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Fuego Ardiente

Fuego Ardiente

Аннотация

    Conner Vega, física y emocionalmente marcado por su pasado, ha vuelto al paisaje exuberante y exótico de la selva de Panamá; su lugar de nacimiento, y esperanzadoramente un lugar en el que escapar de la culpa que lo consume. Libre para vagar por fin, el leopardo en él anhela tomar el control, pero sabiendo lo peligroso que esto sería, Conner debe resistir.
    Sin embargo, hay cuestiones más serias que tratar. Conner ha sido traído de regreso para un propósito específico: ayudar a salvar a su pueblo del mal que amenaza la existencia de este, y para vengar el brutal asesinato de su madre. Y esta vez piensa encargarse del asunto.


Christine Feehan Fuego Ardiente

Capítulo 1

    Primero oyó a los pájaros. Miles de ellos. De todas variedades, todos trinando una canción diferente. Para un oído no entrenado el sonido habría sido ensordecedor, pero para él era música. En su interior, el leopardo saltó y rugió, agradecido de inhalar el olor de la selva tropical. Saltó del barco al muelle desvencijado, los ojos se dirigieron a la canopia que se alzaba como verdes torres en todas direcciones. El corazón saltó. No importaba en qué país estuviera, la selva tropical era su hogar, cualquier selva tropical; pero aquí había nacido, en las tierras vírgenes de Panamá. Como adulto, había escogido vivir en la selva tropical de Borneo, pero sus raíces estaban aquí. No se había dado cuenta de cuánto había echado de menos Panamá.
    Giró la cabeza, echando una mirada alrededor, saboreando la mezcla de olores y los ruidos de la selva. Cada sonido, desde la cacofonía de pájaros a los chillidos de los monos aulladores al zumbido de los insectos, contenía información en abundancia si uno sabía cómo leerla. Él era un maestro. Conner Vega flexionó los músculos, sólo un pequeño encogimiento de hombros, pero su cuerpo se movió con vida, cada músculo, cada célula reaccionaba al bosque. Quería desgarrar sus ropas y correr libre y salvaje como su naturaleza demandaba. Él parecía civilizado con sus vaqueros y la sencilla camiseta pero no había ni un hueso civilizado en su cuerpo.
    – Te está llamando -dijo Rio Santana mirando a las pocas personas a lo largo del río-. Aguanta. Tenemos que salir de la vista. Tenemos audiencia.
    Conner no le miró, ni a los otros que maniobraban en pequeños barcos río arriba. El corazón le latía tan fuerte que la sangre tronaba por sus venas, bajando y fluyendo como la savia en los árboles, como la alfombra móvil de insectos en el suelo del bosque. Los matices de verde, cada matiz del universo, estaban comenzado a crear bandas de color mientras su leopardo le llenaba, estirándose en busca de la libertad de su patria.
    – Aguanta -insistió Rio entre dientes apretados-. Maldita sea, Conner, estamos a simple vista. Controla a tu felino.
    Los leopardos de Panamá y Colombia eran los más peligrosos de todas las tribus, los más imprevisibles y Conner siempre había sido un producto de su genética. De todos los hombres del equipo, él era el más mortal. Rápido, feroz y letal en el combate. Podía desaparecer en la selva e irrumpir en un campamento enemigo por la noche hasta que estuvieran tan turbados, tan obsesionados por un asesino fantasmal que nadie notaba que abandonaban su posición. Era inapreciable, y aún así, volátil y muy difícil de controlar.
    Necesitaban sus habilidades particulares en esta misión. El haber nacido en la selva tropical de Panamá le daría a la gente leopardo del área una ventaja clara para encontrar a los cambia formas esquivos y muy peligrosos. Conner también le daba al equipo la ventaja de conocer a las tribus de indios locales. La selva tropical, la mayor parte inexplorada, incluso para otros cambia formas, podía ser difícil de navegar. Pero con Conner que había crecido allí y que la había utilizado como su campo de juegos personal, no se verían frenados cuando debieran moverse con rapidez.
    La cabeza de Conner giró en un movimiento lento que indicaba a un leopardo cazando. Estaba cerca de cambiar, demasiado cerca. El calor tiraba de él. El olor del animal salvaje, de un macho en la flor de la vida, fuerte y astuto que rasgaba y arañaba por escapar penetró el aire.
    – Ha pasado un año desde que estuve en una selva tropical. -Conner dejó caer la mochila a los pies de Rio. Su voz era ronca, casi resoplando-. Mucho más desde que he estado en casa. Déjame ir. Te alcanzaré en el campamento base.
    Fue un pequeño milagro y un testimonio de la disciplina de Conner que esperara a la cabezada de asentimiento de Rio antes de comenzar a andar rápidamente hacia la línea de árboles cerca del río. A unos dos metros dentro del bosque la luz del sol se convirtió en unas pocas manchas sobre las anchas plantas frondosas. El suelo del bosque, de capas de madera y vegetación, se sentía familiar y esponjoso bajo los pies.
    Se desabrochó la camisa, ya mojada de sudor. El calor opresivo y la pesada humedad afectaban a la mayoría de las personas, pero a Conner le vigorizaba. Los nativos llevaban un taparrabos y poco más por una razón. Las camisas y los pantalones rápidamente se volvían húmedos, rozaban la piel causando erupciones y llagas que podían infectarse rápidamente aquí fuera. Se quitó la camisa y se dobló para desatar las botas, enrollando la camisa y empujándola dentro de una bota para que Rio la recuperara.
    Se puso derecho, inhalando profundamente, echando una mirada a la vegetación que lo rodeaba. Los árboles subían hasta el cielo, dominando desde las alturas como grandes catedrales, un dosel tan grueso que la lluvia tenía que luchar por perforar las variadas hojas y golpear a los gruesos arbustos y a los helechos de abajo. Las orquídeas y las flores rivalizaban con el musgo y los hongos, cubriendo cada pulgada concebible de los troncos mientras trepaban hacia el aire libre y la luz del sol, tratando de perforar el grueso dosel.
    Su animal se movió bajo la piel, picando mientras se deslizaba fuera de los vaqueros y los empujaba a fondo en la otra bota. Necesitaba correr libre en su otra forma más de lo que necesitaba cualquier otra cosa. Había pasado tanto tiempo. Salió disparado esprintando entre los árboles, haciendo caso omiso de los pies descalzos, saltando por encima de un tronco podrido mientras se estiraba buscando el cambio. Siempre había sido rápido cambiando de forma, una necesidad viviente en la selva tropical rodeado por depredadores. No era ni completamente leopardo ni completamente hombre, sino una mezcla de los dos. Los músculos se desgarraron, un dolor satisfactorio cuando el leopardo saltó hacia delante, asumiendo su forma mientras el cuerpo se inclinaba y las cuerdas de músculos se movieron bajo la piel gruesa.
    Dónde habían estado sus pies, unas patas acolchadas se abrieron camino fácilmente sobre el suelo esponjoso de la selva. Subió sobre una serie de árboles caídos y atravesó la espesa maleza. Tres metros más allá en la selva, la luz del sol desaparecía enteramente. La selva le había tragado y dio un suspiro de alivio. Pertenecía. Su sangre se encrespó caliente en las venas mientras levantaba la cara y dejaba que los bigotes actuaran como el radar que eran. Por primera vez en meses, se sentía cómodo en su propia piel. Se estiró y pisó más profundamente en la familiar selva.
    Conner prefería su forma de leopardo a la del hombre. Cargaba con demasiados pecados en su alma para estar enteramente cómodo como humano. Las marcas de garras grabadas profundamente en su cara atestiguaban eso, marcándole para siempre.
    No le gustaba pensar demasiado acerca de esas cicatrices y de cómo habían sucedido o porque había permitido que Isabeau Chandler se las infligiera. Había tratado de huir a los Estados Unidos, para poner tanta distancia como pudo entre él y su mujer, su compañera, pero no había podido sacarse de encima la mirada en la cara de Isabeau cuando ella averiguó la verdad acerca de él. El recuerdo le obsesionaba día y noche.
    Era culpable de uno de los peores crímenes que los de su clase podían cometer. Había traicionado a su propia compañera. No había sabido que ella era su compañera cuando aceptó el trabajo de seducirla y acercarse a su padre, pero eso no importaba.
    El leopardo levantó la cara al viento y echó para atrás los labios en un gruñido silencioso. Sus patas se hundieron silenciosamente en la vegetación en descomposición del suelo de la selva. Se movió por la maleza, la piel se deslizaba en silencio por las hojas de los numerosos arbustos. Periódicamente se detenía y rastrillaba las garras en el tronco de un árbol, marcando su territorio, restableciendo su reclamo, permitiendo que los otros machos supieran que él estaba en casa y era alguien con el que lidiar. Había aceptado este trabajo para permanecer fuera de la selva tropical de Borneo donde Isabeau vivía. No se atrevía a ir allí. Porque sabía que si iba, finalmente, olvidaría todo acerca de ser civilizado y permitiría que su leopardo se liberara para encontrarla y ella no quería tener nada, nada, que ver con él.
    Un gruñido bajo retumbó en su garganta cuando trató de cortar los recuerdos. Ardía por ella. Noche y día. No importaba que hubiera puesto un océano entre ellos. La distancia nunca importaría, ahora que sabía que estaba viva y la había reconocido. Él tenía todos los rasgos de un leopardo, los reflejos, la agresividad y la astucia, la ferocidad y los celos, pero sobre todo la forma de encontrar a su compañera y conservarla. El hombre en él quizás comprendía que la ley de la selva ya no era el modo en que su gente podía vivir, pero aquí en la selva tropical, no podía evitar que las necesidades primitivas se alzaran afiladas y fuertes.
    Había pensado que volver a casa ayudaría, pero en vez de eso, la ferocidad estaba en él, atrapándolo por los dientes, golpeando contra su cuerpo con la necesidad urgente hasta que quería rastrillar y arañar, desgarrar a un enemigo y rugir a los cielos. Quería localizar a Isabeau y reclamarla tanto si ella lo deseaba como si no. Desafortunadamente, su compañera era cambia forma también, lo que significaba que compartía todos los mismos rasgos feroces, inclusive el permanente y violento odio.
    Alzó la mirada a los árboles altos, al grueso dosel que no dejaba pasar la luz del sol. Las flores se adherían a los troncos de los árboles, un derroche de color, rivalizando con el musgo y los hongos, todos estirándose hacia la luz de arriba. Los pájaros revoloteaban de rama en rama, el dosel vivo con un movimiento constante, así como el suelo esponjoso con millones de insectos. Las colmenas de abejas colgaban en grandes panales macizos, ocultas por hojas y anchas líneas enroscadas alrededor de torcidas secciones, casi imposibles de ver entre la multitud de ramas entrelazadas.
    Quería embeberse de la belleza de todo ello. Quería olvidar lo que le había hecho a su propia compañera. Ella había sido tan joven e inexperta, un objetivo fácil. Su padre, un médico, había sido el modo de llegar al campamento enemigo. Acercándose a ella tendría al padre. Era bastante fácil. Isabeau había caído bajo su hechizo inmediatamente, atraída por él, no a causa de su atracción animal, sino porque ella había sido suya en un ciclo vital anterior. Tampoco lo había sabido.
    Desafortunadamente, había caído profundamente bajo el hechizo de ella. No se suponía que tuviera que seducirla o dormir con ella. Había estado obsesionado con ella, incapaz de mantener las manos lejos de ella. Debería haberlo sabido. Había sido tan inexperta. Tan inocente. Y él había utilizado eso en su ventaja.
    No había considerado nada más allá de su propio placer. Como qué sucedería cuando la verdad surgiera. Que ella ni siquiera sabía el nombre verdadero de él. Que ella era un trabajo y su padre el premio. Gimió y el sonido salió en un suave retumbo.
    Él nunca había cruzado la línea con una mujer inocente. Ni una vez en toda su carrera hasta Isabeau, humana o leopardo. Ella aún no había experimentado el Han Vol Dan, el calor de un leopardo hembra, ni había surgido su leopardo. Esa fue la razón de que no la hubiera reconocido como leopardo ni como su compañera. Debería haberlo hecho. Los destellos de imágenes eróticas en su cabeza cada vez que ella estaba cerca, el modo en que no podía pensar cuando estaba con ella: eso le debería haber avisado. Sólo estaba en su segundo ciclo vital y no había reconocido lo que tenía delante de él. La ardiente necesidad, tan fuerte, creciendo más fuerte cada vez que la veía. Siempre había estado bajo control, pero con ella, un fuego salvaje lo atravesaba, robándole el sentido común y había cometido el último error con una marca.
    Había necesitado. Había ardido. La había saboreado en la boca. Respirado en sus pulmones. Había dormido con ella. La sedujo deliberadamente. Se regodeó en ella hasta que estuvo grabada en sus huesos. Cedió a sus instintos y había provocado un daño irreparable a su relación.
    Sobre su cabeza un mono aullador chilló una advertencia y le tiró una ramita. No se dignó a mirar arriba, solamente saltó a las ramas bajas y avanzó por el árbol. Los monos se dispersaron, chillando en alarma. Conner saltó de rama en rama, trepando hasta la carretera de la selva. Las ramas se superponían de árbol en árbol, haciendo fácil el conducirse a través de los árboles. Los pájaros salieron volando en alarma. Los lagartos y las ranas corrieron fuera de su camino. Unas pocas serpientes levantaron las cabezas, pero la mayoría le ignoraron mientras caminaba con las patas acolchadas de forma constante al interior.
    Mientras avanzaba más profundamente en la selva, el sonido del agua era constante otra vez. Se había alejado del río, pero estaba cerca de otro tributario y una serie de tres caídas. Las piscinas eran frías según recordó. A menudo, cuando era joven, había nadado en las piscinas y dormitado en los cantos rodados planos que sobresalían de la montaña.
    La cabaña donde iba a encontrarse con Rio y el resto del equipo estaba justo adelante. Construida sobre zancos, estaba colocada en la curva de tres árboles. La cabaña se convertía en parte de la red de ramas, de fácil acceso para los leopardos. A la sombra del árbol más alto cambió de vuelta a su forma humana.
    A la izquierda de la cabaña le habían dejado una ordenada pila de ropa doblada al lado de una pequeña ducha al aire libre. El agua era fría, pero refrescante y se aprovechó de ello, restregando el sudor del cuerpo y estirando los músculos después de que correr por la selva. Su leopardo casi tarareaba, feliz de estar en casa mientras se vestía con la ropa que Rio le había dejado.
    Conner se detuvo en el pequeño porche delantero de la casa construida en el árbol. Olió el aire. Reconoció los olores de los cuatro hombres en el interior. Rio Santana, el hombre que dirigía el equipo. Elijah Lospostos, el miembro más nuevo del equipo. Conner no le conocía tan bien como a los otros, pero parecía extremadamente capaz. Sólo habían trabajado juntos un par de veces, pero el hombre no holgazaneaba y era rápido y callado. Los otros dos hombres eran Felipe y Leonardo Gomez Santos de la selva tropical brasileña, un par de hermanos que eran brillantes en operaciones de salvamento. Tampoco se estremecían bajo las peores circunstancias y Conner prefería trabajar con ellos que con nadie más. Ambos eran agresivos y tenían una paciencia interminable. Siempre hacían el trabajo. Conner estaba complacido de que estuvieran a bordo en esta misión, cualquiera que fuese. Tenía la sensación de que la misión iba a ser difícil dado que Rio le había solicitado a él específicamente.
    Abrió la puerta y los cuatro hombres alzaron la mirada con sonrisas rápidas. Ojos serios. Captó eso enseguida así como la tensión creciente del cuarto. El estómago se le anudó. Sí, esta iba a ser una mala. Eso por estar feliz de volver a casa.
    Cabeceó hacia los otros.
    – Es bueno regresar.
    – ¿Cómo está Drake? -preguntó Felipe.
    Drake era probablemente el más popular de todos los leopardos con los que trabajaban y a menudo dirigía el equipo en misiones de rescate. Era el más metódico y disciplinado. Los leopardos machos tenían notoriamente mal humor y muchos en cercana proximidad podían causar estallidos de ira que se agravaban rápidamente, pero no con Drake alrededor. El hombre era un diplomático y líder nato. Había sido herido tan seriamente durante un rescate que le habían colocado placas en las piernas, placas que le impedían cambiar. Todos sabían lo que eso significaba. Más pronto o más tarde, él no podría vivir con la pérdida de su otra parte.
    – Drake parece estar haciéndolo bien. -Drake había ido a los Estados para poner distancia entre él mismo y la selva tropical en un esfuerzo por aliviar el dolor de no poder cambiar. Había aceptado un trabajo con Jake Bannaconni, un leopardo que desconocía su herencia felina y que vivía en los Estados Unidos. Conner había seguido a Drake a los Estados Unidos y había trabajado para Bannaconni-. Tuvimos algún problema y Drake fue herido otra vez, misma pierna, pero Jake Bannaconni arreglo un injerto de hueso para reemplazar las placas. Todos estamos esperando que funcione.
    – Quieres decir que Drake quizás pueda cambiar otra vez -la ceja de Leonardo se disparó arriba y parte de la preocupación en sus ojos negros retrocedió.
    – Eso es lo que esperamos -contestó Conner. Miró a Rio-. Yo no habría regresado con Drake en el hospital pero dijiste que era urgente.
    Rio asintió.
    – No te lo habría pedido pero realmente te necesitamos en esto. Ninguno de nosotros conoce este territorio.
    – ¿Has informado a los locales? -Conner se refería a los ancianos de su propia aldea. Eran solitarios y difíciles de encontrar, pero los leopardos podían mandar recado cuando atravesaban el patio trasero de otro.
    Rio sacudió la cabeza.
    – Mujer sin corazón -tradujo Conner. Imelda Cortez. Sé de ella, cualquiera que haya crecido en estas partes conoce a su familia. También es conocida como víbora, la víbora. No quieres tener nada que ver con ella. Cuándo dicen que no tiene corazón, hablan en serio. Ha estado asesinando a los indios locales durante años y robando su tierra para las plantaciones de cocos. Los rumores, son que ha estado presionando más y más profundo en la selva, tratando de abrir más rutas de contrabando.
    – Los rumores tienen razón -dijo Rio-. ¿Qué más sabes de ella?
    Conner se encogió de hombros.
    – Imelda es la hija del difunto Manuel Cortez. Aprendió su crueldad y arrogancia en la cuna y se hizo cargo de las conexiones de su padre tras su muerte. Paga con dólares a toda la milicia local y compra a los funcionarios como si fueran dulces.
    Se encontró con los ojos de Rio.
    – Sea cual sea esta operación, todos estarán contra ti. Incluso algunos de mi propia gente habrán sido comprados. No podrás fiarte de nadie. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
    – No creo que tengamos elección -contestó Rio. Se encontró con los ojos de Conner-. Comprendo que ella es una fiera devoradora de hombres y prefiere machos muy masculinos y dominantes.
    El cuarto se quedó silencioso. La tensión se estiró. El color dorado de los gatunos ojos de Conner se profundizó a puro whisky, brillando con alguna débil amenaza. Un músculo hizo tictac en la mandíbula.
    – Hazlo tú, Rio. Yo ya no hago esa clase de trabajo.
    – Sabes que no puedo. Rachel me mataría y francamente, no tengo la misma clase de cualidad dominante que tú. Las mujeres siempre van a por ti.
    – Tengo una compañera. Ella puede odiar mis intestinos, pero no la traicionaré más de lo que ya lo he hecho. No. -Medio giró, preparado para marcharse.
    – Tu padre nos envió mucha de la información -dijo Rio, su voz calmada.
    Conner le daba la espalda al hombre. Se paró, cerró los ojos brevemente antes de girarse. Todo su comportamiento cambió. El leopardo ardía en sus ojos. Había una amenaza en los movimientos de su cuerpo, en la manera fluida y peligrosa que se deslizó hacia Rio. La amenaza fue suficiente para que los otros tres hombres se pusieran de pie. Conner los ignoró, parándose delante de Rio, los ojos dorados enfocados completamente en su presa.
    – Mi padre observa las viejas maneras. Él no pediría ayuda a intrusos. Jamás. Y él no ha hablado conmigo desde que me repudió hace muchos años.
    Rio retiró una piel bronceada de cuero de su mochila.
    – Me dijo que tú no me creerías y me pidió que te diera esto. Dijeron que sabrías lo que significaba.
    Los dedos de Conner se cerraron sobre la piel gruesa, abriendo unos surcos. Se quedó sin respiración. La garganta ardió en carne viva. Giró lejos de los otros y se paró en la puerta, aspirando el aire de la noche. Por dos veces abrió la boca pero nada salió. Forzó el aire en los pulmones.
    – ¿Cuál es el trabajo?
    – Lo siento -dijo Rio.
    Todos supieron lo que la piel de leopardo significaba y por la manera en que Conner la sostenía contra él, no cabía duda de que conocía y amaba al propietario.
    – Conner… hombre… -comenzó Felipe y entonces dejó que las palabras murieran.
    – ¿Cuál es el trabajo? -repitió Conner sin mirar a ninguno de ellos. No podía. Sus ojos ardían como ácido. Se paró con la espalda hacia ellos, sosteniendo la piel de su madre contra el corazón, tratando de no permitir nada en su mente excepto el trabajo.
    – Imelda Cortez ha decidido dirigir sus rutas de contrabando por la selva tropical. No puede utilizar a sus hombres porque no están acostumbrados al ambiente. Los caminos se convierten en barro, se pierden, los mosquitos se los comen vivos, e incluso los pequeños cortes se infectan. Ha perdido a varios de sus hombres por heridas, enfermedades y depredadores. Una vez en la profundidad de la selva, son fáciles de eliminar con dardos envenenados.
    – Ella necesita la cooperación de los tribus de indios que ha estado aniquilando, pero no son demasiado cariñosos con ella -adivinó Conner.
    – Correcto -dijo Rio-. Necesitaba convencerlos para que trabajaran para ella. Ha comenzado a tomar a sus niños y mantenerlos como rehenes. Los padres no quieren recuperar a sus niños en pedazos así que transportan sus drogas a través de las nuevas rutas donde es improbable que los agentes del gobierno los puedan rastrear o interceptar. Con los niños de rehenes, ella ha añadido la prima de no tener que pagar a sus mensajeros. -Rio sacó un sobre sellado de la mochila-. Esto vino para ti también.
    Conner se giró entonces, evitando los ojos demasiado conocedores de Rio. Extendió la mano y Rio le puso el sobre en la palma.
    – Necesitaré saber si tu padre cree que nuestra especie leopardo ha sido comprometida -dijo Rio-. ¿Los dos renegados que trabajan para ella le han rebelado lo que ellos son o simplemente están aceptando su dinero?
    Conner le miró entonces. Los iris casi habían desaparecido en los ojos. Las llamas ardían en las profundidades. Sería la traición más alta para un leopardo revelar a un intruso lo que él era. Rasgó el sobre y sacó una sola hoja de papel. La miró por un largo momento, leyendo la misiva de su padre. Los insectos de la noche sonaban excesivamente fuerte en el pequeño cuarto. Un músculo le hizo tictac en la mandíbula. El silencio se propagó.
    – Conner -apremió Rio.
    – Puedes querer cambiar de opinión acerca de la misión -dijo Conner y con cuidado, con manos reverentes, dobló y devolvió la piel a la mochila-. No es sólo un rescate de rehenes. Es un golpe también. Uno de los dos leopardos renegados que trabajan para Imelda asesinó a mi madre. Imelda sabe de la gente leopardo.
    Rio juró y cruzó a la cocina para servirse un café.
    – Hemos sido comprometidos.
    – Dos de los nuestros nos traicionaron a Imelda. -Conner levantó la mirada, se frotó los ojos y suspiró-. No tengo elección si queremos asegurarnos de que nuestros secretos permanezcan así, secretos para el resto del mundo. Parece que a Imelda le gustaría tener un ejército de leopardos. Los ancianos han cambiado la ubicación de la aldea más profundamente en la selva tropical en un esfuerzo por evitar que ella llegue a otros que podrían desear su dinero. Los únicos que pueden llegar a ellos son los dos leopardos renegados que ya trabajan para ella y serían asesinados instantáneamente si se atrevieran a acercarse a la aldea. -Sonrió y no había humor en ese destello de dientes blancos y afilados-. Ellos nunca serían tan estúpidos.
    – ¿Cómo murió tu madre? -preguntó Felipe, su voz muy tranquila.
    Hubo otro largo silencio antes de que Conner contestara. Afuera, un mono aullador chilló y varios pájaros devolvieron la llamada.
    – Según la carta de mi padre, uno de los renegados, Martin Suma, la mató cuando ella trató de evitar que cogiera a los niños. Ella estaba con Adán Carpio, uno de los diez ancianos de la tribu de Embera, y su mujer, cuándo los hombres de Cortez atacaron y tomaron a los niños de rehenes. Suma dirigía a los hombres de Cortez y asesinó a mi madre primero, sabiendo que ella era la amenaza más grande para ellos. -Conner mantuvo su tono sin expresión-. Suma nunca me ha visto si te preocupa ese detalle. He estado en Borneo lo suficiente para parecerme a uno de esa zona. Felipe y Leonardo son de Brasil, Elijah puede ser de donde sea, pocas personas han visto jamás su cara y tú eres de Borneo. Ellos no sospecharán de mí. Entraré en el complejo, localizaré a los niños y una vez los pongamos a salvo, eliminaré a los tres. Es mi trabajo, no el tuyo.
    – Entraremos juntos -dijo Rio-. Como un equipo.
    – Aceptaste esta misión con la buena fe de que era un rescate y lo es. El resto, déjamelo a mí. -Giró la cabeza y miró directamente al líder del equipo-. No es como si tuviera mucho esperándome, Rio y tú tienes a Rachel. Debes regresar a ella de una pieza.
    – Esta no es una misión suicida, Conner. Si estás pensando en esos términos, entonces terminamos tu participación aquí mismo -dijo Rio-. Todos entraremos, haremos el trabajo y todos saldremos.
    – Tus ancianos no permiten la venganza cuando uno de nosotros es asesinado en nuestra forma de leopardo -dijo Conner, sacando a relucir un tema doloroso. Rio había sido desterrado de su tribu después de localizar al asesino de su madre.
    – No es la misma cosa -replicó Rio-. Suma asesinó a tu madre. Un cazador mató a la mía. Conocía el castigo y aun así lo localicé. Esto es justicia. Él no sólo asesinó a una mujer de nuestro pueblo, sino que nos ha traicionado a todos. Podría exterminarnos. Entraremos juntos. Antes que nada, los niños tienen que ser salvaguardados.
    – Necesitaremos suministros aquí y allá, a lo largo de una ruta convenida para movernos rápidamente. El equipo puede llevar a los niños al interior hasta que neutralicemos a Imelda, pero no sin suministros para alimentar y cuidarlos hasta que alcancen la seguridad -dijo Conner-. Entraré, marcaré las áreas desde encima y tú las de abajo. También querremos tener un par de líneas de escape. Necesitaremos planearlas y ropa de reserva, armas y alimento por las rutas.
    – Tendremos que hacerlo rápidamente. Tenemos una oportunidad para el contacto en seis días. El jefe de turismo da una fiesta e Imelda estará allí. Hemos arreglado que un empresario brasileño, Marco Suza Santos, sea invitado. Somos su destacamento de seguridad. Es nuestra única oportunidad para lograr una invitación a su sede, de otro modo tendremos que irrumpir. No sabiendo exactamente donde están los niños es muy arriesgado.
    – Lo tomo como que es familiar vuestro -dijo Conner, mirando a los dos brasileños.
    – Tío -dijeron a la vez.
    Conner cuadró los hombros y volvió a la mesa.
    – ¿Tenemos alguna idea de la disposición del complejo de Imelda?
    – Adán Carpio es el hombre que inició el contacto original con nuestro equipo -contestó Rio-. Ha proporcionado dibujos del exterior, la seguridad, ese tipo de cosas, pero nada de dentro del complejo. Está tratando de conseguir información de algunos de los indios que han sido sirvientes allí, pero aparentemente pocos dejan el servicio vivos.
    – Le conozco bien, un buen hombre -dijo Conner-. Hay pocos como él en la selva tropical. Habla español tan bien como su propio idioma y es fácil comunicarse con él. Si dice algo, es verdad. Acepta su palabra. Adán es considerado un hombre muy serio en la jerarquía de la selva tropical, muy respetado por todos las tribus, inclusive la mía.
    De un leopardo, eso era un elogio y Rio lo sabía.
    – Sus nietos son dos de los niños capturados. Cinco rehenes fueron cogidos, tres de la tribu Embera y otros dos de la tribu Waounan, todos hijos, hijas o nietos de los ancianos. Imelda amenazó con cortar a los niños en pedazos y enviarlos así si cualquiera trata de rescatarlos, o si las tribus se niegan a trabajar para ella.
    El aliento de Conner se le quedó atascado en los pulmones.
    – Habla en serio. Sólo tendremos una oportunidad para entrar y salir limpiamente. Adán conoce la selva tropical como la palma de la mano. Está entrenado en supervivencia por las Fuerzas Especiales de varios países. Aguantará y será una ventaja, créeme. Puedes confiar en él. -Se restregó la mano sobre la cara-. Los dos leopardos renegados que han traicionado a nuestra gente, ¿está Adán seguro de que están en la nómina de Imelda o actúan independientemente?
    Rio asintió.
    – La mayor parte de la información sobre ellos vino de tu padre…
    – Raúl o Fernández. No le he llamado padre en años -interrumpió Conner-. Utilizo Vega, el nombre de mi madre. Él puede haberme llamado, pero no somos cercanos, Rio.
    Rio frunció el entrecejo.
    – ¿Es de confianza? ¿Nos tendería una trampa? ¿Te la tendería a ti?
    – ¿Por qué nos despreciamos el uno al otro? -preguntó Conner-. No. Es leal a nuestro pueblo. Puedo garantizar su información. También puedo decirte con certeza que él no es nuestro cliente. Él nunca pensaría en pagar un rescate por esos niños. Se aprovecha de quienquiera que sea nuestro cliente y agrega el golpe a nuestro trabajo. Y no trabajará con nosotros ni nos dará ayuda.
    Hubo otro largo silencio. Rio suspiró.
    – ¿Hay nombres en esa lista?
    – Imelda Cortez es el número uno. Nadie puede confiar en ella con la información que tiene e incluso si rescatamos a los niños, ella regresará por más. Los otros dos nombres son los dos leopardos renegados que trabajan para ella y que han traicionado a nuestro pueblo.
    – Esos dos nos reconocerán como leopardos -indicó Rio-. Y sabrán que eres de esta región.
    Conner se encogió de hombros.
    – Reconocerán a tu empresario como leopardo también. Santos está obligado a tener leopardos para su seguridad. No sería ten loco para no hacerlo. En cuanto a mí, hay tres tribus de leopardo que residen en la selva tropical de Colombia y Panamá, pero no nos mezclamos mucho. Los traidores probablemente reconocerían el nombre de mi padre como uno de los ancianos en la aldea, pero utilizo el nombre de mi madre. Además, pocas personas saben de mí, viví con mi madre lejos de nuestra aldea.
    Hubo un jadeo colectivo.
    Los compañeros siempre permanecían juntos. Conner les disparó una mirada dura.
    – Crecí despreciando a mi anciano. Adivino que resulté como él.
    Conner sintió apretarse los nudos del vientre. No le estaban dando elección. Cruzó a la ventana y miró a la oscuridad. La soga se había deslizado sobre su cuello y se estaba apretando lentamente, estrangulándolo. Si querían llegar al complejo para rescatar a los niños, tenía que seducir a Imelda Cortez y conseguir que Marco Suza Santos y su equipo de seguridad fueran invitados a la fortaleza de su casa.
    Quizá había abrigado alguna noción romántica de que volvería a Borneo y encontraría a Isabeau Chandler, su compañera, y ella le perdonaría y vivirían felizmente para siempre. No había ningún felices para siempre para hombres como él. Sabía eso. Sólo que no podía aceptar que tenía que dejarla ir.
    Había una calma mortal bajo el dosel, pero en la oscuridad total, todavía podía distinguir las formas de las hojas, sentir el calor que se le filtraba en los poros, apretando su corazón como un torno. Iba a seducir otra mujer. Mirarla. Tocarla. Atraerla a él. Traicionar a Isabeau una vez más. Era otro pecado entre tantos.
    – ¿Puedes hacerlo? -preguntó Rio, siguiendo evidentemente su tren de pensamiento.
    Conner giró la cabeza, como un lento movimiento animal. Los ojos estaban lejos. Odiándose a sí mismo.
    – Nací para el trabajo. -No podía cubrir la amargura en su voz.
    Rio inhaló bruscamente. No podía imaginarse traicionando a Rachel.
    – Uno de los otros puede intentarlo. Puedes enseñarles.
    Felipe y Leonardo se miraron el uno al otro. ¿Cómo aprender el carisma? Conner tenía una cualidad animal que todos compartían, pero la suya era predominante, inherente, algo con lo que había nacido y llevaba por fuera al igual que por dentro. Entraba en el cuarto y todos instantáneamente eran conscientes de él. No trataban de ocultar a Conner, sino más bien de usar su presencia como ventaja. Él podía parecer aburrido, divertido e indiferente todo al mismo tiempo.
    Por primera vez Elijah se revolvió, atrayendo la atención sobre sí mismo. Tenía un pasado en la industria de la droga y conocía a la mayoría de los implicados por la reputación. También era un hombre muy peligroso y carismático.
    – Quizás yo pueda ayudar con este asunto. Tengo un pasado. Esta mujer, Imelda Cortez, reconocerá mi nombre si lo utilizo. Sólo mi presencia lanzará una mancha sobre Santos. -Lanzó una mirada rápida a Felipe y Leonardo-. Lo siento, pero sabéis que es verdad. Ella comprobará todos los nombres y el mío es conocido por todas las agencias de las fuerzas de la ley alrededor del mundo. Podría estar lo bastante interesada en invitarnos porque estoy aquí también. Puedo intentar seducirla.
    Rio le estudió. Elijah era su cuñado. Él había heredado el trono de la droga que su padre y su tío habían creado. Cuándo su padre había tratado de cumplir la ley, su tío le había matado y había acogido a Elijah y a Rachel, educándolos bajo sus reglas. La vida y la muerte era todo lo que Elijah había conocido jamás. No estaba listo todavía para una posición tan clave en una misión. No cabía duda de que su aspecto y magnetismo atraería a Imelda a él, pero no tenía el encanto que Conner poseía. Las cuatro cicatrices de la garra de un leopardo en el costado de la cara de Conner sólo se añadían a su mística.
    Rio se permitió mirar a Conner. Él había sido el que seleccionó a Conner para seducir a Isabeau Chandler. Y al final, Rio había sido el que mató a su padre. Conner había tratado de salvarle, pero Chandler había sacado una pistola y tratado de proteger al líder de un campamento de terroristas. No le había dado ninguna elección. Conner estaba en la línea de tiro, tratando de calmar al hombre pero el médico se negaba a aceptar la salida que le ofrecía. Rio había apretado el gatillo y salvado la vida de Conner, pero no había habido manera de salvar su alma.
    Isabeau había estado tan conmocionada. Rio nunca olvidaría la mirada en la cara de ella cuando se dio cuenta de que Conner la había utilizado para ganar la entrada al campamento. Se encogía cada vez que pensaba en ello y ahora le pedía a Conner que hiciera la misma cosa otra vez a otra mujer. Imelda no era inocente como Isabeau, pero todavía era un trabajo malísimo de cualquier forma que se mirase.
    Conner se encogió de hombros.
    – Aprecio la oferta Elijah, pero no hay necesidad de que ambos salgamos perdiendo. Tú todavía tienes una oportunidad. Yo perdí la mía hace mucho. No puedes ir a tu compañera cubierto por la suciedad. Eso no funciona.
    – Ya estoy bastante cubierto -indicó Elijah-. He hecho cosas de las que no estoy orgulloso… cosas que ninguna mujer perdonará ni dejará pasar.
    – Todos nosotros las tenemos -dijo Conner-, pero eso no es lo que trato de decirte. Esta es una situación diferente, Imelda Cortez es la escoria de la tierra, pero sedúcela y duerme con ella, y cuando encuentres a tu compañera, no podrás mirarla a los ojos.
    Rio abrió la boca, pero no había nada que decir. Él nunca podría haber vuelto a encarar a Rachel con esa clase de pecado revistiendo su alma negra, pero le estaba pidiendo a Conner que soportara una vez más esa responsabilidad. Lo que le estaba pidiendo estaba mal, pero no había manera de entrar en la fortaleza de Cortez sin una invitación.
    – Has estado ahí una vez -indicó Elijah-. No es justo ponerte en esa posición otra vez.
    – Sé quién es mi compañera -dijo Conner-. Isabeau Chandler me pertenece. No tendré una segunda oportunidad con ella, no después de que lo que hice. Yo nunca tomaría a otra mujer y arruinaría las oportunidades de su propia felicidad. Sé de sobra cómo resultaría -su voz se había vuelto amarga e hizo un esfuerzo por cambiar su tono, encogiéndose de hombros casualmente-. No tengo nada que perder, Elijah, y tú lo tienes todo. Haré esto ésta última vez y te lo legaré si todavía deseas el trabajo y se necesite hacerlo, puedes decidirlo entonces.
    – Si estás seguro.
    – Es mi problema. El hombre al que mi padre acusa de matar a mi madre trabaja para Imelda Cortez. Su nombre junto con el de su socio está en esta lista negra. Iré tras ambos. Imelda no le contara a nadie nada sobre las personas leopardo. Utilizará la información en su beneficio, así que en este momento tenemos la oportunidad de contenerlo.
    Rio asintió.
    – Estará buscando más reclutas leopardo.
    – No los encontrará en nuestra aldea -aseguró Conner-. Raúl movió la aldea más profundamente al bosque y los dos renegados, Martin Suma y Ottila Zorba, son los otros dos nombres de la lista negra. Reconozco el nombre Suma de mi aldea, pero no lo recuerdo. No vivía con nosotros. Sus padres lo sacaron de la selva tropical. Debe haber vuelto después de que me marchara. Aunque Suma matara a mi madre, no tendría modo de relacionarnos. Zorba no es uno de los nuestros.
    – Al final -dijo Rio-, Imelda los enviará a la aldea leopardo para reclutar hombres para ella. Tiene dinero. A la mayor parte de los que viven en la selva les importa bien poco, pero algunos de los más jóvenes desearán la aventura.
    – Si no llego a ellos primero, los ancianos los mataran calladamente antes de que tengan la oportunidad de hablar con los jóvenes. -Conner echó una mirada al equipo-. Si estáis seguros por completo de seguir adelante, entonces vamos a hacerlo. ¿Sabemos que aspecto tienen los niños? ¿Cuántas hembras? ¿Cuántos machos? Y estaos preparados. A Imelda le gusta utilizar niños para proteger su complejo. A menudo toma jóvenes y les pone un fusil en la mano como su primera línea de defensa. Sabe que es difícil que los funcionarios del estado maten a los niños.
    – ¿Crees que tendrá a niños protegiendo a los rehenes? -preguntó Felipe.
    – Sólo digo que nos toparemos con ellos y tenemos que estar preparados, eso es todo.
    Rio entregó a Conner una botella de agua y golpeó la mesa con el dedo, un ceño leve en la cara.
    – Elijah, ¿se sabe que la mayor parte de tus operaciones son ahora legítimas?
    Elijah sacudió la cabeza.
    – No. Cuando mi tío fue asesinado se asumió que yo le maté para tomar el control de toda la operación para mí mismo. He estado vendiendo lentamente todo lo que puedo que estaba manchado. Salí del negocio de las drogas y armas. Nunca estuvimos en el tráfico humano. Hay rumores, pero soy considerado despiadado.
    – Entonces mejor cambia tu nombre y pasa de seguridad, vamos a usar tu reputación. Tendrás que estar allí como un amigo de Santos -dijo Rio-. Eso sólo la hará más proclive a pensar que Santos es un pez gordo.
    – Eso deja a tres de nosotros para el equipo de seguridad -dijo Conner-. ¿Un hombre como Santos tendría más?
    – Generalmente tiene un equipo de cuatro hombres y dos perros -contestó Felipe-. Yo no quería poner a ninguno de su equipo regular en peligro. No podíamos dejarlos entrar en lo que va a pasar.
    – ¿Y tu tío ha aceptado esto? -preguntó Conner-. ¿Tiene alguna idea de con quien está tratando?
    Felipe asintió.
    – Lo sabe. Y sabe que ella es una amenaza para nuestra gente.
    – Entonces ¿quién es exactamente nuestro cliente, Rio? -preguntó Conner-. Dijiste que Adán Carpio inició el contacto. Su tribu no sabría de nosotros. Mi padre no pediría nuestra ayuda. ¿Así que, quien sabía de nosotros y cómo? Me gustaría tener todas las cartas sobre la mesa antes de que vayamos más allá.

Capítulo 2

    Hubo un largo silencio. Los hombres intercambiaron largas miradas. La tensión se estiró de forma tensa en el cuarto. Conner rompió la quietud primero.
    – ¿No sabes quién nos ha contratado? ¿No lo comprobaste antes de traernos a un territorio desconocido? Por lo menos desconocido para vosotros.
    Rio suspiró.
    – Adán Carpio ha dado su palabra de que él está detrás del cliente, Conner. Dijo que su palabra era oro.
    – Espera un minuto, Rio -dijo Elijah-. ¿No investigaste a nuestro cliente? ¿Has aceptado esta misión por fe?
    Rio se encogió de hombros y se sirvió un café.
    – Carpio me contactó, pagándome la mitad por el rescate y me entregó las cosas del padre de Conner e instrucciones específicas. Comprobé cada detalle y todo lo que me dijo era legítimo, así que seguí adelante y contacté a los miembros del equipo.
    – Dime que no fuimos pedidos específicamente -dijo Conner.
    – Sólo dos de nosotros, Conner. Utilizaron un código viejo para encontrarnos, pero aún así lo conocían. -Rio se dio la vuelta, inclinó una cadera contra el mostrador provisional y miró a Conner sobre la taza humeante-. Carpio dijo que el cliente te conocía y sabía que hacías esta clase de trabajo.
    Los hombres se miraron los unos a los otros. Conner sacudió la cabeza.
    – Eso es imposible. Nadie sabe quiénes somos. ¿Dijeron mi nombre?
    – No exactamente. El cliente te describió con todo detalle. Tenía incluso un boceto de tu cara. Por supuesto, Carpio te reconoció. Carpio fue donde tu padre para tratar de contactar contigo y como le habías dado a tu padre mi dirección para emergencias, él se la dio a Carpio.
    – ¿Pero no sabes quién es el cliente? -insistió Conner.
    Rio negó con la cabeza.
    – Carpio no quiso identificarlo.
    – No me gusta esto -dijo Felipe, claramente inquieto-. Deberíamos irnos.
    – Eso pensé al principio -replicó Rio-, pero Carpio parecía ser un hombre de palabra y responde por el cliente. Investigué todo lo que dijo antes de llamar al equipo y los hombres de Imelda Cortez raptaron de hecho a siete niños. Tu padre te envió la piel de tu madre. Estoy de acuerdo en que tenemos que tener cuidado. Se suponía que Carpio iba a traer al cliente aquí. Deberían estar aquí pronto. Felipe y Leonardo, podéis esperar afuera. Elijah, detrás. Dejemos que vengan y luego comprobaremos el rastro para cerciorarnos que no les han seguido o que hayan dejado a alguien esperando para emboscarnos.
    Conner sacudió la cabeza.
    – Hemos hecho la política de saber con quién trabajamos. Sin excepción. ¿Por qué todo este secreto?
    – Adán dijo que el cliente quería hablar con nosotros en persona. Si en este punto no estamos satisfechos, entonces podemos devolver el anticipo menos los gastos e irnos.
    – ¿Y le creíste? -dijo Felipe-. Es una trampa. Tiene que serlo. Tienen una descripción de Conner, ¿pero no su identidad? Vamos, Rio, alguien busca matarlo. Le han atraído aquí y tú estás poniéndole en la línea para que ellos hagan su mejor intento.
    – No lo creo -discrepó Rio-. Adán Carpio no me estaba mintiendo. Puedo oler las mentiras.
    – Entonces le están utilizando. Lo que sea, el cliente encontró la conexión entre Carpio y Conner y la utilizó para sacarlo fuera. -Felipe sonó disgustado-. Necesitamos esconderle. Ahora.
    Rio miró su reloj.
    – Estarán aquí pronto, Conner. Todos vosotros podéis quedaros fuera mientras les entrevisto.
    Conner negó con la cabeza.
    – Me quedo contigo. Si son sólo dos, podemos matarlos si tenemos que hacerlo. Cualquiera que les esté siguiendo, los otros pueden manejarlo. No voy a dejarte expuesto sin ningún respaldo. Alguien me desea, déjales que vengan a por mí.
    Felipe sacudió la cabeza.
    – Permaneceré con Rio, Conner.
    Conner lo sujetó con una mirada firme y concentrada.
    – Mi leopardo está cercano a la superficie, Felipe. Estoy nervioso de todos modos. Mis reflejos serán rápidos e instintivos. Aprecio que corras el riesgo por mí, pero es mi riesgo y mi felino está listo para luchar.
    Felipe se encogió de hombros.
    – Te haremos saber si hay alguien en el rastro.
    Conner esperó que los tres hombres salieran antes de girarse hacia Rio.
    – ¿Qué pasa?
    Rio empujó un café a través de la mesa hacia Conner.
    – No lo sé honestamente. Sé que lo que Carpio me dijo era verdad, pero algunas de las cosas que dijo… -Rio giró una silla con el pie y se dejó caer en ella-. Tu descripción fue menos que halagadora y no mencionó las cicatrices. Carpio no mencionó las cicatrices tampoco.
    – Él no me ha visto en unos cuantos años. ¿Qué descripción? -Una débil sonrisa tironeó de la boca de Conner pero no lo bastante-. Creía que era considerado un tipo guapo.
    Rio bufó.
    – Despreciable fue una palabra utilizada. No bromeo. Un bastardo despiadado que puede hacer el trabajo. El dibujo de tu cara me molestó. Era lo bastante bueno, aparentemente, para que Carpio te reconociera, así que quienquiera que sea nuestro cliente, te ha visto y te puede identificar.
    – Por lo menos saben que soy un bastardo despiadado y que un movimiento equivocado les puede matar -contestó Conner, parándose inmóvil en la ventana abierta, mirando hacia fuera con más que un pequeño anhelo.
    El viento cambió ligeramente, apenas capaz de penetrar en la calma del suelo del bosque. Unas pocas hojas revolotearon suavemente. En algún lugar los pájaros se llamaron. Los monos chillaron. No estaban solos en esa parte del bosque. Un retumbar débil comenzó en su garganta y cogió su taza de café con una mano, tomando un pequeño sorbo. El café estaba caliente y le dio la sacudida que tanto necesitaba. Su leopardo rugía otra vez, caprichoso y nervioso sin su compañera, y volver al refugio salvaje sólo se añadía a sus sentimientos primitivos de necesidad. Lo deseaba rudo. Duro. Profundo. Quería las garras arañándole, marcándole. Se frotó la cara con la mano, quitándose el sudor.
    – ¿Estás bien?
    ¿Qué demonios contestaba uno a eso? Su leopardo le arañaba profundamente, rugiendo por liberarse cuando él debía estar por encima de su juego.
    – Estoy lo bastante bien para apoyar tu juego, Rio.
    Mantuvo los ojos en el bosque, mirando fijamente por la ventana. Oyó el suave resoplido de un leopardo. Otro contestando. Felipe y Leonardo advirtiéndoles que tenían dos invitados. Rio se movió a su lugar a un lado de la puerta. Conner permaneció donde estaba, la espalda hacia la puerta, dependiendo de Rio mientras dividía el área que rodeaba la casa, buscando posibles fantasmas, hombres que se deslizaban en secreto mientras la persona de delante les distraía.
    La puerta se abrió detrás de él. Conocía la repentina llamada. Un olor le llenó los pulmones. Rico. Poderoso. Salvaje. Ella. Inhaló instintivamente. Su leopardo saltó y arañó. Su compañera. Su mujer. Conocería ese olor en cualquier sitio. Su cuerpo reaccionó instantáneamente, inundando sus venas con una ráfaga de calor, hinchando su miembro, acelerando su pulso hasta que atronó en sus oídos.
    Rio pateó la puerta para cerrarla con la punta de la bota y apretó el cañón de su arma contra la sien de Adán Carpio. Supo que era mejor no amenazar la vida de la compañera de un leopardo.
    – Si ella se mueve, tú mueres.
    Conner se dio media vuelta. Apenas podía moverse, su cuerpo temblaba, la conmoción se registró junto con el absoluto aborrecimiento de ella.
    Mentiroso. La palabra vivió y respiró entre ellos.
    Conner inhaló y tomó su aborrecimiento en los pulmones. Los ojos de ella nunca abandonaron su cara. Ardían sobre él, sobre las cuatro cicatrices de allí, marcándolo de nuevo.
    Traidor.
    El tiempo fue más despacio. Se estrechó. Él era consciente de cada detalle de ella. Su cara. Esa hermosa cara oval con una piel casi luminiscente, tan suave que un hombre quería tocarla en el momento que la veía. Sus grandes ojos. Dorados a veces. Ámbar en realidad. O verdes. Esmeralda. Según cuanto de cerca de la superficie estaba su felina. Las pestañas, tan largas y rizadas, enmarcando esos acentuados ojos felinos.
    Isabeau Chandler.
    Ella le había obsesionado en las noches que lograba dormir unas pocas horas. Ese largo y lustroso cabello leonado, tan espeso. Los dedos recordaban haberse abierto camino en él. La boca, labios llenos, suaves más allá de cualquier cosa que jamás haya conocido. Talentosos. Invitadores. Una boca de fantasía. Podía sentir los labios sobre él, moviéndose sobre su cuerpo, llevándole al paraíso. Completo. Paz. Su cuerpo. Todas esas curvas femeninas, cada pedacito tan atrayente como la cara. Suya.
    Maldita sea. Ella le pertenecía. No al hijo de puta que estaba a su lado con su arrogancia engreída. Su cuerpo era suyo, la sonrisa, todo de ella, cada maldito centímetro le pertenecía solo a él. El hombre con ella no había movido ni un músculo. Conner no lo miró realmente, no le importaba quien era. Después de todo, ya era hombre muerto y ella debería haberlo sabido. La ley de la selva. La ley más alta. Su ley.
    Conner sintió que cada músculo encajaba en su lugar. La cabeza giró lentamente, centímetro a centímetro con ese moviendo acechante del gran gato de la selva. Se mantuvo inmóvil, su leopardo apenas contenido, demorándose en los fuertes dedos envueltos en torno a los de ella. Movió la mirada, un solo sonido escapó, retumbando desde el interior de su leopardo furioso hasta el pecho para salir por la garganta. Fue bajo. Frío. No había nada humano en ese sonido. El odio de un animal. El desafío de un leopardo. Un macho a otro. El gruñido bajo atravesó el cuarto, cortó la conversación y la música hasta que toda conversación cesó.
    – No lo hagas -advirtió Rio-. Retrocede mientras tienes la oportunidad -advirtió al hombre.
    Conner le oyó como si estuviera a gran distancia. Su mundo se había estrechado a una mujer. Nadie, nada le podía detener, ni siquiera Rio. Su gato era demasiado rápido. Él lo sabía, ellos lo sabían. Les habría arrancado la garganta en segundos. El gruñido persistió, un retumbar que nunca sobrepasó la suave nota que erizaba el vello de la nuca. Sabía que matar al hombre era inaceptable en el mundo civilizado, pero no importaba. Nada importaba excepto apartar al otro macho del lado de su compañera.
    Isabeau soltó la mano de su acompañante y Rio le apartó de un tirón, lejos de ella.
    – Lo siento, no capté tu nombre -dijo suavemente.
    Mofándose de él. Desafiándole a mentirle otra vez. Su voz era baja. Atractiva. Se deslizó sobre su piel, excitando su cuerpo con recuerdos del modo en que su boca se había movido sobre él. Conner apretó los dientes, agradecido de que ella hubiera cesado al menos el contacto corporal con el otro macho en su presencia. Su leopardo arañó por la supremacía.
    – ¿Por qué me has traído aquí?
    Los ojos de ella se deslizaron sobre él, contenían desprecio y puro aborrecimiento.
    – Porque eres la única persona que conozco que es lo bastante bastardo, lo bastante traicionero, para poder recuperar a esos niños. Eres muy bueno en lo que haces. Sólo te pido unos pocos minutos de tu tiempo para oírme y creo que me lo debes.
    Conner la miró fijamente durante un largo momento antes de gesticular hacia la puerta. Rio vaciló. La única persona que tenía una oportunidad de matar a Conner Vega era Isabeau Chandler. Él no lucharía contra ella. La última cosa que Rio quería hacer era marcharse y Conner podía presentir su renuencia.
    – Merece sus cinco minutos -dijo Conner.
    Rio hizo gestos a Carpio para que caminara delante de él. Conner esperó a que la puerta se cerrara antes de girar completamente hacia Isabeau y permitirse respirar otra vez. Su olor era poderoso, le rodeaba, le invadía, le inundaba. Podía oír a los insectos en el bosque, el zumbido de vida retumbando en sus venas. La savia rica que corría por los árboles y el movimiento constante en la canopia zumbando por su cuerpo, una mezcla espesa y potente de calor y deseo. El tamborilear del agua, constante y fijo, latía al mismo ritmo que su corazón. Estaba en casa, en la selva y su compañera estaba enjaulada en el mismo cuarto con él.
    Ella se alejó de la puerta, lejos de él, una delicada retirada de la naturaleza depredadora de Conner. Este la rastreó con la mirada, como un animal salvaje siguiendo a su presa. Sabía que su calma la ponía nerviosa, pero permaneció en el lugar, forzándose a no lanzarse sobre ella cuando cada célula de su cuerpo lo exigía. Su mirada nunca la abandonó, completamente enfocada, calculando automáticamente la distancia entre ellos cada vez que ella se movía.
    – ¿Tienes alguna idea de cuán peligroso es estar aquí conmigo? -Él mantuvo su tono bajo, pero la amenaza estaba allí.
    La mirada de ella voló sobre él, llena de desprecio, llena de repulsión.
    – ¿Tienes alguna idea de cuán sucia me siento estando aquí en este cuarto contigo? -contestó-. ¿Cómo se supone que debo llamarte esta vez? ¿Tienes un nombre?
    Él no debería decírselo, pero ¿qué jodida diferencia hacía ahora? Ella le pertenecía y estaba en la selva. Le traído hasta ella, enviado por él.
    – Conner Vega -contestó, su mirada fija en la de ella, desafiándola a acusarle de mentir. Su voz no era exactamente normal, pero por lo menos no había matado a su acompañante. Había aguantado lo suficiente para retomar el control y había permitido que Rio pusiera al hombre a salvo. La muerte estuvo en sus ojos. Lo sabía, igual que el puro aborrecimiento en los ojos de ella.
    La ceja de ella se disparó arriba. Hizo una pequeña mueca con los labios. Irradiaba calor mezclado con furia. El corazón de Conner saltó. Su polla reaccionó, hinchándose y calentándose. Necesitaba dar un puñetazo, duro y con fuerza. Su crimen era imperdonable. Comprendía eso intelectualmente, pero el animal en él se negaba a aceptarlo. Ella era suya, eso es lo que el animal comprendía. Estaba viva, en el mismo mundo que él y le pertenecía. Y en este momento, su cuerpo estaba expulsando suficientes feromonas para atraer a cada macho dentro de ciento cincuenta kilómetros a la redonda. Respiró profundamente, inhalando el aire en sus pulmones y manteniéndolo inexorablemente bajo control.
    – ¿Es ese tu verdadero nombre?
    – Sí. ¿Por qué me has traído aquí, Isabeau?
    Ella siseó el aliento entre los dientes. Tenía unos pequeños dientes blancos. Su leopardo era diferente, raro. Un leopardo nublado quizás. Había tan pocos de ellos. Era curvilínea, mas aerodinámica, músculos fluidos bajo la piel, la marca de su especie, el pelo espeso y largo, casi imposible de mantener corto. Ella no conocía su propio poder; reconocía eso también. Ella no sabía que estaba a salvo de él y su miedo le golpeaba. Feo. Como un pecado. La mujer de un hombre nunca debería tener miedo de él ni de su fuerza.
    – Dejé Borneo porque no quería correr el riesgo de toparme contigo. Puedo hacer mi trabajo aquí, las plantas y las especies que busco están en esta selva tropical. Necesitaba un guía y la tribu de Embera fue lo bastante amable para proporcionarme uno.
    Y su guía habría sido un hombre. Un gruñido retumbó en la garganta y se dio la vuelta lejos de ella, incapaz de evitar que su leopardo saltara ante en el olor de ella, ante la idea de ella en proximidad cercana con un hombre. Cerró los ojos, tratando de no permitir la visión de su cuerpo envuelto en torno a alguien más que no era él.
    Ella le disparó una mirada cuando él comenzó a caminar, tratando de deshacerse de la feroz necesidad que crecía en su cuerpo. Apenas podía respirar con la intensidad de la exigencia. Nunca había experimentado nada como esto. El sudor chorreaba. El deseo era malvado. Agudo, martilleaba en su cráneo, hasta que incluso los dientes le dolieron. Su cuerpo dolía. Era agudamente consciente del leopardo que rondaba bajo la piel, tan cerca de la superficie, esperando un momento cuando no estuviera en guardia para poder tomar lo que era suyo.
    – Lamento mucho si te aburro, pero pagué una buena cantidad de dinero por tu tiempo.
    Él sabía que ella estaba interpretando mal su paseo inquieto como desinterés, pero se encogió de hombros, sin molestarse en explicarle el peligro en que estaba.
    – Continúa.
    – Llegué a ser amiga de Adán Carpio…
    Esta vez él no pudo detener la reacción del leopardo, la furia terrible, la rabia celosa que lo consumía. Giró hacia ella, las llamas alimentaron el calor en sus ojos. Ella jadeó y tropezó hacia atrás, lanzando una mano para atrapar el respaldo de una silla para apoyarse.
    – Y de su familia. Su mujer. Y los niños -agregó apresuradamente-. Para. Me estás asustando. No me gusta sentirme amenazada. Me ofendiste, en caso de que lo hayas olvidado.
    La mirada de Conner se movió sobre su cara intensamente. Se demoró en la boca suave y temblorosa. En la garganta, tan vulnerable. Podía hundir los dientes allí en segundos. Su mirada bajó, tocó los senos. Los senos exuberantes y llenos, recordó lo suave que se sentía su plenitud. Ella era un poco más pequeña que la mayoría de sus mujeres, probablemente el leopardo nublado en ella, pero le gustaba de ese modo. Le gustaba toda y cada una de los cosas acerca de ella. Incluso su genio.
    – No he olvidado nada. -El gruñido retumbó en su voz.
    Era agudamente consciente de las cigarras incesantes. Fuerte. Podía oír a los centinelas del bosque tocando su música. Su gente estaba en el lugar pero aún así la intranquilidad se arrastraba por él. Estudió su expresión. Le ocultaba algo. El color disminuyó en su cuello, se arrastró por su cara. Ella veló los ojos con sus largas pestañas. Sabía que ella no se daba cuenta de que el peligro no era su vida, sino su virtud y el honor de él. Pero aún así, ella definitivamente le estaba ocultando algo. No su aborrecimiento. No el puro odio auténtico. Esas emociones eran bastante simples de ver. No, algo más, algo bajo la superficie y si no averiguaba lo que era, todos podían morir aquí.
    – Estuve allí cuando los hombres de Cortez barrieron la aldea. Mataron a varias personas, inclusive una mujer que estaba visitando a Adán y Marianna, su mujer. Su nieto, Artureo, me ocultó antes ir a tratar de ayudar a los otros. Tiene diecisiete, pero parece muy adulto. Volvió corriendo para ayudar a su abuelo y lo abatieron con las culatas de las armas y se lo llevaron a la fuerza. Por todas partes donde miraba había personas muertas o muriéndose o chillando por la pérdida de sus seres queridos. -Se pasó la mano sobre la cara como si pudiera limpiar los recuerdos.
    Conner le sirvió un vaso de agua y lo empujó a sus manos. Los dedos le rozaron los suyos y el aire crepitó con electricidad. Ella apartó la mano de un tirón como si él la hubiera quemado, rociando gotitas de agua por el suelo. A Conner el sudor le bajó por el pecho. El deseo le arañó. Su cercanía en los límites de la pequeña cabaña le destrozaba los nervios de acero, dejando su cuerpo estremeciéndose con una necesidad oscura tan intensa que tuvo que rechinar los dientes y girar lejos de ella para respirar.
    – Oí sus demandas y supe que tenía que tratar de ayudar. Cuando enterramos a los muertos, tratamos de resolver cómo traerlos de vuelta. Nadie jamás había visto el interior de la propiedad de Cortez y vivido para contarlo, por lo menos nadie que supiéramos. No podíamos rescatar a los niños nosotros mismos. Recordé lo que tú hiciste y cuando la petición de ayuda de Adán a las Fuerzas Especiales fue rechazada por razones políticas -había desprecio en su voz-, pensé en ti y en cómo te habías infiltrado en el campamento enemigo usando la seducción. -Le disparó una mirada de repugnancia antes de continuar-. Supe que si alguien podía entrar en ese campamento, serías tú. Ciertamente eres más que capaz de seducir a Imelda Cortez.
    A Conner el corazón se le estrujó con tanta fuerza, tan apretadamente que por un momento pensó que tenía un infarto. Casi se tambaleó bajo el dolor inesperado. El aliento siseó entre sus dientes y ni trató de evitar el gruñido de rabia que escapó. Dio un paso más cerca de ella.
    – ¿Quieres que seduzca a otra mujer? ¿Qué la toque? ¿Qué la bese? ¿Qué esté dentro de ella? -Su voz era mortalmente fría.
    La mirada de ella saltó lejos de él.
    – ¿No es eso lo que haces? ¿No es esa tu especialidad? ¿Seducir mujeres?
    Él dio un tirón al vaso que ella tenía en la mano y lo tiró contra la pared con la fuerza de un leopardo. Se rompió, el sonido fuerte en los límites del cuarto, el vaso llovió como lágrimas en el piso y se mezcló con el agua.
    – ¿Quieres que folle a otra mujer?
    Cada palabra fue pronunciada. Clara. Puntuada por un gruñido amenazante. Deliberadamente fue tan crudo como pudo.
    La flecha golpeó. Isabeau respingó, pero levantó el mentón.
    – Obviamente tuviste mucho éxito follándome, pero entonces yo era un objetivo fácil, ¿verdad? -La amargura alimentaba su furia.
    – Infierno sí, lo fuiste -replicó, su intestino se retorció en nudos más allá de cualquier cosa que hubiera conocido. Su propia compañera quería venderle. Si eso no era la mejor venganza que una mujer podía pensar para un macho de su especie, conducido a estar con su mujer durante nueve ciclos vitales, entonces no sabía que más sería. Quiso sacudirla hasta que los dientes le castañetearan.
    Ella jadeó, dio un paso hacia él, curvó los dedos en puños, pero no se detuvo de atacarle, manteniendo su herida y su dolor controlados, aunque no podía evitar que se le mostrara en la cara.
    – Me figuré que no fui la primera. Y no lo fui, ¿verdad?
    Los compañeros no se mentían el uno al otro y él había hecho bastante de eso.
    – Infierno no, no fuiste la primera -espetó-. Pero vas ser la última. Consigue a otro hombre para que te haga el maldito trabajo sucio.
    Se dio la vuelta, desesperado por respirar aire libre de su olor. Su felino se había vuelto loco, rugiendo con rabia, arañando en su interior hasta que estuvo ardiendo.
    – No necesito a otro hombre para hacerlo -se mofó-. Eras el plan B. Le dije a Adán que yo podría entrar seduciendo a uno de los guardias y sé que puedo. ¿Realmente pensaste que quería verte otra vez por alguna razón? Adán se negó, pero aprendí del maestro. Adivino que debo darte las gracias por eso.
    La furia se apresuró como fuego por sus venas. El animal subió a la superficie en una ráfaga caliente de piel, dientes y garras, casi estallando por los poros. Él se movió, una mancha de velocidad, la mano sacó el cuchillo que tenía en el muslo, mientras su cuerpo se estrellaba agresivamente contra el de ella, llevando su espalda contra la pared, con una mano le sujetó ambas muñecas encima de la cabeza. La mantuvo absolutamente inmóvil, vulnerable, la fuerza del leopardo le recorría el cuerpo como acero, el corazón le atronaba en las orejas mientras fijaba la mirada en la de ella.
    Los ojos de ella eran ojos de gata, aunque diferente en que las pupilas eran verticalmente rectangulares en vez de lineales como las suyas, o redondas como algunos de los otros gatos mostraban. En este momento, los ojos mostraban exactamente lo que pensaba, un odio violento, una insinuación de calor que no podía parar y que sólo le hacía aborrecerle más. Enteramente ámbar, los ojos estaban tan enfocados como los suyos, negándose a inclinarse ante él.
    – No te convertí en una puta. Te estás haciendo esto tú misma.
    – Que te jodan, Vega. Y aparta tus manos de mí.
    En su lugar él dio un paso más cerca, empujando la rodilla entre las piernas, casi levantándola del piso. Como fuera, ella no tuvo más elección que ponerse de puntillas.
    – Me quieres muerto. Lo puedo ver en tus ojos. Has venido aquí pensando en matarme.
    El aire ardió por los pulmones de Isabeau cuando jadeó en busca de aire, el esfuerzo empujó los senos contra el pecho de Conner. Él sintió las ondas de calor que se deslizaron sobre él como un tsunami, inundándolo de necesidad. No sólo su necesidad. La de ella. Ella estaba cerca de su celo y la cercanía de él provocaba a su leopardo. Podía sentir el calor de su cuerpo y el deseo no deseado en los ojos de ella, deseo que ella había estado ocultando todo el tiempo.
    Ella le miró directamente a los ojos, escupiendo llamas.
    – Sí -siseo-. Siempre que sepa que estás vivo en algún lugar pienso en ti y odio que todavía tengas la capacidad de herirme. Sí, te deseo muerto.
    Él le puso el cuchillo en las manos con un golpe, forzó a sus dedos a cerrarse en torno a la empuñadura.
    – Entonces haz el jodido trabajo. Hazlo limpiamente. Aquí está tu oportunidad, nena. -Le arrastró los brazos hacia abajo hasta que la punta afilado de la hoja estuvo contra el pecho, directamente sobre el corazón, las manos cubrían las de ella, evitando que dejara caer el cuchillo-. Mátame aquí mismo, en este momento, rápido y limpio, porque ni de coña lo vas a hacer centímetro a centímetro.
    El cuerpo de ella se estremeció. La sintió flexionar los dedos.
    – ¿Crees que no lo haría? -Ella susurró las palabras aún cuando los dedos se movieron bajo los de él.
    – Esta es tu única oportunidad. Hazlo y aléjate. Si no lo haces, no tendrás otra ocasión, pero nunca seducirás a otro hombre. -Apretó los dientes y deliberadamente dio un tirón a la punta del cuchillo sobre la piel. La sangre corrió bajo su camisa.
    Isabeau jadeó y trató de echarse para atrás, pero él era demasiado fuerte, las manos sujetaron las de ella, forzándola a empujar el cuchillo a su cuerpo. Ella sacudió la cabeza. Las lágrimas inundaron sus ojos. Él se quedó inmóvil, dejando la punta donde estaba.
    – Mírame, Isabeau, no a la sangre. Mírame a los ojos.
    Isabeau tragó con dificultad e inclinó la cabeza para encontrar una vez más su mirada convincente. Le había querido muerto, rezado porque estuviera muerto, soñado con matarle, pero nunca había imaginado sentirse así. Estaba aterrorizada por la mirada en sus ojos. Él lo haría, forzaría el cuchillo en el corazón. Ella nunca se lo había imaginado tan fuerte, pero no podía alejarse de él y sentía cada músculo en su cuerpo tenso… preparado.
    – Empuja el cuchillo en mi pecho. No eres cobarde. Me deseas muerto, haz el trabajo, no juegues. Seduce a otro hombre y me matarás también. Esto es entre nosotros. No arrastres a nadie más a nuestro lío.
    Isabeau no podía respirar y su visión se había emborronado. Las lágrimas quemaban en sus ojos. En su garganta. En sus pulmones. Pensó que estaba gritando, pero verle la desgarraba otra vez. La traición había sido tan devastadora, el corte tan profundo, la herida tan en carne viva como siempre. La idea de él con otra mujer la enfermaba físicamente, pero la rabia era fuerte, lo bastante fuerte, pensó, para llevarlo a cabo.
    El cuerpo de él temblaba, este hombre le había cortado el corazón en pedacitos y la había dejado sin un padre, sin nada, absolutamente nada, su vida en ruinas. No podía dormir de noche deseándole, aborreciéndole. Él pensaba que ella había enviado a por él por venganza, pero la verdad era peor que eso, ella le había llamado porque no podía soportar no verle otra vez. No podía lavarse lo bastante para quitárselo de la piel, el sabor de él de la boca. Tenía el corazón tan roto que no creía que pudiera sentir jamás su latido rítmico otra vez.
    Había sido un verdadero infierno, un completo tormento sin él, pero ahora, al verle, al respirarle en su cuerpo, al sentirle tan cerca, el ardor volvió a empezar desde cero, como un incendio descontrolado fuera de control. Él la hacía su títere, su esclava, una mujer con tal necesidad que ningún otro podría jamás llenarla o satisfacerla. Le odiaba con cada fibra de su ser, pero la idea de él tocando a otra mujer la enfermaba.
    Y la manera en que la miraba. Esa mirada fija, llena de posesión, como si supiera que ella lo deseaba a pesar de cada cosa enferma que había hecho. Tan malditamente pagado de sí mismo, sabiendo que le llevaría un sólo movimiento de su parte, aplastar la boca bajo la de él, sabiendo que ella deseaba ponerse de puntillas y cerrar la boca sobre la de él, se fundiría sobre él, se entregaría de nuevo. Se odiaba a sí misma con la misma pasión llameante con que le odiaba. Él le había destruido el corazón y le había robado el alma. La había dejado sin nada más que cenizas y dolor.
    Durante un momento horrible los dedos apretaron la empuñadura del cuchillo, pero no pudo empujarlo contra él más de lo que podía haberlo empujado contra sí misma. Él era parte de ella. Se odiaba a sí misma, pero él era parte de ella y sabía que no podría vivir con el conocimiento de que ella le había matado.
    Le tembló la boca. Las manos. Y entonces el cuerpo. Agachó la cabeza y las lágrimas cayeron en el dorso de las manos de él donde agarraba las suyas con tanta fuerza.
    – Dime qué quieres -su voz apenas un hilo de sonido mientras capitulaba, los hombros caídos en derrota. Estaba perdida y lo sabía-. Para devolver a esos niños. Dime lo que quieres, cómo hacerlo.
    Él aflojó el agarre sobre las manos para que ella pudiera soltarse. Isabeau frotó las palmas arriba y abajo por los muslos enfundados en vaqueros como si pudiera deshacerse del impulso de rasgar y desgarrarle o tocarle.
    – Sigue haciendo eso como si fuera a ayudarte -dijo él-. No parará la picazón, gatita y ambos lo sabemos. Necesitas rascarte, tienes un lugar al que ir. Uno, ¿me comprendes?
    – Preferiría morir.
    – No me importa. Quieres que saque a esos niños, lo haré, pero tú no vas a acercarte a ningún otro hombre.
    – No puedes ordenarme eso.
    – Persistes en pensar en términos humanos, Isabeau -dijo. Se acercó un paso otra vez, inhalando su olor, forzándola a inhalar el suyo-. Tengo noticias para ti. No soy humano y tampoco tú. Estás en la selva tropical y aquí, tenemos todo un conjunto diferente de leyes. Leyes más altas. Estás cerca del celo, cerca del Han Vol Dan, la primera aparición de tu gata. Su primera necesidad es tu primera necesidad. Nadie te toca excepto tu compañero. Y tanto si te gusta como si no, ese sería yo.
    – Estás loco. -Retrocedió bruscamente-. Soy humana.
    Él se tocó la cara, atrayendo su atención a las cicatrices. Su marca.
    – Me hiciste esto con tus garras, gatita.
    Ella cerró los ojos apretadamente por un momento breve pero no antes de que él vislumbrara dolor, confusión y culpabilidad. Isabeau negó con la cabeza, respiraba en desiguales jadeos.
    – ¿Cómo es posible que pudiera hacerte eso?
    Conner sabía que ella había estado conmocionada por todas las revelaciones de esa noche. Su padre muerto en el suelo, la evidencia de la culpabilidad de él rodeándoles. Un prisionero muerto y otros dos llorando. El descubrimiento de que el hombre en quien ella confiaba, el que amaba la había utilizado para llegar a su padre, del que ni siquiera sabía su verdadero nombre, la traición de ese momento, el golpe. Ella había dado un paso hacia él a pesar de las manos que la refrenaban, más evidencia del poder de su leopardo y le había abofeteado. Sólo en esa fracción de segundo, antes de que la palma conectara con la cara, el dolor había sido tan agudo que su gata había saltado para protegerla, la mano cambiando a una garra. Ella se había puesto blanca, los ojos demasiado grandes para su cara, las rodillas casi cediendo hasta que él la agarró para evitar que se desplomara, incluso con su cara desgarrada y destrozada, con la sangre goteando constantemente.
    Isabeau se había encogido lejos de él y Conner pudo ver claramente que con el tiempo, ella se había convencido de que todo el asunto no había sucedido. No podía haber sucedido. ¿Cómo podía ser posible que una mujer cambiara aunque fuera parcialmente a leopardo?
    Ella sacudió la cabeza otra vez.
    – Mi padre era el doctor Arnold Chandler. Pudo haber perdido el rumbo y hecho algunas cosas que no debería, pero era humano. Las personas no cambian y les crecen garras.
    Él oyó la honesta confusión y la culpabilidad en su voz y se estiró para curvar los dedos en torno a su nuca.
    – Hay muchas cosas inexplicadas en el mundo, Isabeau. ¿Tienes sueños, verdad? -Su voz densa, se volvió ronca-. Sobre ti. Sobre mí. Los dos en otro tiempo, otro lugar.
    Ella pareció más horrorizada que nunca. Isabeau sacudió la cabeza frenéticamente, como si cuanto más fuerte fuera su negación más pudiera hacerla real.
    – Nunca. De ninguna manera. Yo nunca soñaría contigo. Eres un monstruo, alguien que goza explotando mujeres.
    El latigazo de desprecio le golpeó como un látigo y su gato rugió y gruñó. Levantó una ceja con serenidad y los ojos aguantaron su mirada, la retuvieron para que no pudiera escapar a su mirada fija. Él movió la cabeza ligeramente y un gruñido ronroneante retumbó en su pecho cuando acercó la cabeza a la de ella. Isabeau abrió los ojos de par en par mientras los labios de Conner susurraban sobre los de ella.
    – Estás mintiendo, Isabeau. Puedo oler tu necesidad de mí. Puedo sentir tu calor. Me deseas más de lo que jamás me has deseado. Y sueñas conmigo como yo sueño contigo.
    Ella empujó con fuerza en su pecho en un intento de golpearle y alejarle. Él no hizo más que mecerse y ella se apoyó en los músculos de su gata inconscientemente. Él sintió el puñetazo de sus palmas, la mordedura de sus garras y su propio gato saltó para encontrarse con el de ella, gruñendo por la supremacía. Le agarró las muñecas con un puño de acero y la retuvo contra él. En el momento que lo hizo, supo que había sido un error. Su control ya era demasiado fino.
    Se miraron fijamente el uno al otro, los labios separados por centímetros, la mirada dorada de Conner fija en la de ella. El deseo era crudo e inexorable. Él esperaba violencia cuando la emoción estaba allí, violenta y apasionada, arqueándose entre ellos, pero cuando sus labios tocaron los de ella, sólo hubo un susurro, como el roce del ala de una polilla y que Dios les ayudara a ambos, no supo quien se movió, si él o ella. La sacudida fue eléctrica, impresionante en su intensidad, encendiendo un fuego instantáneo que se precipitó por sus venas como una tormenta.
    – Te odio -siseó ella con lágrimas en los ojos.
    Él sintió el estremecimiento que la atravesaba, ella no tenía forma de ocultarle la reacción de su cuerpo.
    – Lo sé. -Le apartó mechones del espeso y leonado cabello de la cara. Ella tenía lágrimas atrapadas en las pestañas.
    – Mataste a mi padre.
    El negó con la cabeza.
    – No voy a permitirte que dejes eso en mi puerta. Ya tengo bastante pecados sin que me culpes por algo que no he hecho. Lo sabes. No quieres enfrentarte a ello, pero él se mató en el momento que se metió en ese grupo por dinero. Secuestraban y torturaban gente por dinero. ¿Cómo es eso diferente de lo que pasa aquí? -Le acunó la cara con la palma, deslizando el pulgar sobre la suave piel antes de que ella pudiera apartarse-. Si necesitas una razón para odiarme, tienes unas legítimas. Aférrate a una de esas.
    Isabeau se arrancó de él y cruzó a la ventana, mirando a la selva.
    – Esos niños deben ser rescatados, Conner. Realmente no importa cómo me siento ahora. Esto no es sobre lo que sucedió entre nosotros. Realmente no lo es. No te he traído aquí por venganza. No te habría llamado, pero Adán se negó a permitirme intentar entrar en el complejo. Ellos corren peligro. Ella realmente hará lo que ha amenazado, enviarles a casa en pedazos si la tribu no coopera. -Se giró para encararlo otra vez, se encontró con sus ojos-. ¿Cómo conseguimos entrar para averiguar donde están retenidos?
    Él se quedó silencioso un momento, mirándola. Ella parecía más frágil de lo que recordaba, más hermosa, la piel casi resplandeciendo, el pelo brillante y rizado con una invitación sedosa. Decía la verdad.
    – Entonces tendremos que sacarlos -dijo él suavemente.
    Parte de la tensión disminuyó de su cuerpo.
    – Pensé que no ibas a ayudarme.
    – Realmente no sabes nada del mundo leopardo, ¿verdad? -preguntó.
    Ella frunció el entrecejo y se miró la mano.
    – No pensé que fuera real.
    Él le tendió la mano.
    – Mírame, pero permanece muy tranquila. Hablo en serio, Isabeau, no hagas ningún movimiento ni chilles. Mi gato tiene hambre de ti y voy a dejarle salir sólo lo bastante para que sepas que digo la verdad. No le incites más de lo que tu olor ya lo ha hecho.
    Ella pareció más confundida que nunca, así que él hizo el cambio. Su leopardo saltó hacia su control, golpeando con fuerza en un esfuerzo por surgir completamente. Las garras estallaron de las manos y el pelaje le subió por el brazo. Él sintió la contorsión de los músculos y, respirando hondo, luchó por refrenar al felino. Le tomó cada gramo de fuerza. El sudor se le deslizó por el cuerpo y los músculos se cerraron y congelaron cuando instó al leopardo a controlarse.
    Isabeau jadeó, pero se mantuvo firme. La mayor parte del color se le drenó de la cara y sus ojos parecieron enormes. Se frotó los brazos como si picaran, como si su gata hubiera saltado hacia el suyo bajo la piel.
    – ¿Cómo es eso posible? -Su voz fue un cuchicheo.
    Él se deslizó hacia ella, atemorizado de que pudiera desplomarse, pero ella retrocedió y levantó una mano para defenderse, sacudiendo la cabeza. Él se congeló otra vez, permaneciendo completamente inmóvil.
    – La versión corta es, que somos una especie separada, no leopardo, no humano, pero una combinación de los dos. Nuestras hembras leopardos no surgen hasta el Han Vol Dan o el primer celo del leopardo. Muchas hembras no saben que son leopardo. Adivino que el médico que te asistió en el parto, al no darse cuenta de que eras leopardo, ya que somos un secreto muy bien guardado, decidió criarte cuando tu madre biológica murió. Tendríamos que hacer alguna investigación, pero probablemente te hizo pasar por hija de su mujer o te adoptó calladamente.
    – ¿Por qué cuándo estoy a tu alrededor todo en mi vida se va al infierno? -Se pasó una mano inestable por el pelo.
    El leopardo de Conner gruñó una advertencia justo cuando las cigarras cesaron en su canción. Un sonido de resoplidos seguido por un gruñido de reconocimiento vino de fuera de la cabaña.
    – ¿Quién te ha seguido, Isabeau? -Conner estuvo sobre ella rápidamente, agarrándola del brazo y tirando de ella bajo la protección de su cuerpo, lejos de la ventana-. ¿Tienes a alguien más contigo? -La arrastró hasta ponerla de puntillas-. Contéstame, ahora, antes de que alguien resulte muerto.

Capítulo 3

    Isabeau tragó con dificultad, sacudiendo la cabeza, los ojos abiertos de par en par con temor, incluso mientras luchaba contra él, más por instinto que por desear ser libre.
    – Lo juro, solo hemos venido Adán y yo a verte, nadie más.
    Conner respondió arrastrándola lejos de la ventana al refugio de una pequeña habitación donde cualquiera que mirara no podría verla. Dio una serie de resoplidos, advirtiendo a los otros que quienquiera que se acercaba a la cabaña había venido sin conocimiento de Isabeau.
    El corazón de Isabeau latía lo bastante fuerte como para que él lo oyera, su respiración era jadeante. La mantuvo inmóvil, ignorando el tacón que le golpeteaba la espinilla. Dejando caer su voz a un cuchicheo, presionó los labios contra la oreja.
    – Mejor que me digas la verdad, porque quienquiera que esté ahí afuera va a ser cazado.
    Ella se forzó a parar de luchar, pero su cuerpo permaneció tenso, al borde de salir volando.
    – Te lo juro, Adán y yo hemos venido solos.
    – ¿Quién sabía que estabas tratando de contratar a un equipo de rescate? -Su olor le estaba volviendo loco. Su cuerpo era suave y exuberante y recordaba cada curva, cada hueco secreto. Era difícil evitar acariciarle la garganta con la nariz. Como fuera, hundió la cabeza y encontró la unión suave del cuello y el hombro.
    – La mujer de Adán. Y él fue donde el abuelo de los otros niños, pero nadie más. Cortez paga a espías. Los tiene por todas partes. Tuvimos que tener cuidado. Ni siquiera nos encontramos en abierto. Adán se fue un rato mientras trataba de localizarte, pero yo no sé si habló con alguien más.
    Rio estaría preguntando a Adán y el anciano de la tribu era demasiado inteligente para mentir a un leopardo.
    – Estarás bien, Isabeau. Nada te va a suceder con todos nosotros alrededor. Cuidarán de ello. -Pero él se sentía enjaulado. No le gustaban las paredes que le rodeaban. Necesitaba estar fuera donde sentía que podía apartar cualquier amenaza sobre ella-. Sólo relájate.
    Isabeau respiró hondo y se arrepintió instantáneamente. No había manera de relajarse cuando él estaba tan cerca. Él emanaba calor, su olor, salvaje y magnético, y ahora sabía por qué. No estaba tan sorprendida como había estado la primera vez que sintió algo corriendo por debajo de su propia piel o cuando le abofeteó y le arañó la piel de la cara. Con el tiempo, había tratado de convencerse de que no lo había hecho realmente, pero en los extraños momentos en que dormía, despertaba chillando, viendo la sangre corriendo por su cara.
    Estaba confundida por sus propios sentimientos. Era lo bastante inteligente para reconocer que su padre no había sido inocente y se había colocado en el camino del peligro. Había investigado sus conexiones de negocios y había descubierto cuán sucio había estado. Eso no le impidió quererle o lamentar su muerte. Realmente no culpaba a Conner por eso. Pero él la había utilizado para llegar hasta su padre, haciéndola cómplice involuntaria de su caída. La había seducido una y otra vez. Ellos no habían podido mantener las manos lejos el uno del otro. Habían hecho cosas que habían parecido tan completamente bien en aquel momento, pero después, cuando supo que él no la amaba realmente, se había avergonzado.
    Todavía estaba avergonzada. Apenas podía mirarle sin sentir las manos sobre ella, la boca, su cuerpo, duro y musculoso, moviéndose sobre ella y dentro de ella. Oyó su propio gemido de pena y agachó la cabeza para evitar sus ojos. Por supuesto había investigado los mitos del pueblo leopardo y los cambiaformas, pero pareció tan estrafalario que fue más fácil convencerse de que había estado tan traumatizada, que lo recordaba mal.
    Él no la había amado. No la amaba. No entonces. No ahora. Poco importaba esa lujuria que ardía en sus ojos, esa posesión que estaba estampada profundamente siempre que la miraba. Él había nacido para el peligro, lo llevaba en los huesos, en sus ojos y ella había estado hipnotizada por él. Odiaba habérselo puesto tan fácil. Ella nunca había mirado a otro hombre, nunca había estado interesada en tener una relación con uno. No pudo creerlo cuando él le sonrió a través de una habitación y se paseó para hablar con ella. Debería haberlo sabido.
    – No lo hagas -ordenó él suavemente.
    Siempre había podido leer lo que ella pensaba. Parecía mucho más viejo, mucho más experimentado. Se había sentido a salvo con él.
    – Por encargarse de ello, quieres decir… -incitó.
    – Nos has traído para recuperar a los niños, Isabeau. No finjas estar sorprendida cuando la violencia está implicada. Si alguien te está cazando a ti o a Adán, vinieron para hacer daño. Necesitamos saber si Cortez ha sido advertida de que la tribu de Embera va a intentar recuperar a los niños en vez de cooperar con ella.
    Su voz fue muy baja y tenía poca expresión pero la sintió como un latigazo, haciéndola sentirse no exactamente brillante. Era una mujer que no tenía miedo de entrar en el interior más profundo de la selva tropical para catalogar e investigar las propiedades medicinales de las plantas. Se había hecho un nombre por sí misma y había tenido éxito en encontrar nuevos usos para las plantas. Había sido independiente y feliz, hasta que conoció a Conner Vega. Él había vuelto su mundo del revés.
    ¿Era justo culparle por las cosas que su padre había hecho? ¿O por arrojar luz sobre sus actividades ilegales? Quizá no. Pero ella nunca comprendería cómo había podido utilizarla, claramente una inocente, para derribar a su propio padre. Estaba mal. Había líneas que uno no cruzaba. ¿Qué clase de hombre hacía eso? ¿Y qué clase de mujer anhelaba todavía su toque cuándo su carácter la repelía?
    – Quiero que te deslices al suelo y te sientes contra la pared. Permanece abajo. Nos sentaremos aquí y hablaremos mientras ellos miran quien os ha seguido. -Mantuvo la mano en el brazo para estabilizarla mientras le obedecía, doblando las rodillas y deslizándose por la pared hasta que su trasero tocó el suelo-. Sé que estás asustada, Isabeau, pero nada te sucederá.
    – ¿Tienes un mejor plan para entrar en el complejo de Cortez? -Isabeau necesitaba algo con que distraerse. No iba a asustarse, había estado en situaciones malas antes pero verdaderamente, ¿cuánto confiaba en él? Si él podía construir la ilusión de estar enamorado lo bastante para engañarla, entonces podía hacer lo mismo con el peligro. Con Conner, no sabía que era verdad o ficción.
    Él la había desconcertado por un momento, ese borde peligroso, más animal que hombre, mostrándole deliberadamente su capacidad para cambiar, para incrementar sus temores, para ponerla en una posición vulnerable; pero ella tenía recursos. Era inteligente. Había estado en la selva tropical cientos de veces, pero no había contado con ser separada de Adán.
    Conner estaba tan cerca de ella que sintió el instante en que se tensó. Se puso de pie, los músculos fluían fácilmente hasta parecer silencioso, mortal, un felino acechando una presa. El aliento dejó los pulmones de Isabeau rápidamente cuando le vio ladear la cabeza a un lado y oler el aire.
    – Isabeau, salgamos de aquí. -Estiró la mano hacia ella-. Algo no está bien.
    – ¿Qué es? -Trató de escuchar, pero por lo que podía decir, la selva tropical sonaba igual, aunque el chillido de los monos y el grito de los pájaros parecía excesivamente fuerte.
    – Huelo humo.
    Dejó que tirara de ella para ponerla de pie.
    – ¿Dónde está Adán?
    – Con Rio. Estará bien. Adán sabe cómo cuidar de sí mismo en el bosque. Es por ti por quien estoy preocupado. Vamos a salir de esta trampa.
    – Yo no he hecho esto, Conner -dijo.
    – Tú no serías lo bastante estúpida para matarte a ti y a Adán conmigo -dijo, sin mirarla. Abrió la puerta de la cabaña unos pocos centímetros y espió, la mano apretaba la de ella-. Alguien te ha seguido, probablemente sin saber que ibas a encontrarte con nosotros. Y eso significa que es un escuadrón de asesinos. ¿Supieron que presenciaste el ataque a la tribu?
    La cara de ella palideció, los ojos abiertos de par en par, como cuando había mostrado las garras.
    – La carta. Adán escribió una carta al Director Interior de Asuntos Indios, detallando lo que había sucedido y pidiendo ayuda. Cuando no recibimos nada en respuesta, envió recado a algunos de sus viejos amigos, hombres a los que había entrenado en supervivencia. La respuesta oficial fue que nadie podía arriesgarse a las consecuencias políticas que provocaría el introducir un equipo de Fuerzas Especiales contra Cortez sin permiso de este gobierno. Ahí es cuando le conté sobre ti.
    – ¿Te mencionó él? ¿Como testigo? -Apretó los dedos involuntariamente a su alrededor hasta que ella dejó salir un pequeño jadeo. Él hizo un esfuerzo por relajarse-. Debo saber si ellos te han visto. ¿Sabía alguien que estabas allí cuándo los hombres de Cortez asesinaron a algunos de los indios?
    – Adán y su mujer. Nadie más me vio.
    – ¿Viste la carta? ¿Te mencionaba? -Siseó las palabras entre dientes apretados, un gruñido bajo le retumbó en el pecho. Su leopardo rabiaba ahora, su compañera estaba en peligro. El fuego era algo utilizado por intrusos. Y cualquier intruso que entrara tan lejos en la selva tropical tenía un propósito. La cabaña estaba a sólo unos pocos kilómetros en el interior, pero era casi imposible de encontrar a menos que uno supiera donde estaba y Adán les había asegurado que este lugar de encuentro era seguro.
    Sintió el estremecimiento de temor que onduló por el cuerpo de ella e hizo un esfuerzo para retener a su gato lo bastante como para mantener un completo control.
    – Vamos a correr a los árboles. Cuando lleguemos al porche, salta sobre el borde.
    El jadeo de ella fue audible.
    – Esta cabaña está asentada sobre pilares. Estamos a un piso de altura.
    – Eres leopardo. Confía en ella. Aterrizará de pie. Ya debes haber advertido habilidades extraordinarias.
    – Pero yo no soy…
    Él giró la cabeza, los ojos dorados resplandecían con un color verde dorado, ojos de felino, fijos e impasibles. Ella se calló y asintió con la cabeza.
    – Si estás demasiado atemorizada, te puedo llevar, pero no podré protegerte también.
    El pensamiento de él llevándola en brazos, sosteniéndola cerca de su cuerpo la asustaba casi más que las armas. Negó con la cabeza.
    – Lo intentaré.
    – Lo harás -corrigió, su voz suavizándose-. Salta sobre la baranda por el lado izquierdo. Estaré justo detrás de ti. Empieza a correr hacia el bosque y no mires atrás. Tienes unos seis metros hasta la línea de árboles. Sigue corriendo una vez llegues allí. Seis metros es una distancia larga, pero si dejas que tu gata salga…
    – No sé cómo.
    Por lo menos no estaba discutiendo con él sobre ser leopardo. Era un comienzo.
    – La sentirás, los músculos como acero, fluyendo como agua, bajo la piel. Se alzará porque sentirá tu temor. Tu instinto será luchar contra ella, pero no surgirá, aún no estás lista. Deja que se acerque. Correrás más rápido, darás saltos más largos y podrás subir al dosel.
    Mantuvo los ojos fijos en los de ella, deseando que le creyera. Ella tragó con dificultad, pero asintió con la cabeza.
    – Un leopardo es tremendamente fuerte. Tienes eso, Isabeau. Ella no te tragará, pero durante unos pocos momentos mientras se alza, te sentirás así. No te asustes. Estaré justo detrás de ti y no permitiré que nada te suceda.
    Isabeau no sabía el porqué le creía después de todo lo que había sucedido entre ellos, pero no podía evitar responder a su voz. La idea de un leopardo viviendo en ella era absolutamente absurda, pero había visto cambiar su propia mano en garra, sintió las puntas afiladas como estiletes arañarle la piel. Se despertaba a menudo con el corazón martilleando de pánico, un chillido de protesta resonando por el cuarto, mirando para ver si había sangre en sus manos. Sangre de él.
    – ¿Preparada?
    Ella respiró y asintió. Ahora podía oler humo también. Una serie de disparos sonó a lo lejos. Se estremeció, el estómago le daba bandazos. Había visto lo que las armas automáticas habían hecho en la aldea india, pero no protestó. Sabía que las delgadas paredes de la cabaña no iban a protegerla. Tenían una oportunidad en la selva.
    – Sin vacilar. No sabremos cuan cerca están hasta que estemos ahí afuera. Una vez que atravieses la puerta, tienes que confiar, Isabeau. Directa a la baranda y salta. -Había una orden en su voz, una que normalmente le habría hecho retroceder, pero encontró consuelo en ella. Él era la clase de hombre que sobrevivía a esta clase de ataque. El lugar más seguro en la selva tropical era justo a su lado.
    – Sin vacilar -repitió y se armó de valor.
    Él estalló a través de la puerta, corriendo delante de ella, protegiendo su cuerpo hasta la baranda. Isabeau se negó a mirar abajo. Saltó y se asombró cuando aterrizó con acierto con ambos pies sobre la baranda y luego voló sobre ella. Era consciente de Conner a su lado, manteniendo su forma más grande entre ella y el sendero estrecho que llevaba al pequeño claro. Había una especie de canturreo en sus venas, como si la adrenalina hubiera encontrado una sinfonía y tocara las notas mientras se precipitaba por su cuerpo. Extrañamente, había una ráfaga en su cuerpo, como el flujo del viento, el sonido de los árboles. Aterrizó agachada, totalmente asombrada.
    El zumbido de una abeja fue fuerte en la oreja. Como a distancia, oyó a Conner gritar, le agarró de la mano y tiró de ella para que se moviera. Ella no tenía tiempo para analizar la manera asombrosa en que su cuerpo reaccionaba, los músculos fluyendo como agua. Él tiró y ella sintió como su cuerpo se preparaba, el salto que cubrió más de la mitad de la distancia a la línea de árboles. Un segundo salto y estuvo dentro de la cobertura de hojas anchas, corriendo por un estrecho sendero.
    Su vista se volvió extraña, como si viera en bandas de color, pero todo estaba totalmente claro. Su campo visual parecía enorme, como si pudiera ver, sin girar la cabeza, unos buenos doscientos ochenta grados en torno a ella. Su visión era asombrosa por delante. Isabeau juzgó su capacidad de ver por lo menos en ciento veinte grados directo hacia adelante. Los ojos no parpadeaban y detectaban movimientos en la maleza mientras corría, pequeños roedores e insectos así como el revolotear de alas arriba. Cuanto más profundamente se adentraban en la selva, más oscura se volvía, pero ella podía ver bastante con claridad.
    Los sonidos estaban realzados, como si alguien hubiera encendido un altavoz. Su propio aliento atravesando sus pulmones sonaba como una locomotora. El corazón atronaba en las orejas, pero también podía oír el susurro de movimiento en la maleza y supo, mientras corría, donde estaban exactamente los otros animales. Captó el olor del sudor de un hombre y olor acre del humo. Podía oír el crujido de llamas y los chillidos de los monos y pájaros mientras huían por delante de las llamas.
    El corazón parecía latir al ritmo de la selva misma, absorbiendo la energía frenética de las otras criaturas mientras se movía rápidamente por los árboles, adentrándose más y más profundamente. Era agudamente consciente de la mano de Conner presionando en su espalda, urgiéndola a moverse aún más rápido. Oyó el silbido de una bala y luego un clunk cuando se estrelló contra el tronco de un árbol a pocos metros a su derecha.
    – Están disparando a ciegas -dijo Conner-. Sigue.
    Ella no estaba por la labor de ir más despacio. Debería haber estado aterrorizada, pero se sentía absolutamente estimulada, casi eufórica, consciente de cada movimiento de su cuerpo, cada músculo trabajaba por separado para llevarla eficientemente y suavemente sobre el terreno desigual. Un gran árbol estaba caído en el camino y ni siquiera frenó. En vez de eso, pudo sentir la maravillosa preparación de su cuerpo, el salto cuando brincó sobre el tronco, sobrepasando el tronco derribado por unos buenos treinta centímetros.
    Olió a sudor a su derecha cuando Conner la agarró de la cintura y la tiró al suelo, su cuerpo cubriendo el de ella. Apretó la boca a la oreja.
    – Permanece quieta. Absolutamente inmóvil no importa lo que suceda y aparta la mirada.
    Ella asintió aunque no deseaba que la dejara allí sola, pero sabía que iba a ocuparse de la amenaza que se movía hacia ellos. Por un momento en que el corazón se le paró pensó que él le había rozado con un beso la nuca.
    – No tardaré. -Los labios se movieron contra la oreja y ella sintió como su corazón saltó. Los dedos se curvaron en garras y se clavaron en el terreno esponjoso, cubierto de vegetación.
    – Que no te maten -siseó y luego cerró los ojos, sintiéndose como si hubiera traicionado a su padre. Podía fingir ante él y los otros que no le deseaba muerto porque tenía miedo de quedarse sola en la selva tropical, pero se negaba a mentirse a sí misma. No había empujado el cuchillo contra su pecho porque el pensamiento de que él ya no estuviera en el mundo era devastador. Y eso la hacía odiarse más.
    – Soy un felino -recordó él suavemente y su voz tenía un borde áspero que se deslizó sobre la piel de ella como la lengua áspera de un gato-. Soy duro de matar.
    Se fue y ni siquiera ella con su oído agudizado, pudo seguir su progreso a través de la selva de hojas anchas. Hubo un deslizamiento suave de un cuerpo por la maleza, pero las hojas no crujieron, sólo un susurro de movimiento mientras él se arrastraba más cerca de su presa. Ella giró la cabeza lentamente palmo a palmo, aunque él le había dicho que no mirara. Instintivamente supo que no era para atraer la atención, como una mirada fija podía hacer, sino que él no quería que ella viera la muerte y a que se parecía.
    Conner podría estar en forma de hombre pero en ese momento ella supo que todo en él era leopardo, sólo que sin la forma. Comprendió lo que quería decir cuando le dijo que dejara alzarse a la felina cerca de la superficie. Él se parecía a un gran leopardo, haces de músculos deslizándose bajo la piel, su cuerpo se movía con los movimientos lentos de un depredador, la cabeza abajo, los ojos centrados en la presa. Posicionaba con cuidado cada pie, cerciorándose de que pisaba en silencio absoluto mientras se arrastraba hacia su presa a través de la espesa maleza. Cuando el hombre surgió justo en frente y a la izquierda de él, parado para escuchar y mirar con cuidado a su alrededor, Conner estaba inmóvil, agachado en posición de saltar, congelado por el poder de los conjuntos de músculos rayados.
    A Isabeau el aliento se le quedó atascado en la garganta cuando vio al hombre surgir de la maleza con el arma automática mortal colgada alrededor del cuello y girar la cabeza para mirar directamente a Conner. El corazón le latía con fuerza en el pecho y los dedos se hundieron más profundo en la espesa vegetación, como si la gata en ella estuviera lista para saltar, para atacar. Se mantuvo inmóvil, sintiendo esa otra presencia dentro de ella ahora, la olió, la picazón bajo la piel, el dolor en la boca, la necesidad de permitir que el animal estallara libre.
    Respirando profundamente, mantuvo la mirada fija en la lucha a vida y muerte que se jugaba a metros de ella. Por encima de su cabeza, unas alas revolotearon y algo pesado chocó con el dosel. Un mono chilló. El hombre miró arriba y Conner saltó. Vio el movimiento poderoso y aún así apenas pudo comprender el asombroso salto físico que le llevó hasta el hombre armado. Golpeó con la fuerza de un ariete, tirando a su presa al suelo, el sonido terrible cuando los dos cuerpos se juntaron con fuerza tremenda. El cuerpo de Conner era tan elegante y fluido sobre el suelo que ella medio esperaba que usara los dientes para arrancarle la garganta al hombre y las garras para abrirle el vientre. Él rodó sobre el hombre y le agarró del cuello con un agarre poderoso e irrompible.
    Ella nunca olvidaría esa imagen de él, toda la fuerza cruda, la cara una máscara de determinación implacable, los músculos de sus brazos sobresaliendo, el agarre mortal, casi idéntico al de un felino hundiendo los dientes en una garganta y asfixiando a la presa. Debería haberle repelido. Debería haberle despreciado más. Las anchas hojas trataron de camuflar la intensa lucha cuando la presa pateó y le golpeó, pero ella podía ver a través del follaje. El hombre se volvía más débil hasta que sólo los tacones de las botas golpearon contra la tierra. Entonces oyó el audible crack cuando el cuello se rompió y ya no hubo más movimiento.
    Conner soltó al hombre lentamente, giró la cabeza lejos de ella, dándole la espalda, como si hubiera oído algo más. El cuerpo de él permaneció agachado en tensión, preparado para otro ataque. Le quitó al hombre con cuidado el arma automática y el cinturón de munición y se los colgó alrededor de su propio cuello. Todo el tiempo permaneció abajo, los ojos en algo que ella no podía ver.
    Isabeau se esforzó por oír lo que había alertado a Conner. Venían voces. Débiles. Dos hombres a alguna distancia. Al principio no pudo distinguir las palabras, pero luego se dio cuenta de que estaba escuchando con sus propias orejas, esforzándose, olvidándose de la gata dentro de ella, de la asombrosa y aguda audición. Respiró y trató de convocar al felino más cerca de la superficie.
    – No podemos volver con las manos vacías, Bradley -dijo una voz-. Ella nos enterrará vivos para dar ejemplo. Necesitamos un cuerpo.
    – ¿Cómo vamos a encontrar a ese indio? -Espetó Bradley-. Es como un fantasma en esta selva.
    – El fuego le conducirá al río y los otros estarán esperando -dijo la otra voz-. Venga. Dispara y sigue moviéndote.
    – Odio este lugar -se quejó Bradley.
    Isabeau miró a Conner. Él no estaba sorprendido. Había sabido todo el tiempo lo que los atacantes estaban haciendo. Todos los que vivían en la selva tropical estarían alejándose de las llamas y dirigiéndose hacia el río. El bosque estaba húmedo en esta época del año y el fuego se consumiría rápidamente. Estarían a salvo de las llamas en los crecidos bancos del río. Por supuesto esto era una trampa. Ese era el plan. Cortez había enviado un escuadrón de asesinos detrás de Adán para dar ejemplo, porque había escrito cartas acerca del ataque en su aldea y el secuestro.
    Imelda iba a matar a Artureo. Ese feliz chico de diecisiete años que había sido su guía durante tantas semanas. Había sido un buen compañero, explicándole cosas a cada paso del camino, paciente y preocupándose, interesado en su trabajo de documentar la fauna. Había sido una fuente de información, explicando los usos de la tribu para cada planta. Ella no podía soportar el pensamiento de que le mataran porque Adán se negaba a traficar con las drogas de Imelda.
    Su mirada fue a Conner otra vez, saltó a su cara. Esa cara grabada con líneas duras, con las cuatro cicatrices que ella había puesto allí. Las puntas de los dedos le dolieron. Era un hombre fuerte. Podía presentir el peligro en él, la ferocidad, como si su mundo estuviera reducido realmente a matar o ser matado. Su código era diferente del suyo, pero quizá era el único que podía enfrentarse a alguien como Imelda que tenía demasiado dinero y demasiado poder.
    Isabeau se empujó poniéndose de pie y esperó a que él le dijera en qué dirección debía moverse. No tenía miedo porque estaba con él y eso la asustaba más que su situación. En el fondo, donde nadie más podía ver, le anhelaba. El hombre que la había utilizado para incriminar a su padre y quien luego se había alejado, dejándola aplastada. Devastada. Rota en pequeños pedazos. Quiso rasgar y arañarse la cara, el corazón, cualquier parte de ella que era tan débil como para mirarlo todavía con deseo, no, más, con necesidad.
    Conner se enderezó, los ojos fijos en los de ella, enteramente verde dorados ahora, las pupilas dilatadas, fijas y enfocadas, penetrantes. Aún cuando el verde estaba desapareciendo, dejando un abrasador dorado. Ella tiritó. Nunca olvidaría esa mirada, más animal que hombre. ¿Por qué nunca había advertido cuán diferente era él? Hipnotizaba por una razón.
    Él se movió y el aliento se le quedó atrapado en la garganta, mirando como los músculos fluían bajo la camisa que se le adhería a la piel. Mientras se acercaba a ella, sentía el calor de su cuerpo, olfateó al felino salvaje oculto bajo la piel. Su gata saltó y por un momento hubo una explosión de alegría esparciéndose por ella. Isabeau sujetó rápidamente la emoción, sacudida por su propia gata traicionera.
    Él entró en su espacio, dominándola, le deslizó una mano por un lado de la cara, el pulgar le levantó el mentón.
    – No me gusta la manera en que me miras. No voy a hacerte daño.
    A Isabeau se le que quedó la boca seca.
    – Ya lo has hecho.
    – No lo haré otra vez.
    Dolía sólo mirarlo. Recordar. Todavía desearlo. Se humedeció los labios con la punta de la lengua.
    – No tengo miedo de ti, Conner. -Pero lo tenía. No físicamente. No creía que le hiciera daño, pero él tenía un asidero irrompible sobre ella.
    Él hizo gestos hacia el cadáver.
    – Te dije que giraras la cara. ¿Qué creíste que iba a suceder cuándo pediste mi ayuda?
    – Sabía exactamente que esperar. Hay dos más bastante cerca de nosotros y más delante. ¿Sabes dónde está Adán?
    Conner endureció la expresión, la boca un conjunto de líneas implacables.
    – ¿Qué coño tienes con Adán Carpio? Es suficiente viejo para ser tu abuelo. Puede no parecerlo, pero lo es.
    Isabeau apartó la mirada de los ojos penetrantes. Acusadores. ¿De qué exactamente la acusaba? ¿De tener una aventura con Adán? Eso era totalmente absurdo. ¿Y qué diferencia había de todos modos? Él la había utilizado. No se había enamorado de ella.
    – Vete al infierno, Conner -dijo con brusquedad y apartó la cara de un tirón antes de estar tentada a tocar esas cuatro cicatrices. Las puntas de los dedos le dolían.
    Sin advertencia sonó el sonido de disparos y las balas mordieron en los árboles por todas partes. Conner la lanzó hacia abajo, su cuerpo cubriendo completamente el suyo, el arma en las manos mientras giraba para encararlos. Varios animales grandes chocaron entre los árboles a la izquierda y por encima de ellos. Las hojas cayeron del dosel cuando una migración de monos pasó por encima.
    Hacía calor. El vapor se elevaba junto con el humo. Ella podía oír el crujir de las llamas y los sonidos de los animales asustados. Enjambres de insectos pasaron por encima de sus cabezas y las hojas se arrugaron y ennegrecieron cuando el calor barrió por los árboles, convirtiendo el bosque en un horno. Su gata luchó por la supervivencia, de repente asustada. Ella luchó instintivamente, queriendo correr con los otros animales.
    La palma de Conner se curvó en torno a su nuca y bajó la cabeza para cuchichear en la oreja. Su voz fue suave. Calmante. Como terciopelo negro acariciándola dentro y fuera.
    – Sestrilla, no puedes asustarse. No podemos movernos hasta que elimine la amenaza detrás de nosotros y el fuego se acerca. Te sacaré de aquí. Permanece conmigo.
    Ella respiró y se forzó a recuperar el control. Ella no era del tipo que se asustaba, pero la felina estaba definitivamente nerviosa.
    – No he sido yo.
    Sestrilla. Él la había llamado eso antes. La palabra era extraña y exótica. La había adorado antes, cuando habían estado juntos, sus cuerpos envueltos uno alrededor del otro, pero ahora temía el poder de esa pequeña palabra sobre ella. Se ablandaba y se ponía sentimental por dentro. Se abría a él. Más vulnerable que nunca.
    – Tú y tu gata sois uno. No lo sientes así porque acaba de alzarse. Pero tú siempre tienes el control. Ella se asustará del olor y la sensación del fuego, pero tú sabes que estás a salvo. Tienes que confiar en mí y ella también.
    Confiar en él. ¿Por qué había utilizado esa palabra en particular? ¿Confiar en él?
    También podía ponerse un arma en la cabeza. Antes de que pudiera contestar, él apretó los dedos con más fuerza en torno a su cuello, un gruñido bajo en la garganta. Ella se congeló. Abrió las manos y presionó las palmas sobre la tierra. Algo pesado corría hacia ellos.
    Un hombre salió de repente de los arbustos a la izquierda, casi encima de ellos. Sus ojos se abrieron de par en par y luchó por coger el arma. Al mismo tiempo, trató de patinar y parar para evitar disparar por delante de ellos. Un grito salvaje de advertencia desgarró la garganta del hombre, mientras Conner apretaba el gatillo, disparando un solo tiro. Ella oyó golpear la bala, el espantoso sonido de carne desgarrada y volvió atrás en el tiempo, al momento cuando su padre levantó el arma, apuntando a la cabeza de Conner. El grito del hombre se cortó bruscamente, pero aparentemente su socio le oyó y roció el bosque entero con una granizada de balas.
    Isabeau cerró los ojos con fuerza, intentando no oler la mezcla de sangre y pólvora, pero el estómago se le revolvió y la bilis le subió a la boca. El cuerpo de su padre brilló delante de ella, la sangre salpicaba la pared detrás de él. No había cara, sólo una masa de sangre. Tanta sangre. ¿Papá? Estalló en sollozos y Conner reaccionó inmediatamente, apretándose a ella, aunque su mirada estuviera en el bosque.
    – ¿Estás herida?
    Ella luchó por recuperar el control, un poco desorientada, atrapada entre el pasado y el presente. Ahora no era el momento de perderlo. ¿Qué estaba mal con ella? Podía oír la explosión tan cerca de la oreja, el chillido de la bala fuerte en los límites del cuarto. Su propio chillido, la conmoción golpeándola. Intentó alcanzarle, antes de que se derrumbara al suelo. No le quería en el suelo con toda esa sangre.
    Conner juró y rodó a un lado, poniéndose de rodillas, su cuerpo entre el de ella y los disparos. Le dio un golpecito con el codo.
    – Cuando dispare, levántate, permanece agachada y corre rápidamente, permaneciendo a la derecha. Vamos a subir a la cubierta vegetal, al dosel.
    Ella levantó la mirada a los árboles elevados. Las cenizas revoloteaban por el aire, pareciendo copos de nieve grises. El corazón le atronó en las orejas. Él quería que corriese, quizá directamente hacia más armas, con balas rociando a su alrededor y un fuego que venía directamente hacia ellos. Y que subiera al dosel, a metros del suelo.
    – Maldita sea, te sacaré de esto pero tienes que hacer lo que digo.
    Ella no tenía mucha elección. Si permanecía donde estaba, iban a dispararle. Asintió, apretando la mandíbula.
    Él impuso un fuego de cobertura y siseó ¡Vete! por encima del hombro.
    Isabeau tropezó poniéndose de pie y comenzó a correr a su derecha agachada. Era más fácil de lo que había pensado, su gata era ágil, moviéndose sobre el suelo desigual sin vacilación. Una vez en pie y en movimiento, la canción del bosque estuvo en sus venas otra vez. Era un poco más caótica y frenética, pero sus sentidos eran lo bastante agudos para poder sortear los alrededores mientras corría.
    Sabía que sólo había animales delante de ella. Nunca oyó a Conner detrás de ella, pero captó el salto de su gata reaccionando a él. Felina estúpida. ¿No sabía que él era más peligroso para ellas que el fuego? Odiaba la oleada de alivio que sentía en su presencia, pero se dijo que era porque sin él, no tenía ni una oportunidad de salir viva de esta situación. Resistió el impulso de mirar por encima del hombro para asegurarse de que estaba en su forma masculina y sólida. Él le daba confianza, cuando no debería hacerlo.
    Con el mundo en torno a ellos girando a un resplandor rojo anaranjado contra el sol poniente y el sonido del viento generado por el fuego golpeando los árboles, se sintió más animal que humana mientras corría por la maleza.
    Conner la agarró la espalda de la camisa y la detuvo bruscamente.
    – Aquí. Subimos aquí. Ellos no nos buscarán en el dosel. Disparan para conducirnos ciegamente al otro grupo. No podemos ser atrapados en un fuego cruzado.
    Ella apenas respiraba con dificultad, aún después de correr duramente, los pulmones y el corazón trabajaban más como la gata que como la mujer. Miró al tronco largo del árbol. Las primeras ramas estaban a unos buenos diez metros por encima de su cabeza.
    – ¿Estás loco? -Dio un paso atrás-. Yo no puedo trepar eso.
    – Sí, puedes. Eres poderosa y fuerte, Isabeau. Has vivido un ciclo vital ya como felina, conmigo. Regresará a ti. Confía en tu gata y déjala libre. No surgirá completamente, pero te hará subir al árbol.
    – ¿He mencionado alguna vez que tengo un problema con las alturas?
    – ¿Tienes algún problema con las balas?
    Ella parpadeó, se dio cuenta de que le estaba gastando una broma y le envió un ceño.
    – Eso no es gracioso. -Pero ante la ceja levantada, una pequeña sonrisa logró moverse furtivamente. Él no parecía preocupado. La miraba como si creyera que podía hacer lo imposible.
    Respiró y miró al largo tronco del árbol. Estaba cubierto con vides, una multitud de flores y hongos.
    – ¿Cómo?
    Él le sonrió, los dientes blancos.
    – Buena chica. Sabía que lo harías.
    Ella juraba que los caninos eran un poco más largos, un poco más afilados de lo que lo habían sido antes y se pasó la lengua sobre sus propios dientes para verificarlo. Parecían los bastante normales y casi se decepcionó. La sonrisa de él envió un estallido de orgullo que canturreó por sus venas y eso no era tolerable así que mantuvo su atención en el árbol.
    – Entonces sabes más que yo. Dime cómo.
    – Quítate tus zapatos, átalos alrededor de tu cuello.
    Ella vaciló, pero él ya estaba haciendo lo que aconsejaba así que hizo lo mismo de mala gana, metiendo los calcetines dentro de los zapatos y atándolos juntos para poder colgárselos alrededor del cuello. Se sentía tonta, pero se puso de pie y esperó con torpeza.
    – Dime primero cómo funciona esto.
    – Estaré justo detrás de ti. Has visto trepar a los gatos. Utilizan las garras para anclarse a sí mismos al tronco. Los leopardos son enormemente fuertes. Tienen sus garras y su fuerza.
    Le tendió la mano.
    – ¿Te parece que tengo garras?
    Él tomó la mano en la suya, dándole la vuelta, examinándola. La mano parecía pequeña y un poco perdida en la de él. El toque fue suave, pero cuando ella involuntariamente intentó arrancarla, él apretó el puño, evitando que escapara. Él le mantuvo la mirada, levantó las puntas de los dedos a su cara, rozando deliberadamente las puntas de los dedos en las cuatro ranuras que tenía allí, siguiendo las cicatrices de un extremo a otro.
    – Tienes garras.
    Ella se humedeció los labios otra vez, el corazón latía con un ruido sordo.
    – No quise hacer eso. No lo sabía. -Odiaba disculparse; él merecía las cicatrices, pero ella todavía se avergonzada de la violencia, de la manera en que había sido tan ingenua, de las cosas que había hecho con él y que todavía quería hacer. Todas ellas. Agachó la cabeza, medio convencida de que él podía leerle la mente-. Quise abofetearte, no marcarte.
    – Lo sé. Y no te culpo -dijo, soltando de mala gana la mano-. Pienso en ello como tu marca sobre mí.
    La matriz se le apretó y luego sufrió espasmos. Esa reacción era totalmente inadecuada y molesta, pero aún así se encontró húmeda y dolorida. Él hipnotizaba a la gente. No era sólo a ella. Tenía que recordarse que si él volvía ese encanto magnético hacia Imelda Cortez, ella reaccionaría exactamente de la misma manera. No era real.
    – Dime cómo hacer esto. -Era su única salida y, aunque aterrorizada, trepar al dosel era mejor que los pensamientos de Conner Vega llevando su marca.
    – Da un paso junto al tronco. Finge que eres una ecologista fanática de esas que abrazan a los árboles. -Arrojó el arma sobre la espalda, dejando sus brazos libres,
    Isabeau hizo lo que decía. Instantáneamente él dio un paso detrás de ella, sus brazos la rodearon, curvó los dedos, las puntas contra el tronco. Ella lo sintió a su espalda. Era… íntimo. Chocante. Cuando él respiraba, también lo hacía ella. Cada terminación nerviosa en alerta.
    Él inclinó la cabeza aún más cerca hasta que los labios estuvieron contra la oreja de ella y el mentón le rozó el hombro.
    – Está bien. Imita lo que hago. No tengas miedo. No mires hacia abajo. Solo trepa conmigo. No te dejaré caer. Confía en tu gata. Habla con ella. Ahora. Dile que trepe al árbol. Dile que debemos escapar de los hombres y el fuego. Siéntela. Alcánzala. Ella no puede surgir completamente, pero ya te ha demostrado que vendrá en tu ayuda.
    Sonaba tan absurdo pero le oyó susurrando en la oreja o quizá era su mente. Vida o muerte. La supervivencia de nuestro compañero. Tómanos. Es más duro en esta forma, pero ella no puede surgir completamente. Llámala. Déjala olerte. Tranquilízala.
    Mientras ella miraba, las manos de Conner se curvaron en dos garras. Ella olió algo fiero, salvaje, indomable. El almizcle de un gato macho en la flor de la vida. Sintió la reacción instantánea dentro de ella, su propia gata saltando hacia el olor, alzándose cerca, tan cerca que sintió el aliento caliente en los pulmones y la fuerza que se vertía por su cuerpo. La adrenalina corrió rápidamente por su sangre y rompió a sudar. La piel le picaba y sintió el pelaje deslizándose justo bajo la superficie de la piel. La boca le dolió, los dientes le dolieron. Las coyunturas chasquearon y pincharon. Los dedos de las manos y los pies hormiguearon y ardieron.
    Isabeau jadeó y forzó aire por los pulmones, echándose para atrás. La cabeza golpeó el hombro de Conner y descansó allí mientras respiraba alejando los sentimientos extraños y espantosos.
    – Lo estás haciendo bien, Isabeau. Ella está cerca. La sientes. Se está alzando para ayudarte.
    Ella sacudió la cabeza.
    – No puedo hacerlo. No puedo.
    Los labios de Conner le rozaron un lado de la cara. ¿A propósito? Un accidente. En cualquier caso su toque la calmó. Él no se había movido, apretado tan cerca de ella que podía sentirlo como una manta protectora que la rodeaba.
    – Por supuesto que puedes. Bloquea el fuego. Las armas. Ellos no importan. Sólo tu gata. Supera el temor. No perderás quién eres, crecerás. Suéltate y alcánzala.
    Se sentía como si se entregara a él de nuevo, ¿pero cómo podía explicárselo a él? Su voz mágica, tan suave, tan lenta, como la melaza espesa que se movía sobre ella y en su interior, llenando cada espacio vacío con él. El humo vagó entre los árboles, los animales trepaban por encima de sus cabezas y la ceniza llovía sobre ellos. Oyó el sonido de disparos de armas y una lluvia de balas golpeó en torno a ellos, pero él nunca se estremeció, nunca se mostró impaciente. Sólo esperó, la espalda expuesta al peligro, su cuerpo protegiendo el de ella.
    Isabeau se dio cuenta de que se sentía completamente viva por primera vez desde que había sabido la verdad sobre él. Y eso la asustaba más que nada.

Capítulo 4

    Durante un largo momento, Isabeau permitió que su cuerpo se recostara en el consuelo de Conner. Sería preferible morir intentando huir que ser disparada por los asesinos de Imelda Cortez o muerta en su fuego. Era un argumento para tratar de trepar al árbol, mucho mejor que querer complacerlo, demostrarle que tenía tanto valor como él, bien, que probarse a sí misma. Una cuestión de orgullo. Cerró los ojos y se forzó a pensar en un leopardo, a imaginarse a la gran gata en su mente. Necesitaba el sonido de la voz de Conner, su ánimo.
    – Dime cómo es ella.
    Ella sintió más que oyó la rápida inhalación de Conner. Los labios cuchichearon sobre el lugar vulnerable entre el hombro y el cuello.
    – Es hermosa, como tú. Muy inteligente y eso se muestra en sus ojos. Todo era siempre un desafío para ella y podía estar de un humor muy variable, un momento amorosa, al siguiente, arañándome con las garras.
    Había una suave nota casi seductora en su voz y él no parecía notar que estaba hablando como si hubiera conocido a su leopardo íntimamente.
    – Adoraba la noche, y a menudo, teníamos que salir bajo las estrellas y caminar durante horas. Recela de los intrusos, tarda en confiar y arde con fuego. Es tan hermosa, Isabeau, y reservada, misteriosa y evasiva. Tiene una mente rápida e inteligente.
    – ¿Qué aspecto tiene? -Las palabras fueron estranguladas. Describía su personalidad, pero no. Ella se identificaba con todo lo que decía y la voz de Conner se había vuelto más ronca, sexy, mientras articulaba un conocimiento íntimo de su ser más interno y protegido.
    – Es elegante. Chiquitita para una de nuestra clase. Su fuego se asoma en los brillantes ojos junto con su inteligencia. Más dorados que verdes, las pupilas dilatadas y oscuras, brillantes, reflejando la luz. Los ojos penetrantes y magníficos. Una vez que los ves, nunca los olvidas. Puedo cerrar los ojos y verlos entre todas esas manchas oscuras que se dispersan por su pelaje. Es leonada, como tu cabello. -Le acarició el espeso cabello con la cara-. Es suave y musculosa, con un pelaje leonado dorado y patrones de manchas que se parecen al cielo nocturno que ella adora tanto. Las patas son delicadas, como tus manos.
    Las manos cubrieron las de ella.
    – ¿La sientes cerca de ti?
    Isabeau lo hacía. La gata casi estaba emergiendo, parte de ella, casi como un recuerdo. Podía ver a la felina como él la describía, y las manos atrapadas bajo las de él, dolieron y ardieron.
    – Duele, Conner -cuchicheó, asustada.
    – Lo sé, nena. -Su voz bajó una octava. Se volvió ronca-. ¿Recuerdas la primera vez que te hice el amor? Hubo dolor, Isabeau, pero tanto placer. Respira y déjala salir. Llámala, deja que se derrame sobre ti.
    Su voz era puro terciopelo negro, una seducción irresistible. Su aliento cálido. Su calor. Su cuerpo apretado tan fuertemente contra el suyo. Cada detalle vívido de esa primera vez. Las manos sobre ella. Su boca. La manera en que su cuerpo se movió en el de ella, tan seguro, tan experimentado, duro, fuerte y correcto, como si estuvieran hechos el uno para el otro.
    – Déjala ir -animó él, como había hecho tantos meses antes.
    Su voz devolvió una inundación de recuerdos, enviando el fuego que crujía en la maleza directamente al centro de su cuerpo. Estaba mojada. Los senos le dolían, hinchándose con la necesidad, los pezones endurecidos, desesperados por su toque. Los labios arrastraron besos desde el lóbulo de la oreja al hombro. La boca la acarició, enviando chispas de electricidad saltando por su sangre.
    Isabeau alcanzó a la felina hembra que acechaba en su cuerpo. Inmediatamente sintió el salto de respuesta, como si su gata hubiera estado esperando simplemente. Los dedos de las manos y pies ardían y crepitaban, un fuego candente. Involuntariamente sus manos se curvaron. La piel se sintió como si se abriera de par en par. El aliento se le quedó atrapado en la garganta y se tensó, sintiendo que algo se movía dentro de sus manos y pies. Cuando estaba a punto de retroceder, Conner se inclinó y hundió los dientes en su hombro, una mordedura muy nostálgica de cuando había tomado su virginidad, distrayéndola, manteniéndola quieta, el placer y el dolor atravesando su cuerpo, volviéndola líquida y conforme.
    Unas navajas como estiletes estallaron de su piel, unas garras gruesas y curvadas conectadas por un ligamento al hueso en la punta de cada dedo. El movimiento más diminuto de los músculos y tendones le permitía mover las garras.
    – Respira, Hafelina, lo has hecho. Subamos.
    Otra vez no hubo impaciencia en su voz, sólo orgullo. Isabeau tembló mientras él tomaba sus muñecas y le extendía los brazos sobre la cabeza, anclando las garras en el árbol mismo.
    – Sube con tus garras. Confía en la fuerza de tu gata. Estaré contigo a cada paso del camino y no te dejaré caer.
    Ella le creyó. Parte de la razón por la que se había enamorado tan fuerte y tan rápidamente había sido el modo en que la hacía sentirse completamente protegida. No podía imaginarse que nada le sucediera siempre que estuviera con él. No importaban las circunstancias, era un hombre que inspiraba confianza.
    Clavó las garras en el árbol. Él estiró sus propios brazos por encima de ella, enjaulándola, haciéndola sentirse segura conforme se empujaba. Ella se horrorizó de la fuerza que corría por su cuerpo. Era estimulante subir con tal facilidad, las garras se curvaban en el tronco, haces de músculos se deslizaban bajo su piel mientras se elevaba hacia el dosel. No miró abajo, sino arriba, a las anchas ramas entretejidas como una carretera. El espeso velo de hojas ocultaba la vida de tantas criaturas a una treintena de metros por encima del suelo. Había todo un mundo nuevo allí arriba.
    Casi se olvidó del fuego y las armas. No había más viento y olió el humo, sacándola de repente de la experiencia surrealista y devolviéndola a la vida real. Así había sido siempre cuando había estado con Conner. Cada cosa que habían hecho juntos, cada lugar al que habían ido, había sido como una vida propia. Casi había tenido miedo de dormir, atemorizada de perderse algo. La vida con Conner era vívida, eléctrica, apasionada, todo lo que siempre había deseado.
    Trepó metódicamente, encontrando un ritmo en el movimiento mientras se empujaba por el tronco del árbol. Conner siempre la cubrió, en sincronización perfecta, como si bailaran o hicieran el amor. Sentía los músculos de su cuerpo, duro y definido, deslizándose contra el suyo. Los muslos gruesos permanecieron bajo ella siempre, sus brazos la rodeaban, su pecho apretado contra la espalda mientras se movían juntos, casi como si fueran una persona, no dos.
    Gotas de agua salpicaron cuando las nubes que bullían encima del dosel explotaron y descargaron cascadas de agua sobre los árboles que ardían, mojando las llamas rugientes. Un humo negro se mezcló con el espeso vapor grisáceo que rodeaba el dosel, creando un velo denso. Conner dio un paso con facilidad sobre una rama y la tiró cerca de él, manteniendo el brazo alrededor de la cintura. Ella se sentía como si hubiera entrado en los cielos.
    Conner tenía razón: Los pistoleros no les podían ver en las ramas gruesas, no con la niebla densa que les cubría.
    – Quiero que sigamos moviéndonos. Dudo que adviertan las marcas que hemos hecho en el tronco, pero no quiero correr ningún riesgo. Los otros irán al río y si se topan con problemas, estaremos allí para ayudarlos.
    Ella se miró fijamente las manos. Las garras se habían retractado como si nunca hubieran estado allí. Giró las manos una y otra vez, inspeccionándolas.
    – Las he visto, pero no lo puedo creer.
    – Vamos. -La tomó de la mano-. Estará resbaladizo con la lluvia, así que mira dónde pones el pie y no me sueltes. Si resbalas, Isabeau, confía en tu gata. No te asustes.
    – Me dices eso muchas veces.
    – Nuestra capacidad de aterrizar de pie es legendaria por una razón -le recordó-. Es verdad. Incluso si das un salto mortal al revés, tu felina te enderezará en dos segundos. Estarás bien y yo estaré detrás de ti.
    Ella respiró y se le escapó una risa nerviosa.
    – Creo que te tomaré la palabra y me saltaré la experiencia verdadera, si no te importa.
    Él le sonrió. Allí, con el humo y las nubes que lo rodeaban, la fuerte cara marcada y los ojos de un whisky profundo conteniendo una huella de diversión, ella le encontró demasiado atractivo. Tuvo que apartar la mirada. Los animales estaban por todas partes, el dosel en constante movimiento, salvándola del desconcierto.
    – Esto es asombroso.
    – Sí, lo es.
    De cerca, el colorido de los pájaros era vívido, brillantes azules, verdes e incluso rojos. Ella nunca había advertido las plumas individuales y cuán largos y afilados podían parecer los picos. El tiró de su mano.
    – Vamos. Tenemos que salir de este árbol.
    – Nunca creerán que hemos podido subir aquí.
    – Cortez tiene dos leopardos renegados en nómina. Ellos nos podrían seguir.
    El corazón de Isabeau saltó.
    – ¿Hombres como tú?
    – Hombres mucho peores que yo. -Le deslizó la mirada sobre la cara-. Puedes no creerme, Isabeau, pero yo tengo un código. La jodí contigo, pero tengo uno. Esos hombres no.
    Ella agachó la cabeza. No quería hablar del pasado. Era demasiado doloroso. Él la había roto, dejado medio viva, una concha vacía que nunca podría amar a otro hombre. Sabía eso con absoluta certeza. Siempre sería Conner al que anhelara, por mucho que lo despreciara.
    Le siguió, sorprendida por la facilidad con que podía equilibrarse cuando dio un paso sobre la red de ramas a la rama de un árbol vecino. La lluvia aumentó en fuerza, como a menudo hacía en la temporada húmeda. No hacía frío y con la avalancha de humedad y calor, el vapor se alzó en torno a ellos, convirtiendo el dosel en un mundo misterioso.
    Los dedos de Conner se apretaron en torno a los de ella, pidiendo silencio. Ella oyó el sonido de voces a la deriva por el velo de niebla y mil mariposas revolotearon en su estómago. La boca se le secó. Conner nunca vaciló, caminaba por las ramas como si fueran una acera, yendo de árbol en árbol. Dos veces hizo un ruido de resoplidos como si advirtiera a alguna criatura más grande de su presencia, pero gran parte del tiempo, los sonidos que hacía estaban en algún lugar entre un extraño ronroneo y unos gruñidos bajos y retumbantes. En vez de amenazar, las notas eran tranquilizadoras.
    Ella empezó a ser consciente de las criaturas del dosel. Donde antes los animales habían estado frenéticos, escapando del fuego y gritándose advertencias los unos a los otros, ahora estaban mucho más tranquilos, como ella. Era la voz de Conner, esa hermosa, tranquilizadora y calmante voz. No tenía sentido. Debería haber estado aterrorizada. Estaba a unos treinta metros del suelo de la selva, rodeada por humo y una niebla tan espesa que era casi imposible ver la mano delante de la cara, colocando con cuidado los pies en ramas resbaladizas. En algún lugar de abajo, hombres con armas les estaban cazando y ella estaba con el hombre que había roto su mundo en pedazos y lo había dejado en ruinas.
    Los pájaros se asentaban en los árboles en torno a ellos en vez de volar con temor. Los monos solamente les miraban con curiosidad, pero el frenético parloteo había descendido a algo normal. La lluvia caía de forma constante y la vida parecía volver a la normalidad rápidamente. Miró al hombre que la guiaba con tal confianza por la carretera retorcida de ramas. Era Conner. La pura fuerza de su personalidad extendía calma no sólo a ella, sino a los animales.
    Ella le siguió, tratando de averiguar cómo frenar su reacción a él. ¿Cómo bloqueaba uno su voz, su carisma, su puro magnetismo? Era el tipo de hombre que destacaba en una multitud. ¿Cómo se suponía que iba a enfriar su sangre y calmar su pulso después de compartir un incendio descontrolado con él? Cada vez que él la miraba estaba allí otra vez, esa respuesta salvaje y apasionada que no podía evitar.
    Debería haberlo sabido. Ella no era la clase de mujer que un hombre como él desearía. Su mirada era demasiado concentrada, demasiado absoluta, haciéndola sentir como si fuera la única mujer en su mundo. Como si él nunca pudiera ver a nadie excepto a ella. Era el animal en él. El leopardo. Acechando a la presa. Ella había sido su presa. Un solo sonido escapó, un grito bajo y herido que estranguló apresuradamente.
    Inmediatamente él se dio la vuelta, su cuerpo elegante y fluido, casi de ballet en la rama estrecha. Se inclinó sobre ella, tirándola al refugio de su cuerpo.
    – ¿Qué es?
    . La acusación estaba allí en su mente. En su corazón. Que Dios la ayudara, en su alma. Él era lo que estaba mal. El modo en que se movía. El sonido de su voz. El recuerdo de sus manos, boca y cuerpo perteneciéndole a ella. Isabeau sacudió la cabeza. No había sabido que sería tan difícil verlo, olerlo. Ese olor salvaje y peligroso.
    – Es sólo un poco de miedo aquí arriba -mintió. Y ella oyó la mentira en su voz. Podía decir por sus ojos que él la oyó también.
    – Las mentiras tienen un olor propio -dijo él.
    – ¿De verdad? Me enseñaste muchas cosas, pero descuidaste enseñarme eso.
    – No todo fue mentira, Isabeau.
    Ella sacudió la cabeza, el corazón tan dolorido que levantó una mano para presionar contra el pecho.
    – No te creo. Y ya no importa, ¿no? Tenemos que encontrar un modo de recuperar a esos niños. Eso es todo lo que importa. -Se forzó a decirlo. No era una cobarde-. No estabas equivocado con respecto a él, mi padre. Excavé mucho y averigüé la verdad. Estaba implicado con la célula terrorista que destapaste. Aceptaba su dinero. -Se encontró con sus ojos-. Eso no significa que no le quisiera, ni que lo que hiciste estuviera bien, pero él no era inocente.
    – Lo siento, Isabeau. Averiguar esas cosas debe haberte herido.
    – No tanto como verlo morir. -O averiguar que el hombre al que amaba por encima de todo sólo la había utilizado para acercarse a su padre. Había creído en él con cada fibra de su ser, le había dado todo lo que ella era o sería jamás. Y todo había sido una mentira.
    El corazón de Conner se apretó. Isabeau nunca sería experta en ocultarle sus sentimientos. Herida no era la palabra para lo que le había hecho. La había roto y la había desilusionado. Había culpa y humillación mezclados con dolor.
    – No tienes nada de lo que avergonzarte, Isabeau. Soy el único que actuó sin honor. Tú no hiciste nada malo.
    – Me enamoré del hombre equivocado.
    – No lo hiciste, Sestrilla, yo soy el hombre correcto. Sólo era el tiempo equivocado para nosotros.
    Ella levantó el mentón, los ojos echando fuego.
    – Vete al infierno, Conner. Yo no soy tu trabajo esta vez. No te molestes en practicar conmigo, no lo necesitas.
    Su voz cortó como un cuchillo, lo bastante para hacerlo respingar. Aunque se lo merecía. Movió la mirada sobre la cara de ella con intensidad melancólica. Parecía rebelde, desafiante, tan hermosa que dolía por adentro. Se había dicho que se alejaría de ella, ¿pero cómo? ¿Cómo podría dejarla? Estaba ya tan enamorado de ella que no había salida. Levantó la mano de ella a su pecho, apretó la palma sobre el corazón.
    – Tú nunca fuiste mi trabajo, Isabeau. -Iba a encontrar un modo de ganarse su confianza otra vez. Tenía que haber una manera.
    Ella tragó con fuerza y apartó la mirada, pero no antes de que él captara el brillo de lágrimas.
    – Vamos.
    – Maldita sea, Isabeau. ¿Cómo conseguiremos superar esto?
    – ¿Superarlo?
    Furiosa, Isabeau liberó la mano de un tirón y se alejó, dando un paso hacia atrás, al espacio vacío. Echó las manos al aire pero ya estaba cayendo. El terror la atrapó cuando miró arriba y vio la máscara resbalar de la cara de Conner para ser reemplazada por el temor. Vio la mandíbula endurecerse cuando saltó de la rama tras ella. Entonces dio un salto mortal por el aire. El pánico inundó el cuerpo de Isabeau con adrenalina helada.
    Respira. Alcanza a tu gata. Juró que oía la voz de Conner, tan tranquilo como siempre, inundando su mente, expulsando el susto para ser reemplazado por una calma extraña.
    Sintió su cuerpo retorcerse hasta que la parte superior señaló hacia abajo y las piernas hicieron lo mismo. Parecía estar cayendo fuera de control y ella misma se rindió a la felina para que luchara por venir en su ayuda. La piel picó y el pelaje estalló por su cuerpo, frenando el descenso. Instintivamente abrió los brazos y se dobló por la mitad. Su espina dorsal se flexionó. Los oídos le ardían, casi como si su cuerpo se afinara para saber qué era arriba y qué abajo. Los ojos centrados en el suelo que corría para encontrarla.
    Se encontró metiendo los brazos hacia adentro y extendiendo las piernas para que su cuerpo girara, la parte delantera bajando mucho más rápido que la parte de abajo. Inmediatamente metió las piernas y extendió los brazos para darse la vuelta. Había girado completamente en el aire, justo como Conner había dicho que haría. Trató de relajarse mientras sentía una sensación abrasadora en pies y manos, indicando a las garras que se abrieran camino a través de la piel sensible poco antes de golpear el suelo. Las almohadillas ayudaron, pero golpeó con fuerza, las piernas y manos absorbieron la tremenda caída a través de las patas.
    El dolor chocó por su cuerpo, muñecas, codos, rodillas y tobillos desmoronándose bajo ella mientras se extendía en el suelo del bosque.
    – No te muevas -siseó Conner cuando aterrizó al lado de ella, agachándose con un movimiento perfecto.
    Lo odió en ese momento. Tenía que ser bueno en todo. Ella se había caído del dosel en la selva tropical, arreglándose para enderezarse y aún así se había hecho daño. Las manos de Conner se movieron sobre ella, examinándola rápida y eficientemente en busca de daños.
    – Acabamos de aterrizar en medio de territorio enemigo -recordó-. No hagas ni un sonido.
    Ella se dio cuenta de que estaba gimiendo suavemente y se forzó a tranquilizarse, aunque no pudo detener las lágrimas que le caían por la cara. Respingó cuando los dedos de él se movieron a la muñeca izquierda.
    – Cuán malo -articuló.
    Ella alzó la mirada a su cara seria y trató de parecer valiente cuando lo que realmente quería era curvarse en una pelota y sollozar. Las puntas de los dedos de él le rozaron suavemente las lágrimas, haciendo que su corazón doliera.
    – Una torcedura, creo. El resto de mí sólo está contusionada, me he golpeado por todas partes cuando he aterrizado. He tenido suerte. -Recordó cuchichear las palabras, utilizando un hilo de sonido que la aguda audición de Conner podía captar fácilmente.
    Su cuerpo se sintonizaba una vez más al ritmo de la selva tropical. Oyó el susurrar en la maleza y supo que era un hombre, no un animal, el que rozaba las hojas bastante cerca de ellos. Demasiado cerca. Olió sudor, temor y putrefacción. Los ojos se encontraron con los de Conner. Allí estaba otra vez, esa mirada implacable, despiadada y peligrosa que significaba que estaba a salvo. Él se puso el dedo en los labios y le indicó que retrocediera a la cobertura de la maleza. Ella utilizó los dedos de los pies y los codos para deslizarse sobre el vientre, moviéndose con cuidado sobre la alfombra gruesa de hojas caídas, hasta que las hojas más anchas y gruesas de los arbustos le proporcionaron una pantalla.
    Todo el tiempo mientras se escabullía, Conner permaneció en su terreno, escudándola con su cuerpo. Él le hacía difícil despreciarlo totalmente cuando se ponía continuamente en peligro para protegerla. Y deseaba, necesitaba despreciarlo. Tenía que permanecer alerta para evitar caer bajo su hechizo. Fuera en el bosque donde una ley más alta prevalecía, la vida pareció muy blanquinegra.
    Sólo cuando estuvo a salvo bajo la cobertura, Conner comenzó a moverse. El arma siempre lista, la mirada examinaba inquietamente cada pulgada de los alrededores, sin perderse nada. Retrocedió lentamente en la maleza para tumbarse al lado de ella. Con paciencia infinita empujó el arma en sus manos, le colocó el dedo en el gatillo y le advirtió que estuviera en silencio otra vez. Su propia mano, casi a cámara lenta, fue a los pequeños pedazos de metal parecidos a dagas que tenía en los lazos del cinturón. Sacó dos de ellos sin un sonido.
    Ella nunca los había notado, tan pequeños y de aspecto inofensivo, pero vio, antes de que los dedos los ocultaran, que eran puñales mortales. El arma de un asesino. Cerró los ojos por un momento, preguntándose cómo había llegado a este lugar con este hombre. Le tocó el dorso de la mano y esperó hasta que ella se atrevió a mirarlo otra vez. Él le guiñó y justo así la tensión se alivió.
    La noche descendió rápidamente en la selva tropical y, aunque ella estaba acostumbrada a acampar durante largos periodos de tiempo mientras trabajaba, solía estar a salvo de la tierra y fuera del camino de los millones de insectos que convertían el suelo de la selva en una alfombra viviente. Podía sentir a los bichos moverse por su piel y habría tratado de moverse para quitárselos, pero Conner le había tocado la mano y le había dado ese guiño lento y sexy.
    A Isabeau el aliento se le quedó atascado en la garganta y se congeló cuando dos botas inmensas dieron un paso a centímetros de su cabeza. Conner nunca se movió. Estaba tumbado a su lado, la respiración tranquila y silenciosa, pero podía sentir la tensión arremolinándose en su cuerpo, los músculos juntarse mientras se preparaba para el salto. El hombre se agachó y empezó a introducirse centímetro a centímetro en la maleza. El vapor se alzaba del suelo, rodeando las botas y pantorrillas a cada paso que daba.
    La vista debería haber golpeado el temor en su corazón, pero Conner era demasiado sólido cerca de ella, demasiado un cazador, los ojos fijos en su presa, impasible, como los ojos de un leopardo. Los ojos de Conner ardían, el ámbar se oscureció a un amarillo verdoso, ardiendo con la tensión, con fuego, pero en su mayor parte con una astuta inteligencia. Su mirada era penetrante y ella no podía apartar los ojos de su cara, ni siquiera para ver a dónde se dirigía el hombre que se arrastraba por el bosque.
    Isabeau oyó retumbar a su corazón, pero Conner nunca se movió, utilizando toda la paciencia natural de un leopardo, completamente inmóvil mientras el hombre giraba la espalda y daba varios pasos alejándose, alertado por un suave ruido justo delante. El aliento se le paró en los pulmones cuando captó el olor de Adán. Estaba cerca y el hombre oculto en la maleza le oía.
    Conner se deslizó hacia adelante, acechando lentamente sobre el vientre, propulsándose adelante palmo a palmo. Se arrastraba y se congelaba, utilizando la exigua cobertura para avanzar hasta estar a treinta centímetros de su presa. Cuanto más se acercaba, más lentamente se movía, mientras seguía acechando de esa manera congelada hasta que estuvo casi sobre el hombre. Una vez que se centró, su mirada dilatada nunca se movió del objetivo. Estalló desde el suelo, lanzándose sobre su presa, agarrando los dos puñales y acuchillando. Con su enorme fuerza sostuvo a su presa fácilmente, mientras el hombre grande se resistía, tratando de defenderse, dejando caer el arma en el proceso, incapaz de gritar.
    Isabeau trató de apartar la mirada, pero la vista de la lucha a vida o muerte la hipnotizó. En su mayor parte miraba a la cara de Conner. Su expresión nunca cambió. Los ojos parecían salvajes, de ese extraño dorado ardiente, pero la cara era una máscara de resolución implacable. Ella no le podía imaginar derrotado por nada. Parecía invencible. Parecía despiadado. Mortal. Y que Dios la ayudara, ella era atraída como una polilla a la llama en vez de ser repelida como debería haber sido.
    Conner bajó el cuerpo al suelo en silencio y dejó salir una serie de resoplidos. El sonido perforó el velo de niebla que se alzaba como nubes alrededor de ellos, reverberando en la oscuridad, mezclándose con los sonidos naturales del bosque. A lo lejos, ella oyó una respuesta, el ronroneo de saludo común de un leopardo, parecido al bufido de un caballo. Otro contestó con una combinación que se parecía al arrullo de una paloma y el agua corriendo sobre rocas. Un tercer leopardo sonó como un breve estornudo amortiguado, formando un triángulo con Conner e Isabeau en el centro. La vocalización duró menos que un segundo, pero los sonidos fueron escalofriantes.
    Allí en la noche, frente a enemigos invisibles, estar rodeada por animales peligrosos y salvajes aterrorizaba. Sabía que los leopardos estaban más extendidos que cualquier otro felino, porque eran más adaptables, más astutos y audaces. Eran conocidos por acechar a las personas en sus aldeas, yendo directamente a las casas y tomando sus presas. Eran reservados y se suponía que eran solitarios, así que ¿por qué había al menos tres de ellos? A menos que el fuego los hubiera conducido al río como había hecho con Conner y Isabeau. Sabía que los leopardos eran extremadamente peligrosos, como Conner. O quizá él lo era más, al ser hombre también. ¿Le daba eso más inteligencia? ¿Más control? O quizá él no era el único leopardo en el equipo.
    La boca se le quedó tan seca que temió no poder tragar y en algún lugar el temblor comenzó. Conner avanzó de vuelta a ella de esa manera silenciosa suya y la levantó del suelo, poniéndola de pie. El dolor se sacudió por su cuerpo y la muñeca latió donde se la había torcido. Se mantuvo quieta mientras él cepillaba los insectos de su tembloroso cuerpo. Ella no vivía así, con grandes aventuras. Vivía una vida de soledad, oculta del mundo en su preciosa selva tropical, trabajando con sus plantas. Gran parte del tiempo estaba sola o con un guía, y ciertamente no se metía con cárteles de droga u hombres peligrosos, hasta Conner.
    – Te sacaré de esto -dijo él.
    Su voz fue apacible, una voz arrastrada, como una droga, algo que una vez experimentó, que ahora siempre anhelaba, como su toque. Como la concentrada y aguda mirada de sus ojos. Tan intensa. Tan completamente centrada en ella. Era estimulante y desconcertante al mismo tiempo. El roce de los dedos contra la piel envió temblores por su cuerpo, olas de conocimiento la atravesaron hasta que su centro se convirtió en líquido caliente. Rodeada por la muerte y el peligro, estaba más susceptible a él que nunca.
    – Sé que lo harás. -Mantuvo la voz baja, atemorizada de traicionarse-. Ésos eran leopardos, ¿verdad?
    – Amigos. Les advertí que tenían dos más yendo hacia ellos. Rio tiene a Adán a salvo.
    – Los leopardos no son leopardos verdaderos -adivinó. Debería haber sabido que eran los amigos de Conner contestando a su llamada. Isabeau dejó salir el aliento. Amigos. Tenían amigos en medio de esta locura-. ¿Son como tú?
    – Como nosotros -corrigió y le quitó las hojas del pelo-. Son como nosotros, Isabeau.
    Ella no se movió, absorbiendo la sensación de los dedos en el pelo. Él tenía un modo de hacerla sentir especial y cuidada, protegida y amada, pero sabía que era una ilusión. Lo había contratado por esos rasgos, para seducir a otra mujer con ese magnetismo. Ahora no estaba segura de que pudiera observarlo hacer eso.
    – No debería haberte traído aquí. -La confesión escapó a pesar de su resolución de no abordar con él el pasado.
    La palma áspera le ahuecó el lado de la cara, la almohadilla del pulgar se deslizó de modo seductor de aquí para allá, casi hipnotizándola tan completamente como hacía su voz.
    – No, no deberías haberlo hecho, no si querías estar a salvo. Pero es demasiado tarde para lamentarse. Estamos ya aquí y completamente metidos en este lío. No podemos dejar a esos niños con Imelda Cortez y no podemos fingir que somos indiferentes. Espero un poco de odio, Isabeau, pero eso no es todo lo que sientes por mí y espero honradez entre nosotros.
    El fuego destelló por ella, una tormenta de tal calor que se sacudió con ella.
    – ¿Esperas honradez entre nosotros? ¿? -Vertió desprecio en su voz-. No conocerías la honradez si te mordiera en el culo. No te atrevas a sermonearme. Me mentiste. Me usaste. Me hiciste creer que me amabas y que íbamos a tener una vida juntos. Y entonces mataste a mi padre. Todo acerca de ti es una mentira, una ilusión. Ni siquiera eres real.
    La rabia ardió como una tormenta de fuego en su estómago, revolviéndose salvajemente, estallando en una conflagración llameante que no podía o no quería apagar. Había una parte de ella que sabía que su hambre sexual era un buen porcentaje de lo que abastecía de combustible las llamas de la ira, que la intensidad de su justificada furia era el celo de su gata y su absoluta necesidad física del macho dominante que estaba delante de ella, pero se sintió tan bien al tirarle el arma al suelo y columpiar el puño apretado contra la masculina sonrisa afectada pagada de sí mismo, deseando poder quitársela de la cara.
    La diversión se arrastró en el ámbar de los ojos de Conner cuando esquivó el golpe, le mostró los dientes en una sonrisa.
    – ¿Estás tratando de golpearme?
    – Patearé tu culo -escupió, rodeándolo, un lento siseo escapó de su garganta. Su risa sólo avivaba las llamas.
    – Hafelina. -La voz de Conner ardía con sexo y el cuerpo traicionero de ella reaccionó con un espasmo de necesidad.
    – ¿Qué significa eso? -preguntó y lanzó una patada a su muslo.
    Él apartó el pie de un golpe.
    – Gatita. Y te estás comportando como una en este momento. No quiero herirte, Isabeau, así que detén estas tonterías.
    – ¿Crees que eres el único con entrenamiento? -Ahora era un asunto de orgullo que lograra un tanto con él. Sólo uno.
    Atacó con fuerza, una serie de patadas rápidas como el relámpago. Él bloqueó cada una con un golpe casi casual de la mano. Los golpecitos picaban pero no dolían realmente. Ella no apartó los ojos de él, una furia sexual se manifestaba en la rabia violenta.
    – ¿Sabes lo que hace una gata cuando está en celo y su macho la rodea?
    La voz de él bajó una octava. Ronroneó. Le acarició la sensible piel y encontró nervios ardientes en carne viva. Un calor líquido la abrasó. Los pechos le dolieron. La piel se sintió demasiado tensa, la necesidad y un hambre enojada que no podía controlar se mezclaron.
    – No estoy en celo -siseó y atacó otra vez, esta vez con las manos, lanzando un izquierdazo, un derechazo y luego un gancho.
    Él bloqueó cada movimiento con la palma abierta, ese mismo golpe casual que era tan enfurecedor como el hambre cruda y nerviosa que guiaba su necesidad de atacarle.
    – Seguro que lo estás. -Su voz bajó aún más y sus ojos vagaron posesivamente sobre el cuerpo de ella-. Estás tan caliente como el infierno. Tu aroma me está volviendo loco.
    Ella se ruborizó, volviéndose casi carmesí y corrió hacia él otra vez. Él dio un paso al lado y la atrapó, girándola hasta que su espalda se apretó contra él, los brazos sujetos a los costados atrapándola con fuerza contra su cuerpo. El olor de Conner era potente, salvaje, sexy. Cada aliento entrecortado ardía en los pulmones de Isabeau. La adrenalina era caliente y el líquido se precipitaba por sus venas.
    Siseó otra vez. Él bajó la cabeza, sujetándola en un puño irrompible, su fuerza era enorme. Le lamió el lado del cuello con una lenta y lánguida demostración de propiedad, enviando temblores por todo su cuerpo. Lenguas de llamas le lamieron la piel. Los dientes rasparon por el cuello, la garganta y luego los labios presionaron contra la oreja.
    – El leopardo hembra siempre rechaza a su compañero, dándole una exhibición de garras, siseando y escupiendo como la gatita que eres. Todo el tiempo ella es seductora, conduciendo a su compañero a un frenesí de hambre incluso mientras lo aparta de ella. Su cuerpo llama al de él. Como el tuyo hace al mío. ¿Sabes por qué, Hafelina?
    Ella se quedó muy quieta, presintiendo peligro. Peligro absoluto. Los dientes se deslizaron por su cuello hasta que le acarició el hombro con la nariz.
    – Porque me perteneces.
    Los dientes se hundieron profundamente en la nuca, el dolor y el placer le quemaron el corazón, crepitaron por las venas y abrasaron su centro más femenino. Su matriz se tensó y se apretó. El calor húmedo se congregó entre las piernas. No podía detenerse de rozarse contra él, casi desesperada por el alivio. La rodilla de Conner subió entre sus piernas, yendo al calor que se apretaba. Las chispas estallaron detrás de sus ojos. Se quedó sin respiración y cada músculo en su cuerpo se tensó. Casi sollozó con el placer que chocaba con su cuerpo.
    Era humillante pero no podía parar de moverse contra él, frenética ahora, cada terminación nerviosa en carne viva. Él gruñó una advertencia suave cuando ella luchó. Conner movió la boca por su cuello, la lengua se arremolinó sobre la mordedura que picaba, enviando olas de calor abrasador a través del sistema sobrecargado de ella.
    – Soy tu compañero, Isabeau. Ahora. Siempre. No hay nada más. Me perteneces a mí y yo te pertenezco a ti. No tiene que gustarte pero no puedes negarlo. Tu cuerpo lo sabe. Tu gata lo sabe. Lucha contra mí todo lo que quieras, pero lo sabes también.
    Ella odió el conocimiento en los ojos de Conner cuando él miró por encima del hombro, su mirada de párpados pesados. Parecía tan sensual. Tan masculino. Tan intenso. La miraba como si supiera que nadie más la satisfaría jamás. Nadie más la podría mantener tan quieta, tan hipnotizada, mientras frotaba el muslo sobre y en ella, haciendo que unas ondas de pulsante necesidad se estrellaran contra ella. Su agarre era posesivo. Frotó la cara sobre su cuello, el hombro, el pelo, casi como si estuviera dejando su olor por todas partes. Reclamándola. Advirtiendo a todos los demás machos.
    A Isabeau los músculos se le arremolinaron en el estómago, la excitación le excitó los muslos y pechos, el aliento se volvió entrecortado. Un sollozo escapó. El cuerpo de él estaba lleno y pesado, presionando, apretando con urgente demanda contra la parte baja de su espalda. Su olor le llenó los pulmones. Él estaba por todas partes y la piel se sentía demasiado apretada, la ropa le hacía daño.
    Manteniéndole los brazos sujetos con un brazo envuelto apretadamente alrededor de ella, le agarró el pelo con el puño y le echó la cabeza atrás. Ella lo miró a los ojos dorados, oscuros ahora con calor. Con hambre intensa. Tanta posesión. Miró cómo bajaba la boca hacia la de ella, y debería haberse movido, debería haber luchado contra él, pero el aliento dejó los pulmones en una ráfaga y estuvo perdida en su propia necesidad. Su boca fue dura y exigente, una orden aplastante tomando, marcando, y saboreó lujuria, saboreó pecado y sexo. Ella le saboreó.
    Había olvidado ese sabor adictivo. Abrió la boca para él y se dio el gusto de su necesidad, alimentándola, sintiendo cuando todo lo que él hacía era besarla, una y otra vez, los labios ásperos, la boca caliente, la lengua la rozaba con caricias de fuego que amenazaban con consumirla. Oyó su propio quejido estrangulado, un sonido de intensa necesidad escapó antes de que pudiera pensar en evitarlo.
    Ya no podía pensar claramente, su cerebro estaba empañado, su cráneo demasiado apretado y el hambre latía como una taladradora en la cabeza. Los senos le dolían, los pezones duros estiraban la delgada tela del sujetador. No podía dejar de frotarse contra él, necesitando la dura presión del muslo para aliviar el terrible dolor que no pararía, sabiendo que no sería suficiente hasta que él la llenara completamente. La boca de Conner se movió al hombro, una marca abrasadora, y susurró bajo y sexy en su oído.
    – Para de luchar, Sestrilla, deja que suceda.
    Su voz, ese susurro de terciopelo sexy y pecaminoso provocó el orgasmo que estalló por su cuerpo como una tormenta de fuego. Se retorció totalmente avergonzada, mientras su corazón golpeaba con demasiada fuerza en su pecho y las ondas de calor ondulaban y latían por ella.
    Él lo sabía. Sabía lo que le hacía, podía oírlo en la satisfacción que le retumbaba en el pecho, el ronroneo que procedía de su garganta. Las lágrimas le ardieron detrás de los ojos. Odiaba su falta de control, la necesidad cruda que la atormentaba en su presencia. Él debería haber sido la última persona cuyo toque necesitara, pero aquí estaba, unas pocas horas en su compañía y permitiendo su toque, anhelando su toque.
    ¿Cómo arrancaba ella su alma de él? ¿Cómo recuperaba el corazón? ¿Cómo detenía la respuesta de su cuerpo? Él la había dejado vacía. Rota. Era una terrible obsesión que no podía superar, no importaba con cuánta fuerza luchara. No tenía la menor idea de cómo detener el hambre mortal cada vez que lo miraba. Su voz sólo la provocaba. Estaba atrapada en su trampa, en la ilusión que él tejía y no podía escapar.
    Él la dejaría otra vez. Había venido a la selva tropical a seducir a una mujer. Ella le había traído a la selva tropical para seducir a otra mujer. Y él había aceptado el trabajo hasta que supo quién era el cliente. ¿Qué estaba mal con ella? ¿Dónde demonios estaba su gata ahora? El animal traicionero se acercaba a la superficie, revelando su celo y su hambre, luego desertaba cuando Isabeau más necesitaba las garras y la fuerza. Se sentía sin potencia. Destrozada. Humillada. No era un igual para un hombre como Conner Vega. Ni siquiera estaba en su liga.
    – Suéltame. -Su voz temblaba, pero las palabras salieron. Su cuerpo se estremecía con el placer ilícito incluso mientras empezaba a enfriarse rápidamente después de la terrible necesidad abrasadora que había ardido. La había dejado drenada, saciada y confusa.
    – Isabeau, mírame.
    El sonido de su voz la hizo cerrar los ojos como una niña tratando de bloquear al fantasma que siempre la atormentaba.
    – Déjame.
    Porque si no lo hacía, iba a echarse a llorar y a sollozar lo bastante fuerte como para que cualquier enemigo en las cercanías viniera corriendo.
    – Relájate. No estamos fuera del bosque todavía, cariño. No puedo tenerte luchando contra mí cuando estamos en medio del territorio enemigo. Sólo cálmate para mí.
    – Estoy perfectamente tranquila. -Destrozada. Rota. Pero tranquila.

Capítulo 5

    – Todo estará bien, Isabeau.
    El cuchicheo del diablo. Esa voz pecadora, sexy y mentirosa. Había sucumbido a su poder la primera vez que la escuchó. En ese momento, despreció a la gata dentro de ella casi tanto como odiaba al ser humano. Isabeau forzó su cuerpo a relajarse, demostrándole que la lucha había acabado.
    Conner aflojó su agarre de mala gana, como si no se fiara exactamente de su rendición. Ella lo miró a la cara y se vio a sí misma como una sombra en el reflejo de los ojos. Se sentía como una sombra, insustancial al lado de su poder. Agachó la cabeza, incapaz de enfrentarse ni siquiera con la sombra de ella misma. Nunca más querría mirarse en un espejo otra vez.
    – Soy tu compañero, Isabeau. No hay vergüenza entre compañeros.
    Ella levantó el mentón y se alejó un paso, las rodillas débiles, el corazón todavía atronando.
    – Tú no eres nada para mí. Y lo que le sucede a mi cuerpo, no tiene nada que ver contigo. Cualquier hombre habría sido satisfactorio.
    Cometió el error de mirarlo. El ámbar en los ojos se cristalizó, volviéndose dorado y luego amarillo. Las manchas verdes se unieron, las pupilas se dilataron completamente y su mirada se enfocó mortalmente. Él dio un paso acercándose, invadiendo su espacio. Si había rabia, ardía bajo la superficie. La cara era dura, la boca firme. Un músculo tembló en su mandíbula, pero su mirada se mantuvo fija, una clara advertencia.
    – Di lo que tengas que decir para mantener tu orgullo, Isabeau. Las palabras no importan mucho. Pero piensa largo y tendido antes de poner en peligro la vida de alguien. Esto está en ti. El emparejamiento es una ley más alta y no hay manera de sortearla. No puedes fingir que no está. Esto es entre nosotros, nadie más. Lo resolveremos.
    Ella parpadeó rápidamente para detener las lágrimas abrasadoras. Maldito fuera. La había destruido. No podía haber sabido cuán profundamente la había golpeado. Ella no era del tipo de chica alrededor de la cual los chicos se habían congregado mientras crecía. No había habido citas ni bailes en la escuela. Los chicos se habían apresurado a ir donde sus amigas pero nunca donde ella. Lo mismo en el instituto. Nunca había descubierto porqué los otros la evitaban. Había tratado de aprender el arte del coqueteo, de la conversación. Se había preocupado por ser amistosa, pero siempre era apartada y por último había aceptado que no era atractiva para el otro sexo y que las mujeres la encontraban demasiado intimidante para ser su amiga.
    Conner había llegado y la había hecho sentirse hermosa. La había hecho sentirse deseada. Por supuesto, su nombre no había sido Conner y le había estado mintiendo sobre sus sentimientos. Y ella debería haberlo sabido. Los hombres como Conner, peligrosos, magnéticos, encantadores y sexys no miraban a las mujeres como Isabeau. Él le había hecho el amor una y otra vez y todo el tiempo había estado haciendo su trabajo. Alguien le había pagado para seducirla y acercarse a su padre.
    La vergüenza era abrumadora. Se sentía como una tonta. Creer, después de todos esos años sabiendo que los hombres no la encontraban atractiva, que un hombre como él caería de cabeza por ella fue ridículo. Se sentía casi como si mereciera lo que le había sucedido por su propia estupidez.
    – Mataste a mi padre. -Le lanzó la acusación, tan confundida que no podía respirar apropiadamente. Respiraba en jadeos entrecortados, los pulmones le ardían como si estuviera muerta de hambre por aire. Él sonaba tan tranquilo. Tan controlado. Quería abofetearle la cara de nuevo.
    – No tuve nada que ver con la muerte de tu padre. Fue su elección y lo sabes malditamente bien. Te lo he dicho antes, tengo bastantes pecados en mi alma, Isabeau, sin que añadas cosas de las que no soy responsable. -Se cernió sobre ella durante un largo momento, su expresión seria, los ojos mortales, y luego inhaló y le tocó el cabello con dedos suaves-. Sé que es difícil estar conmigo, pero lo estás haciendo bien.
    – ¿Llamas a esto bien? Estoy destrozada. Tan confundida -admitió. Porque su orgullo ya se había ido hace mucho tiempo. Él podía oler su excitación, su cuerpo clamaba por el de él. No había secretos entre leopardos-. Ni siquiera puedo pensar con claridad. -Se pasó una mano inestable por el pelo, los mechones que él acababa de acariciar. No podía negar la cosa esa del emparejamiento, no realmente, no cuando su cuerpo estaba loco por el de él, pero todavía era humana y tenía un cerebro. Tenía que encontrar el control-. Quizá todo lo que estás diciendo sobre el leopardo y el emparejamiento es verdad, pero me niego a permitir que me gobierne.
    – Tienes mucho más poder del que te das cuenta, Isabeau, pero vendrá a ti -le aseguró.
    Ella odió la gentileza en su voz, la caricia, esa nota sexy que le acariciaba los nervios ya en carne viva. Ahora que sabía que era práctica, un instrumento de su trabajo, uno pensaría que no sería susceptible, pero parecía que su cuerpo le creía a pesar de su cerebro.
    – Te enseñaré las cosas que necesitas saber para vivir con tu felina. Encontrarás que ya tienes la fuerza y el poder para tratar con ella. Ella no aceptará a cualquier otro macho y te conducirá hacia mí, pero tú ya sabes eso.
    – Ella no lo conseguirá a su manera.
    – Mírame.
    La tranquila orden en su voz fue imposible de resistir. Ella se encontró mirando a sus ojos felinos, y fue estimulante y aterrador al mismo tiempo. Los ojos se habían vuelto tan amarillos que eran dorados y letales, la mirada fija mortal de un gato, enteramente enfocada y posesiva.
    – No es diferente para mí. Ninguna otra mujer sería aceptada por mi felino. Cuando me abofeteaste dejaste tu marca en mi piel, en mis huesos. Tu gata me reclamó tanto si sabías lo que estabas haciendo como si no. No puedo dormir. Apenas puedo funcionar. Estoy nervioso y malhumorado y a punto de luchar a cada momento del día. Esa es la realidad, Isabeau. Tengo que aceptarla al igual que tú.
    Él decía la verdad. Ella lo vio en sus ojos. Lo oyó en su voz. No debería haber sentido satisfacción, pero estaba allí, por insignificante que fuera. Una cosa más para odiar acerca de ella misma, pero si pasaba la vida anhelando a un hombre con el que nunca podría estar, él bien podría languidecer por ella. Dejó salir el aliento y parte de la tensión se alivió de sus músculos tensos.
    – No lo sabía. Sobre la marca. No lo sabía.
    – Lo sé. Tu gata lo sabía. Estaba enojada y tenía todo el derecho a estarlo. Vamos a establecer una tregua hasta que llevemos a los niños a salvo a casa. Lo resolveremos después.
    – ¿Entonces, todavía nos ayudarás?
    – Sí. -Conner habló secamente, consciente de que nunca podría alejarse de ella. Isabeau todavía no sabía cuán fuerte sería la atracción entre sus felinos. Él sabía cuán fuerte era la atracción entre el hombre y la mujer, pero ella tenía todo el derecho a rechazarle. Tenía que encontrar un modo de redimirse y si eso significaba que tenía que seducir a otra mujer, por aborrecible como sería para él y para su felino, haría lo que fuera para convencerla de que hablaba en serio acerca de compensarla. Las palabras no iban a convencerla, sólo la acción. Y la acción era algo en lo que era bueno.
    – ¿Puedes enseñarme más cosas como lo de trepar a los árboles?
    Él asintió.
    – Has aprendido artes marciales y no eres mala, pero no utilizas tus reflejos. Necesitas estar más segura. Podemos trabajar en eso también. -Le dirigió una débil sonrisa-. Por supuesto, no estoy de seguro de querer que aprendas a ser una mejor luchadora. Tienes la inclinación de utilizar tus habilidades contra mí.
    Ella logró ofrecer una sonrisa ligera, el estómago se le asentó.
    – Me gustaba estar en el dosel -admitió ella, esforzándose por ser cortés. Ella lo había convocado y ahora era un caso de «ten cuidado con lo que deseas». Tenía que vivir con su decisión y aparentemente él también. Encontrar que no estaba sola en su desesperada necesidad que la desgarraba, la hacía tratar con ello mucho más fácilmente.
    – A mí también. -Se alejó un paso y reunió las armas de los hombres caídos con el arma que ella había dejado en el suelo-. Vamos a reunirnos con los otros y hacer planes. Tenemos mucho que hacer antes de la fiesta si vamos a llevar a cabo esto. Y tenemos que encontrar un modo de salvar al nieto de Adán.
    El alivio inundó el cuerpo de Isabeau.
    – ¿Crees que hay una manera? ¿O crees que ella ya lo ha matado?
    – No tendría sentido para ella matarlo hasta que se deshaga de Adán. Ella querrá establecer su dominio, pero si Adán capitula por algún milagro, sería una victoria inmensa para ella. Él es el anciano más respetado que las tribus tienen. Si él se derrumba, también los otros.
    – ¿Entonces ella mandó a estos hombres detrás de él sabiendo que podían fallar?
    – Éste es su terreno. Él está en casa en la selva tropical, estos hombres no. Imelda tiene dos leopardos renegados en nómina. Los habría enviado si quisiera asegurarse que Adán muriera. Él entrena Fuerzas Especiales de todo el mundo en supervivencia. Ella sabía que él podría sobrevivir y espera que si lo hace, habrá entendido el mensaje de que está dispuesta a ser implacable con él.
    – Él no abrirá sus rutas para ella. Tiene unas ideas muy firmes sobre el tema.
    – Me imagino que sí -estuvo de acuerdo Conner-. Ella está asesinando a su gente, los está forzando a la servidumbre. Él es un hombre orgulloso que ha logrado traer a su pueblo a este siglo, pero aún así mantiene su cultura intacta. Luchará contra ella con cada aliento de su cuerpo.
    – ¿Entonces cómo?
    – Necesitamos que él nos compre algo de tiempo. Ella no sabe, ni le importa nada la tribu, así que Adán puede hacer ceremonias que tienen que ser hechas antes de que se marche y así nos compra un par de días allí. Ella se relamerá, se figurará que ahora que ha doblegado la voluntad del anciano más influyente, todos se aliarán con sus planes. Una vez que él esté en la selva, ella tendrá que enviar a sus renegados a vigilarlo. No tendrá elección. Ninguno de sus otros hombres tendría la oportunidad de estar con él y ella necesitará saber que está cumpliendo sus órdenes.
    Isabeau estaba horrorizada.
    – Conner, él no entregará las drogas y ellos lo matarán.
    – Adán no muere tan fácilmente. Y queremos que los renegados le rastreen. Les necesitamos fuera del complejo.
    – Muertos. Quieres decir que quieres a los renegados muertos. -Se encontró con su mirada fija.
    – ¿Qué creías que íbamos a hacer? ¿Sonreír y pedirlo por favor? Enviaste por mí porque soy un bastardo. El bastardo más grande que conoces. Eso es lo que necesitas para recuperar a esos niños y asegurarte que no sucede otra vez. Ella despedazará esas aldeas una vez que nos vayamos si sigue viva. Me querías porque soy el único al que conoces que puede recuperarlos. Sabías exactamente qué estabas consiguiendo, así que no actúes como si estuvieras sorprendida. Cualquiera que nos contrata sabe lo que se tiene que hacer, sólo que no tienen las agallas de hacerlo por sí mismos.
    Ella ignoró la amargura y el vistazo de dolor en su voz normalmente sin expresión.
    – Tengo las agallas. Adán dijo que no. Y para tu información, no te estaba juzgando.
    La ceja de Conner se disparó.
    – Me has acusado de matar a tu padre. Estuve allí como un maldito idiota y casi me disparaste.
    – ¿De qué hablas?
    Él estudió la cara pálida durante un largo momento. Sus ojos cambiaron lentamente al dorado oscuro.
    – No importa, Isabeau. Tenemos una tregua. Vamos a seguir con esto.
    Ella le frunció el entrecejo, su expresión verdaderamente desconcertada.
    – No comprendo que quieres decir. Te vi.
    – Viste a tu padre poner un arma en mi cabeza. Casi me reventó el cerebro.
    – Lo tenías atrapado. ¿Qué se suponía que iba a hacer?
    – Entré desarmado. Traté de hablar con él para que se rindiera, de que saliera conmigo y dejara que el equipo eliminara a su jefe, pero no me escuchó. -Se aseguró de mirarla a los ojos. Ella no querría creerle, pero su felina sabría que decía la verdad. La gata se estaba volviendo lo bastante fuerte para emerger y cuanto más cerca de la superficie estuviera, más aumentaría las capacidades de Isabeau. Sabría si mentía o si decía la verdad.
    Isabeau se negó a ser una cobarde, lo miró directamente a los ojos y se forzó a recordar el espantoso momento cuando había entrado en el cuarto y había visto a su padre caer, salpicando de sangre la pared detrás de él. Había habido tanta sangre. Al principio no había sabido qué había sucedido. No hubo sonido, el arma usaba silenciador. Había abierto la boca para chillar y su amante había estado sobre ella tan rápidamente que no pudo verle moverse ni siquiera, la mano se aplastó sobre la boca con fuerza, llevándola al suelo, los ojos fríos y duros y tan demoníacos que ella había estado aterrorizada.
    Había estado bajo su cuerpo, mirando cómo la sangre se volvía negra y espesa alrededor de su padre y alrededor del hombre al que había amado con toda su alma, ahora un extraño que claramente trabajaba con el hombre que había disparado a su padre. Gracioso, apenas podía recordar al otro hombre, sólo el arma, a su padre cayendo y la cara de Conner, tallada en piedra, sombría, sin rastro del amor o el cuidado. Sin rastro de remordimiento. Él la había sostenido allí mientras los otros entraban con armas, la mano la sujetaba con tanta fuerza que apenas podía respirar. Ella les había mirado, sombríos y silenciosos, las armas entrecruzadas sobre sus cuerpos, moviéndose por el cuarto, dando un paso sobre su padre como si él fuera un pedazo de basura y no un hombre que había reído y había jugado con ella, enseñándole a conducir, sentándose toda la noche con ella cuando estaba enferma.
    Isabeau tragó con fuerza y apartó la mirada. Estaba totalmente oscuro ahora, pero podía ver cuando debería haber estado ciega. No quería ver. Quizá permanecer ciega en la oscuridad era la mejor manera de supervivencia, porque que Dios la ayudara si aceptaba lo que Conner había hecho.
    – Tenemos que irnos -dijo Conner.
    Ella asintió, dejando salir el aliento en alivio. No podía pensar en esa noche. Había pasado demasiado tiempo excavando en los asuntos de su padre, sintiendo como si estuviera traicionándolo. Había pasado demasiadas noches en blanco, había tenido demasiadas pesadillas.
    – Ponte los zapatos, no puedes andar descalza.
    Ella se hundió sin discutir y se los puso, mirando como él hacía lo mismo. Sabía, por la manera que inclinaba la cabeza, que él estaba escuchando algo. Ella captó vibraciones de sonido, casi como un eco, pero no podía situarlo.
    – ¿Están cerca? -Instintivamente bajó su voz.
    – Alguien viene. No es uno de los nuestros.
    – ¿Cómo puedes decirlo?
    – Son demasiado ruidosos. Y puedo oler su sudor. No es un olor de leopardo ni Adán. Estaremos bien. Está solo y está siendo cazado.
    – ¿Por qué yo no lo puedo oler?
    – Tu gata se ha retirado. Las mujeres se acercan más y más a su leopardo emergente, pero ella viene y va bastante a menudo al principio. Nadie sabe porqué. Quizá es tan nerviosa como tú. Mi felino se ha calmado, lo que significa que el tuyo se ha alejado.
    Ella sacudió la cabeza.
    – Es difícil de creer. Si no lo hubiera visto o sentido, pensaría que estamos locos.
    Los ojos de Conner se suavizaron. Líquidos. Sexys. Ella siseó. No podía culpar de su reacción a la gata cuando ésta estaba muy lejos. Esta era la mujer, lisa y llanamente, tan atraída por un hombre que estaba húmeda sólo de mirarlo.
    – Sé que esto es mucho para que lo aceptes de repente, Isabeau, pero se volverá más fácil. Y no has huido chillando, ni siquiera con toda la muerte que has visto hoy y las revelaciones acerca de quién y qué eres.
    Había orgullo en su voz, respeto incluso. Ese era su talento. La podía hacer sentirse especial. Más que especial, extraordinaria. La admiración en su voz acariciaba como dedos sobre la piel. ¿Cómo lo hacía? Su voz era tan irresistible. Tan real. No había manera de desensibilizar la piel después de que él la hubiera tocado con sus dedos o después de oír su voz. Era imposible, por lo menos para ella. Los nervios estaban en carne viva, pequeñas chispas eléctricas se arqueaban sobre los senos y bajaban por el estómago.
    Ella no era lo bastante experimentada, no lo bastante sofisticada para ser casual con él. Todo lo que él hacía y el modo en que hablaba le afectaba física y emocionalmente. Él estaba tan fuera de su liga que ella no tenía ninguna oportunidad de ocultarle nada, así que se encogió de hombros y se aseguró de que sus zapatos estuvieran atados.
    – No soy frágil, Conner. Sabía en lo que me estaba metiendo o por lo menos lo que costaría recuperar a los niños.
    Un grito que helaba la sangre llenó la noche. Los escalofríos bajaron por su espina dorsal y se giró hacia el sonido. El grito horrendo se cortó en mitad de una nota. Isabeau estaba tiritando, dándose cuenta una vez más, que Conner había insertado su cuerpo entre ella y lo que había producido ese sonido horrible y horrendo. Él siempre la protegía, incluso en la cabaña cuando pensó que ella le quería muerto. Incluso cuando mataron a su padre. No se había sentido como protección entonces, él había evitado que gritara, pero su cuerpo había protegido al de ella a través de un terrible tiroteo.
    Ella no quiso notar eso sobre Conner, cómo la protegía, porque esa pequeña vocecita en su cabeza empezaría a soñar, a susurrar que ella le importaba. Era un manipulador magistral y ella le había pagado para que viniera. Él no la había buscado. No había caído de rodillas y rogado perdón. Ni siquiera cuando le dijo que su gata no aceptaría a nadie más, él había sido práctico y poco entusiasta.
    Bordeó el cadáver del hombre que había matado antes, guiándola hacia la oscuridad, caminando delante en silencio. No podía ni oírle respirar, pero sentía su presencia, muy sólido, cerca de ella. Se sentía como su sombra, conectada, pero no y el pensamiento la hizo sonreír. Todo en su vida estaba tan mezclado, tan del revés, pero estaba más viva de lo que lo había estado en un año.
    Había pasado una buena porción de su tiempo en la selva tropical y había aprendido a respetarla realmente. Uno tenía que tener cuidado todo el tiempo, como los buzos en el océano. Sus hermosos alrededores podían atacarla en un momento, pero el estar con Conner alejaba ese borde de temor. Creía que nada podía sucederle mientras estuviera cerca de él. Conner exudaba confianza absoluta y la acumulaba sobre ella.
    ¿Era posible aprender a ser como él? ¿Podía aprender sus habilidades? ¿Tener su poder y fuerza? Deseaba que fuera verdad. Adoraba subir a los árboles y avanzar por el dosel. Se sentía como vivir en las nubes a pesar del fuego y la fauna de los que huían. Sentiría el latido del corazón de la selva tropical a través de su gata, la alegría y libertad de estar tan cerca de la naturaleza.
    – ¿Por qué no tienen miedo de nosotros? Los animales. ¿No olemos como depredadores para ellos? Puedo oler a tu felino cuando estás cerca de mí y tú puedes oler a la mía.
    – Nuestro pueblo siempre ha sido guardián de la selva tropical. Con el paso de los años, por supuesto, nuestro pueblo se ha casado con humanos y han ido a las ciudades, pero el instinto de proteger está en todos nosotros y los animales responden a ello.
    Él se estiró hacia atrás y le tomó la mano, le metió los dedos en el bolsillo de atrás.
    – Quédate cerca de mí. Nos acercamos al río. Tendrán una emboscada.
    El corazón de Isabeau saltó en el momento que los dedos rozaron los suyos. Era peor que guardarlos en los bolsillos de los vaqueros. El calor de su piel parecía rodearla, envolverla en un capullo de calor. Realmente podía sentirlo moviéndose, la ondulación de músculos, los pasos fluidos, más animal que hombre. Trató de sentir a su gata, emular el cuerpo fluido, pero parecía un poquito fuera de sincronización, tropezando ocasionalmente sobre el suelo desigual.
    Ella siempre había tenido una buena visión nocturna, pero su vista no era como había sido antes, cuando su felina había estado cerca. Ahora conocía la diferencia, así como sabía que había sido bastante experimentada en la selva tropical, no como Adán, pero había estado magnífica con su gata cerca.
    – Se siente bien, ¿verdad?
    Su voz fue un hilo desnudo de sonido, proyectado casi en su mente en vez de oído. Sintió la vibración atravesando el cerebro como una ola de calor. Ella curvó los dedos alrededor del borde del bolsillo, una reacción involuntaria, e instantáneamente él se detuvo y medio se giró hacia ella, inclinando la cabeza, la palma le ahuecó el costado de la cara, el pulgar le rozó de modo tranquilizador la mejilla.
    – No tendrás miedo, ¿verdad? No dejaré que nada te suceda, Isabeau. Sé que no tienes razones para confiar en mí, pero te doy mi palabra de que te protegeré con mi vida. No hay necesidad de tener miedo. Tenemos amigos cerca. Si es demasiado difícil aquí en el suelo, puedo llevarte de vuelta al dosel y puedes esperar mientras les ayudo a limpiar el camino.
    Ella sacudió la cabeza.
    – Quiero permanecer contigo. No tengo miedo.
    – Estás temblando.
    ¿Lo estaba? No lo había notado. No era porque tuviera miedo de los hombres enviados a matarles o más bien a matar a Adán. Excitación. Anticipación. Estar cerca de Conner otra vez.
    – Sólo nervios -dijo, simplificando sin mentir-. No quiero tener que matar a alguien. Creo que podría si estuviera defendiendo a alguien más, pero temo que vacilaría y conseguiría que nos mataran a todos.
    Había una parte de ella que quería apartarse de un tirón y decirle que dejara de tocarla, pero otra, la parte más masoquista anhelaba cada roce de los dedos, cada mirada intensa e irresistible de su abrumadora mirada.
    – No quiero que tengas que hacer las cosas que yo hago, Isabeau. No hay necesidad. Te enseñaré todas las cosas que necesitas saber para defenderte a ti y a cualquiera que ames, pero cuando caes en ello, pierdes una parte pequeña de ti misma cada vez que matas. No es tan malo en la forma de leopardo. Nuestros felinos son depredadores puros y eso ayuda, que es por lo que muchos de nosotros escogemos esa forma al cazar. -Indicó la noche.
    Ella escuchó. Al principio sólo oyó su propio corazón latiendo. El sonido de aire entrando y saliendo de los pulmones. Era agudamente consciente de Conner tan cerca de ella, del calor de su cuerpo calentándola, su gran forma protegiéndola. A la derecha, oyó el suave roce de pelaje contra algo áspero, un tronco de árbol, adivinó. Inhaló y olfateó algo salvaje. La piel hormigueo cuando reconoció el olor de un leopardo.
    Conner dio un paso más cerca de ella, deslizó el brazo en torno a ella para atraerla con más fuerza contra él. Presionó los labios contra la oreja.
    – Está cazando algo cerca de nosotros. Busca información. Incluso sin tu gata cerca, puedes utilizar sus sentidos. Tienes una clase de radar. Debes haber sabido quién estaba en tu puerta a veces antes de abrirla.
    Ella asintió.
    – Los bigotes de un felino están incrustados profundamente en el tejido y las terminaciones nerviosas transmiten información al cerebro. Puedes utilizar esa información como un sistema de guía, como si sintieras tu camino en la oscuridad. Puedes leer objetos, dónde está todo y todos en la selva, cómo de cerca estás tú de ello y qué es. -Las puntas de los dedos se deslizaron sobre la cara-. Como el Braille. En este momento, Elijah sabe exactamente dónde está su presa, su posición y dónde debe golpear para dar el mordisco mortal.
    Conner no podía resistirse a tocarla. Los gatos eran táctiles y no sólo necesitaba mantener las manos sobre ella, sino también frotar su olor sobre ella. Ella se frotó la cara por su pecho y garganta, sin darse cuenta de lo que hacía. Él recordó con qué frecuencia lo había hecho cuando habían estado juntos, desnudos, piel contra piel. Debería haberse dado cuenta entonces. El olor y el toque eran tremendamente importantes para su especie, una cosa necesaria.
    Isabeau le había enseñado a jugar. Con ella, se había sentido diferente, se había sentido más. A menudo, cuando había estado acurrucado en la cama, echando una siesta después de un largo y agradable encuentro sexual, ella lo había acechado y se había abalanzado sobre él, para acabar en un juego desordenado que les llevaba a juegos mucho más sensuales.
    Había echado de menos todo sobre ella, especialmente la manera en que frotaba su olor por todo él, como ahora. Sentir su suave cuerpo apretado contra el suyo, el perfume femenino alzándose en torno a él, envolviéndolo, para que cuándo inhalara la tomara en sus pulmones. Quería sostenerla para siempre, enterrar la cara en ese lugar dulce entre el cuello y el hombro y aspirarla hasta que supiera que era real otra vez.
    Se tensó cuando Elijah hizo su movimiento, a escasos diez metros de ellos, lanzándose sobre el pistolero, arrastrándolo al suelo y sujetando a su presa con una mordedura asfixiante en la garganta hasta que toda lucha cesó. Oyó el suave ruido sordo del cuerpo, olió la sangre y luego la muerte. Todo el tiempo mantuvo los brazos en torno a Isabeau, agradecido de tener una razón para estar cerca de ella.
    Supo el momento exacto en que ella olfateó la muerte. Su cuerpo tembló ligeramente y se acurrucó un poco más en él, pero Conner estaba orgulloso de ella. Estaba allí erguida. Allí en la oscuridad, con enemigos en la noche, violencia y muerte, pero estaba erguida. Esa era la clase de madre que deseaba para sus niños. Una compañera que estaría con él sin importar las circunstancias.
    ¿Cómo demonios había estado tan ciego? ¿Cómo podía haber echado a perder su oportunidad con ella? La había más que decepcionado. Su primera experiencia, su primer amor la había traicionado, la había dejado con nada excepto un padre muerto y demasiadas preguntas. Ella no había sabido ni su nombre verdadero. ¿Cómo conseguía uno el perdón para esa clase de traición?
    Algo se movió a su izquierda y justo delante de ellos. Las hojas crujieron. Él sintió la calma repentina de Elijah. La mano resbaló sobre la boca de Isabeau, una advertencia suave de que permaneciera callada. Ella alzó la mirada y Conner se quedó sin respiración. No había temor allí. Los ojos eran hermosos, como dos joyas contra la luz de la luna pálida. Se llevó un dedo a los labios y le indicó que permaneciera donde estaba. Ella asintió comprendiendo, pero cuando él aflojó lentamente su agarre para alejarse de ella, le agarró el brazo.
    Se inclinó sobre ella, apretando los labios a la oreja.
    – Volveré inmediatamente. No te muevas. Ni un músculo.
    No le gustaba dejarla, pero el enemigo estaba demasiado cerca y Elijah no podía llegar donde él antes de que el hombre los descubriera. Su adversario se acercaba más, el paso de las botas sonaba fuerte en la noche. Conner dejó vagar los labios sobre la oreja y el pelo, saboreándola sólo un momento antes de marcharse para interceptarlo. No miró hacia atrás, pero escuchó. No hubo susurro de ropa, ningún sonido que indicara que ella se había movido, pero debía haber estado un poquito atemorizada de ser abandonada sola en lo profundo de la selva tropical con un leopardo cerca y hombres con armas que cazaban a cualquier humano.
    El orgullo se revolvió en él mientras se deslizaba cerca del enemigo. Se arrastró lo bastante cerca para alcanzar y tocar al hombre. Vestido con equipo de combate, estaba agachado con el rifle automático acunado en las manos, la cara del hombre era cruel y metódica. Conner captó el olor del temor cuando la cabeza giró de aquí para allá.
    – Jeff -siseó-. Soy Bart. Contéstame.
    Conner le podría haber dicho que un leopardo había matado a Jeff a unos pocos metros de allí, pero no tenía sentido. En vez de eso, se deslizó fuera de la espesa maleza a campo abierto, directamente detrás de Bart. Cuando le alcanzó, oyó un suave movimiento cerca de Isabeau. Ella jadeó, el sonido audible en la noche. Bart giró hacia ese leve ruido. Los ojos se le abrieron de par en par cuando vio la oscura sombra a centímetros de él. Abrió la boca, pero ningún sonido emergió cuando levantó el arma, el dedo en el gatillo, preparado para disparar mientras intentaba alinear el fusil con el pecho de Conner. La boca del arma ardió azul y blanca. Detrás y alrededor de Conner, la corteza y las hojas volaron por el aire.
    Isabeau gritó, un grito estrangulado de dolor y él olió sangre. Su felino se volvió loco, gruñendo y rugiendo cuando agarró al soldado de Imelda por la garganta, las garras estallaron de las puntas de los dedos. Los chillidos del hombre se cortaron bruscamente en un pequeño gorgoteo. Conner lo tiró a un lado y se dio la vuelta, apresurándose a volver a la espesa maleza donde estaba Isabeau.
    Patinó deteniéndose poco antes de salir de la maleza a campo abierto. El olor de un leopardo macho mezclado con un hombre era denso y se mezclaba con sangre, la sangre de Isabeau. Ella respiraba. Podía oírla, el aire entraba y salía deprisa de los pulmones, entrecortadamente. Sintió su dolor, sabía que estaba herida y su felino se estaba volviendo frenético. El olor del otro macho inflamaba al leopardo aún más, tanto que arañaba cerca de la superficie, exigiendo ser liberado.
    Conner se forzó a pensar, no a reaccionar. Podía ver al extranjero, los ojos resplandecían rojos como los de un gato en la oscuridad. La mano en la garganta de Isabeau no era humana, las garras se le clavaban en la piel. Sostenía a Isabeau delante de él como un escudo, su atención en la maleza de la derecha. Gruñendo, mostrando todos los dientes, gruñó un aviso hacia algo que Conner no podía ver en la maleza.
    Elijah. El leopardo estaba agachado, esperando su oportunidad. Los felinos tenían paciencia, especialmente los leopardos. Podían esperar durante horas si era necesario, y ahora mismo era un callejón sin salida. Isabeau no miró hacia Elijah, ni a su agresor. Mantenía la mirada pegada en la maleza donde Conner respiraba su temor. Ella sabía que estaba allí. Y sabía que iría a por ella. No había pánico en sus ojos.
    La sangre le goteaba sin cesar por el brazo izquierdo donde una bala debía haberla rozado. La mirada de Conner se cerró en su enemigo. Leopardo seguramente. Más probablemente uno de los renegados. Nunca saldría de la selva tropical vivo. No con Elijah esperando en la maleza. O con Rio arrastrándose detrás de él. No con Adán cerrando un lado, con dardos de veneno preparados o los hermanos Santos arrastrándose sobre el vientre y acercándose por el otro lado.
    Conner era consciente de todos, pero débilmente, como si estuviera muy lejos. Cada fibra de su ser estaba centrada en el leopardo que sostenía a su compañera como rehén. Salió de la maleza, frente al hombre. Isabeau jadeó y sacudió la cabeza. El felino de Conner saltó, siseando y gruñendo, queriendo desgarrar y cortar a su adversario a trozos. No había manera de calmar a su gato, así que no trató de suprimir los instintos naturales del animal. Sólo lo sujetó más firme. Por supuesto, quería destruir el hombre que tocaba a su compañera, pero mantenerla viva era más importante que otra cosa, especialmente su orgullo.
    – Déjala ir -dijo tranquilamente-. Ella no puede ayudarte.
    El renegado gruñó con una gran exposición de dientes y clavó las garras más profundamente en la garganta de Isabeau en advertencia. Gotitas de sangre bajaron por la piel. Conner marcó cada una, valorando el daño que el leopardo le hacía en la garganta.
    – ¿Estás bien?
    Isabeau se tragó el dolor abrasador en la garganta, asintió, aterrorizada, no por ella misma, sino por Conner. Él estaba allí sin un arma, frente al hombre que la sostenía y ella no tenía manera de advertirle que su captor era enormemente fuerte. Nunca había sentido tanta fuerza corriendo por alguien, era como acero. Él la podía romper por la mitad si estuviera inclinado a hacerlo. Intentó un movimiento cauteloso. Instantáneamente las garras se hundieron más profundamente.
    Isabeau tosió y trató de arrastrar aire a los pulmones ardientes. Mantuvo los ojos sobre Conner. Él parecía totalmente tranquilo, completamente seguro y le dio la capacidad de permanecer calmada.
    – ¿Quién eres tú? ¿Suma o Zorba? -preguntó Conner.
    El leopardo gruñó otra vez y el gato de Conner arañó en busca de la supremacía. Los ojos debían haber cambiado porque la expresión del hombre cambió. El temor entró por primera vez, agrietando el aire de superioridad.
    – ¿Qué diferencia hay?
    Conner se encogió de hombros.
    – La diferencia entre morir lentamente de un dolor agonizante o rápida y misericordiosamente.
    – No me gustan mucho mis opciones.
    – Entonces no deberías haber puesto las garras sobre mi compañera.
    Un tic nervioso rompió la mirada concentrada que el leopardo trataba de mantener. Conner lo notó y cambió inmediatamente de opinión. Este no podía ser ni Suma ni Zorba. Ellos eran más viejos, con más experiencia, y ninguno se estremecería al tratar de tomar a la compañera de otro leopardo. Era estrictamente tabú en su sociedad y conllevaba una pena de muerte, pero a ninguno de los dos renegados le habría importado, al creerse por encima de la ley.
    – Sólo quiero salir de aquí de una pieza. No quiero herirla.
    Conner levantó la ceja.
    – Tienes una manera extraña de demostrarlo con tus garras en su garganta. Tu propio anciano te sentenciaría a muerte por dañar a una mujer.
    – No tienes la menor idea de lo que pasa.
    – Dímelo. -Conner mantuvo un control firme sobre su felino, que estaba enojado con él ahora por no saltar a matar.
    El olor de la sangre de Isabeau volvía loco al animal. Conner no debería haber sido capaz de permanecer bajo control si ella hubiera parecido aterrorizada o llorara, pero Isabeau mantenía sus ojos clavados en los suyos, diciéndole en silencio que sabía que él la sacaría de la situación. No tenía ni idea de si ella sabía que los otros se estaban acercando, pero él lo sabía. Contaba con el dardo venenoso de Adán.
    Un tajo de esas garras mortales y el renegado mataría a Isabeau. Si el gato supiera que no tenía oportunidad, sería lo suficiente rencoroso para llevársela con él. Los leopardos eran conocidos por su mal genio. Todos los miembros de su equipo eran rápidos, como hombres o leopardos, pero esas garras ya estaban demasiado cerca de la yugular, y todos los leopardos sabían exactamente dónde asestar un golpe mortal.
    – No deberías estar aquí. Hay un indio provocando problemas. Si lo mato, tengo un trabajo. No es gran negocio. Es un dolor en el culo para todos, retrasando el progreso y matando a hombres inocentes que se ponen en medio. Tenemos una oportunidad de hacer mucho dinero con él fuera.
    – Así que Cortez te ha prometido dinero por matar a Adán Carpio y has decidido que todos esos niños eran prescindibles.
    El leopardo parpadeó.
    – ¿Qué niños? ¿De qué hablas? Esto no es sobre niños.
    – Suma dejó esa parte fuera cuando se te acercó, ¿verdad? -Conner levantó la mano para parar la ejecución. Estaban todos en su lugar. El leopardo era joven e impresionable. Y un estúpido. Había admirado al leopardo equivocado-. Suma dirigió un ataque contra la aldea de Carpio. Mataron a varias personas en el ataque y secuestraron a los niños para forzar a Adán a abrir rutas de droga. Suma ha traicionado a los de nuestra clase con un intruso y ha asesinado también a un leopardo hembra. ¿Es esa la clase de hombre para el quieres trabajar?
    La inhalación rápida de Isabeau fue audible. El leopardo casi la soltó, retractando las garras ante la sorpresa.
    – Eso no es verdad.
    – Isabeau va a caminar hacia mí y tú la dejarás ir. Estás rodeado sin ninguna salida. Sigue mirándome. -Ordenó Conner cuando el joven leopardo comenzó a girarse-. Soy yo quien decidiré si vives o mueres, nadie más. Lo que hagas en este momento va a ser una decisión de vida o muerte.
    – ¿Cómo puedo fiarme de ti?
    – No importa, voy a enseñarte una lección -dijo Conner-. No vas a irte libre cuando has hecho sangrar a mi compañera. En cuanto a fiarte de mí, tendrás que decidir lo que quieres para correr el riesgo. Tócala otra vez y te doy mi palabra que eres hombre muerto.
    Conner nunca apartó su mirada de la del joven leopardo. Sabía que el hombre podía ver la verdad en sus ojos. Sabía que podía ver a su leopardo furioso, la exigencia de matar. El joven olfateó y captó el olor de los otros rodeándole. Tragó y dio un paso retirándose de Isabeau, levantando las manos ligeramente.
    – ¿Mataron realmente a un leopardo hembra? ¿Es cierto?
    – Era mi madre -dijo Conner-. Estoy seguro.
    Isabeau jadeó e hizo un pequeño sonido de pena.
    El joven palideció.
    – No lo sabía. ¿No hay error?
    – Suma trabaja para Imelda Cortez y recluta para ella. Ella es la jefa del cártel más grande de droga en la región y es directamente responsable del asesinato de tribus y la destrucción de nuestro bosque -continuó Conner-. Él es quien reveló a nuestro pueblo y es el hombre para el que estabas trabajando.

    El leopardo tragó y extendió las manos lejos de su cuerpo, levantó la cabeza para exponer la garganta.
    – Lleva a cabo la sentencia entonces. La ignorancia no es una defensa.

Capítulo 6

    Conner dejó que su mirada se apartara del leopardo inexperto y se permitió mirar a Isabeau. El aliento se le quedó atrapado en la garganta. Su cara estaba pálida, los ojos vidriosos por el dolor. La sangre goteaba de la garganta y el brazo. Osciló ligeramente como si estuviera inestable. Algo dentro de él se desmoronó y otra parte de él quiso lanzarse sobre el cachorro de leopardo y desgarrarlo en pedazos. Sería tan fácil arrancarle la garganta en castigo. Cada instinto le instaba a hacer justo eso.
    Durante un largo momento el bosque pareció contener la respiración. El felino dentro de él rondó de aquí para allá, tirándose ocasionalmente contra las cuerdas que le retenían, probando la fuerza y la resolución de Conner. Felipe y Leonardo salieron al claro, rodeando al joven leopardo. Elijah empujó la cabeza entre las hojas. Cerca. Demasiado cerca de Isabeau.
    Su felino gruñó, su mirada se balanceó hacia la nueva amenaza a su compañera. La neblina roja ardió por su mente. Una advertencia explotó en su cerebro. El felino estaba demasiado cercano, arañando por liberarse. Los músculos se retorcieron. La boca dolió. Los dedos se curvaron. El sudor estalló en su cuerpo mientras trataba de contener al felino.
    Isabeau caminó hasta ponerse delante de él, sin temor, aunque su cuerpo temblaba.
    – ¿Conner? -Su voz fue suave pero exigente.
    Él se estiró hacia ella, atrayéndola contra sí, manteniéndola cerca durante un momento, escuchando el latido de su corazón, la constancia de la respiración. Le tomó unos minutos recuperar el control de su felino. El olor de los otros leopardos y el fuerte olor de la sangre casi le volvía loco, pero la pronta aceptación de su toque por parte de Isabeau logró calmarle lo bastante para permanecer bajo control. Inclinó la cabeza a su garganta, examinando las heridas de las perforaciones. El joven leopardo había tenido cuidado de no pinchar la yugular. La sangre manaba de los cortes, pero definitivamente no eran mortales. El cachorro no había querido matarla. Eso no detendría a Conner de enseñarle una lección, pero salvaría la vida del chico.
    Rozó las marcas de garra con las puntas de los dedos y luego usó el terciopelo áspero de la lengua para curarlas, a la manera felina. El sabor cobrizo se mezcló con la lluvia fresca y el perfume de la piel. Ella descansó la frente contra el pecho, obviamente agotada. Necesitaba llevarla a un refugio pronto.
    – Tengo que mirarte el brazo, Sestrilla. -Le rasgó la manga para exponer la herida. Le faltaba un pedazo de brazo, cerca del bíceps, pero era una herida de carne. Habían tenido suerte-. La infección sucede rápidamente en la selva -le dijo, su voz tan suave como podía cuando su felino se negaba a calmarse.
    – Tengo unas pocas cosas en mi bolsa que ayudarán -le confió ella-. Estudio las plantas medicinales, así que siempre llevo unas pocas.
    – ¿Tienes analgésicos?
    – No funcionan muy bien en mí -dijo, intentando una pequeña sonrisa.
    Estaba agradecido por esa sonrisa pequeña. Ella le estaba consolando y eso le volvía completamente del revés. Él podía decir que a ella le molestaba que su calma habitual fuera en su beneficio. Ella estaba teniendo momentos duros manteniéndole a la distancia de un brazo. Era perturbador tener al felino y al hombre, tan agitados por sus heridas y por la amenaza contra ella.
    – Tenemos que irnos -dijo Rio. Estaba en la selva, fuera de la vista de Isabeau.
    Conner sabía que no era por modestia. Los leopardos no eran modestos sobre su desnudez. Cuando cambiaban de forma, generalmente llevaban o guardaban ropa en las áreas donde vivían, pero a menudo, cambiaban delante de los otros. Rio estaba más preocupado por Isabeau, que no había sido educada como leopardo y por la reacción de Conner. Isabeau estaba cerca del Han Vol Dan, el surgir de su leopardo y el celo de su gata. Ella estaba emitiendo suficientes hormonas para desequilibrar a todos los machos, apareados o no. No iba a correr el riesgo de que Conner se pusiera más agresivo.
    – Nos hemos ocupado de la mayoría de ellos y los otros han metido la cola entre las patas y han huido, pero pueden recuperar de repente su valor. Vamos al refugio.
    – ¿Qué hay de mí? -preguntó el joven leopardo.
    Hubo silencio. Conner miró por encima de la cabeza de Isabeau al joven. Él había sido así una vez, buscando aventura y algo más aparte de la aldea.
    – Vendrás con nosotros. Tengo unas pocas cosas que decirte.
    El chico bajó los brazos y dejó salir el aliento con obvio alivio.
    – No parezcas feliz por ello, niño -dijo con brusquedad Conner-. Te voy a dar una paliza.
    – Jeremiah. Me llamo Jeremiah Wheating. -Dobló las garras y sonrió a Conner. Ahora que estaba a salvo, volvía a parecer engreído-. Lo esperaré.
    Conner tuvo el impulso de abofetear al niño. De golpearle seriamente. Su compañera todavía sangraba y el niño parecía estar pagado de sí mismo de nuevo. Se dio la vuelta para evitar saltar sobre él y desgarrarle esa sonrisa afectada de la cara. Con manos apacibles, envolvió el brazo de Isabeau y porque no podía evitarlo, presionó un beso sobre la venda, indiferente a lo que ella, o cualquiera de los otros, pensaran.
    – Vamos a movernos. ¿Adán? ¿Estás bien?
    – Todavía decidiendo si disparar o no a nuestro joven amigo -contestó Adán desde donde se ocultaba en la maleza-. Es más tentador de lo que tú podrías saber posiblemente.
    – Oh, creo que me hago una idea -dijo Conner. Deslizó la mano bajo el brazo de Isabeau hasta que los dedos se enredaron con los de ella-. Movámonos.
    – ¿A dónde vamos? -preguntó el chico con ansia. Casi botaba mientras se apresuraba detrás de ellos.
    Elijah se lanzó al aire, lanzándose sobre la espalda del niño, golpeándole con la suficiente fuerza para tirarlo. El chico rodó sobre las hojas e insectos y Elijah siguió caminando sin romper la zancada, sus patas grandes no hacían ningún sonido mientras caminaba al lado de Conner.
    Conner le envió un pequeña asentimiento de apreciación. Isabeau giró la cara contra su lado y amortiguó una pequeña risa.
    – Lo has hecho bien, Isabeau -alabó-. No te asustaste.
    – Sabía que vendrías -dijo, sorprendiéndole.
    Hubo una tranquila aceptación en su voz. Ella quizás, no se daba cuenta, pero confiaba en él mucho más de lo que se permitía.
    – Él no me amenazó al principio. Se sorprendió cuando salió de la maleza y yo estaba allí.
    Conner bufó su desdén, su felino resopló molesto. El niño no había utilizado sus sentidos de leopardo ni siquiera cuando cazaba. Su desdén por Adán le había dejado en desventaja. No había hecho sus deberes. Ni siquiera se había dado cuenta de a quién estaba cazando. Las habilidades de Adán en la selva tropical eran conocidas por todas partes, pero el joven no había sido consciente de él.
    – ¿De qué aldea vienes? -preguntó Conner, de repente sospechoso.
    – Mi aldea está en Costa Rica -dijo Jeremiah alegremente. Disparó a Conner una sonrisa rápida-. He andado por ahí. No es como si nunca hubiera salido del bosque.
    Esta vez Rio cargó contra él, golpeándole de lleno. Golpeó al niño con la bastante fuerza para producirle un gruñido de dolor. Cuando Rio se movió sobre el chico, le abofeteó con su gran pata, las garras retractadas, pero definitivamente una reprimenda.
    Jeremiah rodó, se levantó agachado, frunciendo el ceño al leopardo grande mientras se cepillaba la suciedad.
    – ¡Oye! He estado por ahí.
    – Obviamente no has aprendido respeto -indicó Conner-. Tienes a cinco ancianos aquí y a un anciano de una de las tribus de indios locales así como una hembra. Hasta ahora no me has impresionado.
    El chico tuvo la gracia de parecer avergonzado.
    – Sólo quiero ver algo de acción -dijo.
    – ¿Cómo te contactó Suma? -preguntó Conner.
    – Internet. Puso un anuncio pidiendo ayuda. Me figuré que yo era justo lo que necesitaba. -Jeremiah sacó pecho.
    – Joven. Impresionable. Estúpido. -Conner escupió al suelo.
    – ¡Oye! -La sonrisa engreída de Jeremiah se desvaneció a un ceño-. Sólo quiero algo de acción. No quiero pasar toda mi vida encerrado en alguna aldea aburrida con los ancianos diciéndome lo que puedo y no puedo hacer. Soy rápido.
    – Tienes que ser más que rápido en este negocio, niño -dijo Conner-. Tienes que saber cuándo depender de tu felino, cuando depender del cerebro y cuando debes mezclarlos a los dos. Tienes que mirar a todas partes. En este momento, caminas tan fuerte que cualquier leopardo en el bosque podría oírte. -Disparó al chico una mirada dura-. Adán te habría oído venir a un kilómetro.
    Aún en la oscuridad, el rubor del chico fue evidente. Hizo un esfuerzo por andar calladamente.
    – Tú me podrías enseñar.
    – ¿Parezco alguien que quiere enseñar a algún maldito cachorro novato? Hundiste las garras en mi compañera, asno. -Su felino se movía de nuevo furioso porque no atacaba al chico. Su aliento salió en un largo siseo y sus músculos se retorcieron.
    Isabeau tropezó, si deliberadamente o no, no lo supo, pero deslizó el brazo en torno a su cintura y simplemente la levantó, sosteniéndola en los brazos. Ella se tensó, abrió la boca para protestar. Su mirada se encontró con la de Conner y permaneció silenciosa.
    Él necesitaba sostenerla. Su peso no era nada para él, pero la sensación de ella en sus brazos lo era todo. Le acarició la coronilla con la nariz y fulminó al joven. El chico no tenía ninguna idea todavía de cuán difícil era encontrar una compañera. No tenía la menor idea acerca de la vida o el peligro. La idea de vivir en el borde era un atractivo aterrador para los jóvenes. Lo sabía porque él había sido de la misma manera. Había sido joven, engreído y lleno de su propia fuerza sin un indicio de lo que importaba o importaría jamás.
    Conner cerró los ojos brevemente y se preguntó porqué el universo le golpeaba con tanta maldita fuerza. No podía darle la espalda al chico para que le mataran y Suma lo mataría. Jeremiah Wheating no se quedaría parado y miraría como mataban a los niños. En el momento que Suma le llevara donde Imelda Cortez y el chico se diera cuenta de lo que pasaba en realidad, se vería como un héroe y conseguiría que le mataran. Conner no tenía otra elección que cuidar del mocoso.
    Suspiró y bajó la mirada a la cara levantada de Isabeau. Ella le sonrió.
    – ¿Qué? -Le preguntó él casi agresivamente. Ella tenía demasiado conocimiento en los ojos.
    – Sabes qué. No creo que seas tan bastardo como quieres que todo el mundo piense. Ni con mucho.
    – He estado cerca de matarlo. Y malditamente bien que lo merecía.
    – Pero no lo has hecho.
    – La noche no ha acabado todavía.
    Ella sólo sonrió y el vientre de Conner se apretó. No quería que ella se formara una idea equivocada sobre él. El niño iba a aprender una lección esta noche. Isabeau pensaría que él era una bestia y el niño se enfurruñaría un rato, pero su felino estaría feliz otra vez y quizá le daría un pequeño respiro de esta necesidad desgarradora y la reprimenda aguda y enojada.
    La cabaña estaba justo delante, construida en lo alto de los árboles, oculta por las pesadas vides y unas hojas anchas la rodeaban. Había trazado un mapa para los otros por si acaso se separaban. Había vivido allí durante varios años con su madre, separados de los otros mientras ella lloraba la pérdida de su marido. Su padre nunca había sido su verdadero compañero, pero ella le había amado.
    La cabaña no contenía recuerdos felices para él, pero en el momento que hubo dado un paso en la selva tropical fue el primer lugar al que había ido. Había pasado dos días haciendo reparaciones y acumulando cosas para tener un campamento base si lo necesitaban. No fue por razones sentimentales. El no era un hombre sentimental. Debería haber hecho las comprobaciones inmediatamente con Rio, pero necesitaba tiempo para reajustarse. Y había ido buscando a su madre. Ahora sabía porqué ella no había estado allí.
    Extrañamente, la cabaña parecía haber sido ocupada recientemente, calmándole con un falso sentido de seguridad. Había incluso encontrado un par de sus juguetes viejos, un camión y un avión tallados en madera encima de la mesa. Había imaginado a su madre mirándolos y recordando sus momentos juntos en la cabaña. Ahora no sabía qué pensar.
    Puso Isabeau de pie y se alzó para agarrar una vid. Empujándose, mano sobre mano, ganó el pequeño porche y dejó caer la escalera hecha de vides apretadas hacia abajo a los otros. Empujó unos montones hacia abajo para ellos, sabiendo que los hombres necesitarían la ropa después de cambiar y luego se dejó caer al suelo.
    – No estoy segura de que pueda trepar -admitió Isabeau-. Mi brazo se ha agarrotado. -Incluso mientras expresaba su duda, se estiró para agarrar la escalera.
    – Yo te puedo llevar -dijo Conner-, pero tendrás que ir sobre mi hombro.
    Ella dio un tirón experimental, respingó y dejó salir el aliento.
    – Es un camino largo hacia arriba. Creo que voy a olvidarme de mi orgullo y permitiré que me subas. -Retrocedió alejándose de la escalera.
    Conner hizo señas a Adán para que subiera y señaló a Jeremiah.
    – Tú puedes esperarme aquí abajo. Vamos a tener una pequeña conversación antes de que te invite a entrar.
    Los ojos del niño mostraron nerviosismo, pero asintió valientemente. Conner llevó a Isabeau arriba sin más demora. Ella se balanceaba de pie y necesitaba que atendieran sus heridas. Él quería que tomara antibióticos y cualquier medicina que llevara. Tenía un botiquín de primeros auxilios oculto con antibióticos, pero nada de analgésicos. Ella le había advertido que no se llevaba bien con ellos, pero él no estaba seguro de que lo que había querido decir. Nunca había imaginado que le dispararían. Si el joven leopardo no la hubiera tomado como rehén, nunca habría sucedido, otro pecado contra él.
    Puso Isabeau en la silla más cómoda, la silla de su madre y vertió agua dulce del pequeño grifo al fregadero.
    – Es agua buena de un manantial que hemos encontrado -ofreció.
    La mano de ella tembló cuando tomó el agua. Parecía agotada, su ropa empapada, su cuerpo tiritando por la conmoción, pero se las arregló para una pequeña sonrisa.
    – No te preocupes por mí. Es un rasguño, nada más. He tenido peores trabajos.
    El pensaba que era la mujer más hermosa del mundo. No importaba que su pelo colgara en húmedos mechones o que su cara estuviera demacrada y pálida. Tenía valor y no se quejaba cuando acababa de atravesar una experiencia terrible.
    – Quizás recuerdes que tengo algunas habilidades como curandero -dijo Adán, manteniendo la distancia a través del cuarto-. Ella tiene plantas y hierbas en su bolsa que puedo utilizar. -Mantuvo la distancia casi como un apaciguamiento, receloso del leopardo de Conner.
    Conner se miró en el pequeño espejo que su madre había insistido que tuvieran sobre el fregadero. Los ojos eran todavía enteramente felinos. Los dientes le dolían y las puntas de los dedos de las manos y pies ardían con la necesidad de permitir que su leopardo se liberara.
    – ¿Estás cómoda con que Adán limpie tus heridas? Es un curandero experto. -Su madre había llevado a menudo a Conner a la aldea cuando se hería y fue siempre Adán quien había cuidado de los daños menores. Había habido un doctor a gran distancia que se ocupaba de cualquier herida de las luchas de jóvenes leopardos.
    – Por supuesto -dijo Isabeau prontamente, quizás demasiado rápido para su felino.
    – Quédate dentro -logró gruñir Conner, su voz suave volviéndose ronca.
    El animal gruñó, forzando a Conner a girar lejos de ella. Ella estaba aprendiendo sobre los leopardos. Inteligentes. Astutos. Rápidos. De pésimo temperamento. Y jodidamente celosos. Salió al porche y aspiró la noche, flexionando los dedos doloridos. Necesitaba una buena lucha. Era común para los machos entregarse el uno al otro un buen entrenamiento cuando las hembras estaban cerca del celo y todos estaban revueltos e incapaces de hacer nada sobre ello. O cuando simplemente estaban enojados.
    Conner no utilizó las enredaderas, sino que saltó al suelo del bosque, aterrizando casi en frente de Jeremiah. El chico respiró bruscamente y se quitó la camisa, lanzándola a un lado. Conner ya se estaba desnudando. Rápida. Eficientemente. Ansioso ahora, su leopardo arañaba y rugía por estar libre.
    Jeremiah estaba conformado por fuertes líneas. Haces de músculo se movían bajo la piel, y cuando cambió, fue un leopardo grande, fornido y feroz. Conner podía ver porqué el niño estaba ansioso por un desafío. Su propio leopardo, ansioso por el combate, esperó a que el hombre más joven diera el primer paso. Para aguijonearlo un poco, gruñó, exponiendo los dientes y aplastó las orejas, los ojos concentrados en su presa.
    Jeremiah reaccionó como se esperaba, queriendo probarse, todavía resentido por las reprimendas que Rio y Elijah le habían entregado y por los sermones que Conner le había dado. Gruñó, exponiendo los caninos y dio dos golpetazos experimentales sobre Conner, esperando golpearle la cara lo bastante fuerte para ladearle y establecer la dominación rápidamente.
    Conner resbaló ambas patas y gruñó, el sonido se hinchó hasta convertirse en un gruñido que sacudió el bosque circundante. Las orejas aplastadas, los labios hacia atrás, la cola moviéndose con fiereza ante la provocación.
    Sin advertencia, Jeremiah se abalanzó con las garras extendidas, intentando arañar el costado de Conner y ganar respeto. Conner era demasiado experimentado para permitir que tal ataque funcionara alguna vez. Utilizando su espina dorsal extremadamente flexible, se retorció en el aire, permitiendo que las garras mortales fallaran por centímetros y se giró para perseguir a su presa, golpeando lateralmente, llevándose piel del costado y el vientre expuestos de Jeremiah.
    Conner era más pesado, con más experiencia y mucho más musculoso. Cambió de dirección en mitad del aire usando la rotación de la cadera así que cuando aterrizó, estuvo casi encima del hombre más joven. No quería terminar el combate tan pronto, necesitando el entrenamiento físico. Se estrelló contra Jeremiah con la fuerza de un ariete, haciéndole caer. El leopardo más pequeño giró cuando cayó para proteger el vientre suave, rodando y trepando para volver a ponerse de pie.
    Conner saltó, utilizando la agilidad natural y la gracia del leopardo, golpeando a Jeremiah una y otra vez para que rodara por el claro y chocara contra un tronco ancho de árbol. Los dos fueran hasta allí, rugiendo, gruñendo, rodando los cuerpos sobre el suelo. Los golpes aterrizaban. Las garras ocasionalmente rasgaban surcos en el pelaje. La dura sacudida de las patas grandes al aterrizar le dio satisfacción a Conner. Se sentía bien al agotar su energía y la ira de su felino a la manera áspera y brusca de su gente.
    Jeremiah le sorprendió. El chico tenía su temperamento y aceptó el castigo sin esquivarlo. Había dado unos pocos golpes sólidos que Conner sentiría durante días, pero no había recurrido a movimientos ilegales ni tratado de desgarrar a su adversario en trozos. Conner tenía mucho más respeto por el chico cuando yacieron jadeando, lado a lado, cuidando de sus heridas y observándose el uno al otro cautelosamente.
    – ¿Vais a estar así toda la noche? -llamó Isabeau por encima de ellos-. ¿O tenéis hambre?
    Los dos leopardos se miraron. Jeremiah se frotó una pata sobre la nariz y cambió. Su cuerpo desnudo se extendió sobre la hierba, cubierto de sudor, sangre y magulladuras.
    Isabeau chilló y se dio la vuelta.
    – Toma una ducha antes de subir. Y ponte alguna ropa.
    Conner estudió el chico mientras corría a la ducha, claramente motivado por la idea de ser alimentado. Parecía estar en algún lugar entre los veinte y los veinticuatro. Tenía masa muscular y era frío bajo el fuego. Era joven y ansioso y no tenía la menor idea de en lo que se estaba metiendo, pero jugaba. No había gimoteado y no había huido, ni siquiera cuando Conner le había dado una buena paliza, probando la resolución del niño para aceptar su castigo.
    Se movía como agua sobre la piedra. Tendrían que trabajar en su cautela. Sonaba como un maldito rinoceronte chocando por la maleza, pero también era como un perrito ansioso. Levantó la mirada y se encontró con los ojos de Rio. Lo habían visto todo, en parte para probar al niño, en parte para cerciorarse de que Conner no permitía que su felino le matara. Rio asintió, confirmando que el chico se había ganado suficiente respeto para darle una oportunidad.
    Conner esperó hasta que Jeremiah hubiera subido la escalera y los otros hubieran vuelto a la cabaña antes de caminar a la ducha. Se sentía un poco perezoso, pero bien, cambió y permitió que el agua se vertiera sobre él. Estaba fría, pero era revigorizante. Podía sentir que ya se le empezaban a formar las magulladuras por todo su cuerpo. Había algunos lugares donde las garras del chico le habían rasgado piel, pero su felino estaba tranquilo, el primer respiro que había tenido desde que había visto a Isabeau.
    Permitió que el agua fría cayera sobre la piel caliente y se permitió respirar, respirar realmente. Antes, el olor de Isabeau había sido atraído a sus pulmones, rodeándole, en su interior, abrumando sus sentidos hasta que se sintió un poco loco. Tenía que llegar a alguna clase de equilibrio para funcionar apropiadamente. Tenían que recuperar a los niños y eso significaría continuar con el plan para entrar en el complejo.
    Se secó lentamente y le dio vueltas a las ideas una y otra vez en su mente. El pensamiento de tocar a alguien más aparte de Isabeau era aborrecible para él. La idea de una mujer tan cruel e inmoral como Imelda besándole o tocándole inflamaría a su felino hasta la locura. No estaba seguro de poder hacerlo realmente. No ahora. No con Isabeau cerca y ciertamente no con ella al borde del Han Vol Dan.
    Isabeau no tenía la menor idea de que sucedería cuando su gata surgiera. Ella nunca, bajo ninguna circunstancia, toleraría a otra mujer cerca de su compañero. Conner se empujó los dedos por el pelo húmedo y miró fijamente a la cabaña, vacilante sobre volver a donde su felino reaccionaría a la cercana proximidad de los hombres alrededor de Isabeau. Iba a ser una larga noche. Su cuerpo no iba a conseguir un indulto de las urgentes demandas implacables.
    Ella tenía más poder sobre él de lo que sabía. En las noches que había logrado dormir, había despertado con el sonido de su risa en su mente. La imagen de ella zambulléndose en el agua, mirando por encima del hombro, tentándolo. Sus recuerdos estaba mezclados ahora, viejos y nuevos. La vida pasada y la presente. Todo Isabeau. Todo lo bueno en su vida era ahora simplemente Isabeau.
    Había estado andando de manera automática durante un año. Ocultándose en Estados Unidos. Había oído su voz por todas partes a donde iba. La piel le dolía por su toque. No podía encontrar un modo de evitar que su sangre se espesara y se calentara cada vez que pensaba en ella, que era todo el tiempo. No se había dado cuenta, hasta que la había visto otra vez, cuán entumecido había estado. Todo en él se vivificaba cuando ella estaba cerca.
    Ahora se enfrentaba a verla cada día. A enseñarle las maneras de su gente. Cómo protegerse en la selva tropical. No tenía ni idea de cómo dejar de desearla. Cómo parar de necesitar besarla e intentar ser indiferente al estar junto a ella. No sólo tenía que preocuparse por ella y su gata a punto de emerger, sino que el chico iba a necesitar instrucción y cuidado. Suspiró. Su vida se había vuelto muy complicada, pero se sentía más vivo que nunca.
    Isabeau estaba cerca. Su calor. Su olor. Su gata. Levantó la cara a la lluvia y permitió que cayera sobre la cara, tratando de limpiar su mente de ella. Isabeau inundaba sus sentidos. Expulsaba todos los pensamientos cuerdos hasta que iba a convertirse en inútil para Rio y los otros si no conseguía manejar a su felino. Y maldito fuera todo, no podía culpar a su gato de las emociones fuera de control. El hombre sentía el mismo hambre, la misma necesidad desesperada.
    Se había enamorado tan fuertemente de ella. Tan rápidamente. Había sido tan profundo antes de darse cuenta de que Isabeau estaba excavando en su corazón y en su alma, se estaba envolviendo alrededor de sus huesos y presionando su sello en ellos, invadiendo cada célula sanguínea hasta que no pudo escapar de ella. No hubo manera de liberar su alma una vez se hubo enamorado de ella. Él había destruido todo entre ellos, la había roto con un horrible golpe, pero no había logrado desenredarse de ella en el proceso.
    Sabía que el ser compañeros leopardo jugaba una parte inmensa en la atracción física entre ellos, pero la amaba. El hombre y el leopardo la amaban. No había nadie más para ninguno de ellos y nunca lo habría. Cerró los ojos y escuchó el sonido de su risa. Esa pequeña nota en su voz siempre había logrado excitarle y calmar a la bestia en él al mismo tiempo. Había tantas facetas de ella, tantas partes intrigantes en su carácter. Adoraba todo acerca de ella, todo desde su corazón generoso a su genio desagradable.
    – ¿Conner? -Isabeau le llamó desde arriba-. Ven y come.
    Levantó la mirada porque no pudo detenerse. Una mano estaba envuelta alrededor del poste mientras le miraba. El pelo largo hasta la cintura estaba suelto, fluyendo con la exigua brisa
    Moviéndose por el dosel. Los vaqueros y la camiseta acentuaban las curvas exuberantes de su cuerpo y él sintió que su gato ronroneó ante la vista de ella.
    – Enseguida subo. Voy a fisgonear un poco, a ver que aparece.
    Ella se puso la mano en la cadera, atrayendo la atención al hecho de que no utilizaba el brazo herido.
    – No hay nada ahí fuera, Conner. Nadie encontraría jamás esta cabaña a menos que supieran donde mirar. Hay suficientes felinos aquí para oler algo en kilómetros a la redonda. Así que sube y come.
    No fueron tanto sus palabras como su tono lo que le hizo moverse rápidamente sobre la vegetación para agarrar la enredadera. En medio de todos los hombres, ella estaba nerviosa sin él allí. Y de cualquier manera que él lo mirara, eso era buena señal. Subió rápidamente, mano sobre mano, utilizando la enorme fuerza de leopardo para propulsarse hasta el porche. Arrastró la escalera detrás de él para que no hubiera signos que les traicionaran. Incluso si alguien encontrara la pequeña ducha provisional, estaba controlado y no era más que una primitiva y efectiva ducha excavada de una catarata escasa que caía por una cuesta.
    Se enderezó lentamente y se empapó de ella. Isabeau estaba de pie, un poco vacilante, pero no se retiró. Le estaba esperando. Él la miró inhalar profundamente y atraer involuntariamente su olor a los pulmones. Su cuerpo se tensó en reacción. Supuso que tendría que acostumbrarse al dolor implacable. Su mirada se demoró en las marcas de perforación del cuello, la satisfacción manó por haber golpeado lo bastante al chico como para que lo sintiera durante días. Ella parecía un poco magullada y azotada, pero hermosa, con su aspecto exótico y los ojos gatunos.
    Isabeau se ruborizó.
    – Me estás mirando así otra vez.
    – ¿De qué manera?
    – Como si estuvieras a punto de abalanzarte sobre mí en cualquier momento. Busco un poquito de consuelo, no una emboscada de algún tipo.
    Él se movió más cerca, estirándose para meterle mechones de cabello detrás de la oreja, el roce de los dedos fue suave.
    – Esta noche has sido muy valiente cuando el chico te agarró. No te asustaste.
    Ella le dirigió una sonrisa tentativa.
    – Sabía que vendrías. Se sorprendió tanto al verme, que creo que al principio su intención fue sacarme de la línea de tiro, pero en ese momento Adán salió de la maleza con sus dardos. Creo que estaba claro que conocía a Adán y Jeremiah me utilizó como escudo. Podía oler a los otros leopardos y sabía que se había metido en una mala situación.
    – ¿Le estás disculpando? -Incapaz de dejar de tocarla, le acarició el largo cabello con los dedos.
    – Está bastante magullado.
    – Es malditamente afortunado de estar vivo -indicó Conner. La tomó el codo y la apartó del borde-. No le defiendas. Debería haber sabido que era mejor no ponerte las garras encima.
    – Eso no fue tan malo como que me dispararan -dijo, intentando una pequeña risa.
    Él no sonrió, no podía sonreír. Unos pocos centímetros más.
    – Ese hombre está muerto. Jeremiah tiene mucha suerte. Yo no estaba de buen humor.
    Isabeau se echó a reír.
    – ¿De verdad? Yo nunca lo habría adivinado.
    Adoraba el sonido de su risa. Adoraba que pudiera reírse. Estando allí de pie, golpeada y magullada con perforaciones en el cuello, defendiendo al chico como lo hacía, sintió que el respeto se alzaba como el sol. La imagen le golpeó. No se había sentido como si estuviera cerca del sol durante mucho tiempo y de repente el mundo alrededor de él era brillante otra vez; todo eso tenía que ver con Isabeau.
    Levantó deliberadamente una ceja.
    – ¿Estás diciendo que crees que tengo un pésimo humor?
    – Pienso que es enteramente posible, sí -se burló.
    Algo apretó el corazón de Conner con fuerza hasta que sintió un verdadero dolor en el pecho. Ella no le miraba como si fuera repugnante. Aunque no era el amor completo y total que había visto en sus ojos antes, era un comienzo.
    Isabeau apartó la mirada de los atentos ojos de Conner. Él la miraba con esa mirada hambrienta y posesiva, que siempre la hacía volverse loca por él. Ella quería una tregua, pero no quería hacer el tonto. Y no quería traicionar la memoria de su padre. No le gustaba estar dentro de la cabaña, tan cerca de tantas personas que no conocía. No se había dado cuenta de cuán cómoda se sentía con Conner.
    Había pensado que no confiaba en él, pero en el momento que ya no estuvo a su lado, se había asustado.
    – La lluvia suena diferente aquí arriba.
    Él asintió sin apartar la mirada de su cara. Ella podía sentir sus ojos ardiendo con un brillante dorado directamente a través de ella.
    – Cuando era joven, dormía aquí fuera en el porche para poder oírlo. Adoro el sonido de la lluvia -admitió Conner.
    Ella se hundió en los tablones de madera y echó una mirada a las hojas que escudaban la cabaña.
    – Yo siempre he encontrado la lluvia calmante, pero hay una pauta en la manera que golpea las hojas que hace que suene diferente. Casi puedo oír que hace música.
    La sorpresa se arrastró en la expresión de Conner.
    – Solía pensar eso. Me tumbaba despierto escuchando y añadía instrumentos para crear mi propia sinfonía.
    – ¿Tocas algún instrumento?
    Conner se sentó a su lado, levantando las rodillas, con la espalda contra la pared de la casa. Se encogió de hombros, pareciendo un poco inquieto. Bajó su voz, manteniendo un ojo en la puerta.
    – Toco un par de instrumentos. En su mayor parte éramos mi madre y yo. Al estar solos, leíamos muchos libros, hacíamos los trabajos escolares y quisimos aprender a tocar lo que conseguimos que llegara a nuestras manos.
    – Entonces tu madre tocaba también -incitó ella, sorprendida que durante todas sus conversaciones él nunca le había dicho nada acerca de su madre, su vida ni su música. Cosas importantes. Las cosas que un amante debería haber sabido. Quiso apartar la mirada de él, molesta porque él no hubiera compartido quién era realmente con ella. Su tiempo juntos había sido el más maravilloso de su vida, pero no había sido verdadero. Él no había sido real. El hombre que se sentaba allí, ligeramente incómodo, exponiendo su lado vulnerable era el hombre verdadero. Sin embargo, no podía apartar la mirada, estaba fascinada, una vez más hipnotizada.
    Conner era un hombre duro y peligroso y llevaba esa aura como un escudo alrededor de él. Siempre había parecido invencible, impenetrable. Ella nunca había visto una grieta en ese blindaje hasta ahora, hasta este momento. La cara era la misma. La mandíbula fuerte, las cicatrices y los bordes erosionados, el violento dorado ardiente de los ojos, la boca sensual que volvía loca a cualquier mujer, todo eso mostraba a un hombre con una absoluta resolución. Pero los ojos se habían vuelto diferentes. Más suave. Casi vacilantes. No pudo evitar el estar intrigada.
    – Sí, tocaba -admitió Conner, su tono cayendo aún más. Había una nota suave que era todo leopardo mezclada con su voz humana.
    Isabeau le miró tragar, su mirada se movía por las hojas anchas que los rodeaban, ocultándoles del resto de la selva tropical.
    – Adoraba el violín.
    – ¿Tocabas el violín? -Ella no podía detenerse de aprender lo que pudiera acerca del hombre verdadero, no el papel que interpretaba.
    – No de la manera que ella podía tocar. -El tenía una mirada lejana en los ojos cuando giró la cabeza de vuelta hacia ella. Había una pequeña sonrisa en la cara como si recordara-. Solía sentarse aquí conmigo mientras la lluvia caía y tocaba durante horas. A veces los animales se reunían así que tenía una inmensa audiencia. Yo vigilaba y los árboles se cubrían con monos, pájaros e incluso un perezoso o dos. Era apacible y hermosa y eso se mostraba en su música.
    – ¿Te enseñó ella misma? ¿O te envió a dar lecciones? ¿Y dónde encontrarías escuelas y maestros de música? No podrías haber vivido aquí mucho tiempo.
    – Permanecimos solos. Cuando dejamos nuestra aldea…
    Isabeau captó una nota de dolor en su voz. El chico recordaba algún trauma de la niñez, no el hombre.
    – Nos mantuvimos a nosotros mismos durante varios años. Mi madre no quería ver a nadie. Fue muy estricta acerca de la educación y ella era inteligente. Si miras en las cajas de madera bajo los bancos, encontrarás que están completamente llenas de libros. Era una buena maestra. -Una sonrisa leve le tocó la boca. Un poco traviesa-. No tenía al mejor estudiante con el que trabajar.
    – Tú eres extremadamente inteligente -dijo.
    Él se encogió de hombros.
    – La inteligencia no tenía nada que ver con ser un chico salvaje en medio de la selva tropical que pensaba que era el rey de la selva. Ella tuvo las manos llenas.
    Isabeau podía imaginárselo, un chico rubio de pelo rizado con ojos dorados, saltando de rama en rama con su madre persiguiéndole detrás.
    – Puedo imaginarlo.
    – Me escabullía muchas noches. Por supuesto, entonces no me daba cuenta de que siendo un leopardo adulto, ella podía oír y oler mejor que yo y sabía el momento exacto en que me movía. Supe unos pocos años después que ella se arrastraba detrás de mí, para asegurarse de que no me sucedía nada, pero en aquel momento, me sentía muy valiente y varonil. -Se rió ante el recuerdo-. También me sentía bastante genial por haber logrado engañarla, así que estaba fuera todas las noches jugando en la selva.
    – Eso debe haber construido tu confianza. Tanto tiempo como he pasado en la selva, de noche permanezco en el campamento.
    – Era un niño, Isabeau. No había aprendido todos los peligros del bosque. Mi madre me los contó pero yo me encogí de hombros y pensé que eso nunca podría sucederme a mí. Era invencible.
    – La mayoría de los niños piensan que lo son. Sé que yo lo pensaba. Me gustaba trepar al techo de nuestra casa de noche. A cualquier lugar alto. Mi padre se enfadó mucho cuando lo averiguó. He olvidado que edad tenía cuando comencé. Creo que dijo que alrededor de tres.
    Él le dirigió una sonrisa amistosa.
    – Ese era el leopardo en ti. Les gusta trepar todo el tiempo. Cuanto más alto, mejor.
    – Y me echaba toneladas de siestas. Siempre estaba somnolienta durante el día.
    Él asintió.
    – Y levantada toda la noche. Mi madre me daba las lecciones de noche cuando tenía unos diez. Decía que hacía mi mejor trabajo entonces.
    – ¿Y tocabas de noche?
    – A veces no podía dormir, la mayor parte del tiempo. Y ella estaba… triste. Nos sentábamos a escuchar la lluvia y luego salíamos aquí con nuestros instrumentos. Ella tenía el violín, yo la guitarra y tocábamos juntos. La mayor parte del tiempo venían los animales. Unas pocas veces, vislumbré leopardos, pero ellos nunca se acercaron y ella fingió no notarlos, así que seguía su ejemplo.
    – Ojala pudiera haberla conocido.
    Él parpadeó y sobre su expresión se asentó la máscara familiar.
    – Ella te habría adorado. Siempre deseó una hija.
    – ¿Dijiste que Suma la mató? ¿Por qué? ¿Por qué mataría él a un leopardo hembra?
    Él endureció la mandíbula.
    – Suma la mató en la aldea. Ella intentaba defender a la familia de Adán.
    A ella, el aliento se le quedó atrapado en los pulmones.
    – ¿Ella era tu madre? Oí que le dijiste a Jeremiah que Suma mató a tu madre, pero no tenía la menor idea de que era la Marisa que conocí en la aldea de Adán. Me la encontré, más de una vez, pero por supuesto la vi sólo como humana, no como un leopardo. Fue muy dulce conmigo. Me trató como una hija. -Sintió un ardor en los ojos y apartó la mirada-. Durante un momento me hizo sentir menos solitaria. Yo estaba muy rota. -La garganta le ardía. Quizá él creería que era por la muerte de su padre. Ella había estado conmocionada, traumatizada, pero el engaño de Conner la había roto.
    Él la miró fijamente casi con horror.
    – ¿Pasaste tiempo con mi madre?
    Como si eso fuera todo lo que había oído y no pareciera feliz por ello. Isabeau trató de no dejar que la hiriera, pero no obstante fue un golpe.
    – Ella venía a menudo a mi campamento con el nieto de Adán o ella sola, y se quedaba a veces varios días conmigo. Traía a un pequeño chico con ella. Incluso salían a buscar plantas conmigo. Ella sabía mucho. A veces todo lo que yo tenía que hacer era un dibujo de una planta y ella identificaba que era y donde estaba, así como los variados usos para ella. Podía guiarme en la dirección correcta. Aunque nunca mencionó que tocara el violín. -Hizo un esfuerzo por no sonar desafiante.
    – Mi Dios. -El se restregó las manos sobre la cara y entonces se puso de pie bruscamente.
    Ella captó el brillo de lágrimas en sus ojos antes de que saltara de la plataforma al suelo dejándola sola.

Capítulo 7

    Ella lo sabía. Su madre sabía que había traicionado a su propia compañera. La vergüenza era una entidad viva que respiraba. La bilis subió cuando aterrizó agachado en el suelo del bosque. El trueno golpeó a través del cráneo. Había marcado con su olor a Isabeau miles de veces, tan hondo que sabía que lo tenía en los huesos y su madre lo habría sabido en el momento en que se acercó a Isabeau. ¿Había muerto creyendo que él había traicionado y abandonado a su compañera del mismo modo que su padre había hecho con ella?
    Levantó la cabeza y rugió su angustia. Ella ya había sufrido bastante sin creer que su único hijo, el hijo al que amaba, había repetido la historia. Su padre, Raul Fernandez, había rechazado a Conner y su madre había escogido irse con él. En su ira ante la decisión de ella de mantener al hijo, su padre les había forzado a irse de la aldea, su única protección, para que su madre tuviera que formar un hogar en el bosque para su hijo. Conner sabía que su padre había creído que morirían allí solos y les había abandonado cruelmente a su destino. Despreciaba al hombre con cada aliento de su cuerpo.
    El pensamiento de que su madre hubiera pensado que él era como… se quitó la camisa y los vaqueros e hizo surgir a su felino a la superficie. Necesitaba correr. Pensar. No pensar. Ella lo había sabido. Por supuesto le ofrecería amistad a Isabeau y trataría de ayudarla. Marisa Vega tenía un corazón amable. No tenía un sólo hueso malvado en el cuerpo. Se había apareado con su padre de buena fe, creyendo que él la amaba como ella le amaba, ya que su verdadera compañera había muerto años antes.
    Al principio Raul había insistido en que Marisa, veinte años más joven que él, estaba en su siguiente vida y que había nacido con antelación, que era verdaderamente su compañera. Había estado solo, deseaba una mujer y Marisa había sido joven y hermosa. La había cortejado, le había hecho enamorarse, pero después de que Conner naciera, se enojó y se llenó de resentimiento, de culpa, porque todo el tiempo, él había sabido que no era verdad.
    Raul había odiado la vista de Conner desde el momento que nació, negándose a interactuar con él, el recordatorio vivo de que había traicionado a su verdadera compañera. Conner nunca olvidaría la noche que su padre había dado su ultimátum a Marisa, indicando fríamente que debía deshacerse de su hijo o irse. Cuando ella se negó a abandonar a Conner, Raul le había dicho a Marisa que no la amaba. Conner había sido muy joven, todavía pequeño, agachado fuera de la puerta, escuchando como el hombre decía esas cosas crueles y humillantes a la madre que él adoraba y sintió los primeros indicios del terrible temperamento del felino. El hombre les había alejado utilizando cada medio que pudo. Conner había sabido, con la intuición de un niño, que su padre no podía soportar su vista o su olor. Ahora, ese mismo odio se había esparcido sobre su madre.
    Conner se paró sobre las piernas traseras, el pelaje dorado y con motas se estiró sobre su altura impresionante mientras arañaba los árboles, destrozando la corteza, dejando profundos surcos, deseando poder hacerle lo mismo al hombre que había herido a su madre tan profundamente. Ella nunca se había enojado con Raul, nunca había dicho una cosa mala acerca de él, pero había mantenido a Conner lejos de la aldea hasta que creció. Le pidió entonces, como un favor a ella, que volviera y hablara con su padre, para tratar de hacer las paces.
    La savia corría como un río y la sangre de la piel se mezclaba con ella mientras cavaba a través de la gruesa madera, rasgando y rompiendo, su angustia llenaba la noche una y otra vez mientras vertía su pena y su rabia. Nunca le había contado las cosas que su padre le había dicho; era un hombre crecido y herir más a su madre no habría logrado nada. Tampoco le contó que había golpeado a su propio padre hasta que fue una pulpa en la casa donde había nacido, dejando allí en el suelo a Raul magullado, golpeado y sangrando en vez de echarle de la casa como su padre había hecho con su madre. Había querido humillar a Raul delante de los aldeanos, pero sabía que Marisa no estaría contenta con él, así que no le había tirado por la puerta para que todos vieran que había sido derrotado en el combate, como felino y como hombre.
    La lluvia caía, una llovizna constante que no mostraba signo de parar. Giró la cara hacia el cielo y permitió que las gotas corrieran por sus mejillas, ocultando cualquier lágrima que ardiera allí. Había conocido el odio, pero su madre no. Ella había hecho cuanto había podido para criarle para que fuera como ella, una criatura apacible y amorosa que no tuviera envidia. No había tenido éxito y justo en este momento él detestaba poseer muchos rasgos dominantes y crueles de su padre.
    No podía soportar la idea de que madre pensara que no había amado a Isabeau. ¿Qué si Isabeau le había contado la historia de su engaño? Golpeó un tronco podrido, haciéndolo rodar y enviando los insectos en todas direcciones. Siguió rompiendo el tronco, avergonzado y repugnado consigo mismo. Debería haber vuelto a casa. Contarle sobre Isabeau. Haberle pedido consejo. En vez de eso, se había escabullido donde Drake, el único hombre que le había tratado decentemente. ¿Deseando qué? ¿Alguna clase de absolución? Sabiendo ya lo que su madre le habría dicho.
    Mucho tiempo después, unos rugidos perforaron la noche y unos gruñidos surgieron de su garganta, llenando el espacio desde el suelo hasta el dosel con la amenaza de violencia. Se había ocultado como un cobarde muy lejos, donde nadie podía ver la manera en que Isabeau le había quebrantado, roto por dentro en pequeñas piezas. Para cuando supo quién era ella ya estaba demasiado involucrado y había permitido que su relación fuera demasiado lejos. Había herido a las dos mujeres que amaba. Y su madre estaba muerta…
    Rugió a los cielos, vertiendo su pena para que se mezclara con la lluvia. En su forma animal era más aceptable permitir que las emociones salvajes se liberaran, algo que era mucho más difícil como hombre. La madera astillada voló en todas direcciones. La tierra y los escombros le siguieron. Nada escapó al terrible castigo de las garras mientras despedazaba troncos y aplastaba las raíces que formaban jaulas de varios árboles grandes.
    Pequeños roedores tiritaron en túneles y guaridas. Los pájaros echaron a volar agitados, añadiendo caos. El gran leopardo aplastó un cono alto de termitas, lanzó los escombros en todas direcciones y clavó las garras en una cuesta fangosa, arrastrándose por la escarpada cuesta hasta la siguiente línea de árboles donde marcó cada uno de ellos con surcos profundos.
    Arrugó la nariz y abrió la boca, probando el aire. Inmediatamente sus pulmones se llenaron con el olor de su compañera. El leopardo se dio la vuelta, mostrando los dientes, los ojos dorados penetrantes, feroces, los gruñidos todavía retumbando en la garganta. Ella estaba a pocos metros de él, con la barbilla arriba, los ojos fijos, pero temblaba y él podía oler su temor.
    – Me dijeron que era peligroso seguirte -saludó.
    Su voz tembló un poco, pero el leopardo lo encontró consolador. Ella había venido a él espontáneamente atravesando la selva tropical de noche. No habría sido difícil seguir el rastro de su destrucción, pero parecía sola y frágil y demasiado asustada. Conner controló al felino, reteniendo la rabia, levantando las orejas y haciendo cuanto pudo para parecer domesticado y apacible dentro del poderoso cuerpo del gran leopardo. No fue fácil. Cuando dio un paso hacia ella, Isabeau se quedó sin aliento y la mano apretó la rama rota del árbol que utilizaba como apoyo, pero no retrocedió.
    Tensó el cuerpo. Él se congeló, no quería que corriera. Controlaba al leopardo, pero si Isabeau huía, su acción dispararía los instintos de caza del leopardo. Él sabía que el felino nunca la dañaría, pero sería inaceptable asustarla.
    – Sé que he dicho algo que te ha molestado, Conner -continuó Isabeau-. Quería que lo supieras, pero no tenía la intención de que rememoraras recuerdos desagradables. Tu madre era maravillosa, una persona amable y adorable que realmente me ayudó cuando lo necesité.
    Otro rugido de angustia manó. Conner luchó contra él. Ella parecía tan joven, tan inexperta pero valiente y el amor manó por ella aunque sentía el pecho tenso y el corazón le dolía. ¿Cómo podía haberlo fastidiado todo de esa forma? ¿Manejado todo tan mal? En el momento que supo que le venía grande, debería habérselo contado. Haber corrido el riesgo de que hablara con su padre. Debería haber sido ella. Debería haber confiado en ella lo bastante para darle la oportunidad que él le dio al padre. Ni siquiera consideró la idea. Sabía que Marisa le habría preguntado porqué. Ella creía en el hablar. Era una intelectual y creía que los problemas se resolvían hablándolos.
    Isabeau dio un cauteloso paso hacia adelante.
    – Te juro, Conner, que yo no utilizaría a tu madre para herirte de ninguna manera. Sí, estaba enojada contigo por lo que hiciste, pero he llegado a comprender algo de porqué lo hiciste. Tu madre era una persona excepcional y sé que amaba a su hijo. Yo no sabía tu nombre real y ella nunca mencionó el tuyo. Sólo se refería a ti como «mi hijo». Lo decía con amor, Conner. Orgullosamente. Lo eras todo para ella.
    Él la miró, atemorizado de moverse, atemorizado de hacer la cosa equivocada y hacerla correr. Ella siguió moviéndose hacia él, con movimientos lentos, una mano tendida tentativamente. La mano era pequeña y temblaba. Él mantuvo la boca cerrada sobre los dientes y una vigilancia cercana sobre el leopardo. El felino tembló y hundió lentamente los cuartos traseros, primero en una posición sentada y luego por último se tumbó, aunque los ojos dorados nunca se apartaron de la cara de Isabeau.
    Esta echó una cautelosa mirada en torno a los árboles rotos y con la corteza destrozada y luego miró a las pesadas patas del leopardo. Huellas de sangre veteaban la piel dorada donde él había aplastado deliberadamente las patas, usándolas como garrotes contra los troncos de árboles. El mar de rosetones creaba una ilusión óptica en la que el gran felino parecía estar moviéndose, cuando en realidad estaba inmóvil. Su mirada penetrante estaba casi perdida en el mar de lunares negros. Sus costados subían y bajaban con cada aliento jadeante. Ella sabía que nunca olvidaría esa hambre ardiente en los ojos del leopardo o la aguda inteligencia.
    Quizás no había sido una idea tan buena seguirlo. Todo los otros le habían gritado que volviera, pero ella había bajado rápidamente por la escalera y corrido detrás del leopardo una vez que oyó la terrible angustia en su voz. No podía soportar oírlo. Conocía la pena cuando la oía. La idea de que él no pudiera expresar esa misma pena como hombre le rompió el corazón. Ella había conocido a su madre, la clase de mujer que era. Conner tenía que haberla amado y admirado. ¿Qué hijo no lo haría?
    Dio los tres últimos pasos hacia el leopardo y permitió que las puntas de los dedos rozaran la cabeza poderosa. La mano tembló y hundió los dedos en la piel en un esfuerzo por parar de temblar.
    – ¿Estás bien?
    El leopardo arqueó el cuello bajo las uñas que le arañaban, girando la cabeza de un lado al otro, permitiendo un mejor acceso. Ella se sentó en una piedra plana que pudo encontrar cerca de él, le rodeó el cuello con el brazo, sorprendida de que el temor retrocediera tan rápidamente. El leopardo se estiró a su lado mientras ella le acariciaba la piel.
    ¿Qué sabía ella de leopardos aparte de que eran considerados peligrosos y astutos? Sólo con mirarle a los ojos podía ver esa misma aguda inteligencia que la había atraído a Conner. Estaba allí, el hombre. Y sufría. No estaba segura de que le había dicho, pero sabía que había sido ella la que le había trastornado.
    – Le conté lo que había sucedido -admitió, buscando la cosa correcta que decir-. Ella sabía que yo estaba molesta. ¿Cómo podía no saberlo? Había perdido a mi padre y luego había descubierto cosas terribles acerca de su negocio. Y averiguado que el hombre que pensaba que me amaba me había engañado para llegar hasta mi padre; eso fue difícil, Conner, pero estaba aceptándolo con su ayuda. Ella no sabía que eras tú. ¿Cómo podría?
    Los ojos de Conner estaban tristes. Afligidos. Esos ojos feroces y abrasadores, tan abiertos a ella cuando los del hombre no y ella vio la verdad. Marisa lo había sabido. De algún modo su madre lo había sabido y Conner sabía cómo. Dejó salir el aliento y enterró la cara en el cuello musculoso de Conner, incapaz de mirarlo. Conner tenía que pensar que su madre había pensado lo peor de él cuando murió. Por mucho que Isabeau pensara que quería que sufriera, no quería que fuera de este modo, no sobre su madre.
    Frotó la mejilla contra el pelaje, necesitando tanto consuelo y tranquilidad como él. ¿Pensaba Conner que ella lo había hecho a propósito? ¿Qué había tratado de hacerle parecer malvado delante de su madre? No había sido así en absoluto.
    – Tenía hambre de compañía, una madre o una hermana mayor. Una mujer con la que poder hablar. Mi propia madre murió cuando era niña. Apenas la puedo recordar. Bien, adivino que realmente era mi madre adoptiva. No conocí a mi madre biológica.
    No había sabido que era adoptada hasta después de que su leopardo hubiera arañado la cara de Conner. Instintivamente sus dedos fueron a la cara del felino. Había cuatro surcos profundos allí. Acarició con pequeñas caricias las cuatro cicatrices. De algún modo estaba refugiada de la lluvia por las anchas hojas de arriba, pero de vez en cuando unas pocas gotas caían en un hilito constante por la espalda. Se retorció incómodamente.
    Instantáneamente el leopardo se levantó. Sentándose, era más alto que ella. Su cara ancha y fuerte. Levantó la mirada a los árboles circundantes como si los estudiara antes de volverse a ella de nuevo. Esperó mientras ella se ponía lentamente de pie. Ella sabía que él quería que dejara el suelo y subiera a los árboles, una reacción instintiva del leopardo.
    – Podemos volver a la cabaña y sentarnos en el porche -sugirió apresuradamente.
    Estaba un poco nerviosa rodeada por la absoluta oscuridad, esos ojos dorados resplandecían sobre ella. Y no quería ver a ningún insecto viniendo hacia ella en enjambres. En la mayor parte, los mosquitos y otros bichos que picaban o mordían mantenían la distancia, pero siempre había enjambres de hormigas a los que enfrentarse. Nunca lo admitiría en voz alta, después de todo, la profesión que había escogido la mantenía en la selva tropical, pero las hormigas en particular, le provocaban pesadillas. Era bastante cómico estar ahí de pie con los dedos enterrados en la piel de un leopardo y rastrear la vegetación agitada en busca de hormigas.
    Isabeau tomó un paso tentativo hacia la cabaña. Siempre había tenido un sentido de la orientación asombroso, incluso en el interior de la selva tropical, aunque nunca entraba sin un guía, pero ahora se sentía más segura. Dio otro paso lento, el corazón le martilleaba con fuerza, deseando que él la siguiera. El leopardo se movió a su lado, manteniendo el cuello bajo la palma y su cuerpo contra la pierna mientras se movían juntos por la espesa maleza.
    Queriendo mantener la mente fija de Conner en ella y lejos de la pérdida de su madre, Isabeau siguió hablando.
    – Cuando era niña, recuerdo que mi padre solía intentar llevarme a esos parques donde tienen montañas rusas y yo los odiaba. Era muy aventurera, así que él nunca pudo comprender porqué no me gustaba ese movimiento. Cada vez que montaba en una de ellas, algo dentro de mí se volvía loco. Debe haber sido mi gata, pero por supuesto en aquel momento no lo sabía. -Suspiró-. Adivino que no sabía muchas cosas entonces.
    Caminaron entre los árboles. Podía oír el latido salvaje de su corazón. Iba a contárselo y traicionar a su padre aún más. Pero se lo debía.
    – Le conté a tu madre lo de la montaña rusa y lo de los hombres con los que mi padre siempre se reunía en los parques. -Podía oír el temblor en su voz, pero no lo podía controlar y supo que Conner lo podía oír también, especialmente con las orejas sensibles del leopardo.
    Bajo la mano, los músculos se tensaron pero él no rompió la zancada. Siguió andando con ella y eso le dio el valor de confesar.
    – Nunca puse atención a los hombres con los que se encontraba a menudo, porque no me gustaban. Había algo acerca de su olor. -Curvó los dedos más profundamente en la piel-. Podía oler cosas a kilómetros. Me volvía loca. Esos hombres se le acercaban cuando tomábamos un helado. Papá siempre me llevaba a ese puesto y los mismos dos hombres se encontraban con él y le entregaban un paquete. Él les daba un sobre. Era una niña, Conner y no me di cuenta, ni siquiera pregunté, que le pagaban por algo, o que la razón de que esos hombres olieran mal era porque hacían algo malo.
    No se había dado cuenta de cuán fácil sería, el alivio que era poder contarlo. En su forma de leopardo, no tenía que enfrentarse a los ardientes ojos y saber que él estaba juzgándola. De niña, no había sospechado en que estaba metido su padre, pero como mujer adulta, debería haber sido capaz de encajar las piezas del puzzle. Debería haberlo sabido: todos los signos estaban allí, sólo que no había abierto los ojos.
    – Lo hizo por mí -dijo suavemente, odiando la verdad-. Quería el dinero para mí. -La garganta le ardía. Su padre era médico, dedicado a salvar vidas. Había jurado salvar otras, pero les había vendido información a un grupo de terroristas, información que llevó al secuestro y muertes de muchas personas con el paso de los años.
    El leopardo empujó la cabeza más cerca de ella, acariciándole el muslo con la nariz como si la consolara. Estaba agradecida de que Conner no cambiara a su forma humana. Necesitaba decir esto y era mucho más fácil hablar con el leopardo allí en la oscuridad. Tomó otro aliento y levantó la cara a la lluvia limpiadora. Las gotas eran más lentas, más niebla espesa que lluvia, pero se sentía bien sobre la cara abrasadora.
    – Sé que será difícil que lo creas, pero mi padre era un buen hombre. No sé qué sucedió, porqué pensó que necesitaríamos esa clase de dinero manchado de sangre. Hizo bastante dinero como médico. Después de que muriera, lo heredé todo. Repasé sus libros con cuidado.
    Tropezó con una pequeña rama oculta en lo profundo de las capas de hojas y la vegetación en podredumbre. El felino se movió fluidamente delante de ella, evitando que cayera al suelo. Ella tuvo que agarrar puñados de piel para mantenerse erguida, curvando los dedos en el pellejo. Por un momento enterró la cara en el cuello, frotando la cara mojada en la gruesa piel. Asombraba sentirse tan cómoda con el animal cuando el hombre la volvía loca por dentro. Dio una pequeña risa de auto desaprobación.
    – Quizá deberías permanecer como leopardo.
    Sintió que el gran felino se tensaba, los músculos se flexionaron mientras la cabeza subía en alerta. Abrió la boca en un gruñido silencioso, mostrando los dientes, los ojos ardiendo. Ella miró en esa dirección, de vuelta hacia la cabaña. No podía ver ni oír nada en absoluto, pero confiaba en los sentidos del animal y retrocedió detrás de él. Esperaron en silencio y luego Elijah salió de los árboles.
    – Rio me ha enviado -dijo apresuradamente-. Estaba preocupado porque tu mujer se metiera en problemas. -Se paró bruscamente en el momento que vio al leopardo agachado, pero parecía relajado.
    Isabeau trató de colocarse por delante. Era guapo. Intrigante incluso. La misma aura peligrosa que rodeaba a Conner le envolvía también y parecía vagamente familiar. Un hombre como Elijah era dificil de olvidar, pero no recordaba a nadie más que hubiera asaltado el complejo a donde su padre había ido para advertir a sus amigos. Por lo que ella sabía, este hombre podía ser el que disparó a su padre.
    – Estoy bien. Le encontré sin problemas -contestó.
    – Ya lo veo. -Elijah le estudió la cara-. Yo no le disparé, a tu padre, quiero decir. No le disparé.
    Ella tragó con fuerza, pero no mordió el anzuelo.
    – Eso es lo que te preguntabas. Lo habría hecho sin vacilación -admitió honestamente-, para salvar la vida de Conner, pero no fui el primero en entrar. Me pregunto qué hacías allí.
    Ella se quedó rígida Nadie había pensado en hacerle esa pregunta. Ni una persona. Ni siquiera Conner antes de que le arañara la cara. Ella había estado tan conmocionada, tan traumatizada, pero aún entonces, había esperado la pregunta, preguntándose cómo la contestaría. Ahora, aquí en la selva con la niebla cubriéndola y un leopardo apretándose contra las piernas, lo supo.
    – Estaba preocupada por la manera en que mi padre había estado comportándose. No era racional. Sabía que estaba trastornado, pero se había vuelto reservado y… -Las palabras se desvanecieron, dándose cuenta de lo que le había enviado a seguirle. Había olido sus mentiras. El recuerdo la atravesó rápidamente, el estómago reaccionó, revolviéndose con la bilis, como había hecho cuando siguió a su padre por las calles de la ciudad y luego por el sendero del río, más y más profundo a la selva tropical de Borneo. El corazón se le había hundido en el pecho y había sabido que no estaba yendo a una urgencia médica.
    Él había atravesado las puertas protegidas y ella había aparcado su coche en el bosque mismo y continuado a pie. Permaneció mucho tiempo bajo los árboles cuando él condujo más allá de esas puertas grandes, debatiendo que hacer. Todos los pequeños indicios de su niñez habían comenzado a encajar como piezas de un puzzle gigante.
    Las vías navegables no eran seguras. Todos sabían eso. La gente era secuestrada tan a menudo y retenidos en espera de un rescate, que nadie parpadeaba ya al oír las noticias. La mayor parte de los rescates se pagaban y los prisioneros eran liberados. Eran negocios. Sólo negocios. Pero había unos pocos grupos sobre los que había leído, campamentos terroristas que torturaban y asesinaban a los prisioneros, ordeñando siempre a las familias de ésos que secuestraban por más hasta que no había más y los cuerpos eran enviados de vuelta en pedazos. El dinero se usaba para armas, bombas y más campamentos de terroristas.
    Había estado horrorizada y luego lo había negado. Por supuesto su padre no estaba implicado en tal cosa y había decidido engañarse a sí misma. El leopardo se frotó en su pierna, probablemente presintiendo su pena. Ella se dio cuenta de que había cerrado las manos en puños en la piel del leopardo, enterrando los dedos profundamente, tratando de empujar atrás sus pensamientos.
    – Sé lo que estás haciendo -susurró Isabeau-. No quieres que me enfade con Conner así que piensas que al hacer que mi padre parezca malo, le perdonaré lo que hizo.
    – No necesito hacer que tu padre parezca malo, él lo hizo por sí mismo -dijo Elijah-. Pero la cosa es, que no tienes que defenderlo. -Ignoró el rugido amenazante del leopardo, aunque ajustó su posición ligeramente, preparándose para defenderse-. Mi padre me dejó un imperio de drogas cuando su propio hermano le mató. No tengo ninguna razón para defender su elección de estilo de vida. Es una gran cobertura para poder moverme entre el hampa y el mundo de los negocios, pero no importa, ese es mi legado y yo tengo que tratar con ello. Escojo mi vida. Escoge la tuya.
    Ella sintió que su felina saltaba enojada. En unas pocas frases él había reducido su dolor a autocompasión. Y quizá era el momento de que alguien lo hiciera. Estaba cansada de cargar con su ira y de que se envolviera en torno a ella como una armadura. Había corrido como una niña y se había ocultado en la selva tropical en vez de rastrear a Conner y enfrentarse a él como debería haber hecho. Le había amado con cada aliento de su cuerpo, pero no había intentado averiguar porqué había utilizado sus sentimientos por él.
    Odió que este hombre, pareciendo tan fresco y tranquilo, con la niebla arremolinándose en torno a él y la noche brillando en los ojos, fuera el único que la hacía mirarse a sí misma. Debería haberse mirado en el espejo y encontrado el coraje para hacerlo por sí misma. Nunca había tenido tanto miedo de nada, ciertamente no de expresar su opinión ni de enfrentarse a alguien si tenía que hacerlo. Pero había huido como un conejo y se había ocultado con sus plantas y su trabajo en vez de recoger los pedazos. En vez de admitir que su padre había sido un criminal, debería haber reclamado al menos alguna clase de cierre con Conner.
    ¿Cuándo se había convertido en tal cobarde que necesitaba que un leopardo gruñón amenazara a su amigo porque sus pequeños sentimientos quizás estaban dolidos cuando alguien le decía la verdad? Se avergonzó de sí misma. Se enderezó, soltando el agarre mortal en el pelaje del gran gato.
    – La autocompasión es insidiosa, ¿verdad?
    Elijah se encogió de hombros.
    – También la ira justa, de la cual he sentido bastante en mi vida. Volved a la cabaña. Tenemos mucho trabajo que hacer por la mañana. Y, Conner, alguien tiene que ocuparse de ese cachorro. No nos has dejado matarle, así que es tuyo.
    Isabeau le frunció el ceño.
    – Él se juntó con la gente equivocada. No merecía morir. ¿Estáis todos sedientos de sangre? No puede tener más de veinte.
    – Hundió las garras en una hembra y tú no dirías eso si Adán yaciera muerto a tus pies -indicó Elijah, su tono suave.
    Ella notó que había puesto el pecado de arañar a una hembra antes que el de matar a Adán. Tenía mucho que aprender acerca del mundo de los leopardos. Era extraño cómo estaba más cómoda con estos hombres de lo que debería haber estado. Alzó la mirada al dosel donde el viento arremolinaba la niebla en extrañas formas que se envolvían alrededor de los árboles, formando velos grises que no podía atravesar, ni siquiera con su visión nocturna superior. Esto, entonces, era el mundo a donde pertenecía.
    Conner había dicho que había una ley más alta. Antes de que cerrara todas las puertas e hiciera los juicios, necesitaba aprender las reglas. En todo caso, mientras estuviera en presencia de tantos leopardos, debía aprender tanto como pudiera sobre ellos.
    – No creo que hubiera matado a Adán sin provocación -defendió Isabeau-. Fue realmente bastante amable y unas pocas veces me susurró que no me haría daño.
    – Eso son gilipolleces con las garras en tu garganta y la sangre goteando. -Ahora había rabia suprimida en la voz de Elijah.
    Isabeau sintió el eco de ello en el estremecimiento que atravesó el leopardo apretado tan cerca de ella. Jeremiah había estado muy cerca de la muerte. Por tocarla. De ahí provenía la ira. No porque hubiera amenazado a alguno de ellos o a Adán. Ella era, de algún modo, sagrada para todos ellos. ¿A causa de Conner? ¿Por qué era un leopardo hembra? No lo sabía, pero había consuelo en el conocimiento. Una clase de seguridad que nunca había sentido antes.
    Había también una confianza nueva que venía con el conocimiento. Se dio cuenta de que Conner no había cambiado ante la vista de Elijah, no porque estuviera en mejor posición de protegerla como leopardo, sino porque no quería avergonzarla con su desnudez delante de otro hombre. Había permanecido deliberadamente en forma animal, aunque no pudiera unirse a la conversación. Le acarició un gracias por el lomo, tratando de transmitir su apreciación en silencio.
    La modestia era un concepto extraño para estos hombres, estaba segura de eso. Isabeau caminó en silencio durante unos pocos minutos, disfrutando del modo en que la niebla les envolvía. No podía ver muy lejos delante de ella y el vapor se alzaba del suelo hasta que sus cuerpos parecieron flotar a través de nubes sin pies.
    – No duele -aseguró, cuando atrapó a Elijah examinándole la garganta cuando se acercó a él.
    Elijah adoptó el mismo paso que ellos, tomando posición al otro lado de Conner para que el cuerpo largo y poderoso del felino estuviera entre ellos. Se movía fácilmente, con el mismo movimiento fluido de Conner, como si fluyera sobre el suelo en silencio.
    – El chico necesita otra paliza -siseó Elijah.
    El felino hizo un sonido retumbante de acuerdo desde la garganta e Isabeau sonrió.
    – No creo que ninguno de vosotros estéis muy lejos de vuestro felino.
    – La ley de la selva -dijo Elijah como si eso lo explicara todo.
    Y para ellos lo hacía, se dio cuenta ella. Otro pedacito de información. Sus vidas no eran más complicadas a causa de sus leopardos, sino menos. Veían el mundo en blanco y negro en vez de en sombras grises. Hacían lo que hiciera falta para llevar a cabo un trabajo sucio y si eso significaba seducir a una mujer para salvar a unos niños, que así fuera.
    No sabía porque el corazón se le apretaba dolorosamente en el pecho. El pensamiento de Conner tocando, besando, sosteniendo a otra mujer la hacía sentirse enferma. Y ella le había traído aquí para hacer justo eso.
    – Adivino que no comprendo esas líneas claras que sonsacáis vosotros mismos. ¿Quién determina qué es correcto y que está mal? -preguntó.
    El leopardo le dio un golpecito en el muslo otra vez, rozándose y ella sintió su propia reacción, el saltar de sus sentidos hacia él, un alcanzarle que no pudo evitar, como si sucediera demasiado rápido, demasiado automáticamente. El toque más pequeño del hombre o bestia y ella reaccionaba con esperanza, con necesidad, con una respuesta casi obsesiva.
    Elijah le disparó una mirada.
    – ¿Estamos hablando de Jeremiah? ¿O de Conner?
    – De los dos. De todos vosotros.
    – Habla con Conner -aconsejó Elijah-. Está más informado sobre nuestras maneras que yo. Llegué al clan tarde. Y todos cometen errores, Isabeau. Tú. Yo. Conner. Tu padre. Mi padre. Todos lo hacemos.
    Ella seguía el mismo paso que el leopardo, mirando directamente adelante. El agua salpicaba por las cuestas en una corriente estrecha. Caminaron sobre las piedras y continuaron vadeando el agua hacia el otro lado donde el banco era menos escarpado. Isabeau sentía una punzada de intranquilidad y entonces en su interior, su felina se revolvió, estremecedoramente despierta.
    Algo le tiró del tobillo por detrás y entonces estuvo abajo; el agua se le cerró sobre la cabeza. Casi inmediatamente se revolcó una y otra vez, como en una lavadora, rodando mientras algo se envolvía apretadamente alrededor de ella, agarrándola como con unas cuerdas fuertes de acero. Se oyó chillar en la cabeza, pero tuvo el aplomo de no abrir la boca bajo el agua.
    El brazo, donde tenía la herida, ardía y latía. La muñeca izquierda, atrapado en el grueso rollo, se sentía como si fuera a estallar por la presión. Trató de no luchar, diciéndose que Elijah y Conner vendrían en su ayuda y que no debía asustarse. La serpiente rodó sobre ella otra vez y sintió la noche fresca en la cara. Tragó aire, atrayendo un aliento profundo antes de que rodara sobre ella otra vez. La cara raspó por las piedras cuando la llevó por el fondo.
    Elijah saltó por encima del leopardo, con un cuchillo en el puño. Conner estalló al lado de él, rugiendo un desafío, girando y hundiendo los dientes profundamente en el cuerpo que se retorcía, reteniendo a la serpiente, evitando que se llevara a su presa a aguas más profundas. La anaconda verde era grande, de casi ciento ochenta kilos de sólido músculos y estaba hambrienta, decidida a no perder su presa. La cabeza estaba cerca de la cabeza de Isabeau, los colmillos peligrosamente cerca de su cuello. No tenía una mordedura fatal, ni veneno, pero se anclaría allí y la retendría hasta que pudiera apretar y asfixiarla.
    Elijah trató de rodear el agua agitada para llegar a la cabeza, pero la serpiente continuó golpeando y rodando, manteniendo el agua agitada, evitando que el hombre hiciera algo más que enojarse al golpear el cuerpo de gruesos músculos mientras rodeaba constantemente a la serpiente que se retorcía. El felino agarró la cola de la anaconda en la boca y empezó a tirar hacia atrás, hacia el banco en un esfuerzo por arrastrar a la serpiente a las aguas poco profundas y evitar que Isabeau se ahogara.
    La serpiente era bastante grande y obviamente hembra por su tamaño. Era verde oscuro con lunares ovalados oscuros a través de las escamas de la espalda. En los costados tenia los lunares ocre reveladores de la anaconda. La cabeza era grande y estrecha, unida a un cuello grueso y musculoso, así que era difícil decir donde se separaban los dos, especialmente en el agua agitada. El conjunto de ojos y nariz por encima de la cabeza le permitía respirar mientras estaba en su mayor parte sumergida. El agua era su casa, utilizaba sus ventajas adaptativas, luchando contra el tirón del leopardo implacable.
    Mientras Conner daba dos pasos más atrás, agarrando más de la serpiente para conseguir más apalancamiento, Elijah rodeó por delante, alcanzando debajo de la superficie del agua y arrastrando a Isabeau y a la serpiente fuera para que pudiera tomar otro aliento. Desafortunadamente, cuando jadeó con los pulmones ardientes en busca de aire, la serpiente apretó más fuerte.
    – Conner, sostén a la maldita cosa -gruñó Elijah, apretando los dientes en frustración.
    El tiempo pareció ir más despacio para Isabeau. Podía oír al leopardo gruñir, pero su pulso martillaba fuerte en sus oídos. Los pulmones se sentían muertos de hambre por aire y el temor era un sabor vil en la boca. Cada instinto le decía que luchara, que peleara, pero se forzó a permanecer tranquila, negándose a ceder ante el pánico que amenazaba con reducirla a una víctima chillona sin inteligencia.
    En su mente canturreaba el nombre de Conner. Supo el instante en que cambió, o quizá su gata lo supo. Ella no le podía ver y todavía podía oír los gruñidos que retumbaban, reverberando por el agua, pero supo que él estaba utilizando la fuerza combinada del hombre y el leopardo para arrastrar la serpiente al terraplén.
    Elijah siguió entrando y saliendo de su línea de visión, la cara seria, los ojos centrados en la cabeza de la serpiente, el cuchillo tratando de deslizarse entre las escamas y el músculo para cortar la cabeza. La serpiente sabía que ahora estaba en problemas, y que la única salida era abandonar su comida y escapar. En el momento que la serpiente dejó de enroscarse, Conner alcanzó por delante del cuerpo que golpeaba, envolvió el brazo alrededor de la pierna de ella y tiró hacia él. La tiró detrás de él. Ella vislumbró ese cuerpo masculino, duro como una roca, con haces de músculos, mientras se hundía en el agua poco profunda para ayudar a Elijah.
    La serpiente rodó alrededor del hombre en un esfuerzo por escapar a la hoja del cuchillo, tratando de utilizar todo el peso y el músculo para conducirle de vuelta al agua más profunda. Conner agarró el cuerpo que daba golpes y lo retuvo mientras Elijah mataba a la serpiente. El animal se quedó lacio y ambos hombres se detuvieron, doblados, los pechos subiendo y bajando por la tremenda lucha contra una criatura tan fuerte.
    Conner se giró hacia ella, se agachó en el agua para pasarle las manos por encima.
    – ¿Estás bien, Isabeau?
    Ella consideró chillar. O echarse a llorar. Casi había muerto, aplastada por una serpiente o ahogada. Pero él parecía perfectamente tranquilo como si fuera una ocurrencia ordinaria y ningún gran asunto. Juró que incluso parecía arrepentido cuando miró a Elijah arrastrar el cuerpo a tierra. ¿Estaba ella bien? Bajó la mirada a su cuerpo. Se sentía magullada y quizá un poco golpeada, pero nada estaba roto. Estaba empapada, pero la lluvia ya había hecho eso.
    Consideró lentamente su situación. Estaba todavía en la corriente, hasta los tobillos y había sobrevivido al ataque honesto de una anaconda. El corazón le latía como un trueno en las orejas, el aliento entró entrecortadamente pero todas y cada una de las terminaciones nerviosas estaban vivas. El mundo era más brillante, fresco, más hermoso de cómo jamás lo había visto.
    La niebla colgaba en velos suaves rodeando a las susurrantes hojas negras que se distinguían cuando el viento balanceaba el dosel ligeramente. El agua desbordaba por las piedras, una brillante y oscura cinta de plata mientras se movía. Podía ver el cuerpo largo y grueso de la serpiente yaciendo en el banco. A su lado, Elijah estaba sentado, una pequeña sonrisa se le extendía por la cara. Ella no pudo evitar que la mirada se desviara de vuelta a Conner, donde su cuerpo desnudo ondulaba con músculos definidos.
    Conner le sonrió, una lenta sonrisa muy viva que se llevó el poco aliento que ella tenía y lo reemplazó con una ráfaga de calor y adrenalina. Él se llevó una mano goteante al cabello y se lo retiró de la cara.
    – Qué apuro, ¿verdad?
    Ella asintió, fascinada por el completo magnetismo de su cara. Había alegría, vida, brillando en esos ojos. Las llamas saltaban y ardían brillantemente en los ojos dorados. Él le guiñó un ojo y unas mariposas empezaron una migración a su estómago.
    – Siento la falta de ropa. Pensé que tu vida era más importante que la modestia.
    – En este momento yo también -admitió. Aunque ahora estaba más preocupada por su virtud, por la poca que tenía. Quería que se levantara. Los muslos fuertes le ocultaban el frente del cuerpo, pero la boca se le hacía agua. Sabía lo que había allí. Y sabía que estaría duro como una roca. Generalmente lo estaba cuando estaban juntos y no había visto mucha diferencia desde que estaban uno en compañía del otro.
    – He odiado tener que matarla -dijo Conner y esta vez no había error en la pena de su voz-. Era una hembra buscando comida. Odio perder alguno de ellos.
    – Estoy agradecida de no ser su comida -admitió Isabeau.
    – Debería haber sido más cuidadoso -dijo Conner-. Están bajo los bancos en las cuevas naturales allí donde el agua es poco profunda y un poco lenta. No estamos en una elevación muy alta y debería haber estado más alerta.
    Elijah rió disimuladamente y Conner le envió un ceño de advertencia. Elijah sólo se rió.
    – Claramente, tu mente estaba donde no debería haber estado.
    El ceño de Conner se volvió una mirada fulminadora.
    – ¿Por qué no estabas tú alerta?
    La mirada no tuvo más efecto que el ceño. Elijah se rió en voz alta.
    – Intentaba conversar, tú, gato sarnoso. No es fácil tratar de sacar tu lamentable culo de los problemas. Hay que pensar.
    Isabeau se echó a reír.
    – Estáis los dos locos.
    – ¿Estamos locos? Tú eres la única que está aquí riéndose después de que una serpiente tratara de tragarte por entero -indicó Elijah.
    – Estoy seguro de que le habría dislocado todos los huesos primero -dijo Conner.
    Ella le empujó, esperando una gran salpicadura. Su empujón apenas le meció, pero él le dirigió una gran sonrisa que la alteró, esa sonrisa valía el haber fallado en verle ir boca abajo al agua. Era el respeto en su cara. En sus ojos. Estaba orgulloso de ella y había respeto en los ojos de Elijah también. Ella no pudo evitar el pequeño floreciente resplandor que se extendió dentro de ella.
    – Debemos volver y quitarte esa ropa mojada -dijo Conner-. Voy a cambiar.
    Fue toda la advertencia que tuvo antes de que los músculos se retorcieran y el pelaje se deslizara por su espalda y vientre. Las garras estallaron por las puntas de los dedos. Ella se sorprendió de a qué velocidad podía él asumir el control de su otra forma. Caminó a su lado, sin temor, aunque el corazón latiera desenfrenadamente y fuera consciente de cada movimiento en el bosque. Estaba viva. Total y absolutamente viva.

Capítulo 8

    Estaba ocurriendo una vez más. Isabeau echó una rápida y furtiva mirada a su alrededor, esperando que nadie notase que se estaba retorciendo. Su piel ardía, se sentía demasiado tensa, cada terminación nerviosa en carne viva y vibrando. Se frotó los brazos pero incluso con esos ligeros toques, la piel le dolía. En su más profundo interior la picazón crecía hasta convertirse en un demandante dolor que no podía ignorar.
    Había dormido toda la noche, curvada contra el enorme leopardo, la lluvia había sido un ritmo continuo, relajante, el pelaje grueso y cálido. El latido del corazón había estado en su oído y había recostado la cabeza utilizando el suave pelaje como almohada. No había habido signos de esta locura. Se las había arreglado incluso para sacarse de la mente la imagen de Conner encorvado desnudo en la corriente. Ahora, no podía inspirar sin oler su fresco y salvaje almizcle… un tentador señuelo que no parecía poder ignorar.
    Sin ni siquiera mirarle, era completamente consciente de él. Sabía su posición exacta en cada momento. Conner Vega se estaba convirtiendo rápidamente en la maldición de su vida. Intentaba con desesperación simplemente respirar con normalidad, pero sus pulmones ardían de la misma forma que su piel, el aire saliendo en irregulares y rudas bocanadas.
    Los hombres le lanzaban pequeñas y rápidas miradas por encima de sus desayunos, pero nadie la miraba realmente y eso le decía que a pesar de estar haciendo su mayor esfuerzo sabían que estaba a punto. Era una condición humillante y sumamente incómoda. Su hambre se hizo más profunda cuándo Conner volvió de su ducha matutina, vestido con indiferencia con unos pantalones vaqueros que abrazaban sus firmes piernas y ahuecaban su trasero. Lo último que necesitaba hacer era mirar, pero, honestamente, ¿cómo podía detenerse? Presionó las puntas de los dedos contra sus sienes con fuerza en un intento de recuperar el control. Los dientes le dolían por la continua tensión de apretarlos.
    Los hombres tuvieron una conversación en voz baja mientras ella bebía un café que sabía tan amargo que apenas podía tragarlo. Adán se había marchado. Apartó el repentino desasosiego que sintió con la marcha de su único verdadero aliado, pero por más que quisiera negarlo, desde que se había despertado esa mañana, un lento calor había empezado a construirse en su cuerpo. Espeso, como el magma de un volcán, el calor se movía a través de sus venas y se derramaba como una insidiosa adicción por todo su cuerpo.
    No ayudaba que después de desayunar el equipo hubiera decidido trabajar con Jeremiah y con ella en las técnicas de lucha. Por supuesto era Conner el que la tocaba, de forma completamente impersonal, sus manos le colocaban el cuerpo de forma correcta hasta que sólo el roce de las puntas de sus dedos le hacía querer gritar de necesidad. Ella no iba a perder esta oportunidad de aprender de ellos, pero sus cuerpos estuvieron enseguida brillantes de sudor e inmediatamente los hombres se despojaron de las camisas.
    Ella puso todo lo que tenía en el entrenamiento, apreciando las difíciles técnicas físicas de dar puñetazos y patadas. Trabajó duro con su cuerpo en un esfuerzo por engrandecerse. Si no podía tener ardiente y sudoroso sexo a montones, esperaba cansarse hasta llegar al punto de extenuación. Cada vez que Conner corregía su postura, o su pierna cuando pivotaba y golpeaba, hacía todo lo que podía para no sacudirse y alejarse de su ardiente toque.
    Deliberadamente ponía distancia entre ellos, tratando de trabajar en el correr, saltos con patadas y en la precisión de los puñetazos. Oía a Conner y Rio hablar de combate y posturas con Jeremiah, intentando no advertir las miradas amorosas que él le dirigía. Su gata quería rozarse contra las ramas de los árboles, básicamente frotarse contra cualquier cosa. Todo lo que ella quería hacer era frotarse con Conner, pero si ellos querían boxear eso es lo que iban a tener.
    Felipe fue el primero en colocarse frente a ella, levantando los puños y fijando la mirada en ella. Ella pudo ver que estaba intentando no respirar, no inhalar su aroma. Ella no se había dado cuenta hasta ahora de que sus pestañas fueran tan largas, curvándose un poco en las puntas. Tenía una bonita nariz y una mandíbula firme. Era extremadamente guapo, no tan musculoso como Conner o Rio, sino más ágil y flexible…
    – ¿Qué demonios estás haciendo, Isabeau? -preguntó Conner-. Acaba de acorralarte seis veces y ni siquiera has intentado bloquearlo.
    – ¿Lo ha hecho? -Ella parpadeó rápidamente y miró alrededor al círculo de caras, un poco confundidas. ¿Se había movido de verdad Felipe?-. No me ha golpeado.
    – Detuvo el puñetazo porque si te toca, le haré tragarse los dientes -le contestó Conner entre dientes, claramente exasperado-. Aún así tienes que bloquear.
    Él tenía un aspecto muy sexy cuando se enfadaba. No se había dado cuenta hasta ahora. Extendió la mano para acariciar el ceño de su cara. Él se echó hacia atrás, su respiración salió con fuerza de los pulmones. Dejó caer la mano, haciendo un pequeño mohín.
    – Lo estoy intentando, Conner.
    – Bueno, inténtalo con más ahínco -le gruño él.
    Su voz era ronca y erótica y otro ramalazo de calor se deslizó como fuego a través de sus venas. A ella le gustó. Felipe fue reemplazado por Elijah. Elijah parecía como si le estuviera prestando más atención a Conner que a ella. Experimentalmente, lanzó una serie de patadas y puñetazos ligeros, decidida a hacer retroceder a Elijah. Él no se retiró como debería, sino que le dio un golpecito en la mano con increíble velocidad. Ella podía ver realmente el fluir de sus músculos, la firmeza de su mandíbula, la forma sensual de sus labios.
    Carne chasqueó contra carne y ella parpadeó. La palma abierta de Conner había capturado el puño de Elijah justamente a escasos milímetros de su cara.
    – Isabeau -dijo él entre dientes-. No lo estás intentando.
    – Lo estoy. De verdad -protestó ella. ¿Cómo se suponía que se iba a concentrar cuando el cuerpo entero de Elijah pareció estar hecho de fluidos músculos? Era poético. Y sexy. Caliente. Total y absolutamente caliente.
    Conner hizo un sonido parecido a un gruñido. Elijah se apartó de Isabeau, dejando caer las manos y negando con la cabeza. Pequeñas perlas de sudor cubrían su frente.
    – He terminado aquí, Conner.
    Isabeau miró con esperanza a Leonardo. Seguramente podría darle una patada o dos. El hombre parecía como si estuviera aterrorizado, dirigiéndose a su condena. Eso debería decirle a Conner que estaba asustando al hombre.
    El cuerpo de Isabeau se sentía maravilloso, muy vivo, cada terminación nerviosa sensible y preparada para responder. Cada movimiento deslizaba su camiseta sobre sus tensos pezones, rozándolos con deliciosos toques que enviaban rayos de excitación hacia su vientre. Cuando se movía con un sensual fluir de músculos, era más consciente del mecanismo de su cuerpo de lo que nunca había sido, de su propia feminidad y de lo maravillosos que eran sus vaqueros, rozándole en los sitios correctos cuando levantaba la pierna para lanzar una patada.
    Leonardo rompió a sudar y abruptamente dejó caer las manos, echándose hacia atrás mientras ella se acercaba más. Conner dio un paso entre ellos y la cogió por los hombros.
    – ¿Qué es exactamente eso?
    – ¿Qué? -le sonrió ella adormilada. Si se moviera sólo un poco para acercarse a él, probablemente podría rozarse a lo largo de su pecho. Dio un paso hacia él.
    – Ese ruido. Ronroneas -acusó él.
    – ¿De verdad? ¿Lo hago? -Deslizó su cuerpo hacia arriba contra el suyo y frotó los senos contra su pecho, necesitando dejar su aroma en él, disfrutando de los rayos de fuego que se deslizaban por sus venas y hacían que sus sensitivos pezones se tensaran aún más-. ¿Sabes que tienes una boca de lo más asombrosa?
    Rio hizo un sonido a medio camino entre la frustración y la diversión.
    – Esto no está funcionando, Conner. Creo que vamos a trabajar en el cambio de forma de Jeremiah durante un rato. -Apuntó hacia un claro que había cerca-. Justo allí.
    Conner giró la cabeza para ver al joven leopardo clavar los ojos en Isabeau con un gesto absorto en la cara, con la boca abierta, casi salivando. Una suave mano se coló entre el cuerpo de Conner y el de ella y frotó la parte delantera de sus vaqueros, justo sobre su gruesa y dolorida ingle, trayendo de golpe su atención de nuevo a Isabeau. El ronroneo había aumentado y sus ojos se habían vuelto un poco más brillantes. Blasfemando, capturó sus muñecas y tiró bruscamente de sus manos hacia su pecho, manteniéndolas ahí.
    – Buena idea -casi gruñó la respuesta. El chaval necesitaba distraerse.
    El felino de Isabeau necesitaba emerger pronto o esta oleada debía cesar antes de que todos los hombres cayeran en una especie de frenesí sexual. Podía oler la testosterona alzándose. Las cosas pronto se iban a convertir en un infierno. Necesitaba asumir el mando.
    – Vas a matar a alguien -le siseó al felino.
    Cometió el error de arrastrar a Isabeau a sus brazos. Todas esas suaves curvas se fundieron contra él. Ella recostó la cara en su cuello y le lamió. Una delicada cata, su lengua como terciopelo se deslizó sobre su agitado pulso. Su polla palpitante sintió esa tentadora caricia y se tensó duramente contra la restrictiva tela de sus vaqueros. El fuego recorría a toda velocidad su piel, quemaba sus huesos, bailaba en sus venas hasta que no pudo pensar por la lujuria que lo consumía.
    – Ven conmigo ahora. -Tuvo la fuerza de voluntad de arrastrarla hacia los árboles, fuera de la vista de los demás. Ella no tenía sentido de supervivencia, yendo con él sin resistirse, mirándole con ojos llenos de deseo.
    La respiración salió como un siseó de los pulmones y su boca cayó encima de la de ella antes de tener una posibilidad de salvarles a ambos. La tentación latía en él como un tambor, golpeando a través de sus venas, a través de su pene, todo su sistema nervioso inflamado, intoxicado, con ella. Tomó su boca con la propia, largos, adictivos besos hasta que no supo ni dónde estaba. Todo se distanció, los árboles, la maleza, incluso el aroma de los otros hombres. Sólo estaba Isabeau, suave y cálida, una sirena arrastrándole más profundamente en su red de placer.
    Ya había estado allí antes. Cada partícula de honor que poseía había estallado en llamas en el momento en que su sabor se convirtió en una adicción y estaba volviendo a comenzar de nuevo. Separó la boca de la suya y bajó la mirada hacia sus líquidos ojos, luchando por respirar, luchando contra sus propias necesidades.
    – Tienes que controlarte, Isabeau -su voz era ronca-. Cada hombre presente aquí es un leopardo. ¿Tienes la menor idea de los estragos que estás causando?
    – Amo tu voz -sus manos se deslizaban bajo su camisa para encontrar su piel desnuda-. Y tu boca. Cuando me besas es como si el fuego se disparara a través de mí.
    Su voz era más seductora que cualquier cosa que él hubiera oído alguna vez, derramándose sobre él, llenándolo, carcomiendo su disciplina. Cerró los ojos por un momento, intentando recordar la cantidad de problemas en los que se había metido antes por no haber podido resistir su atractivo y no había tenido la tentación añadida de su gata emergiendo.
    – Isabeau -le dio una pequeña sacudida. Eso no detuvo las manos errantes-. Mírame. No quieres hacer esto. Dentro de unas pocas horas me odiarás incluso más de lo que ya lo haces. Ya te defraudé una vez y maldita sea si vuelvo a hacerlo de nuevo.
    ¿A quién demonios quería engañar? No tenía ése tipo de control. Ni en un millón de años. La quería cada vez que respiraba. No por su gata, sino porque era Isabeau Chandler, la mujer que amaba por encima de todas las cosas. Llevó el aire a sus pulmones. La amaba y conocía la diferencia habiendo estado sin ella. No iba a dejar que la historia se repitiera.
    – Para ya, Isabeau -su voz fue más ruda de lo que pretendía.
    Ella se quedó rígida, dejando caer las manos como si le hubiera quemado. Dio un paso hacia atrás apartándose de él.
    – Lo siento si te hice sentir incómodo -le dijo, con voz temblorosa-. Verdaderamente no querríamos eso ¿no? El gran Conner Vega. Es divertido cuando la seducción es idea tuya, ahí no hay problema.
    – ¿Es eso lo que tienes en mente, Isabeau? ¿Seducción? Estás jugando con fuego.
    Ella le miró de arriba a abajo.
    – Lo dudo. No creo que ahí haya mucho.
    Deliberadamente se giró y dirigió la mirada haciendo un barrido por los otros machos, con abierta especulación en su rostro.
    – Lo siento si te molesté.
    La cogió por el brazo y la atrajo hacia él cuando ella se dio media vuelta para marcharse.
    – Ni siquiera lo pienses.
    Ella levantó una ceja.
    – No tengo ni idea de lo que me estás hablando. -Miró su mano y él la dejó ir. Le dio la espalda y se marchó, sus caderas cimbreando, su pelo un poco salvaje, despeinado y curvándose alrededor de su cara y cayendo por su espalda como si no se diera cuenta de que se le había aflojado su coleta. Él no recordaba haberlo hecho, pero la sensación de seda estaba todavía en las yemas de sus dedos.
    Isabeau parpadeó para apartar las ardientes lágrimas de los ojos. Se había lanzado a por él y la había rechazado. Su orgullo estaba por los suelos, pisoteado. Él no la quería. Agachó la cabeza, doblándose por la cintura para inspirar aire. Fue un error. Ahora podía oler a todos los hombres, una mezcla intoxicante de lujuria y potencia masculina.
    Si no paras ya, tú libertina, voy a estrangularte, le siseó a su gata. Quería clavar las uñas en la musculosa espalda de Conner. ¿Quién habría pensado que los músculos pudieran estar tan definidos? Sabía que no era la gata o al menos no sólo ella. Quería a Conner y su gata emergiendo era una gran excusa. Pero él no la deseaba.
    ¿Cómo podía pasar eso cuando ella le deseaba con cada fibra de su ser? No podía cerrar los ojos sin que imágenes suyas la acecharan. No podía respirar sin necesitarle. Maldito fuera por rechazarla. Él había sido el que había estado soltando que la ley de la selva era una ley superior pero cuando ella había cogido su oportunidad, se había cerrado en banda. Le había llevado cada gramo de valor que tenía hacer que la besara, esperando que continuara a partir de ahí. Si él ya no la quería más, entonces… Levantó la cabeza y miró al hombre que le hablaba a Jeremiah en el claro sólo a una pequeña distancia.
    Le había dicho a Adán que intentaría seducir a uno de los guardias de Imelda Cortez porque sabía que nunca sentiría por otro hombre lo que sentía por Conner. La seducción todavía tenía posibilidades. Tal vez el ser un leopardo quería decir que podía ser promiscua y no preocuparse. Tal vez sus escrúpulos morales podían ser descartados mucho más fácilmente de lo que había creído siempre. Se acercó más, queriendo oír lo que decían.
    Era agudamente consciente de que Conner estaba uniéndose a los otros hombres. Sobresalía. Para ella, se temió que siempre sobresaldría. La luz caía sobre su pelo y su cuerpo, iluminándole en el claro oscuro, con rayos de luz filtrándose. Él se pasó los dedos por el pelo, echándoselo hacia atrás de esa manera que ella encontraba sexy. Casi le odió en ese momento. Apartó la vista de él y su mirada se encontró con la de Jeremiah.
    Él continuó lanzándole a Isabeau pequeñas miradas amorosas, incapaz de apartar sus ojos de ella. Claramente la encontraba atractiva. Flexionó los músculos para ella y ella intentó no reírse de él. No era justo que pensara en él como un jovencito cuando era casi de su edad. Conner simplemente parecía mucho más un hombre, con el físico rotundo de un hombre.
    Jeremiah se dobló de nuevo y le dirigió a Conner una mirada rápida antes de lanzarle a ella una sonrisa. Rio le gritó y él echó a correr, desnudándose mientras tanto, echando a un lado la camisa y desgarrando sus vaqueros al bajárselos, volviendo a mirar a Isabeau mientras lo hacía. El material se enredó en sus tobillos y se cayó, de cabeza, rodando por el claro, semidesnudo, enmarañado en sus vaqueros.
    – ¿Qué diablos fue eso? -demandó Rio.
    – Sé exactamente lo que fue -dijo Conner inquietantemente, cruzando el claro hacia Jeremiah.
    – ¡Conner! -Elijah se movió rápidamente para la interceptarlo-. Es simplemente un chiquillo.
    – Conoce las reglas.
    Jeremiah gateó para ponerse en pie, de forma desafiante.
    – ¿Quizás estás simplemente preocupado porque vengo más equipado de lo normal y crees que ella va a preferirme?
    – ¿Por el tamaño de tu polla? -Conner lo miró de arriba abajo con desprecio en su cara-. Lo siento, niño, eso no va a bastar. Ni siquiera puedes quitarte los pantalones cuando se necesita. Dudo que seas demasiado impresionante intentando funcionar.
    Jeremiah indignado, se arrancó los vaqueros de los tobillos y los arrojó con repugnancia, abalanzándose sobre Conner. Elijah le atrapó y le apartó del otro hombre.
    – Idiota. Vas a conseguir que te maten. ¿No te das cuenta de cuándo la compañera de un hombre está en el Han Vol Dan? Ten algún jodido respeto.
    Jeremiah detuvo sus pasos y miró a Isabeau. Todos lo hicieron con la excepción de Conner. Ella intentó no ponerse como un tomate. Miró al suelo, deseando que se abriera y la tragara. Ella se dio la vuelta y echó a andar hacia la relativa seguridad de los árboles mientras veía como Jeremiah se vestía y se preparaba para empezar otra vez.
    Observarle correr, desnudarse y cambiar le hizo entrar la picazón de intentar cambiar. Había revisado la oficina de su padre cuidadosamente, accediendo a sus documentos privados y no había habido mención de las gentes leopardo. No creía que él lo supiese. Su madre debía de haber muerto en el parto tal y como Conner había especulado y nadie había venido para reclamar al bebé. Se había trasladado del Amazonas a Borneo más o menos cuando ella nació. Había muchas probabilidades de que su gente estuviera allí. Tal vez debería ir para tratar de encontrarlos.
    No podía volver a Borneo. No podía quedarse en Panamá. Conner estaba en todos los sitios. Habría ido a cualquier sitio con él, incluso sabiendo que iba a causar la caída de su padre. Presionó una temblorosa mano contra su boca, avergonzada de sí misma. Fue una buena excusa, una forma de mantener viva su herida. Su padre había causado su propia caída. El pecado de Conner había estado en seducirla sin tomársela en serio.
    Él había herido su orgullo. Todavía lo lastimaba, pero no era responsable de las cosas que su padre había hecho. La había usado tal y como ella le había pedido que usara a Imelda Cortez para recuperar a los niños perdidos. ¿Justificaba el fin los medios? ¿No le hacía eso ser una hipócrita?
    Presionó los dedos contra sus sienes y obligó a su cuerpo a calmarse. No quería marcharse sin llegar al fondo del asunto. Se lo debía a Adán e incluso a la madre de Conner, con quien había hecho amistad, así como también a todos los niños que habían sido raptados. Inspiró profundamente y dejó salir el aire, paseándose de acá para allá para librarse de tanto excedente de energía como pudiera antes de volver a unirse a los demás.
    Isabeau caminó con la cabeza alta, rechazando sentirse intimidada o humillada por el grupo de hombres. Lo que fuera que ella era, cualquier cosa que le estuviera ocurriendo aparentemente era normal en su mundo y se negaba a tener miedo. Podría querer sexo con desesperación, pero no carecía de coraje.
    Observó la mecánica de la conversión una y otra vez. Eventualmente consiguió sobreponerse a ver un cuerpo desnudo y se quedó fascinada por el cambio actual. Parecía como si pudiera ser doloroso, aunque parecía suceder tan rápido mientras Jeremiah corría que quizás no fuera tan malo.
    Rio, Felipe y Elijah sacudían la cabeza y se miraban el uno al otro mientras cronometraban la carrera de Jeremiah por enésima vez.
    – Demasiado lento, Jeremiah -dijo Conner entre dientes-. Hazlo de nuevo. Y esta vez piensa en que alguien te está disparando mientras corres. Eres más joven que cualquiera de nosotros y deberías ser más rápido. Necesitas bajar quince o veinte segundos de tu tiempo.
    Jeremiah le lanzó a Conner una mirada de absoluto disgusto.
    – Bastardo celoso -masculló en voz baja-. No puede hacerse.
    Jeremiah debería haber tenido mejor criterio. Conner tenía un oído excelente. Conner caminó a través del suelo del piso del bosque para amenazar al leopardo más joven.
    – ¿Crees que no puede hacerse? No sólo puede hacerse, pequeño cachorro perezoso, sino que puede hacerse corriendo a través de los árboles, no en un agradable claro como éste.
    Jeremiah agravó sus pecados burlándose abiertamente.
    – No te creo.
    Rio se acercó por detrás en silencio y le pegó en la parte posterior de la cabeza, el golpe lo suficientemente fuerte como para hacer oscilar al chico.
    – Deja de lloriquear e intenta aprender algo. Si vas a trabajar con nosotros, tienes que saber cómo mantenerte con vida. Ni siquiera me has oído llegar.
    Isabeau se giró para ocultar una sonrisa. Jeremiah realmente era un niño grande, queriendo el respeto de los otros leopardos, pero sin querer trabajar duro para lograrlo. Los exasperaba a todos. Habían estado trabajando toda la mañana y estaba claro que era un poco inmaduro y perezoso.
    – ¿Dijiste que tu familia era de Costa Rica? -se aventuró ella, obligándose a mantenerse seria.
    Jeremiah asintió.
    – Pero estoy haciendo esto por mí mismo. Mis padres no necesitan saberlo -agregó él precipitadamente.
    Rio se dio la vuelta. Había estado caminando por el claro, sus hombros tensos por la irritación.
    – ¿Tus padres no saben dónde estás?
    – Pensé que tu madre te había criado -masculló Elijah-. Y que eras hijo único.
    Jeremiah lo miró, revelando toda su altura y sacando pecho.
    – Soy de una gran familia, el más joven de ocho. Tengo siete hermanas. Mi padre quería un hijo.
    Los hombres intercambiaron miradas conocedoras.
    – Y te tuvo -masculló Elijah por lo bajo.
    – Eso explica mucho -dijo Conner-. Pues bien, chico, esto no es tu casa y tus hermanas no están aquí para mimarte. Mejora tu tiempo o lleva de vuelta tu apenado trasero con mamá donde esté seguro. Si te quedas con nosotros, entonces alguien va a dispararte.
    Jeremiah se sonrojó.
    – No soy un niño de mamá, si eso es lo que insinúas. Sólo te digo que mi tiempo es rápido, probablemente más rápido que cualquiera de los vuestros.
    Conner suspiró.
    – ¿Quién tiene el peor tiempo de nosotros transformándose a la carrera a través de los árboles? -miró alrededor a sus hombres.
    Felipe levantó la mano.
    – Creo que soy yo, Conner.
    Conner dio un paso atrás y le hizo un gesto a Felipe para que siguiera. Felipe recorrió con la mirada a Isabeau y arqueó una ceja hacia Conner.
    – Ella tiene que aprender. Y seguro que ha visto bastante del culo desnudo de Jeremiah.
    Isabeau se sonrojó, maldiciendo en voz baja mientras volvía a convertirse en el centro de atención. Estaba tratando de encajar, tanto si lo creían como si no y no necesitaba la carga añadida de que estuvieran constantemente recordando que era una hembra y básicamente estallando en llamas como una gata enloquecida.
    Ella dejó que su mirada se deslizara sobre Conner. Se había pasado toda la noche acurrucada junto a un leopardo, tan cálida y segura como nunca había soñado poder estar. Escuchar el ritmo constante de la lluvia y el latido del corazón del leopardo le había permitido quedarse dormida rápidamente, incluso en medio de tantos desconocidos. Se había sentido cómoda y totalmente a gusto. Ahora, viéndole en acción, la gracia fluida, el juego de músculos bajo la piel, los ardientes ojos y la mirada fija, su cuerpo había comenzado a fundirse. Apenas podía apartar los ojos de él. Y era agudamente consciente cada segundo de por qué le había traído a Panamá, para seducir a otra mujer y de que la había rechazado.
    Conner carraspeó.
    – ¿Isabeau? -la provocó.
    Ella se sonrojó, percatándose de que Felipe estaba esperando su permiso.
    – Necesito aprender a cambiar también -dijo ella, tratando de sonar indiferente, como si estuviera acostumbrada a ver hombres desnudos durante todo el día.
    Felipe le tomó la palabra, quitándose la ropa sin ninguna modestia mientras echaba a correr. Tuvo que admirar la forma eficiente en que se desnudó, un suave y practicado movimiento que le llevó sólo un par de segundos. En el momento en que se quitó los zapatos y se arrancó los calcetines, ya estaba corriendo, desnudándose a la vez, transformándose ya mientras se quitaba los vaqueros y la camisa, los músculos deformándosele mientras adquiría velocidad, por lo que estuvo saltando, cubriendo grandes áreas antes de que su camisa tocara el suelo.
    Conner paró el cronómetro y caminó hacia Jeremiah. La boca del muchacho colgaba abierta mientras clavaba la mirada en el gran leopardo con absoluto asombro.
    – Apenas pude verle hacerlo -dijo Jeremiah, con admiración en la voz-. Te lo juro, casi pienso que no doy crédito a mis ojos.
    – Ningún movimiento desaprovechado -señaló Isabeau, incapaz de mantenerse al margen. Se apresuró junto a Jeremiah para mirar el reloj-. Ni siquiera han sido siete segundos. ¿Cómo puede ser?
    – No estoy seguro de lo que he visto realmente -dijo Jeremiah, todavía observando el reloj.
    Isabeau se acercó más, rozando al desnudo leopardo con el brazo. Conner gruñó profundamente desde la garganta y el chico saltó hacia atrás. Todos los hombres se pusieron tensos y se giraron para ver la cabeza de Conner moverse lentamente, siguiendo al apocado cuerpo de Jeremiah, la ardiente mirada brillante y con la atención fija en su presa.
    – Conner -dijo Rio con dureza.
    Conmocionada por la reacción de Conner, Isabeau instintivamente se apartó de Jeremiah.
    – Realmente no puedes pensar… -se calló, llevándose la mano defensivamente a la garganta, aunque había una parte mezquina que encontraba la situación divertida-. Es un chiquillo.
    – Está más cerca de tu edad que yo -espetó Conner.
    Ella no pudo reprimir su risa.
    – Vamos, Conner, no seas ridículo.
    – ¡Oye! -dijo Jeremiah-. Las mujeres no pueden tener bastante de mí.
    Conner gruñó, los dientes alargándose, curvándose, las garras explotando desde las yemas de los dedos. Isabeau lo empeoró al doblarse de risa ante la cara indignada de Jeremiah y los otros hombres pusieron los ojos en blanco sorprendidos de que el chico no tuviera el suficiente sentido de supervivencia para dar un paso para alejarse de Isabeau y cerrar la boca.
    – ¿Estás diciendo que mi mujer te desea? -demandó Conner, acercándose más al chico-. ¿Qué te prefiere a mí?
    Eso hizo que Isabeau se pusiera seria inmediatamente. Se enderezó, los ojos se le habían vuelto verdes y brillaban como dos joyas.
    – No soy tu mujer, miserable excusa de compañero.
    Todo el mundo la ignoró. Jeremiah contuvo el aliento. Esas letales garras estaban demasiado cerca de la más preciada parte de su cuerpo y Conner tenía un aspecto lo suficientemente enfadado para rebanarle un trozo.
    – No, no es eso lo que quería decir -protestó Jeremiah, dándose cuenta de su error demasiado tarde. Los felinos reaccionaban muy mal cuando los hombres rondaban a sus compañeras, especialmente si la compañera estaba a punto de entrar en celo. Se percató de que ninguno de los otros hombres se había acercado a Isabeau.
    – ¿Qué querías decir exactamente? -dijo Conner entre dientes.
    Isabeau era muy consciente de cómo se estaban moviendo los otros hombres ahora, probablemente para salvar a Jeremiah si fuera necesario. Repentinamente la situación ya no se trataba sobre ella. Jeremiah estaba en peligro real por el hombre que antes había rechazado sus avances. Lo que fuera que estaba guiándole era real y peligroso.
    Dio un paso acercándose a Conner y le puso la mano sobre el brazo. Podía sentir la determinación y la adrenalina recorriéndolo como un río de fuego. Empezaba a entender el terrible coste del leopardo sobre el hombre. Las leyes de los felinos eran imposibles de ignorar por el hombre. Siempre caminaban sobre la delgada línea divisoria cuando sus rasgos animales aparecían.
    – Q… quería decir que vaya buen tiempo que ha hecho Felipe y que necesito trabajar mucho más duro para acercarme a eso -tartamudeó Jeremiah.
    – Choqué con él -apuntó Isabeau-. Por favor, Conner, te lo pido.
    Conner se detuvo por un momento, su cuerpo luchando por librarse de la adrenalina y entonces repentinamente se giró, rodeándola con un brazo, forzándola a apartarse del otro leopardo, la cabeza tan cerca de la de ella que los labios podrían rozarle la oreja.
    – Él es quien se excitó con tu aroma. Su primer maldito error.
    La llevó hacia el interior de la selva, lejos de los demás y del aroma a varón excitado que conducía a su felino y a él mismo a la locura.
    Ella estaba sonrojada como un tomate. ¿Cómo podría no estarlo? No estaba acostumbrada a discutir nada que tuviera que ver con el sexo en un trasfondo informal y la forma en que estos hombres trataban la desnudez y el celo de su gata rozaba lo mundano. No es que fuera ofensivo, exactamente, era simplemente un poco perturbador saber que todos podían decir que estaba entrando en una especie de ciclo. No sólo era que pudieran decirlo, más que eso, todos eran híper conscientes de eso.
    – Espero que sea algo más que mi aroma -dijo Isabeau, intentando aligerar el momento, pero queriéndolo decir de todos modos-. No quiero ser deseada por la forma en que huelo.
    Él inspiró profundamente, inundando deliberadamente sus pulmones con su aroma. Ella podía enviar llamas a dar saltos por su sangre sin ni siquiera intentarlo, pero ahora mismo, con su inocente ceño fruncido y la larga curva de sus pestañas, apenas podía mantener el hambre a raya.
    – El aroma es importante para los gatos. -Frotó la cara contra la piel desnuda de su cuello-. Así como el aroma es una marca. Cualquier hombre lo suficientemente estúpido como para cruzarse en mi terreno va a encontrarse con una pelea entre las manos.
    Ella se apartó de él.
    – Solía ser tu territorio. Hace tiempo, cuando tú eras algo más, ¿te acuerdas?
    – Recuerdo cada instante -sus ojos dorados ardían mirando profundamente a los suyos-. ¿Y tú?
    Ella contuvo una réplica aguda. No iba a pelearse con él. Podría llevarla al punto de las lágrimas en segundos. No era rival para él, nunca lo había sido.
    – No puedes hacer esto, Conner. No me deseas, pero ¿vas a matar a cualquier otro que lo haga? Eso ni siquiera tiene sentido.
    – ¿Que no te deseo? -masculló las palabras, con un gruñido retumbando en el pecho. Sus dedos le apretaron la parte superior de los brazos y la presionaron contra su cuerpo, dejándole sentir deliberadamente su gruesa excitación-. Desear es una palabra insípida, Isabeau, para lo que siento por ti. No voy a destrozarlo todo contigo porque no pueda mantener las manos lejos de ti. Ya pasó una vez y maldito sea si pasa de nuevo.
    – ¿No puedes mantener las manos apartadas de mí?
    – No hagas como que no lo sabías. Yo lo sabía muy bien. Seducir a una mujer no siempre implica llevársela a la cama. No me pude detener y mira lo que mi falta de control nos hizo. -Por un momento su cara reflejó dolor desnudo-. Ya era suficientemente malo saber que te había traicionado, pero encontrarse con que antes de morir mi madre supo lo que había hecho… -Su voz se desvaneció mientras sacudía la cabeza. La máscara y la resolución de vuelta a su lugar-. Cuando te lleve a la cama será porque nos quieres allí, no porque tu gata pida alivio a gritos.
    Ella se sonrojó una vez más, pero su orgullo no tenía tanta importancia como las palabras de Conner. Las retuvo muy cerca de su corazón, sintiendo por primera vez como si su mundo patas arriba pudiera enderezarse de nuevo. ¿Era sólo su gata la que lo deseaba? No lo creía, pero no estaba segura y Conner tenía razón, tenía que estar segura. Simplificaba las cosas saber que él no la había rechazado totalmente.
    Él le enmarcó la cara con las manos, deslizando el pulgar por sus labios mientras su mirada ardía en la de ella.
    – Eres mía, Isabeau. Siempre serás mía. No hay error posible. Tanto si eliges perdonarme y darnos una segunda oportunidad como si no, serás sólo mía.
    El corazón de Isabeau se detuvo. Simplemente se detuvo. Lo podía sentir allí en su pecho, retorcerse con la tensión para empezar después un frenético latido. Por una vez la gata permaneció quieta y se permitió éste momento perfecto. Buscó en su cara, una cara que estaría grabada para siempre en su mente, en su alma y supo que estaba perdida una vez más.
    – ¿Por qué no volviste a por mí? -Eso la había lastimado más de lo que podía decir.
    – Estaba decidido a ir -admitió él-. Hace seis meses. Supe que tenía que tratar de explicártelo aunque realmente no tuviera excusas. Tenía trabajo que hacer, Isabeau y en el momento en que me di cuenta de que estaba deslizándome, llevándonos a ambos demasiado lejos, debería haberlo cortado. Me gustaría decir que no lo hice porque las víctimas de los secuestros me importaban mucho, pero lo he pensado mucho y no es verdad. Una vez que estuve contigo, en cuando sobrepasé la línea, ya no había vuelta atrás para mí. No pude encontrar la voluntad para hacer lo correcto y dejarte.
    Sus palabras fueron escuetas. Crudas. Y eran verdad. Lo vio en sus ardientes ojos, lo escuchó en el terciopelo de su voz y lo olió con el intenso sistema sensorial de un leopardo. Sólo podía clavar los ojos en él, intentando no dejar que la felicidad que florecía en la boca del estómago y se propagaba a todo lo largo de su cuerpo con absoluta alegría se mostrara en su cara. Se tocó el labio inferior con la lengua e inmediatamente la mirada de Conner estuvo ahí, siguiendo el pequeño movimiento.
    Se quedó quieta. Absolutamente quieta. Incluso contuvo el aliento. Él había rechazado sus avances antes, pero ella no iba a ponerse en ridículo por segunda vez, ni siquiera cuando él le había asegurado que su tiempo juntos no había sido una mentira. La verdad la barrió como una ola, trayendo tal alivio que le temblaron las piernas. O tal vez fue la excitación recorriendo sus muslos y haciendo que su temperatura se elevara.
    Él bajó la cabeza. Lentamente. Esperando su reacción. Se quedó quieta bajo sus manos, observando cómo su posesiva mirada se deslizaba por su cara. Mirando como cambiaban sus ojos, saliendo los del leopardo, brillando con hambre. Su boca lo era todo. Seductora. Le paraba el corazón. Perfecta. Y entonces sus labios tocaron los suyos. Un simple roce. El estómago le dio un vuelco. Su matriz se tensó. El calor líquido se formó. La boca de Conner se movió otra vez sobre la de ella, un pequeño vaivén destinado a tentarla, a volverla loca. Y lo consiguió.
    Sus pechos dolían, los pezones tensos en dos apretados brotes, presionándose contra la tela de la camiseta en un esfuerzo por acercarse más a su calor. El deslizó la lengua por el labio inferior. Saboreando su sabor. Los dientes pellizcaron y el pinchazo de dolor envió otro espasmo arrasando hacia su interior. Él hizo un sonido, un ronco gruñido con la garganta que la empapó inmediatamente de necesidad.
    – Te eché de menos cada segundo -murmuró él-. Soñaba contigo cuando podía cerrar los ojos y la mayoría de las veces no podía acostarme por la necesidad de ti.
    La besó, un largo, narcótico beso que intoxicó cada uno de sus sentidos. Cuando él se apartó, fue para presionar la frente contra la de ella mientras respiraba con dificultad.
    – Amo el sonido de tu risa. Me enseñaste tantas cosas, Isabeau, sobre lo que importa. Cuando lo encuentras todo y luego lo pierdes…
    Su boca encontró la de ella de nuevo, una y otra vez, cada beso más exigente que el último, más lleno de hambre, hasta que estuvo casi devorándola, lanzándola a una gigantesca ola de deseo. Él siempre había sido capaz de hacer eso, eliminar cada vestigio de cordura hasta que dejaba de ser una persona razonable para convertirse en una criatura de puro sentir. Nunca había sabido que pudiera ser apasionada o sexy hasta que Conner había aparecido en su vida y todo había cambiado, ella había cambiado.
    Él enredó los dedos en su pelo, inclinándole la cabeza hacia atrás, anclándola en el lugar, mientras su mirada ardía marcándola. Líneas de pasión estaban trazadas profundamente en su cara, la oscura lujuria brillaba intensamente en sus ojos. El corazón de Isabeau saltó. Otra oleada de calor se extendió como líquido inflamable. Sus rodillas se volvieron débiles. Siempre había sido susceptible a sus apetitos sensuales, pero ahora el hambre era como un redoble de tambor en sus venas.
    Su respiración salió como un siseo cuando la boca de Conner descendió otra vez. La gentileza se había ido, reemplazada por cruda pasión. Él se tomó su respuesta a su confiada y desafiante manera. Sus manos eran firmes, su cuerpo duro, el calor se alzaba entre ellos como el vapor en el bosque. El cuerpo de ella se convirtió en gelatina, suave, fundiéndose con el de él. Él gruñó, una nota baja, vibrante que hizo que unas llamaradas se deslizaran como lenguas sobre su piel. Las manos bajaron por su espina dorsal hasta la curva de su trasero y la levantó. Instintivamente ella le rodeó la cintura con las piernas, cerrando los tobillos.
    La unión entre sus piernas encajó apretadamente contra la gruesa protuberancia, los unió como si estuvieran soldados. Todo el tiempo la boca de Conner devoraba la suya. Su mundo se estrechó, hasta centrarse sólo en Conner. Sus manos. Su calor. El sabor y textura. Era consciente de cada respiración entrecortada, del mordisco de sus dientes, de la aspereza de sus caricias, incluso de la sensación de su piel bajo la tela que le impedía tocarle.
    Todo desapareció hasta que su mente quedó consumida sólo por Conner. Tenía el sabor del pecado. Como una mezcla de cielo, por el placer, y de infierno, por el anhelo que siempre sentía por él. El movió la boca sobre la de ella y empezó a deslizarse lentamente, bajando seductoramente por la cara, por el lateral del cuello, por la garganta y después por el hombro. Ella sintió el roce de los dientes y tembló de necesidad. No quería suavidad y gentileza. Necesitaba su áspera posesión, reclamándola, marcándola, llevándola a una tormenta de fuego, calor y llamas que devastara el mundo a su alrededor, dejándoles sólo cenizas, limpios, feroces y fundidos para siempre.
    Él levantó la cabeza alertado y su dorada mirada barrió el bosque a su alrededor. Los hombres, en el lejano claro, se desvanecieron, simplemente desapareció como si nunca hubieran estado. Conner dejó que las piernas temblorosas cayeran al suelo mientras inhalaba profundamente aire e información.

Capítulo 9

    Conmocionada, con todo su cuerpo temblando, Isabeau se agarró a los hombros de Conner en busca de apoyo.
    – ¿Qué es? -No podía pensar, no podía respirar bien.
    – Tenemos compañía acercándose -dijo él-. La selva se está volviendo muy concurrida estos días-. Envolvió el brazo alrededor de ella y la atrajo bajo su hombro, deslizándose de vuelta a la maleza-. Estaremos bien. Los chicos los están rodeando.
    – ¿Ellos? -Resonó débilmente. Si la supervivencia significaba estar alerta siempre, ella no iba a conseguirlo. Él había captado el olor de los intrusos o los había sentido de alguna manera, mientras que ella había estado vencida con su propia pasión. ¿Cómo lo hacía? Ella casi estaba molesta con él, aunque sabía que era una habilidad que él necesitaba, que ellos necesitaban, para sobrevivir.
    – Dos hombres. Se mueven como si conocieran la selva.
    – No comprendo. -No comprendía lo que quería decir, pero más que eso, no comprendía cómo su cuerpo podía estar chillando por alivio, cada terminación nerviosa gritando que él se quedara, que mantuviera su atención únicamente en ella. Era estúpido ante el peligro, pero había estado tan consumida por él, tan consciente sólo de él, pensando que él tenía la misma consciencia, necesidad y obsesión con ella.
    – La mayoría de las personas entran en la selva tropical y tratan de dominarla, abriéndose camino a golpes, pero estos hombres están familiarizados y cómodos, nos dice que quizás habitan en el interior con regularidad. -Curvó la palma en torno a la nuca e inclinó la cabeza, rozando el lado del cuello con un rastro de besos-. Les podría matar sólo por interrumpirnos.
    Fue su voz, vibrando un poco, áspera, incluso ronca, la que reveló que decía en serio esas malditas palabras que irónicamente, le permitieron perdonarlo por sus habilidades de supervivencia. Ella se inclinó sobre él y le dejó que la sostuviera cerca, intentando fuertemente enfriar la oleada de calor que había hecho que su cuerpo se fundiera.
    – Respira. Eso ayuda.
    – ¿Lo hace?
    Él rió suavemente, un mero hilo de sonido.
    – No realmente. Pero fingiremos. Cuando estoy contigo, Isabeau, es un poco como acercar una cerilla a un cartucho de dinamita. Parece que no puedo controlarlo. -Los dientes le pellizcaron el hombro y enterró la cara brevemente contra su cuello, luchando obviamente por refrescar el calor de su cuerpo también. Estaba todavía grueso y duro y a pesar de la potencial gravedad de la situación, ella se sentía feliz.
    – Por lo menos estamos los dos igual.
    – ¿Cómo podrías creer otra cosa? -Él levantó la cabeza y su mirada saltó del bosque a ella, la miró fijamente con esa mirada aguda que siempre lograba que le ardiera la sangre.
    – ¿Es tu gato quien me desea?
    La voz de Conner fue terciopelo suave. Casi una acaricia. Pero había una ligera insinuación de incertidumbre en su pregunta.
    – ¿Por qué pensarías eso?
    Un leopardo gruñó. Los pájaros huyeron. Varios monos aulladores gritaron una advertencia. Ella no pudo evitar el pequeño jadeo de alarma que pareció escapársele.
    Conner la empujó detrás de él.
    – Nunca te asustes, Isabeau. En cualquier situación tu cerebro es siempre tu mejor arma tanto si estás en forma de leopardo como en forma humana. Siempre hay un momento en que tendrás la ventaja. Todas estas técnicas de defensa que te estamos enseñando son geniales, pero condicionadas y pensar siempre será tu mejor arma.
    Hablaba práctico, impartiendo la información incluso mientras se agachaba más en la maleza, cambiando de posición para poder encontrar la ligera brisa que se movía por la selva. Abajo, en el suelo, raramente había viento a menos que una tormenta suficientemente grande lo generara. En su mayor parte el viento permanecía en el dosel, pero con sus sentidos afilados, él podía reunir la información que necesitaba. Isabeau trató de seguir su ejemplo. Estaba decidida a aprender, a ser una ventaja para él.
    Captó un débil olor en el aire y lo reconoció inmediatamente de la aldea de Adán. Sus gentes utilizaban raíces para el jabón. Esperó unos pocos momentos, Conner debía saberlo, pero no se mostró y tampoco lo hizo ninguno de los otros. No se fiaban y quizá eso era una lección en sí misma.
    Dos hombres surgieron en el claro. Ambos llevaban sólo taparrabos, uno en sandalias, el otro descalzo. La selva tropical era tan húmeda, que la ropa estorbaba a cualquiera que se moviera rutinariamente por el interior y la mayoría llevaba lo mínimo. Ella lo sabía por experiencia. Incluso ella vestía con lo menos posible cuando trabajaba. Reconoció al hombre mayor como uno de los ancianos, el hermano de Adán, Gerald. El otro era el hijo de Adán, Will. Comenzó a rodear a Conner para saludarlos, pero él la empujó a sus brazos, deslizando una mano sobre su boca.
    La mirada de ella se encontró con la suya y su corazón saltó. En ese momento él parecía menos un hombre y más un leopardo. Se miraron fijamente el uno al otro. Él parecía todo un depredador, los ojos fríos, ardiendo con un brillo mortal que provocó que su corazón martilleara con fuerza. Aflojó lentamente la mano sobre la boca y levantó un dedo entre ellos, todo el tiempo mirándola fijamente a los ojos.
    Ella no podría haberse movido aunque hubiese querido. Se encontró hipnotizada por su mirada fija. Sabía que podía suceder con un gato grande. Tenían poder en su mirada fija, un momento embrujador cuando la presa se congelaba, esperando el golpe mortal. No podía respirar, atrapada allí, atrapada en el brillo. Permaneció absolutamente quieta. Silenciosa. Incapaz de desobedecerlo.
    Él giró la cabeza lentamente, rompiendo el contacto, centrándose en los dos hombres que cruzaban el claro a zancadas hacia la cabaña. Ella no giró la cabeza, sino que movió la mirada, atemorizada de hacer un movimiento, conteniendo la respiración. Podía sentir a Conner a su lado, totalmente inmóvil, la tensión arremolinándose en él, los músculos preparados.
    Los hombres tenían cerbatanas en las manos y avanzaban con cuidado, mirando el bosque circundante, caminando cuidadosamente como de costumbre. Isabeau les había visto muchas veces, moviéndose con facilidad por la espesa maleza. Un leopardo gruñó. Los dos hombres se congelaron, juntando las espaldas, las manos estables en sus armas. Otro leopardo contestó delante de ellos. Un tercero contestó a su izquierda. Conner hizo un sonido, profundo en la garganta. La llamada de Rio vino por detrás de ellos, cortando su ruta de escape, para que los hombres supieran que estaban rodeados completamente.
    Gerald puso lentamente su arma en el suelo y levantó las manos, una sostenía un libro. Cuando su sobrino vaciló, dio bruscamente una orden y el hombre más joven colocó tristemente su cerbatana al lado de la de su tío. Se pararon con las manos levantadas.
    – Quédate aquí -advirtió Conner-. Si hacen un movimiento equivocado hacia ti, no podré salvar sus vidas.
    – Son mis amigos -protestó Isabeau.
    – Nadie es nuestro amigo en un trabajo. Podrían haber cambiado de opinión y desear manejar esto de manera diferente. Haz lo que digo y mantente fuera de la vista. Déjame hablar con ellos. Si algo falla, tírate al suelo y cúbrete los ojos. E, Isabeau… -Esperó hasta que su mirada se encontró con la suya-. Esta vez haz lo que te digo.
    Ella asintió con la cabeza. Ciertamente no quería ver a los leopardos matando a dos hombres que conocía.
    Conner salió de la maleza al borde del claro.
    – Gerald. Tu hermano no dijo nada de tu llegada.
    Los dos hombres se dieron la vuelta, el más viejo mantuvo las manos arriba y lejos del cuerpo, el más joven las bajó, casi agachándose, las manos estirándose a por su arma.
    – Nunca lo conseguirías, Will -dijo Conner-. Y lo sabes. Cógela y te garantizo que eres hombre muerto.
    Gerald habló bruscamente con su sobrino en su propio idioma. Conner había pasado suficiente tiempo en su aldea de joven para comprender, pero fingió cortésmente que no la conocía. Will estaba siendo reprendido duramente. Habían sido amigos una vez, buenos amigos, pero eso había sido hacía mucho tiempo.
    – Sentíamos que debías saber la verdad antes de embarcarte en esta misión -le dijo Gerald-. Adán me ha enviado con el libro de tu madre.
    – ¿Por qué no me lo trajo Adán?
    – Mi madre lo tenía -dijo Will-. Marisa lo empujó a sus manos cuando los hombres vinieron y mi madre lo dejó caer. No lo recordó hasta más tarde y mi padre ya se había ido cuando fue a buscarlo.
    Conner se quedó inmóvil, casi rígido, forzando los pulmones a seguir respirando dentro y fuera. Sabía que su madre escribía un diario. Lo había visto bastantes veces mientras crecía. Ella escribía casi cada día. Adoraba las palabras y a menudo fluían en forma de poesía o cuentos. Will conjuró vívidos recuerdos que allí en la selva tropical con el peligro rodeándoles estaban mejor suprimidos, pero era una explicación plausible.
    – Hay mucho para contarte -dijo Gerald-. Y el libro de tu madre apoyará mis palabras de verdad.
    Conner le hizo gestos para que bajara las manos.
    – Tenemos que tener cuidado, Gerald. Alguien trató de matar a tu hermano anoche.
    Gerald cabeceó.
    – Estoy enterado. Y hubo una división en la tribu sobre cómo manejar la situación para que los niños vuelvan.
    – ¿Esa división te incluye, Will? -preguntó Conner.
    – Mi hijo, Artureo, fue tomado -dijo Will-, pero apoyo a mi padre. Nada de lo que hagamos será jamás suficiente para Cortez si no la paramos ahora.
    Conner les hizo señas para que se adelantaran. Gerald dio un paso lejos de las armas y caminó hacia Conner. Will le siguió, pareciendo mucho menos hostil. Sacaron delgadas esteras de los pequeños paquetes que llevaban colgados sobre los hombros y las colocaron en el suelo, colocándose a sí mismos en una posición vulnerable al sentarse. Conner hizo una pequeña señal con la mano a los otros, advirtiéndoles que retrocedieran y simplemente vigilaran.
    – Gracias. -Tomó el libro que Gerald le ofrecía mientras se sentaba y cruzaba las piernas en frente de ellos-. Will, es bueno verte otra vez, viejo amigo. -Asintió con la cabeza hacia el hombre más joven. Habían pasado unos pocos años de su niñez jugando juntos. Los miembros de la tribu tomaban mujeres a una edad mucho más temprana y a los diecisiete, Will ya había tenido las responsabilidades de un hijo.
    Will asintió con la cabeza.
    – Desearía que la situación fuera diferente.
    – Supe que uno de los nietos de Adán había sido raptado. ¿Esto es sobre tu hijo?
    Will miró a su tío y entonces sacudió la cabeza, se encontró con los ojos de Conner.
    Conner se preparó para un golpe. No había expresión en la cara de Will, pero había mucha compasión en sus ojos.
    – No, Conner. Esto es acerca de tu hermano.
    La primera inclinación de Conner fue saltar a través del pequeño espacio que los separaba y arrancarle el corazón a Will, pero se forzó a sentarse inmóvil, su mirada centrada en su presa y cada músculo preparado para saltar. Conocía a estos hombres. Eran excesivamente honestos y si Will decía que tenía un hermano, entonces Will creía que era verdad. Forzó el aire por sus pulmones abrasadores, estudiando a los dos hombres, los dedos apretándose alrededor del libro de su madre.
    Isabeau había mencionado a un niño. «Marisa venía con el niño» o algo parecido. Su madre siempre estaba rodeada de niños; él no había pensado mucho acerca de eso. No había preguntado de quién era ese niño.
    – Ella me lo habría dicho si hubiera tenido otro niño -dijo. No podía imaginarse a su madre ocultando a su hijo, por ninguna razón. Pero había permanecido cerca de la aldea de Adán, aún después de que él se fuera. ¿Podría haber encontrado el amor con un miembro de la tribu? Levantó la ceja, demandando en silencio una explicación.
    – No el niño de tu madre, Conner. Un bebé fue traído a nuestra aldea por una mujer, una de tu gente. Ella no deseaba al niño.
    El estómago de Conner dio bandazos. Sabía lo que venía y el niño en él recordó esa sensación de absoluto rechazo. Sin pensar, giró la cabeza para mirar a Isabeau. Raramente sentía la necesidad de alguien, pero en ese momento, sabía que necesitaba su apoyo. Ella salió de la maleza sin vacilación, caminó a zancadas a través del claro, pareciendo regia, la cara suave, los ojos en él. Le dirigió una pequeña sonrisa y saludando a los dos miembros de la tribu se hundió cerca de Conner. Le colocó la palma en el muslo y él la sintió allí, ardiendo. Apretó la suya sobre la de ella, manteniéndola allí mientras ella le miraba.
    No quería que este momento terminara y el siguiente empezara. Ella le sonrió, mostrándole sin palabras que le apoyaría en lo que viniera. Sabía que estaba trastornado, pero no hizo preguntas, simplemente esperó. La madre de Conner había sido así. Tranquila. Aceptando. Alguien que se paraba al lado de un hombre y encaraba lo peor. Él deseaba ese rasgo en la madre de sus hijos.
    – Mi padre tuvo otro niño. -Se obligo a decir las palabras en voz alta. Decirlas sirvió a un doble propósito, Isabeau comprendería y él podría agarrarse mejor a la realidad.
    Will asintió.
    – Ya estabas en Borneo. Tu padre tenía a otra mujer y cuando se quedó embarazada, él le dijo que debía abortar o largarse. Ella quería permanecer con él, así que tuvo al bebé y lo entregó. Volvió con tu padre.
    – Maldito sea. ¿Cuántas vidas tiene él que destruir antes de estar satisfecho? -Conner escupió al suelo con repugnancia.
    Isabeau cambió de postura ligeramente, lo bastante para reclinarse sobre él, como si cargara sobre los hombros cualquier carga que él tuviera. Él la amó por ese pequeño movimiento. Apretó los dedos alrededor de los de ella, el pulgar le rozó de aquí para allá sobre el dorso de la mano en una pequeña caricia.
    – Conoces a tu madre, Conner -continuó Gerald-. Le echó una mirada a ese niño, sin padres que lo amaran e inmediatamente se vinculó. Vivía en la cabaña con el bebé parte del tiempo y en la aldea durante la estación de las lluvias.
    – Por eso estaba en la aldea -dijo Conner.
    Will asintió.
    – El chico estaba en la casa de Adán jugando con mi primo cuando los hombres de Cortez atacaron. Tu madre trató de impedir que se llevaran a los chicos. Pensaron que tu hermano era uno de los nuestros. Sólo tiene cinco años, Conner.
    – ¿Por qué no te contaría que tenías un hermanastro? -preguntó Isabeau.
    Conner colgó la cabeza.
    – Sabía que habría ido a la aldea y matado a ese hijo de puta. Le desprecio. Utiliza a las mujeres y si se quedan embarazadas, expulsa al niño y a la mujer, si ella no se deshace del niño.
    La amargura en su voz le enfermaba, pero no podía evitarla. Siempre había controlado sus emociones, menos en lo que se refería a su padre. El hombre no había abusado físicamente de Conner, pero el abuso emocional era mucho peor, en opinión de Conner. Fue así como Marisa eligió a su hijo primero y construyó una vida para él. Y habría hecho lo mismo por su hermano, aunque ella no hubiera dado a luz al chico. Sabía que él no podría hacer menos.
    Se llevó la mano de Isabeau a la mandíbula y la frotó distraídamente sobre la sombra débil mientras le daba vueltas al problema una y otra vez en su mente. Si los renegados de Imelda echaban una mirada de cerca al niño quizás reconocieran al leopardo en él. Con una hembra era casi imposible a una edad temprana pero los chicos… Uno nunca sabía cuando surgiría el leopardo y a menudo había signos.
    – ¿Cómo es? -preguntó Conner.
    A su lado Isabeau se revolvió, atrayendo instantáneamente su atención.
    – ¿Cuál es su nombre?
    Conner asintió y utilizó las yemas de los dedos de ella para presionar con fuerza contra las sienes que le latían.
    – Sí. Debería haber preguntado eso.
    – Tu madre le llamaba Mateo -dijo Will.
    Conner tragó con fuerza, imaginándose a su madre con el pequeño bebé. Debería haberlo sabido. Debería haber regresado a casa para ayudarla.
    – ¿Cómo es?
    – Como tú -contestó Gerald-. Muy parecido a ti. Llorará la pérdida de tu madre. Vio como la mataban.
    Eso no era bueno. Su leopardo trataría de surgir, para ayudar al chico. Conner recordó la ira golpeándole continuamente siendo niño, la rabia que pulsaba como los latidos del corazón en las venas. El chico creería que no tenía a nadie ahora. Si era como Conner, moriría antes de pedir ayuda a su padre. Desearía venganza.
    – ¿Podrá Artureo mantener a Mateo bajo control? ¿Evitar que revele a su leopardo aún bajo presión?
    Hubo un pequeño silencio.
    – Es un chico testarudo -dijo Gerald-. Y devoto de su madre. -Miró inquietamente a Isabeau.
    – Ella lo sabe todo -dijo Conner-. Puedes hablar libremente.
    – Uno de los hombres le disparó cuando trataba de regresar con Mateo. Pensaron que estaba muerta.
    – La vi caer -admitió Isabeau-. Artureo me ocultó en los árboles y corrió a ayudar. Ellos le atraparon también. Nunca la vi en su forma animal. No sabía nada sobre su leopardo.
    – Marisa se arrastró a la maleza y cambió a su otra forma -contestó Gerald-. El hombre grande, Suma es su nombre, le vi cambiar y la remató. Nadie entró en la selva detrás de ellos una vez que él tomó su forma animal. El chico vio a su madre morir, la única madre que había conocido jamás. Le oí chillar, Conner y fue atroz.
    Conner reprimió su propia pena creciente. Su madre esperaría que él consiguiera sacar al chico, no sólo recuperarlo, sino aceptar la total responsabilidad de él. Giró la cabeza lentamente para mirar a Isabeau. No tenía elección ahora. Tendría que hacer lo que hiciera falta, pagar cualquier precio que se le exigiera.
    Isabeau podía ver la desesperación en los ojos de Conner, la pena y la conmoción. Y la distancia. El estómago hizo un pequeño salto mortal de advertencia y se asentó lentamente.
    – Lo que necesites, te ayudaremos -ofreció ella.
    Él le soltó la mano e inclinó la cabeza hacia Gerald y Will.
    – Gracias por hacer el viaje hasta aquí para darme estas noticias en persona. Aseguradle a Adán que recuperaremos a los niños. Decidle que siga el plan. Will, encontraré a tu hijo. Me conoces. Le traeré a casa.
    Will asintió, los ojos fijos en los de Conner.
    – Tú eres la razón por la que tomo partido al lado de mi abuelo sobre cómo manejar esto. Ayudaremos con lo que necesites.
    Conner se levantó, agachándose para poner a Isabeau de pie a su lado. Esperó hasta que los otros dos hombres se levantaron también.
    – Contamos con vuestra cooperación. Es esencial que la tribu crea que Adán hará lo que Cortez desea.
    Gerald asintió y le tendió la mano. Conner les miró marcharse con el corazón hundido. Casi se olvidó de dar la señal de dejarles pasar, permitiendo que los dos miembros de la tribu cruzaran por el pasillo de los leopardos de vuelta a su aldea. Rio salió trotando un momento más tarde, todavía tirando de su camisa.
    – La selva está llena. ¿Cuáles son las noticias?
    – Esto se ha vuelto muy personal. Parece que tengo un hermanito y Cortez le atrapó junto con los otros niños. Si averigua que es leopardo… -La voz de Conner se apagó. Nunca encontrarían al niño. Ella lo escondería y lo educaría ella misma.
    Rio frunció el entrecejo.
    – Esto nos debería conseguir alguna ayuda de tu aldea…
    Conner se dio la vuelta, el gruñido que retumbó en su pecho fue una advertencia clara. El sonido estalló de su garganta, un rugido de furia.
    – No iremos cerca de esa aldea. Vamos a acabar con esa puta. -Giró sobre los talones y salió a zancadas del claro de vuelta a la cabaña.
    Isabeau levantó la mirada hacia Rio. Su ceño se había profundizado y ahora había líneas de preocupación grabados en la cara.
    – Su padre abandonó al niño -explicó-. No puedes dejar que se acerque a ese hombre. -De alguna manera, se sentía como si traicionara a Conner, pero instintivamente sabía que Rio tenía la mejor oportunidad de evitar que Conner hiciera erupción.
    – Gracias -dijo Rio, como si leyera sus pensamientos más internos-. Necesitaba saberlo.
    Olor. Isabeau echó una mirada alrededor y se dio cuenta de que los leopardos dependían del olor para juzgar las emociones en las situaciones. Podían leer mucho más que sus contrapartes humanas. Todos utilizaban sus sentidos de leopardo incluso en forma humana, lo que les proporcionaba ventajas en cualquier situación. Debía aprender cómo hacer eso.
    Le siguió a un ritmo mucho más despacio, dándole vueltas una y otra vez en su mente a la expresión que había visto en la cara de Conner. Todo el tiempo mientras trataba de recordar su olor. ¿Qué había atravesado su mente en ese momento? La resolución con toda seguridad. Estaba decidido a recuperar a su hermano y eso significaba…
    Tragó con fuerza y tropezó un poco. Él le había dicho que no seduciría a Imelda Cortez. Iban a intentarlo de otra manera, quizás utilizando a uno de los otros, pero esa mirada en su cara… había decidido usar cualquier medio posible y no le daría esa tarea a otro, no cuando se trataba de su propio hermano. No cuando creía que era lo que su madre esperaría de él. Conner iba a hacer exactamente lo que ella le había pedido, seducir a Imelda Cortez.
    El corazón se le apretó con tanta fuerza que sintió como si tuviera un torno apretándoselo. El dolor fue insoportable, hasta tal punto que se llevó ambas manos al pecho y se apretó con fuerza, cayendo sobre una rodilla al borde de los árboles. La bilis se le subió al estómago y se le revolvió el estomago, amenazando con estallar junto con su protesta. La garganta se sentía en carne viva, los ojos le ardían.
    ¿Qué podía hacer? ¿Qué haría? Quería chillar una negación, correr a su lado y arañarle con las garras de la gata por destrozarle el corazón de nuevo. Se había permitido enamorarse de él otra vez. No, eso no era verdad. Ella siempre le había amado. Había deseado que viniera a ella en busca de perdón. Le quería de rodillas rogándole y al final le perdonaría y vivirían felices para siempre.
    Se suponía que él la amaba tanto que nunca pensaría en tocar a otra mujer. Cuando le dijo que no trataría de seducir a Imelda Cortez, ella había estado secretamente encantada. Había deseado esa reacción. Necesitaba que él la persiguiera, que la cortejara, que le demostrara que ella era su amor, su único amor. La gata había complicando las cosas. Ahora no sabía si era la gata la que él deseaba o a ella.
    – ¿Isabeau? -Conner estuvo a su lado, le deslizó el brazo en torno a la cintura, con sombras en los ojos. Su mirada se movió sobre ella centímetro a centímetro, tratando de encontrar la razón del dolor-. ¿Qué es? Déjame ver. -Las manos fueron a su camisa como si él fuera a levantarla para examinarle el pecho en busca de signos de heridas.
    Ella le empujó las manos abajo y le rodeó el cuello con los brazos, cerrando los dedos detrás del cuello. Amaba a este hombre con todo su ser. La conducta juvenil tenía que acabar, ahora, antes de que fuera demasiado tarde y le perdiera para siempre. Había estado viviendo en un mundo de fantasía, no en la realidad. Sí, él la había seducido por todas las razones equivocadas, pero ellos habían estado bien. Estaban bien. Si él sentía por ella la mitad de lo que ella sentía por él, no podría haberse detenido más de lo que ella podía ahora.
    – ¿Qué es, Sestrilla? -cuchicheó contra la oreja, sosteniéndola cerca de él como ella sabía que haría.
    Ella podía sentir el cuidado en su toque. La fuerza, la suavidad. Esa palabra suave con que él la llamaba, extraña, pero tan adorable la manera en que rodaba por su lengua.
    – Dime que significa. -Colocó la cabeza contra el corazón, escuchando el latido estable y tranquilizador-. Necesito saber lo que significa.
    – Isabeau. -Oyó el sonido de dolor. El sonido de un corazón rompiéndose.
    – Dime, Conner. -Se negó a permitirle irse, aún cuando las manos muy suavemente trataban de apartarla. Ella reforzó su agarre y apretó su cuerpo con fuerza contra el de él-. Necesito saberlo.
    – Es una antigua palabra de nuestro mundo y significa «amada».
    El corazón de Isabeau dio un salto, se asentó y todo en ella se aclaró limpiamente. El siempre la había llamado Sestrilla, mucho tiempo antes de la primera vez que durmió con ella.
    – Eres mi amado también.
    Ella sintió el aliento que él tomó. Jadeante. Duro. Hondo. El descansó la frente contra la de ella, las largas pestañas velaron su expresión, pero ella podía ver las líneas profundas grabadas en su cara. Había tanta pena, tanto dolor, como si un gran peso estuviera sobre sus hombros, como si él ya hubiera perdido todo lo que le importaba.
    – No lo comprendes, Isabeau -dijo suavemente.
    Sentía su voz dentro de ella, envolviéndose alrededor del corazón, deslizándose profundamente en las venas donde el calor se apresuraba y su propio corazón latía al ritmo de esa voz hipnótica y ronca.
    – ¿Qué no comprendo, Conner? -preguntó, su voz suave, cariñosa.
    Él gimió y empujó su frente con la suya.
    – No. No, cariño. No puedo perderte de nuevo y seguir viviendo. Déjame creer que fue demasiado tarde para nosotros todo el tiempo. Que se acabó y que no había ninguna oportunidad para nosotros.
    – Te traje aquí con engaños, Conner. No soy tan inocente en todo esto. Necesitaba verte. No sabía que Adán te conocería por el dibujo, pero una vez que me di cuenta de que podía encontrar un modo de alcanzarte, todas y cada una de las fibras de mi ser quisieron verte otra vez. Lo hice suceder. Y muy en el fondo, donde no podía mirar, supe cómo te sentirías sobre lo de seducir a otra mujer. Quise…
    – No. -Él le puso el dedo sobre los labios-. No lo digas. No tienes que decirlo.
    Ella presionó los labios sobre los dedos. Los acarició con la lengua.
    – Sí tengo que hacerlo. Quería castigarte. Quería herirte. Me avergüenzo de eso.
    – Maldita sea, Isabeau, ¿crees que esto lo hace más fácil?
    – Lo haría si me permitieras decirlo -ella casi gruñó. Su gata saltó realmente bajo la piel y la oyó vibrar en la garganta.
    Captó la débil sonrisa de Conner. No alcanzó sus ojos, pero a él siempre le había gustado su pequeño estallido de genio. Ella entrecerró los ojos.
    – Lo digo en serio. Tengo algo importante que decir y tú podrías escuchar antes de discutir.
    – Sí, señora. -La besó.
    Debería haber estado preparada para ello. La mano de Conner se había movido para anclarse en el pelo mientras se envolvía mechones sedosos en el puño. La boca capturó la de ella y el corazón se le paró. Él sabía salvaje. Masculino. Suyo. Se movió más cerca de él, negándose a permitir que pusiera fin al beso, tomando el control, deslizando la lengua entre los labios, excitando y seduciendo. Tentando. Frotó su cuerpo sobre el de él. Seduciendo.
    Por un breve momento sintió que la resistencia de Conner corriendo como un alambre de acero que vibraba por los músculos y entonces, bruscamente, él capituló completamente, los brazos se apretaron en torno a ella, la boca se volvió exigente, alimentándose de ella, la lengua barrió por dentro, la fundió con su calor. El fuego estalló instantáneamente, las lenguas de llamas se apresuraron hasta que ella ardió por él, hasta que él ardió por ella.
    La satisfacción dio más confianza a Isabeau. Le mordió el labio inferior, deslizó las manos bajo la camisa para encontrar la piel desnuda. Curvó una pierna alrededor del muslo mientras se apretaba más cerca, ofreciéndole todo. Decidida a tenerlo todo. No iba a dejarle ir, ciertamente no a la culpa. Las manos se movieron por la piel desnuda, sintiendo la textura de él mientras la boca absorbía su sabor extraordinario.
    – Vamos, vosotros dos, nos estáis matando -dijo Rio-. Tenemos una ruta de escape que localizar y te necesitamos para eso.
    Conner levantó la cabeza de mala gana.
    – Estaré allí -gritó él por encima del hombro, los ojos ardían sobre los de ella-. Sabes lo que tengo que hacer -dijo en voz baja-. ¿Cómo esperas que te mire a los ojos otra vez?
    – Porque soy la única que te pide que lo hagas -susurró. Le puso los dedos sobre la boca antes de que pudiera formar una protesta-. Porque tu madre era mi amiga y su hijo es tu hermano. Porque tu familia es mi familia y haré lo que sea para mantenerlos a salvo y recuperarlos. Conozco al pequeño Mateo. Marisa lo trajo a mi campamento todo el tiempo. Ni siquiera me di cuenta de que no era madre natural más de lo que supe que era tu madre, pero vi el vínculo, Conner. Estamos juntos en esto, Conner. No me hagas menos que tú, ni hagas que tu sacrificio sea menor que el mío. Lo vales todo para mí. Sin embargo, hacemos lo que tenemos que hacer.
    Él sacudió la cabeza.
    – Eres una mujer asombrosa y valiente, Isabeau y no te merezco, pero no puedes saber cuán repulsiva encontrarás la situación cuando me veas con ella. Y tendrás dudas. Dudas justificables. Peor, tu gata perderá el juicio. Será peligrosa y pasarás cada momento tratando de controlarla.
    – ¿Cuán malo será para ti, Conner? -preguntó-. Mientras estás preocupado por mí, yo estaré preocupada por ti. Eres el único que tiene que refrenar a su gato y forzarte a mirar a los ojos de otra mujer. Quizá para algunos hombres sería fácil, pero creo que he aprendido lo suficiente acerca de ti para saber que te será aborrecible.
    – ¿Estás segura, Isabeau?, porque si permaneces esta noche conmigo, no podré mantener las manos lejos de ti.
    Una lenta sonrisa manó del corazón de Isabeau.
    – Bien, eso es una cosa buena. -Se forzó a apartar la mirada del calor en sus ojos hacia el bosque-. ¿Entonces cómo planeamos nuestras rutas de escape?
    El hundió la cabeza para depositar un rastro de besos por su cara a la comisura de la boca.
    – Tenemos que trabajar, trazarlas, dejar caer los suministros y cerciorarnos de que están guardados donde los animales no los desenterrarán. Y entonces pensamos en cada cosa concebible que puede fallar y colocamos planes en el lugar para cubrir esas contingencias.
    – Oh. Algo fácil. Esperaba que fuera difícil. -Le dirigió otra sonrisa.
    Conner la dejó ir de mala gana y retrocedió, una sonrisa de respuesta empezaba a formársele en la cara. Había cautela en sus ojos como si tuviera miedo de esperar, pero unió los dedos con los de ella cuando Isabeau le tendió la mano y comenzó a andar con ella hacia los otros.
    – Enviaré a Jeremiah a los árboles. Veremos a qué velocidad puede subir. Necesitará coger velocidad. Cuanto más practique, mejor. Tiene que ser más rápido o será demasiado peligroso para él.
    – Realmente estás preocupado por él.
    – Aceptó la paliza como un hombre. Confiesa sus errores. Tiene valor. Es engreído, pero ¿no lo éramos todos a esa edad?
    Ella se encontró sonriendo otra vez. Adoraba la manera en que él podía ser tan intimidante, parecer tan peligroso y bajo ese exterior indomable tener un corazón. Probablemente él odiaría que pensara eso, pero ella simplemente sabía por su voz que iba a asegurarse de que Jeremiah tuviera la mejor oportunidad de sobrevivir uniéndose al equipo.
    – Deja de mirarme con estrellas en los ojos, Isabeau.
    Su voz se había vuelto ronca. Brusca. Los ojos se habían vuelto felinos. A Isabeau la matriz se le apretó. Sufrió espasmos. El calor líquido fluyó. Carraspeó.
    – ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que mi gata surja completamente? -preguntó Isabeau-. ¿Tendremos suficiente tiempo? No quiero atravesarlo sin ti.
    – No mucho tiempo. Está cerca -respondió, su mirada vagó sobre ella de manera tan posesiva y hambrienta que la dejó sin respiración e hizo que la temperatura subiera rápidamente-. Demasiado cerca.
    Todavía había aquella insinuación de sombra en los ojos, como si supiera algo que ella no sabía, Isabeau concedió que probablemente lo había. No esperaba que fuera fácil mirarle con Imelda Cortez, el pensamiento francamente la enfermaba, pero no iba a perderle. No otra vez. Allí tenía que haber una manera de que pasaran por eso intactos y sacaran a los niños. Echó un vistazo para ver que se acercaban a los otros. Unos pocos metros más. Le agarró del brazo.
    – Lo que haga falta, Conner. Esperaría que no tuvieras que besarla, pero no voy a poner limitaciones a lo que aceptaré. No puedes entrar en una situación a vida o muerte con eso en tu mente. Si hacemos esto, lo hacemos ambos. Juntos. ¿De acuerdo?
    Él gimió suavemente y la empujó cerca otra vez. Ella podía oír su corazón.
    – Sé qué crees que eres fuerte, Isabeau y te quiero por ello, pero tu gata va a tener que hablar y no va a ser fácil. Los gatos son celosos y temperamentales y nosotros no siempre podemos controlarlos. Me has visto con Jeremiah y me gusta el chico. Si desprecias a una mujer, ¿cómo crees que tu gata va a reaccionar al saber que coqueteo con ella, o peor?
    – Si tu gato lo puede manejar, entonces la mía tendrá que hacerlo, ¿no? -Levantó el mentón-. Quiero recuperar a los niños, a todos, pero especialmente a Mateo porque es nuestro. Y era de Marisa. Quiero detener a esa mujer. Si alguien propone otra manera de entrar en su fortaleza, lo aceptaremos, pero si todo lo que tenemos es asegurar una invitación para ti, entonces tendremos que tomarlo. -Recobró el aliento de repente-. ¡Elijah! Conner, Elijah lo podría hacer.
    Él sacudió la cabeza, rompiendo sus esperanzas.
    – Tres razones. Una, Mateo es mi hermano y fingir que quiero dormir con esta mujer será un trabajo de mierda que no se lo endosaré a otra persona. Dos, Elijah, tan bueno como es y es bueno, muy frío bajo el fuego, es relativamente inexperto. Y tres, Imelda no irá a por alguien a quien supondría como igual a ella. Desea un macho dominante, pero no uno como su igual. La he estudiado y Elijah supondría una amenaza. Quizás quiera tomar su posición de poder. Un guardaespaldas no haría eso.
    Ella dejó salir el aliento y forzó una sonrisa.
    – Entonces vamos con nuestro plan.
    Volvieron, cogidos de la mano, a la cabaña donde los otros esperaban. Conner elaboró varias rutas de escape por la selva tropical, mostrándoles las áreas más seguras donde podrían refugiar a los niños y seguir moviéndolos así como los mejores campamentos para ellos. Tendrían que ir y marcar los sitios de descanso.
    – Iré y llevaré a Jeremiah conmigo -concluyó Conner-. Iremos como leopardos. Será más rápido y más seguro. Dará a Jeremiah la experiencia que necesita para trepar rápidamente y no dejar ninguna huella. Rio siempre vuela en el helicóptero. Elijah es nuestro hombre de los suministros.
    Felipe sonrió a Jeremiah y presumió de músculos.
    – Leonardo y yo somos las armas grandes, la fuerza.
    – Eso significa que no tienes cerebro. -Jeremiah sonrió burlonamente.
    Eso le ganó un puñetazo ligero de Rio, pero Jeremiah sólo se rió, en lo más mínimo disuadido. Isabeau podía ver que ya estaban desarrollando una clase de compañerismo con el miembro más nuevo de su equipo. Quizá estuviera bajo prueba y en entrenamiento, pero ya le trataban con cariño creciente.
    – Entonces entramos, Conner y Felipe serán protectores personales para Marcos -Rio volvió al asunto-, Leonardo y yo seremos lo mismo para Elijah.
    – No te preocupes por nuestro tío -se apresuró a asegurar Felipe-. Puede tener sesenta pero es rápido y astuto cuando es necesario. No me gustaría levantarme contra él. Y con Elijah, somos seis, todos leopardos.
    – ¿Qué hay de mí? -preguntó Jeremiah.
    Rio se encogió de hombros.
    – Sabes que Suma estará allí y ha tratado de alistarte. No te puede ver. ¿Cómo son tus habilidades disparando?
    Jeremiah pareció feliz de nuevo.
    – Soy un crack disparando.
    – No lo digas si no es verdad -advirtió Conner.
    – Viento fuerte. Sobre un kilómetro y medio.
    Los hombres se miraron los unos a los otros.
    – Te daremos una oportunidad de demostrar lo que puedes hacer -dijo Rio-. Si no estás exagerando, nos vigilarás las espaldas.
    – ¿Y yo? -se aventuró Isabeau-. Podría entrar como la novia de Elijah. Ninguno de ellos me ha visto nunca. Elijah podría estar aquí para verme y se enteró de que venía su viejo amigo Marcos.
    – De ninguna manera. -Conner lo indicó como un hecho.
    – Tiene que ser protegida -indicó Elijah-. No podemos dejarla fuera y lo sabes, Conner. Podría resultar una ventaja valiosa. Tienen dos leopardos renegados. Esos leopardos no pensarán en nada más que en Isabeau.
    – Eso es lo iba a hacerme estar de acuerdo, ¿verdad? -dijo Conner, el sarcasmo goteaba de su voz.
    – No su novia -dijo Rio-. Algo más cercano. Una hermana o prima. Un pariente. Eso provocará la guerra si la tocan. Una novia podría ser considerada de usar y tirar y los renegados sabrán que es leopardo. Se lo tragarán. Ha venido a verla y a traerle algunas noticias de casa. Mientras tanto, sospecharán que Marcos y Elijah tienen una reunión secreta. Cortez no podrá arriesgar el cebo. Es demasiado dulce. Elijah y Marcos, aliados que podrían abrirle puertas y tú, Conner. Por no mencionar a todos los leopardos.
    Conner se frotó las sienes y miró la cara levantada de Isabeau. Parecía tan inocente. Ella no tenía la menor idea de con que monstruos estaba tratando. Ella había visto su trabajo, pero no tenía la capacidad de comprender las profundidades de la depravación y la avaricia.
    – Si te decimos que salgas, Isabeau…
    – Soy muy inteligente, Conner. Aceptaré órdenes de aquellos con experiencia.
    No tenía objeto protestar. No había otra respuesta. Y tenía una mente aguda. Quizá fuera una ventaja.
    – Vamos a establecer las rutas de escape y luego pensaremos en todas y cada una de las cosas que podrían fallar y haremos planes para cubrir eso también.

Capítulo 10

    Las rutas de escape fueron difíciles de establecer. Isabeau, montada en el helicóptero con Rio y Elijah, se encontró utilizando unos prismáticos y esforzando los ojos para divisar el pequeño globo atado a un árbol. Había sido trabajo de Jeremiah trepar al árbol y marcar el lugar con un globo, señalando al helicóptero donde debían dejar caer los suministros a lo largo de la ruta de escape. Entonces, Conner guardaría los suministros y marcaría el lugar para que cualquier miembro del equipo supiera donde recuperar el alimento, el agua y el armamento. Incluso con el globo brillante, el dosel era casi impenetrable, un mundo a gran altura que cortaba todo bajo el cielo, haciendo muy difícil localizar el objetivo.
    La selva tropical parecía diferente desde el aire. La niebla parecía colgar como velos de encaje a través del dosel. Los árboles extraían mucha humedad de las nubes en los que estaban amortajados. Isabeau casi se sentía como si pudiera estirarse y tocar las cortinas que se adherían a ramas y hojas. Se olvidó de estar asustada, aunque el helicóptero corcoveara continuamente cuando el viento entraba en ráfagas. Rio lo mantuvo justo por encima de las copas de los árboles una vez hubieron localizado el globo de Jeremiah.
    Ella admiró la eficiencia con que trabajaban y se dio cuenta de que habían perfeccionado definitivamente la suave manera en que el equipo funcionaba. Quería ser parte de ello o como mínimo, sentir como si contribuyera de alguna manera. Trató de aprender mirándolos e incluso envidiaba un poco a Jeremiah por poder participar activamente.
    Una vez de vuelta a la cabaña, donde comieron y desmenuzaron cada cosa concebible que podría fallar y cómo prepararse para ello, Isabeau se encontró fundida en las sombras para mirar a Conner mientras hablaban. Adoraba ver el juego de luz sobre su cara, profundizando el efecto de un hombre duro y peligroso. Era inteligente y seguro de sí mismo y el sonido de su voz se había convertido en un redoble en sus venas. Cada aliento que tomaba expandía su pecho y ondulaba los músculos bajo la delgada tela de su camisa.
    Conner parecía magnético todo estirado en la silla, perezoso, como sólo un leopardo podría ser. Sus vaqueros eran cómodos, encerrando las piernas largas mientras reclinaba la silla, los ojos medio cerrados, su atención en la conversación, por lo menos parecía estar enteramente concentrado allí. Levantó la mirada de golpe y la encontró en las sombras y el corazón de Isabeau comenzó a palpitar con ese mismo redoble de las venas. Ella sintió que la matriz se contraía y un calor líquido empapó sus bragas.
    Una mirada ardiente. Recordaba eso tan bien. Él raramente decía algo, sólo con mirarla la podía poner en un estado de excitación. Era peligroso, sexy como el infierno. No podía apartar los ojos de él. Cuando él hablaba, su voz se vertía por el cuarto con la misma intensidad con que sus ojos dorados se fundían. Él la hipnotizaba como el leopardo hacía con la presa. Una vez su mirada la encontraba, se centraba en ella, ya no podía encontrar aliento. No podía pensar claramente.
    Isabeau trató de analizar cómo podía tener tal efecto hipnótico y perturbador sobre ella. Todo su cuerpo reaccionaba a él. Los pechos le dolían, se sentían hinchados, sensibles y necesitados. El cuerpo latía con esa necesidad, ese anhelo terrible que parecía que no podía saciar. Él parecía intensamente masculino, una tentación sensual que no podía resistir.
    La mano de Conner agarró casualmente el cuello de una cantimplora e inclinó el contenido por la garganta, la acción tensó el cuerpo de Isabeau. Un escalofrío de conocimiento bajó por su espina dorsal. Adoraba la manera en que él se movía, la fuerza, la seguridad que exudaba. Todo acerca de él la llamaba, incluso su dominación arrogante. Ella no podía culpar de su reacción a su gata. Esta era la mujer, o quizá ambas, quienes le anhelaban.
    Él parecía un pecador con las piernas extendidas delante suyo y esa protuberancia gruesa y tentadora con la que ella estaba tan familiarizada tirando de los vaqueros desteñidos y gastados. Quería arrastrarse sobre él y rasgar la ofensiva tela para llegar al premio oculto. La boca se le hizo agua al recordar el sabor y la textura de él, la manera en que la mano le agarraba del pelo y el sonido de sus gemidos al gruñir. El había sido tan paciente con ella mientras trabajaba para aprender cómo darle placer, y siempre le había hecho sentir como si ella fuera sexy y excitante. Le había murmurado instrucciones y ella había obedecido, temblando con necesidad, con querer complacerlo. Lo que ella hacía por él era recompensado cinco veces. Él podía hacer cosas, sabía cosas acerca de ella que nunca podría compartir con otro hombre.
    La mirada de él cayó a las manos que rodeaban descuidadamente la botella, ella recordó la sensación de las palmas ásperas en los senos, entre los muslos, los dedos que se deslizaban profundamente para acariciar y volverla loca de necesidad. Tragó con fuerza cuando él inclinó la botella a los labios otra vez, atrayendo la atención a la boca. Caliente. Sexy. Tan seductora que nunca podía resistirse. La boca de él había sido despiadada, conduciéndola arriba tan rápido que recordaba que nunca podía recobrar el aliento. Con las manos de Conner en las caderas, sujetándola abajo, manteniéndola abierta para su banquete, había sido tan fuerte y excitante, incluso estremecedor. Cuando la lengua la penetraba, apuñalando en lo profundo, dando golpecitos, los dientes fuertes excitando, ella se sacudía. Isabeau había utilizado los talones para tratar de salir de debajo de él, pero él la había sostenido rápidamente, lanzándola a un orgasmo feroz, uno que ella nunca olvidaría. Había sido la primera vez que había chillado bajo los servicios de la boca y nunca había parado.
    Quiso chillar otra vez. En voz alta y sentir el placer que subía como una onda de la marea. Miró con fascinación como inclinaba la botella otra vez. Bajo ese acto, esos ojos dorados la encontraron en la sombra. Había una oscura lujuria patente en los ojos. Él no hizo nada para ocultar lo que deseaba de ella mientras la mirada viajaba de manera posesiva sobre su cuerpo.
    Ella se congeló, como haría la presa de un leopardo, el aliento atrapado en los pulmones, los músculos del estómago ondularon y se apretaron. Bajo esa mirada directa, ella podía sentir como la humedad se le reunía entre los muslos. La excitación la hacía temblar de necesidad.
    Alrededor de él, los hombres se movieron incómodamente y Rio disparó a Conner una mirada cargada de intención. Conner se levantó sin una palabra, poniendo el agua sobre la mesa y tendiendo la mano a ella.
    – Vamos. Regresaremos mañana.
    Su voz era áspera con la misma lujuria oscura que la había atrapado a ella. No estaba sola en su tormento. Podría ver que la impresionante protuberancia había crecido aún más gruesa de lo que había sido. Puso la mano temblorosa sobre la de él. Conner estaba cálido, incluso caliente, podía sentir el calor que se derramaba de su cuerpo para envolverla. No miró a los otros, ni siquiera le importó que probablemente olfatearan su excitación. El corazón le latía con fuerza y su cuerpo pulsaba con deseo líquido. Los senos se sentían pesados, doloridos, los pezones eran unos brotes apretados y duros. Los muslos le temblaban y la lujuria bailaba en sus venas, como pequeñas descargas eléctricas que corrían desenfrenadas por los músculos y sobre la piel.
    Conner agarró una mochila grande y entonces la sacó a la galería. Ella le siguió por la escalera sin una palabra. La lluvia había comenzado otra vez, una llovizna suave que apenas penetraba el dosel. Las pocas gotas que lograron aterrizar sobre ella parecieron crepitar y convertirse en humo con el calor que emanaba de sus cuerpos. Él no dijo nada en absoluto, no la miró ni siquiera después de que estuvieran muy lejos de la cabaña, en la seguridad y el refugio de los árboles.
    Él no tenía que decir nada. El aire se espesó en torno a ellos hasta que cada paso llegó a ser difícil. Cada aliento que ella tomaba era entrecortado y jadeante. La palma de Conner ardía en la parte baja de su espalda, justo encima de las nalgas, mientras se movían por un sendero estrecho y cubierto de hierba. Los pasos eran seguros en la oscuridad, los ojos de Conner exhalaban el extraño brillo nocturno de su leopardo.
    Ella nunca había sido más consciente de su propia feminidad. Su cuerpo se había vuelto suave y maleable, latiendo con una necesidad dolorosa, con cada paso, su centro se apretaba y se humedecía. El sonido de cigarras subía y bajaba, el siempre presente estridente sonido se añadía a las terminaciones nerviosas en carne viva. A lo lejos, en la oscuridad, pudo oír un coro de ranas y luego la llamada de un pájaro. Una ramita chasqueó. Conner nunca vaciló. Caminaba con absoluta seguridad, todo gracia fluida y ondulantes conjuntos de músculos, así que cada vez que le rozaba la piel sensible, se quedaba sin aliento y una multitud de mariposas volaban en el estómago.
    Sin avisar, él giró bruscamente, dejó caer el paquete y la tiró hacia él. Las manos la agarraron con fuerza y ella sintió la tensión que fluía como un río, enviando un estremecimiento de anticipación por su espina dorsal. Deliberadamente, ella le lamió la longitud de la mandíbula y luego trazó un camino de besos por la ensombrecida mandíbula antes de chuparle el lóbulo de la oreja y tironear con los dientes.
    El aliento de Conner estalló en un fuerte jadeo y la condujo hacia atrás hasta que ella se adhirió a él para no caer. Los dientes le arañaron la garganta y le pellizcaron el hombro antes de que la boca volviera a reclamar la de ella, la lengua barriendo el interior. Él no sólo la besaba, la reclamaba, la devoraba como si fuera su última comida.
    – ¿Sabes cómo de jodidamente largo ha sido este tiempo sin ti? -Su voz era un cruce entre un gruñido y una acusación. Arrastró su cuerpo hasta que se apretó contra el de él, apretando su gruesa erección contra el montículo que latía.
    Un gemido bajo escapó cuando ella envolvió los brazos alrededor de su cuello.
    – No puedo esperar.
    – Debería hacerte esperar. -Trazó un camino de besos sobre la cara, luego atrapó la boca con la suya otra vez, una marca despiadada que envió el fuego que ya ardía entre ellos fuera de control.
    Isabeau casi sollozó mientras trataba de quitarle la camisa.
    – No puedo esperar, ni otro minuto. Te necesito dentro de mí. -Estaba más allá del orgullo con él. Siempre había sido así cuando estaban juntos. Ella no tenía control y no fingía tampoco, no cuando él apretaba su hinchada erección contra ella y su cuerpo entero gritaba por el de él.
    – No me dejes otra vez, Isabeau. ¿Comprendes? -Su voz áspera, dura incluso, un sonido sensual y hambriento que hizo que sus rodillas se debilitaran.
    Las manos de Conner estaban por todas partes, tirando de la ropa, deslizándose contra piel desnuda, instándola a salir de los vaqueros cuando ella apenas era consciente de lo que estaba sucediendo. Unas pocas gotas de agua lograron resbalar por el dosel espeso y frondoso y crepitaron contra la piel caliente de ella. Las gotas frías casi ardieron, ella estaba tan sensible.
    La boca de Conner estuvo sobre la suya otra vez, caliente y hambriento, las lenguas se acariciaron, se batieron en duelo, mientras los gemidos escapaban para mezclarse con el incesante canto de las cigarras. El aliento entraba entrecortadamente y ella no podía acercarse lo suficiente, deslizó las manos sobre la piel desnuda, tirando de la pretina de los vaqueros para poder deslizar la mano dentro de la tela y acariciar la gruesa excitación.
    El aliento estalló en los pulmones de Conner. Ahuecó el peso suave de los senos y bajó la cabeza. Los ojos dorados ardían con fuego líquido mientras la veía observar como descendía su boca. Ella había olvidado cuán intensa podía ser la sensación de la boca sobre el seno. Se estremeció, echando la cabeza atrás, arqueando la espalda para darle mejor acceso, un suave grito escapó.
    Los dientes tironearon del pezón y la humedad caliente se reunió entre los muslos. Ella tembló con placer, retorciéndose bajo el asalto de la boca. La manera en que los dientes y la lengua le acariciaban los senos era adictiva, intoxicante, se sintió casi borracha de placer. Rayos de fuego golpearon su sangre y lamieron su centro caliente, conduciendo su necesidad más allá de cualquier cosa que jamás hubiera conocido. Casi sollozó, clavó las uñas en las caderas de él, tratando de conectar sus cuerpos.
    – Dilo para mí, Isabeau. Quiero oírte decir que nunca me dejarás.
    Le habría prometido cualquier cosa y lo que le estaba pidiendo no era más de lo que deseaba con cada aliento.
    – Nunca, Conner.
    – Tengo tu palabra.
    Incluso el modo en que lo dijo la puso más caliente, eso demostraba cuán lejos estaba ella. Él la levantó, para que le cabalgara la ingle, y entonces enganchó un muslo sobre el brazo, forzándola a abrirse completamente a él. Era enormemente fuerte, los poderosos muslos como columnas gemelas que les soportaban a ambos, las manos le agarraron el culo. Ella sintió la cabeza ancha e hinchada de la erección presionando en la entrada y trató de empujar hacia abajo para reclamarlo, pero él la sostuvo sobre el premio, la cabeza alojada en ella para que sintiera cada centímetro de la lenta y firme entrada.
    La polla de Conner era gruesa y larga y su invasión le estiraba la vagina, incluso con su bienvenida resbaladiza, hasta lo imposible. Ella no había estado con nadie más en todo ese tiempo y él sabía que sería incómodo para ella. Quiso ir con cuidado, asegurarse de que ella experimentara placer, no dolor. Siseó el aliento, apretó los dientes cuando el abrasador calor le agarró, le consumió, le llevó casi más allá de su control.
    Las pequeñas súplicas sollozantes de ella sólo agregaron más combustible al fuego. Él podía sentir lenguas de llamas lamiéndole las piernas hasta quemar sus pelotas y asentarse como un estallido en la ingle. Ella le quemaba, terciopelo suave, más caliente que el infierno, tan apretada que le atrapaba como un torno. Gruñó una orden, incapaz de hablar con claridad, pero no importó. Ella sabía qué hacer, él se había asegurado de eso. Él nunca había comprendido a los hombres que no hablaban con sus mujeres acerca de la intensidad del placer entre un hombre y una mujer. Él creía en averiguar todo lo que podía acerca de su compañera, lo que la complacía, lo que la convertía en una amante sollozante e implorante dispuesta a darle a él la misma consideración cuidadosa.
    Ella comenzó a moverse, una cabalgada lenta y deliciosa que él sintió desde la cima del cráneo a los dedos de los pies. Cada movimiento enviaba impulsos eléctricos que le atravesaban. Estaba desesperado por ella. En su inocencia, ella no tenía la menor idea de lo que le hacía. Su cuerpo encajaba perfectamente. Los senos eran hermosos, le rozaban el pecho con cada movimiento mientras corcoveaba las caderas. El pelo sedoso le quemaba la piel. Luchó por calmar el corazón desenfrenado y permanecer bajo control, pero el cuerpo de Isabeau se volvía más caliente y más apretado con cada golpe.
    La sintió respingar cuando se asentó dentro de ella completamente, perforando la cerviz. Le murmuró suavemente, esperando que su cuerpo se acomodara al suyo. Todo el tiempo, mantuvo los dientes apretados, respirando a través del brutal placer.
    – ¿Estás bien? -Las palabras salieron más ásperas de lo que pretendía, pero a ella no pareció importarle, ya que movió la cabeza y asintió con énfasis.
    Él dobló las rodillas y se condujo hacia arriba, su suave gruñido un sonido oscuro y peligroso que acalló a las cigarras más cercanas a ellos. Ella sollozó de placer. El ángulo que él tenía, con el muslo sobre el brazo, le permitía crear fricción en la mayoría de los lugares sensibles. Bajó la cabeza a la tentación de la garganta y le dio una serie de lametones eróticos, los dientes rasparon de aquí para allá, dando varias mordeduras hambrientas.
    Golpeó en su ardiente calor, necesitando sus estremecimientos, sus pequeños gritos jadeantes. Tenía que encontrar un modo de sujetarla a él a través de la tormenta venidera. Estaba desesperado por atarla irrevocablemente a él. Quería que ese orgasmo fuera el mejor que ella hubiera tenido jamás, quería que ella asociara todo ese éxtasis abrumador solamente con él. No podía perderla otra vez. No sobreviviría y los días venideros probarían la fuerza de lo que tenían juntos.
    Fue implacable, conduciéndose más y más profundo, aún cuando sentía que el cuerpo de ella le agarraba como tenazas. Siguió entrando en ella una y otra vez, enterrándose en el paraíso, mientras unos relámpagos restallaban sobre su piel y los cohetes estallaban en su cráneo. La vagina pulsó entorno a él y los músculos le sujetaron.
    – No, cariño. No te muevas. -Su voz fue más un siseo que una orden verdadera. Estaba seguro de que estaba loco de puro placer.
    El cuerpo de ella se fundió alrededor del suyo, el infierno se volvió imposiblemente más caliente mientras se hundía una y otra vez, hasta que sintió cada terminación nerviosa que tenía centrada en su miembro. Ella se tensó. Abrió los ojos de par en par. Había una insinuación de temor mezclado con anticipación. Los ojos se le volvieron opacos y clavó las uñas en los hombros.
    – ¿Conner? -Su voz era suave. Inestable.
    Él la adoraba así, mirándole con esa mezcla ardiente de inocente y sirena. Su cuerpo cabalgaba el suyo, un líquido caliente le bañaba con cada empuje de su cuerpo. Sentía como el cuerpo de ella se preparaba, dando vueltas en espiral, el apretar erótico causaba una exquisita fricción que aumentaba.
    – Cerca, nena, aguanta.
    Ella sacudió la cabeza frenéticamente mientras su cuerpo se tensaba más, la tensión seguía creciendo hasta que ella temió que no podría soportarla. No parecía haber liberación de este terrible calor que crecía. El miembro se estrellaba contra ella, se introducía más profundamente, levantándola, más y más alto hasta que casi sollozó, mitad asustada, mitad en el frenesí erótico.
    – Eso es, cariño. Déjate ir. Vuela para mí. En este momento. Conmigo -ordenó y deliberadamente bajó la cabeza y le mordió suavemente, la suave unión entre la garganta y el hombro. No era donde su gato prefería, pero era lo que a su gata le gustaba y él sabía que ella obedecería subconscientemente, liberando su cuerpo para experimentar una serie agotadora de orgasmos.
    Él sintió que el cuerpo de ella le apretaba, la funda de terciopelo sufrió espasmos, onduló y luego le agarró y ordeñó. Echó la cabeza atrás y rugió su propia liberación. Alrededor de ellos los insectos y las ranas cesaron su coro nocturno, el sonido de las voces se elevó en la lujuria y el amor, mezclándose juntos para formar una armonía profunda.
    Él enterró la cara en el cuello y la sostuvo en los brazos, absorbiendo su forma, el milagro de ella. Había pasado tanto desde que la había sostenido, amado, tomado todo lo que ella era y entregado todo lo suyo.
    – Te he echado de menos. -Era una declaración ridícula. «Echar de menos» no comenzaba a cubrir en absoluto cómo se sentía. Había estado solo sin importar dónde estuviera, cuántos le rodearan. Apenas podía respirar sin ella. Pero sería aún más tonto decirlo.
    Trazó un reguero de besos por la garganta vulnerable, todo el tiempo escuchando el latido de su corazón, ese ritmo veloz tan satisfactorio para él. Ella era suave y maleable en sus brazos, el cuerpo fundido con el suyo. Unidos como estaban, él podía sentir cada réplica y el continuo agarre y liberación de los músculos de ella alrededor de su miembro. Esperó hasta que los estremecimientos se hubieran calmado y el aliento estuviera casi bajo control antes de alejarse suavemente del calor que le rodeaba y dejó que sus piernas cayeran al suelo.
    Isabeau osciló en sus bazos y enterró la cara contra el pecho.
    – No se suponía que fuera a ser así. Me pierdo en ti.
    – Eso nos pasa a ambos -cuchicheó él, los dientes tironeando del lóbulo de la oreja. Adoraba el aspecto de ella después del sexo, el brillo leve de la piel, su cuerpo saciado y débil, la mirada vidriosa en los ojos. Tenía la boca hinchada por sus besos y su cuerpo estaba ruborizado y marcado por el suyo. Inclinó la cabeza a la marca entre el hombro y el cuello y presionó besos hasta que la sintió temblar-. Debemos irnos. Estamos cerca de nuestro destino, Isabeau. Un lugar seguro para pasar la noche.
    Ella levantó la cabeza y parpadeó.
    – Puedo oír el sonido del agua.
    – Vamos a una cascada que conozco. Debemos terminar allí, cariño -incitó.
    Isabeau le sonrió cuando se puso de rodillas, usando su fuerte cuerpo para sostenerse. Las yemas de los dedos trazaron el estómago plano y duro, los músculos rígidos y definidos, y entonces se deslizaron alrededor de las nalgas, masajeando mientras le atraía. Ella parecía intensamente hermosa, el pelo desaliñado, derramándose alrededor de la cara angelical, las pestañas velaban sus ojos y las manos subieron por sus muslos. Mirarla con la niebla alzándose en torno a ella, acariciando sus senos y cintura estrecha, le hizo ponerse medio duro de nuevo.
    La boca era cálida y húmeda, un baño caliente de intenso amor, la lengua suave como el terciopelo de un gato cuando lamió y chupó suavemente, limpiando sus olores combinados, poniendo atención especial a la cara inferior de la cabeza ancha y acunando la base del pene y por último la bolsa. Ella siempre se tomaba su tiempo, sin importar la situación, sin importar dónde estuvieran. Siempre le desgarraba con el modo en que le hacía sentir tan amado como si esta pequeña tarea fuera lo más importante que podía hacer y adorara y disfrutara hacerla para él.
    Y eso siempre le hacía ponerse tan duro como una piedra, de nuevo. Muy suavemente la puso de pie, manteniéndola cautiva con la mirada. Como ella le mantuvo a él. No con su cuerpo ni la boca de fantasía. Ni con sexo alucinante. Con esto, momentos como éste. Tomó su boca, deleitándose en el sabor de ellos dos, esa mezcla explosiva de pecado, sexo, amor y lujuria. Ella le hacía suavizarse por dentro y él sabía que la quería en su vida para siempre.
    – Acabamos de empezar, Isabeau -advirtió, los ojos volviéndose dorados y oscuros, su lujuria apenas saciada-. Voy a mantenerte despierta toda la noche.
    Isabeau tembló ante la mirada en esos ojos. Le había visto antes así y cuando decía que la iba a mantener levantada toda la noche, sabía que hablaba en serio. Él podía ser brutalmente atento, conduciéndola más allá de todo pensamiento hasta que estaba indefensa en sus brazos, incapaz de hacer nada más excepto lo que él quería. Nunca había sabido que alguien pudiera sentirse del modo en que él la hacía sentirse. Y sólo estaba descubriendo su propio poder. ¿Quién habría pensado jamás que ella podría hacer que un hombre como Conner Vega se estremeciera y gimiera, que sus ojos dorados se oscurecieran con hambre?
    – Iré a cualquier sitio contigo, Conner. Guíame. -Se estiró hacia su ropa.
    Conner se la quitó de las manos y la metió en la mochila.
    – Quiero mirarte. -Pasó la punta del dedo por el montículo del seno, mirando su reacción. Cuando tembló y los pezones se le pusieron de punta, sonrió, se inclinó hacia delante y les dio un golpecito con la lengua a cada uno-. He estado soñando con tu sabor. Quiero comerte como un caramelo, Isabeau. Durante horas. Tumbarte como un banquete y consumirte.
    Él era bastante capaz del llevar a cabo su amenaza también. Ella le conocía a él y a sus apetitos. Su miembro ya estaba duro y grueso, contra el estómago musculoso como una bestia hambrienta que esperaba. Se estiró con dedos acariciadores y los bailó sobre él antes de ahuecar las pelotas. Él nunca se movió. No se apartó. Sólo la miró tocarle posesivamente. Su tesoro. Sólo suya.
    – ¿Cómo es que el pueblo leopardo puede sobrevivir en la selva tropical cuándo otros depredadores grandes son tan raros? -preguntó cuando de mala gana permitió que los dedos se deslizaran lejos y giraba en la dirección que él había indicado-. Cuéntame sobre ellos.
    Él se encogió de hombros con su mochila y la tomó de la mano, se la llevó al pecho mientras caminaban. Como todos los leopardos, estaba cómodo con su desnudez, especialmente en la selva tropical. Era natural para él, pero no para Isabeau. Podía sentir su incomodidad, pero por él, no protestó. Ella le cuestionaba cuando él quería que hiciera algo a lo que temía o que la avergonzaba, pero nunca había dicho no sin intentarlo primero. Él había sido muy cuidadoso con su confianza, porque todo el tiempo con ella había estado mintiendo. Le asombraba y humillaba que ella le pudiera entregar esa clase de confianza otra vez.
    – Nosotros no cazamos animales como los otros depredadores necesitan hacer. Quizás cacemos para aprender las habilidades, pero no matamos a nuestra presa. Vigilamos a los otros animales. Para sostener a un gran depredador, necesitas una abundancia de animales como comida. -Indicó el suelo del bosque-. Estamos en una sección de espesa vegetación donde otros animales pueden vivir, pero generalmente, el suelo está desnudo porque la luz del sol no puede penetrar lo suficiente como para que las cosas crezcan. Los carnívoros tienen menos recursos de alimento aquí que los herbívoros.
    – Eso tiene sentido.
    El sonido del agua se volvió más fuerte cuando el sendero se estrechó y comenzó a inclinarse hacia arriba. Las vides y las flores eran más gruesas en los troncos de árbol, las hojas más anchas y más salvajes con tanta agua disponible. Muchas plantas habían arraigado en los troncos mismos, sin tocar realmente el suelo y vivían en las anchas ramas. Las raíces de las higueras estranguladoras parecían grandes bosques en sí mismas, jaulas retorcidas para que las criaturas se ocultaran dentro. En la oscuridad podía oír el continuo susurro en el dosel de arriba y en las hojas del suelo del bosque.
    Su desnudez la hacía sentirse vulnerable, aunque tuvo que admitir que había algo muy sensual y erótico en andar completamente desnuda por una selva tropical de noche con un hombre como Conner. Él tenía la costumbre de protegerla mientras se movían por la maleza, para que ni siquiera las hojas le tocaran la piel. Su mano lo hacía a menudo. Le rozaba la espalda con los dedos, enviando un temblor por toda la espalda. Mientras caminaban deslizaba casualmente la mano por el trasero posesivamente, manteniéndola muy consciente de él.
    La cascada entró a la vista cuando rodearon una curva y ella se paró bruscamente para mirarla. Siempre había adorado la solemnidad y la elegancia de las cascadas. Esta era mucho más grande de lo que se había imaginado en su mente. Se derramaba en una cinta estrecha desde el saliente rocoso de arriba, para caer en una piscina ancha hecha de más roca. Desde ahí caía como un velo a una piscina más profunda abajo y se precipitaba en el río mismo.
    – Es hermosa.
    – Sí, lo es -dijo Conner.
    Pero él la estaba mirando. Isabeau podía ver el hambre brillando intensamente. Estaban completamente solos en ese escenario salvaje. Un escenario natural para él. Y Conner no estaba domesticado. Sintió el pequeño estremecimiento de temor. No le quería domesticado. Adoraba la manera en que la hacía sentirse, un poco desequilibrada y enteramente suya. Él dio un paso más cerca y le cogió las manos con las suyas. Levantó las palmas bajo sus senos hasta que el leve peso descansó allí y ella virtualmente le ofrecía el cuerpo.
    La sonrisa de Conner fue lenta. Malvada. Seductora. Ella anhelaba esa mirada en su cara, los ojos entrecerrados, el oscuro dorado ardiendo con lujuria por ella. La boca, tan seductora y hábil. Las manos, experimentadas, conocedoras de lo que su cuerpo necesitaba. Y la manera en que la miraba, como si ella le perteneciera, como si su cuerpo fuera suyo y él pudiera hacer lo que deseara con ella. Lo que siempre deseaba parecía ser hacerla gritar de abrumador placer.
    Él bajó la cabeza y atrajo un seno al calor de la boca. Instantáneamente el cuerpo de ella lloró de necesidad. Él tironeó del pezón con los dientes y otro chorro de líquido hizo que su matriz sufriera espasmos y apretara en el vacío. Succionó, la boca se volvió más caliente y áspera, casi arrojándola a otro orgasmo. Él dejó caer la mano, forzándola a sostener el seno para el asalto de la boca. Conner deslizó la palma por el vientre hasta bajar al montículo que latía entre los muslos.
    Incapaz de detenerse, ella movió las caderas, buscando más. Él apartó la mano y continuó amamantándose del seno. Diminutas mordeduras acompañaban el tirón de los dientes sobre el pezón y las calmaba con pasadas de la lengua. El calor se precipitó por el cuerpo de Isabeau y entonces los dedos de Conner regresaron, trazando pequeños círculos en el interior de los muslos, moviéndose hacia arriba, hacia el calor de su centro. Ese ritmo lento era tortuoso dada la necesidad que aumentaba tan rápida y ferozmente dentro de ella.
    – Por favor -susurró antes de poder detenerse. La sangre latía en las venas, atronaba en las orejas y palpitaba profundamente en la vagina.
    Los dedos viajaron a través de los recortados rizos húmedos y acariciaron como un rayo los pliegues de terciopelo. Ella gimió suavemente, el sonido armonizó con la sinfonía de los sonidos nocturnos. Miró la amada cara de Conner, las líneas agudizadas por el deseo, las pupilas casi desaparecidas ahora que sus ojos eran completamente felinos. Un escalofrío de temor delicioso le bajó por la espina dorsal ante la mirada de hambre y determinación grabada en esa cara. Dos dedos se hundieron en sus profundidades apretadas y ella jadeó y corcoveó contra la mano invasora.
    Él cambió la atención al otro seno y cuando ella lo sostuvo para él, la otra mano se deslizó a las nalgas y ella presionó contra esos dedos.
    – Cabálgame, cariño -susurró.
    ¿Qué más podía hacer ella? Su temperatura corporal subía fuera de control y los músculos apretados y calientes agarraban con avidez esos dedos. Comenzó a empujar las caderas en torno a esa mano y él introdujo los dedos en sus profundidades.
    El cuerpo de Conner se endureció más allá del punto de cordura. El suave cuerpo de Isabeau estaba tan dispuesto. Utilizó los dedos como su polla, empujando en ella, absorbiendo la sensación del calor húmedo que se volvía más y más caliente. Isabeau jadeó entrecortadamente y su corazón palpitó fuera de control. Las sensaciones que él estaba creando estaban causando que su cuerpo se tensara más y más, llevándola al borde de la liberación. Él la quería necesitada. Hambriento por él. En el borde. Pero no quería tirarla por encima de él.
    Los dientes tiraron del pezón y sintió el espasmo de respuesta en el canal mojado. Bruscamente sacó los dedos.
    – Casi estamos allí.
    Ella lloriqueó y dejó caer la mano entre los muslos casi compulsivamente, pero él le agarró las muñecas y la tiró contra él.
    – Pronto. Ten paciencia.
    Le dio un pequeño golpecito en las nalgas y la empujó por el sendero que se dirigía por detrás de la cascada a la cámara donde había escondido suministros a su llegada a la selva tropical hacía una semana, antes de que hubiera informado a Rio.
    – Tú has empezado esto -indicó ella, tratando de no retorcerse.
    – Y yo lo terminaré. -Su mirada se oscureció más-. Te quiero deseándome.
    – Creo que eso es bastante obvio -contestó ella, haciendo pucheros.
    Él la ayudó los últimos pasos a través de las piedras. Se agacharon rápidamente para atravesar los bordes de la cascada y llegar a la seguridad de la cámara. Era grande y redondeada, con piedra lisa en las paredes por tres lados. Años antes, cuando Conner había descubierto el lugar secreto, había tallado un asidero en la pared de piedra para una antorcha y más tarde para una linterna de queroseno. La linterna hacía mucho que se había ido, pero la antorcha la había reemplazado unos pocos días antes. La encendió para que pudieran ver en el interior de la cámara.
    A Isabeau no le importaba donde estaban, sólo que por fin estaban juntos. Había echado de menos su compañía. Su cuerpo. Y había echado de menos las cosas que él podía hacerle al suyo. Él la miraba con ojos entrecerrados, la cara en sombras mientras la luz lanzaba un resplandor en torno a ella como un proyector. Ella se movió, lenta y tentadoramente para centrar su atención en ella.
    – ¿Cómo demonios he podido estar sin ti? -preguntó. Sacó una estera de la mochila y la extendió encima de lo que podía ser un gran banco de arena encima de una piedra lisa.
    Era la primera vez que ella había advertido que había arena. Subió encima, quedándose en el borde de la estera y curvó los dedos en la arena. Era increíblemente fina.
    – ¿Cómo has conseguido esto aquí?
    Conner le tomó la mano, la atrajo a él y envolvió los brazos en torno a ella. Aunque ella estaba de pie sobre varios centímetros de arena, todavía era más baja que él. Frotó la barbilla en su coronilla.
    – Mi madre me lo dio como regalo cuando fui joven. Era mi cumpleaños y pensé que ella lo había olvidado. Lo utilizaba como mi escondite. -Echó una mirada alrededor-. Me sentía adulto aquí y cuando la pubertad golpeó, mi chica de fantasía estaba siempre aquí para ayudarme.
    Ella levantó una ceja.
    – ¿De verdad? ¿Cómo era ella?
    – Bastante hermosa, pero nunca estuvo a la altura de la verdadera. -La sonrisa se desvaneció de su voz-. He tenido un año de noches malas, soledad y una polla dolorida, Isabeau. Estaba perdido sin ti. -Se echó para atrás para mirarle la cara. Para juzgar su reacción. No quería hablar de sus sentimientos, del amor, la lujuria y la ira mezclados por completo.
    – Lo sé. -Roció una lluvia de besos por la mandíbula-. Estoy aquí. Estamos juntos.
    Él la atrajo hacia abajo lentamente, su puño como acero, forzándola a extenderse en la estera. Ella podía sentir la tensión corriendo por el cuerpo de él y como su propio cuerpo respondía con calor. Quizá el fuego nunca se había enfriado. Las manos acariciaron cada centímetro de ella, como si la pintara con pinceladas suaves, o memorizara cada centímetro. Su inspección fue completa y se tomó su tiempo. Justo cuando ella pensó que empezaría a gemir y a suplicar, sin ninguna advertencia él rozó esos dedos fuertes sobre su montículo mojado y ella gritó por el exquisito placer.
    Las sombras se movían a través de las curvas paredes de la pequeña cámara. El sonido del agua era constante y fuerte, la caída, un velo grueso que la escondía del resto del mundo. Isabeau estaba tumbada en la gruesa estera en una cámara de piedra detrás de la catarata y giró la cabeza para mirar el agua caer en cascada cómo sábanas blancas brillantes, disfrutando de los suaves toques sobre su cuerpo, pero siempre consciente del calor que crecía, una tormenta de fuego que estallaría sobre ella.
    Conner. Su amante despiadado. Cuando él la tocaba, estaba perdida. Y en este momento él quería reclamar cada centímetro de ella. No podía resistirse a su particular marca de posesión. El animal en él rugía cerca de la superficie y la intensidad de su toque reflejaba su hambre por ella. Él se había cerciorado de que estuviera cómoda, siempre se encargaba de eso, antes de tomarse su tiempo para hacer todo lo que quisiera con ella. Ella oyó su propia respiración, jadeos entrecortados que no podía controlar. La anticipación la excitaba tanto como mirarle.
    Conner se arrodilló entre las piernas, inspeccionando a Isabeau durante mucho tiempo antes de estirarse y sacar una segunda estera de la mochila. La dobló y la empujó bajo sus nalgas, levantando la mitad más baja de su cuerpo y abriéndola más completamente. La estudió otra vez. Adoraba su aspecto con el pelo esparcido en torno a ella y el cuerpo desnudo y abierto a él. Había humedad rezumando entre los muslos y podía olfatear su excitación.
    Dejó caer la mano para cubrir el montículo tentador. Ella dio un tirón, sensible ya con la anticipación. Él adoraba esa humedad acogedora. Había algo tan satisfactorio en ver a una mujer así, tan lista para su atención. Conner estaba hambriento de ella y no fingió nada más, adoraba que ella tampoco lo hiciera. Isabeau no estaba avergonzada de desearle, de mostrarle cuánto le deseaba. Y eso era un afrodisíaco, lisa y llanamente. Todo acerca de Isabeau era un afrodisíaco para él.
    Muy lentamente bajó su cuerpo sobre el de ella, cubriéndola completamente como una manta, sosteniéndola, absorbiéndola. Era tan suave, esa larga extensión de piel y curvas femeninas. Se hundió en su calor, escuchando el latido rápido del corazón. Los brazos de Isabeau le rodearon, entrelazó los dedos en la nuca. Ella no se revolvió, no se quejó de su peso. Sólo le absorbió del modo en que él le estaba absorbiendo a ella como si comprendiera esa gran necesidad de simplemente sostenerla.
    Después de unos pocos momentos, él frotó su cuerpo a lo largo del de ella, marcándola con su olor, reclamándola, la ensombrecida mandíbula se deslizó cuello abajo donde pellizcó y la besó antes de levantar la cabeza para fijar la mirada en la de ella. Bajó la cabeza lentamente, viendo como ella cerraba los ojos poco antes de que la boca se encontrara con la suya. Cada vez que la besaba, era como si encendiera una cerilla. El calor estallaba. Las llamas ardían, el fuego saltaba y no había vuelta atrás. Sus besos habían sido su caída de la gracia y el honor cuando ella era completamente inocente. Ahora, la boca se movía bajo la de él, la lengua acariciaba e incitaba hasta que él estuvo ardiendo al rojo vivo fuera de control.
    La mano resbaló al seno y la sintió saltar. Las caderas corcovearon y las piernas se abrieron más para darle mejor acceso. Conner la besó garganta abajo hasta los senos, dándose un festín hasta que ella hizo esos pequeños ruiditos que adoraba. Había tenido el cuerpo caliente, duro y dolorido sin descanso desde que ella había envuelto los labios alrededor de él en el bosque. Podía notar como los músculos del estómago de ella se arremolinaban cuando tironeó de los pezones y era demasiado tentador detenerse allí. Avanzó por la cuesta del vientre y tomó el control de las piernas, abriéndolas, las colocó sobre los brazos cuando inclinó la cabeza para probarla.
    – Ha pasado tanto jodido tiempo -susurró y hundió la cabeza.
    Isabeau aspiró el aliento, cerró las manos en puños en la estera para aguantar cuando la áspera mandíbula le rozó los muslos y mil llamas la atravesaron. Todo su cuerpo tembló. Los pechos subieron y bajaron y no pudo detener el impotente tirón de las caderas. Las manos de Conner apretaron, como sabía que harían. Él le dirigió una mirada brillante que quería decir quédate quieta y ella intento obedecer, trató de atraer aire a los pulmones.
    La necesidad era una cosa viva que respiraba, la agarraba en su fiero embrujo. Él le sujetó los muslos y le abrió más las piernas hasta que ella estuvo respirando entrecortadamente. Se oyó a si misma gritar cuando Conner bajó la boca y la lamió, la lamió como un gran gato lamía un tazón de crema caliente. Fuegos artificiales estallaron en su cabeza cuando la lengua apuñaló profundamente, hundiéndose en ella una y otra vez hasta que pensó que se rompería en un millón de pedazos. Él se tomó su tiempo, saboreando cada gota, utilizando los dientes y la lengua para extraer más quejidos y suaves sollozos de súplica, rogando la liberación.
    Entonces se levantó sobre ella, le agarró de los tobillos y colocándose las piernas sobre los hombros, la mantuvo abierta para él. Parecía violento, su erección gruesa, dura y larga, apretaba, quemaba, exigía entrada. Ella le sintió allí y contuvo la respiración. Él se hundió profundamente, conduciéndose entre los apretados pliegues calientes y ella chilló otra vez, la fricción envió lenguas de fuego por todo su cuerpo. Sintió sus músculos agarrarle como un torno, estirándose ante su invasión. Su cuerpo se estremeció con placer cuando Conner se enterró completamente y luego se retiró para hundirse otra vez. El ritmo era rápido y duro, casi brutal, elevándola rápidamente para que el aliento entrara en jadeos desiguales y su cuerpo se alzara impotentemente para encontrarse con las necesidades que guiaban a Conner. Él se arqueó sobre ella, apoyándose en los brazos, forzando las piernas atrás, dándole así la posibilidad de ir más profundo.
    La sujetó debajo de él, el cuerpo de Isabeau estallaba en llamas, él mantuvo el ritmo de golpes poderosos, martilleando una y otra vez, llevándola más y más profundamente a un vórtice de fuego. Conner sentía el cuerpo de Isabeau como si se fundiera en torno al de él, abrasándole, el orgasmo de ella justo fuera de alcance, pero creciendo, siempre creciendo. Isabeau se retorció bajo él, desesperada por la liberación.
    La retuvo con su fuerza, su ritmo firme, rápido y duro, entrando tan hondo que tuvo miedo de perforarle la cerviz con cada golpe. Cada terminación nerviosa en llamas, ella sintió como sus músculos le sujetaban con fuerza. Se tensó, pero él la agarró con más fuerza y se hundió otra vez, haciendo que su cuerpo volara en un millón de fragmentos. Una neblina le cubrió los ojos y sintió como las llamas pasaban como rayos por las venas cuando una explosión le desgarró el cuerpo, le atravesó el estómago, los senos y bajó por los muslos, asentándose en su centro más profundo mientras sentía que los músculos agarraban a Conner. Sintió la liberación caliente de él derramándose dentro de ella, provocando otro incendio descontrolado que se precipitó sobre ella y la atravesó.
    La respiración de Conner era entrecortada cuando se desplomó sobre ella, sosteniéndola cerca. Ella podía sentir la pesada erección, tan desesperada, casi brutal, calmarse lentamente mientras su cuerpo bañaba el de él en un calor líquido combinado. Las manos de Conner le enmarcaron la cara y la lengua se abrió paso en lo profundo de su boca.
    – Te amo, Isabeau -susurró, mirándola a los ojos-. Cuando esto acabe, cásate conmigo y ten a mis niños.
    El corazón de ella tartamudeó por un momento. Estaba en una situación delicada con las piernas arriba alrededor de las orejas y el cuerpo de él enterrado profundamente en el de ella, pero sus ojos no le dieron opción. Ella no tenía donde esconderse. Él quería la verdad. Ella no pudo encontrar el aliento para hablar así que asintió. Sintió que la tensión le abandonaba y rodó fuera de ella.
    – Seré realmente agradable, cariño. Voy a dejarte dormir una media hora y luego vas a pedir clemencia. -Se arrastró a su lado y se desplomó otra vez, lanzando un brazo de manera posesiva en torno a su cintura y cerró los ojos.
    Y él no estaba mintiendo.

* * *

    Isabeau pasó los siguientes cuatro días con Conner como su amo despiadado, un comandante brutal que demandó perfección de ambos, de Jeremiah y de ella. Tuvo que disparar armas durante horas, desarmarlas y volver a armarlas así como seguir trabajando en técnicas de combate. Jeremiah lo tuvo peor. Tuvo que cambiar a la carrera y el equipo entero fue despiadado con él. Afortunadamente, era muy capaz con un rifle, que ella podía decir que todos estaban impresionados con él.
    Las siguientes cuatro noches las pasaron detrás de la cascada, con Conner como su amante exigente, un hombre que nunca se saciaba lo suficiente y que siempre empujaba por más. Había veces en que ella no estaba segura de si sobreviviría a la intensidad de su forma de hacer el amor, pero realmente no le importaba. Todo lo que importaba era la sensación de su cuerpo dentro del suyo y el amor en sus ojos cuando la reclamaba.

Capítulo 11

    – Recuerda permanecer cerca de Elijah sin importar lo que ocurra. -Conner mantenía la mano sobre la puerta del coche, rehusándose a abrirla, aunque todo el mundo estaba esperando-. Una vez que entremos, no me mires. Cualquier persona de allí dentro puede estar trabajando para ella. Debes representar la mejor actuación de tu vida. E Isabeau… -le agarró la barbilla, mirándola directamente a los ojos con los suyos brillantes-. Yo también… yo también estaré actuando.
    Isabeau tragó con fuerza y asintió.
    – Lo sé, Conner. Puedo hacerlo.
    – Si te metes en problemas, hazle una seña a Rio o a Elijah. Te sacarán de allí.
    – Hemos repasado esto cien veces. -Tenía la boca seca y a pesar de todas sus buenas intenciones el miedo se había apoderado de ella. Deseaba aferrarse a Conner, pero en vez de ello, forzó una pequeña sonrisa-. Estoy lista.
    – Vamos a repasarlo una vez más, solo para asegurarnos. Jeremiah estará afuera con un rifle, en un sitio elevado, entre los árboles. Puede dispararle a las alas de una mariposa; te protegerá cuando estés afuera. Si hay un problema…
    – Me saco el broche del cabello.
    – Esa es la señal para disparar. Si estás en problemas, úsala.
    – Conner, estaré bien.
    – Ella llegará tarde. No te pongas ansiosa ni te alarmes. Su destacamento de seguridad entrará primero y hará un barrido de la habitación buscando gente como nosotros. Tú destacarás, cariño. Eres una mujer leopardo y los dos renegados van a percibir que estás cerca del Han Vol Dan. Eso los sacudirá, los pondrá más agresivos. No puedes quedarte a solas con ninguno de ellos. ¿Entiendes?
    – No estás hablando en otro idioma -siseó. La estaba poniendo más nerviosa. Todos y cada uno de los hombres del equipo ya le habían señalado lo mismo. Hasta Jeremiah.
    Él entrecerró los ojos. Le quemaron.
    – ¿Cómo? Si no vas a tomar esta amenaza seriamente, Isabeau, bien puedes quedarte aquí. En el coche.
    Ella alzó las manos en el aire.
    – Conner, me estás volviendo loca. Ya estoy lo suficientemente asustada. No tienes que seguir hablándome de esto. Sé lo que estamos haciendo. Sé lo que tienes que hacer y no tengo problemas con ello. Me quedaré muy cerca de Elijah, a menos que lo hayas amedrentado haciéndolo pensar que vas a matarlo si me mira de mal modo.
    Sonaba tan exasperada, que Conner sintió que parte de la tensión que sentía abandonaba su cuerpo. Le hundió los dedos en el sedoso cabello.
    – Lo siento, cariño. Quiero que estés a salvo. En este momento no puedo pensar en otra cosa aparte de eso. Dejarte entrar allí me resulta increíblemente difícil.
    Ella le enmarcó el rostro con las manos.
    – Para mí es peor dejarte entrar a ti allí. No le tengo miedo a Imelda Cortez.
    – Deberías.
    Ella le ofreció una ligera sonrisa.
    – Debería haber dicho que mi gata no tiene miedo. Está tan cerca, Conner y la deseo. Quiero ser capaz de usar su fuerza para ayudarte.
    – Tú solo mantente apartada de los renegados. No podrán resistirse a hacer el intento de encontrarse contigo a solas. Quédate con…
    – Elijah. Sí. Creo que en este punto comenzamos la conversación. Entra. Yo estaré bien.
    Se inclinó sobre él y le besó, agradecida por los cristales tintados de las ventanillas.
    – Maldición, Isabeau -estalló Elijah-. Cuando salgas, todos nosotros tendremos que abrazarte, frotarte para que quede nuestro olor sobre ti, de otra forma los renegados podrán captar únicamente el aroma de Conner.
    Rio miró a Conner furioso.
    – Ese es un error de novato.
    – Genial -musitó ella con rebeldía- van a pensar que soy una chica fácil y ligera.
    – Estoy comenzando a pensar que Conner tiene razón y deberías permanecer en el coche -dijo Rio.
    Isabeau puso los ojos en blanco y extendió la mano por encima de Conner para abrir la puerta de un empujón. No iba a permanecer en el coche.
    Conner simplemente se encogió de hombros antes de dejarle ver sus dientes en una sonrisa conspiradora. Salió del SUV y por primera vez le echó un buen vistazo a la propiedad donde residía Philip Sobre, el jefe de turismo. Al hombre le había ido bien. La extensa mansión de seis pisos estaba sobre una pendiente con vista al bosque. Desde la galería se podían dominar las vistas panorámicas así como también desde cada balcón, terraza y ventana de la gran casa. Árboles, con siglos de antigüedad, se alzaban en todo su esplendor, para rodear la casa y señalar la dirección hacia el pequeño lago que brillaba a poca distancia.
    La temperatura había empezado a descender y Conner podía oír los sonidos familiares de la selva tropical al caer la noche. El coro de ranas ya había comenzado, los anfibios de varios de los pequeños estanques y charcos de agua defendían sus territorios y lo hacían de la forma más melodiosa posible para atraer pareja. Más arriba, ocultos entre los grandes troncos y ramas, las ranas arbóreas hacían sonar sus extraños sonidos retumbantes, una canción que era más molesta, pero extrañamente reconfortante.
    Se hizo a un lado y permitió que Elijah ayudara a Isabeau a salir del vehículo. Todo el tiempo estuvo abarcándolos con la mirada, mientras inspeccionaba la propiedad era agudamente consciente de ella. De la forma en que se movía. Del sonido de su voz. De la forma en que las sombras acariciaban amorosamente su rostro.
    Una miríada de insectos se había unido a las ranas y las cigarras habían asumido un papel prominente en el coro. Más allá en la espesa negrura, su felino podía percibir e identificar otros roedores pequeños hurgando en el suelo del bosque. Tuvo el súbito impulso de cargar a Isabeau sobre el hombro y desaparecer en la oscuridad, a donde nadie pudiera encontrarlos jamás. Giró la cabeza para mirarla, a pesar de las órdenes que le había dado a ella de que debían aparentar indiferencia. No pudo evitarlo.
    Y ese, suponía, era el principal problema que tenía con Isabeau. Desde el principio, cuando la tenía cerca carecía de control y disciplina. Le había enseñado a complacerlo. Él era el dominante en la relación y aún así ella le tenía en la palma de la mano. Estaba envuelta tan firmemente alrededor de su corazón que no tenía salida. No había forma de culpar a su felino o al de ella, esto se trataba de la mujer, de toda ella.
    Sus ojos se encontraron. Dios, era hermosa, un espíritu brillante, resplandeciendo desde dentro hacia fuera. Iba a acudir a una fiesta llena de individuos corruptos que querían hasta el último dólar que pudieran robarle a la gente pobre que tenían a su alrededor. Ella acudía a la selva tropical a estudiar la manera de utilizar las plantas para curar a la gente. La mujer a la que iba a seducir era la peor de todas, no tenía ningún tipo de consideración por la vida humana. Su mujer quería que su hombre hiciera lo que fuera necesario para salvar niños que no eran suyos.
    – Te amo -le dijo. Austero. Tosco. Frente a todos los demás.
    Ella le dedicó una pequeña sonrisa y había orgullo en sus ojos.
    – Yo también te amo.
    Él se volvió y comenzó a caminar junto a Marcos Santos, el tío de Felipe y Leonardo. Le dolía el corazón y era difícil adoptar el papel de guardián personal. Rio le tocó el hombro suavemente y él desvío la vista hacia el líder del equipo.
    – La cuidaremos -le aseguró Rio.
    Isabeau era inteligente y aprendía rápido. Había estado entrando y saliendo de la selva tropical la mayor parte de su vida. Y comprendía muy bien a la gente. Debía confiar en sus habilidades. Le hizo un gesto afirmativo con la cabeza a Rio y continuó examinando su entorno mientras comenzaban a abrirse camino por el sinuoso sendero hacia la casa.
    La selva tropical era mantenida a raya por una multitud de trabajadores que luchaban continuamente contra ella. Cada vez que se le presentaba la oportunidad, el bosque intentaba reclamar la tierra perdida. Las raíces de las higueras formaban grandes jaulas a lo largo y ancho de la propiedad y las flores se ensortijaban sobre los troncos en una revolución de color. Las hojas de los filodendros, grandes como paraguas, se disparaban hacia arriba por los troncos y cada pilar imaginable, tornando al terreno en un enorme bosque de follaje.
    Las plantas resguardaban la casa del bosque circundante más efectivamente que la cerca alta que había sido añadida. Ya las plantas estaban entretejiendo su camino por las cadenas y preveía que dentro de unos pocos años, la casa quedaría completamente oculta ante los extraños. Pero por ahora, Jeremiah tenía una vista bastante clara a través de las hileras de ventanas, a lo largo de los balcones y las terrazas.
    La fuerza de seguridad que empleaba Philip Sobre estaba por todas partes, patrullando a pie los terrenos, exhibiendo armas, pero notó que nadie miraba hacia el alto dosel de hojas que había justo pasando el límite de la propiedad. Jeremiah podía estar tranquilo, al menos hasta que llegaran los leopardos renegados. Los hombres que había allí en ese momento, contratados para proteger a los que acudirían a la fiesta, no eran verdaderos soldados profesionales ni guardaespaldas. Conner sospechaba que eran hombres de la fuerza policial local ganándose algo de dinero extra.
    Mientras Marcos se aproximaba a la puerta principal, Felipe le puso la mano en el hombro y se apartaron para permitir que Conner entrara antes, sin ellos. Conner adoptó una expresión severa e impasible y se acercó a la puerta, abriéndose la chaqueta para que no quedara duda de que iba armado. El portero comprobó la lista, asintió y permitió que entrara. Recorrió cada habitación cuidadosamente y era una casa endemoniadamente grande. Tomó nota de las cámaras de seguridad, ventanas, salidas y escaleras. Ya habían estudiado un plano de la casa, pero los bosquejos no eran exactos. Habló en voz baja hacia su radio, describiendo a los otros integrantes de su equipo las remodelaciones que no estaban en los planos.
    Varias puertas del segundo piso daban a un patio donde crecían más plantas exóticas entre una serie de fuentes donde saltaban las carpas de estanque. Despachó la disposición a su equipo y a Jeremiah, dejando saber a Elijah y a Rio cuales eran las habitaciones donde sería más fácil proteger a sus «clientes», antes de dejar entrar a Marcos.
    Philip Sobre el jefe de turismo, se apresuró a adelantarse para saludar a Marcos Santos. Obviamente ignoró a Conner y a Felipe. Al ser un invitado importante, Marcos fue acompañado al interior de la casa.
    – Conmigo ha venido un amigo personal, Elijah Lospostos. Confío en que mi secretario le haya mandado una nota, ya que yo ya estaba de camino cuando me enteré que él estaba en su país. Vino a visitar a una prima que reside aquí. Ella también está con nosotros… Isabeau Chandler -dijo Marcos-. Si no son bienvenidos, nos podemos reunir en otra ocasión. -Su tono era casual como sólo podía serlo el de un hombre de negocios extremadamente rico que estaba acostumbrado a salirse con la suya-. Elijah trajo su propio servicio de seguridad con él. Uno de sus guardias personales es mi propio sobrino. Elijah es como un hijo para mí, al igual que mi sobrino. -Se dio media vuelta como si fuera a retirarse.
    Philip hizo varias reverencias.
    – Por supuesto que sus amigos son bienvenidos.
    Y tenía órdenes estrictas de asegurarse de que Elijah Lospostos se sintiera muy bienvenido. Le hizo señas al guardia personal de Elijah para que entrara y le lanzó una mirada furiosa al portero cuando el hombre lo detuvo para examinarlo en busca de otras armas aparte de la que llevaba a plena vista.
    Elijah apenas si saludó al hombre con la cabeza, dejando asomar brevemente sus dientes blancos en una especie de sonrisa, tenía aspecto de ser más peligroso que los animales salvajes que había en los alrededores de la propiedad. Rodeó a Isabeau con el brazo y la hizo entrar. Isabeau estaba vestida para la ocasión con una falda larga que oscilaba rozando sus tobillos y un top que acentuaba las curvas de su cuerpo. Tenía el esplendor y la seducción de una mujer cercana al Han Vol Dan. Su perfume era femenino y tentador. Era una visión vestida de azul y cuando Philip la vio, dio un traspié. Le tomó la mano, la miró fijamente a los ojos mostrando demasiada codicia y se inclinó sobre su mano como si fuera a besarla.
    Mientras ella sonreía gentilmente, Elijah le apartó firmemente la mano antes de que esos labios fríos pudieran tocar su piel.
    – Esta es mi prima favorita. -Volvió a dejar asomar sus blancos dientes y esta vez se veían un poco más afilados-. La tengo en gran estima. -Era una clara advertencia y todo hombre que estuviera lo suficientemente cerca como para oírlo reconoció la amenaza implícita.
    – Isabeau -murmuró Philip. Pareciendo incapaz de quitarle los ojos de encima.
    Elijah estudió a su anfitrión de cerca, inhalando su aroma. Habían investigado al hombre. Se mostraba ávido y dado a los excesos en el decadente estilo de vida que llevaba. Tenían informes de mujeres que habían sido retiradas de su casa mientras él observaba, con una leve sonrisa en los labios envuelto en una bata de seda y tomando un whisky. Dondequiera que se mirara se podían apreciar los signos de su opulento estilo de vida.
    Marcos tomó una copa de una bandeja, y sus ojos pálidos y brillantes examinaron a la criada. Desvío la mirada hacia Conner, que le hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza. La mujer estaba vestida con pantalones oscuros y una blusa blanca. En un lado de su rostro tenía un tenue moretón cubierto por una gruesa capa de maquillaje. Al ofrecer la bandeja de plata le temblaba levemente la mano.
    Rio les indicó que se adentraran más en la casa, hacia una de las habitaciones que Conner había señalado como la más segura. Tenía varias salidas y una disposición más expuesta. Philip los siguió, charlando acerca del nuevo hotel que se estaba construyendo y de lo necesario que era. De los trabajos, las ganancias y la cantidad de nuevas oportunidades turísticas que ofrecía. Marcos le escuchaba atentamente y murmuraba educadamente, mientras Conner se retiraba hacia las sombras, sabiendo que eso le haría aparecer más misterioso y más peligroso a los ojos de la gente de seguridad de Imelda Cortez cuando examinaran las grabaciones antes de permitirle entrar.
    Había estudiado cuidadosamente el perfil de Imelda. Deseaba un hombre dominante, uno que fuera muy peligroso, que la hiciera temblar, que le inspirara un poco de temor, pero uno del que pudiera deshacerse cuando se cansara de él. No, Elijah tenía el carisma y representaba el peligro que ella buscaba, pero era demasiado poderoso y nunca sucumbiría a la tentación, Conner estaba seguro de tener razón acerca de ella.
    Isabeau se paseó por la habitación y se detuvo frente a un mostrador. Látigos, azotes, bastones y varios otros instrumentos de tortura estaban desplegados en una gran caja de cristal. Philip se puso a sus espaldas. Cerca. Demasiado cerca.
    – ¿Te interesan estos instrumentos?
    Isabeau giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con expresión desdeñosa.
    – Difícilmente. Prefiero otras formas más placenteras de entretenimiento.
    – Tal vez pueda hacerte cambiar de opinión. El placer y el dolor a menudo se mezclan con resultados sorprendentes.
    Isabeau enarcó una ceja. Apenas había tenido unos minutos para formarse una opinión de Philip Sobre, pero dudaba que se necesitara mucho más que eso. El trabajo de Elijah era actuar como un primo sobreprotector mientras que ella debía mostrarse fastidiosa, entretenida y lo más seductora posible. Se especulaba que Sobre había estado visitando asiduamente a Imelda Cortez en su propiedad durante varios meses. Las visitas continuaban, pero ahora eran mucho menos frecuentes. Tenía la impresión de que Philip e Imelda compartían un fetiche similar acerca de usar los látigos sobre otras personas, pero no entre ellos.
    – ¿El dar o el recibir? -preguntó ella con una pequeña sonrisa que esperaba fuera misteriosa y moderadamente interesada-. Creo que yo preferiría ser la dadora. -Su felina se agitó, rebelándose ante la cercanía del hombre, que exhalaba su aliento a menta sobre ella y la miraba con ojos ardientes. Le picaba la piel y sentía movimiento en su interior, como de garras desplegándose lentamente.
    – En eso estoy de acuerdo contigo. Es exquisito observar el látigo cortando la piel. -Él inspiró y el aroma almizcleño de la excitación alcanzó la nariz de ella-. Empuñar el látigo, obtener el control y adquirir ese toque perfecto es una forma de arte.
    – ¿Una que has estudiado? -Isabeau se giró para enfrentarlo, recostando una cadera contra la pared y mirándolo por encima de la copa de vino que estaba fingiendo tomar. Philip Sobre era un sádico. Se había excitado sexualmente ante la idea de rasgarle la piel con el látigo a una persona indefensa. Los rumores acerca de Imelda Cortez proliferaban. Su crueldad era legendaria, como antes había sido la de su padre. Era natural que gravitaran uno hacia el otro. Y Philip estaba en posición de conseguir un interminable suministro de victimas para compartir con Imelda.
    – Por supuesto -dijo Philip-. Extensamente. -Sus ojos tenían una expresión ardiente y especulativa que hizo que a Isabeau se le revolviera el estómago a modo de protesta.
    Había vivido gran parte de su vida en la selva tropical. La disparidad económica entre ricos y pobres era enorme. El ardiente calor de la jungla a menudo hacía aflorar lo peor de la gente y la lejanía de la civilización a veces atraía a los más depravados, a los que pensaban que estaban por encima de la ley y que les estaba permitido hacer lo que quisieran. Creían que los nativos eran inferiores a ellos y que si desaparecían unos cuantos nadie los extrañaría. Había visto esa actitud muchas veces en su vida, pero Philip era descarado al respecto.
    Ella mantuvo su sonrisa y se sintió agradecida cuando Elijah cruzó la habitación, se puso a su lado y la tomó por el codo. Ella sabía que Philip percibía a Elijah como a un tiburón, que era la misma opinión que tenía de sí mismo. Elijah se inclinó para susurrarle al oído, sin quitarle los ojos de encima a Philip.
    – Sigue así, te ves indiferente y serena con la justa pizca de altivez. Supongo que los videos de seguridad están siendo revisados en este mismo momento. Ella se sentirá intrigada por el interés que Sobre demuestra por ti. Y no hay forma de que pasen por alto a Conner merodeando entre las sombras.
    Ella le sonrió y le tocó la mejilla afectuosamente, mostrándose lo más cariñosa posible. Era extraño. Ella conocía los antecedentes de Elijah, de donde provenía y lo que había hecho en su vida, la mayor parte de lo cual no era bueno y aún así tenía una esencia límpida. Philip llevaba la depravación adherida. Le resultó difícil evitar mirar en dirección a Conner mientras Elijah la llevaba de regreso hacia donde estaba Marcos, que la recibió alzando su copa de vino y haciéndole un chiste. Fue muy consciente del momento en que Philip se les unió, situándose junto a ella, con lo cual quería hacer ver a todos que a pesar de la clara advertencia que Elijah le había dado, se sentía a salvo bajo la protección de Imelda Cortez.
    Definitivamente allí mandaba Cortez. Se podían ver señales de ello en el sistema de seguridad y en las armas que poseían los guardias de Philip. Las armas eran demasiado sofisticadas para los hombres que las portaban. Este era el ejército personal de Sobre, no el de Imelda y Philip era demasiado perezoso o demasiado tacaño para emplear mercenarios o ex soldados. Tal vez no creía que fuera necesaria la seguridad, de la misma forma en que Imelda creía que sí. Pero Imelda y Philip definitivamente estaban asociados, sino él no tendría esas armas y ese sistema de seguridad. Como jefe de turismo, estaba en posición de ayudarla a sacar sus drogas del país. Y obtenía un cheque abultado por sus servicios.
    Isabeau se dio cuenta de que Philip intentaba ejercer su supuesto encanto con Marcos. Marcos era un hombre mayor y probablemente Cortez pensara que podía seducirlo o chantajearlo para que hiciera negocios con ella si la oferta de negocios que le hacía no era tan bondadosa como él esperaba. Elijah era otra cosa. Joven. Viril. Con reputación de ser un dictador despiadado de su cártel. Sus hombres eran extremadamente leales y sus enemigos tendían a morir rápidamente. Ninguno de ellos había esperado que estuviera con Marcos.
    En otra media hora Imelda estaría allí y la tensión se dispararía hacia las nubes. Mientras tanto, el equipo intentaría obtener la mayor cantidad de información posible acerca de Sobre sin preguntar nada acerca de Cortez. Él tendría que sacar el tema e Isabeau estaba segura de que lo haría puesto que ya estaba mencionando nombres de celebridades que habían cenado con él o uno de sus asociados. Era un hombre vanidoso y pomposo, pero no iba a subestimarlo. No había llegado a la posición que ocupaba por ser estúpido.
    – Tiene una casa hermosa, señor Sobre -le dijo-. Es algo… inesperado.
    Él se acicaló y se pavoneó un poquito.
    – Estamos bastante a la moda incluso aquí en este lugar. -Le sostuvo la mirada-. Aquí hacemos nuestras propias reglas y vivimos como queremos.
    Por encima de la copa de cristal le dedicó una sonrisa bella y frívola.
    – Bueno parece estar haciendo un buen trabajo. ¿De dónde ha sacado todos estos sirvientes?
    Utilizó la palabra sirviente a propósito, haciendo que su tono fuera un tanto despectivo al señalar a la mujer uniformada. Casi todos eran mujeres pero notó un par de hombres recorriendo la habitación. Tenía la certeza que no formaban parte de la seguridad. Mantenían la mirada baja al llenar las bandejas con comida y moverse entre los invitados. Algunas mujeres vestidas con costosos atuendos los recorrían con sus manos, tocándolos de forma inapropiada. Estaba dispuesta a apostar que los hombres y las mujeres que subían a los pisos superiores se beneficiaban de otros servicios que se les exigía a los sirvientes que prestaran… y lo más probable era que los invitados fueran filmados secretamente mientras se divertían.
    Sabía que su equipo pensaba que solo tendrían una hora o dos antes de que Imelda llegara. Todo lo que Isabeau sabía acerca de la mujer indicaba que era alguien que deliberadamente haría que los que la rodeaban se sintieran inferiores. Imelda se mostraría fría, cortante y hasta cruel con aquellos que creyera inferiores a ella. Si en verdad era Imelda la que le daba órdenes a Philip, él solo tenía hasta que la mujer apareciera para convencer a Isabeau de que era alguien importante. Después de eso, Imelda lo denigraría.
    Debido a que pensaba que era prima de Elijah, Sobre contaba con que ella supiera a qué se dedicaba Elijah. Como jefe de un cártel propiedad de una peligrosa familia Elijah debía ser considerado a la misma altura que Imelda. Lo que todos se preguntaban era si Marcos estaba relacionado con él y era parte de ese cártel o si venían juntos para negociar una alianza.
    Marcos le acarició el trasero a una criada y la mujer desvío la vista y le permitió una inspección más cercana. Isabeau mantuvo la expresión inalterable cuando en realidad quería arrojarle su copa al hombre mayor. ¿Qué sabía acerca de él? ¿Por qué los demás le permitían comportarse de esa forma? Se obligó a respirar, a absorber los aromas que había a su alrededor para que su felina los procesara.
    Predominaba el miedo. Odio. Furia. Todas bullendo debajo de la superficie. Ciertamente podía oler la lujuria pero no provenía de Marcos. Él solo estaba actuando. Igual que ella. Igual que haría Conner. Debía creer en eso.
    Miró a Elijah. Lo sabía. Todos lo sabían. Esto era más que drogas y secuestro. No le habían dicho con qué esperaban encontrarse. Si lo hubiera sabido al entrar jamás hubiera sido capaz de sonreírle a Sobre. Lo habían hecho a propósito para que pareciera inocente en medio de una jungla llena de depredadores. Estaba dispuesta a apostar la vida a que habían descubierto que algunos de los preciados turistas que Sobre atraía a su parte del bosque tropical habían desaparecido sin dejar rastro. Sería tan fácil.
    ¿En qué estaba pensando? ¿Que el obsequioso hombre que le estaba dando otra copa de vino era en realidad un asesino en serie de hombres y mujeres jóvenes? ¿Que usaba su posición para su propio placer sádico? Para cubrir esos atemorizantes pensamientos, levantó la copa hasta los labios. Llegó a tomar un trago antes de que el aroma la golpeara. Estaba drogada. Se mojó los labios y volvió a mirar a Elijah. Esta vez él reaccionó, devolviéndole la sonrisa le quitó la bebida de la mano y se la llevó a la boca. A ella se le atoró la respiración en la garganta y casi le grita para que se detenga.
    La criada chocó con fuerza contra Elijah, haciendo volar la bebida. La copa se estrelló contra el suelo y el contenido terminó en la inmaculada camisa de Elijah. La bandeja resonó contra el suelo y la comida se desparramó por todos lados.
    – ¡Teresa! -rugió Philip, y su puño pasó a un mero centímetro de Isabeau al salir disparado hacia el rostro horrorizado de la mujer.
    El chasquido de piel golpeando contra piel fue sonoro. Toda conversación cesó y la habitación quedó sumida en un silencio sepulcral. Conner estaba de pie delante de la mujer, con la mano de Philip en su puño. Nadie lo había visto moverse. Se veía severo. Peligroso. Sus ojos dorados fulminaban al hombre más pequeño.
    – Tal vez no se dio cuenta, pero usted chocó con la mujer y la tiró sobre el señor Lospostos. -Habló en voz tan baja que Isabeau dudaba que alguien aparte de su pequeño grupo pudiera oír sus palabras-. Y casi golpea a la señorita Chandler.
    Philip Sobre tenía aspecto homicida pero luego esa oscura promesa desapareció de sus ojos y sonrió.
    – Supongo que no me di cuenta.
    Conner soltó el puño de Philip y dejó caer el brazo a un lado. Isabeau sabía que las cámaras habían grabado cada momento e Imelda estaría intrigada por esa interesante jugada por parte del guardaespaldas. Había defendido a una sirvienta. Y se había movido tan rápido que en las cámaras debía haber aparecido como un borrón. Estaría más que intrigada. Querría acercarse a semejante hombre tan atrevido y peligroso. Ni una vez había mirado a los guardaespaldas de Philip, como si no fueran dignos de ser notados y no representaran ninguna amenaza para él.
    El corazón de Isabeau comenzó a latir con fuerza y podía saborear el miedo en la boca. Conner se estaba poniendo en una situación comprometida y estos hombres eran asesinos. Hasta sospechaba que la comadreja de Philip, que volvía a comportarse afable y encantadoramente, ordenando a sus criados que ayudaran a Teresa a limpiar, era un asesino. Philip aparentó ignorar a Conner pero ella le vio mirar varias veces hacia la pared en sombras donde, una vez más, Conner había desaparecido.
    Si Adán hubiera sabido algo de Sobre, nunca hubiera permitido que ella le convenciera sobre traer a un equipo que volviera a secuestrar a los niños. Entonces ¿cómo había conseguido Conner la información? Porque definitivamente ellos sabían que algo iba mal con el jefe de turismo y habían venido preparados. ¿Qué otras fuentes tenían?
    – Isabeau, acompáñame a buscar una camisa limpia -ordenó Elijah. Dirigiendo otra mirada fulminante a Philip, la tomó por el brazo y la llevó en dirección a la entrada-. Te estás mordiendo el labio.
    – ¿Sí? -Sentía que podía volver a respirar al estar lejos de la presencia del jefe de turismo y su tendencia a lastimar a los demás.
    – Lo haces cuando estas alterada.
    – ¿Cómo supiste lo de Sobre? Es un sádico, ¿verdad?
    – Es un asesino. Le gusta lastimar a la gente. Se excita haciéndolo. Por lo que sé, le da igual que sean hombres o mujeres y en Imelda tiene a la socia perfecta. Ella comparte su sucio secretito, de hecho, lo alienta. En tanto mate a sus víctimas, ella puede controlarlo.
    – Parecen la pareja perfecta.
    – Fueron pareja durante un tiempo. Sospecho que Imelda necesita una personalidad dominante y Philip nunca será eso para ella. Le tiene demasiado miedo.
    Elijah se apartó para permitir que Rio le abriera la puerta del SUV. Elijah le indicó que entrara al coche.
    – Cuando regresemos adentro, quiero que parezca que acabas de recibir un sermón del cabrón de tu primo. Sobre supone que no quiero que te acerques a él… lo cual es cierto. Sé exactamente la forma en que funciona su mente. Piensa que tengo debilidad por mi prima y como él no se detendría ante nada para obtener lo que desea, cree que yo tampoco lo haría.
    – Me da asco. Su olor. Sus ojos. La forma en que me mira. Todo en él. En esa bebida había algo.
    Elijah asintió.
    – Logré olerlo. -Se desabotonó la camisa-. Si la criada no hubiera chocado conmigo, hubiera encontrado la forma de tirarlo. ¿No te parece interesante que no me quiera drogado? Cortez ansía hablar conmigo más de lo que yo esperaba.
    – ¿Cómo sabía Rio lo de Sobre?
    – Adán le dio a Rio el diario de Marisa como prueba de quién era. Necesitaba demostrar que no deseaba hacernos daño. Ella estaba investigando a Sobre. Ya hacía un tiempo que sospechaba de él. Aparentemente… -sacó una camisa negra de una pequeña maleta, dedicándole una pequeña sonrisa-…siempre hay que estar preparado.
    Ella hizo girar la mano un par de veces, trazando un círculo, para indicarle que continuara.
    – Aparentemente… ¿qué?
    – En los últimos años han desaparecido varias mujeres en el área, las suficientes como para que Marisa comenzara a sospechar. Ella era la «mujer médico» por estos lados y era solicitada por mucha gente, tanto de las tribus como de otras aldeas por eso se enteraba de más cosas que los demás.
    – ¿Y ella oyó hablar de Sobre?
    Elijah asintió mientras se abotonaba la camisa.
    – Ella lo puso en la mira después de que desapareciera una joven inglesa. La mujer había venido con tres amigas a hacer una excursión por la selva tropical. De alguna forma se distanció de las demás y nunca más la encontraron.
    – ¿Por qué Sobre?
    – Sobre les había indicado un trayecto en particular, uno poco conocido y no les recomendó que llevaran un guía. Al menos eso fue lo que dijeron las otras dos mujeres. Él afirma que mencionó ese trayecto en una conversación que mantuvo con ellas y que hasta les entregó tarjetas con los nombres de algunos guías turísticos.
    – ¿Qué más? -Sabía que había más y no sabía si sentirse enojada o sólo asqueada por haber entrado en la guarida de Sobre sin que su equipo le hubiera revelado todo lo que sabía.
    – Sobre llegó aquí a los diecisiete años. Ahora tiene cincuenta y uno. Marisa descubrió que hacía treinta y cuatro años que estaban desapareciendo mujeres.
    Ella presionó los dedos contra su boca.
    – Dios mío, realmente es un asesino en serie.
    – Esa fue la conclusión que sacó Marisa.
    – ¿Crees que Sobre sabía que estaba tras su pista? ¿Puede haber usado deliberadamente a Suma y la incursión en la aldea teniéndola a ella como objetivo?
    – Tal vez, pero posiblemente nunca lo sepamos. Es casi seguro que Imelda Cortez lo sabía y probablemente no solo lo haya alentado, sino que también debe haberle ayudado. Tienen un vínculo, esos dos, que es depravado, corrupto y definitivamente enfermizo.
    – Lo sabías al entrar -dijo Isabeau- y no me lo dijiste.
    – Imelda Cortez nunca se deja ver a menos que tenga absoluto control sobre la situación, si va a concurrir a esta fiesta en la residencia de Philip Sobre, significa que lo tiene metido en el bolsillo. Después de leer las sospechas de Marisa, no fue difícil saber por dónde comenzar nuestra investigación. No estaba muy alejada del rastro. Cada uno de nuestros leopardos despreciaba instintivamente al hombre -señaló Elijah.
    – Y Conner acaba de ponerse en una situación comprometida -dijo Isabeau-. Sobre le desprecia y después de esa humillación pública buscará cualquier excusa para matarlo, e Imelda le deseará porque hizo quedar mal a Sobre. ¿Tengo razón?
    Elijah asintió.
    – A eso vinimos, necesitamos introducirnos.
    – Y Conner quiso apartar la atención de Sobre de mi persona atrayéndola hacia él -adivinó.
    – Eso también. Es importante que manipules a Sobre sin que se dé cuenta, Isabeau. Esta es la primera vez que te ves en una situación como ésta y ninguno de nosotros sabía cómo lo harías.
    Ella alzó la barbilla.
    – ¿Y si me hubiera ido con él?
    – Nadie te sacó la vista de encima en ningún momento. Eso no hubiera sido permitido. Soy el gran primo malo y Rio y Felipe son nuestros guardianes personales. Si le ordeno a uno de ellos que acarree tu culo al coche, lo hará sin dudarlo y nadie sospechará nada. -Tenía la mano en la manivela de la puerta, pero no la abría.
    – Puedo hacerlo -le aseguró.
    – ¿Estás segura? No puede haber errores, Isabeau. Hay demasiadas vidas en juego y no tenemos pruebas de nada. En todo caso, puedes apostar que cualquier representante de la ley de por aquí está con Imelda o le tiene terror. Demonios, a la mayoría de ellos le están pagando dinero extra por custodiar la fiesta de Sobre.
    – Dije que podía hacerlo. Conner, está allí fuera, arriesgándose -dijo-. Voy a cubrirle la espalda. Y no creas que no haré cualquier cosa que sea necesaria para asegurarme de que salga vivo de ésta.
    Elijah estudió su gesto decidido y luego asintió.
    – Buena chica. -Le alborotó el cabello y le frotó el rostro, dejando manchas de color en su piel y haciendo que sus labios parecieran un poco hinchados como si hubiera estado besándola.
    – Esperemos que Conner no me arranque el corazón y me lo meta por la garganta.
    Ella se obligó a sonreír.
    – Me aseguraré de parpadear conteniendo un par de lágrimas, para hacerte parecer realmente malvado.
    – El primo cabrón no quiere que su besable prima ande coqueteando con nadie más, has recibido una fuerte reprimenda y luego nos reconciliamos.
    – Sobre no se opondrá a ti, no sin el permiso de Imelda -señaló Isabeau.
    – Y eso es lo que te mantendrá a salvo. Ahora permanece cerca de mí. Tócame de manera ocasional, pero hazlo sutilmente. Quiero que vean la relación sin tener que refregárselas por la cara.
    – Como si estuviéramos ocultándola.
    – O al menos como si no quisiéramos que fuera de público conocimiento. Ahora, Isabeau, existe un riesgo. Por un lado, en tanto piensen que tienen una oportunidad de hacer negocios conmigo, es la manera perfecta de mantenerte a salvo, pero por otro lado, si deciden que deben mantenerme a raya o que deben tratar de influenciarme mediante una amenaza, tú serás la primera en estar en peligro. Esa es la forma en que piensan.
    Ella asintió.
    – Soy consciente de ello. Realmente, Elijah, puedo hacerlo. Dejando de lado mi relación con Conner, traeros a vosotros aquí fue idea mía y estoy dispuesta a correr el riesgo junto con vosotros.
    Él abrió la puerta y allí estaba Rio mirando hacia la casa, con expresión ausente, como si ella fuera solo otro cuerpo al que resguardar. A Isabeau le sorprendía la forma en la que todos ellos se las arreglaban para parecer siniestros, peligrosos y profesionales todo al mismo tiempo.
    Le dedicó a Elijah una pequeña sonrisa cuando él le puso la mano en la parte baja de la espalda de forma casual
    – Apuesto a que Sobre daría cualquier cosa por tener a nuestros guardaespaldas.
    – Guardianes personales -le corrigió, haciéndole un guiño.
    Caminó más cerca de Elijah de lo que lo había hecho anteriormente, pero manteniendo igualmente una distancia que podía ser considerada discreta. El portero les dejó entrar. La música parecía estar más fuerte y las habitaciones mucho más atestadas. Elijah la tomó por el codo con actitud posesiva y la guío a través de la muchedumbre. Rio lideraba el camino y Felipe iba a la retaguardia. Notó que la multitud se apartaba a su paso y que nadie chocaba con ellos
    Marcos, con Leonardo a su lado, estaba en un rincón hablando con Philip. Teresa, la criada, estaba de pie junto a Marcos y tenía aspecto desdichado. De vez en cuando Marcos le frotaba el brazo o la parte baja de la espalda y ella saltaba, pero no se apartaba. Mientras se aproximaban al pequeño grupo, Philip levantó la vista, su rápida inspección tomó nota de la apariencia levemente desarreglada. Isabeau se aseguró de que captara el brillo de las lágrimas antes de pestañar para apartarlas. La mirada de Philip bajó hasta los dedos que Elijah le estaba clavando en el codo antes de volver a mirar a Marcos.
    – Teresa se sentirá más que feliz de hacerte sentir muy bienvenido, ¿no es verdad?
    La criada asintió, con aspecto más desdichado que nunca. Philip le frunció el ceño y ella se obligó a sonreír.
    – Por supuesto.
    Marcos le palmeó el trasero íntimamente.
    – Más tarde. No te pierdas.
    Rápidamente Teresa hizo efectiva su huida. El suelo donde había ocurrido el derramamiento, estaba inmaculado y Philip era todo sonrisas, ahora que pensaba que Marcos utilizaría las habitaciones del piso superior. Isabeau levantó la mano y frotó la comisura de la boca de Elijah quitando lápiz labial imaginario y luego bajó la mano rápidamente.
    – No has probado las tartas de hongos -le dijo Philip a Elijah.
    – Están fabulosas -coincidió Marcos, haciendo ver que él y Philip se habían convertido en grandes amigos-. Y las tartas de cangrejo son aún mejores. Realmente debes probarlas, Elijah.
    Elijah asintió sonriendo levemente.
    – Siempre has sido un buen juez de comida, Marcos. Sé que nunca me darás un mal consejo.
    – También es un buen juez de mujeres -dijo Philip, mirando a Isabeau con una sonrisa maliciosa-. Teresa es hermosa.
    Elijah deslizó el brazo alrededor de Isabeau y la apartó del camino de Philip cuando éste los condujo hacia la larga mesa de buffet. Lo hizo de forma casual, como si estuviera simplemente ayudando a su prima, pero sabía que Philip lo tomaría como un gesto posesivo. Isabeau le pertenecía a Elijah y todo el resto del mundo debía apartarse de ella. Philip exhibía una recóndita sonrisa mientras les señalaba las variadas exquisiteces.
    – ¿Te gustaría bailar, Isabeau? -le preguntó, con otra sonrisa.
    Fiel al papel que representaba, ella miró a Elijah como si titubeara y éste le devolvió la mirada con expresión ceñuda. Apresuradamente, negó con la cabeza.
    – No, gracias. Creo que quiero probar la tarta de cangrejo.
    – Verás que tengo un chef excelente -dijo Philip.
    Elijah lo miró, con expresión aburrida.
    – Es asombroso que puedas atraer a cualquier persona hasta este lugar.
    El rostro de Philip se ruborizó solo un poco, pero se las ingenió para conservar la sonrisa ante el insulto implícito.
    – Secretos, todo el mundo tiene secretos. Es cuestión de acumular algunos de ellos.
    Una lenta sonrisa, con solo un leve toque de admiración, iluminó el rostro de Elijah durante un momento. Isabeau quedó impresionada con su apariencia. Fue como si hubiera agitado una varita mágica frente a Philip.
    – Supongo que sí. ¿No es increíble como la palanca adecuada puede hacer cambiar de opinión a la gente?
    Philip se infló otra vez, viéndose extremadamente complacido, como si en ese preciso momento se hubiera ganado a Elijah Losposotos, el infame señor de las drogas. Isabeau se dio cuenta que la ruina de Philip era su vanidad. No tenía suficiente gente que admirara sus habilidades y necesitaba una audiencia. Sus actividades criminales lo aislaban de la mayoría. Solo tenía a sus víctimas y a Imelda Cortez para que vieran su verdadera personalidad y para él, Imelda representaba un peligro. Aquí había un grupo de tiburones. Lo reconocía y quería formar parte de él.
    – Elijah -dijo Marcos- tal vez podamos quedarnos unos pocos días más y disfrutar de las ofertas de la pequeña ciudad que Philip tiene aquí.
    Isabeau no podía creer la transformación que había sufrido de hombre jovial, cariñoso y paternalista a hombre ávido de excesos, buscando desbocarse y tomar parte en cualquier depravación que pudiera. Su rostro estaba algo ruborizado, tenía los ojos nublados, como si hubiera bebido un poco demás y miraba a las mujeres un poco demasiado tórridamente. Se sintió incómoda, casi creyéndose su actuación. Elijah le acarició la espalda con la mano, la rozó, tocándola apenas, pero sabía que Philip había captado el movimiento por el rabillo del ojo. Ella interpretó su papel, levantó la mirada hacia Elijah y le sonrió levemente, sonrojándose apenas.
    Su felina saltó, se ubicó a flor de piel, protestando ante el toque de otro hombre. Oyó el gruñido en su mente, y el impulso de apartarse de ellos y salir de allí fue poderoso. Le picaba la piel.
    Rio volvió la cabeza para mirarla. En las sombras, Conner se agitó. Felipe y Leonardo se movieron apenas lo suficiente como para ocultarla a la vista de la mayor parte de la gente de la habitación. Elijah bajó la cabeza acercándose mucho pero sin tocarla.
    – Respira para apartarla. Tranquilízala -le aconsejó, manifestándose increíblemente íntimo, su rostro una máscara de ternura.
    Isabeau respiró hondo, intentando no entrar en pánico. Sabía que la felina quería salir. No le gustaba el aroma predominante a decadencia y corrupción. Le dolían las articulaciones. La mandíbula. Hasta los dientes. Se le encorvaron los dedos y le ardieron las puntas. Para su horror pudo ver la piel separándose a lo largo de la palma de su mano. Jadeando, cerró la mano y ordenó mentalmente a su gata que obedeciera.

Capítulo 12

    Isabeau no permitiría que su gata surgiera aquí, en medio de este grupo loco y volara sus oportunidades de eliminar a estas personas repugnantes. Eso no iba a suceder. Siseó a su gata, de repente furiosa por que la criatura eligiera este momento para decidir surgir. Había tenido su oportunidad en la selva tropical cuando Conner estuvo con ella y podía haber sido una experiencia maravillosa.
    – Tú. No. Lo. Harás. -Siseó cada palabra entre los dientes, manteniendo la cara cerca del pecho de Elijah. No se atrevía a tocarle, aunque necesitara desesperadamente tranquilidad. Estaba agradecida de que Conner no se apresurara a su lado. Dudaba que pudiera permanecer bajo control si lo hacía. Se habría lanzado a sus brazos, en medio de su temor creciente. Trató de pensar como él. Conner estaba siempre tranquilo. Se negaba a mostrar temor o a permitir que el temor lo paralizara. ¿Qué había dicho él? Que su gata formaba parte de ella. Y ella ciertamente podía controlarse.
    Tomó otro aliento y forzó su voluntad sobre la gata furiosa, respirando por ella, calmándola, susurrándole en la cabeza. Conner era su compañero. No había ningún otro. Esto era todo por Conner. Para protegerle. Para proteger a su gato. Perdió la pista de lo que estaba diciendo e incluso del paso de tiempo, confiando en que Elijah y Marcos siguieran con la conversación que fluía en torno a ellos. Philip continuaría creyendo que ella estaba bajo el control de Elijah y que él la deseaba para que estuviera a su lado, como su adorno y nada más.
    Le llevó varios minutos a su gata someterse a su control, calmándose pero dando a conocer sus necesidades, dejando a Isabeau con un elevado estado de sensibilidad y conciencia. Todos los sentidos estaban agudizados. El cuerpo le dolía, cada músculo, cada articulación. Los senos estaban tan sensibles, que cada vez que se movía, los pezones rozaban el sujetador de encaje y enviaban una corriente eléctrica crepitando directamente a la unión entre las piernas. Se dolía por Conner, en busca de alivio.
    Era una venganza apropiada, pensó. Había negado la salida de su gata, pero no podía detener las necesidades de su especie. El Han Vol Dan. Ese momento misterioso cuando su felina era puesta en libertad y se unía por completo con su forma humana. El asombroso celo del leopardo hembra, surgiendo con un hambre desesperada e insaciable que nunca podía ser saciada por cualquier otro que su compañero.
    – Buena chica -susurró Elijah en su oreja, pareciendo íntimo, pero cuidadoso de no tocarla e incurrir en la ira de su leopardo hembra.
    Antes de que ella pudiera contestar, el cuarto se quedó silencioso cuando cuatro hombres con pantalones y camisas negras entraron por las dobles puertas. La entrada estaba diseñada para ser dramática y lo fue. Llevaban armas automáticas, llevaban oscuridad, gafas de sol de espejo y a Isabeau le parecieron gánster de televisión. El estómago se le apretó cuando presintió la reacción instantánea del leopardo de Elijah.
    La tensión en el cuarto era sorprendente, casi al punto de ruptura cuando los hombres empujaron a las parejas contra la pared y empezaron sistemáticamente a registrarles. Era una muestra de poder, lisa y llanamente, una lección para demostrar quien estaba realmente al cargo. El ultraje en las caras de las parejas era aparente, pero ni una sola persona protestó.
    La música que sonaba acompañaba el sonido de las respiraciones entrecortadas, los gruñidos y los jadeos ultrajados mientras las mujeres eran registradas. Elijah y Marcos miraron sin inmutarse como los cuatro hombres se acercaban más y más, pero ninguno se movió. Isabeau se quedó cerca de Elijah, el estómago se le llenó de nudos cuando el equipo de seguridad se acercó más. Sabía que este tipo de búsqueda era excepcional y era simplemente la manera que tenía Imelda de hacer una dramática gran entrada, pero con su elevada sensibilidad podía sentir a los hombres alrededor de ella, como su energía se volvía más peligrosa mientras los guardias se acercaban.
    Justo cuando dos de los hombres vestidos de negro alcanzaron a Marcos y Elijah, Conner surgió de las sombras, colocando su cuerpo sólidamente en su camino. Rio, Felipe y Leonardo estaban allí también. Se habían movido tan rápidamente que ella pensó que debía haber parpadeado. Elijah, muy suavemente, la empujó detrás de él.
    Conner miró directamente a esas gafas de espejo.
    – No lo creo. -Su voz fue tranquila, pero era un látigo, un desafío.
    – Registraremos a todos.
    La sonrisa de Conner fue lenta y no hubo humor en ella.
    – Estarás muerto antes de que les pongas un dedo encima a estos tres. Pero siempre eres bienvenido a intentarlo.
    La boca de Isabeau se le secó. Estaba provocando a los guardias deliberadamente. Estaban enviando su propio mensaje a Imelda. La mujer era conocida por su locura. Podía ordenar a sus hombres que abrieran fuego con las armas automáticas, matando a todos en el cuarto. Las otras parejas en el cuarto estaban claramente sorprendidas, jadeando. Una mujer comenzó a llorar pero su compañero la hizo callar rápidamente.
    Conner nunca apartó la mirada, los ojos puro gato. Parecía relajado. Parecía… Mortal. Hizo que los hombres que tenía enfrente parecieran pequeños.
    El hombre más cercano a él habló por la radio.
    – Martin, tenemos un problema aquí dentro.
    Casi inmediatamente dos hombres entraron en la sala. Ambos tenían la constitución de los leopardos y se movían con fluido poder. La felina de Isabeau reaccionó con un gruñido y saltó. Ella vio, porque le estaba mirando, como Conner flexionó los dedos sólo una vez cuando el hombre que se consideraba que había matado a su madre entró en la sala. Isabeau reconoció a Suma por la aldea y el estómago se le rebeló ante la vista de él, casi tanto como a su gata.
    Acostumbrados a la obediencia instantánea y a que la gente se encogiera ante cualquier oposición, Martin Suma y Ottila Zorba empujaron a la fuerza de seguridad a un lado y estuvieron casi nariz con nariz con Conner antes de que los golpeara a que se estaban enfrentando exactamente. Martin se encontró mirando fijamente los ojos concentrados de un asesino. Conner sonrió. No fue una sonrisa agradable. La tensión en el cuarto se estiró casi al punto de ruptura mientras los dos se miraban fijamente el uno al otro.
    Ottila, el que no estaba encerrado en un combate con Conner, inspeccionó la seguridad en busca de los dos visitantes, reconociéndolos instantáneamente como leopardos. Inhaló bruscamente y atrajo el olor de hembra cerca del Han Vol Dan a su cuerpo. Inmediatamente su felino reaccionó, todo macho, el hambre le invadió, una oscura necesidad que lo abarcaba todo. Miró más allá de los otros y se centró en el objeto de su deseo.
    Martin fue el siguiente en captar el olor y su mirada se movió bruscamente a la mujer que estaba detrás del hombre al que conocía como Elijah Lospostos, cabeza de un gran cártel de droga y según todas las cuentas un hombre muy poderoso y peligroso. Sólo entonces se dio cuenta de que no sólo eran leopardos el equipo de seguridad, sino que la mujer y los dos visitantes también lo eran. Estaba frente a siete leopardos, todos armados. La auto supervivencia fue fuerte y le dictó que retrocediera inmediatamente.
    Isabeau vio el conocimiento que golpeó a los dos guardias casi al mismo tiempo. Los ojos les brillaron con maldad. Ella nunca querría encontrarse con ninguno de ellos a solas en una noche oscura. Estos eran los hombres que habían raptado a los niños y matado a varios aldeanos y a la madre de Conner. No podía controlar el latido desenfrenado de su corazón.
    Elijah alcanzó detrás de él, un gesto casual y apacible y le colocó la mano en el brazo. Ese pequeño toque la calmó. Inhaló y se forzó a respirar normalmente, ralentizando el pulso. No podía tener miedo de ellos. Su gata detestaba el olor de los dos leopardos renegados, pero reconoció a Conner inmediatamente, casi ronroneando ante su cercanía.
    Una conmoción atrajo a la puerta su atención. Isabeau se asomó en torno a Elijah y captó el primer vistazo de Imelda Cortez. Llevaba un vestido largo y fluido de color rojo sangre, a juego con las largas uñas y el pintalabios. El pelo, tan negro como el ala de un cuervo, estaba recogido en un intrincado moño para que las deslumbrantes gemas de las orejas y la garganta resaltaran. El vestido estaba cortado casi hasta el ombligo para que los globos perfectos de los senos asomaran hacia fuera, haciendo que Isabeau se sintiera apagada e infantil en comparación.
    Imelda entró en el cuarto con los afilados tacones carmesí, los ojos oscuros se posaron instantáneamente sobre Conner, su mirada hambrienta le devoró en un examen lento y ávido que se embebió de los hombros anchos y el ancho pecho. No había error en el aura de peligro que él exudaba e Imelda inhaló bruscamente, los senos subiendo y bajando, con el serio peligro de que se desparramaran fuera del vestido.
    La gata de Isabeau se volvió loca, desgarrando, arañando y gruñendo, reconociendo a una enemiga, desesperada por la libertad de destruirla. Por un momento terrible Isabeau estuvo segura de que no podría evitar que su leopardo surgiera y matara a la mujer en un ataque de furia. Los músculos se le retorcieron. Los huesos estallaron. El dolor explotó en su mandíbula y la boca pareció llenársele de dientes.
    ¡No! ¡No lo harás! Luchó contra el leopardo. Él nos necesita. A ambas. Llenó la mente de la gata con Conner, extrajo fuerza de él, de su amor a él. Y ella le amaba con cada fibra de su ser. Haría esto por él.
    Imelda Cortez era alta y delgada, muy a la moda, pero le recordó a Isabeau una mantis religiosa, un insecto preparado para golpear a su presa a la primera oportunidad que tuviera. La mirada ávida de Imelda se deslizó con desdén sobre Isabeau una vez, pero se movió rápidamente a los hombres del grupo, un nuevo suministro de hombres para su apetito voraz. Eso les dijo a todos que Imelda no era leopardo o parte leopardo. Habría sabido que Isabeau estaba cerca del Han Vol Dan y que por lo tanto era su amenaza más grande. Los dos leopardos renegados estarían consumidos por su presencia. Su deber hacia Imelda estaría en segundo lugar frente a su necesidad de aparearse con un leopardo hembra en medio del Han Vol Dan.
    Imelda se movió a través del cuarto, consciente de que todos los ojos estaban sobre ella. Frunció los labios e hizo un pequeño ruido de cloqueo, sacudiendo la cabeza.
    – Esta no es manera de tratar a los invitados de Philip, Martin. -Deslizó los dedos juguetonamente por el brazo de Conner-. ¿A quién tenemos nosotros aquí?
    La gata de Isabeau dio un gruñido violento, pero se calmó bajo el control creciente. Conner ni siquiera miró a Imelda. Su mirada permaneció fijó y centrada en Martin. Había una amenaza allí, muy real y Martin no se atrevió a moverse, ni con Imelda claramente dándole la señal de retroceder.
    – Conner -dijo Marcos en tono bajo-. Creo que tiene el mensaje.
    Conner retrocedió un paso inmediatamente, sin apartar nunca los ojos de Martin. El leopardo renegado retrocedió también y rompió la mirada, mirando a su empleadora. Había un fino brillo de sudor en su frente.
    Imelda dio una inhalación de desprecio y le entregó un pañuelo.
    – Límpiate. Pareces ridículo. -Se deslizó cerca de Conner y le pasó el dedo por el pecho esta vez, una invitación patente, los senos casi tocándole, su perfume le tragó, los ojos le devoraron-. Muy pocos hombres pueden vencer a mis guardias.
    Martin se revolvió como si fuera a protestar. La mano de Imelda subió y ondeó lánguidamente.
    – Vete, Martin. Me aburres.
    Martin miró a Isabeau, los ojos le brillaron peligrosamente y luego miró una vez más a su jefa. El odio estalló brevemente y se giró con brusquedad, gesticulando a los otros guardas de seguridad, que se dispersaron por el cuarto. Sólo entonces, miró Conner a Imelda. Isabeau contuvo la respiración. No había expresión en absoluto en su cara.
    – Perdone, señora. -Se movió en silencio de vuelta a la pared donde las sombras del cuarto se lo tragaron.
    – Oh -dijo Imelda, ventilándose-. Tiene buen gusto en protectores, Marcos. Soy Imelda Cortez.
    Marcos se inclinó galantemente sobre su mano.
    – Un placer conocerla, Imelda, ¿puedo llamarla Imelda?
    – Por supuesto. Creo que seremos grandes amigos. -Le dirigió una sonrisa encantadora, deslumbrante e hizo pucheros con los labios.
    La conversación empezó cuidadosamente alrededor de ellos una vez más. Imelda no pareció advertir el caos que sus hombres habían causado. O más bien, lo sabía, decidió Isabeau, pero no le importaba que fuera inconveniente para cualquiera. Prosperaba en el drama que creaba.
    – Puedo presentarte a Elijah Lospostos y a su encantadora prima pequeña, Isabeau.
    – Querida prima -corrigió Elijah, convirtiéndola instantáneamente en prohibido para las atenciones de Philip o de cualquiera de sus hombres.
    – Elijah -murmuró Imelda-. Tu… reputación te precede.
    – Toda bueno, estoy seguro -contestó Elijah con suavidad y se agachó sobre su mano, aunque no fingió permitir que los labios rozaran la piel.
    – Por supuesto -estuvo de acuerdo Imelda con una sonrisa fingida y concentró su atención en Isabeau-. Querida, que vestido tan encantador. ¿Quién es el diseñador? Debo tener uno.
    Elijah contestó, tomando el codo de Isabeau, le hundió los dedos en la piel. La mirada aguda de Imelda no podía dejar de ver la señal a Isabeau para que no hablara.
    – Traje el vestido para ella de una de nuestras pequeñas boutiques en Estados Unidos. Viajo bastante a menudo y cuando vi éste, supe que sería perfecto para ella. Es de su tipo y conviene a su apariencia menos dramática.
    Isabeau oyó la pequeña mordedura en su voz, implicando que la inocencia del vestido de Isabeau nunca convendría a alguien que llevaba el vestido rojo que revelaba medio cuerpo de Imelda. Contuvo la respiración, temerosa de que Elijah estuviera contrariando a la mujer, pero Imelda lo tomó como un cumplido. Se pasó la mano por la cadera, acariciando la tela y haciendo que los pechos sobresalieran, dándole la espalda a Isabeau como si ella fuera de poca importancia, Isabeau se dio cuenta de que esa era la intención de Elijah, cerciorarse de que Imelda no la viera como una amenaza de ninguna manera.
    Intentó no permitir que el dejarla de lado socavara la confianza en sí misma. Nunca se había considerado hermosa. Era curvilínea, con un poco más de peso de lo que estaba de moda, pero tenía un gran cabello y una buena piel. No creía que pareciera gris pero junto a Imelda probablemente lo hacía. La risa cantarina de Imelda la irritó y la manera en que se movía en el centro del círculo de hombres, como si perteneciera allí, la irritó aún más.
    Una quietud cayó sobre la multitud otra vez y las cabezas comenzaron a girar hacia la puerta. Isabeau se encontró siguiendo las miradas de los otros. Un guardia, obviamente uno de los de Imelda, empujaba una silla de ruedas en el cuarto. El ocupante parecía estar en la ochentena, un hombre delgado y bastante guapo con espeso cabello plateado. Llevaba el traje como si hubiera sido hecho para él, lo cual probablemente era el caso. Su sonrisa era amable, incluso benévola, gesticuló hacia varias personas y los saludó por su nombre mientras se empujaba entre la multitud.
    Las personas se estiraban para tocarlo. Cada vez que alguien le saludaba, se paraba y hablaba durante unos pocos momentos antes de continuar. Las parejas le sonreían. Él parecía conocer el nombre de todos y preguntaba por los niños o los padres. Imelda suspiró y golpeó con el pie impacientemente.
    – Mi abuelo -anunció-. Es muy querido.
    Parecía molestarla que su abuelo fuese tan popular entre la gente. Isabeau adivinó que alejaba la atención que ella anhelaba. El hombre levantó la mirada de repente y ella pudo ver sus ojos a través de las gafas gruesas. Viejos y débiles, eran más grises que negros, pero parecían verdaderamente interesados en lo que le rodeaban. No podía imaginar que una criatura tan inmoral y malévola como Imelda pudiera estar relacionada con este hombre.
    – Por amor del cielo, abuelo -dijo con brusquedad Imelda y se separó del grupo-. Tenemos invitados importantes -siseó en su oreja, empujándose entre su silla y el guardia. Tomó el control de la silla ella misma y lo empujó por la multitud restante a su pequeño rincón del cuarto-. Ven a conocer a Marcos Santos y Elijah Lospostos. Este es mi abuelo, Alberto Cortez. Es un poco duro de oído -se disculpó.
    Marcos y Elijah le estrecharon la mano y le saludaron con respeto y una deferencia que no habían mostrado con Imelda. Alberto sonrió a Isabeau.
    – ¿Y quién es ésta?
    – La prima de Elijah, abuelo -dijo Imelda, su tono irascible.
    – Isabeau Chandler, mi prima -la presentó Elijah con una pequeña y cortés reverencia.
    Tomó la mano de Isabeau con ambas manos. La gata siseó, la piel todavía demasiado sensible para el contacto.
    – Encantadora, eclipsa a todas las mujeres de aquí.
    Imelda puso los ojos en blanco.
    – Por favor perdone al anciano, él siempre ha sido un hombre encantador.
    – Es usted muy encantador -Isabeau se dirigió directamente a él, sin mirar a Imelda, sintiendo un poco de compasión por él. Imelda le trataba como a un tonto chocho, cuando era obvio que el cerebro era agudo y funcionaba completamente-. Me alegro que haya venido.
    Él le guiñó, ignorando también a su nieta.
    – ¿Están hablando de negocios otra vez?
    – Creo que estaban a punto.
    – La música es un poco salvaje, pero la comida es buena y las mujeres son magníficas. ¿Qué está equivocado con los hombres de hoy en día que creen que el negocio lo es todo? No se dan cuenta de que el tiempo vuela y que deberían tomarse el tiempo de disfrutar de las pequeñas cosas. -Levantó la mirada a las caras que le rodeaban-. Pronto serán viejos con poco tiempo.
    Dos banderas rojas mancharon la cara de Imelda.
    – Dispénsele, por favor. Dice muchas tonterías.
    – No, no, querida -Marcos le tocó el brazo-. Dice la verdad. Pienso disfrutar de mi mismo inmensamente mientras estoy aquí. Estoy de acuerdo, el entretenimiento y el placer son muy importantes. -Su mirada barrió el cuarto y se iluminó sobre Teresa, que devolvía una bandeja vacía a la cocina-. Sólo una pequeña cantidad de negocios y nos divertiremos con amigos, ¿correcto, Elijah?
    – Por supuesto, Marcos.
    Alberto frunció el entrecejo.
    – Perdone a un anciano, Elijah, pero conocí a su tío. Oí que murió en un accidente en Borneo. Acepte mi pésame.
    Elijah inclinó la cabeza.
    – No tenía la menor idea de que ustedes dos se conocían.
    – Brevemente. Sólo brevemente. Usted y su hermana eran muy jóvenes cuando le conocí. ¿Dónde está su hermana? Había oído que desapareció también. Tal tragedia, su familia.
    – Rachel está viva y bien. Hubo malos asuntos. -Elijah se encogió de hombros casualmente. Los ojos estaban sin vida y fríos-. Un enemigo lo bastante estúpido para tratar de utilizar la amenaza de mi hermana contra nosotros.
    – ¿Está viva entonces? Bueno. Bueno. Una hermosa chica. No había oído que había sido de ella. Debería haber sabido que usted se ocuparía de cualquier problema.
    Elijah le envió una sonrisa fría.
    – Siempre me ocupo de lo mío. Y de mis enemigos.
    – ¿Puedo pedirle prestado a su hermosa prima mientras habla de negocios? Sólo un ratito. Podemos pasear por los jardines. Mi hombre estará con nosotros para cuidarla. Y quizás uno de sus hombres nos puede acompañar también, si prefiere.
    Imelda frunció el ceño.
    – Eso es tonto, abuelo. Philip tiene seguridad por todas partes. ¿Qué podría sucederos a cualquiera de los dos?
    Elijah lo pensó. El jardín era completamente visible desde la posición de Jeremiah. No debería haber ningún problema. Se llevó la mano de Isabeau al pecho.
    – Creo que eso sería agradable para ti, Isabeau, mejor que escuchar aburridos negocios. -Le metió un mechón de pelo detrás de la oreja-. Enviaré a Felipe contigo.
    – Eso no es necesario -dijo Isabeau-. Preferiría que te vigilara.
    Alberto hizo gestos a su guardia.
    – Este es Harry. Ha estado conmigo durante diez años. -Acentuó el conmigo.
    Imelda suspiró y puso los ojos en blanco.
    – Oh, por Dios. Vamos. Philip, llévanos a tu cuarto seguro. El abuelo y tu pequeña prima pueden hacer lo que quieran. -Los ojos ya habían ido a las sombras, buscando el guardaespaldas de Marcos.
    Conner se movió en el momento que Marcos lo hizo, cayendo suavemente detrás de él. No les miró, pero su mirada se movió inquietamente por el cuarto, controlando a todos. Daba la apariencia de ser capaz de describir con todo detalle a todas y cada una de las personas, e Isabeau estaba segura de que probablemente podría.
    – Venga conmigo y haga feliz a un anciano, Isabeau -animó Alberto-. Permítame mostrarle el jardín de Philip. El no es un hombre con el que quiera pasar tiempo, pero adora las cosas hermosas. Su gusto es impecable.
    Ella tuvo que estar de acuerdo con que la casa, el trabajo artístico e incluso los muebles portaban el sello de alguien que adoraba las cosas hermosas. Pasaron por la caja llena de instrumentos de tortura y tiritó, atemorizada de que esas cosas hubieran sido utilizadas numerosas veces con personas reales.
    Alberto se estiró y le tocó la mano. Otra vez su gata saltó y siseó y la piel ardió ante ese toque casual. Estaba cerca de surgir. Demasiado cerca. Y ese era un pensamiento aterrador. De repente deseó que Conner la sostuviera cerca. Estaban atrincherados firmemente en una casa de engaños con asesinos despiadados que fingían ser civiles. La multitud parecía suficientemente amistosa y muy curiosa, pero ella no podía confiar en ninguno de ellos tampoco.
    Arrancó la mano suavemente, tratando de no molestarle. Alberto Cortez había sido la cara más amistosa que había visto.
    – ¿Siempre ha vivido aquí? -preguntó, tratando de charlar.
    – Mi familia es una de las más antiguas de Colombia. Nuestras propiedades se han expandido con el tiempo. Mi hijo fue el primero en tener interés en Panamá. Yo no estuve de acuerdo con sus decisiones, pero él tenía una voluntad fuerte y su hija es muy parecida a él. -Alzó la mirada a su asistente-. ¿No es cierto, Harry?
    – Es cierto, señor Cortez -reconoció Harry, moviéndose fácilmente entre la multitud. Su voz era amable y su tono cariñoso.
    – ¿Cuántas veces te he dicho que me llames Alberto? -preguntó el anciano.
    – Probablemente un buen millón, señor Cortez -admitió Harry.
    Isabeau se rió. Le gustó más el anciano por su compañerismo fácil con su guardaespaldas.
    Alberto juntó las cejas.
    – ¿Y tú, joven Isabeau? ¿Tendré el mismo problema contigo? El me hace sentir viejo.
    – Está siendo respetuoso.
    – Puede respetar a Imelda. Parece necesitarlo. Yo preferiría ser el simple Alberto, cuidando de mis plantas favoritas en mi jardín.
    – ¿Es jardinero?
    – Adoro trabajar con las manos. Mi hijo y mi nieta no comprenden mi necesidad de la tierra y de tener los dedos en la tierra.
    – Adoro las plantas -dijo Isabeau-. Algún día tendré mi propio jardín también. En este momento, he estado catalogando plantas medicinales que se encuentran en la selva tropical. Lo he hecho aquí y en Borneo. Me gustaría ir a Costa Rica luego. Las plantas son asombrosas con los variados usos. La gente no tiene la menor idea de cuán valiosas son para las medicinas y estamos perdiendo las selvas tropicales demasiado rápido. Perderemos esos recursos si no conseguimos que los investigadores se muevan… -Se calló con una pequeña risa-. Lo siento. Es una pasión mía.
    Harry rodeó la silla para abrir las puertaventanas que llevaban al jardín. Ella las mantuvo abiertas para que pudiera sacar a Alberto. El jardín era enorme, húmedo y vívidamente verde. Los árboles se disparaban hacia arriba, enviando paraguas de verdor que les protegían del cielo nocturno. Caminó al banco más visible al lado del bosque donde sabía que Jeremiah estaba oculto. Él los tendría a la vista y ella se sentiría un poco más tranquila, sabiendo que estaba allí.
    Un riachuelo hecho por el hombre desbordaba sobre las piedras, ondeando por el jardín para culminar en una serie de pequeñas cascadas. Su cuerpo se tensó un poco ante el sonido del agua, recordándole la sensación del cuerpo de Conner moviéndose dentro del suyo. Respiró hondo y lo dejó salir, inhalando el olor a rosas y lavanda.
    Las frondas de encaje de varios helechos forraban la corriente y las flores convertían un banco inclinado en un derroche de color. Reconoció la mayor parte de las plantas y se asombró de cuán hermosa era la disposición.
    – Philip tiene un jardinero extraordinario. Mire cómo está todo colocado. Está más allá de hermoso.
    Alberto sonrió.
    – Estoy contento de que lo apruebe.
    Ella giró la cabeza, asombrada.
    – ¿Usted? ¿Usted diseñó este jardín?
    Él inclinó la cabeza.
    – Un pasatiempo mío.
    – Tiene mucho talento. Esto es arte, señor Cortez.
    Alberto comenzó a reír y Harry se le unió.
    Isabeau le sonrió.
    – Perdón, Harry me pagó por decir eso.
    Alberto rugió con risa.
    – Es muy buena para este anciano, Isabeau. Creo que paso demasiado tiempo sólo. Eche un vistazo y dígame que piensa.
    – ¿No le importa?
    – No, ya lo he visto todo, ¿recuerda? Sólo quiero mirar su cara cuando descubra todas las variadas plantas. Creo que apreciará este lugar más que cualquier otro.
    La debilidad de Isabeau eran las plantas. No pudo resistir la invitación. Además, era curiosa.
    – El jardín abarca un acre entero. La corriente lo rodea y el terreno está aplanado, así que utilicé eso en mi ventaja cuando diseñé la disposición -explicó-. Quería que todo fuera natural pero controlado.
    – ¿Tiene un jardín en casa como éste?
    – No exactamente. No lo separé de la selva tropical. Tomé lo que crecía naturalmente y lo organicé un poco.
    Harry bufó burlonamente.
    – Él no dice la verdad exacta, Señorita Isabeau. Usted jamás ha visto nada como eso. Su jardín es mucho más hermoso que éste. Las orquídeas están por todas partes. Cuelgan de los árboles como cadenas de flores fluyendo arriba y abajo por los troncos. Incluso los árboles y vides son mantenidos con formas…
    Alberto tocó el brazo de Harry.
    – He hecho un entusiasta de él.
    – No tuve elección -admitió Harry.
    – Él es mis piernas -dijo Alberto-. Una vez estuve confinado en la silla, pensé que mis días de horticultura habían acabado, pero Harry encontró un modo de continuar.
    Harry se encogió de hombros.
    – No le diré que disfruto de ello. Ha estado deseando que admitiera eso desde siempre, pero tengo que tener algo para sostener sobre él para mis aumentos de sueldo.
    Isabeau se rió de su tono seco.
    – Bueno, echaré una mirada alrededor y veré lo que usted ha hecho. Apuesto que puedo identificar la mayor parte de las plantas.
    – Estaré interesado en discutir sobre plantas medicinales con usted para mi jardín -dijo Alberto-. Pero vaya ahora y hablaremos cuando haya tenido la oportunidad de verlo todo.
    Era obvio que estaba orgulloso del jardín y quería compartirlo con alguien que esperaba lo apreciaría. Isabeau se puso en camino, bajando por un sendero muy gastado que la llevó al final del extremo sur del jardín. Era el espacio más abierto y deseaba que Jeremiah se sintiera muy cómodo con ella andando por allí.
    Se tomó su tiempo, aceptando la palabra de Alberto. Disfrutó de los sonidos de la noche. Podía oír la música resonando a lo lejos, pero los insectos y el revoloteo de alas eran más prominentes y musicales para ella. Encontró el jardín tranquilizador y cuanto más se alejaba caminando de los otros, más segura se sentía. Su gata se calmó y la piel dejó de picar. Ya no había más olor a intriga y depravación. La tierra recién cavada, el perfume de flores y árboles reemplazó el empalagoso perfume y la intención maliciosa. Quizá Alberto había presentido su necesidad de paz y la había enviado fuera para permitirle espacio. Era un hombre perceptivo a pesar de su edad.
    Empezó a nombrar mentalmente las variadas plantas y sus usos. Las flores de la pasionaria escarlata atraían y eran polinizadas por el colibrí ermitaño. El néctar de las bromeliadas alimentaba a una variedad de murciélagos. Un impresionante conjunto de orquídeas crecía desde el suelo por los troncos de los árboles, proporcionando alimento a toda clase de pájaros e insectos, inclusive la abeja de orquídea.
    Isabeau se paró para admirar un arándano epifítico, la flor naranja brillante y los bulbos favoritos de los colibríes. Aunque se encontraban normalmente en lo alto del dosel, Alberto los había traído al alcance del suelo, lo que había atraído a varias especies de colibríes para inspeccionar.
    Muchas variedades de helechos crecían más alto que ella, formando una hermosa selva de encaje. Toda clase de filodendros en varias sombras de verde, con diferentes tipos de hojas, separadas y abigarradas, dominaban por encima de ella también. El sendero sinuoso la llevó a lo alto de una pequeña cuesta donde la maleza era mucho más espesa. Allí, pequeños animales habían hecho sus casas. Podía oír el susurrar e incluso olerlos en las madrigueras.
    El siguiente banco de plantas fue su favorito, todo medicinal. Alberto Cortez tenía incluso una Gurania bignoniaceae, una planta que tenía extensos usos medicinales. Las hojas y las flores podían ser aplastadas y el resultado aplicado a cortes infectados o llagados que se negaban a curar, algo que sucedía a menudo en la humedad de la selva tropical. Las hojas y las raíces podían prepararse como té y tomarse como una poción para expulsar gusanos y parásitos. Las flores podían ser aplastadas y convertidas en una cataplasma para aplicar sobre llagas infectadas. Sabía media docena de usos más de la planta para varias enfermedades, aunque dependiendo de donde creciera, las raíces podían ser tóxicas.
    Frunció el entrecejo cuando vio la gran variedad de strycnos, utilizado para hacer el fuerte curare de las cerbatanas. Había cientos de plantas, tóxicas y medicinales, todas mezcladas. Estaba incluso la planta que sabía que la tribu de Adán utilizaba para neutralizar el veneno de rana utilizado en sus dardos cuando accidentalmente les tocaba la piel.
    El jardín tenía de todo, desde pequeños arbustos a flores exóticas. Encontró un lecho de margaritas que le gustó. Parecía un poco incongruente al lado del más brillante pájaro del paraíso, pero la belleza sencilla de las margaritas no se malgastó en ella.
    Se encontró siguiendo el pequeño lecho de flores comunes. A su alrededor, la maleza crecía espesa con abigarradas hojas y frondas. Algunas las hojas eran tan grandes que cuando llovía, formaban pequeños paraguas y el agua caía en corrientes diminutas sobre los parterres de abajo, erosionando la tierra. Se agachó más cerca para examinar los parterres y ver si las plantas de debajo estaban dañadas. Algunos de los tallos estaban marrones y marchitos como si no consiguieran agua o tuvieran un hongo.
    Algo, un animal, había estado hocicando alrededor del cuadro de flores, excavando en busca de raíces. Había evidencia de pájaros también, como si algo los hubiera atraído a esta área. Se arrastró entre las flores agonizantes al centro del parterre y captó un olor a podredumbre. Su gata retrocedió ante el olor. ¿Abono? Nunca había olido nada como esto. Casi olía como la muerte.
    El corazón saltó y echó una mirada alrededor para asegurarse de que estaba sola. El hedor era abrumador y podía ver claramente que los animales habían perturbado el área. Se movió más cerca, los ojos examinaban las flores marchitas. Alrededor de ellos, la tierra estaba recién excavada. Algo pequeño, blanco y brillante que asomaba de la tierra captó su atención. Isabeau miró nerviosamente entre los árboles para ver si Harry y Alberto la podían ver, pero el follaje era demasiado espeso.
    Se acercó un poco más, se agachó. El olor a podredumbre se volvió más fuerte y su gata se rebeló, instándola a huir. Apartó la tierra alrededor de ese pequeño objeto blanco y casi saltó atrás. Cuando revolvió la tierra, cientos de pequeños insectos se menearon y protestaron. Muy delicadamente, empujó el objeto para revelar más. Estaba mirando un dedo parcialmente podrido. Había un cuerpo humano en el jardín.
    Tratando de respirar superficialmente para no captar el olor, se puso de pie y retrocedió con cuidado, el corazón le latía con fuerza. Philip Sobre tenía su propio cementerio. El jardín tenía un acre entero. Podía enterrar cualquier número de personas aquí. Tragó con fuerza y trató de pensar que hacer. No quería ninguna evidencia de su descubrimiento. Con la mano, borró con cuidado sus huellas y avanzó de vuelta al sendero principal, tratando de cubrir cualquier cosa que hubiera podido perturbar.
    ¿Lo sabía Alberto? Seguramente no la había mandado deliberadamente a mirar, esperando que hiciera el descubrimiento. ¿Era posible que él tuviera su propio orden del día? ¿Que no fuera el viejo caballero dulce que parecía ser? ¿Pero qué podría lograr con que el hecho de que ella descubriera un cadáver en el jardín privado de Philip Sobre? Este lugar era horrible y ella quería salir de allí tan rápidamente como pudiera.
    Se obligó a caminar, no a correr, dirigiéndose de vuelta hacia el anciano. Al echar un vistazo por encima del hombro para mirar por última vez al cementerio, golpeó algo duro. Dos manos le agarraron los brazos en un puño firme, estabilizándola y el olor de un macho excitado le asaltó la nariz. Lo reconoció instantáneamente. Ottila Zorba, uno de los leopardos renegados y la estaba mirando con la concentrada mirada del leopardo, como si ella fuera una presa. La miró fijamente sin sonreír y lentamente, casi de mala gana, la soltó.
    Isabeau forzó una pequeña sonrisa.
    – Hola. No le he visto. Debería haber estado mirando por donde iba. -Dio un paso como si fuera a rodearle, pero él se deslizó con esa manera silenciosa y fluida de los leopardos, cortando su escape. Era un hombre atractivo, muy musculoso, con una cara flaca y una boca atractiva y firme.
    Isabeau sintió la picazón familiar corriéndole bajo la piel. Su gata se estiró sensualmente y de repente su cuerpo se sintió sensible y dolorido, tenso de necesidad. Tuvo el impulso repentino de frotarse por todo el cuerpo masculino.
    ¡No te atrevas! amenazó a su felina. Creía que no te gustaba.
    Hacía calor en el jardín, demasiado calor. La piel se sentía demasiado apretada. Los pezones se convirtieron en picos y rozaron su sostén. Sintió gotas de sudor que se deslizaron entre el valle de los senos. Levantó una mano para apartarse el pesado cabello que le caía por la cara. Estaba tan sensible que sólo el toque casi le quemaba la piel, como la pasada de una lengua. Tragó y le atrapó mirándole fijamente la garganta con hambre en los ojos. La acción de levantar la mano al pelo fue seductora. ¿Lo había hecho a propósito? Atrajo la atención a los senos y pezones en punta
    Su gata se movió, un cebo tentador diseñado para tentar a cualquier macho en la vecindad para ayudar a su compañero a demostrarle que ella estaba escogiendo al compañero correcto. Isabeau supo exactamente qué estaba haciendo la desvergonzada. Siseó, tratando de mostrar su disgusto al macho.
    – No deberías haber salido sin escolta.
    – No estoy sola -se apresuró a indicar Isabeau-. Estoy aquí con el abuelo de Imelda y su protector personal.
    – ¿Un anciano y su guardaespaldas débil? ¿Piensas que eso es suficiente para detenerme de tomar lo que deseo?
    Ella envió una mirada rápida y furtiva hacia el bosque para ver si Jeremiah tenía un disparo claro. No lo tenía. No a menos que se hubiera movido de posición. Se humedeció los labios.
    – No estoy preparada.
    – Pero estás cerca. -Ottila movió la cabeza hacia ella, el movimiento lento y luego inmovilizado de un gran gato cazando y la inhaló, llevando su olor carismático a los pulmones-. Muy cerca. -Se estiró y le pasó el dedo por el seno.
    La gata se volvió loca, tirándose hacia adelante, chillando una protesta, ahogando el temor de Isabeau y reemplazándolo con rabia. Saltó atrás, balanceándose hacia él, las garras estallaron, la piel ardió cuando unas garras afiladas estallaron de los dedos y le arañaron el brazo. Ningún leopardo macho tocaba a una hembra hasta que estuviera lista, incluso ella sabía eso.
    – Guarda tus manos para ti. -Las garras se fueron rápidamente, dejando las manos doloridas y sintiéndose hinchadas.
    La sangre goteó por el brazo de él. Este se miró las marcas de garras y entonces le sonrió.
    – Me has marcado, Isabeau. -Deliberadamente siseó su nombre con una mueca posesiva en el labio.
    – Tienes suerte de que no te maté por tocarme -dijo con brusquedad-. No tienes modales.
    – Soy leopardo. Lo mismo que tú.
    – Y estoy protegida. Tócame e incluso tu jefa te deseará muerto porque mi gente exigirá tu cabeza en una fuente.
    – Es sólo mi jefa siempre que quiera trabajar para ella. Y esos hombres deberían saber que es mejor no permitirte vagar sin protección. -Le alcanzó el vientre, impertérrito por la marca de garra en el brazo, colocándole la palma sobre la matriz-. Mi niño crecerá aquí.
    Isabeau alejó el brazo de un golpe una segunda vez y se retiró un par de pasos, tratando de salir al claro, frente a los árboles donde estaba segura que Jeremiah esperaba con su rifle.

Capítulo 13

    – ¿Qué le pasó a tu cara? -preguntó Imelda cuando alcanzó a Conner. Él caminaba justo detrás de Philip mientras el hombre le mostraba el camino a su guarida privada-. Te ves como si te hubieras peleado con un gran felino. -Su voz tembló con entusiasmo. Ella extendió la mano mientras le seguía el paso para tocar una de las largas cicatrices.
    Conner le agarró la muñeca y le empujó la mano.
    – Lo hice. Un leopardo.
    Él sintió su temblor.
    – ¿En serio? Que aterrador.
    Él se encogió de hombros.
    – Sucedió. Estoy vivo. -Caminó delante de ella, cortándole el paso antes de que entrara en la habitación-. Espera aquí hasta que dé el visto bueno.
    Sus ojos brillaron.
    – No estoy acostumbrada a seguir órdenes.
    – Entonces tus hombres no hacen su trabajo -dijo él y le dio la espalda.
    Philip sostuvo la puerta abierta y Conner pasó, seguido de Río. Felipe y Leonardo se quedaron con Elijah y Marcos. Sus movimientos eran coordinados y eficientes y nadie habló. Elijah y Marcos no llamaron la atención, de la manera acostumbrada cuando su equipo barría una habitación. Imelda presionó la mano sobre su prominente pecho.
    – ¿Cuánto tiempo hace que lo empleaste? -le preguntó a Marcos.
    Marcos frunció el ceño.
    – ¿Conner? Varios años. Es un buen hombre. Conocí a su familia. -Sus leopardos no estaban cerca para detectar el olor de la mentira. Su equipo de seguridad había hecho su espectáculo y ahora, sintiéndose cómodos en la casa de Philip, se habían dispersado por todas las habitaciones para alertar a la muchedumbre que ella era una persona importante y que ellos mantenían un ojo sobre todo. Ella tenía un guardia pero no era un leopardo.
    Elijah echó un vistazo a Marcos, un poco preocupado de que ambos leopardos renegados faltaran. Su preocupación primaria debería ser la seguridad de Imelda. No conocían a Marcos o a Elijah o sus intenciones.
    – ¿Cuánto tiempo has tenido a tu equipo de seguridad? -preguntó Elijah.
    Sus pestañas velaron sus ojos.
    – Cerca de dos años. Ellos son… excepcionales.
    Sus cejas se alzaron. Marcos sonrió con satisfacción.
    – ¿De verdad? -dijo Elijah-. No los veo aquí donde deberían estar, protegiéndote. No seguirían siendo empleados míos ni diez minutos.
    – Ni míos -estuvo de acuerdo Marcos.
    La cólera se deslizó sobre su cara. No le gustaba sentirse avergonzada y podía darse cuenta que el punto señalado por ambos era válido. Fulminó con la mirada a su guardia y chasqueó los dedos. Él inmediatamente comenzó a comunicarse por la radio, diciéndole a los dos renegados que Imelda requería su presencia de inmediato.
    – Se han vuelto descuidados -continuó Elijah-. Deberían estar contigo en todo momento. Conner, o cualquiera de estos hombres, nunca estarían lejos de ti, aun si así lo quisieras. Se habrían asegurado de que firmaras un contrato vinculante con ellos sobre ese tema. Si te negaras, no te tomarían como cliente.
    – ¿Marcos, no le dijiste a Philip que uno de las guardias era tu sobrino? -preguntó Imelda.
    Marcos y Elijah intercambiaron una mirada de complicidad. Había cometido un error y no se había dado cuenta. La conversación había ocurrido antes de que Imelda hubiera llegado, lo que significaba que habían sido grabados y que ella ya había visto esas cintas antes de su llegada… algo que habían sospechado que pasaría.
    – Es cierto. Dos de ellos lo son. Y uno está emparentado con Elijah.
    Imelda encogió un delgado hombro.
    – Ya ves, tus ayudantes son familia y no pueden confiar totalmente en nadie más para hacer el trabajo.
    – Conner no es familia, pero es totalmente de confianza -objetó Elijah-. Pero claro, obviamente pensamos diferente. Sé que mis hombres no me traicionarían y no me preocupo si oyen por casualidad discusiones comerciales. Ellos se llevarían los detalles a la tumba.
    Ella no se perdió la sonrisa satisfecha que intercambiaron los dos hombres. El líder de su equipo de seguridad había hecho una jugada tonta delante de los dos hombres que ella más quería impresionar. No perdonaría eso fácilmente. Durante un momento, la rabia negra brilló en sus ojos y luego recuperó su máscara de simpatía.
    Conner salió, su expresión era ilegible.
    – Esa habitación no es adecuada para una discusión, Marcos. -Había un carácter definitivo en sus palabras. Una orden, no una sugerencia.
    Imelda estaba claramente intrigada por la forma en que le había ordenado a su patrón. Conner había estudiado cada detalle de su personalidad en la información que Río había reunido y ella no solo deseaba un macho fuerte, sino alguien que tuviera el control. Sus hombres no duraban mucho tiempo. Y su destacamento de seguridad probablemente sudaba sangre con ella. Un hombre como Conner Vega la seduciría de todos las formas. Él era claramente leal hasta el extremo, en completo control y dedicado a servir a su patrón. Y era superior a sus leopardos.
    – Es ridículo -discutió Imelda, más porque deseaba desafiar a Conner, hacerse notar, que por cualquier otra razón-. Llevamos a cabo todos nuestros negocios en esa habitación.
    La impasible mirada de Conner se posó sobre ella y luego volvió a Marcos.
    – El cuarto está caliente.
    Hubo un pequeño silencio. Marcos lentamente volvió la cabeza para contemplar a Imelda, su amigable comportamiento había desaparecido. Elijah dejó su copa, la encaró y no había ningún rastro de amistad. De repente se veía como cada centímetro de su reputación. Imelda era muy consciente de los otros guardaespaldas, moviéndose hacia posiciones donde pudieran interceptar a alguien desde cualquier dirección.
    – No sé lo que eso significa -dijo Imelda, intentando permanecer tranquila. Nadie había desafiado jamás su autoridad antes… y había vivido. Justo en ese momento se sentía más cercana a la muerte de lo que jamás había estado antes. Era tanto aterrador como excitante. La amenaza estaba en el oro ardiente de los ojos de Conner. Él parecía imperturbable, pero tan peligroso. Su cuerpo se desbordó con la adrenalina, así también como con hambre repentina.
    – Eso significa -explicó Marcos con impaciencia-, que ese cuarto está alambrado.
    – Pensé que tendríamos una conversación amistosa -dijo Elijah-. Marcos me aseguró eso.
    La comprensión llegó. Imelda había sido la única en insinuar a Philip que aprovechara su afición sexual y pusiera a sus criados a disposición de sus más ricos y diplomáticos «amigos». Grabar en vídeo indiscreciones, sobre todo cualquier fetiche o rasgos sádicos, asegurarían la obediencia inmediata. El dinero y los favores lloverían. La furia ardió por ella. Se giró hacia Philip.
    – ¡Cómo te atreves! -No podía haber cometido el error de no saber que él gravaba sus conversaciones. Imelda tenía sus propios excesos sexuales. La paliza a un hombre o mujer y observar como su piel se marcaba mientras gritaban de dolor la encendía tanto y rara vez podía rechazarse a sí misma el placer, sobre todo si lo compartía con alguien que apreciaba la vista, como Philip. Él era un entendido en la tortura.
    Retrocedió ante ella.
    – Imelda. Sabes que no lo haría.
    Ella miró de él a la imperturbable máscara de Conner. ¿A quién creer? ¿Sería Philip tan estúpido para arriesgar todo lo que tenían juntos? Ella le proporcionaba clientes. Compartían sus inclinaciones sexuales. Él estaba aterrorizado con razón.
    – Muéstrame -desafió ella a Conner.
    Él no obedeció su orden. En cambio miró a Marcos, quien asintió. Esto la llevó al límite. Este era su territorio y entre Philip y Martin Suma, su jefe de seguridad, ella parecía débil. Malditos fueran por eso. Necesitaba a alguien como Conner para comandar su seguridad.
    Conner indicó a Philip que mostrara el camino de regreso a la habitación. Philip echó un vistazo a su reloj.
    – Tengo invitados. Si quieres desmantelar el cuarto buscando un equipo inexistente, puedes hacerlo, pero sin mí.
    – Philip -siseó Imelda entre dientes-. Entra en ese cuarto. -Ella quería matarlo en el acto. ¿Dónde infiernos estaba Martin? ¿U Ottila? Que los condenaran también. Fulminó con la mirada a su único guardaespaldas-. Haz que vengan aquí en este instante -prorrumpió ella.
    Philip de mala gana entró en el cuarto, consciente de que Imelda estaría furiosa cuando averiguara lo que había hecho. No entendía como el guarda de seguridad lo había sabido. No había ninguna prueba, no podía haberla. ¿Entonces cómo? Despreciaba al guardaespaldas personal de Marcos. Bastardo pagado de sí mismo. Imelda babeaba ya sobre él como la perra que era. Retrocedió para observar al hombre dirigir su pequeño drama hasta el final. Realmente no había ningún modo de que pudiera saberlo. Pero la inquietud estaba allí. Incluso si el hombre no era capaz de demostrarlo, la semilla de la duda había sido sembrada en Imelda. Y esto significaba que tendría que marcharse rápidamente. Había amasado millones. Estaba preparado, pero este lugar era perfecto para un hombre como él.
    Conner recorrió con la palma de la mano a lo largo de la pared, su expresión todavía inalterable. Si Imelda no sabía que las conversaciones en el cuarto eran grabadas y estaba seguro de eso ya que no había olido una mentira, entonces significaba que sus renegados no se lo habían dicho. ¿Por qué no? ¿Por qué no se lo habían advertido sus leopardos? Debían haber oído el chasquido cuando las grabadoras se activaban con el sonido de las voces. Había un débil zumbido cuando la conversación era registrada. ¿Qué pasaba con esos leopardos? ¿Y por qué no estaban protegiéndola ahora? Tenían que saber que la grabadora sería descubierta.
    Isabeau. Su estómago se anudó. ¿Estaban tras Isabeau? Ella aún no había presionado el pequeño botón de alerta incorporado en su reloj. Dirigió una rápida mirada imperativa a Elijah, sin importarle en ese momento si los demás la captaban.
    Elijah esperó un latido del corazón. Dos. Se dio la vuelta, miró la puerta causalmente y luego la bajó a su reloj.
    – Mi prima está tardando mucho.
    – ¿Tu prima? -repitió Imelda como si se hubiera olvidado de Isabeau.
    Conner se dio cuenta que probablemente había sido así. Ella no notaba nada o a nadie a menos que tuviera que ver directamente con ella. Su mundo era muy estrecho y sólo la implica a ella.
    – Quiero saber donde está en este momento -dijo Elijah bruscamente a Felipe.
    Felipe giró abruptamente sobre sus talones y se marchó.
    Imelda suspiró.
    – Esto es una locura. La muchacha no está en ningún peligro y no hay nadie registrando nuestras conversaciones. Ella está con mi abuelo. Él se asegurará que no sufra ningún daño.
    Conner estrelló el puño contra el revestimiento de madera, sin molestarse en encontrar el interruptor escondido, revelando simplemente el equipo de audio. Era mucho más satisfactorio y dramático destruir la impecable pared.
    Imelda jadeó y giró con una mirada acusadora hacia Philip.
    – Gusano traidor -exclamó ella-. ¿A quién planeabas darle las cintas? ¿A la policía?
    – Supongo que tienes asegurada a la policía en tu bolsillo -dijo Marcos y se sentó en una silla, sacando un puro de su bolsillo-. ¿Te molesta, Imelda?
    Ella inhaló profundamente y se forzó a recuperar el control.
    – No, por supuesto que no, Marcos. Eres mi invitado. -Lo dijo deliberadamente. No había escapatoria para Philip. Ya era hombre muerto y debía saberlo. Sería demasiado tonto intentar enfrentar su fuerza de seguridad con la de ella, ya que él tenía a guardias aficionados. En cambio sus hombres eran combatientes entrenados. Y ella tenía a los leopardos. Nadie más tenía a los leopardos… a menos que… ella realmente observó a Conner, la especulación llenaba sus perspicaces ojos.
    Conner encontró su mirada con ardientes ojos dorados, ojos de leopardo. La observó jadear y luego tratar de cubrir su complacido conocimiento. Sabía que el cerebro femenino corría, intentando decidir sobre los demás. Ellos tenían una constitución similar. Todos poseían esa aura magnética de peligro. Y ella probablemente creía que existía una clase de jerarquía en la especie leopardo y que él era de alguna manera superior a Martin.
    Procura lealtad. Sintió desprecio por una mujer que no se daba cuenta de que un leopardo que podía traicionar a su propia gente, podría engañar a su patrón el doble de rápido. Ella debía saber eso.
    – Philip, siéntate -prorrumpió ella, obligándose a apartar su mirada de Conner-. No irás a ninguna parte hasta que aclaremos esto.
    – No tenía idea de que hubiera grabadoras aquí -se quejó Philip-. ¿Crees que tengo una vena suicida? Me siento aquí y converso contigo. Lo que sea que te condene, me condena. Tienes más de mí que cualquier otra persona viva en la tierra. ¿Cuál sería el punto, Imelda? Alguien me tendió una trampa.
    Él mentía, sabía sobre la cinta, pero lo de la trampa era una posibilidad. Si no había pensado en esto por sí solo y él estaba en lo correcto, el asunto sería entonces que alguien más le había persuadido para grabar las conversaciones. ¿La policía? ¿Era alguien que no estaba en el bolsillo de Imelda y que en secreto la investigaba? Conner volcó esa posibilidad en su mente. No era probable. Ella tenía demasiados funcionarios en su nómina y habría conseguido un aviso sobre esto. No, era alguien más.
    – Alguien me tendió una trampa -imitó Imelda-. ¿Esperas que crea eso, Philip? -Ahora que sabía que Marcos y Elijah creían que era inocente, podría disfrutar viendo a Philip retorcerse. Él amaba controlar a otros. Amaba verlos suplicar, intentar complacerlo, arrastrarse hacia él y besarle los pies mientras él continuaba con sus planes de dolor y muerte para ellos. Le había visto matar numerosas veces. Una vez se había portado tan tiernamente con una mujer después de azotarla brutalmente con la fusta que ella se había creído su actuación en todo momento hasta que le cortó la garganta mientras la consolaba. Los ojos de la mujer habían permanecido fijos sobre ella en todo momento y había sido… delicioso… verla morir.
    Imelda se rió de Philip. Fría. Complacida. Le mostraría al mundo lo que le pasaba a quien intentaba traicionarla.
    Él empezó a sudar profusamente, el miedo impregnaba el cuarto.
    – Quizás deberíamos cerrar la puerta para mayor privacidad -sugirió ella a su único guardaespaldas.
    – Mátalos -gritó Philip a su guardia-. Mátalos a todos ellos. -Él se zambulló detrás de su silla.
    Su guarda alzó el arma automática, su rostro era una máscara de miedo y determinación. Conner lo mató, golpeando una garra a través de su garganta y quitándole el arma de la mano justo cuando Río y Leonardo empujaban a Marcos y Elijah al suelo, cubriéndolos. Ambos habían desenfundado sus armas, pero apuntaban tanto a Philip como al único guardia de Imelda.
    Ella se levantó elegantemente, pasó por encima del muerto y cerró la puerta.
    – Muy impresionante. ¿Cómo hiciste eso? -señaló la garganta desgarrada.
    Conner no contestó. Mantuvo a los demás cubiertos mientras Río y Leonardo ayudaban a Marcos y Elijah a ponerse de pie. Río tiró de Philip y lo lanzó a una silla. Philip aterrizó con fuerza y presionó una temblorosa mano sobre su trémula boca.
    – Gracias -dijo Imelda, dirigiendo a Conner una sonrisa tímida-. Me salvaste la vida.
    Él no indicó que había salvado la suya así como la de todo su equipo. A duras penas inclinó la cabeza y por primera vez permitió que su mirada fuera a la deriva perezosamente, un poco insolentemente, sobre el cuerpo femenino. Observó el prominente pecho y sus uñas rojas trazando una línea desde su garganta hasta el montículo de sus senos. Ella se movió en la silla, permitiendo que su vestido se deslizara por su muslo. No había líneas de ropa interior en ninguna parte del traje. Ella le sonrió, su lengua lamió su labio inferior.
    – Sugiero que nos marchemos inmediatamente -dijo Río.
    – ¿Y eso por qué? -preguntó Imelda, aún mirando a Conner.
    – Hay un cadáver en el suelo, Imelda -indicó Marcos-. No quiero que mis hombres sean interrogados por la policía, tampoco quiero tener nada que ver con esto. Podemos encontrar otra ocasión… quizás en un lugar más apropiado. -Él comenzó a levantarse.
    – No, no -frunció el ceño Imelda-. Podemos fácilmente deshacernos del cuerpo. Eso no es problema, ¿cierto, Philip? -Ella le envió una sonrisa venenosa-. Philip es un maestro en deshacerse de los cuerpos, ¿no es así, dulzura?
    El hombre estaba tan pálido que parecía un fantasma.
    – Imelda…
    – No lo hagas -siseó ella, su sonrisa se desvaneció-. Me traicionaste.
    – No lo hice.
    Lo sentenció con un movimiento de la mano y miró fijamente a su guardaespaldas. Él inmediatamente se dirigió hacia Philip y estrelló la culata de su arma en la cabeza del hombre.
    Imelda sonrió otra vez.
    – Creo que debemos hablar, Marcos. Me ocuparé del cuerpo y nadie sabrá jamás que hubo un problema. Philip será encontrado muerto y la policía descubrirá que él iba con frecuencia al cementerio. Todas esas mujeres desaparecidas durante los últimos años podrían ser encontradas. -Cruzó una pierna sobre la otra y balanceó su tobillo, casi dándole un puntapié al guardia muerto en el suelo delante de ella.
    Conner no tenía idea sobre qué cuerpos estaba hablando, pero la idea de que sabía que había mujeres que estaban siendo asesinadas y que no había hecho nada, le puso enfermo. Tenía que marcharse pronto o la haría volar y la mataría ahí mismo antes de que entraran en su complejo y encontraran a los niños. Lo consideró. ¿Si ella muriera, algún subalterno liberaría a los niños, o los mataría? Era un riesgo demasiado grande.
    – No, no. -Marcos alzó la mano-. Tenemos que irnos ahora, Imelda. No corro riesgos con mis hombres. -Él se levantó de la silla y la apartó-. Elijah, tenemos que irnos ahora.
    Río ya estaba en movimiento, indicando al guardia de Imelda que saliera de su camino.
    – Vamos a mi casa, Marcos -invitó, desesperada por impedir que su oportunidad se escabullera. Tal vez podía hacer negocios con ambos, y deseaba ver a Conner otra vez, tener la posibilidad de alejarlo de Marcos. Con Philip fuera, necesitaría un socio. Él parecía bastante frío, despiadado y suficientemente peligroso para ser el que había estado buscando.
    Marcos vaciló.
    – Ambos. Y la pequeña prima. Parece llevarse bien con mi abuelo. Él puede entretenerla mientras hablamos.
    Mientras hablaba, su mano acarició su garganta. Sus ojos estaban sobre Conner, brillando con promesa. Él no respondió, pero su mirada se deslizó sobre ella, demorándose durante un momento en sus senos, como ella deseaba. Imelda estaba caliente, sonrojada, mojada sólo por una única mirada despectiva. Tan de improviso. Como si ella no significara nada, pero él estaba interesado, estaba segura de eso.
    Ella suavizó su voz y se obligó a mirar a Marcos.
    – Vamos. Encontrarás que el alojamiento es de tu gusto.
    – Es una gran distancia para viajar, Imelda -eludió Marcos, forzando su mano.
    – Tengo muchas habitaciones para todo tu grupo. Los dormitorios están vacíos y podrías quedarte unos días. -Ella quería tiempo con su guardaespaldas-. No pienses en ello como trabajo. Puedes divertirte todo lo que quieras. Tenemos todo lo que puedas imaginar o necesitar.
    Marcos se giró hacia su amigo.
    – ¿Elijah?
    Elijah se encogió de hombros.
    – Dale un par de días para ocuparse de este asunto -él indicó el cuerpo y a Philip-. Veré qué Isabeau esté bien y luego seremos libres de aceptar la oferta de Imelda. -Sus fríos ojos negros encontraron los de ella-. Les puedes dar las coordenadas a mis hombres.
    Imelda inhaló aire, como una demente excitada. Lo que podría haber sido un desastre había resultado ser perfecto.
    Elijah miró su reloj.
    – ¿Dónde infiernos está Isabeau?
    Ella no había oído que el hombre jurara. O que la preocupación ribeteara su voz. Nada lo había indicado, pero esa pequeña oración delató su debilidad. Isabeau. La poca cosa de la prima. Debería haber procurado instruir a su abuelo que la vigilará con cuidado. Pasar por alto detalles así podía arruinar los planes de cualquiera. Isabeau, una potencial mosca en la miel.
    – Shane, por favor averigua por qué Martin u Ottila no han contestado. Quiero asegurarme que están cuidando de mi abuelo y de la queridísima prima de Elijah. -Ella se levantó elegantemente-. Permanece aquí y asegura la puerta, no dejes pasar a nadie. -Ella sonrió a los dos hombres-. Os llevaré al jardín y personalmente me ocuparé de esto. No os preocupéis del lío.
    – Había una señorita, una criada… -informó Marcos.
    – Teresa -añadió Imelda, mostrando otra vez que había tenido acceso al vídeo antes de llegar.
    – Me gustaría que nos acompañara.
    La sonrisa de Imelda era toda inocencia.
    – Eso puede arreglarse, Marcos. -Comenzó a salir al pasillo, pero Conner dejó caer una mano en su hombro para impedirle marchar. Alzó la vista hacia él por encima del hombro, su expresión sumisa, arqueando una ceja. Deliberadamente ella miró la mano sobre su hombro.
    – Voy primero. -Su voz fue firme. Imperativa, dejando claro que sería obedecido. La mano permaneció en su hombro. Él esperó para que ella sintiera el calor extendiéndose-. Para asegurarnos que es seguro para ti. -Añadió las dos últimas palabras deliberadamente como una conexión. Ella se repetiría a sí misma esas palabras múltiples veces, convenciéndose de que él le enviaba un mensaje privado, de que tenía la posibilidad de alejarlo de su patrón. ¿Qué mejor camino que utilizar la atracción sexual?
    Imelda se ruborizó e inclinó la cabeza, como la princesa al campesino. Él quitó la mano, pero lentamente, permitiendo que su palma se deslizara en una caricia sobre la nuca de su cuello. Ella tembló. Su felino rugió con rabia, escupiendo y gruñendo, merodeando cerca de la superficie de tal modo que él sintió el dolor en sus músculos y mandíbula.
    Ella capturó el brillo nocturno en sus ojos que eran completamente felinos, la abrasadora y fija mirada que la desconcertaba. Obligó a su leopardo a estar bajo control. Pronto, prometió y avanzó delante de ella en el pasillo. Cuando la adelantó, dejó que su cuerpo rozara contra el de ella, piel contra piel. El jadeo de Imelda fue audible, su mirada caliente, sin equívoco sobre su intención sexual. Consiguió un olorcillo de su excitación y le enfermó. Se sintió sucio. ¿Cómo podía ir donde Isabeau después de tocar a Imelda, de dejarla creer que se acostaría con ella?
    Maldiciendo por lo bajo, barrió el área y anunció que estaba despejado. Abrió el camino hacia el jardín, sin mirar a Imelda otra vez. Podía olerla. Oír su respiración. Eso era suficiente malo.

* * *

    Jeremiah juró quedamente y cambió de posición por tercera vez, rezando por poder conseguir una línea más clara de visión. Había visto al leopardo renegado. Ottila, el tranquilo. Suma daba todas las órdenes y se pavoneaba como un pez gordo. Jeremiah estaba impresionado con él, sobre todo cuando ostentaba todo ese dinero por allí. Ahora no era tan cierto que Suma fuera el único observador, no después de estar cerca de Conner, Río y los demás.
    – Vamos sal, Isabeau. Sal a campo abierto -susurró él suavemente-. ¿Sabes que estoy aquí, verdad? Ven sal, dulzura, sólo sal de tu pequeño escondite.
    Tenía un tiro claro a casi cualquier mira en el lado sur, a excepción del área en la que ella había decidido entrar. ¿Qué la había poseído para entrar en un área tan densa de maleza que él no tenía ninguna esperanza de ayudarla? En el momento que vio a Ottila escabulléndose en el perímetro del jardín, deliberadamente evitando al anciano en la silla de ruedas y su guardia, supo que el renegado no andaba en nada bueno. Isabeau estaba demasiado cerca de su cambio. Incluso él había sido afectado, a pesar de su código moral.
    Se limpió las gotas de sudor de la frente con la manga.
    – Vamos sal, Isabeau. Muéstrate. Sal a campo abierto.
    Las hojas de un gran arbusto se balancearon ligeramente, dándole una dirección, pero no pudo ver su objetivo. Esperó, reteniendo el aliento, sin apartar nunca los ojos de la mira. Sabía la distancia, el viento, cada variable que podría necesitar, cada cálculo, pero no podía conseguir ver al objetivo. Sabía que estaba allí. Podía visualizarlo. Podía saborearlo. Pero no podía verlo.
    – Mierda. Mierda. Mierda. -No iba a fallar, no la primera vez que tenía una oportunidad de probarse a sí mismo. Y si fallaba, perderían a Isabeau. Sin contar el hecho de que Conner lo mataría, no deseaba que nada le pasara a ella. Le gustaba… como una hermana, por supuesto.
    Comenzó a lloviznar, constante, pero la ligera lluvia hizo resbaladiza la rama del árbol. Se movió, intentando observar detenidamente a través del follaje. Su corazón saltó. Captó un vislumbre de azul. Isabeau definitivamente usaba un vestido azul. Él mantuvo su mirada fija en ese pequeño trozo de tela. Ella se movió otra vez, lentamente, centímetro a centímetro.
    – Buena chica -murmuró él-. Ven con papá.
    Ahora podía ver una vaga sombra en el profundo follaje. Negro. Ottila iba de negro, pero muchos de los guardas de seguridad también. Parecía ser un color popular. Incluso Elijah se había puesto una camiseta negra. Frustrado, tomó un profundo aliento. Gran parte de su trabajo era ser paciente. Sabía que podía hacer el tiro si podía obtener una mira. Se deshizo del miedo por Isabeau y la irritación por no tener una mira. Vendría. Ella estaba trabajando en eso.
    – Estoy aquí, dulzura -aseguró él-. Tráelo a mí.
    La tela azul se esfumó otra vez. Ella no corría. Buena chica. Tenía coraje. Ella dio otro paso y esta vez pudo ver su perfil. No se había quitado el broche de su cabello, aunque su pelo estaba despeinado, mechones caían alrededor de su cara. No miró hacia él; mantuvo su atención concentrada en el hombre que estaba seguro era Ottila tras ella.
    Una mano apareció y presionó, los dedos se separaron sobre su vientre. Él sabía el significado de ese gesto en una mujer sufriendo las convulsiones del Han Vol Dan. Ella frotó y apartó la mano, para luego retroceder unos pasos más hasta que estuvo totalmente a campo abierto. Jeremiah sonrió y encajó el ojo en el lente
    – Ahora te tengo, bastardo. Tócala otra vez y eres hombre muerto.
    El viento cambió y captó el débil olor de un felino. Sin dudar, saltó, llevando su rifle con él. Detrás de él, algo golpeó la rama en la que había estado con la suficiente fuerza para sacudir el árbol. Aterrizó en una pendiente y corrió rápidamente, lanzando el rifle sobre su hombro. Logró entrar en el denso follaje antes de dejarse caer sobre una rodilla y encajar el rifle contra su hombro. Permitió surgir a su felino, sus sentidos llamearon para leer la noche.
    Estaban cazándolo. Definitivamente un leopardo. Probablemente Martin Suma.
    – Sal, bastardo -siseó él entre dientes. No hubo ningún sonido, pero no lo esperaba. Los leopardos no hacían ruido. Podían adentrarse en una casa y seleccionar a su víctima en un dormitorio o incluso en una sala de estar donde la gente estaba reunida viendo la televisión y pasar desapercibido. Esto era más frecuente de lo que uno creería en el borde de la selva. No oiría a Suma. Y quizás tampoco lo olería.
    Permaneció agachado, manteniéndose muy quieto, sin hacer ningún ruido. Suma tenía que saber que trataba con un leopardo. Y probablemente había captado su olor. No esperaría mucha oposición de un chiquillo inexperto. Era la única ventaja que Jeremiah tenía. Esperó, su corazón latía, esperando que de un momento a otro Suma cayera sobre él desde arriba. Su mirada continuamente barría los árboles sobre él.
    El olor de piel mojada golpeó sus fosas nasales y se dio la vuelta, apretó el gatillo ante el leopardo que surgió de la maleza a su izquierda. Rodó, disparó otra vez desde esa posición y siguió rodando. El leopardo gruñendo de dolor, rugió una vez y atacó. Jeremiah saltó poniéndose de pie, alzó el rifle por tercera vez, pero el leopardo lentamente se adentró en la maleza. Sabía que eso era mejor que continuar. Pudo ver un rastro de espesa sangre. Había acertado, pero no era un tiro mortal. Un leopardo herido era muy peligroso.
    Jurando, puso el arma en los hombros y trepó rápidamente el árbol, agradecido por las horas que Río y Conner le habían obligado a seguir practicando. Si algo le hubiera pasado a Isabeau, nunca se perdonaría. Ahora tenía que preocuparse de no dejar rastro así como de impedir que fuera atacada y posiblemente secuestrada. ¿Dónde infiernos estaban todos?

* * *

    – No capté tu nombre -dijo Isabeau, deteniéndose un momento. Lo había llevado a campo abierto y seguramente estaba a salvo ahora. Si pudiera detenerlo por el tiempo suficiente, Alberto o Harry podrían llegar buscándola. O podría intentar gritar, pero temía que eso pudiera provocarle.
    – Ottila Zorba. -Sus ojos iban misteriosamente del verde al amarillo, los ojos de un gato brillando por la noche. Él se acercó más-. Ven conmigo sin luchar. No me hagas matar al anciano.
    Ella tragó con fuerza.
    – No estoy lista. Lucharé contra ti a muerte y sabes que lo haré. ¿Por qué crees que mi felino permitiría esto?
    Él sonrió.
    – Finalmente tu gata surgirá y cuando lo haga, ella necesitará un compañero.
    Pero no tú. Nunca tú. Ella no dejaría que eso sucediera. Ella mantendría el control sobre su gata. La pequeña fresca sentía definitivamente los efectos del celo, pero obedecía a Isabeau más fácilmente.
    – ¿Y luego qué, señor Zorba? ¿Cree que viviremos felizmente por siempre jamás?
    Él sonrió y no fue agradable.
    – Al menos yo seré feliz. Si tú lo eres o no depende completamente de cuánto quieras cooperar.
    Él la alcanzó, sus manos se curvaron alrededor de sus antebrazos con gran fuerza. En vez de luchar, ella alzó la mano intentando tirar del broche de su cabello. Él se rió y se inclinó cerca.
    – ¿Crees que tu amigo me pegará un tiro? Oteamos los árboles en el instante que nos dimos cuenta que eras leopardo. Era evidente que tendrías a alguien en el dosel. Probablemente ya está muerto. Martin no falla.
    Ella cerró los ojos brevemente, su corazón latía desbocado, con miedo.
    – Si fuera así él te estaría echando una mano. -Trató de zafarse pero el movimiento sólo apretó su agarre sobre ella.
    Él la observó con lascivia.
    – Compartimos todo. Siempre compartimos todo.
    Ella se estremeció.
    – ¿No te basta con Imelda? Ella es tan pervertida como tú.
    Él se rió.
    – Le gusto, es cierto, pero es asquerosa. Y no es un leopardo. Después de un par de veces, no podemos soportarla.
    Dejó de luchar y permitió que la llevara un par de pasos. Respiró profundamente en ambos pasos y convocó a su gata. Para su conmoción, el leopardo hembra contestó, rugiendo su rabia, el sonido hizo eco a través del jardín, las garras surgieron por las yemas de los dedos y envolviéndola con su fuerza interior, le permitieron retorcerse para liberarse, atacar y rasgar carne. Saltó y giró con la flexibilidad de la columna felina, luchó contra su apretón. La sangre caliente cayó como un rayo a través de los árboles y salpicó sobre vides y hojas, manchando su vestido.
    – Gata salvaje de mierda -gruñó él-, vas a pagar por esto.
    Ella alzó la barbilla.
    – Vamos, mátame. Veamos lo que dice tu amigo.
    – Oh, no te mataré, pero tengo muchas formas para hacerte lamentarlo. He aprendido una cosa o dos de Imelda.
    Su estómago dio tumbos. Intentó recordar lo que Conner le había dicho. Había retrocedido ante Ottila hace poco para hacerle salir a campo abierto. Pero retroceder ahora le atraería a ella y estaría en desventaja. Tenía que caminar a un lado, mantener sus pies firmes, no flexionados. Él no sería sorprendido dos veces por su gata.
    Ottila la alcanzó otra vez y el sonido del amartillar de una escopeta fue fuerte. Ottila se dio vuelta hacia el sonido sin expresión. No se molestó en limpiarse la sangre de la cara o pecho. Esta goteaba de las heridas de garra de sus brazos. Él se rió de Harry.
    – ¿Estás seguro que quieres ser parte de esto, Harry? Sólo vete y seguirás con vida. No sólo te mataré, sino que mataré a tu jefe también. Esto no es de tu incumbencia.
    – Ella está bajo mi cuidado -dijo Harry-. Isabeau, camina hacia mí.
    – No te atrevas a moverte, Isabeau -siseó Ottila-. Te mataré antes de que él consiga disparar y luego tendré que matar al anciano.
    – Mata a Alberto, e Imelda nunca te dejará vivir. Te perseguirá y ningún lugar será seguro para ti. Matará a cada hombre, mujer y niño por el que te preocupes -prometió Harry.
    Isabeau alzó la mano.
    – Harry, no te quiero a ti y a Alberto en medio de esto. Elijah vendrá tras de mí. Y su equipo es letal. Iré con él.
    – No creo eso, Isabeau.
    Una nueva voz llegó desde detrás de Ottila. Confiada. Acentuada. Tan familiar. Isabeau miró más allá de Ottila y vio a Felipe y no pudo evitar que el alivio la embargara. Ella había visto a Felipe en acción y era rápido. Muy rápido.
    – Harry, gracias. Puedo encargarme desde aquí. No dejes al anciano solo -dijo Felipe.
    Ottila giró y esta vez mostró las palmas en rendición. Esperó hasta que Harry asintiera y se alejara antes de hablarle a Felipe.
    – Puedo ver que tendré que trabajar con más fuerza para conseguir a mi mujer.
    – Puedes elegir una diferente.
    – Tiene tantos olores sobre ella, no puedo encontrar uno en particular. Eso me dice que no está apareada y por lo tanto tengo tanto derecho como cualquier otro para intentar aparearla.
    – Somos su familia y decidimos alejar la mierda de ella.
    Ottila se adentró en la maleza, alejándose de Isabeau.
    – Ella es una pequeña bruja.
    – Veo que no te fue bien en tu noviazgo.
    – Las brujas son la mejor clase -dijo Ottila-. Duran más tiempo y te dan pequeños fuertes. -Miró a Isabeau a los ojos-. No me has visto por última vez.
    Isabeau se encontró con su mirada fija, dejando que su gata le observara.
    – Espero por tu bien que así sea.
    Él la saludó y comenzó a alejarse, dándose la vuelta en el último momento para enviar una sonrisa satisfecha a Felipe.
    – Deberías buscar a tu muchacho en los árboles. La pequeña bruja dio la señal de disparar y no lo hizo. ¿Ahora qué supones que significa eso? -Él parecía satisfecho.
    Isabeau parpadeó para contener las lágrimas. La idea de Jeremiah en manos de Martin Suma la hizo enfermar. Él no tendría piedad.
    Felipe simplemente sonrió en respuesta.
    – Creo que tú deberías buscar a tu compañero. Hubo disparos. El chico no falla.
    Felipe hizo un examen rápido de Isabeau.
    – ¿Estás bien?
    Ella asintió.
    – Conmocionada, eso es todo. No me ha hecho daño.
    – Tienes contusiones en los brazos. Y sangre por todo tu vestido. -Dio un paso tras Ottila, como si fuera a luchar contra él después de todo.
    – Su sangre. -Isabeau le agarró del brazo-. No lo hagas. Salgamos de aquí. Quiero asegurarme que Alberto Cortez está bien y tengo que decirle lo que encontré. Este lugar es un cementerio. No un paseo.
    – Eso no me sorprende. Nada sobre este lugar o gente me sorprende.
    – ¿En verdad crees que Jeremiah está bien?
    – Es un maldito buen tirador, Isabeau. Será un gran activo con un poco de experiencia.
    Ella notó que él no contestó exactamente su pregunta. Siguieron a lo largo del camino de regreso a donde ella había dejado a Alberto. Mientras se apresuraban, siguiendo la corriente, Harry apareció alrededor de una curva, empujando la silla de Alberto. El hombre más viejo tenía la escopeta sobre su regazo y parecía preparado para usarla.
    – ¿Dónde está ese guardia? -exigió él-. ¿Estás bien, Isabeau?
    Ella cabeceó.
    – Estoy bien. Gracias, Harry. Creo que este lugar vuelve demente a todo el mundo. Por favor no dispares a nadie en mi nombre.
    – Me voy a casa -declaró Alberto-. Ahora que sé que estás a salvo. Sugiero que hagas lo mismo. Harry, llama a mi conductor. Espero que nos encontremos otra vez, Isabeau.
    – Su jardín era encantador -dijo ella.
    Felipe puso una mano sobre su oído, escuchando la voz que llegaba desde la radio.
    – Nos marchamos, Isabeau. Elijah dice que te recogerá frente al coche -La tomó del codo.
    Para su consternación, la criada, Teresa, ya estaba en el coche, viéndose como si fuera a llorar. Isabeau subió en silencio junto a ella, preocupada por Jeremiah, temerosa por Teresa y preguntándose qué era lo que exactamente iba a pasar.

Capítulo 14

    El vehículo aminoró la marcha y Leonardo abrió la puerta de un empujón. Jeremiah salió volando del tupido bosque y corrió a través de un grupo más ralo de árboles y matorrales. Estaba más o menos a medio camino hacia el SUV cuando algo pesado cayó de los árboles encima de él, estrellándolo contra el suelo. Piel, dientes y hombre se derrumbaron y rodaron por el suelo revolcándose. El rifle salió volando.
    Teresa comenzó a gritar y Elijah se inclinó sobre ella, de forma muy casual y la sujetó al mismo tiempo que con el pulgar apretaba fuertemente un punto de presión, haciendo que se desplomara hacia delante inconsciente, con su expresión enmascarada por el terror. Un rugido de furia sacudió el SUV y Felipe frenó violentamente, haciendo que el vehículo girara sobre sí mismo hasta detenerse, mientras Conner saltaba por la puerta abierta, desnudándose mientras se transformaba.
    Isabeau pestañeó, pasmada por la velocidad con la que Conner se había transformado mientras iba a la carrera, sacándose la ropa al mismo tiempo. Había visto a Jeremiah practicando y había visto a Felipe trabajando con él, pero eso no la había preparado para la vertiginosa velocidad real. Si no hubiera sabido la verdad acerca de la especie, no hubiera creído a sus propios ojos. Se transformaba en leopardo tan rápidamente que ella nunca hubiera sido capaz de procesar el hecho de que alguna vez había sido un hombre.
    Leonardo y Rio también saltaron fuera del coche, casi antes de que éste hubiera dejado de girar, pero ellos se quedaron escudriñando los árboles en busca de algún francotirador, espalda contra espalda, examinaban con mirada aguda cada centímetro de la cubierta forestal, con los rifles preparados, usando sus sentidos animales para obtener datos.
    Conner estuvo sobre el leopardo antes de que éste siquiera se diera cuenta de que había llegado alguien, golpeándolo fuertemente en el jadeante costado, con su inmensa zarpa derribó al furioso gato, apartándolo del cuerpo desgarrado de Jeremiah. Elijah corrió velozmente entre los árboles mientras los dos leopardos se encontraban gruñendo y girando, con las flexibles espinas dorsales prácticamente doblándose por la mitad en tanto se tiraban zarpazos y rasguños uno a otro.
    – ¡Maldición, Isabeau, despierta! -estalló Rio-. Toma un rifle.
    Su voz la sacó del estado de shock. No vaciló, de un tirón sacó un rifle del baúl abierto a sus pies y se bajó de un salto.
    – ¿Adónde?
    – Acércate lo más que puedas a ellos. Si ves que puedes disparar, hazlo -ordenó Rio.
    Corrió a través del espacio que los separaba, con el corazón en la boca. En su línea de visión, vio a Elijah inclinarse, levantar a Jeremiah y ponérselo sobre el hombro para trasladarlo al estilo bombero. Por su brazo y espalda chorreaba sangre. Su cuerpo estaba cubierto de heridas punzantes. Elijah pasó disparado junto a ella, y para su espanto le pareció que Jeremiah no respiraba.
    Suma saltó, veteado en sangre y retorciéndose, utilizando la flexible espina dorsal del leopardo para girar en medio del aire, mientras Conner se levantaba sobre sus patas traseras y le incrustaba las garras en los cuartos traseros, tirando del leopardo hacia abajo. Suma, casi doblado por la mitad, plantó sus poderosas garras en el cuello y costado de Conner. Conner giró y embistió a Suma, haciéndolo caer de tal forma que los dos leopardos formaron una maraña de pelajes, garras y dientes. El rugido de los dos machos leopardos llenó el bosque.
    Isabeau se llevó el rifle al hombro en el mismo momento en que sonaba un disparo y se astillaba la corteza del tronco de un árbol en el lugar en el que Conner había estado medio segundo antes. Si no hubiera rodado por el suelo, el disparo podría haberle dado en la cabeza. Ella elevó la mirada rápidamente hacia los árboles, intentando encontrar el lugar desde donde había salido el disparo.
    En la distancia, Rio y Leonardo rociaron inmediatamente de balas la cubierta forestal, sin tener, evidentemente, ningún problema en adivinar la trayectoria del disparo.
    – Dispárale al hijo de puta, Isabeau -gritó Rio.
    Ella desvío rápidamente la atención regresando a la feroz pelea entre los dos leopardos. Estaban enzarzados en combate mortal, rodando una y otra vez, chasqueando las colas y emitiendo sonidos horripilantes. Se sentía casi surrealista, como si estuviera inmersa en una pesadilla y no en la vida real. No había forma de disparar un tiro que no implicara el riesgo de herir o matar a Conner.
    – Estoy intentándolo -respondió con acritud.
    Con ambos cuerpos entrelazados tan estrechamente entre ellos, no podía distinguir uno del otro. Parecían una aturdidora marea de manchas, que se volvían borrosas al chocar uno contra el otro, separándose solo para volverse a juntar. Sus ojos aparecían como dos simples manchas más, perdidos en medio de los cientos de manchas, salvo por la intensidad. Abrasadoramente ardientes. Asombrosamente inteligentes. Astutos. Mostrando una furia como nunca había visto.
    Este era el hombre que había matado a Marisa Vega, la madre de Conner. La furia absoluta que sentía el leopardo de Conner golpeaba y derribaba repetidamente al otro leopardo. Con las garras desgarraba sus flancos y su vientre dejando grandes hendiduras. Suma se estremeció e intentó escapar, pero el leopardo de Conner no lo toleraría. Parecía no notar las laceraciones de su propio cuerpo; en vez de ello, estaba decidido a cortar, literalmente, en pedacitos a Suma. Lo único que había impedido que lo matara en el acto había sido la fuerza y la experiencia de Suma, que era un macho en la plenitud de la vida. Éste parecía saber que estaba en problemas y Ottila, a pesar del asalto de los rifles de Rio y Leonardo continuaba con el fuego de forma intermitente, intentando ayudar a su compañero.
    – Demonios, Isabeau, quedaremos atrapados aquí. Acaba con él de una jodida vez -gruñó Rio.
    Las emociones de los leopardos eran intensas y en ese momento, no podía ver que alguno de los dos fuera a ceder terreno. La sangre corría por los flancos de uno de ellos y después de un primer momento dramático se dio cuenta que esa era la forma de identificar a Suma. Jeremiah debía haberlo herido. Su propia sangre y la de Jeremiah, le cubrían la piel. Los listones rojos comenzaban a transferirse al pelaje de Conner pero ni por casualidad había la misma cantidad de sangre sobre él.
    Inspiró y se concentró, bloqueándolo todo, en la forma en que Conner le había enseñado. Al principio oía los rugidos y gruñidos, los disparos, otra bala que hizo volar hojas y tierra junto a los dos leopardos. Luego se encontró en un túnel donde solo estaban los leopardos con los pelajes impregnados en sangre y ella. Nadie más. Nada más. Apuntó a la nuca.
    Le retumbaba el corazón. Tenía la boca seca. Le daba terror herir a Conner. Los dos leopardos furiosos se movían rápido, se enlazaban, se separaban y se volvían a enlazar. Tan rápido. Demasiado rápido. Si le disparaba al equivocado… volvió a inspirar, deseando que la bala fuera exactamente a donde ella apuntaba y apretó el gatillo.
    Suma se alzó, con los ojos amarillos ardiendo furiosamente con odio. Tanto odio. Ella se estremeció cuando Conner aprovechó y fustigó el vientre expuesto, desgarrándolo profundamente. Suma se derrumbó y yació inmóvil, con los ojos abiertos fijos en ella. Tenía la lengua colgando fuera de la boca y con cada jadeo, sus costados se elevaban. Alrededor de su hocico burbujeaba la sangre. Conner hundió los dientes en su garganta y los mantuvo allí, asfixiando al leopardo, buscando su muerte. Llovió una descarga de disparos, que seccionó la falda de Isabeau, levantó tierra a su alrededor e hirió a Conner en el flanco haciéndolo rugir y girar para enfrentarse a su nuevo enemigo. Su mirada enfurecida aterrizó sobre ella. Su corazón se saltó un latido y luego comenzó a aporrearle en el pecho. El leopardo, con un último acto de odio y venganza desgarró el vientre expuesto abriéndolo de lado a lado, luego se volvió completamente hacia ella y bajó la cabeza poniéndose al acecho, atravesándola con la ardiente mirada.
    – Cálmalo -gritó Rio-. Y luego salgamos de ese puto sitio. No podemos llegar al francotirador. Lo mejor que podemos hacer es mantenerlo apartado de vosotros.
    ¿Cálmalo? Repitió ella, sintiéndose a punto de desmayarse Si hubiera tenido a Rio frente a ella hubiera considerado el uso de la violencia contra él.
    – ¿Estás loco?
    El leopardo, cubierto de sangre, con la piel y la carne desgarradas se agazapó aún más y dio un paso hacia ella moviéndose con el tipo de movimiento en cámara lenta que metía miedo en el corazón de la presa. Sabía, que durante el resto de su vida nunca olvidaría esos penetrantes ojos, ardiendo de pura rabia. Su hocico y su cara estaban manchados de sangre, al igual que sus dientes.
    – Conner. -Le temblaba la voz. Bajando el cañón del rifle, extendió la mano en su dirección-. Lo siento, cariño. Ya ha terminado. Vayámonos de aquí. Ven conmigo.
    El leopardo gruñó, arrugando la nariz en un despliegue de salvajismo. Su poderosa mandíbula se abrió, enseñando los cuatro prominentes caninos, los dientes que usaba para perforar y sostener a la presa durante una matanza. Sabía que la abertura que había detrás de cada uno de los caninos le permitía al leopardo hundir los dientes profundamente durante la dentellada mortal. Sus incisivos podían fácilmente raer la piel de los huesos y los dientes laterales podían cortar a través de piel y músculo como los cuchillos más afilados.
    Con cada paso lento, esa poderosa mandíbula y la boca llena de dientes se acercaba a ella hasta que sintió el calor de su aliento estallando en su rostro. Nuevamente aisló todo hasta que solo estuvieron el leopardo y ella.
    – Conner.
    Usó su nombre deliberadamente, llamándolo para que regresara de las tribulaciones de su furia negra. En esos ojos no había humanidad. No había amor, ni reconocimiento.
    – Conner.
    Eligio al amor por encima del miedo y la ira y, con dedos temblorosos, extendió la mano hacia él
    Antes de que pudiera establecer contacto, hundirle los dedos en el pelaje manchado de sangre, él le lanzó un golpe con su larga zarpa. Un relámpago de fuego le recorrió el brazo. Jadeó y por un momento fue incapaz de respirar, debido al dolor que se apoderó de su brazo. El miedo la sacudió, pero se negó a romper el contacto visual y convocó a su felina.
    Ahora o nunca pequeña desvergonzada. El desertar no es una opción. Sal aquí afuera y haz lo tuyo. Se tentadora. Sedúcelo para que entre al coche.
    Intentó recordar lo que había sentido en el jardín cuando la había recorrido aquella ola de calor, que la había dejado desesperada por tener un hombre entre las piernas. En ese momento, deseaba correr por su vida y no permanecer allí frente a la bestia que gruñía. No se atrevía a mirarse el brazo, pero se consolaba pensando que igual de fácilmente, en vez de ese golpe de advertencia podía haberle dado uno mortal dirigido hacia su muy vulnerable garganta.
    Su leopardo se acercó a la superficie, no en las alas de la pasión, sino con el desdén que una hembra le demuestra a un macho. No estaba de humor y no deseaba ser molestada. Saltó hacia el macho dándole un golpe a su vez. En lo que refiere a desaires, no fue gran cosa, pero sorprendió al gato macho casi tanto como a Isabeau.
    – Ups -Isabeau retiró la palma de la mano. Le ardía por el duro bofetón que le había dado a la cara gruñona del macho. ¡Por Dios! ¿Estás jodidamente loca? Le demandó a su felina. Qué buena manera de calmarlo, eres muy graciosa-. Lamento eso.
    La rabia menguó un poquito en los ojos ardientes, siendo reemplazada por inteligencia. Ella aguardó a que la ira se disipara, hasta ver que regresaba su agudo y perspicaz intelecto.
    – Conner, hay un francotirador en la cubierta forestal. Debemos marcharnos. Ahora.
    Él le dio un ligero topetazo y ella se giró y comenzó a correr, agradecida por el fuego de cobertura que le brindaban Rio y Leonardo. Se sentía totalmente expuesta con el leopardo detrás de ella y el francotirador entre los árboles. Se subió al SUV de un salto y se arrastró hasta el otro extremo para dejarles el mayor lugar posible a los demás. El leopardo casi la aplasta, al aterrizar prácticamente encima de ella. Ya estaba cambiando, gateando hacia el tercer asiento, atrás del todo, donde Elijah tenía tendido a Jeremiah y evidentemente respiraba por él.
    Leonardo entró y se giró rápidamente para ayudar a Marcos a proveerle cobertura a Rio.
    – ¡Arranca! -dijo bruscamente mientras cerraba la puerta de un golpe.
    Antes de que la palabra hubiera salido de su boca, el SUV ya iba dando coletazos por el camino de tierra.
    – ¿Cómo de mal está? -sombrío, Rio se permitió mirar hacia el fondo.
    No podía ver a Jeremiah, pero Elijah y también Conner estaban trabajando sobre él.
    – Va a necesitar un doctor -gritó Conner-. Solía haber un doctor, uno de los nuestros, al que mi madre me llevaba, pero han pasado años. Vivía a unos veinticinco kilómetros de la primera cabaña, donde nos encontramos.
    Rio miró su reloj.
    – ¿Qué te parece, Felipe?
    – Puedo llegar en veinte minutos.
    – Estaremos justos de tiempo -dijo Conner-. Tú decides, Rio.
    – Nunca estará a salvo en un hospital. Sabemos que Imelda tiene a demasiada gente controlada. Acabamos de liquidar a su mejor hombre de seguridad. Su compañero intentará darnos caza. En un hospital Jeremiah será demasiado vulnerable. Haz lo que puedas para mantenerlo con vida.
    Isabeau presionó la mano contra su boca para no protestar. Ellos sabían más de la operación de Imelda. También conocían mejor el funcionamiento de la mente de un leopardo. Se enroscó sobre sí misma formando una bola y comenzó a temblar incontrolablemente, incapaz de detener las olas de nausea que la atravesaban.
    – ¿Y la mujer? ¿Teresa? -se obligó a preguntar.
    Rio le echó un rápido vistazo.
    – Tenemos que asegurarnos de que permanezca apartada. Leonardo, trae el botiquín. Dentro hay una jeringa adormecedora.
    – No me refiero a eso. ¿Por qué insististe en que viniera?
    – Pasó demasiado tiempo con nosotros y Conner la defendió -le explicó Marcos-. En primer lugar corría peligro por parte de Philip ¿viste la cara que puso cuando Conner interfirió? Pienso que la iba a matar después de la fiesta. Y si no, ciertamente la hubiera lastimado. Y si Imelda estaba mirando los videos y esto se pone feo bien puede pensar que Teresa era una infiltrada. De cualquiera de las dos formas, parecía más seguro sacarla de la situación y ponerla a salvo.
    Isabeau permaneció en silencio, levantó las rodillas y se las abrazó.
    Marcos le dedicó una sonrisa.
    – ¿Pensaste que era un viejo pervertido?
    – Hiciste el papel de forma muy convincente -accedió, intentando devolverle la sonrisa.
    Rio la miró por primera vez. Emitió un sonido, más de leopardo que de humano.
    – ¿Qué demonios te ha ocurrido, Isabeau? -tiró de su brazo para mirar la sangre que manaba formando ríos-. Maldita sea, ¿Por qué no dijiste algo? Es probable que esto se infecte rápidamente.
    Conner se levantó lo suficiente como para mirar por encima del asiento y entrecerró los ojos al mirar el brazo de Isabeau.
    – ¿Qué ocurrió?
    – Es que no tienes nada de control, jodido bastardo -rezongó Rio-. Eso es lo que ocurrió.
    – Necesito que te concentres, Conner -dijo Elijah bruscamente-. No vamos a perder a este chico.
    Isabeau pudo ver la angustia en los ojos de Conner, la disculpa y luego volvió a quedar detrás del asiento concentrado una vez más en Jeremiah. Se sentía agradecida de que no estuviera mirándola. Necesitaba ordenar sus emociones. La noche entera había sido un horror.
    Ella había provocado esto… había insistido en que fueran tras Imelda Cortez. Nada de lo que había visto esa noche la había hecho cambiar de opinión -solo había fortalecido su resolución- pero no estaba preparada para el nivel de inmoralidad, para el absoluto desprecio por la vida y los derechos de otros seres humanos. Imelda se rodeaba de gente despreciable. Era como si se reconocieran entre ellos, como si gravitaran unos hacia otros para reforzar su propio comportamiento.
    Se mordió los nudillos. Había matado a un hombre. Aunque Conner lo había terminado, había sido ella la que había apretado el gatillo. Nunca hubiera pensado, nunca hubiera imaginado ni en sus sueños ni en sus pesadillas, que mataría a otro ser vivo. Observar como la vida abandonaba sus ojos no la había emocionado, sino que más bien la había asqueado. Philip Sobre poco más que había dicho que amaba torturar a sus víctimas y posiblemente matarlas también. Porque era emocionante. Oyó un sonido roto y perdido y se dio cuento que salía de su propia garganta.
    Rio se inclinó acercándose a ella con algo en la mano.
    – Esto te va a doler como el infierno.
    No se detuvo y el aire abandonó explosivamente sus pulmones cuando presionó un paño empapado en un líquido ardiente sobre los desgarrones de su brazo. La sostuvo allí mientras ella se enfocaba en contar en voz baja y luchaba por no llorar.
    Marcos pinchó a Teresa en el brazo y ella gimió suavemente. Le dio una palmadita.
    – Estarás bien. Estás a salvo -le aseguró.
    Isabeau no estaba segura de si alguna vez alguno de ellos volvería a estar seguro. Imelda parecía una abultada araña, tejiendo una telaraña que los abarcaba a todos. Todos los que habían acudido a la fiesta eran funcionarios, oficiales de la policía de alto rango y jueces. Era imposible que no hubieran notado a la gente llevándose a los sirvientes a las habitaciones de los pisos superiores. Ahora hasta temían llevar a Jeremiah a un hospital.
    Rio retiró el paño e, ignorando su protesta, siguió sujetándoselo para examinar las laceraciones.
    – No son profundas. -Lo dijo en voz lo suficientemente alta como para que Conner lo oyera-. Pondré una loción antibacteriana -dijo a nadie en particular, pero cuando comenzó a aplicar la loción obligó a Isabeau a mirarlo-. Tenemos veneno en nuestras garras, Isabeau. No puedes pasar eso por alto. Límpiala meticulosamente y aplícate la loción varias veces al día. Te daré una inyección de antibióticos, una dosis grande y luego debes asegurarte de tomar todo el frasco de píldoras.
    Ella enfrentó su mirada.
    – ¿Conner tuvo una infección cuando lo arañé con mis garras? -lo dijo para hacerle recordar.
    Enfadada con él. Era el líder del grupo y su deber era mantenerlos a todos a raya, incluyendo a los leopardos afligidos, pero de todas formas estaba enfadada con él.
    Él encogió sus grandes hombros, aceptando su ira.
    – Sí, la tuvo, a pesar de los antibióticos. Pero le salvaron la vida y harán lo mismo por ti.
    Apretó los labios. Había tenido una infección. Ella no había estado allí para cuidarlo. Y si Rio estaba preocupado por los pequeños rasguños de su brazo, ¿Qué sentiría por Jeremiah y Conner? Ambos estaban cubiertos de mordeduras, marcas de garras e incisiones. Había captado un atisbo del cuerpo de Conner, antes de que saltara hacia el asiento trasero y le había parecido que estaba destrozado.
    – ¡Isabeau! ¿Me estás prestando atención? Esto es serio.
    Lo miró sin verlo en realidad, pero se obligó a asentir. Podía oír a Elijah respirando por Jeremiah, lenta y firmemente, pero sabía que se estaba cansando.
    – Alcánzame la intravenosa -dijo Conner-. Necesito una vena. No podemos arriesgarnos a que tenga un paro cardíaco y perdamos las venas.
    Rio volvió su atención a los hombres del asiento trasero, pasándole a Conner todo lo que necesitaba del botiquín.
    Marcos le palmeó la pierna:
    – Respira. Estás en estado de shock.
    Lo había considerado. Se había sentido más o menos así al darse cuenta que Conner la había seducido para acercarse a su padre… que no era el hombre que pretendía ser. Ahora, por supuesto, sabía que era exactamente ese hombre. Podía haberse cambiado el nombre, pero había actuado de forma peligrosa, intensa y completamente comprometido con lo que hacía. Tenía el mismo sentido del humor y la misma naturaleza dominante. Era leopardo y todos los rasgos que habían hecho que se enamorara de él seguían estando allí.
    Bajó la vista hasta su brazo. Él sufriría a causa de esto. En realidad eran pequeños rasguños. Estaba en camino de controlar a su felino. Pero su felina… suspiró. Había fallado en su intento por controlarla. Tal vez nunca más te deje salir. Pero era una falsa amenaza y ambas lo sabían. Ella deseaba a su leopardo. Estaba lista para aceptarla.
    Después de que Conner le pusiera la intravenosa a Jeremiah, Rio se volvió hacia ella. Entró en su campo visual, sosteniendo una jeringa.
    – Debo inyectarte esto en el trasero.
    Eso logró captar su atención. Lo miró furiosa.
    – Bueno, elige otro lugar. Pues te puedo asegurar que eso no va a suceder. -Algo de respaldo sería de ayuda, gatita. No voy a bajarme los pantalones frente a todos estos hombres. No me importa tu falta de pudor. Dios mío. De qué sirves si no ayudas a una chica cuando lo necesita. Adopta un aspecto de tipa dura o algo.
    – No seas bebé. Todos tenemos que vacunarnos en el culo.
    Lo miró con frialdad.
    – Yo no. Inténtalo y perderás un ojo.
    Felipe rió burlonamente. Marcos sonrió. Y hasta Leonardo intentó ocultar una sonrisa.
    – Podemos hacerlo de la manera fácil o de la difícil. Haré que Leonardo te sostenga.
    Enarcó una ceja. Su felina se agitó. Al fin.
    – Estás enfadándo a mi gata -le dijo satisfecha-. Todavía no tengo mucha habilidad para mantenerla a raya.
    – Yo la vacunaré más tarde -dijo Conner.
    Su voz sonó tan neutral que Isabeau tuvo la seguridad de que a pesar de la situación de vida o muerte que se desarrollaba en el asiento trasero, él y Elijah habían intercambiado una rápida sonrisa. No le importaba que todos ellos estuvieran riéndose a su costa. Ella estaba fijando los límites. Rio le había puesto un arma en las manos, le había gritado, gritado y la había obligado a calmar a un leopardo al acecho. Ya había tenido suficiente de testosterona y de leopardos macho dominantes. Le dedicó a Rio la mirada furiosa más felina que pudo, retándolo a que lo intentara.
    – Gatita -refunfuñó Rio en voz baja-. Vas a tener que contenerla.
    – Yo lo haré -aseguró Conner.
    – Puede intentar contenerme -murmuró Isabeau en rebeldía y sintió a su gata estirarse lánguidamente y sacar las garras.
    Rio puso los ojos en blanco.
    – Mujeres -dijo en voz baja.
    Todos eran leopardos, por lo que era imposible que dejaran de oírlo.
    – Hombres -respondió ella en voz baja de forma infantil.
    – ¿Dónde esconderemos a Teresa? -preguntó Marcos-. Me siento responsable de ella.
    – En algún lugar donde no la encuentren y desde donde no pueda ponerse en contacto con nadie -dijo Rio.
    – Adán tiene un primo -dijo Conner- que no vive lejos del lugar al que nos dirigimos. Si no puedo persuadir al doctor de que nos ayude, podemos recurrir a él.
    – ¿Cuánto conoces al doctor? -preguntó Rio.
    – Bastante bien. Él y mi madre eran amigos. Jugaban al ajedrez. De hecho me enseñó a jugar al ajedrez. Nunca traicionaría a nuestra gente.
    – Cambia de lugar conmigo -dijo Elijah, con voz fatigada.
    Isabeau oyó crujidos en el asiento trasero.
    – Por ese camino, Felipe -gritó Conner-. La tercera granja. Ahora que está retirado, ejerce la práctica en su domicilio.
    La carretera estaba llena de profundos baches. Podía imaginarse a un leopardo eligiendo ese lugar para vivir. El bosque invadía las casas y las granjas estaban bien distanciadas una de otra, lo que otorgaba abundante intimidad. Pasaron dando botes frente a las dos primeras granjas, en ambas ocasiones salió alguien al porche para atestiguar que pasaban. Era evidente que los motivaba algo más que la curiosidad y ella se preguntó si también serían leopardos. Se dio cuenta de que volvía a ponerse nerviosa, o tal vez su ansiedad no había tenido oportunidad de disiparse. El hecho de que todos los hombres comprobaran sus armas y Rio le deslizara una pequeña Glock, no ayudó mucho.
    – Tómala -siseó-. Solo por si acaso.
    Descubrir la forma en que tenían que vivir estos hombres fue toda una revelación. Sabía que era lo que habían elegido y que ella también estaba optando al igual que ellos, porque ella elegía a Conner ahora y siempre. Tomó el arma y la comprobó para asegurarse que tenía el cargador lleno y el seguro puesto.
    Elijah volvió a tomar el lugar de Conner para que éste pudiera ponerse un par de vaqueros antes de que Rio abriera la parte trasera del SUV. Se dirigieron hacia el porche juntos. Conner llamó a la puerta y aguardó. Pudo oír movimientos: a una, no, a dos personas. Una tenía el andar más pesado que la otra. La de andar más pesado se acercó a la puerta y la abrió, no sólo una rendija para espiar, sino más bien ampliamente, como dando la bienvenida.
    – ¿Qué puedo hacer por…? -la voz se quebró al ver el cuerpo desgarrado de Conner-. Entra.
    – Doctor, soy Conner Vega. ¿Me recuerda? Tengo a un muchacho en mal estado. En muy mal estado. Un ataque de leopardo. Necesitamos su ayuda.
    El doctor no formuló preguntas sino que les hizo señas para que entraran al muchacho.
    – Lo siento, Doc, pero debemos saber quién está en su casa -dijo Conner.
    – Mi esposa Mary -respondió el doctor sin vacilar-. Tráelo dentro, Conner. Si es tan mortal como insinúas y tu amigo tiene que efectuar un registro, dile que se apresure.
    Rio entró a la casa y Conner corrió de regreso al SUV, haciéndoles señas a los demás para que llevaran a Jeremiah. Isabeau se puso a la retaguardia para proteger a Elijah mientras llevaba a Jeremiah a la casa. Leonardo se quedó en el porche. Felipe y Marcos se fueron en el coche, llevándose a Teresa con ellos, presumiblemente hacia la casa del primo de Adán, pues sabían que allí el hombre de la tribu la cuidaría.
    – Heridas punzantes en el cuello. Hemos estado respirando por él la mayor parte del tiempo -explicó Conner mientras Elijah tendía a Jeremiah en la mesa de la pequeña oficina del doctor.
    Colgaron la bolsa de fluidos en el gancho y se apartaron para dejarle espacio al doctor.
    – ¡Mary! -gritó el doctor-. Te necesito. Esto es más importante que tu comedia.
    Ella entró, era una mujer pequeña con cabello cano y ojos risueños.
    – Yo no miro comedias, vejestorio y tú lo sabes.
    Le dio un golpe con un periódico enrollado cuando pasó junto a él, de camino hacia el fregadero donde se lavó las manos y se puso guantes.
    – Sal de aquí, Conner. Pero no te vayas lejos. Eres el siguiente y luego la joven -ordenó el doctor gruñón-. Y no te pasees como sueles hacerlo. Siéntate antes de que te caigas. Hay café caliente en la cocina.
    Mary los miró por encima del hombro.
    – Y pan fresco debajo del paño de cocina -dijo antes de inclinarse sobre Jeremiah.
    Conner los observó trabajar juntos fluidamente, casi sin hablarse, pasándose instrumentos uno a otro, el doctor gruñía y negaba con la cabeza ocasionalmente.
    Isabeau enlazó los dedos con los de él y lo miró a la cara. Estaba exhausta y preocupada. Él le apretó la mano y tiró, saliendo de la habitación. Elijah los siguió renuentemente.
    – ¿Es bueno? -preguntó.
    Conner asintió.
    – Todos los leopardos acudían a él. Puede que ahora esté retirado, pero sabe lo que hace. No lo dejará morir si existe la posibilidad de salvarlo. Su nombre es Abel Winters. Doctor Abel Winters. Vivió en nuestro pueblo durante un tiempo, pero se fue antes de que mi madre y yo lo hiciéramos. Obviamente era muy joven y probablemente fuera a estudiar. En realidad yo no lo recuerdo, porque era muy pequeño pero mi madre sí. Ella conocía a todo el mundo en nuestro pueblo.
    Miró a su alrededor buscando una toalla que pudiera mojar para intentar limpiar algo de la sangre que lo cubría antes de sentarse
    – Cuando se mudó a la cabaña, mi madre me llevaba a él para que me curara los habituales huesos rotos. Mi transformación ocurrió relativamente temprano y solía saltar desde la cubierta forestal, intentando efectuar el cambio en mi camino hacia abajo. Me rompí una buena cantidad de huesos de esa forma.
    Elijah rió.
    – Apuesto a que sí.
    La tensión se aflojó un poco. Isabeau tomó la toalla de manos de Conner y él se inclinó sobre el lavabo y se apoyó en el borde mientras ella intentaba limpiar las partes más ensangrentadas.
    – Maldición, eso duele como el infierno. Iré a buscar una ducha.
    Ella deseó ir con él, pero se quedó en la cocina con Elijah, sintiéndose torpe y fuera de lugar.
    – Lo hiciste bien Isabeau -dijo Elijah, rompiendo el incómodo silencio.
    – Estaba asustada. -No lo miró, en vez de ello miró a través de la ventana-. Muy asustada.
    – Todos lo estábamos. Sabía que corría un gran riesgo al intentar llegar hasta Jeremiah y esperaba que el francotirador me disparara en cualquier momento. Imagino que tú esperarías lo mismo.
    Ella sacudió la cabeza.
    – No, yo esperaba que le disparara a Conner. Él tenía el mismo problema que yo. No quería dispararle a su amigo. Yo no quería acertarle a Conner.
    Apartó los mechones de cabello que caían alrededor de su rostro.
    – ¿Qué significa «marcar», Elijah?
    Él frunció el ceño.
    – ¿En qué contexto?
    Volvió a evitar su mirada, sintiéndose cohibida, la fijó en el suelo.
    – Como las marcas que accidentalmente le hice a Conner en el rostro. ¿Qué significa eso en el mundo del leopardo?
    Él se encogió de hombros.
    – Es tu compañero, así que no es gran cosa. Pusiste tu marca sobre él. Más profundamente que al nivel de la piel. Tienes un cierto compuesto químico en tus garras. Puedes transferir ese compuesto al cuerpo de un hombre. Eso fue lo que hiciste cuando arañaste a Conner. Tú no sabías lo que estabas haciendo, pero tu gata sí. Se aseguró de que él la deseara. Habitualmente una hembra no suele hacer eso a menos que esté en pleno Han Vol Dan. No puedo decir que nunca ocurra y la prueba está, en que tu felina marcó a Conner, pero probablemente ese sea el mayor riesgo durante la manifestación.
    – Entonces ¿qué ocurre si marca a alguien que no es su compañero?
    Elijah se irguió lentamente, el silencio se extendió angustiosamente hasta que se sintió obligada a enfrentar su mirada.
    – ¿Fue eso lo que ocurrió, Isabeau?
    – ¿Qué cosa ocurrió? -preguntó Conner entrando a zancadas en la habitación, secándose el cabello con una toalla. Llevaba los vaqueros caídos en las caderas y las profundas laceraciones, las marcas de mordidas y la piel desgarrada resultaban muy evidentes.
    Ella se mordió el labio con fuerza. Tenía el mal presentimiento de que Elijah iba a revelar algo que ella no quería saber.
    – Isabeau quiere saber qué ocurriría si marcara a alguien que no fuera su compañero.
    Allí estaba ese silencio otra vez, extendiéndose hasta que se le pusieron los nervios de punta.
    – ¿Isabeau? -preguntó Conner-. ¿Fue eso lo que ocurrió?
    Ella eludió la pregunta.
    – Encontré un cadáver en el jardín. Creo que Philip Sobre es un asesino en serie.
    Para evitar mirar a ninguno de los dos, fue hacia el otro lado de la mesa y levantó el paño de cocina, revelando la hogaza de pan recién horneada.
    Su declaración fue recibida en silencio. Sintiendo que la miraban, se volvió. Conner parecía aturdido.
    – ¿Qué encontraste, qué?
    Cortó el pan y lo puso en un plato. Estaba tibio y su aroma era paradisíaco.
    – Un cadáver. Alberto me habló de cómo diseñar y plantar un jardín. Aparentemente es jardinero y uno muy bueno. Me invitó a que diera un vistazo. Él me esperaría junto al estanque.
    – Ve a la parte del cadáver, Isabeau -dijo Elijah.
    – Y a lo de marcar a otro hombre -la alentó Conner.
    Tomó un platillo con mantequilla de manos de Elijah y untó dos rebanadas, luego empujó los platos hacia ellos antes de servir café.
    – ¿Alguno lo toma con crema?
    Conner dejó la taza de café, rodeó la mesa y le rodeó la cintura con el brazo.
    – Deja lo que estás haciendo y siéntate. Debes decirnos qué ocurrió.
    Isabeau permitió que retirara una silla y la sentara en ella. Los dos hombres también se sentaron. Ella sacudió la cabeza.
    – No sé si Alberto sabía que el cuerpo estaba allí y quería que yo lo encontrara. Tal vez quería que yo llamara a la policía y denunciara a Sobre.
    – ¿Estás segura de que era un cadáver? -preguntó Conner.
    – Muy segura. Me acerqué a él. Algo, un animal, había estado cavando. Había insectos y olor a descomposición. Vi un dedo. Era un cadáver. Retrocedí y borré cualquier evidencia de mi presencia. No sabía qué hacer. No confiaba en Alberto ni en su guardia. No daba señales de ser otra cosa que un agradable anciano, pero a mi gata no le agradaba que me tocara y simplemente tenía esa sensación… -se presionó el estómago con la mano y miró a Conner con impotencia.
    Él le tomó la mano y se llevó la punta de sus dedos a la boca.
    – Lo siento, cariño, nunca debí permitir que te mezclaras en esto. Si hubiera estado pensando coherentemente, te hubiera escondido en algún lugar seguro hasta que todo hubiera terminado.
    – No hubiera ido. Yo comencé esto, Conner y me aseguraré de verlo terminado. Alguien tiene que detenerlos.
    Elijah tomó un sorbo de café y emitió un sonido apreciativo.
    – Lo ha hecho genial, Conner. Se acercó a dos leopardos cuando estaban enzarzados en medio de una lucha y le disparó al hijo de puta. Encontró un cadáver en el jardín y no gritó como una demente. Se mantuvo en calma y quitó toda evidencia de haber estado allí.
    La evaluación de la situación de Elijah, la tranquilizó. Le dedicó una rápida sonrisa.
    – Cuando me estaba retirando apareció Ottila. Me cortó la vía de escape. Estábamos metidos en medio de tupidos matorrales y estaba bastante segura de que Jeremiah no podía apuntarle bien. Lo que no supe hasta más tarde fue que los dos renegados habían asumido que habías puesto un tirador en el dosel y que Ottila era la carnada que atraería a Jeremiah para que Suma le diera caza.
    Conner volvió a cubrirle la mano para aquietar sus dedos que golpeteaban nerviosamente sobre la mesa.
    – Nadie podía haberlo sabido, Isabeau.
    – Quizás, pero probablemente tú te hubieras dado cuenta de lo que estaba haciendo. Él habló en vez de actuar. Sabía que Harry y Alberto podían aparecer en cualquier momento pero continuó hablándome. Debí haberme dado cuenta. No lo hice hasta que intentó tentarme diciendo donde estaba Suma. Intenté atraerlo a un lugar abierto, hablando y dando pequeños pasos hacia atrás. Él me siguió, pero luego me agarró, y cuando di la señal, Jeremiah no disparó.
    Se mordió el labio con fuerza, el recuerdo de ese momento la aterraba. En aquel momento no había podido abandonarse al miedo, pero ahora, estando a salvo con Elijah y Conner y lejos de Ottila, se puso a temblar. Bajó los ojos, avergonzada, pero decidida a contárselo todo a Conner.
    – Y entonces ella se puso toda amorosa.
    Conner se enderezó en la silla. Elijah tomó otro sorbo de café.
    – Continúa -la alentó Conner.
    El contacto de sus dedos sobre los de ella le aportó valor.
    – Él se puso realmente desagradable e intentó obligarme a ir con él, entonces ella, mi leopardo, le golpeó fuertemente el brazo. Lo marcó. Él dijo algo al respecto que me hizo pensar que yo había hecho algo mal… algo más además de defenderme. Fue por la forma en que lo dijo.
    Conner cruzó la mirada con Elijah por encima de su cabeza. Volvió a levantarle la mano y se la llevó a la boca para morderle suavemente las puntas de los dedos.
    – Está bien, Isabeau. Lograste escapar. Utilizaste los medios necesarios que tenías a disposición y no entraste en pánico.
    – Pero ¿qué significa?
    – Tiene derecho a desafiarme por ti.
    El corazón le dio un brinco. Ottila era fuerte. Tenía confianza en sí mismo. Pensó que el hecho de que no le disparara era significativo. Ella estaba a campo abierto. Los dos leopardos estaban rodando juntos, salvajemente enredados, pero la mayor parte del tiempo había sido ella la que había estado más expuesta. Tenía un rifle en las manos y él debía saber que estaba intentando dispararle a Suma y aún así Ottila no le había disparado. Apoyó la cabeza en la mano.
    – Estoy cansada, Conner. Lo único que quiero es acostarme unos minutos. Tal vez tomar una ducha primero. Juro que esa gente me hace sentir sucia solo por estar en la misma habitación que ellos.
    – En el bosque, hay un centro turístico que es propiedad del hijo del doctor. La mayoría de los que se quedan en el área son leopardos porque no es muy conocido, no lo anuncian, se da a conocer mayormente por el boca a boca. Esta noche podemos quedarnos allí. Tienen cabañas individuales. Estaremos lo suficientemente cerca de Jeremiah como para mantenerlo vigilado y al mismo tiempo estaremos a salvo. Este camino parece terminar en un callejón sin salida, pero hay una pequeña ruta lateral un kilómetro y medio más arriba, que serpentea internándose más profundamente en el bosque. La mayor parte del tiempo es transitable. A veces no lo es, después de una lluvia copiosa.
    El doctor entró en la habitación, con aspecto cansado. Retiró una silla de la mesa y se hundió en ella.
    – Vivirá, pero su voz será muy diferente. Y tendrá que hacer algo de terapia para deglutir. Está respirando y eso es lo que cuenta. -Suspiró y miró directamente a Conner, con ojos exigentes-. ¿Quieres decirme en que te has metido? Tú no le hiciste eso a ese muchacho, ¿verdad?
    Conner pareció un poco conmocionado.
    – No. Debí haber supuesto que eso sería lo que parecería. Fue atacado y yo intervine. Elijah lo sacó de allí. No querrá involucrarse en esto, Doc.
    – Me involucraste al traer a ese chico aquí.
    Conner se encogió de hombros y miró a Elijah.
    – Imelda Cortez rapta niños del pueblo de Adán. También se llevó a mi medio hermano y mató a mi madre.
    – Ah. -Había pocas cosas que impresionaban al doctor, pero estaba visiblemente conmocionado-. En ese caso, deja que llame a mi hijo y te consiga un lugar donde quedarte. Los demás hombres van a necesitar algo caliente que los mantenga en pie mientras te atiendo a ti.

Capítulo 15

    La cabaña que Conner había escogido estaba a mayor distancia de las otras y más profunda dentro del bosque. Necesitaba sentir la seguridad de los árboles alrededor de Isabeau. Su leopardo había marcado a otro hombre y eso daba derecho a ese hombre a dar un paso adelante y desafiar su reclamo sobre ella. Su especie era antigua y seguían la ley más alta de lo salvaje. No era culpa de Isabeau. Ella no había sido criada como leopardo y no sabía cómo funcionaba todo. Ni siquiera sabía cómo controlar completamente a su leopardo. A las chicas que vivían en las aldeas se les enseñaba desde que eran pequeñas, así que cuando ocurría el Han Vol Dan, tenían una mejor oportunidad de mantener a sus leopardos bajo control.
    Su padre se había aprovechado de esa ley. Su madre había sido joven e impresionable. Un hombre mayor y guapo, fuerte, un líder de aldea, ella se había sentido halagada de que la cortejara. Cuando él la presionó antes de tiempo, cometió el error de marcarlo. No había nadie capaz de desafiarlo por su mano y dondequiera que estuviera su verdadero compañero, si todavía estaba vivo, no había estado en la aldea para salvarla.
    Pudo oír el agua de la ducha cerrarse bruscamente. El olor a lavanda vagó hasta él por la puerta abierta. Se sentó a esperarla en la cama. Estaba agotada, también él, pero había una tarea más que tenía que terminar esta noche. Sonrió mientras miraba por el gran ventanal; la luz de la luna apenas lograba traspasar el alto dosel, pero había interrupciones donde los árboles habían sido apartados para hacer sitio a la cabaña, y los rayos entraban en el cuarto, derramando plata a través del suelo embaldosado.
    Se recostó y miró al alto techo, una madera ligera con nudos más oscuros dispersos por toda ella. Las paredes de la cabaña eran de madera y estaban cubiertas de marcas de arañazos. Podía ver surcos profundos decorando cada uno de los cuatro lados y las puntas de sus dedos hormiguearon con la necesidad de dejar su propia marca. Debería haber dejado su marca en Isabeau.
    Había estado guardando ese ritual para el matrimonio, pero ya debería haberlo hecho. Cualquier macho se lo habría pensado dos veces antes de tratar de forzar un reclamo. Ottila había juzgado correctamente que ella era inocente y que no tenía bastantes conocimientos o bastante control para eludir su trampa. Juró para sí. La culpa era suya. Cualquier otro macho se habría cerciorado de que estaba marcada. Era sólo que…
    Suspiró. La había traicionado al seducirla mientras hacía un trabajo. Ella ni siquiera había sabido su verdadero nombre. Quiso elecciones para ella. Quiso estar seguro de que él era su elección, Isabeau, la mujer, no la felina. Quería que toda ella fuera suya.
    – Maldita sea. -Se pasó los dedos por el pelo, enfadado consigo mismo.
    – ¿Qué está mal?
    Ella inclinó la delgada cadera contra la jamba, una toalla envuelta como un sarong en torno a su cuerpo mientras se secaba el pelo con otra. La ducha le había sentado bien. La piel ya no estaba tan pálida, aunque las magulladuras en sus brazos destacaban.
    El aliento se le quedó atrapado en la garganta de repente.
    – ¿Puso su marca sobre ti?
    Ella frunció el entrecejo.
    – ¿Como qué?
    – ¿Te mordió? ¿Te arañó? -Se levantó con un movimiento fluido, rápido y decidido, pero obviamente intimidante. Ella se retiró al vestíbulo, los ojos abiertos de par en par.
    – No. No tuvo ocasión. Felipe llegó y lo asustó -su ceño se profundizó-. No se asustó exactamente. Estaba muy seguro. No creo que Suma sea el dominante entre ellos. Creo que era al revés.
    Él se inclinó y presionó un beso sobre las imperfecciones oscuras que le estropeaban la parte superior del brazo antes de agarrarle la mano y llevarla al dormitorio.
    – Gracias.
    – ¿Por qué?
    – Por tener el valor de matar al hombre que asesinó a mi madre. Sé que no fue fácil para ti. Y por afrontar a un leopardo en medio de la locura. -Le giró el brazo para examinar las cuatro marcas de allí. Se emparejaban con las cicatrices en su propia cara, aunque no eran profundas, más bien como arañazos en vez de laceraciones. Aún así… besó cada marca roja, su boca era suave.
    Isabeau se inclinó hacia él hasta que Conner estuvo rodeado de su olor, hasta que se rindió a ello y la tomó en brazos, sosteniéndola cerca del pecho. La toalla resbaló un poco, pero eso estaba bien para él. La sensación de los senos frotando contra su piel ayudó a revitalizar su cuerpo. Cada nervio, cada célula volvió a la vida.
    – Marisa era mi amiga, Conner. Pero honestamente, todo en lo que pensaba era en ti. -Ladeó la cabeza para mirarlo-. Bien, en ti -dio rodeos-, y quizá en disparar al jefe Rio. Algo sin querer y no tan sin querer. Creo que si me hubiera gritado una vez más, me hubiera vuelto contra él como una psicópata.
    Él dio un paso, forzándola a ir hacia atrás hacia la cama.
    – Y entonces tuvo la audacia de amenazarte con una jeringa.
    – Delante de todos. Tuvo suerte de que no lo intentara -agregó ella.
    El siguiente paso de Conner le hizo chocar la parte de atrás de las piernas contra la cama. Le tomó la toalla húmeda de la mano, le frotó el pelo ligeramente como si lo estuviera secando y luego simplemente la tiró lejos.
    – Si no me seco el pelo, se riza por todas partes. Pequeños rizos. -Le hizo una mueca-. Y es tan largo y espeso que me lleva una eternidad secarlo.
    Isabeau hizo un movimiento como si fuera a recuperar la toalla, pero él agarró el sarong en el puño y tiró hasta que resbaló de los senos, derramándose ante su vista antes de que agarrara la toalla entera.
    – No creo que eso importe realmente, ¿verdad? -preguntó y bajó la cabeza a los senos.
    Los pezones se pusieron de punta y ella jadeó cuando la boca caliente se cerró sobre una punta y la atrajo hasta el fondo. La mano de Conner vagó hasta la unión entre las piernas.
    – Me gustan tus rizos. Todos llameantes. Como eres por dentro. -Los dedos excitaron la húmeda entrada.
    Él se hundió lentamente hacia abajo hasta que se sentó en la cama y tiró hasta que ella lo siguió. En el último momento giró y la dobló sobre sus rodillas, tirando para que cayera sobre su regazo, boca abajo, las nalgas expuestas. Colocó una mano en la espalda para mantenerla en esa postura mientras inspeccionaba su trasero apaleado.
    – Muy agradable. -La mano frotó y masajeó las mejillas firmes hasta que ella se retorció sin aliento, los senos se sacudían con cada movimiento, un atractivo agregado que él no había considerado. Su polla estaba siendo masajeada con cada movimiento del cuerpo de ella, y el cabello largo y húmedo le rozaba como seda viva contra los muslos-. Podría acostumbrarme a esto.
    – Mejor que no -aconsejó Isabeau.
    Pero él podía decir que sus manos ya estaban haciendo magia. Podía ver la evidencia del deseo de Isabeau, su receptividad brillaba entre las piernas. Bajó la mano por curva del culo hasta el pliegue entre el muslo y las nalgas y frotó, insertando la mano para forzar las piernas a separarse.
    Ella se ablandó más, llegó a ser maleable. Él inclinó la cabeza para pellizcar la carne suave, varios mordisquitos amorosos, todo mientras continuaba el masaje. Ella gimió suavemente cuando los dedos se deslizaron en el calor húmedo. Los músculos del estómago ondularon y su cuerpo se ruborizó.
    – ¿Se siente bien, nena? -preguntó él, introduciendo dos dedos en su centro caliente.
    El cuerpo de ella se estremeció, los músculos interiores se apretaron en torno a él. Ella era tan receptiva, tan abierta a él, siempre satisfaciendo cualquier fantasía que él tuviera. No había empezado esto pensando que fuera a ser para algo más que para lograr un fin, pero ahora no podría haber detenido sus exploraciones aunque lo deseara.
    Las manos se movieron sobre ella de manera posesiva, poniendo atención a los muslos y las nalgas, y entonces hundió los dedos profundamente. Encontró la mayoría de sus lugares sensibles y los excitó y rodeó hasta que ella levantó el culo y montó su mano.
    – ¿Se siente bien, Isabeau? -Los dedos acariciaron y mimaron, explorando cada hueco secreto y oculto y cada hueco en sombras de su cuerpo-. Dime.
    El aliento de Isabeau salía entrecortadamente.
    – Sí. Todo lo que haces siempre se siente bien.
    Era verdad. Cuanto más permitía que él supiera lo que le gustaba, mejor era su tiempo juntos. Nunca podría resistirse a él. Cuando la tocaba, se sentía viva. Había pensado en caer en la cama y dormir cuanto pudiera, pero en el momento que sus manos tocaron su cuerpo, todo lo que pudo hacer fue desear.
    Nunca esperó que hubiera algo terriblemente erótico en yacer sobre el regazo de Conner con la mano sosteniéndola hacia abajo y sus nalgas siendo masajeadas y acariciadas, pero había una emoción culpable, un placer que nunca había considerado. Podía sentir su pesada erección, más caliente que una marca, contra el estómago. Sabía que esta nueva posición era excitante también para él.
    No se sorprendió cuando levantó la mano y la bajó experimentalmente sobre su trasero. El picor envió una calidez por toda ella. El golpe no fue duro y sabía que él había comprobado su respuesta. Se sorprendió tanto como él ante la inundación de calor líquido que bañó los dedos de Conner. Cada músculo interior se apretó alrededor de sus dedos. La mano frotó y acarició sobre el calor.
    – ¿Cómo se siente? -Cuchicheó las palabras, su voz una tentación pecadora-. Tienes que decírmelo todo.
    – Caliente. Los nervios se extienden directamente a mi clítoris. No puedo explicarlo exactamente, pero hay tanto calor, como un fuego que se construye y que no puedo parar.
    – ¿Te gusta?
    – Siempre que no sea realmente doloroso. No me gustaría eso. -Pero adoraba el masaje y la manera en que los dedos se movían dentro y fuera de ella, la manera en que él exploraba su cuerpo sin reservas, con las manos y boca. Él era felino y lo demostraba en su necesidad oral de lamerle la piel, de excitar con el borde de los dientes y dar masajes táctiles.
    – Entonces lo siento, nena, pero tengo que hacer esto. -Retiró los dedos, alcanzó detrás de él para coger la jeringa. Sacó la tapa con los dientes, se puso la jeringa en la boca y bajó la mano un poco más fuerte, esperando que el picor entumecería momentáneamente la piel. Hundió la aguja y empujó el émbolo para distribuir el antibiótico.
    Ella siseó, una promesa larga y lenta de venganza. Él no era un leopardo macho por nada. Reconoció el disgusto de un leopardo hembra y no iba a dejarla levantarse hasta que la calmara y la hiciera olvidar tal ultraje.
    – Lo siento, amor, pero te negaste incluso a ir al médico.
    Ella giró la cabeza para fulminarlo. Los ojos se le habían vuelto felinos, adoptando el brillante resplandor de la noche. A la luz de la luna parecía increíblemente exótica, la pálida piel suave y seductora, los globos perfectos de su culo tentador y el pelo rojo le caía alrededor de la carita furiosa. Todo el cuerpo de Conner se tensó, su miembro dolorido y lleno.
    – Había una razón para eso, lerdo. Se llama fobia a las agujas.
    – Le dijiste que no eras alérgica cuando él te preguntó -indicó. La mano empezó un masaje circular para aliviar el dolor y, si tenía suerte, para comenzar uno nuevo.
    – Una fobia no es una alergia -explicó ella-. Ahora déjame levantarme.
    Se estaba volviendo receptiva a sus atenciones otra vez pero su voz decía que no le gustaba, que quería seguir enfadada. Le acarició el lugar dolorido con la lengua y deslizó los dedos profundamente otra vez.
    – Estás tan mojada, cariño. -Retiró los dedos justo cuando ella empujó contra la mano para atraerle más profundamente-. ¿Lo ves? -Los sostuvo, brillando con humedad, delante de su cara-. Como néctar. -La mano regresó, dando masajes y frotando-. Te deseo, Isabeau, ¿vas a decirme que no?
    Ella tembló ante la promesa oscura en su voz. La mano en la espalda se movió despacio y él le permitió que se deslizara fuera del regazo. Ella se sentó en el suelo con cautela, temerosa de sentarse directamente sobre el ofensivo picor. Levantó la mirada. La luz de la luna se derramaba por la cara de Conner, dándole un borde más suave a pesar de las cicatrices. Levantó la mano y le acunó el lado de la cara, el pulgar se deslizó por la cicatriz más profunda.
    – Rio me dijo que tuviste una infección.
    La mano de él cubrió la de ella y luego giró la cabeza y presionó unos besos en el centro de la palma.
    – Las he tenido antes y las tendré otra vez. -La mirada dorada ardió en la de ella-. Tomé mi inyección de antibióticos sin gimotear.
    – Eres tan grande y valiente -contestó ella con una sonrisa débil y misteriosa. Su mirada cayó a la ingle, a la erección pesada, gruesa y levantada contra el vientre plano. Arrastrando los dedos con un toque delicado sobre el miembro, llegó al saco que colgaba debajo, mirando cómo temblaba Conner mientras lo hacía-. Sólo un toque y ya tiemblas.
    Isabeau le rozó las suaves pelotas con los dedos antes de acunarlas, las hizo rodar y las apretó suavemente, todo el tiempo manteniendo los ojos centrados en el centro del cuerpo de él, como si cada una de sus reacciones fueran lo más importante en el mundo para ella. El aliento estalló de los pulmones de Conner cuando se inclinó sobre él y lamió suavemente, una y otra vez, acunando sus pelotas y la base de su miembro mientras el placer le inundaba el cuerpo y se endurecía imposiblemente.
    Su boca infinitamente suave le chupó otra vez. Todo lo que ella hacía estaba diseñado para complacerlo. Las manos regresaron, acariciando y rozando mientras apartaba la boca y volvía a mirar su reacción.
    Conner absorbió la sensación de su toque en la piel. Ella le podía transportar instantáneamente a otro reino sólo con sus dedos. La observó con ojos entreabiertos, mirando la absorta atención en su cara cuando cerró los dedos alrededor del grueso miembro, forzándolo a dar una boqueada de placer. Ella bombeó experimentalmente. Una vez. Dos veces. Su mirada nunca se apartó de su verga. Ella estudió la manera en que latía en su mano, cómo reaccionaba al calor del aliento en la cabeza hinchada. Cuando unas pequeñas gotas color perla aparecieron las quitó con un lametazo como si fuera un cucurucho de helado.
    Cada toque, cada caricia era suave como una pluma, apenas allí, diseñada para atormentarlo. Había una mirada en la cara de Isabeau que le rompía, sinceramente le rompía. Ella le comprendía. Le veía, al hombre y al leopardo. Comprendía su impulso de dominar y le aceptaba por quién era. Disfrutaba dándole placer. Y confiaba en él completamente. La confianza estaba en sus ojos cada vez que se entregaba a él sin reservas.
    Ella se inclinó hacia delante y curvó la lengua alrededor de la cara inferior de la cabeza ancha, excitando su lugar más sensible y pareciendo complacida cuando la polla respondió con un tirón rápido y grato, latiendo y pulsando en la mano.
    Él gimió, juró suavemente y enterró los puños en el glorioso pelo, tirando de su cabeza hacia delante, desequilibrándola un poco, hasta que colocó su miembro en equilibrio en la boca. Le untó los labios con esas pequeñas gotas color perla y el corazón casi se le detuvo cuando ella sacó la lengua para capturar su esencia, atrayéndolo dentro.
    – Abre la boca -ordenó suavemente. Necesitándola. Deseándola. Amándola. Dios, pero ella era brutal, una mujer para sostener por siempre.
    Ella alzó la mirada entonces, se encontró con la de él y el corazón de Conner empezó a funcionar a toda marcha, golpeando con la fuerza de un martillo. Vio cómo sus ojos cambiaban, volviéndose somnolientos, adormilados, tan sexy que gimió otra vez y le empujó la cabeza contra él. La boca se abrió bajo la presión y ella chupó la polla en el caldero apretado y caliente.
    La lengua empezó a dar golpecitos y a bailar alrededor de la ardiente cabeza, acariciando la cara inferior hasta que él juró que iba a volverse ciego. El cuarto se enturbió realmente y unas pequeñas explosiones explotaron en su cerebro. Las corrientes eléctricas crepitaron en la sangre, causando que su cuerpo se estremeciera y otro gemido profundo escapara. Ella lo lamió, lo chupó y le dio golpecitos, sin detenerse nunca en una sola cosa sino cambiando constantemente hasta que Conner estuvo desequilibrado y las sensaciones se amontonaron una encima de la otra. Ella no mostró signo de estar cansada, sino que le condujo sobre el borde de su control una y otra vez y luego retrocedía hasta que él pensó que explotaría.
    Respirando entrecortadamente, usando las riendas sedosas que sostenía, le levantó la cabeza.
    – Ponte a cuatro patas.
    Todavía sosteniéndolo profundamente en la boca, con la lengua trabajando arriba y abajo por su miembro, negó con la cabeza, los ojos le decían que estaba arruinándole la diversión. La apartó de él, sosteniéndola quieta, las manos enterradas con fuerza en su pelo, hasta que obedeció. Isabeau tembló cuando él se arrodilló detrás de ella y colocó la mano entre los omóplatos, presionando la cabeza contra el suelo.
    La acción levantó sus nalgas, esos perfectos globos y él curvó las palmas sobre su culo de manera posesiva. Lo masajeó, amasó y luego resbaló los dedos entre las piernas donde la humedad brillaba.
    – Adoro cuán mojada te vuelves por mí, cariño. -Frotó la cabeza de la polla de aquí para allá por los suaves pliegues, sintiendo el calor húmedo, prolongando el momento, deseando que ella empujara contra él-. ¿Qué piensas? ¿Debo provocarte del modo en que tú me has provocado a mí? -Se agachó sobre ella, permitiendo que sintiera su peso mientras presionaba el pene en la ardiente entrada.
    Ella se estremeció e hizo un sonido estrangulado en el fondo de la garganta. Él sintió la vibración corriendo por su cuerpo directamente al canal femenino. Hundió un poco las caderas y sintió que el cuerpo de ella cedía a la invasión. Apretado. Al rojo vivo. Siempre ese poquito de resistencia como si ella no fuera a permitirle entrar y luego… el paraíso. La respiró, permitió que lo tomara, rindiéndose a ella completamente. Siempre le divertía pensar que ella pensara que era la que se rendía. Él era el fuerte, el leopardo macho dominante, agresivo, tomándola de cualquier forma que deseara. Era este momento, la primera unión cuando el amor por ella lo abrumaba. Le sacudía tanto que siempre necesitaba este momento después de enterrarse en ella, para rendirse a ella, a la enormidad de lo que sentía por ella.
    Comenzó a moverse, un poco sorprendido de la fuerza de su amor por ella. Cuando estaba así, sintiéndose como si tocara el borde de un milagro, prefería estar detrás donde Isabeau no pudiera verle la cara. Cada golpe enviaba llamas por todo su cuerpo, le lamía la piel, ardiendo a través de su polla y esparciéndose como un incendio fuera de control hasta que las sensaciones eran tan fuertes que no podía pensar.
    Ella movió las caderas hacia atrás con la fuerza de su ritmo, un duro y rápido ritmo que era casi brutal. Respingó una vez y él se forzó inmediatamente a parar, manteniéndose inmóvil en ese exquisito caldero de fuego.
    – ¿Qué es, amor? -se las arregló para preguntar cuando todo su ser quería, necesitaba, continuar.
    Ella sacudió la cabeza y se meneó.
    – Por favor -logró decir-, sigue.
    – ¿Qué te duele? -Su voz era más áspera de lo que pensaba, la garganta casi cerrada con el fuego abrasador que le rodaba por el cuerpo. Cada instinto exigía que se hundiera más profundamente y con más fuerza.
    Ella le dio una pequeña risa.
    – Mi culo. La inyección duele.
    Él cambió instantáneamente de ángulo para que el cuerpo no golpeara contra esa pequeña herida.
    – La próxima vez -dijo con los dientes apretados, mientras empujaba más profundamente, sintiendo como los pliegues apretados se estiraban alrededor de su invasión, se agarraban, haciendo la fricción exquisita-. La próxima vez, dime inmediatamente cuándo estás incómoda.
    Isabeau suprimió su comentario descarado, no queriendo arriesgarse a que le diera un cachete en el culo cuando sucedía que estaba en una posición vulnerable. Además, en este momento no deseaba que dejara de moverse jamás. Los dedos eran duros en las caderas, indicando el ritmo, imponiendo el rápido ritmo, meciéndola con cada golpe. Siempre se perdía en él, en cada asombroso momento en que se reunían.
    Podía sentir cómo se construía la sensación en su cuerpo más y más fuerte hasta que se estiró tanto como pudo sin romperse, la herida tan tensa que pensó que no podría ir más allá sin romperse en un millón de pedazos. Su cuerpo se estremeció, cada músculo tembló, contrayéndose, agarrando al invasor mientras empujaba profundamente una y otra vez.
    Él enterró toda la longitud de su grueso miembro una y otra vez en su dolorido y necesitado cuerpo. Ella bamboleó la cabeza, el cabello voló en todas direcciones, cuando las duras manos le agarraron por las caderas y la mantuvieron quieta mientras bombeaba dentro de ella, enfundándose hasta que no hubo nada más que el sonido de sus cuerpos juntándose, la combinación de las respiraciones entrecortadas y el creciente fuego en el centro de sus cuerpos.
    Apretó los músculos en torno a él, amarrándolo con fuerza, acariciando su pene con una caliente caricia de terciopelo. Su polla, seda sobre acero, era como una lanza dirigiéndose a su interior, tan dura, tan caliente, arrastrándose sobre el conjunto de nervios en carne viva una y otra vez mientras la estiraba y la llenaba.
    Él se ralentizó de repente, empujó centímetro a centímetro ardiente a través de los pliegues apretados, un movimiento implacablemente lento que la hizo gemir entrecortadamente. Podía sentir cada vena en la gruesa longitud de él empujando en su cuerpo hasta la gran cabeza que golpeaba contra su matriz y se alojaba como una marca abrasadora.
    – Maldita seas, Isabeau -siseó.
    Ella no podía dejar de rotar las caderas, apretando los músculos en torno a él, apretando y ordeñando, revolviéndose en esa gruesa punta de placer que la invadía.
    El aliento estalló fuera de los pulmones de Conner. Juró y le agarró las caderas con fuerza. Ese fue su único aviso. Empezó empujar como una taladradora, empalándola una y otra vez, conduciéndose más profundamente, enviando ondas de abrumador placer que se derramaron por ella, la intensidad creció y creció hasta que lo abarcó todo.
    Ella gritó con voz ronca, el sonido estrangulado mientras sentía la liberación de Conner, caliente y espesa, explotar en lo profundo de ella, contra su matriz que se contraía y latía. Por un momento todo su cuerpo se cerró, cada músculo se contrajo, se sujetó con fuerza y luego la liberación rompió por ella como una tormenta de fuego, aumentando en intensidad. Podía oír el rugido en su cabeza, sentir las llamas ardientes atravesándola, el cuerpo temblar de los dedos de los pies a la cabeza.
    Él la sujetó, cuchicheando suavemente.
    – Lo siento, nena. Esto tiene que hacerse.
    Le hundió los dientes en el hombro, no los dientes de un hombre, sino los de un gato, inmovilizándola mientras la atrapaba con el cuerpo, todavía meciéndose con el placer. El dolor le traspasó el hombro como un rayo bajo la boca de Conner y luego la lengua la lamió, llevándose el escozor. Se estremeció bajo esa lengua áspera y giró la cabeza para mirar por encima del hombro. Los ojos de Conner eran completamente felinos, dorados y enfocados, tan intensos que sintió otro espasmo en la matriz.
    Conner dejó caer la cara contra su espalda y se frotó, piel contra piel, la sombra en su mandíbula rozó la piel de Isabeau rudamente, enviando más hondas a su centro. Presionó besos por su espina dorsal y lentamente se enderezó hasta que estuvo arrodillado detrás de ella, todavía sujetándola.
    – Te amo, Isabeau. Más de lo que puedes saber.
    Salió con cuidado de su cuerpo y se hundió en el borde de la cama, las piernas inestables. Ella se giró y se arrastró hasta él, la cara ruborizada, los ojos vidriosos, la respiración entrecortada. Se sentó en el suelo delante de él, mirándole. Las miradas se juntaron.
    La expresión de ella era tan cariñosa que le humilló. No se merecía lo que ella sentía, ese amor que lo abarcaba todo, esa casi adoración, pero decidió no perderlo nunca. Se inclinó hacia ella e Isabeau inmediatamente levantó la cara para permitirle tomar posesión de la boca en un largo y satisfactorio beso.
    – Haré todo lo que esté en mi poder para hacerte feliz, Isabeau.
    – Me haces feliz, Conner. Cuando estamos solos así, y te tengo, sé lo que siento y lo que tú sientes. Está aquí en este cuarto y es suficiente para mí.
    Él echó una mirada alrededor de la pequeña cabaña rústica. Esta sería su vida con él, por lo menos durante mucho tiempo. Siempre viajando de un a trabajo a otro. Él nunca podría estar lejos de la selva, sabía que nunca podría vivir en una ciudad. Había pasado un tiempo en los Estados Unidos en una hacienda grande, era un hermoso lugar, pero no para él.
    – ¿Puedes vivir así, Isabeau?
    Ella le sonrió.
    – ¿Contigo? Es exactamente donde quiero estar.
    Conner sacudió la cabeza.
    – Quiero que lo pienses, cariño. Tienes que pensar realmente en cómo sería día tras día. Soy un hombre exigente. Me gusta a mi manera. He tratado de ser honesto acerca de lo que deseo contigo pero echo una mirada alrededor y veo que no te ofrezco el mundo. A veces será peligroso y la intensidad de esos momentos puede ser abrumadora de mala manera.
    Ella le frunció el entrecejo.
    – ¿Estás tratando de deshacerte de mí?
    Él le enmarcó la cara con las manos.
    – No. Por supuesto no. Sólo quiero que estés muy segura de la realidad de amarme. No siempre será maravilloso.
    – ¿Como encontrar cadáveres en un jardín o tener que matar a alguien? -Su voz se rompió y le frunció el ceño-. Sé exactamente en lo que me estoy metiendo, Conner. No tienes que suavizarlo. Te conocí mientras estabas en una misión, ¿recuerdas? Eso no resultó tan bien para mí. No soy una princesa atrapada en un cuento de hadas. Soy una mujer real con un cerebro que puede comprender las consecuencias.
    – ¿Has comprendido cómo será vivir conmigo? ¿El hombre? ¿El leopardo?
    Ella alcanzó atrás y se tocó la marca de mordedura en el hombro con dedos temblorosos.
    – Hay una cosa que sé. No eres un misterio, Conner. Te gusta a tu manera en lo que se refiere al sexo.
    – En todas las cosas.
    Ella se rió de él. La diversión chispeaba en sus ojos.
    – ¿De verdad? ¿En todas las cosas? Creo que no. Pienso que te importa lo que deseo, lo que me hace feliz. Incluso en el sexo, quieres que piense en tu placer, pero mientras lo hago, tú estás pensando en el mío. No te ves casi tan bien como te veo yo.
    – Sé que te amo, Isabeau, con cada aliento de mi cuerpo y no sobreviviría si me dejaras. He estado un jodido año interminable sin ti y no quiero pasar por eso nunca más.
    Isabeau sonrió y se inclinó hacia él, le deslizó la lengua sobre el miembro. Se tomó su tiempo, lamiéndole amorosamente, mientras las manos de Conner iban a su cabello y lo acariciaban. Ella le estaba respondiendo de un modo que ninguna mujer pensaría hacer y su corazón casi explotó de amor por ella.
    Ella se tomó su tiempo, asegurándose de que él la oyera, que supiera exactamente lo que estaba diciéndole, gritándole, en silencio. Era consciente de cada temblor en el cuerpo de él, de cada matiz diminuto, mientras lo cuidaba, devolviéndolo a su estado medio duro. Se hundió hacia atrás y le sonrió.
    – Voy a limpiarme y a caer en la cama para dormir durante horas. No me despiertes.
    Él sabía que lo haría. Y sabía que ella lo sabía. La sonrisa de Isabeau era como la del gato que se comió al canario. Sabía exactamente lo que le había hecho con la boca. Con el modo en que le amaba. La miró alejarse y por primera vez pareció cómoda con su desnudez delante de él, las caderas oscilaron de modo provocador, tentadoramente.
    – Pequeña pícara -cuchicheó y se tumbó sobre la cama, entrelazando los dedos detrás del cuello, la satisfacción le zumbaba por las venas. Le hacía sentirse en la cima del mundo. Le hacía sentir… magia.
    Contempló el techo, su cuerpo lánguido y saciado, estirándose como el gato que era. Ella regresó al cuarto, su cuerpo fluido y elegante, muy femenino, y él y su leopardo la admiraron mientras cruzaba a su lado y se hundía en la cama.
    Conner estaba tumbado de lado, apoyado sobre un codo mientras con la otra mano le acariciaba la melena salvaje. Ella tenía razón acerca del pelo. Los mechones se habían secado en una profusión de rizos que él encontraba intrigante. Generalmente, ella llevaba el pelo liso, ocultando su mirada indomada. Le gustaba su lado salvaje.
    – He estado pensando, Isabeau -murmuró, mirando el juego de la luz de la luna a través de su cara-. Ninguno de nosotros tiene familia ya.
    – Tienes un hermano.
    Eso fue un golpe duro inesperado.
    – Sí. No he pensado sobre ese aspecto, de lo que te estaría pidiendo.
    Las pestañas velaron los ojos de Isabeau.
    – ¿Y qué sería eso?
    – Bien, por supuesto tengo que acoger al chico. Criarlo yo mismo. Sólo tiene cinco años. Si estuvieras conmigo, te estaría pidiendo que fueras una madre para él.
    Ella hizo un pequeño sonido, como un suspiro.
    – Estoy muy por delante de ti, Einstein. Por supuesto que nosotros le criaremos, ¿Qué otra cosa haríamos? Tu madre nos perseguiría para siempre si no lo hiciéramos. Además, yo lo he conocido. Tiene tus ojos y tu cabello. Es un chico encantador. Ahora duérmete.
    Él continuó jugando con su pelo, mirándola respirar. La larga extensión de piel parecía suave y tentadora a la luz de la luna. El dolor en la ingle era agradable, no doloroso y disfrutó estando allí tumbado, su cuerpo como una cuchara en torno al de ella, su pene apretada contra su culo, los muslos apretados contra los de ella. Así serían sus noches. Isabeau en su cama. Bajó la mirada a los senos, los pezones suaves e invitadores. Algún día un hijo se acurrucaría allí y se alimentaría, sería la cosa más hermosa del mundo.
    – Cásate conmigo, Isabeau. -La mano dejó el pelo para ahuecar el seno, el pulgar le rozó perezosamente de aquí para allá a través del pezón, sabiendo que estaba enviando diminutas chispas de excitación directamente al clítoris. Mantuvo el toque suave y poco exigente.
    Ella mantuvo los ojos cerrados.
    – Ya te dije que lo haría. Ahora duérmete.
    – Cásate conmigo mañana, Isabeau -susurró, parando la mano y curvando la mano en torno al seno sólo para sostener el peso suave.
    Ella abrió los ojos. Parpadeó y giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
    – ¿Mañana?
    – Quiero que seas mi mujer. Ninguno de nosotros tiene familia, aparte del chico. El equipo es nuestra familia. El doctor podría arreglarlo para nosotros. Adivino que en este valle hay leopardos. El doctor sólo se asentaría donde su pericia ayudara a su propia gente. Quiero saber que estás esperando al final de este asunto.
    Ella se dio la vuelta lentamente y le tocó la cara con la mano.
    – Conner. Te amo. Sé lo que tienes que hacer para recuperar a esos niños. Y sé que te hace sentir sucio e indigno de mí, pero eso te hace mejor ¿No lo ves? Eres un hombre extraordinario para arriesgar lo que tenemos por la seguridad de otros. Quise decir lo que dije cuando te aseguré que estaría detrás de ti al cien por cien. Dime qué hacer para ayudarte y lo haré.
    – Cásate conmigo mañana. Sé mi mujer. Eso me ayudaría.
    Ella tragó. Él miró el movimiento de la garganta, le intrigó que estuviera nerviosa cuando sabía que estaba comprometida con él. Le acarició la garganta con los dedos y sintió el tragar convulsivo, entonces trazó los labios con la punta del pulgar y los sintió temblar.
    – ¿Qué es, nena? -Mantuvo su voz suave y baja, íntima-. ¿Tienes miedo?
    Ella parpadeó rápidamente otra vez.
    – Es sólo que a veces tengo dificultades…
    – ¿Con…? -Incitó, la mano moldeó los senos otra vez y luego se deslizó abajo para frotar pequeños círculos sobre el vientre.
    – Con creer que un hombre como tú podría estar realmente satisfecho con una mujer como yo.
    La mano se inmovilizó. Él se tensó.
    – ¿Qué demonios significa eso, Isabeau?
    Isabeau se tumbó de espaldas y le miró a la cara, marcada y dura, experimentada y con el peligro en cada línea. Aunque la luz de la luna se derramaba sobre ella, él todavía estaba oculto en las sombras, algo que identificaba con él. Siempre sería ese hombre en las sombras. Duro. Fuerte. Un poco misterioso. Y tan… tan experimentado en todos los aspectos en que ella no.
    – Fuera de mi liga.
    Él arqueó la boca, la sonrisa llegó lentamente.
    – Tienes que dar marcha atrás, cariño. Siempre he sabido que tú estabas fuera de mi liga con tu inocencia y tu confianza. Eres la cosa más hermosa en mi vida y no hablo de tu cuerpo excepcional, al cual admitiré le tengo mucho cariño. Eres todo lo que deseo, Isabeau y nunca debes sentirte como si no pudieras mantener mi ritmo. Si acaso, es al revés.
    – Yo no hablo de intelecto, ni de valor. Siento que puedo ser una ventaja para ti, Conner, pero aquí, en la cama, no tengo ninguna experiencia, aparte de la que me has enseñado.
    Su miembro dio un tirón contra su trasero, creció más caliente y más grueso. Él se rió suavemente.
    – ¿Sientes eso, nena? Eso es lo que tú me haces. Estás tan dispuesta a complacerme y sigues las instrucciones hermosamente. Un hombre desea a una mujer que le da su confianza y su cuerpo sin reservas. Tú haces eso. No puedo pedir nada más. No tienes miedo de decirme o mostrarme lo que te gusta. ¿No crees que sea recíproco? Mirarte disfrutar de mi cuerpo es el pago más grande que hay. El sexo es sólo sexo, Isabeau. El amor es diferente. El amor es mente y cuerpo, corazón y alma. No sé cómo decirlo. Cuando estoy contigo, no es sólo mi cuerpo siendo satisfecho. He tenido el amor, tu marca del amor y no deseo nada más.
    Ella rodó para ponerse de lado y acurrucó el redondo y firme trasero más apretado contra el regazo.
    – Bien entonces. Acepto. Ahora duérmete.
    Conner la miró fijamente, a las largas pestañas que una vez más velaron sus ojos y comenzó a reírse.
    – Vas a ser un verdadero infierno con el que vivir, ¿no?
    – Absolutamente.
    – Bien, ¿no vas a hablar de vestidos y trajes?
    – No tengo ningún vestido.
    – ¿Vamos a casarnos desnudos entonces? Tiene sus posibilidades.
    Ella se rió suavemente.
    – Sólo tú pensarías eso. No. Llevaremos ropa. Ahora duérmete. Hablar te pone duro.
    –  me pones duro. Mirarte me pone duro. Yacer a tu lado me pone duro. El sonido de tu voz, el toque de la piel…
    Ella le empujó y se meneó, frotando las nalgas contra su miembro.
    – ¡Para! Entiendo.
    – Entonces quieres llevar ropa. ¿Qué ropa? No empacamos mucho exactamente y tu vestido tiene sangre por todas partes. Destrocé mi ropa cuando fui a ayudar a Jeremiah.
    – Llevaré mis vaqueros. Traje una muda de ropa, vaqueros y camiseta. Bien, un top de tirantes, pero estará bien. El punto no es nuestra ropa, ¿verdad?
    – Entonces un vestido. Y un traje. Tendremos que preguntar al doctor dónde podemos conseguir algo que funcione.
    Isabeau amortiguó la risa contra la almohada.
    – Eres imposible. No tengo la menor idea de dónde se supone que vamos a conseguir un vestido y un traje, pero qué más da. -Abrió los ojos y lo miró otra vez por encima del hombro-. Y puedo decirte que vas a atravesar mucha ropa. Quizás deberías practicar desnudarte a la carrera sin arruinar lo que llevas.
    – Circunstancias extremas llaman a la reacción extrema.
    – No si soy la que tiene que intentar reparar las ropas. Y si andas desgarrando la ropa a trozos, ¿qué piensas que hará tu hermanito? Seguirá tu ejemplo en todas las cosas.
    – ¿Eso crees? -Rodó sobre ella para ponerla de espaldas y le pasó la mano desde los senos a los muslos, frenando en el vientre y el montículo antes de viajar más abajo-. Adoro la sensación de tu piel.
    – No voy a moverme, Conner. Si vas a… -Terminó con un pequeño grito cuando él hundió la cabeza y trazó con la lengua el mismo sendero que habían hecho las manos, parando esta vez en la unión entre las piernas.
    Ella se rió y le agarró del pelo, manteniéndole allí.

Capítulo 16

    Isabeau tomó la taza de té de Mary Winters con una pequeña sonrisa.
    – Conner quiere que encuentre un vestido. Por alguna razón, es realmente importante para él.
    – ¿Y para ti no? -preguntó Mary suavemente.
    Isabeau miró a la taza humeante.
    – No quiero que lo sea. No es como si tuviera familia. Mi madre murió hace tanto tiempo que apenas la recuerdo y mi padre… -Se calló. No era como si tuviera a alguien que la llevara por el pasillo. La boda iba tener lugar en el patio trasero del doctor, en el mismo borde de la selva tropical. Los vestidos blancos, largos y tradicionales no tendrían sentido de todos modos-. Creo que todas las chicas sueñan con este día, yendo por el pasillo con su padre, rodeada por la familia y amigos. -Se encogió de hombros-. Quiero casarme con Conner, por supuesto, pero imaginé que todo sucedería de forma bastante diferente.
    Mary se estiró y le tocó la rodilla con comprensión.
    – No te deprimas, Isabeau. Puedes hacer de este día algo que desees. Cuando Abel me pidió que nos casáramos, no tuvimos a nadie tampoco. Ahora… -La sonrisa fue cálida-, nuestra familia es muy grande y estamos bendecidos con varios nietos. Recuerdo el día que nos casamos como si fuera ayer. Quiero que tu día sea como ese. Tu hombre está tan emocionado. Puedo ver la alegría en su cara.
    La sonrisa de Isabeau le iluminó los ojos.
    – Yo también. Por eso he aceptado esto. Es tal imposición para ti.
    – ¿Conocías a Marisa? -preguntó Mary, colocando la taza con cuidado en el mantel blanco de encajes.
    Isabeau asintió.
    – La conocí hace poco, justo antes de que la mataran. Era una buena amiga. En aquel momento, no supe que era la madre de Conner.
    – Pero ella sabía que eras la compañera elegida de Conner -dijo Mary-. Lo sé porque yo siempre lo supe con mis hijos. Las madres tienen un sexto sentido sobre eso.
    – Espero que lo supiera. Espero que lo aprobara.
    – Marisa era una persona que aceptaba. El hombre que escogió cuando fue joven e impresionable no era su verdadero compañero, pero permaneció fiel a él a pesar del hecho de que la tratara tan mal. Crió a su hijo para ser un buen hombre y habría criado al chico que aceptó… -Se calló cuando Isabeau jadeó.
    Mary asintió.
    – Sí, querida, sabíamos sobre el pequeño Mateo. Marisa nos lo trajo cuando necesitó un médico para él. Era una buena mujer y estaría feliz de que tú fueras la que va a compartir la vida de su hijo. Sé que lo estaría.
    – Eres muy amable -dijo Isabeau.
    – Conocía a Marisa muy bien, Isabeau y ella querría que te ayudara. Me gustaría hacerlo si no te importa. Nunca he tenido una hija, sólo hijos. Afortunadamente adoro a todas sus mujeres, pero ellas tenían sus propios padres para manejar cosas como las bodas. Marisa y yo a menudo hablábamos sobre eso, como soñábamos como madres con crear un maravilloso vestido para nuestras hijas. Ella no tenía hijas tampoco, así que depositó sus esperanzas en la mujer de Conner, en ti. Ella no está aquí, pero quizás estarías dispuesta a cumplir nuestros sueños.
    La emoción casi estranguló a Isabeau. Las lágrimas ardieron detrás de los ojos y tuvo que morderse con fuerza el labio para suprimir un sollozo.
    – No sé qué decir. Me haces sentir como si todo fuera posible.
    La cara de Mary se iluminó.
    – Lo es. Sucede que tengo este baúl y es un cofre de tesoros para nosotras, creo. -Midió la talla de Isabeau, la levantó de la silla y la hizo girar en un círculo-. Sí, creo que estaremos bien y si no, bueno soy bastante habilidosa con la máquina de coser. Vamos a hacer unas pocas llamadas telefónicas. Tengo amigas que vendrán a ayudarnos.
    – Conner quizás se preocupe por los extraños, especialmente con Jeremiah tan mal -indicó Isabeau de mala gana.
    – Jeremiah está mejorando. Ve a echarle un vistazo y deja que tu hombre sepa lo que estoy haciendo. Recuérdale que Abel y yo conocemos a los que estoy llamando desde hace más de veinte años. Tengo millones de cosas para hacer. Ve a tranquilizarte con la mejora de tu amigo y luego vuelve inmediatamente aquí.
    Isabeau sintió que el corazón le saltaba en el pecho. Por primera vez, se sentía más ligera, como si hubiera una oportunidad de que pudiera tener un día especial y memorable. Más probablemente, se dio cuenta, porque tenía a alguien con quien compartir su felicidad, alguien con quien hablar mientras lo preparaba. Conner tenía a Rio y a los otros, incluso al Doctor, pero ella no conocía a nadie. Mary hacía que Isabeau se sintiera como si estuviera siendo mimada: no sólo quería ayudar en los preparativos, sino que los esperaba con ansía.
    Asintió y atravesó la casa al cuarto trasero donde Jeremiah descansaba. Conner y Rio estaban en el cuarto con él. Jeremiah parecía pálido, las magulladuras y los desgarros estropeaban su cuerpo. Una IV le alimentaba e Isabeau notó una bolsa de antibióticos goteando en el brazo.
    – ¿Cómo está? -preguntó.
    Conner le envolvió el brazo alrededor de la cintura y la atrajo al lado de la cama.
    – Lucha contra una infección, pero el Doctor dice que la superará. Tendrá una voz interesante durante el resto de su vida.
    Rio suspiró.
    – No debería haberle utilizado. No estaba preparado.
    – No creo que pudieras haberle detenido -dijo Isabeau-. Se sentía culpable por escuchar a Suma en primer lugar. Tenía la necesidad de reconciliarse consigo mismo y quizá conmigo. Te habría seguido.
    – Se manejó bien -indicó Conner-. No se asustó y a pesar de encontrarse con un enemigo, volvió a la misión original, tratando de protegernos. Suma era experimentado y un luchador. Tuve unos pocos momentos malos con él yo mismo. Isabeau le disparó, ¿recuerdas? Yo sólo acabé el trabajo.
    – Tú le habrías eliminado -dijo Rio-, pero iba a llevar un tiempo que no teníamos.
    – Creo que Ottila será más peligroso que nunca -Isabeau se aventuró con indecisión-. Parecía tomar un segundo lugar tras Suma, pero yo no lo creí después de encontrarme con él. Creo que él es quien tiene el cerebro. Y creo que su prioridad número uno será buscar venganza por Suma.
    Conner sacudió la cabeza.
    – Era para atraparte.
    Ella frunció el entrecejo.
    – Suma y Ottila parecían hermanos cercanos. Dijo que ellos… -Se mordió el labio y se forzó a continuar, aunque lo encontrara embarazoso-, compartían todo, inclusive las mujeres. Estaba dispuesto a compartirme con Suma, aunque dijo que yo llevaría a su niño.
    – Eso sólo habla de quien es el dominante -dijo Rio-. Él la habría tomado en el celo, sin permitir que Suma tuviera acceso a ella, para asegurarse de que el niño fuera suyo. Ella tiene razón, Conner, era Ottila, no Suma, quien llamaba a los disparos.
    – Y sabemos que no son enteramente leales a Imelda -agregó Conner-. O le habrían dicho que Philip Sobre grababa sus conversaciones. Mi suposición es que empujaron a Sobre a hacerlo. Ottila probablemente había presentado a Suma y Sobre, habrían trazado un plan. Fingirían trabajar para Imelda, pero trabajaban realmente para él. Probablemente sugirieron que grabara las conversaciones, probablemente incluso le dijeron cómo. Sobre no es el hombre más brillante del planeta.
    – No lo era -corrigió Rio-. ¿Viste el periódico esta mañana?
    Isabeau miró rápidamente a hurtadillas a Conner por debajo de las pestañas. No habían mirado un periódico ni hecho mucho más que disfrutar del cuerpo del otro. Había perdido la cuenta de cuantas veces la había despertado silenciosamente y cuando la luz de la mañana se arrastraba por el cuarto, ya se había estado moviendo dentro de ella. No estaba segura de que pudiera andar normalmente y definitivamente estaba un poco dolorida.
    – Philip Sobre fue encontrado asesinado. Colgaba en un armario con las entrañas envueltas alrededor de la garganta cortada. Le habían sacado la lengua por la apertura con la tradicional «corbata colombiana». Había sido torturado extensamente. Se mencionaba la fiesta, pero todos los invitados habían sido vistos saliendo y a Philip diciéndoles adiós desde la puerta, besando a las señoras, incluso a Imelda en ambas mejillas -dijo Rio-. Tienen video vigilancia para demostrarlo.
    Isabeau se apretó el estómago con una mano.
    – Eso es enfermo. ¿Imelda ha hecho eso?
    – Según los periódicos, ella estaba devastada. Philip Sobre era un ex amante y un maravilloso y cercano amigo. Le echará de menos terriblemente y no parará hasta cazar a su asesino. Miraba directamente a la cámara cuando pronunció esa mentira con completa sinceridad. No tenía comentarios sobre los hallazgos en el jardín privado -agregó Rio.
    Isabeau inhaló bruscamente.
    – ¿Qué han encontrado?
    – Cuerpos. Más de treinta hasta ahora, femeninos y masculinos. Se especula con que Philip Sobre podría ser el asesino en serie más grande de Panamá de la historia del país -le contó Rio.
    – Creo que ha habido uno o dos que nunca han sido reconocidos o se ha sabido de ellos -dijo Conner-. Esto será muy incómodo para las fuerzas de la ley, especialmente con tantos funcionarios que le conocían.
    – Vaya lío. Imelda no podía esperarlo -dijo Rio-. Adivino que desarmó ese lugar buscando esas cintas. Para ahora, toda la evidencia contra ella está destruida.
    Isabeau se estaba poniendo más caliente e incómoda, la boca le dolía como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Incluso sus dientes le dolían. La conversación la ponía enferma.
    – Quizá -contestó Conner-, pero si Ottila fue el que puso la idea de grabar las conversaciones en la cabeza de Sobre en primer lugar, hay una buena oportunidad de que las tenga escondidas en algún lugar. Y si fue él quien registró la casa, no tendría razón para encontrarlas. Imelda no tiene la menor idea de que no es leal a ella.
    – ¿Por qué yo soy su máxima prioridad?-preguntó Isabeau-. ¿No es el dinero su verdadero motivador? -Unas lágrimas inesperadas manaron y tuvo que parpadear para alejarlas rápidamente.
    – Un leopardo sin compañera tiene problemas para resistirse a una hembra en medio del Han Vol Dan. Creo que el instinto de aparearse vence a todo el buen sentido. Introdujiste una sustancia química en su sangre. Será como una fiebre creciente en su cuerpo. Tendrá que venir a por ti -dijo Rio.
    Ella se quedó sin respiración. La mirada saltó a Conner en busca de confirmación.
    – ¿Es eso lo que te hice? -Se estiró y le rozó la cicatriz de la mejilla con la yema del dedo-. ¿Cuándo hice eso?
    Conner le agarró los dedos y los atrajo al corazón.
    – Sí. Pero eso no tiene nada que ver con que esté enamorado de ti. Ya había ido lejos antes de que me asestaras el golpe.
    – ¿Las garras siempre sueltan la sustancia química?
    Una onda de calor la estaba recorriendo, haciéndola sudar. Quizá tenía fiebre por las marcas de garra en el brazo a pesar de la inyección. Él negó con la cabeza.
    – Generalmente es deliberado. Tu gata probablemente me marcó a causa de una combinación de cosas. Tu ira, que por cierto era justificada, somos compañeros y nos habíamos enamorado.
    – ¿Y Ottila? -No podía evitar la humillación y el dolor de su voz.
    – Ella está en celo, surgiendo. No tiene más control sobre sí misma que el que tú tienes sobre ella. Es un proceso que se aprende. La mayor parte de nuestras mujeres tienen la ventaja de padres que les enseñan cómo tratar con los instintos felinos desde que son pequeñas. Tú ni siquiera sabías que eras leopardo. -Se llevó los dedos a la boca y raspó con los dientes, la mirada fija en la de ella-. No te preocupes por ello, Isabeau. Puedo manejar a Ottila.
    Ella no estaba segura. Conner parecía invencible. Seguro. Experimentado. Pero había algo aterrador en Ottila. El corazón palpitó ante el pensamiento de que cazara a Conner o a ella. Al parecer no podía soportar el estarse quieta, las piernas inquietas, los nervios de punta.
    Se tocó el labio inferior con la lengua y luego asintió, cambiando el tema.
    – Mary me ayudará con los preparativos de la boda. Va a hacer unas llamadas a algunas amigas suyas y antes de que protestes y ella sabía que lo harías, ha dicho que te recuerde que conoce a esas personas desde hace más de veinte años.
    Conner se mordió la protesta, viendo la felicidad en los ojos de Isabeau. Miró a Rio por encima de su cabeza. Rio le sonrió y se encogió de hombros. Era el día de la boda y sólo tenían que estar atentos.
    – Conoces al doctor y a su mujer -indicó Rio-. Ya confiamos en ellos con Jeremiah.
    – Doc quiere cerciorarse de que tienes todas las vacunaciones necesarias y las pruebas médicas necesarias. En nuestra sociedad es mucho más fácil casarse, pero queremos ser legales en todos los países. Rellené la licencia para nosotros. Sucede que el doctor tiene un amigo que es juez aquí. Saben que tienen que retener los papeles antes de rellenarlos hasta que esto haya acabado. Está dispuesto a hacer malabares con las fechas por nosotros, conociendo la reputación de Imelda, pero me asegura que será legal y vinculante. Fue bastante fácil conseguir mi certificado de nacimiento y estamos buscando el tuyo. El juez ha sido muy útil. Necesitas firmar un certificado delante del juez indicando que nunca has estado casada.
    Ella le frunció el ceño.
    – ¿Ya has hecho todo eso? -Por alguna razón estaba enojada con él. Sus emociones fuera de control no tenían ningún sentido.
    – No voy a dejarte escapar.
    Ella forzó una sonrisa cuando lo que realmente quería era golpearle otra vez. Odiaba la manera en que se estaba sintiendo y ya no confiaba en sí misma, así que tocó el hombro de Jeremiah y dejó el cuarto.

* * *

    – No sé que está mal conmigo, Mary -dijo, entrando en la cocina y frotándose el brazo-. Estoy muy nerviosa hoy. Conner acaba de contarme algunas de las cosas que ha estado haciendo, los certificados, convirtiéndolos en legal y de repente tuve este deseo loco de llorar. -Suspiró y fue a la ventana, avergonzada de sí misma-. Mi piel se siente demasiado tensa y pica incontrolablemente. Mis emociones están completamente fuera de control. O quiero llorar o estoy enojada y luego estoy desenfrenadamente feliz. ¿Se sienten así todas las novias en el día de su boda?
    Mary se dio la vuelta desde donde mezclaba bizcocho en un tazón, su mirada era especulativa.
    – Si la gata de la novia está a punto de surgir, entonces sí, tendría que decir que todas esas emociones tienen sentido. Esos son todos los signos clásicos, Isabeau. ¿Ha hablado alguien contigo sobre qué esperar?
    – Un poco. Mi gata es una desvergonzada.
    Mary se rió.
    – Durante el Han Vol Dan, todas las hembras son desvergonzadas. Y es el único momento en que tu macho será tolerante con los flirteos. Nuestros hombres son muy celosos. -Se rió otra vez y miró por la puerta abierta hacia la guarida donde la voz de Doc murmuraba en tonos bajos-. Incluso los viejos hombres tontos-. Había cariño en su voz-. Él todavía me encuentra atractiva, aún con este cuerpo viejo.
    – No eres tan vieja, Mary.
    – Setenta y uno, niña. Parezco más joven, pero no me muevo tan vivamente como solía. – Vertió la mezcla en un molde y arrebañó todo con cuidado-. En cuanto a ti y tu leopardo, es una experiencia excitante. ¿Tienes miedo?
    – Nerviosa. Bien… Un poco atemorizada. ¿Duele?
    – Algo, porque puedes sentir la transformación, pero de un modo bueno. No vaciles. Sólo deja que suceda. No te perderás. Estarás allí completamente, sólo que de otra forma.
    – ¿Y ella querrá aparearse con su leopardo?
    – Sí. Y tú tendrás que dejarla. -Se rió, su expresión soñadora-. Ella sólo te volverá más salvaje para tu hombre.
    – Si eso es posible -murmuró Isabeau-. Ya soy bastante salvaje para él y Conner lo sabe.
    – Él no sería leopardo si no lo supiera, cariño -dijo Mary-. Empujó el molde en el horno y retrocedió, limpiándose las manos-. Venga, vamos a mirar en el cofre del tesoro y veamos que podemos encontrar.
    El corazón de Isabeau saltó. No iba a herir los sentimientos de Mary pasara lo que pasara. La mujer estaba siendo tan amable. Isabeau sentía a su gata cerca, estirándose, empujando, casi ronroneando de necesidad. Los senos comenzaron a dolerle y cuando caminaba, los vaqueros frotaban contra la unión entre las piernas. Todavía no. Estoy un poco irritada contigo, advirtió a su gata.
    Al leopardo hembra no pareció importarle. Rodó, haciendo que Isabeau quisiera arquear la espalda. Se sentía un poco desesperada por Conner. El ardor entre las piernas crecía más fuerte con cada paso que daba.
    – Me casé en 1958 y llevé un vestido de novia muy atrevido para aquellos tiempos. Tuve que hacerme mi propio vestido de novia, ya que no teníamos acceso a vestidos. Doc era de una aldea diferente y muchos de los de mi pueblo me trataron como si fuera una mujer escarlata. Yo era bastante coqueta en aquellos tiempos y muy desafiante con la tradición. -Mary se rió mientras subía las escaleras al ático y abría la puerta-. Una amiga dibujó el diseño y básicamente lo cosió para mí. Ha sido mi mejor amiga durante todos estos años y vive camino abajo. En su tiempo, fue una diseñadora maravillosa, siempre levantando el listón. Para mí, este vestido representa aventura, un amor profundamente respetuoso y todo lo romántico y mágico.
    Miró a Isabeau por encima del hombro.
    – Amaba a Doc con todo mi corazón cuando me casé con él y le amo mil veces más ahora. Me sentiría honrada si llevaras este vestido y quizás lo pasaras a tu hija algún día. Cada vez que salió una nueva manera de preservarlo, la utilicé. Está nuevo ahora y tiene 52 años.
    Mary se arrodilló delante de un cofre hecho de cedro y abrió lentamente la tapa. Reverentemente apartó varios artículos hasta que sacó una larga caja sellada. Isabeau contuvo la respiración mientras Mary rompía el sello y sacaba el vestido.
    – Mary. -Isabeau respiró su nombre, mirando con admiración el vestido.
    El vestido era de color champán y marfil, un color menos tradicional que completamente blanco. El vestido era ajustado y tenía una fina falda sedosa que caía hasta el suelo con encaje belga arremolinándose alrededor del dobladillo.
    – En aquellos tiempos, el estilo era de faldas con vuelo y mucho encaje. Ni se ajustaba con mi personalidad ni mi figura, así que Ruth adornó el dobladillo y el busto con el encaje belga más fino, pero dejó lo demás sencillo. El busto está bordado con cuentas sobre el encaje. Pocos diseñadores hacían cuentas entonces, pero Ruth siempre había integrado cuentas en sus diseños. Por supuesto el busto sin tirantes era totalmente subido de tono. Algunos diseñadores lo hacían, pero cubrían los hombros con una pequeña chaqueta o lazo para que la novia estuviera decente en la iglesia.
    Isabeau se rió.
    – Mary, eras una rebelde.
    – Nadie hizo mucho caso en aquellos tiempos a los diseños de Ruth. Le dijeron que nunca ascendería a nada. Sólo los hombres podían tener sus propios negocios. Se suponía que las mujeres se quedaban en casa y cuidaban de los niños. Me hacía sentir enojada. Así que le pedí que propusiera el diseño y nuestros amigos ayudaron a encontrar las telas correctas. Tuvimos que buscarlo todo y fue tan caro. Ahora el dinero sería irrisorio, pero entonces, era bastante dinero y por el modo en que vivíamos, difícil de encontrar.
    – ¿Fuiste la sensación?
    Mary le sonrió.
    – Doc no podía quitarme los ojos de encima. El fruncido de raso hacía mi cintura increíblemente pequeña. Pensé que parecía una princesa.
    – ¿Quién no lo haría con un vestido tan hermoso?
    – Dale la vuelta. Adoro los botones.
    Isabeau giró con cuidado el vestido para exponer la espalda. Los diminutos botones de raso adornaban toda la espalda hasta el final de la pequeña cola
    – Al principio Ruthie sólo iba a ponerlos en la cintura pero quiso acentuar la línea del vestido, así que al final, los cosió hasta el dobladillo. Para que lo sepas, sentarse no es cómodo. Tienes que posicionar el vestido correctamente, pero es tan hermoso, ¿a quién le importa?
    – Es hermoso. -Isabeau tuvo que parpadear para frenar las lágrimas-. ¿Qué si no me vale?
    – Te valdrá. Puedo meterle o sacarle si tengo que hacerlo, pero creo que estás muy cerca de la talla que tenía entonces. Y Ruthie está en camino para ayudar, así que si yo no puedo hacerlo, créeme que ella sí.
    Isabeau frunció el entrecejo, un pensamiento se le ocurrió.
    – ¿No estarás hablando de Ruth Ann Gobel, la famosa diseñadora, verdad?
    Mary rió.
    – Esa sería Ruthie. Adorará que reconozcas su nombre. Sus vestidos, ahora considerados vintage, se han vuelto populares los últimos años. Apenas se ganaba la vida en su día.
    – Mary, este vestido vale una fortuna. Si es el primer vestido que diseñó y cosió, en la condición en que está, el vestido es inapreciable. No puedo aceptarlo…
    Mary le dio golpecitos en la mano.
    – Insisto. ¿Qué va a hacer, guardado en una caja? Está hecho para llevarlo, para ser especial, para hacer que una mujer se sienta maravillosa. Lleva este vestido hoy y harás a dos ancianas muy felices.
    Mary era una mujer muy esbelta ahora, de huesos pequeños, pelo gris, pero los ojos eran brillantes y las pocas arrugas parecían más arrugas de reír. Isabeau podía ver una belleza eterna en ella, en la estructura de los huesos, la piel, la sonrisa lista. O quizá fuera su espíritu interior que brillaba.
    – ¿Estás segurísima? -Isabeau tenía miedo de que Mary no comprendiera el tesoro que tenía-. Quizás una nieta…
    Mary sacudió la cabeza.
    – Esto es por Marisa. Quiero hacer esto. Pasamos tantas horas hablando de ello y planeándolo y si hago esto por mí, voy a hacerlo también por ella. Y Ruthie estuvo tan complacida cuando le dije que tú quizás llevaras mi vestido.
    La madre de Conner había tocado tantos corazones. Fue una mujer excepcional y había criado un hijo excepcional. Isabeau se sentía humilde de poder cosechar las recompensas de la amistad de Marisa con Mary.
    – Gracias, Mary. Acepto encantada.
    – Vamos a probártelo entonces.
    Isabeau no podía esperar. De repente estaba muy emocionada con el día de su boda. No llevaría vaqueros y una camiseta de tirantes, llevaría el primer vestido que la famosa diseñadora Ruth Ann Gobel había hecho. Sabía que se sentiría como si estuviera en medio de un cuento de hadas.
    Mary se dirigió a la parte trasera de la casa, a un cuarto de huéspedes vacío. Isabeau fue muy cuidadosa, atemorizada de rasgar el vestido. La tela se sentía viva bajo sus manos. Se desnudó y entró en el vestido, meneándose para poder empujarlo sobre los senos. En el momento que Mary comenzó a abrochar los botones, Isabeau pudo decir que encajaba como un guante, como si hubiera sido hecho para ella solamente. Conociendo la historia del vestido eso sólo lo hacía más especial.
    Muy lentamente, casi conteniendo la respiración, se giró para mirar a Mary. Se sentía mágica, hermosa, extraordinaria y aún no se había visto a sí misma. Los ojos de Mary se volvieron más brillantes cuando parpadeó contra las lágrimas.
    – Oh, querida, gracias por este momento. Estás impresionante. Sabía que me sentiría como si tuviera una hija y lo hago. Mírate en el espejo.
    El espejo de cuerpo entero estaba en un soporte de madera. Mary lo giró lentamente hasta que el reflejo de Isabeau la miró fijamente. Ella jadeó y se cubrió la boca con ambas manos.
    – ¿Soy realmente yo?
    Mary le pasó una mano por el pelo.
    – Eres tan hermosa. Creo que tu hombre estará muy feliz de haber deseado una verdadera ceremonia de boda para ti.
    Los dedos de Isabeau arrugaron el vestido.
    – No le cuentes nada de esto. -El vestido la hacía sentirse más que romántica y hermosa, se sentía sexy. Realmente atractiva. Una tentadora salvaje. Quizá Ruth Ann Gobel había tejido un hechizo del modo en que algunos de los periódicos declaraban cuando hablaban de su trabajo. Las mujeres se sentían diferentes con sus diseños. Isabeau ciertamente lo hacía.
    – ¡Oh Mary! -Otra voz sonó desde la puerta, e Isabeau se dio la vuelta para ver a otra mujer. Parecía un poco más gastada que Mary, era un poco más pesada, pero los ojos eran amables y en este momento miraba fijamente a Isabeau prestando mucha atención-. Entonces esta es nuestra pequeña novia. ¿Isabeau Chandler? Soy Ruth Ann Gobel. Mary me dice que puedes necesitar algunas modificaciones, pero no puede decir dónde. Déjame mirar.
    Durante las siguientes dos horas, Isabeau fue girada, pinchada, aguijoneada, le lavaron el pelo y se lo rediseñaron en preparación para algunos «arreglos» que Mary y Ruth sentían que eran necesarios para completar el look. Las dos decoraron el bizcocho con sorprendentes florituras y otras mujeres comenzaron a llegar con fuentes de alimento.
    – Sal al porche de atrás y toma el té con tu hombre. Hemos sacado fruta, galletas y queso, deberías comer algo -dijo Mary-. Tienes un par de horas para descansar antes de que todos comiencen a llegar.
    Isabeau echó una mirada a todas las mujeres de la cocina.
    – ¿Hay más?
    – Viene todo el valle, querida -contestó Mary con una dulce sonrisa-. Una oportunidad para una celebración, sabes. Todos estamos al otro lado de la sesentena y podemos utilizar algo divertido como esto. Nadie se lo perderá.
    Isabeau sacudió la cabeza. Conner no tenía la menor idea de que les tendría a todos ellos metidos en esto con su repentina idea del matrimonio. Ella misma se sentía un poco mareada, la conversación se arremolinó en torno a ella hasta que las palabras se juntaron y sólo hubo un rugido de necesidad en su cabeza. La necesidad de Conner. Necesidad de libertad. Necesidad de dejar salir a su leopardo.
    Se pasó las uñas levemente sobre el brazo. Por lo menos durante un ratito las otras mujeres habían logrado ahogar las necesidades de su leopardo, pero después de un rato, la proximidad de tantas hembras, aunque no fueran amenaza para su compañero, hacía que su gata estuviera malhumorada. Isabeau suspiró y vagó al porche de atrás, parándose bruscamente cuando vio a Conner sentado en una mesa con Rio. Una tela larga y alegre en blanco y rojo colgaba hasta el suelo en torno a la mesa circular y una vela apagada adornaba el centro, junto con platos de fresas y frambuesas mezcladas con queso y galletas, una jarra de limonada y otra de té helado. Las señoras ya habían estado aquí.
    Estudió a Conner con los ojos entreabiertos, la anchura de los hombros, los músculos pesados del pecho y brazos, la mandíbula firme y la nariz recta, las cuatro cicatrices que sólo le hacían parecer más duro. Todo su cuerpo reaccionó ante la vista de él y algo enteramente travieso y muy sexy la atrapó. Se movió detrás de Conner y se inclinó deliberadamente sobre su hombro, permitiendo que los doloridos senos empujaran contra su cuerpo. Inmediatamente los pezones hormiguearon con excitación. La cabeza estaba contra la de él, la boca cerca de la oreja. Respiró aire tibio en un lado del cuello y apretó los labios contra la oreja.
    – Ojalá estuviéramos solos.
    Ella sintió la reacción, la pequeña onda de conocimiento que le bajó deslizándose por la espina dorsal, el aumento leve de su temperatura. Sonrió con satisfacción y se hundió en la silla, lo bastante cerca de la de él, empujándose cerca de la mesa para que la tela cayera hacia abajo. Si ella tenía que sufrir, también podría sufrir él.
    Tomó una fresa del tazón y mordió la punta, dejando que el zumo brillara en los labios mientras mantenía la mirada fija sobre Conner. Él cambió de postura, aliviando la estrechez de los vaqueros y ella casi ronroneó. Su mirada voló a Rio.
    – Me estaba preguntado, aunque hemos repasado todas las contingencias, ideando todo lo que podría fallar… -Se pasó la lengua sobre los labios para atrapar el zumo de fresas-. ¿Recuerdas cuándo Jeremiah dijo que Suma iba a su aldea en Costa Rica y hablaba con los jóvenes? ¿Ha preguntado alguien a Jeremiah si algún otro aceptó la invitación de Suma?
    Dejó caer la mano libre en el regazo de Conner, la palma ahuecó la gruesa protuberancia, sólo sosteniéndola durante un momento. Los músculos del muslo de Conner se tensaron. Su cuerpo se tensó. Dio otro mordisco a la fresa y sonrió a Rio.
    – Podríamos estar frente a un pequeño ejército de leopardos en ese complejo, ¿correcto?
    Rio frunció el entrecejo e inclinó su silla atrás.
    – Debería haber pensado en eso. -Miró a Conner-. Ambos deberíamos.
    El croar de Conner para expresar su acuerdo fue un pequeño sonido estrangulado cuando ella comenzó a frotar lentamente, acariciando en círculos esa protuberancia dura y gruesa. La mano de Conner cubrió la de ella, apretando la palma contra él y manteniéndola quieta.
    – Voy a preguntarle, veré si puedo conseguir una respuesta -dijo Rio. Empujó la silla.
    Isabeau le miró irse con una pequeña sonrisa.
    – ¿Qué crees que estás haciendo? -siseó Conner.
    Ella levantó un hombro y le envió su mejor sonrisa de sirena.
    – Jugar con fuego. Me gusta cómo quema.
    – Sigue a ese ritmo y serás arrastrada bajo la mesa para darme un pequeño alivio.
    Ella negó con la cabeza.
    – No esta vez. Esta vez, insistiré en que encuentres un modo de darme a mí algún alivio. Mi gata no aflojará.
    Él se recostó en la silla, los ojos se le habían vuelto dorados.
    – ¿De verdad? ¿Te está dando problemas hoy? -Su mirada se volvió caliente.
    Las llamas lamieron la piel de Isabeau. Trató de frotarle otra vez, pero él apretó los dedos sobre los de ella. Apartó la mano del regazo y le mordió las puntas de los dedos, enviando un espasmo de calor líquido rápidamente a su centro fundido.
    – Es caliente como el infierno saber que necesitas mi polla enterrada dentro de tu ardiente cuerpecito. Debería atormentarte un poco y esperar hasta que me ruegues.
    Ella se inclinó cerca de él, le lamió la oreja con la punta de la lengua. Los dientes le arañaron el lado del cuello.
    – O quizá serás tú quien ruegue.
    Él gimió suavemente.
    – Me estás matando, nena, con todas esas mujeres que nos rodean. Y créeme, nos están mirando furtivamente. Puedo oír sus cuchicheos y sus risas.
    – Las estoy obligando. Querían saber qué clase de paquete entrega mi hombre -susurró y le tironeó del lóbulo de la oreja con los dientes.
    – Creo que están juzgando si tengo o no suficiente fuerza para resistir la pequeña tentación de una gata.
    – O suficiente virilidad para hacer algo al respecto -contradijo ella.
    Él se levantó tan rápido que volcó la silla. Con un movimiento rápido la cogió, la giró y se la puso sobre el hombro, cabeza abajo sobre la espalda. Una mano la sujetó con fuerza bajo el culo mientras salía del porche y se dirigía hacia el granero. La risa les siguió, el sonido tanto de hombres como de mujeres.
    – ¿Qué estás haciendo? -Isabeau se agarró a su camisa con ambos puños y se sujetó mientras él caminaba a través del terreno desigual.
    – Demostrando mi virilidad, amor. Ciertamente no quiero que tú o la manada de mujeres, creáis que no puedo hacer el trabajo.
    – Nadie te está emplazando, loco hombre leopardo, a eso se le llama provocar.
    – Un concepto totalmente extraño para mí -dijo y abrió la puerta del granero-. Demostrar la virilidad es algo que comprendo.
    Ella se reía con tanta fuerza que apenas podía sostenerse.
    – Bájame, cavernícola.
    – Soy el gobernante del bosque y he capturado a mi compañera.
    Rio dio un paso delante de él, con Doc a su lado.
    – Puedes bajar a tu pequeña cautiva aquí, Tarzán y retroceder.
    Conner se dio la vuelta hacia Felipe y Marcos que entraron por su izquierda. Felipe sacudió la cabeza y chasqueó los dedos.
    – Dame a la chica, hombre mono.
    Conner gruñó una advertencia y giró a la derecha, sólo para ser bloqueado por Leonardo y el marido de Ruth Ann Gobel, Dan.
    Leonardo levantó la mano.
    – No lo creo, no en tu día de la boda. Devuélvenos a nuestra hermana.
    Conner giró en círculos, Isabeau reía incontrolablemente mientras eran rodeados por los hombres. La mayoría tenía sesenta o setenta años, pero parecían severos e inflexibles.
    – Entrégala -ordenó Doc.
    Conner puso de mala gana a Isabeau sobre los pies, sosteniendo su cuerpo delante de él, el brazo curvado alrededor de la cintura.
    – No comprendéis -dijo cuando la muchedumbre se apretó más cerca-. Las mujeres desafiaron mi virilidad. No tenía elección.
    Rio torció el dedo hacia Isabeau.
    – Ven aquí, hermanita.
    Isabeau no podía mantener la cara seria. Rio logró parecer aterrador, pero sus ojos se reían como hacían los de la mayor parte de los hombres más ancianos. Leonardo y Felipe simplemente se reían disimuladamente. Deslizó una mano detrás de la espalda y continuó masajeándole lentamente la gruesa erección, mientras fingía todo el tiempo luchar contra el brazo de Conner.
    – No me dejará ir.
    – Voy a tener que llevarle detrás del granero y enseñarle algunos modales -declaró Doc-. Deja ir a la chica.
    – No va a suceder, Doc -dijo Conner, sosteniéndola contra él. Los dedos de Isabeau eran pura magia. Había olvidado divertirse. Quizá todos ellos. Abel y Mary les recordaban qué la vida era todo eso, compartida con la familia y amigos. Risa y esperanza. Amor. Y amaba a Isabeau Chandler con toda su alma.
    – Él es demasiado fuerte, Rio -declaró Isabeau y luego levantó el brazo hacia atrás para engancharlo en torno al cuello de Conner y atraer su cabeza hacia abajo.
    Los labios fueron terciopelo suave, firmes y demasiados tentadores para resistirse. La boca era caliente, la lengua se enredó sensualmente con la de él. Por un momento, él se olvidó de la audiencia y del juego tonto y se perdió en la maravilla del beso. Saboreó amor y fue la especia más adictiva que había.
    – ¡Oye! -dijo Rio-. Hermanita, creo que eres peor que él. Suéltala, Conner o te llevaremos detrás del granero para darte una pequeña lección de respeto.
    – En realidad -replicó Conner, sin insinuación de remordimiento-, estoy siendo respetuoso. Trato de evitar que vosotros y vuestras mujeres veáis vuestros defectos. Si no mantengo a Isabeau aquí, podríamos tener un motín en las manos.
    Ella se dio la vuelta y le empujó para alejarle con ambas manos sobre el pecho, el color le inundaba la cara.
    – Eres terrible.
    Marchó hacia Rio, la nariz en alto.
    El doctor interceptó su camino, agarrándola del brazo.
    – Señorita, creo que debes venir conmigo. Es obvio que debo ponerte bajo custodia preventiva.
    Ella giró la cabeza para mirar a los hombres rodear a Conner. Se reían mientras avanzaban de modo amenazador. Tenía la sensación de que el desposado estaba a punto de ser sujeto de algún antiguo ritual. Volvió a la casa con Doc. Las mujeres estaban reunidas en el porche, mirando las bufonadas de los hombres, riéndose juntas.
    Mary chasqueó un paño de cocina hacia ella.
    – Chica traviesa. -La diversión chispeaba en sus ojos-. Firma los documentos para Abel y déjale completar tus certificados de salud, te hemos preparado un baño agradable. Claudia te peinará. Es una peluquera maravillosa. El pelo del leopardo crece espeso y rápido y el tuyo tiene rizos. Podrá ponerlo de forma hermosa.
    – He traído joyas -dijo otra mujer-. Soy Monica, diseñadora de joyas. Tan pronto como Mary me llamó y dijo que eras la nuera de Marisa, supe que había encontrado a la persona perfecta para mis diseños más especiales. Han estado ahí. Nunca los he mostrado. Sabía que eran para una ocasión importante. Es mi regalo para ti en el día de tu boda.
    Levantó una caja. Diamantes champán chispearon en un remolino de centelleantes diamantes blancos que caían en lágrimas desde una cadena de oro blanco. Los pendientes eran pequeñas lágrimas que hacían juego con el collar. Eran las joyas más hermosas que Isabeau había visto jamás. Retrocedió, sacudiendo la cabeza.
    – No puedo aceptar esto.
    Monica le sonrió.
    – Tengo ochenta y dos, Isabeau. No tengo hijos y este es mi trabajo. Estoy agradecida por la oportunidad de dárselo a alguien que lo atesorará.
    Isabeau sintió lágrimas que la ahogaban. La bondad de estas personas, la completa generosidad era asombrosa. Dejó salir el aliento, luchando por no llorar.
    – Entonces, gracias. Nunca me olvidaré de ninguna de vosotras. Me hacéis sentir como si realmente tuviera familia.
    Las mujeres se sonrieron unas a otras y la acomodaron en la casa, fuera de la vista de Conner.

Capítulo 17

    Conner estaba nervioso. No había previsto estar nervioso. También estaba emocionado y había esperado eso, pero de repente, estar delante del juez con una audiencia mucho más grande de la que había esperado era un poco desconcertante. Rio seguía sonriéndole y encontró que era mejor no mirar a Leonardo ni a Felipe. Incluso Elijah le había disparado una rápida sonrisa antes de irse a patrullar. Se pasó el dedo en torno al cuello y se ajustó la corbata una vez más. Había que admitir que esta había sido su idea, así que no podía huir.
    Quería casarse con Isabeau. No era eso lo que le ponía nervioso. ¿Pero que si había cambiado de opinión? No debería haberla empujado con tanta fuerza. Era joven. Casi diez años más joven que él y había estado protegida. ¿Qué había hecho él? Entrar en su vida, exponer a su padre, revelar que había sido adoptada y entonces la había arrastrado a una situación muy peligrosa. Respiró y se pasó las palmas sudorosas por los muslos. Bien, ella había sido la que había buscado al equipo para el trabajo presente, pero verdaderamente, si él hubiera averiguado lo de su hermano, habría ido de todos modos y podría haber, debería haberla protegido más…
    La música comenzó. Los murmullos subieron de volumen y giró la cabeza. El corazón le dejó de latir. El aliento se le quedó atascado en los pulmones. Isabeau estaba de pie enmarcada por la puerta, la mano enguantada metida en el hueco del codo de Doc. Llevaba un vestido largo hasta el suelo que acentuaba las curvas de su cuerpo a la perfección. Los diamantes chispeaban en la garganta y en las orejas. Parecía etérea, una princesa de algún cuento de hadas. Parecía tan hermosa que los ojos le ardieron y la garganta se sintió en carne viva. El corazón logró arrancar otra vez, golpeando con fuerza esta vez en el pecho. Un rugido comenzó en su cabeza y los músculos se le anudaron en el estómago. El cabello salvaje de Isabeau parecía elegante, y aunque mantenía su apariencia indomada, se añadía al latido en su ingle.
    Se dio cuenta de que tenía la boca abierta y que la estaba devorando con los ojos, pero no podía detenerse. No había manera de apartar la mirada de ella, una visión, que caminaba hacia él. Sintió una mezcla de emociones, humillación por el hecho de que ella pudiera amarle después de lo que había hecho y lo que quizás tuviera que hacer. Ella lo era todo para él y sabía que la emoción era cruda y absoluta en su cara para que todos la vieran, pero no podía enmascararla. Ni siquiera quería intentarlo.
    Mary sollozó en primera fila y varias otras mujeres se tocaron ligeramente los ojos. Uno de los hombres se sonó la nariz fuertemente. Y entonces ella se movió, andando hacia él, su mirada en la de él y el amor de Conner creció con cada paso que ella daba hasta que sintió como si él fuera a estallar con ello. Él no sabía si todos los novios se sentían así, pero en su mundo, donde todo era vida y muerte, donde veía lo peor de las personas, este momento, rodeado por amigos y buenas personas, era perfecto.
    Miró una vez más a Rio para cerciorarse de que tenía el anillo. Una amiga del doctor, una mujer mayor de nombre Monica Taylor, le había traído varias cajas para permitirle escoger un anillo para su novia. Nunca había visto un trabajo tan hermoso y cuando se dio cuenta de que el joyero era Monica, se impresionó aún más. Ella tenía las manos torcidas y nudosas por la artritis y cuando le mostró los anillos, habían temblado.
    Rio pareció comprender su preocupación, asintió con la cabeza y fingió tocarse el bolsillo, dejando a Conner capaz de concentrarse únicamente en la novia que avanzaba por el pasillo hacia él. Quiso que el momento durara para siempre, que esa imagen de ella se moviera hacia él. Todo en el patio desapareció. Incluso su sentido de supervivencia. Había sido educado para estar siempre, siempre, en alerta ante el peligro. Había una parte de él consciente de los alrededores, constantemente atento, pero en ese momento, estaba enteramente concentrado, incluso toda la atención del felino estaba centrada completamente en Isabeau.
    Oyó que el juez preguntaba quien entregaba esta mujer a este hombre como desde una gran distancia. La voz del doctor murmuró una respuesta y entonces colocó la mano de Isabeau en la de Conner. El cerró los dedos alrededor de los de ella y atrajo la mano hacia sí. Ella se inclinó, su mirada fija en la de él.
    – Eres tan hermosa, Isabeau. Gracias por esto.
    Sus pestañas revolotearon. Parecía realmente tímida. Conner sintió como curvaba los dedos en torno a los suyos y el corazón le saltó otra vez. Nunca se había sentido tan protector con nadie en su vida. La empujó cerca de él mientras se giraban para encarar al juez. Quería que su calor corporal la rodeara, su olor, que llenara sus sentidos de la misma manera que ella llenaba el suyo.
    Podía oír al hombre hablando acerca del sagrado vínculo del matrimonio y por fin comprendió lo que estaba sintiendo. Ella era su otra mitad. Estaba completo con ella y ella con él. Se habían escogido el uno al otro para compartirlo todo, lo bueno y lo malo. Conocían lo malo. Conocían lo peor de la humanidad y lo mejor. Y habían escogido caminar juntos. Quería que ese camino fuera lo mejor que podía hacer por ella.
    Isabeau le miró a los ojos mientras pronunciaba sus votos con voz suave y firme. El fue más claro, seguro, sabiendo que su elección era correcta. Con cada momento que pasaba de la ceremonia de unión, sentía cómo los hilos que les ataban se volvían más fuertes hasta que fueron lazos irrompibles. Ella pareció un poco sorprendida cuando él le quitó el guante y empujó el anillo en su dedo. Isabeau parpadeó hacia él con un pequeño jadeo y luego giró la cabeza para buscar y encontrar a Monica con una pequeña sonrisa feliz y una cabezada.
    Entonces él la envolvió en sus brazos, atrayéndola contra el pecho y sellando los votos con un beso mientras todos se ponían de pie y aplaudían. Rio le palmeó en la espalda y Felipe y Leonardo hicieron lo mismo, le dejaron casi sin respiración.
    Besó las puntas de los dedos de Isabeau.
    – No puedo creer cuán hermosa estás. -Inhaló su perfume; olía a flores de cerezo y bosque fresco después de la lluvia.
    – Las mujeres me ayudaron. Han sido tan maravillosas.
    Ella parecía tan feliz que Conner la besó otra vez, prometiendo en silencio intentar encontrar un modo de devolvérselo a las personas del valle. Habían convertido este día en algo mágico. Su generosidad parecía ilimitada. Mientras los invitados les felicitaban, apretaban un pequeño regalo en sus manos. Cada artículo estaba hecho con manos amorosas. Todo parecía inapreciable. Un cuchillo agudo de caza, el metal forjado y afilado con un borde que brillaba. Un suéter tejido para Conner. Un cárdigan y una bufanda para Isabeau. La lana había sido hilada y teñida allí en el valle. El favorito de Isabeau era una pequeña estatua de bronce de dos leopardos, uno un macho fiero en actitud protectora encima de una hembra que le acariciaba la garganta con la nariz. La belleza de la pieza le provocó un nudo en la garganta.
    La conversación se arremolinó alrededor de ellos y la música comenzó. Las mesas del buffet estaban llenas de una comida que olía maravillosamente y varias de las mujeres se turnaron llevando platos y café a Elijah mientras éste rondaba por los terrenos y cerca del bosque para mantenerlos a todos seguros. Marcos coqueteó escandalosamente con las mujeres y la risa corrió a través del valle.
    Conner tiró a Isabeau a sus brazos, la música latía por sus venas al mismo ritmo que el latido del corazón. Ella encajó perfectamente y el olor de ella vagó a sus pulmones como un vino selecto. Descansó la mejilla contra la seda suave del cabello, contento de mecerse suavemente con el ritmo.
    – No puedo creer que hayan hecho esto para nosotros, Conner -dijo Isabeau-. Tuve miedo de sentirme sola y triste pero ellos nos han transportado a algún reino mágico. -Inclinó la cabeza para mirarle-. Hicieron esto por tu madre, por Marisa. Está aquí con nosotros. Todos la amaban y nos han aceptado, nos han convertido en familia a causa de ella.
    – Ella era mágica -asintió Conner-. Tenía la costumbre de hacer que cada persona se sintiera importante, quizá porque para ella, todos lo eran. Nunca le oí decir una palabra poco amable. Aceptó a Mateo y lo crió como propio. Y cuando digo «como propio» quiero decir que le amó como a mí. Con toda su alma. -Apretó los brazos en torno a ella-. Estoy contento de que tuvieras la oportunidad de conocerla.
    – La veo en ti, Conner.
    – ¿De verdad? -Lo preguntaba de verdad. Lo esperaba realmente-. Tenía miedo de ser como mi padre. -Duro. Malvado. Un hombre que los otros evitarían.
    – Ella está en tus ojos, Conner. Y en la manera que amas. No vacilaste en aceptar a Mateo, incluso si significaba perderme. Te sacrificarías por un pequeño chico que ni siquiera conoces. Su bondad vive en cada uno de las personas que tocó, en ti y con suerte en tu hermano.
    Él le rozó la comisura de la boca con besos.
    – Lo veremos.
    – No estás preocupado, ¿verdad, Conner? -preguntó-. Le encontraremos y lo sacaremos a salvo.
    – Nunca he pensado acerca de ser padre. Primero estaba preocupado por no estar a la altura como tu compañero y ahora tengo que preocuparme por qué clase de padre seré.
    Ella se acurrucó contra el pecho.
    – No creo que tengas que preocuparte. Tuviste un gran ejemplo en tu madre y, aunque mi padre hiciera muchas cosas equivocadas, fue un buen padre para mí. Me quiso y me hizo sentir importante para él. Se aseguró de que tuviera una buena educación y siempre me sentí querida. Puedo no haber tenido una madre pero tuve un padre. Tú no tuviste un padre pero tuviste una gran madre. Entre los dos, hemos recogido unas cuantas cosas.
    Conner echó una mirada a los hombres y mujeres que se habían establecido en el valle retirado. Cultivaban alimento en sus granjas y la mayoría trabajaban en sus ocupaciones, pero ahora estaban comprometidos con el bien de la comunidad.
    – Tenemos conocimiento en abundancia aquí mismo -cuchicheó contra la oreja-. Míralos a todos. Ellos ya han luchado sus batallas y aprendido sus lecciones. Nos asentaremos en algún lugar cerca de ellos. Puedes trabajar con tus plantas en la selva tropical, podemos criar a Mateo y a cualquier niño que tengamos.
    – ¿Qué hay de tu trabajo?
    Él se encogió de hombros.
    – No es tan difícil. Rio nos llama cuando tenemos un trabajo.
    Ella le frunció el ceño.
    – No creo que vaya a estar dispuesta a que seduzcas a una mujer después de esto. Me gustaría decir que mi leopardo no estaría celosa…
    Él se rió suavemente.
    – Tu leopardo estaría bufando de celos. Se volverá feroz si encuentra a su compañero cerca de cualquier otra mujer. No te preocupes, cedo alegremente mi trabajo a uno de los otros. Cuando vaya -porque ella tenía que saber que este era el trabajo de su vida- iré como uno del equipo, no el líder.
    Elijah terminó su turno de patrulla y una de las mujeres le entregó una limonada de fresa. La sonrisa de él fue verdadera, pero ella no pudo imaginarse que pensaba. ¿Conocían ellos su pasado? Probablemente. Los hombres y las mujeres en el valle parecían saberlo todo, leopardo o humano. Aceptaban, eran personas tolerantes con cualquiera que les dejara vivir sus vidas. Nadie le hacía preguntas y era tratado con abierta amistad.
    Isabeau inhaló bruscamente, queriendo recordar cada detalle, el sol poniente convirtiendo el cielo en una llama anaranjada rojiza, el bosque una silueta de árboles oscuros y maleza, y especialmente los perfumes que se mezclaban en el aire. Los podría separar a todos si optara por eso, el alimento, el bosque y a cada individuo. Sabía exactamente donde estaban Mary y Doc en cualquier momento. Entrelazó los dedos con los de Conner mientras caminaban por el patio hablando con varios invitados.
    Mary, Ruth y Monica insistieron en que cortaran el bizcocho y se alimentaran el uno al otro con un trozo, Isabeau lo hizo, riéndose ante la expresión retorcida de Conner. La boda había sido su sugerencia, pero él no había contado con que las mujeres llevarían a cabo una boda tradicional. Descansó la espalda contra él y echó una mirada alrededor, guardando su boda mágica en la memoria.
    Una oleada de calor se vertió sobre ella inesperadamente, nada parecido a las otras veces. Esta fue caliente, rápida y le robó de aliento. Casi dejó caer su plato con el trozo de bizcocho. No era un mero picor bajo la piel, sino un empujón fuerte, una presión tremenda. Con mucho cuidado puso el plato sobre la mesa, cada movimiento preciso. Saboreó el temor en la boca. Supo que el leopardo no iba a esperar mucho más. La piel se sentía demasiado apretada y la boca y la mandíbula le dolían, los dientes sensibles. Su vista se enturbió, los ojos le dolieron.
    – Conner -cuchicheó su nombre como un talismán.
    – ¿Qué pasa, amor? -preguntó y bajó la mirada.
    Ella vio el reconocimiento instantáneo. Los ojos habían tomado el brillo nocturno de un gato, enteramente leopardos ahora. Había pánico en la cara, algo que ella no podía evitar. Sabía que era diferente esta vez. El latido del corazón era diferente. La piel le ardía, el peso del vestido era doloroso. Quiso desgarrarlo del cuerpo, clavar las uñas en su propia piel y destrozarlo, quitárselo. El calor entró en oleadas, derramándose sobre ella hasta que apenas pudo respirar.
    El puso su plato de bizcocho al lado del de ella, tan cuidadosamente como ella había hecho.
    – No tengas miedo, Isabeau. Estaré contigo. Experimentarás el correr libre, te sentirás casi eufórica. No hay nada de lo que tener miedo.
    Ella respiró profundamente, grandes tragos de aire, tratando de suprimir el impulso de frotarse por todas partes contra él. Había pensado que su adición por el cuerpo de él era poderosa antes, pero ahora, con las necesidades del leopardo emergiendo a la superficie, no podía mantenerse quieta. Miró a la cara de Conner, con desesperación en su mirada. No quería arruinar su momento perfecto desgarrando el vestido inapreciable de su cuerpo, su leopardo emergía para saltar, para lanzarse sobre la mesa de buffet y aplastar el bizcocho. Por un momento atroz, se imaginó la matanza.
    – Sigue respirando, nena -susurró, envolviendo el brazo alrededor de su cintura y empujándola a la puerta trasera de la casa. Echó un vistazo por encima del hombro-. ¡Mary! -Su llamada fue aguda. Imperativa.
    Cuando Isabeau trató de contestar, ningún sonido coherente surgió, no con la garganta cerrada e hinchada. Era agudamente consciente de los mecanismos de su cuerpo. La manera en que tomaba aire, la manera en que se movía por su cuerpo. Cada mechón individual de cabello de su cabeza. Los olores se volvieron más fuertes, inundando su sistema hasta que temió que lo colapsara. El cuerpo ardía, la tensión subía más y más, la picazón creciendo no sólo por su piel, sino por cada célula de su cuerpo.
    – Te tengo -le aseguró Conner, empujándola al primer cuarto que vio.
    Ella se movía continuamente, incapaz de permanecer quieta. El calor perfumado del interior de la selva tropical la llamaba. Las paredes parecieron opresivas. Se sentía enjaulada y claustrofóbica. Los senos se sentían hinchados y doloridos, los pezones duros y tan sensibles que con cada paso que daba, rozaban la tela del corpiño, las terminaciones nerviosas crepitaron y las cargas eléctricas corrieron directamente a su centro. Se estaba derritiendo de dentro a fuera. El olor masculino de Conner la abrumaba, su calor corporal le hacia entrar en combustión cuando los dedos de Conner manosearon los botones de su vestido de novia.
    Mary abrió la puerta, vio la cara ruborizada de Isabeau y su expresión inquieta y se deslizó en el cuarto, cerrando la puerta detrás de ella.
    – Consigue todo lo que necesitarás -le dijo a Conner-. Ayudaré a Isabeau. He pasado por eso. -Sus manos reemplazaron las de Conner en los botones. Aunque era mayor, desabrochó cada botón de raso hábilmente, abriendo rápidamente la espalda del vestido.
    Conner se inclinó para darle a Isabeau un beso rápido.
    – Dame cinco minutos, amor.
    Isabeau honestamente no sabía si tenía cinco minutos. La casa era demasiado agobiante y la presencia de Mary, tan cerca de Conner, volvió loca a su gata. Ejerció control sobre su felina, molesta porque una mujer que la había tratado como una madre con tanta bondad pudiera provocar una conducta mala en su leopardo.
    – Está bien -aseguró Mary-. La manejarás. Está surgiendo y todos sus instintos están centrados en Conner. Déjala correr con él y coquetea hasta que esté agotada. Querrá aparearse con el gato de Conner. Necesitará a su felino. Y esa es la manera en que se supone que es. Una vez que sea consciente de que nadie va a apartar a su compañero de ella, se calmará. -Sostuvo el vestido para que Isabeau pudiera salir de él.
    – ¿Duele?
    Mary le sonrió.
    – Es un alivio. Cuando surge, querrás estar con cualquier cosa que se parezca a un hombre. Cuando ella empiece, sólo deja que suceda. No desaparecerás, pero la primera vez, se siente como si ella te tragara. Cuanto más rápido permitas que suceda, menos desgarrador será. Tu hombre estará allí contigo y no permitirá que nada vaya mal.
    Isabeau no podía soportar la sensación de ropa sobre su piel, pero no podía correr por la extensión de terreno hasta entrar al bosque desnuda delante de los invitados. Mary le empujó una delgada bata en las manos y se la puso sin mirarla siquiera.
    – Has sido tan buena -le dijo Isabeau, o trató de hacerlo así. Su voz se había vuelto a convertir en grava, pero estaba decidida a permitir que Mary supiera lo que había hecho por ella, lo que este día había significado para ella-. No recuerdo a mi madre, a ninguna de ellas, la de mi nacimiento ni la madre adoptiva, pero si tengo niños, trataré de ser como tú. -Ignorando a su gata que arañaba dentro de ella, se abrazó a la otra mujer, negándose a asustarse. Si esta mujer tranquila y calmada le decía que todo estaría bien, entonces encararía este emocionante y excitante momento con valor.
    – Gracias, Mary, por todo.
    Apenas podía hablar con el dolor en la mandíbula y la boca. La piel se sentía en carne viva, cada terminación nerviosa inflamada. La matriz se le apretó y plumas de excitación estimularon su vientre y muslos. El rugido en su cabeza casi ahogó el sonido de la voz de Mary. Apenas podía oírla, como si estuviera muy lejos. Su visión era completamente felina ahora, las manos se curvaron hasta que tuvo miedo de esperar a Conner.
    – Tengo que irme. -Su voz ya no era la suya, estrangulada y llena de gruñidos, la garganta cambiaba de forma.
    El pelaje onduló y retrocedió por sus brazos, por las piernas y le dejó el cuerpo arrastrándose con la sensación. Las llamas le lamieron el estómago mientras los músculos ondulaban como si estuvieran vivos. El ardor aumentó hasta que casi se retorció. La bata ligera hacía daño donde tocaba la piel. Todo dolía.
    Conner empujó la cabeza por la puerta, le echó una mirada y le cogió de la mano, tirándola bajo la protección de su hombro.
    – Vámonos.
    – ¡Espera! -Mary les agarró-. Sus joyas. Ponlas en tu bolsa.
    Conner le quitó el anillo mientras Mary desabrochaba el collar y los pendientes. Cuando estuvieron a salvo en la mochila, Isabeau dio un suspiro de alivio.
    – Gracias por todo, Mary -dijo Conner.
    – Fue un placer -contestó Mary-. Ten valor, Isabeau -agregó.
    Conner estaba descalzo y sin camisa, sólo llevaba unos ligeros vaqueros y la mochila colgada de su cuello. Se apresuraron por la puerta trasera y empezaron a correr hacia la selva.
    Isabeau captó los murmullos bajos detrás de ellos, pero nada le importaba excepto su extraña visión, la audición aguda y la miríada de sensaciones no familiares que corrían por su cuerpo.
    Se sentía como si tuviera una fiebre que seguía subiendo hasta que estuvo ardiendo de dentro a fuera. Todo se sentía demasiado apretado, especialmente su cráneo. Los árboles les tragaron y siguieron corriendo a lo más profundo de la oscuridad, pero no estaba ciega. No había temor de ese interior oscuro; en vez de eso, su cuerpo abrazó el roce de las hojas, los susurros de los insectos, el constante zumbido interminable de las cigarras y el revolotear de pájaros y monos de árbol en árbol.
    Las piernas eran de goma y se encontró en el suelo del bosque, los músculos se le retorcieron. Las manos se le curvaron y llenaron de nudos, extendiendo los nudillos. Los músculos se retorcieron y una vez más una oleada de pelaje corrió por su cuerpo y desapareció. Los huesos y articulaciones saltaron. Gritó, el sonido extraño, las cuerdas vocales casi aplastadas bajo los cambios en la garganta.
    Conner estuvo a su lado en un instante, enmarcando su cara con las manos.
    – Deja que pase, Isabeau, no luches. No hay nada que temer.
    A Isabeau las lágrimas le ardían en los ojos. Deseaba esto, de verdad, pero las sensaciones eran tan aterradoras. El temor a lo desconocido. El cuerpo parecía darse la vuelta, de dentro a fuera al retorcerse y girar. Su espina dorsal se dobló, un instrumento largo y flexible que le permitía retorcerse y saltar, girar en medio del aire. Respiró profundamente, tratando de llamar a su gata. Sí, deseaba esto. Esto formaba parte de su vida con Conner y deseaba su vida con él, sin importar que les arrojaran. Podía hacer esto, tumbarse en el suelo del bosque, su cuerpo retorciéndose, el rugido fuerte en la cabeza y el temor que brillaban en el vientre, por Conner. Podía hacer cualquier cosa por él.
    Conner se agachó al lado de ella, sacudiendo la cabeza cuando ella se estiró hacia él.
    – Esto es para ti. Esto es quién eres.
    Oyó sus palabras como si estuviera lejos. La noche ya se apresuraba hacia ella, las vistas y los sonidos mientras su cuerpo cambiaba de forma, los tendones y músculos protestando y doliendo. Unas puñaladas agudas de dolor le cortaron por toda ella, pero ahora apenas podía reconocer la transformación mientras su cuerpo cambiaba de forma. Sintió a su felina, su otra mitad. El cuerpo ágil y compacto, los sentidos realzados, las furiosas necesidades, pero sobre todo, que nunca estaría sola. El sentido de unidad se había ido cuando su gata surgió, el cuerpo rodó por un momento en la espesa vegetación, pero saltó elegantemente poniéndose de pie y dejó salir su primer resoplido ronroneante.
    El leopardo se estiró lánguidamente, de modo seductor y miró por encima del hombro al gran macho que surgió a su lado. Inmediatamente se movió, tentándolo, frotando su olor en árboles y maleza, dejándole saber sin ninguna duda cuán seductora era. El macho la siguió a un ritmo más cauteloso, sabiendo que las hembras tenían su propia línea de tiempo y que sólo cuando estuviera lista se sometería a su posesión.
    Ella le provocó deliberadamente y lo sedujo, rodando por las hojas, frotando su hermoso y largo pelaje por la corteza de los árboles, dispersando las hojas con un roce de su pata. Conner podía ver que disfrutaba de su nueva libertad. La vida salvaje era un cebo al que todos habían tenido que enfrentarse. La ley natural de la selva tropical era fácil de seguir con respecto al mundo humano. La avaricia y el engaño no tenían lugar aquí.
    Conner abrió los ojos y apretó las orejas hacia adelante, señalando al leopardo hembra que quería jugar. Todos los gatos disfrutaban jugando, incluso los grandes. En unos momentos, se estaban persiguiendo el uno al otro, luchando y derribándose una y otra vez en la alfombra gruesa de hojas. Jugaron al juego del escondite. Isabeau se ocultó y Conner la acechó y la emboscó, abalanzándose sobre ella, haciéndola rodar en un enredo de colas y patas y luego se alejó riéndose.
    Todo el tiempo, el leopardo hembra continuó provocando al macho con su seductora comunicación vocal mientras rodaba y se estiraba. Conner se acercó, mirándola a los ojos a la manera de un leopardo macho. Al principio fue recíproco, ella le miró profundamente, pero cuando se movió ligeramente hacia ella, Isabeau lo rechazó con un gruñido, escupiendo y siseando su negativa mientras saltaba lejos con un movimiento seductor e invitador.
    Conner corrió a su lado, frotando su olor de una punta a otra de su cuerpo revestido de pelaje. La encontró hermosa y sensual, una mezcla vertiginosa para su leopardo macho. Ella se movió por delante de él en el estrecho sendero, zigzagueando entre los árboles, dirigiéndose al río. Cada pocos minutos se paraba y se agachaba delante de él. Él se acercó cautelosamente. Una hembra no preparada era peligrosa. Esperó a que estuviera segura. Cada vez que se acercaba, ella saltaba alejándose, siseando y golpeándole con una pata.
    Adoraba la vista salvaje de ella. Su olor, llamándole, era abrumador, un afrodisíaco vertiginoso mientras seguían a lo más profundo del bosque. Las criaturas de la noche se gritaban atrás y adelante. El continuo batir de las alas de los murciélagos señalaba que las criaturas estaban cazando insectos en el cielo de la noche. Este era su mundo y él gobernaba. Se acercó a ella otra vez, esta vez entrando directamente detrás de ella cuando se agachó. Isabeau permaneció en esa posición y todo en él se tranquilizó.
    Su compañera. Suya. Rugió un desafío a cualquier macho en la vecindad y luego estuvo sobre ella, le hundió los dientes en la nuca para evitar que se moviera, le cubrió el cuerpo con el suyo. Todos los machos eran posesivos y atentos cuando su hembra estaba en celo y el sexo entre gatos podía ser rudo. El gran leopardo macho se tomó su tiempo con ella, el camino para reclamar a su compañera abrumador. Ella gritó cuando él se retiró, dándose la vuelta para amenazarle con sus costados subiendo y bajando y una mueca en la cara, pero cuando él frotó el morro sobre ella, se calmó.
    Se tumbaron juntos en un montón de piel, las colas se trenzaron la una en la otra mientras él descansaba y luego estuvo sobre ella otra vez. Pasaron varias horas juntos, pero el macho siguió moviéndoles lenta pero constantemente de vuelta hacia la pequeña cabaña donde sus contrapartes humanas permanecían. Se aparearon con frecuencia y ferozmente al modo de los leopardos.
    Cuando se acercaron a la cabaña, la hembra comenzó a darse cuenta de donde estaban e intentó volver al bosque y a la libertad de vivir salvaje. El macho, conociendo el tremendo atractivo, lo evitó, utilizando la fuerza del hombro y la parte superior del cuerpo para empujarla de vuelta hacia la casa. La reacción era muy común en la primera salida, pero era necesario dominarla rápidamente. Permanecer en forma de leopardo durante espacios de tiempo largos podía ser peligroso, aumentando los rasgos del leopardo en el humano.
    Isabeau olió la civilización y supo que Conner la forzaba a casa. El cambio ya empezaba. En el momento que ella reconoció el intelecto, supo que el cerebro ya funcionaba como un humano. El cambio comenzó allí, en su mente, alcanzando el cuerpo humano. Casi inmediatamente hubo la reacción, un desgarro de músculos y huesos. Escapó un pequeño grito medio humano, medio salvaje.
    Ella sentía el aire de la noche en la piel y se encontró boca abajo en el porche de su cabaña, completamente desnuda, su cuerpo en un estado terrible de excitación. No tenía sentido cuando su leopardo había sido saciada completamente, pero aparentemente la necesidad violenta se manifestaba en el humano, por lo menos en ella. Levantó la cabeza para mirar a su marido.
    Conner estaba agachado a medio metro, los ojos dorados fijos en su cara. No hizo ningún intento de ocultar la necesidad absoluta y cruda que ardía en su cuerpo. Con deliberada intención la alcanzó, rodó sobre ella para ponerla de espaldas, allí mismo en el porche. Su mirada era violenta, casi tan salvaje como el leopardo cuando fue sobre ella, buscando la boca con la de él. Estaba hambriento del sabor de ella, las manos se movían, amasando, explorando, hambrientas de la sensación de su suave piel.
    Ella levantó la cabeza para encontrarlo, las bocas se fundieron, se soldaron, se unieron, las lenguas se batieron en duelo mientras las manos de Conner amasaban y masajeaban los senos, tironeaban y rotaban los pezones hasta que unos pequeños sollozos de desesperación empezaron en la garganta de Isabeau. Hasta que ninguno pudo respirar y fueron forzados a separarse unos pocos centímetros, atrayendo el aire con fuerza a los pulmones ardientes y devorándose el uno al otro con los ojos. Las manos de Conner nunca se detuvieron, bajando por el vientre hasta que los dedos se hundieron dentro de ella y ella corcoveó con impotencia contra él. Ella se sentía como si estuviera tan caliente que su centro se fundía.
    – De prisa, Conner. Por favor deprisa -imploró.
    Él se arrodilló entre las piernas y le levantó las caderas, vacilando un momento en su entrada. Ella se retorció, sacudiendo la cabeza, sin querer esperar, tratando de empalarse en él. El avanzó hacia delante y ella gritó, un sonido roto y lloriqueante de placer intenso mientras le sentía entrar hasta el fondo. Su vagina apretada le agarró con fuerza, reacia a abrirse, forzándole a empujar a través de los pliegues calientes para que ella pudiera sentir cada centímetro de grosor.
    Los suelos eran lisos y cuando la sostuvo inmóvil y golpeó en ella, las llamas lamieron sobre ella como un fuego fuera de control, barriendo a un vórtice de placer. Cada vez que él entraba en ella, parecía estirarla al límite, su pesada erección quemaba como una marca entre los muslos y en esta ocasión profundamente, tan profundamente, que sintió como si Conner estuviera alojado en su estómago. Podía sentir su propio cuerpo latiendo y pulsando alrededor del de él, agarrándolo con avidez, deleitándose en el salvaje placer que él le daba.
    Isabeau se retorció y corcoveó bajo él, las caderas sintonizadas con su salvaje ritmo, penetrando repetidamente y con fuerza. El aliento entraba en desiguales jadeos, entrecortadamente y se empujó con los talones, queriendo tomarlo aún más profundo. Ese grueso miembro, tan caliente, golpeó en ella, le acarició, varió el ritmo hasta que ella se estremeció una y otra vez con tal placer que sólo pudo jadear su nombre y clavar las uñas en sus brazos para anclarse. La tensión creció, su cuerpo serpelnteó para apretarse más y más mientras él empujaba en ella, las manos de Conner la anclaron. Él ajustó el ángulo del cuerpo de ella, agachándose sobre ella, entrando con más fuerza.
    El grito suave y agudo de ella vagó desde el porche a la selva, el sonido de sus cuerpos juntándose en el apareamiento rítmico y frenético se vertió sobre el cuerpo de ella como fuego fundido y el placer explotó como una ráfaga de droga. Comenzó a moverse con fuerza bajo él, su respiración era un sollozo ahora mientras el placer se incrementaba hasta que pensó que quizá no sobreviviría.
    La cara de Conner era una máscara de líneas duras, la lujuria grabada profundamente, el amor ardía en sus ojos dorados cuando furiosamente la reclamó, poniéndose las piernas sobre los hombros de un tirón, golpeando más hondamente que nunca hasta que ella se tensó y su cuerpo se apretó como un torno alrededor suyo. El orgasmo rompió por ella, llevándose a él con ella, Isabeau pudo sentir la salpicadura caliente de su liberación en medio de las olas feroces que la desgarraban. Ella gritó, un fuerte y largo gemido de placer cuando la liberación la atrapó y se negó a soltarla, un infierno llameante que les quemó vivos.
    Conner se desplomó sobre ella, su respiración tan dura como la de ella. Isabeau podía oír el corazón de Conner latiendo desenfrenadamente cuando entrelazó los dedos detrás de su cuello. Ella le habría dicho que le amaba, pero no pudo encontrar suficiente aire. Él sonrió y se arrodilló retrocediendo, muy lentamente y pasando deliberadamente las manos sobre los senos, vientre y más abajo, y ella supo que era una reclamación. Suya. Adoraba ser suya.
    Le sonrió, embebiéndose de él ahí en la oscuridad. Se sentía como el día perfecto. Había tenido una boda de cuento de hadas y su leopardo había surgido por fin. Había experimentado el correr libre así como la bondad de los extraños. Habían hecho el amor hasta que ninguno podía moverse y ahora estaban aquí en su propio pequeño mundo donde la fealdad de alguien como Imelda Cortez no podía tocarles.
    – Algunos días son simplemente perfectos -susurró.
    Él se inclinó otra vez, la besó en la boca, mordisqueando el labio inferior y luego lamiendo la garganta hasta el seno izquierdo.
    – Eres tan hermosa para mí, Isabeau. Cuando te vi caminando hacia mí con ese vestido, mi corazón se paró. -No podía soportar el separar su cuerpo del de ella. Sabía que la boca de Isabeau crearía milagros si le daba la oportunidad, pero su cuerpo era un caldero de fuego rodeándole. Las pequeñas réplicas que ondulaban dentro de ella enviaban ondas de placer a su vientre y muslos.
    – Han sido todos tan amables -dijo. Se estiró para acariciarle la mejilla, las cuatro cicatrices se añadían a la perfección masculina.
    – No quiero que esto se acabe. -Conner echó la cabeza atrás y miró al cielo nocturno. Las estrellas eran tan densas que la oscuridad parecía lechosa.
    – Hombre tonto. -Le empujó-. Adoro mantenerte feliz.
    Sólo su respuesta fue suficiente para enviar una oleada de calor al cuerpo de Conner. Los leopardos a menudo podían oír las mentiras e Isabeau nunca le mentía. Ella adoraba atender su cuerpo y era generosa con su atención.
    Ella se rió suavemente, sintiendo como su erección se hinchaba, se volvía más dura cuando él empujó suavemente más profundamente. Los dedos de Conner se apretaron en sus caderas cuando levantó la cabeza al cielo. El viento cambió un poco y la cabeza de Conner giró bruscamente, los ojos ardiendo mientras escudriñaba la línea de árboles y el dosel. Muy lentamente, se enderezó, todavía de rodillas, el cuerpo enterrado apretadamente en el de ella. En el fondo su leopardo gruñó y arañó, la furia estalló por él.
    Inhaló profundamente y olfateó, enemigo. Fue breve, un olor apenas discernible que desapareció casi inmediatamente, como si el leopardo macho hubiera cambiado de posición con el viento. No había advertencia del dosel, nada indicaba que hubiera un enemigo cerca, pero Conner sabía que no estaba equivocado, había olfateado otro leopardo macho brevemente. Permaneció inmóvil, barriendo con la mirada el bosque circundante.
    – ¿Hay algo mal? -preguntó Isabeau, reconociendo la calma en él. Comenzó a girar la cabeza, pero él clavó los dedos en sus caderas y se inclinó hacia adelante, enviando ondas de réplicas a través de ella.
    – No te muevas. Sólo mírame.
    – Oh mi Dios -cuchicheó-. ¿Alguien nos está mirando? -Tiritó, de repente asustada. La selva tropical nunca la había asustado, pero ahora las sombras parecían estar acechando detrás de cada árbol.
    – Está ahí afuera. Mirándonos.
    Ella no tuvo que preguntar quién era «él». Ottila Zorba.
    – ¿Cuánto tiempo ha estado ahí?
    – No tengo la menor idea. Vamos adentro. Quiero que te encierres. Sabes cómo disparar. Llamaré para que venga el respaldo y entonces cambiaré y le cazaré.
    Ella quiso negar con la cabeza, atemorizada por él. Conner se arrancó de ella y movió su cuerpo para bloquear la vista de Ottila de ella mientras la ayudaba a levantarse y abría la puerta, casi empujándola adentro.
    Ottila no había cortado las comunicaciones, probablemente no queriendo avisar de su presencia. Conner hizo la llamada a Rio y luego comenzó a moverse por la cabaña, preparándose para dejarla.
    – Espera a Rio, Conner -advirtió Isabeau-. Hay algo acerca de él que es simplemente aterrador. Me sentiré mejor si esperas.
    El leopardo de Conner no lo permitiría. Dudaba si el hombre lo haría. Ella no tenía la menor idea de cuánta naturaleza e instintos tomaban parte en su vida, dominando el buen sentido a veces. Su gato rugía, una neblina negra de celos que se esparcía por su mente. Sacó armas y se las mostró a ella, pegando una bajo la superficie de la mesa, poniendo otra en un cajón, ocultando cuatro armas y dos cuchillos para ella.
    – Estará demasiado ocupado tratando de matarte -indicó Isabeau-. Él no quiere matarme, pero a ti te desea muerto. Si es realmente él y no lo sabemos con seguridad…
    – Lo es -dijo Conner con certeza-. Mi felino sabe que es él. Cierra las puertas, Isabeau. Permanece dentro y mantén las luces apagadas. Llamaré cuando vuelva, de otro modo dispara a cualquiera que trate de entrar.
    Ella se adhirió a él.
    – Por favor, escúchame por una vez. Eres tú a quien persigue. Te quiere muerto. Quiere que vayas a la selva tras él. De otro modo, ¿por qué te avisa de su presencia?
    – Nadie puede predecir el cambio de viento. Fue atrapado y probablemente está a medio camino de la siguiente aldea ya, corriendo como un conejo.
    Ella sabía que no, sabía que Ottila no tenía la intención de huir. El corazón retumbaba con temor por Conner. Él estaba sumamente seguro, pero no había conocido a Ottila como ella había hecho. El leopardo renegado cambiaba sus lunares continuamente y ella tenía el presentimiento de que ocultaba algo.
    Conner suavemente la apartó, se inclinó y la besó una vez nada más. Entonces levantó la ventana de atrás y cambió mientras se zambullía. Desapareció casi inmediatamente en las sombras. Isabeau cerró y trabó la ventana y luego las contraventanas, asegurándose de que todo estuviera en su lugar y nadie pudiera entrar por la ventana.
    Con manos temblorosas, Isabeau se vistió, poniéndose su ropa como una armadura. Capas de ellas. Ropa interior, vaqueros, calcetines pesados, una camiseta, antes de envolverse en el suéter de Conner. Se sentó a esperar, el corazón palpitaba rápidamente y tenía el sabor del temor en la boca. No tuvo la menor idea de cuánto tiempo había estado sentada allí, pero se dio cuenta de que lágrimas le enturbiaban la visión. No podía quedarse sentada. Caminó un rato y por último abrió las contraventanas del porche delantero y miró fuera, tratando de ver lo que sucedía en la selva tropical. Podía oír los sonidos de los insectos y criaturas de la noche, el bosque tenía su propia música nocturna, pero no había interrupción, ningún combate entre leopardos y ninguna advertencia de los animales de que había leopardos en la vecindad.
    Por ahora, se consoló, Rio se habría unido a Conner en la búsqueda. Y quizá él estaba equivocado. Quizá no había captado realmente el olor de un leopardo macho, aunque ella no lo creía realmente.
    Después de un tiempo se dio cuenta de cuán desesperada era la tarea de mirar la selva tropical, esforzando los ojos cuando no había nada que ver, así que cerró con cuidado las contraventanas otra vez antes de poner el hervidor. El té combatiría el susto que sentía. Por lo menos el ritual de hacer té la mantenía ocupada. Una vez que el agua hirvió, la vertió en la pequeña taza sobre las hojas de té y colocó una toalla para macerarlo. Necesitaba algo para revitalizarla. No había manera de relajarse, no con Conner en peligro.
    Se giró para volver a la ventana. El corazón saltó. Comenzó a golpear. El temor le secó la boca. Ottila Zorba estaba a menos de medio metro de ella, los ojos le brillaban en la oscuridad, su mirada fija sobre ella como si fuera su presa. Obviamente había cambiado. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí, pero su cuerpo desnudo, todo haces de músculos y fuerza estaba muy excitado.

Capítulo 18

    Ottila Zorba ladeó la cabeza e inhaló, atrayendo profundamente el perfume de Isabeau a los pulmones.
    – Se ha asegurado de dejar su olor por todo tu cuerpo -saludó.
    Isabeau envolvió el suéter de Conner en torno a su cuerpo en busca de protección.
    – ¿Qué quieres?
    Los ojos verde dorados brillaron sobre ella de pies a cabeza.
    – Dejaste tu marca sobre mí.
    Ella se mordió el labio con fuerza.
    – No he sido criada con la gente leopardo. No sabía que me estaba pasando.
    – Tu felina lo sabía y me deseó.
    Isabeau jadeó. Eso no podía ser verdad. Conner era su compañero. Sabía que lo era. Sacudió la cabeza negando.
    – Cometí un error y lo siento por eso, pero tú me provocaste deliberadamente. Sabías que yo no entendía lo que significaba.
    Él se encogió de hombros y dio un paso hacia ella.
    – No. -Isabeau se retiró, moviéndose hacia la mesa donde el arma esperaba.
    – No quiero herirte, pero lo haré si no me das otra elección.
    Ottila sonrió, descubriendo los caninos de su leopardo y levantó un arma.
    – ¿Estás buscando esto? Mirabas fijamente a la noche y todo el tiempo yo rondaba por el cuarto, quitándote las armas bajo la nariz.
    El corazón de Isabeau saltó dolorosamente. ¿Quién podría hacer eso? Había oído de leopardos que arrastraban a sus víctimas fuera de sus casas, antes incluso de que los que estaban sentados a su lado supieran lo que había sucedido; pero ella no podía imaginar a nadie tan sigiloso. Miró hacia la puerta, tratando de juzgar la distancia. Para hacerlo más fácil, dio otro paso hacia la mesa, para mantenerla entre ellos. Como se figuró, él dio un paso hacia el otro lado, dándole a ella ese paso extra o dos.
    Isabeau corrió hacia la puerta. Corrió como una humana, él saltó como un leopardo, salvando la mesa y aterrizando al lado de ella cuando los dedos de Isabeau se cerraron en la cerradura. Ella trató de abrir la puerta, pero él la cerró con un golpe de la palma, atrapando su cuerpo entre el de él y la madera. Ella gritó, temblando; se sentía pequeña y perdida contra esa enorme fuerza.
    – Ssh, no chilles. Estate tranquila -dijo-. No voy a hacerte daño.
    Los brazos la rodearon e Isabeau tembló, mantuvo la cabeza abajo, atemorizada de lo que él pudiera hacer.
    – Por favor -dijo suavemente-. Lo que hice fue un accidente.
    – Ssh. -Él la mantuvo derecha con su fuerza, cuando ella temblaba, las piernas de goma-. Hazte una taza de té y siéntate en el cuarto, lejos de la mesa. -Indicó una silla-. Pon azúcar en tu té. Ayudará.
    Su voz era tranquila. Incluso agradable aún. Y eso de algún modo lo hizo peor, pero cuando apartó las manos, ella pudo respirar por lo menos otra vez. Se forzó a andar al mostrador donde el té maceraba.
    Isabeau echó un vistazo por encima del hombro, tratando de fingir que él era un invitado.
    – ¿Te gustaría una taza también?
    La sonrisa fue de pura diversión masculina.
    – No creo que sea buena idea poner la tentación en tu camino. Tratarías de tirarme agua hirviendo y entonces yo tendría que vengarme y tú saldrías herida. No quiero eso y creo que tú tampoco.
    Isabeau se concentró en evitar que las manos le temblaran y se preparó una taza de té. Esperó a sorberlo antes de caminar a la silla que él había indicado y se sentó más bien con cautela. ¿Había puesto Conner un cuchillo bajo los cojines? Él le había dicho que no se asustara y ella definitivamente estaba al borde de asustarse. Se obligó a tomar otro trago del líquido caliente y respirar.
    – ¿Por qué estás aquí?
    Su voz estaba otra vez bajo control y se permitió sentirse triunfante. Una pequeña victoria a la vez.
    – Para darte una oportunidad de venir conmigo. En este momento. Antes de que alguien muera. Ven conmigo. No necesitas nada más que la ropa en la espalda. Tengo dinero. Todo lo que Imelda me ha pagado ha sido en efectivo. -Sonrió burlonamente-. Entre lo que Suma y yo tomamos de Sobre y Cortez, podemos ir a cualquier sitio.
    Esa oferta era la última cosa que esperaba. Parecía tan razonable. Él no se acercó, lo cual le ayudó a mantener la serenidad.
    – Incluso si dejara una nota para tratar de convencerlos de que me fui voluntariamente contigo, vendrían detrás de nosotros -dijo-. Lo sabes.
    Él se encogió de hombros y fue imposible no ver los haces de definidos músculos que ondularon en su pecho, los brazos y vientre.
    – Sabes que tendrías que matarle. Yo no salvaría su vida yéndome contigo sólo para causarle pena. -Inclinó la cabeza y le miró tranquilamente por encima de la taza de té-. Estoy enamorada de él.
    – Lo superarás con el tiempo. -Su mirada no se apartó de su cara-. Si vienes voluntariamente, te daré un poco de tiempo para olvidarlo. Tu gata ayudará aceptándome.
    Isabeau podía ver que él pensaba que estaba haciéndole una inmensa concesión. Era aterrador, como caminar por un alambre, tratando de aplacarle, de entretenerle y evitar provocar un estallido violento. Era demasiado controlado y le aterrorizaba. Se humedeció el labio inferior con la punta de la lengua y puso la taza aparte, dejando caer las manos a los lados con el pretexto de ocultar los dedos temblorosos. Sabía que él captaba el temblor, estaba demasiado centrado en ella, pero tenía que encontrar un modo de comprobar los cojines.
    Él sacudió la cabeza y saltó otra vez; el salto le llevó al lado de la silla.
    – Te lo he dicho, quité las armas. El cuchillo estaba bajo el lado derecho. ¿Crees que soy estúpido? -Había un filo en su voz.
    – No. Pero estoy muy asustada -admitió, apartándose un poco de él mientras trataba de encontrar las palabras correctas para alcanzarle.
    Él ancló la mano en su pelo, evitando que se alejara un centímetro más.
    – Esta es tu oportunidad para salvarle, Isabeau. Te lo ofrezco una vez porque será más difícil para ti perdonarme si le mato, pero lo haré.
    Su cara estaba a centímetros de la de ella, una máscara furiosa de determinación y confianza absoluta. Las líneas en la cara estaban profundamente grabadas, un hombre duro con mucha experiencia. Al mirarle a los ojos, supo que había tenido razón sobre él: había sido el cerebro, el que ordenaba a Suma, pero se había ocultado bien. No necesitaba los elogios. No iba a herirla, pero la amenaza estaba allí. De hecho, las puntas de los dedos le estaban frotando mechones de cabello como si saboreara la sensación.
    – Toma una ducha -dijo bruscamente-. Si discutes conmigo o te pones algo suyo, me restregaré yo mismo y no va a gustarte mucho. Hazlo rápido. Quiero que vuelvas aquí en cinco minutos oliendo como tú, no como él.
    Le tiró del pelo lo suficiente para levantarla y empujarla fuera de la habitación. La siguió a un ritmo más pausado. Se estaba quitando el sujetador cuando él entró y ella se paró bruscamente, sacudiendo la cabeza.
    – No voy a quitarme la ropa delante de ti.
    Un músculo le hizo tictac en la mandíbula.
    – Te he visto dejándole follarte en la selva y luego otra vez en el porche. Soy bien consciente de cómo es tu cuerpo. Quiero que su olor se vaya. Ahora. Me restregaré yo mismo si no te mueves. Ahora tienes cuatro minutos.
    Ella se dijo que era leopardo y no había modestia en ese mundo. No quería provocarle y que se duchara con ella y posiblemente la violara. Si podía, le entretendría lo bastante para permitir que Rio y Conner recogieran su rastro y se dieran cuenta de que había dado un rodeo de vuelta a la cabaña. Quiso seguir dándole la espalda mientras se desnudaba, pero necesitaba verle. Porque si se movía para tocarla, no se rendiría sin luchar.
    Se metió bajo el agua, la mirada sobre él, fija y desafiante, desafiándole a intentar acercarse y se lavó bajo su intenso escrutinio. Ottila se estiró a por el agua al mismo tiempo que ella, rozando sus dedos e Isabeau apartó la mano de un tirón, levantándolas defensivamente.
    Eso pareció divertirle. Le entregó una toalla.
    – ¿De verdad piensas que puedes luchar contra mí y ganar? No seas tonta. No soy un hombre que golpearía deliberadamente a una mujer. Tiene que haber una razón muy buena.
    – ¿Por qué demonios trabajas para Imelda Cortez y secuestras niños para ella? -preguntó, frotándose el agua de la piel y el olor de Conner, como mejor podía.
    Sigue hablándole y calmándole, se recordó. Muéstrate interesada en él.
    Le empujó para pasar por delante y encontró su mochila, sacó un par de vaqueros de un tirón y se los puso rápidamente. Le miró por encima del hombro.
    – Vendes a tu propia gente.
    Él la miró con los ojos impasibles de un felino.
    – Ellos no son mi gente. Me echaron. No les debo lealtad.
    Ella frunció el entrecejo mientras se ponía una camiseta y se giraba para encararlo, haciendo cuanto podía para parecer un poco comprensiva.
    – ¿Por qué harían eso?
    Estaba interesada, esa parte no era mentira. Esperaba estar cercana a la verdad. Había admitido que estaba asustada. Quizá él lo tendría en cuenta.
    Él se encogió de hombros, pero por primera vez una ola de emoción le cruzó la cara.
    – Nuestras leyes son arcaicas y no tienen sentido. Si un cazador mata a uno de nosotros en forma de leopardo, aunque sea ilegal contra la ley del hombre, les permitimos huir con ello. Uno mató a mi hermano pequeño. Le busqué y le maté. Los ancianos lo llamaron asesinato y me desterraron. En otras palabras, estoy muerto para la aldea. Me figuro que si estoy muerto para ellos, ellos lo están para mí y no les debo lealtad.
    – Qué terrible. -Y hablaba en serio. Si una familia sentía que no había justicia en matar, ¿cómo lo superaban?-. Eso todavía no explica a alguien tan malo como Imelda Cortez y por qué escogerías revelar tu especie a ella.
    Él retrocedió para dejar que le precediera por la puerta al siguiente cuarto.
    – Cortez me ofreció una vida y yo la tomé. Sabía que el final la mataría, así que ¿qué jodida diferencia hay en que ella lo sepa? No puede demostrarlo y si se lo dice a alguien, pensarán que está loca, que lo está. Puedo olerlo en ella.
    Ella se tragó el miedo. Él lo dijo con tanta normalidad. Sabía que al final la mataría.
    – ¿Es lo que vas a hacerme finalmente? ¿Matarme cuándo te canses de mí?
    Él sacudió la cabeza.
    – No funciona así.
    Le agarró la muñeca, tirando de ella, forzando a la palma a rodear su dura longitud, apretó los dedos en torno a los de ella.
    – Tú pones esto aquí. Me acuesto y me levanto así. Esto no se irá hasta que estemos juntos. E imagino que regresará a menudo, igual de doloroso.
    Ella le pisó tan fuerte como pudo en el empeine y giró, golpeándole las costillas con el codo, siguió girando cuando le liberó la mano, apuntando a su cara con el dorso del puño. Él ya estaba sobre ella, llevándola al suelo, cayendo con tanta fuerza que se estrelló contra la madera, Isabeau se rompió la cabeza, su peso superior encima de ella. Vio estrellas y tuvo que luchar para evitar desmayarse. Luchando desenfrenadamente, trató de quitárselo de encima. Él colocó la rodilla en la parte baja de su espalda y le sujetó las muñecas juntas, su fuerza era enorme. Ella yacía aplastada bajo él, las lágrimas le ardían en los ojos y garganta.
    – No sabes mucho sobre hombres, ¿no, Isabeau? -dijo suavemente-. Algunos hombres se excitan con una mujer que luche contra ellos. Quédate quieta. Respira. Te dije que no te haría daño si era posible y hablaba en serio.
    Ella se permitió llorar por un momento antes de hacer un esfuerzo por echarse hacia atrás. Él le acarició el pelo con la mano libre como si la tranquilizara. Cuando la tensión se desvaneció, se apartó y la puso de pie, forzándola a cruzar el cuarto a la misma silla. Una vez estuvo sentada, le puso ambas manos en los brazos de la silla y bajó la cara cerca de la de ella.
    Ella se acurrucó. Un testarazo quizá funcionara. O darle un puñetazo directamente en medio de la gran erección.
    Los ojos de él se encontraron con los de ella y sacudió la cabeza lentamente.
    – La primera vez lo he dejado pasar porque tienes miedo de mí. Pero atácame otra vez y me vengaré.
    Ella parpadeó, una mano fue defensivamente a la garganta.
    – Hoy es el día de mi boda -admitió-. Me he casado con él.
    La expresión de Ottila no cambió.
    – Me importa una mierda. Lo sabes o por lo menos deberías saberlo.
    Ella le estudió la cara, esa cara fuerte y masculina. Debía mantenerle hablando porque era la única defensa que tenía. El sonido de sus voces, el paso del tiempo. Conner tenía que regresar pronto.
    Inhaló.
    – ¿Le has contado a Imelda que somos leopardos?
    – ¿Por qué lo haría? -Recogió la taza de té y se movió hacia la tetera.
    Isabeau cubrió su suspiro de alivio con un pequeño carraspeo. Él era tan grande. Intimidante. A ella le parecía invencible. ¿Y dónde estaba Conner? Seguramente ya debía haber desenredado el rastro de Ottila y debería regresar.
    – Imelda nunca debería haber tomado a esos niños. Traté de decírselo, pero le gusta ser la jefa. Supe que Adán nunca se quedaría quieto. Ella es tan arrogante que no escucha a sus consejeros, ni a sus consejeros de seguridad.
    – Así que la has abandonado.
    Del pequeño paquete que llevaba el cuello, él sacó un pequeño frasco y abriéndolo con el pulgar, lo vertió en la taza de té delante de ella. Todo el cuerpo de Isabeau se tensó. Medio se levantó, pero él le dio una mirada severa y ella bajó.
    – No voy a beber eso.
    – Entonces lo haremos de la manera difícil y te lo echaré por la garganta. Me da exactamente igual, Isabeau.
    – ¿Qué es?
    – No una droga de violación durante una cita amorosa. No me he caído tan bajo para violar a una mujer. Cuando te tome, será porque no puedes evitarlo, me necesitarás.
    No iba a discutir cuán ilógico era eso, no cuando venía hacia ella con la taza de té. Saltó de su silla, recordando esta vez a su gata, pidiendo ayuda a la pícara perezosa. ¿Por qué no estaba ultrajada ella? ¿Por qué no luchaba por su supervivencia? Por la supervivencia de Conner. ¿Y, que Dios la ayudara, dónde estaba Conner?
    En el fondo, su felina se revolvió, olfateó el aire y encontró su propia marca en Ottila. Otro rival para sus cariños. Se estiró lánguidamente. Isabeau siseó para que se agachara. ¿Dónde estaba la famosa lealtad de los leopardos? Se maldijo por no conocer las reglas.
    – ¿Qué es eso?
    – Escoge para él, vida o muerte.
    Ella no podía apartar la mirada de esos ojos. Era difícil no creerle. Parecía invencible y absolutamente seguro de sí mismo. Se tocó el labio con la lengua, por un momento atroz consideró ir con él. ¿Por qué no la había noqueado y sacado de la cabaña? Esto no era acerca de elegir, nunca lo fue. Era algo enteramente diferente. El cerebro hizo clic, clic, clic cuando las piezas encajaron.
    – Ibas a matarlo, directamente desde el principio, ¿verdad?
    Él la agarró por la garganta, permitiendo que sintiera su inmensa fuerza. Isabeau no luchó. Había una advertencia en los ojos a la que prestó atención.
    – Ha estado dentro de ti. Su marca está en ti. No puede vivir.
    Ella tragó con fuerza.
    – Nunca ibas a compartirme con Suma.
    – Ni en un millón de años.
    Ella levantó el mentón e indicó el té.
    – Dime que tiene.
    – No quiero que sientas lo que te voy a hacer.
    El corazón de Isabeau latió con tanta fuerza contra el pecho que tuvo miedo de que estallara. El temor respiró por ella como una entidad viva. Él lo dijo de forma tan práctica, sin parpadear, ninguna compasión o remordimiento.
    – ¿Qué me vas a hacer?
    – A ti no. A él. Él tiene que sufrir. Para sacarle del juego. Su leopardo se volverá loco de rabia y no podrá controlarlo. Le he estudiado. Es metódico. Y bueno. No creo que sea estúpido. Necesito llevarlo al borde y el único modo de conseguirlo es hiriéndote, o arrastrarme a la casa del doctor y atacar a su joven amigo. Cualquiera de las dos opciones lo desencadenará.
    Ella sabía que estaba amenazando deliberadamente a Jeremiah para obligarla a beber el té con droga.
    – ¿Vas a hacerme daño? -repitió.
    Él tenía razón, Conner nunca se perdonaría y pondría la selva tropical del revés buscando a Ottila. Lo seguiría directamente a una trampa. Miró a los ojos de Ottila, forzando valor a sus músculos congelados.
    – Necesitas castigarme, ¿verdad?
    A su propia manera enferma, él sentía que ella le había traicionado, traicionado su relación. Había sido engañada por su absoluta calma.
    – Bebe el té, Isabeau -instruyó suavemente.
    Ella tomó la taza, los dedos le temblaban, miró el líquido oscuro. Se había asegurado de que el agua no estuviera lo bastante caliente para quemarle si ella se lo tiraba. Realmente, él esperaba que le obedeciera y se bebiera la droga. Isabeau se llevó la mezcla a la boca y le lanzó el contenido a los ojos, estrelló la taza contra el brazo de la silla. Siguió moviéndose, girando cuando le cortó con un fragmento. No era como si tuviera mucho que perder, él iba a hacerle daño a propósito.
    El pedazo de cristal le provocó una línea delgada a través del pecho, pero no respingó. La mirada de él ardió sobre ella, una promesa violenta de castigo. Isabeau se negó a ser intimidada. Tenía un fragmento como cuchillo, hacia abajo, la orilla mellada apuntada hacia las partes más suaves de su cuerpo. Ottila dio un paso a un lado y se movió sobre ella, rápidamente, demasiado rápidamente para un hombre grande. La mano le golpeó la muñeca, apartando el cristal mientras le daba la vuelta, atrapando su cuerpo contra el suyo.
    Su mano controló la de ella, golpeándola con fuerza contra la pared.
    – Tíralo -ordenó-. Tíralo ahora mismo.
    Cuando ella vaciló, estrelló la mano una segunda vez contra la pared. Los bordes mellados cortaron la palma de Isabeau y la fuerza del golpe hizo que el dolor se disparara por el brazo. Lágrimas ardieron en sus ojos y parpadeó rápidamente para alejarlas, no queriendo mostrar debilidad. Estaba aterrorizada por tener que soltar su única arma, pero él era demasiado fuerte.
    – Tíralo, Isabeau -ordenó otra vez.
    No hubo cambio en su inflexión. Podría haber estado hablando del tiempo. Tiritando, ella obedeció. Él la sostuvo unos pocos momentos más, sus brazos fuertes, manteniéndola de pie cuando ella se habría desplomado.
    – Eso fue estúpido. ¿Qué has ganado?
    – Tenía que intentarlo.
    – Supongo.
    Las manos fueron tiernas cuando la alejó. Tan tiernas, de hecho, que cuando la golpeó, estuvo más sorprendida que herida. Los golpes llovieron sobre su cuerpo, duros; rápidos puñetazos que la hicieron doblarse y deslizarse por la pared. Él siguió golpeándola metódicamente, una y otra vez. Trató de arrastrarse lejos de él, defendiéndose, utilizando los brazos para defenderse, pero los golpes siguieron cayendo por todo su cuerpo. Nunca le tocó la cara y cuando ella se curvó en posición fetal para tratar de protegerse, él se agachó a su lado y continuó.
    No había manera de protegerse de los golpes. Parecieron durar para siempre. Cerró los ojos, sollozando, levantando las manos para tratar de bloquearle. Entonces, tan bruscamente como comenzó, dejó de golpearla.
    – Abre los ojos -ordenó suavemente.
    Las lágrimas nadaban en sus ojos pero obedeció de mala gana. Dobló la cabeza hacia ella, cambiando mientras lo hacía, hasta que un leopardo macho en la flor de la vida la sujetó contra el piso, hundió los dientes profundamente en el hombro directamente sobre la marca que Conner había puesto allí. Al mismo tiempo, la garra de atrás le arañó el muslo. Sintió la cuchillada, la sangre manó libre y también sintió la quemadura que se esparcía por su sistema. Podía oír sus propios chillidos de angustia, pero el leopardo ignoró sus súplicas, la hizo rodar hasta que estuvo de espaldas, con el suave vientre expuesto a él.
    Las garras se hundieron en los senos; perforaciones profundas que sacaron sangre. Ella se oyó chillar, pero él no había terminado. Las garras arañaron dentro de los muslos y luego se hundieron profundamente en el montículo femenino. El dolor fue agónico. Casi se desmayó, los bordes de su visión se oscurecieron, la bilis subió.
    La levantó sobre sus manos y rodillas, sujetándole la cabeza bajo para evitar que se desmayara. Ella iba a vomitar, tenía retortijones en el estómago y arcadas de protesta. Él parecía ser tan paciente, las manos le acariciaron el pelo, calmándola como si él no hubiera sido el que había causado tanto daño en primer lugar.
    Sollozando, Isabeau trató de arrastrarse lejos de él, pero él simplemente la atrajo a sus brazos y la meció. Ella no luchó. Cualquier movimiento hacía que el dolor recorriera su cuerpo.
    – Estamos atados juntos, Isabeau -dijo suavemente, mirando abajo hacia sus destrozados y ensangrentados vaqueros-. Necesitarás antibióticos. Él estará tan enfurecido que quizá lo olvide, así que tendrás que ser la que se lo recuerde
    Otra vez hablaba de forma práctica.
    – ¿Por qué? -preguntó.
    Él no fingió entender mal.
    – Cuando pienses en el día de tu boda, será a mí a quien recuerdes, no a él. -Le acarició el pelo con la mano, tratando de calmarla cuando ella temblaba incontrolablemente-. Y para demostrar un punto. Nunca estarás a salvo con él, ni tus hijos. Llegué hasta el niño bajo las narices de sus guardias y he llegado hasta ti. Lo puedo hacer otra vez, en cualquier momento, en cualquier lugar. Debes pensar sobre lo que quieres de un compañero. Vivimos bajo la ley de la selva, Isabeau y si él no te puede proteger, ¿qué uso tiene para ti?
    – ¿Has matado a Jeremiah?
    Se apretó los dedos temblorosos contra la boca. Cualquier movimiento era doloroso y quería quitarse desesperadamente los vaqueros y la camisa para apretar una tela fresca sobre las heridas que latían.
    – Su muerte habría logrado muy poco. Necesitaba al niño vivo para retrasar a tu hombre. Ahora tendrá que vivir con el hecho de que hizo la elección equivocada al ayudar al chico. Cada vez que trate de tocarte -la punta del dedo se deslizó sobre las heridas del seno-, verá mi marca, mi señal.
    Ella quiso alejarle la mano de un golpe, pero estaba demasiado intimidada. Nunca había sido golpeada en la vida. Él lo había hecho con tanta objetividad, como si estuviera completamente fuera del acto. Trató de arrastrarse lejos de él, encontró la pared y se inclinó contra ella, el único modo de sostenerse.
    Los dedos de él le rodearon el tobillo como un grillete.
    – Asegúrate de no quedarte embarazada de su bebé. Odiaría tener que matar a un cachorro y sería mucho más duro para ti perdonarme.
    ¿Cómo podía pensar él que podría perdonarle la paliza que le había dado? La había aterrorizado a propósito; un castigo que en su mente retorcida, ella merecía.
    – Dile que se encuentre conmigo y que venga solo. Si no lo hace, regresaré periódicamente de visita hasta que lo haga.
    – ¿Dónde? -Susurró la palabra.
    – Él lo sabrá.
    Ella se deslizó pared abajo cuando él la soltó, llorando suavemente, aterrorizada por si misma, por Conner. Ottila se puso de pie sobre ella, tomando una vez más forma humana. Ambas eran intimidantes.
    – Puedo llegar a ti dondequiera. En cualquier momento. Si él trata de huir contigo, deberías creer que no puede protegerte, no importa a dónde te lleve, te encontraré. Dile eso.
    Ella se mordió con fuerza el labio inferior y permaneció muy quieta, atemorizada de moverse. Él se inclinó sobre ella, su boca encontró la suya. Ella se mantuvo inmóvil, tratando de no sollozar cuando él exploró la boca con la lengua, tomándose su tiempo, las manos una vez más apacibles. Era desconcertante, iba de la violencia hasta ser casi cariñoso. No protestó cuando ella permaneció pasiva. Se echó hacia atrás y la miró a los ojos.
    – La próxima vez, podrías recordarle que a los leopardos les gusta ir por arriba.
    Cambió delante de ella, un leopardo macho en la flor de la vida, la cola se movió bruscamente cuando saltó a las vigas con facilidad y desapareció en el pequeño altillo. No le oyó después de eso, pero se quedó acurrucada contra la pared, aterrorizada de que no se hubiera ido realmente y regresara.

* * *

    Se golpeó la boca con el puño y lloró tan silenciosamente como pudo. No quería ver a nadie, no a Conner, especialmente no a Conner. Se sentía magullada y apaleada. Ottila la había roto completamente. No tenía la menor idea de qué sentir, sólo temor, un temor intenso. La había dejado sin nada hasta que no pudo reconocerse a sí misma. Tenía que quitarse las ropas y tratar las heridas. Había querido marcarla, no mutilarla, así que no podían ser tan malas como se sentían. Pero no podía moverse. Permaneció quieta, acurrucada contra la pared, llorando calladamente.
    – ¡Isabeau! Vamos a entrar
    La voz de Conner la hizo saltar, pero no se movió, haciéndose tan pequeña como era posible allí contra la pared.
    Conner esperó inquietamente cuando Isabeau no le contestó. Miró a Rio, que todavía se estaba poniendo los vaqueros. La cabaña estaba a oscuras, justo como le había dicho que la dejara. Todas las contraventanas estaban cerradas. No parecía haber ninguna razón para su intranquilidad, aunque después de rastrear al gran leopardo de vuelta a la casa del doctor y al cuarto de Jeremiah, podía creer al leopardo capaz de cualquier cosa. El chico había estado indefenso, enganchado a la IV, luchando por cada aliento y Ottila le había arañado profundamente con las garras en el vientre.
    Podría haberlo destripado. El consenso general fue que había sido interrumpido por Mary o el médico cuando fueron a verle.
    Muchos invitados permanecían todavía en la casa y Elijah patrullaba afuera, pero el leopardo había logrado localizar el cuarto de Jeremiah y entrar con tanto sigilo, que nadie había sabido que estaba en la casa. Conner sabía que el leopardo podía haberles matado a todos, a Mary, al doctor, a sus amigos y ciertamente a Jeremiah. Sabía que los otros estaban equivocados, Ottila no había sido interrumpido, no había querido matar a Jeremiah.
    Conner puso la mano en la puerta e inhaló. ¿Había un débil olor a leopardo?
    – Voy a entrar, Isabeau, no me dispares.
    Desatrancó la puerta y el olor le golpeó con fuerza, oleadas de ello. Leopardo y sangre. La mezcla era potente. Giró la cabeza de golpe, examinando cada centímetro de la cabaña hasta que su mirada la encontró acurrucada y manchada de sangre en la oscuridad.
    – ¿Está él aquí? -preguntó.
    Ella parecía estar conmocionada, la cara absolutamente blanca. Le tomó cada gramo de control no saltar a su lado y recogerla.
    Por un momento ella se quedó silenciosa. Traumatizada. Él no quería pensar en lo que había sucedido aquí. No con su ropa manchada de sangre y esa mirada de terror en su cara.
    – Isabeau -siseó, poniendo un poquito de orden en su voz.
    – No lo sé. Se fue por allí arriba -indicó a las vigas en lo alto.
    Su tono fue tan bajo que él apenas captó las palabras, aún con su audición aguda.
    Rio entró en el cuarto, los pies descalzos silenciosos en el piso de madera mientras estudiaba las vigas encima de la cabeza. Saltó, agarrando una de ellas y balanceó el cuerpo.
    Conner cruzó al lado de Isabeau, agachándose a su lado, la alcanzó tiernamente. Se aseguró de mantener sus movimientos lentos y deliberados.
    – Dime, Isabeau -instruyó.
    Un solloza escapó y ella apretó los dedos contra la boca temblorosa, retrocediendo para hacerse más pequeña. Conner dejó que su mirada resbalara sobre ella, buscando lo peor de las heridas. Tenía sangre en la camisa sobre los senos y más se filtraba a través de la tela en la unión de las piernas. El corazón comenzó a palpitar con alarma.
    – ¿Puedes decirme que ha hecho?
    Ella se humedeció los labios y se apretó contra la pared, necesitando la estabilidad de la estructura.
    – Dijo que quería que te encontraras con él. Dijo que sabrías donde.
    – Se ha ido -anunció Rio-. Entró por una pequeña abertura en el altillo. Tuvo que haberlo planeado con mucho cuidado. -Se columpió hacia abajo y se paró junto a Conner, observando la cara pálida y la ropa manchada de sangre-. Llamaré al doctor. -Fue en busca de la luz.
    Isabeau sacudió la cabeza, la alarma se esparció por su cara, hasta tal punto que Conner levantó la mano para detener a Rio.
    – No quiero que nadie me vea así. No enciendas la luz.
    Él no tenía la menor idea de la extensión de las heridas, pero el olor a sangre era fuerte. Había una insinuación de almizcle persistente, como si Ottila hubiera estado excitado, pero no olió a sexo.
    – Allí hay cristal roto en el suelo -advirtió Isabeau.
    Parecía tan intrascendente dadas las circunstancias.
    – Tendremos cuidado.
    Se estiró a por ella, atemorizado de herirla cuando ella se estremeció en sus brazos. El olor a sangre era más fuerte, pero aún más lo era el olor del leopardo de Ottila. Él la había marcado deliberadamente, queriendo insultar a Conner, queriendo que se diera cuenta de que podría tomar a su mujer en cualquier momento. Conner leyó el desafío como lo que era.
    – ¿Te importaría preparar un baño, Rio? -preguntó, más para conseguir que el hombre saliera del cuarto que por cualquier otra razón.
    Él no tenía la menor idea de por donde comenzar. Acababa de saber que esto no era sobre él, sobre la rabia que ardía como un fuego salvaje en su vientre. Esto tenía que ser sobre Isabeau. Ella estaba aturdida, confundida y le miraba con temor en los ojos.
    Temblando, Conner recogió a Isabeau, sosteniéndola contra su pecho, la sintió dar un respingo cuando su cuerpo se apretó contra el de él.
    – ¿Qué te ha hecho?
    – Me golpeó -dijo, suprimiendo otro sollozo-. No estaba enfadado. Sólo me golpeó, como si fuera un trabajo para él. Y entonces utilizó las garras sobre mí, sobre mi… cuerpo.
    Enterró la cara contra el hombro de Conner y se adhirió a él.
    Tan cerca de ella, el olor del otro leopardo era abrumador. Su felino se estaba volviendo loco, arañando y clavando las garras, exigiendo ser liberado para matar a su rival. Quería ese olor fuera de ella.
    – Necesito mirar el daño, Isabeau.
    Ella sacudió la cabeza, negándose a mirarle a los ojos.
    – ¿Estarías más cómoda con una mujer? ¿Con Mary? -Mantuvo su voz suave.
    Otra vez ella sacudió la cabeza.
    – No quiero ver a nadie.
    Tenía que preguntar.
    – ¿Te ha violado?
    Ella apretó la frente con fuerza contra el hombro. A Conner el corazón le latía desenfrenadamente en el pecho, pero no hizo ningún movimiento, permaneciendo inmóvil, sólo esperando.
    – Dijo que él nunca violaría a una mujer. -Comenzó a llorar un poco desenfrenadamente-. Fue tan cruel, Conner. Y todo el tiempo, actuó como si yo lo mereciera, como si le hubiera traicionado.
    Él apretó los brazos con cuidado en torno a ella, tratando de no estrangularse con el olor del otro hombre. Su leopardo estaba loco, empujaba cerca de la superficie, rugiendo por su enemigo, tratando de desgarrar la carne para llegar al olor horroroso y ofensivo.
    – Vamos a meterte en la bañera donde pueda inspeccionar el daño. Necesitarás analgésicos, Isabeau, y antibióticos…
    Ella levantó la cara para mirarle por primera vez y hubo una insinuación de orgullo en su mirada.
    – Él dijo que estarías demasiado molesto para recordar los antibióticos, pero no lo has olvidado.
    – Por supuesto que no -le rozó la frente con un beso-. Tú eres mi máxima prioridad, siempre, Isabeau.
    – Él pensó que yo estaría molesta porque habías ido a ayudar a Jeremiah -dijo-. Pero estoy contenta de que lo hicieras. -No podía evitar el borde de histeria en su voz-. Hizo todo lo que pudo para abrir una brecha entre nosotros.
    El estómago de Conner se llenó de nudos. Oyó la incertidumbre en su voz. Ella no era consciente de ello, pero Ottila había causado daños a Isabeau sacudiendo su confianza, no sólo en él, en que podría aceptar la marca de otro hombre sobre ella, sino en ella misma. La levantó, llevándola al cuarto de baño. Rio, amablemente, había encendido velas para mantener la luz débil y suave.
    – ¿Debería ir a por el doctor? -preguntó.
    – Ella ya ha tomado antibióticos. Dame algún tiempo para valorar el daño -contestó Conner-. Él lo planeó muy bien. Me permitió olerlo, colocó un rastro directo a Jeremiah, le hirió lo bastante para que nos quedáramos allí y ayudáramos, nos dejó otro rastro en la selva que nos alejara del valle y de aquí y todo el tiempo que le perseguimos él estaba aterrorizando a Isabeau.
    – ¿Es posible que esté cumpliendo órdenes de Cortez? -se aventuró Rio-. Tenemos que echar por lo menos una mirada a la posibilidad de que ella sepa de nosotros.
    – No. -Isabeau levantó la cabeza, su mirada se encontró con la Rio -. Ha desertado de Imelda y viene detrás de Conner. Tiene un retorcido sentido del bien y del mal. Estuvo bien golpearme, pero no era bueno violarme. Yo debería aceptarle y podríamos vivir felizmente para siempre, aunque él quizás tenga que matar a Conner y a mi niño. Creo que tiene suficiente dinero para estar satisfecho y ya se ha movido a su siguiente punto en la agenda. Cometí el error de marcarlo. -Su voz se tambaleó pero mantuvo la mirada firme-. Esto no es sobre Imelda. Podemos ir sin problema.
    – Estás apostando nuestras vidas en eso -dijo Rio-. Una buena manera de matar a Conner es atraerlo al complejo de Imelda.
    – Él no haría eso -negó Isabeau.
    – ¿Por qué? -preguntó Rio.
    – Tiene un sentido del honor -contestó.
    Los nudos en el vientre de Conner se apretaron aún más. El no quería a Ottila Zorba en ningún lugar cerca de Isabeau.
    – Escucha, nena -susurró suavemente-. Esto no es culpa tuya. Nada de esto es culpa tuya.
    – Le hice algo. -Había un ceño en su voz, pero ella no le miró-. Dijo que mi gata le aceptaría. Y ella no salió para ayudarme. No protestó por lo que me estuvo haciendo.
    – Tenemos veneno en las garras. -Le rozó la sien con besos-. Zorba trata de confundirte, hacerte pensar que lo que hiciste le daba permiso, pero él te vio y en su retorcida mente, como en la de cualquier otro acechador común, piensa que tienes una relación con él. Sabe que eres mi compañera. Sabe que estás casada conmigo, pero eso no le importa. Los compañeros son sagrados. Nadie toca a la compañera de otro.
    La llevó a través del cuarto de baño y permitió que las piernas cayeran al suelo, un brazo la mantuvo firme.
    – No comprendo, Conner. Dijo que tiene derecho a desafiarte.
    – Tú has escogido, pero sí, una hembra sin compañero ciertamente tiene el derecho de escoger a su compañero. No está restringida a un solo macho hasta que esa elección sea hecha. Comúnmente, los compañeros se buscan el uno al otro, ciclo vital tras ciclo, pero no siempre. Tu gata indicó que encontraba a su gato atractivo, eso es todo. Pero estás emparejada y él no tiene ningún derecho sobre ti. Lo sabe.
    – Entonces ¿qué hace el veneno?
    Él tenía miedo de que preguntara. Se entretuvo tirando de su camisa, la cual ella no quería entregarle. Siguió empujando el dobladillo hacia abajo. Por último se cubrió los pechos con los brazos, evitando que le quitara el top.
    – Lo haré yo misma, cuando esté sola.
    El desafío se arrastró a los ojos. Vergüenza. El corazón de Conner se contrajo. Le agarró los brazos y la arrastró hacia él, bajó la boca sobre la de ella. El beso fue largo, tierno y lleno de tanto amor como pudo verter en él.
    – Tienes que creerme, Isabeau. Esto no es culpa tuya. ¿Pensaste que porque todas las personas de este valle son tan amables, la gente leopardo es siempre buena? El peligro de nuestro negocio es que vemos lo peor de la gente, no lo mejor, como tenemos en este valle. Pero he visto lo peor en leopardos y lo mejor en humanos. Ottila es un hombre enfermo. Tú no le diste la oportunidad, él se fijó en ti por sí mismo.
    Ella se negó a encontrarse con su mirada.
    – Ha hecho esto para que tú no me desees. Lo sé. Las heridas se curarán, pero dejarán cicatrices. En este momento, su olor y sus marcas están por todas partes sobre mí. Quería que tú me encontraras desagradable, repugnante.
    – Bien, adivina qué, no ha tenido éxito.
    La mirada de ella saltó a su cara.
    – Mi gata puede oler tu mentira.
    – No una mentira. Mi felino está furioso. Como debería estar. Como, profundamente, lo estoy yo. No quiero que otro hombre te toque. -Mantuvo la mirada firme sobre la de ella, sin estremecerse. Sí, su gato estaba gruñendo, odiando el olor del otro hombre, pero nunca a ella, nunca a su compañera Furioso con él mismo por no protegerla, pero la culpa estaba sobre sus hombros, no sobre los de ella, si había culpa por parte de alguno de ellos-. Yo nunca podría rechazarte, Isabeau. Eres mi corazón. Mi alma. Ese hombre no puede abrir una brecha entre nosotros. Deja que tu gata huela si te estoy contando la verdad o una mentira. Ahora déjame quitarte la ropa y ver que daño te ha hecho.
    – Tuvo cuidado de no herirme realmente.
    – Es un bastardo de primera clase al que le importaba una mierda tus sentimientos. La posesión no es amor, Isabeau, por muy posesivo que un hombre se sienta. Yo me siento posesivo, pero sabes que no te poseo. Y no tengo el derecho de hacerte daño o quitarte tus opciones. Puse mi marca sobre ti para protegerte de él, no para marcarte como mía. Creo que mi leopardo puede tener esa idea, pero yo no soy mi leopardo y me niego, como cada hombre debería hacer, a utilizar los instintos de nuestro gato para guiarnos a una conducta animal. Y no me entiendas mal, Isabeau, la conducta de Ottila fue una abominación contra los animales.
    Por primera vez una débil sonrisa se arrastró a los ojos de Isabeau.
    – ¿Creías que me había deslumbrado con su demostración de fuerza? Me aterrorizó. No quiero verle nunca más.
    Esta vez dejó que le quitara la ropa. Los dedos de Conner le rozaron la piel y ella saltó un poco, pero permaneció quieta. Había heridas de perforación en los senos y en la unión de las piernas, un golpe para él, Conner estaba seguro, pero el daño verdadero estaba en las magulladuras que le subían bajo la piel.
    Cerró los ojos por un momento, respirando hondo, para alejar la rabia combinada del leopardo y el hombre. Esperó hasta que estuvo completamente bajo control.
    – Sabes que le mataré.
    Ella se hundió en la bañera caliente, temblando, la sangre volvió lentamente rosa el agua.
    – Eso es lo que desea. Cojamos a los niños y salgamos.
    – No vienes con nosotros, Isabeau. Es demasiado peligroso y no estás en forma. Mañana no podrás moverte.
    La mirada de ella saltó a su cara.
    – No vas a dejarme sola. No otra vez. Y seré incluso una ventaja más para el equipo. Imelda y su equipo pensarán que Elijah me ha hecho esto y estarán contentos de que él sea como ellos. Será la única cosa que le hará bajar la guardia lo suficiente para darnos una pequeña ventaja en su territorio. Además, soy la única con la que su abuelo habló sobre jardines. Me dijo que tenía uno. Está fuera. Él esperará que salga con él y lo vea. Mi gata puede oler igual que el tuyo. Les encontraré mientras Elijah y Marcos hablan de alianzas y tú pareces malvado.
    El orgullo explotó en él junto al deseo de llorar. Isabeau estaba derribada pero no hundida. Ottila la había sacudido, pero ella nunca había perdido de vista lo que era o quién era. Esperaba que se pudiera mover por la mañana, pero lo dudaba. Al verla temblar, trató de no llorar mientras le limpiaba las heridas y las trataba, sabía que Ottila era hombre muerto.
    Un hombre capaz de hacer tal daño a una mujer para demostrar algo, vendría a por ellos una y otra vez. Nunca acabaría hasta que fuera detenido de forma permanente. No tenía objeto indicarle este hecho a Isabeau. Estaba demasiado atemorizada del hombre, pero Conner no.

Capítulo 19

    – ¿Estás seguro de que Isabeau puede manejar esto? -preguntó Leonardo a Conner mientras conducía por el estrecho camino en el borde de la selva tropical. Estudió los rasgos serios de Conner a la débil luz que entraba por las ventanillas tintadas.
    El extenso complejo de Imelda Cortez se extendía al final de un camino muy largo y expuesto que se retorcía de aquí para allá montaña arriba y terminaba en su propiedad. La selva tropical la rodeaba por tres lados. El equipo ya había recorrido sus rutas una y otra vez y la más prometedora era la que estaba en la punta del extremo sur de la propiedad. Si podían llevar a los niños a ese lado del complejo, el bosque estaba reclamando prácticamente las vallas.
    Entraron en dos vehículos. Marcos, Conner y Leonardo estaban en el primero. Elijah e Isabeau con Rio y Felipe llegaban en el segundo. Los otros se habían quedado conmocionados cuando vieron Isabeau. La cara estaba sin tocar, la piel perfecta pero pálida. Se movía como una mujer mucha más vieja, incapaz de enderezarse, obviamente dolorida. Se había tomado un analgésico, pero no parecía ayudar mucho.
    – Si Isabeau dice que puede hacer esto, entonces puede -dijo Conner, lacónico. No había podido disuadirla, ni siquiera cuando ella se revolcó, apretándose el estómago cuando tuvo arcadas, protestando contra la severa paliza. No sabía si era su temor por el regreso de Ottila o su determinación de terminar la misión lo que la hizo poner en pie, pero de algún modo había logrado vestirse y prepararse para el viaje a casa de Imelda.
    Las armas estaban escondidas en dos ubicaciones secretas en el interior de la selva tropical. Sin los leopardos renegados protegiendo el complejo de Imelda, había sido bastante fácil colocar las reservas sin que les detectaran. Tenían más ocultas en los dos vehículos, ocultas de la vista para que no pareciera que iban a la guerra.
    Las puertas asomaron ante ellos, herrajes pesados diseñados para mantener fuera a cualquiera o mantener a alguien preso detrás de la valla de dos metros y medio que rodeaba los terrenos circundantes. Guardias con perros patrullaban la valla y varios más protegían las puertas con armas automáticas. Conner estaba seguro que Imelda deseaba una exposición de fuerza para sus visitantes. Mantuvo las gafas oscuras en su lugar y pasó la mayor parte del tiempo pareciendo indiferente mientras estudiaba la disposición del complejo y la cercana proximidad del bosque.
    Si él hubiera sido el jefe de la fuerza de seguridad, la primera cosa que habría hecho habría sido retroceder el bosque. La valla misma era una pesadilla de seguridad. Imelda quería que la parte superior fuera plana y lo bastante ancha para que los guardias la utilizaran, pero debería haberla construido para que nadie pudiera trepar por ella. Parte de las ramas más bajas tocaban realmente la valla. Las ramas a menudo eran utilizadas como una carretera por los animales y tanto Suma como Ottila habrían sabido eso. Realmente, no les había importado mucho su trabajo o quizá se habían vuelto perezosos ya que nadie desafiaba jamás el dominio de Imelda en la frontera de Panamá-Colombia.
    Miró brevemente a Isabeau cuando fue ayudada a bajar del coche por un Elijah solícito. Le pasó el brazo alrededor, atrayéndola bajo su hombro, ignorando su respingo con cada paso que daba. Todavía andaba con cautela, un poco agachada, pero de pie, los ojos aparentemente abatidos, la imagen de una mujer bajo el control completo de un hombre. Elijah parecía satisfecho e incluso arrogante, su mirada barriendo descaradamente la propiedad como si la comparara con la suya.
    Imelda salió a saludarlos, estrechando las manos de Marcos y Elijah. Conner vio su mirada descansar pensativamente unos momentos sobre Isabeau. Se quitó las gafas de sol y sonrió.
    – ¿Cómo estás… Isabeau, verdad?
    Isabeau interpretó su papel perfectamente, mirando nerviosamente a Elijah como si pidiera permiso para hablar. La fría mirada de él le recorrió la cara y asintió apenas, el gesto casi imperceptible, pero suficiente para que Imelda lo captara.
    – Bien, gracias -entonó Isabeau, su voz apenas audible.
    – Estoy tan contenta de que hayas venido con tu… primo. -Deliberadamente Imelda unió su brazo al de Isabeau y la columpió hacia la casa, gritando por encima del hombro-. Entrad. Estoy tan complacida de tener invitados.
    Conner sabía que no pasaría por alto la sensación del respingo de Isabeau, ella impuso deliberadamente un ritmo vigoroso para forzar a Isabeau a mantener su ritmo. Disfrutaba no sólo de la humillación de Isabeau, sino también de su dolor. Sus entrañas se retorcieron cuando Imelda le envió una mirada ardiente que prometía toda clase de cosas que él no deseaba. Podía ver los dedos de Imelda tocar a Isabeau y quiso arrancar a su mujer de la mujer que era tan deliberadamente cruel. El se dio cuenta de que no deseaba que Isabeau trabajara con él en este negocio, viendo lo peor de las personas. La quería en algún lugar seguro donde ella siempre mantendría su fe en la humanidad.
    Fue detrás de Marcos, tomando nota de la posición de cada guardia y cada estructura. Había un depósito de agua grande con una escalera de madera estrecha. Se figuró que era más una conveniencia para que un francotirador viera todo que por necesidad. Allí parecía haber otra cisterna, cerca de una sala de bombas. Los guardias se movían sobre tres lugares en la pared, en pequeños cubículos construidos encima. Había varios de ésos donde un soldado que fuera un buen tirador dominaría el bosque a su alrededor, además tenía una buena protección.
    Entró en la casa. Era larga, baja y fresca, construida como una mansión española. La galería envolvía el frente y dos lados, sombreada por un techo sostenido por columnas gruesas. Dentro del cuarto había muebles cómodos y anchos espacios que, se dio cuenta, eran para acomodar una silla de ruedas. Imelda no parecía el tipo de mujer que acomodara a alguien, menos que todos a su viejo abuelo, pero Conner podía sentir la influencia del hombre en la casa. Había grandes bancos de ventanas soleadas, aunque las barras cubrieran cada una de ellas. Las plantas crecían altas y tupidas dentro así como fuera. Podía ver que las plantas no sólo eran hermosas, sino que de alguna manera serían funcionales en una batalla. Eran lo bastante grandes para hacer de pantalla en las ventanas y proporcionar cobertura para los del interior. También proporcionarían combustible para un fuego.
    El hombre mayor estaba sentado esperando con una sonrisa de bienvenida en la cara. Se desvaneció lentamente cuando vio a Isabeau caminar hacia él.
    La cara de ella se iluminó inmediatamente cuando le vio.
    – Señor Cortez. Cuán maravilloso verle otra vez.
    Alberto Cortez le extendió ambas manos, forzando a Imelda a dejar caer el brazo. Isabeau le tomó las manos y se inclinó para besarle ambas mejillas.
    – Estoy tan contento de que se nos una, querida. Había esperado que viniera.
    – No quería perderme su jardín. Las plantas aquí dentro son magníficas.
    Imelda soltó un largo y molesto suspiro.
    – Abuelo. Tenemos otros invitados. -Envió una pequeña sonrisa llena de disculpas a los hombres por encima del hombro.
    El anciano sonrió al grupo de hombres.
    – Perdónenme -dijo-. Isabeau es una mujer encantadora. Bienvenidos a nuestra casa.
    Imelda puso los ojos en blanco pero se abstuvo de lanzar otra reprimenda cuando tanto Marcos como Elijah saludaron a su abuelo.
    – Es bueno verle otra vez, señor -dijo Elijah-. Isabeau es verdaderamente una mujer encantadora.
    – Confío en que la mantienes bajo control -dijo Marcos.
    Elijah pasó su mirada deliberadamente sobre Isabeau.
    – Se las arregló para marcharse a la selva tropical, lejos de nuestra casa, pero la he recobrado.
    Como un movimiento de ajedrez, tuvo que admitir Conner, la sencilla declaración de Elijah fue brillante. Con esa sola oración se las arregló para implicar que era lo bastante despiadado para controlar a su familia con mano de hierro y recobrar a cualquier descarriado que lograra escabullirse. Dado que su hermana había desaparecido algún tiempo antes, pero había sido recuperada, Imelda asumiría que Elijah era muy parecido a ella, un dictador cruel y posesivo que aplastaba la rebelión inmediatamente.
    Isabeau interpretó su parte a la perfección, moviéndose realmente un poco hacia Alberto, casi en busca de protección, los ojos abatidos, evitando la mirada dominadora de Elijah.
    Alberto le tocó la mano distraídamente.
    – No tendrá inconveniente en que le muestre a Isabeau el jardín, ¿verdad? Había esperado presumir para ella.
    Hubo un pequeño silencio mientras Elijah claramente se debatía.
    – Oh, por amor del cielo. Nos los quitaremos de encima mientras hablamos de negocios. ¡Nadia! Trae bebidas inmediatamente -gritó Imelda a una joven criada.
    Elijah se negó a ser empujado.
    – Le permití ir con su abuelo y fue acosada por uno de sus hombres de seguridad. Un asunto al que me gustaría mucho dirigirme antes de que vayamos más allá. Dejé bastante claro que ella estaba protegida y prohibida. -Había un frío en su voz, hielo en sus ojos-. Desearía ver a ese hombre.
    Imelda apretó la boca. Claramente, no le gustaba ser frustrada en lo más mínimo.
    – He oído de mi abuelo lo que ocurrió, pero Harry estaba allí con su pistola para asegurarse de que estuviera a salvo. -Había una insinuación de impaciencia en su tono y dio golpecitos con el pie, unas arrugas le fruncieron la frente y la boca-. Nunca estuvo en peligro.
    – ¿Los cuerpos enterrados allí?
    – Claramente de Philip Sobre. Mi hombre de seguridad no tuvo nada que ver con los cuerpos. A menos que impliques que mi abuelo tenía su propio complot de enterramiento allí. -Ella se rió alegremente como si hubiera hecho un chiste maravilloso-. Muy triste lo de Philip, ¿no crees? La policía está interrogando a todos, pero piensan que fue el padre de una de las que atrapó. Los invitados le vieron el resto de la tarde e incluso después de que me fuera. Cerró su casa después de que terminara la fiesta y creen que su asesino se ocultaba dentro.
    – Qué terrible -murmuró Marcos con aprobación-. Aunque si mató a los jóvenes y a las mujeres encontrados en su jardín, apenas puedo culpar al padre.
    Isabeau tembló y Alberto le tocó la mano otra vez.
    Elijah frunció el entrecejo.
    – Aún así, Imelda, sería un gesto de buena fe permitirme tener una palabra con su hombre de seguridad.
    Imelda frunció el ceño.
    – Se ha ido.
    La ceja de Elijah se disparó arriba.
    – ¿Ido? -Sonó escéptico.
    – Amenazó con matar a mi abuelo -dijo Imelda, su cara reveló su verdadera personalidad. Toda huella de belleza se había ido, dejando una máscara de malevolencia retorcida-. ¿Creíste que se quedaría por aquí para ver lo que le haría? Tengo una cierta reputación de proteger lo que es mío. El hombre trabajaba para mí y me traicionó por una… – Se mordió el insulto
    Dos manchas de color aparecieron en lo alto de las mejillas de Isabeau, pero no levantó la cabeza. Elijah, sin embargo, dio un paso amenazador hacia Imelda. Instantáneamente Rio y Felipe se movieron con él, enfrentándose a los guardias de seguridad de Imelda.
    Alberto rodó su silla entre su nieta y Elijah.
    – Imelda no tenía intención de insultar a su familia, Elijah, ni a cualquiera que le importe. Está muy turbada porque un hombre en el que confiábamos traicionó a nuestra familia. Ella le dio su palabra de que su mujer estaría a salvo conmigo y ambos lo creímos. Zorba no sólo nos traicionó, sino que parece que mató a su socio también. Me disculpo en nombre de nuestra familia y le aseguro que todo lo que pueda ser hecho para encontrar a ese hombre y llevarlo hasta la justicia está siendo hecho por mi nieta.
    Por primera vez, Imelda envió una pequeña sonrisa hacia su abuelo.
    – Él siempre me recuerda mis modales. Viviendo como lo hago, dirigiendo un negocio tan grande, tiendo a perder las pequeñas cortesías que cuentan. Lo siento, Elijah. -Inclinó la cabeza como una princesa.
    Elijah permitió que se le escapara una pequeña sonrisa, inclinándose ligeramente de una manera cortés.
    – Tengo el mismo problema, pero ningún abuelo que me lo recuerde.
    – Por favor, sentaos y poneos cómodos. Vuestros hombres pueden relajarse un poco. – Imelda hizo gestos hacia las sillas más cómodas.
    Conner, Felipe, Rio y Leonardo se abrieron, cubriendo las entradas, estacionándose a sí mismos donde tuvieran una buena vista de cada dirección por las ventanas.
    – Mis hombres son los mejores -dijo Marcos-. Me gusta usar a la familia, hombres que sé que son leales a mí y a lo mío. Hombres con un interés en mi éxito.
    Imelda se hundió en una silla, su mirada ávida sobre la cara de Conner, devorándole con los ojos.
    – Deberías considerarte muy afortunado, Marcos. Desafortunadamente, yo no tengo familia aparte de mi abuelo. -Recogió un abanico de marfil y comenzó a abanicarse coquetamente, utilizando una frívola desidia que era puramente fingida para beneficio de Conner. Llevaba una falda y una blusa que mostraban su figura y cuando cruzó las piernas, permitía que los muslos asomaran para su mejor ventaja.
    – Ven, querida -dijo Alberto-. Con permiso de Elijah, nosotros saldremos al jardín. Trae tu bebida contigo. -Giró la cabeza-. Harry.
    El hombre entró a zancadas, disparándole a Isabeau una amplia sonrisa.
    – Él va a llevarla a su pequeño paraíso, ¿verdad? Prepárese para oír una disertación sobre cada planta.
    – ¿Elijah? -Isabeau se giró hacia él.
    Elijah dio golpecitos en la silla con el dedo y luego miró a Conner, indicándole que la siguiera al jardín antes de asentir dando permiso. Imelda pareció instantáneamente consternada, mientras una sonrisa ancha y agradecida curvaba la boca de Isabeau. Elijah se encogió de hombros.
    – Ninguno de nosotros se distraerá mientras hablamos. Siempre encuentro que cuando tengo la atención completa de alguien, no hay errores.
    Imelda cerró el abanico de golpe y lo colocó con cuidado sobre la mesa. Los ojos eran fríos y ensombrecidos.
    – Tienes definitivamente mi atención, Elijah.
    Isabeau tembló ante el sonido de la voz de Imelda. Había una amenaza clara, como si la delgada capa de cortesía de la mujer se hubiera por fin gastado. Isabeau tuvo que caminar lentamente y agradeció que Harry empujara la silla de ruedas sin prisas. Conner los siguió a una distancia cortés, sin mirarles, muy intimidante en su modo guardaespaldas. Los hombros parecían anchos, las gafas oscuras y el alambre en la oreja sensible. Estaba claro que iba armado y los otros guardias le miraron con inquietud. Harry le ignoró.
    – ¿Qué ha sucedido? -preguntó Alberto, su voz baja, un cuchicheo de conspiración-. ¿Necesitas un médico?
    Isabeau miró alrededor, miró a Conner como si juzgara la distancia. Él era leopardo. Podía oír un cuchicheo sin ningún problema. La sacudida de la cabeza de Isabeau fue apenas perceptible.
    – He visto un médico. -Deliberadamente se estiró en lo que sólo podría ser considerado como un gesto nervioso para apartarse la pesada caída de pelo. La acción levantó su corta camisa lo justo para revelar los moratones de la piel. Un vistazo, sólo, antes de bajar las manos, pareciendo ignorante de que había confirmado las sospechas de Alberto. El jadeo de él fue en voz alta y apresuradamente amortiguado.
    Ella comenzaba a pensar que la paliza de Ottila se había vuelto un accesorio útil. Levantó la mirada para ver cómo Alberto intercambiaba una mirada rápida con Harry, quien frunció el entrecejo. Ella todavía no sabía qué pensar de Alberto Cortez, pero su hijo y la nieta eran asesinos despiadados que disfrutaban del dolor de otros. Tenían que haber conseguido ese legado de algún lugar. Hasta ahora, no podía imaginar que tales rasgos fueron posibles en el anciano maravilloso que le contaba historias y que era infaliblemente cortés, pero no iba a correr riegos.
    Harry acortó por un patio que contenía hermosos parterres de flores de brillantes colores. Las orquídeas se enroscaban alrededor de cada tronco de árbol y alrededor de las piedras de los senderos que serpenteaban entre el verde césped. Los bancos estaban dispersos en puntos estratégicos, sombreados por el espeso follaje de arriba. Isabeau abrió los ojos de par en par y miró por todas partes, mirando más allá de las plantas para tratar de encontrar dependencias suficientemente grandes para albergar a un grupo de niños. Necesitarían sitio suficiente para permitir que los niños jugaran a algo, o para comer por lo menos.
    – Su casa es grande, señor Cortez -observó-. Este patio es tan espacioso. Y los olores son deliciosos. -Se apretó una mano contra el estómago-. Acabo de comer hace poco pero me siento hambrienta de nuevo.
    – Tenemos a un chef maravilloso -dijo Alberto-. Como puedes ver, su cocina es bastante grande. El jardín está justo al otro lado, así que todo el tiempo que estamos trabajando, el estómago de Harry gruñe. Y llámame Alberto.
    – ¿De verdad, Harry? -preguntó Isabeau. Ante su asentimiento se rió-. Entonces yo no me sentiré tan mal.
    Quería permanecer a la vista de la cocina y estuvo contenta cuando rodearon una esquina y vieron el jardín. Abrió la boca de par en par. Según la tradición de jardines ingleses en las propiedades grandes con castillos, las colinas eran verdes y los arbustos formaban un laberinto. Los árboles punteaban las cuestas, las ramas se retorcían en formas serpenteantes donde las orquídeas se desparramaban por los troncos y se alzaban con cada color concebible.
    Alberto rió con placer ante su reacción.
    – He tenido años para trabajar en esto.
    – Es encantador. Más que encantador. Increíble, Alberto. -Ella se olvidó de su cuerpo dolorido y dio unos pocos pasos por el sendero obviamente instalado para la silla de ruedas, moviéndose un poco demasiado rápidamente y teniendo que jadear y envolver los brazos sobre su estómago. Mientras lo hacía, se giró lejos de los otros, esperando que no vieran su respingo. Se sentía un poco enferma y el dolor apuñalaba su lado izquierdo. Lo peor había sido cuando alargó la zancada, sintió la protesta en la ingle donde las heridas rozaban la tela.
    Tragando con fuerza, miró hacia la casa. Una criada salió de la cocina con un bandeja cubierta, una bandeja grande. Isabeau se volvió hacia Alberto, dio un paso y dio un pequeño salto, como si tuviera una piedra en el zapato. Instantáneamente, Conner estuvo allí, permitiendo que utilizara su cuerpo para sostenerse mientras se quitaba el zapato.
    – Creo que está llevando comida a los niños -murmuró en voz baja y luego en voz alta-, gracias.
    Se apartó sin mirarle para agacharse al lado de lo que ascendía como un campo de pájaros del paraíso.
    – Alberto, esto es asombroso. Nunca he visto tanto junto como aquí. -Era importante mantenerlos lejos de donde Conner pudiera seguir el progreso de la mujer con la bandeja.
    Harry rodó la silla de Alberto de vuelta a ella mientras Conner se alejaba, a una mejor posición para vigilar mejor los alrededores, supuestamente en busca de cualquier amenaza, en realidad, para seguir el progreso de la criada.
    – Esta es la mejor tierra -contestó Alberto, inclinándose para sacar parte de la rica tierra con la palma-. Justo detrás de la cocina, tengo una paterre entero dedicado a hierbas, así que el chef siempre tiene hierbas frescas. Tenemos un jardín de verduras ahí mismo, dentro de ese edificio. No puedo hacer crecer verduras muy exitosamente al aire libre a causa de los insectos. Se comen todo antes de que tengamos una oportunidad de cosechar, así que construimos un invernadero.
    Isabeau miró en la dirección que señalaba para ver a la criada con la bandeja a través de las paredes de cristal desapareciendo en una selva de follaje verde. El corazón le saltó.
    – Ese es un invernadero enorme. ¿Es hidropónico o utiliza camas de tierra? -Puso interés en su voz de forma sencilla. O la criada tomaba un atajo por el invernadero para llegar a los niños o estaban en ese edificio enorme.
    – Camas de tierra. Estoy pasado de moda. La alegría para mí está en trabajar con las manos -explicó Alberto-. Dudo que consiga la misma satisfacción con cualquier otra manera de crecimiento de plantas. -Se enderezó y se limpió las manos, antes de girarlas una y otra vez para que ella las viera-. He trabajado con la tierra toda mi vida.
    – Entonces no pudo fallar en advertir los insectos en el jardín de Sobre -dijo Isabeau-. Sabía que enterraba cuerpos allí. -Se quitó las gafas oscuras y le miró fijamente-. Sabía que yo reconocería los signos.
    Él tuvo la gracia de parecer avergonzado.
    – Perdón, querida. Tu conocimiento de las plantas y la tierra era una ventaja. Nunca debería haberte puesto en tal posición. No conté con ponerte en peligro. Pensé que chillarías y los invitados irían a todo correr. El oscuro secreto de Philip sería revelado y pondría fin a las matanzas de una vez para siempre.
    – Por eso quiso que explorara sola. No quiso que pareciese que usted me guiaba hacia los cuerpos.
    Él sacudió la cabeza.
    – No, eso no lo haría en absoluto.
    Ella dio unos pocos pasos hacia el invernadero, tratando de dirigirlos en esa dirección. Eso permitiría que Conner tuviera una excusa para acercarse y ver dentro del edificio, aunque las plantas habían crecido tanto que era difícil.
    – ¿Tuvo su nieta algo que ver con esos cuerpos?
    – ¿Imelda? -Alberto pareció sorprendido-. Por supuesto que no. ¿Cómo podrías pensar tal cosa?
    Ella inhaló. Su gata gruñó y el corazón se le hundió. Mentía. Parecía tan inocente allí sentado en la silla, pero le estaba mintiendo. Respiró, lo dejó salir y lo intentó otra vez.
    – ¿Usted entonces? -Esta vez puso una pequeña incredulidad en su voz-. ¿Tuvo usted algo que ver con esos cuerpos?
    La mano del anciano revoloteó contra el corazón. Jadeó. Resolló. Harry se agachó solícitamente, pero Alberto valerosamente lo hizo gestos para que se alejara.
    – ¿Yo? ¿Cómo podría hacer tal cosa? No, Isabeau, ciertamente no fui yo. Philip Sobre necesitaba ser detenido y tú lograste hacerlo al contárselo a tu familia.
    Él estaba mintiendo sobre los cuerpos. No sólo había sabido de ellos, sino que algunos le pertenecían. Ella podía oír su propio corazón palpitando en el pecho, la sangre rugiendo en sus oídos. Este hermoso jardín, probablemente, acogía muchos cuerpos también. Adán le había contado una vez que los que trabajaban para Imelda raramente o mejor jamás, abandonaban el complejo. Había querido decir eso literalmente. Una vez sirviente para la familia de Cortez, vivías tu vida aquí. Y morías aquí. El dinero ganado podía ser enviado a la familia, la cual era la razón por lo que muchos lo hacían, pero sus familias nunca les veían otra vez.
    – ¿Por qué quiso que yo encontrara los cuerpos en vez de contarle a la policía sus sospechas? -preguntó Isabeau-. Quizás podría haberle detenido antes.
    Alberto sacudió la cabeza, la imagen de la pena y la culpa.
    – No podía. No podía correr el riesgo de que nuestro apellido se involucrara de alguna manera. Tú lo comprendes con tu familia.
    Ella le frunció el entrecejo.
    – Fue bastante feo hacer esa clase de descubrimiento.
    – Lo sé. Estoy sinceramente arrepentido.
    Si ella no hubiera sido leopardo, le habría creído. Era uno de los mejores actores con los que se había topado nunca. Representaba sus líneas con absoluta sinceridad y parecía tan triste y culpable que tuvo el impulso de tranquilizarle aunque supiera que mentía. Suspiró.
    – ¿Qué más puedo hacer excepto perdonarle? Por lo menos, él ha sido descubierto, aunque qué manera tan horrible de morir.
    – Pensando en todas esas jóvenes y sus familias -dijo Alberto-, no puedo decir que esté sorprendido. Y todos las veces que salió con Imelda… -Se estremeció-. Podría haberle sucedido a ella.
    Isabeau se encontró con que no podía hablar, así que simplemente asintió, tratando de parecer comprensiva. De repente, se dio cuenta de porqué el anciano se había tomado tal interés en ella. Era su ventaja, su rehén. Había sido un rehén en la fiesta y lo era ahora. No habían sido capaces de evitar que Elijah enviara un guardaespaldas con ella esta vez, pero ella era, de hecho, la prisionera de Cortez. La podrían matar en cualquier momento si Elijah o Marcos hacían un movimiento hostil.
    Tuvo que asumir que no sólo Harry estaba armado, sino que Alberto también y que ambos estaban preparados para matarla en cualquier momento. ¿Estaba Conner lo bastante cerca para detenerlos? ¿Lo sabía? Les estaba haciendo creer que pensaba que cualquier amenaza vendría de alguna fuente exterior, no de ellos. Harry había retrocedido de Ottila la otra noche porque sabía cuan peligroso era el hombre realmente. Sabía la verdad, como Imelda, de que Ottila y Suma eran leopardos. Imelda había compartido su conocimiento con su abuelo y su guardaespaldas de confianza.
    Alberto gesticuló hacia un sendero serpenteante.
    – Harry, por ahí, quiero mostrarle a Isabeau mi lugar predilecto.
    – Si no tiene inconveniente, Alberto -dijo Isabeau-, se me está volviendo difícil andar. Pensé que podríamos echar una mirada al invernadero y alejarnos de la superficie desigual. Además, adoraría ver el tamaño de sus verduras si utiliza esta tierra.
    Alberto le sonrió.
    – Ni siquiera debería haber considerado el sacarte al jardín. Sólo quise mostrárselo a alguien que lo apreciaría de verdad. Podemos ir a sentarnos a la galería. El invernadero ha sido rociado recientemente y nadie puede entrar durante veinticuatro horas.
    – Qué decepción -dijo Isabeau. Había logrado llevarlos a diez metros del edificio.
    Conner estaba mucho más cerca, pero aparentemente desinteresado, aunque hablaba por la radio. Su mirada barría continuamente los tejados y la valla. Ella olió el aire cautelosamente, probando en busca de olor a leopardos. Si Alberto y Harry lo sabían, ¿habrían empleado a otros también?
    – Solía cultivar verduras cuando vivía en casa con mi padre, pero ahora que viajo tanto -se encogió de hombros, pero dio otros pocos pasos hacia el invernadero.
    – Otra vez, quizás -dijo Alberto mientras Harry empujaba la silla hacia la casa.
    La puerta al invernadero se abrió y por un momento se escuchó el sonido del llanto de un niño, cortado apresuradamente cuando la criada cerró la puerta. La mujer se dio la vuelta pare verlos a todos mirándola fijamente, Alberto furioso. Él juró en el dialecto indio local mientras alcanzaba algo bajo la manta del regazo y la comprensión se abría paso. Alberto era un hombre sagaz y astuto que había levantado el imperio Cortez. En ese segundo se dio cuenta de que había caído en una trampa y que habían venido a encontrar a los niños, no a negociar tratos ni amistades. Isabeau vio el conocimiento en su cara.
    Conner se movió de repente, su velocidad cegadora mientras corría hacia ellos. Simultáneamente, el olor de leopardo llenó los pulmones de Isabeau. Chilló y se tiró hacia Conner, aterrorizada cuando reconoció el olor abrumador de su peor pesadilla, registrando apenas que el anciano le apuntaba a la cabeza con un arma.
    Harry se giró para enfrentarse al gran gato que cayó desde el árbol encima de sus cabezas, la escopeta corcoveó en sus manos. La pistola retumbó, un sonido ensordecedor que estalló por el aire justo cuando el sonido de disparo explotó desde la casa. La máscara engañosamente dulce de Alberto había sido reemplazada por una asesina retorcida y astuta, los labios habían retrocedido en un gruñido mientras agitaba el arma y disparaba varios tiros a Isabeau justo cuando Conner la tiró al suelo, cubriendo su cuerpo con el suyo.
    Alberto llegó demasiado tarde. Ottila estaba sobre él, conduciendo la silla hacia atrás, tirando el cuerpo al suelo. Un golpetazo poderoso de la pata envió el fusil a patinar por el suelo, fuera del alcance del anciano. Harry balanceó su escopeta sobre Conner e Isabeau en un intento de completar el trabajo que Alberto había comenzado. Las balas escupieron sobre los árboles y el terreno a su alrededor cuando los hombres empezaron a disparar a cualquier cosa y a todo en el patio, incapaces de decir qué estaba sucediendo en la casa o en el patio. Sin alguien al mando, el caos estalló y los guardias comenzaron a asustarse.
    Conner disparó su arma desde la cadera cuando saltó del suelo, atrayendo los disparos lejos de Isabeau, las balas dibujaron una línea de puntos recta a través del pecho de Harry. Harry trató de levantar la escopeta otra vez, pero cayó de rodillas, demasiado peso para él con la sangre bombeando fuera de su cuerpo.
    Isabeau corrió hacia el invernadero, ignorando los chillidos de su cuerpo. Captó un vistazo del leopardo concentrando su atención otra vez en Alberto mientras el anciano se arrastraba por la tierra hacia el arma. La expresión del leopardo permaneció igual, concentrada completamente en su presa, todo el tiempo bajo esos rosetones, la mente estaba trabajando en un plan astuto y salvaje. Contacto visual, agudos como láser, sin abandonar nunca a Alberto. Las orejas se aplastaron, el vientre se acercó al suelo y el leopardo se acercó arrastrándose. Alberto chilló e hizo gestos desenfrenadamente para que el felino le dejara, pero esos ojos despiadados nunca parpadearon.
    El leopardo corrió hacia adelante, rápido como el relámpago y agarró a su presa con las garras extendidas. Las patas traseras estaban firmemente en el suelo cuando entregó la mordedura asfixiante. Los caninos del gato separaron dos vértebras del cuello, rompiendo la médula espinal.
    Isabeau no se había dado cuenta de que se había parado y estaba mirando fijamente mientras una granizada de balas golpeaba a sólo unos pocos metros de ella. Conner le agarró de la mano y tiró para que se moviera, prácticamente arrastrándola al invernadero. Cuando trató de abrir la puerta, estaba cerrada desde el interior. Disparó a la cerradura y la abrió de un tirón, empujando a Isabeau detrás de él. Rodó el primero, yendo a la derecha, barriendo la habitación antes de llamarla.
    Isabeau corrió dentro y dio un paso detrás de él, tratando de permanecer pequeña y no hacer ruido mientras él entraba y salía entre las plantas, avanzando hacia la trasera del edificio. Había otra puerta, que llevaba claramente a un pequeño cuarto, probablemente en un principio un cuarto de abonos o herramientas. Se escuchó el sonido de una riña. Una maldición. Un gañido de dolor. Conner puso la mano en el pomo de la puerta y lentamente lo giró.
    Isabeau se aplastó contra la pared ante su gesto de que permaneciera detrás mientras él abría la puerta con cuidado. Al mismo tiempo, unas balas se aplastaron en la puerta y pasaron volando al invernadero. Conner abrió la puerta completamente de una patada, parándose a un lado detrás de la jamba. Un hombre de aspecto muy asustado sostenía a un chico delante de él como escudo. Isabeau jadeó. Era el nieto de Adán, Artureo.
    Conner habló en el dialecto indio, movió rápidamente el brazo y extendió el arma. Apretó el gatillo cuando el chico dio un tirón a la derecha. La bala dio al hombre detrás de él acertando mortalmente en medio de la frente.
    – Es agradable verte -saludó Artureo-. Te llevó más tiempo del que esperaba. -Dio un paso sobre el cuerpo y gesticuló a los otros niños para que salieran.
    Isabeau estaba orgulloso de él. Había aceptado el liderazgo como su padre y abuelo habían hecho siempre. Los había mantenido tranquilos y optimistas.
    Conner frunció el entrecejo mientras barría a los niños con la mirada.
    – ¿Dónde está el chico? ¿Mateo?
    – Ella se lo llevó -dijo Artureo-. Anoche. Entró con uno de los malos y lo arrastraron fuera de aquí. -Miró a los otros niños y bajó la voz-. Creo que sospechaba que era diferente. Les seguí por encima del depósito de agua.
    – ¿Los seguiste? -Las cejas de Conner se dispararon hacia arriba.
    Artureo asintió.
    – ¿Creías que íbamos a quedarnos aquí y esperar hasta que nos matara? ¿O se llevara a las chicas? Ella y el anciano son diablos. Hemos excavado una salida desde el cuarto de herramientas, pero no habíamos resuelto lo de saltar la valla sin que nos dispararan.
    Conner le dirigió una sonrisa.
    – Salgamos de aquí. Mantenlos juntos, muy juntos. Sin hablar. Vamos por la pared del extremo sur. Llévalos a la selva tropical, Isabeau. Al comienzo del camino. Rio y los otros deberían estar muy cerca detrás de ti o ya esperándote. -Empujó un arma a las manos de Artureo-. ¿Sabe cómo utilizar esto?
    Artureo asintió.
    – Mi abuelo me enseñó.
    – Espero que los protejas. Isabeau, os llevaré fuera, pero toma el control cuando llegues al depósito de agua.
    – Puedo hacerlo -le aseguró Isabeau, sintiéndose ligeramente enferma.
    Era difícil evitar mirar fijamente al cadáver desplomado sobre el piso, la sangre se encharcaba en torno a su cabeza. Tan parecido a la muerte de su padre. Se dio cuenta de que así era exactamente cómo su padre había muerto, sólo que Rio había sido el tirador y su padre había tratado de matar a Conner. El estómago dio bandazos ante el recuerdo y se lo apretó con la mano con fuerza.
    Los dedos de Conner se curvaron alrededor de su nuca. La boca le rozó la oreja.
    – ¿Estás bien? ¿Estás lista? Puedo llevaros a todos y regresar.
    Ella forzó una sonrisa.
    – Estoy bien. Hagámoslo.
    Conner fue primero, rompió el candado de la entrada trasera y abrió cuidadosamente la puerta para mirar hacia fuera. El patio era un caos. El sonido de disparos era esporádico, pero los hombres corrían en todas direcciones. La casa principal se había convertido en una pared de llamas, el fuego ardía ferozmente. El calor que emanaba de la rugiente conflagración era tal que era imposible acercarse demasiado al infierno.
    Conner encontró un nicho dentro de un área especialmente tupida e hizo señas a Isabeau. Ella envió a Artureo primero y el adolescente unió la mano con los más jóvenes. Formaron una cadena con Isabeau cerrando la marcha, corriendo tan rápidamente como podían mientras se abrazaban a las paredes del edificio y permanecían cerca de las vallas hasta que se apiñaron como sardinas en ese pequeño lugar.
    Isabeau miró hacia el jardín. Muchos de los árboles y arbustos ya estaban en llamas mientras el viento, en su mayor parte creado por el fuego mismo, enviaba chispas volando por el aire. Dos cuerpos yacían extendidos sobre la tierra y la silla de ruedas estaba volcada de costado. No pudo detenerse, empezó a buscar por encima de las cabezas en busca de algún signo del leopardo. Los gatos grandes preferían estar en lo alto y a menudo se dejaban caer sobre la presa imprudente. Sistemáticamente buscó por los tejados y los árboles. Su mirada aterrizó en el depósito de agua y se congeló.
    Conner hizo señas otra vez y siguieron los cuadros de flores sinuosos, permaneciendo agachados y parando siempre que Conner levantaba la mano.
    – Rio espera en el muro -le dijo a Isabeau. Salió para conseguir una mejor mirada sobre el terreno entre los niños y su destino.
    – ¡Conner! -Isabeau gritó una advertencia.
    Él se agachó a cubierto y alzó la mirada justo cuando una bala golpeó la tierra a centímetros de su pie. Imelda sostenía a un Mateo que se retorcía delante de ella, los pies de él directamente sobre el borde.
    – Volved todos o dejaré caer a este pequeño bastardo.
    – Isabeau, voy a disparar hacia la torre para hacerla retroceder. Coge a los niños y corre tan rápido como puedas hacia la selva. Pásalos por encima de la valla. He llamado a los otros para que me ayuden aquí. Leonardo te guiará a ti, a Marcos y a los niños.
    Antes de que ella pudiera contestar, Conner disparó, las balas astillaron trozos de madera de la torre alrededor de Imelda. Ésta chilló, jurando y tropezó hacia atrás, arrastrando al chico con ella. Isabeau salió corriendo y esta vez, Artureo cerró la marcha. Ella no miró atrás o arriba, sólo corrió a la valla.
    La alta valla se asomó delante de ella mucho más rápido de lo que había esperado y en último segundo reunió fuerzas y saltó por encima. Su cuerpo chilló una protesta, cada músculo con calambres. Hubiera fallado pero Marcos agarró su brazo extendido y la arrastró al tablón delgado que estaba en lo alto. Se forzó a seguir, aterrizando en el lado de la selva tropical, tratando de no sentir el ardor terrible en su cuerpo. Leonardo saltó y empezó a tirar los niños a Marcos. El hombre agarró a cada uno con una destreza asombrosa, entregándoselos a Isabeau.
    Conner no se atrevió a arriesgar una mirada para ver si Isabeau había saltado la valla sin peligro. Mantuvo el ritmo de la lluvia de disparos y luego corrió a la parte baja del depósito de agua fuera de la vista de Imelda. Rio lo retomó donde Conner lo había dejado, escupiendo balas en torno a Imelda para mantenerla lejos de la orilla de la torre con el chico.
    Una vez bajo el depósito de agua y oculto de la vista, Conner se quitó los zapatos y los metió en el paquete que siempre llevaba junto con sus armas. Ató el paquete firmemente alrededor del cuello y comenzó a trepar rápidamente, permaneciendo dentro de la estructura de madera durante la mayor parte de la subida. Utilizó su enorme fuerza para llevar su cuerpo arriba rápidamente en un esfuerzo por llegar donde el chico antes de que ella lo tirara, porque sabía que Imelda iba a tirarlo simplemente porque podía hacerlo.
    Oyó al chico sisear como un pequeño cachorro de leopardo y se preguntó si el gato surgiría para ayudar al niño. Imelda abofeteó al chico que luchaba. De repente chilló y las bofetadas se volvieron más fuertes y más frenéticas. El chico debía haberla herido. Oyó un ruido sordo cuando ella lo dejó caer en la plataforma y empezó a patearlo.
    Los sonidos y los olores dispararon los instintos de supervivencia del leopardo. Sintió los músculos comenzar a retorcerse y dejó que sucediera, dando la bienvenida al cambio, se arrancó la ropa en tiras aún mientras trataba de seguir subiendo. Cuando casi había completado el cambio, oyó que Rio gritaba una advertencia y miró hacia arriba.
    Mateo vino arrojado por encima del borde, la cara del chico una máscara de terror, la misma mirada que había visto en la cara de Isabeau la noche antes. Conner saltó al espacio vacío, completando el cambio, las manos formaron garras extendidas. El chico golpeó con fuerza y gritó cuando la boca del leopardo rodeó su cuerpo. Conner se retorció en el aire, enderezando el cuerpo, sabiendo que estaban tan alto que incluso el gato podía resultar herido. Hizo cuanto pudo para proteger al chico cuando aterrizaron. El impacto le subió por las piernas, pero mantuvo la boca suave y al chico lo bastante arriba para evitar que se golpeara contra el suelo. En el momento que pudo moverse, abrió la boca y dejó caer a Mateo.
    Se giró hacia la torre.

Capítulo 20

    Bajo el fuego de cobertura de Rio, Elíjah corrió a través del patio cubierto al depósito. Las llamas comenzaron a lamer la parte inferior de una de las patas de la estructura de madera. Elíjah recogió a Mateo.
    – Te estamos rescatando -dijo cuando el muchacho comenzó a luchar, siseando y escupiendo y clavando las afiladas uñas en el brazo de Elíjah.
    – Ese es tu hermano Conner, Mateo. Ha venido por ti. Tu madre debe haberte hablado sobre Conner.
    El muchacho se quedó quieto en sus brazos y echó una ojeada por encima del hombro para ver al leopardo moviéndose rápido por el patio hacia la parte superior donde Imelda estaba agachada gritando órdenes a sus hombres con la esperanza de tomar el mando. Era imposible distinguir sus palabras exactas sobre el rugido de las llamas, pero su voz chillona era interrumpida por los disparos de un arma.
    Mateo empezó a menearse otra vez.
    – Voy a ayudarle -afirmó.
    Elíjah se rió.
    – Lo harás Pero no esta vez. Te quiere en el bosque cuidando de su esposa, Isabeau. Me pidió que te dijera que cuidaras de ella hasta que él pueda llegar allí. Ella tiene un enemigo, un leopardo. Sólo otro leopardo puede protegerla.
    El niño sacó su pequeño pecho.
    – Yo puedo hacerlo.
    – Vamos entonces. -Elíjah evaluó ansiosamente el fuego. En pocos minutos más iba a cortar su ruta de escape. Tenían que irse. Le indicó a Rio que se movía con el muchacho. Cambió a Mateo a la espalda.
    – Agárrate, nos ponemos en marcha -ladró en su radio, no queriendo que sus propios hombres les pegaran un tiro por casualidad.
    El fuego se estaba convirtiendo en una amenaza mayor que los disparos erráticos. Rio hizo señas a sus hombres para que siguieran a Elíjah y salieran. No podían esperar más tiempo. Trató de advertir a Conner que la base de la torre estaba en llamas, pero el leopardo ya había llegado a la cima y estaba justo debajo de la plataforma. No quería dar a Imelda ninguna advertencia de la presencia del felino, no cuando parecía que ella tenía un pequeño arsenal en las yemas de sus dedos.
    El humo rodaba en el aire, volviendo todo negro y grisáceo, disminuyendo la visibilidad. Esto fue de gran ayuda para Elíjah cuando tomó al muchacho y lo llevó a la seguridad de la selva tropical, pero el humo casi asfixiaba a Rio. Se cubrió la boca con un pañuelo mientras se esforzaba por ver lo que estaba pasando por encima de él en la torre. Ya no podía ver a Imelda, pero ella tenía que ser consciente de las llamas que avariciosamente chisporrotean por las patas de apoyo de la torre.
    El olor del fuego era insoportable para el gran leopardo. Cada instinto de supervivencia que poseía le instaba a correr por su vida. El leopardo rugió cuando el humo le picó sus ojos, pero siguió subiendo, decidido a poner fin a los disparos mientras Imelda continuó disparando al nebuloso patio de abajo. El leopardo de Conner se arrastró en la plataforma en absoluto silencio.
    A través de las nubes de ondulantes remolinos de humo, podía ver a la mujer, tendida en la parte superior de la torre, las armas esparcidas a su alrededor, una pistola automática barriendo el patio de abajo sin tener en cuenta a quien acertaba. Abajo, los hombres se dispersaron bajo el asalto, abandonando sus intentos de apagar el fuego, corriendo en cambio para escaparse. Abajo la tierra era un caos.
    Imelda les gritó, jurando y lanzando maldiciones, la mayoría dirigidas a Elíjah y Marcos. Debía creer que la habían engañado con el fin de hacerse cargo de sus rutas de droga. Obviamente no se le ocurrió que habían venido a rescatar a los niños. Juró venganza y muerte a sus familias mientras seguía disparando a todo lo que se movía debajo de ella.
    El leopardo fijó su mirada en ella, concentrándose por completo en su presa. Avanzó lentamente, la mirada fija lo llevó a paso lento a través de más de la mitad de la plataforma de la torre. Estaba sobre su vientre y se movió aun más despacio, sin hacer ruido mientras se acercaba a ella.
    Imelda se puso rígida de repente. Se dio la vuelta despacio, sus ojos se abrieron de par en par por el terror.
    – Ottila. Yo nunca diría nada. -Levantó la mano, la palma hacia afuera, como si eso detuviera el ataque del leopardo-. Doblaré tu paga.
    Incluso mientras lo decía, montaba el arma, el dedo ya en el gatillo, rociando balas a través de la plataforma mientras trataba de llevar el arma a su posición contra el ataque del leopardo.
    Conner sintió las picaduras justo antes de golpearla, una cerca de su cadera y una le pasó rozando el hombro, y entonces usó las poderosas piernas para saltar, golpeándola con la fuerza de un tren de carga. Lleno de odio, los condujo sobre el borde, el mismo desde el que ella había arrojado a Mateo. Oyó precipitarse el aire de sus pulmones, sintió todo lo que se rompía dentro de ella. La boca de ella se abrió ampliamente en un grito, pero el sonido fue arrancado de ella, desapareciendo en el humo.
    Fue mucho más difícil enderezar su cuerpo, dar vueltas en el aire. Sus patas traseras se derrumbaron cuando golpeó el suelo. Ella aterrizó con fuerza, el sonido como una calabaza rompiéndose y el contenido derramándose por el suelo. Se arrastró hacia ella, utilizando la cobertura del humo. Aún estaba con vida, los ojos muy abiertos, su cuerpo inmóvil. Ella contuvo la respiración. Resollando. Luchando por aire.
    El leopardo puso su gigantesca pata sobre su vientre. Ella trató de moverse, pero con la espalda rota era imposible. El aliento caliente del leopardo abanicó su cara. Ella contempló la muerte, los colmillos largos, los ojos feroces perdidos en un mar de manchas.
    – ¡Conner! -La voz de Rio llamó fuera del humo-. ¡Muévete!
    Los tiros podrían ser oídos en la distancia, viniendo de la dirección que Isabeau había tomado con los niños. Vio el reconocimiento repentino en los ojos de Imelda. No Ottila. La furia quemó. El odio. Entonces, cuando su cabeza se acercó y él retiró sus labios en un gruñido, el miedo. Entregó el mordisco mortal, cortando su columna vertebral, no por misericordia -no sintió ninguna- sino con el conocimiento de que el mal a menudo encuentra una manera de sobrevivir y él no lo permitiría, no esta vez.
    El leopardo dio varios pasos experimentales. Arrastraba un poco la pata trasera, pero podía caminar. El dolor se estrelló contra él después de los primeros pasos, disipando el entumecimiento.
    – ¿Necesitas ayuda?
    Rio se acercó a su lado izquierdo, su arma preparada mientras se apresuraban a través del humo que se arremolinaba hacia la valla. Su rostro era sombrío, los ojos inyectados en sangre, siempre en movimiento, buscando a través del humo un enemigo, pero sus manos eran firmes como una roca.
    Conner negó con el cabeza, agradecido de tener un amigo que le vigilara la espalda. La sangre le cubría los cuartos traseros y el dolor en la cadera trasera y la pierna se hacía insoportable.
    A su alrededor, parecía como si el mundo estuviera en llamas. Las llamas rodaron y giraron, alzándose codiciosas para consumir cualquier cosa y encontrándolo en los edificios y plantas del complejo. Ya, la alta valla que rodeaba la finca estaba en llamas en varios lugares. El humo ahogaba los pulmones, quemaba los ojos y la garganta. El fuerte rugido golpeó sus oídos, expulsando fuera los otros sonidos. La conflagración creó su propio viento, un aliento feroz, caliente, que chamuscó a alguien que tocó.
    Conner siguió su camino, forzando al dolor a la parte posterior de su mente, con miedo por los niños e Isabeau. Siguió diciéndose que Elíjah y los hermanos Santos estaban con ellos. La valla surgió delante de ellos, una pared encendida que parecía rodear el complejo entero ahora. Las balas eran escupidas en el suelo cerca de él y alguien gritó con voz ronca. Rio se arrodilló y comenzó a disparar.
    Conner se preparó y obligó a su gato a saltar a través de las llamas. El calor le chamuscó los bigotes y el pelo. Durante un momento el calor fue tan intenso que pensó que estaba en llamas. Aterrizó en el otro lado y se agachó, jadeante, sus costados subían y bajaban cuando su pierna cedió y se tambaleó, cayó. Rio aterrizó junto a él, ya recargando.
    – Necesitas atención médica. Llega a los árboles y deja que yo me ocupe de esto -dijo Rio. Cuando el leopardo sacudió su cabeza, la boca de Rio se apretó-. No era una petición.
    Conner gruñó, mostrando los dientes, pero de mala gana siguió a su jefe de equipo. Rio raramente ponía las cosas como una orden, pero él dirigía el equipo cuando Drake no estaba alrededor y Drake no había estado alrededor en mucho tiempo.
    Se apresuraron a alejarse del calor y el rugido del fuego. Había unos cuantos hombres huyendo de las llamas, por lo que los evitaron. Los que cazaban a los niños y a Isabeau eran otra cosa. El leopardo se hundió en la espesa vegetación, mientras que Rio retiró su botiquín médico y encontró lo que necesitaba.
    – Pienso que la bala está todavía ahí, Conner. Voy a tener que sacarla.
    Inyectó al gato con el analgésico para entumecer el área alrededor antes de sentir donde la bala estaba alojada. Los leopardos podrían ser impredecibles en el mejor de los casos y la exploración en torno de una bala no era algo que la mayoría permitiría. Rio no lo habría intentado estando solo con cualquiera. Conner era fuerte y mantuvo en jaque a su felino a través de lo más difícil. Y tenían muy poco tiempo.
    Rio pudo sentir el temblor del leopardo cuando sondeó la herida. Una vez que tuvo el resbaladizo trozo de metal con las pinzas, el gato se estremeció.
    – Maldita sea. No te muevas. La luz no es buena aquí y estoy trabajando a ciegas. -Sobre todo, los dientes del gato estaban demasiado cerca, poniéndole nervioso.
    Le tomó unos minutos más de exploración antes de lograr agarrar la bala lo suficiente como para sacarla. El gato se estremeció y silbó una protesta larga, pero resueltamente mantuvo su cabeza lejos de él. Rápidamente, Rio limpió el lugar de la herida y le inyectó antibióticos.
    – No hagas ninguna locura y esto debería sostenerse hasta que puedas cambiar de nuevo. Vamos.
    Conner probó la pierna. Con el analgésico, podía poner más peso sobre ella, pero estaba débil y un poco desorientado. Los dos salieron a la carrera. Rio lanzó su arma sobre su hombro y trató de mantenerse el ritmo del leopardo herido. Los hombres habían marcado un ritmo rápido con los niños. Elíjah llevaba obviamente a Mateo, sus huellas eran más profundas que los otros. Se encontraron con dos cuerpos, ambos guardias del equipo de Imelda, tiroteados.
    Había manchas de sangre después, indicando que alguien había resultado herido. Profundamente dentro del leopardo, el corazón de Conner palpitó con miedo por Isabeau.
    – Ella no -dijo Rio-. Felipe o Leonardo, creo. -Indicó un paso roto-. Aquí.
    Ambos inhalaron profundamente.
    – Definitivamente Felipe -dijo Rio.
    Echaron a correr de nuevo. El sonido de un disparo retumbó en el bosque. Al lado del leopardo, Rio de repente se sacudió y cayó sobre una rodilla. La sangre salpicó toda la vegetación podrida cuando Rio cayó boca abajo, sin fuerzas.
    Conner usó las poderosas garras para agarrar una pierna y tirar el cuerpo a la cubierta más profunda de árboles, hundiéndose junto a su amigo para darle la vuelta suavemente. Estaba perdiendo mucha sangre. Conner cambió, indiferente al dolor atroz que se cerró de golpe por su pierna y cadera cuando se puso en cuclillas al lado de Rio, trabajando rápidamente para detener la sangre.
    Había una herida con un orificio de entrada y de salida. La bala había pasado a través del cuerpo de Rio, cerca del corazón, pero no le había dado. No tuvo ni idea de que daño había provocado, pero Rio respiraba superficialmente. Conner no tenía duda de quién les había disparado. Como ellos habían escondido provisiones y armas en el bosque, también lo había hecho Ottila.
    Trabajó en Rio durante veinte minutos antes de que estar satisfecho por haber hecho todo lo posible. Rio se agitó, revoloteando las pestañas varias veces. Conner se acercó a su oído.
    – Quédate quieto. Está ahí fuera cazándonos. Pongo el arma en tu mano. Está totalmente cargada. Hay agua al lado de tu otra mano. Voy a matarle, pero esto puede llevar tiempo. No te quiero impaciente por mí y tratando de moverte. Me entiendes, Rio. No te muevas.
    El asentimiento de Río fue apenas perceptible. Conner puso su mano sobre el hombro de su amigo y dobló su cabeza, buscando un poco de ayuda. Él no quería volver a un cadáver.
    Cambió, se escabulló agachado sobre la tierra a través de los arbustos. Se arrastró lentamente. La paciencia en la caza era fundamental. No podía pensar en Rio o en Isabeau. Tenía que recurrir a sus todos sus instintos de leopardo.
    Rodeó el área alrededor de Rio, sigiloso y silencioso en sus patas amortiguadas. Tenía que proteger al hombre. Ottila seguramente trataría de matarle, para asegurarse de que no habría interferencia en su desafío por Isabeau. Conner tenía que ser capaz de ver a Rio en todo momento, para poder llegar a él rápidamente.
    Su felino encontró un árbol con múltiples ramas enrolladas y subió. Se levantó contra un enemigo que era astuto y rápido, decidido y muy familiarizado con el territorio. Él cazaba en el patio de atrás de Ottila. Pero, decidió Conner, Ottila no tenía ni idea de que Conner había nacido y se había criado en la selva tropical de Panamá y que también estaba familiarizado con ella. De acuerdo, había estado fuera cinco años, pero no había olvidado.
    Se acurrucó en una rama y se quedó inmóvil, apoyándose en su grueso abrigo para camuflarse, quedando en un segundo plano. Ahora se trataba de un juego de espera. Ottila sentiría la presión más que Conner. Él pensaría que Elíjah y los demás podrían retroceder y venir a buscarlos si tardaban demasiado en alcanzarlos. Ottila no tenía idea de que las órdenes eran velar por la seguridad de los niños antes de cualquier otra cosa. No, el leopardo vendría con sus malas intenciones y estaría obligado a hacer el primer movimiento ofensivo. Un juego de ajedrez entonces. Las apuestas eran la vida para Rio, Conner e Isabeau, o la muerte para todos ellos. Ottila tenía una batalla en sus manos.
    Conner había pasado cientos de horas como francotirador, se había encerrado en una posición esperando simplemente al blanco perfecto. Sintió la calma familiar que siempre rezumaba en sus venas. El agua helada, lo llamaba Rio, pero fluía a través de él trayendo la paz. Se dio cuenta de todos los matices de la selva tropical. Las aves, las llamadas constantes, los monos, todos asustados y huyendo del calor, las llamas del fuego. El viento llevaba el fuego hacia el este, lejos de ellos ahora, pero el humo se había instalado en los árboles como una manta gris asfixiante.
    No se oía nada, Conner creía que Ottila cometería un error. Miró la maleza en torno a Rio hasta que vio lo que estaba buscando. La rama baja de un arbusto se movió un poco aunque no había brisa. Esa fue toda la advertencia que tuvo, todo la que necesitó. Su mirada fija en el suelo y la maleza. Su cola tembló y se tranquilizó. Esperando.
    La cara que gruñía de un leopardo macho en su mejor momento empujó a través del follaje y se congeló. Conner pudo ver que la piel era más oscura que su propia piel dorada. Más bronceada y rojiza en la base, con un mar de rosetones negros que cubrían su cuerpo. Ottila parecía una fuerza bruta, con grandes músculos elásticos y una inteligencia astuta que ardía en su mirada de color verde amarillo. Aplastó las orejas en la cabeza cuando se arrastró hacia adelante, sin apartar los ojos de la bota inmóvil que salía de los matorrales a pocos metros de él.
    El camino escogido por el leopardo se acercaba al árbol donde Conner acechaba. Conner se preparó, todos los músculos listos y tensos. Centímetro a centímetro, Ottila se arrastró hacia delante. El pie no se movió. El cuerpo nunca cambió de postura. Conner temía que Rio se hubiera desmayado y no fuera capaz de defenderse por sí mismo si él fallaba el ataque inicial.
    Mantuvo la mirada concentrada en el leopardo, observando cada paso que le llevaba más cerca de su presa. Esperó hasta que pudo ver el agrupamiento de los músculos debajo de la gruesa piel, el encogimiento de Ottila dispuesto a cargar. Con el leopardo más oscuro tan concentrado en su presa, Conner lanzó su propio ataque, golpeando con velocidad vertiginosa al leopardo. En el último momento, Ottila debió presentir su presencia, ya que rompió la mirada para alzar la vista.
    Conner le golpeó con fuerza, haciéndol