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Atrévete a amarme

Atrévete a amarme

Аннотация

    La reportera Angel Buchanan se ha llevado una sorpresa enorme al descubrir que el difunto pintor Stephen Whitney, quien se autodenominaba el «Artista del corazón» y se caracterizó por defender los valores familiares, es el padre que la abandonó cuando tenía cuatro años. Y no hay nada como la lectura de un testamento para que aparezcan parientes cuya existencia era hasta entonces desconocida: la afligida viuda junto a su sexy hermana gemela… y un tipo de muy buen ver. Se trata de C. J. Jones, un conocido abogado que quiere comprar el silencio de Angel sobre la no tan ejemplar vida secreta de su padre. Ella no ignora que C. J. intentará cortejarla para salirse con la suya, pero ¿quién podría resistirse? Y encima en un escenario como Tranquility House: una mansión plagada de habitaciones y románticos rincones.


Christie Ridgway Atrévete a amarme

    Título original: Do Not Disturb
    © 2004, Christie Ridgway
    © 2007, Silvia Pons Pradilla y Alexandre Casal Vázquez, por la traducción.
    tía y tío Jay, que siempre
    me han hecho sentirme querida y especial.

Agradecimientos

    Gracias a Candice Hern, escritora de San Francisco, por su ayuda con los detalles acerca de «la ciudad». Gracias también a Michael Pundeff por proporcionar respuestas a mis preguntas de carácter jurídico.
    Elizabeth Bevarly y Barbara Freethy son mujeres maravillosas que me han dado multitud de ideas para la historia… ¡muchas gracias! Barbara Samuel y Teresa Hill siguen dándome todo el apoyo que cualquier escritora necesita.
    Y como siempre, mi marido y mis dos hijos merecen que se les reconozca el mérito de haberme ayudado en todo momento para que yo pudiera realizar mi sueño.

    Christie Ridgway
    www.christieridgway.com

Prólogo

    – Ha muerto.
    Angel Buchanan se quedó mirando fijamente la televisión instalada sobre la barra del bar. Su cuerpo se estremeció de arriba abajo y los tacones de sus zapatos resbalaron del travesaño del alto taburete en el que estaba sentada.
    – Está muerto.
    – ¿Qué pasa? -La ayudante en prácticas de Angel estaba intentando acercar su taburete a la mesita de mármol cuando levantó la vista para seguir la mirada de Angel, que se alzaba por encima de las cabezas del gentío del Ça Va, punto de reunión tras la jornada de trabajo. Se fijó en las noticias de la televisión y dijo-: Vaya, ese es el «Artista del Corazón». ¿Qué pasa?
    Angel no respondió. Se limitó a agarrar con fuerza el borde de la mesa para no caerse mientras notaba que el griterío de la selecta clientela del restaurante e incluso la voz de su ayudante se perdían en el vacío. Tenía la mirada fija en la plataforma que sostenía la televisión.
    Stephen Whitney, el autodenominado «Artista del Corazón», había sido atropellado por un camión mientras paseaba al anochecer. No cabía duda de que había sido un accidente, pero el resultado era el mismo: estaba muerto. El funeral tendría lugar la semana siguiente en Carmel, California, donde el artista había vivido los últimos veinte años de su vida.
    – Los veintitrés últimos años -susurró Angel, corrigiendo al presentador.
    Los más beatos y todos aquellos que hacían gala de una actitud de superioridad moral se estaban ya lamentando por la pérdida de uno de los «visionarios más famosos de todo el país». Uno de ellos afirmó que Whitney no solo había celebrado el hogar y la familia con sus cuadros, sino también con la forma en que vivió su vida, y tanto la coral nacional de la Iglesia Baptista como el coro de los niños de Harlem habían prometido cantar en su funeral. Se decía que un miembro de la Casa Blanca estaba planeando asistir a las exequias y, en general, todo el mundo estaba «entristecido» y «atónito» por la trágica noticia.
    Angel no sabía qué nombre darle a la ola de sensaciones que de repente se apoderaron de su cuerpo.
    – Ahí está -le susurró su ayudante al oído-. La señora Marshall viene hacia aquí.
    A pesar de la advertencia, a Angel le hizo falta recibir un codazo para volver su atención al presente y a lo que le estaban diciendo. San Francisco. Ça Va, restaurante de moda. Allí estaba ella como redactora de la revista West Coast, en busca de la reacción de Julie Marshall al hecho de que su jefe fuera un charlatán embaucador que había timado a gran cantidad de inversores mediante la clásica estafa piramidal.
    La señora Marshall, una mujer delgada de unos cincuenta años, se acomodó en el taburete que había frente a Angel y la miró con ojos inquietos.
    – Algo no anda bien, lo sé, señorita Buchanan. Y tiene que ver con Paul. ¿Qué sucede?
    La mirada de Angel volvió fugazmente al televisor y sintió de nuevo en el estómago aquella sensación tan difícil de calificar. Sí, algo no andaba bien. El mundo estaba a punto de beatificar a Stephen Whitney, alguien que, como Angel sabía muy bien, no era ningún santo. Aunque ya pensaría en ello más tarde.
    Se esforzó por devolver su atención a la señora Marshall. Angel sabía por una entrevista anterior que la mujer estaba ciegamente enamorada de su jefe, pero Angel decidió que no por ello iba a suavizar las malas noticias. Por experiencia sabía que la verdad desnuda resultaba siempre más beneficiosa que una mentira bien disfrazada.
    – Se trata del señor Roth -comenzó Angel, mientras deslizaba la mano en el bolso en busca del paquete de pañuelos que había metido antes de salir de la oficina-. La semana pasada me dijo que usted creía en su inocencia y que estaba dispuesta a vender su casa para pagar la defensa de ese hombre. Sin embargo, he descubierto pruebas que…
    – ¿Có-cómo? -balbuceó la mujer.
    – Les he seguido la pista a los papeles. -Angel colocó los pañuelos sobre la mesa y se los acercó a la mujer-. Ha estafado a todos los inversores; a todos ellos, incluido el círculo de amistades que van con su madre a misa, señora. No venda su casa por él.
    La mujer se pasó la lengua por los labios, pálidos por la sorpresa.
    – ¿Es posible que… no sé, que se trate de una equivocación?
    Señor, ¿por qué sería que las mujeres cometían el estúpido, y a menudo peligroso, error de confiar en los hombres? Angel meneó la cabeza y dio un golpecito al paquete de pañuelos para acercárselos un poco más.
    – No es el tipo de hombre que usted cree que es.
    La señora Marshall agarró los pañuelos y, muy despacio, bajó del taburete. Angel tragó saliva con gesto de preocupación y también se levantó. Ahora lo hará, pensó, armándose de valor para combatir el pánico que sentía siempre que una mujer se echaba a llorar.
    Sin embargo, la señora Marshall inspiró profundamente, entrecerró los ojos y escupió:
    – ¡Cabrón!
    Angel la miraba sin parpadear.
    – ¡Maldito cabrón mentiroso! -En lugar de lágrimas, en los claros ojos de la mujer asomó algo distinto, algo que se parecía a la misma emoción que se enroscaba y retorcía en el interior de Angel.
    – Prométeme que todo esto aparecerá en tu artículo -le pidió la señora Marshall-. Prométeme que todo el mundo sabrá el tipo de hombre que es Paul Roth.
    – Siempre cuento la historia entera -le aseguró Angel.
    – Bien. -El color volvió a las mejillas de la mujer-. Yo creía, bueno, todos creíamos que era incapaz de hacer algo así. Y el mundo debería conocer la verdad sobre los hombres como él.
    Antes de que Angel pudiera responder, un camarero que llevaba una bandeja repleta de Martinis y vasos de whisky se detuvo junto a la señora Marshall.
    – Señoras, enseguida vengo.
    La mujer se volvió hacia él y lo miró con desprecio, y Angel lo atribuyó a que el camarero guardaba un parecido con Paul Roth, el «maldito pelota adulador y seductor con cara de rata» que tanto daño le había causado. Fuera cual fuese la razón, el hecho era que tras pronunciar aquellas palabras, la mujer traicionada soltó el paquete de pañuelos, cogió uno de los vasos de Martini de la bandeja y vació el contenido en la cara del sorprendido camarero.
    Entonces desapareció.
    Angel le acercó los pañuelos al empapado camarero, le dio una generosa propina y fue entonces cuando pudo, finalmente, ponerle un nombre a la sensación que había percibido en aquella mujer. Era indignación, exactamente lo mismo que la quemaba por dentro cada vez que pensaba que Stephen Whitney sería recordado como un honrado hombre de familia, como todo un héroe.
    Sin embargo, no empezó a diseñar un plan de acción hasta más tarde, cuando regresó a su apartamento con la bolsa de la tintorería en una mano y la compra en la otra. Una vez llegó a la puerta, las dejó en el suelo para acariciar la panza de Tom Jones, el enorme gato de su vecina. En cuanto en la escalera se oyó un ruido de pasos, el muy golfo se escapó a toda velocidad. Se nota que es macho, se dijo Angel.
    Resignada, entró en su apartamento y se dirigió inmediatamente hacia el televisor. Lo encendió y el canal de noticias llenó el silencio. En ese momento se dio cuenta de que la cifra de los que lloraban la muerte del «íntegro» Stephen Whitney, «cuyos cuadros captaban los preciosos momentos de la vida familiar», no dejaba de aumentar. Angel ardió de indignación y no fue capaz de contener el grito de: «¡Se equivocan, se equivocan tanto!»
    El íntegro Stephen Whitney, el hombre que todo el mundo creía que sabía tanto acerca de la familia, era el mismo individuo que la había engendrado… para después olvidarse de ella. Fue entonces cuando el ruego de la señora Marshall resonó de nuevo en los oídos de Angel: «El mundo debería conocer la verdad sobre los hombres como él.»

1

    En el interior de Carmel, la iglesia más grande de California, el inusitado calor de aquellos primeros días de septiembre hacía sudar a las más de mil personas allí reunidas con ocasión del funeral de Stephen Whitney. La aromática mezcla de desodorantes, lociones, lacas y perfumes formó una espesa nube que se instaló sobre la multitud sentada en los bancos. A Angel le costaba respirar.
    La humedad y el calor pegajoso unidos a los atronadores gritos de «¡Aleluya!» y a la cantinela de un nuevo personaje importante que subía al altar para alabar al difunto… todo aquello hizo que Angel se cuestionara si en lugar de haber hecho el corto trayecto desde San Francisco, no había descendido al infierno. Debajo de la pamela de ala ancha la cabeza le picaba y tuvo que llevarse los dedos enguantados de negro hasta las sienes para secar el sudor que empezaba a empaparla.
    Necesitaba aire.
    Tenía que salir de allí, aunque ya era tarde para echarse atrás. Había conseguido que su directora, Jane Hurley, aprobara la idea de un artículo que habría de analizar en profundidad la vida de Stephen Whitney, y había averiguado, después de intercambiar mensajes con ella, que su jefa tenía contactos que, seguro, le serían de gran ayuda.
    La misma Jane era un buen contacto y Angel lo sabía. Además de haber conseguido que West Coast pasara de ser una revista mensual llena de trucos de decoración y recetas de cocina a convertirse en una publicación seria y respetada en la que se trataban temas culturales y políticos, Jane era también muy rica y tenía una segunda residencia en la famosa Seventeen Mile Drive. Así, gracias a Jane, Angel se hizo con uno de los pocos pases de prensa para cubrir el acontecimiento, y su nombre apareció en la lista de invitados que asistirían a una ceremonia mucho más íntima aquel mismo día, tras el funeral. No obstante, Angel seguía reticente al hecho de indagar en la vida de Stephen Whitney: tiempo atrás se había propuesto firmemente hacer oídos sordos a cuanto tuviera que ver con el «Artista del Corazón», igual que él no le había hecho ningún caso cuando ella tanto lo había necesitado. Quizá no debería…
    Pero bueno, no seas ridícula, la interrumpió la periodista que llevaba dentro, aquí hay buen material. Una historia que vale la pena contar.
    Sin embargo, cuando el siguiente conjunto coral hizo su entrada en la iglesia, Angel volvió a plantearse el asunto y decidió solucionar su último dilema de la forma en que lo había hecho desde que tenía doce años y era una criatura solitaria enganchada a la película Todos los hombres del presidente. ¿Qué haría Woodward en aquella situación?, se preguntó Angel. ¿Qué haría Woodward?
    La respuesta era evidente: Woodward se pondría a ello. De inmediato.
    Angel inspiró profundamente, echó un vistazo a su izquierda y evaluó a la persona que tenía más cerca, sentada también en el antepenúltimo banco. Señora de mediana edad, traje malva intenso, expresión de educado interés. Probablemente una buena fuente de información básica.
    Abandonó su posición de la parte exterior y se deslizó junto a la mujer. La vaporosa seda de su vestido negro, corto y sin mangas, se le subió por encima de las rodillas y Angel, recatada, la colocó en su sitio antes de enfrentarse a la mirada de la mujer.
    – Disculpe -murmuró. Uno de los pocos detalles que Angel conocía sobre el artista era que se había casado-. Me preguntaba si me podría indicar quién es la viuda.
    La señora Malva le dirigió una prolongada mirada de pocos amigos y Angel lamentó haberse recogido la melena bajo la pamela. Tenía una impresionante mata de rizos rubios que, aunque difícil de manejar, le hacía parecer diez años más joven. Y lo cierto era que aquello le resultaba muy útil a la hora de sonsacar información, puesto que la gente tendía a confiar en aquellos que tenían un aspecto más débil o vulnerable.
    Pasó un largo rato antes de que la mujer pronunciara una palabra.
    – A Stephen Whitney -dijo en un susurro cortante- no le gustaba el negro.
    Angel se miró el vestido. Aquello explicaba por qué ella era el único escarabajo entre aquella multitud de mariposas. Evidentemente, se equivocó al pensar que todo el mundo vestía tonos pastel por el intenso calor.
    – Vaya, qué… qué colorista de su parte.
    Como aquel comentario tampoco se granjeó el cariño de la señora Malva, Angel se rindió y se deslizó de nuevo hasta su asiento. Sin embargo, su pierna derecha no topó con la parte interior del banco de madera sino con el largo y duro muslo de un hombre.
    – ¡Vaya! -exclamó de nuevo, a la vez que dirigía rápidamente la mirada a la persona que le había quitado el sitio sin que se diera cuenta-. Disculpa.
    El hombre le devolvió la mirada; bueno, al menos fue lo que ella dedujo, pues era difícil averiguar hacia dónde se dirigían sus ojos, escondidos como estaban tras unas gafas de sol Armani.
    – No te preocupes -respondió en voz baja, volviendo a mirar hacia delante.
    Por alguna razón la atención de Angel permaneció fija sobre él. Seguramente aquel hombre conocía a Stephen Whitney mejor que ella, pues llevaba una camisa de lino amarilla y un traje fino de color verde oliva que le quedaban un poco grandes. Estaba muy bronceado; claro, claro, aquel traje caro, aquellas gafas de sol de diseño… todo parecía indicar que el hombre era de Malibú, además del cabello, oscuro y ligeramente despeinado, y del cuello de la camisa, vuelto al estilo de «me da todo igual».
    Como si notara que ella aún lo estaba mirando, el hombre volvió de nuevo la cabeza.
    Entonces notó algo como… como una sacudida que le hizo erguir la espalda y le produjo un cosquilleo excitante en la barriga. En aquel momento cuanto Angel podía oír era el «vaya, vaya, échale un vistazo a este tipo» que le gritaban sus hormonas, así que le costó aguantar la repentina necesidad de frotarse contra el banquito de madera.
    Pero entonces, a Dios gracias, su mente utilizó un tono serio y sensato para recordarle que estaba en un entierro. El de Stephen Whitney.
    Angel, sonrojada, intentó quitarle importancia a aquel incómodo momento con una sonrisa. Sonrisa que solía resultar definitiva para desarmar a los hombres, porque bajo aquella maraña rizada de pelo tenía un cuerpo delgado y frágil que, pese a estar sano como una manzana, irradiaba una inocencia que parecía gritar «apiádate de mí».
    – ¿Querías algo? -preguntó el hombre.
    – Bueno… pues… -¿Y por qué no? Siempre había pensado que si tenía el aspecto de una criatura que necesitaba a un caballero de brillante armadura que la protegiese, más valía que le sacara algún provecho-. Quizá podrías ayudarme -dijo con suavidad mientras se le acercaba, muy despacio.
    El hombre se apartó.
    En aquel momento Angel aminoró la marcha pero le dedicó otra de sus virginales sonrisas.
    – No te preocupes, no es nada importante.
    – Está a punto de hablar el vicepresidente. -El señor Gafas de Sol soltó un susurro ronco que le hizo estremecerse de nuevo.
    Angel se limitó a encogerse de hombros.
    – El vicepresidente de Estados Unidos -aclaró mientras hacía un gesto con la cabeza en dirección al altar.
    Angel se esforzó en mantener el culo pegado al asiento para no intimidar a Gafas de Sol, aunque se inclinó ligeramente hacia él y le dijo:
    – No lo escucho desde que encargó las empanadas de plástico y las hojas de parra impermeables para el conjunto de estatuas desnudas del jardín de la Casa Blanca.
    Se fijó en el leve movimiento de los labios del hombre y supo que ya era suyo. Volvió a sonreírle.
    – Me preguntaba si podrías señalarme dónde está la señora Whitney.
    – ¿Cómo dices?
    Ay, ay, ay, pensó Angel mientras su sonrisa se desvanecía. Aquel no era un «¿Cómo dices? Lo siento no te he oído». Se trataba más bien de un «¿Por qué diablos lo quieres saber?». Con tan solo cinco años, Angel había desarrollado la habilidad de olerse los problemas, y en aquel momento su nariz detectaba un aroma intenso.
    Hizo un gesto rápido con la mano con ademán de quitarle importancia a la pregunta y se apartó de su lado hasta topar accidentalmente con el codo de la señora Malva. La mujer aprovechó para echarle una mirada fulminante y sisear un largo «¡chisss!» para que guardara silencio.
    Angel quería que se la tragara la tierra. A la derecha hostilidad, a la izquierda desconfianza. Así que se concentró y volvió a pensar en lo de antes. Eres periodista, ya estás acostumbrada a que tu presencia no sea bien recibida. Tampoco era para tanto, solo tenía que mostrarse neutral, distante, indiferente.
    No perdió más tiempo intentando animarse ni buscando a la misteriosa viuda. El ambiente estaba muy cargado; Angel se cruzó de brazos e intentó volverse pequeña y pasar totalmente desapercibida mientras, desde el atril, alguien encomiaba las virtudes del difunto.
    Finalmente el discurso mojigato cesó. Le siguieron algunas canciones y uno o dos apabullantes acordes de órgano tras los cuales, y sin previo aviso, la iglesia quedó a oscuras. Entonces una fotografía en primer plano ocupó la enorme pantalla. Era el rostro de un hombre de canosa melena leonina. El de Stephen Whitney.
    Angel sintió como si la estuvieran agarrando por el cuello. Necesitaba aire de inmediato, así que se levantó de repente, se escabulló trastabillando entre las rodillas de Gafas de Sol y se dirigió a una de las estrechas puertas laterales. Tiró de ella y salió a la luz del sol junto a otra de las asistentes al funeral.
    La puerta se cerró tras ellas y Angel inspiró profundamente varias veces. Entonces se tomó un momento para observar a la otra desertora. Se trataba de una adolescente de pelo oscuro recogido en un moño bajo. Llevaba una chaqueta celeste de algodón y una falda corta a conjunto de las que las chicas de instituto se ponen con calzado deportivo.
    – Cómo está el ambiente dentro, ¿no? -dijo Angel, sintiéndose mil veces mejor allí fuera y compadeciéndose un poco de aquella pobre criatura-. Y no es solo el ambiente, sino todos esos vejestorios hablando desde el altar. Ojalá tuviera un dólar por cada vez que he oído mencionar los «valores de este país».
    La muchacha abrió los ojos de par en par. Soltó una sonora carcajada e inmediatamente después se llevó la mano a la boca.
    En aquel momento volvió a sentir lástima por la muchacha. Angel era de la opinión de que un poco de irreverencia era tan necesario en la vida como un buen café, como un jugoso filete o un telemaratón del canal Lifetime. Meneó la cabeza y añadió:
    – Y ¿qué decir del coro de niños? Ya sé que dicen que al llegar a la pubertad les cambia la voz, pero ¿tú conoces a algún niño que tenga una voz así? Estoy empezando a pensar que debajo de esas capas y corbatas se esconden niñas y no niños.
    La muchacha volvió a reír.
    – No hablas en serio…
    El hecho de animar a alguien hizo que Angel se sintiera también mejor. Sonrió y se encogió de hombros.
    – Todo es posible.
    La niña soltó otra risita y miró a su alrededor con aire de culpabilidad.
    Pobre cría, pensó Angel, sus padres deberían haber dejado que se quedara en casa.
    – No pasa nada, cariño. Ríe cuanto quieras, al fin y al cabo tú sigues viva.
    En ese momento la chica abrió los ojos como platos y los centró en un punto por encima del hombro de Angel, quien de inmediato notó un leve cosquilleo en la nariz, indicativo seguro de que se avecinaban problemas. No se movió ni volvió la cabeza.
    No hacía falta; sabía quién estaba a sus espaldas. Aunque en aquel momento no susurraba, reconoció la voz sin dificultad: se trataba de Gafas de Sol.
    – Tu madre te está buscando, Katie -dijo el hombre-. Tenemos que irnos ya.
    – Está bien -respondió con una leve inclinación de cabeza mientras se acercaba a él.
    Fue entonces cuando Angel se volvió lentamente, armándose de valor para enfrentarse a la mirada camuflada de aquel hombre. Sin embargo, él tenía la atención puesta sobre Katie y su gesto expresaba ternura.
    Angel se sintió aliviada. Entonces Katie dijo:
    – Te presento a mi tío, Cooper Jones. Y yo soy Katie, o Caitlyn, la hija de Stephen Whitney.
    Whitney. La hija de Stephen Whitney. La otra hija.
    Totalmente aturdida, Angel reaccionó de manera automática y estrechó la mano de la muchacha. Maldita sea, maldita, maldita sea… No se lo podía creer. Si no hubiera pasado tanto del artista ahora sabría que además de haberse vuelto a casar había tenido otra hija.
    – Yo soy… -Por la cabeza de Angel comenzaron a pasar todos los nombres que había utilizado a lo largo de los años y, por alguna razón, la identidad que, inexplicablemente, había decidido adoptar a los catorce años no fue la primera en acudirle a la cabeza.
    – Date prisa, Katie -le pidió su tío, probablemente hermano de su madre-. La limusina nos espera en la entrada.
    La muchacha hizo un gesto de despedida y se apresuró hacia el coche. El hombre la siguió pero pronto se detuvo y volvió la cabeza para mirar a Angel de manera enigmática.
    A Angel no se le escapó aquella mirada, pues no era capaz de alejar la vista de ninguno de los dos. Del tío y de la joven. Sobre todo de la joven. Katie Whitney, la hija de Stephen, a punto de subir a la limusina de la familia.
    Angel se quedó unos minutos paralizada por la sorpresa y finalmente se dirigió a su coche. Ya no se podía echar atrás, era necesario que lo descubriera absolutamente todo acerca del hombre que había dejado de preocuparse por su hija cuando ella cumplió los cuatro años.
    El mundo debería conocer la verdad sobre los hombres como él.

2

    Angel se dio cuenta de que Cooper Jones, el tío de Katie Whitney, la acechaba.
    No era nada físico; se encontraba apartada del lugar en el que él y los demás asistentes, unos cincuenta, esperaban con tranquilidad a que diese comienzo la íntima ceremonia de despedida, en un acantilado sobre el mar. A pesar de ello, notaba cómo la mirada del hombre, oculta tras unas lentes oscuras, la seguía y le hacía sentirse observada, con la misma insistencia con que la brisa oceánica le tocaba el sombrero.
    Tras calárselo, Angel se dedicó a vigilar de soslayo a la figura de cabellos oscuros. Estaba cruzado de brazos, en el extremo opuesto de la congregación, a la manera de los guardaespaldas. Cuando una ráfaga de viento le levantó la solapa del traje y le echó el pelo sobre la cara, él se recompuso con una única sacudida de la cabeza.
    Un tipo que al parecer no malgastaba los movimientos. A ella solía gustarle aquello en la gente, del mismo modo en que no solía rechazar la mirada escrutadora de un hombre atractivo. Claro que, de la de aquel en particular, emanaba desconfianza y no deseo, así que optó por no entrometerse en su camino.
    – Hola, buenas -dijo una voz a sus espaldas por encima del incesante rumor de las olas-. ¿Eres familiar de Stephen o una amiga?
    Angel se quedó helada. Es solo una pregunta de circunstancias, se aseguró a sí misma, nada por lo que alterarse. Además, su nombre estaba en la lista de invitados; su nombre legal, que no era con el que había nacido. Se volvió con una sonrisa de cortesía en los labios hacia el…
    ¿Cura? ¿Fraile? ¿Cómo llamar a un hombre con larga túnica marrón, un voluminoso crucifijo de plata y sandalias en los pies?
    El desconocido le correspondió con una sonrisa afable.
    – ¿Amiga o familiar? -volvió a preguntar.
    ¿Y debería o podría mentirle a alguien así? Angel suspiró.
    – Ni lo uno ni lo otro, supongo. Soy, bueno, una observadora.
    Era bastante cierto. Vínculos biológicos aparte, no había tenido nada que ver con Stephen durante veinte años, desde que las había abandonado, a ella y a su madre, para instalarse con su musa en Big Sur, una colonia de artistas.
    – Me llamo Angel Buchanan -agregó, adelantando una mano.
    – Y yo soy el hermano Charles -contestó el desconocido de la túnica-, y pertenezco al monasterio de la colina.
    – No sabía que hubiese un monasterio en las cercanías -repuso Angel, sorprendida. A pesar de que Cara, la becaria a su cargo en la revista, había reunido una gran cantidad de información sobre el artista y su lugar de residencia, Angel había metido los informes en el maletero de su coche sin siquiera dedicarles una ojeada.
    – Ya, es que Big Sur guarda varias sorpresas.
    Angel no pudo por menos de asentir.
    – La mayor parte de la tierra está bajo protección federal -explicaba el hermano Charles-, pero también hay algunas residencias particulares desperdigadas por la zona, además de nuestro monasterio. Incluso un par de hoteles de lujo como aquel de allá. -El fraile señaló las escaleras que habían bajado para llegar a la zona del acantilado, que serpenteaban remontando la pendiente hasta donde se encontraba el elegante hotel Crosscreek, de estilo Victoriano.
    La mirada de Angel se detuvo en el edificio. Cara le había reservado habitación en otro sitio, más al sur por la carretera Uno y más cercano a la residencia de Whitney. Deseó que su alojamiento no desmereciese ante el confortable lujo que el hotel Crosscreek prometía, pues ya casi podía saborear las magdalenas recién hechas del desayuno, los jugosos filetes a la parrilla y los suculentos chocolates.
    Decidió que iba a permitirse un capricho todos los días, convencida de que el hotel que Cara había elegido dispondría de las más modernas instalaciones de hidroterapia. Tan concentrada estaba en su sueño de compresas de hierbas y tratamientos aromáticos que le llevó unos instantes advertir que el religioso se había dado la vuelta y gesticulaba hacia alguien para que se acercase.
    – Hermano Charles, ¿qué hace usted? -inquirió a media voz.
    El interpelado la miró.
    – Quiero saludar a Cooper, Cooper Jones -aclaró-, el cuñado de Stephen.
    Angel comenzó a retroceder, tratando de pasar desapercibida mientras las suelas de sus zapatillas de deporte negras se arrastraban sobre la arenosa gravilla.
    – No te marches. -El hermano Charles la tomó del brazo-. Te voy a presentar.
    – Pero si ya nos conocemos -objetó ella-, y tal vez no sea este el momento de ir más allá. -Sin contar con que estaba decidida a evitar para el resto de su vida al señor Cooper Jones y su escrupulosa desconfianza.
    – Está bien. -El hermano Charles echó un último vistazo al tipo y dejó caer el brazo-. No importa. Por las escaleras baja Lainey, la viuda, y va a necesitar a Cooper. Te darás cuenta de que son una familia muy unida.
    Angel dirigió una mirada de soslayo para escrutar al pequeño grupo que bajaba desde el hotel por el último tramo de escaleras. En él venía la niña, Katie, junto a una mujer de cabello oscuro, de unos treinta años.
    – Espere -dijo, aguzando la vista-. Vienen dos mujeres. Son idénticas.
    – Son gemelas -asintió el hermano Charles-. Elaine y Elizabeth. Lainey era la esposa de Stephen, y Beth, su representante.
    Así te van las cosas, pensó Angel, de nuevo enojada consigo misma. Si se hubiese documentado como lo hubiera hecho para cualquier otro reportaje, sabría de la existencia de las gemelas; y de la hija. Pero no, todos aquellos años se había resistido incluso a escribir el nombre de su padre en un buscador de Internet, y ahora tenía que ponerse al día. Y lo había hecho hasta tal punto que Angel jamás había puesto un pie en una de aquellas galerías Whitney, tan comunes en los centros comerciales estadounidenses como las cadenas de cafeterías o los cines multisala. El único dato sobre Stephen Whitney del que no había podido zafarse era el de su popularidad masiva y su fama de bonachón.
    Sin embargo, todo aquello iba a cambiar.
    Fijándose en las dos mujeres que caminaban hacia donde se congregaban los asistentes, Angel se apercibió de que sus trajes, a media pierna, eran casi idénticos; uno amarillo pálido y el otro verde. El estilo de los peinados también revelaba algunas diferencias; la gemela de amarillo lucía un corte escalado y su hermana una pulcra melena.
    – La viuda, Lainey, es la que va de verde, me imagino -aventuró Angel. Incluso a la distancia a la que se encontraba, pudo observar que la mujer había estado llorando.
    – No, esa es Beth. -La voz del hermano Charles denotaba preocupación-. Espero que Judd la esté cuidando.
    Angel no apartaba la vista del pequeño grupo.
    – ¿Judd es otro hermano?
    – Judd Sterling es un amigo de la familia, el hombre de cabello cano que lleva a Beth por la cintura.
    De canas prematuras, el amigo de la familia pasaba de los cuarenta, y sus facciones eran atractivas, muy marcadas. No dejaba de sostener a la hermana de la viuda, al tiempo que el inquietante Cooper acompañaba con un brazo a Katie y con el otro a Lainey Whitney.
    Así que ese es el aspecto del hombre que asiste a una mujer en momentos de necesidad.
    Angel dio un precipitado paso atrás, pasmada por lo mordaz de su ocurrencia, y tuvo que recordarse que no era momento para amarguras. Tan solo deseaba saber la verdad.
    – Parece que el acto va a comenzar -dijo el fraile, a su lado-. Nos avisan para que nos acerquemos.
    – Yo prefiero quedarme donde estoy. -Al ver que los asistentes se reunían, se le formó un nudo en la garganta, tal y como le había ocurrido en la iglesia-. He venido como observadora, nada más -agregó.
    No como enlutada ni como hija. Lo cierto era que no disponía de un solo recuerdo del hombre que había sido su padre.
    El hermano Charles le dedicó un gesto de compasión.
    – Entiendo. Hay personas a las que les cuesta encararse con la muerte.
    Angel se enderezó de repente.
    – A mí no me cuesta encararme con nada -protestó, pero el hermano Charles ya se había alejado. Su propósito de eludir a Stephen Whitney no tenía nada que ver con el miedo.
    Así que para demostrárselo a ella misma y también al fraile, se alisó la falda del vestido y, sin más preámbulos, se encaminó al corro de personas que se estaba formando junto al borde del acantilado. Pese a encontrar un hueco en el que incluirse, volvió a sufrir un nuevo sobresalto… en el instante en el que se cruzó con la mirada de Katie. Volvió a retroceder y se alejó de la persona que se encontraba a su lado.
    Evidentemente, hacerlo le supuso una nueva contrariedad. Me está bien empleado, por débil, se reprochó cuando el Señor Sospechas con Gafas de Sol aprovechó la situación para colocarse junto a ella.
    Pretendió, pese a todo, ignorar su presencia al tiempo que una ráfaga de viento le golpeaba el sombrero y la obligaba a sujetárselo con una mano.
    – Quizá quieras quitarte eso. -La voz del hombre se oyó apenas sobre el sordo rumor del mar-. Si no, creo que el viento lo hará por ti.
    ¿Y darle una oportunidad de mirarle la cara? Mejor que no. No estaban las cosas para lanzar al viento sus precauciones ni, tampoco, su sombrero. Sin dar ninguna respuesta, Angel se lo caló aún más y bendijo la banda elástica, oculta bajo el moño.
    En el punto del grupo más alejado de ella, otro hombre con hábito empezó a perorar. Era difícil oírle por encima del fragor de las olas, aunque, de vez en cuando, el viento le traía a Angel algunas palabras. «Naturaleza», «belleza», «reunión».
    «Familia.» Angel bajó la cabeza e inspiró una profunda bocanada. El aire le dejó un sabor salado en el paladar, parecido al de las lágrimas.
    Una mano grande le estrechó con fuerza las suyas.
    Angel dio un salto y levantó la barbilla. Bajo el sombrero de ala ancha que llevaba, pudo ver las gafas de sol de Cooper Jones.
    – Nos han dicho que nos demos la paz -le explicó.
    Haciendo caso omiso, apartó la mano y levantó la vista para mirar al resto de los presentes. Todo el mundo se estaba dando la mano excepto ella, y todos la miraban.
    Avergonzada, hizo lo que tenía que hacer con la mujer que tenía a su izquierda. También hizo un amago con Cooper, apenas rozándole los dedos para que pareciera que se estaban dando la mano.
    Cuando el oficiante comenzó a recitar una especie de bendición, Cooper volvió a acercársele.
    – ¿Qué ocurre? Si no es tan importante.
    «Si no es tan importante.» Eso mismo le había dicho ella en la iglesia, justo antes de preguntarle por la viuda de Whitney. En fin, el tipo sospechaba de ella, muy bien. Y no era probable que lo tranquilizase si sus manos volvían a tocarse. Con una vez era suficiente. La mano de él era demasiado grande, demasiado cálida, demasiado rotunda.
    Aquel era el problema con los hombres; creaban dependencia.
    Sumida como estaba en aquellos pensamientos, se perdió el «amén» del final. Solo pudo percibir que el orador de la ceremonia requería a la concurrencia que se colocara en fila, con Angel a la cabeza y Cooper a sus espaldas, como una sombra fiel.
    Apartándose un centímetro más se prometió que, una vez terminado el acto, se aseguraría de no volver a coincidir con aquel hombre.
    En aquel momento el oficiante se le acercó llevando en las manos un cofre de madera profusamente tallado.
    – Y ahora una última petición para satisfacer los deseos de Stephen -anunció con voz bien clara-. Después regresaremos al hotel para el refrigerio.
    Al detenerse frente a ella, Angel dio la espalda al mar para mirar al que había hablado. Lo vio sonreír con un rictus afable al tiempo que levantaba la tapa del pequeño cofre.
    – Toma un poco con ambas manos -ordenó- y lánzalo a las aguas.
    Angel oteó el contenido del cofre, tras lo cual sintió un sobresalto en el estómago. ¿Cenizas? Cenizas. Y se suponía que debía tomarlas con ambas manos y lanzarlas al mar.
    Las cenizas de su padre.
    Notó que el estómago se le revolvía.
    No significan nada para mí, se convenció, avergonzada por sus visibles titubeos. Ni siquiera me acuerdo de Stephen Whitney, así que no pasa nada. Notaría su ingravidez, su insignificancia, apenas una presencia en las manos. Y, sin embargo, no era capaz de deshacer el agarrotamiento de los brazos.
    – Al mar -la urgió el oficiante-. Stephen quería que sus últimos cuadros corrieran libres sobre las olas.
    Sus cuadros.
    Sus obras. Angel se relajó y, casi aturdida por el súbito alivio, introdujo las manos en el cofre, las juntó para recoger las cenizas y dio un paso hacia el borde del acantilado.
    Se detuvo y se miró los puños, cerrados con delicadeza, y sintió la materia laxa y suave adhiriéndosele a la piel. El alivio se evaporó y el estómago se le contrajo con un nuevo espasmo.
    Entonces, ansiosa por liberarse de las cenizas, de la situación y de él, dio un paso amplio y apresurado hacia delante y abrió las manos. Mientras las cenizas se elevaban arremolinándose en el aire, notó que el suelo cedía bajo los pies.
    El corazón le dio un vuelco. Trató de volverse mientras sus zapatos pugnaban por aferrarse al desmenuzado borde del acantilado.
    Una mano apareció ante ella, una mano de hombre.
    Hubo un pulso entre el instinto y la experiencia, que se resolvió en el instante en que perdió pie. Para salvarse, debía alcanzar, agarrarse, confiarse a Cooper Jones.

    Se habría encargado mi cuñado, pensó Cooper Jones, si no estuviera muerto. Mientras rondaba por el restaurante del hotel, en la terraza, se fijó en el pequeño grupo que había asistido a la ceremonia, rubricada con la ridiculez de las cenizas. Había sido como tirar el dinero por el maldito acantilado.
    Pues claro, vaya si había sido como tirar el maldito dinero por el maldito acantilado. Notó la tensión atenazándole el cuello, y tomó unas cuantas inspiraciones hondas. Los funerales presidían su lista de «A evitar» y deseó haber hecho lo propio con aquel.
    Habría podido relajarse en casa y preocuparse por la estupidez financiera en que se empeñara Stephen al comprometer hasta el último centavo en una arriesgada empresa mercantil y dejar dicho en el testamento que se quemaran todas sus obras inéditas. Se había destruido todo un año del prolífico trabajo del artista, cuadros que bien podrían constituir un seguro contra las inversiones de Stephen, tal vez desafortunadas.
    Si Cooper hubiera sido el abogado de Whitney, habría insistido en retirar aquella cláusula del testamento, aunque, como su especialidad era el derecho penal y no las herencias, no había sabido nada del asunto hasta que fue demasiado tarde. Como resultado, la seguridad a largo plazo de sus hermanas y su sobrina quedaba a expensas de la fluctuante fama del artista.
    Aquella solapada ansiedad suya quizá se debiera al resquemor que le había inspirado la mujer del sombrero negro junto a la que había estado en la iglesia y de nuevo en el acantilado. Algo le dijo que le causaría problemas.
    Una vez más, escrutó a la adormecida concurrencia que poblaba la terraza y se tranquilizó al comprobar que no había rastro de la mujer. Se había vuelto esquiva desde que le diera la mano en el borde del acantilado, y, con suerte, ya se habría marchado para no volver. Pero, demonios, esperaba no tener que arrepentirse de haberla rescatado.
    – Tío Cooper.
    Se dio la vuelta al oír la voz de Katie, cuya absoluta inexpresividad se prolongaba desde la muerte de su padre. Al ver que intentaba pasar de largo, alargó un brazo y la atrajo hacia sí.
    – ¿Qué tal estás, pequeña? -le preguntó mientras la apretaba con fuerza-. Yo no era mucho mayor que tú cuando murió mi padre y todavía sé lo duro que es. -Durante aquel último año, su recuerdo no había hecho más que redoblarse.
    Katie se dejó abrazar durante un momento, mientras bajaba los hombros y profería un leve suspiro, pero luego volvió a apartarse con la misma expresión vacía.
    Cooper se pasó una mano por la cara. La única ocasión en que la había visto animada había tenido lugar aquel mismo día, en el exterior de la iglesia, cuando había intercambiado unas palabras con aquella mujer, y eso fue algo que volvió a crisparle los nervios. Efectuó un nuevo examen de la terraza.
    – ¿Me necesitabas para algo, cariño?
    – Mamá quiere ver a tía Beth. Pensaba que estaría por aquí.
    – Yo diría que está dentro. -Cooper bajó la vista hacia su sobrina y le palmeó la barbilla-. Ve y dile a mamá que yo buscaré a Beth. Después, ¿qué te parece si traes un refresco y algo de comer y nos sentamos tú y yo en algún sitio a ver el atardecer? -Durante el año anterior había aprendido a considerar que el día concluía con éxito si compartía con su sobrina la puesta de sol.
    Después de que Katie partiera a lo que le había encomendado, Cooper se dirigió a la puerta trasera del hotel. La abrió y cruzó el recibidor, echando un vistazo a las puertas que se abrían a uno y otro lado. Tres de ellas más allá, en un pequeño cuarto amueblado con una mesa y dos teléfonos públicos, encontró a Beth sentada en un sofá, llorando en los brazos de la mujer del sombrero negro.
    – No, por favor -le decía la mujer a su hermana, con una nota de temor en la voz-, no llore.
    Con la sospecha de nuevo erizándole la nuca, Cooper entró en la estancia.
    – ¡Beth! ¿Estás bien?
    El rostro de su hermana se mantuvo oculto bajo un montón de pañuelitos, pero la otra mujer reparó en su presencia y se levantó.
    Sus gestos expresaban una pecaminosa culpabilidad.
    – ¿Qué diablos pasa aquí? -inquirió él.
    – Yo también me alegro de verte -repuso la mujer.
    Sí, claro. Después de la breve conversación que habían mantenido en la iglesia, ella le había dejado entrever que también compartía sus recelos. Cruzó los brazos sobre el pecho y enarcó una ceja.
    – ¿Y bien?
    – No sé qué ha ocurrido. -Ella miró a Beth y le dio unas palmaditas en el hombro, un tanto torpes tal vez por la blanquecina bola de pañuelitos arrugados que sujetaba con la mano-. La he encontrado así cuando he venido a llamar por teléfono… No tengo cobertura en el móvil.
    Qué se le iba a hacer. Al parecer, Beth se había derrumbado y perdido el equilibrio emocional en el que se había estado columpiando durante la semana. La había visto esforzarse por mantener la calma, y supuso que le había estado ocultando sus pesares a Lainey, quien, en calidad de viuda, tenía derecho a monopolizar las lágrimas. No obstante, Beth necesitaba en aquel momento el consuelo de Cooper.
    Y él se lo daría, sí, justo después de vérselas con la mujer del sombrero negro.
    Ella tal vez le leyó las intenciones en el rostro, pues no tardó en reaccionar. Se estremeció, dio un paso a un lado, murmuró «Pues nada, me voy», y se encaminó hacia la puerta.
    – Espera un momento -dijo él, reteniéndola.
    No iba a perderla de vista, no hasta que aplacara su engorrosa susceptibilidad tras averiguar con exactitud quién era ella y qué estaba haciendo allí. Le puso una mano en un hombro.
    Cuando él la tocó, su hombro desnudo se tensó, pero él no sintió casi nada aparte del tacto sedoso de la piel. Le pareció que le respondía con una súbita calidez y, como hacía mucho que no tocaba el cuerpo de una mujer, flexionó instintivamente los dedos.
    Ella emitió un débil quejido y se volvió hacia él.
    – ¿Qué? -protestó.
    A pesar de que siguiera sujetándola por el hombro, él era demasiado alto, o ella demasiado baja, para que Cooper alcanzara a distinguirle el rostro bajo el ala del sombrero, excepto por la suave piel y los labios, carnosos. Apenas podía apreciar un poco de la nariz, pero no veía nada del cabello, que quizá fuera corto o lo llevara recogido bajo el voluminoso sombrero.
    Recorrió con la mirada el vestido sin mangas, que le cubría con recato el pecho y la cintura; sugería más que mostraba, y le llegaba apenas a la mitad del muslo. La tela de gasa que bajaba por la falda, con la probable intención de hacer que pareciera recatada, no hizo más que llamar la atención de Cooper sobre las piernas, blancas y desnudas.
    Sin medias, estúpido, no desnudas.
    Sin embargo, aquella noción de desnudez le permitió sentir un placentero pálpito ya medio olvidado, un extraño redoble en el pecho.
    Y junto a aquello, el temor, que volvía a instalársele en la nuca con su gélida tenaza.
    Pese a ello, intentó abstraerse y limitarse al contacto con aquella piel. El hombro de ella se curvaba adaptándosele a la perfección a la mano, y era tan semejante a tomar un pecho que, sin saber lo que hacía, comenzó a acariciárselo. Entonces creyó oír que ella suspiraba.
    Aquella pequeña reacción provocó que el corazón le latiera con mayor fuerza mientras recorría con la mirada las piernas de la mujer, descubiertas, imaginando que se internaba entre los muslos y los separaba para regalarse la vista, el tacto, el cuerpo. Su corazón volvió a latir con fuerza con un nuevo redoble acompañado de una alarmante tensión que empezó a acumulársele en la nuca. El siguiente latido recorrió la espina dorsal como un escalofrío.
    Y, pese a todo, no era capaz de dejarla marchar.
    Aquello fue lo que más lo perturbó. La soltó tan de repente que Angel dio un respingo. Él se llevó al bolsillo la mano culpable, la izquierda, y allí la cerró para asegurarse de que no se le había entumecido.
    – ¿Estás bien? -preguntó ella al tiempo que reculaba un paso.
    Él quiso reírse, aunque no iba a ser una risa agradable.
    – Soy incorregible -murmuró-. Vete.
    Las dudas que entonces creyó percibir en la mujer tal vez se debieran a su imaginación, pues, en un santiamén, ella se marchó dejando tras de sí tan solo el aroma de su perfume. Cooper se sorprendió al comprobar que, tras más de un año alejado de la ciudad, reconocía aquel perfume de chica sofisticada: Alegría.
    Tras librar su atención de la mujer que acababa de marcharse, Cooper se volvió hacia su hermana.
    – ¿Qué te ocurre? ¿Puedo ayudarte?
    Beth sacudió la cabeza. Había dejado de llorar y, pese a ello, se estremecía con cada inspiración.
    – Algún modo habrá. -A pesar de las oportunidades que le había dado la vida en los últimos tiempos, Cooper no se resignaba al desconsuelo, del tipo que fuera-. Querrás que te diga algo, que haga algo.
    – Lo siento. Sé que no estoy ayudando. -Beth alzó la cabeza y se restregó las mejillas-. Sigo haciéndome preguntas, reflexionando, recordándolo todo.
    Recordando el accidente en que Stephen había muerto, supuso Cooper. Lainey también le había hablado de eso y le había preguntado si Stephen habría sentido dolor. Pues, vaya, sí, tenía que doler que te golpease un camión que fuera a ochenta kilómetros por hora. Y también estaba seguro de que los últimos momentos de Stephen habían sido aún más dolorosos, pues entonces debió de darse cuenta de que estaba a punto de dejar atrás a quienes amaba. De todos modos, no tenía sentido contárselo a ninguna de sus hermanas.
    – Hay que darle tiempo al tiempo -afirmó, a falta de un consejo mejor-. Lainey te está buscando -anunció, tras un breve silencio.
    – Lainey. -Beth se enjugó las lágrimas mientras otras nuevas acudían a sus ojos-. Oh, Dios, Lainey… Vuelvo a no hacerlo bien con ella.
    Un hombre apareció en el vano de la puerta y llamó la atención de Cooper.
    – Judd -dijo este último.
    Si alguien podía remediar el pesar de su hermana, ese era Judd.
    Sin decir palabra, Judd se acercó a Beth con un movimiento ágil que recordaba a los ejercicios de tai-chi que practicaba. Tenían nombres poéticos como «mano de nube», «viento que rola» u «hojas del loto», y Cooper tituló «tigre que encuentra una flor» a la maniobra que Judd efectuó al arrodillarse a los pies de Beth y tenderle las manos.
    Entre ellos ocurrió un intercambio inarticulado y, a la vez, palpable. Judd diría que era su «chi»: la energía vital que se mueve a través de todos los seres vivientes. Cooper decidió que Judd tenía derecho a llamar a aquello como le viniera en gana, pues lo cierto fue que, con su solo contacto, Beth se relajó. Las lágrimas cesaron, sus mejillas recuperaron el color y su respiración se tornó pausada. Vaya que sí; el yin de Judd había equilibrado el yang de Beth.
    Sintiéndose innecesario -aunque agradecido-, Cooper se levantó del sofá.
    – Ya estoy mejor -murmuró Beth-. Gracias.
    No se molestó en averiguar si le hablaba a él o a Judd, sino que abandonó la habitación para dejarlos solos. Tenía que acudir a la cita con Katie y la puesta de sol, que, incluso en un día como aquel, le traería un cierto sosiego.
    Sin embargo, al abrir la puerta y salir a la terraza supo que no iba a haber crepúsculo del que disfrutar. Se había levantado la niebla, y jirones húmedos y grises revoloteaban entre las mesas, parecidos a espectros. Habían encendido algunos calefactores de exterior y quienes allí estaban se habían sentado en grupos en torno a ellos.
    Paseó la mirada por el lugar hasta que encontró algo que le hizo detenerse.
    La mujer del sombrero negro, de nuevo, todavía. Estaba a su derecha, charlando con el hermano Charles. La extraña intranquilidad que ella le provocaba volvió a hacerse notar y a emitir señales de alarma.
    No iba a haber puesta de sol, por lo visto, pero tampoco tranquilidad. Aún no, al menos. Antes tenía que enterarse de quién era ella y cómo deshacerse de su presencia.
    Se dirigió hacia el gran sombrero negro sin demasiadas prisas. Lo habían considerado un abogado astuto no hacía mucho, así que comenzó a delinear una estrategia cuyo esbozo apuntó mentalmente, como en un libro de actas judicial. Por desgracia, las páginas volaron al verla alzar las manos y quitarse el sombrero.
    Dio un traspié cuando la mujer se sacudió la melena, que se desplegó en toda su extensión tras haber pasado la tarde confinada. Bajo las manos de la mujer, el caudal descendía hasta los hombros, donde explotaba en una profusión de rizos dorados.
    – Cielo santo -se oyó decir Cooper cuando hubo recuperado el control de las piernas y empezado a caminar de nuevo-. Pero ¿quién o… qué diablos eres tú?
    Ella se volvió para mirarlo. Era como si hubiera emergido de uno de los más hermosos cuadros que su cuñado había pintado, pues, aparte de sus acostumbrados frescos de la lumbre y el hogar, a veces pintaba hadas durmientes sobre los estambres de las flores, o elfos escondidos tras las hojas de un árbol, o duendecillos al acecho, parapetados tras tréboles de cuatro hojas. Había algo en la apariencia de aquella mujer que le recordaba precisamente a esa clase de criaturas fantásticas.
    Advirtió que la estaba mirando con demasiada fijeza, y era porque las facciones que veía eran poco menos que arrebatadoras. Su menudo cuerpo y su abundante melena rubia contrastaban con el rostro ovalado -¡en forma de corazón!-, y los ojos de un azul puro, aniñado e inocente.
    – Eres… eres… -balbuceó.
    Aquellos extraordinarios ojos se volvieron para mirarlo mientras ella suspiraba con resignación.
    – Soy una mujer, veintisiete años.
    Cooper quiso reírse. Todo el mundo solía tomar por juventud aquella clase de fragilidad dorada, pero, como abogado criminalista que había sido, y de los mejores, poseía una trabajada habilidad para sopesar a la gente al primer vistazo y percibía que, bajo la azucarada apariencia, habitaba algo de mayor entidad. Por algo sus instintos le habían avisado. Aquella mujer era letal.
    Y tanto que sí; su aspecto inmaculado no iba a engañarlo.
    Reafirmado en aquella idea, se acercó a ella mientras la cálida corriente del calefactor le azotaba la cara y los hombros sin hacer mella en la frialdad de sus propósitos.
    – ¿Quién eres? -volvió a preguntar.
    Ella respondió alzando la barbilla y devolviéndole una mirada escrutadora.
    – Soy Angel, Angel Buchanan.
    Mierda, una criatura fantástica. Un ángel.
    Durante un instante del todo inaudito, Cooper llegó a creer que estaba muerto. Pero luego tomó aire e inspiró su embriagador perfume, que le avivó el recuerdo de su piel en la mano, hasta el punto de que sintió en ella un cosquilleo. Decidió entonces que su primer pensamiento en el paraíso no podía consistir en desnudar a uno de sus alados habitantes.
    Ella le sonrió, de un modo tan dulce que Cooper volvió a pensar en ángeles hasta que percibió en ella una mueca burlona.
    – Y también -agregó Angel, cúmulo de inocencia, rayos de luna y nata montada-, soy la que va a vivir contigo durante las próximas semanas.

3

    Angel creyó que a Cooper Jones le iba a dar un ataque al corazón. Durante un instante se quedó inmóvil, con el pelo y la ropa ondeando al viento. Pero entonces parpadeó -no llevaba gafas y Angel se fijó en sus ojos pardos- y pareció volver en sí.
    – ¿Te quedas…? -comenzó a decir.
    – En tu hotel. -Angel terminó por él la frase.
    El padre Charles era un hombre al que se le podía extraer información con facilidad, y Angel no tardó más de tres segundos en averiguar que los hermanos Jones habían crecido en la zona y que Cooper se hacía cargo del hotel en el que se quedaba. No había sido un buen augurio, pero Angel no estaba dispuesta a dejar que ningún augurio, y mucho menos uno relativo a un hombre, se interpusiera en sus planes.
    – Mi hotel -dijo Cooper lentamente.
    – Eso es -respondió ella-. Tranquility House.
    El nombre era, en su opinión, un poquito cursi. No parecía el sitio en el que disfrutar de agradables pedicuras exfoliantes ni de masajes con aceites de hierbas a no ser que… ¡oh, no!, a no ser que fuera Cooper Jones quien los diera.
    Ante esa idea, instintivamente se apartó de él. Cuando, un rato antes, aquel hombre había tocado su hombro, Angel había sentido cómo su cuerpo se estremecía de arriba abajo.
    – Así que te quedas en Tranquility House -repitió Cooper. El viento cambió de dirección y le apartó el pelo de la cara-. Y, ¿por qué, exactamente?
    Ahora que se había quitado las gafas de sol y que el pelo ya no le cubría la cara, Angel se dio cuenta de que tenía el rostro enjuto, como el resto del cuerpo. Tenía las cejas oscuras y pobladas, los pómulos marcados y una nariz de perfil arrogante que le daban la apariencia de un noble italiano. Un noble vehemente, suspicaz y por algún motivo… familiar.
    – ¿Angel?
    El porqué, recordó. Le había preguntado por qué se iba a quedar. Un poco aturdida al volver a pensar en la pregunta, a Angel le costó dar con una respuesta inteligente, no la encontró, se atascó, y optó por obsequiarle con una de sus mejores sonrisas.
    – Conque por qué, ¿eh? ¿Y por qué no?
    Cooper aguzó la mirada, en actitud todavía más vigilante.
    Estupendo. Sus sonrisitas no iban a funcionar con él, debía recordarlo. Entonces ¿cómo se suponía que tendría que tratar con aquel tipo? Los hombres nunca desconfiaban de ella. Normalmente su melena, su sonrisa, o la combinación de ambas era más que suficiente para conseguir lo que quería. Su carita aniñada y su cabello hacían que los hombres se convirtieran en auténticos sementales, o como mínimo, conseguían no levantar ningún tipo de sospechas.
    Aquel hombre era distinto.
    Angel miró al padre Charles con la esperanza de que la rescatara, pero el señor de la túnica escogió aquel poco oportuno momento para alejarse. No le quedó más remedio que volver a mirar a Cooper, que todavía tenía los ojos clavados en ella a la espera de una respuesta.
    – Verás -contestó con aire de frustración. No tenía previsto hablar de aquello allí y en aquel momento, pero se había quedado sin excusas-. Soy escritora, ¿vale? De una revista.
    – ¿Eres periodista? No me extraña que sintiera repelús -le pareció oír que dijo Cooper.
    ¿Repelús? Bueno, tampoco era demasiado buena señal. En general a la gente le gustaba la prensa, a no ser que tuviera algo que esconder, claro está. Pero ¿qué tendría que esconder el gerente de un hotel?
    Entonces dio con la explicación.
    – Oye, no te espantes -respondió con intención de aliviar su preocupación-. No soy de la revista Vacation, Getaway, ni de ninguna otra publicación de viajes.
    Cooper parpadeó sorprendido.
    – ¿Qué? ¿De qué me estás hablando?
    – No estoy aquí para escribir un artículo sobre Tranquility House -le aseguró.
    Cooper parpadeó de nuevo.
    – Tranquility House no me preocupa en lo más mínimo.
    El viento había vuelto a soplar y el pelo le cubría otra vez el rostro. El hombre se pasó los dedos por la cabeza en un rápido movimiento para mantenerlo apartado mientras le hablaba.
    – Quien me preocupa eres tú.
    Angel se sintió de nuevo aturdida por lo que le acababa de decir, pero pronto entendió el significado de aquellas palabras. Que no se fiaba de ella, vaya, y que le estaba siendo del todo claro.
    Suspiró y trató de ser sincera, pues era más que evidente que su carita de niña mona no conseguiría que Cooper bajara la guardia.
    – Soy redactora de la revista West Coast y estoy aquí para escribir un artículo en profundidad sobre Stephen Whitney.
    – ¿De la West Coast?
    Si le hubiera dicho que trabajaba para la Military Times su expresión no habría sido de mayor asombro.
    – Eso es -respondió secamente.
    Por lo general, a los hombres les costaba creer que escribiera para una publicación de prestigio, pero, por algún motivo, la sorpresa que mostraba aquel individuo le causó gran irritación. Si no iba a quedarse pasmado ante la delicadeza de su feminidad, lo mínimo que podía hacer era asumir que debajo de la melena tenía un cerebro.
    – ¿Tan difícil es de creer?
    Un atisbo de sonrisa se asomó a la comisura de sus labios.
    – Tranquila, tranquila. ¿Te sentirías mejor si me enseñaras tu acreditación?
    Angel le dirigió una mirada gélida y alzó la cabeza.
    – No la traigo.
    Solo durante un instante, Cooper sonrió. Fue en ese mismo instante cuando Angel se dio cuenta de que lo conocía de algo, pero entonces el hombre meneó la cabeza y dirigió la mirada al océano.
    Angel miró en la misma dirección. La terraza daba a una estrecha bahía que se abría al Pacífico y proporcionaba una vista panorámica de la costa salvaje. Si el día era claro, desde allí se podían ver los kilómetros de acantilados escarpados que se habían convertido en una postal de California casi tan famosa como la del puente Golden Gate. Pero incluso en aquel momento, con los colores del cielo y las vistas difuminadas por la niebla, la escena era maravillosa.
    Angel pensó que aquel paisaje podría servir de inspiración a un artista, pero no de excusa para olvidar a una hija que lo necesitaba.
    Cogió la pamela con fuerza.
    – Quizá puedas presentarme a tu hermana. Puedo escribir basándome en su versión, o en la tuya, si lo prefieres. West Coast quiere explorar el mundo de Stephen Whitney y hacérselo llegar a nuestros lectores. Si conoces la revista…
    – La conozco. -El hombre se volvió y se acercó a ella. Se acercó demasiado-. Y me da la impresión de que en lugar de estudiar a la gente, lo que hace es sacar a la luz los trapos sucios.
    Angel consiguió responder a aquello con una amable sonrisa.
    – La revista publica historias de todo tipo.
    – Ah, ¿sí?
    – Sí.
    Hizo un rápido repaso mental de los últimos artículos que había escrito y añadió:
    – Una vez escribí sobre un filántropo que prometió que instalaría guarderías en todos los centros educativos hasta llegar también a la universidad. -Por supuesto, Angel no mencionó que en su artículo escribió también que el viejo verde se olvidó de la propuesta y se fundió el dinero en la conejita que se convirtió en su quinta esposa-. Y el mes pasado escribí uno sobre el equipo femenino de lanzamiento de disco. -Un reportaje totalmente inocuo, y muy inspirado, como se decía a sí misma-. Estoy hablando de deportistas, no de cantantes, ya sabes.
    – Ya sé de qué estás hablando.
    Se acercó a ella y enredó un mechón de su melena entre los dedos.
    – Todo aclarado, entonces.
    No podía sentir sus caricias y se recordó que el pelo no tenía terminaciones nerviosas. Igual que las uñas, o… las pezuñas de los caballos. Quizá fuera esa la razón por la que sentía el corazón como un yegua desbocada que, al galope, intentaba zafarse del semental dominante.
    Pero ¿qué es esto?, pensó. ¿Yeguas y sementales? Angel, haz el favor de controlarte.
    Pero Cooper seguía agarrándola por el pelo, haciendo fuerza mientras ella intentaba separarse de él. No le hacía daño, pero aquella situación no le parecía de lo más prudente.
    – ¿Hay algún problema con la idea? -preguntó sin más preámbulos-. ¿Por qué tendrías que oponerte a un artículo sobre tu cuñado?
    – No es eso. -Desvió la mirada y siguió jugueteando con su pelo, pensativa-. De hecho, podría estar bien, podría ser útil.
    ¿Útil? Angel pensó en aquella palabra durante un instante, pero después abandonó la idea.
    – Pues estamos de acuerdo, entonces. ¿Le hablarás de mí a tu hermana?
    – ¿De ti? -Cooper volvió a mirarla-. Ah, sí, que estás aquí -dijo como si Angel le provocara mal sabor de boca.
    Era suficiente. Angel se agarró el mechón y tiró de él para que lo soltara. Una vez conseguido su objetivo, se alejó de Cooper.
    Entonces, recordando que el encanto había sido siempre uno de sus mejores aliados, suavizó el tono de voz y volvió a esbozar una sonrisa.
    – Bueno, seguro que has oído hablar de la libertad de prensa. No necesito tu permiso para escribir sobre Stephen Whitney.
    Cooper arqueó las cejas.
    – ¿Sabes algo sobre Big Sur?
    Angel se encogió de hombros, prometiéndose a sí misma que lo iba a averiguar tan pronto como regresara a su habitación.
    – Es una zona privada -dijo Cooper-. Reservada. Y su gente aún lo es más. Si les pedimos a nuestros vecinos que te echen, lo harán.
    Angel contuvo un suspiro. Aunque no dudaba de su capacidad de sonsacar información incluso en situaciones adversas, lo cierto era que todo resultaba mucho más fácil cuando la gente se mostraba dispuesta a hablar.
    – No entiendo por qué tanta cautela -gruñó en voz baja.
    Pero Cooper la oyó, porque mientras le acariciaba la mejilla, preguntó:
    – ¿No lo entiendes?
    La pregunta se quedó colgando en el aire y Angel casi sin respiración. Oh, no, ¿sería posible que Cooper hubiera notado la atracción que ella había sentido por él en la iglesia? ¿El temblor que le había causado el contacto de su mano en la piel?
    Sin embargo, antes de que pudiera encontrar las respuestas, él se volvió bruscamente.
    – Los periodistas sois… unos impertinentes.
    – Sí -admitió, respirando ya mejor-. Entrometidos, diría yo. Pero a la gente le gusta hablar sobre sí misma y a los que escribimos nos gusta escuchar.
    – Y os gusta preguntar, quizá demasiado.
    Angel aguzó la vista. Si no se equivocaba, Cooper hablaba por experiencia. Interesante, muy interesante. El señor gerente de hotel debía de haber tenido algún encontronazo con la prensa.
    Cooper se dio la vuelta y la miró de nuevo.
    – ¿Acaso a ti te gustaría que alguien se metiera en tu vida, en tu pasado?
    Sin dudarlo ni un momento, Angel respondió:
    – Mi vida es un libro abierto.
    – ¿Ah, sí?
    – Por supuesto. -Hizo un estudiado gesto de despreocupación con la mano-. Pregúntame todo lo que quieras.
    – Bien. -Cooper se plantó delante de ella y cruzó los brazos-. ¿A qué escuela fuiste?
    – Me gradué en el colegio Bay, en San Francisco. -No había necesidad de mencionar los otros siete a los que había asistido antes de que ella y su madre se escaparan a Europa-. Me licencié en periodismo y mientras estudiaba la carrera estuve haciendo prácticas en la West Coast durante dos años. Al final me contrataron y llevo allí desde entonces.
    – ¿Tienes familia?
    Desde siempre, ese tema lo había tratado muy por encima.
    – Durante mucho tiempo fuimos mi madre y yo. -Cierto-. Entonces ella se casó de nuevo y se trasladó a París.
    – ¿Te llevas bien con tu padrastro?
    Angel se encogió de hombros.
    – Por supuesto. -Al menos no abandonó a su madre como lo hizo Stephen Whitney. Ni le hizo daño, como aquel otro cabrón con el que estuvo un tiempo casada.
    – ¿Te gusta tu trabajo?
    – Me encanta.
    Cada vez que Cooper se quedaba en silencio, Angel le dedicaba una de sus amables sonrisas.
    – ¿Ves qué fácil resulta responder a las preguntas? Está tirado.
    – Todavía no he terminado.
    Volvió a guardar silencio y Angel comenzó a ponerse nerviosa.
    – ¿Estás casada?
    Fue curioso lo mucho que la desconcertó una pregunta tan sencilla. En referencia a ese tema no tenía nada que ocultar, pero en aquel momento creyó que responder la verdad no sería una buena idea.
    Tenía la extraña sensación de que lo conocía de algo y solo con mirarlo notaba un agradable cosquilleo.
    – Pues… no -acabó por confesar.
    – ¿Comprometida?
    Como el anular de su mano izquierda estaba desnudo como el culo de un bebé, creyó que tampoco tenía sentido mentir en aquello.
    – No.
    – ¿Sales con alguien?
    – No -repitió por tercera vez, mientras se miraba los zapatos, sintiéndose estúpida.
    La compañía masculina que había tenido más cerca en los últimos tiempos había sido, sin contar a Tom Jones, el gato, la de los artículos sobre citas que leía en Glamour, Mademoiselle y Cosmopolitan.
    – Entonces esto no va a funcionar -respondió Cooper.
    Angel alzó la cabeza.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Otra persona, quizá. Otra periodista, pero no tú. -E hizo ademán de marcharse.
    Angel lo agarró por el brazo. Se había quitado la chaqueta del traje y, por un momento, Angel desvió su atención al calor que emanaba de su piel a través del suave tejido de la camisa. Ropa cara para alguien que trabaja en el sector de los servicios, pensó mientras le apretaba el brazo con los dedos.
    – Otro periodista de West Coast o de cualquier otra publicación no contará la historia como lo haré yo.
    – Angel…
    – Será una exploración extensa y profunda sobre el arte de este hombre. Sobre el porqué de su inmensa popularidad, sobre qué lo inspiraba, sus motivaciones. Escribiré sobre su vida.
    Angel esperaba que su voz no sonara tan desesperada como en realidad se sentía.
    – Y escribiré también sobre lo que dejó atrás, sobre a quiénes dejó atrás.
    – No…
    – … vamos a rechazar su oferta sin haberlo considerado -terminó la frase una voz de mujer.
    Angel se volvió sobresaltada. Era Lainey Whitney, la viuda del artista que, sonriendo levemente, con gesto cansado, dijo:
    – He recibido una llamada de su directora. Hace años que conozco a Jane. Dice que escribirá un buen artículo.

    Haciendo un esfuerzo por no pensar en la mujer que lo seguía por el camino a través del bosque, Cooper se cambió el equipaje de mano y maldijo la amabilidad de su hermana, que no solo había accedido a cooperar en el artículo de Angel Buchanan, sino que le había ofrecido también sus servicios para que la acompañara hasta Tranquility House. Angel parecía encantada con el doble ofrecimiento de su hermana y seguía sonriendo cuando bajaron del coche. Aquella sonrisa desarmó a Cooper y consiguió que se ofreciera a ayudarla con el equipaje.
    Llevaba de todo. Bolsas, mochilas, maletas. Cooper llevaba tres mochilas colgadas y una maleta en cada mano. El peso hacía que avanzara lentamente por el camino poco iluminado que llevaba al hotel. Tras él, Angel tiraba de una maleta con ruedas del tamaño de un buque.
    – ¡Vaya! Aquí huele de maravilla. Son los árboles, ¿verdad?
    Cooper no se molestó en responder, porque, por encima del aroma de los helechos y las secuoyas, lo que él olía era su perfume de mujercita de ciudad que le trajo a la memoria agradables recuerdos, como el tintineo de los cubitos contra el vaso en las fiestas, la tensa sensación en el estómago que sentía en el ascensor que lo llevaría a la sala de juicios de su próximo caso o el placer efímero de que una mujer lo adelantara por la calle proporcionándole con su prisa una hermosa visión de su torneado trasero embutido en un elegante traje chaqueta.
    Por primera vez en meses, sintió el deseo de fumar un cigarrillo.
    Cooper reprimió una blasfemia y aceleró el paso.
    Angel también lo hizo, resoplando por el esfuerzo.
    – Nunca había estado aquí. Parece como si nos hubiera engullido la naturaleza.
    Esa había sido precisamente la intención de los abuelos de Cooper; conseguir que sus huéspedes se dieran cuenta de que la gente pertenecía a la naturaleza y no al revés. Sin embargo, Cooper no quería que Angel descubriera lo que Tranquility House y Big Sur podían ofrecerle, sobre todo cuando lo que pretendía era alejar a la señorita Buchanan de los asuntos de su familia.
    – Crecer aquí debe de ser una experiencia como las de Huckleberry Finn o La isla del tesoro; ya sabes: piratas, naufragios y sirenas.
    Cooper emitió un gruñido. Sí, haber crecido jugando entre el bosque y el océano había sido idílico, pero más tarde le tocó ser el hombre de la familia y el juego se convirtió en jornadas de trabajo de veinticuatro horas soportadas a base de grandes cantidades de café y demasiados cigarrillos, que pasaron a formar parte de su rutina diaria.
    – Sacaré fotos preciosas de la zona para acompañar el artículo.
    Angel seguía hablando con pasión, alimentada por algo inexplicable. Por los nervios, quizá, pues ambos sentían algo extraño cada vez que se quedaban a solas.
    Algo extraño. Ya. Cooper no estaba tan alejado del mundo como para no recordar la sensación que produce la atracción sexual que surgía entre dos personas. Aquello, junto con la desconfianza que por su profesión sentía hacia los periodistas, hacía que no quisiera que Angel escribiera el artículo por mucho que su familia no estuviera dispuesta a dejar pasar una buena ocasión para hacerse publicidad.
    Pero el deseo sexual que flotaba en el aire podría distraerlo fácilmente del arduo trabajo de asegurarse de que la prensa describiera a su cuñado de la manera apropiada. Entre las empresas de Whitney destacaba el registro de la marca Artista del Corazón y el uso de ciertas imágenes de sus cuadros en todo tipo de objetos, desde adornos navideños hasta arreglos florales.
    Era necesario que el nombre de Whitney permaneciera inmaculado y que la gente lo siguiera recordando. De no ser así, nadie encargaría ramos ni compraría sacos de dormir Artista del Corazón, y no se generarían ingresos para sus hermanas y su sobrina.
    – ¿Sabes? Sigo pensando que te conozco.
    El comentario de Angel lo devolvió a la realidad y Cooper dio un traspié.
    – ¿Es posible que hayamos coincidido en algún lugar?
    Sin volverse para mirarla, negó con la cabeza.
    – ¿Estás seguro?
    La luz era suficiente para que Angel lo viera con claridad, así que el hombre se limitó a volver a menear la cabeza.
    Finalmente llegaron al primero de los edificios que formaban Tranquility House. El complejo consistía en dos docenas de cabañas estucadas ocultas entre la espesura de los árboles para proporcionar intimidad pero a una distancia no demasiado alejada de un claro cubierto de césped, y próximas a un enorme edificio en el que se encontraba la cocina, el comedor, el dispensario y las oficinas.
    – ¿Son estas las cabañas en las que guardan la ropa de cama? -preguntó Angel mientras aminoraba la marcha-. Me gusta dormir con varias almohadas. ¿Tengo que pedirlas o puedo entrar y cogerlas? ¿Y qué me dices de la tintorería?
    Angel levantó la vista y la fijó en los altos árboles que la rodeaban.
    – Debéis de necesitar antenas parabólicas para poder ver la televisión. Y cuando estábamos en el hotel tuve problemas de cobertura, ¿qué tal funciona tu móvil aquí?
    Cooper se detuvo y la miró fijamente. Almohadas, tintorería, móviles y antenas parabólicas. No pudo evitar sonreír. Aquello iba a ser divertido. O aún mejor, iba a ser fácil.
    Angel no se quedaría mucho tiempo.
    – ¿Y bien? -preguntó a medio camino entre la sorpresa y la impaciencia-. ¿Me vas a responder o te vas a quedar mirándome en silencio como si te hiciera gracia lo que te pregunto?
    La oscuridad los rodeaba, pero la luz de una cabaña cercana permitía leer a la perfección uno de los carteles que había colgados por todo el complejo. Cuando Cooper soltó las bolsas y se acercó a ella, la expresión de Angel era de confusión.
    El hombre la agarró por la muñeca, hizo que soltara la correa de la maleta y la cogió por los hombros para situarla justo enfrente de la señal de madera. Angel emitió un ruido ahogado y no opuso resistencia. En el cartel se leía: Reglas de Tranquility House.
    Quizá porque no se podía creer lo que veían sus ojos, Angel leyó en voz alta aquellas palabras. «Por favor, respeten los sonidos de la naturaleza. Se prohíbe el uso de radios, televisiones y teléfonos móviles.» Cuando leyó la última de las reglas, Angel se dio la vuelta como una exhalación y miró a Cooper con expresión aterrada.
    – ¿Cómo que «prohibido hablar»?
    Una sonrisa sardónica fue lo único que obtuvo como respuesta.
    No sabía si se debía a la estupefacción o al efecto que aquella sonrisa había ejercido sobre ella, pero la cuestión es que Angel no volvió a decir palabra hasta llegar a su cabaña. Y allí empezó lo realmente divertido. Cooper le cedió el paso, lanzó sus bolsas a un lado y cerró la puerta tras de sí.
    Se la quedó mirando mientras sus ojos paseaban por las paredes pintadas de blanco, por la chimenea, la pila de troncos que había junto a ella y la pequeña cama cubierta por sábanas blancas, una manta de lana gris y coronada por una única almohada.
    El silencio duró un par de minutos tras los cuales Angel miró a Cooper con expresión esperanzada.
    – La revista correrá con los gastos necesarios para dejar la habitación en condiciones.
    Cooper hizo un gesto de desaprobación.
    – ¿Esto es cuanto hay?
    Cooper asintió.
    – ¿Me estás diciendo que no hay salón de belleza?
    Otro gesto negativo.
    – Y encima… ¿no puedo hablar con nadie?
    Angel estaba tan abatida que le costaba mantener la expresión de seriedad.
    – Es un lugar de retiro. No está permitido hablar en el edificio comunitario ni en ninguna zona. Pero puedes hablar cuanto quieras dentro de tu cabaña.
    – Lugar de retiro. -Angel repitió aquellas palabras lentamente, como si no las hubiera oído antes-. Esto no es un complejo turístico, es un lugar de retiro.
    Cooper se esforzó por contener una risotada.
    – Efectivamente. No es un complejo turístico.
    Angel entrecerró los ojos.
    – Estás disfrutando, ¿verdad?
    Lo cierto es que Cooper estaba disfrutando como un niño. Aquello significaba que no tenía por qué preocuparse; sin duda, aquella austeridad franciscana haría que Angel diera media vuelta y regresara muy pronto a casa. Al día siguiente, con toda probabilidad. O, en el peor de los casos, si la mujer decidiera quedarse, la mantendría recluida y alejada de él y de su familia.
    Cooper se esforzó por borrar la expresión de petulante satisfacción de su rostro y abrió la puerta del pequeño armario que había en la habitación.
    – Tranquila. No está todo perdido.
    Tiró de algo que estaba en el estante superior y se lo entregó como si de un precioso regalo se tratara.
    – Aquí tiene otra almohada, señorita Buchanan -dijo con solemnidad-. Acéptela como agasajo de bienvenida a Tranquility House. Y por favor, si necesita algo más de mí no dude en hacérmelo saber.
    Angel volvió a dedicarle una mirada suspicaz que transmitía algo difícil de definir; un plan, quizá, o tan solo ganas de sexo, teniendo en cuenta el «si necesita algo más de mí no dude en hacérmelo saber» que él le acababa de endilgar.
    Mierda, pensó Cooper. Aunque la sensación le resultaba sorprendente, lo cierto era que quien tenía ganas de sexo era él. Comenzó a notar un intenso calor en la entrepierna a la vez que su imaginación volaba y hacía que fantaseara con aquel ángel desnudo en la cama, la melena esparcida sobre una de las almohadas y la otra colocada debajo de su desnudo trasero. Se imaginó su boca recorriendo lentamente el trecho que iba desde la garganta hasta…
    – Sabes, hay algo en ti que… -La voz de la mujer tenía tono de haber estado maquinando algo.
    Sí, no cabía duda de que aquella mirada escondía algún tipo de maquinación que nada tenía que ver con el sexo. El calor que notaba cesó y el corazón le volvió a su ritmo habitual, lo cual, probablemente, llegaría a ahorrarle muchos problemas.
    – Me voy -dijo intentando que no se le notara lo que había estado imaginando, y recordándose que pronto se libraría de ella-. Pero antes, hay algo más…
    – ¿Sobre el menú de mañana?
    El angelito aún creía que estaba en un complejo hotelero.
    – Las comidas se sirven en el edificio comunitario, el más grande, seguro que lo encuentras. Pero quien lleva ese tema es Judd, así que no te puedo dar detalles sobre la comida.
    Angel suspiró con gesto apesadumbrado.
    – Está bien, me apañaré con lo que haya.
    Cooper se aclaró la garganta.
    – Bueno, esa actitud está bien porque… en Tranquility House tenemos una política un tanto férrea. Te las vas a tener que apañar también sin todo aquello que necesite pilas o electricidad.
    Desvió la mirada hacia uno de los maletines que había cargado hasta allí.
    – Como el portátil, por ejemplo.
    – ¡No! ¡No me puedes quitar el ordenador!
    – Lo lamento, pero esas son las reglas y no han cambiado desde que mis abuelos construyeron este lugar. Si tienes que escribir te puedo traer papel y bolígrafos.
    – Ya tengo papel y bolígrafo -respondió Angel frunciendo el entrecejo. Tras un instante de duda, le hizo un gesto con la mano y añadió-: Está bien, todo tuyo.
    Cooper se agachó para coger el maletín y Angel aprovechó para dar una patada a la enorme maleta con ruedas y desplazarla hasta un rincón de la habitación.
    – ¿Tienes algo más? -preguntó Cooper.
    – No, solo el portátil.
    – ¿Algo más que funcioné con pilas o electricidad?
    – Nada -respondió evitando mirarlo a los ojos.
    Cooper se aclaró de nuevo la garganta.
    – Creo recordar que mencionaste un teléfono móvil.
    Angel meneó la cabeza y musitó:
    – Soy una bocazas. -Entonces se acercó a otra de las bolsas, lo sacó y lo puso sobre la mano abierta de Cooper-. Aquí lo tienes. ¿Satisfecho?
    – Si no tienes nada más -añadió en tono suspicaz.
    – No.
    – ¿Ah, no? Angel, soy un hombre pero tengo dos hermanas.
    – No sé de qué me estás hablando -respondió apartando la mirada.
    – Vamos, todas las mujeres que conozco tienen uno. Seguro que tú también traes…
    – ¡Está bien! -admitió airada y algo azorada-. Pero no me puedo creer que tengas la poca vergüenza, la poquísima vergüenza de pedírmelo.
    – ¿Pedirte el qué?
    – Ya sabes… -comenzó a decir con inocencia-. Mi vibrador.
    ¿Su vibrador? La sorpresa inicial pronto cedió paso a nuevos pensamientos obscenos. Un vibrador. La imagen de Angel y su vibrador hizo que Cooper volviera a notar un calor y presión creciente en la entrepierna y a sentirse…
    Estúpido.
    – He estado a punto de caer -repuso con gesto de incredulidad-. Casi me lo creo.
    Angel se quedó boquiabierta.
    – No lo niegues. Supongo que sabes que me refería a tu secador. Venga, dámelo, cariño.
    Angel se disponía a responder cuando Cooper posó un dedo sobre sus labios y le cerró la boca.
    – Lo siento. Son las reglas. Las aceptas o te marchas.
    Entre gruñidos de indignación se acercó a otra de las bolsas y tras hurgar en ella sacó el secador más grande que él había visto en su vida. Solo la boquilla era del tamaño de un repollo.
    – Pero ¿qué demonios es eso? Eso no es un secador, es un arma de destrucción masiva.
    Si las miradas mataran, Cooper habría sido fulminado.
    – No te burles nunca de los utensilios para el pelo -bufó mientras lo apuntaba con el secador-. Me voy a vengar por esto, ya verás.
    Sí, cariño, castígame largándote de aquí, pensó. De esa forma su familia, su identidad y su salud quedarían a salvo.
    – ¿No quieres que te indique cómo llegar al hotel más cercano? -ofreció.
    Cooper notó que Angel estaba a punto de empezar una discusión sobre aquel tema. En un intento de calmarla le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
    – O si lo prefieres te indico el camino de vuelta a la carretera que lleva a la ciudad.
    Angel se tensó.
    – ¿Y dejar que te salgas con la tuya? Ni hablar -espetó, con mirada desafiante.
    – Espera, espera, hazme el favor de esperar un momentito.
    Angel se le acercó; la melena le cubría los hombros y su embriagador perfume flotaba en el ambiente.
    De hecho, era tan embriagador que las palabras de Angel lo pillaron desprevenido.
    – ¡Ya sé de qué te conozco! -exclamó, con un brillo diabólico en la mirada que aniquiló al angelito que había visto en ella hasta entonces-. Conque es aquí donde llevas escondido desde el año pasado. ¡Tú eres «la bestia negra de los tribunales», C. J. Jones, el abogado más tenaz, despiadado y que más casos ha ganado de todo San Francisco!

4

    Angel estaba acostada en la espartana cama, sorprendentemente cómoda, sin otra cosa que hacer que no hacer nada. El silencio se le antojaba tan audible como el goteo de un grifo y la impenetrable oscuridad de la cabaña era otra de las distracciones que no le permitían dormir. El tupido bosque de los alrededores daba al lugar el aspecto y el olor del vivero de abetos de Navidad que visitaba cada diciembre, tan denso que incluso amortiguaba el fragor del mar.
    – Soy una chica de ciudad -admitió en voz alta, pues quería asegurarse de que aquel profundo silencio no se debía a una súbita sordera.
    Tras un rato más de tranquilidad inclemente se dio por rendida y abandonó su intención de dormir. No era capaz, estaba demasiado ocupada pensando que Cooper no era el director de hotel desconfiado por quien lo había tomado en un principio.
    ¡Era C. J. Jones! Se revolvió en el colchón, encantada por haber dado con el escurridizo socio del prestigioso gabinete DiGiovanni & Jones. Su menopáusica directora de la revista, Jane, iba a padecer uno de sus abrumadores sofocos cuando Angel la llamara para hacerle saber la excitante noticia.
    Cuando la llamara desde una cabina telefónica. Suspiró. Era molesto haber perdido el móvil y el resto de las herramientas de la civilización, aunque no dejaba de ser un buen precio que pagar por el inesperado doblete. Los reportajes serían dos: uno sobre Stephen Whitney y el otro sobre el inesperadamente recluido C. J. Jones.
    Aún no había sopesado la idea de entrevistar a Cooper. Él había salido de la cabaña después de que ella le mostrara sus documentos de identificación, aduciendo con un murmullo algo sobre ir a guardar sus efectos personales en la caja fuerte.
    Le fastidiaba haber tardado tanto en reconocerlo; en fin, aquellas gafas que había llevado en la iglesia… ¿Para preservar su identidad, podría ser? Además, no esperaba encontrárselo ni iba en su busca.
    Ni, por cierto, a conocerlo. Sabía de él desde hacía años, por lo que había leído en las revistas y por lo que había visto por sí misma. Tras llegar temprano a una cita en los juzgados, se había colado por curiosidad en una de las salas, abarrotada por un inusual número de curiosos.
    Había atinado a sentarse en la última fila en el momento en que C. J. Jones se embarcaba en su alegato final en un caso de agresión, por desgracia famoso. A los pocos minutos, se había sentido transportada por el tono conciso y la irrefrenable pasión del orador, así como por sus ampulosos gestos. Según lo recordaba, entonces, llevaba el pelo más corto y el empaque de su porte era mayor.
    Teniendo aquello en cuenta, no le resultaba extraño no haberlo reconocido en aquel Cooper espigado y de pelo largo ni en su aspecto confiado y tranquilo.
    En cambio, lo que sí explicaba era aquella especie de comezón, de hormigueo, que había sentido en su presencia. Porque, claro, no era más que su olfato de reportera, que ya había reconocido al tipo e intentaba llamarle la atención sobre él.
    Entonces pudo relajarse entre las suaves sábanas, confortada por disponer de una explicación racional. Desde luego, no le faltaban bazas a aquel hombre para despertar los sentidos en una mujer. De hecho, el día del juicio, ella había experimentado el más tonto de los enamoramientos. No le costaba admitirlo; ella era entonces joven, impresionable y, bueno, estaba deslumbrada.
    Claro que, por otro lado, siempre había dispuesto de la madurez y la sabiduría suficientes para someter sus apetencias en aras del reportaje. Así había sido en aquella ocasión, concentrada en su trabajo, y así lo sería al día siguiente y al otro.
    Todo lo cual la llevaba otra vez a preguntarse por qué Cooper había abandonado en San Francisco lo que era su dedicación… Bostezó; se le cerraban los ojos. Al levantarse comenzaría la jornada en que iba a averiguar todo lo que quería saber de él.

    Tras despertarse con el canto de los pájaros, Angel permaneció en la cama con los ojos cerrados mientras se preguntaba si los petirrojos no habrían anidado bajo los voladizos de su edificio, tal como ocurriera la primavera anterior. Pero aún no era primavera y…
    Abrió los ojos. Y tampoco estaba en San Francisco.
    La luz del sol había encontrado una rendija en las cortinas por la que filtrarse. Había amanecido hacía un rato, aunque Angel no podía concretar más. En casa tenía el televisor del dormitorio programado para despertarla a las siete de la mañana con las noticias nacionales e internacionales del canal MSNBC.
    Sin el acostumbrado escándalo que organizaba su despertador cada mañana, tuvo que buscar a tientas su reloj en la mesilla de noche. La claridad era tenue, y cuando lo encontró se lo acercó a los ojos para distinguir las manecillas.
    Nueve de la mañana. Tarde, pero no tanto como para que no quedase café, ¿no? A diferencia de su apartamento, donde el preciado brebaje se hacía por su cuenta en una máquina automática, en aquel lugar tendría que ducharse y vestirse antes de recibir la dosis de cafeína.
    En un increíble récord de diez minutos, avalado por (a) su necesidad de tomar café y (b) el tiempo que solía dedicarle a arreglarse el pelo, se había puesto unos vaqueros y una camiseta, y se estaba atando los cordones de sus botas de montaña, de un color verde chillón. Sin el glorioso secador y su difusor «control de rizos patentado», había tomado la precaución de no lavarse la cabeza. Para remediarlo, optó por un estilo infantil y florido, al gusto de la década de los sesenta, con un pañuelo de colores a modo de diadema.
    El paseo entre la cabaña y el edificio principal resultó un muestrario de aromas frescos y silvestres. Los alojamientos de los huéspedes se diseminaban entre las gigantescas secuoyas y la vegetación ajardinada, pero el bloque de uso común se levantaba en el centro de un claro en forma de óvalo y tapizado de hierba. Sin árboles que dieran sombra, la cara exterior de la puerta indicada por el rótulo «Comedor» era cálida al tacto.
    En el interior, Angel no percibió el olor del café.
    Algo raro tenía que ocurrir, seguro. Echó un vistazo a la estancia vacía y distinguió las sencillas mesas de picnic y los hornillos calientaplatos dispuestos en la larga mesa situada en la pared del fondo. Al adentrarse se abrió una puerta interior, al lado del bufet, y por ella entró un hombre.
    Angel reconoció a Judd Sterling, el amigo de la familia. Visto de cerca era decididamente guapo, aunque lo más notable era la gracia de sus movimientos, que parecían responder a una corriente de aire que ella no veía ni percibía.
    Le dedicó la mejor sonrisa descafeinada de que fue capaz.
    – Café -le pidió-. Me muero por un café.
    Él respondió sonriendo con gesto amigable mientras meneaba la cabeza y señalaba a su derecha.
    Angel siguió su indicación con la mirada hasta vislumbrar una señal en la pared.
    – No… -Tuvo que ahogar la siguiente palabra, a su pesar. «No hablar.»
    «Perdona», articuló sin voz y moviendo los labios. Después de un suspiro para desempolvar sus dotes de mímica, se llevó a la boca una taza imaginaria, tras lo cual, volvió a silabear en silencio: «¿Café?»
    Nueva negación acompañada por una cálida y apacible sonrisa.
    Tal vez tuviera que estrangularlo. «Ca-fé.» Exageró la posición de los labios y eligió tomar un inexistente tazón en lugar del pocillo precedente.
    La cosa no parecía funcionar y el simpático anfitrión repitió su gesto de cabeza, si bien con un matiz de hilaridad asomándole a los ojos grises.
    «Oye, piltrafa -deseó comunicarle Angel con las fuertes pisadas con que se dirigió hacia él-. No vayas a entrometerte entre mi café y yo.»
    Quizá su enojo se hizo visible, pues cuando estuvo tan cerca como para clavarle las uñas, el hombre le enseñó una pequeña libreta y un bolígrafo, escribió algo y luego se lo mostró.
    Angel leyó. No podía ser, por favor, no. Sería culpa de la caligrafía, porque aquellas palabras escritas con mayúsculas no significaban que…
    – ¿No hay cafeína? -explotó, sin poder guardar silencio. Aquello le iba a suponer una multa, pero había que ser claros en el tema.
    Él le alcanzó otra página, escrita con meridiana claridad. «No se sirve cafeína, alcohol ni tabaco en Tranquility House. Toda nuestra comida es biológica.»
    De mal en peor. Ni café, ni refrescos bajos en calorías, ni una buena copa de vino blanco a las cinco de la tarde.
    Además, ¡la comida estaría llena de bichos! Había probado ese tipo de alimentos en un restaurante de Berkeley, en cierta ocasión, y la ensalada mixta que había llegado a su mesa -«gratis», según la pretendida broma del camarero- contenía orugas.
    Judd le tocó el brazo. Se sentía tan desgraciada que le llevó un instante captar su expresión comprensiva y ver que le señalaba los hornillos. Cuando Judd procedió a ir levantando las tapas, ella lo siguió de mala gana para inspeccionar el contenido que ofrecían.
    Fibrosos, correosos copos de avena. Huevos revueltos; de gallinas de esas liberadas, estaba segura (¿Alguna vez se había molestado alguien en saber de qué, exactamente, se habían liberado aquellas gallinas?). Y, para rematar, lo que parecían ser taquitos de tofu nadando en yogur natural.
    Con el estómago a punto de revolvérsele, Angel apartó la vista. En lo que a ella concernía, si el Señor pretendía que sus fieles comiesen tofu, no debería haberlo dotado de aquella apariencia semejante a la goma.
    Sofocó un suspiro y accedió a que su anfitrión le sirviera un poco de cada uno de los preparados. Así provista, fue a sentarse junto a una de las mesas de picnic, giró el plato para alejarse lo máximo posible del tofu, y recuperó un método de la infancia que le había servido para lidiar con lo desagradable: imaginaba comer otra cosa.
    Y cuando estaba a punto de sumirse en un decente sueño de mermelada de albaricoque, Judd colocó a su lado una taza humeante. La mano reaccionó maquinalmente y, a pesar de que el sentido del olfato se le soliviantó, su raciocinio no llegó a tiempo para evitar que diera el primer sorbo.
    – Aj. -La garganta se negaba a aceptar el primer trago que esperaba en la boca-. Aj, aj.
    Por Cristo, ¿qué será esto? Mientras trataba de respirar por la nariz, se sintió enrojecer al encontrarse con la mirada de Judd. ¿Estaba intentando envenenarla?
    Él gruñó y adelantó una hoja de papel que ella le arrancó de las manos al tiempo que intentaba reprimir una primera arcada. «Té de milenrama -decía la nota-. Ayuda a digerir. Pronto te acostumbrarás.»
    Arrugó la nota, se obligó a tragar el repugnante bebedizo y tomó una profunda bocanada de aire para darle un respiro al paladar.
    – Nunca jamás me voy a acostumbrar a esto -barbotó.
    Tampoco suponía que alguien fuera capaz de beberlo con regularidad, hasta el extremo de que tuvo la repentina sospecha de que el «té de milenrama» era una pócima destinada a ella en particular, al igual que los asquerosos comestibles biológicos del desayuno.
    Dio con la explicación: mientras Judd Sterling se explayaba con aquel aire pacífico y benevolente que, al parecer, era característico en él, había alguien a cargo de la intendencia de la operación, alguien que no la quería ver en Tranquility House.
    Tenía sentido, lo mirara por donde lo mirase.
    Cooper Jones pretendía que se muriera de hambre.

    Fue el demoledor desayuno lo que hizo que Angel se decidiese por la que iba a ser su primera línea de acción del día; bueno, eso y el desabastecimiento de periódicos, otro de los encantos de Tranquility House, por lo visto. Sin nada que comer ni que leer, el siguiente paso era, lógicamente, ir en busca de Cooper. Los dos reportajes, el de Stephen Whitney y el del abogado retirado, requerían de su cooperación.
    Aunque hasta entonces no le había ido bien con él, no estaba preocupada por ello; contaba con un truco para que el personal se relajara. Su primer curso de periodismo había sido el de «101 técnicas de entrevista», y todavía no había olvidado la triple estrategia diseñada por el profesor para amansar a un individuo.

    1. Comenzar con un breve intercambio de fórmulas de cortesía.
    2. Continuar con una conversación superficial.
    3. Concluir con un sincero cumplido.

    La receta jamás fallaba a la hora de aflojar la rigidez previa que podía darse entre el entrevistado y ella. Así que, aun habiendo estrenado un comienzo más bien torpe, no dudaba de que a la primera de cambio lo tendría dándole la patita.
    A pesar de que Judd no hubiera aclarado el paradero de Cooper más que con un «Por ahí», Angel salió a buscarlo por el primer sendero que encontró que se alejara de las cabañas de los huéspedes.
    El camino serpenteaba hacia el este, remontando pendientes de hierba seca que olían, curiosamente, a frutos secos, y sumiéndose en sombríos barrancos adornados por algún hilo de agua y robles de aspecto artrítico. Una chica de la montañosa San Francisco debería haber podido andar por aquel terreno abrupto sin despeinarse, pero, sin embargo, en poco menos de diez minutos las botas empezaron a hacerle daño y, dado lo caluroso del ambiente, deseó haberse vestido con pantalones cortos y un top en lugar de los vaqueros y la camiseta.
    Tras hacer una pausa bajo un macizo de árboles, al pie de la siguiente colina, tiró de la camiseta para apartársela de la piel, ya pegajosa, y la agitó para procurarse ventilación. No había encontrado ni el más mínimo rastro de Cooper ni, por cierto, ningún otro indicio de vida humana y, aun así, conservaba la esperanza de tropezarse en cualquier momento con la civilización o, más concretamente, con una cafetería y un aparato de aire acondicionado. Como mofándose de sus apetencias, un pajarillo azul graznó desde una rama cercana.
    – Perfecto -repuso Angel, molesta por el dolor de cabeza que empezaba a insinuarse-. Pues entonces dame solo una cafetería, que no soy quisquillosa. O un café de máquina, de esos que van bien para la úlcera.
    – Lo siento, joven, pero por aquí no tenemos de esas cosas -oyó decir a una voz a sus espaldas.
    ¡Cooper! La sorpresa inicial desapareció al reconocer la voz. Está bien, se recordó, deseosa de que se le pasara el dolor de cabeza, aquí tienes tu oportunidad. Manos a la obra y a ganarse su confianza.
    – Vaya, hola. -Todavía de espaldas a él, Angel dio por zanjado el «intercambio de fórmulas de cortesía» y abrió la puerta a la «conversación superficial»-. ¿Qué cosas no tenéis por aquí? -le preguntó, dándose la vuelta.
    – En los ciento sesenta kilómetros de costa de Big Sur, no podrás encontrar ni un solo restaurante de comida rápida, banco o supermercado.
    En otras circunstancias, aquellas palabras le habrían hecho desesperarse. Pero allí, en aquel momento, las oyó sin pena ni gloria, concentrada como estaba en el aspecto de Cooper. Llevaba el pelo húmedo y peinado hacia atrás y, a diferencia del traje de estilo desaliñado del día anterior, vestía ropa de deporte que le ceñía… pero bueno… todo.
    Estaba atónita. Vaya, vaya.
    La vestimenta con que había asistido a la ceremonia ocultaba un cuerpo escultural, torneado en lugares inimaginables.
    De súbito, consciente de que la mirada podría delatarla, Angel bajó los ojos, ruborizada.
    – Pues sí… -titubeó.
    Ay, ay, ay. Pese a tener presente que era el momento de ganarse a Cooper, la situación había hecho que perdiera el hilo de la incipiente conversación. Algo aturdida, regresó al primer punto de las 101 técnicas.

    1. Comenzar con un breve intercambio de fórmulas de cortesía.

    – En fin, hola -insistió, voluntariosa. Al escapársele las palabras de la lengua, notó en el estómago una sensación opresiva que le era familiar. Deseó no estar pareciendo muy estúpida y se inclinó para inspeccionar las botas, llenas de polvo-. Vaya, ¿y a qué dedicas la mañana?
    – ¿No es evidente?
    Su tono burlón la hizo levantar la vista y se permitió un nuevo examen visual, lo que hizo que distinguiera una gran estructura de metal que Cooper tenía apoyada sobre el muslo derecho.
    Su largo muslo. Su muslo duro. Su largo y duro muslo. El cuádriceps parecía tallado en una roca, cuya leve contorsión siguió con los ojos, desde la cadera hasta el interior de la rodilla.
    Debajo del ombligo de Angel las cosas se pusieron tensas. Se dio cuenta de que eran sus propios músculos una vez que volvieron a contraerse, los mismos que en la Cosmopolitan recomendaban a las mujeres ejercitar para que luego los hombres se volvieran locos.
    La cara le estaba ardiendo y, pese a ello, no podía dejar de mirar, por entonces, el muslo interno, también muy marcado según descubrió, y que mantenía su perfil hasta llegar a…
    Ay. Optó por mirarlo a la cara y, al subir la vista, distinguió que sostenía con una mano enguantada lo que le pareció un gorro de plástico, todo ello mientras trataba de recordar su último comentario.
    – Sí, cierto, evidente. -Intentando adoptar una actitud indiferente, casi perspicaz, efectuó un gesto vago para señalarle el aparejo metálico que tenía apoyado contra la pierna-. Veo que, al parecer, has estado haciendo deporte con ese… con eso de ahí.
    – Es una bicicleta de montaña -la aleccionó Cooper con las cejas enarcadas-. Aunque espero que no sea la primera bicicleta que ves.
    ¿Una bicicleta? Angel, parpadeando, la examinó. Pues sí, era una bici. Y entonces, mientras contemplaba, una de las manos de él se aferró al manillar, lo que provocó que un tendón se tensara hasta el antebrazo.
    Angel estaba hipnotizada y el área especial Cosmopolitan volvió a sufrir una contracción. Como periodista, se consideraba una observadora muy capaz, pero ¿sabía alguien que los hombres pudieran tener semejantes músculos en los brazos? Vigorosos, largos músculos que…
    – ¿Angel?
    Tras despertar de pronto de su catatonía, Angel dio un paso atrás, tropezó con una raíz y fue a dar con las posaderas en el suelo.
    En solo un instante, Cooper se deshizo de la bicicleta y del casco y se arrodilló al lado de la accidentada.
    – ¿Estás bien?
    – No. -Porque además de la humillación tenía los músculos de él al alcance. Para evitar la tentación, se incorporó y volvió a sentarse sobre las manos-. No, no estoy nada bien.
    – ¿Dónde te has hecho daño? -preguntó él, acercándose más.
    Angel sacudió la cabeza y se echó hacia atrás, negándose a admitir que era su orgullo, su profesionalidad, lo que había salido perjudicado. Se suponía que tenía que estar dedicada al importantísimo reportaje, por amor de Dios, y no jugueteando con las especificidades de la diversidad sexual.
    – Quédate sentada un rato y respira -le aconsejó él, todavía más cerca-, respira hondo.
    El maillot que llevaba, hecho con una tela elástica y satinada, le seguía de cerca la línea del cuello y se le amoldaba a los pectorales. Era tan ceñido que Angel no tuvo problemas para apreciar las amplias plataformas musculares, cada una de ellas coronada por los prietos botones de los… ¡Basta!
    Miró hacia otro lado y pugnó por controlar sus impulsos. Había visto ciclistas vestidos de la misma manera millones de veces. Que Cooper fuera de aquella guisa no era razón suficiente para permitir que resurgieran los hormigueos que al fin había sido capaz de despachar por considerar que no llevaban a ningún lado.
    De todas maneras, las mujeres no solían pasar de la calma a la fascinación ni de la indiferencia a la excitación con una sola mirada, ¿a que no? La hembra de las especies animales no comía por los ojos, según había leído en una publicación masculina la semana anterior.
    Y no podía decir que no hubiera dispuesto de experiencias precedentes en las que basar sus criterios, pues había tenido varias relaciones. Pero los tíos siempre tenían una especie de… no sabía qué, que enfriaba sus reacciones. Jamás se había sentido cautivada ante la sola visión del cuerpo de un hombre; jamás hasta aquel momento.
    Tras darse cuenta de que tenía la vista fija en las piernas de Cooper, profirió un quejido culpable.
    – Angel, ¿qué demonios te ocurre? -inquirió él, apoyando una mano en el suelo para aproximarse todavía un poco más.
    – No sé -contestó mientras intentaba no pensar en el abultado bíceps del brazo que acababa de moverse-. No entiendo qué me pasa.
    Entonces, al fin y al cabo, lo entendió. Cuando tenía ocho años había querido ser un niño, un niño grande y fuerte por encima de cualquier otra cosa. En su nuevo colegio había una banda de matones y, cada noche, había deseado despertarse a la mañana siguiente con la envergadura y los músculos que le harían falta para hacer frente a las intimidaciones de aquellos fantoches. Por entonces ya había dejado de esperar que su padre acudiera a rescatarla.
    Tal vez, a lo mejor -¡seguro que sí!-, Stephen Whitney era el causante de aquella momentánea obsesión suya. Los sentimientos y los miedos del pasado estaban volviendo a salir; eso era todo. No deseaba a Cooper Jones, sino que, como en su infancia, deseaba los músculos del hombre, el símbolo físico de la fuerza necesaria para cuidar de sí misma, que tanto había deseado hacía tantos años.
    Aliviada, consiguió sonreír y ponerse de pie.
    – Estoy bien. Es solo que… -Los ojos de Cooper eran almendrados, de ese color a medio camino entre el verde y el castaño que tan pronto se aclara como se oscurece. En aquel momento eran oscuros, atentos, y Angel, sosegándose, recordó que debería estar dedicada a ganarse su confianza-… que no he tomado café esta mañana.
    Él también se levantó.
    – Alguna vez he visto reacciones fuertes provocadas por la carencia de cafeína, pero la tuya me parece que llega al extremo.
    – Qué me vas a contar -murmuró Angel.
    Para darse un poco más de tiempo durante el que recuperarse, se agachó y sacudió el polvo de sus pantalones. Vuelve a lo tuyo, se ordenó, concéntrate en las técnicas para preparar la entrevista y en que Cooper baje la guardia.
    Cuando él se dio la vuelta hacia su bicicleta, Angel se enderezó.
    – Por cierto; me había olvidado de que… -hablaba con voz firme, tratando de volver suavemente a adoptar una pose más espontánea-… tienes que contarme tu secreto.
    – ¿Qué? -se sorprendió Cooper.
    – Tu secreto -insistió ella-, ya sabes. Es decir, dónde escondes tu provisión de las tres sustancias prohibidas: alcohol, cafeína y tabaco. En los tribunales no se te conocía precisamente por tu abstinencia.
    – Ya. -Cooper se calmó y le dio la vuelta a la bicicleta para colocarse frente a ella-. Sé a qué te refieres.
    Angel creyó entender que estaba haciendo progresos, pues veía en el hombre unos ojos más amables y una media sonrisa tolerante. Sonriéndole a su vez, se le acercó pensando que el buen profesor Brown había estado, una vez más, en lo cierto.
    – Pues mira -le dijo, tan cerca ya de él como para tener que mirar hacia arriba-, yo diría que tienes por ahí escondido algún saco de café bien tostado y también un cartón de tabaco y una botella de whisky.
    – ¿Qué pensarías si te dijera que ya no fumo ni bebo café o alcohol?
    – Pensaría que… -Angel, sorprendida de verdad, no sabía por dónde salir; C. J. Jones tenía fama de ser tan astuto como lo era en su trabajo.
    – ¿Y bien? -se burló él.
    Angel identificó algo en la manera en que la estaba mirando, una especie de pesar, que le hizo apartar la vista hacia su cuello, fuerte y viril, los anchos hombros y el cuerpo largo y esbelto. Pues sí que era un portento el chico.
    – ¿Angel? -preguntó Cooper-. ¿En qué estás pensando?
    Sí, estaba pensando, ¿en qué? Se suponía que estaba trabajando, intentando conseguir que Cooper le diera la patita. Dirigió los ojos hacia otro lado y regresó a la receta para preparar entrevistas.
    Fórmulas de cortesía: visto. Conversación superficial: más que suficiente. Al volver a mirarlo advirtió que faltaba concluir con un sincero cumplido.
    Y por alguna razón no razonada, impulsiva, Angel soltó lo primero que le vino a la cabeza.
    – Creo que la abstinencia te ha dado un cuerpo envidiable.
    Al mismo tiempo que digería sus propias palabras y se estremecía de vergüenza, pudo ver cómo a Cooper le subían los colores, cómo luego se subía a la bicicleta y, por fin, cómo la bicicleta subía el sendero, de regreso a Tranquility House.
    Si aquello no constituía prueba suficiente de que las famosas técnicas habían fallado, la velocidad que Cooper imprimía a su marcha dejaba muy claro que Angel le había inspirado cualquier cosa menos bajar la guardia.
    – Soy una idiota -proclamó en voz alta.
    El pajarillo de la rama graznó en señal de asentimiento, y Angel, tras insultar al pájaro, al creciente dolor de cabeza y, además, a sí misma, echó a andar en la dirección opuesta a la que había tomado Cooper.
    En la cima de la siguiente loma, la vista resultó ser tan espectacular que tuvo que detenerse. Al parecer, el camino que había tomado iba hacia el norte y por eso veía las oscuras y arboladas montañas Santa Lucía a su derecha. A su izquierda, los kilómetros de colinas descendían suavemente hasta la dentada línea de acantilados y el mar. En primer plano, en medio del esplendor natural, había un grupo de construcciones de aspecto mágico.
    Angel se restregó los ojos, convencida de que lo que veía era el producto de la fantasía de algún visionario; no de la suya, desde luego, pues hacía bastante que no veía duendes ni hadas. Dominando la escena, se levantaba una enorme casa de tres plantas con anchos voladizos y basamento de sillería rústica. Estaba pintada de gris pálido, que contrastaba con el brillante azul de la puerta, flanqueada por sendos arbustos repletos de flores rosadas y rojas. Entre la casa y el mar había una torre, también construida con el mismo tipo de piedra trabajada.
    Al abrigo de un pequeño grupo de pinos, Angel vislumbró un trozo de piscina y el tejado de un edificio anejo. Y más lejos aún de la casa, vio una suerte de cabaña de la que tal vez hubieran salido una vez Hansel y Gretel, también gris aunque adornada con tres colores: salmón, amarillo azafrán y azul zafiro.
    Angel, entonces, percibió que estaba aguantando la respiración, como si el mero acto de inhalar pudiera perturbar la hermosa visión, y en aquel momento apareció la minúscula figura de un hombre, que recorrió el trecho entre el lindero del bosque y la entrada de la cabaña.
    En ese punto pudo aceptar que aquello no era una alucinación, pues, pese a la distancia, Angel reconoció a Judd Sterling y supo que era de carne y hueso. Judd llamó a la puerta, que se abrió al instante para dar paso a una mujer de pelo oscuro que llevaba un gato en los brazos; Beth Jones.
    Y eso significaba que el pequeño reino a los pies de Angel había sido de su padre.

5

    Judd se detuvo en la entrada de la casa de Beth, dudando acerca de si seguirla o no hasta la cocina. Desde la muerte de su cuñado, no habían vuelto a desayunar juntos como solían y no porque él no lo deseara. Según el taoísmo, todos planeamos y consideramos atentamente nuestras acciones antes de llevarlas a cabo, y Judd no creyó que Beth estuviera lista para restablecer su rutina hasta aquel mismo día.
    Beth se dio la vuelta y clavó en él sus bonitos ojos marrones.
    – ¿Es que no quieres café?
    Judd se acordó de la desesperación de Angel Buchanan aquella misma mañana durante el desayuno y no pudo reprimir una sonrisa. Sintiéndose un poco culpable por estar a punto de ceder a la tentación de café recién molido, asintió y siguió a Beth hasta la cocina.
    La mujer vestía unos pantalones color turquesa que dejaban al descubierto sus tobillos estilizados y sus pies descalzos. En uno de los tobillos llevaba una pulserita de platino igual que la de su hermana de la que, aunque desde aquella distancia no podía verla, él sabía que colgaba una E con incrustaciones de diamantes que Stephen Whitney les había regalado a ambas las Navidades del año anterior.
    Shaft, el elegante gato negro que Judd le había regalado a Beth, los siguió hasta la cocina entre constantes maullidos y arrumacos contra el tobillo de su dueña como si él también deseara romper aquella cadena.
    – Gato bobalicón. Hace días que no me lo puedo quitar de encima -dijo Beth mientras se inclinaba para acariciarle la cabeza.
    Judd, por el contrario, había optado por mantener las distancias. Estuvo con ella durante un rato en el funeral y en la recepción que tuvo lugar después, pero aparte de aquello, había intentado alejarse de la familia.
    Beth colocó la taza de Judd sobre la mesa y se sentaron frente a frente, separados solo por el periódico de San Francisco que solían leer mientras tomaban café, ritual que habían adoptado desde casi el principio de llegar a Tranquility House, hacía ya cinco años. Judd, un empleado de la familia, logró hacerse con un lugar en sus vidas, y él y Beth conectaron desde el principio.
    No quería que la muerte de Stephen cambiara las cosas.
    Judd miró atentamente a Beth mientras esta le llenaba la taza y después hacía lo mismo con la suya. Se levantó y dejó la cafetera sobre el quemador de la cocina.
    – Te he echado de menos -afirmó entonces la mujer.
    Al intentar levantarse, Judd arrastró la silla, pero enseguida Beth le hizo un gesto para que permaneciera sentado.
    – No, no me hagas caso. Estoy muy confundida, ya lo sé.
    El gato subió de un salto a la encimera y se restregó contra ella. Beth lo cogió en brazos y se volvió hacia Judd mientras cerraba los ojos y acariciaba la cabeza del animal con sus mejillas.
    – ¿Cómo puede haber pasado esto? -susurró.
    Judd meneó la cabeza y se la quedó mirando fijamente, intentando discernir a qué se refería. El rostro de Beth era de una palidez transparente y los pómulos parecían estar a punto de atravesarle la piel. Aunque era evidente que estaba agotada, seguía aparentando diez años menos de los treinta y cuatro que tenía. Judd siempre se había preguntado si su aspecto radiante se debía a la brisa del mar o al influjo que Stephen Whitney ejercía sobre ella.
    Tras unos instantes, suspiró, dejó al gato en el suelo y volvió a sentarse en su silla. Añadió a su café un generoso chorro de leche y le acercó la jarrita a Judd, como hacía siempre.
    Judd no la tocó, también como siempre.
    Beth rió con una forzada carcajada.
    – ¿Por qué haré siempre lo mismo, si ya sé que tú lo tomas solo?
    Judd decidió no mencionar lo que ambos ya sabían: que era Stephen el que lo tomaba con leche.
    Antes de que Judd tuviera tiempo de dar un sorbo a su café, Beth se levantó como impulsada por un resorte.
    – Tengo un millón de cosas que hacer. Y todas anotadas, ¡mira!
    Se acercó rápidamente a la encimera y tomó un montón de papeles que se agitaban en sus manos temblorosas.
    – Supongo que me irá bien mantenerme ocupada, ¿no crees? Lainey dice que Cooper la ayudará con los asuntos de Stephen, de los que se ocuparán cuando Katie vuelva a la escuela. Yo me he ofrecido para encargarme de la exposición, ya que estoy segura de que será muchísimo más complicado cancelarla que organizarla.
    Judd asintió. Cada septiembre Whitney exhibía los cuadros que había pintado durante todo aquel año, pero los lienzos habían sido quemados y sus cenizas lanzadas al mar.
    Beth se quedó mirando los papeles que todavía llevaba en la mano y siguió hablando sin cesar, algo nada propio de ella.
    – Este habría sido el vigésimo año. Sólo cancelamos en una ocasión, cuando se declaró el incendio en las montañas Santa Lucía y tuvimos que ser evacuados. Lainey estaba ocupada con Katie, que tenía solo seis meses y yo… yo no estaba muy bien.
    Se volvió de nuevo hacia la encimera.
    – Pero tú no quieres que te hable de estas cosas. Disculpa, discúlpame un momento. -Soltó los papeles y salió de la cocina.
    Judd oyó cerrarse la puerta del baño y se levantó. Maldita sea, ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Ir tras ella? ¿Marcharme?
    Entonces sintió una ola de calor que achacó a la frustración y que hacía años que no notaba. Apretó los puños y arremetió contra la silla en la que había estado sentado. Le dio una patada que la arrastró un trecho pero que no consiguió calmar sus nervios en lo más mínimo.
    ¡Maldita sea, maldita sea! Estaba perdiendo lo que tanto esfuerzo le había costado conseguir.
    Los desayunos con Beth o, mejor dicho, Beth, se había convertido en uno de los puntales de la vida que había empezado a construir en aquel lugar. Ella era parte del remedio que había sanado su alma, parte del equilibrio que tanto le había costado conseguir. Judd sabía que la muerte del artista podría perturbar aquel equilibrio, pero no estaba dispuesto a permitir que cambiara su relación con Beth.
    Estaba muy satisfecho con la amistad que compartían.
    Entonces oyó el sonido de la puerta que volvía a abrirse. Los pasos de Beth eran generalmente rápidos y ligeros, pero en aquel momento parecía estar arrastrando los pies, como si el dolor o quizá el mismo Stephen intentase retenerla. Aquel ruido le molestaba, no, más bien le enfermaba y se dirigió a la puerta. Tengo que salir de aquí, se dijo angustiado. Cualquier cosa menos enfrentarse a la amargura reflejada en el rostro de la mujer.
    Quizá si tuviese tiempo para reflexionar se sentiría mejor.
    – Judd. Judd, por favor, no te vayas.
    Aquellas palabras consiguieron frenarlo antes de que saliera de la cocina. Se agarró al marco de la puerta y luchó por decidir cómo actuar. Había calculado mal su capacidad de recuperación, eso era todo. Si se marchaba en aquel momento, si volvía otro día, al siguiente, tal vez, quizá podrían recuperar la armonía habitual.
    – Judd, por favor -susurró Beth.
    No podía marcharse, no cuando ella pronunciaba su nombre de aquella forma.
    Se dio la vuelta y la vio mirándolo desde el otro lado de la cocina. Tenía los ojos enrojecidos y las pestañas húmedas. ¡Estaba tan hermosa!
    Haciendo lo mismo que ella, acercó la silla, se sentó y tomó la taza entre las manos. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Consolarla? Se le pasó por la cabeza decirle que los budistas creen que al morir, el alma no desaparece sino que pasa a otro, igual que la llama de una vela puede encender una mecha apagada. O que los hindúes creen que debemos morir para descubrir nuestro Yo Supremo inmortal.
    Según los indios shoshone, el dolor es equiparable a un deslizamiento de tierras por el que el doliente tiene que abrirse camino en solitario, avanzando despacio de piedra en piedra. Después de todo, quizá lo mejor sería no decir nada.
    Al fin y al cabo, hacía cinco años que ya no daba consejos a nadie, y en su interior algo le decía que lo más prudente sería evitar el tema para no estropear lo que había entre ellos.
    El hombre levantó la vista y vio que Beth se estaba enjugando las lágrimas con la mano, temblorosa.
    Aquello lo destrozó.
    Se dirigió a la mesa y tomó el bolígrafo y un trozo de papel en el que escribió la pregunta: «¿Por qué estás tan triste?». Después de tanto tiempo guardando silencio, Judd tenía facilidad para expresarse de forma sucinta.
    – Es que… -estalló Beth, entre lágrimas- no puedo dejar de pensar en el pasado. Oh, Judd, me duele tanto.
    Le dolía.
    Judd respiró profundamente, una y otra vez, intentando reponerse del impacto que las palabras de Beth habían causado en su pobre y buen corazón. Se frotó el pecho recordándose que la primera de las Cuatro Nobles Verdades del budismo hacía referencia a la universalidad del sufrimiento, y que él debería ser capaz de entender y aceptar el dolor que ella sentía.
    Pero le era imposible, porque había otra verdad, quizá no tan noble pero igual de elemental, a la que debía enfrentarse. Respira hondo, lentamente, se dijo, porque vas a tener que entender y aceptar todo esto.
    Estaba claro que no había forma de negarlo ni de escapar de la situación. Judd era seguidor del wu-wei, principio fundamental del taoísmo según el cual debemos dejar que la naturaleza siga su curso.
    Y entonces se dio cuenta de que ese curso lo había llevado hasta allí. Hasta Beth. A darse cuenta de que estaba enamorado de ella y de que ya nada volvería a ser lo mismo.

    Ya había anochecido cuando Angel jugueteaba enredando el cordón del teléfono entre los dedos.
    – Sí, me han quitado el portátil, el móvil, todo, vaya.
    Al otro lado de la línea, Cara, su ayudante, no se podía creer lo que Angel le contaba.
    – No te preocupes, sobreviviré -añadió en voz baja. Sobre todo ahora que había descubierto que en aquella habitación abandonada de la que colgaba el cartel de Enfermería había un bonito teléfono prehistórico. Tampoco se sentía demasiado culpable por hacer desde allí una llamada nacional pues, en primer lugar, la había cargado a su tarjeta de crédito y, en segundo lugar, aquello podría considerarse una urgencia médica. Si seguía inoculándose dosis de realidad sería capaz de mantener la cordura.
    – Escucha, Cara, no tengo mucho tiempo. He estado revisando los informes que me has hecho llegar pero necesito algo más. Tienes que mandarme un paquete. No, por ahora no se trata de información. -Angel bajó aún más la voz y susurró-: Quiero un bote de café soluble, ¿de acuerdo?
    Cara le pidió que hablara más alto.
    – Café. Café soluble -repitió en tono algo más elevado.
    Entonces oyó un ruido en el pasillo que le hizo estremecerse. Calló y escuchó atentamente. Tras unos segundos de silencio total, se atrevió a continuar.
    De espaldas a la puerta, Angel se encogió junto al teléfono, cubrió medio auricular con la mano y siguió:
    – Cara, el número que lleva el artículo sobre Paul Roth sale hoy a la calle. Quiero que llames a la señora Marshall. Ya sabes, para ver cómo está.
    Cara emitió algunos gruñidos de queja.
    – Escucha -repuso Angel en tono severo-. Este no es un trabajo fácil. Si quieres ser periodista, una buena periodista, tienes que hacer las preguntas más difíciles y escribir la verdad, por dura que sea.
    Cara repuso con cierta acritud que se le olvidaba mencionar que también hay que pedirle a tu ayudante que haga las llamadas comprometidas.
    Aquella chica era más listilla de lo que parecía.
    Angel abandonó su habitual tono amable y le dijo:
    – Mira, plantéatelo así. Estás aprendiendo de la forma más fácil a no entregar tu corazón o depositar tu confianza en un hombre. Eso tiene un valor enorme y compensa todas las llamadas violentas que tengas que llegar a hacer.
    De repente, Angel sintió un picor en la nuca, donde llevaba anudada la cinta que le recogía la melena. Colgó el auricular de un golpe y se volvió como una exhalación. Vaya por Dios. Allí estaba Katie Whitney.
    Angel se aclaró la garganta mientras pensaba qué decirle a aquella niña.
    – Vaya, hola. ¿Qué tal todo?
    La última vez que hablaron Angel se había dedicado a hacer comentarios poco reverentes sobre vejestorios y niños cantores que le parecían niñas. Fue también entonces cuando descubrió que compartían el mismo padre.
    Intentando no pensar en ello, Angel le tendió una mano, con la esperanza de que Katie no fuera una devota de las normas de Tranquility House.
    – Ayer no me presenté. Me llamo Angel Buchanan.
    La muchacha le correspondió con un breve apretón.
    – Encantada. -Dudó unos instantes y añadió-: ¿Te… te encuentras mal?
    Angel hizo un gesto de sorpresa.
    – ¿Si me encuentro mal? No. -Entonces recordó que estaban en la enfermería-. Estaba… solo estaba… -Suspiró-. Verás, soy periodista y necesitaba hablar con mi ayudante.
    Katie asintió.
    – Mi madre me ha dicho que vas a escribir un artículo sobre mi padre.
    – Eso es -repuso Angel, intentando hacer oídos sordos al «mi padre» y centrándose en el hecho de que el comentario era excelente para abordar el tema de forma natural. Podría aprovechar y preguntarle qué clase de padre había sido Stephen Whitney. Una pregunta informal.
    Y no había ninguna razón lógica por la que se debiera evitar el tema, más aún cuando Lainey Whitney había prácticamente garantizado la colaboración de la familia. Y además, ¿qué haría Woodward?
    La vieja pregunta hizo que Angel se decidiera.
    – Verás, Katie, si no te importa, me gustaría hablar contigo sobre… sobre tu padre.
    La niña se puso tensa.
    – Si te incomoda, lo dejamos -dijo sintiéndose algo culpable. Pero acto seguido añadió-: Aunque tu opinión sería de gran ayuda para mí. Para mi artículo, vaya.
    Katie meneó la cabeza y abrió los ojos como platos.
    Muy bien, había conseguido asustarla.
    – Katie, yo…
    Antes de que pudiera decir algo más, la niña la agarró por el brazo y la condujo precipitadamente hacia el exterior.
    – Oye…
    Katie le puso un dedo sobre los labios para que guardara silencio y tiró de ella en dirección al bosque. Mientras se alejaban, Angel volvió la cabeza y a través de la ventana de la enfermería vio a Judd y a Cooper entrando en la habitación.
    Vaya, por los pelos, pensó. Menos mal, sobre todo porque Angel todavía sentía mucha vergüenza por lo que le había soltado a Cooper aquella misma mañana.
    Katie no se detuvo hasta que se encontraron a una distancia prudencial de las cabañas que formaban Tranquility House. Entonces le soltó el brazo.
    – Lo siento -se disculpó-. Creí oír a alguien y Judd se toma lo del silencio muy en serio.
    – ¿Es que puede haber peor castigo que el té de milenrama? -murmuró Angel con cara de asco. Habían vuelto a servir aquel brebaje en la comida del mediodía.
    Katie miró a su alrededor.
    – Si quieres que hablemos deberíamos alejarnos aún más. Todavía estamos cerca del camino que lleva a los baños termales.
    – ¿Baños termales?
    Katie le hizo un gesto de guardar silencio y retomó la marcha. La niña tenía las piernas más largas que ella y Angel tuvo que acelerar el paso para seguirle el ritmo. Pronto, el susurro se convirtió en un rugido y el aroma de los árboles que flotaba en el ambiente se volvió algo más salado. Llegaron a un claro y avanzaron hasta el peñasco con vistas al océano. Cientos de metros más abajo las olas batían y se arremolinaban creando una densa capa de espuma en la base del acantilado.
    – ¡Qué maravilla! -exclamó Angel, mirando a su alrededor.
    La belleza del lugar era sobrecogedora.
    – Mi tío Cooper dice que cuando le busque, seguro que lo encontraré aquí.
    Katie se sentó en una roca lisa y larga. La brisa del anochecer le soltó la coleta e hizo ondear su melena como si de una bandera se tratase.
    Angel se dejó caer a su lado, atónita por la exuberante belleza del lugar. Sus ojos recorrieron los acantilados, el añil del cielo y las montañas boscosas que habían dejado tras de sí y que desde allí parecían cubiertas por un ejército de hombres musculosos, de pie unos junto a otros. Volvió la vista al océano y la fijó en las enormes rocas contra las que chocaba.
    Por el trabajo de investigación de Cara, Angel sabía que los exploradores españoles no se atrevieron a atracar sus barcos en aquella costa traicionera sino que siguieron su camino hacia Monterrey, más al norte, y bautizaron aquella zona inaccesible con el nombre de Gran Sur. Aunque, al final, los españoles llegaron y descubrieron a los indios y a los osos pardos que habitaban el lugar -y diezmaron la población de unos y otros-, siempre sintieron un pavor supersticioso por aquella zona cuyo nombre se convirtió más adelante en el híbrido Big Sur.
    – Me hace sentirme insignificante -murmuró Angel.
    Katie la miró.
    – Has dicho que querías preguntarme algo, ¿no?
    Pregúntaselo. Haz el favor de preguntarle acerca de Stephen Whitney.
    – Yo… -Mientras intentaba formular la pregunta, sintió como si el viento le abofeteara las mejillas-. Esto… yo…
    Angel no conseguía articular nada coherente. Miró a la niña y supo que si intentaba sonsacarle información cuando hacía solo un día que habían enterrado a su padre se sentiría no solo insignificante sino mal. Katie seguía mirándola con interés, así que Angel se decidió a preguntar algo.
    – ¿Baños termales? ¿Has mencionado algo sobre baños termales?
    Horas más tarde, metida ya en la cama y anhelando las maravillas de los hoteles de lujo y una masajista sueca de nombre Inge, Angel recordó la conversación con Katie. Un poco de hidroterapia le iría de maravilla para deshacer los nudos que tenía en la espalda, la tensión en las piernas y para librarse, ya de paso, de la imagen de Cooper Jones y su extraordinario cuerpo. Podría sumergirse en el agua caliente e imaginar que la acariciaban las enormes y cálidas manos de Inge, la sueca.
    Katie le dijo que los baños consistían en tres albercas con vistas al mar, siempre llenas del agua que brotaba de un manantial. La zona permanecía abierta veinticuatro horas al día y el camino que llevaba hasta allí estaba iluminado durante toda la noche.
    Angel se sintió decidida, tratando de no hacer caso a los nervios que sentía y recordándose una y otra vez que el exhaustivo trabajo de investigación de Cara demostraba que en los bosques de Big Sur ya no había osos pardos.

    Cooper apoyó la nuca contra el borde de la alberca de secuoya. Había bajado la intensidad de las luces más cercanas y había decidido sumergirse en el rincón más oscuro de la tercera de las albercas. El agua que brotaba del manantial era caliente, pero añadió la suficiente cantidad de fría para mantenerla a una temperatura que le permitiera permanecer en ella un largo rato.
    Aquella noche era de las que requerían un baño prolongado.
    Como era habitual en él, le costaba conciliar el sueño. Cuando vivía en la ciudad los días se le hacían extremadamente cortos. Acelerado por la cafeína, nicotina y cualquiera que fuera el caso que estuviera llevando, solía pasar noches en vela preparando peticiones o cavilando cómo enfrentarse al juez y al jurado al día siguiente. Y si no lo mantenía despierto el trabajo, lo hacía la diversión.
    Tuvo que llegar a Tranquility House para darse cuenta de lo largas que podían resultar veinticuatro horas: 1.440 minutos, 86.400 segundos.
    Aunque cabría pensar que un hombre en su situación disfrutaría del lujo de poder gozar de la lentitud del tiempo, había momentos en los que Cooper sentía que se iba a morir de aburrimiento.
    Intentando relajarse, cerró los ojos y trató de poner la mente en blanco. Cuando oyó que alguien se acercaba cantando creyó que era un sueño.
    Sin embargo, cuando aquella versión desafinada del «I am a woman» de Helen Reddy se hizo del todo clara, Cooper supo que no podía ser producto de su inconsciente. Abrió los ojos y distinguió la silueta de Angel Buchanan que entraba bailoteando.
    Maldita sea.
    Angel creía que estaba sola, no cabía duda. Sin fijarse en el rincón que quedaba a oscuras, continuó haciendo gorgoritos y llevando el ritmo con el cuerpo. Cooper optó por sumergirse un poco más y permanecer oculto entre el vapor y las sombras hasta que aquella mujer se marchara.
    Al igual que ella, había ido hasta allí con la esperanza de estar a solas.
    Angel se quitó el albornoz y lo lanzó sobre uno de los bancos. Menos mal, pensó Cooper. A diferencia de él, Angel llevaba puesto el traje de baño.
    La observó mientras se dirigía hasta la primera de las albercas; la tenue luz resaltaba el rubio de su melena y la blancura de sus pantorrillas desnudas. Seguía canturreando cuando, nada más entrar en contacto con la superficie del agua, soltó un chillido.
    – ¡Dios! Demasiado caliente.
    La siguiente alberca estaba más cerca de la ocupada por Cooper, pero Angel no lo vio y se dirigió a ella entre nuevos gorgoritos. Otro chillido.
    Dio un respingo y empezó a frotarse la pierna, casi lívida. Si Cooper hubiera dejado más luces encendidas, Angel habría podido leer el cartel que anunciaba el nombre de aquella bañera: «Zambullida Polar».
    – Demasiado fría -susurró.
    Aunque la vio acercarse, Cooper no tuvo tiempo de pedirle que se marchara, ni siquiera de avisarla de su presencia. Poseída por el espíritu de Helen Reddy, repitió el estribillo de la canción y entró con decisión en el agua.
    A unos dos metros de ella, Cooper recibió en la barbilla las olas formadas por su delicada inmersión. Sin tener muy claro qué hacer, se la quedó mirando mientras acomodaba su trasero en el banco de madera y cerraba los ojos.
    – Perfecto -dijo. Y suspiró.
    A los pocos segundos, Cooper también suspiró.
    – Siento comunicarte, Ricitos de Oro, que Papá Oso ya está en casa.
    Al parecer, Angel guardaba sus chillidos para enfrentarse a temperaturas extremas. A Cooper le pareció notar que el susto la había dejado sin aliento durante unos segundos tras los cuales volvió a suspirar y a abrir los ojos.
    – Eres tú -dijo con aire de resignación.
    – En carne y hueso -repuso, asegurándose de que la oscuridad impedía vislumbrar su desnudez.
    Sin embargo, la oscuridad no fue suficiente para ocultar la cara de decepción de la mujer. Era evidente que le molestaba su presencia y que además le daba un poco de vergüenza. Entonces Angel se incorporó y Cooper percibió un orgulloso brillo en su mirada.
    ¿Y qué si le había dedicado un cumplido por la mañana?, interpretó que estaba pensando. ¿Y qué que él hubiera salido corriendo como si la muerte le estuviera pisando los talones? Angel hundió por un momento la cabeza en el agua, y al sacarla la melena se quedó flotando sobre sus hombros con un único mechón serpenteante enganchado al pecho.
    Aunque estaba seguro de que aquello no haría más que agravar su insomnio, Cooper no podía apartar los ojos de las sinuosas curvas de aquel mechón de pelo. Se dijo que era normal, sobre todo teniendo en cuenta que hacía mucho, mucho tiempo que no estaba tan cerca de algo tan tentador.
    Además, tampoco podía levantarse e irse, pues recordó que estaba desnudo. Así pues, decidió darse el gusto de quedarse observando las curvas que dibujaba aquel tirabuzón húmedo que se abría camino sobre el fondo pálido de su cuello hasta llegar a las modestas protuberancias que asomaban del escote de su bañador.
    Estaba sometiéndola a un análisis bastante aséptico, se dijo. No era más que la observación de la bonita elevación de unos bonitos pechos de mujer. No era ofensivo, en absoluto, sobre todo porque la oscuridad impedía que ella adivinara la dirección de su mirada.
    Aunque podía ser que lo intuyera porque mientras él observaba, ella se alejó con rapidez. Cooper cerró los ojos durante unos instantes y se ordenó mirar en otra dirección. Pero no fue capaz.
    Volvió a mirar a Angel y notó que estaba inquieta. La mujer se sentó y estiró la espalda, dejando así al descubierto los pechos de los que Cooper no podía apartar los ojos. Al entrar en contacto con el aire fresco, sus pezones reaccionaron de inmediato; pequeños y duros, parecían estar a punto de atravesar la tela del bañador.
    Madre mía, pensó, mientras notaba que le empezaba a bullir la sangre. El corazón comenzó a latirle con fuerza y con dificultad, seguro, pues tenía la impresión de estar acumulando toda la sangre en la entrepierna. Incluso en aquel estado no pudo alejar la vista de Angel. La mujer arqueó la espalda un poco más y el agua que topó contra sus endurecidos pezones llegó después hasta él.
    La onda expansiva le acarició la barbilla. Cooper se estremeció y solo entonces apartó su mirada de ella.
    – Uno de los dos debería marcharse -espetó.
    Y estaba claro que no iba a ser él, pues además de estar desnudo, tenía una erección más que notable. Sabía que era probable que Angel estuviera pensando que era un poco rudo, pero bueno, seguro que tampoco le había gustado demasiado que por la mañana se hubiera dado a la fuga.
    Se hizo un silencio incómodo que Angel rompió con unas palabras tan gélidas que bien podrían haber enfriado el agua varios grados.
    – Muy bien, pues adiós.
    Cooper no cometió el error de volver a mirarla, pero supuso que Angel estaba sentada en el banco de la alberca.
    Le rechinaron los dientes mientras pensaba en la manera de salir de allí sin que ella lo viera, ni a él ni a su erección. Volvieron a quedarse en silencio hasta que Cooper comenzó:
    – Escucha, Angel…
    – No, no, espera. Escúchame tú a mí -lo interrumpió haciendo un gesto con la mano indicando que no quería oír su perorata. El hielo de su voz se había derretido-. Llevo todo el día pensando en ello y… quiero pedirte disculpas.
    – ¿Disculpas? ¿Por qué?
    – Por lo de esta mañana. -Echó los hombros hacia atrás y carraspeó-. Por lo que te dije. Créeme, no pretendía hacerte sentirte incómodo.
    – Pero…
    – Deja que termine, por favor. -Movió de nuevo la mano y levantó unas cuantas gotas que salpicaron a Cooper-. No se me da bien andarme por las ramas, así que te lo voy a soltar tal y como es, ¿de acuerdo?
    – De acuerdo.
    – Creo que los dos sabemos que por alguna extraña razón yo me siento atraída por ti.
    Cooper decidió pasar por alto lo de «extraña razón» y la instó a continuar.
    – ¿Y bien?
    – Y eso no justifica mi actitud de esta mañana. Debería haber pensado que te podía molestar. Así que me disculpo y te aseguro, te doy mi palabra de que, incluso en el caso de que la atracción sea mutua, yo no moveré un dedo.
    Cooper se la quedó mirando fijamente. «¿Incluso en el caso de que sea mutua?» ¿Acaso no se había dado cuenta de que si él había salido corriendo por la mañana se debía a que también sentía atracción por ella? ¿De verdad pensaba que le había «molestado»?
    Por el amor de Dios, Angel no se andaba por las ramas, cierto, pero tampoco era demasiado espabilada a la hora de interpretar las señales.
    – Yo… -comenzó, pero se tragó las palabras que lo habrían aclarado todo-. Yo… -repitió mientras se frotaba la barbilla. Sí, mejor no decir nada. De esa forma podría mantenerla apartada de él-. Acepto tus disculpas y admito que me siento mucho mejor ahora que hemos aclarado la situación.
    – ¿De veras? -Angel relajó los hombros y se acercó a él-. ¿Todo aclarado?
    – Por supuesto. Todo bien -mintió, porque ahora que la volvía a tener cerca y a oler su pelo y su sofisticado perfume no se podía decir que todo estuviera bien ni por asomo.
    Desafortunadamente, en aquel momento se sintió más joven, cuando todavía era lo suficientemente imbécil como para creerse invulnerable.
    – Pues fantástico -repuso Angel.
    – Fantástico -repitió él, mientras apoyaba la cabeza en el borde de la alberca y cerraba los ojos intentando relajarse.
    Sin embargo, el silencio resultaba tan violento y tenso como lo había sido antes. Aquella chica tenía que ser obtusa para no darse cuenta de que el aire olía a sexo y de que estaba cada vez más viciado.
    Cooper abrió los ojos y la miró. Había cambiado de postura y su rostro quedaba parcialmente a oscuras, pero tenía la boca iluminada y pudo ver cómo sacaba la lengua para humedecerse el labio inferior.
    La segunda vez que lo hizo, la segunda vez que su lengua recorrió de un lado a otro el carnoso labio inferior, a Cooper se le secó la boca.
    – Fantástico -murmuró Angel.
    A Cooper le pareció gracioso el tono contrariado en que pronunció aquella palabra, pero no reaccionó. Estaba absorto en el brillo de sus labios, lamidos una vez más, y solo era capaz de sentir la suave corriente de calor que volvía a alojarse en su entrepierna.
    No se oía más que la respiración de ambos y parecía como si la tensión en el ambiente los estuviera acorralando. Nada de noche abierta a la luz de las estrellas; la atmósfera allí y en aquel momento era de íntima oscuridad. Y en su interior Cooper y Angel, a solas. Cooper cerró los ojos y se concentró en la respiración de la mujer, en la densa nube que formaba su embriagador perfume.
    Inhaló profundamente, sintió que su pulso se disparaba y se preguntó si era posible que Angel no notara la corriente sexual que fluía entre ambos.
    – Quizá tuvieras razón -dijo entonces Angel-. Quizá uno de nosotros debería marcharse.
    – Sí.
    Pero… no. Ya casi se había olvidado de lo agradable que todo aquello resultaba, del suave incremento de la turgencia, de la urgencia.
    – Pero… yo no creía, no sabía que…
    – No quería que te fueras -murmuró Cooper, deseando haber sido capaz de decirlo antes.
    Un año atrás habría disfrutado de los preliminares, del camino que mediaba entre la atracción, su aceptación y la consiguiente excitación. Si aquello hubiese estado ocurriendo el año pasado, en aquel momento él se le acercaría, lamería su boca y le acariciaría los pezones. La besaría, la tocaría, la llevaría a la cama y al día siguiente se levantaría con una sonrisa en los labios.
    Sin embargo, aquella noche dormiría solo.
    Cooper se sentía tan desgraciado que se acercó un poco. Solo una caricia, se dijo, solo una. El rumor del agua puso a Angel sobre aviso.
    Cuando la mano de Cooper estaba ya muy cerca, Angel lo agarró por la muñeca y lo detuvo.
    – Oye, oye, oye. Pero ¿qué está pasando aquí?
    Cooper rió, aunque todavía dominado por la imperiosa necesidad de acariciarla.
    – No eres tan inocente, ¿no?
    Angel lo asió con fuerza.
    – A los seis años ya era una cínica.
    – Entonces ya te habrás imaginado que yo también creo que tienes un cuerpo impresionante. -Qué diablos, si había llegado hasta allí ¿por qué no decirlo todo?-. Tienes que haberte dado cuenta de que la atracción no es solo por tu parte, Angel.
    Cooper notó que la mujer contenía la respiración.
    – Entonces tenemos un problema.
    – No veo por qué. -Decidió que ya no iba a darle más vueltas, que lo único que quería era algo de contacto: su piel sedosa contra la de él, aquellos labios, suaves y húmedos, contra los suyos. Solo un beso-. Tienes el suficiente autocontrol, ¿no es así?
    – Por supuesto que tengo autocontrol -espetó-. Lo que no se puede decir de ti, por lo que veo.
    – Vamos, cariño, tengo razones de sobra para no dejar que esto llegue demasiado lejos.
    – Las mías son mejores. -Le soltó la muñeca y en el mismo movimiento se alejó de él-. Enrollarme con el protagonista de mi artículo va en contra de mi ética profesional.
    – Tu protagonista es Stephen Whitney. -Cooper se puso de pie y se acercó a ella-. No yo.
    Angel sacó una mano del agua y la apoyó contra su pecho para detener el avance.
    – Stephen Whitney y tú. Son dos artículos. Ahora que sé quién eres también quiero escribir uno sobre C. J. Jones.
    Cuando oyó su nombre y observó la determinación en el rostro de Angel, Cooper pareció entenderlo todo.
    La excitación desapareció. El deseo se esfumó. Solo quedaba el arrepentimiento y la sensación de fatalidad a la que tanto le estaba costando acostumbrarse.
    – No puedes escribir un artículo sobre C. J. Jones -dijo con pesar mientras salía por primera vez a la zona iluminada.
    – Vamos -repuso Angel. Aquel tono persuasivo, junto con su belleza y aspecto inocente debían funcionar sin excepción con cualquiera-. C. J. Jones es noticia…
    En aquel momento Angel dirigió la mirada a su pecho. Ahora se ha fijado, pensó Cooper. Los más de veinte centímetros de cicatriz que le dividía el tórax estaban amoratados y parecían recientes. Angel se quedó boquiabierta.
    Su evidente sorpresa hizo que Cooper se apresuraran salir de la alberca, sin importarle que lo viera desnudo. En realidad, ya había visto lo peor. Sin decir palabra se ató la toalla a la cintura y se dirigió a la puerta. Antes de salir, dio media vuelta y observó que ella lo seguía mirando, con la expresión de asombro todavía reflejada en el rostro.
    – Verás, Angel. No puedes escribir un artículo sobre él porque… -Dudó unos instantes y finalmente decidió que no tenía sentido intentar suavizarlo-. Porque C. J. Jones está muerto.

6

    A la mañana siguiente, Cooper se encontraba ante el bufet del desayuno, en el edificio comunitario, cuando entró por la puerta un torbellino dorado y embravecido. Quienes estaban allí miraron y sus respiraciones sonaron en el acostumbrado silencio. El torbellino, en realidad dotado de un par de piernas, se dirigió hacia Cooper a paso lento y sus botas verde chillón retumbaron al pisar las baldosas de terracota. Por precaución, el hombre colocó a un lado sus copos de avena y se cruzó de brazos para observar cómo la mujer, decidida, se le acercaba.
    Obviamente, Angel -el torbellino recién llegado- se había repuesto ya de la sorpresa de la noche anterior. Él lo había supuesto y también que la periodista vendría en busca de respuestas. Lo que ya no adivinaba era si la mujer aceptaría la operación de bypass coronario como excusa que justificase el modo en que él le había dado la información, así como su manera de reaccionar ante ella, primero con frialdad y a continuación con calor, sin seguir ninguna lógica.
    Angel se detuvo, temblorosa, a escasos centímetros del pecho de Cooper con la aniñada mirada oculta tras un mechón de pelo rebelde, y él comprendió que venía con ganas de discutir.
    Cuando hizo ademán de hablar, Cooper le señaló el rótulo que exigía silencio y, aunque ella entendiera, su voz seguía intentando abrirse paso. Además, Cooper estaba seguro de que aquella pequeña cafetera podía explotar y causar el estruendo consiguiente.
    Con la intención de salvaguardar los tímpanos de los presentes, no dudó en poner una libreta y un bolígrafo de los que estaban repartidos por el comedor, en las manos de Angel, que por lo visto parecía dispuesta a estrangularlo.
    Pese a que ella se dispusiera a escribir, él estimó oportuno continuar tapándole la boca pues, con el humor que traía, sus mordiscos seguramente serían peores que sus bufidos.
    Una vez liberada de la mano que la había amordazado, Angel no emitió sonido alguno y se limitó a garrapatear algo en la libreta. Mientras tanto, Cooper esperaba preparándose para ser despellejado vivo. Tenía que admitir que no lo había hecho demasiado bien con ella. El sexo había estado tanto tiempo ausente en su vida que su inesperada aparición lo había sacado de sus casillas.
    «¡Raaas!» El desagradable sonido de la hoja arrancada hizo que se sobresaltara. Angel le puso en la mano el papel y él, volviendo a cruzarse de brazos, le dio la vuelta para leerlo.
    La caligrafía era apasionada, al igual que la redacción.
    Mi secador. ¡Te lo ruego!
    Atónito, siguió mirando el papel un instante más y después observó a Angel, que sacudió la maraña de rizos para descubrirse los ojos. Su mirada no era de enfado ni tampoco de precaución.
    Angel insistió:
    ¡Te lo ruego!
    Ante la desesperación del rostro que estaba mirando, Cooper tuvo que sofocar una carcajada.
    ¿De qué había servido tener tanto miedo? Se había pasado la noche con la oreja enterrada en la almohada y sin dormir, tratando de calmar su pulso cardíaco y repasando las razones por las que debía mantenerse apartado de Angel y prometiéndose una vez más que no le permitiría hacer el reportaje y que se desharía de su presencia.
    Claro que viéndola en aquel momento, con aquel aspecto desarreglado y la mirada desorbitada, y teniendo en cuenta que llevaba ya dos días sin tomar café, decidió que estaba… tratable.
    Demonios, ¿por qué no admitirlo? También estaba encantadora.
    Tras tomar una taza y llenarla con agua caliente de un termo, Cooper llevó de la mano a la reportera hacia el exterior del edificio. Ella iba trastabillando a sus espaldas, procurando preservar un delicioso silencio que duró hasta que ambos traspasaron la puerta de salida.
    – ¿Y mi secador?
    – ¡Chisss!
    Cooper había visto con el rabillo del ojo a una de las clientas habituales, que se aproximaba a ellos marcando el paso con su bastón de madera. La señora Withers era capaz de repartir bastonazos a diestro y siniestro si alguien interrumpía la tranquilidad del lugar.
    Cuando la vieja dama hubo pasado, y tras intercambiar un gesto de complicidad, ambos se dispusieron con Cooper a la cabeza a doblar la esquina de la cabaña más próxima, y luego enfilaron hacia la de él.
    – El secador, imposible -le susurró Cooper-, pero no el café. Puedo conseguirte café.
    Angel le apretó la mano.
    – Café -repitió con el mismo tono que los monjes benedictinos utilizan para recitar sus oraciones-, café de verdad.
    Cooper no podía prometer tanto, pero al menos sí lo suficiente para mantenerla callada hasta tenerla en el interior de su cabaña. El breve registro de un aparador dio como resultado un pequeño bote de cristal que contenía un sucedáneo de lo prometido; café instantáneo. Cooper echó en la taza unas cuantas cucharadas y el agua se tiñó de un marrón terroso.
    – Aquí tienes -le ofreció.
    Angel se apartó los rizos con una mano y con la otra se llevó la taza a los labios, de cuyo contenido apenas si quedó el poso. Luego miró en derredor, como quien acabara de despertarse.
    – ¿Qué día es hoy?
    – Martes -repuso Cooper con una mueca.
    Claro que estaba encantadora, vaya que sí, con sus ojos azules e infantiles que empezaban a iluminarse y sus cabellos agitándose, medio electrizados. Si alguien iba a escribir un reportaje sobre Stephen -y en circunstancias de las que Cooper solo podía esperar una buena publicidad-, la mejor para el encargo era Angel.
    – ¿Martes? -dudó ella.
    Él se le acercó en busca de la taza.
    – Permíteme que me lleve esto.
    Después, la condujo al confidente situado en la esquina de la habitación frontal, junto a la ventana. Había concebido un plan para poner las cosas bajo su control.
    Angel obedeció y el cojín del asiento, de generoso relleno y forrado de dril de algodón, por poco se la traga.
    – Así que martes, o sea que anoche…
    Sí, la criatura se estaba despertando.
    – Anoche -repitió Angel.
    El tono siniestro con el que lo había dicho provocó que Cooper adivinase que estaba recordando lo ocurrido la noche anterior, cuando él le había dejado caer que la atracción venía solo de su lado y había permitido que ella se disculpase por ello.
    Cooper se sentó junto a ella, en un sofá.
    – Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en sacar el tema.
    Ella seguía mirándolo, con los ojos muy abiertos.
    – Yo… Tú… -balbuceó, alzando una mano-. Tú… Yo… -La mano descendió.
    – Sí. -Fuera lo que fuese lo que acababa de admitir, lo cierto fue que al parecer la satisfizo, pues no añadió nada a su sencilla afirmación. Con la esperanza de haber dejado el asunto atrás, Cooper continuó hablando-: Me gustaría decirte algo. -Hizo una pausa para darle la oportunidad de arremeter contra él; como la mujer se limitó a enarcar las cejas, siguió con su anuncio-. Tengo una propuesta que hacerte.
    Con la expectación presente en el rostro, Angel se repantigó en la butaca y se cruzó de brazos.
    – ¿Una proposición? -Su voz sonó detectivesca-. ¿Qué clase de proposición?
    – Eres muy desconfiada.
    – Soy muy lista -replicó.
    – Lo que tú digas -concluyó Cooper con un encogimiento de hombros-. Lo que te ofrezco es lo siguiente: la cooperación de mi familia y el círculo de amistades, me refiero a la cooperación absoluta, para tu reportaje sobre Stephen.
    – Gracias, pero ya no me hace falta. Tu hermana…
    – Cambiará de opinión si yo se lo pido; supongo que te imaginarás por qué le interesa tenerme contento.
    Angel cruzó las piernas y torció los labios en un claro síntoma de que estaba considerando la propuesta desde todos los ángulos.
    Cooper sabía que su plan era perfecto. Con el café y el secador de pelo como moneda de cambio, que ella hiciera el reportaje era menos arriesgado que acoger a un periodista desconocido. Mejor bueno conocido (una pluma dedicada a escribir artículos sobre filántropos y deportes marginales) que bueno por conocer (otra que tal vez acabara haciéndolos trizas).
    La alada Angel, oh sí, antes que cualquier otro con cuernos y rabo.
    Ajena a sus maquinaciones, ella continuaba mirándolo.
    – Y a cambio de toda esa cooperación, ¿qué es exactamente lo que debo hacer yo?
    Chica lista. Le había llevado menos de diez segundos descubrir el gato encerrado.
    – A cambio -indicó Cooper-, tú me ofreces a mí no escribir sobre C. J. Jones.
    Decidida a no precipitarse, Angel dejó pasar un momento sin decir nada.
    – Dijiste que había muerto -le recordó, con la mirada baja.
    – Gracias a los milagros de la ciencia, pude salvarme dos veces -respondió Cooper.
    Las pestañas de Angel ascendieron y él pudo admirar el tono celeste de sus ojos.
    – Pero hay mucho más que eso.
    – Claro, ya viste la cicatriz -repuso él al tiempo que estiraba las piernas con la pretensión de aparentar una indiferencia que no sentía-. Sufrí un infarto de miocardio agudo.
    – Un ataque al corazón.
    – Justamente. -Pero «ataque» no servía para describir los largos minutos durante los cuales el dolor le había estado aplastando el pecho como si fuera un todo terreno de dos toneladas, y aguijoneándole el brazo como un cuchillo de carnicero. Recordarlo le hizo llevarse una mano a la frente, que tanto había sudado entonces-. Y luego me intervinieron para implantarme un bypass coronario.
    – Pero dijiste que te habían salvado dos veces.
    – No me acuerdo del segundo infarto; ocurrió mientras me operaban en el quirófano.
    – ¿Y desde entonces?
    – Desde entonces me he recuperado -contestó él-; dejé de fumar, empecé a comer bien, hago mucho ejercicio y procuro evitar los nervios. -Y también esperaba morirse.
    – Cooper, con eso tendríamos un fantástico reportaje… -empezó a decir Angel, pero su intento por engatusarlo perdió fuelle y, ante el gesto de rechazo de Cooper, desapareció del todo.
    – O bien te dedicas a Stephen en exclusiva -la previno- o bien a mí.
    Ella se puso de pie y empezó a dar cortos paseos al lado de la ventana.
    – No me gusta -murmuraba-, es que no me gusta.
    Él también se levantó, agarró una mano de Angel y le hizo detenerse.
    – Prefiero que mi salud siga siendo un asunto privado.
    Angel alzó la cabeza; tenía las mejillas encendidas.
    – Haces que mi trabajo parezca solo cotilleo. -Cooper la miró y ella retiró la mano de la suya-. ¿Qué te parecería si te digo que vosotros, los abogados, sois todos unos picapleitos de medio pelo?
    Cooper se encogió de hombros.
    – No pienso disculparme por buscar la justicia.
    – ¡Ni tampoco yo por buscar la verdad!
    El apasionamiento de Angel era tal que Cooper tuvo que reírse.
    – Menudo par de idealistas. -Adoptó luego un tono más severo-. En serio, Angel, ¿a quién le interesa enterarse de mis ataques al corazón y del bypass?
    La aludida desvió la mirada.
    – ¿A quién? -insistió.
    – Dicho así, a nadie -admitió ella, al fin-. Yo lo enfocaría de otra manera: C. J. Jones libra fuera de los tribunales su batalla más importante.
    – No.
    De ningún modo. Tanto C. J. Jones como Cooper adoraban ganar, y él había planeado salir victorioso, al menos a ojos del público.
    – Está bien -concedió ella tras escudriñar su expresión-. Con una condición.
    – Lo del secador no puede ser -afirmó Cooper, en sus trece-. Y tampoco puedo prometerte que el café vaya a ser mejor.
    Angel meneó la cabeza y Cooper se maravilló de que sus rizos, de pronto alzados por el movimiento, se quedaran gravitando en el aire.
    – No me refiero a eso. Lo que pretendo es que reconsideres lo del reportaje una vez estés de vuelta en San Francisco.
    – ¿Cómo? -Cooper dejó de atender a sus disipadas distracciones y se concentró en el rostro de su interlocutora-. ¿De qué hablas?
    – Cuando vuelvas a tu gabinete, DiGiovanni & Jones, quiero que me permitas entrevistarte.
    – Cuando vuelva al trabajo, en el gabinete.
    – Tú, piénsatelo, ¿vale? -lo instó, asintiendo-. Las historias como la tuya son las que inspiran a la gente, ya sabes.
    A Cooper le entraron ganas de reír.
    – ¿Un hombre que empeña su vida en trabajar y fumar y que con ello se gana un prematuro ataque al corazón? ¿Qué puede inspirar eso? Quizá deberíamos añadir que, puesto que mi padre corrió la misma suerte, yo debería haber tenido más cuidado.
    – Dime que lo vas a considerar -insistió ella haciendo caso omiso de su protesta.
    Cooper suspiró. De todas maneras, jamás se reincorporaría al gabinete, así que decidió que aceptar el trato era la opción más sencilla.
    – Tú ganas.
    Tras un momento de titubeo, Angel le tendió una mano.
    – Entonces tenemos un trato.
    La mano que estrechó Cooper era pequeña y cálida, y la retuvo durante un segundo. Dos segundos. Demasiado tiempo. Porque en ese momento sintió el inexplicable anhelo de seguir tocándola, tocarla mucho más. Se encontró sucumbiendo ante el hambre de placer de la piel femenina que hacía tanto tiempo había perdido y acariciándole los nudillos.
    El contacto era leve, suave. Se le tensaron los músculos, le aumentó el pulso y con la mano libre encontró el camino que llevaba a su mejilla.
    La piel que tocaba se calentó bajo la palma y notó que el pulgar, entonces librado de su control, se abría paso entre caricias hasta el labio inferior de la mujer, donde pudo sentir su respiración, cálida, apresurada y ansiosa.
    Se había olvidado de las mujeres. Cuando, por primera vez, un encuentro pasaba de los devaneos implícitos a la sexualidad flagrante, se daba siempre esa breve inflexión, esa efímera vulnerabilidad en que se revelaban las dudas perennes, que, pese a todo, persistían. Y, según recordaba, solía volverse cauteloso en momentos así, como si de algún modo estuviera aprovechándose, como si la mujer que tuviera delante se confiase y pusiera esperanzas excesivas en él y, también, en lo que tal vez llegasen a ser el uno para el otro.
    Sin embargo, la pasividad de Angel, su modo de entregarse en última instancia, le inspiró una curiosa sensación de suficiencia y, por eso, sonriendo para sus adentros, volvió a pasarle el pulgar por la boca. Y entonces se detuvo, tras identificar la naturaleza posesiva de su gesto.
    Poseer. Era horrible.
    No quería atarse a nada: a ninguna mujer ni a aquella en particular.
    Bajó la mano y retrocedió, y ambos se miraron.
    – Bueno -dijo Angel, tras un rato.
    – Bueno -convino él.
    – Supongo que ha vuelto a entrar en escena ese pequeño detalle: la atracción.
    El modo espontáneo en que había hablado le provocó a Cooper, como por ensalmo, una súbita relajación. Descubrió que estaba sonriendo, que comenzaba a disfrutar de aquella franqueza de Angel al estilo de «yo no me ando por las ramas».
    – Eso parece.
    Ella asintió con parsimonia.
    – Y aunque intentaras que creyese lo contrario, ¿dices que es mutua?
    – Como has visto, sí.
    Cooper seguía sonriendo. Había tenido razón; el deseo era controlable, ella era controlable.
    Angel volvió a asentir, aunque, de repente, se quedó inmóvil y abrió mucho los ojos.
    – ¡Eh, espera un momento! Se me ocurre que como has dejado de ser objeto de mi trabajo periodístico… -Cooper sintió que su sonrisa se desvanecía-… no hay razón para que ahora no podamos satisfacer esa atracción, ¿no?
    El plan perfecto de Cooper resultó no ser tan perfecto.

    ¡Hombres!
    Angel maldecía a todos los miembros del género, incluso mientras se deleitaba en el aspecto desmayado que dejaba traslucir el rostro de Cooper. Lo tenía merecido por dedicarse a juguetear… con la verdad y con ella.
    Como cualquier hombre, Cooper procuraba evitar que se conocieran los problemas de su salud, siempre y cuando pudiera. Los varones cimentaban su ego en la imagen y, a veces, eran capaces de hacer cualquier cosa con tal de conservar indemne su armadura.
    El primer marido de su madre, con una armadura especialmente brillante como miembro del Departamento de Homicidios de la policía de Oakland, era de los capaces de hacerlo casi todo. Durante años, Angel y su madre habían tenido que huir de él y de sus promesas de venganza si le contaban a alguien que había maltratado a su esposa.
    Angel despejó sus pensamientos de recuerdos y se concentró en el hombre que estaba ante ella. Cooper no era el oficial Brendan Colley. Aun así, le desagradaba la indiferencia -la crueldad, casi- con que le había dicho lo de su dolencia la noche anterior.
    «Está muerto», aquello se había limitado a decir Cooper, y a ella, como consecuencia, se le había formado una bola dura y fría en el estómago. No podía dejar que jugara con ella de aquella manera.
    Apartándose el pelo de la cara, dio un paso desafiante para acercársele.
    – En fin, ¿qué dices, Cooper? ¿Debemos seguir para ver adónde nos lleva esta pequeña… coincidencia?
    – Yo, vaya… -tartamudeó él, metiéndose las manos en los bolsillos.
    Angel no sentía la más mínima culpa por provocar en Cooper aquella evidente zozobra. Ja, ja. Ella ya se había sentido incómoda, estúpida incluso, cuando había admitido que él la atraía o, peor aún, cuando se había disculpado por ello.
    Lo había hecho muy bien él, sí, y ella también por seguirle la corriente. Pero manejar a un hombre no era lo único que sabía hacer.
    Con la determinación de salirse con la suya, se acercó a Cooper y le tocó con el índice uno de los botones de la camisa de algodón que llevaba.
    – Vamos, dime algo.
    Él observó el dedo como si fuera a pincharle por el solo hecho de respirar.
    – Pues digo que no me parece una buena idea.
    – Venga ya, si yo no muerdo. -Angel trazó una pequeña circunferencia alrededor del botón y, mientras tanto, le sonrió de un modo que consideró una perfecta combinación entre insistencia y coqueteo. Desde luego, respetaba las reticencias de Cooper, que llegaban a alegrarla, pero tampoco le importaba provocarle unos cuantos de los estúpidos sentimientos que él había causado en ella-. Al menos no desde el principio.
    La expresión del hombre dejó de indicar alarma. ¡Vaya, tal vez no lo estaba haciendo tan bien como debería! Con tanto trabajo y tantos recelos, las relaciones físicas que había mantenido con hombres habían sido pocas y esporádicas y, por si fuera poco, hacía tres años que había decidido que el ardor de las noches no compensaba el aturdimiento de las mañanas.
    Si no buscaba sexo -y jamás lo había pretendido-, ¿qué sentido tenía todo aquello?
    Cooper colocó la mano sobre la de Angel y se la apretó contra el pecho.
    – ¿Qué juegos son estos, Angel?
    – No es ningún juego -repuso ella, intentando distraerse de la calidez que emanaba del cuerpo del hombre a través de la camisa, intentando que su calor y su cuerpo no la distrajeran.
    En teoría, estaba en el momento de la revancha, de recuperar el control, y no en el de ceder otra vez al ímpetu e irrelevancia del deseo.
    Angel alzó la mano que tenía libre y empezó a juguetear con las puntas del desordenado cabello de Cooper.
    – Pero podría ser divertido, ¿no crees?
    Cooper entrecerró los ojos y le apretó la mano.
    Ella intentó tomar aire, pero le parecía que tenía los pulmones ya colmados. Calma, Angel, respira.
    – Podríamos… -Angel carraspeó con la pretensión de que su voz sonara más firme y confiada. Cuando era una niña asustada y sola, las fanfarronadas siempre le habían servido de mucho-… podríamos empezar con un beso.
    Notó que el pulso de Cooper se aceleraba.
    – No…
    – A no ser que tengas miedo.
    ¡Sí, Cooper, ten miedo! Deseaba que lo tuviera, que se retirase y admitiera que ella había ganado y no volviese a infravalorarla.
    – ¿Miedo? -La voz de Cooper se endureció-. ¿Cómo podría tener miedo de una mujer a la que parece que le vayan a poner un gorrito y colgarla del árbol de Navidad?
    Entonces la mano libre del hombre la rodeó por detrás y la atrajo hacia él. Las bocas de ambos se encontraron.
    El adorno navideño que al parecer era Angel se encendió como si lo hubieran conectado a la corriente. Qué barbaridad. Estaba ardiendo, tanto que abrió los labios para que la lengua del hombre la inundara; y la inundó, pero en forma de marea cálida, que le recorrió todo el cuerpo. Angel hundió las manos en sus cabellos y lo indujo a inclinarse más hacia ella.
    Cooper extendió el brazo alrededor de la cintura de su compañera y la alzó para que se pusiera de puntillas y se acercara más a él. Angel comprobó que aquel cuerpo que ya había visto era espectacular, aunque en aquel momento podía sentirlo: sólido contra su suave consistencia, adaptándose perfectamente al hueco que ella le ofrecía, y así se deleitó en aquel amplio pecho para sentir su quejido a través de la mano que todavía cubría su corazón.
    Necesitada de la esbelta musculatura y la piel hirviente que se le revelaba, Angel utilizó la mano para recorrerlo en detalle; la curva de los hombros, los bíceps, el muro de granito que era su espalda. Era todo músculo tenso y piel cálida, y ella parecía no tener suficiente de él.
    Su boca se deslizaba alrededor de su rostro y después hacia el cuello, donde recorrió con la lengua la incipiente barba y degustó el áspero sabor del hombre. Estaba sostenida tan solo por los brazos de Cooper, y aun así le busco el cuello y paladeó su sabor penetrante y masculino escondido en la piel sin afeitar, y, cuando los labios de ambos volvieron a coincidir, se abandonó a él para absorber su sabor y su cuerpo.
    Qué deliciosa languidez, pensó Angel, incrementando la laxitud de los labios para permitir el embate, y solo él puede despertarme.
    La idea, la certeza de lo que estaba ocurriendo, barrió de repente la neblina embriagadora. Ella se apoyó en Cooper para apartarse de él y, dando un paso atrás, se deshizo de su abrazo.
    Ambos se miraron, y Angel agradeció que él estuviera tan perturbado como ella.
    – ¿Qué demonios acaba de ocurrir? -inquirió Cooper, que cortó el aire con la mano-. Pero ¿qué es lo que acaba de pasar?
    La venganza de Angel, su revancha, su contraataque, su manera de aclarar las cosas entre ellos. Vaya, él la echaría de la cabaña a carcajadas si le dijera algo así.
    – Error mío -admitió Angel pasándose las manos por la cara para disimular el temblor.
    Aunque le reventara admitirlo, había sido ella la que lo había subestimado. Para digerir aquellos pensamientos, se llevó a la boca las yemas de los dedos y, como notó que aún ardían, las apartó.
    Mientras, él la miraba con fijeza.
    – Yo… lo siento. -Tras decírselo, Angel fue hasta la puerta, la abrió, y estaba a punto de marcharse cuando él por fin habló.
    – Yo también, Angel -dijo-, yo también.

    A Angel le hicieron falta varias horas para recomponerse. Sin embargo, cuando empezó la tarde, decidió aventurarse en el bosque que rodeaba el complejo e inspeccionar el agreste paraje, aunque con nuevos ojos. Su última comida había consistido en un bocadillo de tofu y brotes, bastante poco apetecible, así que las quejas del estómago la obligaron a considerar qué partes de la floresta eran comestibles.
    Mientras caminaba pisó una pequeña corriente de agua e interrumpió la paz de una rana, la cual saltó y se ocultó detrás de un helecho. Desde su escondite, el animal la miraba con temor. Esto sabe a pollo, juzgó Angel, tras efectuar un examen de la regordeta criatura. Había comido ancas de rana en una ocasión, cuando había estado viviendo en París con su madre.
    Con cautela, dio un paso para acercarse.
    ¡Dios mío! Detuvo de súbito su avance y el de la imagen insoportable de un trozo de carne en suave salsa de vino blanco acompañado de una sabrosa guarnición de patatas con ajo y mantequilla.
    – No voy a hacerte nada, mujer -le aseguró a la rana.
    Al menos, por ahora.
    – Es este lugar -murmuró.
    Despertaba en ella los impulsos más extraños: hacía siglos que no deseaba a un hombre y nunca antes había pretendido cazar con el propósito de alimentarse. No sabía cuál de las novedades era más preocupante.
    Se puso en movimiento siguiendo el olor y el sonido del mar, con la idea de pasar un rato reparador en el lugar que Katie le había enseñado el día anterior.
    Sin embargo, no pudo encontrar el camino y tuvo que ir campo a través. Cuando llegó al lindero del bosque, el sol apenas se alzaba sobre el horizonte y el sitio ya estaba ocupado.
    Cooper y Katie estaban allí sentados, en silencio y dándole la espalda. En un primer momento no quiso moverse, pues se trataba de una bella escena con el crepúsculo como telón de fondo. El pelo de Cooper flotaba en el viento y su hombro rozaba a la niña, que se rodeaba con los brazos las piernas flexionadas. Angel miró hacia el fondo, al cielo.
    El sol perdía altura y la brisa cesó. Se hizo un silencio en el que Angel pudo distinguir la voz de Katie.
    – Mamá quiere que mañana vuelva al colegio.
    – ¿Y tú crees que estás preparada? -dijo Cooper sin moverse.
    La niña se encogió de hombros, lo cual, como era una adolescente, podía obedecer a los motivos más variopintos.
    Estaban de nuevo callados y el mar se calmó tanto que Angel empezó a pensar que no podría marcharse de allí sin que advirtieran su presencia. Por eso se quedó donde estaba, rodeada por el aroma de los pinos y el aire salado.
    Cooper se pasó una mano por los cabellos, demostrando la frustración que sentía, y Angel adivinó la pregunta que le estaría rondando en la cabeza, la misma que su madre le había hecho a ella en un sinnúmero de ocasiones: «¿Estás bien?» Ocurriría de un momento a otro.
    Y Katie contestaría del único modo en que podía contestarse aquella pregunta, que era dar la respuesta que quien se la había hecho esperaba oír.
    En vez de sollozar, gritar, o cargar contra su destino, la niña contestaría con las palabras que Angel había pronunciado tantas y tantas veces: «Estoy bien».
    Cooper volvió a repetir el gesto de la mano en los cabellos.
    – Es una mierda, Katie, una mierda.
    Angel y Katie dieron un respingo al mismo tiempo. La niña suspiró sin mirar a su tío.
    – No, no. Estoy bien -le aseguró de inmediato-; de verdad.
    Aquello, expresado con tan poca emoción y en tono monocorde, hizo que Angel lamentara haber tenido razón.
    – Yo también estuve así de bien -le dijo Cooper mientras le acariciaba la cabeza-, tan bien como estás tú, y sigue siendo una mierda.
    Angel se resintió por la angustia que aquellas palabras denotaban, y aún más cuando Cooper rodeó a la muchacha por los hombros, pues la niña, pese a no protestar, tampoco se abandonó al cariño que se le ofrecía.
    La imagen evocó en la memoria de Angel a Cooper, el día del funeral, abrazando a su sobrina y a su hermana, una actitud que entonces, entendiéndola como símbolo de la ayuda de un hombre que a ella le faltaba, le había sentado mal. Pero en aquel momento sentía pena por Katie, pues la muchacha no quería ni podía aceptar el consuelo de su tío.
    Las niñas pequeñas necesitaban a alguien que las protegiese del peligroso y ancho mundo.
    Angel no pudo oír el suspiro de Cooper aunque sí advertir que sus hombros se elevaban lentamente para después caer.
    – Bueno, al menos, el atardecer está precioso, ¿verdad? -opinó el hombre, revolviéndole el pelo a la niña-. A veces es lo único que nos queda, así que más vale disfrutarlo.
    Angel sintió que se le hacía un nudo en la garganta y el viento le golpeó en los ojos aun a pesar de los rizos que los ocultaban. Era el momento de salir de allí y ella lo sabía. Estaba estancada, lo estaba desde su llegada a Tranquility House.
    Con todo el sigilo de que fue capaz, se puso en marcha y se encaminó a su cabaña y, una vez allí, elaboró una lista con las preguntas que le haría a la madre de Katie en la primera entrevista del reportaje. A pesar de haber creído dedicar los dos días de que había dispuesto a inspirarse con el ambiente, lo cierto era que se había limitado a posponer el encuentro con la viuda. Y esa inoperancia había dado como resultado la difícil relación que había iniciado con Cooper y la incómoda empatía que la niña le inspiraba.
    Angel se enderezó. Si la madre de Katie pensaba que su hija estaba en condiciones de reincorporarse al colegio, entonces la madre de Katie debía de estar preparada para hablar de Stephen Whitney. Además, le había dado permiso, quería que Angel se ocupara del reportaje.
    La verdad los liberaría a todos.
    Así que, visto lo visto, era momento de dejar a un lado a escrúpulos, sexo y hermanitas, entre otras cosas porque hasta el momento solo le habían supuesto problemas. ¿Qué haría Woodward?
    Woodward seguiría con el reportaje y, después, con su camino.

7

    Para su encuentro con la viuda de Stephen Whitney, su primera entrevistada en relación con el artículo, Angel puso especial atención a su vestuario. El sol de septiembre volvía a ser abrasador, así que para la ocasión escogió un vaporoso vestido con estampado floral. Su madre lo llamaría vestido «de señorita», y Angel creyó que esa sería la imagen apropiada para aquella mañana.
    La noche anterior había escrito una detallada lista de preguntas, a la que añadió unas cuantas por la mañana. Aunque pretendía que la entrevista fuera en profundidad, tenía la intención de que la mujer sintiera que llevaba la conversación. La gente siempre contaba más cosas si las preguntas no tenían el tono de un interrogatorio.
    Su melena se había convertido en una indomable maraña, pero no le parecía adecuado pedirle a la viuda que le dejara utilizar su secador durante veinte minutos, así que tendría que encontrar otra solución. Resignada, optó por una diadema de metal con abalorios para mantener el pelo alejado de los ojos.
    Finalmente, para que le diera suerte, porque le traía buenos recuerdos y porque se estaba volviendo loca con tanto silencio, se colocó una pulsera de oro en la muñeca izquierda. De cada eslabón colgaba un recuerdo de las ciudades en las que había vivido. Aunque siempre andaban mal de dinero, su madre insistía en comprar amuletos, seguramente por el simple hecho de convertir su vida secreta en una aventura excitante.
    Al fin y al cabo la intención es lo que cuenta, se dijo.
    Paseó hasta el edificio comunitario en busca de señales que le indicaran el camino hasta la casa de Lainey Whitney. No había vuelto a ver a Cooper desde el día antes, cuando se besaron, así que se alegró de encontrar a Judd presidiendo el bufet del desayuno, y aún más cuando se ofreció, por escrito, no solo a indicarle el atajo por el bosque sino a acompañarla hasta allí él mismo.
    No habían andado ni media hora cuando encontraron a Lainey Whitney en la parte de atrás de su casa, paseando por el enlosado que rodeaba la piscina. Ataviada con un vestido de tirantes, sombrero de ala ancha y guantes de jardinería, arrancaba las partes marchitas de un geranio rosa en flor. Judd la saludó con la mano y se marchó.
    – Visita a mi hermana cada día a la misma hora -le explicó Lainey.
    Angel intentó pensar en lo que había averiguado sobre él durante el trayecto.
    – No dice nada -observó mientras miraba el trozo de papel que Judd había puesto en su mano-. Y no solo en Tranquility House. No habla en ningún lugar.
    Con la muñeca, Lainey se apartó el ala del sombrero de la cara.
    – Llegó al refugio hace cinco años con la intención de quedarse dos semanas. Lleva aquí desde entonces sin decir palabra.
    Angel meneó la cabeza y metió la nota en la mochila.
    – Qué extraño.
    – Quizá te lo parezca porque no conoces sus razones.
    «Sus razones.» Aquel comentario inocente recordó a Angel el motivo de su visita. Estaba allí precisamente para conocer las razones de otro hombre.
    – Es verdad, señora Whitney. Y lamento haber aparecido aquí sin avisar, pero como no tengo acceso a un teléfono, tampoco podía llamarla para preguntarle si tenía tiempo para recibirme.
    – ¿Que si tengo tiempo? -La mujer soltó una sonora carcajada, aunque Angel observó que se le humedecían los ojos-. No sé qué hacer con todo el tiempo que tengo.
    Lágrimas, pensó Angel, y se le hizo un nudo en el estómago. Se agarró con fuerza a la mochila y se arrepintió de no haber llevado pañuelos de papel.
    – Yo… lamento su pérdida.
    – Lainey, no tienes por qué hablar hoy si no te apetece -gritó una voz a sus espaldas.
    La voz de Cooper. Molesta por su intromisión, Angel se dio la vuelta.
    No tardó en olvidarse de por qué estaba enfadada con él. También llevaba guantes, los suyos de piel y del mismo color marrón que su bronceado pecho desnudo. Volvió a fijarse en la cicatriz, pero pronto su atención se desvió hacia sus anchos hombros y las tiras de músculos que se perdían en el interior de los vaqueros de cintura baja que llevaba. Antes pensaba que su cuerpo merecía un sobresaliente, pero en aquel momento decidió que era sencillamente fabuloso. Tanto que sintió el impulso de recorrerlo con la lengua hasta…
    Aturdida por el deseo, Angel trastabilló unos pasos hacia atrás.
    – ¡Cuidado! -la previno Cooper.
    Aquel grito solo consiguió que siguiera reculando hasta que su pie no encontró más que aire en el que apoyarse, el aire que cubría la superficie de la piscina. Cooper corrió, la asió por la muñeca y tiró de ella para alejarla del borde.
    Angel se zafó de la sujeción y se frotó la zona por la que Cooper la había agarrado.
    – Me has hecho daño.
    – La mayoría de las mujeres me darían las gracias por salvarlas… de nuevo.
    Decidida a mantenerse alejada de peligros, se dio la vuelta y se dirigió a la señora Whitney.
    – En realidad, tiene razón. Si este no es un buen momento…
    Los ojos de la mujer tenían un brillo distinto.
    – ¿Y qué me dices de ti? Pareces un poco… azorada.
    – Necesita café -interrumpió Cooper, pasando junto a ellas para recoger unas tijeras de podar de gran tamaño.
    Lainey hizo un gesto de contrariedad.
    – Pero hace demasiado calor para tomar…
    – Café -repitió Cooper, mientras se ensañaba con un arbusto cercano-. Ni te imaginas la reacción que le provoca.
    Angel le dedicó una mirada lasciva, aun siendo consciente de que al hacerlo se estaba ruborizando.
    – Me encantaría tomar un café, siempre y cuando no sea demasiada molestia. -Esforzándose por no recrearse en la contemplación de los músculos dorsales de Cooper, añadió-: ¿Pasamos a la cocina?
    Afortunadamente, a la mujer le pareció bien la idea. A los pocos segundos Angel se encontraba ya lejos de la presencia de Cooper, sentada a una mesa larga de pino en el centro de la amplia cocina de la señora Whitney. Las paredes y los armarios, pintados en suaves tonos pastel, resplandecían bañados por la luz de la mañana.
    Segura de haber seguido los pasos uno y dos, el breve intercambio de fórmulas de cortesía y la conversación superficial, Angel se decidió por el cumplido final previo a la entrevista.
    – Tiene una cocina preciosa, señora Whitney.
    Si te gustaban los huevos de pascua y las garrapiñadas, claro.
    – Por favor, llámame Lainey. -La mujer paseó por el espacio entre la despensa y la encimera con estudiada elegancia-. A mí también me encanta esta habitación. Sigue el modelo de Invitación al Hogar, por supuesto.
    – ¿Cómo?
    – Es el título del primer cuadro de Stephen que formó parte de una exposición nacional. Seguro que lo has visto… -Se acercó rápidamente a la estantería y dejó un libro de tapa dura sobre la mesa, que deslizó en dirección a Angel-. Aquí está, en la cubierta.
    Se trataba de un libro sobre la obra de Stephen Whitney. En la cubierta satinada aparecía una cocina idéntica a aquella, pintada también con colores normalmente reservados para los conejitos de pascua. No había ningún electrodoméstico moderno pero sí un ramo de delicadas flores colocado en una botella antigua de cristal sobre una reluciente encimera. En un rincón había un par de zapatos de niña, como si su dueña los hubiera tirado allí al entrar en casa. La mesa central estaba decorada con dos botes también antiguos en los que se podía leer «Harina» y «Azúcar». Estaban abiertos y sobre la mesa había un poco de cada ingrediente. Junto a ellos, un tazón con masa en la que había clavada una cuchara de madera y una enorme bandeja llena de galletas.
    Solo faltaban los osos amorosos, un tarro de miel y un poco de sentido de la realidad.
    – Muy bonito -dijo Angel, sin apartar la mirada de la firma del artista: Stephen Whitney, con la «W» más grande que el resto de las letras y terminada en una leve ondulación. Angel se sintió molesta y apartó la vista-. Pero que muy bonito.
    – ¿Te das cuenta? -preguntó Lainey, tras lo que hizo una pausa para contemplar la imagen-. Quien sea que recibió la invitación acaba de llamar al timbre y la familia ha salido de la cocina para darle la bienvenida.
    – Claro. -Era difícil contradecir a una mujer con aquella media sonrisa de melancolía en el rostro. Aun así, era la hora de entrar en materia-. Lainey, ¿te importa que grabe nuestra conversación?
    Tras unos instantes de duda, la mujer aceptó, pero Angel consideró que sería mejor no precipitarse y esperar un poco antes de sacar la grabadora de la mochila. Dio unos golpecitos con el dedo sobre la tapa del libro y preguntó:
    – ¿Es este el cuadro que más te gusta de tu difunto… del señor Whitney? ¿Invitación al Hogar?
    – Bueno, esa es una pregunta difícil. -Lainey colocó un tarro de azúcar y una jarrita con leche sobre la mesa-. Por cierto, ¿dónde está tu hogar, Angel?
    – ¿Mi hogar? -titubeó-. Vivo en San Francisco. Tengo un apartamento en Sacramento Street, Pacific Heights.
    – ¿Te gusta vivir en la ciudad? -preguntó mientras dejaba la cuchara, el plato y la taza sobre la mesa.
    Angel se reclinó en su silla.
    – Sí. He vivido en ciudades, grandes y pequeñas, toda mi vida.
    Para una mujer y una niña era fácil pasar desapercibidas en una ciudad. Mantener el anonimato. Conseguir que las olvidaran. Angel empezó a juguetear con el arco de San Luis que colgaba de su pulsera entre la torre Eiffel y el Big Ben.
    Lainey se sentó frente a Angel.
    – ¿No has vivido nunca en un pueblo?
    Angel levantó la taza que había preparado para ella y dio un sorbo.
    – Bueno, un verano vivimos en una pequeña población al norte de Alemania. Era aburridísimo. Teníamos vídeo y muchas películas, pero yo no sabía ni una palabra de alemán. Al final, un día mi madre trajo a casa Todos los hombres del presidente. Debí de ver aquella película millones de veces.
    – Vaya, vaya. Y ahí nació la periodista.
    Angel asintió y entonces se dio cuenta de que era ella la que se suponía que debía entrevistar a Lainey y no al revés. Tomó otro sorbo de café y pensó en la forma de reconducir la conversación hacia Stephen Whitney. Miró por la ventana y sus ojos se centraron en los bien dibujados bíceps de Cooper, ocupado en aquel momento en empujar una carretilla llena de hierbajos. A juzgar por el comentario que Lainey le hizo, era muy posible que Angel acabara de suspirar.
    – Es un hombre muy atractivo -comentó la mujer en voz baja.
    – Ya lo creo -respondió Angel, observando cómo se alejaba y recorriendo con la mirada los desnudos músculos de su espalda. Los pantalones se le habían bajado un poco y ahora se apoyaban en la incipiente curva de su trasero. Angel volvió a sentir el cosquilleo Cosmopolitan en el bajo vientre-. ¡Ya lo creo!
    Cuando volvió en sí, se ruborizó y comenzó a balbucear. Dios, igual tenía un problema de tiroides.
    – Bueno, esto, quería decir que…
    – Seguro que es propio de los periodistas fijarse en todo -la ayudó Lainey.
    Angel se aferró a aquella excusa, que ella misma se había repetido varias veces.
    – Exacto. Eso es.
    Avergonzada por su reacción de adolescente mema, dio otro sorbo a la taza de café.
    – Así que, después de ver la película, decidiste que serías periodista y te dedicarías a investigar escándalos políticos, ¿no?
    – No exactamente.
    Fue en ese instante cuando Angel se dio cuenta de que la taza que tenía entre las manos también estaba decorada con motivos del artista. ¿A quién si no se le habría ocurrido pintar los bordes en aquellos cursis tonos pastel?
    – ¿Y qué es lo que te apetecía investigar?
    Angel desvió la mirada de aquella taza hortera para centrar su atención en Lainey Whitney. La mujer no parecía preocupada ni suspicaz, sino más bien muy interesada.
    – En general me atraía todo, el Cuarto Poder en sí, todo lo que tiene que ver con el periodismo -respondió Angel con la esperanza de que aquellas frases sacadas de los apuntes de la universidad convencieran a Lainey-. Los medios proporcionan la información que la gente necesita para tomar decisiones personales y también globales. La información, la verdad, como piedra angular de una sociedad libre.
    – Ya te había dicho que es una romántica. -De nuevo la voz de Cooper a sus espaldas.
    Angel soltó un bufido. Romántica. Ella no tenía nada de romántica. Absolutamente nada. Pero decidió hacer oídos sordos al comentario y aprovecharlo para reconducir la conversación.
    – Y hablando de romanticismo, Lainey… -Consciente de que Cooper estaba al acecho, metió una mano en la mochila y tras revolver en ella sacó un cuaderno y un bolígrafo-. Cuéntame, ¿cómo conociste a tu esposo?
    Por fin comenzó la entrevista. Los minutos que siguieron fueron bastante distendidos, incluso con la silueta de Cooper a la vista. El hombre se había puesto una camiseta, gracias a Dios, y, sin otro quehacer, permanecía atento a la conversación apoyado sobre la encimera de la cocina con los ojos puestos en su hermana.
    O en Angel.
    Durante la primera media hora, a Lainey pareció no incomodarle hablar de su pasado. Según le contó, Stephen Whitney había llegado allí hacía veintitrés años, justo cuando los hippies se estaban retirando y hacían su llegada una colonia de artistas más convencionales y gente New Age. Los más viejos, descendientes de los primeros en establecerse en el lugar, allí se quedaron, por supuesto, como era el caso de la familia Jones. En el último año de Lainey en el instituto, Stephen se fijó en ella y se enamoraron.
    – Me dijo que no había querido a nadie antes que a mí -murmuró la viuda, con lágrimas en los ojos.
    Angel se quedó en silencio y recordó otro sabio consejo, este de su madre. «No hagas preguntas si no estás preparada para escuchar la respuesta.»
    Pero sí lo estaba, se aseguró con decisión. Era periodista, una profesional objetiva que jamás había eludido las preguntas comprometidas ni las respuestas desagradables.
    – Pero él, esto… -Sin poder evitarlo, tuvo que parar y aclararse la garganta-. Stephen Whitney era unos cuantos años mayor que tú. Puede que hubiera habido otra mujer, una hija, quizá, que también significara algo para él.
    Lainey negó con la cabeza.
    – Nadie, según me contó. Él también era un romántico.
    Eso, o un frío y egoísta hijo de la gran… Angel decidió que no podía permitir que su rostro reflejara nada de lo que estaba pensando y optó por un agradable «aja» antes de seguir con el siguiente tema, que era… era…
    Un único pensamiento le vino a la mente. «Nunca había querido a nadie. A nadie.»
    En busca de la lista de preguntas que había escrito la noche anterior, Angel comenzó a pasar las páginas del cuaderno, pero sus dedos, frenéticos, se comportaban con tal torpeza que no era capaz de encontrarla.
    – Será solo un momento, veamos…
    En ese instante oyó un tenue clic que procedía del interior de su mochila. Permaneció en silencio y decidió interpretar el sonido como una señal de que ya era suficiente.
    Intentando dar una imagen de despreocupación, empujó su silla hacia atrás.
    – ¿Sabes? Creo que es mejor que nos lo tomemos con calma -concluyó.
    Mentía. Si el entrevistado se mostraba presto a hablar era mucho mejor dejar que lo hiciera, pero en aquellos momentos los recursos periodísticos de Angel se encontraban seriamente mermados.
    – ¿Te parece bien que vuelva mañana?
    Por fortuna, Lainey aceptó el aplazamiento. Angel dedicó una sonrisa forzada a los hermanos Jones y se apresuró hacia la puerta.
    Con los acontecimientos que habían tenido lugar aquella mañana bulléndole en la cabeza, retomó el camino de vuelta a Tranquility House a paso ligero. Aunque había tenido que interrumpir la entrevista, lo cierto era que, de momento, todo estaba saliendo bien, ¿o no? Ella quería información y la había obtenido.
    Era más que evidente que Lainey ignoraba que su esposo había vivido con otra mujer antes que con ella y seguro que no sabía que había tenido otra hija.
    El detalle no le sorprendió, pero el hecho de corroborar que su padre jamás le había hablado de ella a su otra familia le hacía sentirse…
    No decepcionada, ¡ni triste!, aquella quemazón en el pecho obedecía a algo muy distinto.
    Siguió por el camino precipitadamente, alejándose del lugar en que Stephen Whitney había vivido, trabajado y también «querido».
    – ¡Sooo… sooo! -Una mano fuerte la agarró por el brazo para detenerla-. No tan deprisa, niña. -Cooper hizo que se diera la vuelta para mirarla-. No vayas a creer que no sé qué te traes entre manos.
    Furiosa, pensó. Así era exactamente como se sentía. Furiosa.
    – No me llames niña -bufó mientras se zafaba de su mano-. No soy la niña de nadie.
    Cooper intentó agarrarla de nuevo por el brazo, pero se encontró con la correa de su mochila de piel. Jugaron con ella al tira y afloja durante unos segundos antes de que Cooper se cansara y, de un fuerte tirón, consiguiera atraer hacia sí tanto a la bolsa como a Angel.
    Haciendo un esfuerzo para no recrearse en el seductor aroma de su perfume, introdujo la mano en la mochila y sacó la pequeña grabadora.
    – No tienes remedio -dijo mientras sonreía a causa de la expresión indignada de Angel-. Recuerda las normas.
    La mujer intentó arrebatársela, pero Cooper fue más rápido.
    – Nada que funcione con pilas o con electricidad puede ser utilizado en Tranquility House -le recordó.
    – A tu hermana le pareció bien -masculló entre dientes-. Y mi trabajo es importante.
    – Las reglas también lo son.
    Cooper volvió a sonreír, aunque le pareció que ella estaba a punto de echar fuego por la boca. También le pareció irresistible. Aquel día había abandonado su imagen de excursionista -la sensibilidad de Cooper agradeció que hubiera decidido no ponerse aquellas espantosas botas verdes- y el vaporoso vestido que llevaba parecía flotar sobre su delicada figura. Cooper se recreó en la fila de botones que adornaba uno de los lados, sin darle demasiada importancia al deseo lascivo que sentía por desabrocharlos uno a uno.
    Con los dientes.
    Pese a que, aparte de las disculpas mutuas, no habían vuelto a hablar de lo ocurrido el día anterior, Cooper supuso que el tema sexual ya había sido zanjado. Por muy salvaje que el placer pudiera llegar a ser, ninguno de los dos estaba dispuesto a arder en aquel fuego.
    Angel volvió a intentar arrebatarle la grabadora.
    – Devuélvemela.
    Cooper alzó la mano.
    – Ni hablar.
    – ¿Acaso no quieres que reproduzca sus palabras con exactitud? -objetó mientras hacía un tercer intento.
    Tras unos instantes, Cooper se encogió de hombros y le dio la grabadora.
    – Está bien, la puedes utilizar para tus entrevistas.
    Angel la arrancó de su mano.
    – ¡Vaya!, gracias por ser tan comprensivo -gruñó.
    – Pero hazme el favor de no utilizarla en tu habitación. Nuestra querida señora Withers es capaz de detectar el uso de kilovatios de contrabando en varios kilómetros a la redonda.
    – A la orden. -Angel guardó el aparato en la mochila.
    Teniendo en cuenta que acababa de salirse con la suya, no parecía demasiado complacida.
    – Ya sé que no debo interferir en el artículo. Después de todo, es información, la verdad, la piedra angular de una sociedad libre -dijo Cooper, consciente de que aquello desataría una tormenta.
    Como era de esperar, los ojos de Angel ardieron en llamas.
    – No es ninguna broma, aunque pueda parecérselo a alguien de tu, de tu…
    Cooper esperaba alguna referencia a su antiguo trabajo de abogado.
    – ¿De mi oficio?
    – Sexo. -Se llevó la correa de la bolsa al hombro y echó a andar con decisión.
    Incapaz de reaccionar, Cooper se la quedó mirando.
    ¿Sexo? ¿Cómo que sexo?
    Mientras la observaba, se dio cuenta de que el hecho de que una simple palabra de dos sílabas despertara en él tal curiosidad se debía en gran medida a lo largas y aburridas que se le hacían las horas en aquel lugar. En su fuero interno, Angel estaba a punto de estallar, y el objeto de su ira era la población XY.
    Pero ¿qué había desencadenado la erupción? Cooper hizo un repaso mental de los hombres con los que podría haberse encontrado en Tranquility House además de él y Judd. ¿Sería posible que alguno la hubiera molestado, intentado ligar con ella, o…?
    Notó calor en la nuca, señal inequívoca de que comenzaba a ponerse nervioso, y se decidió a ir tras ella. Algo le decía que no había nadie en el lugar que pudiera estar causándole molestias, y que ella era muy capaz de solucionar el problema si así fuera, pero había un brillo en su mirada que no era normal.
    No le dio alcance hasta llegar a la zona de césped que rodeaba el edificio comunitario.
    – Angel…
    – ¡Chisss! -dijo, mientras señalaba en dirección a uno de los carteles de «prohibido hablar».
    Cooper suspiró y lo intentó de nuevo.
    – Angel… -comenzó, pero tuvo que interrumpirse porque en aquel momento la señora Withers y su bastón salían de su cabaña para dar un paseo.
    Cooper se sintió obligado a dedicar un minuto de su tiempo a saludar a la anciana con una sonrisa y a ayudarla a bajar las escaleras del porche. Después de todo, aquella mujer llevaba acudiendo a Tranquility House un mes al año desde antes de que él naciera, y algo le decía que aquella sería su última visita. La mano deformada por la artritis que Cooper sujetaba dejaba claro que pronto le sería imposible hacer el camino hasta allí en solitario.
    Llevado por un impulso, se inclinó para darle un beso en la fina piel de su empolvada mejilla. La echaría de menos y sabía que ella echaría de menos su independencia. ¿Por qué se decidiría si pudiera escoger entre años de vida y calidad de vida? ¿Estaría dispuesto a sacrificar algún tiempo a cambio de buena salud?
    Cuando la señora Withers estuvo lista para emprender su paseo en solitario, Cooper decidió dejar de pensar en ello. Dio media vuelta y se dio cuenta de que Angel había desaparecido.
    No así su preocupación. Tampoco estaba dispuesto a profundizar en aquello, pero resolvió hacerle una visita. Seguramente se debía a su tenacidad, a la «bestia negra» que todavía habitaba en él y que no le permitía dejar algo a medias.
    Llamó a su puerta y Angel abrió rápidamente, con la misma prisa con la que salió cuando vio que se trataba de él.
    – Espera…
    Angel le cerró los labios con un dedo y después señaló su reloj. Estaba claro: la hora de la comida.
    Entre aspavientos de desesperación, Cooper la siguió hasta el comedor, donde se encontraban ya muchos de los huéspedes. Tampoco se separó de ella cuando Angel se paseó entre la sopa de verduras, los vegetales biológicos y los crujientes panecillos de once cereales que ofrecía el bufet. Finalmente se sentó junto a ella y la observó mientras se afanaba en retirar las semillas del pan con las uñas, que lucían una manicura perfecta.
    La manicura le hizo pensar de nuevo en la ciudad, en que Angel era una mujer de ciudad. Y así volvió a recordar con extraña añoranza manos y dedos de mujeres que apretaban el botón del ascensor, que agitaban el bastoncito para remover el cóctel, que señalaban algún posible error en el caso. Le vinieron también a la cabeza los ruidos de la ciudad, el bullicio, el zumbido del tráfico que llegó a convertirse en la música de fondo de su oficina de Montgomery Street, los sonidos de la sala de juicios que marcaron el ritmo de su vida anterior: el apenas perceptible tintineo de las llaves del relator, el martillazo del juez, el aliento contenido en el instante previo a la lectura del veredicto.
    El impacto del vaso de Angel contra la mesa lo devolvió a la realidad. Según parecía, beber agua en lugar de té de milenrama tampoco la hacía más feliz. Su rostro reflejaba aún preocupación y Cooper decidió averiguar la razón. Tomó uno de los bolígrafos y un trozo de papel que había sobre la mesa y escribió: «¿Qué te ocurre?» Angel leyó la pregunta y, sin apenas mirarlo, meneó la cabeza.
    Más abajo escribió «No me digas que nada».
    Angel repitió el gesto.
    «Habla conmigo.»
    Sin leer el mensaje, Angel arrugó el papel.
    La cara de pocos amigos de Cooper no tuvo efecto alguno sobre la mujer. Así que, cada vez más frustrado, apoyó la espalda en la silla y se la quedó observando. Era su aspecto frágil, se dijo. Eso era lo que estaba haciendo que él cayera en sus redes. Con su vestido de flores y la nube de algodón dulce que tenía por melena, parecía una criatura delicada e indefensa.
    Sin embargo, Cooper era experto en juzgar a la gente. Según él, aquella era una habilidad fundamental, aunque poco valorada, en su trabajo de abogado. La gente solía pensar que lo más importante era ser perspicaz y tener una personalidad agresiva, pero no se daban cuenta de que un buen abogado debía ser capaz de dejar a un lado las apariencias y descubrir qué había debajo.
    El día que se conocieron, Cooper detectó que bajo la suave piel de Angel había una capa de acero.
    Y en aquel momento sabía que, debajo de ella, la mujer guardaba algún doloroso secreto. Suspiró, algo molesto por aquel súbito interés por hacerle sentirse mejor; pero bueno, al fin y al cabo un hombre como él era capaz de alegrar por momentos la vida de los demás, ¿no?
    Intentando no pensar en el porqué, tomó el bolígrafo y se puso manos a la obra.
    Cooper notaba que Angel lo miraba de reojo, así que se volvió en la otra dirección para que no pudiera ver lo que estaba haciendo. El tintineo de los amuletos que colgaban de su pulsera le indicó que ya estaba recogiendo los platos, dispuesta a salir de allí enseguida. Cooper se dio prisa y consiguió terminar justo cuando Angel se estaba levantando.
    El hombre llevó la mano a su muslo y consiguió que se volviera a sentar. Entonces Angel emitió un leve quejido que a Cooper pareció no importarle. Levantó una pierna, se sentó a horcajadas sobre el banco para mirarla de frente y le acercó un trozo de papel en el que había escrito: «Juega y gana». Angel leyó el mensaje y después desvió la vista hacia el puño izquierdo de Cooper; en el dorso se había escrito la orden «aprieta» dentro de un círculo que imitaba la forma de un botón.
    Lo miró a los ojos con atención, intentando descifrar de qué iba todo aquello.
    Mira que es desconfiada, pensó por enésima vez. Tan joven y tan precavida.
    Como no reaccionaba, Cooper le acercó el puño a la nariz. «Aprieta.»
    Angel volvió a mirarlo y finalmente obedeció.
    Cuando Cooper sintió el contacto sobre el dorso de la mano, la abrió bruscamente, separando los dedos.
    Angel dio un respingo. Entonces, con expresión de enfado, se dedicó a examinarlos. Cooper había escrito un número distinto en cada una de sus uñas y nudillos. Angel lo miró y Cooper movió los labios lentamente para que ella pudiera leérselos: Es-co-ge.
    En aquel momento recordó las muchas veces que había utilizado el mismo truco para animar a la pequeña Katie hacía ya unos cuantos años. De mala gana, Angel señaló el número 7 del nudillo de su dedo índice.
    Sirviéndose de la mímica, Cooper fue contando del uno al siete, pasando por encima de cada dedo hasta llegar al anular. Es-co-ge, volvió a decir en silencio. Aquel dedo tenía un 4 en el nudillo y un 3 en la uña.
    Angel apoyó su preciosa uña sobre la de Cooper, que volvió a contar y llegó de nuevo hasta el índice. Escondió todos los dedos menos el ganador, le dio la vuelta, y Angel leyó el mensaje:
    «¡Enhorabuena! Te has ganado el acceso a nuestra playa secreta».
    Entonces, con aquel mismo dedo, le hizo una señal para que lo siguiera y saliera tras él del comedor.
    Angel lo obedeció sin objetar y Cooper se sintió muy satisfecho consigo mismo. Aún era bueno, pensó. Ya no ejercía de abogado, pero seguía siendo el mejor a la hora de adivinar las reacciones de la gente. ¿Acaso una reportera curiosa sería capaz de resistirse a la palabra «secreta»?
    Cuando se hubieron alejado lo suficiente de la zona comunitaria, Angel empezó a hacer preguntas:
    – ¿De qué va todo esto? -inquirió mientras avanzaba con elegancia entre los árboles a pesar de los altos tacones. ¿Qué playa? ¿Cómo que secreta? ¿A qué venía el jueguecito?
    – ¡Chisss! -Cooper se volvió y siguió avanzando de espaldas unos cuantos metros-. Es un secreto, ya sabes. Que seas periodista no implica que tengas que saberlo todo.
    Dio media vuelta y siguió avanzando sin darle tiempo a contestar.
    – Esto no me gusta, no me gusta ni un pelo -gruñó Angel.
    Y lo que a él no le gustaba era lo que todavía desconocía pero que había apisonado la actitud segura y decidida de Campanilla.
    – Vamos, bizcochito -dijo, sabiendo que aquella ñoñez la molestaría-. Tú sigue a Papá Oso a través del oscuro túnel. Él te protegerá.
    – Papá Oso, Papá Oso -murmuró Angel-, ¡qué ego tan grande tienes!
    – Es para que te sientas mejor.
    Sin embargo, era él el que se sentía mejor cuando agarró a Angel de la mano y juntos atravesaron el estrecho túnel de diez metros de longitud formado después de que su bisabuelo volara una montaña de granito a principios de los años veinte. Según la leyenda, en aquella explosión murió un hombre, pero esa no era la razón por la que todos preferían que el túnel permaneciera en secreto. El motivo era que la pequeña cala y la minúscula playa a la que conducía no eran lugares seguros y, por tanto, lo más prudente era mantener a la gente alejada de ellas.
    Cuando se acercaban a la salida, Cooper tomó a Angel por los hombros y la empujó al exterior, a la arena. No pudo evitar sonreír cuando vio que la mujer frenaba el impulso del empujón para contemplar a los visitantes que también habían acudido a la cala. Aunque no estaba seguro de que estuvieran allí, se alegró al comprobar que no le habían fallado. Retozando sobre sus espaldas y bañándose en aquellas aguas relativamente tranquilas, levantaron la cabeza y miraron a Angel en actitud curiosa, cautos pero confiados.
    – Nutrias de mar -susurró Cooper al oído de Angel-. Te están dando la bienvenida a su mundo.
    Sin reparar en su vestido, la mujer se dejó caer en la arena. La brisa levantó la vaporosa tela y dejó al descubierto sus blancas piernas. Hacía un poco de fresco, y al poco tiempo se le enrojecieron las mejillas y la punta de la nariz, pero Angel estaba absorta en la visión de los animales, que a los pocos minutos volvieron a comportarse de manera habitual. Algo de tiempo invertido en rascarse y acicalarse y algún que otro elegante chapuzón tras el cual se abandonaban a largas sesiones de siesta.
    Por experiencia propia, Cooper sabía que la visión de los animales dejaba hipnotizado al que la presenciaba. Junto a una de las adormiladas nutrias que tomaban el sol apareció la cabeza de una más pequeña que, juguetona, se dedicaba a embestirla. Angel no pudo contener la risa.
    El humor de Cooper también mejoró.
    – Misión cumplida -murmuró para sí.
    – ¿Cómo? -Sin dejar de mirar a los animales Angel se inclinó hacia él.
    – Ya te sientes mejor -respondió, mientras acariciaba las puntas de su ingrávida melena.
    Angel esbozó una sonrisa.
    – Tengo que admitir que el premio no ha estado nada mal. Gracias.
    Entonces frunció el entrecejo y se volvió para mirarlo.
    – Por cierto, ¿cuáles eran los otros? Me refiero a los otros premios.
    Cooper se mordió el labio, sopesando si responder o no aquella pregunta. Y qué más da, pensó. Entonces levantó el pulgar de su mano izquierda y leyó en alto lo que había escrito: «La última edición de los periódicos de Los Ángeles y San Francisco».
    – Bueno, no pasa nada. He salido ganando -dijo mirando de nuevo a las nutrias.
    Cooper volvió entonces el dedo índice, con el premio que había conseguido.
    – Aquí está la playa… -añadió dudando de si seguir con el dedo corazón.
    – ¿Qué más? -preguntó Angel.
    – Tercer premio: «Una noche en mi cama».
    – ¡¿Qué?!
    A Cooper le encantaba aquella expresión de indignación en el rostro de la joven.
    – Oye, oye, yo también estoy muy atractivo retozando de espaldas…
    – Por favor… Anda, continúa.
    Cooper sabía que el cuarto premio iba a dolerle.
    – Embutido. Sé dónde conseguir el mejor embutido ahumado que hayas probado jamás.
    Las pupilas de Angel se dilataron.
    – No puede ser. ¿Te refieres a embutido de verdad, ahumado y sabroso?
    – Exacto. -Cooper se lamió los labios, intentando recordar la última vez que se había sentido tan a gusto-. Lo puedes conseguir en la tienda de Pop, aunque tienes que decirle a Pop que vas de mi parte para que te lo venda.
    Angel asintió y cerró los ojos, a la espera de una nueva mala noticia.
    – Adelante, dame el último premio.
    – Bueno, es que me quedé sin ideas. Está repetido. Otra vez una noche en mi cama.
    Angel abrió los ojos como platos.
    – ¡Eso es trampa!
    – Puede, pero ten en cuenta que he repetido el mejor de los premios -se defendió Cooper, con expresión de seriedad-. Deberías estarme agradecida.
    Angel forzó una expresión ofendida y le dio una palmada en el hombro. Cooper estaba acostumbrado a la misma reacción por parte de sus hermanas y supo que, en realidad, Angel no se había molestado.
    Y si podía empezar a verla como a una hermana, sería todo mucho más fácil.
    Angel meneó la cabeza en señal de reprobación y volvió a mirar a las nutrias. Cooper no podía apartar sus ojos de ella, y fue así como se dio cuenta de que se estaba esforzando por esconder la sonrisita que afloraba a sus labios.
    – ¿En qué estás pensando?
    La sonrisa le llegaba ya de oreja a oreja.
    – En nada.
    – Dímelo -le rogó mientras le daba codazos en las costillas, como hacen los hermanos.
    Angel le dedicó una mirada soslayada de mujer fatal.
    – Bueno, pensaba en que si no me hubieras facilitado la fuente sobre el embutido, lo más probable es que hubiera pasado la noche en tu cama para sonsacarte la información.

8

    Judd acababa de sentarse a la mesa de la cocina cuando Lainey entró por la puerta trasera portando una caja de cartón. Levantándose de inmediato, le quitó el bulto de las manos y le dio un beso de bienvenida en la mejilla.
    – Buenos días, Judd -saludó Lainey, dándole unas palmaditas en la cara por respuesta.
    Era de estatura un poco más baja y de líneas un poco más redondeadas que Beth. La broma familiar siempre había consistido en que Beth se había quedado con la elegancia y Lainey con el artista.
    La recién llegada se volvió hacia su hermana gemela, que sacaba ya una tercera taza de un aparador.
    – Buenos días también para ti, Beth.
    En los labios de Beth apareció un leve rastro de sonrisa.
    – Vaya, Lainey, ¿qué hay en esa caja?
    – Muestras de los últimos productos Whitney de la compañía que se quedó con las licencias. -Aceptó el café que le ofrecían y se sentó en una silla, al lado de Judd-. Me quedé con algunos y supuse que tú querrías el resto.
    Beth se dio la vuelta y llenó su taza de café.
    – Claro, gracias -dijo.
    Judd no podía dejar de notar la nueva tensión que se había instalado en los hombros de Beth. Había estado particularmente pendiente de ella, de cada respiración, movimiento o emoción, desde la fatídica mañana en que había reinstaurado la costumbre de tomar café, la semana anterior. Desde entonces, la había visitado todas las mañanas buscando la aceptación de los sentimientos que albergaba hacia ella y una indicación que le aclarase qué hacer con ellos.
    Pero, por encima de todo, no quería causarle más sufrimiento.
    – Esta mañana he estado una hora con Angel Buchanan -anunció Lainey tras darle un sorbo a su café-. Es la cuarta vez que hablamos. Me contó que también te había entrevistado a ti -agregó, dirigiéndose a Judd-. Sigue sin entender que hayas elegido no hablar.
    El aludido se encogió de hombros. Les había ido bastante bien solo con papel y bolígrafo.
    – ¡Pues yo no pienso hablar con ella! -exclamó de pronto Beth, volviéndose hacia su hermana. Luego, con un tono de voz más sosegado y la mirada perdida, añadió-: Preguntas, preguntas y más preguntas sobre Stephen.
    Judd también se había negado a hablar sobre el artista. Stephen nunca le había tenido en muy alta estima, y de nada habían servido sus esfuerzos por hacer que el pintor cambiase de opinión.
    Lainey alargó un brazo y le dio a su hermana unos golpecitos de ánimo en el hombro.
    – No estás obligada a hablar con Angel, así que haz lo que quieras. -Una pequeña sonrisa le iluminó la cara-. Pero a mí me cae bien, y también a Cooper, a quien me parece que ella le corresponde.
    – ¿De verdad? -se sorprendió Beth.
    Judd alzó las cejas y miró hacia el techo. No hacía falta ser muy suspicaz para darse cuenta de que entre aquellos dos había química.
    – Me dijo que Cooper le había mostrado el acceso a la playa -confirmó Lainey-. Y ya sabes lo que significa eso.
    Poco menos que estupefacta, Beth buscó a tientas una silla, la apartó de la mesa y se sentó. Lainey guardó silencio y ambas tomaron largos sorbos de sus respectivas tazas.
    Podría decirse que fue Judd el que rompió el silencio, tras coger un bolígrafo y papel. «¿Acceso a la playa?» Él ya lo conocía, por supuesto, pero se le escapaba el significado de que Cooper se lo hubiera enseñado a Angel.
    Beth leyó la nota y miró por encima de la mesa.
    – Solíamos meternos con él cuando éramos niños; la «cala de amor secreta de Cooper». Estábamos seguras de que llevaba allí a sus novias para…
    «Entiendo», escribió Judd, sofocando una mueca.
    – En fin -siguió relatando Beth-, le dijimos que acordáramos una especie de señal que debía dejarnos cuando estuviese en la playa con alguna chica. -Sonrió y era la primera sonrisa sincera desde la muerte de Stephen-. Se nos ocurrieron varias, ¿te acuerdas, Lainey?
    – Claro que sí -convino Lainey-, desde mensajes en clave escritos con tiza en las rocas de la entrada, hasta calzoncillos ondeando como una bandera en alguno de los pinos.
    Beth retomó el relato, adaptándose al ritmo de su hermana.
    – Pero Cooper no hacía caso de nuestras burlas y consejos; nos dijo que aquel era su sitio secreto, su lugar especial, y que no quería compartirlo con ninguna mujer que no fuera de la familia.
    – Excepto algún día -interrumpió Lainey para concluir-, ¡cuando encontrara a la mujer con la que quisiera casarse!
    De nuevo atónitas, las gemelas volvieron las cabezas y se miraron.
    – ¿Será posible? -corearon.
    Judd no tenía ni idea y, por la simpatía que le tenía a Cooper, optó por no especular, pese a lo cual, no lamentaba las dudas y el regocijo visibles en la expresión de ambas hermanas. Le recordaba tiempos pasados, más felices, y le permitía albergar la esperanza de que todos recuperasen aquel sentido de la amistad y la familia, cálido y relajado, que había existido antes de la muerte de Stephen.
    A pesar de que las vidas de Lainey y Beth habían girado en torno al artista, Stephen dedicaba a su arte el grueso de su atención y energías. Se pasaba la mayor parte del tiempo recluido en su torre con sus pinturas y dejaba que el resto de la familia disfrutara de su trozo de paraíso en su ausencia.
    Las mujeres bebieron café y suspiraron y luego Lainey miró a Beth con ojos expectantes.
    – ¿No vas a abrir la caja? Me gustaría saber qué te parece.
    La caja de cartón estaba enfrente de Judd, quien, ante la mirada de Beth, tuvo que levantarse y abrirla y también desechar la repentina intuición de que contenía problemas en su interior. Fuera como fuese, él no era Pandora.
    El primer objeto que extrajo era, por cierto, más bien inocuo: un juego de ocho lápices al pastel, cada uno de un color y decorado con pequeñas ilustraciones que evocaban los cuentos de hadas. Se los alcanzó a Beth.
    – ¿Qué te parece? -insistió Lainey.
    Su hermana no sabía muy bien qué decir.
    – Están bien, supongo. -Le devolvió los lápices a Judd-. ¿Por qué no te los quedas tú? Te gustan mucho estas cosas.
    Judd aceptó la sugerencia y se los guardó en el bolsillo sin echarles un vistazo. Por supuesto que le servirían de algo; siempre tenía la necesidad de astillas de madera para la cocina de leña de su cabaña.
    El siguiente objeto que sacó de la caja era uno de aquellos jabones decorativos que su ex mujer amontonaba en el baño de invitados. Era del tamaño de una mano, de color blanco, y estaba moldeado de un modo extraño, parecido a…
    Se lo enseñó a Beth y la expresión de esta, al principio confusa, se perfiló de inmediato.
    – Mira, es una uve doble, ¿te das cuenta? -Le dio varias vueltas y luego sostuvo el jabón en alto para que Judd lo examinase-. Es la uve doble de Stephen, la que utilizaba para firmar sus cuadros.
    Lo meció en la mano, golpeó la superficie con las yemas de los dedos y luego se lo acercó para olfatearlo.
    – Pero no huele como él -agregó.
    Sin poder contenerse, Judd se inclinó sobre la mesa y le quitó el jabón de las manos. Beth lo miró con sorpresa pero él la ignoró y llevó el jabón hacia la caja. Luego, con un movimiento corto y airado de la mano, lo dejo caer.
    Al llegar al fondo de la caja, el jabón se partió en dos.
    De no haber estado callado por propia decisión, el siguiente objeto le habría dejado sin habla. Tratando de permanecer indiferente, alzó por encima de la mesa un pequeño rollo de papel higiénico.
    Beth no creía lo que estaba viendo. El papel, con fondo blanco, estaba estampado con dibujos de Whitney, todos ellos de inspiración marina; había conchas, delfines y ballenas grises. Un tanto estremecida, dirigió la vista hacia su hermana.
    – ¿No te parece un poco de mal gusto?
    Pues sí, un poquito. Judd no solía contener la risa, pero en aquella ocasión se tragó lo que sabía que sería una sonora carcajada.
    – Yo también pensé lo mismo cuando lo vi -afirmó Lainey, tras suspirar-. Aunque tuve la esperanza de estar exagerando.
    – Pensaba que tú te encargabas de supervisar estos artículos -indicó Beth.
    – Sí, pero Stephen ya había dado su aprobación al lote. -Lainey volvió a resoplar-. Y Cooper dice que, habiendo perdido los últimos cuadros y con todo nuestro dinero invertido en las licencias de comercialización, no me queda otro remedio que aceptar lo que me propongan. Supongo que no va a ser mucho peor que esto, ¿no crees?
    Visiblemente alterada, Beth le devolvió el rollo de papel a Judd.
    – No lo sé. No me imaginaba nada semejante.
    Las hermanas se miraron con impotencia y Judd tuvo que esforzarse para no adoptar la misma actitud. La situación económica de ambas no estaba para lanzar cohetes. Beth había sido la representante de Stephen, pero como no quedaban más cuadros, había dejado de recibir ingresos. El dinero que había ahorrado a lo largo de los años -una cantidad muy considerable, según le constaba a Judd- había ido a parar, junto con el de su hermana y su cuñado, al negocio de las licencias.
    Cuando se tomó la decisión, Judd había tenido que morderse la lengua para no gritar: «¡Invertid en otra cosa!»; y, diablos, se daba cuenta de que aquella había sido una de las pocas ocasiones en que hubiera sido mejor hablar que callarse.
    – Bueno, supongo que por lo menos te gustará el último -le aseguró Lainey a su hermana-. Es la clase de cosa que hará las delicias de quienes aman la obra de Stephen.
    Judd rebuscó sin rechistar en la caja y sacó un paquete envuelto en papel. Se lo dio a Beth y observó que la mujer contenía la respiración tras desenvolverlo.
    – Tienes razón -exclamó ella-. Es precioso.
    Era un tornasol, no mayor que la estilizada mano de Beth. Compuesto con cristales de brillantes colores, representaba el delicado vuelo de un hada.
    – Es una colección -informó Lainey-. Hay uno para cada mes del año; este corresponde a enero. Todos representan a esta misma hada rubia, aunque en poses distintas y con otras vestimentas.
    Aquella vestía pétalos de flor, en diferentes tonos de azul -desde el zafiro hasta el turquesa-, y estaba de puntillas con los brazos alzados sobre la cabeza y las manos enlazadas, como a punto de echarse a volar.
    A veces, incluso Judd tenía que reconocer que Whitney tenía talento.
    Beth echó hacia atrás su silla y se puso de pie para situar la pieza a la luz que entraba por la ventana de encima del fregadero.
    – Me recuerda a algo -dijo lentamente, con una voz quebradiza-, no sé muy bien a qué.
    – A mí me recuerda a la razón por la que me casé con Stephen -terció Lainey, que había cerrado los ojos-. Porque siempre me hizo sentirme así, ya desde el primer beso que nos dimos. A su lado tenía la sensación de que podía volar.
    – Sí -murmuró su hermana-, eso es.
    Tocado por el tono soñador que Beth había utilizado, el corazón de Judd se hundió como un ancla mientras el hombre la miraba acercarse a la ventana, casi hipnotizada por el centelleo del tornasol.
    Lainey intervino con una risa leve y sentimental como si, tras los ojos cerrados, estuviera reviviendo situaciones pasadas.
    – Nos veíamos en la cala, ¿sabías? Nunca se lo dije a nadie, pero mientras tú y yo estábamos en el instituto, la cala se convirtió en el sitio íntimo y especial que Stephen y yo compartíamos. -Mientras su hermana hablaba, Beth se quedó inmóvil, con la espalda envarada y la expresión compungida-. Solía meterse conmigo diciendo que temía ir algún día a la playa y que tú estuvieses allí en mi lugar. Tenía miedo de confundirme contigo y besarte, y así dar al traste con nuestro romance. -Se rió con inocencia, como si el beso entre su marido y su hermana le pareciera la más improbable de las ocurrencias-. Por supuesto, se trataba de una broma. Siempre supo distinguirnos, incluso cuando nos poníamos el mismo vestido. Como artista que era, jamás cometería el error de confundirnos.
    En ese punto, Beth dio un respingo y el hada de cristal, tras caérsele de la mano, fue a estrellarse contra el fregadero.
    Judd se levantó enseguida para evitar que la mujer tocara los cristales con las manos desprotegidas, pero Beth se limitó a contemplar el desastre.
    Parecía un arco iris compuesto de lágrimas.
    – La he roto -admitió Beth con voz ronca.
    Aun con pretensión de consolarla, Judd la miró sin efectuar movimiento alguno. Aunque quemase los lápices, destrozara el jabón o utilizase el papel higiénico de Stephen para limpiarse el culo, Judd no tenía capacidad para deshacer los vínculos que ataban a Beth al artista.
    Se obligó a respirar por la nariz manteniendo un ritmo pausado con el propósito de conquistar una paz cuyo disfrute le había llevado a quedarse en Big Sur. Todas las horas de lectura y meditación le habían ayudado a vislumbrar la verdadera naturaleza de las cosas, ¿no era cierto? Y sin embargo, maldita fuera su estampa, en aquel momento la profundidad de su respiración y sus estudios no le servían un carajo.
    Aceptar lo que sentía por Beth: eso le parecía posible. Pero nunca sería capaz de aceptar aquello a lo que en aquellos momentos tenía que enfrentarse.
    Ni siquiera sabiendo que no había lugar en el mundo al que pudiera ir y convivir con lo que sentía por ella.
    Ni siquiera sabiendo que, obviamente, Beth estaba enamorada de su cuñado.
    Y todavía le quedaba una vuelta de tuerca más a aquella gran broma cósmica. Judd ya no tenía por qué preocuparse por no hacerle daño a Beth, pues era del todo imposible que le rompiera el corazón.
    De eso ya se había encargado Stephen.

    En las cercanías del pequeño poblado de Big Sur, en un tugurio llamado El Pozo, Angel se aferraba al teléfono público situado en el estrecho pasillo que conducía a los servicios. A la espera de que acabase el mensaje del contestador automático, grabado por su ayudante, se estiró y oteó a través de una puerta para ver la pista de baile rodeada de mesas y la destartalada barra que estaba detrás.
    Había pedido un «Especial de la casa», que era una generosa hamburguesa que incluía los ingredientes al uso, y quería estar presente cuando le sirvieran el jugoso plato acompañado de crujientes patatas fritas. Aquella comida, que ella consideraba decente, era la recompensa por haberse ceñido al reportaje y a la objetividad durante diez días. Sí, estaba celebrando el triunfo de sus habilidades como periodista.
    Al oír la señal, Angel apoyó el hombro en los paneles de madera, vulgares y gastados, que forraban la pared.
    – Soy Angel. Cuando vayas a la reunión del consejo editorial, por la mañana, hazle saber a Jane que habré acabado todas las entrevistas dentro de un par de días.
    Había hablado durante varias horas con Lainey Whitney, un poco menos con Cooper y Judd, y luego con personas de la zona que habían sido vecinos de Stephen durante mucho tiempo.
    – Aun así, me gustaría tener una conversación con la gemela de la viuda -dijo Angel por el auricular-, y también con Katie, la hija de Stephen Whitney. De todas formas, dile a Jane que todo va bien, que todo está bien.
    «Bien» servía para describirlo, pensó tras colgar el teléfono. Estaba bien que tras la primera entrevista con la viuda hubiera recuperado la imparcialidad periodística. Estaba bien haber pasado los últimos días tan pancha, elaborando un perfil exhaustivo del pintor y al mismo tiempo haberse olvidado de que el pintor en cuestión resultaba ser su padre. Y estaba bien que no hubiera descubierto el más mínimo detalle que pusiera en entredicho la imagen de hombre de familia sin tacha que se le adjudicaba al Artista del Corazón.
    Daba la impresión de que solo se había fallado a sí misma.
    Sacudió la cabeza con la pretensión de que aquel pensamiento no echara raíces. Ella era una periodista y Stephen Whitney el objeto de su reportaje, nada más. ¿No se lo había demostrado a sí misma durante los anteriores diez días, por no hablar de la última hora? Le había hecho falta una buena dosis de imparcialidad profesional para aguantar una descripción con pelos y señales a cargo de la primera persona en llegar al accidente en que el pintor había perdido la vida.
    Bueno, tal vez hubiera flaqueado una o dos veces, pero se había sobrepuesto a la debilidad a base de repetirse un breve y apaciguador mantra. Y todo eso quería decir que tenía una mente fría, de periodista -y, por lo demás, un estómago a prueba de bomba-, concluyó mientras se adentraba en el bar tras observar que la robusta camarera dejaba un plato en la barra. ¡Su ración de patatas!
    Sentada en el taburete, Angel se dispuso a poner manos a la obra. El aroma delicioso y decadente de las untuosas patatas le hizo sentirse en la gloria. Eligió una con el índice y el pulgar y gimió un poco al encontrarla hirviendo y casi cristalizada por la sal.
    Perfecto, juzgó, arrellanándose en la plataforma del taburete, forrada de eskay. Cerró los ojos y se llevó la patata a la boca.
    – ¿Llegué a hablarle de la carnicería del 52?
    Angel abrió un ojo. El hombre que había ido a entrevistar, Dale Michaelson, había evadido sus preguntas y ello a pesar de las dos jarras de cerveza a las que lo había invitado. Allí estaba, de nuevo, mesándose la barba.
    – ¿Carnicería? -inquirió Angel, aún entretenida con su patata-. ¿Qué tipo de carnicería exactamente?
    – Una bandada de gaviotas, señorita -contestó el señor Michaelson mientras cogía uno de los cigarrillos liados a mano que llevaba en la oreja-. Soy experto en explosivos, ¿sabe?, y llegué a Big Sur de joven para trabajar en la carretera.
    Estupendo. Angel seguía masticando la patata -la gloria-, lo que no le impidió echar cuentas. La carretera Uno se había construido con prisioneros, y las obras habían acabado en 1937. Si el señor Michaelson decía la verdad, entonces pasaba de los ochenta años y, para rematarlo, era ex convicto.
    – ¿Qué quiere decir, en concreto, eso de experto en explosivos? -preguntó, atacando otra patata.
    Con un ampuloso desprecio por las leyes antitabaco de California, el señor Michaelson sacó una cerilla y encendió su cigarrillo.
    – No tema por el fuego, jovencita -afirmó antes de dar una larga calada.
    Angel lo miró y descubrió que le estaban cayendo sobre la barba las ascuas del cigarrillo. La mata entrecana empezó a humear.
    – Oiga… -tartamudeó, señalándole el peligro.
    Él se rió y, como por casualidad, sofocó con la mano el conato de incendio.
    – ¿Entiende lo que le digo? Con el fuego no hay nada que temer.
    Alguien ocupó el taburete vacío que estaba junto a Angel.
    – ¿Qué, Dale, intentando impresionar a las mujeres?
    Cooper. Al oír el sonido de su voz, Angel contuvo la respiración y, procurando ocultar su sobresalto, se limitó a dirigirle una esquiva mirada. Sin embargo, eso fue todo lo que hizo falta para que algo -bueno, el deseo- se le extendiese por todo el cuerpo como una inyección de adrenalina. La impresión hizo que se sintiera mareada, pero no fue capaz de apartar de él la mirada.
    Estaba acostumbrada a verlo con la vestimenta habitual en Big Sur: vaqueros o pantalones cortos, camiseta y botas de montaña. Pero en aquella ocasión iba vestido de urbanita, con unos pantalones negros y un jersey ceñido de color azul que debía de estar confeccionado con seda italiana. Modelito postinfarto, fue lo primero que pensó Angel, pues la ropa le quedaba como un guante.
    Su segundo pensamiento fue que estaba allí vestido de aquella manera porque debía de tener una cita.
    Dale Michaelson se inclinó para evitar a Angel y se dirigió a Cooper.
    – ¿Es esta tu chica, Cooper? ¿Te da miedo que alguien te la robe?
    Angel arrugó el entrecejo, se apartó de Cooper y se acercó el plato de patatas fritas.
    – Yo no soy la chica de nadie, señor Michaelson.
    El hombre volvió a reírse.
    – ¿Qué te parece? Toma nota, Cooper. El caso es que yo le estaba hablando de la bandada de gaviotas que dinamitamos por accidente en el 52. Por culpa de esos pajarracos tuvimos uno de los incendios más grandes que se recuerdan por aquí. No fue tan importante como el de hace veinte años, pero por ahí anduvo. Quemados, esos condenados olían de lo lindo. -El hombre hizo una pausa y apuntó con el cigarrillo a la camarera, que, en aquel momento, salía de la cocina con la hamburguesa de Angel en las manos-. Mejor que el especial de pollo Ave César de Maggie -agregó.
    ¡Caramba! Angel tomó aliento y, dejando a un lado su objetividad de periodista, se concentró en la enorme y jugosa hamburguesa que colocaron frente a ella. Estaba atiborrada de lechuga, tomate, pepinillos y cebolla, partida por la mitad, y su aspecto era como para despertar a los muertos. Angel la abrió y añadió un toque de mostaza y salsa de tomate.
    – Eso va a acabar contigo -le murmuró Cooper al oído.
    Al sentir su aliento, a Angel se le erizó la piel.
    – Sí, pero moriré contenta -replicó ella sin levantar la vista de la comida.
    No podía permitirse volver a mirar a Cooper ni tampoco darle la oportunidad de ver con cuánta facilidad podía dominarla.
    – Eh, te he oído, Cooper -bramó la camarera Maggie, con sus enormes caderas apoyadas tras la barra y la expresión irritada-. No veo por qué tienes que venir aquí a espantarme a la clientela.
    – Quizá solo esté buscando compañía para remediar mi miserable situación, Maggie -contestó Cooper con aire burlón-. ¿Quién fue siempre tu mejor cliente?
    – Tú -convino ella-, siempre que te mantuviéramos apartado de la ciudad.
    – Y ahí es precisamente donde yo encontré a Cooper -terció el señor Michaelson al tiempo que la ceniza, esta vez, se le caía sobre la barra-. Como le he dicho antes, señorita, después de llamar a la policía, al primero a quien llamé fue a Cooper, que estaba en su gabinete de la ciudad.
    – ¿Qué? -Cooper apoyó los codos encima de la barra y miró al hombre a través del humo-. ¿Qué ha sido lo que le has dicho a Angel?
    Maggie contestó en lugar del señor Michaelson, afortunadamente, con tacto y brevedad:
    – Le he hablado de Stephen.
    – Le he dicho que el camión le arrancó hasta los zapatos -contestó el señor Michaelson obedientemente-, un par de chanclas de la talla cuarenta y dos.
    El estómago de Angel dio un vuelco y la reportera tuvo que atenerse a su pequeño mantra.
    … información para el reportaje, información para el reportaje, información para el reportaje…
    Tomó aire con decisión y volvió a la hamburguesa.
    – Del pobre desgraciado solo quedó la mata de pelo rubio -siguió describiendo el viejo-, y poco más.
    Las manos de Angel apretaron la hamburguesa, que comenzó a gotear salsa de tomate por un costado.
    … información para el reportaje, información para el reportaje, información para el reportaje…
    – Joder, Dale -masculló Cooper y, luego, dirigiéndose a Angel, añadió-: ¿Estás bien?
    … información para el reportaje, información para el reportaje, información para el reportaje…
    – Oye, ¿estás bien? -insistió.
    – Claro. -Angel se puso de espaldas para protegerse de Cooper-. Soy periodista y los detalles forman parte de mi trabajo.
    – Pero Angel…
    – No creas que no soy capaz de soportar cosas así.
    Cuando cambió de colegio, sufrió las bromas de un grupo de niños que aprovechaban cualquier oportunidad para asustarla. Como se metían con ella diciéndole que chillaba como una niña, ella pugnó por endurecerse, por no emitir ningún sonido ni tan solo parpadear cuando, por ejemplo, encontraba grillos en la comida o caracoles en la carpeta.
    Angel apoyó los brazos en la barra y se llevó la hamburguesa a la boca.
    – Y también le he contado que, en mi opinión, debió de volar unos doce metros.
    Angel tuvo que cerrar los ojos, no muy convencida de si el viejo había sido el que había dicho aquellas palabras o si, en cambio, había sido la voz de su memoria. El camión había arrollado a su padre, lo había lanzado a una distancia de doce metros y le había arrancado las chanclas. Recordó el pelo rubio, el pelo de su padre.
    En una ocasión, cansados de las bromas de poca monta, los pilluelos del colegio la habían acorralado cuando iba de camino a su casa. Le quitaron la mochila y luego le dijeron que habían metido en ella un gato muerto y ensangrentado, tras lo cual le pusieron aquello en las manos.
    En aquel momento, igual que entonces, Angel se oyó a sí misma gritar como una niña y a todo pulmón, e, igual que entonces, el sonido solo tuvo lugar en su imaginación. Su aspecto era firme, calmo y aplomado, igual que había sido el día del gato muerto. Ella era fuerte y dura: se había rescatado a sí misma.
    – ¿Angel?
    – ¿Qué? -Todavía sujetaba el trozo de hamburguesa, pero no se sentía con ganas de seguir comiendo.
    – Cielo -exclamó Cooper-, estás blanca como un espectro.
    – Espectro -repitió ella, sintiendo la repentina necesidad de reír.
    Pero Angel Buchanan era demasiado dura como para hacer ese tipo de cosas; así era. Necesitaba ser dura.
    El «gato» había resultado ser un batiburrillo de paños rojos empapados en melaza y, aun así, se había convertido en uno de sus fantasmas, en una parte de su pasado que no dejaba de atormentarla. El «gato» y aquel hombre, su padre, que había muerto a unos kilómetros de allí. Tampoco podía olvidarse de él.
    Y él, ¿se habría acordado de ella?
    Los dedos se le aflojaron y la hamburguesa cayó en el plato.
    – Maggie -llamó Cooper mientras tomaba del brazo a Angel y la estrechaba-, trae un té. Muy caliente y con mucho azúcar. -Entonces la sacudió levemente y le preguntó-: ¿Te encuentras mal?
    – Por supuesto que no. -Angel observó el pecho de Cooper; allí, bajo la fina tela del jersey, tenía la cicatriz, porque Cooper también era duro, tanto como para sobrevivir a dos infartos-. No quiero té, no lo soporto.
    – Bueno, pues entonces nos vamos de aquí.
    Sin miramientos, la obligó a bajarse del taburete y Angel se miró los lustrosos zapatos que llevaba.
    Chanclas. Había perdido hasta las chanclas, de la talla cuarenta y dos, pensó Angel, empezando a tambalearse.
    – Mierda -murmuró Cooper, que, al rodearla con el brazo, le rozó el pecho sin pretenderlo por causa de la diferencia de altura-. Mierda.
    Angel notó en aquella zona un cosquilleo cálido que la sacó de su extraño ensimismamiento. Entonces, se deshizo del brazo de Cooper y enderezó los hombros.
    – Estoy bien, estoy…
    Al volverse en busca de su bolso, descubrió la abandonada hamburguesa, llena de salsa de tomate.
    El estómago volvió a decirle que no, tras lo cual miró a Cooper como queriendo responderle a una afirmación que él, callado, no había hecho.
    – No creas que no puedo con esto -le advirtió.
    – Claro que puedes -la alentó Cooper, sujetándola del brazo como si las rodillas de ella estuvieran a punto de fallar.
    Y no lo estaban.
    – Déjame que te ayude… -estaba diciéndole el hombre.
    – ¡No necesito ayuda! Nunca me ha hecho falta -exclamó ella, llevándose una mano a la frente-. Me duele la cabeza, eso es todo; seguro que por la cantidad de verdura que he tenido que comer.
    Él tenía su bolso. Se lo arrebató y, al hacerlo, a punto estuvo de perder el equilibrio, con lo que Cooper volvió a agarrarla.
    – Bailemos -propuso insólitamente-. Alguien ha puesto una moneda en la máquina de discos. La que suena es mi canción favorita.
    Angel prestó atención.
    – ¿«Hakuna Matata» es tu canción favorita? -preguntó, incrédula-. ¿«Hakuna Matata», la canción de El Rey León?
    – Calla -susurró él, estrechándola entre los brazos-. Ahora es nuestra canción.
    – O sea, que nuestra canción es un dúo compuesto por un roedor y un cerdo -masculló ella-. Nos viene muy bien, sí.
    A pesar de todo, Angel se dejó abrazar pues, a fin de cuentas, le dolía la cabeza. Cualquier cosa menos reconocer que «Hakuna Matata» era una canción simpática, o que no recordaba la última vez que había bailado ni cuándo había tenido la oportunidad de apreciar el aroma de una colonia masculina sobre una piel masculina en lugar de olfatear las muestras que encontraba en las revistas.
    Bien pegado a ella y apoyando la barbilla en su mejilla, Cooper comenzó a tararear. ¡Así que tarareaba! Aquello era reconfortante.
    La música hizo que Angel se abandonara en los brazos del hombre. Ella también silbaba en la intimidad, así que sentía cierta simpatía hacia quienes gustaban de tararear. Ella silbaba para fingirse más fuerte de lo que en realidad era, y quienes tarareaban, para expresar satisfacción.
    Cerró los ojos. Era agradable pensar que a Cooper le gustaba tenerla entre los brazos.
    Se olvidó de todo lo demás y permitió que aquel pensamiento la arrullase, que él, con los brazos, la sujetase y se encargase de moverse por los dos. Y, estando sumida en algo parecido a una cálida neblina, notó una súbita oleada de aire fresco. Abrió los ojos y al instante comprobó que Cooper la había conducido al exterior y que estaba abriendo la puerta del copiloto de su todo terreno.
    – ¿Qué pretendes? -inquirió, boquiabierta-. Tengo mi propio coche.
    Él le quitó el bolso y lo lanzó al interior del vehículo.
    – Mañana, si quieres, venimos a buscarlo.
    – No… Pero ¿qué haces? -En lugar de prestarle atención, Cooper la alzó y la acomodó en el asiento-. Tengo mi propio… -Entonces la puerta se le cerró en las narices.
    Mientras lo veía montarse en el lado del conductor, Angel advirtió que estaba más sorprendida que enfadada.
    – ¿Qué está pasando? -preguntó.
    – ¿Cuándo fue la última vez que comiste? -contraatacó él.
    – ¿La última vez? -Angel sacudió la cabeza-. No lo sé, pero eso…
    – Tengo por ahí un periquito que pesa más que tú -la reconvino él-. Hoy no te he visto en el comedor, ni a la hora del desayuno ni a la de la comida, y luego por poco te desmayas en el bar. Por Dios, ¡si mientras bailábamos estabas en Babia! Ahora mismo te llevo de vuelta a Tranquility House para que comas algo antes de que te caigas redonda.
    – Si ya tengo comida… -protestó ella, señalando el lugar que acababan de dejar.
    – No.
    Angel volvió a intentarlo.
    – Mi hamburguesa…
    Él la interrumpió con un aspaviento impaciente.
    – No me hagas reír. Eso no es comida en condiciones.
    – Pero…
    – Por favor, Angel, cede un poco. Déjame que te cuide, aunque solo sea por esta vez.
    «Aunque solo sea por esta vez.» Angel midió la determinación que percibía en la expresión de Cooper.
    Pensándolo bien, tenía razón: estaba hambrienta y cansada, y no quería seguir peleándose, ni con él ni consigo misma.
    – Está bien.
    Permitir por un rato que alguien llevara las riendas por ella no implicaba que la situación se le estuviera yendo de las manos.
    Los dos juntos asaltaron la cocina de Tranquility House; bueno, en realidad fue Cooper quien la asaltó mientras ella esperaba. Decidió que aquello era muy agradable, y más aún que él estuviera sentado a la mesa frente a ella, compartiendo un plato de lasaña de berenjena recalentada. Ambos acabaron de comer al mismo tiempo.
    Relajada y con el estómago lleno, Angel miró a Cooper y sonrió.
    – Nos hemos olvidado de algo -le recordó él con dulzura.
    Angel sonrió perezosamente.
    – ¿De qué?
    Cooper adelantó las dos manos y las hundió en los cabellos de ella. Los reflejos de Angel también debían de estar adormecidos, pues la mujer no mostró el más leve indicio de protesta.
    – El postre -susurró él, rozándole los labios.

9

    Eso es, postre, pensó Cooper, mientras los labios de Angel acariciaban los suyos. Estaban calientes, eran dulces y sabían a algo que no estaba dispuesto a dejar escapar. No aquella noche.
    Cooper alzó la cabeza para tomar aire. La mujer tenía los ojos entornados y los labios enrojecidos por el beso. Hacía ya una semana que lo llevaba de cabeza, entrando y saliendo del refugio con aquellos vestidos de chica de ciudad y faldas cortas, en actitud decidida. Dios, cómo envidiaba su seguridad. Y además era preciosa. Realmente preciosa.
    Durante aquellos días se había mantenido alejado de ella, convenciéndose de que debía aceptar su vida monacal e intentando apartar de su mente las fantasías de cubrirle las piernas con rodajas de embutido y comérselas una a una. Pero por el amor de Dios, había dejado el tabaco, la cafeína y la adrenalina que le proporcionaba su trabajo. Era evidente que tenía el control suficiente sobre sus apetitos para consentirse probar algo más de ella.
    – Ven aquí -le ordenó mientras introducía los dedos en su melena-. Acércate a mí.
    – A ti -susurró Angel, cerrando lentamente los ojos.
    – Acércate. -Cooper no quería arriesgarse a trasladar la acción a un lugar más cómodo; después de todo solo quería probarla. Angel apoyó la mano en la mesa para levantarse y Cooper la agarró para atraerla hasta él-. Ven aquí, cariño.
    Aunque se acercó a él, Cooper percibió que entre sus rubias cejas se dibujaba una tenue arruga de preocupación.
    – No sé si esto es una buena idea…
    – No pienses en ello -respondió, dispuesto a no llegar demasiado lejos-. Recuerda que solo por esta vez vas a dejar que cuide de ti.
    Angel suspiró y permitió que Cooper la guiara hasta sus rodillas. Estaba tan delgada que, cuando se sentó sobre él, Cooper solo notó el cosquilleo de su melena en la barbilla. Durante unos instantes permaneció quieto, recreándose tan solo en la calidez que emanaba de su cuerpo. Intentó controlar la respiración, dispuesto a disfrutar al máximo del momento, de la sensación de tenerla entre sus brazos.
    Fue casi suficiente.
    Pero en ese momento Angel se acomodó sobre sus piernas y la ajustada falda se le levantó hasta la mitad del muslo. Mientras Cooper le acariciaba la pierna notó que se le disparaba el pulso.
    Angel contuvo la respiración y arqueó la espalda. El hombre no pudo resistirse y volvió a besarla. Pretendía tomárselo con calma, darse el tiempo suficiente para disfrutar de ella antes de dar por finalizada la sesión. Pero Angel era más tentadora que el propio diablo. Los labios de la mujer se abrieron entre los suyos y Cooper estaba tan extasiado que tuvo que hacer un esfuerzo por no embestirla en aquel mismo momento. Se tomó su tiempo besándole las comisuras y dibujando con la lengua el perfil de su boca para, finalmente, morder con dulzura la suave carnosidad de su labio inferior.
    Angel gimió pero Cooper hizo lo posible por no ceder a la petición que entrañaba aquel sonido y siguió con los besos delicados, acariciándola con la lengua y succionando levemente su labio inferior. Con cada succión, Angel se estremecía y apretaba las rodillas contra sus caderas. Se notaba que aquello le estaba gustando.
    Sin embargo, Cooper sabía que ella quería más, que la fuerza con la que se aferraba a su pelo y le acariciaba la cabeza demostraba que no tenía suficiente. Cooper le soltó el labio y Angel le acercó de nuevo la boca con decisión. Deslizándola con suavidad, Cooper le metió la lengua y ambos empezaron a gemir.
    Recordándose una y otra vez que debía ir despacio, que debía intentar deleitarse con lo poco que iba a probar de ella, Cooper le acarició el paladar con la lengua y apartó la cabeza.
    – Más -rogó Angel, aferrándose con fuerza a su pelo.
    Cooper sonrió.
    – No te preocupes. Aún no hemos terminado.
    No me preocupo. Al parecer, hasta las chicas duras podían suplicar.
    Cooper enroscó los rizos en sus dedos y la atrajo de nuevo hacia sí.
    – Tienes un cuello precioso -murmuró, mientras le mordisqueaba la mandíbula y le lamía la garganta-. Tuve ganas de probarlo en el mismo instante en que té vi.
    – Mmm… -Angel cerró los ojos.
    Cooper sonrió y se tomó unos segundos para recrearse en el olor del cuerpo femenino, en la suavidad de su piel, en el calor que emanaba y en el embriagador perfume de su fragancia. Entonces retomó los besos y siguió bajando hasta que la barbilla topó con la delicada tela de su blusa. Levantó de nuevo la cabeza, esforzándose por no mirar la hilera de botones que la mantenían abrochada.
    Mejor ni tocarla.
    Durante aquel año en Tranquility House había aprendido a conformarse con poco y, aunque todavía le costaba trabajo, seguía esforzándose por no hacerse demasiadas ilusiones. Aquello sería suficiente, se dijo. Unos cuantos besos y caricias, lo suficiente para engañar al hambre sin tener que repetir.
    Le besó el hombro, la barbilla y volvió a la boca. Angel separó los labios y en aquella ocasión fue ella quien le metió la lengua.
    Unos cuantos besos y caricias. Convencido de que tenía la situación bajo control, continuó.
    Pero entonces Angel apartó los labios y comenzó a lamerle el lóbulo de la oreja.
    Cooper soltó un quejido de placer. Oh sí, sí. Sigue, sigue…
    Sin apartar la boca de su oreja, Angel le metió las manos debajo de la camiseta. Cuando, desde la espalda, comenzó a arañarle las costillas con suavidad, Cooper se estremeció y el corazón le dio un vuelco.
    La sensación era tan placentera que trató de que Angel parara. En un intento de distraer su atención, empezó a acariciarle un pecho. La mujer envaró la espalda y sus miradas se encontraron. Ambos respiraban precipitadamente, y cada vez que ella tomaba aire, Cooper notaba la agitación en su mano.
    Entonces fue ella la que movió la mano, desplazándola desde las costillas hasta el pecho. Cooper contuvo el aliento pues sabía bien hacia dónde la dirigía. Comenzó a desabrocharle la blusa y, por suerte, Angel paró.
    En aquel momento Cooper supo cómo debía actuar. Si conseguía que ella no se moviera, si se dejara tocar sin reaccionar a sus caricias, él podría llevar a cabo su placentero plan. En un intento de calmarse pensó en su abuela y se dispuso a desabrochar la hilera de botones.
    Angel no se movía, tan solo lo miraba, ruborizada y atenta.
    – Eres preciosa -murmuró con la voz entrecortada-. Pareces un ángel.
    Ella sonrió y le acarició la mejilla. Cooper posó la mano sobre la suya, le besó los dedos y la colocó junto a su cuerpo.
    – Déjame -comenzó-, deja que te toque, no te muevas.
    Desabotonó la blusa hasta llegar a media cintura y fue incapaz de continuar. No pudo contenerse, tuvo que separar los dos pedazos de tela y contemplar las curvas que se dibujaban bajo el sujetador rosa de satén.
    Sentía cómo el deseo le golpeaba el pecho y tomó aire para controlar el pánico que empezaba a apoderarse de él. Tenía que mantener la calma y respiró profundamente. Entonces se dispuso a desabrocharle el sujetador, de cierre frontal.
    Y no pudo.
    Cooper no se lo podía creer. En el pasado, había sido capaz de desabrochar hasta veinticinco sujetadores distintos en la impresionante marca de quince segundos, y, aunque aún se creía capaz de batirla, en aquel momento estaba tan nervioso que el temblor se lo impedía. De acuerdo, había practicado con sujetadores atados a sillas y no a suaves cuerpos de mujer, pero lo cierto era que tampoco le faltaba experiencia en esas lides.
    Angel comenzó a contonearse.
    – Cooper…
    Mierda, mierda. La voz de la mujer transmitía preocupación y Cooper intentó darse prisa.
    – Cooper. -Angel se llevó la mano al cuello de la blusa, como si quisiera volver a abrocharla. Cooper advirtió que estaba ruborizada y temió que su torpeza terminara con sus ganas de continuar.
    Intentando relajarse, inspiró profundamente y apartó la mano de la mujer. La volvió a besar en los labios y, olvidándose de los malditos corchetes, le acarició el pecho por debajo del sujetador.
    Angel soltó un leve gemido. Entonces Cooper bajó la vista. ¡Y qué visión tan extraordinaria! Si el solo hecho de amasar aquel peso, suave y cálido, ya proporcionaba una sensación más que excitante, no lo era menos observar cómo su gruesa muñeca se perdía bajo el satén.
    Cooper notó que su corazón había recuperado el ritmo habitual, señal inequívoca de que la sangre volvía a estar concentrada en su entrepierna. La tenía muy dura, y más aún se le puso cuando comenzó a juguetear con el pezón, también como una piedra.
    Angel emitió otro quejido, pero él continuó con la mirada fija en sus pechos. No podía apartar los ojos, le parecía fantástico ver cómo la mujer se estremecía y sentir el agitado latido de su corazón en las yemas de los dedos. Entonces llevó la mano que tenía libre a su otro pecho, lo acarició, le frotó el pezón.
    – Cooper -susurró Angel.
    El hombre levantó la vista justo cuando ella se lamía los labios.
    Sin dejar de mirarla, le pellizcó un pezón con delicadeza. Angel cerró los ojos.
    Cooper apartó una mano y acercó los labios. Sin retirar el sujetador, se llevó el pecho a la boca y comenzó a humedecer la tela con la lengua hasta que el pezón volvió a estar duro. Siguió lamiendo hasta que la tela, empapada, dibujó a la perfección aquella protuberancia. Entonces se lo metió en la boca, succionando hasta que el pezón le acarició el paladar.
    Angel lo rodeó con los brazos y, contoneándose, se acomodó sobre su erección. Aquel movimiento hizo que Cooper chupara con más ímpetu, provocando mayor excitación en la mujer.
    Pero no, no podía permitir que se meneara de aquel modo.
    Con la intención de que parara repitió la operación con el otro pecho. Se lo llevó a la boca y comenzó a lamerlo con fruición. De nuevo, Angel se quedó quieta. Dibujó círculos a su alrededor con la lengua y sintió cómo la mujer se tensaba, a la espera de la succión final que tanto la excitaba.
    Cuando Cooper la sintió totalmente rígida, se lo metió en la boca y mordió.
    Angel soltó un chillido de éxtasis.
    El hombre alzó la cabeza con gesto de pretendida preocupación.
    – ¿Te he hecho daño? -Sabía bien que le había encantado, que aquel grito había sido de puro placer.
    – No, yo… -Angel meneó la cabeza y los rizos formaron una cascada sobre su escote-. No.
    – Entonces… -Cooper rió para sus adentros y le apartó la melena. Al bajar la mano de nuevo, le rozó un pezón con los nudillos y sintió cómo ella contenía el aliento. Así que siguió acariciándolos. Una y otra vez.
    – Cooper -le suplicó en tono agonizante.
    Él levantó la vista y se dio cuenta del deseo, del apetito reflejado en el rostro de la mujer.
    – Déjame seguir -intervino, sabiendo que no iba a parar a menos que ella se lo pidiera. Aunque en principio no se había planteado llegar tan lejos, en aquel momento deseaba tanto como ella continuar con el juego.
    Solo un poco más, pensando también en ella.
    – Déjame. -Y sin otro preámbulo volvió a hundir la cabeza entre sus pechos.
    Olían a perfume, y aun a través de la blusa y el sostén, los notaba dulces y cálidos. Parecían hechos a la justa medida de su boca y, cada vez que los chupaba, la forma en que Angel se estremecía le hacía sentir que todavía servía para algo.
    Hacía mucho tiempo que no se sentía tan hombre.
    Entre sus brazos, Angel vibraba y temblaba de excitación. Con intención de calmarla, Cooper le acarició la parte interior del muslo y ella dio una sacudida. Tenía los nervios a flor de piel.
    – Cooper…
    Se acercó para besarle el pezón y notó el latido desbocado de su corazón en la mejilla. La tenía en sus manos, sometida, y a Cooper le gustó aquella sensación.
    – Cooper… -repitió alzando la voz, mientras se llevaba una mano a la frente, como si intentara recomponerse.
    Pero él no se lo iba a permitir. Estaba dispuesto a hacerla volar.
    – ¡Chisss! -La besó en los labios-. No te resistas.
    Sin reparar en gemidos, le subió la falda hasta las caderas y volvió a acariciarle el muslo. Angel suspiró y separó las piernas. Entonces, Cooper le dio otro beso en la boca y se abrió camino bajo la tela fruncida hasta llegar al cálido monte cubierto de satén.
    Apoyó en él la mano y le mordisqueó la barbilla, le lamió el cuello y bajó hasta el pezón una vez más. Mientras lo chupaba con fuerza, apartó la tela y la penetró con dos dedos. Angel echó hacia atrás la cabeza y soltó un largo gemido de placer.
    Estaba ardiendo y tan húmeda que Cooper deslizó los dedos hasta su interior con la mayor facilidad. Tenía el clítoris como los pezones, duro y con ganas de ser acariciado. Cooper lo frotó con el pulgar y Angel arqueó la espalda. Cerró los ojos y permaneció en silencio, concentrada en los movimientos de su mano.
    Acelerando el ritmo, Cooper inclinó la cabeza y le lamió el pezón. La fricción, cada vez más rápida, iba acompañada del movimiento circular de los dedos que tenía en su interior.
    Angel se abrazó a él mientras meneaba las caderas al compás de sus caricias, ahora tan aceleradas que tensaban las paredes que rodeaban sus dedos. Cooper se apartó de su pecho y levantó la cabeza para observar cómo Angel alcanzaba el clímax, aunque no necesitaba mirarla para saber que se acababa de correr.
    Aquella visión fue la más erótica y hermosa que él había visto jamás. Medio vestida y apoyada sobre él, la encontró simplemente preciosa. Sin embargo, aún más erótico y hermoso le pareció el hecho de haber controlado, al menos durante unos instantes, cada respiración y respuesta de una mujer tan compleja e independiente como Angel.
    Cooper se sorprendió por el placer que proporcionaba dar placer. Si muriera en aquel mismo momento, lo haría feliz.
    Antes de que tuviera tiempo para recuperarse, Cooper ya le había bajado la falda y abrochado la blusa. Angel se incorporó y, retrocediendo a trompicones, dijo:
    – Yo… esto…
    Tenía que decir algo, era necesario. Y en el momento en que supiera qué decir lo haría sin dilación. Pero se encontraba ante el único hombre que había conseguido llevarla a tal estado y estaba todavía un poco aturdida.
    Cooper se levantó del banco, y sin mirarla a los ojos, espetó:
    – Es tarde. Te acompañaré hasta tu cabaña.
    Atónita, Angel intentó darle sentido al tono frío de aquellas dos frases después de lo que acababa de tener lugar.
    – ¿Nos vamos? -preguntó el hombre en tono amable-. Ya es tarde.
    Como daba por hecho que Cooper no estaba bajo ningún toque de queda, dedujo que sus palabras significaban que el agradable interludio había llegado a su fin. Cooper no parecía dispuesto a entrar en su cabaña aquella noche, y aún mucho menos a meterse en su cama.
    Vaya por Dios. No sabía si sentirse rechazada o aliviada, pero ella misma había estado en la posición del que no obtiene placer alguno las veces suficientes para saber que en aquel momento su compañero no debía de estar demasiado satisfecho. Ante aquello, ¿qué se suponía que tenía que hacer? ¿Disculparse?
    Intentando disimular la oleada de vergüenza que se estaba apoderando de ella, Angel se cruzó de brazos. Además, ¿no era así como sucedía siempre? Aunque en aquella ocasión los preliminares no habían estado tan mal -de acuerdo, habían sido extraordinarios-, lo que seguía había sido, como era habitual, un desastre absoluto.
    – No es justo -susurró finalmente.
    Cooper se metió las manos en los bolsillos y miró en dirección a la puerta.
    – No tiene por qué ser siempre justo.
    – No me refiero a eso -repuso, entornando los ojos-. Ni siquiera he llegado a eso.
    – Entonces, ¿de qué estás hablando?
    – Es que esto no me gusta nada. -Angel señaló el banco, a él, a sí misma.
    – ¿No te gusta correrte? -preguntó en tono divertido.
    ¡Qué cabrón!, pensó. Por lo visto había decidido hacer frente a aquella situación incómoda con chulería. Con chulería, indiferencia y haciéndose el gracioso.
    Aquella pregunta la enfureció.
    – No me gusta lo que viene después -le aclaró.
    – Pues…
    – ¿Qué se supone que hay que hacer después? ¿Acaso tú lo sabes? He leído miles de artículos sobre cómo llevarte a un hombre a la cama, cómo hacer que se quede en tu cama, cómo llevarle el desayuno a la cama, pero no he leído ni uno que explique cómo retomar la acción con naturalidad después de… bueno, ya sabes.
    Cooper arqueó las cejas.
    – ¿Retomar la acción? ¿Es eso lo que haces normalmente después de haber tenido relaciones con un hombre?
    Angel se quedó boquiabierta. No daba crédito a lo que acababa de oír. ¿Cómo podía haber permitido que aquel tipo, que utilizaba un tono irritante y tenía siempre expresión de superioridad, la hubiera tocado? ¿Era el mismo que hacía unos minutos tenía una mano en su escote y la otra debajo de su falda?
    Angel lo señaló con el dedo.
    – No vuelvas a hacer eso. No vuelvas a mirarme con esa expresión calculadora y sarcástica mientras me haces preguntas. Guárdate las bravuconadas para los juicios y no trates de evitar una conversación conmigo.
    – Angel…
    – Y encima, esa palabra, «relaciones». ¿Qué forma es esa de referirse a lo que sucede entre un hombre y una mujer? Que, por cierto, no ha sucedido. Quizá deberías considerarlo, abogado.
    No le iría mal ponerse en el lugar del testigo, para variar.
    – Oye, oye, oye… Vas demasiado deprisa.
    – Sí, claro, permíteme que te lo repita más despacio. Estoy tratando de decir que no hemos…
    – No creo que debamos acostarnos.
    – Oye, que yo no he dicho que lo quiera -gritó Angel, enfurecida por la exasperante sangre fría de Cooper y su no menos desesperante falta de ella-. Pero bueno… verás… los besos han estado bien y entonces… entonces… ahora…
    – ¿Entonces? ¿Ahora, qué?
    Angel se llevó las manos a la cabeza.
    – Pues que ahora no sé qué hacer ni qué decir.
    – Podrías darme las gracias.
    En momentos como aquel era difícil no pensar que a los hombres les fallaba algo, pensó Angel, mirándolo fijamente mientras meneaba la cabeza. Por mucho tiempo que pasara, ellos seguirían sin darse cuenta de que, en según qué circunstancias, la razón y la lógica no jugaban ningún papel.
    – Mira -dijo entre dientes-. Me siento… me siento como si te hubiera hecho daño.
    – Vamos, Angel, no hay para tanto. ¿Es que nadie te lo había hecho pasar bien antes? -preguntó, dirigiéndose a la puerta.
    Aquella pregunta era tan apropiada, y a tantos niveles, que Angel sintió que tenía razones de sobra para echarse a reír. Sin embargo, el tono brusco en el que estaba formulada se lo impidió. Angel se detuvo y se fijó en las mejillas sonrojadas de Cooper.
    No era la única que estaba pasando vergüenza.
    No era la única que quería que aquel incómodo momento acabara cuanto antes.
    En fin.
    – Creo que la culpa la tiene la berenjena -dijo entonces, mientras se acercaba a Cooper y lo agarraba del brazo. Caminaron juntos hacia la puerta y Angel tiró de él para salir-. Leí un artículo sobre ella en el último número de Vegetarian Times.
    Angel lo miró de reojo y se dio cuenta de que la arruga de preocupación en su rostro estaba desapareciendo.
    – ¿Berenjena? -repitió.
    – Eso es. Berenjena. -Sin demasiado interés en que sus palabras sonaran coherentes, Angel soltó una perorata acerca de las propiedades de la piel morada de las berenjenas y los extraños efectos que, según ella, provocaban en la gente-. Afecta a la capacidad de decisión -concluyó justo cuando llegaron a su cabaña-. En definitiva, es el antiajo.
    – El antiajo. -Cooper no daba crédito a lo que estaba escuchando.
    – Efectivamente. Todo lo bueno que hace el ajo, ya sabes, propiciar la capacidad de concentración y demás, la berenjena lo deshace.
    – En algunas culturas, el ajo es considerado afrodisíaco.
    – Pues ya está… -Se interrumpió, embelesada por su sonrisa y por la mirada de comprensión que leyó en sus ojos.
    El gesto de Cooper era dulce y tan… honesto, que estuvo a punto de conseguir que le rogara que entrara en su cabaña. Angel Buchanan suplicándole a un hombre que se fuera con ella a la cama.
    Pero ¿qué le estaba pasando?
    Antes de que tuviera tiempo de dar con la respuesta, Cooper ya se había marchado.
    Ya en la cama, se le ocurrió una explicación que le satisfizo. Intentando no pensar en lo que había permitido que el hombre le hiciera, Angel concluyó que el problema estaba en el verbo «dejar».
    «Deja que cuide de ti», le había pedido.
    Había sido muy tonta por caer en aquella trampa; una mujer debía ser capaz de cuidar de sí misma, y no entregarle a nadie su corazón.
    Pero lo cierto era que había caído, y el hecho de haberle entregado una parte de su cuerpo a Cooper hacía necesario que se apresurara en terminar las entrevistas para poder regresar a la ciudad lo antes posible. La combinación de café soluble y berenjena -o productos biológicos en general- la estaba volviendo una blanda. Peligrosamente blanda.

    A la mañana siguiente se duchó y apareció en la casa de los Whitney sin previo aviso.
    – Me gustaría terminar cuanto antes -anunció en el mismo instante en que Lainey le abrió la puerta-. Esperaba poder hablar con Katie.
    Lainey reaccionó como si estuviera acostumbrada a abrir su puerta a mujeres chillonas con el pelo mojado a diario.
    – Primero un café, ¿no?
    Angel la siguió a la cocina, refunfuñando en voz baja por sus evidentes debilidades. Si no regresaba a la ciudad, y pronto, perdería para siempre su autocontrol. No solo la sometía Cooper, tampoco era capaz de resistirse al café de Lainey.
    La taza que le acercó olía a granos tostados recién molidos. A Angel le gustaba aquel café. Se recreó en su aroma. Le encantaba.
    Además, una taza no iba a acabar con su objetividad, ¿o sí?
    Decidió que lo mejor sería bebérselo de un trago y ponerse manos a la obra con la entrevista. Cuando el borde de la taza estaba ya junto a sus labios, Angel miró a Lainey y se quedó inmóvil.
    La mujer se estaba acercando a ella con una caja de cartón en una mano y un afilado cuchillo en la otra.
    Angel dejó la taza sobre la mesa.
    – ¿Debería armarme con una sartén?
    – ¿Cómo dices?
    – Parece que tengas miedo de lo que hay en esa caja -respondió, señalando el objeto.
    – Sí, bueno… -Lainey se encogió de hombros y utilizó el cuchillo para cortar la cinta adhesiva que la mantenía cerrada-. Es de la compañía de licencias. Más objetos Whitney, ya sabes.
    Angel sabía a qué se refería, pero el extraño comportamiento de Lainey le llamó la atención. La mujer separó las tapas de cartón, suspiró y miró en su interior.
    – ¿Y bien? -preguntó Angel.
    Lainey le dirigió una mirada fugaz y sacó un protector de parabrisas estilo acordeón. Lo abrió con cuidado y apareció una colorida imagen de las que Whitney solía pintar, un cine al aire libre, sesión de noche, años cincuenta.
    Angel inclinó la cabeza. El trabajo del artista tenía un punto de Norman Rockwell y también algo de Andy Warhol. Todas y cada una de las sentimentales y anticuadas escenas estaban pintadas en colores tan llamativos como los de las latas de sopa.
    Lainey dejó el objeto sobre la mesa y volvió a introducir las manos, en aquella ocasión para sacar tres pequeñas alfombras enrolladas, las tres estampadas con la misma jofaina y jarrón con flores. A Angel le costó algún tiempo darse cuenta de que una de aquellas tupidas alfombras era en realidad una funda para la taza del váter.
    – Stephen… -suspiró Lainey con impotencia.
    Angel meneó la cabeza. Las últimas obras del Artista del Corazón iban a darles a los críticos de arte, que ya aborrecían sus cuadros de forma unánime, motivos de sobra para ensañarse.
    – Se lo van a cargar -murmuró Angel para sí, mientras Lainey desenrollaba una de las alfombras.
    – Dios mío, esto cada vez se pone peor. Fíjate, esta es una alfombra para la base de la taza. Mi marido aprobó que estamparan su arte en algo que iba a estar a los pies del retrete. -Lainey la sostuvo en alto y observó a Angel a través de la inconfundible abertura.
    La expresión horrorizada de Lainey enmarcada en aquella pequeña alfombra fue algo demasiado cómico, y Angel tuvo que morderse el labio para contener una carcajada.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó Lainey, acercándose a ella-. ¿Estás bien?
    – Mmm, mmm -consiguió musitar Angel, mientras asentía con rápidos movimientos de cabeza.
    – Tú te estás riendo…
    Entonces, Angel se sintió culpable y se concentró para dejar de reír y disculparse con la viuda. Pero Lainey seguía mirando la alfombrilla con expresión aterrada.
    – Después del papel higiénico Artista del Corazón, esto es lo más hortera que he visto en toda mi vida -dijo en tono sombrío.
    – ¿Papel higiénico? -repitió Angel.
    Y entonces, sin poder evitarlo, soltó una sonora risotada. Lainey tampoco pudo contenerse y empezó a reírse con naturalidad. Para empeorar aún más las cosas, se agarró al brazo de Angel como si ambas estuvieran compartiendo algo, como si fueran buenas amigas.
    – ¿A santo de qué? -consiguió articular Lainey, todavía enlazada a Angel y agitando la alfombra con la otra mano-. ¿A qué viene esto? ¿En qué diablos estaba pensando cuando se le ocurrió esto?
    Angel no pudo contenerse.
    – ¿En que quería que el mundo pensara en él en todo momento?
    Aquello volvió a provocar grandes carcajadas. Cuando se les pasó el ataque, Angel le sirvió café a Lainey. Tomó su taza y se sentó junto a ella a la mesa.
    La mujer apartó aquellos objetos hacia un lado y, resignada, añadió:
    – Lo que me duele es que esto sea la última aportación que Stephen haya dado al mundo del arte.
    Angel sorbió un poco de café.
    – ¿Tú no estabas de acuerdo en quemar sus cuadros?
    Lainey se encogió de hombros.
    – Ese era su deseo, que quemáramos las obras incompletas. Lo cual significa que hemos perdido todo su trabajo del año pasado. Tenía la costumbre de dejar un trozo inacabado en cada uno de los cuadros, y cuando llegaba el mes antes de la exposición, se ponía a pintar como un loco para terminarlos. Recuerdo que le llevaba comida a la torre, pero la mitad de las veces ni la tocaba.
    Una sombra de tristeza se posó en el rostro de Lainey, y Angel se apresuró a animarla.
    – Estoy segura de que lo cuidaste muy bien -dijo, consciente de que aquel no era un comentario muy objetivo ni profesional. El hecho era que no solo le gustaba el café de Lainey, también le gustaba aquella mujer-. Estoy segura de ello.
    – Ese era mi trabajo. Cuidarlo y hacer que su vida fuera lo más cómoda posible para que pudiera dedicarse a su arte. -Lainey se la quedó mirando fijamente-. Pero ¿qué voy a hacer ahora?
    Angel no supo qué decir, desvió la mirada al interior de su taza y deseó ser transportada a una galaxia muy, muy lejana.
    – Bueno, pues… no sé.
    Le estaba bien empleado, se había excedido en su confianza con aquella mujer y ahora le tocaba enfrentarse a engorrosas preguntas cargadas de emoción.
    – ¿Qué querías antes de que él apareciera en tu vida?
    Lainey rió, pero sin el menor rastro de diversión.
    – Quería que apareciera en mi vida.
    Angel se levantó de un salto. La respuesta de Lainey se parecía demasiado a lo que ella había deseado de pequeña y lo que se había obligado a no desear una vez tuvo el juicio suficiente para entender por qué su madre se había casado precipitadamente cuando Stephen Whitney las abandonó.
    Para Angel, hacer que su felicidad o cualquier aspecto de su vida dependiera de un hombre era lo peor que le podía pasar.
    – ¿Podría hablar con Katie? -preguntó mientras dejaba la taza en el fregadero-. Si veo que no está bien no la presionaré.
    Cuando oyó el nombre de su hija, la expresión de Lainey pasó de la tristeza a la preocupación.
    – Quizá hablar le siente bien. Yo no consigo que me diga nada, ni yo ni nadie más de la familia. Puedes subir, su habitación es la primera puerta de la izquierda.
    Angel asintió y se dio la vuelta.
    – No ha llorado desde que murió su padre -añadió Lainey-. Una amiga me mandó un libro sobre el dolor en los niños y he leído que le vendría bien llorar.
    Angel sintió un escalofrío y se detuvo en seco.
    – Igual tú puedes hacer algo al respecto.
    – A lo mejor. Sí, claro, ahora me pongo a ello.
    No había nada, nada en el mundo que le apeteciera menos a Angel que tener que consolar a una niña destrozada por haber perdido a su padre.

10

    Por fortuna, Katie no dio señales de haber llorado cuando acudió a la llamada de Angel, que esperaba tras la puerta medio abierta. Aun así, la periodista intentó imponer un ambiente desenfadado, para lo cual se presentó con la mano en la frente, en actitud melodramática.
    – Por favor, por favor. Es una emergencia. Me hace muchísima falta un secador y un poquito de corriente eléctrica.
    El pelo era un medio seguro de enternecerle el corazón a cualquier mujer. Escasos instantes después de haber entrado, Angel estaba en el baño adyacente a la espaciosa habitación de Katie y, al poco, tenía ya el pelo un poco mejor de lo que lo había tenido en semanas. Una vez el secador cumplió su función, Angel lo guardó en su lugar correspondiente y prefirió imaginarse en la peluquería antes que comprender que estaba perdiendo el tiempo.
    Puedes hacerlo, se ordenó para sus adentros.
    ¿Era o no era la periodista profesional y audaz con la que había soñado desde los doce años?
    Sin recurrir a una entrevista con Katie, estaba segura de que ya podía escribir el reportaje sobre Stephen Whitney, pues, al fin y al cabo, no tenía ninguna garantía de dar con algo que valiera la pena utilizar. Por otra parte, había tenido oportunidades de hablar con la muchacha durante las dos semanas anteriores y, sin embargo, no había querido aprovecharlas.
    Pero Angel Buchanan no desperdiciaba las oportunidades ni estaba allí para huir de la verdad o de la otra hija de su padre.
    Y aunque se permitiera el lujo de arreglarse el pelo, no tenía intención de postergar su cometido.
    Se dirigió una mirada severa en el espejo y optó por concederse un segundo más de descanso. Luego volvió a la habitación de Katie y encontró a la joven tumbada en su cama leyendo una revista.
    Angel inclinó la cabeza para echar un vistazo y vio que la muchacha estaba leyendo una revista para adolescentes, a juzgar por los anuncios de crema antiacné y las fotografías de las amplias sonrisas que lucían los famosos.
    – No me digas que Britney Spears ha vuelto con su novio.
    Tras recibir por toda respuesta un murmullo inarticulado y evasivo, Angel se encogió de hombros y dio un lento giro de trescientos sesenta grados para escrutar las estanterías de la habitación, el equipo de música, el ordenador y la impresora. Una de las paredes estaba ocupada por un tablero que mostraba lo consabido en aquellos casos: fotografías, diplomas y un boletín de notas reciente en el que todo eran sobresalientes a excepción del aprobado de educación física.
    Angel advirtió que Katie la estaba mirando y esbozó una sonrisa.
    – ¿Cómo te va en el colegio?
    – Bien, supongo.
    – Las mías también eran así -indicó la periodista en referencia a las calificaciones escolares-. El examen de gimnasia era mi cruz de todos los años; ya sabes, flexiones, abdominales… De cintura para arriba, mi fuerza es cero.
    Katie permaneció indiferente, sin cambios en la expresión que pudieran percibirse.
    Huy, qué mal lo llevo. A Angel solían dársele bien los niños debido a su aspecto infantil que, según ella misma sabía, aún no había perdido. Así que todavía no estaba dispuesta a darse por vencida. ¿No era cierto que aquel primer día, en el exterior de la iglesia, había conseguido que la muchacha se riera un poco?
    Se acercó y se instaló con prudencia a los pies de la cama.
    – Me queda poco tiempo por aquí. Pasado mañana vuelvo a San Francisco.
    Los ojos de Katie se detuvieron por un momento en el rostro de Angel.
    – ¿Ya has acabado tu reportaje?
    Angel sacudió la cabeza.
    – En realidad, aún tendré que escribirlo cuando llegue a mi casa aunque, de todos modos, ya he hablado con casi todos los que conocieron a tu padre.
    Se hizo un silencio. Vamos, está al caer.
    – Conmigo no.
    Ahí lo tienes. Era mucho mejor que fuese Katie quien diera el primer paso; de ese modo, Angel no se sentía tan culpable.
    – Bueno, le he preguntado a tu madre y ella me ha dicho que dependía de ti.
    – Ya, pero no sabría qué decirte -repuso Katie apartando la mirada.
    Pues, por ejemplo, cómo es eso de tener un padre que no se va de casa.
    El pensamiento pujó por salir, pero Angel apretó las manos con fuerza e intentó librarse de él. Era demasiado decidida para echarlo todo a perder, demasiado fuerte para lamentarse de la antigua herida.
    Limítate a preguntarle algo sobre la relación que tenían entre ellos, se ordenó a sí misma. Después podría cortar los vínculos que la habían acercado a aquella gente y alejarse para siempre.
    – ¿Y tu padre? ¿Sigue vivo?
    La inesperada pregunta provocó la estupefacción de Angel.
    – ¿Qué? -tartamudeó mirando a la niña-. ¿Qué acabas de decir?
    – Que si tu padre sigue vivo.
    – Ah, ya, pues no. Ha muerto.
    – ¿Cuándo? Quiero decir, ¿cuántos años tenías cuando ocurrió? -Katie se había incorporado y la miraba con atención.
    Angel se sorprendió trazando circunferencias sobre la tela de su pantalón; la conversación había tomado un cariz que la inquietaba.
    – Mis padres rompieron cuando yo tenía cuatro años. Desde entonces, no he vuelto a ver a mi padre.
    – ¿Y tu madre?… ¿Volvió a casarse?
    La urgencia implícita en la pregunta no pasó desapercibida para Angel. Al mirar a la niña observó que su expresión, antes petrificada, se había animado en cierto modo; en ella había una evidente nota de ansiedad.
    Pobrecilla, pensó, presa de una repentina empatía hacia la muchacha, está preocupada por los cambios que aún le esperan en la vida.
    – Mi madre se casó dos veces después de que mi padre la abandonara. Ahora vive en Francia con su marido, muy cerca de París.
    – París. -La expresión de Katie volvió al mutismo precedente-. Allí fue donde mamá y yo nos encontramos con papá, cuando yo tenía ocho años.
    Angel procuró sonreír.
    – ¿En Eurodisney?
    La niña asintió.
    – Solo estuvimos allí unos días, pero después mi padre volvió a Francia un montón de veces.
    – ¿Un montón de veces, dices? -Angel iba tensándose por momentos e intentó mantener una actitud indiferente mientras calculaba las fechas en que ella y su madre habían estado en Europa-. ¿Sabes cuándo exactamente?
    – Estoy bastante segura de que aquella fue la primera vez que salió de Estados Unidos, cuando yo tenía ocho años. Luego empezó a viajar mucho.
    El pulso de Angel se había acelerado. Por un momento creyó que Stephen Whitney había ido a buscarlas, a su madre y a ella. Qué estúpida, cómo podía pensar algo así después de todos aquellos años.
    Decidida a deshacerse de las viejas angustias, se levantó de la cama y empezó a caminar por la habitación. Volvió a detenerse junto al tablero y a mirar el boletín de notas de Katie.
    – Las mismas -dijo para demostrarse que todo iba bien-. Mis notas eran como las tuyas.
    Armándose de valor, volvió la vista. Era el momento de olvidarse de la educación física, París y la evidente tristeza de la niña, y seguir adelante con la entrevista.
    Abrió la boca para hablar pero titubeó y, luego, titubeó una vez más. Vamos, Angel, ponte a ello.
    ¿Por qué permitía que la niña le hiciera preguntas? ¿Por qué sentía aquella alocada necesidad de protegerla? Vínculos biológicos aparte, ella no pertenecía a la familia de la muchacha. No le debía nada, ¡ni a Katie ni a nadie!
    Pese a todo, Angel volvió a la cama y se sentó, aunque aquella vez, mucho más cerca de Katie.
    – Sé que… lo que estás pasando es muy duro.
    Vale. Aquel había sido un comentario más bien pobre, tan insignificante como cualquier otro tópico por el estilo. Admitía que no se le daba nada bien airear sus sentimientos y que, en lugar de ello, prefería preservarlos enlatados para sí. Aun así, jugaba con la ventaja de los años de experiencia a su favor.
    – Muy duro -continuó diciendo con cierto malestar-. Pero ya verás cómo pronto te recuperas.
    Lo último lo dijo remarcando las palabras.
    Fatal. Era una idiota.
    Una idiota con mayúsculas pues, a pesar de los pesares, seguía hablando con aquel tono bobalicón y afectado.
    – Te sorprendería lo mucho que puedes soportar.
    La inexpresiva mirada que le endilgó Katie le hizo pensar que la niña también la juzgaba de idiota.
    – ¿Y qué es lo peor que has tenido que soportar?
    Angel decidió que contestar no era muy difícil teniendo en cuenta que ni ella ni cualquier otro adulto cercano a Katie tenían ni idea de cuáles eran las dificultades de la niña.
    Los quince años eran una edad desastrosa.
    Teniéndolo en cuenta, Angel hizo cuanto pudo para contestar.
    – Lo peor… No lo sé… -Le vinieron a la mente las historias que durante años había escrito para la West Coast-. Viví una semana en la calle para preparar un reportaje sobre las mujeres indigentes. -Como la niña no decía nada, Angel continuó su melodramático relato-. Desde luego, era verano, y por las noches dormía en un albergue, tumbada en un camastro… -Aquello sonaba más a excursión estival que a un trance difícil-. Bueno, en realidad la vez que… -Y abandonó el intento, consciente de que participar en una regata de yates de dos días de duración era una chorrada frente a la experiencia de perder a un padre.
    Suspirando, Angel deseó que aquello no estuviera ocurriendo, deseó no sentir aquella repentina prisa por transmitirle a la niña algún tipo de esperanza… o, al menos, por darle otra cosa en que pensar. Echó la cabeza hacia atrás e inspiró profundamente, y entonces vio las nubes que alguien -con toda probabilidad, Stephen Whitney- había pintado en el techo de la habitación de Katie.
    – Cuando quise ser niño, eso fue lo peor por lo que tuve que pasar.
    – ¿Cómo dices? -exclamó Katie con los ojos muy abiertos.
    Esto sí que te interesa, ¿eh?, pensó Angel mientras tomaba una nueva bocanada de aire.
    – Bueno, ya te he contado que mis padres se separaron. Pues al poco tiempo, mi madre se casó con otro, un policía. Y ese no era precisamente un buen hombre.
    – ¿Y por qué no era un buen hombre?
    – Sí, ¿por qué no lo era? -interrumpió Cooper, recién llegado y excusándose con la mirada por haber entrado en la habitación tan de repente-. Lo siento, pero Lainey me pidió que viniera a ver qué tal estabais. No tenía intención de entrometerme.
    El miedo -o algo que se le parecía mucho- se le instaló a Angel en el estómago con violencia. Lo que estaba a punto de contar no era para que Cooper lo oyera. Ni siquiera podía decir por qué le había dado por contárselo a Katie.
    O sí, sí que lo sabía. La muchacha le había sonreído el día de la iglesia, Angel había estado a punto de hacerla reír y, desde entonces, no había podido desechar la idea de que, de algún modo, aquello las había unido… con un vínculo semejante al que surge con la persona a la que se le salva la vida.
    Aunque con Cooper allí presente, ¡no podía hablar de aquello!
    – ¿Angel?
    Era la voz de Katie, y la periodista la miró sin poder apartar la vista.
    – Sí, sí. Él, en fin, le hacía daño a mi madre, pero como era policía, ella no se atrevió a denunciarlo.
    Los ojos de Katie volvieron a agrandarse y Angel interpretó que podía saltarse los detalles escabrosos.
    – Decidimos… marcharnos -escaparnos-. Y como tenía muchas maneras de encontrarnos, nos escondimos de él, a menudo cambiando de identidad y mudándonos de un sitio a otro.
    Notaba la mirada de Cooper fija en ella, su atención ininterrumpida, y supo que el hombre podría rellenar todos los huecos que ella estaba dejando entre palabra y palabra.
    – En aquellas circunstancias, me matriculé en secundaria como si fuera un niño para intentar despistarlo.
    Katie, de nuevo, no salía de su asombro.
    – Pero si… tú eres… -balbuceó con voz entrecortada por una carcajada que acabó por abrirse paso.
    Al oírla, el estómago de Angel volvió a reaccionar, pero de un modo cálido y agradable. Valía la pena contar lo que estaba contando solo por presenciar aquel instante efímero de alegría que el rostro de la niña expresaba.
    – Ya, lo sé -admitió Angel-. Soy la chica más femenina que jamás hayas conocido. Y en aquel momento era tan femenina y pequeñaja como ahora. Eso fue lo que me complicó tanto las cosas.
    – Pero lo conseguiste.
    El breve acceso de buen humor en el rostro de Katie había puesto en movimiento su expresión agarrotada, pese a lo cual, Angel no cantó victoria creyendo que había logrado sacar a la niña de su abatimiento. Era solo un comienzo, un primer paso.
    – Como pude, sí, pero lo conseguí. -Le dedicó una sonrisa a Katie y, sin pensárselo dos veces, se acercó y tomó su mano; los dedos entrelazados de ambas descansaron sobre el apuesto novio de Britney Spears-. Las personas estamos hechas de acero inoxidable. Te conviene no olvidarlo para superar los malos ratos. -Luego, avergonzada, le guiñó un ojo tratando de remediar su tono de telenovela-. En fin, escúchame, porque te voy a decir algo más que sé por experiencia.
    En la cara de Katie había casi una sonrisa. Casi.
    – ¿Qué? -inquirió la muchacha.
    Angel echó un rápido vistazo a Cooper y luego se inclinó hacia delante para adoptar una actitud misteriosa y teatral.
    – Pues que donde manda mujer no manda marinero.

    Sentada sobre una manta en la arena de la playa secreta de Cooper, Angel contemplaba cómo el sol se lanzaba al Pacífico sin salpicar. El viento había amainado y el ambiente de la protegida cala era agradable.
    Aquel debería ser el momento de paz de la jornada y también de su trabajo, pues ya había reunido la información, establecido los contactos y acabado las entrevistas. Estaba a punto de dedicarse a lo que más le gustaba: formar un producto a partir de la materia prima para informar y además inflamar las emociones de los lectores.
    Y, sin embargo, estaba de los nervios.
    Se recostó sobre la manta y cerró los ojos.
    En ese momento percibió algo, un sonido, el rumor de alguien que se acercaba por el túnel hacia la cala.
    Ese alguien era el motivo de sus nervios: Cooper. Tras salir de la casa de los Whitney aquella mañana, se había dedicado a esconderse de él. El modo en que él había dicho «Ya hablaremos» cuando ella se despedía de Lainey era un aviso de que Cooper quería volver a oír lo que ella había confesado en la habitación de Katie.
    Pero aquello no iba a ocurrir. Su pasado no era su debilidad aunque, por desgracia, de vez en cuando la llevara a sentirse como si lo fuera.
    Los pasos cesaron.
    – Estás aquí.
    Angel no abrió los ojos. No tenía sentido escaparse sabiendo que él ya estaba allí, pero podía deshacerse de él, ¿no era cierto?
    – La verdad es que me apetecía estar sola, ¿te importa?
    – Lo siento, pero para eso tendrías que haberte quitado el sujetador.
    Su respuesta constituyó motivo suficiente para que Angel abriera los ojos y se incorporara con las cejas arqueadas.
    – ¿Cómo?
    Desde luego, era imposible saber si llevaba uno bajo el grueso jersey.
    – Pretendía llamar tu atención -explicó Cooper, sonriendo, antes de acomodarse en la manta al lado de Angel-. Esa era la señal que mis hermanas me instaron a utilizar si pretendía que nadie viniera a la playa a interrumpirme.
    – Si lo hubiera sabido… -murmuró Angel, que volvió a relajarse y a cerrar los ojos.
    – Bueno, ahora que ya lo sabes…
    – Sí, hombre, tú sigue soñando.
    – Pero si ya lo hago, corazón -proclamó Cooper tras una carcajada-; todas las noches.
    Angel procuró ignorarlo, a él y a la satisfacción que sus palabras le habían provocado. Cooper también se inmiscuía en sus sueños.
    – No has venido a cenar -dijo él.
    – No podía ni pensar en otra ración sorpresa de tofu, así que he venido aquí a imaginarme en un tugurio de los míos. -Hablaba con los párpados cerrados y una sonrisa soñadora-. Ahora mismo estoy en una taberna vienesa: dos salchichas rebozadas, un perrito caliente con chile y más cebolla, un batido de chocolate y dos raciones de aros de cebolla.
    – Eso está mal.
    – Perdóname, a veces se me olvida que eres un experto en nutrición.
    – No, me refería a que está mal que, puesta a fantasear, elijas una taberna vienesa y no el Doc's Dogs.
    Sorprendida, Angel se inclinó y apoyó la cabeza en la mano para mirarlo.
    – ¿Conoces el Doc's, el de Ocean Street? Creía que era un secreto solo compartido por mí y los chicos que van al instituto de la misma manzana.
    Cooper abrió mucho los ojos.
    – No se lo habrás dicho a nadie más, ¿no?
    – ¿Y arriesgarme a perder el mejor sitio de comida rápida de la ciudad? Por supuesto que no. Si esos cerdos del distrito financiero se enterasen de su existencia, mandarían ipso facto a sus asistentes a comer allí. Se formarían colas interminables todos los días de la semana.
    – Acuérdate de lo que hicieron con El Rey de la Fritanga -afirmó Cooper, asintiendo.
    – Los inversores se lanzaron sobre él como buitres y lo convirtieron en una franquicia. Me dan ganas de llorar al recordar los bollos de canela que hacían antes de que convirtieran el lugar en otro McDonald's.
    – A mí lo que más me fastidia es el nuevo nombre. No estoy yo para poner el pie en un sitio que se llame La Canelita.
    – Ya me lo imaginaba. -Angel lo miró con perspicacia-. Una vez me dieron plantón, y siempre he creído que fue por el restaurante que yo había elegido. Era un sitio estupendo llamado Glamour y Lentejuelas.
    – Me lo creo -convino Cooper, riéndose-. Solo un nombre tan bobo como ese podría interponerse entre un hombre y el objeto de sus deseos -agregó, y la sonrisa se desvaneció.
    Angel apartó la vista. Ambos sabían que ella era el objeto de sus deseos, claro. Para evitar la repentina tensión que se había instalado en el ambiente, la periodista señaló la maravillosa vista del cielo anaranjado y las aguas plateadas que se abría ante ellos.
    – Vaya, pues yo me preguntaba… Esto está bien y todo eso, pero ¿no te estás muriendo por volver a la ciudad? ¿Al Doc's y a la televisión por cable? Por si no te acordabas, te diré qué allí también hay mar.
    Cooper dejó escapar un gruñido y ella escudriñó su rostro intentando interpretarlo.
    – ¿No lo echas de menos? -insistió.
    – Sí -accedió Cooper, atusándose el pelo-, desde luego. Y… -Se quedó callado y volvió a pasarse la mano por el pelo-. Oye, quería verte porque mañana no voy a estar por aquí. Es probable que pase todo el día fuera, así que quería hablar contigo sobre…
    – Yo tampoco creo que vaya a estar mañana -interrumpió Angel mientras se preguntaba por el rumbo que la conversación iba a tomar. Fuese o no una fanática del Doc's Dogs, no quería que él supiera nada más de su pasado, que, por lo general, era íntimo y personal-. Me voy a pasar el día al sur, a San Luis Obispo.
    – Angel…
    – Tengo algunas cosas que hacer por allí y, en fin…
    – Angel…
    – De hecho… -balbuceó al tiempo que se levantaba y se sacudía los pantalones con un recato fuera de lugar-, de hecho, creo que me voy a ir a mi cabaña, a ordenar mis cosas y a hacer las maletas…
    – Quería agradecerte las sinceras palabras que le has dedicado a Katie esta mañana. Ella es muy importante para mí y… todavía le queda mucho que soportar. Espero que se acuerde de lo que le dijiste.
    Con una sensación opresiva en el estómago, Angel le dio la espalda y se encaminó a la orilla, donde la arena mojada le humedeció los pies desnudos.
    – Vale, me alegra ser de alguna utilidad…
    – Y también siento lo que te ocurrió.
    Vaya, entramos en terreno íntimo. Angel hizo un gesto que denotaba indiferencia cuando estaba muy cerca de donde las olas lamían la arena.
    – No me ocurrió nada en absoluto.
    – ¿Cómo que no? -Cooper se plantó a su lado y le posó las manos sobre los hombros; estaba tan cerca que pudo notar su aliento en la nuca-. ¿Cuánto tiempo, Angel? ¿Cuánto tiempo tuviste que esconderte?
    Demasiado íntimo, demasiado.
    Los pulgares del hombre le acariciaron los músculos, tensos y reacios, y luego le apoyó la barbilla sobre la cabeza mientras sus manos la masajeaban, la acariciaban, la persuadían, le hacían ablandarse.
    – ¿Cuánto tiempo, cariño?
    – Siete años. -Se había relajado tanto que ni siquiera se dio cuenta de lo que decía hasta que se oyó pronunciar las palabras con un débil susurro. Pero aquello no era suficiente, así que volvió a decirlo, con mayor claridad y decisión-. Siete años. Cinco en Estados Unidos y los últimos dos en Europa.
    Las olas rompieron cuatro veces antes de que Cooper volviera a hablar.
    – ¿Te hicieron daño? -preguntó al fin sin abandonar el masaje-. ¿Te hizo daño el marido de tu madre, Angel?
    – Me amenazó con hacérmelo. Amenazó con matarla a ella y quedarse conmigo. -Un escalofrío le recorrió el espinazo-. Y mi madre se lo creyó. Por eso nos fuimos.
    – Ya, pero ¿no hubo nadie que…?
    – ¡No, nadie!
    Nadie habría defendido a su madre, nadie; ni tan siquiera el padre de Angel, Stephen Artista del Corazón Whitney, habría acudido a ayudar. Su madre le había pedido que se quedase con Angel, que la protegiera, pero él se negó, no quiso complicarse.
    Angel se cruzó de brazos.
    – Cooper, sucedió hace veinte años. En aquel entonces nadie hablaba de la violencia doméstica y, además, él iba progresando en la jerarquía policial y haciéndose cada vez más poderoso y posesivo.
    – Y por eso os escondisteis.
    – Había gente, redes secretas… -murmuró Angel con la mano en alto-… que se dedicaban a eso. Nos marchábamos cuando él se acercaba o cuando sospechábamos que se estaba acercando.
    – ¿Qué ocurrió después?
    Angel estuvo a punto de sonreír, pues había asistido como periodista a los suficientes procesos judiciales como para reconocer la cháchara de los abogados. «¿Qué ocurrió después?» Esa era la clásica pregunta que los profesionales elegían para animar al testigo a que continuase con su testimonio.
    – Pues que una noche tuvimos suerte. El muy cabrón se metió en una tienda de licores en busca de la siguiente botella de whisky, con tanta sed que no le dio tiempo a llevar consigo su pistola. Resultó que estaban atracando el establecimiento unos tipos que iban armados; él intentó detenerlos y murió como un héroe.
    Cooper le acarició los hombros.
    Sin embargo, no fue suficiente para aplacar la amargura que sentía Angel, quien, incapaz por más tiempo de retenerla, se volvió para mirarlo.
    – Y eso es lo que me fastidia, ¿entiendes? Un maldito héroe. Lo más gracioso es que mi madre heredó la medalla.
    – A lo mejor tu madre debería ponérsela -terció Cooper, tras guardar un momento de silencio-, o tú.
    Aquello hizo que el humor de Angel mejorara, hasta el punto de que se rió.
    – Sí, tienes razón, tienes mucha razón.
    Cooper se le acercó y le acarició la mejilla.
    – Además, eres preciosa.
    No, no y no. Angel se apartó en la dirección de la marea que volvía a integrarse en el mar. No podía permitirse que aquel hombre la tocara y menos cuando sus recuerdos la volvían tan vulnerable.
    Él la miraba fijamente.
    – ¿Sigues con la idea de marcharte pasado mañana?
    Angel asintió. Por supuesto que sí; ojalá pudiera marcharse antes.
    – Tengo que irme.
    – Yo voy a pasar la noche en Carmel.
    Estaba nerviosa y aun así fue capaz de recomponerse y tomar la precaución de apartarse de él un paso más. El agua le llegaba a los tobillos, pero ella no prestaba atención.
    – Vaya, si es así, esto es un adiós.
    – Sí, es una despedida.
    Las palabras se abalanzaron sobre ella a modo de tromba y se llevaron por delante todas las emociones del día hasta dejarla… vacía. Aunque tuviera los pies hundidos en el Pacífico, el frío del agua se quedaba corto ante la desolación que le provocaba no volver a verlo.
    – Aún nos queda San Francisco -dijo, ensayando una sonrisa-. Ya verás, ¿qué te juegas a que cuando vayas nos encontraremos batallando sin cuartel por el último sitio libre en un tranvía?
    – Quizá. -El tono dubitativo dio la impresión de que Cooper lo creía del todo improbable.
    – Sí, quizá -convino Angel.
    Cuando él fuera a la ciudad tendría a su disposición infinitas mujeres a las que encontraría más irresistibles que ella.
    Pero no le importaba. Lo cierto era que también ella tenía a su público esperándola, hombres como… como…
    Tom Jones, el incrédulo gato de su vecina.
    Ambos mantuvieron las miradas durante un nuevo momento tenso y silencioso.
    Pero Angel nunca había sido hábil para prolongar los silencios, así que hizo resurgir su habitual sonrisa y se aferró a ella con afán mientras se llevaba la mano derecha al bolsillo del pantalón. Luego alargó la otra para ofrecérsela al hombre.
    – Adiós, Cooper. Gracias por todo.
    Él le miró los dedos extendidos y al hacerlo provocó el nerviosismo de Angel. Cuando ella retiró la mano, él murmuró algo ininteligible. Entonces la tomó por la cintura y la abrazó.
    – Qu… -Cooper contuvo lo que iba a decir.
    Angel intentó zafarse, pero descubrió que tenía los pies en el aire agitándose inútilmente. Cuando él la besó con fuerza perdió todo deseo de escapar.
    – Esto es una locura -afirmó Cooper, que, tras alzar la cabeza, se abría camino hasta la oreja de ella.
    – Estoy de acuerdo -le aseguró Angel elevando la barbilla para que él pudiera recorrerle la piel erizada.
    – Me había prometido mantenerme alejado de ti.
    – Es una idea excelente. Yo me hice la misma promesa -repuso, enlazando los brazos alrededor de su cuello-. Solo te queda cumplirla. Vamos, apártate, vete.
    – ¿Yo? ¿Por qué yo? ¿Por qué no tú?
    – Pues porque tú eres el hombretón forzudo -susurró entre jadeos- y yo la damisela frágil e indefensa.
    – Tú eres un diablo.
    – Perdona, un ángel, como sabes.
    – Un diablo. -Cooper le hacía cosquillas detrás de la oreja-. ¿Seguro que quieres que me marche, como dijiste?
    Angel había dejado de comprender sus palabras, atrapada por la excitación que le provocaba el aliento jadeante del hombre.
    – Sí, hazlo. Quiero decir, hagámoslo.
    – ¿Ves cómo eres un diablo? Y no sabes lo bien que suena eso, un diablo.
    Cooper se reencontró con la boca de Angel y deslizó la lengua en su interior con lentitud, tanta que ella pudo sentir cómo se le paraba el pulso, en espera de que el beso culminase.
    Y cuando ocurrió, notó una ardorosa corriente que le recorrió el cuerpo para después vertérsele en la entrepierna. Se abrazó aún más y él le correspondió con la fuerza de los brazos, pero necesitaba estar más cerca, más cerca, y ello a pesar de que la mano de Cooper, bajo la sudadera, le recorría la piel desnuda.
    Entonces se dio cuenta de que, en efecto, no llevaba sujetador. La mano de él se quedó en suspenso y de su boca salió un gemido.
    – Angel…-murmuró Cooper.
    Él volvió a acariciarla, a cubrirle los pechos con los dedos estirados. Gimiendo, Angel facilitó las cosas para ambos tras subirse a la cintura del hombre y pasarle las piernas por detrás.
    Ay, ay. Lo notó duro, duro en aquella zona en particular, y así presionó hacia abajo para cargar contra su erección. Su súbito lamento de placer le supo dulce.
    Se besaron largamente, con besos suaves, lentos, apasionados, o tal vez con un solo beso en el que las bocas no llegaron a separarse.
    Al fin, él aparto los labios y la miró con un pánico en los ojos que escondía un deseo ferviente.
    – Cooper -susurró ella-, Cooper.
    – Angel. -Su voz era gutural, gruesa.
    Su mirada estaba colmada de una emoción para la que ella no conocía nombre.
    Y en aquel momento las rodillas de Cooper fallaron y Angel, que hasta entonces había estado en sus brazos, agazapada contra su calor, se vio en la arena fría y húmeda. Él estaba de rodillas, a su lado, y la miraba con aquellos ojos extrañamente luminosos y con la misma expresión de pánico.
    – Mi corazón -musitó, desmoronándose-. Joder, mi corazón.
    – ¿Cómo? -El terror la atenazó al instante.
    Luego el miedo la abofeteó, despertándola de la parálisis y alertando su atención. Se acercó a él, se puso a su lado, le tomó la mano y lo miró a los ojos.
    – Tranquilo, no va a pasarte nada -le prometió con firmeza mientras se tragaba su propio temor-. Estoy entrenada en primeros auxilios.
    Nada más decirlo, le presionó la frente con la base de la mano y con la otra le alzó la barbilla; después le abrió la camisa de un tirón y los botones saltaron por el aire. Sus vías respiratorias estaban despejadas y su pecho estaba funcionando; entonces Angel se inclinó sobre él y se acercó para oír.
    Estaba respirando, inhalando y exhalando, una y otra vez. El ritmo estaba tal vez un poco acelerado, pero lo cierto era que respiraba. Con delicadeza, le puso la mano en el pecho para asegurarse de su movimiento.
    – Estás respirando -dijo. No hacían falta los primeros auxilios-. ¿Estás consciente?
    – Por supuesto.
    El humor era también un buen síntoma, pero Angel no quiso confiarse y se mantuvo alerta a la más mínima reacción.
    – ¿Cómo te encuentras?
    – Más o menos, igual -admitió él-. Mi respiración es demasiado rápida y débil, y mi corazón late como si me hubieran implantado un tambor durante la operación.
    – Vale, vale. -Angel le acarició la piel con la esperanza de proporcionarle un poco de calma-. ¿Tienes dormido el costado izquierdo? Mira a ver si puedes cerrar la mano.
    – No tengo nada dormido y cierro las manos sin problemas.
    Angel no sabía qué hacer, si dejarlo allí y correr en busca de ayuda o quedarse por si acaso se hicieran necesarias las técnicas de masaje cardiovascular y de asistencia a la respiración.
    – En este momento daría la vida por tener un móvil -masculló.
    Cooper consiguió reírse débilmente.
    – No sé por qué, pero creo que si lo tuvieras tampoco adelantaríamos nada.
    A Angel le pareció que aquel acceso de risa permitía cierto optimismo, aunque, al fin y al cabo, ¿qué demonios sabía ella?
    – ¿Qué te dijo tu médico? -le preguntó con ansiedad, desesperada por saber qué pasos tenía que dar-. ¿Qué debes hacer ahora?
    – Me dijo que estoy bien. Perdí 16 kilos, soy vegetariano, dejé de fumar, hago ejercicio. Me dijo que mi corazón está perfecto.
    Angel habría podido tranquilizarse y creer que todo iba a salir bien si Cooper no estuviera tirado en la arena y si los latidos de su corazón no se asemejaran a golpes de tambor. Se metió la mano bajo la sudadera y se la colocó junto al corazón para comprobar cómo era un latido normal.
    También como un tambor. Bum-bum, bum-bum, bum-bum.
    Cooper seguía respirando y su pecho ascendía y descendía al mismo ritmo que el de Angel. Ella estaba un poco atemorizada, pero notaba que el pulso del hombre era menor que el que había tenido cuando la besaba y la tocaba.
    Se incorporó lentamente manteniendo la mano sobre el pecho de Cooper.
    – ¿Y ahora cómo estás?
    – Más tranquilo; por lo demás, me parece que igual.
    El color de Cooper era sano y hablaba con normalidad. Angel se sintió optimista.
    – ¿El doctor te dijo que estabas curado?
    – Me parece que «curado» no es la palabra. -Tomó una bocanada de aire, lenta y precavida-. Pero lo cierto es que todo estaba en orden la última vez que estuve en la consulta, el mes pasado.
    Angel tenía una conocida en el gimnasio, de alrededor de cincuenta años, cuyo marido había sufrido un ataque al corazón el año anterior. Era increíble la clase de chismes que podía alguien contarle a una casi desconocida que hacía ejercicio en la máquina de al lado. Llegó a hablarle sobre la mezcla de gotas de sudor en el suelo y cosas por el estilo.
    El recuerdo de aquellas conversaciones le dio a Angel una idea.
    Volvió a palparle el pecho.
    – ¿Cómo estás ahora?
    – Puede ser que un poco mejor.
    Aparentando inocencia, Angel deslizó la mano hacia abajo, y le rozó la cintura de los pantalones; los músculos de Cooper se tensaron.
    – Por Dios, Angel -se quejó él, agarrándola por la muñeca.
    – Lo siento. -Se desembarazó con delicadeza del apretón y devolvió la mano a su lugar, sobre el corazón del hombre. Ajajá. Un toquecito de estimulación sexual y los latidos habían vuelto a dispararse.
    – Me parece que ya sé qué te pasa. -Angel le tomó la mano y se la condujo bajo la sudadera.
    La apretó contra los pechos desnudos y luego, manteniéndola allí, se inclinó sobre Cooper para besarlo, lenta y deliberadamente. Él se resistió en un primer momento, aunque acabó por ceder a su delicada insistencia. Un beso largo y sugerente.
    Cuando Angel volvió a incorporarse, ambos estaban jadeantes.
    – ¿Te has quedado sin respiración? -le preguntó-. Yo sí.
    Los ojos de Cooper se agrandaron mientras su ritmo cardíaco continuaba estando desbocado.
    – ¿Sientes mi corazón? -Angel hizo fuerza sobre la mano de Cooper que tenía sobre el pecho-. Yo creo que está acelerado, tanto o más que el tuyo.
    – No hablas en serio…
    – Tan en serio como los ataques al corazón. -Sonrió y le acarició la mejilla-. Esto es excitación sexual, querido mío, lujuria, deseo. No hay peligro.
    Cooper se quedó boquiabierto y no tardó en azorarse.
    Al marido de su amiga de gimnasio le había aterrorizado hacer el amor. Cada vez que llegaba el momento, sus reacciones físicas, comprensibles a tenor de la situación, lo asustaban como a un niño. Estaba convencido de que aquello iba a provocarle un segundo infarto. En fin, su amiga le había dicho que aquel era un problema muy habitual y, pese a ello, su marido había tardado meses en superar su ansiedad.
    – Hace bastante que no mantienes relaciones sexuales, ¿no es cierto? Ninguna desde el ataque.
    El rubor de la cara de Cooper iba en aumento.
    – No me apetece hablar de eso -afirmó al tiempo que retiraba la mano de la piel de Angel y se sentaba.
    Ella se fijó en su postura envarada e, intentando relajarlo, le dio un leve golpe en el hombro.
    – ¿Qué te pasa? ¿Te sentirías mejor si te dijera que mi cama lleva mucho tiempo desierta?
    Como él no contestaba, Angel intentó adivinar cuánto tiempo hacía que Cooper se había marchado de San Francisco. ¿Diez meses? ¿Más?
    – Por todos los santos -exclamó, todavía con intención de aliviarle su visible pesadumbre-. Estaba dispuesta a salvarte la vida, incluso hasta hacerte el boca a boca y todo. ¿Me vas a decir que no podemos hablar?
    Él la miró de soslayo.
    – El boca a boca me lo has hecho antes de que me cayera a la arena, y así me ha dado el achuchón que ha dado.
    – ¡Ya, y ahora tienes que compensarme! ¡Pensaba que te había matado con un beso! -Le dio un nuevo golpecito en el hombro-. Venga, hombre. Soy yo, Angel, la mujer que probablemente no volverás a ver otra vez. ¿No crees que podemos hablarlo?
    A pesar de que, tal como estaban las cosas, era él y no ella quien prefería estar solo, Angel no podía dejarlo allí. Aquel no podía ser el último recuerdo que ambos tuviesen del otro: Cooper sintiéndose avergonzado y Angel sintiéndose… comoquiera que se sintiese.
    – Bien. -Cooper volvió la cabeza y le clavó la mirada, más oscura y profunda a la menguada luz del atardecer-. Tienes razón. No he probado el sexo desde los ataques y la operación, es decir, desde hace veinte meses, dieciséis días y, bueno, aproximadamente tres horas y cuarenta y un minutos.

11

    Aunque ya había anochecido, Cooper pudo distinguir la mirada sorprendida de Angel.
    – ¿Tres horas y cuarenta y cinco minutos? -repitió-. ¿Cuentas también los minutos?
    Cooper miró el reloj.
    – Y cincuenta segundos.
    Angel arqueó una ceja.
    – Me estás tomando el pelo.
    – Te estoy tomando el pelo -admitió.
    – ¿Por qué?
    – Para que te calles.
    En otras circunstancias, el resoplido de indignación que soltó la mujer le habría hecho gracia, pero todo aquello resultaba un tanto humillante. Lo único que quería era sentarse y descansar.
    – Así que, veamos… -comenzó tras dos segundos de silencio-. ¿Cuánto hace que te operaron?
    – Doce meses, casi trece.
    Angel guardó un breve silencio.
    – Pero has dicho veinte…
    – Maldita sea, Angel, ¿es que tienes que darle tantas vueltas a todo? -gruñó-. Tuve un caso muy importante antes de eso y no me quedaba tiempo para salir de copas. -Ni para encuentros sexuales. En esa época, la sequía momentánea no le preocupaba demasiado. Cuando se acostaba, si es que lo hacía, se quedaba dormido de inmediato.
    – Vale, vale, lo siento si te he molestado.
    – Sí, bueno, yo también siento haberte… haberte… -Cooper no sabía cómo continuar, así que se limitó a encogerse de hombros-. Ahora que ya nos hemos disculpado el uno con el otro, márchate.
    – Estás enfadado.
    Sí, con Dios, con el mundo, con su cuerpo, por haberle fallado un año atrás, consigo mismo, por haber sido estúpido y no cuidarse, por lo tonto que le habría parecido a Angel hacía tan solo unos minutos, cuando estaba estirado sobre la arena.
    – No estoy enfadado contigo. Por favor, vete.
    Angel meneó la cabeza de nuevo y el viento le hizo llegar una oleada de su perfume. ¿A qué diablos venía aquel acoso? Si el destino quería que estuvieran juntos, ¿por qué no se la había mandado años antes? ¿Por qué no se habían conocido en cualquiera de las hamburgueserías de San Francisco? Se imaginó haciendo cola detrás de ella, atraído de inmediato por la intensidad de su perfume, por su abundante melena y las curvas de su cuerpo.
    Era probable que hubieran iniciado una conversación, a no ser que tuviera prisa o estuviera demasiado preocupado por un caso, claro. De haberse producido la charla, seguramente le habría propuesto una cita y habrían salido a tomar una copa. Entonces, una semana más tarde, él habría estado en un bar cualquiera y Angel habría hecho su aparición subida a un par de zapatos de tacón, dedicándole la mejor de sus sonrisas. ¿Qué habría sucedido en ese caso?
    Por supuesto, todo habría sido muy distinto. Seguramente, en tal situación él habría esperado en la cola con impaciencia y con la cabeza ocupada en los detalles de su próximo caso. El perfume de la mujer habría bastado para distraer su atención un instante, durante el cual se habría fijado en su figura y admirado el milagroso efecto de su feminidad. Pero entonces le habría llegado el turno, y después a él, y en aquel momento su mente volvería a estar bullendo con asuntos de trabajo. Unos minutos para pedir la comida, y al darse la vuelta, ella habría desaparecido de su vida para siempre.
    Y Cooper habría dejado escapar la oportunidad de catar aquel bombón relleno de licor embriagador, de descubrir el tentador diablo que se escondía bajo su aspecto angelical. Sin embargo, con la vida que llevaba antes, frenética y violenta, como si no fuera a terminar jamás, lo más probable es que no se hubiera tomado el tiempo necesario para llegar a conocerla.
    Un poco más relajado, se acercó a Angel y le acarició la mejilla.
    – Me alegro de haberte conocido.
    Por unos instantes, Cooper creyó que había logrado hacerla callar.
    – ¡Qué bonito! Me tiemblan las rodillas -respondió Angel en voz baja.
    Le apartó con suavidad un mechón de rizos y retiró la mano.
    Bajo la tenue luz del atardecer comenzaron a distinguirse las primeras estrellas. Cooper alzó la cabeza para mirarlas e intentó relajarse con la belleza calma de la noche, pensando en los libros sobre terapias orientales que Judd le dejaba. A Cooper no se le daba demasiado bien la meditación, pero seguía intentándolo. Se concentró en su respiración y trató de deshacer los nudos que todavía lo atenazaban: el deseo carnal que sentía por Angel, la preocupación por su corazón y la vergüenza por el amago de infarto.
    Parecía funcionar. Logró sincronizar la respiración con el regular vaivén de las olas y procuró liberarse de sí mismo, de su condición de hombre, para conseguir una comunión con el orden de la naturaleza. Nacimiento, vida y muerte.
    – ¿Y cuánto tiempo planeabas pasar sin sexo?
    La pregunta de Angel perturbó aquel breve estado de serenidad. Pero qué diablos… Dios, aquella mujer era realmente irritante.
    – Lo siento, supongo que no puedo evitarlo. Soy periodista, ya sabes -añadió sin el menor rastro de arrepentimiento en la voz-. Me preguntaba cuánto tiempo pensabas mantener el celibato. Supongo que no toda la vida.
    Estupendo. Mientras él intentaba fundirse con el universo, pensando en memeces tipo kung fu y pequeño saltamontes, ella se dedicaba a especular acerca del futuro de su vida sexual. Los nudos volvieron a apretarse.
    – ¿No podríamos dejar el tema? -preguntó a regañadientes. El hecho era que «toda la vida» no significaba demasiado tiempo. Al igual que él, su padre había sufrido un ataque al corazón, volvió a casa, cambió de hábitos y falleció después de un año, de un segundo ataque. Y Cooper ya había pasado por el segundo infarto de miocardio, por lo que tenía la sensación de vivir de prestado.
    – Es que tengo curiosidad por saber cómo piensas. Cómo piensa un hombre. No hace mucho leí un artículo sobre el lugar preeminente que el sexo ocupa en vuestras vidas y me quedé de piedra. Por eso pregunto, ¿cuánto crees que pasará antes de que tus ganas de sexo sean más fuertes que el miedo que te causa tu corazón? Si supieras que ibas a morir mañana, ¿estaría el sexo entre tus actividades de la noche antes?
    Si seguía hablando sobre sexo tendría que marcharse de allí, así era como pensaba. Por el amor de Dios, desde el mismo instante en que el muslo de la mujer topó con su pierna en la iglesia, el sexo con ella se había convertido en una de sus prioridades. Pero sí, había intentado dominar la libido, por muy irracional que pudiera parecerle a alguien que jamás ha sentido el peso de un elefante africano sobre su pecho ni la guadaña de la muerte rebanándole el brazo.
    Había decidido controlar la libido porque el solo hecho de pensar en sexo con Angel hacía que su corazón se desbocara y sentía miedo de que le causara otro…
    Pero no había sucedido.
    Hacía solo unos minutos, Angel le había puesto la mano sobre el pecho y demostrado que la aceleración era normal cuando un hombre se sentía atraído por una mujer. Y una mujer por un hombre.
    Estaba seguro de que otro ataque le traería la muerte muy pronto, pero empezaba a convencerse de que el sexo no sería la causa.
    – Claro que no -gritó, sorprendido y riéndose por el cambio en su forma de pensar. Agarró a Angel por los hombros y le plantó un fuerte y sonoro beso en los labios.
    La separó de él y soltó una risotada.
    – ¡He sido un imbécil! -Exultante por ser capaz de admitirlo, lo gritó a los cuatro vientos, al mar, a las estrellas y a la oscuridad que parecía estar esfumándose de su alma.
    Se levantó de un salto y volvió a reír.
    – He perdido tanto tiempo, pero tanto…
    Cooper se inclinó y cogió a Angel en volandas.
    – Y tú eres la mujer más lista y hermosa del mundo, ¿lo sabías?
    Cuando la hubo soltado, se acercó para besarla, pero Angel apoyó la mano en su pecho y lo detuvo.
    – Espera, espera. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
    Cooper le apartó la mano y cuando sus labios estuvieron muy cerca respondió en tono grave:
    – La del deseo, mi amor. Y he decidido dejarme llevar.
    – ¿Cómo?
    Dispuesto a no malgastar ni un segundo más, empujó a Angel a través del túnel.
    – Vamos a la cama.
    Angel hundía los pies en la arena.
    – Eso mismo decía Dormilón. Pero yo no tengo sueño.
    – Pues yo no soy Dormilón, ni Gruñón, ni Mudito. Aun así, cariño, vamos a la cama.
    – Hombre, un poco gruñón… -añadió, haciendo fuerza con las piernas y resistiéndose a sus empujones-. Cooper, no vamos a la cama.
    Menuda mujer, pensó, mientras el comentario le entraba por un oído y le salía por el otro. Finalmente, la agarró por la muñeca y empezó a tirar de ella.
    – Angel, va a ser divertido. Va a ser genial. Te prometo que te va a encantar.
    – Primero: vamos a tener que trabajar un poquito ese ego tuyo -dijo mientras se zafaba de su mano-. Y segundo: ¿se te olvida que vuelvo a la ciudad pasado mañana?
    Cooper sonrió, pues no había nada que pudiera decir para hacerle cambiar de opinión, no cuando la excitación le hacía bullir la sangre.
    – ¿Y qué? Estoy seguro de que una mujer decidida como tú es muy capaz de conseguir lo que quiere sin preocuparse por el futuro.
    – Permíteme señalar que esto es lo que tú quieres.
    Cooper estaba tan acelerado que a Angel le costaba seguirlo. Entonces el hombre se detuvo en seco, le levantó la camiseta y le agarró los pechos.
    – Si quieres te demuestro que tú también lo quieres. -Su voz sonó ronca, tomada por la agradable sensación de sentir de nuevo la calidez de su piel y el fuerte latido de su corazón.
    – Cooper -comenzó, pero contuvo el aliento cuando el hombre empezó a acariciarle los pezones-. Cooper, no nos vamos a volver a ver.
    Y por eso mismo nadie resultaría herido. Guardarían un bonito recuerdo el uno del otro, sin más. Un moribundo no podía pedir más, no se atrevería.
    – Angel… -Le era imposible seguir acariciándola y mantener la cordura. Deslizó las manos hasta su cintura y la acercó hacia sí-. ¿No eras tú la que se quejaba de que el sexo lo cambia todo? ¿De que era complicado retomar una situación en el punto en el que se había dejado? Esto va a solucionar el problema. De entrada, sabemos que serán solo dos noches.
    – ¿Cómo que dos noches?
    – No se te escapa una, ¿eh? -Quizá le iría mejor si se fijara en rubias tontas que no supieran contar. Se aclaró la garganta-. Iba a quedarme en Carmel mañana por la noche para… para evitar la tentación.
    – Cooper… -dijo Angel en tono de preocupación.
    Aquella era la primera vez que se encontraba dispuesto a suplicar.
    – Angel, Angel, Angel. Por favor, me estás matando…
    – Sí, ya ves. Parece que me estoy acostumbrando a ello…
    Sin poder contenerse, le mordió la barbilla y, con un beso, eliminó el gesto enfurruñado de sus labios. Al principio Angel se resistió, pero pronto se entregó a él.
    – Di que sí -le susurró al oído.
    – Cooper. -Angel arrastró la erre final de su nombre de forma extraña, como si con aquel sonido intentara liberarse de las dudas que la atenazaban.
    – Di que sí. -Seguro de que la estaba convenciendo, se inclinó para besarle la cabeza.
    Pero entonces la mujer se puso de puntillas y le dio un fuerte golpe en el mentón.
    – Una sola noche -dijo, sin prestar atención a su aullido.
    Cooper se frotó la barbilla.
    – ¿Qué?
    Angel se separó de él. Había anochecido y la luz de las estrellas se reflejaba en su dorada melena. Estrellas y luz de luna. Cooper fijó en ella su mirada, estupefacto por su belleza, que no era de este mundo. Allí de pie, vestida con una camiseta blanca y vaqueros desteñidos, parecía como si se hubiera despegado de la cola de un cometa y acabara de aterrizar.
    – Una noche. Mañana por la noche. Nuestra última noche.
    Cooper estaba tan abstraído por su apariencia de criatura fantástica que en aquel momento no puso atención a lo que le estaba diciendo. Entonces cerraría los ojos y al abrirlos ella se habría esfumado.
    Puede que fuera fantástica.
    En cualquier caso, lo suficientemente como para que, de vuelta a Tranquility House, sintiera la imperiosa necesidad de seguir suplicándoselo. El problema era que poco se podía hacer cuando el silencio era la norma principal. Llamó a la puerta de su cabaña, pero Angel no le abrió. Le escribió una nota con tantas promesas de cariz sexual que, de llevarlas a término, no estaba seguro de poder volver a andar. Pero, maldición, las tiras protectoras contra las corrientes de aire que había instalado en un reciente ataque de aburrimiento impedían el paso de la nota en la que le hacía las enardecidas propuestas.
    Se planteó salir en busca de una mujer que estuviera loca de pasión y no loca a secas. Pero no pudo.
    «Una noche. Mañana por la noche. Nuestra última noche.»
    Tendría que bastar.

    A la mañana siguiente, Angel condujo hasta San Luis Obispo con la mente ocupada en la promesa que le había hecho a Cooper en la playa la noche anterior. Aunque Stephen Whitney había nacido en aquella ciudad costera al sur de Big Sur, la razón por la que Angel había decidido subirse a su coche y conducir hasta allí era para distanciarse de Cooper.
    Necesitaba espacio para reconsiderar el acuerdo de acostarse con él. La decisión no era fácil y, desafortunadamente, en aquella ocasión el recurrente «¿qué haría Woodward?» no le era de demasiada ayuda.
    Debería haber sido capaz de mantenerse firme. Pero él se había sentido tan aliviado al darse cuenta de que su corazón estaba bien. Sus manos habían sido tan cálidas, sus caricias tan dulces. El deleite que había mostrado ante la idea de acostarse con ella había sido bastante atrayente.
    ¿A quién estaba intentando engañar?
    Su deleite la había excitado y alegrado enormemente.
    Y ahí era donde debería haber dicho que no.
    Pero no, había dicho que sí, sí a aquella misma noche, a una sola noche, porque ni siquiera la mujer más enamoradiza podía hacerse ilusiones con un rollo de una sola noche. Aun así, no podía evitar preocuparse…
    Vamos, Angel, no exageres, se dijo, enfadada consigo misma. Al fin y al cabo, ¡era solo sexo! Aunque el acontecimiento gozaba de una extraordinaria reputación no merecida, en sus encuentros hasta la fecha solo habían participado cuerpos. Esto por aquí, aquello por allí, tú ponte aquí, una medio excitada, o medio divertida, dependiendo del caso, y a esperar a que llegara el momento y rezar para que el muchacho se marchara pronto a casa.
    Probablemente con Cooper no sería tan distinto, ni mejor. ¿Por qué no olvidarse del asunto y… decepcionarlo?
    Justo cuando se disponía a agarrar el toro por los cuernos y no soltarlo hasta haber dado con una solución, Angel divisó un centro comercial al aire libre unos metros más adelante. Convencida de que un capuchino y unas cuantas pasadas de tarjeta eran justo lo que necesitaba para calmar los nervios, puso el intermitente y giró en dirección al centro Seascape.
    Una vez dentro, entre el videoclub y la tienda de golosinas, Angel se fijó en algo que volvería a perturbar su calma. Una galería de arte Stephen Whitney. Aferrada al capuchino, se quedó observando el escaparate en el que había colgada una pancarta que anunciaba la obra del Artista del Corazón.
    Había galerías como aquella por todo el país que le habían llamado la atención cientos de veces. Y cientos de veces había conseguido pasar de largo, desviando la mirada hacia otro lado y sin sentir remordimientos por… nada. Ni racional ni sentimentalmente.
    Pero en aquel momento…
    – Ahí está, Ray -dijo la mujer que tenía a su lado mientras miraba también el escaparate. Llevaba una falda azul y un jersey gris del mismo tono que su ondulada cabellera canosa. De su hombro colgaba un bolso de piel azul marino a conjunto con sus zapatones ortopédicos.
    – Ya lo veo, caramelito. -Ray parecía cansado, como si Caramelito le hubiera obligado a apresurarse. El hombre se colocó las gafas con una mano y con la otra rodeó la cintura de la mujer-. Nos prometieron guardarlo en el almacén, no te apures.
    Angel no pudo contener la sonrisa. Ray le pareció un poco demasiado mayor y entrado en carnes para ir echando carreritas.
    – Ya lo sé -suspiró ella-. Además, hemos llegado temprano, todavía no han abierto. -La mujer miró a su izquierda y sus ojos se encontraron con los de Angel-. ¿Tú también estás esperando a que abran?
    – ¿Quién, yo?
    – ¿Buscas algún cuadro en particular? -La dulce expresión de Caramelito se inquietó de pronto-. ¿No será Sendero estival? Cuando supimos que lo ponían a la venta, pedimos que nos lo reservaran.
    – No, no. -Angel meneó la cabeza-. Todo suyo.
    Lo único que quería de Stephen Whitney eran respuestas.
    Y entonces lo vio claro. La razón de sus dudas e inseguridades sobre acostarse o no con Cooper.
    Se trataba de su conciencia.
    Había viajado hasta Big Sur para conseguir el reportaje, para descubrir la verdad. ¿Cómo podía intimar con Cooper, ya fuera solo por una noche o docenas de ellas, y después regresar alegremente a San Francisco para escribir un artículo que le podría molestar?
    En aquel momento, un joven se acercó para abrir las puertas de la galería. Angel lo miró y él le dedicó una sonrisa mientras hacía un gesto a la pareja de ancianos de que ya podían entrar. Ray se disponía a cruzar la puerta cuando Caramelito lo agarró del brazo.
    – Espera, Ray, esta señorita estaba antes que nosotros. -La mujer le sonrió y le cedió el paso con la mano.
    Angel parpadeó.
    – Oh, vaya, yo… ¡No quiero entrar!
    – Adelante, pasa. -Caramelito seguía sonriéndole-. No te lo pienses más.
    No, claro, para qué pensar que la sola idea de entrar allí le ponía la carne de gallina, la dejaba sin aliento y la hacía sentir como si el corazón estuviera a punto de salírsele por la boca. ¿Sería aquello algo parecido a lo que Cooper había sentido la noche anterior en la playa?
    La pareja seguía mirándola y a Angel no se le ocurrió una buena excusa para no entrar. No podía decirles que estaba aterrada… y ¡no lo estaba!
    Con paso firme, se acercó hasta la puerta. El joven que había abierto la saludó con una leve inclinación de cabeza y Angel le correspondió con el mismo gesto mientras erguía la espalda y conseguía cruzar el umbral. Allí dentro hacía frío, o puede el frío que sentía procediera de su interior. Cuando llegó al centro de la sala se detuvo en seco.
    Se acercó el capuchino a los labios para entrar en calor y recorrió con la mirada las doce o trece obras de arte que colgaban de las paredes. Sus ojos se detuvieron en los tres cuadros de mayor tamaño. Los había pintado él, no cabía duda; aquellos colores brillantes y horteras certificaban su autoría.
    Ray y Caramelito se acercaron a ella para observar los mismos cuadros.
    – ¡Qué bonitos!, ¿verdad? Ray y yo coleccionamos los niños perdidos.
    La expresión atónita de Angel provocó una carcajada en Caramelito, que enseguida pasó a darle una explicación.
    – Así es como los whitnófilos llamamos a los cuadros como estos tres. Los niños perdidos.
    ¿Los niños perdidos?
    – Ya veo. -Angel se fijó en los cuadros y entonces lo entendió. Cada uno mostraba una escena distinta que guardaba alguna relación con la infancia: unos columpios de hierro, una mesa de madera cubierta en la que se había servido una deliciosa merienda, un montículo de arena junto al que había un cubo y una pala. Fiel a su estilo, el artista había pintado el fondo con cielos azules y nubes de algodón y florecillas silvestres y matojos de hierba en primer plano.
    Los tres cuadros daban la impresión de que el niño protagonista acababa de marcharse. El asiento del columpio estaba echado hacia atrás, sobre la mesa había una galleta a medio roer y el montón de arena dibujaba un castillo inacabado junto a las huellas de dos pies de pequeño tamaño.
    Los niños perdidos. Angel sintió un escalofrío. Todo aquello tenía un matiz siniestro.
    – Pues sí… muy bonito. -Cuando se disponía a marcharse, Caramelito la agarró de la muñeca.
    – Mira, aquí está el nuestro.
    El joven de la galería hizo su aparición con un cuadro enmarcado entre las manos. Con un extraño ademán elegante, le dio la vuelta para enseñárselo a Caramelito, Ray y Angel.
    Allí estaba: el mismo cielo azul dulzón cubierto por nubes rosadas. Aparecía también una verja descoyuntada que podría caerse en cualquier momento sobre un fondo de hojas bermellón que asomaban por las ranuras del sendero. Junto a la verja había un par de zapatos viejos y calcetines blancos de los que su dueño se había desembarazado.
    En el camino de cemento que ocupaba el centro de la imagen había una pelota roja y unos cuadrados dibujados con tiza en el suelo. De nuevo, parecía como si los niños hubieran abandonado el juego.
    Caramelito suspiró emocionada.
    – Perfecto. Yo también jugaba a la rayuela cuando era pequeña.
    – Y yo. -De repente, a Angel le vinieron a la cabeza imágenes de ella misma intentando jugar, de su desesperación cuando le costaba mantener el equilibrio sobre una pierna. En sus recuerdos se coló también la imagen de una mano fuerte con el dorso salpicado de gotas de pinturas de muchos colores.
    Salta, para, salta, sigue. Es fácil, ¿lo ves?
    No. ¡No! Angel cerró los ojos y sacudió la cabeza varias veces para eliminar de ella aquellas visiones. Entonces los abrió y, con cautela, volvió a mirar los cuadros. Perfecto, ya nada le parecía familiar. Nada de nada. Ya no era capaz de afirmar que hubiera jugado a la rayuela en alguna ocasión. Jamás había sido capaz de recordar a su padre.
    Más tranquila, suspiró cuando vio que el joven se alejaba con el cuadro perseguido por Ray, dispuesto a cerrar la compra. Con intención de despedirse de Caramelito, Angel se volvió hacia ella.
    – Estoy segura de que disfrutará mucho de su…
    La mujer estaba llorando.
    Una sensación de impotencia se agarró al interior todavía frío de Angel.
    – Pero ¿qué le ocurre? ¿Cuál es el problema? -Sostuvo el capuchino con la otra mano y buscó en su bolso algo con lo que enjugar las lágrimas de aquella mujer.
    – No, no. -Caramelito ya había sacado su propio pañuelo-. Estoy bien, no te preocupes. Es que el cuadro…
    Angel apretó el vaso de papel, casi enfadada por que Caramelito estuviera tan disgustada. Aquel cuadro era una auténtica mierda, cutre como los trajes de terciopelo de Elvis o las imágenes de payasos que lloran. Por el amor de Dios, al menos los perros jugando al póquer tenían su gracia.
    Caramelito se secó las lágrimas.
    – Lo siento, es que me recuerda a cuando era niña.
    – ¿Llorar?
    La mujer sonrió.
    – No, el cuadro. Probablemente pienses que soy una vieja tonta, pero cuando lo miro, cuando miro cualquiera de mis Whitney, me vienen a la cabeza tiempos más dulces e inocentes. Y a mi edad, eso son muchos años, pero con solo echarles un vistazo vuelvo enseguida a aquella época.
    – Ya.
    Caramelito volvió a sonreír.
    – Puede que a ti no te pase. Y lo que quizá no entiendas, y los críticos de arte tampoco, es que estos cuadros me proporcionan placer. Y no me avergüenzo de ello ni tengo por qué excusarme.
    Angel oyó de nuevo la voz de su conciencia. En aquel momento Ray se acercó a su esposa sujetando el paquete marrón con una expresión tan feliz que Angel estuvo a punto de soltar unas lágrimas.
    Con un nudo en la garganta salió de la tienda y cuando se hubo alejado se volvió para observar a la pareja de ancianos, sonriendo felices por su nueva adquisición.
    Hasta entonces, había considerado la idea de enfocar el artículo sobre Whitney desde el punto de vista de los críticos. Aunque el artista contaba con el beneplácito de políticos y religiosos devotos de los «valores tradicionales», los expertos en arte se ensañaban con su obra. Sin embargo, Angel se preguntó si su opinión tenía realmente más valor que la de Caramelito. Al fin y al cabo, ¿qué placer ofrecían ellos a la gente con sus sarcásticos puyazos?
    El problema estaba en que, si no captaba la atención de los lectores con alguna crítica aparatosa y despiadada de la obra de Whitney, ¿qué iba a hacer? ¿Abrir el artículo con una crítica de su personalidad? ¿Relatar que el Artista del Corazón había dado la espalda a su hija cuando ella más lo necesitaba? Desde luego, aquella idea también se le había pasado por la cabeza. Un relato en primera persona de la traición de su padre. «Y traicionar también a Lainey y a Katie», le susurró su conciencia. Y a Cooper, aun si decidía no acostarse con él.
    Mierda. Angel se quedó mirando su reflejo en el escaparate de otra de las tiendas. Está bien, tú ganas, le respondió a su conciencia. Teniendo en cuenta que lo único de lo que disponía para hundir a Stephen Whitney era su lacrimógena historia, tendría que olvidarse del asunto.
    Que lo siguieran adorando. Le daba igual, si así lo querían podían canonizar a san Stephen en aquel mismo momento.
    Sin tener muy claro si se sentía triste o aliviada, arrugó el vaso y lo tiró a la papelera. El capuchino no la había puesto de mejor humor, así que les había llegado el turno a las tarjetas de crédito.
    Mientras se apresuraba a cruzar la calle en dirección a las boutiques y calculaba cuánto podía gastarse, le sobrevino una nueva idea. Acababa de dar con la solución a su dilema ético.
    El artículo sobre Stephen Whitney sería comedido y desapegado, igual que el polvo de aquella noche. Una oportunidad para, sin necesidad de involucrarse demasiado, proporcionar placer a Cooper Jones.

12

    Hacía una noche sofocante y oscura, acorde con el humor de Cooper.
    Pasaban de las diez cuando oyó el suave golpecito en la puerta y supo quién llamaba. Se preguntó si debía ignorarla, aunque entonces ella se daría cuenta de que a él le importaba. Sintiendo que no tenía ninguna opción, se encaminó hacia la puerta, la abrió y apoyó el hombro en el marco con aire indiferente.
    Estaba bloqueando el vano con el cuerpo.
    – Ah, hola -saludó Angel con los ojos muy abiertos.
    Debía de llevar alguna clase de modelito sedoso de color amarillo pálido que contrastaba con cómo Cooper se la había estado imaginando durante todo el día: cuero negro y látigo.
    – Hoy has desaparecido muy temprano. Creía que te habrías marchado de Tranquility House para siempre -masculló.
    Esa sospecha lo había mantenido en vilo hasta aquel momento.
    – Pues si te hubieras molestado en comprobarlo, habrías visto que he dejado todas mis cosas en la cabaña.
    Cooper titubeó, pues sí que se había molestado en comprobarlo y, aun así, no le había servido para sosegarse.
    – Me he preguntado todo el día, hora a hora y minuto a minuto, cuándo volverías.
    – Ya, tenía unas cuantas cosas que hacer en San Luis Obispo -contestó Angel tras apartar la mirada-. Además, está un poco lejos de aquí.
    – Pero has vuelto hace un par de horas. -Y en ese momento fue cuando la verdadera tortura había comenzado. Él se había prometido que la esperaría y ella le había hecho esperar-. Por cierto que ahora puedo demandarte por haber faltado al acuerdo. Dijiste por la noche y hace tiempo que ha anochecido.
    – Faltar al acuerdo -repitió Angel meneando la cabeza-. Son esa clase de cosas las que dan mala fama a los abogados, ¿sabías?
    – Dijiste por la noche -insistió él, impertérrito y metiéndose las manos en los bolsillos-. Ya es de noche.
    En la expresión de Angel surgió un leve indicio de desesperación.
    – Bueno, pero estoy aquí, ¿verdad? ¿Me vas a invitar a pasar o no?
    «O no» era una opción que se había vuelto apetecible. Lo había tenido en vilo las anteriores veinticuatro horas, aunque, de todos modos, ella era la que podía desenmarañar el entuerto que los tenía a ambos en aquella situación.
    – Si te apetece, sí -farfulló.
    – ¿Cómo no va a apetecerme, tontito? -Mirando al cielo en señal de incredulidad Angel lo empujó hacia el interior-. Esto está empezando a parecer torpe y premeditado y… -Calló al echar un vistazo a la sala de estar-… y maravilloso -agregó en último término.
    – Como ves, no soy tan tontito. -Cerró la puerta tras ella y la miró-. Tenía una mesa reservada en el hotel Crosscreek, pero ya es demasiado tarde.
    Angel continuaba contemplando el panorama. Todas las cabañas contaban con una buena provisión de velas para utilizar en caso de producirse un corte en el suministro de electricidad, algo habitual durante las tormentas de invierno. Su anfitrión las había colocado en lugares estratégicos de la sala y, aún con mayor pericia, si no arte, en el dormitorio. El parpadeo de las llamas hacía que la oscuridad que los acogía palpitase.
    – De verdad que lo siento. No sabía lo de la cena. -Su exasperación previa había desaparecido y le dirigió a Cooper una mirada dulce, casi tímida. Luego se acercó a la mesa auxiliar, junto al sofá, en la que una botella de vino se enfriaba en una cubitera-. Esto es espectacular.
    Volvió a mirarlo de aquella manera fugaz mientras palpaba perezosamente el cuello de la botella de vino. Al verla recorrer el cristal con un gesto tan lento y delicado, el humor de Cooper también cambió. Con ella en su cabaña, tan cerca de él, su irritación e impaciencia desaparecieron sin dejar otro rastro que no fuera el deseo.
    – ¿Te apetece una copa? -ofreció, dando un paso adelante.
    – La estoy deseando. -Hablaba con un hilo de voz y, en las sombras de la estancia, parecía una nueva llama ardiendo en una vela, más luminosa a ojos de Cooper.
    La copa era de Beth y él la llenó hasta el borde. Al alcanzársela, le pareció advertir que los dedos de Angel se estremecían.
    Ella se quedó mirando el vino, al parecer fascinada.
    – Gracias por esto. Lo de las velas es todo un detalle.
    Cooper suspiró y acercó su botellín de agua a la copa de su invitada para brindar.
    – Hace demasiado calor para encender las luces -explicó.
    Angel dio un sorbo mientras continuaba acariciando el húmedo cuello de la botella.
    – Sí, bueno -admitió, encogiéndose de hombros-. Ha hecho mucho calor las dos últimas semanas.
    – Cierto. -Cooper estaba hipnotizado observando cómo uno de los dedos de Angel se introducía en el agua casi congelada de la cubitera.
    Luego se tocó el cuello con el dedo mojado, lentamente y lo miró con los ojos entornados.
    – Mucho, mucho calor.
    – Peligro de incendio -murmuró Cooper, a quien el deseo se le había atravesado en la garganta.
    – ¿Qué? -Angel volvió a comprobar la temperatura del agua en la que se enfriaba el vino.
    – Decía que este calor implacable… -hizo una pausa para beber un poco de agua-… significa que hay peligro de que se produzca un incendio.
    Angel dejó pasar un instante y volvió a dedicarle una mirada entornada.
    – Entonces quítate la camisa.
    – ¿Cómo? -A pesar del reciente sorbo, a Cooper se le había secado la boca.
    – No vayas a arder. -Los ojos de ella se agrandaron deshaciéndose en una inocencia coqueta-. Ah, te referías a que el incendio puede producirse en el exterior.
    – ¿Cómo estás, no? -murmuró él, alerta ante la disposición juguetona de Angel-. Traes toda la artillería lista y cargada, ¿verdad?
    – Y no es para menos -repuso ella, con una media sonrisa en los labios y la copa alzada-, con todas las molestias que te has tomado: las velas, el vino…
    Cooper encontraba dificultades para respirar con normalidad.
    – Deduzco que tú también empiezas a sentir calor.
    Angel dejó a un lado la copa y puso una mano en el lazo que le sujetaba el vestido por el costado de la cintura.
    – Tal vez debería quitarme algo de esto.
    Cooper miró alternativamente a su rostro y al lazo. Un tirón, pensó, y aquella mínima tela que la cubría caería al suelo.
    El pulsó se le aceleró y, para no hacer lo que sus instintos le demandaban, se dejó caer en el sofá.
    – No hay prisa. -Le había prometido algo especial, y la impaciencia no era necesaria-. Ven y siéntate.
    Ella le obedeció, aunque no tardó en acercársele y disponerse a desabrocharle los botones de la camisa.
    – Pero ¿qué pretendes? -exclamó, apartándose.
    – Me gusta tu cuerpo -confesó Angel- y quiero verlo.
    – No puede ser -sentenció Cooper tras apartarle las manos-. Bebe vino, date tiempo.
    A la velocidad a la que se estaban desarrollando los acontecimientos, Cooper temía que aquellos primeros momentos de la velada constituyeran la previa de lo que vendría después y, como consecuencia, se perdería los deliciosos preámbulos.
    – ¿Vuelves a estar preocupado? -Angel había ladeado la cabeza para dirigirse a él.
    – ¿Preocupado por la posibilidad de que esto me provoque un infarto? No. -Lo estaba por actuar sin finura, eso sí-. Toma esto, entretente -agregó, dándole la copa de vino.
    – Sí, estás preocupado -insistió Angel tras reírse con dulzura-, y no deberías. Voy a cuidar de ti.
    Había algo en lo que acababa de decir que a Cooper no le encajaba.
    – Quedarás satisfecha, te lo prometo -le dijo, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
    Ante aquel comentario, Angel desvió la mirada.
    – Ya, ya, escucha, déjame que te cuente mi plan.
    – Tu plan. -Cooper le recorría la línea de la mejilla con el anular.
    – Sí, mi plan para el sexo.
    Cooper se rió de todo corazón.
    – Pero ¿no eras tú la que se quejaba de que todo esto te parecía «premeditado»? ¿Por qué no improvisar un poquito?
    – Sí, claro, lo que pienso es lo siguiente -persistió Angel antes de llevarse la copa a los labios sin dejar de mirarlo a los ojos-. Debemos hacerlo rápido.
    La mano de Cooper se quedó quieta.
    – ¿Qué?
    Angel se apartó de él y se acomodó en el sofá.
    – Sí, mira, lo he estado pensando al venir. Tal y como yo lo veo, esto es una prueba para ti; por ser la primera vez desde la operación, ya sabes. Y estoy segura de que estás un poco nervioso, digas lo que digas. Así que creo que lo mejor es que lo hagamos rápido y que acabemos de una vez.
    – Veo que has tenido tiempo para pensar mientras conducías -murmuró Cooper.
    – Después, te sentirás mucho mejor -apostilló ella.
    – Ya, si lo hacemos rápido y acabamos de una vez.
    – Exacto. -Angel asintió con énfasis y algo de nerviosismo-. Y luego podré volver a mi cabaña y acabar de hacer las maletas.
    Él se quedó mirándola un rato y acabó por reclinarse sobre los cojines del sofá.
    – ¿Quién coño se ha estado dedicando a chismorrear sobre mí en San Francisco, eh? -barbotó.
    – ¿Cómo? Yo…
    – Natasha, habrá tenido que ser Natasha Campbell. Lleva años queriendo vengarse de mí, desde que le dije una vez que yo no tenía citas (ni mucho menos me acostaba) con mujeres comprometidas. Aun así, nunca pude creerme que fuera tan vil como para echar por tierra mi reputación sexual.
    – No he oído ningún rumor sobre… sobre eso. Si acaso que jugabas duro, pero no que, en fin…
    – ¿Que no juego limpio?
    – No, nada de eso -negó ella.
    – Vale, pues entonces ¿qué es todo eso de vamos a acabar de una vez porque así tú luego puedes hacer las maletas? -¿Acaso creía que él no podía mantenerla toda la noche ocupada?
    – Me voy mañana por la mañana -protestó Angel-. Te dije qué lo haríamos una vez.
    – Eh, ¿qué dices? -Cooper se puso de pie-. Una noche, queridísima. Me prometiste una noche.
    Angel hizo un aspaviento con la mano.
    – Una vez, una noche… No veo la diferencia.
    Aquello no iba bien y Cooper intentó relajarse mientras trataba de no imaginarla vestida de cuero negro. ¡Ella estaba torturándolo una vez más! Era como si él hubiera hecho promesas en firme que no podía cumplir y, sin embargo, tenía firmes intenciones, intenciones con las que, al menos, pretendía atreverse.
    Sobre todo, concluyó, quería estar con ella en la cama la noche entera.
    – A mí no me va a bastar con una vez -arguyó al fin-. ¿Qué me dices de ti? Vamos a pasarlo bien juntos, ¿no?, con lo calentitas que se ponen las cosas entre nosotros. Si pasas la noche conmigo, corazón, te garantizo que ambos saludaremos el amanecer con una amplia sonrisa.
    – Eso es mucho pedir…
    – Vamos, cariño, atrévete conmigo. -Cooper se le acercó, le pasó el brazo alrededor del cuello y la besó en la boca. Los labios de ambos se fundieron y él notó un cosquilleo recorriéndole la espina dorsal-. Atrévete conmigo -repitió, susurrándole las palabras junto a los labios.
    Angel se separó de él algo descompuesta.
    – ¿Lo ves? -la animó pasándole un dedo por los labios-. Te voy a tratar muy bien, siempre.
    – No -repuso ella, arrinconada-. No tienes por qué.
    – ¿No tengo por qué qué? -exclamó él.
    – Tratarme bien, preocuparte por mí.
    – ¿Qué?
    Angel se levantó del sofá y le extendió la mano.
    – Vamos a la cama, Cooper. Ahora.
    – Vas a conseguir sacarme de mis casillas -anunció, ignorando su oferta-. Si no ha sido Natasha, entonces ¿qué? ¿Por qué crees que no puedo satisfacerte?
    Angel le dio la espalda.
    – Yo… no quiero que lo hagas. -Sin saber qué pensar, Cooper observaba la tensión acumulada en sus hombros-. No quiero que te preocupes por eso, que te preocupes por mí -agregó Angel.
    Cooper se irguió, todavía sin aclararse, sin saber qué decir ni qué hacer.
    – Angel, me lo estás poniendo difícil. -La espalda de la mujer se tensó aún más cuando él se la acarició-. ¿Por qué iba yo a acostarme contigo sin pensar en ti? ¿Por qué no iba a hacer que te lo pasaras bien? -Como ella no respondía, Cooper insistió-. ¿Angel…?
    – Porque no serías capaz… -le espetó con un hilo de voz-, ¿te vale? ¿Ya estás contento? La verdad es que…
    – Sí -la interrumpió-, dime cuál es la verdad.
    Angel tomó aire.
    – La verdad es que nos podríamos morir de viejos si esperamos a que yo tenga un orgasmo.
    Cooper habría creído que la conversación formaba parte de una pesadilla de no ser porque la vergüenza que notaba en la voz de Angel era muy evidente, muy dolorosa.
    – Pero… -Se pasó las manos por la cara y trató de repasar mentalmente las anteriores dos semanas.
    Ella había sido la primera en admitir la atracción.
    Ella lo había besado, lo había tocado.
    Él había hecho lo propio.
    Y, por el amor de Cristo, ¡si él ya había conseguido que Angel se corriera!
    Eso no podía negarse, de ninguna manera. Cierto que las mujeres podían fingir, pero no con tanto realismo.
    – Pero si en la cocina…
    Angel lo interrumpió con un gesto de la mano.
    – La excepción que confirma la regla. Ya te lo dije: demasiado tofu, demasiada berenjena o lo que sea. En fin, no sé, pero no fue como si, como si…
    – Como si yo estuviera en ti, dentro -vaticinó él.
    Ella negó con un nuevo aspaviento, aunque guardó silencio.
    Cooper se entretuvo en un largo y reparador suspiro. Si no había conseguido satisfacerla en la cocina la otra noche, tenía de que preocuparse. Sin embargo, tal como se presentaba la situación, lo único que le preocupaba era cómo convencerla de que él era muy capaz de acostarse con ella y cumplir.
    – Angel…
    – Por favor, Cooper, dejemos el tema, ¿vale?
    Al parecer, la artillería estaba de capa caída. Volvió a recorrerle la espalda con los dedos.
    – Reconocerás, al menos, que te gustan mis besos.
    – Ya sabes que sí.
    Cooper se colocó detrás de Angel y apoyó la mejilla en su nuca.
    – Que te gusta que te toque.
    – Claro que sí -aceptó ella, cargando el peso contra él-. Y también me gusta tocarte yo.
    Él sonrió y las manos de ambos se entrelazaron. No había necesidad de seguir discutiendo con ella.
    – Entonces vayamos a la cama.
    Cooper se prometió que cuando hubieran entrado en materia, ella estaría demasiado encantada para dejarlo.

    Para asegurarse de que todo saliese como ella quería, Angel se deshizo del vestido nada más entrar en la habitación.
    Al ver su cuerpo a la tenue luz de las velas, Cooper trastabilló, absolutamente estupefacto.
    – Pero… pero ¿qué es eso?
    – Un pequeño detalle que encontré para la ocasión.
    Era un body muy ceñido, de encaje blanco o, al menos, de encaje blanco en su mayor parte, desde la uve que formaba entre las piernas hasta el borde que señalaba el nacimiento de los pechos, cubiertos por sendas copas de tul casi transparente.
    – ¿Te gusta? -quiso saber Angel, volviéndose para enseñárselo.
    Cooper emitió un ruido ahogado, semejante al quejido que a ella se le había escapado al probárselo en el vestidor de la tienda. La espalda del atrevido modelo, que acababa en un tanga, también estaba confeccionada con la misma tela de tul. Angel solía vestirse con ropa muy recatada, pero aquella vestimenta estaba más allá de la audacia; era enloquecedora.
    Estaba pensada para enloquecer a los hombres, para que un hombre se olvidara de todo y se entregara al placer.
    Y ella quería dárselo a Cooper. En algún punto situado entre el momento en que él había rodeado con un brazo a su hermana en el funeral y en el que ella se lo había encontrado junto a su sobrina contemplando la puesta de sol, Angel había entregado su primera línea de defensa. La anterior noche, en la playa, sin siquiera despertar la más mínima señal de alarma, aquel hombre se había escurrido y superado la segunda.
    Y en aquel momento Angel quería tenerlo entre los brazos y sentir cómo se abandonaba a ella.
    Como se trataba de un deseo tan peligroso, había pergeñado el plan de aquí te pillo, aquí te mato, mientras volvía del centro comercial. Se marchaba a la mañana siguiente y con aquella estrategia se aseguraría de no dejar atrás nada de sí misma, de que él no se fuera a quedar con nada.
    Al acercársele, Cooper permaneció inmóvil excepto por cierto gesto desasosegado que hizo con la cabeza.
    – Estás decidida a salirte con la tuya, por lo que veo.
    – Mmm. -Angel se concentró en desabrocharle la camisa-. ¿Y eso qué tiene de malo? -repuso, siguiéndole con las manos la línea de los hombros para despojarlos de la tela que los cubría.
    Al besarle en el pecho, en medio de la cicatriz, Cooper resopló y avanzó con la mano a través de su pelo para asirla por la nuca.
    – Eres mala.
    Ella sonrió con los labios pegados a la piel del hombre, y con la lengua trazó una línea sobre la lustrosa cicatriz. Cuando notó que Cooper se estremecía, concluyó que aquel «mala» era un buen nombre de guerra.
    Mientras le cruzaba el pecho con los labios la idea fue cobrando fuerza en su fuero interno. La mala Angel podía obtener lo que se propusiera, probar lo que se le antojase, obligarlo a que la tomara, a que la hiciera suya de inmediato, enseguida, tal y como ella pretendía hacer con él. Paseó la mejilla por su vientre, plano y duro, y fue bajando hasta caer de rodillas y coger con las manos la erección inevitable que abultaba los vaqueros del hombre.
    Cooper gimió y se aferró con más fuerza a los cabellos de Angel mientras repetía su nombre una y otra vez.
    Ella le sonreía, pendiente de sus reacciones: los ojos entrecerrados, el leve sobresalto de su cuerpo cuando lo palpó allí con las palmas abiertas. Casi fascinada, se inclinó y empujó con la cara, barrió con la mejilla la protuberancia recién descubierta, mientras con las manos, a ciegas, fue escalando hasta remontarse al ombligo.
    Él la agarró de las axilas y la obligó a levantarse.
    – No -rogó, enfebrecido-, todavía es demasiado pronto.
    – Pero…
    Cooper la interrumpió estrellándose contra su boca, y entonces ella pudo descubrir que aquel «mala» comenzaba a hervir, a quemarle las entrañas, impulsado por un deseo que la sorprendía a medida que se incrementaba y el beso se prolongaba, tenso e insistente, y la obligó a abrir los labios, a cerrar los ojos.
    Sintió que la boca se le quedaba en el aire, húmeda y anhelante, cuando él se arqueó y le tomó un pezón entre los labios, cuando notó la succión en el coronamiento del pecho.
    A lo mejor, de repente, resultó que estaba llamándolo, pronunciando su nombre entre gemido y gemido.
    – Cooper…
    – No puedes venir a mí, no puedes venir a mi cama así como estás y pretender que te ignore.
    Angel oyó sus palabras pero no llegó a entenderlas, arrobada como estaba mientras él, sin detenerse, llevaba la boca al otro pezón al tiempo que tomaba entre los dedos el que acababa de abandonar y lo pellizcaba con firme vehemencia. La espalda de ella, tensa, trazó una curva que él aprovechó para alzarla en vilo y llevarla hasta la cama, cegado y sin dejar de sostenerle el pecho con los labios.
    Angel sentía un incesante martilleo en las sienes que se le extendió palpitando por todo el cuerpo. Cuando él la dejó en la cama y se quitó los pantalones, el deseo se convirtió en una estremecida sensibilidad a flor de piel.
    El cuerpo de Cooper era sólido, largo y bello, como una escultura. Estaba de pie junto a la cama, mirándola, y entonces cubrió con una mano su virilidad enervada.
    – De esto me encargo yo, Angel -susurró ronco-. No es lo que quiero de ti.
    El corazón de Angel dio un vuelco. ¡No! Nada de aquello. Intentó rodar sobre el colchón y alejarse de él, pero Cooper se tumbó en la cama y tiró de ella hacia sí. Cuando las pieles de ambos entraron en contacto, ella sintió la imperiosa necesidad de contraatacar y pasarle la mano por el musculoso antebrazo y luego sobre la línea firme del costado.
    Era la cualidad de lo masculino lo que la estaba llamando, pensó. No él, no él en particular. Así que le acarició el muslo, buscándolo, mientras los labios de ambos no dejaban de besarse, de persuadirse el uno al otro suave, delicada, dulcemente.
    Él la exploró con las manos palpándola con ternura, le recorrió la curva de los hombros, de los pechos, para después bajar a lo largo de sus brazos y tomarla de las manos. Luego le abrió los muslos y se montó encima de ella, y ella le permitió acomodarse en su cuerpo. El peso de aquel hombre sobre ella resultaba una delicia.
    Cooper flexionó la cintura y empujó, y ella lo recibió empujando a su vez. Ambos batallaron así, cuerpo contra cuerpo, y Angel sintió que la presión crecía sin cesar, intensa y casi exasperante, y se maravilló, pues ningún hombre había sido capaz de explayarse para ella en la cama.
    Sin embargo, ese pensamiento le hizo concluir que tenía que relajarse, y así se ordenó parar todo movimiento, obligar a que la excitación se replegase.
    – ¿Qué estás haciendo? -inquirió Cooper, de pronto mirándola a los ojos.
    Ella le hundió las manos en el pelo, tratando de atraerlo.
    – No te preocupes, nada.
    Él frunció el ceño aunque cedió a la demanda de Angel y ambos se dieron un nuevo y lento beso. Aquello era placentero, pensaba ella, sentir el calor de él, su deseo insistiéndole en el pecho y entre las piernas, y al poco volvió a notar que sus entrañas solicitaban integrarse en el incendio, que las extremidades pretendían responder al movimiento del cuerpo del hombre, pero, pese a todo, ella era más fuerte y se mantuvo quieta y pasiva.
    Cooper acabó por apartarse, un tanto molesto.
    – Angel.
    – ¿Qué? -Ella se colocó de lado y le acarició la mejilla-. ¿Qué pasa?
    No le gustaban las arrugas que habían aparecido en la frente de Cooper y decidió que cuidaría de él, que lo cuidaría abriéndole el paso hacia el interior de su cuerpo; allí, él obtendría el placer que buscaba.
    Cooper la tomó de la mano y se la besó.
    – Tú eres lo que pasa. No quieres hacer esto.
    – ¡Sí que quiero! -se quejó-. Y tú también.
    – Angel…
    Ella le interrumpió con los labios lo que fuera que estaba a punto de decir con un beso parsimonioso y sensual. Él gimió y volvió a alejarse.
    – Vale, está bien -aceptó, resollando-, me rindo. Intentémoslo.
    – Fantástico -murmuró ella iniciando un movimiento que la llevaría hasta él en busca de un nuevo beso.
    Él la esquivó una vez más.
    – Pero deberías cortarle la corriente a esa cabecita tuya. Oigo chirriar sus mecanismos y engranajes; no dejan de girar, corazón.
    Sin embargo, la cabeza era lo que la mantenía ojo avizor, a salvo.
    – Ningún otro hombre se había quejado por eso -gruñó.
    Cooper hizo una mueca burlona y le apartó el pelo de la cara con tanta ternura que hizo que la férrea voluntad de Angel se tambaleara.
    – Puede que ese sea el problema -masculló él, tras alzarla y ponerla encima de él, cara a cara-. Ahora, silencio -le ordenó mientras le acariciaba la nuca-. Esta zona de aquí tiene que apagarse. Hazlo por mí.
    Entonces la besó, solícito, persuasivo, inclemente, y Angel se subyugó a su tacto, a él, al tiempo que sentía sus manos acariciándole la línea vertical de la espalda y desgarrándole poco a poco el agarrotamiento que se había impuesto en su propio cuerpo.
    Él comenzó a contonearse y ella pudo sentir, sin poder evitar una sonrisa satisfecha, su miembro erecto entre los muslos, separado de ella tan solo por una delgada tira de tul.
    – Yérguete -le susurró él casi en la boca-, levántate para que te acaricie esos hermosos pechos.
    Para Angel era como si estuviera de nuevo en la piscina caliente, con el cuerpo entumecido por el calor del agua, aunque logró no perder el dominio de sí misma. Le sonrió y le pasó un dedo por el labio.
    – Eres muy guapo. Una vez, hace tiempo, me quedé prendada de ti.
    – ¿Sí? -masculló él, y tras morderle la yema del dedo continuó-: Ahora el prendado soy yo.
    Aunque lo sentía punzante y fogoso entre las piernas, aquel hombre era dulce, muy dulce, y la instaba con sus caricias a abandonarse a una calidez amodorrada y perezosa.
    Cooper deslizó las manos entre el tul y la piel de los pechos de Angel, le tomó los pezones entre las yemas de los dedos que, acto seguido, la pellizcaron.
    Ella tembló de repente, atravesada por una ola de calor.
    Los dedos volvieron a cerrarse y las caderas de ella respondieron.
    Otro pellizco, esta vez más fuerte. El magma la consumía, la obligaba a revolverse.
    Ambos, a aquellas alturas, estaban gimiendo, pero la voz de Cooper se alzó sobre la de ella.
    – Déjame entrar. -Ella quiso impedírselo, pero el hombre la retuvo por las caderas-. Así -indicó-, así es.
    Entonces, la fina tela que los había separado se abrió y Angel sintió cómo se adentraba en su cuerpo, suavemente.
    Él gritó. Ella gimió. El calor, la presión, cambió con rapidez, viciosamente, envolviéndolos de placer.
    Las manos de él estaban aferradas a sus caderas.
    – Vamos, cabálgame -le ordenó, enloquecido-, cabálgame.
    Y ella no pudo negarse, tenía que moverse, sumarse al ritmo.
    Era inevitable. Cada vez que entraba en ella su empuje era mayor y más contundente, y cuando ella se apartaba de él y tiraba hacia arriba, él volvía a atraerla reforzándole la tenaza en las caderas. La arrastraba hacia él, una y otra vez, y la enfrentaba al placer de cada embestida.
    Angel sintió que la tensión de su cuerpo se iba tornando insostenible, asfixiante, cercada por los resoplidos de ambos quejándose al compás, por los empellones inclementes, por la fuerza con que él la sujetaba, la retenía, le hacía recibir sus acometidas, incesantes y sucesivas.
    Soliviantada, Angel echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, mientras Cooper la atacaba con una decisión cada vez mayor en una carrera que iba superando todas las metas; ella lo sabía y necesitaba pararla, prohibirse el deseo. Intentó recuperar la sobriedad de sus impulsos, volverse insensible, indiferente a lo que le estaba ocurriendo, acabar con aquella enajenación.
    – ¡No! -Cooper la agarró del pelo con la pretensión de recuperarla-. No te marches ahora, maldita sea. Quédate, quédate aquí.
    No podía ser, ella no podía, no debía.
    Pero entonces notó que la manó de Cooper se le adentraba entre los muslos, allí donde se desarrollaba la pugna entre los cuerpos de ambos, que la tocaba a través de la tela y fue demasiado; intentó zafarse, huir, pero la otra mano de él seguía bien afianzada y no se lo permitió.
    – Déjame, Angel. Deja que pase lo que tiene que pasar.
    ¿Dejarle? ¡No! Si lo hacía se perdería, cedería a…
    Y al mismo tiempo sentía la dureza del hombre en su interior, su tamaño sobredimensionado, colmándola sin remedio, y no podía evadirse a la insistencia de sus caricias, a la persistencia de sus manos que la tocaban y la descubrían, que no la dejaban parar, bajarse, escapar.
    – Déjame -solicitó él con suma ternura mientras con los dedos le conquistaba el monte de Venus, lo circunvalaba, lo acariciaba.
    Y cuando ella se rindió a la evidencia de la inmediata llegada del clímax, él redobló su empuje y lo llevó a su máximo…
    Por primera vez en su vida, Angel sintió las oleadas cumbre del placer haciéndose dueñas de su cuerpo y también del de un hombre; del de Cooper, que no vivía algo parecido desde que los médicos le devolvieran la vida.
    Ambos gritaron al unísono.

13

    – Cooper me pidió prestada una copa de vino ayer por la noche.
    Sentada frente a Judd, los bonitos ojos marrones de Beth brillaban de curiosidad.
    – ¿Qué crees que está ocurriendo? -le preguntó.
    Judd se encogió de hombros y sonrió.
    – Venga ya. Lo sabes de sobra, pero no me lo quieres decir.
    El hombre soltó una carcajada. Tenía gracia que una mujer que tenía el corazón roto se preocupara del estado en el que se encontraba el corazón de los demás. Y a él le encantaba ver aquel brillo en sus ojos y el color de nuevo en sus mejillas. Con gesto ausente, Beth se quedó pensando mientras acariciaba al gato, y eso hizo que Judd se sintiera aún mejor.
    Beth obtenía placer en algo que él le había regalado. Obtenía placer con él.
    Cuando, unos días antes, Judd se vio obligado a admitir que llevaba años evitando enfrentarse a dos verdades importantes, tocó fondo. Una: que estaba enamorado de una mujer con la que había fingido querer solo una amistad. Y dos: la mujer a la que amaba había estado fingiendo no estar enamorada del marido de su hermana. En ese momento creyó que su relación con Beth sería imposible.
    Sin embargo, debería haberse dado cuenta de que estaba equivocado. En el Tao-te Ching, libro fundamental del taoísmo, Lao-Tzu escribió:
    «Lo que está bien establecido, no se arranca.
    »Lo que está bien sujeto, no se escapa».
    Tras recordar estas palabras, Judd se dio cuenta de que Beth y él habían construido una amistad sobre cimientos fuertes, y que aún podía llegar a más. Buda había dicho que todo tenía su momento, así que mientras esperaba a que llegara el suyo con Beth, Judd avanzaba por el Camino Medio, viviendo en armonía como dictaba la Cuarta Noble Verdad del budismo. Gracias a la meditación y al tai-chi que practicaba a diario, había conseguido recuperar el equilibrio de sus emociones.
    Sonó el teléfono y Judd observó a Beth mientras esta dejaba al gato en el suelo y se levantaba para responder. Era tan elegante, pensó. Tan refinada. Llevaba unos pantalones naranja de cintura baja y una camiseta blanca de tirantes, uno de los cuales no se mantenía en su sitio y dejaba al descubierto la piel tostada de su hombro.
    ¿Qué pensaría Beth si hundiera en él sus labios?
    ¿Qué pensaría si le quitara la camiseta?
    Después le desabrocharía las sandalias que cubrían sus estrechos y delicados pies, y cuando estuviera desnuda le arrancaría la pulsera tobillera que le había regalado Stephen. Y así, Beth sería suya.
    Solo suya.
    Toda suya.
    – ¿Judd?
    El hombre abandonó la ensoñación para mirarla. Ya había colgado el auricular y lo observaba con expresión de extrañeza.
    – Me estás mirando las sandalias. Son un poco llamativas, ya lo sé, pero hoy me apetecía llamar la atención.
    Judd inspiró profundamente en un intento de controlar la ira hacia Stephen y el arrebato de pasión que sentía por Beth.
    Pero entonces la mujer le sonrió y, tras un suspiro, Judd relajó la tensión que se le empezaba a acumular en el vientre. Era en ese punto, en el tan tien, donde se concentraba su chi o energía vital. Volvió a sentir la presión y se le escapó el chi, recorriéndole todo el cuerpo en una oleada de calor.
    Judd apretó los dientes e intentó disimular la reacción señalando al teléfono y haciendo un gesto con la cabeza para preguntar quién había llamado.
    – Era Lainey -respondió Beth-. Quiere que vayamos a la torre. Dice que se trata de una sorpresa. Parecía muy contenta.
    Judd arqueó una ceja.
    – Yo también siento curiosidad. ¿Nos vamos?
    El hombre se levantó de inmediato con la esperanza de que el aire fresco contribuyera a mejorar su humor. Paseando uno junto al otro, Judd y Beth tomaron el atajo que llevaba a la torre que Stephen utilizaba como estudio. Cuando se encontraron debajo de la alargada sombra del edificio, ambos se detuvieron. Aquella mañana era tan calurosa como las anteriores, sin embargo, Beth sintió un escalofrío.
    Sin pensárselo dos veces, Judd se acercó a ella y le frotó un brazo para que entrara en calor. La mujer lo miró, bajó la vista hasta su brazo y volvió a dirigirla a sus ojos.
    – Judd…
    Al hombre le pareció que aquel susurro llevaba implícitas un montón de cosas.
    Quizá porque sus caricias eran ahora distintas. Estaba consiguiendo comunicarse con ella, llamar su atención, que se diera cuenta de lo que sentía. Judd decidió que Beth se había sorprendido por su acercamiento, pero que no le había molestado. Entonces observó que la mujer tenía aún la piel de gallina y la miró a los ojos. Contención. Sentía que su chi fluía por todo su cuerpo y volvió a frotarle el brazo con la mano, despacio, con afecto.
    Beth le dedicó una mirada inquisitiva.
    Judd asintió y bajó la vista hasta sus labios. ¿Era posible que todo fuera tan sencillo? ¿Podía ser que la muerte de Stephen hubiera traído algo bueno, al fin y al cabo?
    – Daos prisa, chicos. Venid a ver esto. -Lainey los esperaba en la entrada de la torre con el rostro casi tan encendido como el de su hermana.
    Sintiéndose algo culpable, Beth avanzó.
    Judd se resistió a poner fin al momento y la agarró por la muñeca. Ella intentó zafarse, pero el hombre la asió con fuerza y entraron juntos en la torre.
    «Lo que está bien sujeto, no se escapa.»
    Lainey estaba en el centro de la única habitación del piso inferior, rodeada de lienzos. Beth se detuvo de manera tan brusca que el impulso de Judd estuvo a punto de hacerla caer.
    – ¿Qué es todo esto? -preguntó sorprendida mientras parpadeaba con rapidez, como si intentara ajustar su visión a la tenue luz.
    Judd veía a la perfección. Allí había unos veinticinco cuadros, todos de Whitney. Aparte de las hadas y duendes que pintaba de vez en cuando, nunca se dedicaba a las figuras, pero aquellos dibujos esbozaban recién nacidos y niños pequeños. Quizá sean la misma criatura, pensó Judd.
    – Los he encontrado en el cuarto donde Stephen guardaba sus materiales. -Lainey reflejaba una luz, una energía tal que hacía que a su lado Beth apareciera pálida y vacía.
    Judd le apretó los dedos y Beth se miró la mano, como si hubiera olvidado que todavía la tenía enlazada a la de él.
    – ¿Qué te parece? -Lainey se paseaba por la habitación a la vez que cogía los cuadros y los ponía de pie contra la pared y los muebles-. Fíjate en este -dijo, enseñándoles uno de ellos-. ¡Mira qué bebé más hermoso!
    Se trataba de una niña de mejillas sonrosadas y pelo rubio pintada en los tonos pastel que caracterizaban la obra del artista. La pequeña tenía los dedos regordetes extendidos hacia el espectador, como si intentara alcanzar algo que se encontraba fuera del cuadro.
    – ¿No te dan ganas de tocarla? -preguntó Lainey.
    – Pues no -respondió Beth, meneando la cabeza-. Puede que… que no sean de Stephen -añadió.
    Lainey dejó el cuadro en el suelo y se volvió para levantar otro.
    – Por supuesto que son de Stephen -dijo entre risas-. Es evidente, y además, están firmados.
    La mujer estaba radiante.
    – Creo que el hecho de haberlos encontrado es una señal. Es como si Stephen me estuviera diciendo que deberíamos organizar la exposición de septiembre.
    – ¿Cómo? -En aquella ocasión fue Beth la que apretó los dedos de Judd-. No podemos, ya la hemos cancelado. Además, quemamos los cuadros.
    – Podemos volver a programarla y mostrar todos estos. Voy a buscar a Cooper, tiene que verlo -añadió, dirigiéndose hacia la puerta.
    Lainey desapareció y dejó a Judd y a Beth a solas.
    Tras unos instantes la mujer se acercó a uno de los cuadros. Aún iban cogidos de la mano, así que Judd la siguió, aunque Beth, con la mirada fija en el lienzo, pareció no darse cuenta.
    – Me dijo que los había destruido -susurró-. Yo le rogué que lo hiciera porque temía que alguien los encontrara algún día y se descubriera la verdad.
    Entonces miró a Judd con los ojos muy abiertos. Estaba pálida.
    – Stephen me decía que los pintaba para consolarse. Aunque me juró que no era así, yo siempre creí que se trataba de la criatura que perdí. De nuestra hija. Mía y de Stephen.
    Aturdido, Judd apartó la vista. Una violenta ola de celos se apoderó de él, lo invadió, barrió su chi y cualquier otro pensamiento. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Beth embarazada. Embarazada de Stephen.
    Stephen. Maldita sea. Siempre Stephen. Judd apretó los puños.
    No, no, cálmate, se dijo en un intento de controlarse. El taoísmo le había enseñado a desdeñar la violencia y los celos. Al igual que la mayoría de religiones -y él había estudiado los principios de un montón de ellas-, el taoísmo rechazaba el odio. Pero el sentimiento en aquel momento era nuevo para él.
    Hacía cinco años que había decidido abandonar su pequeña existencia como corredor de bolsa para mudarse a Big Sur en busca de una vida auténtica, de armonía, paz y equilibrio.
    Pero no aquella… aquella confusión de emociones, pensó, y soltó la mano de Beth. No era aquello lo que quería.

    – Salgo dentro de unos minutos. -De espaldas a la puerta, Angel se acercó el auricular todavía más y bajó el tono de voz-. Dile a Jane que estaré en la oficina esta tarde. No he podido hablar con la hermana de la viuda, pero sí con todos los demás.
    Ya había colocado las bolsas en el coche. Había comprobado los cajones de su cabaña, recogido el champú del baño, incluso mirado debajo de la cama. No se dejaba nada.
    Al otro lado de la línea, su ayudante le dijo algo que le molestó.
    – Si hace días que no llamo es porque he estado ocupada, Cara, ocupada con mi trabajo.
    La respuesta de Cara hizo que Angel frunciera el entrecejo.
    – ¿De dónde sacas esas ideas? No, no he encontrado a ningún montañés del que me haya enamorado perdidamente. -Soltó un bufido-. ¿Para eso me llamas?
    El chirrido de la puerta de la enfermería hizo que Angel se diera la vuelta.
    – Está bien, te he llamado yo. Tengo que dejarte.
    Ahí estaba Cooper, mirándola fijamente. Angel dio un respingo y sintió cómo la invadía una oleada de calor. El hombre parecía enfadado, pero Angel no fue capaz de discernir si se debía a que se había marchado de su cama al amanecer, mientras él dormía, o a que la había sorprendido utilizando el teléfono.
    Decidió no averiguarlo. Se acercó a él apresuradamente, en dirección a la puerta.
    El suelo estaba encerado y las zapatillas de Angel estuvieron a punto de jugarle una mala pasada. Resbaló.
    Cooper alargó un brazo para sujetarla pero ella se echó hacia atrás para evitarlo. Dio con la cadera contra una mesa pero, a pesar del dolor, consiguió mantener el equilibrio. Menos mal que no había tenido que agarrarse a él. Calma.
    Inspiró profundamente y volvió a intentarlo. Con el corazón desbocado, pasó junto a él y percibió el olor a jabón y piel mojada. Ya estaba en la puerta. Cruzó el umbral.
    La había dejado pasar.
    Cómo no. Nunca había parecido demasiado interesado en retenerla.
    Un par de minutos más tarde, Angel se encontraba bajando la pendiente que separaba las cabañas de la zona de aparcamiento mientras inspiraba el aroma salado del océano y la fragancia de los árboles.
    No estaba mal, no se llevaba un mal recuerdo, se dijo.
    – Angel.
    La voz de Cooper a sus espaldas la sobresaltó y a punto estuvo de resbalar sobre la alfombra de hojas que cubrían el camino. Se apoyó con fuerza en los talones y agitó los brazos a gran velocidad para evitar el improvisado deslizamiento.
    Miró de reojo y vio que Cooper se acercaba para sujetarla. El hombre le alargó la mano, pero los poco elegantes aleteos cumplieron su función y Angel consiguió mantenerse en pie.
    – ¿Estás bien?
    – Pues claro que estoy bien -respondió, evitando su mirada.
    Arrepentida por no haberse largado cuando él estaba todavía durmiendo, siguió avanzando. No querría hablar sobre la noche anterior, ¿no? Porque ella no quería hablar de ello. De ningún aspecto de aquella noche.
    Entonces ¿por qué estaría siguiéndola?
    Quizá quisiera su número de teléfono. O su dirección. Puede que quisiera proponerle que se vieran cuando él regresara a la ciudad.
    En su cabeza, Angel empezó a imaginar escenas de ambos en algún bar de la ciudad, con los maletines sobre las rodillas mientras comían algo. Ella le contaría cómo le había ido el día y él se reiría por el último lío amoroso de Cara. Entonces él empezaría a despotricar sobre el caso que estuviera llevando y ella se acercaría para borrarle la mueca con un beso.
    Saldrían del restaurante y se irían a…
    A casa.
    Dios, aquello también lo veía muy claro. Tom Jones, el gato de su vecina, los estaría esperando en el rellano. Ella se inclinaría para acariciarlo mientras Cooper abría la puerta. Una vez dentro, él impediría que ella pusiera las noticias y la abrazaría para que el latido de ambos llenara el silencio. Más tarde, cuando él abriera el maletín y sacara su montón de papeles, ella lo agarraría del cuello de la camisa y lo conduciría hasta el dormitorio.
    Angel seguía sumida en su ensoñación cuando llegó a su coche.
    – Angel.
    Intentó liberar su mente de aquella fantasía y se preguntó qué haría si él le pedía su número de teléfono. ¿Cómo debería reaccionar? ¿Debería aceptar quedar con él?
    – Angel.
    Con la bonita escena que acababa de imaginar todavía reciente, decidió que sí. Se volvió para mirarlo.
    – Sí, esto…
    Cooper sujetaba una bolsa de plástico. Angel se la quedó mirando y el hombre añadió:
    – Esto es tuyo.
    Sus cosas.
    – Tu portátil, tu móvil y tu secador.
    Muy amable, se dijo con ironía. Se lo tenía bien merecido por haberse imaginado tantas estupideces. Le arrancó la bolsa de la mano y la tiró en el asiento trasero del coche.
    – Gracias. -Cerró la puerta de un golpe y se volvió para mirarlo-. Supongo que esto es todo.
    – Supongo. -La mirada de Cooper era severa y difícil de interpretar.
    – Cooper…
    – Angel…
    Entonces Cooper hizo un gesto con la mano para que hablara ella primero.
    Incómoda por la situación y sin saber muy bien qué decir, Angel sonrió.
    – Bueno…
    – Bueno -repitió Cooper.
    La mujer asintió, le dedicó una forzada sonrisa y volvió a asentir.
    – Que seas feliz por lo que te queda de vida.
    Cooper arqueó una ceja.
    – Sí, tú también.
    Ahora, se ordenó, mientras miraba las llaves que sostenía en la mano. Despídete ahora mismo.
    Sin embargo, cuando levantó de nuevo la vista y lo miró a los ojos no pudo evitar recordar la noche que habían pasado juntos. El reflejo de la luz de las velas en sus ojos, el dulce calor que se había apoderado de ella, los dedos de Cooper jugueteando con su cuerpo y sus maravillosas caricias.
    Bajó la vista y se fijó en sus manos; las recordó sosteniéndole el pecho, enredadas en su pelo, recorriéndole la espalda y agarrándole el trasero mientras empujaba para introducirse en ella.
    – Angel -susurró Cooper mientras alargaba el brazo para tocarla.
    De manera instintiva, Angel dio un salto atrás y resbaló por tercera vez aquella mañana. Despacio, sintió cómo iba cayendo, tras de sí solo notaba aire. Entonces Cooper se acercó para sostenerla.
    Cerró los ojos y se resignó a caer, consciente de que no podía esperar que él la salvara. Solo ella podía hacerlo, aunque en aquella ocasión fuera demasiado tarde.
    Se preparó para el golpe inevitable y fue entonces cuando sintió los dedos de Cooper en los antebrazos. Tiró de ella y la abrazó.
    Ambos contuvieron la respiración.
    – Gracias -acertó a decir.
    Cooper soltó un resoplido pero no se movió. Siguió abrazándola.
    Angel se dio cuenta de que ella también tenía los dedos aferrados a su camiseta. Soltadlo, les ordenó, con la mirada fija en ellos. Soltadlo. Entonces los dedos empezaron a obedecer.
    Angel lo miró creyendo que sería la última vez que lo haría. Esto es todo.
    – Bueno…
    – ¡Cooper!
    Aquel grito de entusiasmo hizo que el hombre se diera la vuelta de inmediato, arrastrando con él a Angel.
    – ¡Cooper! ¡Angel! -Lainey se estaba acercando a ellos, con las mejillas encendidas y un extraño brillo en la mirada-. Tenéis que venir conmigo. Quiero que veáis algo.
    – ¿El qué? -preguntó Cooper.
    Su hermana sonrió y meneó la cabeza.
    – Ven y lo verás. Venid los dos, vamos.
    Cooper se dirigió a Angel:
    – ¿Tienes tiempo? -le preguntó, mientras le acariciaba la cintura con los pulgares.
    Por alguna razón, Angel se sintió aliviada.
    – De acuerdo. Vamos. -Y con un gesto de resignación fingió estar haciéndoles un favor para que no se dieran cuenta de que, en realidad, no hacía más que posponer el momento del adiós, extrañamente difícil y doloroso.

    – No debería haberlo hecho. -Cooper estaba en la habitación a solas con Angel, rodeados por los cuadros recién descubiertos. Se metió las manos en los bolsillos-. Lainey no debería haberlo mencionado -añadió.
    Angel miraba por la ventana, poco interesada en los lienzos que la rodeaban.
    – No lo mencionó. Preguntó si me quedaría unos días más.
    Dios, Cooper estaba indignado con Lainey por haber puesto a Angel en una situación tan incómoda. O puede que fuera Angel quien lo irritaba, con aquel tono suyo, calmado y razonable.
    Era evidente que Cooper se había molestado porque ella había estado a punto de marcharse sin despedirse de él.
    Y también lo era que estaba cabreado consigo mismo por alegrarse de que no lo hubiera hecho.
    – Pero bueno, no tienes por qué quedarte. -Agitó la mano en un gesto de impaciencia-. No creo que sea una buena idea.
    – ¿Que mi artículo mencione la exposición?
    – No. ¡Sí! -Cooper soltó un bufido y volvió a hacer aspavientos con las manos-. Bueno, no sé. Tú eres la periodista.
    Lo que no quería decir era que le parecía una mala idea que ella prolongara su estancia en Tranquility House. Si Lainey hubiera aparecido unos segundos más tarde, Angel se habría marchado y desaparecido de su vida. Aquella mujer solo podía traerle problemas, lo había sabido en el mismo instante en que la vio y en aquel momento estaba todavía más convencido de ello.
    – No estaría mal darle un enfoque distinto, la verdad -dijo en tono pausado, como si estuviera considerando la idea-. Lainey me dijo que ha concedido otras entrevistas, y, de momento, la información de la que dispongo no hará mi artículo muy distinto al de los demás réquiems por el alma de Stephen Whitney.
    A Cooper no le gustaba el tono de su voz. Si decidiera quedarse hasta después de la exposición, ¿cómo iba a lograr mantenerse alejado de ella? ¿Qué impediría que se acercara, que volviera a tocarla?
    Lo último que deseaba era hacerle daño, y temía que eso era lo que sucedería si ella creía que estaban empezando una relación. Se habían conocido en un funeral y tenía bastante claro que no quería despedirse de ella en otro. El suyo propio.
    Cooper se acercó despacio.
    – Estoy seguro de que no puedes ausentarte de tu trabajo durante más tiempo.
    – Mi trabajo está aquí -le aclaró, y volvió a mirar por la ventana-. Por cierto, tu hermana parecía un poco… disgustada.
    Angel llevaba aquel sofisticado perfume suyo. Lo había olido al despertarse por la mañana. En las sábanas, en las manos. ¡Era necesario que se largara de Tranquility House si quería tener opción a un poco de tranquilidad para sí mismo!
    – Lainey no estaba disgustada, sino más bien alborotada -respondió, acercándose a ella un poco más y deleitándose en su aroma. No podía resistirse.
    Angel lo observó durante un instante y volvió a apartar la mirada mientras retrocedía para alejarse de su lado.
    – No me refería a Lainey. Hablaba de Beth. ¿Le ocurre algo?
    Cooper se encogió de hombros y siguió a Angel mientras esta paseaba por el centro de la habitación.
    – Canceló la exposición y ahora tiene que volver a organizarla.
    – ¿Y tú crees que es mala idea? -preguntó, mirándolo de reojo.
    Cooper le recorrió la espalda con la vista. Angel llevaba una camiseta ceñida y vaqueros ajustados arremangados en los tobillos. Les faltaba un bolsillo trasero y Cooper no pudo apartar los ojos. Quería meterle las manos debajo del pantalón, de las bragas, volver a apretar la suave piel que había acariciado la noche anterior.
    Ella se había estremecido cuando la tocó allí, cuando la acercó a su cuerpo.
    Estaba muy cerca, tanto que seguro que ella notaba su aliento en la nuca. Se inclinó hacia delante y le acercó los labios a la oreja.
    – ¿Por qué diablos has huido de mí esta mañana?
    Angel se quedó inmóvil durante un instante, el tiempo suficiente para que Cooper se diera cuenta de que tenía la piel del cuello erizada, y después se apartó precipitadamente.
    Genial, pensó Cooper, algo más aliviado. La reacción de la mujer a su pregunta demostraba que él tenía la sartén por el mango. Se libraría de ella, podía hacerlo. Si la acosaba sexualmente, aunque solo fuera con la voz, ella volvería de inmediato a San Francisco.
    Ahora tenía claro que ella no permitiría volver a sentirse vulnerable entre sus brazos.
    «Déjame», le había dicho, y aquella palabra, incluso cuando estaba dentro de ella, llevándola hasta el orgasmo, la había aterrorizado.
    Angel se acercó a otra de las ventanas de la torre.
    – No me has respondido. ¿Crees que la exposición es una mala idea?
    – No. -Avanzó hasta ella-. Por lo que sé de la popularidad de Stephen, al público le van a encantar estos nuevos cuadros. Y por motivos económicos, conviene que la familia aproveche la oportunidad.
    – Mi artículo contribuiría a despertar el interés, sobre todo si me quedo y escribo sobre la exposición.
    ¡No!, Cooper pensó con rapidez y apoyó los brazos sobre el marco de la ventana para encerrarla en su interior.
    – ¿Estás segura de que eso es lo que quieres? -le susurró al oído.
    Angel no respondió y Cooper intentó descifrar la expresión de su rostro a contraluz. Sus facciones, puras y delicadas, lograron cautivarlo durante unos instantes. Cooper respiraba agitadamente y sentía cómo ella vibraba junto a él.
    Es tan frágil, pensó.
    Otra razón para seguir presionándola. Que regresara cuanto antes a San Francisco sería lo mejor para ambos. Se acercó más y se apoyó contra su cuerpo.
    – Estás temblando, cariño. ¿Es que me tienes miedo?
    Angel le empujó el pecho con las manos para poner distancia entre ellos.
    – ¿Miedo? ¿De ti?
    – Sí, miedo de mí. -Cooper se esperaba su reacción. Levantó una mano y le acarició los rizos-. De la intimidad a la que llegamos anoche.
    Angel sacudió la cabeza intentando librarse de su contacto.
    – No tengo ni idea de qué me estás hablando.
    A Cooper no le gustaba acosar a las mujeres. Y no lo hacía. Pero en aquel momento era necesario. Su sonrisa era dulce y estaba llena de promesas. Y de amenazas.
    – Tienes que abrirte a los hombres, Angel. Y ser honesta, si quieres conseguir intimidad. Una intimidad placentera.
    – Nuestra noche se acabó. Ese era el trato -espetó, con los ojos muy abiertos y mirada nerviosa.
    La expresión de Angel le hizo sentir culpable, pero al fin y al cabo aquello era lo que él pretendía, ¿no?
    Sí, justo aquello. Sentirse como una bestia sádica. Una bestia que iba por el mundo aterrorizando a preciosas jovencitas con las que había echado los mejores polvos de su vida.
    ¿En qué diablos estaba pensando? No le hacía falta llegar a aquellos extremos. Ella era muy consciente de que había llegado el momento de separarse. Cooper levantó las manos y retrocedió unos pasos.
    – Tienes razón. Ese era el trato. No te volveré a tocar.
    El alivio de Angel fue tan evidente que Cooper sintió vergüenza de sí mismo y la abrazó en señal de despedida.
    Sin embargo, lejos de decirle adiós, la mujer le respondió con una sonrisa descarada y pícara.
    – Perfecto -soltó-. Ahora que hemos solucionado ese problemilla, creo que me voy a quedar algunos días más.
    Dicho lo cual, se sacudió la melena y, contoneando las caderas, se dirigió hacia la puerta. Cuando llegó al umbral se detuvo y se volvió para dedicarle una mirada picante.
    – ¿Qué pasa, Cooper? ¿Es que me tienes miedo?
    Pues sí, Sherlock. Estaba acojonado. Porque por muy listo que él fuera y por mucha experiencia que tuviera con delincuentes y asuntos legales, se le olvidaba con frecuencia que bajo aquel envoltorio dulce y en apariencia vulnerable se escondía una mujer fascinante y absolutamente letal.

14

    Dos días más tarde, Angel estaba tumbada a la sombra sobre una manta en el claro de hierba que rodeaba el edificio común de Tranquility House. A través de las pestañas, entrecerradas, distinguió a un grupo de huéspedes que, liderados por Judd, estaban enfrascados en una serie de movimientos de tai-chi. Le faltaba una pizca más de aburrimiento para levantarse y unirse a ellos.
    Debería haberse marchado a San Francisco cuando tuvo la oportunidad. En lugar de ello, se había dejado convencer por Cooper para quedarse.
    Pero no, no. Aquello no era cierto. Él no había querido convencerla, concluyó mientras observaba cómo unas treinta mujeres adoptaban una postura que se le antojó no solo incómoda sino, sobre todo, peligrosa. Cooper no había querido que se quedase, había intentado ahuyentarla hablándole de sexo.
    Eso había sido lo que la había convencido para quedarse, es decir, el hecho de que él tratara de amedrentarla para que abandonara el lugar.
    Ella no le tenía miedo a nada y ya iba siendo hora de que él se diera por enterado. El hombre del saco había salido de sus sueños y había pasado a formar parte de su mundo, de su realidad, hacía veinte años. Había podido con eso entonces y seguía pudiendo ahora.
    En aquel momento, como si se tratara de un espíritu convocado por sus pensamientos, una presencia ensombreció el lugar en el que Angel se encontraba. Reconocer las largas piernas musculosas de Cooper le llevó un instante, al final del cual cerró los ojos y fingió estar dormida.
    Cuando él le sacudió un hombro, Angel abrió los párpados, pero los cerró al observar que el recién llegado empezaba a hablar. Desde luego, se trataba de una táctica evasiva, tal vez incluso infantil, cuya única explicación estribaba en que Angel se encontraba en una situación insufrible, como reportera y como mujer, de no saber qué decir.
    Ninguno de la infinidad de artículos que había leído a lo largo de los años le había dado una razón plausible que explicara por qué un acto sexual tan gratificante y satisfactorio podía dejar a una mujer presa de una debilidad tan acusada. Como una florecilla de invernadero. Ni uno solo de aquellos artículos le había dado alguna pista sobre qué hacer en aquellas circunstancias.
    O, por cierto, qué hacer con un hombre que, insensible a la indiferencia con que ella lo estaba tratando, se sentaba tan campante a su lado. Antes de que tuviera oportunidad de salir por piernas, él la sujetó por una muñeca, y antes de que tuviera oportunidad de zafarse de sus dedos, él los apretó con más fuerza y comenzó a escribirle algo con un bolígrafo en la palma de la mano.
    Vencida, se dejó hacer, como si en verdad estuviera dormida. El firme trazo de Cooper y la decisión que imprimía a su manera de agarrarla, le recordó a Angel aquellas otras implacables caricias que habían ocurrido en la oscuridad iluminada por las velas, le hizo pensar en una lengua que le había recorrido la piel.
    Su lengua.
    Un escalofrío la cruzó de parte a parte, y ello a pesar de que Cooper había dejado de escribir y la había soltado.
    No iba a mirar de inmediato lo que él había escrito, decidió. Se limpiaría la tinta, borraría aquello que él se creía con derecho a decirle.
    Sin embargo, de vuelta en su cabaña, Angel no encontró jabón ni agua que pudieran llevársele de la piel lo que Cooper había escrito. Aquellas palabras eran… indelebles.
    «Ve a casa de Lainey a las 16:00h. Si estás dormida, haré lo que sea para despertarte.»

    Aunque consideró negarse a aceptar la orden o invitación de Cooper, lo que fuera, Angel acabó por rendirse a la curiosidad y a la necesidad de distraerse y, por eso, agobiada por un sofocante calor, llamó a la puerta de Lainey a las cuatro y dos minutos. El día era asfixiante y las montañas Santa Lucia irradiaban la luz de la tarde como si fuesen gigantescos pedazos de metal.
    Lainey acudió y la recibió con una sonrisa que, al instante, se convirtió en una mueca de contrariedad.
    – No traes la ropa adecuada.
    Angel se miró la camiseta sin mangas y la larga falda de tela vaporosa que llevaba.
    – Bueno, es que… -balbuceó.
    – Ay, ¿para qué servirán los hermanos? -exclamó Lainey con gesto irritado-. Cooper tenía que haberte avisado de que trajeras un bañador.
    Angel, que no acababa de entender de qué iba aquello, se limitó a asentir.
    – Cooper, Beth y Judd también están invitados -continuó diciendo Lainey-, y se me ocurrió que a todos nos apetecería darnos un baño antes de la cena. Pero no te preocupes, tengo bañadores de sobra.
    ¿Baño? ¿Cena? A pesar del agradable aroma especiado que la invitaba a entrar en la casa de los Whitney, Angel dudó. Ya había tenido que acallar su conciencia de periodista antes de irse a la cama con Cooper, para lo cual había decidido que su reportaje sobre Stephen Whitney sería tan banal e inocente como la reputación del pintor. Además, seguía allí por motivos de trabajo, que, desde luego, no incluían seguir intimando con Cooper o hacer vida social con el resto de la familia.
    Sin embargo, la posibilidad era tentadora. Por otro lado, tal vez bajaran la guardia y ella pudiese descubrir algo interesante.
    No podía seguir titubeando, así que se encogió de hombros.
    – Vaya, Lainey. Lo cierto es que Cooper ni siquiera mencionó…
    – ¿Tampoco te dijo lo de la cena? -La expresión de Lainey denotaba irritación.
    – No.
    Lainey alargó un brazo, tomó el de Angel y tiró de ella hasta hacerla pasar por el vano de la puerta.
    – Sea como sea, estás invitada. Judd está en la barbacoa, preparando unas brochetas vegetales a la parrilla, y yo he asado dos pollos esta mañana. Los he tenido en la nevera para que se enfriaran.
    Pollo, carne. Dándose por vencida, Angel se dejó llevar por la casa hasta pasar por las puertas de la terraza, que daban al área de la piscina. Sí, era débil. ¿Quién habría dicho que, tras aquella magra temporada a base de comida vegetariana, iba a caer en la tentación por algo tan vulgar como un plato de muslos de pollo fríos?
    – ¡Oídme todos; mirad a quién traigo! -clamó Lainey para llamar la atención de quienes se encontraban en la terraza.
    Katie, Judd y Beth alzaron la vista, pero la última miró con expresión un tanto desencajada y dio un paso atrás, incluso a pesar de que estuviera a varios metros de Angel.
    – Creía que habías dicho que esta iba a ser una cena familiar -murmuró, aunque la recién llegada pudo oírla.
    – Eso es, una cena familiar. -Lainey le dedicó a su hermana una mirada inquisitiva-. Piensa, Beth, acuérdate de la cala. -Luego se volvió en la dirección de Angel-. Cooper está por aquí, aparecerá enseguida.
    La cabeza de Angel bullía con diversas ideas y dudas. Como era costumbre, Beth se ponía nerviosa en su presencia, por razones que la periodista desconocía. ¿Por qué se había negado en rotundo a que la entrevistase? Y luego estaba lo que acababa de decir Lainey, aquel «acuérdate de la cala». ¿A qué venía aquel misterioso comentario?
    Antes de que lograra poner orden a sus pensamientos, Angel fue conducida al vestidor de la piscina y allí se encontró con toda una colección de bañadores y, al salir al exterior, con un discreto bañador de una pieza y la falda puesta, aún continuaba procesando los datos recibidos. Aunque no le apeteciese nadar, no le hacía ascos a sentarse en el borde de la piscina y chapotear con las piernas.
    Como Lainey había dicho, Cooper ya había llegado; estaba en el agua, refrescándose. La piscina tenía una extraña forma, casi como la de una uve doble, con dos brazos simétricos que se encontraban a media altura. Cada uno de ellos contaba con su propio trampolín y, en el momento en que Angel miró, Cooper estaba a punto de lanzarse desde uno y Katie desde el otro.
    Aun sabiendo que lo mejor era guardar las distancias, Angel se aproximó al borde de la piscina, atraída contra su voluntad hacia Cooper y sus largos mechones de cabello, anchos hombros, torso esbelto y piernas torneadas; llevaba un bañador de color azul cobalto que le cubría hasta las rodillas. La cicatriz que le diseccionaba el pecho destacaba con su brillo rosado sobre el dorado oscuro de la piel morena. El hombre le dijo algo a Katie y luego ambos ejecutaron idénticos saltos para zambullirse en el agua.
    Las gotas salpicaron la falda de Angel y, un momento después, una mano empapada emergió y le agarró un tobillo.
    Ella gritó, aunque poco tenía que hacer ante la fuerza de Cooper, que sacó la cabeza del agua y, al sacudirla, salpicó de nuevo a Angel. El ambiente en la piscina era refrescante, pero había algo en la mirada del hombre que distaba mucho de serlo.
    – Has venido -dijo Cooper-, a mi pesar.
    Él había prometido sacarla de la cama si hacía falta. Lo había dicho en broma, por supuesto, aunque, mientras se miraban, ella advirtió que los ojos de él la traspasaban y, cuando él le acarició levemente el tobillo, se vio invadida por ciertos cosquilleos que se le precipitaron por la cara interna de las piernas.
    La mirada de Cooper era muy, muy masculina, tan viril que Angel se sorprendió a punto de encenderse. No, por favor, no podía permitirse aquel punto débil -un punto minúsculo, por cierto, y escondido-, tan proclive a hacerse notar cada vez que se encontraba con aquella versión moderna de Tarzán.
    Enarcó una ceja, decidida a no dejarle descubrir el frenético estado que le provocaba su presencia.
    – No podía rechazar una invitación tan… memorable.
    Angel alargó un brazo con la piel de gallina para que él viese que lo que acababa de decirle iba más allá de las palabras.
    Él gruñó.
    A pesar de arriesgar su vida, Angel se lanzó a sus brazos. Quizá, Cooper le leyó las intenciones.
    – ¿Qué, te apetece nadar? -le preguntó.
    No, no. Angel no quería aceptar la oferta.
    Tras unos instantes confusos, Cooper la dejó con un encogimiento de hombros, se hundió en el agua y nadó hasta donde estaba su sobrina. Angel estuvo observándolos durante un rato, mientras el hombre y la niña se perseguían y se salpicaban golpeando el agua con las manos abiertas.
    Hubo un momento en que los ojos de Katie se iluminaron y Angel estuvo a punto de rendirse a sus sencillos juegos, aunque luego la niña cambió de expresión y se alejó nadando con gráciles y eficientes brazadas. ¿Quién le habría enseñado a nadar de aquella manera? ¿Habría sido Stephen? ¿Cooper, tal vez?
    ¿Cooper, cuyos brazos la habrían asido, cuya voz grave habría aplacado sus temores? Le vino a la mente una súbita imagen de Cooper abrazándola a ella y no a la niña, hablándole al oído, que le hizo dar media vuelta sin perder tiempo y encaminarse hacia la cocina y Lainey.
    Tal vez debería dar alguna excusa, un dolor de cabeza o algo por el estilo, y marcharse.
    Pero en la cocina también estaban Beth y Judd, dedicados a la elaboración de una ensalada de frutas y, una vez más, Angel se encontró con aquel extraño humor que inspiraba en la hermana gemela de Lainey. Acicateada por la curiosidad, abandonó su proyecto de fuga y les ofreció su ayuda.
    Beth la miró con nerviosismo, aunque inmediatamente Lainey comenzó a charlar sobre los detalles de la exposición de arte, como para no darle la oportunidad a Angel de hacer preguntas.
    Por los comentarios de Beth, Angel se enteró de que iban a levantarse dos carpas para la exposición en un terreno adyacente al edificio comunitario de Tranquility House, de las cuales una albergaría los cuadros y la otra un servicio de bar. Gracias a la hospitalidad de los monjes benedictinos, los huéspedes pasarían el día en el monasterio, de modo que nada iba a perturbar la tranquilidad que habían venido a buscar. Como el espacio de aparcamiento no era suficiente, habían alquilado autobuses para traer a los invitados desde Carmel.
    – ¿Cuánta gente pensáis que acudirá? -preguntó Angel, empeñada en rescatar un trozo de calabacín de un cuenco que contenía diversos tipos de vegetales en adobo. Había aceptado la insoslayable tarea de ensartar pedacitos de vegetales en los pinchos.
    Beth le clavó la mirada.
    – Puesto que Lainey insistió en mantener la fecha original, se reducirán a unos ciento cincuenta. Suelen venir el doble, más o menos, aunque con la escasa antelación con que mandamos el aviso…
    Lainey no estaba dispuesta a aceptar el tono desaprobador que la voz de su hermana denotaba.
    – Siempre montamos la exposición el trece de septiembre -repuso-. Mejor ciento cincuenta para ese día que el doble cualquier otro.
    – ¿Porque es un día especial? -terció Angel.
    – Es la fecha en que Stephen llegó a Big Sur.
    La mano de Angel, ocupada con un champiñón, resbaló de su objetivo y a punto estuvo de atravesar el pincho.
    – ¿Desde San Francisco? -preguntó.
    – En efecto. -Lainey acabó de colocar unos platos de papel en una bandeja y se dirigió hacia la piscina-. Pienso en ese día como el momento en que mi vida, tal y como la conocía entonces, cambió para siempre.
    Sí, y también la de Angel, aquel mismo día su padre había dejado a su madre.
    Al volverse, la periodista se encontró con el rostro de Beth mostrando una extraña expresión. Su olfato de reportera le dio una señal de alarma.
    Sin embargo, la mujer debía de estar muy concentrada en lo que estaba haciendo, pues, tras levantar la vista durante un instante, alcanzó a su hermana y le quitó la bandeja de las manos.
    – Ya la llevo yo -le dijo-. Acaba tú en la cocina. -Y se marchó a la terraza con Judd a sus espaldas.
    Lainey se quedó mirando a su hermana a través del cristal de las puertas durante largo rato, en silencio.
    – Todavía no puedo creerme lo que nos ha ocurrido -anunció al fin-, cómo nos ha cambiado la vida, de un día para otro.
    Su voz era llorosa y, de repente, Angel deseó ausentarse ella también de la cocina. En lugar de ello, agachó la cabeza y se afanó con los pinchos.
    – Estoy segura de que lleva tiempo entender la verdadera dimensión de lo sucedido.
    – Sí, me doy cuenta. -Lainey estaba inmóvil, frente a las puertas que daban a la terraza-. Me doy cuenta de lo corta que ahora se ha vuelto la vida, por eso quiero que la exposición no se demore. No puedo permitirme el lujo de perder el tiempo, ¿entiendes?
    – Claro. -Angel trataba de no pensar en otra cosa que no fueran las labores culinarias.
    – Y el amor -siguió explayándose Lainey-, el amor es un milagro si lo piensas con detenimiento. Encuentras a un hombre al que ansias abrirle tu corazón. Eso tampoco puede desperdiciarse.
    – Ya, ya -murmuró Angel.
    Claro, como si ella le hubiera abierto el corazón a algún hombre. Que la perdonaran, pero ella era de las que mantenían a raya a aquella parte de la humanidad.
    Lainey hizo ademán de abrir la puerta de la terraza pero, de repente, cambió de idea.
    – Escúchame, Angel. No dejes que Cooper se te escape.
    Cuando desapareció tras la hoja de la puerta, Angel aún estaba tratando de cerrar la boca. Por Cristo bendito.
    Có-mo-e-ra-po-si-ble.
    En aquel momento entendió para qué la habían invitado a la cena familiar. No había duda; Lainey estaba ejerciendo de celestina.
    Cuando acabó con las últimas brochetas, decidió que iba a buscar un momento de intimidad con Cooper en cuanto dispusiera de la oportunidad para aclararle unas cuantas cosas. Aquella era su hermana, después de todo, su hermana recién enviudada, así que era su responsabilidad no ocasionarle un nuevo disgusto. Tendría que decirle que no había nada entre ellos, ni tampoco esperanza de que llegara a haberlo.
    Sin embargo, cuando salió al exterior con la bandeja repleta de brochetas, Angel vio decrecer las posibilidades de éxito de sus pretensiones, pues Katie parecía decidida a no separarse de ella. No sabía lo que quería la muchacha, pero sí que le hacía sentirse extrañamente incómoda.
    – Ah, hola -la saludó.
    Katie inclinó la cabeza para contestarle. Olía un poco a cloro, tal vez porque el sol, fortísimo, había evaporado el agua de su piel. Llevaba el pelo mojado y peinado en una trenza, y, al mirarla, se dio cuenta de que tenía la nariz plagada de pecas.
    Angel se frotó la suya, que tenía las mismas pecas que las de la niña, e intentó decir algo, aunque con poca fortuna.
    – Yo… ah… ah… -Maldiciendo para sus adentros el extraño impulso que la había llevado a quedarse a cenar en la casa de los Whitney, Angel acabó por decir lo primero que se le ocurrió-: Siempre he querido llevar una trenza como la tuya.
    El comentario, sin embargo, fue acertado, al igual que, una vez más, el cabello como denominador común de las conversaciones entre mujeres. Había quien pensaba que las mujeres podían extenderse con facilidad hablando de los hombres, pero, según se lo dictaba la experiencia a Angel, eran las preocupaciones de peluquería las que, sin duda, le soltaban la lengua a cualquier mujer. Aquella ocasión no fue distinta. En cuestión de segundos, Katie la había instalado en una pequeña mesa, a un lado de la terraza, y había puesto a su disposición un peine y un espejo. Acto seguido, se consagró a enseñarle cómo hacerse a sí misma una trenza.
    Beth y Lainey no tardaron en acercarse para ofrecer sus consejos técnicos, que Angel, con los brazos alzados sobre la cabeza y los músculos quejándose por el esfuerzo, intentó seguir como buenamente pudo para regocijo de las otras tres.
    – Muchas gracias -masculló Angel, examinando su imagen en el espejo-, pero no es culpa mía si me he convertido en un híbrido entre Pippi Calzaslargas y el último mohicano. -Hizo una mueca, pues las risas no cesaban-. Una de vosotras tiene que venir aquí y arreglar este desaguisado.
    Katie se acercó, sintiéndose responsable, y Angel distinguió en el espejo a Judd y a Cooper, que miraban al grupo de mujeres desde donde estaban, al lado de la parrilla. Tal vez fuera su desastroso aspecto lo que había llamado su atención. Pero, al mirar a su alrededor, Angel se dio cuenta de que la nefasta trenza no era la razón.
    Era la risa, era la alegría del momento, pintada en las caras de Lainey, Beth y Katie.
    La invadió una sensación cálida, algo parecido al orgullo, parecido a… bueno, a sentirse parte de aquello.
    El mismo estado de ánimo se prolongó durante la cena, de la que todos dieron cuenta sentados a una mesa de cristal situada bajo una sombrilla. Lainey y Beth relataron diversos experimentos fallidos de espejo, peine y tijeras, y se metieron con Cooper por el parecido que había querido adoptar con George Michael durante cierta época.
    Angel, horrorizada, se quedó mirando al hombre que estaba sentado a su lado.
    – Cómo que George Michael. ¿George Michael, el del pelo rubio oxigenado y las gafas de sol?
    – Tal vez estés en disposición de aceptar que no te avergüenzas de tu «época Madonna» -terció Cooper, de brazos cruzados y con una ceja enarcada.
    – ¿Cómo te atreves a…? -Se había delatado a sí misma, así que se detuvo y optó por mentir-. Yo nunca quise parecerme a Madonna, ni mucho menos.
    – Mentirosa -la acusó Cooper y luego, bajando la voz para que solo ella lo oyera, agregó-: ¿Cuál de sus pintas te iba más? ¿La de macarrilla callejera? ¿La de rubia explosiva?
    Tras sentir que un escalofrío le recorría la espalda, Angel se acordó de pronto del malentendido en el que había caído Lainey. También se había olvidado de lo oscuros que se volvían los ojos de Cooper cuando hablaba para seducir, de sus pobladas pestañas que los volvían casi como una profunda y calurosa noche en Big Sur…
    Se obligó a prestar atención a lo que estaba sucediendo a su alrededor y, para meterse en cintura, carraspeó.
    – Ya te lo he dicho: nunca me he vestido como Madonna.
    – Pero se vistió de niño -intervino Katie-. Cuando estaba en el colegio fingió ser un niño.
    El comentario cayó como una lluvia fría entre los comensales. Todas las cabezas se volvieron hacia Angel. Todas las miradas.
    El ambiente amistoso de la velada se disolvió y Angel se volvió a sentir como una extraña, como la invitada que no pertenecía a la familia.
    – Puede que a Angel no le apetezca hablar de eso, Katie -advirtió Cooper con delicadeza.
    – Vaya, yo… -Katie se avergonzó y guardó silencio.
    Entonces fue el turno de Angel, de meter baza y remediar la vergüenza que estaba pasando la muchacha.
    – No, no pasa nada. De hecho, puedo contaros la divertidísima historia de mi primera noche en vela como niño.
    Hizo una breve explicación, dirigida a Lainey, Beth y Judd, de las razones que la habían llevado a aparentar ser un niño y, llegados a ese punto, se lanzó a describir la noche que había pasado junto a otros tres niños y que había acabado por convertirse en un concurso de meadas.
    Un concurso de meadas de verdad, tal y como se lo estaba contando.
    Beth se quedó con la boca abierta.
    – ¿Y qué hiciste? -preguntó.
    Aunque en aquel entonces lo hubiera pasado mal, a Angel le hacía gracia recordarlo.
    – Les dije que se dieran la vuelta y entonces me hice con una lata de refresco casi llena, y la fui vaciando poco a poco, para imitar el chorrito -explicó Angel mientras gesticulaba para ilustrar sus palabras-. Sabía que no iba a obtener el récord de distancia, pero gané en las categorías de caudal y control del chorro sin manos.
    En lugar de reírse, o siquiera sonreír, todos se quedaron callados durante un rato. Luego, Lainey se levantó e instó a Katie a que recogiera la mesa, tarea a la que ayudaron Beth y Judd. Angel también quiso echar una mano, pero Cooper se lo impidió reteniéndola por la muñeca.
    Mientras los demás iban con las bandejas a la cocina, Angel le hizo una mueca a Cooper e, irritada, se levantó.
    – Supongo que no debería haber cambiado mi trabajo de hoy por la ración de monólogo humorístico que acabo de representar.
    Él también se levantó y, en lugar de responder, la estrechó entre los brazos.
    – Vas a matarme, criatura -masculló-. Vas a conseguirlo.
    – Y eso no está bien -le contestó ella, pegada a su camiseta. Como Katie, Cooper despedía un leve olor a cloro y Angel imaginó sus manos, fuertes y decididas, chapoteando en el agua, las mismas manos que la estaban sosteniendo, con la misma fuerza y decisión. Lo miró a los ojos e hizo un esfuerzo por no pasarle los brazos alrededor del cuello-. Y esto me parece que tampoco.
    Con el rabillo del ojo distinguió que algo se movía; era Lainey, que se dirigía hacia ellos. Sobresaltada y pensando en la equivocada actitud de casamentera que al parecer animaba a la viuda, retrocedió trastabillando hasta el borde de las piscina.
    – Cuidado -le avisó Cooper.
    Angel recuperó el equilibrio y se afianzó sobre las losetas del borde.
    – No pasa nada.
    Lainey continuaba acercándose y observando la escena.
    – Necesito hablar contigo -le dijo a Cooper en voz baja, una vez que llegó junto a él-, sin que se entere Katie.
    Al oírlo, Angel quiso alejarse de inmediato.
    – Bueno, tal vez yo deba…
    Cooper la detuvo con la mirada.
    – Tú no te vas a ninguna parte.
    – Pero…
    – No te preocupes, Angel -intervino Lainey-. Confío en ti.
    Estamos listos, pensó Angel, que empezaba a olerse algo no demasiado bueno. Pese a ello, se quedó donde estaba.
    – Es sobre… Stephen -explicó la viuda, en tono de confidencia-. Estuve revisando sus papeles y, esta mañana, ha aparecido algo. No estoy segura, pero me parece que… él debió de tener otra familia.
    – ¿Otra qué? -preguntó Cooper, incrédulo.
    Angel quería desaparecer, que se la tragase la tierra y la devolviera a las antípodas. O regresar al día en que había decidido investigar sobre Stephen Whitney y dejar las cosas como estaban -muertas, pensó histéricamente-, sin remover nada.
    Lainey se frotaba los brazos con las manos, como si tuviera frío.
    – No sé. Lo mejor sería que vosotros vieseis lo que he encontrado. Estaba en un archivador repleto de viejos papeles. Es la mitad de un folio, dividida por el medio. En un lado escribió «irme» y en el otro «quedarme». Stephen solía tomar sus decisiones de ese modo, ya os imagináis, razones para hacer algo y razones para no hacerlo.
    – ¿Y? -murmuró Cooper.
    – En el lado del «irme» estaba escrito «arte» y «libertad». En el lado del «quedarme»; «Michelle» y… -titubeó.
    – ¿Qué? -la instó Cooper.
    Angel contuvo la respiración.
    Lainey tomó aire y volvió a dudar.
    – «Nuestra hija» -dijo al fin.
    Cuando aquellas dos palabras le alcanzaron el corazón, Angel intentó apartarse, librarse de ellas, y aun así seguían allí, aguijoneándola. Cuando quiso darse cuenta, no tenía nada bajo los pies. Y luego agua, agua cubriéndola por todas partes.
    Instintivamente se puso a bracear. Aún quedaba luz en el cielo y pugnó por salir a él, a pesar de que la falda, retorcida, se le había enrollado en las piernas como una soga. Consiguió llegar a la superficie, sacó la nariz y después la boca, para escupir agua y tomar aire.
    Luego, deseando por enésima vez haber tenido un padre que le hubiese enseñado a nadar, volvió a hundirse.

15

    Con un humor de perros, Cooper tiraba de Angel por el camino que llevaba de la casa de los Whitney hasta Tranquility House. Ella intentaba soltarse, pero Cooper la asía con fuerza.
    Angel se aclaró la garganta.
    El hombre no le hacía ningún caso, estaba demasiado ocupado en intentar controlar su reacción a lo que había estado a punto de suceder.
    – No he llegado a decirle a Lainey que no tiene de qué preocuparse -dijo Angel.
    Cooper se dio cuenta de que resollaba y le costaba seguirlo, pero no aminoró la marcha y tampoco le respondió.
    – Y en cuanto a lo de… lo de la otra esposa -prosiguió entre jadeos- si ese fuera el caso, la prensa lo habría averiguado hace años.
    En aquel momento a Cooper le importaba más bien poco si su difunto cuñado había tenido más esposas que el rey de Siam.
    – Pero lo podría investigar, si ella quiere.
    – No te molestes -gruñó-. Le pediré a alguien de mi bufete que lo haga.
    Angel se detuvo.
    Cooper le tiró del brazo, pero antes de que ella tuviera tiempo de retomar la marcha, el hombre se volvió para mirarla.
    – Todos nos reíamos, maldita sea -soltó, sin poder contenerse-. Nos reíamos a la espera de que sacaras la cabeza.
    – Es que…
    – Y no lo hiciste, seguías hundida. Yo estaba seguro de que ibas a nadar hasta la escalerilla, pero no, tú… te estabas ahogando.
    Estaba ya anocheciendo, pero Cooper pudo observar el gesto de preocupación en el rostro de Angel.
    – Hombre, ya sé que no habrá sido muy divertido, pero…
    – ¡Divertido! Joder, Angel, ¡se me paró el corazón!
    – Oye, lo siento -se quejó.
    Intentando relajarse, Cooper dirigió la vista al cielo y se quedó mirando las oscuras sombras de los árboles y las estrellas que comenzaban a hacer su aparición entre las ramas. Respiraba con dificultad, aunque no por el esfuerzo ni porque se encontrara mal. Era miedo.
    Miedo.
    Mierda.
    Le soltó la muñeca y la agarró por los hombros para darle una suave sacudida.
    – La vida es demasiado preciosa como para ir haciendo numeritos de este estilo. ¿Lo entiendes? -dijo en tono severo.
    – No era ningún numerito -respondió con calma-. Ya te lo he dicho cuando me has sacado del agua. No sé nadar.
    Cuando la sacó del agua. Cooper cerró los ojos y revivió toda la escena. De pie en el borde de la piscina, riéndose con Lainey, observando cómo Angel subía, trataba de tomar aire y volvía a hundirse.
    Al principio no se había preocupado, aunque Angel no avanzara hacia el borde ni saliera a la superficie. Pasaron unos instantes y entonces se dio cuenta de lo que sucedía. Sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago y el miedo estuvo a punto de paralizarlo. Se estaba ahogando.
    Antes de darse cuenta ya se había tirado a la piscina. A partir de aquel punto el recuerdo aparecía fragmentado. Su mano agarrada a la trenza de ella, la palidez de su rostro al salir a la superficie, el grito ahogado en busca de aire, el agua que chorreaba de su falda cuando la subía por la escalerilla.
    Lainey se había acercado a ellos con toallas y él las había utilizado todas para abrigarla. Entonces la había sentado sobre sus piernas y esperado a que recuperara el aliento y respirara con normalidad.
    A los cinco minutos, había emprendido la rápida marcha hacia Tranquility House.
    – ¡Dios! -Volvió a zarandearla por los hombros, enfadado con ella y consigo mismo, furioso como no lo había estado en mucho tiempo. Entonces le acarició las mejillas y la miró a los ojos-. ¿Por qué no me habías dicho que no sabías nadar?
    – No salió el tema.
    La respuesta era razonable.
    No, joder, no lo era. En un mundo ideal, se suponía que él tendría que saber esas cosas sobre ella. Era inexplicable, no tenía ningún sentido, pero él sabía que debía haber supuesto que Angel no sabía nadar. Era a él a quien tendría que contarle aquellas cosas, sus miedos, debilidades, cicatrices -desde arañazos en las rodillas hasta sentimientos heridos- y solo él debía escucharla y darle consuelo.
    Entonces la soltó y se dio la vuelta.
    – La otra noche te metiste en los baños termales. Es peligroso que estés allí sola.
    – Pero no estaba sola. Tú también estabas.
    Angel intentaba, una vez más, ser razonable, pero la razón no tenía cabida en aquel momento. En lugar de discutir la agarró por la muñeca con delicadeza, con mucha delicadeza, y caminó con ella a través del bosque hasta su cabaña.
    Cuando llegaron a la puerta, Cooper se detuvo. Le acarició el pelo, todavía húmedo. La noche era tan cálida que Angel había optado por no cambiarse y volver con la misma falda. Todavía mojada en la parte más gruesa, la tenía pegada a las caderas y algo más suelta por debajo, donde la tela ya se había secado. Cooper pensó que parecía una sirena.
    La idea casi le hizo reír. Una sirena. Un ángel.
    Dependiendo del momento, Angel podía ser una sirena que atraía a los hombres hacia su destrucción o una de las que atraían y consolaban una vez que la destrucción ya había tenido lugar.
    Con un suspiro, intentó librarse del enfado que lo había invadido desde que, aquella mañana, se había despertado y ella ya no estaba junto a él.
    – No puedo dejar que te vayas. -La cara de sorpresa de Angel le provocó una sonrisa-. No esta noche. Te das cuenta, ¿verdad?
    Ya había oscurecido, pero la luz de su cabaña era suficiente para adivinar la expresión de su rostro. Todavía estaba pálida, y la tenue luz difuminaba el brillo de sus ojos.
    – No creo que sea…
    – Por el amor de Dios, Angel, nunca ha sido una buena idea. -Pero tenía que tocarla, abrazarla, asegurarse de que su piel se mantendría caliente toda la noche-. Creo que los dos lo sabemos.
    Angel cerró los ojos y asintió. Sus largas pestañas parecían un borrón oscuro sobre la palidez de sus mejillas y Cooper sintió el deseo de acariciárselas con la lengua. El hombre tuvo la sensación de que ella se había inclinado hacia él, o eso quiso creer que había hecho. Dejándose llevar por un impulso, la tomó en brazos como cuando la había sacado de la piscina y entró con ella en la cabaña.
    Angel recostó la cabeza sobre su hombro, parecía una niña cansada, y Cooper recordó el mismo gesto en Katie. Sintió el deseo de protegerla, de mimarla. Aquella era la misma niña que se había hecho pasar por niño para enfrentarse a los demás chicos de su clase. La misma mujer que había resistido la austeridad de la cabaña y tres comidas de tofu al día solo para poder escribir un reportaje. La misma atractiva joven que le había hecho recuperar las ganas de vivir.
    Una vez dentro, Cooper la dejó sobre la cama y se sentó junto a ella. Llevó una mano a la trenza, le quitó la goma y se la deshizo. Le peinó la melena todavía húmeda con los dedos, esparciéndole los rizos por la espalda.
    Angel temblaba.
    – ¿Tienes frío? -susurró.
    – No, estoy preocupada -respondió con la vista en la mesita de noche-. ¿Por qué no apagas la luz?
    Cooper se inclinó para obedecerla y, a oscuras, buscó su rostro con la mano. No quería que se preocupara, solo quería su calor, sentirla cerca. Así que le besó la mejilla, la frente, la cabeza, mientras notaba un dolor en el pecho que no sentía desde que los médicos lo habían partido en dos.
    – Es solo sexo -le dijo al oído, con la esperanza de que aquellas palabras la tranquilizaran-. No deberías preocuparte, ambición rubia.
    Angel soltó una risotada, y sus músculos se fueron relajando.
    – No sé, George. Nunca he tenido muy claro por qué acera ibas…
    Entonces Cooper la empujó para tumbarla sobre la cama y él se echó encima de ella. Le separó las piernas y se colocó entre ellas.
    – Pues toma nota -dijo, empujando.
    – Te lo tienes muy creído, amigo mío.
    Cooper sonrió.
    – Eso es lo que somos, amigos. -Y la besó, con ternura, suavemente. Cuando levantó la cabeza, Angel soltó un leve gemido.
    Quería aprovechar al máximo cada momento que les quedara por pasar juntos.
    – Cuéntale tus secretos a tu amigo, Angel.
    Bajo su cuerpo, la mujer se puso tensa, pero pronto se relajó.
    – No tengo secretos.
    Cooper le apartó el pelo de la cara.
    – Sí, sí los tienes. Pero no me importa descubrirlos por mí mismo.
    Comenzó a recorrerle el cuello con los labios, a lamerle la garganta de abajo arriba. Durante un instante, notó el sabor a cloro y volvió a sentir el miedo, pero pronto apartó el recuerdo de su mente y se entregó de nuevo a su cuello, que sabía a deseo, cálido y creciente.
    Ahora estaba allí con él. Segura entre sus brazos.
    – Tus secretos, cariño -murmuró-. Última oportunidad.
    Atrapada bajo su peso, Angel dibujaba movimientos sinuosos.
    – ¿Por qué no te quitas la ropa?
    – No me hace falta desnudarme para conseguir lo que quiero -respondió. Además, si se desnudaba demasiado pronto quizá se quedaría sin las respuestas que andaba buscando.
    Angel envaró la espalda.
    – Y ¿qué es? ¿Qué es lo que quieres?
    – Te quiero a ti. -Apoyado sobre los hombros, le acarició la cara y siguió la línea de sus pestañas con el pulgar-. Dime, Angel. ¿Es que alguien te ha hecho daño practicando sexo?
    – Pues claro que no. Nadie me ha hecho ningún daño -espetó.
    Previsible, pensó Cooper y entornó los ojos.
    – ¿En qué estaría yo pensando? Como si en este mundo hubiera alguien capaz de hacerte daño… -Pero la creyó. El problema no estaba en el sexo, él lo sabía bien-. Entonces, ¿qué pasó? -preguntó con dulzura mientras recorría el perfil de sus labios-. ¿Por qué decidiste no obtener placer en la cama?
    – Haces que parezca una…
    – ¿Una pesimista?
    En lugar de responder, Angel lo atrajo hacia sí y lo besó, separando los labios. Al poco, Cooper se separó, dispuesto a averiguar qué le pasaba por la cabeza antes de que él perdiera la suya.
    – ¿Por qué, Angel? ¿Por qué te resignaste a no disfrutar en la cama?
    Angel frunció el entrecejo.
    – Nunca he sido capaz de llevar el ritmo, ¿sabes? Y eso duele… -Se interrumpió y sacudió la cabeza-. No es que duela, es que es un poco frustrante querer algo y no conseguirlo.
    – Y te propusiste dejar de quererlo.
    – Quiero estar contigo -respondió, mientras se acercaba de nuevo a él. Volvieron a besarse y esta vez a Cooper le costó un gran esfuerzo separarse de ella.
    Se echó hacia atrás, respirando aceleradamente. Era tan hermosa, con aquellos labios enrojecidos por los suyos.
    – ¿Cómo podría hacer eso un hombre? Dejarte insatisfecha, quiero decir.
    Angel soltó un suspiro, algo molesta por su insistencia.
    – No creo que se dieran cuenta. Siempre he fingido.
    – Angel… -comenzó, sin tener muy claro si sentir compasión por los pobres ilusos que no habían sido capaces de darse cuenta del engaño o por Angel, que había renunciado al placer para no herir el orgullo de aquellos tipos.
    – Es un problema de ritmo. Contigo me pasó lo mismo.
    Cooper se quedó de piedra.
    – ¿Conmigo? Conmigo no fingiste.
    Angel sonrió.
    – No, pero tampoco estuvo del todo bien. No como se supone que debe ser, en cualquier caso. Me cuesta seguir el ritmo que lleva al éxtasis simultáneo de hombre encima y mujer debajo, ya sabes.
    – Como se supone que debe ser -repitió. Entonces lo vio claro. Puede que ella tuviera veintisiete años, pero las relaciones que había mantenido debían de haber sido más bien pocas, espaciadas en el tiempo y con jovencitos. Por favor, cualquier hombre con un poco de experiencia en ese campo sabía si…
    – Deja que te vuelva a besar, Cooper. -Angel le agarró la cabeza e intentó atraerlo hacia sí pero como no lo consiguió, fue ella la que se acercó-. Deja que te bese.
    Cooper la empujó de nuevo contra la almohada.
    – El sexo no debe ser de ninguna forma en concreto, Angel.
    – Leo muchas revistas sobre el tema -se defendió-. Y ya sé que no todo se acaba en el misionero, pero…
    – Entonces deja que te demuestre dónde fallan esas teorías sobre el misionero y el «éxtasis simultáneo».
    Cooper tuvo la sensación de que Angel no lo estaba escuchando, pues seguía aferrada a su pelo, tirando de él.
    – Bésame.
    La miró fijamente y dudó. Aquellas facciones delicadas, la cabellera dorada extendida sobre la almohada… seguro que los jóvenes con los que había estado habían sido cuidadosos con aquel ángel. Precavidos, para no asustar a alguien que parecía tan inocente.
    No se habrían atrevido a intentar forzar la situación para que se abriera a ellos.
    Ni siquiera él, que tenía treinta y cinco años y algo de experiencia en el asunto, había conseguido desnudarla.
    – Bésame -dijo, haciendo un mohín.
    – Lo haré, no te preocupes -le prometió.
    Entonces se apartó y comenzó a desabotonarle la blusa. Se la quitó. Cuando le desabrochó el sujetador, Angel contuvo la respiración, así que Cooper se inclinó sobre ella y la besó al tiempo que dejaba en el suelo las dos prendas.
    De la boca descendió hasta los pechos. Se los besó y siguió bajando hasta la cintura, donde se encontró con el cordón de la falda. Un tirón y la deslizó con facilidad por sus piernas. Entonces se levantó, le quitó las sandalias y se tomó un momento para admirar la blancura de su piel sobre las sábanas.
    – Eres preciosa -le dijo.
    Angel estaba casi desnuda y algo tensa. Cuando Cooper se acercó para quitarle las bragas, la mujer emitió un quejido pero él no le hizo ningún caso y se las bajó, dejando al descubierto los rizos dorados que asomaban entre sus piernas.
    – Chisss. -Le cerró los labios con un beso y las tiró al suelo.
    Fijó los ojos en su desnudez y le acarició el costado.
    – Última oportunidad, cariño. Tus secretos.
    – Ya te lo he dicho. -Angel se estremeció cuando sintió sus dedos en la cadera -. No tengo secretos.
    Lentamente, Cooper deslizó los dedos hasta el rubio triángulo que se formaba entre sus muslos, muy pegados y tensos.
    Angel temblaba.
    – ¿Qué haces?
    Aunque los ojos de Cooper ya se habían acostumbrado a la oscuridad, le costó distinguir el borde de sus rizos, tan claros que se confundían con el resto de la piel. Acercó el índice y lo apoyó en el punto que le separaba los labios.
    Angel dio un salto en la cama. Intentó relajarse y separó las piernas.
    – Cooper.
    – ¿Sí? -Se detuvo para que ella se tranquilizara.
    – Esto es un poco…
    – ¿Doloroso? -preguntó con curiosidad.
    – No.
    – ¿Desagradable?
    – No.
    – Por favor, Angel, quiero hacerlo. -Entonces sintió que su cuerpo se iba acostumbrando a las caricias, que sus músculos se relajaban. Comenzó a frotar el pequeño bulto, caliente y duro, y sintió, más que oír, que Angel contenía el aliento.
    – ¿Ves qué bien sale todo si vamos por partes? -preguntó, sin dejar de acariciar su carne humedecida-. Uno da y el otro recibe.
    Angel contuvo un gemido y cerró los ojos.
    – ¿No te gusta?
    Le gustaba. Su cuerpo ardía, estaba húmeda y abierta a él. Angel inclinó las caderas, lo justo para que a Cooper le fuera más fácil abrirse camino entre los labios y meterle dos dedos.
    Angel jadeó y lo agarró de la camisa para atraerlo hacia sí.
    Con la mano que tenía libre, el hombre consiguió que lo soltara.
    – Dime que te gusta -le pidió, al tiempo que giraba los dedos que tenía en su interior.
    Angel levantó las caderas y entonces volvió a cerrar los ojos.
    – Me gusta, me… -Se interrumpió cuando le metió un tercer dedo-. Sí, me gusta.
    En aquel momento, Cooper sacó la mano con cuidado y se acomodó entre sus piernas mientras apoyaba un codo a cada lado de su cabeza.
    – ¿Lo ves? El sexo no debe ser de ninguna manera en concreto.
    – Bésame -le rogó.
    – Lo haré -volvió a prometerle-. Te voy a besar por todas partes.
    Con el cuerpo de Angel, caliente y desnudo, entre sus brazos, se dispuso a cumplir su promesa. Muy despacio, sin presiones, pero con la firme intención de llegar a todo. Le lamió la suave piel del cuello y siguió bajando con la lengua hasta llegar al pecho. Le chupó los pezones hasta que sintió que la mujer se estremecía.
    – Cooper, Cooper, por favor. -Angel levantó las caderas hasta topar con las de él-. Quítate la ropa.
    – Espera.
    Volvió a los pezones y los lamió de nuevo para continuar besando la parte inferior de sus pechos. Cooper notaba que la sangre le bullía, que le costaba respirar, pero no estaba dispuesto a acabar con aquello hasta que ella se diera cuenta de las muchas formas en que se podía disfrutar del sexo.
    Siguió bajando hasta el ombligo y no paró hasta sentir el cosquilleo de sus rizos en la barbilla. Entonces le separó las piernas y se acomodó para disfrutar de ella.
    – ¡Cooper! -Su voz tenía un matiz de pánico.
    Angel se aferró a su pelo para intentar que parara.
    Cooper la miró. Estaba tensa y apretaba las rodillas contra sus hombros.
    – Quiero hacerlo.
    – No -respondió mientras trataba de apartarse-. Esta no es… no es la forma de…
    – Es una de las formas, Angel. -La agarró por las caderas y sintió su acelerado pulso en la yema de los dedos-. No tienes miedo, ¿verdad?
    Angel dudó un instante.
    – Pues sí.
    Cooper no esperaba aquella confesión.
    – Vamos, esto no puede darte miedo.
    Angel abrió los ojos como platos.
    – Sí, sí que me da miedo.
    Angelito, pensó.
    – Entonces, cariño, cierra los ojos y cuenta hasta diez. Si cuando llegues a once quieres que pare, lo haré.
    Cuando Cooper bajó la cabeza, el cuerpo de Angel estaba duro como una roca. Empezó a lamerle el cremoso fluido y ella arqueó la espalda, le tiró del pelo. Pero él sabía que aún no había comenzado a contar y que nunca llegaría hasta once, porque mientras la acariciaba, la comía, la disfrutaba, ella se estremecía de placer.
    Sus piernas, que hasta entonces habían ejercido presión sobre los hombros de Cooper, se relajaron. Aquel era el momento de separarlas y deleitarse entre ellas. A Cooper le hervía la sangre, su corazón latía al ritmo de sus gemidos y notaba una sensación indescriptible mientras su boca se llenaba con la dulce excitación de la mujer.
    Dulce, porque habían llegado al grado de intimidad que él deseaba y porque había conseguido que ella se entregara a él.
    Sintió que la tensión del orgasmo se acumulaba en el cuerpo de Angel y comenzó a lamer la parte más sensible de su cuerpo, a extraer de ella todo el placer, por y para ella, mientras controlaba cada una de sus sacudidas, cada uno de sus gritos.
    Cuando separó la cabeza de su cuerpo, Angel se quedó tendida sobre la cama en la posición en que él la había dejado, abierta a él. A Cooper le pareció la imagen más hermosa y vulnerable que había visto jamás. Loco de deseo, se forzó a respirar profundamente mientras se quitaba la ropa. Entonces volvió a colocarse entre sus piernas.
    – Cooper -gimió.
    El hombre estaba encendido y dispuesto a seguir. Angel no opuso resistencia. Volvió a lamerle el clítoris en suaves movimientos circulares y en pocos minutos Angel volvió a estar cerca del orgasmo.
    Cuando Cooper notó su cuerpo en tensión, levantó la cabeza, le dio la vuelta y la colocó de rodillas.
    – Esta es una de las formas -le susurró por detrás-. Y aquí va otra.
    Empujó y penetró fuerte, hasta el fondo, entre sus húmedos labios.
    Angel gimió.
    Empujó una vez más y sintió su propio orgasmo muy cerca, rápido y violento. Apoyó una mano sobre el colchón, y con la otra volvió a frotarle el clítoris. Ella también empujaba, hacia atrás, jadeando. Cooper no era precavido, ni cuidadoso, se olvidó de la inocencia, solo buscaba intimidad.
    Cuando ella se corrió, él siguió empujando, deleitándose con cada sacudida contra el cuerpo de Angel. Ella arqueó la espalda y soltó un largo gemido de placer. Fue entonces cuando Cooper también se corrió. Subió la mano hasta su pecho y la abrazó contra su cuerpo con la esperanza de que sintiera lo que le había provocado, de que sintiera placer por haberle hecho sentir tanto placer a él.
    Cuando, exhausto, se dejó caer sobre ella, Angel se contoneó para apartarse y lo besó con ternura en los labios. Después suspiró.
    – Está bien, tengo que admitir que no todo se reduce a la postura del misionero.
    Cooper solo tenía fuerzas para sonreír.
    Angel buscó su camiseta, se la puso y se acurrucó junto a su pecho. Estaban a punto de quedarse dormidos cuando a Cooper lo asaltó un pensamiento.
    – ¿Angel?
    – Mmm.
    A Cooper le gustó el tono satisfecho y soñoliento de aquel murmullo.
    – Antes dijiste que solías fingir. Y yo me pregunto… ¿cómo puedes fingir algo que no has experimentado?
    Angel acomodó la cabeza sobre su brazo. Cooper la besó en la frente.
    – Cariño… Yo no dije que no lo hubiera experimentado.
    – ¿Cómo?
    Angel se rió.
    – Cooper… y tú dices que conoces a las mujeres.
    Frotó la cabeza contra su hombro y añadió:
    – Lo del vibrador no era ninguna broma, tonto.

16

    Judd estaba agachado al lado del matorral de romero, junto a la puerta de salida de la cocina de Tranquility House, cuando una clara voz sonó a sus espaldas.
    – ¡Estás aquí!
    Los pies morenos y delicados de Beth entraron en su campo de visión. Llevaba unas sandalias cuyas tiras se ataban bajo los tobillos, uno de los cuales lucía la tobillera de platino y diamantes que deslumbraron a Judd con sus destellos, procedentes de la intensa luz matutina.
    – No te veía desde el día de la torre, así que he decidido venir a buscarte. -Beth se llevó a los labios una humeante taza de café-. Si me preguntan, digo que es descafeinado.
    Judd se levantó con lentitud, sin apartar la vista de lo que llevaba oculto en la camiseta doblada hacia arriba. Él había sido el firme y silencioso puntal en la vida de aquella mujer y temía delatar su nervioso estado, cercano al colapso, que poco se parecía a su supuesta calma y serenidad.
    – ¿Qué llevas ahí? -le preguntó ella-. ¿Más gatitos salvajes?
    Antes de que él pudiera moverse, Beth le tiró de la camiseta para ver su contenido. Se inclinó y sus brillantes cabellos negros se precipitaron sobre Judd, que pudo contemplarle la suave piel de la nuca.
    Obnubilado, ni siquiera percibió que ella estaba desenvolviendo su preciada carga. Tenía que apartarse para que las garras de los gatitos, siempre listas para erizarse y arañar, como él ya había tenido ocasión de comprobar, no lastimaran la piel de Beth. La sacudida, producto del movimiento del hombre, hizo que las adormiladas criaturas se convirtieran en una maraña de pelo con la desesperada pretensión de subírsele a las barbas, y controlar la situación le costó nuevos arañazos en el brazo y, por las punzadas que sintió, también en la barriga.
    Pero por lo menos tenía una excusa para no quedarse con Beth. Ya en la cocina, dejó a los gatitos en una caja que había acondicionado para ellos y después se encaminó a la enfermería.
    Beth le iba siguiendo los pasos, pero él fingió no advertir su presencia, al extremo de que le cerró la puerta de la enfermería en las narices.
    Por desgracia, aquella maldita puerta no tenía cerrojo. Beth la abrió, entró y, tras cerrarla, apoyo la espalda contra ella.
    – Quiero contártelo todo -le dijo.
    Judd se volvió para rebuscar en un estante. Ya sabía lo suficiente, vaya que sí, lo bastante como para perder la calma, deshacer su equilibrio emocional y tener ganas de desenterrar a Whitney con sus propias manos.
    Encontró el frasco de antiséptico y se hizo también con dos gasas. Entonces, con todo aquello en las manos, intentó desenroscar la tapa del bote.
    – Déjame a mí -le sugirió Beth.
    Ella le arrebató el frasco de las manos antes de que pudiera negarse y, apuntando a la esquina de la mesa, le dijo:
    – Siéntate y enséñame la mano.
    Él obedeció como un autómata y alzó la mano derecha, la que había rescatado a los gatitos y que, pese a ello, había salido indemne de la hazaña. Beth meneó la cabeza y le cogió la izquierda, en cuyos rasguños aplicó una compresa empapada de agua oxigenada.
    Judd contuvo la respiración y la miró a los ojos.
    – Muy bien -repuso ella-. Ahora me haces caso.
    Judd enarcó las cejas para interrogarla sin demasiado ánimo.
    – Tengo que decírtelo -insistió Beth-, tienes que saberlo todo.
    La expresión de Judd se encogió en una mueca de dolor. Era suficiente con lo que ya sabía; si tuviese que oír más sus emociones explotarían y se transformarían en palabras, en acción, en errores, y, como resultado, perdería todo aquello que lo había llevado a quedarse en Big Sur, la paz y la tranquilidad.
    La amistad genuina.
    Sin embargo, con la mano de Beth en la suya, no encontró otra opción que no fuera prestarle atención.
    – Cuando él llegó por primera vez a Big Sur -explicó Beth-, Lainey y yo tendríamos unos doce años, y ya sabes cómo funcionan las cosas por aquí. Todo el mundo conoce a todo el mundo. La opinión generalizada era que el recién llegado se marcharía después de una temporada, como todos los artistas. Por el contrario, cuando acabamos el instituto, Stephen seguía aquí y su fama comenzaba a hacerse notar en todo el país.
    Beth empapó otra gasa con agua oxigenada y frotó con ella los arañazos que Judd tenía en la muñeca. Él mantuvo la compostura, decidido a evadirse del dolor y de sus palabras, y se quedó quieto. Soy una roca, pensó.
    – Luego, nuestro padre murió y necesitábamos dinero. Cooper estaba en la universidad al tiempo que intentaba mantener Tranquility House en funcionamiento. Y cuando Stephen nos habló de alquilar una de las cabañas por un largo período, todos nos alegramos. Bueno, yo me alegré porque estaba como loca con él.
    Judd se la imaginaba a los dieciocho años, hermosa y con las piernas largas. Stephen debió de haberse fijado en ella, debió de haberles echado el ojo a las dos.
    – No mucho después de que él se hubiera mudado, yo… yo creí entender que se había enamorado de mí. Estaba convencida de que me iba a pedir que me casara con él. Sin embargo, como sabes, fue Lainey la afortunada.
    Judd cerró los ojos y, derrotado, tomó bolígrafo y papel. «¿Con las dos?», escribió.
    Beth sabía a qué se estaba refiriendo con aquella corta pregunta.
    – Sí, creo que en un principio trató de cortejarnos a las dos. Yo iba a su encuentro en la cala, lo hice unas cuantas veces, igual que como lo describió Lainey. Aunque, claro, él nunca me llamaba por mi nombre, así que cuando ambos anunciaron su matrimonio, pensé… pensé que Stephen debía de haber confundido a mi hermana conmigo.
    El bolígrafo de Judd se afanó en el papel. «¿No creíste que lo hacía a posta?»
    Beth, tras leerlo, le dio la espalda, tiró la gasa usada en una papelera y enroscó la tapa del frasco.
    – No hasta hace muy poco, hasta que Lainey dijo el otro día que no lo creía capaz de un error así. Hasta entonces, yo siempre había pensado que él se había casado por equivocación. Si tuviera que echarle la culpa a alguien me la echaría a mí, por no darme cuenta de que destinaba su amor a mi hermana.
    Así que aquel cabronazo había estado jugando con las dos hermanas a la vez. La ira comenzaba a agolpársele a Judd en el pecho. Stephen, que ya era un adulto, había abusado de la credulidad de Beth, de solo dieciocho años.
    – Cuando se casaron, me quedé sin razones para tener una aventura con él -masculló Beth-, exceptuando mi intención de ser su esposa, de ser la mujer que él habría tenido que elegir.
    Judd extendió los brazos, queriendo estrecharla, pero ella se apartó.
    – Creo que me volví un poco loca después de la boda. Mi padre había muerto, mi madre no parecía tener muchas ganas de vivir y mi hermana se había casado con el hombre a quien yo amaba. Empecé a actuar teniendo en cuenta solo lo que yo quería, sin pensar en nada más. Cuando Lainey hizo público su embarazo, yo ya estaba de tres meses y no se lo había dicho a nadie, ni tan solo a Stephen. En el fondo me sentía muy segura de lo que hacía porque iba a ser la primera en tener un hijo de él.
    Judd se aferró al borde de la mesa. Pero ¿qué carajo se creía Whitney que estaba haciendo? ¿En qué habría estado pensando?
    Beth alzó la vista para enfocar un punto indefinido.
    – Mi aborto puso fin a aquel sinsentido. De pronto me di cuenta de lo que mi actitud podría haber supuesto para mi familia y para mi hermana. Le dije a Stephen que habíamos perdido a nuestro futuro hijo y también que… que nuestra relación había terminado. Y desde entonces, me he dedicado a…
    «¿A hacer penitencia?» Judd se puso en pie y le situó el papel delante de los ojos.
    Beth hizo un gesto de desamparo.
    – No ha valido de nada. Dedicarme a la expiación de mis actos no ha servido para eliminar la sensación de culpabilidad. Ahora sé que tengo que continuar. -Se apartó el pelo de la cara, intranquila-. Creo que podría superar todo esto si…
    Beth guardó un repentino silencio y luego se acercó y se colocó frente a él.
    – Judd, tú eres la persona más comprensiva y consciente que conozco, la más sabia. Yo estimo tu espiritualidad y te respeto mucho.
    Una súbita aprensión se le instaló al hombre en las entrañas, y reculó hasta tropezar con el sólido metal de la mesa.
    – Me serviría de mucho para entenderlo, para aliviarme un poco, comprobar que tú lo entiendes, que tú… -Su voz se enronqueció-. Judd, por favor. ¿Serías capaz de… perdonarme?
    ¿Perdonarla?
    La rabia que Stephen le inspiraba llegó a límites que hasta entonces no había alcanzado. Intento tragársela, guardársela mientras mantenía el silencio al que se había consagrado desde hacía cinco años, pero lo único que consiguió fue que la rabia se transformara en furia. ¡Perdonarla!
    Aquella fue la gota que colmó el vaso, el último toque de cincel que hacía falta para que la roca se partiera. Los sentimientos de Judd alcanzaron su punto álgido, ácido, y se llevaron por delante cualquiera de sus precauciones.
    Alargó los brazos y con ellos rodeó la cintura de Beth. Tiró de ella, la atrajo hacia sí como si fuera el corcho que necesitaba para taponar la avalancha de emociones que amenazaba con precipitarse.
    Beth alzó la vista, pasmada, y eso enloqueció todavía más a Judd.
    Sin embargo, los años de silencio no le sirvieron de nada en aquella ocasión, pues no intentó tranquilizarla. Él había sido su confidente durante mucho tiempo, la contraparte silenciosa de su relación.
    Y no podía seguir evitando la comunicación.
    Judd se inclinó y la besó.
    Dios, Dios.
    El sabor de ella. Su sabor, elegante y sobrio.
    Y también agridulce, pues quería sentir su pasión, su ser último, y ella no reaccionaba, se mantenía inmóvil, correspondía al beso con la cortesía que utilizaba para hablar de los cuadros y asistir a las exposiciones de Whitney.
    Ni siquiera podía estar seguro de que el corazón de Beth latiera.
    Necesitaba hacerle sentir, sentirlo a él.
    Volvió a atacarla, esta vez más decidido, procurando que relajara los labios, y entonces deslizó la mano bajo el fino jersey que llevaba la mujer y le tomó un pecho.
    En ese momento se dio cuenta de que Beth respondía.
    Ella lo abrazó y él se aventuró más allá en su beso. Le exploró la boca y la notó cálida, le recorrió los dientes y el velo del paladar, y después las lenguas de ambos se encontraron. Se plantaron batalla en lugar de confortarse, se pidieron, se incitaron, se exigieron como espadachines en un duelo.
    Del fondo de la garganta de Beth llegó un quejido que lo reclamaba, que, como la chispa en la hierba seca, encendió los instintos de Judd. Saliéndose del beso y extendiéndosele por las mejillas, Judd quiso recibirla a un tiempo y saborear todos los recovecos de su piel sedosa. Luego fue resbalando, beso a beso, por el cuello de la mujer, y acabó por arrodillarse a sus pies.
    La ternura lo colmó en aquel momento y pudo rebajar el ritmo de la respiración y la prisa de sus gestos. Un tanto tembloroso, le subió el jersey para acceder a la cintura de los pantalones, donde, a pesar de su agitación, fue capaz de desabrocharle el botón y bajarle lentamente la cremallera. Y cuando apartó la tela para desnudarla, no supo distinguir a quién pertenecían los jadeos.
    Entre el elástico de la prenda interior y el ombligo, estaba el tan tien de Beth, el punto en el que se concentraba su chi. Judd se dirigió a él, hacia la piel que cubría su tan tien, hacia el lugar que había portado una criatura que la mujer había perdido y, con la boca abierta, húmeda y caliente, avanzó hasta allí y le marcó el lugar con un último, febril y lento beso, con el que quiso hacerla suya.
    Aflojó la tensión que se había apoderado de sus labios y, centímetro a centímetro, le examinó la fragante piel del vientre mientras le acariciaba las piernas con las manos. Ella le agarró el cabello y él se estremeció y, a pesar de ello, continuó cuidándola, besándola, curándola con cada uno de sus sentidos, con cada una de sus delicadas caricias. Le alcanzó con los dedos uno de los esbeltos tobillos y lo acarició hasta que se encontró con el frío y sinuoso perfil de la tobillera de platino que llevaba.
    La tobillera, la cadena de Stephen.
    La ira volvió a aflorar y Judd aferró el metal y lo arrancó.
    Beth profirió una exclamación y reculó.
    Él la miró. Nunca la había visto así, descompuesta, medio desvestida, despeinada y ruborizada. Su beso le había dejado la barriga enrojecida.
    – ¿Por qué? -Beth se tocó la piel del vientre y luego los labios-. ¿Por qué me has besado?
    Judd se puso en pie. Tenía que decirle algo, dejar que sus sentimientos encontraran una vía para expresarse. Sin embargo, la costumbre, enraizada después de cinco años, le hizo dudar.
    Y así descubrió que las palabras se le habían quedado presas en un lugar inalcanzable de su interior. Entonces, incluso mientras la miraba y la encontraba más hermosa que nunca, sintió un alivio enorme al comprobar que sus emociones permanecían a salvo, que, después de todo, su amor no corría peligro, que él no corría peligro si… no rompía su silencio.
    – Dímelo -lo urgió Beth a media voz-. Dime por qué me has besado.
    Judd, el comprensivo, consciente y sabio Judd, se limitó a alzar una mano que, tras un instante, dejó caer, aunque la sabiduría le bastó para no sorprenderse al ver que Beth se arreglaba la ropa y se marchaba dando un portazo.
    Se acercó la mano y observó la tobillera y la letra «E» incrustada de diamantes que colgaba en uno de sus extremos.
    Cinco años atrás, él había sido un fino y perspicaz orador. Se había servido de aquella habilidad para ganar dinero y hacer amigos, hasta que llegó el día en que se dio cuenta de que la utilizaba para pasar de puntillas por la vida y por sus relaciones; incluso para pasar de puntillas por su matrimonio.
    Tras aquella revelación, se había decidido a abandonar Silicon Valley con cierta intención estúpida y romántica de encontrar una vida auténtica, de escuchar en vez de hablar, de vivir en vez de apartarse, de hallar la verdad en vez de evitar el impostergable vacío que ningún acaudalado cliente ni asunto de trabajo podía remediar.
    Y sí, había encontrado algo. Había descubierto que le habían hecho falta cinco años para aprender la más simple de las verdades. El taoísmo, el budismo, la espiritualidad de los indios norteamericanos; ninguna de aquellas disciplinas había llegado a cambiarlo de verdad. En el fondo, seguía sin arriesgarse, profundizar, ser auténtico.
    Se había callado porque el habla se tornaría banal. Sin embargo, demonios, el silencio también lo era si la persona que lo mantenía no mostraba más que la superficie de su corazón.
    Miró una vez más la centelleante tobillera que tenía en las manos. Avance informativo, señores televidentes: arrancar las cadenas no lo convierte a uno en libre.

    Angel caminaba por el sendero que llevaba al comedor de Tranquility House cuando vio a Beth, que venía corriendo en su dirección. Llevaba la ropa arrugada, el pelo suelto, y daba la impresión de estar contrariada o, más bien, aterrorizada.
    – ¡Beth! -exclamó-. ¿Qué pasa?
    La mujer se detuvo y Angel observó cómo intentaba recuperar la compostura. Al parecer, el intento no tuvo éxito, pues Beth sacudió la cabeza y reinició la marcha.
    Angel se obligó a seguir su camino. Lo que le pasara a la hermana de Cooper no era de su incumbencia, estaba claro. Pese a ello, se dio la vuelta y la siguió.
    Era su impulso de periodista, a su entender, lo que la estaba llevando a seguirle los pasos a Beth por el camino que conducía a la entrada de la cala secreta. Como siempre que se encontraba cerca de la hermana de Cooper, sus sentidos estaban alerta.
    Desde luego, no iba con la intención de preocuparse por Beth.
    No le interesaba la intimidad de los miembros de la familia de Cooper, del mismo modo en que no le interesaba -no demasiado- la del propio Cooper. Cuando, al despertar, se había encontrado junto al cuerpo del hombre, se había levantado al instante, sin despertarlo, pues todos sus instintos le decían que se alejase de él.
    Que pusiera distancia, que fuera objetiva. Que se circunscribiera a todas aquellas buenas cualidades de reportera a las que había aspirado desde los doce años.
    Estaba convencida de que no habría vuelto a acostarse con él, aunque de poco valía lamentarse de algo -el sexo- que había sido extraordinario. De todos modos, la noche anterior, Cooper y ella no habían estado demasiado cómodos. Él, porque tenía que rescatarla, y ella por el descubrimiento de Lainey acerca de una nueva hija de Whitney. Sin embargo, con la luz del nuevo día, Angel entendió que el hallazgo de Lainey suponía escaso riesgo para su secreto, pues para que identificaran a la hija perdida tendrían que disponer de la información que solo Angel conocía.
    Además, sus padres no habían llegado a casarse y, a pesar de que el nombre de Stephen Whitney estuviese registrado en su partida de nacimiento, tanto ella como su madre se habían cambiado el apellido desde hacía tiempo.
    Angel apuró el paso en el túnel y salió al otro lado, a la cegadora claridad de la arena. No veía a ninguna mujer angustiada, ni tampoco a una mujer calmada. Parecía que Beth había desaparecido.
    Angel aguzó la vista y escudriñó el lugar. La cala, encerrada en una masa de granito, tenía forma de herradura, y sus extremos se hundían en el Pacífico. La fuerza del mar los había arrasado y de ellos solo se veían cúmulos de piedras pulidas contra los que las olas lanzaban sus blancos espumarajos.
    Sin embargo, aquel día la marea estaba baja y el mar en calma. Si le hubiera dado tiempo, quizá Beth podría haber escalado uno de los brazos que ceñían la cala y avanzado hasta una playa adyacente.
    Para comprobarlo, Angel caminó a lo largo de la orilla y se subió a las rocas situadas a la izquierda de la entrada de la cala. Como solían estar cubiertas de agua, su superficie, llena de limo, era resbaladiza y tuvo que apoyar una mano en el suelo para no perder el equilibrio. Algún tipo de crustáceo esponjoso se le adhirió a los dedos y Angel gritó y dio un respingo.
    – ¡Diablos! -exclamó una voz a sus espaldas-. Tú necesitas que te vigilen.
    Angel detuvo su avance; era la voz de Cooper y sonaba exasperada. Intentó mirarlo como si nada por encima del hombro pero, al verlo, la invadió una súbita e incómoda seriedad. El hombre venía hacia ella, a grandes zancadas, con el pelo revuelto, unos vaqueros desastrados, el torso desnudo y los pies descalzos.
    Él me cuida, y yo quiero cuidarlo.
    La ocurrencia pretendió instalársele en el pecho, que, sin embargo, tuvo que abandonar ante la necesidad de aire.
    Cooper se paró junto a las rocas sobre las que ella estaba.
    – Baja -ordenó.
    Angel hizo un ademán con el brazo, en señal de desobediencia.
    – Estoy buscando a Beth. La he seguido hasta aquí y luego ha desparecido.
    – Por ahí no se puede pasar -le dijo, fulminándola con la mirada-. Tendrás que rodear las rocas vadeando.
    – Ah.
    – Vamos, baja -insistió, acompañando sus palabras con una mano extendida.
    Ignorando el apoyo que le brindaba, Angel saltó a la arena. Hizo un aterrizaje forzoso aunque lo suficientemente seguro como para recuperar el equilibrio antes de que Cooper la alcanzara y, acto seguido y sin mediar palabra, se dirigió hacia el agua.
    – ¿Y ahora adónde crees que vas? -gruñó él.
    – A rodear el saliente. Quiero encontrar a Beth.
    – ¡No!
    La imperiosa negativa la obligó a volverse a mirarlo a los ojos, oscuros y enfurecidos.
    – Pero ¿qué te pasa?
    Cooper se pasó la mano por el cabello.
    – ¿Te has olvidado de que no sabes nadar?
    – Has dicho vadear, y eso sí que sé hacerlo.
    No quería ni pensar en nadar, en ahogarse, en el alivio que había sentido la noche anterior cuando los brazos de Cooper la habían sacado de la piscina. No podía volver a permitir que aquellos brazos la rodearan, por descontado, pues corría peligro de necesitar desde entonces su calor.
    – No, Angel. -El hombre estaba en tensión, como si se estuviera preparando para abalanzarse sobre ella.
    – Pero Beth…
    – Beth sabe lo que hace. Tú no te acerques al agua -le dijo, y luego añadió con un tono de voz moderado-: Por favor, Angel, hazme caso.
    – Vale, está bien. -Angel hizo lo que se le ordenaba aunque manteniendo las distancias-. Pero ten por seguro que normalmente no me pasa nada estando cerca del agua.
    – Ya, «normalmente» es la palabra clave.
    A Angel no le gustó nada el tema al que se acaba de referir.
    – No necesito que un hombre…
    – No me gusta estar preocupado.
    – Sí, eso ya me quedó claro ayer por la noche -repuso Angel, haciendo una mueca.
    – Me refiero a esta mañana.
    Angel levantó los brazos.
    – ¡Pues mírame, no estoy ni en las rocas ni en el agua!
    – No, quiero decir que cuando me he despertado ya no estabas en la cama.
    Angel tragó saliva. ¿Trataba decirle que la había echado de menos?
    La posibilidad de que fuera así provocó que una cálida y traicionera sensación creciera en su interior, intentando ablandar su obstinación. Aun así, ninguneó el comentario con un aspaviento.
    – Sí, seguro. Es un horror tener toda la cama para ti solo.
    Cooper no se inmutó.
    – ¿Por qué te empeñas en huir de mí, Angel? ¿Me puedes decir qué es lo que te atemoriza?
    – ¿Qué clase de pregunta es esa? -Sofocó como pudo el nerviosismo y señaló el panorama con un dedo-. ¡Mira a tu alrededor! Hace un día maravilloso que tú desaprovechas con preguntas como esa.
    Cooper estaba decidido a que le contestara.
    – Vamos, Angel, quiero una respuesta -murmuró y dio unos pasos para acercársele-. ¿Qué te da miedo? Dime lo primero que se te pase por la cabeza.
    Ella se volvió para darle la espalda, aunque con ello no consiguió que las respuestas dejaran de agolpársele en el pensamiento.
    La debilidad. Tú.
    Que me rompas el corazón.
    Quiso apartar aquellas ideas con un movimiento de la mano y fingir irritación. Cooper estaba jugando a las preguntas con ella, estaba ejerciendo de abogado y utilizando su autoridad. Desde luego, verse solo en la cama le había afectado en su amor propio de machito. No debía de haberle gustado advertir que ella se había marchado. ¿No habría sido él el asustado? Ya. Lo más probable era que fuese cuestión de orgullo herido.
    Con intención de decirle bien claro lo que pensaba de él, tomó aire y lo miró a los ojos. Sin embargo, las palabras se le murieron en la boca al encontrarse con el espectacular panorama que se abría a espaldas del hombre.
    Normalmente, la belleza natural de Big Sur era tan majestuosa y perfecta que Angel había pasado a relegarla a la condición de postal o de película. Sin embargo, en aquel momento se estaba dando cuenta de su verdadera dimensión.
    Más allá de los hombros de Cooper, las montañas, cubiertas por un verde manto, y sus severos rostros precipitándose sobre las pardas colinas jalonadas, parecían estar al alcance de la mano. Desde allí, el ondulado terreno iba decayendo hasta la línea profusa y afilada de los acantilados, cuyo perfil caía vertical sobre el vaivén del mar. El día seguía siendo cálido a pesar del menguado sol, que había vivificado el azul del cielo y cuyos rayos arrancaban destellos dorados de la arena y plateados de las grises aguas.
    Era increíble, imponente.
    Por mucho que parpadeara y tomara aire, la vista seguía en su sitio, tan increíble y emotiva, y, a causa de ello, recordó el día en que se había sentado junto a Katie al borde de uno de los escarpados promontorios y comprobado lo insignificante que se volvía su existencia al lado de la vasta belleza del entorno.
    – Tal vez sea todo esto lo que me apabulla -murmuró.
    Sorprendida por haber delatado sus pensamientos y por las consecuencias que aquello podría tener, intentó remediar lo que juzgaba una metedura de pata escondiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros blancos y mirando a Cooper con aire impasible.
    – Si algo me da miedo, es este paisaje -agregó.
    – Pero no es el caso -sentenció Cooper.
    – No es mi caso -masculló Angel, en la obligación de decirlo.
    El hombre suspiró.
    – Eres un cardo borriquero.
    – Me quedo en cardo, perdona.
    – Angel… -Cooper intentó asirla.
    Ella se apartó. Luego, avergonzada por su esquiva actitud, volvió a acercarse a Cooper e intentó hacerle cosquillas en el estómago.
    – ¿Y qué hay de ti, hombretón? ¿Qué tal si me hablas de tu peor momento? ¿Tu juramento como abogado? ¿El primer cliente al que defendiste? ¿Tu primer beso? -bromeó Angel con las cejas enarcadas.
    Tras un momento de silencio, Cooper la miró a los ojos fijamente.
    Ella notó que le temblaba algo en el pecho.
    – ¿En serio, Angel? -preguntó, sin dejar de mirarla-. ¿De verdad quieres saber cuál ha sido el peor momento de mi vida?
    A pesar del pulso, que notaba desbocado, Angel pensó que estaba tomándole el pelo.
    – Claro.
    – Cuando murió mi padre. -Los ojos de Cooper no se apartaban de ella.
    Los pies de Angel retrocedieron arrastrándose por la arena. Aquello no era justo, no era justo. ¡Ella había querido facilitar las cosas después de las dos torpezas cometidas aquella mañana! Trataba de restablecer la comodidad de una relación no demasiado personal. Por todo ello, Cooper debería estar dándole las gracias.
    El hombre siguió hablando:
    – Estábamos los dos solos, en las montañas Santa Lucía, en nuestra primera acampada desde su infarto. El doctor le había dicho que estaba totalmente recuperado y, sin embargo, el ataque al corazón le sobrevino la primera noche.
    Vaya por Dios. Angel meneó la cabeza y le hizo un gesto con las manos con la intención de que lo dejara.
    – Eso es demasiado… íntimo, demasiado personal…
    – No me marché de allí para pedir ayuda -la interrumpió Cooper, indiferente-; él no quería que lo hiciera. En lugar de ello, me dio un curso acelerado para enseñarme a ser el hombre de la familia. Me dijo dónde estaban las facturas y demás papeles. Me dijo que cuidara a mi madre y a mis hermanas. Me dijo que hiciera siempre lo correcto.
    – No, no -pidió Angel-. No quiero oír…
    – Murió con su mano en las mías, y no lo abandoné hasta que se quedó frío.
    – … nada más. -Aunque era demasiado tarde, Angel volvió a decirlo-. No quiero oír nada más.
    – ¿Y por qué no, si puede saberse? -se quejó Cooper, con expresión tensa-. ¿Por qué no quieres saberlo?
    – Yo…
    – ¿Por qué no estás interesada en mi vida a no ser que pueda utilizarse para un artículo? Si no tiene gancho para los lectores, ¿entonces no te interesa lo que te cuente? ¿Es por eso que por segunda vez te has marchado antes de que yo me despertara? -Los ojos de Cooper se habían vuelto muy oscuros e inexorables-. Esta mañana, cuando tú ya no estabas, te he vuelto a ver en el fondo de la piscina de Lainey, y sí, Angel, me he puesto muy nervioso. Pero ahora, ahora estoy de mala leche.
    Angel siguió alejándose, desesperada tanto por huir de allí como por que no se le notara.
    Pero él se adelantó, la asió por los hombros y la obligó a detenerse.
    – Es eso, ¿verdad? Te encuentras muy cómoda en una relación periodista-sujeto, ¿no es cierto? Pero no la soportas si se da entre iguales, de persona a persona. -Las manos la agarraron con más fuerza-. Ni entre un hombre y una mujer.
    A Angel le costó un esfuerzo mantenerse impertérrita. Lo miraba sin ningún deseo, sin nada que aportarle. Sin dolor. Desde luego, sin dolor.
    Pero no era cierto. Él le había hecho daño.
    Cooper resoplaba y la cicatriz del pecho subía y bajaba, moviéndose sin cesar.
    – ¿Qué demonios estoy haciendo? -murmuró, dejando caer los brazos.
    En cuanto Cooper la liberó, Angel dio al instante un paso atrás.
    La expresión de Cooper se contrajo.
    – Lo siento, perdóname. No tengo derecho, no tengo ningún derecho.
    Ella siguió retrocediendo, con la intención de ponerse a salvo.
    – No te preocupes, Angel. Me voy -dijo él con voz dolida.
    Y así lo hizo. Angel lo vio desaparecer en el túnel. Le escocían los ojos de lo secos que los tenía, y también la garganta, como si los anteriores momentos se hubieran llevado toda vida de ella, como si fuese un brote otoñal que el inclemente sol hubiera secado.
    Se dejó caer en la arena y apoyó la cabeza sobre las rodillas. Era el momento para que se levantase el viento y se la llevara con él, que la lanzase sobre los riscos de las ciclópeas montañas Santa Lucía o que la dejase en medio de la corriente que se internaba en el Pacífico.
    A quién le importaba si desaparecía. A nadie, pues ella no permitía que se le acercaran hasta ese punto. A pesar de que Cooper pensase que no tenía derecho, había ido directamente a donde dolía, a la verdad sobre ella. Ella no era capaz de entenderse de persona a persona, de mujer a hombre. Era una buena profesional, pero en el terreno de lo personal se cerraba y se aislaba.
    Era un mecanismo que la mantenía a salvo… y que había mantenido su soledad.
    – Angel.
    Alzó la vista. Cooper estaba en la arena, a su lado, dispuesto a abrazarla. Con la mejilla, notó la calidez de la piel de su hombro, su olor, el mismo que el de su cama cuando ella la había dejado aquella mañana… a sábanas limpias y a cielo despejado, con un deje de atractivo sexual.
    – Estás aquí -dijo, demasiado sorprendida para rechazarlo.
    – No quería dejarte sola. -Él apoyó la cara en el cabello de Angel, que se enredó en so barba de tres días; esa era la única parte del cuerpo a la que ella le daba permiso para colgarse de él-. No podía dejarte.
    Angel se tranquilizó, pero algo dentro de ella, en el pecho, se agitó, o se envolvió, o se desenvolvió.
    – ¿Qué… qué has dicho?
    Él le tomó la cara con ambas manos.
    – Que Dios me ayude… -susurró, mirándola a los ojos-. No podía dejarte.
    Angel lo observó sintiéndose mareada y paralizada, alejada de su ideal de precaución y rigor. Pasaron siglos mientras intentaba averiguar qué le estaba pasando.
    – Cooper, vamos a volver -propuso al fin, convencida de que no había tiempo suficiente para separar e identificar las emociones que crecían en su fuero interno, y además había cosas más urgentes que hacer-. Volvamos a tu cabaña. Quiero… estar entre tus brazos.
    Necesito estar entre tus brazos.
    Las manos de él le tocaron la cara un instante y después la ayudaron a levantarse. Acto seguido, Cooper la atrajo hacia así y le dio un fuerte y cálido abrazo, al que ella se entregó para sentirle el corazón palpitando en su mejilla.
    – ¿Qué estamos haciendo? -murmuró él-. Me gustaría saber qué estamos haciendo.
    Estaba claro que no esperaba una respuesta, y eso era bueno, muy bueno. Porque Angel no tenía ni idea de lo que Cooper estaba haciendo… y, con respecto a sí misma, solo podía esperar que no estuviera enamorándose.

17

    El paseo de vuelta a Tranquility House no contribuyó a calmar los nervios de Angel ni a aclararle la mente. Solo sabía que tenía el pulso acelerado y que no era capaz de librarse de aquella sensación de mareo y falta de aire. Cuando divisaron el edificio comunitario, se fijó en un grupo de hombres allí reunidos justo en el momento en que uno de ellos también los vio.
    – ¡Eh, Coop! -gritó el hombre.
    Angel dio un respingo. Aquel alarido rompió el silencio habitual del lugar y le provocó un subidón de adrenalina que no le fue demasiado bien a su ya acelerado organismo.
    – ¡Coop, estoy aquí! -El hombre agitaba las manos para llamar su atención.
    Cooper hizo una mueca de disgusto y miró a Angel.
    – Son los encargados de instalar la carpa para la exposición. Supongo que querrán que les ayude.
    Angel asintió, aliviada y decepcionada al mismo tiempo.
    El hombre le soltó la mano y le acarició las mejillas.
    – ¿Estarás bien?
    Angel volvió a asentir.
    – Has dicho que querías estar conmigo.
    Angel negó con la cabeza.
    – No, estaré bien. No te preocupes.
    Pensándolo mejor, en aquel momento necesitaba algo distinto. Lo que le hacía falta era algo de tiempo para eliminar de su mente la extraña idea de que corría el peligro de enamorarse de él.
    – Entonces, te veré más tarde. -Inclinó la cabeza y le dio un beso en los labios, dulce y delicado que, sumado a los nervios que sentía, la dejó tambaleándose. Cooper la agarró por los hombros-. ¿Todo va bien?
    Pues no. Su corazón seguía desbocado y Angel sentía que se podía caer en cualquier momento, pero consiguió forzar una despreocupada sonrisa, como hacía normalmente en situaciones por el estilo.
    – Por supuesto.
    Cooper echó a andar pero enseguida se dio la vuelta y Angel deseó que él no se hubiera dado cuenta de que lo estaba mirando mientras se alejaba.
    – ¿Eres tú la que silbas?
    Angel abrió los ojos como platos y se metió las manos en los bolsillos.
    – No sé de qué me estás hablando.
    Ella solo silbaba cuando se sentía insegura o asustada, y no era el caso. Así que le dedicó la mejor de sus sonrisas y dio media vuelta. Intentó mantener la compostura y parecer serena mientras salía disparada hacia su cabaña con la esperanza de recuperar algo de cordura.
    Ya estaba llegando cuando oyó la voz de una anciana que la llamaba.
    – ¡Niña! ¡Niña, estoy aquí!
    Angel se volvió en dirección al sonido. En la puerta de la cabaña que acababa de dejar atrás había una mujer que había visto antes por el recinto.
    – ¿Puedo ayudarla en algo, señora? -preguntó, dirigiéndose hacia ella. La mujer le hizo un gesto con una mano para que se acercara mientras los dedos de la otra, deformados por la artritis, se aferraban con fuerza a un grueso bastón.
    Angel obedeció y siguió a la mujer hasta el interior de su cabaña. Quizá la viejecilla necesitaba que la ayudara a mover o a encontrar algo.
    La mujer cerró la puerta y se volvió para mirarla.
    – Siéntate, niña, hazme el favor.
    Angel no tenía ganas de charla, así que sin moverse de donde estaba, le preguntó:
    – ¿Quiere que la ayude en algo, señora?
    – Soy la señora Withers. -Le señaló que se sentara y ella hizo lo propio-. He oído que eres periodista.
    Sintiendo que no tenía otra opción, Angel asintió y se acomodó en la silla.
    – Me llamo Angel Buchanan. Trabajo para la revista West Coast.
    – Pues si vas a escribir sobre Tranquility House, deberías hablar conmigo.
    Angel abrió la boca para corregirla, pero la cerró antes de decir nada. Al fin y al cabo, no tenía ninguna prisa. La alternativa a pasar un rato con la señora Withers era dedicarse a la contemplación de las cuatro paredes de su habitación mientras intentaba dilucidar si estaba o no enamorándose de Cooper.
    No. Claro que no. ¿Por qué iba a ser él su hombre ideal?
    Y como todo aquello era exactamente lo que no quería plantearse, centró su atención en la anciana.
    – ¿Conoce bien Tranquility House? -le preguntó.
    – ¡Si lo conozco bien! Llevo viniendo cada mes de septiembre de los últimos cuarenta años.
    ¡Cuarenta años! Angel estaba ya más serena. Los recuerdos de aquella mujer la mantendrían distraída durante un buen rato.
    – Cuénteme.
    A pesar de lo que acababa de decir, la mente de Angel se opuso a seguir la conversación. Estaba atenta para meter los «aja» oportunos que hicieran creer a la mujer que la estaba escuchando, pero la mayor parte de sus neuronas seguían ocupadas en el tema Cooper.
    No podía ser que estuviera enamorándose de él.
    Ni de él ni de nadie. Llevaba mucho tiempo vacunada contra el hecho de entregarle su corazón a alguien, y cada vez que imaginaba su futuro lo veía muy parecido al de su jefa. Jane tenía amigos y una vida plena y feliz sin ataduras sentimentales. Y aquello a Angel le bastaba y le sobraba, pues sabía mejor que nadie que las consecuencias de enamorarse serían la decepción, que podía ser llevadero, o también algún peligro real.
    Entre aquellos dos extremos estaban la infelicidad, el abandono y los disgustos. Contuvo un escalofrío y volvió su atención a la señora Withers.
    – Hacían una pareja encantadora -estaba diciendo-. Se casaron en septiembre, ¿sabes?, en las montañas. Y yo asistí a la boda.
    Angel no tenía ni idea de a quién se refería.
    – Perdone, ¿de qué pareja encantadora me está hablando?
    – De Edie y John.
    Entonces recordó que en los informes de Cara aparecían aquellos nombres.
    – Ah, los padres de Cooper. -Cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, Angel notó que se estaba ruborizando-. Es decir, los padres de Cooper, Beth y Lainey.
    – Eso es. -La mujer asintió-. Ellos adoraban a sus hijos.
    Afortunados, ellos.
    – Pero aún más se adoraban el uno al otro. Cuando John murió, Edie se quedó destrozada. Entonces pensé que aquello sería el fin de Tranquility House.
    – ¿En serio? -preguntó, y su pensamiento voló de nuevo a Cooper y a la playa, al momento en que le había contado en tono grave lo mal que lo había pasado tras la muerte de su padre. A que le había echado en cara no querer involucrarse demasiado con él.
    Había dado en el clavo.
    Pero ¡no!, él no entendía que ella estaba siendo realista. Que entre ellos había química, que el sexo era increíble y compartían gustos en cuanto a comida poco saludable. Pero ¡eso era todo! Además, su canción era la ridícula «Hakuna Matata», por el amor de Dios.
    – … aunque el muchacho era incansable. Solo tenía diecinueve años y seguía yendo a la escuela, trabajaba en la ciudad y los fines de semana se hacía cargo de Tranquility House.
    – Mmm. -Así que Cooper era muy trabajador. Interesante. Aunque ella se había dado cuenta desde un buen principio. No tenía por qué convertirse nada más que en un agradable recuerdo de sexo satisfactorio.
    – Sin embargo, Edie…
    Angel se aferró a aquel nombre para centrarse de nuevo en la conversación.
    – Sí, Edie -repitió, mientras se inclinaba hacia delante-. Hábleme de Edie.
    La señora Withers soltó un largo suspiro.
    – Hay mujeres incapaces de salir adelante sin un hombre a su lado.
    Angel asintió.
    – Tiene razón, he conocido a unas cuantas.
    Y recuerda, tú no eres una de ellas.
    – Yo estuve casada treinta años y todavía echo de menos a Charlie, pero yo siempre fui muy independiente. -La mujer tenía un brillo de satisfacción en la mirada-. Tras su muerte, seguí intentando pasármelo bien. Y aún lo hago.
    – Muy bien hecho -añadió Angel.
    Pero entonces la mujer sonrió y volvió a suspirar.
    – Aunque me he sentido sola. Muy sola, a veces.
    A Angel se le hizo un nudo en el estómago. Se acordó del atronador silencio de su apartamento que ella rompía con el ruido de las noticias. Pensó en Tom Jones, el caprichoso gato de su vecina y la única criatura viva que tocaba durante el día.
    – Bueno, claro…
    La señora Withers sacudió la cabeza.
    – Pero te estaba hablando de Edie. Cuando John murió no volvió a ser la misma. Yo creo que la consumía la añoranza. Unos años después se acatarró y aquello se convirtió en una neumonía. He oído decir que luchó por curarse pero…
    Angel chasqueó la lengua.
    – Los peligros del amor.
    – Los niños quedaron destrozados, pero entonces Cooper intervino y se hizo cargo de todo.
    – Sí, la verdad es que se le da bastante bien.
    La señora Withers asintió.
    – Y es más, les dio a sus hermanas el respaldo que precisaban. Cuando ellas necesitaban un hombro sobre el que llorar, en el que apoyarse, ahí estaba él. Lainey ya estaba casada y tenía a la pequeña Katie, pero aquel artista que escogió por marido se pasaba los días encerrado en la torre con sus pinturas y sus lienzos. Cooper es quien siempre ha ayudado a las mujeres de la familia.
    «Aquel artista.» Angel se quedó con aquellas dos palabras y trató de olvidarse del resto. Debería hacerle preguntas a la señora Withers acerca de «aquel artista». Ese era el motivo por el que estaba allí, ¿no? Para averiguar más cosas sobre Stephen Whitney. Para descubrir la verdad.
    La verdad.
    «Cooper es quien siempre ha ayudado a las mujeres de la familia.»
    Le vinieron a la cabeza una sucesión de imágenes.
    Cooper buscando a Katie durante el funeral. El camino hasta la ceremonia posterior del brazo de su hermana. El consuelo que le ofreció a Beth aquel mismo día. Las citas al atardecer con su sobrina. Los trabajos de jardinería en casa de Lainey. Las volteretas en la piscina.
    ¿Cómo iba a correr peligro de enamorarse de un hombre así?
    Ja. Ja. Ja.
    Qué gracioso. Lo cierto es que no corría ningún peligro.
    Porque ya estaba enamorada de él.

    Estaba ya atardeciendo y a Cooper le dolían los brazos por el esfuerzo de haber ayudado a levantar aquellas dos carpas enormes. Aunque los trabajadores agradecieron su colaboración, él podría haberse marchado mucho antes.
    Sin embargo, utilizó el trabajo como excusa para evitar a Angel y como un castigo que decidió autoinfligirse.
    Cuando, aquella misma mañana, se había despertado y descubierto que ella había vuelto a desaparecer, lo primero que le había venido a la cabeza era la imagen de Angel hundiéndose en la piscina. El recuerdo le había perturbado y había sentido la necesidad de encontrarla para asegurarse de que estaba a salvo.
    Judd le había dado a entender que la había visto camino de la cala y, mientras se dirigía hacia allí, la sensación de ansiedad y enfado que lo embargaba fue creciendo en intensidad.
    Así que cuando la había encontrado, había arremetido contra ella por la facilidad con la que se apartaba de él, cuando lo que se suponía que él quería de ella era precisamente eso.
    Aquello había sido una estupidez. Y él era un estúpido.
    Miró el reloj y se dijo que tenía otra buena excusa antes de enfrentarse de nuevo a ella. Era casi la hora de su habitual cita con Katie y quizá la puesta de sol le proporcionara la solución sobre cómo enfriar su relación con Angel.
    Sin embargo, cuando llegó al lugar especial que compartía con Katie, se encontró con una cabeza rubia junto a la de su sobrina. Estaban sentadas la una junto a la otra, y la suave brisa levantaba y entretejía el pelo de ambas, formando una bonita mezcla de rizos claros y mechones castaños.
    Iba a perderlas a ambas.
    Aquella idea lo golpeó con fuerza mientras se dejaba caer en una de las rocas. Estiró las piernas y algunas piedrecitas rodaron hacia Angel y Katie. Ambas volvieron la cabeza.
    Cooper se encogió de hombros.
    – Lo siento, no quería molestaros.
    Angel esbozó una sonrisa pero la borró de inmediato, mientras se apresuraba a levantarse.
    – Yo… ya me iba.
    – No te vayas. -¿Por qué siempre decía lo que no debía?-. Esto… yo… esto… -Mierda. Parecía tan nervioso como ella.
    Angel se mordió el labio.
    – No quiero molestar.
    Cooper se incorporó para sentarse junto a su sobrina.
    – No nos molestas, ¿verdad que no, Katie? -Envolvió a su sobrina en un abrazo y se obligó a mirar a Angel-. Además, si no me equivoco este es tu penúltimo atardecer en Big Sur, ¿no? Lo compartiremos contigo.
    Angel dudó durante unos segundos y asintió, con expresión de frialdad y sin signos aparentes de nerviosismo.
    – Así es. Me marcharé cuando termine la exposición.
    Si Angel se había planteado comportarse de manera distinta después de que le hubiera pedido que se «involucrara» con él, si lo que esperaba era que él le pidiera que se quedara más tiempo, no había nada en su actitud que así lo diera a entender. Aliviado, Cooper cogió la botella de agua que Katie le ofrecía y se bebió la mitad de un solo trago.
    Entonces dirigió la atención a su sobrina.
    – Y tú, ¿cómo has pasado el día, señorita?
    – Bien.
    Su expresión pétrea era un reflejo de la de Angel. Él sabía que estaba conteniendo un montón de emociones. ¿Significaba aquello que tras su mirada fría Angel estaba también tramando algo?
    Algo inquieto, Cooper dirigió la vista a la imponente puesta de sol que empezaba a difuminarse bajo el cielo del anochecer. Desaparecía tan deprisa, pensó. Los días pasaban tan rápido. Igual que su vida.
    – Estaba hablándole a Katie de San Francisco -intervino Angel-. Y de las ganas que tengo de regresar.
    San Francisco. Quizá debería haber vuelto allí después de la operación. Quizá debería haber regresado a la ciudad a consumirse como una vela, haciendo todo lo que le gustaba. Pero en lugar de eso había optado por ir allí para tratar de asegurar un futuro para Tranquility House y su familia.
    «Cuida de tu madre y tus hermanas», le había pedido su padre aquella noche en las montañas. Cooper iba a mantener la promesa el tiempo que le fuera posible.
    Cerró los ojos y se recordó que morir en Big Sur le había llegado a parecer una buena idea. Allí, comparada con la permanencia de las montañas, con el incesante vaivén del océano y con el horizonte infinito, su vida era insignificante.
    Había puesto sus esperanzas en que todo aquello contribuyera a restarle significado también a su muerte. En que un día lograría aceptarla.
    Y aún tenía esperanzas.
    – ¿Tío Cooper?
    Sobresaltado, abrió los ojos y miró a Katie.
    – Dime.
    – El sol ya se ha puesto y tienes frío. Estás temblando.
    Se había levantado viento y las melenas de las chicas volvían a flotar en una bonita urdimbre de dos colores.
    Angel se puso en pie y apoyó la mano sobre el hombro de Cooper. Tenía los dedos calientes y no pudo evitar cubrirlos con los suyos, helados. En aquel momento necesitaba sentir su calor.
    – Cooper, estás helado.
    El hombre no se inmutó y siguió con la vista fija en el océano, observando la inabarcable masa de agua que se perdía en el oscuro horizonte. Era una vista espléndida, pensó, aunque implicara que otro día había terminado.
    El viento y las olas rugían en sus oídos. Inspiró profundamente aquel aire salobre y sintió el sabor a algas, a sal, a naturaleza en estado puro. Pese a que el atardecer ya hubiera desaparecido, aquello era magnífico.
    Entonces se dio cuenta. El sol se había ido, pero el mundo seguía allí. Su luz se había extinguido, pero no así el instante. No podía sentir su calor, pero sí el de la mano de Angel.
    Y yo tampoco me he ido todavía.
    Inundado por un súbito bienestar, le apretó los dedos con fuerza y le dedicó una sonrisa.
    – ¿Estás lista para volver? Se hace tarde, cariño, y tenemos cosas que hacer.
    – ¿Cómo?
    – Ya sabes -dijo con voz grave-. Esas cosas que hacer.
    La risita que oyó a sus espaldas le recordó que Katie estaba todavía allí. Se volvió para mirarla y le guiñó un ojo.
    – Cosas de adultos, mocosa. Venga, desaparece.
    – ¡Cooper! -gritó Angel, avergonzada-. Pero ¿qué te pasa?
    Cooper contuvo la carcajada porque creyó que ella se enfadaría si se echaba a reír. Pero eso era lo que le apetecía. Tenía ganas de sonreír, de reír y carcajearse porque no tenía ningún sentido seguir preocupándose por el futuro cuando el hecho de tener a Angel entre sus brazos le parecía algo tan sencillo y apetecible.
    Ya no la soltó, ni siquiera cuando llegaron a su cabaña y ella intentó separarse de él.
    – Antes no me has respondido. ¿Qué diablos te pasa?
    Ahora que tenía todas las respuestas, no podía dejar de sonreír.
    – Le hemos dado demasiadas vueltas. -Tiró de ella hacia la puerta-. Nos hemos preocupado demasiado. -La empujó para que entrara-. Y no hemos -dijo junto a su boca-… no hemos disfrutado lo suficiente del momento.
    La abrazó y se calentó contra su piel. Cooper estaba erecto y Angel estaba húmeda. Entrelazaron las lenguas y los cuerpos. Otra maravilla más de la naturaleza.
    Sin pensar en el futuro.
    Sin dejar escapar el presente.

    Aunque todavía no había amanecido, la carpa de la exposición brillaba como si estuviera bañada por el sol gracias a la hilera de bombillas que iluminaba sus paredes. Beth rasgó el envoltorio marrón de otro de los cuadros. El día antes los habían llevado a enmarcar y, aunque aquel hombre había tenido que trabajar a un ritmo frenético, estaban todos listos. Beth quería colgarlos rápidamente y marcharse cuanto antes.
    Abandonar Big Sur.
    Le temblaban las manos, pero aquello se debía a la falta de sueño y no al miedo por lo que iba a hacer, se dijo.
    Abandonar su hogar.
    Abandonar a su familia.
    Para siempre, rompiendo con las cadenas del pasado, de los secretos, y del silencio que había guardado durante media vida y que ya se prolongaba demasiado.
    Trató de tranquilizarse y arrancó el papel marrón de otro de los cuadros, también de un pequeño querubín. Sin apenas mirarlo, se aseguró de que tenía el tamaño apropiado para el lugar que había elegido para él y subió por la escalera.
    Mientras subía, oyó pasos. El pequeño sobresalto hizo que la escalera se balanceara, pero el movimiento cesó de repente. Miró hacia abajo y vio un par de manos, una de ellas marcada por profundos arañazos, que la sujetaban con fuerza para estabilizarla.
    Lástima que el ritmo de su corazón no pudiera estabilizarse con la misma facilidad. Intentó no pensar en ello y se dispuso a colgar el cuadro en el fondo cubierto de seda como si Judd no estuviera allí. Lo hizo con cuidado y se entretuvo para que quedara del todo recto.
    Sin embargo, aquello solo contribuyó a ponerla más nerviosa, así que decidió comenzar a bajar.
    Las manos del hombre le rozaron la pierna y Beth volvió a sentir una sacudida.
    – Apártate -le pidió entre dientes.
    Judd no se movió.
    Beth volvió la cabeza y lo observó por encima del hombro. Tenía el mismo aspecto sereno, calmado y silencioso de siempre.
    – Sal de en medio.
    Y ahí era donde estaba. Justo entre ella y su libertad. Judd era una de las razones por las que se había quedado ya demasiado tiempo.
    Beth dio otro paso y él se apartó a un lado, sujetando la escalera solo con una mano. La mujer la miró y se fijó en los arañazos que ya habían comenzado a cicatrizar y en otros nuevos que le habrían causado los gatitos.
    – ¿Te quedarás con Shaft? -le preguntó de repente.
    Judd torció el gesto.
    – Me marcho y necesito que alguien se ocupe de él.
    Soltó la escalera y se llevó la mano al bolsillo. La miró atentamente, como si intentara descifrar qué estaba pensando. Durante años, Beth había creído que Judd era capaz de hacerlo. Al fin y al cabo, habían compartido risas y conversación, la charla de ella y las notas crípticas de él, y Judd se había convertido en su base, su apoyo, su mejor amigo.
    A Beth le costaba respirar.
    – No puedo quedarme a la exposición. No puedo quedarme a contemplar cómo la gente se pasea entre mis secretos y mi vergüenza.
    Judd desvió la mirada y esta vez fue ella la que intentó averiguar qué le estaba pasando por la cabeza. Siempre habían sido capaces de comunicarse, pero solo hasta donde él se lo había permitido. Aunque la actitud calmada de Judd, tan distinta a los aires de grandeza de Stephen, siempre le había resultado atractiva, en ocasiones la hacía sentirse una egoísta.
    Ella recibía pero nunca daba.
    Igual que Stephen había recibido de ella y de su hermana. Y conociéndolo, era muy probable que hubiera justificado su comportamiento con el argumento de que un artista necesita una musa, o el de que una mente artística se alimenta de pasiones.
    Y, por supuesto, Stephen fue un hombre encantador, dotado de un talento extraordinario para llegar a la fibra sensible de la gente. Pero ahora que ya no estaba, Beth comenzaba a verlo con mayor claridad.
    Cogió otro de los cuadros y se ensañó con el papel que lo envolvía. No se sentía tan furiosa desde el día en que avanzó en dirección al altar, hacia el hombre que amaba, como dama de honor de su hermana. Pero el enfado volvía a aflorar, abriéndose camino entre las capas de culpa y arrepentimiento con las que intentaba sofocarlo. Otro tirón brusco y el cuadro vio la luz.
    De inmediato, Beth apartó los ojos de la criatura rubia que ocupaba todo el lienzo. Dispuesta a seguir con su trabajo, recorrió la habitación en busca del lugar apropiado para colgarlo.
    El lugar apropiado para colocar otro cuadro más de su pequeña. Rubia, como Stephen. De ojos azules. No había ni un solo rasgo de ella en aquella niña, tantas veces dibujada.
    – ¿Cómo pudo? -Ya había amanecido y empezaba a hacer calor. O quizá fuera la ira de la que finalmente era capaz de liberar su alma-. ¿Cómo pudo casarse con mi hermana y tener una aventura conmigo? ¿Cómo pudo dejarnos preñadas a las dos? ¿Cómo pudo pintar un bebé con tanto… tanto amor si ya no existía?
    Judd la miraba, atento.
    Beth se acercó a él, encendida por la rabia.
    – Llevo media vida pagando por mis errores. Me quedé para vigilar a Stephen y asegurarme de que no se aprovechaba de Lainey ni de ninguna otra mujer. Me quedé porque quiero a mi hermana y a mi sobrina. Y también porque… -Confesarle aquello a Judd sería un error-. Pero ya me he cansado. No quiero quedarme por el sentimiento de culpa ni por una amistad que nunca llegará más lejos.
    Beth se dio la vuelta para salir pero Judd la agarró de la muñeca. La soltó y ella volvió a mirarlo.
    – ¿Por qué me besaste, Judd? ¿Por qué?
    El hombre la observaba con la misma expresión de impotencia que cuando le había hecho la pregunta el día anterior.
    Beth soltó una risa ahogada y amarga que sonó a llanto.
    – Muy bien. No me lo digas. Pero yo ya estoy harta de guardar secretos. Y no lo voy a hacer más. Ni uno solo.
    Dispuesta a enfrentarse a la verdad, recorrió una vez más los cuadros del bebé. Sintió un nudo en el estómago. Y dolor. Dolor por la pérdida.
    Pero tenía gracia. Cuando los miraba le costaba identificar en ellos algún tipo de pérdida. Los lienzos eran muy bonitos, preciosos, y la criatura dibujada parecía sana y vital.
    Entonces pensó que aquella niña no era su hija sino un producto de la imaginación de Stephen, de su don artístico, de la bondad que había en su alma, pese a los muchos defectos que pudiera tener.
    Se fijó en el gesto inexpresivo de Judd y volvió a sentir dolor. Dio media vuelta y se marchó sin decirle adiós.

    Judd se la quedó mirando. ¿Qué es lo que había dicho? ¿Que no iba a guardar ni un secreto más? Mierda, mierda. La idea de que se pudiera marchar lo había dejado tan impresionado que a punto había estado de olvidarse del resto.
    Se apresuró a seguirla y en la entrada de la carpa se dio de bruces con Angel. Ambos se sujetaron para mantener el equilibrio.
    La tenue luz del amanecer se reflejaba en su melena.
    – El mundo parece haberse empeñado en hacerme caer -murmuró.
    Judd le apretó los brazos y la miró a los ojos.
    Como si intuyera su pregunta, Angel le devolvió una mirada atenta.
    – Lo siento, pero no he podido evitar oírlo todo.
    Sin pensar, Judd dijo:
    – No sé qué hacer. -Su voz era grave, arenosa, muy áspera-. La amo.
    – ¿Me lo estás preguntando? Bueno, pues aquí va lo que yo siempre digo. -Angel cerró los ojos-. La verdad. Cuando ya lo sabes todo tienes que decir la verdad.

18

    Judd encontró a Beth en la cocina de su casa. No le apeteció llamar a la puerta con los nudillos ni con la campanilla y prefirió caminar alrededor de la casa y utilizar la puerta de atrás para entrar por su cuenta.
    Una vez ante ella, se quedó mirándola, en silencio.
    Seguía sin saber qué hacer. Nada de lo que había aprendido con sus religiones y filosofías le servía para saber a qué atenerse.
    Beth alzó la vista desde el lugar en el que estaba, junto a la mesa. El recién llegado vio que tenía una mejilla manchada, el flequillo cayéndole en desorden sobre los ojos y un roto en la costura de la camiseta. Se quedó boquiabierto, pues nunca antes había visto a Beth en una condición que no fuera la pulcritud llevada al extremo.
    Al contemplar la cocina y ver los platos sucios en el fregadero, un extenso rastro de algo que podría ser mantequilla de cacahuete en la encimera, normalmente impoluta, y medio dedo de café quemándose en la cafetera, su sorpresa no hizo más que incrementarse.
    Se adelantó para apagar el fuego y descubrió a Shaft, que oteaba con desconfianza desde la esquina del pasillo. Ambos, gato y hombre, se miraron y se hablaron de esa manera en que lo hacen los animales -del género masculino- mudos. «No me mires -le espetó sin preámbulos la criatura-. No pienso razonar con ella. Los gatos que hablan, los de las películas, son capaces de hacer cosas extraordinarias, pero yo soy un gato real, y, como tal, poco puedo hacer por ella.»
    Judd se volvió hacia Beth. Estaba inclinada sobre la mesa, escribiendo con rapidez en una hoja de papel.
    Se le acercó, nervioso; estaba escribiéndole una carta a Lainey.
    Arrastró los pies para llamar su atención y, como eso no funcionó, se sentó junto a ella, en una silla. Ella continuaba ignorándole, así que resolvió quitarle el bolígrafo de la mano.
    Beth ni siquiera parpadeó, sino que tomó otro bolígrafo de un cajón de la mesa justo en el mismo momento en que él alcanzaba una hoja de la pila contigua al cajón. Los dedos de ambos se rozaron.
    Uno y otro apartaron las manos.
    Uno y otro comenzaron a escribir en sus respectivos folios.
    Al acabar, Judd hizo resbalar su hoja en dirección a Beth.
    Ella la apartó de la mesa, sin siquiera abrir la boca.
    El papel fue revoloteando hasta la puerta mientras ella seguía escribiendo, palabra tras palabra, la carta. Haciendo acopio de autocontrol, Judd, malhumorado, se hizo con una nueva hoja y escribió una línea, para después presenciar cómo Beth se deshacía de lo que le estaba diciendo de un manotazo.
    Al tercer intento fallido, Beth habló sin dirigirle la mirada:
    – No te molestes, no pienso leerlo.
    Judd cerró los ojos. Cálmate. Trata de no perder el equilibrio. Intentó relajarse encomendándose al silencio de la habitación y dirigiendo sus pensamientos a su estado original de pureza y claridad zen. Pero los latidos del corazón le palpitaban en los oídos, su propia respiración rasgaba una y otra vez el silencio, y, como colofón, el reloj de pared iba marcando los segundos que le restaban a su última oportunidad.
    Movió los labios; una vez, dos veces.
    – Pues entonces tendrás que oírlo.
    Beth se sobresaltó, desprevenida ante el áspero timbre de su voz.
    – Una cosa -agregó, con el índice en alto-. Tengo una cosa que decirte.
    Ella no quiso seguir mirándolo.
    – Es demasiado tarde. Te di muchas oportunidades para hablar sobre… sobre nosotros. Y no lo hiciste, no pudiste -le contestó ella.
    – No es sobre nosotros. -Se levantó de la silla, se arrodilló a los pies de la mujer y le ofreció las manos-. Es sobre algo más importante que nosotros.
    Ella intentó zafarse de él sin conseguirlo, pues la sujetaba con fuerza. Como corredor de bolsa, había dado consejos miles y miles de veces. Había hecho que sus clientes se enriqueciesen, que pudieran llevar vidas muy lujosas y comprarse los juguetitos más caros. Pero cuando su cliente principal -y mejor amigo-, aquel para quien había ganado millones, se suicidó, Judd tuvo que hacer frente al hecho de que todo lo que decía y mercadeaba no había servido para transmitir ni un solo gramo de felicidad.
    Entonces se había jurado no volver a aconsejar a nadie y empezar a escuchar. Sin embargo, había llegado la ocasión de romper el juramento.
    – No puedes decírselo a Lainey. -Trataba de hablar con toda la concisión de que era capaz.
    – ¿Lainey? -exclamó Beth-. ¿Lo que vas a decir tiene que ver con Lainey? ¿Vas a acabar con un silencio en el que llevas emperrado cinco años para hablarme de Lainey?
    – Sí.
    La cara de la mujer palideció.
    – ¿Por Lainey? -susurró.
    – Sí.
    – No -repuso, volviendo la cabeza hacia el lado opuesto a él.
    – Es un secreto que tienes que guardar, Beth. No permitiré que le digas la verdad a tu hermana y que le hagas daño.
    Beth se revolvió y cerró los ojos.
    – No, no, no.
    – No está bien, no es justo que te desahogues y que con ello le perjudiques.
    Una lágrima resbaló desde las pestañas de Beth y le bajó por la mejilla. Él la siguió con la mirada, como si la estuviera tocando, acariciándola.
    – Así que vuelvo a estar equivocada -rezongó-, vuelvo a ser la hermana malvada.
    – Si se lo dices, sí.
    – ¡No! -Beth retiró las manos y se levantó de un salto-. ¿Quién te crees que eres? -gritó-. ¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?
    Ahí estaba, la pregunta que él se había temido. Sabía que sería esa la que surgiría en el momento en que decidiese empezar a hablar. Cuando su papel era el de Judd Sterling, el noble anacoreta, el silencioso hombre del misterio, había deseado suponer una alternativa que desbancase al Artista del Corazón.
    Sin embargo, sabía que aquello era falso, que ella advertiría que su silencio, a fin de cuentas, no escondía nada relevante.
    – ¿Que quién soy yo? -barbotó, debatiéndose entre hablar o callarse-. Yo era un mercachifle de Wall Street, obsesionado con el golf y adicto a las fluctuaciones de la bolsa, que no se enteraba de que estaba cavando su propia tumba hasta que cavó la de su mejor amigo y, después, la de su matrimonio. Un gilipollas del montón.
    Beth le dio la espalda y cruzó los brazos.
    – ¿Y ahora?
    – Ahora. -Judd se rindió, suspiró-. Ahora sigo siendo del montón. El cuarentón de a pie que sigue intentando descubrir el puñetero significado de la vida.
    Beth se levantó y se acercó a la ventana para mirar a través del cristal.
    – Y a pesar de ello, has conseguido descubrir que no se lo debo decir a Lainey -dijo fría y lentamente.
    – Beth. -Ella le estaba poniendo patas arriba el corazón y aquello lo lastimaba demasiado-. Es tu cruz, la que tú tienes que llevar.
    – Me duele que así sea, y a ti no te importa lo mucho que me duele.
    Judd bajó la vista. Tú no sabes lo mucho que me importas. Eso no pudo decírselo.
    – Yo pretendo… quiero…
    Al levantarse comprobó que la mujer se tensaba y, al acercársele, que lo rechazaba.
    – Has dicho lo que tenías que decir. Ahora vete.
    Pero había una pena profunda en sus palabras, y por muy del montón que fuera él no iba a dejarla sin intentar hacer algo.
    – Déjame ayudarte -dijo, atusándose el cabello-. Sé que nunca te perdonarías si volvieras a causarle daño a tu hermana. Eso sería peor que lo que ya tienes que soportar. Sea como sea, sigo siendo tu amigo, así que cuéntame tus secretos, dime cómo estás y yo trataré de serte de utilidad.
    Beth estaba inmóvil.
    – ¿Qué?
    – Solo conseguirás más sufrimiento si haces que Lainey sufra.
    Volvió la mirada hacia él con lentitud. Estaban cerca, tan cerca que tuvo que apartar la cabeza para poder mirarlo a los ojos.
    – ¿No querrás decirme que todo esto es… por mí?
    Judd, desconcertado, asintió.
    – No por Lainey. Has vuelto a hablar por mí.
    Él volvió a asentir y ella lo miró.
    – Yo… -Lo que estaba a punto de decir se le escapó y bajó la mirada-. ¿Por qué, Judd? Necesito saber por qué.
    ¿Por qué? Eso ya se lo había preguntado una vez. «¿Por qué me besaste? ¿Por qué?»
    Las conocidas razones que lo conducían al silencio seguían allí. ¿Qué clase de sabiduría había alcanzado durante los anteriores cinco años? Sus relaciones siempre habían sido superficiales, incluso la que había tenido con su supuesto mejor amigo. ¿Sería diferente con Beth?
    Sí, ya era diferente.
    ¿Dejaría ella que lo fuese?
    Sí, ya se lo había permitido.
    ¿Podría ganarse un corazón, el de Beth, que hacía tanto que estaba herido?
    – ¿Por qué, Judd? -murmuró Beth.
    Tenía que intentarlo. Hablar seguía siendo difícil. Miró a su alrededor, en busca de papel y bolígrafo con los que escribir, pero no quiso apartarse de ella para ir a buscarlos. Se apañaría con lo que tenía a su alcance.
    Sobre la mancha de mantequilla de cacahuete de la encimera, dibujó el símbolo: «».
    Beth lo observó durante un instante y luego, arrebatada, se le acercó, con algo distinto en la expresión; ¿esperanza, alegría, maravilla?
    – ¿Me quieres?
    «Sí.» Él la abrazó con la misma pasión que pretendía destinarle por el resto de su vida. Más tarde, consiguió recuperar la voz para contárselo todo, sin dejarse sus secretos. Le contó cómo había llegado a Tranquility House y las razones por las que se había quedado. No por el silencio, el yoga, el tai-chi o el tofu. «Me quedé porque estabas tú.»
    – Me amas -declaró, convencida, Beth.
    Él le acariciaba las mejillas con los labios, le tocaba el pelo.
    – Más de lo que las palabras puedan expresar -le susurró.

    A media mañana, Angel dejó su cabaña con una sensación de abatimiento y, reuniendo fuerzas, se encaminó al edificio comunitario. Cooper tenía que estar preocupado por no saber qué le había sucedido. Ella había abandonado su cama al amanecer con la intención de recuperar su jarra de café instantáneo y de volver enseguida junto a él. Pero luego había escuchado la conversación de Beth y Judd, y lo que oyó hizo que volviera a su cabaña a por algo más que café.
    Inhaló con fuerza y el aire, caliente y seco, le resecó la humedad de la boca. La imagen de un vaso congelado lleno de Pepsi floreció en su imaginación y flotó ante ella como si se tratara del espejismo de un oasis. Echaba de menos todo aquello: refrescos, manicuras, cafés con leche, bocinazos. Plazos, correctores maniáticos, y su firma al final, escrita con su tipo de letra favorito, sencillo y claro.
    Quería volver a casa.
    Sí, y también olvidarse de las anteriores tres semanas.
    – ¡Oye! -La gran mano de Cooper la agarró por enésima vez por los hombros-. Pensaba que habíamos acordado que no volverías a escaparte de mí.
    Cooper descollaba sobre ella y tenía aspecto de estar cansado, lo que, sin embargo, no le impedía apreciar su monumental atractivo.
    Quería olvidarse de él.
    Pero ¿cómo, cómo iba a olvidarse si él la cogía en los brazos y le plantaba un beso en la boca? Angel no pudo por menos que esperar que sus labios la libraran de todas las preocupaciones y solo dejasen su pasión, dulce y cálida.
    Presionó contra él y ladeó ligeramente la cabeza, rogando en silencio que no dejara de besarla.
    – ¡Vaya! -Cooper la soltó, desconcertado-. ¿Y a qué viene esta demostración?
    Angel lo abrazó pasándole los brazos por el cuello.
    – Volvamos a la cama. -Podían apagar las luces, correr las cortinas e imaginar que en el mundo no había nadie más que ellos.
    Él la miró con reprobación y le apartó un mechón de pelo de la cara.
    – Has sido tú la que se ha levantado para hacer tu patrulla matutina.
    – Hagamos como si no lo hubiera hecho. -Angel se puso de puntillas y lo besó en la parte baja de la barbilla-. Empecemos donde lo habíamos dejado.
    Cooper sonrió mientras jugueteaba con los rizos de la nuca de Angel.
    – Suena tentador, pero no puedo…
    – Te necesito -susurró ella, con la intención de que su voz no revelara la desesperación que sentía. Si no podía retroceder en el tiempo, al menos podría pararlo.
    – Angel…
    – Cooper. -Ella abrió mucho los ojos en un intento de aparentar la fragilidad e inocencia que todos le suponían, con tanta pericia que consiguió que le temblase el labio inferior-. ¿Es que no me has oído? -Se arrodillaría si hacía falta; le rogaría-. Te necesito. -Cada vez hablaba con mayor soltura.
    Cooper soltó una carcajada.
    – Por un instante casi me engañas -repuso, mientras la apartaba de sí con una amistosa palmadita en la nalga-. Pero Angel Buchanan no necesita a nadie, de eso estoy seguro.
    – Pero… -titubeó Angel, mirándolo a los ojos.
    – Vamos, cariño. -Le propinó una nueva palmadita-. Lo bueno se hace esperar y está bien que así sea. Ahora soy yo el que te necesita.
    El hombre se echó a caminar pero le llevó unos pasos darse cuenta de que ella no iba con él.
    – ¿Qué, vienes? -preguntó, dándose la vuelta-. Tenemos mucho que hacer porque Judd se ha marchado con Beth.
    – ¿Marchado? -Angel lo alcanzó-. ¿Marchado adónde?
    – Judd tiene un apartamento en Pebble Beach -explicó Cooper, arqueando las cejas-. Se han tomado unos días de descanso.
    – ¿Ahora?
    – Se han marchado hará unos quince minutos, y han hecho bien. Solo hay un tiempo, y es el presente.
    El presente. Angel caminaba con paso titubeante mientras pensaba ansiosamente en el futuro. La esperaba San Francisco y sus quehaceres cotidianos, y lo que decidiera hacer con ellos.
    – Con lo cual -continuó diciendo Cooper-, estamos a cargo de Tranquility House.
    Angel se paró.
    – ¿Estamos?
    – Calla. -Cooper la tomó de la mano y fingió espiar los alrededores con la mirada-. Recuerda que tenemos que dar ejemplo.
    – Sigo sin tener claro por qué hablas de nosotros.
    A pesar de lo que acababa de decir, Angel permitió que Cooper la empujara para que siguiera caminando.
    – Porque… -dudó con gesto inescrutable-… porque es mi obligación y quiero que tú estés a mi lado. ¿Te parece razón suficiente?
    Sí, suficiente para sofocar las objeciones de Angel. No sabía qué decirle ni qué decirse a sí misma a tenor de lo que Cooper acababa de afirmar.
    Por lo tanto, primero le ayudó a quitar el bufet del desayuno y luego a organizar el de la comida, que, después, de nuevo, le ayudó a recoger. No tuvieron tiempo de nada excepto de beber un vaso de agua fría antes de volver a ejecutar toda la maniobra para la cena. No dispusieron ni de un minuto a solas, pues los huéspedes no dejaron de entrar y salir del edificio comunitario durante la tarde.
    Angel no solo agradeció estar ocupada, sino también, y por primera vez, la norma del silencio. Gracias a ella, podía pasar todo el día trabajando al lado de Cooper sin temor a que se le escapara alguno de sus secretos… incluyendo sus sentimientos hacia él.
    Sentimientos confusos, en los que se alternaba tristeza, amor y nostalgia, que, en caso de expresarse, provocarían que sus últimas horas juntos se tornaran intranquilas e incómodas. Angel quería que él recordase la última noche de ambos con cariño.
    Al final del día, los platos de la cena estuvieron recogidos y las encimeras limpias, y Angel se dejó caer en uno de los bancos y apoyó la cabeza en los brazos. La estancia estaba desierta, así que se arriesgó a quejarse en voz alta.
    – Me parece que tengo tofu bajo las uñas.
    – Pobrecita. -Cooper se le acercó y le acarició el pelo-. Pero no pienses todavía en descansar. Nos queda una cosa por hacer.
    – Encárgate tú. Yo me quedo a dormir aquí.
    – Te prometo que solo será un momento. Luego iremos a la cama.
    En su ronca voz se distinguía la gravedad de una promesa. Y Angel, además, no estaba en disposición de negarse una noche más con él.
    Cooper debió de identificar la impaciencia en los ojos de Angel, pues se rió en tono bajo y confiado mientras la levantaba de su asiento y la conducía al exterior, a la noche plagada de estrellas. Cuando tomó la dirección de las carpas de la exposición, Angel se resistió.
    – ¿Adónde vas?
    Sin detenerse, Cooper la empujó para que caminara y se metiera por la abertura de la carpa en la que estaban los cuadros.
    – Beth me hizo prometerle que vendría aquí a echar un vistazo.
    Angel oyó un chasquido y, justo después, las luces se encendieron.
    Le recordó lo ocurrido al levantarse, antes del amanecer, cuando se había dado cuenta de que…
    Sus pensamientos se evaporaron cuando se fijó en lo que había en el interior de la carpa. Ya había visto los cuadros hacía una semana, pero entonces les había prestado escasa atención. Allí estaban, frente a ella, enmarcados y colocados sobre enormes paneles cubiertos de seda color vainilla. Los paneles estaban situados formando leves ángulos y colgados de una serie de barras o vigas que, a su vez, contaban con diversos puntos de luz enfocados a cada uno de los lienzos.
    Destacando sobre el carácter neutro del fondo, las pinturas de Whitney, luminosas y fascinantes, captaron todos los sentidos de Angel.
    Y también los niños -o, más bien, la niña- que mostraban.
    Comprendió de inmediato que todos los cuadros estaban dedicados a una misma niña retratada a distintas edades. Había dos o tres lienzos que ilustraban a una mofletuda recién nacida, y otros en los que aparecía a sus cinco o seis años, a los siete, a los nueve. Angel recordó en aquel instante la galería de San Luis Obispo y se estremeció. ¿Era aquella la criatura que faltaba en la serie «Los niños perdidos»?
    ¿Podía ser que…?
    – ¿Angel?
    – ¿Qué, qué pasa? -inquirió, mirando a Cooper.
    – Estás… -él le examinó la expresión-… no sabría decirlo.
    Ella consiguió sonreír, mantener la calma, convencerse de que aquellos cuadros no eran lo que sospechaba.
    – Estoy bien. -Nada, ni tan solo aquellas obras, iban a estropearle su última noche con Cooper.
    Él asintió y echó un vistazo en derredor.
    – Todo está listo para mañana. Los monjes del monasterio van a enviar una furgoneta para recoger a los huéspedes antes del desayuno; Lainey hará lo que suele hacer: irá a Carmel a darles la bienvenida a los invitados y volverá en el primer autobús; y, también, después de que los huéspedes se hayan marchado y antes de la llegada del primer autobús, se presentará el personal del servicio de bar. Cuando la exposición termine…
    – Volveré directamente a San Francisco. -Angel no sabía por qué acababa de decir aquello. ¿Para poner a Cooper a prueba, tal vez?
    – Me lo imagino -repuso él con lentitud.
    Y si alguien no había superado la prueba, aquella era Angel.
    – Aquí hace calor -anunció.
    – Pues vayámonos. -Cooper titubeó y volvió a mirar los cuadros-. Oye, hay algo en estos lienzos que me resulta familiar.
    Angel tragó saliva.
    – Cooper. -No podía permitir que él la relacionase con Stephen Whitney, no en aquel momento, no aquella noche, su última noche-. Cooper…
    – ¡Tío Cooper!
    Ambos se sobresaltaron al oír la voz de Katie, que acababa de entrar en la carpa.
    – Estáis aquí -dijo la muchacha-. Os estaba buscando.
    – ¿Qué quieres, pequeña?
    – Caray. -La mirada de Katie saltaba de un cuadro a otro-. Cuando mamá me los enseñó no les hice mucho caso, pero puestos así…
    Cooper se le acercó.
    – ¿Cómo estás? ¿Bien?
    – ¿Quién es… ella? -inquirió la niña.
    – No lo sé -contestó su tío.
    Angel sintió simpatía por la chiquilla, cuya expresión iba pasando de la curiosidad al descontento, y de ahí a la indiferencia.
    – A mí nunca me pintó -anunció Katie.
    Cooper no era capaz de traicionar ninguna emoción excepto el amor. Le sonrió a su sobrina y la rodeó con un brazo.
    – Ay, Katie, Katie. Ya sabes lo que te decía cuando tú te quejabas por eso. Tu papá confesó que no era capaz de reproducir la belleza viviente que, junto a tu madre, ya había creado.
    Y con eso, la condujo al exterior de la carpa. Angel los siguió en silencio, pendiente de cómo reconducía su conversación con la niña y se extendía sobre el calor que había hecho durante el día, el calor que hacía aquella noche, para por fin llamarle su atención en cuanto a que Judd le había pedido que fuese a buscar a los gatitos de su cabaña y se los llevara a su casa.
    Una vez que los animales estuvieron en su jaula de plástico y listos para efectuar el traslado, Cooper le dijo a Angel que iba a acompañar a su sobrina hasta su casa.
    – Volveré enseguida -le murmuró al pasar a su lado-. Espérame en la cama.
    Angel se fue a su propia cabaña para regalarse una ducha fría. Haciendo caso omiso de la pequeña mesa y de lo que había en ella, se puso su bata de noche y el camisón, y salió a la agradable quietud de la noche.
    Se metió en la cabaña de Cooper, se despojó de la bata y se deslizó entre las sábanas de la cama. Cómodamente instalada sobre las almohadas, trató de apartar cualquier pensamiento de la cabeza y se prometió dedicarle a Cooper una última noche que jamás podría olvidar.

    Cooper caminaba por el sendero, entre las cabañas de huéspedes, hacia la suya. Y hacia Angel. Si ella hubiese desobedecido las órdenes y no estuviera en la cama de él, entonces, por una vez, estaba dispuesto a olvidarse de la buena educación y del sentido común, e ir a buscarla.
    Aquella era su última noche.
    No quería pensarlo demasiado, pues le dolía que lo fuera, así que se concentró en lo que estaba a punto de ocurrir. Estaba ansioso por tocarla, por sentir la piel de la mujer, el peso de…
    – ¡Cooper!
    Miró a un lado y a otro.
    – ¿Señora Withers? ¿Va todo bien?
    La tenue luz que salía por la puerta se le reflejaba a la anciana en el pelo y se lo teñía de amarillo.
    – He oído algo.
    – ¿Algo? -Cooper se le acercó-. ¿Un animal?
    – Un zumbido.
    – ¿Un zumbido? -Cooper frunció el entrecejo y, luego, un poco avergonzado, se rió; había ido tarareando «Hakuna Matata»-. Lo siento. Creo que he sido yo. Me gusta tararear cuando estoy… -¿Contento? ¿Estaba contento?-. Es una costumbre.
    – No, no ese tipo de zumbido -corrigió ella-. Algo electrónico, procedente de la cabaña de la periodista, esa señorita Buchanan.
    La anciana acompañó sus palabras apuntando con el índice la cabaña de Angel.
    – Oh, vaya, ya veo.
    ¿Un zumbido? De repente, Cooper se acordó de algo que Angel le había dicho la noche de su llegada y, ruborizándose, se la imaginó con aquel vibrador que ella había dicho que tenía.
    Un tanto aturdido, carraspeó y volvió a concentrarse en la señora Withers.
    – ¿Y desde cuándo oye ese, bueno, ese zumbido?
    – Desde hace unos minutos, cuando venía de vuelta y pasaba por su cabaña. Ve, hijo, y haz algo. Para eso están las normas.
    – Por supuesto, estoy de acuerdo, señora Withers. -Cooper empezó a retroceder y estuvo a punto de tropezar con una raíz traicionera-. Me ocuparé de ello.
    Casi echó a correr hacia la cabaña de Angel con el corazón en la boca. ¿Tendría ella algo especial para la última noche, un as escondido en la manga? ¿Sería una sorpresa? Con aquellas dudas ocupándole el pensamiento, llamó a la puerta y, como nadie fue a abrir, giró el pomo. Ella no debía ignorar que él iba a buscarla.
    Sin embargo, allí no había nadie y ello supuso una leve decepción para Cooper. Al mirar la mesa, sin embargo, advirtió que allí sí había algo. El ordenador portátil de Angel, a pesar de tener la pantalla apagada, emitía un débil zumbido.
    Ay, diablilla. Sonriendo para sus adentros, se acordó de que le había devuelto sus pertenencias cuando ella iba a marcharse, y que se había olvidado de pedírselas de nuevo cuando la periodista decidió quedarse.
    Se acercó a la mesa y paseó un dedo por la estructura plástica del aparato. En su casa de San Francisco tenía un modelo parecido. El zumbido, a aquella distancia, era claramente audible.
    Sofocó una carcajada, inspirada por lo que estaba escuchando. Un zumbido. Le recordaba su necesidad de trabajo, de investigación, de ley. Vaya, amaba aquello. Lo echaba de menos.
    Mientras seguía palpando el ordenador, cerró los ojos. Se lo había confiado a Angel y era muy cierto: era un idealista. Ya fuera a causa de lo último que le había dicho su padre -«Haz siempre lo correcto»-, o porque su exagerado sentido de la justicia lo hubiese convertido en un adicto, el caso era que había estado fascinado por su trabajo.
    Al día siguiente, cuando Angel partiera, perdería aquella otra cosa que le había proporcionado una fascinación pareja a la de la abogacía.
    ¡No, no podía ser!
    Hizo un aspaviento con la mano para apartar aquella idea. De súbito, tal vez al haber tocado sin querer alguna tecla, el ordenador emitió un pitido y la pantalla se iluminó y mostró una página llena de caracteres.
    Las palabras se le hicieron comprensibles de inmediato. «Stephen Whitney», «mi padre», «abandono», «adulterio».
    Cooper leyó el documento entero.
    Traición.

19

    Angel no podía dejar que todo terminara de aquella forma.
    El tiempo que estuvo esperando a Cooper le sirvió para convencerse de ello. Aquella noche hacía calor, y el fino camisón que llevaba se le pegaba al cuerpo, no tanto por la temperatura ambiente, sino por lo que estaba a punto de suceder entre ella y Cooper.
    A pesar de su naturaleza tímida, aquella noche quería sentirse muy cerca de él. Tenían que estar cuerpo a cuerpo desde el primer instante.
    Decidida a ello, se quitó el camisón por la cabeza y lo tiró al suelo. Entonces se recostó contra las almohadas y cubrió su desnudez con la sábana. Su corazón y su mente cabalgaban al galope mientras consideraba una y otra vez su rechazo a implicarse con un hombre y las razones por las que aquel era demasiado bueno como para alejarse de él.
    Sin embargo, Cooper no parecía demasiado preocupado por su inminente partida. No hacía ningún plan para que volvieran a verse cuando regresara a su bufete de abogados en San Francisco. ¿Por qué?
    Porque, probablemente, él no albergaba los mismos sentimientos.
    Aunque, en el fondo, Angel tampoco se creía aquello. ¿Acaso no le había dicho «quiero que estés a mi lado» aquella misma mañana? Seguro que también la querría con él al día siguiente. A la semana siguiente. Al mes siguiente. Su corazón le decía que así era; el mismo corazón en el que ella había descubierto su amor por él.
    En ese caso ¿por qué iba a dejarla marchar?
    Porque «Angel Buchanan no necesita a nadie». Eso también se lo había dicho.
    Si él la dejaba ir era porque ella no había dado muestras de lo mucho que necesitaba que la retuvieran. El chirrido que hizo la puerta de la cabaña al abrirse la sobresaltó. Le empezaron a temblar las manos y las juntó con fuerza para disimular sus nervios. Pero entonces las separó y apoyó los temblorosos dedos en el regazo. Al fin y al cabo, ¿no había llegado a la conclusión de que intentar esconder su vulnerabilidad solo serviría para que Cooper la dejara escapar?
    El hombre se acercó a la habitación y sus pasos, lentos y firmes, resonaron contra el suelo de baldosas. Cuando llegó a la puerta, Angel se inclinó para encender la lámpara de la mesita de noche.
    – Ya estás aquí. Estaba pensando en ti.
    Angel sintió cómo la mirada de Cooper recorría su rostro, sus hombros desnudos y la sábana que le cubría el cuerpo a partir de ese punto.
    – No me digas.
    Angel tomó aire, algo inquieta por el tono de advertencia con que Cooper había pronunciado aquellas tres palabras. ¡Pero no podía ser! Estaba nerviosa y no eran más que imaginaciones suyas.
    – Pues sí -respondió, forzando una sonrisa y dando golpecitos en la cama para que se acercara-. Te echaba de menos.
    En lugar de aceptar su invitación, Cooper se apoyó en el marco de la puerta. La luz de la lamparita era tenue y Angel solo alcanzaba a distinguir sus pómulos y barbilla. El resto de su cara permanecía en la penumbra.
    Y parecía distinto; más delgado, más oscuro, más severo.
    Maldiciendo las reacciones de su cuerpo, intentó disimular el escalofrío que le recorrió la espalda. Hasta entonces, su tendencia a considerar a todos los hombres unos villanos le había evitado muchos sufrimientos, pero… se encontraba sola. Aquella situación no podía seguir así.
    – Estoy haciendo un esfuerzo por cambiar -espetó.
    Cooper no se movió.
    – ¿Ah, sí?
    El ambiente era tenso, parecía como si el aire se pudiera cortar con un cuchillo, pero Angel no sabía si aquello era producto de su deseo sexual mezclado con los sentimientos que la atenazaban.
    – Yo, esto… quiero ser del todo honesta contigo.
    – Suena bien.
    A Angel se le formó un nudo en la garganta. ¿Era su tono realmente distante o eran imaginaciones suyas, siempre negativas?
    Entonces lo recordó con Katie y con sus hermanas. Le vinieron imágenes de él acariciándolas y dándoles cariño. De la calidez en su mirada cuando aquella misma mañana le había dicho «quiero que estés a mi lado».
    No, no había nada que temer, no con Cooper. Él no le haría daño.
    – Estoy esperando. ¿Qué decías? Que querías contarme algo… o mostrarme algo.
    ¡Mostrarle algo! Sí. Su corazón. Sus sentimientos. Lo mucho que lo amaba. El futuro que podían tener juntos.
    – Mostrarte algo -respondió.
    – Suena aún mejor. ¿Por qué no retiras la sábana?
    Angel se sorprendió.
    – ¿Qué?
    – Que retires la sábana. Te llega casi a las orejas. Te comportas como si no te hubiera visto antes.
    – Bueno, yo…
    Angel estaba ardiendo. Seguro que ya se había dado cuenta de que no era una nudista nata. Pero aquello era simbólico, ¿no?, en realidad quería desnudar su corazón.
    Se alejó del círculo de luz que dibujaba la lámpara sobre la cama, inspiró profundamente y soltó la sábana, que se deslizó sobre sus pechos y le cayó hasta la cintura.
    La noche era cálida, ella lo sabía. Aun así, tenía la piel erizada y los pezones tan duros que casi le dolían. Escondió las manos bajo las sábanas para evitar la tentación de cubrirse.
    – Muy bonito -observó Cooper-. Ahora veamos el resto.
    El tono de su voz volvió a crisparle los nervios. Era áspero, con un matiz excitante. Inquietante.
    – Confías en mí, ¿no?
    Sí, Angel confiaba en él. Y estaba dispuesta a lo que hiciera falta para demostrárselo. Suspiró, se apartó un poco más de la luz y se bajó la sábana hasta los tobillos.
    Cooper encendió la otra luz.
    Angel se quedó paralizada durante unos instantes, cegada por el resplandor, pero pronto reaccionó y se inclinó rápidamente para recuperar la sábana.
    Cooper se le adelantó y de un tirón brusco la lanzó al suelo.
    – ¿Y bien? ¿Cómo sienta? ¿Te gusta que te descubran?
    Angel intentó incorporarse, pero también en aquella ocasión él fue más rápido. Antes de que pudiera moverse, Cooper estaba ya sobre su cuerpo, sujetándola por los hombros.
    – ¿Qué haces? -La voz de la mujer sonó extraña. Débil.
    – Te estoy demostrando cómo sienta que tus defectos queden expuestos a la luz. -Cooper echó un vistazo rápido a su cuerpo desnudo-. Y no es que aprecie ninguno a simple vista.
    Angel hizo otro intento por levantarse pero él la volvió a empujar contra la cama.
    – ¿Qué problema tienes, Cooper?
    – Tú eres mi problema. La Angel real.
    Dios. Angel dejó de oponer resistencia, deseando con todas sus fuerzas que aquello no fuera más que una pesadilla.
    – ¿Qué has averiguado?
    – Supongo que la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. He estado en tu cabaña y he leído el artículo en tu portátil.
    Con el estómago en un puño, Angel cerró los ojos y asintió.
    – Es verdad -se esforzó en decir-. Es todo verdad.
    – ¿Y pensabas salir victoriosa? ¿Esperabas llegar aquí con tus mentiras y marcharte con nuestros secretos?
    Angel no sabía qué había pensado. O más bien, había intentado no pensar en nada desde que, después de oír a Beth aquella mañana, había escrito el artículo en su ordenador. Un artículo candente, encendido por el rencor y el dolor que sentía por lo que Stephen le había hecho a ella y también a todos ellos.
    – Así que eres hija de Stephen.
    Angel abrió los ojos y se enfrentó a la mirada gélida de Cooper. Intentó recurrir al rencor y aferrarse a él con todas sus fuerzas, pues, a menudo, ese sentimiento la había protegido y mantenido a flote.
    – Sí, soy su hija.
    – Y qué me dices del resto…
    – Me he enterado esta mañana. Beth estaba hablando con Judd y le dijo…
    Cooper se levantó de un salto y entonces Angel se interrumpió.
    – No quiero escucharlo -bramó.
    – Está bien. -Angel se esforzó por no cubrir su desnudez.
    – Y no quiero volver a verte.
    – Está bien.
    Cooper le lanzó su albornoz.
    – Toma.
    Metió los brazos en las mangas y lo envolvió en su cuerpo con firmeza, como si aquel gesto le ayudara a recobrar la compostura. La noche seguía siendo cálida, pero de pronto la sintió tan gélida como la mirada de Cooper. Cuando sus pies se posaron en las baldosas, Angel se echó a temblar.
    Cooper se sentó en una silla y se la quedó mirando.
    – Y ahora lárgate. Fuera de aquí.
    Angel no dejaba de temblar.
    – No te preocupes, vuelvo a San Francisco.
    Cooper meneó la cabeza y desvió la vista.
    – Vete por la mañana. No quiero que conduzcas de noche.
    – Aja. -Haciendo uso de la imaginación, aquella interjección podría haberse interpretado como una risita-. ¿Todavía te crees el protector de los inocentes y los débiles?
    Cooper le lanzó una mirada desafiante.
    – Siempre he sabido que no eras ninguna de las dos cosas, créeme. Pero prométeme que no te irás hasta que se haga de día.
    – ¿Te fías de mi palabra?
    – Si me la das.
    Angel se sentía ya más calmada, como si todo hubiera sido un sueño. Quizá podría convencerse de que aquellas tres semanas no habían existido, y si, algún día, la asaltasen los recuerdos, podría librarse de ellos con el mismo desdén con el que Cooper estaba utilizando para librarse de ella.
    – De acuerdo. Esperaré hasta la mañana.
    Cooper seguía sentado y, cuándo Angel pasó a toda velocidad junto a él, le rozó el brazo con la falda del albornoz.
    – Te acogimos en nuestras vidas y tú nos has traicionado -dijo en voz baja.
    Cuando estaba ya a punto de salir, Angel se detuvo y trató de disimular su dolor.
    – Pues ahí lo tienes. Ahora ya sabes lo que se siente.
    Irguió la espalda y se marchó.

    A la mañana siguiente, Cooper se encontraba en el aparcamiento, ayudando a los últimos huéspedes a subir a la furgoneta del monasterio. Hacía un calor asfixiante y el fuerte viento, muy seco, agitaba las ramas de los pinos y silbaba entre el follaje de los robles.
    Cuando se disponía a regresar a Tranquility House, sus ojos se detuvieron en el coche de Angel. Miró en su interior y en el asiento trasero reconoció las bolsas y maletas que había cargado hasta su cabaña la noche en que llegó.
    A pesar de todo lo sucedido, no pudo evitar esbozar una sonrisa por los recuerdos que le vinieron a la mente: la animada cháchara de Angel, la decepción en su rostro cuando le mostró la austera habitación, las artimañas que había utilizado para que no le confiscara el secador.
    Ojalá pudiera hacer retroceder el tiempo. Eso era algo que había deseado poder hacer en muchas ocasiones desde que sintió el primer dolor en el pecho, pero en aquel instante lo que quería era volver a un momento posterior a los ataques de corazón y las operaciones.
    Al momento en que todavía no había descubierto el verdadero pelaje de Angel Buchanan.
    Su identidad.
    Lo que fuera.
    Oyó pasos sobre la gravilla y se dio la vuelta. Allí estaba ella, con el pelo enmarañado por el viento y una expresión de recelo en su mirada azul. Cuando sus ojos se encontraron con los de Cooper, estuvo a punto de perder el equilibrio. A él le pareció oír el chasquido de una cerilla que se acababa de encender. Hasta el aire parecía inflamado.
    Angel apartó de él los ojos y se fue derecha hacia el coche. Cooper decidió no hacer caso a la combustión que flotaba en el ambiente. Arrastrando los pies, comenzó a alejarse en sentido contrario. Al fin y al cabo ya se habían despedido, ¿no?
    Así era, y él no quería saber nada más de ella. No quería pasar ni un segundo más a su lado.
    Puede que algún día recordara el calor de su cuerpo, lo mucho que le había hecho reír o cómo el cabrón de su cuñado la había abandonado a su suerte.
    Apretó los puños y dio media vuelta. La observó mientras cargaba el portátil y el maletín en el coche y cerraba la puerta de un golpe brusco. Llevaba pantalones negros ceñidos, una camiseta sin mangas del mismo color y sandalias de tacón. Era una chica de ciudad.
    Mientras se acercaba a ella, la imaginó en una de las calles de San Francisco. Reconocería aquella mata de pelo a metros de distancia y entonces se abriría paso entre la multitud para llegar hasta ella. Se imaginó asiendo con fuerza su maletín, dispuesto a enfrentarse a una marea humana de turistas y hombres de negocios pegados a su móvil para conseguir acercarse a ella.
    Imaginó también millones de detalles relacionados con la dificultad del caso que estaría llevando, los muchos recursos y apelaciones que volvían loco a cualquiera, las constantes decisiones que había que tomar cuando se estaba al mando de un bufete de abogados. Sin embargo, cuando volvió la atención a Angel, los problemas se esfumaron de su mente. Cerca de ella, embriagado por su fragancia, el mundo le parecía un lugar maravilloso en el que el orden de prioridades estaba muy claro: primero vivir, después trabajar. Se acercó a ella y apoyó la mano en su hombro.
    Angel se volvió y realidad y fantasía se dieron de bruces. ¡Mierda! Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo se había permitido acercarse tanto? Aquella mujer se había aprovechado de él y de su familia.
    La llama del rencor seguía encendida en su interior y Cooper era incapaz de apagarla. Al contrario, cada prueba que encontraba de su culpabilidad no hacía más que avivarla. Aquella mujer le había traicionado. Había traicionado a su familia. El artículo que había escrito los hundiría en una crisis económica y emocional de la que tardarían largo tiempo en recuperarse. Y quizá entonces él ya estuviera muerto.
    No estaban en la ciudad, él ya no ejercía de abogado y Angel no era la luz de su vida. Estaba a punto de marcharse y con ella todo lo que fuera que le había aportado.
    Sin embargo, quedaba un punto por tratar.

    Con los ojos clavados en Cooper, Angel se apoyó en la puerta de su coche para mantener el equilibrio. No conseguía calmarse y soltó un profundo suspiro. El aire le supo a humo, seguramente, pensó, por la ira que ardía en los ojos de Cooper.
    – ¿Qué quieres? -preguntó, intentando mostrar aplomo. No iba a permitir que la viera pasarlo mal. Ni sufrir. Ni llorar.
    Jamás permitiría que la viera llorar.
    Despeinado por el viento, Cooper se metió las manos en los bolsillos y le dirigió una mirada de indiferencia.
    – Llámame tonto, pero no se me ha ocurrido hasta ahora mismo qué es lo que se esconde tras todo esto. Ahora creo que ya lo entiendo. El abogado de Stephen es John Abbott, del bufete Baker & Abbott, en Monterrey. Te pedirá pruebas, claro está. Supongo que tendrás un certificado de nacimiento en el que conste que Stephen es tu padre. Aun así, tendrás que presentar una prueba de ADN.
    – ¿Una prueba de ADN? -preguntó atónita.
    – Estoy seguro de que Abbott no permitirá que Lainey llegue a ningún tipo de acuerdo económico contigo si no la presentas. Yo no lo haría.
    – ¿Crees que quiero llegar a un «acuerdo económico»? -Por primera vez desde que había terminado el artículo sobre Stephen Whitney, Angel volvió a sentirse invadida por la ira-. ¿Crees que he venido aquí en busca de su dinero?
    Cooper ni siquiera pestañeó.
    – ¿Por qué si no?
    – Venía en busca de la verdad -espetó-. El mundo estaba a punto de canonizarlo y yo quería saber quién era el auténtico Stephen Whitney.
    – ¿Y qué has averiguado?
    Angel dirigió la mirada al portátil y al maletín que había colocado en el coche. Junto a ellos, en el suelo, había una mochila de la que asomaba el montón de anotaciones e informes que Cara había reunido en su investigación.
    ¿Que qué había descubierto?
    Angel cerró los ojos y agachó la cabeza.
    – Que fue un padre cariñoso… y que no lo fue. Que fue un marido afectuoso… y que no lo fue. -Abrió los ojos-. Que fue un farsante.
    – Un poco duro, ¿no crees?, sobre todo viniendo de alguien que llegó aquí mintiendo sobre su identidad.
    Aquello la encendió.
    – Yo no mentí. Soy periodista.
    – ¿Y te metiste en nuestras vidas y nos hiciste preguntas en calidad de periodista? -Cooper se acercó a ella-. ¿Qué querías saber exactamente?
    Angel se inclinó tanto sobre la recalentada puerta del coche que sintió que estaba a punto de fundirse en ella. Aun así, mantuvo los ojos clavados en los de Cooper.
    – Cuando tenía doce años quería ser Bob Woodward y me he dejado la piel para convertirme en el tipo de periodista que saca a la luz toda la verdad y no duda en contarla. ¿Qué más da que Stephen Whitney fuera mi padre? Sé cómo ser objetiva.
    – ¿Objetiva? -Aunque la voz de Cooper sonó fría y contenida, tenía un matiz de furia que se clavó en ella como un cuchillo-. Trabar amistad con mi familia, con mi sobrina, ¿es eso lo que hace una periodista objetiva?
    – ¿Tu familia? A mí tu familia no me… -El viento le cubrió la boca con un mechón de rizos. Y sí, su familia le importaba, por mucho que se esforzara en negarlo. Le había resultado tan fácil introducirse en el reducido círculo familiar de Cooper…
    Círculo al que ella no pertenecía.
    Lo cierto era que no le sorprendía que estuviera tan enfadado. Cooper daría lo que fuera por proteger a la gente que quería.
    – ¿Y qué me dices de acostarte conmigo? -inquirió-. ¿A eso también lo llamas ser objetiva, o fue solo un sacrificio por el bien de tu artículo?
    Angel se estremeció.
    «Periodistas golfas.» En la facultad, era así como llamaban a las mujeres que se acostaban con una fuente para obtener información.
    – No ha sido así -susurró.
    – ¿Ah, no? Entonces, ¿cómo ha sido, Angel? Porque me encantaría saber cómo coño ha sido.
    Pero no había nada que ella pudiera decir para hacérselo entender.
    – Me tengo que ir. -Comenzó a apartarse de él, concentrada en alejarse de aquel lugar lo antes posible.
    Esto ya es el pasado, se dijo.
    Sin embargo, una última mirada a Cooper la volvió a dejar paralizada. Su expresión era contenida, forzada, y bajo el enfado Angel se preguntó si podría haber… se preocupó de que hubiera… dolor.
    Le había hecho daño.
    Y se le cayó el alma a los pies. No. Por favor, no.
    Pero sí. Una mujer que se había pasado media vida escondiendo sus heridas era capaz de distinguirlas en los demás. Y las había percibido también en Beth.
    – Cooper. -Se acercó a él y lo agarró por el brazo.
    Con la cara cubierta por el pelo, Cooper se apartó de ella.
    – Adiós, Angel.
    – ¡No!
    El hombre se dio media vuelta.
    Angel estuvo a punto de dejar que se alejara, pero entonces lo vio todo claro. ¡Se trataba de Cooper! Y Cooper no era como el resto de los hombres. No estaba buscando ninguna excusa para librarse de ella. Y por eso mismo se había enamorado de él, ¿no era así? Si consiguiera reunir el valor para pedírsela, Cooper le daría otra oportunidad.
    – ¡Cooper! -El hombre siguió andando y Angel gritó con todas sus fuerzas-: ¡Cooper, por favor!
    Él paró en seco y comenzó a darse la vuelta, muy despacio.
    Estaba claro que se detendría. Era un buen hombre. Podía contarle lo que sentía, se dijo. Podía confiar en él.
    Inspiró profundamente y se planteó una vez más salir huyendo. Pero Angel Buchanan no era una cobarde.
    – Por favor -comenzó a decir con dulzura, haciéndole gestos para que se acercara a ella-. Por favor, ven aquí. -Sabía perfectamente cómo hacérselo entender-. Tengo algo para ti.
    En los pocos segundos que tardó en llegar a su lado, el pulso de Angel pasó del trote al galope, hasta alcanzar un ritmo frenético que estuvo a punto de hacer que se desmayara. El pánico y la emoción le retumbaban en los oídos, y cuando lo tuvo delante pensó que, seguramente, el tono de su voz sonaría demasiado elevado. Sin darle demasiada importancia a aquellos pensamientos, Angel empezó por decir:
    – Extiende los brazos.
    – Angel…
    – Extiéndelos.
    Receloso, obedeció.
    Angel abrió la puerta del coche y sacó una pila de informes y notas de la mochila que puso en sus manos abiertas.
    – ¿Qué estás haciendo? -Los sujetó con fuerza y sujetó también el siguiente montón que Angel colocó sobre el primero-. Pero ¿qué diablos estás haciendo?
    Sin decir palabra, siguió amontonando las notas, libretas y hojas que contenían la información que utilizaría para su artículo sobre Stephen Whitney. Por fin, cuando los papeles le llegaban a la altura del cuello y ya no quedaba nada en el coche, Angel se sacudió las manos.
    – Ahí lo tienes -dijo mientras lo observaba con expectación. Todavía tenía el pulso disparado. Bum-bum, bum-bum, bum-bum.
    – ¿Qué es esto?
    Se limpió las manos en el pantalón y señaló la alta pila de documentos.
    – Ahí está. Ahora ya lo sabes.
    Con expresión de impaciencia, Cooper se esforzaba por mantener en pie aquella inestable columna.
    – No, no sé nada.
    El ruido que le zumbaba en los oídos se hizo más intenso y Angel se humedeció los labios. El aire le pareció aún más seco y caliente que unos minutos antes. ¿De qué otra forma podía decírselo?
    Entonces encontró la inspiración. Se volvió de nuevo hacia el coche, sacó el portátil y, con ademán elegante, lo dejó sobre el montón de papeles. La montaña se bamboleaba y Cooper tuvo que sostenerla con la barbilla.
    – Maldita sea, Angel. -Haciendo fuerza con la cabeza para que aquello no se derrumbara, Cooper apenas podía articular palabra-. ¿Qué diablos significa todo esto?
    La mujer señaló la torre que sostenía.
    – ¿No te parece evidente?
    Cooper le dirigió una mirada de sorpresa.
    – Pues no, lo siento, pero me lo tendrás que explicar.
    Explicárselo. Soltarlo todo. Abrirle su corazón. Mostrarse vulnerable.
    Decirle que podría convertirse en -no, que ya era- su debilidad.
    Angel temblaba de arriba abajo. Apretó los puños y se apoyó en el coche para mantener la verticalidad.
    – Yo…
    Respiró hondo, se recordó que Angel Buchanan no era ninguna cobardica y volvió a empezar. El viento le llevó un mechón de pelo a los ojos, y apartándolo para mirarlo de frente le dijo:
    – Te elijo a ti.
    Cooper frunció el entrecejo.
    – ¿Qué tipo de broma es esta?
    – Ninguna, ninguna broma. -Angel hablaba muy rápido, le parecía que así las palabras le salían con mayor facilidad-. Te elijo a ti y no al artículo. Ni a la verdad. No tienen ninguna importancia.
    – No te crees lo que dices.
    – Normalmente no -admitió-. No cuando esconder la verdad beneficia a los que no deberían verse beneficiados. No cuando mantenerla oculta causa sufrimiento en la gente. Pero esta vez…
    En aquella ocasión la verdad solo causaría dolor. Angel cerró los ojos y se preguntó en cuántas otras ocasiones había seguido adelante con un artículo sin someterlo a las pruebas necesarias para detectar el dolor que podía ocasionar. ¿No era precisamente lo mismo que había hecho Stephen Whitney unos años atrás?
    Abrió los ojos y miró fijamente a Cooper.
    – Esta vez está entre el artículo y tú. Y me quedo contigo. -Igual que le habría encantado que su padre la hubiera elegido a ella-. No me compensa perderte por un artículo.
    El cuerpo de Cooper se tensó como un arco.
    – ¿Qué? ¿Qué dices?
    En un movimiento brusco, dejó la pila de documentos y el portátil sobre el capó. Cuando el ordenador resbaló de lo alto y cayó boca abajo, Angel ni pestañeó.
    Entonces Cooper la agarró por los hombros.
    – Dime, ¿de qué diablos estás hablando?
    Angel empezó a gesticular.
    – De ti. De elegir. De todo, ya sabes -farfulló, intentando protegerse.
    – Pues no. No lo sé.
    Era más sencillo si cerraba los ojos.
    – Cuando vuelvas a San Francisco… -También era más sencillo si hablaba del tema como algo futuro- me gustaría que, esto… que estemos juntos cuando vuelvas a San Francisco, Cooper. Creo que… que podríamos tener algo. Algo muy especial.
    Era una declaración algo pobre, pero el corazón le latía demasiado deprisa y él aún no había dicho una palabra. Entreabrió los ojos.
    Cooper la estaba mirando con expresión extraña… severa, ¿quizá? Pero seguro que eran imaginaciones suyas. Tenían que serlo.
    – ¿Qué estás intentando decirme, Angel?
    – Si hubiera sabido que te costaría tanto pillarlo…
    Trató de reír pero el sonido le salió ahogado. Aquel no era un buen momento para hacer bromas. Lo sabía. Era el momento de la verdad. De su verdad.
    – Cooper… yo… -El viento cesó, como si el mundo entero se detuviera para poner atención a sus palabras-. Estoy enamorada de ti.
    Cooper la soltó y retrocedió unos pasos. En aquel instante una nueva ráfaga sopló con fuerza y parte de los documentos salieron volando.
    – No. -Cooper dirigió una mirada fugaz hacia los papeles y la volvió de nuevo a sus ojos. Tenía la voz ronca y el gesto adusto-. No, tú no me quieres. No puedes. No voy a volver a San Francisco.
    – Claro que sí. -Estaba sorprendido, pensó, intentando disimular el pánico que la invadía. Él deseaba que ella lo amara. ¡Seguro que él sentía lo mismo!-. Cuando la situación de Lainey y Katie esté solucionada, tú…
    – Me estoy muriendo.
    A Angel se le heló la sangre.
    – ¿Qué? -susurró. Tenía que deberse al zumbido de sus oídos, a su pulso acelerado, a algo que hacía que aquel día todo le sonara extraño. Había dicho que estaba durmiendo. O huyendo, o moliendo o bullendo. Exacto, bullendo-. Hace mucho calor -dijo con desesperación.
    – Me estoy muriendo.
    – ¿Muriéndote? -La idea era tan absurda que apenas podía responder-. Pero no, tú me contaste que tu médico dijo que todo estaba bien.
    – También se lo dijeron a mi padre. Y a los doce meses moría de un segundo infarto. Yo ya lo he pasado, Angel. ¿Cuánto tiempo crees que me queda?
    – Eso es una tontería…
    – Vivo con tiempo prestado, cariño. Cada día, cada minuto, cada segundo son prestados.
    – Pero…
    – Las estadísticas me dan la razón.
    Angel se pasaba las estadísticas por el forro.
    – Pero…
    – Así que no me digas que me quieres.
    El viento volvió a cobrar fuerza y a soplar en rachas incesantes. Los rizos de Angel le cubrieron el rostro, y cuando consiguió apartarlos vio todos sus papeles sostenidos en el aire. Sus ojos se cruzaron con una hoja escrita de su puño y letra, el artículo de una revista de salud que había copiado en su visita a la biblioteca de San Luis Obispo. Sus reflejos debían de estar tan despiertos como sus nervios, pues consiguió atraparla de un solo zarpazo.
    Se lo enseñó a Cooper, agitándolo frente a sus ojos.
    – Me he informado sobre los infartos y creo que con…
    Cooper la interrumpió.
    – Escucha, amor mío. Yo no quería, no quiero, vaya, que lleguemos a nada más porque vi lo que le sucedió a mi madre. La muerte de mi padre la consumió. Y no quiero que eso te pase a ti, ni a nadie.
    «Amor mío.» La había llamado «amor mío». Esperanzada, Angel logró tranquilizarse.
    – Estoy dispuesta a arriesgarme, Cooper.
    En ese momento Angel notó un leve golpe en la espalda y después en las piernas, producido por una pila de informes que todavía quedaban sobre el coche. El viento volvió a levantarse y las hojas se mezclaron con la ráfaga, revoloteando frente a ellos. Cuando la fotocopia de un cuadro de Whitney se interpuso entre ambos, Angel la apartó de un manotazo y se acercó a él.
    – Piénsalo, Cooper. Piensa en la relación que podríamos tener.
    Angel tendió los brazos para tocarlo pero él se apartó, sacudiendo la cabeza.
    – No, no. Ni hablar.
    – Cooper, estoy enamorada de ti.
    – Pero yo no podré corresponderte jamás. -Sus ojos castaños se volvieron de un negro intenso-. Jamás.
    Uno de los folios golpeó a Angel en la cara y otro se le quedó pegado al pecho, sobre el corazón. Y no lo apartó, pues aunque solo fuera una hoja de papel, a Angel le servía de protección.
    Porque no dudaba de sus palabras. Dios, no podía mirarlo a los ojos y no creer lo que le estaba diciendo.
    – ¿Por qué? -preguntó con un hilo de voz. No podía hablar más alto, solo le quedaban fuerzas para hacer la pregunta que siempre había temido-. ¿Es que es tan difícil quererme?
    – No, por Dios, claro que no. -repuso Cooper.
    Los documentos se arremolinaban entre ellos, contra ellos, alrededor del coche y por todo el aparcamiento. Pero en medio de aquel tornado mantuvieron la vista fija el uno en el otro.
    Cooper se frotó la cara con las manos.
    – Angel, Angel, yo no… no puedo… -Se interrumpió y la miró con una expresión a medio camino entre la tristeza y la compasión-. Deja que te cuente lo que mi padre dijo mientras moría en mis brazos. Yo le pedía que luchara, que aguantara, aunque veía el dolor que estaba sufriendo. -Desvió la mirada-. Ahora sé de qué tipo de dolor se trata.
    Guardó silencio unos segundos y suspiró.
    – Utilizó los últimos segundos de su vida para darme consejos. Y ya al final, lo que me dijo es que morir no le habría dolido tanto si no hubiera querido tanto a mi madre.
    Angel estaba atónita.
    – ¿Me estás diciendo que… que decidiste no querer a nadie?
    – Sí.
    – Entonces, ¿estás dispuesto a dar la espalda a lo que podría haber entre nosotros? ¿Vas a darme a mí también la espalda?
    – Sí -respondió con ternura-. Lo hago por ti.
    Angel intentó comprender aquellas palabras. ¿La estaba rechazando por su bien?
    – No te creo -espetó, furiosa. Agitando los brazos para librarse de las hojas que revoloteaban, se acercó hasta él-. No me creo ni una palabra de lo que has dicho.
    Cooper la agarró por las muñecas antes de que ella pudiera golpearlo.
    – Pero ¿qué diablos te pasa?
    Angel se retorció para librarse de él, con ganas de darle muerte allí mismo.
    – ¡No estás haciendo nada por mí! ¡Lo haces por ti, joder!
    – Yo no…
    – ¿Es que no te oyes? Tienes miedo de quererme. Es mucho más fácil negártelo.
    Cooper la soltó y dio media vuelta.
    – Cállate, Angel. No tienes ni idea de qué estás hablando.
    Angel rió.
    – Oh, sí, sí la tengo. Porque tú eres como él. Quieres a alguien solo si es fácil, si resulta cómodo. Eres otro más. Igual que él.
    Cooper se movió con tal rapidez que Angel no lo vio. Hacía un instante estaba de espaldas a ella y en aquel momento la tenía ya agarrada por la camiseta, muy cerca de él. Las hojas que quedaron atrapadas entre el cuerpo de ambos crujían como la madera que arde.
    La voz de Cooper estaba también en llamas.
    – Puede que tengas razón, Angel. Puede ser. Joder, soy humano.
    – ¿Humano o simplemente un hombre? -gruñó-. Debería haberlo pensado dos veces antes de confiar en alguien de tu especie.
    Cooper entornó los ojos.
    – Déjame que te diga algo. Quizá a ti te guste hacerte pasar por Bob Woodward, pero a mí me da la impresión de que eres más bien del tipo Lois Lane. Y créeme cariño, has venido a buscar a tu hombre ideal al lugar equivocado. Superman es un cómic, no está en Big Sur.

    El coche de Angel salió del aparcamiento disparado y enfiló la estrecha carretera que se alejaba de Tranquility House. Preocupado por cómo había terminado todo entre ellos, Cooper se quedó observando la nube de polvo levantada por la huida de la mujer. Cuando el ruido del motor no era más que un zumbido lejano, cada vez más débil, Cooper decidió emprender la vuelta hacia la soledad del hotel. Pero entonces le pareció que el coche estaba regresando.
    Sí, no cabía duda; el sonido estaba cada vez más cerca.
    Echó un vistazo al aparcamiento, cubierto por hojas, y pensó que Angel volvía para recuperar aquellas notas. O su portátil.
    Sin embargo, al arrancar el coche, el ordenador había resbalado del capó y se había estrellado contra el suelo. Mierda. Cooper comenzó a golpear las piezas de metal y plástico con el pie para amontonarlas en un único lugar, pero decidió que sería mejor marcharse de allí antes de que ella regresara. No le apetecía otro encontronazo con Angel.
    El rugido del motor estaba cada vez más cerca. Conducía rápido. Va demasiado rápido, pensó con enfado. Cooper esperó a que llegara. La muy tonta va a tener un accidente.
    Estaba deshaciendo el montón de piezas que había juntado cuando el coche de Angel entró a toda pastilla en el aparcamiento en dirección a él. Una de las ruedas delanteras pasó por encima de lo que quedaba del portátil y Cooper tuvo que dar un salto atrás para evitar la embestida. El coche se detuvo bruscamente y el frenazo levantó una ráfaga de aire que hizo volar de nuevo algunos de los papeles.
    Angel abrió la puerta.
    – Por el amor de Dios, Angel -gritó, mientras se acercaba a ella, enfadado y harto de la situación-. No esperaba morir hoy. ¿Qué coño estás haciendo?
    Sentada al volante, a Angel le costó reaccionar.
    – ¡Fuego! ¡Hay un incendio! -exclamó cuando volvió en sí.
    Cooper la agarró por un brazo.
    – ¿Qué? ¿Dónde?
    La mujer hizo un confuso gesto con la mano.
    – Allí, allí atrás.
    – Sal del coche -le ordenó mientras tiraba de ella-. Voy a ver qué ha ocurrido.
    – No, no puedes. Hay fuego a ambos lados de la carretera. Se extiende rápido y viene hacia aquí.

20

    La mirada de Cooper pasó sobre Angel y se concentró en la carretera que se alejaba tras ella. El polvo no se había aposentado porque no se trataba de polvo.
    Humo, era humo. En aquel momento, con sus sentidos ya recompuestos, lo veía, lo olía. El incendio había sido la constante amenaza del verano y constituía el más terrible de los castigos que la naturaleza podía infligirle a Big Sur. Las trombas de agua y los corrimientos de tierra eran males de envergadura y, sin embargo, bastaban unos vientos malintencionados y aquellos inaccesibles cañones para que una llama que prendiese en la hierba seca llegara a convertirse en un incendio generalizado.
    – ¿A qué distancia está? -Cooper ya se había echado a correr en dirección a las instalaciones de Tranquility House-. ¿A qué distancia? -agregó, gritando sobre el hombro.
    Angel lo alcanzó a duras penas, sofocada.
    – No se me dan muy bien las distancias -le contestó-. Tal vez a medio camino hacia la carretera.
    Solo a unos ochocientos metros. Bueno, vale. Piensa, Jones, piensa en algo. Beth y Judd estaban a salvo, lejos, y, en aquellos momentos, Lainey debía de estar llegando a Carmel. Los huéspedes estaban en el monasterio. De pronto, el miedo lo golpeó sin piedad.
    – ¡Katie! -Se paró en seco y asió a Angel por los hombros-. Katie está sola, en la casa.
    – ¡Dios mío! -gritó Angel.
    – Vamos, Angel, piensa. ¿En qué dirección se movía el fuego?
    La aludida estaba temblando de la cabeza a los pies.
    – Hacia el sudoeste. Venía desde el sur y avanzaba hacia el mar, hacia nosotros.
    La casa de los Whitney estaba al norte, a una gran distancia del fuego; lo que sí estaba cerca era el teléfono del hotel.
    – Escucha -le ordenó a Angel-. Puesto que no podemos ir por la carretera, tendrás que atajar por el sendero y llegar hasta Katie. Yo iré hasta el hotel, avisaré por teléfono del incendio y después me reuniré con vosotras dos.
    – ¡No! -Angel lo zarandeó-. Tú y yo seguimos juntos.
    Él sacudió la cabeza y se separó de la mujer.
    – Cuanto antes dé el aviso, mejor será para todos nosotros. -Señaló con el índice la dirección de la casa de los Whitney-. Vamos, vete, ¡corre!
    Ella, un tanto aturdida, se quedó donde estaba.
    – No, Cooper, no lo hagas, no me dejes sola.
    Sin hacer caso del quebradizo tono con que había hablado, Cooper le dio un empujón para instarla a obedecer.
    – Eres tú la que me deja, ¿vale? -le espetó con rudeza-. Tú eres la que me deja para ir a ayudar a Katie.
    Angel, obstinada, se resistió.
    – No voy a hacerlo.
    El olor a humo, en aumento, volvía denso el aire. Cooper notó que los ojos se le estaban resecando y que le escocía la nariz al respirar.
    – Angel, tienes que ir. -Intentó alarmarla con el tono de voz-. Hazlo por Katie. Por favor.
    – Katie. -El nombre de la niña hizo su efecto en la tozudez de Angel, que, entonces, tomó aire, examinó con la vista el sendero que se extendía ante ella y concluyó, dirigiéndose a Cooper-: Por Katie.
    Sin esperar más, Cooper se volvió y se lanzó corriendo hacia Tranquility House. A Angel le llevaría al menos el triple de tiempo llegar hasta donde la niña se encontraba, aun en el caso de que se propusiera ir al máximo de lo que le permitían las piernas. Una vez allí, él ya habría llamado al servicio de emergencias y estaría de camino hacia ellas.
    A no ser que el fuego lo cercase.

    Angel llegó a la puerta principal de la casa de los Whitney a la carrera y la aporreó con ambos puños.
    – ¡Katie! -Se apartó el pelo de la frente, pegajosa y prieta a causa del sudor evaporado por la sequedad del ambiente, y golpeó de nuevo-. ¡Katie!
    La puerta se abrió y, con ella, la recién llegada recibió una súbita oleada de aire frío. Katie observó a Angel con un par de ojos muy abiertos.
    – Estás aquí -dijo.
    – Fuego. -Angel comprobó que la carrera la había dejado sin aliento-. Cooper.
    Katie asintió.
    – Me ha llamado desde el hotel y me ha dicho que venías hacia aquí.
    – ¿Entonces está bien? -inquirió Angel, que se apoyó en el marco de la puerta para darse un respiro.
    – Ha dicho que le esperáramos aquí, pero que si nos preocupábamos, que cojamos el coche y vayamos hacia el norte -contestó la niña, que le mostró un juego de llaves de automóvil que tintineaban en sus dedos.
    Angel apaciguó un poco sus ánimos, traspuso el umbral y cerró la puerta tras de sí.
    – Bueno, lo esperaremos -anunció tratando de que su voz manifestase decisión y calma-. No tardará mucho.
    Pero estar calmada en aquella situación era como quedarse quieta sintiendo en la nuca el aliento de un monstruo. Pese a ello y por el bien de Katie, se sentó tranquilamente junto a la ventana del salón para estar al tanto de la llegada de Cooper. Sin embargo, a medida que fueron pasando los minutos y que cada vez le costaba más ocultar los temblores que la recorrían por todo el cuerpo, instó con voz sosegada a la niña a que subiera al piso de arriba.
    – Mete en una bolsa todo lo que necesites para pasar la noche fuera, por si acaso Cooper cree que debemos marcharnos.
    Katie estaba asustada, pero Angel fingió no notarlo. Lo último que quería era contagiarse del miedo de la niña. Con el suyo propio ya tenía suficiente.
    Echó una ojeada por la ventana. ¿Dónde estaba Cooper?
    Debería estar allí a los veinte minutos de llegar ella, incluyendo el par de llamadas telefónicas. Pero ¿no había estado sentada allí al menos durante ese tiempo? Tal vez habían transcurrido ya veinticinco minutos, o treinta, o una eternidad.
    Me estoy muriendo.
    Recordó las palabras que el hombre le había dicho y su expresión implacable. Pero él no se estaba muriendo, ¡no se estaba muriendo! Y ella no podía estar pensando en aquello, no podía estar acordándose de que él le había dicho que jamás la amaría.
    – ¡Angel!
    Se levantó de un salto al oír la voz de Katie, a la que vio bajar las escaleras a toda prisa.
    – ¿Qué pasa, qué pasa?
    – Ahí fuera. -Katie la tomó de la mano y la condujo a través de la cocina y las puertas, hasta la zona de la piscina-. Mira.
    Estaba nevando. Pero no, por Dios, no eran copos de nieve sino de ceniza. Se precipitaban desde el cielo, empujados por un viento que soplaba desde el sur, desde Tranquility House.
    Como pétalos de flores, las cenizas caían a cámara lenta y se posaban por todas partes: en las losas de la terraza, sobre las sombrillas, las butacas y la parte superior de los setos, entre las flores de los geranios e incluso hasta en el agua de la piscina. También se adherían a los cabellos de ambas mujeres. Angel intentó sacudírselas a Katie a pesar de que un nuevo chaparrón se cernió sobre ellas y se vertió sobre el techo del vestidor de la piscina y sobre los pinos que circundaban uno de los lados de la terraza.
    – ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Katie, empequeñecida y perdida ante los acontecimientos, casi como una niña pequeña.
    Claro, Katie era una niña pequeña. Al recapacitar de aquella manera, a Angel se le hizo un nudo en la garganta y, sin embargo, se volvió para darle la espalda a la pálida carita y a los ojos agrandados.
    – Utilizaremos agua -replicó, adoptando una actitud fría y técnica.
    Desde luego, no tenía ni idea acerca de la idoneidad de su propuesta, pero, al menos, tenían que hacer algo. ¿Acaso no había visto cientos de secuencias en las noticias de personas luchando contra el fuego? El agua era lo que había que utilizar.
    – ¿Dónde hay una manguera? -inquirió, decidida a poner en práctica su ocurrencia.
    Katie no se movió.
    – Quiero ir con mi madre. -Se cruzó de brazos-. Quiero ir con mamá.
    Angel no encontró consuelo en el terror que se adivinaba en la voz y en el gesto de la niña.
    – No podemos separarnos, Katie.
    – Quiero ir con mamá -insistió-. Vamos a donde está mi madre.
    Angel se negó y escrutó la lluvia de ceniza y la nube de humo que se iba acercando.
    – Acuérdate de que tenemos que esperar a Cooper.
    Los ojos de Katie estaban empañados de lágrimas, ante lo cual los temores de Angel se triplicaron.
    – No llores -le rogó-, por favor, que desperdicias las lágrimas. -¿Qué decirle a la niña para aplacar sus miedos?-. Mira, esperaremos un poco más. Si entonces aún no ha vuelto, pues entonces… podrías irte tú en el coche.
    En el momento en que se quedó callada, Angel lamentó sus palabras. En modo alguno permitiría que Katie se marchara sola.
    Sin embargo, antes de que pudiera remediarlo, la niña no pudo más. Se tiró al suelo y comenzó a sollozar.
    – No sé conducir -balbuceó-. Mi padre… mi padre… prometió enseñarme pronto.
    Los espasmos le recorrían todo el cuerpo al ritmo de los desgarrados lloriqueos, que se redoblaron cuando la niña apoyó la cabeza en las rodillas.
    Angel se la quedó mirando, presa de la impotencia. ¿Qué podía hacer con semejante panorama? No le gustaban nada aquellas reacciones. ¡Eran demasiado emocionales!
    Las lágrimas la incomodaron y, peor aún, consiguieron sacarla de quicio.
    Se arrodilló junto a Katie y le acarició torpemente el hombro.
    – Vamos, venga, no es para tanto. -Angel recordaba a su madre diciéndole lo mismo, cada vez que se mudaban a un nuevo apartamento, a una nueva ciudad, a un nuevo país-. No es momento para que te pongas así.
    – ¿Y mi papá…? ¿Dónde está mi papá?
    Angel comprendió que los lloros de la niña eran de pena, de angustia y de miedo, que aquellos sentimientos eran los que Katie había sofocado desde la muerte de su padre.
    La muerte del padre de ambas.
    De repente, la niña levantó la vista y dirigió a Angel unos ojos plagados de lágrimas.
    – ¿Dónde está? -insistió, antes de que las convulsiones volvieran a acometerla-. Él es quien me tiene que salvar.
    «Él es quien me tiene que salvar.»
    Angel se quedó helada. Aquellas mismas palabras muy bien podrían provenir de su propia infancia, directas desde el rincón más profundo y oscuro de su corazón. Pero no iba a llorar por aquello. De ninguna manera.
    Angel enderezó los hombros y abrazó a Katie.
    – No nos va a pasar nada -le aseguró con énfasis-. Aquí estamos bien.
    – Quiero ver a mi papá -tartamudeó Katie entre sollozos.
    ¿Sí?, pues únete al club, pensó Angel, sumando el resentimiento al enfado permanente que tenía con Stephen Whitney. Él las había abandonado a ambas.
    – No necesitamos que ningún hombre venga a salvarnos -le dijo, rodeándola con los brazos-. No necesitamos a nadie.
    Katie la miró con aire trágico.
    – Pero yo lo quería -repuso-, lo quería.
    ¿Por qué? -quiso Angel gritarle a la niña-. ¿Qué hizo él por ti?
    Sin embargo, Angel no ignoraba que Stephen había ejercido de padre con Katie, de padre de verdad. Le había pintado las nubes de su habitación y, probablemente, le habría enseñado a nadar y a montar a caballo, aunque no había tenido tiempo de enseñarle a conducir. Había jugado con ella, lanzándola al aire para después pedirle que extendiese las alas. Y luego, al caer, él la salvaba, la tomaba en sus brazos y le hacía cosquillas y caricias.
    Y la niña pequeña reía mientras le daba a su padre docenas y docenas de besos de ángel, en las mejillas y por toda la cara, hasta que él reía con su voz grave y le rogaba que parase.
    – ¿Solía… lanzarte al aire y después cogerte con los brazos? -murmuró Angel, clavándole la mirada a la niña.
    – No me acuerdo -le contestó Katie.
    Pero yo sí.
    Se acordaba del juego del ángel volador pero también de otros juegos: las tabas, las canicas, el parchís. Se acordaba de una mano salpicada de pintura que pasaba las páginas de un libro ilustrado. Se acordaba de estar en su regazo y de quedarse dormida oyendo retumbar la voz en el pecho de aquel hombre.
    ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué la había dejado? ¿Por qué no había acudido cuando ella lo necesitaba?
    Siempre le iban a faltar las respuestas a preguntas como aquellas.
    Sin embargo, mientras abrazaba a su medio hermana se dio cuenta de que aquellas preguntas habían dejado de importar demasiado. Stephen no había sido un superhéroe. Como todos los hombres, como todos los humanos, hombres o mujeres, había cometido errores, había tomado decisiones equivocadas y causado dolor a otras personas. Además, había desaparecido para siempre.
    Con una extraña sensación de tranquilidad, Angel miró al cielo y observó cómo caían las cenizas, que venían a posarse alrededor de ellas o sobre ellas, incluso en las mejillas. Las mejillas de Angel estaban húmedas.
    Sorprendida por ello, se llevó una mano al rostro y, al volver a bajarla, contempló la grisácea mezcla de lágrimas y cenizas que le manchaba las yemas de los dedos. Estaba llorando.
    Llorando, sí, pero no porque fuese débil.
    No porque una vez un hombre le hiciera daño.
    Lloraba de alivio, lloraba al sentir que cierta clase de paz le inundaba el corazón.
    Estaba llorando porque acababa de recordar algo que, en realidad, siempre había sabido sin ninguna duda: que su padre la había querido.

    Cooper había hecho las llamadas telefónicas necesarias sin ningún problema. El botiquín de primeros auxilios y las mantas de supervivencia estaban donde debían estar. Tras hacerse con una botella de agua, salió en busca de Angel con la idea de alcanzarla antes de que ella llegase a donde estaba Katie.
    Pero en algún lugar entre el hotel y el complejo de los Whitney la mala suerte se cernió sobre él. Iba corriendo a través de un aire caliente aunque más o menos limpio y, de repente, se encontró cercado por una tromba de ceniza que, en sus entrañas, portaba ascuas y rescoldos, semejantes a luciérnagas en el atardecer.
    Mantuvo su avance con la esperanza de dejar el fuego a sus espaldas, de que el viento costero empujaría las llamas hacia el mar en lugar de extender el incendio hacia el norte. Pero cuando estuvo a medio camino de la casa de los Whitney, en el punto en el que el sendero comenzaba a bajar hacia el fondo de uno de los cañones, se encontró con que las llamas habían llegado a la colina que estaba frente a él.
    En aquel momento, para empeorar la situación, una de aquellas luciérnagas cayó en el punto más bajo de la garganta y prendió los rastrojos secos.
    ¡Mierda! Si el viento giraba y pasaba a soplar desde el mar, aquellas pocas zarzas que estaban ardiendo podrían convertirse en una tormenta de fuego que se abalanzaría quebrada arriba a cientos de kilómetros por hora. Entonces Cooper tropezó con una raíz y cayó de rodillas, mientras contemplaba el fuego que crepitaba y se acrecentaba más abajo. El aire se colmó de humo, que ascendía desde el fondo del cañón y que formaba nubes procedentes del fuego de la colina que estaba frente a él, nubes que se precipitaban hasta su posición.
    Tras dar por inservibles las mantas y el botiquín, Cooper se quitó la camiseta y se la ató sobre la boca para filtrar el aire que respiraba. Luego se puso en pie. Adelante, se dijo, vamos, muévete.
    El viento cambió, las cenizas se arremolinaron y una nueva ola de humo caliente se le vino encima. Trató, como pudo, de ver algo, de distinguir lo que tenía frente a él y, luego, mirando hacia atrás, se preguntó si el fuego por aquel lado ya habría llegado hasta el mar, si ya se habría apagado al quedarse sin nada más que quemar. Si era así, la mejor opción era volver hacia el hotel y abandonar el avance.
    «No me dejes sola.» Oyó en su cabeza la voz de Angel e imaginó la hermosa cara de Katie. Ellas contaban con él, aunque esperaba con todas sus fuerzas que ya hubieran abandonado el lugar en el coche.
    El humo lo cegó por completo de repente y lo desorientó. ¿Qué estaría haciendo el fuego, por dónde se acercaría?
    Era difícil pensar con claridad. Era difícil respirar. Se estaba empezando a marear y le pesaban los pies como plomos. Tenía un nudo en la garganta, de terror.
    Si moría, ¿lo encontraría algún ángel en medio de aquella oscuridad de hollín y ceniza?
    Medio adormilado, concluyó que no. No volvería a ver a Angel.
    Aquel pensamiento le aclaró la mente como una inyección de aire puro. Dios mío, Dios mío. No volvería a verla. Quiso gritarle al fuego, al destino y a su propia estupidez, de tan frustrado. No iba a volver a verla y ella nunca sabría lo feliz que lo había hecho.
    ¿Llegaría alguien a ocupar el lugar en la vida de Angel que él estaba a punto de dejar? Por supuesto, porque ella era muy fácil de querer. Sin embargo, ya no tendría la oportunidad de decirle a aquella mujer que tenía razón, que él la había dejado marchar con la idea de salvarse a sí mismo y no de salvarla a ella.
    Maldición, su plan no había funcionado. Antes se lo había temido, pero en aquel momento se había convertido en una visible evidencia. Él la quería, estaba enamorado de ella.
    Pero él también había tenido razón en una cosa, pensó al tropezar y caer de rodillas: dolía mucho morirse cuando uno tenía tanto que perder.

    Katie fue la primera en ver las llamas. Ella y Angel seguían junto a la piscina, abrazadas la una a la otra, y la niña tironeó de la periodista para llamar su atención. Angel siguió su indicación y dirigió la mirada hacia la elevada y boscosa colina que estaba detrás de la casa. El fuego había comenzado a tragársela.
    Se restregó los ojos y se puso en pie de un salto al tiempo que levantaba también a la niña. Si el fuego seguía la pendiente no había nada que pudiera detener su avance, nada entre ellas y las llamas, y además, en aquel caso, cortaría la carretera, su vía de escape. Estarían atrapadas y de poco serviría el pinar que rodeaba la piscina, el jardín o la propia casa, para pararlo.
    – Dame las llaves -dijo-. Vamos al coche.
    Estaba segura de que Cooper llegaría de un momento a otro.
    Angel volvió a sopesar la situación. Bueno, tal vez la bien cuidada vegetación que rodeaba la casa podría frenar o desviar las llamas. Y si no era así, la torre, la casa y la construcción adyacente a la piscina estaban hechas con materiales que no podían quemarse. El punto más vulnerable era el pinar; si ardía, las cosas se pondrían muy difíciles.
    Sí, había que marcharse de allí.
    Y mientras Katie sacaba las llaves del bolsillo del pantalón, Angel advirtió que las llamas habían comenzado a descender por la colina. El pánico se apoderó de ella y le atenazó los miembros.
    Tuvo la impresión de que tal vez fuera ya demasiado tarde.

    La respiración de Cooper era ronca y el hombre pugnaba por levantarse una vez más. Una vez erguido, la obstinación lo llevó a avanzar a través del humo, paso a paso y desesperado por encontrar un poco de aire respirable.
    El ambiente se había oscurecido tanto que no sabía si caminaba en la dirección del fuego o se alejaba de él. Cada segundo en aquella situación bien podía ser el último.
    Una muerte más lúgubre, seguro, que aquella con la que se había enfrentado en la ambulancia y luego en el quirófano, una muerte más difícil de lo que nunca había imaginado, ni siquiera al llegar a Big Sur el año anterior.
    Trató de aferrarse a su coraje para sacar fuerzas y seguir avanzando, pero el esfuerzo era demasiado grande.
    Entonces, sintió la bofetada de un soplo de aire fresco que, al instante, comenzó a despejar el humo. ¡La casa de los Whitney estaba frente a él! Allí estaba la puerta y el serpenteante camino para los coches. Desde donde estaba no tenía ángulo para ver la parte trasera de la casa ni tampoco la zona de la piscina, aunque, de todos modos, todo parecía en perfecto estado.
    Concentrado en la belleza de lo que estaba viendo, fue capaz de trastabillar hacia delante, de dar unos cuantos pasos más y, en aquel momento, descubrió el coche.
    Katie y Angel seguían allí.
    Automáticamente, apresuró la marcha. Estaba corriendo y respirando humo y no le importó quitarse la camiseta que le tapaba la boca. ¡Katie y Angel estaban muy cerca!
    Sintió un latigazo en el pecho, resentido por el brutal esfuerzo. Dios mío, Dios mío. Veía un poco mejor: el fuego se había avivado y estaba descendiendo por la falda de la colina que daba a la parte trasera de la casa, la cual parecía estar condenada a ser pasto de las llamas.
    Redobló su velocidad. Los pulmones le ardían, pero sus buenas intenciones y el insoportable arrepentimiento lo impulsaban hacia delante. El sendero trazaba una curva en la que la casa quedaba oculta a la vista y, al llegar a aquel punto, el corazón de Cooper volvió a amenazar con rendirse.
    El hombre creyó que tal vez aquel era el momento en el que le sobrevendría la muerte.
    Sí, tal vez morir allí no sería lo peor que podría ocurrirle.
    Pero estaba vivo, seguía moviéndose y la casa volvió a entrar en su campo de visión. A pesar de que no podía distinguir qué ocurría en la colina de detrás, le dio la impresión de que las plantas del jardín, muchas de ellas elegidas precisamente para detener un posible fuego, habían cumplido su función; el incendio debía de haber rodeado el terreno de la casa y seguido su camino hacia el cercano acantilado y el mar. Con un último esfuerzo, llegó hasta la puerta.
    La abrió de un empujón, pero en el interior nadie respondió a sus gritos. Corrió por el salón y la cocina y, luego, al ver las puertas de la terraza abiertas, se quedó paralizado.
    Registró a la velocidad del rayo la piscina y la terraza y observó una serie de troncos humeantes y calcinados que una vez habían constituido el pinar. Seguro que habían ardido como gigantescas cerillas: mucho y muy rápido.
    Observó los carbonizados setos que había podado la semana anterior, el jirón chamuscado que quedaba de una sombrilla, la oscurecida superficie del agua de la piscina y, después, apenas distinguibles…
    … dos cuerpos en el fondo.
    No necesitó tomar aire ni impulso, ni siquiera tener ganas, para tirarse a la piscina. Movido únicamente por la angustia, recogió aquellos bultos sumergidos y ascendió hasta la superficie.
    Se vio allí, bregando en medio de aguas turbias, con dos mujeres en los brazos cuyos cabellos, rostros y ropas estaban embadurnados de un pegajoso engrudo de ceniza. Pero se movían, estaban vivas.
    ¡Gracias a Dios! Estaban vivas y coleando.
    Katie hipaba y respiraba con dificultad y Angel se debatía entre toses y estornudos.
    Fue la primera en mirar a Cooper y lo hizo con aquellos ojos celestes, enrojecidos y pasmados ante la cara del hombre llena de hollín.
    – Por tu culpa casi me da un ataque al corazón.
    Él gruñó, pues pensó que poco más podría haber hecho.
    – Ya somos dos -le dijo.
    – Tres -terció Katie-. No te hemos visto porque el agua está llena de ceniza.
    Sujetándolas a ambas, Cooper llegó como pudo hasta la escalera de la piscina.
    – ¿Me podéis explicar qué estabais haciendo metidas en el agua?
    Tuvo que responderle Katie, pues Angel estaba tosiendo.
    – Escapar del fuego. Como no podíamos marcharnos con el coche y el incendio ya había alcanzado el pinar, Angel pensó que así nos protegeríamos del calor y de las llamas. Salíamos para tomar aire cuando nos hacía falta, pero no sabíamos si el incendio había pasado.
    El corazón de Cooper reincidió vagamente en su anterior sobresalto y el hombre se dejó caer en el último escalón arrastrando consigo a Angel y a su sobrina. Los tres se abrazaron con fuerza.
    – Menos mal que estáis bien -masculló, tras besar a Katie en las mejillas-, menos mal. -Se volvió para darle un beso a Angel pero se detuvo, aguijoneado por un pánico repentino-. Pero tú no sabes nadar.
    – Hacía pie -explicó ella con voz ronca y jadeante-. Tengo que confesar que estoy muy contenta de verte.
    Se quedaron en silencio y, mientras, el aire fue clareando y el ritmo de sus respiraciones atenuándose. Katie daba muestras de estar exhausta.
    – Cuando los pinos han ardido hacía muchísimo calor, un calor horrible -se lamentó.
    Cooper ocultó el miedo que le inspiraban las palabras de la niña.
    – Me lo imagino. ¿Se estaba bien en el agua?
    – He llevado a Angel hasta el centro y me he mantenido todo el rato a su lado porque me había dicho que no sabía nadar.
    A Cooper le costaba aceptar la escena que le estaban contando y carraspeó, recordándose que ellas estaban allí, a salvo.
    – ¿Qué te ha hecho pensar en la piscina? -le preguntó a Angel.
    – Lo leí en una revista rosa. Una señora salvó su vida y la de su perro, y también doce juegos de cubertería antiguos.
    – ¿Sí? -exclamó Cooper al tiempo que pasaba la mano por los ondulados y casi teñidos cabellos de Angel-. Ya, bueno, pues me parece que, después de todo, no os hacía falta que ningún héroe viniera a rescataros.
    – No, Angel decía que tú vendrías a buscarnos -intervino Katie-. Estaba segura.
    – ¿De verdad?
    Katie asintió.
    – Pero nos hemos salvado nosotras solas. Mi papá… estaría orgulloso de mí.
    Mientras miraba a su sobrina, Cooper volvió a acariciar el empapado pelo de Angel.
    – Seguro que sí, Katie. Seguro que estaría muy orgulloso.
    Volvió a producirse un nuevo lapso de silencio, que aprovecharon para recuperar el aliento y hacerse a la idea de que habían sobrevivido. Cuando el teléfono comenzó a sonar en el interior de la casa, se miraron los unos a los otros.
    – Es mamá -aseguró Katie, disponiéndose a salir disparada gracias a los increíbles poderes de recuperación que brinda la juventud-. Voy a decirle que estamos todos bien.
    Entonces se quedaron solos, Cooper y Angel. Él le pasó un brazo por los hombros y la miró.
    – ¿Estás bien, cariño?
    – Estaba preocupada por ti -susurró Angel.
    – Eh, estaba llegando. Nada iba a impedírmelo. -Intentó esbozar una sonrisa-. Katie acaba de decir que estabas segura de que vendría.
    – Confiaba en ello -concedió Angel, asintiendo-. Pero no quería que te hicieras el héroe, que te creyeras un superhombre.
    Él le cogió la barbilla y se deleitó en aquellos ojos azules en medio de la cara sucia pero recuperada. Había estado a punto de perder a aquella mujer y no quería malgastar ni un momento de la segunda oportunidad que ambos se habían dado.
    – ¿Y qué hay de querer y necesitar a alguien muy humano y frágil que está enamorado de ti?
    Los ojos de Angel se agrandaron y su labio inferior tembló.
    – ¿Frágil del corazón?
    – Bueno, quizá no tanto -dijo, embebiéndose de la imagen de ella-. Contigo he recibido una lección que me ha dado fuerzas. Después de salir vivo de ese incendio, creo que me he demostrado que todavía me quedan otros treinta años para dar guerra.
    Angel pareció asentarse y conseguir un poco de calma y él se sorprendió de cuánto amaba cada detalle de irreverencia y delicada perseverancia que veía en ella.
    – Yo no pienso calmarme hasta los cincuenta, aunque eso signifique que después tú y yo tengamos que dedicarnos a comer tofu.
    Tras decir aquello, Angel se lanzó a los brazos de Cooper mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
    – ¿Y esto? -le pregunto él, sinceramente preocupado-. ¿Te duele algo? -agregó, estrechándola entre los brazos, acariciándola.
    Ella meneó la cabeza; los regueros de lágrimas le iban lavando la cara poco a poco.
    – No, más bien… es porque estoy curada.
    Y cuando ambos se besaron, Cooper pensó: Ya somos dos.

    Con la misma dulzura de aquellos besos renovados y entregados, Angel advirtió que Cooper estaba tan agotado como ella, así que insistió para que ambos se levantaran y fueran a secarse con dos toallas que colgaban, indemnes a la ceniza, bajo el alero del vestidor adyacente a la piscina. Los pinos que se levantaban por detrás parecían salidos del Apocalipsis, pero la pintura de la construcción apenas si mostraba rastros de la destrucción. Mirando por encima del hombro, Angel concluyó que la piscina había resultado ser su refugio y, al observarla con mayor detenimiento, se dio cuenta de que había en ella algo… extraño. Ya se había fijado antes en la simetría de sus formas, aunque no había llegado a meditar sobre ella.
    – Parece que imitara la forma de un par de alas -le dijo a Cooper, que venía hacia ella-, la piscina.
    Él también miró y luego tomó las dos toallas y envolvió con una a Angel. Se pasó la otra sobre los hombros y abrazó a la mujer.
    – ¿Qué decías?
    – La piscina.
    – Ah, sí. -Volvió la cabeza para contemplarla-. Es la uve doble de Stephen, la que utilizaba para firmar sus cuadros. Pero tienes razón, vista del revés tiene el perfil de un par de alas.
    Las alas de un ángel.
    Angel. No llegaba a entender por qué había elegido ponerse ese nombre cuando su madre y ella por fin pudieron dejar de esconderse. En aquel momento, sin embargo, le vino a la cabeza aquel particular recuerdo -«el ángel volador»- y sonrió.
    Se apretó contra el pecho de Cooper y sintió los latidos de su corazón. En aquellos momentos en los que se había visto más necesitada, podía decir, tal vez, que los dos únicos hombres que había querido habían acudido a rescatarla.

Epílogo

    Angel se abrió camino precipitadamente entre el gentío del restaurante Ça Va, hacia la esquina en la que sabía que encontraría a su marido en su mesa favorita. Su marido. Su mesa.
    Aquella idea le dibujó una sonrisa en los labios. Llegó hasta allí y se sentó en el taburete que había frente a él.
    – Perdona, perdona, ya sé que llego tarde.
    El hombre la agarró por la muñeca y le dio un suave apretón.
    – Teníamos un trato. Nada de trabajar más tiempo del debido.
    – Sí, ya lo sé.
    Angel se zafó de la mano de Cooper, no para tomar la copa de vino que tenía frente a ella, sino para comenzar a desabrochar los botones de su gabardina.
    Entonces él hizo ademán de levantarse.
    – ¿Quieres que la cuelgue en…?
    Angel negó con la cabeza.
    – Gracias pero… todavía no.
    Tenía algo que decirle pero, al parecer, Cooper también quería comentarle algo. Le acarició de nuevo la muñeca y añadió:
    – Angel, no te lo tomes a broma. Trabajas demasiado y llevas dos semanas muy cansada.
    – Ya lo sé, pero…
    – Si no te relajas un poco y tratas de distraerte te convertirás en una esposa aburrida.
    Angel entornó los ojos.
    – Teniendo en cuenta que hemos pasado el fin de semana holgazaneando en Tranquility House, haciendo de todo menos aburrirnos, creo que no hay por qué preocuparse.
    – Estuvo bien, ¿no? -preguntó Cooper con una sonrisa.
    – Sí -respondió con dulzura-. Fue fantástico.
    Tranquility House resistió el incendio que se había declarado nueve meses antes. Ninguna cabaña resultó afectada, pero del edificio comunitario no quedaron más que cenizas. Lo habían vuelto a construir, con una cocina tan extraordinaria que Angel opinaba que era una auténtica lástima dedicarla únicamente a alimentos orgánicos y menús vegetarianos. Judd y Beth se encargaban del lugar y planeaban casarse allí el próximo mes de agosto.
    Angel no creía que ella pudiera haber esperado tanto tiempo para convertirse en la esposa de Cooper. Aunque fue él quien insistió para que se casaran enseguida, para que se mudaran a San Francisco y para volver al trabajo en su bufete.
    La mujer cogió la botella de agua que Cooper estaba tomando y dio un largo trago mientras lo observaba con el rabillo del ojo. Él no parecía nada cansado, el matrimonio le estaba sentando de maravilla, pensó. Y, a partir de aquel mismo día, sería ella la que insistiría para que volviera a casa cada noche a una hora prudente.
    – ¿Por qué sonríes, Mona Lisa? -preguntó con curiosidad.
    Angel batió las pestañas con gesto inocente, intentando disfrutar de su secreto el mayor tiempo posible.
    – No sé de qué me estás hablando.
    Para evitar el interrogatorio que se avecinaba, Angel dirigió su atención al televisor instalado sobre la barra del bar. Entonces abrió los ojos de par en par y el corazón le dio un vuelco.
    – ¿Qué? ¿Qué pasa, Angel? ¿Estás bien?
    – Yo… yo… -Sus ojos, llenos de lágrimas, seguían fijos en la pantalla.
    La voz de Cooper transmitía preocupación.
    – Angel, cariño. ¿Qué pasa? -Echó un vistazo por encima del hombro para averiguar la causa de su reacción.
    – En la tele… -consiguió decir, mientras dos lagrimones le resbalaban por las mejillas.
    – ¿Algo que ha salido en televisión? -Cooper le pasó un pañuelo y volvió la vista a la barra-. ¿Es que me he perdido algo? Es un anuncio.
    Angel se secó los ojos.
    – Es ese anuncio en el que salen dos hermanas que van de compras juntas.
    Cooper la miró, algo desconcertado.
    – ¿Es por Katie?
    Angel meneó la cabeza mientras una nueva oleada de sensiblería se apoderaba de ella. Tenía una hermana, y pensar en ello todavía le sorprendía y le hacía muy feliz. Toda la familia sabía ya que Angel era hija de Stephen Whitney y había aceptado sus disculpas y sus explicaciones, poco detalladas, acerca de cómo ella y su padre se habían distanciado y que, tras su muerte, había decidido no mencionar su parentesco.
    Pero ahora sí lo hacía. A raíz del incendio, Angel y Katie habían estrechado su relación. La niña iba a pasar el mes de julio con ellos en San Francisco y Angel se moría de ganas de que llegara el momento. Ya tenía pensados todos los lugares a los que la iba a llevar de compras.
    – ¡Pero Angel! ¿Ya vuelves a llorar? ¿Qué diablos te ocurre?
    La mujer se dio cuenta de que había vuelto a perderse en una de aquellas ensoñaciones que tan a menudo la atrapaban últimamente y de que, en efecto, estaba llorando de nuevo. Se secó los ojos y decidió que había llegado el momento de aclarárselo todo.
    Tras sorberse las lágrimas con determinación, Angel se levantó y se acercó a su marido.
    – Tengo que decirte algo.
    – ¿Qué ocurre? -preguntó con un hilo de voz y gesto de preocupación.
    Le importo. Me quiere.
    A Angel no le salían las palabras, así que se expresó de la única forma en que pudo. Se quitó la gabardina y la dejó sobre el taburete. Y se quedó frente a él, mostrándole el nuevo vestido que acababa de comprar, razón por la que había llegado tarde a su cita. Extendió los brazos y dio una vuelta con bastante elegancia.
    A la expresión de preocupación se añadió la confusión. Cooper la miraba de arriba abajo, sin entender nada.
    – Angel, estoy muy perdido. ¿Qué está pasando?
    La mujer sonrió y agitó las manos para señalarle el holgado vestido, estampado en tonos azules y rosa pálido.
    – ¿Qué le pasa? Bueno, sí, te queda un poco grande, pero no creo que sea como para echarse a llorar.
    Angel meneó la cabeza; le costaba decidir si reír o llorar un poco más. Se tragó el nudo que tenía en la garganta, avanzó hacia él y le acarició las mejillas.
    – Es un vestido premamá, Cooper. Ya sé que es pronto, muy pronto, pero no me he podido resistir.
    Cooper se quedó boquiabierto y la felicidad de Angel se vio enturbiada por una leve preocupación. No habían planeado tener hijos, pero desde el momento en que Angel comenzó a sospechar que podía estar embarazada se había sentido muy feliz. Tenía marido, una familia, y pronto un bebé. No podía pedir más.
    – He pensado en todo -dijo precipitadamente-. Puedo trabajar media jornada, y tenemos dos habitaciones libres. La que está justo delante de nuestro dormitorio sería ideal. -También había imaginado la decoración: pintarían las paredes de un delicado tono vainilla y el cuadro de Whitney que conservaba, el único que no había sido destruido en el incendio y que representaba una hermosa criatura de pelo rubio, ocuparía un lugar privilegiado.
    El futuro padre que tenía frente a ella sacudió la cabeza para intentar asimilar la noticia y le apretó las manos entre las suyas.
    – ¿Estás embarazada?
    – Me lo ha confirmado hoy el médico. -Angel todavía no sabía qué le parecía la noticia-. Espero que no…
    – ¿Voy a ser padre?
    Aquella pregunta fue formulada con una euforia que hizo que Angel sonriera aliviada. Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Las hormonas, pensó, pues no hacía mucho había leído un artículo en una revista para futuros padres.
    – Sí, amor mío, vas a ser padre.
    – ¡Dios mío! -Cooper la abrazó con ternura-. Dios, Angel, jamás creí que me sentiría así.
    Angel lo miró a los ojos.
    – Ni yo. -Ella tampoco se había creído capaz de querer tanto a alguien ni de sentirse tan feliz ante la idea de tener un hijo con él.
    Cooper tenía una sonrisa de oreja a oreja. Soltó una carcajada y, volviéndose hacia el grupo de gente que estaba sentada a la mesa de al lado, le dio una palmadita en la espalda al hombre que tenía más cerca.
    – ¡Oye! ¿Sabes qué? ¡Vamos a ser padres!
    Tras un instante de sorpresa, le desearon todo lo mejor y alzaron las copas para brindar por la noticia. Cooper levantó su botellín de agua y gritó:
    – ¡Por mi esposa, que me ha dado todo aquello por lo que vale la pena vivir la vida!
    Angel volvió a gimotear.
    – Malditas hormonas -murmuró.
    Entonces le quitó la botella de agua de las manos y, recuperando la calma, la levantó al grito de:
    – Por mi marido, mi amor -proclamó a todos los allí presentes-, ¡que es el mejor!
    Aquella declaración le pareció la más adecuada.
    El mundo debería conocer la verdad sobre los hombres como él.

Christie Ridgway

    Nació y vive en el sur de California, en la costa del Océano Pacífico.
    Descubrió el romance cuando contaba 11 años en la cubierta de la revista Tigerbeat. Escribía sus propias experiencias en forma de cuentos románticos. Cuando estaba en el primer año de la universidad, en Santa Barbara, conoció al que hoy es su marido. Después de terminar su formación se casaron y ahora tiene dos hijos.
    Su sueño inicial fue ser editor. Trabajó varios años como escritor técnico y programador. Redescubrió el romance con las lecturas de Goodnight moon a sus hijos. Entonces supo que quería escribir libros que transmitieran emociones. En sus novelas se mezcla el drama, el suspense y el sexo, con grandes dosis de humor para concluir con el «vivieron felices para siempre».

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