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Una Unión Irresistible

Una Unión Irresistible

Аннотация

    Un deseo de Navidad, una proposición… ¡y una nueva vida!
    Aquellas navidades, Sophie Beckwith tendría que ver al hombre que la había abandonado para casarse con su hermana. Sólo una persona podía ayudarla: su mejor amigo Bram. Bram había estado prometido con la hermana de Sophie, pero ahora pretendía demostrarles a los tortolitos que tanto Sophie como él los habían olvidado y se le ocurrió el plan perfecto para conseguirlo: pedirle a Sophie que se casara con él.
    Era una locura, pero también era la solución a todos sus problemas. Además, sería todo fingido… ¿no? Pero a medida que se acercaba el día de la boda, los sentimientos de Sophie hacia Bram fueron cambiando y empezó a desear que todo fuera real.


Jessica Hart Una Unión Irresistible

    Título Original: Mistletoe marriage (2005)

Capítulo 1

    BRAM estaba descargando balas de paja cuando Sophie lo encontró. Era un asunto delicado levantar cada bala de la parte trasera del camión y se quedó mirándolo un rato mientras las colocaba frente al establo, maravillándose afectuosamente de lo pausada y metódicamente que hacía las cosas.
    Después lo vio subir al tractor y esperó. Había algo casi artístico en el movimiento del tractor, hacia delante y hacia atrás, como un extraño y pastoral ballet, y Sophie sintió que la invadía una extraña paz. Levantó el brazo para llamar su atención y él se detuvo al verla, arrebujada en la chaqueta, el viento moviendo los rizos alrededor de su cara.
    – ¡Hola! -Bram saltó del tractor y se dirigió hacia ella seguido de la fiel Bess, que corrió para saludar a Sophie saltando de alegría y aullando de una manera muy poco usual en un perro pastor cuando Sophie se inclinó para acariciarlo-. No te esperaba.
    – Se me ocurrió venir en el último momento -dijo ella.
    Había decidido volver a casa cuando su madre le contó que Melissa y Nick estaban de vacaciones. Aunque ahora desearía no haberlo hecho.
    – ¿Vas a quedarte mucho tiempo?
    – No, sólo he venido a pasar el fin de semana.
    – Pues me alegro de verte -Bram la envolvió en un abrazo-. Ha pasado mucho tiempo.
    Los abrazos de Bram eran increíblemente consoladores. De hecho, deberían embotellarlos y venderlos en grandes almacenes para las almas solitarias, siempre había pensado Sophie. Cuando Bram te envolvía entre sus fuertes brazos, una se sentía protegida, segura. No tenía que decir una palabra. Una se apoyaba en su pecho, oyendo los fuertes y pausados latidos de su corazón y, de alguna forma, empezaba a pensar que todo iba a salir bien.
    – Yo también me alegro mucho de verte -sonrió Sophie, mirando a su mejor amigo.
    Por acuerdo tácito, se acercaron a la valla desde la que podía verse todo el valle. Tenía la altura perfecta para apoyar los brazos y, en el pasado, habían mantenido muchas charlas apoyados en ella.
    – ¿Cómo va todo? -preguntó Bram. La contestación de Sophie fue una mueca-. ¿Pasa algo?
    – Bueno… pasa de todo -suspiró ella.
    Sin preocuparse del musgo, Sophie apoyó los brazos sobre la valla y miró hacia el valle, pensativa. Era de un color marrón muy triste en aquella tarde de noviembre, pero al menos allí se podía respirar. Pensó entonces en el pequeño apartamento que compartía en Londres, donde la única vista eran los patios de cemento o la calle, siempre llena de coches.
    Entonces respiró profundamente. Olía a brezo, a ovejas y al humo de la leña que se quemaba en el pueblo, acurrucado en aquel valle del norte de Yorkshire, y poco a poco y sin darse cuenta, Sophie empezó a relajarse.
    Siempre le pasaba lo mismo en la granja Haw Gilí. Había algo especial en el aire. Llegaba nerviosa, angustiada, desesperada a veces, pero en cuanto respiraba profundamente el aire fresco, las cosas no le parecían tan horribles.
    – Lo de siempre, ¿no? -sonrió Bram. Y Sophie tuvo que sonreír.
    A Bram nada le sorprendía, nada lo enfadaba. Resultaba asombroso que hubieran sido amigos durante tantos años siendo tan diferentes. Ella era caótica y turbulenta; él, un hombre pausado, de pocas palabras. Bram era reflexivo y considerado, mientras ella era dada a la exageración y los dramatismos. A veces él la volvía loca con su serenidad, pero Sophie no conocía a nadie más honesto ni más maduro. Bram era su roca, su amigo más antiguo, y siempre la hacía sentir mejor.
    – No me hagas reír. Se supone que aún no debo sentirme mejor… por lo menos tengo que llorar un poco y contarte qué me pasa.
    – Es decir, lo de siempre -sonrió Bram.
    – Te ríes de mí, pero en este momento todo me va fatal -suspiró Sophie. El viento lanzaba los rizos sobre su cara y Bram la vio apartárselos con una mano. El pelo de Sophie, siempre había pensado, era un poco como su personalidad: salvaje y algo indómito. O uno podía decir, como hacía su madre, que era descontrolado y anárquico.
    Mucha gente sólo veía esa parte y no la suavidad o lo inusual del color. A primera vista, el pelo parecía de un castaño oscuro normal y corriente, pero si uno lo miraba de cerca veía mechas doradas y cobrizas cuando le daba el sol.
    La personalidad de Sophie estaba reflejada en su cara: interesante, más que guapa, con los ojos brillantes, de un color entre verde y gris. Bram siempre pensaba en un río, cuyos colores cambiaban dependiendo de la luz y de la estación. Tenía una boca alegre y una barbilla que revelaba lo obstinado de su carácter… lo que la había llevado a pelearse continuamente con su convencional madre desde que era pequeña.
    – Soy un fracaso en todo -suspiró Sophie entonces, sin percatarse de su escrutinio-. Tengo treinta y un años -empezó a decir, contando los problemas con los dedos-. Vivo en un apartamento alquilado que no me gusta nada y estoy a punto de perder mi trabajo… así que ahora ni siquiera podré pagar ese apartamento que no me gusta nada. He perdido al amor de mi vida y mis ambiciones de tener una brillante carrera como artista se han ido por la ventana ya que la única galería a la que pude convencer para que expusieran mis cerámicas ha cerrado -Sophie suspiró de nuevo-. ¡Y ahora me están chantajeando!
    Bram levantó una ceja.
    – Eso no suena bien.
    – ¿No suena bien? -repitió ella, mirándolo con una mezcla de resentimiento y afecto. Con sus pantalones sucios, sus botas llenas de barro y su jersey roto, Bram parecía exactamente lo que era: un campesino, un granjero de cuerpo poderoso debido al trabajo físico y un rostro normal y corriente-. ¿Eso es lo único que vas a decir?
    – ¿Qué quieres que diga? -se encogió él de hombros, mirándola con un brillo burlón en sus ojos azules.
    – Podrías poner cara de susto, por lo menos. ¡De verdad, cualquiera pensaría que el chantaje es una cosa que ocurre todos los días en el valle de North Yorkshire! Al menos podrías decir: «Qué horror, pobre Sophie». Pero no… «Eso no suena bien».
    – Lo siento -se disculpó humildemente Bram-. Es que había pensado que eran cosas de tu madre otra vez.
    Estaba en lo cierto, naturalmente. Sophie dejó escapar un largo suspiro.
    – ¿Cómo lo has adivinado? -preguntó, irónica.
    No era difícil. Harriet Beckwith llevaba chantajeándola emocionalmente toda la vida. De hecho, había convertido el chantaje emocional en un arte.
    – ¿Qué quiere ahora?
    – Quiere que venga a casa por Navidad -contestó Sophie, moviendo los hombros contra el frío-. Lo tiene todo planeado. Vamos a pasar unas felices navidades todos juntos.
    – Ah -Bram entendió el problema de inmediato-. ¿Y Melissa…?
    – Estará allí-Sophie terminó la frase por él-. Con Nick, claro.
    Intentaba que su voz sonase normal, pero Bram se percató de cuánto le costaba pronunciar el nombre de su cuñado.
    – ¿No puedes decirle que vas a pasar las navidades con tus amigos, como el año pasado? Dile que te vas a esquiar o algo así.
    – Lo haría si pudiera, pero no tengo un céntimo -dijo Sophie entonces-. Podría mentirle, pero entonces tendría que pasarme todas las navidades escondida en mi apartamento, sin contestar al teléfono, comiendo latas de sardinas y viendo la tele antes de estrangularme con el espumillón.
    – Eso no suena muy divertido -sonrió Bram.
    – No -asintió ella con un suspiro-. Además, no valdría de nada. Mi madre lo tiene todo planeado. Me ha recordado que mi padre cumple setenta años el día veintitrés de diciembre y quiere hacerle una fiesta.
    – ¿De ahí el chantaje emocional?
    – Eso es -Sophie imitó la voz de su madre: «Hace tanto tiempo que no estamos todos juntos. Ya no te vemos nunca. A tu padre le haría tanta ilusión». Sus expresivos ojos verdes se oscurecieron-. Según ella, mi padre no se encuentra bien últimamente. Él me ha dicho que estaba perfectamente, pero ya sabes cómo es mi padre. Diría eso aunque estuviera ahorcado, ahogado y descuartizado. Aunque seguro que mi madre está exagerando por un resfriado o algo parecido. Incluso insinuó que la granja empezaba a ser demasiado para ellos y que estaban pensando en venderla, de modo que éstas podrían ser las últimas navidades que pasáramos en la granja Glebe -Sophie volvió a suspirar, desahogándose-. Pero no lo dijo delante de mi padre, claro. Él siempre ha dicho que saldrá de la granja con los pies por delante.
    Así era Joe Beckwith. Bram la entendía. Además, Sophie siempre había sentido un cariño especial por su padre.
    – Ya veo -murmuró.
    – Me siento fatal por dudar -le confesó ella entonces-. MÍ padre no es precisamente un sentimental y nunca le han importado demasiado los cumpleaños y esas cosas, pero creo que esta vez es diferente. Tengo que estar allí.
    Bram se quedó pensativo un momento.
    – ¿Podrías venir para su cumpleaños y luego marcharte? De ese modo sólo tendrías que ver a Melissa y a Nick durante una noche.
    – ¡Se lo dije a mi madre y ahí fue donde empezó con el chantaje! Dice que si voy a salir corriendo, cancelará la fiesta de cumpleaños. Según ella, no es mucho pedir que pasemos juntos el cumpleaños de mi padre y lo que podrían ser nuestras últimas navidades en la granja. ¿Cómo voy a disfrutar de las fiestas sabiendo que he sido una egoísta y que le he hecho daño a mis padres? En fin, te puedes imaginar el lío que tengo en la cabeza.
    Bram podía, desde luego. Conocía a Harriet Beckwith de toda la vida y si había decidido reunir a toda la familia por Navidad, toda la familia se reuniría por Navidad. La pobre Sophie no tenía nada que hacer.
    – ¿Y tan horrible sería? -le preguntó.
    – No, no, probablemente no. Seguramente estoy exagerando, como siempre. Pero es que…
    – No quieres ver a Nick -terminó Bram la frase por ella.
    Sophie asintió, mordiéndose los labios.
    – Debería haberlo olvidado. Eso es lo que dice todo el mundo. Es hora de seguir adelante, de olvidarme de Nick de una vez por todas.
    – Hace falta tiempo -le aseguró Bram-. Tu prometido te dejó por tu hermana. Eso no es algo que uno pueda olvidar fácilmente.
    Desde luego, él nunca olvidaría su cara cuando le habló de Nick por primera vez. Loca de felicidad, Sophie estaba demasiado emocionada como para quedarse quieta.
    Levantando los brazos al cielo, empezó a dar vueltas, riendo, irradiando alegría…
    – ¡Soy tan feliz! -gritaba, como una niña. Y Bram había mirado a su amiga de la infancia, a la Sophie que se subía a los árboles y jugaba como un chico, a la Sophie de pelo rizado y barbilla obstinada, y vio la transformación.
    Durante años apenas había pensado mucho en ella. Era sencillamente Sophie, una parte de su vida. La había echado de menos cuando se marchó a la universidad, pero tenía otras cosas para distraerse. Cada vez que volvía a casa le contaba todo lo que hacía y siempre era la misma chica atrevida y turbulenta, Sophie, su amiga. Divertida, caótica, simpática… la clase de chica con la que uno podía hablar y reírse, pero no la clase de chica con la que uno se acuesta. No la clase de chica con la que uno piensa en acostarse.
    De modo que para él resultó extraño verla de otra forma, comprobar que era la misma y, sin embargo, otra.
    Sophie le contó todo sobre Nick, demasiado emocionada como para darse cuenta de que él empezaba a mirarla de otra forma o para darse cuenta de que Bram, el bueno de Bram, el reflexivo y maduro Bram, estaba completamente desconcertado.
    – No sabía lo que era estar en las nubes hasta ahora -le había confesado Sophie-. Ay, Bram, estoy deseando que conozcas a Nick. ¡Es increíble! Es inteligente, divertido, guapo… no sabes lo guapo que es. ¡No puedo creer que me quiera a mí cuando podría estar con quien le diese la gana! -cerrando los ojos, Sophie se abrazó a sí misma-. Tengo que pellizcarme para creer que esto no es un sueño… aunque si lo fuera, no podría soportarlo. ¡Me moriría!
    Así era Sophie, recordó Bram con afecto. Ella no hacía las cosas a medias. Debería haber imaginado que cuando se enamorase lo haría completa, absoluta, apasionadamente. La palabra moderación no estaba en su vocabulario.
    – Nick me ha pedido que me case con él. Aún no le he contado nada a mis padres porque seguramente pensarían que esto es muy apresurado… Nos conocemos hace poco tiempo, pero Melissa va a quedarse conmigo en Londres durante unas semanas, así que he pensado ir presentándole a la familia poco a poco. Seguro que Melissa les contará a mis padres que es un hombre maravilloso y así no será una sorpresa cuando lo lleve a casa dentro de un mes.
    Pero, al final, no había sido así.
    Bram volvía a casa después de un largo y caluroso día de julio cuando vio una solitaria figura caminando por el valle. Deteniendo el tractor, esperó que llegase a su lado. Sabía que era Sophie y sabía, por su forma de caminar, que le ocurría algo.
    Sophie no había dicho una palabra mientras se acercaba y Bess corría hacia ella con su habitual entusiasmo, pero cuando levantó la cara su expresión de desamparo hizo que a Bram se le encogiera el corazón.
    Sin decir una palabra, se apartó para que ella se sentara a su lado en el tractor y durante un rato se quedaron así, en silencio, mientras el sol iba escondiéndose tras las colinas. Bess jadeaba al lado del tractor, pero aparte de eso todo era silencio.
    – Siempre pensé que era demasiado bonito para ser verdad -dijo Sophie después. Y para Bram lo peor fue oír su voz. Siempre había sido tan alegre, tan viva… pero ahora no había en ella emoción alguna, ninguna entonación. Nada que ver con Sophie.
    – ¿Quieres contármelo?
    – No debería. Prometí no contárselo a nadie.
    – ¿Ni siquiera a tu mejor amigo?
    Ella lo miró, sus ojos del color del agua de un río empañados por el sufrimiento.
    – Creo que, al menos, tú me entenderías.
    – Cuéntamelo. ¿Es Nick?
    Sophie asintió con la cabeza.
    – Ya no me quiere.
    – ¿Qué ha pasado?
    – Ha conocido a Melissa. La vio y se enamoró por completo de ella. Yo me di cuenta -empezó a decir Sophie con la voz llena de dolor-. Le vi la cara y supe lo que estaba pasando.
    Bram no sabía qué decir.
    – Sophie…
    – Debería haberlo imaginado. Ya sabes cómo es Melissa.
    Bram lo sabía bien, sí. La hermana de Sophie era la chica más guapa que había visto nunca, con una belleza etérea que no pegaba nada en un pueblo de Yorkshire, al contrario que Sophie.
    Era difícil creer que fuesen hermanas. Melissa no se parecía nada a Sophie. Era dulce, frágil, una chica de pelo rubio como una especie de halo dorado a su alrededor. Pocos hombres eran inmunes a su atractivo y Bram tampoco lo había sido. A veces pensaba que su breve compromiso diez años atrás no había sido más que un sueño. ¿Cómo podía un hombre tan normal como él haber interesado a un tesoro como Melissa?
    Entendía que Nick se hubiese enamorado de ella, pero lo odiaba por haberle hecho daño a Sophie.
    – ¿Y qué hiciste?
    – ¿Qué podía hacer? No tenía sentido fingir que no pasaba nada. Le he devuelto su anillo de compromiso. Le dije que era absurdo que los tres fuéramos infelices -Sophie sonrió un poco, con una amargura imposible de disimular-. Mi compañera de piso, Ella, dice que debería haber luchado por él, pero ¿cómo voy a competir con Melissa?
    – Pero Nick podría haberla olvidado con el tiempo, podría haber sido algo pasajero -sugirió Bram-. A él mismo le había pasado. Cuando estaba a tu lado era imposible mirar a nadie más, pero una vez que se había ido resulta difícil recordar cómo era exactamente o lo que había dicho o lo que uno había sentido… además de quedarse impresionado por su belleza y su dulzura.
    Sophie no era así, pensó entonces. No era tan guapa como Melissa y, sin embargo, la recordaba perfectamente; sus expresiones, su risa, cómo movía las manos cuando hablaba. Siempre podía ver a Sophie en su cabeza cuando pensaba en ella.
    – Podría haberla olvidado -asintió ella-. Y yo lo habría intentado de no ser por Melissa. También vi su cara, Bram. Ya sabes que está acostumbrada a que los hombres se enamoren de ella, pero no creo que ella haya estado verdaderamente enamorada de nadie.
    Luego se detuvo abruptamente, recordando demasiado tarde que Bram había estado enamorado de su hermana. Y lo último que deseaba era hacerle daño.
    – Lo siento -murmuró, contrita.
    – No pasa nada. Te entiendo -sonrió Bram. Sophie tenía razón. Melissa estaba acostumbrada a que la quisieran más que a querer a nadie. Con su belleza, era lógico.
    – Yo creo que Melissa se enamoró de Nick nada más verlo -siguió Sophie-. No podía dejar de mirarlo y, aunque intentó disimular por mí, me di cuenta enseguida. ¿Quién iba a entenderlo mejor que yo? Así que era demasiado tarde. Supe entonces que Nick no podría volver a mirarme de la misma forma. Si intentaba fingir que no pasaba nada, los tres acabaríamos sufriendo. Al menos así, Melissa y Nick tendrán la oportunidad de ser felices.
    – ¿Melissa sabe lo que has hecho por ella? -preguntó Bram, pensando que pocas hermanas habrían hecho el sacrificio que había hecho Sophie.
    Ella asintió.
    – La pobre lo pasó fatal. Se puso a llorar cuando le dije que no iba a casarme con Nick. Decía que no podía hacerme eso, pero yo le expliqué que ella no había hecho nada. No fue culpa suya. No ha podido evitar enamorarse de Nick y él no ha podido evitar enamorarse de ella. Así es la vida.
    – Entonces, ¿Melissa y Nick están juntos?
    – Sí -contestó Sophie, mirándose las manos. No lloraría más, no podía llorar más-. Nick y ella quieren abrir una empresa de confección. Van a casarse en septiembre. Por eso estoy aquí. Mi madre quiere que me pruebe el vestido de dama de honor.
    – ¿Vas a ser dama de honor de Melissa? -exclamó Bram, incrédulo-, Sophie, no tienes por qué hacerlo. Eso es pedirte demasiado.
    – Pero sería muy raro que la hermana de la novia no fuese una de las damas de honor. Mis padres no sabían que Nick y yo estábamos prometidos… de hecho, no conocían a Nick, así que no les he contado nada. No sabrían qué hacer si supieran la verdad, de modo que le pedí a mi hermana que no dijese nada.
    – ¿Tus padres no saben lo que ha pasado?
    – No, ellos creen que se conocieron en Londres, cuando Melissa fue a visitarme. Sabían que yo salía con un chico, pero no les había dicho su nombre, así que les he contado que hemos roto. Eso, al menos, explicará que esté tan mustia -Sophie consiguió sonreír de nuevo-. MÍ madre piensa que estoy celosa de Melissa porque ella va a casarse y yo no.
    Bram frunció el ceño.
    – Eso no es justo.
    Sophie se encogió de hombros.
    – Si quieres que te sea sincera, estoy tan triste que me da igual. Melissa y Nick van a casarse y no tiene sentido ponérselo más difícil. Ni a mis padres. Yo creo que es mejor para todos que sólo nosotros tres sepamos lo que ha pasado. Había prometido no contárselo a nadie, pero es que a veces me siento tan sola… Estoy tan triste, tan desolada… y me odio a mí misma por no ser capaz de controlarme. Voy a estropear la boda de mi hermana, como dice mi madre, y no puedo hablar con nadie -dijo entonces con voz trémula-. No puedo hablar con Melissa porque no quiero que se sienta culpable, y nadie más sabe la verdad.
    Bram le pasó un brazo por los hombros, apretándola contra su costado.
    – Pero ahora yo sé la verdad y me alegro de que me la hayas contado. Puedes hablar conmigo cuando quieras.
    El deseo de llorar para soltar todo el dolor que sentía era tan fuerte que Sophie tuvo que hacer un esfuerzo para calmarse.
    – Gracias, Bram. Me siento mejor hablando contigo.
    – ¿Puedo hacer algo por ti?
    Sophie vaciló.
    – ¿Te importaría… venir a la boda? Sé que para ti tampoco será fácil ver a Melissa casándose con otro y me da vergüenza pedírtelo, pero sería muy importante para mí. Así no me sentiría tan sola.
    De modo que Bram había ido a la boda. Por Sophie. Fue a la iglesia del pueblo y vio a Melissa, más guapa que nunca, mirando con expresión enamorada a Nick y, curiosamente, no le dolió tanto como había pensado.
    Quizá estaba tan preocupado por Sophie que se olvidó de sus propios sentimientos. No entendía cómo había podido soportarlo, charlando y riendo con todo el mundo en el banquete. Seguramente él era el único que veía el desconsuelo en sus ojos, el único que sabía lo que le estaba costando hacer ese papel, el único que se daba cuenta de lo valiente y lo fuerte que era.
    Cuando Melissa y Nick partieron de luna de miel, Sophie se despidió de su hermana y del hombre del que estaba enamorada y volvió a Londres. No había vuelto a verlos desde entonces y sólo iba a Yorkshire cuando ellos no estaban. Inventaba todo tipo de excusas para que sus padres no sospechasen nada y Bram era el único que sabía la verdad.
    Sophie se movió entonces, devolviéndolo al presente. Mientras la miraba, apoyada amistosamente en su hombro, se dio cuenta de que sentía algo por ella que no había sentido antes. Nunca se había fijado en lo suave que era o en lo agradable que le resultaba el peso de su cuerpo.
    Tenía la altura perfecta, además. Tampoco se había dado cuenta de eso. Le llegaba por la barbilla y le hacía cosquillas con el pelo. Un pelo que olía a limpio, a coco y flores silvestres.
    Le gustaba más esto último. Bram nunca se había tumbado en una playa tropical para comer cocos y no tenía intención de hacerlo. Él prefería los valles, las montañas y el brezo. Las flores silvestres, de suave aroma, resistentes a la lluvia y el viento, le recordaban a Sophie.
    – Ha pasado más de un año -estaba diciendo, sin percatarse de que Bram estaba perdido en sus pensamientos-. Debería haber olvidado a Nick, pero creo que sigo tan enamorada de él como cuando estábamos prometidos. Nunca había sentido algo así por nadie y no creo que vuelva a hacerlo. No sé qué voy a hacer para olvidarme de él.
    – ¿Tan perfecto es? -preguntó Bram. Había conocido a Nick en la boda y no le había impresionado demasiado. El marido de Melissa le parecía condescendiente y bastante presuntuoso. Pero, claro, seguramente también él se habría mostrado presuntuoso si hubiese conquistado el corazón de Melissa.
    – No, Nick no es perfecto -contestó Sophie-. A veces puede ser arrogante y creo que es un poco egocéntrico, pero había algo tan excitante en él… no sé. Supongo que es química. No puedo explicar lo que sentía estando con él. Y ahora no puedo soportar la idea de que otro hombre me toque.
    Bram no sabía qué pensar. Porque, de repente, empezaba a preguntarse por primera vez en su vida cómo sería besar a Sophie.
    – He intentado salir con otros hombres, pero lo único que hago es acordarme de Nick. Intento creer que se me pasaría si volviese a verlo, pero tengo miedo. ¿Y si no es diferente? ¿Y si sigo sintiendo lo mismo? Melissa se daría cuenta de que sigo enamorada de él y eso sería horrible.
    – ¿Por eso te quedas en Londres?
    Sophie asintió con la cabeza.
    – No me gusta Londres y echo de menos mi casa desesperadamente, pero si vuelvo, tendré que ver a Nick todo el tiempo y no podría soportarlo. Melissa lo pasa fatal. Me llama muchas veces por teléfono para pedirme que venga, pero no puedo hacerlo. Y luego me siento mal por darle un disgusto. Quizá sería diferente si tuviese un novio… De ese modo, Melissa y Nick creerían que se me ha pasado… pero no puedo sacarme un hombre de la chistera. Mi madre cree que es culpa mía y está deseando que me case.
    – ¿Por qué? -preguntó Bram.
    – Porque le encantó la boda de mi hermana y está deseando organizar otra. Se llevó un disgusto cuando Susan Jackson se casó el verano pasado. ¡Ya sabes que Maggie Jackson y ella son rivales de toda la vida! Mi madre está enfadadísima porque Maggie ha conseguido casar nada menos que a tres hijas y organizar tres bodas como Dios manda, por la iglesia, con vestidos blancos y una carpa en el jardín -Sophie sacudió la cabeza tristemente-. Me temo que siempre he sido una decepción para ella.
    – ¿Por qué?
    – Mi madre cree que si hago un esfuerzo por adelgazar y me arreglo un poco, encontraré marido enseguida. Siempre me está preguntando si he conocido a alguien.
    – ¿Y tú qué le dices?
    – Le llevo la corriente. Por ejemplo, si estoy saliendo con alguien le hago creer que es más serio de lo que es en realidad. Salí con un chico que se llamaba Rob durante unas semanas y mi madre se volvió loca de alegría cuando le dije que era profesor de universidad. Pero luego tuve que decirle que ya no salía con él y no se lo tomó nada bien -Sophie se apartó el pelo de la cara-. Mi madre dice que no me esfuerzo de verdad.
    Bram prácticamente podía oír la voz de Harriet Beckwith diciendo eso.
    – ¿Por qué cortaste con él?
    – Rob era un chico agradable, pero…
    – ¿Pero no es Nick?
    – No -asintió ella, suspirando-. No lo es. El problema es que nadie va a ser Nick, pero no puedo contarle eso a mi madre. Se disgustó mucho porque pensaba que iba a conocerlo en Navidad y, por supuesto, quiso saber por qué habíamos cortado.
    – ¿Y qué le dijiste?
    Sophie hizo una mueca.
    – No sabía qué decir, así que le conté que me había enamorado de otro chico… pero que era demasiado pronto para presentárselo. Es lo primero que se me ocurrió -contestó, poniendo cara de pena-. Y ahora se pasa el día interrogándome. Me acusa de no querer contarle nada y me pregunta por qué no puedo ser tan buena y tan dulce como Melissa, que la llama por teléfono y va a verla continuamente. En fin, que al final hemos acabado teniendo una bronca y por eso me he ido a dar un paseo. Es como volver a la adolescencia.
    Y, como siempre, había buscado refugio en la granja de Bram. Sophie lo miró entonces, preguntándose si sabría lo importante que era para ella. Era tan buen amigo, tan reposado, tan sólido. Sólo con verlo se sentía mejor.
    – Y sólo se me ocurrió venir a verte.

Capítulo 2

    SOPHIE se había apartado un poco y Bram sintió frío al no tenerla a su lado. Le habría gustado que se quedase donde estaba en lugar de subirse el cuello de la chaqueta y meter las manos en los bolsillos. Pero, por otra parte, prefería que lo hubiera hecho. Por alguna razón desconocida, su proximidad lo hacía sentir… extraño aquel día.
    Tan extraño que cuando Bess hizo saltar a un faisán de su escondite, dio un brinco al oír los gritos indignados del animal.
    Sophie también se sobresaltó y miró las balas de paja que esperaban en el camión a ser descargadas, sintiéndose culpable.
    – Lo siento, te estoy haciendo perder el tiempo. Tienes cosas que hacer y yo aquí, contándome mis problemas…
    – Me gusta que me cuentes tus problemas -la interrumpió Bram-. Pero debo terminar de descargar las balas. No tardaré mucho. ¿Por qué no preparas un poco de té? Ya sabes lo que solía decir mi madre…
    – ¡Todo se arregla con una taza de té! -repitió Sophie obedientemente.
    Molly Thoresby siempre había creído en los poderes del té. ¿Cuántas veces le había oído decir esa frase? Sonrió, recordándolo, mientras se dirigían a la casa. Casi podía ver a Molly levantando la tapa de la vieja cocina de leña y poniendo la tetera a calentar mientras ella se sentaba a la mesa y le contaba sus cosas.
    Sophie quería a su madre, pero había querido casi igual a la madre de Bram. Harriet Beckwith era una mujer lista y elegante, mientras Molly había sido cálida y sabia. Molly jamás criticaba o protestaba como hacía Harriet. Sencillamente, escuchaba mientras hacía el té y, curiosamente, Sophie siempre se sentía mejor después de tomarlo. Cuando murió repentinamente, un par de meses antes, ella lo había sentido casi tanto como Bram.
    La enorme cocina de la granja estaba exactamente igual que siempre, con su mesa de pino, sus cajones llenos de cosas y los dos viejos sillones frente a una estufa de leña, pero parecía vacía sin Molly.
    El reloj de la chimenea marcaba el paso de las horas en silencio mientras Sophie llenaba la tetera de agua y la colocaba sobre la cocina de leña, como solía hacer la madre de Bram.
    Siempre le había encantado aquella vieja y cómoda cocina. La de su madre era inmaculada, llena de modernos electrodomésticos y muy espaciosa, pero no era un sitio agradable para charlar.
    Fuera, el cielo se volvía de color rosa. Empezaba a anochecer. A Sophie le gustaban esas cortas tardes de invierno y cómo encender una lámpara podía hace que la oscuridad afuera se hiciera más intensa en un segundo.
    Sonriendo, encendió las luces de la cocina para que Bram pudiera ver el invitador brillo mientras volvía a casa. Debía ser horrible para él volver a una casa oscura ahora que Molly se había ido.
    Luego se quedó frente a la ventana un ralo, viendo cómo se ponía el sol, y pensó en Nick, como hacía siempre en momentos de tranquilidad. Pensó en su sonrisa, en el escalofrío que sentía ante el mero roce de sus dedos, en la emoción de estar a su lado.
    Estar con Nick nunca le había aportado tranquilidad, como le pasaba con Bram. Siempre hubo un elemento de riesgo en la relación, Sophie podía verlo ahora, con el paso del tiempo. Con Nick nunca podía estar relajada del todo por miedo a perderlo. Incluso cuando eran más felices, sentía que estaba a punto de explotar por la intensidad de sus sentimientos. Era una sensación extraña, pero maravillosa al mismo tiempo. Amar a Nick la hacía sentir viva.
    ¿Volvería a sentir eso otra vez?, se preguntó. No le parecía posible. Sólo había un Nick y ahora era de su hermana…
    El ruido de la puerta interrumpió sus pensamientos.
    – A tu caseta, Bess -oyó que decía Bram-, Vamos, fuera.
    La pobre Bess era un perro pastor de lo más dulce. Sophie estaba segura de que. Secretamente deseaba ser un caniche para poder entrar en la casa y tumbarse frente a la chimenea. El animal se sentaba en la puerta mientras Bram se quitaba las botas hasta que él la mandaba a su limpia y calentita perrera.
    «Eres una perra trabajadora», le decía siempre. «Podrás entrar cuando te hayas jubilado».
    – Esa perra es un desastre -suspiró Bram, entrando en la cocina con gruesos calcetines grises en los pies.
    Iba despeinado por el viento y sus ojos parecían tan azules en contraste con su rostro bronceado por el sol, que Sophie se sobresaltó, como si estuviera viendo a un extraño.
    – No es tan mala -intentó defenderla.
    – Sí lo es. Nunca será un auténtico perro pastor -dijo Bram, fingiéndose enfadado-. Sería mejor que yo reuniera a las ovejas y ella llevase el silbato.
    Sophie soltó una carcajada.
    – Al menos lo intenta. Y te adora.
    – Ojalá me adorase haciendo lo que le mando -suspiró él.
    – Me temo que no es así como funciona la adoración -dijo Sophie con tristeza. Y Bram la miró con compasión en sus ojos azules.
    – No, es verdad.
    Los dos se quedaron callados un momento.
    – ¿Esto se pasa, Bram? -preguntó ella entonces, sin mirarlo.
    Bram no se molestó en fingir que no sabía de lo que hablaba.
    – Se pasa, sí. Con el tiempo.
    – Pues a ti no parece que se te haya pasado. ¿Cuándo rompisteis Melissa y tú?
    – Hace más de diez años -admitió él.
    – Y aún no se te ha pasado del todo, ¿verdad?
    Bram no contestó inmediatamente. Se calculó las manos en la estufa de leña y pensó en Melissa. Con su pelo como el oro y sus ojos de color violeta y esa sonrisa que parecía capaz de iluminar una habitación.
    – Ya se me ha pasado -dijo por fin, aunque no parecía convencido del todo-. Ya no me duele como solía dolerme, pero es cierto que a veces pienso en ella. Me pregunto qué habría sido de nosotros si ella no hubiera roto el compromiso, pero es difícil imaginarlo. ¿Habría podido Melissa ser la mujer de un granjero?
    Probablemente no, pensó Sophie. Aunque había crecido en una granja, a Melissa nunca le había gustado ensuciarse las manos. Y nunca había tenido que hacerlo. Era tan frágil, tan débil, que siempre había alguien dispuesto a hacer sus tareas.
    Sophie había aceptado muchos años atrás que ella tendría que hacer cosas que su hermana no haría nunca, pero no sentía rencor alguno. Quería a Melissa y se sentía orgullosa de que fuera tan guapa. Cuando eran pequeñas solía levantar los ojos al cielo y llamarla «la hermana del infierno», pero no lo decía de verdad.
    Hasta que conoció a Nick.
    – Sigo queriendo a Melissa -dijo Bram entonces-. Supongo que la querré siempre, pero no me duele haberla perdido como te duele a ti en este momento haber perdido a Nick. Sé que suena como un cliché, pero es verdad que el tiempo lo cura lodo.
    Sophie apartó la tetera del fuego, pensativa.
    – ¿Melissa es la razón por la que no te has casado nunca?
    Bram apartó una silla y se sentó a la mesa.
    – En parte, pero no es que esté esperándola ni nada parecido. Estoy dispuesto a encontrar a otra persona.
    – A mí me gustaba Rachel para ti. Me cae muy bien.
    Si alguien podía ayudarlo a olvidarse de Melissa, ésa habría sido Rachel, una abogada de Helmsley. Era una chica inteligente, simpática y con sentido del humor. Y práctica, Bram necesitaba una mujer práctica.
    – A mí también me caía bien. Era estupenda. Yo pensé que podría funcionar, pero al final queríamos cosas diferentes. Rachel no estaba hecha para vivir en una granja. Me dijo francamente que no se creía capaz de soportar la soledad y que le daba miedo la oscuridad en el campo. Quería irse a York, donde podía salir por las noches, quedar con sus amigos para tomar copas, ver una película… y yo no podría vivir en la ciudad, así que decidimos separarnos.
    – Lo lamento -dijo ella, preguntándose si Rachel habría pensado que una parte del corazón de Bram sería siempre de Melissa. Ninguna mujer querría casarse con un hombre que seguía enamorado de otra.
    Por costumbre, Sophie fue al armario donde Molly guardaba una lata de latón que conmemoraba la boda de la reina. Dentro había galletas caseras de chocolate, de coco o de vainilla. Pero cuando quitó la tapa, la lata estaba vacía. Pero claro. Qué tontería, pensó. ¿Cuándo iba a encontrar Bram tiempo para hacer galletas?
    Nada podría haber evidenciado mejor que Molly se había ido, y Sophie se mordió el labio inferior mientras volvía a guardar la lata en su sitio.
    – Echo de menos a tu madre.
    – Lo sé, yo también -Bram se levantó para sacar una caja de galletas de la despensa-. Podríamos ponerlas en la bandeja especial -dijo entonces, bajándola del armario-. No le gustaría nada ver cómo he bajado el listón en esta casa desde que ella no está.
    Sophie había hecho esa bandeja para Molly unas navidades, el año que descubrió su pasión por la arcilla. Ella misma había pintado luego una oveja… un tanto deteriorada. Comparada con sus últimos trabajos, la bandeja era de risa, pero a Molly le encantó y había insistido en usarla cada vez que tomaban el té.
    Bram puso las galletas en la bandeja y observó a Sophie mientras servía el té en sendas tazas.
    – Me ha resultado raro volver a casa esta noche. La luz estaba encendida y oía el pitido de la tetera… era casi como si mi madre estuviera aquí. Es a esta hora cuando de verdad la echo de menos, cuando vuelvo a una casa vacía. Ella siempre estaba aquí… cocinando, oyendo la radio, haciendo té… es como si hubiera salido un momento para darle de comer a las gallinas o a buscar algo en la despensa. Tengo la impresión de que va a volver en cualquier momento.
    Los ojos de Sophie se llenaron de lágrimas.
    – Oh, Bram, cuánto lo siento. Yo no hago más que hablar de mis problemas, pero perder a tu madre debió ser horrible. ¿Cómo puedes soportarlo?
    – Estoy bien -contestó él-. Pero sólo ahora me doy cuenta de todas las cosas que hacía por mí. Cuando ella vivía no tenía que pensar en cocinar, en hacer la compra o en lavar la ropa. Supongo que me cuidaba demasiado.
    – ¿Y comes bien? -preguntó Sophie, sabiendo que a Molly le habría gustado que se preocupara.
    – Sí, tranquila. No sé hacer grandes platos y siempre se me olvida ir al mercado, pero no me moriré de hambre. Sé cuidar de mí mismo, pero hay un montón de tareas que hacer en la casa, y como suelo volver agotado…
    – Bienvenido al mundo de las mujeres -lo interrumpió Sophie, de broma.
    – Lo siento -sonrió Bram-. Suena como si estuviera buscando una criada para reemplazar a mi madre, ¿verdad? Pero no es eso. Me habría gustado darme cuenta de cuánto trabajaba y haberle dado las gracias, eso es todo.
    – Molly te quería muchísimo -dijo Sophie-. Y sabía que tú la querías. No tenías que decirle nada.
    Bram se sirvió azúcar en el té y lo removió, pensativo.
    – No sé qué voy a hacer cuando llegue el parto de las ovejas. Hacen falta dos personas por lo menos.
    Sophie había crecido en una granja y sabía que los granjeros tenían que estar pendientes para perder la menor cantidad posible de ovejas, vigilándolas día y noche. Siempre le había gustado ayudar. Le encantaba el olor de la paja, el balar de las ovejas y ver a los recién nacidos intentar ponerse en pie con sus temblorosas patitas. Pero ella sólo lo hacía de vez en cuando. No tenía que pasarse tres noches o más sin pegar ojo. En realidad, había muchas ocasiones en las que un granjero como Bram debía necesitar ayuda.
    – No es fácil llevar una granja solo -dijo Sophie. suspirando.
    – Ahora entiendo por qué mi madre quería que me casara. Y lo he pensado mucho desde que ella murió -admitió Bram-. Mientras mi madre vivía no tenía que enfrentarme con el hecho de haber perdido a Melissa -dijo entonces. Y luego se detuvo, con el ceño fruncido-. ¿Me entiendes?
    – ¿Quieres decir que era fácil usar a Melissa como excusa para justificar que no hubieras vuelto a tener una relación seria con nadie?
    – Bueno, dicho así suena fatal, ¿no? Pero yo creo que eso es lo que hice. Ninguna de mis novias me hacía sentir lo que sentía con Melissa y supongo que no necesitaba una novia mientras mi madre vivía y todo iba como siempre. Ahora que ha muerto… a veces me siento solo -admitió Bram por fin-. Me siento aquí por las noches y pienso en cómo será mi vida si no me caso… y no me gusta nada. Creo que ha llegado la hora de olvidarme de Melissa. Tengo que dejar de comparar a otras mujeres con ella.
    – Eso es más fácil decirlo que hacerlo -señaló Sophie, pensando en Nick.
    – Sobre todo cuando vives en el campo y te pasas días enteros sin ver a nadie. No es tan fácil encontrar una chica con la que uno quiera casarse y supongo que se hace más difícil a medida que te haces mayor.
    Sophie lo pensó un momento. Por primera vez se le ocurrió que no debía haber muchas oportunidades de conocer gente allí. Había un pub en el pueblo, por supuesto, pero era una comunidad pequeña y apenas llegaban vecinos nuevos. En general, a la gente le gustaba el campo para pasar el fin de semana, pero no para vivir allí todo el tiempo.
    Quizá no era fácil para Bram. Una podría pensar que para un hombre soltero, solvente de poco más de treinta años sería fácil encontrar novia, pensó Sophie, recordando las quejas de sus amigas en Londres, según las cuales no quedaba un solo hombre soltero que fuese decente. Pero para Bram, que era decente y honesto, debía ser difícil encontrar a alguien interesante en el pueblo. Aunque algún día sería un buen marido para cualquier mujer.
    – Deberías ir a Londres. Allí se pegarían por ti.
    – No valdría de nada si a la chica no le gusta la idea de vivir en un pueblo aislado -sonrió él-. Una chica que odie el frío, el viento y el barro no es para mí. Evidentemente, es ahí donde me he equivocado durante todos estos años. Desde Melissa, todas mis novias han sido chicas de ciudad, de modo que estaba buscando donde no debía. Lo que yo necesito es una chica de campo.
    Sophie lo miró con afecto. Sí, una buena chica de campo era exactamente lo que Bram necesitaba. Tenía que haber alguien que quisiera casarse con él. Además de hacerse con un marido bueno y decente, tendría aquella agradable cocina y durante las frías noches de invierno podría cerrar las pesadas cortinas y sentarse con Bram frente a la chimenea, escuchando el crepitar de las brasas.
    – Ojalá yo pudiera casarme contigo -suspiró.
    Bram dejó su taza sobre la mesa, pensativo. Sólo el reloj de su madre rompía el silencio.
    – ¿Y por qué no lo haces?
    Sophie sonrió, insegura. Debía estar de broma.
    – ¿Por qué no me caso contigo?
    – Acabas de decir que te gustaría -le recordó él.
    – Sí, pero quería decir… -Sophie estaba tan sorprendida por su repentina seriedad que no podía recordar por qué había dicho eso-. No lo decía en serio.
    – ¿Por qué no?
    – Pues… es evidente, ¿no? Porque no nos queremos.
    – Yo te quiero -dijo Bram, tomando tranquilamente su té.
    – Y yo te quiero a ti -se apresuró a decir Sophie-. Pero no… no como uno debe querer a la persona con la que se casa.
    – ¿Quiere decir que no me quieres como querías a Nick?
    Ella se puso colorada.
    – O como tú querías a Melissa. Es diferente, tú lo sabes muy bien. Somos amigos, no amantes.
    – Por eso podría salir bien -insistió Bram-. Los dos estamos en la misma situación, así que sabemos muy bien qué siente el otro.
    Luego se quedó en silencio, ensimismado. Nunca se le había ocurrido pensar en casarse con Sophie, pero ahora le parecía lo más natural. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?
    – Si ninguno de los dos puede casarse con la persona que quiere, al menos nos tendríamos el uno al otro -intentó convencerla-. No sería ningún riesgo porque nos conocemos de toda la vida. Tú sabes cómo soy y yo sé cómo eres tú. No voy a salir corriendo cuando descubra tus irritantes costumbres, como haría un extraño.
    Sophie, que estaba mojando una galleta en el té, se detuvo.
    – ¿Qué costumbres irritantes?
    – Bueno, irritante podría no ser la palabra -aclaró Bram, percibiendo que estaba en terreno peligroso-. Debería haber dicho… manías.
    – ¿Qué manías? -insistió Sophie.
    – Por ejemplo… cómo arrugas la cara mientras intentas decidir qué quieres tomar en el pub. Que siempre digas que no quieres patatas fritas y luego te comas las de los demás… o esos pendientes tan raros que llevas siempre.
    Sophie se tapó las orejas con las manos. Su amiga Ella era diseñadora de joyas y le hacía los pendientes.
    – ¿Qué tienen de raro?
    Bram estudió las plumitas que colgaban de sus orejas. Aquellos pendientes eran discretos comparados con los que solía llevar.
    – Debes admitir que no son muy normales.
    – ¿Alguna cosa más? -preguntó Sophie, comiéndose la galleta.
    – Bueno, por ejemplo que sueles comerte todas las galletas y luego te pasas el resto de la tarde quejándote porque vas a engordar.
    Sophie, que iba a llevarse otra galleta a la boca, la dejó sobre el plato.
    – ¿Quieres saber cuáles son tus costumbres irritantes?
    – Dime la peor -sonrió Bram.
    – Eres irritantemente tranquilo. Nunca le enfadas, nunca te indignas por nada, nunca te dejas llevar -Sophie se comió la galleta con un gesto desafiante-. No te imagino perdiendo el control.
    – ¿No?
    Se quedaron en silencio y, por alguna razón, Sophie se encontró a sí misma imaginando a Bram haciendo el amor. La imagen era desconcertantemente vivida. Empezaría despacio, con cuidado, pero a medida que la excitación aumentase… sí, entonces podría perder el control y…
    Sophie se dio cuenta de se había puesto colorada. No le parecía bien pensar en Bram de esa forma. De modo que tomó otra galleta para tener algo que hacer.
    – Muy bien, admito que tus costumbres no son tan irritantes como las mías.
    – Pero nuestras costumbres, irritantes o no, no tienen por qué ser incompatibles, ¿no crees?
    De nuevo se quedaron en silencio mientras Sophie miraba a Bram, convencida de que estaba bromeando,
    – No lo estarás diciendo en serio, ¿verdad?
    – ¿Por qué no nos enfrentamos con la realidad, Sophie? Ninguno de los dos ha encontrado a nadie especial y no parece posible que vayamos a casarnos con la persona que queremos. Podemos vivir solos el resto de nuestras vidas o vivir juntos. En nuestro matrimonio no habría una gran pasión, pero tendríamos amistad, compañía, consuelo. Eso también es importante. Yo necesito ayuda en la granja, además -dijo Bram entonces-. Sophie, me encantaría que te casaras conmigo. Necesito una mujer que entienda el campo y no tenga miedo de vivir aquí sola… alguien que pueda ayudarme a llevar la granja. Una compañera, además de una esposa. Alguien como tú. Y tú…tú tampoco puedes tener lo que quieres, pero has dicho que echas de menos vivir aquí y que no te gusta Londres. Conmigo podrías vivir aquí. La granja Haw Gilí sería tu casa tanto como la mía. Y podrías poner tu torno en uno de los graneros y seguir trabajando con la arcilla -los ojos azules se posaron en ella-. Ninguno de los dos tendría lo que siempre ha querido, pero al menos tendríamos algo. Los finales felices sólo existen en las películas, Sophie. Y no seríamos los primeros en hacerlo.
    – Pero entonces le diríamos adiós a nuestros sueños para siempre -protestó ella.
    – Llegar a un compromiso significa tener algo en lugar de no tener nada -replicó Bram-. Y serviría para solucionar tu problema en Navidad, por ejemplo. Tú misma has dicho que no puedes pasar las navidades con tus padres a menos que tengas un novio. ¿Por qué no puedo ser yo?
    – Pues… porque todo el mundo te conoce.
    – ¿Y?
    – Todo el mundo sabe que somos amigos. Nadie creería que, de repente, nos hemos enamorado -protestó Sophie-. Además, ya le he dicho a mi madre que estoy enamorada de otro.
    – Pero no le has dicho quién es, ¿no? Ese otro podría ser yo.
    – Pero si fueras tú se lo habría contado -respondió ella, sorprendida por su insistencia y aún convencida de que estaba de broma.
    – ¿Por qué? Acabamos de enamorarnos y tenemos que hacemos a la idea -se encogió él de hombros-. No iríamos por ahí contándoselo a todo el mundo.
    Sophie lo miró, escéptica.
    – O sea, que tenemos que esperar que mis padres y todos los que nos conocen de toda la vida crean que, de repente, nos hemos enamorado, ¿no?
    Bram volvió a encogerse de hombros.
    – Esas cosas pasan. Yo creo que es posible mirar a una persona a la que conoces desde siempre y, de repente, verla de otra forma.
    Recordó entonces lo desconcertado que se había sentido un año antes, cuando le habló de Nick. O cuando estaban en la valla, unas horas antes, y Sophie se apoyó en su hombro. Claro que eso no era lo mismo que enamorarse de ella, pero había sido algo chocante.
    – La gente cambia. A veces cuando menos te lo esperas.
    – Sí, supongo que sí -asintió ella, pensativa-. Pero no me imagino a mí misma enamorándome de esa forma.
    No podía ni imaginarlo. Con Nick, había sido amor a primera vista. ¿Cómo podía ser lo mismo si conocía a la otra persona de toda la vida?
    Bram, por ejemplo. Sería rarísimo. Tenía la misma nariz de siempre, la misma boca… no había nada feo en sus facciones, pero tampoco nada especial. Nada que le acelerase el corazón.
    Aunque, para ser justa, siempre le habían encantado sus ojos. Eran profundos, de un azul tan claro como el cielo, con un perpetuo brillo burlón.
    Y ahora que lo miraba detenidamente, tenía una boca interesante. Curioso que no se hubiera dado cuenta antes, pensó. Debía ser porque estaban hablando de casarse. Nunca se había fijado en la boca de Bram. Tenía algo que la hacía sentir… no excitada, no, ésa no era la palabra. Turbada tampoco. La hacía sentir un poco desconcertada.
    ¿Le parecía sexy?
    Horrorizada, Sophie sacudió la cabeza. Estaba mirando a Bram, a su amigo Bram. Y era absurdo mirarlo de esa forma. No debería estar pensando en sus ojos ni en su boca. No de ese modo, al menos.
    – Si estuviéramos prometidos, tendrías la excusa perfecta para quedarte aquí conmigo y no en casa de tus padres -siguió él, sin embargo-. Por supuesto, tendrías que ver a Nick, pero sólo en el cumpleaños de tu padre y en la comida de Navidad. Podrías marcharte cuando quisieras… siempre podemos inventar alguna crisis en mi granja. Ya sabes que aquí no faltan problemas.
    Sería más fácil pasar las navidades con Bram, desde luego. Era un hombre tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, que siempre se podía confiar en él para romper un silencio incómodo o para evitar la tensión con alguna nota de humor, cualidades que le serían necesarias durante la comida de Navidad.
    Su presencia también lo haría todo más fácil para Melissa. Sophie sabía que su hermana se sentía culpable y quizá si pensaba que había encontrado la felicidad con Bram podría tranquilizarse y disfrutar de su matrimonio.
    ¿Y Nick? ¿Qué pensaría él? ¿Se alegraría de que hubiese encontrado a alguien?
    No tenía que adivinar lo que sentiría su madre si le dijeran que estaban comprometidos. Harriet estaría en las nubes. No sólo habría conseguido reunir a todo el mundo, sino que tendría otra boda que organizar para el año siguiente. Sería el mejor regalo de Navidad que Sophie podría hacerle.
    Su padre también se alegraría mucho, naturalmente.
    Sí, sería más fácil para todo el mundo si dijera que iba a casarse con Bram.
    Pero ¿podía casarse con él sólo para hacer feliz a su familia?
    Sophie empezó a jugar con su taza.
    ¿Podría funcionar? ¿Cómo sería estar casada con Bram? Nunca había pensado en él más que como un amigo. ¿Qué tal sería como marido? ¿Y como amante?
    Sin pensar, estudió su boca. Era firme, serena. ¿Cómo sería besarlo? Y esas manos grandes, cuadradas… Lo había visto ayudando a traer un corderito al mundo, pasando la mano delicadamente por la cabeza de una vaca, arreglando el motor del tractor. Pero nunca las había sentido sobre su piel. ¿Cómo sería?
    Esa idea la hizo sentir incómoda.
    – Esto es absurdo -dijo entonces-. No puedo creer que estés hablando en serio de casarnos sólo para evitar que haya silencios incómodos el día de Navidad.
    – Yo estaba pensando más bien en evitar silencios incómodos en la vida -contestó Bram.
    – No podríamos hacerlo.
    – ¿No?
    – No -contestó Sophie-. No podríamos. Sé que tendría muchas ventajas, pero… no sé. Tampoco yo quiero vivir sola toda mi vida y acabar amargada, pero no sería justo. Me importas demasiado como para casarme contigo cuando sabes lo que siento por Nick. Tú mereces algo mejor.
    – ¿Mejor en qué sentido? -preguntó Bram, sorprendido porque su negativa lo había decepcionado más de lo que esperaba.
    Era curioso. Una hora antes la idea de casarse con Sophie jamás se le habría pasado por la cabeza, pero ahora le parecía una de las mejores ideas que había tenido nunca.
    – Tú mereces algo mejor que un segundo plato -contestó ella-. Mereces alguien que te quiera con todo su corazón, y estoy segura de que, tarde o temprano, conocerás a una mujer así. Tú serás su roca y ella será tu estrella y seréis felices para siempre. Y entonces me agradecerás que no me casara contigo -Sophie se levantó y lo abrazó por detrás para darle un beso en la mejilla-. Tú eres mi mejor amigo -le dijo al oído. Bram cerró los ojos, sorprendido por el desconcierto y la turbación que su proximidad lo hacía sentir-. Sé que estás intentando ayudarme, pero tienes que pensar en ti mismo. Me gustaría que las cosas fueran de otra forma, Bram, pero… son como son.
    Él levantó una mano para apretar la suya, pero le costó trabajo hablar porque tenía un nudo en la garganta.
    – A mí también -dijo por fin.

Capítulo 3

    HARRIET Beckwith salió de la cocina en cuanto oyó a Sophie entrar por la puerta. A pesar de llevar un mandil y un rodillo de amasar en la mano, era la antítesis de «la mujer del granjero». Su madre era una mujer atractiva, siempre bien arreglada y sin un pelo fuera de su sitio.
    – ¡Mira qué pinta tienes, Sophie! -exclamó-, ¡Estás llena de barro! Y el pelo… seguro que has estado en Haw Gilí.
    Como siempre, su madre la hacía sentir como una colegiala exasperante. Sophie intentaba no enfadarse, pero a veces era difícil recordar que tenía treinta y un años y no catorce.
    – He ido a ver a Bram.
    – La verdad, yo no sé de qué podéis hablar Bram y tú -suspiró Harriet.
    ¿Qué diría si supiera que habían estado hablando de matrimonio?
    Sophie observó a su madre tomar la chaqueta que había tirado sobre la silla y colocarla en el perchero.
    Conociéndola, seguramente diría: «No habrás estado hablando de matrimonio con esos pelos».
    – Bueno, ya sabes, de nuestras cosas…
    – ¿Se puede saber dónde te has metido? ¡Tienes la chaqueta llena de pelos!
    – Será del Land Rover. Me ha traído Bram.
    Una vez olvidada la absurda idea del matrimonio, habían estado hablando de otras cosas. Bram no había intentado hacerla cambiar de opinión y Sophie se alegró. Porque había estado peligrosamente cerca de decir que sí y, aunque sabía que había tomado la decisión correcta, tenía la impresión de que si hubiera insistido un poco habría terminado por aceptar su oferta.
    De modo que todo era como antes. O casi. Sophie había notado cierta tensión en el interior del Land Rover mientras la llevaba a casa.
    – Entonces, quizá nos veremos en Navidad -se había despedido Bram. No le había pedido que reconsiderase su oferta. Nada, ni una palabra más.
    De modo que ya estaba.
    – Me alegro de que no te haya dejado venir sola -suspiró Harriet-. Al menos Bram es sensato.
    Bram siempre había sido sensato. Y por eso era más asombroso que se le hubiera ocurrido la idea de casarse con ella.
    – Ni siquiera son las siete, mamá -protestó Sophie, siguiendo a su madre hasta la cocina mientras intentaba quitarse de la cabeza tan extraña proposición.
    La cocina de la granja Glebe no podía ser más diferente de la de Bram. En lugar de sillones cómodos y estufas de leña, había superficies de acero y modernos electrodomésticos que Harriet había instalado cuando abrió su negocio de comidas caseras. Pero el negocio se había ampliado y sus padres tuvieron que construir una cocina industrial anexa a la casa, donde su madre controlaba a cinco mujeres del pueblo con la despiadada eficiencia de una licenciada en Harvard. El más claro ejemplo de la mano de hierro en el guante de seda.
    – ¿Qué tal está Bram, por cierto? -preguntó Harriet entonces-. Supongo que las cosas no será fáciles sin Molly.
    – Sí, bueno, se las arregla.
    – Tiene que buscar una esposa -suspiró su madre, mientras pasaba el rodillo por un rectángulo de masa pastelera.
    Tan ocupada estaba que no se percató de que Sophie había dado un respingo. ¿Qué era aquello, una conspiración?
    – He oído que Rachel se ha ido a York -siguió Harriet, antes de que ella pudiera decir nada-. Ya sabía yo que eso no duraría mucho.
    – ¡Pero si apenas la conocías!
    – No tenía que conocerla. Sólo había que mirarla. Yo podría haberle dicho a Bram que estaba perdiendo el tiempo. Una chica de ciudad como Rachel no era para él. Bram necesita a alguien que lo ayude en la granja. Tiene unas tierras muy buenas y podría hacer mucho más con ellas.
    Harriet era de las que creía firmemente en la diversificación.
    – Siempre estás con lo mismo, mamá.
    – Hoy en día no se puede vivir sólo del ganado. Hay que probar cosas nuevas.
    Su madre tenía una buena cabeza para los negocios, y Sophie siempre había sospechado que se aburría en la granja, hasta que una crisis agrícola, una de tantas, la había llevado a abrir su propio negocio.
    Su empresa de comidas caseras había sido tal éxito, que Harriet siempre estaba animando a todo el mundo a hacer lo que había hecho ella. Sobre todo a Bram. Según su madre, debería transformar los graneros en un hotel rural, ofrecer cacerías para los fines de semana o convertir los campos de cultivo en campos de golf. Parecía frustrada porque Bram se contentaba con hacer lo que varias generaciones de Thoresby habían hecho antes que él.
    – A mí me cae muy bien Bram -solía decir su madre-, pero no tiene ambición. Así nunca llegará a ningún sitio.
    Pero, en opinión de Sophie, Bram no tenía que ir a ningún sitio porque estaba donde quería estar. No necesitaba nada más.
    – Menos mal que Melissa no se casó con él -dijo Harriet entonces-. Él no habría podido darle la clase de vida a la que ella está acostumbrada. Mira Haw Gilí… ¡esa granja no ha cambiado nada en cincuenta años!
    No, no había cambiado. Y precisamente por eso era mucho más acogedora que la granja Glebe, pensó Sophie.
    – Bueno, de todas formas está mucho mejor con Nick -siguió su madre, satisfecha-. Su empresa va muy bien, ¿sabes? Nick puede cuidar de tu hermana.
    «Darle todos los caprichos», pensó Sophie.
    – Melissa y Bram eran demasiado jóvenes cuando se prometieron -continuó Harriet-. Lo decía tu padre y tenía razón. No habría salido bien. Pero lo siento por Bram, la verdad. A veces pienso que sigue enamorado de tu hermana. Y lo lamento, porque es un chico estupendo.
    Era más que un chico estupendo, pensó Sophie, ligeramente fastidiada, aunque no sabía por qué.
    – ¿Te ha hablado de Vicky Manning? -le preguntó su madre entonces.
    – No -contestó Sophie, sorprendida. Vicky, una ex compañera del colegio, era una chica gordita y simpática pero, en su opinión, bastante sosa-. ¿Qué pasa con Vicky?
    – Que iba a casarse en menos de un mes.
    El vestido estaba encargado, las invitaciones enviadas… y entonces el novio se echó atrás. Se ha ido a Manchester y la pobre Vicky se ha quedado aquí, destrozada.
    – Pobrecilla -murmuró Sophie-. Lo siento mucho por ella.
    – Sí, no creo que lo esté pasando bien. Según Maggie, el novio siempre estaba diciendo que se aburría en el campo, pero Vicky no quería irse a la ciudad -Harriet comprobó la temperatura del horno y se secó las manos en un paño para colocar la masa en un molde-. No me sorprendería nada que acabase con Bram.
    – ¿Con Bram? Vicky y Bram no tienen nada que ver.
    – Bueno, eso nunca se sabe… -Harriet metió el molde en el horno y limpió la encimera con el paño-. Debería perder algo de peso, pero es una chica mona y muy trabajadora. Yo creo que sería una buena esposa para Bram.
    – Pues yo no lo creo -replicó Sophie.
    – No todo el mundo puede elegir, hija. Por aquí no hay muchas chicas solteras, y si Bram quiere tener hijos, será mejor que se espabile.
    «Y tú también». Naturalmente, eso era lo que su madre quería decir. Y a Sophie no le pasó desapercibido.
    – Bram sólo tiene treinta y dos años. No es un viejo decrépito precisamente.
    – Pero tendrá que ponerse a ello cuanto antes -insistió Harriet-. Yo no entiendo por qué los jóvenes sois tan exigentes. Si esperas al hombre perfecto no lo encontrarás nunca, hija. Mira ese tal Rob… era un profesor de universidad y resulta que has cortado con él porque no te gustaba del todo.
    Sophie dejó escapar un suspiro. No le apetecía discutir con su madre otra vez.
    – No me gustaba, mamá. No te puedes casar con alguien sólo porque está disponible. Además, ya te he dicho que he conocido a otro chico.
    Entonces pensó en Bram y en lo que le había propuesto.
    ¿Y si le decía: «Mira, mamá, es Bram. Estamos enamorados y vamos a casarnos»?- ¿Lo creería?
    Pero no iba a hacerlo. Ya habían decidido que lo de casarse estaba fuera de la cuestión.
    Imposible. Tan imposible que debía dejar de pensar en ello.
    Pero su madre no parecía tan convencida.
    – ¿Y cómo sabes que ese chico va a ser mejor que Rob? -le espetó, mirando las cacerolas que tenía al fuego y cerrando las tapas con innecesaria fuerza.
    – Podría serlo.
    – Pues si ni siquiera puedes decirme su nombre, supongo que no debemos esperarlo para Navidad -replicó Harriet, exasperada. Y algo en su tono de voz le dijo que acababa de empezar una sesión de chantaje emocional.
    – Aún no hemos hablado de eso…
    – Porque no va a venir -la interrumpió su madre-. Además, supongo que tendrá que pasar las navidades con su familia, como todo el mundo. Yo había pensado invitar a Bram. Es prácticamente de la familia, y no me gusta que esté solo el día de Navidad.
    Sophie miró a su madre con expresión suspicaz.
    – Pensé que ya lo imaginabas casado con Vicky Manning antes de las fiestas.
    – No seas boba, hija. Es demasiado pronto. No, éstas serán las primeras navidades de Bram sin su madre y creo que debería invitarlo. Además, seguro que le apetece venir. Como sois tan amigos… Claro que si tú no estuvieras aquí, Bram se sentiría incómodo. Nick y Melissa a veces se ponen en plan tortolitos y no creo que a Bram le hiciese gracia… sobre todo si sigue sintiendo algo por tu hermana.
    ¡Ah, ahí estaba el chantaje! Si no volvía a casa en Navidad, no sólo le estaría negando a su anciano padre la alegría de verla el día de su cumpleaños, sino que estaría condenando a Bram a la soledad en un día tan señalado.
    Su madre era muy lista, desde luego. Sí, había convertido el chantaje emocional en un arte, desde luego.
    Claro que su padre se había pasado el día bajando a las ovejas del páramo y, durante el desayuno, había comido con el mismo apetito de siempre, pero Sophie ya había tomado la decisión de volver a casa para celebrar su cumpleaños. De modo que también se quedaría para Navidad.
    Pero no lo pasaría tan mal si Bram estuviera a su lado para darle apoyo moral. ¿Y por qué no darle a su madre la satisfacción de creer que sus artimañas habían funcionado?
    – A mí me parece buena idea, mamá. Claro que vendrá.
    Sophie se levantó el cuello de la chaqueta y salió de la estación de metro para ir a su apartamento, cansada y deprimida. Acababa de quedarse sin trabajo y, sobre todo, sin ingresos. Había que pagar el alquiler a final de mes y no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo.
    Aunque, en realidad, todos en la oficina sabían que el hacha estaba a punto de caer. Sophie no era la primera en ser despedida y no sería la última.
    Tampoco le había roto el corazón dejar esa oficina. Vender seguros para sistemas informáticos debía de ser el trabajo más aburrido del mundo. A lo mejor algunos de sus colegas lo encontraban fascinante, pero para ella, cuyo sueño era vivir de la artesanía, era una tortura.
    Aunque había tenido suerte de encontrarlo. Había terminado la carrera de Bellas Artes con tantas esperanzas… y pronto descubrió que era muy difícil ganarse la vida como artista en Londres. De modo que tuvo que buscar un trabajo para pagar el alquiler mientras se dedicaba a la arcilla por las noches y durante los fines de semana. Encontrar una galería que expusiera su obra había sido el primer paso hacia una vida soñada, pero incluso eso se había terminado.
    Sophie suspiró. Londres era una ciudad tan cara. Sería más sencillo vivir en el pueblo, pero tampoco allí sería fácil encontrar trabajo. Además, tendría que vivir en casa de sus padres y su madre y ella apenas podían aguantar un fin de semana sin discutir.
    No, vivir con sus padres era imposible… Y, además, estaba Nick.
    Se encontraría con él todo el tiempo. En casa de sus padres, en el pub, en el mercado. La angustia de verlo pero no poder tocarlo sería insoportable.
    De modo que tenía que seguir viviendo en Londres. Aunque lo odiaba. No dejaba de llover, el tráfico era horrible, durante la hora punta subirse a un vagón era tarea imposible, siempre había una alarma sonando en alguna parte…
    Y durante toda aquella semana, Sophie había añorado el campo más que nunca. Tanto que a veces se sentía físicamente enferma.
    Y todo por culpa de Bram. Él había puesto la posibilidad de pasar las navidades en casa delante de su cara y ahora no podía dejar de pensar en ella.
    Una vez en su apartamento, Sophie miró por la ventana de la cocina… y vio una pared de ladrillo. En Haw Gilí uno veía el valle y el hermoso cielo de Yorkshire.
    Podría estar allí. La cocina de Haw Gilí podría ser suya.
    Si se casaba con Bram.
    Pero no, qué tontería. Decirle que no había sido lo mejor, pensaba. Casarse con él sin estar enamorada sería utilizarlo, y ella no podía hacerle eso.
    Pero ¿y si su madre tenía razón? ¿Y si nunca conocía a la mujer de su vida? ¿Y si decidía consolarse con alguien como Vicky Manning?
    Ése era el pensamiento que realmente la sacaba de quicio.
    Vicky no se quejaría del frío, ni de la soledad, ni del duro trabajo en la granja. Bram se aburriría de ella en menos de un año, estaba segura. Y Bram, siendo como era, le sería fiel y tendría que aguantarse con Vicky toda la vida.
    Al menos, ella podría salvarlo de ese horrible destino. No era la mujer perfecta, pero sería mejor esposa que Vicky.
    Y podría volver a casa.
    Y podría enfrentarse con Melissa y Nick. No sonaba mal… ¿no?
    Su compañera de piso, Ella, estaba de acuerdo.
    – ¿Por qué le has dicho que no? -le había preguntado cuando volvió a casa y le habló de la proposición de Bram-. Yo creo que casarte con Bram resolvería todos tus problemas. Podrías volver a tu pueblo, no tendrías que buscar otro trabajo absurdo, tu madre te dejaría en paz y, sobre todo, sería un puñetazo en el estómago para ese cerdo que te dejó por tu hermana.
    – No es un cerdo. Ella -había protestado Sophie. Pero su amiga detestaba a Nick.
    – Si se había enamorado de Melissa, debería haberse callado hasta que pudiera hablar contigo. En lugar de eso, te dejó a ti el trabajo sucio. ¡Nick se pasa el día diciendo que es una persona estupenda, pero en mi opinión no es un caballero!
    Algo que siempre sonaba un poco raro viniendo de una chica que llevaba un piercing en la nariz y otro en la ceja.
    – No puedo casarme con Bram -intentaba explicarle Sophie ese viernes por la noche, mientras abrían una botella de vino porque no tenían dinero para salir-. Es mi mejor amigo.
    – ¿Y qué? No hay ninguna ley que te prohíba casarse con tu mejor amigo. De hecho, que seáis amigos es perfecto. ¿Bram es raro, tiene algún defecto horrible?
    – ¡Claro que no!
    – ¿No escupe cuando habla? ¿No tiene pelos en las orejas?
    Sophie soltó una carcajada.
    – ¡No!
    – ¿Cómo es? -preguntó Ella.
    – ¿Bram? No es nada especial -contestó Sophie, pensando en sus ojos azules, en su sonrisa, en su solidez-. Pero tampoco es feo. Es… sencillamente Bram.
    – Aja -Ella la miró por encima de su copa-, ¿Y alguna vez habéis… ya sabes?
    – ¡No! -Sophie se movió, incómoda, ¿Bram y ella? Nunca.
    – ¿Ni siquiera un beso?
    – No.
    – No puedo creer que no lo hayas pensado por lo menos. Los dos solos en el campo… él es un hombre, tú eres una mujer… los dos sois solteros, ninguno de los dos es grotesco… ¡tienes que haberlo imaginado alguna vez!
    – Pues no -insistió Sophie-. Bram y yo sólo somos amigos. Nunca ha habido nada… físico entre nosotros. Además, está enamorado de mi hermana.
    – No estará muy enamorado si te ha pedido que te cases con él.
    – Sólo lo ha hecho porque sabe que no estoy enamorada de él y porque entiendo lo que siente por Melissa.
    – Bueno, pues si tú no le quieres y Bram necesita consuelo, a lo mejor le gustaría casarse conmigo -sonrió Ella-. Yo sería una granjera de cine.
    Sophie sabía que su amiga estaba de broma, pero una parte de ella se irritó al imaginarla con Bram. Eso sí que sería un desastre.
    – No creo que tú pudieras vivir en una granja. Hay que levantarse muy temprano, es muy solitario y… además, ¿qué pasa con Steve? ¿No ibas a casarte con él?
    El rostro de Ella se ensombreció.
    – ¡No menciones su nombre! Steve cree que puede aparecer y desaparecer cuando le da la gana… -el teléfono sonó en ese momento-. Si es él, dile que no estoy. Que pruebe un poco de su propia medicina.
    – ¿Seguro?
    – Sí. No pienso salir corriendo cada vez que a él le apetezca llamar.
    – Muy bien -Sophie tomó el teléfono del suelo, donde solía estar-. ¿Dígame?
    – Sophie, soy Melissa.
    – ¡Mel! -exclamó ella. Se alegraba de hablar con su hermana, pero cada vez que la llamaba se ponía a lloriquear, pidiéndole disculpas por «haberle robado» a Nick y Sophie tenía que consolarla cuando debería ser al revés… Y al final, era agotador-. ¿Cómo estás? -Bien. -¿Y Nick?
    – Bien también -contestó su hermana, aunque le pareció que estaba un poco rara-. Se ha ido a Escocia este Fin de semana. Pero te manda un beso.
    ¿Un beso? Sophie no pudo evitar que se le encogiera el corazón.
    – Bueno, ¿qué tal va todo? -Bien -suspiró Melissa-, Llamaba para hablar del cumpleaños de papá. Mamá está muy contenta de que vengas. Temía que inventaras otra excusa para no aparecer por aquí y yo no quería tener que decirles por qué te sientes tan incómoda cuando vienes a la granja. En fin, espero que no lo pases muy mal.
    – No, tranquila. Estoy bien -suspiró ella. -Siempre dices eso -protestó Melissa-. Pero yo sé que no es verdad. Nick lo sabe también y entiende que para ti es difícil verlo… -Estoy bien, Mel, de verdad. -Pero Nick sabe cuánto le querías y yo también… Sophie, ojalá las cosas hubieran sido de otra forma. Eres una persona maravillosa y mereces ser feliz, de verdad. No puedo soportar la idea de que estés sola.
    – Mel, estoy perfectamente -insistió Sophie-. De verdad. Ya no pienso en Nick.
    Mentira, por supuesto, pero Melissa no tenía por qué saberlo.
    – Pero sigues sola -repitió su hermana-. Nosotros estaremos a un lado de la mesa y tú estarás sola al otro lado… Y sé que lo vas a pasar mal.
    – No estaré sola. Bram va a comer con nosotros.
    – No es lo mismo. No quiero decir que no me guste que venga, todo lo contrario. El pobre debe estar muy triste desde que murió Molly. ¿Es verdad que está saliendo con Vicky Manning? ¿Te lo ha contado?
    – ¿Qué? -exclamó Sophie, incorporándose.
    – Nick me dijo que los vio el otro día en el pub. Supongo que te habrán contado lo de la boda de Vicky…
    – Sí, sí, me lo contó mamá.
    Ella era la persona con la que Bram solía ir al pub. ¿Qué estaba haciendo allí con Vicky?
    – La pobre debe estar pasándolo fatal. Ha sido tan humillante… Por lo visto, le dice a todo el mundo que debe aceptar lo que ha pasado y rehacer su vida.
    – Sí, claro. Es normal.
    – Yo no sé si podría hacer eso si mi prometido me hubiera dejado… -Melissa no terminó la frase-. Ay, Sophie, perdona. No me había dado cuenta…
    – Estoy bien, Mel, de verdad. Dile a Vicky que se fije en mí.
    «Y que deje en paz a Bram».
    – ¿En ti?
    – Claro. Yo soy la prueba viviente de que la vida sigue y que uno puede volver a ser feliz -dijo Sophie, intentando sonar convincente-. Y Bram también. ¿Recuerdas lo triste que estaba cuando rompiste el compromiso con él? Pues mírale ahora. Está estupendo.
    Aunque aún no la hubiese olvidado. Eso era algo que tampoco le diría a su hermana.
    – Sí, supongo que tienes razón -Mel no parecía muy convencida, de modo que quizá conocía a Bram mejor de lo que Sophie pensaba. Al fin y al cabo, había estado comprometida con él-. Ojalá encontrase a alguien -siguió. Bram era otra persona por la que su hermana se sentía culpable-. Espero que funcione lo de Vicky. Nick me dijo que parecía muy cariñoso con ella.
    ¿Ah, sí? ¡Pues Bram no tenía por qué parecer cariñoso con Vicky unos días después de haberle pedido que se casara con él!
    – Claro que seguramente todavía es pronto para Vicky -siguió su hermana-. Pero yo creo que hacen buena pareja, ¿no te parece?
    – ¿Bram y Vicky? ¿Buena pareja? Pues no, para nada.
    Casi podía ver las perfectas cejas de Melissa arrugándose con expresión de perplejidad.
    – ¿Por qué no? Los dos son tan buenas personas… Vicky sería perfecta para Bram. Ella sabe lo que es la vida en el campo y Bram necesita una esposa.
    – Sí, es posible -asintió Sophie, exasperada-. Pero no va a casarse con Vicky. ¡Va a casarse conmigo!

Capítulo 4

    AHORA sí que la has hecho! -exclamó Ella cuando por fin Sophie consiguió terminar la conversación con su hermana.
    – Me da igual. No podía dejar que siguiera hablando así de Vicky y Bram. Me estaba poniendo mala.
    – ¡Aja! Ya sabía yo que Vicky era la responsable de esto. ¡Estás celosa!
    – No estoy celosa de Vicky -replicó Sophie-. La verdad es que me da pena. Encima de que su novio la ha dejado plantada, ahora todo el pueblo intenta casarla con el único hombre disponible en Askerby. Por favor, sólo estaban tomando una cerveza en el pub… Bram es la clase de persona que te invita a una cerveza si estás triste. ¡Pero eso no significa que esté interesado en Vicky y mucho menos que piense casarse con ella!
    – Pero a ti no te gustaría que se casaran, ¿verdad? -preguntó Ella.
    – No.
    – ¿Por qué?
    – Porque Vicky no es mujer para Bram.
    – Mira, en este momento se me vienen a la cabeza las palabras «perro» y «hortelano» -rió su amiga.
    – Bram es mi mejor amigo y yo sé lo que necesita. Y, desde luego, no es Vicky Manning -protestó Sophie.
    – Pero a ti tampoco, ¿no?
    Sophie se movió, incómoda.
    – No debería haberle dicho que vamos a casamos, ¿verdad?
    – Pues no, yo creo que no.
    – Pero es que Melissa no hacía más que hablar de Vicky y Bram y… era como si todo el pueblo hubiera decidido que tenían que casarse a la fuerza. Bram se merece algo mejor -suspiró Sophie-. En fin, se me ha escapado. No sé por qué lo he dicho.
    – Pues entonces será mejor que llames a Melissa y le digas que no es verdad.
    – No puedo. Estaba tan emocionada… En cuanto le he dicho que iba a casarme con Bram, me ha confesado que ahora puede ser feliz de verdad. Y luego ha dicho que Bram y yo somos perfectos el uno para el otro… En fin, pensé que no iba a colgar nunca.
    Sophie hizo una mueca al recordar la alegría de su hermana.
    – Pero no es verdad -le recordó Ella.
    – Si le digo que es mentira, querrá saber por qué se me ha ocurrido contarle eso y… ¿qué excusa puedo inventar? Diga lo que diga, pensará que sigo enamorada de Nick, y entonces se disgustará más… No, de verdad, no puedo pasar por eso esta noche.
    – Seguramente ahora mismo está hablando por teléfono con tu madre. Tu madre se lo contará a Maggie Jackson, y una vez que lo sepa Maggie, lo sabrá todo el pueblo.
    – ¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho? -exclamó Sophie.
    – Creo que acabas de comprometerte con tu mejor amigo -contestó Ella, que parecía estar disfrutando de su predicamento mucho más de lo que debería disfrutar una verdadera amiga.
    – ¿Y qué hago?
    – Bueno, si no te atreves a llamar a Melissa, será mejor que llames a Bram para avisarle.
    – Sí, claro, tienes razón. Voy a llamarle ahora mismo.
    Sophie miró su reloj. Eran más de las diez. Los granjeros solían acostarse muy temprano porque tenían que levantarse al amanecer, y Bram no era una excepción, pero quizá aún estaría levantado.
    Sophie marcó el número, pero estaba tan nerviosa que se equivocó y tuvo que empezar otra vez.
    – ¿Qué vas a hacer? -preguntó Ella-. No puedes decirle: «¿Cómo estás, Bram? Oye, por cierto, vas a casarte conmigo».
    Sophie la miró, pensativa.
    – Pues… puedo contarle lo que ha pasado y pedirle que nos hagamos pasar por novios durante unas semanas. Sólo hasta que la gente del pueblo deje de preocuparse por nosotros, ¿qué te parece? Y luego diremos que hemos roto. Bram sólo tendrá que hacer el papel… y seguro que lo hace por mí -contestó. Aunque no estaba tan segura como le gustaría.
    Podía imaginar el teléfono sonando en la cocina de la granja Haw Gilí. Si Bram estaba levantado, contestaría a la segunda o tercera llamada, pero el teléfono sonaba y sonaba…
    – Por favor, que no se haya ido a la cama -murmuró Sophie. ¿Qué iba a hacer si saltaba el contestador? No era el tipo de mensaje que uno podía dejar en el contestador de nadie, ni siquiera en el de tu mejor amigo: «Hola, Bram, le he dicho a Melissa que vamos a casarnos. Espero que no te moleste. Adiós».
    – Granja Haw Gilí.
    El sonido de su voz, esa voz tan masculina, tan ronca, tan pausada, hizo que Sophie dejase escapar un suspiro de alivio.
    – ¡Gracias a Dios que no estás dormido! Tengo que hablar contigo, Bram.
    – ¿Sophie?
    – Sí, soy yo. No te he despertado, ¿verdad?
    – No… No, qué va.
    – Mira, tengo que contarte una cosa…
    – Ahora no es buen momento, Sophie.
    – ¿Por qué?
    Al otro lado del hilo hubo una pausa.
    – Pues… porque Vicky está aquí.
    – ¿Vicky?
    – Vicky Manning. Te acuerdas de ella, ¿no?
    Sophie se apartó el teléfono y lo miró durante unos segundos como si fuera un monstruo de dos cabezas.
    – Sí, claro que me acuerdo de ella. ¿Qué está haciendo ahí?
    Había querido que la pregunta sonase alegre y despreocupada, pero tenía la horrible impresión de que había sonado hostil y, lo que era peor, celosa.
    – Está esperando que le haga un café -contestó Bram.
    Café. Ya. A Sophie se le encogió el corazón.
    Si había llevado a Vicky a su casa, allí pasaba algo gordo. En Londres, invitar a alguien a un café no significaba nada, pero la granja Haw Gilí era un sitio tan aislado que uno no pasaba por allí por casualidad.
    De modo que, probablemente, Bram tenía en mente algo más que charlar sobre el tiempo.
    Sophie tuvo que tragar saliva. Sentía un peso en la boca del estómago… no eran celos, no, pero… ¿Bram y Vicky? Vicky no era mujer para él. Bram tenía que darse cuenta de eso.
    – ¿Es algo importante?
    – Pues claro que es importante. Si no fuera importante, no te llamaría a estas horas -contestó ella, más irritada de lo que debería por la presencia de Vicky en la granja.
    Pero ¿irían en serio? ¿Serían Bram y Vicky la nueva pareja en el distrito de Askerby? De ser así, Melissa se enteraría enseguida y… ¿qué te diría a su hermana entonces? «Oye, por cierto, estaba de broma cuando te dije que iba a casarme con Bram».
    – ¿Vicky puede oírte? -preguntó Sophie.
    – No, está en el salón -contestó Bram, bajando la voz.
    El salón de Haw Gilí estaba reservado para ocasiones especiales, de modo que no sabía si aquello era una buena o una mala señal. Si Bram se encontrase a gusto con Vicky, estarían en la cocina… ¿no?
    Por otro lado, había algo muy invitador en el salón de la granja durante una noche de invierno, con las cortinas echadas… Sophie podía imaginar a Vicky sentada frente a la chimenea, con las luces apagadas, esperando a que Bram le llevase el café.
    ¿Quién era?, le preguntaría, sonriendo y mirándolo con sus grandes ojos azules y ese hueco entre las paletas frontales que, supuestamente, era tan sexy.
    Y Bram dejaría las tazas en el suelo, se tumbaría a su lado y… «Nada importante», le diría.
    – Mira, Bram, ¿hay algo entre Vicky y tú? -preguntó Sophie, sin preámbulos.
    – Sólo estamos tomando un café… ¿qué era eso tan importante que tenías que decirme?
    – Pues verás… es que te llamo para advertirte que… le he contado a Melissa que vamos a casarnos.
    Silencio. No sólo silencio. Un silencio atronador. Sophie habría preferido que se pusiera a gritar.
    – Lo siento, sé que no debería haberle dicho eso, pero Melissa empezó a hablarme de ti y de Vicky porque te habían visto en el pub con ella, y yo… se me escapó.
    – ¿Se te escapó? ¿Cómo se te puede escapar algo así? -exclamó Bram.
    – Oye, que fue idea tuya -replicó Sophie, a la defensiva.
    – ¿Idea mía?
    – Fuiste tú el que sugirió que nos casáramos.
    – Ah, esa idea. ¿Te refieres a la proposición que tú rechazaste?
    Sophie hizo una mueca. No le gustaba nada cuando Bram se ponía sarcástico.
    – Pero la tuve en cuenta, pensé en ello. Lo que pasa es que no me pareció buena idea.
    – ¿Y ahora sí?
    – Sí… no -Sophie no sabía qué decir. Bram debería haber hecho una broma, haberle dicho que no pasaba nada, como siempre. ¿Por qué se ponía tan difícil?-. En realidad, no tendríamos que casarnos de verdad. Yo había pensado que nos hiciéramos pasar por novios durante un par de semanas y luego le diríamos a todo el mundo que hemos cambiado de opinión.
    Bram miró hacia la puerta de la cocina, esperando que Vicky no entrase de repente.
    – Si no vamos a casarnos, ¿para qué vamos a fingir que somos una pareja?
    – ¡Para que Melissa no piense que estoy loca! ¿Qué dices? -Sophie estaba empezando a enfadarse-. Mira, lo siento, de verdad, pero no estamos hablando de un compromiso para toda la vida. Sólo te estoy pidiendo que te hagas pasar por mí novio durante unas semanas. Después, puedes invitar a Vicky a todos los cafés que quieras. Pero hasta entonces, ¿te importaría hacerme ese favor? -añadió, desesperada-. Especialmente cuando te Mame mi madre.
    – ¿Tu madre va a llamarme? -exclamó Bram, alarmado. Los poderes interrogatorios de Harriet Beckwith eran legendarios.
    – Sí, es posible. Melissa se lo contará y mi madre es capaz de llamarte con la sana intención de buscar fecha para la boda. Seguramente me llamará a mí primero, pero no quiero hablar con ella hasta que tú y yo nos pongamos de acuerdo.
    Bram suspiró.
    – ¿Qué le has dicho a Melissa exactamente? -preguntó, pensando que al día siguiente no contestaría al teléfono.
    – Sólo que nos habíamos enamorado e íbamos a casarnos.
    – ¿Y te ha creído?
    – Pues sí -contestó Sophie-. Mi hermana parece pensar que estamos hechos el uno para el otro, no me preguntes por qué. Le conté todo eso que me dijiste tú de mirar a alguien a quien conoces de toda la vida y verlo de otra forma… Ah, y como parecía una coincidencia que nos hubiera pasado a los dos al mismo tiempo, le dije que te había pasado a ti primero, pero que no te atrevías a decirme nada porque como siempre hemos sido amigos…
    – Ah, claro.
    – Espero que no te importe.
    – Entonces, Melissa cree que yo no tenía valor para decirte que te quiero hasta que tú me lo pusiste fácil -dijo Bram.
    – Melissa no cree nada de eso -replicó Sophie, enfadada-. Ella cree que eres un hombre sensato y paciente y que me quieres tanto que no te atrevías a poner en peligro nuestra amistad. Pero cuando fui a la granja el fin de semana pasado te miré y, por fin, vi lo que tenía delante. Como si se me hubiera caído una venda de los ojos, por así decir.
    – Ah, ya veo.
    – Me di cuenta de que siempre te había querido, así que entonces… bueno, pues eso, caímos uno en brazos del otro… y ya está -terminó Sophie.
    – ¿Y Melissa se lo ha tragado?
    – Parece que sí.
    Melissa se lo había tragado por completo. Incluso había dicho que era una tonta por no haberlo visto antes.
    – ¡Sois la pareja perfecta! -había exclamado, emocionada-. ¡Qué noticia tan estupenda, Sophie! Bram es una persona maravillosa y tú también. Es evidente que estáis hechos el uno para el otro. No puedo creer que nadie se haya dado cuenta antes-Pero, claro, como siempre habéis sido tan buenos amigos, jamás se me ocurrió pensar que pudierais ser otra cosa.
    Es decir, que ahora su hermana estaba entusiasmada, su madre estaría entusiasmada, todo el distrito de Askerby estaría entusiasmado en pocas horas y Bram y ella iban a tener que hacer una pantomima… ¡porque le había molestado que hablase de Vicky Manning!
    Inexplicable, pensó Sophie, cerrando los ojos.
    – Y si, de repente, nos hemos dado cuenta de que siempre nos habíamos querido, ¿cómo vamos a explicar que rompamos dentro de dos semanas? -preguntó Bram.
    – Pues no lo sé, pero tendremos que encontrar alguna excusa -respondió Sophie.
    – O sea, que a partir de este momento, estamos comprometidos.
    – Me temo que sí. Pero no te preocupes, no te obligaré a casarte conmigo -intentó bromear ella-. Y me portaré fatal para que nadie pueda culparte a ti de la ruptura.
    Bram miró de nuevo hacia el salón.
    – Mira, ahora tengo que colgar o Vicky empezará a preguntarse si estoy arrancando la mata de café con mis propias manos.
    Sophie se había olvidado de Vicky.
    – ¿Qué vas a decirle?
    – No lo sé.
    – Ah.
    Eso no sonaba nada bien. Sonaba como si Bram quisiera dejar esa puerta abierta.
    – ¿Cuándo piensas venir?
    – Pues… la verdad es que ahora mismo no tengo demasiadas cosas que hacer. Me han despedido, ¿sabes?
    – Vaya, lo siento.
    – ¿Qué tal si voy mañana?
    – Perfecto -contestó Bram-. Dime a qué hora llega tu tren e iré a buscarte. Y luego -añadió con un tono menos que amable- tendremos que hablar.
    El Land Rover estaba esperándola en la estación cuando Sophie llegó al día siguiente. Sólo eran las tres de la tarde, pero la grisácea luz del sol de noviembre desaparecía rápidamente y las farolas estaban ya encendidas.
    Bram se inclinó por delante de Bess, que estaba en el asiento delantero, para abrir la puerta.
    – Hola -lo saludó Sophie, subiendo de un salto como había hecho cientos de veces. Quería parecer tranquila, pero su voz sonaba un poco estridente, como si estuviera nerviosa.
    Que lo estaba.
    Ella nunca se ponía nerviosa con Bram, pero aquellas eran circunstancias «especiales». Porque había hecho algo completamente ridículo. Además de contarle a su hermana una mentira absurda, le había estropeado a Bram una velada íntima con Vicky Manning y, lo peor de todo, lo había obligado a fingir una absurda pantomima delante de todo el pueblo.
    Había hecho todo eso dando por descontado que Bram no pondría ninguna pega, como solía hacer siempre, pero esta vez se había pasado. Lo había notado en su voz por teléfono, una cierta reserva, una nota de exasperación que era nueva para ella.
    – ¿Qué tal el viaje?
    – Bien, bien -contestó Sophie-. Se retrasó un poco la salida en King's Cross, pero luego hemos venido sin problemas.
    Dios Santo, estaban hablando como si fueran dos desconocidos. Aquello era horrible.
    Mientras Bram miraba por el retrovisor para salir de la estación, Sophie se puso el cinturón de seguridad y acarició distraídamente a Bess, que estaba entre los dos, contenta de estar cerca de su amo.
    ¿Por qué no podía su vida ser como la de Bess? Las necesidades de un perro eran muy simples. Lo único que Bess quería era un poco de comida y estar cerca de Bram todo el tiempo. El paraíso sería que la dejase entrar en la cocina para tumbarse a sus pies frente a la chimenea. Hasta un perro tenía sueños.
    Sophie deseó que para ella todo fuese igual de fácil. Bess estaba con Bram todo el día y nunca metía la pata ni hacía estupideces que lo pusieran en una situación incómoda.
    Bueno, a veces sí. Una vez se hizo un lío con las instrucciones del silbato para reunir a las ovejas, que acabaron correteando de un lado a otro mientras Bram se desesperaba. Pero él no se enfadaba nunca, y Bess era tan adorable con sus orejitas hacia abajo…
    – Gracias por venir a buscarme -dijo Sophie.
    – Estamos prometidos. Venir a buscar a tu novia es lo que hacen los prometidos, ¿no? -contestó él, muy serio.
    A lo mejor podía probar a doblar las orejitas, pensó Sophie. A Bess le funcionaba.
    – Mira, lo siento mucho, Bram. Debería haberme parado a pensar antes de abrir la boca.
    – Bueno, ya está hecho -dijo él, poniendo el intermitente-. Tres personas me han dado la enhorabuena… y eso sin contar el cartero, que quería saber cuándo era la boda.
    Oh, no. Ya lo sabía todo el mundo.
    Sophie tragó saliva. Acariciando distraídamente las orejas de Bess, estudió a Bram de reojo. En la oscuridad del coche, de repente, le parecía un extraño. Por primera vez lo veía no como Bram, su amigo de siempre, sino como un hombre. Había una solidez, una fuerza en su forma de sujetar el volante, de cambiar de marcha…
    Aquél era el hombre con el que, supuestamente, iba a casarse. El hombre que todo el mundo en Askerby creía enamorado de ella. Y seguramente lo imaginaban besándola con esa boca suya, desnudándola con esas manos suyas, haciéndole el amor en la cocina de la granja…
    Una extraña sensación que no era exactamente un escalofrío recorrió la espina dorsal de Sophie, que tuvo que apartar la mirada.
    Pensar esas cosas no la ayudaba nada. Ya había enfadado a Bram lo suficiente como para confundir aún más la situación empezando a pensar en él… así. Si iban a hacerse pasar por una pareja de novios, tenía que mantener la cabeza fría.
    – Espero no haberte estropeado la noche del todo.
    – Digamos que no terminó como yo esperaba -contestó él.
    Ésa era la respuesta equivocada. Y, definitivamente, el tono de voz equivocado. «No pasa nada», habría sido aceptable. O mejor: «Si quieres que te diga la verdad, me alegré de la interrupción porque me di cuenta de que había cometido un error en cuanto salí del pub».
    Bess suspiró, apoyando la cabeza en las piernas de Sophie. Y Sophie suspiró a su vez.
    – ¿Desde cuándo sales con Vicky? El fin de semana pasado no me dijiste nada.
    – Porque no había nada que decir. Tomamos una cerveza en el pub y luego fuimos a mi casa a tomar café… y entonces llamaste tú. Así que nos tomamos el café y la llevé a casa. Yo no llamaría a eso «estar saliendo».
    Ésa era una respuesta mucho mejor, pensó Sophie, animándose un poco.
    – No pensé que Vicky fuera tu tipo.
    – ¿Por qué no?
    – Pues… no lo sé -murmuró ella, un poco sorprendida por lo abrupto de la pregunta-. Quizá porque no es como Rachel, por ejemplo.
    Vicky tampoco se parecía nada a Melissa, pero no le pareció adecuado mencionar eso.
    – Las chicas como Rachel no están interesadas en vivir en el campo -contestó Bram-. Y quizá ha llegado el momento de cambiar de «tipo». Al menos, Vicky sabe lo que es trabajar en una granja. Y es una buena persona. Es callada, sensata, guapa… podría haber encontrado alguien mucho peor.
    Sophie lo miró, atónita. No podía decirlo en serio.
    – Vaya, pues siento mucho haber interrumpido tan bonita amistad -replicó, olvidando su resolución de mantener la cabeza fría-. Deberías haberme dicho que te dejase en paz.
    – ¿Cómo iba a hacerlo? Ahora todo Askerby cree que estamos comprometidos. Menos mal que me llamaste, o Vicky habría pensado que quería aprovecharme de ella.
    En otras palabras, que si no hubiera llamado habrían hecho algo más que tomar un café.
    Sophie tenía un nudo de angustia y confusión en la garganta… y de alivio por haber llamado cuando lo hizo. De otro modo, habría sido mucho peor.
    – Pero los chismosos lo van a pasar en grande -siguió Bram-. Anoche todos vieron que Vicky y yo salíamos juntos del pub y esta mañana se han enterado de que tú y yo estamos comprometidos… Espero que Vicky no se lleve un disgusto. Es lo que le faltaba.
    – ¿Y cómo iba a saber yo que invitas a cualquiera a tomar café? -le espetó Sophie, dolida y enfadada, aunque era incapaz de justificar ninguna de esas emociones-. El fin de semana pasado tú mismo sugeriste que nos casáramos. No es culpa mía si, de repente y sin decirme nada, has decidido ponerte a buscar novia.
    – No fue así -suspiró Bram.
    – ¿Ah, no? ¿Y entonces cómo fue?
    – Supongo que cuando tú me dijiste que no, me di cuenta de que había llegado la hora de ponerse serio. De verdad quiero buscar una esposa y tener una familia, Sophie. Así que decidí ir al pub. Ir al pub del pueblo no es precisamente soltarse el pelo, pero no suelo ir durante la semana. Y resulta que Vicky estaba allí. Estaba sola y nos pusimos a hablar… Y también estaba allí al día siguiente. No estoy diciendo que me haya enamorado, pero pensé: ¿para qué voy a perder el tiempo? Si quieres mantener una relación con alguien, tienes que empezar por algún sitio, ¿no? Y uno no puede conocer a una persona tomando copas en el pub.
    – Ah, claro.
    – Así que le pregunté si quería tomar un café en mi casa… pero la pobre sólo podía hablar de su novio. Ya sabes que la dejó plantada…
    – Lo sé, lo sé.
    – Me dio pena, la verdad. Hacerle eso a alguien es una canallada.
    Sophie no dijo nada. Debería ser más comprensiva, pensaba. Si alguien podía entender por lo que estaba pasando esa chica era ella. Ella sabía cuánto se sufre cuando se pierde a alguien, lo horrible que era descubrir que tus sueños jamás se harían realidad. Pero se había mostrado antipática en lugar de amable, celosa en lugar de comprensiva.
    Era una idiota. Y era lógico que Bram estuviese enfadado con ella.
    A su lado, Bram la miró de reojo y, al ver su triste expresión, se sintió fatal. Había hablado sin pensar. No debería haberle dicho que Vicky lo estaba pasando fatal porque sabía que también ella lo estaba pasando mal. Y lo único que había conseguido era recordarle a Nick.
    «Eres un idiota, Bram».
    No estaba preparado para la decepción que sintió cuando Sophie rechazó su proposición de matrimonio. Cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que podría funcionar. Podrían ser una buena pareja. Sophie y él eran tan amigos… eso tenía que compensar que no estuvieran locamente enamorados.
    Pero estaba decidido a no perder el tiempo. Sophie había dicho que no, de modo que tenía que tomar una decisión. Hasta entonces sólo había hablado de rehacer su vida, pero eso lo convenció de que tenía que hacer algo. Por eso había ido al pub. Cuando se encontró con Vicky, intentó animarla y ver si aquella chica podría ser su alma gemela, pero desde el primer momento supo que no iba a funcionar.
    Y entonces llamó Sophie. Y al oír su voz se dio cuenta de que la mera idea de casarse con otra persona era absurda.
    Allí estaba, enfadada, su pelo tan indómito como siempre, los labios apretados. Y él se alegraba tanto de verla, que la presión que había sentido en el pecho durante toda la semana desapareció.
    Estaban llegando a la carretera de Askerby. Allí había poco tráfico, pero Bram giró el volante y detuvo el Land Rover en el arcén.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Sophie, sorprendida.
    – Sophie, lo siento.
    – Yo también lo siento -dijo ella entonces, con un nudo en la garganta-. No debería haberte metido en este lío.
    – Si tengo que meterme en un lío con alguien, prefiero que seas tú -sonrió Bram-. Al menos estamos en esto juntos. Venga, dime qué quieres hacer.
    – Lo que quiero es rebobinar -contestó Sophie-. Preferiblemente hasta llegar al día de ayer a las nueve de la noche, cuando empecé a contarle mentiras a mi hermana.
    – ¿Por qué lo hiciste?
    – No lo sé… supongo que había estado pensando en nuestra conversación y… estaba cansada de decirle que no debía sentirse culpable por lo que pasó, que Nick ya no me importaba… Melissa se mostró tan entusiasmada cuando le dije que iba a casarme contigo, que no tuve valor para contarle que todo era mentira -suspiró Sophie-. Lo siento, Bram. En ese momento, me pareció que era lo único que podía hacer.

Capítulo 5

    ¿Y SIGUES pensando lo mismo? -preguntó Bram. -Sí… yo creo que sí -contestó ella. Después de haberse lanzado de cabeza sin pensar, como diría su madre, Sophie empezaba a creer que, al final, todo iba a salir bien-. Por lo menos, mi madre y Melissa pasarían unas navidades felices.
    – Olvídate de ellas -dijo Bram. En privado, siempre había pensado que Sophie protegía demasiado a su hermana pequeña y le perdonaba demasiadas cosas, pero no podía decírselo-. ¿Qué piensas tú?
    – Desde luego, para mí sería más fácil enfrentarme con Nick si tú estuvieras allí. Pero eso no resuelve tu problema, claro. Fingir que estamos comprometidos no te ayuda a encontrar esposa.
    Él se encogió de hombros, resignado.
    – Eso puede esperar unas semanas.
    – Entonces, ¿estás de acuerdo?
    Bram se volvió. Sophie se había quitado el cinturón de seguridad y estaba mirándolo con los ojos brillantes. ¿Cómo no iba a estar de acuerdo? ¿Cómo no iba a ayudarla? Era Sophie.
    – Claro que sí.
    – ¡Gracias, gracias, gracias! -Sophie se sentía tan aliviada, que se inclinó para darle un beso en la mejilla.
    Por un momento, el olor de su pelo hizo que Bram parpadease, desorientado.
    – Eres maravilloso -siguió Sophie, emocionada. Y Bess, que no quería perderse aquel momento de emoción general, empezó a lamer sus caras indiscriminadamente-. Te compensaré, te lo prometo.
    Bram deseaba que volviera a besarlo. Más que eso. Por un momento, había sentido el deseo de abrazarla y… ¿qué habría pasado después?
    Aclarándose la garganta, intentó recuperar el sentido común.
    – Si queremos convencer a todo el mundo de que estamos prometidos, tendremos que hacerlo bien.
    – Pero no tenemos que hacer nada, ¿no? -sonrió ella, abrazando a Bess para calmarla un poco.
    «Afortunada Bess», pensó Bram involuntariamente.
    ¿De dónde había salido eso?
    – Sólo tenemos que decir que estamos comprometidos, y ya está.
    – Creo recordar que para estar comprometido con alguien hay que hacer algo más -contestó él, recordando brevemente su compromiso con Melissa. Le parecía como si eso hubiera ocurrido en otra vida-. Tendré que ir a ver a tus padres para hacerlo oficial.
    – Sí, es verdad -murmuró Sophie-. Y la verdad es que no me hace mucha gracia.
    – ¿Has hablado con tu madre?
    – No -contestó ella-. Antes quería hablar contigo.
    He tenido el móvil apagado todo el día, por si acaso. ¿Te ha llamado a ti?
    – No lo sé. He dejado puesto el contestador. Y he estado trabajando en el establo todo el día, por si acaso. No es que la tema ni nada, pero…
    – ¡No, seguro! -rió Sophie, imaginando a Bram escondido en el establo por miedo a Harriet Beckwith.
    – Es que pensé que sería mejor que hablásemos con ella los dos juntos -dijo Bram, poniéndose digno-. ¿Tú qué crees que dirá?
    – Seguro que me criticará por ir con esta pinta -suspiró Sophie-. Pero se pondrá muy contenta, seguro. Por fin podrá mirar a Maggie Jackson a los ojos. Lo que me preocupa es que empiece a hacer muchas preguntas. Ya sabes cómo es. Seguro que nos pilla en alguna mentira.
    – Tendremos que decirle lo que tú le dijiste a Melissa. Que, de pronto, nos dimos cuenta de que estábamos enamorados -suspiró Bram, pensativo-. Por teléfono habría sido más fácil. Lo difícil será hacerlo creíble cuando estemos juntos.
    – ¿Por qué?
    – Porque siempre nos hemos portado como amigos, no como novios. Los novios se portan de otra manera, se dan la mano, se tocan… ya sabes, esas cosas.
    – Bueno, pero sólo tendremos que abrazarnos o darnos un besito de vez en cuando, ¿no? -sugirió Sophie-. Nadie esperará que nos revolquemos sobre la mesa mientras cortan el pavo. Y a mí no me importa darte un abrazo y llamarte «cariño». Tú también puedes hacerlo, ¿verdad?
    Una vivida imagen apareció en la mente de Bram al mencionar el revolcón sobre la mesa, y tuvo que sacudir la cabeza, perplejo. No sabía por qué, de repente, pensaba esas cosas. Él nunca había pensado así con Sophie.
    – Sí, supongo que sí -murmuró, arrancando el Land Rover-. Bueno, vamos a ver a tus padres para darles la noticia.
    – Sí, cuanto antes acabemos con esto, mejor -suspiró ella, poniéndose el cinturón de seguridad.
    – ¿Y luego qué? -preguntó Bram-, ¿Tienes que volver a Londres?
    – No, ya te he dicho que me han despedido.
    – Vaya por Dios.
    – Estaba cantado. Han despedido a casi todo el mundo. Y me da igual, pero no creo que pudiese encontrar un trabajo ahora, en estas fecha. El problema es que tampoco creo que pueda soportar a mi madre más de dos días sin asesinarla. La quiero mucho, pero ya sabes que me vuelve loca… y viceversa. Además, Nick y Melissa están todo el día en la granja.
    – ¿Por qué no te quedas en mi casa? -sugirió él-. Además de convencer a tus padres de que somos novios, podrías ayudarme en la granja.
    Sophie sonrió, encantada.
    – ¡Eso sería maravilloso! Así sólo tendría que ir a casa en el cumpleaños de mi padre y el día de Navidad y…
    No terminó la frase porque se dio cuenta de que ahí se acababan los planes. ¿Y después qué?
    – Es verdad. ¿Y luego qué? -preguntó Bram.
    – Bueno, luego tendremos que romper el compromiso -contestó ella-. Siempre podemos culpar a las navidades. Todo el mundo sabe que las fiestas y las reuniones familiares siempre provocan conflictos…
    – ¿Y qué vamos a decir, que no nos entendemos?
    – Nadie se creería eso -suspiró Sophie-, No, tendremos que decir… no lo sé… que nos hemos dado cuenta de que casarnos sería un error porque sólo somos amigos… algo así.
    – Eso es un poquito impreciso.
    – Sí, ya, pero seguro que se nos ocurre algo dentro de unos días. Ahora mismo tenemos que pensar en darles la noticia a mis padres y todo lo demás. Luego encontraremos el modo de romper, y tú podrás ponerte a buscar una novia de verdad… y a lo mejor yo encuentro un trabajo aquí. La verdad es que no me apetece nada volver a Londres, y quizá cuando me haya enfrentado a Nick todo será más fácil -suspiró Sophie-. Ya pensaré en eso más tarde. Por ahora, lo importante es convencer a mi madre. Si podemos convencer a Harriet Beckwith, podremos convencer a cualquiera.
    Como Sophie había imaginado, la reacción de su madre fue ambigua. Harriet estaba encantada con la idea de la boda, irritada porque no se lo habían contado antes y enfadada porque Sophie había ido a darles la noticia con unos vaqueros rotos y un jersey viejo.
    – ¿No podrías haberte puesto una falda? -le espetó-. Una no se compromete todos los días.
    – ¡Mamá, hace un frío horrible!
    – Yo quiero a Sophie tal como es -intervino Bram, pasándole un brazo por los hombros-. No tiene que arreglarse para mí.
    Harriet dejó escapar un suspiro.
    – ¡Sólo espero que haga un esfuerzo el día de la boda! En fin, de todas maneras estamos encantados -dijo entonces, dándole un beso a Sophie y otro a su futuro yerno-. Venid, tu padre está en el salón.
    Joe Beckwith estaba leyendo frente a la chimenea, pero al verlos se quitó las gafas, dobló el periódico y se levantó del sillón.
    – De modo que Melissa estaba diciendo la verdad -sonrió, besando a su hija y estrechando la mano de Bram-. Me alegro mucho, de verdad.
    – Gracias, papá.
    – Mucho mejor casarte con Bram que con ese chico de Londres que te rompió el corazón el año pasado. Tiene suerte de que no haya podido ponerle las manos encima -suspiró su padre-. Pero tú -dijo entones, clavando un dedo en el pecho de Bram- a ti sé dónde encontrarte, así que será mejor que me la cuides.
    – Lo haré -sonrió Bram, a quien siempre le había gustado su «futuro suegro».
    – Esta vez es diferente, papá -dijo Sophie, esperando que nunca supiera lo «diferente» que era.
    Joe no sabía que el chico de Londres que le había roto el corazón era Nick, y Sophie rezaba para que no se enterase nunca. Su padre no podría soportar que su yerno hubiera roto el corazón de una de sus hijas para hacer feliz a la otra. Y tanto su madre como su padre se llevarían un disgusto al descubrir que les habían ocultado la verdad durante tanto tiempo.
    – Eso espero -dijo Joe.
    Harriet apareció entonces con una botella de champán en la mano y cuatro elegantes copas de cristal.
    – Ha sido una sorpresa maravillosa -dijo, dándole la botella a su marido-. Cuando Melissa me llamó para darme la noticia, no me lo podía creer. ¿Cuándo ha ocurrido?
    – El fin de semana pasado -contestó Sophie.
    – Pero estuviste aquí el fin de semana pasado y no dijiste nada. Deberías habérmelo dicho, Sophie. Al fin y al cabo, soy tu madre. No entiendo por qué lo has mantenido en secreto.
    – Es que todo ocurrió de forma repentina -intervino Bram.
    – ¡De forma repentina! Pero si os conocéis de toda vida.
    – Ya, pero esto es diferente. Debo admitir que yo estoy enamorado de Sophie desde hace tiempo, pero pensé que ella sólo quería que fuésemos amigos. Y entonces, el fin de semana pasado… en fin, todo cambió. ¿Verdad, Sophie?
    Ella sonrió, impresionada por lo convincente que parecía. ¿Quién habría pensado que Bram, el honesto Bram Thoresby, sería tan buen actor?
    – No queríamos que fuera un secreto, mamá. Pero es que todo era muy nuevo para nosotros y…-Además, Sophie tenía que volver a Londres. Habíamos pensado daros la noticia este fin de semana, pero Sophie habló por teléfono con Melissa y se le escapó.
    – Y, en fin, aquí estamos. Vosotros sois los primeros en saberlo después de Melissa, lo prometo.
    Harriet sonrió mientras su marido llenaba las copas.
    – En fin, enhorabuena. Nos alegramos muchísimo por los dos.
    – Por vosotros -brindó Joe Beckwith.
    – Gracias -sonrió Bram.
    – Gracias, mamá. Gracias, papá -Sophie sonrió también, un poco incómoda. No le gustaba engañar a sus padres. Y sería horrible cuando tuvieran que decirles que «habían roto».
    Harriet y Joe Beckwith se quedaron mirándolos entonces, como si esperasen algo… un beso, debían estar esperando que se besaran, pensó. Tampoco sería tan horrible, un besito en los labios sin más, pero Sophie se sentía como una colegiala.
    Cuando se volvió hacia Bram, él la miraba con un brillo burlón en sus ojos azules. Tampoco le haría mucha ilusión besarla, pensó. Pero la tomó por la cintura e inclinó la cabeza para darle un beso en los labios.
    Un beso que duró más de lo que ella había previsto. No había imaginado que… en fin, que le gustaría tanto. Era raro besarlo en los labios, pero al mismo tiempo, agradable, estimulante. Muy, muy estimulante.
    Y muy turbador, pensó, mirándolo con cara de absoluta sorpresa.
    – ¡Voy a buscar mi cámara! -exclamó Harriet, dejando su copa sobre la mesa-. ¡No os mováis!
    El beso no podía haber durado más de unos segundos. Bram y su padre estaban charlando y Sophie miraba de uno a otro, un poco mareada. ¿Cómo podían portarse de una forma tan normal? ¿No se daban cuenta de que allí pasaba algo? Sophie tenía la sensación de estar en un universo paralelo, donde todo era familiar y extraño al mismo tiempo.
    Bram hablando con su padre como si no pasara nada… ¿cómo podía ser? ¿No había sentido un escalofrío, un algo que meros amigos no deberían sentir cuando se besaban?
    – ¡Aquí estoy! -anunció Harriet, cámara en mano-. Necesito una fotografía de los dos para rubricar vuestro compromiso.
    Su madre, que siempre se había creído una gran fotógrafa, los hizo posar frente a la chimenea.
    – Sólo haré fotografías de la cara. Espera, Sophie, quítate el jersey… es horrible -le ordenó. Naturalmente, la camisa que llevaba debajo estaba arrugada-, ¿Es que nunca planchas la ropa, hija? Bueno, da igual. Es mejor que el jersey. Ahora poneos ahí, con las copas en la mano… así. Pásale el brazo por la cintura, Bram. Así, perfecto. ¡Sonreíd!
    Sophie nunca había tenido menos ganas de sonreír. Por primera vez en su vida, notar el brazo de Bram en su cintura, el brazo tan fuerte, tan masculino de Bram, la ponía nerviosa.
    – ¡Sophie! -exclamó su madre, exasperada-. ¿Por qué pones esa cara? Acércate un poco más a Bram y sonríe, hija. Ya sé que no te gustan las fotografías, pero hoy es un día especial.
    Suspirando, ella hizo lo que le pedía. Se apoyó en el sólido torso de Bram, un torso en el que una podía apoyarse y sentirse segura para siempre.
    Eso ya lo sabía, por supuesto, pero por alguna razón aquel día le parecía diferente. El beso la había puesto nerviosa, pensó. Tenía que ser eso.
    – Así está mejor. Venga, daos un beso.
    – Mamá…
    – Venga, Sophie, son las fotografías del compromiso. ¿Es que te da vergüenza?
    Bram la miró, intentando disimular una sonrisa.
    – A veces es más fácil hacer lo que te piden -dijo en voz baja.
    Al menos aquella vez estaría preparada, pensó ella. Pero aunque lo estaba, no pudo evitar estremecerse de nuevo… y fue peor porque, además de un escalofrío, sintió un inexplicable deseo de que el beso no terminase nunca.
    Sophie sentía como si no pesara nada, como si ahora estuviera entre un universo y otro, en un sitio extraño donde lo único real era aquel beso. Se olvidó de que estaba en casa de sus padres, se olvidó de que aquél era su amigo Bram y se dejó llevar por el calor de sus labios dejando un escapar un gemido de placer…
    – Tu madre sólo quiere una fotografía, no un vídeo de tres horas.
    La voz de Joe Beckwith la sacó de aquel momentáneo estado de trance.
    – Perdón -murmuró Bram, poniéndose colorado.
    – No tienes que disculparte, hombre -rió su padre-. Si te hubieras conformado con un besito me habría preocupado… Pero bueno, ¿qué os pasa? Cualquiera diría que no os habéis besado nunca.
    Sophie miró a Bram.
    – No seas tonto, papá -dijo, soltando una risita un poco extraña.
    Harriet dejó la cámara y tomó su copa de champán mientras los cuatro se sentaban frente a la chimenea.
    – Tenemos que organizar una fiesta -anunció.
    Sophie sentía como si no tuviera huesos. Sobre todo en la zona de las rodillas. Afortunadamente, se habían sentado antes de que cayera al suelo desmayada.
    – ¿Una fiesta?
    – Melissa y Nick también querrán celebrar vuestro compromiso, claro. ¿Qué tal la semana que viene?
    Sophie hizo un desesperado esfuerzo por sobreponerse. Tenía que olvidar el beso y concentrarse en lo que su madre estaba diciendo. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, una fiesta de compromiso.
    – ¿No podemos dejarlo para más tarde, mamá? Tengo que volver a Londres para recoger mis cosas y no sé cuándo podré venir.
    – Pero tenemos un millón de cosas que hacer antes de la boda y no hay mucho tiempo antes de Navidad.
    Sophie miró a su madre con un horrible presentimiento.
    – ¿Qué tiene que ver eso?
    Harriet apartó la mirada.
    – Me he encontrado con el párroco esta tarde y resulta que el día veinticuatro por la mañana tiene la iglesia libre. Por supuesto, tendríais que ir a hablar con él vosotros mismos, pero le he pedido que no se comprometa con nadie más. Quizá podríais hablar con él mañana para confirmarlo…
    – ¿Qué? -exclamó Sophie, tan enfadada que no encontraba palabras-. ¡Tú no tenías por qué hablar con el párroco, mamá! Acabamos de deciros hace cinco minutos que estamos comprometidos y… a lo mejor no queremos casamos por la iglesia.
    – Tonterías. Claro que os casaréis por la iglesia -la interrumpió su madre-. Seguro que Molly también lo habría querido así. ¿Verdad, Bram?
    Al ver a Sophie tan enfadada, él apretó su mano.
    – Mi madre habría querido que nos casáramos por la iglesia, es verdad. Pero sólo han pasado unos meses desde su muerte y, en estas circunstancias, hemos decidido que queremos una boda discreta.
    – Exactamente -asintió Sophie. Sí, a Bram se le daba mucho mejor manejar a su madre-. Y queremos organizaría nosotros mismos.
    – Bueno, hija, si insistes… -Harriet puso cara de pena-. Pero ya sabes que tú no eres la persona más organizada del mundo y yo sólo quería ayudar. En fin, si no quieres que tenga nada que ver con tu boda… yo lo decía porque me hace tanta ilusión…
    Horror. Su madre haciéndose la mártir era lo peor que podía pasar.
    – Sólo decía, si me permites que te dé un consejo, que lo mejor es no dejarlo todo para el último momento. Se tarda mucho tiempo en organizar una boda.
    – Lo sé, mamá. Pero acabamos de comprometernos. No hay ninguna razón para ponerse a organizar nada todavía.
    – Y tampoco hay razón para no hacerlo -intervino su padre, de forma inesperada-. No es que acabéis de conoceros, precisamente. No me hizo mucha gracia que Melissa se casara cuando apenas conocía a Nick, pero con vosotros es diferente.
    – Y una boda en Navidad es tan bonita -siguió Harriet, animada por el apoyo de su marido-. Piensa en lo romántica que sería, hija. La iglesia está preciosa en Navidad, con todas las luces y las flores de Pascua. Y sería maravilloso combinar la boda con el setenta cumpleaños de tu padre. ¿Verdad, Joe?
    – Si eso es lo que quiere Sophie…
    Sin saber qué decir, Sophie se volvió hacia Bram.
    – Pues…
    – La verdad es que suena bien -dijo él-, ¿Podemos pensárnoslo, Harriet?
    – No lo penséis mucho. Sólo quedan seis semanas para Navidad y habrá que pensar en las invitaciones, en la ceremonia, el banquete, las flores… ah, y el vestido de novia. Se pueden tardar siglos en encontrar el vestido que una quiere -contestó su madre, mirando el reloj-. Ah, voy a ver cómo van las patatas. Os quedaréis a cenar, ¿no? Así podremos seguir haciendo planes.
    – Es muy amable por tu parte, Harriet -dijo Bram, levantándose. Sophie estaba a su lado, aterrorizada-. Pero tenemos que volver a la granja.
    – Bueno, en fin… si tenéis que iros.
    Afortunadamente, sus padres parecían dar por sentado que Sophie iba a alojarse en casa de Bram.
    – Supongo que tendréis que hablar de muchas cosas ^decía Harriet, mientras los acompaña a la puerta-. Mañana hablaremos. Ah, y voy a llamar a Melissa para ver cuándo podemos cenar todos juntos. Llamadme en cuanto hayáis decidido una fecha para la boda -siguió, mientras Sophie se ponía el abrigo y la bufanda-. Si queréis una boda sencilla, podríamos celebrar el banquete aquí mismo. Pero conozco una floristería en York que es una maravilla…
    Sin dejar de hablar, los acompañó hasta el Land Rover, donde Bess los esperaba, impaciente.
    Sophie dejó caer la cabeza y suspiró mientras se alejaban por el camino.
    – Lo siento. Ya sabes cómo es mi madre.
    – Podría haber sido peor.
    – ¿Cómo?
    – Podría haber aparecido con el certificado de matrimonio en la mano -contestó Bram.
    Sophie levantó los ojos al cielo.
    – Ay, por favor. Seguro que ahora se está lamentado por no haberlo pensado -dijo, riendo.
    – Seguro que se habría presentado con Maggie Jackson.
    – ¿Y el vestido? No me habría dejado casarme en vaqueros.
    – Te habría puesto el vestido de Melissa.
    – ¡SÍ no tuviera tres tallas más que ella, seguro!
    Era asombroso cómo la risa aliviaba la tensión. Afortunadamente.
    – En serio, Bram, no sabes cómo lamento todo esto. Espero que no te importe que duerma en tu casa, pero no habría podido soportar quedarme con mis padres esta noche… haciendo planes para la boda. Lo que me ha sorprendido es que les pareciera tan natural que me quedase en tu casa.
    – Yo me alegro de que hayan creído lo del compromiso. Pensé que sospecharían algo.
    Sus padres los habían visto besándose y, naturalmente, los habían creído una pareja enamorada porque eso era lo que querían creer. Pero sería mejor no pensar en el beso, se dijo Sophie. Ese beso tan extraño que la había hecho suspirar… Era tan agradable que Bram la tomase por la cintura, sentir el peso de su mano en la espalda, el calor de sus labios… tan perdida estaba en la evocación que dejó escapar un gemido.
    – ¿Pasa algo?
    – ¿En? No, nada, no me pasa nada.
    Bram no volvió a preguntar hasta que llegaron a la granja. Una vez en la cocina, sacó una botella de vino y buscó algo de comer en la nevera.
    – ¿Sabes una cosa? Estás un poco rara. ¿Te ocurre algo?
    – No, qué va -contestó Sophie, deseando poder apartar de sí el recuerdo de aquel beso. Pero no podía. Todo lo contrario. Mientras Bram estaba mirando en la nevera, se fijó en su espalda, en sus fuertes manos mientras abría la botella de vino, en su pausada forma de moverse por la cocina.
    – Te veo muy preocupada -insistió él.
    – Estaba pensando que hemos sido demasiado convincentes. Es como si no pudiéramos pisar el freno… la conversación que tuvimos el otro día se ha convertido en una pesadilla de cenas, bodas, iglesias, vestidos de novia… Ya sabes cómo es mi madre. Como empiece a organizar la boda, será imposible pararla. ¡Si no tenemos cuidado acabará casándonos, Bram!

Capítulo 6

    BRAM puso un plato de queso sobre la mesa y se sentó frente a Sophie para mirarla a los ojos.
    – Pues quizá deberíamos dejar que siguiera adelante con los planes.
    – ¿Qué quieres decir?
    – Que deberíamos pensar seriamente en casarnos.
    – Pero ya hablamos de esto la semana pasada, Bram -contestó Sophie, apartando la mirada de esos ojos azules que conocía tan bien y que, de repente, le parecían los de otro hombre.
    – Pues deberíamos volver a hablar. Yo estoy dispuesto a olvidar el pasado y a empezar de nuevo, Sophie. Y creo que seríamos felices juntos. Podríamos vivir y trabajar en la granja, tú podrías seguir haciendo objetos de cerámica en el viejo granero… Al menos sabemos que nos llevamos bien. Y seguiríamos siendo amigos, como lo somos ahora.
    – Pero estar casados es más que ser amigos -protestó ella. Dos personas casadas lo compartían todo.
    Sobre todo, la cama.
    Siempre había podido hablar con Bram de cualquier cosa… aunque ahora que lo pensaba, nunca habían hablado de sexo. De relaciones, sí. De sentimientos también. Pero no de sexo. Sencillamente, nunca había salido esa conversación. Pero no había razón para que hablar de sexo fuera diferente.
    El problema era que Bram la había besado y ahora todo era diferente.
    «Qué tontería», pensó entonces. Bram era un viejo amigo y, aunque no lo fuera, los dos eran adultos. Ella tenía más de treinta años, por Dios bendito.
    Entonces, ¿por qué temía sacar el tema, como una adolescente?
    El sexo era un tema como cualquier otro y tenían que hablar de ello. Aunque sería más fácil si no se hubieran besado. Y si ella no hubiera fantaseado con lanzarse sobre él en el Land Rover. Y si pudiera dejar de pensar en él como un hombre y pudiera volver a verlo como Bram, su viejo amigo Bram.
    Sophie se aclaró la garganta.
    – ¿En qué clase de matrimonio estás pensando? No hemos hablado de cosas prácticas.
    – ¿A qué te refieres?
    – Bueno, ya sabes… si dormiríamos junto o no -contestó Sophie a toda velocidad.
    – No, de eso no hemos hablado -asintió Bram-. ¿Quieres que hablemos ahora?
    – No estoy segura -respondió ella con sinceridad-. Pero supongo que es lo mejor. ¿Tú qué crees?
    Bram se sirvió una copa de vino mientras pensaba la respuesta, turbado al darse cuenta de que no tenía el menor problema para imaginarse haciendo el amor con Sophie.
    Durante todos esos años, jamás se le había ocurrido. Siempre había pensado en ella como una amiga. Una amiga que, además, siempre llevaba ropa ancha que ocultaba su cuerpo. Pero ahora se encontraba a sí mismo pensando en lo suave que era, en lo cálida que le había parecido cuando la besó. Y en cómo sería meterse en la cama y tenerla a su lado…
    Abruptamente, Bram dejó la botella sobre la mesa. Por primera vez en su vida, no podía ser sincero con Sophie. Ella quería que le dijera lo que pensaba, pero no podía hacerlo. ¿O sí?
    – Si nos casamos, sería un matrimonio de verdad. Y, si quieres que te sea sincero, no me hace ninguna gracia la idea de pasar los próximos treinta años sin tocar a una mujer. Además, quiero tener hijos. Los Thoresby han vivido en Haw Gilí durante generaciones y me gustaría pasarle esta granja a mi hijo, pero…
    – ¿Pero qué?
    – Pero sé lo que sientes por Nick -suspiró Bram-. Y no me gustaría hacer el amor contigo si estuvieras pensando en él.
    Sophie se puso colorada. -Ya, claro.
    – ¿Entonces?
    – No sé… yo creo que tienes razón. Si nos casáramos, tendría que ser un matrimonio de verdad.
    Sophie se imaginó en la cama con él, abrazándolo, besándolo. De repente, se le quedó la boca seca y su corazón empezó a latir con una mezcla de pánico y emoción.
    Por un lado, deseaba saber cómo sería hacer el amor con Bram, pero por otro… no le gustaría que la imagen de Nick enturbiase ese momento.
    ¿Y Bram? ¿Cómo podía estar segura de que él no iba a pensar en Melissa?
    – Es que… no he estado con nadie desde que corté con Nick. Intento no pensar en él, pero no puedo evitarlo. A lo mejor cuando vuelva a verlo será diferente, pero ahora mismo no puedo…
    – No estoy sugiriendo que nos acostemos ahora mismo, Sophie -la interrumpió Bram-. Si nos casamos, estoy dispuesto a esperar hasta que tú me digas. Cuando te hayas olvidado de Nick y desees mantener una relación conmigo, sólo tendrás que decirlo.
    – Ah, genial -más ruborizada de lo que le gustaría, Sophie recurrió al sarcasmo para ocultar su confusión- Y sería muy fácil meter eso en una conversación normal.
    Bram tuvo que sonreír al verla tan colorada, con los rizos por todas partes y ese jersey viejo… Pero no podía dejar de pensar en aquel beso. ¿Se olvidaría de Nick algún día?, pensó. Curiosamente, rezaba para que no tardase mucho tiempo en hacerlo.
    – A lo mejor no tendrás que decir nada.
    Entonces se miraron, en silencio. Y el silencio se alargaba mientras el reloj de la pared marcaba el paso del tiempo, ajeno a la turbación de la pareja.
    – No tienes que pensar en ello a menos que decidas casarte conmigo -fue Bram quien habló por fin.
    – No, ya lo sé -asintió ella, tomando un sorbo de vino.
    ¿Cuál era la alternativa? ¿Desperdiciar su vida pensando en Nick, que ahora era el marido de su hermana? ¿Volver a Londres y esperar que, algún día, apareciese su príncipe azul?
    ¿Ver cómo Bram rehacía su vida sin ella?
    No, si él rehacía su vida, ella lo haría también. No pensaba dejar que se lo quitase Vicky Manning.
    ¿Que se lo quitase? ¿De dónde había salido eso?
    – Muy bien. Acabo de tomar una decisión.
    – ¿Cuál?
    – Me casaré contigo.
    Por un momento, Sophie recordó que le había dicho esas mismas palabras a Nick, en circunstancias muy diferentes. Nick había reservado mesa en un restaurante, con velas, música de violines, incluso una rosa roja… ¿No mostraba eso cierta falta de imaginación por su parte?
    Se sorprendió ante tan traidor pensamiento. Hasta ese momento no había podido recordar la proposición de Nick sin llorar y ahora, de repente, estaba criticándolo. ¿Qué había pasado?
    Por supuesto, ella le había dicho que sí. Nick era un sueño hecho realidad y había perdido la cabeza por su sonrisa, por su atractivo rostro, por su sofisticación. No creía que ella pudiera ser tan afortunada. Siempre le pareció que era demasiado bonito para ser verdad.
    Y, por supuesto, lo había sido.
    Mirando a Bram, no sentía la incrédula sensación de felicidad que había sentido con Nick, pero decir esas palabras le había quitado un peso de encima. Se sentía aliviada por haber tomado una decisión.
    – Nos casaremos -repitió con una sonrisa en los labios.
    Bram sonrió también, apretando su mano.
    – Muy bien. Me alegro mucho, Sophie.
    – ¿Aun conociendo a tu suegra?
    – Aun así.
    ¿Siempre se había reído de esa forma? ¿Sus ojos siempre habían sido tan azules? ¿Siempre le habían salido arruguitas alrededor de los ojos cuando sonreía?
    De repente, todo en Bram le resultaba nuevo. Pero era absurdo. Él era Bram, su Bram, su amigo de siempre.
    – Al menos no tendremos que decirle a mi madre que hemos roto… eso habría sido una tragedia.
    – No, es verdad.
    Sophie tomó su copa, horrorizada al comprobar que le temblaba la mano.
    – Le diré que puede organizar la boda para el día de Nochebuena… si a ti te parece bien, claro.
    – Me parece perfecto -contestó Bram-. De todas maneras, iba a hacerlo, ya la conoces.
    – ¿No te importa casarte el día de Nochebuena?
    – ¿Por qué iba a importarme? Pero si no estás segura, dile a tu madre que espere hasta primavera.
    – No -dijo Sophie, dejando su copa sobre la mesa-. Esta vez estoy segura. Nos casaremos en Navidad. No quiero esperar más.
    Sophie estaba en la cama de la habitación de invitados, oyendo el viento soplar sobre el páramo y sacudir furiosamente las contraventanas.
    Era una noche para dormir abrazada a alguien, pensó. Bram estaba al final del pasillo y sería muy fácil meterse en su cama y abrazarse a él, tan fuerte, tan calentito. Sería tan agradable… ¿o no?
    Sophie se volvió de lado, confusa e inquieta. Hasta ese momento, no se había preguntado de verdad qué quería. En fin, lo que quería era que no hubieran pasado algunas cosas. Que Melissa no hubiera ido a Londres, que Nick no se hubiera enamorado de ella. Le gustaría rebobinar y volver al momento en el que Nick y ella estaban en aquel restaurante, cuando le pidió que se casara con él.
    ¿O no?
    Ahora… ahora, de repente, no sabía muy bien lo que quería. Se sentía rara, insatisfecha, sin saber muy bien quién era Bram o lo que ella esperaba de ese matrimonio. Unos días antes, si alguien le hubiera preguntado qué quería, la respuesta habría sido muy sencilla: volver con Nick.
    Pero ahora no estaba tan segura.
    ¿Sería el cansancio?, se preguntó. ¿O sería el beso que se habían dado para la fotografía? ¿Volvería Bram a ser el Bram de siempre por la mañana? ¿O seguiría siendo el extraño en el que, de repente, se había convertido? ¿Era Bram quien había cambiado o ella misma?
    Sophie no confiaba en sí misma en ese momento. Había querido a Nick con tal desesperación, con tal ilusión… ¿Estaba buscando en Bram alguien que lo reemplazase? No quería hacerle daño. Ya se lo había hecho su hermana, sin querer, y ella no pensaba hacer lo mismo.
    Tendría que ir despacio, se dijo, usando la cabeza por una vez en su vida. Bram había dicho que estaba dispuesto a esperar hasta que ella quisiera mantener relaciones con él, y Sophie no daría ese paso hasta que estuviera segura de que Nick había salido de su corazón para siempre. Y de que Bram también se había librado de sus fantasmas.
    Sería la esposa de Bram Thoresby y tendrían mucho tiempo para hacer que aquel matrimonio funcionase, pensó. Sophie se quedó dormida pensando en ello.
    – Al menos la cocina está limpia -dijo la madre de Sophie, mirando críticamente alrededor-. Que es más de lo que puedo decir de ti. ¿Se puede saber qué has estado haciendo?
    – Limpiando uno de los viejos graneros -contestó ella, quitándose una telaraña del jersey-. Bram me va a regalar un tomo de alfarero en Navidad. Quiero volver a trabajar la arcilla.
    Llevaba una semana en Haw Gilí, después de dejar Londres para siempre, pero le parecía como si hubiera transcurrido mucho más tiempo. Aliviada, había descubierto que vivir con Bram no era tan incómodo como temía al principio. No habían tardado nada en volver a portarse como viejos amigos y Sophie empezaba a pensar que los extraños sentimientos que experimentó la primera noche habían sido provocados por el cansancio y los nervios.
    Aunque había pensado muchas veces en la idea de acostarse con él. En realidad, pensaba demasiado en ello. Especialmente por la noche, cuando estaba sola en su habitación.
    Ella, su amiga, tenía su particular punto de vista sobre el asunto:
    – ¿Y qué si sigue enamorado de tu hermana? -le había dicho cuando fue a Londres a recoger sus cosas-, Cuando esté contigo se olvidará de Melissa. ¿Por qué no te decides a pasarlo bien? Sólo tenemos una vida, Sophie. ¿Y qué si esta boda no es de cuento de hadas? Lo que tienes que hacer es fabricar tu propio cuento de hadas, cariño. ¡Y mientras lo haces, pásalo lo mejor posible!
    Por un lado le gustaría seguir el consejo de su amiga, pero no le resultaba fácil sacar el tema. Bram había vuelto a ser su amigo, como ella quería. Y los besos…estaba deseando olvidarlos y volver a ser la de siempre, pero ahora, perversamente, encontraba frustrante que Bram se mostrase tan cómodo con ella.
    Quizá para él estaba siendo más difícil de lo que había pensado, especulaba Sophie. Pero fuera cual fuera la razón, lo de acostarse juntos parecía haber quedado aparcado por el momento.
    Dormían en camas separadas, se veían a la hora del desayuno y todo iba bien. Sophie se había lanzado de cabeza al trabajo de la granja, ayudando a Bram en todo lo posible y cocinando para los dos. Aquel día lo había pasado limpiando el granero porque él había prometido regalarle un torno. Era un regalo muy generoso pero, según Bram, si le iba bien con la cerámica ganaría dinero y eso sería bueno para los dos.
    – Ya sabes que a tu madre le encanta hablar de di versificación. Ésta es mi oportunidad de quedar bien con ella -bromeaba.
    Pues allí estaba su madre, exasperada porque, según ella, Sophie no aportaba idea alguna para la boda.
    – Deberías olvidarte del granero por el momento y dedicarte a organizar tu boda, hija. ¿No te das cuenta del poco tiempo que tenemos?
    – Pero pensé que tú lo tenías todo pensado -protestó Sophie.
    – Hay que tomar muchas decisiones y yo no puedo tomarlas todas.
    Su madre empezó a hablar de la lista de invitados, de cómo debían ser fas invitaciones… y luego, tranquilamente, siguió con las ventajas de ofrecer champán y canapés en lugar de un buffet al uso, mientas Sophie asentía con la cabeza mirando por la ventana.
    Había nevado por primera vez esa noche y el valle se había convertido en un paisaje de cuento. Hacía frío, pero era agradable y Sophie pensaba lo divertido que sería estar jugando en la nieve con Bram y Bess…
    – ¡Sophie, no me estás escuchando!
    – Ah, perdona, mamá… sí, sí, champán y canapés, me parece muy bien.
    – Podrías mostrar un poquito de interés, hija. Es tu boda.
    – Lo importante es que Bram y yo vamos a casarnos, mamá. El resto da igual, ¿no te parece?
    – A mí no me da igual -replicó su madre, indignada-. No quiero que todo el pueblo piense que tu padre y yo no hemos podido darte una boda como Dios manda. Ya va a ser mucho más discreta que la de Melissa… Pero eso es lo que Bram y tú queréis…
    – Seguro que a nadie le importa cómo sea la boda, mamá -intentó convencerla Sophie. Pero su madre sacudía la cabeza, sorprendida por la ingenuidad de su hija.
    – Siempre has sido una romántica -suspiró, sacando una lista del bolso-. Vamos a ver… ah, sí, el vestido. ¿Has visto alguna ya?
    – Esto… no.
    – ¡Pero Sophie…!
    – Mamá, no he tenido tiempo. Pero te prometo que mañana iré a York.
    – Será mejor que vaya contigo -dijo Harriet Beckwith-. Es muy difícil elegir un vestido de novia. Pero si no quieres que vaya… -su madre asumió de inmediato su famosa expresión de mártir.
    – Claro que quiero. Pero como sé que tiene tantas cosas que hacer…
    – No, no, de eso nada. Es la boda de mi hija y no hay nada más importante que eso. Qué pena que Melissa no pueda venir. Sé que le encantaría, pero me ha dicho que está muy ocupada con el nuevo catálogo… Ah, por cierto, he hablado con ella sobre la cena de compromiso que, al final, no organizamos nunca, y tanto Nick como ella están de acuerdo en que el sábado sería un día perfecto.
    Ah, muy bien. Pero a su madre no se le había ocurrido preguntarle ni a ella ni a Bram si era el día perfecto, pensó Sophie. Podría inventar una excusa, pero no era fácil viviendo en una granja aislada, cuando todo el mundo sabía que no iban a ninguna parte.
    La falta de vida social no era un problema para ella. Le encantaba sentarse en el sofá del salón por las noches, leyendo, dibujando posibles diseños para sus objetos de cerámica o charlando con Bram mientras miraban el fuego de la chimenea.
    Pero tarde o temprano tendría que enfrentarse con Nick, pensó, fatalista. Y el sábado era un día como cualquier otro.
    – Muy bien. Se lo diré a Bram.
    – A mí me parece estupendo -dijo él, cuando se lo contó esa noche-. ¿Tú estás dispuesta?
    – Qué remedio -suspiró Sophie.
    Pero, en realidad, la reacción ante la noticia de que tendría que ver a Nick le había producido más irritación que otra cosa. Había pensado muy poco en él desde que vivía con Bram. Quizá porque estaba demasiado ocupada planeando su futuro.
    La idea de ver a Nick no era en absoluto agradable y temía sucumbir de nuevo a la irresistible atracción que había sentido por él, pero al menos no le parecía tan intolerable como antes. ¿Sería posible que, al fin, lo estuviese olvidando?
    – No me apetece mucho verlo, pero supongo que cuanto antes me lo quite de encima, mejor.
    Bram pensaba lo mismo. Lo que no había pensado era que se sentiría tan feliz teniendo a Sophie a su lado cada día. Ella alegraba la granja… alegraba su vida con su presencia. Y cada vez que la miraba, riendo, con el pelo flotando alrededor de la cara, se le encogía el corazón. Cada vez que la veía frente a la chimenea o haciendo café, sentía un gozo inexplicable.
    Intentaba recordarse a sí mismo que era Sophie, su amiga de toda la vida, la misma chica de siempre, pero… Nunca había pensado en quitarle todas esas capas de ropa que llevaba, pero ahora no dejaba de pensar en ello.
    En fin, no sabría lo que había bajo la ropa hasta que Sophie dejase de amar a Nick. Y esperaba que cuando por fin volviese a verlo, se diera cuenta de que el amor que sentía por él no era tan fuerte como había creído.
    A menudo se preguntaba si su amor por Melissa estaba basado en un bonito recuerdo más que en la realidad. No podía recordar cómo era- Quizá no lo había sabido nunca. Sólo recordaba la emoción que experimentaba estando a su lado, la admiración que sentía por su belleza.
    Pero ahora… ahora no sabía lo que sentía. De lo único que estaba seguro era de que Sophie era su amiga. Y era más fácil seguir siendo amigos que estropearlo todo pensando demasiado en que algún día serían amantes.
    En cualquier caso, no tenía sentido pensar en ello, se dijo, hasta que Sophie hubiese olvidado a Nick… y para eso podría pasar mucho tiempo.
    Mientras tanto, seguirían siendo amigos y él tendría que dejar de mirar sus labios o la curva de sus hombros o el invitador hueco de su garganta…
    O lo intentaría, al menos.
    La madre de Sophie fue a buscarla al día siguiente para ir a York. Dejaron el coche a las puertas de la ciudad, ya que la zona antigua era peatonal, y fueron caminando hasta la tienda. A Sophie siempre le había encantado pasear por las viejas calles de York, pero aquel día pasear era absolutamente imposible.
    Porque su madre tenía una misión. Y cuando su madre tenía una misión era imposible convencerla de nada.
    – Vamos a la tienda donde compramos el vestido de novia para Melissa. Seguro que allí tendrán uno perfecto para ti…
    – ¡Lo he encontrado! -exclamó Sophie, deteniéndose de golpe.
    El vestido era tan bonito que estaba solo en el escaparate. De escote barco y cintura ajustada, la falda caía en capas y capas de gasa… de color cobre, dorado, bronce y rojo. Brillaba como una llama, tan vibrante que uno casi podría alargar las manos para calentarse.
    Sophie vio ese vestido y se enamoró de él. Ése sí que era un vestido de novia… un vestido que la haría sentir guapa, sexy, elegante. Como una debía sentirse el día de su boda. Aunque se casara con un viejo amigo que seguía enamorado de su hermana.
    Pero Harriet, que seguía hablando sola, tiraba de su brazo sin enterarse de nada.
    – Vamos, que llegamos tarde.
    – Mamá, he encontrado el vestido -insistió Sophie-. Mira, ése es el vestido que voy a llevar el día de mi boda.
    – Eso no es un vestido de novia, hija. ¡Es de color rojo!
    – No hay ninguna ley que prohíba casarse de rojo -replicó ella.
    – Pero las novias se casan de blanco, o de beige. Sí, mejor el beige o el color marfil. El blanco no te quedaría bien, eres muy pálida.
    – Pero ese vestido sí me quedaría bien -insistió Sophie.
    Su madre, por supuesto, no quería ni oír hablar de ello.
    – ¿Qué pensaría la gente si te viera con eso puesto? Un vestido rojo no es apropiado para una iglesia.
    Sophie se dejó arrastrar por su madre sin decir nada. Daría igual que fuera de rojo o de negro. Al fin y al cabo, no era una boda de verdad. El suyo sería un matrimonio de conveniencia.
    De modo que se dejó llevar hasta la tienda, donde la midieron y la miraron de arriba abajo mientras su madre consultaba con las inmaculadas dependientas. Después de largas discusiones, se decidieron por un sencillo vestido de seda color marfil. Era de manga larga y escote barco, con un corpiño ajustado del que salía la falda, cayendo en elegantes pliegues hasta el suelo. Incluso Sophie debía admitir que era muy bonito, pero no podía compararse con el que había visto antes.
    – ¿Qué tal ha ido todo? -le preguntó Bram cuando llegó a casa por la noche.
    – ¡Estoy agotada! Mi madre me ha atropellado tantas veces que me sorprende seguir viva -suspiró ella-. Pero me he portado muy bien. He hecho todo lo que me pedía y voy a ser una novia de lo más convencional… con un vestido de color marfil, zapatos a juego y tiara de brillantitos. Y supongo que te alegrará saber que me he negado a llevar velo.
    – Ah, muy bien.
    – Pero Bram… yo había visto el vestido más bonito del mundo.
    – ¿Y por qué no lo has comprado?
    Sophie se lo contó, apenada.
    – Ya sabes que a mí los vestidos me dan igual, pero es que éste era increíble. Nunca había visto un vestido más bonito en toda mi vida. Pero mi madre dice que no puedo llevar un vestido rojo a la iglesia -dijo, resignada-. Además, como lo va a comprar ella… yo no tengo un céntimo y seguramente es verdad que no es un vestido apropiado para una novia. Pero era tan precioso…
    Sophie empezó a poner la mesa y Bram no dijo nada, pero cuando volvió de dar de comer a los animales al día siguiente, le preguntó qué planes tenía.
    – Ninguno. Aunque podríamos ir al mercado.
    – Iremos al mercado cuando volvamos -dijo Bram entonces.
    – ¿Cuando volvamos de dónde?
    – Nos vamos a York.
    – Pero si estuve allí ayer. ¿Para qué quieres que vayamos a York? -preguntó Sophie, sorprendida.
    – Para comprar tu vestido de novia -contestó Bram.

Capítulo 7

    VENGA -dijo Bram después de verlo en el escaparate-. Tienes que probártelo. -Pero si no sabemos cuánto vale -protestó ella-. Seguramente será carísimo.
    Sus protestas no sirvieron de nada porque Bram ya estaba dentro de la tienda pidiéndole a la dependienta, que debía tener la talla treinta y seis, que fuera a buscar el vestido del escaparate en la talla de Sophie… que no era la treinta y seis precisamente. La chica había mirado a Sophie de arriba abajo, pero parecía mucho más interesada en «su novio».
    Cuando entró en el probador, podía oírla coquetear con Bram fuera. Algunas personas no tenían vergüenza, pensó. Y Bram no debería animarla. ¡Por Dios bendito, estaban comprando su vestido de novia!
    Sophie apretó los labios mientras se quitaba los vaqueros, pero le resultó imposible seguir enfadada cuando se probó el vestido.
    Era un sueño. El material era como una caricia sobre su piel y los colores eran sencillamente gloriosos. Con el vestido puesto y los pies descalzos, sin una gota de maquillaje, Sophie se sintió increíblemente sexy, increíblemente poderosa.
    Abriendo la puerta, salió del probador y la dependiente y Bram se quedaron mudos.
    – ¿Qué te parece?
    – Nos lo llevamos -contestó él sin dejar de mirar a Sophie ni un solo segundo. Estaba maravillosa, espectacular, voluptuosa… el color del vestido destacaba la palidez de su piel y el brillo de sus ojos verdes. Nunca la había visto tan guapa. Nunca había pensado que Sophie fuese tan guapa.
    – Mi madre no permitirá que me case con este vestido -dijo Sophie entonces, deprimida.
    – No importa. Puedes ponértelo esta noche, para la cena.
    – Pero… es demasiado caro, Bram. ¿Cómo vas a gastarte tanto dinero?
    – Nos lo llevamos -repitió él con una sonrisa en los labios.
    La dependienta miró a Sophie con ojo crítico, pero no podía disimular su aprobación.
    – Necesita unos zapatos -les recordó-. Voy a ver qué encuentro.
    Volvió unos segundos después con una selección de zapatos de tacón en los mismos tonos que el vestido y obligó a Sophie a que se los probara con una firmeza digna de Harriet Beckwith.
    – No puedo andar con estos taconazos -protestó ella. Pero se calló al ver unos zapatos que la joven estaba sacando de una caja-, ¡Ay, ésos, ésos! ¡Qué bonitos son!
    Eran de color cobre, con un lacito a un lado. Sophie se los probó, perdiendo el equilibrio por la falta de costumbre, y luego hizo una pirueta. Las capas de gasa flotaron a su alrededor como las alas de un hada, y tuvo que sonreír, feliz. Pero cuando se volvió hacia Bram, su expresión la dejó helada. De repente, su corazón latía a toda velocidad y se dio cuenta de que había olvidado respirar.
    Bram tuvo que tragar saliva. Nunca había tenido problemas para respirar, pero no parecía capaz de llevar oxígeno a sus pulmones. Nunca había visto a Sophie tan guapa.
    Nunca había sabido que la deseaba tanto.
    Nunca había sabido que la amaba de tal forma.
    Claro que la amaba. Bram miró a Sophie y supo que no podrían volver a ser amigos. Era una sensación extraña enamorarse de alguien a quien siempre había querido… como colocar la última pieza de un rompecabezas que, de repente, le daba sentido a todo.
    Seguía queriendo a Sophie como amiga, pero la deseaba como mujer. Y la deseaba con una urgencia, con una pasión que lo dejaba atónito.
    No había amado a Melissa de esa forma. Melissa era una persona para adorar, apara admirar de lejos. Tan frágil, tan etérea que uno tenía miedo de que se convirtiese en polvo si la tocaba. Pero Sophie… Sophie era real, cálida, auténtica. Una mujer hecha para amar de verdad. Una mujer a la que se podía tocar, una mujer con la que compartir su vida.
    Pero saber eso con certeza lo hizo sentir como al borde de un precipicio. Estaba cayendo, intentando agarrarse a algo cuando se dio cuenta de que Sophie y la dependienta lo miraban con idéntica expresión de sorpresa.
    – ¿Bram?
    – ¿Eh? Sí, sí… nos llevamos los zapatos también.
    – ¡Qué bien! -exclamó Sophie.
    – ¿Dónde vamos ahora? -preguntó Bram cuando salieron de la tienda.
    – ¿A comer? -sugirió ella, intentando olvidar la charla de su madre sobre la necesidad de perder unos kilos antes de la boda. El día anterior la había hecho comer una ensalada de lechuga a pesar de que Sophie insistía en que hacía mucho frío y debería comer algo más sustancioso.
    Bram hizo un esfuerzo por controlarse mientras buscaban un café, pero no era fácil teniendo a Sophie a su lado. Cuando lo único que quería era besarla y decirle que la amaba hasta que ella dijese que también lo amaba, que había olvidado a Nick para siempre.
    Pero estaba seguro de que ella no diría eso, por mucho que la besara.
    Sophie lo estaba pasando de maravilla. Era mucho más divertido ir de compras con Bram que con su madre. York era una ciudad preciosa y era estupendo tener tiempo para pasear, para admirar los antiguos edificios medievales. Además, ya habían puesto las luces de Navidad y había adornos navideños en casi todas las tiendas.
    Pero Bram parecía un poco tenso. Quizá lamentaba haber pagado un dineral por el vestido, pensó. Pero no, Bram era un hombre sensato. Si se había gastado ese dinero era porque quería y podía hacerlo. Además, él no lamentaría haber sido generoso. No era ese tipo de hombre.
    No, Bram no era así pensó, con una sonrisa en los labios.
    ¿Cuándo se había sentido más feliz en toda su vida?, se preguntó entonces. Quizá cuando estaba con Nick. Y entonces su alegría siempre estaba teñida de cierto temor, de cierta incredulidad. Había pensado que jamás volvería a ser feliz, pero lo era.
    Allí estaba, en York, con su mejor amigo, comprando un vestido de novia que era un sueño mientras en una esquina un cuarteto cantaba Noche de paz. Era feliz, absolutamente feliz.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Bram.
    – No, nada -contestó ella, porque no sabría cómo explicárselo..
    – Tenemos que comprar un anillo de compromiso.
    De repente, una nube de culpabilidad ensombreció la felicidad de Sophie.
    – No, no, no, ya te has gastado un dineral en el vestido. No necesito un anillo, de verdad.
    – ¿Cómo que no? Todas las novias tienen un anillo -protestó él-. Además, eso es lo que esperan tu madre y Melissa. ¿Te gusta ése? -preguntó Bram, deteniéndose frente al escaparate de una joyería.
    Estaba señalando un anillo antiguo de rubíes y perlas y Sophie se acercó para mirarlo de cerca. Al hacerlo, rozó la cara de Bram con el pelo y él se apartó abruptamente, el deseo de abrazarla tan poderoso que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para controlarse.
    Sophie, que se había percatado del gesto, se puso colorada.
    – Perdona.
    – No, he sido yo… perdona -dijo él, incómodo.
    Los dos miraron el escaparate sin saber qué hacer. Bram se habría dado de tortas por haberla herido. Sophie no sabía por qué se había apartado y él no podía explicárselo. Decirle que la amaba, que temía perder el control y abrazarla en medio de la calle unas horas antes de que se enfrentase al amor de su vida por primera vez en un año no era precisamente garantía de un ambiente agradable en la cena, ¿no?
    – ¿Qué te parece? -insistió.
    – Es muy bonito -contestó Sophie, agradeciéndole que rompiera el incómodo silencio-. ¡Pero mira qué precio! Con ese dinero podrías comprar una vaca.
    Bram soltó una carcajada, aliviado.
    – No necesito otra vaca. ¿Por qué no entramos?
    El anillo era perfecto. Cenicienta debía haber sentido lo mismo cuando se puso el famoso zapato de cristal. Era como si aquel anillo hubiera estado en el escaparate esperándola precisamente a ella.
    – ¿Te gusta? -preguntó Bram.
    – Me encanta -contestó Sophie, observando los rubíes y las perlas montados sobre una banda de oro en un diseño asimétrico, inusual-. Es muy original, ¿verdad? Eso es lo que lo hace tan especial.
    – Como tú.
    Bram se había vuelto para sacar la tarjeta de crédito y lo había dicho tan bajito que Sophie no estaba segura de haber oído bien.
    En otro momento le habría dado un codazo antes de preguntarle qué había dicho y él habría contestado con alguna broma. Pero ya no podía hacer eso. No después de aquel beso. Y especialmente ahora, cuando Bram se había apartado prácticamente de un salto cuando se acercó a él.
    No, mejor no decir nada. Si Bram quería decirle que era especial se lo diría claramente. Estaba dejándose llevar por la imaginación, pensó. Ellos seguían siendo amigos. Un beso no podía haber dado al traste con tantos años de amistad. Lo que tenía que hacer era seguir tratándolo como lo había hecho siempre.
    – Gracias, Bram -dijo, abrazándolo-. Es un anillo precioso.
    De nuevo, hubo un momento de vacilación antes de que él le devolviese el abrazo. Pero cuando la abrazó lo hizo con tal fuerza, que Sophie sintió el deseo de apoyar la cara en su hombro y decirle que se sentía confusa y que no quería que la soltase nunca.
    Pero los amigos no hacían esas cosas, ¿no? De modo que se apartó y lo miró, sonriente.
    – ¿Qué tal si vamos a comer?
    Encontraron un restaurante lleno de gente que, como ellos, habían estado de compras por la ciudad de York y sacaban los regalos de las bolsas para compararlos. Seguramente, regalos para los niños. Ojalá ésa fuera su única preocupación, pensó Sophie. Ojalá sólo tuviera que pensar en qué iba a comprarle a su padre por su cumpleaños.
    No, ella tenía problemas más complejos.
    Sophie no podía dejar de pensar que empezaba a sentir algo por Bram, mientras seguía enamorada de Nick. Si seguía enamorada de Nick. Pero si no lo estaba, ¿por qué la angustiaba tanto la idea de volver a verlo esa noche?
    Entonces miró a Bram, que estaba estudiando la carta con detenimiento. Mirándolo, volvió a experimentar esa sensación de vértigo, como si estuviera al borde de un abismo, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse.
    Pero cuanto más lo miraba, menos familiares le parecían sus rasgos.
    «Es Bram… es Bram», se repetía. Su amigo Bram. El que siempre le había parecido un chico ni guapo ni feo, pero de ojos bonitos. Sus rasgos ahora, sin embargo, le parecían excitantes e intrigantes al mismo tiempo.
    – ¿Qué vas a pedir?
    Pillada por sorpresa, Sophie dio un respingo.
    – ¿Eh? Ah, es que no sé…
    – ¿No te has decidido? -preguntó él, mirándola con sus ojitos azules.
    Y Sophie sonrió. Porque sabía que siempre serían amigos. Y todo lo demás sería un extra. Un extra maravilloso.
    – Sí, creo que ya me he decidido.
    Estuvieron charlando sobre mil cosas durante el almuerzo, hasta que la luz del sol empezó a desvanecerse y se encendieron las farolas. Después de comer fueron a comprar regalos de Navidad y un regalo especial para su padre y, por fin, encargaron dos alianzas con la fecha grabada.
    – ¡Mira, una boda en Navidad! -exclamó la dependienta, emocionada-. ¡Qué romántico!
    – Si ella supiera… -le dijo a Bram cuando salieron de la joyería, levantando los ojos al cielo.
    Pero él no respondió con una broma. Sophie se estaba portando como lo hacía siempre, pero él no ayudaba nada. Cuanto más amistosa se mostraba ella, más distante parecía él. Y ahora, cuando debería reírse por lo absurdo de la situación, lo único que hacía era mirarla como si hablase en otro idioma.
    – ¿Si supiera qué?
    – Ya sabes… la razón por la que vamos a casarnos -contestó Sophie-. Si lo supiera no pensaría que es tan romántico.
    – ¿Quieres decir si supiera que los dos vamos a conformarnos con un segundo plato? -preguntó Bram.
    – Bueno… sí -Sophie no había querido decir eso exactamente y desearía poder retirar la broma, pero ya era imposible.
    – Uno puede hacer creer a la gente lo que quiera. Todo depende de las apariencias.
    – Sí, bueno, espero que esta noche funcione -dijo ella, incómoda. Tenía la impresión de que esa conversación iba en dirección equivocada, como un tren dirigiéndose hacia un puente destruido, pero no era capaz de darle la vuelta.
    – ¿Esta noche?
    Sophie levantó la mano para mostrarle el anillo.
    – Estas son las apariencias a las que te refieres, ¿no? Si esto no convence a Nick de que vamos a casarnos por amor, nada lo convencerá.
    No. Y convencer a Nick era lo más importante, se recordó Bram a sí mismo.
    – Supongo que Nick te compró un anillo de diamantes.
    – Pues sí, la verdad es que sí.
    – ¿Y qué fue de él?
    – Se lo devolví -contestó Sophie, temblando bajo el abrigo. No sabía por qué, de repente, tenía tanto frío.
    El anillo que le regaló Nick no tenía un diamante espectacular, pero ella se había sentido tan emocionada que no lo habría cambiado ni por el Koh-i-Noor, la piedra más grande del mundo.
    Bram recordaba su expresión cuando le contó lo enamorada que estaba de Nick, y se sintió avergonzado de sus celos. Por supuesto, era lógico que para Sophie el anillo de Nick fuera un tesoro mientras el que él le había regalado no era más que para cubrir las apariencias.
    – Lo siento, Sophie. Perdona el tono… es que estoy un poco cansado. ¿Tienes que comprar algo más?
    Volvieron a casa en silencio y había anochecido cuando llegaron a la granja. Mientras Bram iba a ver al ganado, acompañado por una emocionada Bess, que había estado sola todo el día esperando en la verja, Sophie no sabía qué hacer. Paseaba por la cocina, colocando cosas y volviendo a colocarlas donde estaban antes. ¿Qué había pasado? ¿Por qué, de repente, Bram y ella no podían comportarse de forma normal?
    ¿Había tomado la decisión equivocada al decirle que se casaría con él?, se preguntó.
    Pero cada día era más difícil volverse atrás porque los preparativos estaban muy avanzados. Y aquella noche tenían que cenar con su familia…
    Y con Nick.
    Después de temerlo durante tanto tiempo, Sophie sentía un extraño deseo de verse cara a cara con él. Cuando lo viese sabría lo que sentía, pensaba, y quizá estaría menos confusa.
    Se tomó su tiempo para arreglarse y, cosa poco habitual en ella, se pasó el cepillo por los indómitos rizos para darle un poco de estilo a su peinado. Para que su madre no pusiera el grito en el cielo, se pintó los labios y se dio un toque de colorete en las mejillas. Después, quitó la etiqueta del vestido con una tijera, se puso los zapatitos color bronce y, como único adorno, unos discretos pendientes que su amiga Ella había diseñado… bueno, todo lo discretos que podían ser.
    Luego se miró al espejo y se sintió más segura de sí misma, más fuerte.
    Cuando bajó al salón, Bram estaba esperándola. Poco acostumbrado a llevar corbata, estaba pasándose una mano por el cuello de la camisa, pero al verla se quedó inmóvil.
    Estaba preciosa… incluso más preciosa que en la tienda. Bram no sabía qué había hecho para tener otra apariencia, pero era evidente que se había esmerado.
    Y también era evidente por qué, pensó entonces: porque quería que Nick viese lo que se había perdido.
    – Estás guapísima-le dijo, pero su voz sonaba extrañamente plana.
    – Gracias -sonrió ella-. La verdad es que me siento como si fuera otra persona.
    Bram la estudió, pensativo. A pesar de que sus rizos estaban un poco más controlados que de costumbre tenía un aspecto muy sexy, como si acabara de levantarse de la cama.
    – Pues yo creo que eres la de siempre -murmuró.
    Y entonces cometió el error de mirarla a los ojos. Atrapado en aquel río de aguas verdes, Bram no podía decir nada y pasó una eternidad hasta que logró, haciendo un esfuerzo, apartar la mirada.
    «Di algo, lo que sea».
    – ¿Estás bien, crees que podrás soportar ver a Nick?
    – Estoy bien -contestó ella-. Curiosamente, estoy deseando verlo. No sé por qué.
    – No sé si debería ir yo -intentó bromear Bram-. A lo mejor molesto.
    – No, no. Te necesito a mi lado. ¿Tú cómo estás?
    – ¿Yo?
    – Melissa también estará en casa de mis padres. Y sé que también es difícil para ti.
    Cuando Sophie lo tomó del brazo, Bram tuvo que tragar saliva. El olor de su pelo, su proximidad, su calor…
    – Más de lo que te puedas imaginar -contestó por fin.
    Un BMW nuevo estaba aparcado en la puerta de la granja Glebe cuando llegaron. Nick y Melissa ya estaban allí.
    Bram aparcó el Land Rover al lado del lujoso coche y apagó el motor. Pero antes de bajar tomó la mano de Sophie, que parecía nerviosa.
    – ¿Todo bien?
    – Sí, todo bien -contestó ella.
    La puerta se abrió justo en ese momento y los dos pudieron ver la silueta de su madre recortada en el umbral.
    – Será mejor que vayamos -dijo Bram-. Ah, espera… esto está lleno de barro y no querrás estropearte los zapatos. Venga, te llevo en brazos. Un servicio más para la señorita.
    Algo en su sonrisa hizo que Sophie se sintiese… rara.
    – No puedes llevarme en brazos. Peso mucho.
    – Tonterías. No pesas más que el ternero que tuve que arrastrar el otro día -insistió él- Venga, deja de discutir. Ya sabes que tu madre estará dándote la charla durante toda la cena si apareces con los zapatos llenos de barro.
    Eso era cierto. De modo que Sophie se dejó llevar en brazos, nerviosa mientras Bram la apretaba contra su pecho. Sólo duró unos segundos, pero cuando la soltó, sintió frío… o, más bien, sintió que le faltaba algo.
    – ¡El vestido que te gustaba! -exclamó su madre-. Estás muy guapa, hija. ¿Ves lo que puedes conseguir haciendo un pequeño esfuerzo?
    Cuando entraron en el salón, la conversación se interrumpió bruscamente. Sabiendo que nadie lo miraba a él, Bram pudo estudiar las expresiones de los demás mientras admiraban a Sophie.
    Joe Beckwith parecía asombrado y orgulloso; Melissa, sorprendida y encantada; y Nick, sencillamente estupefacto.
    – Estás preciosa, hija -Joe Beckwith fue el primero en hablar, mientras se inclinaba para darle un beso en la mejilla-. ¿De dónde has sacado ese vestido de princesa?
    – Me lo ha regalado Bram -contestó ella, sorprendida por lo normal que sonaba su voz.
    Luego se volvió hacia su hermana, tan exquisita como siempre con un vestido negro de corte clásico… el tipo de vestido que Sophie jamás podría ponerse.
    – Hola, Mel.
    – ¡Sophie, estoy tan contenta de verte! -Melissa la abrazó con cariño-. Papá tiene razón, estás guapísima.
    Sophie rió, un poco avergonzada por tanta admiración.
    – No creo que nadie dijera eso si me viera a tu lado.
    – Claro que lo dirían -insistió su hermana.
    Tenía razón, pensó Bram. Sophie nunca tendría la perfecta belleza de su hermana, pero era mucho más viva, más alegre. En realidad, Melissa palidecía a su lado.
    Melissa se acercó a él entonces.
    – ¡Bram! Qué alegría verte -exclamó, abrazándolo-. No sabes cuánto me alegro de que vayáis a casaros.
    Sophie observaba la escena, nerviosa. Debía de ser terriblemente difícil para él abrazar a la mujer de sus sueños pero no poder besarla más que como un hermano. Era lógico que estuviera tan tenso en York. Seguramente temía ver a Melissa tanto como ella ver a Nick.
    – Y aquí está Nick -dijo entonces su padre, sorprendido por cómo Sophie ignoraba a su cuñado.
    Ella se volvió para saludarlo.
    Nick, el amor de su vida. Nick, por quien su corazón había latido tanto tiempo.
    ¿Durante cuántos meses había temido ese momento, esperando sentirse desolada, derrotada? Y ahora que estaba allí, su corazón no hacía nada en absoluto. Nada. Su atención estaba centrada en Bram y Melissa. Y en lo que podrían estar diciéndose.
    – Hola, Nick.

Capítulo 8

    SOPHIE, estás increíble! -exclamó Nick con esa voz que antes hacía que le temblasen las rodillas. Luego la besó…demasiado cerca de los labios para gusto de Sophie, que se apartó de inmediato.
    Estaba igual que siempre. El mismo pelo oscuro, la misma arrogancia, los mismos ojos, la misma postura de hombre que lo controla todo. El macho Alfa, desde luego. Su corazón debía estar latiendo como loco, su pulso acelerado… pero no era así.
    Sophie no podía creerlo. Cuando lo miraba sólo sentía cierta curiosidad porque el recuerdo de Nick era mucho más intenso que el propio Nick.
    – Cuando has entrado me he quedado de una pieza -estaba diciendo él, mirándola de arriba abajo-. Desde luego no pareces la mujer de un granjero…
    – Aún no nos hemos casado.
    – Bueno, la prometida de un granjero. En fin, creo que debo felicitaros a los dos.
    – Gracias -sonrió Sophie, un poco insegura.
    Era una sensación extraña. Nick parecía el mismo y ella creía ser la misma. Sin embargo, todo era absolutamente diferente.
    No entendía cómo había pasado, pero sus músculos, tensos por la anticipación, empezaban a relajarse. Y el amor, la pasión, el deseo que había sentido una vez por aquel hombre se evaporó al enfrentarse con él.
    Entonces miró a Bram, pero él estaba hablando con Melissa y no le prestaba atención.
    – Bram es un hombre muy afortunado -dijo Nick-. Y, evidentemente, le gustan las hermanas Beckwith. Tengo entendido que quiso casarse con Melissa hace algún tiempo.
    – Sí, estuvieron prometidos hace muchos años -contestó Sophie, preguntándose de qué hablarían Bram y su hermana. Melissa apretaba su brazo, pero estaban de espaldas y Sophie no podía ver sus expresiones.
    En parte, se alegraba. No quería ver anhelo en los ojos de Bram. No quería descubrir que seguía enamorado de su hermana.
    – Pero fue hace mucho tiempo -siguió, distraída-. Eran muy jóvenes.
    Su madre había decorado la casa por Navidad y todo tenía un aspecto estupendo y acogedor, con velas sobre la chimenea y el árbol lleno de luces y bolas de colores. Incluso había una rama de acebo colgando de la lámpara en el centro de la habitación. Bram y Melissa estaban justo debajo… y Sophie esperó que no se dieran cuenta porque la tradición mandaba que las parejas se besaran bajo la rama de acebo.
    – ¿Y a ti no te importa?
    – ¿Eh? ¿Perdona?
    – ¿No te importa que Bram y Melissa hayan estado prometidos? -preguntó Nick-. No quiero decir que se case contigo de rebote, eso sería muy grosero… pero… bueno, ya sabes a qué me refiero.
    Sophie se puso colorada. ¿Cómo podía ser tan grosero?, se preguntó.
    – Pues no, no creo que se case conmigo de rebote.
    – No, claro, siempre os habéis llevado muy bien -dijo Nick, condescendiente-. Pero debo confesar que me sorprendió un poco la noticia.
    – ¿Por qué? -preguntó Sophie.
    – Porque no pensé que Bram fuera tu tipo. Es un hombre normal y corriente, y tú eras tan apasionada…
    La miraba a los ojos, y Sophie supo sin lugar a dudas que Nick estaba recordando lo apasionadamente enamorada que había estado de él.
    – No creo que un sencillo granjero pueda darte lo que tú necesitas.
    – ¿Y tú sí? Pues me parece que te falta imaginación -Sophie empezaba a enfadarse-. Bram me da todo lo que necesito y es exactamente mi tipo de hombre… además, yo lo encuentro muy excitante.
    – Perdona entonces -se disculpó Nick con una sonrisa de incredulidad-. Me alegro mucho por ti, naturalmente. Melissa y yo estábamos preocupados porque tardabas tanto en superar nuestra ruptura… sé que no ha sido fácil para ti.
    – ¿Ah, sí? -replicó ella.
    Todas las agonías que había sufrido por aquel hombre, por aquel engreído insoportable…

    Había temido ese momento durante tanto tiempo y ahora se sentía como una tonta. Y un poco triste… porque el sueño al que se había agarrado durante más de un año no era más que una mentira.
    – Supongo que Bram también tardó mucho en superar que Melissa cortase con él, de modo que tenéis eso en común -siguió Nick-. Hay cierta simetría en todo esto, ¿no? Es estupendo, todo queda en la familia.
    – No te entiendo -dijo ella, muy seria.
    – Yo creo que es muy sensato por vuestra parte haber decidido no perder el tiempo. A veces no se puede elegir y es mejor conformarse.
    A Sophie se le encogió el corazón. Eso era lo que Bram y ella iban a hacer, no perder del tiempo y aprovechar que eran amigos para no vivir solos el resto de sus vidas, pero no pensaba decírselo a Nick. Lo único que le preocupaba era que le contase sus sospechas a Melissa.
    – ¿Mi hermana piensa como tú?
    – No, Melissa esta convenida de que Bram y tú os habéis querido siempre sin saberlo, como en las películas. Lo cree porque eso es lo que desea creer.
    – ¿Y no podría ser porque Melissa nos conoce a Bram y a mí mucho mejor que tú? -sugirió Sophie, irónica.
    Nick le pasó una mano por los hombros, riendo.
    – No te pongas así, mujer. Tu secreto está a salvo conmigo.
    – ¿De qué secretos estáis hablando? -intervino Melissa entonces, acercándose.
    – De nada -contestó Sophie, mirando a Bram para ver si la había visto apartarse de Nick, pero su expresión era indescifrable.
    – Es un secreto que tenemos Sophie y yo -dijo Nick entonces-. Y no sirve de nada preguntar, querida. Por eso son secretos, porque no se pueden contar.
    A Sophie le pareció que había algo mecánico en la sonrisa de su hermana, pero Nick no le dio tiempo a replicar porque se volvió hacia Bram para estrechar su mano.
    – Me alegro de volver a verte. Enhorabuena, eres un hombre muy afortunado.
    – Lo sé -asintió él, mirando a Sophie.
    – La afortunada soy yo -dijo ella, decidida a demostrarle a Nick que estaba completamente equivocado.
    Aunque no lo estuviera.
    Sonriendo, abrazó a Bram y apoyó la cara en su hombro. Tenía miedo de que se apartase, dejándola en ridículo delante de todo el mundo, pero no lo hizo. Todo lo contrario, le pasó un brazo por la cintura e inclinó la cabeza para darle un beso.
    Pero estaba tenso. Se había dado cuenta de que Sophie estaba nerviosa y no le gustaba nada la mirada de Nick. ¿Qué estaba pasando?, se preguntó.
    Los cuatro se quedaron en silencio, mientras al fondo oían a Joe y Harriet hablando en la cocina.
    – Bueno, enséñame el anillo que te ha regalado Bram -dijo su hermana. Y Sophie levantó la mano, alegrándose infinitamente por el cambio de tema.
    – Es precioso, cariño. Y como tú, poco convencional, original y lleno de color. ¡Bram, qué bien conoces a mi hermana!
    – A veces me pregunto si es verdad -murmuró él.
    – Mamá, ven a ver el anillo de Sophie -dijo Melissa cuando Joe y Harriet entraron en el salón con una bandeja llena de copas.
    – Muy bonito -dijo su madre con cara de satisfacción.
    Nick tomó su mano e inspeccionó el anillo detenidamente. Sophie sintió entonces que acariciaba su palma con un dedo y apartó la mano, nerviosa.
    ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué estaba jugando?
    – Muy inusual, desde luego.
    – Sophie es una persona inusual -dijo Bram, a quien no le había pasado desapercibido su nerviosismo.
    – Desde luego que sí. ¿No habrías preferido un diamante? Después de todo, un anillo de compromiso debe ser de diamantes.
    – No -contestó Sophie, mirándolo a los ojos con un silencioso reto-. Me gustan más los rubíes y las perlas.
    – Pues debe haberte costado un dineral -comentó Joe Beckwith-. Por lo que vale este anillo podrías haber comprado un par de terneros por lo menos.
    – ¡Papá! -rió ella.
    – Espero que le hayas dado las gracias, hija -sonrió su padre.
    – Claro que sí. Pero no me importa volver a dárselas. Ven aquí, Bram, ponte debajo de la rama de acebo.
    – ¿Para qué?
    – ¿Cómo que para qué? Para darte las gracias otra vez -rió Sophie, tomando su cara entre las manos.
    Y entonces ocurrió algo curioso. Se le olvidó que Nick estaba mirando, se olvidó de Melissa, de sus padres…
    Sólo veía los ojos azules de Bram y el deseo de besarlo era tan poderoso que le echó los brazos al cuello. Bram le devolvió el beso con una pasión inesperada también. Y con una ternura… le habría gustado que el beso no terminara nunca. Le habría gustado que estuvieran solos para quitarle esa estúpida corbata, desabrochar su camisa, bajarse la cremallera de] vestido…
    Con el corazón acelerado, Sophie dejó escapar un gemido y se abrazó a él, como si buscase un ancla. Su ancla, su roca. Bram la miraba, sorprendido, pero no podría decir si se sentía feliz o estaba sencillamente aturdido.
    Bram miró a Nick entonces. Estaba serio, pero podría jurar que por dentro se estaba riendo. ¿Era por eso por lo que Sophie lo había besado? ¿Para que él lo viera? Sophie se había puesto colorada y estaba mirando a su antiguo amor…
    De modo que sí, era por eso. La desilusión era como un cuchillo clavándose en lo más profundo de su alma. ¿Qué había esperado? Sin darse cuenta, se había enamorado de Sophie, pero ella seguía enamorada de Nick. Y eso no iba a cambiar nunca.
    Para Sophie, emocionada por aquel beso, la mirada irónica de Nick fue como una bofetada. Había decidido besar a Bram para demostrarle que era el hombre de su vida… y recordar eso la hizo sentir avergonzada.
    Ni siquiera había logrado convencerlo, eso era evidente.
    No era verdad, le habría gustado gritar. Ella quería besar a Bram y le daba igual quién estuviera mirando.
    Pero nadie parecía notar nada extraño. Todo parecía absolutamente normal.
    O quizá no.
    Sophie revisó su opinión cuando se sentaron a cenar. Sus padres se portaban como siempre, pero había cierta tensión en el centro de la mesa.
    Bram charlaba con su madre y con su hermana, pero parecía un poco incómodo. Quizá no le había hecho gracia que lo besara delante de todo el mundo. Quizá lo estaba pasando peor que ella, teniendo que disimular que con quien habría querido celebrar una cena de compromiso era con Melissa y no con ella.
    Y también Melissa parecía un poco alterada. Además, su madre le había dicho que Nick y ella siempre estaban como dos tortolitos, pero esa noche apenas se habían dirigido la palabra.
    Quizá Nick encontraba más divertido reírse de ella que atender a su esposa, pensó. Desde luego, no dejaba de mirarla y hacerle cumplidos que a Sophie empezaban a parecerle exagerados.
    «Piensa que sigo enamorada de él. Piensa que me he arreglado tanto para él».
    Pero no era verdad. Un año antes se habría emocionado por sus atenciones, pero ahora la hacían sentir incómoda y le parecían absolutamente inapropiadas.
    – Me han dicho que habéis estado de vacaciones. ¿Dónde habéis ido? -preguntó, desesperada por encontrar un tema de conversación.
    – A Marruecos -contestó Nick-, Hemos estado de excursión en el Atlas.
    – ¿Mi hermana de excursión en la montaña? Pero si a Melissa le gusta la playa.
    – La verdad, yo habría preferido pasar unos días en el mar, pero ya conoces a Nick y su pasión por la montaña -dijo Melissa entonces, haciendo una mueca. Y Sophie vio con toda claridad que ocurría algo entre ellos.
    – Es mejor hacer algo cuando uno está de vacaciones, querida. Tumbarse en la playa todo el día es muy aburrido -replicó su marido.
    Por primera vez, Sophie se percató de que el matrimonio de su hermana no era tan perfecto como había imaginado.
    – Bueno, ¿y qué tal lo habéis pasado?
    – Bien… Había un grupo de gente muy agradable.
    – Ovejas -dijo Nick, despreciativo.
    – ¿Ovejas? Entonces sería como estar en Askerby -bromeó Bram.
    – Lo que quiero decir es que eran como ovejas. Hacían todo lo que se les decía.
    – Para eso se tiene un guía, ¿no? -sonrió Sophie-. A veces es necesario que alguien te dé indicaciones. Especialmente cuando estás en un país extranjero.
    Nick no parecía impresionado.
    – La verdad es que el viaje ha sido una pesadez. A mí me gusta viajar de forma independiente, pero he estado tan ocupado con la empresa, que no tenía tiempo de planear la ruta. Eso sí, te aseguro que no vuelvo a hacer un viaje organizado.
    – ¿Por qué? ¿Qué pasó?
    – El guía no sabía de qué estaba hablando y tuve que llamarle la atención varias veces -contestó su cuñado, que a Sophie nunca le había parecido más engreído-. A los turistas es fácil intimidarlos, pero a mí no me intimida nadie. Estuve en el Himalaya en una ocasión…
    Sophie dejó de escuchar en ese momento. ¿Cómo podía haberse creído enamorada de un hombre tan aburrido y tan irritante?, se preguntaba, sorprendida.
    Mientras tanto, al otro lado de la mesa, Bram no dejaba de observarla. ¿Le gustaba escuchar las historias de Nick? ¿Estaría impresionada? ¿Desearía que hubiera sido él a quien había besado antes?
    El beso, ese dulce beso, había sido un mensaje para Nick. No tenía nada que ver con él, pensaba amargamente. Y también había sido un mensaje para él. Le había regalado un anillo, pero era en Nick con quien soñaba. Nick al que seguía amando.
    Después de la cena, mientras estaban despidiéndose de todo el mundo, Sophie y Melissa se apartaron un poco.
    – ¿Va todo bien, Mel?
    Su hermana intentó sonreír, pero la sonrisa se convirtió en una mueca.
    – Sí, bueno, ya sabes que Nick a veces es un poco… en fin, pero todo va bien, no te preocupes. Y estoy muy contenta por ti y por Bram. Bram es un hombre tan maravilloso, tan comprensivo, tan bueno…
    – Oye, que tú tuviste tu oportunidad con él -intentó bromear Sophie-. Espero que no hayas cambiado de opinión. Ahora es mío.
    – No, claro que no, tonta. Sólo espero que sepas lo afortunada que eres por tener un hombre como Bram. Es maravilloso.
    – Lo sé, Mel. Lo sé muy bien.
    – ¡Menos mal que se ha terminado! -exclamó Sophie en el Land Rover.
    – Sí, desde luego -murmuró Bram sin mirarla.
    – ¿Tú también lo has pasado mal?
    Algo había ocurrido esa noche, seguro. Bram apenas la había mirado durante la cena y no la había llevado en brazos hasta el Land Rover, aunque el suelo seguía lleno de barro. Aparentemente, ya no le preocupaban sus zapatos. A Sophie le entraron ganas de llorar. Porque, tontamente, esos zapatos que habían elegido juntos le parecían un símbolo.
    – No ha sido la mejor noche de mi vida -contestó él-. Nick no dejaba de mirarte.
    Sophie se puso colorada, pero Bram no pudo verlo en la oscuridad.
    – Yo creo que Nick es la clase de hombre que sólo se interesa por alguien cuando no puede tenerlo -admitió en voz baja.
    – ¿Por eso has hecho todo lo posible para hacerle creer que estás enamorada de mí?
    – ¿Qué quieres decir?
    – ¿Por eso me has besado, Sophie? Querías hacerle ver que ya no estás interesada en él, ¿no?
    Sophie vaciló y Bram pensó que ahí estaba la respuesta.
    – En parte, pero…
    – No tienes que darme explicaciones -la interrumpió él.
    – No, no lo entiendes… -empezó a decir Sophie. Había querido demostrarle a Nick que no era lo que él pensaba, que no iba a casarse con Bram porque no tuviese a nadie más.
    Pero Bram no estaba dispuesto a escucharla.
    – Mira, es mejor que no hablemos de ello. Tanto tú como yo conocíamos la situación y nada ha cambiado para ninguno de los dos.
    «Ha cambiado para mí», habría querido decir Sophie. Pero no sabía cómo o por qué.
    Sólo sabía que había cambiado.

Capítulo 9

    BRAM entró en la cocina frotándose las manos para entrar en calor. -No me gusta el color del cielo. Voy a traer a las ovejas del páramo, así que no creo que vuelva a la hora de comer.
    Sophie miró el cielo. Tenía un color más oscuro del habitual. Seguramente iba a nevar, y sería una buena nevada.
    – ¿Quieres que te eche una mano?
    – No, Bess y yo nos arreglaremos.
    Ella se mordió los labios. Nada había sido lo mismo desde la cena en casa de sus padres. Habían pasado dos semanas y apenas se dirigían la palabra.
    Mientras Sophie se preocupaba por su relación con Bram, la organización de la boda seguía adelante. El vestido de novia estaba en la granja de sus padres, las invitaciones habían sido enviadas y las flores llegarían el día de Nochebuena a primera hora.
    – Pero no encuentro a nadie para que te arregle el pelo y te maquille -se lamentaba su madre-. Es el día de Nochebuena y todo el mundo tiene otros planes. Tendrás que hacerlo tú misma, Sophie. Harás un esfuerzo, ¿verdad, hija?
    – Claro que sí -contestó ella. Pero la boda le parecía algo ajeno, extraño.
    Cada vez que intentaba hablar con Bram sobre lo que había pasado en la cena, él cambiaba de conversación. Y si insistía, le pedía por favor que lo dejase.
    Sophie empezaba a temer que Bram lamentaba haberle pedido que se casara con él.
    Y eso hizo que se diera cuenta de que realmente deseaba casarse con él. Lo echaría de menos, echaría de menos la granja, su aislada y cómoda vida-Marcharse ahora sería muy duro, pero no podía quedarse si iba a hacer infeliz a Bram.
    Y tarde o temprano tendrían que hablar de ello. Aquel día era el veinte de diciembre y no podía esperar más. Sophie había estado ensayando cómo iba a decírselo mientras preparaba el desayuno, pero se alegró de poder esperar unas horas.
    Además, no tendría sentido intentar hablar con Bram si él estaba pensando en las ovejas. Lo haría por la noche.
    – Al menos toma un café antes de irte. Te haré un bocadillo para que te lo lleves. No puedes estar ahí arriba sin nada de alimento. Hace un frío terrible.
    – Muy bien, gracias -contestó él, calentándose las manos en la estufa.
    Ojalá no hubieran ido a aquella cena, pensaba mirando a Sophie, que llevaba un mandil de su madre y estaba tan bonita que le dolía hasta mirarla.
    Ese beso, especialmente ese beso, lo tenía torturado desde aquella noche. Ese beso que debería haber sido para él había sido para Nick. Y siempre sería para Nick.
    Los besos de Sophie siempre serían para Nick.
    La única manera de lidiar con ese hecho era encerrarse en sí mismo. Sabía que Sophie intuía que pasaba algo y quería hablar de ello, pero ¿qué podía decirle además de que la amaba y que no quería conformarse con ser un segundón?
    – Está empezando a nevar.
    – Sí, será mejor que me vaya -murmuró Bram.
    – A lo mejor nieva estas navidades -sonrió Sophie.
    – Es posible.
    – He pensado sacar los adornos de tu madre esta tarde. Ella siempre decoraba la casa y… me gustaría hacerlo, si no te importa.
    – No, claro que no -contestó Bram-. ¿Quieres que te traiga un árbol?
    – Ah, eso sería maravilloso -el rostro de Sophie se iluminó-. ¿Cuánto tardarás en reunir a todas las ovejas?
    – No lo sé. Si están esperando por la cerca, no tardaré mucho, pero si están desperdigadas…
    – Ten cuidado, ¿eh? -murmuró Sophie, abrazándolo.
    – No te preocupes, Bess cuida de mí -sonrió él, devolviéndole el abrazo-. Volveré en cuanto pueda.
    Cuando se marchó, Sophie se quedó mirando por la ventana. Cada vez nevaba con más fuerza. Lo que antes eran copos como plumas, se había convertido en una tormenta de nieve que apenas la dejaba ver el paisaje.
    Aunque, por otro lado, si nevaba tanto que no podían bajar al pueblo, sería maravilloso. Nada le gustaría más que pasar las navidades encerrada en la granja con Bram. Que los demás celebrasen la boda por ellos.
    Pero a medida que pasaba el tiempo y la tormenta arreciaba, empezó a preocuparse. Fuera hacía un frío terrible y el viento helado sacudía las contraventanas. Pero Bram sabía lo que hacía, pensó. Llevaba haciendo ese mismo trabajo desde que era un niño.
    Sin embargo, pasaban las horas y la tormenta de nieve era cada vez más fuerte. No tenía por qué asustarse, se dijo. Pero estaba asustada. No dejaba de mirar por la ventana, aunque no podía ver nada más que nieve y más nieve.
    Cuando por fin oyó el ruido de la puerta, Sophie se levantó de un salto y se lanzó sobre Bram, abrazándolo con todas sus fuerzas.
    – ¡Por fin estás aquí!
    Bram sonrió, pero no le devolvió el abrazo. Quizá estaba demasiado cansado… o quizá avergonzado por tan apasionada bienvenida.
    Temiendo que fuera esto último, Sophie tomó un paño y se inclinó para secar a Bess, que estaba empapada.
    – Empezaba a pensar que os había perdido.
    – Casi me pierdo. Las ovejas se habían ido al otro lado del páramo, y cuando he podido reunirías a todas, nevaba tanto que no veía ni dónde estaba. Pero Bess ha hecho un buen trabajo.
    – Bess es una chica estupenda -sonrió Sophie-. Y hoy hace demasiado frío para estar en la perrera. Será mejor que se tumbe frente a la chimenea.
    De modo que Bess, por fin, pudo hacer realidad sus sueños mientras Sophie preparaba un té y ayudaba a Bram a quitarse la pelliza, el jersey y las botas.
    – Apenas veía por dónde iba, pero venía soñando con estar aquí, delante del fuego -murmuró él-. Me animaba pensar que tú estarías aquí. Que tú estuvieras aquí era lo más importante.

    – Yo también me alegro de estar aquí, Bram -dijo Sophie, mirándolo a los ojos.
    Quizá era el momento de hablar, pensó. Pero cuando iba a hacerlo sonó el teléfono.
    – Si es mi madre para hablar de las flores otra vez…
    Pero no era su madre. Era Melissa, al borde de la histeria.
    – Nick se ha perdido.
    – ¿Qué?
    – Salió a dar un paseo por el páramo esta tarde y aún no ha vuelto.
    – ¿Que salió a dar un paseo con esta tormenta? -exclamó Sophie-. Pero Melissa…
    – Quería probar unas nuevas botas que ha comprado -le explicó su hermana-. Dijo que iba a pasar por la granja de Bram para saludaros y luego volvería por la carretera.
    – ¿Has llamado al equipo de rescate?
    – ¡No! Nick me mataría si hiciera eso.
    – Pero tienes que hacerlo -exclamó Sophie-. Nick podría estar herido en alguna parte, Mel.
    – No se habrá apartado de la carretera, seguro -insistió su hermana-. No hace falta que llamemos a nadie. Si pudieras pedirle a Bram que vaya a buscarlo…
    – Mel, está nevando más que nunca…
    – Por favor, Sophie, tiene que ir a buscarlo. Estoy muy preocupada. Sé que no le ha pasado nada grave, pero podría haber resbalado o algo así…
    O podría estar seriamente herido en alguna parte, pensó Sophie, mirando a Bram. El pobre estaba agotado. Lo último que quería era tener que decirle que volviera a vestirse… Pero Bram se levantó sin decir nada y tomó el teléfono.
    – Melissa, dime dónde crees que puede estar… -Bram se quedó escuchando un momento-. Muy bien, llama al equipo de rescate ahora mismo y diles lo que me has dicho a mí… Si no lo haces tú, lo haré yo. Diles que voy a Pike Fe». No te preocupes, Melissa, lo encontraremos.
    Sophie estaba pálida y Bram vio el miedo en sus ojos mientras colgaba el teléfono. Temía por la vida de Nick.
    – No voy a decirte que no te preocupes, pero intenta calmarte. Melissa dice que va bien equipado.
    Sophie tenía miedo por él, no por Nick, pero sabía que no tenía sentido decirle eso ahora.
    – Voy a ponerme algo de abrigo.
    – Tú no tienes que venir.
    – Sí tengo que ir -replicó ella-. Tú estás agotado y es entonces cuando ocurren los accidentes. Y quiero hacer algo, además.
    Una vez equipados y con linternas, Bram le puso una bufanda en la cabeza como si fuera una niña a la que mandaba al colegio. Y se colocó una mochila con un botiquín de primeros auxilios a la espalda.
    – ¡No te separes de mí! -gritó cuando salieron de la casa, para hacerse oír sobre el ruido del viento.
    Sophie asintió con la cabeza. Hacía tanto frío que apenas podía respirar y la nieve golpeaba su cara casi haciéndole daño. Ya no eran los bonitos copos de nieve de las estampas navideñas, sino agujas heladas que herían su rostro sin misericordia.
    Cuando llegaron a la verja no pudieron abrirla porque estaba medio tapada por la nieve. Gritando, Bram le dijo que fuese por el otro lado.
    – ¡Pégate al muro! ¡Aunque te cueste andar! Si te pierdes o te desorientas, nos vemos en la verja que hay al otro lado.
    Sophie se abrió camino por la nieve, moviendo la linterna de lado a lado y gritando el nombre de Nick, aunque era imposible que nadie oyese nada con la tormenta soplando de esa forma.
    Con Bram a su lado no tenía miedo, pero sola empezó a asustarse. El viento era demasiado fuerte, la nieve demasiado cegadora. Tenía las manos congeladas a pesar de llevar gruesos guantes y la falta de visibilidad la tenía desorientada.
    El muro de piedra parecía interminable, pero por fin dio la vuelta hacia la verja y vio la luz de la linterna de Bram.
    Sin embargo, después de encontrarse, tuvieron que separarse de nuevo. Él iría por un lado del muro y ella por el otro para encontrarse en la verja que daba a la carretera. Sophie caminaba inclinada para protegerse del viento, y cuando tropezaba le costaba mucho volver a levantarse. En esas condiciones no podrían encontrar a Nick, pensaba, angustiada. Ni siquiera sabía si sería capaz de llegar a la carretera.
    Entonces recordó que había un atajo cerca de allí, pero para llegar a él había que bajar por un terraplén que ahora estaría cubierto de nieve… ¿habría ido Nick por el atajo?
    Haciendo un último esfuerzo, se apartó del muro y caminó muy despacio, apuntando al suelo con la linterna para no rodar ella misma por el terraplén. Enseguida le pareció ver una luz al fondo… ¿Debería ir a buscar a Bram? ¿O bajar para sacar a Nick?
    Confiando en que Bram, al ver que no estaba en la verja, fuese a buscarla, se quitó la bufanda y la colocó bajo una piedra, dejando que flotase locamente al viento. Bram tenía que verla, pensó.
    Con cuidado, agarrándose a las ramas que sobresalían de la nieve, fue bajando por el terraplén. Y allí encontró a Nick, envuelto en una capa de supervivencia de color naranja ya medio cubierta por la nieve.
    – Me he caído -consiguió decir él, con los labios amoratados-. Me duele mucho la rodilla. No podía volver a subir ni seguir andando…
    – ¿Cómo se te ha ocurrido salir por el páramo con esta tormenta? -lo interrumpió Sophie, furiosa-. Voy a ver si encuentro a Bram.
    Acababa de llegar a la cima del terraplén cuando una sombra oscura se le echó encima. Era Bess, ladrando de alegría. Bram apareció unos segundos después, y Sophie se dejó caer en sus brazos, aliviada.
    – ¿Qué demonios estabas haciendo? -le espetó él, sin embargo-. ¡Te dije que te pegases al muro! -Nick… está ahí abajo.
    – ¡Me da igual dónde esté Nick! No deberías haberte apartado del muro. Podrías haberte caído… ¿y cómo te habría encontrado entonces? -He dejado la bufanda…
    – ¿Dónde? Yo no veo ninguna bufanda. Sólo he venido hasta aquí porque Bess no dejaba de ladrar.
    – ¡Oh, Bess! Eres un perro de rescate -sonrió Sophie.
    – ¡Esto no tiene ninguna gracia! -exclamó Bram, furioso.
    – No te enfades, es que tuve la intuición de que Nick podría estar en el fondo del terraplén y… -Vamos a buscarlo -la interrumpió Bram. Después, Sophie no recordaba cómo lo habían sacado de allí ni como lo habían llevado a la granja. Tenía las manos y los pies congelados, y llevar a Nick entre los dos no fue tarea fácil.
    Pero allí estaban, en la cocina, intentando entrar en calor después de la experiencia.
    – La carretera está bloqueada -dijo Bram, colgando el teléfono-. Parece que vas a tener que quedarte aquí unos días.
    – Vaya, siento mucho tener que molestaros -se disculpó su cuñado.
    – Y no creo que podamos hacer nada por esa rodilla. Intenta no apoyarte en ella.
    La valentía de Nick, el excursionista que amaba la atención de los guías, había desaparecido y estaba demasiado cansado como para poner objeciones, de modo que Bram lo ayudó a subir a la habitación.
    – Ponlo en mi cama -sugirió Sophie-. Luego le subiré una bolsa de agua caliente.
    – Quítate la ropa -dijo Bram.
    – Bram, por favor, no es momento para esas cosas -intentó bromear Nick-. Debo decir que tus técnicas de seducción dejan mucho que desear.
    Él sonrió, cansado.
    – Bueno, iré mejorando con el tiempo.
    Luego, cuando Nick estuvo cómodamente instalado, Sophie y él bajaron a la cocina. Ella intentó disimular un bostezo mientras cenaban algo, aunque ninguno de los dos tenía hambre.
    – Venga, es hora de irse a la cama.
    – Estoy demasiado cansada para moverme.
    – Yo te ayudaré -sonrió Bram, tomando su mano y llevándola así por la escalera.
    – Tengo que hacer la cama en la habitación de tu madre…
    – Ninguno de los dos está para hacer camas, Sophie. Será mejor que te acuestes conmigo esta noche -dijo Bram-. Te juro que estoy demasiado cansado como para intentar nada.
    – Y yo estoy demasiado cansada como para darme cuenta si lo intentases -contestó ella.
    Las sábanas estaban frías, y Sophie se colocó en posición fetal para entrar en calor.
    – Debería haber subido una bolsa de agua cliente.
    – Ven aquí -dijo él entonces, abrazándola.
    El calor de su cuerpo era justo lo que necesitaba. Con un suspiro, Sophie cerró los ojos y puso un brazo sobre su pecho, sintiendo cómo subía y bajaba pausadamente… y se quedó dormida de inmediato.
    Bram despertó muy temprano, como siempre. Sophie estaba dormida, a su lado, y la miró un momento. Era tan preciosa… con el pelo extendido por la almohada y aquellas pestañas tan largas…
    ¿Cómo iba a dormir con ella cuando estuvieran casados sin hacerle el amor?, se preguntó, angustiado.
    La tormenta había pasado, pero cuando abrió las cortinas y vio la luz supo que había estado nevando toda la noche. De modo que Nick tendría que seguir siendo su «invitado».
    Bram estaba dando de comer al ganado cuando Sophie despertó. Las sábanas aún estaban calientes y recordó lo bien que había dormido, lo familiar que le resultaba el calor del cuerpo de Bram aunque era la primera vez que dormían juntos. Nunca había dormido mejor, nunca se había sentido más segura-Una hora después, Bram le preguntó si quería que cortase un árbol para ponerlo en el salón y ella asintió, encantada.
    Una vez fuera, Sophie respiró profundamente el aire limpio del campo. Todo estaba cubierto de nieve y los pájaros se apartaban al oírlos llegar.
    – ¿Te gusta éste? -preguntó Bram.
    – Sí, ése está bien.
    Bram sacó el hacha y empezó a talar el tronco. Sophie se fijó en sus hombros, tan anchos, en sus manos, tan seguras, tan poderosas. Mientras lo veía golpear el tronco con el hacha se dio cuenta de algo: estaba enamorada de Bram.
    ¿Cómo podía no haberlo visto antes? Siempre lo había querido… pero no de esa manera, no con esa certeza. Lo había querido como amigo durante tanto tiempo que no se dio cuenta de cuándo el afecto dio paso al deseo. Pero lo deseaba. Deseaba que la tocase, que la acariciase.
    No era el amor dramático y desesperado que había sentido por Nick. En su corazón, sabía que el amor que sentía por Bram era más fuerte, más poderoso, más auténtico.
    Era amor para toda la vida. Pero le había hablado tanto de lo que sentía por Nick…
    ¿Qué pensaría si le dijera que ahora estaba enamorada de él? ¿La creería?
    Quizá no. Además, nada había cambiado. Bram no le había dicho que ya no estuviera enamorado de Melissa. Y si le decía que lo amaba, podría sentirse incómodo.
    Pero iban a casarse. Habría tiempo para decírselo, pensó, apretando la mano para tocar el anillo.
    «Estoy dispuesto a esperar hasta que tú me digas», le había dicho Bram. «Cuando quieras mantener una relación sólo tendrás que decírmelo».
    Esa noche, cuando estuvieran juntos en la cama, se lo diría.
    Al final, no fue así. Porque cuando Nick se cansó de contarles sus aventuras por todo lo largo y ancho de este mundo y por fin pudieron subir a la habitación, Bram le dijo:
    – He hecho la cama para ti en el cuarto de mi madre. He pensado que estarías más cómoda allí.
    De modo que no iba a poder ser, pensó Sophie. -Genial. Gracias.
    Pero iban a casarse, se dijo a sí misma mientras intentaba conciliar el sueño en la soledad de su habitación. La nieve se derretiría, Nick se marcharía y entonces… entonces estarían solos y podría decirle a Bram lo que sentía por él.
    Había llegado la hora de la verdad.

Capítulo 10

    AL DÍA siguiente seguía nevando. Bram andaba de un sitio a otro, atendiendo a los animales y reparando las cercas que se habían caído con la tormenta.
    Y Nick decidió quedarse en la cama. Sophie se pasó el día subiéndole tazas de café, té, bocadillos…
    – Eres un ángel. Pero me siento un poco solo.
    – Yo tengo cosas que hacer, lo siento.
    – Vamos… siéntate un ratito conmigo -sonrió Nick.
    – De verdad, no puedo…
    – ¿Estás nerviosa, Sophie?
    – ¡No! ¿Por qué iba estar nerviosa?
    – No deberías estarlo. No voy a hacerte nada. Yo nunca te haría daño.
    «No, tú nunca me harías daño», pensó ella. «Sólo me rompiste el corazón».
    – Has perdido el fuego, Sophie -dijo Nick entonces-. Antes eras tan apasionada…
    – Nick, por favor…
    – Melissa es preciosa, como un sueño, pero sigo pensando en ti. Estoy enamorado de Melissa, por supuesto, pero ella no es como tú. Le falta pasión. Cuando te vi la otra noche, con aquel vestido, y ayer, en la nieve… tenías los ojos brillantes y no pude dejar de recordar los buenos tiempos. Tú también piensas en ello, ¿verdad? -sonrió Nick, tomando su mano.
    – Estás casado con mi hermana -le recordó ella, intentado apartarse. Pero Nick la sujetó con fuerza.
    – Pero piensas en mí, lo sé. Ésta es tu habitación, ¿verdad? De modo que Bram y tú no dormís juntos. Y sé que es porque sigues sintiendo algo por mí, no lo niegues. Te entiendo, Sophie.
    – No, tú no entiendes nada -suspiró ella.

    – ¿Interrumpo? -Bram acababa de entrar en la habitación, y Nick soltó su mano.
    ¿Cuánto tiempo habría estado ahí?, se preguntó Sophie.
    – No, qué va.
    – No hacíamos nada. Absolutamente nada -suspiró Nick con una sonrisa en los labios.
    Bram tuvo que hacer un esfuerzo para no borrarle la sonrisa de un puñetazo.
    – He subido para ver si querías algo de la cocina.
    – Muy amable, pero Sophie me atiende muy bien.
    Sophie miró a Bram, pero él apartó la mirada.
    Al día siguiente salió el sol y con él las palas quitanieves. Bram pudo sacar el tractor, y estaba limpiando el camino que llevaba a la carretera cuando Melissa apareció en un cuatro por cuatro para llevar a Nick al hospital.
    – No quiero ir al hospital. Sólo me duele un poco la rodilla -protestó su marido.
    Melissa tardó siglos en convencerlo para que subiera al coche, pero cuando por fin lo consiguió volvió a entrar en casa para despedirse de Sophie y de Bram y para darles las gracias de nuevo.
    – Te dije que lo encontraríamos, ¿no? -sonrió él, abrazándola.
    – Sí, es verdad. Eso es lo bueno de ti, que siempre cumples tu palabra.
    Bram había dicho que amaría a Melissa para siempre, pensó Sophie. ¿Iba a decir eso ahora?
    Iba a pasar otra vez. Sophie quería mucho a su hermana y sabía que Melissa nunca le haría daño a propósito, pero otra vez iba a robarle al amor de su vida. No era culpa suya que los dos únicos hombres a los que había amado se quedasen prendados de ella, pero…
    – Gracias por todo, Sophie. Nick me ha dicho que fuiste una heroína.
    – Yo no, Bess. Bess fue la heroína de la noche.
    – Bess no ha estado cuidando de él todos los días desde que lo trajisteis aquí. Os lo agradezco muchísimo. Bueno, me voy, nos vemos esta noche.
    – ¿Esta noche?
    – Es el cumpleaños de papá.
    – ¡Ah, es verdad!
    – Y te casas mañana. No habrás olvidado eso también, ¿no?
    – No, claro que no -contestó Sophie. Aunque, en realidad, desde la tormenta había perdido la noción del tiempo. Era un poco como el jet lag, que uno no sabía dónde estaba.
    – Contigo nunca se sabe, Sophie. Vives en tu propio mundo. Pero mamá espera que duermas en casa esta noche.
    – ¿Por qué?
    – Ya sabes que es la tradición. Tienes que vestirte en casa de mamá para ir a la iglesia, así que lo mejor es que duermas allí esta noche -contestó Melissa-. El novio y la novia no pueden dormir juntos un día antes de la boda.
    Sophie estuvo muy callada mientras se arreglaba para el cumpleaños de su padre. Al día siguiente iba a casarse con Bram. Iba a casarse con el hombre del que estaba enamorada. Debería ser feliz, debería estar loca de alegría. Pero era imposible relajarse y disfrutar cuando no sabía lo que sentía Bram.
    Y nunca parecía haber una oportunidad para hablar tranquilamente. Nick se había ido, pero Sophie no quería forzar el tema.
    Cuando llegaron a casa de sus padres, Harriet estaba en su elemento. Le encantaba tener allí a todo el mundo y Sophie se emocionó al ver que se había esforzado tanto para que todo fuese especial aquel día. No podía haber dos personas de carácter más diferente, pero sus padres se entendían perfectamente y su matrimonio era sólido como una roca.
    Sophie sonreía, intentando no pensar que Bram y Melissa estaban todo el tiempo juntos. No hacían nada inapropiado. Por supuesto, pero verlos juntos hacía que se le encogiera el corazón. Nick estaba particularmente antipático y Melissa casi histérica cuando llegaron, pero se calmó en cuanto vio a Bram.
    No debería sentir celos, se dijo. Melissa siempre despertaba un sentimiento protector en los demás. Pero eso no significaba que Bram siguiera enamorado de ella.
    Sophie quería pensar eso. Necesitaba pensar eso sabiendo que, al día siguiente, iba a casarse con él.
    – Estás muy callada, hija -sonrió su padre-. ¿Va todo bien?
    – Sí, claro que sí -contestó ella-. Es que con la tormenta y el accidente de Nick… la pobre mamá ha tenido que encargarse de todos los preparativos de la boda.
    – No te preocupes por eso, ya sabes que a ella le encanta.
    – Ya, pero la pobre estará agotada.
    Su padre la miró entonces, muy serio.
    – A veces creo que no te prestamos suficiente atención cuando eras una niña. Melissa nunca ha sido una chica fuerte y había que estar pendiente de ella y… me temo que a ti, que siempre has sido tan independiente, dejamos de prestarte atención demasiado pronto. Tú siempre has sabido cuidar de ti misma, incluso de pequeña. Pero quizá hemos protegido demasiado a Melissa.
    – Bueno, ahora quien cuida de ella es Nick.
    – Sí, ya -su padre no parecía muy convencido-. Me alegro mucho de que vayas a casarte con Bram, hija. Ahora tendrás a alguien que cuide ti, para variar.
    Sophie sonrió, pero tenía el corazón encogido. No necesitaba que Bram cuidase de ella, lo que necesitaba era que la amase. Pero viéndolo con Melissa esa noche, estaba segura de que iba a perderlo.
    – Estoy bien, papá, de verdad. Además, no sé qué hacemos hablando de mí, hoy es tu día.
    – Sí y significa mucho para mí que estéis todos aquí. Lo único que tu madre y yo queremos es que seáis felices.
    – Lo sé, papá.
    – ¿Eres feliz, hija?
    – Sí -contestó Sophie.
    – ¿De verdad lo eres?
    – Sí, de verdad. Me caso mañana. No podría ser más feliz.
    Aquélla era la fiesta de su padre y no pensaba estropeársela contándole la verdad.
    Para convencerlo, Sophie se mostró más alegre que nunca. Bram la ayudó, haciendo bromas y participando de la conversación. Pero Melissa tenía los ojos inusualmente brillantes, tanto que Sophie empezó a preocuparse.
    – Bueno, voy a hacer un café -dijo su hermana después de la cena-. No, mamá, tú no te muevas de ahí.
    – Yo te echaré una mano -se ofreció Bram.
    – ¿Qué haría yo sin ti? -rió Melissa.
    Hubo un corto silencio mientras los dos se levantaban de la mesa. Nick tenía el ceño fruncido y parecía a punto de decir alguna insensatez de las suyas, pero Sophie se adelantó, preguntándole a su madre algo sobre el banquete.
    Como había imaginado, Harriet se lo explicó todo con detalle, pero al final, hasta su madre se dio cuenta de que Bram y Melissa no habían vuelto de la cocina.
    – ¿Qué estarán haciendo? Espero que no se hayan puesto a lavar los platos.
    Sophie se levantó.
    – Voy a ver si necesitan que les eche una mano.
    En la cocina no había nadie, pero oyó voces en la despensa. Sin pensar, Sophie fue hacia allí… y se detuvo de golpe al ver que Bram estaba abrazando a su hermana.
    Estaban de espaldas y ninguno de los dos se percató de su presencia.
    – No es demasiado tarde -decía Bram-, Dile que has cambiado de opinión.
    – No puedo hacer eso…
    – Si quieres, puedes hacerlo. Nunca es demasiado tarde para admitir que has cometido un error.
    Sophie se volvió porque no quería oír nada más, y los llamó desde la puerta de la cocina, como si acabase de llegar. Se le estaba partiendo el corazón, pero no podía hacer otra cosa.
    – ¿Qué pasa con ese café?
    Bram apareció enseguida. Y si no hubiera escuchado la conversación habría pensado que parecía… aliviado.
    – Ya está hecho. Estábamos metiéndolo todo en el lavavajillas.
    – Siento que hayamos tardado tanto -se disculpó Melissa. Era evidente que había estado llorando pero, como siempre, eso la hacía aún más guapa. Cuando ella lloraba, se le hinchaban los ojos y se ponía horrible.
    Evitando la mirada de Bram, Sophie tomó la cafetera y volvió al salón.
    – Esta noche te quedas a dormir aquí -le recordó Harriet-. Ya sabes que la novia no debe ver al novio antes de la boda.
    De modo que Sophie tuvo que despedirse de Bram delante de todo el mundo. Él pareció vacilar un momento y luego le dio un rápido beso en los labios.
    – No llegues tarde a la iglesia -fue lo único que dijo.
    Le resultó extraño estar de vuelta en su antigua habitación, con el vestido de novia colgando en la puerta. Y no pudo dormir. Pensaba en el acuerdo al que habían llegado… Su matrimonio sería el de dos amigos, y los dos aceptaban que nunca podrían tener lo que querían de verdad.
    ¿Qué había de malo en eso?
    El problema era que ella había cambiado. El problema era que ella amaba a Bram… pero Bram seguía enamorado de su hermana.
    Sophie estuvo dando vueltas en la cama durante toda la noche. ¿Qué debía hacer? Por la conversación que había escuchado, Melissa parecía estar diciendo que iba a separarse de Nick. Si existía alguna posibilidad de que su hermana fuera feliz… ¿podía ella ponerse en su camino?
    Por la mañana, Sophie estaba pálida y tenía ojeras. Consiguió ponerse el vestido, pero el brillo de la seda color marfil le daba un aspecto aún más apagado y, cuando se miró al espejo, el hermoso reflejo de su hermana hacía que el contraste fuese horriblemente cruel.
    Melissa parecía muy tranquila y la ayudó a vestirse y a peinarse con todo cariño. Sophie se quedó sorprendida. No podía estar tan cariñosa si iba a casarse con el hombre del que ella estaba enamorada…
    Entonces pensó en el esfuerzo que ella misma había hecho el día que Melissa se casó. Quizá su hermana estaba pasando por lo mismo.
    – ¿Tú crees que hago bien, Mel?
    – ¿Casándote con Bram? Claro que sí. Sois tan buenos amigos y os conocéis tan bien… ¿Cómo no vas a hacer bien?
    – Pero la amistad no es suficiente.
    – Yo creo que importa mucho más de lo que tú crees, Sophie -suspiró su hermana-. Tú conoces bien a Bram, sabes cómo es… es imposible que te desengañe, que te lleves una desilusión. Además, Bram es un hombre maravilloso. Realmente maravilloso.
    Sophie creyó detectar una nota de dolor en la voz de su hermana. Estaba haciendo un esfuerzo, sí. Como lo hizo ella el día de su boda. Era increíble que aquello volviera a pasar, pero estaba pasando. Por una jugarreta del destino, Melissa iba a dejar a Nick porque estaba enamorada de Bram. Y Bram estaba enamorado de ella.
    Pero ninguno de los dos se atrevía a decírselo porque sabían lo que había sufrido por la deserción de Nick.
    Melissa salió de la habitación para ir a buscar su bolsa de cosméticos, y Sophie se miró en el espejo, pensativa. Aquello era una farsa, una ridicula farsa. ¿Cómo iba a casarse con un hombre que estaba enamorado de su hermana? No podía hacerle eso a Bram y no podía hacérselo a sí misma.
    Y si quería hablar con él antes de la boda, tendría que hacerlo de inmediato.
    Sophie se levantó y corrió escaleras abajo con los pies descalzos. Podía oír a Melissa hablando con su madre en la cocina, pero no había nadie alrededor para hacerle preguntas, de modo que se puso lo primero que encontró a mano… unas botas de agua, y buscó las llaves del coche de su padre.
    – ¿Qué pasa, cariño? -preguntó Joe Beckwith con el periódico en la mano.
    – Papa, ¿dónde tienes las llaves del coche?
    – Ahí están, en la mesa. ¿Dónde vas?
    – Tengo que ver a Bram -contestó Sophie-¿Puedo llevarme tu coche?
    – Sí, claro -Joe no se molestó en discutir-. No, espera. Te llevaré yo mismo. No quiero que conduzcas en ese estado.
    – Gracias, papá. ¿Podemos irnos ahora mismo?
    – Cuando tú me digas.
    Diez minutos después estaban en Haw Gilí. Joe se volvió hacia su hija, preocupado.
    – ¿Quieres que te espere aquí?
    – No, será mejor que vuelvas a casa para tranquilizar a mamá. Ahora mismo la pobre debe de estar de los nervios. Dile que no se preocupe, que todo va bien. Es que… tengo que hacer algo antes de casarme. Y gracias, papá…
    – De nada, cariño.
    Sophie corrió por la nieve para entrar en casa, y cuando abrió la puerta, Bram se volvió, atónito.
    – ¡Sophie! ¿Qué haces aquí?
    – He venido a hablar contigo.
    – ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
    – Tengo… tengo que estar segura de esto. Quiero saber si has cambiado de opinión.
    – ¿Por qué iba a cambiar de opinión? -peguntó él.
    – Por Melissa.
    – ¿Por Melissa? ¿Qué te ha dicho tu hermana?
    – No me ha dicho nada. No tenía que hacerlo, anoche os vi… en la despensa.
    Bram abrió la boca para decir algo, pero luego pareció pensárselo mejor.
    – ¿Qué es lo que viste, Sophie?
    – Os vi abrazados y te oí decirle a mi hermana que no era tarde para tomar una decisión si había cometido un error. Y yo quiero que seas feliz, Bram.
    – ¿Lo dices de verdad, Sophie?
    – Sí -contestó ella, intentando controlar las lágrimas-. No quiero casarme contigo si no vas a ser feliz.

    – ¿Mi felicidad te importa tanto?
    – Tu felicidad me importa tanto como la mía, Bram. Y quiero que seas sincero conmigo.
    Él pareció pensárselo un momento.
    – Muy bien, entonces lo seré. Sólo hay una cosa que me haría feliz en la vida, Sophie -dijo por fin-. Casarme contigo.
    – ¿Qué?
    – Tú eres todo lo que quiero en la vida. Pero necesito que tú me quieras como yo a ti.
    – ¿Me quieres? -murmuró ella.
    – Me temo que sí -sonrió Bram-. Pensé que te quería como amiga, pero… no es verdad. Te amo. Sophie. Y ser tu amigo no es suficiente para mí.
    Sophie tuvo que apoyarse en la mesa porque le temblaban las piernas.
    – Yo quiero lo mismo, Bram. Yo también te quiero.
    – ¿De verdad? ¿De verdad me quieres? -preguntó él, apretando su mano.
    – Oh, Bram… estaba tan confusa. Pensé que querías estar con Melissa y… Pero yo te quiero. Te quiero de verdad. Pensaba decírtelo la otra noche, pero tú me habías hecho la cama en la habitación de tu madre… y no me atreví. Y luego te vi con mi hermana y pensé que le estabas diciendo que dejase a Nick para irse contigo.
    Bram la abrazó.
    – Melissa no quiere dejar a Nick, cariño.
    – Entonces, ¿por qué parece tan infeliz?
    – Porque Nick no es un hombre que pueda vivir atado a nadie y, según tu hermana, cada vez que salen se pone a tontear con alguien. Supongo que está intentado demostrarse a sí mismo que sigue siendo joven… Nick es una persona muy inmadura en ese aspecto. Y Melissa lo pasa fatal. Yo sólo intentaba convencerla de que hablase con él o le advirtiera que ese comportamiento es intolerable, pero teme que Nick la deje si le dice algo.

    – ¿Era de eso de lo que estabais hablando?
    – Sí-sonrió Bram.
    – ¿Y por qué a mí no me ha dicho nada?
    – Después de lo que pasó con Nick, le daba vergüenza contarte sus problemas.
    – ¿Sigues enamorado de ella, Bram? -preguntó Sophie entonces.
    – No, cariño. Estoy enamorado de ti. Creo que nunca quise a tu hermana de verdad. Estaba encandilado de su belleza, de su fragilidad… una tontería de los hombres. Pero te quiero a ti, quiero ser tu marido, tu amante, tu amigo para siempre. ¿Y tú, sientes algo por Nick?
    – No -contestó Sophie-, Cuando le vi en la cena me di cuenta de que no sentía absolutamente nada por él. Pero Nick hacía bromitas todo el tiempo, dando a entender que sólo estaba contigo porque no podía tenerle a él… por eso te besé, para demostrarle que no era verdad. Y cuando estaba besándote… Bram, no veía nada más. Sólo te veía a ti -le confesó-. Sólo quería besarte a ti, sólo me importabas tú.
    Bram la abrazó con todas su fuerzas.
    – Amor mío…
    – No puedo creer que hayamos perdido tanto tiempo. Todos estos años, Bram… Tú eres lo único que me importa.
    – Cariño mío…
    Se besaron, como no se había besado nunca, a solas, mezclando las risas con las lágrimas, los besos con las caricias… arrugando el vestido de novia sin darse cuenta.
    – Bram…
    – ¿Sí?
    – ¿Recuerdas que me dijiste que cuando estuviera preparada para mantener una relación de verdad te lo dijera?
    – Sí, claro que me acuerdo.
    – ¿Puedo colar eso en medio de esta conversación? -sonrió Sophie.
    Bram soltó una carcajada.
    – Me parece que antes tenemos que pasar por la iglesia.
    – ¡La boda! -exclamó Sophie entonces-. ¡Mi madre me va a matar! ¿Qué haces sin vestir? ¡Sube ahora mismo a vestirte! Ponte lo que sea…
    – No te preocupes, aún tenemos veinticinco minutos. Me da tiempo.
    Sus padres estaban esperando en la puerta de la iglesia cuando aparecieron en el Land Rover. Joe sonrió, aliviado, al verlos, pero Harriet estaba de los nervios.
    – Aquí está el ramo, hija. ¡Ay, Dios mío, mira cómo llevas el pelo! ¿Alguien tiene un cepillo…? ¿Qué es eso que llevas en los pies? ¿Unas botas de agua? ¿Has venido a tu boda con unas botas de agua?
    – Es que lo es lo primero que encontré -intentó explicarle Sophie, contrita, aunque le dio la risa al ver las botas manchadas de barro asomando por debajo del elegante vestido de seda.
    – ¡Ay, Dios mío, alguien tiene que ir a casa a buscar tus zapatos! -exclamó Harriet.
    – No, ya es demasiado tarde. Iré así.
    – ¡Ninguna hija mía va a casarse con unas botas de agua! -gritó su madre, escandalizada.
    – Entonces, me las quitaré -dijo Sophie tranquilamente-. Me casaré descalza -sonrió, tomando el brazo de su padre-. Ya estoy lista, papá.
    Bram estaba esperándola frente al altar, y su expresión le dijo todo lo que tenía que saber. Con el corazón aleteando de felicidad, Sophie se colocó a su lado. ¿Qué más podía pedir por Navidad? Bram era todo lo que necesitaba.
    Su mejor amigo. Su amante.
    Su marido.

Jessica Hart


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