas, pero Travis la sujetó a tiempo.
    – Le dijo a Reginald que la única razón por la que nosotros habíamos discutido antes, aquella misma noche, fue porque estaba asustada. Porque tenía miedo de que yo la abandonara a ella y al niño. Y que después se lo pensó mejor y fue a buscarme al estanque.
    – ¿Cómo sabía que estabas en el estanque?
    – Pura casualidad. Mi coche estaba en el garaje, y no me encontró ni en el apartamento ni en la oficina. Melinda sabía que siempre que quería estar solo iba al estanque, así que…
    – Nos descubrió -susurró ella con un brillo en sus ojos azules, mezcla de humillación y de furia.
    – Sí.
    – De modo que te casaste con ella porque estaba embarazada…
    – No. Porque ella «me dijo» que estaba embarazada.
    – ¿Y el niño?
    – Probablemente nunca existió.
    – ¿Qué?
    Una amarga sonrisa asomó a los labios de Travis.
    – Melinda me aseguró que se había quedado embarazada. Yo no lo puse en duda, lo cual probablemente fue un error -bajó la mirada hasta los senos de Savannah, que destacaban bajo el suéter, antes de mirarla de nuevo a los ojos-. Evidentemente no el primero.
    Una vez más ella intentó apartarse, pero él se lo impidió.
    – Tres semanas después de la boda, Melinda me dijo que había tenido un aborto. No dudé de ella hasta mucho después, cuando le sugerí que tuviéramos un hijo para salvar nuestro matrimonio -leyó la protesta en los ojos de Savannah-. Sí, ya sé que es una pobre excusa para tener un hijo, pero yo estaba desesperado. Quería arreglar las cosas entre nosotros como fuera, porque durante todo el tiempo que estuvimos casados, ella siempre supo que yo no te había olvidado. ¿Tienes idea de lo mucho que debió sufrir?
    – O de lo mucho que ella te hizo sufrir a ti.
    – Era mi esposa, tanto si la amaba como si no. En cualquier caso, para entonces Melinda ya no tenía intenciones de tener un bebé y dudo que las hubiera tenido alguna vez. Creo que Melinda me mintió, Savannah, para forzar nuestro matrimonio -su mirada se oscureció-. Y en eso contó con la complicidad de tu padre.
    – Pero eso no tiene sentido… -a Savannah le costaba trabajo digerir aquellas palabras.
    – Claro que lo tiene. Sobre todo si él creía que Melinda estaba embarazada.
    – ¿Por qué no fuiste a buscarme para explicármelo todo?
    – ¿Cómo te habrías sentido si lo hubiese hecho?
    Ella se ruborizó visiblemente.
    – Bueno, quizá un poco menos… utilizada.
    Travis cerró los ojos y apoyó la frente en la suya.
    – Yo nunca pretendí utilizarte. Ni que te sintieras utilizada.
    – Pero ¿de qué otra manera podía sentirme? -su orgullo herido pareció resucitar-. ¿Crees que pasar una sola noche contigo era lo único que quería?
    – ¡Claro que no! Pero yo pensé que, cuanta menos gente supiera lo nuestro, mejor.
    La cólera acumulada durante nueve largos años la desbordó de golpe. Quiso golpearlo, devolverle todo el dolor que él le había infligido. Pero no podía, porque Travis seguía sujetándola de los brazos.
    – ¿Y qué hubiera pasado si hubiera sido yo la embarazada?
    – Pensé en ello. Mucho.
    – ¿Y?
    – Me habría divorciado de Melinda.
    – ¿Y habrías esperado también que me echara a tus brazos? -ella sacudió la cabeza, tensa-. Yo nunca me habría casado contigo, Travis -afirmó con los dientes apretados-. Porque eso habría sido una trampa, para ti, para mí y para nuestro hijo, ¡y al final él habría terminado pagando las consecuencias, como Josh las está pagando por culpa de Charmaine y de Wade!
    – No puedes creer una cosa semejante…
    – Claro que sí -insistió ella-. Yo nunca…
    Pero Travis acalló sus protestas con un beso apasionado. Savannah quiso empujarlo y salir de la habitación con la cabeza bien alta, pero no pudo resistirse.
    – No -susurró de nuevo, pero él la estrechó entre sus brazos, apretándola contra su cuerpo. Y cuando ella sintió que su lengua le presionaba los dientes, entreabrió los labios.
    Un dulce calor comenzó a expandirse por su cuerpo y le aceleró el pulso. Travis gimió y profundizó el beso. Savannah tembló cuando notó que los labios abandonaban su boca para recorrer la aterciopelada piel de su cuello.
    – Travis… -susurró, jadeante, mientras sentía unas manos buceando bajo su suéter, explorando su piel desnuda… hasta que encontraron un seno.
    Él volvió a besarla en los labios mientras le acariciaba el endurecido pezón. Vagos pensamientos de que debía detenerse asaltaron la mente de Savannah, pero no podía concentrarse en nada más que en el poder de su contacto, de sus caricias. Travis se apoyó entonces en la chimenea, abrió las piernas y la obligó a sentir la dura prueba de su excitación.
    – Vuelve a decirme que no me deseas -susurró contra su pelo.
    Savannah se sentía embriagada de pasión. Cuando Travis la agarró de las nalgas para estrecharla una vez más contra sí, pudo sentir el alocado latido de su pulso.
    – Yo no… no puedo…
    – Dime que nunca me has amado.
    – Travis… por favor… -jadeó en un intento desesperado por asimilar lo que estaba sucediendo. No podía caer nuevamente bajo su hechizo, no podía volver a amarlo… y, aun así, su cuerpo se negaba a moverse.
    Travis se apartó para mirarla a los ojos. No había resto alguno de pasión en su mirada, pese a que sus cuerpos seguían en íntimo contacto.
    – Nunca te avergüences de lo que sucedió entre nosotros. Tanto si lo crees como si no, lo cierto es que yo te amaba con locura.
    – Pero aun así no fue suficiente…
    – Nos vimos atrapados en una maraña de mentiras, Savannah. Mentiras tejidas por gente en la que confiábamos. De lo contrario, las cosas habrían sido muy diferentes, eso te lo puedo asegurar -declaró, sincero.
    – No importa -repuso ella.
    – Claro que importa -la soltó con brusquedad-. ¡Y mucho! -se acercó al mueble de las bebidas para servirse otra copa-. Porque ahora que he vuelto, las cosas van a cambiar radicalmente. Nadie, ni Henderson, ni tu padre ni tu cuñado van a seguir manipulándome por más tiempo. Eso se ha acabado. Y cuando haya arreglado las cosas con Reginald, me iré.
    – Querrás decir que huirás.
    – Todo lo contrario -la corrigió, decidido-. Por primera vez en mi vida estoy haciendo las cosas exactamente como quiero. No estoy huyendo de nada, sino enterrando el pasado. Y con ese pasado, todos mis errores.
    – ¿Los errores como yo? -le espetó-. Por si acaso lo has olvidado, yo nunca te he manipulado. Jamás.
    – Intencionadamente no, supongo. ¡Pero ten por seguro que siempre has sido capaz de poner mi mundo patas arriba!
    Y, tras fulminarla con la mirada, se marchó. Savannah se quedó en el despacho, abrazándose estremecida. «Oh, Travis», pensó, furiosa. «¿Por qué te has molestado en volver? ¿Por qué no te marchaste para siempre y me dejaste en paz de una vez por todas?».

Cuatro

    Dormir resultó casi imposible aquella noche. Savannah dio vueltas y más vueltas en la cama, consciente de lo cerca que estaba de Travis. Pensaba en todas las razones que le había dado él para justificarse, ansiando desesperadamente creer que él también, como ella, había sido una simple víctima del destino.
    – Eso no es más que una ilusión, un sueño… -se dijo, furiosa-. Si realmente me hubiera querido, habría vuelto y, al menos, me habría explicado lo sucedido, habría resuelto las cosas con Melinda… -«pero ¿cómo? En aquel entonces él creía que Melinda estaba embarazada». O, al menos, eso le había dicho.
    ¿Y su padre? Travis sospechaba de él. Lo tenía por un personaje ávido de poder que lo había manipulado y arruinado la vida. Savannah cerró los ojos e intentó dormir, pero seguía despierta cuando los primeros rayos de sol entraron en la habitación.
    Finalmente se levantó, tomó una ducha caliente y se vistió. Sin molestarse en maquillarse, se recogió la melena con una cinta. La mañana era fría y húmeda. El cielo, oscurecido por nubarrones grises, no podía tener un aspecto más ominoso. Estremecida, atravesó el aparcamiento, pasó por delante de la camioneta de Lester y subió los escalones que llevaban a la oficina situada encima de las cuadras de los potrillos.
    Sacándose los guantes, entró en la pequeña habitación. El aroma a café se mezclaba con el de la grasa de caballo para lustrar el cuero. Lester ya estaba dentro, leyendo el periódico al lado de la ventana. Desde allí podía dominar los potreros cercanos a las cuadras.
    – Buenos días -la saludó, preocupado.
    – ¿Qué pasa? -inquirió Savannah mientras se servía una taza de café.
    – Probablemente no sea nada. Es sólo una sensación. Todo estaba en orden cuando me marché de aquí anoche.
    – Lo sé. Yo estuve revisando los caballos después de que tú te marcharas.
    – ¿De veras? -se levantó de la silla para acercarse al panel del sistema de alarma-. Entonces ¿viste esto?
    – ¿El qué?
    Lester le señalaba un cable suelto del panel.
    – Tuvo que romperse anoche.
    La asaltó un escalofrío. Se levantó también para examinar el cable.
    – Yo no lo toqué. Usé mi llave para entrar a las cuadras y luego subí aquí con unos papeles.
    – ¿Estaba roto entonces?
    – No que yo me diera cuenta -le leyó el pensamiento-. ¿Crees que lo ha cortado alguien?
    – No.
    Savannah se relajó, pero su alivio no duró mucho.
    – Arrancado quizá, no cortado. El corte no es limpio -Lester se rascó la mandíbula, pensativo-. O se soltó solo o alguien lo arrancó a propósito.
    – Pero ¿por qué? -pensó en los caballos: eran valiosos, pero sería muy difícil robar alguno. Lo mismo podía decirse del resto del equipo. En la oficina no guardaban dinero en efectivo, por no hablar del resto de las dependencias-. ¿Has revisado los caballos?
    – Están perfectamente. Y no falta ninguno.
    – ¿No hay ningún otro desperfecto?
    – No que yo sepa. Y he mirado bien.
    – Entonces debe de haberse soltado solo.
    Lester frunció el ceño, pensativo.
    – Pero resulta extraño que haya sucedido en ausencia de Reginald y sólo dos días después de la llegada de Travis…
    – ¿Crees que Travis ha podido tener algo que ver? -preguntó Savannah con un nudo en la garganta.
    – No -sacudió la cabeza-, ese chico es íntegro. Pero hay mucha gente interesada en que se presente a gobernador… o en que no se presente.
    – Me cuesta creer que un cable roto de un sistema de alarma pueda estar relacionado con una intriga política de esa clase -comentó ella, y bebió un trago de café.
    Lester volvió a la mesa y se quedó mirando por la ventana.
    – Ojalá que no, Savannah. Ojalá que no.
    – Seguramente se soltaría solo. La instalación es bastante antigua.
    – Quizá -pero no parecía nada convencido.
    – Llamaré a la empresa que lo instaló para que lo arreglen.
    – Buena idea.
    Lester, sin embargo, seguía taciturno, preocupado.
    – ¿Ha pasado algo más?
    – No sé si es que estoy empezando a chochear, pero… cuando esta mañana entré en la cuadra de los sementales, tuve la sensación… de que había alguien más allí.
    – ¿Pero no había nadie?
    – No -se removió incómodo en su silla-. Los caballos… bueno, parecían diferentes, como si hubieran visto a alguien. Y luego creí escuchar un sonido, arriba, en el altillo. Así que eché un vistazo -se encogió de hombros-. No encontré nada.
    – Quizá fuera un ratón.
    – O quizá no fuera nada. Ya no tengo el oído de antes.
    – Bueno, en cualquier caso, haré que un mozo fumigue. Si hay ratones, no quiero que se coman todo el grano.
    – Ya me he encargado de ello. ¿Sabes una cosa? Tengo ganas de que vuelva Reginald.
    – Llegará esta misma tarde.
    – Bien.
    Lester, que se hallaba de cara a la puerta, frunció ligeramente el ceño cuando Travis entró en la habitación. Savannah se tensó de inmediato. Su cerebro rebobinó rápidamente la discusión de la noche anterior.
    – Buenos días -después de servirse una taza de café, Travis se apoyó en el alféizar de la ventana. Estirando sus largas piernas, observó a Savannah mientras daba un sorbo.
    – Buenos días -Lester le devolvió el saludo y miró su reloj-. Tengo una sesión de trabajo con Vagabond dentro de cuarenta y cinco minutos. ¿Queréis acompañarme?
    – Claro -aceptó Travis.
    – ¿Y tú, Savannah?
    Mientras dejaba su taza vacía sobre la mesa, ella notó la mirada de desafío de Travis. Estaba esperando una evasiva por su parte.
    – Me encantaría -respondió en el tono más alegre posible-. A ver si ha mejorado algo desde la última vez que lo vi correr.
    – Conseguir que ese animal preste atención a su jockey es como pedirle a un gallo que cacaree a medianoche -rezongó Lester. Se caló su gorra y abandonó la oficina.
    Savannah se encontró con la mirada divertida de Travis. Estaba sonriendo.
    – ¿Qué es lo que te hace tanta gracia?
    – Me estaba preguntando simplemente si aún seguías enfadada.
    – No estaba enfadada.
    Él soltó una carcajada.
    – Ya. Y un oso gris no tiene garras.
    Sin prestar atención a su comentario, Savannah se levantó para dirigirse hacia la puerta. Era demasiado temprano para que Travis le amargara el día y, además, no estaba para juegos.
    – Te veré en la pista de entrenamiento. Quiero echar un vistazo a los caballos antes de ir a ver a Vagabond.
    – ¿Por alguna razón en particular?
    – Esta mañana Lester descubrió esto -se acercó al panel del sistema de alarma y señaló el cable suelto-. Sólo quiero revisar bien las instalaciones y asegurarme de que el sistema se averió solo, sin que nadie lo saboteara.
    Travis examinó detenidamente el cable.
    – ¿Crees que alguien lo cortó a propósito?
    – No. Pero prefiero asegurarme, porque además Lester cree haber oído un ruido en la cuadra de los potros esta mañana -a continuación le explicó su conversación con el preparador.
    Travis la escuchó atentamente mientras terminaba su café. El brillo de diversión casi había desaparecido de sus ojos.
    – Te acompaño.
    – ¿No tienes nada mejor que hacer?
    – No.
    Una sonrisa suavizó de repente sus rasgos. No era de extrañar que todo el mundo quisiera que se presentara a las elecciones a gobernador, pensó Savannah. Con su carisma, el triunfo estaba garantizado.
    – Pues entonces vamos -le espetó bruscamente, irritada consigo misma por el traicionero rumbo de sus pensamientos.
    – Aún sigues enfadada.
    – Sólo preocupada -mintió. Bajó la escalera y enfiló a paso rápido por el sendero que llevaba a la cuadra de los sementales.
    Antes de que hubiera podido dar cuatro pasos, Travis se puso a su altura y le rodeó los hombros con el brazo en un gesto posesivo.
    – Alegra esa cara, Savannah.
    – Mira quién habla.
    – Al menos, yo no estoy enfadado.
    La sonrisa de Travis le derretía el corazón. Le entraban ganas de acurrucarse contra su pecho. Él seguía sin soltarla.
    – ¿Qué estás haciendo?
    – Demostrarte mi afecto incondicional -respondió, inclinándose para besarle el cabello.
    «Como si todo el dolor de estos nueve años nunca hubiera existido», pensó Savannah, apretando los dientes y acelerando aún más el paso.
    – ¿Qué le ha pasado entonces al indignado y ofendido abogado que estuvo discutiendo conmigo anoche?
    – Oh, sigue aquí. Pero ha disfrutado de una buena noche de sueño y de una taza de café en compañía de una mujer hermosa.
    – ¡Eres capaz de susurrarle palabras cariñosas a un canario por la mañana y zampártelo de cena por la noche!
    La risa de Travis reverberó en el aire de la mañana mientras la estrechaba contra su pecho.

    Josh, encogido bajo la lluvia, se hallaba a la puerta de la cuadra de los sementales. Se disponía a dirigirse hacia la casa cuando se detuvo en seco al ver a Savannah con Travis.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó ella-. ¿Y dónde está tu abrigo? ¡Tienes que estar congelado!
    La culpa se dibujaba en su rostro y Savannah experimentó una punzada de arrepentimiento. Evidentemente el chico seguía afectado por la discusión de la víspera durante la cena. Lo último que necesitaba en aquel instante era una reprimenda.
    – Yo… yo sólo quería ver a Mystic antes de salir para el colegio.
    – La próxima vez ponte el abrigo, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo.
    – Te gusta mucho Mystic, ¿verdad? -adivinó Travis.
    – ¡Es el mejor! -exclamó Josh con ojos brillantes.
    – Bueno, el abuelo piensa lo mismo, y supongo que yo también -señaló Savannah-. Y ahora, dime, ¿ya has desayunado?
    – No.
    – Ya me lo parecía. Pues vete corriendo a casa y desayuna bien antes de que pierdas el autobús.
    – No necesito desayunar… -se quejó el niño.
    – Josh, si haces lo que te dice tu tía -intervino Travis-, cuando vuelvas del colegio cortaremos un árbol de Navidad.
    El niño parecía incapaz de dar crédito a su buena suerte.
    – ¿De verdad?
    – De verdad -aseguró Travis, riendo.
    – ¡Fantástico! -exclamó Josh con una sonrisa de oreja a oreja antes de echar a correr hacia la casa.
    – No lo decepcionarás, ¿verdad? -preguntó Savannah.
    – Me conoces lo suficiente para saber que nunca haría algo así -Travis dudó por un momento-. ¿O no?
    – Es que no quiero ver sufrir a Josh. Está más que harto de que le hagan falsas promesas.
    – Te doy mi palabra de boy scout -sonrió-. Luego saldré con el chico a buscar un abeto. Puedes acompañarnos, si quieres -rodeándole la cintura con los brazos, la besó en los labios.
    Savannah quiso apartarse, pero fue incapaz de resistirse al mágico brillo de sus ojos.
    – Sí que me gustaría. Y mucho.
    – Bueno, y ahora… ¿por qué no me hablas de esa fascinación que siente Josh por Mystic? -soltándola, le abrió la puerta de las cuadras.
    El olor a caballos y a heno llenaba el aire. Los sementales se agitaron levemente en sus cubículos, resoplando.
    – Tal vez porque Wade no le deja tener un caballo; ni siquiera un perro. Hace años yo le compré un cachorro por su cumpleaños y Wade se lo regaló a alguien. Dijo que era un regalo completamente inapropiado para un niño de seis años sin sentido de la responsabilidad -Savannah frunció el ceño al recordarlo-. Por otro lado, y éste es un detalle importante, Josh estaba en la cuadra de los potrillos cuando nació Mystic. Lo vio nacer. Desde ese momento desarrolló un afecto muy especial por Mystic, para susto de Charmaine, por cierto.
    Travis cerró la puerta y miró a su alrededor. Todo parecía en orden. Dos hileras de cubículos, cada uno con su cubo de agua limpia y su pesebre de grano y heno fresco, flanqueaban el pasillo central.
    – ¿Por qué Charmaine le tiene miedo a Mystic?
    – Porque es algo rebelde. Ya lo verás por ti mismo -llegó al final del pasillo, donde se hallaba el cubículo de Mystic.
    El potro negro sacó la cabeza, nervioso. Sus poderosos músculos destacaban bajo su piel azabache.
    – Ahora entiendo por qué a Josh le parece tan especial.
    – Cuando Mystic corre en alguna carrera, Joshua me lee los periódicos del día siguiente en voz alta. Y cuando perdió ante Supreme Court en Belmont, lo sintió muchísimo -Savannah se sonrió mientras acariciaba la nariz del caballo-. Todavía sostiene que, si perdió, fue porque Supreme Court le cerró el paso a propósito.
    – ¿Es verdad eso?
    – Pues si quieres saber mi opinión, sí. Además, Mystic pudo haber ganado la carrera si el jockey lo hubiera montado mejor. En cualquier caso, Supreme Court ganó y Mystic no. Fin de la historia. El problema es que todo el mundo estaba esperando que ganara.
    – Quizá esperaban demasiado. Ganar todas carreras que ha ganado con sólo dos años, y además el Gran Premio, no es poca hazaña. Sí, a veces la gente espera demasiado…
    – ¿Estás hablando de Mystic o de ti mismo?
    – Vaya -sonrió-. Nunca he podido mentirte.
    – Sólo una vez.
    Travis se pasó una mano por el pelo, sacudiendo la cabeza.
    – Efectivamente. Y fue el mayor error de mi vida. Todavía lo estoy pagando.
    A Savannah se le hizo un nudo en la garganta.
    Si pudiera creer en sus palabras, aunque sólo fuera un poco…
    – No podemos volver atrás.
    Travis la obligó suavemente a que lo mirara. Alzó una mano para deslizaría bajo su trenza y acariciarle la nuca.
    – Quizá sí podamos, Savannah -susurró con voz ronca, íntima-. Si lo intentamos.
    El contacto de los dedos de Travis no podía ser más reconfortante. A ella le resultaba tan fácil recordar la desesperación con que lo había amado… Finalmente, encontró fuerzas para apartarse.
    – Creo que será mejor que olvidemos lo que sucedió entre nosotros.
    – Sinceramente, ¿lo crees posible?
    – No lo sé.
    – ¿Por qué continúas mintiéndote a ti misma, Savannah?
    – ¿Yo? Tal vez porque es lo más fácil.
    – Tienes miedo -la acusó mientras le tiraba suavemente de la trenza para obligarla a levantar la cabeza.
    – De ti no -susurró-. De nosotros. Lo que sentimos el uno por el otro es absurdo.
    – ¿Es que todo en la vida tiene que ser racional?
    – Sí.
    – Dime -él entrecerró los ojos, la mirada clavada en sus labios-. ¿Qué es lo que sientes cuando estás conmigo?
    – Que debería alejarme de ti.
    El contacto de sus dedos en la nuca le imposibilitaba pensar. La respiración se le había acelerado.
    – Debería odiarte -musitó ella con los dientes apretados.
    – Pero no me odias.
    – ¡Me mentiste! ¡Me utilizaste! ¡Me abandonaste! Y ahora has vuelto.
    Travis estaba jugueteando con el cuello de su abrigo, rozándole la piel. Cuando ella intentó apartarse, los dedos se cerraron en la solapa.
    – ¡Debería odiarte por lo que me hiciste y por lo que ayer insinuaste acerca de mi padre!
    – No te creo capaz de odiar a nadie.
    – Entonces es que no me conoces bien.
    – Claro que te conozco, Savannah -replicó, con el rostro a unos centímetros del suyo-. Te conozco mejor que tú misma.
    Y la besó. Fue un beso largo, profundo, tan cargado de pasión que ahogó toda protesta, que acalló todas las dudas de Savannah. La dulce presión de los labios de Travis pareció borrar el dolor acumulado durante tantos años. La mano que antes había estado detenida en su nuca empezó a bucear bajo su abrigo, haciendo que se le acelerara el corazón.
    Savannah se embebió del sabor de su lengua. Logró desabrocharle torpemente los botones de la cazadora, hasta tocar la camisa de franela que cubría su duro pecho. Un dulce y poderoso anhelo empezó a arder dentro de ella.
    – Yo siempre te he amado -susurró Travis contra su pelo-. Que Dios me ayude, pero siempre te he amado. Incluso cuando estaba casado con Melinda.
    – No…
    La acalló de nuevo, besándola con toda la pasión atesorada durante años. Enterró los dedos en su pelo, obligándola a alzar la cabeza y exponiendo la deliciosa curva de su cuello.
    – Estar cerca de ti me vuelve loco. ¿Tienes alguna idea de lo mucho que tuve que controlarme para no seguirte hasta tu dormitorio anoche?
    – No…, esto no puede ser…
    – ¡Savannah, escúchame! Por una vez en tu vida, por una sola vez, confía en mí.
    – ¡Ya lo intenté hace nueve años!
    – No volveré a hacerte daño -la sinceridad de la mirada de Travis penetraba hasta lo más profundo de su alma.
    De repente la levantó en brazos y la llevó a un cubículo vacío, al final del pasillo. Extendió su abrigo sobre el lecho de heno fresco y la depositó suavemente. Con exquisita lentitud, le soltó la cinta de la melena. Los negros rizos cayeron como una cascada, libres.
    Acto seguido consiguió desabrocharle el abrigo y deslizárselo por los hombros sin dejar de besarle la cara y el pelo.
    – Travis, no…
    Él la estrechó en sus brazos. Jadeaba y tenía el pulso tan acelerado como el suyo. Savannah se apretó contra él, únicamente consciente del dulce sabor de su lengua y de la calidez de sus manos mientras le bajaba el suéter para desnudarle un hombro…
    La besaba febrilmente, y ella correspondía a su pasión. Sus senos henchidos se destacaban bajo la camiseta interior. Las oscuras puntas presionaban la fina tela, incitadoras. Él localizó un pezón con labios y se concentró en acariciarlo con la lengua. Savannah se retorcía bajo él, enterraba los dedos en su pelo, lo atraía hacia sí…
    – Te he echado tanto de menos… -susurró él con voz ronca.
    «Y yo», pensó Savannah. Travis le bajó un tirante de la camiseta, desnudando el firme seno, y lo devoró con la mirada antes de acariciarlo con los labios.
    Savannah se estremeció visiblemente mientras él le desnudaba el otro pecho. Allí estaba, tendida medio desnuda sobre un lecho de heno, la melena revuelta, la mirada nublada por la pasión…
    Vio que él se desabrochaba lentamente la camisa y alzó la mirada a su torso musculoso.
    – Esta vez lo haré bien -prometió Travis, inclinándose sobre ella.
    – Y esta vez yo no esperaré más de lo que tú quieras darme -susurró Savannah, temblando cuando sus labios volvieron a encontrarse.
    Los duros músculos del pecho de Travis rozaron sus senos y el fino vello acarició sus pezones. Sintió unos dedos que recorrían la cintura de sus tejanos y se deslizaban bajo la tela en busca de sus nalgas…
    Una especie de fuego líquido comenzó a extenderse por todo el cuerpo de Savannah mientras se dejaba besar y acariciar.
    – Te amo, Savannah -murmuró contra su cuello. Como no ella no respondía, alzó la cabeza para mirarla a los ojos-. Te amo -repitió.
    – Pero… pero yo no quiero enamorarme de ti -repuso ella con un nudo en la garganta-. Otra vez no…
    – Tienes miedo de confiar en mí -no era una pregunta, sino la simple y desagradable constatación de un hecho. Apartándose de ella, se pasó una mano por el pelo y masculló una maldición.
    Savannah quedó abandonada sobre el heno, desnuda y vulnerable.
    – ¿No podemos dejar al amor fuera de esto? -suspiró.
    Él la miró por encima del hombro, desdeñoso.
    – ¿Es eso lo que quieres? ¿Sólo sexo? ¿Sin sentimientos?
    Ruborizándose ligeramente, ella desvió la mirada y recuperó su suéter. Travis soltó una amarga carcajada.
    – Ya me parecía a mí… Dios mío, mujer, ¿qué voy a hacer contigo?
    Con dedos temblorosos, Savannah se bajó el suéter y cuadró los hombros, irguiéndose.
    – Creo que ya es hora de que vayamos a ver a Vagabond. Si todavía estás interesado.
    – No me lo perdería por nada del mundo.
    Ella sintió una punzada de furia ante la insolencia de su mirada. Acababa de incorporarse cuando Travis le espetó:
    – Sólo espero que algún día de éstos acabes entrando en razón… y te des cuenta de que todavía me amas.
    – ¡Tú sueñas!
    – ¿Ah, sí? -bajó la mirada a su cuello, en cuya base el pulso latía aceleradamente-. Lo dudo -esbozó una confiada sonrisa-. Avísame cuando cambies de idea.
    – No lo haré.
    – Entonces tendré que convencerte, ¿no te parece?
    – Eres un insufrible y un arrogante, ¿lo sabías? -lo acusó, dirigiéndose decidida hacia la salida.
    – Y tú tienes el trasero más bonito del mundo.
    Ella se giró en redondo y lo miró, rabiosa.
    – A eso exactamente me refería. ¿Qué clase de comentario infantil y machista es ése?
    – Uno que ha conseguido llamar tu atención -la recorrió lentamente con la mirada-. Sólo espero que te des cuenta de una cosa: no pienso cometer el mismo error que cometí hace nueve años.
    – ¡Ni yo tampoco! -exclamó ella, cerrando los puños mientras el corazón le latía con desenfreno-. Ni yo tampoco -repitió, y se marchó.
    Vagabond ya estaba en la pista para cuando Savannah se reunió con Lester en la cerca. Se había puesto a llover y el preparador estaba estudiando las evoluciones y carreras del caballo con un cronómetro en la mano.
    – Ha hecho una marca fantástica -la informó, alborozado-. Lleva la velocidad en la sangre. Es más rápido que Mystic.
    – Yo creía que pensabas venderlo -se burló Savannah con las manos en los bolsillos del abrigo. Sabía que Travis acababa de llegar, pero se negaba a mirarlo o a darse por enterada de su presencia-. ¿O es que has cambiado de idea durante este último par de días?
    – Lo que me preocupa es poder controlarlo.
    – Un estímulo más para tu trabajo, ¿no? -observó Travis.
    Lester soltó una carcajada. Ordenó al jockey que diera una vuelta más a medio galope.
    – Basta por hoy. Llévalo dentro -le gritó al jinete antes de volverse hacia Travis-. Siempre me pregunté por qué no decidiste quedarte con nosotros, aquí en el rancho.
    – Es curioso -repuso Travis mirando a Savannah-. Últimamente, yo me he estado preguntando lo mismo.
    – Ya sabes que podríamos seguir utilizando tus servicios. Nunca sobra un hombre que sepa tratar y trabajar con caballos -se marchó hacia las cuadras, dejándolos solos.
    Ella podía sentir la mirada de Travis clavada en su espalda.
    – ¿Crees que debería aceptar su oferta y quedarme? -inquirió él.
    El corazón de Savannah dio un vuelco.
    – Creo que ése sería el peor error de tu vida -mintió. Inmediatamente se giró en redondo para alejarse de allí.

    Aquel día, víspera de vacaciones, Joshua salió del colegio más temprano que de costumbre. A la una y media entró corriendo en la casa y dejó los libros sobre la mesa de la cocina.
    – ¿Por qué tanta prisa? -quiso saber Savannah. Estaba sentada a la mesa, haciendo cuentas.
    – ¿No te acuerdas? ¡Travis me prometió que saldríamos todos a cortar un árbol de Navidad!
    – ¿Que te dijo qué? -preguntó Charmaine, entrando en aquel momento en la cocina.
    – Que hoy saldríamos a cortar un árbol.
    – Pero el abuelo compra todos los años uno en Sacramento… -Charmaine miraba a uno y a otra, sorprendida.
    – Lo sé -dijo Savannah-. Pero es que Travis se lo ha prometido.
    – ¿Cuándo?
    – Esta mañana. Antes del desayuno, en la cuadra de los sementales.
    – ¿Otra vez merodeando por allí? -se volvió hacia su hijo. Josh se quedó helado-. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no salgas a las cuadras si no es acompañado por papá o el abuelo? ¡Esos caballos son peligrosos!
    Travis entró procedente del porche trasero y alcanzó a escuchar la última frase.
    – Tranquila, Charmaine. Savannah y yo estábamos con él.
    – Me da igual. Mystic casi mató a Lester el año pasado, ¿sabías eso? Y, en otra ocasión, coceó a uno de los mozos de cuadra. A punto estuvo de romperle una pierna.
    – A mí no me coceará, mamá.
    – Es un animal, Joshua, y no puedes confiar en él. No vuelvas a salir a las cuadras sin el abuelo, ¿entendido?
    – Entendido -rezongó Josh, bajando la mirada.
    – Eh, chico. Venga, vamos a buscar ese árbol -Travis intentó animarlo-. ¿Quieres venir? -le preguntó a Charmaine.
    – Será mejor que no. Alguien tiene que quedarse con mamá. Además, tengo que hacer algunas cosas en el taller…
    Minutos después subían los tres a la camioneta con Arquímedes, el gran perro ovejero del abuelo. Se internaron por la pista que atravesaba los pastos del sur, hacia las colinas. Empezó a caer nieve mezclada con agua en el parabrisas.
    – Quizá nieve para Navidad -comentó Josh con tono entusiasmado, mirando por la ventanilla.
    – Yo no contaría con ello -repuso Savannah.
    – Aguafiestas -rió Travis-. Dime una cosa: ¿qué es esa tontería de que Mystic estuvo a punto de matar a Lester? No me lo creo.
    – ¡Es que no es verdad! -exclamó el niño.
    – Lester resbaló cuando estaba en el cubículo de Mystic y el caballo lo pisó. Fue un accidente. Nada del otro mundo -le explicó Savannah.
    – ¿Seguro?
    – Lo dice el propio Lester. La única que no está de acuerdo es Charmaine.
    – Mamá está acobardada con Mystic, eso es todo. ¡Ahí hay uno! -gritó de repente Josh, señalando por enésima vez un pequeño abeto.
    – No es lo suficientemente grande -decidió Travis, pero aun así aparcó la camioneta en la cuneta de la pista, cerca de un pequeño claro.
    Mientras sacaba el hacha del maletero del vehículo, Josh y Savannah, acompañados de Arquímedes, se internaron en el bosque. La nieve había cuajado en aquella zona y se acumulaba en las ramas de arces y robles, cubriendo el suelo de un fino manto blanco.
    Josh se adelantó con Arquímedes. Travis no tardó en alcanzar a Savannah. Le pasó un brazo por los hombros.
    – Así es precisamente como debería ser todo. Tú, yo, un niño o dos, un perro y la Navidad.
    Savannah se sonrió y sacudió la cabeza.
    – Como debería haber sido, querrás decir.
    – Todavía podría ser, Savannah.
    El corazón de ésta estuvo a punto de dejar de latir.
    – Es usted muy persuasivo, señor abogado… -replicó, negándose a discutir con él en aquel momento. La nieve continuaba cayendo, acumulándose en las ramas de los árboles. Las montañas parecían desaparecer bajo las nubes.
    – ¿Aparte de un insufrible y un arrogante?
    – Desde luego. Eso ha quedado bastante claro -volvió a sonreír.
    – ¡Aquí! -gritó de repente Josh. Estaba bailando de alegría alrededor de un abeto-. ¡Es perfecto!
    Mientras Travis podaba las ramas bajas y lo talaba, Josh anduvo correteando por el bosque y lanzando bolas de nieve al desprevenido Arquímedes.
    Aprovechándose de que el niño estaba de espaldas, Savannah le lanzó una bola. Josh se giró en redondo y su contraataque fue tan furioso que la obligó a refugiarse detrás de un árbol.
    Cuando se atrevió a asomar la cabeza detrás del tronco del enorme arce, dos bolas le pasaron rozando la nariz. Travis se había incorporado al juego y estaba haciendo acopio de munición.
    – ¡No es justo! -gritó ella-. Dos contra uno.
    – Tú tienes a Arquímedes -se burló Josh.
    – Los aliados de cuatro patas no cuentan -una bola de nieve hizo impacto en su espalda y se volvió para descubrir a Travis, que se había escabullido hasta el arce-. ¡Basta ya! ¡Me rindo!
    – ¿De veras? -murmuró Travis, sonriente, antes de abrazarla y besarla con pasión.
    Pero Josh retomó su ataque y Travis tuvo que soltarla. Rompiendo su anterior alianza, lo acribilló a bolazos hasta que el crío alzó las manos, riéndose.
    – ¡Me rindo yo también!
    – De acuerdo, entonces quedamos empatados. Hay que llevar el árbol a la camioneta. Tenemos que estar de regreso en el rancho antes de que se nos eche encima la tormenta.
    Josh sonreía de oreja a oreja mientras Travis y Savannah cargaban el abeto. La pista estaba muy resbaladiza y la camioneta dio muchos tumbos. Savannah intentaba mantenerse alejada, pero el traqueteo la empujaba hacia Travis. El calor de su muslo contra el de ella resultaba irresistible. Le parecía natural que sus dedos le rozaran la rodilla cada vez que cambiaba de marcha.
    Con una estremecedora sensación, descubrió que, a pesar de sus vehementes promesas, estaba volviendo a enamorarse. Otra vez.

Cinco

    El salón olía a abeto, velas perfumadas, leña de chimenea y chocolate caliente. Savannah todavía estaba ayudando a Josh a decorar el árbol. Charmaine ya había subido a acostar a Virginia. La noche era muy tranquila, con la nieve acumulándose en los marcos y alféizares de las ventanas. Las luces del árbol se reflejaban en los cristales.
    Savannah dejó su tazón vacío sobre la repisa de la chimenea antes de subirse a la escalera para enderezar la estrella que coronaba el abeto.
    – Ojalá Travis viniera a ayudarnos -se quejó Josh.
    – Vendrá.
    – ¿Cuándo?
    – Cuando haya terminado.
    – ¿Por qué está tardando tanto?
    – No tengo la menor idea -respondió ella con sinceridad-. Dijo que tenía que arreglar unos papeles -suspirando, bajó la escalera.
    – ¿Por eso lleva tanto tiempo encerrado en el despacho del abuelo?
    – Buena pregunta -admitió, mirando de reojo la puerta cerrada del despacho, al otro lado del vestíbulo-. Supongo que necesita tranquilidad… para concentrarse.
    – ¿En qué?
    – Mira, Josh, de verdad no lo sé. ¿Te apetece otro tazón de chocolate?
    – ¡Sí!
    – Termina tú de decorar el árbol. Yo vuelvo ahora mismo -salió del salón y se detuvo un momento a la puerta del despacho: Travis llevaba cerca de dos horas encerrado allí dentro. Cuando le había pedido que se quedara con ellos a decorar el árbol, su respuesta había sido que necesitaba hacer algo antes de que llegaran Reginald y Wade. Su mirada se había ensombrecido misteriosamente y Savannah había experimentado un inmediato escalofrío.
    Llamó suavemente a la puerta. Travis abrió al momento y Savannah no pudo reprimir una sonrisa. Un rizo rebelde de su cabello castaño le había caído sobre la frente. Se había remangado el suéter.
    – Tu imagen es como un bálsamo para unos ojos tan cansados como los míos -murmuró él en voz baja.
    – Vaya, muchas gracias… -miró detrás de él. Resultaba obvio que estaba trabajando en el escritorio de su padre. La mesa estaba llena de papeles y el libro de contabilidad del rancho estaba abierto sobre una silla cercana-. ¿Por qué, entonces, sigues aquí encerrado?
    – Porque estoy trabajando -frunció ligeramente el ceño.
    – ¿Ni siquiera puedes escaparte un momento para ver el árbol? Josh se muere de ganas de enseñártelo.
    – Dentro de unos minutos.
    – De acuerdo, tú ganas. Adelante, sigue haciéndote el misterioso. ¿Qué te apetece tomar? ¿Una taza de café, un chocolate caliente?
    Travis negó con la cabeza, sonriente.
    – Nada. En cuanto haya terminado, me reuniré con el resto de la familia, ¿de acuerdo?
    – Eres como mister Scrooge, el de la novela de Dickens -le dio un beso en la punta de la nariz.
    – Asegúrate de colgar el muérdago -le ordenó, risueño. Acto seguido volvió a encerrarse en el despacho.
    – Feliz Navidad -musitó Savannah con ironía ante la puerta cerrada.
    Perpleja por el comportamiento de Travis, entró en la cocina y rellenó los tazones de chocolate. ¿Por qué estaría revisando los libros del rancho? Tenía un mal presentimiento, pero se esforzó por pensar en otra cosa. Había pasado un día demasiado maravilloso con Josh y con Travis para estropearlo con infundados temores y preocupaciones. Travis no hacía daño a nadie. Además, Wade y Reginald volverían en cualquier momento. La perspectiva de su llegada constituía ya de por sí una buena fuente de preocupación.
    – ¡Es el mejor árbol de Navidad del mundo! -exclamaba orgulloso Josh minutos después, mientras recibía de manos de Savannah su tazón de chocolate.
    – Creo que tienes razón -repuso ella, riendo.
    – Tenemos que llamar a Travis y a mamá…
    – Sí, pero antes hay que recoger todo esto -señaló las cajas vacías que rodeaban el árbol-. Has hecho un buen trabajo, pero todavía te queda un poco…
    Justo en aquel instante, oyó un coche acercándose. El pulso empezó a latirle a toda velocidad.
    – Parece que tu padre y el abuelo por fin han llegado.
    – Ya era hora.
    – Supongo que las carreteras estarían atascadas por culpa de la nieve. Para no hablar del aeropuerto.
    La puerta se abrió de pronto y entró Reginald.
    – Vaya, vaya…, pero ¿qué es lo que tenemos aquí? -inquirió, con la mirada clavada en el árbol, mientras se quitaba los guantes.
    – ¡Nuestro árbol de Navidad, abuelo! -anunció el niño, orgulloso-. ¡La tía Savvy, Travis y yo hemos ido a buscarlo hoy, arriba, en las colinas! ¡Incluso disputamos una batalla de bolas de nieve!
    – ¿Ah, sí? -se quitó el abrigo antes de acercarse al árbol, acariciando la cabeza de su nieto-. ¿Y quién ganó?
    – ¡Travis y yo!
    Reginald se volvió hacia Savannah.
    – ¿Dos contra uno?
    – Arquímedes iba conmigo -lo informó, irónica-. La verdad, no me fue de gran ayuda.
    – Ya me lo imagino -Reginald se echó a reír.
    – Bueno, ¿qué te parece el árbol? -preguntó Josh, emocionado.
    – Fantástico.
    – Lo encontré yo y Travis lo cortó.
    – El año que viene probablemente serás capaz de cortarlo tú mismo. Pero ¿dónde está todo el mundo? -preguntó Reginald a su hija.
    – Charmaine subió a acostar a mamá hará unos tres cuartos de hora.
    – Dime -frunció el ceño, mirando hacia las escaleras-, ¿cómo la has encontrado estos días?
    – Bueno, la verdad es que ha mejorado bastante desde que Travis volvió al rancho. El hecho de tenerlo aquí parece que le ha levantado el ánimo. Ha cenado dos veces en el salón y, hace un rato, incluso nos estuvo ayudando a decorar el árbol.
    – Magnífico -suspiró, aliviado-. Ahora mismo subo a verla.
    Reginald abandonó el salón cuando Wade entraba en la casa. Éste parecía tenso, agitado.
    – Hola, papá -lo saludó Josh-. ¿Has visto el árbol? Travis y yo lo hemos cortado.
    Ante la mención del nombre de Travis, Wade frunció el ceño y empezó a pellizcarse nervioso las guías del bigote.
    – Ah -dijo sin mucho entusiasmo antes de mirar el reloj-. ¿Cómo es que estás levantado tan tarde?
    – Josh me ha ayudado a decorar el árbol -intervino Savannah, con la intención de evitar la discusión que parecía inminente-. Ha hecho un trabajo estupendo, ¿verdad?
    – Estupendo -repitió Wade, muy serio.
    – Acabamos de terminar ahora mismo.
    – Bien. Mañana tienes colegio, ¿no? -preguntó a su hijo.
    – No. Estamos de vacaciones.
    – No importa. Es tarde. A la cama.
    – Pero si todavía no he terminado de decorar el árbol del todo… Además, la tía Savvy me dijo que…
    – ¡Nada de «peros», hijo! -Wade alzó la voz, impaciente-. Haz lo que te digo -luego, aparentemente avergonzado, señaló las cajas vacías del suelo-. Cuando termines de recoger eso, sube a tu habitación. Tengo cosas que hablar con tu abuelo.
    – Está bien -rezongó Josh, resignado.
    Acto seguido, Wade tomó a Savannah de un brazo, alejándola del árbol.
    – ¿Dónde está McCord?
    – En el despacho. Me dijo que terminaría enseguida.
    – ¿Qué diablos hace allí? -inquirió, pálido-. Maldita sea, ¡vuelve aquí un día y se pone a revolverlo todo! ¿Cómo es que está en el despacho de Reginald?
    – No lo sé. Tendrás que preguntárselo tú mismo -miró por encima de su hombro y vio a Travis caminando hacia allí, con las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones de pana. Tenía una expresión tensa y furiosa, que se suavizó en el instante en que tropezó con la preocupada mirada de Savannah.
    – ¿Qué te parece, Travis? -preguntó Joshua, señalando el abeto.
    – Es el árbol de Navidad mejor adornado que he visto en mi vida -respondió, sonriendo-. ¡Tal vez deberías dedicarte a ello profesionalmente!
    – Pero antes tendrá que acostarse -gruñó Wade. Luego, desentendiéndose completamente de su hijo, concentró toda su atención en Travis-. Y ahora, McCord, ¿quieres explicarme qué diablos está pasando? ¿Qué es esa tontería de que no piensas presentarte a gobernador?
    – No es ninguna tontería -replicó Travis mientras ayudaba a Josh a recoger las cajas-. Es la realidad -las sacó de la habitación para guardarlas en el armario de debajo de las escaleras.
    – ¡Estupendo! -masculló entre dientes mientras se dirigía al mueble de las bebidas para servirse una copa.
    – Papá -lo interrumpió Josh. Podía sentir la creciente tensión y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para calmar el ambiente. En su inocencia, creía que él tenía la culpa de aquel malestar-, Travis cortó él solo el árbol…
    Wade miró a su hijo como si lo estuviera viendo por primera vez. En un evidente intento por dominar su irritación, apretó con tanta fuerza el vaso que los nudillos se le pusieron blancos.
    – Creo que ya me lo habías dicho, hijo. Y yo te he dicho que me gusta mucho.
    – La tía Savvy dice que es genial.
    – Y tiene toda la razón -terció Reginald, volviendo al salón. Tomando al crío en brazos, lo estrechó contra su pecho-. Lo importante es que Santa Claus sea capaz de encontrarlo.
    – Santa Claus no existe -replicó Josh, muy serio.
    – ¡No! -Reginald fingió una expresión horrorizada y tanto Josh como Savannah se echaron a reír-. Bueno, voy a la cocina a hacerme un bocadillo. ¿Por qué no me acompañas? -sugirió al niño.
    – Primero tengo que terminar de decorar el árbol.
    – Como quieras -su abuelo le sonrió antes de dirigirse hacia la cocina.
    Charmaine bajó las escaleras en aquel momento y entró en el salón.
    – Has hecho un trabajo fantástico -felicitó a su hijo, y al instante advirtió el gesto crispado de Wade y la mirada de desafío de Travis, anuncio de una inminente discusión-. Bueno, Josh, creo que ya es hora de que te vayas a la cama.
    – Todavía no…
    – Ya has oído a tu madre -intervino Wade-. Vamos, arriba de una vez.
    – Pero, papá…
    – ¡No discutas conmigo! -estalló por fin, rabioso.
    – ¿Por qué no lo dejáis quedarse al menos esta noche? -protestó Savannah mientras se acercaba instintivamente a su sobrino, como para intentar protegerlo-. Ya casi hemos terminado del todo, ¿verdad, Josh?
    – Esto no es asunto tuyo, Savannah -Wade le lanzó una mirada helada-. Josh tiene que dormir y yo quiero hablar con Reginald y con McCord a solas -volviéndose de nuevo hacia su hijo, le ordenó-: Arriba he dicho, si no quieres quedarte este año sin regalo de Navidad.
    – ¡Wade! -susurró Charmaine. Una sola mirada de su marido la acalló de inmediato.
    – Pero siempre hay un regalo de Navidad, todos los años… -murmuró el niño, consternado.
    – No si eres malo -le advirtió Wade.
    – Yo no soy malo.
    – Claro que no, Josh. Eres un buen chico -intervino Travis-. No dejes que nadie te convenza de lo contrario -se volvió hacia Wade para fulminarlo con la mirada-. Estoy seguro de que papá no quería decirte eso.
    Wade miró a su alrededor, avergonzado, y apuró su copa antes de servirse otra.
    – Claro, claro… -se pasó una mano por el pelo con dedos temblorosos-. Y como eres un buen chico, ahora mismo vas a subir a acostarte, ¿verdad?
    – Vamos, Josh -intentó convencerlo Savannah, tendiéndole la mano-. Yo te acompaño.
    – No te metas en esto, Savannah -estalló Wade de nuevo-. ¡Deja de entrometerte de una vez en la vida de mi hijo!
    Travis se tensó de inmediato.
    – Benson…
    – ¡Esta discusión es entre mi hijo y yo! ¡A nadie más le importa! -exclamó, furioso-. Y ahora, jovencito -se volvió hacia su hijo, con la copa en la mano. El alcohol parecía haberlo encolerizado aún más-, ¡sube de una vez a tu habitación!
    – ¡No!
    Dejó la copa sobre una mesa y avanzó hacia el niño.
    – Déjalo en paz -advirtió Travis, adelantándose. Lo agarró de la chaqueta, pero Wade se liberó de un tirón.
    – ¡No, Wade! -suplicó Charmaine.
    – Te odio -le espetó Josh a su padre, plantándose frente a él.
    – ¡Yo te enseñaré modales! -alzó una mano y lo abofeteó en una mejilla. La fuerza del golpe hizo trastabillar a Josh contra el árbol.
    Savannah se quedó paralizada. Por un instante sólo se oyó el tintineo de los adornos del abeto. Travis interceptó a tiempo la segunda bofetada. Agarró a Wade del pescuezo y lo hizo volverse. Un brillo de odio ardía en sus ojos.
    – Maldito canalla… -gruñó, como si quisiera matarlo-. Deja al chico en paz.
    – Esto no tiene nada que ver contigo, McCord.
    – Claro que tiene que ver, al menos mientras yo esté presente. Y ahora déjalo en paz de una vez, si no quieres que te dé tu merecido.
    – No es tu hijo -replicó Wade antes de volverse nuevamente hacia Josh.
    – ¡Ojalá no fueras mi padre! -chilló el niño con los ojos llenos de lágrimas, frotándose la mejilla dolorida-. ¡Sé que me odias! ¡Ojalá no fueras mi padre!
    – ¡Alto! -exclamó Savannah, estrechando al niño contra su pecho-. ¡Basta ya de una vez! ¡Todos! -podía sentir el calor de las lágrimas de Josh en la blusa-. Ay, Josh, Josh… -murmuró, besándole el pelo-. Que no se te ocurra volver a pegarle -le espetó a su cuñado.
    – Tú no tienes derecho a hablar. Josh es mi hijo.
    – Tú nunca me has querido -lo acusó el niño, entre sollozos-. ¡Pero me da igual, porque yo tampoco te quiero a ti!
    – Josh, no… -susurró Charmaine, acercándose A su hijo. Al ver que su marido daba otro paso hacia él, se aprestó a defenderlo-. ¡No lo toques! ¡No vuelvas a ponerle la mano encima a mi hijo! -irguiéndose, tomó al pequeño de la mano. Estaba muy pálida, pero aun así tuvo fuerzas para cuadrar los hombros y alzó, orgullosa, la barbilla-. Vamos. Josh. Arriba. No hagas caso a papá. Es que está muy cansado después de un viaje tan largo.
    Josh miró a Savannah.
    – Sí, sube a acostarte, Josh. Dentro de un momento subiré yo a leerte un cuento, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo -dijo con voz temblorosa.
    Una vez que Josh y Charmaine abandonaron la habitación, Savannah se encaró de nuevo con su cuñado, rabiosa.
    – Te lo advierto: como vuelvas a pegarle, llamo a la policía y te pongo una denuncia.
    – Estás exagerando -murmuró Wade, nervioso. Terminó su copa y fue al otro extremo del salón para servirse otra.
    – Y yo la respaldaré -añadió Travis.
    – Ese chico necesita una lección.
    – ¡Si sólo es un niño! -exclamó Savannah-. ¡Un niño falto de amor y de cariño!
    – Te crees que lo conoces muy bien…
    – Conozco a tu hijo mucho mejor que tú. ¡Y tengo suficiente sentido común para no humillarlo delante de su familia!
    – Lo estaba pidiendo a gritos -Wade continuaba bebiendo, pero parte de su determinación parecía haberse evaporado ante el contraataque de Savannah. Le temblaba la mano cuando se llevó la copa a los labios.
    – Toca a ese niño otra vez y te llevarás una paliza -lo amenazó Travis con tono tranquilo, acercándose también al mueble de las bebidas y sirviéndose un whisky. Inclinándose hacia Wade, lo agarró de una solapa con la mano libre-. Puedes estar seguro de que disfrutaré mucho.
    Reginald, que acababa de entrar en el salón, alcanzó a escuchar sus últimas palabras.
    – No lo dudes -comentó, asintiendo con la cabeza-. Cuando tenía dieciocho años, lo vi pelearse con un chico dos años mayor que él con diez kilos más de peso. Yo que tú le haría caso.
    – Eh, espera un momento… ¡No me digas que estás de su parte!
    – Estamos hablando de mi nieto, Wade.
    – No estoy dispuesto a que nadie me dé lecciones de cómo tratar a mi hijo.
    – Eso deberías haberlo pensado antes de montar el espectáculo que has montado -masculló Travis.
    – Bueno, eh… -se aclaró la garganta-. Creo que ya va siendo hora de que hablemos de negocios.
    – Aún no -Travis apuró su copa-. Antes quiero subir a ver a tu hijo.
    Y, dicho eso, tomó a Savannah de la mano y subieron juntos la escalera.
    – Canalla -siseó Wade, furioso.
    Una vez arriba, Savannah pudo escuchar el desconsolado llanto de Joshua.
    – Ay, no -suspiró antes de llamar suavemente a su puerta.
    – Josh, ¿te encuentras bien?
    Fue Charmaine quien abrió la puerta. Aunque estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos, se las arregló para forzar una sonrisa.
    – Sí, estamos bien.
    – ¿Seguro? -Savannah miró a una y a otro. Acostado en la cama, Josh ofrecía un aspecto conmovedoramente vulnerable.
    – Sí -respondió el niño, sorbiéndose la nariz.
    – ¿Sigues queriendo que te lea un cuento?
    – Sí.
    – Bien. Espérame un momentito, ¿quieres?
    – De acuerdo.
    Charmaine había salido al pasillo.
    – ¿De verdad te encuentras bien? -preguntó Travis.
    – Eso creo -seguía esforzándose por contener las lágrimas.
    – Ya sabes que no tienes por qué soportar que te traten así.
    – ¿Me estás hablando como abogado?
    – Te estoy hablando como amigo. No hay razón para que soportes ningún tipo de maltrato, ni físico ni psicológico.
    – No volverá a pasar -insistió Charmaine, aunque sin atreverse a sostenerle la mirada-. Mira, necesito pasar unos minutos a solas con Josh -le dijo a Savannah-. No os preocupéis. Seré capaz de manejar a Wade.
    – ¿Estás segura? -preguntó Savannah.
    – Sí -su hermana esbozó una temblorosa sonrisa-. Lo tengo dominado.
    – Ay, Charmaine…
    – Sí. Bajad de una vez. Quizá entre los dos podáis averiguar qué es lo que lo está reconcomiendo por dentro.
    «Ojalá», pensó Savannah, escéptica. Abandonó la habitación de Josh con un sentimiento ominoso, como de inminente tragedia.
    – ¿Siempre se ha portado tan mal con el chico? -preguntó Travis mientras bajaban la escalera.
    – Nunca. Nunca había visto a Wade pegar a Josh -Savannah se estremeció al recordarlo.
    – ¿Crees que ésta ha sido la primera vez?
    – Eso espero. ¡Y también que sea la última!
    Cuando volvieron al salón, Wade estaba de pie al lado de la chimenea, apoyado en la repisa, con otra copa en la mano. Parecía algo más tranquilo que antes.
    – Muy bien, McCord -empezó, mirando a Reginald antes de concentrarse en el líquido dorado de su vaso-. Supongo que me he pasado de la raya -suspiró-. Lo siento.
    – Te estás disculpando con la persona equivocada -repuso fríamente Travis.
    – Sí, bueno, ya me ocuparé de eso después… Ahora vayamos al grano de una vez. ¿Por qué no piensas presentarte a gobernador?
    – Porque no me interesa.
    – No puedes estar hablando en serio.
    – Claro que sí. Ya te lo había dicho antes -vio que Wade miraba de reojo a Reginald, que estaba instalado en su sillón favorito, cerca de la ventana-. Pero dime, ¿por qué te importa tanto a ti?
    Savannah tomó asiento en el sofá.
    – Porque se ha gastado mucho tiempo, esfuerzo y dinero en tu candidatura.
    – Quizá alguien debería habérmelo explicado antes.
    – Estabas demasiado ocupado… ¿o es que no te acuerdas?, haciéndote el héroe con el caso Eldridge. Pensabas presentarte a gobernador. Al menos eso fue lo que le dijiste a Reginald.
    – Y tú supusiste que lo haría, claro.
    – Una suposición muy natural.
    – De modo que empezaste a reunir donativos y contribuciones para la campaña, a trabajar con mi socio en los libros del bufete y Dios sabe qué más -un brillo de furia había vuelto a asomar a los ojos de Travis.
    – Reginald contaba contigo.
    – ¿Es cierto eso? -inquirió Travis, desviando la mirada hacia el padre de Savannah.
    – Me parece una lástima desaprovechar una oportunidad semejante -dijo Reginald-. Y sí, yo diría que contaba con que te presentaras -admitió, sacando su pipa de un bolsillo del chaleco.
    Se hizo un espeso silencio en la habitación mientras la encendía.
    – Incluso aunque me presentara -reflexionó Travis en voz alta-, sería más que probable que no ganara en las primarias, para no hablar de las generales. ¿Por qué entonces todo esto parece tener tanta importancia para vosotros?
    – Reginald tiene planes -dijo Wade.
    – ¡Bueno, pues quizá deberías habérmelos contado antes! -Travis se plantó frente al aludido-. Desde que tenía dieciocho años he intentado complacerte en todo, hasta el punto de que a veces lo que yo quería se confundía con lo que tú esperabas de mí. Pues bien, eso se ha acabado.
    Reginald acarició la cazoleta de su pipa, miró a Wade y se volvió hacia el árbol de Navidad, ceñudo. Travis, a su vez, exhaló un suspiro y se frotó los tensos músculos del cuello.
    – Así que creo que deberíamos hacer algo con todas esas contribuciones que Willis Henderson y vosotros dos habéis recogido en mi nombre. Espero que se las devolváis a la gente que os dio el dinero. Quiero que para fin de año estén todas devueltas. Incluso pagaré los intereses si es necesario.
    – Tú no lo entiendes… -empezó Wade.
    – Ni quiero entenderlo. Estoy cansado de todo esto. El mundo de la política me gusta tan poco como pelear los pleitos de multinacionales, divorcios, custodias de niños o cualquiera de esas porquerías asociadas al oficio de abogado.
    – Pero te gustó la fama que te reportó el caso Eldridge… -observó Reginald, dando una chupada a su pipa. El aroma del tabaco invadió la habitación.
    – Incluso eso terminó apestando -replicó Travis, apurando su copa.
    – Pero no puedes renunciar así sin más… -objetó Reginald.
    – Ya lo he hecho. Habla con Henderson, él sabe que voy en serio. No sé muy bien por qué es tan importante para ti que me presente a gobernador del Estado, pero la verdad es que tampoco quiero saberlo.
    – He trabajado mucho para ver cómo un día tomabas posesión de ese cargo, hijo -susurró Reginald, casi para sí mismo. La desilusión parecía pesar en cada uno de sus rasgos.
    Travis sonrió cínicamente.
    – Me gustaría decirte que siento haber frustrado todos esos planes, pero no sería cierto. No me gusta la manera que habéis tenido de maniobrar a mis espaldas, y por fuerza tengo que suponer que incluso si hubiera conseguido convertirme en gobernador, habrías querido seguir moviendo los hilos y teniendo siempre la última palabra. Creo que ya va siendo hora de que la gente de este Estado tenga el gobernador que se merece, un político que esté a su servicio, y no al contrario.
    – Eso es una estupidez y lo sabes perfectamente -repuso Wade-. Los ideales de ese tipo no encajan en el mundo real.
    Travis se volvió hacia Savannah.
    – ¿Y tú me tomabas a mí por un cínico? -soltó una amarga carcajada-. Sobran los comentarios.
    Y dicho eso, salió de la habitación y recogió su abrigo en el vestíbulo. Savannah lo siguió.
    – Vamos a dar un paseo -murmuró-. Necesito tomar el aire.
    – No puedo. Le prometí a Josh que le leería un cuento.
    Empezó a subir las escaleras sin mucho entusiasmo, pero se detuvo en el preciso instante en que él la llamó.
    – ¿Savannah?
    Se volvió para mirarlo y leyó la pasión que ardía en su mirada gris. Estaba al pie de la escalera, muy cerca. Aquella mirada le aceleró el pulso. Un pensamiento cruzó su mente: ahora que Travis le había contado a Reginald que no se presentaría a gobernador, ya no había razón alguna para que continuara en el rancho. Esa noche podría ser la última que pasaran juntos.
    – Ahora mismo bajo, no tardo nada -le tocó ligeramente un hombro-. ¿Me esperas?
    – Te he esperado durante nueve años -sonrió, irónico-. Esperarte durante unos minutos más no me hará daño -y la acercó hacia sí para besarla en los labios con una pasión que la dejó sin aliento, aturdida, tambaleante.
    «Estoy perdida», pensó ella mientras cerraba los ojos y le echaba los brazos al cuello. «Nunca he dejado de amarlo y siempre lo amaré».
    – No tardes mucho -le susurró él al oído.
    – Descuida -cuando abrió de nuevo los ojos, vio por encima del hombro de Travis a Reginald, de pie en el umbral del salón. Los estaba mirando con expresión hosca, ceñuda-. Bajo en un momento.
    Travis sonrió y salió de la casa. Savannah se quedó en el segundo escalón de la escalera, sujetándose a la barandilla. Le temblaban las piernas.
    – Supongo que sabrás que esto es un error -le comentó Reginald con la pipa en la boca, entrando en el vestíbulo-. Sufrirás si vuelves a juntarte con él. Es lo único que sacarás en claro.
    ¡Así que su padre lo sabía! ¡Travis le había dicho la verdad! El descubrimiento la llenó de alegría y decepción a la vez. Travis había sido sincero con ella, pero su padre le había mentido durante nueve largos años.
    – Ya no soy una chiquilla de diecisiete años -replicó, agarrada con fuerza a la barandilla. Desde donde estaba podía ver a Wade sentado en el sofá, con la mirada clavada en el fuego y aparentemente absorto en sus reflexiones.
    – No, pero sigues siendo mi hija -arqueó sus espesas cejas-. Y Travis McCord no es el hombre adecuado para ti.
    – ¿Por qué no?
    – Porque siempre ha querido a Melinda.
    Savannah palideció visiblemente, luchando contra el impulso de gritarle que eso no importaba. En lugar de ello, repuso con tono suave:
    – Pero Melinda está muerta.
    – Para ti y para mí quizá, pero no para Travis. Ella fue su primer amor, Savannah. Será mejor que lo aceptes de una vez.
    – ¿Por qué no me dijiste que sabías que yo estuve con Travis? Siempre lo has sabido.
    Reginald esbozó una sonrisa triste mientras bajaba la mirada a su pipa.
    – Porque todo había terminado. Él te había hecho daño, pero todo había terminado.
    – ¿Y ahora?
    – No estáis hechos el uno para el otro -suspiró-. Tú quieres vivir en el rancho, trabajar con los caballos, casarte y tener una familia. Y Travis, bueno, él es… diferente, cortado por otro patrón. Necesita el glamour de los tribunales, de la política…
    – Pero ¿es que no has escuchado una sola palabra de lo que ha dicho antes? -preguntó, incrédula.
    – Ahora mismo está un poquito desilusionado. Cansado. La muerte de Melinda y el caso Eldridge han hecho mella en él -de repente le brillaron los ojos-. Pero eso cambiará. Ya lo verás.
    – No lo creo.
    – ¿Ah, no? Tú tienes el defecto de malinterpretarlo, hija. Hace nueve años, creíste que Melinda y él habían roto.
    Savannah bajó los dos escalones para quedar al mismo nivel que su padre.
    – Travis pensaba que estaba embarazada. Y tú respaldaste la versión de Melinda.
    – Me la creí.
    – Era mentira.
    – Yo no sé nada de eso -Reginald frunció el ceño-. ¿Es lo que te ha dicho él? Bueno, es lógico, ¿no? -volvió a suspirar-. Ten presente que nadie le puso una pistola en la cabeza para que se casara con Melinda, con bebé o sin bebé de por medio. Él se casó con ella por decisión propia y su matrimonio duró cerca de nueve años. ¡Nueve años! -se interrumpió-. Oh, por supuesto que se sentía atraído hacia ti. Esa atracción siempre ha existido, todavía existe, pero es sólo física. Es la misma diferencia que va del amor al deseo, de una esposa a una amante -al ver la expresión consternada de su hija, le dio unas palmaditas cariñosas en el brazo-. Ya sabes que yo únicamente quiero lo mejor para ti, cariño…
    – ¿De veras, papá? -replicó, dominando a duras penas su furia-. Yo no estoy tan segura. Porque lo menos que podías haber hecho era decirme que sabías lo mío con Travis.
    – ¿Para qué? ¿Qué sentido habría tenido eso? Vuestra aventura había terminado y él se había casado. Lo más inteligente era dejar las cosas en paz.
    – ¿Cuándo vas a convencerte de que no puedes manipular mi vida, así como tampoco obligar a Travis a presentarse a gobernador?
    Reginald parecía repentinamente cansado.
    – Yo no pretendo manipularte, Savannah. Sólo estoy intentando ayudarte a tomar las decisiones adecuadas.
    – ¿Y la decisión adecuada sería olvidarme de Travis?
    – Es que no quiero verte sufrir otra vez -susurró-. ¿No basta con un matrimonio desgraciado en la familia?
    – Pero Wade y tú…
    – Somos buenos socios, no me entiendas mal -Reginald desvió la mirada hacia el salón, donde su yerno seguía sentado en el sofá-, pero nunca debió haberse casado con Charmaine y, además, es un pésimo padre para Josh -sonrió, tenso-. Usa la cabeza, Savannah. No dejes que te obnubile el corazón -finalmente se volvió para dirigirse a su despacho.
    Savannah intentó ignorar su consejo mientras subía las escaleras hacia la habitación de Josh.

Seis

    Las luces de seguridad creaban un resplandor azulado, etéreo, sobre el paisaje nevado. Travis esperaba en las cuadras. Su alta y oscura figura se recortaba contra la puerta.
    Estremecida de frío y procurando olvidar las advertencias de su padre, Savannah se dirigió a su encuentro.
    – ¿Qué tal está Josh?
    – Bien, supongo.
    – ¿No estás segura?
    – ¿Cómo te sentirías tú si tu padre te hubiera humillado delante del resto de la familia?
    – No muy bien.
    – ¿Lo ves? Supongo que estará «no muy bien» en estos momentos.
    Travis le tomó la mano, entrelazó los dedos con los suyos y se la metió en el bolsillo del abrigo.
    – Supongo que sabrás que no puedes resolver todos los problemas del mundo.
    – ¿Es eso lo que te enseñaron en la facultad de Derecho?
    – No -sacudiendo la cabeza, la guió por el sendero que llevaba al estanque-. Lo creas o no, he aprendido un montón de cosas solo.
    – Y yo no quiero resolver los problemas del mundo. Sólo el de un niño pequeño.
    – No es tu hijo.
    – Ya lo sé -susurró Savannah-. Ése es el problema.
    – Uno de ellos.
    Ramas heladas invadían el sendero y se enganchaban en sus abrigos. Las pisadas de sus botas crujían en la nieve recién caída. El barro de la orilla del estanque estaba cubierto de hielo y los desnudos árboles que rodeaban las aguas negras se asemejaban a retorcidos centinelas custodiando un santuario. Un santuario que la fiebre del amor había iluminado nueve años atrás.
    Travis se detuvo cerca del viejo roble donde antaño se había sentado tantas veces a reflexionar.
    – Ha pasado mucho tiempo -comentó, mirando las oscuras aguas.
    El dolor del pasado anegaba por dentro a Savannah.
    – Demasiado para volver atrás.
    – Eras la mujer más bella que había visto en mi vida -le confesó-. Y eso me asustaba. Me asustaba terriblemente. Me pasé dos días enteros intentando convencerme de que no podía acercarme a ti… ¡de que sólo tenías diecisiete años y eras la hija de Reginald, por el amor de Dios! Pero luego, cuando te vi salir del estanque, desnuda, con ese brillo retador en los ojos… -apoyó un hombro en el tronco del árbol-. Toda mi resolución se fue al garete.
    – Estabas bebido -le recordó ella.
    – Sinceramente, no creo que eso importara demasiado -él alzó una mano y le delineó la barbilla con un dedo, arrancándole un estremecimiento de placer-. Estaba como hechizado, Savannah. Y no quería estarlo. Dios sabe que luché contra ello, pero no pude -esbozó una cínica sonrisa-. Sigo estando hechizado.
    En el momento en que sus labios rozaron los de ella, Savannah escuchó miles de advertencias en su mente, pero las desechó todas. La sensación del cuerpo de Travis apretado contra el suyo resultaba tan embriagadora como la que había experimentado nueve años atrás en aquel preciso lugar.
    Travis interrumpió el beso para mirarla a los ojos.
    – Quiero que te quedes conmigo esta noche -susurró, acariciándole el rostro con su cálido aliento-. No tienes que prometerme nada. Sólo pasar esta noche conmigo. Ya veremos después.
    Savannah recordó de pronto las palabras de su padre: «Es la misma diferencia que va del amor al deseo, de una esposa a una amante».
    – Travis…
    – Sólo dime que sí.
    Embebida de su mirada, contuvo las lágrimas y respondió:
    – Sí.
    Travis volvió a tomarle la mano y la llevó de regreso por el sendero, hacia los edificios del rancho. Savannah no discutió cuando la ayudó a subir las escaleras del apartamento del garaje.
    Contempló el dominio privado de su hermana. El resplandor azul de la nieve entraba por las ventanas. Las artesanías cubiertas de Charmaine estaban dispersas por la habitación, como pálidos fantasmas.
    – Ha cambiado un poco en nueve años -observó Travis sin molestarse en encender la luz.
    Originalmente, el piso superior del garaje era un amplio apartamento. Travis había vivido allí, en tres habitaciones abuhardilladas. Apenas unos años atrás, Charmaine había convertido el salón y la cocina en su taller de cerámica.
    La habitación del fondo, sin embargo, seguía intacta. Hacía años que Savannah no la pisaba. Le despertaba demasiados recuerdos. Demasiado dolor. Se apoyó en el poste de la cama mientras la antigua furiosa decepción se apoderaba de nuevo de su corazón. Lo miró a los ojos. Quería confiar en él, pero su traición se le antojaba terriblemente reciente, como si hubiera tenido lugar apenas esa misma noche.
    – Intenta olvidar el pasado -dijo él leyéndole el pensamiento. La tomó suavemente de la barbilla-. Vuelve a confiar en mí.
    Savannah se quedó sin aliento cuando sintió sus brazos rodeándole la cintura, la calidez de sus labios contra los de ella. Intentó decirse que lo mejor que podía hacer era apartarlo, seguir el consejo de su padre, pero fue en vano.
    – Ya no tienes más excusas -musitó Travis contra su pelo-. Nada se interpondrá entre nosotros esta noche.
    «El tiempo se acaba», añadió Savannah para sus adentros. «Probablemente mañana te marcharás». Le echó los brazos al cuello, desesperada, correspondiendo a la pasión de su anterior beso con la fiera necesidad de una mujer que había permanecido alejada de su amado durante demasiado tiempo.
    Lentamente, la ropa fue cayendo al suelo, hasta que al fin no quedó nada que separara sus cuerpos… más que el dolor de los nueve años perdidos. Allí estaba, ante ella, la silueta de un hombre desnudo recortada en la noche. Él alzó una mano para acariciarle un seno. Los dedos le temblaban levemente.
    Ella se estremeció bajo su contacto. La caricia fue leve al principio, un toque sensual que hizo que le flaquearan las rodillas.
    – Travis…
    – Chist -sus dedos continuaron obrando magia y Savannah se apoyó pesadamente en el poste de madera de la cama.
    Travis fue intensificando sus caricias. Le besaba el cuello a la vez que la agarraba de las nalgas, acercándola hacia sí. Sus manos amasaban el cuerpo de Savannah amorosamente, como las de un escultor dando forma a una figura de barro.
    – Nunca he deseado a nadie como a ti -admitió él, arrodillándose para besarle un seno y luego el otro-. Eres tan hermosa…
    Ella sintió la caricia de su aliento en el ombligo y se tensó de inmediato, gimiendo. Se habría caído al suelo si él no la hubiera sujetado a tiempo para obligarla a apoyarse en la cama mientras continuaba acariciándole el vientre y las caderas. Ella enterró los dedos en su pelo. Estaba sudando. El sordo y delicioso dolor que la invadía por dentro era cada vez más intenso. Se estaba retorciendo y convulsionando, víctima de un vacío que sólo él podía llenar.
    – Por favor… -musitó, a medio camino entre el sufrimiento y el éxtasis-. Travis… Por favor… ¿Qué es lo que quieres? -preguntó, mientras él seguía atormentándola con la lengua y los dientes.
    – Todo.
    Cuando la levantó en brazos, Savannah no pudo resistirse: no habría podido ni aunque hubiera querido. La depositó sobre la cama con exquisita ternura.
    Temblando de anticipación, ella le echó los brazos al cuello para besarlo una vez más. Podía sentir los duros músculos del pecho de Travis apretándose contra sus senos, el erótico roce del vello contra sus pezones.
    – Te quiero, Savannah -confesó él de pronto-. Siempre te he querido.
    Ella se perdió en las profundidades de sus ojos mientras Travis le separaba suavemente los muslos antes de entrar en ella. Pudo sentir el calor de su cuerpo llenándola, abrasándola por dentro mientras sus caricias se tornaban más urgentes, más rápidas. Hasta que se vio obligada a moverse a su ritmo en la antigua danza del amor.
    Se aferraba a él, clavada la mirada en sus ojos grises. De repente, en la cumbre de la pasión, una explosión de luz reventó en su cerebro y gritó su nombre. Un momento después lo sintió tensarse mientras apoyaba la cabeza entre sus senos, derrumbado sobre su cuerpo.
    – Dios mío, cómo te quiero… -volvió a murmurar él antes de quedarse dormido en sus brazos.
    «Hazlo, Dios mío», rezó a su vez Savannah, con las lágrimas quemándole los ojos. «Haz que Travis me ame, déjame creer en él. ¡Dime que todo esto es algo más que una última noche juntos!».
    Mientras escuchaba su respiración profunda, regular, pensó en regresar a la casa. Pero se inventó mil y una excusas para seguir así, con él, y finalmente se quedó dormida.
    Despertó horas después. Travis tenía un brazo sobre sus senos. Cuando se volvió para besarlo, descubrió que ya estaba despierto, mirándola.
    – Buenos días -murmuró, soñoliento.
    – Buenos días -sonrió.
    Intentó levantarse de la cama, pero él se lo impidió.
    – ¿Adonde te crees que vas?
    – Entiendo que tú estés de vacaciones, de pre jubilación o como quieras llamarlo, pero el resto de los pobres mortales tenemos que trabajar.
    Travis se echó a reír.
    – Tu padre ha vuelto. Ya puedes relajarte.
    – Todavía no -hizo un nuevo y vano intento por liberarse-. ¿Qué pasa?
    – Creo que deberíamos aclarar unas cuantas cosas antes de que salgas corriendo de aquí.
    – ¿Como cuáles?
    – Como lo que haríamos si llegaras a quedarte embarazada.
    Una punzada de decepción le atravesó el pecho.
    – No estoy embarazada.
    – ¿No es demasiado temprano para estar tan segura? -sonrió, seductor.
    – Digamos que es una posibilidad bastante remota, señor abogado -declaró después de hacer un rápido cálculo mental.
    – ¿Eh?
    – Bueno, a no ser que quieras alguna cosa más que no pueda esperar, tengo que levantarme de una vez.
    – Ésa es precisamente la cuestión, ¿es que no te das cuenta? -sin soltarle las muñecas, se las pegó a los costados y empezó a acariciarla sensualmente con su cuerpo desnudo-. Hay algo que no puede esperar por nada del mundo.
    – Travis…
    Él le sujetó las manos por encima de la cabeza y se colocó sobre ella, besándola en los labios. Savannah no podía pensar. Las cálidas sensaciones que se derramaban en cascada sobre su cuerpo hacían que todo lo demás pareciera nimio, insignificante…
    – De verdad que tengo que trabajar y…
    – Todo a su tiempo -le prometió, inclinando la cabeza sobre sus senos. Observó fascinado cómo los pezones se endurecían, expectantes-. Todo a su tiempo…

    Travis había vuelto a quedarse dormido y Savannah pudo finalmente levantarse de la cama y vestirse. Eran poco más de las seis de la mañana y Lester no tardaría en llegar al rancho.
    Tan sigilosa como un gato escabullándose en la noche, salió del dormitorio, atravesó el estudio y bajó por las escaleras exteriores del garaje. Había dejado de nevar. Sonrió al descubrir la doble fila de pisadas que Travis y ella habían dejado en la pista nevada.
    Josh había tenido por fin sus tan anheladas navidades blancas ese año, pensó risueña mientras se dirigía hacia las cuadras con las manos en los bolsillos de su abrigo. Al crío le encantaría. Tanta nieve era un fenómeno extraño en aquella zona del país.
    Estaba contenta. Pasar aquella noche con Travis y escuchar sus palabras de amor le había hecho concebir una esperanza, un futuro para su relación. Casi se había convencido de que las barreras erigidas durante aquellos nueve años habían quedado destruidas en una sola noche. Casi.
    Tarareando una canción, empezó con su rutinaria ronda de la mañana. Arquímedes trotaba a su lado, abriendo un sendero en el polvo de nieve. En las cuadras, las yeguas preñadas soltaron un relincho cuando la oyeron llegar. Después de comprobar que tenían agua y comida, volvió a salir para dirigirse a los establos de los sementales.
    «Qué extraño», pensó al advertir las pisadas que terminaban en la cuadra, procedentes de la puerta principal de la casa. Eran más pequeñas que las suyas y medio cubiertas por una ligera capa de nieve.
    – ¿Qué pasa? -la voz de Travis resonó en el silencio de la mañana.
    Savannah dio un respingo y se volvió para mirarlo. Caminaba hacia ella procedente del garaje. Llevaba un sombrero Stetson calado justo encima de los ojos y las manos enterradas en los bolsillos de sus téjanos.
    – Echo de menos unos guantes -masculló.
    – Creía que estabas dormido.
    – Lo estaba, hasta que alguien se puso a hacer tanto ruido que me despertó.
    – ¿Qué? -pero si ella se había movido con el mayor de los sigilos… Al mirarlo a los ojos, detectó un brillo burlón en su mirada-. Anda, déjate de bromas…
    Travis se inclinó hacia ella y la besó en la punta de la nariz.
    – Te echaba de menos, Savvy.
    El corazón le dio un vuelco. Cómo lo amaba…
    – Muy bien, pues no pienso desaprovechar tu compañía. Me ayudarás a dar de comer a los caballos.
    – Se me ocurren cosas mejores que hacer.
    – Ahora no, señor abogado -se echó a reír-. Ya te lo dije: tengo trabajo -caminaron juntos por la pista nevada-. Por cierto, hablando de trabajo, ¿piensas decirme alguna vez lo que estuviste haciendo anoche en el despacho de papá? A Wade casi le dio un ataque cuando le dije que estabas allí.
    – No me extraña -murmuró-. Sólo quería revisar unas cosas. Los libros de contabilidad.
    – ¿Del rancho?
    – Sí.
    – ¿Por qué?
    – Simple curiosidad -estaba mirando al suelo. Fue entonces cuando él también descubrió las otras huellas en la nieve-. ¿De quién son estas huellas? Lester es el primero en llegar, pero son demasiado pequeñas para que sean suyas -frunció el ceño-. Y mira el dibujo de las suelas. No son botas de montaña, sino más bien calzado deportivo.
    A Savannah le dio un vuelco el corazón. Los copos de nieve caían sobre su melena de ébano y tenía las mejillas enrojecidas por el frío.
    – ¿Como las zapatillas de Josh?
    – Exacto -asintió Travis mientras seguía con la mirada la hilera de huellas que llegaba hasta la cuadra de los sementales. Frunció el ceño.
    – Pero ¿qué puede estar haciendo ahí tan temprano?
    – Eso es lo que vamos a averiguar ahora mismo.
    Travis abrió la puerta de la cuadra y encendió la luz.
    – No parece que haya nadie -comentó Savannah-. Esto se parece a lo de ayer por la mañana. Lester me dijo que había oído un ruido, pero que no vio a nadie.
    – Extraño.
    – Más bien, inquietante.
    Varios sementales relincharon casi con desprecio, alertados. Travis se detuvo bruscamente al final del pasillo.
    – ¿Dónde está Mystic?
    – ¿Qué quieres decir? Está aquí, en el cubículo del fondo… -echó a correr hacia allí con el corazón acelerado. Se le hizo un nudo en la garganta al descubrir el pesebre vacío.
    – ¿Dónde más puede estar?
    – En ninguna parte -Savannah retrocedió lentamente sobre sus pasos y contó los sementales. Eran siete, todos en sus respectivos cubículos. Menos Mystic, que parecía haberse evaporado.
    – ¿No decía Joshua que quería montar a Mystic? -le preguntó Travis.
    – Pero no es posible… No ha podido llevárselo -estaba tan afectada que tuvo que apoyarse en la puerta de las cuadras.
    – ¿Por qué no?
    – Sólo es un niño…
    – Un niño furioso y humillado.
    – Ay, Dios mío. No creo que Josh haya podido marcharse así. No en medio de una nevada. Y montando a Mystic, por el amor de Dios…
    – Anoche Wade puso a su hijo en una situación desesperada -afirmó Travis. Recorrió también el pasillo central, con los puños apretados, rabioso-. Lo mataré -masculló entre dientes-. Si a ese niño le ha pasado algo… ¡puedes estar segura de que mataré a su padre con mis propias manos!
    – ¡Espera! Antes de dar el aviso en la casa, creo que deberíamos revisar el resto de las cuadras y los potreros. Quizá Mystic se haya escapado solo.
    – ¿Lo crees sinceramente?
    – No, pero, de todas formas, hemos de asegurarnos. Tú mira en las otras cuadras. Yo voy a avisar a Lester.
    Travis se puso en marcha. Savannah se quedó para llamar a Lester por el teléfono del establo.
    – ¿Diga?
    – ¡Lester!
    – Me disponía a salir para allá. ¿Qué sucede?
    – Es Mystic. No está en las cuadras.
    – ¿Qué?
    – Se ha ido.
    El preparador maldijo entre dientes.
    – Pero si yo mismo lo encerré anoche…
    – ¿Estás seguro?
    – Claro que sí.
    A Savannah le flaquearon de nuevo las rodillas.
    – ¿Alguna pista? -preguntó Lester.
    – Sí, unas huellas que van de la casa a las cuadras. Más pequeñas. Quizá Josh sepa algo al respecto.
    – Bueno, pregúntaselo.
    – Lo haré -le prometió. «Si es que sigue aquí», añadió para sus adentros.
    – Te veré dentro de veinte minutos.
    Travis regresó justo cuando colgaba el teléfono.
    – No ha habido suerte -la informó, sombrío.
    – Lester encerró a Mystic en la cuadra.
    – Entonces parece que se lo ha llevado Josh -descorrió la puerta del fondo. Se usaba muy rara vez, sólo para la descarga del grano-. Y esto lo confirma -en la nieve había dos tipos de huellas: las del caballo y otras idénticas a las que habían visto antes.
    – Dios mío -exclamó Savannah. Las huellas del caballo se perdían en dirección a las colinas-. Se congelará -susurró con los ojos llenos de lágrimas.
    – No si podemos evitarlo -dijo Travis-. Vamos.
    Echaron a correr hacia la casa. Savannah no se molestó en quitarse las botas antes de subir corriendo las escaleras.
    – ¿Qué pasa? -inquirió Charmaine, soñolienta, saliendo de su habitación.
    Sin detenerse a responder a su hermana, Savannah entró en la habitación del niño. Las sábanas estaban por el suelo. En el armario faltaba su abrigo, así como su sombrero y sus deportivas favoritas. Charmaine entró detrás.
    – ¿Dónde está Josh? -inquirió, aterrada.
    – No lo sé -admitió Savannah-. Creemos que se ha llevado a Mystic.
    – ¡Mystic! ¿Qué quieres decir?
    – Lo único que sabemos es que Mystic no está -la informó Travis-. Hay unas huellas pequeñas que van a las cuadras y parece que alguien lo sacó de su cubículo y cabalgó hacia las colinas.
    – ¡No! No puede haber sido Josh -musitó Charmaine, sacudiendo la cabeza-. Él no habría hecho eso. Tiene que estar aquí, en el rancho, por alguna parte, escondido quizá…
    – Él me dijo que quería montar a Mystic -le aseguró Savannah.
    – ¿Qué diablos está pasando aquí? -Wade apareció de pronto en la puerta, con cara de sueño.
    – Dicen que Josh ha desaparecido -susurró Charmaine, desesperada.
    – ¿Desaparecido?
    – Se ha ido, Wade -señaló a Savannah y a Travis-. Y piensan que se ha llevado a Mystic.
    – ¿Que Josh se ha llevado a Mystic? Eso es imposible. Ese demonio de caballo no deja que nadie se le acerque. Dios mío, ¿no estaréis hablando en serio? -inquirió, espabilándose al momento.
    – Por supuesto que sí -le confirmó Travis.
    – No me lo creo. Tiene que estar aquí, en alguna parte -insistió Charmaine, buscándolo frenéticamente en la habitación-. ¿Josh? ¡Josh!
    Travis la agarró de un brazo.
    – Ya hemos mirado por todas partes. Si no, no os habríamos avisado.
    – Pero… ¡está helando fuera! -Charmaine se liberó bruscamente-. Josh no puede haber salido con este frío… y no se llevaría el caballo -poco a poco fue asimilando la gravedad de la situación-. Dios mío…
    – Hay que llamar al sheriff -propuso Savannah.
    – ¡Al sheriff! -Charmaine estaba horrorizada. Fuera de sí, se desahogó con la persona que tenía más cerca-. Si todo esto es cierto, la culpa es tuya, Savannah. Tú le has contagiado esa pasión tuya por los caballos… ¡y le habrás metido en la cabeza la estúpida idea de montar a esa fiera!
    Travis se interpuso entre las dos.
    – ¡No es momento de acusar a nadie! Tenemos que encontrar a Josh.
    – Esto es una locura -masculló Wade-. Josh no se llevaría a Mystic. ¿Para qué iba a llevarse a un caballo de carreras?
    – Quizá porque es el único amigo que tiene. O al menos eso piensa él… -señaló Savannah, esforzándose por contener las lágrimas.
    – ¡Te equivocas! -Wade se puso a pasear por la habitación, nervioso-. No es más que una de esas rabietas suyas. Seguro que estará escondido en alguna parte, riéndose de nosotros…
    – Sólo tiene nueve años… -gimoteó Charmaine.
    – ¡Sí, y tú lo maltrataste y lo humillaste anoche! -espetó Savannah a Wade sin poder contenerse.
    – Vamos, dejadme en paz de una vez… ¿Sabes una cosa, Savannah? Tu hermana tiene razón. Le has estado llenando la cabeza al chico con todo tipo de ideas absurdas. Nunca debiste haberle transmitido tu afición por los caballos. Si algo le sucede a mi hijo… ¡te hago personalmente responsable de ello!
    – Y si algo le sucede a Savannah o a Josh… -intervino Travis, colérico-, ¡tú tendrás que responder ante mí, Benson! Y ahora, basta de discutir y en marcha. Savannah, ¿quieres llamar al sheriff? Quédate aquí con Virginia por si acaso llama alguien. Los demás nos dedicaremos a seguirle el rastro.
    – Yo voy contigo -insistió Savannah.
    – Ni hablar. Tú te quedas a esperar a Lester y al resto de los trabajadores. Alguien tiene que llevar el rancho y encargarse de Charmaine. Si no perdemos más tiempo, quizá para el mediodía hayamos alcanzado al chico.
    Travis ya se dirigía hacia las escaleras, seguido de Wade. De repente se giró hacia él, fulminándolo con la mirada.
    – Será mejor que le cuentes a tu suegro lo que ha sucedido.
    Wade asintió con la cabeza y se encaminó a la habitación de Reginald. De repente, Savannah apareció en el rellano.
    – Te acompaño -volvió a insistir-. Josh es mi sobrino.
    Travis soltó un exasperado suspiro y bajó a toda prisa las escaleras. Ella se apresuró a seguirlo.
    – Usa la cabeza. Eres necesaria aquí.
    – Pero yo conozco a Josh. Sé adonde puede haber ido.
    – Lo encontraremos. Tú quédate con tu hermana. Tanto si es consciente de ello como si no, te necesita.
    – ¡No puedo quedarme aquí! ¡No mientras Josh puede estar ahora mismo… en cualquier parte!
    Travis se volvió para mirarla. Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.
    – Escucha, Savannah, tú eres la única de todo este maldito rancho en quien se puede confiar. Quédate aquí. Ayuda a tu madre y a la policía.
    – Pero…
    – ¡Y deja de culparte a ti misma! Si Joshua se marchó fue por culpa de su padre, no tuya.
    – Pero yo le contagié mi amor por los caballos… -susurró con voz ronca de emoción.
    – Porque eres su amiga -la expresión de Travis se suavizó-. Y, en este momento, Josh necesita de todos los amigos que pueda reunir. Así que quédate aquí, ¿de acuerdo? Y ayúdame.
    El rumor de la camioneta de Lester lo hizo ponerse en marcha. Soltó a Savannah y salió de la casa. Minutos después, Wade y Reginald se reunieron con Travis y Lester. Sin perder el tiempo, formaron un equipo de rastreo a caballo y en coches.
    Había empezado a nevar de nuevo, con fuerza. El valle estaba cubierto de un espeso manto blanco. Reginald y Wade se adelantarían en el jeep. Travis insistió en rastrear las huellas a caballo por si Josh se internaba en el bosque o en algún lugar inaccesible para el todo terreno. Lester y Johnny peinarían el recinto del rancho en camioneta, por si se hubiera escondido en alguna parte.
    Savannah seguía en la puerta de la casa, estremecida de frío, impotente. Mientras el rumor de los vehículos se apagaba a lo lejos, musitó una plegaria.
    – Vuelve a casa, Josh -rezó, desesperada-. ¡Por favor, vuelve a casa!

Siete

    Savannah se apoyó en el escritorio de su padre y cerró los ojos mientras intentaba escuchar la voz que le hablaba al otro lado de la línea.
    Había muchas interferencias y el ruido de fondo de la comisaría era casi tan alto como la voz del ayudante del sheriff. Smith parecía cansado, como si se hubiera quedado trabajando durante toda la noche, y las palabras que le dirigía no podían ser más descorazonadoras.
    – No es que no reconozca la gravedad de su problema, señorita Beaumont -le dijo, sincero-. Haremos todo cuanto esté en nuestra mano, pero tiene que entender que esta tormenta de nieve está causando muchos problemas en todas partes. Varios pueblos están sin electricidad, para no hablar del estado de las carreteras. Tenemos dos camiones cruzados en la autopista y caravanas de más de diez kilómetros. De todas formas, enviaremos a alguien al rancho cuanto antes.
    – Gracias -dijo Savannah antes de colgar. Estaba exhausta. Travis y los demás estaban solos en la búsqueda. Debería haberlo acompañado. Al menos, de esa manera se habría sentido útil.
    Se llevó a los labios la taza de café, que se le había enfriado. Bebió un sorbo, frunció el ceño y volvió a dejarla sobre el escritorio. A continuación telefoneó a los ranchos cercanos. Otra pérdida de tiempo. Nadie había visto a Josh ni a Mystic. Se esforzó por contener las lágrimas.
    Encendió el televisor. Según las noticias, la tormenta de nieve seguía en su apogeo y no parecía que fuera a amainar pronto. Sirvió dos tazas de café en una bandeja y la subió al dormitorio de su madre.
    Entró después de llamar suavemente a la puerta. Virginia estaba sentada en su lecho, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada clavada en las colinas que se divisaban por la ventana.
    – ¿Alguna novedad?
    – Todavía no -respondió Savannah.
    – ¿Y la policía?
    – Acabo de llamar a la comisaría. Están muy ocupados con la tormenta.
    – Ya me lo imagino… Dios mío, ¿quién habría pensado que caería tanta nieve? Pero el sheriff… ¿cómo es que no viene el sheriff?
    – Su ayudante me aseguró que enviarían un agente lo antes posible.
    – ¿Un agente? Menuda ayuda.
    – Mamá… -le reprochó cariñosamente Savannah.
    – Lo sé, lo sé. No es que haya perdido la esperanza, por supuesto. Es que no puedo evitar pensar en Josh en esas montañas… -se le quebró la voz-. Pobrecito…
    – Mira, te he traído café. ¿Te apetece comer algo?
    – No tengo hambre.
    – ¿Estás segura?
    – Sí.
    – Como quieras -le dejó una taza y el azucarero sobre la mesilla-. Voy a ver cómo se encuentra Charmaine y luego bajaré a echar un vistazo a los caballos. Si necesitas algo, estaré de vuelta dentro de una hora.
    – No necesitaré nada -susurró Virginia-. Pero en cuanto a Charmaine… -una sombra de dolor cruzó su rostro-, quizá sea mejor que la dejes sola.
    – Ya. Me sigue echando la culpa, ¿verdad?
    – Es incapaz de pensar con claridad. Josh es la única alegría de su vida. Incluso Wade… -se encogió de hombros-. Bueno, es distinto cuando tienes un hijo.
    – Creo que prefiero verla.
    – Pero recuerda que se encuentra bajo una tensión terrible.
    Savannah salió al pasillo. Al pasar por delante de la habitación de Josh, se detuvo en seco al ver a su hermana, todavía en bata, sentada en la alfombra y llorando en silencio.
    – ¿Te apetece una taza de café? -se atrevió a preguntarle-. ¿O quizá un poco de compañía?
    Dejando la bandeja con la taza sobre la cómoda, se apoyó en el marco de la puerta, expectante.
    – No, gracias.
    – Charmaine, sé lo que estás pasando y…
    – Con que sabes lo que estoy pasando, ¿eh? -la interrumpió su hermana, soltando un suspiro-. ¡No lo sabes! ¡No puedes! -la miró airada, con los ojos llorosos-. ¿Cómo puedes entenderlo tú… que ni siquiera tienes un hijo?
    – Pero yo quiero a Josh. Mucho.
    – Demasiado. ¡Lo tratas como si fuera tu hijo, no el mío!
    – Sólo quiero ser su amiga.
    – ¡No! Tú has querido hacer de madre, Savannah. Tú lo animaste a que se apasionara por los caballos.
    – Sí. Lo mismo que hicieron nuestros padres con nosotras cuando éramos niñas.
    Charmaine sacudió la cabeza, con el rostro bañado en lágrimas.
    – No lo entiendes porque tú no tienes un hijo. Esos caballos son peligrosos, y Mystic… Hasta Lester tiene problemas para montarlo. Y tú has dejado que un niño, mi niño, lo frecuentase. Mira ahora lo que ha sucedido. Ahora mismo está ahí fuera, con ese diablo de caballo, probablemente herido y quizá… quizá muerto. Y todo porque tú querías ser su amiga -empezó a sollozar, pasándose las manos por el pelo, frustrada.
    – ¿Se te ha ocurrido pensar que si Josh ha huido… es por la discusión que tuvo con Wade?
    – ¿Que ha huido, dices? ¡No, Josh no ha huido! Es evidente que estaba disgustado con su padre, pero simplemente salió a montar a caballo, nada más. ¡No tenía ninguna intención de huir! -le temblaban los dedos mientras se ataba el cinturón de la bata.
    – Espero que tengas razón -susurró Savannah. No tenía sentido replicar nada. Su hermana sólo quería desahogarse y ella era la víctima más fácil.
    – Por supuesto que tengo razón. Soy su madre. Lo conozco bien. Y ahora déjame en paz -se levantó del suelo, temblorosa-. No puedo seguir en esta casa ni un minuto más. Si Travis o Wade vuelven, o tú te enteras de algo… estaré en el estudio.
    – Serás la primera en saberlo.
    Charmaine pasó de largo a su lado sin mirarla siquiera. Minutos después, Savannah escuchó el portazo del despacho. Se abrazó, desesperada. Seguro que Travis encontraría a Josh y que, en cuestión de un par de horas, todo estaría arreglado. Era una cuestión de tiempo…
    Volvió a echar un vistazo a su madre: se había quedado dormida. Recogió de la mesilla la taza de café, que no había probado, y bajó a la cocina. Luego, dejándose llevar por un impulso, marcó el número de Sadie Stinson. El ama de llaves vivía a un par de kilómetros del rancho, en dirección opuesta a las colinas, pero existía la remota posibilidad de que Josh hubiera buscado consuelo en su compañía. Nadie respondió.
    Recogió su abrigo para ir a las cuadras. No dejaba de repetirse que todo se acabaría arreglando. Mientras tanto, tenía trabajo que hacer. Había que dar agua a los caballos.

    El ayudante del sheriff, un joven pelirrojo de mirada seria y sonrisa tensa, se presentó esa mañana en la granja. Tras disculparse por no haber acudido antes, tomó declaración a todo el mundo y luego fue con Savannah hasta la oficina situada encima de las cuadras de los potrillos.
    – ¿Así que usted no cree que el caballo haya sido robado? -inquirió. Savannah le ofreció una taza de café y se sentó al lado de la ventana.
    – No, todo indica que fue Josh quien se lo llevó.
    – ¿El chico dejó alguna nota?
    – Ninguna que hayamos encontrado.
    – Y no se molestó en despedirse de nadie.
    El joven ayudante de sheriff anotó algo en su libreta.
    – Bien. Ahora el caballo: Mystic. ¿Es el mismo que ganó el Gran Premio de este año?
    – Sí.
    – Así que es muy valioso.
    – Mucho.
    – Y estará asegurado, supongo.
    – Por supuesto. ¿Adonde quiere ir a parar?
    – Sólo estoy revisando todos los supuestos. ¿Diría usted que Mystic es el caballo más valioso del rancho?
    – Sin duda alguna.
    – ¿Y sería fácil que otra persona, alguien ajeno al rancho, lo reconociera?
    – No lo sé. Su pelaje es negro brillante, así que supongo que sí. La mayor parte de los purasangre son zainos o castaños.
    – ¿Y los otros potros?
    – Tenemos otro negro, Black Magic, pero es algo mayor que Mystic. De hecho, es su padre.
    – Entiendo. Pero ¿podría alguien diferenciarlos?
    – Temperamentalmente son como la noche y el día. Black Magic es muy dócil y Mystic, todo lo contrario. Y Magic tiene las patas blancas. Ambos están registrados en el Jockey Club, con sus descripciones. Supongo que alguien con un mínimo conocimiento previo no se habría equivocado de caballo -reflexionó Savannah-. Pero no creo que tengamos que preocuparnos de eso. Josh ha desaparecido. Estaba muy encariñado con Mystic y esa noche había tenido una horrible discusión con su padre.
    – Ya. ¿Así que usted piensa que el niño se escapó con el animal más valioso del rancho durante la peor tormenta de nieve de los últimos quince años? -inquirió, suspicaz.
    – Sólo tiene nueve años y estaba muy afectado, de modo que… sí, eso creo yo.
    – Bueno -se guardó la libreta y apuró su taza de café-. Echemos un vistazo a la cuadra de donde desapareció el caballo.
    Savannah lo guió por el sendero que llevaba a las cuadras de los sementales. Smith entró y se dedicó a observarlo todo, tomando notas. Después de registrar todos los rincones y preguntarle de nuevo por qué Lester creía haber oído a alguien allí la noche anterior, salió por fin del edificio.
    Para cuando hubo terminado con la investigación y se alejaba ya del rancho a bordo de su vehículo, Savannah estaba tan agotada como deprimida.
    – Yo creía que ese policía iba a hacer algo útil, aparte de husmearlo todo y hacer unas cuantas preguntas -comentó Charmaine con tono amargo cuando la vio entrar en la cocina.
    – Me ha prometido que peinará todas las carreteras y que facilitará la descripción de Josh y de Mystic a todos los agentes del condado -le informó Savannah mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba detrás de la puerta-. Y cuando tenga más agentes libres, volverán. No sé qué más pueden hacer.
    – Yo albergaba la esperanza de que, a estas horas, Josh ya hubiera regresado a casa.
    – Y yo.
    Charmaine bajó la mirada al suelo, mordiéndose el labio.
    – Soy consciente de que me he portado mal contigo, Savannah. No debí haberte echado la culpa.
    – Lo sé.
    – Antes te dije unas cosas horribles…
    – Bueno, siempre lo haces cuando te enfadas.
    – Pero entonces ¿por qué lo soportas?
    – Porque sé que estás haciendo todo lo posible y que estás terriblemente preocupada por Josh. Y… -vaciló por un momento, pero finalmente decidió decirle lo que pensaba- porque te empeñas en no culpar a Wade.
    – Tienes razón -admitió Charmaine cerrando "os ojos-. Gracias por ser tan comprensiva.
    – Para eso somos hermanas, ¿no?
    Savannah desvió la mirada hacia la ventana y contempló las cuadras con el telón de fondo de las colinas. Sus pensamientos estaban con Travis y Josh… allí donde se encontraran.

    Travis volvió a estudiar las huellas en la nieve y maldijo entre dientes. Los cascos de Mystic se habían ido desdibujando hasta casi desaparecer en un bosque de abedules, cerca de un arroyo helado.
    Se encontraba en los límites del rancho de los Beaumont. La tierra que se extendía al otro lado de la cresta rocosa era propiedad del gobierno federal.
    – No puede haber entrado allí -se dijo por tercera vez-. No hay puerta, y Mystic es demasiado listo para intentar saltar la cerca.
    Frunciendo el ceño, pensó en el chico. Debía de estar terriblemente asustado. Quizá Reginald y Wade ya lo habrían encontrado. Habían transcurrido dos horas. Rezó para que el niño estuviera en aquel momento en su casa.
    Aquel tiempo era una maldición para cualquier persona o animal. Se había levantado un viento muy fuerte y la nieve seguía cayendo, helada. Un niño de nueve años no podía sobrevivir en aquellas condiciones.
    Pensó en Savannah, en su hermoso rostro y sus fascinantes ojos azules. Menos de doce horas antes, la tenía en sus brazos, desnuda, febril de pasión… Se quedaría destrozada si el niño no aparecía. Volvió a montar y se esforzó nuevamente por encontrar el rastro.
    – ¡Josh! -gritó, haciendo bocina con las manos enguantadas-. ¡Josh!
    La única respuesta fue el silbido del viento.

    Durante varias horas, Savannah intentó mantenerse ocupada en la casa. Cuando finalmente consiguió contactar con Sadie Stinson para contarle lo de Josh, el ama de llaves insistió en desafiar la tormenta y conducir hasta el rancho. Pese a sus protestas, no cedió.
    En aquel momento, sin embargo, se alegraba de que Sadie estuviera con ella. El simple sonido de los cacharros en la cocina y el aroma a estofado consiguieron que se sintiera algo más relajada.
    – Cuando ese niño vuelva a casa, tendrá hambre -había asegurado-. ¡Y seguro que los hombres también comerán algo! No te preocupes, Savannah. Josh es un chico muy listo: seguro que se las arreglará. Y en cuanto a Travis, no dudo ni por un momento de que acabará encontrándolo.
    Aunque Savannah conocía el inveterado optimismo de aquella mujer, le agradeció sus palabras de ánimo. Reinaba en la casa un ambiente opresivo, asfixiante. Al mirar por la ventana, observó que el cielo seguía oscuro y nublado, pero al menos ya no nevaba tanto. «Quizá la tormenta esté empezando por fin a amainar», pensó sin demasiadas esperanzas.
    Salió de la casa y se dirigió a las cuadras para ordenar a los escasos mozos que permanecían en el rancho que sacaran a los caballos para ejercitarlos un poco.
    – Mantenedlos en los potreros cercanos -dijo a uno de ellos-. Quiero que estiren un poco las patas -alzó la mirada al cielo-. No sé cuándo parará esta tormenta. Si hiela, quiero a todos los caballos dentro.
    «¿Y Josh? ¿Qué pasará con Josh?», se preguntó, deprimida, pero procuró concentrarse en el trabajo que tenía por delante. La visión de los potrillos no pudo menos que arrancarle una sonrisa. La mayoría nunca había visto la nieve antes, de manera que saltaban y hacían cabriolas nada más salir de los establos.
    De repente oyó el sonido de un motor. El corazón le dio un vuelco en el pecho. Un todo terreno plateado aparcó cerca de la casa. No reconoció el vehículo, pero podía pertenecer a alguno de sus vecinos. ¡Quizá alguien había visto a Josh!
    Casi resbaló mientras subía los escalones del porche. Al entrar en el salón, vio a Charmaine de pie junto a la chimenea, nerviosa, muy pálida. Dos jóvenes desconocidos estaban sentados en el sofá. Uno de ellos, el más bajo, llevaba una cámara y el otro, una grabadora.
    – Te presento a John Herman y Ed Cook, del Register. Mi hermana, Savannah Beaumont.
    Ambos se levantaron para estrecharle la mano.
    – Es un placer, señorita Beaumont.
    – Se han enterado de lo de Mystic y Josh -la informó Charmaine. Su voz apenas era un susurro. Se apoyaba en la repisa de la chimenea como si fuera a caerse al suelo en cualquier momento.
    – No creo que podamos decirles gran cosa -admitió Savannah, forzando una sonrisa. ¿«Qué diablos está haciendo la prensa aquí y quién los habrá enviado?», se preguntó para sus adentros-. Al menos de momento.
    – Pero seguro que podrá confirmarnos el rumor de que Mystic ha desaparecido… -sugirió John, el más alto.
    – Sí, es verdad. Desapareció anoche.
    – Lo robaron.
    – No, no lo robaron -lo interrumpió Charmaine-. Al parecer mi hijo Josh lo sacó a dar un paseo.
    John Herman arqueó las cejas, escéptico.
    – ¿Con esta tormenta? -sacudiendo la cabeza como si no creyera una sola palabra, encendió la grabadora-. Deben de estar ustedes muy preocupadas. De lo contrario no habrían llamado a la policía. ¿Qué ocurrió realmente?
    – Ya se lo hemos dicho todo.
    – ¿Adonde cree que puede haber ido su hijo montado en un caballo así? -preguntó el periodista a Charmaine.
    – No tengo ni idea.
    – ¿Es que se ha escapado?
    – ¡No! -exclamó Charmaine, furiosa, apartándose de la chimenea para acercarse a la ventana.
    – Entonces ¿quién anda ahí fuera, buscándolo?
    – Algunos de los trabajadores del rancho. Hemos avisado a los vecinos, claro está, así como a la oficina del sheriff.
    – Quizá nosotros podamos serles de alguna ayuda.
    – ¿Cómo?
    – Si nos facilitan una fotografía de Josh, la publicaremos en el periódico. Tal vez alguien que haya podido ver al chico lo reconozca. En cuanto al caballo, tenemos numerosas imágenes suyas en el archivo, ¿verdad, Ed?
    – Sí, unas treinta, creo.
    – Bien.
    – Bueno, merece la pena intentarlo, ¿no? -sonrió John.
    – Sí -afirmó Charmaine-. Tengo una foto muy reciente de Josh. Arriba, en su habitación. Voy a buscarla -contenta de tener una excusa para abandonar el salón, y entusiasmada también por aquella nueva oportunidad de encontrar a su hijo, subió apresuradamente las escaleras.
    – Les agradeceré toda la ayuda que puedan brindarnos -dijo Savannah, relajándose un tanto.
    – Bien. Entonces quizá quiera explicarnos algunas cosas…
    – Ustedes dirán.
    – ¿Por qué ha regresado Travis McCord al rancho Beaumont? Aquí es donde se crió, ¿verdad?
    – Vino a vivir con nosotros cuando tenía diecisiete años -respondió con un nudo de emoción en el pecho.
    – Y ahora ha vuelto. Circulan varios rumores sobre él. Hay gente que sostiene que ha renunciado a presentarse a gobernador del Estado.
    – Ignoraba que hubiera anunciado siquiera su candidatura -replicó, tensa.
    – Oficialmente no. Pero ciertas personas, entre ellas la empresaria Eleanor Phillips, afirman haber donado dinero para su campaña.
    – ¿Sin haber anunciado formalmente su candidatura? -preguntó Savannah, procurando disimular una punzada de temor-. Eso no parece un movimiento muy inteligente por su parte. ¿Está seguro de haber cotejado bien esa información?
    El periodista esbozó una sonrisa incómoda.
    – Sí, pero de todas formas me gustaría solicitar una entrevista con el señor McCord.
    – Ahora mismo no está.
    – Entonces quizá usted o alguna persona quiera contarnos su versión de los hechos. Ya sabe, por qué McCord regresó aquí procedente de Los Ángeles con la idea de dejar la abogacía y renunciando a sus intenciones de presentarse a gobernador.
    – No puedo decirle nada porque nada sé al respecto -mintió Savannah-. Y aunque lo supiera, tampoco estoy muy segura de que quisiera contárselo. Lo que haga Travis McCord con su vida es asunto de su exclusiva incumbencia.
    – ¡Aquí tienen! -Charmaine se presentó de pronto, tendiéndoles la reciente foto de Josh-. Les agradezco sinceramente su ayuda.
    – No es nada -repuso el periodista, sosteniendo la mirada helada de Savannah-. Si cambia de idea o tiene algo que añadir a la historia, ya sabe… -le ofreció su tarjeta-. Ah, y dígale por favor a McCord que nos pondremos en contacto con él.
    – Lo haré -prometió Savannah mientras su hermana los acompañaba hasta la puerta. Una vez que se hubieron marchado, lo primero que hizo fue tirar la tarjeta al fuego de la chimenea.
    Charmaine se detuvo en el vestíbulo antes de volver a subir las escaleras.
    – ¿Crees que la publicación de la foto de Josh en el periódico servirá de algo?
    – No lo sé, pero nunca está de más. Daño no hará. Esperemos, sin embargo, que Josh esté de vuelta para cuando el Register salga a la calle.
    – Oh, Dios mío, sí -susurró Charmaine, desesperada-. Si no aparece esta noche… -contempló por la ventana el cielo cada vez más oscuro.
    – Aparecerá -le prometió Savannah.
    Sus propias palabras le sonaban vacías.

    A la caída de la noche, Lester y el mozo de cuadra volvieron para informar de que no habían encontrado rastro alguno ni de Josh ni de Mystic. Mientras el preparador revisaba los caballos, Savannah lo acompañó para ponerlo al tanto de lo acontecido en la casa.
    – ¿Por qué no se ha presentado ese maldito electricista para reparar el cable del sistema de alarma?
    – La tormenta. O, al menos, eso fue lo que me dijo cuando lo llamé -respondió Savannah.
    – Justo lo que necesitamos. ¿Qué tal está reaccionando tu madre?
    – No muy bien -admitió-. Josh siempre ha sido muy especial para ella.
    – Para ella y para todos -el preparador frunció el ceño-. Excepto quizá para su propio padre. ¿Sabes?, no entiendo por qué ese hombre lo trata tan mal. Si yo fuera Reginald… -se interrumpió-. Bueno, supongo que tu padre sabrá lo que se hace. Que Wade sea un mal padre no significa que no sepa llevar un rancho. Y aunque me cueste admitirlo, creo que en ese sentido ha hecho un trabajo pasable.
    – Pasable pero no brillante, ¿verdad?
    – Como te dije una vez, Wade es un contable, un contable más o menos bueno, supongo. Pero jamás imaginé que un día querría ponerse a trabajar con caballos…
    Una hora después Savannah estaba en la casa, revisando los libros de contabilidad y preguntándose por lo que Travis habría estado consultando la víspera. Nunca se le habían dado bien los números y ese día, con todas las preocupaciones que la asaltaban, era absolutamente incapaz de concentrarse en nada. Así que cerró los libros y se recostó en el sillón, pensativa.
    Apenas la noche anterior había estado durmiendo en brazos de Travis. Nunca se había sentido más segura, más querida. Y en ese momento él estaba allí afuera, con aquella tormenta, buscando a Josh en la oscuridad…
    Se levantó al escuchar el distante rumor de un motor. El corazón se le aceleró cuando reconoció el jeep de su padre. Recogió su abrigo y salió precipitadamente de la casa.
    Charmaine no tardó en reunirse con ella en el porche.
    – Oh, Dios mío -susurró en el instante en que apareció el jeep-. Que traigan a Josh con ellos, por favor… -echó a correr hacia el garaje, seguida de su hermana.
    Reginald apagó el motor y bajó del vehículo. Parecía exhausto. Sus ojos cansados buscaron los de su hija mayor.
    – Supongo que esa mirada quiere decir que no habéis localizado a Josh… -Charmaine estuvo a punto de desmayarse-. ¿No lo habéis encontrado? -preguntó, angustiada.
    Wade bajó también del jeep. Cuando iba a pasarle un brazo por los hombros a Charmaine, ésta lo rechazó bruscamente. Tenso, lanzó una helada mirada a Savannah.
    – Ahora supongo que me echas la culpa a mí -dijo a su esposa.
    – Yo no culpo a nadie -susurró Charmaine antes de golpear el capó del vehículo con el puño cerrado-. ¡Sólo quiero que Josh vuelva sano y salvo a casa!
    – ¿Y Travis? -inquirió Savannah, angustiada-. ¿Por qué no ha regresado con vosotros?
    – La última vez que lo vimos no había tenido mucha suerte -explicó Reginald-. Iba a intentar seguir el rastro todo lo posible. Tuvimos que volvernos porque parecía como si el caballo se hubiera evaporado.
    – Yo ni siquiera estoy seguro de que ése fuera el rastro de Mystic -añadió Wade, pellizcándose nervioso las guías del bigote-. Lo peor de todo es que Travis no lo encontrará, al menos esta noche. Esas huellas apenas eran visibles. Ahora que ya ha oscurecido, seguir rastreando sería una pérdida de tiempo. Tendremos que avisar a la policía para que mañana lo busquen con helicópteros.
    – ¡No! -chilló Charmaine, sacudiendo enérgicamente la cabeza y mirando airada a su marido-. ¡Tenemos que encontrarlo! ¡Esta misma noche! ¡Morirá congelado si no lo localizamos pronto!
    Savannah no podía menos que estar de acuerdo con su hermana. Ella misma se moría de ganas de incorporarse a la partida de búsqueda. Travis y Josh estaban en alguna parte, tal vez heridos… Sin embargo, procuró controlarse y pasó a relatarle a su padre lo ocurrido durante el día.
    – Hace un rato hemos estado hablando con la oficina del sheriff.
    – Será mejor que volvamos a llamar -reflexionó Reginald en voz alta.
    Una vez dentro de la casa, Savannah telefoneó al ayudante Smith y le contó que la partida de rastreo había vuelto sin Josh y sin Mystic. Charmaine, intentando dominarse, le habló a Wade de los periodistas, de la entrevista con el ayudante del sheriff y de lo que había dicho.
    – ¿Dónde podrá estar? -exclamó Wade, rabioso, mientras se servía una copa.
    – Tiene que estar en alguna parte del rancho -repuso Reginald.
    – Pero hemos registrado hasta el último rincón.
    – Sólo las zonas a las que podía acceder el jeep.
    – El resto es cosa de McCord. Tendrá que bajar a los barrancos e internarse en los bosques. Como te dije antes, nuestra única esperanza son los helicópteros de mañana.
    Savannah entró en aquel momento en el salón. Sólo alcanzó a escuchar la última frase de la conversación, pero, por el brillo de temor de los ojos de Charmaine, dedujo que no se había tomado ninguna decisión importante.
    – Voy a subir a ver a tu madre -informó Reginald. Lo dijo con tono temeroso, como si le diera miedo hablar con ella-. ¿Cómo ha pasado el día?
    – Muy preocupada, como todos.
    Sadie entró en aquel momento con la intención de levantarles el ánimo.
    – La cena está preparada. Vamos, a comer todos. Ya idearéis algún plan mientras cenáis. Hay que llenar el estómago.
    – Yo no tengo hambre -dijo Charmaine, pero Sadie la miró con severidad.
    – La mesa está puesta para todos, incluida Virginia. ¡Una buena cena caliente os sentará bien!
    Tanto insistió el ama de llaves que, finalmente, todo el mundo se sentó a la mesa. La conversación transcurrió en un ambiente tenso, tirante. Pese a lo sabroso de la comida, Savannah apenas la probó. Su cerebro funcionaba a toda velocidad. Si Travis no volvía a casa durante la próxima hora, ella misma saldría a buscarlo. Su padre se pondría furioso, por supuesto, así que tendría que salir sigilosamente y convencer al vigilante apostado en las cuadras.
    No podía permanecer cruzada de brazos en aquella casa ni un minuto más. Estaba decidida a encontrar a Josh y a Travis esa misma noche, antes de que amaneciera.

Ocho

    A las once en punto, Savannah se hallaba sola. Todo el mundo se había acostado después de escuchar las noticias. Agotada tras un día que había sometido sus nervios a tan dura prueba, se sentó en la cama. Pese a su cansancio, estaba demasiado inquieta. Y preocupada.
    Con renovada determinación, se acercó al armario, se puso su ropa de montar y bajó sigilosamente las escaleras. Se detuvo en la cocina para recoger dos cajas de fósforos, dos bengalas y una interna de armario. Añadió a todo eso unas cuantas barritas energéticas y se las guardó en un visillo del abrigo.
    «Salir con este tiempo es una locura», se dijo reentras se ponía los guantes y se enrollaba una bufanda al cuello, antes de salir por la puerta trasera. El aire frío de la noche penetraba el cuero de su abrigo como si fuera un cuchillo. Atravesó el patio y tomó el sendero que llevaba a las cuadras.
    El viento silbaba y ululaba entre los árboles. Tenía que encontrar a Josh y a Travis, sin tiempo que perder. Según las últimas noticias, la tormenta no levantaría hasta pasados varios días. «Ahora o nunca», se dijo mientras caminaba por la nieve.
    – ¡Alto! -gritó una voz masculina cuando ya se disponía a abrir la cuadra principal-; ¡Señorita Beaumont! ¿Qué está haciendo?
    Era Johnny, el mozo de cuadra que se había ofrecido a hacer de vigilante.
    – Voy a salir a buscar a Josh.
    – ¿Esta noche? ¿Está loca?
    – Quizá, pero no puedo seguir de brazos cruzados ni un minuto más.
    El joven se puso muy nervioso. Estaba acostumbrado a recibir órdenes de Savannah, pero no podía creer que pensara seriamente en desafiar una tormenta de aquellas características y, además, de noche.
    – Su padre me ordenó que no dejara salir ninguno de los caballos de las cuadras.
    – Ya lo sé, Johnny, pero Mattie es «mi» yegua.
    – Pero salir ahora con esta tormenta…
    – Tendré cuidado -prometió ella.
    – Pero señorita Beaumont…
    – No tienes que responder de mí ante mi padre. Yo asumo la plena responsabilidad de mis actos -al ver que seguía sin convencerlo, continuó insistiendo-. Mira, te prometo que no saldré de los límites del rancho. Si la tormenta empeora, volveré. Ya conoces a Mattie: sabría encontrar el camino de vuelta a las cuadras en medio de un terremoto.
    – Bueno, usted es la jefa -cedió al fin-. Pero creo que debería informar a Wade o a Reginald.
    – ¿Y preocuparlos aún más? Porque si les gusta como si no, pienso salir en busca de Josh.
    Terminó de abrir la puerta y entró en la cuadra. Ya no oyó ninguna protesta más de Johnny. «Quizá se lo diga a mi padre», pensó mientras ensillaba a Mattie. La yegua, viendo interrumpido su descanso, soltó un relincho.
    – Tranquila, chica -susurró-. Por el momento todo va bien.
    Al parecer, Johnny había decidido no informar inmediatamente a Reginald. Si lo hubiera hecho, su padre se habría presentado allí corriendo. Le dio las gracias en silencio.
    Sacó la yegua de la brida por la puerta trasera y atravesó los potreros, encorvada contra el viento. Luego montó y picó espuelas.
    – Vamos.
    Decidida a guiarse por su intuición, ignoró el rumbo de las primeras huellas de Mystic y enfiló hacia el estanque. Mientras rodeaba lentamente el pequeño lago, llamó varias veces a Josh. Nada. Gritó de nuevo. Ninguna respuesta.
    – Primera derrota -masculló. Alejándose del lago, llegó hasta un campo cercano, con un antiguo manzano y una casa-árbol que Josh se había construido el verano anterior. Después de atar a Mattie, desmontó y subió por la escala de tablas provista de una linterna. El interior del escondite estaba desierto. No había señal alguna del niño.
    – Estupendo -musitó de nuevo, apagando la linterna.
    Volvió a bajar la escala y montó de nuevo. Durante un rato estuvo explorando todos los escondites favoritos de Josh en los campos que rodeaban la cuadra de los sementales. Cuando terminó, decidió seguir las casi inexistentes huellas de Mystic rumbo a las colinas.
    Pudo hacerlo mientras las del todo terreno de Reginald seguían apenas visibles. Inclinada la cabeza contra el viento, se prometió a sí misma que, si volvía a encontrar a Josh y a Travis, jamás volvería a perderlos de vista. Jamás.

    Travis maldijo entre dientes. ¿Dónde diablos se habría metido el chico? Josh no podía haberse desvanecido en el aire. Por supuesto, existía la remota posibilidad de que hubiera vuelto a la casa, pero lo dudaba. Reginald le había dicho que lanzaría bengalas y haría tres disparos de rifle en cuanto lo descubrieran.
    Encorvado contra el viento, pensó en detenerse para encender un fuego. Estaba helado hasta los huesos, con el rostro desollado por el viento y la nieve, y Jones, su potro, necesitaba un descanso.
    Finalmente desmontó y dejó a Jones que bebiera de un riachuelo casi congelado. Escrutó los alrededores, acercándose hasta el borde de un claro. Estiró las piernas y los tensos músculos de la espalda: tenía la sensación de que llevaba días cabalgando.
    Cuando llegara la mañana, no tendría más opción que regresar a la casa. Tanto su caballo como él mismo necesitaban descansar. Quizá las pistas resultaran más transitables y encontraran por fin al chico. Continuó escrutando los oscuros pinos con ojos entrecerrados. Un ligero movimiento llamó su atención y se esforzó por distinguir algo a través de la cortina de nieve.
    Todo estaba quieto. Se preguntó si no estaría empezando a imaginarse cosas, en su desesperación por encontrar al chiquillo. ¿Dónde demonios se habría metido? Había revisado cada centímetro cuadrado de la propiedad Beaumont y no había encontrado el menor rastro de Mystic. En cualquier caso, había que continuar la búsqueda.
    Regresó con su caballo y volvió a montar.
    – Vamos -murmuró, furioso, mientras cruzaba las rocas heladas del riachuelo. Una vez más gritó el nombre de Josh en la oscuridad.
    Nuevamente creyó detectar un movimiento entre los árboles. En esa ocasión no lo dudó: picó espuelas y se dirigió hacia lo que fuera que andaba escondido entre las sombras.

    Pese a los guantes, Savannah tenía los dedos entumecidos por el frío, casi insensibles. «Quizá Johnny tuviera razón», pensó. «Quizá lo de salir a buscar a Josh no tenga ningún sentido. ¡Si no estoy de vuelta en casa por la mañana, mis padres se llevaran un susto de muerte!». Aun así, se resistía a volver.
    Se mordió el labio y escrutó los alrededores. Durante cerca de una hora, desde el lugar en que las huellas del todo terreno se habían desviado hacia la casa, no había visto señal alguna ni de Josh ni de Travis. Si habían dejado algún rastro, la nieve se había encargado de borrarlo.
    Travis. Le parecía mentira que apenas la noche anterior hubiera dormido en sus brazos. Tenía la sensación de que había transcurrido una eternidad desde entonces. «Dios mío, ¿dónde estará? ¿Se encontrará bien?». Estaba ronca de tanto gritar su nombre para hacerse oír por encima del rugido del viento.
    Se estremeció nada más entrar en el claro donde Travis, Josh y ella habían cortado el árbol de Navidad apenas dos días antes. La tormenta seguía en todo su apogeo. Nevaba tanto que resultaba imposible distinguir nada.
    Savannah estaba ya a punto de renunciar cuando un ligero movimiento entre los árboles llamó su atención. Mattie piafó y relinchó nerviosa. Ante ella apareció el gran caballo negro.
    – ¡Mystic! -exclamó con el pulso acelerado-. ¿Josh?
    Se quedó paralizada al ver que la silla de Mystic faltaba y que llevaba las riendas sueltas, arrastrándolas por el suelo.
    – Oh, Dios mío -gimió mientras desmontaba y ataba a Mattie a la rama de un roble-. ¡Josh! Josh, ¿puedes oírme? -«por favor, Dios mío, que esté sano y salvo», rezó, desesperada.
    Mystic estaba muy asustado. Por su comportamiento, resultaba obvio que algo le dolía, y mucho. Se acercó confiada hacia el potro, con la intención de tranquilizarlo.
    – ¡Ten cuidado! -gritó una voz, y Savannah se giró en redondo y descubrió a Travis, saliendo de la espesura con Jones de la brida. Un inmenso alivio inundó su alma. Tanto él como su montura parecían exhaustos.
    – ¡Gracias a Dios que estás bien! -exclamó, corriendo hacia él. Se abrazó a su cuello, llorando-. ¿Dónde está Josh?
    – No lo sé. No lo he visto.
    – Pero Mystic…
    – Lo sé -admitió mientras la apartaba suavemente-. Yo creí lo mismo: que los encontraría a los dos juntos. Pero no. Ahora tengo que tranquilizar a Mystic -clavó la mirada en el potro mientras ataba a Jones al lado de Mattie-. Hay que tener mucho cuidado -susurró a Savannah-. Está herido y aterrorizado. Llevo unos cien metros siguiéndolo. Tiene un problema en una de las patas delanteras.
    – No…
    – Chist -Travis empezó a avanzar hacia el caballo-. No pasa nada, chico, tranquilo -y extendió lentamente una mano hacia su cabeza.
    Por toda respuesta, el animal abandonó el claro.
    – Maldito seas -masculló Travis-. Esto mismo me sucedió hace un par de horas cuando me topé con él, pero en su estado ya no puede ir mucho más lejos… -encendió la linterna para enfocar sus huellas y el rastro de sangre.
    – Oh, Dios mío, ¿qué crees que ha podido pasar? ¿Dónde puede estar Josh?
    – Ojalá lo supiera -repuso, echando nuevamente a andar-. Vamos.
    Lentamente, con la callada determinación de un depredador rastreando a su presa, Travis siguió al potro. No tardó en localizarlo detrás de un arce, con su piel de ébano brillante de sudor a pesar del frío. Con los ojos desorbitados, el animal observó a Savannah y a Travis mientras se acercaban.
    – Tranquilo, no pasa nada… -susurraba ella.
    El caballo soltó un gemido, intentó retroceder y finalmente se quedó inmóvil mientras Travis lograba recoger su brida del suelo. Lo primero que hizo fue palparle las patas a la busca de su herida.
    Cuando tocó el punto sensible de la pata delantera, Mystic dio un violento respingo.
    – Quieto -le ordenó-. Maldita sea…
    – ¿Qué pasa?
    – Creo que la tiene rota.
    Travis ató a Mystic a un árbol cercano y se concentró en examinar la herida con la linterna. A Savannah se le revolvió el estómago con la visión de la sangre.
    – Quizá sólo sea un esguince -murmuró, esperanzada.
    – Quizá -pero no parecía muy convencido.
    – ¿Qué hacemos ahora?
    – Lo primero, pensar en cómo vamos a devolverlo a las cuadras. Y luego encontrar a Josh, por supuesto. Mientras tanto, tal vez podrías explicarme rápidamente por qué diablos estás aquí.
    – No tenemos tiempo.
    Travis suspiró, sabía que tenía razón. Tenían cosas mucho más importantes de las que ocuparse.
    – De acuerdo, tú ganas. Por ahora. Pero cuando todo esto haya terminado, quiero una explicación. Y espero que sea buena.
    – La tendrás -replicó Savannah antes de concentrarse nuevamente en el caballo-. Creo que no debería caminar más de lo estrictamente imprescindible.
    – Soy de la misma opinión -se frotó la barbilla-. Montando a Mattie, tardarás sólo una hora, quizá menos, en atravesar los campos para regresar a casa. Yo me quedaré aquí con Mystic, esperando a que Lester o Reginald suban con la camioneta por la carretera federal… Creo que esa carretera atraviesa el terreno del otro lado de la valla, hacia el norte. Es el camino más corto.
    – Sí, es verdad.
    – Y vuelve con alicates. Tendremos que cortar la valla de alambre para sacar a Mystic.
    Savannah vaciló.
    – No quiero dejarte.
    – Sólo será un rato -sonrió, cansado-. Hasta que llevemos al caballo de vuelta a las cuadras. Tendrás que avisar enseguida a un veterinario. Ah, y tráete un caballo de refresco y un par de mantas para estos dos -señaló a Mystic y a Jones.
    – ¿Para qué el caballo de refresco?
    – Jones está agotado.
    – ¿Y tú quieres seguir buscando a Josh? -Savannah no sabía si alegrarse o preocuparse aún más.
    – Encontré al caballo, ¿no? El niño no puede estar muy lejos. Si se cayó cuando Mystic se hirió la pata, tiene que estar por aquí. El animal no ha podido alejarse tanto. No con una lesión tan grave.
    Lo que estaba diciendo Travis tenía plena lógica y, por primera vez en aquella noche, Savannah abrigó la firme esperanza de que al final podrían llevar al niño de vuelta a casa, sano y salvo. «A no ser que esté muerto», pensó con una punzada de pánico.
    – No pienses eso -le reprochó Travis, leyéndole el pensamiento-. Lo encontraremos y estará perfectamente. Ya lo verás.
    – Oh, Dios mío, eso espero…
    – Vamos -la urgió, besándola en la frente-. No pierdas la fe. No ahora. Josh, Mystic y yo contamos contigo.
    – Está bien -musitó. Reacia, montó a Mattie.
    Una fuerza parecía retenerla al lado de Travis. Como si algo en el aire frío de la noche le advirtiera de que abandonarlo en aquel momento acabaría en tragedia.
    – Adelante -insistió él-. Sólo hay que aguantar un poco más. Y después, todo habrá terminado.
    – ¿Y Josh?
    – Lo encontraré -prometió Travis, solemne-. No cejaré hasta localizarlo -al ver su expresión preocupada, añadió-: En cuanto a mí, puedes estar tranquila. ¿Es que no sabes que no hay nada que pueda separarme de ti?
    – Eso espero -murmuró Savannah, y se inclinó para besarlo en los labios. Sólo en aquel instante tomó conciencia de la desesperación con que lo amaba. El corazón se le partía en dos ante la perspectiva de abandonarlo.
    Aun así, se marchó. No había tiempo que perder. La vida de Josh estaba en juego.

    Mientras emprendía el regreso al rancho, volvió a llamar a Josh a gritos.
    – ¡Josh! ¿Dónde estás? -no recibió más respuesta que el rugido del viento. «Dios mío, que lo encuentre, por favor», rezó para sus adentros. ¿Dónde estaría? ¿Se encontraría vivo?
    De repente Mattie se detuvo. Savannah escrutó la oscuridad, pero no vio nada. Poco esperanzada, llamó por última vez a Josh.
    El corazón le dio un vuelco en el pecho cuando, a lo lejos, alcanzó a escuchar una leve respuesta, un débil eco en medio de la noche. Pero lo primero que pensó fue que se lo había imaginado. Gritó de nuevo y esperó, conteniendo la respiración. Esa vez la réplica resultó inequívoca.
    Emocionada, picó espuelas, siguiendo el sonido de la voz de Josh.
    – Ya voy -chilló para hacerse oír por encima del silbido del viento. Para alivio suyo, distinguió entre los árboles a Travis montando a Jones.
    – Yo también lo he oído. Habría venido antes, pero tenía que volver a ensillar a Jones -le explicó Travis y, a continuación, voceó el nombre de Josh a pleno pulmón.
    Los gritos de respuesta de Josh se oían cada vez más cerca.
    – Está vivo -susurró Savannah, llorando de alivio. Minutos después llegaban al borde de un empinado barranco-. Josh, ¿dónde estás?
    Su voz resonó en el cañón nevado.
    – Aquí… -respondió el chico desde el fondo.
    – Ya estamos aquí, Josh -Savannah desmontó de un salto y corrió hacia el borde del cortante. El fondo estaba tan negro… Apenas podía distinguir la figura inerte entre la nieve-. ¡Enseguida te sacamos de ahí!
    A su lado, Travis intentaba identificar la ruta más rápida de descenso. A continuación, sacó una soga de su silla y ató un extremo al tronco de un pino.
    – Bajaré yo solo.
    – ¡Pero Josh me necesita! -protestó ella.
    – Aunque sólo sea por esta vez, haz lo que te digo, por favor. Si me veo en apuros, gritaré. Lo último que necesito es que tú te hagas daño intentando salvar al chico.
    – Sácalo entonces de allí.
    – Descuida.
    Después de atarse la soga a la cintura, empezó al descenso. Savannah no lo perdía de vista desde el borde del barranco. El niño estaba hecho un ovillo bajo la escasa protección de un pequeño árbol.
    – ¿Cómo te encuentras? -preguntó Travis una vez que se acercó lo suficiente.
    Josh no respondió. Le castañeteaban los dientes. Estaba temblando de pies a cabeza.
    – Déjame que te examine bien… -Travis se concentró en palparle los miembros, buscando alguna lesión o hueso roto-. Sé que esto te va a costar un poco, pero tenemos que volver a casa cuanto antes. ¿Podrás hacerlo, Josh?
    El niño asintió débilmente, pero no hizo ningún intento por levantarse. Travis le echó su abrigo por encima y lo levantó delicadamente en brazos. Consideró sus opciones. O se llevaba rápidamente el niño en aquellas condiciones o esperaba a que Savannah volviera con ayuda. Pero eso podría tardar horas.
    – Mira, Josh, voy a intentar sacarte de aquí. ¿Crees que podrás hacerlo? -volvió a preguntarle.
    – No lo sé…
    – Animo: lo conseguiremos. Ya lo verás -y empezó a subir por la empinada ladera, con el niño apretado contra su pecho.
    Savannah lo observó mientras ascendía lentamente por la pendiente cubierta de nieve. Los minutos se le hicieron eternos. Vio que resbalaba varias veces, caía hacia abajo un trecho hasta que conseguía levantarse de nuevo. Finalmente, alcanzó la cumbre del barranco.
    – Oh, Josh -susurró, besando al niño y sollozando en silencio-. Gracias a Dios que estás vivo -aterrada, miró a Travis-. Se está congelando.
    – Hay que llevarlo a la casa cuanto antes, pero no creo que esté en condiciones de montar solo, y Jones está demasiado agotado para cargar con los dos. ¿Podrás llevarlo tú?
    – Por supuesto.
    Una vez que Savannah montó en Mattie, Travis la ayudó a instalar al niño en su silla.
    – ¿Dónde está Mystic? -inquirió Josh con voz débil en el instante en que se pusieron en marcha. Se acurrucaba contra su tía, temblando de frío y de miedo.
    – Está atado y a salvo. Enviaremos a buscarlo cuando lleguemos a casa -le aseguró Travis.
    El trayecto de vuelta duró una eternidad. Josh no volvió a abrir la boca más que para gemir. A Savannah le dolían terriblemente los brazos de sujetarlo. Para cuando distinguieron los primeros edificios del rancho, el sol ya asomaba en el horizonte.
    Lester los descubrió en el potrero más cercano a las cuadras. Sonrió de oreja a oreja y de inmediato ordenó a Johnny que despertara a todo el mundo en la casa.
    – Hola, hijo. No sabes cuánto me alegro de volver a verte -le dijo a Josh mientras lo ayudaba a bajar del caballo.
    Charmaine y Wade se reunieron con ellos segundos después. Charmaine apenas había tenido tiempo para ponerse una bata sobre el camisón y calzarse las botas.
    – ¡Josh! -tenía el rostro bañado en lágrimas-. Oh, cariño, ¿estás bien? Déjame mirarte…
    – Será mejor que entre cuanto antes en casa -dijo Travis.
    – No. Dámelo -lo estrechó contra su pecho, emocionada-. ¡Que Dios te bendiga por haberlo encontrado!
    – Hay que llamar a una ambulancia -fue la respuesta de Travis-. Está congelándose de frío.
    – ¡Oh, cariño… ¡ -susurró Charmaine llevándolo hacia la casa.
    Josh se colgaba del cuello de su madre como un desesperado. Charmaine estaba sollozando y a Savannah se le saltaban las lágrimas.
    – ¿Y Mystic? -quiso saber Lester.
    – Tenemos que volver a buscarlo -explicó Travis, mirando cómo Charmaine entraba en la casa con su hijo-. Está herido. En la pata delantera derecha, probablemente el tobillo.
    Lester frunció el ceño.
    – Voy a buscar la camioneta -y salió disparado.
    Travis se volvió hacia Savannah. Tenía el semblante muy serio, preocupado. Se le notaban las ojeras de cansancio.
    – Yo volveré a buscar el caballo mientras tú te ocupas de Josh. Asegúrate de que llaman a la ambulancia. Y no te olvides del veterinario.
    – Descuida -echó a correr hacia la casa.
    Después de quitarse las botas en el porche, entró en la cocina y sonrió al ver a Arquímedes bajo la mesa.
    – Sadie te despellejará vivo como te encuentre aquí.
    Se quitó los guantes y los dejó sobre el mostrador. Frotándose las manos, se dirigió al despacho. Wade acababa de colgar el teléfono.
    – ¿La ambulancia? -preguntó.
    – Está en camino.
    – Bien. ¿Qué tal está Josh?
    – Charmaine lo ha subido a su habitación -contestó, preocupado-. No tiene buen aspecto.
    – No me extraña. Se cayó del caballo y ha pasado veinticuatro horas bajo una tormenta de nieve.
    – Espero que se recupere.
    Savannah entrecerró los ojos. De repente volcó sobre su cuñado toda la furia y frustración que había acumulado durante las últimas horas.
    – ¡Estaría bastante mejor si tú lo hubieras tratado como a un verdadero hijo!
    – Yo lo intento…
    – ¡Tonterías!
    – No se me dan bien los niños…
    – Es tu hijo, maldita sea. No quiero excusas. Lo único que quiere ese niño es una oportunidad. ¡Necesita tu amor y tu cariño!
    – Lo sé, lo sé -admitió Wade, pasándose una mano por el pelo-. Pero no puedo evitar que me saque de quicio.
    – Dios mío, has estado a punto de perder a tu hijo y lo único que se te ocurre es que te saca de quicio. Eso es sencillamente repugnante, Wade. ¡Piensa en lo mucho que ha sufrido!
    – Savannah, no es momento para ponerse así… -repuso, pálido-. ¿Qué pasa con Mystic? ¿Dónde está?
    – Sigue en las montañas. Travis y Lester van a ir a buscarlo -se apartó de él, asqueada, y marcó el número del veterinario del rancho, Steve Anderson.
    Cuando le explicó la situación, el veterinario le aseguró que estaría allí lo antes posible. Acaraba de colgar cuando entró Reginald. Tenía aspecto de no haber dormido en toda la noche.
    – ¿Qué es eso que he oído de que te has escapado de casa esta noche? ¿Has salido con esta tormenta?
    – No podía dormir.
    – Acabo de bajar de la habitación de Josh. Ese niño ha vivido un verdadero infierno. Y tú has cometido la mayor estupidez del mundo al salir con esta tormenta. Dios mío, Savannah… ¡Podríamos haberte perdido a ti también!
    – Pero no ha sido así. Y Josh está a salvo.
    – Gracias a Dios. Creo que necesito una copa.
    – Yo también -lo secundó Wade, dirigiéndose al mueble de las bebidas.
    – ¿Y tú qué haces que no estás arriba con tu hijo? -exclamó Reginald, airado.
    Wade se detuvo en seco y se volvió para mirar a su suegro.
    – Acabo de llamar a la ambulancia.
    – Ya.
    – Estoy tan preocupado como tú por Josh, pero pensé que sería mejor que pasara un rato a solas con su madre.
    Savannah estaba harta de las excusas de su cuñado. Suspirando, informó a su padre de que Travis y Lester se disponían a salir a buscar a Mystic.
    – Los acompañaré.
    – Antes tienes que saber algo, papá. Mystic está herido.
    – ¿Es grave?
    – No lo sé, pero tiene una lesión en una pata delantera, a la altura del tobillo. Bueno, ya lo verás por ti mismo. Ya he llamado al veterinario.
    – El caballo se pondrá bien -afirmó Wade, buscando la mirada de su cuñada en busca de apoyo.
    – Eso espero -repuso ella antes de dirigirse hacia el vestíbulo-. Quiero ver a Josh antes de que llegue la ambulancia.
    – Antes entra a ver a tu madre -le pidió Reginald mientras la acompañaba y descolgaba su abrigo del perchero-. Está terriblemente preocupada por el chico.
    – Por supuesto.
    – Dile a Josh que subo en un minuto -dijo Wade a Savannah-. Antes quiero asegurarme de que hay gente suficiente para salir a buscar a Mystic.
    – Claro -suspiró, cansada. «Vuelve a dejar tu hijo para lo último», le reprochó en silencio mientras subía las escaleras.
    El niño estaba en la cama.
    – ¿Cómo te encuentras, campeón?
    Josh intentó sonreír, pero no pudo. A Savannah se le desgarró el corazón al verlo.
    – La ambulancia estará aquí enseguida. Ellos re curarán, ya lo verás.
    – ¿Y Mystic? -inquirió con un hilo de voz.
    – El abuelo y Travis lo traerán enseguida. Y ahora no pienses más en él. Tienes que concentrarte en curarte, ¿de acuerdo?
    Josh se dio la vuelta en la cama y cerró los ojos, rendido de cansancio.
    La ambulancia llegó poco después. Dos sanitarios lo pasaron a una camilla y bajaron las escaleras. Savannah vio que Wade paseaba nervioso entre el despacho y el salón.
    – ¿Tía Savvy? -susurró Josh, haciendo detenerse a los sanitarios en la misma puerta.
    – ¿Qué, cariño?
    – ¿Vendrás conmigo?
    – Por supuesto -respondió, pero Wade alzó una mano para protestar.
    – Ni hablar, Savannah. Quiero que dejes a mi hijo en paz. Si no lo hubieras animado a montar ese caballo, ahora mismo no nos encontraríamos en esta tesitura.
    – Pero papá…
    – Yo sólo he querido y quiero lo mejor para Josh.
    – Por favor -suplicó el niño en tono desgarrador-. Ven conmigo…
    Tragándose las ganas de llorar, Savannah lo miró y sacudió la cabeza.
    – Iré a visitarte después, Josh. Antes tengo que recibir al veterinario para que pueda curar a Mystic.
    – ¿Es que está herido?
    – No lo sabemos, pero lo ha pasado tan mal como tú. Te prometo que en cuanto sepamos algo, te avisaré.
    – De acuerdo -repuso con evidente esfuerzo.
    – Bien. Y en cuanto vuelvas a casa, celebraremos la Navidad.
    – Pero Navidad es mañana…
    – Te esperaremos para celebrarla.
    – ¿Me lo prometes?
    – Te lo prometo -se separó de él, conteniendo las lágrimas.
    – Yo iré con Josh -dijo Charmaine mientras majaba las escaleras cargando con un saco de dormir-. Wade nos seguirá en el coche.
    – Yo también voy -declaró Virginia, apareciendo de pronto en el rellano. Se había vestido para salir.
    – No tendrías que estar levantada -le reprochó Charmaine.
    – Ya lo sé, pero Josh es mi nieto y quiero hacerle compañía en el hospital.
    – ¿Señora? -le preguntó uno de los sanitarios a Charmaine, a la espera de su decisión.
    – No hay tiempo que perder: nosotros nos vamos ya. Vosotros arreglaros como queráis -dijo a Wade y a Virginia antes de seguir a los sanitarios a la ambulancia.
    – Ya está todo dicho -afirmó Virginia, tozuda.
    – Pero mamá… -protestó Savannah. No llegó a acabar la frase, acallada por la mirada de desafío de su madre.
    – ¿Estás segura? -preguntó Wade-. Sabes que deberías descansar y…
    – Pienso ir al hospital. Será una buena oportunidad para que tú yo hablemos de tu relación con Josh.
    – No creo que…
    – Tendremos tiempo para hacerlo. Vamos, en marcha -Virginia terminó de bajar las escaleras.
    – Está bien -cedió Wade, tenso, pero de inmediato se volvió hacia Savannah- Quiero que me avises enseguida cuando el veterinario examine a Mystic.
    – Yo espero lo mismo de ti cuando el médico examine a Josh.
    Y lo vio salir de la casa detrás de Virginia, con expresión preocupada.

    Travis y Lester regresaron una hora después. Steve Anderson, el veterinario del rancho, ya estaba esperando en la oficina situada encima de las cuadras cuando la gran camioneta entró en el patio.
    – Bueno, vamos a ver esa lesión -dejó la taza sobre la mesa y se levantó.
    Travis bajó primero de la camioneta. Savannah dedujo por su expresión que traer de vuelta a Mystic les había costado más de lo que esperaban. La tensión resultaba evidente en sus rasgos.
    – No tiene buen aspecto -admitió, pasándole un brazo por los hombros-. Lester está de acuerdo conmigo. Creemos que se ha roto la articulación.
    – Quizá no -replicó ella, esperanzada.
    Lester y Reginald ya habían abierto la puerta trasera. El caballo se encontraba en un estado de shock. Con los ojos desorbitados, dio un violento respingo cuando el veterinario se inclinó hacia él.
    – Parece una fractura. Los huesos de la articulación -dijo Lester mientras Steve procedía a examinarlo.
    El veterinario frunció el ceño nada más ver la herida. Cuando intentó ponerle una férula en la pata, el animal se revolvió.
    – Hay que llevarlo inmediatamente a la clínica -reflexionó en voz alta-. Necesitaré hacerle una radiografía y probablemente habrá que operar. Ojalá no tenga nada roto. Sin embargo, debo ser realista. Me temo que Lester está en lo cierto.
    A Savannah se le hizo un nudo en la garganta. Travis procuraba consolarla en silencio.
    – Será mejor que nos pongamos en marcha -aconsejó Steve.
    – Adelante -dijo Reginald-. Travis, ¿querrías conducir tú la camioneta?
    – Claro -respondió, ceñudo.
    – Yo también voy -afirmó Savannah con tono firme-. Esta vez no me vais a dejar aquí sola.
    – No. Tú tienes que quedarte aquí -replicó su padre.
    – ¿Por qué?
    – Es evidente. Necesitas descansar.
    – ¡Estoy perfectamente!
    Reginald montó en cólera.
    – ¡Ya has jugado bastante a la heroína saliendo a buscar a Josh! Ya está bien. Te necesitamos aquí. Piensa un poco. ¿Y si Charmaine llama para darnos noticias de Josh? ¿Es que no quieres enterarte de su estado?
    Savannah miró impotente a su padre y luego a Travis.
    – Está bien -cedió, reacia-. Pero esto empieza a parecer una conspiración…
    – No te creas -repuso Reginald, ya más tranquilo-. Necesito que alguien se quede aquí para encargarse de todo. Tan pronto como sepamos algo más sobre Mystic, te llamaremos.
    Steve ya se dirigía hacia su todo terreno. Reginald y Lester subieron a la camioneta. Travis parecía terriblemente cansado. Pese a ello, Savannah vio brillar una promesa en sus ojos.
    – Volveré. Pronto.
    – Te estaré esperando -sonrió alzando una mano para acariciarle la barbilla.
    Savannah se quedó donde estaba mientras veía alejarse la camioneta. Nunca en toda su vida se había sentido tan sola. Josh estaba de camino al hospital. Travis, Lester y Reginald se llevaban a Mystic hacia un destino en el que prefería no pensar. Mientras ella se quedaba sola como única responsable del rancho.
    Estremecida, volvió a la casa y dejó entrar a Arquímedes. Era su única compañía.
    Miró las primeras luces del alba por la ventana de la cocina y sacudió la cabeza. En aquel instante lo habría dado todo por estar en brazos de Travis.

Nueve

    El tiempo parecía arrastrarse con desesperante lentitud mientras esperaba a saber algo de Josh y de Mystic. Ya casi había oscurecido cuando por fin sonó el teléfono. Era Charmaine. Parecía exhausta.
    – Josh se pondrá bien.
    Savannah se apoyó en la pared de la cocina, aliviada.
    – ¡Gracias a Dios!
    – Pero tendrá que quedarse unos días en el hospital. Tiene la clavícula y varias costillas rotas, aparte de un buen montón de moratones y arañazos. Afortunadamente no hay señal alguna de hemorragia interna. En dos o tres días debería estar fuera del hospital.
    – Menos mal.
    – Y que lo digas -Charmaine suspiró-. Dime, ¿sabes algo de Mystic? Josh no deja de preguntar por esa maldita criatura.
    – Todavía no. El veterinario estuvo aquí y se lo llevó a la clínica de Sacramento. Todo el mundo, incluido el propio Steve, parece pensar que se ha roto una pata.
    – ¿Se trata de una lesión grave?
    – Muy grave.
    – Entiendo -susurró Charmaine-. Pero se pondrá bien aunque ya no pueda volver a correr, ¿verdad?
    – No lo sé. Supongo que muchos caballos lo hacen -reflexionó Savannah en voz alta-. Todo depende del caballo, de su fuerza mental, de la calidad de la atención veterinaria y de la suerte, entiendo yo. El problema es que el temperamento de Mystic trabaja en su contra. Estaba muy alterado. Y eso no es bueno.
    – Pero seguro que podrán salvarlo.
    – Eso espero, por el bien de todos -repuso Savannah. Sabía que si Mystic no sobrevivía, la culpa consumiría a Josh.
    – Conservemos entonces la esperanza. Mira, te llamaré si cambiamos de planes… pero, al menos, por esta noche, Wade y yo nos quedaremos aquí.
    – ¿Cómo está Wade?
    – No muy bien. Josh ha admitido que si se llevó el caballo fue porque estaba enfadado con su padre. También me dijo que su intención era escaparse de casa. Incluso me contó cómo había arrancado el cable del sistema de alarma otra noche para poder entrar en los establos de noche.
    Savannah soltó un profundo suspiro. Así que había sido él…
    – Y ahora Josh tiene verdadero pánico a que su padre lo castigue… y le prohíba que vuelva a ver a Mystic. Un desastre, vamos.
    – ¿Hay algo que yo pueda hacer?
    – Ahora no.
    – Llamaré a Josh por la mañana, cuando se encuentre mejor.
    – Le encantará.
    – ¿Cómo está mamá?
    – Bien. Se queda aquí con nosotros.
    Savannah pensó en la frágil salud de su madre.
    – ¿Sabes? Creo que es la que mejor lo lleva de todos -comentó Charmaine antes de darle el número del hotel donde iban a alojarse-. Llámame si sabes algo nuevo de Mystic.
    – Lo haré -le prometió.
    Después de colgar el teléfono, miró el reloj. Las cuatro y media. Había pasado las seis últimas horas asegurándose de que los caballos estuvieran bien cuidados y las cuadras limpias y calientes. El cansancio le estaba pasando factura. Apenas podía tenerse de pie.
    Todavía preocupada por Mystic y Josh, se duchó y cayó rendida en la cama.
    Cuando se despertó, ya era noche cerrada. Una mirada al reloj de la mesilla le confirmó que habían transcurrido otras cuatro horas. Estaba intentando levantarse de la cama para llamar al veterinario cuando escuchó unas voces familiares en el piso de abajo. ¡Travis había vuelto a casa! ¡Quizá Mystic estuviera de regreso en las cuadras!
    Se puso una bata y bajó apresurada las escaleras. Travis y Lester estaban hablando en la cocina. Ambos tenían aspecto de no haber dormido durante una semana entera.
    Travis estaba sentado en el mostrador, los codos sobre las rodillas. Sin afeitar desde hacía dos días, tenía una expresión tensa y sus ojos grises habían perdido su brillo habitual. Se le veía completamente agotado.
    Lester, por su parte, parecía haber envejecido diez años. El menudo y enjuto preparador estaba sentado ante la mesa de la cocina tomando café y fumando un cigarrillo. Tenía una mirada triste, deprimida. Instintivamente, Savannah se preparó para lo peor.
    – ¿Cómo está Mystic?
    Los dos hombres cruzaron una mirada de preocupación.
    – Ha muerto -respondió Travis-. No tenía la menor oportunidad -disgustado, se bajó del mostrador y lanzó el resto de su café al fregadero con gesto rabioso.
    – ¿Qué? Oh, no…
    – Tu padre lo ha sacrificado -la informó Lester-. Era lo único que podía hacer por él.
    – Pero ¿por qué? -inquirió Savannah, dejándose caer en una de las sillas.
    – No es culpa de nadie. Steve hizo todo lo posible por salvarle la pata -le explicó Lester-. Pensó que podía hacerlo, pero… -el preparador sacudió la cabeza, soltando una bocanada de humo-. Mystic, sencillamente, no pudo soportarlo.
    – ¿Qué pasó exactamente?
    – Por lo que yo sé, la operación fue todo un éxito -Travis se frotó el mentón, oscurecido por la barba-. Después de sedar a Mystic, Steve limpió la herida, retiró parte de los huesos rotos, le cosió los ligamentos, juntó los huesos principales y le escayoló la pata.
    – Entonces ¿qué es lo que falló?
    – Mystic se puso como loco cuando se despertó de la anestesia -dijo Lester, fumando su cigarrillo de pie ante la ventana-. No podíamos controlarlo.
    – Se puso hecho una fiera, pataleando y dando coces. Nadie fue capaz de dominarlo. Se deshizo de su escayola e incluso golpeó a Lester en un muslo.
    Lester se limitó a sacudir la cabeza.
    – ¿No pudo habérsela inmovilizado de nuevo Steve? -quiso saber Savannah.
    – Quizá -admitió Lester-. Pero tu padre, bueno, él hizo todo lo humanamente posible; más anestesia y cirugía no habría hecho más que empeorar las cosas. Habría sido demasiado traumático para Mystic. Era dudoso que hubiera sobrevivido a una segunda operación. Fue una lástima. Una lástima.
    Luchando contra el nudo de emoción que le apretaba el pecho, Savannah bajó la mirada a sus manos entrelazadas.
    – ¿Cómo vamos a decírselo a Josh?
    – No lo sé -reconoció Travis-. Tu padre se fue directamente de la clínica veterinaria al hospital Mercy. Pero no creo que se lo digan hasta que Josh se haya recuperado del todo.
    – ¿Tú… tú crees que mentirle será una buena idea?
    – Ojalá lo supiera -se sentó a su lado-. Hoy me he hecho a mí mismo un montón de preguntas y no he tenido mucha suerte a la hora de encontrar las respuestas.
    – Bueno -dijo Savannah, aspirando profundamente. No tenía sentido seguir lamentando la muerte de Mystic. Al menos ya no sufría y no había nada más que pudieran hacer por él. Y Josh iba a recuperarse.
    Cuando les contó lo de la llamada de Charmaine, Travis y Lester se relajaron un tanto.
    – Y ahora, ¿os apetece comer algo? -forzó un tono ligero-. Hay sopa.
    – No, gracias -dijo Lester, apagando el cigarrillo-. Ha sido un día muy duro. Creo que me iré a casa.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí -recogió su gorra y se dirigió hacia la puerta. Minutos después oyeron su camioneta alejándose por el sendero de entrada.
    – ¿Y tú?
    – Estoy muerto de hambre -admitió Travis-. Sólo espero no tener nunca que volver a pasar un día como éste. Nadie pudo hacer nada para ayudar a ese caballo. No tenía la menor posibilidad.
    – Entonces lo mejor que podemos hacer es olvidarlo.
    – Pero está Josh…
    – Sí -admitió ella-. No será fácil que lo acepte.
    – Bueno -al verla tan abatida, Travis procuró animarse-, ¿qué pasa con esa sopa?
    – Sólo me llevará unos minutos calentarla.
    – ¿Tendré tiempo para tomar una ducha?
    – Claro -repuso, obligándose a sonreír.
    Travis le agarró una mano y la atrajo hacia sí.
    – Han sido las treinta y seis horas más horribles de mi vida -le confesó, con el rostro apenas a unos centímetros del suyo. Deslizó un dedo de su mano libre por el escote de su bata, entre las solapas-. Pero durante todo el tiempo, lo único que me animaba a seguir adelante era que al final, cuando todo hubiera terminado…, estaría contigo.
    – No tienes idea de las ganas que tenía de escuchar esas palabras, señor abogado -admitió ella, suspirando.
    Vio que bajaba las manos al nudo del cinturón de su bata para desatárselo y contuvo el aliento.
    – Hay una cosa que preferiría antes que una ducha caliente.
    – ¿Y qué es? -le preguntó Savannah, con el corazón acelerado.
    – Una ducha caliente contigo.
    Le abrió la bata y vio el camisón de seda y encaje que llevaba debajo. Sonrió, malicioso.
    – Parece como si me hubieras estado esperando.
    Savannah soltó una carcajada ante el seductor brillo de sus ojos.
    – Qué presuntuoso eres.
    – Me lo merezco.
    Sonriendo tímidamente, ella no pudo por menos que darle la razón.
    – Supongo que sí.
    Volvió a quedarse sin aliento cuando los dedos de Travis exploraron su pezón bajo la seda. Con la otra mano la tomó de la nuca, dispuesto a besarla.
    Cuando los labios de ambos se fundieron, Savannah sintió un delicioso calor extendiéndose por todo su cuerpo, nublando sus sentidos. Travis gimió mientras enterraba la boca en su cuello. El endurecido pezón le rozaba la palma. Podía sentirla estremecerse bajo su contacto. Ansiaba desesperadamente hacerle el amor, olvidar la tensión de esos dos días sumergiéndose en su cuerpo.
    Cerró los ojos con fuerza y la besó casi con furia.
    – Ámame -insistió. Ansiaba no pensar en nada más que en la mujer a la que estaba abrazando, en el aroma de su pelo, en el sabor de su piel-. Hazme el amor hasta que nos olvidemos del mundo…
    El gemido de respuesta de Savannah fue todo el estímulo que necesitaba. Sin pronunciar otra palabra, la levantó en brazos y la subió hasta el dormitorio.
    Después de depositarla suavemente sobre la cama, se dedicó a observarla, embebiéndose de cada curva de su cuerpo. La seda rosa de su camisón brillaba en la oscuridad. Bajo la tela, sus pezones se mantenían erectos. Su melena de ébano se derramaba sobre la blanca almohada, enmarcando su rostro. Un leve rubor coloreaba su piel aterciopelada. La anhelante mirada de sus ojos azules parecía penetrarle hasta el alma.
    Dolorosamente excitado, observó el subir y bajar de su pecho. Tenía que ir despacio, lentamente. Desplegar toda su ternura en el acto de amarla.
    – No pude olvidarte -le confesó con voz ronca mientras se despojaba de la camisa.
    Acto seguido se desabrochó el cinturón. Savannah lo observaba, fascinada.
    – Lo intenté, ¿sabes? -continuó-. Durante nueve años intenté decirme que sólo habías sido una aventura de verano, una sola noche de un mundo perdido que no contaba para nada -se bajó los téjanos y se quitó las botas-. Pero no pude. Maldita sea, no pude olvidarte.
    – ¿Y te arrepientes de ello?
    – ¡Nunca! -sonrió. Tumbándose a su lado y tomándola de la cintura, soltó un suspiro-. Debimos habernos quedado juntos en aquel entonces. Eso habría ahorrado mucho dolor a todo el mundo.
    – Pero ahora estamos juntos -susurró Savannah.
    – Sí, y eso es lo único importante -replicó con la misma maliciosa sonrisa de antes mientras le acariciaba un seno por encima de la seda.
    Ella se arqueó hacia delante, besándolo con pasión.
    – ¿Qué hay de esa ducha?
    – Dejémosla para después… -musitó ella-. Para mucho después…

    Vagamente consciente de que le estaban hablando, Savannah se despertó. Una mano le acarició una mejilla.
    – Feliz Navidad -era Travis.
    Ella abrió los ojos, parpadeó varias veces y se desperezó.
    – Es la mañana de Navidad, ¿no?
    – La tarde de Navidad.
    – ¡Oh, Dios mío! -se incorporó sobre un codo para mirar el reloj de la mesilla-. Los caballos…
    – Tranquila -le pasó un brazo por la cintura-. Lester ya se ha ocupado de ellos. Todo está perfectamente. Incluso Mattie y Jones se las han arreglado sin ti. Lester me dijo que volvería después.
    – ¿Y he dormido hasta tan tarde? -preguntó, incrédula.
    – Como un bebé.
    – No puedo creerlo… Hacía años que no dormía tanto.
    – ¿Nueve años, quizá? -replicó él en tono suave.
    Recordó aquella lejana mañana. Se había despenado tarde y se había enterado de que Travis iba a casarse con Melinda sin mediar la menor explicación. La antigua punzada de aquella traición le desgarró el pecho.
    – Quizá -admitió con voz ronca.
    – Bueno, señora, pues será mejor que vaya acostumbrándose a dormir tanto -dijo Travis con un brillo travieso en los ojos-. Porque no tengo intención de volver a separarme de ti y espero que lo de anoche sea un preludio de lo que queda por venir.
    Savannah se ruborizó levemente al pensar en la irrefrenable pasión que se había apoderado de ella apenas unas horas antes.
    – ¿Y qué es lo que queda por venir?
    – ¿Antes o después de que nos casemos?
    El corazón se le aceleró. ¿Casarse? ¿Con Travis? Era demasiado hermoso para ser verdad.
    Travis le mordisqueó la oreja, pero ella lo apartó. Necesitaba despejarse un poco y ordenar sus ideas.
    – Antes y después -respondió al fin.
    – Eres una aburrida -la acusó, bromeando. Luego, cuando rememoró lo que había ocurrido entre ellos apenas unas horas antes, esbozó una sonrisa cargada de malicia-. Aunque antes de dormirte me has demostrado precisamente lo contrario…
    – Y tú ahora estás rehuyendo el tema.
    – Prepárame una buena merienda y te prometo que confiaré en ti -sugirió él, enterrando la cara en su pelo y deslizando una mano a lo largo de su espalda-. ¿O es que se te ocurre algo… mejor?
    Savannah se echó a reír.
    – De acuerdo, de acuerdo… Supongo que es lo menos que puedo hacer -justo en aquel instante, se dio cuenta de que apenas había probado bocado durante los dos últimos días.
    Se levantó de la cama y empezó a vestirse, consciente de la mirada de Travis. De espaldas a él, podía ver su reflejo en el espejo del tocador. Después de ponerse el suéter, se volvió y arqueó una ceja. Seguía tumbado en la cama, con la sábana a la altura de la cintura.
    – No voy a traerte la merienda a la cama, que lo sepas.
    – Como te dije antes, te has levantado pero que muy aburrida… -agarró uno de los cojines y se lo lanzó, bromista.
    Savannah lo esquivó, soltando una carcajada.
    – Vigila lo que haces o terminarás merendando agua con pan seco en lugar de crepés con paté de salmón.
    – Mmm… Retiro lo dicho. No pienso entretenerte más.
    Una hora después, Travis entraba en la cocina. Nada más ver la mesa con la merienda prometida se le hizo la boca agua.
    – ¿Esto es para mí?
    La pequeña mesa redonda estaba decorada a la manera navideña, con un mantel rojo, velas y diversos adornos.
    – Para ti, señor abogado -Savannah sirvió dos copas de champán.
    – ¿Champán?
    – Es Navidad, ¿no?
    – Sí. Y quizá la mejor de mi vida -reflexionó en voz alta.
    Ella estaba de pie, cortando fruta. Travis se le acercó por detrás y apoyó la barbilla sobre su hombro, abrazándola posesivamente por la cintura.
    – Te amo.
    Lágrimas de júbilo asomaron a los ojos de Savannah.
    – Y yo también.
    – No se me ocurre manera mejor de pasar la Navidad que aquí contigo -le confesó en voz baja, mejilla contra mejilla-. ¿Sabes? Lo de ama de casa te sienta muy bien.
    – ¿De veras? No sé si me gusta mucho lo que acabas de decir.
    – Es un cumplido, y será mejor que te vayas acostumbrando. Creo que quiero despertarme cada mañana a tu lado para que me mimes así.
    – No te estoy mimando -mintió, sonriente.
    – ¿Ah, no?
    – Bueno, quizá sí, un poco. Supongo que quería demostrarte mi agradecimiento por haber encontrado a Josh. Si no hubieras salido a buscarlo… -se interrumpió, estremecida por la posibilidad.
    – Pero lo encontré -la abrazó con fuerza-. Ojalá hubiéramos podido salvar a Mystic.
    Savannah pensó en Josh y en el disgusto que se llevaría cuando se enterara de la muerte del caballo. Nada más bajar a la cocina, había llamado a su hermana para avisarle. Charmaine había insistido en que su hijo no supiera nada, al menos por el momento.
    Se esforzó por alejar aquellos lúgubres pensamientos. Era Navidad y estaba a solas con Travis. Aunque sólo fuera por ese día, no quería preocuparse de nada más.
    – Venga, vamos a comer. Luego te pondré a trabajar.
    – Eso suena muy interesante… -murmuró él besándole el cuello.
    – No me refiero a ese tipo de trabajo. Hay tareas pendientes en el rancho.
    – ¿Incluso en Navidad?
    – Sobre todo en Navidad. Estamos solos.
    – A eso precisamente me refería yo.
    Ella se estremeció bajo el sensual asalto de su lengua en la oreja. Apenas podía concentrarse en la manzana que estaba cortando en rodajas.
    – Travis… -susurró con voz ronca-. Si no te estás quieto, me voy a cortar… o voy a cortarte a ti.
    – Aguafiestas -la acusó, riendo, antes de soltarla para sentarse a la mesa.
    Comieron en la cocina y terminaron la botella de champán en el salón, delante de la chimenea, tumbados en la alfombra bajo el árbol de Navidad.
    – Hace dos noches llegué a pensar que nunca más volvería a entrar en calor -le confesó Travis.
    – Y yo al mismo tiempo, preguntándome si volvería a verte…
    – Afortunadamente todo eso pertenece ya al pasado. A partir de ahora, te costará bastante deshacerte de mí.
    – ¿Me lo prometes?
    – ¡Te lo prometo! -exclamó, besándola.
    Pasaron el resto del día haciendo inventario de la comida y de los suministros en las cuadras. Para cuando volvió a la casa, Savannah estaba terriblemente cansada. Sadie Stinson se había pasado por allí para dejarles preparada la cena.
    – No es mucho -dijo la mujer, como disculpándose, cuando se marchaba.
    – ¿Cómo que no es un mucho? Es un verdadero festín.
    – Bueno, preferiría quedarme para ayudaros…
    – ¡Olvídalo! Tienes una familia de la que ocuparte. ¡Es Navidad!
    Sadie se marchó por fin. Pero sólo después de prometerle a Savannah que prepararía un festín «de verdad» cuando Josh saliera del hospital.
    Subió a darse una ducha rápida. Estaba en la cocina, dando los últimos toques a los platos que había preparado Sadie, cuando entró Travis.
    – ¿Sabes? Me había olvidado de lo que significa trabajar con caballos. Me he pasado tantas horas sentado en un despacho que ya ni me acordaba de la última vez que abrí una paca de heno.
    – ¿Y qué tal la experiencia?
    – Fantástica.
    Cenaron en el comedor, a la luz de las velas. El café y la copa los tomaron en el salón. El fuego de la chimenea y las luces del árbol de Navidad proyectaban reflejos de colores en paredes y ventanas.
    Ella se sentó en el suelo. Travis se tumbó, apoyando la cabeza en su regazo.
    – Quiero que nos casemos -le confesó al fin.
    – ¿Así, de pronto? -inquirió Savannah, arqueando una ceja.
    – Bueno, no es algo tan precipitado como parece -rió-. Te conozco desde siempre. No somos precisamente dos desconocidos, ¿no crees?
    – No.
    – ¿Pero?
    – Supongo que hay muchos «peros» -admitió ella.
    – Dime uno.
    – Melinda.
    Savannah pudo percibir su inmediata tensión.
    – Melinda murió.
    – Pero ¿y si todavía viviera?
    Travis se incorporó para sentarse, mirándola a los ojos.
    – Es injusto que me preguntes eso. Mientras estuvo viva, yo intenté ser un buen marido para ella. Quizá fracasé, pero me esforcé todo lo posible. Ahora todo ha pasado. No me malinterpretes, yo no quise que muriera, pero ya no puedo devolverle la vida.
    Savannah sintió un nudo en la garganta.
    – La quisiste.
    – Sí -admitió él con expresión distante, volviéndose para contemplar el fuego-. La quise. De eso hace mucho tiempo. Pero sí, la quise mucho.
    No por esperado, aquella confesión dejó de desgarrarle el corazón. Intentó decirse que lo que había sucedido pertenecía al pasado: era el futuro lo que contaba, pero las dudas seguían acribillándola. Amándolo tanto como lo amaba, no podía soportar la idea de que hubiera querido antes a otra mujer.
    – Pero de quien me enamoré fue de ti -le aseguró, como si le hubiera leído el pensamiento-. Creo que me enamoré desde el día que te vi montando a Mattie en la pradera. Cuando te quedaste mirándome bajo aquel manzano, intentando parecer una mujer adulta, sofisticada… ¿Te acuerdas?
    – Sí -¿cómo habría podido olvidarlo?
    – Desde aquel día ya no pude sacarte de mi cabeza. Tienes que creerme: jamás me habría casado con Melinda si ella no me hubiera dicho que estaba embarazada. No podía casarme contigo sabiendo que Melinda llevaba en sus entrañas un hijo mío…
    – No, supongo que no. Pero papá parece que piensa que… Bueno, no importa.
    Travis se puso rígido. Su frustración era evidente.
    – Por supuesto que importa. Dime, ¿qué es lo que piensa Reginald?
    – Me advirtió que me alejara de ti, que no eras el hombre adecuado, que siempre habías amado a Melinda… y que eso siempre se interpondría entre nosotros.
    – ¿Y tú lo crees? -su expresión se endureció aún más.
    – No…
    – ¿Entonces?
    – Sólo quería estar segura.
    – Dios mío, Savannah… ¿Es que no has escuchado una palabra de todo lo que te he dicho durante esta última semana? ¿Es que no sabes que tu padre todavía sigue empeñado en manipularnos a los dos?
    – Eso sí que no me lo creo. Mi padre sólo piensa en mi felicidad.
    – ¿Y por eso no te contó que sabía lo de nuestra aventura?
    – ¿Nuestra «aventura»? -repitió, indignada-. Te refieres a nuestro fugaz encuentro en el estanque…
    La expresión de Travis se suavizó un tanto.
    – Sí. Esa «aventura» me ha obsesionado durante nueve años y, por primera vez desde entonces, voy a hacer algo al respecto. Voy a casarme contigo, y no pienso tolerar más excusas.
    La discusión debería haber terminado allí, pero Savannah no quería dejar descansar el tema. Levantándose, se acercó a la chimenea y se volvió para mirarlo.
    – Imagínate que nos casáramos, Travis. ¿Qué pasaría entonces?
    – Nos trasladaríamos a Colorado.
    – ¡Colorado! ¿Porqué Colorado?
    – Tengo unas tierras que me dejaron mis padres. Pensé que allí podríamos empezar desde cero. Olvidarnos de todos y de todo.
    – Estás hablando de huir, ¿verdad?
    – No. Estoy hablando de que allí podríamos criar caballos, si eso es lo que quieres. Harías lo mismo que aquí, pero sin Reginald vigilando todos tus movimientos. Y yo podría abandonar, de una vez por todas, la abogacía.
    – ¿Es eso lo que quieres?
    – Yo sólo te quiero a ti. Es así de sencillo. Tengo suficiente dinero para empezar de nuevo en cualquier parte y quiero dejar atrás las togas, los tribunales… y el pasado en general -la miró directamente a los ojos-. No quiero huir de nada, Savannah. Yo sólo aspiro a tener un hogar, un hogar seguro y agradable para mi esposa y para mis hijos…, y te estoy pidiendo que me acompañes.
    – Me gustaría acompañarte, Travis, pero tengo a mi familia aquí, una familia a la que quiero demasiado. Mi madre no está bien, mi padre depende de mí, mi hermana me necesita y, además, está Josh. Él es más que un sobrino, es casi como si fuera mi propio hijo.
    – Yo no te estoy pidiendo que renuncies a ellos. Al menos completamente.
    Savannah alzó las manos y las dejó caer, impotente. Aquella discusión era inútil, pero tampoco podía rehuirla.
    – Entiendo que no estés satisfecho con tu trabajo y con tu vida… pero a mí no me sucede lo mismo. Yo amo este lugar. Éste es mi hogar. Ya intenté trabajar una vez en la gran ciudad y no funcionó. Esta casa, esta tierra, estos caballos… -hizo un gesto con la mano abarcando todo lo que la rodeaba-. Puede que pertenezcan a mi padre, pero también son míos.
    – No vas a venir conmigo, ¿verdad?
    A Savannah se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Por qué estaban discutiendo? Ella lo único que quería era estar con Travis, y él le estaba ofreciendo una vida entera de amor… pero a cambio de renunciar a su familia, a lo que tanto significaba para ella.
    – Ya sabes que te amo. Siempre te he amado. Pero necesito algo más de tiempo para pensar en ello.
    – No puedo esperar para siempre -repuso él.
    – Ni yo te lo he pedido -ella se encogió de hombros, esforzándose por pensar con claridad-. ¿Sería posible que te quedaras en el rancho conmigo?
    – ¿Vivir aquí, con tu familia?
    – Sí.
    – No -negó, tenso-. No pienso vivir con gente como Wade y Charmaine. Quiero mi propio espacio, independencia, mi propio hogar. Vine aquí para cortar mis lazos con Reginald, Savannah, y no he cambiado de idea al respecto.
    Esa vez ella no pudo menos que indignarse ante la ingratitud que demostraba Travis hacia su padre.
    – ¿Piensas olvidarte de que fue él quien te crió? -inquirió. El sarcasmo teñía sus palabras-. Cuando nadie te quería, ¡mi padre te dio un hogar!
    – Yo siempre estaré en deuda con Reginald, desde luego… -replicó, irritado- pero no voy a dedicar el resto de mi vida a pagársela. Voy a procurar olvidarme de que, a estas alturas, todavía ha intentado gobernar mi vida… hasta el punto de conspirar a mis espaldas junto a Henderson. ¡No seré el peón de nadie, ni siquiera de Reginald Beaumont!
    – Pues será mejor que lleves cuidado -le espetó ella con los ojos brillantes-, ¡porque ese resentimiento tan monumental que siempre has tenido acabará creándote problemas!
    – Eso ha sido un golpe bajo, Savannah.
    – Pero es la verdad.
    – Pues si vamos a ésas…
    – Di lo que quieras.
    – Al menos yo no tengo miedo a enfrentarme al pasado o a correr el riesgo de convertirme en una persona independiente, soberana de sus propias decisiones. Yo no estoy atado como un cordero a un padre y a una madre porque tenga miedo de dar un paso adelante solo y fracasar en el intento.
    – ¡Yo no he fracasado!
    – Claro que no, pero porque ni siquiera lo has intentado. Todos fracasamos, Savannah.
    A esas alturas, ella estaba tan furiosa que golpeó la repisa de la chimenea con el puño.
    – La única vez que he fracasado fue cuando confié en ti hace nueve años. Confié en ti y me enamoré, y tú te burlaste de ese amor. ¡Tú, tan cobarde que ni te molestaste en despedirte de mí antes de casarte con otra mujer!
    Travis se acercó a ella y la agarró por los hombros. Un brillo de desafío ardía en sus ojos.
    – Cometí un error -masculló con los dientes apretados-. Y no pienso cometer otro. He vivido durante años abrasado por el amor que sentía por ti, arruinando la vida y la autoestima de mi esposa, y he pagado por ello con creces. No puedes esconderte de mí, Savannah. Tarde o temprano, tendrás que afrontar un hecho: el pasado está muerto y enterrado. Como Melinda. Como Mystic. Tenemos un futuro, maldita sea. Y yo quiero compartir ese futuro contigo.
    La besó con ferocidad. Savannah intentó resistirse, pero no pudo. El deseo la traicionó una vez más, y se apoyó sobre su pecho llorando de frustración.
    – Dime que me amas -exigió él, que no podía ocultar su excitación.
    – Sabes que sí…
    – ¡Dilo!
    – Te amo -susurró con voz quebrada.
    – Entonces no dejes que todas esas tonterías se interpongan entre nosotros. ¡Te amo y no pienso dejar que nada ni nadie cambie eso! Savannah, hemos llegado demasiado lejos para escondernos ahora… ¡Tenemos que enfrentar el futuro juntos!
    La besó de nuevo, con mayor ternura esa vez, y ella se abrazó a su cuello.
    Iluminados por el resplandor de la chimenea y del árbol de Navidad, Travis la desnudó lentamente y volvió a hacerle el amor.

Diez

    Durante el resto de aquella semana, Savannah y Travis vivieron una especie de tácita tregua. El tema de su futuro juntos quedó al margen mientras Savannah se concentraba en dirigir el rancho.
    La nieve había empezado finalmente a derretirse el tercer día después de Navidad, conforme la vida iba recuperando su ritmo normal. Travis parecía disfrutar enormemente del trabajo físico en el rancho, mientras que Lester estaba encantado de poder contar con su ayuda. Más de una vez Savannah sorprendió al preparador viendo trabajar a Travis con los caballos y sonriendo complacido.
    El sábado por la tarde, Lester estaba observando a Vagabond y a otros potros en la pista cuando Savannah y Travis se reunieron con él. En las carreras, Vagabond sacaba una enorme ventaja a los demás.
    – ¿Qué os parece? -les preguntó el preparador.
    – Un gran caballo. Aunque un poquito difícil -admitió Savannah.
    – Muy excitable -añadió el propio Lester.
    – ¿Difícil? ¿Excitable? -repitió Travis, riendo-. Yo lo calificaría de malo y perverso.
    – Pero tendrás que admitir que tiene carisma.
    – Y velocidad -señaló el preparador-. ¡Esperemos que también tenga un poco de suerte!
    Al día siguiente por la mañana Charmaine llamó para avisar de que Josh iba a recibir el alta del hospital. Reginald y Virginia, junto con Wade, Charmaine y Joshua, estarían de regreso esa misma tarde.
    – ¿Preocupada? -inquirió Travis en el altillo de la cuadra de los potros, apoyado sobre la horca con que estaba almacenando el heno. No le había pasado desapercibida la expresión de Savannah.
    – Un poco -reconoció-. Supongo que durante estos últimos días me he olvidado de todos los problemas -sonrió levemente y bajó la escalera para detenerse delante del cubículo de Mystic. Había sido limpiado y estaba esperando a que lo ocupara un nuevo potro. Al mirarlo, sentía un vacío semejante en su interior.
    – Y ahora todos esos problemas vuelven a casa -comentó Travis, bajando también la escalera.
    – Así es.
    – No dejes que te afecten tanto -la aconsejó, sonriendo.
    – Eso es más fácil de decir que de hacer. No puedo evitar preocuparme por Josh. Ojalá pudiera apartar a ese niño de Wade Benson.
    – Es su padre, lo quieras o no.
    Ella tenía un nudo en la garganta y estaba casi furiosa de frustración. Se volvió para enfrentarse con la ternura de la mirada de Travis.
    – ¿Y se supone que tengo que conformarme? ¿Es eso lo que dicta la ley? ¿Que un hombre que nunca quiso convertirse en padre tiene derecho a destruir a su hijo y acabar con la poca autoestima que pueda quedarle?
    – A no ser que puedas demostrar maltrato…
    – Maltrato físico, quieres decir. No importa el sufrimiento psicológico que pueda estar padeciendo Josh, claro.
    – Eso es problema de Charmaine -replicó Travis. Intentó tranquilizarla poniéndole las manos sobre los hombros.
    – ¡Según la ley sí! Pero yo me siento responsable de ese niño. ¡Es todo tan injusto! -cruzó los brazos sobre el pecho.
    – Eh, cálmate… Vamos a casa. Te prepararé una taza de café. Josh volverá pronto y podrás demostrarle todo el cariño que le tienes. Además, le prometiste una cena de Navidad en familia, todos juntos, ¿recuerdas? Así que mejor será que pongas buena cara si no quieres decepcionar a tu sobrino.
    – De acuerdo…
    – Yo tengo que ir a la ciudad a hacer un recado, pero tú puedes ayudar a Sadie en la cocina hasta que lleguen.
    – Me matará. Cuando ella está presente, la cocina es su dominio particular. Incluso Arquímedes tiene prohibida la entrada.
    – Pues entonces dedícate a decorar la casa, cantar villancicos o lo que sea que suelas hacer en esta época del año. Y mientas tanto, pon una sonrisa en esa preciosa cara que tienes.
    – ¿Cantar villancicos? -repitió, riendo.
    Travis se puso repentinamente serio.
    – Sólo sé feliz, amor mío. Eso es todo.
    La profundidad de sus sentimientos debió verse reflejada en sus ojos. Forzó una leve sonrisa.
    – ¿Y dónde estarás tú?
    – Iré a comprarle a Josh un regalo de Navidad. Cuando lo vea, se caerá de espaldas.
    – ¿De veras? -estaba encantada.
    – De veras.
    – Entonces ¿quién va a ocuparse de los caballos mientras yo, eh… canto villancicos?
    – Yo mismo, cuando vuelva.
    – ¿Tú?
    – Sí, ¿qué pasa?
    – Nada -dijo con un brillo travieso en los ojos-. Perfecto, adelante -le tendió un cubo y un cepillo-. Primero limpia los establos, pon agua a los caballos, y luego…
    Dejando el cubo y el cepillo a un lado, Travis fingió una mirada airada:
    – Ya verás cuando vuelva y te enseñe quién es el jefe.
    – Promesas, promesas… -se burló ella, desasiéndose de sus brazos. Y echó a correr hacia la casa, riendo a carcajadas.

    Savannah se puso la última horquilla en el pelo mientras bajaba las escaleras. Después de ayudar a Sadie en la cocina, había pasado la última hora duchándose, vistiéndose, peinándose… y preguntándose cuándo volvería Travis. Josh estaba a punto de llegar.
    De repente sonó el timbre de la puerta.
    – Ya voy yo -gritó en dirección de la cocina, donde Sadie seguía ocupada.
    Nada más abrir la puerta, se encontró cara a cara con el periodista del Register. El corazón dejó de latirle y la sonrisa se le congeló en los labios. «Ahora no», pensó. «¡No cuando Josh está a punto de aparecer!».
    – Buenas tardes -la saludó John Herman, tendiéndole la mano.
    – Buenas tardes. ¿Qué puedo hacer por usted? -inquirió, desconfiada.
    – Me gustaría hablar con usted de Mystic, para empezar -sonrió de oreja a oreja-. Me gustaría escribir un reportaje sobre el purasangre, ya sabe, desde que era un potrillo hasta ahora.
    – Yo creía que el Register ya había publicado un artículo sobre Mystic -Savannah no se movió del umbral para dejarlo pasar.
    – Cierto, pero nos gustaría elaborar un reportaje más amplio. Necesitaría descubrir dónde se crió, quién trabajó con él, entrevistar a su preparador y al jockey que lo montaba, describir todas sus carreras, sobre todo la del Gran Premio…
    – Lo siento, pero no creo que sea una buena idea…
    – Sería una buena publicidad para su rancho -insistió John Herman-. Y además, estaríamos encantados de incluir algo nuevo, digamos… sobre otros caballos. Tiene usted otro… -revisó sus notas-. Vagabond se llama, ¿verdad?
    – Sí. Tiene dos años.
    – He oído que la gente lo compara con Mystic.
    – Tiene el mismo genio, sí. Pero en cuanto a Mystic, no estoy preparada para facilitarle los datos para elaborar un reportaje semejante. Al menos por el momento -«no mientras Josh no sepa la verdad»-. Lamento que haya hecho el viaje en balde. Quizá sería mejor que la próxima vez llamara antes -se disponía a cerrar la puerta cuando oyó el motor de la camioneta en el sendero de entrada. Travis acababa de llegar.
    – Entonces tal vez pueda hablar con el señor McCord -porfió el periodista, tozudo.
    – El… no se encuentra aquí en este momento.
    Savannah oyó la puerta trasera al cerrarse. Y escuchó los pasos de Travis atravesando la cocina en dirección al vestíbulo.
    – Ya le avisaré yo cuando vuelva y…
    – ¡Savannah! -la llamó Travis, y se detuvo en seco al verla en el umbral-. ¿Qué pasa?
    – ¡Señor McCord! -exclamó John Herman con tono entusiasmado, asomándose por encima de un hombro de Savannah y sonriendo de oreja a oreja.
    Ya no había nada que hacer. Reacia, dejó pasar al periodista. Por el brillo de interés de su mirada, resultaba obvio que el principal motivo de su visita había sido precisamente entrevistar a Travis.
    – John Herman, periodista del Register -se presentó el periodista.
    Travis le estrechó la mano, pero sin disimular su desconfianza.
    – Ya. ¿Por qué no pasa al salón para que podamos hablar? -se volvió hacia ella, consultándole con la mirada-. ¿Savannah?
    Sorprendida por su respetuosa reacción, se dio cuenta de que se había olvidado por completo de sus buenos modales.
    – Sí, por favor, pase al salón. Le prepararé un café -después de mirar a Travis como diciéndole «tú sabrás lo que estás haciendo», fue a la cocina, preparó la cafetera y puso rápidamente a Sadie al tanto de lo sucedido.
    – Que Dios se apiade de nosotros… -rezó Sadie-. Tú vete para allá. Yo serviré el café y las galletas.
    – ¿Seguro?
    – Sí. Vamos.
    – De acuerdo -aceptó Savannah, y salió rápidamente de la cocina.
    Había algo en la actitud de John Herman que la enervaba. El periodista solía escribir una columna satírica apoyándose más en rumores que en datos comprobados. «No te preocupes», intentó decirse mientras se dirigía hacia el salón. «Con su experiencia como abogado, Travis se encargará de él».
    – Entonces ¿piensa realmente abandonar la carrera electoral? -le estaba preguntando Herman en aquel preciso instante. Estaba sentado en el sofá con una grabadora en la mano.
    Travis, de pie, se apoyaba en la chimenea con gesto tranquilo, casi indiferente.
    – Nunca estuve en esa carrera.
    – Pero ¿aceptó donaciones?
    – Jamás.
    – Hay varias personas que discuten esa información. Una de las más destacadas es la señora Eleanor Phillips. Ella sostiene que le entregó cinco mil dólares.
    – No me dio ni un solo céntimo -replicó Travis-. Y yo jamás lo hubiera aceptado si hubiera intentado dármelo.
    – La señora Phillips dice que tiene un cheque anulado que lo demuestra.
    – Yo nunca he visto ese cheque.
    – Señor McCord, debo advertirle que lo que me diga…
    – Es posible que algunas personas que trabajan conmigo, extralimitándose en su celo, hayan podido pensar que yo pretendía presentarme a gobernador. E incluso puede que hayan aceptado donaciones en mi nombre, pero si lo hicieron fue sin mi conocimiento. Hasta el punto de que he ordenado que repongan las cantidades con intereses.
    – ¿Está diciendo entonces que nada puede persuadirlo de que presente su candidatura a gobernador?
    – Eso es.
    Tras pasar una página de su bloc de notas y asegurarse de que la grabadora seguía funcionando, el periodista se volvió hacia Savannah justo cuando Sadie entraba con el café.
    – Y ahora, ¿qué pueden decirme sobre Mystic?
    – Nada que usted no sepa ya.
    – Tenemos la versión oficial del veterinario, Steve Anderson, pero nos gustaría saber exactamente cómo se fracturó el caballo la pata.
    – La verdad es que no lo sé -respondió Savannah.
    – Bueno, pero… ¿qué le pasó? ¿Realmente se lo llevó el niño?
    – Sí, Joshua -admitió.
    – Pero ¿por qué? ¿Adonde iba? ¿Tuvo algún cómplice?
    – Creo que ya son demasiadas preguntas -lo interrumpió Travis, sonriendo con frialdad-. Josh salió a pasear con Mystic y le sorprendió la tormenta. De resultas de ello, Mystic sufrió una grave lesión. Fue una situación verdaderamente trágica, muy difícil para todos.
    – Sí, pero…
    – Y ahora, si nos disculpa, la señorita Beaumont y yo tenemos trabajo que hacer.
    A regañadientes, John Herman se levantó del sofá, apagó la grabadora y se guardó la libreta en el bolsillo del abrigo.
    – Ha sido un placer, señor McCord. Gracias, señorita Beaumont.
    – De nada -replicó ella.
    Travis lo acompañó hasta la puerta y Savannah se dejó caer en el sofá, agotada.
    – Buitre -masculló furioso cuando volvió segundos después-. Menos mal que ya no volveremos a verlo.
    – ¿Tú crees?
    – Eso espero. Además, una cosa es lo que quiera escribir y otra lo que le deje escribir el editor. Por pura ética profesional tendrá que atenerse a los hechos. Bueno, olvidémonos de ello -miró su reloj-. No tardará en llegar todo el mundo y tenemos que celebrar la Navidad para Josh…
    – Por cierto, ¿qué le has comprado de regalo?
    – Algo que le encantará, seguro -sonrió de oreja a oreja.
    – Detesto tener que preguntarlo.
    – Pues no lo hagas. Voy a ducharme y luego trabajaré un poco en el despacho.
    – ¿Otra vez? -inquirió, confundida.
    – No tardaré mucho -le prometió, besándola en una mejilla.
    – ¿Qué es lo que te queda por hacer?
    – Cuentas -respondió, enigmático.
    – ¿Para qué?
    – Para quedarme tranquilo.
    – No te creo.
    – Bueno, tú me has preguntado y yo te he respondido. Y ahora… ¿por qué no le haces la cama a Josh en el sofá? De ese modo, podrá estar aquí, con nosotros, al lado del árbol que tanto le gusta…
    – Es una buena idea, aunque soy consciente de que si la has sugerido ha sido para cambiar de tema.
    – Bueno, tengo muchas ideas, algunas de las cuales estaría encantado de explicarte después, con todo lujo de detalles…
    Casi a su pesar, Savannah soltó una carcajada.
    – Muy bien, señor abogado. Lo que usted diga.
    Con el propósito de bajar del dormitorio unas buenas mantas y un grueso edredón para Josh, abandonó la habitación con una sonrisa en los labios.

    Josh parecía tan pequeño… Estaba muy pálido, con una escayola que le abarcaba casi todo el torso. Sus ojos azules, siempre tan vivaces, tenían una mirada apagada. Y su cabello había perdido parte de su brillo.
    – Parece como si acabaras de volver de la guerra -intentó bromear Savannah mientras terminaba de arroparle con las mantas en el sofá.
    – Así es como me siento.
    – ¿De veras?
    – Bueno, en realidad estoy bien -miró a su alrededor, intentando hacerse el valiente. Al fin y al cabo, estaba en una habitación llena de adultos.
    – ¿Listo para celebrar la Navidad?
    – Desde luego -respondió, ya más animado.
    – Bien, pues tú no te muevas. Voy a acercar la mesa para que puedas cenar en el sofá.
    – ¿Cenarás tú conmigo? -preguntó, tímidamente.
    – Por supuesto.
    Mientras el resto de la familia se vestía para la cena, Savannah se quedó con Josh.
    – ¿Sabes? Te he echado mucho de menos.
    – ¿En serio?
    – Sí.
    – Pues yo también a ti -admitió Josh-. Y también he echado de menos a Mystic. ¿Crees que podrás llevarme a verlo?
    Savannah se había preparado mentalmente para aquel momento. Pero la respuesta que había ensayado con tanto cuidado se le atascó en la garganta.
    – No, Josh. No puedo. Ya lo sabes. Tienes que quedarte en casa y descansar. Al menos hasta que te quiten la escayola.
    – Eso podría tardar semanas -gimoteó.
    – Bueno, por el momento no podrás pisar las cuadras, eso está claro -se volvió hacia su plato e hizo amago de comer, esperando que el niño la imitara y dejara de preguntar por Mystic.
    Josh miró su plato de comida, pero no lo probó.
    – Creo que le pasa algo malo a Mystic.
    A Savannah empezaron a sudarle las palmas de las manos.
    – ¿Algo malo? ¿Por qué?
    – Porque todo el mundo se pone nervioso cuando hablo de él.
    – Porque todos estamos muy preocupados por ti.
    El niño negó con la cabeza y esbozó una mueca de dolor.
    – No. Papá y mamá, incluso el abuelo, se comportan como si me estuvieran escondiendo algo.
    Savannah ya no sabía qué decirle.
    – Tía…
    – ¿Qué? -«aquí viene», pensó ella.
    – Tú no me mentirías, ¿verdad?
    – Yo jamás te haría daño, Josh -dijo con el corazón encogido.
    – No es eso lo que te he preguntado.
    – ¿Te he mentido alguna vez antes?
    – No.
    – Entonces ¿por qué iba a empezar ahora?
    – Porque ha sucedido algo malo. Algo que nadie quiere que yo sepa.
    – ¿Sabes lo que pienso? -dijo Savannah, y sonrió.
    – No. ¿Qué?
    – Que en el hospital has pasado demasiado tiempo pensando y sin nada que hacer. Pero ahora mismo vamos a arreglar eso, campeón. Cómete la cena y luego abriremos los regalos, ¿qué me dices?
    – ¡De acuerdo! -exclamó, entusiasta. Pero no antes de lanzar por la ventana una inquisitiva mirada a la cuadra de los sementales.

    Josh se acostó temprano. Y tan encantado con el cachorro de spaniel que le había regalado Travis que no volvió a preguntar por Mystic.
    La tarde había sido agotadora y Savannah se alegraba de que hubiera terminado por fin. «Pero habría un mañana y un pasado mañana», pensó, furiosa consigo misma. Tarde o temprano tendría que decirle al niño la verdad.
    Estaba guardando con Travis el papel de los regalos en una caja de cartón cuando Charmaine bajó las escaleras. Vestida en bata y zapatillas, tenía un aspecto terriblemente cansado, como si fuera a desplomarse en cualquier momento.
    – Venía a daros las buenas noches. Y a agradecerte, Travis, el detalle del cachorro.
    – Pensé que Josh necesitaría un amigo especial para cuando se entere de lo de Mystic.
    – Lo sé -sacudió la cabeza-. Por mucho que me cueste entenderlo, Joshua amaba con locura a ese caballo de tan mal genio. Será una tragedia cuando se entere.
    – Se enterará tarde o temprano -repuso Travis-. Los periodistas estuvieron hoy por aquí, antes de la cena. Están preparando otro reportaje. Puede que alguno de los amigos de Josh le llame para preguntarle por el caballo.
    Charmaine palideció al momento.
    – Tienes razón, por supuesto, pero es que no es tan fácil…
    – Es mejor que se entere por ti -insistió Savannah.
    – Quizá se lo digamos mañana. Ahora mismo no puedo seguir pensando, estoy demasiado cansada -sonriendo tristemente, abandonó el salón.
    – Alguien tiene que decírselo -afirmó Savannah una vez que volvió a quedarse a solas con Travis, cruzando los brazos sobre el pecho.
    – Pero no tú, ¿recuerdas? -le tomó una mano y la atrajo hacia sí-. Eso es responsabilidad de sus padres.
    – Entonces será mejor que lo hagan, y pronto.
    – No tengo nada que objetar a eso, pero confiemos en Charmaine y en Wade para que lo hagan a su manera. Tanto si te gusta como si no, tú no eres su madre.
    – Deja ya de recordármelo, ¿quieres? Soy su tía y su amiga, y no puedo continuar mintiéndole.
    – Entonces no lo hagas. Simplemente evita el tema de Mystic.
    – Aunque lo evite, Josh se dará cuenta. Lee mis expresiones como si fuera un libro abierto.
    – Vamos, cariño -después de desenchufar el árbol de Navidad, la acorraló contra la pared con su cuerpo-. Ya te preocuparás por eso mañana. Esta noche bastante tienes con hacerme feliz, ¿no te parece?
    – ¿Y eso?
    Él la miró fijamente a los ojos. Y el beso que le dio la hizo estremecer.
    – Hay algo más que tenía ganas de discutir contigo -le murmuró al oído.
    – ¿El qué?
    – Algo que llevo mucho tiempo queriendo hacer -se llevó una mano al bolsillo y sacó un anillo de oro blanco con un gran diamante. La maravillosa piedra brillaba a la luz de la chimenea, con reflejos rojos y anaranjados-. Feliz Navidad.
    Savannah se quedó mirando el anillo reprimiendo las ganas de llorar.
    – Pero ¿cuándo lo has comprado?
    – Venía con el perro.
    – Ya -se echó a reír, emocionada.
    – En serio lo digo.
    – Yo nunca soñé con…
    – Pues sueña. Conmigo -sus labios acariciaron los de ella. Su mirada gris le traspasaba el alma-. Sólo quería que supieras que, suceda lo que suceda, te amaré igual.
    – ¿Qué se supone que quiere decir eso?
    – Que los fuegos artificiales están a punto de empezar.
    – Vas a volver a enfrentarte con papá, ¿verdad? Oh, Dios mío, Travis… ¿qué pasa? ¿Qué es lo que has descubierto?
    – Nada. Todavía nada.
    – Pero esperas que pase algo.
    – Tú confía en mí -le puso el anillo en la palma y le cerró la mano-. Te entrego este anillo porque te amo y porque quiero casarme contigo. Suceda lo que suceda. Recuérdalo bien.
    – Te comportas como si fueras a marcharte.
    – Me marcharé, por una temporada. Pero volveré.
    – ¿Y luego?
    – Luego espero que me acompañes.
    – A Colorado -adivinó.
    – Adonde sea. La verdad, no creo que eso importe mucho.
    Savannah percibió que las cosas iban a cambiar de una manera dramática, para siempre. Y que su propio mundo estaba a punto de ser destruido por el mismo hombre al que amaba con locura, con todo su corazón.
    – ¿Qué vas a hacer? -le preguntó, sujetándolo de la camisa.
    – Preparar una trampa -respondió con una sonrisa triste, enigmática.
    – ¿Y te marcharás esta noche?
    – Por la mañana -Travis leyó la angustia en sus ojos y le dio un beso en la frente-. No te preocupes, volveré. Y cuando vuelva, serás libre de venir conmigo.
    Sobreponiéndose al escalofrío de terror que le recorría la espalda, Savannah reaccionó a la delicada presión de la mano de Travis en la espalda y a la caricia de su cálido aliento.
    – Sólo nos queda una noche para pasar juntos antes de que me marche -murmuró él-. Aprovechémosla -sin esperar su respuesta, la tomó de la mano y la llevó a la cocina. Allí recogieron sus abrigos y salieron por la puerta trasera camino al apartamento que ocupaba encima del garaje.

    Tal y como había imaginado, la vida de Savannah cambió por completo a la mañana siguiente.
    – ¿Qué diablos significa esto? -rugió Reginald mientras se quitaba las botas en el porche trasero. Ya había hecho la revisión rutinaria de las cuadras y acababa de entrar en la cocina con el periódico de la mañana bajo el brazo. Ver a Travis y a Savannah juntos no pudo enfurecerlo más.
    Desplegó el diario sobre la mesa. En titulares de primera página, el Register informaba de la retirada oficial de la candidatura de Travis a gobernador.
    – Ya te dije que no pensaba presentarme -dijo Travis, sonriendo.
    – Pero yo confiaba en que cambiarías de idea. ¡Un hombre no puede despreciar una oportunidad así! Estamos hablando del cargo del gobernador de California, ¡uno de los más importantes de toda la Costa Oeste! ¿Se puede saber por qué no quieres presentarte? No lo entiendo -inquirió, entre perplejo y consternado.
    – Ya te lo expliqué antes.
    Reginald se dejó caer en la silla más cercana y Savannah le sirvió un vaso de zumo de naranja.
    – Creía que cambiarías de idea, que sólo necesitabas un cambio de aires para recuperarte del caso Eldridge y de la muerte de Melinda… Debiste haber esperado un poco antes de contárselo a la prensa.
    – No había razón alguna para esperar.
    – Pero todavía es posible que cambies de opinión.
    – No. Ya estoy fuera -Travis apuró su vaso de zumo y se sirvió una taza de café.
    – Entonces ¿qué piensas hacer ahora? Willis Henderson me dijo que querías venderle tu parte del bufete.
    – Así es. Hoy mismo salgo para Los Ángeles para firmar los papeles y atar todos los cabos.
    – ¿Y luego?
    – Luego volveré. A buscar a Savannah -la sonrisa que asomaba a sus labios se endureció-. Le he pedido que se case conmigo.
    – ¿Qué? -exclamó Reginald, pálido. Derrumbado en su silla, suspiró antes de volverse hacia su hija-. No estarás pensando en casarte, ¿verdad?
    Savannah se echó a reír.
    – Ya tengo veintiséis años, papá.
    – Ya. Todo empezó cuando él volvió aquel verano al rancho… -se pasó una mano por la cara y clavó en Travis una mirada fría, helada-. Y después del matrimonio, ¿qué seguirá?
    – Colorado.
    – ¿Colorado? Dios mío… ¿por qué?
    – Para comenzar de nuevo.
    Reginald sacó su pipa de un bolsillo.
    – Bueno, la verdad es que no te culpo por ello, supongo… -comentó con voz cansada-. A juzgar por todo esto -señaló el diario con la pipa-, no vas a tener otro remedio.
    Savannah recogió el periódico y se le contrajo el estómago al leer el artículo. Aunque la mayor parte de los hechos relatados eran ciertos, el artículo insinuaba que si Travis retiraba su candidatura era por un supuesto escándalo en el que había sido acusado de recibir donaciones para una inexistente campaña electoral. Más adelante se mencionaba que podía haber estado envuelto en la polémica que rodeaba la muerte de Mystic.
    Savannah, pálida y temblorosa después de leer el artículo, levantó la mirada hacia su padre.
    – ¿Qué polémica?
    – Hay quien piensa que Mystic puedo haberse salvado -la informó Reginald-. Algo oí de ello mientras me quedé en Sacramento para estar cerca de Josh.
    – Pero Steve hizo todo lo posible…
    – Siempre hay gente que duda de todo -Reginald estudió su pipa-. Yo me llegué a plantear una segunda operación, pero no me pareció justo para Mystic. Las probabilidades de que sobreviviera eran mínimas y yo… decidí que lo mejor era poner punto final a su sufrimiento. Así se lo expliqué a la prensa, pero por supuesto hubo algunos, entre ellos gente del mundo de las carreras, que se mostraron disconformes.
    – Pero ¿eso qué tiene que ver con Travis?
    – En realidad, nada -explicó el aludido, esbozando una mueca-. Pero ahora mismo constituye una historia interesante, sobre todo teniendo en cuenta que yo estaba en el rancho y que participé en la búsqueda de Mystic.
    – Deberías quedarte y luchar -le espetó Reginald, cada vez más acalorado-. Deberías aspirar al cargo de gobernador y ganarlo, maldita sea. Eso acallaría a los charlatanes…
    Travis cambió de sitio para sentarse frente a él.
    – Pero eso no es lo que a ti te preocupa, ¿verdad? Tú tenías otros motivos para desear que me metiera en el mundo de la política.
    – Por supuesto.
    – Dime uno.
    – Pensaba que supondría un gran éxito para ti.
    Reginald miró rápidamente a su hija antes de concentrarse de nuevo en Travis.
    – Sabes que eso me haría sentirme muy orgulloso…
    – ¿Cómo? ¿Por qué? -Travis apoyó los codos sobre la mesa y clavó en Reginald una mirada que habría atravesado el acero.
    – Prácticamente te crié como si fueras un hijo mío y…
    – Eso no tiene nada que ver, aparte del hecho de que tú siempre has intentado utilizarme. Y ahora, dame los detalles.
    – No tengo ninguno.
    Travis frunció el ceño y se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
    – ¿Qué es todo esto? -preguntó Savannah, asistiendo aterrada a la discusión.
    – Yo creo que todo empezó con una parcela en las afueras de San Francisco.
    – ¿Te refieres a la tierra de papá? No entiendo…
    – Lo entenderías si miraras en su despacho y escudriñaras su talonario.
    – Oh, Travis, no puedes… -murmuró, consternada.
    – ¿Por qué no le dejas a tu padre que se explique?
    – A Wade le preocupaba que metieras las narices donde no te importa -señaló Reginald.
    – Tenía buenas razones para preocuparse -replicó Travis, furioso.
    – ¿Qué pasa con ese terreno? -quiso saber Savannah.
    – Nada. Aún no. Pero los planes ya estaban hechos.
    – ¿Qué tipo de planes?
    – No es nada importante… -repuso su padre, frunciendo el ceño-. Ya sabes, yo siempre he pensado que Travis debería meterse en política…
    – Continúa -lo animó Savannah.
    – Hace dos años tuve la oportunidad de comprar a buen precio unas tierras cerca de San Francisco. La empresa propietaria estaba a punto de quebrar. Me enteré de las condiciones de venta y compré los terrenos. Fue un típico caso de estar en el momento y en el lugar adecuados. Luego decidí construir allí un hipódromo, una especie de memorial a mi nombre e instalar todos mis caballos, bautizándolo con el nombre de Parque Beaumont -miró a Travis-. No hay nada malo en ello, ¿verdad?
    – Yo no sabía nada… -dijo Savannah, incrédula-. ¿Pero qué tiene que ver eso con Travis?
    – Fue un fiasco -explicó el propio Travis-. La tierra estaba mal calificada y habría protestas de los propietarios vecinos si Reginald se decidía a construir el hipódromo.
    – Pero él ni siquiera había sido elegido… -objetó ella, dirigiéndose a su padre.
    – Lo sé. Era una posibilidad a muy largo plazo, pero cuando no conseguí una respuesta rotunda y afirmativa de Travis, hablé con Melinda y ella me dijo que se estaba pensando lo de presentarse a gobernador. Sabía que si lo nombraban gobernador, su peso sería decisivo y me ayudaría a edificar el parque.
    – Y a ganar dinero a espuertas -apuntó el aludido.
    – Eso también, por supuesto.
    – Ya, por supuesto -repitió Travis-. ¿Sabes, Reginald? Eso era dar mucho por supuesto, teniendo en cuenta que aún no había anunciado mi intención de presentarme.
    – Pero yo era consciente de la gran influencia que Melinda tenía en tu vida -Reginald se volvió hacia su hija-. Había conseguido convencerte de que te casaras con ella cuando tú te sentías atraído hacia Savannah ¿no?
    Savannah palideció terriblemente en medio del silencio que siguió a aquellas palabras.
    – Y ella te retuvo a su lado -prosiguió su padre- y te ayudó a tomar todo tipo de decisiones tanto profesionales como personales. Sabía que confiabas en su buen juicio, Travis, y a mí me bastaba con que ella te aconsejara que te presentaras.
    – Todo a espaldas mías.
    – Estabas ocupado.
    – Entonces ¿qué sucedió cuando murió Melinda? -quiso saber Travis.
    – Estaba el caso Eldridge, que te dio fama y honores. Eras el héroe del momento después de haber vencido a la poderosa industria farmacéutica…
    Travis lo fulminó con la mirada.
    – ¿Y si me hubiera presentado y perdido? Era una posibilidad bastante factible, tenías que ser consciente de ello.
    – No según las encuestas.
    – Los votantes suelen cambiar de idea.
    – Ya lo pensé -admitió Reginald-. Todavía podía vender aquellas tierras y sacar un buen beneficio. Pero, por supuesto, mucho menos del que habría sacado vendiéndolo al consorcio de inversores que estaban interesados en comprar Parque Beaumont.
    – No me lo puedo creer -murmuró Savannah.
    – Hay más -prosiguió Travis en voz alta-. Esperabas que yo entrara a formar parte de su consejo de administración, ¿verdad?
    Reginald frunció el ceño, pensativo.
    – Sí, lo esperaba -admitió.
    – Esperabas un montón de cosas, ¿verdad? Dios mío, no sólo apostaste a que ganaría una carrera en la que no iba a participar, sino que también confiabas en que te concedería todo tipo de favores personales -exclamó, airado-. Pues entérate de una vez que, si alguna vez decido meterme en política, ¡nunca le deberé nada a nadie!
    – Esto es una locura… -Savannah estaba escandalizada-. ¡Travis ni siquiera había anunciado su candidatura!
    Reginald se volvió hacia su hija esbozando una sonrisa humilde.
    – Todavía sigo teniendo mis sueños, ¿sabes? Sueños que no he alcanzado, y se me va acabando el tiempo. No soy la clase de hombre que se conforma con jubilarse… -alzó los brazos, como esperando que su hija lo comprendiera.
    – Pero no tienes por qué hacerlo…
    Encendiendo su pipa, Reginald sacudió la cabeza. Una densa nube de humo azul se elevó hasta el techo.
    – Me temo que sí. Necesito trasladar a tu madre a la ciudad: allí estará mejor atendida y más cerca de las cosas que le gustan. Necesita estar cerca de un hospital, pero yo me aburriría mortalmente en la gran ciudad. Eso ya lo sabes tú.
    – Sí -repuso Savannah, evocando su propia experiencia en San Francisco. Reginald se levantó de repente para dirigirse hacia la puerta.
    – Entonces intenta comprenderme. Y sé paciente conmigo.
    Lo observó marcharse, incrédula. Sólo entonces se volvió de nuevo hacia Travis.
    – Así que tenías razón.
    Por la ventana, vio a su padre atravesar la pradera húmeda rumbo a las cuadras. Arquímedes le seguía los pasos.
    – ¿Cambia eso las cosas?
    – Un poco, supongo -esbozó una sonrisa temblorosa.
    Travis bajó la mirada a su mano izquierda y al diamante que brillaba en su dedo.
    – No puedo. Es demasiado pronto. Josh aún está convaleciente, Charmaine se encuentra muy alterada, papá todavía sigue muy deprimido por lo de Mystic y Wade…
    – Ya, ya lo he notado. Se encierra en su despacho todas las noches con una botella -repuso Travis, suspirando-. Pero ¿qué sucederá cuando vuelva a buscarte? ¿Serás capaz de venir conmigo?
    – Eso espero.
    – Pero no me lo puedes asegurar.
    – No, aún no.
    – Temía que llegara este momento -sonrió, tenso-, pero como te dije ayer, tengo que ir a Los Ángeles para preparar una trampa. Y cuando vuelva, quizá todo este asunto esté arreglado y puedas tomar decisiones.
    – No sé cómo…
    – Confía en mí -la besó tiernamente en los labios-. Ya te dije que no pienso volver a dejarte. ¡Y es una promesa que pienso cumplir!

Once

    Travis llevaba fuera una semana y Josh estaba empezando a recuperarse. Hasta el momento Charmaine había podido interceptar las llamadas de sus amigos, de manera que nadie había podido comunicarle la noticia de la muerte de Mystic.
    Pero Savannah se sentía cada día más inquieta, más incómoda. Por mucho que había intentado convencer tanto a Charmaine como a Wade, había sido inútil. Seguían negándose a revelarle la verdad a Josh.
    Echaba terriblemente de menos a Travis y le daba la razón en silencio. Había llegado la hora de que tomara sus propias decisiones, de que viviera una vida propia, una vida con él. Pero alejarse de la familia que amaba y de aquel rancho sería como abrir un agujero negro en el corazón, que la dejaría completamente vacía por dentro.
    – No seas estúpida -se recriminó, pero a la vez no podía evitar una punzada de arrepentimiento.
    Aquel día se dirigía lentamente hacia la cuadra de los potros, preguntándose como siempre cuándo pensaría volver Travis.
    Aunque lo había llamado una vez, su conversación había sido tan breve como forzada, poco natural.
    El anillo que llevaba en el dedo le recordaba que muy pronto, después de tantos años separados, acabaría convirtiéndose en su esposa, y quizá incluso teniendo un hijo suyo…
    De repente se detuvo en seco al ver a Josh en la puerta de las cuadras.
    – Hola, campeón -vio que daba un respingo antes de volverse para mirarla-. ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó con tono suave-. Creía que habías renunciado a tus escapadas matutinas…
    – Sólo quería ver a Mystic.
    – ¿Sabe tu madre que estás aquí?
    – No -respondió, clavando la punta de una bota en el barro.
    – ¿Y tu padre o tu abuelo?
    – Tampoco. Sólo tú, tía Savvy. Pero no irás a decírselo, ¿verdad?
    – Claro que no.
    – Entonces ¿me dejarás entrar en las cuadras?
    – Si lo hiciera, me buscaría problemas con tus padres.
    – Bueno, ellos no se enterarían.
    – Se enterarían -la sonrisa se borró de sus labios.
    – ¿Cómo?
    La inocencia de aquella pregunta le desgarró el corazón. Suspirando profundamente, le puso una mano en el nombro.
    – Antes que nada, déjame que te explique algo.
    – ¿Por qué?
    – Tienes que escucharme, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo.
    – Ya sabes que todos te queremos mucho. Y que todo lo que hemos hecho hasta ahora… ha sido para protegerte.
    – ¿Como qué?
    – Josh, no sé cómo decírtelo… Ojalá lo hubiera hecho hace tiempo. Vamos -empujó la puerta de las cuadras. Varios potros relincharon suavemente antes de que encendiera las luces.
    – ¿Qué es lo que pasa? -inquirió el niño, descubriendo el cubículo vacío de su caballo favorito-. ¿Dónde está Mystic?
    – Se ha ido, Josh.
    – ¿Que se ha ido? -repitió, aterrado-. ¿Que se ha ido adonde? ¿Dónde está? -gritó con lágrimas en los ojos-. ¡No lo habrá vendido el abuelo! ¡No tenía derecho!
    – No. El abuelo tuvo que sacrificarlo para que no sufriera. Estaba herido y el veterinario ya no podía ayudarlo.
    – ¡Estaba herido! -chilló el niño, pálido-. ¿Qué quieres decir?
    – Tenía una pata rota -le dijo Savannah con el tono más tranquilo posible.
    El pequeño rostro de Josh se contrajo de dolor. Las lágrimas le bañaban las mejillas.
    – Porque yo lo saqué durante la tormenta, ¿verdad?
    – Sí -contestó con un nudo en el estómago-. Fue entonces cuando sucedió.
    – ¡Entonces todo es culpa mía!
    – Por supuesto que no -se acercó hacia él, sonriendo compasiva.
    – ¿Cómo puedes decir eso? -replicó con voz quebrada-. Yo me lo llevé, ¿no? ¡Salí a montarlo cuado se suponía que no tenía que hacerlo! ¡Oh, tía Savvy, yo lo maté! ¡Yo maté a Mystic!
    – Mystic se hirió solo. Fue un accidente.
    – Pero entonces ¿por qué nadie me dijo nada?
    – Porque los médicos temían que te alteraras demasiado. Y una vez que regresaste a casa, era muy difícil decírtelo porque sabíamos lo mucho que querías a Mystic.
    – Nunca debí habérmelo llevado -se lamentó, sollozando.
    – Es verdad, no debiste hacerlo. Pero sucedió y no puedes echarte la culpa del accidente. Tú amabas a ese caballo: nadie puede culparte de su muerte. Y ahora, vamos. Volvamos a casa. Te prepararé el desayuno.
    – ¡No! -se apartó bruscamente, furioso-. ¡Tú me mentiste! ¡Todos me mentisteis! ¡Me dejasteis pensar que estaba vivo cuando durante todo el tiempo estaba muerto! -corrió fuera de las cuadras.
    – ¡Josh, espera! -gritó Savannah, viéndolo alejarse-. Maldita sea… Lo has estropeado todo -masculló antes de correr a su vez tras el niño, hacia la casa.
    Cuando entró en la cocina, se encontró con que todo el mundo estaba despierto.
    – Le has contado lo de Mystic, ¿verdad? -le espetó Wade. Estaba tomando una taza de café y la fulminó con la mirada.
    – Josh ya estaba en las cuadras. ¿Qué otra cosa podía hacer?
    – Alejarlo de allí y traerlo para que yo hablara con él. Soy su padre.
    – Entonces te sugiero que te comportes como tal y dejes de mentirle al niño. Has tenido oportunidades más que suficientes para decírselo.
    – Ya, y dado que no lo he hecho, tú te has arrogado esa responsabilidad, ¿verdad?
    – No me eches la culpa a mí, Wade. Reconócelo: tú eres el único culpable. Tú lo estropeaste todo -se disponía a atravesar la cocina para subir a la habitación de Josh cuando su cuñado la agarró de un brazo.
    – Mantente alejada de él, Savannah. Está con Charmaine. Ella se encargará del chico. Por lo que a mí respecta ya puedes desaparecer de su vida y de la mía.
    – Yo quiero a Josh, Wade.
    – Pero él ya tiene una madre -la soltó para pasarse una mano por el pelo-. Y en cuanto a Travis McCord, puedes decirle que me deje también en paz de una vez.
    – ¿Qué tiene que ver Travis?
    – Nada. Olvídalo.
    – ¿Que olvide qué? -inquirió-. ¿Has hablado con él?
    – ¡Por supuesto que no!
    – ¿Entonces?
    – Te he dicho que lo olvides -gruñó. Recogiendo su abrigo del perchero, salió en dirección al garaje.
    – ¿Qué es todo esto? -susurró para sí misma mientras lo veía subir a su coche, furioso. Segundos después se alejaba del rancho a toda velocidad.
    Consciente de que algo había sucedido entre su cuñado y Travis, intentó llamar a éste a su apartamento de Los Ángeles. No contestaba. Suspirando profundamente, Savannah subió las escaleras y se encontró con Charmaine cuando salía de la habitación de Josh.
    – Se lo he dicho.
    – Tranquila. Debí habérselo dicho yo desde el primer día -sonrió Charmaine, cansada-. Sólo quiero estar sola un rato.
    – ¿Crees que está bien?
    – Sí, está bien. Banjo está con él.
    – Gracias a Dios que Travis le regaló el cachorro.
    Charmaine le hizo un guiño de complicidad.
    – Tuve que emplearme a fondo para convencer a Wade de que nos quedáramos con el perro.
    – Me lo imaginaba. Wade acaba de marcharse.
    – Ya lo he oído -repuso, indiferente.
    – ¿Cómo están las cosas… entre vosotros dos?
    – No peor que de costumbre, supongo, pero es difícil de decir. Se ha mostrado absolutamente hermético desde que Travis regresó, y yo ya estoy a punto de abandonar… -se pasó una mano temblorosa por los ojos.
    – Charmaine…
    – Estoy bien, de verdad. Lo que pasa es que ya no comprendo a Wade. Y su reacción ante Travis… me asusta, es casi paranoica.
    – ¿Por culpa de la candidatura a gobernador?
    – Hay más que eso, me temo -se mordió el labio-. No sé exactamente lo que es -miró a su hermana-. En conjunto, todo esto me asusta mucho. Me da un miedo tremendo.
    – ¿Por qué?
    – No lo sé. Tengo la impresión de que Wade está preocupado por algo… grande. Pero es incapaz de confiar en mí.
    – Quizá sean imaginaciones tuyas. Todo hemos estamos muy alterados desde el accidente de Mystic.
    – Ojalá fuera eso -replicó sombría-. Pero lo dudo mucho.

    Travis regresó al rancho dos días después. Savannah estaba cerca de la pista de ejercicios cuando escuchó unos pasos a su espalda. Allí estaba, mirándola con los ojos brillantes, caminando hacia ella.
    – Estaba empezando a pensar que habías cambiado de idea -lo acusó, riendo.
    – ¿Acerca de ti? ¡Nunca! -la abrazó, levantándola en vilo-. Dios mío, ¡cuánto me alegro de verte! -exclamó, y la besó.
    – Podías haber llamado.
    – Demasiado impersonal. No quería perder el tiempo. ¡Cuanto antes terminara en Los Ángeles, antes volvería para buscarte! -y la besó de nuevo. Esa vez el beso se tornó más profundo.
    Al alzar la mirada y descubrir a Lester observándolos, no pudo menos que ruborizarse.
    – No os preocupéis por mí -sonrió el preparador-. Yo siempre supe que estabais hechos el uno para el otro.
    Y se alejó para continuar con su tarea, risueño. Travis y Savannah, por su parte, se dirigieron hacia la casa.
    – ¿Crees que algún día podrás realmente dejar este lugar? -preguntó él de repente.
    – ¿Contigo? Sí.
    – Pero no serías feliz.
    Era una simple constatación que Savannah no podía negar. Contempló las verdes colinas y los edificios encalados del rancho. Dentro de unos meses parirían las yeguas preñadas y sus retoños verían la luz en aquellas praderas.
    – Lo echaré de menos -admitió.
    – ¿Incluso si comenzamos desde cero?
    – ¿En Colorado?
    – Donde sea.
    Ladeó la cabeza y alzó la mirada hacia Travis. El sol de invierno le calentaba el rostro.
    – Este rancho es especial para mí. Para ti representa a mi padre y el hecho de que intentara manipularte a su voluntad. Así que, para ti, es una cárcel. Pero para mí representa la libertad para hacer exactamente lo que quiero.
    – Que es trabajar con caballos.
    – Y estar cerca de mi familia.
    – Entiendo -repuso, tenso-. Creo que ya iba siendo hora de que hablara con Reginald en persona.
    – Oh, Dios mío, ¿ya habéis discutido?
    – Eso ha quedado atrás.
    – No entiendo…
    – Oh, lo entenderás. He estado pensando mucho últimamente… y he hablado con Reginald todos los días.
    – ¿Llamaste aquí y no hablaste conmigo? -inquirió, confundida.
    – Soy culpable de ese delito -reconoció, divertido.
    – Me las pagarás por eso, ya lo sabes.
    Una traviesa sonrisa cruzó el rostro de Travis.
    – Ya estoy esperando ansioso a que me cobres…
    Entraron en la casa. En el despacho encontraron a Reginald sentado ante su escritorio, caladas sus gafas de lectura, examinando los libros de cuentas.
    – Así que al fin has venido -pronunció con tono afable, exento de hostilidad alguna.
    – Hace apenas unos minutos.
    – ¿Sabías que venía? -inquirió Savannah, sorprendida.
    – ¿Tú no? Oh, ya veo -Reginald hizo los libros a un lado e indicó a su hija que se sentara en el brazo del sillón, junto a él-. Bueno, pensé que te interesaría saber que he decidido jubilarme.
    – ¿Así, de pronto?
    – Lo antes posible -al ver su expresión de extrañeza, procedió a explicarse-. He pensado mucho sobre ello, ya desde el accidente de Mystic y después, una vez que me enteré de lo que Travis había descubierto. Me pareció el mejor momento para poner el rancho en tus manos.
    – ¿En mis manos? -repitió, consternada-. Espera un momento… ¿Qué pasa con Wade?
    Reginald lanzó una ceñuda mirada a Travis.
    – ¿De modo que aún no se lo has dicho?
    – Consideré que la responsabilidad era tuya.
    – ¿Qué responsabilidad? -quiso saber Savannah-. ¿Qué está pasando aquí? -de repente recordó las palabras de Travis: «voy a tender una trampa». ¿Qué había sucedido?
    – He decidido vender aquella parcela de propiedad cerca de San Francisco. Y trasladarme con tu madre a algún lugar con mejor clima, al sur. San Diego, supongo.
    – Pero ¿por qué ahora?
    – Ya te he dicho que tu madre necesitaba estar cerca de una ciudad con hospital y, de todas formas, ya estaba pensando en retirarme. Cuando Travis descubrió que Wade había escamoteado fondos del rancho, me preocupé de revisar las cuentas. Por desgracia, tenía razón. Durante los seis últimos años, Wade ha estafado al rancho cerca de un cuarto de millón de dólares.
    Savannah, palideciendo, se dejó caer en la silla más cercana.
    – ¡No!
    – Sí -intervino Travis-. Y además, para bochorno de mi socio, Willis Henderson, Wade ha estado estafando a mi bufete con facturas y recibos falsos.
    – Lo mismo nos ocurrió a nosotros -afirmó Reginald, señalando un fajo de facturas-. Falsas compañías nos cargaban todo tipo de gastos, desde material de papelería hasta alfalfa para los caballos. Supongo que me estoy haciendo viejo para poder supervisarlo todo. Hace unos años, esto jamás habría sucedido. Me habría dado cuenta -soltó un profundo suspiro.
    – Es increíble… -susurró Savannah. ¿Wade, un ladrón?
    – Por eso confío en ti para que dirijas el rancho -añadió Reginald con una sonrisa triste-. Charmaine no tiene ninguna afición por los caballos. Pero tú siempre los has querido, desde que eras una niña pequeña.
    Savannah miró a su padre y luego a Travis.
    – Tú sabías todo esto, ¿verdad? Y aun así me dejaste pensar que nos íbamos a Colorado…
    – Sólo quería ponerte a prueba -repuso con un brillo malicioso en los ojos-. Tenía que asegurarme de que ibas en serio con lo de casarte conmigo.
    – Nada me hará cambiar de idea al respecto -le prometió.
    – ¿Qué está pasando aquí? -inquirió Wade, entrando de repente en el despacho. Estaba acalorado, tenía la mirada desorbitada y temblaba de la cabeza a los pies. Se dirigió a Reginald-: Charmaine acaba de contarme una historia absurda acerca de que te jubilas y que le dejas la dirección del rancho a Savannah.
    – Así es.
    – Pero… -se quedó callado al ver el fajo de facturas falsas sobre la mesa.
    – Creo que será mejor que te consigas un buen abogado -le aconsejó Reginald-. Te hemos descubierto, Wade.
    – Y no te molestes en llamar a Willis Henderson -terció Travis-. También va ir a por ti.
    – ¿Qué se supone que quiere decir eso?
    – Déjalo ya, Benson -suspiró Travis-. No sólo sabemos lo de las facturas falsas y el dinero que nos has estafado a los dos. También estamos al tanto de las deudas de juego que has tenido que pagar.
    Lívido, Wade retrocedió hasta tropezar con la pared.
    – Mentiras -balbuceó-. Un montón de patrañas -blandió un dedo acusador hacia Travis-. Y supongo que le habrás contado todas esas mentiras a Charmaine, ¿verdad?
    – Ella lo sabe todo. Si quieres, puedes contarle tu versión de la historia. Pero está bien informada, te lo aseguro.
    Wade entrecerró los ojos, cerrando los puños.
    – Todo esto es culpa tuya, McCord. Te has pasado las últimas semanas de tu vida intentando destruirme. Pues que sepas que voy a luchar, con uñas y dientes. ¡Sólo porque seas un gran abogado no vas a conseguir encarcelarme por algo que no he hecho! -salió precipitadamente de la habitación y subió a trompicones las escaleras.
    – Bueno, ya está -dijo Reginald con tono cansado-. No puedo decir que haya disfrutado mucho -encendió su pipa y se volvió hacia su hija-. Esto probablemente matará a tu madre.
    – Es más fuerte de lo que piensas -susurró Savannah.
    – Eso espero. Ah, se me olvidaba… Te interesará saber que le he dicho a Travis que espero que te ayude con el rancho.
    – Eso es -corroboró él de buen humor-. Como puedes ver, el viejo sigue intentando manipularme.
    – ¿Y tú te dejas? -le preguntó ella.
    – Pues sí -sonrió-. Pero sólo porque me ha dicho que espera que llene el rancho de nietos.
    Savannah miró a su padre, perpleja.
    – Espera un momento… ¿Me estás diciendo que después de todas tus advertencias anteriores… ahora quieres que me case con Travis?
    – Bueno, habría preferido que se convirtiera en gobernador… pero supongo que tendré que conformarme con un yerno que ayude a mi hija a llevar este rancho con cariño y honestidad.
    – ¿Y qué pasará con Wade? -quiso saber ella.
    – No lo sé -respondió Reginald, obviamente cansado-. Pero se ha labrado su propio destino: ahora sólo tiene que aceptarlo -levantándose del sillón, salió del despacho para dirigirse a la habitación de Virginia.
    Fue Travis quien se lo explicó.
    – Supongo que lo denunciarán, tanto Henderson como tu padre.
    – ¿Y Charmaine?
    – Probablemente necesitará un poco de apoyo por tu parte.
    – ¿Y Josh? -musitó Savannah con el corazón encogido.
    – Charmaine ya ha hablado con él. El chico parece haberlo aceptado todo muy bien. Ten presente que nunca se llevó con su padre.
    – La relación de Charmaine con Joshua se ha estrechado mucho desde la muerte de Mystic.
    Apoyado en una esquina del escritorio, Travis la atrajo tiernamente hacia sí.
    – Tal como yo lo veo, viviremos aquí hasta que podamos construirnos una casa propia. Y tu padre me ha prometido que no intentará gobernar nuestras vidas…
    – No puedo creer que hayáis enterrado el hacha de guerra.
    – Las cosas como son: Reginald es tu padre, los dos estamos condenados a soportarnos. Y si nos hemos arreglado ha sido pensando en ti.
    – Insisto: es increíble -murmuró ella-. Y ahora, dime, ¿qué tiene de malo esta casa?
    – Nada, salvo que es de Reginald y Virginia. Charmaine y Josh probablemente se queden aquí.
    – ¿Y qué era todo eso de llenarle la casa de nietos a Reginald? -preguntó con un brillo de emoción en los ojos.
    – Pues eso mismo. La casa que pretendo llenar de hijos tendrá que ser el doble de grande para que quepan todos.
    – Está usted loco, señor abogado… -se echó a reír.
    – Sí. De amor por ti. No tendrás que preocuparte de nada -la estrechó en sus brazos-. Podemos tenerlo todo.
    – ¿Y Wade?
    – Probablemente irá a la cárcel por una buena temporada. Durante unos cuantos años no volverá a aparecer por aquí y, para cuando lo haga, si Charmaine no ha decidido divorciarse, Josh será lo bastante mayor como para valerse por sí mismo.
    – Lo tenías todo pensado, ¿verdad?
    – Excepto una cosa.
    – ¿Ah, sí? -alzó la cabeza y le delineó el contorno de los labios con un dedo-. ¿Y qué es?
    – Cómo voy a conseguir que te cases conmigo antes de esta noche.
    – Imposible.
    – Reno no está tan lejos.
    Savannah rió de felicidad.
    – Oh, no. No pienso casarme en un trámite de diez minutos delante de algún juez de paz. Esta vez vas a tener que hacerlo bien. Ya sabes, una gran iglesia, un precioso vestido blanco, un incómodo frac y varias damas de honor. He esperado durante demasiado tiempo.
    – Y ha merecido la pena, ¿verdad? -sin esperar su respuesta, la besó en los labios y la levantó en vilo-. No contestes a esa pregunta -le susurró al oído-. Ahora mismo tenemos cosas mucho más importantes que hacer.
    Sin una palabra de protesta, Savannah le echó los brazos al cuello.
    – Y seremos felices para siempre…
    Travis la sacó del despacho en brazos y entró en la cocina dispuesto a salir por la puerta trasera.
    – Eh, ¿a dónde me llevas?
    – A algún lugar donde podamos estar solos -se dirigió hacia el garaje y subió las escaleras que llevaban al apartamento-. Señorita Beaumont, creo que ha llegado la hora de que pasemos unos cuantos días encerrados aquí.
    – ¿Podremos hacerlo?
    – Seguramente no, pero lo intentaremos de todas formas -con una sonrisa traviesa en los labios, se sacó la llave de un bolsillo-. Admítelo, mujer: no vas a poder deshacerte de mí tan fácilmente.
    – Jamás se me habría ocurrido una cosa así -y se dejó llevar hasta el dormitorio.

Lisa Jackson

    Lisa Jackson nació en una pequeña ciudad al pie de las Cascades, en el estado de Oregon, y no se dedicó por completo a la escritura hasta que su hermana la animó a ello y a llevar a un editor su primer libro. Desde entonces, Jackson escribe novelas de suspense romantico contemporaneo para Kensington Books y de suspense romántico medieval para Onyx Books. Más de cincuenta libros publicados por esta autora, la han converido en la dama de la novela romántica de suspense presente en las listas de best-sellers más prestigiosas.
    Vive con su familia en el Noroeste del Pacífico. Le gustan las actividades al aire libre con su familia y amigos…

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