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El Destino Aguarda

El Destino Aguarda

Аннотация

    Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
    Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?


Lisa Jackson El Destino Aguarda

    Los McCaffertys, 1
    Titulo original: The McCaffertys: Thorne
    Traducido por Esther Mendía Picazo

Prólogo

    Verano. Un año antes…
    – Hijo, lo cierto es que tengo que pedirte algo -dijo John Randall McCafferty desde su silla de ruedas. Le había pedido a Thorne que lo llevara hacia la valla situada a treinta metros de la entrada del rancho al que había considerado su hogar durante toda su vida.
    – Odio tener que preguntarte qué es -comentó Thorne.
    – Es simple. Quiero que te cases. Tienes treinta y nueve años, hijo, Matt tiene treinta y siete y Slade… bueno, sigue siendo un niño, pero tiene treinta y seis. Ninguno os habéis casado y no tengo nietos… al menos, no que yo sepa -frunció el ceño-. Ni siquiera vuestra hermana ha asentado su vida.
    – Randi sólo tiene veintiséis.
    – Suficientes -dijo J. Randall. Aunque no era más que la sombra del hombre que había sido una vez, agarró con tanta fuerza los brazos de su silla de metal, a la que solía referirse como «ese maldito artilugio», que los nudillos se le pusieron blancos. Una vieja manta le cubría las piernas a pesar de los muchos grados que marcaba el antiguo termómetro situado en el lado norte del granero. Sobre el regazo llevaba su bastón, otro símbolo odiado de su precaria salud.
    – Hablo en serio, hijo. Necesito saber que el linaje de los McCafferty no va a morir con vosotros, chicos.
    – Esa es una forma de pensar muy arcaica -a Thorne no iban a presionarlo. Ni su padre. Ni nadie.
    – Pues que lo sea. ¿Es que no has notado que no me queda mucho tiempo? -J. Randall levantó el bastón de su regazo y lo clavó en el suelo para darle más énfasis a sus palabras.
    Harold, el perro de caza lisiado de J. Randall, lanzó un ladrido de descontento desde el porche delantero y un ratón de campo salió disparado hacia unas zarzas.
    – No te entiendo -gruñó J. Randall-. Esto podría haber sido tuyo, hijo. Todo tuyo -trazó un amplio arco con el bastón y la mirada de Thorne siguió el gesto de su padre. Potros larguiruchos jugueteaban en un pasto mientras una manada de ganado moteado con tonos rojizos, negros y marrones pastaba cerca del arroyo seco que atravesaba lo que era comúnmente conocido como «el gran prado». La pintura del granero se había desconchado, había que reemplazar las ventanas de los establos y aquel maldito lugar al completo parecía estar padeciendo la misma enfermedad que había debilitado a su propietario.
    El rancho Flying M. El orgullo y la felicidad de John Randall McCafferty, aunque ahora estaba al cuidado de un capataz porque él estaba demasiado enfermo y sus hijos demasiado ocupados con sus propias vidas.
    Thorne contempló los acres que se extendían ante él con una mezcla de emociones que iban desde el amor al odio.
    – No voy a casarme, papá. No por mucho tiempo.
    – ¿A qué viene la espera? Y no me digas que necesitas tiempo para dejar huella. Eso ya lo has hecho, chico -unos viejos ojos azules lo miraron y parpadearon ante los rayos del cegador sol de Montana-. ¿Cuánto vales ahora? ¿Tres millones? ¿Cinco?
    – Alrededor de siete.
    Su padre resopló.
    – Una vez yo fui un hombre rico. ¿Y qué conseguí con ello? -arrugó sus viejos labios-. Dos mujeres que me dejaron seco cuando nos divorciamos y un montón de preocupaciones por haberlo perdido todo. No, el dinero no es lo que importa, Thorne. Son los hijos. Y la tierra. Maldita sea… -mordiéndose el labio inferior, se metió la mano en el bolsillo-, ¿dónde demonios está?… Ah, aquí.
    Lentamente sacó un anillo que resplandeció ante la luz del sol y a Thorne se le encogió el estómago al reconocerlo: era el anillo de la primera boda de su padre, el mismo que no había llevado puesto en aproximadamente un cuarto de siglo.
    – Quiero que lo tengas -dijo el hombre sosteniendo la alianza de oro con su exquisita incrustación de plata-. Tu madre me lo dio el día que nos casamos.
    – Lo sé -Thorne, aun sabiendo que cometía un grave error, aceptó el anillo. Lo sintió frío entre sus dedos, un aro de metal que no guardaba ninguna calidez, ninguna promesa, ninguna alegría. El símbolo de unos sueños rotos. Se guardó el maldito anillo en el bolsillo.
    – Prométeme una cosa, hijo.
    – ¿Qué?
    – Que te casarás.
    Thorne ni siquiera se inmutó.
    – Algún día.
    – Que sea pronto, ¿de acuerdo? Me gustaría marcharme de esta tierra sabiendo que vas a tener una familia.
    – Lo pensaré -respondió Thorne y de pronto la pequeña alianza de oro y plata que llevaba en el bolsillo pareció pesar cientos de kilos.

Uno

    Grand Hope, Montana Octubre
    La doctora Nicole Stevenson sintió una subida de adrenalina como siempre le ocurría cada vez que víctimas de accidentes entraban en la sala de urgencias del Hospital St. James.
    Vio la intensidad de la mirada de la doctora Maureen Oliverio cuando la otra mujer colgó el teléfono.
    – ¡El helicóptero ha llegado! ¡Vamos! -el equipo de médicos y enfermeras, que tan apresuradamente había sido reunido, respondió-. Los paramédicos están trayendo al paciente. Doctora Stevenson, tu turno.
    – ¿Qué tenemos? -preguntó Nicole.
    La doctora Oliverio, seria y eficiente, fue marcando el camino a través de las puertas dobles.
    – Accidente de un único coche en Glacier Park. La paciente es una mujer de veintitantos años y está embarazada. Fracturas, daño interno, conmoción, un auténtico desastre. Ha roto aguas y es probable que tengamos que hacer una cesárea debido al resto de daños que ha sufrido. Una vez dentro, repararemos otras lesiones. ¿Estáis todos? La doctora Stevenson está al mando hasta que enviemos a la paciente al quirófano.
    Nicole miró a los otros médicos mientras se ponían las mascarillas y los guantes. Su trabajo consistía en estabilizar al paciente antes de que entrara a quirófano.
    Las puertas de la sala de emergencias del Hospital St. James se abrieron de par en par dando paso a una camilla empujada por dos paramédicos.
    – ¿Qué tenemos? -le preguntó Nicole al paramédico que tenía más cerca, un hombre bajo con la cara colorada y el pelo y el bigote canosos-. ¿Cómo están las constantes vitales? ¿Y el bebé?
    – Presión sanguínea normal, ritmo cardíaco sesenta y dos, pero está cayendo ligeramente… -mientras el paramédico le iba dando la información que había reunido, Nicole escuchaba mirando a la paciente, una mujer en estado inconsciente cuyo rostro probablemente había sido bello aunque ahora estuviera cubierto de sangre y magullado. Tenía el abdomen hinchado, un líquido le entraba en el brazo por medio de una intravenosa y tenía el cuello y la cabeza sujetos-, desgarros, quemaduras, cráneo, mandíbula y fémur fracturados, posible hemorragia interna…
    – ¡Hay que monitorizar al feto! -ordenó Nicole.
    – Enseguida.
    – Bien -asintió Nicole-. Bien, bien, ahora ramos a estabilizar a la madre.
    – ¿Se ha informado ya al marido? ¿Tenemos consentimiento? -preguntó la doctora Oliverio.
    – No lo sabemos -respondió un paramédico con gesto sombrío-. La policía está intentando localizar a los familiares. Según su carné de identidad, se llama Randi McCafferty y en su permiso de conducir no aparece nada sobre alergias a ningún medicamento, ni lleva ningún medicamento en el bolso.
    – ¡Oh, Dios mío! -el corazón de Nicole casi se detuvo. Se quedó paralizada. Durante un segundo se desconcentró-. ¿Estás seguro? -preguntó.
    – Completamente.
    – Randi McCafferty -repitió la doctora Oliverio con la respiración entrecortada-. Mi hija fue al colegio con ella. Su padre ha muerto. J. Randall, un hombre que en su tiempo fue muy importante por aquí. Era el dueño del rancho Flying M, está a unos treinta kilómetros de aquí. Randi tiene tres hermanastros.
    «Y Thorne es uno de ellos», pensó Nicole.
    – ¿Qué hay del novio o del marido? El bebé tiene que tener un padre por alguna parte -insistió la doctora Oliverio.
    – No lo sé.
    – Bueno, ya lo averiguaremos luego -dijo Nicole, tomando las riendas una vez más-. Ahora mismo vamos a concentrarnos únicamente en estabilizarlos a ella y al bebé.
    La doctora Oliverio asintió.
    – ¡Vamos! ¡Hay que monitorizar al bebé!
    – Enseguida -respondió una enfermera.
    – La presión sanguínea está cayendo, doctora -dijo otra enfermera.
    – Maldita sea -el corazón de Nicole comenzó a latir con fuerza. No iba a perder a su paciente. «Vamos, Randi», dijo animándola en silencio. «¿Dónde está esa fuerza de los McCafferty? ¡Vamos, vamos!»-. ¿Dónde está el anestesista?
    – Viene de camino.
    – ¿Quién es?
    – Brummel -la doctora Oliverio miró a Nicole-. Es un buen hombre. Vendrá.
    – El monitor está preparado -dijo una enfermera justo cuando el doctor Brummel, un hombre delgado con gafas, empujó las puertas.
    – ¿Qué tenemos? -preguntó al mirar a la paciente.
    – Mujer. Inconsciente. A punto de dar a luz. Accidente de un único coche. No se conocen alergias, no tenemos historial médico, pero estamos comprobándolo -dijo Nicole-. Tiene fractura de cráneo y otras muchas, neumotorax, así que ya está entubada. Ha roto las membranas, el bebé está en camino y puede que tenga más daños abdominales.
    – La presión sanguínea de la madre se está estabilizando -gritó una enfermera, pero Nicole no se relajó. No podía. La vida de Randi McCafferty aún no era algo seguro.
    – No dejes de vigilarla. ¿Cómo está el bebé? -preguntó Nicole.
    – Tenemos problemas. Hay sufrimiento fetal -dijo la doctora Oliverio al leer el resultado del monitor.
    – Entonces hay que sacarlo.
    – Estaré listo en un minuto -dijo el doctor Brummel desde detrás de su mascarilla mientras ajustaba el tubo respiratorio. Satisfecho, alzó la vista hacia Nicole-. Vamos.
    – Tenemos un neonatólogo de guardia.
    – Bien -Nicole comprobó las constantes de Randi una última vez-. La paciente se encuentra estable -miró al equipo y después a la doctora Oliverio. Ahora Randi McCafferty tendría que luchar una batalla por su vida. Al igual que el bebé-. Muy bien, doctores, los pacientes son todos suyos.

    Thorne conducía como un loco. Slade lo había llamado unas tres horas antes para comunicarle que Randi había tenido un accidente de coche en Glacier Park, allí en Montana.
    Cuando recibió la llamada, se encontraba en Denver, en una reunión de negocios en las oficinas de McCafferty Internacional y se había marchado repentinamente. Le dijo a su secretaria que se ocupara de todo y que reorganizara su agenda, después había agarrado una bolsa con ropa que siempre tenía guardada en un armario y había conducido hasta el aeródromo. En una hora ya estaba en el aire, volando en el jet de la compañía directamente hasta una pista de aterrizaje privada que tenían en el rancho. No se había molestado en ir a ver si estaban sus hermanos, sino que directamente había tomado las llaves de una camioneta que tenía preparada, había metido dentro la bolsa y se había puesto en marcha hacia el hospital St. James, donde Randi estaba luchando por su vida.
    Pisó el acelerador, dobló una esquina demasiado deprisa y oyó los neumáticos chirriar a modo de protesta. No sabía lo que estaba pasando; la llamada de su hermano Slade se había cortado y más tarde el teléfono había aparecido como desconectado, ya que allí la cobertura no era de las mejores. Pero sí que entendió que la vida de Randi corría peligro y que el nombre de la doctora que la había atendido era Stevenson. Aparte de eso, no sabía nada más.
    A ambos lados del coche iba dejando campos oscurecidos por la noche. Los limpiaparabrisas apartaban el aguanieve a medida que la mandíbula de Thorne se iba tensando más y más. ¿Qué demonios había sucedido? ¿Por qué estaba Randi en Montana si trabajaba en Seattle? ¿Qué había estado haciendo en Glacier Park? ¿Cómo de grave era su estado? ¿De verdad su vida corría peligro? Algo de lo que le había dicho Slade se le clavó en el cerebro. ¿No le había dicho su hermano algo sobre que Randi estaba embarazada? Imposible. No hacía ni seis meses que la había visto. Estaba soltera, ni siquiera tenía novio formal. ¿O sí? ¿Qué sabía en realidad sobre su hermanastra?
    No mucho.
    La culpabilidad lo invadió. «Deberías haber mantenido el contacto. Eres el mayor. Era tu responsabilidad. No fue culpa suya que su madre sedujera a tu padre hace veinticinco años y que rompiera el primer matrimonio de Randall. No fue culpa suya que tú estuvieras demasiado ocupado con tu propia vida».
    Decenas de preguntas le ardían en la conciencia mientras veía las luces de la ciudad brillando en la distancia.
    Muy pronto tendría las respuestas.
    Si es que Randi sobrevivía.
    Apretó con fuerza el volante y de pronto se vio rezando a un Dios del que, desde hacía mucho tiempo, pensaba que lo había ignorado.

    Thorne McCafferty.
    La última persona en la tierra con la que Nicole quería tratar. Pero, sin duda estaría allí. Mientras se quitaba los guantes, se obligó a animarse. Él no era más que otro familiar preocupado de una paciente. Nada más.
    Sin embargo, a Nicole no le gustaba la idea de verlo otra vez. Había demasiadas heridas abiertas, demasiado dolor del que nunca había llegado a recuperarse, demasiadas emociones que había encerrado años atrás. Cuando se había mudado allí tras su divorcio, se había dado cuenta de que no podría evitar a Thorne para siempre. Grand Hope, a pesar de su reciente crecimiento, seguía siendo una ciudad pequeña y John Randall McCafferty había sido uno de sus ciudadanos más destacados. Sus hijos habían crecido allí.
    Así que tendría que volver a ver a Thorne. Era cuestión de tiempo. Por desgracia, la situación, con su hermana debatiéndose entre la vida y la muerte, no era la mejor de las circunstancias.
    Nicole se metió el estetoscopio en el bolsillo y se rodeó con los brazos. No sólo tendría que volver a ver a Thorne, sino también a los otros hermanos afligidos de Randi McCafferty, que había conocido mucho tiempo atrás, cuando había salido con su hermano mayor. Sin embargo, el tiempo que había pasado con Thorne había sido corto. Intenso e inolvidable, pero por fortuna, breve. Sus hermanos pequeños, que en aquel momento habían estado ensimismados en sus propias vidas, no se acordarían de ella.
    «No te creas. Al tratarse de mujeres, los hombres McCafferty eran casi legendarios en sus conquistas. Conocían a todas las chicas de la ciudad».
    Otra dolorosa herida abierta porque Nicole había tenido que enfrentarse al hecho de no haber sido más que otra de las conquistas de Thorne McCafferty, sólo otro agujero más en su cinturón. Una pobre chica tímida y estudiosa que, durante un breve tiempo en un verano, le había llamado la atención.
    Una forma de pensar muy antigua, pero terriblemente cierta.
    Por una ventana alta vio el movimiento de las grises nubes de tormenta que reflejaban sus propios pensamientos sombríos. Aunque sólo era octubre, la predicción del tiempo había estado anunciando nieve.
    Llevaba todo el día en urgencias y casi había terminado su guardia cuando habían trasladado hasta allí a Randi McCafferty.
    Le dolían los pies, sentía que la cabeza iba a estallarle y pensar en una ducha le parecía el paraíso: una ducha, una copa de Chardonnay frío, el crepitar del fuego en la chimenea y las gemelas acurrucadas con ella bajo el edredón en su mecedora favorita mientras les leía un cuento. No pudo evitar sonreír. «Luego», se recordó. Primero tenía un asunto importante que atender.
    Randi, aún en recuperación, no estaba todavía fuera de peligro, y pasaría un tiempo hasta que lo estuviera. En estado comatoso y luchando por su vida, pasaría gran parte de la siguiente semana monitorizada en la UCI, donde vigilarían sus constantes vitales las veinticuatro horas del día.
    La buena noticia era que el bebé, un robusto niño, había sobrevivido al accidente y a un rápido parto por cesárea.
    Sudorosa y forzando una sonrisa que no sentía, Nicole se puso su bata blanca y empujó las puertas que daban a la sala de espera donde dos de los hermanos de Randi se encontraban sentados, hojeando unas revistas y con sus tazas de café ignoradas en una mesa rinconera. Los dos eran altos y desgarbados, hombres guapos con rasgos fuertes, ojos expresivos y la preocupación escrita en sus caras.
    Tras alzar la vista cuando se abrieron las puertas, soltaron las revistas y se levantaron apresuradamente.
    – ¿Señor McCafferty? -preguntó, aunque los había visto al instante.
    – Soy Matt -dijo el más alto como si no la reconociera. Y tal vez era mejor así, que la situación fuera lo más profesional posible. Con algo más de metro ochenta, ojos marrones oscuros y el pelo casi negro, Matt llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa de cuadros muy al estilo del oeste, con las mangas remangadas. Unas botas de vaquero le cubrían los pies y de una de las comisuras del labio le salía una cucharita de café de plástico mordisqueada.
    – Este es mi hermano, Slade.
    Una vez más, ninguna muestra de reconocimiento por parte de Slade, el más pequeño de los hermanos McCafferty, el más alborotador. Era un poco más bajo que Matt, una fina cicatriz le bajaba por un lado de la cara, de rasgos duros, y sus ojos eran profundos y asombrosamente azules. Llevaba una camisa de franela, unos vaqueros descoloridos y unas zapatillas de deporte viejas. Se movió nerviosamente, cambiando de un pie a otro.
    – Soy la doctora Stevenson. Estaba de guardia cuando han traído a su hermana a urgencias.
    – ¿Cómo se encuentra? -preguntó Slade nervioso. Sus ojos se estrecharon un poco al mirarla y ella se dio cuenta de que el proceso de reconocimiento había comenzado, aunque le llevaría un poco de tiempo. Habían pasado años desde que lo había visto por última vez, su nombre ya no era el de antes, y había docenas de mujeres entre las que tendría que recordarla.
    Pero ahora no tenía tiempo para eso. Su trabajo consistía en disipar sus miedos a la vez que les explicaba el estado en que se encontraba Randi.
    – La operación ha ido bien, pero su hermana se encontraba en muy mal estado cuando la trajeron, en coma, pero de parto. La doctora Oliverio atendió el parto de su sobrino y parece estar sano, aunque un pediatra le hará un examen completo. El pronóstico de Randi parece bueno, a menos que se produzcan complicaciones imprevistas, pero ha sobrevivido a un traumatismo increíble.
    Mientras los hermanos escuchaban atentamente, Nicole les describía las lesiones de Randi: conmoción cerebral, pulmón perforado, costillas rotas, mandíbula fracturada, fémur prácticamente destrozado… la lista era larga y de gravedad. La preocupación se reflejaba en los rostros de ambos hermanos, y unas nubes de tormenta se concentraron en sus ojos. Nicole les explicó los procedimientos que se habían empleado para reparar los daños, utilizando para ello los términos más sencillos posibles. La oscura piel de Matt palideció ligeramente y hubo un momento en que su rostro se estremeció, mientras miraba por la ventana y mordía la cucharita de plástico hasta dejarla tan fina como un pergamino. Por otro lado, el hermano pequeño, Slade, la miraba directamente a la cara, con la mandíbula tensa y parpadeando muy de vez en cuando.
    Cuando terminó, Slade dejó escapar un suave soplido.
    – Maldita sea.
    Matt se frotó la escasa barba que le cubría la barbilla y la miró.
    – Pero lo superará, ¿verdad?
    – A menos que dé un giro inesperado y empeore, creo que sí. Siempre queda una duda cuando se trata de lesiones en la cabeza, pero está estable.
    Slade frunció el ceño.
    – Sigue en coma.
    – Sí. Tienen que entender que yo soy la doctora de urgencias y que otros médicos se han hecho cargo del cuidado de su hermana. Cada uno de ellos se pondrá en contacto con ustedes.
    – ¿Cuándo? -preguntó Slade.
    – En cuanto puedan.
    Logró mostrar una sonrisa tranquilizadora.
    – Mi turno acaba pronto. Los otros médicos de Randi también querrán hablar con ustedes. He salido antes porque sabía que estarían nerviosos e impacientes por saber algo -«y, maldita sea, porque tengo una conexión personal con vuestra familia».
    – Nerviosismo es poco -dijo Matt y miró al reloj-. ¿No debería estar Thorne a punto de llegar ya? -le preguntó a su hermano.
    – Ha dicho que estaba de camino -la mirada de Slade volvió a Nicole-. Es nuestro hermano mayor. Querrá un informe completo.
    – No lo dudo -dijo ella y los ojos de Matt se estrecharon-. Lo conocí. Hace años.
    Casi podía ver las ruedas girar dentro de las mentes de los hermanos McCafferty, pero la situación en la que se encontraba su hermana era demasiado inminente, demasiado nefasta como para ignorarla.
    – Pero Randi se pondrá bien -dijo Matt lentamente, con la duda ensombreciéndole los ojos.
    – Tenemos esperanzas. Como he dicho, está estable, pero siempre queda una duda cuando se trata de lesiones en la cabeza -deseó poder infundirles más confianza, disipar sus preocupaciones, pero no podía-. Lo cierto es que durante un tiempo la situación será crítica, pero estará vigilada constantemente.
    – ¡Dios! -exclamó Slade con un susurro y las palabras parecieron más una plegaria que una maldición.
    – Yo… apreciamos todo lo que usted y el resto de médicos han hecho -Matt le lanzó a su hermano una mirada para hacerlo callar-. Quiero que sepa que queremos que tenga todo lo que necesite, especialistas, equipo, lo que sea.
    – Lo tiene -dijo Nicole firmemente. En su opinión, los empleados, las instalaciones y los equipos del St. James eran excelentes, lo mejor que había visto en una ciudad del tamaño de Grand Hope.
    – ¿Y el bebé? Ha dicho que está bien, ¿verdad? -preguntó Matt.
    – Parece estar bien, pero está en observación por si tuviera alguna clase de traumatismo. Está en la UCI de pediatría, como medida de precaución durante las próximas horas, para asegurarnos de que está fuerte. A primera vista, está sano y saludable, pero estamos siendo el doble de cautos, sobre todo porque su hermana se puso de parto y rompió aguas antes de llegar al hospital. La doctora Oliverio tendrá más detalles y, por supuesto, el pediatra también se pondrá en contacto con ustedes.
    – Maldita sea -susurró Slade mientras Matt permanecía en silencio y con gesto adusto.
    – ¿Cuándo podemos ver a Randi? -preguntó Matt.
    – Pronto. Sigue en recuperación. Una vez que se la traslade y que sus médicos queden satisfechos con su estado, podrá recibir visitas, solamente la familia más inmediata y sólo durante unos minutos al día. Una persona por visita. Esto también se lo hará saber su médico.
    Matt asintió y Slade cerró el puño, pero ninguno de los dos objetó nada. Ambos tenían las mandíbulas cuadradas, el parecido McCafferty resultaba imposible de ignorar.
    – Tienen que entender que Randi se encuentra en coma. No recibirán ningún tipo de respuesta suya hasta que no despierte, y no sé cuándo será eso… Oh, aquí está. Uno de los médicos de Randi -tras observar a la doctora Oliverio avanzar por el pasillo, Nicole se la presentó a los hermanos McCafferty y a continuación se excusó para dirigirse a su despacho.
    Era una habitación pequeña sin ventanas, apenas tenía espacio suficiente para su escritorio y un archivador. Solía redactar sus propios informes y por eso, después de quitarse la bata blanca, encendió el ordenador y pasó casi media hora frente al teclado escribiendo un informe sobre Randi McCafferty. Al terminar, levantó el teléfono. Marcó el número de casa y mientras se masajeaba la nuca, oyó la música ambiental por primera vez desde que había entrado en el hospital horas antes.
    – ¿Diga? -Jenny Riley respondió al segundo tono. Jenny, una estudiante de una universidad de la zona, cuidaba a las gemelas mientras Nicole trabajaba.
    – Hola, soy Nicole. Sólo quería saber qué tal iba todo. Saldré de trabajar dentro de poco… -miró el reloj y suspiró-, puede que en una hora. ¿Quieres que te lleve algo de camino a casa?
    – ¿Qué tal uno o dos rayos de sol para Molly? -bromeó Jenny-. Ha estado de mal humor desde que se ha levantado de la siesta.
    – ¿Sí? -Nicole sonrió al recostarse sobre su silla, que chirrió a modo de protesta. Molly, más precoz que su hermana gemela, siempre se levantaba de mal humor mientras que Mindy, la más tímida de las dos niñas, siempre sonreía, incluso cuando se la despertaba de la siesta.
    – Es terrible.
    – ¡No! -dijo una diminuta e impertinente voz.
    – Claro que sí, pero te quiero de todos modos -dijo Jenny con una voz más suave al apartarse del teléfono.
    – ¡Yo no soy terrible!
    Sin dejar de sonreír, Nicole apoyó los pies sobre la mesa y suspiró. Las dificultades del día se desvanecían cuando pensaba en sus hijas, dos diablillos de cuatro años que le daban energía para seguir, que eran la razón por la que no se había vuelto loca después del divorcio.
    – Diles que llevaré pizza si son buenas -oyó a Jenny darles el mensaje y la correspondiente muestra de alegría.
    – Ahora se han puesto como locas -le aseguró la joven y Nicole rió justo cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta y ésta se abrió bruscamente. Un hombre alto, que probablemente superaba el metro noventa, casi ocupaba todo el marco de la puerta. El corazón le dio un vuelco al reconocer a Thorne.
    – ¿Doctora Stevenson? -preguntó, con gesto adusto antes de que sus ojos reflejaran que la había reconocido. Por unos segundos, Nicole pudo ver un cierto arrepentimiento surcándole la cara.
    – Jenny, tengo que dejarte -dijo antes de colgar lentamente, ponerse derecha y bajar los pies al suelo.
    – ¿Nikki? -dijo él con incredulidad.
    Nicole se levantó, pero se quedó en su lado de la mesa; su escaso metro sesenta no podía equipararse a su altura.
    – Ahora soy la doctora Stevenson.
    – ¿Eres la doctora de Randi?
    – Soy la doctora de urgencias que la ha atendido -¿por qué después de todo el tiempo que había pasado y del dolor, seguía sintiendo una ridícula sensación de decepción por el hecho de que él no la hubiera buscado en todos esos años desde la última vez que se habían visto? Era una estupidez. Una tontería. Más que una ingenuidad. Y no tenía ningún sentido, dadas las circunstancias; no cuando su hermana estaba luchando por su vida-. No soy su doctora. He ayudado a estabilizarla para que pudieran operarla, después el equipo al completo se ha puesto a trabajar, pero yo he parado para hablar con tus hermanos porque sabía que llevaban mucho tiempo esperando y los cirujanos aún no habían terminado.
    – Entiendo -el hermoso rostro de Thorne había envejecido con los años. Ya no quedaba rastro de su juventud. Sus rasgos eran severos, muy acordes con su traje negro, su impoluta camisa blanca y su corbata: las señas de identidad del dueño de un pequeño imperio-. No lo sabía… no me esperaba encontrarte aquí.
    – Imagino que no.
    Sus ojos, de un profundo y turbulento gris, le dirigieron una mirada que, como ella bien sabía, solía ser sobrecogedora, pero que en aquel momento parecía de preocupación y cansancio.
    – ¿Has visto a tus hermanos en la UCI? -le preguntó Nicole.
    – He venido directamente aquí. Slade me ha llamado, me ha dicho que una tal doctora Stevenson estaba al mando, así que cuando he llegado al hospital, he preguntado por ti en Información -y como si hubiera leído la pregunta en sus ojos, añadió-: Quería saber a qué me enfrentaba antes de ver a Randi.
    – Bien -le indicó que entrara en el despacho y que se sentara en la pequeña silla de plástico al otro lado del escritorio-. Siéntate. Te diré lo que sé y después puedes hablar con los otros médicos de Randi sobre su pronóstico -cuando alargó la mano hacia su bata, le dirigió una mirada famosa por lograr reducir hasta al más gallito de los internos. Quería que lo entendiera. Ya no era la niñita necesitada con la que había salido, a la que había seducido y dejado de lado-. Pero creo que deberíamos dejar algo claro. Como puedes ver, éste es mi despacho privado. Por lo general, la gente llama a la puerta y espera a que yo responda antes de entrar.
    La mandíbula de Thorne se tensó.
    – Tenía prisa. Pero… está bien. Lo recordaré la próxima vez.
    «No, Thorne, no habrá una próxima vez».
    – Vale.
    – ¿Así que está en la UCI? -le preguntó.
    – De momento está en reanimación -Nicole le contó por encima los detalles de la llegada de Randi al hospital, su estado y los procedimientos empleados. Thorne escuchaba con una expresión solemne y unos ojos grises que no se apartaron de su cara en ningún momento.
    Cuando terminó, él le hizo unas preguntas rápidas, se soltó la corbata y dijo:
    – Vamos.
    – ¿A la UCI? ¿Los dos?
    – Sí -él ya se había levantado.
    Nicole se enfureció por un momento, estaba dispuesta a luchar hasta que vio una muestra de dolor en su mirada y una pizca de alguna otra emoción que se acercaba a la culpabilidad.
    – Supongo que sí, que puedo acompañarte -accedió mirando al reloj. Iba retrasada, pero eso era algo habitual. Como lo era tratar con los familiares preocupados de un paciente-. Primero deja que me asegure de que ya ha salido de reanimación.
    Hizo una breve llamada de teléfono, la informaron de que a Randi la habían trasladado y explicó que el hermano de la paciente y ella iban hacia allí. Durante el tiempo que duró la breve conversación, sintió el peso de la mirada de Thorne McCafferty sobre ella y se preguntó si él recordaría algo sobre la relación que había cambiado el curso de su vida… Probablemente no. Una vez que su impacto inicial por reconocerla se había pasado, volvía a ser el de siempre.
    – Vale -dijo Nicole al colgar-. Matt y Slade ya han visto a Randi y a la enfermera de guardia no le ha hecho mucha gracia que haya una tercera visita, pero la he convencido.
    – ¿Mis hermanos siguen aquí?
    – No lo sé. Le han dicho a la enfermera que volverían, pero no le han dicho cuándo -se colocó la bata blanca y rodeó el escritorio. Él tuvo la caballerosidad de sujetarle la puerta y mientras recorrían los pasillos, se mantuvo a su paso, sus largas zancadas equivalían a dos de las de Nicole. Eso era un detalle que ella había olvidado, aunque lo cierto era que había intentado borrar todos los recuerdos que una vez había tenido de él.
    Con treinta centímetros más que ella y una presencia intimidante y rotunda, Thorne caminaba con la misma actitud con la que se enfrentaba a la vida: con un propósito. Nicole se preguntó si alguna vez habría tenido un momento frívolo en su vida. Años antes, se había dado cuenta de que incluso esas horas robadas que había pasado con ella habían sido parte del plan que Thorne había tramado.
    En el ascensor, Nicole esperó mientras una camilla que llevaba a una mujer mayor conectada a un goteo de suero salía al pasillo. Después, entró y las puertas se cerraron. Thorne y ella estaban solos. Por primera vez en años. Él, a su lado, estaba más tieso que el palo de una escoba y si se dio cuenta de la intimidad que aportaba el ascensor, no lo mostró. Rostro serio, hombros derechos y la mirada centrada en el panel que mostraba los números de los pisos.
    Nicole no podía recordar haberse sentido nunca tan incómoda.
    El ascensor se detuvo en seco y mientras caminaban por los pasillos enmoquetados, Thorne finalmente rompió el silencio.
    – Por teléfono, Slade me dijo algo sobre que Randi podría no superarlo.
    – Siempre existe esa posibilidad cuando hay lesiones tan graves como las que tiene tu hermana -habían llegado a las puertas de la Unidad de Cuidados Intensivos y ella, recordándose que tenía que comportarse como una profesional en todo momento, alzó la cabeza para mirarlo a esos ojos color acero-. Pero es joven y fuerte y está recibiendo el mejor cuidado que podemos darle, así que no hay necesidad de mostrar vuestras preocupaciones delante de vuestra hermana. Es cierto que está en coma, pero no sabemos lo que oye o siente.
    »Por favor, por su bien, guárdate tus preocupaciones y dudas -él pareció estar a punto de protestar y, movida por el instinto, Nicole se acercó y le tocó la mano. Sus dedos se toparon con una piel que era dura y sorprendentemente encallecida-. Estamos haciendo todo lo que podemos, Thorne -dijo, pensando que él se apartaría-. Tu hermana está luchando por su vida. Sé que quieres lo que sea mejor para ella, así que cuando estés a su lado, quiero que seas positivo, que le des fuerzas y apoyo, ¿vale?
    Él asintió, pero con los labios ligeramente apretados. No estaba acostumbrado a recibir órdenes ni consejos… de nadie.
    – ¿Tienes alguna pregunta?
    – Sólo una.
    – ¿Qué?
    – Mi hermana es importante para mí, muy importante. Eso lo sabes. Así que quiero que me aseguren que está recibiendo el mejor cuidado médico que se pueda pagar. Eso significa el mejor hospital, el mejor personal y, sobre todo, el mejor médico.
    Al darse cuenta de que seguía dándole la mano, la soltó y sintió cómo la invadía una sensación de decepción. No era la primera vez que su aptitud había sido cuestionada y seguro que no sería la última, pero por alguna razón se había esperado que Thorne McCafferty confiara en ella y en su dedicación.
    – ¿Qué intentas decir? -le preguntó.
    – Tengo que saber que la gente que hay aquí, los médicos que le han sido asignados a Randi, son los mejores del país… o si hace falta, del mundo entero.
    «Bastardo rico y engreído».
    – Eso es lo que todo el mundo quiere para sus seres queridos, Thorne.
    – La diferencia es -dijo- que yo puedo permitírmelo.
    Se le cayó el alma a los pies. ¿Por qué le había parecido ver algo de ternura en sus ojos? Estúpida. Estúpida mujer idealista.
    – Soy un buen médico, Thorne, y también lo son el resto de los que están aquí. Este hospital ha ganado premios, es pequeño, pero atrae a los mejores. Eso puedo asegurártelo personalmente. Médicos que han ejercido en ciudades importantes desde Atlanta a Seattle, Nueva York o Los Angeles, han acabado aquí porque estaban cansados de esa carrera de ratas… -dejó que las palabras quedaran claras y después deseó haberse mordido la lengua. Thorne podía pensar lo que le diera la gana.
    »Vamos dentro. Ahora recuerda mostrarte positivo y, cuando te diga que se ha acabado el tiempo, no discutas. Márchate y punto. Puedes volver a verla mañana -esperó, pero él ni respondió ni protestó, simplemente se quedó apretando los dientes con una excesiva fuerza.
    »¿Entendido? -preguntó ella.
    – Entendido.
    – Entonces nos llevaremos bien -dijo, aunque no lo creyó ni por un minuto. Había cosas que nunca cambiaban y Thorne McCafferty y ella eran como el aceite y el agua, nunca se mezclarían, nunca estarían de acuerdo.
    Pulsó un botón y puso la cara contra la ventana para que una enfermera que estaba dentro pudiera verla. Después, esperó hasta que los dejaron pasar. Mientras las puertas eléctricas se abrían, sintió la mirada de Thorne posada en su nuca. Sin decir nada, la siguió y ella se preguntó hasta cuándo obedecería las normas del hospital y del médico.
    La respuesta, sabía, era sencillísima.
    No lo haría durante mucho tiempo.
    Thorne McCafferty no había cambiado. Era la clase de hombre que jugaba según sus propias reglas.

Dos

    ¡No, ésa no podía ser Randi! Thorne bajó la vista hacia la pequeña figura inmóvil tendida sobre la cama y se sintió mareado, débil. Tubos y cables salían de su cuerpo y lo conectaban a unos monitores y a máquinas con indicadores y lecturas digitales que no entendía. Tenía la cabeza envuelta en una venda, el cuerpo cubierto con sábanas esterilizadas, una pierna alzada y rodeada parcialmente por un yeso. Las partes de cara que podía verle estaban magulladas e hinchadas.
    Se le hizo un nudo en la garganta al verse allí, de pie, en ese diminuto cubículo delimitado por cortinas que se abrían a los pies de la cama y que daba al mostrador de las enfermeras. Cerró los puños con impotencia y una silenciosa furia ardió en su alma. ¿Cómo podía haber pasado algo así? ¿Qué estaba haciendo en Glacier Park? ¿Por qué su coche se había salido de la carretera?
    El monitor del corazón pitaba suavemente y de forma constante, aunque eso no le reconfortaba al ver a esa extraña tendida en la cama que se suponía que era su hermanastra. Decenas de recuerdos le recorrieron la mente y aunque en un tiempo, cuando ella nació, había sentido envidia y rencor hacia la única hija de su padre, en el fondo siempre la había querido.
    Randi había sido tan extrovertida y vital… Sus ojos brillaban cuando hacía alguna travesura, su risa era contagiosa, una niña que mostraba sus sentimientos. Sin ninguna malicia y creyendo que tenía todo el derecho a ser el ojito derecho de su padre, Randi Penelope McCafferty había arrasado en la vida. Del mismo modo, se había colado en el corazón de cualquiera con quien se había topado, incluyendo a sus renuentes y malvados hermanastros que habían jurado despreciar al bebé que, según veían sus jóvenes ojos, era la razón por la que sus padres se habían separado de una forma tan amarga.
    Ahora, veintiséis años después, Thorne sentía vergüenza por esa hostilidad que había mostrado. Tenía trece años cuando su hermanastra había cometido la desfachatez de llegar a este mundo, con la cara colorada y llorando. Thorne se había mostrado terriblemente indignado al pensar en su padre y en la joven con la que se había casado y engendrado a esa niña. Y peor todavía era el escándalo que había rodeado la fecha del nacimiento, apenas seis meses después de la segunda boda de J. Randall. Había resultado demasiado humillante pensar en ello y le había supuesto muchas burlas por parte de sus compañeros de clase que, después de haber tenido siempre envidia al nombre, a la riqueza y a la reputación de los McCafferty, le habían encontrado mucha gracia a la situación.
    ¡Vaya! Había pasado mucho tiempo y ahora allí, en esa sala del hospital con pacientes cuya vida pendía de un hilo y con su hermana conectada a máquinas que la ayudaran a sobrevivir, Thorne se sentía un estúpido. Toda la vergüenza que había sentido ante el nacimiento de Randi había desaparecido en el mismo momento en que había contemplado ese pequeño e inocente rostro.
    Al mirar dentro de esa cuna cubierta de encaje en el dormitorio principal del rancho, Thorne se había preparado para odiar al bebé. Después de todo, durante cinco o seis meses ella había sido la fuente de toda su furia y humillación. Pero al instante había quedado atrapado por la pequeña de cabello oscuro y ojos brillantes que no dejaba de agitar los puños. Parecía no querer estar allí, tanto como él había sentido que ella había perturbado su vida. La niña había llorado y montado un jaleo impresionante y el sonido que había salido de su diminuta laringe, como el de un puma herido, le había atravesado el corazón.
    Él había ocultado sus sentimientos, se había reservado la fascinación que sentía por el bebé y se había asegurado de que nadie, y mucho menos sus hermanos y su padre, se enteraran de lo que sentía en realidad por la niña, de que lo había engatusado desde los primeros momentos de su vida.
    Ahora, mientras observaba su dificultosa respiración y se fijaba en los vendajes manchados de sangre que le cubrían su hinchada cara, se sentía como un canalla. Había dejado que se alejara de él, no había mantenido el contacto y ahora allí estaba, indefensa y víctima de un accidente que aún no tenía explicación.
    – Puedes hablar con ella -le dijo una suave y femenina voz y él alzó la vista para ver a Nicole mirándolo con compasión. Esos ojos del color del whisky envejecido y rodeados por unas espesas pestañas parecían mirarlo directamente dentro del alma, al igual que habían hecho cuando él tenía veintidós años y ella apenas diecisiete. ¡Dios! Tenía la sensación de que hubiera pasado toda una vida-. Nadie sabe si puede oírte o no, pero de lo que no hay duda es de que no puede hacerle ningún daño -sus labios se curvaron en una tierna sonrisa de ánimo y aunque él se sentía como un imbécil, asintió, sorprendido no sólo de que ella hubiera madurado hasta convertirse en una mujer hecha y derecha, sino de que fuera médico, ni más ni menos, y un médico que podía tanto gritar órdenes como ofrecer susurros compasivos. ¿Era Nikki Sanders, la chica que casi le había robado el corazón? ¿La única chica que casi lo había convencido de que se quedara en Grand Hope y trabajara en el rancho? Dejarla había sido duro, pero lo había hecho. Había tenido que hacerlo.
    Como si sintiera que tal vez él pudiera necesitar algo de privacidad, Nicole se centró en tomar notas del informe de Randi.
    Thorne desvió la mirada de la curva del cuello de Nikki, aunque no pudo evitar fijarse en ese mechón de cabello dorado que se había soltado del recogido. Tal vez, después de todo, no era tan seria y convencional.
    Tras agarrarse a la fría barra de metal a un lado de la cama de Randi, volvió a concentrarse en su hermana. Se aclaró la garganta.
    – ¿Randi? -susurró a la vez que se sentía como un completo idiota-. Ey, pequeña, ¿puedes oírme? Soy yo. Thorne -tragó con dificultad al verla allí, inmóvil. Unos viejos recuerdos le abordaron la mente en forma de imágenes de un caleidoscopio. Había sido él el que la había encontrado llorando después de haberse caído de la bici cuando aprendía a montar con cinco años. Thorne había vuelto de la universidad para hacer una visita y la había descubierto en el borde del camino, con las rodillas arañadas, las mejillas llenas de polvo y marcadas por las lágrimas y con el orgullo también dañado por no poder desenvolverse con las dos ruedas. Después de llevarla hasta la casa, le había sacudido la arenilla de las rodillas, había arreglado el manillar doblado de la bici y la había ayudado a no caerse de esa maldita bici cada vez que intentaba montar.
    Cuando Randi tenía unos nueve o diez años, Thorne se había pasado una tarde enseñándole a lanzar una pelota de béisbol como un chico. Ella había pasado horas practicando, lanzando esa vieja bola contra una zona del granero hasta que la pintura se había descascarillado.
    Años después, Thorne había regresado a casa una semana y se había encontrado a la chicazo de su hermanastra con un vestido rosa largo y esperando a la cita que la llevaría al baile del último curso. Su pelo, de un vivo color caoba, estaba enrollado en lo alto de la cabeza. Se la veía alta sobre unos zapatos de tacón y desprendía una elegancia y una belleza que le habían impactado. Alrededor del cuello llevaba una cadena de oro con el mismo relicario que J. Randall le había dado a la madre de Randi en el día de su boda. Randi había estado sencillamente imponente. Exuberante. Llena de vida.
    Y ahora estaba allí tendida, sin moverse, inconsciente, con el cuerpo magullado y esforzándose por respirar.
    Nicole volvió a situarse a un lado de la cama. Con delicadeza, dirigió una pequeña linterna a los ojos de Randi y, a continuación, le palpó la muñeca con unos dedos ágiles y profesionales. Unas pequeñas líneas de preocupación aparecieron entre sus cejas intensamente arqueadas y sus dientes superiores quedaron ocultos por el labio inferior como si estuviera muy pensativa. Fue un gesto inconscientemente sexy y él apartó la mirada al instante, indignado por el giro que habían tomado sus pensamientos.
    Por el rabillo del ojo la vio anotando algo en el historial de Randi a la vez que avanzaba hacia la zona central, ocupada por el control desde donde las enfermeras tenían a la vista a todos los pacientes. Unas cortinas verde claro separaban una cama de otra y las enfermeras, con sus zapatos de suela blanda, se movían en silencio entre ellas.
    – ¿Por qué no intentas volver a hablar con ella? -le sugirió en voz baja Nicole, sin apenas mirar hacia él.
    Se sentía muy incómodo. Fuera de lugar. Tan fuerte. Tan sano.
    – Vamos -lo animó, y después se volvió hacia él completamente.
    Los dedos de Thorne se tensaron alrededor de la barra. ¿Qué podía decir? ¿Qué importaba? Se echó hacia delante para acercarse más a la cama donde yacía su hermana.
    – Randi -susurró con una voz que casi se quebró por emociones que tan desesperadamente intentaba reprimir. Le tocó un dedo, pero ella no respondió, no se movió-. ¿Puedes oírme? Bueno, más te vale -¡vaya! Se le daban fatal esas cosas. Movió la mano de modo que sus dedos quedaran entrelazados-. ¿Cómo estás?
    Por supuesto, ella no respondió y mientras el monitor del corazón marcaba un latido constante y reconfortante, deseó haber sido un hermano mejor, haber estado más involucrado en su vida. Notó la suave curvatura de su abdomen bajo la sábana que la cubría. Había estado embarazada. Ahora tenía un hijo. Era una madre de veintiséis años. Y todavía nadie de la familia sabía quién era su pareja.
    – ¿Puedes…? ¿Puedes oírme? Ey, pequeña.
    ¡Era una locura! No iba a responder. No podía. Dudaba que oyera una palabra de lo que le decía, o que sintiera que estaba cerca. Se sentía como un tonto y aun así estaba pegado a ella, con los dedos unidos, como si de algún modo pudiera hacer que parte de su fuerza bruta entrara en el diminuto cuerpo de su hermana, como si por su indómita voluntad pudiera hacerla más fuerte, salvarla.
    Vio que Nicole lo miraba, vio cómo le dijo sin palabras que había llegado el momento de irse.
    Volvió a aclararse la voz, separó su mano de la de Randi y después, con delicadeza, le dio un golpecito en el dedo índice.
    – Sigue adelante, ¿vale? Matt, Slade y yo estamos apoyándote, pequeña, así que da lo mejor de ti. Y ahora tienes un bebé, un niño que te necesita. Te necesita igual que te necesitamos nosotros, cariño -oh. Dios, era imposible. Ridículo. Pero aun así, añadió-: Yo… eh… todos estamos apoyándote y volveré pronto. Te lo prometo -la voz casi se le quebró con la última palabra.
    Randi no se movió y Thorne sintió una quemazón en los ojos que no había sentido desde el día en que se enteró de que su padre había muerto. Se metió las manos en los bolsillos del abrigo, cruzó la habitación y fue atravesando las puertas que se abrían a medida que él se acercaba. Más que verla, sintió a Nicole cuando fue tras él.
    – Dímelo claramente -le pidió Thorne a Nicole mientras caminaban por un pasillo intensamente iluminado y con ventanas que daban al aparcamiento. Fuera estaba tan oscuro que parecía de noche. Unas nubes negras descargaban agua que hacía charcos en el asfalto y goteaba de los pocos árboles plantados cerca del edificio-. ¿Qué posibilidades tiene?
    Nicole, cuyos pasos eran la mitad de largos que los suyos, avanzaba deprisa para alcanzarlo. Logró ponerse a su paso con gesto serio y pensativo.
    – Es joven y fuerte. Tiene tantas posibilidades como cualquiera.
    Un celador pasó por delante de ellos en la otra dirección empujando una silla de ruedas, y un teléfono sonó en alguna parte. El hilo musical competía con el murmullo de las conversaciones y con el traqueteo de los equipos que eran transportados por los pasillos. Cuando llegaron al ascensor, Thorne tocó a Nicole ligeramente en el hombro.-Quiero saber si mi hermana va a superarlo.
    Nicole se sonrojó.
    – No tengo una bola de cristal, Thorne. Entiendo que tus hermanos y tú queráis respuestas precisas y definitivas, pero no las tengo. Es demasiado pronto.
    – ¿Pero vivirá? -preguntó, desesperado por tener algún tipo de consuelo. Él, que siempre lo controlaba todo, estaba dependiendo de las palabras de una pequeña mujer a la que una vez casi había amado.
    – Como ya te he dicho, si no hay complicaciones…
    – Ya te he oído la primera vez que lo has dicho. Sólo quiero que me digas la verdad. Sinceramente. ¿Mi hermana va a superarlo?
    Por un momento pareció que Nicole fuera a arremeter contra él, pero tomó aire y respondió:
    – Creo que sí. Estamos haciendo todo lo posible por ella -como si leyera la preocupación en sus ojos, suspiró y se frotó la nuca. Su rostro se suavizó un poco y él no pudo evitar fijarse en las marcas de tensión que rodeaban su mirada y en la inteligencia que reflejaban esos preciosos ojos color ámbar, y sintió el mismo interés por ella que había experimentado años atrás, cuando Nicole estaba en el último curso del instituto-. Mira, lo siento. No quiero mostrarme evasiva. De verdad -se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja-. Ojalá pudiera decirte que Randi se pondrá bien, que en un par de semanas estará caminando, riendo, volviendo al trabajo, cuidando de su bebé y que todo saldrá bien. Pero no puedo hacerlo. Ha sufrido un gran traumatismo. Tiene órganos internos dañados y huesos rotos. Su conmoción es más que un simple chichón en la cabeza. No voy a mentirte. Si sobrevive, existe la posibilidad de que haya un daño cerebral. Aún no lo sabemos.
    Thorne sintió como si el corazón se detuviera. Había temido por la vida de su hermana, pero en ningún momento había considerado que pudiera sobrevivir para luego vivir con una disminución de sus capacidades mentales. Siempre había sido tan inteligente… «Afilada como una aguja», solía alardear su padre.
    – ¿No debería verla un especialista? -preguntó Thorne.
    – Ya la están viendo varios. El doctor Nimmo es uno de los mejores neurociruja-nos del noroeste. Ya la ha examinado. Suele hacer operaciones fuera del Bitterroot Memorial y justo después de la operación de Randi lo avisaron de que tenía otra urgencia, pero te llamará. Créeme. Tu hermana está recibiendo el mejor cuidado médico que podemos proporcionarle y es tan bueno como el que podrías encontrar tú. Creo que ya hemos tenido esta conversación, así que vas a tener que confiar en mí. ¿Quieres preguntar algo más?
    – Quiero estar al tanto de su estado. Si hay algún cambio, cualquier cambio en su estado o en el de su hijo, espero que contactes conmigo inmediatamente -sacó una tarjeta de visita de su cartera de suave piel-. Este es mi número del trabajo y éste… -se sacó un bolígrafo del bolsillo del pecho de la chaqueta y garabateó otro número por detrás de la tarjeta- es el número del rancho. Estaré allí -le dio la tarjeta y la vio alzar una de sus cejas finamente arqueadas.
    – Esperas que contacte contigo. Yo, personalmente.
    – Te… te lo agradecería -dijo y le tocó un hombro. Ella bajó la vista hacia su mano y unas pequeñas líneas se concentraron entre sus cejas-. Como favor personal.
    Nicole apretó los labios y sus mejillas se tiñeron.
    – ¿Porque en un momento estuvimos muy unidos? -preguntó, y apartó el hombro.
    Él dejó caer la mano.
    – Porque te importa. No conozco al resto de personal y estoy seguro de que son buenos, que todos son buenos médicos, pero sé que puedo confiar en ti.
    – No me conoces en absoluto.
    – Una vez lo hice.
    Ella tragó saliva.
    – Vamos a dejar eso de lado, pero está bien… te mantendré informado.
    – Gracias -le ofreció una sonrisa y ella volteó los ojos.
    – No intentes engatusarme con tanta zalamería, Thorne, ¿de acuerdo? Te lo contaré todo, pero ni por un minuto intentes aprovecharte de mi compasión. Y, para asegurarme de que te queda claro, te diré que no estoy haciendo esto por los viejos tiempos ni por nada tan nostálgico ni sensiblero, ¿vale? Si hay algún cambio, te informaré inmediatamente.
    – Y yo me pondré en contacto contigo.
    – No soy su doctora, Thorne.
    – Pero estarás aquí.
    – La mayor parte del tiempo. Ahora, si me disculpas, tengo que irme -comenzó a darse la vuelta, pero él la agarró por el codo, sus dedos rodeaban con fuerza la almidonada bata blanca.
    – Gracias, Nikki -dijo, y para su sorpresa, ella se sonrojó, un profundo tono rosado tiñó sus mejillas.
    – No pasa nada. Es parte de mi trabajo -respondió, después lo miró a los dedos y se apartó.
    Desapareció por una puerta que tenía un letrero que decía Sólo Personal. Thorne vio la puerta cerrarse tras ella y luchó contra el impulso de ignorar la advertencia y seguirla. El porqué era algo que no podía imaginar. No había nada más que decir, la conversación había terminado, pero al guardarse la cartera en el bolsillo, sintió una estúpida necesidad de volver a tener contacto con ella, de volver a tener contacto con su pasado. Tenía decenas de preguntas que hacerle y probablemente jamás le formularía ninguna. «Tonto», farfulló para sí, y comenzó a sentir un palpitante dolor de cabeza. Nicole Stevenson era médico del hospital, nada más. Y tenía su número. Se lo había dejado bien claro.
    Sí, era una mujer, una bella mujer, una mujer inteligente, una mujer con la que había hecho el amor una vez, pero su relación hacía mucho tiempo que había acabado.
    «Y además podría estar casada, idiota. Ahora se llama Stevenson, ¿es que no te acuerdas?».
    Pero se había fijado en su dedo anular y no tenía nada. Por qué se había molestado en mirar era algo que no entendía, que no quería comprender. Pero le gustaba saber que ya no era la esposa de otro hombre.Aunque de todos modos, era como si estuviese prohibida. Punto. Era una mujer complicada y seductora.
    Entró en el ascensor, pulsó el botón de la planta de maternidad e intentó deshacerse de todos los pensamientos que giraban en torno a Nikki Sanders, o mejor dicho, la doctora Nicole Stevenson.
    Pero no funcionó, al igual que no había funcionado años antes, cuando la había dejado sin darle ninguna explicación. ¿Cómo podría haber explicado que la había dejado porque quedarse en Grand Hope, estar cerca de ella, acariciarla y amarla hacía que su marcha fuera mucho más dura? Se había marchado porque sentía que si se quedaba más tiempo nunca tendría el valor de alejarse de ella, que nunca saldría al mundo para demostrarse a sí mismo y a su padre que podía ser alguien y dejar huella.
    – ¡Maldita sea! -exclamó. Había sido un idiota y había dejado escapar a la única mujer que se había aproximado a tocar una parte de su ser que él no sabía que existiera: esa nebulosa esencia que era su alma. De eso se había dado cuenta unos años después, pero Thorne nunca había sido un hombre que mirara atrás y se pensara dos veces las cosas. Se había dicho que algún día llegaría otra mujer… cuando él estuviera preparado.
    Pero por supuesto nunca la había encontrado.
    Y ni siquiera se había preocupado por ello hasta que había vuelto a ver a Nikki Sanders y había recordado cómo era besarla. En ese momento la frase «¿Y si…?» se había colado en su mente. Si se hubiera quedado junto a ella, si se hubiera casado con ella, su padre no se habría ido a la tumba sin nietos.
    – Déjalo ya -se ordenó con brusquedad.

    Nicole resopló mientras recorría ese laberinto que era el hospital St. James. Aún estaba nerviosa e impactada. Acostumbrada a tratar con familiares nerviosos y a veces incluso llorando, no se había esperado tener una reacción tan intensa y perturbadora ante Thorne McCafferty.
    – Es sólo un hombre -refunfuñó y comenzó a bajar las escaleras-. Eso es todo.
    Sin embargo, se relacionaba con hombres todos los días de la semana. De todas las clases y de todos los ámbitos de la vida y ninguno de ellos había llegado a provocarle esa respuesta.
    ¿Era porque había sido su primer amor? ¿Porque casi le había roto el corazón? ¿Porque la abandonó, y no por otra mujer, no porque tuviera una buena razón, sino porque ella no significaba lo suficiente para él?
    – Imbécil -murmuró al empujar la puerta de la planta donde se encontraba su despacho.
    – ¿Cómo dice? -le preguntó un celador que pasaba por el pasillo.
    – Nada. Estaba hablando sola -le dirigió al hombre una sonrisa avergonzada y continuó hasta su despacho, donde se dejó caer en la silla y se quedó mirando a la pantalla del ordenador.
    Las anotaciones que le habían llenado la cabeza una hora antes parecían haberse esfumado y no podía sacarse de la cabeza a Thorne. En su tonta y femenina mente lo vio con la claridad de unos ojos jóvenes y llenos de amor. ¡Oh! Lo había adorado. Era mayor, sofisticado, rico. Uno de los McCafferty, chicos malos todos ellos, famosos por mujeriegos, por fumar, por beber y en general por haber armado buenos líos cuando eran jóvenes.
    Guapo, arrogante y algo chulo, Thorne había encontrado fácil acceso a su ingenuo corazón. Nicole, la única hija de una pobre mujer trabajadora que buscaba la perfección y que era muy exigente, a los diecisiete se había vuelto una chica algo rebelde. Y entonces se había topado con Thorne.
    Se había enamorado de él como una tonta y prácticamente había puesto todos sus sueños y esperanzas en el libertino universitario.
    Se apartó de un soplido el flequillo de los ojos y sacudió la cabeza para deshacerse de esos viejos, dolorosos y humillantes recuerdos. Era tan joven, tan petulante e inmadura… y había quedado atrapada en una fantasía romántica con el candidato menos indicado para una relación a largo plazo.
    – Ni siquiera lo pienses -se recordó.
    Movió el ratón y observó la pantalla mientras recordaba haber hecho el amor con él bajo el cielo de Montana repleto de estrellas. El cuerpo de Thorne había sido joven, musculoso, duro y resplandeciente de sudor. Sus ojos plateados por el brillo de la luna, su pelo alborotado…
    Y ahora era un empresario célebre.
    Como Paul. Se miró las manos y quedó aliviada al ver que el surco que durante un tiempo había formado su anillo de boda había desaparecido en los dos últimos años. Paul Stevenson había ascendido en el mundo empresarial tan deprisa que se había desentendido de su esposa y de sus hijas.
    Sospechaba que Thorne no era muy diferente.
    Cuando había vuelto a Grand Hope un año antes, se había enterado de que la familia de Thorne seguía por allí, pero se había imaginado que él se habría marchado hacía tiempo y no había esperado encontrárselo cara a cara. Según los rumores que circulaban por Grand Hope como incesantes torbellinos y remolinos, Thorne había terminado la carrera de Derecho, después se había unido a una compañía de Missoula, luego se había mudado a California y finalmente se había instalado en Denver como presidente de una multinacional. Nunca se había casado, no tenía hijos, que se supiera, y a lo largo de los años se había relacionado con varias mujeres bellas, ricas y obsesionadas con el trabajo, ninguna de las cuales había durado colgada de su brazo lo suficiente antes de ser reemplazada por la siguiente.
    Sí. Thorne se parecía mucho a Paul.
    «Con la diferencia de que todavía te sientes atraída por él, ¿verdad? Una sola mirada, y tu crédulo corazón ha comenzado a golpetear otra vez».
    – ¡Ya vale! -intentó concentrarse.
    Esa no era ella. Se la conocía por ser una persona muy centrada cuando se trataba del trabajo o de sus hijas y la distracción que suponía Thorne McCafferty era más que desconcertante. No podía, no volvería a ser la víctima de sus insidiosos encantos. Con una convicción renovada, ignoró cualquier pensamiento sobre Thorne que pudiera perdurar y se soltó el recogido del pelo. Sin duda tendría que volver a verlo y eso hizo que el corazón le diera un vuelco.
    – Genial -se dijo mientras se peinaba con los dedos-. Genial.

    En ese momento, tener que ver a Thorne le parecía un desafío insalvable.
    Veinte minutos después Thorne seguía recuperándose de la bronca que le había echado una enfermera de constitución rotunda y fuerte carácter; le había permitido ver rápidamente al bebé de Randi para luego sacarlo corriendo de la Unidad de Cuidados Intensivos de pediatría. Thorne se había asomado a través de un grueso cristal para ver la espaciosa habitación en la que dos recién nacidos dormían en cunas de plástico. El niño de su hermana estaba tendido bajo unas lámparas, con una mata de pelo rubio rojizo de punta y moviendo ligeramente sus diminutos labios a la vez que respiraba. Para su gran sorpresa, Thorne había sentido una inesperada reacción en el corazón e instantáneamente se había dado cuenta de que la idiotez era algo característico de la familia McCafferty. Pero era inevitable porque al bebé se lo veía pequeño, inocente e ignoraba todo el revuelo que había causado.
    Al salir de pediatría, se preguntó por el padre del niño. ¿Quién era? ¿No debería ponerse en contacto con él? ¿Estaba Randi enamorada de él? ¿O… les había ocultado a sus hermanos el embarazo y el hecho de que estuviera saliendo con alguien por alguna razón?
    Eso le daba igual, descubriría quién era el padre del niño aunque ello le costara la vida. Y no podía quedarse sentado a la espera de que Randi se recuperara. No, había muchas cosas por hacer. Con las manos metidas en los bolsillos, bajó un tramo de escaleras hasta el primer piso.
    – Piensa -se ordenó y un plan comenzó a tomar forma en su cabeza.
    Primero tenía que asegurarse de que tanto Randi como su hijo iban a recuperarse y después contrataría a un detective privado para investigar la vida de su hermana. A pesar de no sentirse cómodo con la idea de espiar en la vida de Randi, sabía que no le quedaba otra opción. En el estado en que se encontraba, no podía ni ayudarse a sí misma, ni cuidar a su hijo.
    Thorne tendría que localizar al padre, hablar con él y crear un fideicomiso para el niño.
    Planeando cómo ocuparse de la situación de su hermana, empujó con el hombro la puerta que daba al aparcamiento. Fuera, el viento soplaba con furia. Unas gotas de agua frías como el hielo caían de un sombrío cielo. Se subió el cuello del abrigo y encogió la cabeza. Esquivando los charcos, caminó hasta su coche, una camioneta Ford que solía estar aparcada en la pista de aterrizaje del rancho.
    Y entonces la vio.
    Con el maletín cubriéndole la cabeza, la doctora Stevenson, Nikki Sanders una vez, corría hacia un todoterreno blanco aparcado en una plaza cercana.
    La lluvia le recorría el cuello y le goteaba de la nariz mientras la observaba. Ya no tenía el pelo recogido, sino que se movía al viento. Había sustituido su bata blanca por una chaqueta de cuero larga ceñida a la cintura.
    Sin pensarlo, cruzó el aparcamiento encharcado.
    – ¡Nikki!
    Ella miró hacia arriba y él se quedó atónito.
    – Oh, Thorne -con gotas de lluvia en las pestañas y su cabello rubio cayéndole en suaves mechones sobre la cara, se la veía más preciosa de lo que recordaba. Unas gotas se deslizaron sobre sus esculpidos pómulos en dirección a su pequeña boca con gesto de sorpresa.
    Se le ocurrió besarla, pero al instante desechó ese ridículo pensamiento.
    Ella metió la llave en la puerta del todoterreno.
    – ¿Qué haces merodeando por aquí?
    – A lo mejor estaba esperándote -respondió él de manera automática, más bien flirteando con ella. Por el amor de Dios, pero ¿qué le había pasado?
    Un lado de la boca de Nicole se alzó en un gesto de sarcasmo.
    – Vuelve a intentarlo.
    – Vale, a ver qué te parece esto. Acabo de estar viendo a esa enfermera enorme de pediatría y me ha sacado de allí por la oreja.
    – ¿Así que alguien te ha intimidado? -Nicole enarcó una ceja con incredulidad-. No me lo creo -si había estado bromeando con él, sin duda se lo pensó mejor y borró su sonrisa. Abrió la puerta y el interior del vehículo se iluminó-. Bueno… ¿querías algo?
    «A ti», pensó Thorne, aunque al momento se reprendió. ¿Pero en qué estaba pensando? Lo que habían compartido una vez ya se había acabado.
    – No he apuntado tu número de casa.
    – No te lo he dado.
    – ¿Por tu marido?
    – ¿Qué? No -sacudió la cabeza-. No hay ningún marido, ya no -estaba de pie, entre el coche y la puerta abierta, esperando y con el pelo oscureciéndosele por la lluvia. A Thorne se le aceleró el corazón. ¡Estaba soltera!-. Puedes encontrarme aquí. Si es una emergencia, el hospital se pondrá en contacto conmigo.
    – Me sentiría mejor si pudiera…
    – Mira, Thorne, entiendo que eres un hombre acostumbrado a salirse con la suya, a estar al mando de todo, pero en esta ocasión no puedes hacerlo, ¿vale? Al menos no conmigo, ya no, ni tampoco con el hospital. Así que, si eso es todo, tendrás que disculparme -sus ojos no tenían un ápice de calidez y sin embargo, sus labios, humedecidos por el agua de la lluvia, suplicaban un beso.
    Y, ¡maldita sea!, él reaccionó ante ellos. A pesar de saber que probablemente lo abofetearía, la agarró, acercó su cuerpo al suyo y agachó la cabeza de modo que sus labios quedaron suspendidos sobre los de ella.
    – Vale, Nikki, te disculpo -y entonces la besó y sintió una breve resistencia antes de que ella separara los labios y sus alientos se fundieran mientras la lluvia los empapaba. El aroma de su perfume lo provocó y su mente quedó invadida por recuerdos de los dos haciendo el amor. En aquel momento ella había respondido ante él tal y como lo estaba haciendo ahora. Thorne se perdió en ella y unas viejas emociones se escaparon del lugar donde hacía tiempo las había encerrado. Con un gemido, la besó con más fuerza, con más intensidad, rodeándola fuertemente con los brazos.
    El cuerpo de Nicole al completo se tensó y apartó la cabeza como si algo la hubiera quemado.
    – No -le advirtió, con voz ronca y labios temblorosos. Tragó saliva, no sin dificultad, y se echó hacia atrás para mirarlo-. Nunca vuelvas a hacer esto. Esto… -alzó una mano que dejó caer otra vez- está fuera de lugar… y es completamente… completamente inapropiado.
    – Completamente -asintió él, aunque sin soltarla.
    – Lo digo en serio, Thorne.
    – ¿Por qué? ¿Porque te doy miedo?
    – Porque lo que fuera que tú y yo compartimos ya está acabado.
    Él alzó una ceja con gesto de duda mientras el agua se deslizaba por su cara.
    – ¿Entonces por qué…?
    – ¡Acabado! -Nicole entrecerró los ojos y se liberó de su abrazo.
    A pesar de que lo único que él quería era volver a tenerla cerca, la dejó ir y sofocó el fuego que irrumpió con fuerza en su sangre, la palpitante lujuria que había estallado en su cerebro y le había provocado un ardiente calor en la entrepierna.
    – No sé qué te ha pasado en los últimos diecisiete años, pero créeme, deberías dar unas cuantas clases de sutileza -le dijo ella.
    – ¿Sí? A lo mejor tú podrías dármelas.
    – ¿Yo? -Nicole dejó escapar una suave carcajada-. Vale. Pues espera sentado.
    Se metió en el interior del coche y alargó la mano hacia el tirador de la puerta, pero antes de que pudiera cerrarla, Thorne le dijo:
    – Vale, a lo mejor me he pasado.
    – ¿Sí? ¿Tú crees?
    – Lo sé.
    – Vale, entonces no volverá a pasar -metió la llave en el contacto, farfulló algo sobre hombres engreídos, giró la muñeca y le lanzó una mirada que pretendía hacerle daño. El motor del todoterreno se encendió, pero al instante se apagó-. No me hagas esto -dijo, y Thorne se preguntó si estaba hablando con él o con su coche-. No me hagas esto -volvió a girar la llave, pero el motor no respondió-. ¡Maldita sea!
    – Si necesitas que te lleve…
    – Arrancará. Últimamente tiene mucho carácter.
    – Como su dueña.
    – Si tú lo dices -respiró hondo, se abrochó el cinturón de seguridad y agarró el tirador de la puerta-. Buenas noches, Thorne -cerró la puerta, volvió a girar la llave y finalmente el coche rugió lleno de vida. Sin dejar de pisar el pedal del acelerador, bajó la ventanilla-. Te llamaré si el estado de tu hermana cambia -y con eso salió del aparcamiento dejándolo allí, viendo cómo se alejaban las luces traseras y mentalmente abatido.
    Había sido tonto al tomarla entre sus brazos.
    Pero aun así, sabía que volvería a hacerlo. Cuando se presentara la más mínima oportunidad.
    Sí, lo haría sin pensarlo.

Tres

    – Que Dios me ayude -susurró Nicole intentando comprender por qué demonios Thorne la había abrazado de ese modo, y lo peor de todo, por qué no lo había detenido.
    «Porque querías que lo hiciera, tonta».
    Al salir del aparcamiento, miró por el retrovisor y lo vio allí de pie. Ese hombre alto, ancho de hombros, con la cabeza descubierta y la lluvia goteándole por la nariz y por el dobladillo del abrigo, la estaba viendo marchar.
    – Sinvergüenza engreído -murmuró al poner el intermitente e incorporarse al ligero tráfico. Deseaba que Thorne Todopoderoso McCafferty se calara hasta los huesos. Aumentó la velocidad de los limpiaparabrisas. ¿Quién era él para avasallarla de ese modo, para cuestionar su integridad y la del hospital y para después tener el descaro y la arrogancia de agarrarla como si fuera una boba débil e ilusa?
    «¿Te refieres a la chica que eras antes, a la misma que él recuerda?».
    Se sonrojó y sus dedos se aferraron con fuerza al volante. Había trabajado mucho durante años para superar su timidez, para convertirse en la doctora de urgencias segura de sí misma y erudita que era hoy y Thorne McCafferty parecía dispuesto a cambiar eso. Pues bien, no le dejaría. De ningún modo. Ya no era la jovencita a la que había abandonado hacía tantos años… su corazón roto se había recuperado.
    Tras pisar el freno para detenerse en un semáforo, puso la radio y fue cambiando de emisora hasta que oyó una melodía que le resultó familiar, Whitney Houston cantando un tema que debería recordar, e intentó calmarse. No entendía por qué había dejado que Thorne se acercara tanto a ella.
    Giró el volante y entró en una calle lateral para ver unas luces de neón y la fachada al estilo del oeste de la Pizzeria Montana Joe.
    Entró en el aparcamiento, corrió adentro y esperó tras otros cinco o seis clientes cuyos chubasqueros, parkas y cazadoras de esquí chorreaban agua sobre el suelo de baldosas delante del mostrador. Se oía el sonido del fuego de la chimenea situada en una esquina de la sala dividida en distintas zonas. Picos y palas y otros objetos de mineros colgaban de las paredes de cedro y en una esquina, Montana Joe, un bisonte disecado, miraba a través de sus ojos de cristal a los clientes que estaban escuchando el último éxito de Garth Brooks a la vez que bebían cerveza y tomaban un pedazo de pizza caliente elaborada con la salsa de tomate «secreta» de Joe.
    Mientras guardaba cola y miraba en su monedero para ver cuánto dinero llevaba suelto, no pudo evitar oír algunas de las conversaciones de los otros clientes. Dos hombres delante de ella estaban hablando sobre el partido de rugby del instituto del pasado viernes. Al parecer los Glotones de Grand Hope fueron vencidos por un rival en una ciudad cercana aunque hubo algunas discusiones por algunas de las decisiones tomadas durante el partido. Típico.
    Otras conversaciones sonaron a su alrededor y oyó el nombre McCafferty más de lo que hubiera querido.
    «Terrible accidente… hermanastra, y ¿sabes?… embarazada, pero no se sabe nada ni de un padre ni de un marido… Siempre hubo mucho resentimiento en esa familia… Lo que se siembra se cosecha, te lo aseguro…».
    Nicole levantó una carta del mostrador y desvió la atención de los cotilleos que se arremolinaban a su alrededor. Aunque Grand Hope había crecido a pasos agigantados en los últimos años y se había convertido en una metrópolis importante tratándose de Montana, en su esencia seguía siendo una ciudad pequeña donde muchos de los ciudadanos se conocían. Hizo su pedido, se situó cerca de la máquina de discos y escuchó tres o cuatro canciones, entre ellas una de Patsy Cline y otra de Wynona Judd. Después, cuando dijeron su nombre, recogió su pizza y se negó a pensar en ningún miembro de la familia McCafferty, especialmente en Thorne. Estaba prohibido. Punto.
    La razón por las que había respondido a su beso era simple: hacía cerca de dos años que no besaba a un hombre y al menos cinco desde que había sentido una mínima chispa de pasión. Ni siquiera quería pensar en todo el tiempo que había pasado desde la última vez que el deseo la había consumido; ese pensamiento en particular la arrastraba hasta un camino que no quería recorrer, un camino que la llevaba de vuelta a su juventud y a Thorne. Ahora mismo era vulnerable, eso era todo. Nada más. No tenía nada que ver con la química entre los dos. Nada.
    Cuando estuvo de nuevo en su todoterreno, giró la llave y el motor se negó a arrancar.
    – Vamos, vamos -farfulló. Volvió a intentarlo mientras por dentro se reprendía por no haber llevado el coche al taller para su revisión-. Puedes hacerlo -y finalmente, en el último intento, el motor arrancó-. Mañana -prometió mientras daba unas palmaditas sobre el salpicadero como si estuviera animando al coche, como si eso fuera de ayuda-. Te llevaré al taller. Lo prometo.
    De nuevo en la carretera, condujo por las calles laterales hasta su casita en las afueras de la ciudad. El estómago le rugía a medida que los penetrantes aromas del queso fundido y de la salsa picante llenaban el interior del coche, y en ese momento su mente volvió a Thorne y a la sensación de tener sus labios sobre los suyos. Él era todo lo que detestaba en un hombre: arrogante, competitivo, que siempre quería controlarlo todo y resuelto; la clase de hombre que había intentado evitar como a la peste. Pero bajo su capa de orgullo y su complejo de superioridad, había captado rasgos de un hombre mas complejo, de un alma más delicada que se desmoronaba al hablar con su hermana en coma. Había intentado comunicarse con Randi, con la nuca colorada por la vergüenza y sus ojos color acero guardando un crudo dolor por el estado de su hermana… como si de algún modo se culpara por el accidente.
    – No intentes ver más de lo que hay -se advirtió justo en el momento en el que giró hacia la entrada de su casa. Se detuvo frente al garaje y se anotó mentalmente que además de ayudar en la guardería, las clases de baile de las gemelas, la casa y la compra, debería llamar a un reparador de tejados.
    Haciendo malabarismos con el maletín y la caja de la pizza, corrió hasta el porche trasero y logró abrir la puerta con la llave para luego empujarla con la cadera y entrar.
    Parches, su gato negro y blanco, pasó por delante como un rayo y Nicole casi se tropezó con él. Unos diminutos pasos resonaron con fuerza por toda la casa.
    – ¡Mami, mami, mami! -gritaron las gemelas, que irrumpieron en la cocina deslizándose sobre el linóleo amarillo mientras el gato corría hacia el pasillo de las habitaciones. Molly y Mindy llevaban unas pantuflas idénticas rosas y blancas. Tenían el pelo mojado y caía en rizos color castaño oscuro alrededor de sus rostros angelicales y de sus brillantes ojos marrones.
    Nicole dejó la pizza sobre la encimera, se arrodilló y abrió los brazos. Los diablillos de cuatro años casi se cayeron encima de ella.
    – ¿Me habéis echado de menos? -preguntó a las niñas.
    – Sí -respondió Mindy tímidamente a la vez que asentía con la cabeza y sonreía.
    – ¿Traes pizza? -preguntó Molly-. Me muero de hambre.
    – Claro que sí. Mucha -plantó besos en sus cabezas mojadas, se puso de pie, se quitó la chaqueta y la colgó en un diminuto armario que había al lado del comedor.
    Jenny Riley apareció en el arco que separaba la cocina de esa habitación. Alta y es-belta, con un pelo negro largo y liso y un pendiente en la nariz, la chica de veinte años había sido la niñera de las gemelas desde que Nicole se había mudado a Grand Hope.
    – ¿Qué tal ha ido el día? -le preguntó Nicole.
    – Tan espantoso como siempre -respondió Jenny, sus ojos verdes brillantes.
    – ¡No! -dijo Molly plantando sus pequeños puños sobre las caderas-. Habernos sido buenas.
    – «Hemos» -la corrigió Nicole-. «Hemos sido buenas».
    – Sí -dijo Mindy dándole la razón a su espabilada hermana-. Muy buenas.
    Jenny se rió y se agachó para abrocharse los cordones de sus zapatillas deportivas.
    – Ah, vale, he mentido -admitió-. Habéis sido buenas. Las dos. Muy buenas.
    – ¡Mentir no está bien! -dijo Molly sacudiendo sus rizos.
    – Lo sé, lo sé, no volveré a hacerlo -prometió Jenny. Se levantó y se echó el bolso al hombro.
    – ¿Quieres pizza? -le ofreció Nicole. Con los dedos y una espátula que había tomado de un gancho colocado sobre la cocina, colocó unas calientes porciones de pizza en unos platos. Las chicas se sentaron. Nicole lamió el queso fundido que le había caído entre los dedos y miró a Jenny.
    – No, gracias. Mamá está esperándome para cenar y… -guiñó un ojo- después tengo una cita.
    – Oooh -exclamó Nicole, que seguía relamiendo el queso que tenía entre los dedos-. ¿Alguien que yo conozca?
    – No, a menos que conozcas a vaqueros de veintidós años.
    – Sólo en urgencias. Los he atendido de vez en cuando.
    – A éste no -dijo Jenny con una amplia sonrisa y un ligero rubor.
    – Cuéntame un poco más.
    – Se llama Adam. Trabaja en el rancho McCafferty y… bueno, ya te contaré algo más.
    El buen humor de Nicole se esfumó ante la mención de los McCafferty. Al parecer ese día no podía evitarlos ni por un minuto.
    – Tengo que irme corriendo -dijo Jenny mientras Molly quitaba lonchas de pepperoni de la porción de pizza de su hermana.
    Mindy lanzó un grito que podría haber despertado a los muertos de todos los cementerios del condado.
    – ¡No! -gritó-. jMaaaami!
    Sonriendo, Molly sostuvo sobre su boca abierta todas las lonchas de pepperoni robado antes de dejarlas caer dentro. Regodeándose, las masticó delante de su hermana.
    – Me voy -dijo Jenny y salió por la puerta mientras Nicole intentaba solucionar el problema y Parches, que salió del pasillo, saltaba sobre la encimera, al lado del microondas.
    – ¡Abajo! -gritó Nicole, dando una palmada. El gato saltó al suelo y corrió al salón-. Parece que hoy todo el mundo está rebelde -centró la atención en las gemelas y señaló a Molly-. No toques la comida de tu hermana.
    – No se la está comiendo -protestó Molly mientras masticaba.
    – ¡Sí que como! -unas grandes lágrimas se deslizaron por la cara de Mindy.
    – Pero es suya y…
    – Hay que compartir. Tú lo dices.
    – Pero no la comida… bueno, no ahora. Sabes muy bien a qué me refiero. Venga, aquí no ha pasado nada -quitó unas lonchas de pepperoni de otra porción de pizza y las colocó en el pedazo a medio comer que había sobre el plato de Mindy-. Como nueva.
    Pero el daño ya estaba hecho y durante el rato que duró la cena, Mindy no dejó de sollozar y de señalar a su gemela con un dedo inquisidor.
    – ¡Mala!
    Molly sacudió la cabeza.
    – No soy mala.
    Nicole le lanzó una mirada a su parlanchina hija para hacerla callar, después levantó a Mindy en brazos y la consoló mientras iba hacia el pasillo susurrándole al oído:
    – Vamos, chica grande, a lavarte los dientes y a la cama.
    – No quiero… -se quejó Mindy y Molly se rió socarronamente antes de darse cuenta de que se había quedado sola. Rápidamente bajó de la silla y corrió tras Nicole y su hermana.
    En el baño, la pelea quedó olvidada, las lágrimas se secaron y los dientes de las gemelas quedaron limpios. A la vez que la pizza se enfriaba y la mozzarella se quedaba sólida, Nicole y las niñas pasaron los siguientes veinte minutos acurrucadas bajo un edredón en la vieja mecedora de su abuela. Les leyó dos cuentos que ya habían oído una decena de veces antes. Los ojos de Mindy se cerraron inmediatamente mientras que Molly, la luchadora, se resistía a dormir, aunque lo hizo sólo unos minutos después.
    Por primera vez en todo el día, Nicole sintió algo de paz. Observó el fuego que Jenny había encendido. Unas ascuas casi extinguidas y unos pedazos de carbón brillante eran todo lo que quedaba para iluminar el pequeño salón con tonos dorados y rojos. Tarareando, meció la silla hasta quedar también casi dormida.
    Tras levantarse con dificultad, logró llevar a las niñas a su dormitorio y las metió en las camas. Mindy bostezó y se dio la vuelta a la vez que, de manera instintiva, se llevaba el pulgar a la boca. Molly parpadeó dos veces y dijo:
    – Te quiero, mami -después se quedó dormida otra vez.
    – Yo también, cariño, yo también -las besó a las dos, olió el aroma del champú y de los polvos de talco y fue hacia la puerta sin hacer ruido.
    Molly suspiró fuertemente. Mindy se relamió sus diminutos labios y, con los brazos cruzados, Nicole se apoyó en el marco de la puerta.
    Las palabras de su marido retumbaron por su mente: «Nunca podrás hacerlo sola».
    «Bien, Paul», pensaba ella ahora, «pero no estoy sola. Tengo a las niñas. Y voy a hacerlo. Yo sola».
    Cada minuto de aquel doloroso y maldito matrimonio había merecido la pena porque tenía a las niñas. Eran una familia, tal vez no una de esas típicas y tradicionales de las series de televisión de los años cincuenta, pero una familia al fin y al cabo.
    Pensó en el bebé de Randi, que estaba en la maternidad, sin su padre y con su madre en coma, y se preguntó qué sería del pequeño.
    «Pero el bebé tiene a Thorne, a Matt y a Slade». Entre los tres, no había duda de que el niño recibiría cuidados. Cada uno de los hermanos McCafferty parecía interesarse por el bebé, pero todos ellos eran solteros.
    – Eso no importa -se recordó y miró a la calle donde la lluvia estaba cayendo por las canaletas y golpeando la ventana. Volvió a pensar en Thorne, en su beso, y se dio cuenta de que tenía que evitar estar a solas con él. Su relación no podía pasar de lo profesional porque sabía por experiencia que Thorne podía traerle problemas.
    Grandes problemas.

    Estaba cometiendo un error de increíbles proporciones y lo sabía, pero no podía evitarlo. Mientras conducía por las calles de la ciudad y se maravillaba de cómo había crecido, Thorne había decidido volver a ver a Nikki antes de regresar al rancho. Probablemente lo echaría de casa, y no la culparía, pero tenía que volver a verla.
    Después de verla salir del aparcamiento tras su último enfrentamiento, había vuelto al hospital, se había tomado una taza de café amargo en la cafetería y había intentado localizar a cualquier doctor que pudiera estar relacionado de alguna forma con Randi y el bebé. No había tenido suerte con la mayoría, les había dejado mensajes en sus contestadores y después de hablar con una enfermera de pediatría y con otra de la UCI, había llamado al rancho. Le había dicho a Slade que volvería pronto y después se había detenido en la tienda de regalos situada en el vestíbulo del hospital, había comprado una rosa blanca y, tras encoger los hombros para protegerse de la lluvia, había salido corriendo hacia la camioneta.
    – Esto es una locura -se dijo al cruzar un puente en dirección a la calle que había encontrado en la agenda cuando había telefoneado a los otros médicos. Preparándose para un recibimiento virulento, aparcó delante de la casita, agarró la flor y bajó del coche.
    Corrió por el camino de cemento y, antes de poder cambiar de idea, presionó el botón del timbre. ¡Se había visto en situaciones más difíciles que ésa! Oyó ruido dentro, el sonido de unas pisadas. La luz del porche se encendió y vio los ojos de Nicole asomarse por una de las tres pequeñas ventanas que tenía la puerta. Un momento después, desaparecieron, seguramente porque ella ya no estaba de puntillas.
    Se oyeron los cerrojos, la puerta se abrió y allí apareció, envuelta en una suave bata blanca.
    – ¿Puedo hacer algo por ti? -preguntó con gesto serio. Sus ojos se movieron desde su cara hasta la flor que llevaba en la mano.
    Él estuvo a punto de reírse.
    – Ya sabes, en su momento me ha parecido una buena idea, pero ahora… ahora me siento como un completo imbécil.
    – ¿Por qué…? -de nuevo esa altanera ceja.
    – Porque pensaba que te debía una disculpa por el modo en que me he comportado antes.
    – ¿En el aparcamiento?
    – Y en el hospital.
    – Estabas disgustado. No te preocupes.
    – Pero, como te he dicho antes, me he pasado de la raya y me gustaría compensártelo.
    Ella alzó la barbilla.
    – ¿Compensármelo? ¿Con… eso? -preguntó señalando con un dedo a la rosa.
    – Para empezar -le entregó la flor y creyó ver, bajo esa dura pose, el reflejo de una emoción profunda. Ella aceptó la flor, se la llevó a la nariz y suspiró.
    – Gracias. Es suficiente… no era necesario.
    – No, creo que mereces una explicación.
    Nicole volvió a ponerse tensa.
    – Ha sido sólo un beso. Sobreviviré.
    – Me refiero al pasado.
    – ¡No! -fue rotunda-. Mira, olvidémoslo, ¿vale? Ha sido un día largo, para los dos. Gracias por la flor y por la disculpa. Es… es muy amable por tu parte, pero creo que lo mejor sería… para todos, incluso para tu hermana y para su bebé… que fingiéramos que entre nosotros nunca pasó nada.
    – ¿Puedes hacerlo?
    – S… sí. Claro.
    Thorne no pudo evitar que un lado de su boca se alzara.
    – Mentirosa -dijo.
    Nicole casi dio un paso atrás. ¿Quién era él para ir a su casa y…? «¿Y qué? ¿Disculparse? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Por qué no le dices que pase y le ofreces una taza de café o una copa?».
    – ¡No!
    – ¿No eres una mentirosa?
    – No por lo general -respondió, un poco recuperada. Sintió la solapa de su bata abrirse y le costó un gran esfuerzo no sujetarla y cerrarla como si fuera una virgen tonta y asustada-. Pero tú pareces sacar lo peor de mí.
    – Lo mismo digo -se inclinó hacia delante y, aunque ella pensó que iba a volver a besarla, Thorne rozó su boca contra su mejilla con la más breve de las caricias-. Buenas noches, doctora -susurró, se dio la vuelta, bajó por las escaleras del porche y corrió bajo la lluvia.
    Nicole se quedó rodeada por el brillo de la lámpara del porche, con los dedos alrededor del tallo de la rosa y viéndolo alejarse en su camioneta. Tras obligarse a entrar, cerró la puerta y echó los cerrojos. No sabía qué estaba ocurriendo, pero estaba segura de que no sería bueno.
    No podía volver a tener nada con Thorne. De ningún modo. A decir verdad, tiraría la rosa a la basura en ese mismo instante. Fue a la cocina, abrió el armario que había debajo de la pila, sacó el cubo de la basura y dudó. ¡Qué infantil! Thorne sólo intentaba disculparse, nada más. Se tocó la mejilla y puso la rosa en un pequeño jarrón, segura de que la flor se burlaría de ella durante toda la semana.
    – No dejes que llegue a tu corazón-se advirtió, pero tuvo la fatalista sensación de que ya era demasiado tarde. Eso ya lo había hecho mucho tiempo atrás.

    Thorne aparcó fuera de lo que en una época había sido el almacén de la maquinaria y miró la casa donde había crecido, un lugar que una vez había jurado dejar y al que nunca volvería. Aunque estaba oscuro y llovía a cántaros, pudo ver la casa alzarse de manera imponente ante él, con unos cálidos parches de luz brillando desde las altas ventanas. En un momento había sido un refugio, más tarde una prisión.
    Agarró su maletín y la bolsa de viaje y se preguntó qué le había pasado. ¿Por qué había ido a casa de Nikki? No se trataba sólo de una disculpa, y esa idea le perturbaba. Era como si volver a verla hubiera encendido una llama en lo más profundo de su interior, algo que pensaba que se había apagado años atrás, una brasa ardiente que no sabía que existiera.
    Fuera lo que fuera, no tenía tiempo para pensar en ello y tampoco quería hacerlo.
    Unas luces salían de los establos y reconoció el coche de Slade cerca del granero. Mientras corría bajo la lluvia, recordó la primera vez que había visto a Nicole: años atrás, en una celebración del Cuatro de Julio. Él había vuelto de la universidad y entraría en la Facultad de Derecho en el otoño, estaba ansioso por comenzar esa nueva vida. Ella sólo tenía diecisiete años por entonces; era una chica tímida con los ojos más increíbles que Thorne había visto nunca y estaba sobre una colina contemplando la ciudad y esperando a que llegara la oscuridad para ver los fuegos artificiales.
    Era curioso, pero hacía mucho, mucho tiempo, que no pensaba en esa noche. Le parecía que hubiera pasado un millón de años y se encontraba rodeado por los otros recuerdos que habitaban en ese lugar en particular. Al ir hacia los escalones del porche delantero, recordó cómo había estado a punto de ahogarse en la alberca cuando tenía unos ocho años, recordó haber cazado faisanes con sus hermanos y fingir que el frío silencio que había entre sus padres en realidad no existía. Pero los recuerdos más claros, los más conmovedores, eran los de Nikki.
    – No pienses en ella -se advirtió al abrir la puerta corredera. Entró y fue recibido por los olores de su juventud: hollín de la chimenea, cera de limón fresco de los suelos y el aroma a beicon que perduraba del almuerzo y que aún rondaba por los pasillos y habitaciones. Dejó el maletín y la bolsa junto a la puerta delantera y se secó el agua de la cara.
    – ¿Thorne? -la voz de Matt se oyó con fuerza por la casa de un siglo de antigüedad. El sonido de las botas sobre las escaleras anunció su llegada al primer piso-. Me preguntaba cuándo ibas a aparecer -vestido como siempre, con vaqueros y una camisa de franela remangada, Matt le dio unas palmaditas en la espalda a su hermano-. ¿Cómo estás, granuja?
    – Como siempre.
    – ¿De mal genio y a punto de firmar tu próximo contrato millonario? -le preguntó Matt, como siempre hacía, aunque en aquella ocasión la pregunta le dio a Thorne que pensar.
    – Eso espero -dijo mientras se desabrochaba el abrigo, aunque era mentira. Estaba harto de su vida. Aburrido. Quería más, pero no estaba seguro de qué.
    – ¿Cómo está Randi? -preguntó Matt y su cara se cubrió con una máscara de preocupación.
    – Igual que cuando la has visto. No hay nada nuevo desde que te he llamado desde el hospital.
    – Supongo que llevará su tiempo -Matt señaló con la barbilla hacia el salón desde donde la luz de una lámpara se filtraba al pasillo-. Vamos, te invito a una copa. Tienes pinta de necesitar una.
    – ¿Tan mal se me ve?
    – Hoy a todos nos vendría bien una.
    Thorne asintió.
    – ¿Dónde está Slade?
    – Dando de comer al ganado. No tardará mucho en venir. Iba a ayudarlo, pero como ya estás aquí, supongo que no pasará nada porque termine él solo -mostró una sonrisa malvada, ésa que había embaucado a más mujeres de las que Thorne podía contar.
    Demasiadas chicas habían descrito a Matt como alto, moreno y guapo. El mediano de los tres chicos McCafferty tenía unos ojos tan marrones que parecían casi negros, su piel estaba bronceada por pasar tantas horas al aire libre y la sombra que cubría su mandíbula era tan oscura como había sido la de su padre.
    Matt McCafferty podía doblar una herradura en una forja tan bien como podía marcar a un caballo o amarrar a un carnero. Era rudo, salvaje e increíblemente testarudo.
    El sitio de Matt estaba allí.
    No el de Thorne.
    No desde que sus padres se habían divorciado.
    – Mírate -Matt lanzó un agudo silbido y agachó una ceja casi negra mientras tocaba la lana del abrigo-. ¿Desde cuándo te has convertido en un seguidor de la moda?
    Thorne resopló con desdén.
    – No creas que lo soy, pero estaba en el trabajo cuando Slade me ha llamado -colgó el abrigo en un viejo perchero de bronce que había cerca de la puerta. El abrigo largo de lana parecía estar fuera de lugar entre el despliegue de chaquetas de tela vaquera y piel de borrego-. No he tenido tiempo de cambiarme -tiró del nudo de su corbata y deslizó la pieza de seda sobre sus hombros-. Dime qué está pasando.
    – Buena pregunta -juntos entraron en el salón donde los sofás de cuero estaban desgastados, un piano estaba cubierto de polvo y las dos mecedoras que estaban colocadas formando ángulo cerca de las piedras ennegrecidas de la chimenea seguían quietas. El rifle de su bisabuelo estaba sobre la repisa, apoyado en las astas de un alce matado mucho tiempo atrás-. No hay mucho que contar.
    Matt abrió el mueble bar que había bajo una librería llena de tomos encuadernados en piel que nadie había leído en años.
    – ¿Qué quieres?
    – Escocés.
    – ¿Solo?
    – Eso es… bueno, creo.
    Matt miró en el mueble y con un sonido de aprobación sacó una botella cubierta de polvo.
    – Parece que estás de suerte -metió la mano hasta el fondo del armario, sacó un par de vasos y después de quitarles el polvo con la camisa, sirvió dos copas-. Puedo ir a por hielo a la cocina.
    – No pierdas el tiempo, a menos que tú quieras.
    Matt mostró una lenta sonrisa.
    – Creo que soy lo suficientemente hombre para resistir el alcohol caliente.
    – No esperaba menos.
    Thorne tomó el vaso que Matt le ofreció y brindaron.
    – Por Randi.
    – Sí.
    Se tomó la copa y se relajó un poco cuando el licor añejo salpicó la parte trasera de su garganta para luego trazar un ardiente camino hasta su estómago. Giró el cuello intentando deshacerse de los nudos que tenía.
    – Vale, dispara -dijo mientras Matt encendía unas astillas ya colocadas en la chimenea.
    – Ojalá pudiera. Por lo que puede saber la policía, Randi tuvo un accidente en Glacier Park en el que sólo su coche se vio involucrado. Nadie sabe con seguridad que ocurrió y los polis aún están investigándolo, pero por lo que parece, estaba sola y había hielo en la carretera o dio un volantazo… ¿quién sabe? Tal vez un ciervo, no sé… El resultado es que perdió el control y se salió de la carretera. La camioneta rodó por un terraplén y… -observó el fondo de su vaso- el bebé y ella tienen suerte de estar vivos.
    – ¿Quién la encontró?
    – Alguien que pasaba por allí, unos buenos samaritanos que llamaron a la oficina del sheriff.
    – ¿Tienes sus nombres?
    Matt se metió la mano en el bolsillo y sacó un pedazo de papel que entregó a Thorne.
    – Jen y Bill Swanson, unos hermanos que volvían a casa después de una jornada de caza. El nombre del ayudante del sheriff también está ahí.
    Leyó la lista de nombres y los números y se detuvo un momento cuando llegó a la doctora Nicole Stevenson.
    – Pensé que debíamos tener una lista de todas las personas que, de una forma u otra, están relacionadas con el accidente de Randi.
    – Buena idea -se metió el papel en el bolsillo-. Bueno, ¿y tenéis alguna idea de qué estaba haciendo en Glacier? Lo último que había oído era que estaba en Seattle. ¿Y su trabajo? ¿Y el padre del niño?
    Matt se terminó su copa.
    – No sé absolutamente nada de ese tema -admitió.
    – Bueno, pues eso tiene que cambiar. Los tres, Slade, tú y yo, tenemos que descubrir qué está pasando.
    – Por mí, vale -la mirada de determinación de Matt se quedó fija en la de su hermano.
    – Y empezaremos esta misma noche -los engranajes ya estaban funcionando dentro de la cabeza de Thorne-. En cuanto venga Slade, empezaremos a planearlo todo, pero lo primero es lo primero.
    – Randi y la salud del bebé -dijo Matt.
    – Eso es. Podemos empezar a fisgonear en su vida privada tanto como queramos, pero no significará nada si ella o el bebé no superan esto.
    – Lo harán -dijo Matt con seguridad justo cuando la puerta de la casa se abrió de un golpe y apareció Slade.
    – Gracias por toda la ayuda -gruñó el hermano pequeño al entrar en el salón oliendo a caballo y a humo. Buscó un vaso y se sirvió un trago.
    – Has podido hacerlo solo -supuso Matt.
    Thorne se subió las mangas.
    – ¿Por qué estás tan seguro de que Randi y el bebé se pondrán bien?
    Matt alzó un lado de la boca.
    – Porque son McCafferty, Thorne. Igual que nosotros, tienen demasiado carácter como para no superarlo.
    Sin embargo, Thorne no estaba tan seguro.

Cuatro

    – No quiero bailar -insistió Molly mientras Nicole llevaba a las dos niñas hacia el todoterreno. La lluvia había cesado durante la noche y el sol asomaba por unas nubes altas y finas.
    – ¿Por qué no?
    – No me gusta -Molly subió al coche y empezó a abrocharse el cinturón mientras que Mindy esperó a que su madre abrochara el suyo.
    – El año que viene podrás jugar al fútbol y tenemos clases de natación en primavera. Hasta entonces, creo que tendrás que bailar. Ya he pagado las clases y no te van a venir mal.
    – Me gusta bailar -dijo Mindy mirando a su hermana-. Me gusta la señorita Palmer.
    – Pues yo odio a la señorita Palmer -Molly cruzó sus regordetes brazos sobre el pecho y miró con gesto enfadado hacia los asientos delanteros mientras Nicole se sentaba frente al volante.
    – Odiar no esta bien -Mindy alzó las cejas imperiosamente y miró a su madre. Era el ángel asegurándose de que Nicole sabía que Molly estaba siendo la personificación de un pequeño demonio.
    – «Odiar» es una palabra muy fuerte -dijo Nicole y arrancó el todoterreno a la primera-. ¡Muy bien! -añadió, y Mindy creyó que su madre estaba elogiándola. Unos rizos oscuros rebotaron alrededor de su cabeza mientras le lanzaba a su hermana una mirada con la que quería decirle «soy más buena que tú».
    – jMami, está mirándome!
    – No pasa nada.
    – Quiero helado -insistió Molly.
    – En cuanto termine la clase de baile.
    – Odio bailar.
    – Lo sé, lo sé, ya hemos hablado de eso -dijo Nicole encendiendo la calefacción. Hiciera o no sol, el aire seguía siendo frío.
    Condujo sobre un pequeño puente y pasó por delante de un centro comercial de camino a la zona más antigua de la ciudad, donde una vieja escuela había sido convertida en una academia de baile. Aparcó, metió a las niñas y en lugar de quedarse a verlas practicar, fue hasta la estación de servicio donde el mecánico, tras mirar bajo el capó del todoterreno, alzó su mugriento sombrero y se rascó la cabeza.
    – Me tiene descolocado -admitió moviendo un palillo de un lado a otro de su boca-. Parece que funciona bien. ¿Por qué no lo trae la semana que viene y lo deja aquí? ¿Podría? Lo miraremos bien.
    Nicole concertó una cita, cruzó los dedos mentalmente, recogió a las niñas y paró en el supermercado y en la heladería antes de llegar a la casa.
    – ¿Por qué papá no vive con nosotras? -preguntó Mindy.
    Nicole aparcó y se metió las llaves en el bolsillo.
    – Porque mamá y papá están divorciados, eso ya lo sabéis. Vamos, salid del coche.
    – Y papá vive lejos -dijo Molly con gotas de helado de fresa por la barbilla.
    – No viene a vernos. El papá de Bobbi Martin la visita.
    – ¿Os gustaría que vuestro padre viniera a visitaros? -Nicole había abierto la puerta trasera y estaba desabrochando a Mindy el cinturón de seguridad.
    – Sí.
    – No -Molly sacudió la cabeza-. No le gustamos.
    – Oh, Molly -Nicole estuvo a punto de discutir ese comentario, pero no vio razón para defender a Paul. No había mostrado interés en las gemelas desde que se habían divorciado. Enviar los cheques de la pensión debía de parecerle suficiente para cumplir con sus obligaciones de padre-. No conocéis a vuestro padre.
    – ¿Va a venir a vernos? -preguntó Mindy con los ojos brillantes y sin hacer caso a su helado. La bola de crema y galletas estaba derritiéndose entre sus dedos.
    – No lo sé. No tiene planeado hacerlo, no todavía. Pero si queréis, puedo llamarlo.
    – ¡Llámalo! -Mindy lamió la parte de arriba del helado.
    – No va a venir -Molly no parecía disgustada por ello, simplemente decía una verdad-. Te lo doy -dijo, le entregó el helado a su madre y bajó del coche. Caminó sobre el césped mojado hasta el columpio.
    – ¿No puedes hacerlo tú sola? -preguntó Nicole al levantar la barra de seguridad de la silla de Mindy.
    – Tú -la pequeña sonrió con picardía y luego, sin soltar el helado, salió del coche.
    «Estás malcriándola», pensó Nicole mientras llevaba las bolsas de la compra a la casa. «Estás malcriándolas a las dos al intentar ser madre y padre a la vez. Sientes lástima por ellas porque, al igual que te pasó a ti, están creciendo sin su padre».
    ¿Era culpa suya? Tuvo muchos motivos para marcharse de San Francisco, para querer empezar de nuevo, pero tal vez al hacerlo estaba robándoles a sus hijas una parte vital de sus vidas, la oportunidad de conocer a su padre.
    Aunque tampoco podía decirse que él hubiera mostrado ningún interés por ellas cuando aún vivían juntos. Nunca había visto a las niñas más de un par de horas seguidas y su nueva mujer había dejado bien claro que veía a las gemelas como un «equipaje» que ni quería ni necesitaba.
    Así que Nicole no iba a torturarse con ello. Las gemelas estaban bien. Bien.
    Parches, que había estado lavándose la cara sobre la repisa de la ventana, saltó al suelo.
    – Travieso -susurró Nicole. Añadió un poco más de comida a su plato, sacó la compra de las bolsas y miró a las niñas por la venta de atrás. Estaban jugando en el balancín, riéndose bajo el fresco aire y unas nubes que volvían a juntarse. Pulsó el botón del contestador automático.
    La primera voz que oyó fue la de Thorne McCafferty:
    «Hola, soy Thorne. Llámame».
    Dejó su número de teléfono y, al oírlo, el estómago le dio un vuelco. Por qué le provocaba esas sensaciones después de tantos años era algo que no entendía. Sabía que había sido su primer amor, pero habían pasados años y años desde entonces. De modo que, ¿por qué seguía afectándola tanto? Miró hacia la repisa de la ventana donde había colocado el jarrón con la rosa blanca: una forma de hacer las paces, nada más.
    Deseaba poder entender por qué no podía sacarse a Thorne de la cabeza. Ella no era una mujer solitaria, no era una mujer necesitada. No quería un hombre en su vida, al menos, no todavía. Así que, ¿por qué cada vez que oía su voz, esos viejos recuerdos que había escondido en un rincón escapaban y corrían por su mente causando estragos?
    – Porque eres idiota -dijo y terminó de descargar el coche.
    Recordó el momento en que lo vio por primera vez, el verano antes de su último año de instituto. Él estaba allí solo, estaba anocheciendo, el cielo brillaba con tonos rosados sobre las colinas del oeste y las primeras estrellas comenzaban a brillar en la noche. El calor del día pendía del aire con sólo una brisa que levantaba su cabello y rozaba sus mejillas. Estaba sentada en una manta, sola, su mejor amiga la había dejado tirada en el último momento para irse con su novio y de pronto había aparecido Thorne, alto, fornido, con una camiseta que le marcaba los hombros y unos vaqueros de cadera baja desteñidos.
    – ¿Está reservado este sitio? -le había preguntado y ella no había respondido porque pensaba que estaba hablando con otra persona-. Perdona -había vuelto a decir y Nicole había alzado la cara para mirar a esos intensos ojos grises que la atraparon y no la dejaron marchar-. ¿Puedo sentarme aquí?
    Nicole no podía creer lo que había oído. Había docenas de mantas tiradas por la hierba de la colina, cientos de personas reunidas y tomando un picnic mientras esperaban a que empezara el show, ¿y él quería sentarse precisamente allí? ¿A su lado?
    – Bueno… claro -había logrado responder a pesar de sentirse como una completa estúpida y la cara ardiéndole de la vergüenza.
    Él se había sentado a su lado sobre la manta, con los brazos sobre sus rodillas dobladas, la espalda curvada y el cuerpo tan cerca del de ella que Nicole podía oler el aroma a colonia o a jabón, ya que apenas los separaban escasos centímetros. De pronto le fue imposible respirar.
    – Gracias -había dicho él en voz baja, con una blanca sonrisa que destacaba sobre una barbilla marcada y ensombrecida por el rastro de una barba-. Soy Thorne McCafferty.
    Por supuesto, Nicole había reconocido el nombre. Había oído los rumores y los cotilleos que giraban en torno a su familia. Incluso había visto a sus hermanos pequeños en una ocasión o dos, pero nunca había tenido delante al hermano mayor. Nunca en la vida había sentido su corazón golpear de ese modo tan salvaje por el hecho de que un hombre, porque eso era él, la estuviera mirando de ese modo con unos ojos del color del acero.
    Cinco o seis años mayor, parecía estar a años luz de ella en lo que respectaba a la sofisticación. Había estado en la universidad en alguna parte de la Costa Este, en una de las más prestigiosas, aunque no podía recordar cuál.
    – Supongo que tendrás un nombre -él torció los labios en una sonrisa y ella se sintió más tonta todavía.
    – Ah, claro… soy Nicole Sanders -comenzó a alargar la mano hacia él, pero la dejó caer.
    – ¿Y así te llaman? ¿Nicole?
    – Sí -tragó saliva y desvió la mirada. Tras aclararse la voz, añadió-: A veces me llaman Nikki -se sentía como una niña pequeña con su cola de caballo, sus vaqueros recortados y una camisa sin mangas atada por encima del ombligo.
    – Nikki. Me gusta -arrancó una larga brizna de hierba seca, se la metió en la boca y Nicole lo observó mientras la movía de un lado a otro de su sexy boca. Sí, él era sexy. Más masculino que cualquier chico que hubiera conocido nunca-. ¿Vives por aquí?
    – Sí, en la ciudad. En Aider Street.
    – Lo recordaré -le prometió, y el tonto corazón de Nicole despegó-. Aider.
    ¡Dios! Nicole creyó que se moría. Allí mismo. Él le guiñó un ojo, se estiró y se echó hacia atrás apoyándose en los codos. Y así, la observó a ella y al cielo, que ya empezaba a oscurecerse.
    A la vez que los fuegos artificiales habían estallado en el cielo formando brillantes destellos verdes, amarillos y azules, Nicole Francés Sanders había pasado la noche viviendo un delicioso tormento adolescente y, sin pensar en las consecuencias, había comenzado a enamorarse.
    Parecía que hubieran pasado miles de años desde ese momento mágico. Pero, le gustara o no, incluso ahora, de pie en su pequeña y acogedora cocina, sintió la emoción que siempre había experimentado estando al lado de Thorne.
    – No vayas por ahí -se advirtió, con las manos aferradas tan fuertemente al borde de la encimera que le dolieron los dedos-. Eso pasó hace mucho, mucho tiempo -un tiempo que, sin duda, Thorne ya no recordaba.
    Esperó hasta dar de cenar a las niñas, bañarlas y contarles un cuento antes de marcar el número del rancho, a pesar de darle pánico hablar con él.
    Thorne respondió al segundo tono.
    – Rancho Flying M. Habla con Thorne McCafferty.
    – Hola, soy Nicole. ¿Me has llamado? -preguntó mientras las niñas correteaban por la casa.
    – Sí, pensé que deberíamos vernos.
    Casi se le cayó el teléfono de las manos.
    – ¿Vernos? ¿Para?
    – Para cenar.
    «¿Una cita?». ¿Estaba pidiéndole que saliera con él? El corazón comenzó a palpitarle con fuerza y por el rabillo del ojo vio la rosa con sus suaves pétalos blancos que empezando a abrirse.
    – ¿Por algún motivo en especial?
    – Por más de uno, a decir verdad. Quiero hablar contigo sobre Randi y el bebé. Sobre sus tratamientos, lo que ocurriría si no podemos encontrar al padre del niño, los cuidados y la rehabilitación para Randi cuando salga del hospital. Esa clase de cosas.
    – Ah -se sintió extrañamente decepcionada-. Claro, aunque sus médicos hablarán de todo esto con vosotros.
    – Pero ellos no son tú -el suave tono de voz de Thorne, casi un susurro, volvió a elevar el pulso de Nicole.
    – Son profesionales.
    – Pero no los conozco. No confío en ellos.
    – ¿Y en mí sí confías? -preguntó sin poder evitarlo.
    – Sí.
    Las gemelas entraron en la habitación con gran estruendo.
    – Mami, mami, ¡me ha pegado! -Molly gritó, furiosa, mientras Mindy sacudía la cabeza con aire de solemnidad.
    – No he sido yo.
    – Claro que sí.
    – Tú me has pegado primero -Molly comenzó a llorar.
    – Thorne, ¿puedes perdonarme? Mis hijas están en medio de su pequeña guerra.
    – Ah, no sabía… -se detuvo durante un segundo y mientras ella se arrodilló, estirando el cable del teléfono, y le dio un abrazo a Molly-. No sabía que tuvieras hijos.
    – Dos niñas, no paran. Estoy divorciada -añadió rápidamente-. Ya hace casi dos años.
    ¿Había oído un suspiro de alivio por parte de Thorne o se lo había imaginado entre los sollozos de Molly?
    – Hablamos luego -le dijo él.
    – Sí -respondió ella y colgó. Abrazó a las dos niñas, pero sus pensamientos ya estaban centrándose en Thorne y en ellos dos a solas. No podía hacerlo. Aunque él había intentado disculparse por haberla dejado y ella había pasado años fantaseando con que ese momento se produjera, no se arriesgaría a estar con él otra vez. Ya no era sólo su corazón por el que tenía que preocuparse, también tenía que pensar en las niñas.
    Aun así… a una parte de ella le encantaría volver a verlo, sonreírle, besarlo… Se detuvo. ¿Pero en qué estaba pensando? El beso en el aparcamiento había sido apasionado, salvaje y le había evocado recuerdos de hacía tiempo, pero fue el beso en la mejilla el que le había llegado más hondo; esa suave caricia de los labios de Thorne sobre su piel le había hecho querer más.
    – Para -se dijo.
    – ¿Que pare qué? -Mindy miró a su madre con los ojos llenos de lágrimas-. ¿Yo no lo he hecho!
    – Lo sé, cielo, lo sé -respondió Nicole, decidida a no permitir que Thorne McCafferty entrara en su vida… en su corazón.

    Thorne entró en el granero y se sacó a Nicole de la mente. Tenía demasiados problemas de los que ocuparse. Además de Randi y del bebé, había unas respuestas que encontrar sobre el accidente y, por supuesto, estaban las siempre presentes responsabilidades que había dejado en Denver y que a pesar de encontrarse a cientos de kilómetros, seguían requiriendo su atención.
    Los olores del heno fresco, de la piel de los animales cubierta de polvo y del cuero le evocaron recuerdos de su juventud, recuerdos que había alejado hacía mucho tiempo. Cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el tejado de cinc, Slade estaba bajando fardos de paja del piso de arriba. Matt los llevó a los comederos tirando de la cuerda y después, con destreza, cortó la cuerda con su navaja. Thorne agarró una horca y, como había hecho todos los días de invierno en su juventud, comenzó a echar heno en el comedero.
    El ganado que había dentro se acercaba hacia las pilas de comida. Rojos, pardos, negros y grises, sus pelajes, que se volvían espesos según se acercaba el invierno, estaban cubiertos de polvo y salpicados de barro.
    Después de un día al teléfono, a Thorne le apetecía el trabajo físico porque liberaba tensión de sus músculos, que habían estado apretujados en la silla del escritorio de su padre. Había llamado a Nicole, a su oficina en Denver, a varios clientes y posibles socios, y también a comerciantes de la zona, ya que necesitaba material para montar una oficina temporal en el rancho. Pero eso había sido sólo el comienzo; el resto del día lo había pasado en el hospital, hablando con médicos y buscando pistas que le dijeran qué le había pasado a su hermana.
    La mayor parte del tiempo, no había logrado nada.
    – ¿Así que nadie ha podido averiguar por qué Randi había vuelto a Montana? -dijo echando heno en la cuadra. Una vaquilla con la cara blanca hundió su ancha nariz en el heno.
    – He estado haciendo unas llamadas esta tarde mientras estabas en el hospital -los tres hermanos habían visitado Randi de uno en uno y habían ido a ver cómo se encontraba su sobrino. Thorne había tenido la esperanza de encontrarse con Nicole, pero eso no había sucedido.
    – ¿Qué has descubierto?
    – Nada -otro fardo cayó desde arriba. Slade también bajó y aterrizó junto a Thorne, estremeciéndose al hacerse daño en su pierna mala. Su cojera seguía notándose tanto como la línea roja que corría desde su sien hasta la barbilla, todo ello consecuencia de un accidente de esquí que a punto había estado de costarle la vida. Sin embargo, las cicatrices de su cara eran mucho menos dolorosas que las que le atravesaban el alma, o eso pensaba Thorne-. He hablado con varías personas del Seattle Clarion, donde escribía su columna, aunque no sé de qué demonios trataba -Slade agarró una horqueta que estaba apoyada contra la pared.
    – De consejos para los perdidamente enamorados -respondió Thorne. Gotas de una lluvia glacial caían por las pequeñas ventanas y un viento, que anunciaba a gritos el invierno, cruzaba el valle.
    – Es mucho más que eso -dijo Matt a la defensiva-. Da consejos a gente soltera, los informa sobre temas legales, acuerdos de divorcio, cómo criar solo a los hijos, cómo afrontar el dolor y las nuevas relaciones, cómo compaginar el trabajo y los niños, cómo administrarse el sueldo… ¡va! ¡Yo qué sé!
    – Pues parece que sí lo sabes -respondió Thorne, dándose cuenta de que Matt había mantenido con su hermanastra una relación mucho más estrecha que él… aunque eso tampoco era muy difícil.
    – Compro un periódico que publica su columna. Lo hacen varios periódicos, hasta en Chicago.
    – ¿En serio? -Thorne sintió una punzada de culpabilidad. ¿Qué sabía sobre su hermana? No mucho.-Sí, le pone su toque personal, ese humor tan estrafalario que tiene, y vende mucho.
    – ¿Desde cuándo es una experta en eso? -quería saber Slade.
    – No lo entiendo -Matt se rascó su escasa barba-. Podría haber usado un poco de esa sensatez con la que aconseja a los demás.
    Thorne le dio una patada a un fardo de heno y lo deshizo. ¿Por qué Randi no había acudido a él y le había contado lo del bebé? ¿Por qué no había confiado en él si la vida no le iba bien? Se mordió los labios y se recordó que tal vez ese bebé era buscado y deseado.
    – Vale, ¿y qué más has encontrado? -preguntó, negándose a sentirse culpable. Slade alzó un hombro.
    – No mucho. Sus compañeros, por supuesto, sabían que estaba embarazada. No pudo ocultarlo, pero ninguno admitió conocer el nombre del padre.
    – ¿Crees que están mintiendo? -preguntó Thorne.
    – No creo.
    – Genial.
    – Nadie cree que estuviera saliendo en serio con alguien.
    – Pues a mí me parece lo bastante serio -farfulló Matt.
    Slade alargó la mano hacia la cuadra y apartó la cara de una vaca para que un animal más pequeño pudiera meter el hocico en el heno.
    – Apártate -le ordenó, aunque el animal no hizo mucho más que sacudir las orejas. Después de limpiarse la mano en el pantalón desteñido, dijo-: El editor de Randi, Bill Withers, ha dicho que había planeado tomarse un permiso de maternidad de tres meses. Pero él había dado por sentado que ella se quedaría en la ciudad porque Randi le dijo que en cuanto se recuperara, iba a ponerse a trabajar desde casa. Ya tenía muchas columnas escritas y con ellas tendrían para publicar durante semanas. Después, volvería a escribir, aunque no tenía planeado regresar a la oficina hasta después de un año.
    – ¿Así que no tenía problemas en el trabajo?
    – Nadie ha dicho nada de eso, pero tengo la sensación de que hay algo más de lo que están dispuestos a contar.
    – Típico. Los periodistas siempre están dispuestos a fisgonear en los asuntos de los demás, ya han estado llamando aquí, pero pregúntales qué saben y de pronto la Primera Enmienda se convierte en la Biblia -Matt resopló y recogió del suelo los cordeles que habían usado para atar los fardos de heno-.¿Alguien de su oficina sabe algo sobre el accidente?
    – No -Slade se quitó el polvo de las manos-. Se han quedado impactados. Sobre todo los que tenían una relación más cercana con ella. Sarah Peeples, que escribe críticas de cine, casi se desmaya, no podía creer que Randi estuviera en el hospital, y Dave Delacroix, un tipo que escribe una columna de deportes, ha pensado que les estaba gastando una broma. Pero cuando ha visto que iba en serio, se ha puesto furioso y ha exigido respuestas. Así que, básicamente, no he encontrado nada.
    – Es un comienzo -dijo Thorne cuando sus hermanos terminaron. Su mente había estado dándole vueltas desde el momento en que se había enterado del accidente de Randi, y ahora había que entrar en acción.
    Slade metió las últimas briznas de heno en el pesebre.
    – Ahora mismo estoy con vosotros -dijo cuando cambió la horqueta por una escoba-. Preparadme una copa.
    – Vale -Thorne salió detrás de Matt y co-rrieron bajo la lluvia, lo suficientemente fría como para indicar que el invierno estaba en el aire.
    De nuevo en la casa, Matt encendió fuego de las ascuas de la noche anterior y Thorne sirvió una copa para cada uno. Mientras esperaban a Slade, le dieron unos sorbos al whisky escocés de su padre, le pusieron voz a sus preocupaciones, que giraban en tomo a su testaruda hermana, y se preguntaron cómo iban a ocuparse de un recién nacido.
    – El problema es que ninguno sabemos mucho de la vida de Randi -dijo Thorne al ponerle el tapón a la botella.
    – Creo que eso es lo que ella quería. Podemos torturarnos por no haber formado parte de la vida de Randi, pero ha sido su elección, ¿recuerdas?
    ¿Cómo podía olvidarlo? En el funeral de su padre en mayo, había sido imposible consolar a Randi, que había rechazado las muestras de emoción de sus hermanos y había preferido quedarse apartada del resto de la familia, ataviada con un vestido de seda negro, mientras un joven reverendo, que apenas sabía nada del hombre del ataúd, rezaba con solemnidad. La gran parte de los habitantes de Grand Hope acudieron al funeral para mostrar sus respetos.
    En aquel momento Randi debía de estar embarazada de cuatro meses. Thorne nunca se lo habría imaginado mientras le daban el último adiós a su padre en la colina, pero lo cierto era que había estado perdido en sus propios pensamientos y con el anillo que su padre le había dado el verano anterior metido en el fondo de su bolsillo.
    John Randall no había sido practicante y, dadas las circunstancias, el joven reverendo, cuya elegía había redactado de notas que había tomado el día antes, había hecho un trabajo aceptable con el que pedía que el alma de ese corazón negro fuera aceptada en el cielo. Sin embargo, Thorne no estaba seguro de que Dios hubiera hecho esa enorme excepción.
    – Randi ha sido muy reservada con su vida privada.
    – ¿No hemos hecho todos lo mismo? -señaló Matt.
    – A lo mejor ya es hora de que eso cambie -Thorne pasó una mano por la fina capa de polvo que se había acumulado sobre la repisa de la chimenea.
    – Estoy de acuerdo -Matt alzó su vaso y asintió con la cabeza.
    La puerta se abrió de golpe. Una ráfaga de aire frío recorrió el pasillo y Slade, secándose la lluvia de la cara, entró en el salón. Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá.
    – ¿Algo nuevo sobre Randi? -tras pisar la alfombra trenzada, sacó un vaso del armario y él mismo se sirvió una copa de la botella de whisky que con tanta rapidez estaba disminuyendo.-Aún no, pero comprobaré el contestador -Matt cruzó la sala y desapareció por el pasillo de camino al estudio.
    – Más le vale salir de ésta -dijo Slade, como si hablara para sí mismo. El más pequeño de los tres era también el más alocado. Si los rumores eran ciertos, había dejado tras de sí una estela de corazones rotos desde México a Canadá, y nunca había sentado cabeza. Mientras que Matt tenía su propio rancho, una pequeña Finca cerca de la frontera con Idaho, Slade no había echado raíces y probablemente nunca lo haría. Lo había hecho todo, desde carreras de coches a rodeos y trabajos como doble de actores en escenas de alto riesgo. La cicatriz que le recorría un lado de la cara era el testimonio de su duro y temerario estilo de vida y, en ocasiones, Thorne se había preguntado si su hermano pequeño albergaba alguna clase de deseo por morir.
    Slade se colocó delante de la chimenea y se calentó la parte trasera de las piernas.
    – ¿Qué vamos a hacer con el bebé?
    – Nos ocuparemos de él hasta que Randi se recupere.
    – Entonces será mejor que arreglemos este lugar -comentó Slade.
    – El traumatólogo ha llamado antes -dijo Matt al entrar en el salón-. En cuanto se le baje un poco la hinchazón y Randi deje de estar en estado crítico, se ocupará de su pierna.
    – Bien. He llamado a Nicole. Quiero verla para que me hable de los médicos de Randi y de su pronóstico, rehabilitación, esas cosas.
    – ¿Nicole? -dijo Matt, estrechando los ojos como si lo hubiera asaltado un repentino recuerdo-. Mencionó que os conocíais, pero había olvidado que habíais tenido una historia.
    – Fueron sólo unas semanas -aclaró Thorne.
    Slade se frotó la nuca.
    – Yo apenas me acuerdo.
    – Porque tú estabas centrado en tus carreras de coche y en ir detrás de mujeres -dijo Matt-. No venías mucho por aquí cuando Thorne terminó la universidad. Fue ese verano, ¿no?
    – Parte del verano.
    Slade sacudió la cabeza.
    – Deja que adivine, la dejaste por otro juguetito de piernas largas.
    – No hubo otra mujer -dijo bruscamente Thorne, sorprendido de la furia que le recorría por dentro.
    – No, tenías que irte de aquí y demostrarle a papá, a Dios y a cualquiera que quisiera escucharte, que podías triunfar sin la ayuda de J. Randall.
    – Eso fue hace mucho tiempo -murmuró Thorne-. Ahora mismo tenemos que concentramos en Randi.
    – ¿Y por eso has llamado a la doctora Stevenson? -sin duda, a Matt no lo convencía.
    – Claro -Thorne se sentó en el brazo del sofá de piel y supo que estaba mintiendo, no sólo a sus hermanos, sino también a sí mismo. No buscaba simplemente hablar sobre el estado de Randi, quería volver a ver a Nicole, estar con ella, conocerla mejor- Escuchad -les dijo a sus hermanos-, algo que tenemos que averiguar, y pronto, es quién es el padre.
    – Eso va a estar difícil dado el estado de Randi -Slade apoyó un hombro contra la repisa de la chimenea y se cruzó de brazos-. ¿Cuánto tiempo tienes pensado quedarte por aquí, chico de ciudad?
    – Lo que haga falta.
    – ¿No tienes cosas de las que ocuparte en Denver y en Laramie y donde sea que tienes negocios?
    Thorne resistió el ataque y logró mostrar una sonrisa, una como la que Slade solía dirigirle a todo el mundo.
    – Puedo ocuparme de todo desde aquí.
    – ¿Cómo?
    – Con el gran arte de las telecomunicaciones. Instalaré un fax, una conexión a ínternet, un teléfono y un ordenador en el estudio.
    Matt se frotó la barbilla.
    – Creía que odiabas estar aquí. Excepto por unas cuantas veces, como ese verano después de que te licenciaras, has evitado el rancho como si fuera la peste. Desde que papá y mamá se separaron, has pasado aquí el menor tiempo posible.
    Thorne no podía discutirles eso.
    – Randi me necesita… nos necesita.
    Matt añadió leña al fuego y encendió una lámpara.
    – Vale, creo que necesitamos un plan -dijo Thorne.
    – Deja que adivine, tú serás el capitán, como en el instituto -dijo Slade.
    Thorne sacó su carácter.
    – Trabajemos juntos, ¿vale? No se trata de que mandemos unos sobre los otros, sino de lograr algo.
    – Bien -asintió Matt-. Yo me ocuparé del rancho. Ya he hablado con un par de tipos que pueden ayudarnos.
    Slade fue hacia el sofá y recogió su chaqueta.
    – Bien. Matt debería llevar este lugar, está acostumbrado, y yo ayudaré si hace falta. Thorne, ¿por qué no llamas a Juanita? A lo mejor puede ayudarnos con el bebé. Despues de todo, ya ha tenido experiencia criando a los McCafferty, ayudó a papá con nosotros.
    – Buena idea, vamos a necesitar ayuda día y noche -decidió Thorne.
    – La tendremos. Creo que la mejor forma que tengo de ayudar es concentrarme en descubrir todo lo que pueda sobre la vida de nuestra hermana, sobre todo en el último año o así. Tengo un amigo que es investigador privado. Por un buen precio, puede ayudarnos -dijo Slade.
    – ¿Es bueno? -preguntó Thorne.
    La expresión de Slade se ensombreció.
    – Si alguien puede descubrir qué está sucediendo, ése es Kurt Striker. Apostaría mi vida por ello.
    – ¿Estás seguro?
    La mirada de Slade podría haber cortado el acero.
    – He dicho que apostaría mi vida por ello. Lo digo en serio. Literal.
    – Llámalo -dijo Thorne, convencido por la firmeza de su, por lo general, cínico hermano.
    – Ya lo he hecho.
    Thorne se sorprendió de que Slade ya hubiera empezado a colaborar.
    – Quiero hablar con él.
    – Lo harás.
    – Yo estaré en contacto con los médicos del hospital -dijo Thorne-. Puedo trabajar desde aquí, así que no tendré que volver a Denver en un tiempo.
    Matt le sostuvo la mirada durante un largo segundo y, por primera vez en su vida, Thorne pudo ver que su hermano mediano no aprobaba su estilo de vida. Aunque tampoco era algo que en realidad importara.
    – Vamos a superar esto -dijo finalmente Matt, como si de pronto volviera a confiar en Thorne, tal y como había hecho mucho tiempo atrás.
    – Lo haremos.
    – Siempre que Randi coopere -dijo Slade.
    – Es una luchadora -la reacción de Thorne fue rápida y reconoció la ironía en sus palabras. Frases como «es muy fuerte», «lo logrará», «tiene demasiado carácter como para morir» o «es una luchadora» eran tópicos expresados por gente que por lo general dudaba de su significado. Se utilizaban para disipar los temores de uno mismo.
    – Voy a hacer una lista de la comida que tenemos -dijo Matt.
    – Yo iré a comprobar el surtidor de gas -Slade enganchó la chaqueta con un dedo y los dos hermanos más pequeños fueron hacia la puerta.Thorne los vio por la ventana. Slade se detuvo para encenderse un cigarrillo en el porche mientras Matt corría hasta desaparecer dentro del granero.
    De niños habían pasado por muchas cosas juntos, habían dependido los unos de los otros, pero de mayores habían seguido sus propias vidas. Thorne se había convertido en el empresario, había ido a la Facultad de Derecho y luego había pasado una breve temporada en una empresa antes de trabajar por su cuenta. Su padre había tenido razón. Había querido probarse a sí mismo y el éxito de un hombre se medía por el tamaño de su cuenta bancaria.
    Por primera vez en su vida, se preguntó si se había equivocado. Pensar en Randi debatiéndose entre la vida y la muerte y en su sobrino, que empezaba una nueva vida, lo hizo detenerse en mitad del pasillo donde había fotos de la familia colgadas por las paredes. Había fotografías de su padre y de su madre, de su madrastra y de los cuatro hijos McCafferty. Thorne, con su uniforme de rugby del instituto y la toga y el birrete de la graduación. Matt montando un potro salvaje en un rodeo, Slade esquiando por una empinada montaña y Randi con su vestido del baile del ultimo curso junto a un chico cuyo nombre desconocía. Tocó esa foto enmarcada y en silencio juró que haría lo que fuera, lo que fuera, para asegurarse de que se recuperaría. Se calentaría una taza de café y llamaría a Nicole. Tal vez podría tener noticias sobre su hermana. Esa era la única razón por la que iba a llamarla, se recordó de camino a la cocina, donde encendió las luces al entrar. Por el rabillo del ojo vio su reflejo en las ventanas. Durante un segundo imaginó a una mujer pequeña con unos grandes ojos dorados y una sonrisa, junto a él. Después se obligó a parar.
    ¿En qué estaba pensando? Nicole era la doctora que había atendido a Randi, nada mas, pero desde que la había visto en su despacho del hospital, con los pies sobre la mesa, el respaldo de la silla echado hacia atrás y el teléfono apoyado entre la oreja y el hombro, no había sido capaz de sacársela de la cabeza.
    Y no había ayudado nada haber estado con ella en el aparcamiento, porque allí no la había visto como a la doctora de Randi, sino como a una mujer bella y brillante. No había podido evitar besarla y desde entonces no había dejado de pensar en ello. Nicole Sanders Stevenson se había convertido en una mujer madura, educada y segura de sí misma, y ahora resultaba más atrayente que cuando tenía diecisiete años. A pesar de su pequeña estatura, poseía un poder de atracción imposible de eludir… y eso suponía un problema demasiado grande para cualquier hombre.
    Pero aun así…
    El teléfono de la pared sonó. Salió de ese ridículo camino que estaban siguiendo sus pensamientos, agarró el auricular al segundo tono y dijo:
    – Rancho Flying M. Habla con Thorne McCafferty.
    – ¡Así que estás ahí! -gritó una aguda voz femenina y Thorne vio en su mente la bella cara de Annette. Llevaba saliendo con ella unos meses, pero nunca habían conectado en realidad-. ¿Qué demonios ha pasado? ¡Se suponía que anoche íbamos a vernos con el alcalde! -el tono de Annette lo espabiló. No la había llamado ni se había acordado de ella desde que había salido de su oficina el día antes.
    – Ha habido una emergencia familiar.
    – ¿Y por eso no has contestado el teléfono? Tienes un móvil y ahora estás hablando por un teléfono… mira, no quiero enfadarme contigo -tomó aire-. Tu secretaria me ha dicho que tu hermanastra ha tenido un accidente y lo siento por ella, de verdad. Espero que esté bien…
    – Está en coma.
    – ¡Oh, Dios mío! -una larga pausa-. Bueno, eh, entonces lo comprendo. De verdad que sí. Dios, es terrible. Sé que has tenido que volver inmediatamente, Thorne. Es comprensible y me he disculpado por ti ante mi padre y el alcalde, pero creo que podrías haberme llamado.
    – Debería haberlo hecho.
    – Sí… bueno… -suspiró-. Papá se ha quedado decepcionado.
    – ¿Sí? -preguntó Thorne, imaginándose la reacción de Kent Williams. El astuto viejo se habría puesto muy nervioso ya que quería hacer una inversión con Thorne y esperaba poder relacionarse con gente del ayuntamiento-. Gracias por disculparte por mí, no tenías por qué hacerlo. Yo lo habría llamado.
    – ¿Y a mí? ¿Me habrías llamado a mí?
    – Sí.
    – Con el tiempo.
    – Eso es -no había necesidad de mentir-. Con el tiempo.
    – Oh, Thorne -dejó escapar un gran suspiro y parte del tono malicioso de su voz desapareció-. Te echo de menos.
    ¿Era verdad? Lo dudaba y, además, la relación que había tenido con ella siempre le había hecho sentirse solo.
    – Creo que voy a estar en Montana por un tiempo.
    – Oh -hubo vacilación en su voz-. ¿Cuánto tiempo?
    – Unas semanas, tal vez meses. Depende de Randi.
    – Pero ¿y tu trabajo?
    – ¿Qué pasa con mi trabajo?
    – Es… es tu vida.
    «Era mi vida», quiso decir, pero en lugar de eso, añadió:
    – Las cosas han cambiado.
    – ¿Sí? -acusaciones mudas recorrieron la línea telefónica.
    – Eso me temo.
    – ¿Y qué quiere decir eso? -pero lo sabía. Estaba claro-. Ya sabes que hay otros hombres interesados en mí. Los he tenido esperando por ti.
    – Lo siento.
    Ella esperó y por unos instantes se hizo el silencio.
    – Bueno, entonces, ¿se puede saber qué estás diciéndome, Thorne? ¿Que hemos acabado? ¿Así? ¿Porque tu hermana está en el hospital?
    – No, Annette -admitió-, no es por Randi. Los dos sabemos que esto no va a llegar a ninguna parte. Eso lo he sabido desde el principio.
    – Creía que habías cambiado de opinión.
    – Pues no.
    – Así que debería empezar a salir con otros hombres.
    – No sería mala idea.
    – Vale -de nuevo, una pausa gélida-. Me lo pensaré.
    – Hazlo.
    – Y tú, Thorne -dijo con un renovado carácter-, piensa en lo que estás perdiendo -colgó y él volvió a poner el auricular en su sitio, lentamente, mientras se preguntaba por qué no se sentía mal. Pero lo cierto era que nunca había sentido la pérdida al dejarlo con una mujer, ni siquiera con Nikki, y eso que dejarla a ella había sido la ocasión que más difícil le había resultado. No había confiado en ella con todo su corazón y cuando había llegado el momento de marcharse a la Facultad de Derecho, había abandonado Grand Hope, a su familia y a Nicole Sanders sin mirar atrás en ningún momento. Hasta ahora. Durante el tiempo que estuvo estudiando, cada vez que se acordaba de ella, algo que al principio fue muy a menudo, rápidamente se ponía a pensar en otras cosas. Con el tiempo había dejado de pensar en ella del todo y había vivido bajo el lema de que las mujeres no eran una prioridad en su vida.
    Pero ahora, mientras contemplaba por la ventana la oscura y húmeda noche, sintió un cambio dentro de él, una nueva necesidad.
    Levantó el teléfono, que volvió a sonar con fuerza.
    «Annette», pensó. Debería haber sabido que no iba a rendirse sin pelear primero.
    – Hola -dijo.
    – ¿Thorne? Soy Nicole -su voz sonó fría y muy profesional.
    Al instante supo que el estado de Randi había empeorado. El miedo le encogió el corazón y, por primera vez en su vida, se sintió absolutamente indefenso. ¡Dios!
    – Es mi hermana -dijo.
    – No. Randi sigue estable, pero acabo de recibir una llamada del hospital porque no podían contactar contigo… la línea estaba ocupada -vaciló y antes de lograr pronunciar las palabras, Thorne experimentó una angustia como nunca antes había sentido. Se dejó caer contra la pared mientras ella añadía-: Es el bebé.

Cinco

    – ¿Qué le pasa? -apretó con fuerza el auricular. El corazón le golpeaba el pecho con pavor. ¿Cómo era posible que un bebé, el hijo de Randi al que nunca había tenido entre sus brazos, supusiera tanto en su vida?
    Oyó la puerta trasera y Matt entró desabrochándose la chaqueta.
    – Slade sigue…
    Thorne lo hizo callar con una mirada fulminante y llevándose un dedo a los labios.
    – ¿Qué le pasa al bebé? -repitió y vio a Matt palidecer.
    – Tiene problemas para alimentarse y dificultades respiratorias, su abdomen está hinchado, tiene fiebre…
    – Sé clara, Nicole. ¿Qué tiene? ¿Qué ha pasado? -Thorne estaba caminando de un lado a otro, estirando el cable del teléfono bajo la atenta mirada de Matt.
    Nicole dudó un poco y a Thorne le costó respirar.
    – El doctor Arnold cree que puede tener meningitis. Os llamará luego y…
    – ¿Meningitis? -repitió Thorne.
    – ¡No! -Matt rompió su silencio.
    – ¿Cómo demonios ha podido pasar?
    – Cuando Randi llegó al hospital, ya había roto aguas…
    – ¿Qué? ¿Roto?
    Matt alzó la vista y sus ojos se clavaron en los de su hermano mayor.
    – Vamos -dijo Matt-. Ahora mismo. ¡Vamos al maldito hospital! -Thorne lo detuvo con un rápido movimiento de cabeza. Tenía que concentrarse.
    Nicole volvía a hablar, su voz era calmada, aunque reflejaba cierto apremio.
    – Rompió aguas en el accidente y existe la posibilidad de que el bebé quedara expuesto a alguna clase de bacteria.
    – Ese doctor Arnold… ¿está ahí? ¿Está ahora en el hospital?
    – Sí. Os llamará para daros más información…
    – Vamos para allá.
    – Os veo allí -dijo antes de que él colgara.
    – ¿Qué está pasando? -preguntó Matt.
    – El bebé tiene problemas. Esto no tiene buena pinta -dijo Thorne de camino a la puerta principal, donde se puso el abrigo.
    Los dos corrieron a su camioneta, pero antes de subir al asiento del copiloto. Matt dijo:
    – Espera un minuto. Será mejor que le diga a Slade que vamos al hospital…
    – Date prisa -le ordenó, aunque Matt ya estaba corriendo hacia el granero. Desapareció dentro. Thorne metió la llave en el contacto, arrancó el motor y miró hacia el granero impaciente por que su hermano regresara.
    Menos de un minuto después, Matt, con la cabeza agachada y sujetándose el ala de su sombrero, corrió bajo la lluvia. Thorne ya estaba arrancando cuando abrió la puerta y entró.
    – Vendrá detrás.
    – Vale.
    Thorne pisó el acelerador a fondo, aunque no sabía por qué. Estaba desesperado por llegar al hospital, por hacer algo. ¿Qué había ido mal?
    La lluvia caía con fuerza y las líneas del carril brillaban con el resplandor de los faros.
    – Bueno, ¿qué ha pasado? -preguntó Matt con el rostro cargado de tensión en la oscuridad del interior del coche.
    – Algo ha salido mal.
    – ¿El qué?
    – Todo -entrecerró los ojos para protegerse del reflejo de los coches que venían de frente, giró y acortó atravesando los cañones cubiertos de pino y los acres de tierras que rodeaban el Flying M. Mientras tanto, y en pocas palabras, repitió la conversación que había tenido con Nicole.
    – ¿Por qué ha llamado Nicole? ¿Por qué no ha llamado el pediatra?
    – No ha podido contactar, pero haré que nos instalen más líneas de teléfono. Mañana. Además, le había pedido a Nicole que me llamara si había algún cambio. Me ha dicho que el doctor Arnold nos llamaría, pero no voy a quedarme esperando. Quiero respuestas y las quiero ahora.
    El rancho estaba a poco más de treinta kilómetros de la ciudad. Thorne condujo a toda velocidad, los neumáticos chirriaban contra el pavimento mojado.
    Llegaron al hospital en tiempo récord. Thorne salió de la camioneta como una bala. Matt lo alcanzó. Corrieron por el oscuro aparcamiento, cruzaron las puertas automáticas de la entrada y subieron las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso.
    En aquella ocasión, no dejó que la enfermera de tumo le dijera lo que tenía que hacer. La pobre mujer, una rubia con una sonrisa vacilante, intentó avisarlos.
    – Discúlpenme, pero no pueden entrar aquí -dijo, señalando a un cartel que decía Sólo personal autorizado.
    – ¿Dónde está el bebé McCafferty? -preguntó Thorne.
    – ¿Quiénes son ustedes?
    – Somos los tíos del niño -dijo Matt-. Los hermanos de Randi McCafferty.
    – La única familia que el bebé tiene ahora -explicó Thorne-, ya que nuestra hermana está en la UCI y no hemos localizado al padre -y no era ninguna mentira. Para nada. No se molestó en añadir que no tenía la más mínima idea de quién era el padre; tras lanzarle a Matt una mirada advirtiéndole que no diera más explicaciones, añadió-: Quiero ver a mi sobrino.
    – Está en su cuna -dijo la enfermera con tono paciente-. Y está muy vigilado -apretó los labios y señaló hacia la sala acristalada donde el bebé, aparentemente calmado, dormía junto a un monitor. Tenía tubos insertados en su diminuto cuerpo y respiraba con la boca abierta. Otra enfermera rondaba alrededor de su cuna de plástico. La enfermera rubia continuó-: El doctor Arnold lo ha visto y está a punto de regresar… Oh, aquí está -sin duda, se quedó aliviada de pasarle la responsabilidad al pequeño hombre con gafas de montura metálica, hombros ligeramente encorvados y un pelo blanco alborotado.
    – ¿Doctor Arnold? -preguntó Thorne atravesando al pequeño hombre con la mirada.
    – Sí.
    – Soy Thorne McCafferty y éste es mi hermano Matt. La madre del bebé es nuestra hermana. ¿Qué está pasando?
    – Eso es lo que intentamos averiguar -dijo con calma el doctor Arnold, claramente no ofendido ni por las bruscas palabras de Thorne ni por su exigente actitud-. El bebé tiene meningitis, probablemente contraída en el lugar del accidente ya que a su hermana se le había roto la bolsa del líquido amniótico -Thorne sintió una presión en el pecho y los músculos de su mandíbula tensarse mientras el médico le explicaba lo que Nicole ya le había contado por teléfono. Slade apareció en ese momento, pálido y con los puños apretados. Se lo presentaron al médico y rápidamente lo informaron de todo.
    – ¿Entonces cómo de peligroso es esto? -preguntó Thorne.
    – Mucho -respondió el médico con tono solemne-. Somos un hospital pequeño, pero por fortuna, tenemos una unidad de pediatría de lo más avanzada.
    Matt fue directo al grano.
    – ¿Vivirá?
    – Ojalá pudiera decirles que está fuera de peligro, pero no puedo -la mirada del hombre, tras sus gafas, resultaba funesta-. El índice de mortalidad para esta clase de meningitis es alto, entre el veinte y el cincuenta por ciento…
    – Oh, Dios mío -susurró Matt.
    – Sin embargo, las posibilidades de supervivencia de su sobrino son buenas gracias al personal y a los equipos de que disponemos. Ya se le ha administrado una terapia antibiótica, tiene un mecanismo de ventilación y se le ha suministrado una intravenosa para minimizar los efectos del edema cerebral. Aunque sobreviva, existe la posibilidad de que el niño sea sordo, ciego o que tenga alguna clase de retraso.
    – Maldita sea -farfulló Slade mientras se pasaba una mano por la barbilla. De pronto se quedó pálido como un cadáver y su cicatriz se hizo más visible.
    Thorne se quedó atónito. Miró al bebé de Randi y por primera vez en su vida se sintió impotente. La frustración lo invadía por dentro.
    – ¿No hay nada más que podamos hacer? -preguntó Matt con gesto de preocupación.
    – Tiene que haber algo que podamos hacer -añadió Thorne.
    – Créanme, estamos haciendo todo lo que podemos -la voz del doctor Arnold era tranquila.
    – Si necesita algo, lo que sea, lo pagaremos -Thorne se mostró categórico-. Aquí el dinero no importa.
    El doctor apretó los labios y su espalda pareció tensarse.
    – Ahora mismo el dinero no es el problema, señor McCafferty. Como les he dicho, tenemos los mejores equipos disponibles, pero claro está, este hospital siempre está buscando donaciones y benefactores. Espero ver su nombre en la lista. Ahora, si me disculpan, quiero ir a ver a mis pacientes.
    Marcó un código en un teclado numérico y las puertas por las que sólo podía pasar personal autorizado se abrieron. El doctor Arnold desapareció por un instante antes de que volvieran a verlo a través del cristal de la enfermería de neonatos. Thorne apretó los dientes, de rabia e impotencia. Tenía que haber algo que pudiera hacer para ayudar al bebé de Randi. ¡Tenía que haber algo! Miró fijamente al pediatra, pero si el doctor Arnold vio los ojos de Thorne puestos sobre él, no se inmutó. Por el contrario, se centró en el bebé de Randi y con cuidado examinó el frágil y pequeño cuerpo del único bebé McCafferty… el único nieto de John Randall McCafferty.
    – Tiene que superarlo -dijo Matt con los puños apretados-. Si no lo hace, y Randi despierta y ve que no ha sobrevivido…
    – ¡No digas eso! ¡Ni siquiera lo pienses! Se pondrá bien. ¡Tiene que ponerse bien! -Slade le lanzó a Matt una dura mirada que reflejaba el infierno que vivía por dentro. No hacía mucho había perdido a su novia y a un hijo aún sin nacer-. Lo logrará.
    – ¿Sí? -Matt no estaba tan convencido-. ¿Aquí? Quiero decir, sé que éste es un buen hospital, el mejor que hay por aquí, pero tal vez necesita especialistas, como los que hay en ciudades más grandes como Los Angeles, Denver o Seattle.
    – Lo miraremos -dijo Thorne-. Encontraré el mejor del país.
    – Ahora mismo sería un error trasladarlo -dijo la voz de Nicole desde alguna parte del pasillo.
    Thorne no la había oído acercarse, pero vio su reflejo en el cristal, un pálido fantasma con pantalones vaqueros y cazadora de esquí, una imagen vaporosa que le tocó la fibra sensible.
    – Confía en mí, Thorne, el bebé está en buenas manos.
    Él se giró y vio una cara exenta de maquillaje excepto por un poco de pintalabios. El pelo le caía libre sobre los hombros y sus ojos dorados resultaban reconfortantes. Parecía más joven, se parecía más a la chica que recordaba, a la que había creído amar, a la que había dejado atrás cruelmente.
    – Siento haber tardado en llegar, he tenido que encontrar una canguro.
    – ¿Tienes un hijo? -preguntó Matt.
    – Dos. Gemelas. De cuatro años -su rostro serio se iluminó ante la mención de las niñas y Thorne intentó ignorar la ridícula sensación de celos que lo recorrió por el hecho de que otro hombre fuera el padre de sus hijas. Reaccionó inmediatamente. ¿En qué estaba pensando?-. Yo estaría tranquila si estuvieran en manos de Geoff… eh… del doctor Arnold.
    – Eso me tranquiliza -dijo Matt aún con el rostro tenso.
    – No tenemos otra opción que confiar en este tipo -dijo Slade.
    – Siempre hay otras opciones… -señaló Thorne.
    – No hay ninguna mejor -la voz de Nicole no admitía discusión. Su expresión de seguridad lo decía todo y, una vez más, ridículamente, Thorne se sintió celoso por el hecho de que tuviera esa confianza constante en otro hombre-. Dejad que hable con Geoff y vea cómo está la situación -marcó un código en la puerta-. Tardaré un minuto -las puertas electrónicas se abrieron y Nicole entró.
    Slade se movía inquieto. Mirando con el ceño fruncido por el cristal, vio a los dos médicos y finalmente dijo:
    – Creo que iré a ver a Randi y luego me voy a casa. Ya me contaréis cuando lleguéis.
    Matt asintió.
    – Voy contigo -miró a Thorne-. Volveré al rancho con Slade.
    – Vale -respondió Thorne-. Vuelve a llamar a Striker. Dile que quiero hablar con él. Cuanto antes mejor.
    – ¿Sobre qué? -preguntó Slade.
    – Para empezar, sobre el padre del niño.
    – Vale, intentaré localizar a Kurt.
    – No lo intentes. Hazlo.
    Los ojos de Slade se encendieron y le dirigió a Thorne una sonrisa con la que en el fondo quería decirle que no lo presionara.
    – No te preocupes, hermano. Me ocuparé de ello -y con eso se dio la vuelta y se marchó.
    – ¡Maldita sea! Puedes llegar a ser insoportable -gruñó Matt-. A lo mejor en tu oficina estás acostumbrado a gritarle órdenes a la gente y todo el mundo corre a hacer lo que quieres, pero cálmate un poco, ¿vale? Estamos juntos en esto. Slade llamará a Striker.
    – ¿Lo hará? Me parece que ha hecho muchas promesas en su vida que, por alguna razón, luego ha olvidado cumplir.
    – Está cambiando.
    – Bien, porque está claro que ha arruinado su vida.
    – No todos tenemos la suerte de convertir en oro todo lo que tocamos -le recordó Matt-. Y, por lo que puedo ver, no estás en posición de empezar a lanzar flechas -Matt miró a Nicole a través del espejo-. ¿Hay algo con la doctora que te tiene nervioso?
    Thorne no respondió.
    – Eso creía -la sonrisa de Matt resultó verdaderamente irritante-. Bueno, buena suerte. No parece una potra fácil de domar.
    – Esto no tiene nada que ver con ella.
    – Es verdad, se me olvidaba. Tú nunca te involucras demasiado con una mujer, ¿verdad? -guiñó un ojo de forma exagerada, señaló al pecho de Thorne con su dedo y después marchó por el pasillo tras Slade.
    Terriblemente irritado, Thorne esperó mientras veía a Nicole y al doctor Arnold por el cristal. Detestaba la sensación de verse impotente, de no poder hacer nada por la vida del bebé, de que su hermano hubiera visto tras su fachada de indiferencia en lo que respectaba a Nicole Sanders Stevenson. Lo cierto era que ya le había llegado al corazón. La había besado la noche anterior sin estar seguro de su estado civil, sin importarle lo más mínimo, y después le había llevado una flor a su casa como un jovencito enamoradizo. Luego, la había llamado y había manipulado la situación para conseguir una cita con ella. Nunca había actuado de ese modo. Nunca. No lo comprendía. Sí, ella era una belleza y además inteligente, atrevida y lista, una mujer como nunca había conocido. Y ya la había perdido una vez.
    Aún seguía torturándose mentalmente cuando Nicole apareció. Tenía gesto serio y una mirada ensombrecida de preocupación.
    – ¿Es muy grave?
    Unas pequeñas arruguitas aparecieron entre las cejas de Nicole y él se preparó para lo peor.
    – No está bien, Thorne, pero el doctor Arnold está haciendo todo lo que puede. Además, está conectado por el ordenador con otros neonatólogos del país.
    – ¿Qué puedo hacer? -preguntó Thorne apretando la mandíbula tanto que le dolía.
    – Ser paciente y esperar.
    – Ese no es mi fuerte.
    – Lo sé -el fantasma de una sonrisa cruzó los labios de Nicole cuando comenzaron a bajar las escaleras para salir fuera juntos. Se puso la capucha y la abrochó alrededor de la barbilla. Corrieron esquivando charcos hasta su todoterreno mientras el aguanieve caía desde el cielo como agujas de hielo.
    – Gracias por llamarme e informarme sobre J.R. -dijo al llegar al coche.
    – ¿J.R.? ¿Es el nombre del bebé?
    – La verdad es que no tiene ninguno, pero he estado pensando que deberíamos llamarlo como mi padre ya que Randi sigue en coma y bueno… ¿quién sabe cómo va a llamarlo cuando despierte? -«si es que despierta. Si es que el bebé sobrevive»-. Bueno, quería decirte que agradezco tu llamada.
    – De nada. Te dije que lo haría -buscó en su bolso, sacó las llaves y abrió la puerta.
    – Sí, pero no tenías que haberte molestado en buscar una niñera y venir hasta aquí -eso le había llegado muy hondo.
    – Pensé que sería lo mejor -le dirigió una pequeña sonrisa-. Lo creas o no, Thorne, algunos de los médicos que hay aquí, entre los que incluyo al doctor Arnold, nos preocupamos mucho de nuestros pacientes. No sólo se trata de venir y marcharnos a nuestra hora, sino de asegurarnos de que el paciente sobrevive y recibe los mejores cuidados.
    – Lo sé.
    – Bien -parpadeó por las gotas que le caían por la cara y un centelleo iluminó sus ojos dorados-. Bueno, pues ahora me debes una.
    – Lo que quieras -dijo con una voz tan suave que ella apenas oyó las palabras. Pero cuando lo miró a los ojos y vio un mensaje en ellos, se le hizo un nudo en la garganta y la parte más delicada de su corazón quedó resentida.
    Nicole recordó su beso del día anterior en ese mismo aparcamiento, y no pudo olvidar la pasión que esos labios dejaron marcada sobre los suyos. Y ése fue el comienzo. Supo que en un día y medio su vida había cambiado irrevocablemente, que Thorne y ella se habían redescubierto el uno al otro y eso le daba pánico, tanto que temía pensar en ello.
    – Ten cuidado, McCafferty -dijo tras aclararse la voz-. Darme carta blanca podría ser peligroso.
    – Yo nunca he evitado los problemas.
    – Lo sé -suspiró al recordar cuántas de sus amigas habían intentado advertirle sobre Thorne. Se sabía que los chicos McCafferty eran unos granujas que siempre acababan metiéndose en líos-. Mira, tengo que…
    Él la agarró por el codo.
    – Lo decía en serio cuando te he dado las gracias, Nicole. Y lo siento de verdad.
    – ¿Qué sientes?
    – Siento haberte dejado así.
    El corazón le dio un vuelco al darse cuenta de que habían estado pensando en lo mismo. Justo en el momento en que el viento le quitó la capucha de la cabeza, se advirtió que no debía confiar en él.
    – Eso pasó hace mucho tiempo, mucho tiempo, Thorne. Eramos… bueno, yo era una cría. No sabía lo que quería. Olvidémoslo.
    – A lo mejor yo no puedo olvidarlo.
    – Pues lo has hecho muy bien todos estos años.
    – No tan bien como había esperado -dijo-. Mira, me gustaría aclarártelo todo.
    – ¿Ahora? -Nicole desvió la mirada y sintió su pulso acelerarse a medida que el aguanieve le caía por el cuello-. ¿Qué tal en otro momento? Cuando no corramos peligro de congelarnos.
    Thorne la soltó y ella abrió la puerta. Tras sentarse, cerró la puerta y metió la llave en el contacto. Con un giro de muñeca, intentó arrancar el motor, pero el coche no reaccionó. Mientras seguía intentándolo, era consciente de que Thorne no se había movido y que estaba allí, con la cabeza empapada y su abrigo largo goteando.
    Hizo tres intentos más…
    Y se oyeron tres chirridos que no quedaron en nada.
    – No -murmuró, pero sabía que no había solución. El maldito coche no iba a moverse a menos que se pusiera tras él y lo empujara-. Genial. Perfecto -y Thorne seguía allí, como un hombre sin una pizca de sensatez que no se refugiaba de la helada lluvia.
    El abrió la puerta.
    – ¿Necesitas que te lleve?
    – Lo que necesito es un mecánico, ¡uno que sepa distinguir un pistón de un tubo de escape! -agarró su bolso y bajó-. Y si no puedo tenerlo, pues supongo que lo mejor sería que me llevaras -cerró la puerta del todoterreno, se abstuvo de darle una patada y se dio la vuelta. Thorne le dio la mano y entrelazó sus dedos fríos y mojados con los de ella cuando echaron a correr hacia su camioneta. Nicole se dijo que no debía darle ninguna importancia a ese detalle, era sólo la ayuda de un viejo amigo, pero en el fondo sabía muy bien que no era así.
    Ya dentro del vehículo, se secó el agua de la cara y le fue indicando por la ciudad mientras él conducía despacio por las calles llenas de charcos y con la radio de fondo.
    – Bueno, háblame sobre ti -los faros de los coches que se les cruzaban iluminaban los ángulos de su cara y Nicole se dijo que en el fondo no era tan guapo y que además era abogado de empresa, ¡por Dios! Justo la clase de hombre que quería evitar.
    – ¿Qué quieres saber? -preguntó ella.
    – ¿Cómo llegaste a ser médico?
    – Yendo a la Facultad de Medicina.
    Thorne enarcó una ceja y ella se rió.
    – Vale, vale, ya sé qué quieres decir -admitió, contenta de haber roto el hielo-. Supongo que quería probarme a mí misma. Mi madre siempre me decía que apuntara alto, que podía conseguir todo lo que quisiera, y la creí. Insistió en que eligiera una profesión en la que no tuviera que depender de un hombre.
    Y sabía por qué. Su padre se había ido cuando ella apenas tenía dos años y desde entonces no se había sabido nada de él. Ni pensión, ni tarjetas de cumpleaños, ni siquiera una llamada en Navidad. Si su madre sabía dónde estaba, nunca lo había dicho y su respuesta a todas las preguntas de Nicole siempre habían sido claras: «Se ha ido. Nos dejó cuando más lo necesitábamos. Bueno, ya no lo necesitamos y nunca lo haremos. Confía en mí, Nicole, no queremos saber qué ha sido de él. No importa si está vivo o muerto». En ese momento de la conversación, normalmente su madre se había agachado para mírala a los ojos y unos fuertes dedos maternales habían sujetado sus pequeños hombros. «Puedes hacer lo que quieras, cielo. No necesitas un padre vago para demostrártelo. No necesitas un marido. No, lo lograras todo tú sola. Sé que lo harás y puedes hacer lo que sea, ser lo que quieras. Todo es posible».
    En los últimos años Nicole se había preguntado si su necesidad de triunfar, si su ambición, sus ansias de dejar una impronta era alguna clase de necesidad interior de demostrarse que podía lograr lo que quisiera sin ayuda y que la razón por la que su padre las abandonó no tuvo nada que ver con ella.
    Por supuesto, a los diecisiete años, después de salir con Thorne McCafferty, se había enamorado de pies a cabeza y había estado dispuesta a renunciar a todos sus planes, a sus sueños y a las esperanzas de su madre, por un hombre… un hombre que no se había preocupado lo suficiente por ella ya que no se había dignado a explicarle por qué la había dejado.
    Hasta ese momento.
    Podía sentirlo. Como las nubes juntándose antes de una tormenta, las señales de que Thorne no había renunciado a su necesidad de explicarse eran evidentes en la tensión de su mandíbula y en la fina línea a la que había quedado reducida su boca.
    Él esperó hasta llegar a un semáforo y bajó la radio.
    – Te he dicho que quería explicarte lo que sucedió.
    – Y yo te he dicho que podía esperar.
    – Han pasado casi veinte años, Nikki.
    Nicole cerró los ojos y su corazón se agitó estúpidamente al oír el apodo que había utilizado en el instituto, el único nombre que él había empleado para llamarla.
    – Entonces, ¿por qué acelerar las cosas? -«no te dejes engañar, Nicole. Ya te utilizó una vez y está claro que puede hacerlo de nuevo».
    Él ignoró su comentario sarcástico.
    – Me equivoqué.
    – ¿En qué? -preguntó ella con una voz tan baja que supuso que tal vez no la habría oído.
    – En todo. En ti. En mí. En lo que importa en la vida. Pensaba que tenía que marcharme y probarme a mí mismo. Creía que no podía involucrarme con nadie ni con nada, tenía que ser libre. Pensé que tenía que terminar la carrera de Derecho, ganar un millón de dólares y después de eso seguir subiendo.
    – ¿Y ahora no lo piensas? -no lo creía.
    – Ahora no estoy seguro -admitió, tamborileando con los dedos sobre el volante mientras el interior del coche comenzaba a llenarse de vaho.
    – Me suena a la crisis de la mediana edad.
    Thorne dobló una esquina demasiado deprisa.
    – Una respuesta fácil.
    – Casi siempre acierto.
    – ¿De verdad lo crees?
    Nicole se recostó sobre el asiento y miró por la ventana las luces de neón del viejo cine. Se preguntó por qué se había metido en esa conversación.
    – Digamos que lo he vivido de primera mano -continuó él.
    – Oh.
    – Y me juré que la próxima crisis de la mediana edad que sufriera sería la mía.
    Él aparcó delante de la pequeña casa y Nicole agarró el tirador de la puerta.
    – Supongo que podría invitarte a pasar y a tomar un café, un chocolate, un té o algo.
    – Podrías.
    Ella vaciló, con una mano en el tirador.
    – Aunque a lo mejor no es tan buena idea.
    – ¿Y eso por qué?
    Nicole alzó un poco la barbilla.
    – Porque creo que esta relación está adquiriendo un tono demasiado personal.
    – Y preferirías que no saliera de lo profesional.
    – Sería mejor para todos. Para Randi… el bebé…
    Para sorpresa de Nicole, un lado de la boca de Thorne se alzó en un gesto sexy y arrogante.
    – ¿Es ésa la razón, doctora, o es que te doy miedo?
    «No, Thorne, no me das miedo. Me doy miedo a mí misma».
    – No te lo creas tanto.
    – ¿Por qué iba a tener que parar ahora? -la atrajo hacia sí y comenzó a besarla. Se detuvo y dejó la boca a escasos centímetros de la suya, dejando que su respiración le acariciara el rostro-. Buenas noches, Nikki -y entonces la soltó. Ella abrió la puerta y casi se cayó de la camioneta. La vergüenza invadió sus mejillas según caminaba hacia su casa y lo sentía observándola, esperando a que entrara. Después, él arrancó el motor y desapareció a través de la cortina de plateada aguanieve.

Seis

    – ¿Maldita sea! -Thorne colgó el teléfono y miró por la ventana el frío día donde la evidencia de la tormenta de la noche anterior aún brillaba sobre la hierba y colgaba de los aleros en relucientes carámbanos. Sintió un palpitante dolor de cabeza. Se había pasado toda la mañana al teléfono y engullendo tazas de café tan amargo como el corazón de una solterona.
    Había dormido en su vieja habitación, la que lindaba con el dormitorio de sus padres, y del mismo modo sus hermanos habían elegido las habitaciones en las que habían crecido. Pero cuando había despertado esa mañana, se había encontrado solo en la casa.
    Durante las horas que habían transcurrido había llamado al hospital, esperando que Randi y el bebé hubieran mejorado. Pero nada había cambiado. Su hermana seguía en coma y el bebé, aunque se encontraba estable, aún corría peligro. Había conectado su portátil a la anticuada línea telefónica y buscó todo lo que pudo sobre la enfermedad del niño. Por lo que pudo encontrar, todo lo que podía hacerse para atacar la meningitis ya se estaba haciendo en St. James. También había llamado a la oficina, había hablado con Eloise y le había dicho que esperaba que al final del día ya tuviera instalada una oficina en el estudio de su padre. Se preguntó qué habría hecho John Randall en una situación así y, al pensar en su padre, sacó del bolsillo el regalo que le había hecho. El anillo resplandeció con la luz del sol y Thorne cerró la mano alrededor de la alianza de plata y oro.
    «Quiero que te cases. Dame nietos». La petición de John Randall pareció rebotar en las paredes de esa habitación panelada en madera de pino que aún olía ligeramente a los puros del viejo McCafferty, y la imagen de Nicole se presentó en su mente, la única mujer a la que había visto como madre de sus hijos. Ese pensamiento le había asustado hacía casi veinte años y aún seguía haciéndolo porque nada había cambiado. Sí, había habido muchas mujeres desde que había salido con ella, de ningún modo había sido célibe, pero ninguna de ellas había estado cerca de tocarle el corazón.
    Hasta que había vuelto a ver a Nicole.
    No era que quisiera una esposa o una madre para sus hijos o…
    ¿En qué estaba pensando? ¿Mujer? ¿Hijos? Ese no era él. Ya no. Y tal vez la razón por la que estaba pensando así era probablemente por lo que su padre le pidió antes de morir, por el anillo de boda que le había regalado y por el hecho de que él tampoco viviría para siempre. La situación de Randi era prueba de ello.
    ¡Oh, por Dios! Ya bastaba de esos pensamientos morbosos. Miró a su alrededor y se preguntó cuántos contratos se habrían cerrado allí mismo en el pasado. Cuántas decisiones familiares o de negocios tomadas mientras John Randall le había dado caladas a un puro, apoyando sus botas sobre el escritorio de arce arañado y recostado en un sillón de piel que se había suavizado por tantos años de uso.
    Esa maldita alianza había sido el anillo de boda de su padre, un regalo de Larissa, la madre de Thorne, en el día de su boda. John Randall lo había llevado orgulloso hasta que Larissa había descubierto su relación con Penélope, la joven con la que su mujeriego marido se había estado viendo. La mujer que había roto un matrimonio que ya había empezado a irse a pique. La mujer que al cabo del tiempo le había dado a John Randall su única hija.Y ahora la madre de Thorne también estaba muerta, un infarto se la había llevado hacía dos años.
    Se metió el anillo en el bolsillo y descolgó el teléfono otra vez. Marcó el número de Nicole y colgó cuando saltó su contestador automático. Tamborileando con los dedos sobre el escritorio, se preguntó si habría logrado que le remolcaran el coche, si habría encontrado otro medio de transporte y cómo estaría saliendo adelante siendo la madre soltera de dos gemelas de cuatro años. «No es asunto tuyo», se recordó, aunque sí que le importaba. Se preguntó también por el hombre que había sido su marido y después se obligó a concentrarse en los problemas que tenía entre manos porque, sin duda, ya tenía suficientes. Nicole era una profesional, una madre y una mujer sensata. Estaría bien. Tenía que estarlo.
    Oyó el ruido de la puerta principal al abrirse y las fuertes pisadas de unas botas.
    – ¿Hay alguien aquí? -oyó gritar a Slade.
    – En el estudio.
    Su hermano apareció en la puerta. Llevaba unas botas raídas, una camisa de franela y un bigote que no se había molestado en afeitarse. Una cazadora vaquera con los puños deshilachados era su única protección contra el tiempo. Llevaba una taza de café de papel en una mano.
    – Buenos días.
    – Aún no lo son.
    El semblante de Slade se volvió adusto.
    – No me digas que hay más malas noticias. He llamado al hospital hace un par de horas y me han dicho que no había ningún cambio.
    – Y no lo hay. Randi sigue en estado crítico y el bebé también está grave -Thorne rodeó el escritorio y cerró su portátil, acabando así con su conexión con el mundo exterior: noticias, tiempo e informes de bolsa-. Me refería a todo lo demás.
    – ¿Como por ejemplo…?
    – Para empezar, tu amigo Striker no me ha devuelto las llamadas, el editor de Randi en el Clarion siempre está fuera o en una reunión. Creo que está evitándome. He hablado con la oficina del sheriff, pero hasta el momento no hay nada nuevo. Se supone que un detective tiene que llamarme. La buena noticia es que el equipo que he encargado para montar la oficina aquí llega hoy, y la compañía de teléfono va a venir a instalar unas líneas. He hablado también con una agencia especializada en niñeras porque vamos a necesitar una cuando J.R. vuelva a casa…
    – ¿J.R.? -repitió Slade.
    – Así es como llamo al bebé.
    – ¿Por papá? -preguntó Slade, obviamente perplejo.
    – Y por Randi.
    Slade dejó escapar un largo silbido.
    – Has estado ocupado, ¿verdad?
    Thorne enarcó una ceja y recordó que hablaba con su hermano pequeño, el mujeriego, un hombre que nunca había sentado cabeza y que no se había responsabilizado de nada.
    – Lo único para lo que he tenido tiempo esta mañana ha sido para llamar a Striker y para tomarme un par de cafés en el Pub'n'Grub. Allí me he encontrado con Larry Todd.
    – ¿Por qué me suena ese nombre?
    – Porque es el hombre que llevó este sitio cuando papá enfermó.
    Thorne se acomodó en el sillón de su padre y se recostó hasta que éste protestó con un crujido.
    – Escucha. Randi mantuvo a Larry como empleado cuando heredó parte del rancho.
    Thorne lo recordaba, aunque no había prestado mucha atención al asunto porque en aquel momento había estado en negociaciones para la subdivisión de las Granjas Canterbury tratando asuntos legales, con un grupo medioambiental, con el ayuntamiento y con un problema de contabilidad porque uno de sus contables había hecho un desfalco en el proyecto anterior. Lo importante era que John Randall había muerto y Thorne, a pesar de saber que su padre se estaba muriendo, había quedado impactado y muy apenado por la noticia. No le había importado lo de la sexta parte del rancho que había heredado y le había permitido a Randi, propietaria de la mitad de los acres y de la vieja casa del rancho, que llevara el terreno como mejor creyera.
    – Pero la semana pasada Randi llamó a Larry, le dijo que ya no lo necesitaba y que le pagaría dos meses de indemnización.
    – ¿Por qué?
    – No lo sé. Larry estaba muy enfadado.
    – ¿Cuándo pasó eso?
    – Un día antes del accidente.
    – ¿Y contrató a alguien más?
    – No lo sé, acabo de enterarme.
    – Alguien tendría que venir a ocuparse del ganado.
    – Se supone.
    Thorne miró por la ventana y vio a Matt cerrándose el cuello de la chaqueta de camino a la puerta trasera. Slade frunció el ceño.
    – Creo que debería ir a ayudar con el ganado. Le he dicho a Larry que lo contrataríamos otra vez, pero está muy enfadado. He pensado que Matt podría hablar con él.
    – Vamos a ver qué pasa.
    Se reunieron en la cocina, donde Matt había dejado su sombrero sobre la mesa y había colgado la cazadora en el respaldo de una silla. Estaba sirviéndose una taza de café.
    – Por aquí no hay nada para comer -gruñó mientras buscaba en la nevera y después en el armario. Sacó un viejo tarro de leche en polvo y se echó una buena dosis a la vez que Slade y Thorne lo ponían al corriente de lo que ya habían hablado los dos.
    – Necesitamos que Larry Todd vuelva a trabajar para nosotros -le dijo Thorne a Matt-. Slade se lo ha encontrado hoy y ha pensado que podrías hablar con él.
    Matt observó el contenido de su taza y asintió lentamente.
    – Puedo intentarlo, pero me llamó después de que Randi le dijera que ya no lo necesitaba, y decir que estaba un poco cabreado es quedarse corto.
    – Mira a ver qué quiere -sugirió Thorne.
    – Lo intentaré.
    – Convéncelo.
    – Lo intentaré -Matt removió el café lentamente-, pero Larry es muy testarudo.
    – Ya nos ocuparemos de eso. Tengo que llamar a Juanita para saber si volverá con nosotros -dijo Thorne.
    – Tal vez esté trabajando para alguien más ahora. Randi le dijo que podía irse cuando papá murió -Matt se sentó sobre la encimera y sus pies quedaron colgando.
    – Entonces tendremos que plantearle una oferta atractiva para que vuelva.
    – Tal vez no sea así de sencillo -dijo Slade tras darle un sorbo a su café-. Hay gente que se siente en la obligación de seguir con la persona que lo tiene contratado.
    – Se puede comprar a todo el mundo.
    Slade y Matt intercambiaron miradas.
    Thorne ni se inmutó.
    – Todo el mundo tiene un precio.
    – ¿Incluso tú? -preguntó Matt.
    – Sí.
    Slade resopló.
    – Eres un cínico.
    – ¿No lo somos todos? -comentó Thorne sin dejarse intimidar-. Y todos necesitamos una cuidadora. Cuando Randi y el bebé vengan, necesitaremos ayuda profesional -estaba repasando una lista que tenía anotada en la cabeza-. Llamaré a un bufete de abogados con el que solía trabajar.
    – ¿Un bufete de abogados? -Slade sacudió la cabeza-. ¿Por qué íbamos a necesitar abogados teniéndote a ti?
    – Ya sabéis que soy abogado de empresa, y necesitamos a abogados especializados en Derecho de Familia. Para cuando encontrémos al padre del niño, podría querer la custodia.
    – Y pueda que la obtenga, al menos parcialmente -comentó Matt.
    – A lo mejor sí y a lo mejor no. No sabemos nada sobre ese tío.
    Slade volteó los ojos y tiró al fregadero lo que le quedaba de café.
    – Por amor de Dios, Thorne, ¿es que no confías en nadie?
    – No.
    – Si Randi eligió a ese tipo, puede que esté bien -opinó Matt.
    – ¿Y entonces dónde está? Suponiendo que sepa que estaba embarazada, ¿por qué no ha aparecido? -ésas eran las preguntas que habían estado persiguiendo a Thorne desde que se había enterado del accidente de su hermana-. Si es un tío tan majo, ¿por qué no está con ella?
    – A lo mejor ella no quiere que esté a su lado -Slade se encogió de hombros-. Eso pasa.
    – Bueno, por si acaso, tendremos que ver cuáles son nuestros derechos, los derechos del bebé, los de Randi y…
    – Y los del padre -señaló Matt antes de dar un largo trago de café-. Vale, tengo que ir a la ciudad y al supermercado. Cuando vuelva, llamaré a Larry.
    Slade se metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos.
    – Voy contigo -le dijo a Matt-. Quiero hablar con la oficina del sheriff para ver si me pueden dar alguna información del accidente de Randi.
    – Buena idea -asintió Thorne-. He llamado, pero no he recibido respuesta.
    – Le he dejado un mensaje a Striker, pero volveré a llamarlo -prometió Slade metiéndose el cigarrillo en la boca-. ¿Tú qué tienes pensado hacer?
    – Voy a instalar mi oficina en el estudio cuando me traigan el equipo que he encargado y después iré a la ciudad a visitar a Randi y al bebé -no añadió que también tenía la intención de volver a ver a Nicole.
    – Sí. Yo también había pensado en pasar por el hospital -dijo Matt-. Si llama Mike Kavanaugh, dile que le devolveré la llamada.
    – ¿Quién es Kavanaugh? -preguntó Thorne.
    – Mi vecino. Está cuidando mi finca mientras estoy aquí.
    Slade arrugó su taza de papel vacía y la tiró a la basura.
    – ¿Cuánto tiempo estará ocupándose de ella?
    Matt se puso la chaqueta y el sombrero.
    – Todo el tiempo que haga falta -miró a sus hermanos-. Randi y el bebé son lo primero.
    Nicole entró con el coche de alquiler en el aparcamiento del hospital y quiso confiar en que los mecánicos encontraran el problema que tenía el todoterreno, lo solucionaran y se lo devolvieran pronto, sin que le costara un ojo de la cara.
    Tenía algo más de media hora antes de empezar su turno y había planeado emplear ese tiempo en ir a ver a Randi McCafferty y al bebé.
    Echó el freno de mano, apagó el motor, agarró su maletín y se dijo que su interés por Randi y el bebé no era más que una cuestión de cortesía y de preocupación profesional, que a menudo seguía la evolución de los pacientes cuando salían de urgencias. No se trataba de Thorne. En absoluto. El hecho de que él estuviera emparentado con Randi era algo secundario.
    Estuvo discutiendo consigo misma en el ascensor y hasta llegar a su despacho.
    – ¿Algo va mal? -le preguntó al pasar por el control de enfermeras del ala oeste una enfermera que conocía desde que había llegado al St. James.
    – ¿Qué?
    – Se te ve preocupada. ¿Están bien las gemelas?
    – Sí, bueno Molly está resfriada, pero nada que un poco de mimos y cariño y una peli de Disney no puedan curar. Supongo que simplemente estaba pensando.
    – Bueno, pues sonríe un poco cuando pienses -le dijo la enfermera guiñándole un ojo.
    – Lo intentaré.
    Llegó a la UCI y miró el historial de Randi.
    – ¿Algún cambio?
    – No mucho -dijo Betty, la enfermera de la UCI, sacudiendo unos rizos rojos perfectamente arreglados-. Sigue en coma. No responde, pero resiste. ¿Cómo está el bebé?
    – No está bien -admitió Nicole mirando a una preocupada Betty-. Voy a verlo ahora.
    La mujer apretó los labios. La cruz de oro que pendía de su cuello resplandecía sobre su piel.
    – Es una pena -dijo.
    – Mientras hay vida, hay esperanza.
    Nicole se dirigió a la unidad de pediatría, donde el pequeño J.R., como Thorne lo llamaba, estaba luchando por su vida. Al ver al diminuto bebé lleno de tubos y conectado a unos monitores, se le encogió el corazón. Recordó el nacimiento de sus hijas, la euforia al verlas por primera vez y la tranquilidad de saber que eran perfectas y que estaban sanas. Había estado exultante de alegría e incluso Paul parecía feliz. La había mirado con lágrimas en los ojos y le había dicho: «Son preciosas, Nicole. Tan preciosas como su madre».
    Sus dulces palabras aún la perseguían; ¿eran las últimas que le había dirigido? Seguro que no. Seguro que hubo unos cuantos cumplidos más y miradas tiernas ante de que unos empleos demasiado exigentes y unas hijas incansables les hubieran robado a su matrimonio lo que fuera que los había unido. Una inocente Nicole había pensado que tener hijos los uniría más… Por supuesto, se había equivocado. Mucho.
    – ¿Ha venido hoy el doctor Arnold? -le preguntó a la enfermera.
    – Dos veces.
    – Bien – «vamos, J.R.», pensó mientras veía esos deditos cerrados en un puño. «Lucha. ¡Puedes hacerlo!».
    Pero el bebé parecía tan frágil, tan pequeño, y sus constantes vitales no habían mejorado.
    – ¿Ha estado aquí la familia?
    – Los tres tíos.
    Nicole se lo había imaginado. No había duda de que los hermanos McCafferty estaban decididos a que su hermana y su sobrino salieran adelante, aunque sólo fuera por esa fuerte voluntad que tenían en común. Ojalá con eso bastara.
    – Volveré luego -dijo y salió al pasillo, donde casi se tropezó de lleno con Thorne. Lo miró a sus ojos grises y se sintió conmovida al ver que, sin duda, él amaba a ese pequeño.
    – ¿Cómo está?
    – Igual -respondió ella, girándose para mirar al bebé por el cristal-. Pensaba que ya habías estado aquí.
    Thorne se aclaró la voz antes de decir:
    – Tenía que hacer unas cosas en la ciudad y he pensado que podía volver a pasarme -miró al diminuto bebé y por un instante Nicole se preguntó cómo sería su vida si Thorne y él hubieran tenido hijos juntos. Si las cosas hubieran sido distintas, ¿se habrían convertido en padres? Eran unos pensamientos dulces y amargos a la vez porque si los dos se hubieran quedado en Grand Hope, ella no habría llegado a ser médico y tampoco tendría a sus preciosas hijas.
    – J.R. es un luchador -dijo ella tocando la mano de Thorne-. Intenta no preocuparte.
    – Me resulta imposible -respondió con una sonrisa cínica.
    – Todo es posible, Thorne -Nicole se preguntó por qué se sentía obligada a consolarlo. Él volvió su mano y le rodeó los dedos.
    – ¿De verdad lo crees?
    – Con todo mi corazón -sus miradas quedaron enganchadas y Nicole se sintió como si fuera a desmayarse. El hospital pareció desvanecerse formando una suave bruma y tuvo la sensación de estar a solas con él en el universo. ¡No! Eso no era nada bueno…
    Su busca sonó y se soltó la mano. Tras meterla en el bolsillo, y con mucho calor por el cuello, lo encontró y leyó el mensaje.
    – Tengo que irme corriendo -volvió a mirarlo-. Ten fe, Thorne. J.R. saldrá adelante -por qué había dicho algo que no podía saber era algo que no entendía. Se dio la vuelta rápidamente y salió corriendo hacia la sala de urgencias donde tenía que comenzar su turno.
    Al instante fue abordada por una enfermera.
    – Todo lo malo viene de golpe. Llevamos horas muy tranquilos, y ahora estamos desbordados. Puedes empezar con la habitación tres. Tenemos una niña de siete años que se ha caído del caballo. Puede que tenga la muñeca rota.
    – Voy.
    – Después, hay un adolescente con sinusitis y un niño pequeño con un guisante atascado en la nariz. Una enfermera ha intentado atenderlo, pero la madre quiere que lo vea un médico -dijo la mujer volteando los ojos-. Madre primeriza. Es su primera urgencia.
    – Asegúrate que la enfermera puede ocuparse de la extracción y dile que luego, cuando acabe con otros pacientes, yo misma iré a verlo.
    – Vale… oh, no… -la enfermera frunció el ceño al mirar por encima de los hombros de Nicole.
    – ¿Qué?
    – Malas noticias. Son los de la prensa. Han estado husmeando por aquí desde el accidente de McCafferty, pero pensaba que ya se habrían calmado.
    Por el rabillo del ojo, Nicole vio una furgoneta de una televisión local detenerse fuera de las ventanas de la sala de espera.
    – Alguien debe de haber contado que el bebé está grave -añadió la mujer.
    – Genial.
    La enfermera mostró un gesto afligido.
    – En Grand Hope no hace falta mucho para que se arme un revuelo, ¿verdad?
    – Siempre ha sido así -dijo Nicole. Los McCafferty siempre habían sido objeto de interés para la gente de la ciudad, ya que John Randall había sido un hombre extravagante y rico que además había estado involucrado en la política de la zona. Su vida, tanto pública como privada, había estado en boca de muchos y además sus hijos habían sido unos adolescentes con un estilo de vida algo salvaje, siempre metiéndose en problemas. Pero a medida que la ciudad había ido creciendo y que los hijos de McCafferty se habían hecho adultos y se habían esparcido como semillas con el viento, habían despertado menos interés.
    – Sera mejor que vaya a ver qué pasa -dijo la enfermera.
    Nicole tenía cosas más importantes que hacer que preocuparse por la prensa. Miró el informe de la niña de la muñeca rota y al ver a la asustada niña rubia con la cara llena de lágrimas sentada en el borde de la camilla, forzó una sonrisa y se obligó a sacarse de la cabeza a la familia de Thorne. La pequeña tenía manchas de barro y de hierba por todo su peto y su madre, una diminuta mujer con ojos de preocupación escondidos tras unas gruesas gafas, se levantó cuando ella entró en la habitación.
    – ¿Eres Sally? -le preguntó a la niña, que asintió lentamente con la cabeza.
    – Sí, sí. Y yo soy su madre. Leslie Biggs. Estaba montando a caballo y se ha caído justo cuando volvían al establo. Yo estaba en el porche cuando la he oído llorar… -la voz de la madre se fue apagando.
    – Yo me caí del caballo cuando tenía más o menos tu edad -le dijo Nicole a su paciente.
    – ¿Sí? -preguntó la niña con cierta desconfianza en sus palabras, como si se hubiera esperado que la doctora intentara engatusarla para animarla.
    – Sí, pero tuve suerte, no me hice daño en ninguna parte, sólo en mi orgullo. Estaba presumiendo delante de un niño, creí que podía hacer que mi poni saltara una pila de leña, pero frenó en seco y yo salí volando hasta aterrizar sobre una boñiga de vaca -miró a la madre-. Creo que una ley física básica tuvo algo que ver.
    – Qué asco -dijo la niña riéndose, aunque al momento gritó cuando Nicole le tocó el brazo hinchado.
    – Sí. Después de eso nunca conseguí una cita con Teddy Crenshaw. No. Es más, le contó la historia a todo el colegio.
    – Qué tonto.
    – Eso pensé yo. Pasé mucha vergüenza. Bueno, vamos a ver qué tenemos aquí. Parece que vamos a necesitar rayos X…

    Tras acabar su turno, una agotadísima Nicole dobló la esquina que daba a su despacho y se encontró a Thorne apoyado en el marco de la puerta cerrada con llave. Resultaba menos imponente con unos pantalones informales, un jersey y un abrigo de cuero con la cremallera bajada.
    Estuvo a punto de tropezar y su tonto corazón latió con fuerza ante la intensidad de su mirada plateada. ¿Pero qué tenía ese hombre que siempre lograba ponerla así de nerviosa? La pura verdad era que siempre la había perturbado. Siempre. Le recordaba a un tren fuera de control descendiendo por una colina, a una locomotora tomando velocidad para precipitarse hacia su destino.
    – ¿Ahora trabajas aquí? -bromeó ella.
    – Como si lo hiciera.
    – En serio, ¿llevas aquí todo este rato?
    – No -él le ofreció los restos de una sonrisa-. Lo creas o no, tengo una vida propia. He vuelto a buscarte.
    – ¿A mí? -no sabía si sentirse halagada o si mostrar cautela-. ¿Y has esperado en mi despacho? ¿Cómo sabías que iba a subir? A veces me marcho a casa directamente desde urgencias.
    – Supongo que he tenido suerte.
    Ella enarcó una ceja al abrir la puerta.
    – No sé por qué no creo que tú confíes en la suerte.
    La puerta se abrió y dieron un paso al frente, él detrás de ella.
    – Imagino que has vuelto a ver a tu hermana y al bebé.
    – Sí.
    – ¿Algún cambio?
    – Nadie me ha dicho nada.
    – He llamado al doctor Arnold.
    – Yo también.
    Tras rodear su escritorio, se dejó caer en la silla y dijo:
    – Espera que compruebe mis mensajes.
    Thorne esperó de pie junto a la puerta y ella le indicó que pasara mientras escuchaba varios de los mensajes grabados. Uno era del mecánico; decía que habían encontrado el repuesto y que empezarían a trabajar cuando lo recibieran. La segunda llamada era de Jenny diciéndole que se llevaba a las niñas al parque. Había otros dos más de especialistas a los que había consultado y finalmente un breve mensaje del doctor Arnold para informarla sobre el bebé. Le devolvió la llamada, volvió a saltar el contestador y le dejó otro mensaje.
    Tras colgar, se encogió de hombros.
    – Nada. El bebé sigue estable, su estado no ha empeorado y el doctor Arnold se muestra optimista, aunque con cautela -notó la mandíbula de Thorne tensarse de frustración.
    – Tiene que haber algo que puedas hacer.
    Ella se sintió algo molesta.
    – Ya sabes que el doctor Arnold está en contacto con otros médicos y unidades de pediatría de todo el país.
    – A lo mejor no es suficiente.
    – ¿Y qué sugieres?
    – Tú eres el médico.
    – Pues entonces confía en mí, confía en el doctor Arnold.
    – Supongo que no me quedan muchas otras opciones -admitió frotándose la barbilla.
    – Siempre hay opciones, Thorne, pero algunas no son las buenas. Trasladar al bebé a otro hospital sería un gran error.
    – Como ya te he dicho, no me quedan más opciones.
    Sintiéndose como si él estuviera cuestionando la integridad del hospital, quiso discutir, pero no lo hizo. Él estaba disgustado y era normal. Era un hombre acostumbrado a tenerlo todo bajo control, cada aspecto de su vida, que había quedado reducido a un mero estatus de mortal.
    – Ten un poco de fe -le dijo.
    Ojalá pudiera. Mientras miraba los ojos ámbar de Nicole, Thorne sintió unos instantes de bienestar, pero se obligó a no dejarse seducir sólo porque esa mujer estuviera empezando a importarle. No podía permitirse ese lujo ni dormirse en los laureles, no mientras su hermana y el bebé estaban luchando por sus vidas. Tenía que haber algo más que pudiera hacer.
    – Lo intentaré -dijo y captó la sombra de una sonrisa en los labios de Nicole.
    Por un segundo pensó en el beso que habían compartido recientemente, en cómo sus manos se habían entrelazado esa misma tarde y en cómo había sido hacerle el amor dulce y sensualmente años atrás.
    Era una locura estar pensando en eso allí, en ese despacho, rodeado de los sonidos del hospital, pero aun así no podía evitar pensar en otra cosa que no fuera aquella época inocente en la que los dos habían hecho el amor entre el alto heno listo para ser cortado mientras el sol de Montana brillaba sobre dos cuerpos desnudos reluciendo por el sudor y sonrojados por el calor de la pasión y de la juventud. Después la había besado y ella, riéndose, se había levantado y había corrido por la alta hierba hasta llegar al arroyo donde había chapoteado en el agua. Él, después de ir tras ella, la había alcanzado. La había besado otra vez, con el frío agua arremolinándose alrededor de sus rodillas, la había levantado en brazos y allí mismo, en el riachuelo, le había hecho el amor, iluminados por el sol que atravesaba las ramas de los pinos y los álamos y que destellaba sobre la limpia superficie del agua.
    Tanagras habían revoloteado sobre las ramas y cantado sobre el murmullo del arroyo, y las mariposas se habían unido a unas cuantas abejas situadas cerca del agua, pero lo único que Thorne recordaba era la sedosa piel de Nicole contra la suya, el movimiento de sus músculos y el sabor de su boca mientras la besaba apasionadamente.
    Ahora, al mirarla, experimentaba las mismas sensaciones que lo habían embargado siempre que había estado cerca de ella. Ya no era una jovencita bronceada corriendo desnuda por un campo, era una mujer, una doctora vestida con una bata blanca y sentada en un despacho, que daba muestras de la gran profesional en la que se había convertido.
    Rodeada de libros de medicina, de un brillante ordenador, de títulos decorando las paredes, Nicole Stevenson era una mujer que había recorrido un largo camino desde que había sido Nikki Sanders, una inteligente y preciosa chica de instituto con grandes sueños y poco más.
    Como si, en ese segundo, ella también hubiera recordado su exultante pasión, se aclaró la voz antes de decir:
    – Bueno, pues eso es todo.
    – ¿Cuándo terminas aquí?
    – Estoy a punto -admitió y colocó los archivadores que tenía esparcidos por la mesa. Una taza de café a medio beber y manchada con pintalabios color melocotón era ignorada junto al ordenador. Sobre una pequeña librería y junto a unos libros de medicina, había varios marcos que mostraban fotos de sus hijas posando para la cámara, sonrientes y con los ojos iluminados.
    – Así que éstas son tus hijas -supuso él.
    Ella asintió, con los ojos brillantes de orgullo de madre.
    – Molly y Mindy. Y, sí, puedo diferenciarlas.
    Él se rió.
    – Pero nadie más puede.
    – Sólo su padre -admitió, y de pronto pareció sentirse incómoda-. O al menos podía hacerlo. Hace mucho que no las ve.
    – ¿Por qué?
    Ella vaciló, suspiró y levantó una de las fotos.
    – Por muchas razones. Tiempo. Distancia. Espacio… Pero creo que lo principal es que no tiene interés en ellas. Pero tampoco me hagas mucho caso, no soy más que una ex mujer llena de rencor -dejó la fotografía en la estantería y le pasó un dedo por encima como para colocarla o comprobar si tenía polvo-. Bueno, estoy segura de que no has venido aquí para oír cómo me quejo de mi divorcio.
    – La verdad es que he venido para ver si necesitabas que te llevara a casa. No he visto tu coche en el aparcamiento.
    – Se lo ha llevado una grúa. Y gracias -se sintió conmovida por el hecho de que hubiera pensado en ella y a continuación se recordó que no debía confiar en él. Ya la había dejado una vez, destrozando así sus tontas fantasías de juventud-. Pero he alquilado uno.
    – ¿Cuándo tendrás listo el todoterreno?
    – Esa es la pregunta del millón. Aún no lo sé.
    – Pues si necesitas otro coche, en el rancho nos sobran y yo puedo llevarte en cualquier momento.
    Se la quedó mirando fijamente durante un segundo y sus ojos se llenaron de mensajes a los que no dio voz.
    – Gracias. Te lo diré.
    – Hazlo. Y… una cosa más.
    – ¿Qué? -le preguntó.
    – ¿Cenarías conmigo?
    – ¿Qué?
    Para su sorpresa, ella pareció quedarse impactada. Thorne curvó los labios en una sonrisa de satisfacción.
    – Sólo te he pedido una cita. El sábado por la noche. No debería ser tanta sorpresa. Creo que ya lo hemos hablado hace unos días -se cruzó de brazos por encima de su ancho pecho y sonrió-. Bueno, doctora, entonces, ¿qué dices?

Siete

    – No quiero que nadie vuelva a fastidiarme los planes -dijo Larry Todd. Era alto, cerca de metro noventa, con un pelo liso y rubio que le caía sobre sus penetrantes ojos verdes. De entre cuarenta y cinco y cincuenta años, estaba en el porche, con una chaqueta gruesa abrochada hasta el cuello y rodeado por un fuerte viento que azotaba el valle.
    – Redactaré un contrato con duración de un año -le aseguró Thorne-. Para entonces Randi ya debería estar de nuevo al mando de todo esto y podrás hablarlo con ella.
    Con el ceño ligeramente fruncido, el hombre asintió.
    – De acuerdo -miró a los tres hermanos, que habían pasado el día enseñándole el lugar que ya conocía como la palma de su mano. Larry había señalado los fallos que tenía el rancho, las zonas de valla que había que reparar, cómo la tierra estaba erosionándose por la zona norte, por qué sería buena idea vender parte de los árboles madereros situados en las pendientes más bajas de las colinas y había sugerido que era necesario invertir en un nuevo tractor. Sabía del toro de un vecino, uno que había ganado premios y al que podían intercambiar por otro del rancho para mezclar los genes de la manada. Thorne no comprendía cómo Randi podía haberlo despedido.
    – Bueno, ¿cómo está vuestra hermana? -preguntó Larry con gesto de preocupación a pesar de su enfado con Randi.
    – Sigue en coma -Slade le dio una patada a un pequeño montón de tierra.
    – Pero lo superará.
    – Eso piensan los médicos -dijo Thorne.
    – ¿Y el bebé?
    Los hombres intercambiaron miradas. Thorne dijo:
    – Nos hemos llevado un buen susto. Aún no está fuera de peligro, pero está mejorando.
    – Bien. Bien – Larry se ajustaba los guantes entre los dedos justo cuando el teléfono sonó desde dentro de la casa-. Redactad el contrato y ya volveremos a hablar.
    Bajó las escaleras hacia su camioneta cuando Thorne oyó a Juanita gritar su nombre.
    – Señor Thorne. ¡Teléfono! -gritó y los tres sonrieron. Era agradable tenerla con ellos de nuevo. Habían crecido con sus sinceras convicciones, sus ojos oscuros y su estricto sentido del bien y del mal.
    Thorne entró en la casa.
    – ¡Botas fuera! -se oyó decir a Juanita desde la cocina. Apareció con su rostro redondeado y su cabello negro, ahora corto y con mechones grises, y secándose las manos en el delantal-. Es su secretaria.
    – Hablaré desde el estudio -Thorne levantó el auricular y escuchó mientras su secretaria lo ponía al día de los proyectos que se estaban llevando a cabo. El asunto que tenía entre manos con el padre de Annette presentaba problemas con la comisión de urbanismo, había amenaza de una huelga de carpinteros y un agente inmobiliario con el que trabajaba estaba desesperado por hablar con él.
    Para cuando colgó el teléfono, sus hermanos ya se encontraban en el salón. Estaban de pie, calentándose las piernas con el fuego. Sus vaqueros se veían mugrientos y olían a caballo y a suciedad. Una hebilla plateada, la que su padre había ganado en un rodeo hacía mucho tiempo, sujetaba los Levi's de Matt, y el reloj que John Randall había llevado desde que Thorne podía recordar estaba abrochado alrededor de la muñeca de Slade. Todos ellos llevaban recuerdos de su padre, regalos personales que él les había concedido, como el anillo de Thorne. Tenía curiosidad por saber qué promesas les habría pedido cumplir a sus hermanos pequeños, pero no se molestó en preguntarles.
    – ¿Qué es eso de que tienes una cita? -preguntó Slade, con una sonrisa que destacaba de la sombra negra que le bordeaba la barbilla.
    Thorne miró a su hermano.
    – Se me ha ocurrido llevar a Nicole a cenar. Eso es todo.
    – Claro -Slade no estaba tan convencido.
    Una sonrisa algo maliciosa se fijó en el rostro de Matt mientras se cambiaba de sitio el palillo que tenía en la boca.
    – No es exactamente tu tipo, ¿no?
    – ¿Qué quieres decir?
    – Que es demasiado sencilla para ti -dijo Matt, sin duda divirtiéndose-. Una mujer con tanto cerebro como belleza.
    – Esa clase de mujer con la que uno sienta la cabeza -añadió Slade.
    Thorne se negó a molestarse por los comentarios fastidiosos de sus hermanos. Ninguno de ellos tenía mucho que opinar en lo que respectaba a asuntos del corazón.
    – Es sólo una cita -dijo, aunque sentía que había algo más. Había tenido cientos de citas en su vida, había pasado horas y horas en compañía de muchas mujeres y aun así lo de esa noche parecía diferente… como un poco más serio. Tal vez era porque Nicole trabajaba en el hospital donde su hermana y su sobrino estaban ingresados, pero eso no podía explicar el modo en que se le aceleraba el pulso al verla, las noches en las que soñaba con hacerle el amor, ni el hecho de que estuviera rompiendo una de sus reglas más sagradas: no volver nunca atrás.
    Jamás en su vida había salido con una persona con la que ya hubiera estado antes. Le parecía que no servia de nada; si una historia de amor no había funcionado en el pasado, ¿por qué iba a garantizar el éxito una segunda oportunidad? Ya lo decía el refrán: «Más vale prevenir que curar». Y aun así allí estaba, planeando una cita con una mujer que ya había sido su amante mucho tiempo atrás. Se quedó pensativo un segundo y recordó que la había seducido, que le había robado la virginidad y que, después de unas breves semanas de verano, la había abandonado.
    No fue porque se hubiera cansado de ella, todo lo contrario. Cuanto más había estado con Nicole, más había querido seguir a su lado, y eso le había aterrorizado. En ese punto de su vida aún le quedaba mucho por hacer, tenía demasiadas ambiciones que satisfacer y no tuvo tiempo para una relación seria ni para una chica a la que bien podría haber elegido como esposa.
    Lo cierto era que sus sentimientos por Nicole le habían asustado, pero por otro lado, en aquella época era poco más que un chiquillo. Ahora las cosas habían cambiado.
    – Si es sólo una cita, entonces ¿a qué viene todo ese secretismo y por qué me has pedido que…?
    – Ocúpate de eso, ¿vale? -le dijo Thorne con brusquedad.
    – Vale, vale -respondió Matt con las manos en alto-. Ya lo tienes: dos caballos con sus monturas.
    – ¿Qué? -exclamó Slade-. ¿Caballos? ¿Has perdido la chaveta? Vas a salir con una doctora. Una doctora que ejerció en San Francisco antes de venir aquí. Es una dama con clase, sofisticada.
    – ¿Pero no una con las que suelo salir? -le preguntó Thorne.
    – No la clase de mujer que se sube a un caballo con este tiempo -Slade sacudió la cabeza como si su hermano se hubiera vuelto completamente loco.
    – A lo mejor no voy a salir con una doctora -dijo Thorne, aunque vio que era necesario que se explicara-. A lo mejor voy a salir con una vieja amiga, con Nikki Sanders.
    – Que ahora es madre, divorciada y licenciada en Medicina.
    – Bueno, chicos, vosotros os quedáis aquí guardando el fuerte que ya me ocupo yo de Nikki.
    – O ella se ocupa de ti… -apuntó Matt-. Escucha, ten cuidado, ¿vale? No parece ser mujer de una sola noche.
    – Y puede que tengamos que ponernos en contacto contigo si hay algún cambio en el estado de Randi o del bebé -aclaró Slade.
    – Tendré el móvil encima.
    Slade asintió.
    – Vale. Por si acaso hubiera algún problema.
    – ¡No lo habrá! -Matt era insistente.
    – Esperemos que no -dijo Slade, pasándose de manera inconsciente un dedo sobre la cicatriz que le recorría la mejilla-. Ya hemos tenido bastante.
    Y Thorne no podía llevarle la contraria en eso. En los últimos años, parecía como si la mala suerte hubiera sido parte del legado familiar. John Randall había vivido su vida al máximo, había hecho fortunas y las había perdido, había disfrutado de una buena salud y se había pensado que Dios le había concedido el derecho de ser guapo, rico y poderoso. Había pasado por encima de ésos que se habían cruzado en su camino, había dejado a una buena mujer por una modelo más joven y había engendrado a tres hijos y una hija. Pero cuando el destino se había vuelto en su contra, destruyendo su fortuna, despojándolo de una caprichosa mujer y robándole su salud, se había quedado impactado, estupefacto por el hecho de que la suerte lo hubiera ignorado y porque los dioses de la fortuna le hubieran dado la espalda y se hubieran reído y mofado de él por su penosa arrogancia, dejándolo finalmente convertido en la sombra del hombre que una vez había sido.
    Pero su muerte no había terminado con esa espiral. Randi había perdido a su madre hacía menos de un año. Slade había sufrido su propia pérdida personal y el accidente de Randi, su coma y la enfermedad del recién nacido parecían ser parte de una cruel vuelta del destino.
    Pero estaba a punto de detenerse. Tenía que parar. Randi y el pequeño J.R. se recuperarían. El misterio del padre del niño y del accidente quedarían resueltos. Y él mismo sentaría cabeza, se casaría y tendría hijos…
    Se detuvo al llegar a lo alto de las escaleras. ¿Cómo había dejado que sus pensamientos fueran tan lejos? ¿Casado? ¿Hijos?
    «No en esta vida», se dijo, pero sintió la presión del anillo de boda de su padre en el bolsillo de los pantalones y tuvo la ligera sospecha de que la doctora Nicole Stevenson podría hacerle cambiar de opinión. Y lo cierto era que ya estaba sucediendo porque no podía esperar más a verla otra vez.

    ¿Por qué había accedido a algo tan estúpido como una cita? Eso se preguntaba Nicole mientras se ponía su vestido negro favorito. Sin embargo, arrugó la nariz con desagrado al verse reflejada en el espejo; era demasiado sofisticado para Grand Hope, aunque por otro lado, Thorne estaba acostumbrado a mujeres de grandes ciudades que acudían a bailes de caridad y a galas de todo tipo.
    Tenía más ropa desparramada por la cama, desde pantalones vaqueros negros y jerséis a ese maldito vestido.
    – Será sólo para un par de horas -se dijo mientras se sentía como una colegiala preparándose para una cita con el chico más popular del colegio. Finalmente se decidió por unos pantalones de lana grises, un jersey ajustado azul marino de cuello vuelto, unos pendientes de aro de plata y botas negras-. El conjunto para ir a cualquier parte.
    – Ey, mami. Estás guapísima -dijo Mindy al entrar en el dormitorio con su pijama.
    Molly entró deslizándose y sorbiéndose la nariz por el catarro.
    – Gracias -dijo Nicole-, pero estáis predispuestas.
    – ¿Qué significa eso? -preguntó Molly con desconfianza.
    – Que os gusto porque soy vuestra mamá.
    – Sí -asintió Mindy, corriendo en círculos alrededor de Nicole. Molly corrió más deprisa a la vez que se deslizaba sobre el suelo de madera.
    – Tened cuidado -dijo Nicole.
    – ¿Están entreteniéndote? Chicas, vamos a la cocina -gritó Jenny-. Vamos a hacer palomitas.
    – No pasa nada -gritó Nicole.
    Molly comenzó a perseguir a su hermana y las dos se rieron mientras Nicole se recogía el pelo, se aplicaba máscara de pestañas, un poco de sombra de ojos y un toque de pintalabios. Después volvió a mirarse al espejo. Estaba impactada por su imagen y no porque estuviera para morirse de guapa, sino porque tenía una luz en la mirada que la dejó asustada. Parecía una mujer enamorada.
    – No vayas -se dijo al ver las luces de los faros a través de los cristales de la ventana. «Thorne».
    – ¿Ir adonde? -preguntó Molly.
    – No querrías saberlo.
    – ¿Adónde vas? -preguntó Mindy.
    – Voy a salir -Nicole se agachó para abrazarlas, con cuidado de que la nariz goteante de Molly no le rozara el jersey-. Ven, vamos a arreglar esto -dijo alargando la mano para tomar un pañuelo de papel, pero Molly sacudió la cabeza bruscamente y salió corriendo.
    – No pasa nada.
    Nicole la alcanzó en la cocina donde Jenny estaba haciendo las palomitas y el olor a mantequilla y el sonido de los granos de maíz saltando le recordó a un polígono de tiro al blanco. Se oyó un golpe en la puerta y las gemelas salieron corriendo hacia el salón tan rápido como les permitieron sus pequeñas piernas.
    – ¡Yo abro! -gritó Mindy.
    – ¡No, yo! -Molly, con sus elásticos ricitos volando sin control, la echó a un lado. Nicole llegó justo cuando Mindy, sin ni siquiera mirar por la ventana, abrió la puerta. Un aire frío entró en la casa. Thorne estaba en la entrada y Nicole, con Molly en brazos, logró sonarle la nariz a la niña entre violentas protestas y gritos.
    – Lo siento -dijo ella, mirando por encima de su hombro. Se le había soltado el pelo del recogido-. Entra.
    – ¡No, no! ¡No, mami! -gritó Molly.
    Thorne entró, Nicole tiró el pañuelo usado y se apartó de un soplido los mechones de la cara. Molly, con el orgullo herido, corrió a su habitación mientras Mindy, chupándose un dedo, miraba al alto extraño con unos ojos abiertos de par en par y desconfianza.
    – Es mi hija Mindy -dijo Nicole- y el tornado que se ha ido chillando por el pasillo es Molly.
    – ¡No soy un «nado»! -protestó Molly.
    Thorne no pudo contener la sonrisa.
    – Y yo que al oírlo he pensado que le estabas arrancando la piel a unos gatos vivos.
    – ¡Te odio, mami! -gritó Molly y cerró la puerta.
    Nicole ignoró el arrebato de su hija y se colocó el pelo.
    – Me alegra que hayas podido ver mis habilidades maternas en acción.
    La puerta al fondo del pasillo volvió a abrirse.
    – Lo digo en serio, en serio. ¡Te odio!
    ¡Pum! La puerta se cerró de golpe.
    – Discúlpame -la sonrisa de Nicole fue algo forzada-. Tengo que ir a ocuparme de mi hija.
    – Yo también -Mindy siguió a su madre por el pasillo.
    Nicole podía sentir los ojos de Thorne en su espalda y deseó que hubiera ido a otra hora del día. ¿Por qué las niñas tenían que armar jaleo justo ahora? Llamó suavemente a la puerta. Los sollozos de Molly eran exageradamente altos cuando Nicole entró y la encontró echada dramáticamente sobre una de las camas.
    Nicole cruzó la habitación esquivando muñecas, ropa y cochecitos tirados por el suelo.
    – Venga, cielo, no es para tanto.
    – Es… es… -dijo Molly hipando entre lágrimas.
    Nicole la estrechó entre sus brazos y comenzó a mecerla lentamente con la cabeza de la niña en la parte interior de su cuello, sin pensar en cómo las lágrimas podían estropearle el jersey.
    – Shh, shh, cielo -le susurró mientras Mindy, sin querer quedar apartada, le rodeó una pierna con sus regordetes y pequeños brazos y se quedó mirando a la puerta. Allí mismo apareció Thorne, cuyos hombros casi llenaban la anchura de la misma. Una sonrisa se formó en sus labios y se cruzó de brazos.
    – ¿Quién es? -preguntó Molly.
    – Un… un amigo. El señor McCafferty.
    – Thorne -la corrigió él, y Molly lo miró con el ceño fruncido.
    – Vaya nombre tan raro -dijo Molly.
    Mindy dejó escapar una risita.
    – Es gracioso.
    – ¿Ah sí? -los ojos de Thorne se iluminaron ligeramente y se agachó-. Pues me ha estado fastidiando desde que puedo recordar. Muchos niños se burlaban de mí. Bueno, ¿y vosotras cómo os llamáis?
    Mindy se mordió el labio.
    – Ella es Mindy -dijo Molly mirando a su hermana con desdén; se había olvidado de las lágrimas y del disgusto.
    – ¿Y tú eres…?
    – Molly -bajó al suelo y miró al extraño.
    – El señor McCaffer… eh, Thorne y yo vamos a salir.
    – ¿Necesitas ayuda? -la voz de Jenny llegó a la habitación. Thorne entró y la joven apareció por detrás con los brazos estirados hacia las gemelas.
    – Jenny, te presento a Thorne McCafferty -dijo Nicole y, antes de poder terminar de hablar con la niñera, las gemelas corrieron a los brazos de la chica.
    – ¿Palomitas? -preguntó Molly.
    – ¿Queréis?
    – ¡¡Sííííí!! -respondió Mindy con entusiasmo.
    – Vale. Vamos a la cocina a llenar unos cuencos -Jenny le guiñó un ojo a Nicole, murmuró un rápido «encantada de conocerte» y sacó a las niñas de la habitación.
    – Bienvenido a mi vida -dijo Nicole recorriendo la habitación con un movimiento de manos-. Es un poco ajetreada.
    Él asintió lentamente.
    – Entre esto y urgencias, no paras en todo el día -alzó un lado de la boca-. Aunque creo que no cambiarías esto por nada.
    – Bueno, pues ahí está usted equivocado, señor McCafferty. En mi mundo ideal soy rica, vivo en una isla privada tropical y mis niñeras cuidan de mis hijas mientras yo me tumbo al sol en la piscina, bebo daiquiris helados y un tío bueno llamado Ramón me da un masaje en las piernas.
    Él se rió a carcajadas y Nicole lo acompañó.
    – Te morirías de aburrimiento en dos días.
    – Probablemente -admitió-. Por muy loca que parezca, me gusta mi vida -intentó pasar por delante de él, pero Thorne la agarró por la muñeca.
    – No es ninguna locura.
    – ¿No? -el pulso se le aceleró y pudo sentir la calidez de sus dedos contra su piel.
    – Está bien.
    La mirada de Thorne quedó prendida a ella y por un segundo Nicole creyó que volvería a besarla, allí en la casa, con las niñas a escasos metros. Las rodillas le temblaban sólo de pensarlo.
    – No hay mucha gente que valore sus vidas y se den cuenta de lo afortunados que son -ahora llevó la mirada hasta sus labios.
    – ¿Y qué me dices tú? ¿Sabes que eres un hombre con suerte?
    Él alzó una oscura ceja con aire insolente y el pulso de Nicole palpitó de forma peligrosa. Le rodeó la muñeca con más fuerza.
    – En este momento me siento muy afortunado -agachó la cabeza y su aliento le acarició la cara-. Muy, muy afortunado -la besó en la mejilla y ella respiró entrecortadamente. Después, la soltó-. Creo que sera mejor que nos vayamos.
    «Dios mío». Nicole estuvo a punto de caer contra la pared, pero recuperó la calma.
    – Dame un par de minutos para cambiarme, a este jersey le hace falta -fue a su dormitorio con piernas temblorosas y cerró la puerta. ¿Pero qué le sucedía? Sólo le había tocado el brazo, ¡por el amor de Dios! Ni siquiera la había besado y aun así había estado a punto de derretirse, como una colegiala tonta e inocente. «Como la jovencita que eras cuando saliste con él».
    De pronto, furiosa consigo misma, se quitó el jersey, miró hacia abajo y vio que sus pantalones tampoco habían se habían librado. Suspiró. En el fondo del armario encontró otro jersey, uno rojo con cuello en «V»; se lo puso y se cambió los pantalones por una falda negra que se abrochaba por delante. Sin dejar de farfullar, se soltó el pelo y se pasó un cepillo varias veces hasta que le pareció que estaba bien… bien para el gusto de Thorne McCafferty. Descolgó su chaqueta favorita, una de cuero negro, y fue hacia la cocina donde Thorne, aún con gesto de diversión, veía cómo Molly lanzaba palomitas a su hermana cuando Jenny se despistaba.
    Mindy chilló, Jenny reaccionó y Nicole no pudo haber salido de la casa más deprisa. Se puso la chaqueta, le plantó un beso a cada niña en la frente y volvió a hacerlo cuando las gemelas armaron un pequeño escándalo. Según salía con Thorne hacia el porche, podía oírlas gritar y llorar:
    – Mami… no te vayas… mami, mami, mami… por favooooooor.
    – Es bonito ver que te quieren -apuntó Thorne mientras le sujetaba la puerta de la camioneta.
    – Siempre lo es -respondió ella mirando hacia la casa, donde dos pequeñas caras tristes se pegaban al cristal de la ventana de la cocina. Las saludó con la mano, pero las niñas no le devolvieron más que un gesto de tristeza y desamparo-. Esto les durará menos de dos minutos. En cuanto la camioneta desaparezca al doblar la esquina, volverán a estar tan contentas.
    – ¿Estás segura?
    – Segura -se recostó sobre el asiento y lo miró-. Bueno, señor McCafferty, ¿Adónde vamos?
    Su sonrisa fue un destello blanco en la oscuridad.
    – Ya lo verás -respondió él antes de echar marcha atrás y ponerse en camino.
    – Con que ahora te pones misterioso, ¿eh?
    – Yo siempre soy misterioso.
    – En sus sueños, señor McCafferty -dijo ella.
    – No, Nikki -respondió mirándola-. En los tuyos.

Ocho

    – ¿Estás loco? -preguntó Nicole sacudiendo la cabeza cuando Thorne entró en el camino que conducía al rancho Flying M, el último lugar en el mundo en el que ella quería estar. Demasiados recuerdos, demasiados sentimientos hacía tiempo olvidados que amenazaban con poner en peligro su estabilidad mental.
    – Me han acusado de eso más veces de las que crees.
    – Creía que íbamos a ver una película o a cenar o… -dejó su frase inacabada cuando limpió el vaho de la ventana y vio la invernal noche tachonada de estrellas.
    El hielo se aferraba a las briznas de hierba y reflejaba la luz de los faros. En el campo iluminado por una luna perlada, las oscuras siluetas del ganado y los caballos se movían en silencio. La casa del rancho brillaba en la distancia. Unos cálidos parches de luz resplandecían desde algunas de las ventanas y las luces exteriores le daban al lugar un aire de misterio.Thorne aparcó cerca del garaje y se metió las llaves en el bolsillo.
    – No me digas que vas a cocinar tú -murmuró Nicole sarcásticamente.
    – ¡No! No me gustaría envenenarte -bajó del coche, lo rodeó y le abrió la puerta a ella.
    – ¿Entonces?
    – Ya lo verás.
    – Otra vez te pones enigmático -comentó al tomar la mano que le había tendido y saltar sobre la arenilla que crujía bajo sus botas mientras se dirigían a los establos de la mano. El corazón ya le golpeaba el pecho con fuerza y un torrente de adrenalina difícil de ignorar la recorría por dentro. ¿Qué tendría Thorne en mente?
    Él abrió la puerta y Nicole entró. No estaban solos. Allí había dos caballos, embridados y ensillados.
    – Estás loco.
    – ¿Eso crees?
    – Sin duda.
    – Vamos, doctora. ¿Dónde está tu sentido de la aventura? Tú eliges: aquí tienes a General, es dócil como un corderito -dijo Thorne, señalando al caballo color castaño-. O si lo prefieres, puedes quedarte con la señorita Brown, pero he de avisarte porque, al igual que todas las mujeres, tiene mucho carácter.
    – Machista.
    – Siempre -su sonrisa aumentó mientras ella, negándose a echarse atrás, desataba las riendas de la señorita Brown. Los oscuros ojos del animal la observaron.
    – Hace mucho que no me subo a un caballo -admitió Nicole dirigiéndose a la yegua a la vez que la acariciaba-, pero creo que vamos a llevarnos bien -la señorita Brown sacudió su negra cabeza y la brida sonó con fuerza.
    – ¿Estás segura? -Thorne se mostraba escéptico.
    – Totalmente.
    – Sera tu funeral.
    – Pues en ese caso asegúrate de mandarme flores.
    – Creo que eso ya lo he hecho. Bueno, al menos una flor -Thorne se rió a carcajadas.
    Sacaron los caballos por una puerta trasera que daba a unos prados que conducían a un campo cubierto de escarcha.
    – Esto es una locura -pensó Nicole en voz alta al comenzar a desabrocharse unos botones de la falda para subir al caballo. La señorita Brown se echó a un lado y se movió inquieta mientras que General esperaba pacientemente a que Thorne montara-. ¿Adonde vamos exactamente? -preguntó agarrando con fuerza las riendas para que su caballo no saliera corriendo-. Y no me digas «ya lo verás».
    – Adivínalo.
    – No podría -mintió, porque en su interior sabía la respuesta, con tanta seguridad como si él se la hubiera dicho. Cruzaron varias verjas; los animales se mostraban inquietos y la luna parecía una bandeja brillante sobre las oscuras colinas recorridas por el riachuelo.
    El corazón de Nicole seguía palpitando con fuerza y se mordisqueó un labio cuando en la última verja Thorne golpeó con la rodilla al caballo y General comenzó a trotar suavemente. La señorita Brown desbocó estirando sus patas, algo más cortas, e intentando desesperadamente no quedarse atrás.
    – Tranquila, chica. A su debido tiempo -inclinándose hacia delante, Nicole la acarició, pero según pronunciaba las palabras se preguntó si estaba hablando con el caballo o dándose a sí misma un necesario consejo. ¿A qué venía ese paseo a caballo con Thorne bajo la luz de la luna?
    El viento le azotaba el pelo y el aire frío le rozaba las mejillas. Su falda volaba tras ella y un estado de euforia le levantó el espíritu. ¡Podría dejarse llevar por el romanticismo con tanta facilidad! Pero no lo haría.
    Por Thorne. No podía confiar en ese hombre, ya se lo había demostrado en su momento y sería una auténtica tonta si volvía a entregarle su corazón.
    – Nunca -se juró en voz alta.
    – ¿Qué? -Thorne volvió la cabeza. Con gesto tranquilo y el pelo alborotado por el viento parecía más peligroso y oscuro que nunca. Ya no era el pez gordo de una empresa, sino un hombre poderoso, tan salvaje y firme como esa extensión de tierra de Montana.
    – Nada. No… No es nada -dijo y, en un intento de evadir las preguntas que pudiera lanzarle, arreó a su pequeña yegua y le dio rienda suelta.
    La señorita Brown salió disparada, sus cascos resonaban con fuerza y sus patas se estiraban y retraían. Más y más deprisa, adelantando al caballo más grande como si él estuviera caminando pesadamente.
    Nicole se rió. La luz de la luna jugaba con su corazón y con su mente. El viento le arrancaba lágrimas de los ojos y le enmarañaba el pelo. Se sentía más libre y joven que en años, una chica invadida por el amor. Miró hacia atrás y vio a Thorne, agachado hacia delante, con sus ojos como el punto de mira de un rifle y su boca cerrada en un gesto de determinación y satisfacción.
    – Oh, Dios -susurró Nicole, y después gritó-: ¡Arre! -la pequeña yegua corrió incluso más deprisa, el polvo se arremolinaba a su alrededor. Avanzaron sobre la tierra lisa hasta que aparecieron los árboles que rodeaban el riachuelo, unas torres negras y enormes que bordeaban el campo y que cada vez estaban más cerca. Nicole tiró de las riendas y oyó a General bufar cuando Thorne lo hizo detenerse.
    Intentó recuperar el aliento.
    ¿Cuánto hacía desde la última vez que había estado allí? ¿Diecisiete años? ¿Dieciocho? Pero entonces había sido verano, una época de juventud y calor, de días excitantes en los que el roce de los labios de Thorne contra su nuca resultaba tan sensual y agradable como una fría brisa.
    Recordó cómo habían hecho el amor allí, hacía tanto tiempo, de un modo tan ardiente, tan desinhibido. ¿Por qué la había llevado allí ahora, en esa noche con el invierno tan cerca como lo había estado el verano aquel año?
    Él se bajó del caballo y se quedó mirándola.
    – ¿Necesitas ayuda?
    – No… Yo… -se aclaró la voz y se obligó a reaccionar. ¡Ya no era la chiquilla que se trababa al hablar! Era una mujer adulta, una madre, una doctora-. Estoy bien -dijo, aunque mintió porque lo cierto era que en absoluto se encontraba bien. Sin embargo, bajó del caballo y aterrizó sobre el duro suelo a escasos centímetros de él y dispuesta a no dejar ver que la intimidaba. Con polvo en las manos, esperaba que se la viera más serena de lo que en realidad estaba-. Bueno… ¿para qué me has traído aquí? ¿Sólo para recordar los viejos tiempos?
    – Algo parecido.
    – Vaya, ¡y yo que pensaba que no eras nada nostálgico!
    – A lo mejor estabas equivocada conmigo.
    Se le hizo un nudo en la garganta.
    – Yo… eh… creo que no -le ofreció una sonrisa llena de una soberbia que no sentía realmente. Una ráfaga de aire que resonó entre las hojas de los árboles y agitó las briznas más altas de hierba le levantó la falda-. Me sorprende que necesites hacer un viaje por el camino de los recuerdos.
    – ¿Tú no quieres hacerlo a veces? -su voz era suave y sus ojos se veían plateados con la luz de la luna. Todo ello hizo que a Nicole se le quedara la respiración atrapada en la garganta.
    – No -sacudió la cabeza-. De hecho, creo que sería una mala idea.
    – ¿Sí? -la rodeó con los brazos y le acarició la nariz con la suya-. Pues a mí me parece una idea perfecta -sus labios se rozaron y ella respiró entrecortadamente al abrir la boca y darle acceso libre a la lengua de Thorne. Se dijo que estaba siendo una tonta, que estar con él era como cometer un suicidio emocional, que relacionarse con un hombre apellidado McCafferty le rompería el corazón una y otra vez, pero a pesar de todo, no podía detenerse. Unas emociones, tanto viejas como nuevas, la envolvieron, y el deseo invadió sus venas. Como si actuaran por su cuenta, sus traicioneros brazos lo rodearon por el cuello, sus ojos se cerraron y se dejó caer sobre él.
    «Oh, Thorne… ha pasado tanto tiempo…».
    Los labios de Thorne ejercían una cálida y dulce presión, sus grandes y fuertes manos le acariciaban la espalda y la combinación de la fría y estrellada noche con su ardiente piel resultó seductora y erótica. A Nicole se le escapó un pequeño gemido al que Thorne respondió del mismo modo.
    «No hagas esto, Nicole», se dijo en silencio, aunque fue en vano. Sentía los caballos moviéndose a su alrededor, podía oír, por encima de los cada vez más fuertes latidos de su corazón, el suave golpe de sus cascos y el tintineo de las bridas al intentar arrancar las briznas heladas de hierba. En algún lugar en la distancia un búho ululaba y una suave brisa azotaba las secas hojas de los álamos que guardaban el arroyo.
    – He querido esto desde la primera vez que volví a verte -admitió Thorne acariciándole el pelo. La miró con unos ojos que reflejaban la luz de la luna.
    – ¿Desde la primera vez que volviste a verme?
    – Sí.
    – ¿En el hospital?
    – En el hospital.
    – Mentiroso.
    – Nunca -volvió a besarla y en aquella ocasión ella respondió despojada de las trabas del pasado.
    Lo besó con el mismo desenfreno que tenía de joven. Resultó tan agradable sentir cómo sus brazos la tendieron en el suelo, tan natural girar la cabeza para que los labios y la lengua de Thorne encontraran ese punto en la cuna de su cuello que hacía que todo su cuerpo convulsionara…
    Unas sensaciones cálidas y líquidas la invadieron. Le ardía la sangre y el corazón le palpitaba con fuerza a medida que él la besaba como si no fuera a detenerse nunca.
    Sintió su chaqueta abrirse y las manos de Thorne se colaron bajo su jersey. Ella arqueó la espalda al sentir sus cálidos dedos, y sus besos.
    Una docena de razones gritaban en su interior diciéndole que lo rechazara.
    Pero muchas otras silenciaron sus dudas. ¿Por qué no podía hacerle el amor a ese hombre? ¿Qué daño podía hacerle eso? Ya había estado con él, ya había sentido la seducción de su beso y el poder de su cuerpo uniéndose al suyo.
    La lengua de Thorne resultaba una suave persuasión mientras sus dedos encontraban los pocos botones que aún unían los dos pliegues de la falda. Nicole dio un grito ahogado cuando él acarició la piel desnuda de sus muslos. «¡Detenlo, Nicole! ¿Estás loca? No puedes hacer el amor con él. ¡No puedes!». Y con la misma certeza con la que sabía que el sol saldría sobre el horizonte del este, sabía que volvería a amarlo.
    En minutos su falda y su jersey ya estaban sobre el suelo y Thorne tendido sobre ella, besándola, tocándola, haciendo que su sangre ardiera y danzara. Cuando abrió los ojos, vio un rostro que una vez había amado, un rostro marcado por los años, un rostro anguloso y de rasgos duros, pero en la profundidad de sus ojos y en el gesto de su boca vio arrepentimiento… una mínima muestra de arrepentimiento.
    El hielo que rodeaba el corazón de Nicole se rompió y ella parpadeó para evitar unas repentinas lágrimas. A través de ellas vio la luna sobre Thorne, un disco brillante y gélido rodeado por miles de titilantes estrellas, y oyó el suave murmullo del arroyo.
    – Nunca te he dicho que lo siento -dijo Thorne con un ronco susurro.
    – Shh -le puso un dedo en los labios-. No tienes que decir… ooh…
    Él rodeó el dedo con la calidez de su boca.
    – Oh, no…
    Pero ella no lo retiró mientras su ardiente y húmeda lengua trazaba incesantes círculos alrededor de su piel.
    – Thorne… por favor…
    Intentó rechazarlo, pero no tuvo la oportunidad.
    En un instante, él le soltó el dedo y comenzó a besarla. Ella encontró la cremallera de su cazadora y los botones de su camisa de lana. Le palpitaba la piel, la sangre le ardía.
    Se besaron y se acariciaron. Los dedos algo ásperos de Thorne mimaron su piel desnuda y ella también lo acarició y lo besó mientras le quitaba la ropa. Trazó con los dedos sus duros músculos, besó el vello que cubría su torso y fue recompensada con la misma sensualidad cuando él comenzó a recorrer con la lengua los frágiles huesos de su clavícula hasta llegar a sus pechos, donde acarició un endurecido pezón y besó el otro.
    – Eres más preciosa de lo que recordaba -le dijo haciendo que su frío aliento rozara la ardiente piel de Nicole.
    «No escuches esto, no le creas…». Pero ya estaba perdida.
    Un calor la recorría y su mente danzaba en deliciosos círculos. Su parte más íntima se humedeció y sintió un cosquilleo. El deseo retumbaba en su sangre y parecía resplandecer en el frío aire invernal. La respiración de Thorne era tan fuerte como la suya, sus habilidosas manos la acariciaron y crearon una vorágine que la hizo gemir.
    – He soñado con esto -dijo él antes de comenzar a besar su vientre.
    Muy en su interior, Nicole sintió una deliciosa sacudida y hundió sus dedos entre el cabello de Thorne, que se deslizó más hacia abajo y bordeó con la lengua su ombligo. Ella se arqueó y tembló de deseo mientras se mordía el labio por los besos que le recorrían la parte interior del muslo. Tenía los ojos cerrados, pero cuando los dedos de Thorne encontraron los pliegues de la esencia de su feminidad y tocaron el punto más sensible de su interior, gimió. Los dedos de Thorne eran descarados, su respiración seductora y su lengua rápida.
    Nicole volvió a arquearse y gritó con el primer espasmo, hundiendo los dedos en el frío suelo. Abrió los ojos y vio el cielo borroso… las estrellas y la luna se fundían creando reflejos perlados a la vez que una sensación tras otra sacudía su cuerpo y ella se sentía flotar.
    Él le rodeó las nalgas con las manos y siguió haciendo magia con su lengua, una y otra vez, hasta que la hizo estar segura de que el corazón y los pulmones iban a estallarle.
    – Thorne…
    Mientras ella gemía, apenas capaz de moverse y con el sudor de su cuerpo secándose con el frío aire de la noche, él se movió hacia arriba, le separó las piernas y le besó el vientre, los pechos y el cuello.
    – ¿Ahora? -susurró ella.
    – Mmm -la besó en la boca y Nicole respondió. Podía sentir su masculina dureza contra su cuerpo.
    – Pero…
    – Ahora. Puedes hacerlo, Nikki -con su boca cortó la posibilidad de otra protesta y con un decidido movimiento se adentró en ella-. Podemos hacerlo.
    Cuando sus miradas se encontraron, él comenzó a moverse, despacio al principio, dando tiempo a que el fuego volviera a encenderse dentro de ella. El cuerpo de Nicole reaccionó cubriéndose de un suave sudor, de un ardor líquido, y sintió la presión del deseo tomando forma de nuevo.
    Nicole, cuya mente no paraba de girar, acompasó su ritmo al de su cuerpo, abriéndose ante él, aferrándose a él.
    Más y más deprisa. Cerró los ojos, pensó que estaba soñando, gimió y oyó la respuesta de Thorne antes de que cayera sobre ella, sobre sus pechos, con el rostro hundido en el hueco de su cuello.
    – Oh, Nikki. Mi dulce Nikki.
    Se abrazó a él a la vez que la reminiscencia de esas sensaciones se filtraba en sus huesos.
    Finalmente su corazón se relajó y pudo volver a respirar.
    Nunca se había sentido así… nunca con Paul, sólo con Thorne.
    – Bueno, bueno, bueno -susurró él mirándola-. La espera ha merecido la pena.
    – ¿Sí? -enarcó una ceja con gesto insolente y supuso que sus ojos le estarían brillando con una pícara luz-. ¿Ha estado bien para ti…?
    – ¡No! -él sacudió la cabeza y se rió; el profundo timbre de su voz resonó en las colinas-. No lo hagas, ¿vale?
    – Sólo estaba comprobando.
    – O haciéndote la graciosa -la besó en los labios y después le frotó los brazos-. ¿Tienes frío?
    – Todavía no.
    – Lo tendrás, pero tengo algo para remediarlo -sin preocuparse de su ropa, se levantó y silbó a los caballos. La cabeza de General se alzó y se acercó lo suficiente para que Thorne soltara la alforja. De dentro sacó un termo, una botella y un paquete.
    – Me da miedo preguntarte qué estás haciendo -temblando un poco, Nicole se puso la falda y el jersey.
    – ¿Te estás vistiendo?
    – Por si no te has fijado, está helando -miró hacia el arroyo donde el hielo destellaba entre las raíces expuestas de los árboles en el borde del agua.
    – Eres dura, puedes soportarlo.
    – Tú eres el machote, ¿vale?
    – Eso siempre.
    Nicole intentó no mirar su desnudez, se negaba a fijarse en el movimiento de los músculos de sus hombros, en la extensión de su pecho o en la oscura unión de sus piernas. Por el contrarío, se concentró en lo que estaba haciendo: tendiendo un pequeño mantel, dándole un paquete envuelto en papel de aluminio y abriendo un termo.
    – ¿Qué es?
    – La especialidad de Juanita. Tacos suaves y un carajillo.
    – ¿Qué? ¿Estás loco?
    – No dejas de mencionar mi salud mental, pero créeme, estoy tan cuerdo como tú. Come -se sentó directamente en el suelo y ella desvió la mirada de sus largos y musculosos muslos para aceptar una taza de café caliente con alcohol.
    – No puedo creerlo -desenvolvió su taco y le dio un mordisco. Una deliciosa mezcla de sabores explosionó dentro de su boca. Dio un sorbo al café y sintió el caliente líquido deslizarse por su garganta-. Dime que no es así como tratas a todas las mujeres.
    – No. Sólo a una -la miró durante un largo minuto y ella, evitando mirarlo a los ojos, hundió su nariz en la taza y dio un trago.
    – ¿Entonces soy especial? -dijo bromeando.
    – Mucho -seguía mirándola.
    Otro sorbo y un bocado más. Nicole quería creerlo con toda la ingenuidad de su ya perdida juventud, pero no se atrevía.
    – ¿Tan especial que has necesitado dieciocho años y una tragedia para volver a verme?
    Él estaba a punto de dar un sorbo, pero se detuvo con la taza a medio camino de la boca. Uno de los caballos resopló en algún lugar cerca de ellos.
    – A lo mejor antes no me he explicado con claridad. He empezado a disculparme por el pasado, pero me has detenido.
    – Lo sé, no tienes que…
    – Claro que sí, Nikki. Tengo muchas excusas, pero no son más que eso y la verdad es que tampoco son muy buenas. Esperaba que me creyeras y te fiaras de mí.
    – Bueno, eso resulta bastante difícil cuando estás ahí sentado como Dios te trajo al mundo y a mí me está costando un gran esfuerzo concentrarme en tu cara, no sé si me entiendes…
    – Te entiendo perfectamente -dijo y dejó a un lado su taza. A ella se le detuvo el corazón porque sabía lo que vendría a continuación. En un segundo, había vuelto a agarrarla, a besarla como si nunca hubiera pretendido parar y, tras quitarle la ropa, había vuelto a hacerle el amor.
    Nikki, la romántica jovencita que aún residía escondida en las zonas más ocultas de su interior, se sintió en el paraíso al pensar en una historia de amor con Thorne McCafferty.
    Pero Nicole, la mujer madura, sabía que acababa de cruzar un umbral en dirección a un infierno emocional.

Nueve

    – A menos que se produzcan complicaciones inesperadas, el bebé va a superarlo… -la voz del doctor Arnold fue como un bálsamo calmante, pero Thorne, aliviado, quiso saltar y atravesar el techo del estudio donde había recibido la llamada. Durante horas había estado intentando concentrarse en modificar un contrato que Eloise le había enviado por fax, en contactar con su agente inmobiliario y con su contable, pero en todo momento había estado preocupado por su hermana y el bebé.
    Y además estaba Nicole. Siempre la tenía en mente. Habían pasado dos días desde su primera noche juntos al lado del arroyo y había tenido que contenerse para no ir tras ella, pero tenía demasiado en qué pensar como para dejarse llevar por una aventura amorosa.
    – … de modo que mientras siga mejorando, diría que podrá marcharse a casa en unos tres días. Ya que a su hermana no se la puede trasladar, supongo que ya han hecho los preparativos para ocuparse del niño.
    – Por supuesto -dijo Thorne, aunque la verdad del asunto era que no había hecho muchos progresos en la búsqueda de niñera y a la habitación de arriba aún le quedaba mucho para poder acoger a un recién nacido.
    – Bueno, si tiene alguna pregunta, llámeme. Iré a ver al niño cada dos horas y la enfermera me notificará cualquier cambio que se produzca.
    – Gracias -dijo Thorne y sintió como si se hubiera liberado del mayor peso que había cargado en su vida-. Gracias a Dios -susurró y descansó la cabeza sobre el escritorio. No podía imaginar lo que habría pasado si el pequeño J.R. no hubiera sobrevivido; en ningún momento había permitido que sus pensamientos vagaran por ese oscuro y doloroso camino.
    Tal vez las cosas por fin estaban cambiando. Dejó de lado el papeleo con el que estaba trabajando y, con los pies cubiertos únicamente por unos calcetines, salió del estudio. En la última semana había cambiado sus hábitos, había dejado el estricto estilo de vida que seguía en Denver y se había relajado. El estado de Randi y del bebé había alejado su mente de adquisiciones de empresas, de fusiones y de contratos. Había sentido menos interés por la creación de compañías informáticas que por el rancho… la tierra que una vez había rechazado.
    «¿Y Nicole? ¿No es una de las razones por las que la vida aquí ahora te parece tan idílica?».
    Al frotarse la barbilla se dio cuenta de que esa mañana no se había afeitado, pero no le importó. De camino a la cocina se preguntó si se estaba ablandando o si es que había espabilado.

    – ¡No quiero extraños en esta casa! -dijo la firme voz de Juanita.
    – Thorne está entrevistando a unas niñeras…creo que las ha mandado una agencia -dijo Slade.
    – Precisamente uno que sólo quiere ganar dinero. ¿Qué sabe él de cuidar bebés?
    – Bien dicho.
    – Me arden las orejas -dijo Thorne cuando entró en la cocina.
    Juanita tenía las manos llenas de harina y estaba utilizando todo su peso para estirar masa con un rodillo. De vez en cuando se paraba para espolvorear la masa con avena o harina y el gesto de su cara era de absoluto enfado.
    – Ese bebé necesita a su madre y la señorita Randi… ¡no querría que alguien a quien no conoce y en quien no confía se ocupara de su hijo! -Juanita se tomó unos segundos y se santiguó-. Ya les he dicho esto antes.
    – Aún no he contratado a nadie.
    – Bien -Juanita soltó una sarta de palabras en español que Thorne agradeció no poder entender.
    Slade se rió y sacudió la cabeza. Se metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó un pedazo de papel doblado.
    – Larry Todd ha firmado. Voy a reunirme con él en… -miró su reloj- media hora.
    – Bien.
    – Esta tarde a última hora Kurt Striker vendrá a hacernos una visita. ¿Estarás por aquí?
    – Por supuesto. ¿Ha descubierto algo más?
    – Nada que yo sepa, pero luego lo veremos -Slade fue a la puerta trasera, donde le esperaban sus botas. Cerca, Harold, el perro medio tullido de su padre, estaba tumbado sobre una alfombra. Harold movió el rabo y Slade lo recompensó acariciándolo detrás de las orejas mientras Juanita les dirigía una mirada de advertencia al perro y al hombre.
    – Acabo de fregar los suelos.
    – Lo sé, lo sé.
    Harold apoyó la cabeza entre sus patas y la miró con ojos tristes.
    – Quédate ahí -dijo ella señalando al perro con el rodillo.
    – No se está moviendo -respondió Slade.
    – Buenas noticias -dijo Thorne haciendo que Juanita y Slade le prestaran atención.
    – ¿Sobre la señorita Randi?
    – Sobre el bebé. Está recuperándose.
    Slade dio un grito de alegría y Juanita rezó y se santiguó con los ojos llenos de lágrimas de alivio.
    – Lo sabía -dijo.
    – ¿Lo sabe Matt? -preguntó Slade, incapaz de dejar de sonreír y con los ojos rojos.
    – Creo que no. Acabo de recibir la llamada. ¿Por qué no se lo cuentas?
    – Ahora mismo.
    – Bien -Thorne se pasó una mano por la barbilla-. Yo iré a la ciudad y hablaré con algunos abogados sobre el asunto de Randi y después me pasaré por el hospital. Os veré a ti y a Striker luego.
    – Muy bien -con un escueto saludo a Juanita, «la guardiana» como a veces la llamaba, Slade desapareció por la puerta de atrás.
    – Gracias a Dios que el bebé va a salir adelante -dijo Juanita al volver a ponerse a trabajar con la masa-. Y en lo que respecta a ése… -señaló con la cabeza hacia la puerta que estaba cerrándose tras Slade-, es demasiado… irrespetuoso… -añadió en español-. Demasiado -agitó una mano y al hacerlo levantó una nube de harina a su alrededor.
    – Demasiado irreverente.
    – Sí. Irrespetuoso.
    – Y lo dices tú, que una vez te referiste a la madre de Randi como «bruja».
    – Eso fue hace muchos años y es irreverente…
    – Querrás decir «irrelevante».
    – Era verdad.
    – Si tú lo dices.
    – Lo digo.
    – Él ha tenido que luchar contra sus propios demonios.
    – Sí -Juanita apretó los labios y metió las manos en el cuenco para volver a su tarea, aunque en el fondo tanto ella como Thorne comprendían a Slade y el tormento personal que había padecido.
    Con esos pensamientos negativos en la cabeza, Thorne volvió al despacho y llamó a Eloise, que no pudo ocultar con su voz la tensión que se vivía en la oficina.
    – Buzz Branson ha estado llamando dos veces al día. A tu contable le gustaría hablar de los beneficios y pérdidas de la construcción de Hillside View y Annette Williams ha dejado su número en dos ocasiones -su conciencia le dio una punzada ante el nombre de Annette, aunque pensaba que habían llegado a un entendimiento la última vez que habían hablado. Estaba claro que no.
    – Si me llama alguien, dale el número de aquí. Si no estoy, pueden dejar un mensaje en el contestador.
    – Lo haré. Y ahora puede que quieras saber que se sigue hablando de una huelga organizada por el sindicato de carpinteros y que podría afectar a una de las cuadrillas. Además uno de los socios de Tech-Link está siendo investigado por Hacienda.
    Thorne emitió un largo silbido.
    – Estás llena de buenas noticias, ¿eh?
    – No me gustaría que te sintieras poco querido -le dijo Eloise irónicamente.
    – No te preocupes. Y como ya te he dicho, dales mi número… lo tengo conectado a dos líneas y a un contestador automático, así que recibiré todos los mensajes.
    – Lo haré -prometió.
    Thorne colgó sintiéndose más decepcionado con su trabajo que en mucho tiempo. Miró por la ventana los relucientes acres de la tierra en la que habían crecido. Apoyó un hombro contra el marco de la ventana con los pulgares enganchados en el cinturón de sus vaqueros y observó a una manada de ganado moviéndose perezosamente por los acres marcados por el frío. Unos pelajes rojos, negros y moteados en gris se movían lentamente y de vez en cuando un ternero que se quedaba solo berreaba.
    Thorne había amado aquel lugar de niño, le había dado la espalda al crecer y se había pasado los siguiente veinte años evitándolo. Ahora, le había llegado al corazón. Al igual que cierta doctora. «Lo estás perdiendo, McCafferty», pensó sin la más mínima pena. «Lo que sea que te alejó de tu padre y de tus hermanos se está apagando con la edad».
    Y no podía permitir que eso sucediera.
    En lugar de quedarse divagando sobre cómo había cambiado su actitud, fue hacia las escaleras y subió a su habitación. Ya habían llegado algunas de sus ropas y pensó que lo mejor sería sacudirse de encima esa sensiblera nostalgia que lo había invadido desde que había vuelto a ver a Nicole. Sacó su traje favorito, uno gris con camisa blanca almidonada y corbata burdeos, fue al baño, se dio una ducha y se afeitó.

    – ¿Aún no ha respondido? -preguntó Nicole a la enfermera de la UCI.
    Randi McCafferty yacía quieta, inmóvil, con los monitores conectados y los vendajes ya retirados de su cara. Estaba recuperándose lentamente, al menos por fuera, pero parecía estar peor que nunca. Su piel había perdido color, estaba llena de costras y sus mejillas seguían hinchadas.
    – No. Hasta hemos hablado con ella y uno de los hermanos… el que tiene los ojos oscuros…
    – Matt.
    – Sí. Ha estado aquí antes y ha hablado con ella durante quince minutos, pero no se ha visto la más mínima respuesta -sostuvo la mirada de Nicole-. A veces esto lleva tiempo. El doctor Nimmo no está preocupado todavía y es el mejor neurocirujano de por aquí.
    Eso era verdad, y los otros médicos que estaban atendiendo a Randi, la doctora Oliverio, un traumatólogo y una tocoginecóloga, también eran de los mejores.
    – Lo sé, pero esperaba que ya se hubiera empezado a notar. Ya que el bebé está recuperándose, sería muy bonito…
    Volvió a mirar a la hermana de Thorne. «¡Despierta, Randi! ¡Tienes mucho por lo que vivir!».
    – Por desgracia la prensa sigue husmeando. Han llamado varías personas del periódico local y una mujer ha intentado meterse aquí. Se hizo pasar por la hermana de la paciente.
    – Randi no tiene hermanas -dijo Nicole furiosa.
    – Lo sabíamos -la enfermera sonrió-. Los de seguridad se ocuparon de ella.
    Nicole deseó que los periodistas dejaran a Randi y al bebé tranquilos. Comprendió que el misterio que rodeaba el accidente y el embarazo de Randi era un acontecimiento en esa pequeña ciudad, pero le parecía que era algo desproporcionado. Los pacientes necesitaban recuperarse… sin el ojo de la prensa escudriñándolos.
    – Bueno, si hay algún cambio, avísame -tocó los dedos de Randi-. Vamos -le dijo-, puedes hacerlo. Tienes un bebé que te necesita y tres hermanos que están preocupadísimos.
    Fue hacia su despacho y suspiró. Había sido una noche muy larga en urgencias y la falta de sueño que llevaba días sufriendo la había hecho más complicado todavía.
    Después de hacer el amor junto al arroyo y de tomarse esa comida fría, Thorne y ella habían cabalgado por las colinas a media noche y después habían regresado al rancho. No había regresado a casa hasta bien pasada la una y había dormido poco ya que había estado pensando en Thorne, moviéndose, dando vueltas y golpeando la almohada con frustración.
    El día siguiente no había sido mucho mejor y la noche anterior Molly se había metido en su cama después de haber tenido pesadillas y dolor de garganta. Otra vez había vuelto a dormir mal y unas de las principales razones había sido Thorne. Había recordado besarlo, acariciarlo y hacerle el amor bajo el gélido aire. Y lo peor era que creía que podía estar enamorándose de él otra vez.
    – Tonta, tonta -se dijo al doblar una esquina del pasillo. No tenía tiempo para enamorarse de ningún hombre, y mucho menos de uno que la había abandonado en el pasado. No. No podía enamorarse de Thorne. ¡No lo haría! Mordiéndose los dientes, se obligó a sacarse de la mente al sexy hermano mayor y a concentrarse en las labores que la esperaban: trabajo que poner al día, redactar informes de pacientes en el ordenador, algunas llamadas que hacer y, como siempre, preguntar cómo estaban las gemelas.
    Al pensar en ellas sonrió, aunque estaba preocupada porque Molly estaba resfriada y esa mañana había tenido una tos demasiado fuerte. El problema de ser médico era que sabía qué complicaciones podría tener y que siempre estaba preocupada ante el mínimo indicio de enfermedad.
    – Relájate -se dijo al entrar en el despacho, donde se quitó la bata y la colgó en el respaldo de la silla.
    Para despejarse la mente, llamó a Jenny y a las gemelas. Después encendió el ordenador y comprobó su correo antes de redactar los informes de sus pacientes y devolver las llamadas de colegas que había oído en el contestador. El estómago le rugía porque hacía horas que no comía, pero lo ignoró y siguió trabajando.
    Aproximadamente una hora después, se tomó un descanso y se pasó por pediatría, donde el pequeño J.R. parpadeó ante ella bajo las cálidas luces.
    – ¿Qué tal estás, pequeñín? -le susurró cuando él centró la mirada en ella. Con cuidado lo levantó y lo sostuvo junto a su pecho. Los ojos se le llenaron de lágrimas al oler el aroma a bebé, lo sintió acurrucarse contra ella, ese diminuto y cálido cuerpo-. Sigue así, cariño. Tu mami se va a poner muy contenta de verte cuando despierte.
    A Nicole se le caía el alma a los pies ante ese pobre bebé cuya madre estaba luchando por su vida y cuyo padre aún no habían encontrado y que era completamente desconocido. Pero J.R. tenía tíos, tres hombres fuertes que lo adoraban.
    – ¿Tienes tiempo para darle de comer? -le preguntó una de las enfermeras y Nicole no pudo resistirse. Con manos habilidosas sostuvo al bebé y el biberón y sonrió mientras lo veía succionar hambriento. Era agradable tenerlo en brazos y se dio cuenta de lo mucho que deseaba tener otro hijo.
    «¿El hijo de Thorne?», le preguntó su caprichosa mente. «¿Es eso lo que quieres? ¿No es el hombre del que crees que estás enamorándote? ¿El soltero que te abandonó?».
    Cerró los ojos un instante y luchó contra un torrente de emociones mientras acunaba al pequeño J.R. ¿Tan malo era querer otro bebé?
    «Olvídalo, tienes a las gemelas y eso ya es suficiente para una madre soltera. ¿De verdad te gustaría criar otro hijo sin un padre?».
    Pero Molly y Mindy sí que tenían un padre, aunque a Paul no le importaban un comino. Apenas las llamaba, nunca iba a visitarlas, no le interesaba saber nada de ellas. Ahora se había vuelto a casar con una mujer como él, una que juraba que no quería verse atada por unos hijos. Pero era joven y Nicole suponía que cambiaría de idea.
    – Ya está -dijo con voz suave cuando el bebé dejó de beber para mirarla-. Eres precioso -lo besó sobre su cabello ondulado y miró por el cristal.
    Thorne estaba al otro lado, con la mirada centrada en ella y una expresión que no sabía interpretar. Vestido con un traje de chaqueta, una camisa blanca impoluta y una corbata perfectamente anudada, parecía más inaccesible de lo que había sido, más frío. El término «tiburón» se le pasó por la mente y tuvo que recordarse que él no era su tipo de hombre; esa lección la había aprendido bien.
    Sin embargo, se ruborizó por haber sido sorprendida en un momento tan tierno. Tras lograr esbozar una débil sonrisa, volvió a tumbar al bebé en su cuna y vaciló cuando él comenzó a llorar.
    – Shh. No pasa nada -dijo para calmarlo.
    La enfermera fue hacia ellos.
    – Ya me ocupo yo -dijo cuando Nicole salió por la puerta y se reunió con Thorne en el pasillo.
    – No esperaba encontrarte aquí… -se metió las manos en los bolsillos de su bata blanca.
    – Tenía que hacer unas cosas en la ciudad y he pensando en pasarme a ver a Randi y al bebé.
    – Está mucho mejor.
    Thorne esbozó una sonrisa.
    – Ya lo veo. Ojalá mi hermana despertara.
    – Lo hará. Con el tiempo.
    – Eso espero -no parecía muy convencido-. ¿Puedo invitarte a almorzar?
    Pensó en el trabajo que tenía en el despacho; ya lo había terminado casi todo y estaba hambrienta. ¿Por qué no? «Porque sería mejor si lo dejaras ahora mismo. No está enamorado de ti, tú no eres más que una distracción mientras está aquí. Pero va a marcharse, Nicole. Lo sabes. Su vida está en Denver».
    – Tengo que estar en urgencias en unos minutos.
    – ¿Y qué me dices de una taza de café? -su sonrisa resultaba irresistible.
    – Vale, me has convencido -dijo riéndose. Juntos recorrieron los pasillos pasando por delante de carros de medicamentos, de celadores ayudando a pacientes a caminar y de toda una variedad de visitas buscando a sus seres queridos.
    La cafetería parecía una casa de locos. Después de que Thorne insistiera en que debía comer algo más sustancioso, Nicole eligió un yogur de vainilla, una magdalena de arándanos y una taza de café solo mientras que él pedía un sándwich de pavo y un cuenco de sopa.
    Cuando les sirvieron la comida, Thorne llevó la bandeja hasta una mesa de formica donde había unas páginas del periódico de la mañana. Varias enfermeras estaban hablando en la mesa de al lado, una de ellas acababa de comprometerse con su novio y las demás estaban mostrándole su alegría por ello; había grupos de visitas de enfermos y sus colegas estaban debatiendo la incorporación de otra unidad de traumatología.
    Nicole se sentó cerca de un ficus y Thorne justo enfrente de ella. Unos cuantos compañeros le dirigieron algunas miradas de curiosidad, pero nadie los molestó.
    – Esperaba que pudieras ayudarme -dijo Thorne, desenvolviendo su sándwich.
    – ¿Cómo? -Nicole le dio un mordisco a su magdalena.
    – Como ya te he dicho, cuando J.R. salga del hospital, necesitaremos una niñera.
    Ella tragó y le sonrió.
    – No me digas que los tres hermanos McCafferty juntos no pueden hacerse con un bebé.
    – Estamos ocupados.
    – Ya -metió la cucharilla en el yogur.
    – No creo que el rancho vaya a convertirse en la película Tres hombres y un bebé.
    – ¿No? -ella se rió-. Pues ahora que lo mencionas se me están ocurriendo situaciones muy interesantes. Thorne McCafferty, flamante directivo y… cambiador de pañales. Matt McCafferty, ganadero y… especialista en hacer eructar a bebés. Slade McCafferty, intrépido y…
    – Vale, vale, me hago una idea -su boca se torció y sus ojos grises centellearon.
    – Bien -le guiñó un ojo.
    – Vaya, así que te has reído de mí, ¿eh? -dijo él a la vez que masticaba un pedazo de sándwich.
    – Es agradable estar con un hombre que tiene tantísimas habilidades -dijo ella bromeando.
    – Tú deberías saberlo bien.
    La risa desapareció de los ojos de Thorne y a Nicole casi se le cayó la cuchara al comenzar a pensar en él haciéndole el amor. Un calor le subió hasta el cuello y tragó saliva al recordar el momento que habían vivido hacía poco junto al riachuelo.
    – Si no recuerdo…
    – Suficiente, ¿Vale? Ya lo pillo -susurró ella, al no querer que nadie oyera su conversación-. Tregua.
    – Entonces me ayudarás a encontrar una niñera.
    – Supongo que no tengo elección.
    – Bien, acepto tu bandera blanca.
    – No me he rendido, ¡sólo he pedido una tregua!
    – Lo que digas -dijo él con un travieso brillo en los ojos.
    Aún sonrojada, cambió de tema. ¿Por qué permitía que la provocara así? ¿Que flirteara de ese modo tan descarado? ¿Qué era eso que ella veía en él tan irritante e increíblemente sexual a la vez? ¡No! ¡Estaba convirtiéndose en una de esas tontas mujeres obsesionadas con los hombres y a las que tanto aborrecía! Miró su reloj y vio que tenía que irse.
    – El deber me llama… -dijo y se puso de pie.
    Él retiró su silla. Después de que Nicole tirara a la basura los restos de la bandeja, los dos caminaron juntos y ella se fijó en lo mucho que destacaba, tan alto, con su abrigo largo negro, entre los médicos y enfermeras con batas blancas o ropa verde, y entre los visitantes vestidos con camisetas de algodón, tela vaquera, cuero o franela. También se veían algunos hombres con aspecto de empresario, pero ninguno era tan alto y tan arrogante como Thorne McCafferty, con su impoluta camisa blanca, su corbata de seda y su caro traje de chaqueta. Su presencia llamaba la atención y eso era lo que conseguía.
    En la mesa donde se sentaban las enfermeras, más de un par de ojos interesados lo miraron mientras Thorne abría una de las puertas que daban al pasillo a la vez que con la otra mano tocaba la espalda de Nicole, como si quisiera guiarla. No era más que un gesto, tal vez incluso uno educado, un movimiento automático por su parte, pero ella se apartó cuando salieron al pasilio y agradeció que él dejara caer la mano. Cuanto menor contacto personal tuvieran, mejor.
    Pero aun así…
    – ¿Alguien ha localizado ya al padre de J.R.? -preguntó-. Puede que tenga algo que decir en lo que respecta al cuidado del bebé.
    – Aún no -los ojos de Thorne se volvieron tan fríos como el invierno-, pero lo encontraré -y Nicole no lo dudó ni por un momento.
    Thorne McCafferty era un hombre que, si decidía darle caza a alguien, no dejaría piedra sin mover en su búsqueda.
    Cuando ella presionó el botón del ascensor, él le tocó el hombro.
    Nicole entró, pero Thorne la agarró por el brazo y la atrajo hacia sí. Para su sorpresa, la besó. Con intensidad. Tanta, que las piernas le fallaron.
    – ¿A qué ha venido esto? -preguntó cuando por fin la soltó.
    – Sólo quería que tuvieras algo con lo que recordarme.
    «Como si ya no tuviera suficiente».
    Thorne se metió las manos en los bolsillos del abrigo, se dio la vuelta y salió del edificio. Nicole, despojada de aliento y de su dignidad, entró en el ascensor. Las puertas se cerraron y se quedó sola. «¿Con que no tenía que olvidarlo?».
    Bueno, no tenía de qué preocuparse. Suspirando, se apoyó contra la pared. Thorne McCafferty era un hombre imposible de olvidar.

Diez

    Kurt Striker era como la versión televisiva de un ex policía que se había convertido en detective privado: rasgos duros y ojos hundidos, cuando no estaba atravesándote con su fría y verde mirada. Se movía sin cesar y posaba su mirada en todas partes.
    Estrechó la mano de Thorne fuertemente. Con una cazadora vaquera, Levi's a juego, botas arañadas y camisa sin cuello, estaba en el porche trasero viendo las nubes avanzar hacia las colinas del oeste. Slade estaba fumando y a Kurt no parecía importarle. Con un fuerte gruñido, Harold rodeó el porche y moviendo el rabo subió lentamente los escalones para acomodarse a los pies de Slade.
    – Me alegro de que por fin nos hayamos visto -dijo Thorne.
    Kurt asintió y Thorne se fijó en que tenía algunas canas en su pelo castaño.
    – Pensé que os gustaría saber lo que he descubierto.
    Así que sí que había información. Bien. Thorne señaló con la cabeza hacia la cocina.
    – Vamos y hablemos dentro.
    Slade le dio una última calada a su cigarrillo, y lo apagó en una vieja lata de metal que había en un banco. Juntos entraron en la casa, donde el aroma a pino de algún limpiador se mezclaba con el aroma a cerdo asado.
    – ¡Botas fuera! Botas embarradas en el porche -gritó Juanita desde algún lugar de la despensa.
    – Tiene ojos en la nuca -gruñó Slade mirándose a las botas-. No hagáis caso.
    – Las mías están limpias-dijo Kurt.
    Juanita había cambiado de tema cuando salió de la despensa con dos bolsas de plástico de cebollas pequeñas y tomates rojos. Después de cerrar la puerta con una patada, dejó caer las bolsas sobre el bloque de madera maciza y sacudió la cabeza. Con un dedo acusador, señaló a Thorne y le dijo:
    – Esa mujer, esa tal Annette, ha vuelto a llamar. Insiste en que la llame hoy -y volteando los ojos farfulló algo en español.
    Thorne no pudo ocultar su enfado.
    – La próxima vez deja que salte el contestador.
    – Lo he hecho, pero lo he oído mientras se grababa. Estaba limpiando el polvo -tenía la barbilla alta y la espalda estirada como una tabla de planchar, como si estuviera preparándose por si Thorne la reprendía por haber escuchado a escondidas-. Y eso no es lo peor. También ha llamado otro periodista. Quiere hablar con usted. ¡Dios! -exclamó en español con las manos alzadas y sacudiendo la cabeza como si no entendiera nada.
    – Hablaré con ellos luego -dijo Thorne y después se volvió hacia Kurt-. Vamos al salón.
    Juanita abrió la bolsa de cebollas y comenzó a pelarlas.
    – ¿Les gustaría comer algo? ¿Algo para beber?
    – Unos aperitivos estarían bien. Y cerveza -dijo desde el pasillo Thorne que, mientras Slade y Kurt se dirigían al salón, se quitó la chaqueta y se subió las mangas de la camisa-. Bueno, ¿qué tienes? -preguntó cuando ya estaban los tres en el salón.
    Striker estaba junto a las ventanas con gesto serio.
    – No creo que en el accidente que tuvo vuestra hermana ella fuera la única involucrada. Sospecho que también hubo otro vehículo.
    – Espera un minuto, ¿no contradice esto todo lo que nos ha dicho la policía? -Thorne estaba atónito. Miró a Slade para que lo apoyara.
    – Yo lo he oído -Slade estaba arrodillado junto al fuego, prendiendo el papel y las astillas con una cerilla.
    – Ahora mismo no es más que una teoría -señaló Striker-, pero parece que hay una discrepancia. Unos cuantos arañazos en la pintura de su guardabarros trasero. No hay marcas de derrape, ni ninguna otra prueba, pero creo que es una posibilidad que otro vehículo estuviera involucrado.
    El fuego crepitó al recobrar la vida y Slade arrojó un grueso pedazo de roble a las hambrientas llamas. Juanita llevó en una bandeja tres botellas de cerveza y una cesta de patatas fritas. En cuanto desapareció, Striker cruzó la habitación y se sentó en una esquina del gastado sofá de piel, frente a la chimenea. Slade y él tomaron sus botellas. Thorne no. Lo único que le interesaba en ese momento era la historia del detective.
    – ¿Y qué dice el sheriff? -preguntó, ignorando que le dolía la cabeza y que tenía el estómago encogido. La hipótesis de Striker no eran buenas noticias. En absoluto. Si alguien había sacado a Randi de la carretera o incluso la había golpeado de forma accidental, significaba que un conductor se había dado a la fuga… o peor. Podría haber sido intencionado.
    – No dicen mucho, aunque aún siguen considerando todas las posibilidades. El problema es que no tienen testigos y dado el estado de Randi, que no puede decirles lo que ocurrió, no pueden aventurarse a sacar ninguna conclusión.
    – Pero tú pareces estar seguro.
    Striker miró a Thorne fijamente.
    – He dicho que era simplemente una teoría. No estoy seguro de nada.
    – ¿Y qué pasa con el padre del bebé?
    – Tengo algunas posibilidades, pero aún no he hablado con ellos.
    – ¿Quiénes son?
    – Hombres con los que se la vio hace aproximadamente un año. Al parecer vuestra hermana no tenía un novio formal, al menos no últimamente. Salía con gente del trabajo y con amigos que conocía del colegio, pero nadie con quien pareciera tener un romance serio. Nunca le dijo nada a nadie de este tipo, sea quien sea -dio un largo trago de cerveza.
    »Pero hay unos hombres con los que salió que intento localizar. Uno se llama Joe Paterno, un fotógrafo que hizo algunos trabajos por cuenta propia para el Clarion. Después hay un abogado llamado Brodie Clanton… se dice que maneja mucho dinero en Seattle. Su abuelo fue juez. El último es una especie de vaquero al que conoció al ayudar a alguien con una entrevista.
    – ¿Se llama…?
    – Sam Donahue.
    – Conozco a Sam Donahue -dijo Slade al situarse junto a la librería, con las caderas apoyadas contra el mueble bar y las tobillos cruzados-. De cuando montaba en el circuito. Matt también lo conoce, si es el mismo tío en el que estoy pensando. Grande. Rubio. Un tipo duro.
    – Ése es.
    – ¿Y salía con Randi? -Thorne no podía creérselo.
    – Eso parece. Aún no he podido contactar con él.
    Slade resopló y le dio un buen trago a su cerveza.
    – Ha estado en la cárcel, creo.
    – Así es.
    – ¡Maldita sea! -exclamó Thorne.
    – Cuanto más sé de nuestra hermanita, más cuenta me doy de que no la conocía en absoluto -comentó Slade sacudiendo la cabeza.
    – Ninguno la conocíamos -dijo Thorne justo cuando la puerta principal se abrió para cerrarse al instante de un portazo. Matt entró en el salón y se unió a la conversación.
    – ¿Ninguno qué? -preguntó quitándose los guantes y mirándolos a todos. Tenía la cara rojiza por el frío y tiró el sombrero sobre el asiento de un sillón vacío.
    Slade se lo presentó a Kurt y lo puso al corriente de la conversación mientras agarraba la otra botella de cerveza y la abría.
    – ¿Sam Donahue? Imposible. Ese no es del tipo de Randi.
    – Vaya, así que ahora eres el experto. Dinos, ¿quién es el tipo de Randi? -preguntó Thorne, más frustrado que nunca.
    – Ojalá lo supiera -admitió Matt-. ¡Maldita sea!
    – ¿Qué más tienes? -le preguntó Thorne al detective.
    – No mucho más, excepto que a vuestra hermana tampoco le iba tan bien en el trabajo últimamente. Aunque todo el mundo del periódico ha mantenido la boca cenada, algunos de sus compañeros creen que se había metido en un buen lío con los editores.
    – ¿Cómo? -preguntó Thorne con gesto de extrañeza.
    – Buena pregunta. Tengo copias de todas las columnas que ha escrito en los últimos seis meses, pero ésas son sólo las que se publicaron. Según su amiga Sarah Peeples, que escribe críticas de cine, Randi tenía escritas columnas como para dos semanas, pero que no se habían publicado todavía. Nadie las ha visto. Y se había oído que estaba trabajando en algún proyecto, aunque el periódico lo niega. El caso es que nadie ha visto copias de ello.
    – Excepto tal vez Randi.
    – Y ella no puede contamos nada -señaló Matt, apoyado en la librería y rodeado por el sonido del crepitar del fuego.
    – ¡Escribe consejos para enamorados con el corazón roto! -interrumpió Slade.
    – ¿Y? -pensó en alto Striker.
    – Esperad un minuto -dijo Matt-. Has dicho que alguien podía haber impactado contra el coche de Randi, pero que nadie sabe si fue intencionado o no. Es un gran salto pasar de un accidente aislado porque la conductora se topó con una capa de hielo a hablar de… ¿qué? ¿De un intento de asesinato?
    – Lo único que estoy diciendo es que puede que haya habido otro vehículo implicado y que si lo hay, el conductor es, por lo menos, culpable de haberse dado a la fuga. A partir de ahí la cosa no puede más que empeorar.
    – Si es que impactó contra ella -la mirada de Matt se posó en el investigador privado. Sin duda se mostraba escéptico.
    – Eso es.
    – Creo que estamos suponiendo demasiado.
    – Sólo valoramos todas las posibilidades -respondió Slade-. Se lo debemos a Randi.
    – Dios, ojalá despertara -Matt se pasó una mano por el pelo en un gesto de frustración.
    – Eso es lo que queremos todos -Thorne miró a sus hermanos-. Pero hasta que lo haga, tenemos que intentar resolver esto -y mirando a Striker, añadió-: Sigue en ello, habla con todos los que puedas. Tenemos que encontrar al padre del bebé de Randi. Y si hay alguna forma de encontrar el grupo sanguíneo del hombre con el que estaba, podríamos al menos descartar algunas posibilidades.
    – Ya estoy en ello -dijo Striker.
    – ¿Cómo lo haces? -preguntó Matt.
    Kurt le lanzó una mirada diciéndole que mejor que no lo supiera.
    – Ocúpate de ello, ¿vale? -Thorne no estaba seguro de que le gustara Kurt Striker, pero creía que el hombre haría lo que fuera por sacar la verdad a la luz. Eso era lo único que importaba. Ni siquiera le importaba si se infringía la ley un poco, no si la vida de Randi estaba realmente en peligro por alguien que le guardara rencor. ¿Pero quién?
    Striker asintió.
    – Lo haré. Y voy a intentar encontrar esas columnas que están desaparecidas. ¿Sabéis alguno si tenía ordenador portátil?
    Slade alzó un hombro. Matt sacudió la cabeza y Thorne frunció el ceño.
    – En su escritorio no hay nada.
    – ¿Y cómo lo sabes? -preguntó Matt.
    – Lo he visto.
    – ¿Has entrado en su apartamento? -Matt miró a sus hermanos-. Ey, ¿no es eso ilegal? Randi nos matará si se entera.
    – Si alguien no se ocupa primero de eso -Striker le dio el trago final a su botella.
    – Esperad… -Matt miró a Thorne con incredulidad-. ¿No creéis que nos estamos precipitando? Quiero decir, ha tenido un accidente, resultó herida, pero no creo que se haya cometido ningún crimen.
    – Y tampoco sabes si lo ha habido.
    – ¿Pero por qué? Le caía bien a todo el mundo que conoce, según ha dicho Slade, daba consejos a los enamorados deprimidos. Eso no tiene ningún misterio, no es como si hubiera estado destapando escándalos o metida en política.
    – Era más que un tema de enamorados -aclaró Slade-. Su columna era para gente soltera…
    – Sí, eso ya lo sé -contestó Matt bruscamente.
    – Pero el caso es que ninguno sabemos qué estaba haciendo con su vida, ¿no? -Thorne se remangó-. Ni siquiera nos contó que estaba embarazada. Existe la posibilidad de que alguien, ya sea por accidente o intencionadamente, estuviera implicado en el accidente, y tenemos que descubrir quién.
    – Y un porqué -Matt agitó una mano exasperado-. ¿No necesitamos un motivo?
    – No si fue un accidente y alguien se asustó y huyó -Slade se terminó su botella.
    – Bueno, entonces, mirar en su ordenador y entrar en su apartamento no sería necesario, ¿verdad? -apuntó Matt.
    – ¡Ey! ¡Merece la pena intentarlo todo! -Slade fue hacia su hermano-. ¿No crees que deberíamos considerarlo todo? -estaba encendido, con la mandíbula tensa, igual que cuando de niños estaban a punto de empezar a pegarse.
    Matt le dirigió esa sonrisa que tanto irritaba a sus dos hermanos.
    – No sabemos mucho -dijo Slade con los dientes apretados-. Kurt va a ayudarnos a llegar al fondo del asunto. ¿Tienes algún problema con eso?
    Los ojos de Matt se entrecerraron y posaron en los de su hermano pequeño.
    – Ningún problema. Sólo quiero lo que sea mejor para Randi y J.R., eso ya lo sabéis. Y si algún bastardo es el culpable de su estado, quiero encontrarlo y encerrarlo, aunque para eso está la oficina del sheriff.
    – A menos que estén sentados sin hacer nada -dijo Slade.
    – Eso es. Pero no creo que debiéramos empezar una caza de brujas hasta que no estemos seguros de que hay una bruja.
    Kurt se levantó.
    – No te preocupes. Si la hay, la encontraré.
    – Bien -Slade dio un paso atrás.
    – Haz lo que tengas que hacer -le dijo Thorne antes de acompañarlo a la puerta, donde volvieron a estrecharse la mano. El teléfono sonó cuando la puerta se cerró tras el investigador-. Yo contesto -dijo yendo hacia el estudio. Tenía trabajo que hacer y no podía permitir que el mal humor de sus hermanos se lo impidiera.
    – ¿Diga? -preguntó casi gritando.
    – Chico, estás de mal humor -anunció la voz de Annette por la línea.
    – Sólo ocupado -respondió él sin mucha gana.
    – ¿Cuándo vuelves a Denver? -Annette no se andaba con rodeos.
    – No lo sé -admitió, apoyando una cadera en el escritorio de su padre y balanceando una pierna. La idea de volver a la oficina, a su ático y a la agitada vida que llevaba allí no le resultaba demasiado atractiva ahora.
    – ¿Así que te gusta volver a ser un vaquero? -preguntó y se rió sin la más mínima acritud, como si no hubiera cambiado nada entre los dos.
    – Lo creas o no, me gusta estar aquí -dijo sinceramente-. No creas que soy un vaquero.
    – Oh, vaya, yo que iba a ponerme mi falda vaquera y mi camisa de cuadros.
    – ¿Querías algo?
    – Mmm. La verdad es que sí. Papá te ha perdonado.
    Thorne lo dudaba.
    – Y aún sigue queriendo trabajar contigo.
    – Entonces, ¿por qué no me ha llamado?
    – Porque quería hacerlo yo, para asegurarme de que no había rencores.
    – No por mi parte, al menos -dijo, a pesar de que no se fiaba de ella.
    – Bien. Y no te preocupes. Papá te llamará. Avísame cuando estés en la ciudad. ¡Ah!, y Thorne… quítate el corbatín, no es tu estilo.
    – No llevo ningún tipo de corbata.
    – Oh, querido. Pues eso es todavía peor. Bueno, adiós, amigo -dijo con una risa. Se oyó un clic al otro lado de la línea y él se quedó allí con el auricular en la mano y preguntándose por qué se había molestado en llamar.
    – No importa -se dijo, porque no sentía nada por ella; nunca lo había sentido. Tampoco había experimentado ninguna clase de vínculo especial con ninguna mujer en los últimos años… hasta que había vuelto a ver a Nicole. Desde el momento en que había puesto los ojos en ella en el hospital, lo había atrapado. Se preguntó qué estaría haciendo en ese instante, pensó en marcar su número, que ya había memorizado, pero después se recordó que tenía otras cosas importantes que hacer.
    Durante las dos horas siguientes, volvió a hacer llamadas, a mandar correos electrónicos, pero no podía concentrarse y no podía sacarse de la cabeza ni a su hermana ni al bebé.
    Cuando había colgado después de atender una llamada de su abogado, se recostó sobre la silla del escritorio hasta que ésta chirrió. Tamborileando con los dedos sobre el brazo curvado, miró por la ventana y una decena de preguntas lo asaltaron. ¿Qué hacía Randi en Montana? ¿Quién era el padre del bebé? ¿Había habido otro vehículo implicado en el accidente? ¿Se pondrían bien Randi y el niño? ¿Cuándo saldría del coma?
    No tenía respuestas a ninguna de ellas y otro pensamiento, uno que había mantenido alejado, invadió su cerebro. Se preguntó qué haría Nicole esa noche. «Olvídalo», pensó, pero su mente no dejaba de volver a ese momento en el que habían hecho el amor, con sus cuerpos brillando por el sudor bajo las estrellas de la fría noche. ¿Cuándo volvería a verla? Miró al teléfono, maldijo para sí y se preguntó cómo se había colado tan dentro de su corazón.
    Recordó el momento en que la abrazó en el aparcamiento y su grito contenido de sorpresa cuando la había besado; recordó cómo había gemido al hacerle el amor junto al riachuelo y cómo había mecido al bebé en la enfermería mientras le sonreía y susurraba, con tanta naturalidad como si fuera su madre. El efecto que eso había provocado en él había sido inmediato y le había detenido el corazón.
    Podría pensar que estaba enamorándose, pero eso era ridículo. Él no era la clase de hombre que caía en esa trampa.
    No estaba preparado para atarse a una mujer, no todavía. Tenía mucho por hacer.
    «¿Ah, sí? ¿Y qué es? ¿Ganar otro millón o dos? ¿Hacer que una empresa hundida se convierta en una de prestigio? ¿Desarrollar otra subdivisión? ¿Volver a un ático vacío en una ciudad donde tus únicos amigos son tus compañeros de trabajo?».
    Se levantó y estiró los brazos por encima de la cabeza. Por supuesto, volvería a Denver y seguiría con su vida. ¿Qué otra opción tenía? ¿Quedarse allí? ¿Casarse con Nicole?
    Se quedó paralizado.
    «¿Casarme con Nicole?». ¿Con la doctora Stevenson? ¡Imposible! ¡De ningún modo!
    Pero no obstante, la idea lo atraía peligrosamente.

    – Esto es ridículo -se dijo Nicole cuando terminó su turno y entró en su despacho. Por suerte, había sido un día tranquilo en urgencias, con sólo una cadera rota, un ataque de asma, una mordedura de perro, una apendicitis aguda y dos niños con contusiones y conmoción por un pequeño accidente entre una bici y un coche. Entre paciente y paciente había podido seguir con sus informes, visitar a algunos pacientes como Randi y J.R. y además pensar en Thorne McCafferty.
    Últimamente había pensado mucho en él. Demasiado. Se sentó en su escritorio y jugueteó con un bolígrafo. Habían hablado por teléfono un par de veces desde que habían hecho el amor junto al arroyo y, por supuesto, se habían visto el día que habían almorzado juntos y cuando él había ido a visitar a su hermana. Siempre había pasado a verla y por ello ya se habían levantado rumores y algunos de sus compañeros le habían guiñado un ojo cada vez que él aparecía.
    – Olvídate de él -se dijo, sabiendo que era imposible. A pesar de que ya la había traicionado una vez, no podía evitar sentir algo por él. No le había dado ninguna explicación, se había marchado a perseguir su sueño de dejar huella en el mundo, dejándola con el corazón roto. A pesar de ello, ese hombre la fascinaba. Como a una estúpida. Pero no podía permitir que volviera a hacerle daño.
    Terminó con el papeleo pendiente y después hizo unas fotocopias de algunas de las columnas de Randi que Clare Santiago, la tocoginecóloga, le había dado. Movida por la curiosidad, Clare había encontrado algunos de los artículos en Internet y los había imprimido.
    Ahora, según los leía, Nicole sonreía. Randi aconsejaba de forma generosa. Con tonos de ironía y sarcasmo, daba consejos muy sensatos a gente soltera que le había escrito contándole sus problemas amorosos, laborales, relaciones pasadas o dificultades para compaginar unas agendas demasiado apretadas. Randi hacía uso de clichés literarios, de viejos refranes y aderezaba la columna con palabras coloquiales, pero gran parte de los consejos que ofrecía mostraba su astuto y algunas veces cortante ingenio. Nicole se rió con algunos fragmentos y se preguntó si sus hermanos mayores también tenían esa lengua afilada. Ojalá pudiera hablar.
    Tras guardar los artículos en una carpeta, decidió dar por finalizado el día. Apagó el ordenador y la lamparita, se estiró y salió al pasillo. Antes de volver a casa, iría a ver a la hermana de Thorne, la mujer en estado de coma cuyos consejos habían llegado a millones de personas.
    Fuera de las puertas de la UCI, encontró a Slade y a Matt McCafferty esperando con impaciencia.
    – Hola -Matt, que estaba de pie, se quitó el sombrero rápidamente.
    Slade, sentado en una silla en la pequeña sala de espera, soltó una revista y se levantó.
    – Quería ver a vuestra hermana antes de irme a casa.
    – No ha habido ningún cambio -dijo Slade-. Cuando estaba dentro, los doctores estaban hablando sobre tratarle los huesos que tiene rotos ahora que la hinchazón ha bajado -se miró a las manos, que rodeaban el ala de su sombrero-. Tiene un aspecto honible.
    – Pero está mejorando -le respondió Nicole-. Estas cosas llevan tiempo.
    – Ojalá despierte -la frente de Matt estaba surcada por profundas arrugas de preocupación. Señaló hacia las puertas cerradas-. Thorne está con ella ahora.
    – ¿Sí? -¿por qué había reaccionado así su corazón ante la sola mención de su nombre?
    – Sí -Slade miró al reloj-. No creo que tarde en salir, si es que quieres hablar con él.
    La boca de Matt se alzó en una media sonrisa.
    – Bueno… ¿qué hay entre Thorne y tú?
    – ¿Es que hay algo? -dijo ella, devolviéndole la sonrisa.
    – Yo diría que sí -intervino Slade-. Nunca he visto a Thorne tan… contento.
    – No está contento -dijo Matt sacudiendo la cabeza-. Él no conoce el significado de esa palabra, pero sí que se le ve menos nervioso y tenso, más distraído.
    – ¿Sí?
    Las puertas se abrieron y Thorne, con pantalones y cazadora vaqueros, salió como una flecha. Su expresión era sombría y tenía los ojos entrecerrados hasta que los posó con toda su fuerza en Nicole.
    – ¿Ocurre algo? -preguntó ella.
    – Sí, ocurre algo. Sigue en coma y tiene un aspecto horrible. Los médicos siguen diciendo que está progresando tan bien como se esperaba, pero no sé si creerlos. Ya ha pasado una semana desde que la trajeron aquí.
    – Se está haciendo todo lo que…
    – ¿Sí? ¿Y eso cómo lo sé?
    – Pensaba que ya habíamos hablado de esto… de lo competente que es el personal, de la eficiencia del hospital, del tiempo que llevan estas cosas…
    – Ya basta -la miró y se pasó la mano por el pelo con frustración-. ¡Maldita sea!
    – ¿Qué quieres? -le preguntó ella.
    – ¿Te refieres aparte de que mi hermana y su hijo se recuperen, aparte de encontrar al padre del niño, de descubrir la verdad sobre el accidente y de conseguir la paz en el mundo?
    – ¿Eso es todo? -ella enarcó una ceja con gesto arrogante y le sostuvo esa irresistible mirada.
    – No, ¡también me vendría bien una taza de café!
    – Bueno, pues eso puedo conseguírtelo en cuanto cure a tu hermana y remate unos últimos detalles en el asunto de la paz en el mundo -respondió bruscamente y, al oír una risita detrás de ella, se volvió para encontrar a Slade intentando ocultar una sonrisa-. ¿Te hace gracia?
    – En absoluto, pero estoy disfrutando mucho del espectáculo. No suele verse cómo alguien pone al viejo Thorne en su sitio.
    – ¿Es eso lo que está haciendo? -preguntó Thorne y después, antes de que Nicole pudiera protestar, la agarró por el codo y la sacó al pasillo-. Vosotros -gritó mirando hacia atrás- podéis iros. Luego os veo.
    – Espera un minuto. ¿Qué crees que estás haciendo? -le preguntó Nicole cuando él la llevó por el pasillo hasta una pequeña alcoba con un asiento empotrado bajo la ventana y unas macetas.
    – Esto -no perdió el tiempo; bajó la cabeza y la besó con tanta intensidad que ella no podía respirar.
    Sintió cómo sus huesos comenzaban a derretirse y se dijo que era una locura, que él no tenía derecho a arrastrarla a ninguna parte, y menos allí, en el hospital donde trabajaba. Sin embargo, había una parte de ella que respondió a su espontaneidad, a la intensidad de un hombre que la deseaba tanto como para llevarla casi a rastras hasta la relativa intimidad de esa pequeña habitación.
    La boca de Thorne era pura magia: cálida e insistente. Ella lo besó también a él, separó los labios para aceptar su lengua, mientras el corazón le latía con una cadencia frenética y salvaje.
    En ese momento sonó su busca y se apartó bruscamente ante la divertida mirada de él.
    – No he podido resistirme -dijo Thorne mientras Nicole se metía la mano en el bolsillo para sacar el busca.
    – A lo mejor deberías aprender a no perder el control -miró la pantalla digital y reconoció la extensión de la doctora Oliverio.
    – ¡Ja! -lanzó una breve carcajada-. Cuando estoy contigo, lo pierdo completamente -admitió-. Igual que le pasa a usted, doctora.
    – Me has sorprendido. Eso es todo. Tengo que irme.
    – ¿Una urgencia?
    – No lo sé, pero será mejor que vaya a ver.
    Thorne esbozó una traviesa sonrisa cuando la atrajo hacia él y volvió a besarla.
    – Te llamo luego.
    – Vale -al darse la vuelta, Nicole se topó con dos auxiliares que fingieron no haber visto nada, pero las sonrisas que intentaron ocultar y el brillo de sus ojos le dijo todo lo contrario.
    Se aclaró la garganta, recorrió el pasillo en dirección a su despacho y se recordó, por enésima vez, que no iba a tener nada con Thorne McCafferty.
    Pero una pequeña voz dentro de su cabeza tuvo la audacia de insinuar que ya era demasiado tarde para eso.

Once

    – Ya le daré una respuesta -le dijo Thorne, intentando mostrar una sonrisa, a la mujer que estaba sentada en el sillón favorito de su padre. Se llamaba Peggy, se había mudado a Missoula desde Las Vegas el año anterior y ahora vivía en Grand Hope. Por lo que podía saber, su experiencia con bebés se basaba en el tiempo que había criado a sus propios hijos y en los años que había pasado como auxiliar en una guardería. Sus otros trabajos habían incluido el puesto de supervisora en una fábrica de conservas en California y el de camarera de hotel en Nevada. Era bastante agradable, pero no estaba seguro de que fuera la mujer adecuada para vivir en el rancho y cuidar de J.R.-. Aún estoy haciendo entrevistas.
    La mujer sonrió al ponerse de pie y se atusó su enmarañado pelo gris.
    – Bien, ya me dirá algo. Tiene mi número.
    – Sí, lo tengo en el curriculum.
    Se dieron la mano y al hacerlo, él se fijó en que llevaba un anillo en cada dedo. Tenía una espesa capa de maquillaje y las uñas largas y pintadas de rojo intenso.
    – Gracias -salió del salón sacudiendo sus esbeltas caderas bajo unos vaqueros ajustados. En la puerta, él le entregó su estropeado abrigo de ante y un pesado bolso de flecos que la mujer se echó al hombro antes de salir.
    – ¿Ha ido bien? -preguntó Matt mientras aún se oían las botas pisando las escaleras-. ¿Has encontrado a alguien?
    – Aún no -Thorne miró por la ventana y vio a Peggy subirse en una enorme ranchera con tanta porquería encima que algún chaval había escrito Lávame en la luna trasera. Ella se detuvo a encenderse un cigarrillo y echó un geiser de humo antes de arrancar. No, Peggy Sentra no le serviría. Y tampoco las otras dos mujeres que había conocido.
    – Has entrevistado a tres.
    – Y tendré que entrevistar a una docena más -las tres mujeres que había visto le habían parecido totalmente incapaces de cuidar a su sobrino y no eran ni mucho menos lo que buscaba-. Ya he dejado un mensaje en el contestador de la agencia.
    – El pequeño J.R. vuelve a casa mañana.
    – Lo sé, lo sé -respondió Thorne con brusquedad- y me parece que los tres y Juanita vamos a tener que hacer malabarismos para ocupamos de todo hasta que encontremos a alguien.
    – Ey, para el carro -dijo Matt alzando las manos-. Yo tengo que salir mañana, tengo que arreglar la valla antes de que movamos la manada. Slade, Adam Zolander y Larry Todd van a ayudarme. Y pasado mañana tengo que ir a mi finca, así que será mejor que no contéis conmigo hasta que vuelva.
    Thorne frunció el ceño, pero no dijo nada. Matt tenía su propio rancho en la frontera con Idaho, un lugar que apenas había podido permitirse. Aun así, había reunido suficiente dinero para la entrada y había hablado con el anterior propietario para pagarle el resto. Se sabía que Matt trabajaba entre dieciséis y dieciocho horas al día, y todo por un pedacito de tierra empinada y una pequeña granja. Thorne nunca había entendido la conexión que Matt tenía con la tierra, su necesidad de tener su propio rancho, pero allí estaba. Él, en cambio, había aprendido a muy temprana edad que una superficie en acres tenía más valor porque podías explotarla o sacarle beneficio vendiéndola,
    – Vale.
    – Y Slade también va a estar ocupado mañana, así que a menos que puedas convencer a Juanita para que cambie pañales y ponga al niño a eructar, me parece que tú vas a ser la niñera elegida -soltando una risita agarró su sombrero-. Y la habitación ya parece estar lista. Ya he colocado la cuna, el cambiador y la cómoda, pero aún necesitamos cosas básicas: pañales, la leche para el biberón, polvos de talco y un osito de peluche.
    – Ya está todo pedido -dijo Thorne.
    – Bien.
    Riéndose para sí, Matt se puso la chaqueta y salió. Thorne fue al estudio. Había llegado el momento de pasar al plan B.

    El teléfono sonó y Nicole, que estaba a punto de guardar las llaves, respondió:
    – ¿Diga?
    – Hola -al reconocer la voz de Thorne, se apoyó contra la ventana y sonrió. Por qué sus labios se habían curvado en esa sonrisa era algo que no entendía, pero tampoco intentó esconderla mientras contemplaba el jardín oscurecido por la noche. Las niñas gritaban a su alrededor y, para hacerlas callar, presionó el dedo índice en los labios.
    – Necesito tu ayuda.
    – ¿Que tú necesitas mi ayuda? -tuvo que esforzarse para no reír. Resultaba gracioso ver al presidente de McCafferty Internacional pidiendo ayuda.
    – Completamente. J.R. sale del hospital mañana y eso va a suponer un buen cambio por aquí.
    Ella miró a sus dos terremotos.
    – Ni te lo imaginas.
    – Pensé que tal vez podrías darme algunos consejos.
    – Ah, por supuesto -se rió al ver a Molly perseguir con una serpiente de goma a Mindy, que chillaba fingiendo estar horrorizada-. ¿No sabes que hago de madre todos los días?
    – ¿Podemos discutirlo mientras cenamos?
    – Tengo a las niñas.
    – Pues tráelas.
    Ella soltó una fuerte carcajada.
    – Creo que no sabes lo que me estás diciendo.
    – Puede que no, pero a lo mejor ya es hora de que lo sepa. Podría recogeros y…
    – No, iremos nosotras. Por fin tengo el todoterreno y está preparado con las sillas de las niñas. Además, puede que me tenga que ir pronto si las niñas… -les estaba diciendo con la mirada que ella era la madre y que tenían que hacerle caso- cometen el error de dar guerra, algo que seguro no pasará esta noche. No se atreverían.
    Mindy se mordisqueó el labio, pero Molly ignoró la advertencia y agitó la serpiente de mentira en la cara de su hermana.
    – Ya les había dicho que las llevaría al Burger Corral. Está en la esquina de la Tercera con Pine.
    – Ya sé dónde está -dijo él secamente-, he crecido aquí. Pero estaba pensando en algo un poco más tranquilo.
    – Créeme, cuando tienes hijos de cuatro años, no buscas un sitio tranquilo.
    Molly estaba tirándole del abrigo.
    – Vamos, mami.
    – Mira, si quieres venir, allí estaremos -le dijo-. Ya salimos para allá.
    – Estaré allí en media hora.
    Nicole colgó y se dijo que no estaba pensando con claridad. ¿No se había dicho ya que no se relacionaría con Thorne, que sólo porque hubieran compartido unos besos, conversaciones y hubieran hecho el amor, no había razón para volver a confiar en él? Pero había algo en ese hombre tan terriblemente irresistible que resultaba peligroso. Más que peligroso, era un suicidio emocional.
    – Vamos, niñas, poneos los abrigos.
    El teléfono volvió a sonar casi al instante y Nicole lo levantó pensando que Thorne había cambiado de idea.
    – ¿Ahora quieres echarte atrás? -dijo ella bromeando.
    – Creo que ya es un poco tarde para eso, ¿no? -la voz de Paul llevó al traste su buen humor y se preparó para lo que seguramente sería una conversación tensa.
    – Esperaba la llamada de otra persona.
    – Entonces seré breve -su voz era fría y Nicole se sorprendió por el hecho de haber podido amar a un hombre así.
    – Vale.
    – Se trata de los derechos de visitas.
    – ¿Qué pasa? -preguntó sujetando con fuerza el auricular y con un nudo en el estómago, como siempre le pasaba cada vez que Paul y ella empezaban a discutir… lo cual sucedía casi siempre que hablaban.
    – Sé que tengo derecho a tener a las niñas todos los veranos y cada dos Navidades.
    – Sí -el corazón comenzó a latirle con fuerza. No podía creerlo, pero era posible que fuera a pedirle la custodia. ¡Dios mío! ¿Qué haría ella si perdiera a sus hijas?
    – Pero Carrie y yo vamos a ir a visitar a sus padres en Boston en Navidad y este verano hemos planeado un viaje a Europa. Tiene que acudir a una convención en Madrid y hemos pensado en aprovechar la oportunidad y ver Francia, Portugal e Inglaterra mientras estamos allí. Así que habría cuatro semanas en mitad del verano en las que no podríamos llevarnos a las gemelas.
    «Como si las responsabilidades como padre fueran algo que pudiera elegir cuándo tener».
    Miró a sus hijas, que ahora estaban poniéndose los abrigos, y se le rompió el corazón al imaginarlas creciendo sin un padre.
    – Sabes que nos encantaría tenerlas si fuera posible, pero Carrie tiene que pensar en su trabajo.
    – Por supuesto.
    – Igual que tú, Nicole. Igual que has hecho tú siempre -allí estaba, era inevitable. Lo que era algo bueno para Carrie era malo para Nicole, pero no había necesidad de discutir.
    – No te preocupes -dijo ella con un nudo en la garganta-. Puede que sea mejor que se queden conmigo.
    – La verdad es que yo pienso lo mismo. Sería duro para Molly y Mindy traerlas de pronto aquí, no están acostumbradas a una gran ciudad ni a estar metidas en un piso. Con nuestros trabajos sería muy difícil…
    – Mira, lo entiendo, pero tengo que irme. ¿Quieres… hablar con las niñas? -no podía soportar ni un minuto más oyendo cómo se justificaba por dejar de lado a las niñas.
    ¡Eran sus hijas! Preciosas y maravillosas, y se merecían algo mejor.
    – Oh… -un silencio-. Claro.
    Sin mucho entusiasmo, puso a las niñas al teléfono, las dejó hablar con ese extraño y en unos minutos volvió a hablar ella.
    – Ya llego tarde y tengo que irme, pero solucionaremos lo de las visitas.
    – Sabía que podía contar contigo -las palabras de Paul resonaron en su mente, ¿qué haría él si no pudiera contar con ella?-. Me alegra que lo entiendas -dijo con voz de alivio.
    – Adiós, Paul -colgó y ayudó a Mindy a subirse la cremallera del abrigo-. Vamos niñas, en marcha.
    – ¿Estás enfadada, mami? -le preguntó Mindy cuando se colgó el bolso al hombro. Al ver su reflejo en el cristal de la ventana, Nicole comprendió la preocupación de su hija.
    – Ya no. Vamos, al coche -abrió la puerta y las niñas salieron. Sus piernas regordetas se movían rápidamente, sus zapatos golpeaban el suelo de porche trasero y sus risas resonaban por el aire de la noche.
    – Yo voy delante -gritó Molly.
    – No, yo -respondió Mindy.
    – Las dos vais detrás, en vuestras sillas, ya lo sabéis.
    – Pero Billy Johnson va delante -dijo Molly. Billy era un niño de pelo alborotado que iba al colegio con ellas.
    – Y también Beth Anne.
    Otra amiga.
    – Bueno, pues vosotras no -las ayudó a abrocharse los cinturones de seguridad y después se colocó en su asiento. Se detuvo para retocarse el pintalabios, arrancó y sonrió al oír el todoterreno lleno de vida. Mientras daba marcha atrás, sintió un repentino miedo por volver a quedar con Thorne. Tanto si le gustaba como si no, ya tenía una relación con él y eso le preocupaba.
    – No es una cita -se dijo.
    – ¿Qué? -preguntó Molly.
    – Nada, cielo, ahora pensad qué queréis cenar -dijo y en silencio añadió: «Yo, mientras, pensaré qué voy a hacer con Thorne McCafferty».

    En quince minutos, Nicole había conducido hasta el pequeño restaurante, había aparcado en el abarrotado aparcamiento y había llevado a las niñas hasta una mesa situada en una esquina cerca de un dispensador de refrescos. Las ayudó a quitarse los abrigos y las dejó ir a la zona de videojuegos donde un grupo de niños que aparentaban ocho o nueve años intentaban ganarse los unos a los otros rodeados de los sonidos de las pistolas simuladas de los juegos, del murmullo de las conversaciones, y del tintineo de los cubitos de hielo de la máquina de refrescos.
    Por encima de todo ello se oía una ligera música, un tema de Elvis Presley, aunque no podía recordar cuál. Reconoció a algunos de los clientes: los dueños del pequeño mercado de la esquina, un chico al que había dado puntos cuando se había abierto la cabeza patinando y una joven madre que trabajaba en el colegio al que iban las gemelas.
    Pidió una cola-cola light y leche para las niñas y después esperó nerviosa hasta que vio a Thorne empujar una de las dos puertas de cristal. Alto, de hombros anchos, y expresión de determinación, miró a su alrededor hasta que la encontró. Ante esa intensa mirada, ella se quedó sin respiración y se reprendió por reaccionar como una tonta colegiala. «Es sólo un hombre». ¿Qué tenía que hacía que su idiota corazón diera esos vuelcos con sólo verlo? Lo saludó con la mano y él se abrió paso entre el laberinto de mesas.
    – ¿Dónde…? -empezó a preguntar él antes de ver a las gemelas de pie en unas sillas mirando por encima de los niños que jugaban a los videojuegos-. Ah.
    – Ahora vienen. Tengo suerte de que no entiendan que necesitan dinero para que las máquinas funcionen.
    – Entonces cuando se enteren te van a arruinar.
    – Exactamente.
    Después de colgar su cazadora donde ya colgaban los abrigos de las gemelas, Thorne echó un vistazo al restaurante y se sentó en el banco, junto a Nicole.
    – No es exactamente lo que tenía en mente cuando he llamado -admitió-, pero servirá.
    – ¿Ah, sí?
    – No había venido aquí desde el instituto.
    – ¿Buenos recuerdos? -Nicole logró controlar la voz porque en muchas ocasiones ella había estado allí sentada en esa misma mesa esperando que Thorne McCafferty llamara o regresara a Grand Hope. Pero no había ocurrido.
    – Unos mejores que otros -la miró fijamente y después levantó una carta de menú plastificada-. Aquí tuve la primera cita de mi vida, con Mary Lou Bennett, el primer año de instituto. Estaba muerto de miedo. Y en otra ocasión me peleé con un chico un poco mayor que yo. ¿Cómo se llamaba? Era un gallito… Mike algo… Wilkins… eso es. Mike Wilkins. Me molió a palos en el aparcamiento.
    – ¿Te pegó?
    – Sí, pero odio reconocerlo -enarcó una ceja-. Sí, doctora Stevenson, no siempre he sido el tipo duro y frío que ves ante ti.
    – ¿Qué sucedió? -preguntó fascinada. Nunca había oído esa historia.
    – Vino la policía y nos tomó declaración a los dos y a todos los chicos que habían presenciado la pelea. Mi padre tuvo que venir a sacarme y casi me echaron del instituto y del equipo de rugby, pero como siempre, John Randall lo arregló todo. El peor castigo que me llevé fue un ojo morado, unos dientes rotos y un ego herido.
    – Algo que probablemente te merecías.
    – Probablemente -alzó un lado de la boca en una sonrisa de desaprobación-. Era un poco chulito.
    – ¿Eras?
    Él se rió.
    – ¿Por qué fue la pelea? -preguntó Nicole sorprendida por su franqueza.
    – ¿Por qué iba a ser? Por una chica. Yo iba detras de su novia. No recuerdo su nombre, pero era pelirroja, con una sonrisa preciosa y otros cuantos atributos.
    – ¿Y eso era lo que te atraía? ¿Sus atributos?
    – Y el hecho de que fuera la novia de Mike Wilkins -sus ojos grises resplandecieron-. Siempre me han gustado los desafíos y un poco de competencia nunca hace daño a nadie.
    En ese momento Molly llegó corriendo.
    – Quiero veinticinco centavos.
    – ¿Por qué?
    – Porque ese niño -señaló con un dedo acusatorio a un niño con el pelo rubio de punta y pecas- dice que los necesito para jugar.
    Nicole miró a Thorne.
    – Pues ahora no tenemos tiempo. Ve a buscar a tu hermana, que vamos a pedir la cena.
    – ¡No! Quiero veinticinco centavos.
    – Escucha, esta noche no, ¿vale? Ahora, vamos -miró a Thorne y suspiró-. Discúlpame un segundo -fue hacia los videojuegos y bajó a Mindy de la silla sobre la que estaba subida. Mindy, como de costumbre, se mostró mesurada en su protesta, mientras que Molly, siempre más gritona, estaba llegando a resultar repelente.
    – ¡Quiero veinticinco centavos! -exigió dando patadas al suelo.
    – Y yo te he dicho que no vendríamos a menos que os comportarais -logró sentarlas a las dos a la mesa, una a su lado y la otra junto a Thorne.
    – Quiero patatas fritas -dijo Molly con rotundidad.
    – ¿Ah, sí? Vaya, qué sorpresa.
    – Y un perrito caliente.
    – Yo también -dijo Mindy. Resistieron en sus asientos hasta que la camarera, una jovencita delgada con pantalones negros, camisa blanca impoluta y una pajarita roja, les tomó nota. Después volvieron a irse, derechitas a las máquinas de videojuegos. Mientras, el restaurante seguía llenándose de gente y las conversaciones flotaban en el aire.
    – ¿Ves lo que te espera? -la mirada de Nicole siguió a las niñas-. Puede que yo tenga gemelas, pero tú tendrás que lidiar con un recién nacido.
    – Sólo hasta que Randi se recupere -su gesto se volvió serio.
    – Supongo que no habéis podido localizar al padre del niño.
    – Aún no, pero lo haremos -su determinación quedó reflejada en el gesto de su boca.
    A Nicole le decepcionó que tuviera tantas ganas de desentenderse de sus responsabilidades como padre temporal. Mientras la camarera volvía con sus bebidas, se recordó que después de todo era un soltero empedernido, un hombre más interesado en hacer dinero que en hacer bebés.
    Thorne se fijó en la mezcla de emociones que cruzaron el rostro de Nicole y en cómo, de pronto, su sonrisa se había desvanecido.
    – La razón por la que te he llamado es porque necesito tu ayuda. Necesitamos una niñera hasta que Randi esté lo suficientemente bien como para cuidar de él.
    – Ya.
    Intentó no fijarse en el modo tan sexy con que sus dientes delanteros descansaban sobre su labio inferior al mirar a sus hijas, o en cómo su blusa se abría seductoramente insinuando un escote. Ella lo miró y en ese segundo en que sus ojos dorados se toparon con los de él, Thorne sintió la increíble y apremiante necesidad de besarla de nuevo… algo que siempre le sucedía.
    – No debería ser tan difícil encontrar a alguien adecuado. Estoy dispuesto a pagar lo que haga falta.
    – El dinero no es el problema
    – Claro que sí.
    Ella volteó sus expresivos ojos y le quitó el plástico a su pajita.
    – Aún no lo entiendes, ¿verdad? No se trata del dinero -le dio un largo trago a su refresco-. Sabes que ése siempre ha sido tu problema. ¿No entiendes que no puedes comprar el amor? No puedes encontrar a la niñera más cariñosa y encantadora sólo ofreciéndole unos cuantos dólares más. La gente es como es, no cambia cuando tú le pones un cheque delante de las narices.
    – Lo sé, pero la mayoría de la gente actúa y finge por dinero.
    – Tú no quieres alguien que actúe, quieres alguien que se preocupe. Hay una gran diferencia. No estoy diciendo que no les pagues bien, porque eso, por supuesto tienes que hacerlo. Pero primero encuentra a esa persona cariñosa y afectuosa y luego págale lo que merezca.
    – ¿Es eso lo que hiciste tú?
    – Por supuesto. Encontré a Jenny por medio de un anuncio que puse en el periódico. Después de entrevistar a un montón de mujeres y de preguntar en guarderías, ella me llamó, nos vimos y el resto es historia. Estudia en la universidad y es la chica más agradable que te puedas encontrar. Es cariñosa, cercana, sana y tiene un gran sentido del humor, cosa que necesitas para estar con niños. Lo arreglamos para que nuestros horarios encajaran. Es un poco difícil, pero se puede arreglar -la enfermera llegó con sus bandejas de comida y Thorne ayudó a Nicole a sentar a las niñas. En ese momento, su busca sonó.
    – Tengo que hacer una llamada y tengo el móvil en el coche. ¿Te importaría vigilar a las niñas un minuto?
    Thorne alzó un hombro.
    – ¡No, mami! -gritó una de las gemelas.
    – Vuelvo enseguida. Lo prometo. El señor McCafferty os ayudará a abrir las bolsitas de ketchup para vuestras patatas.
    – Claro -dijo Thorne, aunque pensar en estar con dos terremotos de cuatro años era algo sobrecogedor.
    Cuando Nicole salió, las gemelas hicieron intención de salir corriendo tras ella, pero Thorne las distrajo con sus batidos. Le quitó el plástico a las pajitas y las metió en las copas.
    Mientras una empezaba con su batido, la otra abría bolsitas de ketchup. Una vez más, las ayudó y después echó la salsa roja encima de las patatas fritas.
    – ¡Nooo! -gritó la niña-. ¡Quiero mojarlas!
    – ¿Qué?
    – Quiero mojarlas. No lo quiero por encima -tenía su pequeña carita arrugada en un gesto de enfado mientras miraba la cesta de patatas. La otra niña sorbía desesperada el batido, intentando que el líquido demasiado espeso subiera por la pajita.
    – No sube -se quejó.
    – Sorbe más fuerte.
    – ¡Eso hago!
    – No me gusta -dijo la otra niña y Thorne le quitó el perrito, se lo puso en su plato y se lo cambió por su hamburguesa. Además le dio una bolsita de ketchup ya abierta.
    – Échatelo como quieras -le quitó de las manos el batido a la otra niña, levantó la tapa y usó la pajita para remover esa masa de color chocolate-. Así mejor -le dijo, y volvió a ponerle la tapa-. Si no funciona, espera un poco hasta que se derrita.
    – ¿Dónde está mami? -preguntó una de ellas mientras hundía una patata en la piscina de ketchup que había creado.
    – En el coche, haciendo una llamada.
    – ¿Va a volver?
    – Eso creo -dijo y guiñó un ojo.
    Las niñas empezaron a echar en su comida mucho más ketchup y mostaza de los necesarios, pero Thorne, nada acostumbrado a estar con niños, decidió dejarles hacer lo que quisieran. Para cuando Nicole volvió, tenían salsas en la cara, en las manos, en la ropa e incluso en el pelo.
    – ¿Va todo bien? -quiso saber Thorne.
    – Una emergencia, nada serio. Ya me he ocupado. Oh, ¿qué ha pasado? -preguntó Nicole al ver a sus hijas.
    – Que han comido.
    – ¿Y los baberos? -posó los ojos sobre los dos baberos de plástico que había en la bandeja.
    – No los hemos visto.
    Suspirando, Nicole les limpió la cara antes de, por fin, prestarle atención a su cena.-Tienes mucho que aprender -dijo y le dio un mordisco a su hamburguesa.
    – Por eso necesito una niñera.
    – O dos -respondió ella.
    – Como ya te he dicho, esperaba que pudieras ayudarme en ese aspecto.
    – ¿Cómo?
    – A lo mejor tú o tu niñera podríais darme números de gente que pudiera estar interesada en cuidar del bebé a tiempo completo. Al menos hasta que Randi puede ocuparse de él.
    – Es posible -dijo limpiándose la comisura de los labios con una servilleta antes de, automáticamente, limpiarle la mejilla a una de sus hijas.
    – ¡No! -gritó la niña.
    – Oh, Molly, no seas tan gruñona -Nicole no cedió y enseguida, a pesar de muchas quejas, la cara de la niña ya estaba libre de condimentos y las dos habían reanudado su comida.
    Thorne observaba a Nicole con sus hijas, cómo jugaba y bromeaba con ellas incluso cuando les imponía disciplina. No alzaba la voz, siempre les prestaba atención cuando hablaban y corregía sus errores con un guiño de ojos y una sonrisa. La más precoz desafiaba a su madre y la más tímida a veces ni hablaba y la ignoraba, pero lo que quedó claro durante la cena fue que la doctora Nicole Sanders Stevenson era toda una madraza.
    Aunque tampoco era algo que a Thorne le importara, porque no estaba buscando a una mujer para criar a sus hijos. En realidad, ni siquiera estaba buscando una mujer. Punto.
    Sin embargo, y por alguna razón que desconocía, seguía llevando en el bolsillo ese maldito anillo que su padre le había dado.

Doce

    Thorne nunca se había sentido tan incómodo en su vida. Acababa de dar de comer al bebé, lo había puesto a eructar y oía sus suaves suspiros contra su hombro mientras iba del salón al estudio y se preguntaba cómo demonios iba a meterlo en la cuna sin despertarlo. El bebé, sano y con ojos brillantes, parecía mucho más contento cuando estaba en brazos, y eso suponía un problema.
    Thorne, deportista nato, había hecho muchas cosas que requerían de fuerza, pero cuando se trataba de tener a un bebé en brazos, de alimentarlo, y de cambiarle los pañales, era muy torpe.
    Y tampoco podía decirse que sus hermanos fueran mejores. Matt se había pasado la vida en el rancho y se había ocupado tanto de pollitos recién nacidos a corderitos y potros rechazados por las yeguas que acababan de parirlos. Había ayudado a traer al mundo a carnadas de cachorros y gatitos, pero cuando se trataba de ocuparse de bebés humanos, él también parecía estar fuera de lugar. Slade era el peor. Aunque estaba fascinado con el bebé, parecía darle pánico tomar en brazos a J.R. Según Thorne, eso era ridículo, aunque a Matt le hacía gracia que a su temerario hermano le diera miedo el niño. J.R. abrió los ojos. Oh-oh…
    En cuestión de segundos armó un escándalo y Thorne intentó que no le entrara el pánico.
    – No pasa nada -le dijo, maravillándose del modo en que las madres parecían tener una especie de ritmo natural para acunar a los bebés. Y había podido ver esa misma reacción natural a través del cristal del hospital cuando Nicole había mecido al niño mientras le daba de comer.
    Intentó balancearse un poco, pero se sentía como un estúpido y además el niño empezó a llorar con más fuerza y a ponerse colorado.
    – No pasa nada -le dijo sin tener la más mínima idea de qué le pasaba al pequeño.
    Los pasos de Juanita se oyeron por las escaleras.
    – Ya voy, ya voy… -dijo para alivio de Thorne.
    Un segundo después, apareció ante ellos.
    – Está cansado.
    – Estaba dormido.
    – ¿Entonces por qué no lo has puesto en su cuna? -preguntó diciendo la última palabra en español.
    – Porque no me ha dado tiempo a llegar a su cuna -respondió Thorne repitiendo y poniéndole énfasis a la palabra- sin despertarlo.
    – ¡Pero si lo has despertado de todas formas! -enarcó una ceja mientras el bebé gritaba más de lo que Thorne pensaba que pudiera ser posible.
    – Créeme, eso intentaba.
    – Trae, dámelo. Vamos, pequeño -dijo ella con voz suave al separarlo de los tensos dedos de Thorne. Comenzó a susurrarle palabras en español mientras se lo llevaba de la habitación y, para vergüenza de Thorne, el bebé empezó a tranquilizarse. En unos minutos, el silencio prevaleció y Juanita volvió caminando sin hacer ruido.
    – ¿Cómo lo haces?
    – Práctica -le dijo y sonrió.
    – A lo mejor necesito clases.
    – Dios, los tres las necesitan y puede que la señorita Randi también. ¿Cómo va a ocuparse del bebé, escribir columnas, terminar su libro y recuperarse? -sacudió la cabeza de camino a la cocina.
    – No hay ningún libro -le dijo al seguirla por el pasillo-. Eso era un sueño que ella tenía, nada más.
    – Pero dijo que algún día escribiría uno. Lo creí. Algún día será rica y famosa -rebuscó en la nevera, susurró algo y sacó un paquete, lo abrió y miró a Harold, que estaba tumbado en una alfombra cerca de la puerta-. He guardado este hueso de la sopa para ti -le dijo. El perro se levantó como pudo y movió el rabo-, pero tienes que tomártelo fuera -se lo tiró y se giró para decirle a Thorne-: Hay un libro.
    – Eso espero -respondió él, aunque no creía que sucediera. Randi había hablado sobre escribir la «gran novela norteamericana» desde que tenía quince años aunque, que él supiera, no había escrito ni una línea y mucho menos un capítulo. No tenía importancia, pero no obstante se anotó mentalmente que tenía que comentarle a Striker lo de ese sueño de Randi. ¿Por qué no? Decírselo no haría ningún daño.

    Nicole salió de la bañera y se puso el albornoz. Las gemelas estaban dormidas y la casa tranquila. Se anudó el cinturón, fue a la cocina y se calentó una taza de chocolate. Parches, enroscado en un cojín de una de las sillas, abrió un ojo y bostezó, mostrando sus dientes afilados antes de volver a descansar la barbilla sobre sus patas. El microondas pitó y Nicole sacó la taza para tomársela en el salón, donde la chimenea seguía encendida. Pedazos escarlata de carbón resplandecían y el fuego crepitaba.
    Dio un sorbo de chocolate, se sentó en una esquina de su sillón y hojeó una revista de padres. Acababa de empezar a leer un artículo sobre los estados de la vida de un niño cuando vio la columna: Consejos para el padre soltero, por R.J. McKay. No sabía por qué le había llamado la atención, pero comenzó a leer el texto y una extraña sensación le recorrió la espalda. Estaba escrita con el mismo estilo irónico que las columnas de Randi McCafferty, pero nadie había mencionado que Randi ahora escribiera también para revistas.
    Dio otro trago de chocolate y cuando retomó el artículo, oyó un coche detenerse delante de su casa. Al girarse para mirar por la ventana, vio a Thorne yendo hacia su porche.
    El pulso se le aceleró y entonces recordó que sólo llevaba puesto el albornoz. Se puso de pie y corrió hacia la habitación justo cuando sonó el timbre.
    – Maldita sea -vaciló y finalmente volvió para abrir la puerta. El viento removió su pelo y le levantó el albornoz al entrar en la casa-. Vaya, señor McCafferty, menuda sorpresa.
    Él mostró una petulante sonrisa al recorrerla con la mirada.
    – Espero que una buena.
    – Eso depende -dijo sin poder evitarlo.
    – ¿De qué?
    – De ti, por supuesto.
    Él no esperó. En un segundo había cruzado la puerta, la había tomado entre sus brazos y sus fríos labios ya la estaban besando. Un viento helado los rodeó y justo antes de que ella cerrara los ojos y Thorne cerrara la puerta con el pie, pudo ver los primeros copos de nieve caer del oscuro cielo.
    Pero la nieve quedó olvidada al instante; Thorne la besaba con insistencia y, mientras, ella sentía su corazón perder el control.
    Una calidez invadió sus extremidades y el deseo fue lentamente tomando forma dentro de ella. Él la llevó contra la pared de la entrada y Nicole, rodeándolo por el cuello y separando los labios, no opuso resistencia ante el frío roce de su cuerpo contra el suyo. Thorne olía al pino de los árboles y a almizcle. Su duro cuerpo se tensó cuando los dos se abrazaron con fuerza.
    Era un error. Nicole lo sabía, pero no podía resistirse a la dulce seducción de sus caricias, al cosquilleo que le provocaban sus labios.
    Las manos de Thorne encontraron su cinturón, que desabrochó sin dejar de besarla y tomándose todo el tiempo del mundo. Le acariciaba la lengua con la suya, la saboreaba. Nicole sintió que le costaba respirar cuando su albornoz se abrió y él, con las manos frías y algo ásperas, le tomó un pecho. Su pezón se endureció expectante y ella se derritió por dentro.
    – Oh, Nicole -murmuró Thorne contra su oído.
    El deseo la invadió y unas emociones que no se detuvo a comprender le recorrieron la mente.
    – ¿Estamos solos? -preguntó él con voz ronca.
    – No -respondió con dificultad y sacudiendo la cabeza-. Las gemelas están aquí.
    – ¿Dormidas?
    Ella asintió mientras él la recorría con sus dedos tan suavemente como para hacerla gritar.
    – No… No pasa nada -dijo Nicole, aunque no pensaba con claridad, no podía concentrarse en nada que no fuera el deseo que sentía por él.
    – Bien -volvió a besarla, le puso un brazo bajo las rodillas y la levantó del suelo. Como si fuera una pluma, la llevó hasta su dormitorio… un santuario en el que, hasta el momento, no se había permitido entrar a ningún hombre.
    Thorne cerró la puerta como pudo y echó el cerrojo antes de tenderla en la cama. El colchón se hundió ante el peso de los dos.
    – ¿Qué… qué te pasa? -preguntó Nicole cuando él le quitó el albornoz.
    Thorne se detuvo un instante y la miró fijamente.
    – Lo que me pasa eres tú, doctora -la besó lentamente-. Ya estás demasiado dentro de mí y no puedo hacer nada para evitarlo.
    – ¿Querrías hacerlo?
    – No -le tomó los pechos en las manos y los besó mientras le llevó la mano hasta su camisa. A partir de ahí, ella no necesitó más instrucciones y comenzó a quitarle la chaqueta, el jersey y los pantalones a la vez que él no dejaba de besarla y de acariciarla, de hacer que su sangre ardiera y que las zonas más íntimas de su cuerpo se resintieran de deseo.
    «¡No hagas esto!», gritó esa vocecilla dentro de su cabeza, pero Nicole la ignoró.
    Él enredó sus dedos en su pelo y luego los fue deslizando por su espalda. Thorne sabía a sal y a deseo. Lo deseaba como nunca había deseado a nadie.
    Sólo él podía satisfacerla.
    Sólo él podía elevarla hasta alturas inimaginables. Lo besó y hundió sus dedos en sus hombros.
    Unos fuertes músculos se movían contra su suave piel. La lengua de Thorne invadió su boca antes de encontrar rincones más profundos que le hicieron a Nicole morderse el labio para evitar gritar. Unos espasmos brotaron dentro de ella antes de que él le separara las piernas sin dejar de besarla y abrazarla. Nicole se arqueó hacia arriba; deseaba más, necesitaba que la liberara.
    – Thorne -susurró cuando pensó que había perdido la cabeza de tanto deseo-. Thorne, por el amor de… oh, oooh.
    Entrando en ella con intensidad, comenzó a hacerle el amor, a besarla mientras ella respiraba entrecortadamente y su cuerpo se iba cubriendo de un ligero sudor.
    Una y otra vez la amó hasta que la luz del día atravesó la ventana y ella, exhausta y aún aferrada a él, cayó dormida.
    Las niñas se despertaron unas horas después y la cama quedó fría y vacía; sólo el ligero aroma a sexo permanecía, entremezclado con los dulces y sensuales recuerdos de ese momento que habían compartido. Nicole miró a la cómoda donde la flor que le había regalado Thorne había muerto, los pétalos cubrían la vieja madera. Pero no había tirado la rosa. No podía.
    Estaba cansada, sí, pero se sentía mejor que en años. Cantó en la ducha, se rió cuando las niñas discutieron, y se vistió con una sonrisa en la cara. Fue mientras se cepillaba el pelo cuando se vio reflejada en el espejo y se dio cuenta de la curva de sus labios y del brillo en sus ojos.
    – Oh, no -dijo con incredulidad.
    Pero no podía negar la pura verdad: a pesar de las advertencias que se había hecho, estaba completamente enamorada de Thorne McCafferty.

    Denver ya no le atraía. Su ático parecía frío y vacío como una cueva de hielo y, aunque estaba limpio y reluciente, había toallas recién lavadas en los toalleros de bronce y la chimenea estaba encendida, no se sentía en casa. Tenía el armario lleno, con trajes, abrigos, pantalones y además tres esmóquines. Las vistas desde el salón y el dormitorio principal ofrecían una visión espectacular de las luces de la ciudad. Y aun así se sentía como en un país extranjero, como un marciano en el ático al que había considerado su casa durante demasiados años.
    Había llegado a la ciudad por la mañana y había ido directo a la oficina. No sabía cómo, pero había sobrevivido a cuatro reuniones antes de ir a casa para cambiarse y acudir al evento de etiqueta organizado por Kent Williams. La cena se celebraba por una causa benéfica, pero en el fondo lo que se buscaba era sacarle un beneficio. Aunque a él eso no le importaba. Era el primero en admitir que le interesaba ganar dinero. Y aun así…
    Se sirvió una copa de whisky y contempló las vistas desde la ventana. La nieve caía y las luces de la ciudad parpadeaban tras el velo formado por los copos de nieve. Vio su reflejo en el cristal, un hombre alto con un traje ligeramente arrugado, una copa en la mano que en realidad no le apetecía y sintiéndose más solo que nunca.
    Nunca le había disgustado su propia compañía; en realidad, había sido de los que se reían de los hombres que necesitaban una mujer en sus brazos. Eso le había parecido de cobardes, de débiles, pero ahora, mientras observaba esa imagen fantasmagórica y distorsionada reflejada en la ventana, se imaginó a Nicole con él. Ya fuera vestida con un camisón, unos vaqueros y deportivas o una bata blanca sobre unos pantalones y una blusa, su imagen le resultaba perfecta.
    – Idiota -se dijo y se terminó la copa. Iría a esa maldita fiesta, haría su trabajo y se dirigiría al aeropuerto esa misma noche. Se esperaba mucha nieve en Denver en los próximos días, pero Thorne pretendía volver a Grand Hope tan pronto como pudiera escaparse de sus obligaciones.
    Había demasiados problemas en Montana como para que estuviera en ese desangelado piso al que había llamado hogar.
    «Hogar». ¡Ja!
    ¿Qué decían los viejos refranes? «¿Hogar dulce hogar?». «¿Como en casa no se está en ningún sitio?».
    «¿El verdadero hogar está donde uno tiene a los suyos?».
    Miró al salón de camino a su dormitorio, donde elegiría un esmoquin. Una cosa era segura: su corazón no estaba allí. No. En ese momento residía en los pasillos del hospital St. James con la testaruda, brillante y preciosa doctora de urgencias a la que una vez había abandonado. Una mujer divorciada con dos niñas y sin deseo aparente de volver a tener otra relación seria.
    Bien, pues eso estaba a punto de cambiar. Thorne estaba acostumbrado a tomar las riendas, a conseguir lo que quería, y ahora mismo, mientras sacaba del armario su esmoquin con fajín verde, lo que quería era a la doctora Nicole Stevenson. Fuera como fuera, la tendría.

    Nicole no podía tenerse en pie. Había trabajado horas extras debido a un horrible accidente en el que se habían visto involucrados dos coches y una camioneta. El siniestro había sucedido a sólo tres kilómetros de los límites de Grand Hope. Un hombre de ochenta años y un adolescente no habían sobrevivido; la mujer del hombre y otros tres adolescentes luchaban por sus vidas. Todos se encontraban en estado crítico con lesiones en la cabeza, pulmones perforados, costillas rotas, bazos reventados y toda clase de contusiones. Una ama de casa de mediana edad y sus dos hijos, que iban en la camioneta, habían sobrevivido y tenían lesiones leves, pero la sala de urgencias había sido una locura y se había llamado a todos los médicos, enfermeras, auxiliares y anestesiólogos que estuvieran disponibles.
    Diez horas después de que la primera ambulancia hubiera llegado y se hubieran ocupado de las víctimas más graves, las cosas por fin empezaban a calmarse. El resto de los pacientes, una mujer que se había quemado, un niño de ocho años que se había pillado un dedo con la puerta del coche, tres casos de gripe y un hombre que se quejaba de mareos, habían tenido que esperar.
    Pero lo peor ya había pasado, los pacientes estaban estabilizados y habían llegado médicos de relevo. Por fin, Nicole podía irse a casa. Se sirvió una taza de café recién hecho, redactó unos informes en el ordenador rápidamente antes de agarrar su chaqueta, su portátil y su maletín y salir del St. James.
    El aparcamiento parecía una manta blanca ya que había estado nevando durante todo el día. Había quince centímetros de nieve y en el parabrisas del todoterreno se habían acumulado hielo y nieve. Esperó a que el desempañador y los limpiaparabrisas despejaran el cristal y luego condujo hasta casa con cuidado.
    No sabía nada de Thorne desde la mañana anterior y estaba empezando a echarlo de menos, aunque no quería admitir lo unida que se sentía emocionalmente tanto a él como a su familia.
    – Venga, no seas tonta -se dijo. Decidió que llamaría a Thorne cuando llegara a casa para hablarle de una amiga de Jenny que estaba interesada en el trabajo de niñera y también, por qué no, para volver a hablar con él. Después de todo, en esos días de la liberación de la mujer, ¿por qué no podía llamarlo en lugar de quedarse esperando sentada junto al teléfono o preguntándose qué estaría haciendo?
    Al llegar a casa encontró a las niñas ya con los pijamas puestos y listas para irse a dormir.
    – Siento llegar tarde -dijo disculpándose ante Jenny después de darle un abrazo a las niñas y de escucharlas mientras le contaban lo que habían hecho durante el día. Hablaron de un muñeco de nieve en el patio trasero y Mindy se quejó de que Molly le había lanzado una bola de nieve.
    – ¡No lo he hecho! -gritó Molly, pero la culpabilidad se reflejó en su pequeña cara y, después de confesar finalmente sin el más mínimo arrepentimiento, acusó a su hermana de chivata.
    – Han sido muy buenas -admitió Jenny antes de abrazar a las niñas y marcharse. Junto a las gemelas, subidas en el sillón y con la nariz pegada contra el cristal de la ventana, Nicole vio a Jenny alejarse en su destartalada ranchera bajo la tormenta mientras las luces traseras despedían un rojo brillante contra una ducha de copos de nieve.
    Casi dos horas más tarde, una vez que las niñas ya estaban dormidas, marcó el número del Flying M. La llamada fue atendida por una mujer con acento hispano.
    – Rancho McCafferty.
    – Soy Nicole Stevenson. Estoy buscando a…
    – La doctora. ¡Dios mío! ¿Le ha ocurrido algo a la señorita Randi?
    – No, sólo quería hablar con Thorne.
    – Pero Randi… ¿sigue igual?
    – Sí, por lo que sé.
    Se oyó un fuerte suspiro al otro lado de la línea.
    – Thorne no está aquí, pero puede hablar con Slade si quiere.
    La decepción le perforó el alma.
    – No, no pasa nada. ¿Puede decirle que me llame cuando regrese?
    – No volverá en un tiempo -dijo la mujer que, tras poner la mano sobre el altavoz, habló con otra persona. En unos segundos, oyó la voz de Slade.
    – ¿Nicole?
    – Sí.
    Se produjo un momento de duda.
    – Vaya, pensaba que lo sabías. Thorne está en Denver y creemos que no volverá hasta dentro de unos días. No estamos seguros, pero allí la tormenta ha golpeado fuerte y parece que no podrá volver cuando tenía previsto -de fondo oyó al bebé-. ¿Quieres que le dé algún mensaje?
    – No -respondió abatida-. Creía que estaba buscando una niñera y tengo el número de una mujer que podría ser una buena opción.
    El bebé estaba llorando con todas sus fuerzas.
    – Genial. Aún no hemos encontrado a nadie. ¿Por qué no me das la información?
    – Claro. El nombre de la mujer es Christina Foster -le dio el número de teléfono y estaba a punto de colgar cuando recordó algo que quería haberle dicho a Thorne, pero para lo que no había tenido la oportunidad-. Por cierto, Slade, la otra noche estaba leyendo un artículo en una revista que trataba sobre padres solteros y estaba firmado por una tal R.J. McKay. Sé que puede parecer una locura, pero el estilo era idéntico al que utiliza vuestra hermana.
    – ¿Sí? -Slade era todo oídos-. ¿Aún lo tienes?
    – Sí.
    – Me gustaría verlo.
    – Claro, pero como te he dicho, no estoy segura de que lo haya escrito Randi.
    – De todos modos.
    – Te haré una copia y te la enviaré.
    – Gracias.
    Colgó y sintió una tristeza amenazando con apoderarse de ella. Con que Thorne estaba en Denver… Bueno, ¿y qué?
    «¿Por qué no mencionó que se marchaba? ¿Por qué no ha llamado?».
    – ¿Para! -se dijo. Ella no sería una de esas mujeres que se quedan sentadas sufriendo por un hombre. No, de ningún modo. Sin embargo, al correr las cortinas y ver la noche nevada, no pudo evitar desear que Thorne estuviera allí con ella, rodeándola con sus brazos y haciéndole el amor como si no fuera a detenerse jamás.

    Con una taza de café en la mano, Thorne se asomó a contemplar la gris mañana. La nieve seguía cayendo y no tenía pinta de parar y además el aeropuerto era un caos. En otro momento de su vida, se habría mantenido ocupado, habría ido a la oficina, se habría volcado en el trabajo, habría seguido con su vida a pesar del desastre natural que parecía empeñado en causarle problemas. Quería volver a Grand Hope, a Montana, al rancho, junto a Randi, al pequeño J.R. y especialmente Nicole. Grand Hope era su hogar. Allí era donde tenía que estar, con sus hermanos. Con su sobrino. Con la mujer que amaba.
    Dio un sorbo de café y se rió de sí mismo. Thorne McCafferty, el que una vez había sido un soltero empedernido, ahora contemplaba no sólo vivir con una mujer durante el resto de su vida, sino casarse con ella.
    Matt y Slade se burlarían de él sin piedad cuando se enteraran. Pero no le importaba.
    Le dolía la cabeza por el jaleo de la fiesta de la noche anterior. Kent Williams había estado muy atento y le había presentado unas ideas: un bloque de pisos en Aspen, casas unifamiliares en el campo en un complejo a las afueras de Denver, y un complejo de apartamentos en Boulder. Estaba seguro de que llegarían a un acuerdo. Y mientras hablaba con otros empresarios y con periodistas que estaban cubriendo el evento, Annette había estado rondando a su alrededor, tocándolo, sonriéndole y luciendo su esbelto cuerpo en un vestido de seda corto. Incluso le había tomado del brazo mientras un periodista de una revista de sociedad hablaba con él y les habían sacado una foto.
    Thorne no se había mostrado interesado en sus acercamientos, pero había intentado mostrarse sonriente ante su comportamiento. Sólo cuando se estaba marchando y ella le sugirió que la invitara a su casa a tomar una copa, la llevó hasta una alcoba privada y le dijo que lo suyo había acabado. Ante su gesto de disgusto, había tenido que decirle que tenía una relación con otra mujer. Ella no lo había creído y lo había rodeado por el cuello e intentado besarlo. Y sólo entonces, cuando él no respondió, fue cuando se dio cuenta de que lo decía en serio.
    – Espero que sepa lo que tiene en ti -le había dicho fríamente-. Ninguna mujer con corazón quiere un hombre casado con su trabajo.
    Él no había respondido, pero en silencio había pensado que Nicole ni siquiera sabía que la amaba y que probablemente lo rechazaría cuando le pidiera matrimonio. Sonrió por primera vez en veinticuatro horas. El recuerdo de cómo habían hecho el amor había permanecido en su mente, aunque eso no era todo. Había sido una experiencia salvaje y apasionada, pero el sexo no era lo más importante. No, él amaba a Nicole, la doctora preocupada; Nicole, la madre bondadosa; Nicole, la mujer que lo ponía en su sitio y que bromeaba con él; Nicole, la mujer sexy que quería tener en su cama para siempre.
    Y allí estaba, atrapado en Denver. Genial. Bueno, pues ya que estaba podía aprovechar el tiempo. Decidió ir a la oficina, hacer todo el trabajo que pudiera mientras estaba allí y después, en cuanto el tiempo mejorara, volvería a las laderas pobladas de pinos de Montana adonde pertenecía.
    Se duchó, se puso un traje en el que se sentía extrañamente incómodo y después caminó unas cuantas calles cubiertas de nieve hasta la oficina. Pasó la hora siguiente con Eloise, su secretaria, que lo puso al día con sus proyectos.
    – Bueno -le dijo sentada enfrente de él mientras marcaba otro punto de su lista-, esto está funcionando mejor de lo que esperaba.
    – ¿El qué?
    – El que estés en el rancho en Montana. Tengo que admitir que cuando me lo planteaste, me pareció una locura.
    – El arte de las telecomunicaciones.
    – Supongo.
    – O a lo mejor es que te gusta estar al mando cuando yo estoy ausente.
    – Oh, sí, claro, es eso -los ojos le brillaron-. Bueno, ¿algo más?
    – Sí, ¿eres tan amable de llamar a una floristería?
    – ¿Quieres que mande flores en tu nombre?
    Thorne se recostó en su silla.
    – No, en esta ocasión las entregaré personalmente.
    – Vaya, ¿alguien especial?
    – Muchísimo -notó la expresión de sorpresa de su secretaría-. Es muy especial para mí.
    – Lo haré -salió de su despacho, lo llamó unos minutos después y le dijo que tenía al florista por la línea dos. Thorne le dijo al hombre lo que quería y cuando terminó, esbozó una amplia sonrisa. Eso dejaría impresionada a Nicole.
    El interfono sonó insistentemente y cuando lo atendió, Eloise le dijo que un hombre llamado Kurt Striker estaba a la espera.
    – Pásamelo -se oyó un pitido-. ¿Striker?
    – Sí. Escucha, me dijiste que te avisara si descubría algo sobre el accidente de tu hermana.
    Todos los músculos de su espalda se contrajeron.
    – Lo recuerdo.
    – Bueno, pues he estado husmeando por ahí.
    – ¿Y?
    – Me temo que en el accidente hubo otro vehículo implicado, un Ford rojo. O la echó de la carretera a propósito o le dio en el guardabarros, le hizo perder el control y el conductor se asustó tanto que no se preocupó en parar. Lo mínimo que podría ser sería un accidente con fuga y lo peor, un intento de homicidio.
    A Thorne le dio un vuelco el corazón y un ojo comenzó a temblarle.
    – ¿Estás seguro?
    – Sí -dijo Striker con una voz tan fuerte como el acero-. Apostaría mi vida por ello sin ningún problema.

Trece

    – Supongo que cuando te llamas McCafferty no puedes librarte de la prensa -Maureen Oliverio puso el periódico sobre la mesa y se sentó en una silla de la cafetería donde Nicole estaba terminándose su almuerzo.
    – No me digas que están volviendo a hablar de Randi.
    – No sólo de Randi, sino de toda la familia -Maureen abrió un sobre de leche en polvo y se lo echó en el café-. Página tres.
    Nicole apartó a un lado su tazón de sopa y abrió el periódico. El corazón casi se le detuvo. Sí, había un artículo sobre los McCafferty y el accidente de Randi, pero el texto además trataba a fondo la figura de John Randall McCafferty, que había sido un hombre muy influyente en Grand Hope y alrededores. Además había un artículo sobre sus hijos. Había fotos viejas de los hermanos McCafferty jugando al fútbol, una foto de Slade después de su accidente de esquí, una de Matt montando en un rodeo y otra, tomada el día anterior si la fecha era correcta, de Thorne en una fiesta benéfica en Denver. Enganchada a su brazo había una impresionante mujer que brillaba con su vestido de diseño y sus diamantes.
    El mundo de Nicole dio un vuelco. La garganta se le cerró e intentó negar lo que era obvio. Después, mordiéndose los labios y tras encontrar un poquito de autoestima, le echó un vistazo al artículo antes de alzar la vista y ver la preocupación en la mirada de Maureen.
    – No sé qué me ha pasado para comprar esto -dijo la jefa del equipo de urgencias-, pero pensé que te gustaría verlo.
    – Sí, gracias -no hubo palabras, Maureen no la haría sentirse avergonzada al decirle lo obvio: que Thorne estaba saliendo con otras mujeres mientras se veía con ella y que Nicole no tenía que excusarlo ni defenderlo. La amistad que unía a las dos mujeres era demasiado profunda para esa clase de falso orgullo. Eran más que colegas, eran amigas. Pertenecían a una hermandad secreta de madres solteras.
    – Puedes quedártelo.
    – Gracias.
    Su busca sonó y Nicole leyó el mensaje; era un código que le indicaba que la necesitaban en urgencias. El busca de Maureen sonó también.
    – Tengo que irme -dijo Nicole.
    – Yo también. Te veo en urgencias.
    Ya de pie, se colocó el periódico bajo el brazo. ¿Qué esperaba? Por supuesto que Thorne había salido con otras mujeres, probablemente hasta tenía una en cada ciudad en la que trabajaba… Sólo pensarlo le provocó un nudo en el estómago. ¿Por qué? ¿Por qué se había enamorado de él?
    Ya en los ascensores, se obligó a reaccionar. No podía preocuparse por lo de Thorne ni pensar en él. Tenía trabajo que hacer. Un trabajo importante. Tras pulsar el botón del primer piso, fue atravesando puertas hasta llegar a urgencias.
    – ¿Qué tenemos? -preguntó al ponerse los guantes justo cuando Maureen apareció por una puerta lateral. La tensión flotaba en el aire.
    – Un accidente de avión, fuera de la ciudad. Algún idiota intentando volar en su jet privado con este tiempo -dijo una enfermera al colgar el teléfono-. Lo trae una ambulancia.
    – ¿Cuántos heridos hay? -quiso saber Nicole.
    – Sólo el piloto, creo.
    – ¿Y está vivo?
    – Por lo que sé, sí.
    – Pues ha tenido suerte. En ese momento oyeron el ruido de las sirenas.
    – Vale, chicos, ¡a trabajar!
    La ambulancia se detuvo en el aparcamiento haciendo chirriar los neumáticos. Dos auxiliares salieron de la parte trasera y un coche de policía frenó detrás de la ambulancia. Cuando el paciente fue llevado al interior del hospital, dos ayudantes del sheriff entraron tras él.
    – ¿Qué tenemos? -preguntó Nicole.
    – Hombre de treinta y nueve años, inconsciente, lesiones en cabeza, fémur roto, presión sanguínea estable…
    El paramédico continuó dándole datos, pero Nicole sintió sus piernas debilitarse y el corazón acelerarse al ver la cara del paciente y darse cuenta, antes de que nadie dijera nada, de que se trataba de Thorne. Las luces del techo parecieron más brillantes y empezaron a bailar en sus ojos. Podía oír los latidos de su corazón y le era imposible respirar. Las piernas amenazaban con dejarla caer cuando se apoyó contra la pared.
    – ¿Quién es?
    – Thorne McCafferty -oyó y fijó los ojos en la seria mirada de una ayudante de la oficina del sheriff. El nombre de su placa decía detective Nelly Dillinger.
    – Dios mío -susurró-. No. No. Oh, Dios mío, no…
    – Yo me ocupo -dijo Maureen desde algún punto por detrás de ella. En ese momento la habitación pareció oscurecerse-. Nicole, he dicho que…
    – No, estoy bien -le dijo a su amiga con los dedos aferrados a la barra de la camilla.
    – Yo me ocupo, doctora -tras su comprensiva mirada le lanzaba una advertencia a Nicole. Había varias enfermeras mirando y Thorne necesitaba ayuda-. Estás demasiado involucrada emocionalmente y soy la jefa de equipo -señaló Maureen.
    – Vale.
    – Habla con el detective y yo me ocupo del paciente. ¡Vamos!
    Nicole vio con impotencia cómo se llevaban a Thorne hacia la sala de reconocimiento.
    – ¿Qué ha querido decir con eso de que está demasiado involucrada emocionalmente? -preguntó la detective que, con su pálida piel y sus ojos marrones, miraba a Nicole desde detrás del ala de su gorro. Unos mechones pelirrojos le rodeaban la cara.
    – Yo… conozco a la familia.
    – ¿Y a Thorne McCafferty en concreto?
    – Sí. Hemos salido -admitió. Había dejado de temblar por dentro, pero sospechaba que su rostro estaba pálido como el de un cadáver-. Es amigo mío. ¿Qué ha sucedido? -se quitó los guantes y los tiró a una papelera.
    – Su avión cayó en la tormenta y estamos investigando las causas del accidente. Probablemente habrá sido por el tiempo, pero tenemos que asegurarnos -la detective apretó los labios-. Tiene suerte de estar vivo.
    Nicole asintió. Pensar que Thorne podría haber perdido la vida… ¡Dios! ¿Qué habría pasado entonces? El corazón le dolía con sólo pensarlo. Se aclaró la voz y vio una furgoneta de la prensa entrando en el aparcamiento.
    – Oh, no.
    Tras volver la vista atrás, la detective reconoció el vehículo y apretó los labios en un gesto de desaprobación. Asintió hacia su compañero y dijo:
    – Ocúpate de los buitres. Y no les digas el nombre del piloto hasta que hablemos con la familia.
    – Entendido -el otro oficial, un hombre larguirucho de poco más de veinte años, bloqueó la entrada. La periodista, una mujer pequeña con un abrigo azul brillante, hablaba mientras un cámara grababa a través del cristal.
    – ¿Podemos hablar en un lugar más privado? -preguntó la detective y por primera vez Nicole fue consciente de las miradas curiosas lanzadas en su dirección.
    – Sí… en mi despacho, pero permítame un minuto para decirle al equipo dónde encontrarme -otro médico accedió a ocuparse durante la próxima media hora mientras Nicole intentaba controlar sus emociones y acompañaba a la detective a su despacho.
    – Siéntese -le dijo al apartar de la silla una pila de libros que puso en una esquina vacía de su escritorio. Después, se sentó.
    – Sé que esto es duro para usted ahora mismo, y no quisiera molestarla, pero ya que es usted una persona cercana a los McCafferty, tal vez podría darme algo de información.
    – En cuanto hable con sus hermanos -dijo Nicole, por fin con capacidad de pensar con claridad. Tenía que dejar de lado sus emociones y ponerse su máscara de profesional, no sólo por ella, sino también por Thorne. El pulso aún le temblaba un poco, pero levantó el teléfono-. Matt y Slade tienen que saber que su hermano ha sufrido un accidente y que está aquí -no esperó a una respuesta, se limitó a marcar el número del rancho y le dio el mensaje a Slade que, impactado, no dijo una palabra hasta que ella no terminó.
    – ¡Maldita sea! ¿Cómo ha podido pasar? ¿Qué clase de idiota se mete en un avión en medio de una ventisca? -preguntó antes de suspirar profundamente-. Supongo que eso ya no importa. Dime, ¿se pondrá bien?
    – Sí… eso creo -la idea de Thorne perdiendo la vida era demasiado dolorosa como para tenerla en cuenta. Se aclaró la voz y fue consciente de que la detective estaba observando en silencio su reacción-. Un equipo de nuestros mejores doctores está con él en urgencias y después lo verán los especialistas.
    – Hijo de… -comenzó a decir antes de gritar en otra dirección-: Juanita, ¿puede quedarte con el bebé? Thorne ha tenido un accidente y está en el hospital.
    – ¡Dios! -exclamó en español la mujer-. ¡Esta familia tiene una maldición!
    – No hay ninguna maldición, Juanita -la voz de Slade era apagada pero firme-. ¿Cuidarás…?
    – Sí, sí. Me quedaré aquí.
    – Avisaré a Matt -dijo Slade-. Estaremos allí lo antes posible -la llamada terminó y Nicole, aún temblando, colgó el teléfono. Una vez mas se vio ante la mirada de escrutinio de la detective Nelly Dillinger.
    – ¿Vienen hacia aquí?
    – Matt y Slade.
    – Bien.
    – ¿Qué es eso que quería saber?
    – Sólo un poco de la historia familiar -dijo la mujer mientras sacaba una libreta-. La razón es sencilla. Primero, la hermana está a punto de morir en un accidente, tiene un bebé que casi pierde la vida, se encuentra en coma y ha dejado muchas preguntas sin resolver. No podemos contactar con el padre del bebé porque nadie sabe quién es, y no podemos hablar con ella y descubrir por qué el coche perdió el control.
    – Creía que había sido por el hielo -dijo Nicole con cierto temor perforándole el corazón.
    – Y así fue, pero la familia insiste en que hubo otro vehículo involucrado. Han contratado a un detective privado que está dispuesto a demostrar que se ha cometido un crimen -se quitó el sombrero y su cabello rojo le rodeó la cara en suaves capas-. Eso lo hacen muchas familias, les hace sentirse mejor el pagar a alguien que profundice más que la policía. O eso se creen ellos.
    – Pero… ¿lo hubo? ¿Un crimen?
    – No lo sabemos -dijo la detective con un rostro carente de expresión y mirada seria-. Pero intento descubrirlo -anotó algo-. Yo no estaba muy convencida de que hubiera algo más, pero ahora ha habido otro accidente con otro miembro de la familia y supongo que quiero barajar todas las hipótesis.
    – Pero lo del accidente de avión sí que ha sido un accidente -tenía que serlo. Nadie intentaría hacer daño a Thorne… ¡matarlo!
    – Lo más probable es que haya sido un accidente. La tormenta era muy fuerte y esas luces de los aviones… bueno… -ladeó la cabeza-. Pero si es una coincidencia, entonces es que esta familia tiene una racha de mala suerte. Si no… Tal vez ese detective privado sabe algo que la oficina del sheriff desconoce y estoy aquí para averiguarlo.
    A Nicole iba a explotarle la cabeza. ¿Era posible? ¿Alguien queriendo hacerle daño a los McCafferty? Se negó a ceder ante el miedo que la estaba invadiendo. Hasta el momento nadie había demostrado que no fueran accidentes. Mala suerte, eso era todo. Tenía que serlo.
    Miró el reloj. Thorne llevaba en urgencias unos treinta minutos. Seguro que ya se sabía la magnitud de sus lesiones, aunque nadie la había llamado. ¿Y si algo había ido mal? Intentó responder a tantas preguntas como le fue posible y habló con la detective durante unos minutos más antes de explicarle que tenía que volver al trabajo.
    – Bien. Tendré que hablar con el paciente cuando despierte -dijo Nelly Dillinger- y también con sus hermanos -retiró su silla, agarró su sombrero y juntas tomaron el ascensor para bajar a urgencias. La detective corrió hasta el coche de policía e inmediatamente Nicole se vio inmersa en su trabajo.
    Vio a tres pacientes más: una niña de siete años que necesitaba cinco puntos en la frente después de que su hermano pequeño le hubiera lanzado un bastón acrobático al que le faltaba la punta de goma, una mujer octogenaria con bronquitis, y una adolescente pálida que creía que tenía gripe y que al rato quedó horrorizada cuando los análisis confirmaron que estaba embarazada de casi tres meses.
    Para cuando Nicole terminó, la sala de urgencias ya estaba despejada. Habló con las enfermeras y se enteró de que Thorne estaba estable y que, aparte de unas cuantas contusiones y una pierna rota que necesitaría cirugía cuando hubiera bajado la hinchazón, estaba bien.
    – Gracias a Dios -susurró de camino a su habitación. Matt y Slade estaban apostados junto a la cama. Los dos tenían gesto de preocupación.
    – No puedo creerlo -murmuró Slade al salir al pasillo mientras se sacaba del bolsillo un paquete de cigarros. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, volvió a guardarlo-. ¿Qué demonios está pasando? -miró a Nicole-. ¡Ahora volvemos a tener a dos en este hospital! ¡El bebé acaba de llegar a casa y ahora entra Thorne!
    – Va a ponerse bien, ¿vale? -farfulló Matt-. Eso ya es algo.
    – ¡Maldito imbécil! ¿Pero qué hacía volando con esa tormenta? -Slade cerró los ojos y se pellizcó el puente de la nariz como si intentara evitar un dolor de cabeza.
    – Pensó que debería volver…
    Abrió los ojos y alzó un dedo contra el pecho de Matt.
    – Porque no confía en que podamos ocuparnos del rancho, o del bebé o de Randi nosotros solos. ¡No tiene fe en nadie excepto en sí mismo! Es un maniático del control. Eso es lo que es. Un maniático del control.
    – ¡Ya basta! Esto no va a llevarnos a ninguna parte.
    – Voy a contárselo a Striker -Matt se pasó una mano por el pelo y, como si de pronto se le hubiera venido algo a la cabeza, se volvió hacia Nicole-. ¿No dijiste que tenías un artículo que podría haber escrito Randi?
    – He hecho una copia y te lo he mandado.
    – Vaya, hoy ni siquiera he mirado el correo -se frotó la nuca con frustración.
    – ¿Habéis hablado con alguien de la oficina del sheriff? -preguntó Nicole.
    – ¿La oficina del sheriff? -Matt estrechó los ojos-. ¿Por qué?
    – Están investigando el accidente. He hablado con una tal detective Dillinger y me ha dicho que quiere hablar con vosotros.
    – ¿Por? -preguntó Matt, aunque su mirada convenció a Nicole de que ya conocía la respuesta.
    – Porque por fin alguien está empezando a creer lo que Kurt Striker lleva diciendo todo el tiempo -respondió Slade-. Voy a llamarlo ahora mismo.
    – Y yo hablaré con la policía -Matt tenía la mandíbula rígida como una piedra-. Si esto no es sólo un accidente, voy a descubrir quién está detrás -se puso el sombrero y miró a Nicole-. ¿Me llamarás si hay algún cambio en el estado de Thorne?
    – Por supuesto.
    Cuando los hermanos se alejaron por el pasillo, Nicole entró en la oscura habitación. Se recordó que veía a gente herida todos los días, víctimas que habían sufrido accidentes horribles y que estaban desfiguradas. Se dijo que podía soportarlo todo. Pero ver a Thorne yacer allí bajo las sábanas, con una vía en la muñeca, la pierna en alto con una escayola y la cara llena de cortes e hinchada hasta el punto de que casi lo hacía irreconocible… le partió el corazón.
    – Oh, cielo -susurró con un nudo en la garganta. Lo amaba. Lo amaba tanto… y él la había traicionado, había estado con otra mujer. Luchó por contener las lágrimas. Allí estaba, con una pierna rota, con una conmoción, la cabeza vendada y sus rasgos apenas reconocibles-. Siento que no haya funcionado -dijo con la voz rota mientras le tocaba los dedos.
    »Te quería. Oh, Thorne, ojalá supieras cuánto… -se aclaró la garganta-. Pero me he comportado como una tonta contigo y supongo que siempre lo haré. Mejórate, ¿entendido? Volveré a verte y si se te ocurre cometer alguna estupidez como empeorar, te juro que yo misma te mataré -se rió un poco por la estupidez de su chiste y notó que estaba llorando-. Oh, mira. Soy una tonta. Haces que me comporte como una tonta. Bueno… tengo que volver a casa con las niñas -se secó las lágrimas con un pañuelo de papel que encontró en la mesita-. Pero volveré, te lo prometo -se echó hacia delante y le dio un beso en la frente dejándole la marca del pintalabios y una lágrima que al instante limpió-. Ya sabes, Thorne, he sido tan tonta que he deseado pasar el resto de mi vida contigo.
    Esperó, como si pensara que él fuera a responder y rezó por sentir un pellizco en sus dedos, por ver un rápido movimiento de ojos en sus párpados cerrados o incluso un cambio en su forma de respirar, pero quedó decepcionada. Al igual que su hermana, que seguía en la UCI, Thorne no oyó nada y no hizo ni el más mínimo gesto.
    Salió de la habitación como si cargara sobre los hombros un peso más grande que todo Montana. Escribió sus notas rápidamente, se puso la cazadora, se cambió de calzado y se marchó a casa. Fuera continuaba la ráfaga de nieve, girando y bailando por el helado paisaje. Con los guantes y la cazadora de esquí puesta, encendió la radio y puso la calefacción al máximo, pero no pudo derretir el hielo que le cubría el alma al pensar en el accidente de Thorne y lo cerca que había estado de perder la vida.
    «¿Y cómo te habrías sentido si eso hubiera sucedido? ¿Si hubiera muerto o corriera un grave peligro de perder la vida? ¿O quedara paralizado para el resto de su vida?».
    Se estremeció e intentó concentrarse en una canción que salía por los altavoces, pero la letra que hablaba de falso amor le llegó demasiado dentro. Enfadada, apagó la radio. Ya no tenía una relación con Thorne, así lo había querido él. Había sido un error volver a estar con él, pero ya había acabado. Acabado. ¡Acabado! Él lo había elegido. Se detuvo en un semáforo y esperó con impaciencia, dando golpecitos en el volante con sus manos enguantadas a la vez que algunas almas valientes provistas de bufandas, botas y gruesos abrigos corrían por las calles cubiertas de nieve de Grand Hope. Los árboles alzaban sus brazos desnudos al cielo de la noche, donde millones de copos de nieve seguían cayendo sobre las luces de neón de la ciudad.
    «¿Y qué esperabas de él? ¿Una proposición de matrimonio?», se burló su díscola mente cuando el semáforo cambió a verde y ella pisó el acelerador.
    Ese pensamiento la hizo reír sin la más mínima pizca de humor. Minutos después, aún perdida en sus pensamientos, giró hacia la calle donde vivía y se prometió que de una vez por todas superaría lo de Thorne McCafferty. Tenía a sus hijas. Tenía su trabajo. Tenía una vida. Sin Thorne. No lo necesitaba.
    Las ruedas del todoterreno se deslizaron un poco al doblar hacia el camino de entrada, pero logró aparcar frente al garaje. Con su maletín y el portátil encima, corrió hacia el porche trasero. Tras dar patadas contra el suelo para quitarse la nieve de las botas y sacarse los guantes con los dientes, abrió la puerta y oyó unos gritos llenos de alegría.
    – jMami, mami! Ven -cuatro piececitos retumbaban por el suelo mientras las niñas corrían a la cocina.
    Nicole estaba bajándose la cremallera de la cazadora, pero se agachó para abrazar a las gemelas. Sí, su vida estaba llena. No necesitaba un hombre, y mucho menos a Thorne McCafferty.
    Parches saltó a la encimera.
    – Las flores. Montones, montones, montones de flores -dijo Molly, separando los brazos todo lo que pudo.
    – ¿Flores? -preguntó Nicole y percibió la fragancia a rosas que parecía impregnar el aire.
    – Sí -Mindy le tiraba de la mano arrastrándola hacia el salón. Molly le agarró la otra.
    – ¡Abajo! -le ordenó Nicole al gato cuando pasaron por delante de él, y el animal saltó al suelo justo cuando entraron en el salón y ella profirió un grito ahogado. Jenny estaba de pie junto a la chimenea con el fuego encendido. Varios troncos resplandecían al arder, y por toda la habitación, sobre cada mesa, en las esquinas y en el suelo, había docenas y docenas de rosas. Rojas, blancas, rosas, amarillas… un ramo tras otro-. ¿Pero qué es…? -susurró.
    – Hay una tarjeta -Jenny señaló a un ramo de tres rosas blancas.
    – ¡Que la lea! ¡Que la lea! -canturrearon las niñas.
    Con dedos temblorosos, abrió el pequeño sobre blanco que decía simplemente: Cásate conmigo.
    Las lágrimas le ardían tras los párpados.
    – ¿Sabéis quién las ha enviado? -preguntó.
    Jenny sonrió.
    – ¿Tú no?
    Se dejó caer en una silla.
    – Dios mío…
    – ¿Qué pasa, mami? ¿Qué? -preguntó Mindy enarcando sus pequeñas cejas con gesto de preocupación.
    – Thorne está en el hospital.
    – ¿Qué? -la sonrisa de Jenny se desvaneció y con voz entrecortada Nicole le contó lo del accidente-. Oh, Dios mío. Pues tienes que volver. Tienes que estar con él.
    – Pero las niñas…
    – No te preocupes por ellas. Yo me ocupo -las gemelas agacharon la cabeza y Jenny añadió-: Pediremos una pizza, haremos palomitas y… una sorpresa para mamá.
    – Pero yo no quiero que mamá se vaya -dijo Mindy.
    – ¡Bebé! -gritó Molly señalándola con un dedo.
    – ¡No soy un bebé!
    – Shh… shh… aquí nadie es un bebé -dijo Jenny, zanjando la discusión.
    Conmovida por el impresionante despliegue de flores, Nicole contempló los suaves pétalos y los largos tallos y el corazón le latió con un amor que hacía un momento había intentado negar.
    – Tengo que ir al hospital -dijo-, pero volveré pronto.
    Mindy arrugó la cara.
    – ¿Lo prometes?
    Nicole la besó en la frente y se levantó, a pesar de que sus piernas amenazaban con fallarle. Sacó una rosa roja de su jarrón y le guiñó un ojo a sus hijas.
    – Lo prometo.

    A través de un velo de dolor, Thorne oyó la puerta abrirse y supuso que se trataría de la enfermera con la medicación que tanto necesitaba.
    – ¿Thorne?
    Era la voz de Nicole. El corazón le dio un salto, pero él no se movió. Ella tampoco encendió las luces al ir hacia su cama. Con cuidado, le puso una rosa en el pecho.
    – No… No sé qué decir.
    Él no respondió. No se movió. Mientras estaba semi inconsciente unas horas antes, le había oído decir que lo amaba, pero que su relación había acabado, y por eso se había imaginado que había recibido las flores y lo había rechazado. En ese momento, no había podido responder y tampoco sabía si podría hacerlo ahora. Apenas recordaba el accidente. Había habido un problema, le había fallado un motor y se había visto obligado a aterrizar en un campo, y casi lo había logrado cuando el avión chocó contra unos árboles… Tuvo suerte…
    – He recibido las flores. Decenas y decenas. No deberías haberlo… Oh, Thorne -susurró llevándolo de nuevo al presente, junto a ella. Junto a la bella y sexy Nicole-. Ojalá pudieras oírme. Quiero explicarte…
    «Va a repetir lo que había dicho antes». Sin moverse, se preparó para lo peor.
    – Estoy… abrumada -se aclaró la garganta y él sintió cómo le tomaba la mano-. He leído la tarjeta.
    Thorne se sentía como un idiota. ¿Por qué había desnudado su alma ante ella? Nicole no quería estar con él, eso ya lo había dejado claro.
    – Y me gustaría que pudieras oírme, que entendieras cuánto te quiero. ¿Casarme contigo? ¡Oh! Si supieras cuánto lo he deseado, pero he visto tu fotografía con esa mujer en la gala benéfica en Denver y… creía que no estabas preparado para hacerlo, que nunca querrías una relación seria, así que no sé qué hacer. Si existiera la oportunidad de que pudiéramos estar juntos, tú, las niñas y yo, créeme que me…
    A pesar del dolor, Thorne obligó a su mano a moverse. Sentía como si la cabeza le fuera a explotar, pero agarró la mano de Nicole, la agarró con fuerza. La rosa cayó al suelo.
    – ¡Oh! ¡Dios mío!
    – Cásate conmigo -dijo. Con dificultad, esas palabras salieron de sus labios agrietados e hinchados. El dolor gritaba por todo su cuerpo, pero no le importó.
    – Pero… ¿qué? ¿Puedes…?
    – Cásate conmigo -le apretó los dedos con tanta fuerza que ella volvió a estremecerse.
    – ¿Puedes oírme?
    Thorne abrió los ojos y parpadeó contra la tenue luz que parecía cegarlo.
    – Nicole… ¿puedes responder? -como pudo, logró centrar la vista en su cara… Era una cara maravillosa-. ¿Te casaras conmigo?
    – Pero ¿qué pasa con la otra mujer? ¿La del periódico?
    – No hay otra mujer. Sólo tú -la miró con la esperanza de que lo creyera-. Y tú serás la única mujer en mi vida. Lo juro.
    Ella lo miró, y se mordió el labio, luchando contra la indecisión.
    – Te amaré para siempre -le juró él y entonces unas lágrimas comenzaron a brotar, cada vez con más rapidez, de los preciosos ojos ámbar de Nicole-. Cásate conmigo, Nicole. Sé mi esposa.
    Con la mano que tenía libre, ella se secó las lágrimas.
    – Sí -susurró, con la voz quebrada-. Claro que sí.
    Thorne tiró y la echó sobre él, y cuando sus labios se encontraron, una parte del dolor desapareció y supo que desde ese día en adelante renunciaría con mucho gusto a todo lo que tuviera, supo que nada podría compararse al amor que sentía por ella y que querría a esa mujer hasta que diera su última bocanada de aliento.
    – Te quiero, doctora -dijo cuando ella levantó la cabeza y se rió-. Y esta vez, créeme, nunca te dejaré y nunca te dejaré marchar.
    – Oh, seguro que eso se lo dices a todas las doctoras -bromeó con los ojos brillantes por las lágrimas mientras recogía la rosa del suelo y la ponía junto a él.
    – No. Sólo a una.
    – Qué suerte tengo -dijo entre sollozos. Se agachó y lo besó.
    – No. La suerte la tengo yo -y de eso estaba seguro.

Epílogo

    – ¿Estás seguro de que quieres vivir aquí? -preguntó Nicole cuando contempló los acres cubiertos de nieve desde el porche mientras las gemelas, con abrigos iguales, jugueteaban por el jardín. Harold, el viejo perro, ladró y se unió a ellas como si fuera un cachorro. El ganado y los caballos salpicaban el paisaje. Slade, vestido con una gruesa cazadora de piel de borrego, estaba cerca del granero echándole un vistazo a los abrevaderos.
    Era maravilloso estar allí y el corazón de Nicole estaba pletórico. Thorne tenía la pierna escayolada, pero habían planeado casarse cuando ya estuviera recuperado.
    – Viviré aquí siempre que Randi me deje.
    Randi era la única preocupación. Casi había pasado un mes desde el accidente y seguía inconsciente. Aunque Kurt Striker aún seguía investigando su hipótesis del otro coche involucrado, no había encontrado sospechosos y el avión de Thorne aún estaba siendo analizado. ¿Había sido una mala jugada de alguien? Thorne no lo creía, o eso decía, ya que debería haber hecho que le revisaran el avión antes de despegar, pero había estado tan impaciente por regresar a Montana que no lo había hecho.
    – Por cierto -dijo-. Tengo algo para ti.
    – ¿Qué es?
    – Algo para hacer oficial nuestro compromiso.
    – ¿Sí? -Nicole enarcó una ceja cuando él se metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros. Despacio, sacó un anillo, una alianza de oro y plata.
    – Era de mi padre, de cuando se casó con mi madre -explicó, y cuando se lo puso en el dedo a Nicole, ella se conmovió y sintió un nudo en la garganta-. Tal vez por nostalgia, la guardó incluso después del divorcio y mientras estuvo casado con la madre de Randi. Me lo dio antes de morir y ahora… por tradición, supongo, quiero que lo tengas -sonrió-. Aunque me parece que tendremos que ajustártelo -el anillo era demasiado grande para su dedo, pero Nicole lo rodeó fuertemente con su mano, sabiendo lo mucho que significaba para Thorne. Sabiendo que el que lo hubiera compartido con ella decía mucho.
    – Es precioso.
    – Y especial.
    – Oh, Thorne, gracias -susurró, lo besó y él la abrazó.
    – Y tú eres especial para mí, Nicole, y las niñas también.
    Jamás, ni en sus mejores sueños, se había imaginado Nicole oír esas palabras de Thorne McCafferty, el hombre que la había usado para luego abandonarla.
    Y como si él pudiera leerle el pensamiento, le dio un beso en la cabeza.
    – Sé que cometí un error y me he torturado muchas veces por ello, pero quiero compensároslo, a ti y a las gemelas. Yo… jamás pensé que sentaría la cabeza, que tendría mi propia familia… -se detuvo un momento y contempló los campos cubiertos de nieve-, que viviría aquí, en el Flying M., pero lo estoy haciendo. Por ti -la miró-. Eres la única, Nicole. La mujer de mi vida.
    Ella suspiró y miró el anillo. ¡Cuánto lo amaba! Conteniendo unas lágrimas de felicidad, le dijo con un susurro:
    – Te quiero.
    – ¿Seguro? -le respondió con una sexy sonrisa.
    – Palabra de scout -Thorne le contagió la sonrisa-. ¿Es que no me crees?
    – A lo mejor…
    – ¿Pero a lo mejor no?
    – Podrías demostrármelo.
    Nicole se rió.
    – ¿Y cómo quieres que lo haga?
    Los ojos de Thorne resplandecieron con picardía.
    – Bueno, se me ocurren muchas formas…
    – Y a mí más.
    Él se levantó con dificultad y la atrajo hacia sí.
    – Entonces empecemos, ¿te parece? Como diría mi padre, «no hay que perder el tiempo». Y además, dijo que quería nietos.
    – ¿Y qué pasa con J.R. y las gemelas?
    – Eso es sólo un empiece.
    – Tranquilo, Romeo -dijo ella riéndose.
    – Ni hablar, señorita. Sólo tenemos por delante el resto de nuestras vidas.
    Ella echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una carcajada.
    – Te quiero, Thorne McCafferty, pero si aquí hay alguien que tenga que demostrar algo, ése eres tú.
    – Muy bien -la levantó del suelo y ella gritó.
    – ¡No, Thorne! ¡Tu pierna! ¡Suéltame! ¡Bájame!
    Él la sostuvo con fuerza, apoyado contra la pared.
    – Nunca -le juró antes de besarla. Nicole cerró los ojos, le devolvió el beso y se preguntó si alguien tenía derecho a ser tan feliz… Cuando él alzó la cabeza y la miró, volvió a decirle-: Jamás te dejaré, Nicole. Nunca más.
    Y ella lo creyó.

Lisa Jackson

    Lisa Jackson nació en una pequeña ciudad al pie de las Cascades, en el estado de Oregon, y no se dedicó por completo a la escritura hasta que su hermana la animó a ello y a llevar a un editor su primer libro. Desde entonces, Jackson escribe novelas de suspense romantico contemporaneo para Kensington Books y de suspense romántico medieval para Onyx Books. Más de cincuenta libros publicados por esta autora, la han converido en la dama de la novela romántica de suspense presente en las listas de best-sellers más prestigiosas.
    Vive con su familia en el Noroeste del Pacífico. Le gustan las actividades al aire libre con su familia y amigos…

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