Скачать fb2
Un Trato Justo

Un Trato Justo

Аннотация

    Aunque Polly Armstrong y Simon Taverner se conocían desde la infancia, nunca se habían llevado bien. Ella había crecido pensando que él era un esnob y a él nunca le había gustado la desorganizada vida que ella llevaba. Por eso, no era de extrañar que cuando Polly se quedó sin trabajo y Simon le ofreció ayuda, ella la rechazara. Sin embargo, poco después, Simon le propuso un trato que sí fue de su agrado: él la ayudaría económicamente si ella accedía a ser su prometida durante unos días.
    Vivir con Simon no resultó ser la pesadilla que ella había imaginado. Incluso parecía haber cierta química entre ellos… De hecho, lo único que podía impedir que aquel compromiso fuera permanente era la verdadera prometida de Simon, ¡si es que ésta era la verdadera!


Jessica Hart Un Trato Justo

    Título Original: The Convenient Fiancée (1999)
   

Capítulo 1

    LA FIESTA estaba en pleno apogeo cuando el timbre volvió a sonar. Polly, que estaba tratando de recorrer la habitación de modo que pudiera encontrarse con Philippe, se preguntaba si podría pretender que no lo había oído cuando Martine Sterne le chascó los dedos delante de la cara.
    – ¡Polly! ¡Ve a abrir la puerta enseguida!
    Con un suspiro, Polly se abrió camino a través de los invitados y se dirigió al vestíbulo. Aquel trabajo había sonado tan prometedor cuando se decidió a responder el anuncio… Si ella hubiera sabido que tres meses en el sur de Francia como ayudante personal de un director de Hollywood significaban tener que ser la esclava de su insoportable esposa francesa, nunca lo hubiera aceptado.
    Polly sacudió la cabeza. Se sentía algo triste al recordar lo mucho que había presumido con su familia y amigos por su nuevo y maravilloso trabajo al lado de Rushford Sterne.
    Polly trató de ver el lado positivo. Mientras dejaba la bandeja en la mesita del vestíbulo y se enderezaba la cofia por enésima vez, intentó convencerse de que, en realidad, no era tan malo. Tal vez Martine Sterne fuera una pesadilla como jefa por haberle obligado a ponerse una cofia de encaje y un delantal para servir las bebidas, pero aquella mujer tenía un hermano del que Polly se había enamorado en el momento en que lo vio.
    Philippe era la clase de hombre que ella había creído que sólo existía en las películas. Era alto y esbelto, de pelo oscuro, ojos marrones dormilones y una sonrisa que hacía que Polly se derritiera por dentro. Al contrario de su hermana, Philippe la trataba como a un ser humano. Sólo el pensar que él iba a visitar frecuentemente la casa durante aquel verano había hecho que las seis semanas se le hicieran algo más llevaderas.
    Aquella tarde, Polly se había puesto en su honor sus mejores zapatos, que atraían la atención sobre las largas y esbeltas piernas de ella, pero no sabía por qué se había molestado. Philippe no se iba a fijar en ella, con zapatos o sin ellos, por culpa de aquel estúpido uniforme.
    En cualquier caso, Polly no tenía muchas posibilidades de que se fijara en ella. Era bastante agraciada, rubia de ojos azules, pero nunca podría ganar un concurso de belleza, sobre todo si se la comparaba con todas aquellas elegantes mujeres que luchaban por ganar su atención en la sala. Polly, a su lado, se sentía demasiado gorda. Por su constitución, nunca podría alcanzar la extrema delgadez de aquellas mujeres. Además, sus generosas curvas y su alborotado cabello le hacían parecer desaliñada, fuera lo que fuera lo que llevara puesto.
    En aquel momento, el timbre de la puerta sonó con impaciencia.
    – ¡Ya voy, ya voy! -musitó Polly, mientras se colocaba la cofia en su sitio.
    Intentando olvidar por un momento la tortura de aquellos zapatos, intentó fijar una sonrisa en el rostro antes de dirigirse a la puerta. Al abrirla, vio que en el umbral estaba un hombre de unos treinta años, de aspecto muy austero, con un rostro inteligente e irónicos ojos grises. Entonces, la sonrisa de Polly se borró de los labios.
    – ¡Simon! -exclamó ella, atónita. Era imposible que Simon Taverner viniera a la casa de los Sterne. Momentáneamente, él pareció algo desconcertado, tanto que ella se preguntó si estaría teniendo una alucinación-. ¿Simon? -añadió, en un tono más dudoso.
    – Hola, Polly.
    – ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó ella. Al oír aquella voz, estuvo segura de que era él. Simon era la única persona que conocía con aquel tono de voz tan pausado y la capacidad de avergonzarla con sólo un movimiento de la ceja, lo que la exasperaba. De repente, Polly fue consciente del aspecto que debía tener con aquel ridículo uniforme.
    – Te estaba buscando.
    – ¿Cómo? ¿Qué es lo que pasa? -quiso saber ella. Tal vez Simon había venido a traerle malas noticias-. ¿Están mi madre y mi padre bien?
    – Están bien -respondió Simon-. Ellos se preguntan lo mismo de ti. La semana pasada comí con ellos y estaban muy preocupados porque no habían tenido noticias tuyas desde algún tiempo. Por eso, me ofrecí a visitarte para comprobar que estabas bien, ya que voy de camino a La Treille.
    – ¡Dios mío! Debería haberlos llamado. Iba a hacerlo, pero sabía que me preguntarían sobre mi trabajo y nunca se me ha dado bien mentir, así que hubiera tenido que decirles la verdad. Les dije que iba a ser el mejor trabajo de mi vida… No quería admitir que había terminado siendo una doncella de lujo.
    – ¿Cómo ha sido eso? Yo pensé que ibas a ser la ayudante de un director de cine.
    – Yo también -respondió Polly con amargura, mirando por encima del hombro para asegurarse de que Martine Sterne no revoloteaba por allí en busca de un nuevo invitado-. Ya me veía por el Festival de Cannes, con una carpeta y codeándome con las estrellas. Pero resulta que la última película de Rushford Sterne fue un fracaso, así que, él mismo tiene que perseguir a las estrellas, y no las estrellas a él. Está intentando conseguir el dinero para un nuevo proyecto, por eso está organizando muchas reuniones sociales. Para todo lo que me quieren es para abrir puertas, servir bebidas y fregar los platos. ¡Es decir, que tan sólo soy una esclava doméstica!
    Simon la miró con desaprobación, como lo hacía normalmente. Lo llevaba haciendo desde que ella tenía uso de razón. Los padres de ambos eran buenos amigos. Las dos familias solían irse juntas de vacaciones cuando ellos eran niños. Cuando era una niña, Polly adoraba a Simon, que era siete años mayor que ella, le seguía a todas partes e incluso le pidió que se casara con ella cuando tenía sólo cuatro años. Pero no tardó mucho en darse cuenta de que aquello había sido un error. Polly se alió con Charlie y con Emily, que eran mucho más divertidos, por lo que Simon se convirtió en el hermano mayor, aburrido y sensato, que intentaba controlarles.
    – ¿Por qué sigues aquí si el trabajo es tan malo? -preguntó Simon.
    – Es una cuestión de principios.
    – ¿De principios?
    – Bueno, tal vez no exactamente, pero mi padre me aconsejó que no aceptara el trabajo, así que ahora no puedo volver y admitir que tenía razón. Me dijo que todo sonaba muy vago, y que si no tenía cuidado, acabaría siendo explotada, que ha sido exactamente lo que ha ocurrido. Estaba tan decidida a demostrarle que estaba equivocado que me negué a aceptar el dinero que me ofreció. Ahora no me podría ni siquiera permitir el marcharme, aunque quisiera. Me tuve que pagar el viaje yo misma, y todavía no me han pagado, así que, en este momento, tengo unas cinco libras hasta que se me acabe el contrato.
    – ¡No me extraña que tus padres estén preocupados por ti! -dijo Simon, sacudiendo la cabeza.
    – No es tan malo. Al menos estoy viendo cómo vive la otra mitad. Esta casa es fabulosa, y conozco a montones de personas muy sofisticadas, aunque sólo sea para ofrecerles una copa.
    – No veo el interés de un trabajo en el que lo mejor que haces es servir copas a unas personas que se las podrían servir perfectamente ellos mismos.
    – Tú no lo entiendes -replicó ella, enojada.
    Aquella actitud era la típica de Simon. La frivolidad le era completamente ajena, lo que era una pena. Cuando dejaba de ser tan serio, podría ser bastante divertido, pero la mayor parte del tiempo se empeñaba en mostrarse superior a los demás.
    ¡Y el aspecto que llevaba! Tenía que ser la única persona en el sur de Francia con traje y corbata. Por muy ligera que fuera la tela y lo atrevido, para él, de aquel tono amarillo en la corbata, no dejaban de ser un traje y corbata.
    De repente, el murmullo proveniente de la fiesta se hizo más fuerte, como si alguien hubiera abierto una puerta.
    – Mira, tengo que seguir trabajando -añadió Polly-. La señora Sterne se pondrá furiosa si me ve hablando contigo. No te preocupes por mí, estoy bien. Mañana llamaré a mis padres y les diré que dejen de preocuparse.
    – ¿Es que no puedo quedarme unos minutos? -preguntó él, dando un paso hacia el vestíbulo-. He venido directamente desde el aeropuerto y me vendría bien descansar un poco.
    – ¡No! -exclamó Polly-. Me encantaría invitarte -añadió, al ver el gesto de sorpresa de Simon-, pero hoy no puedo. Los Sterne están dando una fiesta, como podrás oír, y tengo que trabajar.
    – No te preocupes por mí. Me uniré a la fiesta. Así podré echar un vistazo a esta gente tan sofisticada que tan impresionada te tiene -afirmó él, dirigiéndose al lugar de donde provenía el ruido.
    – ¿Qué estás haciendo? -exclamó Polly, horrorizada, mientras le agarraba por el brazo-. ¡No puedes entrar ahí!
    – ¿Por qué no?
    – Porque no te han invitado.
    – No creo que a nadie le importe. Me parece que todos se están divirtiendo mucho -dijo él, inclinando la cabeza como si escuchara, para luego seguir avanzando hacia la puerta-. Nadie se va a dar cuenta de que hay uno más.
    – ¡Simon, por favor, déjate de tonterías! -gritó ella, intentando detenerlo. Sin embargo, aquello era como intentar detener una roca. Nunca se había dado cuenta de que Simon era tan fuerte. Pero él se detuvo, para alivio de Polly, justo al llegar a la puerta-. ¿A qué te crees que estás jugando? ¡Esto no me hace nada de gracia! Si Martine te encuentra aquí, me matará.
    A duras penas, Polly se las arregló para empujarlo de nuevo hasta la puerta. Sin embargo, cometió el error de soltarle un brazo para poder abrir la puerta. Inmediatamente, Simon de dirigió de nuevo a la fiesta.
    – No me puedo creer que a tus jefes les importe que invites a un amigo a la fiesta. ¿No te estarás pensando que voy a hacerte quedar mal?
    – Tú no conoces a mis jefes -replicó ella, ya sin aliento, mientras intentaban detenerlo-. Además, en lo que a mí respecta, has dejado de ser mi amigo, ¡así que vete!
    – ¡Polly! -resonó una voz detrás de ellos, haciendo realidad los temores de Polly.
    – Mira lo que has hecho -musitó ella, al ver que la señora Sterne avanzaba por el vestíbulo hacia ellos-. Sí no quieres que le diga a mi padre que me has echado a perder mi trabajo, es mejor que simules ser un completo extraño. Puede que me salve si se cree que estabas intentando colarte en la fiesta. Si le dices queme conoces, ¡nunca te perdonaré!
    – ¿Qué estás haciendo, Polly? -preguntó Martine con dureza-. ¡Deja entrar al señor Taverner enseguida!
    Polly se quedó con la boca abierta.
    – Se te van a meter las moscas en la boca si no tienes cuidado -murmuró Simon, estirándose la chaqueta de un modo muy exagerado.
    Antes de que Polly pudiera entender lo que estaba pasando, vio que Martine saludaba a Simon con mucha efusividad y una sonrisa que ella no había visto hasta entonces.
    – ¡Me alegro tanto de verlo, señor Taverner…! ¿Puedo llamarte Simon? -preguntó ella, con un tono de voz encantador.
    – Me estaba empezando a preguntar sí me habría equivocado de casa -respondió Simon, besándole en ambas mejillas, a la manera francesa-. Su doncella no parecía estar dispuesta a admitirme -añadió, mirando a Polly con malicia.
    – ¿Doncella? -repitió Polly, sintiéndose ultrajada.
    – ¡Cállate! -le espetó Martine-. Lo siento tanto, Simon -le dijo a él, con voz aterciopelada mientras a ella le echaba miradas venenosas-. Es nueva y no sabe lo que está haciendo.
    – Pero… -empezó Polly.
    – ¡Te he dicho que te calles! -le gritó Martine-. Debes perdonarla -dijo a Simon, con una sonrisa-. Vamos a buscar a Rushford. Sé que está deseando volver a verte.
    Polly se sentía como si estuviera en una pesadilla. ¿Cómo si no se podría explicar que Simon fuera amigo de su jefa? Sin embargo, al ver la manera en la que él la miraba, con un horrible brillo de diversión en los ojos mientras le daba la chaqueta, sintió que todo era real. ¡Aquello estaba ocurriendo de verdad!
    – ¿Crees que tu doncella se haría cargo de mi chaqueta? -le dijo él a Martine, quien le hizo un gesto con la cabeza a Polly.
    – Supongo que eso sí podrá hacerlo -replicó Martine, con sarcasmo.
    – Yo… yo creo que todo esto es una equivocación -balbució Polly, que, de alguna manera, había extendido la mano para tomar la chaqueta.
    – Efectivamente -contraatacó Martine, con una mirada gélida-, pero ya lo hablaremos mañana.
    – Pero…
    – Se supone que lo que tienes que estar haciendo es servir copas. Te sugiero que te pongas a hacerlo si quieres mantener tu trabajo hasta mañana.
    Y con eso, tomó a Simon por el brazo y se lo llevó a la fiesta, dejándola a ella con la boca abierta y la chaqueta de él en la mano. ¡Incluso tuvo el valor de guiñarle un ojo desde la puerta!
    Tal vez aquello había sido un sueño. Tal vez podría haber otro Simon Taverner, uno diferente, que sí tendría relación con los Sterne. Aquélla era la única manera de explicar que aquel hombre pareciera tan corriente y a la vez tan seguro de sí mismo.
    Inconscientemente, se llevó la chaqueta de él a la cara y la olió. Aquel era el olor de Simon, un olor limpio, masculino y tremendamente familiar.
    Polly apartó la cara de la chaqueta, algo avergonzada de sí misma y la llevó al perchero. Luego, recogió la bandeja de las copas, jurándose que Simon tendría mucho que explicarle cuando pudiera hablar con él a solas.
    De vuelta a la fiesta, Polly lo buscó con la mirada. Allí estaba, flanqueado por los Sterne, quienes, obsequiosamente, le estaban presentando a un grupo de celebridades.
    Aquel era Simon, el niño con el que ella había jugado de pequeña, que había sido su hermano mayor…
    Hacía mucho tiempo desde la última vez que habían hablado, pero él le había parecido el mismo en la boda de Emily, el año anterior. Era imposible que, desde entonces, él hubiera cambiado tanto…
    Mientras servía las copas, Polly no podía dejar de preguntarse por qué todos le prestaban tanta atención. Estaba completamente segura de que no era ni por su aspecto ni por su estilo. Toda la sala estaba llena de actores que eran mucho más guapos que él.
    No era que Simon fuera feo, pero no tenía nada de especial. Tenía el pelo castaño, ojos grises y una cara de lo más normal. Era del montón. Era Simon.
    Polly lo observaba, sin poder entender por qué Simon parecía ser el centro de la fiesta. Tal vez fuera el hecho de que no parecía estar intentando atraer la atención de la gente lo que le hacía más interesante. Allí, rodeado de las personas por las que Polly hubiera dando un mundo por conocer, ignoraba a las personas que hacían toda clase de gestos extravagantes para llamar su atención.
    Olvidándose de que tenía la bandeja en las manos, Polly se quedó quieta en el centro de la habitación. Tal vez el hombre que ella había considerado aburrido y remilgado era algo más de lo que ella no se había dado cuenta. Algunas de aquellas personas parecían encontrar muy atractivo aquel aire de autoridad, en particular una actriz que no lo dejaba a solas ni un momento. En aquel momento, Simon miró a su alrededor y su mirada se cruzó con la de Polly. En vez de parecer arrepentido por poner en peligro su trabajo, él sonrió.
    Mientras todos intentaban averiguar quién habría atraído la atención de aquel dios, Polly se dio la vuelta, mortificada por que él la hubiera sorprendido mirándolo. No cabía la menor duda de que Simon estaba disfrutando de aquella situación, en la que él se veía rodeado de admiradores y ella tenía que servir copas. Ya se lo imaginaba contándole a su padre la verdad del trabajo del que ella había presumido tanto…
    – Pareces estar muy interesada en Simon Taverner -le dijo Philippe, apareciendo de repente a su lado.
    Mientras él tomaba una copa de la bandeja, Polly se sintió algo dolida. Se había pasado seis semanas soñando con el momento en el que Philippe la buscaría. Y lo había conseguido sólo gracias a Simon.
    – ¿Simon Taverner? -repitió ella, sorprendida de que alguien como Philippe conociera a Simon.
    – El hombre que has estado observando durante la última media hora. Lo mismo que he estado haciendo yo contigo.
    ¿Qué Philippe la había estado observando a ella? Al oír aquellas palabras, Polly se olvidó inmediatamente de su dolor de pies. Philippe, de cerca, era mucho más guapo. Tenía que hacerle entender que no estaba interesada en Simon.
    – ¿Ese hombre de aspecto tan aburrido que está hablando con tu hermana? ¿Es así como se llama?
    – Dista mucho de ser aburrido. Simon Taverner es el dueño de una importante compañía financiera.
    – Eso me parece bastante aburrido -dijo Polly. Sabía que Simon tenía que ver con las finanzas, pero nuca se había interesado demasiado.
    – Pues no lo es cuando haces con ese negocio tanto dinero como Simon Taverner.
    – ¿Quieres decir que es rico?
    – Parece un hombre muy sencillo y puede que, con sólo mirarlo, uno no se dé cuenta de ello. Sin embargo, Simon Taverner podría comprar a la mitad de las personas que hay en esta fiesta
    – ¿De verdad? -preguntó ella, incrédula.
    – ¿Por qué crees que mi hermana lo ha invitado a esta fiesta? Está esperando que él ponga el dinero para el nuevo proyecto de Rushford.
    – ¿Quieres decir que invierte dinero en películas? -insistió Polly, preguntándose si Philippe no la estaría engañando.
    – La gente como Simon son los que dirigen el mundo del espectáculo. Sus nombres nunca aparecen en los créditos, pero ellos son los que pueden hacer triunfar una película. El interés de Taverner es sólo financiero, pero sabe muy bien lo que está haciendo. Si él invierte en tu película, puedes garantizar que será un éxito de taquilla.
    – ¿De verdad?
    Aquello era demasiado para Polly. Al volverse a mirar a Simon, él los estaba mirando, como si supiera lo que estaban hablando.
    – Me parece que el señor Taverner también está interesado en ti.
    – Yo no estoy interesada en él -replicó Polly-. Y si él es tan rico como tú dices, no es muy probable que esté interesado en mí, ¿no te parece?
    – No sé. Eres una chica preciosa, Polly.
    – ¿De verdad? -repitió ella, sin aliento, avergonzándose de haber utilizado la misma expresión en varias ocasiones. Philippe se iba a pensar que su inglés era tan malo como su francés.
    – Sí. ¿Acaso creías que no me había dado cuenta? Nunca he tenido oportunidad de hablar contigo. Martine te hace trabajar mucho, ¿verdad?
    – Me gusta tener cosas que hacer -respondió ella, mintiendo porque, después de todo, Martine era su hermana.
    – ¿Cuánto tiempo vas a seguir trabajando para Rushford?
    – Hasta que vuelvan a los Estados Unidos.
    – ¿No vas a ir con ellos?
    – No, quiero quedarme en Francia -respondió, sin decirle que probablemente Martine no estaría dispuesta a tanto-. Quiero mejorar mi francés, pero tu hermana y Rushford hablan en inglés, lo mismo que todas las visitas, así que, casi no he practicado desde que llegué.
    – Bueno, si quieres hablar francés, efectivamente debes quedarte en Francia. ¿Vas a buscar otro trabajo o te vas a dedicar a viajar?
    – Espero que un poco de las dos cosas.
    – Si te diriges hacia Marsillac, tienes que venir a verme.
    – ¿Lo dices en serio?
    – Claro -respondió Philippe, sacándose una tarjeta del bolsillo de la camisa-. Toma mi tarjeta.
    – Gra-gracias -tartamudeó a duras penas Polly.
    Aquella conversación había cambiado de un plumazo aquella desastrosa tarde. Hasta entonces, una sonrisa de Philippe le hacía sentirse en el paraíso, pero él la había invitado a ir a visitarlo… Polly no podía creer su suerte.
    Tras echarle a Philippe una última mirada llena de ensoñación, Polly se volvió con la bandeja y se encontró con Simon, que la miraba con más severidad que de costumbre.
    – ¿Quién era ése?
    – Philippe Ladurie -suspiró Polly-. ¿A que es guapísimo?
    – ¡Así que ése es Philippe Ladurie! -replicó él, con un bufido-. He oído hablar de él. Es uno de estos donjuanes que viven por encima de sus posibilidades y no tienen más talento que el de ser invitado a las fiestas y romper matrimonios.
    – Es muy agradable -le dijo Polly, en tono desafiante. No estaba dispuesta a dejar que Simon le estropeara de nuevo la tarde.
    – Eso es lo que tú crees. Pero siempre has tenido un gusto pésimo para los hombres.
    – ¡Eso no es cierto!
    – Sólo alguien como tú se podría sentir impresionada por un hombre como ése. ¡Míralo! Está tan seguro de sí mismo y es tan baboso que me sorprende que no se resbale con el rastro que va dejando.
    – ¡Al menos él tiene encanto! -le espetó ella, muy enojada-. ¡Tú no reconocerías lo que es eso aunque lo tuvieras delante de las narices!
    – Pues a Martine Sterne le parezco encantador.
    – ¿Me vas a decir de una vez lo que estás haciendo aquí, Simon?
    – Ya te lo he dicho. He venido a asegurarme de que estás bien.
    – Si, claro, y, además, daba la casualidad de que tenías una invitación para la fiesta de Martine Sterne en el bolsillo.
    – Eso no es del todo cierto. Martine Sterne siempre me está mandando invitaciones que yo inevitablemente tiro a la basura. Simplemente, ella dio por sentado que yo me acordé de que hoy daba una fiesta… ¿Qué estás haciendo? -preguntó Simon, al ver que ella cambiaba el peso de un pie al otro con un gesto de dolor.
    – Me duelen los pies.
    – Bueno, pues entonces, siéntate -le dijo Simon, buscando algún sitio para sentarse.
    – ¡No puedo hacer eso! Martine me despediría en el acto si me viera sentada.
    – De acuerdo. Entonces, vamos fuera.
    – No sé si…
    – Venga, sólo cinco minutos -insistió Simon, tomándola del brazo-. Creo que le sentaría muy bien a tus pies.
    – Hay una mesa al lado de la piscina -cedió Polly por fin, sin poder resistirse-. Supongo que allí no nos verá nadie.
    – Martine Sterne no es tan mala, ¿verdad?
    – ¡Lo es! -exclamó ella, sintiéndose aliviada al ver que Martine estaba hablando con un famoso actor-. Tienes que prometerme que si alguien se da cuenta dirás que todo esto ha sido idea tuya.
    – No se darán cuenta -replicó Simon con amargura-. Están todos tan ocupados felicitándose por ser tan guapos, que no se darían cuenta si nos desnudáramos y nos pusiéramos a bailar el cancán. ¡Vamos!

Capítulo 2

    POR FIN, qué gusto! -exclamó Polly, dejando la bandeja en una silla, cuando se sentó al lado de Simon.
    Él la contempló quitarse los zapatos y levantar las piernas para descansarlas encima de la mesa.
    – ¿Por qué siempre haces que todo resulte tan complicado? -preguntó él, algo molesto por la maniobra que ella había ideado para que nadie les viera salir juntos al jardín-. Cualquier persona sensata que hubiera sabido que iba a estar sirviendo bebidas toda la tarde, se habría puesto unos zapatos más cómodos.
    – Lo sé, pero pensé que podrían mejorar algo el aspecto de este ridículo uniforme -explicó ella, quitándose la cofia para abanicarse con ella.
    Simon la miró. Tenía el pelo más rubio de lo que él recordaba. Al quitarse la cofia vio que lo llevaba recogido de mala manera, con unos cuantos mechones sueltos. Siempre había algo de desaliñado en el aspecto de Polly, por mucho que ella se esforzara en tener buena presencia. Incluso aquella blusa blanca tenía un aspecto algo arrugado e incluso sexy…
    ¿Sexy? ¿De dónde se le habría ocurrido aquella palabra a Simon? Él no podría considerar a Polly sexy. Sacudiendo la cabeza mentalmente, se convenció de que se había equivocado de palabra.
    Intentando apartar los ojos de las sombras del pecho que se vislumbraban a través de los botones abiertos del escote, intentó concentrarse en el delantal y en las largas piernas que estaban apoyadas encima de la mesa. Nunca antes de había dado cuenta de que Polly tenía unas piernas verdaderamente espectaculares.
    – Además, lo de mis zapatos no tiene ninguna importancia -continuó ella, bajando de repente las piernas al suelo, ya que se había dado cuenta de cómo las estaba mirando él-. Lo que sí me parece importante es por qué no me dijiste que conocías a los Sterne, y más aún, porque no le dijiste a Martine que me conocías.
    – Me dijiste que no lo hiciera.
    – ¡Sabes perfectamente que te dije eso porque pensé que ella se enojaría mucho al descubrirte en la casa! Me podrías haber advertido que Martine se desharía al verte.
    – ¡Estabas tan ocupada intentando echarme de la casa que no me dio tiempo a decirte nada!
    – ¡Claro! ¡Como si alguien te hubiera podido impedir alguna vez decir lo que quieres! Lo que pasó fue que te pareció más divertido dejar que yo hiciera el ridículo.
    – De acuerdo, lo admito. No me pude resistir, pero, si te sirve de consuelo, yo también me llevé lo mío. No tenía ninguna intención de ir a la fiesta, pero, cuando Martine me vio, no me quedó elección. ¡Acabo de escaparme de las garras de Rushford Sterne! Sin embargo, todo ha merecido la pena por poder haberte visto la cara al ver que Martine me saludaba.
    – ¡Me alegro de que te hayas divertido! -exclamó Polly, con algo de amargura-. Pero supongo que nunca se te habrá ocurrido que, por eso, yo puedo perder mi trabajo.
    – Tengo que admitir que nunca me había dado cuenta de que Martine fuera una mujer tan difícil. Lo siento. Si quieres, puedo hablar con ella y explicarle que ha sido todo culpa mía.
    – Entonces se sentirá como una idiota y será mucho peor -replicó Polly, incorporándose aún más en la silla-. Tal vez podrías ofrecerte a invertir en la nueva película de Rushford y entonces, ella se pondrá de tan buen humor que se olvidará de mí.
    – ¡No lo siento tanto como para eso! ¡Prefiero que tú te busques otro trabajo! Por lo que me ha estado contando Rushford, puedo ver que ese nuevo proyecto va a ser un desastre.
    – ¿De verdad inviertes en las películas? -preguntó ella, apoyando los brazos en la mesa, muy intrigada.
    – Invierto en todo tipo de cosas. Hoy en día, el mundo del espectáculo es un buen negocio, pero sólo es una parte de nuestras inversiones.
    – Cuando Philippe me lo dijo, no me lo pude creer -respondió Polly, muy impresionada, aunque a su pesar-. ¡No sabía que fueras tan rico!
    – Si hubiera sabido que estabas tan interesada en mis cuentas, te habría mandado copias de los extractos bancarios -replicó él, en tono de burla.
    – No puedo entender por qué no me lo ha dicho nadie -afirmó Polly, sin prestar atención a aquella ironía, ya que estaba intentando asimilar aquel nuevo aspecto de la vida de Simon-. Sé que tienes una casa en la Provenza y mi padre siempre me está hablando de lo bien que te va todo, ¡pero no me había dado cuenta de que eras rico! ¿Lo sabe Emily?
    – Supongo que sabe que tengo mi propia empresa, pero sin duda, al igual que tú, no tiene ni idea de lo que hago. Sin embargo, no es ningún secreto. Si alguna de las dos hubierais mostrado algún interés por lo que hago, lo habríais sabido como todo el mundo.
    – Bueno, ¡yo nunca me lo habría creído!
    – ¿Por qué no?
    – Porque no me parece que vaya contigo. Yo siempre he pensado en ti como en el bueno de Simon, que va a su despacho todos los días para hacer algo aburrido con el dinero. De repente, descubro que eres un magnate de la jet-set. De la manera en la que Philippe te describió, ¡hasta es seguro que te invitan a fiestas como ésta constantemente!
    – Así es, pero pocas veces asisto -le espetó Simon, algo molesto al darse cuenta de lo aburrido que Polly lo consideraba.
    – ¡Ves! ¡A eso era a lo que yo me refería! -exclamó Polly, mientras se frotaba los dedos de los pies-. Todo ese dinero es un desperdicio en ti, Simon. No sabes apreciar ni el glamour ni la diversión. Si fuera yo, sería diferente. A mí me encantaría llevar la vida de los de la jet-set. Y eso era lo que pensaba que conseguiría con un trabajo como éste. Lo más cercano a mis sueños es repartirles champán a las personas a las que admiro -añadió, algo triste.
    – No sé por qué no te buscas un buen trabajo.
    – ¡No empieces! ¡Te pareces a mi padre!
    – No es que no seas capaz -siguió él, ignorándola-. Si quieres, puedes resultar bastante inteligente. Estás perdiendo el tiempo con todos estos trabajos temporales. No parece que dures en ninguno de ellos más de dos meses.
    – Eso no es cierto -le espetó Polly-. ¡Me pasé seis meses trabajando en una estación de esquí y en el crucero estuve mucho más!
    – En cualquier caso, no me parece nada del otro mundo. Siempre había creído que eran los hombres los que temían comprometerse.
    – A mí no me asusta comprometerme -respondió ella con dignidad-. Es que no estoy preparada para hacerlo, ni con un trabajo, ni con una relación… Con nada, a menos que lo vea muy claro. Eso es algo muy diferente de tener miedo. No veo el motivo para lanzarme a una profesión a menos que esté segura de que es eso lo que quiero hacer.
    – ¿Y cuándo vas a decidir lo que quieres?
    – No lo sé, pero lo reconoceré cuando me encuentre con ello. Mientras tanto, estoy dispuesta a probar muchas cosas diferentes y pasármelo todo lo bien que pueda. Sé que mi padre no lo aprueba, pero tampoco creo que esté siendo una irresponsable. Puede que mis contratos no sean muy largos, pero siempre los termino.
    – ¿Para cuánto tiempo es este contrato?
    – Para tres meses. Todavía me quedan otras seis semanas. Y no puedo decir que me dé pena. Éste ha sido el peor trabajo que he hecho y tampoco me están pagando nada bien. Se supone que el honor de pasar todo el verano con Martine Steme debe ser suficiente. Bueno… -se detuvo un momento, mientras volvía a ponerse los zapatos y se levantaba-… es mejor que vuelva antes de que Martine me descubra. Se pondría furiosa si descubriera que una mísera esclava está charlando con su invitado de honor. ¡Eso estropearía el tono de su fiesta!
    – Prefiero estar hablando contigo que con todos esos de ahí adentro -dijo Simon, poniéndose también de pie.
    – ¡Vaya, Simon! ¡Creo que eso es lo más bonito que me has dicho nunca!
    – Lo que no es decir mucho. ¿Estás segura de que estás bien aquí, Polly? Si necesitas dinero por si acaso algo sale mal…
    – Nada va a salir mal, pero gracias de todos modos. Estoy bien -añadió, con una sonrisa, mientras tomaba la bandeja-. ¿Vas a volver a la fiesta?
    – ¡No creo! Me marcho. ¿Dónde has puesto mi chaqueta?
    – Está en el guardarropa. ¡Puedes darte por satisfecho de que no esté hecha un rebuño en el suelo después de la escenita que me montaste!
    – Adiós, Polly -dijo Simon, con otra de sus desconcertantes sonrisas. Luego, para sorpresa de Polly, le acarició con un dedo la mejilla-. Sé buena…
    Mientras él volvía al interior de la casa, Polly se quedó parada, mirándolo fijamente. Resultaba absurdo que la cara le ardiera justo en el lugar en el que él le había rozado. Se sentía muy rara. Sólo era Simon, saliendo de su vida tan rápidamente como había entrado, cumpliendo el patrón que seguía su relación en aquellos momentos, viéndose brevemente una vez al año… Entonces, ¿por qué sentía la necesidad de llamarlo para que regresara a su lado?
    Polly sacudió la cabeza y decidió volver al interior de la casa para seguir sirviendo bebidas, lo que no era muy divertido, pero al menos le daría la oportunidad de ver a Philippe, que era en quien ella debería estar pensando.
    – ¿Qué te crees que estás haciendo? -le preguntó Martine Sterne cuando Polly entraba a través de las puertas del jardín, haciendo que la bandeja le bailara entre las manos.
    – ¡Señora Sterne! -exclamó, muy aturdida-. Yo… había salido al jardín para ver si a alguien le apetecía algo de beber.
    – ¡No mientas! ¡Estabas ahí fuera con Simon Taverner! Vi cómo le seguías, así que no te molestes en negarlo.
    – No es lo que se piensa -dijo Polly, preguntándose si no sería mejor decir la verdad al ver el rostro crispado de Martine-. Simon vino realmente a verme.
    – ¿A verte? -repitió Martine, echándose a reír con desprecio-. No me parece probable que Simon Taverner se vaya a sentir interesado por alguien como tú, ¿no te parece?
    – ¡Pero así es! Es amigo mío.
    – ¿Un amigo que no sabe cómo te llamas? ¿Un amigo a quien tú no querías dejar entrar en la casa?
    Polly apretó los dientes. Sabía que resultaría imposible explicarle la relación que había entre ellos a Martine mientras ella estuviera de aquel mal humor. ¿Y si pretendía que ella y Simon tenían una relación más íntima de lo que en realidad era? Tal vez si Martine pensaba que ella era algo especial para su adorado Simon se calmaría…
    – Él es más que un amigo. Él es mi… prometido -mintió a la desesperada.
    – ¿De veras? -exclamó Martine entre burlas-. Entonces, ¿por qué se vería la prometida de Simon Taverner rebajada a hacer un trabajo como el que tú estás haciendo?
    – Nosotros… tuvimos una pelea terrible -improvisó ella-. Decidí que era mejor que nos separáramos un tiempo y solicité este trabajo. Entonces, Simon descubrió dónde estaba y me siguió… Al principio, no quise hablar con él -añadió ella-. Cuando usted nos vio hablando en el vestíbulo, estaba intentando hacer que se marchara porque no sabía que él la conocía. Luego, me convenció para que saliera al jardín con él y hemos solucionado nuestros problemas.
    – ¿Y ahora volvéis a estar comprometidos? -preguntó Martine, completamente incrédula.
    – Sí.
    – ¿Y él se ha ido y te ha dejado de nuevo?
    – Sí -replicó ella, sabiendo que no estaba resultando muy convincente-. Simon sabe que yo quiero continuar trabajando para ustedes hasta finalizar mi contrato.
    – ¡Deja de mentir, estúpida!
    – ¿Por qué no le pregunta a Simon Taverner si estoy mintiendo o no? -preguntó Polly, en tono desafiante.
    – ¡Eso es una buena idea! ¡Efectivamente lo haré!
    Simon ya tenía la mano en el pomo de la puerta principal cuando oyó que Martine Sterne lo llamaba. Repasando una excusa para tener que marcharse tan pronto, se volvió hacia ella, forzando una sonrisa. Pero entonces vio a la mujer dirigiéndose con paso desafiante hacia él, con Polly a su lado.
    – Tal vez puedas aclarar un pequeño malentendido, Simon -le dijo Martine, obligándose a sonreír a pesar de que los ojos le relucían de rabia-. Polly me ha contado que estáis comprometidos.
    – Es cierto, ¿verdad, cariño? -le instó Polly, tomándole del brazo para darle un pellizco a modo de aviso-. ¡Has venido aquí con el único propósito de pedirme que me case contigo!
    Polly sonrió, segura de que Simon no la defraudaría. Cuando, de niños, Charlie, Emily y ella se habían metido en líos, nunca les había dicho a sus padres lo que habían estado haciendo.
    – Sé que habíamos decidido mantenerlo en secreto, pero estoy segura de que no te importa que lo sepa la señora Sterne, ¿verdad?
    Simon miró a los suplicantes ojos azules de ella y suspiró. No sabía lo que estaba tramando Polly, pero no podía hacer otra cosa que seguirle la corriente.
    – Claro que no -respondió él, recibiendo una deslumbrante sonrisa de Polly.
    – ¡No me lo creo! -exclamó Martine, con la voz temblándole de furia-. ¡Estoy segura de que ella te está obligando, de algún modo, a decir esto, Simon!
    – ¿Por qué iba ella a querer hacer eso?
    – ¡Y en cuanto a ti! -gritó Martine, volviéndose a Polly-. ¿Cómo te atreves a venir aquí con falsa identidad?
    – Pero yo no…
    – ¡Me mentiste deliberadamente!
    – Yo sólo quiero terminar mi contrato -dijo Polly, muy entristecida. Esperaba que aquella maniobra le hubiera ayudado a salvar su trabajo, pero aquella mentira parecía haber enfurecido a Martine aún más-: Simon se va, pero yo me quedo.
    – ¿Que te quedas? ¡No pienso tenerte en mi casa un momento más y supongo que no es necesario decirte que no pienso pagarte tampoco! Has sido un desastre desde que llegaste. ¡Eres la peor doncella que hemos tenido, desordenada, desastrosa, insolente y perezosa!
    – ¿Perezosa?
    – Creo que ya ha dicho más que suficiente, señora Sterne -dijo Simon fríamente, mientras le rodeaba los hombros a Polly con un brazo-. No permitiría que Polly se quedara aquí aunque se pusiera de rodillas y le besara los pies. Ve a por tus cosas, Polly. Voy a sacarte de aquí. Además, puede decirle a su marido que no se moleste en ponerse en contacto conmigo nunca más. ¡No tengo intención de invertir en ninguna de sus películas!

    – Y ahora, ¿qué?
    Mientras Simon tiraba la última de las bolsas de plástico que contenían todas las pertenencias de Polly en el maletero del coche, ella lo miraba. Tenía un sentimiento de euforia al recordar la expresión en el rostro de Martine Taverner, pero cuando Simon le hizo aquella pregunta, se dio cuenta de que no tenía dinero, ni trabajo ni ningún sitio a dónde ir.
    – No sé -admitió ella.
    – Bueno, no te puedes quedar aquí -dijo Simon, algo turbado al ver el modo en el que ella se recogía el pelo tras las orejas, mientras le abría la puerta del coche-. Es mejor que entres.
    – ¡Qué desastre! -suspiró ella, mientras se repantigaba en el asiento.
    – Y eso que cumples todos tus contratos -replicó él, mientras arrancaba el coche-. ¿Por qué diablos le dijiste a Martine Sterne que estábamos prometidos?
    – En su momento, me pareció una buena idea. Martine parecía apreciarte tanto que pensé que sería más agradable conmigo si le decía que yo era tu prometida. Por cierto, gracias por apoyarme. Ella nunca me habría creído si no hubiera sido por ti.
    – Pues no parece haber tenido el efecto que esperabas, ¿no te parece?
    – De todos modos, me hubiera despedido -señaló Polly-. ¡Al menos de esta manera pude darme el gusto de ver la cara que ponía cuando tú le dijiste que no permitirías que yo me quedara aunque se pusiera de rodillas y me besara los pies!
    – Esperemos que se sienta lo suficientemente humillada como para guardarse esa escenita para ella sola. ¿Qué más le dijiste?
    – En realidad, nada. Sólo le dije que estábamos prometidos y que habíamos tenido una pelea y que me habías seguido hasta la casa porque no podías soportar vivir sin mí ni un momento más.
    – ¡Madre mía! No me extraña que no te haya creído.
    – ¡No es tan exagerado!
    – ¡Lo es si se sabe algo sobre mí o algo sobre ti!
    – Bueno, nadie de los de la fiesta lo sabe, así que no importa que Martine se lo diga. Tú mismo dijiste que no vas a menudo a fiestas como ésa, así que no pueden conocerte. ¡Y ciertamente no me conocen a mí!
    – Tal vez no, pero eso no les impedirá que dejen de hablar sobre nosotros. El hablar sobre los demás es todo lo que esa gente tiene que hacer y una historia como ésa puede llegar a Londres en cinco minutos. Y allí la gente sí que me conoce. No me gustaría volver a casa y descubrir que todo el mundo piensa que me he estado recorriendo toda Francia, haciendo el idiota por ti.
    – Eso no se me había ocurrido -admitió Polly, sintiendo ciertos remordimientos-. Podría resultar algo embarazoso, ¿verdad? Es mejor que llames a Helena y le cuentes que ha sido todo culpa mía por si acaso se entera de algo. Por cierto, ¿dónde está Helena?
    – Está trabajando -respondió él, después de una pequeña pausa.
    – Entonces, ¿estás aquí de negocios? Pensé que habías dicho que ibas a tu casa de la Provenza. ¿Cómo me dijiste que se llama tu casa?
    – La Treille.
    – Eso es. Es un nombre precioso -admitió Polly. Ella nunca había estado en la granja restaurada, pero sus padres y Emily sí y le habían contado maravillas-. Entonces, ¿te vas solo?
    – Voy a encontrarme con unos amigos allí.
    – ¿Y Helena no quiso venir contigo? -insistió Polly ante el gesto de fastidio de Simon. Era evidente que no quería hablar de Helena.
    – Iba a venir, pero desgraciadamente le surgió un trabajo muy importante en el último minuto y tuvo que quedarse en Londres -dijo él. No era toda la verdad, pero para Polly valía. A ella nunca le había caído bien Helena, por lo que él no quería hablar del fin de su relación con ella.
    – Yo no me puedo imaginar dejar de irme de vacaciones por trabajo -respondió ella, acomodándose en el asiento y bostezando.
    – No todo el mundo es tan relajado como tú en lo que se refiere al trabajo -le espetó Simon-. Helena es una excelente profesional. No puede dejar todo en la estacada porque le apetezca.
    – ¿Y a ti no te importa?
    – No. Siempre he entendido lo mucho que significa su carrera. Es una de las cosas que más respeto sobre ella. Es una abogada con mucho talento -explicó él, guardándose el hecho de lo mucho que le había sorprendido descubrir que la carrera no lo era todo para la excelente abogada.
    Polly suspiró, recordando el día en que Simon había llevado a Helena a la boda de Emily. A las dos les había sorprendido mucho que él apareciera con una mujer tan espléndida. Helena era muy hermosa, inteligente y con mucha clase. A Polly le había resultado demasiado imponente, y le había aliviado el saber que al resto de la familia le había pasado lo mismo.
    Al volverse a mirar a Simon, vio que tenía el rostro únicamente iluminado por las luces del salpicadero del coche. De repente, tuvo una sensación rara. El le resultaba tan familiar, y, sin embargo, era un extraño para ella. Y por primera vez entendió lo que una mujer como Helena había visto en él. Eran la pareja perfecta.
    Sin embargo, no le gustaba oír hablar de la maravillosa trayectoria profesional de Helena cuando a ella la acababan de despedir. A Helena eso nunca le hubiera pasado. Ni hubiera tenido que ponerse a trabajar de doncella.
    Pero, por otro lado, Helena tenía que trabajar mientras ella estaba de vacaciones. Como siempre, Polly decidió mirar el lado bueno. Además, Helena no había conocido a Philippe. Tal vez, aquel despido era lo mejor que le podría haber pasado. Ya no había nada que le impidiera ir a buscar un trabajo en Marsillac. Y Philippe le había pedido que fuera a visitarlo.
    – ¿Dónde vamos? -le preguntó a Simon.
    – Tengo una reserva en un hotel a unos cuarenta kilómetros de aquí. Estoy seguro de que te podrán encontrar una habitación para esta noche.
    – No creo que pueda permitirme los precios que tú pagas por una habitación de hotel.
    – Yo pagaré tu habitación.
    – ¡No puedo permitir que hagas eso!
    – No seas tonta, Polly -replicó él, algo irritado-. Me has dicho tú misma que no tienes dinero. ¿Crees que te voy a dejar en la carretera en mitad de la noche, con unos pocos francos en el bolsillo?
    – Podrías llevarme a Niza. Estoy segura de que podría encontrar un hotel barato para pasar la noche.
    – No pienso andar buscando hoteles por Niza a estas horas de la noche. Además, no vamos en esa dirección.
    – No creo que debas pagar mi habitación. La razón por la que vine a Francia fue para demostrarle a mi padre que podría arreglármelas perfectamente yo sola. No quiero depender de nadie.
    – ¡Por amor de Dios, Polly! ¡Estamos hablando sólo de una noche! Además, en parte es culpa mía que te hayas quedado sin trabajo.
    – No es cierto. No fuiste tú quien le dijo a la señora Sterne que estábamos prometidos. Sólo estaba buscando una excusa para echarme.
    – Sin embargo, no se habría enfadado tanto si yo le hubiera dicho desde un principio que nos conocíamos.
    – Bueno, ya es demasiado tarde para todo eso. He estado pensando y me parece que es lo mejor que me ha podido pasar. Era un trabajo horrible y así podré buscarme algo mejor. No será lo mismo que haber cumplido mi contrato, pero mientras me pueda pasar el verano en Francia, le habré demostrado a mi padre lo que quería. Yo creo mucho en el destino -concluyó Polly, con otro bostezo.
    – Bueno, pues yo creo firmemente en ser sensato, así que te sugiero que dejes de protestar y me dejes llevarte al hotel. Podrás descansar, yo pagaré tu cuenta y podrás pensar lo que quieres hacer por la mañana. ¿Qué te parece?
    – Bueno…
    – Si te hace sentirte mejor, no pienso aceptar otra propuesta. Ya he viajado demasiado por hoy, y lo único que quiero es llegar al hotel y dormir. Y no podría hacer eso si supiera que tendría que decirle a tu padre que te dejé tirada en medio de Niza con un montón de bolsas de plástico, sin saber dónde ibas, ni lo que ibas a hacer ni de qué ibas a vivir.
    – Si lo pones así…
    – Sí. Puedes decirte que soy un egoísta si eso te satisface.
    Polly nunca hubiera dicho que Simon era egoísta. Sensato, con aire de superioridad sí, pero egoísta no.
    Cuando tenía once años, y Polly le había declarado su amor y no le perdía paso por donde quiera que iba, él lo había soportado sin rechistar. Polly le había pedido que se casara con ella a voz en grito y delante de todo el mundo. Otro chico se hubiera burlado de ella, pero Simon soportó las risas de los demás y le había prometido que lo haría.
    – Gracias -dijo ella-. Te devolveré el dinero en cuanto pueda.
    – ¡De la mejor manera en que puedes pagarme es no volviendo a hablar del tema!
    – Sí, Simon. Claro, Simon. Lo que tú digas, Simon.
    – ¡No te va nada el ser tan obediente, Polly! -exclamó él, con una carcajada.
    Polly se quedó muy sorprendida al ver cómo le cambiaba la cara por la risa, caldeando sus austeros rasgos y relajando la severidad de la boca. ¿Habría tenido Simon siempre el mismo aspecto cuando reía?
    – ¡Algunas personas no están nunca satisfechas! -exclamó ella, horrorizándose al notar el tono de desaliento que tenía en la voz.
    Tenía que estar más que cansada para pensar que empezaba a notar cosas sobre la boca de Simon y preguntarse por qué nunca las habría notado antes. Tenía que estar muy cansada.

Capítulo 3

    NO NOS vamos a alojar aquí, ¿verdad?
    Polly se incorporó repentinamente en el asiento del coche al ver el nombre del hotel, jalonado de blasones, sobre la entrada principal.
    – Sí -replicó Simon, echando el freno de mano, como si alojarse en un hotel de aquellas características fuera lo más natural del mundo-. Helena y yo solemos dormir aquí cuando vamos a La Treille. Reservé la habitación hace algún tiempo, así que espero que puedan encontrarte una a ti.
    – Lo único que yo espero es que me dejen pasar -dijo Polly, medio en broma medio en serio-. ¡En este sitio, probablemente no hayan visto una bolsa de plástico en su vida!
    – No sé por qué no puedes utilizar una maleta como todo el mundo -sugirió Simon, algo irritado por el estado de caos en el que vivía Polly.
    – Tenía una bolsa de viaje, pero se me rompió la cremallera -explicó ella-. Me hubiera comprado otra, pero estaba esperando que me pagaran. Esta noche, estaba tan enfadada con la señora Sterne, que tuve que meter mis cosas en lo único que tenía a mano.
    – Supongo que será mucho pedirte que metas lo que necesitas para esta noche en una bolsa para que no tengamos que cargar con todas ellas, ¿verdad?
    – ¿Qué te parece?
    – En ese caso -respondió Simon, suspirando mientras salía del coche. ¿Por qué tenía Polly que ser tan desordenada?-, ya enviarán a alguien para que las meta. Debes de estar loca si te crees que voy a entrar ahí cargado con todo eso. Además, es mejor que primero vayamos a ver si tienen habitación para ti -añadió, entrando en el hotel-. ¿Qué te pasa ahora? -preguntó exasperado, al oír que Polly le llamaba.
    – ¡No me puedo poner los zapatos! -exclamó ella, intentado introducir el pie, dolorido e hinchado.
    – ¿Y no tienes otros?
    – Están en alguna parte -replicó ella, señalando el maletero.
    – Mira -replicó Simon, impaciente-, es mejor que entres tal y como estás. ¡Eres tan desastrada que el hecho de que vayas sin zapatos no creo que importe mucho!
    – ¡Qué agradable! -musitó Polly, intentando ponerse de pie y caminar sobre la gravilla que cubría la entrada al hotel-. ¡Ay! ¡Ay! ¡Aay!
    – ¡Por amor de dios! -le espetó Simon, mientras ella se apoyaba en el coche, torciendo la cara con expresión de dolor-. ¡Nunca he conocido a nadie que monte tal escena por tener que andar unos pocos metros!
    – ¡Resulta muy fácil hablar cuando tú ya tienes tus zapatos puestos y no tienes los pies llenos de ampollas! ¡Mira! -exclamó ella, levantando un pie.
    Simon no tenía ninguna intención de inspeccionar los pies de Polly. Sólo habría una manera de callarla, así le pasó un brazo por debajo de las rodillas y otro por la espalda y la levantó.
    – Pásame el brazo por alrededor del cuello -le ordenó con voz neutral.
    Polly estaba tan asombrada por aquella reacción que obedeció sin rechistar. El cuerpo de Simon era duro como una roca y los brazos parecían de acero. A pesar de que Polly era bastante robusta, él la metió en el hotel sin dificultad.
    – Gracias -musitó ella, muy tímida de repente.
    – Haría cualquier cosa porque te callaras -respondió Simon, dejándola en pie en recepción.
    Sin embargo, se había sentido más turbado de lo que quería admitir por el ligero y cálido peso de Polly. Siempre le había molestado el estilo de vida de ella, tan caótico, pero no le había molestado tomarla entre sus brazos. Cuando la había levantado del suelo, una mano le rozó uno de los pechos de ella y la otra descubrió la suavidad de la piel detrás de las rodillas.
    – Vamos a encontrarte una habitación -añadió él bruscamente, dirigiéndose al mostrador de recepción sin esperarla.
    Al mirar a su alrededor, Polly dejó de sentirse incómoda por estar en un lugar tan lujoso. Es vestíbulo era enorme y estaba decorado con un gusto exquisito. Ella nunca había estado en un lugar tan elegante, por lo que, mientras se dirigía a recepción, cojeando detrás de Simon, no dejaba de mirar a todas partes con la boca abierta.
    – ¡Esto es genial! -susurró a Simon al llegar a recepción, mientras la recepcionista la miraba espantada.
    Simon explicó la situación en francés, demasiado rápido para que ella lo entendiera. Después, se produjo un dialogo en el que los gestos parecían indicar que las cosas no iban como Simon hubiera esperado, a juzgar por la expresión triste de su rostro.
    – ¿Qué pasa? -preguntó Polly.
    – No tienen ninguna habitación libre. No ha habido ninguna cancelación y el hotel está lleno.
    – Oh -respondió Polly, algo desilusionada.
    A pesar de su rechazo inicial a quedarse con Simon, el hotel parecía tan lujoso que ya no le apetecía en absoluto irse a buscar otro hotel por su cuenta.
    – ¿No puedo dormir contigo? -le preguntó a Simon.
    – ¿Cómo dices?
    – No tienes que ponerte como si te hubiera hecho una proposición indecente -dijo Polly, algo ofendida por la expresión horrorizada del rostro de Simon-. Tú tienes una habitación, ¿verdad? A menudo las habitaciones individuales tienen dos camas.
    – Supongo -replicó Simon, secamente-, pero en este caso sólo hay una. Cuando hice la reserva, esperaba poder venir con Helena.
    – Entonces, ¿tienes una cama de matrimonio?
    – Sí.
    – Bueno, a mí no me importa compartirla contigo.
    – ¿Compartirla conmigo? -repitió Simon, aún más horrorizado.
    – Te apuesto a que las camas de este hotel son lo suficientemente grandes como para que duermas seis personas, así que hay sitio de sobra para dos -afirmó Polly, demasiado tentada ya por la perspectiva de una ducha caliente y sábanas limpias como para volverse atrás-. Además, no sé por qué estás poniendo esa cara. De niños, dormimos muchas veces juntos.
    – Puede que no te hayas dado cuenta de que ya no somos niños.
    – No creo que eso importe -dijo ella, intentando apartar de su mente el recuerdo de cómo se había sentido cuando él la tomó en brazos-. No es que ninguno de nosotros vaya a tener problemas para controlarse, ¿verdad?
    Simon suspiró. Efectivamente, él no quería dormir en la misma cama que Polly. El recuerdo del tacto de su piel seguía fresco en su recuerdo y, probablemente, no iba a desaparecer si ella estaba tumbada a su lado. Sin embargo, ¿qué podría hacer? Ella era Polly. Tal vez tenía un cuerpo mucho más tentador de lo que él había imaginado, pero Simon estaba seguro de que acabaría por exasperarle tanto que en lo único que podría pensar sería en devolvérsela a su padre.
    – No se preocupe en buscar otra habitación -le dijo Polly a la recepcionista-. Dormiremos juntos.
    Sin salir de su asombro, la mujer miró a Simon, buscando su aprobación. Él asintió.
    – La señorita dormirá en mi habitación.
    Al llegar a la habitación, Polly se quedó totalmente impresionada.
    – ¡Esto es fabuloso! -dijo ella, asomándose al balcón para contemplar la luz de la luna reflejada en la piscina-. ¿Te alojas siempre en sitios como éste o es que querías impresionar a Helena?
    – Yo no necesito impresionar a Helena -respondió él con voz cortante, mientras se aflojaba la corbata.
    Simon pensó que por lo menos, ya no tenía que hacerlo. Ella nunca hubiera reaccionado como Polly, que seguía recorriendo la habitación con la boca abierta, abriendo armarios y saltando encima de la cama. Cualquier persona pensaría que nunca había estado en un hotel. Simon no sabía si enfadarse o reír por el sencillo placer de Polly al descubrir el lujo por primera vez.
    Unos minutos más tarde, les trajeron el equipaje. Polly se cubrió la boca con la mano para no reírse al ver el contraste entre la pulcra maleta negra de Simon y sus bolsas de plástico, llenas a rebosar. Simon sacudió la cabeza y le dio una buena propina al mozo.
    – Supongo que te habrás dado cuenta de que has arruinado mi reputación en este lugar. Probablemente todo el mundo estará pensando que te he recogido de cualquier esquina.
    – Si tú siempre vas de vacaciones con una maleta como ésa, estoy segura de que se piensan que eres demasiado remilgado para hacer algo así -le replicó ella, dejándose caer de rodillas para ponerse a revolver entre sus cosas en busca de un cepillo, pasta de dientes y un desmaquillador de ojos-. ¡Si sólo son unas cuantas bolsas!
    – ¡Unas cuantas! Pues a mí me parece que deben de estar criando. Estoy seguro de que hay más ahora de las que había antes -suspiró Simon, dejándose caer en una silla-. ¿Estás segura de que necesitas todas estas cosas?
    – Claro que sí -exclamó Polly, mostrándole triunfante el cepillo de dientes-. No me digas que Helena es una de esas mujeres que se las arregla para tener un aspecto impecable tan sólo con un neceser.
    Simon intentó imaginarse a Helena viajando con un montón de bolsas de plástico, pero no pudo. De hecho, le costó mucho imaginarse a Helena de cualquier modo. Recordaba su imagen de elegancia, pero le resultaba imposible recordar sus rasgos, sobre todo si los comparaba con la viveza de los de Polly.
    – ¿Me puedo duchar? -preguntó Polly, poniéndose de pie, mientras él no dejaba de recordar el tacto de su cuerpo entre sus propios brazos.
    – Sólo si me prometes recoger todo esto cuando salgas.
    Polly se limitó a desaparecer en el cuarto de baño. Simon no podía apartar la vista de la puerta, sobre la que parecía que la imagen de ella parecía persistir. Se podía oír el ruido del agua corriendo y la voz de Polly canturreando. Simon se sorprendió al imaginársela, con toda claridad en la bañera, con el agua corriéndole por todo el cuerpo.
    De repente, Simon de puso de pie. Aquello era sólo culpa suya por haberle tomado el pelo en casa de los Sterne. Si no lo hubiera hecho, nunca se hubiera visto en aquella fiesta y nunca hubiera tenido que pretender que estaba prometido con ella. Hubiera podido cenar solo y pasar la noche con tranquilidad. En vez de eso, se sentía inquieto e irritado.
    Dando vueltas por la habitación, Simon apartó una de las bolsas de Polly de una patada. Sólo llevaba en aquella habitación unos pocos minutos y había transformado el elegante apartamento en una leonera. Aquel desorden le irritaba, lo mismo que el hecho de que no podía ignorar la vibrante presencia de ella en aquella habitación.
    – ¡Me podría acostumbrar fácilmente a este tipo de vida! -exclamó Polly, cuando salió unos minutos después del cuarto de baño-. ¡Mira, tenemos albornoces! -añadió, dándose una vuelta para que él pudiera admirar cómo le quedaba-. ¿No es maravilloso? También hay uno para ti. ¿Crees que nos los podemos quedar?
    – Lo dudo -replicó Simon, esperando que ella no notara la tensión que tenía en la voz.
    La visión de Polly envuelta en aquel albornoz, con el pelo húmedo cayéndole por los hombros, con los ojos alegres y la piel brillante le había pillado totalmente desprevenido. Además, bajo aquel esponjoso y suave albornoz, estaba, sin duda, desnuda.
    – Es una pena. ¿Te ocurre algo? -preguntó, notando la extraña expresión en los ojos de Simon.
    – Nada -respondió él, aclarándose la garganta.
    Cuando él salió del cuarto de baño, ella estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, vestida con una larga camiseta. Estaba secándose el pelo cabeza abajo y se lo cepillaba vigorosamente. Había hecho el esfuerzo de poner todas las bolsas en un montón, pero todavía parecía que un tornado acababa de pasar por aquella habitación.
    Mientras atravesaba la habitación, Simon la contempló, absorta mientras se cepillaba el pelo y se dio cuenta de que sólo era Polly. No había ninguna razón para sentir un nudo en la garganta por verla en albornoz.
    Había madurado un poco, pero seguía siendo la misma niña mimada y alocada que siempre había conocido. Si no hubiera estado cansado e irritado, nunca se habría dado cuenta de que la niña de largas piernas se había convertido en una mujer.
    Con un cepillado final, Polly levantó bruscamente la cabeza y miró a Simon con picardía.
    – Me estaba preguntando si debería llamar a mi madre -dijo ella-. ¡Estaría encantada de saber que estaba pasando la noche contigo!
    – Me parece que eso sería la última cosa que le gustaría oír -respondió él, aún más enfadado consigo mismo al ver que ella se lo estaba tomando todo a broma.
    – ¡Venga ya, Simon! Sabes que el sueño de su vida es que yo me case contigo y a tu madre le pasa lo mismo. Nunca han podido superar el hecho de que tú aceptaste mi proposición matrimonial cuando tenía cuatro años. Cuando están juntas, no dejan de pensar en eso de «no sería maravilloso si…», especialmente ahora que Emily se ha casado y Charlie está prometido.
    – Estoy seguro de que ya se han dado cuenta de que ese sueño no se va a hacer realidad -replicó Simon, tirando los pantalones encima de una silla-. Sólo tienen que recordar el desfile de novios que has tenido hasta ahora para ver el gusto que tienes, si se le puede llamar así. Todos han sido alegres, con físico de jugadores de rugby. Todo músculos y ni pizca de cerebro.
    – Tal vez mi gusto haya cambiado -dijo ella, algo distante, sin dejar de cepillarse el pelo-. Philippe no es así.
    – Tampoco es tu novio.
    – No, pero me puedo dar el gusto de soñar, ¿no? ¿Crees en el amor a primera vista?
    – No.
    – Creo que me enamoré de Philippe en el instante en que lo vi -confesó ella, con aire soñador-. Solía contar las horas cuando sabía que él iba a venir de visita. Nunca he conocido a nadie tan atractivo. Todos mis novios han sido unos niños, pero Philippe es un hombre de verdad. Y no es sólo guapo. Es muy culto y encantador. Todo lo que tiene que hacer para que te sientas como una reina es mirarte. Me pregunto si volveré a verlo…
    – A mí me parece que tienes otras cosas mucho más importantes que pensar que en Philippe Ladurie -le espetó Simon, algo molesto-. La última vez que lo vi estaba de lo más ocupado con una pelirroja espectacular.
    – Me acuerdo -admitió Polly con tristeza-. Estuvo detrás de él toda la fiesta.
    – Pues a juzgar por la actitud que tenía con él, estoy seguro de que le atrapó. Si yo fuera tú, no perdería más el tiempo pensando en Philippe Ladurie. No te conviene. Lo que tienes que hacer -le aconsejó él mientras abría su maleta-, es pensar en lo que vas a hacer mañana.
    – ¿Y no puedo pensarlo mañana? Ahora no puedo hacer nada y estoy segura de que se me ocurrirá algo.
    Simon gruñó, poco convencido del optimismo de ella, y se sacó la camisa por la cabeza, poniéndola encima de la tapa de la maleta. Polly no pudo evitar contemplar su espalda desnuda mientras estaba de pie allí, sólo vestido con un par de boxers azules claros. La mano que sujetaba el cepillo se le detuvo y fue bajando poco a poco.
    Nunca antes había sido tan consciente del cuerpo de Simon. Si alguien le hubiera pedido que lo describiera, ella probablemente hubiera dicho que era algo debilucho. Pero aquellos anchos hombros no tenían nada de debiluchos, al igual que el resto de su cuerpo.
    Tenía las piernas rectas y fuertes. Polly recordó cómo él la había levantado sin ninguna dificultad para meterla en el hotel y tuvo la urgente necesidad de ir a acariciarle la espalda y sentir la calidez de sus músculos bajo la piel.
    Sin darse cuenta de que ella lo estaba observando, Simon se dio la vuelta de repente. Algo azorada, Polly siguió cepillándose el pelo, inclinando la cabeza para ocultar el repentino rubor de las mejillas.
    – ¿Es que no has terminado de acicalarte todavía? -preguntó él, con una mirada irritada, mientras apartaba la colcha y se metía en la cama-. Nunca he conocido a nadie que pase tanto tiempo cepillándose el pelo.
    Polly pensó que Helena probablemente no lo necesitaba. Seguro que tenía el tipo de pelo que siempre estaba en su sitio, incluso durante la noche. Se aclaró la garganta, algo avergonzada de meterse en la cama con él.
    – Yo… tengo que ir al cuarto de baño -dijo ella, saliendo disparada.
    El compartir cama con Simon había parecido la solución ideal al principio, en el vestíbulo del hotel, pero en aquellos momentos, no le parecía tan buena idea. Si por lo menos no se hubiera dado cuenta del cuerpo que tenía él… Incluso le parecía que no estaba nada bien haberse fijado en algo así cuando se trataba de Simon.
    Al salir del cuarto de baño, Polly miró el sofá. Tal vez debería dormir allí. Pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión, sobre todo cuando se había mostrado tan relajada ante aquella idea.
    Polly intentó convencerse de que no estaba nerviosa. Aquella situación era ridícula. Todo lo que tenía qué hacer era compartir una cama enorme con alguien que conocía desde que era una niña. Y sólo era una noche. ¿Cuál era el problema?
    Al llegar a la cama y tras apagar todas las luces, menos la de la mesilla de noche, vio que Simon estaba tumbado sobre la espalda, con las manos detrás de la nuca. Él tenía un aspecto totalmente relajado, y, obviamente, no le preocupada en lo más mínimo compartir la cama con ella.
    A ella tampoco tendría que preocuparle. Polly apagó la luz y se metió en la cama, que era tan grande que no había peligro alguno de rozarlo siquiera. Sin embargo, no podía olvidar el hecho de que él estaba a su lado, vestido sólo con unos calzoncillos.
    – Cuando me desperté esta mañana, no me imagine que acabaría en un lugar como éste por la noche -dijo Polly.
    – Yo tampoco -confesó él, con un suspiro.
    – Espero que Helena no decida sorprenderte y se presente aquí a visitarte -continuó Polly, decidida a no mostrarse nerviosa-. ¡Si te encontrara en la cama conmigo, tendrías mucho que explicarle!
    – No creo que eso sea muy probable -dijo él.
    Casi teniendo que reprimir un temblor, Simon recordó la última escena con Helena. Ella había cometido el error de lanzarle un ultimátum y la furia que demostró cuando Simon le dijo que no cedía a los ultimátum le había tomado a él por sorpresa. Siempre había creído que Helena era una persona tranquila y controlada, pero no había habido nada de eso en la mujer que se dedicó a gritar y a tirar cosas por todas partes.
    – Pero, ¿y si lo hiciera? -insistió Polly-. ¿Qué le dirías?
    – Simplemente le explicaría lo que ha pasado y Helena lo entendería. Después de todo, ya te conoce.
    – ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó ella, incorporándose en la cama.
    – Helena vio cómo eras en la boda de Emily.
    – Yo sólo me lo estaba intentando pasar bien -respondió ella, poniéndose a la defensiva-. El problema de Helena es que no sabe cómo divertirse.
    – Claro que sabe. Sabe divertirse sin tener que ponerse hasta arriba de champán, hacer el ridículo en la pista de baile o causarle serios daños corporales a las invitadas en tu lucha por conseguir el ramo de flores.
    – Eso es sólo un día -dijo Polly, algo apenada, casi aliviada de sentir que Simon resultaba tan impertinente como siempre-. Yo no soy siempre así.
    – Tal vez no, pero no creo que Helena sintiera que tiene que tener celos de ti.
    – ¿Por qué no? No es del todo imposible que tú te pudieras sentir atraído por mí, ¿no te parece?
    – Eso no es de lo que estamos hablando -respondió él, después de una pequeña pausa-. Yo no estoy diciendo que no seas guapa, pero nunca he pensado en ti como otra cosa que no fuera como la hija de John y Frances. Y Helena lo sabe -concluyó, de un modo tan convincente que casi se convenció él mismo.
    – Supongo que a mí me pasa lo mismo -replicó ella, tumbándose de nuevo en la cama-. Nunca he pensado sobre ti de otro modo que no fuera como el hermano de Emily y de Charlie. Me pregunto si habría algo que nos hiciera cambiar de opinión -musitó.
    Simon no respondió. Lo único que esperaba era que ella se callara y se durmiera, pero Polly estaba bien despierta.
    – Probablemente tendríamos que besarnos o algo por el estilo -continuó ella-. Supongo que después de eso me sería difícil seguir pensando en ti como el Simon de siempre. ¿Qué te parece?
    – No tengo ni idea -dijo Simon, intentando parece aburrido-. ¿Por qué no pruebas y así lo descubrimos?
    Aquella pregunta pilló a Polly desprevenida. Ella no había estado pensando realmente en lo que estaba diciendo. Era como si hubiera estado hablando con ella misma, pero la sugerencia de Simon la devolvió de un golpe a la realidad.
    – Ahora ya no te parece tan buena idea, ¿verdad? -añadió Simon, volviéndose en la cama para mirarla, contento de poder entrever la expresión desconcertada en el rostro de ella. Sin embargo, se arrepintió enseguida de haber dicho aquellas palabras ya que sabía que Polly nunca había podido resistirse a un desafío.
    – Claro que lo es. Vamos a probar -respondió ella.
    – Prueba tú -dijo Simon, maldiciéndose por haber sido tan tonto-. Personalmente prefiero sentir teniendo la misma opinión sobre ti.
    – De acuerdo -replicó ella, desafiante.
    – ¿Y bien? -preguntó Simon, al ver que ella dudaba, mientras a modo de broma extendía los brazos.
    Polly se mordió los labios. Ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Torpemente, se inclinó sobre el colchón hasta estar prácticamente encima de él. Sentía el pecho de Simon subiendo y bajando tranquilamente, como si él quisiera enfatizar que la cercanía de ella no lo excitaba. De repente, Polly se sintió algo ridícula.
    – ¿Estás seguro de que no te importa?
    – Acabemos con esto, Polly -dijo Simon, ocultando su nerviosismo con un punto de irritación-. No sé tú, pero a mí me gustaría dormir algo esta noche.
    Hasta aquel momento, Polly había estado planeando un rápido beso para demostrar que no le tenía miedo, pero la ironía de Simon la encendió. Lentamente, bajó la cabeza, dejando que su melena rubia le cayera sobre los hombros y le acariciara a él en la cara. Entonces, ella le rozó los labios con los suyos y el mundo pareció detenerse.
    Polly también sintió aquella sensación y se quedó petrificada, mirando a Simon a los ojos. Una parte de ella le animaba a detenerse y dejar las cosas como estaban. Sin embargo, había algo más fuerte que la atraía hacia él. Sin ser consciente de ello, lo besó otra vez, aquella vez más apasionadamente, hasta que aquel beso pareció adquirir vida propia. Polly se olvidó de que aquel hombre era Simon. Sólo sabía que aquella boca era sugerente y sensual y que no había mejor lugar para sus propios labios que estar contra los de él. Aquello era maravilloso, tan maravilloso que daba miedo.
    Incapaz de resistirse a la oleada de placer que la envolvía, ella se dejó caer encima de él. Las manos de Simon, como si tuvieran vida propia, se enredaron entre los mechones dorados y le sujetaron la cabeza para poder besarla mejor. El beso se prolongó, haciéndose más profundo y más apasionado. Simon se incorporó, colocándola debajo de él, mientras sus dedos, posesivamente, se escurrían por debajo de la larga camiseta de ella, subiéndole por los muslos. De repente, él se dio cuenta de que si iba más allá, no podría parar. Aquel pensamiento le devolvió a la realidad, haciéndole retirar la mano y levantar la cabeza.
    Durante un largo instante, los dos se miraron en silencio, en la penumbra de la habitación, mientras luchaban por recuperar el aliento.
    – ¿Y bien? -dijo Simon por fin-. ¿Qué te parece?
    – ¿Que qué me parece? -repitió Polly, humedeciéndose los labios para intentar volver a la realidad, lo que estaba siendo una tarea más que difícil-. ¿Que qué me parece qué?
    – Ahora que me has besado, ¿me ves de modo diferente?
    Los recuerdos golpearon a Polly de golpe. ¿Qué había hecho? Se suponía que aquello iba a ser un beso breve para demostrarle a Simon que… y en vez de eso… Polly tragó saliva. ¿Quién habría pensado que Simon iba a besarla de aquella manera?
    Parecía imposible pensar que aquellas sensaciones las había obtenido por besar a Simon, pero la ironía de la pregunta era demasiado familiar como para hacerle dudar. Evidentemente, la opinión de él sobre ella no había cambiado, a él no le había afectado, por lo que ella no estaba dispuesta a admitir lo que ella había experimentado.
    – En realidad, no -mintió Polly.
    – Bien -respondió él fríamente-. Ahora que ya está todo aclarado, tal vez podamos dormir.
    Dichas aquellas palabras, se dio la vuelta de espaldas a ella, se acomodó y, para mayor enfado de Polly, se quedó dormido enseguida.

Capítulo 4

    A LA MAÑANA siguiente, cuando Polly se despertó, la cama estaba vacía. Durante un momento, mientras parpadeaba, se preguntó dónde estaba. Siempre le llevaba un tiempo situarse por las mañanas. Poco a poco, las imágenes del día anterior le fueron volviendo. Vio a Philippe, sonriéndola y diciéndole que era bonita, a Martine, con aspecto algo enojado, y por último a Simon…
    En aquel momento, Polly abrió los ojos, mientras la memoria parecía regresarle por completo. Lo estaba recordando todo. El enfrentamiento con Martine, el momento en el que Simon la metió en brazos en el hotel, cuando besó a Simon…
    Polly se sentó en la cama de un salto, deseando que aquel último recuerdo hubiera sido un sueño, pero sabía que no era así. Recordaba el roce de sus labios y de su fuerte cuerpo, los dedos moviéndose por debajo de la camiseta y subiéndole por los muslos con demasiada claridad.
    Cuando Simon se volvió para dormir, ella permaneció despierta durante lo que le pareció una eternidad, ardiendo de deseo y maldiciéndose por haber sido tan estúpida y haberlo besado de aquella manera. En su momento, aquella opción había parecido bastante interesante, pero el problema principal era que ella le había mentido.
    Efectivamente, su opinión sobre Simon había cambiado. Polly se había vuelto en la cama, mirando cómo el pelo se le difuminaba en la oscuridad de la habitación, junto con la línea de los hombros y la suavidad de la piel. Había probado aquella piel y sentía una irrefrenable necesidad de tocar aquel hombro con la boca, de abrazarlo y estrechar contra ella aquel cuerpo tan fuerte…
    El sonido de la puerta del cuarto de baño devolvió a Polly al presente. El corazón le empezó a latir a toda velocidad al ver que Simon salía secándose la cara con una toalla.
    – Ya iba siendo hora -le dijo con una mirada indiferente-. Pensé que nunca ibas a despertarte.
    – ¿Qué hora es? -preguntó, horrorizada al comprobar que su voz era un gritito patético.
    – Las ocho y media -respondió él, recogiendo el reloj de la mesilla de noche.
    Parte de Polly seguía insistiendo en que Simon seguía siendo el mismo. Verdaderamente, parecía el mismo. Como estaba de vacaciones, había hecho la gran concesión de quitarse la corbata y se había puesto una camisa verde de manga corta y unos chinos de color claro. Tenía el pelo húmedo de la ducha, pero sus rasgos seguían siendo los mismos.
    Polly hubiera podido convencerse de que nada había cambiado hasta que cometió el error de mirarle la boca. El recuerdo del beso que habían compartido la invadió de nuevo, haciéndose casi insoportable.
    Simon parecía el mismo, pero las cosas ya no eran igual. Todo había cambiado.
    – Voy abajo a desayunar -le dijo Simon, impasible-. ¿Vienes?
    – Me daré una ducha rápida -respondió Polly, aliviada de que su voz volviera a sonar normal-. Me encontraré contigo abajo.
    Bajo el chorro de la ducha, Polly se esforzó por convencerse de que lo que había pasado entre ellos la noche anterior no había significado nada para Simon, así que no había que exagerar la situación. Seguramente, estaba cansada, y en la oscuridad todo parecía distinto a lo que era en realidad. Aquel abrazo apasionado sólo existía en su imaginación. En realidad, había sido sólo un beso sin importancia. Sí a Simon ni le había inmutado, a ella tampoco.
    Para cuando se puso los vaqueros blancos y una camiseta cortada ya se había convencido de que no había motivo alguno para sentirse incómoda. Además, aquel día se separarían.
    Sin embargo, aquella confianza le falló, aunque sólo fue por un momento, al salir a la terraza donde estaban puestas las mesas para el desayuno. Simon estaba sentado en una mesa, leyendo un periódico francés. Todo en él parecía muy definido. Cuando él levantó la vista para mirarla, el corazón de Polly le dio un vuelco, pero se recuperó enseguida. Tenía que recordar que era sólo Simon.
    – Te he pedido café y bollos -le dijo, en un tono de voz como el de siempre.
    – Maravilloso -replicó ella-. ¡Estoy muerta de hambre!
    Desde la comida del día de antes, no había comido nada, así que cuando llegaron los croissants le parecieron lo mejor que había probado en mucho tiempo. Con una taza entre las manos, miró el azul cielo mediterráneo. Podía relajarse, ya que las cosas entre ella y Simon no habían cambiado.
    Simon la contemplaba, algo irritado. Era típico de Polly empujar a todo el mundo a hacer lo que ella quería y luego actuar como si no hubiera ocurrido nada. No podía sacarse de la cabeza lo cálida, dulce y apasionada que había estado la noche anterior. El darse la vuelta en la cama había sido una de las cosas que más le había costado hacer en la vida.
    Había intentado olvidarse de aquel beso y lo había prácticamente conseguido hasta que, al salir del baño, vio a Polly encima de la cama. Había salido de la habitación tan pronto como había podido, pero parecía que ella no estaba dispuesta a hacerle fácil aquella situación. Verla en aquellos momentos, sonriendo, y chupándose los dedos estaba haciendo trizas su autocontrol. Evidentemente, para ella, aquel beso no había significado nada.
    – He preguntado en recepción por los vuelos a casa -dijo él abruptamente-. Podría llevarte al aeropuerto a tiempo para el vuelo de las once y media.
    – ¿Al aeropuerto?
    – Creo que lo más sensato es que vuelvas a casa.
    – ¡No puedo hacer eso!
    – Yo te pagaré el billete, por supuesto.
    – No es eso. Dije que iba a pasar el verano en Francia y eso es lo que voy a hacer -respondió ella, sin saber si enojarse por el deseo de Simon de devolverla a Inglaterra-. No voy a volver a casa con el rabo entre las piernas al primer contratiempo. Casi no puedo hilar juntas dos palabras en francés y le dije a mi padre que cuando volviera, lo hablaría perfectamente. No puedo volver todavía, Simon.
    – ¿Tienes tu monedero contigo? -preguntó él, señalando con la cabeza al bolso que ella había colgado en la silla.
    – Sí.
    – Sácalo y enséñame cuánto dinero tienes.
    Mordiéndose los labios, Polly hizo lo que él le pedía y vació los contenidos del monedero encima de la mesa y los contó lentamente.
    – Cuarenta y ocho francos -admitió ella, de mala gana.
    – ¿Cuánto tiempo te crees que te va a durar eso?
    – Conseguiré un trabajo -replicó ella desafiante, mientras guardaba el dinero.
    – ¿Haciendo qué?
    – ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? -exclamó ella, algo enojada-. Debe de haber cientos de cosas que yo pueda hacer. Lavar los platos, trabajar de camarera…, toda clase de cosas.
    – Estoy seguro de que las posibilidades son infinitas -dijo Simon, sin intentar ocultar la ironía-, pero, mientras tanto, tienes que tener algo con lo que vivir mientras encuentras alguien que esté dispuesto a contratarte. Incluso en el caso de que encuentres trabajo, no te pagarán enseguida. ¿Cómo vas a pagar el alquiler? ¿Qué vas a comer?
    – No estoy del todo sola en Francia, ¿sabes? -le espetó Polly, que, cuanta más oposición encontraba en Simon, más decidida estaba a quedarse-. Tengo contactos.
    – ¿Cómo quién?
    – Bueno… como Philippe Ladurie, por ejemplo. Él me dijo que podía ir a verlo cuando quisiera.
    – ¿Fue esto antes o después de que su hermana te despidiera por contarle una sarta de mentiras?
    – Mira -replicó Polly, ignorando aquella pregunta, mientras rebuscaba en el bolso para encontrar la preciada tarjeta-… incluso me dio su tarjeta.
    – Marsillac… -leyó él, algo más interesado.
    – No está lejos de aquí, ¿verdad?
    – Está a un par de horas en coche -respondió Simon, algo preocupado-. ¿Es que no te das cuenta de que la gente reparte tarjetas a todas horas sin que signifique nada?
    – Lo sé, pero, sin embargo, estoy segura de que a Philippe no le importaría si yo le pidiera que me recomendara para un trabajo. Cuando hablé con él anoche fue de lo más agradable.
    – Entonces -preguntó Simon, suspirando al oír el tono de voz con el que ella hablaba de Philippe-, ¿qué planes tienes?
    – Todo lo que tengo que hacer es llegar a Marsillac y ponerme en contacto con Philippe. ¿Qué mejor plan puedo tener?
    – ¿Y si él no está aquí? Puede que todavía esté ocupado con la pelirroja.
    – Entonces, tendré que buscar un trabajo yo sola -dijo ella-. Marsillac no suena como un lugar muy grande.
    Cuanto más pensaba en aquella idea, más le gustaba. Con toda seguridad acabaría encontrándose con Philippe tarde o temprano. Incluso el verlo a distancia de vez en cuando era mejor que nada.
    – Pero te costará más de cuarenta y ocho francos llegar a Marsillac desde aquí.
    – Puedo hacer autostop -replicó ella.
    No le agradaba aquella idea, pero haría todo lo posible para salirse con la suya y no dejar que Simon le impidiera seguir en Francia, con o sin dinero. Sin embargo, le sorprendió el hecho de que Simon no reaccionara ante aquella sugerencia. Se estaba frotando la barbilla, muy pensativamente, mientras consideraba la idea que se le había ocurrido cuando Polly le enseñó la tarjeta de Philippe. A pesar de las desventajas, aquella idea podría funcionar…
    – Yo voy a Marsillac -dijo él, por fin.
    – ¿De verdad? -preguntó Polly, poniendo la taza encima de la mesa.
    – Es el pueblo cerca de mi casa. La Treille sólo está a ocho kilómetros de allí.
    – ¿Estarías dispuesto a llevarme? -preguntó Polly con cautela, algo asombrada por el cambio de actitud en Simon.
    – Puede que lo hiciera. Pero con una condición.
    – ¿Cuál?
    – Que seas mi prometida durante las dos próximas semanas.
    – ¡Venga ya! Ahora en serio, ¿qué quieres?
    – Es exactamente eso. Te llevaré a Marsillac si prometes actuar como mi prometida durante quince días.
    – No hablarás en serio, ¿verdad?
    – ¿Es que no te lo parece?
    – Pero… ¿por qué?
    – Te lo explicaré -dijo Simon, mientras hacía una seña al camarero para que trajera más café-. Te dije que estaba aquí de vacaciones, pero es algo más que eso. Estoy intentando conseguir un contrato crucial para el futuro de mi empresa. Nos va muy bien en América y en el Pacífico, pero tenemos que establecernos en Europa. Ahora hemos encontrado una compañía que complementa nuestros intereses perfectamente. Todo lo que tenemos que hacer es convencer al director general que esta fusión les beneficiaría también a ellos.
    – ¡Espera un momento! Lo que quiero saber es por qué necesitas una prometida, no que me des una conferencia sobre teoría económica.
    – Si me escuchas, te lo diré -replicó Simon, irritado por aquella interrupción-. El director general de la otra compañía se llama Julien Preucel y está casado con Chantal, que fue una antigua novia mía. Fue Chantal la que sugirió que mi empresa y la de Julien tienen mucho en común cuando se enteró de que yo estaba investigando la posibilidad de una fusión con otra empresa europea. Mis empleados han hecho los estudios pertinentes, pero a mí se me ocurrió que sería una buena idea tener una reunión informal con Julien para ver si podríamos pactar un trato a nivel personal, por lo que les invité a él y a Chantal a pasar dos semanas en La Treille.
    – ¿Y estos son los amigos con los que te vas a reunir? -preguntó ella. Simon asintió, mientras el camarero llegaba con más café. Polly volvió a llenar las dos tazas-. Todavía no entiendo en dónde encajo yo en todo esto.
    – Enseguida te lo explico. Cuando hablé con ella con teléfono, Chantal me avisó que Julien parece tener celos de nuestra relación. Ella y yo seguimos siendo muy buenos amigos cuando Chantal decidió volver a Francia. Es maravillosa -explicó, con la voz llena de afecto-. Hermosa, amable, inteligente… Chantal es una de las mejores personas que conozco.
    Polly intentó imaginarse a Simon describiéndola a ella así y fue consciente de que estaba algo celosa. Nunca antes le había oído hablar de nadie con tanto afecto. Chantal tenía que ser una mujer muy especial.
    – Si es tan maravillosa, ¿por qué no te casaste con ella?
    – Eso no es asunto tuyo -respondió fríamente-. Lo que importa es que Julien se siente molesto por el hecho de que Chantal y yo sigamos siendo buenos amigos. Una de las razones principales por la que les invité era para demostrar a Julien que no tiene ningún motivo para tener celos de mí. En aquellos momentos, por supuesto, Helena iba a venir también. Pensé que si él veía que yo tenía una relación estable con otra mujer, dejaría de preguntarse si yo seguía interesado en Chantal y nos podríamos dedicar a los negocios. Pero tal y como están las cosas…
    – Helena está en Londres y él se va a pensar que tú y Chantal lo habéis preparado todo para poder estar juntos, ¿no es eso?
    – Sí. Helena iba a venir al principio -explicó él, sin confesarle la verdadera razón por la que Helena no estaba allí. No estaba dispuesto a hacerlo al oír cómo ella había hablado de Philippe-, pero le surgió un trabajo muy importante en el último momento y, antes de cancelarlo todo, pensé que era mejor que viniera yo y viera qué tal iban las cosas.
    Polly tomó un sorbo de café, preguntándose si lo de Helena sería sólo una excusa. Incluso una súper mujer como ella se sentiría celosa al oír cómo hablaba Simon de Chantal. Vagamente, Polly recordó que su madre había estado muy deprimida porque Simon tenía una fantástica novia francesa y había rumores sobre un posible compromiso, que nunca fructificaron.
    ¿Habría roto Chantal el corazón de Simon? Era difícil imaginárselo tan romántico, pero ciertamente parecía otra persona cuando hablaba de ella. ¿Sentiría todavía una pasión secreta por ella? Si era así, Polly no podía culpar a Helena por no haberse querido ver envuelta en aquel asunto.
    – Tú me diste la idea -dijo Simon, interrumpiéndole sus pensamientos.
    – ¿Cómo? ¿Qué idea?
    – Con esa ridícula historia que inventaste para Martine Sterne. Recuerda que le dijiste que yo me recorrí toda Francia hasta que te encontré y que te llevé a la piscina y te pedí que te casaras conmigo.
    – Sí, ya me acuerdo -admitió Polly, algo avergonzada.
    – Ni Chantal ni Julien conocen a Helena. Todo lo que saben es que estaré allí con mi novia. No hay razón alguna para que tú no puedas ser Helena. Y, dado que todo es una farsa, les podríamos decir que estamos prometidos. Estoy seguro de que eso conseguiría que Julien se relajara por completo. ¿Qué te parece?
    – ¡Me parece una locura! Nadie se va a creer que estamos prometidos.
    – ¿Por qué no? Martine Sterne se lo creyó.
    – No lo creo y, además, Chantal te conoce mucho mejor que la señora Steme. Estoy segura de que ella se dará cuenta de que yo no soy tu tipo.
    – Si yo digo que estoy enamorado de ti, no veo por qué ella no me va a creer. Todo lo que tú necesitas hacer es ponerte un anillo y comportarte de manera cariñosa. ¿Qué podría ser más fácil?
    – Muchas cosas -replicó ella-. ¡Estar contigo no me hace sentir especialmente cariñosa!
    – Sabrás disimular, ¿verdad?
    – ¡No tan bien!
    – Pues anoche disimulaste muy bien -le espetó él con frialdad-. Lo mismo que esta mañana, a no ser que de verdad te hayas olvidado de aquel beso.
    – Oh, eso… -contestó ella, quien, a pesar de querer parecer relajada, no pudo evitar sonrojarse. El recuerdo de aquel beso planeaba entre ellos con demasiada viveza como para ser ignorado.
    – Sí, eso -replicó Simon con ironía-. Si me besas de esa manera de vez en cuando delante de Julien, se dará cuenta muy pronto de que no tiene necesidad de ponerse celoso y se relajará.
    – ¿Qué es lo que quieres exactamente?
    – Te ofrezco un trato. Si accedes, te llevaré a Marsillac y pasarás dos semanas convenciendo a Julien de que estás comprometida conmigo. Al final de esas dos semanas, te pagaré lo suficiente como para que puedas pasar el resto del verano en Francia, haciendo lo que más te apetezca. Si quieres quedarte en Marsillac persiguiendo a Philippe Ladurie, es asunto tuyo, pero podrás viajar lo que quieras y ahorrar un poco de dinero para que vuelvas a casa cuando quieras.
    – ¿Y si no accedo?
    – Entonces, nos decimos adiós sin ningún resentimiento. Yo recibiré a Julien y a Chantal solo y tú podrás comprobar por ti misma a dónde llegas con cuarenta y ocho francos.
    – No me queda mucha elección, ¿verdad?
    – Es mejor que irte a casa o tener que ponerte a lavar los platos para ganarte la vida.
    – ¿Qué más tendría que hacer a parte de pretender que te adoro?
    – Ser la anfitriona perfecta. Yo no tengo empleados en la casa, así que tendrás que ir a la compra y cocinar, pero yo te ayudaré y estoy seguro de que Chantal también lo hará. Además, estaremos de vacaciones, así que podrás hacer lo que quieras mientras no le des motivos a Julien para que sospeche que no estamos locamente enamorados el uno del otro.
    – ¿Y cómo se hace eso?
    – No se me hubiera pasado por la cabeza que fuera tan difícil. Todo lo que tienes que hacer es no discutir conmigo y besarme de vez en cuando.
    – ¿Tendremos… tendremos que compartir habitación? -preguntó ella, sonrojándose.
    – Julien podría pensar que nuestra relación es algo extraña si no fuera así -respondió él fríamente-. Anoche compartimos la cama, y entonces no te pareció un problema -añadió. Sin embargo, Polly sabía que no podía negarse porque si no, tendría que admitir que aquel beso le había afectado más de lo que quería admitir-. No me aprovecharé de ti, si es eso lo que te preocupa.
    – No me preocupaba eso… ¡aunque sí lo haría si yo fuera Helena! ¿No le importará a ella cuando se entere de que…?
    – ¿Nos hemos estado acostando juntos?
    – Es sólo una manera de hablar -puntualizó ella.
    Simon miró a través de la terraza. Probablemente podría contarle a Polly la verdad sobre Helena, pero tal vez no le vendría mal que ella siguiera pensando que estaban juntos. Meterse con Polly en la cama durante las próximas dos semanas iba a ser el principal inconveniente de un plan que le reportaría muchos beneficios. Era mucho mejor que Polly siguiera pensando que sólo era una sustituta para Helena. Ella estaba obsesionada con Laurie, así que si seguía creyendo que él estaba con Helena, no habría posibilidad de tener malentendidos.
    – A Helena no le importará -dijo él por fin-. Sabe lo importante que esta fusión es para mí y que estoy listo para hacer lo que sea con tal que salga adelante.
    – ¿Aunque tengas que compartir cama conmigo?
    – Aunque tenga que compartir cama contigo. Helena y yo tenemos una relación muy especial. Nos entendemos perfectamente -añadió sin dejar de mirar a Polly a los ojos.
    Al menos, así lo había creído él hasta que Helena dejó de ser una abogada muy cotizada y se convirtió en una mujer que quería casarse y tener hijos. Sorprendido, Simon le había sugerido que pospusieran todo durante un tiempo, pero cuando Helena empezó con sus amenazas, todo se acabó. Ella le había dicho que era en aquel momento o nunca, y él había escogido nunca.
    – Tenemos una relación ideal -continuó, sintiendo que Polly no estaba del todo convencida-. Vivimos el mismo tipo de vida, queremos las mismas cosas… Helena es inteligente, divertida y muy práctica. Ella sería la primera persona en ver lo conveniente que resultaría que tú la sustituyas durante un tiempo.
    Polly lo miró con algo de amargura. Chantal era hermosa y amable. Helena era inteligente, divertida y práctica. Ella era sólo «conveniente».
    – ¿Y bien? -insistió él-. ¿Estás dispuesta a hacerlo?
    Polly se puso a remover el café. No quería admitir que aquella propuesta le había sorprendido mucho, sobre todo porque no le parecía propia de Simon. Si no hubiera sido por el beso de la noche anterior, no lo hubiera dudado. Sin embargo, tras lo que había pasado, aquella idea le parecía llena de peligros.
    Por otro lado, no le quedaba elección. Necesitaba dinero y podría considerar aquella oferta como cualquier otro trabajo. Era algo extraño, pero era mejor que fregar platos.
    – De acuerdo, lo haré. Pero me gustaría poner un par de condiciones.
    – ¿Cuáles?
    – Número uno: no les dirás a mis padres nada de esto. Sé que ellos piensan que soy un poco alocada, pero no es así y para mí es muy importante demostrarles que soy capaz de hacer lo que vine a hacer aquí. Si se enteran de que me despidieron, pensarán que no me las puedo arreglar yo sola y que tú sólo me estás ofreciendo este trabajo por pena.
    – No tengo ninguna intención de contárselo a tus padres ni a nadie más, especialmente a Emily. Ella nunca nos dejaría olvidar que hemos pasado dos semanas juntos en mi casa.
    – ¡No! ¡No podemos decírselo a Emily! -afirmó ella, horrorizada, pensando en todas las preguntas que le haría y que ella no podría evitar decirle la verdad a su mejor amiga.
    – ¿Cuál es la segunda condición?
    – No simularé que soy Helena. Nunca sería capaz de convencer a nadie que soy una abogada de altos vuelos ni creo que me gustara. Si Chantal sabe que estás con Helena, tendrás que decirle que te has enamorado de mí. Ése es tu desafío. ¿Qué tal actor eres tú?
    Como respuesta, Simon se inclinó sobre la mesa y le tomó una mano. Tras darle la vuelta, depositó un beso en la palma de la mano.
    – ¿Te he dicho alguna vez lo hermosa que creo que eres, Polly? -le dijo él, mirándola tiernamente a los ojos.
    Polly se sonrojó e intentó apartar la mano, pero él se la sujetó con más fuerza. Aquel contacto hacía que ella sintiera toda la calidez de la fuerza de Simon. Además, le estaba costando mucho respirar. Lo único que quería hacer era echarse a reír y apartar la mirada, pero le resultaba imposible hacerlo. Nunca antes había notado lo espesas que eran sus pestañas y el contraste que hacían, siendo tan oscuras, con el acerado brillo de sus ojos grises.
    – Creo que actúo bastante bien -añadió él, sin soltarle la mano-. ¿Y tú?
    Las palabras flotaron en el aire como un desafío. Polly tragó saliva. Simon no se estaba tomando aquello en serio y ella debía convencerlo de que ella actuaba de la misma manera. Si se echaba atrás, él sabría que ella le había mentido. Era mucho mejor que él siguiera creyendo que ella no se tomaba en serio aquel asunto.
    Polly miró la boca de Simon, recordando lo que había sentido al besarlo la noche anterior y, de repente, todo resultó fácil. Como si fuera lo más natural del mundo, se inclinó sobre la mesa y lo besó en la comisura de los labios antes hacerlo sobre éstos. Simon se inclinó también y, de algún modo, aquel beso casual creó una serie de sensaciones tan dulces que Polly se sintió a punto de perder el control y tuvo que apartarse.
    Muy aturdida, se sentó de nuevo y miró a Simon. La expresión del rostro de él era inmutable. Polly esperaba que la suya fuera idéntica.
    – Es sólo una farsa -concluyó ella, sorprendida de lo firme que sonaba su voz-. Creo que lo haré bien.

Capítulo 5

    ES ÉSTA? -preguntó Polly, mirando a través de la ventanilla del coche para contemplar la vieja granja escondida entre árboles y olivos centenarios.
    – ¿No te gusta? -preguntó él, sorprendido por el tono de su voz.
    – Es muy bonita -respondió Polly, contemplando las macetas de geranios, las rojas tejas y las contraventanas-. Es que no es lo que me había imaginado, eso es todo.
    – ¿Cómo pensaste que sería?
    – No estoy segura. Se supone que las casas reflejan la personalidad de sus dueños -explicó ella, saliendo del coche. El olor a jazmín y a mimosas lo impregnaba todo-. Siempre me había imaginado una casa muy funcional. Ya sabes, con líneas puras y pocas cosas.
    – Y así espero que siga -dijo Simon, metiendo la llave en la cerradura-. No quiero que empieces a poner cosas por todas partes. No me gustaría pasarme estas dos semanas apartando bolsas de plástico.
    Al entrar en la casa, Polly vio que el salón era cálido y acogedor, con gruesas paredes de piedra y losetas del mismo material en el suelo.
    Se habían pasado toda la mañana hablando de todo, desde la música al chocolate y desde la política hasta las verdaderas razones por las que se extinguieron los dinosaurios. Durante aquella conversación, Polly se había sentido como si estuviera con el Simon de siempre y ambos parecían haberse olvidado de la incómoda situación que se había producido tras el beso.
    Sin embargo, Simon no parecía incómodo en absoluto. Desde que había conseguido lo que quería, se había comportado de la manera más práctica. Había ordenado que ella volviera a la habitación a recoger sus cosas, había pagado la cuenta, y la había metido en el coche, tirando sin ninguna ceremonia sus bolsas de plástico en la parte de atrás.
    Simon nunca hubiera tratado a Chantal o a Helena de aquella manera. Simon las habría mimado, abierto la puerta y se habría asegurado de que estaban cómodas. ¡No les hubiera dicho a ninguna de las dos que se metieran en el coche y se callaran!
    – ¿Qué te parece? -preguntó Simon, mostrándole el espacioso salón, decorado con la elegante simplicidad que Polly sólo había visto en las revistas de decoración. Todo estaba perfectamente en su sitio y cada uno de los muebles había sido elegido cuidadosamente.
    – Prefiero algo que demuestre que la gente vive en la casa -respondió Polly-. No me imagino al alguien sentado en el sofá comiendo helado y viendo la televisión, por ejemplo.
    – Eso es porque se supone que en este lugar se tienen conversaciones inteligentes -dijo Simon, algo herido porque a ella no le hubiera impresionado.
    – Para hablar no se tiene por qué estar incómodo -replicó Polly, sentándose en uno de los enormes sofás color crema y recogiendo las piernas bajo su cuerpo-. ¿Dónde os relajáis Helena y tú? -añadió, estirándose voluptuosamente.
    – Tenemos que hacer cosas mejores que eso -replicó él, bajándole los pies del sofá y colocando uno de los cojines que ella había movido.
    – ¿El qué? ¿Aseguraros de que los cojines no se descolocan?
    – A Helena y a mí nos gusta estar en la compañía del otro relajadamente. Ninguno de los dos podría vivir en el desorden que parece ser tu hábitat natural.
    – Sé que no soy la persona más ordenada del mundo, pero prefiero vivir con un poco de desorden que pasarme la vida sintiéndome nervioso por saber si puedo poner los pies en el sofá. ¿Qué hay aquí fuera? -preguntó ella, dirigiéndose a unas puertas de cristal.
    – La terraza -dijo Simon, abriendo las puertas para que ella pudiera salir a la sombra de una parra.
    Al contrario que el salón, decorado con sobria elegancia, aquella terraza rebosaba color y estaba llena de flores, que caían descuidadamente sobre el suelo.
    – ¡Dios mío! -se burló ella-. Creo que vas a tener que hablar en serio con el jardinero, Simon. Ha sido algo descuidado mientras tú no has estado aquí. ¡Mira estas flores! ¿No crees que es mejor que pongamos todas las macetas en línea recta y que las podemos para que estén todas igualitas?
    – Muy graciosa.
    Con una sonrisa en los labios, Polly se dirigió a la escalera que bajaba al jardín, rodeado de olivos de ramas retorcidas y hojas plateadas. Había jazmines en las paredes y el olor persistente de la mimosa llenaba el aire. Polly miró el sol y suspiró de felicidad.
    – ¡Esto sí que me gusta! -exclamó ella.
    Simon la contemplaba desde la terraza. ¿Cómo se le podría haber olvidado lo insoportable que era Polly? Él tenía la desagradable sensación de que no iba a ser una buena idea hacerla pasar por Helena. Si se sentía así en la primera mañana con Polly, ¿qué pasaría al cabo de las dos semanas?
    Ella había arrancado un tallo de lavanda y aspiraba el aroma con fruición. Justo cuando Simon estaba hartándose más cada segundo, ella lo miró, con el rostro iluminado por una sonrisa.
    – Es preciosa -dijo ella, con los hombros bañados por el sol.
    – Ven a ver la parte de arriba -respondió él secamente.
    Desde el descansillo de la escalera, se abrían las puertas a una serie de dormitorios y cuartos de baño, todos decorados con el mismo estilo que las habitaciones de abajo.
    – Y ésta es mi habitación -dijo Simon, abriendo la última puerta-. O tal vez, debería decir nuestra habitación.
    Era una habitación preciosa, decorada con materiales naturales y colores neutros, bañada por el sol. En el centro había una enorme cama de hierro forjado.
    Era la cama de Simon. También era la cama que él había compartido con Helena, la cama donde habían hecho el amor. ¿Habría él besado a Helena de la manera en la que la había besado a ella? Polly sintió que se le hacía un nudo en el estómago y apartó la mirada, deseando no haber pensado en aquel estúpido beso. En lo que tenía que pensar era que, aquella noche, tendría que compartir aquella cama con Simon.
    Sin embargo, no había motivo para preocuparse. Simon le había dejado muy claro que no tenía intención de repetir el experimento. Se había pasado todo el día hablando maravillas de Chantal y Helena, dejándole muy claro que ambas eran completamente diferentes de ella.
    Simon no la encontraba en absoluto atractiva, lo que era una bendición. Se apresuró a decirse que ella tampoco le encontraba atractivo, por lo menos, no muy atractivo.
    Mirándolo de reojo, comprobó que, efectivamente, no era nada atractivo, sobre todo si se le comparaba con un hombre como Philippe, pero, sin embargo, había que admitir que tenía algo.
    A primer vista, su rostro pasaba totalmente desapercibido, pero si se le volvía a mirar, se veía que su mandíbula era muy poderosa y la boca algo severa. Aquello le daba un aire de fuerza contenida que podía resultar de lo más atractivo, lo que no era el caso de Polly.
    Sin embargo, ella hubiera deseado no averiguar lo fuerte que era su cuerpo o lo sugerentes que podrían llegar a ser sus labios o lo cerca que iba a estar de él cuando se metiera en la cama aquella noche.
    Intentando apartar sus pensamientos de la noche, se dirigió a la ventana y abrió las contraventanas para admirar el paisaje.
    – ¡Qué vista tan maravillosa! -exclamó ella, contemplando las filas de olivos entremezclados con los suaves colores de la lavanda.
    – Hay otra habitación si prefieres dormir sola hasta que vengan Chantal y Julien.
    – No creo que merezca la pena sólo por dos noches -replicó ella, que no quería demostrar que estaba nerviosa-. Como tú has dicho, anoche no fue un problema dormir juntos, así que es mejor que sigamos como estamos.
    – Espero que no estés planeando comportarte como lo hiciste anoche -afirmó Simon, que se sentía algo inquieto por la presencia de Polly en su habitación. Esperaba que al verla allí, recordaría lo poco que ella tenía que ver con su vida. Sin embargo, parecía encajar más allí que Helena-. ¿O acaso tengo que acostumbrarme a que me beses todas las noches?
    – Claro que no -replicó Polly, sonrojándose-. No creo que ninguno de nosotros quiera repetir esa experiencia.
    – ¿De verdad?
    – ¿No estarás intentando decirme que te gustó? -preguntó ella, sin saber si estaba bromeando o no. Su rostro permanecía inescrutable.
    – ¿Acaso a ti no?
    – No estuvo mal -respondió ella, que no estaba dispuesta a admitir que le había gustado-. Pero no fue más que un beso. Tú sigues siendo el mismo Simon de siempre para mí -añadió, esperando resultar convincente-, y yo no soy diferente de la Polly que tú siempre has conocido.
    – No lo sé. No reconocí nada de la Polly de siempre en la mujer que me besó anoche.
    – Ni yo tampoco. ¡Recuerda que tú también me besaste!
    – Es cierto, pero sólo porque tú lo estabas haciendo de una manera tan entusiasta que me pareció una grosería no corresponder.
    – Bueno, pues no te preocupes. ¡No te volveré a hacer pasar por ese mal trago!
    – Pues me temo que vas a tener que hacerlo -afirmó Simon con voz fría-. Nos tendremos que besar de vez en cuando para convencer a Julien y a Chantal de que estamos muy enamorados.
    – Pues hasta ahora no te has esforzado mucho -le espetó Polly, recordando la manera en la que la había metido en el coche-. Es mejor que practiques un poco antes de que ellos lleguen.
    – ¿Acaso crees que necesito mejorar? -preguntó Simon, a quien aquellas palabras habían sonado como un desafío, mientras se dirigía a la ventana y tomaba a Polly por la cintura.
    – ¿Qué estás haciendo? -protestó ella, poniéndole las manos en el pecho para que no se acercara.,
    – Practicando -replicó él, mirándola con frialdad-. Tú me has dicho que lo necesitaba.
    – No me refería a… -empezó ella, haciéndosele un nudo en la garganta cuando él le tomó la cara entre las manos.
    – ¿No te referías a qué? -preguntó Simon dulcemente, sin apartarle los ojos de la boca.
    – A que… -insistió ella, deteniéndose al sentir que él le acariciaba la mandíbula, sin saber que aquel gesto le hacían temblar como una niña.
    El corazón estaba a punto de estallarle contra el pecho y la voz se le ahogó en la garganta, por lo que lo único que pudo hacer fue mirarlo, sin poder hacer nada más.
    – ¿No te referías a esto? -sugirió él, inclinando la cabeza sobre la suya.
    Después, a Polly se le ocurrieron todas las cosas que podría haber hecho. Podría haber dado un paso atrás, haberle empujado, haber hecho una broma de todo aquello, pero no pudo hacer nada. En vez de eso, cerró los ojos y separó los labios con un pequeño suspiro, como si llevara esperando aquel beso desde que él había aparecido en el umbral de los Sterne.
    Los dedos de Simon se le enredaron en el pelo, sujetándole la cabeza firmemente mientras la besaba. Los labios eran suaves, pero a la vez posesivos y tan sugerentes que Polly podía sentir cómo los últimos trazos de resistencia se fundían bajo una marea de placer.
    El sol entraba por la ventana, envolviéndola cálidamente. De alguna manera, las caricias de Simon habían despertado tanto sus sentidos que no sólo era consciente de sus caricias, sino también de la del sol y del aroma de los jazmines, que subía por la escalera procedente del jardín.
    Cautiva de sus labios y casi sin saber lo que hacía, Polly rodeó el cuello de Simon con sus brazos y, cuando él la estrechó más fuertemente entre los suyos, ella gimió de placer. Y Simon la oyó.
    – ¿Ha estado éste mejor? -preguntó él.
    Polly parpadeó, ya que aquella pregunta le había hecho volver, de un modo brutal, a la realidad. Ésta no era la calidez que parecía envolverla, sino la fría pregunta de Simon.
    Cuidadosamente, se separó de él, buscando apoyo en la ventana, con sentimientos mezclados. Una parte de ella, muy a su pesar, sólo quería volver a lanzarse entre sus brazos, lo que le hacía sentir desprecio de sí misma.
    – Sí, mucho mejor -replicó ella, con toda la frialdad que le fue posible.
    – ¿Crees que la práctica lleva a la perfección? -preguntó Simon, completamente tranquilo, como si aquello no le hubiera afectado en absoluto.
    – Eso es lo que dicen.
    – Tal vez deberíamos seguir practicando -sugirió él, con mucha ironía.
    – Tal vez -le espetó ella, dispuesta a no dejarle ver que estaba temblando por dentro-. Si nos besáramos cada día, como si fuese una rutina, deberíamos poder hacerlo de un modo bastante natural para cuando tengamos que hacerlo delante de Julien y Chantal. Estaremos tan acostumbrados que no nos costará ningún trabajo.
    – ¿No te parece que esto es un juego algo peligroso? -preguntó él, algo impresionado por la frialdad que ella parecía demostrar.
    – No -respondió ella, muy segura de sí misma-. Como ninguno de los dos encontramos atractivo al otro… Quiero decir que tú estás enamorado de Helena y yo lo estoy de Philippe. Lo de los besos es algo que tenemos que hacer para dar solidez a esta farsa. No es algo que queramos hacer. Lo que estaba diciendo es que resultaría más convincente y más fácil si fuera algo que hemos hecho tan a menudo que podemos hacer casi sin pensar.
    – Entonces, ¿crees que el besarnos debería ser una más de nuestras tareas?
    – Exactamente -afirmó ella, con una seguridad aplastante-. Como la de comprar el pan o fregar los platos.
    – ¿Cuándo quieres empezar? -preguntó él, sin poderse imaginar algo más perturbador que besar a Polly todos los días. Sin embargo, no podía echarse atrás-. ¿Ahora?
    A Polly le hubiera gustado tener la sangra fría suficiente como para aceptar, pero no tenía tanta seguridad en sí misma. No estaba segura de que pudiera soportar otro beso como el que acababan de compartir.
    – No, hoy ya hemos cumplido -dijo ella, sin mirarlo a los ojos-. Es mejor que lo dejemos para mañana.

    – ¿Es que no te has dado cuenta de que la habitación está llena de armarios y cajones? -le preguntó Simon a la mañana siguiente cuando entró en la cocina, con una bolsa de plástico en la mano.
    – ¿Es que no te has dado cuenta de que tengo una terrible resaca? -replicó ella.
    La tarde anterior, habían decidido dejar la compra para el día siguiente y él la había llevado a un restaurante del pueblo, con una excelente reputación por su cocina. Sin embargo, Polly no recordaba mucho de lo que habían comido. A pesar de sus decididas palabras, a lo largo de la tarde se había ido sintiendo cada vez más nerviosa al recordar que tenía que volver a dormir con él.
    Por eso, al llegar al restaurante, se había tomado dos copas de vino de un trago y había funcionado. Después de un rato, se sintió mucho más relajada. Además, no sentía que tuviera que impresionar a Simon, como cuando salía con otros hombres. Con Simon no tenía que preocuparse ni de su apariencia ni de su comportamiento. Podía ser ella misma. Incluso cuando llegaron a casa, no le causó ningún problema tener que meterse en la cama con él.
    Sin embargo, aquella mañana, la cabeza parecía a punto de estallarle. Además, tenía la boca terriblemente seca a pesar de que se había tomado ya varias tazas de té. Mientras se tomaba dos pastillas de paracetamol, miró a Simon completamente agotada.
    – No sé por qué estás gruñendo. Sabía que me ibas a montar un número, así que lo guardé todo.
    – Me parece que lo que tú entiendes por «guardar» difiere mucho de lo que entiendo yo -dijo él sarcásticamente-. Yo creo que recoger las cosas significa sacarlas de la maleta y ponerlas en el armario. ¡Tú, por el contrario, aparentemente crees que significa extenderlas por toda la habitación y cubrir todas las superficies posibles con chismes y tirar al suelo todo lo que no puedes poner en otra parte! ¡Y eso es sólo en la habitación! El cuarto de baño parece haber sufrido un terremoto.
    Simon estaba de mal humor, pero a Polly no le importaba. Por lo menos había dormido bien la noche anterior. Simplemente se había metido en la cama y se había dormido enseguida, mientras él miraba el techo y se preguntaba por qué había dejado que ella invadiera su tranquila y ordenada vida.
    No le gustaba cómo discutía con él ni el aire de torbellino que la rodeaba aún cuando estaba tranquila. No le gustaba que hubiera aparecido de la noche a la mañana, convirtiéndose en una mujer difícil de ignorar. Y no le gustaba su desorden. Ella era incapaz de cerrar un cajón. Al ir al cuarto de baño, había encontrado botes por todas partes, tubos sin el tapón puesto, polvos de talco por todas partes… El grifo estaba goteando y la toalla estaba en el suelo, hecha un rebuño.
    Muy enojado, Simon lo había ordenado todo para ir a descubrir que la cocina había sufrido el mismo proceso de transformación. Ella estaba sentada a la mesa con el pelo revuelto, rodeada de bolsas de té usadas, migas de pan y tazas a medio beber. Aquello le hizo recordar a Helena con nostalgia. Helena era tan ordenada, tan tranquila en comparación con Polly.
    Tras retirar el cartón de leche y tiras las bolsitas de té a la basura, Simon se sentó al lado de Polly y suspiró.
    – ¿Has preparado ya la lista? -preguntó, mientras ella levantaba la cabeza de entre las manos.
    – ¿Para qué?
    – Tenemos que ir a hacer la compra.
    – No tenemos por qué hacer una lista -replicó Polly-. Necesitamos de todo, así que es mejor que esperemos a ver lo que hay en el mercado. Además, yo no creo en las listas. Hay algo de… de represión en ellas.
    – Me parece que la palabra que deberías utilizar es eficaz -le espetó Simon, sabiendo que Helena ya hubiera preparado el menú para una semana y una lista con los ingredientes-. Eres consciente de que durante las dos próximas semanas tendrás que alimentar a cuatro personas, ¿verdad?
    – Se supone que esto son unas vacaciones, no una campaña militar -protestó Polly-. No veo por qué no puedes relajarte y tomar las cosas como vengan.
    – Si te organizas un poco, se tiene más tiempo para disfrutar.
    – ¡Ja! Te apuesto algo a que tú y Helena no podéis disfrutar de nada hasta que lo hayáis añadido a vuestra lista de cosas que hacer… ¿Cómo sería…? ¡Despertarse, respirar, divertirse, irse a la cama…!
    – Te recuerdo que estás cobrando por estas dos semanas, Polly. Espero que estés planeando hacer algo para ganarte todo ese dinero.
    – ¡Estoy simulando estar enamorada de ti! -exclamó ella, antes de volver a tomarse la cabeza entre las manos-. ¿Qué más quieres?
    – Accediste a actuar como una perfecta anfitriona. Eso significa que tienes que asegurarte de que las camas están hechas, la casa está ordenada y de que hay algo para comer cuando sea la hora de la comida.
    – Eso es ser una esclava, no una anfitriona -protestó Polly-. Para esto, me podría haber quedado trabajando con Martine Sterne. ¡Al menos a ella no tenía que besarla!
    – De acuerdo -replicó Simon, mordiéndose la lengua. Sabía que no había forma de hablar con Polly citando estaba de aquel humor-. Yo haré la lista. Ve a arreglarte.
    – Ya estoy arreglada.
    – ¿No crees que sería una buena idea que te pusieras algo de ropa para ir al pueblo?
    – Es un vestido playero -explicó ella, lenta y claramente como si estuviera hablando con un niño. A continuación, se puso de pie para que él pudiera admirarla de los pies a la cabeza. El vestido era muy corto, con tirantes y bastante ajustado-. Es la última moda.
    – No me parece que eso sea adecuado.
    – Se supone que tiene que ser corto -reiteró ella, haciendo un gesto de impaciencia con los ojos-. De eso se trata. Así puedo enseñar bien mis piernas. -añadió ella, contemplándoselas con placer-. Son lo mejor que tengo, así que tengo que aprovechar.
    – ¿Lo mejor que tienes? ¡Qué tontería! -exclamó Simon mientras se ponía a escribir la lista.
    – ¡Eso no es cierto! ¡Todo el mundo me dice que tengo unas piernas estupendas!
    – Puede ser. Pero lo que yo estoy diciendo es que no son lo mejor que tienes -respondió él, sin dejar de escribir.
    – ¿De verdad? ¡No sabía que fueras tan experto! ¿Qué es, en tu experta opinión, lo mejor que tengo? Y no te atrevas a decir que mi personalidad, porque eso es lo que me dice siempre mi madre.
    – ¡Créeme Polly! ¡Lo último que se me ocurriría decir de ti esta mañana es que lo mejor de ti es tu personalidad! -exclamó él, levantando la vista.
    – Entonces, ¿qué buscas tú en una mujer? Por ejemplo, ¿qué es lo que encuentras más atractivo de Helena?
    – Su personalidad -respondió él, mientras añadía mermelada a la lista.
    – Me refiero físicamente.
    – Su pelo… sus ojos. Tiene una piel preciosa y una figura envidiable. Es una mujer muy hermosa, pero no podría decir qué parte de ella me gusta más. Lo que importa en el atractivo es que todo encaje perfectamente, ¿no?
    – Yo no estoy tan segura -replicó ella, sentándose encima de la mesa mientras estiraba las piernas para admirarlas-. Si estuvieras preparándome una cita con uno de tus amigos y quisieras hacerme sonar muy atractiva, te apuesto que lo primero que mencionarías serían mis piernas.
    – No.
    – Entonces, ¿qué?
    Simon intentó concentrarse en la lista, pero con Polly sentada en la mesa, le estaba resultando muy difícil. Tenía que admitir que eran unas piernas estupendas. Escribía fruta, queso y café, deseando que se le ocurriera una respuesta. Había muchas cosas de Polly que le resultaban atractivas: su aroma, la rotundidad de sus senos, la base de la garganta, cosas que él nunca había notado antes.
    – ¿Y bien?-insistió ella.
    – Tienes una preciosa sonrisa -dijo él por fin.
    – ¿Una preciosa sonrisa? -repitió Polly, sintiéndose algo desilusionada. Aquello era lo que la gente decía cuando no se le ocurría nada más interesante que decir-. Todo el mundo tiene una preciosa sonrisa.
    Simon la miró. En aquel momento ella no estaba sonriendo, de hecho, parecía enfadada, pero Simon podía recordar su sonrisa con claridad, con el movimiento de la boca, el gesto de los ojos y la curva de las pestañas.
    – No todo el mundo tiene una sonrisa como la tuya -dijo él, como si le hubieran obligado.
    Entonces, se produjo un incómodo momento de silencio. Polly sintió que se sonrojaba. Una preciosa sonrisa. No era muy original, pero el hecho de que Simon lo hubiera notado le daba un carácter muy íntimo. Se había sentido en el paraíso cuando Philippe le dijo que era muy bonita, pero no le había causado la desazón de las palabras de Simon.
    – Bueno, me alegro de que te guste -replicó ella, intentando sonar despreocupada, como si no se hubiese sonrojado-. Creo que yo me quedaré con las piernas. Y ya sabes lo que se dice. ¡Si se tiene, muéstralo!
    – Pues hoy pareces haberte tomado muy en serio ese consejo.
    – Nunca se sabe -replicó ella, sintiendo que le volvía la confianza al notar la ironía en la voz de él, mientras se bajaba de la mesa-. Si vamos a Marsillac, podría encontrarme con Philippe y quiero tener el mejor aspecto del mundo por si eso ocurriera.
    – No estás realmente enamorada de él, ¿verdad?
    – Me encantaría. Es mi hombre ideal. ¡Ponlo en la lista de las cosas que hay que comprar, junto con algo para mi resaca! -exclamó ella, inclinándose sobre el hombro de él.
    La larga melena rubia le cayó por los hombros, acariciando la mejilla de él. Simon se vio envuelto por el aroma del pelo de Polly y el calor que le emanaba de la piel.
    – Si estás preparada -dijo él, levantándose abruptamente de la silla-, es mejor que nos vayamos.

Capítulo 6

    CUÁL te gusta más? -preguntó Simon, mientras se inclinaba a inspeccionar la bandeja de anillos que el joyero les había puesto solícitamente en el mostrador.
    – No sé -dijo Polly, algo aturdida por la gran variedad de anillos-. ¿No deberíamos simplemente comprar el más barato?
    – Vas a tener que llevarlo durante las dos próximas semanas, así que es mejor que elijas el que más te guste.
    Polly dudó. ¡Eran todos tan bonitos… y tan caros!
    – ¿Estás seguro de que es absolutamente necesario? Me parece un derroche tener que comprar un anillo sólo para quince días.
    – Mira, Polly, ya te he explicado todo esto -respondió Simon, con impaciencia-. El punto culminante en lo que se refiere a Julien será cuando anunciemos nuestro compromiso. Y unos cuantos diamantes en el dedo resultarán de lo más convincente.
    – Pero, ¿qué vas a hacer con él después? -protestó ella-. Si estás pensando en dárselo a Helena, es mejor que elijas él que creas que le va a gustar a ella. Nuestros gustos podrían ser completamente diferentes.
    Probablemente, así sería, pensó Polly con cierta tristeza. La maravillosa y hermosa Helena, con su piel perfecta y su esbelta figura no iba a tener el mismo gusto que la desaliñada Polly.
    Mientras tanto, Simon se preguntaba si se podría encontrar un regalo con menos tacto para Helena que un anillo de diamantes usado. Brevemente se imaginó la escena. Llegaría a casa de Helena, le explicaría que seguía sin quererse casar con ella, pero que le daba un anillo de compromiso que se había puesto otra mujer como compensación.
    – No, no creo que se lo dé a Helena -dijo él con sequedad-. Helena se merece un anillo mucho más especial que ninguno de éstos -añadió, antes de que Polly pudiera empezar a preguntarse por qué no había querido comprarle un anillo a la mujer de la que él te había dicho estar enamorado-. Además, no le daría uno que te has puesto tú. Es mejor que te lo quedes.
    – ¡No lo quiero! -exclamó Helena, algo ofendida por la implicación de que lo que era bueno para ella no lo era para Helena-. Me aterraría ponerme un anillo tan caro. Me pasaría la vida preocupándome por si lo perdía.
    – Me parece que, si lo llevas en el dedo, deberías saber dónde lo tienes -se burló él.
    – Sí, pero no lo tendría en el dedo, ¿no te parece? No podría ponerme un anillo de compromiso a menos que estuviera comprometida de verdad. ¿Qué le diría a mi madre o a Emily si me preguntaran por él?
    – De acuerdo -replicó él con fastidio-. Me lo quedaré yo.
    Aquella mañana había sido de lo más agotadora. La idea que él tenía de ir de compras era ir metódicamente por todos los pasillos del supermercado y hacerlo lo más eficazmente posible. La de ella, era recorrerse sin rumbo todo el mercado, escogiendo los alimentos más variopintos, cambiando de opinión cada cinco minutos sobre las cantidades que necesitaba y decidir por fin que lo que realmente quería era lo que habían visto dos pasillos antes.
    En el mercado había sido mucho peor. Polly había insistido en comprar las verduras y la fruta allí. Una vez allí, habían ido de puesto en puesto, mientras Polly admiraba los quesos, admiraba los barreños llenos de aceitunas, inspeccionaba las berenjenas y los tomates, los espárragos y los melones con un aire pensativo sin comprar nunca nada. Cuando hubieron terminado con todos los puestos del mercado, ella decidió que el mejor era el primero, aunque sólo por el hecho de que el dependiente tenía la mejor sonrisa.
    Cuando terminaron, Simon estaba al borde de un ataque de nervios. Prácticamente había empujado a Polly al coche y, tras guardarlo todo, todavía quedaba la tarea de comprar el anillo.
    – ¿No puedes darte un poco más de prisa, Polly? -preguntó él secamente-. No quiero pasarme todo el día aquí.
    – Hmm -meditaba Polly, hasta que él le ofreció un anillo de rubíes.
    – Toma, pruébate éste. Te hace juego con los ojos.
    – ¡Ja, ja! -exclamó ella, haciendo como si se riera-. ¿No me digas que tengo tal mal aspecto como esta mañana?
    ¿Por qué Polly podía siempre metérselo en un bolsillo cuando estaba a punto de explotar por los aires y lo desarmaba simplemente con una sonrisa? Muy a su pesar, Simon cedió de nuevo.
    – ¡Tienes mejor aspecto que esta mañana! -replicó él.
    Polly volvió a concentrarse en los anillos, avergonzada de notar que la alegría que había visto en los ojos de él le había hecho un nudo en la garganta. ¿Qué le pasaba? Sólo era Simon, riéndose.
    – ¿Qué tal tu resaca? -preguntó él.
    – Un poco mejor -respondió ella, concentrándose en elegir un anillo de diamantes y en respirar. Por fin, escogió uno al azar y se lo probó en el dedo-. Es un poco grande.
    – ¿Y éste? -sugirió Simon, ofreciéndole un espectacular zafiro cuadrado-. Éste sí que te va con los ojos -añadió, algo aturdido, como si aquel pensamiento le hubiera sorprendido.
    Polly entrelazó su mirada con la de él. Quería apartar los ojos, decir algo casual, pero no podía. Durante los momentos en que estuvieron mirándose, algo pareció ocurrir entre ellos, imposible de definir, desconocido, algo perturbador.
    Confundida ya que no pudo explicar qué había sido, Polly pudo por fin apartar la mirada y concentrarse en lo que se suponía que debían estar hablando.
    – Yo… yo creo que un diamante sería más apropiado.
    Simon le agradeció que ella pudiera romper aquel vínculo y miró la bandeja, como si estuviera inspeccionando los anillos mientras trataba de olvidar la profundidad de los ojos de Polly. Al final, lo consiguió, centrando su atención en una alianza de zafiros y diamantes.
    – Lo que nos gusta a los dos -sugirió, y, sin darse tiempo para preguntarse si era una idea o no, la tomó de la mano y se lo puso en el dedo-. ¿Qué te parece?
    Todo lo que Polly podía pensar era que él la tenía de la mano y que el contacto de la piel de él con la suya le hacía temblar, por lo que tuvo que obligarse a mirar el anillo.
    – Es precioso -dijo ella, atreviéndose de nuevo a mirarlo a él.
    Él la contemplaba con una expresión inescrutable. El habitual gesto de burla le había desaparecido de los ojos, así que ella no supo cómo reaccionar. Cuando apartó la mirada, algo hizo que volviera a mirarlo y se encontró haciéndolo como si no hubiera visto aquellos ojos en su vida.
    Eran los mismos de siempre, grises y penetrantes, pero de alguna manera resultaban desconcertantes. Polly notó de nuevo el contraste que había entre ellos y las oscuras pestañas y la textura de su piel y sintió que el corazón estaba a punto de saltársele del pecho. Quería apartar los ojos, como había hecho antes, pero no podía. Estaba prisionera, atrapada por aquella extraña expresión de sus ojos. Todo lo que podía hacer era mirarlos y echarse a temblar como si estuviera al borde de un abismo y no se atreviera a mirar abajo.
    – Es una pena que nuestras madres no puedan vernos ahora, ¿verdad? -dijo Simon, rompiendo aquella tensión eléctrica que se había formado entre ellos.
    – Se alegrarían mucho, ¿verdad? -respondió Polly, con una risita nerviosa-. Tu madre se iría corriendo a comprarse un sombrero y la mía se podría a llamar al cura antes de que pudiéramos darnos cuenta.
    – En ese caso, es una suerte que no estén aquí.
    – Sí, es verdad -dijo ella, con un tono de voz menos entusiasta de lo que hubiera deseado.
    – ¿De verdad te gusta este anillo, Polly? -preguntó él, apretándole la mano, como si pareciera que verdaderamente le importaba su opinión.
    – Sí.
    – En ese caso, es tuyo durante las dos próximas semanas.
    Sólo durante dos semanas. Polly contempló el anillo mientras Simon acordaba la venta con el joyero. Tenía una ridícula sensación de tristeza. ¿Cómo se sentiría si aquella situación fuera cierta y no porque era conveniente simular que estaban enamorados? ¿Cómo sería si de verdad estuvieran comprometidos y quisieran estar juntos para siempre?
    No había razón alguna para preguntárselo ya que no era probable que Simon se enamorara de ella. Ella era demasiado desordenada, él demasiado preciso. Ella era demasiado descuidada, él demasiado organizado. Se volverían locos mutuamente.
    Polly contempló a Simon mientras firmaba el recibo por el anillo. Ni siquiera había podido soportarla mientras iban de compras. Toda la mañana había sentido que él la comparaba mentalmente con Helena, la que planeaba los menús y escribía listas de compra y se merecía un anillo especial.
    Debería ser Helena la que estuviera allí y no ella.
    – ¿Qué te pasa? -le preguntó Simon, que se había vuelto de repente para ver que ella lo estaba observando con una expresión extraña.
    – Nada -mintió ella, sintiendo que se sonrojaba-. Es que tengo hambre.
    – Entonces, vamos -replicó él, mientras se guardaba la cartera-. Ya tenemos otra tarea menos que hacer.
    Como afuera el sol lucía radiantemente, Polly se alegró de poder ponerse las gafas para protegerse. Le hubiera gustado que Simon no mencionara las tareas porque eso le recordaba lo de los besos. Se suponía que aquello también era una tarea.
    Encontraron una mesa en una terraza en un lugar desde el cual se dominaba todo el centro del pueblo.
    Polly contempló la bulliciosa plaza con alegría y poco a poco recobró el equilibrio que necesitaba.
    ¿Qué importaba que no estuviesen comprometidos de verdad y que Simon estuviera enamorado de una mujer tan aburrida y organizada como él? Lo importante era que ella estaba en Francia, y que dentro de poco tendría dinero en el bolsillo para viajar y pasárselo bien y podría demostrarles a sus padres que había hecho bien en ir a Francia.
    Simon acabó de encargar la comida al camarero y vio a Polly contemplando la plaza con ensueño. El sol se filtraba a través de las hojas, que hacían sombras sobre la suave piel de ella. Al contemplar el vestido, tan sugerente, Simon tuvo que recordarse que ella se lo había puesto en honor de otra persona.
    – ¿Estás mirando por si ves a Philippe? -preguntó él con sequedad.
    – ¿Philippe? -repitió ella, que, estaba tan absorta que al principio no entendió. ¿Cómo habría podido ella olvidarse de Philippe?
    En realidad, estaba tan absorta que se había olvidado de todo. Estaba pendiente de un niño, que cruzaba la plaza con dos baguettes bajo el brazo. Sin embargo, había oído tanto sobre Helena aquel día, que decidió que no vendría mal recordarle a Simon que Philippe era el único interés que tenía para pasar esas dos semanas con él.
    – Puede que ya haya regresado -dijo ella-, y éste es el lugar más apropiado para verlo si viene a la ciudad.
    – ¿Y qué vas a hacer si lo ves? ¿Echar a correr y tirarte a sus pies o te tomarás la molestia de envolverte en papel de regalo?
    – No -replicó Polly-. Simplemente me acercaré a él, lo saludaré y le explicaré que estoy trabajando aquí.
    – Espero que no vayas a decirle exactamente qué trabajo tienes.
    – Tendré que hacerlo -protestó ella-. No tengo intención de que se crea que estamos comprometidos.
    – Lo siento -le espetó él-. Puedes decirle lo que quieras después de que Chantal y Julien se hayan marchado, pero hasta entonces, este asunto se queda entre nosotros. Además, todo esto fue una condición tuya. Además, no me parece que un hombre como Philippe se vaya a interesar por ti -añadió con desprecio.
    – Cosas más extrañas han pasado -replicó ella, desafiante, mientras se acercaba el camarero con los platos-. Nunca deberías desestimar el poder de la química.
    – ¿De la química? -preguntó él, riéndose.
    – Sí, ya sabes, el chispazo que, instantáneamente, salta entre un hombre y una mujer -respondió ella, pasándole el plato del pan-. No importa lo diferentes que sean las personas si la química es la adecuada. Es la base para que funcione cualquier relación.
    – ¡Me alegra oír eso de alguien cuya idea de una relación con éxito es que le den una tarjeta de visita! -se burló él-. Como alguien que sabe lo que es tener una relación que funcione, puedo decirte que lo mejor es ser compatibles y tener cosas en común, y que no tiene que ver con la atracción física.
    – ¿Cómo tú y Helena, supongo? -preguntó Polly, dejando caer la cesta encima de la mesa.
    – Exactamente. Helena es brillante, independiente, centrada y, sobre todo, muy organizada. No me hace perder el tiempo llegando tarde, no tira la ropa por el suelo, no me llena la casa de chismes…
    – ¡No digas más! -exclamó ella en tono de mofa-. ¿A que pone la tapa del tubo de pasta de dientes?
    – Sí, así es. Es una bobada, pero eso demuestra que ella piensa como yo. Por eso nos llevamos tan bien: Somos perfectos el uno para el otro.
    Si era así, ¿por qué se había sentido tan aliviado cuando ella se marchó? Simon frunció el ceño y tomó el tenedor. Aparentemente, Helena era todo lo que él buscaba en una mujer, pero tenía que admitir que su relación con ella era más cómoda que apasionada.
    – Tal vez, ¿pero crees que te habrías enamorado de ella si no fuera también muy hermosa?
    – Yo no estoy diciendo que la atracción física no importe -dijo él, evitando contestar la pregunta directamente-. Pero hay otro tipo de cosas mucho más importantes. Por suerte, Helena y yo nos tenemos el uno al otro.
    – Pues yo creo que el amor es mucho más romántico que todo eso -replicó Polly, pinchando con fuerza un trozo de tomate-. Yo creo que es como una habitación que está vacía cuando la persona que amas no está en tu vida. Es cuando los dedos de los pies se estiran de felicidad al verla. Es cuando se sabe en el instante en que ves a alguien que quieres pasar el resto de su vida con él o ella. Yo me podría enamorar apasionadamente de alguien y casarme con él al día siguiente.
    – Eso es muy arriesgado.
    – Tal vez, pero yo creo que un matrimonio como ése tiene tantas posibilidades de prosperar como el que se ha establecido por lo que las dos personas hacen como la tapa del tubo de la pasta de dientes. Cuando yo me enamore, va a ser para siempre -confesó ella.
    – ¿Al igual que te paso con Harry, Mark, Nick y todos los demás?
    – No me había dado cuenta de que llevabas el registro de mi vida amorosa -le dijo Polly con frialdad-. En cualquier caso, no estaba verdaderamente enamorada de ninguno de ellos. Sólo eran amoríos pasajeros. El amor verdadero es algo muy diferente, como un relámpago caído del cielo.
    – ¿Y es eso lo que sentiste cuando Philippe Ladurie te dio su tarjeta? -preguntó Simon con sorna-. ¡Qué raro! Yo estaba en la habitación y no noté ningún relámpago.
    – No ocurrió entonces. Fue la primera vez que lo vi.
    – ¡Por amor de Dios! -exclamó Simon-. No sabes nada sobre él aparte de que es guapo y que tiene una hermana que te trató como si fueras basura.
    – Sé cómo es aquí dentro -respondió ella, tocándose el corazón.
    Simon pensó que era típico de Polly embarcarse en algo tan estúpido como liarse con Philippe Ladurie. Nunca sabría tratar a un hombre como ése, un hombre que, de acuerdo con lo que le habían contado, era un seductor empedernido, un donjuán sin otro medio de vida que no fuera holgazanear. ¡Además, era demasiado viejo para ella! Si Polly tenía que enamorarse, ¿por qué no lo hacía de alguien que le conviniera? ¿De alguien como él?
    Simon se puso rígido al ver que aquel pensamiento prohibido se colaba en su cerebro. ¡Imposible con alguien como él! ¡Aquello sería un desastre! Él buscaba compatibilidad y ella un flechazo.
    Sin embargo, durante un instante, no pudo evitar recordar la descarga eléctrica que sintió cuando se besaron, pero estaba claro que eso no era lo que Polly estaba buscando. Aparentemente, lo que quería era sufrir enamorándose de hombres completamente inadecuados para ella. Además, aunque ella hubiera sentido la misma chispa que él, tendrían suerte si duraban más de una semana juntos antes de que él sufriera una crisis nerviosa. Le resultaría imposible vivir con Polly.
    Sin embargo, eso no significaba que quisiera verla sufrir y eso era lo que Simon se temía que pasaría si ella salía con Philippe Ladurie. No era asunto suyo, pero, desde el fallecimiento de su padre, los de Polly se habían ocupado mucho de él y, de algún modo, se sentía responsable. No podía permitir que Polly se embarcara en una aventura amorosa que tenía todas las posibilidades de acabar en desastre.
    Pero, por otro lado, no había razón para preocuparse de algo que muy bien podría no ocurrir. Polly tenía pocas posibilidades de que un hombre como Philippe se interesara por ella. No es que Polly no fuera bonita, pero probablemente los gustos de Philippe eran más sofisticados.
    Incluso, tal vez ella ni lo vería. Marsillac no era un lugar tan pequeño. Polly suspiraría por él durante un par de semanas, pero perdería interés en él si no lo veía. Cuanto más pensaba en ello, más llegaba Simon a la conclusión de que podía relajarse. Probablemente nunca tendría que enfrentarse a aquel problema.
    Sin embargo, estaba muy equivocado.
    – Vamos a comprar unas flores -dijo Polly, mientras pasaban por un puesto lleno de maravillosas y coloridas plantas.
    – No necesitamos flores -se opuso Simon, pero ella no le prestó atención y se acercó al puesto, maravillada por el tamaño de los girasoles.
    – Ya sé que no están en tu maravillosa lista, pero compremos unas de todas maneras. Harán que la casa esté más bonita para Chantal.
    – De acuerdo, un ramo.
    – ¡No seas tan agarrado! -exclamó Polly alegremente, mientras tomaba un ramo de acianos-. Se supone que estamos prometidos. ¡Deberías estar cubriéndome de flores!
    – Ya te he comprado un anillo muy caro -afirmó él con voz amarga.
    – ¿Compramos también un ramo de éstas? -preguntó ella, inclinándose sobre un cubo de mimosas.
    – Sí, claro -dijo Simon con sorna-. Sólo tenemos un jardín lleno de ésas en casa.
    – Lo sé, pero es una pena cortarlas y éstas son preciosas -replicó ella, tomando dos ramos-. ¿Podemos comprar también unas margaritas?
    – ¿Por qué no te compras todo el puesto? -dijo Simon, aunque no le impidió tomar los ramos que quería hasta que ella tenía los brazos llenos de flores.
    – ¡Son preciosas! -exclamó ella, hundiendo la cara entre las flores para aspirar mejor el aroma-. Si quieres, las pagaré con mis cuarenta y ocho francos.
    – Eso no será necesario -replicó Simon, pensando que Polly era la única persona del mundo que pondría todo el dinero que tenía para comprar flores-. Si tanto te gustan, te las compraré yo.
    – Gracias -dijo ella, obsequiándole con una maravillosa sonrisa.
    Volviéndose al dueño del puesto, Simon le preguntó cuánto le debía. Polly se sintió algo culpable al ver que él le entregaba un buen montón de billetes al tiempo que el hombre decía algo en francés, tan rápido que Polly no pudo entenderlo.
    – ¿Qué ha dicho? -preguntó a Simon con curiosidad mientras volvían al coche.
    – Que eres muy bonita -confesó él, tras una pausa.
    – ¡Qué amable! -exclamó Polly, encantada-. ¿Y tú qué le dijiste? -añadió, esperando que él dijera que era un desastre.
    Sin embargo, él dudó y la miró mientras ella sonreía, con los brazos llenos de flores, y los ojos reflejaban el cielo azul de la Provenza.
    – Le dije que tenía razón -admitió él
    – ¿De verdad?
    – Venga, Polly, ya sabes que eres muy guapa -admitió él de mala gana.
    – No sabía que tú creyeras que lo era. ¿De verdad lo crees? -insistió ella, andando unos pasos para pararse en seco.
    Simon también se detuvo y se volvió a mirarla. Estaban en medio de la plaza, mirándose el uno al otro, como si estuvieran envueltos en una burbuja de silencio que les aislaba del mundo exterior.
    Simon abrió la boca para responder, sin saber muy bien lo que iba a decir, pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, otra voz lo hizo por él.
    – ¿Polly?
    Polly tardó un momento en darse cuenta de que la estaban llamando y, cuando se volvió, se dio cuenta de que Philippe Ladurie estaba de pie, al lado de ella.
    – ¡Ph-Philippe! -balbució ella, con algo de esfuerzo-. Yo… yo no esperaba verte.
    – Estaba seguro de que eras tú -replicó él, lleno de encanto, besándola cuatro veces, dos en cada mejilla, con cuidado de no aplastar las flores-. Es maravilloso volver a verte de nuevo, Polly.
    – Yo también me alegro de verte -dijo ella, consciente de que Simon estaba a su lado, con cara de pocos amigos. En otro momento, se habría alegrado mucho de ver a Philippe, pero no cuando estaba preguntándose lo que Simon tenía que decirla-. Um… Este es Simon Taverner. Simon, Philippe Ladurie.
    – No nos conocíamos -dijo Philippe, mientras se daban la mano-, pero he oído hablar mucho de ti.
    – Yo también he oído hablar mucho de ti -repitió Simon, mirando a Polly.
    – Siento no haber tenido oportunidad de despedirme, Philippe -se excusó Polly-, pero me temo que me tuve que marchar algo… precipitadamente.
    – Eso me contaron -respondió Philippe, riendo-. No te culpo por haberte marchado, la verdad. Mi hermana puede ser una mujer muy difícil, especialmente si se trabaja para ella.
    – No me marché -confesó Polly-. Ella me despidió.
    – ¿Cómo? -preguntó Philippe, alternando la mirada entre ella y Simon-. Entonces, ¿no es verdad que estáis prometidos?
    – Claro que es verdad -replicó Simon, antes de que Polly tuviera oportunidad de responder, mientras abrazaba a Polly posesivamente-. ¿Por qué no iba a ser cierto?
    – Nos sorprendió mucho que lo llevaseis tan en secreto -dijo Philippe-. ¡Enhorabuena! -añadió, mirando a Polly-. Eres un hombre muy afortunado -le dijo luego a Simon.
    – ¿A qué sí? -preguntó Simon fríamente.
    – ¿Os alojáis cerca de aquí? -preguntó Philippe, sin verse afectado por la hostilidad de Simon.
    – Cerca de Vesilloux -dijo Polly, sabiendo que Simon no quería decirle el lugar exacto, mientras intentaba separarse de Simon-. ¿Lo conoces?
    – Claro. ¡Somos prácticamente vecinos! Vivo en St. Georges, muy cerca de vosotros.
    – Está por lo menos a quince kilómetros de distancia -le espetó Simon-. Y al otro lado de Marsillac. Yo no diría que somos vecinos.
    – Al menos lo somos en espíritu -respondió Philippe, encantador.
    En aquel momento se produjo una pequeña pausa. Polly buscó desesperadamente algo que decir, pero la forma en la que Simon la tenía abrazada se lo impedía.
    – Entonces, Polly -dijo Philippe por fin-, te vas a casar con un inglés. ¿Significa eso que ya no te interesa aprender francés?
    – No es eso -exclamó Polly, pisando a Simon para que la soltase, pero él ni se inmutó-. De hecho, todavía quiero hacerlo. De hecho, te iba a llamar. Simon tiene que volver al trabajo dentro de dos semanas y pensé que podía quedarme por aquí y concentrarme en mi francés. Pensé que tú podrías recomendarme a alguien para que me diera clases -añadió ella, sólo para fastidiar a Simon.
    – Estoy seguro de que hay muchos profesores por aquí, pero lo mejor es hablar francés todo el tiempo y para eso no se necesita profesor. Yo estaría encantado de darte algunas clases de conversación, Polly.
    – No te importa, ¿verdad, cariño? -le preguntó ella a Simon, en un tono de voz provocador.
    – Claro que no -replicó él, apretando los dientes.
    – En ese caso, me gustaría que vinierais los dos a visitarme antes de que Simon se marche.
    – No encantaría -respondió Polly, antes de que Simon pudiera oponerse-. ¿No es cierto?
    – Ya sabes que tenemos invitados, cariño -le espetó él.
    – Pues, traedlos también -sugirió Philippe-. De hecho, voy a dar una fiesta dentro de dos fines de semana. ¿Por qué no venís todos y así podremos fijar una fecha para empezar con las clases de francés?
    Philippe contemplaba a Polly con un brillo en los ojos y una encantadora sonrisa, por lo que ella no pudo evitar sonreír. Sin embargo, estaba algo embargada por aquella situación. Estaba acostumbrada a admirarle en la distancia y le desconcertaba un poco ver que sus fantasías se estaban haciendo realidad.
    – Nos encantará -respondió ella.
    Bajo la atenta mirada de Simon, Philippe volvió a besar a Polly en las mejillas, deteniéndose algo más de lo necesario.
    – Au revoir, Polly -musitó Philippe.
    – Au revoir -contestó ella.
    – Adiós -concluyó Simon, estrechando aún más fuertemente a Polly entre sus brazos-. Vamos, cariño. Es hora de que nos vayamos a casa.

Capítulo 7

    AU REVOIR -dijo Simon, imitando a Philippe despiadadamente, mientras se separaban de él. -Si no te gustaba la conversación -replicó Polly, soltándose de él-, te podrías haber ido a comprar el periódico o haberte excusado de algún modo para dejarnos solos. ¡Hubiéramos estado mucho mejor sin ti, de eso estoy segura!
    – ¡Sólo Dios sabe lo que habríais hecho si os hubiera dejado solos! Ni siquiera mi presencia fue un obstáculo para impedir que te ofrecieras a él en bandeja de plata. ¡Clases de francés! ¡Ja! ¡Está muy claro la clase de lecciones que él se está imaginando!
    – Philippe me va a ayudar con mi conversación, eso es todo -replicó ella, sonrojándose.
    – Un hombre como ése sólo conoce una clase de conversación, y es la que tiene lugar encima de una almohada.
    – Bueno, pues dicen que ésa es la mejor manera de aprender -replicó ella.
    Simon abrió el maletero del coche para que ella pudiera meter las flores y lo cerró con una fuerza absolutamente innecesaria.
    – ¡Yo no confiaría en ese hombre en absoluto!
    – Nadie te está pidiendo que confíes en él -le espetó Polly, dirigiéndose al asiento del copiloto, mientras esperaba que él abriera el coche-. No tenías necesidad alguna de ser tan grosero con Philippe. Si él se hubiera marchado de repente, no le hubiera echado a él la culpa, pero, además, te invitó a su fiesta.
    – No te creerás que yo quiero ir a una fiesta suya, ¿verdad? -replicó Simon, cerrando la puerta del coche de un portazo para luego arrancar el coche.
    – Entonces, no vayas. Además, yo preferiría ir sola. No me gustaría que estuvieras allí, controlándome como has hecho hoy. ¿Te diste cuente lo interesado que estaba Philippe?
    – Sólo porque se cree que estás comprometida. Es la clase de hombre que sólo muestra interés porque yo estoy presente porque piensa que la competencia hace las cosas más interesantes. Sin embargo, tan pronto como rompe una relación, pierde interés y se pone a perseguir a otra mujer que haya herido su vanidad prestando atención a otro hombre.
    – No sé cómo eres tan listo como para saber todo eso con sólo haberle dado la mano -replicó Polly, rechazando la idea de que Philippe sólo había mostrado interés por ella en la fiesta cuando la había visto mirando a Simon-. Es un hombre muy agradable.
    – ¿Qué diablos ves en él?
    – Encanto, ingenio, atractivo, inteligencia, sinceridad… cualidades de las que tú no conoces ni la existencia.
    – ¿Encanto? ¡Todo lo que sabe hacer es sonreír!
    – Es mucho más que eso. Philippe es sofisticado y excitante. Hace la vida divertida. Puede que a ti y a Helena os guste pasaros el día escribiendo listas y organizándolo todo cada cinco minutos, pero a mí me gusta divertirme. Philippe tiene un yate y participa en carreras de barcos, esquía, escala montañas y va a casinos y fiestas elegantes.
    – En otras palabras, no hace nada que sea productivo o útil.
    – ¿Sabes tu problema? ¡Estás celoso!
    – ¿Celoso? -repitió Simon, con una carcajada de incredulidad-. ¡Philippe Ladurie no tiene nada que yo quiera!
    ¿Nada? Simon cambió de marcha con algo de ira al recordar la cara de adoración con la que Polly había mirado a Philippe. ¡Philippe se podía quedar con ella! Ya le gustaría ver cómo se las arreglaba él con su desorden y su falta de responsabilidad. ¿Y también con su sonrisa y sus besos?
    Simon insistió. Philippe se lo podía quedar todo. No había nada que Simon quisiera para él. Nada.
    El camino de vuelta a La Treille transcurrió en un silencio que se prolongó mientras descargaban el coche.
    – Me voy a nadar -anunció Polly, tan pronto como hubo puesto las flores en un cubo de agua.
    – Imposible -replicó Simon-. Vamos a guardar todo esto primero.
    – ¿Es que no puede esperar?
    – No. Ya ha estado más de dos horas metido en un coche a pleno sol.
    Polly suspiró y empezó a vaciar las bolsas de mala gana. Cuando intentaba poner algo en un armario, Simon se lo quitaba de la mano y lo ponía en otro sitio.
    – Se llama lógica -le espetó Simon-. ¿Sabes lo que es la lógica, Polly?
    – ¿Has recibido tú alguna vez un buen puñetazo en la nariz? -replicó Polly, harta de aquella situación, tirando un paquete de azúcar encima de la mesa-. ¡Si tan importante es, lo guardas tú solo! ¡Yo me voy a nadar!
    ¡Simon era insoportable! Polly se puso a nadar con furia de arriba abajo de la piscina. Quisquilloso, dominante, arrogante… era peor de adulto que de niño. Polly tendría mucha suerte si Simon no había estropeado para siempre sus posibilidades con Philippe. Lo que tenía que haber hecho era marcharse con Philippe y dejar a Simon para que escribiera las listas y organizara la cocina.
    Tras unos cuantos largos, Polly se sintió más tranquila y empezó a calmarse. Se puso a flotar un rato encima de la espalda, deseando que Simon no la sacara tanto de quicio. Un minuto estaban tan a gusto el uno con el otro y al siguiente deseaba pegarle. Cuando no la sacaba de quicio, podía ser bastante agradable, como lo había sido hasta que Philippe entró en escena.
    Polly cerró los ojos y vio el rostro de Simon cuando le puso el anillo en la joyería. Luego, pensó en la expresión que tenía cuando se detuvieron en la calle y ella le preguntó si de verdad creía que era bonita. ¿Qué habría estado él a punto de decir?
    Polly frunció el ceño. Debería estar soñando con Philippe y no con Simon. Además, ¿dónde estaba Simon? se preguntó, abriendo los ojos con un suspiro. Probablemente seguía ordenando la compra por orden alfabético o algo por el estilo. Polly no entendía lo que una mujer como Helena veía en él. ¡Era tan severo en todo! Menos en el modo de besar…
    Polly se puso frenéticamente a nadar de nuevo. Ya había vuelto a pensar en los besos y, una vez que el recuerdo se había instalado, no sería fácil deshacerse de él. Respirando profundamente, Polly se puso a bucear como si de aquella manera pudiera deshacerse de unos recuerdos tan turbadores. Sin embargo, cuando salió a la superficie y se apartó el pelo y el agua de la cara, lo primero que vio fue a Simon al borde de la piscina.
    No tenía por qué sorprenderle verlo allí, ya que, al fin y al cabo, era su piscina, pero Polly se sintió como si le quitaran el aire de los pulmones. Estaba allí, al pie de la piscina, con una copa de vino en cada mano.
    – He venido a hacer las paces contigo -dijo él, levantando una copa.
    Polly se dirigió nadando hacia él y salió de la piscina. Se escurrió el pelo y aceptó la copa que Simon le ofrecía. Por un momento, le pareció que él evitaba rozarla.
    – Gracias -dijo ella, tímidamente-. Pero no creo que haya hecho nada para merecer esto.
    – Creo que te debo una disculpa -respondió Simon, aclarándose la garganta al contemplar a Polly allí de pie, cubierta tan sólo por un minúsculo biquini-. He estado muy nervioso por esta posible fusión para asegurarme de la que reunión con Julien salga bien y me temo que lo has pagado tú.
    – No importa -respondió Polly, algo perpleja. Ella estaba acostumbrada a que Simon fuera agrio y burlón con ella, por lo que le sorprendió mucho ver que se estaba disculpando-. Supongo que yo tampoco soy una persona fácil.
    Simon la miró. El biquini realzaba sus largas piernas y destacaba sus curvas, haciendo que él deseara que ella se cubriera con algo.
    – No -admitió él.
    De repente, Polly fue consciente de que estaba casi desnuda y se cubrió con una toalla.
    – Lo siento -dijo ella, sin saber exactamente de qué se estaba disculpando.
    – No es culpa tuya -respondió él, sentándose en una hamaca y poniéndose los brazos en las rodillas. Entonces se puso a darle vueltas a la copa como si estuviera intentando decidirse sobre algo-. ¿Estás segura de que quieres seguir con esto, Polly?
    – ¿A qué te refieres? -preguntó ella, asegurándose la toalla alrededor del pecho.
    – He estado pensando.
    Simon miró la copa. Después de que Polly se marchara de la cocina, terminó de recoger todo, pero al terminar, la cocina le pareció algo vacía. Su limpieza y funcionalidad siempre le habían gustado, pero en aquellos momentos le pareció fría y triste.
    «El amor es como una habitación vacía cuando la persona que amas no está en tu vida». La voz de Polly le resonó en el recuerdo mientras recordaba el profundo azul de sus ojos o la calidez de su sonrisa. Y había fruncido el ceño. El no podía estar enamorado de Polly. No estaba enamorado de Polly.
    Simon había estado pensando durante algún tiempo, luego había servido las copas y, deliberadamente, había dejado el corcho de la botella encima de la mesa. No era mucho desorden, pero era un principio.
    – Tus padres han hecho mucho por mí -añadió Simon, mirando a Polly a los ojos-. Fue tu padre el que me ayudó mientras estuve en la Universidad y me aconsejó y me animó cuando creé mi empresa. No creo que le haya hecho ningún honor al pedirte que actúes como mi prometida a cambio de traerte a esta zona. Nunca lo debería haber hecho. Lo que sí tendría que haber hecho era prestarte el dinero hasta que decidieras lo que querías hacer y eso es lo que quiero hacer ahora. Mañana podemos ir al banco y te daré el dinero y podrás marcharte antes de que lleguen Chantal y Julien. Ya no tienes que pretender ser mi prometida.
    – Pero, ¿qué piensas hacer con Julien y la fusión? Pensé que era realmente importante para ti.
    – Y lo es, no sólo para mí, sino para todas las personas que trabajan para mí. Llevamos mucho tiempo intentando establecernos en Europa y ésta es nuestra mejor oportunidad. Julien ha visto nuestras propuestas y son ésas las que nos conseguirán el contrato. Sin embargo, no quería preocuparle a nivel personal y arruinar todo lo que tanto nos había costado, por eso te pedí que me ayudaras.
    – ¿Estás intentando decirme que ya no me necesitas?
    Simon la miró. Tenía los ojos más azules que nunca y reflejaban una expresión algo dolida. Las gotas de agua le relucían en los hombros y se deslizaban suavemente hasta el escote. Simon apartó los ojos y se concentró en su copa. Lo último que quería en aquellos momentos era ver la suave y generosa curva de sus labios y la sugerente textura de su piel.
    – No es que no te necesite. Te necesito, pero no me parece justo tenerte aquí sólo por un estúpido trato que hicimos si lo que realmente quieres es estar con Philippe. Sé que soy muy aburrido comparado con él y hasta ahora no te lo he puesto fácil regañándote constantemente. Así que, puedes tomar el dinero e ir a divertirte con él. Sé que eso es lo que quieres. Pero ten cuidado -añadió él, tras una pausa-. No me gustaría que te hiciera daño.
    – No pienso aceptar tu dinero -replicó ella, sin saber exactamente por qué-. No tengo mucho orgullo -explicó, sentándose al lado de él-, pero no podría aceptar el dinero sólo para irme de vacaciones. Sé que probablemente sólo te ofreciste a pagarme por ser tu prometida como una manera de darme el dinero sin herir mis sentimientos, pero lo menos que puedo hacer es ganarlo. ¡Ya sabes que siempre intento terminar mis contratos! Si quieres que me vaya, vas a tener que despedirme, como Martine Sterne. Además, me estoy divirtiendo. ¿Qué otra persona podría ofrecerme un trabajo en el que me llevan a comer y a cenar, me compran todas las flores que quiero y me dejan que me pase la tarde en la piscina?
    – En casa de Philippe.
    – Eso no lo sé. Como tú mismo me dijiste, no lo conozco muy bien. Sé que me he pasado el día gruñendo -explicó ella, sin saber lo que decir para convencer a Simon de que quería quedarse-, pero no tengo prisa por irme. En lo que a mí respecta, la situación es perfecta. Estoy en una casa preciosa y me divierto durante dos semanas y, al final tengo el dinero suficiente para ser independiente. Después, sería divertido ir a visitar a Philippe, pero dos semanas no me supone mucho. Si al final no consigo nada, por lo menos me parecerá que me he ganado mi dinero. ¡Si me lo prestas, me veré obligada a hacer algo sensato con él, y no quiero!
    – No me gustaría pensar que el actuar como mi prometida te va a poner en una situación incómoda.
    – No será así. Bueno, es cierto que ha sido un poco raro y que algunas partes no han sido tan fáciles como yo había imaginado. Por ejemplo, anoche me sentí muy nerviosa al dormir contigo -confesó Polly.
    – Yo también.
    – ¿De verdad?
    – Sí.
    – Es una tontería, ¿verdad? Somos amigos y simular que estamos prometidos no debería ser tan difícil. Deberíamos relajarnos y disfrutar. ¡Será muy divertido!
    Simon pensó que el compartir una cama con Polly durante las siguientes dos semanas no iba a ser muy divertido. Al ver la expresión de su rostro, Polly creyó que él estaba pensando en Helena.
    – Con esto no haremos daño a nadie. No es como si la relación fuera de verdad.
    – No, no es como si fuera de verdad.
    – Además, es una tontería desperdiciar este anillo después de haber pasado tanto tiempo eligiéndolo. ¡Ya me estoy acostumbrando a tenerlo en la mano!
    – ¿Estás segura, Polly? No quiero aprovecharme de ti.
    – Segura.
    De repente, Polly se sintió aliviada por saber que podría quedarse en vez de poder ir donde ella quisiera y hacer lo que quisiera con el dinero que él quería darle.
    – Si de verdad quieres quedarte, te estaría muy agradecido. Esto significa mucho para mí.
    – Bien, pues trato hecho, entonces. Por cierto, siento haber sido tan desagradable antes. Voy a intentar ser un poco más ordenada.
    – Si tú lo haces, yo trataré de ser algo más tolerante -prometió Simon-. Supongo que estoy un poco obsesionado por organizar las cosas, pero creo que me viene porque soy el mayor de la familia, y todos eran tan relajados que no se hacía nada a menos que lo hiciera yo. Ya sabes cómo es mi madre, y Charlie y Emily son por el estilo.
    Polly se dio cuenta de que era cierto. Ella siempre había adorado a la madre de Simon, pero no se podía negar que dependía totalmente de Simon para solucionar sus asuntos.
    Sentada al borde de la piscina, se preguntó por primera vez lo que habría significado para Simon perder a su padre, lo que le había dejado a cargo de una familia algo errática, con sólo catorce años. Recordó cómo Charlie y Emily se quejaban de lo mucho que él protestaba y se burlaban de él por intentar crear orden en el caos de aquella familia. Los padres de Polly habían sido los únicos que le habían ayudado y él nunca lo había olvidado.
    – La próxima vez que vayamos de compras -prometió ella-, te prometo que haré una lista.
    – Trato hecho -respondió Simon, con una sonrisa.
    Entonces se produjo una pausa. Aquel era el momento en el que ella debía haberse levantado para sentarse en su hamaca, pero no se movió. Simon le tomó un mechón de pelo y se lo colocó detrás de la oreja.
    – ¿Crees que éste es un buen momento para nuestro beso diario? -preguntó él.
    – ¿Por qué no? -respondió Polly, intentando mantener la calma.
    Aquello había sido idea de ella y, cuando antes empezara a pensar en ello como un ejercicio, mejor. Sin embargo, no pudo evitar sentir un embarazoso sentimiento de anticipación y el miedo revoloteándole en la boca del estómago.
    – De acuerdo -dijo Simon, esperando sonar alegre y decidido.
    Él se inclinó torpemente sobre ella, haciendo que las narices se chocaran cuando Polly se inclinó al mismo tiempo. Ambos se echaron a reír.
    – ¡Tenías razón! -afirmó él-. ¡Necesitamos practicar!
    – Fue más fácil ayer, cuando no estábamos esforzándonos -respondió ella sin pensar.
    Enseguida se arrepintió de aquellas palabras. Se suponía que no tenían que disfrutar con aquellos besos, tal y como lo hacía Simon, sino que tenía que ser una rutina diaria.
    – Probemos otra vez -dijo Simon, inclinándose más cuidadosamente.
    Polly se inclinó también hasta que sus labios se encontraron. Se besaron suavemente, una, dos, tres veces para luego apartarse y mirarse a los ojos. Durante un momento, dudaron. Lo más fácil hubiera sido dejarlo allí, pero una fuerte atracción parecía atraerlos con una fuerza que ninguno de los dos podía resistir. Los labios de Polly se separaron instintivamente y la boca de Simon tomó la de ella. Se besaron una vez más, profunda, dulcemente hasta que la pasión de hizo la dueña con una velocidad aterradora.
    Polly apoyó las manos en los hombros de Simon para sujetarse, como si se sintiera arrastrada por una fuerza incontenible. Se suponía que aquel beso no tenía que ser tan bueno, deberían parar… pero, ¿cómo iban a poder parar cuando todos los sentidos la animaban a que se acercara más a él?
    Simon, como si hubiera escuchado sus pensamientos, la estrechó con más fuerza entre sus brazos. Polly se dejó llevar, rodeándole el cuello con los brazos, abandonándose al placer gozoso que surgía entre ellos. ¿Cómo podría ella pensar cuando Simon le había retirado la toalla y le acariciaba la espalda, las caderas y los muslos de un modo que la hacía temblar?
    Poco a poco, aquella situación se estaba escapando a su control. De mala gana, Simon se obligó a levantar la cabeza, aunque la mano se negó a moverse de donde estaba. Polly estuvo a punto de murmurar una protesta. Algo mareada, dejó caer los brazos de los hombros de él y se reclinó en la hamaca.
    – Creo… creo que se nos va dando mejor, ¿no te parece? -se obligó ella a decir.
    Simon forzó una sonrisa. Él también parecía estar teniendo problemas con su respiración.
    – Creo que tenemos que trabajar en el principio -dijo él-. Pero lo demás no parece ser un problema.
    – No.
    Polly sentía que los huesos se le habían hecho agua, pero, del algún modo, se las arregló para recuperar su toalla y sentarse en la otra hamaca. Tenía miedo de que si estaba demasiado tiempo al lado de él, haría algo que lamentaría. Por eso, alcanzó la copa de vino y se la llevó a los labios. Sin embargo, temblaba tanto que se golpeó con ella en los dientes y tuvo que volver a dejarla en el suelo.
    – Bien -dijo ella.
    – Bien -repitió él.
    No parecía que tuvieran mucho que decir. Simon sentía que el cuerpo le palpitaba y que la cabeza le daba vueltas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llevarla a su dormitorio, quitarle el biquini y hacerle el amor, larga y dulcemente. Simon se miró las palmas de las manos y supo, con un desagradable sentimiento de impotencia, que la deseaba con una intensidad que nunca había experimentado antes.
    ¿Qué diablos estaba pensando? Aquella mujer era Polly, la Polly que él recordaba con trenzas y que se echaba a reír a la menor oportunidad, pero se había convertido en una mujer hermosa y deseable.
    Simon tomó un sorbo de vino para darse fuerzas. Polly era la hija de John, la mejor amiga de Emily. Los Armstrong eran como familia suya. No podía tener una aventura con Polly para luego dejarla cuando hubiera terminado.
    Ella estaría en cada fiesta familiar, en cada boda, en cada bautizo…
    Aparte de todo eso, no había nada que le indicara a Simon que ella quería otra cosa de él que no fueran aquellas dos semanas. Tal vez lo besaba como si le fuera en ello la vida, pero Polly había sido siempre muy apasionada en todo. Lo que Polly hacía, lo hacía de todo corazón.
    Aquella idea de que se besaran todos los días era un ejemplo de lo impulsiva que era. ¡Seguramente estaba convencida de que iba a funcionar! Para ella, él era una figura familiar, alguien a quien resultaba un poco extraño besar, pero no una persona que se le pudiera besar en serio. Sospechaba que, para Polly, besarlo había sido más una forma de pasar el tiempo hasta que pudiera concentrarse en su maravilloso francés, que la haría daño tan sólo para divertirse.
    De reojo, Polly lo vio pensativo y se mordió los labios. Parecía tan triste que ella se preguntó si estaría pensando en Helena. Sería terrible que él se sintiera culpable tan sólo porque ella prácticamente le había obligado a besarla. En su momento, le pareció una buena idea, pero ella se había dado cuenta lo cerca que habían estado de perder el control. Si Simon no hubiera parado cuando lo hizo, ella le habría rasgado la camisa y le habría suplicado que le hiciera el amor.
    Aquellos besos no significaban nada. Sin embargo, Polly pensó que, si ella fuera Helena, no le agradaría que Simon se besara con nadie, aunque sólo fuese la tonta de la hija de John Armstrong.
    Mientras se daba vueltas al anillo, Polly estuvo a punto de sugerir que no se besaran de nuevo. Pero si lo hacía, Simon pensaría que ella se había tomado aquel asunto demasiado en serio y tal vez se temiera que ella se estuviera enamorando de él. Polly se estremeció de sólo pensarlo. Aquella idea era ridícula. ¿Acaso no estaba ella deseando que Philippe se enamorara de ella? Sin embargo, aunque sólo se le pasara por la cabeza, la situación sería muy embarazosa.
    De alguna manera, tenía que dejarle claro que no corría peligro de que ella se enamorara de él. Necesitaba que Simon supiera que ella no iba a tomarse aquellos besos en serio y que no se iba a olvidar de que él tenía una novia maravillosa para besarla siempre que quisiera.
    Polly intentó encontrar algo alegre y desinhibido que decir para demostrarle lo bien que ella llevaba aquella situación.
    – ¿Le has dicho ya a Helena que me estoy haciendo pasar por ella? -preguntó por fin.
    – No -respondió él, levantando la vista-. Todavía no.
    ¿Cómo podría explicarle a Polly que no había llamado a su novia porque no tenía novia? Si Polly se enteraba, lo estropearía todo. Cada vez que la besara, cada vez que la tocara, Polly se preguntaría si él no se lo estaría tomando demasiado en serio.
    – No quiero distraerla -añadió él, después de una pausa-. Está trabajando en un caso muy difícil y va a estar muy preocupada con eso durante las próximas dos semanas al menos. Se lo diré cuando haya terminado.
    – Tal vez tenga tiempo para venir aquí y pasar contigo el resto de tus vacaciones.
    – Tal vez -repitió Simon-. Ya veremos lo que pasa. De todos modos, tú ya no estarás aquí -musitó él, con una sonrisa-. Estarás divirtiéndote con Philippe.
    – Sí -respondió Polly sin mucho entusiasmo.
    Si todo salía bien, Helena y Simon tendrían las vacaciones que se merecían y ella estaría con Philippe y se lo pasaría estupendamente yendo a los casinos y paseando en yate. Sería perfecto y aquello le debería haber sonado tal y como ella lo había soñado. Sin embargo, no era así.

Capítulo 8

    ALGO había cambiado entre ellos al lado de la piscina. Aquella noche, mientras Simon respiraba plácidamente a su lado, Polly pensó que la situación debía de haberse hecho más fácil después de haberlo aclarado todo. Sin embargo, no era así.
    Las discusiones parecían haber desaparecido, pero la irritación parecía haberse visto reemplazada por otra clase de tensión: la que hacía que los silencios se prolongaran hasta más allá de lo que se podía soportar, la que le hacía más consciente de la boca de Simon y de la solidez de su cuerpo, tumbado a pocos centímetros del de ella.
    Polly se preguntó con frustración que qué le pasaba. Después de un mal comienzo, aquel verano tenía posibilidades de ser uno de los mejores de su vida. No había manera de que ella ganara tanto dinero de otro modo. Philippe había sido más que amable con ella y sus ojos oscuros habían prometido más de lo que lo habían hecho sus inocuas palabras. Tendría que haber estado más que contenta ante la perspectiva de haber llamado la atención del hombre más guapo y sofisticado que había conocido. Entonces, ¿por qué no estaba pensando en él? ¿Por qué estaba pensando en Simon y en el roce de sus labios? Polly contempló la línea de sus hombros a la luz de la luna y se imaginó que extendía
    la mano para tocarlo. ¿Cómo podría Helena estar trabajando cuando podría haber estado allí, con aquel aire perfumado, y pasar largas veladas con Simon?
    Polly suspiró y, volviéndose para mirar a la ventana, llegó a la conclusión de que Helena debía tener mucha confianza en él. ¿Por qué no iba a ser así? Helena era todo lo que Simon había dicho de ella: atractiva, inteligente, sofisticada… Era la compañera perfecta para él en todos los sentidos.

    – ¿A qué hora llegan Chantal y Julien? -preguntó Polly mientras colocaba las flores en dos enormes jarrones.
    Por alguna razón, no había dormido demasiado bien la noche anterior y se habían levantado sintiéndose algo deprimida. Estaba decidida a ganarse el dinero que Simon le iba a pagar y se decía una y otra vez que si consideraba aquello como un trabajo más, no se sentiría tan extraña al lado del Simon.
    – Chantal me dijo que intentarían llegar aquí a las seis -dijo Simon, mientras se terminaba el café. La cocina no estaba todo lo ordenada que a él le gustaba, pero le gustaba ver a Polly colocando las flores, una por una, en el jarrón-. Tenemos mucho tiempo para prepararlo todo.
    – He pensado que esta noche podría cocinarles una buena cena -sugirió ella-. ¡No te preocupes, no te destrozaré la cocina!
    – ¿Quieres que te eche una mano?
    – No -respondió ella. No entendía por qué, de repente, se sentía tan tímida. Además, le costaba mucho apartar la mirada de él-. Me las arreglaré bien.
    – De acuerdo.
    Entonces se produjo una pausa. Polly se concentró en las flores y Simon dejó la taza encima de la mesa y se puso a mirar por la ventana, consciente de la tensión que reinaba en la cocina.
    – Bueno, si no hay nada que pueda hacer… -añadió él, poniéndose de pie.
    Polly tragó saliva. Aquella era la oportunidad perfecta para demostrar que, en lo que a ella se refería, aquello era sólo un trabajo. No sabía si tenía que demostrárselo a Simon o a ella misma, pero esperaba que ayudara a aliviar la tensión que flotaba en el aire.
    – Hay algo que puedes hacer -dijo ella, dejando las tijeras encima de la mesa-. Necesito besarte.
    – ¿Ahora? -preguntó él, mirando a Polly algo alarmado. Le había llevado toda la noche convencerse de que sólo era Polly. Si la besaba, volvería a donde había estado al borde de la piscina.
    – No veo por qué no -respondió Polly, que no quería confesarle que era mejor hacerlo entonces para no tener que pasarse toda la tarde rezando por no perder el control-. Se supone que esto no es nada romántico, sino algo que debemos practicar.
    – De acuerdo -accedió Simon, esperando que no se le notara que tenía que armarse de valor.
    Polly le puso las palmas de las manos en el pecho y lo miró a los ojos. Había planeado darle un beso apasionado, pero en el último momento le falló el valor y se lo dio en la comisura de los labios.
    Simon, deliberadamente, no la abrazó, pero, al ver que ella se retiraba, le tomó la cara entre las manos y le dijo:
    – Muy bien. Ahora me toca a mí.
    Entonces, inclinó la cabeza y la besó en los labios. Aquella vez, Polly estaba mejor preparada para soportar el placer. Tuvo sensaciones agradables, pero no sintió como si le cediera el suelo bajo los pies. Se estaba felicitando por soportarlo tan bien, cuando Simon se apartó de ella. Los dos se miraron con un alivio mal escondido.
    – Creo que tenías razón -dijo él suavemente-. Con la práctica mejora. ¡Estamos mejorando mucho!
    – Ya te lo dije.
    Polly analizó cuidadosamente el ambiente. No parecía haber sensación alguna de incomodidad. Había sido un beso de lo más agradable, pero ella no había sentido que se desmoronaba como cuando Simon la había tocado antes y el aire parecía libre de tensiones embarazosas.
    Tal vez aquello estuviera funcionando. Si podían evitar la tensión que le había embargado la tarde anterior, aquellas dos semanas podrían ser de lo más agradable. Y cuando llegaran Chantal y Julien, todo sería mucho más fácil. Polly llegó a la conclusión de que su desmedida respuesta a los besos de Simon debía haber sido fruto del cansancio o de los nervios. Había levantado una montaña de un grano de arena. A partir de aquel momento, volverían a su relación de siempre y todo volvería a ser como antes.

    – ¡Qué flores tan bonitas! -exclamó Chantal, admirando el jarrón que Polly había colocado en la chimenea.
    Al poner los ojos en Chantal, Polly había sentido que le abandonaba toda su confianza. La antigua novia de Simon era menudita, con unos enormes ojos verdes, una piel perfecta y la constitución que Polly sólo podía tener en sueños. Llevaba puestos unos pantalones color crema, muy amplios, y una camiseta blanca. A su lado, Polly se sentía gorda y desaliñada.
    Al ver la reacción de Chantal por las flores, se animó un poco. Simon no había hecho ningún comentario, pero Polly sabía que él odiaba la manera caótica en la que había colocado las flores. Él hubiera preferido un arreglo minimalista, por lo que le consolaba que Chantal apreciara el efecto.
    – Simon, esta casa no se parece en nada a tu piso de Londres -añadió Chantal, mirando a su alrededor.
    Simon pensó que no lo era después de que Polly hubiera hecho todo lo posible por arreglarlo, pero no parecía haber sido consciente de que, en dos días, había cosas suyas por todas partes. En la mesa de café, normalmente vacía, había una pila de libros, revistas y un par de tazas sucias, limas y esmaltes de uñas y unas postales que ella había empezado a escribir pero que no había terminado.
    – Polly es responsable de este cambio -dijo Simon, secamente.
    – Yo solía intentar hacer el piso de Simon más femenino, pero él nunca me dejaba cambiar nada -afirmó Chantal-. ¡Debes de ser muy especial para él!
    – Lo es -respondió Simon, tomando a Polly por la cintura ya que había visto fruncir el ceño a Julien.
    Él era algo mayor que Chantal y resultaba muy atractivo. Resultaba evidente que adoraba a su esposa y que no podía ni quitarle los ojos de encima, por eso no le había gustado la referencia a la vida que ella y Simon habían compartido juntos.
    A Polly tampoco le habría gustado si fuera él, especialmente teniendo en cuenta la manera tan afectuosa con la que Simon había saludado a Chantal cuando llegaron. Ella lo había observado casi con tanto recelo como Julien y no pudo dejar de pensar que si Helena viera cómo había saludado a su antigua novia, no estaría tan segura de él. Polly estaba segura de que a ella, Simon nunca la había besado con tanto afecto.
    – Me alegro tanto de conocerte -le decía Chantal-. ¡No eres como te había imaginado!
    – ¿Por qué no? -preguntó Polly, aunque creía saber la respuesta.
    – Es difícil saber por qué… supongo que pareces más relajada que lo que Simon dijo de ti. Y pareces ser muy joven para ser una abogada de tanto éxito -añadió Chantal.
    – Creo que estás confundiendo a Polly con Helena -dijo Simon, dándose cuenta de que, probablemente, le había dicho más cosas a Chantal sobre Helena de lo que él mismo creía.
    – ¡Helena! ¡Claro! -exclamó Chantal, algo avergonzada, llevándose la mano a la boca-. ¡Lo siento mucho, Polly! Sin embargo, estoy segura de que no me habías dicho nada, Simon. ¿Cuándo ocurrió todo este cambio?
    – Hace un par de meses. Las cosas se enfriaron con Helena -explicó Simon, recogiéndole a Polly un mechón detrás de la oreja-. Entonces, conocí a Polly y ¡bum! eso fue todo.
    – ¡Siempre te dije que te pasaría eso algún día! -comentó Chantal, riendo-. Sólo tenías que esperar a la chica adecuada.
    – Sí -afirmó él, mirando a Polly. Luego la estrechó fuertemente entre sus brazos-. Y ahora, sé que la he encontrado.
    Polly sintió que se le encogía el corazón al ver cómo la miraba Simon. Sería tan fácil creer que aquellas palabras eran ciertas… Pero tenía que recordar que todo ello era una farsa e iba siendo hora de que ella representara su papel.
    – ¿Se lo decimos? -le preguntó Polly.
    – ¿Por qué no? -respondió Simon.
    – Simon y yo nos prometimos ayer -dijo Polly, mirando a Chantal.
    Estaba segura de que Chantal se daría cuenta de que todo era una mentira. Ella conocía a Simon y sabía el tipo de mujeres, elegantes y sosegadas, que le gustaban. ¿Cómo iba ella a creer que él se enamoraría de una chica algo desaliñada que parecía haber irrumpido en su ordenada vida con su caos y su desorden?
    Polly esperaba que Chantal se echara a reír, pero ésta ni siquiera se sorprendió. En vez de eso, pareció genuinamente emocionada y abrazó primero a Polly y luego a Simon.
    – ¡Es una noticia magnífica! -exclamó Chantal.
    – Enhorabuena -dijo Julien, visiblemente más relajado.
    Al ver la reacción de Julien, Simon se dijo que todo aquello había merecido la pena. Si Julien se relajaba, podrían hablar de la fusión tranquilamente y aquello era lo más importante, ¿o no? Durante los dos días anteriores, había habido momentos en los que Simon casi se había olvidado de la fusión, en los momentos que había mirado a Polly a los ojos y se había dado cuenta lo fácil que sería olvidarse de que todo aquello era mentira.
    La llegada de Julien se lo había recordado. Todo lo que tenía que hacer era recordar lo importante que era aquella fusión para su empresa y sería más fácil resistirse al encanto de los ojos de Polly, a sus labios y a la suavidad de sus curvas. Sería fácil.
    – ¡Por Polly y Simon! -dijeron Chantal y Julien, quienes habían insistido en abrir una botella de champán.
    Polly sonrió cortésmente y miró a Simon. Resultaba evidente que aquel momento requería algún gesto de cariño. Simon debía de haber pensado lo mismo porque le pasó la mano por debajo del pelo y la atrajo suavemente hacia él. Polly no se resistió y cerró los ojos mientras él la besaba. Pero, durante un momento, no pudo dejar de imaginar cómo sería aquel beso si el compromiso fuera real.
    Cuando Simon la soltó, se reclinó en el sofá, medio aliviada y medio desilusionada porque el beso hubiera sido tan breve. Había sido de lo más natural y, a juzgar por las caras de Chantal y Julien, había merecido la pena.
    – Contadnos cómo os conocisteis -quiso saber Chantal-. ¡Quiero saberlo todo!
    – Nos conocemos desde siempre -respondió Polly, repitiendo lo que había decidido que dirían cuando la pregunta surgiera: la verdad-. De niños, solíamos pasar las vacaciones juntos, pero cuando Simon dejó de vivir con su madre, nuestras vidas se separaron. Durante los últimos años, casi no nos hemos visto hasta que, recientemente, volvimos a encontrarnos.
    – Así que, ¿fuisteis novios en la infancia? -preguntó Chantal, encantada.
    – No exactamente -respondió Simon, tomando la mano de Polly-. Aunque Polly sí que quería casarse conmigo cuando tenía cuatro años.
    – A decir verdad, nunca nos llevamos nada bien -explicó Polly, para evitar que él hablara de aquella parte de la historia-. A mí Simon me parecía terriblemente aburrido y yo a él le parecía una tonta, ¿no es cierto, cariño? -añadió ella, obligándose a mirar a Simon.
    – Pero ahora he cambiado de opinión -replicó Simon, mirándola de una manera que la hizo enrojecer.
    – ¿Y qué te hizo cambiar a ti de opinión? -preguntó Chantal, con una sonrisa.
    – No sé -respondió Polly, consciente de que Simon seguía teniéndola de la mano-. Un minuto Simon era el irritante amigo de familia y al otro…
    – ¿Y al siguiente te diste cuenta de que estabas enamorada de él? -sugirió Chantal, acabando la frase por ella.
    A Polly le dio un vuelco el corazón. Se sentía como si estuviera al borde de un abismo, sabiendo que un paso en falso le haría caer a lo desconocido. El sentimiento era tan fuerte que lo único que podía hacer era mirar a Chantal con los ojos muy abiertos, mientras, mentalmente, se iba apartando del borde del abismo. ¡Claro que no estaba enamorada de Simon! Únicamente se estaba dejando llevar por aquella farsa. ¿No era así?
    – ¿Polly? -preguntaron todos, mirándola con curiosidad.
    – Sí -replicó ella-. Así fue como fue.
    – ¿Te pasó a ti lo mismo, Simon? -insistió Chantal.
    – Creo que me enamoré de ella en el momento que volví a verla -dijo él, levantando la mano de Polly para besarla en la palma. Aquel beso mandó una serie de sensaciones por el brazo de Polly que le hicieron temblar.
    – ¡Te lo estás inventando! -exclamó Polly, como si estuviera bromeando. Sin embargo, Simon le devolvió la mirada con una perturbadora expresión.
    – No, es cierto. Cuando abriste la puerta, tenías un aspecto muy diferente al que yo recordaba de ti. Me sentí como si nunca te hubiera visto, intenté seguir pensando en ti como lo hacía antes, pero no puede. Cuando me di cuenta de lo que había pasado, ya estaba perdidamente enamorado de ti y era demasiado tarde para dar marcha atrás.
    Los ojos de Simon desprendían un afecto que Polly nunca había visto. Intentó recordarse que él estaba solamente disimulando, pero le resultó imposible apartar la vista de él, como si no hubiera nadie más en la habitación.
    – Nunca me habías dicho eso -dijo al final Polly, diciéndose a duras penas que aquello era sólo una mentira.
    – No quería hacerlo hasta que estuviera seguro de que me amabas también… y así es, ¿no es verdad?
    – Sí -afirmó Polly, dándose cuenta de que, a pesar de que era lo que se esperaba que ella dijera, la respuesta había acudido sin tener que pensarla-. Así es.
    Y entonces, como si lo hubieran ensayado, se acercaron el uno al otro y se besaron de un modo tan dulce que, cuando se separaron, Polly se dio cuenta, horrorizada, que tenía lágrimas en los ojos.
    Sin embargo, nada de aquello extrañó a Chantal y a Julien. Ambos estaban sonriendo y Julien levantó la copa para hacer otro brindis.
    – ¡Por el amor! -dijo él.
    La mano de Polly estaba temblando, pero, consciente de que Simon la estaba mirando, tomó la copa con valentía.
    – ¡Por el amor! -repitió Polly, obligándose a mirar a Simon como si de verdad estuvieran enamorados.
    Pero Simon tenía una extraña expresión en los ojos. Por fin, levantó la copa y le devolvió el brindis.
    – Por el amor -dijo Simon.

    Simon puso un gesto horrorizado al ver el estado en el que estaba la cocina, pero tuvo que admitir, que de ese caos, Polly había creado una cena deliciosa. Después del vino y del champán, Julien y él habían podido relajarse y divertirse mucho más de lo que ninguno de ellos había esperado al principio de la tarde.
    Cuando cerraron la puerta del dormitorio aquella noche, Simon estaba sonriendo y fue a abrazar a Polly.
    – ¡Lo hemos conseguido! -exclamó con júbilo.
    – ¡No me irás a decir que Julien ha accedido a la fusión tan pronto! -replicó Polly, riendo.
    – Todavía no, pero nos llevamos bien y sé que va a considerar nuestra propuesta muy seriamente -explicó Simon, sonriendo-. Resulta evidente que Julien está muy relajado y dispuesto a divertirse mientras esté aquí y eso es gracias a ti, Polly. ¡Estuviste fantástica!
    – Tú tampoco estuviste mal -respondió ella, sin poder dejar de ignorar las manos de él en la cintura.
    – Julien se pasó toda la noche diciéndome la suerte que tengo de tenerte.
    – Chantal me ha estado diciendo lo mismo sobre ti. No tienen ni idea de que, de verdad, no estamos enamorados.
    – No -dijo él, lentamente-. Hemos resultado bastante convincentes, ¿verdad?
    – Debemos de ser actores natos -sugirió Polly, algo incómoda al oír que le temblaba la voz.
    – Debe de ser.
    Sin pensarlo, Simon la abrazó aún más fuerte, pero el tacto de seda del vestido que ella llevaba hizo despertar sus sentidos más de lo que él hubiera deseado. De repente, se dio cuenta de lo cerca que ella estaba, de la calidez de su cuerpo, del aroma de su perfume y de lo fácil que sería dejarse llevar… Entonces, casi bruscamente, se apartó de ella y se produjo un incómodo silencio.
    – Bueno -dijo él, por fin-. Es mejor que nos vayamos a la cama. Ha sido un día muy largo.
    – Sí -respondió Polly, aclarándose la garganta-. Voy… voy a lavarme los dientes.
    Ella salió corriendo hacia el cuarto de baño y se sintió horrorizada al ver que las manos le temblaban mientras empezaba a quitarse el maquillaje. Durante un momento, había estado completamente segura de que Simon iba a tomarla entre sus brazos y se había quedado atónita con la desilusión de ver que no había sido así.
    El día había ido perfectamente y Polly había logrado convencerse de que podía relajarse y divertirse hasta que Simon la había abrazado. Todo era culpa de él. Si no la hubiera abrazado de aquella manera, si lo hubiera sonreído, ella no estaría preguntándose lo que sentiría si estuvieran verdaderamente enamorados, cómo sería si ella supiera que, cuando saliera del cuarto de baño, él la estaría esperando con los brazos abiertos…
    Polly se echó a temblar mientras se salpicaba la cara con agua fría. Ya iba siendo hora de que dejara de preguntarse. Aquella actitud sólo podría complicar las cosas. Ella tenía que representar el papel de estar enamorada de Simon y lo haría, tal y como lo habían acordado. Sin embargo, era mejor que ella no se olvidara de que era sólo eso, un papel.

    Después, cuando miraba hacia atrás en el tiempo y recordaba los días pasados en Provenza, los recuerdos eran maravillosos. Ella solía llenar la casa de flores, y se pasaba horas en la cocina, haciendo las comidas, que comían afuera, en la terraza, a la sombra de la parra. Luego, mientras recogía la cocina, intentaba que los comentarios de Simon con respecto al orden no la afectaran. Poco a poco, las protestas eran cada vez más débiles, tanto que a Polly casi le parecían ruidos de fondo.
    Si no hubiese sido por las noches, todo hubiera sido perfecto. Durante el día, Polly se podía olvidar que sólo era una sustituta de conveniencia para Simon. Se acostumbró tanto a su papel, que, cuando Simon le ponía la mano en la espalda o le acariciaba la mejilla, ella respondía con la mayor naturalidad. Incluso, había podido llegar a acariciarlo a él, y a besarlo en el cuello. Por las noches, algunas veces se sentaba en el suelo y se apoyaba contra las rodillas de Simon y él solía acariciarle el pelo, enredando los dedos entre los mechones.
    Pero por las noches, todo cambiaba. Al entrar en la habitación, era como pasar de una realidad a otra. Por el día, su relación era afectuosa y natural. Hablaban, reían y bromeaban el uno con el otro como si de verdad estuvieran juntos. Pero por la noche, aquella intimidad se evaporaba en recelo y el aire se cargaba de una tensión que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer.
    Polly solía quedarse despierta, al lado de Simon y se atormentaba preguntándose por qué aquel sentimiento de bienestar se transformaba en cuanto entraban en el dormitorio. Polly sabía que, en parte, era culpa suya. Algunas veces, a lo largo del día, le tomaba de la mano sin saber por qué o se apoyaba sobre él, y se sentía aterrorizada al pensar que Simon podría pensar que se estaba tomando aquel asunto demasiado en serio. Por eso, al llegar al dormitorio, se refugiaba tras una pantalla de frágil cortesía.
    Al principio, aquella tensión aparecía sólo durante las noches pero, con el paso del tiempo, fue apareciendo también por el día. Ambos trataron de ignorarlo, pero no era fácil.
    Algunas veces funcionaba. Había veces es que Polly se preguntaba si serían sólo imaginaciones suyas cuando le parecía que Simon hacía todo lo posible por no tocarla. Sin embargo, había otras, como cuando nadaban en la piscina, en las que parecía que el tiempo no había pasado desde que eran niños.
    E incluso aquello acabó por desaparecer. Chantal y Julien se pusieron a preparar el almuerzo un día, dejando a Simon y a Polly en la piscina. Polly se sentía relajada y feliz, llena de energía por la luz del sol y por el hecho de que Simon parecía estar más relajado aquel día.
    Tras llamarlo, ella le salpicó agua y se zambulló antes de que él pudiera atacarla, pero él la alcanzó con facilidad y la hundió de nuevo en el agua, para aparecer después en la superficie, juntos, riendo. Polly se había aferrado a los hombros de Simon y él la tenía agarrada por la cintura, listo para lanzarla por los aires. Había empezado a levantarla, pero en aquel momento, se dieron cuenta de lo juntos que estaban, y las sonrisas se les borraron del rostro, evaporándose lentamente.
    Polly miró a Simon y, al ver la expresión que él tenía en los ojos, algo se quebró dentro de ella. Le resultaba imposible no notar todo lo que era de él, las arrugas en las mejillas, en los ojos, las gotas de agua que tenía en la sien… y sobre todo, el tacto de su piel desnuda, suave y morena y el roce de las manos en su cintura.
    El sol brillaba en el agua y reflejaba la luz sobre sus cuerpos, yendo de uno a otra como si fueran uno. Muy lentamente, Simon la bajó hasta que ella tocó con los pies el fondo de la piscina, deslizándola a lo largo de su propio cuerpo, su estómago contra el estómago de ella, su pecho contra sus senos… Para Polly fue como si en aquel momento se hubiera detenido el tiempo.
    Era como si una barrera invisible se hubiera levantado alrededor de ellos, aislándoles del mundo. Más allá, Julien y Chantal seguían hablando, sin saber lo que estaba pasando en la piscina, envueltos por el aroma de las mimosas y el calor que se reflejaba en las losetas del jardín. Sin embargo, en el agua sólo existía el roce con el cuerpo de Simon, la luz que brillaba en los ojos de él y un tremendo sentimiento de lo inevitable.
    Sin decir palabra, se miraron el uno al otro. Día tras día, noche tras noche, aquella terrible tensión les había llevado a aquel momento, reflejando lo que ellos habían estado pensando. Polly podía sentir la resistencia de ambos haciéndose pedazos como si fuera algo tangible, temblando de anticipación y alivio al ver que el momento que ambos querían había llegado por fin.
    Aquel sería un beso verdadero. Aquella vez, Polly no podría afirmar que había estado fingiendo ni le importaba hacerlo. No quería pensar en el después, todo lo que quería era sentir la boca de Simon sobre la suya.
    Estaba tan segura de que aquel beso ocurriría que las manos de ella se empezaron a deslizar hacia los hombros de él… Y entonces, de un golpe, Simon se apartó de su lado tan bruscamente que ella se cayó al agua.
    – Es hora de comer -dijo él secamente, mientras se daba la vuelta y salía de la piscina-. Chantal y Julien nos están esperando.

Capítulo 9

    POLLY se quedó en el agua, que todavía estaba agitada por la repentina marcha de Simon y lo contempló alejarse, atónita por una sensación de incredulidad y frustración. Él iba a besarla, había querido besarla, Polly lo había visto en sus ojos… ¿Por qué la habría empujado como si sintiera asco de ella? ¿Por qué se habría marchado sin una explicación o una disculpa?
    La desilusión dejó paso a la humillación al recordar cómo ella lo había animado al deslizarle las manos por los hombros. Prácticamente, le había estado suplicando que la besara, por eso Polly sintió que la cara le ardía de vergüenza al recordar cómo él la había rechazado. Sin embargo, Simon no tenía que explicar nada. Evidentemente, por un momento, se había olvidado de quién era ella para luego darse cuenta de repente de que ella era la última chica a la que querría besar a menos que fuera absolutamente necesario.
    A punto de llorar, Polly nadó un par de largos en la piscina. Podía oír a Simon hablar con Chantal y Julien en la terraza. Tenía una voz tan normal… De repente, aquella voz actuó como una cura para su sentimiento de vergüenza. No era culpa suya que él hubiera estado a punto de besarla. Él lo había empezado todo, nunca debería haberla abrazado de aquella manera, ni debería haberla mirado de aquella manera… ni haberla hecho sentirse de aquella manera.
    – ¡Polly! La comida está lista -le gritó Chantal desde la terraza.
    – ¡Voy!
    Polly se envolvió con una toalla y se puso una camisa para protegerse del sol. Las piernas le temblaban, pero no podía pasarse todo el día en la piscina. Estaba claro que ella no estaba a la altura de Helena o de Chantal, pero tampoco quería estarlo. ¡Si Simon no quería besarla, mejor para ella!
    Respirando profundamente, Polly subió los escalones que llevaban a la terraza con la cabeza muy alta. Durante la comida, ignoró a Simon, y resultaba evidente que él estaba tratando de hacer lo mismo. Se sentó lo más lejos de ella que pudo y se concentró exclusivamente en Chantal, sonriendo y haciéndola reír de un modo que a Polly sólo se le ocurría describir como necio. Pero, ¿qué le importaba a ella? Intentando convencerse de ello, se sacudió la melena y sonrió espléndidamente a Julien.
    Simon sintió aquella sonrisa como si se le hubieran quemado las comisuras de los ojos, pero se obligó a no mirarla. ¿Acaso Polly no se daba cuenta de que él estaba intentando no pensar en ella, no recordar el tacto de la piel mojada de ella bajo sus manos?
    Simon estaba todavía abrumado por lo cerca que había estado de perder el control. No era justo que Polly se limitara a sentarse allí como si no hubiera pasado nada. Efectivamente, así había sido, pero no había sido gracias a ella. ¿Por qué no podía volver a ser la irritante Polly de siempre, la que resultaba tan fácil de ignorar? ¿Por qué tenía que haberlo mirado con aquellos ojos tan azules, haberle deslizado las manos por el pecho como si no supiera lo que aquello le causaba? ¿Por qué tenía que comportarse de aquella manera?
    Simon pensó que las dos semanas estaban a punto de finalizar y, deliberadamente, se puso a alimentar su resentimiento para no tener que pensar lo que habría ocurrido si él hubiera sucumbido a la tentación en la piscina. ¿Por qué tenía Polly que estropear las cosas?
    – Julien, ¿por qué no me ayudas a recoger todo esto? -preguntó Chantal, levantándose de la mesa tan pronto como hubieron terminado de comer. Obviamente, había sentido la tensión que reinaba entre Polly y Simon y quería dejarlos.
    – ¡Deja eso, Chantal! Ya has hecho bastante por hoy -exclamó Simon, mientras se levantaba, como movido por un resorte. No podía dejar que su preciosa Chantal se ensuciara las manos con los platos sucios-. Venga, Polly. Nosotros nos encargaremos de esto -añadió, dirigiéndose a ella con un tono airado.
    Cuando llegaron a la cocina, Polly se puso a cargar los platos en el lavavajillas.
    – ¿Cómo pudiste quedarte ahí sentada y dejar que Chantal lo hiciera todo? -le espetó Simon, en cuanto trajo los últimos platos que quedaban encima de la mesa-. Se supone que ella está de vacaciones.
    – Ella sólo preparó la comida de hoy -replicó Polly, mientras metía con estrépito los platos en las ranuras del lavavajillas-. Yo la he preparado casi todos los días, por si no te acuerdas.
    – Para eso te pago, por si te has olvidado tú de eso.
    – ¿Cómo lo podría olvidar? No te creerás que haría estado trabajando como una esclava y durmiendo contigo todas las noches a menos que me estuvieras pagando, ¿verdad?
    La cara de Simon estaba muy pálida. No quería entrar en una discusión sobre a quién le había disgustado más dormir con quién. Tras poner los platos que había traído en el lavavajillas, le quitó a Polly de las manos los que ella tenía.
    – ¡Mira, hay migas de pan por todas partes! -exclamó él, furioso, cambiando a un tema que le resultaba más seguro-. No me extraña que Martine Sterne te despidiera si ni siquiera sabes cómo poner un lavavajillas. ¿Es que no sabes que antes de colocar los platos hay que enjuagarlos?
    – ¡Sólo las personas reprimidas como tú y Helena hacen eso! -le espetó ella, sintiendo que, gracias a aquella furia podía superar las ansias de echársele en los brazos y ponerse a llorar.
    – Helena es la última persona del mundo a la que se le podría llamar reprimida. Tiene una actitud abierta con todo en esta vida y eso incluye el sentido de la higiene, algo que parece que tú desconoces.
    – ¿De verdad? ¡Entonces, es una pena que ella no esté aquí!
    – Pues sí, es una pena -afirmó Simon, secamente.
    Si Helena hubiese estado allí, él no se hubiera tenido que pasar las dos últimas semanas sintiéndose distraído y furioso. Se hubiera concentrado en hablar de negocios con Julien en vez de pasárselas preguntándose dónde estaba Polly y lo que estaba haciendo. Su vida no se habría puesto patas arriba y, en aquellos momentos, no estaría allí sin saber si quería zarandear a Polly o besarla.
    – Las cosas hubieran sido algo más sofisticadas si Helena hubiera podido venir -dijo él-. No hubiera convertido la casa en una leonera y hubiéramos podido mantener una conversación inteligente, para variar.
    – ¡Sí, como por ejemplo, inteligentes y sofisticadas conversaciones sobre cómo se carga un lavavajillas! -exclamó Polly, con los ojos brillantes.
    De repente, el teléfono que había colgado de la pared de la cocina empezó a sonar. Polly lo descolgó, diciéndose que, si era Helena, le iba a contar unas cuantas cosas sobre cómo se carga un lavavajillas.
    – ¿Sí? -respondió, muy secamente. Sin embargo, la expresión de su rostro cambio enseguida-. ¡Philippe! ¡Qué alegría que hayas llamado! Estaba precisamente pensando en ti… -añadió, mirando a Simon con una expresión de desafío, mientras bajaba la voz para que la conversación resultara más íntima, aunque todavía fuera inteligible para Simon-. No, claro que no me he olvidado… ¡Claro que voy a ir! Lo estoy deseando… ¿Cómo dices?… No claro que no -respondió, riendo con intención-… ¿Significa eso que todavía sigue abierta tu oferta para enseñarme francés?… Bien, entonces no puedo esperar… Hasta mañana entonces. Era Philippe -le informó a Simon, que la miraba con una dura expresión en el rostro, cuando colgó el teléfono.
    – ¡No me digas! -exclamó Simon, con la voz llena de sarcasmo.
    – Ha llamado especialmente para recordarme la fiesta que da mañana.
    – Mañana es el día que se marchan Chantal y Julien: Había pensado que podríamos todos ir a cenar fuera.
    – De acuerdo, entonces podemos ir a la fiesta después.
    – Tal vez ellos no quieran ir a la fiesta.
    – Entonces, iré yo sola. A mí sí me apetece.
    – No hay razón alguna para que yo te haya soportado estas dos últimas semanas si vas a acabar por estropearlo todo al final -afirmó Simon, con una expresión sombría en el rostro-. Chantal y Julien van a sospechar que algo va mal si insistes en largarte por tu cuenta.
    – Tampoco hay razón para que yo haya soportado estas dos semanas si yo voy a tener que privarme de ver a Philippe de nuevo.
    – De acuerdo -respondió Simon, intentando controlarse-. Pero si tú vas, vamos todos. Y es mejor que sigas recordando lo que acordamos. Estamos comprometidos hasta el domingo. Entonces, Chantal y Julien se habrán ido y yo me marcharé a Londres tan pronto como pueda, cosa que estoy deseando hacer. Después de eso, puedes hacer lo que te venga en gana.
    – ¡Supongo que me creerás si te digo que yo tampoco puedo esperar!
    El domingo… Aquello significaba que sólo quedaba otro día que pasar al borde de la piscina, sólo dos mañanas más en las que despertarse con el sol, entrando a raudales a través de las contraventanas, para luego salir descalza a la terraza… Sólo dos noches más al lado de Simon.
    Evidentemente, él estaba deseando volver a ver a Helena. Polly intentó convencerse de que se alegraba, de que estaba harta de que la mandaran de acá para allá, recibiendo críticas constantemente. Era mejor que Simon volviera con Helena para que los dos pudieran hacer las cosas a su gusto. Ella tenía otros planes. Sería libre, se divertiría… Tendría todo lo que siempre había deseado.
    Polly intentó recabar todo su entusiasmo antes las perspectivas para los próximos días mientras se arreglaba para salir aquella noche. Siempre había querido ir a una de aquellas sofisticadas fiestas de la jet-set. Estaría llena de hombres elegantemente vestidos y hermosas mujeres cuyas revistas aparecían en todas las revistas. Habría música, periodistas y todos los componentes de aquella vida disoluta.
    Y ella estaría allí. Polly se miró en el espejo y sintió náuseas. Se había puesto su mejor vestido, de color rojo y muy cortó, y los zapatos que le habían destrozado los pies la noche que Simon había aparecido en la fiesta de los Sterne. Desde entonces, sus pies se habían recuperado y, además, aquella noche no tendría que servir como camarera. Su lugar estaría entre los que tomaban las copas de las bandejas que otros ofrecían.
    Debería estar muy emocionada. Philippe estaría allí y él le había dicho que estaba deseando verla. Polly practicó una sonrisa, pero no resultaba nada natural. ¡Tendría que mejorar mucho! Se suponía que tenía que estar contenta, estaba contenta. Todo lo que tenía que hacer era convencer a Simon de que estaba contenta.
    Simon iba y venía por la habitación, detrás de ella, poniéndose unos gemelos. Simon se decía que Polly se estaba tomando muchas molestias por Philippe. El vestido le hacía unos pliegues muy sugerentes en la espalda mientras ella se inclinaba para ponerse rimel en las pestañas. Simon sintió que se le hacía un nudo en la garganta. ¿Qué pasaría si él fuera a acariciarle los hombros desnudos y dejara que los pulgares le acariciaran la nuca? ¿Inclinaría la cabeza ella y, sonriendo, le diría que ya no le apetecía salir?
    Ella nunca diría eso. Estaba deseando salir. Aquélla era su mayor oportunidad para impresionar a Philippe Ladurie, y resultaba evidente que ella no estaba dispuesta a dejarla escapar.
    Como si quisiera darle la razón, en aquel momento, Polly se levantó y se alisó el vestido para volverse luego a mirarlo.
    – ¿Qué tal estoy? -preguntó ella, con una frágil sonrisa.
    – Bien -respondió Simon. En realidad, estaba hermosísima.
    – ¿Crees que a Philippe le gustará el recogido que me he hecho en el pelo?
    – Me imagino que sí -replicó él, a pesar de que quería decir que no tenía ni idea de lo que le gustaba a aquel patán.
    – Espero que no vayas a ser tan grosero como la última vez -le advirtió Polly-. No quiero que me estropees mis posibilidades con él. No me importa tener que simular que soy tu prometida durante una noche más, pero no hay ninguna necesidad de que, esta noche, te comportes como un prometido celoso.
    – No lo haré -replicó Simon, apartando la mirada.
    Polly fue el alma de la fiesta mientras estuvieron cenando en el restaurante. Tenía los ojos brillantes e incluso su risa resultaba algo febril. Pero Simon sabía que aquello sólo se debía a que estaba excitada por verse en la maravillosa fiesta de Philippe y por el hecho de volver a verlo. Mientras ella levantaba la copa y sonreía a Julien, él la contempló y se dio cuenta, de repente, lo mucho que la amaba.
    ¿Cuándo había perdido él el control de lo que sentía por ella? ¿Cuándo había aprendido a apreciar lo risueños que eran sus ojos, la suave curva de sus labios y la manera en la que le brillaba el pelo cuando volvía la cabeza?
    Simon torció la boca al darse cuenta, con amargura, de que aquélla sería la última vez que la vería. Lo único que deseaba en aquellos instantes era sacarla del restaurante y llevársela a casa para suplicarle que se quedara. Sin embargo, con aquello, no conseguiría nada. Ella buscaba glamour y sofisticación. No quería pasarse el resto de la vida con un hombre que le decía constantemente cómo tenía que hacer las cosas. Al día siguiente, ella se habría marchado y Simon intentaría convencerse de que le gustaba su ordenado estilo de vida.
    – Simon, ¿te encuentras bien? -le preguntó Chantal, sacándole de sus pensamientos.
    – Sí -respondió él, esbozando una sonrisa-. Si todavía quieres ir a esa fiesta -le dijo él a Polly-, creo que deberíamos marcharnos.
    Mientras miraba a Polly, deseó con todas sus fuerzas que ella dijera que había cambiado de opinión y que ya no quería ir. Sin embargo, tras un momento de duda que hizo que Simon albergara ciertas esperanzas, Polly se puso de pie con una radiante sonrisa.
    – Estoy lista. ¡Vamos de fiesta! -exclamó ella.

    La fiesta era todo lo que Polly había imaginado y Philippe estaba mucho más guapo de lo que ella recordaba. El la había recibido con una halagadora bienvenida. Sin embargo, lo único que Polly no pudo olvidar era que a Simon aparentemente no le importaba que otro hombre la cortejara.
    Aquella tarde, debería haber sido la que los sueños de Polly se hicieran realidad. Aquella fiesta era la clase de fiesta con la que Polly había soñado toda su vida y de la que sólo había sabido a través de las revistas. Allí estaba ella, rodeada de famosos, monopolizada por el hombre más guapo de la fiesta y…, lo único que quería era marcharse.
    Escuchando sólo a medias lo que le decía Philippe, recorrió la vista por los invitados buscando a Simon, sin saber si se sentía halagada o herida por la manera en la que él la había dejado en manos de Philippe y había desaparecido. De vez en cuando, lo había visto hablando con alguien, pero por mucho que ella riera o flirteara con Philippe, Simon ni siquiera la miraba.
    De repente, vio que se marchaba con Chantal y Julien en dirección a la puerta. Polly los miraba incrédula. ¡Simon iba a abandonarla allí!
    Murmurando entre dientes una excusa para Philippe, Polly luchó por abrirse paso entre los invitados y llegar a tiempo a la puerta para tomarle a Simon por el brazo.
    – ¿Dónde vais? -preguntó, muy enojada.
    – Chantal está cansada -respondió él, mirando por encima del hombre para asegurarse de que ellos no podían oírlos-. Tienen que volver a París mañana en coche, así que me ofrecí a llevarles a casa.
    – ¿Y yo?
    – Di por sentado que querrías quedarte -replicó Simon con frialdad-. Me pareció que te estabas divirtiendo mucho con Philippe y me pediste que no interfiriera entre vosotros, así que pensé que preferirías que nos marcháramos. Además, ya no hay razón alguna para que no le digas la verdad a Philippe, si eso es lo que quieres.
    – Me podrías haber dicho que os ibais -afirmó ella. Se sintió horrorizada al sentir que se estaba a punto de llorar.
    – No creí que te dieras cuenta. Siempre que te miraba, te veía encantada con Philippe. Parece que le gustas mucho -dijo él con tristeza.
    – Sí.
    – Debes de estar encantada de que todo esté saliendo de la manera que tú esperabas.
    – Sí.
    Entonces, se produjo una pausa. Chantal y Julien se detuvieron para ver qué le pasaba a Simon. El levantó una mano para decirles que ya iba y se volvió a Polly.
    – Me hubiese gustado que volvieras a casa esta noche para que pudieras despedirte de Chantal y Julien mañana, pero, tal vez, si las cosas van tan bien que quieres quedarte aquí, estoy seguro de que podría encontrarte una excusa.
    – ¡No! Claro que no. Volveré a casa.
    – Entonces, regresaré a recogerte dentro de un par de horas.
    ¿Dentro de un par de horas? ¿Es que no se daba cuenta de que ella estaba desesperada por volver a casa, de que lo único que quería era regresar y meterse en la cama?
    – De acuerdo -dijo ella, por fin, con una falsa sonrisa.
    Las dos horas siguientes fueron un purgatorio. Philippe estuvo más atento que nunca y la sacó a bailar, obsequiándola constantemente con champán. Sin embargo, todo lo que Polly podía pensar era en lo que faltaba para que Simon viniera a recogerla. No dejaba de mirar a la puerta, aterrada de no verlo cuando entrara.
    Por fin, él entró por la puerta, frío, seguro de sí mismo. Comparado con los otros hombres que había en la fiesta, él no era tan sofisticado, pero en cuanto lo vio, Polly sintió que los pulmones se le vaciaban y que el corazón le daba un vuelco.
    Él la estaba buscando. Rápidamente, Polly se volvió a Philippe y se puso a sonreír, decidida a que Simon se pensara que se lo estaba pasando estupendamente. Incluso se las arregló para sobresaltarse cuando Simon apareció a su lado.
    – Ah, ya has llegado -dijo ella, simulando indiferencia.
    – ¿Nos vamos?
    – ¿Tan pronto? -preguntó ella, como si no se hubiera pasado toda la noche deseando marcharse.
    – Si quieres, puedo esperar fuera.
    – Para eso, es mejor que nos marchemos ya -protestó Polly.
    – Entonces, te espero en el coche -replicó él, sin esperar a ver cómo ella se despedía de Philippe.
    Intentando luchar para que no se le saltaran las lágrimas por el cansancio y la frustración, Polly le siguió. Le dolían la cabeza y los pies, y todo lo que quería era poder apoyarse en el brazo de Simon.
    – ¿Te lo has pasado bien? -preguntó él, una vez estuvieron en el coche.
    – ¡Ha sido maravilloso! -mintió ella-. No sabía que Philippe fuera tan divertido. Nos pasamos la noche hablando y bailando… ¡ha sido tan romántico! Es tan agradable, tan afectuoso e interesante… Ahora me parece que lo conozco mucho mejor… Además, me dijo que le gustaba mi pelo y se acordó de que llevaba estos zapatos en la fiesta de su hermana.
    – ¿Le dijiste que no estábamos verdaderamente comprometidos?
    – No exactamente. Le dije que estábamos teniendo problemas, así que no creo que se sorprenda cuando le diga que todo ha terminado entre nosotros. Me dijo que si alguna vez necesitaba algún sitio donde ir, me podría quedar con él. Todo lo que tengo que hacer es llamarlo.
    – ¿Es eso lo que vas a hacer mañana? -preguntó Simon, cuyos nudillos estaban blancos de apretar el volante.
    – Yo… bueno… supongo que sí -contestó Polly.
    De repente, lo entendió todo. No quería ir a ningún sitio. Lo que quería era quedarse en La Treille, con Simon. Lentamente, se volvió a mirarlo. Tenía la cara iluminada por las luces del salpicadero. El reconocimiento de saber cuánto lo quería le pilló por sorpresa, dejándola aturdida y desorientada.
    Así que, aquello era. Polly siempre había deseado enamorarse, pero nunca había esperado que sería de aquella manera. Se había imaginado llena de pasión o radiante de alegría, no envuelta por una sensación turbulenta de alegría y desesperanza. Aquel amor podría nos ser como ella se había imaginado, pero Polly sabía con toda seguridad lo que era y no podía hacer nada por evitarlo.
    «Te amo», dijo para sí. El deseo de pronunciar aquellas palabras era tan fuerte que tuvo que taparse la boca con la mano para retenerlas. Por supuesto que lo amaba, pero ¿cómo podía decírselo en aquellos instantes? ¿Cómo podría decírselo?
    Simon amaba a Helena, no a ella. Al mirarle al rostro, Polly comprendió la tensión que habían significado para él las dos semanas anteriores. Ella le había dicho que estaba enamorada de Philippe, pero aquello sólo había sido una fantasía. Sin embargo, lo que él sentía por Helena era real.
    A menudo, le había dicho a Polly lo perfecta que ella era y lo bien que los dos se llevaban. Simon no iba a dejar todo eso por ella, desorganizada y caótica, una mujer que no hacía otra cosa que irritarle y discutir con él.
    Al mirar por la ventana comprendió que jamás le podría decir a Simon que lo amaba. Aquella confesión no conduciría a nada y sólo les causaría a los dos una profunda vergüenza. Si él hubiera sido un extraño, Polly se habría arriesgado, pero Simon era parte de la familia. Tendría que acostumbrarse a verlo con Helena, tendría que ir a su boda y sonreír, simulando que no tenía el corazón destrozado.
    Al entrar en la casa, Polly evitó mirar a Simon para que él no notara la tristeza que había en sus ojos. Chantal y Julien ya se habían acostado, por lo que ella subió rápidamente al dormitorio y se metió en el cuarto de baño. Tras encerrarse, contempló con desesperación la patética imagen que se reflejaba en el espejo y tuvo que armarse de valor para encontrar el coraje que iba a necesitar para dormir con Simon por última vez.
    Mientras tanto, en el dormitorio, Simon se maldijo mientras se desnudaba. Todo había salido mal. Había esperado que, si le daba la oportunidad a Polly de pasar una tarde con Philippe, ella descubriría que no estaba enamorada de él, pero aquella velada parecía haber tenido un efecto contrario. A juzgar por lo que ella había dicho en el coche, Polly estaba locamente enamorada de Philippe.
    Y no había nada que él pudiera hacer. Era evidente que ella apenas podía esperar al día siguiente para llamar a Philippe y aceptar su oferta y una vez que estuviera allí, Polly no podría resistirse a sus encantos.
    Simon iba a tener que dejarla marchar, aunque cada fibra de su cuerpo le pidiera que no lo hiciera. Sin embargo, sabía que Philippe no la haría feliz. Él no sabía lo afectuosa, divertida y exasperante que podría ser. No había visto la transformación de una niña traviesa en la espléndida mujer que ella era. El corazón de Philippe no le daba un vuelco cada vez que ella sonreía.
    No. Simon estaba convencido de que todo lo que Philippe sabía de ella era que tenía unas piernas espectaculares y que, aparentemente, pertenecía a otro hombre. Aquello era todo lo que Philippe necesitaba para interesarse. Comprometida con otro hombre, Polly era un desafío. Por sí sola, Polly tenía poco que ofrecerle y Simon temía que, al final, resultaría herida.
    Simon se juró que, si aquello llegaba a ocurrir, él estaría allí el primero para recoger los pedazos. No le resultaría difícil encontrar una excusa para seguir unos días más en Provenza. Si ella lo necesitaba, allí estaría. Si no, se volvería a Londres y seguiría su vida sin ella.
    En aquel momento, la puerta del cuarto de baño se abrió y Polly salió, tal y como lo había hecho las noches anteriores, vestida con una enorme camiseta. Se había lavado la cara y el pelo le caía por los hombros. Simon tuvo que reprimir un suspiro, igual que había hecho todas las demás noches, durante dos largas semanas.
    Al mirarla, se dio cuenta de que aquélla era la primera vez que le había visto la cara desde que había ido a recogerla a la fiesta. Al ver la mirada triste que tenía en los ojos, se sintió desorientado. Sólo había esperado ver pura felicidad.
    – ¿Te pasa algo, Polly?
    Polly quiso responder que todo iba mal, pero allí estaba él, de pie, con la camisa abierta. Resultaba una imagen de lo más tentadora para ella. Polly quiso acercarse a él y apoyar la cabeza sobre su pecho y oír los tranquilizadores latidos de su corazón. Polly deseaba tanto hacer aquello que las lágrimas estuvieron a punto de escapársele de los ojos, por lo que tuvo que dirigirse al lado opuesto de la habitación.
    – No -respondió ella, sentándose en la cama-. Es que estoy un poco cansada, eso es todo. Ha sido una tarde de lo más emocionante.
    Polly hubiera deseado que él no la hubiera mirado, por si él notaba que se le estaba partiendo el corazón. No quería que Simon se sintiera culpable por no poder amarla tanto como ella lo amaba a él. Él le había dado lo que creía que ella quería y ella estaba dispuesta a hacer lo mismo por él. El quería marcharse a casa, con Helena. Todo lo que tenía que hacer era convencerlo de que estaba bien.
    – ¿Qué podría pasarme? -añadió, lanzándole una sonrisa por encima del hombro-. He estado bailando toda la noche con el hombre más guapo que conozco y mañana voy a volver a verlo.
    – Parece que, después de todo, has conseguido el amor maravilloso y romántico que estabas buscando -respondió Simon, con pesar.
    – Sí.
    Sin embargo, se sintió de lo más aliviada cuando por fin apagaron las luces y pudo dejar de sonreír.

    – Adiós, Polly -le dijo Chantal, dándole un afectuoso abrazo-. Muchas gracias por todas esas maravillosas comidas.
    – Ojalá no tuvierais que marcharos -respondió Polly, muy sinceramente.
    – Me temo que no podemos hacer otra cosa -replicó Chantal-. En cualquier caso, creo que ya va siendo hora de que tú y Simon paséis algún tiempo solos. Nos avisareis cuando sepáis la fecha de la boda, ¿verdad?
    – ¿Qué boda? -preguntó Polly, inocentemente.
    – ¡La vuestra, por supuesto! -exclamó Chantal, riendo.
    – Te enviaremos una invitación tan pronto como esté todo organizado -afirmó Simon, tomando a Polly por la cintura.
    Aquel abrazo era agridulce. Sería la última vez que tendrían que mentir, la última vez que Polly sentiría el cuerpo de Simon contra el suyo. Cediendo a la tentación, ella lo tomó también por la cintura, esperando que nadie notara lo mucho que luchaba por no llorar.
    Julien la besó afectuosamente y le dio un golpe a Simon en los hombros.
    – Seguiremos en contacto sobre lo de esa fusión -prometió-. Y no esperéis demasiado para decidiros por la fecha de la boda. Estáis hechos el uno para el otro.
    Simon y Polly siguieron abrazados mientras el coche se perdía en la distancia. Era casi como si los dos estuvieran deseando prolongar aquel momento antes de separarse para siempre. Por fin, el coche desapareció, dejando sólo el rugido del motor y las palabras de Julien flotando en el aire.
    «Estáis hechos el uno para el otro…»
    Sin embargo, no era así. Ya no quedaba nada que les mantuviera abrazados y que les impidiera separarse y marchar en direcciones opuestas. Fue Simon el que dejó caer el brazo el primero. Al sentir que lo hacía, Polly hizo lo mismo, ya que no quería que él pensara que ella estaba intentando prolongar aquel momento. El silencio era desolador.
    – Se van a sentir muy desilusionados cuando sepan que no nos vamos a casar -comentó ella, con la voz temblorosa.
    – Sí.
    – ¿Qué piensas decirles?
    – No sé. Diré que tú encontraste a otra persona. Además, si todo sale bien entre tú y Philippe, será cierto.
    – Será un alivio dejar de fingir, ¿verdad? -afirmó Polly, dando vueltas el anillo de compromiso alrededor del dedo.
    – Sí.
    – Ya no me necesitas.
    – No -replicó Simon, tras un momento de duda.
    – Entonces, es mejor que te quedes con esto -replicó ella, sacándose el anillo del dedo y entregándoselo.
    – ¿Estás segura de que no quieres quedártelo? -preguntó él, sin tomarlo.
    – Sí. Un anillo de compromiso es algo muy especial. Éste sólo representa una farsa. La próxima vez que lleve un anillo, quiero que sea de verdad. Ya no quiero mentir más -añadió, pensando que aquellas palabras resultaban irónicas. Lo que estaba haciendo era mentir para no confesar que amaba a Simon.
    – De acuerdo -dijo él, metiéndose el anillo en el bolsillo-. ¿Quieres llamar a Philippe?
    – Preferiría hacerlo desde el pueblo -respondió Polly, a punto de llorar-. ¿Crees que podrías llevarme en el coche?
    – Claro. Estoy seguro de que tienes muchas ganas de marcharte con él.
    Polly quería gritar a los cuatro vientos que no quería marcharse de allí que quería estar con él. Sin embargo…
    – Sí -replicó ella-. Voy a recoger mis cosas.

Capítulo 10

    UNA de las veces que bajaron de compras a Marsillac, Simon había insistido en comprarle una maleta. Polly la hizo muy lentamente, con un nudo en la garganta por el esfuerzo que estaba haciendo por no llorar. Todo lo que iba poniendo dentro le recordaba un momento pasado con Simon, un momento en el que ella todavía no había sabido que lo amaba.
    Cuando ella bajó con la maleta, él la estaba esperando al pie de las escaleras. Tenía el rostro impasible, pero la boca estaba pálida y rígida.
    – ¿Ya lo tienes todo?
    – Creo que sí -respondió ella, con una débil sonrisa-. He intentado dejarlo todo bien recogido.
    – Entonces, ¿ya estás lista?
    Polly asintió con la cabeza, ya que EL nudo que tenía en la garganta le impidió hablar. Al salir de la casa, no se volvió para mirarla y se metió rápidamente en el coche. Sin embargo, cuando iban por la carretera, Polly se sintió como si se dejara algo muy valioso detrás de ella.
    Aquel viaje en coche fue una agonía, sin embargo, Polly deseaba que terminara y lo temía al mismo tiempo. Ante la perspectiva de decirle adiós a Simon sentía un dolor profundo en la garganta y los ojos le dolían por el esfuerzo de contener las lágrimas. Aunque hubiera querido hablar, no hubiera podido.
    Simon insistió en ir al banco y sacó lo que a Polly le pareció una ingente cantidad de dinero.
    – Es demasiado -le dijo ella, cuando Simon se lo entregó.
    – Es lo que acordamos.
    – Yo no he hecho nada para merecer esto -replicó ella, tomando el dinero de mala gana-. Sólo he estado de vacaciones durante dos semanas.
    – Has cocinado y has hecho que Chantal y Julien se sientan bienvenidos y les has convencido de que realmente estamos prometidos. Te has ganado ese dinero, Polly. Puedes hacer lo que quieras con él.
    Polly se mordió los labios, sabiendo que aquella cantidad era mucho más de lo que ella necesitaba. Sin embargo, no podían estarse así todo el día. Utilizaría lo que creyera necesario y el resto se lo daría a su padre para que se lo enviara a Simon.
    – De acuerdo, gracias…
    Simon le había estado llevando la maleta, pero se la dio a ella con un gesto realmente formal, como si le estuviera devolviendo mucho más que una maleta.
    – Bueno… -empezó Polly, poniendo la maleta en el suelo-. Pues ya está…
    – Quiero que me prometas algo -le dijo Simon, de repente.
    – ¿Qué?
    – Si las cosas no salen como tú esperas, si necesitas algo, lo que sea… quiero que me lo hagas saber. Me voy a quedar en La Treille durante unos días más, así que ya sabes dónde encontrarme.
    – Pensé que ibas a regresar a Londres -respondió ella, muy sorprendida.
    – Así era, pero… he cambiado de opinión -replicó Simon, ocultando las verdaderas razones de su estancia allí.
    – Estarás muy solo, en esa casa tan grande… -comentó Polly, con la esperanza de que él le pidiera que se quedara.
    – Llamaré a Helena -mintió Simon. Tenía que hacerle creer que aquella oferta que le había hecho era desinteresada-. Supongo que ya habrá terminado ese caso. Tal vez pueda venir durante unos días y podamos pasar unas vacaciones juntos.
    – Buena idea -dijo Polly, sintiendo que el corazón se le hacía pedazos.
    – Entonces, ¿me llamarás si necesitas algo? -insistió Simon, intentando ocultar la urgencia en la voz.
    – No puedo imaginarme qué podría necesitar con el dinero que me acabas de dar…
    – Prométemelo de todos modos.
    – De acuerdo. Te lo prometo.
    Sus miradas se cruzaron y Simon sintió que algo se le quebraba en el alma. Polly se marchaba de su lado.
    – Adiós, Polly -se oyó decir. Su voz sonaba como si fuera de otra persona-. Gracias por todo.
    Polly no pudo decir nada. Sólo pudo mirarlo, mientras Simon la estrechaba entre sus brazos y la abrazaba desesperadamente. Como amigo de la familia, él podía tomarse aquellas libertades. Sin embargo, no se atrevió a besarla, ni siquiera en la mejilla. Todo lo que pudo hacer fue apretarla entre sus brazos y rozarle la mejilla con la suya, sintiendo la caricia sedosa del cabello de Polly por última vez.
    – Buena suerte -dijo él, con voz ronca.
    – Adiós -respondió Polly.
    Entonces, se inclinó para recoger la maleta para que él no pudiera verle las lágrimas en los ojos, se dio la vuelta y se marchó todo lo rápidamente que pudo, sin mirar ni una sola vez hacia atrás.

    – ¿Para qué te estás haciendo esto, Polly? -le preguntó Philippe, sentándose a su lado, mientras le ponía un brazo alrededor de los hombros.
    Habían pasado tres días desde que llegó al umbral de la casa de Philippe llena de angustia. Philippe había sido mucho más amable con ella de lo que Polly había esperado. Había dejado caer la máscara de la sofisticación tan pronto como se hubo dado cuenta de lo triste que ella estaba y concentró todos sus esfuerzos en alegrarla. Polly se lo agradeció lo mejor que pudo, pero le fue imposible engañarle.
    – Sé que no quieres estar aquí -añadió él.
    – Lo siento -se disculpó ella, intentando reprimir las lágrimas-. No debería haber venido. Esperaba enamorarme de ti… -confesó.
    – Pero todavía sigues enamorada de Simon. Creo que es mejor que me lo cuentes todo -añadió, entregándole un pañuelo limpio.
    Aquella compasión rompió la resistencia de Polly y, poco a poco, Philippe consiguió que ella le contara toda la historia.
    – Buena chica -dijo él, cuando ella se hubo hartado de llorar-. Ahora, todo lo que tienes que hacer es ir a ver a Simon y contarle lo que me has contado a mí.
    – ¡No puedo!
    – Claro que puedes -respondió Philippe-. Pareces estar muy segura de que él no te ama a ti, pero yo no estoy tan seguro. Nadie puede disimular tan bien. A mí me parece más bien que Simon está enamorado y está tratando de ocultarlo, lo mismo que tú.
    – ¿Tú crees? -preguntó Polly, esperanzada.
    – Sólo hay una manera de descubrirlo -concluyó Philippe, poniéndose de pie-. Simon te hizo prometer que irías a verlo si lo necesitabas, ¿verdad?
    – Sí -respondió ella, sonriendo débilmente-. Has sido tan amable conmigo, Philippe…
    – Es mi nueva faceta -confesó con tristeza-. Normalmente, soy yo el que hace sufrir a las chicas porque no las amo. Me gusta el hecho de poder ayudar a alguien por una vez. Ahora, ¡vamos! Te llevaré a casa de Simon.
    Mientras iban a la ciudad en el Mercedes descapotable de Philippe, el viento alborotaba el pelo de Polly. Tenía miedo. No sabía lo que iba a decir cuando viera a Simon. Entonces, vio a Helena.
    Para ir hacia La Treille tenían que pasar por la ciudad para tomar la carretera en aquella dirección. El coche estaba parado en un semáforo cuando vio a Helena salir de una panadería, con una barra de pan y una caja de pasteles. Polly sólo la había visto una vez, pero la reconoció enseguida. Fue como si una mano helada le apretara el corazón.
    Vio que Helena fruncía el ceño cuando vio que Polly la estaba mirando, evidentemente intentando recordar dónde la había visto antes. Simon debía haberla llamado en cuanto regresó a casa y Helena había decidido ir enseguida. El corazón de Polly dio un vuelco. Estaban en la casa, con los calurosos días y las largas noches para los dos solos. Lo último que necesitaban era que Polly apareciera en la puerta, esperando que dejara de querer a Helena para enamorarse de ella.
    – ¿Philippe? -dijo ella, con la voz helada.
    – ¿Sí?
    – He cambiado de opinión. Ya no quiero ir a La Treille ¿Te importaría llevarme a la estación?

    – Estás muy callada, Polly -le decía su madre, algo preocupada, mientras se dirigían a la iglesia una soleada tarde de otoño-. ¿Te pasa algo?
    – Claro que no, mamá. Es que el viaje de ayer desde Niza fue un poco largo. Eso es todo.
    – Me alegro tanto de que hayas vuelto para la boda de Charlie -replicó su madre-. Todos los Taverner decían que no sería lo mismo si tú no estabas hoy aquí.
    – Supongo que Simon también estará aquí hoy -dijo ella, preguntándose si efectivamente, habrían sido todos los Taverner los que habían preguntado por ella.
    – Claro, no pensarás que va a perderse la boda de su hermano -replicó su madre, muy sorprendida.
    – Espero que, por una vez, vayas a ser amable con él -intervino su padre-. Simon se salió de su camino para asegurarse de que estabas bien en Francia. Fue un alivio para nosotros cuando volvió y nos dijo que estabas bien y que sólo habías estado trabajando mucho, pero, como no nos dio muchos detalles, nos temimos que habrías sido muy grosera. ¡Como siempre!
    – No fui grosera con él -susurró ella.
    – Me alegro de saber eso, porque, en estos momentos, Simon no es el que era -susurró la madre-. ¡Margaret cree que está enamorado!
    Polly sintió que se le rasgaba el corazón y se inclinó, simulando que se le había metido una piedra en el zapato, para que sus padres no vieran la expresión de su rostro. Se había pasado los tres últimos meses convenciéndose de que realmente no estaba enamorada de Simon. Se había dicho que no había sido más que un sentimiento pasajero, que se había dejado llevar por la belleza del paisaje y lo romántico de aquella situación. Sin embargo, a pesar de todo aquello, no había dejado de echar de menos a Simon ni un solo minuto del día.
    No estaba segura de que estuviera preparada para verlo de nuevo, especialmente con Helena, pero le había prometido a Charlie que estaría en su boda. Muy dentro de ella, había estado esperando que, tan pronto como viera a Simon, se daría cuenta de que la magia entre ellos ya no existía. Sin embargo, aquel comentario de su madre le había demostrado que no era cierto.
    Al llegar a la iglesia, tuvieron que saludar a parientes y amigos y Polly hizo todo lo posible por ver a Simon antes de que él la viera a ella. Pero no parecía haber rastro de él por ninguna parte. Polly pasó de los nervios a la frustración al pánico, pero entonces, él salió de la iglesia con su hermano.
    Había esperado que la primera vez que volviera a verlo le resultaría muy difícil. Y así fue. Quería acercarse a él, deseando tocarlo, hablarle, pero le aterrorizaba acercarse a él. Cuando él empezó a mirar en su dirección, ella se escondió detrás de una lápida.
    Sin embargo, Helena no parecía estar con él. Probablemente, ya estaba dentro de la iglesia. Polly no sabía si sentirse desilusionada o aliviada al ver que él no parecía estar haciendo ningún esfuerzo para buscarla.
    A1 entrar en la iglesia, vio que él estaba sentado al lado de una mujer con un sombrero espectacular. ¿Sería Helena?
    La marcha nupcial empezó a sonar y Polly sintió un nudo en la garganta al ver la cara de orgullo y amor con la que Charlie miraba a la novia. ¡Si Simon la mirara a ella de aquella manera!
    La ceremonia, tal vez por la presencia de Simon, le resultó a Polly insoportable. Las lágrimas le brotaron de los ojos y su madre, con una mirada de alarma, le dio un pañuelo.
    Mientras se tomaban las fotografías, no fue difícil evitar a Simon, pero durante el banquete, Polly empezó a pensar que él también estaba intentando esquivarla. Siempre parecía estar al otro lado de la sala. Ella intentaba no mirarlo, pero podía registrar todos y cada uno de sus movimientos mientras, con una brillante sonrisa en el rostro, Polly charlaba con todo el mundo y bebía champán.
    ¿Por qué no vendría él a saludarla? Eran amigos ¿no? Ella no le había avergonzado y se había marchado cuando él se lo pidió. ¿Es que no merecía siquiera un saludo?
    – ¿Qué está pasando entre tú y Simon? -le preguntó Emily, apartando a Polly de repente del resto de los invitados.
    – ¿A qué te refieres?
    – No dejáis de miraros, pero sólo cuando os creéis que el otro no está mirando.
    Involuntariamente, Polly miró hacia donde él estaba, justo en el momento que él hacía lo mismo. Cuando se dieron cuenta de que los dos estaban haciendo lo mismo, a la vez, apartaron rápidamente la mirada.
    – ¿Ves lo que te decía? -insistió Emily.
    – No pasa nada -dijo Polly, con una sonrisa-. Probablemente, Simon está esperando a venir a hablar conmigo para decirme que no le gusta mi traje.
    – Ni siquiera Simon podría decir nada de cómo vas vestida -replicó Emily alzando las cejas al contemplar el traje azul oscuro, con una pamela a juego, que Polly llevaba puesto-. ¡Te estás volviendo muy comedida! Creo que estás creciendo… De hecho, parece que tu estancia en Francia te ha hecho cambiar. ¿Qué te ha pasado allí?
    – Tal vez toda esa clase francesa de la que todo el mundo habla se haya apoderado de mí -explicó Polly, por no decir que era porque estaba enamorada de Simon.
    – Tal vez.
    – Yo me estaba preguntando dónde estaría Helena -dijo Polly rápidamente, para no darle tiempo a Emily a reaccionar.
    – ¿Qué Helena?
    – Helena, la novia de Simon.
    – ¡Ah, ella! ¡Pero si hace un montón de tiempo que no están juntos!
    – ¿Cómo? ¿Estás segura?
    – Claro que estoy segura -replicó Emily, algo ofendida-. Creo que rompieron en… junio, supongo. Antes de que Simon se fuera a Francia. No puedo decir que lo sienta. Nunca me cayó nada bien. ¿Y a ti?
    – Tampoco -replicó Polly, con la boca seca-. Entonces -añadió, esperando con todo el anhelo que le era posible una respuesta negativa-, ¿no está saliendo con nadie ahora?
    – ¡No lo sabemos! -exclamó Emily, mirando a su alrededor, como para decirle una confidencia-. Pero, creemos que sí. Sea quien sea, debe de ser muy especial. Simon está muy misterioso. Le dijo a nuestra madre que estaba enamorado, pero luego se cerró en banda y no quiso hablar más del tema. Lo que nos tememos es que está seguro de que no nos caerá nada bien cuando nos la presente. Es lo único que se me ocurre para justificar tanto secreto -añadió, frustrada por no saber nada más-. Bueno, ya sabes que para nosotros no habría nadie lo suficientemente bueno para él, pero haríamos un esfuerzo por querer a la mujer que él eligiera, ¿no te parece?
    – Sí. Claro que sí.
    Por la tarde, hubo una gran fiesta y para cuando acabó el banquete, sólo quedaba tiempo para cambiarse de ropa. Como la boda se celebraba en un hotel, Polly tenía su propia habitación para refugiarse si las cosas se ponían mal.
    Sentada en la cama, reflexionaba sobre la noticia de que Simon ya no estaba con Helena, sin entender por qué él la había mentido. Sin embargo, se dio cuenta de que, si no hubiera querido que ella se fuera de la casa, le habría dicho la verdad. Tal vez, seguía enamorado de Helena y esperaba volver con ella… Por eso la había llamado y le había pedido que fuera a la casa con él cuando Polly se fue.
    Cuando descubrió que las cosas con Helena no iban bien, lo dejaron y encontró otra mujer de la que se había enamorado realmente.
    Polly se puso de pie. Tenía que afrontar los hechos. Simon no la amaba ni lo haría nunca. Mecánicamente, se cambió de vestido, poniéndose uno rojo, y se maquilló. No podía estropearle la boda a Charlie. Tenía que pasar unas pocas horas más antes de poder ponerse a llorar.
    Y así fue. Intentó por todos los medios sonreír, bailar… pero debía de haber algo raro en su sonrisa y en los brillantes ojos ya que, casi todas las personas que hablaban con ella le preguntaban si se encontraba bien.
    Justo cuando Polly había perdido la esperanza de que Simon viniera a hablar con ella, él se acercó. Ella estaba con Emily y uno de sus primos, un corredor de bolsa llamado Giles.
    – Hola, Polly -dijo Simon.
    – Hola. ¿Qué tal estás? -preguntó Polly, con la voz rota, mientras los otros dos la miraban muy sorprendidos.
    – Bien, ¿y tú?
    – Bien.
    Emily los miraba a los dos alternativamente, pero Giles, más torpe, le dijo a Simon con una palmada en el hombro:
    – Ya es hora de que te vayas casando, Simon. No puedes consentir que tus hermanos pequeños lo hagan antes que tú. Estoy seguro de que te podríamos encontrar una buena chica para que sea tu esposa. ¿Qué te parece Polly? Está libre, ¿no es así Polly? ¡Así dejáis las cosas en familia y nos ahorráis a todos un regalo de boda!
    Emily miró a Polly y se sorprendió al ver una expresión crispada en la cara de su amiga.
    – ¿Qué te pasa, Polly? ¿Te encuentras mal? -preguntó, preocupada.
    – ¿Por qué todo el mundo tiene que preguntarme si me encuentro bien? -gritó Polly, casi al borde de la histeria-. ¡No me pasa nada! ¡Estoy bien!
    Horrorizada, Polly vio que le empezaba a temblar la boca y se la cubrió con la mano para ocultarlo. Se produjo un silencio, crispado, que Simon rompió, tomándola de la mano para sacarla a bailar.
    – Ven conmigo -le dijo, sacándola a la pista sin esperar respuesta, mientras Emily y Giles se quedaban boquiabiertos.
    La fiesta estaba en todo su apogeo y los invitados bailaban frenéticamente. Simon tomó una de las manos de Polly y se puso la otra sobre el hombro, con la excusa de que debía confortarla. Polly necesitaba a alguien que le sacara de aquella situación.
    Fue un regalo del cielo tenerla de nuevo entre sus brazos. Simon no se había atrevido a acercarse a ella en todo el día por temor a caer en la tentación de tomarla entre sus brazos. Polly tenía un aspecto sofisticado y desconocido para él con aquel traje azul. Sin embargo, con aquel vestido rojo y el pelo suelto era la Polly que él recordaba y no había podido resistirse más.
    También notó que ella estaba más delgada de lo que a él le gustaba y había perdido el brillo en los ojos que era tan característico de Polly. Había sabido desde un principio que Philippe no la haría feliz.
    Para Polly, era una bendición sentirse de nuevo en los brazos de Simon y le estaba muy agradecida por haberla sacado de una situación bastante embarazosa. Aunque fuera durante unos pocos minutos, se daría el gusto de sentirle cerca de ella, notar sus manos fuertes, imaginarse que, si inclinaba un poco la cabeza, él la besaría en el cuello…
    Estuvieron bailando en silencio, sin darse cuenta de que el resto de las parejas saltaban al son de la música. Simon sintió que la tensión iba saliendo poco a poco del cuerpo de Polly y se tomó la libertad de apoyar la mejilla en la de ella y respirar su aroma. Había demasiado ruido como para hablar, así que, al menos durante un rato, podía abrazarla.
    Como si la orquesta le hubiera leído el pensamiento, empezaron a tocar una pieza lenta. Tal vez, lo mejor era hablar.
    – ¿Es Philippe? -preguntó él, con voz triste.
    Durante un momento, Polly no pudo recordar a quién se refería Simon. Aturdida, levantó la cara y lo miró.
    – ¿Philippe?
    – Tenía miedo de que él te hubiera hecho daño.
    Creí que estabas triste por él cuando el idiota de Giles empezó a hablar del matrimonio con tan poco tacto.
    – Oh -respondió Polly, asimilando aquellas palabras poco a poco-. No estaba triste por Philippe. No lo he visto desde junio.
    – ¿Cómo dices? -preguntó Simon, asombrado-. ¡Yo pensé que habías estado, con él todo este tiempo!
    – No, he estado en Niza. Conseguí un trabajo de camarera y he estado allí tres meses. Es un récord para mí, ¿verdad? -explicó, con una sonrisa forzada-. Ahora hablo francés bastante bien. Estarías orgulloso.
    – Pero… -empezó Simon, más interesado en lo que había ocurrido con Philippe-… pero, ¿qué ocurrió entre vosotros?
    – Bueno, las cosas no salieron bien -respondió ella, sin querer entrar en detalles. ¿Cómo podría decirle a Simon que se había pasado todo el verano sola mientras él lo empleaba enamorándose de otra mujer?
    – ¿Y tú? -preguntó con una brillante sonrisa-. Me han dicho que estás enamorado.
    – Así es -respondió él, atónito-. ¿Cómo lo sabes?
    – Me lo ha dicho Emily.
    – Ah.
    – ¿Es agradable?
    – ¿Quién?
    – La chica de la que estás enamorado.
    – Sí.
    – ¿Bonita?
    – Yo creo que es guapísima -respondió él, bajando los ojos para mirarla.
    – Es perfecta -añadió ella, sin saber por qué se estaba torturando de aquella manera.
    – No, no es perfecta. Hay un par de cosas sobre ella que me sacan de quicio, pero tiene la sonrisa más maravillosa y los ojos más sinceros que yo he visto en toda mi vida. Ella es la única mujer que quiero a mi lado.
    – ¿Te vas a casar con ella? -preguntó Polly, a punto de llorar, con voz temblorosa.
    – Si ella me acepta…
    – ¿Es que todavía no se lo has preguntado?
    – No. ¿Crees que debería hacerlo? -preguntó Simon.
    – Sí… si estás seguro de que la amas.
    – Lo estoy. Estoy más seguro que nunca de que la amo y de que quiero pasar el resto de mi vida con ella.
    – En ese caso, deberías pedírselo -le dijo Polly, preguntándose cómo podría estar soportando aquello.
    – ¿Y si ella no me corresponde?
    – ¿Es que no estás seguro? -preguntó ella, mirándole con los ojos llenos de lágrimas.
    – No, pero si tú crees que debería preguntárselo de todos modos, lo haré.
    Las puertas de la sala de baile habían sido abiertas para dejar que entrara el aire fresco de la noche y, poco a poco, Simon fue sacando a Polly a la terraza. Al salir a las sombras de la noche, él la soltó, pero sólo para estrecharla aún más entre sus brazos.
    – Polly, ¿quieres casarte conmigo?
    Polly oyó las palabras, pero no pareció entenderlas. Era imposible que Simon le hubiera pedido a ella que se casara con él cuando estaba enamorado de otra persona. Ella se lo quedó mirando fijamente, muy pálida. Simon sonrió.
    – Claro que eres tú -añadió él-. ¿Qué otra mujer podría ser?
    – Pero si tú no me amas -susurró ella.
    – Sí que te amo. Te amo más de lo que te podría decir con palabras. Antes creía que eras una niñata tonta, pero cuando abriste la puerta de la casa de los Sterne, habías cambiado. Ya no eras aquella niña. Y luego me besaste. ¿Te acuerdas de aquel beso, Polly? Lo hiciste como si cualquier cosa. Para ti, era sólo un experimento para ver si me veías con otros ojos después y a ti no te hizo sentir nada. Pero a mí, me hizo enamorarme perdidamente de ti. Antes de que me pudiera dar cuenta, ya no era capaz de imaginarme la vida sin ti.
    – Pero… yo soy desordenada, desorganizada…
    – Lo sé, pero cuando te fuiste de mi casa, ésta se quedo vacía, sin vida. No podía soportarlo. Hubiera hecho cualquier cosa para que regresaras… Yo no quería enamorarme de ti, Polly, hice todo lo que pude para resistirme. Sentía celos de Philippe y sabía que tú nunca te enamorarías de mí de la manera en que yo lo estaba de ti. ¿Cómo podrías haberte enamorado de mí cuando estaba todo el día criticándote y discutiendo contigo? De la única manera en la que podías pensar sobre mí era como un gruñón hermano mayor.
    – Nunca te consideré un hermano mayor, Simon -dijo Polly, casi sin creer lo que él la estaba diciendo-. El hermano de Emily, sí, pero no el mío.
    – Bueno, ya sabes a lo que me refiero.
    – Sí, lo sé -reconoció Polly, sonriendo con sinceridad por primera vez-. Sé exactamente a lo que te refieres. Sé lo que es descubrir que alguien al que nunca has tomado en serio se ha convertido de repente en la persona más importante de tu vida. Sé lo que es enamorarse y no ser capaz decirle al amado lo que sientes porque no puedes creer que pueda enamorarse alguna vez de ti.
    – Polly… Polly, ¿qué me estás diciendo?
    – Te estoy diciendo que te equivocas -confesó ella, derramando por fin las lágrimas que había estado conteniendo todo el día-. Que puedo amarte de la manera que tú me amas a mí y que efectivamente… estoy enamorada de ti.
    Al momento, Polly se encontró entre los brazos de Simon y sintió cómo una cascada de felicidad se apoderaba de ella. Él la besó de la manera que ella había soñado tantas veces. Polly le correspondió, rodeándole el cuello con los brazos, como si quisiera asegurarse de que aquello no era un sueño.
    – Polly -dijo Simon por fin, con voz temblorosa mientras le tomaba la cara entre las manos-. Dímelo otra vez, Polly. Dime que me amas.
    – Te amo.
    – Una vez me dijiste que, cuando te enamoraras de alguien, sería para siempre.
    – Lo sé y así será. Te amaré para siempre… y ya sabes que yo siempre cumplo mis contratos.
    – Entonces, ¿te casarás conmigo?
    – Sí -respondió ella, y Simon volvió a besarla.
    – Tengo algo para ti -dijo él después, cuando levantó la cabeza y Polly descansaba la cabeza plácidamente en su pecho.
    Simon se puso a rebuscar en el bolsillo y sacó la alianza de zafiros y diamantes que habían comprado juntos en Francia. A Polly se le encendieron los ojos y a él se le hizo un nudo en la garganta por la felicidad que sentía al verla tan alegre.
    – ¡Mi anillo! -exclamó ella, mientras Simon se lo ponía en el dedo.
    – Esta vez es un compromiso de verdad, Polly. Lo he llevado encima desde el día en que me lo devolviste -confesó él-. Era todo lo que me quedaba de ti. Solía mirarlo de vez en cuando, deseando que te cansaras de Philippe y volvieras conmigo…
    – Ojalá lo hubiera sabido -suspiró Polly, estrechándole entre sus brazos-. Hemos perdido tanto tiempo…
    – No debería haberte dejado marchar, pero me parecía que estabas tan segura de que querías estar con Philippe… Yo esperaba que no tardaras mucho en darte cuenta de que él no era hombre para ti y que regresarías a mi lado, pero no lo hiciste…
    – Casi lo hice. Philippe me dijo que debería decirte lo que sentía y me estaba llevando a tu casa cuando vi a Helena en el pueblo. Di por sentado que le habías pedido que fuera a verte, así que no me pareció que hubiera motivo alguno para decirte nada. Así que, me subí en el primer tren que llegó a la estación. No podía soportar el verte con Helena.
    – Yo no sabía que la habías visto. Eso debió ser antes de que ella llegara a casa. Apareció tan fresca y segura de sí misma, esperando que lo retomáramos todo donde lo habíamos dejado. ¡Incluso había comprado cosas para la comida! Me dijo que te había visto, pero que no se acordaba de quién eras, así que te describió a ti y a Philippe. Por eso supe que estabas con él. Helena no dejaba de hablar sobre ti, preguntándose por qué tu cara le resultaba tan familiar y lo que estarías haciendo en Francia con un hombre tan guapo…
    – Entonces, ¿tú no la llamaste para invitarla a tu casa?
    – Claro que no. Sólo te dije que iba a hacerlo para darme una excusa para quedarme en casa por si no funcionaban las cosas con Philippe. ¡Ella era la última persona que yo esperaba ver en aquellos momentos!
    Entonces, estrechó a Polly entre sus brazos, alegre de saber que ella también lo amaba y casi sin poder recordar su desesperanza al abrir la puerta y ver a Helena en el umbral en vez de a Polly.
    – Antes de que me marchara, tuvimos una pelea. De repente, Helena me dijo que quería casarse y me dijo que no iría a Francia a menos que yo estuviera preparado para comprometerme con ella. Como no lo estaba, nos dijimos cosas bastante desagradables. En lo que a mí se refería, nuestra relación se había acabado y pensé que Helena pensaba lo mismo. Pero cuando terminó su caso, vino porque le parecía que lo único que yo necesitaba era acostumbrarme a la idea. Cuando ella apareció en mi casa, se suponía que iba a ser una sorpresa maravillosa, pero lo único que consiguió fue que yo me diera cuenta de lo mucho que te quería a ti y lo mucho que te echaba de menos. Me parecía tan fácil estar contigo… -añadió, besándola de nuevo.
    – No siempre nos resultó fácil -le recordó Polly-. ¡Dormir contigo noche tras noche no fue nada fácil!
    – ¿Es que crees que no lo sé? Si a ti te pareció difícil, ¿qué piensas que fue para mí? -le preguntó Simon, mientras le besaba la mandíbula.
    – Peor no puede haber sido. Yo sentía que me iba a poner a arder tan sólo con que me rozaras.
    Simon se echó a reír y la llevó contra la pared para besarla de nuevo, de una manera insistente y apasionada que hizo que Polly perdiera la cabeza y se viera poseída por un deseo imposible de resistir.
    – ¿Y ahora? -musitó él, rozándole los labios.
    – Supongo que ahora estarás dispuesto a darme algo más que un roce, ¿verdad? -sugirió ella, con voz seductora.
    – Te lo prometo -dijo Simon, sonriendo de un modo que hizo que ella se deshiciera. Entonces, la sacó de la mano y la sacó de la terraza-. Vamos. La fiesta está en pleno apogeo y nadie nos echará de menos.
    – ¿Dónde vamos?
    – Vamos a resarcirnos por todas aquellas noches desperdiciadas -replicó él, sacando la llave de su habitación-. ¿Tienes alguna objeción?
    – No -respondió Polly, radiante mientras Simon la besaba de nuevo y la llevaba hasta el ascensor-. Ninguna en absoluto.

Jessica Hart


***

Top.Mail.Ru