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Un Puerto Seguro

Un Puerto Seguro

Аннотация

    Hannah Drake, una de las siete hijas de un linaje de extraordinarias mujeres, ha sido el escurridizo objeto de los afectos de Jonas Harrington desde que el hombre tiene memoria. Ojalá la despampanante súper-modelo se dejara llevar por otra pasión que no fuera su carrera. Pero Jonas no es el único que desea a Hannah.
    Desde las sombras ha emergido una vengativa figura que acecha a la belleza con un espeluznante propósito: despojarla de todo cuanto es y destruirla. Sólo un hombre está destinado a ser su protector. Ahora Jonas deberá ayudar a la mujer que ama a salir del remolino de siniestra oscuridad que amenaza no sólo a Hannah, sino también a toda la familia Drake


Christine Feehan Un Puerto Seguro

    Hermanas Magicas 05

    Canción de Hannah,
    por Joley

    Verso 1:
Cuando todo ha desaparecido
Y tú estás sola ahí afuera,
Todo lo que tienes que hacer es hablar.
Necesito oír que te importa.
Susurraré o gritaré,
Lo que quiera que pidas;
Desearía poder decir
Los sentimientos tras la máscara.

    Coro:
Llamo a tu puerta
Pero esta no se abre para mí.
¿Cómo puedo estar ahí
si no me dejas ver?
No abrirás para mí,
No me dejarás entrar…
Desearía ser capaz de ver
Todos los sentimientos que escondes.

    Verso 2:
Cuando el mundo se ha marchado
Y estás sola en la oscuridad,
Cuando eres toda dudas
e intentas encontrar una chispa;
Pronuncia mi nombre, yo te escucharé.
Espera que el viento lo envíe,
Mi nombre es el que susurras.
Nena, yo estaré ahí al final.

    Coro:
Llamo a tu puerta
Pero esta no se abre para mí.
¿Cómo puedo estar ahí
Si no me dejas ver?
No abrirás para mí,
No me dejarás entrar…
Desearía ser capaz de ver
Todos los sentimientos que escondes.

    Puente:
No tengas miedo,
No tienes que temer.
Yo estoy a tu lado
Para siempre.
Nunca te dejaré,
Estoy aquí para siempre
Todo el tiempo.

CAPÍTULO 1

    – ¿Quieres decirme cómo demonios nos hemos metido en este lío? -exigió Jackson Deveau mientras pasaba los brazos alrededor de la cintura de Jonas y medio le arrastraba hacia la endeble tapa de un contenedor industrial de basura-. Tenemos un bonito y cómodo trabajo en la costa de Mendocino y tú te vuelves loco y decides que estás aburrido, lo cual es pura mierda, por cierto. Cualquiera pensaría que hacer que te disparen una vez sería suficiente para ti.
    Si hubiera podido responder, Jonas habría maldecido a Jackson, pero sólo se las pudo arreglar para fulminarle con la mirada mientras obligaba a sus pies a seguir moviéndose. El dolor era implacable, apuñalaba como un hierro de marcar candente. Podía sentir el aliento traqueteando en sus pulmones, la bilis alzándose y la realidad desvaneciéndose. Tenía que permanecer en pie. Al infierno si iba a dejar que Jackson le cargara a la espalda, nunca dejaría de oír hablar de ello. Jackson tenía razón. Se habían labrado vidas nuevas, buenas vidas, encontrado un hogar. ¿En qué demonios estaba pensando?
    ¿Por qué nunca era suficiente para él? ¿Por qué tenía que seguir volviendo atrás, una y otra vez, arrastrando a Jackson y a otros hombres al cieno y la basura del mundo? Él no era ningún noble cruzado, pero una y otra vez se encontraba a sí mismo con un arma en la mano, persiguiendo a los tipos malos. Estaba cansado a muerte de su necesidad de salvar el mundo. No salvaba a nadie, sólo conseguía que mataran a buenos hombres.
    El callejón estaba oscuro, la sombra de los edificios circundantes se alzaban sobre la pequeña entrada, volviendo negros los bordes. Mantuvieron el contenedor de basura entre la calle y ellos, donde parecía que todo el mundo que tuviera un arma y un cuchillo les estuviera buscando. Jackson le apoyó contra una pared que olía a tiempos que Jonas no quería recordar, donde la sangre, la muerte y la orina se mezclaban en un potente brebaje.
    Jackson comprobó su suministro de municiones.
    – ¿Puedes enfocar lo bastante como para disparar, Jonas?
    Ese era Jackson, directo al grano. Deseaba endemoniadamente salir de allí e iba a hacer que ocurriera. Los hombres que les perseguían no tenían forma de saber que tenían al tigre por la cola. Cuando Jackson utilizaba ese tono de voz en particular, pura y simplemente morían hombres.
    Tenían que conseguir pasar la entrada del callejón y ésta estaba bloqueada por los gánsters rusos. Había sido una misión de reconocimiento. Nada más. No estaban suponiendo que fueron vistos -¡maldita sea!- no habían sido vistos, pero todo se había ido al infierno rápidamente, convirtiéndose en un baño de sangre.
    Habían ido a filmar lo que se suponía serían unos cuantos soldados de Tarasov de bajo nivel reuniéndose con un par de soldados de Nikitin en los muelles de San Francisco. Un agente encubierto había informado a Gray y él quería saber por qué las dos familias rivales se reunían. La primera punzada de alarma había llegado cuando Jonas reconoció a los hermanos Gadiyan entre los participantes. No había nada de bajo nivel en ellos. Cuñados de Boris y Petr Tarasov, estaban definitivamente en el escalafón superior de la asesina familia criminal, tenían reputación de ser tan sangrientos y violentos que incluso los hombres de la familia Tarasov les evitaban. Y cuando Boris salió de entre las sombras con su hermano, Petr, y su primo Karl, pegado detrás para reforzar la seguridad, Jonas supo que algo gordo se estaba tramando. Karl tenía reputación de ser mucho, mucho peor que los hermanos Gardiyan.
    Jonas y Jackson se habían mirado el uno al otro con los estómagos encogidos y los corazones palpitando porque estaban justo en medio de un nido de avispas y no tenían forma de salir de él. El grupo de gánsters rusos se quedó en pie un momento, riendo todos juntos, y entonces Karl había agarrado a uno de los hombres con los que estaban conversando y le había empujado hasta ponerle de rodillas delante de su tío. A Jonas le parecía que todos los hombres eran soldados de Tarasov. No pudo identificar al hombre al que Karl había separado. Su cara estaba entre las sombras y todo ocurrió demasiado rápido. Petr sacó tranquilamente un arma y le disparó en la cabeza sin una sola palabra. La violencia había sido rápida y desagradable, sin ninguna advertencia en absoluto.
    Jonas y Jackson tenían el asesinato en la cinta y estaban buscando una forma de salir cuando otro hombre entró en el muelle. Obviamente era consciente de la cámara, mantenía la cara oculta y un largo y voluminoso abrigo cubría su cuerpo. Mantuvo la cara apartada, habló brevemente con los Tarasovs y entonces fue cuando todo se fue al infierno.
    Karl Tarasov había reaccionado instantáneamente, corriendo hacia la carretera, descubriendo su coche y al conductor, ejecutándole sin preámbulos. Volaron las balas cuando los rusos se desplegaron y empezaron a cazar a Jonas y Jackson. Jonas recibió dos disparos, ninguno debería haber sido grave, pero estaba perdiendo suficiente sangre como para que las heridas pasaran a ser fatales si no conseguía ayuda rápido. Jackson tenía dos marcas de cuchillo en el estómago y pecho, heridas sufridas mientras luchaban por abrirse paso fuera de los muelles hasta el callejón. Los gánsters querían de vuelta la cinta.
    De ninguna manera iban a conseguirla.
    Jackson metió un cargador lleno en el arma de Jonas y le puso ésta en la mano.
    – Estás bien para caminar. -Puso en la recámara del arma un cargador lleno y cambió el peso sobre las puntas de los pies-. Voy a alzarme un poco a la parte de arriba para cargarme a unos cuantos, Jonas. Tú pon otro vendaje de presión en la herida de tu costado, y no importa lo que pase, permanece en pie. Voy a sacudir las cosas un poco en unos minutos y tienes que estar listo para correr.
    Jonas asintió. El sudor goteaba por su cara y perlaba su cuerpo. Sip. Estaba listo para correr -y dar con la cara en el suelo- pero se mantendría en pie y con el arma lista y respaldaría a Jackson en cualquiera que fuera el alocado plan que tuviera. Porque, al final, siempre podía contar con Jackson.
    Jackson se fundió en la noche silenciosamente, como siempre hacía. Había vuelto a casa con Jonas cuando ambos acabaron hartos de la muerte de vivir entre las sombras, cuando Jonas empezó a echar de menos endemoniadamente a su familia adoptiva. Se unieron al departamento del sheriff y habían vivido una vida cómoda hasta que Jonas había conseguido que le dispararan en el trabajo y se volvió inquieto y nervioso durante la recuperación. Su antiguo jefe, Duncan Gray, de un equipo especial enterrado profundamente en el Departamento de Defensa, había venido a verle. Jackson le habría lanzado una mirada dura y habrían permanecido a salvo. Pero no, Duncan había sabido como entrarle a Jonas, porque Jonas caía con la frase "te necesitamos" cada maldita vez.
    Era un infierno lo que había hecho, arrastrar a Jackson a este embrollo. Y no era la forma en que había planeado morir, una suave misión de reconocimiento con los rivales de Nikitin para ver quién iba y venía y por qué. Nada especial, pero ahí estaban, disparos y sangre volando por todas partes. Jonas abrió el paquete de vendaje de presión con los dientes y lo sacó de la envoltura, apretándolo en su lugar antes de poder pensarlo demasiado.
    El fuego le desgarró, apuñalando tan profundamente que su cuerpo se estremeció en reacción. Tuvo que mantenerse en pie aferrándose con fuerza al contenedor de basura, ¿no se suponía que esto era sanitario? Demonios, ésta vez tenía auténticos problemas. Se tambaleaba, la única cosa firme era el arma en su mano.
    Buscando en su bolsillo, sacó una fotografía, la única que llevaba, la única que importaba. Debería haberla destruido. Podía ver su propia cara, la terrible y cruda verdad capturada en carrete. Bajaba la mirada hacia una mujer y el amor en su cara, el hambre cruda, era tan evidente que resultaba una traición, allí para que todo el mundo -incluso él- la viera. Su dedo se deslizó sobre el papel satinado, dejando una mancha de sangre. Hannah Drake. Supermodelo. Una mujer con extraordinarios y mágicos dones. Una mujer tan lejos de su alcance que bien podría intentar mejor alcanzar la luna en el cielo.
    Oyó pasos y el susurro de ropa deslizándose contra la pared. Metiendo la foto de vuelta en el bolsillo de su camisa, cerró su corazón, y sacudió la cabeza para aclarársela. Más sudor goteó en sus ojos y se lo limpió. Los culo-prietos llegaron primero, quedándose entre las sombras pero avanzando definitivamente. El sudor hacía que le picaran los ojos, y la sangre corría firmemente por su costado hasta su pierna, mezclándose con la lluvia que había empezado a caer en un chaparrón implacable. Estabilizó el arma y esperó.
    Al final del callejón, un hombre cayó y el primer disparo llegó casi simultáneamente. Jackson era un infierno sobre ruedas a esa distancia. Tendido en lo alto del edificio, podía escoger simplemente entre ellos si eran lo bastante estúpidos como para seguir avanzando, y ahí estaban. Jonas se tomó su tiempo, esperando el fogonazo de un cañón cuando uno delatara su posición disparando hacia arriba a Jackson. Jonas entrecerró la mirada y contó hasta dos de ellos, pero la entrada del callejón todavía parecía muy lejos cuando el fuego punzante se extendía por su cuerpo y su sangre estaba derramándose por todo el suelo.
    No seas un asno debilucho. No vas a morir en este sucio callejón derribado por unas pocas ratas medio muertas. Se habló severamente a sí mismo, esperando que la charla animada evitara que cayera de cara al barro. El problema era, que no sólo eran ratas medio muertas, eran auténticos mercenarios, entrenados en tácticas como lo habían sido Jackson y él, e iban a tomar el tejado también. Oía ruidos en el edificio de su espalda, el edificio que debería haber sido un almacén vacío.
    El asesinato captado en la cinta de video esta noche bien valía un montón de vidas. Jackson disparó de nuevo y otro cuerpo cayó. Jonas esperó el destello del disparo de respuesta, pero ni una sola bala fue disparada. Gimió suavemente y la comprensión le golpeó. Ellos conocían su posición exactamente. Debería haberse movido en el momento en que había disparado. Estaba incluso más ido de lo que había pensado. Tragó con fuerza y se quedó a cubierto, intentando ser parte del contenedor, sabiendo que tenía que salir de allí, pero temiendo que sus piernas no le sostuvieran. Una oleada de mareo le golpeó con fuerza, casi echándole a tierra. Aguantó denodadamente, respirando en profundidad, desesperado por permanecer en pie. Una vez cayera, nunca sería capaz de volver a levantarse.
    Jackson salió de entre las sombras, con sangre goteando del pecho y el brazo, la cara sombría y los ojos salvajes. Tocó su cuchillo y dibujó una línea a lo largo de su garganta, indicando otra muerte, y esa muerte había sido entre Jackson y Jonas, lo que significaba que estaban rodeados. Levantó cuatro dedos y dirigió la atención de Jonas a dos posiciones cerca y dos tras ellos. Señaló arriba.
    Jonas sintió a su corazón saltarse un latido. No había forma de que pudiera subir tres pisos de altura por una escalera de incendios. Dudaba que pudiera haber soportado la tortura de correr callejón abajo, pero eso parecía endemoniadamente mucho más fácil -y corto- que subir tres pisos. Tomó aliento, ignorando la protesta cuando mil cuchillos sin filo se retorcieron en sus entrañas, y asintió en acuerdo. Era su única oportunidad de escapar.
    Jonas dio un paso alejándose del receptáculo, siguiendo a Jackson. Un paso y su cuerpo se subió por las paredes por él, el dolor le estrujó, robándole toda capacidad de respirar. Mierda. Iba a morir en este maldito callejón, y peor aún, iba a llevarse a Jackson con él, porque Jackson nunca le dejaría.
    Sus enemigos se acercaban en todas direcciones y simplemente no había forma de que pudiera subir por esa escalera de incendios. Necesitaban un milagro y lo necesitaban rápido. Había un único milagro con el que pudiera contar, y sabía que ella estaba esperando su llamada. Siempre sabía cuando estaba en problemas. Jonas había pasado toda una vida protegiéndola, deseándola tan intensamente que se despertaba noche tras noche, sudando, con el nombre de ella resonando en su dormitorio, su cuerpo duro, tenso y tan endemoniadamente incómodo que algunas veces no estaba seguro de poder contenerse de aceptar trabajos como este en el que estaba metido, porque estaba condenado si no conseguía aniquilarla.
    Aún así, no tenía elección. Ella era su as en la manga y no tenía más opción que utilizarla, si quería sobrevivir. Se extendió en la noche y conectó con una mente femenina. La conocía. Siempre la había conocido. Podía evocarla en su mente de pie en la almena del capitán de cara al mar, sus rizos platinos y dorados cayendo en cascada por su larga espalda todo el camino hasta su lujurioso trasero, su cara seria, mirando al mar, esperando.
    Hannah Drake. Si inhalaba, podía respirarla. Ella sabía que estaba en problemas. Siempre lo sabía. Y que Dios le ayudara, quizás de eso trataba todo esto. Quizás deseaba su atención -necesitaba su atención- y esta era la única forma que le quedaba para conseguirla. ¿Podía estar tan jodidamente desesperado que arriesgaría no sólo su vida sino también la de Jackson? Ya no sabía qué estaba haciendo.
    – Hannah. -Supo que tocaba su mente, ella tocó la suya. Ella había sabido en qué momento había empezado el problema y había estado esperando, firme como una roca, a su propia manera tan confiable como Jackson. Esperaba solo una dirección antes de golpear. Ahora tenía una, el infierno entero se estaba ya desatando. Hannah Drake, una de las siete hijas nacida de la séptima hija en un linaje de mujeres extraordinarias. Hannah Drake. Nacida para ser suya. Cada áspera respiración atraída a sus pulmones, cada promesa de permanecer en pie, de permanecer con vida, la hacía por Hannah.
    Jackson señaló hacia el edificio y Jonas maldijo por lo bajo. Dio un paso tentativo de vuelta hacia las sombras, con el estómago pesado, cada cosa que había comido o bebido en las últimas horas empujando hacia arriba. El terrible retortijón le produjo otra oleada de mareo y martillos perforadores zapatearon una macabra danza, abriendo su cráneo. El sudor goteó, la sangre corrió y la realidad se retrajo solo un poco más.
    Jackson le pasó un brazo bajo los hombros.
    – ¿Necesitas que te lleve?
    Necesitarían el arma de Jackson si iban a hacerlo. Jonas tenía que encontrar una forma de ahondar profundamente en su interior y permanecer en pie, cruzar la distancia y escalar hacia la libertad con dos balas en su interior, y una herida todavía fresca de un disparo anterior. Sacudió la cabeza y dio otro paso, apoyándose pesadamente en Jackson.
    Hannah, nena. Ahora o nunca. Envió la silenciosa plegaria a la noche, porque si alguna vez había habido un momento en que él realmente necesitara las inusuales habilidades de ella, era ahora.
    El viento respondió, alzándose rápida y furiosamente. Sopló callejón abajo con la fuerza de un huracán, aullando y arrancando trozos de madera de los edificios. La basura se arremolinó, alzándose en el aire y volaba en todas direcciones. Cajas de cartón y otras basuras fueron lanzadas por el aire, golpeando cualquier cosa a su paso mientras el viento se abría paso hacia la parte de atrás del callejón, donde giró y empezó a correr en un horrendo círculo más y más apretado, más y más rápido, cogiendo más velocidad y ferocidad.
    El viento nunca tocó ni a Jackson ni a Jonas; en vez de eso, se movió alrededor de ellos creando un capullo, construyendo un escudo de polvo y basura alzados para formar una barrera entre ellos y el mundo.
    Mantente a salvo. Dos pequeñas palabras, envueltas en sedas, satén y suaves colores.
    – Tenemos que movernos -dijo Jackson.
    Jonas obligó a sus pies a continuar arrastrándose, cada paso retorcía sus entrañas, el dolor rechinaba atravesando su cuerpo hasta que sólo pudo apretar los dientes e intentar exhalarlo fuera. Sus esfuerzos no funcionaban. Hannah. Nena. No creo que vaya a poder volver a casa contigo.
    El viento se alzó a la altura de un chillido de protesta, lanzándolo todo por el aire a su paso. Brazos y piernas se enmarañaron cuando los hombres cayeron o se estrellaron contra los costados de los edificios junto con la basura. Jonas podía oír los gritos y gruñidos de dolor cuando sus enemigos, capturados por el antinatural tornado, eran lanzados por la furia del viento.
    Jonas se tambaleó, arreglándoselas para sostenerse a sí mismo, pero el dolor y las oleadas de mareo y náusea eran sus enemigos ahora. Su estómago se revolvió y el suelo se inclinó. La negrura perfiló su visión. Se tambaleó de nuevo, y esta vez, estuvo seguro de que caería, sus piernas se volvieron de goma. Pero antes de que pudiera caer, sintió la presión del viento casi elevándole, sosteniéndole, envolviéndole y alzándole en brazos seguros.
    Dejó que el viento tomara su peso y le cargara hasta la escalera. Jackson retrocedió para dejar que Jonas subiera primero, todo el rato vigilando el callejón y los edificios circundantes, entrecerrando la mirada contra la fuerza del viento.
    Jonas extendió los brazos hacia el último peldaño de la escalera y un dolor candente estalló a través de él, haciéndole caer de rodillas. Al instante el viento acarició su cara, una suave ráfaga, como si una pequeña mano le tocara con dedos gentiles. A su alrededor rabiaba virtualmente un tornado, pero algunas hebras se separaban de la arremolinante masa y parecían alzarle en fuertes brazos.
    Dejó que Jackson le ayudara a ponerse en pie, alentado por el viento, y lo intentó de nuevo, trabajando con el vendaval de Hannah, permitiendo que la fuerza ascendente le ayudara mientras flexionaba las rodillas y saltaba para cerrar el espacio entre él y el último escalón. El viento le empujó y alcanzó el siguiente peldaño antes de que su cuerpo pudiera absorber el shock de soportar su peso.
    En alguna parte en la distancia, oyó a alguien gemir roncamente de agonía. Su garganta parecía al rojo vivo y su costado ardía, pero dejó que el viento empujara y empujara hasta que estuvo subiendo por la escalera hasta el tejado. Gateó hasta el techo, rezando por no tener que subir de nuevo, sabiendo que no tenía elección.
    Jackson dejó caer una mano sobre su hombro cuando Jonas se arrodilló sobre el edificio, luchando por coger aire.
    – ¿Tienes fuerzas para otra carrera?
    Sus oídos tronaban tan ruidosamente, que Jonas casi se perdió el débil susurró. Demonios no. ¿Era eso lo que parecía? Asintió y apretó la mandíbula, luchando por volver a ponerse en pie. La lluvia era implacable, cayendo sobre ellos, conducida lateralmente por el viento, pero aún así parecía envolverlos en un capullo de protección.
    Abajo, oyeron gritos cuando unos pocos de los hombres más valientes intentaron seguirlos por la escalera. El viento ganó fuerza, golpeando el edificio tan duramente que las ventanas se sacudieron y la escalera de incendios traqueteó amenazadoramente. La escalera se meció con tanta fuerza que los pernos y tornillos empezaron a soltarse y cayeron hacia la calle de abajo. El viento capturó las pequeñas piezas de metal y las envió como misiles letales contra los hombres que intentaban subir a toda prisa los escalones.
    Los hombres gritaron y soltaron la escalera, saltando a tierra en un intento por alejarse de la explosión de pernos que se lanzaban hacia ellos. Algunos de los pernos se hundieron profundamente en la pared y otros en carne y hueso. Los gritos se volvieron frenéticos.
    – Demonios, Hannah está realmente cabreada -dijo Jackson-. Nunca he visto nada parecido. -Pasó el brazo alrededor de Jonas y medio le alzó sobre sus pies.
    Jonas tenía que estar de acuerdo. El viento era el medio de acción favorito de Hannah y podía controlarlo. Y demonios, lo estaba controlando. No quería pensar en cuanta de esa furia podía estar dirigida hacia él. Había prometido a las hermanas Drake que no volvería a hacer este tipo de trabajo. Ellas sabían que había arrastrado a Jackson con él, y decirles que Jackson había insistido en venir no serviría de nada para sacarle del apuro.
    Se concentró en su respiración, en contar pasos, en cualquier cosa excepto en el dolor mientras Jackson le arrastraba por el tejado hasta el borde. Jonas sabía lo que se avecinaba. Iba a tener que saltar y aterrizar en el otro tejado, donde podrían bajar a la calle a salvo. Hannah contendría a los gánsters rusos tanto como pudiera, pero solamente Sarah estaba en el país para ayudarla y la fuerza de Hannah tarde o temprano se agotaría. Estaría totalmente sola en la almena del capitán a la intemperie. Odiaba eso, odiaba lo que le había hecho.
    – ¿Puedes hacerlo, Jonas? -preguntó Jackson, su voz era áspera y chillona.
    Jonas evocó a Hannah de pie en la almena del capitán mirando al mar. Alta. Hermosa. Sus grandes ojos azules feroces mientras se concentraba, las manos en el aire, dirigiendo el viento mientras canturreaba.
    Si no podía hacerlo, no volvería a Hannah, y no le había dicho ni una sola vez que la amaba. Ni una vez. Ni siquiera cuando sentada junto a su cama del hospital le daba fuerzas para que se recuperara le había dicho realmente las palabras. Las había pensado, soñado con decirlas, una vez incluso había empezado, pero no quería arriesgarse a perderla así que había permanecido en silencio.
    Él protegía a la gente, eso era lo que hacía, quién era. Sobre todo, protegía a Hannah, incluso de sí mismo. Sus emociones siempre eran intensas; su rabia incontrolable, su necesidad de ella, el puro deseo que sentía cuando pensaba en ella. Había aprendido a ocultarle sus emociones desde que era un muchacho, cuando había comprendido que era empática y le hacía daño leer a la gente todo el tiempo. Había estado ocultando sus sentimientos tanto tiempo que era una segunda naturaleza para él, y sin importar el momento, siempre caía en la vieja excusa de que su trabajo la pondría en peligro.
    Parecía bastante estúpido ahora, especialmente cuando la llamaba pidiéndola ayuda. Se apartó la mano del costado y miró la sangre espesa que cubría su palma. Sin molestarse en contestar a Jackson, Jonas tomó aliento y saltó, con el viento tras él, empujando con fuerza de forma que su cuerpo fue arrojado hasta el otro tejado.
    No pudo mantenerse en pie o siquiera empezar a aterrizar graciosamente. Cayó con fuerza y de cara, el aire abandonó sus pulmones y el dolor ardió a través de su cuerpo como una marca candente.
    La oscuridad se acercó, luchando por la supremacía, intentando arrastrarle hacia abajo. La deseaba -la paz de la inconsciencia- pero el viento fustigaba a su alrededor llevando una voz femenina, suave, suplicante, tentadora. Le susurraba mientras el viento alborotaba su cabello y acariciaba su nuca. Vuelve a casa conmigo. Vuelve a casa.
    Su estómago se tensó y luchó por ponerse de rodillas, su estómago se retorció de nuevo. Jackson enganchó una mano bajo su brazo.
    – Yo te llevaré.
    Fuera del tejado. Abajo a la calle. Jackson lo haría, también, pero Jonas no iba a arriesgar más la vida de su mejor amigo. Sacudió la cabeza y forzó su cuerpo al límite. No le quedaba nada más que instinto de supervivencia y pura fuerza de voluntad. Encontró la escalera de incendios y empezó a descender, cada paso lastimando, su cuerpo gritando. Las oleadas de mareo y nausea empezaron a fundirse hasta que ya no pudo diferenciarlas. Sentía la cabeza ligera y el suelo parecía muy lejano, la realidad se distanciaba más y más hasta que simplemente se dejó ir y flotó.
    En algún lugar en la distancia creyó oír el grito de una mujer. Jackson le hizo eco y una mano cogió la espalda de su camisa rudamente, el súbito tirón le lanzó más allá del límite hacia la oscuridad. La última cosa que oyó fue el sonido del viento abalanzándose sobre él.

    Hannah Drake estaba en pie en la almena del capitán mirando al oscuro y furioso mar, con los brazos alzados mientras atraía el viento hasta ella, canalizándolo y enviándolo a través de la noche hacia Jonas Harrington. Miedo y rabia se entremezclaban, dos poderosas emociones, tronando en su corazón, corriendo a través de su riego sanguíneo formando un brebaje de alto octanaje que añadía combustible al poder del viento. Diminutos puntos de luz iluminaban el cielo alrededor de sus dedos mientras continuaba acumulando y dirigiendo la fuerza de su voluntad. Muy por debajo de ella, el mar se alzaba en el aire cuando las olas se estrellaban contra las rocas. El océano se arrojaba y mecía, engendrando pequeños ciclones, retorciéndose en la superficie, columnas gemelas de agua arremolinante con una rabia similar a la suya.
    Oyó la voz de Jonas en su cabeza, el sonido fue una caricia, una suave nota que a la vez la caldeó y provocó un estremecimiento en todo su cuerpo. Sonaba demasiado cercano a un adiós. Un puro terror la atravesó. No podía imaginarse la vida sin Jonas. ¿Qué iba mal? Había despertado con el corazón palpitando y el nombre de él en sus labios. Había sabido que algo terrible estaba ocurriendo, que su vida estaba en peligro. Algunas veces, le parecía que la vida de él siempre estaba en peligro.
    – Oh, Jonas -susurró en voz alta-, ¿por qué sientes la necesidad de hacer estas cosas?
    El viento le arrebató la pregunta y la llevó mar adentro. Sus manos temblaban y se mordió el labio con fuerza para mantener el control. Tenía que traerle a casa de una pieza. Fuera lo que fuera en lo que estuviera metido, era terrible. Cuando abrió su mente a la de ella, cuando conectaron, captó sólo breves vistazos del interior, como si él hubiera compartimentado sus sentimientos y recuerdos tan apresuradamente como fuera posible. Vio dolor y sangre y sintió su rabia en un breve destello catastrófico que él cortó abruptamente.
    Necesitaba una dirección para mantenerle a salvo, y la encontró y mantuvo a través de Jackson. Él estaba más abierto a una conexión psíquica, mientras que Jonas estaba demasiado preocupado por estar consumiendo sus energías. Jackson la dejó ver la situación del callejón, la condición en la que estaba Jonas, y el edificio que tenían que escalar.
    Envió un pequeño reconocimiento, utilizando calidez y color, sabiendo que Jackson entendería, y una vez más alzó los brazos. Comandó a los cinco elementos, tierra, el más físico de todos los elementos; fuego, a la vez poderoso y aterrador; aire, siempre en movimiento, su favorito, su compañero constante y guía, proporcionando visualización, concentración y el poder de los cuatro vientos; agua, la mente psíquica; y por supuesto, espíritu, la fuerza que unía al universo mismo.
    Hannah, nena, ahora o nunca.
    Hannah tomó un profundo y esclarecedor aliento e incrementó el poder del viento, apuntando y enfocando, utilizando su mente para hacer que los elementos la ayudaran. Murmuró una pequeña plegaria de agradecimiento y se abrió a sí misma al universo y a toda la fuerza potencial que podía reunir para ayudar a Jonas. El aire sobre ella se espesó y oscureció, las nubes empezaron a hervir y burbujear en un furioso brebaje. La electricidad centelleó y crujió a lo largo de los bordes de las nubes más pesadas y el viento empezó a alzarse aún más, haciendo que los ciclones salieran del mar para crecer más alto y girar más rápido sobre el agua.
    El terror atenazó su corazón y anudó su estómago. No podía imaginar su vida sin Jonas en ella. Era arrogante, mandón y siempre quería hacerlo todo a su manera, pero también era el más protector y cariñoso de los hombres que había conocido nunca. ¿Cuántos años hacía que pasaba esto? ¿Cuántas veces arriesgaría él su vida antes de que fuesen demasiadas?
    Mantente a salvo. Susurró en su cabeza, envió el mensaje a Jonas, envuelto en suaves y cálidos colores y esperó que esta simple petición no revelara demasiado. El viento se alzó con su miedo, con su furia cuando recibió otro destello de Jackson. Los dos hombres estaban subiendo por la escalera de incendios y Jonas flaqueaba. Su corazón vaciló cuando le vio caer.
    Hannah. Nena. No creo que vaya a poder volver a casa contigo.
    Su corazón casi se detuvo. Por un momento hubo un instante de calma en la tormenta y entonces la furia la atravesó y ella la dejó crecer, esa terrible necesidad de venganza estaba dentro de ella, estallando, destrozando toda restricción que mantenía tan cuidadosamente sobre sí misma. Incrementó el viento hasta un feroz extremo, una furia demoledora que corrió a través de la noche y cayó como un hambriento tornado en ese callejón oscuro tan, tan lejano.
    El vendaval persiguió a los hombres con sus armas insignificantes que resultaban inútiles contra las fuerzas de la naturaleza. Violentas ráfagas destrozaron las ventanas e hicieron llover cristales. Tablas eran levantadas y tiradas como si un niño revoltoso tuviera una pataleta. La dulce y angelical Hannah lo dirigía, su ataque de furia envió a los enemigos de Jonas a estrellarse contra el suelo, impotentes bajo la acometida del viento e incluso del frío granizo.
    En medio de todo esto, sintió a Jonas deslizarse, alejarse más y más de ella, un dolor punzante le atravesaba -la atravesaba a ella- la conexión empezaba a desgarrarse. Envió una última ráfaga de aire para elevarle, las corrientes le llevaron más alto, empujándole hacia arriba por el costado del edificio hasta el tejado y la libertad. Jugueteó hacia su cara y cuello con golpes de pequeña brisa para intentar mantenerle alerta lo suficiente como para que Jackson los llevara a ambos a la seguridad.
    Le sintió recomponerse a sí mismo en un último y enorme esfuerzo y envió una última ráfaga de viento que giró alrededor de él y le llevó de un tejado a otro. Sintió la explosión de dolor desgarrador, una agonía que la hizo caer de rodillas. Jadeó, las lágrimas emborronaron su visión, corriendo libremente por su cara. Ven a casa conmigo. Ven a casa conmigo. La súplica estaba perfilada en rojos y dorados, llameando de luz y necesidad.
    Sintió la reacción de él, la lucha por ponerse en pie, por evitar que el mareo le abrumara, la determinación a lograr volver de una pieza. Hubo otra explosión de dolor y Jonas resbaló aún más, la oscuridad perfilaba su visión. Desesperada, envió el viento, un golpe de aire que le envolvió, y entonces la oscuridad la tomó también a ella.

CAPÍTULO 2

    Jonas parpadeó al emerger de un mar de dolor.
    – Hijo de puta, eres aterrador -informó a Jackson-. ¿De dónde demonios sacas esa mirada? ¿Practicando en el espejo a diario?
    Jackson le sonrió, pero sus ojos encerraban preocupación.
    – Siguiéndote a ti al infierno y vuelta. Eres tan debilucho, Harrington. Desmayándote como una chica. Tuve que cargar con tu pobre culo todo el camino hasta el coche.
    – Sabía que te quejarías. -Jonas inhaló e inmediatamente frunció el ceño- Otro hospital, no. Debes estar realmente enfadado conmigo.
    – Necesitabas unas pocas pintas de sangre.
    Jonas se contuvo de responderle cuando vio al doctor, acercando una bandeja. Esto no iba a ser divertido.
    Jackson ignoró al médico.
    – Vas a tener que averiguar que demonios estás haciendo, rápido Jonas, o vas a lograr que nos maten a los dos.
    – Nadie te pidió que vinieras -dijo bruscamente Jonas, sabiendo que estaba siendo un completo desagradecido. Odiaba la verdad cuando la oía, especialmente cuando sabía exactamente de qué estaba hablando Jackson. No de qué… de quién.
    Jackson sacudió la cabeza, sin apartar la mirada.
    – No puedes salvar al mundo y vas a tener que acostumbrarte a ello. Y maldita sea, debes arreglar las cosas con Hannah.
    – Ocúpate de tus propios asuntos, maldición -dijo bruscamente Jonas, sabiendo que no tenía derecho, pero incapaz de detenerse a sí mismo. Detestaba los hospitales. Ya había tenido su cuota de ellos y la herida no era tan grave. Sólo había sangrado como un cerdo y se había debilitado un poco. Quería arrancarse la aguja del brazo e irse.
    Jackson lo miró fijamente, sus ojos negros brillaban con una inminente tormenta. Nadie más era lo suficientemente estúpido como para hacer caer el infierno sobre sí mismo, sólo Jonas. ¿Cuándo había perdido el juicio? Jackson no se merecía su mierda.
    – Tú lo convertiste en asunto mío, y no trates de fingir que Hannah no es la razón por la que estamos en este lío. Si te hubieras hecho cargo de la mujer, nadie te habría convencido de participar en nada parecido a esta misión de mierda. Te habrías quedado en zona segura, Jonas, y ambos lo sabemos.
    Jonas abrió la boca para negar la acusación, pero la cerró de golpe cuando Jackson lo miró firmemente. El doctor roció la herida con una especie de líquido ardiente que le robó el juicio y lo hizo empezar a sudar otra vez. Apretó los dientes y trató de no desmayarse.
    – Es complicado -dijo, cuando pudo respirar nuevamente. El doctor le puso varias inyecciones y Jonas se deslizó un poco fuera de la realidad. Los bordes a su alrededor se nublaron y oscurecieron-. Hannah Drake no es como las demás mujeres. Es diferente… especial
    Ella lo era, todo. Mágica. Ella era suya, o sería suya. ¿Por qué demonios no era suya?
    – Te ves un poquito verde -dijo Jackson-. No te me vuelvas a desmayar.
    Jackson no se perdía casi nada. Notaba cada movimiento, cada sonido, observaba las ventanas, las puertas y el tráfico en la calle, y aún así vio que Jonas flaqueaba cuando el doctor empezaba a suturar las heridas.
    – ¡Hey! Mi costado no está anestesiado -dijo Jonas bruscamente, apretando los dientes y los puños. Si el doctor introducía la aguja de sutura en su piel una vez más, se vería obligado a sacar el arma y dispararle al hombre.
    – Dese prisa, Doc, no tiene porque quedar bonito -dijo Jackson, yendo hacia la puerta y asomándose hacia fuera.
    Jonas notó que tenía la mano dentro de la chaqueta, donde llevaba el arma lista. El doctor le puso otra inyección de anestesia y Jonas apretó los labios con fuerza para evitar maldecir. Jackson lo miraba, sin manifestar mucha compasión.
    Jonas cerró los ojos y pensó en Hannah. ¿Por qué no había controlado la situación antes de que llegara tan lejos? La amaba. No podía recordar una época en la que no la hubiera amado. Simplemente había pasado. Amaba la forma en que sonreía, la forma de su cabeza, el destello de fuego en sus ojos, el pequeño mohín de su labio inferior. Apestaba de tanto que la amaba. Era un hombre que siempre, siempre, quería tener el control, y aún así Hannah lo hacía perder el equilibrio. No había forma de controlar a Hannah. Era como el viento, impredecible y fluída, siempre deslizándosele entre los dedos antes de que pudiera cogerla y retenerla.
    Lo hacía enfadar cuando había pocas personas que pudieran afectarlo. Podía calmarlo con un roce. Era feliz con solo mirarla -observarla- aunque la mitad de las veces quería ponérsela sobre las rodillas y azotar su trasero hermosamente formado. Hannah era complicada y él necesitaba sencillez. Era brillante y él era todo músculo. Ella era etérea, intocable, la mujer más hermosa que hubiera visto nunca, incluso mágica, y tan lejos de su alcance.
    Iba a ponerse furiosa con él por haber resultado herido otra vez. Especialmente debido a que la última vez había sido sólo unas semanas antes y si no hubiera sido por ella habría muerto. Casi había muerto tratando de salvarlo, sentada a su lado días enteros, consumiendo su fuerza con él y sin reservar nada para si misma. Había estado muy débil para apartarla. La necesitaba allí a muchos niveles distintos, pero había sido un infierno observarla ponerse cada vez más pálida y frágil mientras el se ponía más fuerte.
    Después, más tarde, ¿cómo le había agradecido? No de la forma en que se merecía, eso seguro. Había estado tan nervioso y agitado, tan malhumorado. Cuando el jefe de su anterior grupo especial de operaciones encubiertas había venido pidiendo ayuda él había aprovechado la ocasión antes que contarle a Hannah la verdad sobre cuanto le afectaba. Prefería parecer impasible como un niño desafiante. Todo debido a que la amaba tanto que era un tormento y sabía que nunca podría tenerla y continuar con su vida habitual. No era que Hannah fuera a poner objeciones a las cosas peligrosas que hacía -si es que le aceptaba- pero él no iba a arriesgarse a ponerla en peligro. Con el correr de los años, se había hecho suficientes enemigos como para que, tarde o temprano, inevitablemente alguno viniera tras él, demonios, ya había ocurrido más de una vez.
    Tomó aire e intentó no acobardarse.
    – Vale. Puede que tengas razón. Hay una posibilidad de que ella tenga algo que ver con ello.
    Jackson enarcó la ceja.
    – Una posibilidad -repitió.
    Jonas se enfurruñó
    – Tú sigue así. Estarás de turno en cada guardia de mierda durante los próximos diez meses. -Era una amenaza vacía, pero era todo lo que le quedaba. Se sentía tan malditamente cansado y vacío que sólo deseaba arrastrarse hasta un hoyo y esconderse durante un tiempo, pero sabía lo que se avecinaba y no había forma de evitarlo.
    Jackson esperó a que el doctor abandonara la habitación antes de arrastrar una silla y sentarse a horcajadas sobre ella, de cara a la ventana y la puerta.
    – Lo digo en serio Jonas. Vas a hacer que te maten. Cuando recibiste ese disparo estabas de pie justo bajo la luz, a plena vista. Debes haberte dado cuenta que estabas expuesto.
    – Karl Tarasov, ese matón hijo de puta, metió una jodida bala en la cabeza de nuestro conductor, Jackson -estalló Jonas.
    – Fue un movimiento de aficionado y lo sabes. -Jackson se quedó en silencio un momento-. O suicida. -Volvió a quedarse en silencio, dejando que la palabra flotara entre ellos.
    Jonas suspiró y sacudió la cabeza.
    – Estoy fatigado, Jackson, no soy un suicida. Es que estaba tan enfadado. No tenía que matar al conductor. Terry no había visto nada. Tarasov lo hizo como advertencia. Así que, que se jodan. Sólo estaba demasiado enfadado.
    – No tienes por qué hacer este tipo de trabajo, Jonas, te lo dije antes. Sencillamente no puedes desligarte. Sobrevivimos todos estos años porque nos mantuvimos fríos. No eres responsable de la muerte de Terry. Él eligió conducir el coche. En ningún momento fue responsabilidad tuya el perder a ninguno de nuestros hombres. -Suspiró. Hablar no era su fuerte y había estado haciéndolo demasiado para mantener a Jonas en pie. Pero esto… esto era importante. Jonas iba a hacer que lo mataran-. No puedes sobrevivir si te lo tomas de forma personal, no en este negocio.
    Había pocos hombres a los que Jackson respetara, Jonas era uno de ellos. Al hombre nunca había dejado de importarle. No importaba que las balas volaran y la jungla te rodeara, el volvía a buscarte. Pero la vida en la vía rápida cobraba peaje a los hombres que se preocupaban demasiado y estaba comiéndose a Jonas a pedacitos.
    Jonas se pasó los dedos por el cabello. Jackson tenía razón. No había escapatoria.
    – Lo sé. -Pero nunca había aprendido a cortar. Demonios sí, se sentía responsable. La mitad de las veces no podía dormir, pensando en los chicos, esos jóvenes Rangers bajo su mando, que había traído de regreso en ataúdes. Había habido demasiados de ellos, y últimamente, lo perseguían tanto de noche como de día.
    – Estás enredado, hombre. Ella te ha confundido. Vas a tener que resolver esto que hay entre vosotros o no sobrevivirás. Si estás esperando a sacártela de la cabeza, no te molestes. Te conozco desde hace ya casi quince años y aún no ha sucedido. Estabas enamorado de ella en aquél entonces y ahora indudablemente estas en peor forma. No tienes ni la más mínima posibilidad de lograr que esos sentimientos desaparezcan. Punto final, hermano, con los años te has vuelto cada vez más insensato. No puedes seguir con esa mierda y trabajar encubierto.
    Jonas juró por lo bajo. Jackson no le estaba diciendo nada que no supiera ya. Si trataba de negar que estaba tan ido, argumentar que todavía podía controlarse, sería una mentira. Pensaba en Hannah a cada minuto del día. De noche, cuando conseguía dormir, soñaba con ella. A menudo se despertaba bañado en sudor, duro como una roca, su cuerpo ardiendo de necesidad, con el sabor de ella en la boca, su aroma en los pulmones. Estaba empeorando, tanto que temía irse a dormir cada noche. Y cuando la veía, tenía que encontrar algo para alejarla o haría algo insensato como arrastrarla a sus brazos y entonces todo se convertiría en un verdadero infierno. Porque no sabia como ser otra cosa que lo que era.
    – Eres condenadamente afortunado de que no haya encontrado otro hombre, Jonas.
    – No recurras a eso, Jackson.
    Jackson levanto la cabeza en estado de alerta, el cuerpo inmóvil, repentinamente amenazante. Se puso de pie abruptamente y le hizo señas a Jonas para que se mantuviera en silencio, yendo a zancadas de vuelta a la puerta.
    – Tenemos compañía
    – Tienes que estar bromeando. -No se molestó en preguntarle a Jackson si estaba seguro, los instintos del hombre le habían salvado varias veces a lo largo de los años. Jonas se arranco la aguja del brazo y se bajó de la cama, mirando frenéticamente alrededor en busca de la camisa. Ésta había sido cortada en tiritas, la tela tirada en el suelo en una pila sangrienta. Tomó su chaqueta, metiendo los brazos en ella-. ¿En qué demonios nos ha metido Duncan? Karl Tarasov no va a parar hasta que recupere la prueba. No va a permitir que su tío caiga por asesinato.
    Jackson levantó cuatro dedos.
    – Estarán esperando fuera también. Los hermanos Gadiyan están rompiendo cabezas buscándonos.
    – Mierda. -Boris y Petr Tarasov comandaban la familia de infames mafiosos reconocidos por su habilidad para blanquear dinero en cualquier parte del mundo. Sus actividades criminales eran legendarias y gobernaban con mano sangrienta. Karl, el hijo de Pete, y los hermanos Gadiyan, parientes políticos, eran sus ejecutores principales. Que ellos estuvieran buscándole no eran buenas noticias.
    Instintivamente Jonas miró hacia atrás a la puerta, pero Jackson se colocó frente a él.
    – Lo que tenemos contra ellos es demasiado importante como para perderlo. Si quieres disparar a estos hombres, haremos algo de ruido y los atraeremos, los guiaremos fuera de aquí para mantenerlos alejados de los inocentes, ya que no podemos permitirnos un tiroteo en este lugar.
    Jonas lo sabía. Por supuesto que no iba a poner a los civiles en la línea de fuego, pero podía sentir que empezaba a enfurecerse, de la misma forma que antes, y decía mucho que Jackson hubiera sentido que debía recordárselo.
    ¿En qué demonios los había metido Gray? Sabía que el asunto involucraba a una o a las dos familias más prominentes de la mafia rusa que operaba en San Francisco. Los Tarasov no se molestaban en ocultar lo que eran, deliberadamente aterrorizaban a su propia gente, tomando sangrientas venganzas si alguien se interponía en su camino. Era sabido que masacraban a familias enteras. Boris y Pete Tarasov regían su imperio por medio del miedo.
    Sergei Tikitin, su mayor rival, prefería mantener las apariencias de ser un prominente hombre de negocios e integrante de la jet set. Quería aceptación y se movía entre los ricos y poderosos, escondiendo sus crímenes tras su suave sonrisa, todo el tiempo dando órdenes para matar a quien se oponía a él. La emboscada había sido para la familia Tarasov, y en ese momento, Jonas estaba bastante preocupado porque se había tropezado con algo mucho más grande que un par de pistoleros matándose el uno al otro. Fuera lo que fuera, no era bueno.
    Juró por lo bajo mientras tironeaba de la fina manta que había en la camilla, se la envolvía alrededor del brazo y rompía la ventana lo más ruidosamente posible para atraer la atención de los mafiosos, queriendo que los siguieran. Despejando los restos puntiagudos, Jonas se levantó rápidamente sobre ellos, y se hizo a un lado para cubrir a Jackson que venía tras él.
    Se encontraron en una angosta franja de tierra entre las alas del hospital. Era un laberinto, mayormente llano de tierra y hormigón y de vez en cuando algo de césped, pero los diversos ángulos del enorme complejo podían proporcionar cobertura. Esperaron hasta escuchar gritos provenientes de la habitación en la que habían estado, y luego, agachándose para evitar las ventanas, corrieron rápidamente Jonas manteniendo presión sobre su costado para evitar dejar un rastro de sangre.
    Un grito y un salvaje tiroteo les indicó que eran perseguidos. Mientras forjaban su camino alrededor de los edificios, Jonas trató de recordar los detalles que habían filmado. Había pasado todo demasiado rápido. Al principio los hombres habían estado hablando y riendo. Ninguno particularmente especial, nadie de una familia rival. Y súbitamente los hermanos Gadiyan y Karl Tarasov se habían unido a la pequeña reunión. Habían estado en la parte de atrás en la penumbra donde Jonas no podía verlos.
    Los hombres instantáneamente se habían puesto firmes. Y quién no, con ese tipo de poder a su alrededor. Cuando Boris y Petr Tarasov se habían dejado ver, todo seguía pareciendo normal, amistoso. No había habido advertencia alguna antes de que Karl apartara de un tirón a un hombre del grupo y Petr le disparara.
    Jonas deseó poder evocar los detalles del hombre que había acudido a advertir a los rusos. Caminaba rápido, con la cara cubierta y apartada, un sombrero calado sobre el rostro, grandes gafas de sol aunque estaba muy oscuro afuera. Sabía que la cámara estaba fija en ellos, y eso significaba que era alguien de dentro. Había un traidor en el Departamento de Defensa, alguien sobornado por la mafia rusa.
    ¿Había visto la cara del traidor? Jonas lo dudaba. Lo había intentado, incluso había movido la cámara lentamente hacia abajo para captar los zapatos, pero entonces se había desatado el infierno. El grupo de hombres se había girado hacia ellos, había llegado un grito de detrás del grupo, órdenes ladradas en ruso. Los hombres habían empezado a disparar, fijándolos en el lugar. Karl Tarasov se abrió camino hacia el coche para reventarle las llantas y matar al conductor.
    Algo terrible se había alzado dentro de Jonas cuando vio a Karl disparar a Terry en la cabeza. Ni siquiera recordaba haber salido de la protección que lo cubría, sólo la rabia que le había inundado. Menos de media hora antes había estado hablando con Terry acerca de su familia, de la madre a la que amaba y mantenía, de la esposa embarazada de su primer hijo, de lo que se divertía manteniendo en forma sus aptitudes para conducir, siendo capaz de trabajar en lo que le encantaba sin arriesgarse demasiado. Afortunadamente, Jonas había estado en una zona oscuramente sombreada y Jackson había tirado de él hacia atrás cuando las balas impactaron en él.
    Demonios. Jonas quería dispararle a alguien otra vez. ¿Cuántos chicos había visto morir? Por nada. Por poder o dinero o la ideología de otra persona. Su visión se emborronó y se tocó el rostro, quedando conmocionado cuando sus dedos quedaron húmedos. Estaba demasiado viejo para esto. ¿Qué estaba haciendo?
    Jackson le puso una mano en el hombro, y ambos se detuvieron, agachándose más.
    – No puedes salvarlos a todos -le recordó en voz baja.
    Jonas no respondió. Diablos, no, lo sabía, pero debería haber cuidado a Terry. Estaba cansado de la muerte y la fealdad, de cómo la gente enredaba el mundo. Y estaba malditamente cansado de correr.
    – ¿Estás seguro de cuantos son?
    – Vi a cuatro, pero no son los que vienen tras nosotros. Sólo oigo a dos y no son muy silenciosos, definitivamente no son Karl ni los hermanos Gadiyan. Tenemos a otros dos rodeándonos tratando de adelantarnos. Creo que están sacando las armas grandes y dejando las prescindibles atrás.
    Jonas comprobó el cargador de su arma.
    – ¿Por qué harían eso?
    – Han puesto el hospital patas arriba. Alguien debe haber llamado a la policía -dijo Jackson mientras giraba una esquina. Dejó de correr e hizo señas a Jonas para que le siguiera.
    Una bala golpeó contra la pared tras ellos y les cayó encima una lluvia de yeso. Ambos se pegaron contra el suelo rodando para ponerse a cubierto. Jackson fue hacia la izquierda y se las arregló para situarse aplastado detrás de una baja pared de ladrillos y Jonas se abrió camino a gatas a través de una delgada valla para agacharse tras un saliente de un edificio de servicios.
    – ¿Viste de dónde vino? -preguntó Jackson, la fría mirada escudriñaba el área circundante.
    – Nop. Pero creo, por el ángulo del disparo, que fue desde arriba. -Y eso no era bueno. El tirador tendría una vista inmejorable.
    – Exactamente lo que yo pensaba. Cúbreme. -Jackson se deslizó rápidamente a lo largo de la pared de ladrillos, hasta que llegó a una pequeña abertura-. ¿Listo?
    Jonas tomó el arma con las dos manos, con el dedo sobre el gatillo.
    – Ve. -Mantuvo los ojos en el techo del pequeño edificio de servicios.
    Jackson se puso de pie y se subió a la pared, evitando la abertura, para zambullirse en una valla que corría a lo largo de la angosta senda que se encontraba justo debajo del edificio donde estaban seguros que se escondía el tirador.
    Jonas mantuvo el arma firme, con el dedo en el gatillo. Captó un destello de movimiento sobre sus cabezas y apretó el gatillo, una firme barrida de uno-dos-tres tiros. Un cuerpo se balanceó por un momento, para luego caer desde el tejado, un arma aterrizó sobre metal y deslizándose hacia abajo contra el suelo.
    Jonas mantuvo el arma fija en el tirador, levantándose para comprobar el pulso incluso cuando hubo una erupción de disparos a su izquierda. Vio a Jackson rodar y acercarse disparando. El segundo hombre recibió un tiro en la garganta y cayó hacia atrás, levantado de los pies para yacer boca abajo en la tierra.
    – Puede ser que tengamos compañía -dijo Jonas-. Todavía hay dos de ellos allí afuera.
    – Haré un rápido reconocimiento y haré una llamada -respondió Jackson-. ¿Puedes identificar a alguno de estos?
    – Definitivamente son soldados de Boris Tarasov -contestó Jonas-. He visto a éste una docena de veces en las fotografías de teleobjetivo. Está por todas partes en la habitación de guerra contigua a la oficina de Duncan.
    Con dos de los mafiosos y lo peor del grupo, los Gadiyan y Karl, aún sin aparecer, Jonas no iba a arriesgarse, se puso a cubierto mientras Jackson subía al tejado para tratar de llamar pidiendo refuerzos. Duncan tenía mucho por lo que responder. Mandarlos a ciegas como si fueran un par de novatos había sido una locura. Más importante aun, alguien cercano a Duncan los había traicionado.
    – Ya llamé -dijo Jackson, que ya estaba de regreso-. Duncan enviará un equipo para que hagan la limpieza y nos saqué de aquí. No hay señales de los otros dos. Dijo que nos mantuviéramos fuera de la vista.
    – ¿Quieres decir que nos mantuviéramos alejados de su equipo?
    – Eso fue lo que entendí.
    Jonas murmuró una obscenidad y se agachó a cierta distancia de los cuerpos, enviando una llamada silenciosa. ¿Hannah? ¿Estás bien? Sabía lo que le costaba a ella gastar tanta energía.
    Una suave brisa hizo que las hojas de los árboles se agitaran, pero ella no le respondió. Sintió que se le encogía el pecho.
    – ¿Crees que ella está bien? -preguntó Jonas-. Intenté contactar pero no me responde.
    – ¿Hannah? -Jackson guardó silencio un momento, elevando la cara al cielo-. Si, está bien. Está débil pero ya sabías que lo estaría.
    Hannah, respóndeme. Jonas despreciaba la desesperación que sentía cuando no podía alcanzarla. Se sobrecargaba de adrenalina, el corazón le latía demasiado aprisa, demasiado fuerte. Hasta se le secaba la boca. Hannah tenía que estar bien todo el tiempo o él se hacía pedazos, y para un hombre en su situación, eso era una sentencia de muerte. Definitivamente debía resolver este asunto.
    El viento barrió el edificio, esta vez más que una suave brisa. Movió enérgicamente las hojas de los árboles haciéndolas caer en la estrecha senda donde estaban agachados para alborotarle el cabello y tocarle la cara como si estuviera consolándolo. Oyó su nombre, un suave susurro de sonido, un murmullo en el fondo de su mente. Jonas. Ven a casa conmigo.
    Miró a Jackson por encima del hombro.
    – ¿Escuchaste eso?
    – Sí, lo escuché. -Jackson miró por encima de la cabeza de Jonas hacia la calle, buscando a sus enemigos mientras esperaban al hombre que los había metido en tantos problemas-. ¿Cuánto hace que conoces a la familia Drake? -le preguntó.
    – Creo que las conocí cuando tenía siete años. Mi madre estaba muy enferma y me hice cargo de la familia siendo muy joven. Podía ser muy solitario y, cuando mi madre estaba mal, bastante aterrador para un niño, así que pasaba mucho tiempo en su casa. Las Drake me dejaban ir y venir mientras crecíamos. Solía trepar y entrar por una ventana cuando la puerta del frente estaba cerrada porque no quería molestarme en rodear la casa para ir por la parte trasera, pero nunca me dijeron ni una palabra.
    – Y ahora las chicas hacen lo mismo -dijo Jackson.
    Jackson estaba forzando la conversación para mantenerlo en pie. Jonas sabía que Jackson raramente hablaba, ni siquiera con él. No le gustaba el contacto físico, y aún así allí estaba, con una mano sobre el dolorido hombro de Jonas, como había estado haciendo toda la noche, como hacía cada vez que entraban en combate juntos.
    – Si, son mi familia y no las voy a arrastrar a mi mundo, especialmente no a Hannah.
    Jackson lanzó una pequeña sonrisa sin humor.
    – Odio arruinártelo, hermano, pero ella ya es parte de tu mundo, todas lo son.
    Jonas sacudió la cabeza y se extendió nuevamente. ¿Hannah, estás sola esta noche? No había sentido la presencia de ninguna otra energía como normalmente habría percibido si sus hermanas la hubieran ayudado a provocar la tormenta. ¿Dónde está Sarah? Hannah necesitaba que alguien la acompañara después de toda la energía que había gastado. Sintió su toque, un pequeño roce tentativo -como si estuviera demasiado cansada para hacer algo más. ¿Todavía estás en la almena del capitán? Era difícil mantener la conexión, la distancia era demasiado grande, y Hannah estaba demasiado débil. Ella era la psíquica más fuerte y habitualmente mantenía el puente abierto entre ellos.
    Jonas sintió que lo invadía la ansiedad.
    – Creo que todavía está en la almena del capitán, Jackson. Está sola, con frío y débil. No hay nadie allí para ayudarla. Tengo que volver con ella. -Ella se había sacrificado esa noche por él, por ambos hombres, y no iba a dejarla sola, drenada de energía. Necesitaba entrar adentro, donde se estaba abrigado, con una taza de su té especial entre las manos y Jonas cuidándola mientras descansaba el resto de la noche.
    Aguanta, Hannah. Estaré allí lo antes posible.
    Le llegó esa suave brisa otra vez, tan suave, rozándole la cara como el contacto de dedos. Me vendría bien un poco de ayuda esta noche.
    Esa era una rara admisión viniendo de Hannah, y el corazón le dio un vuelco. Voy de camino, cariño, sólo dame un poco de tiempo para terminar con esto. ¿Puedes arreglártelas para entrar en la casa? No quería que se quedara tendida en el frío cortante, demasiado débil para moverse. Estaba a una distancia de cuatro horas en coche, no más lejos que el vuelo de un cuervo, pero una larga distancia en serpenteantes carreteras.
    Estaré esperándote.
    Para asombro de Jonas, Duncan llegó y los guió hasta el coche mientras, tras ellos, sus hombres salían de las sombras para asumir el control de la situación. Duncan condujo a través de las calles de la ciudad de vuelta a su oficina, entrando por la parte de atrás. No les llevó mucho descubrir lo que habían filmado. Duncan estalló en un aluvión de juramentos. Petr Tarasov había asesinado a un oficial encubierto justo enfrente de sus ojos. Era la clase de evidencia que podía acarrear la pena de muerte sin demasiado problema.
    – Creíamos que tenía una tapadera sólida ante los Tarasov. -Duncan maldijo otra vez y se pasó las manos por la cara.
    – No me extraña el hecho de que Karl y los Gadiyan continuaran yendo tras nosotros y que luego mandaran a sus soldados cuando la cosa se puso demasiado caliente. Apuesto a que ya están intentando salir del país -dijo Jonas.
    – Petr Tarasov se va a freír por esto -dijo Duncan bruscamente, con furia en la voz.
    Los tres miraron en silencio, la única reacción fue un resuello de asombro cuando el hombre del abrigo y el sombrero caminó hacia Boris, el cabeza de la familia criminal, y Boris giró la cabeza para mirar directamente a la cámara.
    – ¿Alguna idea de quién le avisó? -Preguntó Duncan con voz tirante-. Necesitamos a los muchachos del laboratorio para que realcen esto lo máximo posible. Tenemos que descubrir quién es ese hijo de puta lo antes posible.
    – Tiene que ser uno de los tuyos. Debe haber avisado a Tarasov que tenías un agente encubierto y más tarde se enteró que habías enviado a alguien a filmar la reunión de bajo nivel. Sólo que no había reunión porque la información que te dio tu agente encubierto fue la su propia emboscada. Lo llevaron allí para matarlo -dijo Jonas.
    – Encontraremos al hijo de puta. No sabe quiénes sois vosotros. Nadie lo sabe. Mantuve vuestros nombres fuera de esto a propósito.
    – Porque sospechabas que tenías una fuga -adivinó Jonas, intercambiando una larga mirada con Jackson. Se sentía enfermo al pensar que había estado filmando mientras otro agente era asesinado delante de él-. Al menos tienes lo suficiente como para freír a Petr Tarasov.
    – Buen trabajo -agregó Duncan como un segundo pensamiento.
    – Sí, gracias -respondió Jonas, esforzándose por ocultar el sarcasmo de su voz-. Me voy.
    – Siéntate, Harrington, no vas a ninguna parte hasta que agarremos a Petr Tarasov y estemos absolutamente seguros de que estás a salvo. He perdido a dos hombres y no tengo ninguna intención de perder a otro más.
    – Gracias por el interés, Duncan, pero ya no soy parte de tu equipo y puedes estar seguro que no me retendrás esta noche -protestó Jonas-. Tengo que ir a un lugar importante.
    – No hasta que aclaremos esto, Jonas -dijo Duncan-. Petr Tarasov asesinó a un agente y le cogimos con las manos en la masa. No hay manera de impugnar esa grabación. Tenemos un traidor en el departamento y no voy a correr riesgos con tu vida. Y si eso no es suficiente para ti, Boris Tarasov cree en el justo castigo. Has matado a varios de sus soldados. Va a querer tu cabeza en una bandeja de plata y yo me voy a asegurar que no sabe quien eres antes de dejarte ir a casa. Hasta que agarremos a Tarasov, vas a permanecer oculto.
    – Eso no va a pasar -dijo Jonas-, No soy parte del equipo, Duncan. Obviamente sabías que tenías a un traidor o no hubieras buscado fuera del equipo para efectuar este reconocimiento. Sospechabas de tu agente encubierto, el que fue asesinado, ¿verdad? Y querías que yo consiguiera pruebas porque creías que tal vez tuviera un socio dentro de tu equipo.
    – Algo así -dijo Duncan, con voz tensa-. Y no voy a arriesgarme a perder a otro agente. Así que a no ser que quieras que esta guerra te siga hasta tu casa, vas a quedarte aquí a cubierto hasta que me asegure que estás a salvo.
    Jonas abrió la boca para protestar, y la volvió a cerrar. Maldita sea. No quería quedarse pero de ninguna maldita forma iba a arriesgarse a llevar el baño de sangre del callejón a su casa en Sea Haven. De ninguna forma se arriesgaría a poner a Hannah en peligro.
    – Necesito hacer una llamada.
    – Eso no va a suceder y lo sabes, Harrington. Nada de llamadas, nada de e-mails, ni mensajes de texto. Lo haremos limpiamente sin nada que apunte hacia ti. Te sacaremos por la parte de atrás y te esconderemos hasta que cojamos a Tarasov y yo esté convencido de que no tiene vuestros nombres.
    – ¿Quién sabía que estábamos sobre el terreno? -preguntó Jonas.
    – Nadie debería haberlo sabido. Os pedí ayuda como un favor personal y os asigné a Terry para que condujera. Ningún otro miembro del equipo sabía nada del reconocimiento y quiero que permanezca así. Por eso es que os recogí personalmente y os saqué antes de que el equipo entrara a hacerse cargo de los cuerpos. Los rusos juegan para ganar, Jonas.
    – Demonios, Duncan, ya lo sé. Y lo siento por tus hombres. -No quería pensar demasiado en Terry ni en el hecho que un agente había sido asesinado a una distancia de menos de cuarenta metros de él mientras sostenía una cámara. El pensamiento lo enfermaba y no podía sostenerle la mirada a Jackson. Había veces, como ahora, en que sentía el alma tan jodidamente abatida que no sabía que hacer. Necesitaba a Hannah o iba a ahogarse.
    – No voy a agregarte a la lista de hombres muertos -decretó Duncan-. Así que resígnate, Harrington.
    Jonas se desplomó hacia atrás en la silla, pasándose la mano por el cabello. Estaba sucio, exhausto, cubierto de sangre y sufriendo como el infierno ahora que se le estaba pasando el efecto de la anestesia. Miró a Jackson, se encogió de hombros y se rindió.
    Hannah. No voy a conseguir volver esta noche.

CAPÍTULO 3

    Hannah. No voy a conseguir volver esta noche.
    Eso fue lo último que le había dicho, seguido de cuatro largos, paralizantes, terroríficos días de absoluto silencio. Maldito fuera Jonas Harrington, que se fuera al demonio. Había terminado con él. No le iba a dedicar otro día -otra hora- de su tiempo. Había desperdiciado la mayor parte de su vida esperándole, y si significaba tan poco para él, era hora de terminar con ello.
    Sólo unas semanas antes casi había muerto a causa de una herida de bala y casi la había arrastrado con él, cuando ella se esforzó tan desesperadamente en salvarle la vida. ¿Qué había hecho el desagradecido imbécil para agradecérselo? Se había ido en busca de más problemas -y los había vuelto a encontrar- otra vez.
    Había sabido el momento exacto en que se encontró en apuros. Sintió su dolor, como a través de una gran distancia, y supo inmediatamente que estaba en San Francisco. Asustada más allá de toda razón, había corrido a la almena del capitán y enviado al viento para que le ayudara, pero él no había vuelto a ella una vez el peligro hubo pasado.
    Hannah. No voy a conseguir volver esta noche. Ni siquiera se había molestado en llamarla. Ni para darle las gracias, ni siquiera para asegurarse que estaba bien cuando sabía el efecto que el uso de sus dones le suponía. Ni siquiera para asegurarle que él mismo se encontraba bien.
    Bueno, ella no iba a ser la que le llamara. Ya había tenido suficiente de pasar por una tonta.
    Iba de camino a New York por otro trabajo. Detestaba irse, pero tenía un trabajo que hacer, y esta vez, quizás no regresara. Tal vez sencillamente tuviera que permanecer alejada de Sea Haven.
    La idea hizo que los ojos le brillaran con lágrimas, se puso de pie en la almena del capitán, tres pisos por encima de las interminables olas, y miró fijamente hacia abajo, al turbulento mar. El agua era hermosa a la luz de la luna; sombras de negro, azul marino y brillante plata ondeaban a través de la superficie. El rocío saltaba en el aire con cada embestida de las olas que se estrellaban contra las rocas de abajo. Suspiró y apoyó los codos contra la barandilla mientras miraba a la niebla que se acumulaba en la distancia, empezando a expandir zarcillos por encima de las rítmicas olas. Como siempre, el mar la calmaba, llevándose cada gota de su furia, para dejarla en paz, pero triste y pensativa, conciente de que esta vez tendría que actuar, realmente tenía que poner distancia entre Jonas y ella.
    – Jonas -susurró su nombre al mar, permitió que el viento trasportara el sonido sobre el agua.
    El mar le susurró en respuesta, soplando el vapor tierra adentro, formando largas fajas de niebla blanca como la nieve, por lo que pareció como si un edredón estuviera siendo lentamente extendido por encima del risco. La niebla añadía un aura de misterio y belleza etérea a la noche. Se extendía sobre el mar y hasta la copa de los árboles, y comenzaba a rodear su hogar. Siempre venía aquí en busca de paz; esta vez había venido en busca de fuerzas para marcharse.
    Murmuró suavemente al viento y este se alzó agitándose, saltando sobre el agua juguetonamente, lanzando gotas al aire con lo que pareció que estuvieran lloviendo diamantes centelleantes. Inhaló los aromas del mar. Los remolinos de niebla danzaron en la ligera brisa, formando capas sobre la superficie del agua.
    Hannah permitió que los familiares sonidos del mar la apaciguaran. Éste era su lugar favorito en todo el mundo. En la totalidad de sus extensos viajes, nunca había encontrado otro lugar al que quisiera llamar hogar. Podía respirar en Sea Haven, se sentía cómoda con la camaradería de la gente de la pequeña ciudad. Le gustaba conocer a todo el mundo, poder ir al almacén y ver caras conocidas. Hallaba consuelo en Sea Haven, y la ciudad estaba rodeada por la pura y poderosa belleza del océano, que siempre le proporcionaba paz. El mar era constante, confiable, una fuente a la que podía recurrir en sus peores momentos.
    Levantó el rostro al cielo, el aliento se precipitó fuera de sus pulmones cuando vio tres rastros de vapor comenzando a formarse en sólidos círculos alrededor de la luna. Uno brillaba con un misterioso rojo, otro de un amarillo apagado y el último era oscuro, de un siniestro negro. Hannah se puso en guardia, la prudencia reemplazó a la relajada expresión soñadora que le había aportado el viento. Se llevó una mano a la garganta en un gesto defensivo.
    Era una de las siete hijas nacidas de una séptima hija en la familia Drake. El de ella era un legado de dones especiales, de maldiciones, dependiendo de cómo los viera uno. Hannah podía llamar y comandar al viento, podía conjurar hechizos y tenía algún talento con las hierbas. Podía mover objetos con la mente y leer las hojas del té y, si tocaba a otras personas, frecuentemente podía incluso leer sus pensamientos. También podía leer en la luna y el cielo, y en ese momento le estaban enviando una evidente advertencia.
    – ¡Hannah!
    Frunció el ceño cuando la voz masculina fluyó hacia ella desde abajo, desde dentro de la casa, la casa que había sido cerrada. Hasta le había puesto el candado a la verja otra vez, trabando el dispositivo de seguridad con un hechizo, pero sabía que no importaba, el pesado candando debía estar abierto y tirado en el suelo como quedaba siempre después de que Jonas lo tocara. Lo había dejado afuera a propósito, enojada porque no la había llamado, dolida porque ella no era importante para él. La ignoraba hasta que necesitaba algo y luego la daba por segura.
    No se molestó en contestar. Él seguiría gritando hasta que ella bajara, o peor, subiría a la almena del capitán y le daría un sermón sobre seguridad. Con otra cautelosa mirada a la luna se apresuró a entrar en la casa y bajar las escaleras. Si Jonas estuviera de bastante mal humor, la luna podría haber estado rodeada por el apagado amarillo, pero no con tres círculos. Algo no iba bien.
    Al saltar los últimos escalones, Jonas salió de entre las sombras. La tomó por la cintura, clavándole los dedos profundamente mientras la levantaba fácilmente y la estabilizaba, dejándola de nuevo sobre sus pies. El momento de breve contacto le produjo un intenso calor, que atravesó directamente su cuerpo hasta los huesos. Jonas siempre tenía el mismo efecto físico en ella, cuando nadie más se las había arreglado jamás para penetrar su deliberada fachada altanera.
    – Se supone que no debes levantarme así, Jonas -le recordó, apartándose, manteniendo el rostro apartado para que no pudiera ver el rubor en su cara-. No hace tanto que saliste del hospital.
    – Lo suficiente -le contestó él, sus fríos ojos, evaluándola, flotando sobre ella desde su altura superior.
    Su corazón se hundió. Ambos iban a fingir que el reciente incidente no había ocurrido jamás. Jonas no iba a decirle que había vuelto a trabajar para su viejo equipo y ella era demasiado cobarde como para exigirle respuestas. Sintió el repentino impulso de echarse a llorar. Le había enviado ayuda, tal vez hasta le había salvado la vida. Sus nuevas heridas eran recientes, de solo cuatro días. En el momento en que puso sus manos sobre ella, había podido sentir su dolor, no era como si pudiera ocultarle esa información. Pero no iba a ayudarle a sanar esta vez. Que sufriera.
    Hannah era alta, aún así Jonas parecía surgir amenazadoramente sobre ella cuando invadía su espacio personal, lo que pasaba casi todo el tiempo. Siempre olía a campo, fresco, como el mar y el bosque circundante. Era alto, de anchos hombros y fuertemente musculado, y se movía con gracia, eficiencia y absoluta confianza. Y siempre veía demasiado cuando la miraba con esos ojos azul pálido. Nadie la miraba como lo hacía Jonas, despojándola de todas sus cuidadosas defensas dejándola tan vulnerable que sufría cuando él estaba cerca. De ninguna forma dejaría que viera cuanto la había lastimado. Esta vez se iría, y no volvería. Sin pelear, sencillamente con dignidad.
    Se alejó, manteniendo el rostro apartado. La irritación cruzó el rostro de él y sus ojos chispearon al mirarla, una señal segura de peligro.
    – Tus maletas están hechas y llevas maquillaje. Nunca usas maquillaje a no ser que vayas a alguna parte.
    – De ahí las maletas. -Trató de pasar escapándose de él, pero Jonas la atrapó contra la barandilla y se vio forzada a detenerse. Hannah miró fijamente su impresionante pecho y trató de no sentirse intimidada. Era tan arrogante y con razón. No podía resistírsele, nunca había sido capaz de hacerlo. ¿Y por qué había elegido ese momento para aparecer? ¿Por qué no podía haberse demorado otra hora? Siempre se las arreglaba para encontrar el momento exacto en que ella se sentía más vulnerable.
    – ¿Adónde vas? -Le tomó la barbilla con los dedos, forzándola a levantar la cabeza.
    Lo taladró con los ojos azules, dejándole ver su fastidio.
    – Te lo dije la semana pasada. Tengo un trabajo. -Y por supuesto él no lo recordaba sencillamente porque ella no era lo suficientemente importante para él.
    – Te dije que no fueras. Se supone que estas cuidando de mí.
    Estaba bastante segura de que sus piernas no se habían derretido, pero se sentía mareada por estar tan cerca de él. Odiaba que desequilibrara su calma habitual. Sólo Jonas podía hacerla sentir así de belicosa y así de necesitada al mismo tiempo. Sus sentimientos por él eran demasiado complicados para descifrarlos por lo que no se molestaba en tratar de hacerlo.
    – No estás en peligro, Jonas -señaló-. Sólo aburrido. Odias no trabajar y estás tan gruñón que nadie más soporta estar contigo. -Y de cualquier manera estás trabajando, haciendo exactamente lo que prometiste que nunca volverías a hacer. No dijo las palabras en voz alta, no formaban parte del juego de “fingir que nunca había sucedido” al que siempre jugaban, pero quería hacerlo. Hasta sentía el repentino impulso de levantarle la camisa y examinarle las costillas. Sabía que habría una nueva herida o dos, pero se mantuvo en silencio como siempre hacía, dejando que se acercara. La leve sonrisa que le dedicó en respuesta, hizo que le saltara el corazón y se enojó consigo misma por esa reacción.
    – Desafortunadamente eso podría ser cierto. Todas tus hermanas me han abandonado, no sólo dejando la ciudad sino el país. Voy a morirme de hambre. Lo sabes, ¿no es así? Si te vas, no voy a conseguir una comida decente y entonces ¿cómo voy a sanar?
    – Sarah volverá mañana de su viaje con Damon. Te hará la cena mientras yo no esté -dijo Hannah y se apartó. Detestaba esto, mientras se alejaba, su cuerpo se sintió frío como si el de él le hubiera proporcionado un incalculable calor y protección.
    Lo que más odiaba era que estaba indecisa entre la risa y el llanto.
    – No vas a morirte de hambre.
    – Me gusta como cocinas . Y ella no me hace pasar un infierno como tú. Sólo se fastidia y me dice que me vaya a casa.
    Hannah no quería dejarse cautivar por él. Jonas era todo lo que ella nunca podría ser; aventurero, valiente, un hombre que vivía su vida con confianza.
    – Debería mandarte a tu casa, especialmente si vas a hacerme pasar un mal rato. -Debería hacerlo, y si tuviera algo de temple, lo haría. Le dio la espalda, mientras se apresuraba a recorrer el vestíbulo, temerosa de que él pudiera leer el dolor en su cara.
    Sintió su presencia ya que la seguía de cerca, iba justo detrás. A veces parecía que siempre sentía a Jonas, como si fuera parte de ella, compartiendo su piel, su sangre y sus huesos, arrastrándose dentro de su corazón y robándole el alma. Parpadeó para contener las lágrimas, con cuidado de mantener la cara apartada mientras se abría camino a través de la gran casa hacia la cocina. Estaba tan sensible últimamente, desde que le habían disparado a Jonas y casi había muerto unas pocas semanas antes. Tenía pesadillas y se pasaba la mayoría de las noches caminando o sentada en la almena del capitán mirando el mar. Tenía que marcharse precisamente para poner algo de distancia entre ellos y volver a recobrar el equilibrio.
    Los últimos cuatro días habían sido un puro infierno. Esa primera noche había esperado durante horas, aterrada por él. Luego había llorado un día entero, esperando junto al teléfono, sin abandonar la casa. Y finalmente había tenido que aceptar que la daba por segura, y que no iba a llamar para tranquilizarla -o darle las gracias- ni siquiera suponía que podía estar preocupada. Ella no le importaba; sus sentimientos no importaban; cuando ya no la necesitaba, se la sacaba de la mente. Tragó con fuerza, le ardían los ojos.
    – ¿Por qué insistes en ir a Nueva York? Ni siquiera te gusta Nueva York. Son todo tonterías, Hannah. Y puedes olvidarte de ignorarme como lo haces cuando no quieres decirme las cosas. Vamos a hablar. -Jonas le rodeó el brazo con los dedos.
    La acción atrajo su atención hacia la fuerza que él tenía. Eso definía a Jonas, fuerza. Él la tenía toda y ella no tenía nada. Nunca la había lastimado físicamente, ni siquiera cuando estaba enfadado con ella. Y era capaz de enfadarle en un instante, era la única protección que le quedaba.
    Como si le estuviera leyendo la mente, él le dio una pequeña, impaciente sacudida.
    – No pienses que esta vez me vas a apartar con tus tonterías, Hannah. Tenemos que resolver esto.
    Le dedicó la altanera mirada por-encima-del-hombro que había perfeccionado a lo largo de los años en que había tenido que lidiar con su arrogancia.
    – Quieres decir que tú hablaras y se supone que yo tengo que escuchar. No creo que haya nada que resolver. Tengo un trabajo y me voy a Nueva York. No hay nada más que decir. -No podía hablarle. Una vez que dijera las cosas que tenía que decir, le perdería para siempre. No habría marcha atrás, ninguna esperanza. Tenía que aceptar que ella no significaba absolutamente nada para él.
    – ¿En serio? -Trasladó la mano a su nuca, los dedos rozándole la piel íntimamente y enviando un conocido estremecimiento a través de su cuerpo.
    Estaba bastante segura de que lo hacía a propósito, de que sabía de la reacción física que le provocaba, pero no podía estar segura así que tomó el camino del cobarde y simplemente dio los pocos pasos que la separaban de la cocina.
    – Te haré algo de comer.
    – Pero tú no comerás. -hizo una declaración, concisa y áspera… acusadora.
    Tomó aire y lo dejó salir, yendo directa hacia la cocina para poner el hervidor al fuego. Jonas se detuvo a medio camino en mitad de la habitación y pudo sentir su penetrante mirada sobre ella, exigiendo una respuesta.
    – Tengo un acto, Jonas.
    Él dijo algo desagradable por lo bajo y ella se puso rígida.
    – No volveré a discutir esto contigo otra vez, Jonas. Soy modelo. Tengo un trabajo. No tiene porque gustarte lo que hago, pero es mi trabajo y mantengo mi palabra cuando digo que estaré allí.
    – No tiene que gustarme, Hannah, tienes razón acerca de eso, pero considerando lo que te hace, a ti al menos tendría que gustarte y no es así. No te molestes en mentirme. Veo mentirosos todos los días en mi campo de trabajo, y un niño lo hace mejor que tú.
    Ondeó la mano hacia la cocina, demasiado cansada para discutir con él y hacer té al mismo tiempo, aunque el ritual habitualmente la calmaba. La cocina se encendió, ardiendo en un círculo de pequeñas llamas, el hervidor silbando su advertencia instantáneamente. Levantó el hervidor y vertió agua en la tetera, apretando los labios para evitar decirle que se fuera. No quería que se fuera, quería que se sentara tranquilamente y tomara té con ella. Necesitaba que se sentara tranquilamente y hablara con ella. Antes de que se fuera, tenía que asegurarse que estaba ileso.
    Arriesgó una rápida mirada. Estaba un poco pálido, cansado, las líneas grabadas en el rostro, pero duro como los clavos. Ese era Jonas. Duro como una roca. No necesitaba a nadie, y a ella menos que a nadie. Era una pelusa para él, nada más. Siempre dejaba eso claro. Su vida se estaba desmoronando y él era como el mar, una constante, un ancla firme con la que contaba.
    – Sencillamente no puedes resistirte a ser una muñeca Barbie, ¿no es así? -dijo amargamente.
    – ¿Por qué tienes que hacer eso, Jonas? -Se volvió, con furia y dolor marchitando sus ojos-. Yo nunca me burlo que seas sheriff. Podría hacerlo, ¿sabes? Eres autoritario y arrogante y crees que puedes controlar a todo el mundo y decirles lo que deben hacer. No me gusta que arriesgues la vida, pero lo haces también, y nunca te pido que dejes de hacerlo. -Y no lo había hecho. Sus hermanas sí, pero ella había permanecido en silencio, rezando para que lo prometiera, pero apoyándole fuera cual fuera la decisión que tomara-. Entiendo que ese es quien eres tú, quien tienes que ser. ¿Por qué no puedes otorgarme la misma cortesía?
    – ¿Quieres que apruebe el que exhibas tu cuerpo a cada chiflado en el mundo? Eso no va a ocurrir, cariño. Eres extraordinaria y lo sabes. Nadie tiene el aspecto que tienes tú, y tu rostro y tu cuerpo son reconocidos en todas partes, por todo el mundo. No creo que haya una persona en este mundo que no conozca tu rostro. Hablas de correr riesgos. Yo arriesgo mi vida para ayudar a otras personas. Tu arriesgas la tuya sólo para que todo el mundo pueda ver lo buena que estás.
    – ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar lo absolutamente egoísta que puedes ser, Jonas? -Se giró para enfrentarlo, con la espalda contra el mostrador. Estaba un poco horrorizada por la violencia que brotaba de ella. Tenía ganas de abofetear su apuesto rostro.
    De cerca siempre la impresionaba con su tamaño. Estaba tan perfectamente proporcionado que no siempre notaba su altura, pero al estar tan cerca de ella, la miraba hacia abajo, tenía hombros amplios y el pecho resultaba algo intimidante.
    Se acercó incluso más, de forma que su cuerpo se apretó contra el de ella, enjaulándola, su ardor calentándola.
    – ¿En que forma estoy siendo egoísta al decirte unas cuantas verdades, Hannah?
    – Vete al infierno, Jonas.
    – De vuelta a ti, cariño.
    Tomó un hondo aliento y lo dejó salir, el aire siseando entre los dientes.
    – Supongo que en algún sentido siempre he sabido que no me valorabas mucho, pero de lo que no me di cuenta hasta ahora fue de cuanto despreciabas lo que soy. -Se endureció a si misma para dejarlo ir, abandonar sus sueños-. Quiero que te vayas. Y por favor respeta el hecho de que no quiero verte durante un tiempo, Jonas. Sé que eres parte de nuestra…
    – Cállate, Hannah. Sólo cierra la maldita boca.
    Lo miró fijamente, conmocionada, aturdida por la absoluta furia que denotaba su voz, el crudo deseo que oscurecía sus facciones, tallado profundamente en cada línea de su rostro. Jonas la tomó por la cintura y tiró de su cuerpo para atraerlo contra el de él.
    – ¿Crees que no deseo irme? -Le dio una pequeña sacudida-. Sabes perfectamente bien que no puedo. No puedo respirar sin ti. No podría dejarte ni aunque lo intentara. He aceptado el hecho de que conjuraste uno de tus malditos hechizos y estoy perdido…, siempre estaré perdido. Así que si me enfado un poco contigo cuando te quitas la ropa para el mundo, entonces, maldita sea, bien podrías soportarlo.
    Por un momento no pudo pensar ni respirar. La acababa de insultar más allá de lo imaginable, pero…
    – ¿Que estás diciendo, Jonas? ¿Tratas de convencerme de que estás interesado en mí como mujer? -Tanteó detrás de sí buscando el mostrador, temerosa de que pudiera desmayarse de pura impresión. Había un terrible zumbido en sus oídos y su aliento se había quedado atrapado en sus pulmones, negándose a moverse a través de su cuerpo. Su corazón empezó a acelerarse, corriendo como si pudiera salírsele del pecho. Empezó a temblar incontrolablemente, su cuerpo sacudiéndose, los dedos de los pies y de las manos hormigueándole mientras boqueaba, sofocándose, incapaz de inhalar.
    – Oh, demonios -murmuró Jonas. Luego más alto y más autoritariamente-. Respira, Hannah.
    – Mis hermanas… -graznó.
    – No están aquí, cariño, pero estoy yo y no voy a dejar que nada te pase. Sabes que caminaría sobre fuego por ti. -Jonas le empujó la cabeza hacia abajo-. Sólo estás teniendo un ataque de pánico, dulzura, no es nada, los has tenido antes. Sólo relájate y respira. Haz esa cosita que haces con los números.
    ¿Cómo había sabido eso? Su corazón empezó a latir todavía más rápido. Sus hermanas la habían ayudado a ocultar su condición durante años, no obstante ahora estaba teniendo un ataque de pánico completo delante de Jonas, la única persona ante la cual se había esforzado lo indecible por ocultarlo. Y él lo sabía. Hasta sabía las pequeñas cosas que hacía para tratar de sobreponerse a los ataques.
    Hannah se hundió hasta el suelo, con la espalda contra el mostrador, y alzó las rodillas, cerrando los ojos y forzando a su mente a apartarse del terror. Trató de alejarle, deseando que se fuera y no fuera testigo de la absoluta humillación de ser tan cobarde. No había nada de lo cual sentirse aterrorizada, y sin embargo le ocurría todo el tiempo.
    Jonas se sentó en el suelo a su lado, levantando sus propias rodillas, su hombro rozando el de ella. Suavemente le apartó con los dedos la masa de rizado cabello.
    – Esto es lo que te pasaba en la escuela, ¿verdad? Todos esos años en que todo el mundo creyó que eras una estirada, estabas ocultando el hecho de que tenías ataques de pánico.
    Sus dedos se le deslizaron por el cuello. Fuertes. Seguros. Tan como él. El lento masaje la distrajo como nada podría haberlo hecho. Inclinó la cabeza contra la pared y dejó que sus dedos obraran la magia.
    – E-empezaron el p-primer día en la guardería. -Forzó las palabras para que salieran, tartamudeando, lo que más odiaba por encima de todo lo demás. N-no quería ir. Podía haberme q-quedado en casa otro par de años, pero m-mamá y papá pensaron que debía ir a la e-escuela porque ya podía leer y hacer cuentas a un nivel de cuarto grado. Así que insistieron.
    Su voz era tan baja que él tenía que esforzarse para oírla. Se mordió su primera respuesta furiosa. Atacando la decisión que sus padres habían tomado años atrás no iba a conseguir otra cosa que contrariarla aún más. Toda comunicación con Hannah era como mucho tentativa si no estaba rodeada por sus hermanas. Y si estaba tartamudeando delante de él, debía estar realmente contrariada. Le había costado muchos años de frustraciones descubrir el secreto de Hannah y el hecho de que sus hermanas la ayudaban a hablar en público.
    Tomó un hondo aliento y lo dejó escapar, continuando con el suave masaje en la nuca, aliviando la tensión y el miedo que había en ella. Por primera vez, no huía de él y estaba decidido a no perder esta oportunidad.
    – Yo soy parte de la familia, ¿verdad? ¿Por qué no me lo dijiste? -Apartó el dolor, mucho más a gusto con su temperamento. Había estado enojado durante demasiado tiempo, a cuenta de ella, y con ella.
    – M-me sentía humillada por no p-poder controlarlo. -Hizo una pausa, inhalando una gran bocanada de aire y forzándose a dejar de tartamudear. Sus hermanas la habían ayudado uno o dos días antes, y si sólo permanecía calmada y hablaba despacio, estaría bien-. Alguien como tú, Jonas, alguien que ejerce tanto control sobre todo nunca podría entender lo que es estar tan fuera de control, tan asustado de todo. No creo haberte visto nunca asustado de nada ni de nadie.
    No estaba mirándole, y su voz, tan baja y desamparada, le rompió el corazón.
    – Tal vez no, Hannah, tal vez no tengo ni una maldita esperanza de entender por lo que pasas, pero el dejarme afuera no va a ayudar. Quiero estar ahí para ti. Quiero que confíes en mí.
    Hannah lo miró, con los ojos muy abiertos, lágrimas bañándolos, pero sin llegar a caer.
    – Confío en ti, Jonas.
    El negó con la cabeza.
    – No, no lo haces. No realmente. Pensaste que me burlaría de ti, ¿verdad?
    Se presionó la mano contra el estómago.
    – Lo odio. Odio que me veas tan… tan… cobarde.
    – ¿Es así como te ves a ti misma? ¿Una cobarde? -Mantuvo su voz apacible, cuando en realidad deseaba estrangularla. Era la última persona en la tierra que podría calificarse de cobarde. ¿Por qué continuaba viéndose a sí misma tan negativamente todo el tiempo?
    – Sabes que lo soy. Incluso me llamaste conejo cuando estabas en el hospital.
    – Estaba drogado y rabioso como el infierno. Alguien me había disparado, Hannah, y tú y tus hermanas estabais en peligro. Sabía que me estabas dando tu fuerza. Te sentabas allí día tras día poniéndote cada vez más pálida y débil mientras yo me fortalecía. Eso me volvía loco. Todavía me vuelve loco cuando pienso demasiado en ello.
    Se inclinó más cerca, enmarcándole la cara con las manos, y le dijo la verdad como la conocía.
    – Se supone que yo debo cuidar de ti. Esa es la forma en que funcionan las cosas en mi mundo. Tal vez es machista o cualquiera que sea el término oficial, pero me gusta cuidar de ti y de tus hermanas. No quiero que sea al revés, especialmente cuando puedo ver como te apagas.
    Le recorrió la mejilla con la yema de los dedos, trazando la forma de sus labios y se inclinó para rozar el más dulce de los besos sobre su boca.
    Sorprendida, alzó las pestañas y su mirada chocó con la de él. Su corazón casi dejó de latir. Un pequeño roce y ella casi se derrite, perdonándolo todo, cada insulto, sus modales agobiantes y arrogantes. Perdonándole por dejarla sola, asustada y enfadada los últimos cuatro días.
    – Devuélveme el beso, Hannah -la instigó, con dolor en la voz.
    Al oír esa cruda necesidad su cuerpo respondió, aunque su cerebro le decía que tenía que haber algún error. Su boca era magia pura, igual que el resto de el. Oscuro y sensual y tan suave cuando todo lo demás en él era duro. Nadie besaba como Jonas, estaba absolutamente segura de ello, su lengua deslizándose contra la de ella hasta que estuvo perdida en su sabor y aroma y su pura sensualidad masculina.
    Le ahuecó la cara con la mano, el pulgar deslizándose por la piel, su cuerpo acercándose, los brazos apretándola posesivamente. Era gentil, tierno incluso, y se sintió querida… deseada y amada.
    Jonas levantó la cabeza y la miró, a los grandes ojos azules. Un hombre podía perderse allí, atrapado hasta el final de los tiempos, y a él le había sucedido. Ni siquiera le importaba. No quería escapar. Sus pestañas eran rubias, pero espesas y curvadas y tan condenadamente femeninas que hacía que le doliera por dentro. Su piel era la cosa más suave que jamás hubiera tocado. Era tan delicada, tan frágil. Y la mirada en su rostro, se la veía asustada de él, pero lo deseaba. Lo veía allí, junto con el miedo.
    Podía tratar con su miedo. Solo tenía que ir lentamente, sin dejar que ella notara que quería devorarla, compartir su piel, encerrarse dentro de ella hasta que todos los problemas del mundo se terminaran y encontrara la paz nuevamente. Sólo tenía que controlarse… ¿y acaso no era famoso por su control?
    Trazó su clásica estructura ósea con los dedos, tratando de absorberla dentro de su propia piel. Nadie tenía una estructura ósea como la de ella, era una de las cosas que la había hecho tan famosa y solicitada. Su piel era tan suave como parecía, tan perfecta que siempre se maravillaba al ver el reguero de tenues pecas que cruzaban su pequeña y recta nariz. Su boca era lujuriosa, hecha para ser besada, hecha para hacer que un hombre cayera de rodillas, para darle más placer del que jamás podría merecer. Había tenido suficientes fantasías acerca de su boca como para llenar una biblioteca.
    Equilibró su peso, y acercó la cabeza los escasos centímetros que los separaban para tomar su boca nuevamente. ¿Qué había estado pensando acerca del control? En el instante en que se hundió dentro de su oscuro calor, su lengua acariciando la de ella, tomando su dulzura, saboreándola, supo que iba a perder todo el control rápidamente. Necesitaba más, necesitaba su piel contra la de él, su cuerpo envuelto apretadamente alrededor del de él. Siempre había sabido que sería así, nunca nada sería suficiente hasta que la tuviera toda…, hasta que cada centímetro de ella le perteneciera.
    Ella tembló, algo entre el deseo y el miedo. Detuvo la mano que avanzaba poco a poco por debajo de la blusa y se retiró para mirarla otra vez.
    Hannah tomó un hondo aliento y le dirigió una sonrisa tentativa.
    – Ven conmigo a Nueva York -lo invitó, con una mirada tímida, esperanzada, la invitación era inesperada-. Ven al desfile de modas y ve lo que hago.
    Todo en él se inmovilizo. Se apartó de ella, poniendo espacio entre ellos porque seguro como el infierno que no podía tocarla ahora y deseaba, no, necesitaba, hacer justamente eso y sería desastroso. Hannah era empática y repentinamente se habían metido en terreno peligroso.
    – No puedo ir a algo como eso. -Se encogió ante la súbita aspereza de su voz, pero maldita fuera, lo había sorprendido. Nunca había sugerido siquiera que la acompañara. No se atrevía a aparecer en público con ella. Duncan estaba seguro de que nadie había dejado escapar su nombre, pero Jonas no se arriesgaría con la vida de ella.
    La cara de ella se cerró, la esperanza retrocedió. Asintió.
    – Entiendo.
    – No, no lo haces. Quiero que te quedes en casa, Hannah. Ves, no hay razón para que te vayas. Quédate aquí donde perteneces.
    Conmigo. Quédate conmigo. Sálvame. Sé mi todo.
    – Tengo un trabajo.
    Era un argumento manido y ambos lo sabían. Ella suspiró y sacudió la cabeza, sus largos rizos en espiral se dispersaron en todas direcciones. Algo en la forma en que se la veía tan derrotada, le desgarró el corazón.
    – Hannah, iría contigo, pero no puedo. -Hubo un dolor involuntario en su voz. Sabía que debería sonar duro y enojado y dejarla pensar que todo era debido a que ella exponía su cuerpo, pero el lamento estaba allí y ella era demasiado rápida absorbiendo cosas como para ignorarlo. No debería haber venido aquí estando tan cansado y decaído y necesitándola, pero ahora era demasiado tarde.
    La sospecha trepó hasta la expresión de Hannah y unió ambas manos contra su pecho, colocándole una palma sobre el corazón antes de que pudiera hacer nada para evitarlo, maldición. Sintió su espíritu moverse contra el de él. Si alguien le hubiera preguntado, hubiera negado la conexión, pero con Hannah la sensación siempre era fuerte. Lanzó bloqueos mentales tan rápido como pudo, una práctica que había comenzado años antes cuando se dio cuenta de que ella podía “leerlo” a voluntad, pero Hannah era demasiado rápida. Rasgó a través de su mente antes de que pudiera levantar los escudos y dejó expuestos sus más oscuros secretos. Sus manos se deslizaron bajando por la camisa hacia la herida en su costado. La palpitación se detuvo instantáneamente, al mismo tiempo que la cara de ella se iba poniendo cada vez más pálida.
    Jonas atrapó sus manos y se las quitó de encima. Que curara sus heridas no era algo que deseara de ella. Lo había hecho una vez y se había quedado tan frágil que todavía no estaba completamente recuperada.
    Ella se hundió nuevamente contra la pared, las manos cayendo a los costados, mirándole fijamente con sus grandes ojos azules, el silencio se alargó entre ellos, la tensión creció hasta que deseó golpearse la cabeza contra la pared debido a la frustración.
    – Jonas…
    Levantó la mano.
    – No lo hagas. En serio no lo hagas, Hannah. No hablaremos de esto.
    Sus ojos se encendieron al mirarlo. Las llamas, que no habían estado allí antes, crujieron en la chimenea. Los quemadores de la cocina saltaron hasta convertirse en anillos de fuego, brillando al rojo vivo, y supo que tenía problemas.
    – Vamos a hablar de ello, Jonas. Nos lo prometiste.
    – No lo prometí. Dije que no iba a trabajar más en el Departamento de Defensa y no lo hago… hacia.
    – Estas trabajando encubierto, tú, mentiroso, y es peligroso como el infierno. -Su voz siseó, un látigo de furia que sólo Hannah podía esgrimir contra él. Podía azotarlo crudamente con su decepción y su miedo. Y estaba asustada. Exhalaba miedo, la emoción se derramaba fuera de ella como si se hubiera abierto un dique de par en par.
    – Me estaba volviendo loco, Hannah, y me pidieron que hiciera un pequeño trabajo para ellos.
    Se quedó en silencio un momento, sus ojos azules mirándole fijamente directamente a los suyos.
    – Esa no es la verdad. Dime la verdad.
    Suspiró y se peinó cabello con los dedos en un gesto de agitación.
    – Mira, cariño, aunque quisiera hacerlo no siempre puedo contártela.
    – Es por eso que continúas desapareciendo. ¿De que va todo esto, Jonas? Parecía que habías superado todo eso, al aceptar el puesto de sheriff en Sea Haven. Eras feliz otra vez. Te llevó tanto tiempo después de que regresaras. -Era verdad, había veces en que su aura había estado casi negra, y cuando lo tocaba, aunque fuera un breve roce de su mano contra él, la empática en ella retrocedía debido a la opresiva oscuridad que había en él.
    ¿Qué podía decirle a ella? Su existencia había sido una larga vida llena de muerte y destrucción, el lado más sórdido de la vida, los deshechos, los Señores de la droga, terroristas y mafiosos. Se había retirado a Sea Haven necesitando cambiar su vida antes de ahogarse en la sangre, la carnicería y la violencia de la que nunca parecía capaz de apartarse. ¿Cómo podía decirle que ella tenía que salvarle? Eso la asustaría a muerte, pero era la verdad. A veces pasaba que era demasiado como para permanecer sentado y no hacer algo real, como poner su vida en juego, y la necesitaba para que le llevara de regreso desde el borde del precipicio.
    ¿Cómo podía explicar cuán verdaderamente insensato podía ser? Cuando había visto como mataban a Terry, había saltado a plena vista, sin cobertura, y había empezado a disparar a los atacantes en un ciego arrebato, con una furia que se ubicaba en alguna parte entre el hielo y la furia candente, queriendo matarlos a todos. Hannah saldría huyendo y no podría culparla. Demonios, la mitad de las veces no podía entender por qué hacía ninguna de estas cosas que hacía. Sólo sabía que cuando estaba con ella, cuando podía verla y olerla y respirarla, su vida tenía cordura y significado.
    Tendría que ser como Jackson, capaz de cortar todas las emociones y hacer el trabajo, pero nunca había dominado ese arte. Se preocupaba por sus hombres, por sus ayudantes, por la gente a la que protegía. Demonios. Hasta se preocupaba por las familias de los hombres a los que mataba. No podía desconectarse, nunca había sido capaz de hacerlo, y era excelente en lo que hacía, así que su antiguo jefe siempre estaba listo para confiarle otro trabajo.
    – Jonas -repitió Hannah gentilmente, los dedos rozándole el rostro-. ¿Qué pasa?
    Había desesperación en sus ojos, se le veía fuera de sí, sufriendo, no físicamente, sino puro dolor emocional, su corazón latía muy rápido, su cuerpo estaba casi rígido. Se estaba aferrando a ella con demasiada fuerza, su apretón la lastimaba, cuando siempre, siempre, era suave con ella.

CAPÍTULO 4

    Hannah no sabía qué decir para aliviar el dolor de Jonas. Aún no entendía del todo su desesperación, pero veía que estaba en un punto límite y eso la conmocionó. Jonas era una roca en la que todos se apoyaban. Todo el mundo. Todos y cada uno de los habitantes de Sea Haven. Gente a lo largo de toda la costa. Los ayudantes. Los bomberos. Jonas Harrington era el hombre a quien acudir cuando había problemas, porque encontraba la forma de sacarte de ellos. Por primera vez, Hannah podía ver que Jonas tenía un verdadero problema y no por una herida que amenazase su vida.
    – No entiendo qué pasa. Hazme entenderlo.
    El cerró los ojos, apartando la vista, pero no había forma de desconectar sus sentidos. Ella estaba en todas partes, en su interior y no podía liberarse.
    – Estoy perdido sin ti, Hannah.
    Y que Dios le ayudara, era cierto. Había estado cayendo durante mucho tiempo y fuera peligroso o no, ella tenía que arrastrarle de vuelta a la luz, donde pudiera respirar de nuevo. Abrió los ojos, miró a los suyos y se encontró atrapado en ellos.
    Hannah se arrodilló en el suelo frente a él y enmarcó su cara con las manos. Su corazón latía tan fuerte que tuvo miedo de sufrir otro ataque de pánico. Se estaba ofreciendo, y si él la rechazaba, le rompería el corazón sin remedio. Quedaría destrozada. Pero encontrar la forma de aliviar esa expresión en su cara, en sus ojos, eso era lo único que importaba ahora, no su orgullo o su miedo.
    Se apoyó en él y besó la comisura de su boca. Él se quedó muy quieto, conteniendo el aliento. Lo besó en el otro extremo, esta vez deslizando la mano hasta su nuca para sostenerlo. Mordisqueó su barbilla, el labio inferior, imprimiendo más besos a lo largo de la mandíbula.
    Jonas gimió y sus dedos se deslizaron por el pelo de ella, inclinándole hacia atrás la cabeza, su boca aferrándose a la de ella. Simplemente tomó lo que le ofrecía y al diablo las consecuencias. Tenía que poseerla. Siempre había sabido que Hannah era la única para él. Todas las demás mujeres palidecían a su lado.
    Podría besarla eternamente. La sedosa calidez de su boca y su sabor dulce se convertían en una adicción. Una vez había pensado que, si la besaba, su necesidad desaparecería, pero ahora sabía que besarla por siempre no iba a ser bastante. La besó una y otra vez, profundizando más, con besos más eróticos. Ella le seguía voluntariamente, devolviendo los besos, deslizando las manos bajo su camisa para tocarle la piel desnuda. Su cuerpo se sacudió, se endureció, se estremeció de necesidad, pero no podía dejar de besarla, tomando su boca, la lengua indagando profundamente, deseando sus suspiros, necesitando que lo besara en respuesta con el mismo deseo creciente, tan fuerte, tan crudo, que le desgarraba el corazón.
    Tenía que saborear su piel, su boca se apartó de la de ella, sólo un poco, siguiendo el contorno de la cara. Usó los dientes, un pequeño mordisco, sintió su reacción en respuesta y continuó bajando por su larga, hermosa garganta. Había soñado con recorrerla con la boca. Probablemente no había ni un centímetro cuadrado suyo con el que no hubiera fantaseado e iba a explorar cada uno de ellos.
    El cuerpo de ella temblaba contra el suyo y se obligó a retroceder, respirando profundamente, presionando la frente contra la de ella, manteniéndola cerca.
    – Tengo miedo, Jonas -admitió-. Esto podría ser un terrible error, uno que nunca podríamos deshacer.
    El se retrajo. No podía perderla ahora. No podía. Estallaría en un millón de pedazos y nunca se recuperaría, nunca encontraría todas las piezas para juntarlas de nuevo. Demonios, ya estaba tan confuso, que Hannah era su última esperanza. La necesitaba desesperadamente.
    – No he dormido en cuatro días, Hannah. A decir verdad, en semanas. No puedo detener mi cerebro y me ahogo.
    Quería callarse. Era casi seguro que cualquier cosa que dijera haría que ella se asustase aún más, pero no podía dejarla marchar, ni podía retirar sus palabras. Sus manos le aferraron los brazos, presionando profundamente con los dedos. Su boca le había deslizado hacia el dulce olvido hasta que todo en lo que podía pensar era en estar profundamente en su interior, con su cuerpo envolviéndole apretadamente.
    Sentía que ella lo miraba fijamente. Su corazón latía tan fuerte que temió que hiperventilara de nuevo. Abruptamente se levantó, tomando la decisión que debían haber tomado ambos hace mucho tiempo.
    – ¿Cuánto tiempo tienes antes de salir hacia el aeropuerto?
    Por un momento, ella no pudo hablar. La enormidad de lo que estaba haciendo la golpeó. Ya sabía que sería imposible para alguien como ella vivir con él. ¿Si hacía esto, cómo podría mirarle a la cara día tras día cuando él viniera a su casa? ¿Cómo sobrevivía si él la evitaba?
    – Jonas… -se interrumpió, permaneciendo cerca de su calor, deseándolo con cada célula de su cuerpo-. Si hacemos esto, no hay vuelta atrás. No podremos fingir que no ocurrió. Si no resulta…
    Le pasó el brazo por la cintura y la empujó contra él. No iba a dejarla marchar. La había esperado más de la mitad de su vida. Ahora que ella lo estaba mirando realmente, ahora que sus ojos decían sí y su cuerpo se mostraba suave y flexible y se amoldaba contra el suyo, no estaba a dispuesto a dejarla escapar. ¿Y qué diablos estaba diciendo? Siempre había sido suya. Siempre. A lo largo de los años, cuando otros hombres se acercaban a ella, los había ahuyentado inmediatamente.
    Jonas la mantuvo atrapada contra él, dejando que su cuerpo le dijera lo que necesitaba. Estaba harto de palabras. Podía decirle todo lo que necesitaba con las manos, la boca y todas las demás partes de su anatomía.
    El cuerpo de ella se fundía con el suyo, aunque inclinó la cabeza hacia atrás, con una mirada insegura.
    – No sé nada en absoluto sobre sexo, Jonas.
    El sonrió abiertamente, la risa le marcaba arrugas alrededor de sus ojos.
    – Yo sé lo suficiente por los dos, cariño. No tienes que preocuparse por eso.
    No pudo evitar un punto de satisfacción en la voz ante la idea de que no había habido otro hombre. No se había sentido así desde la primera vez que la vio y ella amenazó con convertirle en sapo; las ranas podían ser príncipes y él no era un príncipe.
    – Sarah no está en casa esta noche, ¿verdad?
    – No. Ella y Damon salieron a alguna parte, volverá mañana por la tarde.
    – ¿Así que tenemos la casa para nosotros solos?
    Ella asintió y la besó otra vez, encontrando su boca perfecta con la suya y sumergiéndose en su erótica calidez. Enterró los dedos profundamente en la sedosa melena, tomando dos puñados, manteniéndola muy cerca para absorber la textura de un largo rizo, mientras la exploraba y besaba más y más profundamente. Quería vivir aquí, con ella, en su magia y su misterio para siempre.
    Podía sentir su creciente deseo, pero también había miedo, incertidumbre. Jonas la atrajo más cerca de su cuerpo y enterró la cara en su cuello.
    – Te necesito, Hannah. Nunca pensé que alguna vez sería lo suficientemente hombre como para admitirlo ante ti, pero lo hago. Te necesito en mi vida.
    El la debilitaba con su boca dominante y la fuerza de sus fuertes brazos rodeándola, pero fueron sus palabras, en voz baja y desgarrada, las que la dejaron indefensa. La necesitaba. Jonas, el fuerte, del que todos dependían en Sea Haven, la necesitaba a ella. Nadie lo había hecho nunca. Sintió sus músculos ondeando bajo la camisa y quiso sentir la textura de su piel. Quería el calor de su cuerpo y sentir sus manos moviéndose sobre ella, haciéndola suya. Deseaba desesperadamente pertenecer a Jonas Harrington.
    Aunque fuera sólo por una noche. Lo haría y al diablo con las consecuencias. Tal vez en otro momento de su vida estuvo tan confusa que no sabía lo que quería, pero esto era diferente. Esto, “a él”, lo deseaba con cada fibra de su ser. Siempre lo había hecho. Él era parte de ella, tan entrelazado con su vida, con su familia, con su misma existencia, que no podía imaginar un mundo sin él a su lado.
    Hannah tomó aliento, lo expulsó y confesó.
    – Nunca he estado con nadie, Jonas. No tengo experiencia como todas tus otras mujeres.
    Su ceja subió rápidamente, una sonrisa apenas perceptible suavizó el borde duro de su boca.
    – ¿Mis otras mujeres? No tengo otras mujeres. Has sido tú y sólo tú desde hace mucho tiempo.
    Años atrás, cuando Hannah había sido tan arrogante y altiva, tan bella que dolía mirarla, había tratado de probarse a sí mismo que podía conseguir a cualquier mujer que quisiera. El problema era que, una vez que las conseguía, no eran Hannah y él no las quería. Sus "mujeres" habían sido una sucesión de ligues de una sola noche, fugaces relaciones de satisfactorio, aunque finalmente vacío sexo, después de las cuales siempre yacía en la cama, duro como una piedra y fantaseando con Hannah. Sí. No se enorgullecía de ello, pero no podía regresar y volver a vivir esos días.
    – Sólo estoy diciendo… -interrumpió ella, sonrojándose.
    – No te preocupes, cariño. Puedo desear desnudarte y tomarte rápido y duro, pero hay una parte de mí que necesita ir despacio y saborear cada segundo que estoy contigo.
    Apartó el pelo de su cuello y la besó, rozándola ligeramente con los labios y luego con la boca abierta, la lengua formando remolinos y sus dientes encontrando interesantes lugares para morder y saborear.
    De repente no podía soportar no estar piel con piel y si iba a hacer esto bien, tendría que tener paciencia. Quería darle unos recuerdos que nunca pudiera olvidar. La tomó en sus brazos y la subió por las escaleras hasta su dormitorio. No quería que se metiera en su cama de nuevo sin pensar en él -en ellos- sin desearlo.
    La sentó, no en la cama, sino en lo alto de la cómoda de roble, rodeando el cuerpo entre sus muslos. Se inclinó, le quitó las zapatillas y las dejó caer al suelo. Había ansiedad en los ojos de ella, pero no le dio tiempo para pensar, inclinándose hacia delante, la palma rodeó su nuca mientras seducía su boca, la lengua se deslizó con húmedo calor, los dientes tiraron de su carnoso labio inferior.
    Hannah lo era todo para él. Siempre lo había sido. La había deseado cuando ella era demasiado joven aún para considerar poseerla. Y había soñado con ella cuando estaba lejos, en Afganistán y en Colombia. La ansiaba día y noche. Desde el momento en que regresó a casa, había estado en un constante estado de excitación. Y no había habido una maldita cosa que pudiera hacer. Hasta ahora.
    En el momento en que se acercó a ella, necesitó tocar su piel. Nadie tenía una piel como la de Hannah. Deslizó la mano por su cara, saboreando la sensación de seda viva, ardiente y tan suave que quiso hundirse en ella para siempre. Se deleitaba en la oscura maravilla de su boca aplastada bajo la de él.
    – No tienes ni idea de cómo te deseo, Hannah. -Su mano tembló al deslizar la palma desde el cuello hasta el pecho. Al momento los pezones se contrajeron, duros y tirantes bajo su mano. Contuvo el aliento cuando ella se humedeció el labio inferior con la lengua. Se la veía tan asustada, tan adorable, tan dolorosamente hermosa, sus ojos enormes y asustados, pero anhelándolo. Podía verlo claramente, a pesar de sus nervios.
    – ¿Puedes encender algunas velas para nosotros, cariño? -preguntó, esforzándose por tranquilizarla-. Sólo unas cuantas, algo que huela bien. Adoro cuando haces eso.
    Logró deshacerse de los zapatos mientras ella giraba la cabeza para dirigir las llamas. Seis velas cobraron vida, su luz titilando con delicadeza contra las paredes. Se volvió hacia él cuando estaba desprendiéndose de la camisa, revelando no sólo sus fuertes músculos, sino también las cicatrices de anteriores balazos, dos antiguas cuchilladas y las últimas lesiones.
    Hannah dejó escapar un pequeño sonido reprimido de desasosiego de su garganta y sus manos se deslizaron por el pecho, tensando los planos pezones mientras las movía hacia las heridas más recientes. Él no sabía que sus pezones pudieran ser tan sensibles. Estaba como si ella hubiera enviado un rayo directamente a la cabeza de su miembro. Su cuerpo se estremeció y se endureció, tirando de la tela de los vaqueros. Dejó caer las manos hasta la cremallera, abriendo los vaqueros y apartándolos de sus caderas. El calor invadió las heridas más recientes, haciendo cosquillas cuando las manos de Hannah manejaron la energía sanadora.
    Se bajó los pantalones vaqueros por las caderas y su miembro saltó libre, erecto, duro y muy grueso. La mirada de Hannah bajó y se sonrojó. La sintió temblar. Él era grande y tal vez un poco intimidante para una mujer que nunca había tenido relaciones sexuales. Tomó aliento y luchó contra el deseo, tan intenso y tan brutal que lo sentía como una puñalada. Con Hannah no era sólo sexo, y eso era lo que estaba casi matándolo.
    El amor duele. Un viejo cliché, pero descubrió que era cierto. Era un dolor físico, no sólo el agonizante puño de lujuria enfocado en su ingle, sino la tensión en su corazón. Había perdido la esperanza de conocer el amor verdadero. Había creído que no podría tener a Hannah, y ella era la única mujer que podría traer calor a ese lugar frío en su corazón, donde parte de él había perdido toda esperanza de humanidad. Ahora le traía de regreso a la vida y su corazón dolía, un dolor afilado y cortante que le decía que no iba a ser fácil amarla, tenerla, pertenecerle. Nunca se libraría de ella. Nunca volvería a estar entero sin ella.
    Había miedo en sus ojos, por eso se inclinó hacia delante otra vez y capturó sus labios, besándola suavemente, tiernamente. Se afanó en robar su corazón para reemplazar el que ella le había quitado. La luz oscilante de las velas se derramaba sobre ella, prestando a su piel un fulgor de raso. Jonas empujó hacia abajo el escote de la blusa para dejar una huella de besos hacia los cremosos montículos del pecho.
    Cuando sus manos subieron para desabrochar los botones, ella las cubrió con las suyas, deteniéndolo. La besó otra vez.
    – Está bien, cariño. Sé que esto es correcto, Hannah. Confía en mí.
    Quería que ella le cediera su cuerpo. Que fuera de él. Que le perteneciera. Ahora y siempre.
    Ella tragó saliva e inclinó la cabeza, besándole a su vez, relajándose contra él mientras empleaba algunos minutos permitiéndose a sí mismo disfrutar de la calidez de su boca aterciopelada. Ella gimió suavemente y el sonido atravesó su cuerpo entero. Las manos fueron a sus hombros, los dedos se clavaron en los músculos de él, como anclándose, abrazándole fuertemente contra ella. Profundizó el beso de nuevo, no queriendo perderla, sus manos alcanzaron otra vez los botones de la blusa. Instantáneamente las manos de ella estuvieron allí para detenerlo.
    Aún con su cuerpo bramando, el cerebro se las ingenió para resolver el problema. Apoyó su frente contra la de ella, respirando a través del deseo, girando las manos para restregar los tensos pezones con los nudillos, a pesar de su resistencia.
    – Siempre me han gustado tus pechos, Hannah. Sé que el imbécil de Simpson hizo que te cohibieras por ellos, pero eres perfecta para mí. Adoro el hecho de que te derritas en mis manos, tan suave e incitadora. Demonios, cariño, eres tan condenadamente sexy que voy a tener un accidente bochornoso si no me dejas tocarte. Tengo que hacerlo. No puedo esperar.
    Lo miró a los ojos y debió ver el hambre cruda en su mirada. Tragó saliva e inclinó la cabeza, pero conservó sus manos sobre las de él, aunque aligerando su agarre.
    Jonas tuvo cuidado con ella. Era tan delgada, tan frágil. Podía palpar sus costillas y sus vértebras, su delgada cintura, pero los senos habían rehusado perder sus curvas aún cuando ella casi se mataba de hambre a petición de su agente. Eran llenos, suaves y generosos y Hannah trataba de esconderlos del mundo.
    Lentamente le desabrochó los botones, se sentía como si fuese la mañana de Navidad y desenvolviera el regalo que había esperado toda la vida. Sus dedos acariciaron la sensible y cremosa piel, haciéndola temblar cuando la tela se separó y se abrió para revelar los senos llenos, exuberantes. Su aliento quedó atrapado en los pulmones.
    – Dios mío, cariño, eres hermosa. No podía imaginarme esto y tengo una buena imaginación en lo que a ti se refiere.
    Le bajó la blusa por los hombros, dejando que la tela flotara hasta el suelo mientras desabrochaba el sostén. Antes de que ella pudiera protestar, capturó su boca otra vez, introduciendo la lengua en la oscura cavidad de su boca, sus manos moldeaban los senos posesivamente, acariciándole los pezones con los pulgares.
    – Tengo que conseguir tenerte en la cama, donde te pueda mirar y pueda sentirte a mi lado.
    No quería correr el riesgo de atemorizarla siendo ella tan tímida con su cuerpo. ¿Quién hubiera pensado nunca que alguien tan hermosa como Hannah pudiera tener una imagen tan pobre e inexacta de su cuerpo?
    Se estremecía cuando la levantó y la llevó a la cama, recostándola, observando cómo se extendía el pelo sobre la almohada, los pechos empujando incitadores hacia su boca. La piel de ella brillaba como crema luminosa a la luz de vela. El corazón le latía pesadamente en el pecho y su cuerpo reaccionó con otra dolorosa sacudida, tensándose. Ella era como una fiebre en su sistema, tan ardiente que temía que si no la poseía sufriría una combustión espontánea, pero si le decía que no, si estaba demasiada asustada, se detendría. Pasaría los siguientes cinco años en una ducha helada, pero se detendría. El amor le hacía eso a un hombre.
    Se arrodilló en la cama, recorriendo con sus manos la piel de raso, ahuecándole los senos, recorriendo sus costillas hasta llegar a la cinturilla de los vaqueros.
    – Levántate para mí, corazón.
    Enlazó la mirada con la de él, hizo lo que decía y consintió en que le deslizara los vaqueros y la ropa interior por las caderas demasiado delgadas, bajándolos por las largas y gloriosas piernas. Echó a un lado la ropa y se recostó sobre ella, cubriendo el cuerpo desnudo con el suyo, centímetro a centímetro, lenta y devastadoramente, hasta que estuvieron piel contra piel. Ella estaba caliente y tan condenadamente suave que pensó que su cuerpo se hundiría, se derretiría, directamente en el suyo.
    Ella emitió otro pequeño gemido que le estremeció hasta los dedos de los pies. Jonas cedió a la tentación. Ella le ofrecía el cielo, y él la deseaba, quería que le perteneciera en cuerpo y alma. Tenía poca práctica y él estaba… bien… él sabía exactamente lo que estaba haciendo.
    La besó repetidas veces, ahogándose en su sabor, maravillándose de que supiera tan dulce por todas partes. Su piel tenía una fragancia adictiva y se tomó su tiempo, lamiendo y mordisqueándole la barbilla y la garganta, bajando hasta los senos. Ella contuvo el aliento cuando sopló aire caliente sobre sus pezones. Se estremeció cuando su lengua formó remolinos y la provocó, dando golpecitos a los duros picos antes de que su boca se cerrara sobre la incitadora tentación.
    Hannah se quedó sin aliento, su cuerpo arqueándose, los senos sensibles, las sensaciones claramente conmocionándola cuando él succionó, la boca caliente, los dientes raspando sobre la piel, tirando fuertemente de su pezón. Su respiración se volvió trabajosa, el pecho subía y bajaba rápidamente. Él levantó la cabeza para contemplar el festín, inhalando su perfume y notando con satisfacción las marcas de su posesión. La piel de ella era sensible y se marcaba fácilmente, los pequeños mordiscos color fresa sólo acrecentaron la creciente lujuria más allá de lo que alguna vez había conocido.
    Lamió los pezones, observándole el rostro, el oscuro rubor, los ojos vidriosos. Deslizó la mano más abajo, sintiendo cómo los músculos se contraían en el vientre y luego se tensaban bajo su palma.
    – Jonas…
    Susurró tal vez en señal de protesta, pero él agachó la cabeza otra vez, tomando el pezón entre los dientes, rodeándolo y tirando suavemente, su lengua raspando sobre la punta hasta que ella jadeó y sus caderas se levantaron para él. Deslizó la mano hacia arriba entre sus muslos, en la acogedora humedad. El corazón le daba bandazos en el pecho. Su miembro se sacudió, hinchándose hasta que pensó que explotaría.
    Sus ojos encontraron los de ella. Parecía tan deslumbrada y aturdida, tan absolutamente erótica allí, tendida con los dedos enredados en su pelo, una tímida confianza mezclada con sobresalto en la cara. Cubrió su monte de Venus, tan caliente que sintió la mano abrasada cuando le chupó el otro pezón, manteniendo su mirada fija en la de él. La cabeza golpeando en la almohada.
    Deslizó un dedo dentro del cremoso calor y ella gritó su nombre, su apretada funda sujetándolo fuertemente mientras los músculos protestaban por la invasión.
    – Está bien, cariño -la apaciguó-.Te he deseado desde hace tanto tiempo que creo que voy a tener que tomarme mi tiempo lamiéndote como a un caramelo. Te gustará, cariño, te lo prometo.
    Besó su vientre.
    – Tienes que confiar en mí, sólo relájate para mí.
    Hannah clavó los ojos en su cara, arrasados de oscura sensualidad, los ojos de él estaban oscuros por el hambre y la miraban fijamente. Le clavó los dedos en los músculos abultados de los hombros mientras se preparaba a sí misma para las sensaciones que mecían su cuerpo. Estaba perdida en una tormenta de placer que se cernía sobre ella como una ola gigantesca. Le necesitaba- necesitaba algo- la fuerza aumentaba dentro de ella como un huracán. Temblaba y no podía detenerse. Dejaba escapar pequeños quejidos y no podía detenerlos tampoco.
    La boca de él se movía sobre su vientre, la lengua lamía su ombligo, los dientes la mordían, el cabello acariciaba su piel sensible. Se quedó sin aliento de nuevo, casi cayéndose de la cama cuando sus manos le separaron los muslos. Observó su cabeza descender cada vez más, por debajo de sus caderas y se quedó congelada, incapaz de pensar. Sólo su cuerpo reaccionó.
    – ¿Jonas? -No podría yacer inmóvil. Le ardían los pulmones, sin aire, y maldijo la unión entre sus piernas que quemaba.
    – He esperado esto toda una vida, cariño, sólo dame un minuto. Necesito esto. Su voz era cortante, con un hambre oscura-. Eres mía ahora, Hannah. Y tu cuerpo es mío. Para adorarlo. Para jugar. Para usarlo. Para amarlo.
    Era un hombre hambriento, adicto antes de haberla probado.
    Sus manos le alzaron las caderas al tiempo que agachaba la cabeza y con la lengua daba un largo y lento lametón a la suave carne. Ella gimió y el aliento se detuvo en sus pulmones, el tiempo dejó de existir cuando empezó a hacer lo que había prometido: lamerla como a un caramelo. Su lengua empujaba profundamente dentro de su centro, provocando destellos que le serpenteaban por el cuerpo. Involuntariamente sus manos se aferraron a la colcha y la cabeza se meció adelante y atrás salvajemente. Él acariciaba y mordía, profundamente insertado y provocando su humedad. Se dio un banquete y la devoró.
    Su cuerpo se contrajo tensándose más y más, un nudo de sensibles músculos estallaron mientras esa lengua lamía, acariciaba y succionaba. En su interior, cada secreto oculto, cada reacción íntima quedaron revelados. La cegaba de placer, la volvía loca, el fuego ardía tan caliente y tan fuera de control que ya no sabía quién era. Se oyó a sí misma llorando, implorando, mientras él la empujaba más y más alto.
    – No puedo controlarlo…
    Necesitaba detenerse, recobrar el aliento. La presión continuaba implacablemente, aumentando a través de su cuerpo. Sintió como si estuviera a punto de desintegrarse. Los brazos de él eran como bandas de acero, manteniéndola sujeta, mientras su boca encontraba el clítoris y succionaba. Gritó y su cuerpo pareció volar y hacerse pedazos. Destrozada. Se retorcía y balanceaba, incapaz de pensar, incapaz de saber si luchaba contra él o le suplicaba más.
    Las sensaciones eran aterradoras, oleada tras de oleada, hasta que su boca la llevó a un segundo orgasmo. Mientras gritaba otra vez, él se colocó sobre ella, apartándole los muslos. Parecía tan sensual, tan famélico.
    – No puedo, Jonas. Es demasiado.
    – Sí, Hannah. Es lo que quieres, lo que yo quiero. Confía en mí para llevarte y traerte de vuelta. Déjame tomarte de todas las formas posibles.
    No iba a sobrevivir si había más placer. Estallaría en un millón de pedazos y no habría forma de juntarlos, pero él parecía pecaminosamente sexy y ella quería lo que pudiera darle, no importaba cuán asustada estuviera. Se tragó el miedo y lo miró avergonzada.
    – Tengo miedo de mí misma, no de ti, Jonas.
    – Lo sé, cariño. Lo estás haciendo bien. No voy a detenerme y dejarte recobrar el aliento esta vez. Voy a llevarte directamente más allá del límite conmigo.
    La respiración de Jonas era áspera, sus dientes se apretaron con fuerza y se movió. Sintió la gruesa cabeza de su erección presionando contra su entrada, ahora caliente y resbaladiza por la crema que él había sacado de su cuerpo. Entonces la estiró, la sensación fue casi una quemadura cuando presionó más profundamente, atravesando los apretados pliegues, forzando sus músculos a acomodarle. Le sentía grueso, demasiado grande, imposible que entrara en ella, y entonces empujó fuerte y profundo, atravesando la delgada barrera, entremezclando dolor con placer cuando las terminaciones de sus sensibles nervios gritaron de necesidad. Destruyó su control con aquél duro empuje, luego comenzó a sacarla de la realidad hacia un éxtasis enloquecedor.
    Jonas trató de recobrar alguna semblanza de control, pero el cuerpo de ella sujetaba el suyo como un apretado puño de terciopelo, tan caliente como para abrasar. Apoyó las manos junto a sus hombros, su cuerpo cubriéndola, e inclinó la cabeza. Su boca tomó la de ella y empezó a introducirse rítmicamente a través de los músculos interiores tan tirantes y renuentes, que le sujetaron cuando se zambulló más y más profundo.
    Hannah estaba sin aliento, sus caderas se elevaban para encontrar cada empuje. Los poderosos golpes la condujeron más alto, más cerca de la liberación que él quería darle, aunque la retuvo, obligándola a llegar juntos al final.
    Separó la boca de la suya, respirando profundamente, empujando más fuerte, sintiendo los músculos femeninos calentarse, transformándose en seda viva, pulsando a su alrededor. Ella se agitó más fuerte bajo él, debatiéndose entre luchar o atraerlo más cerca. Murmuraba algo, un pequeño grito de alarma, clavándole las uñas profundamente.
    Hannah no estaba preparada para el doloroso placer que arrasaba su cuerpo, la presión que crecía y crecía hasta que se encontró luchando por respirar. Cada empujón la hacía perder el control y desenfocaba su visión. Por encima de ella, Jonas era el epítome del pecado carnal, el pelo húmedo, la cara tallada por las líneas de la pasión, el aliento áspero mientras su cuerpo montaba el de ella más duro y más profundo, tan profundo y caliente que quería… no, necesitaba… deshacerse.
    El le elevó las piernas sobre sus brazos, sus caderas empujaron aun más profundo hasta que los músculos pulsaron alrededor de él, estrechándole fuertemente, apretando hasta que soltó un ronco grito y el mundo alrededor de ella se volvió negro y después se llenó de colores. La explosión desgarró el cuerpo de ella, una tormenta de tal intensidad que ya no pudo gritar más. Los múltiples orgasmos la atravesaron, uno tras otro, aumentando en fuerza, los espasmos de su cuerpo rodeando el de él.
    Jonas no podía contenerse con el cuerpo de ella ondeando y pulsando a su alrededor como un puño caliente y sedoso. Su liberación llegó con un placer rudo y violento, bramando imparable desde los dedos de los pies y derramándose desde su cabeza para enfocarse en su ingle. Sintió una cálida pulsación tras otra en su interior, llenándola, acrecentando las ondas del clímax hasta que ella se arqueó, enviando otro relámpago de placer que le atravesó. Colapsó sobre ella, su respiración era dificultosa, los pulmones le ardían y el cuerpo le temblaba. Se enjugó el sudor de la frente y trató de calmar el golpeteo de su corazón. Nada había sido nunca tan bueno.
    Jonas se retiró a regañadientes y rodó fuera de ella, arreglándole la manta alrededor. Hannah yacía débil junto a él, con los ojos aturdidos, su esbelto cuerpo laxo, pero la mano de él en su abdomen confirmaba que los temblores secundarios todavía ondeaban a través de ella.
    – ¿Estás bien, cariño?
    – No lo sé. -Sus dedos se encontraron-. ¿Lo estoy?
    Él sonrió abiertamente.
    – Oh, sí, cariño. Eres tan maravillosa que se necesitaría encontrar una nueva palabra para describirte.
    – Eso da un poco miedo.
    La había poseído. No había vuelta atrás. Ella pensaría en él, en su boca, sus manos, su cuerpo, cada vez que se acostara en la cama. Su cuerpo cantaba para él, se deshacía por él.
    – No era consciente de que había estado perdiéndome algo tan espectacular.
    Jonas frunció el ceño y se dio la vuelta, rodeando con el brazo su cintura.
    – Sólo recuerda a quién perteneces, Hannah. No quisiera tener que disparar a alguien, o estrangularte.
    Hannah se inclinó para besarle el hombro.
    – ¿Por qué ibas a estrangularme?
    – Es una muerte mucho más personal.
    – Has sido policía demasiado tiempo. -Tiró de la sábana más arriba para cubrirse los senos-. No puedo moverme.
    – No tienes que moverte. Tan sólo duérmete. Cuando nos despertemos, te mostraré algunas otras cosas muy intrigantes que podemos hacer.
    – ¿Hay más? No puede haber más. -Bostezó y se acurrucó más cerca de él-. Tengo que tomar un avión por la mañana, Jonas. Sabes que hay cuatro horas en coche hasta el aeropuerto.
    – Toma otro vuelo más tarde.
    – Mmm. Tal vez.
    Apenas podía hablar, y mucho menos moverse, y la idea de un viaje en coche de cuatro horas y un viaje adicional en avión hasta la Costa Este era desalentador. Y necesitaba un baño caliente para apaciguar su dolorido cuerpo.
    – Creo que me has agotado.
    Instantáneamente él cambió de posición, su brazo rodeando las caderas de ella, la mano apartando la sábana de su cuerpo para inspeccionarla.
    – Perdí un poco el control, Hannah. Debería haber sido bastante más suave tu primera vez. Espera, cariño, te prepararé un baño.
    Había marcas en sus muslos, en los senos e incluso en el abdomen.
    – Y mejor me afeito. Tienes abrasiones de mi barba en la cara.
    Y en el interior de los muslos, pero no iba a ser ella quien lo mencionara.
    – No estoy segura de que pueda tomar un baño ahora mismo -admitió-. Quedémonos aquí y contemos las estrellas.
    Agitó la mano y las velas se apagaron. Una segunda onda abrió las puertas francesas para dejar entrar la noche.
    Al momento la brisa enfrió su cuerpo y Jonas la atrajo más cerca para mantenerla caliente. Era asombroso sentirse en paz. El cuerpo relajado. Ella le pertenecía. Se había entregado a él y Hannah nunca hacía las cosas a medias. Había sentido miedo, pero su pérdida de control no la había ahuyentado. Había aceptado su necesidad física de la misma forma que aceptaba su temperamento y su arrogancia.
    Deslizó la mano bajo de la manta y dejó que su palma, con los dedos extendidos, vagara posesivamente sobre su cuerpo. Suyo. La saboreó en su boca, la respiró en sus pulmones, había estado dentro de su cálida y sedosa funda. Si existían los milagros, él estaba viviendo uno. Ella no protestó por su tacto, pero volvió la cabeza y le miró. Le mantuvo la mirada, no quería apartar la vista mientras exploraba cada centímetro cuadrado de su increíble piel. Caliente y suave como nada que hubiera experimentado alguna vez.
    – Adoro que seas mía -susurró y apartó con la nariz la sábana de sus pechos para poder disfrutar del panorama.
    Deliberadamente permitió que su mano se moviera más abajo. Sintió que los músculos del estómago se contraían cuando sus dedos la acariciaron. Ella se tensó cuando cubrió el pubis, descansando allí la mano, dejándola acostumbrarse a sentir su posesión. Quería tocarla así siempre que lo deseara. Quería que se abriera para él, amándole, ofreciéndose, y más que cualquier cosa, quería que ella sintiera lo mismo a su vez.
    No hubo un "si" estaban juntos. Lo estaban. Le había dejado eso claro antes de hacerle el amor, y quería que ella se diera cuenta de que era un hombre físico. Habría caricias, montones de ellas. Sus curvas, su cuerpo, le pertenecían a él y el de él a ella. No estaba tonteando con ella, la amaba. Necesitaba que ella sintiera la diferencia.
    Sus pezones se endurecieron con el aire fresco de la noche e inclinó la cabeza para lamer uno de ellos. Sintió al instante como respuesta el líquido caliente contra su palma y deslizó un dedo dentro de ella. Estaba tan tensa como antes, sus músculos le agarraban con fuerza, seda caliente lista para él. Restregó la cabeza contra la piel suave, parpadeando por la emoción que amenazaba con desbordarle.
    Hannah estaba completa y totalmente relajada bajo su mano y no hizo ningún movimiento para rechazar sus avances. Podía estar un poco nerviosa, pero estaba abierta a lo que él quisiera hacer. Eligió besarla. Adoraba su boca. Disfrutó de su sabor, de la respuesta que obtuvo de ella.
    Cuando levantó la cabeza, ella le rodeó con los brazos y le atrajo de regreso a su lado.
    – Duérmete, Jonas. Aquí, conmigo.
    Se giró, tirando para ponerla encima de él para que su cuerpo caliente estuviera recostado sobre suyo. La arropó con un brazo y extendió la sábana sobre los dos.
    – Así, Hannah. A mi lado, sí.
    Con el brazo le rodeó la cintura y ella se acurrucó contra él, acomodando el cuerpo sobre el suyo, los senos presionando firmemente contra su piel, la cabeza en la almohada junto a la de él.
    Jonas se quedó dormido con la mano ahuecando su nuca. Hannah yacía sobre su pecho, escuchando su respiración, muy consciente de esa mano. Su cuerpo todavía zumbaba, aún cantaba. Durante un momento, cuando él estaba dentro de ella, había sabido exactamente dónde quería estar. Adoraba su tacto. Le había dado un susto mortal obligándola a ir más allá de donde alguna vez pensó que pudiera ir, pero confiaba en Jonas con su cuerpo y le había dado todo lo que él había exigido.
    Así era Jonas. Le acarició el pelo con pequeñas caricias. Exigía mucho. Siempre lo hacía. Pero algunas veces, era muy vulnerable y se dio cuenta de que ella tenía igual poder en esta relación. No había esperado eso. Él era tan vulnerable a ella como ella lo era a él. Únicamente actuaba de forma arrogante y mandona, pero en el fondo porque le importaba, él tampoco quería perderla.
    Tenía que irse a Nueva York, el contrato había sido firmado hacía un año, pero después le contaría a Jonas la verdad. Ya había informado a su agente que se retiraba. No había aceptado nuevos trabajos en los últimos meses, iba simplemente a cumplir con los contratos que ya había firmado y luego viviría en Sea Haven y esperaba estar con Jonas y empezar una vida enteramente nueva.

CAPÍTULO 5

    Jonas se paseaba por la sala de estar de la residencia familiar de las Drake, lanzando continuamente miradas de odio al televisor.
    – Lleva fuera una semana y ni siquiera se ha molestado en llamar a casa, Sarah.
    – Llamó, Jonas -le recordó Sarah con un exagerado suspiro-. Le gritaste y no ha llamado desde entonces.
    – No estaba gritando.
    – ¿”Vuelve a la condenada casa” no es gritar?
    – No creo que sea necesario que esté allí toda la semana. ¿Y por qué tiene que acudir a fiestas cada noche?
    – Es parte de su trabajo.
    – ¿Eso es lo que dice? Mira a esos hombres. Se la están comiendo con la mirada. -Golpeó la pantalla con el dedo, frunciendo las cejas en un ceño feroz.
    Sarah dobló las piernas bajo ella, acomodándose sobre la silla acolchada.
    – Es el broche de oro del mayor desfile de modelos que se celebra en Nueva York cada año. Hannah es modelo. Por supuesto que la miran; lleva un vestido valorado en miles de dólares. La idea es hacer resaltar el vestido. Recorre la pasarela, da unas cuantas vueltas, la gente dice ohh y ahh y el diseñador está de moda durante esta temporada.
    – No están mirando el vestido -negó-, están mirando a Hannah.
    – No Jonas -corrigió suavemente-. Tú estas mirando a Hannah. Ellos están allí para ver los últimos diseños.
    Jonas hizo un sonido de disgusto y se paró en medio de la espaciosa habitación, con la mirada pegada a la pantalla del televisor. Hannah, alta, esbelta y absolutamente espléndida, caminaba con absoluta confianza sobre la pasarela, hacía una pausa, con una mano en la cadera, una mirada de altivo desdén en su bello rostro girando para que las luces captaran los relucientes colores del vestido antes de continuar avanzando con el palpitante ritmo de la música.
    – ¿Por qué tiene que usar un maquillaje tan extravagante? Demonios, Sarah, ese vestido está cortado hasta el ombligo y han aplicado brillo o algo sobre toda su parte delantera así que definitivamente cada hombre de ese lugar no está mirando el vestido. Ni yo puedo describir el vestido y la estoy mirando atentamente.
    – Por favor no me digas que estás mirando boquiabierto los pechos de mi hermana. -Sarah frotó sus palpitantes sienes.
    – Todo el mundo está mirando sus pechos.
    – Vete a casa -dijo Sarah-. Me estas poniendo nerviosa paseando arriba y abajo. Y si golpeas el mostrador de la cocina una vez más, va a romperse y voy a expulsarte de la casa durante una semana.
    Jonas hizo una pausa para mirarla.
    – No puedes hacerlo. Me estoy recuperando de una herida de bala y no me dejan trabajar. No tengo ningún otro lugar al que ir.
    La gran casa laberíntica estaba situada sobre un peñasco que daba al océano. Antes, más temprano, Sarah había abierto las persianas así que todas las ventanas mostraban la increíble vista del mar. Podía oír las reconfortantes olas y sentarse a tomar el té mientras contemplaba el agua azul brillar, las blancas crestas importunando la superficie. La ansiedad con que despertó se había aliviado hasta que Jonas había llegado para ver con ella el desfile de moda. La estaba convirtiendo en un manojo de nervios y su cabeza estaba a punto de estallar. Iba a ser una larga tarde si no se deshacía de él.
    Jonas nunca fue una persona tranquila, pero en todos los años que hacía que le conocía, nunca había emitido la cantidad de tensión que estaba vertiendo ahora. Sarah no era tan sensitiva como algunas de sus hermanas, pero la energía la estaba afectando de todas formas. Se sentía casi enferma de aprensión.
    Apoyó el mentón en la mano y estudió la forma en que Jonas se movía con rapidez a través del suelo, pasos inquietos que no hacían ruido. El hombre era ligero al caminar y aún más ligero en su paciencia.
    – No me inspiras ninguna simpatía. Apenas puedo creer que en algún momento hayas estado en el ejército, Jonas. Te comportas como un loco. Te lo juro, has conseguido revolverme el estomago.
    Y su estómago estaba hecho un nudo. Sentía tanta presión que hacía todo lo que podía por no vomitar. Sarah reprimió el impulso de gritarle. Quería ver la actuación de Hannah. Estaba orgullosa del hecho de que Hannah fuera una de las modelos más importantes del mundo. En muy pocas ocasiones alguna de las Drake podía apoyarla asistiendo a un desfile. Quería al menos poder decirle que lo había visto por televisión.
    – Nos quería a todos allí -murmuró, con la mirada pegada a la pantalla-. Era muy importante para ella. Libby está en algún lugar del Amazonas y nadie sabe donde está Elle. Sencillamente a veces desaparece durante semanas. -agregó, refiriéndose a dos de sus hermanas más jóvenes-. Joley está en Europa por la gira mundial, Kate en Inglaterra investigando para un libro, y Abbey está en Australia haciendo alguna locura con los delfines, dejándome a cargo del fuerte.
    – Todas me abandonaron -dijo Jonas-, cada una de ellas.
    – Tú las alejaste tonto. Jonas, creo que es importante que sepas que lamentablemente la mayor parte del tiempo careces de habilidades sociales, y cuando estas herido, éstas son inexistentes.
    Él encogió los anchos hombros, con la mirada todavía en la televisión. Podía ver porque los rizos rubios de Hannah eran tan famosos. La cascada de rizos naturales bajaba por su espalda, salvaje e indómita, agregándole encanto. Los grandes ojos azules y la inmaculada piel exhibían por sí mismos la perfección a la cámara, que era por lo que estaba solicitada por todas las compañías de cosméticos. Tenía un cuantioso y exclusivo contrato con la compañía más destacada, pero otras empresas estaban siempre intentando robársela.
    La cámara recorrió la audiencia y regresó a un primer plano de su cara. Los músculos del estómago de Jonas se anudaron, la tensión en la habitación aumentó sensiblemente.
    – Es tan hermosa -dijo Sarah-. Algunas veces la cámara puede realzar el aspecto de una modelo, pero Hannah realmente se ve así.
    – Hay mucho más en Hannah que su aspecto -espetó Jonas.
    Sarah se presionó los dedos justo en el punto sobre el ojo que estaba empezando a latir.
    – Te quiero, Jonas, de veras que sí, pero vete a casa. Odias estas cosas y no sé por qué te estas molestando en verlo.
    – Estoy torturándome a mí mismo. -Jonas empezó a pasear de nuevo mientras Hannah se salía de la pasarela, cimbreando las caderas y el vestido casi resplandeciendo. Los nudos se aflojaron un poco y soltó el aliento-. ¿Por qué demonios tiene que hacer eso?
    Sarah suspiró.
    – ¿Hacer qué?
    – Exponerse así. No me gusta.
    – Jonas… -Sarah frunció el ceño cuando su genio empezó a desatarse.
    – No hay forma de que los de seguridad puedan protegerla. Ves esa multitud. ¿Cuántas personas crees que hay ahí? Al menos dos mil, probablemente muchas más -se respondió él mismo, comenzando a agitarse de nuevo-. Cada condenada vez que sale, temo por ella. Hay tantos maniáticos en el mundo, Sarah y cuando una mujer se muestra en todas las revistas del mundo y en televisión batiendo las pestañas, sabes condenadamente bien que va a tener problemas. Ella y Joley tienen que quedarse en casa, donde yo pueda vigilarlas. Me estoy volviendo demasiado viejo para esta mierda y Hannah está haciendo que me salgan canas.
    Sarah frunció el ceño. Jonas estaba sudando. Jonas nunca sudaba, no que ella hubiera visto nunca. Definitivamente estaba mostrándose más posesivo con Hannah de lo habitual. Le estudió con un poco de recelo, intentando leer las duras líneas de su rostro.
    – ¿Ha estado recibiendo Hannah más cartas de lo normal y tú no me lo has contando?
    – ¿Pero tú te oyes a ti misma? ¿Es normal recibir cartas de chiflados? No, no ha habido un aumento, pero las cartas que recibe son escalofriantes y hay demasiadas. Y Joley es peor. Te lo juro, cada chalado del mundo está obsesionado con esa chica. Sólo las quiero donde pueda cuidarlas, no recorriendo medio mundo.
    Por supuesto que Jonas quería protegerlas a todas, estaba en su naturaleza. Había empezado con su madre y ahora no podía evitar el necesitar cuidarlas, se dijo Sarah a sí misma. Eso era todo.
    Sarah echó un vistazo fuera a través de la hilera de ventanas que daban al océano. El mar estaba poniéndose un poco salvaje. Reflejando su estado de ánimo. Ya hacía horas que estaba de mal humor, y echándole la culpa al crispado humor de Jonas. Blancas crestas hacían espuma y salpicaban gotitas que se esparcían en el aire. El viento removía el mar, haciendo girar pequeños remolinos como miniciclones a través de la superficie. Abajo, en las rocas las olas se estrellaban con fuerza. La niebla gris oscuro ya subía desde el océano, envolviendo lentamente la zona. Sarah se inclinó hacia delante para obtener una vista mejor.
    – ¿Jonas, había anuncio una tormenta? Se suponía que sería un día despejado. El viento se está levantando y la niebla está entrando.
    Él se volvió a mirar, más por el tono receloso de ella que por interés.
    – No presté atención al pronóstico del tiempo.
    Su mirada saltó nuevamente a la televisión cuando Hannah apareció una vez más, esta vez con un conjunto diferente. Los vaqueros eran una delgada pincelada, falsos diamantes a lo largo de los laterales de las piernas y chispeando en arcos gemelos cruzando la parte posterior, llamando la atención sobre la silueta y la forma en que el material acunaba cariñosamente su trasero. El chaleco era corto, sin llegar a tocar los ajustados vaqueros bajos en las caderas de Hannah, exponiendo una banda de tersa piel, el intrigante ombligo y una brillante cadena de oro salpicada de diamantes.
    Jonas sintió una oleada de calor extendiéndose a través del cuerpo. No podía mirar a esa mujer sin que su cuerpo reaccionara. Había pasado la mitad de su vida caminando por ahí con una erección provocada por ella y la otra mitad queriendo pelear contra cada hombre que la miraba. Todavía podía saborearla en su boca, sentir la forma en que era toda sedoso calor, su cuerpo envolviéndose a su alrededor.
    – Maldita sea de todos modos, Sarah ¿Por qué tiene que hacer eso?
    Sarah se puso de pie y fue hacia la ventana mirando paralizada al mar.
    – Lo hace porque es su trabajo y gana un montón de dinero con ello, Jonas. -Murmuró las palabras distraídamente, con la mente en la creciente turbulencia de afuera. El tiempo y el furioso océano parecían estar a tono con el crispado y sombrío humor de Jonas.
    Jonas la miró fijamente pero su mirada fue atraída nuevamente por Hannah, el estomago se le revolvió otra vez y los músculos se le tensaron. Realmente se sentía enfermo.
    – La quiero fuera de ahí demonios. -Se pasó la mano por el cabello-. Lo digo en serio, Sarah. Me pondré firme con ella. Este es el último desfile que hace. Simplemente se va a retirar.
    Eso atrajo la atención de Sarah.
    – ¿Cómo lo vas a hacer?
    – Sencillamente voy a decírselo. Puede vivir con eso. He tenido que aguantar esta mierda durante años.
    – ¿Quieres que se retire cuando está en la cima de su profesión?¿Sabes que en este momento es la modelo de pasarela más solicitada del mundo y que las carreras de las modelos no son muy largas?
    – Me importa una mierda, y si quieres saber mi opinión, ésta ya ha durado demasiado. Hace tiempo que no le gusta, pero es demasiado testaruda para admitirlo, ó quizá sencillamente está demasiado asustada para admitirlo, asustada por la reacción. No puede ser por el dinero, tiene suficiente para diez personas.
    – ¿Qué quieres decir con eso? -exigió Sarah.
    – Detesta exponer su cuerpo ante todo el mundo, siempre lo ha detestado. Mira lo que le han hecho. -Hizo un gesto hacía la pantalla-. Se ha vuelto complaciente, si quieren huesos entonces les da huesos. Odio que exhiba su cuerpo de esa forma ante todo el mundo, pero ¿sabes qué, Sarah? Hannah lo detesta aún más que yo.
    – Te has convencido de eso para justificar tu actitud.
    Jonas sacudió la cabeza.
    – Tú lo has hecho. Lo percibo cada vez que la veo en una pasarela o en la portada de una revista, o aún peor, en un anuncio. Tiene éxito, pero odia cada segundo.
    – No sabes nada de Hannah.
    – No, no sabes nada de Hannah -contestó Jonas-, todas creéis que la ayudáis, pero no lo hacéis, porque no la entendéis.
    Sarah le miró con odio.
    – Realmente me estas haciendo enfadar, Jonas. ¿Por qué tienes que ser tan imbécil acerca de Hannah? Es una modelo maravillosa, siempre lo ha sido.
    – Detesta salir en público. Es modelo porque todas vosotras habéis hecho cosas con vuestras vidas que ella cree que son impresionantes y se esperaba de ella que fuera espectacular también. Y no me digas que no es verdad, Sarah. ¿Cuántas veces cuando estaba en el colegio os oí decir a todas que era preciosa y que debería ser modelo? Se mencionaba en cada conversación sobre su futuro. Eso y que como es brillante, como tiene un don para los idiomas y puede hablar con fluidez en media docena de ellos, por supuesto tenía que viajar. Eso es lo que tienes que hacer cuando eres brillante. Que el Cielo no permita que una Drake haga algo tan trivial como quedarse en casa y ser una esposa.
    Sarah lo miró con dureza.
    – Es preciosa. Y es perfecta como modelo. Puede viajar y de siempre hay alguien cuidando de ella, lo cual ambos sabemos que necesita. Es demasiado tímida para hacerlo por sí misma.
    – Para empezar nunca quiso ir, Sarah. Vosotras la empujasteis. -Levantó las manos en el aire, su sombría ira igualaba la de ella-. La transformasteis en una Barbie temerosa de pensar por sí misma.
    – Eso es una chorrada, Jonas. Hannah quería ser modelo y viajar. Recuerda, somos capaces de leernos unas a otras con bastante facilidad. Creo que lo sabríamos si lo odiara.
    Jonas giró en redondo, por primera vez que pudiera recordar, elevándose sobre ella de una forma intimidante… y era amedrentador. Realmente dio un paso amenazador hacia ella y sus dedos estaban cerrados en dos puños apretados, los nudillos blancos.
    – ¿De verdad Sarah? ¿Estás segura de eso? Hannah es poderosa, quizás mucho más de lo que pudieras concebir alguna vez. Nunca querría que alguna de vosotras pensara que no era feliz. Sin duda sabes que tiene un trastorno alimenticio. ¿Cuánto hace que lo sabes? ¿O no lo sabes? ¿Logró ocultar eso también?
    Sarah abrió la boca para protestar, y después la cerró bruscamente. Hannah realmente tenía un trastorno alimenticio. Libby lo había descubierto sólo unas pocas semanas antes, pero deberían haberlo sabido. Hannah era capaz de ocultar sus verdaderos sentimientos a sus hermanas -a todas excepto a Elle- quizás también a Elle. Sarah frunció el ceño. En realidad, ni siquiera sabía con certeza si Elle podía leer siempre a Hannah. Desafortunadamente, Jonas estaba en lo cierto sobre las habilidades de Hannah. Era poderosa y amaba a sus hermanas lo suficiente como para ocultar sus sentimientos si pensaba que se sentirían mal.
    – No puede ser verdad -murmuró en voz alta, repentinamente ansiosa. Los ataques de pánico de Hannah habían comenzado en el colegio y continuado durante toda su carrera de modelo. Casi nunca concedía entrevistas porque una de las otras hermanas Drake tenía que ayudarla a superar los nervios. ¿Querría realmente quedarse en casa y no viajar por el mundo? ¿Era posible que detestara su fascinante trabajo?
    – Vamos, Sarah, no quieres que sea verdad. Estáis muy seguras de saber qué es lo mejor para Hannah y os habéis asegurado de que ella lo sepa también. Las únicas veces que Hannah es realmente ella misma es cuando se está metiendo conmigo porque la he hecho enfadarse.
    – Quieres decir que la lastimas -acusó Sarah empezando a perder los estribos, pero más enfadada con ella misma que con él porque empezaba a sospechar que podría estar en lo cierto, y eso quería decir que habían empujado a Hannah a hacer algo que no quería hacer. Sería típico de Hannah quedarse callada aunque se sintiera desgraciada.
    El se mesó el cabello con la mano, claramente agitado.
    – No tengo intención de herirla. Quiero que se defienda sola, que sea quien realmente es, no quien piensa que todos nosotros queremos que sea. Cuando la hago enfadar, créeme, la Hannah real sale a la luz.
    – Ella no es así.
    – Es complaciente. Sabes que lo es. Quiere que todo el mundo a su alrededor sea feliz. Todas vosotras esperáis que tenga éxito, y no sólo un triunfo moderado, le exigís un triunfo importante. Todas vosotras sois fantásticas en lo que hacéis…
    – Y ella también.
    – Pero lo detesta. Preferiría vivir tranquilamente, estar en casa y simplemente hacer feliz a todo el mundo.
    Sarah sacudió la cabeza.
    – Ese idiota de su agente le dijo que perdiera peso y en lugar de decirle que se fuera al infierno, como teme no ser lo bastante perfecta para que vosotras la queráis, se mata de hambre. Yo pensaba que en algún momento iba a acabar con esto y renunciaría, pero se está matando, lentamente quizás, pero desemboca en el mismo lugar. De modo que voy a ponerle fin.
    – Creo que estás equivocado -dijo Sarah, pero ya no era verdad.
    Jonas maldijo en voz baja.
    – No debería haber dejado que se fuera.
    – Nada podría haberla detenido, Jonas, se comprometió y Hannah siempre cumple con sus compromisos. -Sarah le dio la espalda, mirando una vez más por las ventanas hacia el mar. Fuera a lo lejos, a través de la niebla gris, podría haber jurado ver dos columnas gemelas de agua, ciclones arremolinándose, girando a través de la superficie. El agua se había puesto oscura y turbulenta, muy similar a como se estaba sintiendo ella-. ¿Qué ocurrió con mi tranquilo y pacífico día, Jonas? Iba a acurrucarme en el sofá y ver a mi hermana hacer su trabajo ya que no podría estar allí en persona.
    Jonas se giró nuevamente hacia la televisión.
    – ¿De verdad Hannah te pidió que fueras al acto?
    – Si.
    Hubo un largo silencio mientras tres modelos salían juntas y recorrían la larga pasarela, deteniéndose para hacer un giro mientras se contorneaban, su actitud era un espectáculo en sí misma.
    – A mí también me invitó.
    Sarah se puso rígida, girándose para enfrentarlo.
    – ¿Qué hizo qué? -Un escalofrío bajo por su columna. Se le puso la carne de gallina en los brazos.
    Jonas volvió la cara hacia ella, y por primera vez la dejó ver lo demacrado y ojeroso que estaba.
    – Nunca lo había hecho antes. Sabe que lo odio. ¿Por qué me lo pediría, sabiendo que me pondría sarcástico y antipático si iba con ella? -Había sombras en sus ojos-. No he dormido en días, Sarah.
    – ¿Por qué no me lo dijiste enseguida? Por el amor de Dios, Jonas, eres como nosotras. Sabes que tienes tus propios dones. Si sientes que algo va mal, tienes que decirlo.
    – En realidad, no soy como vosotras -negó, esta vez pasándose ambas manos por el cabello, dejándolo más despeinado y alborotado que antes-. Supuse que si algo iba mal en realidad, vosotras lo sabríais. Ninguna ha indicado que haya un problema potencial de modo que simplemente ignoré el presentimiento que tenía. Yo no tengo ningún poder especial, Sarah. De verdad que no.
    Ella le lanzó una mirada de incredulidad.
    – ¿Por qué no puedes dormir?
    Volvió a encogerse de hombros, los músculos ondeando a lo largo de sus brazos y espalda, mientras se paseaba inquieto. El presentador de televisión empezó a describir otro vestido de un famoso diseñador europeo, atrayendo una vez más la atención de Jonas de modo que se detuvo y miró la pantalla. Hannah avanzaba entre las brillantes luces siendo recibida por un aplauso ensordecedor, espirales rizadas de platino y oro colgaban por su cintura, los famosos ojos azules sombreados con brillo para igualar los hilos de oro que brillaban a través del vestido.
    – Algunas veces, cuando la miro -reconoció, hablando más para sí mismo que para Sarah-, no puedo respirar. Me he sentido así desde la primera vez que la vi. -Los puños cayeron a los lados, pero estaban firmemente apretados, tan fuerte que los nudillos estaban blancos. Un músculo temblaba en su mandíbula y la boca se tensó mientras una vez más la cámara recorría la audiencia y el comentarista anunciaba maliciosamente que todos los que eran alguien estaban presentes en la Semana de la moda de Nueva York.
    – Tiene un mordaz sentido del humor, las pocas veces que lo deja aflorar -agregó-, algunas veces la provoco sólo para ver su respuesta.
    La cámara recogió imágenes de fascinantes estrellas y figuras públicas, iconos de riqueza y propietarios de hoteles tanto como periodistas y numerosas personas identificables de la industria de la moda. Estrellas de cine y políticos, apellidos de familias conocidísimas, gente de la industria de la música, estaban todos representados, y junto a ellos, sus guardaespaldas. Sarah inhaló bruscamente, llevándose una mano a la garganta.
    – Jonas -susurró-, creo que he visto a Ilya Prakenskii entre la multitud. ¿Por qué estaría allí? Es un asesino a sueldo ruso, ¿no?
    Los ojos de Jonas brillaron como astillas gemelas de hielo.
    – Esa es su reputación, pero nunca nadie ha podido probar nada. Si está allí, esta escoltando a Sergei Nikitin.
    – ¿El hombre que estaba obsesionado con Joley? Sé que tiene mala reputación como mafioso, pero Nikitin parece demasiado joven para haber alcanzado tanto poder tan rápido.
    – Definitivamente está con la mafia rusa. -La miró y luego volvió la vista a la pantalla-. Tienes miedo de Prakenskii. ¿Ha contactado contigo desde el incidente con Aleksandr y Abbey?
    – ¿Te refieres a cuando salvó la vida de Aleksandr y tuvimos que darle nuestra palabra de que le devolveríamos el favor? -Preguntó Sarah con un pequeño escalofrío-. No, esperaba que nunca volviéramos a verlo. Es un hombre muy poderoso. Como Elle, tiene enormes dones.
    – ¿Qué es lo que no me estas diciendo?
    Sarah se mordió el labio.
    – Tiene un camino hacia la magia de Joley. Puede tocarla, hablarle, pelear magia contra magia… y es poderoso, Jonas. Para salvar a Aleksandr, hicimos un trato con el diablo.
    – Espero que no sea él la amenaza que siento.
    – ¿Por qué salvaría al novio de Abbey y luego haría daño a Hannah?
    – Nunca entendí ni la mitad de lo que la gente se hace unos a otros -dijo Jonas, pasándose la mano por el cabello otra vez. Y tampoco lo hacía ahora. Por qué las personas eran tan crueles unas con otras, por qué el dinero y el poder los conducían a asesinar y traicionar, nunca lo podría entender, ni en un millón de años. Y cómo era, él mismo, tan bueno matando y resolviendo cosas, su mente tan fría y clínica en una crisis cuando era tan emocional en lo profundo de su ser donde nadie lo veía, nadie salvo Hannah.
    Todo el tiempo el comentarista parloteaba acerca de que la Semana de la Moda de Nueva York era la mayor gala en años, las mejores colecciones, los fabulosos diseñadores. Jonas volvió su atención a la pantalla mientras la cámara abarcaba una vez más a la multitud. Divisó al escurridizo asesino a sueldo ruso, de pie justo a la espalda de Sergei Nikitin, el mafioso. Su estómago dio otro vuelco, los nudos se apretaron, su puño se cerró. ¿Era posible que Nikitin quisiera tomar represalias contra las Drake? Había algo. Alguien. Sólo que no podía encontrar la amenaza, pero la sentía en los límites de su consciencia, susurrándole, empujándole, volviéndole hiper-consciente.
    Sarah no miraba la pantalla sino a Jonas. Su mirada estaba fija y el cuerpo completamente inmóvil como si estuviera cazando. Apenas se atrevía a respirar, temerosa de interrumpir su concentración. Jonas no creía poseer talentos paranormales, pero las hermanas Drake siempre habían sabido de sus habilidades, sólo que no sabían en que consistían exactamente. Indudablemente estaba en sintonía con ellas, y con el peligro. Su cara tenía la adusta expresión que con frecuencia lucía cuando estaba investigando un crimen particularmente grave.
    Sarah se tragó el nudo que tenía en la garganta, luchando por mantener la calma. La aprensión la carcomía, tan intensamente que apenas podía respirar. Era la familiar sensación del comienzo de advertencias, de la llegada de una precognición -o era empatía por lo que fuera que Jonas estaba sintiendo- porque estaba empezando a tener la impresión de que algo terrible estaba a punto de suceder.
    – ¿Qué pasa?
    – Demonios, no lo sé. -La mirada de Jonas se oscureció por la ansiedad-. Sin embargo ella está en problemas. Sé que lo está. Debería haber ido con ella.
    Sarah se tragó la alarma, forzándose a vencer el pánico.
    – Tranquilízate, Jonas. Quiero que te sientes y respires hondo.
    – Vete al infierno, Sarah. No soy un niño pequeño. Hannah es… todo para mí.
    El corazón de Sarah saltó. Jonas nunca había admitido lo que sentía por su hermana en voz alta. Ni siquiera parecía notar lo que estaba diciendo, y con Jonas, eso era una mala señal. Las hermanas Drake habían nacido con dones especiales, talentos en los que confiaban y que eran una parte intrínseca de sus vidas. Siempre habían sabido que Jonas tenía las mismas habilidades excepcionales sencillamente tan fundamentales para él como respirar, sin embargo él no parecía comprender enteramente como desarrollar y utilizar sus habilidades a voluntad. Las capacidades estaban allí, fuerzas a tener en cuenta. Sarah podía sentir la energía pulsando a través de la habitación, emanado de él en oleadas mientras trataba de dar con el peligro que se cernía sobre Hannah.
    – La razón por la que vas a adivinar que es lo que va mal es porque ella lo es todo para ti. Podemos coger un avión a Nueva York y estar allí en pocas horas. En este momento está a salvo. Está rodeada de cámaras de televisión y celebridades. Debe haber unos cuantos cientos de guardaespaldas privados en ese edificio junto con una fuerte seguridad.
    La mirada de Jonas saltó a la pantalla, sacudiendo la cabeza.
    – No está a salvo -repitió, con los dientes apretados-. Hay alguien… -su voz se fue apagando y su atención se apartó de Sarah para concentrarse totalmente en la pantalla. Sus ojos se habían vuelto fríos y calculadores, el cuerpo absolutamente inmóvil, toda la concentración centrada en la multitud detrás de Hannah.
    Sarah escuchó el retumbar del océano, un augurio de problemas. Su cabeza palpitaba junto con las olas. De repente estaba muy, muy asustada por su hermana. Escudriñó la multitud, intentando ver lo que preocupaba a Jonas. Las cámaras saltaban del espectáculo a fuera, donde la multitud presionaba a lo largo de la acera esperando vislumbrar a alguna de las celebridades. Había muchas estrellas de cine dentro y sus admiradores habían venido a verlos.
    Un periodista enfocó a varios pequeños grupos que protestaban al otro lado de la calle, cada uno gritándole al otro. Estaban los inevitables grupos de derechos pro-animales protestando contra el uso de pieles de animales auténticas en la confección de la ropa. Sarah se acercó intentando vislumbrar las caras. Hannah nunca desfilaba con pieles de animales, pero se había negado a representar o a unirse o a dejar de ninguna forma que su nombre fuera utilizado relacionándolo al enorme y bien conocido grupo, ya que los había investigado muy cuidadosamente.
    Habían salido a la luz evidencias de que los miembros “rescataban” animales de refugios donde los animales estaban bien cuidados, pero mantenidos en jaulas. Los periodistas habían filmado obedientemente los rescates, pero nunca se habían dado cuenta de que la verdadera historia era que a los animales se les practicaba la eutanasia inmediatamente después ya que no había donde ponerlos ni había forma de alimentarlos y cuidarlos una vez eran sacados de los refugios. Hannah había sido elocuente en su negativa a unirse a ellos tras haber hecho extensas investigaciones y muchas otras fechorías habían salido a la luz, sacudiendo los cimientos del grupo.
    – La odian -señaló Sarah-, reconozco al hombre de barba. Amenazó a Hannah cuando convenció a los periodistas de que investigaran.
    – Si -acordó Jonas-. Es un grupo poderoso con muchos famosos prestando sus nombres sin saber lo que pasa realmente. Hannah reveló íntegramente los secretos de la organización y perdieron gran parte de su apoyo, y lo que es más importante, la respetabilidad. Eso quiere decir que perdieron fondos.
    – ¿Ha recibido alguna carta de ellos recientemente?
    Jonas mantenía la mirada pegada a la pantalla de la televisión.
    – Recibe cartas de todo el mundo y sí, específicamente, hubo cartas llamándola puta y diciendo que no iba a salirse con la suya en su intento de arruinar la organización. Hablé con los miembros de la junta y dijeron que no podían controlar a los fanáticos y que no había forma de saber quién intentaría intimidar a alguien en su nombre. Dijeron que estaban agradecidos a Hannah por encontrar las manzanas podridas del grupo.
    – ¿Y te lo tragaste?
    – Ni por un segundo. -Jonas fruncía el ceño mientras la cámara tomaba vistas de la multitud y se fijaba por un segundo en un grupo de manifestantes. Dándose cuenta de que la cámara estaba sobre ellos, la gente levantó carteles, sacudiéndolos y gritando, llamando al espectáculo de la moda aborrecible y una abominación contra todo lo que era moral y correcto.
    Sarah suspiró.
    – ¿Ahora va tras la industria de la moda? Ese es el Reverendo RJ. Pienso que RJ se saltó las clases de teología. Es muy carismático y ha estado reuniendo una buena cantidad de seguidores. Elle me habló de él. Ha estado bajo vigilancia desde hace algún tiempo porque es muy vehemente y su “religión” es oficialmente considerada un culto. Ha trasladado a sus seguidores a las montañas a unas dos ó tres horas de viaje desde aquí.
    – Sí, los ayudantes me comentaron lo poco cooperadores que eran. No admiten a nadie en su propiedad. Está construyendo una fortaleza en las colinas, pero hasta ahora, no ha hecho nada malo en realidad y sus seguidores son discretos.
    – Va a ser un problema -dijo Sarah mirando fijamente al hombre de la televisión que agitaba sus brazos y hacia gestos violentos-. Está muy lejos de California.
    – Tiempo gratis en televisión. Puede hacerse el importante y así reclutar nuevos seguidores -dijo Jonas-. Nunca he entendido como personas educadas son captadas por artistas de la estafa como el Reverendo. -Inhaló bruscamente-. Justo allí, a la izquierda del pequeño rebaño del Reverendo. Ese es Rudy.
    – ¿Rudy?.
    – Rudy Venturi. Le escribe a Hannah casi cada día. Debería haber sabido que ese pequeño pervertido iría al acto. Los idiotas lo anunciaron con meses de antelación y ya que estaban podrían haberle gritado a cada chiflado que hay por ahí que viniera a buscarla.
    – La idea es que la gente asista al desfile de moda, Jonas.
    – Bien, han ido -replicó él torvamente-, y mis tripas me están diciendo que Hannah está en apuros. Intenta llamarla al teléfono móvil.
    – No va a llevar el teléfono encima en medio de un desfile de moda -dijo Sarah pero levantó el teléfono y comenzó a marcar los números-. ¿Qué debo decirle?
    – Dile que he dicho que salga de ahí de una maldita vez. No le aceptes ninguna excusa, Sarah. -Caminó a zancadas a lo largo de la habitación, alargando la mano hacia el teléfono-. A ver, déjame hablar con ella.
    Sarah colgó en seguida.
    – No va a escucharte si le estás ladrando órdenes. ¿No puedes decirle simplemente que crees que está en peligro? Si empiezas a soltarle tacos, se va a poner testaruda.
    Jonas se apartó de ella, pero no antes de que viera las sombras en sus ojos. Estaba realmente preocupado. No tenía nada que ver con la falta de atuendo de Hannah, algo sobre lo que machacaba con regularidad, esta vez, estaba segura, estaba pensando en poco más que la seguridad de Hannah. Con el corazón martilleando, Sarah envió rápidamente un mensaje a Hannah diciéndole que creían que estaba en peligro y que por favor hiciera que un escolta la sacara de la situación.
    La Semana de la Moda de Nueva York era uno de los más grandes acontecimientos del año. Sarah dudaba que Hannah recibiera el mensaje, por no hablar de que lo obedeciera.
    – Incluso si se va, Jonas, ¿hará eso que esté a salvo? Ahora mismo está en medio de una gran multitud. Quizás esté más segura allí.
    – Estaría jodidamente mucho más segura conmigo. -Su mirada había vuelto a la pantalla, sus blancos dientes rechinaban con impaciencia-. ¿Por qué demonios están mostrando a todos los manifestantes? Quiero ver la multitud que está empujando contra la cuerda.
    – ¿A quién tiene Hannah como seguridad?
    – El idiota de su agente contrató a alguien. No puedo esperar para decirle que está despedido.
    Las cejas de Sarah se arquearon de repente.
    – ¿Vas a despedir al agente de Hannah? ¿Lo sabe ella?
    – En realidad me importa un bledo.
    – Jonas eres tan arrogante. Eso no te va a llevar a ningún sitio con Hannah.
    – Ser amable tampoco me ha llevado a ningún sitio.
    Sarah casi se ahogó.
    – ¿Amable? ¿Has sido amable con ella?
    – Considerando lo que quería hacer, sí, he estado siendo amable. Deja de distraerme. Necesito resolver esto. ¿A quién tenemos en Nueva York?
    Sarah sabía que estaba pensando en voz alta y se abstuvo de responder. No había nadie en Nueva York. Ninguna de sus hermanas estaba siquiera en el país. Se sentía impotente para advertir a Hannah. Se presionó fuerte los dedos contra la sien intentando detener el punzante dolor. A lo mejor estaba permitiendo que Jonas la asustara. Quería que ese fuera el caso, pero estaba tan asustada de que no pudiera serlo. Sabía -sabía- que Hannah estaba en dificultades. Ahora sentía el conocimiento profundamente en los huesos y estaba a miles de millas sin forma de advertir a su hermana.
    Miró al aparato de televisión esperando que acabara la pausa publicitaria para poder ver a su hermana recorriendo la pasarela. Hannah lo sabría. Sarah se cruzó los brazos sobre la cintura y se abrazó fuertemente.
    – Ella lo sabrá, Jonas. Exactamente como tú… como yo. Sabrá que está en peligro y será cuidadosa.
    Jonas le lanzó una rápida mirada de reprimenda. Era una experta en seguridad. El desfile de moda y la fiesta que tendría lugar después eran la pesadilla de un guardaespaldas y ella lo sabía. Había trabajado de guardaespaldas durante un tiempo, y toda aquella gente comprimida en una habitación con bebida, bailando y con música salvaje iba a ser el peor escenario posible para mantener a un cliente a salvo.
    – Lo sabía antes de irse o no me habría pedido que fuera con ella -dijo Jonas-. Y aun así fue. Maldita sea por eso.
    – Jonas, eso no va a ayudar. Hannah tiene un trabajo que hacer. Si da su palabra de que va a estar en algún sitio, tiene que estar allí. Su palabra es tan importante como la tuya. La gente cuenta con ella. Tener a Hannah desfilando con su ropa puede significar una temporada de éxito. Es importantísimo tenerla a bordo.
    – No puedo creer que estés defendiendo lo que ha hecho. Su vida está en peligro, Sarah. ¿Puedes entenderlo? Su vida. Está arriesgando su vida por un jodido desfile de moda. ¿Dime en qué sentido eso no es definitivamente una locura?

CAPÍTULO 6

    Hannah sonrió y saludó con la mano en lo que le pareció la milésima vez en diez minutos. Estaba agobiada al máximo y había señalado a su agente, Greg Simpson, numerosas veces que necesitaba salir. Él no había hecho nada, ignorando deliberadamente sus frenéticos movimientos. Había sido bastante difícil hacer el desfile, quedándose sola para atender la fiesta posterior y Greg estaba enterado de ello. Tuvo el buen juicio de derramarle la bebida justo delante y él había tenido que salir. Le envió un pequeño zumbido de advertencia, pero él sólo le dirigió una mirada sofocada, dándole la espalda, y continuó hablando con Edmond y Colese Bellingham, los diseñadores top de la temporada.
    Hannah suspiró, sabiendo que estaba enfadado con ella por su decisión de irse. Sopló un rápido beso hacia Sabrina, una modelo a la que quería genuinamente. Sabrina le mandó un beso de vuelta y puso los ojos en blanco, antes de devolver su atención a uno de los muchos actores que la rodeaban y que no tenía ninguna maldita oportunidad con ella.
    – Hannah, esta noche estás magnífica -Russ Craun la saludó y se inclinó para darle un beso, entregándole una copa de líquido espumoso mientras lo hacía.
    Hannah giró la cabeza para asegurarse de que los labios aterrizaban en su mejilla, mirando el reloj mientras tomaba la copa. Sus hermanas normalmente le daban un pequeño empujón para evitar que tuviera un ataque completo de pánico mientras trabajaba, pero estaban fuera de la ciudad y ella estaba muy inestable.
    Russ era un amigo, un futbolista prominente con reputación de juerguista pero ella lo encontraba muy dulce. Asistían en buena medida a las mismas fiestas y había hecho un esfuerzo por hablar con ella sin intentar algo más que un coqueteo inocuo. Más de una vez había venido a rescatarla cuando los hombres se agolpaban demasiado cerca.
    – ¡Russ! Es siempre un placer verte. -Echó una mirada alrededor-. ¿A quien has traído contigo esta noche?
    Generalmente tenía citas con jóvenes y bonitas actrices que se colgaban de su brazo y le miraban fijamente con adoración. Nunca duraban mucho, pero quedaban bien en las revistas y mantenían su nombre en la primera plana de los periódicos.
    – He venido solo, esperando que no tuvieras pareja.
    Hannah rió.
    – Sabes que nunca traigo pareja. -Tomó un pequeño sorbo de champán y dejó que el fuego se deslizara por su garganta. No era muy bebedora, pero necesitaba algo que le permitiera pasar los próximos minutos hasta que pudiera apartarse de esta multitud y llegar a la seguridad de su habitación de hotel.
    – ¿Y eso por qué? -preguntó Russ, cogiéndola de la mano y guiándola a través de la enorme habitación. La fiesta estaba pulsando de vida y música, el sonido era alto y las conversaciones empujando el sonido a su nivel más alto aún. Abrió las puertas del balcón y la condujo fuera-. Esto está mejor.
    Hannah asintió de acuerdo y dio un paso acercándose a la barandilla. Colocando la copa en el brillante mármol, aferró el borde con ambas manos y echó la cabeza hacia atrás para inhalar profundamente.
    – ¿No te encanta la noche? Las estrellas son como gemas. -Levantó los brazos hacia la luna, el largo cabello derramándose a su alrededor, la cara alzada hacia el oscuro cielo.
    – ¿Haces eso deliberadamente? -Preguntó Russ-. La luz de la luna se derrama sobre ti y te pone en el centro de su haz. Tu pelo se vuelve platino y oro y pareces la mujer más hermosa del mundo con una piel suave, tentadora y unos ojos misteriosos y los labios más pecaminosos y besables que he visto nunca.
    Hannah parpadeó y después rompió a reír.
    – Dime que no utilizas esa frase con tus novias. No es posible que puedan enamorarse con eso.
    El sonrió.
    – ¿Qué mujer no querría que le dijeran que sus labios son una pecaminosa tentación?
    – Eso era mi piel, mis labios son pecaminosamente suaves -señaló.
    – ¿No te ha dicho nunca tu novio que eres una pecaminosa tentación? -preguntó.
    Hannah dudó. La pregunta siempre la desconcertaba. No tenía novio. En realidad nunca había tenido novio. Sólo había un hombre que le interesara y él se la comería viva. Se ruborizó con el pensamiento. Pero Jonás quería a alguien muy diferente y Hannah nunca podría ser esa persona. Lo había intentado. Él no se había dado cuenta de que lo había intentado, pero lo había hecho. Sólo mirar a Jonás hacía daño. Se tocó los labios. Todavía podía sentir su beso. Un crepitante, deslumbrante momento que le paraba el corazón cada vez que lo pensaba.
    Su cuerpo hormigueó, se calentó con el recuerdo de las otras cosas que Jonas Harrington le había hecho. Sus manos en ella, su boca sobre la de ella, su cuerpo llenando el de ella, moviéndose dentro de ella. Luchó para evitar ruborizarse, porque las cosas que Jonas había hecho harían que cualquiera se ruborizara, pero no podía decir que fuera su novio. Habían tenido un sexo estupendo. Sexo alucinante. La clase de sexo que no había sabido que existía, pero como siempre, se habían peleado y él había terminado furioso, desilusionado y cortante. Nadie la podía cortar como hacía Jonás. No, no podía decir que fuera su novio.
    – No me digas que no tienes novio -dijo Russ, empujándola más cerca de la barandilla.
    A Hannah le disgustaba que la mayoría de las personas la tocara. Detestaba esa pequeña rareza suya. Quería ser amigable y fácil como Sabrina, pero cualquier compañía hacía que empezara un ataque de pánico y una multitud como esta la devastaba. Era humillante ser una mujer adulta, con éxito en los negocios, pero incapaz de controlarse ni siquiera como podría hacer un niño.
    – ¿Por qué siempre haces un intento, Russ, cuando sabes que voy a decirte que no? -preguntó, manteniéndose en su sitio por consideración al orgullo.
    La mueca de él se ensanchó, llegando a ser diabólica.
    – Por dos razones, Hannah, mi pequeña tentadora. Primero, quizás tenga suerte y cambies de opinión. Y segundo, adoro la mirada atrapada que pones en la cara justo antes de que decidas decepcionarme suavemente. -La alcanzó, enjaulando su cuerpo mientras recogía la copa y se la daba. Alzando la suya, le hizo un guiñó-. Por otro rechazo.
    Hannah le vio tomar un sorbo, una pequeña mueca tiraba de su boca.
    – No seas tonto. Me pides salir cuando tienes a una mujer del brazo. Nunca has hablado en serio
    – Por supuesto que hablo en serio. Cualquier hombre hablaría en serio tratándose de una oportunidad contigo, Hannah. ¿Quién es el hombre misterioso y por qué nunca viene contigo?
    Hannah tocó la copa con los labios, pero no bebió realmente, una artimaña que muchas de las modelos usaban cuando asistían a acontecimientos importantes.
    – Eso no es asunto tuyo.
    – ¿Quieres decir que protegerte de otros hombres no merece su tiempo? Porque si me pertenecieras a mí estaría justo a tu lado, asegurándome de que los hombres como yo no se te acercaran. -Tomó otro sorbo, inclinando la cabeza para estudiar su cara-. Quizás no te merezca.
    Hannah se encogió de hombros al mismo tiempo que tomaba otro trago. Le quemaba mientras bajaba, pero necesitaba de la pequeña falsa confianza en esta conversación extraña e inesperada. Jonas probablemente se reiría si supiera que pensaba en él como suyo. Peor, se enfadaría con ella y la acusaría de utilizarle para mantener a otros hombres a distancia y quizás lo hiciera. Nunca había habido espacio para ningún otro hombre. Jonas había ocupado todos sus pensamientos desde el momento que le conoció y se temía que siempre fuera así, incluso mucho tiempo después de que él se casara con otra persona y se estableciera para tener una familia propia. Habían tenido sexo alucinante y él iba a casarse con otra y ella iba a acabar como una vieja y extraña dama con gatos por todas partes.
    Eso la hizo desear llorar. El líquido de su bebida comenzó a burbujear y puso automáticamente la mano sobre el borde de la copa. Tenía que mantener el control y cualquier pensamiento sobre Jonas siempre le robaba el control. Todavía podía oír sus propios gritos suaves mientras la lengua de él hacía una lenta incursión sobre cada centímetro de su cuerpo. Tomó otro trago y permitió que el fuego se asentara en su estómago.
    – Ves, ya estás. -Russ pasó los dedos por su cara como si estuviera borrándole la expresión-. Pareces tan triste. No me gusta verte triste, Hannah. Dame una oportunidad. Yo no pondría esta mirada en tu cara.
    Forzó una sonrisa rápida.
    – Russ, eres un coqueto y un poco un perro de caza. Nunca te he visto con la misma mujer dos veces. Duraría una noche y hasta la próxima.
    – Quizás sólo necesito una buena mujer para enderezarme.
    – Estás bien como estás. Cuando encuentres a la mujer correcta, querrás establecerte. -Miró el reloj, ansiosa ya de que el temor creciente en su interior provenía del conocimiento de que el empujón que sus hermanas le daban para evitar los ataques de pánico estaba desapareciendo. Habían estado demasiado tiempo fuera del país y su nivel de ansiedad estaba subiendo más rápido de lo normal, sus pulmones luchaban buscando aire cuando se debería haber sentido mucho mejor fuera, lejos de la multitud.
    Para calmarse tomó otro sorbo cauteloso de champán. No tocaba el alcohol muy a menudo, y la bebida golpeó duramente su ya revuelto estómago. El calor y el frío la atravesaron. De repente tuvo náuseas. Su corazón reaccionó, latiendo aceleradamente mientras se giraba lejos de Russ, entregándole la copa mientras lo hacía.
    Russ colocó las copas sobre la barandilla y le cogió del brazo.
    – Pareces un poco mareada. ¿Estás bien? Puedo llevarte al hotel.
    Hannah permaneció silenciosa, evaluando su cuerpo. Era una Drake y las Drake tenían dones especiales. De repente, su cuerpo se oponía violentamente a la bebida. Que extraño. Se presionó una mano contra la boca y trató de alejarse de él. Russ apretó su agarre mientras ella se balanceaba.
    – ¿Hannah? ¿Estás enferma?
    – Señorita Drake. Encantado de verla otra vez.
    Hannah se puso tensa cuando oyó el característico acento ruso. Se dio la vuelta lentamente para encontrar a Sergei Nikitin, el gángster ruso, sonriéndole con unos dientes blancos brillantes. Gozaba de las cosas buenas de la vida; sus trajes y zapatos italianos costaban tanto como un pequeño coche. Todo lo que tenía, lo había conseguido a costa del sufrimiento de alguien.
    Hannah sentía el mal en él cuando estaba tan cerca, y no ayudaban la náusea que le revolvían el estómago. Miró tras él y su mirada fue atrapada y retenida por Ilya Prakenskii. Por un momento no pudo respirar, incapaz de apartar la mirada de sus fríos y despiadados ojos. Se le consideraba el asesino a sueldo de Nikitin, y en el pasado había sido entrenado por la policía secreta rusa. Extrañamente, Hannah no podía sentir nada -ni bueno ni malo- cuando estaba cerca de ese hombre.
    – Señorita Drake -asintió Ilya con la cabeza, colocándose delante Nikitin para agarrarla del codo y apartarla del apretón de Russ-. Pareces enferma. ¿Necesitas ayuda?
    Hannah se echó el pelo hacia atrás con una mano temblorosa. Se sentía mareada y desorientada. Necesitaba tumbarse. Debería haber sentido miedo de Ilya, quizás lo tenía, pero él era fuerte y la sostenía y se sentía confusa así que permaneció inmóvil, temerosa de que si trataba de huir caería de bruces. Si contestaba quizás enfermaría.
    – ¿Hannah? -Ilya preguntó otra vez, con voz baja, pero exigente. Le levantó la cara, mirándola fijamente a los ojos.
    – Estaba a punto de llevarla a su casa. -dijo Russ, frunciendo el entrecejo a la manera despótica de un guardaespaldas.
    Hannah sacudió la cabeza, presionándose una mano sobre el estómago. Las modelos no vomitaban en las fiestas justo después del mayor desfile de Estados Unidos. Desesperada, enjugó las gotas de sudor de su cara y trató de dar un paso lejos de Ilya.
    Ilya echó un vistazo sobre el hombro a las dos copas puestas en la barandilla y un silbido bajo escapó entre sus dientes. Mientras extendía la mano hacia la copa de Hannah, Russ retrocedió para evitar su brazo y golpeó la barandilla, enviando ambas a estrellarse abajo, en el jardín.
    – Quédate quieta, Hannah -instruyó Ilya-. Si quieres volver al hotel, estaremos más que encantados de acompañarte.
    Sergei Nikitin sonrió otra vez, pareciendo más tiburón que nunca.
    – Por supuesto, señorita Drake, sería un honor dejarla a salvo en su hotel. -Volvió su atención hacia Russ-. Usted es el futbolista.
    Su acento se había espesado, mala señal, pensó Hannah. Tenía que hacerse cargo de la situación o su familia acabaría aún más en deuda de lo que ya estaban con los rusos, y no que quería a Nikitin en ningún lugar cerca de su hermana Joley. Estaba confundida y desorientada y muy, muy enferma del estómago, pero se aferró a eso. Sergei Nikitin no era un buen hombre y tenía el mal hábito de aparecer dondequiera que su hermana actuaba, buscando una presentación.
    Hannah hizo un concentrado esfuerzo por apartarse de Ilya y alcanzar el brazo de Russ. Ilya se movió sin parecer que se movía. Deslizándose. O quizás sus músculos sólo se tensaron. Lo que fuera que ocurrió, de repente estaba sólidamente entre ella y Russ. Ilya habló en ruso con su jefe.
    Hannah frunció el ceño. Sabía ruso y podía haber jurado que había ordenado a su jefe vigilar al violador mientras él se ocupaba de ella. ¿Violador? Debía haber entendido mal. Russ era su amigo. ¿Dónde estaba su agente? Necesitaba salir. Todo era demasiado complicado y definitivamente iba a vomitar sobre el guardaespaldas del gángster ruso.
    Nikitin contestó y la cara de Hannah perdió todo el color. Se sintió palidecer. Le dijo a Ilya que tirara al bastardo por encima de la barandilla. Lo entendió sin ningún problema. No tenía fuerzas para luchar contra dos hombres y salvar a Russ y ciertamente se habían hecho una idea equivocada de él. Había estado inquieta toda la noche, pero Russ no necesitaba violar mujeres. Se arrojaban sobre él.
    – Es mi amigo -dijo, o pensó que decía. Su voz era extraña, metálica, lejana. ¿Qué le pasaba?
    Ilya sacudió la cabeza.
    – Entiende ruso, Sergei. Ten cuidado con lo que dices, quizás no se dé cuenta de que estás bromeando.
    Hannah se habría relajado, pero Ilya parecía estar mirando fijamente a Russ, sus penetrantes ojos azules estaban fijos en el futbolista con intención mortal. Russ era muy arrogante y lo había visto intimidar a otros hombres, pero con Ilya, o también conocía la reputación del hombre, o algo en esos fríos ojos le advirtió.
    Russ se encogió de hombros.
    – Hannah, puedo ver que estás ocupada. Le diré a tu agente que estás lista para irte.
    Hannah le vio atravesar las puertas francesas dobles, dejándola sola en el balcón con un gángster y su guardaespaldas.
    – Debemos llevarla a su hotel, donde estará a salvo -ordenó Nikitin.
    Ilya sacudió la cabeza.
    – Yo puedo ayudarla. Dame un par de minutos con ella, Sergei. Si su agente aparece, distráelo mientras veo que puedo hacer.
    – Su hermana debe saber que la ayudamos -le recordó Nikitin.
    Ilya no contestó, simplemente envolvió el brazo alrededor de la cintura de Hannah y la llevo al lado más apartado del balcón, lejos de su jefe.
    – Ese hombre no es amigo tuyo, Hannah. Te drogó. Libraré tu cuerpo de eso, pero va a quemar como el infierno. ¿Lo entiendes?
    No entendía, pero sabía que Ilya Prakenskii tenía los mismos dones que las hermanas Drake. Sabía como funcionaba y que era capaz de eliminar la droga de su cuerpo. También sabía que era un hombre muy peligroso, y cada vez que alguien trabajaba con habilidades psíquicas, o mágicas, fuera cual fuera el término utilizado, había una vulnerabilidad por ambos lados. La familia Drake ya estaba en deuda con Ilya y él tenía un vínculo directo con Joley. Ella era una de las Drake más poderosas. No quería que supiera nada sobre ella por si acaso tenía que proteger a su hermana.
    Hannah sacudió la cabeza.
    – No. -Fue muy firme. Trataría con la droga. Podía empujarla fuera de su propio sistema ahora que sabía con lo que trataba.
    – Sí -la contradijo-. No estás en condiciones de intentarlo tú misma. Sabes que estas cosas pueden ser complicadas. Estate quieta. Y la próxima vez que aceptes una bebida de un hombre, amigo o no, utiliza tu don para cerciorarte de que no hay nada malo en ella.
    No era de extrañar que el hombre hiciera que Joley rechinara los dientes. Hannah no era ninguna aficionada… y tampoco Joley. Quizás Ilya pensara que era más poderoso, pero las Drake podrían con él si tenían que hacerlo, mientras no se abrieran a su magia. Trató de empujarle, para sostenerse por sí misma y así poder revertir lo que fuera que andaba mal en ella, pero estaba demasiado mareada.
    La mano de Ilya se posó sobre su estómago, su brazo la rodeó, sujetándola en el lugar. Era enormemente fuerte y tenerle agarrándola con tanta gente a la distancia de un grito la mantuvo en silencio. Sintió la calidez fluír de su palma, a través de la piel, y entrar en su revuelto estómago. No quería esto, pero no había manera de parar el flujo de poder de él hacia ella. Sintió que sus espíritus conectaban. Se sobresaltó alejándose de él, captando vistazos de cosas que no quería ver o saber, cosas oscuras y feas que debían permanecer enterradas.
    Sintió calor, su temperatura aumentó. Peor, le sintió en su cabeza. Instintivamente supo lo que haría después. Aún mientras curaba su cuerpo, buscaba recuerdos de Joley, de su poder, de sus habilidades. Quería conocer el alcance de su fuerza. Frenéticamente, Hannah le empujó, levantando alzando los brazos hacia el viento.
    Ilya le agarró las muñecas y le tiró las manos a los costados.
    – Hay un precio para todo. Este es mi precio.
    Hannah sacudió la cabeza, furiosa.
    – Traicionas todo lo que te es dado y no mereces tus dones. Permanece fuera de mi cabeza. No vendería a mi hermana por mi propia vida, mi dignidad o mi virtud.
    La mano de él se deslizó hasta rodearla la garganta.
    – No sabes nada de mí.
    Hannah le miró fijamente, negándose a apartar la mirada o a dejarse intimidar. Si quería tirarla del balcón por decir la verdad, le dejaría hacerlo. No iba a entregar a Joley, por nada del mundo.
    – Sé que no te quiero cerca de mi hermana. Sea cual sea juego al que estás jugando, que sepas que defenderemos a Joley con nuestras vidas, no sólo yo, sino cada Drake, hombre o mujer, niño o adulto, hoy vivos. -Era la absoluta verdad y le dejó ver la realidad en sus ojos.
    – Estoy familiarizado con el peligro, señorita Drake.
    No había ninguna duda de ello. Lo sentía en él, lo había leído en sus recuerdos, cosas terribles, cosas que no podía comprender en su mundo. Ella había crecido con padres amorosos, una familia cariñosa, el muy unido y protector pueblo donde vivían. La vida de él, desde la niñez, había sido una vida de violencia.
    La asustaba. No el pánico normal por nimiedades, sino sinceramente, la asustaba hasta la médula. Sabía que su hermana atraía a los hombres como un imán. Era escurridiza y salvaje y exudaba sexo en el escenario. Hannah miró de reojo al jefe. Sergei Nikitin había estado persiguiendo a Joley a lo largo de tres continentes. ¿Era eso lo que Ilya pretendía? ¿Iba a utilizar sus talentos psíquicos para poner a Joley en las muy sucias manos de Nikitin?
    – Suéltame -exigió. El calor de la palma se había vuelto abrasador, penetrando a través de la sangre y los huesos e invadiendo cada tejido del cuerpo, pero se sentía mejor, la cabeza más despejada. No había duda de que había ingerido una droga. Después de todas las conferencias de seguridad de Sarah, se sentía como una estúpida. Nunca bebía, era siempre cuidadosa, y ahora, cuando más necesitaba su buen juicio, Ilya Prakenskii no sólo había presenciado su estupidez, sino que había tenido que salvarla.
    – Te soltaré si no haces nada estúpido como llamar al viento.
    Hannah echó la cabeza hacia atrás con los ojos brillantes, lanzando chispas mientras su genio comenzaba a levantarse. Siempre permanecía bajo control, a menos que Jonas la provocara. El temperamento no era una cosa buena cuando una esgrimía poder, pero el guardaespaldas se merecía todo lo que estaba a punto de conseguir.
    Diminutos parpadeos de llamas se izaron de las puntas de sus dedos, de las manos hasta las muñecas, donde los dedos de él se habían cerrado como una tenaza. Apartó las manos cuando las llamas destellaron sobre él, lo suficientemente caliente para advertirle. Retrocedió.
    – Una buena artimaña. Deberías haberla usado con tu amigo.
    – Gracias por tu ayuda.
    Los ojos fríos se deslizaron sobre ella, la cara inexpresiva.
    – Puedo ver cuán agradecida estás.
    – Estoy agradecida. Pero no soy estúpida. -Aunque lo había sido al aceptar la bebida en primer lugar-. No te quiero cerca de Joley.
    – ¿Por qué estás tan preocupada?
    No le podía leer. Si le tocaba, o estaba cerca, debería haber sido capaz de leer sus pensamientos y emociones, pero era una pizarra en blanco. Los atisbos de recuerdos violentos habían desaparecido. Estudió su cara. Parecía peligroso. Estaba en la postura de sus hombros, en la forma fluída en que se movía y los directos, fríos ojos.
    – ¿Por qué ibas a preocuparte por Joley? -Ilya dejó caer la voz hasta que fue un susurro bajo, imposible que el sonido fuera más lejos de su oreja-. Es una cantante hechicera, ¿verdad?
    El corazón de Hannah se sacudió. Luchó por mantener la cara serena. Se tambaleó. Él lo advirtió. Lo advertía todo.
    – No estoy segura de lo que quieres decir.
    Había pocos cantantes de hechizos en el mundo, no legítimos, no como Joley. Podía llamar al poder de la nota perfecta que supuestamente había sido utilizada para crear al mundo. Las fuerzas del mundo, del universo mismo, podían ser atraídas para cumplir sus órdenes. En manos de alguien como Sergei Nikitin, Joley sería un arma de destrucción. Él no tenía manera de controlarla, o retenerla, a menos que Ilya Prakenskii tuviera el mismo talento. ¿Era eso posible?
    Resistió el impulso de pasarse la mano sobre la cara, segura de que comenzaba a sudar. ¿Era Prakenskii lo suficientemente fuerte como para controlar a Joley? La idea era terrorífica.
    – Parece pálida señorita Drake -dijo Nikitin, con su sonrisa solícita. Y falsa.
    Los músculos de Hannah se tensaron. Se sentía atrapada. Se las arregló para sonreír, regresando a su modo profesional. Nadie podía parecer más altanero que Hannah Drake. Se puso incluso una mano en la cadera y adoptó una pose, mientras lanzada su pequeña sonrisa desdeñosa.
    – Me siento mejor, gracias, Señor. Nikitin. ¿Ha disfrutado del desfile?
    – No pude evitar pensar que ninguna de esas ropas le sentaría bien a su hermana. Joley tiene su propio estilo. ¿No está de acuerdo?
    Ni siquiera quería que Nikitin pronunciara el nombre de Joley. Sin un pensamiento consciente, dio un paso hacia la barandilla, moviendo las manos hacia arriba y fuera. Prakenskii se deslizó hacia delante, envolviendo el brazo alrededor de su cintura, sujetándole un brazo al costado, agarrándole firmemente el otro brazo y llevándose su muñeca a la cara como si la examinara.
    – No estás herida, ¿verdad? -preguntó, los ojos azules como puñales. Lo estarás si le amenazas.
    La amenaza fue clara en su cabeza, como si él hubiera pronunciado las palabras en voz alta. Era telépata, algo que ya sabía. Joley se quejaba a menudo de que hablaba con ella. Y ahora estaba en la cabeza de Hannah también. La situación iba de mal en peor. No era de extrañar que hubiera visto tres anillos alrededor de la luna. No era de extrañar que hubiese tenido miedo de hacer sola este viaje. Debería haber considerado que Sergei Nikitin aparecería en la Semana de la Moda de Nueva York. Estaba siempre donde estaba la acción. Pocas personas lo conocían por lo que era.
    Hannah se negó a entrar en una conversación telepática con Ilya. Cuanto más supiera de ella, más poder esgrimiría, y definitivamente buscaba información sobre Joley. Todo este tiempo, había creído que Sergei Nikitin estaba interesado en su hermana. La imagen pública de Joley era de salvaje, una chica de fiestas. Recientemente había habido un terrible escándalo, fotos de Joley con su largo cabello negro, presionada contra una ventana, desnuda con su misterioso amante cubriéndola. Sólo que Joley se había teñido el pelo después de que las fotos hubieran sido publicadas, y había permitido que el escándalo la golpeara con toda su fuerza, cuando las fotos no eran de ella en absoluto. El interés de Nikitin quizás no estuviera en la chica de las fiestas y eso significaba que tenían un inmenso problema.
    – Vuelo a Madrid mañana para asistir al concierto de su hermana -insistió Nikitin, ignorando el hecho de que su guardaespaldas mantenía a Hannah cautiva.
    – Es muy buena -dijo Hannah cortésmente-. Disfrutará.
    – Me he perdido pocos de sus conciertos -dijo Nikitin-. Es una artista maravillosa. Hay algo extraordinario en su voz.
    Hannah se tensó. No podía evitarlo.
    Ilya apretó su agarre. No reacciones. No sabe nada de Joley más allá de que es hermosa.
    ¿Podía ser eso cierto? E incluso si así fuera, ¿por qué la advertiría Ilya? Nunca había estado tan confundida en su vida. No estaba hecha para la intriga. Forzó a su cuerpo a relajarse. Ilya la soltó pero no se apartó. Ya había visto cuan rápido era y no iba a permitirle detenerla otra vez. Eso solo la hacía parecer débil.
    – Concuerdo con usted, Señor. Nikitin -dijo Hannah, cortés como una niña-, pero soy su hermana así que no soy imparcial.
    – Estamos en el mismo hotel, y damos una fiesta allí en un par de horas, apenas unos pocos amigos escogidos -continuó Nikitin-, si usted quisiera unirse.
    Hannah abrió la boca para decir no. Era la última cosa que quería hacer, una fiesta con Nikitin y sus amigos tras de unas puertas cerradas.
    – Una invitación muy generosa, Hannah -dijo Greg, que atravesaba las puertas mientras el ruso emitía su invitación-. Señor. Nikitin. Creo que nos conocimos en París.
    Extendió la mano y Nikitin la tomó.
    – Por supuesto. -Sergei volvió a ser encantador, los dientes blancos destellando, inclinando la cabeza amablemente, la realeza al campesino.
    Hannah encontró interesante como Greg casi lo adulaba. Nikitin esgrimía mucho poder con su dinero y sus conexiones. Pocos querían saber si los rumores sobre él eran ciertos. Tenía dinero, demasiado para saber qué hacer con él. A menudo daba dinero a algún nuevo diseñador y más de una vez había ayudado a construir carreras. Sus fiestas eran famosas y todo el mundo quería una invitación, con la excepción de Hannah. Ella no podía ignorar los rumores porque estar cerca de Nikitin ya era suficiente para revelar la peligrosa manera en que había hecho la mayor parte de su dinero. Aparecía suave y sofisticado, pero tenía las manos metidas en todo, desde drogas hasta asesinatos. Nadie había podido probarlo, y Hannah dudaba sinceramente de que alguien fuera a hacerlo jamás. Conocía a demasiados políticos, demasiados ricos y famosos. Nadie quería saber que era deshonesto.
    – Greg. -Estaba disgustada por la manera en que el hombre estaba dispuesto a vender su alma por una invitación-. Deberíamos irnos.
    Nikitin echó una ojeada a su reloj.
    – Tenemos un par de personas más a las que saludar y después podemos volver al hotel. -Ahora su atención estaba enteramente en Greg.
    – Nos encantaría -estuvo de acuerdo Greg, tomando el brazo de Hannah.
    Esta era una clara indicación de que quería ir. Sabía, al igual que ella, que la invitación dependía de que ella le acompañara. Hannah mantuvo la sonrisa en su lugar. Todo lo que tenía que hacer era llegar hasta la puerta. El balcón ya no se sentía seguro. Ningún lugar alrededor de Nikitin era seguro. Sólo podía seguir con el plan, y tan pronto como estuvieran fuera el portero podría llamar a un taxi.
    Echó una mirada furtiva a Ilya. Parecía la viva imagen del guardaespaldas perfecto, camuflándose con el fondo, sus ojos moviéndose inquietamente, examinando los tejados, las ventanas del edificio al otro lado de la calle. Era realmente fascinante, cómo lo veía todo, lo oía todo, estaba al tanto de cosas que nadie más consideraba siquiera. Estaba totalmente al corriente de que intentaría salir corriendo en el momento en que estuviera fuera del edificio. Esperó que dijese algo, pero Ilya siguió simplemente a Nikitin y a Greg, que la llevaba sujeta del brazo, de vuelta al cuarto.
    El ruido era ensordecedor y la golpeó duramente. La aglomeración de cuerpos le produjo claustrofobia. El cuarto había estado atestado antes de que hubiera salido al balcón, pero ahora apenas había espacio para maniobrar. La gente se gritaban saludos y felicitaciones mientras se abrían paso a través de la multitud. Los dedos de Greg resbalaron de su brazo y ella se marchó rápidamente, dirigiéndose hacia la puerta y la libertad.
    – Hannah -la saludo Sabrina, cogiendo sus manos-. No puedo creer que todavía estés aquí. Se te ve pálida cielo, ¿estás bien?
    – Salgo ahora. Una aparición rápida y me voy -dijo Hannah.
    – Tu marca registrada. ¿Crees que podremos llegar hasta la puerta? Deberíamos haber traído un par de guardaespaldas realmente grandes para protegernos de la aglomeración.
    Sabrina se giró hacia Hannah y empezó a abrirse paso a su manera a través de la multitud.
    – Esperaba que alguien importante me invitara a otro gran acontecimiento, pero hasta ahora nadie importante se ha molestado. Te lo juro, Hannah, tú ni siquiera lo deseas y tienes una carrera impresionante y yo me muero por estar en tus zapatos y no puedo conseguirlo de ninguna manera.
    – Eso no es verdad, Sabrina. -Hannah trataba de ver sobre la masa de personas, juzgando como de lejos estaba de la puerta.
    Era alta, pero había demasiados cuerpos y no podía ver más allá del enjambre de personas que las aplastaban. Miró tras ella. Nikitin e Ilya la seguían rápido, la multitud se apartada para el guardaespaldas. Su agente se apresuraba para mantenerles el ritmo, decidido a que no le dejaran atrás. No era de extrañar que de repente se sintiera enferma de miedo. Estaban tratando de cogerla antes de que huyera.
    Ilya la llamó, separándose de repente de los otros dos hombres y empujando camareros fuera de su camino. El corazón de Hannah se sacudió y giró rápidamente la cabeza alrededor, casi chocando contra Sabrina mientras trataban de abrirse camino hacia adelante.
    – ¿Qué pasa? -exigió Sabrina, echando un vistazo sobre el hombro-. ¿Ese hombre está persiguiéndote?
    – Sí -admitió Hannah, demasiado asustada para mentir.
    – ¿Quién es? -Sabrina metió el hombro en una apertura delgada entre dos hombres y empujó, arrastrando a Hannah con ella.
    – El guardaespaldas de Nikitin.
    – Cielo santo, Hannah, ¿por qué corres? Todos los que son alguien estarán en su fiesta a menos que hicieras algo a Nikitin. No lo hiciste, ¿verdad? -Sabrina se arriesgó a otra mirada rápida-. Nos está alcanzando, muévete más deprisa. ¿Nikitin ha intentado ligar contigo?
    El corazón de Hannah tronó en sus oídos. Con cada paso, el terror la apretaba más fuertemente. Caminó más rápido, chocando contra la gente mientras echaba rápidas y nerviosas miradas sobre el hombro.
    ¡Hannah! ¡Para ahora mismo!
    La orden fue brusca y clara y el dolor quemó a través de su cabeza cuando sintió el latigazo de un hechizo de retención. Lo rompió, girando la cabeza rápidamente hacia la puerta. Estaba justo allí. Libertad. Dos pasos más y estaría fuera, donde podría llamar a las fuerzas de la naturaleza en su ayuda. Chocó con un cuerpo grande y una mano la agarró del brazo para estabilizarla.

    – ¿Por qué no ha vuelto al hotel? -Exigió Jonas, paseando de un lado al otro mientras miraba el televisor-. Cualquier pensaría que comprobaría al menos su teléfono móvil. Ni siquiera revisó los mensajes después del desfile. No necesitaba asistir a la fiesta. Eso no es parte de su contrato, ¿verdad?
    Sarah se hundió en la silla y miró fijamente la pantalla. La fiesta estaba en plena actividad, los periodistas entrevistaban a diseñadores y estrellas de cine antes que a las modelos. Vislumbró a otro par de modelos de pasarela que conocía por el nombre, pero Hannah había desaparecido entre la multitud. Toda la escena era una locura. Música alta, ropas extravagantes, demasiada gente famosa todos rivalizando por la cámara. No había manera de encontrar a Hannah entre la multitud, a menos que el periodista quisiera una entrevista y Hannah nunca concedía entrevistas. Inmóvil, miraba, forzando los ojos.
    Jonas estaba tan nervioso que estaba afectando a la casa de la familia Drake. Las paredes se ondulaban con la tensión que llenaba la casa. Parecía difícil respirar, el aire era demasiado espeso. Sarah no podía apartar la mirada de la pantalla, temerosa de que si lo hacía, algo horrible sucedería.
    – Ahí está Sabrina. -Se incorporó, con los ojos pegados a la oscura mujer de lustroso cabello mientras ésta se abría paso entre la multitud-. Parece que está hablando con alguien más, justo fuera de la vista de la cámara, Jonás. Apostaría que es Hannah y están saliendo.
    La cámara hizo una pasada una vista más amplia y Sarah divisó a Hannah. Parecía que tenía prisa, su larga melena fluía tras ella, su cara estaba tensa mientras miraba sobre el hombro. Varios pasos tras de ella, Ilya Prakenskii arremetía a través de las masas, claramente persiguiéndola. Sergei Nikitin y el agente de Hannah seguían la estela del hombre más grande.
    – Oh, Dios, delante de ti, Hannah -gritó Jonas, de repente apresurándose hacia la televisión-. Delante de ti, maldita sea, mira delante de ti. Oh, Dios, ¡no! ¡Hannah!
    Sacó el arma, un gesto automático, pero no había nada que pudiera hacer mientras Hannah giraba la cabeza y el cuchillo cortaba a través de su cara. Miró impotente, el arco, la determinación del hombre mientras manejaba sin descanso el cuchillo casero. La cara. El pecho. El abdomen. Ella levantó los brazos, una lastimosa defensa contra un loco. El seguía acuchillando y apuñalando, repetidamente, utilizando la fuerza de su cuerpo con cada descenso rápido.
    Jonas oyó un grito crudo y roto de angustia absoluta, supo que había sido arrancado de su alma. Se dejó caer de rodillas, incapaz de estar de pie, impotente para hacer algo y detener el asalto. Tras de él, Sarah chillaba y chillaba.
    La sangre salpicó a la multitud elegantemente vestida y el brazo siguió golpeando, acuchillando y clavándose. Oyó a Sarah vomitar, pero él no podía apartar la mirada.
    Ilya Prakenskii agarró al agresor por detrás, arrastrándolo lejos de Hannah, controlando la mano del cuchillo, girándola con fuerza haciendo que la hoja sangrienta formara un arco y la condujo profundamente contra corazón del hombre. Ilya lo dejó caer, se volvió para tratar de agarrar Hannah antes de que golpeara el suelo. La cámara la siguió, pero el cuerpo de Ilya bloqueó la toma, dejando sólo la imagen de un río de sangre empapando las largas espirales de rizos mientras el periodista trataba de recuperar la calma.
    Jonas se hundió completamente en el suelo, con la mente entumecida, el shock extendiéndose. Echó un vistazo a Sarah. Estaba tendida en el suelo, tan inmóvil como Hannah había yacido, pálida, su respiración superficial, los ojos en blanco. Entonces lo sintió, el peso asombroso del conocimiento cuando las hermanas Drake fueron conscientes de la enormidad del ataque. Oyó gritos de angustia, de una pena tan profunda que igualaba la suya propia.
    Se tocó la cara y supo que las lágrimas caían descontroladamente. Tenía miedo de que quizás nunca fuera capaz de parar. La puerta se abrió de golpe y Jackson se paró enmarcado allí, su cara sombría, la boca un conjunto de líneas duras.
    – Vamos.

CAPÍTULO 7

    Jonas nunca había rezado tanto en su vida. Miraba ciegamente por la ventana del avión, alternando entre sentirse paralizado y perdido, y después golpeado por una furia tan ardiente que le aterrorizaba. Tenía miedo de hablar, miedo de que la rabia saliese de golpe y consumiese a todos los que le rodeaban.
    Apretó las yemas de los dedos con fuerza contra los puntos de presión alrededor de los ojos, esperando que dolor palpitante se aliviase algo. Joley había tenido un jet privado esperando por ellos en el aeropuerto, y sabía que las Drakes estarían volando desde todas partes del mundo, pero ¿cómo podrían llegar a tiempo para salvar su vida?
    Hannah. Susurró su nombre. No me dejes.
    Siempre habían tenido una conexión, desde que podía recordar. La primera vez que ella había entrado en el patio del colegio, flaca, pálida, toda cabello rubio con rizos saltarines por todas partes, supo que había nacido para él. Él era unos años mayor, y se sintió avergonzado por mirar fijamente a una niña tan pequeña, aunque, a los diez años, no la estaba mirando con interés sexual. Fue más bien que supo que era la única, casi desde el momento en que había visitado la casa de los Drake, pero al verla allí, en patio del colegio… simplemente lo había sabido. El conocimiento le había sorprendido, por estar tan seguro. Desde ese momento fue una parte de él, como respirar.
    Por supuesto, ella nunca le había mirado. Demonios. Ni siquiera había hablado con él, no en el colegio en todo caso. Había odiado eso. Una vez se enteró de los ataques de ansiedad y timidez, lo entendió, pero por aquel entonces, había sido demoledor. Había actuado con seguridad alrededor de ella sin importar lo que pasase en su vida. Incluso entonces, había necesitado probar que era más tenaz y más fuerte, para ser digno de Hannah.
    Y en lo más profundo de su corazón, había sabido que era imposible. Nunca sería digno de Hannah. Nadie lo era. Era tan diferente. Hermosa más allá de la razón, pero era mucho más que eso. Dulce. Tan endemoniadamente dulce. Queriendo preocuparse por todo el mundo. ¿Y dónde dejaba eso a un hombre que había vivido la mayor parte de su vida entre las sombras, cazando a los tipos malos?
    Él la conocía. Por dentro y por fuera. La conocía. Era hogareña, no la trotamundos que todos pensaban. Estaba cómoda con un par de vaqueros y una camisa de franela, no con las ropas sofisticadas y elegantes que le sentaban tan bien. Pero aún así él no podía tener a alguien tan bueno que la luz brillaba a su alrededor, no cuando siempre vivía en las sombras. Vive, cariño, por mí, vive.
    – Todavía está viva -murmuró Sarah, como si leyese su pensamiento. Estaba sentada junto a él, con su prometido Damon cogiéndole la mano con fuerza mientras ella concentraba cada gramo de su poder en estar conectada con Hannah. Jonas sabía que todas las Drake lo estaban. Hermanas. Tías. Su madre. Primas. La familia era enorme, como lo eran sus poderes, y Jonas supo sin ninguna duda, que todos estaban centrados en salvar a una persona-. Estamos haciendo todo lo que podemos.
    – Sólo permaneced con ella hasta que lleguemos allí, Sarah. Una vez que esté con ella, podré ayudar.
    – ¿Por qué alguien le haría eso? -Preguntó Sarah, su voz ahogada por el pesar-. ¿Por qué alguien querría herir a Hannah?
    Inmediatamente Damon pasó un brazo a su alrededor y se aproximó para acercar la cabeza a la suya, como si la ayudase a absorber la implacable tristeza.
    Jonas podría haberle dicho que no serviría de nada. Sarah sabía, al igual que él, que quienquiera que hubiese hecho eso no había querido herir a Hannah, había querido destruirla. El ataque había sido espantoso, abrumador, en televisión, un mensaje enviado a millones de personas. El atacante estaba muerto y puede que nunca averiguaran sus verdaderos motivos, o si había sido un acto aislado de violencia demente. Algunos simplemente estaban locos. Con la mente trastornada. Él había visto lo suficiente como para que le durasen toda una vida. A veces no había ninguna razón para que la gente hiciera esas locuras.
    – ¿Con qué prontitud puede llegar Libby aquí? -mantuvo los dedos presionados sobre los ojos, ocultando su expresión.
    – No lo suficientemente rápido -admitió Sarah. Su voz se rompió-. Esto no puede estar pasando. No a Hannah. Ella es tan… -Sacudió la cabeza, presionándose la mano contra sus temblorosos labios-. Me tengo que concentrar.
    – ¿La tienes?
    Sarah se puso rígida. Era la pregunta que se estaba temiendo. Jonas estaba sacudido, destrozado, con un crudo pesar grabado con fuerza en su cara. Creería que tenían posibilidad de salvar a Hannah, si las Drakes la sostenían a su cuidado. Jonas ya no creía en muchas cosas, pero creía en su familia y en el poderoso vínculo que compartían. No le podía mentir, a Jonas no.
    – Lo siento -dijo, con la mayor gentileza posible, cuando en realidad quería llorar un río de lágrimas-. Estaba demasiado lejos para que pudiese alcanzarnos. Ilya Prakenskii la tiene. Estaría muerta sin él, incluso ahora, y la han llevado a la sala de operaciones.
    Jonas se sentó erguido. Por primera vez dejó caer las manos de su cara.
    – ¿Cómo lo sabes?
    – Él habla con Joley y ella nos transmite la información. Joley… -Sarah contuvo un sollozo, presionando su cara contra el hombro de Damon. Al instante él susurró en su oído.
    – Joley le suplicó que no dejase morir a Hannah. Tiene miedo de Prakenskii, así que puedes imaginar como de extrema es la situación para que se ponga en deuda con él. -Estaba divagando por lo asustada que estaba, pero no parecía capaz de detenerse. Necesitaba tanto consuelo como Jonas-. Aún así, él salvó la vida a Hannah. Tú lo viste.
    – También lo vi matar al hombre que la apuñaló. -Lo había hecho con tanta facilidad, tan rápido que el movimiento apenas se registró en la pantalla, tan veloz, practicado y fluído. Jonas sabía que lo había hecho demasiadas veces.
    Ilya Prakenskii. Ahí estaba un verdadero rompecabezas. Jonas había intentado encontrar información sobre él. El prometido de Abbey Drake, Aleksandr Volstov, conocía a Ilya desde la infancia. Prakenskii había sido educado por el estado y entrenado como arma letal, pero a partir de ahí, el rastro se volvía borroso y ningún fisgoneo había revelado en lo que el hombre estaba envuelto en realidad. Aleksandr sospechaba que el actual trabajo de Prakenskii como guardaespaldas de un mafioso era sólo una tapadera de alguna otra cosa, pero si era así, su tapadera era impecable. Jonas, con todos sus contactos, no había sido capaz de encontrar nada. Ilya Prakenskii era una carta al azar, que tenía la vida de Hannah en sus manos.
    Prakenskii podría estar trabajado para su gobierno, o ser realmente un hombre de Nikitin, pero fuera como fuese, estaba entrenado como asesino, y tenía la vida de Hannah en sus manos.
    – No pudo hacer nada más -dijo Sarah-. Sucedió tan rápido. Tenía que detener al hombre.
    Jonas no estaba tan seguro de que un hombre como Prakenskii tuviese que matar. Tenía elección y decidió la muerte para el atacante. ¿Por qué? ¿Venganza… o algo más siniestro? Demonios. Jonas ya no creía en nadie, especialmente no en el hombre que había salvado la vida de Hannah. Tuvo que forzar a su mente a pensar. Era la única forma de permanecer cuerdo hasta que estuviese con ella. Cuando estuviese con ella, el resto del mundo podía irse al infierno, por lo que a él concernía.
    – ¿Trajiste los archivos de los locos? -preguntó a Jackson, que estaba sentado al otro lado del pasillo.
    El ayudante abrió el maletín.
    – Están todos aquí. ¿Crees que el asesino actuó solo? -Jackson lanzó una mirada aguda a Jonas-. ¿Sientes que la amenaza ha pasado?
    A su lado, Sarah dejó escapar un pequeño sonido de angustia.
    – Oh, Dios, Jonas. -Contuvo un sollozo-. ¿Crees que más de un hombre podría estar involucrado? ¿Hannah podría estar todavía en peligro?
    Quería tranquilizarla, hacer que todo fuese mejor. Jonas Harrington, el caballero blanco, salvador del mundo. Demonios, no había salvado a la persona más importante para él.
    Hannah.
    Con la misma podía verla otra vez, en televisión, sonriendo mientras las cámaras disparaban, y la mirada rápida por encima del hombro mientras se avanzaba rápidamente entre la multitud, el giro, la mirada de conmoción, de horror cuando el cuchillo se elevó y cayó.
    El aire en los pulmones de Jonas se quedó atrapado, y permaneció ahí, quemando hasta que pensó que iba a desmayarse. Se había enfrentado a balas, sangre y muerte en el campo de batalla más veces de las que quería contar. Había visto a su madre, una mujer dulce y maravillosa, ser devorada lentamente desde el interior, sufriendo cada momento de su existencia, y no había pensado -no había creído- que pudiese haber más dolor. Más furia. Sentirse -estar- más endemoniadamente desamparado.
    – Jonas. -La voz de Jackson fue brusca y apremiante-. Céntrate. ¿Sigues sintiendo la misma amenaza hacia ella? ¿Fue un tío solo?
    Se aclaró la garganta e intentó dominarse.
    – Es imposible de saber. El peligro es tan fuerte que no puedo decir si es porque está cerca de la muerte o porque todavía hay alguien tras ella.
    Sarah estiró la mano hacia el maletín y sacó algunas de las fotografías, sacudiendo la cabeza mientras las miraba.
    – ¿Por qué demonios consideráis siquiera a esta gente? -Sostuvo en alto dos de las fotografías-. Dudo que un grupo pro-derechos de los animales considerase matarla y continuar enviando asesinos. E incluso el Reverendo con su grupo moral tendría poco que ganar.
    – Permanecerían en las noticias. Quién sabe cómo piensa la gente retorcida, Sarah -respondió Damon, acercándola más. Él había sido una víctima y tenía cicatrices y la pierna que ya casi no le funcionaba para probarlo-. Podría haber una docena de razones, todas perfectamente lógicas en sus mentes. Cualquiera que hace este tipo de cosa está realmente mal.
    Jonas giró la cabeza para volver a mirar fijamente pero sin ver por la ventanilla. Ya nada tenía ningún sentido. Nada salvo Hannah. Había perdido tanto tiempo esperando a que ella hiciese el primer movimiento. ¿Por qué lo había hecho? Tomaba el mando en toda situación, pero no con ella. Porque ella le tenía miedo. Suprimió un gemido. Esa era la verdadera razón. Era una persona que complacía a los demás, que quería que él fuera feliz, quería ver su familia feliz, siempre dando de sí misma, pero nunca tomando. También le quería a él feliz, pero no a costa de sí misma. Y se conocía lo suficientemente bien como para saber que no podría permitirse ser tragada por completo.
    – Tiene genio -murmuró en voz alta.
    Sarah le echó un vistazo.
    – ¿Quién?
    – Hannah. Tiene genio. Y cuando está enfadada, puede causar estragos.
    – Por eso raramente hace algo más que tomarse pequeñas y molestas formas de venganza, como echar a volar tus sombreros por la calle -dijo Sarah.
    – La abrumo, ¿verdad? -preguntó Jonas. Sabía la respuesta. Siempre le estaba ordenando hacer algo. Raramente se lo pedía. Demonios, había sido tan jodidamente miserable con ella en el hospital, que era un milagro que no hubiese sacado una pistola y disparado.
    Sarah sacudió la cabeza.
    – Honestamente no lo sé. Estoy empezando a darme cuenta de que no conozco a Hannah muy bien, Jonas. Pensaba que lo hacía, pero todas las cosas que creía saber sobre ella, bueno, creo que simplemente me dejó ver que lo creía que yo quería.
    – Es tan malditamente hermosa y lista. Puede superarme cualquier día de la semana. -Jonas se pasó ambas manos por el pelo-. Cualquiera pensaría que debe de tener suficiente confianza para diez personas. Parece que la tiene. Es toda no-me-toques, no-me-revuelvas-el-pelo, con su actitud de estoy-tan-jodidamente-por-encima-de-ti-que-nunca-estarás-a-mi-altura.
    – Es tan dolorosamente tímida que tartamudea, Jonas; eso no es algo que dé seguridad a una mujer. -Frotó la mejilla contra el hombro de Damon-. Tuvimos que ayudarla a hacer las apariciones públicas.
    Jonas cerró las manos en dos apretados puños. Eso claramente les debería haber demostrado algo. Si Hannah no podía salir en público sin que sus hermanas la ayudasen, ¿no se les había ocurrido que la tensión sería demasiada para ella? No manifestó lo obvio. ¿De qué serviría? Sarah estaba empezando a darse cuenta por sí misma, y le dolería. Quería a Hannah. Se culparía a sí misma por no darse cuenta de que Hannah no había sido feliz. Todas las Drakes lo harían.
    Hannah. Cariño. Te amo tanto. Tan jodidamente tanto. ¿Alguna vez te lo dije? No lo podía recordar. Le había dado todo lo que era, la había venerado con su cuerpo, ¿pero había pronunciado las palabras? Cobarde. Había sido un jodido cobarde incluso cuando ella se le había entregado.
    – Jonas. -La voz baja de Jackson irrumpió sus recriminaciones-. Te vas a volver loco. Mira estos archivos. Haz lo que se te da mejor. Si Prakenskii eliminó la amenaza hacia ella, bien, pero si hay más, si hay un grupo detrás de esto, vamos a hacer que esté segura cuando se despierte.
    Jackson no había dicho “si” se despertaba. Jonas se aferró a eso mientras cogía uno de los archivos y lo abría para mirar la cara infantil de Rudy Venturi.
    – Este no. Está tan concentrado en ella que nunca la compartiría. En su mente tiene desarrollada una fantasía con ella. -Le pasó el archivo a Sarah-. Léelo, Sarah, mira a ver si sientes lo mismo. -Sarah tenía buena cabeza y un talento para “sentir” cosas a las que él no llegaba. Apostaría lo que fuera a que el ataque no había sido una conspiración que involucrara a Rudy, pero no estaba dispuesto a correr riesgos con la vida de Hannah. Sin importar lo que dijese Sarah, Rudy sería interrogado, pero quizás estaría en los puestos bajos de la lista.
    Jackson le pasó el siguiente archivo abierto, dándole unos golpecitos cuando Jonas lo cogió.
    – Este parece problemático -dijo Jackson-. No me gustan las cartas que ha escrito o las cosas que tiene que decir. Tiene bastantes miembros de su “rebaño” apoyándole y las cartas de esos son más fanáticas que las suyas. El Reverendo cree que Hannah, y las modelos como ella, están tentando a chicas jóvenes a cometer actos perversos, luciendo sus cuerpos y promoviendo la sexualidad y promiscuidad.
    Jonas juró.
    – Menudo santurrón hijo de puta. Es él el que fuerza a chicas jóvenes a actos perversos. Ha estado reuniendo un pequeño harén, chicas de las calles, que se han escapado. Y los hombres de su rebaño no son oveja, más bien lobos. Hasta ahora no hemos sido capaces de pillarlo en nada, pero sospechamos que tiene uno de los negocios activos de drogas más grande.
    – ¿Nikitin se dedica a las drogas? -preguntó Sarah, devolviendo a Jackson el archivo de Rudy.
    – Nikitin tiene la mano metida en prácticamente todo, pero Tarasov, su mayor competidor, dirige la mayor parte de los negocios en Rusia -dijo Jonas. No quería hablar sobre Boris Tarasov, no después de haber visto el material explosivo que había habido en la película que él y Jackson habían entregado a su comandante. Karl Tarasov y los hermanos Gadiyan habían conseguido salir del país, pero Petr había sido capturado tranquilamente cuando intentaba escapar, y estaba siendo retenido en un lugar no revelado. Con toda seguridad Jonas no quería saber su localización, pero quería enterarse de quién había sido el traidor dentro del Departamento de Defensa.
    – ¿Alguno de estos archivos tiene algo que ver con alguno de los rusos? -insistió Sarah-. Quizás Nikitin estaba ahí por alguna razón.
    – Nikitin tiene una razón para todo lo que hace -estuvo de acuerdo Jonas-, pero ninguno de ellos ha amenazado nunca a Hannah, o se ha comunicado con ella. Y ella no tiene ni idea de drogas, así que podemos eliminar a los rusos. A menudo Nikitin asiste a fiestas destacadas, en particular a las de la industria de la música y la moda. Creo que es seguro decir que fue allí para ser visto, más que para ver a Hannah. -Pero no estaba descartando nada por completo. Todos eran sospechosos, incluso Ilya, especialmente Ilya.
    – También quiero echar un vistazo más de cerca al Reverendo -dijo Jonas-. Sarah, estudia su carpeta y dime si percibes alguna sensación de ella. -Le puso la carpeta en el regazo.
    – Te puedo decir que es repulsivo -dijo ella, su mano se deslizaba sobre los papeles-. Y no se opone a la violencia, ni al dinero. También tiene una fijación con Hannah y Joley.
    – Genial. -Jonas se frotó las sienes palpitantes.
    Sarah tomó aire.
    – Tiene una pared con imágenes y artículos de nuestra familia. Puedo verla.
    – Me pones muy nervioso cuando haces eso -dijo Damon-. Nunca me voy a habituar a esto. ¿Estás segura, Sarah?
    Ella asintió.
    – Para alguien como el Reverendo, mi familia debe ser lo más cercano a Satán que se pueda encontrar en esta tierra. Si ha descubierto que alguna de nosotras puede hacer las cosas que hacemos, puede ser razón suficiente para agitar a sus seguidores a la violencia.
    – Hubo un breve momento durante una entrevista con un reportero en que citó algo de la Biblia acerca de que cada uno recibe lo que cosecha -apuntó Damon-. Parecía muy devoto.
    – Santurrón gilipollas -gruñó Jonas-. Ponlo a la cabeza de la lista.
    – Este otro está en Deja que los Animales Vivan Libres, el grupo DAVL. Han hecho bastantes amenazas contra Hannah desde que los rechazó cuando le pidieron que fuese su portavoz. Tienen mucha pasta y una reputación desastrosa gracias a ella y a un amigo suyo reportero de investigación. Tienen la fama de ser violentos, todo en nombre de los derechos de los animales, por supuesto, y sabemos que algunos miembros del grupo la han amenazado muchas veces. -Jackson le pasó a Jonas la carpeta-. Creo que tenemos que examinarlos a fondo. Uno de los hombres que presentó pruebas contra ellos, Benjamin Larsen, desapareció el verano pasado.
    – Es el que se deshacía de los cuerpos de los animales, y se estaba llevando partes de tigre y vendiéndolas en el mercado negro. -Jonas forzó a su mente a recordar, a pensar en algo que no fuese Hannah, yaciendo tan cerca de la muerte. Apenas podía concentrarse con el ruido en sus oídos y la protesta latiendo salvajemente en sus tripas.
    – Exacto. Un negocio muy lucrativo hoy en día. La piel, las partes del cuerpo, pueden valer una fortuna si uno sabe lo que hace. DAVL protestaba contra un refugio de animales, obtenía un mandato judicial, sacaba a los animales y les practicaba la eutanasia tan pronto como los periodistas se iban. DAVL afirma que nunca han recibido ni un céntimo por la muerte de los animales, pero Larsen afirmó que las mascotas eran entregadas a centros de investigación y los grandes felinos fueron vendidos por partes en el mercado negro.
    – Eso es horroroso -dijo Sarah.
    – ¿Cómo demonios se vio Hannah involucrada? -preguntó Damon.
    Jonas suspiró.
    – Cuando les dio la mano, percibió todo tipo de imágenes y partió de ahí, pidiéndole a un amigo periodista de investigación que rebuscase. Todo el lío se descubrió y fue un escándalo enorme. DAVL lo minimizó, tienen mucha influencia política. A los políticos y celebridades les gusta la imagen de salvar la vida salvaje y DAVL es muy bueno consiguiendo publicidad. Les echaron la culpa a algunos miembros demasiados entusiastas y contrataron a una importante empresa de publicidad para cambiar por completo su imagen. Pero desde entonces Hannah ha estado recibiendo cartas.
    Hannah. Ella había llorado ante el conocimiento, ante las impresiones que había obtenido cuando le había dado la mano al presidente. Jonas la había encontrado en la playa con lágrimas cayéndole por las mejillas. Fue una de las pocas veces que se atrevió a abrazarla. Encajaba tan perfectamente en su cuerpo, hecha para él, ese era su lugar. Quiso matar a todos los dragones para evitar que derramase más lágrimas.
    Había sido suave y cálida, y totalmente femenina, su cabello había fluído alrededor de ellos como la seda. El mar había estallado en columnas tormentosas de espuma blanca, golpeando contra las rocas en armonía con su propia tormenta salvaje de lágrimas. El viento se había arremolinado en torno a ellos, apartándolos del resto del mundo, haciéndole sentir como si estuviesen solos y juntos, el sol pasando por cada matiz de rojo y naranja, una bola gigante y brillante vertiendo oro fundido en el agua revuelta. Todo había sido precioso y maravilloso, y tan correcto que le dolía cada vez que pensaba en ello, todo en Hannah era mágico, incluso sus lágrimas.
    Jonas apartó la vista de Jackson, asegurándose de no tocarle. Sabía que Jackson era un poderoso psíquico, su talento era distinto al de las Drakes. Siempre se había preguntado si Jackson podía leer a la gente, captar pensamientos de ellos, pero Jackson prefería el silencio a hablar. Raramente desvelaba algo sobre sí mismo. Ciertamente nunca hablaba sobre sus dones psíquicos.
    Jonas se sentía roto, incapaz de dejar de estar afligido por Hannah. No necesitaba que Jackson viera su interior hecho pedazos, que viera la profundidad de sus sentimientos y necesidad por Hannah.
    – Así que el DAVL va a la cabeza de la lista de sospechosos -dijo Damon.
    – Deja que Sarah lo “lea” -dijo Jonas.
    – Casi tengo miedo -dijo Sarah, y de mala gana cogió la carpeta del regazo de Jonas. Le temblaban las manos-. Estoy percibiendo un montón de cosas mezcladas. Muchos de ellos están auténticamente comprometidos a salvar a los animales. Desafortunadamente hay un par que están usando la organización para sus propios fines, que son básicamente dinero y poder. Y sí, hay odio hacia Hannah. Puedo sentirlo, pero no te puedo dar un nombre. Lo siento masculino y femenino, así que hay más de uno. Podría ser una conspiración. -Hizo una mueca-. Lo siento, Jonas, hay demasiada gente para conseguir una buena lectura, y de todos modos son todo impresiones.
    – Lo estás haciendo genial, Sarah.
    Parecía pálida y cansada. Jonas esperaba no tener ese mismo aspecto, destrozado y expuesto, y tan malditamente vulnerable a la vista de todos. Sacó de repente sus gafas de sol y se las puso en la nariz para esconder sus ojos, temeroso de que estuviesen tan rojos como los de Sarah. Le quemaba la garganta, se sentía como si tuviera arena encajada en el interior. Estaba hecho un desastre, y se suponía que era la persona con la que las Drakes podían contar.
    Hannah. Cariño. No me dejes. Quizás si lo decía un millón de veces, si lo lanzaba al universo, de alguna forma ella lo escucharía. Sabría todas las cosas que le debería haber contado. Como que ella era su cordura. Era magia pura. Todo lo que había soñado, lo que siempre había querido. Era la mujer que le hacía estar completo. Le hacía reír, le calmaba, le enfadaba, le daba una razón para volver a casa de una pieza. ¿Me escuchas, Hannah? No te vayas. Espera por mí. Quédate conmigo.
    Incluso su corazón dolía. Dolor físico. ¿Cuántas veces había ido a una casa y contado a los ocupantes que un ser querido había muerto? Había habido dolor en sus caras, emociones tan devastadoras que había abandonado la casa enfermo… y había acudido junto a Hannah. Se despertaría con pesadillas de esto. Nunca superaría la imagen de alguien acuchillando a Hannah, con una mirada cruel y decidida. Dudaba que alguna vez le permitiese alejarse más de metro y medio de él.
    – ¿Por qué demonios no evité que fuera?
    – No sigas, Jonas -dijo Sarah con suavidad-. Ni siquiera pienses en ello. Hannah firmó un contrato. Tenía un compromiso. Incluso si no deseaba ir, habría mantenido su palabra.
    – ¿Quién va después? -Preguntó Damon-. Tienes un montón de carpetas ahí.
    Jackson estiró la mano hacia el maletín.
    – Permanece concentrado, Jonas.
    Jonas sintió el maletín entre las manos, supo que se lo había arrancado a Jackson de las manos.
    – ¿Me quieres jodidamente concentrado? -lanzó el maletín por el pasillo y lo siguió, golpeándolo con fuerza con su bota, después se giró para estampar un puño en el asiento vacío más cercano.
    Un estruendo tronó en sus oídos, los ojos le quemaban, sentía la garganta descarnada.
    – ¿Qué demonios hay sin ella? Dímelo, Jackson. Dime qué coño voy a hacer sin ella. Porque no lo sé. -Entonces levantó la vista, desamparado, perdido-. Estaba ahí de pie mirándola, mirándola, mientras ese bastardo la trinchaba. -Estiró las manos-. ¿Qué pasa conmigo y las mujeres que amo? -Se dio la vuelta y marchó furioso por el pasillo hacia la parte trasera del avión, dejando a los demás sentados en un silencio asombrado.
    – Maldición -dijo Jackson-. Está perdiendo los nervios, Sarah.
    – Esto es muy cercano a casa para él. Ya sabes como ha sido su vida, su madre, ¿verdad? No puede soportar que las cosas estén fuera de su control.
    Damon le apretó el hombro.
    – Siempre he sido curioso.
    – Padres muy ricos. Le dejaron una fortuna y una propiedad preciosa. Ya eran mayores cuando lo tuvieron, y siempre habían deseado tener niños. Ambos le adoraban. Su padre murió cuando él tenía cinco años, y para cuando tuvo seis o siete, su madre estaba prácticamente confinada a una cama. Él se encargaba totalmente de dirigir su casa. Hacía la compra, pagaba las facturas, le leía a su madre, como si fuese mayor. Era de locos.
    Se frotó las sienes.
    – No estoy explicando esto muy bien. Después de dar a luz, el sistema inmunológico le falló por alguna razón. Los médicos dijeron que había sido un suceso traumático y que su cuerpo había reaccionado ante él, pero en realidad nadie lo sabe. Desde ese momento fue muy frágil, pero ella se negó, se negó absolutamente a dejarse vencer por la enfermedad. Jonas se ocupó de las responsabilidades porque está en su naturaleza y porque la quería… ella le pertenecía. Era su familia. Al final le diagnosticaron un cáncer. Fue horriblemente doloroso, pero tenía una voluntad de hierro. A Jonas casi le mató no poder evitar su sufrimiento. Venía a nuestra casa cuando la cosa se ponía tan mal que no podía mirarla o pensar más en ella.
    Damon echó un vistazo a la parte trasera del avión, hacia el cuarto de baño.
    – ¿No deberías hablar con él?
    – ¿Qué puedo decirle? Sabe tan bien como yo que las posibilidades de salvar a Hannah son muy pequeñas. Estábamos allí. Mirando. Hannah es su familia. El amor de su vida. Es lo que le hace querer levantarse cada mañana. Se pertenecen. Se siente completamente impotente, y para Jonas, no hay nada mucho peor cuando se refiere a alguien a quien ama. Todo esto -señaló a los archivos-, no importará si ella muere.
    Golpeó la cabeza contra el asiento.
    – ¿Por qué no me enseñaría estos archivos antes?, cuando estuvo tan desagradable con respecto a que ella fuera a trabajar. Le podría haber apoyado.
    Le pasó uno a Damon.
    – Mira esto. Esta es una mujer que acosó a Hannah durante unos diez meses. Se emitió una orden de alejamiento y la mujer se volvió un poco loca, y destrozó una colección de ropa de la que Hannah era modelo. Cómo se coló entre bastidores nadie lo sabe, pero Hannah no estaba en el edificio; ya se había marchado.
    Jonas reapareció, quitándole el archivo de las manos y sentándose a su lado.
    – La puse en prioridad alta porque usó un cuchillo, fue capaz de traspasar la seguridad, y hace poco salió de prisión. El diseñador la denunció y fue encarcelada. -Jackson puso el archivo en manos de Jonas-. Su nombre es Susan Briggs, es de mediana edad, parece normal pero obviamente está enferma.
    – Definitivamente no está del todo bien y es capaz de una violencia extrema. Oye voces, probablemente esquizofrénica. Ponla en el montón de alta probabilidad. -Sarah intentó mantener la voz serena incluso cuando lo que quería era rodearle con los brazos y consolarle-. Deberías haberme mostrado todo esto.
    Jonas bajó la mirada hacia ella y Sarah hizo una mueca de dolor. Ella sabía que los archivos existían. Probablemente Joley tenía más. No había querido saberlo porque no quería ser como Jonas, siempre con miedo por ellas, enfadada con ellas, queriendo que se quedasen en casa y estuvieran a salvo. Quizás había sabido todo el tiempo que estaban ahí, tantos locos, atraídos por el glamour del trabajo de Hannah y su belleza inmaculada.
    – Oh, Jonas, lo que le hizo ese hombre. -Sarah se presionó ambas manos sobre el rostro-. No puedo soportarlo. Incluso si vive…
    – Vivirá -dijo Jonas-. Eso es todo lo que importa. No puedes pensar en ninguna otra cosa. -Porque él no podía. No podía permitir a su mente contemplar eso otra vez. No sabía lo que haría si sucedía lo peor.
    – Pero Hannah es tan diferente. Frágil y amable. ¿Cómo conseguirá superar el trauma de un ataque de este tipo?
    Damon la envolvió entre sus brazos.
    – Hannah es más fuerte de lo que piensas. Se repondrá de esto. Espera y verás. Es una Drake por los cuatro costados y nos tiene a todos para ayudarla. Lo superará.
    Sarah miró a Jonas. Supo instintivamente que si alguien iba a ayudarla a superar esto, ese sería Jonas… ¿pero quién le ayudaría a él? Nunca le había visto tan cansado. Hasta la fecha nada había sacudido la confianza de Jonas en sí mismo, pero se había comportado como un salvaje, fuera de control, asustándola tremendamente en los momentos posteriores al ataque de Hannah. Se había puesto como loco, destrozando la habitación, aplastando cosas, su cara tan contorsionada de angustia que ella había sido capaz de dejar a un lado su propio dolor desenfrenado para ayudar a Jackson a controlarle. Y todavía podía ver -y sentir- la furia salvaje ardiendo ahora en él. De nuevo la había puesto bajo control, pero podía surgir a la menor provocación.
    No había duda de que Jonas amaba a Hannah. Nunca había habido duda en la mente de nadie salvo en la de Hannah, pero nadie había conocido la fuerza de ese amor, la necesidad profunda y arraigada que tenía de ella. A Sarah todavía se le hacía difícil mirarlo, estaba tan devastado. Jonas. Su roca. Quebrada en tantos trozos. Manteniéndose unido por pura fuerza de voluntad.
    – Necesitamos a tus hermanas. Libby tiene que llegar rápido. -Jonas se pasó ambas manos por el pelo-. Viene de camino a casa, ¿verdad?
    Sarah asintió. Libby era una sanadora. Jonas sabía que podía realizar lo que prácticamente equivalía a milagros. Le había salvado la vida a él con la ayuda de las otras hermanas Drake, pero no iban a llegar a tiempo esta vez. Ninguna de ellas. Si Ilya Prakenskii no podía mantener a Hannah, estaría perdida para ellos. Jonas necesitaba desesperadamente creer que Sarah y sus hermanas podían salvar a Hannah, pero ella necesitaba creer que Prakenskii podría hacerlo.
    – Dime lo que sepas sobre el guardaespaldas. ¿Quién es Sergei Nikitin y qué hace exactamente Prakenskii para él? Y Jonas, esta vez, dime la verdad. Sé que sabes más sobre él de lo que dejas entrever. No me importa si es un gran secreto de estado, tengo que saber quién es. Ahora mismo es todo lo que tenemos.
    – Puede que sea Abbey la que consiga algo de valor sobre Prakenskii -dijo Jonas-. Ya te dije que me había encontrado con un muro de piedra cuando intenté averiguar más sobre él. Usé todos los contactos que tenía en el Departamento de Defensa y también en los Rangers del Ejército, y no conseguí nada. El tipo no es lo que aparenta ser, y tiene capas y capas de protección alrededor de su archivo.
    Sarah permaneció en silencio, sus pequeños dientes mordían el labio inferior mientras repasaba la información en su cabeza.
    – ¿Y qué pasa con Sergei Nikitin? ¿Qué sabes de él?
    – Es un tipo totalmente distinto de pez, un pez gordo. Nadie ha sido capaz de pillarlo con nada, ni en este país ni en Europa. Interpol lleva varios años intentándolo. Surgió fuerte de una guerra territorial bastante sangrienta. Los botines estaban divididos de varias formas hasta que de repente apareció él en escena, y después de una batalla muy desagradable entre facciones, Sergei Nikitin y Boris y Petr Tarasov permanecieron en el puesto. Hay otros, pero no como ellos. Los que quedaron se dividieron entre las dos familias y el resto es historia. Ambas familias son extremadamente violentas, dispuestas a matar y torturar para dejar clara su idea, la cual es básicamente que será mejor que nadie se meta con ellos… y nadie lo hace.
    – ¿Son amigos?
    – Hacen negocios juntos, pero no, mantienen una actitud hacia el otro. Ha habido algunas matanzas entre las dos facciones, pero la mayor parte del tiempo, se dejan en paz los unos a los otros
    – ¿Alguna de las modelos consume drogas? -le preguntó Jackson a Sarah-. ¿Alguna vez te mencionó Hannah que estaba preocupada por alguna? Podría captar eso al trabajar tan cerca de ellas. O quizás alguno de los diseñadores. Traen ropas y profesionales de todas partes del mundo.
    Sarah dejó caer la cabeza hacia atrás contra el hombro de Damon.
    – Mencionó que sucedía. Sobre todo a las chicas que las consumían. Dijo que no iban a triunfar en el negocio. Algunas empezaron a tomarlas para estar delgadas. Es el riesgo del trabajo, como los trastornos alimenticios. Es demasiada presión, Jonas.
    Jonas tomó aire profundamente. No le importaba nada el trabajo o por qué alguna de ellas decidiría tomar drogas. Sólo le importaba el hecho de que involuntariamente alguna hubiese puesto a Hannah en una situación peligrosa.
    – Cuando llegue Libby, si Hannah todavía está viva, puede volver a arreglarlo todo, ¿no? -Jonas no estaba seguro de lo que quería decir, pero tenía que preguntar, que estar tranquilo-. Dime que puede hacerlo.
    – Si Hannah todavía está viva, nos uniremos y la ataremos a nosotras -dijo Sarah-. Eso es lo que te hicimos a ti, usando la conexión que tiene Hannah contigo.
    Hubo un corto silencio.
    – No sé qué quiere decir eso. Estoy conectado con todas vosotras. -Jonas frunció el ceño y se volvió a frotar la cabeza.
    Sarah presionó ambas manos contra su cabeza antes de que él pudiese protestar. Una calidez fluyó de ella a él, eliminando el latente dolor de cabeza.
    La apartó de golpe.
    – ¿Qué haces? Guarda tus fuerzas para Hannah.
    – Lo sé, pero no pude evitarlo -admitió Sarah-. Sí, todas estamos conectadas a ti, Jonas, pero no como Hannah. Tu vínculo con ella es uno de los más fuertes que he visto. En nuestra familia, desarrollamos conexiones muy fuertes con nuestros compañeros. Mamá y Papá tienen un vínculo tremendo entre ellos. Todas bromeamos y decimos que está forjado en acero, pero Hannah y tú… -su voz se apagó.
    – ¿Qué pasa con nosotros?
    – Esto va a sonar estúpido, pero creo que vuestras almas están conectadas. Estabas casi muerto cuando te alcanzamos, Jonas, cuando te dispararon hace unos meses. Ciertamente yo no podía llegar hasta ti, y creo que ni siquiera Elle podía. Lo intentó, todas lo hicimos. Nos unimos y te alcanzamos, pero fue Hannah la que te cogió con rapidez. Ella estaba segura de que había sido Elle, pero no fue así. El resto de nosotras supimos que era ella.
    – ¿Cómo es que ella no lo supo?
    – Cuando nos unimos en un círculo, nuestra energía fluye de una a otra. Es difícil diferenciarnos, y ella estaba muy distraída. Hannah es muy característica para el resto de nosotras.
    – Así que si formáis vuestro círculo de energía, podéis salvar su vida.
    – Prakenskii está haciendo eso. Cuando estemos juntas podremos cogerla.
    – ¿Y el trauma y las cicatrices?
    Sarah se encogió de hombros.
    – No tengo idea de lo que podremos o no podremos hacer. Tendremos que vigilar a Libby. Tiene la tendencia de ir demasiado lejos y Hannah se resistirá si piensa que una de nosotras está siendo lastimada en el proceso de curarla. Los poderes de Hannah son fuertes, Jonas. Si lucha contra nosotras, todas podemos tener problemas. Es más fuerte que muchas de nosotras y siempre nos cuida.
    – Deja que yo me ocupe de eso. Hannah cooperará.
    Sarah le miró bruscamente.
    – ¿Qué significa eso?
    – Significa que ahora mismo está en un estado débil y que no va a tener ninguna opción. Puede enfadarse por ello cuando esté al cien por cien. Hasta entonces podría vivir con una dictadura.
    – No vayas tan lejos -le aconsejó Sarah. No sabía de lo que Jonas era capaz con Hannah. Tenía talentos ocultos que raramente reconocía, pero estaba seguro de que podría forzar la cooperación de Hannah, y eso era algo de lo que ni siquiera Sarah estaba segura.
    – El avión está a punto de aterrizar -dijo Jackson recogiendo los archivos y volviendo a meterlos en el maletín-. Habrá un coche esperando para llevarnos al hospital.

CAPÍTULO 8

    – ¿Está viva? -exigió Jonas al acercarse a los rusos en la sala de espera. A su lado, Sarah se apoyaba pesadamente en Damon.
    Ilya Prakenskii asintió con la cabeza, se tambaleó y estiró la mano para estabilizarse apoyándose en la pared.
    – Ha estado en cirugía varias horas, pero la acaban de llevar a recuperación. Está en estado crítico y muy débil. -Le echó un vistazo a Sarah-. Más vale que tus hermanas lleguen pronto.
    – Todas están en camino. Al igual que mamá y papá y mis tías.
    – No me gusta la sensación aquí, Harrington. El representante de Hannah está allí. -Ilya señaló a un hombre esbelto con un traje gris hablando con la policía-. Está bastante trastornado.
    Sarah agarró a Jonas cuando éste dio un paso agresivo hacia el representante, y se aferró firmemente al sentir que un temblor le recorría.
    – No, Jonas. Estás realmente afectado y podrías hacerle daño. No quiero que nos echen de aquí.
    Estudió a Prakenskii de cerca. Era un hombre guapo en cierta manera dura. En ese momento su cara estaba surcada por líneas de cansancio por sujetar a Hannah.
    – ¿Te vas a derrumbar? -Había visto a su hermana Libby, con el mismo tinte gris, el cuerpo temblando de cansancio y los ojos hundidos. Prakenskii estaba mostrando los clásicos signos de sobrecarga psíquica. Había gastado demasiada energía en mantener a Hannah viva.
    – Si la vamos a salvar, tendrás que ayudarme -admitió Prakenskii, hundiéndose en la silla de la que se había levantado cuando se habían acercado-. Está tan cerca de la muerte que no estoy seguro de que le podamos dar tiempo suficiente hasta que llegue tu familia. Hice lo que pude en la escena, pero había tantas heridas, tanta pérdida de sangre, y ella ya se estaba yendo. Casi no tuve oportunidad de vincularme con ella. -Levantó la mirada hacia Jonas-. Pronunció tu nombre Harrington. Incluso con la garganta cortada en dos, quería que estuvieras allí.
    El corazón de Jonas se encogió en respuesta, una dolorosa constricción que le robó todo el aire de los pulmones. Lo había llamado. Buscado. Necesitado… y él no había estado allí. Todo este tiempo había pensado que la podía mantener fuera de peligro, pero aún así éste la había encontrado. Irónicamente, el peligro no tenía nada que ver con él. Todos esos años perdidos, todo ese tiempo. Había sido parecido a un mártir, manteniéndose lejos por el bien de ella, y Hannah había ido a trabajar, había hecho su trabajo y un loco la había atacado. Debería haber estado con ella. Su nombre era la última cosa… la única, que ella había dicho.
    Tragó con fuerza y empujó a un lado el pesar.
    – ¿Te han dado alguna indicación del tiempo que puede llevar esto?
    – Ha estado ahí durante horas. Han salido dos veces para decir que está viva. -Obviamente para Prakenskii era agotador hablar-. Hace sólo unos minutos nos comentaron que estaba en recuperación pero… -Su voz se apagó.
    – ¿Pero qué? -exigió Jonas.
    – No saben qué la mantiene viva. Ha perdido tanta sangre que les preocupa el daño cerebral. Ninguno de ellos cree que sobreviva más allá del siguiente par de horas.
    – Tú la estás manteniendo viva -dijo Sarah-. Por eso no está muerta. -Se hundió en la silla que había frente a la de él-. A medida que lleguen los otros, se irá aligerando la carga que soportas. Gracias por salvarla por nosotras. Permíteme ayudarte. Puedo conectar contigo. -Hizo el ofrecimiento sin vacilar. Eso daba a Prakenskii una ventaja decisiva si decidía utilizarla porque, una vez conectado con Sarah, tendría otro camino que seguir hasta la fuente de energía de las Drakes, pero eso ahora no importaba. Lo único que importaba era mantener viva a Hannah.
    Asintió con la cabeza y ella se sorprendió -porque si se abría a sí misma y a su magia a él- él tendría que hacer lo mismo con ella. Sarah se acomodó en la silla, mirándole de frente, y tomó aire profundamente, permitiendo que su mente que se abriese, que alcanzase, se estirase y se fundiese.
    Prakenskii la miró directamente, sus ojos cambiando a un profundo azul verdoso. Por un momento se quedó aturdida por el vibrante color, como si el mar se hubiese vuelto turbulento, pero entonces el color se arremolinó y oscureció y se encontró mirando unos espejos vacíos e insondables. No había forma de “leerle”. Ilya Prakenskii permanecía como un libro cerrado, y eso era prácticamente imposible estando vinculados. Debería haber sido capaz de leerle de la misma forma que seguramente la estaba leyendo él.
    Podía sentir su cansancio y desgaste. La lucha por mantener a Hannah con vida le estaba costando buena parte de su tremenda fuerza, aunque su apariencia física no reflejaba la extrema situación. Estaba luchando con todo lo que tenía para mantenerla viva, y su fuerza estaba definitivamente menguando. Tanteó dentro de su mente buscando el camino hacia su hermana. El dolor la golpeó, rasgando por su mente y desgarrando a través de su cuerpo haciendo que fuera lanzada hacia atrás, lejos de Prakenskii.
    Sarah jadeó y se dobló.
    – No debería estar sintiendo nada. Está inconsciente, ¿verdad? -Miró a Ilya-. ¿Lo está?
    – Parece estar inconsciente, pero está más cerca de la superficie de lo que debería porque está esperando por él. -Ilya señaló a Jonas.
    La respiración de Jonas se quedó atrapada en sus pulmones. Eso sería tan propio de Hannah. No se dejaría ir con facilidad, no si de ella dependía.
    – Vas a tener que entrar con ella -dijo Sarah-. Haz que te dejen, Jonas. No puede soportar esta clase de dolor y sobrevivir. Ve a sentarte con ella, y el señor Prakenskii y yo la sostendremos hasta que llegue la familia.
    Jonas asintió y se marchó para buscar a la jefa de enfermeras. Requirió un montón de persuasión así como mostrar su placa y mencionar varias veces el peligro, pero siempre había sido un hombre persuasivo, de modo que se encontró entrando en la habitación donde Hannah yacía totalmente quieta, rodeada de máquinas.
    Jonas se hundió en el asiento junto a la cama. La mayor parte del cuerpo de Hannah estaba envuelto en vendas. Su cara estaba hinchada y azulada por los golpes. Una sola sábana le cubría el cuerpo. Bajo ella se la veía muy delgada y pequeña, para nada la alta e imponente mujer que era Hannah Drake. Sus pestañas imposiblemente largas descansaban en gemelas medias lunas sobre sus clásicas facciones, pareciendo incongruentes junto a la gasa manchada de sangre.
    Su corazón se encogió con tanta fuerza que pareció que estaba en un tornillo de sujeción -un auténtico dolor físico- y se presionó la mano con fuerza contra el pecho mientras levantaba la sábana para inspeccionar el cuerpo de Hannah. Estaba vendada como una momia, del cuello para abajo. Se tragó la bilis que subió cuando notó que había sido rajada en el cuello así como en la cara, torso y abdomen. Su atacante había sido tan cruel como había parecido en televisión. Jonas había esperado que fuese por el ángulo de la cámara, pero resultaba obvio que el hombre había estado decidido a matarla.
    Sus tripas se anudaron en tensos nudos, y su garganta ardió con crudeza. Se hundió en la silla que había sido colocada junto a la cama y la recorrió con la mirada, buscando un lugar en el que pudiera tocar su piel, y no la espantosa gasa gruesa que parecía estar en todas partes. Sus manos y brazos estaban vendados, así como todo lo demás. Sabía que tendría heridas defensivas, las había visto suficientes veces en víctimas, pero por alguna razón no estaba preparado para verlas en Hannah.
    Jonas tragó varias veces mientras deslizaba con cuidado su mano por debajo de la femenina vendada. Sólo las puntas de los dedos asomaban. Le elevó la mano con gran cuidado, y se acercó los dedos a la boca. Tenía que besarla, tocarla, encontrar una forma de acariciarla. Necesitaba contacto piel con piel porque tenía que tener una prueba palpable de que estaba viva y seguiría así. Su respiración parecía demasiado superficial, su torso apenas elevándose y bajando bajo la fina sábana, incluso con el ventilador.
    – Hannah, nena, me estás rompiendo el corazón. -Simplemente mirarla le dolía. No podía imaginar a nadie haciéndole daño de esta forma. ¿Qué había hecho que fuera un crimen tan grande? Era tan hermosa con su piel inmaculada y su cabello poco corriente, y alta, elegante, con una figura tan clásica, y sus facciones habían atraído la atención hacia ella. ¿Realmente alguien querría matarla por ser tan hermosa?-. Nada tiene sentido -murmuró, escuchando a las máquinas respirar por ella.
    Bajó la cabeza sobre la cama mientras los olores y sonidos asaltaban sus sentidos. Su estómago saltó, protestó. Hannah estaba conectada a máquinas. Su querida Hannah con su risa y su genio y su truco tonto de tirarle los sombreros con el viento. Tenía un armario lleno de sombreros, y a veces la provocaba a propósito, sólo para sentir el toque de su viento. Su toque. Femenino y suave lleno de su perfume particular. A veces imaginaba que sentía sus dedos acariciándole la cara, trazándole la mandíbula, y entonces el golpe de viento le arrancaba el sombrero, pero ese sólo momento que le paralizaba el corazón valía la pena.
    – Sabes que tienes que vivir por mí, Hannah -dijo en voz alta, volviendo a sentarse. Le besó la yema de los dedos, los introdujo uno por uno en la calidez de su boca. Le dolía por ella… por él-. No puedo imaginar mi vida sin ti en ella -susurró-. No habría propósito para mí. -No era un hombre poético, pero tenía que encontrar una forma de que ella lo entendiese. Le parecía tan importante que entendiese lo que significaba para él. Todo lo bueno en su mundo yacía en esa cama con una máquina respirando por ella.
    Se inclinó más cerca.
    – ¿Hannah? ¿Puedes oírme? -Su cara estaba parcialmente cubierta por vendas, y ver sus pestañas descansando tan gruesas contra su pálida piel hizo que le ardieran los ojos-. Debería habértelo dicho hace mucho tiempo. -Se pasó una mano por el pelo y le depositó varios besos en la masa de cabello en la cima de su cabeza.
    Había tantas cosas que debería haber dicho… que debería haber hecho. Tiempo perdido. Ahora no podía pensar por qué, sólo que no le había dicho lo mucho que le importaba. Si tan preocupado estaba por ella a causa de las cosas que había hecho -y hacía- en su vida, debería haberlo dejado. Ella era más importante. No tenía respuestas o preguntas. Solo podía rezar porque, al final, ella era todo lo que realmente importaba.
    Jonas, sabía que vendrías. Es demasiado difícil hablar en voz alta.
    La voz de ella en su cabeza le sacudió. Se acercó más, tocándole el pelo, besando sus dedos, intentando hacerle saber que estaba allí y no se marcharía.
    – Estoy aquí, dulzura. Aquí mismo contigo. ¿Puedes oírme? No voy a ir a ningún sitio. -Tenía un tubo bajando por la garganta, una buena razón para no poder hablar en voz alta. ¿Lo sabría ella?-. ¿Recuerdas lo que pasó? Estás en el hospital. Necesitas descansar y aguantar hasta que llegue tu familia.
    ¿Estás bien?
    Su corazón dio un vuelco. Era tan propio de Hannah, preguntar si él estaba bien cuando ella estaba luchando por su vida.
    – Miedo. Tengo miedo, Hannah. Tienes que aguantar hasta que llegue tu familia. Libby está de camino al igual que las otras. Todas están viniendo, Hannah, porque eres importante para nosotros y no podemos perderte. Yo no puedo perderte.
    Tenía que decirte que lo siento.
    Su corazón casi se paró.
    – ¿Que lo sientes? No tienes nada por lo que disculparte. -Le besó de nuevo los dedos, presionándolos contra su boca-. Yo soy el que debería haber estado allí contigo. ¿Recuerdas lo que pasó?
    Recuerdo haber estado asustada y entonces hubo dolor, tanto dolor.
    Su voz se rompió y él sintió el dolor derramándose en su interior como si hubiese tanto que ella no lo pudiese contener en su frágil cuerpo.
    – Descansa, Hannah, ve a dormir y deja que Prakenskii y Sarah te sujeten hasta que tu madre y hermanas lleguen. Sólo ve a dormir. Estaré aquí mismo. -No quería que se durmiese, quería que continuase hablando. Era aterrador que no hubiese abierto los ojos y que pudiera estar imaginando la conversación porque necesitaba oír su voz.
    Jonas mordisqueó las yemas de sus dedos.
    – Te amo, Hannah. Quédate.
    El sonido de las máquinas le contestó. Si ella había estado allí, lo suficientemente cerca de la superficie consciente como para hablarle, para ser consciente de su presencia, ya no lo estaba. Miró ansioso hacia las pantallas. Su corazón todavía latía. No esperaban que viviese. El doctor se lo había dicho, con la cara seria, los ojos encontrando los suyos, después desviando la mirada, mientras le daba las noticias. Jonas apartó el recuerdo y el sentimiento de total desesperación. El doctor no conocía a las Drakes. No sabía nada de la magia, la maravilla y la unidad familiar. Hannah era parte de algo extraordinario, y a través de ella, también lo era él. Viviría porque las Drakes la salvarían.
    Dirigió su mirada hacia la separación de cristal que daba a la habitación en la que Sarah y Damon esperaban con Prakenskii y Jackson. Su mirada quedó fija en Sarah. La mayor de las hermanas Drake, era la que al final tendría la última palabra. Era muy atlética, él siempre la había admirado en el colegio. Rápida y brillante, podía correr más rápido que la mayoría de los chicos, y tenía el extraño don de desaparecer a simple vista. Era preciosa, con la piel de las Drakes, grandes ojos y una mata lustrosa de cabello, y aún así podía desaparecer en segundo plano cuando quería. Había trabajado en seguridad para una gran compañía, irrumpiendo en edificios para los clientes, mostrándoles todas sus debilidades y después encontrando formas de mejorar la seguridad. A veces actuaba de guardaespaldas, y con sus talentos especiales, era realmente buena.
    Jonas la admiraba y la quería, y a menudo buscaba su consejo cuando se encontraba con casos de robos. Tenía buen ojo y una mente rápida. Estaba comprometida con Damon Wilder, un hombre brillante al que Jonas respetaba. Ahora mismo, Sarah parecía cansada y agotada, con un pesar que la hundía. Parecía asombroso, ya que era una persona muy fuerte y optimista, y le hizo tener más miedo por Hannah.
    Durante toda la larga mañana las Drakes más mayores fueron llegando, una a una, las mujeres fueron llenando la sala de espera, murmurando en voz baja, sus caras surcadas de lágrimas, abrazándose unas a otras intentando darse valor. Las tías de Hannah y su madre, sentadas, unas frente a las otras con Prakenskii y Sarah.
    Los padres de Hannah entraron para tocar a su hija, sacudiendo las cabezas cuando Jonas iba a ponerse de pie y de mala gana ceder su lugar junto a ella. Le abrazaron, pero ninguno habló, y eso le dejó una sensación vacía y hueca en el estómago. Siempre había contado con la fuerza familiar de las Drakes, su habilidad para sacar a alguien adelante. Él había resultado herido, y aún así había sobrevivido. Seguramente podrían traer a Hannah de dondequiera que estuviese.
    Elle fue la siguiente de las hermanas Drake en llegar. La hermana más joven. Su largo pelo rojo brillante estaba recogido en una coleta. Su cara no tenía nada de maquillaje, y estaba surcada de lágrimas. Parecía tan joven, una mujer con tanto o más poder que todas sus hermanas juntas, y era la destinada a pasar los dones a sus hijas. Jonas siempre la había querido como a una hermana pequeña. Ella era preciosa con sus brillantes ojos verdes y su rápido temperamento. Era calmada y reservada para la mayoría de la gente, aunque, al igual que sus hermanas, era protectora y cerraba filas, a veces contra él.
    No tenía ni idea de lo que Elle hacía para vivir. Como la mayoría de sus hermanas, tenía más inteligencia de lo normal y una buena educación. Elle era buena en todo, desde criminalística a química. Podía pasar con facilidad por una niña de doce años o por una sensual sirena dependiendo de cómo se vistiese y del maquillaje. Jonas se preocupaba más por ella que por ninguna de las otras hermanas Drake. Parecía perdida y sola, y quizás lo estaba. No había forma de acercarse a Elle. Podías quererla, pero sólo te dejaba pasar hasta cierto punto.
    Sabía que su mejor amigo Jackson tenía alguna conexión con ella. Fuera lo que fuese que había entre ellos, Jackson nunca había hablado de ello, pero estaba allí, y a veces Jonas quería advertir a Elle de que no provocase demasiado a Jackson. Era territorio peligroso, pero permanecía callado porque Elle no invitaba a confidencias. Jonas sólo sabía que lo que había entre ellos era oscuro y fuerte, y destinado a explotarles en la cara cualquier día de estos.
    Elle tocó el hombro de Ilya Prakenskii a modo de silencioso agradecimiento, y recorrió la habitación con la mirada hasta que esta se centró en Hannah a través de la separación de cristal. Durante un momento, el pesar fue una máscara terrible, y estiró la mano para tocarse las lágrimas de la cara. Su mirada chocó con la de Jonas, y brevemente, estuvieron unidos, su tristeza y miedo los mantenían prisioneros. Entonces le lanzó un beso, rompiendo el hechizo. Se hundió con elegancia en el suelo delante de Sarah, y agachó la cabeza, por lo que fue imposible verle el rostro.
    Jonas sintió que le envolvía el alivio. Las tías, lo sabía, tenían los mismos dones que las hermanas Drake, pero no las conocía tan bien. Era en las hermanas en las que creía, las hermanas las que sabía que querían a Hannah con todo lo que tenían.
    Kate fue la siguiente en llegar. Kate, una mujer de carácter dulce que reía y amaba y escribía best-sellers de misterios y asesinatos. Era la más tranquila de las Drakes, la que prefería mantenerse al margen y observar. Los libros eran sus mejores amigos junto a sus hermanas. La recordaba de niña, rondando por las bibliotecas y librerías, siempre con un libro en la mano y otro en la mochila. A menudo entretenía a la familia con sus historias. En las vacaciones, cuando estaban creciendo, había escrito funciones para que sus hermanas -y Jonas- actuasen.
    Kate montaba a caballo y aún así siempre se la veía inmaculada, sin un pelo fuera de lugar, su maquillaje tan perfecto que no siempre estaba seguro de que lo llevase. Su prometido, Matt Granite, era un antiguo Ranger del Ejército, al igual que Jonas y Jackson. Habían formado juntos un estrecho vínculo, y su amistad había empezado bastante atrás. Jonas se sentía protector con Kate, y se había alegrado mucho de que Matt fuese su elección. Kate besó a Elle, abrazó a Sarah, lloró con su madre y su padre antes de acercarse con Matt hasta el cristal. Kate le saludó con la mano a través del cristal y miró fijamente a Hannah con ojos tristes y rojos, y con líneas de cansancio alrededor de la boca.
    Un escalofrío bajó por la espina de Jonas. ¿Todas sentían que Hannah estaba tan cerca de la muerte que no había esperanza? La idea de fallar se coló sin ser invitada, pero una vez dentro, se negó a marcharse. Las Drakes se estaban reuniendo, pero en vez de parecer seguras estaban tensas y abatidas.
    – Escúchame, nena -susurró contra la gasa que cubría la oreja de Hannah-. Haz esto por mí. Aguanta por mí. Lo eres todo para mí, nena. Todas están viniendo. Sé que las puedes sentir contigo. Tu madre y tus tías ya están aquí. Al igual que Sarah, Elle y Kate. Los hombres también están todos. Tu padre, Damon, Jackson y Matt. Te están sosteniendo y yo estoy aquí contigo. Vive por mí, Hannah, porque nuestras vidas son mejores contigo en ellas.
    Abbey entró a toda prisa con su prometido, Aleksandr Volstov, con el pelo rojo vino oscuro revuelto, lágrimas en la cara cuando se lanzó a los brazos de su madre y después se giró para mirar a Hannah. Se puso una mano sobre la boca, asintió con la cabeza hacia Jonas, con aspecto triste y agotado. Tomó asiento en el suelo muy cerca de Kate, que la cogió de la mano.
    Abbey tenía afinidad con el mar y todas sus criaturas. A Jonas a menudo le recordaba a una sirena, con su cabello rojo desplegado en el agua y su ágil cuerpo nadando con fuerza. Era una bióloga marina, famosa por su trabajo con delfines, así como por tener talento para averiguar la verdad y un vasto amor por el mar. Abbey era la más seria de las Drakes, aparte de Elle. Tenía cuidado al hablar, por una buena razón, pero desde que Aleksandr había vuelto a su vida, reía más. Jonas creía que formaban una buena pareja y al final esperaba utilizar las habilidades policíacas de Aleksandr.
    – Abbey está aquí, Hannah -la alentó, echándole el pelo hacia atrás y haciendo una mueca de dolor al notar como su piel se sentía fría y sudorosa.
    Quería gritar a todas las Drakes que se apurasen. Hacer que los aviones fuesen más rápido, conseguir que llegase todo el mundo. Podía ver que las hermanas de Hannah se estaban uniendo a Sarah y Prakenskii al entrar a formar parte del círculo en la sala de espera, porque con la llegada de cada hermana, la presencia de Hannah parecía más cercana, como si lentamente la estuviesen trayendo de vuelta desde una enorme distancia.
    Jonas sintió el cuerpo de Hannah sacudirse, y giró la cabeza hacia ella con alarma, y después hacia las Drakes en el apretado círculo. Ilya Prakenskii jugaba una enorme parte en la conexión mental de las Drakes con Hannah. Jonas sabía que la reacción de Hannah había venido de Ilya. Miró hacia la puerta y Joley se deslizó en la habitación. Joley, la más famosa de las Drakes. Salvaje, desinhibida Joley. Tenía una voz que podía calmar o agitar a miles de personas. Nunca caminaba simplemente. Cuando se movía, fluía, cada curva exudando puro sexo sin adulterar. Jonas a veces sentía pena por ella. Había nacido con un atractivo que pocos podían resistir, por lo que lo sentía por el hombre que quisiera amarla.
    Joley era ferozmente independiente, y muy, muy poderosa en su magia. Era una alegría y una presencia. Todas las hermanas cuidaban a las otras, pero Joley había hecho verdaderos sacrificios con su reputación para proteger a Libby. Como un hermano, a menudo se preocupaba por ella. Podía parar el tráfico simplemente paseando por la calle enfundada en un par de vaqueros. Pocos eran conscientes de lo inteligente que era. Menos aún sabían que tenía cinturón negro tercer DAM, que se había entrenado en Krav Maga, o que era una tiradora mortal con una pistola.
    Jonas la observó con curiosidad mientras avanzaba por la habitación, su presencia incrementaba visiblemente la tensión. Joley dejó escapar el aliento e inmediatamente su mirada se clavó en la de Prakenskii. La energía estalló y las paredes se ondularon. Las mujeres de la habitación se quedaron congeladas. Los hombres se pusieron rígidos y prestaron atención, Jackson colocó su cuerpo protectoramente delante de Elle. Ella le dijo algo y la mirada de Jackson se deslizó sobre ella, fría como el hielo, y simplemente negó con la cabeza.
    Durante todo ese rato, Ilya Prakenskii no parpadeó. No desvió la mirada de Joley. Parecía estarse llevando a cabo una extraña batalla, y entonces Joley desvió la mirada, empezando a ruborizarse desde cuello y subiendo por la cara. Brillaron lágrimas en sus ojos y ni siquiera el ruso pudo resistirse a Joley con la aflicción marcando su cara y las lágrimas en sus pestañas. Habló, su voz fue un murmullo bajo que Jonas apenas captó, algo en ruso, pero ante lo que fuera que dijese, Joley asintió con la cabeza y se sentó junto a Elle, que la tomó de la mano.
    – Libby debería llegar en cualquier momento -le susurró Jonas a Hannah-. Estaba investigando pequeños gusanos letales, o lo que sea, en las hojas de árboles de una granja en el Amazonas. -Se acercó sus dedos de vuelta a la boca-. Es tan lista, Hannah, y no hay nada de malicia en su cuerpo. Te sacará adelante. No dejará que te pase nada.
    Era más una plegaria que otra cosa, y lo reconoció como tal. Libby Drake era una sanadora, hacía milagros. Había salvado a su prometido, Tyson Derrick, y había salvado a Jonas. Libby parecía frágil, con su piel clara, su cuerpo esbelto y el cabello negro azulado, pero podía posar sus manos en alguien y arreglar lo que estuviese roto. La familia, el pueblo, y especialmente Tyson, la cuidaban, porque era muy difícil para ella rechazar a la gente que necesitaba ayuda, y la carga que le suponía era tremenda.
    Jonas sabía que necesitaba un hombre como Tyson en su vida. Él era capaz de frenar a Libby y protegerla. Normalmente Jonas habría estado hombro con hombro con él, pero no esta vez. Esta vez Jonas estaba preparado para hincarse de rodillas y suplicarle que salvara a Hannah. Eso era egoísta y estaba mal. Quería a Libby y sabía que sanar a Hannah sería un riesgo, pero ella tenía que mantener a Hannah viva… simplemente no había otra opción.
    Sintió el cambio en todo el mundo en el momento en que Libby dio un paso atravesando la puerta de la sala de espera. El miedo se convirtió en cautelosa esperanza. Era una terrible responsabilidad la que todos estaban poniendo en ella y Jonas sabía que Hannah no querría esa responsabilidad de vida o muerte para su hermana -pero a él no le importaba, que Dios le ayudase- porque por mucho que las quisiese a todas, ninguna le importaba como lo hacía Hannah. Se odiaba por esa vena egoísta, pero era lo suficientemente sincero como para admitir que las arriesgaría a todas ellas y a sí mismo para salvar a Hannah.
    Observó a Libby a través del cristal. Parecía pequeña y frágil, para nada una mujer capaz de reunir la fuerza de las otras y usarla para curar a su hermana. Si hubiese estado caminando por una calle llena de gente, nadie habría sospechado el poder que esgrimía. Saludó a sus padres y hermanas, todo el tiempo aferrando con fuerza la mano de Tyson. Jonas sospechaba que su prometido no estaba muy contento con lo que estaba a punto de hacer, y no le culpaba. Si fuese Hannah la que estuviese arriesgando la vida, él habría sentido lo mismo.
    Avergonzado, bajó la cabeza hasta el colchón al lado de ella.
    – Te amo, Hannah. Más que a mi propia vida, más que a cualquier otra. Sé que no seré capaz de mirarme al espejo durante bastante tiempo después de esto, pero tienes que vivir, nena. Por todos nosotros. ¿Me escuchas? Toma lo que Libby te dé y vuelve con nosotros.
    Jonas sintió la reunión de poder empezando a rebotar en las paredes. La sala de espera se inundó de un brillo de muchos colores, una brillante explosión de amarillos y naranjas que ocupaban los espacios alrededor de las mujeres Drake mayores. Levantó la cabeza para ver el poder y la energía en la habitación en la forma de varios colores rebotando en las paredes. Las mujeres se tambalearon ligeramente con sus cuerpos gráciles.
    Y entonces las hermanas de Hannah se levantaron juntas, sus voces elevándose en un canto melódico. Joley sacaba los colores del fuego, rojo, naranja y dorado; Sarah tenía los colores del aire, amarillos y verdes; los colores de Abbey venían del agua, azul y verde mar; Kate era tierra, sus colores marrones y verdes; Elle estaba rodeada por todos los colores de los elementos en varios tonos, representándolos a todos. Por último, Libby las unía a todas en espíritu, una luz blanca con bordes violetas la rodeaba, moviéndose hacia fuera para abarcar los otros.
    Jonas pudo sentir la corriente de electricidad y supo que estaban obteniendo energía de todas las fuentes que los rodeaban. Las seis hermanas de Hannah, su madre y sus seis tías. Trece mujeres extraordinarias reunidas en un lugar con un único propósito… curar a Hannah.
    Ilya Prakenskii se levantó, su cuerpo todavía tambaleándose por el esfuerzo de sostener a Hannah. Para asombro de Jonas, también vibrantes colores brillaron misteriosamente a su alrededor. Vívidamente brillantes, eran más bien como los de Elle con todos los distintos colores, pero aún así diferentes, los tonos distintos de los de las mujeres. Sólo los rojos y dorados y amarillos combinaban exactamente con los de Joley, tanto que los colores parecían fundirse unos en otros. Pequeñas chispas siseaban y brillaban en el aire entre ellos, sumándose al poder que se reunía.
    El personal del hospital estaba inquieto, mirando la escena con precaución nacida de la creciente tensión en la sala de espera. El aire estaba cargado de ella. Sentado al lado de la cama de Hannah, Jonas se negó a abandonar su sitio. Si iban a entrar -y lo iban a hacer; nada, ni siquiera la seguridad los detendría- él iba a ser testigo de la curación. Tenía que creer que Hannah viviría. Tenía que salir de la habitación creyendo que ella viviría, o no sobreviviría a la noche.
    Los pelos de sus brazos se erizaron cuando las mujeres llenaron la habitación, de una en una. La enfermera protestó, pero nadie le prestó atención, e imperiosamente la madre de Hannah la mandó callar con un gesto. Las mujeres Drake rodearon la cama; Libby y una de las tías que Jonas reconoció como Nanci posaron las palmas de sus manos en Hannah mientras las otras juntaban las manos.
    El efecto fue un espectáculo de luz deslumbrante, aunque la habitación no estaba invadida de luz, lo estaba el cuerpo de Hannah. Se deslizaba sobre ella, a su alrededor, atravesándola. La luz jugaba sobre su piel y presionaba hacia adelante por sus poros, o quizás brotaba desde el interior. Jonas no podía decir lo que iba primero. Un baile de colores centelleaba a su alrededor, y la piel de Hannah pasó de blanca pálida a luminosa.
    Jonas mantuvo posesión de sus dedos y fue consciente del calor lentamente sacando el sudor frío de su piel. Calidez pulsó a través de ella en ondas. Sintió cómo ella se estiraba en su mente. Una suave investigación. Alarma. Hannah surgiendo. Sus largas pestañas se agitaron y el corazón de Jonas casi se paró. El cántico nunca flaqueó, sino que continuó bajo y melodioso.
    Le echó una mirada al monitor del corazón. El latido débil y errático se había reforzado a algo mucho más estable, y el alivio lo hizo derrumbarse de vuelta en su asiento. Esperó, pero ella no abrió los ojos.
    – Suficiente, Libby -dijo Tyson-. Puedes volver mañana, pero hoy es suficiente. Lo digo en serio.
    Las manos de Libby permanecieron en Hannah, pero las mujeres que cantaban pararon, sus colores desapareciendo a medida que retiraban su apoyo. La señora Drake puso su brazo alrededor de Libby y físicamente la separó de su hermana.
    – Tyson tiene razón, Libby, no podemos correr ningún riesgo. Ella está mejor, más fuerte. Esto es todo lo que podemos hacer hoy.
    – Va a vivir, Jonas -le aseguró Sarah cuando él iba a protestar.
    Jonas quería gruñir a Tyson, lanzar algo contra las máquinas mientras ayudaban a Libby a salir de la habitación. Su color había desaparecido y tropezaba, obviamente debilitada. Asimismo las Drakes más mayores ayudaron a Nanci, aunque ella no se veía tan mal como Libby. Hannah no se movió. A parte de un aleteo de sus pestañas, no había mejorado.
    Elle le tocó la mano. Kate lo besó. Abbey rozó sus dedos por encima de su mano y la de Hannah unidas. Joley se quedó al lado de la cama sollozando.
    – ¿Cómo pudo pasar esto, Jonas?
    – No lo sé, cariño. De verdad no lo sé.
    – Pero lo averiguarás. Te asegurarás de que quienquiera que sea el responsable no se vuelva a acercar a ella, ¿verdad?
    – Prakenskii cogió el cuchillo, y en el forcejeo, su atacante murió.
    Joley levantó su cara surcada de lágrimas para mirar al ruso.
    Este tenía la cara gris, cansada, tallada con líneas profundas.
    – Gracias otra vez. ¿Lo conocías? ¿Lo reconociste? Cuando lo tocaste, ¿percibiste algún sentido de por qué atacaría a mi hermana?
    – Sentí su miedo. Sólo eso. Se derramaba de él.
    Jonas frunció el ceño.
    – Él peleó contra ti. Yo estaba viendo la retransmisión. Luchó contra ti y continuó intentando ir a por ella.
    Joley emitió un pequeño sonido de angustia, de protesta.
    – Lo siento, cariño -dijo Jonas-. Esto no es algo que necesites escuchar. Hablaré con Prakenskii más tarde. Los dos estáis exhaustos. Me voy a quedar con Hannah. ¿Por qué no os reorganizáis?
    – Te llevo a hotel -dijo Ilya, haciendo que fuese una declaración-. ¿Tienes a tu gente de seguridad contigo?
    Ella asintió.
    – No puedes atravesar a los reporteros.
    – Te sacaremos fuera -dijo con firmeza-. Vamos, Joley. Necesitas descansar.
    Jonas la besó y la abrazó antes de girarla con un poco de renuencia hacia Ilya Prakenskii. Sin ninguna duda el hombre había salvado la vida de Hannah, pero Jonas temía sus motivos. Era el guardaespaldas de uno de los mafiosos rusos más poderosos y era temido desde Europa a los Estados Unidos.
    – Sus señales se ven mejor -dijo la enfermera cuando estuvieron solos, distrayéndolo de sus pensamientos. El ambiente estaba tranquilo y no había colores parpadeando o sensación de poder. Después de la impresionante exhibición, se sentía abandonado.
    Echó un vistazo a la enfermera en su traje azul y su etiqueta con el nombre, su pelo echado hacia atrás. Se veía esmerada y eficiente. Esperaba que también fuese competente.
    – ¿Qué hicieron exactamente? Hay un cambio definitivo en ella. No tiene sentido, pero se ve como si pudiese respirar por sí misma.
    Jonas permaneció en silencio mientras la enfermera consultaba con el doctor, y durante las siguientes horas, le permitieron a Hannah que respirase cada vez más por su cuenta. Fue un enorme alivio cuando finalmente la desconectaron del respirador, el primer signo de que podría vivir.
    Jonas se acercó las yemas de los dedos de Hannah a sus labios y se inclinó hacia delante hasta que su cabeza descansó en el colchón al lado del cuerpo femenino. Nunca había sido capaz de soportar los hospitales, no después de que se llevaran a su madre de su habitación, para no volver. Los sonidos y olores eran los mismos. Las máquinas parecían vivas cuando cerró los ojos y escuchó, como había hecho tantos años atrás. Rezando. Rezando por un milagro, justo como estaba haciendo ahora.
    No fue consciente del paso del tiempo. A veces le susurraba a Hannah, otras dormía. La enfermera se mantenía cerca, vigilando a Hannah. Mantuvo la cabeza baja y se permitió dormitar, quedándose dormido hasta que estuvo en algún lugar entre dormido y despierto, donde su madre lo miraba fijamente con ojos llenos de dolor y un hombre acuchillaba a Hannah con violencia mientras él estaba detrás de una pared, golpeando con los puños, intentando destrozarla y llegar hasta ellas.
    Jonas se despertó de repente, cuando una enfermera distinta entró en la habitación. Miró alrededor buscando a la enfermera habitual de Hannah. Le gustaba y confiaba en ella.
    La mujer lo miró y apartó los ojos, quizás, pensó, por lo malditamente consternado que parecía. Quería que Hannah mostrase signos dramáticos de haber respondido a la curación de las Drakes. ¿No se debería haber levantado y exigido la cena, o algo así? ¿Destrozado las vendas y haberle sonreído? En lugar de eso yacía durmiendo como en coma, su corazón y pulmones todavía siendo controlados.
    Intentó aliviarse la opresión en el pecho, lanzándole a la enfermera una falsa sonrisa.
    – Creía que Katherine era la enfermera del turno de noche de Hannah. – ¿Era Katherine el nombre correcto? La enfermera se había presentado, pero no lo podía recordar. Estaba tan confuso… tan enfadado.
    – Katherine me pidió que le diese sus medicinas. -la enfermera no lo miró mientras caminaba alrededor de la cama, con una jeringuilla en su mano.
    El radar de Jonas de repente reaccionó violentamente. Se levantó, estirándose de forma engañosamente vaga, con los ojos atentos sobre la enfermera, notando el hecho de que sus manos estaban inestables. Su voz era un tono liso monocorde, y en ningún momento lo miró directamente. La duda se deslizó por su espina dorsal, duda y alarma.
    – Es muy amable que os ayudéis unas a otras. Se suponía que Katherine iba a volver enseguida. Se supone que Hannah todavía no puede quedarse sola así. ¿Qué la retrasa? -puso censura en su voz. El nombre no había sido Katherine. Quizás Kelley, pero definitivamente no Katherine. Había estado en su placa. Un nombre con “K”.
    La enfermera no se detuvo. No lo miró.
    – Tenía que usar el cuarto de baño, volverá enseguida. -Se entretuvo con la vía de Hannah, dándole una rápida y nerviosa sonrisa cuando él empezó a andar alrededor de la cama hacia ella.
    – ¿Qué es eso? -Indicó la jeringuilla que tenía en la mano mientras la acechaba poco a poco.
    – Un analgésico -respondió la mujer. Sus manos temblaron mientras manejaba torpemente la vía. La habitación estaba fría, pero ella estaba sudando.
    – Espera un minuto. -Jonas se acercó con rapidez, obedeciendo a sus instintos más que a su cerebro-. Para lo que estás haciendo. -Saltó la distancia entre ellos, interponiendo su cuerpo entre el de Hannah y el de la enfermera. Le agarró el brazo, falló, y mientras ella se giraba, la agarró del pelo.
    Oyó su sollozo, un siseo de aire y un grito bajo de terror cuando se dio la vuelta, golpeándolo para sacárselo de encima. Antes de que pudiese detenerla, se clavó la aguja en su propia vena, apretando el émbolo, sus ojos manteniendo terror mientras caía al suelo. Jonas se arrodilló a su lado, pero era demasiado tarde. Su respiración salió en gemidos entrecortados, sus ojos se volvieron opacos y entonces hubo un silencio aterrador.

CAPÍTULO 9

    Jonas golpeó la pared con la mano directamente junto a la cabeza del detective.
    – No me venga con esa mierda, resérvesela para los civiles. ¿Quién demonios es esta… cómo han llegado tan lejos?
    El detective Steward suspiró y se rindió.
    – El atacante era un hombre llamado Albert Werner. Era un electricista, tenía esposa y una hija. Las cámaras cogieron un par de tomas de él durante el desfile de moda. Estaba hablando con el Reverendo RJ en una de ellas. -Steward entregó a Jonas la fotografía aumentada de un hombre alto y de buena constitución hablando con el Reverendo con gente que obviamente gritaba protestas al fondo.
    – ¿Qué tenía que decir el Reverendo?
    – Sólo que era un alma atormentada y que estaba inquieto. El Reverendo le invitó a ser salvado, o algo a ese efecto, pero el hombre lo rechazó. La opinión del Reverendo parece ser que era que la Señorita Drake cosechó lo que sembraba.
    Jonas maldijo, sus dientes se apretaron con un ruido seco y despiadado.
    – ¿Encontró alguna conexión entre ese falso evangelista y Werner?
    – Estamos trabajando en ello. El perpetrador hizo una donación importante al grupo de los derechos para los animales la semana pasada. -El detective le entregó otra fotografía desenfocada. Albert Werner estaba de pie con el grupo de derechos de los animales gritando a los reporteros.
    – ¿Qué hay de la enfermera que intentó matarla? ¿Estaba implicada con uno u otro grupo?
    – No era una enfermera. Es una técnico de veterinaria y su nombre es Annabelle Werner. Es la esposa del perpetrador.
    – ¿Su esposa? ¿Su esposa vino al hospital e intentó terminar el trabajo? Esto no tiene ningún sentido. No recuerdo estos nombres en ninguna de las cartas amenazantes escritas a Hannah -dijo Jonas-. ¿Encontró algo? ¿Una amenaza contra ella, una razón para que la odiaran tanto como para hacer algo como esto?
    – Aún no. Examinamos los archivos de los pirados y no están allí.
    – ¿Y que hay de su hija? ¿Tenía aspiraciones de hacerse modelo?
    – Está en un hospital para desordenes alimenticios, lo cual podría ser un motivo. Totalmente demacrada. Tiene doce años. Tiene fotografías de estrellas de cine en la habitación, pero no de la señorita Drake, pero de todos modos, podría ser la conexión. La niña se priva de la comida queriendo ser una modelo como Hannah Drake. Todo el mundo conoce la cara y el nombre. Es un objetivo fácil a quien echarle la culpa.
    – ¿Ambos padres querían matar a Hannah? ¿En represalia por lo de la niña? -No está claro-. Albert Werner no podía esperar escapar de esto. Las cámaras estaban sobre él. Tenía que saberlo. Había demasiado público a no ser que quisiera hacer una declaración. La había atacado como si quisiera destruirla, destruir su belleza… y luego su vida. Los primeros golpes no fueron para matar. Fueron para desfigurarla.
    Sólo pronunciar las palabras en voz alta le trajo a la mente las imágenes que simplemente no podía olvidar. Sus entrañas se retorcieron. El cuchillo cortando con crueldad, brutalmente una y otra vez, cortando en pedazos a Hannah. La bilis subió. El sudor estalló.
    – El médico dijo que los primeros golpes eran deliberados y exactos pero bajos, cortándole la cara, el cuello, el pecho, la cintura y el estómago antes de empezar a apuñalarla lo suficientemente profundo para matarla. -Se defendió contra las oleadas de náuseas intentando mantener la voz, intentando no dejar que fuera personal, no pensar que la víctima era Hannah, su Hannah-. Me gustaría consultar con un amigo mío, un psiquiatra, le mostraría lo que tiene sobre los atacantes y le pediría su opinión, porque esto no tiene sentido para mí.
    Le parecía más probable que hubieran sido programados, tal vez hipnotizados o que hubieran utilizado magia… ¿pero cómo podía decirle eso al detective?
    – Para mí tampoco-admitió el Detective Steward-. Porque si el marido estaba muerto, la esposa tenía que estar preocupada por quién iba a cuidar de la niña. ¿Por qué venir al hospital y arriesgarse a matarla con usted dentro de la habitación? Esto no tiene sentido.
    – ¿Ha comprobado si Werner pertenecía a la pequeña congregación del Reverendo? Tal vez la conversación fue algo distinta a lo que el Reverendo dice.
    Steward asintió con la cabeza
    – Oh, estoy seguro de que fue distinta. He interrogado al Reverendo algunas veces y creo que ese hombre es un chiflado -carismático- pero aún así un chiflado. Ha estado reclutado a jovencitas de la calle para llevárselas a su casa. Dice que intenta salvarlas, pero yo no me lo trago.
    – ¿Por qué le había interrogado? -preguntó Jonas con curiosidad.
    – Hubo un ataque a una joven prostituta. Tiene apenas quince años. Alguien la golpeó casi hasta la muerte. Le hicieron todo lo que podían hacerle. Sus amigas juran que fue el Reverendo. Desde luego él tiene una coartada hermética. Los miembros de su iglesia dicen que estuvo con ellos toda la noche rezando.
    – Pero usted no se lo cree.
    – Ni por un minuto. Pero la chica estaba demasiado asustada para hablar. Creo que el Reverendo puede conseguir que la gente diga o haga cualquier cosa por él. Creo que le entregan a sus hijos y su dinero. Y si hay una conexión entre él y los Werner, no me sorprendería. Creo que el Reverendo podría convencer a alguien para cometer un asesinato.
    – Es de nuestra parte del país -admitió Jonas-, y hemos intentado atraparle desde hace tiempo. Posee muchas tierras y las mantiene herméticamente cerradas. Una vez que las muchachas son llevadas allí, nadie las vuelve a ver. Lamentablemente encuentra a niños en los que nadie está interesado, de manera que puede librarse. ¿Cree que podría haber ordenado a uno de sus seguidores que hiciera el trabajo de acuchillar a Hannah?
    – Es capaz -dijo Stewart- Y quienquiera que fuera a por la prostituta la cortó malamente, con un cuchillo. Su cara nunca volverá a ser la misma.
    – ¿Puede trabajar con ella y ver si le identifica?
    – Ha desparecido. Cuando salió del hospital, se marchó lejos.
    – ¿Cree que huyó o que alguien se la llevó?
    Steward se encogió de hombros.
    – Es una rata de la calle, ¿quién sabe? Pero incluso si sus amigas se equivocan y no fue el Reverendo, él es un problema. Es listo. Puedes verlo cuando habla. Suena muy bien hasta que comienza su enfático y fanático discurso sobre las mujeres y como son la caída de los hombres buenos y que él tiene que salvarlos de ellos mismos.
    – ¿Entonces, qué tiene de la mujer de Werner?
    – No mucho. No tiene más que una multa por mal aparcamiento. Sumamente respetada como técnico veterinario tanto por sus compañeros de trabajo como por sus vecinos a los cuales les caía bien. Consiguió la droga en el trabajo. La utilizan en la eutanasia de animales. Todos los que los conocían parecen sinceramente impresionados porque cualquiera de los Werner estuviera implicado en un asesinato. El marido tampoco es que tenga en realidad un historial. No hago más que darle vueltas a la cabeza. Unas pocas multas, una pelea a puñetazos.
    Jonas golpeteo con los dedos en la mesita de la sala de espera, frunciendo el ceño mientras se concentraba. Cada vez parecía más y más como si los padres pudiesen haber sido programados para matar. Pero ¿por qué? ¿Y por quién?
    – ¿Ha entrevistado a la hija?
    – Está bastante destrozada. No pude hacer mucho con ella. Conocía a Hannah Drake y la admiraba, pero el mundo entero conoce la cara de la señorita Drake. No noté que fuera demasiado fanática de ella y como dije, cuando buscamos en la casa, había fotografías de estrellas de cine, no de modelos, en su habitación. Encontramos dos revistas en la casa en las que salía la Señorita Drake, pero eso no es insólito tampoco. Su cara está en la portada de muchas revistas. -El detective no podía evitar las miradas rápidas y curiosas que seguía lanzando a Hannah a través del cristal-. Creo que la señorita Drake está bastante a salvo por lo que respecta a la niña y no hay ninguna familia que vaya tras ella.
    Conteniendo el impulso de derribar a Stewart, Jonas se pasó las manos por el cabello y siguió la mirada del detective. Para su asombro, Hannah le devolvió la mirada. Su corazón saltó.
    – ¿Me haría el favor de mantenerme informado de cada aspecto de la investigación? En cuanto sea posible, llevaremos a Hannah a casa.
    – Tendré que hablar con ella. Los doctores dijeron esta mañana que había mejorado de manera espectacular.
    – No lo suficientemente espectacular como para que hable con ella. Le avisaré si dice algo o si está en condiciones de ser interrogada.
    El detective asintió con la cabeza y se alejó, echando un vistazo una vez más hacia Hannah mientras lo hacía.
    Jonas murmuró maldiciéndole mientras volvía a la habitación cambiando inmediatamente a una sonrisa
    – Te has despertado, Hannah. Llevabas durmiendo ya algunos días. Me has asustado infernalmente -Se sentó en una silla, con el corazón palpitando, intentando parecer relajado y optimista.
    Parecía una momia, envuelta en gasa desde las caderas hasta las mejillas. Su cara, lo poco que se podía ver, estaba hinchada y magullada. Tenía la piel tan blanca que parecía confundirse con las vendas y las sábanas a su alrededor. Su mirada estaba fija en él y si él no se equivocaba, estaba a punto de llorar.
    Jonas se inclinó hacia delante y le presionó la palma sobre la cabeza, proporcionándole contacto y calor
    – Todo va bien, cariño. Todo lo que tienes que hacer es estar tumbada ahí y mejorarte. Estás fortaleciéndote. -Nunca conseguiría sacar esta visión de ella de su mente. Nunca olvidaría el pánico que le atravesaba. Nunca superaría la terrible y profunda pena que calaba hasta los huesos. No podía cerrar los ojos sin ver el cuchillo. La sangre. Nunca se había sentido tan desvalido ni tan inútil e impotente en su vida. Debería haber estado allí. Dios del cielo. Yo debería haber estado allí.
    Jonas
    Oyó el miedo en su voz, el eco en su propia mente. Su estómago se encogió en reacción. Luchó contra la respuesta física y se obligó a sonreírle tranquilizadoramente.
    – Lo sé, cariño. Él ya no puede hacerte daño. Nadie volverá a hacerte daño otra vez. ¿Cómo te encuentras? ¿Sientes dolor?
    – Mi garganta -Me duele al hablar. Mi garganta esta áspera. Me duele por todas partes. Incluso la boca.
    El doctor había dicho que su voz nunca sería la misma.
    – La enfermera puede darte más medicación para el dolor.
    No. Sólo quiero irme a casa. Llévame a casa. Parezco un monstruo de feria. Todos me miran, incluso las enfermeras.
    – Vamos a llevarte a una habitación privada, donde podamos vigilarte más fácilmente. Te sacaremos de aquí cuanto antes.
    No puedo recordar demasiado.
    Él utilizó el pulgar para limpiarle una lágrima de la mejilla. Las pestañas estaban mojadas y de punta y resultaba tan enternecedora que deseó abrazarla y protegerla contra todo y todos.
    – No tienes que recordar. Todos estamos aquí contigo y vamos a llevarte a casa.
    – ¿Qué aspecto tengo? -Levantó una mano vendada y tocó el vendaje de gasa que le rodeaba la cara.
    Una sombra cayó sobre ellos y Jonás se giró justo a tiempo para ver a un hombre vestido de camillero haciendo una fotografía a Hannah con su teléfono móvil. Maldiciendo, Jonas saltó sobre él y cogió al hombre que se alejaba rápidamente. Arrancándole el teléfono, lo dejó caer al suelo y lo pisó con fuerza.
    – ¡Eh! No puede hacer esto.
    – Tienes suerte que no le detenga. -Jonas miró la etiqueta del hombre-. George Hodkins. Te quedarás sin trabajo por esto.
    – Vale mucho dinero, hombre. Voy a la escuela y lo necesito.
    – Vete al diablo -dijo Jonas apartándole de un empujón y pateando el teléfono roto con tanta fuerza que golpeó la pared. Señaló a la enfermera a cargo, empujando al hombre hacia ella-. Intentaba sacar provecho tomando fotografías de su paciente. En cuanto se ocupe de esto, me gustaría que la trasladaran a otra habitación donde podamos protegerla mejor.
    La enfermera le frunció el ceño al hombre.
    – Sí, desde luego, señor Harrington. -Dirigió su atención al camillero-¿Cómo osas invadir la intimidad de una de mis pacientes?
    Jonas los dejó y volvió con Hannah. Había sido demasiado fácil. Si el hombre hubiera tenido un arma en vez de una cámara, podría haber disparado a distancia. No podía proteger a Hannah aquí. Tenía que llevarla a algún lugar donde pudiese controlar todo movimiento alrededor de ella. Cuanto antes. Tenía que llevarla a casa. Joley les podría proporcionar un avión. Se hundió en la silla junto a ella, su mente repasando los detalles.
    No puedes continuar tan disgustado, Jonas. Va a haber fotografías. Esas revistillas horribles deben tener un día de gloria. Reprimió un sollozo, pero no antes de que él captara en su mente como se giraba apartando la cabeza.
    – Jodidos reporteros, Hannah. Puedo tratar con ellos. Tomaremos medidas para llevarte a casa en cuanto el hospital nos dé permiso. Tus hermanas y tías se turnaran para ayudarte a acelerar la recuperación durante el día así que nadie se cansará, pero ellas pueden sanarte mucho más rápido en casa. Saldremos de aquí en poco tiempo. -Y él podría controlar la seguridad a su alrededor mucho más fácilmente.
    El enérgico golpe en la puerta hizo que Hannah se encogiera. Su agente, Greg Simpson, pasó rozando a Jonas sin echarle una mirada, inclinándose para depositar un beso en la coronilla de Hannah.
    – No me han dejado entrar hasta hoy, Hannah. Esto es terrible. Tan terrible. ¿Quién haría algo tan brutal e imperdonable? Los reporteros no me dejan en paz. He tenido que conceder tantas entrevistas que he perdido la voz.
    Hannah no giró la cara hacia su agente, pero se mantuvo quieta, casi congelada. Jonas sintió que la tensión y la angustia aumentaban y rodeó a Simpson para cogerle la mano vendada. Ella apretó los dedos alrededor de los suyos.
    – Di no.
    Simpson se giró como si sólo entonces notara la presencia de Jonas.
    – ¿Qué? -preguntó rígidamente, mirando con el ceño fruncido hacia las manos entrelazadas.
    – Podías decir que no a las ruedas de prensa. Decirles que se vayan al diablo. Están dando vueltas como buitres.
    – Desde luego que lo hacen. Hannah es conocida y adorada en todo el mundo. Todos quieren saber como está -si va a vivir- si puede volver a recuperar su lugar en el mundo de la moda otra vez. Son grandes noticias. Debes haber visto todas las flores, las tarjetas y los admiradores.
    Jonas sintió un pequeño temblor que atravesaba a Hannah.
    – Es muy querida -admitió, queriendo que ella supiera que era consciente de la adulación del mundo entero.
    – Por lo que desde luego tiene que decir algunas palabras para tranquilizar a sus admiradores. Puedo seleccionar a los reporteros que han sido buenos con ella, los que se preocupan…
    Hannah se estremeció e hizo un pequeño sonido de consternación en la mente. No giró la cabeza o miró a su agente.
    Jonas se levantó, obligando a Simpson a dar un paso atrás.
    – Así que estás aquí para comprobar si Hannah está preparada o no para dar una rueda de prensa. No, no lo hará. No hablará a los reporteros. Y no entrarán fotógrafos a su habitación tampoco.
    – No hay ninguna necesidad de enfadarse, señor… ¿Quién es usted de todos modos?
    – Soy el prometido de Hannah. -Cuando la mente de Hannah se extendió hacia la de él en sobresaltada reacción, Jonas se inclinó para llevarle sus dedos a la boca. No te preocupes, cariño, no te sacaré de circulación aún. Sólo me estoy deshaciendo de este gusano por ti.
    Por primera vez, hubo un fantasma de sonrisa en la contestación que se produjo en su mente. Es un poco gusano. Pero hace muy buenos tratos cuando se trata de conseguir trabajos
    Es un sabueso de la publicidad.
    – Hannah no tiene prometido. Yo lo sabría.
    – Y de alguna manera la noticia se hubiera filtrado a la prensa.
    – La prensa es parte de la vida de Hannah. -Simpson parecía de pronto triste, con la boca caída y los ojos como los un cachorro perdido-. Aunque no puedo ver como nuestra Hannah recobrará alguna vez la increíble belleza que la ha hecho tal estrella. Dios mío -Ambas manos revolotearon, yendo hacia su angustiada cara-. La cortó en jirones.
    El cuerpo de Hannah se tensó como si alguien le hubiera pegado un tiro. Su reacción fue tanto física como mental, alejándose de Jonas, negándose a mirar a cualquiera de ellos.
    Simpson atravesó la habitación evitando a Jonas mientras fruncía el ceño y se frotaba las palmas arriba y abajo sobre el pecho.
    – Tendré que hacer un control de daños con las cuentas. Hay tantas. La empresa cosmética, el perfume. Estábamos negociando con la principal cadena de una marca de ropa. Tendré que conseguir a alguien que se prepare para hacerse cargo o lo perderemos todo. Hay gente que cuenta contigo. ¿Has hablado con algún cirujano plástico? ¿Será capaz de dejarte la cara como antes cuando te operen?
    – Fuera. De. Aquí. Ya. -Jonas articuló cada palabra entre los dientes apretados.
    – No. No. No lo entiende. Cree que no tengo compasión, pero mi trabajo es dejar a un lado las emociones y mantener el negocio de Hannah en funcionamiento. Soy el responsable de aclarar este lío.
    – Eres responsable de meterla en él -gruñó Jonas, sabiendo que era injusto-. Ella no debería haber estado allí en primer lugar. Vete al infierno y déjanos solos.
    – Volveré, Hannah, cuando seas tú misma y podamos hablar de esto – dijo Simpson mientras abandonaba la habitación.
    – Maldito pequeño sapo -siseó Jonas por lo bajo. Se hundió de nuevo en su silla-. Todo en lo que piensa es en su comisión.
    Hannah no volvió la cara hacia él. Sus dedos se abrieron y su mano resbaló de la suya. Se le encogió el pecho y contuvo una oleada de miedo mezclado con cólera. Sus emociones estaban por todas partes y tenía que refrenarlas si iba a hacerle a ella algún bien. Se sentó a horcadas sobre la silla y la observó durante un momento, la línea tensa de su cuerpo, la cara apartada.
    – ¿Estás preocupada por lo que dijo? ¿Cicatrices? ¿Perder tu carrera? -A él no le había preocupado otra cosa que su vida. La quería viva de cualquier modo que pudiera conseguirlo.
    ¿No lo estás tú?
    Contuvo su primera respuesta y analizó la voz de su cabeza. La ventaja de la telepatía consistía en que la emoción iba con la voz y ella estaba herida, pero sobretodo terriblemente asustada. Y sentía aprensión por como se vería.
    – Tú no eres tu cuerpo, Hannah. Nunca lo has sido para mí. No sé para el resto del mundo, todo lo que puedo decirte es que amo… a la persona. La única que me hace reír y enfadar tanto que podría sacudirte. Me haces sentir vivo. Me haces sentir querido. Nunca había tenido esto, ¿sabes?. Mi casa no era como la tuya. Ahora, cuando voy, me das té, galletas y la mitad del tiempo me espera una comida. Me haces sentir importante y que pertenezco allí. -Se aclaró la garganta, sintiéndose un poco tonto cuando ella no le miró-. Me haces sentir como un hombre debería sentirse… bien… cuando no me hechas el infierno encima.
    A pesar de su miedo, Hannah respondió, volviéndose hacia él, con la mirada azul colisionando con la suya y la impresión de una pequeña sonrisa en su mente. Tú también me confundes. Gracias. Es aterrador no saber que aspecto tengo.
    – ¿Libby no puede curar el tejido de la cicatriz?
    ¿Crees que hace milagros?
    La pregunta quedó allí colgada. Ridícula. Conmovedora. Absurda. Y luego sintió la explosión de la risa rompiendo las paredes de su mente y quiso llorar. El sonido era suave, verdadero y tan perfectamente Hannah, su Hannah. A la que pocos conocían. Tenía que abrazarla. Sus brazos ansiaban cogerla, pero tenía miedo de hacerle daño.
    Hannah alargó la mano y le acarició la mejilla. Tienes lágrimas en los ojos, Jonas. No te entristezcas. Yo estoy lo bastante triste por los dos.
    Se tragó el nudo que amenazaba con ahogarle y le cogió la mano, atrayéndola hacia su pecho. Las yemas de sus dedos eran la única piel real que podía alcanzar y frotó las yemas de sus propios dedos hacia delante y hacia atrás, necesitando el contacto con ella.
    – ¿Es triste pensar que pudieras tener cicatrices?
    Había sido tan hermosa, tan asombrosamente hermosa. Podía entenderlo y tal vez esto le molestaría cuando terminara el miedo porque casi hubiera muerto ante sus ojos… no en esta vida… ni en la siguiente… pero algún día.
    No sabía que alguien pudiera odiarme tanto. ¿Qué puedo haber hecho para hacer que alguien quisiera hacerme daño de esta manera? No lo entiendo.
    Él se llevó sus dedos a la boca, besándolos, mordisqueándolos con los dientes, defendiéndose de las oleadas de náuseas y de cólera y del absoluto miedo crudo de pensar en un loco apuñalándola brutalmente.
    – Nada, Hannah. Absolutamente nada. Era un desequilibrado. No hay ninguna explicación.
    Ella tragó con fuerza y probó la voz.
    – Tiene que haberla. -Su voz era baja y ronca, todavía melódica, pero sonaba como un susurro.
    Aquel pequeño susurro viajó directo a su columna y por su cuerpo, conmoviéndolo, como sólo Hannah podía hacer. No había nada atractivo en estar acostada en la cama de un hospital, cubierta de vendas, pero su voz, sus ojos, el susurro que atravesaba su columna, llevaron a su cuerpo una alerta inmediata.
    – Estoy jodidamente contento de que estés viva, Hannah.
    Hannah parpadeó, impresionada por la explosión de emociones que surgió de él cuando por lo general era tan reservado, tan cuidadoso para no abrumarla.
    – Estoy aquí. -Fue todo lo que se le ocurrió decirle cuando él estaba tan desgarrado. Podía sentir su dolor y le sorprendió que él lo permitiera.
    Él negó con la cabeza
    – Has estado muy cerca, Hannah. Muy cerca. Si Prakenskii no hubiera estado allí…
    Las cejas de ella se unieron. Ahora lo recuerdo. Él me perseguía. Entre la gente. Tuve miedo por Joley. Ella hizo un sonido de angustia y le miró. Me preguntó si era una cantante hechicera.
    Jonas sacudió la cabeza y echó un vistazo hacia la enfermera. No sé que es esto. ¿Qué significa? Sólo pensarlo la trastornaba. Podía ver que ella se estaba inquietando y la obligó a pasar el aire por sus pulmones en un esfuerzo por intentar calmarla.
    – Relájate, cariño, nada le ocurrirá a Joley. Tengo guardias veinticuatro horas al día con ella. Está demasiado alterada por ti para enfadarse conmigo además, lo que es una ventaja.
    Hannah cerró los ojos, débil y agotada, su voz era todavía ese hilo ronco.
    – Fuerte. -Era demasiado problema hablar en voz alta por lo que cambió. Su magia es fuerte y antigua. Conoce los viejos caminos, los caminos tradicionales.
    Jonas le echó hacia atrás los salvajes rizos elásticos.
    – Duérmete, amor. Prakenskii te mantuvo viva así que ahora mismo no me preocupa si él es el diablo en persona. Nos ocuparemos de todo eso más tarde.
    Ternura. ¿Quién habría pensado que él era capaz de una emoción tan profunda? Y comenzaba a preocuparse por el hecho de que ella no pudiera hablar. El cuchillo le había atravesado la garganta. ¿Había allí más daño del que el médico había pensado en un principio? Probablemente. Muy probablemente. Incluso con las Drake unidas para sanarla, ellas intentaban mantenerla viva, no se preocupaban por esas pequeñeces
    Jonas. No me dejes aquí sola. Quiero ir a casa. No me siento a salvo aquí.
    Sonrió alrededor de las yemas de los dedos de ella.
    – No tienes que preocuparte de que te deje sola, Hannah. Voy a encerrarte en una habitación en casa. -Sintió su estremecimiento, pero había algo más en su mente y frunció el ceño-. No te gusta la idea.
    Hubo un pequeño silencio. Creyó que podría no contestarle.
    Si hubiera estado fuera, nadie podría haberme hecho esto. Tengo poco poder dentro. Me siento segura fuera.
    Jonas frunció el ceño.
    – Hannah, no creo que entiendas lo que estás diciendo.
    Está bien. No sé lo que estaba diciendo.
    La voz se atenuó otra vez como si el agotamiento la abrumara, pero Jonas no estaba dispuesto a dejarla ir. Mentía. Sabía lo que estaba diciendo y era importante-. Puedes controlar los elementos fuera -dijo él-, y eso te hace sentir a salvo.
    Ella no le respondió, pero él sintió como asentía en su mente.
    Jonas negó con la cabeza.
    – ¿Hannah, me estás diciendo que no te sientes a salvo dentro? ¿Aquí? ¿En el hospital? -Él sentía la misma tensión en el estomago antes de que las alarmas chillaran. Ella le había pedido que fuera a Nueva York. Él no la había escuchado entonces pero estaba malditamente seguro de que la iba a escuchar ahora.
    – Cuando tú estás conmigo.
    – ¿Todavía sientes que estás en peligro? -Tenían a la pareja. La niña no podía representar una amenaza. Estaba sedada en la clínica de desorden alimenticio. Era natural, se tranquilizó, que ella tuviera miedo. Había pasado por un ataque brutal que le había cambiado la vida. Tener miedo era simplemente eso, no precognición. De todos modos se le había secado la boca y el corazón se le había acelerado.
    ¿Qué quieres decir con… pareja?
    Jonas maldijo por lo bajo. ¿Qué clase de idiota era? ¿Un aficionado? Ella giró la cabeza hacia él y abrió los ojos. Sintió el impacto de esa mirada azul todo el camino a través de su cuerpo, como una sacudida eléctrica. No estaba contenta con él. Había captado su pensamiento como si lo hubiera formulado en voz alta. Debería ser más listo a su alrededor, especialmente cuando ella hablaba telepáticamente. Se dio de patadas mentalmente.
    Jonas ¿Qué pareja?
    Le besó los dedos otra vez, deseando poder acunarla en su regazo y abrazarla.
    – La esposa del hombre intentó inyectar Buethanasia en tu intravenoso. -La mirada de Hannah no vaciló. Era imposible apartar la mirada
    ¿Dijo por qué me quería muerta?
    – No dijo nada. -Al menos eso no era una mentira. Ella sabría que estaba mintiendo, siempre lo sabía. Hannah continuó mirándole fijamente-. Por Dios -exclamó exasperado-. Esto no es importante ahora mismo. Yo me encargué de todo.
    Entonces ella parpadeó. Largas pestañas bajando, proporcionando su cuerpo otra sacudida. Dios. Lo hacía tan fácilmente. Siempre lo hacía. Incluso envuelta en vendas como una momia, podía hacer que cada célula de su cuerpo se excitara…
    Estoy herida, Jonas, no mentalmente incapacitada. Cuéntamelo. Tengo derecho a saberlo y no soy una frágil flor que vaya a marchitarse o a ser aplastada, así que cuéntamelo.
    Frágil era exactamente lo que era. La tocó la cara con las yemas de los dedos, acariciando mechones de su pelo.
    – Creo que tengo derecho a protegerte, Hannah. Te llevaste aproximadamente diez años de mi vida. No oculto nada. La mujer está muerta. No tenemos ni idea de que motivación tenía, pero la estamos buscando. Mientras tanto, me quedo contigo. No hay ninguna necesidad de tener miedo.
    Esperaba tener razón. Rezaba por tener razón.
    Tiene que haber una razón, Jonas. ¿Los conocía? ¿Los desairé de algún modo? Tal vez pensaron que había sido grosera con ellos. A veces la gente intenta dirigirse a mí cuando salgo del coche y no puedo hablar sin tartamudear así que sólo sonrío y saludo con la mano.
    Le dolía el corazón por ella. Se inclinó acercándose más, su postura protectora, cariñosa. Le importaba una mierda si todo el mundo sabía como ella le volvía del revés.
    – Esto no es culpa tuya. Deja de intentar que tenga sentido. No hay ningún sentido en ello, Hannah. -Utilizó la yema del pulgar, haciéndole pequeñas caricias en la frente-. Te amo, Hannah. Lo sabes, ¿verdad? Sabes que te amo.
    La sintió retraerse, su mente separándose de la suya. Inmediatamente cautelosa. No tienes que decir eso, Jonas. No quiero que lo hagas, no ahora, cuando no sé que aspecto tengo.
    – Ahora te estás cachondeando de mí, mujer. ¿Crees que estás hablando con ese pequeño roedor de Simpson? ¿Por qué demonios lo mantienes como agente?
    Hannah parpadeó cuando pasó a enfadarse y luego a Greg Simpson. Es asombroso en el mundo de la moda. Realmente tiene un sexto sentido para los diseñadores, quién va a conseguirlo y quién no. Es mordaz y arrogante, pero ha construído las carreras de algunos de los nombres más grandes del negocio. Yo nunca lo habría conseguido sin él.
    Jonas no estaba seguro de que eso fuera realmente cierto, pero ¿qué sabía él de la industria de la moda? Greg Simpson era un nombre respetado en el negocio y seguramente conseguía buenos tratos para Hannah. Jonas en realidad nunca había preguntado demasiado por la clase de dinero que hacía Hannah, pero sabía que era mucho, más de lo que le gustaba pensar.
    – ¿Es siempre así?
    No. Es un tiburón en las negociaciones de los contratos y los clientes le adoran. Sabe exactamente qué decirles. Esgrime mucho poder en la industria.
    Había algo más, algo que se le escapaba. Si Greg Simpson era un agente tan bueno, entonces sería lógico que fuera lo suficientemente listo como para tratar a su cliente número uno con guantes de seda, pero no lo hacía. Era insultante y grosero. Daba ruedas de prensa cuando debería estar protegiéndola. Algo no funcionaba.
    – ¿Hannah, le dijiste que ibas a dejarlo?
    Permaneció callada, pero él vio el brillo de lágrimas en sus ojos. Su estomago se apretó y retorció en tensos nudos. Todo en su interior se quedó inmóvil y el poli asumió el control
    – ¿Cuándo le dijiste que lo dejabas?
    Hannah apartó la cara. Eso no importa.
    – Por eso se comporta como una pequeña comadreja pomposa. No habrías tratado con él si siempre te tratara así. Le dijiste que lo dejabas. Eres su cliente número uno y gana mucho siendo el agente de la número uno. Maldita sea, Hannah ¿por qué no me dijiste que lo dejabas? -Se inclinó sobre ella, lo bastante molesto como para cogerle la barbilla cubierta de vendas y tirar para que le mirara-. Cuando estuvimos juntos, ¿por qué no me lo dijiste? Ya lo habías dejado, ¿verdad?
    Hubo un pequeño asentimiento. Todavía tenía contratos que cumplir. Le dije que no más, que no cogería ninguno más.
    – ¿Cuándo? -le exigió.
    ¿Recuerdas cuando entraste y Greg estaba al teléfono hace algunos meses? Me sugirió que me hiciera una reducción de pecho. Hubo una dolorosa vergüenza en la voz, en la mente de él. Vergüenza incluso. No siempre encajo en el modelo estándar hecho para las modelos de pasarela y con los enormes desfiles de modelos al caer, aparentemente algunos diseñadores se quejaron.
    Jonas se había puesto furioso, recordó. Hannah ya pasaba hambre y Simpson la empujaba a perder incluso más peso. Estaba tan delgada como un raíl, pero todavía tenía unos pechos generosos, algo no bienvenido en la industria de la moda al parecer.
    Eso había sido hacía varios meses.
    – ¿Realmente le dijiste entonces que lo dejabas? -Definitivamente iba a examinar la conexión entre la pareja que la había atacado y Simpson, aunque no tuviera sentido, pero era un paranoico en lo que a ella concernía. Simpson perdería mucho dinero si ella lo dejaba.
    Llevaba en el negocio demasiado tiempo. He hecho suficiente dinero para vivir cómodamente donde quiera y no iba a hacerme una reducción de pecho.
    – Agradezco a Dios que te diera algo de sentido común. Dame una fecha de esto, Hannah. Cuando se lo dijiste… ¿cómo reaccionó? ¿Cuándo comenzó a portarse repugnantemente contigo?
    Las cejas de Hannah se unieron. ¿En qué estás pensando? ¿Que Greg querría hacerme daño porque le había dicho que dejaba el negocio?
    – Desde luego que no. -Eso era exactamente lo que el poli en él estaba pensando. Simpson conseguía mucha cobertura en los medios de comunicación con el ataque y ¿qué habría sido perder a su clienta más famosa? Bien podía imaginarse a Simpson arder de rabia y deseando vengarse de ella. Ahora, no sólo se trataba de la antipatía que le inspiraba sino que tenía incluso más contra él.
    Jonas no podía olvidar el hecho de que una pareja sin ningún motivo, ni insinuación de enfermedad mental, había desarrollado un odio tan profundo como para intentar matar a Hannah de una manera tan violenta. El ataque, tenía escrito "personal" por todas partes. Esto era dramático, había salido por televisión. Inside Entertainment, el popular programa de chismes sobre celebridades, había anunciado hasta la saciedad que celebrarían lo que proclamaban como la fiesta del siglo… esa a la que asistiría toda estrella. Eso significaba que Albert Werner había querido que el ataque fuera filmado. Había querido que el mundo lo viera. Sabía que lo cogerían y debía haberse preparado para terminar con su vida, al igual que su esposa.
    Y esto lo devolvía toda la cuestión al asunto de los poderes psíquicos. ¿Quién los tenía y quién ganaría algo obligando a la pareja a matar a Hannah Drake? Iba a comenzar a buscar una conexión con Simpson. El hombre saldría de esto como el favorito de los medios de comunicación. Y, todo fuera dicho, tenía que profundizar un poco en Prakenskii.
    Jonas
    Jonas le mordisqueó los dedos.
    – Estoy aquí mismo, cariño. No te preocupes tanto. Me conoces. Me gusta todo pulcro y ordenado. -Miró sobre el hombro cuando oyó que llegaban las Drake-. Tu familia está aquí para otra sesión de sanación y luego te cambiaremos a otra habitación.
    Los dedos de Hannah se entrelazaron con los suyos.
    ¿Cuándo me podré ir a casa?
    – Pronto, cariño. Te lo prometo. Te llevaré a casa pronto.

CAPÍTULO 10

    Hannah permanecía en el centro de la habitación, sacudiéndose, con la bilis subiendo por su garganta. A su alrededor, boca arriba en el suelo, estaban fragmentos de un espejo de cuerpo entero, replicando una y otra vez una horrible, monstruosa imagen de su cuerpo. Parecía una colcha de patchwork, irreal, que alguien cosió conjuntamente. Presionó los dedos en los ojos con fuerza, deteniendo el flujo de lágrimas. No haría esto. No lo haría. Estaba viva. Sus hermanas la estaban curando. Cualquier otro estaría muerto. Muerto. Necesitaba estar agradecida por el milagro que le habían dado, no tan vanidosa como para hacer frente a los resultados. Las cuchilladas de su cuerpo se desvanecerían con el tiempo, más rápido de lo normal. Libby estaba segura de que las hermanas Drake podían evitar que las cicatrices se vieran demasiado. Necesitaba estar agradecida.
    – ¿Hannah? -La llamada en la puerta fue suave. Dubitativa. Persistente-. Cariño, hemos oído un golpe. ¿Estás bien?
    Hannah tragó con dificultad y agarró su bata, cubriéndose rápidamente el cuerpo. No se atrevía a dar un paso con los pies descalzos. Los cristales estaban diseminados por todo el suelo de la habitación. Grandes piezas irregulares y diminutos fragmentos. Destrozados. Como su vida. Como su cara. Su cuerpo. Todo.
    – Estoy bien, Sarah. Sólo dejé caer algo. Estaba a punto de acostarme.
    – Déjame entrar, cariño. Te ayudaré a recogerlo. Oí que algo se rompía.
    – Ya lo he hecho yo. -Necesitaba que Sarah se fuera. Todos tenían que dejarla sola y darle algo de tiempo. Estaba rota en un millón de trozos, como el espejo, y tenía que encontrar la manera de reunirse a sí misma. Tenía que encontrar el modo de creer en sí misma. No quería estar así, herida y perdida sintiéndose tan sola.
    Principalmente no podía soportar más la decepción. Podía sentir la pena de sus hermanas. Pobre Hannah. ¿Qué hará? Tenemos que pensar por ella. Imaginad su vida, ahora que está arruinada. La compasión la estaba matando. No podía estar en la misma habitación con ellas, y que susurraran. Susurraran. Como si estuviera en su lecho de muerte. Quizás era el modo en que todos la veían ahora. Hannah Drake, la modelo, definitivamente se fue. Y ahora, ¿quién demonios era ahora?
    – ¿Hannah? -la llamó Sarah otra vez-. Déjame entrar.
    – Sarah -La voz de Hannah se rompió. Se ahogó-. Tenéis que darme algo de espacio. Lo siento. Sólo necesito tiempo. Dadme tiempo.
    Hubo un momento de silencio. Podía sentir el peso del dolor de Sarah y la pena aplastándola, aplastándolas a las dos.
    – Hannah, abre la maldita puerta.
    No había nada suave o dubitativo en la orden o en la voz. Jonas no creía en los mimos. Él había visto lo cobarde que era. Había pensado que era vanidosa. Pobre pequeña Hannah, incapaz de soportar no ser una muñeca Barbie.
    Inmediatamente detrás de la orden de Jonas, pudo oír los susurros de sus hermanas hacia él, furiosas porque hubiera usado ese tono y tal vez molestarla. Protegiéndola, apoyándola y ella no se merecía algo así. Odiaba que quisieran protegerla, ellas sentían que era necesario. Todas saltaron sobre él, exigiéndole que retrocediera y las dejara manejarla. Porque la pobrecita rota Hannah necesitaba ser manejada.
    Sintió la insistente quemazón de las lágrimas. Cuan totalmente patética podía llegar a ser, de pie en medio de su habitación con cristales rotos rodeándola -burlándose de ella-, y sus hermanas y Jonas agolpándose juntos fuera de su habitación susurrando. Si no fuera tan miserablemente triste, gritaría.
    Había conseguido evitar a todo el mundo en la bahía la primera semana en casa simplemente permaneciendo en la cama, pero su negativa a comer las había alterado mucho a todas, y podía ver que las estaba desgastando mientras ellas intentaban curarla, así que hizo el esfuerzo de levantarse.
    – Hannah. No estoy bromeando contigo. Abre la jodida puerta ya. -Había un filo en su voz, como si estuviera rechinado los dientes y mordiendo cada palabra. Su corazón se aceleró y su garganta pareció hincharse.
    Hubo más susurros. Podía haberle dicho a todas sus hermanas que todas las órdenes del mundo no funcionarían con Jonas. Iba a entrar. No había muros entre Jonas y Hannah. Él nunca los permitió a menos que fuera él el que los erigiera. Simplemente echaba abajo cada barrera. Cerró los ojos. Cuando él abriera la puerta, y lo haría, sus hermanas verían el desastre que había hecho y la compasión surgiría de ellas con tal fuerza que la abrumaría y ahogaría instantáneamente.
    Deseó poder simplemente desaparecer. En vez de eso, cuando oyó a Jonas accionar la cerradura, se extendió hacia él. Por favor no dejes que los demás miren dentro, Jonas. Le costó el poco orgullo que le quedaba, pero hizo el ruego. Sus hermanas no necesitaban ver lo débil e inútil que era en realidad. Jonas ya lo sabía. Tal vez ellas también, tal vez era eso por lo que siempre le echaban un cable, pensaban por ella, la dirigían y la mimaban. No había sido capaz de soportar la expresión en la cara de su madre así que le pidió que se fuera junto con las tías. Si una persona más la consentía, podría saltar por el balcón.
    – Sarah, Kate, quedaos fuera -ladró Jonas, sosteniendo la puerta cerrada-. No voy a herirla. Es bastante capaz de ponerme en mi lugar si lo necesita. Iros y dejadme hablar con ella a solas.
    – Ella es frágil, Jonas. No seas un oso con ella. -La voz de Kate era baja y ansiosa-. No puedes molestarla ni gritarla.
    – ¿Por qué piensas que haría eso? -preguntó Jonas.
    – Tal vez el uso de la palabra con “J” sea una pista -dijo Kate.
    Hannah encontró que la agitación de su estómago se aligeraba un poco.
    Jonas no iba a tratarla como si pudiera romperse en cualquier instante, incluso si ya lo estaba.
    Jonas se deslizó dentro, cerró la puerta y echó la llave. Permaneció muy quieta mientras él examinaba el daño. Su espejo antiguo de cuerpo entero estaba hecho pedazos, sólo dos pequeños cristales dentados colgaban del marco. El cristal estaba por todas partes, diseminado por todo el suelo, los trozos sobresalían como pequeñas dagas, brillando como plata.
    – No te muevas, nena -dijo-. Ni un paso.
    – A pesar de lo que todo el mundo piensa, no soy una suicida, sólo irracional. -Su voz salió en un susurro enronquecido, uno de los doctores dijo que tendría que acostumbrarse. Mantuvo la mano frente a la cara. Él la había visto envuelta en vendas, pero se las había quitado para mirarse y la visión había sido horrenda. No quería mirarse en un espejo y no quería ver el reflejo en los ojos de él. Más que nada, no quería ver compasión en su cara.
    Jonas caminó a través de los cristales y la levantó, acunándola en sus brazos.
    – ¿En la cama o en el balcón?
    Ella enrojeció. No sólo la cara, el cuerpo entero. El aliento de él era cálido en su cuello. Su bata se había quedado abierta y él estaba mirando hacia abajo a las cuchilladas que destacaban tan crudas e inflamadas en su carne desnuda.
    – Jonas. No mires.
    – ¿Por qué demonios no?
    – Deja de maldecir ante mí. Y tú sabes por qué. Es ho-horrible. -Cerró los ojos. No tartamudearía. Se negaba a ser más desastre de lo que ya era.
    Jonas la llevó al borde de las puertas francesas y la dejó de pie, sus manos yendo al frente de la bata y abriéndola antes de que ella pudiera detenerle.
    – Estoy jodidamente contento de que estés viva, ¿realmente crees que me preocupa como se ven las suturas? Quiero ver si te estás curando adecuadamente. Los doctores no querían que vinieras a casa aún.
    Se le fue todo el color de la cara. Se quedó boquiabierta. Un sólo gemido estrangulado escapó mientras intentaba dar un paso atrás y tirar de su bata para cerrarla. Pero él sostenía la tela abierta despiadadamente.
    – No sé, nena -musitó-, todavía parece doloroso. -Las yemas de sus dedos le acariciaron la curva del pecho-. ¿Le ha echado Libby una mirada a esto? Porque tiene que hacerlo. Está muy rojo. Puede estar infectado.
    Sólo unas pocas semanas antes, Jonas le había tocado los pechos, su boca había estado justo donde estaban sus manos, caliente y hambrienta por la necesidad y el deseo. Esperaba sentir su repulsión e indignación, pero en vez de eso, había una tranquila aceptación mezclada con preocupación por ella y aprobación en la evaluación de que sus hermanas la estaban curando. No con tanta rapidez como para que esto drenara su energía y las dejara incapaces de funcionar, pero estaba viva y las heridas estaban curando de dentro a fuera.
    Pero no donde nadie podía verlas.
    Se sentía muy vulnerable estando allí desnuda, su bata abierta mientras él inspeccionaba las heridas tan clínicamente como si ella fuera una estatua rota pegada más que una mujer real de carne y hueso. Realmente no sabía que era peor. Las lesiones iban desde su cara hasta su vientre. Horribles cuchilladas profundas y pinchazos, algunos superficiales que rasgaban su pálida piel.
    – ¿Qué dijo Libby sobre los niños? -Su voz se volvió áspera. Las yemas de los dedos vagaron hacia su garganta, se deslizaron sobre los cortes de allí, trazaron un camino a lo largo de su pecho, bajando por sus costillas hasta su estómago, y finalmente hacia su abdomen, donde situó la palma, con los dedos abiertos extendidos-. ¿Todavía podemos tener niños, Hannah?
    Parpadeó apartando las lágrimas ante la aspereza de su voz. La emoción de él no se desbordó para abrumarla pero estaba allí, enterrada profundamente, y la oyó en su voz.
    – No hay un “nosotros”, Jonas, no puede haberlo.
    – No me vengas con gilipolleces justo ahora, Hannah. -Soltó la bata y trasladó el agarre a sus brazos, tirando con fuerza, apretándola fuerte contra él. Enterró la cara en su cuello-. Pensé que tenía esto bajo control. Estás a salvo. Maldita sea, estás a salvo.
    Jonas habló en voz alta, necesitando oír las palabras, pero un temblor le recorrió, un terrible torrente de inconfesable terror mientras las imágenes llenaban su mente. Presionó la cara más fuerte contra su cuello, aplastándola en sus brazos, intentando sostenerla lo bastante cerca, lo bastante fuerte, para eliminar lo inconcebible. Pensaba que había superado ese momento aparte de cuando esto atormentaba sus sueños. Cada noche se despertaba sudando, con su nombre en los labios, la bilis en su garganta y una pistola en la mano. Pero la vista de su cuerpo traía de vuelta cada cuchillada y cada brutal puñalada del cuchillo. Sabía dónde estaría cada marca. Cuán largo y profundo, con total horror había observado la escena desarrollada en televisión hasta que su mente se quedó entumecida.
    Por un momento no pudo respirar. Había creído que estaba más allá de todo, aunque aquí estaba, aferrándose a ella, necesitando consuelo, en vez de dárselo. Ella estaba confusa. Lo había esperado. Lo que él no había esperado era su retirada, o la negación de su relación, pero debería haberlo hecho. Tenía que retroceder, mantener los pies en el suelo y poner todo en orden.
    Hannah permaneció congelada en su abrazo, sorprendida más allá de las palabras -o del consuelo-y consolar a los demás era su inclinación natural. Jonas era una roca. Siempre. Había estado tan estoico en el hospital, nunca se le habría ocurrido que estuviera tan aterrorizado. Las manos fueron, por propia voluntad, a su nuca enterrándose en su pelo.
    – Estoy bien, Jonas -mintió.
    Él levantó la cabeza y presionó la frente con la suya.
    – Aún no, cariño, pero lo estarás. Y no has respondido a mi pregunta. ¿Qué dijo Libby sobre los niños?
    Hannah no podía negarse a sí misma que le amaba, no cuando estaba tan tembloroso.
    – Puedo tener niños, Jonas, pero… -Su voz se desvaneció, con ambas manos en su pelo. Él estaba temblando, su poderoso cuerpo revelando la extensión de sus miedos. De algún modo, ya que necesitaba ser fuerte, descubrió que podía serlo. Tal vez, podría estar bien otra vez. Tal vez podría encontrar un modo de creer en sí misma. Hannah Drake. ¿Quién era? ¿Qué la definía?
    – Estoy tan contento, nena. Habría estado bien. Amaría a un niño que adoptáramos, lo sabes. Pensé en eso un montón, Hannah, así que si Libby está preocupada porque eso pueda dañarte, o ser peligroso, iremos por el camino de la adopción.
    Ella negó con la cabeza, apretando los dedos en su pelo. Él no iba a escucharla sobre el final de su relación. Por lo que a él concernía, habían cruzado juntos un puente y no había vuelta atrás. Sinceramente no sabía cómo se sentía al respecto.
    Él presionó un beso contra la herida irregular que dividía un lado de su cara en dos.
    – Siéntate fuera en el balcón mientras limpio esto. No quiero que camines por la zona descalza.
    – Por favor no les digas nada a mis hermanas. -Dio un paso lejos de él, tiró de la bata con fuerza su alrededor, con cuidado de mantenerse de espaldas al océano. Podía oír al helicóptero dando vueltas sobre su cabeza-. Desearía que los fotógrafos se fueran.
    Él Le guiñó un ojo.
    – Bueno, estás haciendo maravillas por la economía de los alrededores. Los precios de las habitaciones se han triplicado e incluso cuadruplicado en Sea Haven. Especialmente cuando son habitaciones para los paparazzi. Todo el mundo está tratando de protegerte a su modo. El Salt Bar and Grill donde trabaja Trudy Garret ha colocado un nuevo cartel: no camisa, no zapatos, no servicio, no paparazzi, aunque no es que parezca disuadirlos. Ninguna de tus hermanas da un paso fuera de aquí sin ser fotografiadas.
    – Dame mi manta. -Le indicó la que estaba al pie de la cama.
    Jonas trituró más cristales bajo sus pies cuando cogió la suave manta y se la tendió. Hannah se la echó por la cabeza como una capa con capucha, escondiendo la cara en los pliegues.
    Se giró hacia él, manteniéndose en las sombras de una esquina, pero levantó una mano e hizo entrar a viento que venía del mar. Este se apresuró dentro, fuerte y rápido, empujando al helicóptero de modo que el piloto no tuvo más opción que alejarlo de la casa.
    – Si mantengo el viento soplando fuerte, no pueden venir a mí por el aire y puedo conseguir un poco de paz. -Empujó el pelo detrás de la oreja y se hundió en la silla que había puesto en una esquina del balcón donde podía mirar hacia el mar.
    Encontró entrañable que la gente del pueblo buscara encontrar modos de ahuyentar a los fotógrafos y reporteros. Era una de las cosas que adoraba de Sea Haven. Aunque era verdad que ellos conocían los asuntos de los demás, también eran abiertos y amistosos y un apoyo en cada crisis o cada maravilloso acontecimiento.
    Echó una mirada abajo a la playa y se sorprendió de ver a Joley y Elle caminando por la arena a plena vista de las cámaras. Elle levantó las manos como en broma, haciendo gestos a lo loco hacia Joley, que se volvió y le sopló un beso arriba hacia Hannah.
    Hannah se mordió el labio. Sólo Dios sabía lo que las dos hermanas más jóvenes podrían hacer. No le llevó mucho tiempo averiguarlo. La arena se levantó en respuesta a las gráciles manos de Elle.
    El viento de Hannah tomó los granos de arena, haciéndolos zumbar en apretados remolinos que se balancearon en altas columnas por la playa, dando en las lentes de las cámaras, golpeando con fuerza a los hombres y mujeres que trataban tan desesperadamente de conseguir un disparo de la cara destrozada de Hannah. El viento se alzó, lanzando las partículas más fuerte de modo que mordieron la carne y cubrieron el pelo, se metieron en las bocas y los equipos, ahuyentando a los intrusos.
    Hannah sacudió la cabeza mientras Joley y Elle unían las manos, se giraban hacia ella y hacían una reverencia barriendo el suelo. Hannah no pudo evitar sonreír. Eran tan extravagantes. Hizo un gesto hacia el risco sobre ellas donde cámaras con zoom enfocaban sin compasión la casa de las Drake. Las dos chicas se miraron la una a la otra y sus risas subieron hasta Hannah.
    – ¿Qué están planeando? -demandó Jonas, después de usar primero una aspiradora de mano, vaciando los cristales rotos en la papelera y saliendo al balcón-. Esa es su risa de bruja, la que siempre me dice que no están planeando nada bueno.
    – Tengo que estar de acuerdo -dijo Hannah.
    – Normalmente tú estás justo en medio del problema -añadió-. Las tres heredasteis el gen de los problemas. -Descansando sus manos en la barandilla, él entornó los ojos mirando hacia abajo a las dos mujeres Drake, las cuales miraban al norte esta vez, hacia los largos acantilados fuera, en el océano donde los pájaros por miles descansaban sobre las olas y la blanca espuma. Los pájaros se elevaron casi al mismo tiempo, llenando el aire con suaves alas extendidas, girando en el aire y dirigiéndose directamente hacia el risco. El cielo se oscureció con la migración. El sonido de las gaviotas chillando se mezcló con los gritos de alarma humanos cuando los pájaros cayeron en picado hacia los fotógrafos, ahuyentándolos. Un genuino chaparrón de excrementos de pájaro aterrizó en los acantilados, cubriendo las cámaras, la gente y los coches en las cercanías.
    Jonas se inclinó sobre la barandilla y silbó.
    – ¡Guau! ¡Amigo! No levantes la vista. Buena, Joley, ¡una diana perfecta! Aggg, eso fue sencillamente repugnante, debe saber a mierda.
    Hannah sacudió la cabeza.
    – Eres tan malo como mis hermanas.
    – Bueno, esas pequeñas ratas desagradables pueden ir a hacer fotos a otro. -Se sintió bien al encontrar algo de humor en la situación. Las Drakes tenían su propio modo de manejar las cosas y probablemente este era mejor que el suyo. Quería hacer pedazos el caro equipamiento y sentir la satisfacción de su puño golpeando caras. Siendo un oficial electo -el sheriff- esa probablemente no era la mejor idea o la más apropiada.
    – Supongo que deberíamos estar preocupados por la gripe aviar, aunque tal vez si todos la cogen, todo el mundo tendría un poco de paz durante un rato.
    – Elle se encargará de eso -dijo Hannah-. Dejemos que se desfoguen. Es mucho más seguro con travesuras.
    Él se giró para mirarla de frente, estudiando su cara escondida tan cuidadosamente dentro de la manta.
    – Como la broma del sombrero que siempre estás haciendo. ¿Qué querías hacer en vez de robarme mis sombreros?
    Ella se encogió de hombros.
    – Tengo un temperamento terrible, Jonas. La mayoría de nosotras lo tiene. Libby no, naturalmente, tendrías que ser realmente horrible para conseguir irritarla, pero es más seguro hacer cosas divertidas o inofensivas que desahogarse con ira.
    – Así que estabas realmente enfadada conmigo -persistió.
    – A veces.
    – ¿Qué tiraste al espejo?
    Un golpe en la puerta le hizo fruncir el ceño y a ella suspirar.
    – Hannah, es hora de que descanses. -Libby metió la cabeza en la habitación, con ojos sospechosos mientras miraba a Jonas-. No quiero que la agotes.
    Hannah no pudo evitar echar una mirada al suelo para ver si los restos del espejo estaban recogidos. No sólo había desaparecido el cristal, sino que Jonas había apartado el marco y lo había guardado fuera de la vista. Le transmitió una sonrisa agradecida.
    – Solamente estoy aquí sentada, Libby.
    – Bien, no puedes excederte, cariño. Deberías estar todavía en el hospital. -Libby hizo varios gestos hacia Jonas, tratando de insinuarle que se fuera.
    Él cruzó los brazos sobre el pecho y mantuvo su mirada.
    – Me aseguraré que no se exceda -le aseguró.
    Libby le miró con el ceño fruncido.
    – Las visitas la cansan, Jonas.
    – Afortunadamente, no soy una visita -le devolvió suavemente-. Soy de la familia.
    Libby echó una mirada a su reloj de pulsera.
    – De verdad creo que ella necesita tumbarse y echar una siesta.
    Una ceja de Jonas se elevó.
    – ¿De verdad? ¿Tú que crees, Hannah?
    Era una oportunidad para deshacerse de él. Por otro lado, Hannah estaba cansada de ser tratada como una niña y él le pedía su opinión en vez de tenerla por ella. Estaba harta de que todo el mundo tomara sus decisiones.
    – No estoy cansada, Libby. Cuando lo esté, despacharé a Jonas.
    – ¿Estás segura?
    Hannah asintió, temerosa de confiar en su voz. Estaba bastante ronca y de repente se cerró por las lágrimas. Tuvo una visión de sus hermanas reuniéndose escaleras abajo. Pobre Hannah, tenemos que presentarnos con un futuro para ella. A veces pensaba que oía la casa susurrándolo. Apartó la cara y cerró los ojos, la pena desgarrándola. ¿Había fases por las que tenía que pasar como una víctima? Porque ahora mismo, todo lo que quería hacer era llorar. Se sentía confusa y asustada y quería estar sola, aunque estaría aterrorizada si nadie más estaba en la casa con ella.
    Libby dudó, disparó a Jonas una mirada de advertencia y luego salió, cerrando la puerta tras ella. De inmediato los susurros comenzaron de nuevo.
    – Lo intenté, pero no se marchó -dijo Libby.
    – Ella no estaba llorando ¿verdad?
    Esa era Kate y la ansiedad en su voz hizo que Hannah hiciera una mueca. Miró a Jonas con un pequeño puchero y un ligero encogimiento de hombros.
    – Creen que no puedo arreglármelas.
    – Demuéstrales que puedes.
    Hannah suspiró.
    – Tú lo ves todo blanco o negro, Jonas.
    Él descansó la cadera en la barandilla.
    – ¿Eso quiere decir que no puedes arreglártelas? No es para tanto, Hannah. Fue un crimen atroz, es natural tener que necesitar tiempo de recuperación.
    Ella sostuvo la mano en alto.
    – Aún no quiero hablar de ello.
    – Bien, al menos ven aquí y haz un gesto a Joley y Elle antes de que se enfaden con nosotros. Joley está moviendo los brazos como un pájaro. ¿Piensas que cree que puede volar?
    Hannah entornó los ojos por encima de la barandilla. Sus hermanas estaban haciendo gestos salvajemente, Joley haciendo un exagerado lenguaje de signos y Elle estaba escribiendo en la arena.
    – ¿Qué demonios están haciendo ahora?
    – Intentando decirte algo, obviamente. ¿Por qué Elle no usa la telepatía como una Drake normal?
    – Porque les pedí que se mantuvieran fuera de mi cabeza. No quiero arriesgarme a captar sus emociones o a tenerlas sintiendo las mías.
    – Me hablaste.
    – Estaba desesperada. No quería que vieran el espejo roto. -Se inclinó sobre la barandilla del balcón hasta que él la envolvió con los brazos, manta y todo-. ¿Qué está escribiendo Elle?
    Abajo a lo lejos en la playa, Elle estaba dibujando con un trozo de madera en la arena húmeda, haciendo letras de un metro de largo.
    – Esa es una “R” y una “U” -tradujo Jonas-. ¿Y por qué no querías que tus hermanas vieran el espejo?
    – Se hace difícil estar a su alrededor, Jonas. Ellas… apestan… a compasión. A veces creo que me estoy ahogando en ella.
    – Claro que son compasivas, Hannah. Te quieren.
    – Lo sé. ¿Crees que no lo sé? Caminarían a través del fuego por mí. Sé cómo me sentiría si esto le hubiera ocurrido a una de ellas, pero no fue así. Me ocurrió a mí y no puedo respirar con toda esa lástima en esta casa.
    – Compasión -corrigió él estrechado sus ojos mientras miraba hacia abajo a la impresionante escritura-. Lo que ha dibujado ahí es una “S” doble -o una serpiente. Tal vez está preguntando si soy una serpiente. ¿Eres una serpiente? Y dices que tienen compasión por ti. Estaban todas aterrorizadas, cariño, como yo, igual que lo estaban tus padres y tus tías. Es natural que quieran cuidar de ti.
    – Lo sé -Ahora se sentía culpable. Siempre era culpable. Nadaba en la culpabilidad. Levantó la vista al cielo y deseó poder volar.
    Jonas tiró de ella para acercarla, metiéndola bajo su hombro.
    – Tus hermanas siempre te han ahogado, Hannah. No pueden evitarlo. Tal vez, ahora mismo eres un poco más sensible a esto. Y eso está bien. Diles que te den tu espacio. -Echó una mirada de vuelta a la playa-. Joley está boca abajo. Realmente ha perdido la cabeza.
    Hannah miró hacia abajo y contuvo el aliento.
    – Dice “Ruso”. Elle está escribiendo la palabra “Ruso”. Joley la está barriendo por si algún fotógrafo está todavía por los alrededores, para que no pueda verla. El ruso debe estar en algún lugar cerca.
    – ¿Cómo lo sabrían?
    – Joley lo sabría. Él le hizo algo, la marcó de algún modo. Puede sentirle y en ocasiones él le habla. -Hannah movió las manos hacia la playa y el viento levantó la arena alborotando, esparciendo las letras, escondiendo de manera efectiva la evidencia-. Sé que él salvó mi vida, Jonas, pero lo que no sé es por qué. Está demasiado interesado en Joley. Al principio pensé que era porque es un hombre y todos los hombres están interesados en ella.
    Jonas la besó en lo alto de la cabeza.
    – Joley es sexy. Comprendí rápidamente que iba a tener que pasar mucho tiempo moliendo a palos a los chicos de su escuela si no les hacía algunas advertencias. Y para tu información, Joley no me interesa de ese modo. Nunca he querido a nadie más que a ti.
    – Eres un mentiroso. Siempre has sido un coqueto terrible. Y recuerdo la noche que hubo una invasión de ranas y una de tus frescas salió volando por la ventana de tu habitación.
    – Sabía que hiciste eso. -Se rió, y le dio golpecitos en la cara.
    Hannah se apartó de él antes de que pudiera besarla. No podía resistir que mirara la ruina de su cara. No podía resistir pensar en él viendo su cuerpo. ¿Por qué no había pensado que era bella cuando tuvo la oportunidad? Siempre estaba a dieta y trabajando para conseguir el cuerpo adecuado para la carrera en vez de disfrutar de lo que tenía. Nunca se había mirado a sí misma y gustado lo que veía. Nunca. No desde que se dio cuenta que no podía hablar en público y las multitudes le daban pánico. No desde que se dio cuenta que no era en nada como sus bellas y exitosas hermanas.
    – ¿Qué pasa, Hannah?
    Ella se hundió en el sillón. No iba a decirle que estaba pensando que nunca la vería tan hermosa otra vez. ¿Dejaría alguna vez de lamentarse? Apartó su pena personal y buscó algo sustancial, algo real por lo que preocuparse. Algo de verdad, de modo que él no supiera que era tan superficial.
    Se obligó a sí misma a encontrar sus ojos y expresar una preocupación que había tenido desde la fiesta de Nueva York.
    – Estoy preocupada por lo que Prakenskii pueda querer con Joley. Él y Nikitin la mencionaron justo antes de… que… esto pasara. Y Prakenskii me preguntó si era una cantante hechicera.
    Jonas parpadeó. No sabía a ciencia cierta lo que era un cantante hechicero. Joley tenía una voz que podía pertenecer a un ángel o a un demonio. De cualquier modo podía hipnotizar a una multitud. Pero Hannah estaba preocupada; eso no era difícil de ver.
    Presionó una mano contra su cabeza.
    – Estaba huyendo de él. Me sentí tan amenazada. No dejaba de pensar que si salía fuera, estaría bien. Recuerdo tener miedo por Joley.
    – Respira, cariño. Simplemente coge aire y déjalo salir. Libby dijo que tu memoria podía comenzar a volver, pero si no lo hace, no pasa nada. Al final entenderemos las cosas. Dame una pista sobre el canto de hechizos. ¿Qué significa?
    – Sergei Nikitin ha estado siguiendo a Joley a todas partes durante mucho tiempo, intentando conseguir que le presentaran, intentado encontrar un modo de llegar a ella.
    – Le escribió un par de cartas, pero su manager las interceptó. Afortunadamente siempre entrega las cartas a los de seguridad, aun cuando Nikitin ha alcanzado un poco de fama y pretenda ser un legítimo hombre de negocios. Le gusta estar “a la última” y Joley definitivamente lo está. Cualquiera que sea visto con ella tiene un reportaje en cada publicación de prensa sensacionalista de todo el mundo. Ella es noticia, nene, y Nikitin quería mezclarse con la alta sociedad. Cree que puede esconder lo que es.
    – Hasta ahora ha conseguido hacerlo -apuntó Hannah-. Creo que es más que eso, aunque, o ¿por qué Prakenskii me preguntaría si es una cantante hechicera?
    – Aún no me has explicado lo que es eso.
    – Es peligroso, Jonas. Ella puede ser potencialmente mortal. El sonido puede causar un montón de daño e incluso puede matar. Joley es capaz de eso, por no mencionar que puede coger una habitación llena de gente, un estadio lleno de gente, y conseguir que hagan lo que ella quiera.
    Jonas estaba asombrado. Se sentó allí intentando evitar que se le abriera la boca. Siempre había aceptado las cosas que las Drake podían hacer como algo bueno. Incluso con Hannah enviando el viento a rescatarle, ella había salvado su vida. No había pensado demasiado en los demás, no tan afortunados, los que habían sido atrapados por su furia.
    – Joley es demasiado fuerte para ser usada de esa manera.
    – ¿Lo es, Jonas? No lo sé, pero Prakenskii fue capaz de evitar que muriera y debería estar muerta. Libby podía haber sido capaz de mantenerme con vida durante mucho tiempo sin ayuda, pero sinceramente no sé si podría haberlo hecho. Se lleva fuerza, resistencia y un montón de poder. Un montón de poder. Él ya ha marcado a Joley. Y la cansa, susurrándole por la noche. Sólo un grupo pequeño de gente en el mundo sabe lo que es una cantante hechicera y lo que pueden hacer. Ilya Prakenskii lo sabe y aquella noche él y Nikitin me querían llevar al hotel con ellos. ¿Crees que Joley lo haría si Nikitin me pone una pistola en la cabeza?
    Jonas se quedó muy quieto.
    – No creerás que él pudo haber arreglado el ataque hacia ti y que luego hizo que Prakenskii salvara tu vida de modo que Joley sentiría que se lo debía, ¿verdad?
    – Prakenskii no habla mucho, pero cuando salvó la vida de Alexander, nos dijo que se lo debíamos. Imagino que siente que es una deuda muy grande.
    – ¿Él puede ser un cantante hechicero? -Porque si Joley podía hipnotizar a un estadio lleno de gente para hacer lo que ella quisiera, ¿no podría Ilya Prakenskii hipnotizar a una pareja para que asesinaran?
    – Veo a dónde quieres ir a parar con eso y no creo que pudiera esconderlo de nosotras. Hemos estado en su cabeza demasiado. Una de nosotras tendría que saberlo.
    Otro pequeño golpe en la puerta hizo que Jonas deslizara la mano dentro de la chaqueta para agarrar su pistola.
    Sarah entró con una amplia y forzada sonrisa.
    – Hannah, creo que tal vez te gustaría algo para comer. Realmente deberías conservar tus fuerzas.
    – Yo también debería -le recordó Jonas relajándose-. Si vas a traer una bandeja a Hannah, tráeme una, también, por favor.
    La mirada de Sarah barrió la habitación. Frunció el ceño.
    – ¿Hannah? ¿Dónde está tu espejo?
    – Tuve una pequeña confrontación con él -dijo Jonas-. Ella me quiere de todos modos ¿verdad, nena? -Se agachó frente a Hannah y le cogió la mano, levantando la mirada hacia Sarah con ironía-. Supongo que eso trae siete años de mala suerte.
    Kate asomó la cabeza por la puerta.
    – Hannah, tienes una visita. Ilya Prakenskii está aquí para verte.
    Un escalofrío se deslizó por la columna de Hannah. No podía esconder su inquietud a Jonas, no cuando estaba tan cerca y sosteniéndole la mano.
    – Iré abajo -dijo él.
    Hannah apartó la mano, harta de ser mimada. Sí, estaba asustada, pero Joley era su hermana, su responsabilidad, y no iba a enviar a Jonas abajo mientras se encogía de miedo en su habitación.
    – Mientras te vistes -añadió él-. No tardes todo el día.
    – No -Sarah negó con la cabeza-. No necesita ir abajo. Quédate aquí, Hannah. Kate y yo podemos ir con Jonas y ver lo que quiere.
    – No, necesito que Hannah venga conmigo. Quiero sus impresiones sobre cualquier cosa que Prakenskii diga o haga. Ella es la empática más fuerte entre vosotras.
    – Elle y Libby son empáticas y Elle es más fuerte que cualquiera de nosotras -corrigió Sarah.
    – Lo de Libby es la curación, Sarah -dijo Jonas con un leve tono de irritación-. Y Elle es volátil. Si Prakenskii está aquí para algo más que investigar a Hannah, no quiero que Elle comience una guerra. Mantened a Joley y a Elle lejos de él.
    – Hannah no puede ir abajo -dijo Sarah-. Lo prohíbo.
    – Hannah. -Jonas se volvió hacia ella, su tono era absolutamente neutral, su mirada tierna-. Dime lo que quieres hacer, nena. Preferiría que te quedaras pero si tu prefieres que no… di la palabra.
    – Jonas -siseó Sarah-. Deja de presionarla. Siempre la estás presionando. Apenas ha salido del hospital. Necesita cuidarse.
    Hannah se humedeció los labios repentinamente secos con la lengua. El corazón le latía con fuerza en el pecho y pequeñas taladradoras se movían por sus sienes, pero esto tenía que ser hecho. No por Jonas o por Sarah. Sino por ella. Se lo debía a él y además, quería mirar en sus ojos y leer del modo en que podía hacer con la mayoría de la gente, porque si representaba una amenaza para Joley, todos necesitaban saberlo.
    – Jonas tiene razón, Sarah. Quiero ver a Prakenskii por mi misma. Necesito darle las gracias por salvarme la vida, y como Jonas, quiero ver si puedo leerle. Pasé mucho tiempo conectada a él.
    – Y él tiene un camino hacia tu espíritu, Hannah. Hacia tu alma. Sabe quién eres y lo que puedes hacer.
    – Eso es verdad -admitió Hannah-, pero al mismo tiempo, yo tengo un camino hacia su espíritu. No puede bloquearnos a todas y necesito encontrar información.
    – Pero… -Sarah protestó.
    – Vístete, nena -dijo Jonas con decisión-. Nos encontraremos contigo escaleras abajo-. Mantuvo la puerta abierta-. ¿Sarah? ¿Kate? Vayamos a ver que quiere Prakenskii.

CAPÍTULO 11

    – Ilya, me alegro de volver a verte. -Jonas extendió la mano hacia el Ruso.
    Ilya se levantó de la silla en la que Libby lo había sentado y estrechó la mano del sheriff. Saludó con la cabeza a Kate y Sarah.
    – Esperaba poder ver a Hannah.
    – Bajará en unos minutos -le aseguró Jonas-. Está mucho mejor.
    – Me sorprendió que le permitieran volver a casa, unos pocos días más en el hospital le habrían hecho bien -dijo Prakenskii.
    – Necesitaba estar en casa con nosotras -dijo Sarah-. Y Libby es médico. Se asegura que Hannah este bien cuidada.
    Jonas estudiaba al Ruso. En el hospital, había estado demasiado preocupado por Hannah como para hacer otra cosa salvo estar a su lado y asegurarse de que viviera, pero ahora observó atentamente al hombre que le había salvado la vida. Ilya Prakenskii le dio a Jonas la impresión de un tigre enjaulado, calmo y atento, el poderoso y letal instinto agazapado y listo para saltar con las garras afiladas. Era imposible tratar de leer lo que había detrás de esos penetrantes ojos. Fríos como el hielo y afilados como dagas, los ojos de Prakenskii no revelaban absolutamente nada, ni siquiera a un profesional como Jonas.
    – Y es fácil protegerla aquí, en su propio territorio -dijo Prakenskii, de forma casual. No había nada casual en la forma en que barría la habitación con la mirada, registrando cada detalle. Por un momento se enfocó en el intricado mosaico de azulejos de la entrada. Un músculo le latió en la mandíbula y la mirada encontró la de Sarah brevemente antes de desviarla hacia la entrada. Mientras se levantaba esbozó una educada sonrisa mostrando blancos dientes y nada más-. Ahí estás. Es bueno verte de pie y en movimiento, Hannah.
    Llevaba puesta una suelta falda larga y una blusa de manga larga. Jonas cerró los ojos brevemente cuando entró en la habitación. Para él, era hermosa -completamente- absolutamente hermosa. Las cicatrices eran dentadas y atroces, de un rojo brillante y en carne viva, cosidas en la cara y en el cuello como furiosos parches, pero no importaba. Para él Hannah era etérea, misteriosa y sexy y el epítome del coraje femenino. Se había escondido de él, de sus hermanas, de reporteros y fotógrafos, pero se había negado a esconderse de un potencial enemigo. Con los hombros derechos, el cabello cayendo en largas espirales, e incluso sin maquillaje, y con las horribles heridas todavía tan frescas, parecía elegante, graciosa y acogedora.
    El orgullo lo inundó y Jonas se puso de pie, instantáneamente cruzó la habitación hacia ella y le deslizó un brazo alrededor de la cintura, su mirada encontrando la de Prakenskii. Era tanto una advertencia como una declaración entre hombres.
    Prakenskii tomó la mano extendida de Hannah e hizo una pequeña reverencia.
    – Estas sanando bien. Pronto, no habrá señales. ¿Estas durmiendo bien? Algunas veces, después de estos incidentes, uno tiene problemas.
    Para sorpresa de Jonas, Hannah dijo la verdad.
    – Tengo problemas, pero Jonas y Sarah me advirtieron que eso podría ocurrir, por lo que no me sorprendió ni me trastornó -Le señaló la silla-. Por favor siéntate. ¿Te gustaría beber un té?
    – Me gustaría, gracias.
    Hannah ondeó la mano hacia la cocina y se sentó frente a Prakenskii.
    – Realmente era innecesario que recorrieras todo este camino para verme, pero lo aprecio -Le sonrió al hombre, pero deslizó la mano por el brazo de Jonas hasta que sus dedos estuvieron entrelazados y los apretó tan fuerte que se le pusieron blancos los nudillos.
    – Por supuesto que quería saber como estabas -dijo Prakenskii-. Cuando uno desarrolla semejante conexión, el interés está siempre ahí.
    El acento le dio un giro a las palabras y mantuvo la mirada firme sobre la cara de ella. Sarah se agitó con inquietud y Jonas sintió una ola de poder en la habitación, no podía decir de donde provenía, pero Ilya Prakenskii inclinó la cabeza en estado de alerta, como un lobo cogiendo el olor de la presa. Jonas lo observó atentamente y pudo ver como todo cambiaba y se concentraba debajo de ese sosegado comportamiento. Joley entró en la habitación. Pareció como si todos estuvieran conteniendo la respiración. La tensión subió otro punto.
    Él lo sabía. ¿Viste eso Hannah? La sintió antes de que entrara.
    La cabeza de Prakenskii se volvió hacia atrás, levemente, lo justo para que esos penetrantes ojos pudieran desplazarse entre Jonas a Hannah, y por primera vez, hubo sorpresa en ellos.
    Lo sabe. La enronquecida voz de Hannah se deslizó dentro de la mente de Jonas. Sabe que eres telépata y le sorprende.
    A mi también me sorprende, admitió Jonas con sinceridad.
    Una vez más Prakenskii se puso de pie.
    – Joley. Siempre es un placer verte.
    Ella no le tendió la mano, pero le sonrió e inclinó la cabeza, de reina a campesino, los ojos café oscuro se volvieron casi negros mientras recorría con la mirada al ruso de la cabeza a los pies.
    – No te levantes, Prakenskii, no es necesario.
    – Es, sin embargo, caballeroso -dijo con una pequeña inclinación.
    Joley se ruborizó, el color le subió por el cuello hasta llegar a la cara, y los ojos centellearon, puntos gemelos de obsidiana negra. El suelo se movió bajo sus pies, las luces parpadearon, las cortinas revolotearon, incluso las paredes ondularon con pulsantes olas cuando la habitación se agitó con poder. Una pintura que estaba sobre la chimenea cayó. Se detuvo abruptamente en el aire y entonces, antes de que chocara con el suelo, ascendió lentamente para volver a colgar ordenadamente en su lugar. Todos en la habitación se quedaron inmóviles absortos ante la obvia reprimenda de Prakenskii.
    Hannah soltó la mano de Jonas y se levantó con la gracia usual, yendo hacia Joley, colocándose entre Prakenskii y su hermana y deslizó un brazo alrededor de la cintura de Joley.
    – Gracias por tratar tan eficientemente con los periodistas, Joley. Me hiciste reír y pocas cosas me hacen reír estos días.
    – Lo disfruté, aunque nada los detiene por mucho tiempo. Han rodeado el lugar. La única razón por la que la valla no ha sido tirada abajo y pisoteada es porque tenemos una fuerza de seguridad protegiéndola.
    La bandeja de té entró flotando con varias tazas humeantes y la dirigió hacia Prakenskii, como si todos los días de la semana la gente viera bandejas flotando.
    – Las galletas las hizo Libby, por lo que son particularmente buenas para ti, además de tener un sabor genial. La miel está en el botecito para la crema.
    El Ruso tomó una taza y una galleta ágilmente, alzando la taza hacia Hannah en un saludo mientras se acomodaba nuevamente en el asiento. No aparentaba estar ni un poco molesto por la poco entusiasta bienvenida de Joley, pero la tensión persistía en la habitación.
    – El lugar está invadido no sólo con fotógrafos y periodistas, sino también con admiradores. En la muchedumbre es imposible decir quien es amigo o enemigo.
    Jonas se inclinó hacia delante, apoderándose de la mano de Hannah y tirando de ella hasta que se sentó a su lado. Se movió ligeramente, lo suficiente para colocar el cuerpo en una posición en la que pudiera defender a Hannah de ser necesario. No confiaba en Prakenskii, no con ese aura de peligro rodeándolo y con cada una de las hermanas Drake en alerta. Deseaba que Sarah y Kate hubieran mantenido a Joley fuera del enredo. Obviamente Joley y Prakenskii se llevaban mal y a pesar de las inexpresivas facciones de Prakenskii, podía ver, bastante claramente, la tormenta que acechaba bajo la superficie cuando posaba la mirada en ella.
    Por alguna razón está enojado con Joley, confirmó Hannah, pero no puedo decir por qué. No sólo enojado, Jonas, está furioso con ella. Puedo ver atisbos de ello, como una rabia candente, y ni siquiera está bien escondida. Creo que no le importa si lo sé o no.
    Era una complicación inesperada. Y las veladas advertencias de Prakenskii molestaban a Jonas.
    – Si sabes algo, sólo dilo, directamente, Prakenskii. ¿Por qué piensas que hay enemigos en Sea Haven? Están muertos.
    Sarah jadeó y Kate hizo un sonido de angustia. Libby frunció el ceño y omitió tomar una taza de té de la bandeja cuando pasó frente a ella.
    – No creo que sea necesario discutir esto frente a Hannah -intervino Sarah.
    Hannah aferró la mano de Jonas más fuerte. Lo estaban haciendo nuevamente, protegiéndola. ¿Había sido siempre tan cría que sentían la necesidad de envolverla en algodones y escudarla de cualquier peligro? ¿O era debido al ataque? ¿Había cambiado a sus hermanas tanto como a ella?
    Jonas colocó la otra mano sobre la de ella, atrapándole los dedos y escondiendo los blancos nudillos de la aguda mirada de Prakenskii.
    – Por supuesto que Hannah quiere saber si Ilya cree que hay más peligro. Todos queremos.
    – No creo que hayas pensado ni por un momento que el peligro para Hannah pasó – dijo Prakenskii-. A mi me pareció un asesino a sueldo. Los asesinos a sueldo, tan principiantes como lo era este, son por lo general pagados y ordenados por otro individuo escondido en las sombras. Pero ya sabe eso, señor Harrington.
    – ¿Jonas? -Hannah lo miró, forzándolo a encontrar la inquisitiva mirada.
    – ¡Maldita sea!, Hannah, no me mires así.
    – No la maldigas, Jonas -dijo Libby rápidamente.
    Ambos la ignoraron.
    – ¿No se ha acabado?
    – Tú tampoco lo pensabas, así que no empieces con eso. Ese par eran unos idiotas. Como dijo Prakenskii, principiantes. Alguien tiene que estar detrás de esto. ¿Por qué crees que no estás en el hospital en este momento? Necesitaba que estuvieras donde tuvieras protección todo el tiempo.
    – ¿Se te pasó por la mente que si estoy en peligro, y me traes aquí, también lo están mis hermanas? -siseó las palabras entre los dientes Hannah, con el cabello crepitando con electricidad y el líquido de la taza de té hirviendo.
    – Sarah es una experta en seguridad. Tus hermanas son todas psíquicas y tienen suficientes poderes para ayudar. Aquí podemos ver que viene por nosotros.
    – No voy a poner a mis hermanas en peligro, Jonas, ni por un minuto. Debiste decirme de inmediato que era lo que pensabas.
    – Estoy de acuerdo con Hannah -dijo Prakenskii, uniéndose a la discusión sin remordimiento-. Las demás no deberían ponerse en el punto de mira. Eso sólo hace que haya más objetivos y por lo tanto más sospechosos.
    Joley le tiró la taza de té, apuntando con mortal precisión. Prakenskii ondeó la mano y el proyectil y el líquido se detuvieron en medio del aire. Le dirigió una mirada mortal, los ojos azules oscureciéndose hasta asemejar un mar turbulento. Le dijo algo en ruso.
    Hannah hizo un pequeño sonido estrangulado y la respiración de Joley fue un siseo de advertencia.
    ¿Qué dijo? ¿La amenazó?
    – Si tienes algo que decirle a Joley, dilo para todos. Si estas amenazándola…
    Le dijo que dejara de ser infantil, le aseguró Hannah a Jonas.
    – Joley es perfectamente capaz de cuidarse de mí ¿verdad? -dijo Prakenskii
    – Ciertamente -reconoció Joley y ondeó la mano hacia la taza de té. El líquido llenó la taza y flotó de regreso-. No te preocupes Jonas, estaré bien -le dijo algo en respuesta a Prakenskii en el idioma de él y luego cambió a español-. Y para tu información, Hannah es nuestra hermana. No nos esconderemos en una esquina mientras esté en peligro, así que ve a golpearte el pecho a algún otro lugar.
    ¿Qué dijo? preguntó Jonas.
    Lo llamó con algunos apelativos viles
    – Un día de estos, Joley, voy a desquitarme y entonces ¿que harás? -preguntó quedamente Prakenskii, sosteniéndole la mirada.
    – No -intervino Hannah-. Necesito que me digas que piensas que está pasando, Prakenskii. Joley por favor.
    Mira, Jonas, continua dirigiendo la atención hacia Joley. ¿Qué quiere de ella? Tengo miedo por ella. ¿Podría esto tratarse de Joley?
    Jonas le dio vueltas a la idea en la mente. Parecía incorrecto. Todo hasta ahora parecía incorrecto. No hallaba la pieza crucial del rompecabezas, la que haría encajar todo en su lugar.
    – Por favor acepta mis disculpas, Hannah -dijo Prakenskii-. No era mi intención molestarte. Quería asegurarme de que estabas mejor y prevenir al señor Harrington de que todavía siento que la amenaza es inminente. Desafortunadamente no puedo decir de donde viene ni hacia quién va dirigida
    – ¿Por qué nos avisas? -preguntó Jonas con aspereza.
    Prakenskii suspiró y bajó la taza de té.
    – Quizás es tan simple como que la hermana de Hannah va a casarse con uno de los pocos hombres en el mundo al que puedo llamar amigo. -Desvió la mirada hacia donde Joley estaba apoyada rígida contra la pared-. O quizás quería ver, una vez más, si la razón por la que no puedo dormir por las noches vale la pena.
    Joley se apretó contra la pared como si quisiera hacerse pequeña, aún así cada línea del cuerpo denotaba desafío.
    – No te debo ninguna explicación en absoluto.
    – Entonces requiero uno de los favores que tú familia me debe. No es tu deuda personal, pero es una deuda de honor que me debe tú familia.
    Joley palideció.
    – ¿Por qué? Te debemos dos vidas, ¿aún así requerirás una a cambio de una simple explicación de mi comportamiento? No eres el más brillante del planeta ¿verdad? -La melódica voz portaba un látigo de insulto y levantó la cabeza desafiantemente-. Pensé que lo sabías todo. No eres ni de cerca tan poderoso como quieres que todos creamos.
    – Demasiado poderoso como para ser aguijoneado por una maleducada e ingrata cobarde que todavía es una niña jugando a ser adulta.
    Pero los insultos lo habían alcanzado. El equilibrio en la habitación había cambiado desde las Drake a Prakenskii y tanto Hannah como Jonas lo sintieron. Hannah intervino de nuevo.
    – Soy yo quien le debe, señor Prakenskii. Si fuera tan amable de decirme que implica su favor, haré lo mejor que pueda para ayudarlo.
    – Me gustaría una explicación…
    – No. No preguntes -dijo Joley-. Por favor no preguntes.
    – Te di todas las oportunidades para que me lo explicaras.
    – Me cazaste día y noche, me atormentantes. Me hiciste enfadar. No es asunto tuyo. Es tonto usar un favor de nuestra familia por algo tan trivial.
    – Trivial. -Se detuvo, y su ira se derramó en la habitación, candente, justo como Hannah había dicho, un volcán en erupción, tanto que las paredes se hincharon, incapaces de contener la energía roja y negra que prorrumpía en la habitación. El suelo se sacudió y sombras se movieron en el mosaico de azulejos. Voces femeninas articularon misteriosas advertencias, elevándose desde el suelo y las paredes.
    Las hermanas Drake se levantaron de un salto, y Jonas interpuso el cuerpo entre las mujeres y el furioso Ruso. No miraba a nadie excepto a Joley. Ambos de pie, las miradas trabadas en una batalla de la que nadie más era parte o podía entender.
    – Basta. -Hannah los miró ferozmente-. Por favor siéntese, señor Prakenskii. -Como no se movió, ella se acercó más-. Ilya. Por favor.
    Prakenskii lentamente apartó la mirada de Joley y tomó asiento. Joley sacudió la cabeza mientras los demás se relajaban visiblemente y luego giró sobre los talones y dejó la habitación. La tensión disminuyó instantáneamente.
    – Por favor acepta mis disculpas nuevamente, Hannah -dijo el Ruso-. Debí tener más cuidado. Rara vez me enfado. No tengo excusa. -Se llevó la taza de té a la boca, sopló para enfriar el hirviente líquido y tomó un trago.
    – No entiendo. ¿Por qué está tan enojado con Joley? ¿Está en algún tipo de peligro?
    Hannah se forzó a abrir la mente, alcanzando -expandiendo- para captar un atisbo de verdad en él. Sintió una descarga de emociones, la intensidad casi abrumadora, pero rápidamente, él apuntaló las defensas y se volvió frío como el hielo.
    – Joley se arriesga deliberadamente.
    Hannah se hundió en la silla y miró brevemente a Jonas. Prakenskii creía estar diciendo la verdad. Captó eso tanto como que enterraba profundamente el temperamento que lo acompañaba.
    – ¿Qué quieres decir? -Por un momento apenas pudo respirar. ¿Estaba alguien detrás de su hermana, de la misma forma en que alguien la quería muerta?
    Sarah abrió la boca pero Hannah levantó la mano imperiosamente, deteniendo eficientemente cualquier cosa que quisiera decir. Hannah nunca se hacia cargo y eso conmocionó a sus hermanas.
    Joley volvió a la habitación, con los oscuros ojos centellando.
    – ¿Quieres saber acerca de las fotografías en las revistas? ¿Yo con mi último amante? -Miró ferozmente a Prakenskii, ambas manos en las caderas, sacudiendo la cabeza de forma que el cabello flotaba en todas direcciones-. Es publicidad. El hombre ya es historia, por lo que no necesitas el nombre, pero el fotógrafo nos siguió a la casa que Tyson había comprado para Libby y nos pilló. ¡Vaya cosa!
    Prakenskii nunca apartó los ojos de la cara Joley mientras hacía la declaración. Se le escapó un largo y lento siseo y se levantó con un fluido movimiento, con toda la gracia y amenaza depredadora y mortal peligro de un tigre adulto.
    – Cuando uno reclama un favor, se dice la verdad. Demando la verdad y el nombre de ese hombre que puso las manos y la boca sobre ti.
    – ¿Qué diferencia hay en quien es él? -La barbilla de Joley estaba alzada, los ojos lanzaban chispas.
    – No quisiera matar al hombre equivocado.
    – ¡Epa! Detente ahí. -Jonas se levantó de un salto-. No puedes hacer amenazas así.
    – Es una cuestión de honor. -No había emoción en su voz, en absoluto. Prakenskii se encogió de hombros como si una vida no le importara nada.
    Las Drake se miraron entre ellas, perplejas, y luego a Joley. Ella inspiró.
    – Ilya – empezó y luego se detuvo, mirando desvalidamente a Libby.
    Ilya Prakenskii siguió la mirada y frunció el ceño.
    – Me deben la verdad y pedí que me la dijeran. Una de ustedes me la dirá.
    Hannah miró en derredor a sus hermanas.
    – Tengo una tremenda deuda, todas la tenemos, pero este no es mi secreto para decirlo. Si lo fuera, te daría la información que requieres, pero lo siento, no puedo.
    Prakenskii miró las caras alrededor de la habitación.
    – Pregunté eso como la devolución de una deuda de honor. ¿Me la niegan?
    Libby agitó la cabeza.
    – No, no lo hacemos. -El color le subió a la cara, pero le mantuvo la mirada-. Estaba con Tyson en la casa y alguien quería hacerle, hacernos daño… El hombre tomó fotografías de los dos. Soy médico y no estoy acostumbrada a la prensa sensacionalista y las terribles cosas que le hacen a la vida de una persona. Joley se tiñó el cabello y se hizo cargo pretendiendo que las fotografías eran de ella, para que mi reputación no fuera dañada -dijo Libby-. Fue generoso y tierno por su parte hacerlo.
    Prakenskii permaneció de pie absolutamente inmóvil en medio de la habitación. Su mirada sobre la cara desviada de Joley.
    – Fue peligroso. Y ella sabe que lo fue. Mírame. -Cuando no lo hizo, la voz se le endureció-. Mírame.
    Joley alzó la mirada hacia él.
    – Debiste habérmelo dicho cuando te pregunté.
    – No era de tu incumbencia.
    Hannah le sujetó la mano.
    – ¿Por qué sigue diciendo que estas haciendo algo peligroso, Joley?
    Joley se encogió de hombros.
    – No lo sé. Piensa que estoy atrayendo a todos los locos.
    Hannah palideció y se extendió hacia Jonas, inconsciente de ello.
    – Sé que tienes precogniciones, Ilya. Si Joley está en peligro, ven y dilo. Dinos de donde viene el peligro.
    – Ya lo dije. Y si supiera de donde viene el peligro, lo eliminaría -dijo Prakenskii-. Sé que no confías en mí, Hannah, ninguna de ustedes, y en realidad no importa, pero quién sea el que haya organizado el ataque contra ti estaba haciendo una advertencia. Fue brutal, cruel y directo. Trataron de destruir tu cara, tu cuerpo y luego terminar con tu vida. Vendrán detrás de ti de nuevo. Y Joley está atrayendo el mismo tipo de atención, pero ¿por qué? Tendrás que preguntarle a ella. -Extendió las manos.
    Se volvió y se dirigió hacia la puerta.
    – Estaré en el pueblo algún tiempo. Sé que no me pedirán ayuda, pero la tendrán de todas formas.
    – ¿Está Nikitin en el pueblo? -preguntó Jonas.
    – Oh sí. Joley está aquí. La prensa está aquí. Nitikin estará justo en el centro de todo. Puede hacer negocios desde cualquier parte del mundo, gracias a los teléfonos móviles y los ordenadores.
    – ¿Por qué trabajas para él? -preguntó Jonas.
    Prakenskii se encogió de hombros.
    – ¿Dónde si no un hombre como yo puede encontrar trabajo?
    La respiración de Joley siseó entre los dientes.
    – Sí, vuelve arrastrándote y protege a ese idiota despreciable. No es como si pudieras cambiar lo que eres.
    Prakenskii se detuvo en la puerta, los ojos centellaron cuando vagaron sobre la furiosa cara de ella.
    – No, no puedo. No más de lo que puedes tú.
    Jonas lo siguió fuera.
    – ¿Está Nikitin involucrado en el ataque a Hannah?
    Los ojos de Prakenskii se habían vuelto fríos como el hielo.
    – Si lo hubiera estado, estaría muerto. A pesar de lo que piensas de mí, las Drake están bajo mi protección. Pero he oído rumores… susurros… y hasta ahora no he sido capaz de encontrar quien contrató al asesino, pero ahí hay uno. -Señaló hacia la congregación de gente que había alrededor de la cerca-. Tienes un problema aquí. Quienes quieran que sean volverán a atacar y lo harán de diferente modo esta vez. Tienen la atención de los medios e hicieron su declaración. Ahora la quieren muerta.
    Jonas dirigió una larga mirada asesina al montón de gente alrededor de la cerca. Había flores, peluches y velas por todos lados. Pero reconoció a un par de los guardias cercanos al Reverendo y divisó a Rudy Venturi, un hombre que seguía a Hannah a todas partes a las que iba, justo delante, sujetando flores en las manos.
    – Si no te lo he dicho antes, Prakenskii, gracias por salvarle la vida. Me dijo que nunca lo habría logrado sin ti.
    Prakenskii bajó los escalones, se volvió, agitando la cabeza, reflexionando en voz alta.
    – Fue un ataque brutal, Harrington. Para mí hay algo que no está bien. Ese tipo de odio debería ser bastante sencillo de localizar. -Se detuvo y miró lentamente alrededor-. Quienes quieran que la deseen muerta están aquí. Están justo aquí en su ciudad natal y esperando la oportunidad para atacar. Puedo sentirlos.
    – Gracias. Los encontraré.
    – No dudo que lo harás… Pero ¿llegarás a tiempo?
    La cara de Jonas de endureció.
    – Oh, sí. Lo haré a tiempo. -Miró a Prakenskii alejarse, preguntándose que juego estaba jugando ese hombre y que planeaba Joley. Necesitaba hablar con ella y rápido. La última cosa que quería era agregar otra complicación a este desastre.
    Respiró hondo y dejó salir el aire, profundizando en la advertencia de Prakenskii mientras daba otra lenta y cuidadosa mirada a la multitud. Jonas lo sentía también. Prakenskii no estaba echando humo para hacerse el importante, algo malvado acechaba en el aire.
    Abajo cerca de la puerta de entrada, Matt Granite, novio de Kate, lo llamó. Matt estaba de pie frente a Rudy Venturi. Rudy era pequeño y ligero, con el brillante y teñido cabello levantado en púas, con una cara indefinible. Sin el cabello sería fácil perderlo entre la multitud. Jonas imaginó que la mayoría de las personas lo pasarían por alto.
    Se tomó su tiempo, caminando lentamente hacia el hombre, no queriendo asustarlo. La última vez que habían hablado no había sido placentera. Jonas lo había interrogado durante horas después de que Hannah hubiese recibido una amenazadora carta de él, llamándola perra estirada… y el hombre tenía dinero. Montones y montones de dinero,. dinero suficiente para contratar un brutal y desalmado ataque contra Hannah. ¿Se habría enfadado tanto al advertir el desprecio? ¿Habría estado tan furioso como para pagarle a alguien para que le cortara la cara y el cuerpo en tiritas antes de usarla como un saco de boxeo con un cuchillo apretado en el puño?
    Las imágenes regresaron, vividas y repugnantes, tan reales que podía contar las salpicaduras de sangre esparcidas por la habitación. Se le retorció el estómago, le entraron nauseas y se tambaleó, el cuerpo estallando en sudor. Bruscamente apartó las imágenes y forzó una sonrisa cuando se detuvo frente a Rudy, manteniendo la voz amigable.
    – ¿Eres Rudy Venturi? Hannah me dijo que vas a todos sus actos -Sabía que Hannah jamás había hablado con Venturi. Jonas lo había dejado bien claro, le había ordenado, mantenerse alejada de él. El hombre tenía un respetable fideicomiso, debido a un accidente de coche que lo dejó sin familia y un leve daño cerebral. Viajaba mucho, la mayor parte del tiempo siguiendo a Hannah de acto a acto.
    Rudy asintió, apretando las flores.
    – Los doctores dijeron que no podía ver a nadie en este momento. Necesita descansar -dijo Jonas, levantando las manos hacia las flores-. ¿Dónde estabas cuando fue atacada?
    Rudy asintió y de mala gana le entregó el gran ramo a Jonas.
    – Dd-debería tener un g-guardaespaldas.
    – Estoy de acuerdo. Es por eso que estoy aquí ahora. No permitiré que nada le pase -agregó-. ¿Viste al hombre que la apuñaló?
    Rudy se presionó la mano contra la boca y asintió vigorosamente.
    – H-había tanta s-sangre. Pensé que estaba m-muerta y quise m-morir.
    – No, ella está bien viva. ¿Viste al hombre que la atacó hablando con alguien más antes del ataque?
    Rudy golpeó las manos contra los muslos con agitación.
    – ¡Sí! Sí. No paraba de s-sacudir la cabeza hacia delante y hacia atrás. Lo vi s-sacar el cuchillo. El otro hombre l-lo golpeó en la espalda cuando iba hacia el cordón de seguridad. T-traté de decírselo al policía, pero el p-predicador estaba gritando y el policía fue de inmediato a h-hablarle.
    – ¿Realmente lo viste, Rudy? -preguntó Jonas, tratando de mantener la voz calmada y uniforme. Rudy nunca sería un buen testigo, y vivía en un mundo alterno pero si estaba diciendo la verdad, podría ser una gran oportunidad para ellos-. Realmente podrías ayudar a Hannah si me lo describieras.
    Deliberadamente se acercó más al hombre, creando una sensación de urgencia y camaradería.
    – Por aquí, entra por la valla y háblame donde nadie más pueda oírte. -Sujetó la reja y vio como el pecho de Rudy se expandía dándose importancia y entró a la propiedad de las Drake-. ¿Quieres ayudarla, verdad?
    – Ella es tan agradable. Siempre me sonríe. Todos los demás miran a través de mí, pero ella me ve… y me sonríe.
    – Yo también pienso que es agradable -dijo Jonas-. Fue bondadoso de tu parte traerle flores -Habían flores a todo el largo de la cerca de admiradores de todo el mundo, pero Jonas hizo toda una demostración al mirar el ramo-. Realmente ama las flores.
    La mitad del maldito mundo estaba enviando flores y aún así no se le había ocurrido a Jonas hacerlo. Todo lo que quería hacer era abrazarla. Sentirla. Tocarla. Saber que estaba a salvo. Un hombre como Rudy Venturi sabía lo suficiente como para traerle flores, pero Jonas ni siquiera lo había pensado.
    – Rudy, tienes que ayudarla ahora. Trata de recordar todo lo que puedas acerca del hombre que habló con el atacante de Hannah.
    – No tengo una fotografía nueva firmada de ella. Siempre me da una, pero no lo hizo esta vez en New York.
    – ¿Hannah te dio una fotografía? -Si era verdad la iba a sacudir hasta que le castañetearan los dientes. Sabía bien que no debía acercarse demasiado al cordón. Un año antes le había advertido que dejara de firmar autógrafos a la gente.
    – Me la firmó -continuó Rudy-. Dice “Te deseo lo mejor, Hannah”. En cada acto me da una nueva y esta vez no lo hizo.
    Jonas apretó fuertemente los dientes y se tragó una maldición. Era tan propio de Hannah sonreír y asentir cuando estaban discutiendo acerca de seguridad y luego hacer lo que le daba la gana.
    – Probablemente tenía una, cuando fue atacada, y no pudo dártela -señaló, manteniendo la voz calmada.
    Rudy asintió y frunció un poco el ceño.
    – Pero si te digo que aspecto tenía, ¿me conseguirás la foto firmada? Tiene que decir, “Te deseo lo mejor, Hannah”. Deber decir eso, porque siempre me da una.
    Iba a hacer más que sacudirla. ¿En qué demonios estaba pensando? Rudy quizás parecía inofensivo, pero si lo iba a distinguir y hacerlo sentir especial, debería tener un guardia de seguridad cuidándola. Jonas se forzó a sonreír.
    – Me asegurare de que esté firmada, Rudy. Dime que recuerdas.
    Rudy arrugó la cara y realizó pequeños sonidos, como una computadora vieja y cansada tratando de acceder a la información.
    – Era grande.
    Jonas esperó, pero Rudy parecía contento consigo mismo.
    – Grande. Bien. Tengo eso. ¿Qué color de cabello? ¿Era corto o largo?
    – Rubio y corto. Muy corto. Y parecía mezquino. Sonreía, pero no era real. Era el mismo tipo de sonrisa que tienes tú.
    Jonas se quedó quieto. Rudy podría haber sufrido daño cerebral en el accidente, y tener apariencia infantil, pero aún era agudo, o quizás como un niño podía percibir la verdad más fácilmente que un adulto.
    – Lo siento. Estoy molesto por lo que ese hombre le hizo a Hannah.
    Rudy asintió.
    – Yo también. -Las cejas se le juntaron cuando estudió la cara de Jonas-. Te conozco. Hablaste conmigo con anterioridad. No fuiste amable.
    Jonas suspiró. Había temido que Rudy lo reconociera tarde o temprano. No, no había sido amable. Interrogó a Rudy con dureza, machacándolo con ahínco mientras el hombre se ponía cada vez más confuso y molesto.
    – Soy cuidadoso con la seguridad de Hannah y había recibido algunas cartas amenazadoras.
    Rudy bajó la cabeza.
    – Yo le escribí.
    – Si, leí las cartas. Escribiste varias. -Rudy la había llamado por algunos nombres desagradables y la amenaza era más implícita que manifiesta. Jonas había querido cruzar la mesa y hacerlo pedazos hasta que se dio cuenta que estaba tan obsesionado con conseguir una fotografía de Hannah que de hecho superaba el deseo de hablar con Hannah. ¿O es que Rudy era lo suficientemente inteligente para aparentar ser débil y tartamudo? Jonas había descubierto que los asesinos eran muy manipuladores y embaucadores.
    – Estaba enfadado porque no me dio la fotografía. Cuando estaba en Australia, no me la dio. Siempre me da una.
    – Sí, sé que lo hace -dijo Jonas con tanta paciencia como pudo reunir-. Te daré una de ella, firmada como te gusta. ¿Qué más recuerdas? ¿Oíste algo de lo que dijeron? ¿Tenía cicatrices el hombre? ¿Un tatuaje?
    Rudy pareció excitado.
    – En la mano, justo aquí. -Se frotó lo nudillos-. Tenía algo en la mano. Nunca lo había visto antes.
    Jonas trató por varios minutos más de extraerle información, pero claramente Rudy no sabía nada más. Estaba dispuesto a inventárselo si Jonas quería que lo hiciera, por la fotografía, pero realmente no recordaba nada más.
    – Haré que reciba tus flores, Rudy, a menos que quieras dejarlas en la valla con todas las demás -ofreció Jonas.
    Rudy cogió otra vez las flores y las puso frente a todos los demás ramos, mirando hacia las ventanas de la casa de las Drake.
    – Puede verlas desde aquí. ¿Conseguirás mi fotografía ahora?
    – Sí. ¿Te importaría esperar detrás de la cerca ahora?, para que la gente de seguridad no esté preocupada
    Rudy volvió a salir por la verja y se arrimó.
    – ¿La conseguirás firmada?
    Jonas asintió y se alejó deprisa, topándose con Matt, que estaba patrullando el perímetro de la cerca con un par de hombres de la familia y la seguridad que contrataron.
    – ¿Has visto a Jackson por aquí?
    Matt indicó colina arriba.
    – Creyó ver a un par de periodistas escalando la cerca y fue en esa dirección para verificarlo.
    Jonas maldijo suavemente.
    – ¿Por qué no se van todos a casa?
    – No creo que eso ocurra durante un tiempo -dijo Matt-. Pero los negocios en Sea Haven están floreciendo. Cada hotel está lleno y las tiendas y cafés están poniendo al día como atracadores. Creo que los precios se han triplicando.
    – Eso he oído. -Jonas se rascó la mandíbula con la mano-. Dile a Jackson que necesitamos revisar todas las cintas de nuevo… las que tomaron las cadenas de televisión a la multitud que estaba afuera, tanto del desfile de moda como de la fiesta.
    – Piensas que vas a conseguir información nueva.
    Jonas se encogió de hombros.
    – Vale la pena intentarlo.

CAPITULO 12

    Las Drakes estaban esperándole en el salón, todas menos Hannah. Sabían que estaba enfadado por la actitud de su cuerpo. Sarah saltó para interceptarlo cuando empezó a subir las escaleras, pero él levantó la mano para pararla, echándole una única mirada llena de emoción.
    – No -le advirtió.
    Ella asintió.
    – Cuéntanos, Jonas.
    Él miró sobre su cabeza, hacia Joley.
    – Tú cuida de ésta. -Señaló con la cabeza hacia ella-. Y yo cuidaré de Hannah-. Le dirigió otra mirada aún más furiosa a Joley y subió corriendo las escaleras hacia la habitación de Hannah.
    La puerta estaba cerrada con llave y ésta vez no se molestó en llamar. Al infierno con eso. Empezó a hurgar en la cerradura. Joley llegó tras él con Sarah.
    – Tienes que dejarla sola, Jonas. Para ella ha sido demasiado enfrentarse así con Prakenskii -dijo Sarah-. Necesita descansar.
    – Y tú necesitas meterte en tus asuntos. Hannah es una mujer adulta. Es mi mujer. -Hizo ésta declaración mientras forzaba la cerradura, abría la puerta y entraba, cerrándola en la cara furiosa de Sarah.
    Hannah estaba sacando ropa de su cómoda, con lágrimas cayéndole por la cara, mientras la lanzaba a una pequeña bolsa de deporte que había abierto encima de la cama. Pudo ver la fatiga y los oscuros círculos que rodeaban sus ojos. Se le encogió el corazón a pesar de su enfado. Hannah era una mujer de grandes contrastes. Parecía frágil y delicada, pero aún así tenía un corazón de hierro. Tenía ataques de pánico, pero defendía valerosamente a sus hermanas. Era tímida, pero se convirtió en un personaje público.
    Nunca podría, mientras viviera, superar la visión de ella entrando en la habitación, la cabeza en alto, con la cara cortada profundamente y en carne viva, pero con la mirada firme mientras enfrentaba a Prakenskii con la dignidad de una reina. Se dio cuenta de que eso le estaba costando su orgullo. Sabía que no quería que la vieran. Pero permaneció de pie frente a todos e insistió en que la tratasen como a una adulta. Nunca había estado tan orgulloso de ella. Aún así, aquí estaba él, para reñirla. Otra vez. Suspiró.
    Ella levantó la vista, sus húmedas pestañas de punta, casi le rompieron el corazón. Se llevó la mano defensivamente a la garganta, donde le habían hecho tres cortes deliberados, dañándole las cuerdas vocales para siempre. Quiso atraerla a sus brazos y apretarla fuerte.
    – Sal -le dijo ella-. Tienes que salir y dejarme sola.
    La furia lo atravesó. Demasiado para sus buenas intenciones. Volvió a cerrar la puerta de golpe, ésta vez contra Joley cuando ella intentó entrar, y cerró el pestillo, cruzando la habitación de tres grandes zancadas.
    – ¿Qué demonios creías que estabas haciendo, Hannah? -Jonas la cogió por los hombros y le dio una pequeña sacudida-. ¿Te gusta jugar con fuego? Te dije que te mantuvieras alejada de Rudy Venturi. Puede parecer indefenso, pero está viviendo en una fantasía y no sabes qué puede pasar si su fantasía se interrumpe.
    – ¡Jonas! -protestó Sarah, desde el otro lado de la puerta-. ¿Qué estás haciendo?
    – Voy a sacudirla, eso es lo estoy haciendo -exclamó Jonas-. ¿Por qué no puedes, aunque sea por una vez, estar de acuerdo con algo de lo que digo, Hannah? ¡Ese hombre es un patán chiflado y le llevas una fotografía firmada personalmente! Sé de lo que te estoy hablando cuando nos referimos a seguridad, pero no, tú simplemente tenías que desafiarme. -Sus ojos se oscurecieron, brillando sobre su cara levantada, mientras le daba otra sacudida, con la furia recorriéndolo, creciendo y creciendo como las imágenes de un cuchillo apuñalándola, mientras él estaba a miles de millas de allí, danzaban por su cabeza-. Haces lo que todo el mundo te dice como una maldita mascota, pero conmigo, tienes que discutir y desafiarme en cada recodo. Incluso si estás arriesgando tu propia vida.
    – Para, Jonas -lo llamó Joley, golpeando la puerta-. Para. Suenas como si fueras a hacerle daño.
    – Nunca le haría daño -declaró Jonas, soltando a Hannah abruptamente-. Lárgate de una maldita vez, Joley. Tú también, Sarah. Esto es entre Hannah y yo.
    – Estoy bien, Joley -le aseguró Hannah-. Déjanos.
    – ¿Estás segura, Hannah? -preguntó Sarah-. No tienes por qué aguantarle que te grite.
    – Yo no me entrometí entre tú y Damon, Sarah -siseó Jonas-. Concédenos la misma cortesía. Iros. -Se pasó ambas manos por el pelo, esperando a que el ruido de pasos se desvaneciese antes de mirar a Hannah-. Maldita sea. ¿Por qué arriesgaste así tu seguridad?
    Retrocedió alejándose de ella, las manos le temblaban mientras cruzaba la habitación. Su pecho se hinchaba mientras intentaba llenarlo de aire, mientras intentaba alejar las imágenes que surgían en tropel. Había habido demasiada sangre. Su largo cabello estaba por todas partes, pero en vez de ser platino y dorado, los rizos eran rojos. Casi no podía respirar y de hecho se tambaleó, buscando ciegamente algo a lo que agarrarse.
    Hannah lo cogió del brazo.
    – Siéntate, Jonas. No has dormido en días.
    – Semanas -la corrigió y se hundió en la silla grande junto a la chimenea. Él la abrazó por la cintura, enterrando la cara contra su estómago. Sus brazos ciñeron, dos bandas de acero, trabándola a él, manteniéndola tan cerca como pudiera conseguir. Un estremecimiento atravesó su cuerpo-. Maldita sea, Hannah. Me estás matando.
    Los dedos de Hannah se enterraron en su pelo, haciendo pequeños círculos tranquilizadores contra su cuero cabelludo en un intento de calmarle.
    – Todo está bien, Jonas. Estoy viva. Todo va a ir bien.
    Arrodillándose, apoyó su cabeza contra la de él, sin estar segura de estar diciéndole la verdad. No estaba segura de haber sobrevivido. Estaba viviendo, pero vivía con el terror y la comprensión de que alguien la odiaba tanto como para destruirla. Ella no era fuerte como sus hermanas. Prefería el amparo de su hogar, de su pueblo, la familiaridad de las cosas con las que había crecido. Siempre se había sentido segura en Sea Haven. Ahora no sabía dónde estaría a salvo. Quienquiera que fuera el que la odiaba estaba aquí en Sea Haven y no podía arriesgarse a que hirieran a sus hermanas, o a Jonas. Tenía que marcharse y tenía que irse sola.
    Jonas normalmente la protegía de la intensidad de sus emociones, pero justo ahora, estaba demasiado trastornado. Sentía en él la misma desesperación que ella recordaba de hacía tanto tiempo, cuando él había intentado mantener a su madre con él, de salvarla, de encontrar una forma de alejarla del dolor. El dolor de Jeanette Harrington había sido, como el de Hannah, de los dos tipos, físico y emocional. No quería morir y dejar a su hijo solo en el mundo. Hannah no sabía cómo vivir. Jonas se sentía responsable de ambas -siempre lo había hecho- y justo ahora, todo esto se mezclaba con la furia y el pesar.
    En ese momento supo, con asombrosa claridad, que su propia incertidumbre no le importaba. Sintió el estremecimiento que recorrió el cuerpo de Jonas y sintió que tenía que encontrar una forma de alejarle del dolor. Captó las imágenes de su ataque en su mente. La desesperada necesidad de llegar a ella, la agonía del pensamiento de perderla. La furia contra sí mismo por no estar con ella para protegerla. No encontró compasión, ni horror por la visión de su cuerpo mutilado, y eso fue un don inesperado. Pero el amor que encontró ahí, fuerte -intenso, casi desperado- la sofocó. ¿Cómo podría dejarle si ella se sentía de la misma forma?
    – Estoy enfadado contigo, Hannah -susurró él, manteniendo la cara enterrada en la calidez de su cuello-. Estoy realmente enfadado contigo.
    – Lo sé. -Ella le sostuvo la cabeza entre sus brazos, manteniéndolo cerca-. Está bien. Lo conseguiremos. No sé cómo, pero lo haremos. -Estaba agradecida porque no hubiera testigos del pánico de Jonas. Era un hombre fuerte y orgulloso, y derrumbarse delante de cualquiera -especialmente de su familia, a quienes él creía que necesitaba proteger siempre- lo humillaría.
    – Tienes que escucharme, Hannah, cuando se trata de un asunto de tu seguridad. No puedo funcionar así. El miedo es paralizante, desmoralizador, ni siquiera puedo respirar pensando en ti así. Tienes que hacer al menos esto por mí. Dame eso.
    Ella le besó en la frente.
    – No lo hago a propósito, Jonas. No es un desafío. No sentí una amenaza por parte de Rudy, sólo soledad. Yo sé lo que es eso. A veces, incluso rodeada por mis hermanas, me sentía sola.
    – Porque crees que nadie conoce a tu verdadero yo -dijo él-. Pero yo sí. Yo te veo, Hannah. Nunca has estado sola. -Pero ella no lo había visto. No lo había podido leer en él y no había visto su pasada frustración e ira. Él la había protegido de conocer sus verdaderos sentimientos. Ella se las había arreglado durante tanto tiempo, bombardeada por la gente que la rodeaba, y él no había querido añadirle esa carga. Al final casi pierde su oportunidad con ella.
    – Hannah. -Apretó su abrazo sobre ella-. Rudy Venturi es inestable. A ti te dio pena, pero no se te ocurrió que en su mente él no es una amenaza. No la sentiste en él porque no cree que esté haciendo nada malo. Si él decide que tiene que matarte para mantener a los hombres malos lejos de ti, no cree que esto sea incorrecto. No puede sentir maldad o incluso amenaza porque su intención es ayudarte. No todo es como tú crees que es.
    Hannah suspiró.
    – Lo siento, Jonas. No tuve intención de trastornarte tanto. Me dio pena de él. No creí que llevarle una fotografía fuera para tanto. Debí haberte escuchado.
    – Está bien -murmuró él-. Está bien. Háblame del Reverendo. ¿Hablaste también con él?
    El brusco cambio de tema la hizo vacilar. Hannah intentó apartarse, pero él mantuvo sus brazos a su alrededor, levantando la cabeza y mirándola hacia abajo.
    – Lo hiciste, ¿verdad?
    – Él esta aquí, justo en el condado de al lado, es prácticamente un vecino, y yo pensé que a lo mejor él podía sencillamente ver que yo no estaba tratando de influenciar negativamente a las jóvenes…
    Jonas cerró los ojos y gimió.
    – Hannah, está a un par de horas. No tiene nada que ver contigo.
    – Algunos de sus seguidores estaban casi en cada acto protestando. Estaban diciéndole cosas sobre mí especialmente a la prensa. Simplemente pensé que si me conocían, verían que yo no era tan mala persona.
    – Y ¿qué sucedió en ese encuentro, el cual sabías que te dije categóricamente que no se produjera?
    Hannah tomó aire profundamente y lo dejó salir, alejando su mirada de él.
    – Me hizo enfadar, ¿vale? -Ella se soltó de su abrazo y se puso de pie, cruzando la habitación con pasos rápidos y largos, pasos de pasarela, inconscientemente gráciles y sexys. Se giró, con sus grandes ojos oscurecidos por la furia-. Honestamente, Jonas, es el hombre más irracional que he conocido y muy sórdido. Traté de no entrometerme y leer sus pensamientos, pero estaba difundiéndolos tan alto y era tan repugnante, es un pervertido.
    Jonas gimió y se pasó una mano por la cara.
    – ¿No me digas que le llamaste la atención por eso? ¿No lo hiciste, verdad, Hannah?
    Ella se puso las manos en las -demasiado- esbeltas caderas, levantando la barbilla.
    – Por supuesto que lo hice. Estaba allí de pie con su actitud pomposa y piadosa, todo pagado de sí mismo delante de su pequeño grupo de seguidores, y actuaba de forma tan engreída, diciéndome que lo que hacía era una abominación. Era como si yo estuviera acostándome con los diseñadores. Y así se lo dije.
    Los nudos en el vientre de Jonas se estaban volviendo permanentes.
    – Le dijiste que también sabías que él estaba acostándose con sus jóvenes seguidoras, ¿verdad?
    – ¡Bueno, lo hace! Chicas inocentes que confían en él. Le apunté que era él el que estaba siguiendo el camino del diablo. -Ella frunció los labios-. Y debería haberle hecho una pequeña demostración de poder cuando se puso realmente desagradable conmigo.
    Jonas gimió, casi arrancándose los pelos con su exasperación.
    – No me extraña que tenga una fijación contigo. Deberías haberte mantenido alejada de él. Hubiera ido tras una presa más excitante si tú no te hubieras enzarzado con él.
    – Es un pervertido, Jonas, y deberías encerrarlo.
    – Esto se está poniendo peor. Me deberías haber dicho que te enfrentaste con él. -De repente frunció el ceño-. ¿Qué te decidió a enfrentarlo? Nunca haces éste tipo de cosas. ¿Por qué narices tuviste que empezar con el Reverendo?
    Ella se encogió de hombros, pareciendo repentinamente cautelosa.
    – Greg pensó que sería una buena idea enterrar el hacha. No creía que nos viniera bien en los medios de comunicación tener a un predicador protestando en cada acto. Pensó que si nos encontrábamos, el Reverendo sería razonable.
    Ambos oyeron como alguien manipulaba la cerradura.
    – Jonas, Hannah realmente necesita descansar -gritó Sarah-. Quiero decir que si no dejas de discutir con ella, vamos a entrar y a hacer que te vayas. Deja de intimidarla.
    – Largo -gritaron Hannah y Jonas simultáneamente.
    Jonas apretó los dedos en un puño y se giró alejándose de ella. Estaba volviendo a querer zarandearla para meterle algo de cordura.
    – ¿Escuchaste a Greg Simpson en asuntos concernientes a la seguridad y no a mí?
    – Estás haciendo de esto algo personal, Jonas. -Hannah se tocó la garganta como si le doliera-. Greg es mi representante…
    – Era -corrigió Jonas-. Si ese bastardo aparece por aquí, voy a arrojarlo a una celda.
    Hannah cerró la boca abruptamente para cualquier cosa que fuera a decir, un pequeño temblor la recorrió. Estaba volviéndose difícil respirar. Sentía el pecho tenso y los pulmones le ardían, privados de aire.
    – No quiero discutir sobre esto. Hice lo que creí que era mejor para mi carrera.
    – Sí, porque tu carrera es mucho más importante que tu vida.
    Hannah le siseó, con los brillantes ojos echando chispas.
    – Me estás haciendo enfadar, Jonas. ¿Es eso lo que quieres? ¿Como estás enfadado conmigo vas a decirme cosas que me contraríen? No tienes que recordarme que me hirieron. Soy la que tiene la cara cortada en pedazos.
    Sarah empujó la puerta abierta, sus gritos estaban inquietando a todas las Drakes, dándole a Sarah lo que ella creía que eran suficientes razones como para intervenir. Hannah onduló la mano y el viento corrió desde el balcón cerrando de golpe la puerta antes de que Sarah pusiera un pie en la habitación.
    – No te atrevas a hacer eso -estalló Jonas, adelantándose un paso, invadiendo el espacio de Hannah, siguiéndola por la habitación mientras ella retrocedía-. No juegues conmigo tu triunfo de “pobre de mí, acabo de salir del hospital”. No sobre esto. ¿Cuántas veces te he dicho cómo manejar a éstos chiflados? He estado en el oficio durante años, Hannah. Es mi trabajo saber cómo manejarlos, y aún así ¿te quedas con la palabra de un profano antes que con la mía?
    – No fue así, Jonas -protestó Hannah, apoyándose contra la pared-. Y deja de intentar intimidarme. Sólo me hace enfurecer.
    – Enfurécete entonces. Quizás lo entiendas ésta vez, pequeña, porque maldita sea, me estoy hartando de ser siempre el último en tu lista. Cuando te digo algo, ¿crees que lo hago simplemente para molestarte?
    Hannah fue duramente derrotada en su réplica y se dio cuenta de que por primera vez desde que fue atacada, se sentía viva. La sangre estaba cantándole en las venas y el pulso le latía en los oídos. Jonas se negaba a tratarla como si fuera una frágil y delicada flor, demasiado magullada para ver la luz del día. Estaba enfadado y dejaba que ella lo supiera. Se sintió normal. Jonas le hacía sentirse normal y eso era bueno. Sólo unos momentos antes estaba cerca de sufrir un ataque de pánico, pero él simplemente lo había eliminado.
    – Algunas veces, sí lo hago. Me incordias a propósito, especialmente en lo que se refiere a mi trabajo. Siempre lo has odiado y te divertía. Greg llevaba mi carrera. Tenía que creer que lo que él me sugería era lo mejor.
    Jonas se quedó muy quieto, su cuerpo apretando el suyo, tan cerca que sus senos se rozaban contra su pecho y él era consciente de cada una de sus respiraciones.
    – ¿Estás diciéndome que Simpson te sugirió que le dieras a Venturi una foto con un autógrafo en cada acto al que él asistiera?
    Ella le puso una mano en el pecho, extendiendo los dedos, preparándose para la tormenta.
    – Quería hacer algo, y le pregunté si podía hacer que Rudy recibiera una foto mía. Dijo que debería dársela yo misma cada vez que Rudy asistiera. Hizo fotos unas cuantas veces y un par de ellas escribió sobre esto. Yo le dije que no quería que se usara para hacer publicidad, pero los artículos ya habían sido enviados.
    Jonas juró de nuevo, masticando las palabras entre los dientes, deslizándose los dedos por el pelo hasta llegar a la nuca.
    – Tienes un gran problema, Hannah. -Había una advertencia y una lenta caricia en su voz-. ¿Por qué no se te ocurrió que yo me preocupaba realmente por tus intereses?
    – Quizás fue el comentario de “muñeca Barbie”. O la acusación de “quitarse la ropa para que lo viera el mundo entero”, o el millón de pullas que te gusta arrojarme. -Ella se frotó la garganta de nuevo, dando un pequeño respingo cuando la yema de su dedo se deslizó sobre los profundos cortes, todavía en carne viva.
    Jonas le cogió la mano y se la llevó hacia su pecho, capturándola ahí mientras se inclinaba a rozar los cortes con besos.
    – No lo toques. ¿Te duele la garganta? -Su voz era incluso más un susurro que un sonido.
    – Por dentro. La siento rasgada y ardiente.
    – Entonces no discutas conmigo. Tengo toda la razón y lo sabes. Deberías haberme escuchado. -Jonas presionó besos ligeros como plumas por su garganta y por la curva de su mandíbula-. Dilo, Hannah. Di que deberías haberme escuchado.
    Ella no podía pensar muy bien con su cuerpo tan cerca, pegado al suyo, y su boca deslizándose por su piel. Había estado decidida a mantenerlo a un brazo de distancia. A pesar de lo que los otros pensaran, ella supo instintivamente que el peligro la rodeaba. No venía de una dirección particular, pero el viento se lo dijo. Permaneció al margen tanto como le fue posible, esperando localizar a su enemigo, pero la identidad de la persona la eludió. Sólo podía intentar proteger a la gente que amaba. Y ella amaba a Jonas. No podía recordar un tiempo en que no lo hubiera hecho.
    – Jonas… -Insertó ambas manos entre ella y su pecho, intentando conseguir un poco de espacio-. Sabes que esto no puede funcionar. -El solo pensamiento de perderlo la hacía helarse por dentro, pero incluso Jonas necesitaba protección. Él no lo creía, pero ella lo había visto vulnerable y dolido. Mejor que se enfadara con ella y supiera la verdad completa, aunque después la despreciara.
    La impaciencia cruzó rápidamente su cara.
    – No empieces, Hannah. Ya me has fastidiado bastante por un día.
    – No puede funcionar, Jonas. Tú crees que has visto quién soy, pero ves lo que quieres ver, igual que mis hermanas.
    – Tus hermanas ven lo que proyectas deliberadamente para ellas -la corrigió él-. Yo te veo.
    – Soy una cobarde, Jonas -admitió ella, desesperada por salvarlo-. Me amarías un tiempo, y después cuando te dieras cuenta de lo que soy realmente, se convertiría en desprecio.
    Él estalló en risas, inclinándose para besarle la punta de la nariz.
    – Quizás fueras una cobarde para admitir que me amabas, pero no eres una cobarde, pequeña.
    – Sin embargo, lo soy. -El pánico estaba regresando como siempre lo hacía. A gran escala, atacando como lo había hecho el hombre que la había apuñalado. Agarrándola apretando los dedos, hasta que tuvo que luchar por su aliento, hasta que no pudo pensar claramente. Había ido a peor desde que fue apuñalada. Las paredes se cerraban sobre ella, y atrapada como estaba ahora, con el cuerpo de Jonas impidiéndole salir corriendo, tuvo que esforzarse profundamente para mantener el control.
    – ¿Porque prefieres quedarte en Sea Haven antes que viajar por el mundo? ¿Porque eres un poco tímida en público? ¿O porque tartamudeas un rato cuando estás entre personas que no conoces? Si fueras una cobarde, Hannah, no habrías intentado complacer a tu familia saliendo a perseguir una carrera que ni siquiera quieres, una carrera muy pública.
    – Tenía que defenderme por mí misma.
    – Si, tenías, pero intentar agradar a la gente que quieres no te convierte en una cobarde. Exasperante quizás, pero no cobarde. Y nunca has tenido problemas para enfrentarte a mí.
    Ella bajó la mirada hacia la evidencia de los cortes en las manos y los brazos.
    – Sí los tengo.
    – No, quieres complacerme, de la misma forma que quieres complacer a tus hermanas, pero te mantienes firme y haces cualquier maldita cosa que quieres hacer y cuando quieres hacerlo. Me están saliendo canas, deberías saberlo.
    Hannah frunció el ceño. ¿Lo hacía? Ya no sabía nada. Su vida había cambiado dramáticamente en segundos. Se tocó las terribles heridas en su cara y cuello, pero evitó tocar sus pechos. Todavía veía cada imperfección de su cuerpo, cada gramo extra, y ahora estaban las terribles heridas abiertas en su carne. Jonas había acunado sus pechos, la había mirado como si fuera la mujer más hermosa del mundo. No podía soportar los recuerdos de él mirándola tan reverentemente, tan amorosamente.
    Abruptamente, cogió la manta y se refugió en el balcón. Aunque el sol ya se había puesto y sería difícil para un fotógrafo conseguir una foto clara de ella, se deslizó la manta como una capucha sobre la cabeza para mantener la cara en las sombras.
    Jonas la siguió con un pequeño ceño. Nunca había sido bueno con las palabras cuando tenía que ver con Hannah. Estaba seguro de poder encantar a los pájaros de los árboles cuando se refería a otros, pero Hannah le volvía del revés y le convertía en un idiota. Odiaba que ella estuviera herida. Cada instinto, cuerpo y mente, quería protegerla, quería hacérselo todo más fácil, pero no tenía idea de cómo. Estaba desorientado, cometiendo errores y perdiendo la calma.
    Impacientemente, se acercó a la barandilla para tener una mejor vista de lo que los rodeaba. No había construcciones cercanas en las que alguien pudiera apostarse con rifles, pero alguien podría conseguir un ángulo desde los riscos. Los fuertes vientos cambiando sobre los acantilados podían hacer el disparo extremadamente difícil, de todas formas. Probablemente sólo había una docena de hombres en el mundo que pudieran hacer ese disparo y dudaba que ninguno de ellos tuviera resentimiento contra Hannah.
    – Estoy segura aquí. El viento me avisará.
    Jonas inspeccionó el agua, tomando nota de las rocas. Los barcos no podrían acercase lo suficiente y las olas eran demasiado fuertes y variables. De nuevo, sería difícil conseguir un buen disparo.
    Apoyó una cadera contra la barandilla y miró hacia la cabeza inclinada de Hannah. Todavía no lo estaba mirando realmente, ocultándole la cara con la manta. No quería que se escondiera de él. Había permanecido abiertamente enfrente de Ilya Prakenskii, las heridas severas y en carne viva en la cara y el pálido cuello, pero se escondía de él. El nudo en la garganta estaba estrangulándolo y el viento que traía sal marina, le quemaba en los ojos.
    – Sabes que no voy a permitirte que te alejes con esto. ¿Qué estabas haciendo preparando una bolsa? -Mantuvo la mirada fija en su rostro. Nunca había sido buena escondiéndole sus emociones.
    Hannah se envolvió más en la manta, tratando obviamente de esconderle más su expresión.
    – Sólo necesitaba un poco de espacio.
    Jonas se sentó en la baranda y columpió un pie de aquí para allá, permitiendo que el silencio se alargara y creciera. Las aves marinas se llamaban entre ellas mientras sobrevolaban en círculos perezosos, alguna se lanzaba, ocasionalmente, hacia abajo para desaparecer en el mar antes de remontar de nuevo con un pez hacia la roca en la que se encaramaría durante la noche. El océano se agitaba y giraba como una música atronadora que disminuía y aumentaba en lontananza.
    Él dejó escapar un suspiro.
    – Estás mintiéndome otra vez, Hannah. -Se inclinó hacia delante para captar su mirada esquiva-. ¿Crees que voy a dejarte salirte con la tuya sólo porque tienes una cicatriz o dos?
    Ella se tocó las feas líneas feas de su cara otra vez con las puntas de los dedos.
    – No te lo estoy preguntando. No es tu problema, Jonas.
    Él levantó una ceja.
    – ¿De verdad? ¿Tú no eres mi problema? -Bufó él burlonamente-. Tú has sido mi problema desde el jardín de la infancia. ¿Por qué preparabas una bolsa, Hannah?
    Las chispas estallaron en sus ojos y sus blancos dientes se apretaron en un arranque de genio.
    – Estoy protegiendo a mis hermanas, y a ti. -Furiosa con él, se le escapó la verdad sin querer y se arrepintió al instante.
    Debería haberlo sabido, haberlo adivinado. Hannah que pensaba de sí misma que era tan cobarde. Tuvo una curiosa sensación conmovedora en la zona del corazón. Se agachó delante de ella y le enmarcó la cara con ambas manos, inclinándose para rozar su boca con la suya. El más suave de contactos, apenas, sólo un suspiro de labios sobre los suyos.
    Hannah se echó hacia atrás, parpadeando para alejar las lágrimas.
    – No puedes hacer esto más. Por favor, Jonas, sólo vete.
    El se sentó sobre sus talones, estudiando su expresión apenada.
    – Me conoces mejor que eso. Empieza a hablar, Hannah, y será mejor que tenga sentido, porque tú y yo sabemos, que no voy a permitirte andar por ahí fuera sola. Si quieres salir, saldremos juntos, pero no vas a ir a ningún sitio sola.
    – No puedo estar contigo. Simplemente no puedo. Tienes que aceptar que ésta es mi decisión.
    – Nunca en la vida, pequeña.
    – Jonas. Dios. ¿Por qué no puedes simplemente dejarlo estar? Mírame. No puedo mirarme a mí misma sin sentirme enferma. -La admisión fue hecha con su suave voz ronca, pero el susurro de reserva creaba intimidad entre ellos-. No puedo soportar que tú me mires así. Y yo nunca, nunca quiero que me vean contigo en público.
    – ¡Oh, por el amor de Dios! -La miró exasperado-. ¿Te estás quedando conmigo?
    – Jonas, eres muy guapo y muy conocido por aquí. Tienes un cargo político. Te presentaste a sheriff y saliste elegido. ¿Puedes vernos el uno al lado del otro? Pobre Jonas con su monstruosidad de novia.
    – No estás haciendo esto, Hannah.
    – Es la verdad. No puedo salir sin fotógrafos que quieren robarme una foto de mi imagen y cubrir con ella todos los periodicuchos de chismes. Tengo algo de vanidad y orgullo.
    – Yo no escucho esa mierda. -Se paró, por un momento destacando sobre ella, creando una sombra oscura en su cara, la mandíbula cuadrada, la boca apretada en una línea dura y entonces simplemente la cogió en brazos y la sostuvo contra su pecho, sentándose en una silla, poniéndola en su regazo, con manta y todo-. Eres tan tonta a veces, Hannah, me vuelves loco. Me importa un bledo lo que diga la gente. Nunca lo ha hecho.
    La besó una esquina del ojo, apartándola la manta, para poder rozar con la barbilla la cima de sus rizos sedosos y besarle la ceja, encendiendo un sendero hacia la esquina de su boca, rozando los irritados cortes rojos con diminutos besos como mariposas mientras seguía. Su boca se posó en la de ella con exquisita ternura. Los labios eran suaves y plenos, y temblaban bajo los suyos. Su respuesta fue tentativa, renuente, así que él siguió engatusándola, mordisqueándole el labio inferior, tanteando el borde de su boca con la lengua, deslizando los labios adelante y atrás sobre los de ella, tirando con los dientes hasta que cedió y abrió su boca para él.
    Derramó todo lo que él era en su beso, dándole amor, ternura y apoyo, mezclado con deseo y calor y cruda necesidad. Le rodeó la nuca con la palma de la mano, sus dedos encontraron el tesoro de rizos dorados y color platino, sosteniéndolo para poder explorar su boca. Fue cuidadoso, gentil, no permitiendo nunca dar rienda suelta a su pasión, sin permitir nunca que se lo llevara. El pecho, las costillas y el estómago estaban cubiertos de heridas y tuvo cuidado para no rozar la piel aunque sujetarla no era suficiente.
    La boca de Hannah era cálida y húmeda y sabía como ella, a miel y a especias y ultra femenina. Podría pasarse la vida besándola. Al principio, ella permaneció pasiva, permitiéndole besarla, pero cuando la engatusó, ella comenzó a animarse, a respirar con él, a enredar la lengua con la suya, enviando pequeñas y deliciosas pinceladas eléctricas cantando a través de sus venas. Con mucho cuidado, la atrajo más cerca, orientando su boca para un más profundo, más satisfactorio beso.
    Los labios de ella se calentaron, se ablandaron, se adhirieron a los suyos. Su cuerpo se volvió de acero, duro y caliente y tan vivo que podía sentir un relámpago arqueándose por su corriente sanguínea y un trueno en los oídos. Le sostenía la nuca con la palma de la mano y la movió un poco para que estuviera más cómoda en su regazo. La mantuvo atrapada, pero tuvo cuidado de hacerle sentirse segura, no capturada. Amar a Hannah no era fácil. Ella estaba siempre al límite de salir huyendo, casi como si tuviera miedo de la intensidad de la pasión que él despertaba en ella.
    Una mano bajó por su espina dorsal, un lento viaje de descubrimiento, mientras su boca intentaba saciar el cada vez más creciente deseo. La lujuria era aguda y profunda, mezclada con el amor, tan plena que él no podría decir donde empezaba una y acababa el otro. Hannah era una mezcla explosiva de exótico, candor y auténtico puro sexo. Ella se movió y él quedó fascinado instantáneamente. No le costó mucho. Incluso su nueva voz le parecía erótica. Hannah se ajustaba a él. Había sabido de alguna forma incluso cuando eran niños, que ella era la única. Estaba hecha para él. La besó una y otra vez. Besos suaves y apacibles, besos duros y hambrientos, tentando y explorando su cálida y apasionada boca.
    Hannah se movió contra él inquieta, su cuerpo fundiéndose, su necesidad de él cambiando de mental a física. Su boca parecía estar devorándola, aún así ella quería más, quería estar más cerca, quería sentir el calor de su piel bajo sus manos y su boca. Era tan egoísta. Siempre era sobre ella. Lo que ella quería. Sus necesidades. Ponía a Jonas en peligro, así como estaba poniendo a sus hermanas en peligro permaneciendo allí. Bruscamente levantó la cabeza, sufriendo por querer tenerlo cerca, atemorizada de no tener el valor necesario para dejarlo marchar.
    – Jonas… -Iba a tener un ataque de pánico. Iba a tenerlo. De nuevo. Justo enfrente de él. No podía respirar.
    No podía pensar con el latido atronador del terror en los oídos y el miedo golpeándola a través de su cuerpo. Odiaba la debilidad insidiosa que se arrastraba y se abalanzaba siempre que estaba segura de que podía ser fuerte. Le robaba demasiada vida, le quitaba su capacidad de funcionar y razonar.
    – No lo digas, pequeña, por favor. -Él apoyó la cabeza contra la suya-. Déjalo por ahora. -Inspiró con dificultad, intentando devolverse a la realidad.
    Ella estaba preparándose para huir. Hannah se estaba distanciando de él, y no iba a sacar nada con discutir. Estaba tan decidida a protegerlos a todos, se estaba haciendo enfermar. Y si tenía otro ataque de pánico y se deshacía delante de él, iba a cogerla y llevársela lejos donde nadie más los encontraría jamás, como un cavernícola. Eso es lo que iba a pasar
    Jonas ignoró su propio miedo y la besó en la boca y en la frente, echándose hacia atrás gentilmente. La dejó sobre los pies mientras se levantaba, extendiendo la mano hacia ella, decidido a no perderla.
    – Te juro, Hannah, que estás pensando tanto que te está saliendo humo de las orejas. Simplemente para. Quedémonos juntos aquí afuera hasta que estés demasiado cansada y yo me echaré contigo. Si eso te da miedo, me sentaré aquí fuera en el sofá otra vez y pasaré de nuevo la noche al fresco.
    Hannah vaciló, y entonces extendió lentamente la mano hasta colocar los dedos sobre su palma. Él apretó su agarre instantáneamente, sin darle tiempo a cambiar de opinión. El aire era más frío mientras soplaba la brisa del mar, trayendo sal, niebla y el sabor del océano. Prefería yacer junto a su cálido y suave cuerpo -aunque eso significara que el suyo estaría duro y dolorido-, que pasar otra noche preocupado mientras se sentaba en el sofá observando desde lejos
    – Sabía que estabas allí. Me hizo sentirme segura.
    – Estás a salvo conmigo. -La volvió a envolver en la manta para protegerla del viento más fuerte. Cuando ella se sentó, él tiró de su silla para acercarla a la de él. Inclinándose hacia delante, le enmarcó la cara entre las manos y la miró directamente a los ojos, capturando su mirada de forma que ella no pudo apartar la suya.
    – Sé que tienes miedo, pequeña, pero eso no te convierte en una cobarde. Hay algo especial entre nosotros. No puedes permitir que ese loco nos lo quite.
    Hannah no pudo evitarlo. A pesar de su decisión de protegerlo, se inclinó para acercarse, le apoyó la cabeza en el hombro, y se acurrucó contra él.
    – Sé lo que hacemos, Jonas. Simplemente no sé qué hacer con ello. -Ella apretó los labios contra su cuello y se incorporó otra vez, echándose para atrás.
    – Yo sí -respondió él-. Sé exactamente qué hacer.
    Eso no iba a conmoverla. En vez de eso, Hannah levantó las rodillas y miró fijamente hacia el océano, donde el sol ya se había hundido en sus profundidades. Antes, el sol, pareciéndose a un balón de playa rojo gigantesco, resplandeciendo como una ofrenda, con rayos rojos y naranjas inclinándose mientras se ponía, había parecido verter lava fundida en las batientes olas. El cielo entero estaba cubierto por un color brillante y vívido. La puesta del sol era siempre muy hermosa, pero ella adoraba esta parte del día, justo mientras la noche y el día se encontraban y pasaban, como dos barcos sobre el mar.
    El cielo se oscurecía lentamente, como si una manta se dibujara lentamente sobre él. Las nubes se fueron perezosamente y las estrellas brillaron como gemas. La luna, en cualquier etapa que estuviera, brillaba como hermosa plata, rociando su luz a través de las oscuras olas. La paz reinaba.
    Jonas deliberadamente la había mantenido aquí afuera, donde ella podría respirar libremente y sin demasiada preocupación. Había notado su pulso apresurado, los pulmones funcionando con dificultad y la desesperación creciendo en ella. Pensaba que había sido lista escondiéndolo, siempre podía esconderlo de todos, pero no de Jonas.
    Hannah se frotó la frente. La cara le picaba y le ardía, pero si lo tocaba, la sensación sería peor. Sintió la repulsión en la boca del estómago. No podía soportar verse la cara en un espejo y no tenía la menor idea de cuánto más podría seguir encarando a Jonas sintiéndose tan rota. Extendió las manos hacia él como evidencia. Le temblaban.
    Jonas le cogió ambas y se las llevó a la boca, trazando con los labios los cortes.
    – Date tiempo, Hannah, pero no pienses que me puedes echar fuera. No pienso permitírtelo.
    – Ahora estoy atrapada aquí, Jonas. No puedo salir en público. No puedo recordar lo que debo haber hecho para que alguien me odie tanto. No puedo hacer el amor contigo nunca más… -Su voz se rompió y ella se soltó de sus manos, tirando de la manta hacia arriba para taparse la cara y cubrir sus sollozos-. Odio esta… esta autocompasión. Me prometí que no lo haría, pero tengo que alejarme de ti. Si te veo, Jonas, es mucho peor. No puedo verte.
    Se sintió abierto, como si le sacaran los intestinos. Dejó caer la cara entre las manos por un momento, tratando de aclarar su cerebro, intentando permitirse pensar claramente. Inspiró profundamente estremeciéndose y cuadró los hombros.
    – Estás confundida, Hannah, y lo entiendo. Afortunadamente para ambos, yo no. Me necesitas, tanto si lo crees como si no, y sé malditamente bien que te necesito.
    Esperó hasta que levantó la vista hacia él.
    – Lo hago, Hannah. Nunca pensé que podría mirar a una mujer y saber que ella era la razón por la que el sol sale por las mañanas, pero tú lo eres.
    – ¿Qué pasa si te hieren? ¿O a mis hermanas? Jonas, ¿qué pasa si algún loco coge un cuchillo y viene a por ti en la oscuridad? Tú simplemente te giras y él está acuchillándote. Diciendo “lo siento, lo siento,” pero cortándote en pedazos. No podría soportarlo. Realmente no podría. Prefiero dejarte y que estés vivo, ileso.
    La cabeza de Jonas se levantó bruscamente.
    – ¿Qué fue lo que él te dijo? -Alargó la mano y le quitó las manos de la cara-. Mírame, Hannah. ¿Te dijo algo?
    Ella frunció el ceño, tratando de recordar.
    – Estoy muy cansada, Jonas, y no puedo pensar con claridad cuando estoy cansada. -Miró hacia adentro, hacia la cama-. Me da miedo acostarme.
    Él aplacó la impaciencia, deslizando el pulgar por la parte de atrás de los dedos, acariciando la sensible piel.
    – Yo también. Las pesadillas no son divertidas. -Tiró de su mano, determinado a conseguir que se acostase en la cama con él y descansase. Estaba agotada, levantándose noche tras noche. Quizás había sido un error traerla a casa desde el hospital tan pronto. Por lo menos allí, la podrían haber sedado para que pudiera descansar.
    – Vamos, pequeña, no aceptaré un no por respuesta y tú estás demasiado cansada para discutir conmigo cuando sabes que no vas a ganar. -Tiró de su mano, llevándola con él de vuelta a la habitación.
    La acompañó de mala gana, situándose a su lado, insistiendo en que mantuviera las contraventanas abiertas. Jonas le pasó un brazo por la cintura para mantenerla cerca. Ella se puso tensa al principio, pero lentamente, mientras él le acariciaba el cuello con la nariz y le daba besos en el pelo sin pretender nada más, se relajó contra él, con su cuerpo suave y femenino.
    – Estoy hiriendo a mis hermanas. Lo odio. Ahora puedo sentirlas todo el rato, excepto a Elle. Se mantiene alejada de mí. No quiere inmiscuirse en mi privacidad. Pero me siento muy mal porque no puedo volver a ser mi otro yo.
    Se apoyó más contra él, encajando su cuerpo más cerca del suyo, rozándole la ingle con su trasero y enviando una corriente eléctrica a través de su riego sanguíneo. Jonas apretó los dientes y resolló.
    – ¿Puedes sentirlas? La casa está llena de pena y compasión y confusión. Yo he hecho esto, Jonas, y no sé cómo deshacerlo.
    Rozó con besos su ceja y bajó por las salvajes heridas hacia la esquina de su boca y después hacia la garganta.
    – Tú no lo hiciste, un hombre con un cuchillo lo hizo. Nos queremos los unos a los otros, Hannah, y seremos más fuertes cuando salgamos de esto. No puede destruir nuestra familia. Tus hermanas te darán todo lo que necesites para enfrentarte a esto, y ellas lo enfrentarán a su propia manera. No te tratan como un bebé porque crean que no lo puedes manejar, lo hacen así porque quieren demostrarte que te quieren.
    – ¿Por qué estoy tan incómoda con ellas?
    Había desesperación en su voz. Jonas la movió contra su pecho, para que la cabeza descansara sobre su hombro y él pudiera abrazarla con ambos brazos.
    – La ira es una parte de la recuperación y todos nosotros estamos aquí, cerca de ti. Alguien te hizo daño, Hannah, te traumatizó, estarás enfadada un momento y atemorizada al siguiente. Eso es natural y todos lo esperamos.
    – Yo no lo hago, no lo hacía. Me avergüenzo de no poder parar de herir a todo el mundo.
    La mano de él se deslizó sobre su pelo, enredándose en las sedosas hebras.
    – Duérmete, pequeña, y deja que yo me preocupe esta noche. Tus hermanas están uniéndose para ayudarte. Puedo sentir la oleada de poder en la casa. Cuándo te despiertes, tus heridas no serán tan crudas y es de esperar que te sientas un poco más en paz.
    Hannah permitió que sus ojos se cerraran mientras inhalaba, introduciéndose el aroma de Jonas en los pulmones. Él se sentía, se olía y sabía de forma muy familiar para ella. Seguro. Fuerte. Muy Jonas, y él tenía razón. Sentía la subida del poder femenino, fuerte, seguro y amoroso, todo dirigido hacia ella. Las lágrimas le escocieron en los ojos y humedecieron sus pestañas. Por mucho que sus hermanas la incordiaran le llegaron al corazón con amor y curación.
    – Amo ser una Drake -susurró ella.
    – Yo también -respondió él y la rozó con más besos a lo largo del cuello.

CAPÍTULO 13

    Jonas se despertó totalmente despabilado. Le había llevado horas conciliar el sueño, demasiado consciente de Hannah a su lado. El sueño de ella era irregular, su cuerpo se movía constantemente y los brazos lo golpeaban como si se defendiera. Gritó una vez, rompiéndole el corazón. Él yació en la oscuridad, acariciándole el cabello y murmurando suavemente hasta que se calmó. Ahora se encontraba en penumbra con la culata de su arma en la palma de la mano y con el dedo en el gatillo escuchando, con un nudo en el estómago, los suaves gemidos de angustia. Hannah, corazón, es sólo un mal sueño, le aseguró, mientras colocaba el brazo alrededor de su cálido y suave cuerpo para incorporarse con deliberada lentitud, cuidando de no hacer ningún ruido. Sus instintos lo golpeaban con fuerza y quizás no fuera un sueño después de todo.
    Colocó la mano sobre su boca y se inclinó hacia ella. Quédate quieta. Dime qué sientes.
    La mirada de Hannah, tan azul durante el día, parecía negra y enigmática en la noche. Frunció el ceño bajo su mano y entonces él se sintió contactado, la mente de ella extendiéndose, buscando… se la escapó un jadeo. Están aquí. Tenemos que bajar ahora. Había urgencia en su voz, en su mente, en el modo en que se alzó y le agarró el brazo.
    Las puertas cerradas del balcón estallaron sin hacer ningún sonido. Las cortinas volaron con el impulso. Jonas frunció el ceño, el disgusto atravesó rápidamente su rostro.
    – No era necesario, Hannah. Accidentalmente podrías haber hecho ruido y alertarlos de que somos conscientes de su presencia. Además, de todos modos saldré para ver quién está ahí. Vas a ir abajo y llamar al 911.
    Hannah negó con la cabeza,
    – No fui yo, Jonas, la casa estaba en modo protección Tenemos que bajar las escaleras ahora. -Estaba temblando.
    Jonas la ayudó a salir de la cama. Los dos estaban vestidos, así que simplemente la abrigó con el suéter y la guió hacia la puerta.
    – Te llevaré abajo con tus hermanas, nena, pero debo salir.
    Hannah deslizó una mano entre las suyas,
    – No, no lo entiendes, no debes salir.
    Jonas la dejó empujarlo fuera de la habitación y anduvieron el pasillo en la oscuridad. Abajo en el salón, mientras descendían por la escalera de caracol, podía ver las velas parpadeando en un extenso círculo alrededor del intrincado mosaico del recibidor. Un segundo círculo encerraba al primero, un amplio sendero conteniendo pequeñas manchas negras cada pocos centímetros.
    Sarah extendió la mano y abrazó a Hannah guiándola hacia el centro del círculo. Hannah le mantuvo sujeta la mano hasta que él dio un paso dentro. En el momento en que lo hizo, Joley y Elle cerraron el círculo detrás de ellos.
    – Siéntate Jonas -dijo Sara. Señalando hacia un punto en lo alto del mosaico.
    – Corazón, tengo que salir donde seré mas útil.
    Miró alrededor, al círculo de caras de las hermanas Drake. A la luz de las velas su belleza lo impactó, todas diferentes, todas exóticas. Bien podía bien creerse que eran viejas almas de tiempos pasados con los cabellos sueltos y sus calmados y evaluadores ojos. Pero lo que más lo impactó fue su ausencia de miedo. Temblaban como Hannah, pero no era porque tuvieran miedo de los hombres que se arrastraban hacia su hogar a través de los árboles y la maleza.
    – La casa nos protegerá ahora, Jonas -dijo Sarah-. Debemos permanecer dentro.
    Odiaba cuando sus creencias y rituales chocaban con su territorio.
    – La casa no te protegió el año pasado cuando los hombres que iban detrás de tu prometido irrumpieron aquí y casi te matan -apuntó-. No voy a correr riesgos. Llama al sheriff y consígueme refuerzos.
    Hannah se le pegó, rehusando dejarlo marchar,
    – Eso fue diferente Jonas, habíamos abierto la casa a esos hombres. Dejamos las puertas abiertas y ellas les daban la bienvenida. Colocamos la casa en modo protección cuando regresé a casa del hospital. Por favor, siéntate con nosotras. No puedes salir.
    Sarah sacudió la cabeza.
    – En cualquier caso, el teléfono no funciona, estamos por nuestra cuenta.
    – Más razón que nunca para que salga a donde puedo protegeros.
    Joley tomó su otra mano y Libby extendió la suya moviendo la cabeza. Kate y Abbey se colocaron detrás. Entonces Elle puso la mano sobre él y sintió… la sacudida de la tierra y el repentino cambio de la casa como si se despertara. El estómago se le retorció en protesta y el corazón comenzó a acelerarse al fluír la adrenalina.
    – ¿Qué pasa si Jackson viene? Siempre sabe cuando estás en peligro Elle. -Repentinamente tuvo miedo, no sabía con qué clase de poder lidiaba.
    – La casa juzgará sus intenciones hacia nosotras, no hacia nadie más -le aseguró Sarah-, y actuará en consecuencia.
    – La casa nunca dañaría a Jackson -contestó Elle con calma.
    Miró a las sombras de alrededor y suspiró. No podía imaginar que la casa los protegiera, pero él sí podría protegerlas, a todas ellas, aún desde dentro si tuviera que hacerlo,
    – Dime que tienes un revolver Sarah.
    – Yo también tengo uno-dijo Joley-. Y sí, tengo permiso para llevarlo, así que no preguntes.
    Sarah se sentó delante del mosaico y las hermanas se colocaron alrededor de los azulejos habilidosamente artesanados. Jonas ocupó su lugar entre Hannah y Elle. El poder aumentó en el momento en que el círculo se completó y el suelo continuó cambiando y moviéndose como si estuviera vivo. Las hermanas se cogieron de las manos y comenzaron a balancearse, cantando suavemente, las palabras, más que escucharse se sentían, haciendo eco en su mente. El sonido era melódico y dulce, alzándose sobre el silencio de la noche en un susurro de dramáticas notas hasta que le pareció poder verlas brillar en la oscuridad.
    En el suelo frente a él, el mosaico comenzó a arremolinarse con vapor, rosas de humo o niebla ligera como si la brisa hubiera venido a aclarar la grisácea niebla y dejar los azulejos del mosaico comprensibles a los que lo miraran. Para su asombro podía ver las tierras que rodeaban la casa, como si loa azulejos fueran la pantalla de una cámara rota en fragmentos, pero que proveían una imagen del mundo exterior. Pudo ver la niebla colgando pesadamente encima y alrededor de la casa, protegiéndola de ojos curiosos, pero los alrededores eran tan claros como el cristal en los azulejos del mosaico.
    Algo se movió furtivamente por los arbustos, tratando de conseguir acceso a la propia casa. Las sombras se movieron y las figuras de varios hombres se arrastraron hacia delante. Estaban vestidos de negro y gris, confundiéndose con la noche, sus rasgos faciales distorsionados como si llevaran máscaras bajo las capuchas. Guantes y botas con los pantalones embutidos dentro, se movían por el sendero y portaban armas, lo cual le indicó a Jonas que eran atacados por profesionales.
    Su corazón saltó y trató de soltarse de la mano de Elle para poder alcanzar el arma otra vez, pero ella lo sujetó con fuerza. Estaba sentado sobre su trasero y mirando como al menos cinco hombres se afanaban en encontrar un camino a través de los setos, hacia la casa. ¿Qué clase de policía era él?
    Entonces los arbustos se movieron, las raíces salieron de la tierra y azotaron como un látigo de nueve colas. Barriendo rápidamente el suelo con uno de los hombres de negro. El latigazo lo golpeó en el estómago con fuerza, levantándolo y arrojándolo varios metros para aterrizar extendido contra la cerca.
    Jonas pestañeó y miró alrededor, al círculo de sobrias caras. Femeninas, Suaves. Pensaba en las Drake como apacibles y amables. Sin hacerle daño a nadie. Aún así ninguna de ellas parpadeaba o se estremecía, o miraba a otro lado. La vibración bajo él continuaba y la madera crujió, viva y alerta, esperando que los intrusos se acercaran.
    El hombre que había sido arrojado se puso de pie sin entenderlo y se sujetó a la valla para sostenerse. Gritó y separó la mano enguantada. El humo se elevó de la madera donde su guante se había derretido contra la valla. Se apresuró a bajar la cuesta, evitando el arbusto donde algo lo había golpeado, tomando una ruta alternativa que lo llevó hacia un grupo de árboles. Se movió con mucha más confianza una vez que llegó a la mezcolanza de secuoyas, robles, pinos y otros árboles.
    Jonas tuvo miedo de apartar los ojos del hombre reflejado en el mosaico cuando éste comenzó a correr por el laberinto de árboles. La tensión se elevaba en el cuarto. El canto ascendió, las palabras evocaban protección contra el mal, y detrás de ellos, en el segundo círculo, las sombras se alargaron y crecieron, formando imágenes insubstanciales, diáfanas, de mujeres vestidas con trajes antiguos de siglos ya pasados. Las figuras nebulosas se colocaron en un círculo cerrado alrededor de las Drake y Jonas, como si alguien pudiera querer atravesarlos para llegar al círculo interno.
    Jonas se inclinó hacia delante para ver mejor el mosaico. Cuando el intruso comenzó a escalar un alto y grueso árbol. Las ramificaciones extendiéndose hacia afuera, largas y curvas las ramas proveían una escalera para que el hombre trepara. Una de ellas alcanzaba el balcón del segundo piso. La habitación de Joley. El hombre colocó el pie en ella y comenzó a cruzar fácilmente.
    El árbol se estremeció, con un ondular de la corteza. Las agujas temblaron. El hombre se detuvo, mirando alrededor aprensivamente. Fue un momento en el que Jonas contó sus propios latidos del corazón. Uno. Dos. La rama descendió rápido y con fuerza. La boca del intruso se abrió ampliamente con un grito mientras se agarraba de varias ramas más pequeñas para no caerse. La gruesa rama se elevó rápido, las ramas más pequeñas se rompieron, catapultando al intruso varios metros sobre el risco escarpado. Girando, los brazos y las piernas se extendieron, como un molino de viento, antes de caer, abajo en el turbulento mar.
    – Santo infierno, Hannah.
    – Se tarda un tiempo en acostumbrarse. -Reclinó su cuerpo cerca del suyo, ofreciéndole protección, sin soltar jamás el vínculo con sus hermanas.
    Sarah se inclinó para soplar una de las velas oscuras frente a ella, justo fuera del doble círculo. La luz parpadeó en rojo sangre extinguiéndose después, chisporroteando en la cera.
    Jonas volvió su atención a dos hombres que escalaban las paredes de la casa. Al mismo tiempo dos más se dirigían al nivel inferior. Uno de los dos hombres que escalaba el edificio era extraordinariamente fuerte e inmediatamente se distanció de su compañero, subió al lado norte de la edificación, junto a la torre. Usaba la esquina para ayudarse a tomar impulso hacia arriba. El mosaico brilló anaranjado. Humo escapaba bajo cada mano y pie hasta que el hombre ascendió más y más rápido saltando finalmente sobre el balcón. Dio un paso sobre la sólida superficie y se detuvo apoyándose, respirando con dificultad.
    Alrededor de él, el hierro forjado comenzó a doblarse y moldearse, pasando de ser una baranda a lo que le pareció a Jonas un animal con una cola con espinas y un cuerno en espiral. El hombre retrocedió, sacando un arma, sus guantes estaban quemados y aún humeantes de tocar el lateral de la casa. El animal se encabritó sobre los cascos, alzándose sobre el intruso y luego bajando la cabeza. El hombre disparó varias ráfagas una tras otra, pero el animal pateó la tierra y se lanzó despiadadamente. El intruso era rápido, fustigando a un lado, agarró el cuerno para darse impulso en un intento desesperado de salvar su vida. La cola se sacudió, flagelando alrededor, perforando el estómago del hombre y levantándolo en el aire antes de arrojarlo sobre el suelo del balcón.
    Detrás de él, Hannah lanzó un pequeño sonido de angustia. Instintivamente trató de soltarse de las manos para intentar confortarla. Pero Elle y Hannah lo sujetaron con fuerza, sacudiendo las cabezas. Frunció el ceño mientras observaba el mosaico. La imagen del suelo del balcón y el cuerpo cayendo a la tierra bajo él.
    Al menos tendría un cuerpo con el cual trabajar, alguien al que poder identificar. El enorme hombre se había movido de una forma que con seguridad él ya había visto antes.
    Mientras vigilaba, los arbustos y árboles se movieron, las hojas crujieron y a través de la tierra, cepas de vid envolvieron el cuerpo con fuerza, como si fueran una alfombra y lo rodaron hacia el borde del acantilado.
    – ¡Alto! -gritó Jonas-. Haced que se detenga, necesito ese cuerpo, que desaparecerá si no logro recuperarlo del mar.
    El intruso se deslizó fuera del borde del risco y se zambulló en las turbias aguas de abajo. Sarah se inclinó y sopló sobre una segunda vela. Esta crepitó, brilló roja y gotas de cera cayeron sobre el suelo como brillantes puntos de sangre antes de que se apagara.
    El segundo escalador había alcanzado un balcón en el segundo piso, el cuarto de Elle, orientado al oeste. Dejó el mismo rastro de palmas humeantes y huellas de pies a un lado de la casa, se balanceó sobre la baranda de hierro forjado y aterrizó agazapado. Casi inmediatamente el suelo osciló bajo sus pies. Miró hacia abajo y el suelo sólido se había convertido en una sustancia parecida al jabón líquido. Comenzó a hundirse en ella. Mientras esto sucedía, el gel lo sujetaba y tragaba, despacio pero firmemente, recubriendo su cuerpo. Disparó su automática, ráfaga tras ráfaga contra el gel, pero este siguió moldeándose a su alrededor. Trató de liberarse a golpes, pero la casa se lo comió, centímetro a centímetro, absorbiéndolo hacia la viscosidad hasta que estuvo completamente dentro, rodeado por el balcón mismo
    Jonas sintió el estómago sacudirse.
    – Es una ilusión, ¿cierto? Dime que es una ilusión Hannah, porque esto es una locura.
    Le apretaba fuertemente la mano, súbitamente temeroso por todos. Si la casa estaba viva nadie estaba seguro. Deseaba agarrar a todas las mujeres y salir de allí.
    – En parte ilusión, en parte realidad. Ellos lo creen, así que es así -dijo Elle-. Vinieron a matarnos Jonas La casa está hecha de los espíritus de nuestros ancestros. ¿Pensaste que descansarían ociosamente mientras nos atacaban?
    – Pues Claro que sí, ¿acaso no se levantan los ancestros de todo el mundo y destruyen enemigos? Encuéntralos y diles que me conserven un cuerpo.
    El balcón se sacudió y escupió al intruso sobre las puntas de las ramas. Estas se movieron y enviaron el cuerpo al mar de abajo. Jonas maldijo mientras Sarah soplaba la siguiente vela.
    Los dos hombres que intentaban entrar por la planta baja estaban ahora en las ventanas. Uno en la que daba a la cocina y el otro en el lado contrario del salón. Cada instinto de Jonas insistía en que cogiera su arma, pero Elle y Hannah sujetaban sus manos apretadas, manteniéndolo encerrado dentro del círculo. Se le erizó el vello de los brazos y la habitación crujió a causa de la energía y el poder. El suelo siguió cambiando y las paredes parecía que ondularan. Tras ellos, las transparentes y diáfanas figuras se mecían y danzaban, con los brazos extendidos, las manos unidas.
    Jonas apenas podía mantenerse quieto y sentado en el círculo, cuando sabía que en cualquier momento los dos hombres podían introducirse a través de las ventanas. Escuchó un grito abruptamente silenciado y el sonido de disparos. Miró al mosaico justo a tiempo para ver como se formaban grietas en el suelo y como la tierra se abría a lo largo de la cocina donde el hombre trataba de llegar al alfeizar de las ventanas. Cada paso que daba producía una grieta cada vez más ancha. No existía nada a lo que dispararle. Sólo el enorme abismo mirándolo. Finalmente cesó de intentar llegar a la casa y comenzó a retroceder con cuidado, colocando los pies suavemente sobre el suelo mientras se retiraba.
    Jonas cambió la vista hacia el último hombre en el mosaico, entonces comprendió que la ventana por la que el hombre trataba de entrar se encontraba justamente enfrente. Observó con una especie de fascinado horror como el intruso usaba la culata de su arma para golpear el cristal y romperlo. Nuevamente él tiró de sus manos, pero Hannah y Elle le aferraron con fuerza.
    Todo alrededor salmodiaba suavemente No dañarás, no dañarás. ¿Qué diablos quería decir? Tendría que pegarle un tiro al pobre hijo de perra. Pero tal vez era mucho mejor que los horrores que la casa había planeado. Era el camino al infierno para los hombres que estaban muriendo, aún si se lo merecían. No estaba del todo seguro si esto era realidad ó ilusión.
    La ventana se hizo pedazos con un estallido de vidrios rotos. Astillándose en esquirlas dentadas que explotaron en el interior de la casa, detenidas en al aire, retrocediendo y manteniéndose equilibradas en la oscuridad. Jonas se encontró conteniendo el aliento. El intruso colocó el arma a través del marco. El dedo comenzó a apretar el gatillo. Cuando las astillas se lanzaron hacia delante, la sangre brotó, el hombre gritó salvajemente dándole un tirón al brazo hacia fuera mientras su dedo apretaba el gatillo y las balas golpeaban en un costado de la casa.
    A su alrededor las nebulosas figuras se retorcieron, gimiendo como si absorbieran el impacto de las balas. El intruso gritó nuevamente y el sonido decreció como si los pasos se alejaran. Una vez más la tierra se estremeció y barrió todo. Los gritos menguaron mientras los bordes de la tierra se cerraban. Jonas miró en el mosaico y observó al otro hombre regresar a la cerca y escalarla dejando marcas de quemadura.
    – No puedo decir que al menos podré recoger muestras de ADN -murmuró-, porque cada vez que abro la boca las evidencias desaparecen.
    Con un pequeño suspiro, observó como las pequeñas manchas de sangre eran absorbidas por la madera y como se reformaba la ventana.
    – Tengo que decirlo, he visto algunas cosas extrañas sobre vosotras chicas, pero nada como lo de hoy, sólo tengo una pregunta. ¿Les habéis dicho a vuestros prometidos algo sobre esto? Porque francamente, me habéis dado un susto de muerte.
    – Nunca debes de tener miedo, Jonas -le aseguro Hannah-. La casa juzga las intenciones.
    – Hannah, cariño, la mitad de las veces deseó estrangularte. Y no tengo dudas de que quién termine con Joley o Elle deseara hacer algo peor que eso.
    – ¡Hey! -objetó Elle y Joley golpeó su brazo con fuerza.
    Observó a su alrededor, a las tenues figuras grises, como comenzaron a desvanecerse una a una confundiéndose con las sombras o con las marcas en el suelo. La tensión en el cuarto descendió lentamente y los movimientos bajo ellos disminuyeron. Pasó las manos entre su cabello.
    – ¿Ellos no flotan alrededor todo el tiempo, ó sí? Porque definitivamente le quitan a uno las… ganas.
    Los labios de Hannah se torcieron cuando el fantasma de una sonrisa cruzó por su rostro.
    – La mayor parte es ilusión, Jonas.
    – Entonces ¿cómo es que cuatro hombres murieron? Murieron, ¿no es así o sólo fue una ilusión?
    – Están muertos -dijo Sarah.
    – ¿Y dónde están los cuerpos? No van a aparecer en el océano, ¿o sí? Y si reviso la casa no hallaré ADN en la madera ¿No os parece esto un tanto atemorizante?
    – Encuentro a un hombre que quiere matar a mi hermana atemorizante -dijo Joley firmemente-. No tenía ni idea de que fueras tan crio Jonas. Apuesto a que no vas a ver películas de terror.
    – No lo hago. No hay nada malo en ello.
    Hannah colocó los brazos alrededor de él.
    – No, no hay nada de malo en ello, a mí tampoco me gustan las películas de terror.
    Estaba agradecido por el apoyo que le daba cuando el resto de sus hermanas lo miraban con intenciones malignas. Llevó los dedos de Hannah a su boca.
    – Debo salir, nena, así que calma a la casa, no quiero que me arroje al océano.
    Joley le sonrió satisfecha,
    – No creo que te haga daño ir a nadar.
    – Joley -le advirtió Hannah-. Deja de tomarle el pelo. Estarás perfectamente a salvo afuera.
    Sarah observó a Hannah con ojos velados, llenos de sombras.
    – Pero Hannah, no es así. No ha terminado, ¿ó sí Jonas? Realmente están tras ella.
    – Ellos, ¿quién diablos son ellos? -preguntó Jonas-. Esa es la pregunta candente y todas vais a tener que considerar que esto proviene de alguien con poder. Hemos investigado pero todos dicen lo mismo. No hay pistas, nada que seguir pero… ¿Qué podría ocasionar que una pareja perfectamente normal, intentara asesinar sino es bajo alguna clase de compulsión?
    – No es Ilya Prakenskii -dijo Hannah-. Y es el único que conocemos con esa clase de poder. No lo sentí, sé que no lo hice, me habría movido automáticamente para contrarrestarlo.
    – Entonces, si no es una compulsión, decidme. ¿Qué llevaría a alguien a hacer esto?
    – No creo que los hombres que nos atacaron esta noche hayan estado bajo una compulsión -dijo Kate-. Podrían haber estado siguiendo órdenes, pero no habían tomado medidas contra la ilusión y esa sería la primera cosa que haríamos si estuviéramos manipulando a alguien y chocara con un problema. Si alguien los estaba dirigiendo, y sabe como manipular la energía, los habría ayudado.
    Todas las mujeres asintieron, Jonas suspiró y se puso de pie teniendo cuidado de las velas.
    – Voy a echar un vistazo afuera.
    – Ya que estamos aquí -dijo Libby-, y hay mucho poder del que disponer, me gustaría hacer otra sesión de curación a Hannah.
    Hannah negó.
    – Ya estás exhausta Libby, todas lo estamos.
    – Mira a tu alrededor, cariño -sugirió Libby-. Puedes sentir la energía, me siento vigorizada, no exhausta.
    Jonas salió del círculo sacudiendo la cabeza, “vigorizado” no era la palabra que usaría. Aterrorizado. Azorado.
    Aún no sabía de qué se trataba, y en este punto dudaba que lo quisiera saber.
    De pie, afuera en el frío aire de la noche, colocó cautelosamente la mano en la culata del arma, no es que fuera a servir de algo si la casa repentinamente cobraba vida y lo arrojaba al océano. Siempre, siempre, pensó en ella como en un hogar. Había escalado el árbol una docena de veces, ese mismo que había arrojado al intruso al océano. Se había balanceado en sus ramas y saltado al balcón, cuando su madre tenía tanto dolor y él no podía evitar sus llantos y gemidos, cuando las cosas estaban particularmente malas se introducía lentamente a través de la misma ventana de la cocina y se refugiaba dentro, escuchando a las Drake reír y oraba silenciosamente por ser parte de eso algún día.
    Había deseado una familia y ahora tenía una, por extrañas que ellas fueran. Tendría que encontrar la manera de mantenerlas a salvo. Al principio, cuando vio a Hannah preparando la bolsa de deporte pensó que era algo bueno, que la alejaría de las otras y disminuiría el riesgo de que alguien accidentalmente saliese herido. Pero después de ver lo que la casa podía hacer había cambiado de opinión, mientras se mantuviera dentro nadie podría tocarla.
    La niebla era oscura, pegajosa, gris y húmeda, rodeando la casa y los terrenos, diseminándose por la carretera, reduciendo los sonidos y opacando las señales. Aún así, Jonas sabía que no estaba solo. Silbó suavemente, una corta, una segunda nota, que atravesó la noche. No se sorprendió en absoluto cuando recibió un silbido de respuesta. Bajó la cuesta hasta que vio a Jackson.
    – Un espectáculo infernal -lo saludó Jackson.
    – ¿Lo viste? Me hizo pensar que quizás alucinaba. -Jonas alzó la ceja nuevamente y sacudió la cabeza-. Hace que me pregunte en qué me metí.
    La ceja de Jackson volvió a alzarse ligeramente.
    – Te metiste en esto hace mucho tiempo.
    – Cierto, es algo desagradable observar a la casa tragarse a un hombre y escupirlo después.
    – Estoy de acuerdo contigo en eso. -Jackson observó a través de los manchones de niebla sobre las paredes, donde las huellas quemadas de manos y pies seguían en la madera-. ¿Crees que podemos tomar esto como evidencia? Podríamos cortar unas secciones.
    Jonas resopló.
    – Podrías intentar quedarte con un pedazo serrado de esta casa, pero personalmente, respecto a esto, no intentaría acercarme a ella con nada parecido a un arma.
    – ¿Tienes enemigos en el laboratorio criminal?
    Jonas le sonrió.
    – Jackson, eres un gran hijo de perra.
    – Sí… bien, lo intento. -Miró hacia Jonas-. ¿Hannah está bien?
    – Lo estará. Se asusta y preocupa por sus hermanas. Jackson, estuviste en el hospital cuando la esposa hizo su intento contra Hannah. ¿Sentiste algo? Podrías decir si estaba bajo alguna clase de compulsión.
    – ¿Me estás preguntando si Prakenskii pudo haber dirigido el ataque?
    – Él me agrada, no sé por qué, es un asesino. Puedo verlo en sus ojos, pero me agrada y eso no tiene sentido, tengo problemas cuando las cosas no tienen sentido.
    Jackson le lanzó otra mirada, una que Jonas prefirió no interpretar.
    La luz comenzaba a rayar a través del cielo, cambiando la oscuridad de la noche por un color gris ahumado. La niebla siguió deslizándose en forma de largos dedos huesudos y brumosos, que cruzaban sobre el océano y la tierra, moviéndose hacia está. Los hombres se acercaron a un lado de la casa cautelosamente, estudiando la tierra circundante antes de dar cada paso. No había una sola grieta en ninguna parte, ni en la cerca ni en la casa. Los balcones parecían intactos y completamente estables. No se veía ninguna salpicadura de sangre, de hecho el área entera lucía prístina, a excepción de la mano ennegrecida y las huellas de botas quemadas en un lateral de la casa.
    – ¿Tienes una cámara? -preguntó Jackson-. Podríamos tomar unas fotografías y quizás obtener una huella o dos si tenemos suerte.
    Jonas negó con la cabeza.
    – Probablemente tendríamos a un montón de fantasmas y eso, simplemente me volvería loco.
    Jackson le lanzó una ligera sonrisa.
    – Estás a salvo, ya están desvaneciéndose.
    Las marcas ennegrecidas se fueron atenuando, comenzando a disminuir mientras el cielo se iluminaba, perdiendo gradualmente el color hasta que finalmente desaparecieron por completo.
    – Ahí se va la última de nuestras evidencias. No hay ni siquiera casquillos vacíos, armas, cuerpos, sangre ni huellas, todo fue absorbido. ¿Qué significa esto, Jackson?
    El aludido se encogió de hombros y buscó dentro de la chaqueta hasta sacar un par de cigarrillos.
    – Es un lío del infierno, Jonas.
    Alzó la vista hacia la casa, su mirada recorrió cada ventana antes de doblar la cabeza hasta la cerilla resguardada entre sus manos.
    Un débil brillo provenía del interior de la casa y Jonas supo que las hermanas Drake mantenían otra sesión de curación para Hannah. Entre el cirujano plástico y Libby, el cuerpo físico de Hannah iba a estar excelente. Jonas no estaba seguro sobre su estado emocional.
    – No fue Prakenskii, estoy seguro de eso, pero ¿qué hay de Sergei Nikitin?¿Podría saber Prakenskii si su jefe tiene las mismas habilidades? Pensábamos que las Drake eran únicas, entonces vino Prakenskii, ¿por qué no otro más? Nikitin es un tipo de la calle astuto, rápido y violento, pero bastante listo para cubrir sus huellas de modo que sea aceptado, y eso es algo condenadamente difícil de hacer. Nikitin podría tener habilidad psíquica.
    Jonas levantó la mano para coger el cigarrillo.
    – ¿Nos diría Prakenskii si Nikitin lo hubiera hecho?
    Cuando Jackson se lo pasó, inhaló una lenta y satisfactoria calada. Rara vez fumaba, pero de vez en cuando, como ahora, cuando su mundo se sacudía, su mujer casi era asesinada delante de sus ojos y había visto a una casa tragarse a un hombre y escupirlo… pensó que una calada o dos era apropiada.
    – ¿Quién sabe? Prakenskii tiende a hacer su jugada sin mostrar sus cartas, vive en las sombras y hombres como esos no confían en nadie. -Jackson tomó nuevamente el cigarrillo.
    Jonas se abstuvo de comentar que Jackson tendía a ser de la misma manera. En vez de eso anduvo hasta el borde del abismo y miró hacia las olas que rompían. No se sorprendió al no encontrar cuerpos, no había esperado encontrar ninguno, pero debía mirar.
    Dio la vuelta hacia Jackson.
    – Alguien perdió a cuatro hombres esta noche, no hay cuerpos y no van a creer al que regresó. ¿Qué es lo que le va a decir a su jefe? ¿Qué la casa cobró vida y se comió a sus amigos? Tendrán que echar un vistazo y tal vez de esa manera dejen huellas. Esperemos escuchar lo que buscamos, si alguien pregunta sobre desapariciones o hechos extraños, quizás terremotos o algo que ellos podrían pensar como una explicación razonable.
    Jackson exhaló una columna de humo y asintió.
    – ¿Quién odiaría a Hannah tanto? Alguien hizo de esto algo personal.
    – Venturi estuvo ahí llevándole flores y el Reverendo está en el pueblo con su banda de guardaespaldas, veamos si todos tienen una justificación, quizás podrías hacerles una visita agradable y a primera hora y ver si están en sus camas.
    – No hay problema.
    Jackson fue a darle otra gran calada al cigarro cuando éste llameó al rojo vivo en su mano y se desintegró en cenizas. Lo dejó caer, sacudiendo la mano por la quemadura y maldijo, mirando airadamente a la casa.
    – ¡No te metas en lo que no te importa! -gritó sin aliento.
    Al instante el viento se elevó con un chillido ultrajado y salvaje, que tiró de su chaqueta exponiendo el paquete de cigarrillos, atrapándolo con un despliegue violento de velocidad antes de que Jackson pudiera aferrar la cajetilla.
    – Ladrona. Carterista -aulló-. Déjalo Elle. -Logró sujetar con las yemas de los dedos el paquete, hizo juegos malabares por un momento luchando por retenerle, y luego el viento se lo llevó volando sobre el mar.
    – Eso es robo -gritó-, y puedo hacer que te arresten por ello.
    La caja estalló en llamas y las cenizas cayeron sobre el agua.
    La ventana se deslizó abriéndose y Elle sacó la cabeza, el largo cabello rojo cayendo como una cascada de seda.
    – Lo siento tanto, Jackson. Los fumadores siempre me provocan asma y reaccioné sin pensar.
    – Apuesto que lo hiciste, estoy aquí afuera y tú dentro con la ventana cerrada. -La miró airadamente-. Asma ¡las narices!
    – Soy sensible. Y Jonas, a Hannah le gustaría hablar contigo.
    Elle sonrió dulcemente y volvió a desaparecer cerrando la ventana.
    – Oh, Diablos -juró Jonas-. Hannah debe tener ojos en la parte trasera de la cabeza.
    Jackson continuó mirando a la ventana por donde Elle había desaparecido.
    – El viento le habla a ella, Jonas, y todo, voces, olores, información de todas las clases es transportada por el viento. No hay mucho que pueda escapársele a esa mujer, si eso es lo que estás pensando.
    – ¿Qué pasa con Elle? Hannah me dijo que tenía todos los dones.
    – Elle va a tener unas palabras conmigo tarde o temprano, ella prefiere que sea tarde pero estoy perdiendo la paciencia.
    Jackson era paciente, a diferencia de Jonas, esa era una de las cosas que lo hacían tan bueno en su antiguo empleo como Ranger del ejército. Jackson se tomaba esto a mal, lo cual era extraño porque la mitad del tiempo Jonas no creía que sintiera muchas emociones. Le era leal a algunas personas, a los que llamaba amigos, pero nada lo perturbaba. Como la casa. Había visto lo que la casa había hecho pero solamente se había encogido de hombros y pasó. Jonas, sin embargo, iba a tener algunas pesadillas.
    Algo, algún instinto, le hizo girar la cabeza, y vio a Hannah deslizarse fuera de la casa. Todo en su interior se detuvo mientras la observaba dirigirse hacia él. Se movía con el viento, con gracia y elegancia, su famoso cabello, espirales de platino, plata y oro caían hasta más abajo de la cintura y envolvían sus delgados hombros flotando como una capa alrededor del cuerpo. En el amanecer parecía un sueño moviéndose por la niebla.
    – Es tan jodidamente hermosa -susurró en voz alta, apretando las manos sobre el corazón. No era lo que otros veían, no para él, nunca había sido así. Le robaba el aliento con una sonrisa, la manera en la que sus ojos se encendían con su temperamento, amaba esos chispazos de temperamento, los encontraba tan sexys como el infierno.
    – Hannah -la saludó Jackson-. Parece como si te sintieras un poco mejor.
    – Lo estoy, Jackson y gracias por venir a echarnos un vistazo. Elle dijo que te encontrabas aquí fuera.
    – Ella me advirtió para que no entrara en la propiedad -le dijo.
    Jonas frunció el ceño. Sabía que Jackson y Elle tenían una extraña relación y podían comunicarse, pero raramente lo admitían. Y Jackson no había dicho una palabra sobre Elle, advirtió.
    – En realidad no hay mucho que escribir en mi informe, Jonas. No voy a decir que la casa se tragó a un hombre si eso es lo que estás pensando, no necesito hacer más tests psicológicos -dijo Jackson terminantemente. Tocó la espalda de Hannah en un raro gesto de afecto.
    – Si necesitas algo, sólo llama.
    – Lo haré -le aseguró Hannah.
    Jonas la conocía tan bien. Sabía lo que le costaba mirar directamente a Jackson, dejarle ver las cicatrices de las cuchilladas en su cara. Eran menos severas, menos rojas, ya comenzaban a sanar con la ayuda continua de sus hermanas, pero le era difícil dejarle a cualquiera ver sus heridas. Estaba orgulloso de su valor, la manera en la que estaba de pie, alta y firme. Tan delgada y de tan frágil apariencia. Sus labios temblaban pero su mirada nunca dudó.
    – Os veo dentro de un rato -dijo Jackson-. Necesito dormir un poco.
    – ¿Estuviste aquí toda la noche? -preguntó Hannah.
    – No, no los vi llegar ni vi las luces de los coches, creo que llevaban un equipo muy sofisticado. Usaban auriculares para mantener la pista de cada uno y el que se escapó pidió que lo recogieran en algún sitio cercano. No estuve en posición de hacerme una idea sobre el vehículo.
    Levantó una mano y dio la vuelta para alejarse. La niebla lo tragó hasta que ya no se oyó el sonido de sus pasos.
    Jonas se detuvo un momento, sólo para mirar a Hannah, porque esto le causaba gran placer.
    – Eres muy valiente por salir. Los fotógrafos están aún por todas partes, aunque dudo que puedan penetrar la niebla.
    Ella le sonrió y se acercó un paso.
    – Vine por ti.
    – ¿Por mí? ¿Estás bien?
    – Sí, pero tú no, puedo sentir que estás… -Se detuvo para encontrar la palabra correcta-. Angustiado -soltó finalmente.
    El nudo en el estómago comenzó su retortijón familiar.
    – Estoy preocupado por ti, Hannah. Sabía que esto no había terminado. No es una sorpresa para ninguno de nosotros, pero al menos ayuda el estar enojado.
    – Enojo no es lo mismo que angustia, Jonas. Quizás estés enojado en cierta medida por mi causa, pero esto es diferente, no es acerca de mí para nada.
    Frunció el ceño y alzo la cara al viento, lo dejó deslizarse sobre su piel y a través de sus cabellos mientras esperaba a que él le dijera la verdad.
    Jonas miró hacia abajo a sus manos. No había utilidad alguna en tratar de esconderle algo a Hannah, nunca más. Había construido dolorosos escudos con el paso de los años pero una noche juntos y ella parecía haber derribado algunos agujeros en los muros.
    – De acuerdo, sí, me desquicia. No puedo imaginarme quién está detrás de ti sin saber quienes son. Y…
    Sacudió la cabeza, renuente a admitir la verdad aún para si mismo.
    Hannah tomó sus manos y las llevó hacia su corazón,
    – ¿Y? -preguntó.
    Asintió sintiéndose tonto, sintiéndose como un traidor.
    – No puedo dejar de pensar que esos hombres tenían familias, padres o parientes al menos, alguien que se preocupaba por ellos. Esas personas pasarán el resto de su vida preguntándose qué sucedió con aquellos que amaban.
    Soltó una de sus manos y la pasó por su pelo, incapaz de encontrarse con la azul intensidad de sus ojos. Se preocupaba por las familias de los hombres que habían intentado matarla. ¿Qué decía eso de él?
    El silencio se alargó y estiró por lo que pareció una eternidad. Finalmente miró hacia abajo a su rostro alzado, encontrándose con su mirada y aferrándose a ella. Capturado por el amor que vio.
    – Eres un buen hombre, Jonas. No es una debilidad tener compasión por los otros.
    No la atrajo más cerca, simplemente se inclinó y la besó, con los labios ladeados sobre los de ella, suavemente, tiernamente.
    – ¿Y saliste aquí con este frío sólo para decirme eso?
    – Es exactamente por lo que salí.

CAPÍTULO 14

    – La niebla natural no es tan densa y mantenerla alrededor de la casa es peligroso y agotador, pero odio la idea de entrar. Me siento un poco atrapada y claustrofóbica -dijo Hannah.
    Después de ver lo que la casa podía hacer, Jonas la quería dentro, segura, donde nadie pudiera llegar hasta ella. Acarició su rostro con un dedo, recorriendo la marca del cuchillo y bajando por el cuello, donde los cortes eran más profundos. El atacante había comenzado con cuchilladas ligeras, atravesando su cuerpo, de acá para allá. Había murmurado que lo sentía. Tal vez no había querido destruir su aspecto. Tal vez había sido algo completamente diferente.
    Jonas deslizó la palma de su mano por su brazo delgado, sintiendo las heridas defensivas, recordando como levantó sus manos, una escasa protección contra el cruel asalto. Sus dedos se enlazaron con los de ella y la atrajo hacia delante.
    – La niebla es naturalmente densa a lo largo de la playa bajo tu casa. Podemos caminar por allí. Tú y tus hermanas podéis encargaros fácilmente de cualquier cámara con teleobjetivo, ¿verdad?
    Una sonrisa atravesó la cara de ella.
    – Creo que eso será bastante fácil.
    Fueron escaleras abajo hacia la playa en silencio. Hannah temblaba un poco. Llevaba puestos unos pantalones cortos y una chaqueta vaquera, pero obviamente no la protegían del frío del océano. Cuando alcanzaron la arena, se quitó los zapatos de una patada y esperó mientras él se quitaba los suyos.
    Jonas se desprendió de su chaqueta, más gruesa.
    – Toma esto, te resguardará del frío.
    Hannah negó con la cabeza.
    – Estoy acostumbrada al clima. Estoy todo el tiempo sentada afuera, ¿recuerdas? No quiero que pases frío.
    – Es mi oportunidad de mostrarte lo viril que soy después de parecer un blandengue.
    Le dejó envolverla en el calor de su chaqueta.
    – ¿Blandengue? ¿Cuándo pareciste un blandengue?
    – Sabes cómo me revuelven el estómago las películas de terror. La casa me produjo la misma sensación espeluznante y tus hermanas se dieron cuenta. Tu viril hombre parecía un bebé. Fue humillante. He conseguido encontrar la manera de desquitarme.
    Ella se rió suavemente, el sonido flotaba sobre las interminables olas. Las ondas surgían en el agua como si los animales marinos respondieran. Enlazó su mano con el brazo del él, sus ojos azules brillantes de diversión. Para Jonas, Hannah creaba un mundo mágico a su alrededor, y siempre lo incluía dentro. Había tanta belleza en el mundo, y cuando estaba con ella, podía verla claramente.
    – Cualquier hombre a quien hayan disparado tantas veces como a ti, no debería preocuparse porque alguien lo llame blandengue -apuntó ella.
    – Que me disparen quiere decir que soy lento, no valiente.
    – Eres valiente. Tampoco me gustan las películas de terror. Me provocan pesadillas. Joley es incluso peor. Si ve una película de miedo, tiene que dormir con las luces encendidas y la mayoría de las veces no quiere dormir sola.
    – Entonces ¿por qué las veis?
    – A Joley le gusta asustarse, y no puede verlas sola.
    – No sé cómo puedes hacer que suene perfectamente lógico.
    Su risa trajo vetas de plata brillando intermitentemente en la superficie del agua. Espuma blanca bordeaba las olas al romper. La espuma saltaba por las rocas golpeando los surcos formados durante siglos anteriores por el mar. Jonas inspiró profundamente y se sintió en paz.
    – ¿Sabes qué, Hannah? Recupero mi equilibrio cuando estoy contigo. Mi mente puede relajarse y disfrutar del mundo a mí alrededor. Me di cuenta de eso cuando era un niño y las cosas iban tan mal con mi madre. Oía su llanto, nunca delante de mí, por la noche, cuando su puerta estaba cerrada. No podía hacer nada, nada de nada. Dios, me hacía sentir tan jodidamente indefenso, y venía a tu casa. Recorría las habitaciones hasta que te encontraba. No tenías que hablar conmigo, bastaba con que estuvieras allí, mi mente se calmaba y la furia que ardía en mi interior desaparecía.
    Deslizó su mano en la de él, entrelazando sus dedos.
    – Me sorprende que no fuera Libby, pero doy gracias por haber sido yo.
    – Definitivamente eras tú. En esos días, no pensaba en el motivo, estaba muy confuso. No quería que mamá muriera, la quería conmigo todo el tiempo, pero sufría tanto dolor que sabía que estaba siendo egoísta y que debería poder encontrar la fuerza para decirle que estaría bien si ella se iba.
    – Jonas -Hannah tocó su cara con dedos suaves-, ella quería estar contigo. Sé que quería. Fui por allí muchas veces con mi madre y su voluntad era incuestionable.
    Llevó las puntas de sus dedos hasta su boca y luego las besó, antes de dejarla ir.
    – Por eso es que aún cuando me sacas de quicio, todavía puedo sentir esta… esta…
    Paz era la única palabra en la que podía pensar, lo miraba con estrellas en sus ojos y todo lo que quería hacer era besarla.
    – Cásate conmigo, Hannah.
    Parpadeó, pálida por la impresión.
    – Jonas…
    – No, Hannah, no pienses. Simplemente dilo. Dime que quieres ser mi esposa. Que quieres tener hijos conmigo. Que quieres que vuelva a casa contigo cada noche. Dímelo para que no tenga que seguir pensando que si digo o hago algo incorrecto, voy a perderte. -Empujó su mano a través de su pelo, dejándolo alborotándolo y en completo desastre-. Demonios. Me siento como si estuviera pisando huevos contigo.
    – ¿Tú? No lo había notado.
    – ¿Quieres todo eso? ¿Quieres acostarte conmigo por las noches? ¿Despertarte conmigo por la mañana? Me vuelve loco verte tan sexy y somnolienta con tu té. Pasa tu vida conmigo, Hannah. Envejece conmigo. Podremos estar sentados en el porche en nuestras mecedoras y te juro, cariño, que al final de todo, sabrás que nadie te pudo haber querido más o mejor. Puedo dártelo. Juro que puedo, cariño. Ámame, Hannah.
    Jonas nunca había parecido tan vulnerable o desgarrado. Hacía que ella quisiera envolverse en sus brazos, perderse en sus ojos, acercarse al refugio de su cuerpo. Inspiró profundamente y expulsó el aire.
    – Te amo con cada célula de mi cuerpo, Jonas. Con mi corazón y mi alma. Quiero todas esas cosas contigo, lo hago, pero no ahora mismo. No me siento bien ahora. Apenas me mantengo firme en mi cordura y tengo que saber que voy a ser capaz de entregarme a ti completamente. -Enmarcó su cara con las manos-. Necesito que comprendas eso y tengas paciencia conmigo. Nunca habrá otro hombre para mí. Siempre has sido tú, pero tengo que averiguar por qué trabajé durante años en un trabajo que odiaba. Tengo que saber por qué no puedo ver lo que todos los demás ven en mí. No me siento hermosa. Cuando me miro en el espejo, nunca veo belleza. Que esto le ocurra a alguien como yo es devastador, Jonas. No quiero que pienses que es vanidad, no lo es. No me puedo ver y necesito poder hacerlo. Necesito averiguar lo que soy y lo que quiero. Tengo que estar cómoda en mi piel antes de que pueda empezar una relación como la que quieres.
    Contuvo el aliento en sus pulmones. No podía mirarla, no cuándo le estaba rompiendo el corazón. Apretó la mandíbula y se tragó el repentino nudo de su garganta.
    – No lo hagas. -Hannah presionó las puntas de sus dedos sobre su boca-. No entiendes lo que digo. Sí, quiero casarme contigo. Absolutamente. Sólo que… no ahora.
    Jonas retrocedió un par de pasos para evitar arrastrarla contra él. Hannah era tan esquiva, como agua escabulléndose entre sus dedos. La había amado durante tanto tiempo, la tuvo por una noche, y ahora se iba otra vez.
    – Quiero entender, Hannah, pero me parece que estás complicándolo cuando es realmente simple. Te amo. Te quiero. Si sientes lo mismo, deberíamos estar juntos.
    – No podría hacer el amor contigo. Sé que no podría. Quiero, Jonas, pero…
    – No siempre vas a estar dolorida, Hannah, y eso no es importante.
    Ella suspiró, deseando desesperadamente decir lo apropiado aún a expensas de su orgullo.
    – Sabías que tenía problemas con el aspecto de mi cuerpo antes de que esto ocurriese. -Avergonzada, miró hacia el océano, observando la subida de las olas. Como siempre, el movimiento, el sonido y la belleza de ello la apaciguaron y la animaron-. Aún no puedo mirarme en un espejo, Jonas, y mucho menos pensar en ti mirándome.
    – Yo te miraba, Hannah, antes y después. Eres la mujer más bella y sexy que he visto nunca. Vale, las heridas son recientes, pero están ya curándose y se desvanecerán. No dicen quién o qué eres. No para mí, nunca para mí.
    – Lo hacen para mí. Necesito sentirme hermosa y sexy, no fea y repugnante.
    Jonas la miró ceñudo.
    – Hannah, Dios mío, ¿realmente no te sientes así acerca de ti misma? Las cicatrices van a desvanecerse. El cirujano plástico era uno de los mejores en el país y tus hermanas…
    Dio un paso más cerca de él. Olas de angustia manaban de él, no angustia por sí mismo, sino por ella. No lástima, notó con alivio, sino genuina preocupación por ella.
    – Se que mi cara y mi cuerpo se recuperarán con el tiempo, pero ahora mismo no te quiero mirándome.
    – No tienes que estar perfecta para mí, Hannah. -Su voz era baja y furiosa-. Ese jodido Simpson te hizo esto. Te hizo pensar que tenías defectos y que no eras lo bastante buena. Le oí gritarte que perdieras peso y que tus senos eran demasiados grandes. Que se joda. Y que se joda el maldito trabajo. Eres hermosa. Demonios, cariño, paras el tráfico. Siempre lo hiciste.
    – Cualquiera que sea el problema, Jonas, es algo de lo que tengo que ocuparme.
    Abrió su boca para seguir discutiendo, para persuadirla de que tenía razón y que debería estar con él. La cerró bruscamente, tragándose la frase. La amaba y necesitaba comprenderla. No era el mejor expresándose, pero tenía que pensar en una forma de decirle las palabras correctas.
    Guardó silencio por un momento, mirando fijamente su cara, su piel era tan perfecta que pedía ser acariciada, aún con las cicatrices que la atravesaban. ¿Qué quería decirle exactamente? Siempre había querido que se defendiera por sí misma, que eligiera lo que quería hacer, con quién quería estar, pero ¿qué estaba diciendo en realidad? Quería que su elección fuera él, que se quedara en casa y tuviera a sus hijos y fuera su mejor amiga y su amante.
    Jonas suspiró. Se enorgullecía de ella por ser lo suficientemente valiente para mirarse y querer encontrar su propia fuerza. Y la amaba con toda su alma, de modo que, si Hannah quería y necesitaba tiempo, se lo daría. Además, su admisión tenía un montón de interesantes lagunas por investigar.
    Deslizó un dedo desde su ceja hasta la comisura de su boca.
    – Lo que estás diciendo es que me amas, que no hay otro hombre, pero que no crees que puedas hacer el amor conmigo ahora mismo porque te sientes fea. ¿He comprendido bien?
    – Eso es parte del problema. -Su estómago comenzó a reacomodarse. No estaba furioso con ella, o herido, luchaba por entender y eso era todo lo que podía pedir-. Es difícil sentir deseo cuando no te sientes deseable, Jonas.
    La yema su dedo se deslizó por su boca, recorriendo su carnoso labio inferior antes de deslizarse sobre la curva de su barbilla para moldear su cuello. Sus dedos se curvaron, la palma rodeando su garganta.
    – ¿Así es que ahora mismo no me deseas físicamente, pero crees que podría suceder más tarde, cuándo te sientas mejor contigo misma?
    Su toque fue eléctrico, enviando pequeñas corrientes a través de sus venas. No se sentía deseable, pero Jonas, acercándose y tocándola tan posesivamente, todavía podía provocar el deseo. ¿Qué locura era eso? Había pensado que sería imposible desnudarse y mostrarle las cicatrices de nuevo, pero ahora, con su palma contra ella y las yemas de sus dedos acariciando tentadoramente su piel, su cuerpo revivía.
    – Sólo podría ofrecerte caos y conmoción, conmigo sufriendo una crisis nerviosa cada dos por tres, y mereces algo mejor que eso, Jonas. -Ignoró el salvaje anhelo que su voz, sus manos y la expresión de su cara le provocaban.
    Sujetó uno de sus rizos detrás de su oreja, deslizando su mano hasta la nuca para sujetarla.
    – Si sufres una crisis nerviosa, puedo estar allí contigo.
    – Eso no es cómo quiero que seamos. No quiero que tengas que recoger los pedazos. -Ahora sabía exactamente lo que quería decir-. Quiero averiguar lo que quiero.
    La mirada de Jonas se volvió oscura y caliente, bajando hasta sus labios. Su estómago saltó. El calor abrasador se propagó a través de su abdomen.
    – No me importa ayudarte a entender lo que quieres, Hannah. Puedes… hablar… conmigo de todo lo que quieras.
    La evidente insinuación en su voz curvó los dedos de sus pies en la arena. Su palma rodeó su nuca, suave y caliente, sujetándola eficazmente delante de él. De repente él estaba cerca. Supo que se había movido, acercándose. No lo había visto, pero repentinamente estaba allí, su cuerpo a una solo centímetro del de ella. Podía sentir el calor de su cuerpo, los poderosos músculos de los muslos y del pecho, pero no eran tan conmovedores como la mano que rodeaba su nuca. El susurro de su aliento descendió sobre ella, dentro de ella. Sentía que respiraban juntos.
    – Jonas. -Trató de poner advertencia, censura en su voz, pero era imposible, no cuando sus ojos eran tan oscuros y hambrientos.
    No se molestó en disfrazárselo o envolvérselo en algo bonito. La dejó ver la necesidad sombría en él, la pesada protuberancia en el frente de sus vaqueros, la carrera de su pulso y su sonrisa traviesa y sexy cuando su cálida mirada recorrió su cara. Tocó con la lengua su labio inferior e instantáneamente él dirigió allí su atención.
    – No vas a seducirme. -Alzó su mano en advertencia, indecisa entre el deseo de correr, reírse o lanzarse a sus brazos.
    – ¿No? ¿Estás segura de eso? -Su pulgar acarició su sien que latía fuertemente.
    – Me distraes, Jonas. No puedo mantener la niebla abajo si estoy distraída y quería caminar por la playa.
    Había desesperación en su voz. No lo podía soportar, se sentía desesperada. Si la besaba, no iba a resistirlo. Se derrumbaría. Ya le podía saborear en su boca, de manera salvaje y loca y masculina. Jonas podría hacer que se deshiciera en sus brazos se sintiera hermosa o no y no se trataba de eso. Quería entregarse completa, no sólo una parte. Estaba muy herida, y ahora tenía una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Más que cualquier otra cosa, quería que su relación con Jonas fuera bien.
    Él inclinó su cabeza y acarició con sus labios suavemente los de ella.
    – Voy a amarte, Hannah. Por siempre. Para siempre. El sexo es parte de ello, así es que puedes esperar un poco de seducción de vez en cuando. No tengo ninguna duda de que puedo hacerte sentir hermosa. Y puedo hacer que me quieras. Y puedo hacerte gritar mi nombre y olvidar todo menos el placer. Puedo no ser bueno en un montón de cosas, pero puedo darte eso.
    Ella ahuecó su cara con la mano, su pulgar deslizándose a lo largo de su mandíbula ensombrecida.
    – Quiero eso de ti. Simplemente dame un poco de tiempo.
    Sus ojos buscaron los ella, evidentemente vieron lo que necesitaba, y se inclinó para depositar un beso suave como una mariposa en sus labios antes de soltarla.
    – Para lo que sea que necesites, cariño, soy tu hombre. -Comenzó a andar por la playa, con una pequeña y satisfecha sonrisa en su cara.
    Hannah introdujo los dedos en el bolsillo de atrás de él y caminó a su lado, el peso aplastante que parecía estar siempre presente en su pecho se aligeró. Era su hombre y, si bien no era estúpida y sabía que estaba diciendo bastante más que lo que aparentaba, Jonas estaba dispuesto a esperar a que resolviera su vida y eso lo significaba todo.
    Las gaviotas chillaban y el agua rompía sobre la costa, estrellándose contra las rocas para rociar gotitas blancas en el aire. El agua formaba espuma y chisporroteaba, dejando diminutos huecos en la arena al retirarse las olas. Pasearon en amigable silencio hasta que Hannah miró atrás, hacia sus huellas en la arena mojada.
    – Tienes los pies grandes, Jonas.
    La miró, directamente a la cara.
    – Tengo grande todo.
    Ella puso los ojos en blanco y se rió, sin poder contenerse. Era bueno reírse.
    – Ya lo he comprobado, ¿recuerdas?
    – Sí. Así es que he estado pensando en esta situación.
    – Oh, Señor, eso da miedo. ¿Qué situación?
    – Nosotros. Tú y yo. Estamos juntos, ¿de acuerdo? Seguro. Pero básicamente no podemos tener relaciones sexuales a menos que te coja desprevenida.
    Tenía que dejar de decir “sexo” o incluso pensar en ello. Ella detestaba su cuerpo. Aseguraba que no quería que la mirara, pero cada vez que sus ojos se deslizaban sobre ella con esa mirada hambrienta y posesiva, cada vez que decía en voz baja: Estoy famélico y listo para comerte para cenar, se derretía. Si se derretía más, sería un charco a sus pies. Nunca la tomaría en serio y realmente necesitaba tiempo para resolver las cosas.
    – No vas a cogerme desprevenida, Jonas, así es que no sigas por ahí. Quisiera… -Se apartó, ruborizándose.
    – Tengamos sexo. Hagamos el amor -suplicó él, con un tono de diversión su voz.
    Lo miró ceñuda, aunque era imposible intimidar a Jonas.
    – Sí. Eso. Pero al final, tendría que quitarme la ropa y estaría cohibida y me sentiría fatal y estarías frustrado y loco por mí. Así que mejor simplemente lo dejas, no sigas por ahí.
    Su sonrisa se ensanchó lo suficiente como para hacer que retuviera el aliento en sus pulmones. No debería ser tan atractivo o tan sexy. Y no debería tener esa mirada en su cara, la que decía que era un depredador a punto de saltar al ataque y engullirla.
    – Puedo pensar acerca de un buen número de formas de hacer el amor sin quitarte toda la ropa. Cuanto más pienso en ello, más erótico es, tú con una bonita falda larga y sin bragas. O bragas que pueda arrancarte. No, digamos que no llevas nada y comienzo a deslizar mi mano sobre tu pequeño y sexy trasero. Sólo porque pareces lo bastante buena para comerte.
    Su mano ahuecó el cuerpo de ella a través del tejido de sus vaqueros, e hizo un lento recorrido como si buscase el borde de sus bragas. El color subió por su cara y un calor húmedo se derramó por el interior de ella.
    – Sin bragas. Diría que llevas tanga. Sí, cariño, eso es sexy, pero bajo esta supuesta falda larga, no llevarías nada excepto piel desnuda. -Su mano se deslizó por sus caderas y subió por su cintura, bajo la blusa. Sus dedos pasaron rozando suavemente, con cuidado de no tocar donde pudiera lastimarla. Acunó su pecho, descansando el peso en su palma-. Y tampoco llevarías puesta esta insignificante cosa de encaje que llamas sujetador. Así que cuando incline mi cabeza así… -Su boca se cerró sobre su pecho a través de la camisa, succionando suavemente a través de la tela, sus dientes tirando del pezón, enviando un destello de fuego crepitando a través de su cuerpo.
    Sus ojos se volvieron opacos, vidriosos, su aliento quedó retenido en los pulmones. Jonas tenía cuidado de ignorar sus propias necesidades, apartando su mente de la dureza casi dolorosa entre sus piernas. Hannah era todo lo que contaba para él. Tenía que saber que era una mujer bella, deseable y que la necesitaba. El conocimiento sería bastante para los dos por ahora. Retrocedió, exhalando aire caliente sobre la mancha húmeda, los dientes se demoraron por un momento en el pezón antes de soltarla.
    – De modo que cuando incline mi cabeza así, podría apartar la blusa, esa pequeña cosa campesina de encajes que llevas puesta me vuelve loco, me saca de mis casillas.
    No sabía que su blusa campesina de encaje lo volvía loco. Su boca y sus manos sí la volvían loca a ella. Permaneció quieta, queriendo más de su fantasía, en la seguridad de que estaba rozando la línea de peligro con él, pero queriendo continuar un poco más aún, antes de tener que regresar y enfrentarse con la realidad. Lo ansiaba y la hacía sentirse viva. Podía notar los cortes en su cara, garganta y cuerpo, pero Jonas lograba hacerla sentir como si su cara -su piel- fuera perfecta cuando la miraba.
    – Adoro esa mirada en tu cara, soñadora y sexy y un tanto traviesa. No tengo ni idea de cómo puedes parecer seductora e inocente al mismo tiempo.
    – Desearía poder verme través de tus ojos. -Ciertamente le hacía sentirse bella, aunque no lo pudiera ver por sí misma.
    Él tiró de su mano y empezaron a caminar de nuevo, dejando sus huellas las unas junto a las otras en la arena mojada, caminando entre algas y algunas pequeñas medusas para bordear la cala donde se formaban charcas con la marea. La marea estaba baja, así que bordearon las rocas y alcanzaron la playa, observando las olas romper contra las cuevas incrustadas de percebes y rocas. Las aves agitaron sus alas impacientemente, en espera de que sol quedara libre de la niebla, antes de lanzarse al aire para desayunar.
    – Cuando te recoja, Hannah, ponte esa falda larga y vaporosa que se mueve con cada paso que das. Esa azul claro con estampados en azul más oscuro y que va con tu blusa de encajes.
    No podía evitar que la complaciera el que pudiera describir uno de sus conjuntos favoritos.
    – Me gustaría que pudieras arriesgarte a salir conmigo. Me siento como si estuviera encerrada y alguien hubiera tirado la llave. Y ahora que sé que el peligro aún está ahí, voy a quedarme en mi cuarto para siempre.
    – No puedes dejarles hacer de ti una prisionera. Sólo tenemos que ser un poco imaginativos. Podríamos ir a mi casa mañana por la tarde, o tal vez al faro. Inez tiene las llaves.
    – ¿Cómo es que Inez tiene las llaves del faro? Dirige la tienda de comestibles.
    – Inez tiene las llaves del pueblo entero. ¿Cómo no saber que las tiene? Podríamos tener un picnic privado allí, en el faro. Nadie lo sabría. Es fácilmente defendible. Y no tienes más que preparar tus bolsas y escaparte.
    Estaba un poco avergonzada de ello. Por supuesto que la casa los había protegido, ella la había oído durante años creciendo, pero nunca lo había visto realmente. Ella aún tenía algunas dudas, pero no iba a admitirlo en voz alta.
    – ¿Quieres llevarme al faro a un picnic con gente tratando de matarme?
    – Es eso o sentarte en tu cuarto, Hannah, y uno o dos días más y vas a descolgarte por la pared lateral de la casa, tratando de escapar. Podemos lograr escabullirnos. Tus hermanas pueden distraer a todos y nosotros pasaríamos inadvertidos en la oscuridad.
    Consideró su propuesta. Ya enloquecía a causa del confinamiento, pero con los reporteros, y ahora con el conocimiento de que alguien que quería matarla estaba en los alrededores, enviando a asesinos, dejar la protección de la casa parecía terrorífico. No quería ir a ninguna parte sola.
    Jonas la atrapó por la cintura y la levantó sobre un ancho canal de agua fría que surcaba la arena hacia el mar. Apoyó las manos sobre sus hombros, sintiendo el racimo de músculos. Pareció elevarla sin ningún esfuerzo. Era un poco como volar, aunque estaba anclada y segura. La colocó sobre sus pies y siguió caminando alejándose de la casa.
    – El banco de niebla no se va a mantener para siempre, Jonas -le recordó.
    – No, pero tú y tus hermanas pueden manipular a algunos fotógrafos.
    Enderezó sus hombros. Era cierto. ¿Por qué había estado tan asustada? Jonas estaba tan seguro de ella. Creía en ella y era difícil no creer en sí misma cuando tenía una convicción tan absoluta.
    – Así que si me pongo mi falda azul y mi blusa campesina, y nos vamos al faro, ¿qué haríamos exactamente?
    – Llevaría música así que podríamos bailar.
    Sabía que era un bailarín maravilloso. Esta había sido una de las cosas que le diferenciaba en la escuela. Había bailado con las Drake, aprendiendo cada baile desde el baile de salón a la salsa, y eso le había hecho muy popular en cada baile escolar. A ella le gustaba bailar y Jonas lo sabía. Incluso cuando era una niña, había flotado alrededor de la casa, fingiendo ser una bailarina en un concurso de bailes de salón. Jonas incluso había bailado el Lindy y el Jitterbug con ella.
    – Ese picnic comienza a sonar tentador.
    – Un refresco italiano de fresa -sobornó él, conociendo sus debilidades-. Y pan francés.
    Dos de sus cosas favoritas.
    El faro estaría desierto y a Jonas le sería bastante fácil conseguir permiso para ir allí. Si realmente pudieran lograr escabullirse, sería un gran alivio tener algunas horas en las que no sentirse atrapada. Y le gustaba estar con Jonas. Era realmente tan sencillo. Necesitaba tiempo para organizarse, pero adoraba cada instante en su compañía.
    – ¿Crees realmente que podríamos lograr escaparnos?
    Había esperanza en su voz. Jonas le dirigió otra sonrisa traviesa.
    – Mañana por la noche te raptaré -prometió.
    – Sarah tendrá un ataque -advirtió Hannah.
    – No, no lo hará. Sabe que no puedes permanecer enjaulada en la casa y no puedes salir en público, así que esto es lo mejor. Nadie pensará en buscarte allí. Estarás a salvo, Sarah lo aprobará, y conseguiré averiguar de una vez por todas si llevas tanga o nada en absoluto
    – Estás terriblemente obsesionado con mi ropa interior -bromeó ella.
    – O por la falta de ella -admitió él-. Pienso en ello más de lo que debería.
    Advirtió la honestidad en su voz. ¿Cómo podía esa simple admisión hacer que se calentase por todas partes?
    – Déjame asegurarte que casi siempre llevo puesta ropa interior. -Tuvo que apretar los dientes para evitar reírse de su expresión.
    – ¿Casi siempre? Eso no está bien, Hannah. Ahora no voy a tener nunca un momento de paz a tu alrededor.
    Pareció satisfecha.
    – Lo sé.
    Jonas se rió, un sonido intenso y verdadero, pleno de diversión y que hacía que su corazón remontara. Dio unos pasos de baile en la arena, extendiendo los brazos, olvidando completamente por un momento que estaba desfigurada y que alguien la odiaba lo suficiente como para matarla. Ella miró hacia el cielo.
    – Probablemente podríamos construir un castillo de arena antes de que la niebla se vaya.
    – No tenemos herramientas.
    – ¿Herramientas? -dio un bufido desdeñoso-. Aficionado.
    – Acabas de llamarme aficionado.
    – Lo hice. Construye tu castillo de arena por ahí. Tienes doce minutos. Eso es todo y tendremos que irnos.
    Ya estaba poniéndose en cuclillas, cavando en busca de arena más húmeda. Ella estaba de rodillas haciendo lo mismo. Minutos más tarde, cuando Jonas la miró, estaba haciendo trampa, dirigiendo pequeñas ráfagas de viento para construir las paredes del castillo. Abrió su boca para reprochárselo, pero parecía tan concentrada, como una niña jugando, despreocupada y feliz, que no quería interrumpirla ni siquiera para bromear.
    Hannah hundió sus manos en la arena, guiando distraídamente pequeñas ráfagas de viento para esculpir el castillo. La arena se sentía bien, terrosa y granulada, el castillo tomaba forma rápidamente. Construyó un puente sobre el foso defensivo enviando una racha de viento a que tallara un túnel a través de la arena. Explotó por el otro lado, salpicando a Jonas lo bastante fuerte como para picarle.
    Se cubrió la boca, amortiguando la risa cuando él giró tan rápido que perdió el equilibrio y cayó en la arena húmeda que había estado amontonando cuidadosamente.
    – Pobrecito. Tu castillo de arena parece un poco anémico. -Se inclinó para meter su dedo en la ladera donde la arena se derrumbaba-. Tienes que apretarla fuerte, Jonas.
    Él atrapó sus brazos y tiró fuertemente hasta que perdió el equilibrio y cayó sobre él. Tomó sus manos mojadas, llenas de arena y las secó en la tela de sus vaqueros, dejándolos llenos de manchas.
    – Te lo mereces por hacer trampa.
    – No hice trampa.
    – Usaste el viento.
    – No puedo evitarlo si le gusto y tú no. -Permaneció tumbada desgarbadamente sobre él, levantándose a mirarlo a los ojos.
    – Eres un hombre guapo, Jonas Harrington. De verdad lo eres.
    Acarició el pelo que caía por su frente.
    – Me alegro de que piense eso, Señorita Drake.
    – Si te beso después de todo, ¿pensarás que he perdido el juicio?
    – Besar no quiere decir que vayamos a tener relaciones sexuales, Hannah.
    – Lo sé, pero me has dado… -Se interrumpió. Esperanza. La palabra brilló tenuemente en su mente y la envió hacia la de él. Risa. Se inclinó para depositar un beso en su barbilla. Mi vida anterior. Besó la comisura de su boca, acariciando con sus labios los de él. Me sentía destrozada, Jonas, y me haces sentirme entera.
    Puso sus labios sobre los de él, deslizando tímidamente su lengua a lo largo de su boca, no le importaba que viera su cara en el amanecer. Necesitaba besarle, encontrar la manera de demostrarle que lo amaba. Porque lo hacía. Profundamente. Con todo su corazón. Incluso con su alma. Derramó su amor en su beso, abriendo su mente un poco, queriendo que sintiera lo que significaba para ella. Queriendo hacerle saber lo que le hacía. Podía afrontar su futuro. Y podía ser fuerte aún cuando se sintiera como si quisiera esconderse en un agujero.
    – Tú me diste eso -murmuró contra su boca-. Gracias.
    La enlazó por la nuca, manteniéndola junto a él.
    – Te amo, Hannah. Lo que sea que necesites, estaré ahí por ti.
    Sonrió mirándolo a los ojos.
    – ¿Así que esa actitud mandona era sólo una actuación?
    – Por supuesto, para impresionarte. Y dio resultado. -Levantó la cabeza para cubrir los escasos centímetros que los separaban y capturó su labio inferior con los dientes, tirando suavemente-. Bésame otra vez.
    No la esperó, tomando la iniciativa, deslizando su boca sobre la de ella, con besos suaves, delicados, como alas de mariposa, repetidas veces, acariciando los labios de ella con los suyos, lamiendo las comisuras de su boca con la lengua, degustando su sabor, despacio y lánguidamente, tomándose su tiempo, llevándola con él en un viaje de textura y sabor. Un calor fundente que comenzó como una lenta llama y aumentó su calor grado a grado deliberadamente.
    Los dedos de él enredados en su pelo, la sujetaban en su lugar mientras la tomaba, dejando que la pasión se deslizara lentamente más allá del control hacia el deseo desatado. Cuando no se apartó, él presionó más, su boca cálida y exigente, ahondando el beso, derribando cada una de sus defensas. Había esperado ya bastante para reclamarla. Ella era demasiado joven, luego él se había ido, después había sido demasiado duro y salvaje, y más tarde había hecho demasiados enemigos. Pero había soñado con ella, su cuerpo dolía, hambriento por sentir su sabor en la lengua, la percepción de su piel sedosa bajo sus manos, su cuerpo suave y flexible, le pertenecían a él.
    Olía como el paraíso, y se sentía incluso mejor, con los senos presionando contra su pecho y su erección, gruesa y dura y plena de su necesidad de ella, empujaba contra su suave abdomen. La necesidad era oscura y caliente, se precipitaba a través de él como una ola gigantesca. Su boca era terciopelo suave, tan caliente y oscuro como su necesidad. Los bordes de la razón comenzaban a empañarse. Dejó que una de sus manos bajara de su cara hasta su pecho y su boca la siguió. Ella se sobresaltó cuando arrastró sus dientes a través de su pecho.
    Instantáneamente retrocedió, golpeando la arena con la parte de atrás de su cabeza.
    – Lo siento, cariño. Perdí el control y no pensé. Qué imbécil.
    Ella enmarcó su cara con las manos y se inclinó para depositar un beso en sus labios.
    – ¿Sabes algo, Jonas? Yo también lo olvidé. Por un momento, estaba completamente bien. Me diste un momento perfecto. Gracias.
    No pudo contestar. Su cuerpo todavía latía de necesidad y se maldijo a sí mismo por ser un idiota insensible y egoísta. Su generosidad estuvo a punto de deshacerlo.
    Hannah rodó para yacer en la arena a su lado, respirando profundamente, encontrando la mano de él con la suya. Tratando de pensar en algo seguro que decir, ella se quedó con la mirada fija en la niebla que flotaba espesa sobre sus cabezas, intentando valerosamente darles privacidad.
    – ¿Qué vas a hacer hoy?
    – Jackson y yo vamos a comprobar si alguien archivó un informe de personas desaparecidas. Sacaremos un bote y buscaremos los cuerpos. Él intentará sacar las pruebas de la casa y vamos a ver si podemos identificar al que estaba aquí anoche. Rastrearemos las cercanías. Damon y Sarah son vuestros vecinos más cercanos. Sarah estaba aquí y Damon dijo que estaba dormido, así que no hay testigos.
    – Está bien. Realmente no tenemos poderes para hacer que las personas olviden lo que ven. Sé que odiaste lo de anoche.
    – No estuvo bien.
    – ¿Sería mejor que dispararas contra ellos a que el terreno y casa nos protejan?
    Frunció el ceño.
    – No me gusta llamar magia a lo que haces. Eres mágica, pero el resto… tienes dones. Y todas vosotras tratáis de usar los dones para el bien, pero anoche, sentí la magia. Y los espíritus en la casa… nunca haremos el amor allí dentro otra vez. ¿Qué ocurre si uno de ellos flota alrededor?
    Ella apretó sus labios fuertemente para evitar sonreír.
    – ¿Eso realmente te da miedo?
    – Prefiero una bonita y limpia bala. -Guardó silencio un momento-. Por otra parte, nunca pensé en el destino del receptor cuando enviaste el viento en mi ayuda cuando estaba en San Francisco. Habría muerto en ese callejón sin ti. Estaba tan centrado en moverme, en mantenerme en pie y no hacer al pobre Jackson llevarme, que no pensé más allá.
    – Yo tampoco. Alguien estaba tratando de matarte, Jonas, e hice lo que debía para protegerte. Anoche, habrías hecho lo que fuera para protegernos. Y la casa, y nuestros antepasados, hicieron lo que debían para asegurar que nuestro linaje continúe.
    – Lo sé, cariño. -Dio un pequeño suspiro y se enderezó, elevándose sobre sus pies con su gracia fluída y tirando de su mano para ayudarla.
    – ¿Te molesta lo que puedo hacer? -El temor que sentía se mostraba en su cara. No se molestó en tratar de ocultar sus sentimientos a Jonas. Siempre se daba cuenta de todas formas.
    Se inclinó para depositar otro beso en su boca.
    – Es una parte de ti, una parte de tu familia, no se puede separar lo uno de lo otro, Hannah. Eso es quién eres. Créeme, cariño, no me importa aprovecharme en un tiroteo.
    Hannah sacudió la arena de la espalda de él y de su trasero y luego se volvió para dejarle hacer lo mismo. Sus manos se demoraron demasiado tiempo, moldeando su trasero, masajeando cuando ya había sacudido la arena. Justo cuando ella pensaba que tendría que protestar, mientras su cuerpo reaccionaba acalorándose, sus manos se apartaron y le apartó el pelo detrás de la oreja, con expresión inocente.
    Ella negó con la cabeza.
    – Espero que hayas disfrutado.
    – Muchísimo, gracias. ¿Necesitas ayuda con la parte de delante? -Había tenido cuidado de mantener la arena fuera de sus heridas-. Tal vez debería hacer una inspección.
    – Tal vez deberías comenzar a considerar cómo vamos subir las escaleras de la casa sin que nos disparen cien teleobjetivos. -Se ciñó más la chaqueta para protegerse.
    – Ese es tu departamento, Hannah. -Deslizó su brazo alrededor de sus hombros y la atrajo contra él cuando comenzaron a caminar de regreso hacia la casa-. Te podría echar sobre mi hombro como un bombero y salir a toda prisa, pero tomarían fotos de tu lindo trasero y lo publicarían desde aquí hasta el infierno, ida y vuelta. Eso me enojaría y luego apuñalaría a uno de ellos y perdería mi trabajo, así que supongo que tendrás que hacer tus cosas, mujer, y sacarnos de esto.
    – ¿Perder tu empleo? -le sonrió-. No tendría que preocuparme porque te disparasen otra vez.
    – Pero entonces moriríamos de hambre.
    – Jonas, me ganaba bastante bien la vida y la mayor parte está en el banco o invertido en acciones muy seguras. No vamos a morirnos de hambre.
    – Me das dolor de estómago. No quiero saber que tienes más dinero que yo.
    Lo golpeó fuerte en las costillas.
    – Eres un machista.
    – Absolutamente. Te mantendré mientras te quedas en casa y crías a nuestros niños. No quiero a una desconocida criándolos. Y no los quiero yendo a la escuela a una edad aborrecible solamente porque sean listos. Los mantendremos en casa y cuidaremos nosotros de ellos.
    – ¿Eso haremos?
    La miró.
    – Sí. A menos que tengas una idea mejor
    – Esa era mi idea. Te la conté cuando tenía ocho años. Me ignoraste por esa horrible Sherrie Rider. Gracias a Dios que se mudó cuando tenía diez años. Eructaba todo el tiempo. No tengo ni idea de por qué la encontrabas interesante.
    – Hacía deporte, Hannah. Y tú querías jugar con muñecas o algo por el estilo. Tío. El baloncesto o las Barbies, venga ya.
    La risa de ella fluyó sobre él otra vez, haciéndole querer sonreír.
    – Estamos en zona de peligro y tus hermanas nos están esperando. ¿Estás lista, cariño? Porque te llevaré aunque tenga que compartir tu trasero con los fotógrafos.
    – Mi héroe. Sin embargo, no será necesario. -Levantó sus brazos hacia el cielo y comenzó a mover sus manos en suaves patrones.
    Oyó voces femeninas en el viento como si provinieran del océano, conduciendo el banco de niebla delante de él hacia las farolas circundantes. Las aves surcaron el aire, volando tierra adentro, avanzando hacia los acantilados y los árboles cuando Hannah y Jonas, cogidos de la mano, corrieron a toda velocidad subiendo las escaleras que conducían a la casa de las Drake.

CAPÍTULO 15

    – Hannah, te importaría bajar la escalera -llamó Sarah-, nos gustaría hacerte otra sesión curativa. Libby se siente en plena forma. Jonas no está y la casa está en modo protección, así es que deberíamos tener algunas horas sin interrupciones.
    Hannah cerró los ojos brevemente y arrastró la manta más cercana a su alrededor. Jonas no se había ido para todo el día, y entonces, ¿por qué estaba deprimida?, no lo sabía. Detestaba estar enjaulada en su cuarto, pero ¿dónde si no podía ir? Si bajaba la escalera, entonces todo el mundo le hablaría en el tono apaciguador que había llegado a despreciar. No podía decir nada porque no quería herir los sentimientos de nadie. Así es que mantenía una lastimosa fiesta de primera clase en su habitación en espera de que Jonas regresara y la tratara con normalidad otra vez.
    – ¡Hannah! -Esta vez la voz de Sarah sonaba imperiosa, tanto como podía hacer únicamente una hermana mayor-. Baja aquí.
    Hannah le hizo una mueca a la puerta, sintiéndose infantil. Sarah los podía reducir a todos a niños cuando estaba en su papel. Era más fácil simplemente estar de acuerdo con lo que quería que tratar de discutir con ella. Hannah tiró su manta en la cama y a regañadientes abrió la puerta de su dormitorio. De inmediato, los familiares perfumes llenaron el aire. El silbido alegre de la tetera y la risa contagiosa de Joley entremezclada con la de Libby. Hannah se detuvo en el vestíbulo por un largo momento, respirándolo todo. Los amaba, sobre todo a sus hermanas aunque la mataran con tanta bondad. Y nadie se reía como Joley. Podría iluminar una ciudad entera, y mucho más un cuarto.
    Hannah descendió las escaleras de caracol y descubrió que el piso inferior estaba alumbrado sólo con velas. El perfume de canela y la mezcla de flores secas de manzana llenaron el aire. La luz oscilante proyectaba danzantes sombras en las paredes. Esperó que la luz de las velas también aliviase el efecto de las heridas en su cara.
    Su cuerpo ya estaba cicatrizando. Sus hermanas se reunían dos veces al día, empujando para impulsar a la habilidad de su cuerpo para recobrarse. Las heridas se habían cerrado y esta tarde se dio cuenta de que la coloración roja en carne viva ya se desvanecía. Desafortunadamente, las sesiones de curación tenían poco efecto en el trauma. Con Jonas a su lado, podía dormir un poco, pero sola, le aterrorizaba cerrar los ojos.
    Algunas veces trataba de recordar el momento del ataque en un esfuerzo por contarle a Jonas más detalles, pero su mente no hacía frente adecuadamente al trauma y se empeñaba en negarse a recordar cualquier otra cosa que le pudiera ayudar. Lo único que recordaba con absoluta certeza era el traumatizante corte del cuchillo. Aunque tenía poco sentido, podría jurar que recordaba a su asaltante murmurando una disculpa mientras le hundía el cuchillo una y otra vez.
    Sus hermanas estaban congregadas en el amplio salón, donde usualmente se encontraban por las tardes cuando todos regresaban a casa. El tiempo en el que la casa familiar se llenara por completo con sus habitantes había pasado. Sarah vivía al lado con Damon, y Kate y Matt hicieron una casa del viejo molino en el risco. Abbey y Alexandre estaban comprando una casa de dos pisos con vistas al mar a una milla por debajo de la casa Drake, y Tyson y Libby tenían una extraordinaria casa que él había encontrado para ella rodeada por fantásticos acres de tierra privada. Sólo Hannah, Joley y Elle usaban todavía la casa familiar como base permanente cuando no viajaban.
    Hannah ondeó su mano hacia la chimenea y las llamas brincaron con vida.
    – Horneé galletas más temprano, pero no pensé en eso -saludó a sus hermanas, forzando una alegre sonrisa.
    – Eso está bien -dijo Kate-. Yo misma hice algunas. -Arqueó una mirada por encima del hombro hacia Joley-. Todo yo misma.
    – ¡Oye! -objetó Joley-. Comencé la primera hornada y me sacaste a patadas fuera de la cocina.
    – Incendió el horno -aclaró Sarah.
    – No fue culpa mía -dijo Joley-. Puse las galletas y simplemente me olvidé de que estaban en el horno. ¿Sabías que las galletas pueden convertirse en carbón vegetal si están en el horno el tiempo suficiente? Y luego, realmente pueden prenderse fuego.
    – ¿Prendiste fuego a las galletas, Joley? -Hannah se cubrió la boca para ahogar una risa, y apartó la vista de su hermana menor. Por primera vez desde el accidente, se sintió más cómoda con sus hermanas, y se dio cuenta de que no podía advertir esa abrumadora piedad en ellas. Si la sentían, tenían el cuidado de protegerla de sus emociones. Estaban actuando mucho más normalmente, y la guasa de Joley era habitual. Ella simplemente les había dado tantas oportunidades.
    – Sí, realmente lo hice, y resultaron sorprendentemente resistentes a ser arregladas.
    La alarma se difundió.
    – ¿Usaste magia para arreglarlas? -Hannah repartió una mirada aterrorizada casi burlona-. ¿Nadie las ha comido?, ¿alguna lo ha hecho?
    Sus hermanas negaron con la cabeza. Joley se puso en jarras.
    – No siento amor aquí. Fue muy problemático tratar de arreglar esas galletas; lo mínimo que podríais hacer es al menos intentarlo. Qué banda de gallinas.
    – Joley, no puedes arreglar galletas quemadas con magia -dijo Hannah-. ¿Qué hechizo usaste?
    – Lo contrarresté -dijo Elle-. Lo siento, Joley, pero eso era lo más seguro. Considerando el humor del que estabas y la forma en la que mascullabas acerca de Prakenskii, tuve miedo de que tu hechizo tomara un giro equivocado y las convirtieras en explosivos o algo así.
    – Está bien, cariño -dijo Libby, posando el brazo alrededor de Joley-. Al menos tu corazón tenía buena intención.
    Las chicas lanzaron almohadas al suelo y formaron su círculo familiar.
    – Hablando de Prakenskii, ¿qué pasa contigo y con él? -preguntó Hannah-. Me preguntó si eras una cantante hechicera. No me gustó el significado que le pudo dar a eso.
    Hubo un pequeño silencio mientras todas intercambiaban miradas ansiosas.
    – Era casi posesivo contigo -añadió Sarah-. Y aprovechar un favor personal simplemente para obtener el nombre del hombre con quien supuestamente fuiste fotografiada en una posición comprometida en un periódico sensacionalista, es simple y llanamente una locura
    Joley se pasó rápidamente la mano por el pelo. Estaba un poco más corto y de un nuevo color, ya no era oscuro como el de Libby, pero tenía mechas de rico rojo oscuro y café oscuro con vetas doradas. Hannah tocó su pelo, tan difícil de trabajar con él, pesaba lo suficiente como para darle dolores de cabeza, y deseó tener el valor de hacer lo que quisiera como hacía Joley. Excepto que todo el mundo amaba su pelo. Era tan inusual, tan bello, pero nadie más que ella tenía que enfrentarse a los enredos y a su peso.
    Se inclinó hacia su hermana menor.
    – Si no quieres contestar, Joley, no lo hagas. Simplemente me preocupa.
    Joley suspiró pesadamente.
    – No sé qué contestar. Creo que me hechizó o algo así.
    Las hermanas Drake se quedaron audiblemente sin aliento, casi en estéreo. Joley detuvo su mano.
    – Un momento. No en sentido literal. Creo que sabría si realmente lo hiciese. Pienso que lo sabríais. ¿No lo haríais?
    Hannah extendió la mano, pero no tocó su brazo.
    – ¿Puedo? -Porque nunca invadiría otra vez la privacidad de su hermana sin permiso. A ninguna de las Drake les gustaba que su privacidad fuera invadida y no empujaría más allá en los límites de Joley.
    Joley inclinó la cabeza.
    – Quiero enterarme.
    – Entonces deja a Elle también. Es fuerte en diferentes modalidades, y entre las dos, si él está ahí, le encontraremos -dijo Hannah-. ¿Estás lista?
    Joley apretó sus labios.
    – Sí. Ignora cualquier cosa que encuentres sobre cómo me siento acerca de él, porque es una locura.
    Hannah y Elle trataron de alcanzarla al mismo tiempo e inmediatamente la energía crujió en el aire, manifestándose con diminutos arcos blancos y zigzagueando a gran velocidad entre las tres chicas. Hubo un pequeño silencio y un único y discontinuo chisporroteo de electricidad y luego Hannah y Elle dejaron caer sus manos de los brazos de Joley. Se miraron la una a la otra por encima de su cabeza.
    – Lo sabe todo sobre ti, Joley -dijo Hannah-. Y es consentido. Le dejas entrar en ti.
    – Sin embargo, no lo hago. No realmente. Simplemente continúa murmurando en mi oído, día y noche, y su voz es tan erótica. Dios, no, más que eso, más que erótica. Fascinante. -Frotó la palma en su muslo sin ser consciente de lo que hacía-. Simplemente ya no le podía resistir más. Quería verle, realmente verle. Pensé que yo sería más fuerte y que podría obligarle a dejarme, pero él… -Se interrumpió negando con la cabeza-. Estoy tan cansada. Estaba tan enfadado conmigo por lo del periódico sensacionalista.
    – ¿Por qué no le dijiste simplemente la verdad? -preguntó Hannah amablemente.
    – Porque me cabrea mucho. Y si alguien con habilidades mágicas manipuló el ataque contra ti, Hannah, no fue él. Lo sabría. Sé que no es él.
    – ¿Qué quiere? -preguntó Kate.
    – A mí. Me quiere -admitió Joley-. Le dije que no tengo citas con criminales y me dijo que él no era una cita. No me atrevería nunca a estar a solas con él. Me da la impresión de que no podré resistirme por mucho tiempo. He conseguido rodearme de gente cuando sé que está por la zona, pero… -Se interrumpió otra vez.
    – Dile que no quieres hacer nada con él, que no te atrae -sugirió Abbey.
    – Le he dicho que se mantenga alejado, pero sabe que me atrae físicamente. No se lo puedo ocultar, no cuando está en mi cabeza. Es horrible, como una de esas polillas con la llama, una estúpida e idiota atracción. Tengo mejor criterio. Nunca, nunca me encontraré con él, cara a cara.
    – Bien, cariño -dijo Hannah-, no te asustes. Deberías haber venido a nosotras hace mucho tiempo, antes de que obtuviera una posición real sobre ti. Esta noche, haremos una sesión cicatrizante para ti en lugar de para mí. Ahora estoy lo suficientemente fuerte y las heridas se están curando bastante bien. Una sesión o dos con todas nosotras te dará algún respiro y yo investigaré un poco y veré lo que hay en los libros para luchar contra esto.
    Hannah miró a su alrededor al círculo de caras. Todas estaban, de hecho, tratándola con normalidad, en vez de abrumarla con su simpatía. Podía respirar otra vez. Permitiéndose bajar su guardia un poco. Pero se sentía bien siendo secundada por todas ellas en ese momento.
    – No, no, no puedes hacer eso, Hannah. Esta noche es toda para ti. Lo planeamos -dijo Joley-, y es importante para mí, para todas nosotras, que goces de esta noche. Necesitamos demostrarte algo. -Miró a su alrededor, al círculo que formaban sus hermanas-. Soy la primera en hablarte claro.
    Hannah retrocedió suspicazmente.
    – ¿Qué es esto? ¿Me habéis tendido una trampa?
    – Te gustará -prometió Joley. Esperó hasta que Sarah le diera el libro a Hannah y aclaró-: ésta es la página que hice para ti. Escribí una carta, junté un par de mis fotos favoritas de nosotras, y también escribí una canción para ti. No está acabada por completo. La puliré antes de registrarla, pero es de mi parte para ti.
    Hannah se acercó el libro así podía leer la carta escrita por Joley garabateada en cursiva.

    Hey, nena

    ¿Cómo estás? Realmente espero que estés bien. He estado recordando nuestras vidas, Hannah, y hay tantas cosas asombrosas que hemos hecho juntas. Tú y yo fuimos y sé que somos las mejores amigas y eso nunca cambiará, pase lo que pase.
    Verdaderamente eres una persona asombrosa, Hannah. Eres tan bella por dentro. Eres una de las personas más fuertes con quien alguna vez me he encontrado, dando tantísimo precisamente a tu familia. Nunca he aprovechado realmente la oportunidad para exteriorizar mi amor y mis sentimientos por ti, y debería disculparme por ello. Siempre te he admirado. Fuiste siempre mi modelo a seguir. Eres siempre amable y tierna con todo el mundo, pero tan divertida y excitante. Siempre me lo paso bien contigo, ya sea bailando alrededor de la casa, cantando a pleno pulmón, o tomando el sol en la playa y admirando a los ardientes surfistas.
    Siempre has estado allí para mí y siempre estaré aquí para ti. Nada alguna vez podrá cambiar mi amor por ti. Me preocupo tanto por nuestra relación y espero que veas que siempre estaré aquí para ti. La canción que he escrito para ti se titula "All of Time" Espero que te guste, porque es cómo siento realmente.
    Amor por siempre,
    Joley

    Hannah contempló a su hermana y luego al círculo de caras. Las lágrimas brillaban tenuemente en sus ojos.
    – Joley, esto es bello. Realmente, no sabes cuanto. No lo sabes. Tengo problemas, pero os amo a todas y simplemente trato de encontrar una forma para resolver las cosas, y lo haré. Siento haber sido tan difícil.
    – No, Hannah -dijo Sarah-. Somos nosotras las que nos disculpamos y por una razón muy buena. Joley, muéstrale mi página.
    Joley se inclinó y volvió las páginas hasta que encontró la primera. Había fotos de Sarah y Hannah en diversas edades, todo eran recuerdos que evocaban a Sarah cepillando cuidadosamente las terribles marañas que las espirales de apretados rizos siempre causaron, y enjuagándole las lagrimas cuando alguien le llamó perro de lanas. Al tener el pelo con rizos mullidos, todas las chicas le llamaban perro de lanas faldero como broma, porque Hannah había sido incapaz de controlar su pelo.
    Los recuerdos le trajeron una opresión en el pecho a Hannah. Sarah siempre había sido tan buena con ella, velando por ella cuando iba a la escuela temprano y ayudándola a no tartamudear delante de los otros. Presionó el álbum contra su pecho y luchó contra el nudo de su garganta que amenazaba con estrangularla.
    – Tienes que leer mi carta, cariño -la animó Sarah.
    – No creo que pueda. Me hará llorar -dijo Hannah.
    – Se supone que te hará sentirte mejor -señaló Sarah-. Viene de mi corazón.
    – Lo leeré, pero si me haces llorar, entonces voy a convertirte en un sapo -prometió Hannah-, ¿y quién, se supone que hace el té?
    – Siempre lo haces tú -dijo Kate-. Sabes cuál es el favorito de todos y nadie más le da el sabor que tú le das. Nunca he tenido claro lo que le haces.
    – Añade amor -dijo Elle-. Ese siempre ha sido el secreto de Hannah.
    Para proporcionarse un momento, Hannah ondeó la mano hacia la cocina y en un instante el té de la tetera comenzó a silbar. Sus manos siguieron un patrón familiar, gracioso cuando tejió un hechizo que le traería a cada una de sus hermanas su té favorito. Sólo cuando los tazones flotaban fuera en una bandeja, y sus hermanas habían escogido su brebaje, hicieron a Hannah mirar hacia abajo a la escritura remarcada, precisa y muy sincera que sólo podía ser de Sarah.

    Queridísima Hannah,

    Cuando tú naciste y fui la primera en tenerte entre mis brazos, estaba claro que tu alma era tan vieja como el tiempo y que irradiarías una luz calmante de curación que atraería a quienes te mirasen. Sí, por fuera, siempre te pareciste a una diosa dorada. Sin embargo, estimada hermana, siempre ha sido tu luz y belleza interna lo que nos ha atraído y nos ha mantenido cerca de ti.
    Eres mi hermana y te amo entrañablemente, pero tú me conoces. Nunca le he dado mucha importancia a la belleza o aspecto exterior, porque algunas de las personas más bellas tienen las almas y las intenciones más feas. Necesitas saber que me enorgullezco de ti y hasta que punto a tu hermana mayor le importas como persona. Siempre ha sido tan duro para ti estar allí fuera en el mundo, y la gente que compite contigo no tiene ni idea de lo duro qué es para ti estar allí, pero tú lo haces y siempre logras venir al rescate de todos nosotros. No importa lo difícil que sea para ti.
    Ninguno de esos insistentes fotógrafos se ha tomado nunca tiempo para conocerte, y mucho menos lo que valoras en la vida, o cuánto darías por estar en casa, en un sillón, disfrutando de una taza de sabroso té rodeada de la gente y las cosas que tú amas. En vez de sentirte abochornada, tímida y lista para arrastrarte fuera de tu piel y queriendo salir corriendo y esconderte.
    Quizás, estimada hermana, también te hemos fallado, siempre pensamos que mostrar lo bella que eres y cómo asombrabas al que te miraba era importante para ti. Siempre pensamos que querías viajar, que querías estar en primer plano y que eras feliz en tu carrera, si bien emocionalmente te costaba. Verdaderamente no contemplamos la situación, y mucho menos teníamos conocimiento de que te habíamos puesto el listón tan alto y que te habíamos puesto las cosas tan difíciles para ti. Comprende esto, Hannah, lo que fuere que quieras hacer en la vida, donde quiera que necesites estar, está sencillamente bien para nosotras. Te amamos a ti y completamente asumimos tus decisiones sean las que sean. Verdaderamente, lamento tanto que me haya llevado tanto tiempo sacar en claro que estabas haciendo todas estas cosas por nosotras y no para ti misma. Por favor, perdónanos por nuestra ignorancia y entiende que te amamos incondicionalmente con todo nuestro corazón.

    Te ama, como siempre,

    Sarah

    – De acuerdo, ahora realmente me has hecho llorar -la acusó Hannah, enjuagándose las lagrimas que corrían por su cara con una mueca-. Tienes que saber que no me debes ninguna disculpa. Te debería de haber dicho cómo me sentía. Realmente lo debería haber hecho, Sarah.
    – ¿Por qué no lo hiciste? -preguntó Sarah, inclinándose hacia delante.
    – Simplemente odio decepcionar a las personas que más amo. Incluso estuve a punto de hablarte de ello. Cuantas veces todas nosotras nos sentamos aquí juntas, ni una vez te dije lo infeliz que era.
    – Jonas lo vio cuándo ninguno de nosotros lo hizo -dijo Sarah-. Ahondamos en una discusión acerca de ello y entonces repentinamente pude ver claramente lo que decía y me avergoncé de mí misma. Soy tu hermana y debería haber visto lo infeliz que eras.
    Hannah negó con la cabeza.
    – No, Sarah, era mi vida, y mi decisión. Te lo debería de haber dicho todo. Por favor, no te responsabilices de mis errores. Si algo bueno sale de esto, entonces es que estoy decidida a tomar decisiones sobre lo que realmente quiero.
    – ¿Es Jonas lo que realmente quieres? -preguntó Libby-. Los dos gritasteis un montón ayer, pero hoy las cosas parecen ir mejor.
    Hannah se mordió el labio inferior.
    – Realmente le amo totalmente con toda mi alma. Lo debería haber dicho hace mucho tiempo.
    Joley y Elle intercambiaron una rápida mirada de alarma mientras Sarah y Kate sonreían burlonamente y Libby gesticulaba con la boca “te dije que iba a ser así” a Abbey.
    – ¿No crees que es un poco mandón? -preguntó Joley esperanzadoramente-. Lo digo de verdad, Hannah, ¿cómo vas a aguantarle?
    – No la escuches -dijo Abbey-. Ella piensa en su pellejo. Si tú caes, entonces es la siguiente en la lista.
    – No vayas tan deprisa. -Joley se estremeció visiblemente-. No tendré una cita nunca más, simplemente no me atraparan. ¿Me puedes imaginar viviendo con uno de los tíos chiflados a los que atraigo? Tengo escrito con letras de neón perdedor en mi frente. Si son grandes y malos, y más calientes que el infierno, soy su chica. Luego abren su boca y me molestan y se acabó -suspiró-. Seré la señora mayor con los gatos.
    Kate hizo gestos con las manos hacia la cocina y un plato de galletas flotó fuera de ella. Hannah esperó hasta que todo el mundo tuvo una antes de volver la página a la entrada de Abigail. Las fotos del océano y chicas melenudas corriendo de la mano por la arena, le trajeron recuerdos risueños.
    Abigail se inclinó y apuntó hacia una con ella rodeando con sus brazos a Hannah cuando tenía aproximadamente trece años.
    – Esa es mi favorita. ¿Ves la luz derramándose a tú alrededor? Así es como te veo siempre, brillando del interior hacia fuera.
    Hannah agachó la cabeza, tomando un lento sorbo de té. Por un momento se sintió casi abrumada de amor. Siempre había sabido que tenía suerte. Todos la tenían. En los buenos o malos momentos, se juntaban en grupo y compartían. Tomó una respiración y la dejó salir mirando la carta de Abbey.

    Estimada Hannah

    Solamente quería que supieras cuánto te amo y admiro. Eres siempre tan fuerte y estás ahí para todo el mundo, aún cuando es tan duro para ti. Nunca te quejas y eres la primera en entrar de un salto y echar una mano.
    Quise recordarte algo de lo que hiciste por mí, que fuese especial para mí pero no lo puedo limitar a una cosa. Siempre has sido mi soporte y no sé qué habría hecho sin ti. Cuando estaba siendo tonta o impulsiva, me ayudaste a superarlo. Cuando mi temperamento (el que todavía digo que no tengo) asoma su fea cabeza, estás allí para traerme de regreso a mí misma.
    Haciéndome mayor, cuando me lastimaba, eras siempre la que me abrazaba fuerte y el dolor desaparecía. Si alguien me fastidiaba en la escuela, entonces estabas allí antes de que alguna vez tuviera que llamarte. Más de una persona que me fastidiaba caía misteriosamente enferma. Siempre dijiste que no eras tú quien lo hacía pero estoy segura de que fuiste tú protegiéndome.
    Creo que lo que trato de decirte es que a mis ojos eres perfecta y no puedo esperar para tener algún día a mi pequeña Hannah corriendo de un lado a otro protegiendo a su hermana mayor de todo problema. No puedo imaginarme nada más halagüeño que eso en la vida. Quiero que sepas que te amo incondicionalmente y no importa lo que hagas en tu vida siempre te amaré y te respaldaré. Tienes mi hombro, tal y como yo siempre he tenido tuyo.

    Te amo,

    Abbey

    Hannah se tragó el nudo de su garganta.
    – Yo misma, soy muy afortunada por teneros a todas vosotras. Siempre me haces sentirme tan amada y tan especial. No sé en que estaba pensando, asustada de que no pudieras aceptar que no fuera ya modelo.
    – ¿Pensaste realmente eso, cariño? -preguntó Libby amablemente-, ¿o tienes problemas aceptándote a ti misma?
    Hubo un pequeño silencio. Hannah tomó otro sorbo de su té. La miel y la leche combinada con el té, serenó su garganta.
    – Por supuesto que tengo problemas aceptándome. Mírame, Libby. Me miro y veo cada defecto, real o imaginario. Una parte de mí busca arrastrarse a un agujero y no salir nunca. -Frunció el ceño, tratando realmente de analizar sus sentimientos-. Una parte de mí está aterrorizada y me pone enferma que alguien quisiera hacerme esto, pero hay una parte diminuta de mí que se siente libre. Sentí que si podía enfocar la atención en ese pequeño triunfo en lugar de en la ruina de mi cara y mi cuerpo, podría encontrar la manera de emerger victoriosa. Siento realmente pesar al haberos dejado fuera a todas.
    – No es eso -dijo Sarah-. Fue bueno para que nosotras tuviéramos claro lo que hacíamos mal. Jonas dijo algo el otro día que tenía un montón de sentido. Dijo que cuando Damon y yo tenemos una pelea, él no interfiere. Realmente pensé en ello. Jonas siempre ha sido protector con nosotras, y nunca ha actuado contra cualquiera de nuestros hombres cuando discutimos. Seguro que quiere interferir pero no lo hace porque estaría mal. Y estaba mal que nosotras tratáramos de vivir tu vida por ti, aún cuando nuestras intenciones fueran buenas.
    Hannah miró las caras sonrientes que la rodeaban. La aceptación, era lo que las mantenía tan unidas. Joley, con su manera salvaje de ser; Elle, tan calmada y con fuego hirviendo a fuego lento bajo la superficie; Abbey, sintiéndose más en casa cuando estaba en el mar; Y Libby, sin un hueso mezquino en su cuerpo. Sarah, organizada y fiable; y la querida y dulce Kate, a quién todo el mundo tenía que amar.
    – Vosotras sois todas unas hermanas geniales -dijo Hannah, intentando no llorar.
    Kate mordió su galleta.
    – Por supuesto que lo somos. Cuando eras un poco más pequeña, estabas muy enojada con nosotras porque teníamos que ir a la escuela y no querías ir. ¿Cuántos años tenía, Sarah? Recuerda, hablo de cuando…
    – Oh, no cuentes esa historia -dijo Hannah y escondió la cabeza en la curva del brazo, riéndose-. Joley y Elle no se la saben y simplemente no la puedes contar.
    – Cristo, y nosotras que pensábamos que era tan perfecta que nunca podría hacer nada malo -dijo Joley-. Cuéntanoslo, Kate.
    – ¿Cuántos años tenía, Sarah? ¿Recuerdas el momento en el que nosotras nos apresurábamos, tratando de estar listas para la escuela, y decidió que de ninguna manera iba a ir?
    – Seis -informó Sarah-. Tan sólo tenía seis años.
    Hannah gimió y tomó otro sorbo de té.
    – Ambas vais a lamentar el contar esta historia.
    – Valdrá la pena -dijo Kate-. Estaba sentada sobre las escaleras, cruzada de brazos, mirándonos ferozmente, y si la tocábamos, nos iba a aniquilar.
    – Una sacudida eléctrica -añadió Sarah-, un calambre real. Nos electrocutó, incluso a papá y a mamá. A los seis años ya sabía manejar hechizos.
    Hubo un pequeño silencio. Joley se sentó más derecha.
    – Te veo con nuevos ojos, Hannah. Eres una diosa. ¿Realmente electrocutaste a papá? Desearía haber sabido ese hechizo. Me pilló saliendo de noche por la ventana y, déjame decirte que me hubiera sido realmente útil saber ese hechizo.
    Todas estallaron en risas. Cuando se calmaron, Libby tomó el libro y con un poco de timidez lo abrió por su página. Las fotos habían sido tomadas el día que habían estado caminando juntas por el bosque. Hannah recordaba aquel día porque había sido perfecto, tanto por el clima como por la compañía.
    – Éste fue uno de mis momentos favoritos contigo -dijo Libby-. Hablamos de todo y estaba tan triste. Estaba en la facultad de medicina y las horas eran criminales. Era menor que todos los demás y algunos de los otros estudiantes no eran muy simpáticos. Hiciste ese día tan maravilloso, Hannah. Supe, después de ese paseo, que podría afrontar a todo el mundo y que podía hacer lo que quisiera y todavía más. Me diste esperanza. -Apuntó hacia su carta-. No soy muy elocuente, pero esto es de corazón.
    Hannah dirigió su mirada al garabato de Libby.

    Hannah

    Necesito decirte simplemente cuánto significas para mí. Eres tan, pero tan especial y una parte grande de mi corazón te pertenece sólo a ti.
    Hemos compartido tantas risas y lágrimas a través de los años y tenemos tantos recuerdos juntas como para que nos duren siempre. Todavía pongo una sonrisa en mi cara cada vez que recuerdo el tiempo que fuimos adolescentes y reíamos histéricas cada vez que sonaba el teléfono. No podíamos contestar porque no podíamos dejar de reírnos y cuando finalmente contestaste era un número equivocado que sólo nos provocó otra ronda de risas hasta que nos dolió el estómago.
    Mi vida no sería lo que es hoy si no fueses una gran parte de ella. Estabas siempre allí para mí con tu amor y apoyo, y a menudo tu protección. Muchas veces, te he visto salir un momento de tu entorno seguro para ayudarme así como también a muchos otros. Eres una de las personas más cariñosas y generosas que alguna vez he conocido.
    Querida dulce Hannah, jamás habrá nada que puedas hacer o decir para cambiar mis sentimientos por ti. ¡Eres una parte enorme de mi vida, y te amo justamente porque tú eres TÚ!

    Tu cariñosa hermana,

    Libby

    Hannah cerró el libro con un pequeño chasquido.
    – Ahora tú me has hecho llorar.
    – Simplemente bebe más té -sugirió Elle-. Eso es lo que hago yo.
    La puerta se cerró ruidosamente y Jonas se apresuró a entrar, el viento y la niebla entrando detrás de él.
    – Hace frío ahí afuera -saludó, caminando a grandes pasos dentro del cuarto y parando bruscamente. Frunció el ceño-. ¿No estaréis teniendo una de vuestras cosas de chicas, en la que, todo el mundo llora y se pone sentimental?
    – Eso es exactamente lo que estamos haciendo -dijo Joley alegremente-. Ven acércate, siéntate y únete a nosotras.
    Hannah sintió el placer atravesándola. Había sido por tanto tiempo de esta manera. Las siete hermanas y Jonas. Siempre había estado en el círculo con ellas. Se quejaba, claro está, y algunas veces ponía los ojos en blanco y se burlaba, pero siempre terminaba en el suelo y se convirtió en una parte de quiénes eran y lo que eran. Observó como tomaba su lugar entre ella y Joley, presionando su muslo contra el de ella y deslizando su brazo alrededor de su cintura, sus dedos en la nuca, dándole lentamente un masaje.
    – ¿Alguien se molestó en hacer la cena? Me muero de hambre
    Hubo otro estallido de risa. Las miró con el ceño fruncido.
    – ¿Qué?
    – Siempre preguntas eso, a cada momento -aclaró Hannah-. Siempre tienes hambre, Jonas.
    Se inclinó y le dio un beso en la mejilla a Hannah, sin reparar en las mortecinas heridas como si no estuvieran allí. Su beso finalizó en la comisura de su boca.
    – Están siendo horribles conmigo, nena. ¿No puedes convertirlas en sapos o algo así?
    – Sí, ahora quieres su ayuda, ahora que está de tu lado -dijo Joley.
    – No te preocupes, Joley -dijo Jonas cuando cogió un tazón de té flotando cerca y recogió unas pocas galletas del plato-. Realmente sólo quiere sexo. En el momento en el que obtenga lo que quiere y que empiece a darle continuamente órdenes, estará de regreso contigo para que las siete podáis poneros en contra de un hombre solo.
    Hannah se atragantó con el té y Jonas tuvo que darle un fuerte golpe en la espalda.
    – Tiene razón, sabes -empezó a hablar Elle-. Piensa en ello, Hannah, antes de que hagas cualquier estupidez. El sexo es genial y eso, pero va a ser tan mandón. ¿Quieres realmente aguantar eso día y noche?
    Jonas agarró a Elle en una llave de cabeza y frotó sus nudillos sobre la parte superior de la misma.
    – Ya os doy órdenes a todas, día y noche, a ti, pequeño gato montés. Alguien tiene que hacerlo, o tú y todas andarías descontroladas. -La soltó, ignorando el puñetazo en su muslo-. ¿Estáis leyendo las cartas?
    – ¿Lo sabías? -preguntó Hannah.
    – Lo sé todo -contestó Jonas, hinchando el pecho.
    – Ahora comienza con mi página -dijo Kate tímidamente-. Por favor, Hannah, recuerda que soy mejor con la ficción que con la realidad. Me resulta tan difícil expresarme.
    – No con Matt -dijo Jonas-. Con él lo haces muy bien.
    Kate le dio una manotada poco digna en su brazo mientras Hannah miraba las fotografías.
    Eran de una sesión de fotos que Hannah había hecho. Primero se vio encantadora en varios trajes de noche y luego ella se reía, con los pantalones vaqueros y el suéter, el pelo alborotado en la cabeza, haciendo gestos.
    – Amo esas, porque muestran la persona tan real que eres debajo de todo ese glamour.
    Hannah aspiró profundamente para aquietar el abrumador amor que sintió hacia su familia para poder leer lo qué Kate le había escrito.

    Queridísima Hannah,

    Cuando pienso en el amor, en la familia, en la manera en que las hermanas deberían ser, pienso en ti. Cuando pienso en ánimos, en la increíble fuerza personal, es tu cara la que veo. Aunque nunca te diste cuenta de eso, eres la más fuerte, la más valiente, de todas nosotras.
    Sé lo que sufres cuando apareces en público. Somos ambas tan semejantes en ese sentido. El estar rodeada de desconocidos, el ser el centro de atención, sentir las emociones palpitando en ti: Nunca lo podría hacer. Siempre me he pegado a las sombras, a la seguridad de la soledad, pero tú nunca lo has hecho. No te puedo decir cuánto te he admirado siempre por ello.
    Me percato ahora que tu valentía siempre ha sido por nuestro beneficio, no por el tuyo, y eso debe detenerse. Te amo a ti, Hannah. Lo que quiero para ti es todo lo que alguna vez he querido: Tu felicidad. Que seas valiente para ti misma, no para nosotras. Vive tu vida de la forma que quieras, la felicidad te espera ahí fuera. Y déjanos amar a la hermana que tú eres, no a la hermana que piensas que queremos que tú seas.

    Te ama por siempre,

    Kate

    – Gracias, Katie -dijo Hannah simplemente y se inclinó para besarla-. No sé lo que haría sin vosotras. De verdad.
    – Afortunadamente no tenemos que enterarnos. -Estuvo de acuerdo Kate-. Nos asustaste a todos, Hannah. De verdad, de verdad nos asustaste. No podía pensar o respirar. Cuando caíste, te llevaste a todos nosotros contigo, y por un terrible momento, supimos qué la vida sin ti no sería igual. -Recorrió con la mirada a Joley-. Sé que Prakenskii es peligroso. Todas tocamos su mente, y podíamos percibir vislumbres de un hombre extremadamente espeluznante, pero siempre le estaré agradecida por lo que hizo, cualesquiera que fueran sus motivos. Salvó tu vida. Te mantuvo viva para nosotros y tuvo que pagar un alto precio. Sabía que le haría vulnerable a nuestra magia, pero todavía te preservó para nosotras. Rezo cada día por su salud y su felicidad.
    – Reza por su salud, Kate, pero omite la parte de la felicidad -masculló Joley.
    Jonas la rodeó con un brazo fraternal.
    – Si fuese tu hombre, entonces no tendría que preocuparme por ti ni un poquito. Ahuyentaría a todo el mundo. Tal vez le debería sobornar.
    Joley le pellizcó fuerte y le metió de un empujón una galleta en la boca.
    – Eres tan gracioso, Jonas. Ja, ja. Muy cómico.
    Hannah se reclinó contra Jonas e instantáneamente sus brazos la rodearon. Su barbilla acarició la parte superior de su cabeza.
    – ¿Qué más hay en ese álbum? -preguntó.
    – Mi página -dijo Elle, con timidez en su voz-. Las primeras fotos son de ti dirigiendo el viento. Me gusta ver el poder en ti, tu pelo al viento y tus brazos extendidos hacia el cielo. Resplandeces, Hannah, y te ves tan femenina. Nada me enorgullece más que verte de ese modo. Y las demás son de ti en la cocina. Cuando vuelvo a casa y estoy tan cansada y… -Se interrumpió, miró alrededor a las caras de sus hermanas y luego abajo, a sus manos-. Cuando me siento tan rendida que pienso que no puedo seguir, allí estas tú. En el momento en que te veo, sé que estoy en casa. Eso es lo que representas para mí, Hannah. El hogar. La seguridad. El amor y la aceptación.
    Hannah ocultó su cara en el pecho de Jonas para tener un momento e ignorar las emocionales lágrimas. Elle era tan tranquila y raramente hablaba de sí misma o de sus sentimientos, y cuando lo hizo, Hannah se sintió privilegiada.
    – Esa es la cosa más bella que me han dicho, Elle. Gracias.
    – Es la verdad -contestó Elle simplemente.
    Hubo inclinaciones de cabeza en todas partes.
    – Tiene razón, Hannah. Ahora que Elle lo ha dicho, tú representas el hogar y la familia para todas nosotras. -Estuvo de acuerdo Sarah.
    Hannah no podía hablar así es que leyó la carta en lugar de eso.

    Hannah

    Hey, llave dorada, aunque no soy escritora como Kate y seguro que no tengo el toque de Joley, no puedo dejar pasar otro día sin decirte cuánto te amo. Y lo que significas, en mi vida.
    ¿Sabes que uno de mis primeros recuerdos es el de despertar en mi cuna cantando Hann, Hann, Hann en la seguridad de que vendrías corriendo? Me levantarías sobre la barra de la cuna, me abrazarías cerca y bailarías conmigo alrededor del cuarto. Cuando lloraba me hacías cosquillas y me hacías reír. Oye, todavía tengo el diminuto pingüino que me diste cuando cumplí cinco años. Es un tesoro que mantengo en mi bolso y lo cojo cuando estoy un poco triste o sola, y necesito recordar cuanto soy amada. ¿Quién podría olvidar nuestro paso de pingüino riéndonos hasta que llorábamos? ¿Y mi cita para el baile de graduación… cuando destrocé mi vestido y Joley frió mi pelo… recuerdas cómo me mantuviste apretada, reconfortándome cuando creía que era el fin del mundo? Como siempre, secaste mis lágrimas y arreglaste todo, mejor que nuevo. Me hiciste parecerme a una pareja de cuento de hadas, sin embargo, mi cita resultó ser una rana y no un príncipe encantado. En cierta forma, incluso hiciste que me riera de ese desastre. Siempre pienso en ti en la almena, girando en espiral bajo el viento y la lluvia y el cielo de la noche… fuiste quien me mostró las estrellas.
    Hannah, siempre supe que estabas allí para mí y más importante aún que entenderías cómo me sentía. A través de todos estos años has sido la que me ayudaba a aliviar mi carga cuando comencé a sentir la presión de ser la séptima de siete. Me hacías bromas y me hacías reír y recordar que estamos juntas en esto… las hermanas por siempre. ¿Sabías que tu dulce sonrisa siempre ha sido una de las cuñas comerciales más brillantes de mi vida? Eres valiente y audaz y una de las personas más generosas que alguna vez tuve, tendré el privilegio de conocer. Tal vez nunca te has percatado que siento pesar por no haberte dicho nunca antes cuanto te he admirado siempre (bromas incluidas) y cuanto tus travesuras realmente me traen alegría y me hacen reírme tan fuerte que un mundo triste lo conviertes en bonito. Siempre has estado allí para nosotras, siendo lo que necesitábamos que tú fueras, guardando la sonrisa fuertemente en nuestros corazones. Ahora es tu turno. Por favor, sé valiente y fuerte simplemente para ti esta vez. Te mereces todo lo bueno y maravilloso. Te amo muchísimo.

    Con amor, tu hermana pequeña, Elle

    Ahora Hannah lloraba en serio.
    – Elle, yo también te amo. Gracias por todo. Esto fue lo más dulce, la cosa más considerada que podías haberme hecho. Atesoraré estas páginas por el resto de mi vida. -Abrazó el álbum apretadamente contra ella.
    – No has acabado -dijo Jonas-. Yo también te hice una página. Este libro se trata de cosas que amamos de ti. No te preocupes, no puse ninguna fotografía bochornosa, porque no tenía ninguna.
    – ¿De verdad me hiciste una página? -Alzó su cara hacia la de él, el corazón dándole bandazos.
    – Por supuesto que lo hice. He puesto una mezcla de mis fotos favoritas, allí hay una o dos que son realmente tuyas, pero en su mayor parte son de animales. Sé que tú amas a los perros, aunque no tienes uno propio.
    – No sería justo. No estoy nunca en casa el tiempo suficiente para pasar tiempo con una mascota. Sin embargo, quiero a los perros de Sarah.
    Abrió el álbum por la página de Jonas. Hubo un pequeño silencio cuando se quedó con la mirada fija en la serie de fotos de Hannah y Jeanette Harrington vestidas con ropas de la época de los años 20. Recordó esa tarde claramente. Había sido invitada al té y Hannah había encontrado un armario lleno de espectaculares ropas. Miró las fotos, tratando de ver a través de las lágrimas en los ojos. Era tan pequeña, con rizos en todas partes, envuelta en un abrigo demasiado largo con una banda y una pluma de pavo real en la cabeza. Cogía la mano de la señora Harrington.
    Pestañeó rápidamente para aclarar las lágrimas, enfocó la atención en el garabato masculino de la siguiente página, y a pesar del nudo en su garganta, lanzó una apagada risa rota. Razones por las que Hannah debería casarse con Jonas, leyó el título en voz alta y fuerte.
    – He hecho una lista con todas ellas. -Apuntó hacia la larga columna-. Joley me hizo poner razones por las que no deberías, y como puedes ver, hay muy pocas y son poco convincentes.
    – ¿Poco convincentes? -repitió Joley. Pinchó con el dedo en la primera-. Esa es razón suficiente. Soy la siguiente candidata a la gran caída y es tu deber protegerme quedándote soltero para siempre. Y… -Miró furiosamente a Jonas-. He puesto asteriscos en la siguiente y tres signos de admiración.
    Jonas miró con atención sobre el hombro de Hannah.
    – Hiciste eso después de que terminase, pequeña tramposa. No soy arrogante ni mandón. Soy encantador.
    Hannah se sofocó y sus hermanas lloraron de la risa. Joley y Elle se cayeron agarrándose los estómagos. Libby trató de mantener la compostura, pero incluso ella sucumbió, riéndose con sus hermanas.
    – Estáis todas locas -dijo él con gran dignidad-. No sé de qué os reís en primer lugar. -Agarró otro puñado de galletas para consolarse, y cuando Hannah redobló las carcajadas, él se inclinó, le retiró el pelo y atacó su cuello como venganza, dejando una enorme marca roja. Harto, entró en la cocina buscando algo más sustancial que comer, dejando a las mujeres para que se tranquilizasen.

CAPÍTULO 16

    – ¡Jonas! Jonas, baja aquí -llamó Sarah justo desde el exterior de la puerta.
    Jonas masculló una ofensiva protesta lo suficientemente fuerte como para que parara de golpear la puerta. Cuando oyó que se desvanecía el ruido de los pasos de Sarah abajo en el vestíbulo, se dio la vuelta, llevándose la mayor parte de las sábanas con él, gimiendo cuando el sol le golpeó en la cara a través de la ventana.
    – Nena, nos está llamando.
    – Te está llamando a ti, no a mí -dijo Hannah-. Todavía estoy dormida. -No es que hubiera logrado dormir algo con Jonas acariciándola y dándole pequeños mimos en la espalda toda la noche.
    Quedarse en la cama al lado de Jonas tocándola había sido una lección de frustración. Ciertamente había aprovechado cada oportunidad para tocarla, dejándola con los nervios de punta y el cuerpo hipersensible. No podía contar cuántas veces sus manos habían pasado rozando su trasero. Su almohada de alguna manera había logrado estar a la altura exacta de sus pechos, así es que había estado una gran cantidad de tiempo respirando aire caliente sobre sus pezones, su boca a unos centímetros de su carne tensa.
    Desesperadamente, y para evitar rogarle, se había dado la vuelta, manteniéndose de espaldas, y él inmediatamente amoldó su cuerpo alrededor del suyo, presionando su gruesa erección apretadamente contra su trasero mientras su mano se metía con mucha naturalidad directamente bajo su pecho. En el momento en el que pensaba que podía quedarse dormida, su mano se trasladaba, los nudillos pasaban rozando la parte inferior de su pecho, y una relampagueante sacudida crepitaba a través de su sistema entero tensando sus músculos. Nunca en su vida se había sentido así de tensa, pulsando con calor y deseo.
    Era suficiente para enfurecer a cualquier mujer y Hannah no era una Santa. Levantó la cabeza para mirarle.
    – Vete y déjame dormir. -No había dormido ni diez minutos-. Se supone que estoy descansando y que mantienes mis pesadillas bajo control.
    Su abierta sonrisa fue lenta y erótica. Se inclinó y volvió a besarla suavemente en los labios.
    – Después cumplí con mi trabajo. No tuviste pesadillas. No me he olvidado que vamos a salir esta noche. Me he propuesto ir a la oficina y trabajar un poco. Ver las cintas de la muchedumbre otra vez. Jackson trata de enterarse si alguien ha desaparecido.
    – Simplemente un día normal en el trabajo. Descubriendo a quién trata de matar a tu novia.
    Saboreó la palabra y se sintió extraña. Novia. Nunca había sido la novia de alguien.
    – ¿Te hace eso mi novio? -Se rió suavemente de su expresión.
    – No soy un niño, Hannah, soy un hombre viril.
    Su risa subió de súbito un grado.
    – Un hombre viril encantador.
    – Ríete, nena. -Giró sobre su parte superior, capturándole ambas muñecas y apretándoselas de golpe contra el colchón a ambos lados de su cabeza-. Pero voy a recordarlo y a vengarme.
    Ante su acción repentinamente agresiva, su corazón golpeó a un compás temerario y su cuerpo entero cantó. La tenía tan excitada con su manoseo de toda la noche que la sangre le martilleaba en las venas aliándose con el punto bajo e inmoral dentro del cuerpo. Sus piernas le dieron una patada a las suyas con el fin de apartarlas y encajar sus caderas entre los muslos. Él tiró de su lóbulo con los dientes, lamió el golpeteo del pulso de su cuello y le besó el brillante chupetón que le había hecho allí la noche antes.
    Casi podía ver el arco de electricidad entre ellos. Ella sin duda lo sentía. Se quedó con la mirada fija en su ardiente boca, seductora y se sintió débil al mirarlo. Increíblemente, ella le podía saborear y además la estaba mirando, su hambrienta mirada recorriendo posesivamente su cara. Un urgente calor líquido inundó un punto bajo y malvado dentro de su cuerpo en respuesta. Cuando su pecaminosa boca cubrió la suya, se olvidó completamente del cuerpo y del por qué no iba a hacer el amor con Jonas Harrington.
    Cerró los brazos a su alrededor, los labios derritiéndose bajo los de él, las manos encontrando su pelo y arrastrándole más cerca. Los destellos de fuego batieron a través de su cuerpo, mientras su lengua acariciaba a lo largo la de ella exigente. Sexualmente no tenía dudas acerca de Jonas. Tomó lo que quiso y se aseguró que ella también lo quería.
    – Buenos días -murmuró.
    Ella tragó saliva, absorbiendo la oscura lujuria en su voz. Había algo embriagador en aquel sonido, áspero, ronco y seductor, que caía y gateaba por su columna vertebral, hacía que los pechos le dolieran y alentaba a sus músculos, ya excitados y calientes, apretándose con necesidad. Apenas podía respirar a través de la excitación, el interior de los muslos tan sensitivos que cuando él se movió, sintió el centro más femenino comenzar a pulsar y ondear en respuesta.
    – Jonas, de verdad, siento molestarte, pero tienes una llamada telefónica. Cógela -insistió Sarah.
    Si había sonado el teléfono, no lo había oído. Todavía tendido sobre ella, trató perezosamente de alcanzar el teléfono.
    – Harrington.
    – Duncan Gray, Jonas. Ésta es una línea segura. Quería informarte de que Boris Tarasov trató de rescatar a su hermano hace dos noches. Se enteraron dónde se encontraba retenido y cuando lo trasladaríamos. En el tiroteo, recibió disparos y está en estado crítico.
    – ¿El traidor?
    – Todavía no, pero estoy estrechando el cerco.
    – Gracias por la información, Duncan.
    Hannah parpadeó mientras él colgaba el teléfono.
    – ¿De qué iba todo eso?
    – Un viejo caso, nada de especial importancia. -Arrastró besos por su cara hasta la comisura de su boca.
    – ¿Estás seguro? Tus marcas de preocupación están de regreso.
    – ¿Están? No son por este caso. Las personas en custodia y eso ya no tienen nada que ver conmigo. Estoy al margen de esa línea de trabajo para siempre -y así era. Por primera vez, se dio cuenta que oír la voz de Duncan Gray no le había hecho sentirse culpable. No le había hecho sentir como si necesitara salir y librar al mundo del mal. Era un hombre con una mujer a la que atesoraba, y estando con ella, asegurándose de que estaba a salvo, de que su familia estaba a salvo, era suficiente para él. Podría ser el sheriff y volver a casa por la noche y estar satisfecho.
    Sonrió abiertamente a Hannah.
    – Soy feliz, nena, y lo has hecho tú sola.
    Sarah aporreó la puerta otra vez.
    – ¡Jonas! Jackson ya está aquí para recogerte. Dice que has convocado una gran reunión y que ya llegas tarde. -Le dio al mismo tiempo un golpe más fuerte a la puerta-. Y no vuelvo a subir. No soy tu mensajera.
    Jonas suspiró, rozó otro beso sobre los labios temblorosos de Hannah, sus dientes tirando de su desconcertante labio inferior.
    – Gracias, Sara. Bajaré enseguida. -Se levantó para sentarse, los músculos de su espalda ondearon bajo su piel-. Estaré en casa esta tarde para recogerte, nena. Saldremos a hurtadillas de aquí y pasaremos un buen rato. No pienses demasiado. Simplemente descansa. Libby dijo que necesitas un montón de descanso.
    Sin previo aviso se volvió hacia ella, subiendo su camiseta sin mangas, exponiendo su estómago suave y el rayado entrecruzado hecho por el cuchillo, doblando su cabeza y presionando un beso justo debajo de su ombligo. Su lengua se sentía como un raspador de terciopelo cuando delineó una de las líneas conduciéndose hacia abajo, bajo la delantera del pijama, junto a las caderas.
    Hannah se quedó sin aliento, su estómago se tensó con fuerza, y entre sus muslos, el calor húmedo crepitó y se encendió, demandando satisfacción.
    Su sonrisa fue de pura confianza, sus ojos intensos con deseo, su boca emocionada con una oscura lujuria.
    – Te veré esta noche, nena. -Había seducción en su voz, una cruda promesa de excitación.
    Hannah se dio la vuelta, llevándose las sábanas con ella, escondiendo su cuerpo y tratando de desacelerar su respiración mientras el ruido de sus pasos se extinguía afuera. Jonas Harrington podía provocar más pasión en ella en tres segundos que cualquier otro hombre en toda una noche.
    Hannah gimió y se puso derecha, el cuerpo vibrando, los pechos también sensibles, y el dolor entre las piernas creciendo con fuerza cuando pensó en él. Entonces, de acuerdo, tendría que revisar un poco la manera de pensar.
    Escaleras abajo podía oír a sus hermanas dando vueltas y enderezó los hombros. Hoy iba a ser diferente. Hoy iba a actuar con normalidad y tomar buenas decisiones basadas en lo que quería hacer, no lo que todo el mundo pensaba que tenía que hacer. Hoy iba a ser el principio de la nueva Hannah Drake.

    Hannah pasó la mayor parte de la mañana y la tarde asegurándoles a sus hermanas que era capaz de hacer los quehaceres domésticos y cocinar. Descubrió que Libby tenía razón, parecía que tenía menos energía y a menudo tenía que descansar, pero tan pronto como podía, regresaba y hacía los quehaceres normales de la casa, interactuando con sus hermanas lo máximo posible.
    Planeó una cena para sus hermanas, si bien sabía que Jonas la llevaría a un picnic nocturno. La mayor parte del día logró abstenerse de pensar constantemente en el ataque. Antes le había consumido cada pensamiento de vigilia, pero estaba feliz de haber logrado reemplazar el temor y el miedo por la anticipación de ver a Jonas y la idea de que realmente podía ser lo suficientemente valiente como para seducirlo.
    Todo el tiempo, era consciente de que los reporteros y la muchedumbre no se habían ido. Había un poco menos, pensó, pero podría oír al Reverendo RJ gritando y una vez, cuando recorrió con la mirada el exterior por la ventana, vio que se había subido a un taburete pequeño y agitaba sus brazos en derredor como si diera un sermón con su voz teatral.
    – Oye, chica, soñando despierta otra vez -dijo Joley-. Pareces enferma de amor y eso está sencillamente mal. No puedo entenderlo, Hannah. -Hizo una mueca a los contenidos del frigorífico-. Y si realmente te enamoras locamente de Jonas, entonces ¿qué va a ocurrirme? ¿Y a Elle? Dijiste que no estabas a punto de caer como nuestras hermanas mayores. Hicimos un pacto, ¿recuerdas?
    – Quítate del frigorífico. Te haré la cena. -Hannah cerró la pesada puerta y se apoyó contra ella-. Hice el pacto contigo y con Elle, pero no pensé que tuviese una oportunidad con Jonas. No pensé que le interesase.
    Joley puso los ojos en blanco.
    – Te quiero, Hannah, pero en lo que se refiere a hombres no sabes nada.
    – ¿Y tú sí?
    – Sé lo suficiente como para mantenerme lejos de ellos. ¿Qué narices es todo ese alboroto ahí fuera? -Se dirigía ya a la sala de estar, donde podría mirar con atención afuera por la gran ventana panorámica.
    Sarah apartó la mirada de la revista que leía.
    – Sepárate de allí, no querrás darle a cualquiera de ellos esa satisfacción.
    – Ese horrible hombre, el Reverendo algo, está plantado allí delante de las cámaras otra vez, Sarah -siseó Joley, apretando los dientes con fuerza-. ¿No le puede arrestar Jonas?
    – ¿Por qué? ¿Por predicar? Eso se vería precioso en las noticias. Perdería su empleo, el Reverendo le demandaría y habría más publicidad. Justo ahora mismo está absorbiendo la prensa y están tan aburridos ahí fuera que harán cualquier cosa por una historia.
    La ceja de Joley se elevó rápidamente.
    – ¿Tú crees?
    – Lo sé. -Sarah bajó su revista cuando el tono de Joley atrapó su atención-. ¿Qué estás pensando, Joley? No hagas ninguna locura. -Cuando Joley la ignoró y continuó mirando por la ventana, Sarah puso la revista en la mesa al lado de su té, realmente alarmada.
    – Hannah -llamó, metiendo su cabeza en la cocina-. Dile algo a Joley o vas a tener que detenerla. Nunca escucha a nadie más.
    Hannah se secó las manos en un paño y siguió a Sarah.
    – ¿Qué pasa, cariño? Y quítate de la ventana antes de que un fotógrafo obtenga una foto de ti.
    Joley se encogió de hombros.
    – ¿Qué es una foto más? Al menos esta vez será por un buen motivo. Ese Reverendo idiota está allí fuera usando el ataque contra ti para predicar a todo el mundo acerca de las consecuencias del pecado.
    Hannah se inmovilizó.
    – ¿Está hablando de mí? ¿Estás segura? ¿Dónde está Jonas?
    Sarah puso el brazo alrededor de la delgada cintura de Hannah.
    – No hay necesidad de preocuparse. No parece tener interés en entrar aquí a dirigirnos la palabra a ninguna de nosotras. Quiere su momento de fama ante las cámaras de televisión y la prensa.
    Hannah se mojó el labio inferior con la lengua.
    – Él es un baboso, Joley, no un autentico predicador. Fundó su iglesia con el objeto de atraer personas con engaños para quitarles su dinero y se acuesta con cada mujer de su pequeño rebaño enfermo. Es asqueroso. Lo sé, porque le toqué. Me sentí sucia durante una semana. Mantente lejos de él, Joley.
    – ¿Jonas sabe cómo es el Reverendo? -preguntó Sarah.
    – Sí, hemos tenido un par de conversaciones acerca de él.
    – Y el Reverendo, ¿es consciente de lo que sabes, Hannah? -preguntó Sarah, con sospecha en la voz.
    Hannah pasó ante la ventana y, poniéndose a un lado, echó una rápida ojeada afuera. El Reverendo estaba rodeado y gritaba su sermón, la voz tronando sobre el populacho ensalzando los méritos de la búsqueda del perdón arrodillándose y evitando a las rameras del mundo.
    – Es un cliché -siseó-. Simplemente debería salir allí y debería decirle al mundo lo que realmente es.
    – Hannah, no te atreverás a hacerlo. En primer lugar, no tienes pruebas. Te podría demandar por hacer ese tipo de acusaciones.
    – Son ciertas.
    – Verdadero o no, tienes que tener pruebas.
    – ¿Así que a él le gustan las mujeres? -aventuró Joley y se marchó dando media vuelta antes de que Hannah pudiera decir nada. Corrió a toda velocidad escaleras arriba.
    – Hannah -insistió Sarah, antes de que pudiera seguir a Joley-. ¿Te enfrentaste al Reverendo? ¿Lo hiciste, o no?
    – Protestaba en cada acto al que iba. En el caso de que no fuera el Reverendo personalmente, tiene cuatro o cinco hombres que viajan con él y protestaban. No iba dirigido contra un diseñador, ni contra las pieles, sino contra mí personalmente. Mi agente tuvo miedo de que perdiéramos contratos si él continuaba atrayendo publicidad negativa. Tanto que, le fui a visitar con la idea de que una vez que me conociera, vería que no soy la hija del diablo.
    – ¿Y? -preguntó Sarah, apretando los labios con fuerza.
    Hannah suspiró. Lo de los labios era siempre un mal signo con Sarah.
    – Bien, al final creo que justamente le probé que era la hija del diablo, leyendo su mente y dejándole saber que me daba asco. -Miró hacia arriba cuando Joley volvió a bajar corriendo las escaleras y fue directamente a la puerta principal-. Oh, no. Sarah. Detenla.
    Joley estaba vestida con unos ajustados jeans, amoldándose a sus caderas y resaltando la forma de su adorable trasero. Su ajustado top rosa abrazaba la curva llena de sus pechos y terminaba en su pequeña cintura, mostrando una intrigante tira de su plano vientre. Una lluvia de oro brillaba con intensidad justamente debajo de su cintura y por encima de sus pantalones vaqueros. La forma en que iba vestida gritaba sexo. Su pelo era salvaje, intenso, con sus labios haciendo pucheros de un rojo oscuro como una sirena. Simplemente no caminaba, fluía, toda exuberantes y suaves curvas y el pelo azotado por el viento. Era la tentación envuelta en informal elegancia.
    La muchedumbre en la cerca se volvió loca, gritando y haciendo gestos con las manos. Las cámaras volvieron la espalda al Reverendo y enfocaron su atención sobre ella.
    Joley hizo gestos con las manos y caminó hacia ellos, hacía de cada paso una respuesta para los sueños eróticos de los pervertidos.
    Hannah agarró firmemente la mano de Sarah.
    – Va a provocar un disturbio. ¿Dónde están los de seguridad? Matt no está aquí y ni Aleksandre o Damon.
    – Joley puede manipular a una multitud. -La reconfortó Sarah, rezando silenciosamente por que fuera cierto.
    El Reverendo RJ, dándose cuenta que estaba perdiendo su entrevista, levantó sus manos al cielo y gritó más fuerte para que el Señor perdonara los pecados de Hannah Drake, desfilando su cuerpo, pavoneándose alrededor deliberadamente para tentar a los hombres para que pecaran y atrayendo a otras mujeres para que se pusieran las ropas de la tentadora.
    Joley fue derecha hacia él, mostrando en cada centímetro sexo y pecado, su fragancia envolviéndole en la tentación deliberadamente. Enseñó sus perfectos dientes blancos y agitó sus largas pestañas.
    – ¿Reverendo RJ? Soy Joley, la hermana de Hannah. -Le tendió su mano, su voz con entonación baja, el ritmo hipnótico, fascinante incluso. Descendió otra octava a fin de que sonase exuberante y tentadora-. Es tan dulce por su parte rezar por su alma.
    El Reverendo abrió la boca, pero nada salió. Joley a menudo tenía ese efecto en los hombres. Él deslizó la mano en la suya y ella acarició con la yema del pulgar el dorso de su mano, leyéndole, leyendo sus pervertidos pensamientos y sus secretos más oscuros, aun así ella le dio un estremecimiento.
    Joley ignoró la acometida de recuerdos y se concentró en sus pervertidos pensamientos. No podía dejar de pensar en sus pechos y le gustaba su cadena. En su mayor parte sus pensamientos eran todos acerca de lo que a él le gustaría hacerle a ella. Le dedicó una lenta sonrisa, seductora, que hizo reaccionar a su cuerpo y correr a su mente.
    – Eres tan compasivo por preocuparte por el alma de mi hermana. -Se movió, una suave ondulación de su cuerpo, lo suficiente como para hacer alarde de sus exuberantes curvas sin parecer que hacía otra cosa. Fue bastante sencillo amplificar los micrófonos para que cuando el Reverendo hablara, ella interfiriera la emisión y de esa manera sólo se oyera la lujuria y la excitación en su voz.
    Le sonrió, su sonrisa una seductora invitación.
    – Es una lástima que a ti no te gusten las mujeres, eres un hombre guapo y nosotros podríamos… -Se encogió de hombros, dejando que su cuerpo apenas se deslizara contra el de él, los dedos escapándose de los de él casi a regañadientes. Antes de él pudiera responder a su alegación, se acercó un poco más para que su respiración calentase su oreja-. Parece que podrías salvarme incluso a mí.
    Él reaccionó visiblemente, un temblor de excitación pasó a través de su cuerpo. Ella inclinó la cabeza, la mirada manteniendo la suya, tanto que por un momento fueron las únicas dos personas allí. Su voz era un suave susurro.
    – Te gustan los juegos, ¿verdad?
    La estaba imaginando a su merced, atada y aceptando cualquier cosa que él le diera, mientras predicaba que era por su bien. Aumentó su imaginación, dejándole saborear el poder que tendría sobre ella.
    Se relamió los labios y la protuberancia en sus pantalones creció.
    – Podríamos explorar posibilidades si quieres salvarte.
    – ¿Piensas que podrías salvarme? He hecho cosas. -Entonó su voz un grado más bajo e insinuó todo tipo de cosas pecaminosas, malvadas y muy sexuales.
    El Reverendo tragó saliva varias veces.
    – Podría salvarte, hija.
    Esta vez cuando ella dio un paso más cerca, los pechos rozaron su pecho y luego se alejó otra vez, sus labios en un seductor puchero.
    – ¿Qué harías? Dime. Dímelo ahora mismo.
    Su mano se deslizó hacia abajo por su pecho y su barriga, deteniéndose abruptamente en la parte delantera de sus pantalones, los dedos tocando ligeramente y luego alejándose.
    Él tragó saliva, las imágenes en su cabeza venciendo todo lo demás. Trató de alcanzarla, sus manos se colocaron alrededor de sus brazos, clavándole profundamente los dedos.
    – Tendría que atarte para no dejar que el diablo te atrapase. Se enfrentará a mí por ti. Entiende cuan necesario es.
    Ella pestañeó para él, con cara de niña, sus ojos ardientes de deseo por él. Podía saborearla, sentirla ya. El Reverendo se olvidó de sus hombres, que trataban de separarle de las cámaras. Había aprobación en sus ojos, necesidad por ella. Le dejaría porque él tenía el poder.
    – La flagelación es bella en una mujer y algunas veces es la única forma.
    – Tengo un montón de pecados -dijo ella. Su mano arrastrándose por su pecho, la mirada todavía trabada con la de él-. ¿Te sentiré profundamente en mi interior? -ignoró a sus guardaespaldas tal como lo hacía él.
    – Oh, sí. -Inclinó la cabeza, apenas capaz de respirar de tanto desearla-. Te follaré hasta enloquecerte. Te haré gritar. Estarás preciosa con la sangre corriendo por tu espalda y tus pechos y tu culo. -Estaba tan fascinado, estaba completamente ajeno a que hablaba en voz alta.
    Joley escogió ese momento para dar un paso a un lado para que las cámaras pudieran captar la imagen perfecta de un hombre muy pervertido codiciando a una mujer.
    – Dices muchas majaderías, Rev, pero dentro de ti eres un bastardo enfermo. Básicamente, ¿dices que para salvarme el alma, tienes que desnudarme, atarme, flagelarme y luego matarme? Caray. Retorcido. Pero no, gracias.
    Callado bajo el hechizo de su voz y cuerpo, el Reverendo contempló las cámaras parpadeando, su mano tratando de alcanzarla mientras se alejaba andando.
    Joley se lo quitó de encima, frotándose las manos en los muslos.
    – Me repugnas. Vas tras el sexo, puro y duro, y te gusta lastimar a las mujeres. ¿Te pones así? ¿Lastimando a las mujeres? ¿Sabes por qué? Porque no se te levanta de ninguna otra forma.
    El guardaespaldas más alto la golpeó de vuelta con una mano en su pecho mientras ellos agarraban al Reverendo, separándole de su hipnótica voz, apartándole protectoramente de un empujón detrás de ellos.
    Joley se tambaleó y casi se cayó, pero se frenó. Deliberadamente pasando su lengua a lo largo de sus labios, le envió al Reverendo otra seductora sonrisa.
    – ¿Piensas que mi hermana es el demonio? Estabas equivocado.
    – Puta. -El más alto de los guardaespaldas del Reverendo se abalanzó sobre ella otra vez.
    Joley esperó, preparada, el golpe. Quería que el hombre la agrediera. Se vería tan maravilloso para las cámaras y haría aún más daño al Reverendo que ya tenía gravemente dañada su reputación.
    Antes de que su puño pudiera aterrizar, Ilya Prakenskii dio un paso entre ellos, un flujo de músculos y coordinación, su mano atrapó el puño en el aire y lo detuvo. El hombre cayó de rodillas con agonía en la cara.
    Joley dio un paso atrás, una mano yendo a la garganta en un gesto defensivo cuando sintió el aumento de la candente y negra energía de la cólera, pulsando en el aire.
    – No le mates -murmuró-. Ilya. No lo hagas.
    El ruso volvió la cabeza, su mirada al rojo vivo encontrándose con la de ella.
    – Entra en la casa ahora -ordenó con los dientes apretados.
    Cada vestigio de color desapareció de la cara de Joley, pero cambió de dirección y volvió rápidamente a la casa, directamente en los brazos de Hannah.
    – Está bien, nena, estoy aquí -la consoló Hannah.
    – Me siento tan sucia. Incité tanto a ese hombre a atacar y luego Ilya vino. No sabía que estaba allí. No le sentí, y vio todo lo que hice. -Joley, que nunca lloraba, se echó a llorar.
    – Alguien tenía que detener a ese horrible hombre.
    La puerta se abrió de golpe e Ilya Prakenskii se paró allí, sus hombros anchos llenando el espacio. La habitación pulsó con negra furia. Dio dos largas zancadas y ondeó la mano detrás de él. La puerta se cerró golpeando ruidosamente.
    – ¿Estás deliberadamente tratando de que te maten? -Ignorando a Hannah y Sarah, tiró bruscamente de Joley sacándola de los brazos de Hannah y la hizo volverse para confrontarle-. Porque ese hombre no es simplemente un pervertido, es peligroso, y has debido saberlo en el momento en el que le tocaste. Le destruiste en televisión en directo. ¿Qué diablos estabas pensando?
    Joley se mordió fuertemente los labios para tratar de dejar de llorar. La humillaba que Prakenskii la hubiera cogido en tal momento de debilidad. Puntualizó cada palabra con una dura sacudida y quiso liberarse y escupirle a la cara, pero tenía razón. Tenía toda la razón y había tocado a un monstruo y eso la disgustaba.
    – Nikitin lo vio todo. Está obsesionado contigo, también. ¿Qué piensas que será lo primero que me diga cuando estemos solos? Va a querer al hijo de puta que te golpeó muerto. Maldita sea, Joley. ¿Es que nunca piensas antes de actuar?
    – Lo hizo por mí -dijo Hannah, dando un paso cerca de su hermana menor-. Me protegía.
    – Usó su voz y su cuerpo con él. Se obsesionará y no se irá. -Ilya soltó a Joley después de una dura sacudida más, frustrado y alejándose de ella, pasándose la mano por la cara.
    – Si tu voz hubiese sido tomada por el micrófono, obsesionarías a más de uno. ¿Qué diablos te pasa?
    – Tal vez fue un poco impulsiva -la defendió Hannah-, pero fue con buena intención.
    – ¿Igual que cuando se hizo pasar por Libby? Medio mundo piensa que está metida en retorcidas orgías sexuales y la otra mitad está obsesionada con ella, son peligrosos.
    Joley se limpió los ojos y levantó la barbilla con expresión terca, desafiante.
    – Tal vez estoy metida en retorcidas orgías. No es asunto tuyo si lo estoy.
    Él siseó.
    – No me empujes ahora mismo, niñita. O te encontrarás sobre mis rodillas ante los ojos de tus hermanas. Estoy furioso contigo.
    – No te atreverías. Te detendría.
    – No, Joley, no lo harías. Ambos lo sabemos, así es que da marcha atrás y déjame despotricar acerca de esto como te mereces. Pero te lo advierto -se acercó más a ella-, la próxima vez que hagas algo tan tonto, tan peligroso, voy a darte una lección que nunca olvidarás.
    Se alejó, caminando de arriba abajo por la habitación como un tigre inquieto, visiblemente calmándose y recuperando el control. Cuando se dio la vuelta, no estaba menos furioso, no era menos aterrador, pero esta vez su furia era fría.
    – ¿Y qué os pasa a vosotras? -Las otras Drake habían deambulado por la habitación, una por una, tomaron posiciones en un impreciso círculo vigilándole con ojos cautelosos-. ¿Creéis honestamente que ella es tan resistente? ¿Tan fuerte? ¿Qué pasa que no cuidáis de vuestra hermana menor?
    La rápida inspiración de Joley fue audible.
    – Soy así de resistente y harías bien en no amenazar a mis hermanas o averiguaras exactamente lo dura que soy realidad.
    La cabeza de Hannah palpitaba, las emociones oscilaban fuera de control. Esto era culpa suya. Joley se exponía al peligro por su culpa. Aunque detestase muchísimo a Prakenskii, él estaba en lo cierto. Joley era impulsiva y actuaba sin pensar en su propia seguridad cuando protegía a la familia. ¿Era posible que quienquiera que odiara a Hannah cambiara ese odio de dirección enfocándolo en Joley?
    – Tienes razón -dijo, su voz estrangulada por las lágrimas-. Tiene razón. Joley, cariño, tienes que ser más cuidadosa. Estás allí fuera, en las noticias, y las personas equivocadas te pueden ver.
    El golpe en la puerta sacudió sus nervios. Presionó los dedos apretadamente contra los labios y se marchó dando media vuelta para tratar de evitar que los demás vieran lo afligida que estaba. De pronto todo lo ocurrido volvió. El cuchillo. El dolor. El absoluto horror. Y ahora tendría que preocuparse por si alguien le hacía lo mismo a Joley.
    Ilya detuvo a Sarah con la mano cuando dio un paso hacia la puerta.
    – Es Nikitin -dijo-. Ten cuidado. No sabe nada de tus capacidades.
    Elle se movió cerca de Hannah y rodeó su cintura con un brazo, situando su cuerpo delante de su hermana. Hannah frunció el ceño. Elle era la más joven, la más tranquila, y definitivamente la más letal. Hannah ya no quería la protección de Elle. Más que nada, eso debería ser a la inversa, pero el corazón ya golpeaba, ardiéndole los pulmones, y apenas podía pensar con el zumbido en la cabeza. Le estaba dando un ataque de pánico en toda la extensión de la palabra.
    – Joley, lleva arriba a Hannah -ordenó Ilya-. Apresúrate.
    Joley pasó la mirada de él a la pálida cara de Hannah. Sin protestar, agarró la mano de Hannah y la sacó del cuarto, subiendo las escaleras. Detrás de ellos, podía oír a Prakenskii abriendo la puerta principal y dejando entrar al gángster.
    – Y-Yo no pu-puedo respirar -tartamudeó Hannah, su respiración entrecortada y dificultosa.
    – Sí que puedes, cariño -dijo Joley-. Estarás a salvo en tu cuarto.
    – Afuera -Hannah indicó el balcón-. Podría respirar afuera. Estaba a salvo con el viento y el mar. Anduvo a tientas a lo largo de las paredes hacia las puertas francesas y las abrió, dando un paso con alivio en el balcón enlosado.
    – ¿Mejor? -preguntó Joley, arrastrando la silla de Hannah más cerca.
    – Sí. Lo siento, Joley, y me apena que sintieras que tenías que salir allí y protegerme de ese bastardo pervertido. Eres una hermana asombrosa.
    – Las personas como esa me cabrean tanto, Hannah. -Guardó silencio un momento, la mano le temblaba cuando se echó para atrás el pelo-. Odio que Ilya me viese así. Me hizo sentirme barata y sucia.
    – Oh, Joley. -Angustiada, Hannah extendió la mano hacia ella-. No te miró como si fueras barata o sucia, estaba preocupado, alterado y asustado por ti. Me hizo tener miedo por ti.
    – Odio que tenga razón. Hice una tontería, pero todavía me alegro de haberlo hecho. Muy pocas personas van a seguir al Reverendo después de su pequeña demostración.
    – Ten cuidado, Joley. Ten mucho cuidado de ahora en adelante. Te has hecho con un enemigo. -Hannah se meció hacia delante y hacia atrás, tratando de encontrar el equilibrio otra vez.
    – Jonas va a estar realmente enfadado conmigo, también -aclaró.
    – Pero vas a salir con él esta noche y eso le debería dulcificar.
    – Tal vez no debería ir con él. No quiero que me ame así. Quiero ser perfecta para él. Fuerte para él.
    – Jonas te ha amado desde siempre, Hannah, eras la única que no lo sabía. No va a dejar de amarte porque tú le digas que pare.
    – Entonces, ¿piensas que debería ir? -Se comprometería si iba. Lo entendía, y se repetía que se daba por entendido que si iba con él, entonces iba a seducirla y eso sería vinculante en lo que a Jonas concernía. ¿Estaba lista? Honestamente no lo sabía.
    – ¿Le amas, Hannah? ¿Realmente le amas? -preguntó Joley.
    – Con cada aliento de mi cuerpo. Hasta los huesos. Hasta no poder más.
    – ¿Por qué? ¿Por qué le amas tanto, Hannah?
    Hannah se hundió en la silla y puso los pies en la baranda, la tensión deslizándose de su cuerpo.
    – Me hace sentirme viva. Me ve. No puedo esconderme de él. Me ve y me ama de todas formas. Me hace sentirme bella cuando no me lo hace sentir nadie más. Puedo verme en sus ojos y me hace ser mejor persona de lo que soy.
    – ¿Qué más?
    – Sabe como divertirse y se divierte conmigo. A él no le importa si soy rica o famosa. A él no le importa si soy un enorme éxito en el mundo. Me hace sentir como si las cosas que quiero hacer, estar en casa, cocinar y ser esposa y madre, fueran tan importantes como la economía mundial.
    – ¿Y? -incitó Joley con una pequeña risa burlona.
    Hannah sonrió abiertamente echándose hacia atrás.
    – Y es ardiente en la cama.
    Joley se rió.
    – Entonces te digo, que tienes tu respuesta. El resto, todo encajará en su lugar. Permítete ser feliz, Hannah.
    – ¿Qué hay acerca de mis ataques de pánico? No van a desaparecer.
    – Mereces tener unos cuantos ataques de pánico después de que un chiflado tratase de coserte a puñaladas con un cuchillo. A Jonas no le importa. No nos importa. ¿Por qué debería importarte a ti? Sé feliz.
    Hannah inclinó la cabeza.
    – Tienes razón. ¿Cómo llegaste a ser tan lista? Voy a tomar mi baño y prepararme y luego te llamaré y me ayudaras con una cosa, algo importante.
    – Claro. Estaré de regreso con el 411 de cualquier cosa que ocurra escaleras abajo. -Joley parpadeó y la dejó sola.
    Hannah regresó a su habitación, cerrando cuidadosamente las puertas francesas y abriendo las persianas. Se detuvo en su habitación a la espera de que su corazón dejase de latir tan rápido. ¿No había decidido que sería sincera con ella misma? ¿Qué quería que ocurriera esta noche con Jonas? Era la que trataba de retrasar estar con él físicamente porque la avergonzaba su cuerpo, pero le quería con tal intensidad que la estremecía. Mientras la noche caía, la tirantez de su cuerpo parecía sólo aumentar. Quería estar bajo él, sobre él, con él, su cuerpo tomando el de ella una y otra vez. Y que Dios la ayudara, quería esa mirada tan fieramente posesiva en su cara una y otra vez.
    Todo lo que le había dicho a Joley era verdad. Amaba a Jonas. No había habido nadie antes de él y no habría nadie después de él. Si le quería, entonces necesitaba ponerse de pie y tomarle.
    Caminó lentamente hacia el espejo y clavó los ojos en su cara. Para ella, todo lo que podía ver eran las lesiones, su cara cortada era una ruina, parcheada, igual que Frankenstein, pero cuándo respiró profundamente y se forzó a sí misma a analizar sus heridas, estaba claro que la etapa más dura ya había pasado y se desvanecían. El rayado estaba rojo, pero no inflamado. La piel se veía saludable y suave otra vez. Los moratones y la hinchazón hacía tiempo que habían desaparecido. Sus hermanas realmente habían logrado un milagro, junto con un cirujano plástico genial que se había tomado su tiempo para asegurarse de que meticulosamente había cosido el envés de la cara simultáneamente.
    Lentamente, Hannah se desnudó, todavía clavando los ojos en el espejo. La garganta, los pechos y las costillas se veían mucho mejor, tal como pasaba con la cara. Las lesiones más profundas estaban un poco más rojas, pero aun así, incluso esas habían cicatrizado más rápido, gracias a sus hermanas. Frunció el ceño cuando trató de ver lo qué decían que Jonas veía. ¿Era tan bella como todos decían? Quiso serlo para Jonas. Y tal vez al final, lo único que tenía importancia era como la viera él. Si Jonas pensaba que su cuerpo era bello y lo disfrutaba…
    Se sonrojó, pensando en lo mucho que disfrutó al tocarla. Se hizo su dueño, casi como si le hubiera dicho que su cuerpo le pertenecía. Llenó la bañera y vertió sales aromáticas en ella, queriendo darle más placer del que nunca hubiera tenido. Quería que su cuerpo le perteneciera, quería ver esa misma mirada de absoluta posesión y aguda hambre en su cara y en sus ojos.
    Hannah cuidó especialmente su apariencia, aplicándose su fragancia favorita para que así su piel tuviera el ligero perfume del melocotón. Usó loción para que la piel fuera más suave y se lavó el pelo con el champú del mismo olor. Se aplicó el maquillaje con cuidado, lo suficiente, como lo usaría un profesional para realzar su aspecto natural, resaltando y pronunciando sus ojos sin excederse.
    Estuvo mucho tiempo eligiendo la ropa interior, un sostén de encaje y un tanga a juego de un brillante azul. ¿Cuál era su fantasía? Se puso una falda vaporosa, el suave azul del mar formó remolinos medianoche, rociada de estrellas de plata. Amaba el tacto del suave y sensual material, deslizándose sobre sus caderas y rozándole los tobillos. Envolvió una cadena de estrellas de plata alrededor del tobillo izquierdo y otra alrededor de las caderas. Se quedó con la mirada fija en el espejo del cuarto de baño, maldiciendo por no tener un espejo de cuerpo entero. Quería ver si podía escaparse sin bragas.
    La respiración se le atascó en la garganta y el corazón tronó con la idea de ser tan atrevida. Simplemente para saber cómo se sentiría, Hannah se quitó la ropa interior y atravesó andando el cuarto. Sólo ella lo sabría. Sería tan consciente de que estaba desnuda y lista para él. ¿Lo vería él en sus ojos? Hizo un pequeño giro en espiral y observó el curso de la falda. No se notaba, ni siquiera cuando caminaba y los pliegues se asentaban con placer en la unión de las piernas, pero se sentía sexy.
    Llegó hasta el sostén y lo desenganchó. En el espejo, captó los pechos desnudos bamboleando mientras se daba lentamente la vuelta. Se puso lentamente la blusa campesina que a Jonas tanto le gustaba sobre los llenos pechos, tenía otro aspecto. Estaba completamente cubierta, sin ninguna pista de que estaba desnuda bajo sus ropas, en espera de su toque.
    – ¿Hannah? -Joley metió la cabeza dentro del cuarto-. Elle me dio este archivo para ti. Dijo que es el que tú pediste de todos los chiflados que te escriben. ¿Es cierto que quieres leerlo?
    Estaba segura cuando se había despertado por la mañana, pero ahora ya no estaba tan segura.
    – Sólo ponlo en el tocador. Pensaré en ello.
    – Bien, ¿das una vuelta para que te pueda ver?
    Hannah asintió con la cabeza, conteniendo el aliento mientras lo hacía, esperando para saber si Joley advertía cualquier cosa diferente en ella.
    – Estás preciosa. Jonas amará ese traje.
    Ninguna broma maliciosa. Sólo Hannah se daría cuenta de su atrevimiento. Por alguna razón, ese secreto conocimiento le dio coraje. Recogió las tijeras que había colocado fuera y se las tendió a su hermana.
    – Quiero que me cortes el pelo.
    Joley clavó los ojos en las tijeras con fuerza.
    – ¿De qué estás hablando?
    – Quiero cortarme el pelo.
    – Tienes un pelo precioso, Hannah.
    – A todo el mundo le gusta mi pelo, pero a mi no. Quiero que me lo cortes. Tú haces toda clase de cosas con tu pelo. No te estoy diciendo que me lo tiñas de rosa o cualquier otra cosa, simplemente que me lo cortes.
    Joley cogió las tijeras a regañadientes.
    – ¿Estás segura?
    – Absolutamente. Y mientras lo haces, dime qué sucedió cuando Nikitin apareció. -Fue hacia el balcón. Los pájaros apreciarían su pelo para sus nidos.
    – Sarah dijo que Nikitin realmente se deshizo en cumplidos. Preguntó por ti y dijo qué sentía mucho lo que te había sucedido. Dijo que se alegraba de que Ilya estuviera cerca para detener al loco.
    – Ilya lo detuvo. ¿Estaba Nikitin cerca del lugar?
    – Sólo repito lo que dijo Sarah. Quería verme. Libby le dijo que estaba descansando, que estaba conmocionada por lo sucedido.
    – ¿Se lo creyó?
    – No creo que tuviera otra opción. Le dijo a Sarah que quería que yo tuviera cuidado porque la costa estaba llena de rusos.
    – ¿Qué significa eso?
    – No tengo ni idea, ni Sarah tampoco. Aparentemente Prakenskii no le dijo ni una palabra a Nikitin en la habitación. Al menos ahora sé como callarle. Si tengo que dirigirle la palabra, entonces me aseguraré de que su jefe está por ahí. -Dio un paso atrás para admirar su trabajo.
    – Esto es realmente sexy. Sexy y fresco y más tú que en toda tu vida. Compruébalo en el espejo. Mira si a ti te gusta la forma que le he dado.
    Hannah contuvo el aliento hasta que se vio. El pelo ya no caía pesadamente, los rizos caían sobre los hombros y flotaban alrededor de su cara. Se sentía ligera y Joley tenía razón. Se veía diferente y se sentía diferente, también.
    – Me gusta horrores, gracias, Joley.
    – Bueno, me voy abajo a comer. Jonas debería estar aquí de un momento a otro -dijo Joley mientras Hannah la perseguía hasta la puerta para coger las tijeras-. Sarah piensa que va a ponerme bajo arresto o algo por el estilo. Tiene miedo de que salga por el momento, hasta que sepamos la reacción del Reverendo.
    Hannah se quedo de piedra, una mano en la puerta cerrada mientras se permanecía con la mirada fija en las afiladas tijeras de la otra mano. Alguien la odiaba lo suficiente como para tratar de destruirla. La realidad la golpeó con fuerza y se sintió enferma y aterrorizada, su recién encontrado coraje empezó a esfumarse. Tragó saliva y miró hacia el archivo que estaba sobre el tocador. Era bastante más grueso de lo que había creído que sería. ¿Todas esas personas la odiaban y querían su muerte? ¿Cómo lo había podido ignorar todos los años que había modelado? ¿Cuántos habría allí? ¿Y qué había hecho ella para hacerles sentir de esa manera?

CAPÍTULO 17

    Alguien la odiaba lo suficiente como para querer matarla. Ya había habido tres intentos y habría otro. ¿Qué había hecho ella alguna vez para que alguien la odiara tanto?
    Hannah tembló, sintiendo el negro odio deslizándose en su habitación. Desesperada por salir afuera, dónde el viento la protegería, cobijaría y guardaría segura, cogió su manta, se envolvió con ella y salió corriendo hacia el balcón para sentarse en su silla. Tendría que declinar ir con el pobre Jonas. ¿Oh, Dios, qué había hecho? Estaba desnuda bajo la falda y la blusa y había cortado su pelo totalmente. Era una idiota redomada por pensar que podría salir despreocupadamente por la tarde y seducir a Jonas. Se sentía como una tonta. Agradecía a Dios que él no supiera lo que ella había estado pensando toda la tarde, preparándose para él. Si él la viera con la falda y la blusa, entonces sabría lo que había pasado por su mente. Habría sido tan humillante que él la rechazara y… Enterró la cara entre las manos. Él sabría que se estaba desmoronándose otra vez.

    Jonas maldijo y por un momento, clavó los ojos en la puerta cerrada. Había pasado las horas rebuscando en los archivos de sospechosos y trabajando para encontrar a quien trataba de hacer daño a Hannah. Todo el día pensado nada más que en regresar junto a Hannah. Había resuelto el problema de escapar con toda seguridad con ella, poniendo atención en cada detalle menor para que ella no se sintiera una prisionera en su propio hogar y así ella pudiera tener el control. Y ahora, de nuevo, ella le había dejado fuera otra vez.
    Le sacudió una oleada de cólera sin proporción, pero él tenía una vasta experiencia con puertas cerradas. Hannah le conocía mejor que eso. Resistiendo la idea de echarla abajo, forzó el cerrojo y entró.
    Las puertas francesas que conducían al balcón con vistas al mar estaban abiertas como siempre. Las blancas cortinas de encaje ondulaban en el cuarto, trayendo la niebla y el fuerte sabor a sal marina. Ella estaba envuelta en una manta y sentada en una silla, con la mirada fija en el agua turbulento, rechazando tercamente mirarle. Recostó perezosamente una cadera contra la jamba de la puerta y estudió su evasiva cara.
    La manta se resbaló cuando ella se inclinó hacia delante para tirar algo sobre la baranda. El viento sopló arrastrando algo hacia él. Un largo rizo en espiral aterrizó en su pecho.
    – Qué diablos, ¿Hannah? -demandó, equilibrando una taza de té en una mano y cogiendo las hebras platino en la otra-. ¿Qué has hecho?
    Ella saltó, un pequeño chillido de miedo enredado en su garganta. Se acercó más la manta envolviéndose con ella formando una capucha, cubriendo la mayor parte de su cara.
    – Una puerta cerrada normalmente quiere decir que alguien quiere estar solo. -Su voz era ese ronco susurro que él encontraba erótico como el infierno. Le dio problemas bajándole por la columna vertebral y provocándole un duro infierno delante. Se movió un poco para tratar de aliviar la continua dolencia centrada en la ingle.
    – No me gusta quedarme fuera.
    Ella se sobresaltó bajo su mirada penetrante.
    – A eso se le llama privacidad.
    – Ya has tenido bastante privacidad. Puedes enfurecerte conmigo, Hannah, y puedes gritar y me puedes decir que me vaya al infierno, pero no me cierres con llave la puta puerta. Simplemente no me jodas más. Si estás teniendo un mal momento, entonces dilo.
    – Cerrando la puerta lo estoy diciendo.
    – Es cosa de nosotros dos juntos, ya no es sólo cosa tuya. No vamos a tener una de esas relaciones cojas, a medias.
    Ella frunció el ceño.
    – ¿Qué significa exactamente eso?
    – Quiere decir que no me cierres la maldita puerta.
    – Jesús. Bien. Estupendo. -Suspiró y capituló-. Con sinceridad, no me percaté de que la puerta estaba cerrada con llave.
    – Entonces ¿por qué simplemente no lo dijiste?
    – Porque tú me gritaste.
    – De acuerdo, simplemente no cierres la puerta otra vez. -Le dio la taza de té y agarró otra silla, arrastrándola al lado de la de ella.
    Ella inmediatamente se calentó las manos con el calor de la taza.
    – Gracias, Jonás.
    – De nada. Le puse miel para ti. ¿Estás lista para irnos? -No parecía lista, no tal y como estaba agarrando firme y desesperadamente la manta y escondiéndose en sus pliegues. No podía ver su pelo, pero había varias hebras largas en el suelo del balcón.
    Ella comenzó a hablar, a decirle que no iba, él estaba seguro, pero se detuvo y tomó un pequeño sorbo de té como si reuniera coraje. Cuando el silencio se alargó, suspiró.
    – Quiero ir, Jonas. Sólo que… -Se detuvo completamente.
    – Cariño -dijo suavemente-. Simplemente déjalo pasar. Déjame ver tu pelo.
    Sus largas pestañas revolotearon. Alzó una mano y tocó los elásticos rizos bajo la manta.
    – Lo hice para mí.
    Él dejó escapar su aliento.
    – Eso está bien, cariño. Déjame ver.
    Le recorrió con la mirada como tratando de medir su verdadera emoción.
    – Tengo tanto pelo y eso me pesa, ¿sabes? Sólo quise deshacerme de una parte del peso. Y era tal la carga de que fuera siempre tan perfecto.
    La risa en respuesta de él fue suave.
    – La gente siempre escribió sobre tu perfecto pelo. -Estuvo de acuerdo.
    – No eran ellos los que tenían que poner unos tropecientos litros de producto para mantenerlo sin nudos por todas partes. Quise hacer algo que fuera sólo decisión mía. -Quería que la entendiera. Y quería que le gustase, para no decepcionarlo.
    – ¿Lo ha visto alguien? -Supo la respuesta antes de que la dijese.
    – Joley lo hizo para mí, pero ella prometió no contar nada.
    – ¿No te tiñó de algún color escandaloso? ¿No tendrás rizos púrpuras bajo la manta, o sí? -Pasó y tomó la taza en su mano, bebió, dando al líquido permiso para calentar sus entrañas.
    Una pequeña sonrisa curvó su suave boca, atrayendo la atención al lleno labio inferior. Él quería pasar algún tiempo mordisqueando otra vez su labio, pero Hannah no iba a ayudarle.
    – Nada de color. Joley dice que el estilo es ligero y sexy. Pero todo es sexy para ella.
    – ¿Vas a dejarme ver o tengo que forcejear con la manta para apartarla completamente de ti?
    – Un par de reporteros alquilaron botes y trataron de obtener fotos esta tarde mientras tú no estabas. Y Joley se volvió loca e hizo frente al Reverendo. Ella básicamente le hizo confesar sus pecados en la televisión nacional.
    – Así lo oí. Fue una locura. -Ella estaba demorándose. Sabía lo que le pasaba y consideró decírselo, pero allí había más que un corte de pelo nuevo. Necesitaba dejarla abrirse camino antes de decirle el problema real.
    Hannah volvió al té, tragando saliva, evitando mirarle otra vez.
    – Pensé que esta historia sólo moriría y todo el mundo se iría, pero no va a ocurrir ¿no?
    – No por el momento.
    – Y Joley pudo haberse convertido en un blanco igualmente, ¿verdad?
    Se la veía como una niña vulnerable y tan frágil que se dolió por ella.
    – Lo siento, nena, quiero decirte lo contrario, pero la verdad es, que Joley se convirtió en un blanco hace mucho tiempo, justo cuando dio el paso de salir al ojo público.
    Su voz fue tierna y la pena la golpeó con dureza, haciendo que su garganta se pusiera en carne viva y su pecho se apretase.
    – Como yo hice. -Tragó saliva y negó con la cabeza, las lágrimas desbordándose cuando ella se había esforzado tanto por detenerlas-. Jonas. -Ella no podía decir nada. Como fuera, su nombre salió sofocado, desgarrando alguna parte y dejando una herida abierta -. ¿Por qué me odian tanto?
    – No lo sé, cariño. -La atrajo a sus brazos, manteniéndola tan apretada como podía, presionando su cara contra el pecho, queriendo romper algo, cualquier cosa, para aliviar la impotencia y la aguda frustración que sentía-. Vas a estar bien, Hannah. Voy a encontrarlos.
    – Aún no sé qué he hecho para que alguien me odie tanto -dijo con voz amortiguada.
    Lo haría. Quienquiera que había ordenado el golpe contra ella exigía morir. Jonas podía odiar y tenía una memoria largísimo. La mantuvo todo lo cerca que pudo el mayor tiempo posible, ella se pegó a él, escuchando su llanto como si su corazón estuviera quebrado, y en lo profundo de su interior, un monstruo se robusteció. Finalmente la levantó y se hundió de vuelta con ella en la silla, meciéndola amablemente adelante y atrás, murmurando para tranquilizarla, rozando besos sobre la manta y observando el lado de su cara donde la manta mostraba su piel a hurtadillas.
    – Lo siento. Lo siento, Jonas. Pensé que estaba bien sobre esto. No sé que me golpeó tan duro una vez más.
    Ella tuvo cuidado de dejar la cara vuelta hacia la costa, pero él sintió el fluír de sus lágrimas. Jonas dejó escapar el aliento lentamente para permanecer controlado. Lo era todo para él, y verla tan destrozada, tan asustada y frágil, lo destruía. Frotó la cara sobre la suya, piel contra piel, tratando de mostrarle lo que tenía dentro de él, que le tendría siempre y siempre la respaldaría.
    – Después de que salieras esta mañana, le pregunté a Elle si podía traerme el archivo de Jackson, el de toda esa gente que ha escrito amenazándome. Joley me dio las tijeras para guardarlas y justamente en ese momento recordé el brillo intermitentemente del cuchillo. No pude evitarlo. El archivo esta sobre el tocador y pensé que me podría dar algunas respuestas. Pero todas esas personas, Jonas… -Ella se echó hacia atrás y luego le miró, sus ojos anchos y dolidos.
    – Hay tantos. No tenía ni idea que hubiera tantos.
    Él se reclinó en la silla, acercándola otra vez.
    – Escúchame, Hannah. Esas personas no tienen nada que ver contigo. Son enfermos perturbados. Enfermos mentales. Sí, abundan los que se apegan obsesivamente a ti, pero la mayoría son simplemente inofensivos. Jackson nunca debería haberle dado el archivo a Elle. Tú no necesitas ver esas cartas.
    – Necesitaba verlos. Esto se trata de mí, y necesito verlos.
    La dejó deslizarse de sus brazos y observó como paseaba desasosegadamente de arriba y abajo por el balcón, una mano manteniendo la manta cerrada, la otra pasando un pañuelo por las lágrimas de su cara. Finalmente recogió la taza de té que él había colocado en la baranda y bebió un sorbo antes de dárselo a él, observando sus firmes dedos reacomodarse alrededor del asa.
    – Desearía ser más como tú. Me siento tan asustada ahora, y algunas veces me miro en el espejo y no sé quién soy.
    Él hizo un débil sonido de incredulidad.
    – Sabes exactamente quién eres, quién has sido siempre. Tú no eres Hannah Drake la modelo, ella es una pequeña parte de ti, esa no es quién eres en total. Nunca fuiste tú.
    – Estás siempre tan seguro de ti mismo, Jonas.
    Él negó con la cabeza.
    – Estoy seguro de ti. Conozco exactamente quién es Hannah Drake. La terca, la salvaje. La del sentido del humor alocado. Tú nunca quisiste salir a investigar el mundo para otras cosas y otras personas. Tú querías quedarte en casa y simplemente ser la chica descalza que corría por la playa con sus pantalones vaqueros enrollados.
    Hannah parpadeó con lágrimas otra vez.
    – Lloro bastante. Pienso que estoy bien y luego me desmorono otra vez.
    – Tuviste un trauma, cariño, es normal. Si no lloraras, entonces es cuando podrías preocuparte por tener un problema.
    – Estaba tan preparada para salir contigo esta noche. Me sentía fuerte y feliz con respecto a tomar mis propias decisiones, y lo siguiente que supe, fue que estaba aterrada, enfada y llorosa, y todo se fue al traste. Estoy hecha una calamidad.
    – Tú eres lo más normal que una Drake posiblemente pueda llegar a ser. -Tiró de la manta-. Ahora quítate la manta y déjame ver tu pelo.
    – ¿Qué pasa si no te gusta? -Alzó una mano encima de su cabeza en un gesto defensivo.
    Él todavía podía ver las débiles heridas subiendo y bajando por sus brazos y sus palmas. Heridas defensivas. Los nudos en la tripa endureciéndose en bloques letales.
    – ¿Te gusta a ti?
    Ella asintió con la cabeza lentamente, luego con más convicción.
    – Sí.
    – Entonces también me gustará a mí. Deshazte de la manta.
    Renuentemente, Hannah bajó la manta hasta los hombros, con la mirada repentinamente asustada. Se veía más vulnerable que en toda la vida. Los rizos en espiral eran tan gruesos como siempre, pero mucho más cortos, enmarcando su cara y anidando a lo largo de su cuello y rozando sus hombros. Él siempre había amado su pelo rizado natural; Era grueso y rico y exclusivamente de Hannah. Mientras le tenía largo, y estaba mojado, le llegaba más allá de su cintura, las espirales eran tan apretadas, que el pelo todavía se deslizaba en torno al centro de su espalda.
    Sin todo el peso adicional, sus nuevos rizos cortos estaban más apretados, pero el corte iba bien con su cara, enfatizando su delicada estructura ósea y sus increíbles ojos grandes. Extendió la mano y tiró de una sedosa espiral.
    – Joley tiene razón. Es al mismo tiempo ligero y sexy y va bien contigo. -Su voz salió áspera y ronca.
    Lleva puesta su blusa campesina, la que me gusta. Su boca se quedó seca ante la vista. No llevaba puesto sostén. Con el frío sus pezones se habían endurecido en dos apretados picos. La vista le inflamó como un relámpago de fuego, el ardor instantáneamente caliente y casi fuera de control. Respiró profundamente y batalló contra el deseo de empotrarla contra la pared y sepultarse en su interior profunda y duramente repetidas veces.
    – ¿Va bien conmigo, no me engañas? -Hannah esbozó la más pequeña de las sonrisas. Pero la timidez empezaba a desvanecerse de sus ojos mientras volvía a alzar la manta sobre su cabeza.
    – ¿Estás pensando en pasar el resto de tu vida dentro de esa manta? -Tuvo que tener cuidado, no la podía perder. Ella había tomado la decisión de entregarse a él, antes de aterrorizase, y deliberadamente se había vestido para buscarle.
    Ella arrugó la frente, frunciendo los labios mientras le contemplaba. Finalmente inclinó la cabeza.
    – Realmente, sí, creo que me gusta la idea. -Porque si no se cubría, él advertiría que se había preparado, y siendo Jonas, se percataría de para qué exactamente se había arreglado.
    – Tenemos nuestra escapada planificada. -Luchó para conservar su voz neutra, pero salió ruda con necesidad-. Tus hermanas traerán la niebla. Jackson está vestido como yo y cogerá mi coche alrededor de media hora después de que nos esfumemos, así es que si alguien me sigue pensando que podría conducirlo hacia ti, Jackson lo conducirá hacia la oficina del sheriff.
    Ella le contempló con anhelo y lágrimas.
    – Lo intenté hoy, Jonas. Realmente quise que fuera un buen día.
    – Sé que lo hiciste. -Tiró de ella poniéndola en pie-. Coge tu abrigo y déjanos intentar conseguir un paseo en coche y ver cómo te sienta salir de aquí. La gente se ha ido porque la noche era demasiado fría y el viento estaba aullando y soplando rocío del mar por encima ellos.
    – Eso habrá sido por cortesía de Joley o Elle.
    – Yo creo que Joley se ha retirado a su cuarto por esta noche.
    – ¿No vas a despotricar acerca de Joley poniéndose en peligro?
    – Esta noche paso totalmente de discursos rimbombantes. -No podía pensar en otra cosa excepto arrastrarla hacia sus brazos, mantenerla ahí y besarla y hacerle cada cosa que había imaginado a lo largo de los años. Durante toda la noche. La quería toda la noche.
    Él sonaba diferente, casi rudo. Hannah inmediatamente contempló su cara y notó las sombras allí. Aparentaba más edad, las líneas de expresión grabadas en su cara, y su mirada fija en ella, intensa, centrada, casi hambrienta. Su corazón se sacudió.
    – Creo que un paseo en coche contigo es justo lo que necesito, Jonas.
    Tal vez fuera cierto, honestamente no lo sabía, pero era cierto para Jonas. Él necesitaba amarla.
    Hannah conservó la manta a su alrededor hasta desaparecer en el armario y ponerse el abrigo largo. No tendría la oportunidad de coger un sostén y unas bragas de su cajón a menos que lo hiciese manifiestamente delante de él, y no había reunido el coraje suficiente para hacerlo. Extrañamente, cuando se envolvió en su abrigo, el calor se deslizó por su cuerpo. Había algo de delicioso y decadente acerca de tenerlo puesto, la falda moviéndose, parada inocentemente al lado de Jonas, y sabiendo que tan solo había piel bajo el delgado material de sus ropas.
    Un momento antes había estado asustada y llorosa, ahora la excitación corría por sus venas simplemente al pensar en sentarse al lado de Jonas y saber que estaba vestida tal cual había estado en su fantasía. Mirarle envió un temblor de anticipación por la columna vertebral. Tomó la mano que él le tendió y le siguió bajando las escaleras.
    Escaparon en la gruesa niebla, moviéndose como sombras, de la mano, Elle ayudando a nublar sus figuras mientras iban hacia el extremo más alejado de la propiedad, usando el bosque de árboles para cubrirse. Cuando se acercaban a la camioneta de Jackson, la niebla era incluso más gruesa.
    Con cada paso que Jonas daba, la ansiaba. El calor creció y se extendió hasta que su miembro estuvo a punto de explotar. Necesitaba tocarla. Ya no lo quería. Lo necesitaba. Sabía que era inexperta y un poco tímida, pero se había vestido para él con las ropas de la fantasía que le había contado, casi era más de lo que podía soportar.
    Jonas colocó una mano bajo su espalda, guiándola rápidamente hacia la pista, pero una vez allí, repentinamente la dio la vuelta, empujándola contra la puerta y atrapándola con su gran cuerpo.
    – Pensé que te estaba protegiendo todos estos años y los desperdicié. Tantos malditos años.
    Su voz era baja, áspera y atormentada, penetrando a través de la piel directamente al corazón.
    – Fui tan estúpido, Hannah. Nos privé a ambos ¿para qué?
    – No estaba lista, Jonas. -Pasó las puntas de los dedos por su cara, tratando de serenar la línea que formaba su ceño fruncido, el anhelo desesperado claramente mezclado con el deseo.
    – ¿Lo estás ahora, Cariño? -Su voz era un sonido áspero-. ¿Estas lista para mí ahora? Porque todo en lo que puedo pensar es en enterrarme en ti, una y otra vez hasta que me pidas a gritos misericordia y yo no pueda moverme.
    Empujó la pesada erección apretadamente contra su suave montículo, incluso mientras enmarcaba su cara con las manos, sosteniéndola así, todavía podía doblar la cabeza y hundir la lengua en el oscuro misterio de terciopelo de su boca. Gimió, la vibración viajando a través de su cuerpo al cuerpo de ella, ella envolvió los brazos alrededor de su cuerpo y se abandonó al pecaminoso placer de su ardiente boca, hambrienta.
    Estaba ansioso de ella, su necesidad tan urgente, su piel tan caliente, tan apretada, su ingle en el borde entre el placer y el dolor. Necesitaba el alivio de su sedoso canal, apretado y caliente, absorbiéndole apretado como un puño, o el placer del terciopelo de su boca ardiente, dulce. Él gimió otra vez y sus lenguas se enredaron y batieron en duelo, hasta que pensó que su erección podría abrirse paso directamente a través de sus pantalones vaqueros.
    – Te necesito ahora mismo más de lo que necesito respirar, Hannah.
    Lamió bajando por su cuello mientras ella echaba la cabeza hacia atrás, los dientes rozando y pellizcando, hasta que encontró la curva de sus desnudos pechos bajo el escote de su blusa campesina. Las manos de ella agarraron a puñados el pelo de él y manteniéndolo firme contra ella, arqueó su cuerpo más cerca del suyo.
    Él echó la cabeza hacia atrás y la miró, sus azules ojos tempestuosos, su respiración irregular.
    – ¿Tienes miedo, Hannah?
    Ella asintió con sinceridad.
    – Sí. De no poder complacerte. De ser demasiado inexperta para ti. De que me mires y veas lo que yo veo.
    – Te miro y veo un milagro, Hannah. – La besó pasando directamente el elástico del escote, las manos atraparon el borde y tiraron lentamente. Jonas casi dejó de respirar cuando estiró el flexible escote y se deslizó sobre las curvas llenas de sus pechos y estos surgieron debajo, clavó los ojos en su increíble cremosa carne y sus apretados pezones.
    Su abrigo enmarcaba su figura y ella se quedó allí, presionada contra la camioneta, reclinándose ligeramente a fin de que sus pechos empujaran hacia él como una invitación. Se veía tan malditamente sexy que casi perdió el control allí mismo. Su miembro se sacudió y lloró anticipadamente. No se atrevía a inclinarse y lamer y chupar de la forma que él quería. No sería capaz de detenerse.
    – Entra en la camioneta. -Envolvió su cuerpo con el abrigo-. Así como estas, Hannah. No te cubras con tu blusa. -Su respiración llegó en un áspero jadeo-. No sobreviviré.
    Ella no estaba segura de que sobreviviera, pero desde luego, Jonas Harrington la hacía sentirse bella y sexy y amada. Era asombroso, se sentía atrevida sintiendo como el abrigo rozaba sus pechos desnudos y sabiendo que la respiración irregular de Jonas era por ella.
    Él abrió la puerta con fuerza y atrapándola por la cintura, la lanzó encima del asiento y cerró de un golpe la puerta. Ella le observó andar hacia el lado del conductor, y si la protuberancia en la parte delantera de sus pantalones vaqueros indicaba algo, él realmente la quería.
    Se sentó tímidamente mientras él se deslizaba detrás del volante, cerraba sus ojos por un momento y ajustaba sus pantalones vaqueros para aliviar el dolor entre sus piernas.
    – ¿Dónde vamos? Última oportunidad, Hannah. Tú me dices.
    – A tu casa. -Su voz tembló un poco, pero su respuesta fue inmediata.
    Jonas le dio una sola mirada ardorosa, su cara revestida de sensual determinación. La respiración se quedó atrapada en sus pulmones y el interior de los muslos latió con el conocimiento.
    Ella se agachó rápidamente, y mientras Jonas arrancaba la camioneta de Jackson en la pesada niebla, atrás en la casa, Jackson estaba de pie en el porche a simple vista con una niebla mucho más ligera rodeándole, tenía puesto el familiar abrigo de Jonas y el sombrero, estaba hablando con Sarah, quien le llamó Jonas lo suficientemente alto para que cualquiera que estuviera acechando cerca de la propiedad lo oyera.
    – Estamos de acuerdo, cariño, nos escabulliremos marcha atrás ¿Tienes frío? -Subió la calefacción un punto.
    – No. Mi abrigo está caliente. -Pero estaba nerviosa. No sabía nada de seducir. Podía estar asustada, pero si algo sabía, con absoluta certeza, es que quería pertenecerle y que él le perteneciese.
    – Vamos a estar bien, cariño. Podemos tomárnoslo con calma esta noche. -Le mataría, pero por ella, podría hacer cualquier cosa.
    Hannah no estaba segura de que quisiera ir despacio, y si el gruñido bajo de su voz significaba lo que ella pensaba, entonces él tampoco. Podía sentir las ondas de lujuria y amor, el deseo tan ardiente y profundo, desprendiéndose de él en oleadas. Mientras recorrían las calles en coche, el cuerpo se le tensaba en anticipación. Sus músculos internos se tensaron con fuerza y ella cambió de posición, asustada de que pudiera tener un orgasmo simplemente escuchando respirar a Jonas de forma entrecortada, áspera.
    Repentinamente, él deslizó la mano dentro del abrigo y acarició su suave pecho. Ahuecó el montículo suave, cremoso en la mano, el pulgar deslizándose de un lado a otro sobre su expuesto pezón. Cada caricia enviaba vetas de fuego directamente a su caliente centro femenino.
    – Mantén tus manos para mi en el asiento, nena – instruyó él suavemente.
    Ella se percató de que estaba agarrándole firmemente el brazo, impidiéndole el pleno acceso. Hannah dejó caer las manos en el asiento, los dedos agrupando el material de la falda en sus puños. Su mano la acariciaba y el corazón se le aceleró, y las llamas se convirtieron en un lento arder que solamente consiguieron calentarla más. Pensó que podría tener un orgasmo allí mismo cuando todo lo que él estaba haciendo era tocarle el pecho.
    Se humedeció los labios.
    – Pones atención a la carretera ¿verdad?
    Él le lanzó una pequeña sonrisa abierta, arrogante, sexy, y llena de confianza.
    – ¿Piensas que estoy demasiado distraído para conducir? -Recorrió la mirada hacia bajo hasta su falda-. No llevas sostén. ¿Qué más no llevas puesto?
    – Llévame a tu casa y averígualo – dijo Hannah valientemente.
    Sus largos dedos, calientes seguían acariciándole el pecho, y con cada toque, las terminaciones nerviosas en lo más profundo de su interior chisporroteaban en reacción. Él gimió, un sonido áspero y rudo que la emocionó.
    – Dios mío, nena, estás Jodidamente desnuda bajo esa falda, ¿lo estas? Y estoy conduciendo. Me estás matando. -Aspiró profundamente. Su miembro estaba tan hinchado que el material de sus pantalones vaqueros estaba al límite-. Y lo estás haciendo a propósito.
    – No te lo voy a decir. Solamente llévanos a tu casa. Y presta atención a la carretera.
    Él condujo por la serpenteante y estrecha carretera con una mano en el volante y la otra acariciando su pecho. Todo el tiempo continuó repartiendo miradas entre la carretera y su falda.
    En vista de que le podía sacar de quicio simplemente con el calor que desprendía a través de su cuerpo y que podía hacerla sentir atrevida y sexy. Su mirada fue ardiente, los dedos posesivos.
    – Levántatela.
    – No.
    La mano bajó a su muslo.
    – Te juro, nena, que puedo sentir tu calor. Levántatela para mí. -Su voz era ronca.
    – Te estrellarás.
    – No, no lo haré. Mantengo los ojos en la carretera.
    – Pon ambas manos en el volante.
    Cuando él obedeció, ella le envió una sonrisa de sirena y comenzó lentamente a subir la vaporosa falda, centímetro a centímetro despacio sobre sus desnudos muslos.
    Jonas casi dejó de respirar cuando el interior de sus suaves y blancos muslos surgió a la vista.
    – Más arriba, nena, un poco más arriba. -Casi podía distinguir los labios de su sexo y los diminutos rizos rubios. La humedad brillaba apetitosamente. Las manos apretaron el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Él nunca había querido más a una mujer. Estaba casi demente de deseo-. Abre tus piernas un poco más. Sólo un poquito más Hannah. Eres la mujer más sexy que alguna vez he visto en mi vida.
    Podía ver el efecto que le causaba. Su respiración, su voz, la lujuria oscura en sus ojos, la protuberancia en sus pantalones vaqueros; Todas las ondas de necesidad que exudaba derrumbándose a través de su sistema. El poderoso sentimiento, bello y sensual era un afrodisíaco que no había esperado. Abrió más las piernas y dio un pequeño tirón más a la falda, permitiéndola subir un poco más.
    Jonas se desvió de la carretera entrando en el camino de acceso y desaceleró la camioneta. Dejó caer una mano encima del asiento entre las piernas de ella y le acarició ardientemente, la mojada entrada con los nudillos, varias veces, cada vez poniendo un poco más de presión. La respiración de Hannah emergió en un sollozo. Su cuerpo se estremeció, los pechos hinchados y doloridos, el estómago agrupándose en nudos. Ella atrapó su gruesa muñeca con ambas manos, asustada de lo que iba a ocurrir si le dejaba continuar. Ella lo había comenzado, pero su cuerpo ya estaba en llamas fuera de control, demasiado ardiente, demasiado rápido, el calor construyendo y construyendo hasta que tuvo miedo de quemarse viva.
    Aparcó la camioneta con una sola mano, negándose a ceder ante su tirón.
    – Ssh, Cariño, despacio. ¿Qué piensas que va a ocurrir? Solo voy a hacerte sentirte bien.
    – Esto es demasiado. Apenas me has tocado.
    – Toma tus manos y ponlas alrededor de mi cuello.
    Sus miradas se encontraron. Ella tragó saliva.
    – Hazlo ahora, Hannah. Pon tus manos alrededor de mi cuello y agárrate. -Se negó a dejar que ella apartara la vista de él, conservando su voz baja y dominante-. Confía en mí, cariño.
    Confiaba en él. En quien no confiaba era en sí misma. No tenía ni idea de que fuera una persona tan sexual. Había pasado los años sin mucho interés. Aun cuando Joley le señalaba hombre ardiente tras hombre ardiente, no se conseguía excitarse del todo a menos que Jonas entrase andando en la habitación. En secreto le había deseado durante años. Soñaba con él, lo imaginaba. Pero durante todo ese tiempo, ella nunca se había dado cuenta de ese aspecto ardiente, de que un gesto o caricia, la enviarían inclinándose al límite
    – No quiero que pienses que soy…
    – ¿Que te gusta compartir el sexo conmigo? ¿Que disfrutas de mi cuerpo y amas tenerme disfrutando del tuyo? Eso es bueno, nena. Lo que hacemos es entre nosotros. Privado. Intimo. No es ofensivo. Esto es amor, compartir nuestros cuerpos el uno con el otro es amor. Necesito darte placer. No sólo quiero, necesito poder tenerte aplastada debajo de mí. -Sus nudillos rozaron su entrada otra vez y él miró la intensa necesidad hacer más oscuros sus ojos-. Pon tus brazos alrededor de mi cuello y agárrate.
    Ella acopló las manos detrás de su cuello y presionó la frente contra la de él, abriendo la boca cuando su dedo se deslizó sobre ella y en ella, instantáneamente retorciendo el nudo de nervios en un fogoso manojo moviéndose a gran velocidad en corrientes eléctricas que crepitaban a través de su cuerpo, destruyendo cualquier semblanza de control que pensase que todavía podía tener.
    – Jonas. -Su nombre surgió en jadeo irregular.
    – Voy a adorar enseñarte todo tipo de nuevas y maravillosas cosas, Hannah. -Sobre todo, estaba decidido a demostrarle lo bella que realmente era. Bella y sexy y suya. Si él no le daba nada más que eso, entonces él lo quería para ella.
    La acarició una segunda vez, gentil, los escalofríos recorriendo su cuerpo. Sin previo aviso, sus dedos descendieron rápida y profundamente y ella gritó, echando hacia atrás la cabeza. Su pulgar encontró su lugar más receptivo y rastrilló su hipersensible clítoris. Su cuerpo simplemente pareció derretirse, deshacerse. Un pequeño quejido roto escapó de su garganta cuando empujó contra su mano. El sonido fue directamente a su ingle. Se sintió hincharse, sacudirse con fuerza, sus pelotas tensándose. Tenía que lograr quitarse la ropa o no sobreviviría.
    – Necesito que entres, Hannah, o te tomaré aquí mismo como un adolescente ansioso.
    Le contempló en una especie de estupor atolondrado, se veía tan sexy que en ese mismísimo momento casi perdió el control, pero no iba a sacar de un tirón su miembro de los pantalones y tomarla en una maldita camioneta. Quería montarla, ardiente y feroz, pero no así. Aspiró profundamente para controlarse, le bajó la falda y abrió la puerta.
    – Nada de luces, Jonas. Mantén apagadas las luces.
    – Haremos lo que sea para que estés muy cómoda, nena. -Pero él iba volverla tan malditamente loca que no iba a pensar en cualquier otra cosa que no fuera él y lo que sus manos y su boca y su cuerpo le podían hacer al de ella.
    Con las rodillas estremeciéndose y las piernas débiles, Hannah no esperó a que diera la vuelta y la ayudase a salir, pero caminó por delante de él hacia su casa. Le deseaba ardientemente. Estaba obsesionada con él. Quería que Jonas reemplazara su inocencia por experiencia, y estaba decidida a que le enseñara como complacerle. Quería aprender cada manera en la que podrían darse placer. Sobre todo, quería a Jonas Harrington para ella, y por primera vez en su vida, estaba completamente dispuesta a tomar lo que quería.
    Jonas pasó rodeándola y abrió la puerta. Hannah entró y él la agarró, cerrando la puerta de una patada y sacando bruscamente el abrigo fuera de sus hombros. Lo dejó caer en el suelo y la arrastró hacia atrás contra de él, las manos ahuecando sus pechos, la barbilla descansando sobre su hombro. Su respiración salió en duras boqueadas cuando apretó la erección contra la curva de su trasero, tan sólo los vaqueros que le cubrían y el material delgado de su falda los separaba.
    – Voy a comerte viva Hannah. -Mordisqueó bajando por su cuello-. Eres tan suave, ¿cómo diantres haces para estar tan suave?
    Ella tuvo miedo de caerse directamente al suelo. Sus manos estaban por todas partes en sus pechos cuando él dio un paso atrás, obligando a su cuerpo a inclinarse y darle aun mejor acceso. Una mano se deslizó sobre su cadera y alrededor de su cuerpo, tirando de su falda. Sus manos automáticamente volaron hacia las de él.
    – Simplemente levántala -dijo con vacilación.
    – Está oscuro aquí dentro, nena. Pongamos piel con piel. Aquí mismo, ahora mismo.
    Él la hizo girar y fundió su boca con la suya, la lengua bajando profundamente, acariciando la de ella, devorándola tal y como dijo que haría, sin darle tiempo para pensar. Él siempre había amado la forma de su boca, el lleno labio inferior, tan suave y perfecto. Se lo mordisqueó, incitándola, tirando fuertemente y volviendo a besarla. Deseaba ardientemente su sabor, dulce y caliente, adictivo, y la besó repetidas veces hasta que ella se abandonó a él, su cuerpo se amoldó al suyo y sus brazos se movieron furtivamente en torno al cuello.
    Bajó la falda por sus caderas, dejando que el material formase un charco a sus pies. Jonas interrumpió el beso, pasó rozando con las manos sobre sus pechos, y luego se inclinó hacia delante para reemplazar las manos por la boca. Un grito ahogado se liberó, su cuerpo estremeciéndose cuando él lamió y chupó hasta que ella se contorsionó contra él. Los dientes mordieron suavemente su pezón, y el calor se elevó rápidamente en una llamarada, surcando directamente hacia sus muslos.
    Jonas arrancó a jirones su camisa y tiró bruscamente de la suya sobre la cabeza, echándola a un lado, antes de apoyarla contra la pared. La atrapó ambas muñecas y puso sus manos sobre su cabeza, inmovilizándola con una de las suyas, mientras su boca devastaba la de ella y la mano libre tiraba de sus pezones y se deslizó hacia abajo por su barriga hacia su entrada húmeda, caliente.
    – Oh, nena, estas tan lista para mí. Te he esperado durante tanto tiempo.
    Hannah no podía hablar. Ni siquiera podía implorar. Estaba ciega de necesidad. Él había conducido su cuerpo hacia tal grado de excitación febril, que no podía pensar claramente. Después él dejó caer las manos, y la boca pasó rozando su cuerpo hacia abajo mientras él caía de rodillas. Él abrió sus muslos y afianzó su boca contra ella, la lengua hundiéndose profundamente, acariciándola con fuerza, alternando con succiones.
    Ella gritó, le flaquearon las piernas, sus manos usaron el hombro como soporte, que era lo único que le impedía caer mientras él la devoraba. Su cuerpo temblaba, su estómago, sus muslos, su trasero, incluso sus pechos, como un relámpago atravesándola. Su boca era despiadada, haciéndola subir y subir, de tal forma que sus músculos interiores ondeaban y tensaban y las ondas de sensación la atravesaban. No se detenía, ni siquiera lo suficientemente para que respirara. Él la comía viva, haciéndola suya, dejando su marca en ella.
    Hannah se abandonó a él, dejándole tenerla completamente, su cuerpo ya no era suyo. Jonas se puso de pie, levantándola en sus brazos, empujándola contra la pared.
    – Rodéame con tus piernas, Hannah. -Su voz era un chirrido áspero en su oreja.
    Ella rodeó su cuello con los brazos, y su cintura con las piernas, sintiendo la ancha cabeza de su erección equilibrada en la entrada. Y entonces dejó caer su cuerpo sobre el de él, trabándolos juntos. Oyó su propio grito destrozado cuando él la llenó, recorriendo sus ultra sensitivos pliegues. Él era tan grueso, casi demasiado grande para ella, la fricción era caliente y apretada, y avanzaba lentamente sobre el fogoso nudo de nervios de tal forma que la llevó hacia otro estremecedor orgasmo.
    Ella miró su cara, el brillo de sus ojos, la ruda intensidad de su deseo escrito en cada línea de su cara. Su respiración se calmó. Su mente. Todo en ella se calmó para apenas un momento de comprensión. Eso en sus ojos era amor por ella. Si él la poseía en cuerpo y alma, entonces ella le poseía a su vez. Y después el momento pasó porque él estaba manteniendo sus caderas quietas y alojado profundamente en su interior, sintiendo como se topaba duramente con su vientre. Otra vez estaba ahogándose, hundiéndose mientras ondas de puro éxtasis resbalaban sobre y a través de ella.
    Él comenzó a empujar duro, bombeando en ella, su canal era seda ardiente, los músculos hinchados y le agarraban apretadamente mientras chocaba contra ella, su mente se deshacía conforme él sentía los clímax construyéndose y desgarrándose a través de ella una y otra vez. Su cuerpo se ajustaba al suyo perfectamente, agarrándole como un puño, enviando oleadas de fuego precipitándose a través de él desde los dedos de los pies hasta la cabeza. Su organismo se tensó, los músculos se bloquearon cuando el clímax le atravesó como una tormenta de fuego, el corazón tronó en sus oídos, golpeando contra ella mientras luchaba por respirar.
    Colapsaron contra la pared, sus brazos manteniéndolos, el uno al otro de pie, hasta que, aturdidos por los golpes, él dejó que su cuerpo resbalarse con el de ella y se hundieron en el suelo.
    – Dame un minuto, Hannah, y te llevaré a la cama.
    Ella curvó los dedos alrededor de su brazo, queriendo agarrarse a él.
    – Quedémonos aquí mismo.
    – Tendrás demasiado frío -protestó-. Además, quiero hacer el amor contigo en mi cama así podré despertarme con tu perfume en mis sábanas.
    – Posiblemente no podamos otra vez.
    Alargó la mano para cogerla, su sonrisa lenta y sensual.
    – Cualquier cosa es posible, nena.

CAPÍTULO 18

    Jonas se despertó con el corazón golpeando y el sudor goteando por su cuerpo, el eco de la pesadilla resonaba todavía en los oídos. Respiró lentamente y giró la cabeza para mirar a Hannah. Estaba tumbada boca abajo a su lado. La suave luz del sol de la mañana se derramaba por la ventana, bañándola en luz celestial, haciendo que su piel pareciera luminosa. El contorno de su trasero hacía detener su corazón, casi expulsaba la pesadilla de su cabeza. Deslizó la mano de forma posesiva por su espalda, notando que estaba temblando mientras trazaba su larga y hermosa línea. Le tocó los hoyuelos a ambos lados de la espina dorsal, y entonces recorrió con la mano la tentadora curva que unía su espalda con su trasero.
    Parecía cansada, allí extendida, con un brazo tirado a lo ancho, el pelo derramándose por todas partes. Cansada y vulnerable. Le había hecho el amor repetidamente, empujándola más allá de sus terrenos conocidos más de una vez, pero ella había ido con él y habían estallado juntos a menudo, como cohetes explotando el cuatro de julio. Nunca había experimentado el sexo de la manera que era con ella y sólo podía concluir que amar enteramente a una mujer, con cada aliento de su cuerpo de hombre, llevaba el mero sexo a algo completamente diferente. No quería despertarla sólo por estar tan necesitado con las pesadillas agolpándose cerca, pero lo estaba considerando.
    Su cuerpo ya estaba reaccionando a la vista y al olor de ella.
    Trató de recordar el sueño que lo había despertado. Había regresado al callejón, mirando a los mafiosos rusos, ocultándose como un cobarde en las sombras mientras uno de ellos había puesto una bala en la cabeza del agente encubierto. Terry, el conductor, había corrido hacia él, rogándole ayuda, y él había continuado filmando calmadamente mientras Karl Tarasov se le acercaba por detrás y le disparaba. Y entonces Hannah estuvo allí, sonriendo a Tarasov, y él se inclinó para besarla, sólo que tenía un cuchillo agarrado en su mano. Lo levantó y el mundo se volvió rojo.
    Jonas rodó con un gemido, llevándose las sábanas con él, alzando un brazo sobre sus ojos, tratando de evitar que su mente reviviese el ataque sobre ella una y otra vez. Detrás de él, Hannah se movió. Se volvió ligeramente hacia él, lentamente, un suave movimiento de su cuerpo, que atrajo su inmediata atención. Sus labios eran llenos y suaves, enviándole una descarga eléctrica por todo el cuerpo cuando ella se inclinó y le besó el ombligo. Jonas sintió el roce de los nuevos y cortos rizos sobre su pesado miembro. Cada terminación nerviosa saltó a la vida. El roce de sus suaves senos contrajo sus músculos y le provocó una completa alerta.
    ¿Qué podía ser más hermoso que Hannah deslizándose sobre su cuerpo, desnuda y dispuesta, con una sonrisa tentadora y la promesa del cielo en los ojos?
    – Pareces un cuento de hadas tumbada en mi cama. Ricitos de oro con su pelo extendido en mi almohada.
    Levantó la cabeza justo lo suficiente para dedicarle otra sonrisa, burlona y traviesa.
    – ¿Tienes fantasías sobre Ricitos de oro?
    Ahora podía ver la curva de uno de sus pechos, lleno y tentador, añadiéndose a la atracción de la curva de su trasero.
    – Demonios, sí que tengo. Una mujer muy traviesa con rizos dorados esperando desnuda en mi cama, sabiendo que merece un castigo y voy a ser el único que se lo va a dar.
    La agarró del pelo con el puño y lo levantó de su cuello para poder inclinarse y saborear la piel. Deliberadamente raspó con los dientes el camino hacia su hombro, la lengua arremolinándose mientras encontraba cada intrigante depresión.
    – Así que eres el oso malo.
    – Cuando tengo que serlo. -Sus manos se deslizaron por su espalda y acunaron sus nalgas, amasando los músculos firmes y apretándola más cerca de él-. ¿Vas a darme mi fantasía justo como hiciste con la última?
    Ella se inclinó más cerca, rozando la comisura de su boca con la suya, dejando un rastro de besos desde su mandíbula hasta el cuello. Él cerró los ojos, sintiendo cada pequeño roce de terciopelo, el pellizco de los juguetones dientes, y entonces los labios se movieron hacia su hombro. La manera perfecta de empezar la mañana.
    – Te daré cualquier fantasía que quieras, Jonas. -Frotó su cara contra él como una ronroneante gatita-. Siempre que me des las mías.
    Abrió los ojos y la miró, sintiéndose perezoso y excitado, un calor ardiente moviéndose a través de su cuerpo, como si tuviera todo el tiempo del mundo para disfrutar de ella. Hannah. Suya. Deslizó la mano por su espina dorsal hacia su trasero, haciendo perezosos círculos.
    – ¿Tienes fantasías sobre mí?
    Ella le dio una sonrisa malvada, bajó la boca hasta su hombro y lo mordió gentilmente.
    – He dicho que tengo fantasías, no que sean sobre ti.
    Entrecerró los ojos, la mano se movió sobre su redondeado trasero en advertencia.
    – Soy un hombre celoso, Hannah. Tus fantasías tienen que ser sobre mí.
    Ella rió suavemente, el sonido deslizándose a través de su cuerpo, avivando el fuego lento en algo totalmente diferente. Sonaba feliz y relajada, y cuando le miraba, él veía amor en sus ojos. Su corazón vaciló. Era malditamente aterrador cómo podía volverlo del revés con sólo una mirada. Nunca entendería cómo se las había arreglado para ser tan afortunado, estaba tan condenadamente seguro de que no la merecía, pero no iba a ser lo bastante estúpido como para perderla.
    Cuando ella se movió, su pelo se deslizó en una caricia sobre su piel, ocultándole sus generosos pechos por un momento. Al siguiente, le echó un fugaz vistazo a la exuberante curva y al apretado capullo de un pezón. Estaba a centímetros de su boca -dulce tentador- tan dulce.
    Mirarla le dolía. Tomarla una y otra vez durante la noche no había cambiado nada eso. Se pensaría que estaba completamente saciado, su cuerpo completamente satisfecho, pero entonces se movería, con su sexy y fluída gracia, acariciando su piel con la suya, o haría ese pequeño puchero con su boca y estaría otra vez duro como una piedra. Peor, profundamente, en algún centro escondido donde nadie más podría verlo o saberlo, se volvería una masa blanda, se derretiría y sabría con seguridad que estaba perdido para siempre, cautivado por su hechizo.
    – Te amo, Hannah. -Su garganta le dolió, se sintió tan desnudo con el amor.
    En respuesta, ella se movió, un erótico movimiento de músculos bajo la piel, deslizándose sobre su cuerpo, la cabeza en su pecho, los senos suaves y llenos contra su vientre, las largas y hermosas piernas apartando las suyas para poder asentarse cómodamente en él. La temperatura de su cuerpo subió mientras empezaba a deslizarse lentamente hacia abajo, presionando pequeños besos sobre su cuerpo y vientre. Su lengua se sentía como terciopelo mientras le daba pequeños golpecitos en las costillas.
    Su corazón saltó y comenzó a latir aceleradamente. Hannah le sorprendió con sus juguetones pellizcos y su lengua deslizándose. La sangre se le aceleró en las venas.
    – Quiero esto, saber que puedo tocarte así.
    El aliento de la mujer susurró contra su piel, caliente, erótico, haciendo que su cuerpo se tensara, se endureciera, casi ardiera con anticipación. Dejó un sensual sendero de humedad por su muslo mientras continuaba moviéndose aún más abajo, deslizándole su monte de Venus húmedo deliberadamente por la pierna. Iba a perder el juicio antes de que terminara, pero haría el sacrificio.
    Hannah no se apresuraba en su exploración. Sus manos eran lentas, moldeando sus músculos, trazando sus costillas. Atormentó y pellizcó los planos pezones, y durante todo el tiempo su boca hizo que el calor bajara despacio, perezosamente por su cuerpo. Aunque le había hecho el amor la mayor parte de la noche, se sentía como la primera vez de nuevo, la jadeante expectación, el asalto furioso a sus sentidos, el fuego que ardía a través de su ingle hasta que quiso gritar por la mezcla de dolor y placer.
    Hannah no tenía la menor idea de lo que le estaba haciendo, pero era divertido. El cuerpo de Jonas estaba estirado, abierto completamente a ella, su campo de juegos privado y ella quería jugar. Quería conocer cada detalle íntimo acerca de él. Él conocía su cuerpo, sabía exactamente como hacerla añicos y romperla, quería el mismo conocimiento de él. Jonas la hacía sentir segura de sí misma, de su cuerpo, de su sexualidad.
    Le presionó besos en el vientre, disfrutando de la sensación de sus músculos contrayéndose bajo sus labios. La textura de su piel era asombrosa, caliente y firme, suave y dura. Su cuerpo estaba tenso, las caderas inquietas, pero por ella, trataba de estar quieto y permitirle hacer lo que quisiera. No era fácil para él. Su cuerpo temblaba y ella sabía que él era dominante por naturaleza, pero retorció los puños en las sábanas y se mantuvo inmóvil por ella. Cuando levantó una mano para deslizarla sobre la curva de su espalda, Hannah levantó la cabeza en advertencia.
    – Mantén las manos en el colchón, Jonas.
    Él le sonrió abiertamente, pero sus ojos tenían calor.
    – Mi pequeña dominatrix, sexy como el infierno.
    – Es mi turno. Has pasado toda la noche explorando mi cuerpo, y quiero tener mi oportunidad con el tuyo. Es justo. -Resbaló un poco más abajo y sopló aire tibio sobre la cabeza ancha y brillante de su tensa erección-. Eres un poco intimidante.
    Trató de no soltar el colchón.
    – Pero te hago sentir muy bien.
    – Cierto. -Sopló más aire y miró como su cuerpo se sacudía, las caderas se elevaban hacia la boca que esperaba. Con los ojos fijos en los de Jonas, de forma experimental sacó la lengua fuera con rapidez para probarlo.
    – Hijo de puta, Hannah. -Las palabras rompieron de él, una maldición, una oración. Su voz era dura, rota.
    – Bueno, nunca he hecho esto. Quizás necesite una pequeña instrucción.
    Cuando habló, sus labios acariciaron la cabeza sensible y su lengua se deslizó sobre él en una caricia caliente, puntuando cada palabra.
    Él cerró los ojos brevemente, pero no podía parar de mirar la erótica visión que presentaba.
    – Envuelve la mano con fuerza alrededor de la base, nena. -El aliento silbó fuera de sus pulmones cuando obedeció. La mano era pequeña, incluso delicada, rodeándolo tan cerca de la base como le fue posible-. Más fuerte, dulzura. No tengas miedo. Cuando estoy dentro de ti, estás tan malditamente apretada que me estrangulas. -Gimió con repentino placer-. Eso es, eso es lo que necesito.
    Le sonrió y bajó su cabeza otra vez, su lengua deslizándose sobre él, curvándose bajo la ancha cabeza para acariciar con fuego sus lugares más sensibles. Nunca se había sentido más poderosa que en ese momento. Se veía como si ella lo pudiese destruir, sus ojos azules tan oscuros que eran casi negros, su respiración dura y su carne palpitante tan dura y gruesa que se sentía como terciopelo sobre acero.
    Fijando su mirada con la suya, separó los labios y, con lenta deliberación, encerró la cabeza caliente y engrosada de su pene en el calor húmedo de su boca. El cuerpo de Jonas se sacudió y sus manos volaron para agarrarle el pelo en dos puños apretados. Dejó salir un grito estrangulado, dijo algo áspero y bajo que hizo que el cuerpo de Hannah latiera y llorara de excitación.
    Quería devorarlo de la manera en que él lo había hecho, desarmándolo, pieza a pieza, hasta que se retorciera de éxtasis. Ya le había enseñado lo que un amante podía hacer con una boca magistral y quería aprenderlo todo. Más que nada, quería darle la clase de placer que le había dado a ella. Un regalo. El beneficio estaba en la emoción, en el calor de sus ojos, en la alegría total de darle lo que llevaba a su propio cuerpo al rojo vivo.
    Jonas gimió, esforzándose por mantener el control, por mantener sus empujes poco profundos y contenidos cuando lo que quería era deslizarse por su garganta. Era tan malditamente sexy, pareciendo tímida y sensual. Ella quería darle placer, quería conocer su cuerpo. Se veía en sus ojos, en su toque, en su boca pecadora y malvada mientras lo destrozaba lentamente y con un propósito determinado.
    – Justo ahí, nena, con tu lengua.
    Era buena siguiendo instrucciones, demasiado buena. Susurraba con voz ronca, a veces crudamente, y ella encontraba el lugar exacto, la succión correcta, su lengua tan diabólica que estaba seguro que lo destruiría con el puro placer que le entumecía la mente. Ella lo miraba, buscando señales, para ver cómo se tensaba su cuerpo, hacer que su temperatura se elevara y los músculos se contrajeran. Cuando chupaba fuerte, su boca como una trampa sedosa de calor fundido, lo convertía en un maníaco lleno de lujuria, y los gruñidos guturales retumbaban en su garganta. Y cuando aplastó la lengua y la deslizó bajo la sensible punta, frotando con fuerza, golpeando el lugar que lo envió en órbita, no pudo parar el áspero grito roto que salió de su garganta o el automático empuje de sus caderas para profundizar su golpe.
    Ella casi se apartó, pero la sostuvo con ambas manos.
    – Eso es, Hannah. Más profundo, tómame un poco más profundo, relaja la garganta para mí, nena. -Otro grito ronco escapó cuando lo obedeció, la garganta cerrándose alrededor de él, apretando la carne caliente y viva hasta el punto de explosión.
    La intensidad salvaje ardiendo en los ojos masculinos habría sido estímulo suficiente, pero su propio cuerpo había empezado a derretirse. Complacerlo era un afrodisíaco en sí mismo. Podía sentir el fuego corriendo por su sangre y las llamas sobre su piel, su cuerpo ardía con una increíble necesidad. Dentro, profundamente, su cuerpo estaba derretido, tensándose y ferozmente necesitado. Quería más de él, todo de él. Mantuvo los ojos sobre los suyos y deliberadamente lo sacó casi fuera de la boca, haciéndolo estremecer, su torso subiendo y bajando, sus ojos de un azul brillante. Jonas tembló. Sus manos le apretaron el pelo, agarrándole la cabeza como si necesitase un ancla. Entonces lo tomó más profundamente, casi tragándolo, su boca deliberadamente apretada y tan caliente que sabía que lo estaba fundiendo. Estaba latiendo ahora, su carne era una barra de acero. Líneas duras se grabaron en su cara mientras jadeaba buscando aire y luchaba por el control.
    Jonas echó la cabeza hacia atrás y luchó por evitar hacer estragos en la suave y caliente boca. Ninguna mujer le había conducido al borde como Hannah estaba haciendo, sin saber, inexperta, pero tan deseosa de complacerlo. La alegría en su cara, el deseo, la imagen sensual rompió a través de él, un torrente de necesidad lo envolvió con una fuerza destructiva.
    – Más duro, nena, dame más.
    Jonas podía sentir su cuerpo hinchándose. Y sus manos en el pelo de ella, controlando su cabeza, los movimientos de Hannah tomando el control cuando quería que fuese la que mandase. Era tan bueno, tan perfecto. Un momento en el tiempo que no olvidaría.
    Se estaba quemando vivo, tan ido, empujando impotentemente en su boca, rápido, duro y más profundo de lo que debería. Ella se atragantó. Tosió. Haciéndolo entrar en razón. Le sostuvo la cabeza quieta con las manos y forzó a su cuerpo a dejar de elevarse.
    – Lo siento Hannah, me estás volviendo loco y estoy fuera de control.
    Cerró los ojos cuando su lengua se curvó rodeándolo.
    – Te quiero loco y fuera de control.
    Sacudió la cabeza.
    – Dejaremos el resto para otro día.
    Porque si no lo hacían, Hannah iba a aprender sobre el amor mezclado con la lujuria en una catastrófica explosión.
    – Sube aquí. Móntame, dulzura. Ya puedo sentir lo preparada que estás para mí, caliente y mojada y tan malditamente perfecta. Ven aquí.
    Empezó a moverse, deslizándose hacia arriba por su cuerpo, sus pechos dejando rayos gemelos de fuego donde sus pezones se arrastraban sobre él. Por primera vez ella dudó. Jonas vio pasar su mirada de él a los alrededores. El vidrioso entusiasmo que brillaba en sus ojos se desvaneció, levantó una mano a su cara y la dejó caer en sus pechos.
    Era por la mañana. Había estado tan atrapada en él que no se había dado cuenta de la luz del día. La satisfacción curvó la boca de Jonas y se asentó en su estómago. Con sus manos, su boca y su cuerpo, podía hacer que se olvidase de ocultarse.
    Jonas la alcanzó y enmarcó su cara con las manos.
    – Tengo que verte, sólo por un momento. Amo tus pechos, tan suaves, nena, tan perfectos para mí. He pasado la mitad de la noche despertándote para chuparlos. -Frotó una marca en forma de fresa que había puesto en un montículo cremoso-. Esto es mío. Eres mía. Y te amo más que a mi vida.
    – Pero las cicatrices, Jonas. -Era difícil pensar en algo excepto en el deseo pulsante entre sus piernas donde estaba dolorosamente vacía y desesperada por ser llenada. La mirada de Jonas la estaba quemando, tan posesiva, que sólo con ella casi alcanzó el clímax.
    – ¿Me has oído, Hannah? Tengo que verte. Siéntate para mí, móntame. Déjame tenerte -Puso levemente el filo de una orden en la voz, áspera de necesidad, dominada con deseo.
    Ella se humedeció los labios, respiró y entonces lentamente obedeció. Hannah lo montó, echándose el pelo hacia atrás hasta dejarlo salvaje, enmarcando su cara con brillantes rizos de oro y platino mientras se sentaba con lánguida gracia. Parecía una tentadora sensual con sus senos perfectos y su piel resplandeciente.
    Hubo un momento de silencio seguido por el sonido áspero de la respiración de Jonas. Se cubrió los pechos con las manos, un gesto automático, pero él le capturó las muñecas y las empujó hacia abajo, manteniéndolas allí para poder verla
    – Permanece así para mí, cariño. Sólo necesito que… sólo necesito.
    Liberándola, Jonas deslizó las palmas por su estómago liso, trazando las costillas y subiendo hasta sus pechos, acunando la suave ofrenda en sus manos. Los pulgares se deslizaron por sus pezones y sintió su temblor de respuesta, el calor fluyendo y la humedad cuando ella se movió ligeramente. Adoraba ver su cara mientras él se inclinaba hacia delante. Los nervios. La excitación. La anticipación. Era tan sensible a él. Sus pezones se tensaron antes de que llegara allí y sintió el chorro de líquido caliente en su estómago donde ella lo montaba. Su pene permanecía contra sus suaves nalgas presionando con ansia, queriendo ser llevado a casa.
    Atrajo uno de los pechos a su boca y agarró el otro pezón con los dedos, tirando y pellizcando mientras succionaba. Ella dio un pequeño grito jadeante, su cuerpo temblando mientras se empujaba más cerca. Se tomó su tiempo, sin rendirse a las urgentes demandas de ambos cuerpos, forzándola a subir más alto, lamiendo y chupando, los dientes raspando y la lengua moviéndose rápidamente, atormentándola hasta que estuvo retorciéndose, su cuerpo latiendo sensualmente. Los músculos del estómago femenino se apretaron en nudos. La unión de sus piernas se volvió mas caliente que nada que él hubiera experimentado, mojada y preparada para él. Y ella no estaba pensando en nada más que en Jonas, estaba seguro de eso.
    La mordió gentilmente, forzándola una vez más fuera de terreno conocido a otro reino, los pequeños mordiscos causándole destellos de calor y flechas de dardos de placer recorriéndola ávidamente por todo el cuerpo. Sus muslos lo agarraron más fuerte a su alrededor y sus caderas empezaron a elevarse impotentes.
    La agarró por la cintura y la levantó.
    – Despacio esta vez, Hannah. Deslízate hacia abajo y cabálgame. -Se negó a dejar que se empalase con dureza y rapidez como quería, alargando el placer, forzándola a ir despacio.
    – Jonas. Por favor.
    Las suaves súplicas hicieron crecer su ya grueso miembro con pulsante sangre caliente. Sintió cada músculo sedoso mientras empujaba con torturadora lentitud entre sus calientes pliegues. Estaba tan apretada que lo tenía jadeando, las ondas de choque le recorrían el cuerpo, rompiendo a través de él, pidiendo la liberación, pero la sostuvo por las caderas, levantándola con exquisito cuidado y moviéndose en ella con un ritmo casi lánguido hasta que Hannah estuvo sollozando su nombre, rogándole más.
    – Dime lo que quieres, nena -susurró-. Te gusta esto. Lo sé. ¿Quieres algo más?
    Oh, Dios. Necesitaba. Lo necesitaba salvaje. Estrellándose contra ella, bombeando en ella hasta conducirla más allá del borde. Hannah necesitaba la liberación y cada pequeño golpe enviaba látigos de luz a través de su cuerpo, cada terminación nerviosa cantaba y ardía y se desesperaba por más.
    – Por favor, Jonas, no puedo soportarlo más. No puedo. -Porque ardería en llamas antes de que tuviera oportunidad de romperse. O se rompería antes de estallar en llamas. De cualquier modo tenía que conseguir la liberación.
    Sin advertencia, rodó sobre ella, deslizándola bajo él, fácilmente, suavemente, elevándole las piernas sobre los hombros, las manos en sus caderas para mantenerla quieta. El primer empuje fue un rayo de puro fuego, su pene duro acero, clavándose en sus pliegues hinchados y sensibles, entrando profundamente, tan profundamente que Hannah pensó que había alcanzado su matriz. Se oyó gritar, un desigual grito jadeante, pero él se estaba retirando y golpeando en casa otra vez.
    No había manera de controlar el placer, se volvió loca, rindiéndose a él mientras Jonas empujaba en su cuerpo con golpes duros, desesperados. Le empujó las rodillas hacia atrás, acercándole más las caderas bajo él, dándole un mejor ángulo para entrar más profundo, dirigiéndose contra nudos de nervios que gritaban con sensaciones ardientes. Se retorció bajo él, las caderas elevándose, la cabeza moviéndose violentamente, los músculos apretándose alrededor de él, agarrándolo duramente.
    Susurró contra su cuello, la boca rozó la suave piel, su voz era un gruñido áspero que dejaba más calor sobre ella. La tensión crecía y crecía, y todavía entraba en ella, tomándola en un vuelo interminable. Ella se movió, clavándole las uñas profundamente en los hombros, sus pequeños gritos volviéndose frenéticos. Jonas era implacable, impulsándola hacia arriba pero nunca por encima, llevándola hasta el borde hasta que ella le arañó, implorando otra vez.
    Jonas apenas podía aguantar con su vaina pulsando a su alrededor, tan apretada y resbaladiza que se sentía como si se estuviera moviendo en una ardiente cama de seda. Lo estaba estrangulando, tan caliente que se estaba derritiendo, pero no pararía, no la llevaría sobre el borde hasta que ella supiera… hasta que estuviera segura.
    – ¿A quién… -jadeó. Apretó los dientes mientras el cuerpo de ella sujetaba el suyo- perteneces? Dilo, Hannah. Dime que eres mía.
    – Jonas. -Su nombre salió con un gimoteo. Trataba de levantar las caderas para encontrarse con él, pero sus manos la sostenían apretadamente, manteniéndola sujeta mientras su cuerpo torturaba al suyo con placer-. Tú. Tú, idiota. Nunca ha habido nadie más. -La mano se curvó alrededor de su cuello-. Oh, por favor, Jonas. No creo que vaya a sobrevivir.
    La completa lujuria en su voz, sus gritos suplicantes, le condujeron tan lejos de su control que no se podría haber refrenado aunque hubiese querido. Se movió sutilmente, el movimiento meciéndola, mientras su miembro la llenaba, enterrándose profundamente, hinchándose, la fricción aumentando hasta el punto en que ella simplemente se fragmentó, su cuerpo se deshizo bajo él. Su propio cuerpo se sacudió con un duro tirón, el placer bordeando el dolor mientras se derramaba en ella con su liberación. Todavía sus músculos no le dejaban irse, no dejaban de agarrarlo, estrujando hasta la última gota.
    Se desplomó sobre ella, enterrando la cara en su cuello, las manos encontraron las suyas y las mantuvieron en el colchón a ambos lados de su cabeza.
    – Te amo, Hannah. No podré volver a casa por la noche sin tenerte en mi cama. -Frotó la cara sobre sus senos, acarició un pezón con la nariz y lo atrajo a su boca, sintiendo su cuerpo apretarse a su alrededor. Lo lamió, mirando su cara, mirando el placer derramarse sobre ella-. Quiero esto. Te quiero. Han sido tantas malditas noches, largas y vacías sin ti, nena, largos años esperándote. No quiero esperar más.
    Era difícil pensar con claridad cuando su cuerpo estaba tan profundo en el de ella y su boca estaba sobre la suya, enviando dardos de fuego desde sus pezones a su ingle. Le daría cualquier cosa, haría cualquier cosa. Él tenía que saber eso. ¿Por qué no lo sabía?
    – Quiero estar contigo también, Jonas. Todo está confuso ahora, pero…
    – No habrá peros, Hannah. -Jonas chupó el tierno montículo de su curva, justo encima de su pezón.
    – ¿Qué estas haciendo? -Trató de levantar la cabeza para ver, pero la estaba sujetando y su cuerpo estaba demasiado relajado para moverse. Más que nada no quería que se saliera, adoraba la sensación de él enterrado en su interior. Entrecerró los ojos suspicazmente-. Será mejor que no pongas otra marca en mí.
    La besó en los labios, metiéndole la lengua en la boca.
    – Odio ser el que te lo diga, nena, pero tienes marcas por todas partes. Mis huellas y mi boca están en el interior de tus muslos y tus pechos, y tu vientre. -La besó otra vez-. Mía.
    – Eres tan posesivo. -Le devolvió el beso. Mordió su labio inferior-. He dejado unas pocas marcas propias para demostrarte a quién perteneces.
    Jonas le lanzó una pequeña sonrisa y rodó fuera de ella poniéndose de espaldas, reteniendo la posesión de su mano. La atrajo a su boca y mordisqueó las puntas de los dedos.
    – No quiero una gran boda elegante como la que tus hermanas están planeando. Quiero hacerlo rápido, enseguida, sin periódicos ni revistas merodeando.
    Giró la cabeza para mirarlo, su corazón latía fuertemente.
    – ¿Crees que me voy a casar contigo?
    – Maldición, claro que lo harás. No soy ningún juguetito, Hannah.
    Se echó a reír ante su tono arrogante.
    – Y yo que pensaba que iba a tener tanta diversión. -Se inclinó y le pellizcó el lóbulo de la oreja-. La mayoría de los hombres preguntan.
    – Acabas de decir que no. Ya has dicho que no.
    El corazón de Jonas casi se paró.
    – ¿Hacer la boda aquí?
    – ¿No te gustaría? ¿Vestir como ella quería y hacer la ceremonia aquí? Sería tan divertido. A Joley le encantaría.
    – A mí también, pero ¿y a ti? -Sus ojos buscaron los suyos.
    Ella sonrió.
    – Absolutamente. Creo que suena perfecto. -Le sonrió ampliamente-. Si vamos a casarnos, quiero decir.
    Le besó la nariz.
    – Oh, nos casaremos, nena. No querrás diez niños corriendo alrededor sin mi anillo en tu dedo. Tu padre te haría viuda antes de que llegaras a ser esposa.
    Rió y se dio la vuelta, haciendo una mueca de dolor.
    – ¡Ah! Supongo que estoy dolorida. Debo estar en mala forma.
    – No lo sé, Hannah, has durado más que yo. Vamos. Te llevaré al baño. -se levantó de un salto, indiferente a su desnudez, entró en el cuarto de baño anexo y abrió el grifo. Sacó la cabeza fuera de la puerta cuando ella no se movió-. ¿No vienes?
    – No. No puedo andar. Me quedaré aquí mismo todo el día. -Tiró de la sábana y se cubrió con ella.
    – No, nena, necesitas remojarte en la bañera, o no serás capaz de andar. Estarás dolorida. No tengo sales de baño, ni cristales o lo que sea que todas las chicas usáis, pero he encendido algunas de las velas que Sarah me dio en las últimas Navidades. No le cuentes que he dicho esto, pero son calmantes.
    Ella rió.
    – Eres tan divertido, Jonas, no queriendo admitir que las velas y los cristales tienen poderes curativos. -Rodó de lado y sostuvo la cabeza en una mano, el codo en el colchón, estudiándolo. Él estaba completamente cómodo con su desnudez.
    – Lo admito. Es sólo que todas vosotras pensáis que necesito esas cosas como protección. -Echó una ojeada al cuarto de baño para comprobar el nivel del agua en la bañera.
    – Las necesitas, tonto. A nuestra propia manera, tratamos de protegerte de la forma que lo haces con nosotras. Nos importas a todas…
    Jonas se dio la vuelta.
    – Eres mía, Hannah. Ya no es una cosa de familia. -Había irrevocabilidad en su voz.
    Hannah frunció el ceño. Siempre había disfrutado de la relación que tenía con las hermanas Drake. Sabía que para ellas era de la familia. Las quería. No podía imaginar por qué lo que había dicho le había irritado.
    – ¿Qué es esta repentina necesidad de establecer la dominación, Jonas? ¿Qué pasa?
    Él suspiró.
    – Ven aquí. -Curvó su dedo meñique hacia ella.
    Hannah se levantó, enrollándose en la sábana, tratando de no estar molesta porque todo lo que hacía siempre sonaba como una orden.
    – Estoy aquí. Dime lo que pasa.
    – Suelta la sábana primero.
    Sólo con eso, tan cansada y dolorida como estaba, y su cuerpo respondió. Sus pechos se apretaron, su matriz se apretó y un escalofrío de excitación bajó por su espina dorsal.
    – Te quiero, Jonas, te lo juro, pero creo que si me haces el amor otra vez, me matarás.
    Una sonrisa reacia curvó su boca.
    – Sería una manera agradable de irse, enterrado en ti para siempre. Dentro de ti. Profundamente. Justo donde pertenezco. -Tiró de la sábana.
    Hannah la dejó caer al piso.
    – Me gusta mirarte. No te ocultes de mí. -Le agarró el mentón y se inclinó para besarla-. No de mí. Jamás.
    – Jonas…
    Simplemente la cogió en brazos, llevándola al baño e introduciéndola en el agua humeante.
    – No puedo ir a casa con la blusa, la falda y nada más. -El agua se sentía tan bien. Podría quedarse allí todo el día, olvidarse de la cama. Descansó la cabeza contra el borde de la bañera.
    – Te encontraré un viejo par de vaqueros míos y una camisa. Tengo que tener algo por aquí que te siente bien.
    – No me has dicho qué te está molestando.
    Estaba de pie mirándola, su expresión sombría.
    – No me has dicho que me amas, Hannah. Sé que me quieres, pero no has dicho que me amas.
    – Te lo he dicho de un millón de maneras. ¿Crees que permitiría que otro hombre me tocara de la forma en que tú lo has hecho? ¿O poner su boca en mí? ¿Su lengua en mí? Jonas, no seas idiota. Si me conocieses bien, no dudarías en ningún momento que te amo con todo mi ser. Y te lo he dicho antes. En la playa te lo dije.
    – No es lo mismo que cuando estamos haciendo el amor. Te lo he dicho decenas de veces la noche pasada. Tú nunca lo has dicho.
    – Creí que lo estaba diciendo, una y otra vez. -Ocultó una sonrisa. Jonas era tan grande y malo, pero en el interior era tan vulnerable como ella-. Te amo, Jonas Harrington. Y confío en que no lo olvides.
    Jonas le sonrió ampliamente, la misma mueca engreída y satisfecha que a menudo llevaba, la que siempre había hecho que su corazón se derritiera.
    – Toma tu baño, nena. Volveré con algunas ropas para ti en un segundo.
    Jonas raramente tiraba algo, así que registró los cajones con la esperanza de encontrar ropas lo suficientemente pequeñas para ella. Ocultos en una caja en el armario, encontró un par de vaqueros de años antes. Repasó las camisas y encontró su vieja favorita de cuadros. Mientras salía de la habitación, miró al tocador. Las fotos que tenía allí estaban todas boca abajo. Las había golpeado cuando había tomado a una salvaje Hannah. Sonriendo, levantó la del centro y la puso derecha.
    Era una de sus favoritas de Hannah, con el sol brillando en su pelo y una expresión somnolienta en su cara. Se besó las puntas de los dedos y acarició el cristal justo cuando el teléfono sonó.
    – Tiro las ropas dentro, Hannah.
    – ¡No las tires al agua! -Hannah se puso de pie para coger los vaqueros y la camisa que volaban hacia el interior del baño.
    La camisa era demasiado grande, pero cubría todo, y los vaqueros estaban viejos y desteñidos y le ajustaban bien. Mientras se los subía por las caderas, vio a Jonas al teléfono. Estaba inmóvil, la expresión de su cara era dura mientras estiraba la mano y enganchaba sus vaqueros, poniéndoselos con una mano.
    Algo iba mal. Realmente mal.
    – ¿Qué es? -preguntó Hannah, la ansiedad arrastrándose por su voz mientras observaba su expresión asesina y las miradas inquietas que le enviaba-. ¿Están mis hermanas bien? -Pero lo sabría si una de ellas estuviera en problemas. Siempre lo sabía.
    Jonas colgó el teléfono, su mano fue a su nuca.
    – Esta mañana temprano, cuando Jackson se dirigía a la oficina, alguien trató de echarlo de la carretera. Estaba en mi coche y todavía usaba mi chaqueta. Tengo la suya.
    – Oh, no. ¿Está herido?
    – El coche está destrozado y tiene unas pocas raspaduras y magulladuras, pero está vivo. -Cogió una camisa y se encogió de hombros-. Jackson ha estado conmigo durante más batallas desagradables, con balas volando y pensando que ninguno de nosotros íbamos a salir de allí, de las que puedo recordar. No me gusta que haya recibido otro golpe por mí. -Andó a través del suelo, demasiado inquieto para permanecer parado mientras intentaba resolverlo todo.
    – Esto no tiene sentido. Tenían que haber pensado que era yo conduciendo mi coche, pero claramente tú no estabas en él. ¿Por qué sería yo un objetivo?
    Hannah se deslizó por la pared hasta el suelo, cruzando los brazos sobre el pecho y levantando las rodillas, haciéndose más pequeña, apiñándose en un rincón. Era por su culpa. Alguien había tratado de matar a Jonas y el pobre Jackson se había interpuesto. Cualquier cosa que le sucediera a él sería a causa de ella. ¿Por qué? No entendía lo que podía haber hecho para hacer que alguien la odiara tanto. Sus hermanas estaban en peligro, y también Jackson y Jonas. Cerró los ojos con las lágrimas tan cercanas quemando.
    Jonas miró su cara blanca y pálida e instantáneamente se arrodilló a su lado.
    – Está bien, nena. Todo va a ir bien. Jackson está bien.
    Ella sacudió la cabeza, meciéndose de un lado al otro.
    – ¿Adónde puedo ir donde nadie a quien quiero vaya a tener la oportunidad de ser herido? -Alzó la vista hacia él con dolor y conmoción en sus ojos-. ¿Quién podría odiarme tanto que no sólo quiere destruirme a mí, sino a todos los que amo? ¿Qué pude haber hecho para causar esto?
    Jonas había visto víctimas de crímenes, cientos de ellas. Las había tranquilizado, calmado, les había dado malas y buenas noticias, pero nunca había sido personal. Las emociones de ella le ahogaron, le estrangularon, le hicieron sentir impotente y atormentado por la furia de que alguien pudiera poner esa mirada en su cara.
    – Nada, Hannah. No has hecho absolutamente nada. La gente que elige esta clase de locura está enferma. Pueden imaginar un desprecio, una fantasía. En realidad esto no es sobre ti. Es sobre ellos y su odio ensimismado, una emoción destructiva y absorbente. No es alguien a quien conoces. Nadie a quien conoces podría hacerte esto.
    – No sé qué hacer.
    – Yo sí, corazón. Esto es lo que haré. Te llevaré de vuelta a tu casa…
    Ella negó con la cabeza.
    – No les quiero persiguiendo a mis hermanas.
    Jonas le enmarcó la cara con sus largas manos.
    – Nena, no estás pensando claramente. Tu casa come personas como aperitivo. Tus árboles las tiran al océano. Tu balcón está vivo y tus ventanas se reparan a sí mismas. Tú y tus hermanas estáis malditamente seguras en esa casa, a la cual, por cierto, nunca volveré a mirar de la misma manera.
    Casi se las arregló para sonreír mientras permitía que la levantara.
    – Está bien. Iré a casa con ellas, pero será mejor que también estés en casa. Lo digo en serio, Jonas. Quienquiera que esté haciendo esto, ahora obviamente está tratando de matarte.
    Miró alrededor, encontró sus zapatos en el salón y le entregó las sandalias. Ella se sonrojó, viendo su falda, blusa y abrigo justo en la entrada, en la puerta.
    – No fuimos muy lejos, ¿verdad?
    Él le sonrió.
    – La mejor noche de mi vida, Hannah. Gracias. -Se inclinó, la besó y se puso los zapatos-. Vámonos de aquí. Déjame ir primero, por si acaso. Ve directa a la camioneta.
    Ella asintió y esperó a que tomara la delantera. Jonas se paró el tiempo suficiente para cerrar la puerta detrás de él y fue deprisa a la camioneta, su mirada dividiendo el área alrededor de ellos, buscando algo sospechoso.
    Hannah se sentó en la camioneta, se puso el cinturón de seguridad y tamborileó los dedos en el asiento con aprensión mientras Jonas metía la llave en el contacto.
    Jonas buscó su mano, los dedos cubrieron los suyos en una pequeña caricia antes de cogerle la mano y traerla al calor de su boca.
    – Va a estar todo bien, nena. No pasará mucho hasta que lo averigüemos. -Le mordisqueó la punta de los dedos y giró la llave.
    El motor gimoteó pero se negó a arrancar. Jonas juró para sí.
    – Quizás deberíamos hablar con Abbey. Odia usar sus habilidades, pero puede determinar la verdad -dijo Hannah con indecisión.
    – No creo que tengamos a alguien a quien pueda preguntar. -Había algo preocupante en el fondo de su mente, algo justo fuera de su alcance, si sólo pudiera recordarlo. Giró la llave otra vez y el motor hizo el mismo sonido, negándose a arrancar.
    Jonas crujió los dientes y agarró la llave, impaciente, pero de repente se quedó inmóvil. Sus alarmas estaban sonando, su estómago ardiendo con nudos; había estado demasiado absorto en Hannah para centrarse en ello. La camioneta de Jackson siempre estaba en perfectas condiciones, siempre.
    Hannah frunció el entrecejo, la repentina calma de él hizo que sus alarmas naturales sonaran.
    – ¿Qué es, Jonas?
    Bajó la mano y soltó el cinturón de seguridad de Hannah.
    – Sal fuera de la camioneta. Sal fuera ahora, Hannah. Deprisa, maldita sea.
    Reaccionó a la urgencia de su voz, al miedo. Trató de abrir la puerta, recordó que estaba bloqueada y estiró la mano hacia la manilla.
    – Corre hacia los árboles, lejos de la casa. Corre rápido, nena. Estaré justo detrás de ti.
    Hannah se deslizó fuera.
    – Dímelo.
    – Hay una bomba en la camioneta. -Su voz era tranquila, pero sus ojos eran salvajes-. Demonios, sal de aquí, Hannah, ahora.

CAPÍTULO 19

    Hannah no se detuvo a hacer preguntas. Salió corriendo alejándose de la casa, dirigiéndose hacia los árboles de la parte trasera de la propiedad de Jonas, con el corazón retumbándole en los oídos. Miró sobre el hombro, para asegurarse de que Jonas la seguía. Estaba justo detrás de ella, su cuerpo directamente entre ella y la camioneta.
    – ¡Corre! -le dijo apremiante, poniéndole una mano en la espalda, empujándola hacia delante.
    Hannah corrió hasta que le ardieron los pulmones y le dolieron las piernas, tropezando en el terreno irregular. Sintió la explosión antes de escucharla, la concentración en el aire, la aplastante sacudida que los levantó a ambos y los arrojó como muñecos de papel a través del aire. Aterrizó con fuerza, quedándose sin aliento, con el cuerpo herido y magullado, el mundo quedó en silencio cuando sus oídos protestaron por la violación de sonido.
    Alrededor de ellos se levantó el viento, las hojas y las ramas daban vueltas en el aire junto con los restos de la camioneta. Llamas rojo anaranjadas se mezclaban con el humo negro, ardiendo calientes y brillantes, elevándose en el aire a gran altura. Ennegrecidas partes de la camioneta estaban esparcidas sobre la ancha extensión de césped que había en las cercanías de los árboles y una puerta yacía entre los arbustos cercanos a los escalones delanteros de la casa.
    Frenéticamente gateó hacia donde se encontraba Jonas a pocos pies de ella. ¡Jonas! No habló en voz alta, no tenía sentido hasta que sus oídos se asentaran después de la terrible explosión. Por un aterrador momento pensó que estaba muerto. Yacía inmóvil, la cara pálida, el pecho no se movía. Su mundo se derrumbó, estrellándose a su alrededor por lo que se hundió en la tierra junto a él, le deslizó la temblorosa mano sobre la piel para ver si podía encontrarle el pulso. Oh, Dios, por favor, Jonas, que esté vivo. Lo sabría si hubiera muerto, estaba segura, pero aún así, hasta que le encontró el pulso, su mente gritó y gritó.
    Jonas aspiró un entrecortado aliento y abrió los ojos de golpe, las manos fueron hacia arriba para capturarle la muñeca y agarrarla con fuerza, y sacar el arma de la pistolera del hombro. Sus ojos eran salvajes, su rostro serio. El corazón de Hannah se detuvo cuando el arma barrió por encima de ella. La mirada de Jonas encontró su rostro y se calmó visiblemente, luego empezó a recorrerla con las manos buscando heridas.
    Estoy bien, le aseguró, ¿y tú?
    Bien. Estoy bien. Miró hacia el descollante infierno. Ese fue el final de la camioneta de Jackson. Sentándose, miró cautelosamente alrededor, indicando nuevamente los árboles. Estamos demasiado expuestos aquí.
    Mis hermanas lo sabrán y nos mandarán ayuda. El viento ya se estaba levantando alrededor de ellos. Un repiqueteo comenzaba a crecer en su mente. Algo pasó volando cerca de su oído emitiendo un enojado zumbido.
    Jonas arremetió contra ella con fuerza, haciéndola rodar sobre la hierba mojada por el rocío. Continuaron rodando por la pendiente y luego la empezó a arrastrar hacia arriba.
    – Corre, maldición, en zigzag y ponte a cubierto entre los árboles.
    Levantó el arma y apretó el gatillo, apuntando hacia atrás, hacia la casa. Cuatro balas sonaron en rápida sucesión, mientras con su otra mano la empujaba por la espalda.
    Hannah corrió. Su aliento salía en sollozos, pero forzó a su mente a encontrar la calma. Tenía que ayudar a Jonas. Más de una persona les estaba disparando.
    Las balas impactaron en frente de ellos, deteniendo eficazmente su avance. Jonas la tiró al suelo otra vez, tratando de encontrar un blanco para darle una oportunidad. Ella supo que salvarla era lo único que él tenía en mente. Fueron sorprendidos en un terreno abierto, en la ondulada extensión de césped que llevaba al borde del bosque que rodeaba tres lados de la propiedad. Les estaban cercando. Las ráfagas de balas venían de varias direcciones, atrapándolos.
    – Escucha, cariño, podrían matarnos ahora si quisieran. Lo que sea que tengan planeado para nosotros es peor que recibir un balazo. Tenemos que salir de aquí. Voy a cubrirte, tú empieza a correr. Sólo sigue adelante y no mires atrás.
    Lo tomó por el brazo y negó con la cabeza, mirando las llamas que prorrumpían hacia el cielo en una gran conflagración.
    – Fuego. Tenemos fuego, Jonas, uno de los cinco elementos. Ellos lo empezaron, pero es mío para usarlo.
    Se arrodilló lentamente, sus manos ya ondeaban en el aire, entretejiendo un complicado diseño, y elevó el rostro hacia el cielo, su voz suave y melodiosa. Él no podía comprender las palabras pero el poder relucía en el aire.
    El enemigo se acercaba, cercándolos, aún a cierta distancia, confiados de que derribarían a su presa. Hannah nunca los miró, nunca reconoció su presencia. Parecía una antigua diosa invocando al universo para que la protegiera.
    Lo ennegrecidos restos de la camioneta se sacudieron violentamente. Un torrente de chispas anaranjadas y rojas subió como un cohete hacia el cielo, disparándose unos cuarenta o cincuenta metros directo hacia las nubes. Abruptamente las llamas se detuvieron, flotaron brevemente sobre sus cabezas en un fantástico despliegue de llamas y luz, luego se dispararon a través del cielo en una bola de fuego, dejando un rastro de lluvia de fuego sobre las cabezas de los hombres que se interponían entre Jonas y Hannah y el bosque.
    Por un momento nadie se movió. La primera bola de fuego le dio a un hombre en el hombro, haciéndolo caer. Sus ropas se incendiaron. Gritó y rodó frenéticamente por el suelo. Y luego empezó a llover fuego, el cielo arrojó llamas, haciendo que los atacantes corrieran en busca de refugio.
    Jonas tiró de Hannah para que se pusiera de pie.
    – ¡Corre! Ve hacia los árboles.
    Ella conocía la propiedad de Jonas bastante bien. Poseía sesenta acres, la mayor parte de ellos eran bosques que lindaban con un parque del estado. Se abrió camino hacia una senda que los llevó a la parte más espesa de la arboleda, irrumpiendo a través de la maleza que resguardaba el perímetro y luego dentro del bosque en sí mismo. El dosel de hojas sobre sus cabezas oscurecía el interior. Había ramas caídas sobre la tierra donde se habían quebrado, y musgo adherido a los troncos de los árboles y a las ramas, haciendo que algunos de los árboles se volvieran de un verde brillante.
    Jonas agarró su mano y le indicó que tomara la estrecha senda de animales a su izquierda, apartada del rastro más ancho de su Jeep. Hannah se movió a través del angosto túnel de ramas rotas, el roce le arañaba los brazos y hombros a través de la camisa. La respiración de Jonas se sentía áspera contra el cuello, pero su mano seguía firme en la espalda.
    Los fuegos artificiales les habían dado un respiro y se internaron profundamente en el interior del bosque, donde los árboles les proporcionarían cubierta y los matorrales eran más tupidos, haciendo mucho más difícil que alguien los encontrara.
    El repiqueteo en sus oídos se había asentado en un molesto zumbido.
    – ¿Crees que nos seguirán?
    – Es difícil de decir. Tus hermanas mandarán ayuda, pero les llevará algunos minutos. ¿Quiénes son estos tipos? No me acerqué lo suficiente como para reconocer a ninguno.
    – Yo tampoco. -Hannah miró en derredor. Era arduo caminar sobre el terreno irregular con sandalias. Miró a Jonas a la cara. A veces era difícil recordar, que no siempre había sido parte de la familia y que su propiedad era tan grande-. Había olvidado lo hermoso que es todo esto.
    Su mano la guió a través de la angosta senda, conduciéndola hacia la izquierda donde había jugado de niño. Sabía que había enredaderas por allí y que los matorrales eran tupidos y enmarañados.
    – Ve por ahí, cariño. Solía construir fuertes con las ramas bajas y formar túneles con el follaje. Estaremos más resguardados a lo largo de esta senda. -Por aquel entonces se había arrastrado sobre el estómago como un soldado a través de las sendas de animales, sin saber que lo haría en realidad en un esfuerzo por salvarle la vida a Hannah. En ese momento había sido un juego imaginario, donde pretendía atacar a los “gérmenes” soldados que habían matado a su madre. Ahora tenía enemigos reales que los perseguían.
    Hannah se estiró hacia atrás y le tomó la mano, sabiendo que repentinamente estaba pensando en su madre. Estos eran los bosques que su madre había amado tanto. Ella había disfrutado del mar, de la vista y de su sonido, pero el bosque había sido su primer amor y su marido había comprado la propiedad con la hermosa casa y los acres de bosques mixtos donde uno se podía parar en cualquier habitación del primer piso y sólo mirar sobre los árboles directo hacia el mar.
    – Ningún daño nos alcanzará aquí -murmuró, deseando que fuera cierto. No en los amados bosques de su madre.
    Viraron a lo largo de una senda que seguía un arroyo. Unos pavos salvajes prorrumpieron de unos helechos enormes que crecían a lo largo del serpenteante arroyo y subían la pendiente. Los grandes pájaros se llamaban unos a otros con alarma, sacudiendo las alas y apresurándose a subir la colina hacia otra senda, dos de ellos levantando el vuelo agitados.
    Jonas juró y la tomó por el hombro.
    – No hay forma de que no hayan oído eso. Si habían perdido nuestro rastro, lo han encontrado ahora. Hace tiempo que debí haber cazado a esos pavos idiotas y traicioneros.
    – Tú no cazas.
    – Voy a empezar a hacerlo. -Realmente nunca había cazado pavos. Su madre los observaba cada mañana desde la ventana. Contaba a los machos, incluso les daba nombres. Sabía bajo qué árboles preferían ponerse a cubierto por la noche. A veces las hembras cobijaban a sus polluelos debajo de la cubierta durante el día, o los llevaban al arroyo en la parte más tupida de los helechos, justo en el borde del bosque que Jonas mantenía libre de hierbas para que siempre pudiera contemplarlos. Los pavos salvajes le habían traído placer y de alguna forma alivio a su madre. Siempre estarían a salvo de cazadores en su propiedad.
    Jonas nunca cazaba animales. Ni a los ciervos ni a los osos ni a los linces, ni siquiera a esos malditos pavos salvajes que su madre había amado tanto. Cazaba hombres y era condenadamente bueno en ello. No era tan bueno huyendo de ellos.
    – Puedo encontrar un lugar seguro donde esconderte, Hannah, y volver sobre nuestros pasos.
    Hannah se detuvo tan abruptamente que él chocó contra ella.
    – No me esconderás, Jonas. Estamos juntos en esto. -Su mano aferró la de él con más fuerza-. No puedo perderte. No ahora. No de esta forma. Y te pones como un loco cuando te enfadas. Estás enfadado ahora, puedo sentirlo.
    Estaba temblando de furia, un feroz guerrero atrapado e incapaz de abrirse camino luchando. Su instinto era cambiar las tornas para ellos e ir a cazarlos, pero rechazaba poner a Hannah en un peligro mayor. Ella lo sabía. Lo entendía. Pero no iba a permitir que los separara.
    El sonido de disparos de armas de fuego los alcanzó medio segundo antes que la bala. Golpeó el árbol más cercano a ellos, rociando corteza todo a su alrededor. Al instante una lluvia de balas se incrustó en los troncos alrededor de ellos, hundiéndose en la madera y derramando astillas y corteza sobre ellos. Jonas tiró de ella hacia abajo, cubriéndola con su cuerpo mientras cautelosamente levantaba la cabeza para asomarse a través de las hojas.
    – ¿Puedes verlos? -susurró.
    Jonas la miró. Debajo de él, su cuerpo temblaba, pero a pesar de la piel absolutamente blanca y los ojos enormes, la boca de Hannah estaba firme y su mirada serena.
    – Si puedes señalarme la dirección, puedo demorarlos o tal vez, si tengo suerte, inmovilizarlos hasta que llegue la ayuda.
    Dio una larga mirada barriendo los árboles que tenían alrededor. El bosque aquí estaba lleno de vegetación antigua, los árboles eran altos, muchas de sus ramas bajas estaban quebradas y caídas.
    – Atráelos aquí, Jonas. Haz que vengan a nosotros. Si nos retiramos y les dejamos hacerse con este lugar, creo que puedo detenerlos justo aquí.
    – Muévete en silencio, Hannah, quédate cerca del suelo. Entra más profundamente en el bosque, puede ser que necesitemos una ruta de escape. -Sus oídos habían dejado de zumbar y podía oír voces gritando a sus espaldas y delante de ellos-. ¿Puedes oír eso?
    – Apenas.
    – Eso no es español. Sabes idiomas. ¿En qué están hablando?
    Mientras se concentraba se mordió el labio inferior con sus pequeños dientes.
    – El acento es muy pronunciado. Están hablando en ruso, Jonas. -Dejó escapar el aliento lentamente-. Tienen que ser hombres de Nikitin.
    Jonas frunció el ceño.
    – ¿Por qué Prakenskii te salvaría la vida si Nikitin te quiere muerta? Es sin lugar a dudas un hombre de Nikitin.
    Hannah se enganchó la camisa en una rama astillada, lo que la hizo detenerse. Jonas se agachó para liberarla cuidadosamente.
    – ¿Lo es? -preguntó Hannah-. ¿Estás seguro? Porque cuando Nikitin vino a nuestra casa quiso que Joley subiera conmigo. Nos advirtió que tuviéramos cuidado al usar nuestros poderes y dijo que Nikitin no sabía nada acerca de nosotras que ni lo sospechaba.
    – Admito que no sabemos mucho sobre él. Le preguntamos a la Interpol y a todas las fuentes que pudimos intervenir. Hay rumores. Dicen que Prakenskii fue entrenado desde la infancia para ser un agente. Fue criado instruyéndose en como hacer del asesinato un arte.
    – Que horrible para él. -Hannah se arrodilló para maniobrar a través de un túnel de restos particularmente bajo.
    Jonas la siguió, penetrando con los hombros en la red de viejas ramas derribadas y hojas que formaban el túnel de juegos.
    – Es demasiada coincidencia para que me lo trague. Prakenskii estaba justo allí para salvarte. Nikitin te perseguía por la condenada habitación. ¿Qué demonios están tramando?
    Hannah frunció el ceño.
    – No puedo imaginarme que Prakenskii pueda estar en la misma habitación conmigo… con Joley, con cualquiera de mis hermanas, y que ninguna percibiera su culpa. Es un secreto demasiado grande para esconder. Si sus intenciones eran lastimarme, y por qué sería esa su meta final… -Dejó salir un pequeño jadeo cuando su cabello quedó atrapado en el follaje bajo y afilado y muy quebradizo.
    Jonas sintió que se le saltaba el corazón.
    – Hannah. -Su voz fue un suave siseo al reprenderla-. No estamos dando un paseo de domingo. Yo lo hago, deja de tirar. Estás sacudiendo los matorrales a nuestro alrededor.
    Hannah trató de quedarse quieta, con el corazón golpeándole fuertemente en el pecho. La red muerta de ramas se sentía como si se hubiera encontrado con un arbusto de espinas. Su cráneo, debido a su naturalmente rizado cabello, era muy delicado. Entre la rama y Jonas que tiraba de él, se le anegaron los ojos de lágrimas.
    Una ráfaga de balas hizo que Jonas la estrellara contra el suelo lo suficientemente fuerte como para dejarla sin aliento. Su cabeza latía donde estaba segura que un trozo de cabello había sido arrancado de un tirón.
    – Deslízate a través de la vegetación sobre el estómago -susurró Jonas.
    Hannah trató de no ser remilgada. Estaban a punto de ser disparados. No debería estar preocupada por las garrapatas y las arañas, pero mientras se arrastraban hacia delante buscando refugio, no podía pensar en otra cosa.
    Será mejor que Sarah haya puesto su culo en marcha y nos mande algo de ayuda. Jonas juró con rudeza en voz baja cuando una bala golpeó la tierra cerca de ellos. A su favor, Hannah no profirió sonido alguno, pero fue suficiente para encender la ya homicida furia de él. Resistió el impulso de saltar y devolver los disparos. Tenía que permanecer oculto. El enemigo aún no estaba seguro de donde estaban exactamente.
    Todo lo que podía hacer era tratar de mantener el cuerpo ubicado delante del de Hannah y protegerla hasta que llegara ayuda.
    Sarah lo sabe. Ya han enviado a Jackson y a los demás y ellas están en la almena del capitán esperando para enviar ayuda. Puedo sentirlas, el poder reuniéndose en el aire esperando por mí. Sólo haz que esos hombres entren en el bosque. Yo haré el resto.
    La detuvo poniendo una mano sobre su hombro y se inclinó sobre ella para ponerle los labios contra el oído, no queriendo que hubiera errores.
    – ¿Quieres que los atraiga hacia nosotros?
    Ella asintió. Tenía la boca seca, pero había nacido para hacer esto y confiaba en su habilidad.
    – Continúa moviéndote, cariño -la previno Jonas y disparó varias rondas, más para delatar su posición y atraer a los atacantes que para darle a alguien. Cerró otro cargador en su arma y continuó empujándola hacia delante-. Ten cuidado con el arroyo, Hannah. Hay una estrecha franja de tierra con un tronco caído sobre ella. Usa eso para cruzar.
    Eso pondría al arroyo entre ellos y sus atacantes. Los helechos crecían altos y espesos en ambos lados del arroyo subiendo la pendiente que llevaba a donde se levantaban los árboles. Siguió a Hannah a través de las plantas, registrando donde la tierra se hundía y donde los atacantes tendrían una mejor cobertura.
    – Aquí. Puedo usar el agua. Encuentra un lugar para esperarlos, Jonas.
    Hizo un cuidadoso barrido con ojos fríos, evaluadores. Había pasado cientos de horas en este lugar. Era el patio de recreo de su infancia y conocía cada centímetro cuadrado del terreno. Le dio un ligero codazo dirigiéndola hacia la izquierda.
    – Ve hacia ese pequeño declive. Usa los helechos para cubrirte, pero no puedes empujarlos con el cuerpo, Hannah.
    La piel le picaba y le punzaba como si un millón de insectos se arrastraran sobre ella. Estaba aterrada por poder tener garrapatas en el cabello. La tierra cercana al arroyo era pantanosa y húmeda. No quería pensar en eso mientras se escurría hacia delante, usando los codos para impulsarse. Y odiaba el hecho de tener esas cosas en mente cuando estaba siendo perseguida por hombres con armas. Miró a Jonas.
    Tenía duras líneas grabadas en su serio rostro. Su mandíbula estaba rígida con ese obstinado gesto que conocía ten bien y sus ojos ardían con furia. Quería ser como él. No estaba preocupado por los insectos ni la suciedad, estaba centrado en destruir el peligro que se cernía sobre ellos… sobre ella. El orgullo la inundó.
    – No existe nadie como tú en el mundo, Jonas -dijo suavemente.
    Él la miró, manteniéndole la mirada. Al instante su cara se suavizó.
    – Te amo, Hannah. Siempre lo he hecho.
    Su corazón dio un gracioso saltito y su estómago cayó en picado.
    – Yo también te amo. -No podía creer que estaba con él. A pesar del peligro, había alegría en el momento. Se había pasado la vida asustada. Tartamudeando. Consumida por los ataques de pánico. Aún así estaba escondida en el bosque, con asesinos en sus talones, arrastrándose sobre el estómago, con serpientes e insectos, como un bravo soldado, y se sentía extrañamente alborozada. Y muy amada por Jonas Harrington.
    Encontraron una depresión en el blando terreno justo detrás de varios árboles grandes y anchos. Era una fortaleza natural camuflada por tres lados por matorrales, hojas caídas y ramitas que los rodeaban. Jonas arregló varias ramas muertas con hojas caídas sobre ellos para que cualquier persona tuviera que mirar detenidamente antes de detectarlos.
    – Sin importar lo que pase, Hannah, mantente abajo. -Con sus manos presionándole la nuca era imposible hacer otra cosa. Su voz ostentaba un látigo de furia.
    Estaba asustada, no había duda de eso, pero Jonas desplegaba el modo protector en todo su esplendor y la familiaridad de ello le hizo sentir confianza en sus propias habilidades. Jonas siempre había estado allí, peleando al lado de su familia desde que eran niños, y era muy bueno en ello. Le gustaba la sensación de ser compañera de él… de pertenencia.
    – Vas a tener que dejar que me levante el tiempo suficiente para llamar a los elementos, Jonas. Necesitamos la lluvia para apagar el fuego, para que no se nos vaya de las manos. Y necesitamos el viento y tal vez la niebla. Puedo manipular la tierra y el agua si es necesario.
    Ahora podía oírlos venir y la idea de dejarla, aunque fuera por un momento, arriesgar su vida era aberrante para él, pero al mismo tiempo, sería estúpido no darle a ella la mejor oportunidad. Hannah era su propia mejor oportunidad.
    – Tendré cuidado -le aseguró Hannah. Levantó la cabeza con cautela y espió a través de los tupidos arbustos-. ¿Puedes darnos un enrejado más elevado? Tengo que usar las manos.
    Mordiéndose una protesta, Jonas desgarró dos de las ramas más largas, ambas atestadas con abanicos de agujas. Las añadió a la existente maleza que los rodeaba, asegurándose que las ramas muertas pareciesen haber caído allí naturalmente.
    Hannah alzó las manos hacia el cielo, ondeando un gracioso patrón en el aire mientras llamaba a los elementos para que la asistieran.
    Jonas la observó, y aun rodeados como estaban por el peligro, o quizás a causa de ello, se sintió lleno de orgullo. Siempre había amado ver la elegancia natural de su esbelto cuerpo. Su rostro estaba desprovisto de maquillaje y se veía imposiblemente joven, pero impresionantemente hermosa y completamente inconsciente de ello. Mientras entretejía su magia, estaba completamente concentrada en la tarea, murmurando suavemente mientras movía las manos.
    Examinó el área circundante de nuevo. Lo que quería hacer era arrastrarse fuera de la cobertura y cazar a los bastardos uno a uno y dispararles. Otro minuto -otro giro de la llave en el encendido- y Hannah estaría muerta.
    – Vienen, cariño. -Se movió sutilmente, asegurándose que su cuerpo estaba ligeramente delante del de ella y de que podría echarse sobre ella si fuese necesario-. Date prisa.
    Ella no se dio por enterada, ni desvió la atención ni siquiera por un momento. Como siempre, cuando Hannah usaba sus dones, él podía sentir la sutil acumulación de energía. Empezó como una corriente eléctrica alrededor de ellos. El vello de sus brazos se erizó. Sus oídos zumbaron con el chasquido de poder en el aire. Las copas de los árboles se mecieron suavemente, una ligera alteración mientras cambiaba la brisa.
    Luego lo sintió en el rostro, el suave toque de dedos, oyó voces femeninas cantando en la distancia, y su boca se curvó con satisfacción. Si te metes con las Drake la vida se puede volver dura.
    El salpicar de agua llamó su atención. Si el enemigo llegaba por la franja de agua, podían tener una oportunidad de detectarlos, ya que sólo los grandes helechos proporcionaban protección.
    Se hundió más bajo, presionando la mano en la parte baja de la espalda de ella y ejerciendo presión, silenciosamente diciéndole que descendiera.
    – En el arroyo, Hannah. -Bajó hasta descansar sobre el estómago y extendió el arma hacia delante, esperando.
    Ella permitió que la hiciese tumbarse sobre el estómago, pero mientras volvía su atención a la larga franja de arroyo que podía divisar, se apoyó sobre los codos para poder usar las manos. El agua empezó a burbujear y luego a chapotear hacia atrás y hacia delante, cada ola creciendo en fuerza e intensidad hasta que el agua estuvo meciéndose sobrepasando los lados del curso del arroyo. Embestía hacia atrás y hacia delante, ganando fuerza y poder, alimentándose a sí misma mientras aumentaba la velocidad.
    Sobre sus cabezas, se reunieron funestas nubes negras. Veteadas por relámpagos, brillando coléricamente. El trueno retumbó y el cielo matinal se oscureció. Todo el tiempo el agua del arroyo chapoteaba hacia atrás y hacia delante, creciendo en altura con cada nueva ola. Los hombres que caminaban por el recodo dieron vuelta en la esquina.
    Jonas pudo ver claramente las caras. La conmoción. El horror. El absoluto terror. Se quedaron allí de pie congelados mientras una pared de agua corría hacia ellos, ahora una torre. El que iba el primero gritó algo de puro miedo y se giró, usando el hombro como un ariete para apartar de su camino a los hombres que venían detrás de él. El agua les dio de lleno, abofeteándolos duramente, llevándolos hacia el rocoso lecho del arroyo, derrumbándolos con la fuerza de un pequeño tsunami.
    En ese preciso instante, las nubes estallaron y vertieron la machacante lluvia. Caía tan fuerte y rápido que mordía, y redujo la visibilidad a cero. Jonas se movió hasta que la parte superior de su cuerpo estuvo protegiendo la cabeza y los hombros de ella, todo el tiempo su inquieta mirada buscaba blancos.
    Cuando dejó de llover y las olas del arroyo comenzaron a aquietarse sin Hannah para alimentarlas de poder, se hizo el silencio.
    – Tenemos que irnos ahora antes de que se recuperen. Sólo estamos jugando al escondite hasta que lleguen los demás. -Mantuvo la mano en la parte inferior de la espalda de ella, urgiéndola a que saliera de la depresión y se moviera por la espesa red de raíces de árboles-. Lo siento, cariño, nunca debí sacarte de la casa para traerte a donde estuvieras en esta clase de peligro. No tenía idea de que nos enfrentábamos a este tipo de adversario, pero debería haberlo sabido.
    Hannah hubiera preferido continuar enfrentándolos que huir, especialmente cuando tenían que volver a arrastrarse.
    – ¿Por qué? Quienquiera que sea tiene mano de obra y tenacidad. No va a darse por venido. No es un golpe común donde mandan a un único asesino. -Cada vez que pensaba que alguien la odiaba de esa forma, se sentía enferma del estómago-. Nada de esto tiene sentido para mí.
    – Para mí tampoco -admitió él-. Sencillamente no eres el tipo de mujer que inspira esta clase de odio. Acaso fantasías. Puede que depravadas, pero no este tipo de cosas. Sin embargo Joley…
    – ¡No digas nada malo de Joley! -La defensa de su hermana fue veloz y furiosa-. Es una persona maravillosa.
    – Dulzura, desenmascaró al Reverendo en la televisión nacional. ¿Honestamente crees que en este momento, sus seguidores, los hombres que lo rodean y se benefician de sus estafas, y el mismo Reverendo, no sienten un odio del tamaño de Texas por Joley? Es irreflexiva y demasiado honesta. Dice lo que piensa. No importa si tiene razón. Es como un ángel vengador. Junta todo eso con su imagen sexy y obtienes problemas.
    Sostuvo una rama baja fuera del camino para que pudiera avanzar.
    – Toma el camino de la derecha. Hace una curva hacia atrás y comienza a dirigirse hacia arriba, hacia la casa. Subiremos la pendiente y luego seguiremos el arroyo bajando nuevamente la pendiente. Seremos capaces de oír cuando llegue el equipo de rescate.
    – Háblame de Nikitin. ¿Qué sabes acerca de él? -preguntó Hannah-. Me gustaría poder imaginarme cuál es su verdadero interés en Joley. Y, ¿por qué Prakenskii no dijo nada?
    – Prakenskii tiene su propio interés en Joley, Hannah, y no tiene absolutamente nada que ver con trabajo y todo con ser un hombre.
    Hannah apartó de su camino varias ramas rotas, recordando en el último momento, antes de soltarlas, que el movimiento podría delatar su posición. Se quedó doblada hacia delante, sintiéndose inútil y estúpida hasta que Jonas se hizo cargo del follaje y le indicó que siguiera.
    – Los rusos siempre han tenido problemas con mafiosos violentos. Están altamente organizados, internacionalmente y son muy sangrientos. Junto con la mafia colombiana y la italiana, los rusos son considerados los criminales más poderosos en el mundo. Nombra cualquier cosa que se te ocurra y están metidos en ello. Y en lo que realmente destacan es en el blanqueo de dinero. Pueden tomar dinero sucio y blanquearlo mejor que nadie. Mientras otras organizaciones tienen reglas acerca de no asesinar a policías y a sus familias, ellos no. No les podría importar menos.
    – ¿Por qué se codea Nikitin con celebridades y políticos?
    – Tiene una imagen honesta. La Interpol, demonios, cada policía de aquí hasta Europa y de vuelta, sabe que está pringado, pero nadie puede probarle nada. Es bueno en lo que hace y le gusta dar la imagen de que es un chico bueno, así que trabaja en ella. Boris Tarasov, uno de sus más grandes rivales, desea que todo el mundo le tenga miedo en vez de la imagen de celebridad. Estamos hablando de billones de dólares, Hannah. Ese tipo de dinero compra mucha protección. Compran a la policía, a oficiales del gobierno, las aduanas, donde se te ocurra tienen a alguien en su bolsillo.
    – No entiendo cómo terminamos teniendo a mafiosos detrás de nuestra familia. Joley nos lo habría dicho, si hubiera tenido un encuentro con uno de ellos.
    La mano en su hombro la detuvo y se hundió en la cuna que le ofrecía la tierra, rodeada de raíces y gruesos troncos de árboles que le servían de protección. Su corazón empezó a golpear fuertemente otra vez. Podía sentir a los hombres que los seguían aproximándose, las voces susurradas con marcados acentos.
    – Estarás bien, cariño -le susurró contra el oído, los labios rozándole las pequeñas líneas que le había dejado el cuchillo en el rostro-. Jackson y los demás estarán pronto aquí.
    – Lo sé. -No podía decirle que estaba más preocupada por él que por ella misma.
    Jonas era un hombre de fuertes emociones con una igualmente fuerte necesidad de proteger. La mayor parte del tiempo, Jonas la escudaba automáticamente de sus sentimientos. Lo había hecho por tantos años, que ni siquiera pensaba en ello. Pero había ocasiones, como ahora, cuando su mente estaba totalmente enfocada en otra parte y ella se veía sumergida en la absoluta intensidad de su furia.
    No había otra palabra para ello que rabia. Emanaba de él en olas. Su rostro era una máscara siniestra, sus ojos brillaban peligrosamente, y aunque le dedicó una pequeña sonrisa de confianza cuando ella se estiró para tratar de aflojar el fruncimiento de sus labios, estaba muy lejos ser su verdadera sonrisa.
    – Jonas, realmente vamos a estar bien -le dijo-. Lo sé.
    Sus peligrosos ojos azules se centraron en su rostro. Inmediatamente el flujo de emociones se detuvo.
    – Lo siento Hannah, no estaba pensando, debería haber tenido más cuidado. -Le dio un beso suave en la parte de arriba de la cabeza-. Sé que será así.
    – ¿Pero? -sugirió ella.
    – Pero vinieron tras de ti y todavía lo hacen y eso no es aceptable para mí. Al menos ahora sé donde ir a buscar.
    La lluvia se asentó en una continua llovizna. Tres hombres se movieron hacia ellos en ángulo recto, evitando cuidadosamente el arroyo, obviamente sin advertir su posición exacta, pero haciendo un barrido para encontrarlos. Jonas extendió el arma.
    – Todavía me siento fuerte, Jonas -dijo Hannah-. Las demás me están alimentando con su poder. Puede ser que después me derrumbe, pero en este momento, déjame detenerlos por tanto tiempo como pueda. Nos ahorrará municiones y no sabrán nuestra posición exacta. Con algo de suerte, serán supersticiosos.
    Jonas se movió otra vez y permitió que se deslizara de debajo de él. Se movieron con cuidado para evitar sacudir los matorrales que los rodeaban. Con la lluvia cayendo, era más fácil cubrir cualquier pequeño sonido, pero también amortiguaba la aproximación del enemigo.
    – ¿Cuántos son? -preguntó Hannah.
    Jonas se encogió de hombros.
    – Más de cinco. Puede que siete. -Y eso le preocupaba. Querían a Hannah a toda costa. ¿Por qué? La pregunta lo fastidiaba. ¿Quien podría odiar a Hannah? A él no le parecía posible, pero la respuesta estaba justo allí… justo fuera de su alcance. Prácticamente podía saborearla en la boca, pero no podía masticarla. Su cerebro trabaja rápido computando datos, y junto con su sumamente desarrollada intuición, era la razón por la que era bueno en su trabajo. Ahora, cuando necesitaba su habilidad para procesar datos rápidamente, parecía que le estaba fallando.
    Los hombres se movían entre los matorrales y los árboles, acercándose poco a poco, las armas en la mano. Las manos de Hannah comenzaron su elegante movimiento, cambiando la melodía, el tono mucho más terrenal.
    Cerca de los árboles de secoya, justo en frente de sus enemigos, la tierra ondeó, moviendo las hojas y las agujas de secoya junto con la vegetación caída en un suave oleaje giratorio.
    Los hombres detuvieron su avance abruptamente. Hablaron rápidamente en otro idioma.
    – Creen que están experimentando un terremoto -tradujo Hannah, con voz distraída-. Que el arroyo se comportó del modo en que lo hizo porque… -Se retrajo.
    Jonas miró hacia abajo a Hannah. Su concentración estaba otra vez totalmente enfocada en la tierra y la vegetación donde los enemigos se acurrucaban murmurando entre ellos. El retumbante ondear se extendió, alcanzando al grupo, las olas se elevaron y cayeron con creciente velocidad. Sobre ellos, los árboles se sacudieron, y cuando miraron hacia arriba, las quebradizas ramas se rompieron y astillaron, cayendo para enterrarse como lanzas en la tierra. Las gruesas ramas cayeron con suficiente fuerza como para hundirse profundamente en la tierra. En posición vertical, cada rama formaba una pieza de la empalizada cercando a los hombres mientras la tierra continuaba inclinándose y ondeando.
    – Oigo sirenas -dijo Jonas-. En unos minutos llegarán las tropas. -No era bueno escondiéndose. Quería levantarse y destruir a los hombres que querían matar a Hannah.
    Repentinamente ella se recostó contra él, la cabeza colgando hacia atrás contra su pecho mientras él alzaba el brazo para sujetarla por la cintura, brindándole apoyo. Jonas maldijo suavemente y empezó a bajarla hacia el suelo. Ella le apretó la muñeca.
    – Aún no. Espera. Dime si vienen hacia nosotros otra vez.
    Jonas vio a los hombres abrirse camino a través de la pared de ramas, tropezándose para salir del área. Las ondas los perseguían, pero mucho más suaves ahora que el poder de Hannah disminuía. Suspiró. Iban a hacer otro rápido intento. Podía sentirlo más que verlo.
    Los hombres formaron un suelto semicírculo y empezaron a rociar el bosque con balas. Aplastó a Hannah instantáneamente, jurando mientras las balas penetraban su espacio, clavándose en los árboles y la tierra que los rodeaba. Oyó la suave voz de Hannah. Melodiosa esta vez, las notas familiares. Su afinidad con el viento era legendaria en la familia. Y el viento respondió inmediatamente, las hojas crujían mientras la brisa se hacía más fuerte, las ramas oscilaban, los troncos de los árboles se doblaban.
    Afiladas agujas se dispararon de las secoyas, zumbando como abejas enfadadas, el sonido un ominoso zumbido mientras eran arrojadas a través del aire contra los enemigos de Hannah. Las agujas penetraron la piel, clavándose hondo, la pinchadura de cientos de insectos en cada centímetro de piel expuesta. El enemigo se dio la vuelta y huyó, salieron corriendo del bosque como si les persiguieran los demonios.
    Hannah volvió el rostro hacia el pecho de Jonas y se quedó floja, su cuerpo desplomado contra el de él, drenado de toda energía. Él se sentó en el medio de los matorrales y los árboles, con Hannah entre sus brazos, escuchando los coches arrancar y la lluvia caer. Ella no había entrado en pánico. No se había hecho pedazos y aferrado a él con terror, aunque podía verlo en sus ojos. Había peleado valerosamente a su lado. La próxima vez que se llamara a sí misma una cobarde, iba a sacudirla hasta meter algo de cordura dentro de ella.
    Arriba, neumáticos chirriaron en el camino de asfalto que pasaba al lado de su casa y escuchó el sonido de gente corriendo.
    – ¡Jonas! ¡Hannah!

CAPÍTULO 20

    – Las mujeres necesitan té fuerte y dulce. -Ilya Prakenskii saludó a Jonas mientras éste entraba en la cocina. Su mirada tranquila, evaluadora se derramó sobre Jonas, notando las manchas de suciedad y los arañazos, la evidencia de la explosión.
    – Sentí la oleada de poder y supe que necesitaríais ayuda. ¿Está Hannah bien?
    Jonas le vio reuniendo tazas en una bandeja.
    – Está bien. Un poco agitada.
    Ilya apoyó la cadera contra el mostrador.
    – Tienes algo en mente.
    – El ataque a Hannah por los Werner pudo haber sido dirigido por alguien con tus habilidades.
    – También lo pensé, pero estuve cerca del hombre. Lo habría sentido. -Ilya se encogió de hombros-. A menos que estés insinuando que yo era él que lo dirigía.
    – Las chicas dicen que no y yo tampoco lo creo. -Jonas se frotó su ensombrecida mandíbula-. ¿Es posible que Nikitin tenga esa clase de poder?
    – Absolutamente no. -Prakenskii agregó un polvo al té.
    – Esto podría ser una actuación.
    – No tiene poder. Se reiría si le dijeras que cualquiera tiene la habilidad de manipular energía. Lo habría sabido. Hay una carga en el aire, mucho más que una corriente eléctrica, cuando los elementos son manipulados. Probablemente lo has sentido. Tienes tu propio talento. Es la única razón por la que soy admitido en esta casa. Me habrías disparado y hecho preguntas luego, si creyeras por un momento que podría haber orquestado el ataque a Hannah.
    Prakenskii le había leído correctamente, Jonas no podía negar muy bien los cargos. Había considerado la posibilidad porque tenía que hacerlo, pero sabía que Ilya Prakenskii había salvado la vida de Hannah, no tratado de tomarla.
    – ¿Qué has puesto en su té?
    – Vitaminas. Un compuesto curativo. Todo natural y nada ilegal.
    Jonas extendió la mano por una de las tazas. Ilya le entregó una y tomó una él mismo. Ambos bebieron.
    – Le daré ésta a Hannah. -Jonas miró a Prakenskii arreglar las tazas en la bandeja y llevarlas al salón-. ¿Por qué no lo haces flotar como las chicas?
    Prakenskii se encogió de hombros.
    – Incluso las cosas pequeñas te drenan energía y prefiero reservar la mía para lo que queda por delante.
    – ¿Y qué va a ser? -le preguntó Jonas, deslizándose fácilmente delante del hombre, bloqueando su camino a la puerta. Prakenskii lo miró.
    – La caza, señor Harrington. Estaré yendo a cazar muy en breve y necesitaré cada onza de energía que pueda reunir.
    Jonas estudió su cara sin expresión.
    – No eres lo que dicen.
    – Soy exactamente lo que dicen. Hago el trabajo que nadie más quiere.
    Jonas continuó con su mirada fija.
    – Quizás lo haces, pero la verdadera pregunta no es lo que haces, sino para quién trabajas.
    Ilya Prakenskii no hizo nada mientras parpadeaba, pero Jonas lo supo, en la manera extraña en que a menudo sabía cosas, que había dado en el clavo.
    – Trabajo para Sergei Nikitin.
    – ¿Es él el blanco?
    – Piensa lo que quieras.
    Prakenskii se paró esperando a que Jonas se apartara de su camino.
    Jonas sacudió la cabeza.
    – No la puedes tener, Prakenskii, no si eres lo que quieres que el mundo crea, y pienso que lo sabes.
    Ilya no se molestó en fingir que no entendía.
    – Mi relación con Joley Drake no es de tu incumbencia.
    – Realmente, lo es. Las Drake son mi familia y las cuido a mi manera.
    – ¿Es eso lo que estás haciendo?
    Jonas retrocedió, permitiendo a Ilya llevar la bandeja al salón, donde las Drake estaban sentadas, o tumbadas, en sillas, sofás o en el suelo, drenadas de energía, era el precio, después de ayudar a Hannah.
    Jonas entrecerró los ojos, mirando como Ilya entregaba con cuidado a cada mujer una taza de té, dándole a Joley la que él había sorbido. Abrió la boca, pero le salió una tos en vez de palabras y Joley frunció el ceño, mirándole mientras sorbía, y después a Ilya.
    – ¿Qué has hecho? -preguntó con voz ronca-. Siento una pequeña llamarada.
    Jackson cruzó el cuarto para tocar la mejilla de Elle, colocando su cuerpo con cuidado entre ella y el ruso. Jonas lo conocía lo bastante bien como para saber que se había colocado en una posición desde la cual conseguiría un disparo claro si era necesario.
    Ilya pareció no advertirlo, pero cuando se apartó de las hermanas, se situó con su espalda a la pared, directamente enfrente de Jackson y de los otros prometidos de las hermanas Drake.
    – Puse vitaminas naturales en tu té. Nada venenoso.
    Hannah tomó otro trago.
    – Tendrás que decirme cómo lo haces. Ya puedo sentir la diferencia.
    – Jonas. -Sarah le llamó la atención-. Hay un mensaje para ti de un hombre llamado Duncan Gray. -Se puso derecha en la silla y se echó el pelo oscuro hacia atrás-. Dijo que Petr Tarasov murió hace unas pocas horas por las heridas causadas durante el intento de fuga de la custodia. También dijo que el agente que te mencionó ha sido identificado.
    – ¿Quién es Duncan Gray? -preguntó Libby-. ¿Por qué me resulta ese nombre tan familiar?
    – Jonas trabajó para Gray cuando salió de los Rangers -dijo Sarah-. ¿Por qué te está llamándote ahora de repente, Jonas? ¿Es algo por lo que preocuparse?
    – ¿Quién es Petr Tarasov? -preguntó Joley.
    – Petr Tarasov es el hermano de Boris Tarasov, uno de los gángsteres más violentos vivos hoy día -contestó Elle-. Boris Tarasov está buscado por todo el mundo desde fraude hasta asesinatos. El Departamento de Defensa arrestó a Petr por asesinar a uno de sus agentes, y lo tenían en una ubicación desconocida. Hace pocos días, se produjo un intento de liberarlo por parte de la organización de Boris.
    – ¿Qué más sabes, Elle? -preguntó Jonas.
    – Petr fue disparado y llevado otra vez a una localización no revelada como trato. -Ella miró directamente a Jonas-. Debe haber habido alguien en el Departamento de Defensa dándole información a Boris para encontrar ambas localizaciones, y si no me equivoco, el críptico mensaje para Jonas era para contarle que el traidor ha sido identificado y ahora está muerto.
    – ¿Cómo demonios sabes todo eso?-preguntó Jackson.
    Elle levantó una ceja hacia él y tomó un sorbo de té para evitar contestar.
    Jackson dio un paso, yendo de protector a amenazador en un latido del corazón.
    – Tuvimos una discursión acerca de esto, Elle. Te dije que lo dejaras.
    Ella se puso de pie, sus ojos oscuros echándole fuego rápidamente.
    – Me dijiste un montón de cosas. Te dije que lo dejaras y veo que eres todavía ayudante del sheriff. -Miró a Prakenskii-. Darme órdenes no funciona, Jackson, así que déjalo. Y ahora no es el momento de todas maneras.
    – Esto no ha acabado, Elle -dijo Jackson.
    – Para mi, sí -replicó ella.
    Jonas levantó una mano pidiendo paz, mirando alrededor de la habitación a las mujeres a las que llamaba familia. Estaban cansadas y pálidas, pero el té estaba ayudando.
    – Vamos a dejar esto a un lado por ahora. Todos estamos cansados y disgustados.
    – Tengo unas pocas noticias que te pueden interesar -dijo Ilya, mirándolo de cerca-. Corre el rumor de que cuatro de la banda de Boris Tarasov desaparecieron y cuando el quinto largó las primicias, contaba un cuento atroz sobre una casa comiendo hombres, árboles cobrando vida y ventanas rompiéndose y reparándose a si mismas, Boris le puso un arma en la cabeza y le disparó.
    Jonas estaba absolutamente quieto. Todo en él se congeló. Las noticias fueron como un puñetazo en sus tripas. Duro. De ningún sitio. Completamente debilitador. Por un momento no pudo pensar o moverse, su mente gritando una negativa. Era imposible que Boris Tarasov lo conectara con el arresto de Petr. Imposible. El vistazo a hurtadillas y furtivo en el callejón no había estado en los libros. Gray había escogido a Jackson y a Jonas él mismo. Nadie más sabía que habían estado allí excepto Gray, y Jonas confiaba en él implícitamente.
    El silencio se alargó. La tensión en el cuarto subió.
    ¿Le había visto alguien? ¿Le reconocieron? Nadie en San Francisco sabría quién era. Un extraño introducido, sin nombre, ni conexión. Había ido a la clínica, pero no había utilizado su propio nombre. Había sido cuidadoso para no ser identificado, cuidadoso de no tocar nada en la habitación. Nadie podía identificarlos.
    Su mirada saltó a Hannah. La amaba con cada aliento de su cuerpo. No podía ser responsable del ataque. No podía ser responsable…
    El ataque. El dolor. El terror. Su vida destruida a causa de él.
    Sus ojos se encontraron con los suyos a través del cuarto con un conocimiento repentino, en una completa y total desesperación.
    – La foto. -Sus pulmones ardieron-. Dios. Oh, Dios. La jodida foto, Hannah.
    No podía mirarla, a ninguno de ellos. Sin una palabra se giró y salió del cuarto, cerrando de golpe la puerta de la cocina con tal fuerza que tembló la casa. Una silla golpeó la puerta con un siniestro golpe y el sonido de cristales rotos le siguió.
    Jackson se dirigió hacia la cocina. Las hermanas Drake empujaron y se levantaron de las sillas. Sus prometidos las siguieron. Hannah les siguió a la puerta y se detuvo enfrente de ella, bloqueando el paso.
    – No. Dejadle solo. Todos. Dejadle. -Sus ojos azules brillaban con real amenaza, manteniéndolos atrás-. Esto es mío. No importa el qué, quedaos fuera.
    Lo decretó, encarándose con ellos, sabiendo lo que estaba mal, Jonas nunca querría que lo vieran tan completamente fuera de control.
    Sarah asintió y ondeó la mano hacia sus hermanas para volver al salón. Esperó a que los hombres las siguieran de mala gana antes de apretar la mano de Hannah y dejarla sola.
    Hannah respiró hondo y con cuidado abrió la puerta. Deslizándose dentro, giró la cerradura y dio una mirada alrededor de la habitación. Las sillas estaban volcadas, una estaba rota. Los platos estaban rotos en el suelo. Jonas estaba al otro lado de la habitación, sus brazos y hombros moviéndose rítmicamente mientras golpeaba la pared con el puño. Con cada golpe, la sangre salpicaba y él juraba obscenamente. Su cara era una máscara de furia, los puñetazos despiadados.
    Hannah dio un paso con cuidado alrededor de los vidrios rotos, poniéndose deliberadamente a su vista.
    – Jonas. Para. Sea lo que sea, pase lo que pase, podemos encargarnos de ello.
    Giró hacia ella, sus ojos vivos con dolor.
    – ¿Podemos, Hannah? -negó con la cabeza-. No hay manera de encargarse de esto. Ni ahora, ni nunca.
    Le tendió su mano y él saltó evitando sus dedos, negando el contacto físico.
    – Dime entonces. Sólo dímelo.
    – Fue la foto. -Sus pulmones ardieron-. Hannah. Estoy tan jodidamente arrepentido. Encontraron la foto en el hospital. Estaba allí, en el bolsillo de mi camisa, y ellos cortaron mi camisa para quitármela. La dejé en el suelo cuando salimos por la ventana. Fue un error. Mío.
    Se hundió en el suelo, las piernas parecían de goma.
    – Estaba en el bolsillo de mi camisa -repetía, frotando sus manos en la cara-. Yo he hecho esto.
    – No entiendo, Jonas. ¿Qué has hecho? -La voz de Hannah era gentil, compasiva, amorosa.
    No podía soportar que fuera amorosa. O comprensiva. Quería poner una bala en su jodida cabeza.
    – ¿Qué foto, Jonas? Empieza.
    – Una tuya que Sarah tomó fuera en el patio. Estabas rodeada de flores y estabas riendo. Mirabas hacia abajo. Sarah me la dio y la llevé conmigo todo el tiempo. -La miró con completa desesperación-. Debería haberlo sabido. Estaba en el fondo de mi mente cuando vi la foto en mi vestidor. Por un momento estaba allí y lo perdí otra vez. No quería saber. -Golpeó la parte de atrás de la cabeza contra la pared-. Maldita sea. Sólo maldita sea.
    Ella relajó el cuerpo junto al suyo, muslo con muslo, sin tocar, pero cerca, tan cerca que podía sentir su calor, y el revoltijo de emociones tan intensas que inundaban la habitación. Tuvo cuidado de permitir que la invadieran y no consentir que afectaran a sus propias emociones. Jonas la necesitaba calmada, no afectada.
    – Adoro la manera en que miras, pero… -Él se mordió una maldición-. Cualquiera que mirara la foto sabría que estoy enamorado de ti.
    Hannah trató de no fijarse en la sangre que goteaba constantemente de sus nudillos pero la vista de la carne triturada y sangrienta la hacía marearse ligeramente. Quería poner sus brazos alrededor de él y consolarlo, pero estaba tan tieso como un palo. Permitió que el silencio se extendiera, forzándose a si misma a permitirle contárselo a su propio ritmo.
    – Eres una supermodelo, Hannah. Nadie sabe quién demonios soy yo, pero tu cara está por todas partes. Echaron una mirada a esa foto y supieron exactamente cómo llegar a mí. El jodido bastardo morirá por esto.
    Comenzaba a comprender. Quizás lo había sabido desde el momento en que él había puesto esa mirada en su cara, el horror al darse cuenta. Se retorció los dedos juntos para evitar tocarse la cara. De alguna manera, era un alivio saberlo. Nunca había podido imaginarse por qué alguien la odiaría tanto, pero no era por ella. Nunca había sido por ella.
    – ¿Boris me ha hecho esto porque estaba tratando de llegar hasta ti?
    – Debería haberlo sabido cuando no hubo magia implicada. Fue demasiado brutal. Los asesinos eran aficionados y reacios. Debe haber amenazado a su hija. Y debe haberlo hecho brutalmente. Tarasov tiene una cierta reputación de sangrientas venganzas. Probablemente les hizo creer que si no llevaban a cabo el ataque exactamente como había instruido, cortaría a su niña en pedazos y les enviaría un pedazo cada vez. Es famoso por esa clase de cosas.
    Jonas la miró entonces, a las cicatrices en su cara y en su garganta.
    – He pasado mi vida tratando de cuidar de mi madre y después de todas vosotras. Te quería más que nada, Hannah, pero mi antiguo trabajo era tan peligroso, y tenía miedo de traer el peligro a ti y a tus hermanas. Así que me alejé. Cuando cogí el trabajo del departamento del sheriff, pensé que tendría una oportunidad. Era mucho mas seguro que lo que había estado haciendo. -Dejó caer la cara en las manos-. Todos estos años siendo cuidadoso, y al final, he traído la violencia directamente hasta ti.
    Hannah lo miró a los ojos, sus preciosos, peligrosos ojos, y vio tal miseria, tal rabia y desesperanza. Forzó al cerebro a ir más despacio, a no reaccionar, sólo a pensar. Jonas había pasado su vida tratando de salvar a la gente. Se ponía en peligro cada día para ayudar a otros y le había costado mucho mas de lo que se daba cuenta. Él no había hecho esto. Nunca sería responsable de lo que otro ser humano elegía hacer y algo que ella tenía que hacer era averiguar como hacérselo entender.
    – No, Jonas. No pusiste ese cuchillo en manos del atacante. No le forzaste a usarlo. Lo hizo Boris Tarasov. Es el responsable, no tú. -Le puso la mano sobre sus nudillos, empujando energía curativa para alejar el escozor.
    – ¡No! -dijo bruscamente-. Esto es… inaceptable, Hannah. Eres mi maldito mundo y tener a alguien tratando de destruirte por algo que hice…
    – no lo hiciste -respondió ella con igual dureza-. ¡No te atrevas! Lo digo en serio, Jonas. Esto no es sobre ti y no trates de hacerlo de esa manera. La enfermedad de tu madre tampoco no era sobre ti. Te encargas de demasiado, siempre lo has hecho.
    – Tenía más de cuarenta cuando me tuvo. Era demasiado frágil para tener hijos y nunca se recuperó. -Se pasó ambas manos varias veces por el pelo, necesitando golpear algo otra vez-. Su sistema inmunológico se apagó después de que naciera.
    – Te quiso más que a cualquier cosa en el mundo. Ambos, tu madre y tu padre lo hicieron. No tienes derecho a quitarles eso. Fue su elección y nunca la lamentaron.
    – Sufrió, Hannah. Cada maldito día. Sufrió.
    – Era muy fuerte, no frágil, y luchó mucho tiempo y duramente porque fue su decisión permanecer contigo. Soy empática. Fui con mi familia a ver a tu madre. Supe lo que quería, y no era la muerte. Ni para escapar del dolor. Quería todos y cada uno de los minutos que podía tener contigo. -Le cogió la mano, uniendo los dedos-. Y eso es lo que quiero, Jonas. Todos y cada uno de los minutos que pueda tener contigo.
    – Mira lo que te ha pasado, Hannah.
    – Sucedió. Fue aterrador y horrible y ambos deseamos que no hubiera pasado, pero pasó. Y algo bueno salió. De alguna manera, Jonas, encontré mi fuerza. Sé quien soy y lo que quiero. Gané mi libertad.
    – Una maldita manera de conseguir tu libertad, nena. Vas a tener pesadillas durante el resto de tu vida.
    – Tendré pesadillas. ¿No las tenemos todos? ¿Y tú? -Enmarcó su cara con las manos porque todo lo que decía era verdad. Ella era más fuerte y sabía lo que quería-. Somos socios. Ahora. Para siempre. No puedes proteger a todos los que amas de las cosas malas, Jonas. Sucederán. Cuando lo hagan, lo afrontaremos.
    Jonas la miró fijamente a los ojos durante largo tiempo, buscando la verdad.
    – No sé si puedo perdonarme.
    – ¿Has oído una palabra de lo que he dicho? Jonas, si vamos a hacerlo juntos, si soy tan importante para ti como dices que soy, entonces tienes que escucharme. Quiero todo de ti. Todos y cada uno de los pedacitos de ti. No aceptaré a un hombre que tiene miedo de amarme con todo su corazón, su alma y su cuerpo. Si no puedo tener todo de ti, entonces esto no tiene objeto. No puedes controlar al mundo, Jonas, y no puedes continuar culpándote por cosas más allá de tu control. Nunca te pedí que fueras diferente. Sí, me asustas a veces, pero me darías más miedo si trataras de ser alguien que no eres.
    Jonas abrió la boca y entonces la cerró. Si hubiera recordado la foto, entonces Tarasov nunca habría relacionado a Hannah con él. No habría destruido una familia entera… Gimió. No podía hacerse cargo de eso también. La pareja tuvo elección. Podrían haber ido a la policía, poner a su hija en custodia preventiva, pero habían elegido asesinar a una inocente mujer para proteger lo suyo. Estaba en ellos. Frotó las manos sobre su cara y miró a la cara de Hannah.
    – No voy a decirte que tienes razón.
    – Pero la tengo.
    Sus ojos se suavizaron. Una pequeña sonrisa tiró de su boca.
    – Hannah. No has tartamudeado. Ni una vez, ni siquiera cuando me estabas poniendo en mi lugar.
    Se inclinó para besarla. Gentilmente. Tiernamente. Tan dulcemente que sus ojos se llenaron de lágrimas.
    – ¿Estamos bien? -preguntó ella.
    – Lo estamos -respondió. Viviría con lo que había sucedido porque no tenía otra opción. Había cometido un error y ella tenía razón, no había vuelta atrás. No iba a perderla por eso. Si podía mirarle directamente a los ojos, entonces era lo bastante hombre como para hacer lo mismo.
    Miró despacio por la habitación.
    – ¿Supongo que la casa no repara muebles y platos?
    Hannah rió.
    – No tienes tanta suerte. Pero si te das cuenta, no hay agujeros en la pared. La próxima vez que decidas volverte loco y golpear la pared, quizás recuerdes, esta casa podría protestar y podría encerrar tu puño dentro, y entonces ¿dónde irías?
    Entrecerró los ojos y miró cautelosamente a la pared.
    – Este lugar es definitivamente escalofriante. -La besó otra vez-. Supongo que tengo que encararlos a todos. Odio tener que decirle a tus hermanas que te puse, y quizás a ellas, en peligro.
    – No es como si nosotras no hubiéramos corrido peligro antes, Jonas -le recordó.
    La verdad era, él apenas podía soportar la idea de que había expuesto a su familia a un loco como Boris Tarasov. El ruso era brutal y vengativo, su reputación asustaba incluso a avezados investigadores. Con un pequeño suspiro, se puso de pie y alcanzó para tomarla de la mano, poniéndola de pie.
    – Supongo que tengo que terminar con esto. -Pero en vez de entrar en el salón, envolvió sus brazos alrededor de Hannah y la retuvo contra él, las manos deslizándose hacia abajo por sus vaqueros para agarrar su trasero y apretarla contra él-. Gracias.
    – Te amo, Jonas.
    – Gracias por no decirme lo imbécil que soy por destrozar la cocina. A veces tengo tanta ira en mí -confesó en un susurro contra su oreja-, tanta rabia, que me asusta como el infierno.
    Ella presionó su boca contra la garganta, recordando muy vividamente el día, hacía mucho, en que había venido a su casa tan enfadado que no podía estarse quieto. Ondas de pena emanaban de él y se mezclaban con una impotente rabia. Había destrozado la cocina, también. Su madre había cogido a Libby y habían ido a hacer lo que pudieron para aliviar el sufrimiento de Jeanette Harrington. La señora Drake nunca había castigado a Jonas, pero le había entregado una escoba.
    – Esto no me asusta, Jonás -dijo Hannah. Le besó otra vez-. Pero después de que nos casemos, si rompes mis platos, estate preparado para limpiar el lío y luego salir a conseguirme unos nuevos inmediatamente. -Se estiró hacia atrás, tiró de su mano hasta que tomó posesión de ella y trajo sus heridos nudillos una vez más a su boca-. Vamos. Puedo sentir lo preocupados están por ti.
    En el momento en que entraron en el salón, fue enjaulado por las hermanas de Hannah, sus hermanas. Se amontonaron alrededor de él, sus manos apaciguando, trayendo paz, curando sus nudillos, curando su alma. Enviándole olas de amor y apoyo. Fue pasando de querer golpear enconadamente algo con sus manos desnudas, a estar emocionado. Las hermanas Drake. Su familia. Hannah. El amor de su vida. ¿Quién podía ser más afortunado?
    – ¿Estás bien? -preguntó Sarah gentilmente.
    Asintió, queriendo aliviar la preocupación de sus caras.
    – Estuve perdido durante un minuto. -Miró atrás hacia la cocina-. Formé un lío, Sarah, lo siento.
    – Dinos lo que te molesta.
    – Boris Tarasov fue tras Hannah para hacerme salir. Soy el verdadero objetivo. Tratará de matarla porque me importa. Quizás trate de mataros a todos vosotros.
    Joley frunció el ceño.
    – No entiendo. ¿Por qué un gangster ruso quiere matarte? No tiene ningún sentido, Jonas.
    – Duncan Gray es mi antiguo jefe y me pidió que hiciera un pequeño trabajo para él, nada peligroso o al menos no pensaba que lo sería, pero grabamos a Petr Tarasov asesinando a un agente encubierto.
    Ilya Prakenskii hizo un pequeño ruido en la parte posterior de la garganta. Había silencio, como si por ése pequeño sonido, todos entendieran instantáneamente las escalofriantes repercusiones.
    – Me hirieron de un disparo en la refriega resultante y fui a una clínica. Tenía una foto de Hannah, una que siempre llevaba conmigo. La gente de Tarasov debió haber encontrado la foto, y para sacarme a descubierto, atacaron a Hannah usando a una familia inocente para hacerlo. Adivino que encontraremos que la madre tiene lazos en Rusia y así es como la eligió. Conocería su reputación y creería absolutamente que iba a matar a su hija si no hacían lo que decía.
    La mano de Joley se movió defensivamente a su garganta.
    – ¿Es eso verdad, Ilya? ¿Sería alguien tan convincente como para que mataran a otro ser humano?
    Ilya le acarició el pelo, un gesto tranquilizante.
    – Desgraciadamente hombres como ése existen, Joley, muy malvados, y sí, esos que lo conocen harían lo que pudieran para ahorrar a los que aman la brutalidad de sus ejecuciones escogidas.
    – Entonces tienes que pararlo, Jonas -dijo Sarah-. Lo haremos.
    – ¿Sabes dónde está ese hombre? -preguntó Joley a Prakenskii.
    Una expresión rara onduló por la cara de Prakenskii.
    – Joley, esa gente…
    – Quiere matar a mi hermana, a Jonas y posiblemente a nosotras. ¿Sabes dónde está?
    Él se apartó de la pared.
    – Me ocuparé de eso.
    Jonas negó con la cabeza.
    – Esta es mi lucha, Prakenskii. Le hizo esto a mi mujer, no a la tuya. ¿Dónde está?
    Prakenskii juró en ruso.
    – No puedes arrestar a ese hombre, Harrington.
    Jonas levantó una ceja y permaneció silencioso.
    Prakenskii juró otra vez.
    – Tiene un yate con varios de su banda.
    Jonas asintió.
    – Necesitaremos a Duncan para conseguir la autorización necesaria para abordarle. Tendremos que golpear rápidamente antes de que tenga otra oportunidad de lanzar otro ataque. Chicas, ¿podéis darnos el clima que necesitamos y ayudar desde aquí?
    – Por supuesto, Jonas, dinos lo que necesitas -dijo Hannah.
    Prakenskii sacudió la cabeza y salió. Jackson dudó un momento y luego los siguió.

    Las hermanas Drake podían haber exagerado la niebla, decidió Jonás mientras se acercaba al barco donde los hombres de Duncan esperaban con caras sombrías.
    – Esta gente juegan para siempre, Jonas -advirtió Jackson suavemente-. Si dejas a Tarasov vivo, seguirá viniendo a por ti, incluso desde la cárcel.
    – Oí a Prakenskii, lo mismo que tú -dijo Jonas bruscamente-. ¿Dónde infiernos está, de cualquier forma? Cualquiera diría que quería estar en esto.
    – No lo demostró, pero ahora, con Duncan Gray dirigiendo la operación, no puedo culparle demasiado. -Jackson le dio una pequeña sonrisa-. Gray piensa que Prakenskii es un espía tan bueno como el mejor asesino a sueldo del mundo. -La sonrisa palideció-. Sabes que Duncan va a querer coger a Boris bajo arresto. Sería el mayor arresto internacional de la década. No va a importar que Boris esté detrás de ti y de tu familia. Tenemos que llegar a él primero.
    – Lo sé. -Jonas se inclinó para examinar su arma por centésima vez para evitar mirar a Jackson.
    – Yo lo eliminaré, Jonas -dijo Jackson.
    Jonas sacudió la cabeza.
    – Es mi responsabilidad, Jackson. No la estoy colocando sobre ti.
    Jackson no se molestó en contestar. Ya había tenido una larga conversación con Prakenskii, bien, tan larga como dos hombres como Ilya Prakenskii y Jackson Deveau necesitaban cuando protegían a un amigo. Jonas tenía el valor para acusar al infierno con un cubo de agua, y nunca huyó de una lucha o de un camarada caído, pero no tenía la constitución para la clase de trabajo de exterminación que necesitaban hacer. Jonas había sido educado para reverenciar la vida, en la misma manera en que las Drake habían sido educadas, y tenía demasiada compasión en él como para vivir confortablemente con lo que necesitaba hacerle. Haría el trabajo, pero le obsesionaría. Jackson no iba a permitir que esto sucediera.
    – Las chicas estarán esperando en caso de que las necesitemos. Ya han conseguido una jodida niebla espesa e inmóvil, así que tendremos mucha cobertura para entrar -dijo Jonas. Se apartó para permitir a Jackson entrar al barco con Gray y el resto de su equipo.
    Gray apenas miró arriba para estudiar la disposición del yate por millonésima vez.
    – Nuestra información dice que Tarasov tiene a quince hombres a bordo del yate y ningún civil. Todos sus hombres están armados y os matarán sin pensarlo. Estos cuatro son los más peligrosos. No os acerquéis a ellos por ninguna razón. No intentéis golpearlos. No tratéis de desarmarlos. Saben más maneras de matar a un hombre de las que podéis imaginar. Contenedlos y esperad a mi equipo para detenerlos. Este es nuestro objetivo. -Gray pasó las fotos.
    Jonás se encontró mirando fijamente a Boris Tarasov. El hombre era bajo y regordete, con canas y cejas tupidas. Tenía rasgos fuertes y ojos mezquinos. La segunda foto era la del capitán. Era más alto con una constitución atlética, un hombre guapo.
    – Este es Karl Tarasov, el hijo de Petr. Ha sido el asesino a sueldo número uno para su familia durante años. Es despiadado y sangriento y no tiene inconveniente en matar mujeres y niños -continuó Gray-. Nadie que se haya tropezado con él jamás, seguido vivo. Hará cualquier cosa por proteger a su tío.
    – Si no les arrestamos, Jonás, tú y las Drake nunca estaréis a salvo.
    Era una mentira descarada y los intestinos de Jonás se retorcieron con nudos. Gray sabía que mientras cualquiera de los Tarasov estuviera vivo, Hannah nunca estaría a salvo. Y eso significaba que no tenían otra elección que conseguir que cada uno de ellos fuera ejecutado. Suspiró y se frotó las sienes donde el principio de un dolor de cabeza latía. Pensaba que llevaba mucho tiempo fuera de ese negocio.
    – ¿Cómo permiten que alguien como esos entren al país? -preguntó Jonas, disgustado.
    – No sabíamos que estaba cerca del área -dijo Gray-, no hasta que nos trajiste la información del yate. Nuestra última información era que había abandonado el país después de que Petr fuera arrestado. ¿Estás absolutamente seguro de tu informante?
    Jonas no iba a entregar a Ilya Prakenskii, no a Gray. Duncan era ambicioso, y si arrestaba a Prakenskii o Tarasov o incluso a Nikitin, su carrera política estaría hecha.
    Lo que sea que Prakenskii fuera, había salvado la vida de Hannah y Jonas no le traicionaría.
    – Sí, estoy seguro.
    – Los otros dos en los que estoy interesado son conocidos por su extrema violencia. Yegor y Viktor Gadiyan son hermanos. Yegor estaba casado con la hermana de Boris y Petr, Irina. Murió hace algunos años, pero los hermanos Gadiyan continúan trabajando para Boris.
    – Un gran negocio familiar.
    – Fueron Yegor y Viktor los que trataron de matar a Sergei Nikitin hace algunos años. Las otras familias rusas intervinieron cuando Nikitin trajo a Ilya Prakenskii como su guardaespaldas. No creo que ninguna de las otras familias quisiera el riesgo de tener a Prakenskii detrás de ellos.
    Jonas evitó cuidadosamente mirar a Jackson.
    – Es gracioso como estos hombres que tienen semejantes cabronas reputaciones, que ningún policía en Europa o aquí pueden acusarles de algo.
    – Este policía va a hacerlo -dijo Gray-. No podemos malgastar más tiempo. Esta niebla tan espesa es una gran ventaja pero no puede durar. Tenemos que movernos ahora.

    Los hombres tenían caras sombrías y silenciosas mientras se acercaban al yate, moviéndose a través del agua que se rizaba, sus botes subían las olas que los golpeaba con la suficiente fuerza como para sacudir sus dientes, sin embargo no había absolutamente ningún sonido. Jonas sabía que las hermanas Drake estaban controlando el aire alrededor de ellos, pero se preguntaba en qué estaban pensando los hombres de Duncan. Era espeluznante moverse sobre la superficie picada que les rodeaba mientras se adentraban en la densa niebla gris. Dentro del banco de niebla, los colores más oscuros se arremolinaban y movían, pero la pesada capa de niebla era espesa y silenciosa, manteniendo persistentemente la posición en varias millas en cada dirección alrededor de donde el yate yacía inmóvil. Las olas chocaban contra los costados del barco mientras los hombres patrullaban la cubierta, escudriñando a través de la niebla en un esfuerzo por ver.
    Era imperativo que Jonas y Jackson alcanzaran a Tarasov primero. Si lo hacía Gray, éste haría lo que fuese por mantener al gangster con vida. Había llevado esfuerzo y un montón de persuasión conseguir que Gray acordara permitir a Jonas y Jackson deslizarse primeros a bordo. Afortunadamente, siempre habían tenido esa posición cuando habían trabajado para Gray, así que al final, había estado de acuerdo en que era mejor para ellos hacer lo que sabían.
    Jonas y Jackson entraron rápidamente en el agua fría, a alguna distancia del yate, empujando su equipo impermeable delante de ellos mientras nadaban hacia él. Jonas sintió un golpe contra su cuerpo mientras una sombra gris se deslizaba silenciosamente a su lado. Su corazón saltó y sacudió la cabeza alrededor, tratando de ver a través del agua lo que estaba viniendo hacia él. A su lado, Jackson sacó su fusil de arpones, pero era imposible con la combinación de niebla y oscuridad ver algo alrededor de ellos.
    Unas voces se elevaban y caían en la niebla, suaves y melodiosas, femeninas. Las voces cantaban a los delfines, a las criaturas del mar que ayudan a los marineros. Las notas bailaban en la niebla y se deslizaban fácilmente en sus mentes. Ambos hombres se relajaron, y cuando los delfines se empujaron bajo sus manos, agarraron las aletas que les ofrecían y aceptaron el paseo.
    Mientras se acercaban al gran bulto que se asentaba en el agua, Jackson agarró a Jonas por el brazo y le señaló una salpicadura roja a un lado, debajo de la línea de flotación. El delfín empujó a Jonas abandonándolo súbitamente, zambulléndose profundamente, directo al fondo. Jonas se acercó para examinar la mancha roja.
    – Sangre fresca, Jackson, y mucha.
    Jonas echó una lenta mirada alrededor. Las olas le golpeaban la cara mientras el delfín volvía a la superficie con algo detrás de él. Jonas vio la mano primero, dedos extendidos y alzándose por el agua oscura. Parecía salir de la niebla y el agua, separándolas, una vista horriblemente macabra. Los nudillos tenían un tatuaje cruzándolos, parecido al que Rudy Venturi había descrito. Jonas se estiró para enganchar la manga y tiró fuertemente. El delfín lo soltó, pero el cuerpo parecía hundirse, demasiado pesado para estar en la superficie durante más que unos pocos momentos.
    Jackson estiró una mano para ayudar, tirando del brazo fuera del agua. Los hombros y el pecho lo siguieron y entonces la cara con las duras, atractivas facciones y la enorme herida que rodeaba la garganta de oreja a oreja como una sonrisa macabra. Karl Tarasov había muerto duramente. Sus ojos estaban apagados y vidriosos, su cara una máscara de horror. Llevaba el abrigo de capitán y bajo él, Jonas podía distinguir el arnés del hombro con el arma todavía en la funda. Jackson le indicaba algo bajo el cuerpo que le pesaba y Jonas asintió con comprensión antes de dejar que el cuerpo se hundiera de nuevo bajo el agua.
    Jonas abordó primero, moviéndose tan silenciosamente como podía, tratando de entender las implicaciones de la ejecución de Karl Tarasov. Alcanzó la cubierta y se tumbó, esperando que su corazón dejara de golpear mientras se orientaba en el entorno. Jackson se deslizó en posición a su lado y sacaron sus equipos de las bolsas impermeables y se prepararon para la reyerta. Jackson fijó la radio en su oído y dio instrucciones a Gray para sus hombres. Dos guardias patrullaban la cubierta. Los eliminarían tan rápido como fuera posible para permitir que Gray subiera a sus hombres a bordo.
    Jonas hizo señas a Jackson para que se adelantara y se movió en la dirección opuesta, rodeándolo para conseguir una posición para eliminar al guardia mientras regresaba. Sacó el cuchillo y esperó, el corazón martilleaba y tenía un mal sabor en la boca. Este día lo obsesionaría. Sabía lo que tenía que ser hecho y estaba más que dispuesto a matar a estos hombres para mantener a las Drake a salvo, pero eso no hacía el matar más fácil. Sencillamente no estaba hecho de esa manera. Su madre, y las Drake habían visto eso.
    El guardia se asomó fuera a la niebla con pasos amortiguados, uniéndose al sonido del agua que golpeaba los costados del yate y el ocasional grito de los pájaros en lo alto. Jonas dejó que el hombre lo pasara y dio un paso, alzando el brazo rápidamente, hundiendo el cuchillo profundamente. Dejó salir el aliento, sosteniendo al guardia mientras la vida se escapaba de él antes de dejarlo con cuidado sobre la cubierta. Pidió perdón al universo mientras se abría camino hacia abajo al siguiente nivel, buscando a Boris Tarasov con toda la intención de acabar con su vida, y ¿no era eso una ironía? A veces le hacía sentirse enfermo.
    Jonas oyó a Jackson susurrar a través del auricular.
    – Estoy viendo a Karl Tarasov sano y salvo. Está hablando a dos de los guardias enfrente del camarote principal.
    Jonas frunció el ceño. No había ninguna duda en su mente de que Karl estaba anclado al fondo del mar.
    – ¿Estás seguro?
    – Es él. Acaba de dar palmaditas a un guardia en la espalda. Reían juntos y fueron hacia el camarote principal. Los guardias definitivamente creen que es él.
    – Uno en el timón -dijo Jonás-. Tiene la vista desde arriba, Gray, manda uno de tus mejores con él.
    Bajó lentamente por la escalera, aferrándose a la pared, procurando no hacer ningún sonido mientras adelantaba con cuidado cada pie.
    Alguien rió mientras pasaba por el salón. Jonas se agachó, haciéndose pequeño mientras estudiaba la disposición. Las habitaciones eran espaciosas, pero no había muchos lugares para esconderse. Un movimiento atrajo su atención. Karl Tarasov salió del camarote principal, golpeó con la mano en el hombro del guardia y le dio órdenes. El guardia habló bruscamente con atención. Jonas estudió al capitán ruso. Era alto y ancho de hombros. La chaqueta de su uniforme estaba inmaculada, sin una arruga, lo mismo que sus pantalones apretados. Los zapatos estaban brillantes y cada cabello en su lugar. Anduvo por la entrada hacia el salón y desapareció dentro. Sólo entonces Jonás se dio cuenta de que estaba usando finos guantes negros en las manos.
    Jonas juró para si y levantó el arma con el silenciador en su lugar. Antes de que pudiera apretar el gatillo, ambos guardias cayeron casi simultáneamente, un agujero carmesí floreciendo en cada frente. Jackson se movió pasándolos, pateando las armas fuera de su camino y alcanzando la puerta.
    – Maldita seas, Jackson. -Jonas no tuvo más elección que cubrirlo.
    Jackson se deslizó dentro del camarote principal, Jonas justo detrás de él. Boris Tarasov yacía en su cama. Sus ojos estaban abiertos de par en par, mirando fijamente y vidriosos. La cama debajo de él estaba empapada de rojo y alrededor de su garganta había una obscena sonrisa.
    – Hijo de puta -dijo Jonas, y entonces habló por la radio-. Gray. Tarasov está muerto. Repito, muerto. Parece que Karl Tarasov le mató antes de que llegáramos. Le vi saliendo de la habitación justo antes de que entráramos. -Vaciló un momento antes de lanzar una pista falsa-. Creo que hemos tropezado con un juego de poder, una toma de poder, por aquí.
    Gray juró suavemente en su oído.
    – Ben ha informado de ver a Karl ir hacia el salón donde los hermanos Gadiyan fueron vistos por última vez. Sed todos malditamente cuidadosos, y por amor de Dios, mantened al hijo de puta vivo. Necesitamos que hable uno de los mayores jugadores.
    Jonas sacudió la cabeza. Si ese era el real Karl Tarasov, entonces ¿Quién estaba en el agua? Y si era Karl, nunca sería cogido vivo, Gray debería saberlo. Perjudicaba al equipo, enviándolos contra un letal asesino y ordenándoles no disparar. Se movieron conjuntamente, Jackson delante, limpiando la entrada, y Jonas barriendo cada habitación mientras pasaban, protegiendo sus espaldas. Los disparos estallaron en las inmediaciones del timón.
    Jackson dejó salir un suspiro.
    – Allí va cualquier ventaja que pudiéramos haber tenido.
    Más disparos estallaron en la cubierta, ésta vez una descarga seguida de otra descarga.
    Las puertas del salón estallaron abriéndose y las balas rociaron la entrada, golpeando las paredes y rompiendo los cristales, despedazando todo a su paso. Dos hombres se pararon uno al lado del otro, las armas automáticas dispararon mientras se arrojaban fuera del salón hacia las escaleras. Los hombres de Gray devolvían el fuego. Un agente gritó y cayó retorciéndose al suelo, otro fue lanzado hacia atrás contra la pared.
    Jonas sintió la familiar rabia manando y forzándolo, apuntando cuidadosamente, tomándose su tiempo, haciendo que el disparo contara. Yegor Gadiyan cayó sin un sonido. Viktor Gadiyan estiró una mano y trató de asir el cuello de su hermano y atraerlo incluso mientras continuaba rociando la entrada en un sistemático y muy completo barrido. El sonido en los pequeños límites del espacio era ensordecedor al igual que aterrador. Jonas permaneció agachado en un hueco diminuto, sudando, inmovilizado y esperando que una bala enojada le golpeara.
    Lejos a su izquierda, Jackson le señaló, levantando tres dedos, uno por uno indicando que en tres segundos Jonas necesitaría atraer el fuego de Gadiyan. Jonas cerró los ojos y envió una silenciosa oración. Contó hasta tres y permitió que el borde de su hombro asomara durante medio segundo poniéndose a cubierto con un movimiento rápido. Las balas hicieron un ruido sordo alrededor de él, escupiendo astillas sobre su cara y hombros. Oyó el disparo que Jackson realizó seguido por el golpe de un cuerpo pesado en el suelo y después silencio absoluto.
    Jonas miró la pared a su alrededor. Las balas habían destrozado la madera en cada lugar concebible sin acertarle.
    Algún alto poder estaba trabajando para salvarle, pero no creía que podrían haber sido las Drake esta vez. Se permitió un momento para desplomarse contra la pared con alivio. Viktor Gadiyan lo habría matado en unos segundos. Saludó a Jackson, quien estaba verificando los cuerpos.
    Una vez más empezaron la peligrosa tarea de despejar las habitaciones. Arriba podían oír el tiroteo continuo mientras los hombres de Tarasov luchaban contra la unidad de Gray.
    El auricular estalló con un chorro de parloteo.
    – Karl Tarasov está atrapado en la cubierta de arriba.
    Gray empezó a ladrar órdenes y tanto Jackson como Jonas subieron las escaleras rápidamente, corriendo para tratar de interceptar a los hombres de Gray. Jackson rodeó por la izquierda y Jonas fue a la derecha. Tarasov estaba de espaldas a Jonas. El ruso hacía un disparo ocasional para mantener a los agentes lejos de él mientras se abría paso hacia la barandilla. Los agentes trataban de rodearlo y capturarlo vivo. Jonas se deslizó silenciosamente en posición detrás de él, cortando su escape.
    La niebla se espesó, arremolinándose alrededor del yate, encerrándolos en un mundo gris y húmedo, amortiguando los sonidos y reduciendo la visibilidad a cero. Karl Tarasov se giró y corrió derecho hacia Jonas.
    Se agarraron de las muñecas mientras Tarasov levantaba un cuchillo en una mano y un arma en la otra. Jonas le empujó atrás hacia la barandilla mientras se golpeaban duramente, su cuerpo entre Tarasov y los agentes, evitando que tuvieran un disparo claro. Jackson levantó dos veces su arma y la dejó caer, cuando Jonas fue arrojado en su línea de fuego, incapaz de ver a través de la enturbiada acción y el velo espeso que envolvía el yate.
    Jonas golpeó a Tarasov duramente contra la barandilla, todavía luchando por el control de las armas. La pistola cayó al mar. Tarasov, en un súbito estallido de fuerza, tiró hacia atrás a Jonas y aplastó el puño con fuerza en su mandíbula. Jonas se tambaleó y el ruso se giró y se zambulló en las agitadas aguas. Duncan Gray corrió al borde de la barandilla y se esforzó por ver.
    – Maldita sea. Sólo maldita sea. -Golpeó la barandilla con el puño. El agua estaba agitada y oscura, la niebla empeoraba la visibilidad-. No puede sobrevivir en eso. Está demasiado fría. Carece de un traje isotérmico y está demasiado lejos de la costa para nadar. Salid allí y buscarlo. Debe estar en la superficie.